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La Contra: Andrew Solomon
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"Albert Riera Sans"
Martes, 10 de marzo 2015
Andrew Solomon, profesor de Psiquiatría en Yale, ganador del National Book Award
"Si todos fuéramos normales, la humanidad desaparecería"
09/03/2015 - 00:00
Foto: Emilia Gutiérrez
LLUÍS AMIGUET
Vivos ergo enfermos
Si alguien es normal es que
está muerto, porque todos los
vivos tenemos problemas
mentales en algún grado.
Somos enfermos que cuidamos
a otros enfermos: familiares,
amigos... Nos ayudamos, y lo
que no nos mata nos une y
hace más fuertes. Si usted se
cree normal, es que aún no se
conoce lo suficiente, pero se
conocerá en la vejez, poco
antes de alcanzar la perfección
eterna. La naturaleza no nos
quiere iguales en la
normalidad sino diversos para
ensayar múltiples formas de
adaptación al medio: se llama
evolución. Si todos fuéramos
normales, la humanidad
desaparecería. Lo explica
Solomon con una sinceridad
lúcida que revela nuestras
claves mentales.
U
sted es gay, depresivo y disléxico... Y...
También estoy felizmente casado con otro hombre, John, y soy padre de 4 hijos.
Y es autor de dos libros monumentales sobre enfermedad e identidad.
Puede definirme a mí y definir cualquier rasgo de una persona o como enfermedad o como
valiosa parte de su identidad.
¿Ser homosexual qué es?
Cuando iba al cole sufrí bullying por serlo y tuvieron que poner a un adulto para protegerme.
La homosexualidad se consideraba depravación, y nuestro profesor nos decía que los gais
sufrían "incontinencia fecal".
Pues yo le veo a usted muy sano.
Sufrí una terrible depresión con el cáncer de mi madre y su intento de suicidio... Pero, hoy me
siento más seguro incluso que antes de sufrir lo que he sufrido, porque ahora, además, sé que
puedo superar esas adversidades e incluso otras mayores.
¿Y qué nos puede enseñar a los demás?
Que nuestra mente es resiliente: sabe curarse a sí misma. Y lo que era terrible enfermedad o
desgraciado defecto puedes convertirlo, si no te das por vencido y sabes darle un sentido, en
parte de lo mejor de ti mismo.
¿Usted hubiera elegido ser homosexual o depresivo o disléxico?
No tuve esa elección, pero estoy orgulloso de la que hice: asumí mi homosexualidad como
parte de mi identidad. Y fue revelador.
¿En qué?
Lo que no te mata te hace más fuerte y también te permite ayudar a los demás. Yo pensé que, si ser gay dejaba de ser mi
enfermedad para convertirse en mi identidad, también habría otras enfermedades de los demás que podrían reinterpretarse al
menos en parte como identidades y no desgracias.
Autista, enano, sordo, depresivo, esquizofrénico, down... ¿Sólo formas de ser?
Son sufrimiento. Suponen dolencias terribles para los enfermos y sus familiares y amigos. Yo no digo que haya nada divertido
en ellas. Pero sí que sostengo que, si se asumen, no todo en ellas es necesariamente negativo. "La luz -dijo el poeta Rumípenetra en nosotros a través de nuestras heridas".
Pero a nadie le gusta sufrir.
Durante las trescientas entrevistas que mantuve con enfermos y sus parientes conocí a los padres de dos autistas graves: dos
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niños que jamás han hablado y no saben vestirse.
Duro.
Alguien les dijo que, pese a todo, eran un regalo. Le respondieron: "Nadie nos los envió como regalo. Son un don, porque
nosotros hemos elegido que no sean una carga".
Esos padres valen mucho.
A eso me refiero cuando hablo de enfermedad e identidad. Ellos no hubieran elegido que sus hijos fueran así o de otro modo,
pero nacieron así y han decidido vivir esa identidad de la mejor manera posible.
Esa actitud asume el rechazo social.
También la homosexualidad incluye facetas que la sociedad rechaza, pero yo debo asumirlas y no avergonzarme, porque
forman parte de lo que soy. Y no voy a pedir perdón por haber nacido... A nadie.
¿Cree que hoy somos más tolerantes?
Soy profesor en Yale y fui un alumno también que sufrió discriminación, pero otro exalumno, Larry Kramer, nos explicó lo que
sufrió allí por ser homosexual en los 50: tuvo valor para no suicidarse. Y mis alumnos gais cuando enseñen tendrán alumnos
gais aún más integrados. Progresamos: sí.
¿Ese progreso es para todos?
Son batallas libradas por feministas, homosexuales o militantes de derechos civiles y ahora por activistas por la integración de
los enfermos mentales. Nos hacen iguales en derechos y obligaciones, aunque diversos en identidad: la manera de ejercerlos.
¿En qué sentido?
La naturaleza, para poder evolucionar, necesita la diversidad mental humana. Si los nazis hubieran aplicado su eugenesia y
todos fuéramos heteros, guapos, altos y rubios, según su estrecho canon estético y mental, sería un cataclismo evolutivo.
¿Por eso defiende la escuela que integre a los niños discapacitados?
La defiendo no sólo por esos niños diferentes, sino también por los niños que consideramos normales, para que aprendan a
convivir en la diversidad: eso les enriquece y, literalmente, les hace más inteligentes.
¿Quién es enfermo y quién normal?
Cada día le pueden dar una respuesta diferente, porque el canon de psiquiatría, The Diagnostic and Statistical Manual of
Mental Disorders (DSM) en cada edición, y vamos ya por la quinta, redefine los límites y diagnósticos de cada enfermedad.
Vaya lío.
No debemos segregar a los enfermos y a los sanos sino, dentro de una enfermedad, lo que es doloroso de lo que puede vivirse
como parte de tu identidad y que esa parte tuya sea aceptada y disfrutada por todos.
Es curioso que cada vez quieran casarse más gais, pero menos heterosexuales.
Los heteros envidian la libertad gay e ignoran su soledad, y los gais envidian la integración y la respetabilidad hetero. Y en el
futuro acabaremos convergiendo.
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