DLU 72 - De La Urbe - Universidad de Antioquia

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Fotografías: Cortesía Teatro Tespys
Crónica
Alma de perro, Pervertimiento, Volpone y Bodas de plata son algunas de las obras montadas por Tespys.
Eliana Castro Gaviria
[email protected]
E
ra 1974. En una casa antigua y de grandes jardines, Carlos Mario Betancur –cuando todavía
era Carlos Mario, tenía cinco años y el pelo ni
siquiera le llegaba a los hombros– hacía obras de títeres
con su hermana todas las tardes después del colegio.
—¿Te acordás? –le dice a Aleyda, que tiene unos
treinta centímetros menos de estatura que Carlos–. Los
hacíamos con medias y en las ventanas de la casa, que
parecían un teatrino. Contábamos las mismas historias
de siempre: Caperucita, Pulgarcito o las historias de
la casa, porque decían que en la casa había fantasmas.
Ya nadie sabe quién es Carlos Mario Betancur en
El Carmen de Viboral, ese pueblo de calles empedradas y planas a una hora exacta de Medellín. Todo el
mundo, por el contrario, sabe quién es Kamber: ese jovencito de ojos azules –lo más parecido a un Andrés
Caicedo en estos tiempos, joven aunque pasen los años,
como eterno– que con otro montón de mechudos, algo
raros, devoradores de libros, tiene un grupo de teatro
que parece haber existido desde siempre.
Es 2014, cuarenta años después. El último de los
salones de una casa, que pareciera menos antigua de
lo que es, está lleno de fotografías de todas las épocas y tamaños, de obras de teatro, de personajes que
se besan, abrazan, pelean. En uno de los rincones hay
una cantidad de vestidos para señoritas de comienzo
de siglo XX, pantalones para hombres cincuentones,
telas brillantes y de paño. La casa fue, durante mucho
tiempo, la Normal de Señoritas de este pueblo conservador, como todos los de este lado del departamento.
En aquella época estaba custodiada por rejas, tenía dos
patios en los que las señoritas recibían indicaciones y
un aula múltiple con un escenario de madera en la que
se celebraban eucaristías y actos cívicos; tenía, por demás, los pisos siempre impecables y silenciosos.
Hasta que una tarde, un monito recién llegado de
la ciudad se presentó y le pidió a la Madre Superiora
un salón, cualquiera, podría ser ese de allá, en el segundo piso, en el rincón de la derecha, para ensayar dos
veces por semana con un grupo de teatro que recién
nacía. Nunca más el piso de esta casa volvió a parecer
el mismo: ni impecable ni silencioso. Primero, un salón
para Tespys; luego, otro salón para el Club de Jóvenes;
después, la música. Así que el Municipio terminó por
comprar la casa y fusionó la Normal con la Institución
Educativa Fray Julio Tobón, en otra sede.
No. 72 Febrero de 2015
Hacer teatro con las entrañas, a como dé lugar. Hacer teatro a pesar de las
dificultades. Desde un pueblo conservador como muchos del Oriente antioqueño,
Tespys demuestra que se puede hacer un teatro diferente, radical.
Y ahí están desde hace veinticinco años.
Hoy, que llueve, la casa es muy distinta. Tiene más
salones, tiene un gran jardín en todo el centro y un
par de bancas para los visitantes, un cafetín, un museo
y una sala de lectura. Tiene, ante todo, una sala de
teatro, con luces y escenario, y siete bancas de madera
para espectadores.
“Fue un día después de clase, en cuarto de primaria. Salimos temprano y me subí a un murito porque
los de bachillerato estaban viendo una obra de teatro.
Ahí supe que yo quería hacer lo mismo; me fui para
la casa y les propuse a mi hermana y a un vecino que
montáramos esa obra, justo era Volpone, y la escribí
como más o menos la tenía en la cabeza. Así empezamos, jugando como niños”, dice Carlos Mario, Kamber
por un juego de palabras de su nombre.
Más de 200 actores, 48 obras de teatro, tres giras
internacionales, un Festival Internacional de Teatro,
una Escuela de Teatro, una Red de Teatro del Oriente
antioqueño, otra de El Carmen de Viboral, La Carreta
del Teatro. “La vida nunca ha sido fácil para nadie en
ningún momento”, dice Argiro, actor, director y profesor de Tespys, “y si uno se quedara a esperar que fuera
fácil pues no haría nada”.
Los comienzos de los noventa no fueron fáciles en
El Carmen de Viboral: el gran desplome de la industria
local, la cerámica, y el contrapunteo con la loza china,
el desempleo. En medio de todo esto la cuestión era
sobrevivir, producir, comprar y vender, negociar. ¿Hacer teatro? ¿Teatro? Eso era un embeleco de los días de
colegio.
Kamber había vuelto de estudiar en un seminario
italiano de Medellín, tenía catorce años y culminaría
el bachillerato en el Colegio Nocturno. Apenas regresó a su pueblo y como no obtuvo ni siquiera un papel
secundario en alguna de las obras del grupo de teatro
que tenía el colegio, decidió montar su grupo de teatro.
“Durante las vacaciones, diciembre del 87, ensaya-
mos Sin voz pero con alma para estrenarnos justo el Día
del Idioma en el colegio. Hacíamos obras incipientes,
muy de protesta, con unas dramaturgias muy pichurritas. Teníamos ganas era de contar historias y crear
personajes. Ese mismo año vinimos donde las monjitas, porque esta casa era una normal de señoritas, les
pedimos que nos prestaran un salón, y nos quedamos
hasta que se fundó esta casa”. Buscaron la T de teatro
en el diccionario y en la misma página encontraron
un nombre sonoro, corto y, por ende, bueno: Tespis,
primer actor griego.
Fue en esa misma época cuando entre los límites
entre Rionegro, La Ceja y El Carmen de Viboral hubo
una Escuela de Oficios y Artes. Hasta allá iban los
primos, Kamber y Fredy, porque el primero ya había
convencido al segundo de que escuchara esto, Pink Floyd, The Wall, leyera lo otro, y ahora estaban en una
tertulia literaria que dictaba Javier Naranjo –un tipo
que sonaba mucho por esos días por el lanzamiento
de un libro, Casa de las estrellas–. Como era obvio, el
sueño de la Escuela duró poco más de un par de años.
