NUESTRA VIDA CONSISTE EN NACER, VIVIR, MORIR Y

NUESTRA VIDA CONSISTE EN NACER, VIVIR, MORIR Y RESUCITAR (HN-34)
Con este resumen damos comienzo a una lección (la 7ª del curso) pensada especialmente para la
Semana Santa. Y este tema, además de ser interesante por sí mismo, hay que procurar conectarlo muy
bien con la línea general del curso; con “el hombre nuevo”, que desvela la teología del gozo.
El cristiano tiene la tentación y el peligro de caer en la trampa de la Semana Santa. Pues esta,
como todo en nuestra vida (incluida la encarnación de Dios en nosotros), puede tener un doble enfoque;
unas ventajas y unos inconvenientes, unos aspectos vanguardistas y otros más retrógrados. Está claro
que es bueno celebrar la Semana Santa, pero tal como la hemos celebrado en estos últimos siglos puede
ser una trampa. Por ejemplo si celebramos la Pasión del Señor aparatosamente –con mucha tramoya y
teatralidad–, o si celebramos el Jueves Santo como vigilia de traición y la Eucaristía como despedida del
Señor; pues en estos casos estaremos celebrando muy mal la Semana Santa. El “viernes”, con el
“sábado” y el “domingo”, forman un Triduo Pascual indivisible; mientras que el “jueves” tiene
consistencia en sí mismo. El “jueves” es la fiesta de la institución de la Eucaristía (el mejor regalo de
Dios al hombre); es la celebración de la inmensa fiesta-banquete, profecía del banquete del cielo. Pero
no sólo hemos caído en la trampa de vivir la Semana Santa tétricamente y en la periferia (con
procesiones lúgubres, flagelaciones, encapuchados...) sino incluso la misma liturgia dentro de la Iglesia.
En efecto, al haber puesto como eje central de esta semana el “viernes santo”, resulta que el “sábado
santo” (día de la sepultura del Señor) queda a remolque como si fuera un satélite del “viernes”. Y como
todavía sigue siendo así, todavía tenemos un “sábado santo” sin alegría; hasta que se llega al “domingo
de resurrección” en el que se celebra la fiesta de Pascua, donde con una misa se termina todo. A pesar
de lo anterior hay que tener muy en cuenta la mucha gente que vive en su corazón la “semana santa del
dolor y del llanto”, y la vive como un gran valor en sí; pero tampoco hay que perder de vista que debajo
de ese valor hay una teología que incluye un peligro-trampa para la fe. En efecto, el peligro y la trampa
está en que se nos presente a Jesús-Cristo encarnándose para redimirnos y que esta redención consista
en morir el “viernes santo” en la cruz; así sin más. Por tanto desde la teología del gozo esto hay que
recolocarlo en su sitio, y su sitio no es discutible. Veamos por qué: Si Jesús nos redimió sólo con su
muerte, sin más, entonces podría haber permanecido ya en la tumba una vez logrado el objetivo; pero
esto no queda así, porque nada más morir Jesús ya se comienza a predicar que “Si Cristo no ha
resucitado nuestra fe es vana” (1ª Cor. 15, 17). Por lo que el Triduo Santo es sobre todo un Triduo
Pascual: Todo sucede (el nacer, vivir y morir de Jesús) para que acontezca la Pascua de Resurrección,
y no solo para que Jesús muera. La muerte es un paso más del Señor; como lo es nuestra muerte.
Jesús-Cristo (Dios en el Hombre-Jesús, como dimensión de cada vida desde el primero al último
de los hermanos), si solo hubiera muerto como meta de la vida y al ser Él el primero de los hermanos,
resultaría que nosotros también habríamos nacido solo para esta pobre meta: o sea que, con la muerte se
nos acabaría todo. Y, según esto, entonces tendrían razón los que piensan que la vida se reduce al
simple nacer, vivir y morir. ¡Vaya teología!; pero a pesar de esto ha durado casi ochocientos años, desde
San Anselmo. Lo que es lógico, ya que en la teología medieval y escolástica esto sonaba bastante bien:
pues entonces la problemática de la Iglesia, y de los creyentes, era más la redención de los pecados que
la fe en la resurrección de los muertos.
Pero San Pablo ya había predicado que, Jesús vino para decirnos con su vida lo que es nuestra
vida: nacer, vivir, morir y resucitar. Y decirnos sobre todo, que resucitar es un hecho de fe de tal
categoría que todo ocurre para que resucitemos; de tal forma que si no resucitáramos no nos interesaría
nacer, ni vivir, ni morir. “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe” (1Cor. 15, 17; Rom. 6, 1 y Col.
3, 1). Por tanto hacen muy bien aquellos que celebran la Semana Santa como eclosión de dolor y
quebranto del corazón, al seguir a Jesús en cada uno de sus dolorosos pasos; pero si se quedan ahí, estos
deben saber que no son cristianos. Y no lo son porque el cristianismo tiene como punto central de su
predicación, la muerte y la resurrección del Señor Jesús: lo fundamental es que Cristo (Dios encarnado
en Jesús) resucita.