Cuando terminó, a Javier le pidieron que coordinara el
Club de Jóvenes de El Carmen, una propuesta de una
oenegé europea –Ason– que apadrinaba niños y jóvenes
de escasos recursos.
“Nos reuníamos dos o tres veces a la semana, era
una voluntad de comunicar, con el cuerpo, con la palabra, teníamos hasta un cuarto oscuro y escribíamos
mucho; a ese grupo empezaron a llegar los de Tespys,
que ya llevaban un par de años haciendo teatro”, recuerda Javier. Entonces, entre el Club de Jóvenes liderado por Javier, y Tespys con Kamber, algo estalló. ¿Se
imaginan? Un grupo de mechudos leyendo poesía, que
apagaban las luces a las siete de la noche y prendían
antorchas en esa casa tan grande, que salían por el
pueblo y pintaban murales a mediodía. Y no, no eran
días fáciles en El Carmen, y nadie sabía muy bien por
qué se reunían todos esos jovencitos en aquella casa.
Fue cuando empezaron a escucharse los sermones en
la iglesia, en el periódico del pueblo y en esa Sociedad
de Mejoras Públicas, rezandera y conservadora: ¿Qué
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hacen esos muchachos a las ocho de la noche? ¿Por qué
apagan las luces? ¿Qué es lo que recitan?
El Club de Jóvenes, que después se llamó Savia Taller, no resistió el paso del tiempo. Pero Javier, que ya
conocía el pueblo, que era gran amigo del poeta José
Manuel Arango, amigo de Tespys y del pueblo, asumió
la dirección de la Casa de la Cultura que ya no volvería
a ser la misma casa muerta, inhabitable.
“Ellos lo saben, a mí no me gusta el teatro… Pero
hicimos todo lo que nos fue posible…”.
A Tespys llegaron casi todos por la misma imagen: la de una casa que no era la misma durante una
época del año, de la que salían zanqueros, magos,
hombres que echaban fuego por la boca. Todo era
distinto, tenía color, tenía luces, tenía alma.
“Este fue uno de los pequeños rebeldes”, dice
Isabel –amiga de la casa, carmelitana de corazón,
periodista de la Universidad del Quindío– mientras
señala a Fredy.
Fredy tiene una gata, Amarilla. Lo primero que
hizo en Tespys fue quemar hojas de eucalipto en una
cubeta para una obra que se llamaba Lágrimas de cerveza. Luego manejó luces, fue estatua y más tarde participó en casi veinte montajes: Fredy fue actor de Tespys
por veinticinco años, el más antiguo hasta hace un año
cuando dijo ya no más.
“Una vez, en un ejercicio, Kamber nos preguntó
cómo representaríamos el momento de nuestro nacimiento. Esa fue mi razón para quedarme porque nacer
es una experiencia que queda en nuestra intuición, que
es muy corporal y que cada quien representa diferente.
¿Qué es actuar? ¿Expresar mis sentimientos o los del
personaje? El cuento de actuar lo vine a entender casi
que al tiempo de retirarme de Tespys: hay que tener
cierta dosis de demencia para estar en los zapatos de
otro”.
A Argiro siempre le pareció todo lo contrario, que
se podía emocionar, sí, pero “yo nunca he pensado que
estoy metido en otro ni nada de esas vainas. Estoy, simplemente, disponiendo el cuerpo para ser otro”.
Argiro es ingeniero agrónomo, pero cualquiera
que ve las plantas que hay en su casa podría pensar de
todo, menos que es ingeniero agrónomo. Le gusta cantar, lo hacía en casi todos los homenajes de colegio hace
treinta años. Cuando en 1990 llegó la convocatoria en
el colegio para hacer teatro, no lo dudó porque “tenía
urgencia de estar en un escenario, y el teatro era eso:
la posibilidad de que me vieran y escucharan muchos”.
Pasaron 22 años para que su mamá lo volviera a
ver actuar. La primera vez que lo vio representar un
personaje fue en Fantasmas tristes, una obra que Kamber había escrito sobre el pensamiento y la libertad.
Nunca más volvió. “Eran obras muy oscuras para un
pueblo de los noventa. Antes no más venían los amigos
de uno, de vez en cuando los papás de otros compañe-
ros y los del Club de Jóvenes; ya es muy distinto”. Todos
llegan al cafetín, piden su tinto y se sientan a ver pasar
los días: a leer, a payasear, a esperar los ensayos, a revisar las redes sociales del grupo. A contar todo lo que
han visto en años y años de estar en la casa.
Aleyda siempre estuvo al lado de Kamber. Incluso
hoy, veinticinco años después, está. Ya no como actriz
sino como administradora del grupo. Tiene un sueño
frustrado: montar en zancos; lo intentó durante el primer Gesto Noble, con tarros, pero no pudo. En su familia son seis hermanos, cuatro contagiados por el teatro:
un hermano mayor que vive en Italia; Flor, la hermana
mayor, que en algún momento terminó, empíricamente, diseñando los vestuarios del grupo; ella y Kamber
que los arrastró a todos, hasta a un par de sobrinos.
“Al comienzo éramos muchas mujeres, pero apenas
íbamos creciendo se salían casi todas. A mí me dejaban
viajar a veredas y a pueblos por Kamber, esa confianza se la ganó él que soñaba y materializaba cosas. Las
obras de Tespys siempre han sido raras, no eran comedia ni costumbristas, aunque también teníamos algo de
lo que era el pueblo por esos años”.
Desde hace veintiún años, en la tercera semana de
julio, el teatro se hace fiesta en las calles de El Carmen de Viboral. Desde el barrio Ospina hasta el parque principal. Los primeros jovencitos de Tespys, que
no tenían más de quince años, sabían que, además de
representar, querían pregonar el teatro, compartirlo,
aprender de la mano de otros, crecer juntos. Por eso,
en 1993 organizaron el primer festival carmelitano de
teatro. Las primeras entradas valían 300 pesos y el primer afiche costó 100. Al siguiente año, obviamente, no
hubo, y al siguiente tampoco. Pero Kamber, que había
estudiado Filosofía, comenzó a conocer todo el cuento
del teatro en Medellín, a hacerse de amigos, a participar en el Festival Nacional de Teatro y a involucrar
gente que amara de veras el teatro. Entonces, después
de mil batallas, de años en los que sí y otros en los que
no, nació El Gesto Noble en 1999.
—Si usted le pregunta a cualquier carmelitano cuáles son las fiestas del pueblo le van a hablar de dos:
la de la Virgen de El Carmen y El Gesto Noble —dice
Javier Naranjo.
Más de 200 actores han pasado por Tespys, las generaciones de las generaciones. Unos que se van, otros
que regresan y otros que se quedan como fantasmas de
un cuento que no va a terminar. Una tarde, hace cinco
años, Santiago y Julián –los más jovencitos– iban rumbo
a Medellín a montar en zancos y a echar fuego por la
boca. “¿Ustedes quieren tirar fuego por la boca? ¿Hacer
malabares, montar en zancos? Montemos una comparsa”, les dijo Kamber, y así terminaron participando de
la comparsa que año tras año abre El Gesto Noble.
El Teatro Tespys ha realizado giras internacionales en países como Italia, en donde presentaron la obra Fausto.
“El teatro tiene tantas posibilidades, tantos caminos. Cuando montamos Epitafio, por ejemplo, nosotros
no sabíamos ni qué era un epitafio, teníamos como catorce años, y tuvimos que leer mucho sobre epitafios.
Uno aprende todo el tiempo, por eso me quedé, porque
teatro era saber todo el tiempo”, dice Santiago.
De los que llaman segunda generación está Carlos
Soto, también ojiclaro y alto, pero no mechudo. Hace
veinte años, la mamá de Carlos era vecina de la de
Kamber y el niño veía salir de esa otra casa zanqueros,
gente muy bien vestida y maquillada, hombres raros.
Quince años después entró a ver una obra de teatro
durante un Gesto Noble, O Marinheiro del Teatro Matacandelas, “y yo dije: quiero hacer eso, estremecer y
estremecerme hasta el tuétano”.
Carlos llegó en uno de los momentos más críticos
de Tespys, cuando Kamber decidió aceptar la dirección
de la Casa de la Cultura después de nueve años de trabajo de Javier. “Fueron cinco años de Kamber lejos del
grupo, y hubo un retroceso: porque nadie es actor de
academia. Tenemos, sí, mucho escenario, talleres, pero
ninguno es actor de academia y eso generaba que el
director fuera más vital. Como yo apenas estaba arrancando, quería hacer teatro con o sin Kamber, y empecé
con su apoyo el remontaje de Galería del amor. Sin ser
muy pretenciosos, nos ha tocado aprender de todo, desde el manejo de las luces hasta la escritura y dirección”.
Casi todos, como Tustús –Elkin– y Gabrielito –Gabriel–, empezaron manejando luces y escenografías. Todos tuvieron un paso por la Escuela de Teatro que en
esos años coordinaba Tespys. “Tespys le debe mucho a
El Carmen, es nuestro hogar, nuestro territorio, nuestra fuente de inspiración. Sería bueno que el pueblo
también le agradeciera al grupo la terquedad, la persistencia y el amor por un oficio, porque esto pudo haber
desaparecido antes de tomar forma”, dice Gabriel.
Viajar, ir de un lado a otro, entre el polvo y la tierra de los camiones en plena madrugada, hasta en los
aviones y los barcos de los últimos años: “Una vez, por
ejemplo, en los cañones del río Melcocho hubo un error
en la programación y nos tocó empezar la obra tardísimo. Allá no hay energía eléctrica y la obra duraba casi
dos horas; apenas oscureció, la gente encendió lámparas y empezó a iluminar a cada personaje. Eso fue muy
lindo”, dice Santiago.
Y así, como esta, hay anécdotas por montones, y
cada una es más querida por unos que por otros. Anécdotas muy inocentes de hace veinte años, como la primera vez que Fredy fue a Caicedo con El Monte calvo
y su personaje era un hombre cojo. Cuando acabó la
función, un tipo corrió a tocarle la pierna: “Con que
tenés ahí el pie amarrado, sinvergüenza. Mucho pillo”.
O Argiro que todavía recuerda la vez que en Galería
del amor a la actriz se le caía un libro y el actor debía
recogérselo, pero uno de los campesinos se adelantó y
le dijo: “Tranquila, mamacita”.
El teatro es teatro porque cada función es diferente; si no fuera así, sería cine. En canchas de fútbol,
salones comunales, colegios, en dónde no se habrán
presentado. Aunque, dice Elkin que el peor de los escenarios fue en Italia, más exactamente en Verona,
cuando presentaron Fausto en un bote de madera que
todo el tiempo se movía. A Italia fueron más de un
mes, cuarenta días con sus noches, llegaron porque una
poeta, Dacha Marichini, los conoció durante un recital
del Festival de Poesía de Medellín en el pueblo. Con el
apoyo de la Gobernación, el Ministerio de Cultura y
la Administración Municipal de El Carmen, consiguieron los tiquetes que era lo único que necesitaban para
pasearse cuarenta días por siete festivales de Italia. A
Brasil llegaron por el grupo de teatro La Candelaria, de
Bogotá, que hace más de diez años es invitado fiel de El
Gesto Noble. Junto a una docena de grupos latinoamericanos montaron una de las escenas de El Quijote en
la versión del maestro Santiago García.
Y están, por supuesto, los viajes internos: porque,
bien dice Gabriel, la vida es un escenario donde todo el
tiempo suceden conflictos. “Nuestra obra más importante es ser grupo, y estar más de 25 años, obviamente
con gente que se va y vuelve. Lo artístico se aprende,
pero ser capaces de estar juntos creando es más importante. A Tespys lo conocen y es porque hemos hecho
cosas. Saben quiénes somos, saben que hacemos un
festival con cariño. Ganamos becas de creación desde
la provincia, premios nacionales y tenemos una sala
concertada. Que al profeta no le creen en su tierra, no;
nosotros tenemos temporadas casi todo el año, y por
lo general hay mínimo 25 personas por función. Eso
es muy raro. Los grupos que vienen de Medellín dicen
cómo hacen, aquí siempre hay gente; gente de aquí”.
—Y también juntábamos camas, cogíamos las sábanas de mi mamá y las amarrábamos con cabuya,
invitábamos a papá y a mamá. Y, ¿te acordás?: les
dábamos aguadepanela con leche —le responde Aleyda a Kamber antes de que él vuelva a recordar la
historia de Tespys.