La teología del gozo puede y debe tener en cuenta la Semana Santa, pero siempre como paso y
no como punto final. Ciertamente la teología del gozo arranca y pasa por la Pasión –porque si la semilla
de trigo no cae en el surco y no muere en la sombra, no da fruto–, pero uno no siembra el grano por el
simple gozo de verlo pudrirse en el surco sino porque sabe que después de unos meses dará espiga y
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habrá cosecha. El grano de trigo en el surco da mucho fruto; la Pasión sucede, pero sucede como
camino hacia la Resurrección: “quien pierde o entrega su vida, la gana” (Jn. 12, 25). Jesús entrega su
vida y la gana del todo, como la ganaremos nosotros. En la vida nos damos a los demás, y en la muerte
nos acabamos de dar –a Dios y a los demás–; de forma que “al darnos nos nace la resurrección”.
Cristo resucitó porque murió, y esto significa dos cosas. Primero y lo obvio: si no hubiese
muerto no podría resucitar completamente. Y segundo, y otra vez lo mismo: Cristo resucitó porque el
lugar de la resurrección es la muerte; o sea, sólo en lo que tristemente llamamos muerte es donde se
hace posible la vida. Cristo no solamente resucita después de haber muerto, sino que resucita porque
ha muerto.
La explicación de la muerte de Jesús es “la resurrección”, y por eso el Viernes Santo no se
explica por sí mismo. Cristo nos redimió con su muerte, pero también con toda su vida: con su nacer,
vivir, morir y resucitar. La única forma de ver bien el Viernes Santo es mirarlo desde la Resurrección y,
de hecho, así lo hicieron los apóstoles. Pues justo en el Viernes Santo se espantaron todos y le dejaron
solo, pero una vez que resucitó todos se reunieron otra vez al lado de Jesús: ¡sólo le entendieron después
de resucitado! O sea, no habría explicación, ni de Jesús ni de su vida, si no fuera por su resurrección. La
vida de Jesús sólo es traducible a partir de su resurrección; o mejor dicho, desde la Resurrección. La
resurrección es la lectura objetiva de la vida de Jesús, y esto también vale para nosotros: la lectura de mi
vida solamente se puede hacer, una vez que haya resucitado. “Que nadie se atreva a juzgarme –decía
Pablo– porque todavía no he resucitado”. No me juzguéis desde un momento de mi vida, porque os
puedo engañar; solamente cuando yo esté resucitado se iluminará toda mi vida, porque toda mi vida
camina a “la resurrección”. Es decir, yo resucito porque he vivido, porque he sufrido y porque he
muerto. A cada uno de nosotros, y tal como vamos sembrando semillas en nuestro surco vital, se nos
van muriendo partes de nuestra vida; pero es ahí mismo –donde muere cada semilla– donde empieza
una resurrección: En cada momento que nos despedimos de un día nos nace otro, con futuro; y en cada
momento que sembramos “luz” en nuestra vida la resurrección penetra los entresijos de “nuestro ser”,
penetrando y amasando nuestro “cuerpo de resurrección”.
Ahora vamos a leer el capítulo 1,6 de la 1ª carta de San Juan, que dice así: “Si decimos que
vivimos en comunión con Él y...”.
[Donde “comunión” significa: común unión, tubos comunicantes. Y es por esto que la vida, la
pasión, la muerte y la resurrección de Cristo ya circulan por mi sangre. No perdamos esto de vista, pues
la teología de la liberación, de la libertad y del gozo, va por aquí. Todo el mérito de los hombres
grandes, todo lo santo que ha habido en la vida, todo esto nos es común: es la comunión de lo santo en
Cristo. O sea, la resurrección de Cristo vive y está circulando dentro de todos nosotros ahora mismo; la
teología del gozo circula por mi sangre y por mi vida: todos los caminos de mi vida ya están llenos de
Pascua y de primavera. Por tanto, si decimos que vivimos en comunión con Él es que somos cristianos
comunitariamente: o sea, que tú participas de mí y yo de ti; que Cristo está en ti y también en mí; que yo
no puedo perder altura espiritual sin que esto repercuta en la vida de todos los cristianos del mundo; y
que mi vida tampoco puede remontarse espiritualmente sin que esto ayude a limpiar el aire y la sangre
del resto de los cristianos del mundo.]
Continuemos con el mismo capítulo 1,6 de San Juan: “Si decimos que vivimos en comunión con
Él y andamos en tinieblas, mentimos y no obramos según verdad”.
Pero, ¿qué quiere decir andar en tinieblas? Notemos que para San Juan la tiniebla no es sólo, ni
principalmente, intelectual; y que tampoco es solo ignorancia, aunque se pueda decir que está en
tinieblas el que ignora cosas que debía saber. Para San Juan estar en tinieblas significa, andar en
situaciones y estimaciones anteriores a la resurrección. Esto se dice muy claramente en un texto que
veremos más adelante, pero volvamos al ya visto: “Si decimos que vivimos en comunión con Cristo
y...”. Es decir, si nos llamamos cristianos –y por tanto decimos estar conectados a la riqueza espiritual
y a la energía total de la vida de Cristo– y a pesar de esto andamos en tinieblas, es que mentimos sobre
nuestra vivencia en comunión con Él; es que no obramos según verdad.
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