Facultad de Comunicaciones Universidad de Antioquia
4 Editorial
Comité editorial: Patricia Nieto Nieto, Jorge
Alonso Sierra, Luis Carlos Hincapié, Raúl Osorio
Vargas, Jaime Andrés Peralta Agudelo, Elvia Elena
Acevedo Moreno, Gonzalo Medina Pérez, Natalia
Botero.
Dirección: Juan Camilo Jaramillo Acevedo.
Coordinación editorial: Daniela Jiménez
González, Juan Diego Posada, Diego Zambrano
Benavides.
Redacción: Eliana Castro Gaviria, Alejandro González Ochoa, Katalina Vásquez Guzmán, Natalia Maya,
Gonzalo Medina P., Estefanía Carvajal Restrepo, César
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Yonatan Rodríguez Álvarez.
Corrección de estilo: Alba Rocío Rojas.
Diseño: Cristina Montoya Ramírez.
Fotografía: Katalina Vásquez Guzmán, Estefanía
Carvajal Restrepo, Juan Fernando Mejía, Luigi Baquero,
Juan Pablo González, Diego Zambrano Benavides, Nicolás Navas González.
Ilustración: Tobías, Cristina Montoya Ramírez.
Caricatura: Moly.
Portada: David Estrada Larrañeta/Bluephoto.
Impresión: La Patria, Manizales.
Circulación: 10.000 ejemplares.
Director TV: Jorge Alonso Sierra. Director Radio: Luis Carlos Hincapié. Director Digital: Wálter
Arias. Director Especiales: David Santos Gómez.
Universidad de Antioquia. Rector:
Alberto Uribe Correa.
Decano Facultad de Comunicaciones:
David Hernández García.
Jefa Departamento de Comunicación Social:
Deisy García Franco.
Las opiniones expresadas por los autores no
comprometen a la Universidad de Antioquia.
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FACULTAD DE COMUNICACIONES
Ciudad Universitaria-Calle 67 N° 53-108
Medellín - Colombia
Número 72
Febrero de 2015
No. 72 Febrero de 2015
El posconflicto:
¿negación del conflicto
y la democracia?
E
l proceso de diálogos que desde hace dos años
se adelanta en La Habana entre el gobierno de
Juan Manuel Santos Calderón y las Fuerzas
Armadas Revolucionarias de Colombia -Farc-, de por sí
le da vida a una figura de dimensiones políticas, comunicacionales, culturales y económicas como es la Opinión Pública. De ello se deriva una serie de fenómenos,
presentes y futuros, que constituyen un decisivo llamado de atención a los periodistas, los medios de comunicación, la academia y los diferentes sectores gremiales
que se agrupan bajo la denominación de sociedad civil.
En primer lugar, cuando relacionamos proceso de
diálogo y opinión pública estamos significando que se trata de un acontecimiento en el que se concitan, al mismo
tiempo, intereses de carácter privado y colectivo. De allí
que surjan posturas que conciban a su manera lo privado y lo público, buscando enderezar uno y otro ámbito,
dentro de las conversaciones y hasta donde sea posible,
en la dirección que le resulte más favorable a cada una de
las partes. Surge en este punto un primer interrogante:
¿es posible conciliar los distintos intereses y avanzar hacia
unos acuerdos que satisfagan a unos y a otros, buscando
abrirle paso desde ya a una sociedad justa y democrática?
El gobierno del periodista Juan Manuel Santos Calderón, consciente de que se genera opinión
pública a través de temas y propuestas, echando
mano, por supuesto, del lenguaje y de la acogida
de que él goza en los medios de comunicación, ha
ido legitimando un constructo político y comunicacional denominado posconflicto. Con esta figura,
Santos Calderón ha logrado permear el sentir y la
comprensión del común de los medios sobre el futuro inmediato del proceso de paz. Porque la expresión posconflicto deja entrever que con los acuerdos
desaparecerá el confl icto, en sentido genérico, para
concluir que vendrá una arcadia de hermandad en
donde no habrá diferencias ni conflictos.
Opinión
No estoy muerto,
sigo en el Facebook
Alejandro González Ochoa
[email protected]
S
on muchas las razones por las que se puede señalar que las redes sociales son un simulacro
de la existencia. ¿Qué pasa cuando se trata de
la muerte?
En las redes sociales, los perfiles de la gente que se
muere permanecen activos con toda la información que
allí consignaron en vida, y los usuarios que siguen vivos
pueden consultarlos, incluso agregarles información. Así,
por ejemplo, el perfil de Facebook de alguien que se muere sigue recibiendo mensajes de todo tipo. Por razones
diferentes, los familiares del difunto pueden solicitar a los
administradores de la red social el acceso a la cuenta.
Pensando en toda la información consignada, y en si
esta tiene algún valor para la posteridad, ¿es el uso de las
redes sociales una experiencia que permite cierta preservación de diferentes rasgos de los individuos que las usan?
Porque los sitios como Facebook van mucho más allá del
alcance de un álbum fotográfico o de un diario personal,
y pueden conservar videos de la persona, audios de su voz,
consideraciones escritas sobre algún tema, etc. Más aún
si el usuario que ha muerto fue muy activo en el uso de la
red social y dejó un amplio cúmulo de publicaciones que
testimonian una porción de su experiencia vital.
En un sitio con tanto alcance como Facebook, la
cantidad de perfiles de personas fallecidas puede ser
gigante. En 2012, gracias a un informe que fue difundido por el diario La Razón, de España, se hablaba de que
dicha red social tenía 30 millones de usuarios muertos.
Ahora Facebook ofrece perfiles conmemorativos. Y esta
situación va más lejos. El informe referido, titulado
Cloud generation, también habla sobre la falta de regulación y la necesidad de elaborar testamentos en los que
Dejémoslo en claro: el conflicto es inherente a cualquier sociedad, al punto de que mientras los conflictos se
manifiesten y resuelvan con mayor libertad y transparencia, estaremos ante un ordenamiento social mucho más
democrático y participativo. Y en esa exigencia, los periodistas y los medios tenemos una responsabilidad fundamental mediante el tratamiento serio e independiente
de la información, el cual implica un trabajo explicativo
e interpretativo del diario acontecer, paso previo de cualquier decisión política.
Un factor que limita dicha madurez es el lenguaje,
sobre todo cuando se trata de un lenguaje que periodistas y medios toman prestado, por ejemplo, de la fuente
gubernamental, cuando no de sectores que son enemigos
declarados del proceso de reconciliación, como sucede en
esta oportunidad. Esos lenguajes son los que han invadido
el que es propio de medios y periodistas, quienes acríticamente han incorporado a su práctica la denominación
posconflicto, cuando no es que acuden a términos discriminatorios como terroristas, asesinos, asesinatos, dados de
baja, violadores de los diálogos; o defienden, por principio,
a alguna de las fuentes, sin pensar que los periodistas tenemos nuestro propio lenguaje, el mismo que nos permite
estar en capacidad de abordar y narrar la realidad en forma independiente, o ser conscientes y responsables sobre
cuándo y cómo se debe informar, como también cuándo
se contribuye al proceso de diálogos y de defensa de la
vida, dejando de informar sobre ciertos hechos.
Estas últimas posturas informativas implican también una posición ética, si tenemos en cuenta que el ejercicio periodístico como tal –y mucho más en el contexto
de unas conversaciones de paz– debe servir para algo más
que el lucimiento del periodista y del propio medio. Más
aún, si tenemos en cuenta el poder político y económico
que ejercen hoy los medios de comunicación –lo cual los
lleva a ser algo más que medios–, es necesario emplazarlos
y llamarlos a comprometerse con las tareas democratizadoras que poco a poco se decantan con el avance de los
diálogos y con el consiguiente matiz que va adquiriendo la
fase siguiente, la que se ha dado en llamar el posconflicto.
¿Y la academia? ¿Estará en capacidad de consolidar
la formación de los reporteros, editores, incluso directores, presentes y futuros, todos ellos atravesados por el ineludible e inaplazable reto de entregarles a la sociedad y
a los medios los intelectuales de la información que nos
ayuden a entender y desentrañar la complejidad histórica
de una realidad llamada Colombia, esa que, una vez más,
y en palabras de Gabriel García Márquez, se está dando
una nueva oportunidad sobre la Tierra?
se dé cuenta de actividades digitales.
Por más ridículo que pueda parecer para quienes afirman que la vida está en la realidad, el uso de las redes
sociales -hoy día- hace parte de las experiencias vitales y
reales de los individuos que las usan. Publicar en ellas es
una actividad vital. Esto pasa, según Pierre Levy, porque
“gracias a las técnicas de comunicación y telepresencia
podemos estar a la vez aquí y allá”. Es un simulacro de
existencia dentro de la misma existencia que se convirtió
en otro de los medios para virtualizar al individuo parcialmente. Pero ¿qué se preserva en realidad mientras la
cuenta del que ha muerto sigue activa? ¿Si alguien se viera abocado a escribir una biografía sobre algún usuario de
redes sociales que ha muerto, tendría suficiente material
con la información consignada en sus cuentas? Hay que
aclarar que existen diferentes soportes que sirven para
preservar, con mayor duración, aspectos de la existencia
del individuo y, mirados globalmente, de la humanidad:
las fotos, los libros, los videos, etc. Estos formatos ya no
solo existen a través de un soporte físico: ahora son creados digitalmente, o son digitalizados, y muchas veces subidos a la web; otros, permanecen en discos de memoria
personales.
En este exhibicionismo a través de dichos servicios
web, en esta necesidad, en este impulso primario de publicar por publicar, de estar activo y presente en las múltiples
actualizaciones de estado o en las avalanchas de trinos,
también podría darse un modo de la “continuidad bilógica virtual” que propone Pierre Levy en el libro ¿Qué es
la virtualidad? ¿Pero qué tipo de cosas publicamos para
la posteridad? De todos modos, frente a la existencia de
los seres humanos, ya Schopenhauer sentenció: “La individualidad de la mayoría de los hombres es tan miserable
y tan insignificante, que nada pierden con la muerte. Lo
que en ellos puede aún tener algún valor, es decir, los rasgos generales de la humanidad, eso subsiste en los demás
hombres. A la humanidad y no al individuo es a quien se
le puede asegurar la duración”.
Si en el futuro, con los apropiados avances tecnológicos, alguien quisiera revivirnos a través de lo que dejamos
en las redes sociales, como lo propone el capítulo titulado
“Be Right Back” de la serie The Black Mirror, ese ejercicio,
ese simulacro, presentaría a un individuo incompleto. Ya
fue escrito párrafos atrás: las redes sociales son un simulacro de la existencia; lo que se publica en estas no es todo
lo que somos ni todo lo que hemos vivido.
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Caricatura
Gracias, maestro
El periodista y profesor Gonzalo Medina Pérez, conocido
por sus crónicas de guerra y de fútbol, ha marcado la formación
de muchos estudiantes de la Facultad de Comunicaciones. Hoy,
cuando se jubila, lo despedimos con gratitud. Sus estudiantes,
al igual que el mismo Medina, esperamos que mantenga una
vinculación con la Universidad de Antioquia y podamos verlo
en los pasillos tomando tinto y charlando con colegas presentes
y futuros. Gonzalo, quien ingresó a la Universidad en 1973 como
estudiante de Ciencias de la Comunicación, prefiere pensar que
no culmina, sino que transforma un lazo que no pretende romper. Nosotros los estudiantes, desde las aulas de clase, los pasillos y las cafeterías le decimos: ¡Gracias!
Los indignados de la red
¿Lo recuerdan? 43 estudiantes desaparecidos en México. ¿Lo recuerdan? 12 periodistas del semanario francés
Charlie Hebdo asesinados. ¿Lo recuerdan? Cientos de personas masacradas en Nigeria. ¿Lo recuerdan? Varios casos de
ataques con ácido a mujeres en Colombia. En una sociedad
donde hay que renovar a diario el estado en Facebook y tuitear a cada rato, la indignación se esfuma con los “me gusta”
de la publicación de ayer.
La muerte del artista
Opinión
Mirarnos desde adentro
Redacción De La Urbe
[email protected]
L
os 15 años del pregrado en Periodismo de
la Universidad de Antioquia y del Sistema
Informativo De La Urbe fueron la oportunidad para reunir a reporteros y editores frente a la
reflexión sobre el oficio del periodismo y el papel que
juega la academia. Una jornada que unió periodistas
y separó criterios. Aquí, algunas ideas del encuentro.
El trabajo del reportero
Yamit Palacio (periodista de RCN televisión): Es
paradójico que tengamos tan mal periodismo cuando hay más medios de comunicación, más facultades
de comunicación y, cada vez, más organismos que
defienden la libertad de prensa. Según el Ministerio
del Trabajo, se han creado en los últimos 18 meses
en Colombia 500 y pico de sindicatos, y quisiera preguntar: ¿cuántos de ellos son de periodistas? Ninguno, porque a los periodistas no se nos permite sindicalizarnos, eso es visto con sospecha. Entonces, el
peor periodismo que se hace es cuando más medios
hay, más facultades hay y más instituciones que defienden la libertad de prensa.
Henry Chávez (gerente de Telemellín): La primera
sala de redacción a la que yo llegué era como una notaría: la sala de redacción de RCN Radio. Quedaba
en la calle San Juan y parecía una oficina notarial,
con los puestos de los periodistas unos enfrente de
otros. Nos tocó la época de la fuga de Pablo Escobar
de la Catedral y eso significaba –en una época sin
Internet ni celular, ni siquiera beeper–, hacer Periodismo, y lo digo con el mayor respeto. Es que hoy en
las salas de redacción remplazamos las fuentes por
Twitter, remplazamos las llamadas por Facebook,
remplazamos el contraste de las fuentes por la lectura de las redes sociales o los otros medios. Antes nos
tocaba hacer periodismo de verdad, y no hay nada
que remplace la posibilidad del periodista en el lugar
de los hechos.
Jorge Iván Posada (periodista de El Colombiano):
No hay una sola manera de hacer periodismo. Si uno
quiere ser un gran reportero, un gran cronista, un
gran investigador, un gran editor, uno debe pasar
por los medios pequeños y grandes; no creer que uno
sale de la universidad y “cae parado”, que inmediatamente el jefe le debe a uno porque escribió una
crónica en su trabajo de grado, o porque recibió tantas felicitaciones, o porque fue una tesis meritoria,
no. El mundo real no funciona así. El mundo real
es de ser cargaladrillos y trabajar día a día, constante
como una hormiga, hasta adquirir esas cualidades
tan importantes: el olfato para una noticia, saber
dónde está la noticia, saber titular, cómo se hace una
entradilla, cómo se hace un lead, cómo se hace una
pirámide invertida, cómo cruzar bases de datos, por
qué es importante ir a una rueda de prensa, crear
una red de fuentes y de colegas, la importancia de
estar en el lugar de la noticia, de contrastar la información, de verificar la información, de saber que
si lo dice Caracol no quiere decir que sea cierto o
lo que circula en las redes sociales tampoco quiere
decir que sea cierto.
Periodismo y academia
Juan Carlos Iragorri (director de Sala de Prensa,
de NTN 24): Benjamin Bradlee, periodista conocido por las publicaciones de los Papeles del Pentágono
y los artículos del escándalo Watergate, me decía:
“Yo creo que las facultades no sirven para nada, yo
puedo enseñar periodismo en 20 minutos. Si yo me
pongo acá en 20 minutos a explicarles cómo se hace
una entrevista, pues ustedes aprenden a hacerla, lo
que yo no les puedo enseñar es a desconfiar de todo,
a ser escépticos, eso es algo que ustedes tienen en la
cabeza. Si no lo tienen no van a ser buenos periodistas nunca”.
Periodismo universitario
Carlos Mario Correa (periodista, escritor y docente
de la Universidad Eafit): Lo que es importante destacar de los periódicos universitarios es que, en efecto,
corresponden muy bien a una idea de García Márquez, cuando se preguntaba cómo formar a los periodistas. Y es que así como a los pilotos se les forma
en un simulador de vuelo, para que en la vida real
sepan sortear las adversidades, también los periódicos universitarios cumplen esa función: se les brinda
a los estudiantes todas las posibilidades del proceso
editorial para que en la vida profesional sepan sortear las turbulencias del trabajo, cosa que es muy
difícil de enseñar en un tablero.
Maryluz Vallejo (periodista y docente de la Universidad Javeriana): Estos medios son importantes para formar en la humildad y en la constancia, en la perseverancia. Porque es muy bonito
hacer una crónica saliendo a la calle un día, pero
otra cosa es hacer un reportaje en el que incluso
se puede llegar a tener que instaurar un derecho
de petición, o que las fuentes te cierren la puerta
en la cara. Es una tarea más dispendiosa que puede aburrir a muchos, pero que sirve para poner
a prueba a los estudiantes. Es como un filtro en
donde uno se da cuenta de quiénes, en realidad,
van a publicar. Por el hecho de ser estudiantes no
quiere decir que puedan equivocarse; se trata de
equiparar a estos medios con los otros medios que
son serios y rigurosos.
Ese hombre robusto y de rasgos fuertes, pobres, indígenas,
no era tan hombre. Bajo su pañoleta constante y vistosa, y su
apariencia de señora de cualquier esquina, se hacía explícita la
rabiosa sensibilidad de una de las mejores plumas de nuestra
América. Lemebel, Pedrito Lemebel, era absurdamente latinoamericano, penetrante en sus ideales, conmovedor en sus relatos, flexible en sus posibilidades estéticas. Su garganta ya no
podía musitar alaridos, pero su voz era la llama ardiente de una
obra bellamente dedicada a la contemplación profunda de la
compleja y mezquina condición humana. Truman Capote dijo
alguna vez: “Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual.
Soy un genio”. Lemebel era eso y mucho más: todo un artista.
Paz en su tumba y convulsión para esta “triste y cueca” vida que
nos queda sin él.
La era Uribe
¿Será el fin de la era Uribe? Y no nos referimos al de mano
firme, el Innombrable, sino al de aquí: Alberto Uribe, rector de la
Universidad de Antioquia. El Consejo Superior Universitario fijó
para el 24 de febrero de 2015 la designación del nuevo rector de
la Alma Máter para el periodo estatutario de tres años. De volver a ganar, Alberto Uribe ajustaría cinco periodos consecutivos
en la rectoría: una permanencia mal vista por algunos sectores
de la universidad, que critican ese interés, muy propio de cierto
expresidente, por mantenerse en el puesto y no permitir otros
aires de mando. Para otros sectores, sin embargo, es la oportunidad de dar continuidad a ciertos procesos. Ya se sabrá.
Como en las telenovelas
El movimiento Compromiso Ciudadano (inexistente hoy)
se transformó en el caballo de batalla de Sergio Fajardo y su
“nueva” política, que hoy ve en peligro su caudal electoral debido a la división y el problemita entre Federico Gutiérrez y Alonso Salazar, quienes buscan la Alcaldía de Medellín a como dé
lugar. Suponemos que Salazar quiere dejarse crecer el pelo para
poder adecuarse más a la figura de Fajardo, mientras Federico
trata de volverse más verde y de quitarse la U de la frente. En
términos generales, esa es la pelea: uno fue del Partido de la U y
ahora tiene aliados en las fuerzas fajardistas, y el otro, luego de
su inhabilidad, volvió a casa y encontró remplazo sentado en su
silla. Hay que ver cómo los “renovadores” políticos también pelean por el poder, como si fuese una telenovela de las de antes.
¡Qué orgullo!
Egresados y estudiantes de la Facultad de Comunicaciones
resultaron ganadores en diferentes convocatorias. Durante la
última versión del Premio Nacional Simón Bolívar de Periodismo, la estudiante María Isabel Naranjo Restrepo fue ganadora
en la categoría Entrevista en Periodismo Escrito con su trabajo
Reportero sin rostro, una entrevista al periodista Fabio Castillo.
El egresado Jorge Iván Caraballo Cordovez ganó con El poeta
que vino del sur, un perfil sobre el poeta Horacio Benavides, en
la categoría ‘Becas al Periodismo Joven de Periodismo escrito’.
Por otro lado, entre más de 130 propuestas, el egresado Víctor Casas Mendoza recibió el Premio Fundación El Nogal “Los
jóvenes y la reconciliación”, en la categoría ‘Propuestas e ideas
de paz’, con el trabajo De memoria, un archivo digital que registrará información sobre las producciones cinematográficas
del conflicto armado colombiano. Y desde las subregiones,
Antonio José Rodríguez Marenco, coordinador de la Emisora
Cultural en Andes, resultó ganador del Premio de Periodismo
Regional “El país contado desde las regiones”, de Semana y el
Grupo Argos, en la categoría de ‘Mejor aporte original a la radio’, con su trabajo Roxana, el travesti del resguardo, testimonios
de valentía y algo de vergüenza. Estos reconocimientos nos llenan de orgullo.
Facultad de Comunicaciones Universidad de Antioquia
6 Cómic
No. 72 Febrero de 2015
7
Facultad de Comunicaciones Universidad de Antioquia
8 Crónica
P
astor Alape, integrante del Secretariado de las
Farc, salió de Cuba en noviembre pasado de manera tan extraordinaria como llegó. Para sacar
un guerrillero de la selva llega primero el mensaje. Papeleo del ahora integrante de la Delegación de Paz fariana,
intervención del Comité Internacional de la Cruz Roja y
más papeleos ordenados por el mismo Presidente. Todos
de acuerdo, arriba el helicóptero. O los helicópteros, para
bordear bases militares, cruzar el azul Caribe y aterrizar,
ya sin órdenes de captura, en La Habana, Cuba. El que
llega, sea comandante, combatiente o ideólogo, encuentra un confortable nido en las casas de descanso –lujosas,
frescas y con servidumbre– que ocupa la delegación rebelde, que suma ya más de treinta cabezas.
En el mismo sector, conocido como El
Laguito, se aloja la delegación de negociadores colombianos, que se cruza con los guerrillos solo en salones de ese rincón habanero
pensado para diplomáticos, así como en el
Palacio de Convenciones (Palco). Este último es el recinto para la realización de cada
ciclo –ya van 31– y es ahí donde la prensa
logra las imágenes de los Diálogos de Paz
que le dan la vuelta al mundo: señores vestidos con guayabera que se bajan de las camionetas blancas, caminan lento, agitando
la mano para las cámaras, junto a mujeres
calzadas con chanclas o portando mochilas
indígenas –las guerrilleras–; o entaconadas,
con celular y bolsos costosos en la mano –las
asesoras, plenipotenciarias o comunicadoras
del Gobierno–. Éstas y sus camarógrafos fueron quienes, después de un mes de oscuridad
en la pequeña Presidencia de Colombia en
el Hotel Palco, abrieron la puerta y encendieron las luces cuando liberaron al general
Alzate y Santos ordenó a su delegación que
regresara a la isla el 1 de diciembre pasado.
Un mes y medio atrás, Alape había llegado a Cuba tras la visita de las primeras
víctimas, la instalación de la Comisión Histórica del Conflicto y del primer encuentro
de oficiales militares con los rebeldes alzados
en armas. Su participación en las negociaciones, según se dijo en los medios, es decisiva,
en especial cuando se abrió la discusión sobre el cese al fuego y el desescalamiento del conflicto.
A finales de noviembre, en medio del suspenso por
el secuestro del general Rubén Darío Alzate –que puso en
jaque el proceso de paz–, Alape se dio la voladita hasta
la patria para coordinar la liberación del oficial. Ahí fue
cuando se tomó con éste, su rehén, la foto del abrazo,
quizá la más reveladora y polémica, humana, militar y
política a la vez, en dos años que suman ya los Diálogos
de Paz en Cuba. Los que estábamos en La Habana no
supimos de la salida del comandante antioqueño hacia
las selvas chocoanas sino hasta que lo vimos en Telesur.
Me refiero a los periodistas que, mientras el proceso
de paz estuvo congelado, ya no éramos decenas como en
los últimos ciclos de 2014, sino apenas cinco corresponsales colombianos: un flaco araucano, fresco y simpático,
con atuendos juveniles color pastel, que trabajaba en la
radio; un bogotanísimo que se echaba polvo y se quejaba
de todo rogándole al Universo que lo devolviera pronto
a su capital natal; el zorro viejo de Jorge Botero que –de
“mochos” y gorra– no se había perdido casi ningún ciclo;
un cincuentón ya casi del todo peliblanco de origen paisa
y preguntas cortas que salía en nuestra tele; y yo, periodista independiente reporteando para medios argentinos
y una web colombiana.
Camila Cienfuegos, de la Comisión de Prensa, era
el puente de nosotros en la delegación de la guerrilla.
Apenas volvió Alape de la selva, Telesur coordinó con
ella una entrevista con el comandante. Por razones de
“confianza”, la exclusiva la tenía, casi siempre, esa cadena internacional.
En uno de los carros oficiales –blancos y altos, tipo
van– que transportan la guerrillerada, el comandante antioqueño se retiraba del lugar favorito para las notas de
televisión –el túnel del Palacio de Convenciones donde se
lee en letras grandes y azules “Diálogos de Paz”– cuando,
a toda velocidad, se le adelantó un auto pequeño y viejo
con tres hombres a bordo. Al atravesar el auto, obligaron
a la van oficial a detenerse. Del auto clásico se bajaron
dos hombres armados de cámara y micrófono, exigiéndole a Alape que hiciera lo mismo. El conductor, cubano,
rogaba como nosotros por el pronto reinicio de los diálogos. Y mientras volvía la cotidianidad, se prestó como
buen piloto a la hazaña propuesta por el jefe, el canoso
curtido reportero de política, quien movido por el afán
de la noticia se atrevió a interceptar al jefe del Bloque
Magdalena Medio.
Mientras estuvieron congelados los Diálogo de Paz,
los días, además de estar escasos de agenda, eran fríos:
No. 72 Febrero de 2014
El ciclo que no fue
El secuestro del general Rubén Darío Alzate, en noviembre pasado, puso
en jaque el proceso de paz entre la guerrilla de las Farc y el Gobierno
colombiano. Fueron momentos de tensión que bien pudieron llevarse al
traste dos años de diálogos. En esta crónica desde La Habana, detalles sobre
cómo se vivieron aquellos días desde la sede misma de las negociaciones.
Fotografía: Katalina Vásquez Guzmán
Katalina Vásquez Guzmán
[email protected]
El secuestro del general Rubén Darío Alzate, el cabo Jorge Rodríguez y la abogada Gloria Urrego, ocurridos el pasado 16 de
noviembre en el corregimiento de Las Mercedes, en Chocó, fueron el motivo de la suspensión temporal de los diálogos de paz.
llovía y venteaba y había que salir de chaqueta por las
calles habaneras. Como las Farc no emitían declaraciones
cada mañana, como acostumbran en tiempos de diálogo,
la persecución de los reporteros a los guerrillos se puso
más intensa. En esa mañana gris, en plena calle, Alape
le concedió, entonces, dos preguntas al reportero, no
sin antes señalarle que había sido agresivo, a lo que
el ahora diplomático reportero se excusó con mucha
altura. Camila estaba sorprendida por los métodos de
su compatriota quien, además, llamó al súper bogotano del canal rival para avisarle lo que pensaba hacer.
Entre el pequeño grupo de periodistas colombianos, en
este ciclo que no fue, nadie quería chiviar a nadie. O, al
menos, el acuerdo fue que cualquier anuncio de novedad o declaración era para todos.
En la noche, cuando el drama del general Alzate llegaba a su capítulo final y el
tipo se aprestaba a salir de los
chequeos médicos y demás
para regresar
a casa, un jefe
guerrillero caminaba por el
lobby del Hotel
Palco donde se
hospedaba la
mayoría de corresponsales. Ahí los esperábamos, cada
tarde, a ver qué declaración se daba. “Periodistas, ¿ya
saben la última noticia?”, nos preguntó el tipo a lo lejos. “¿Qué fue?”, le dijeron los más ágiles que ya estaban
frente a él con micrófonos y grabadoras en mano. “Que
la mujer del General está vendiendo la cama”, dijo antes
de carcajearse.
Varias noches después, cuando la delegación del Gobierno pasó por La Habana en una rápida reunión sin
cámaras y acordó con las Farc reiniciar el diálogo el 11 de
diciembre, los periodistas nos tomábamos unas cervezas,
ya sin prisa ni suspenso, en la cafetería del mismo hotel.
Nos fuimos juntando con algunos guerrillos sentados en
la mesa de al lado, y nos contaron del aplaudido regreso
de Alape a las casas de El Laguito.
Aprovechándose de su visita a la patria, el temido comandante extrajo de la selva un botín apetecido: panela
(
y areparina. Aunque el sancocho no les faltaba porque,
de andar la capital cubana, los guerrillos ya sabían dónde
conseguir la papa, la yuca y hasta la carne de vaca tan
escasa en esta isla, pero no habían conseguido con qué
hacer aguapanela. En la cómoda libertad, a los rebeldes
les hacían falta las largas caminatas esquivando bombardeos, y extrañaban tanto el monte como el fusil, el peso
del fusil sobre el hombro y la mente. “¿Y es verdad que
a algunos de ustedes no les gusta usar la cama?”, preguntó, ya entrado en confianza, el araucano de la radio
nacional. “Hombre, el colchón y yo sí nos entendemos
muy bien, pero hay camaradas que prefieren quitárselo
y dormir sobre las tablas, o algotros lo bajan mejor pa’l
piso como pa’ sentirse mejor, no sé”, respondió un rebelde
recién llegado a los Diálogos de Paz, agitando sus manos
grandes y brazos gruesos envueltos en un traje deportivo.
“Lo que sí es
que tengo que caminar mucho, y
todos madrugamos como siempre. Catatumbo
se levanta a las
cuatro de la mañana, y en la pieza donde estoy
yo a las seis ya
no queda nadie
en la cama”. “O
el cambuche”, agrego yo en mi cuaderno de notas saboteado por los colegas que, ya cogidos por la cerveza,
me pedían que dejara de escribir. “Pero si yo estoy es
grabando”, les respondía en chiste. Y entonces los guerrilleros, con cara de sabuesos, metían la mano bajo las
mesas buscando artefactos secretos. A mí me daba risa.
Un colega que se pasó al whisky les decía que tranquilos, compas, que nada de nervios, que éramos apenas
humildes periodistas esperando ya el regreso a una sala
de redacción. “Le parece poco –decía otro insurgente
presente–, con lo que dicen los medios se destruye o se
construye un imperio. Es que, con todo respeto, los medios privados son mucha basura, y los periodistas hablan mucha mierda”, se quejó el negro grandote. Yo no
contuve mi carcajada, mientras los otros arrugaron la
cara. Los hombres se pararon de la mesa, uno pidió la
cuenta y yo me puse a pedir números telefónicos.
)
Mientras estuvieron congelados los Diálogo
de Paz, los días, además de estar escasos de
agenda, eran fríos: llovía y venteaba y había
que salir de chaqueta por las calles habaneras.
Fotografía: Katalina Vásquez Guzmán
Análisis
El conflicto armado colombiano, los diálogos de paz y los posibles escenarios de posconflicto representan retos al cubrimiento
realizado por periodistas.
El papel de los periodistas en el
cubrimiento del conflicto armado y
los procesos de paz.
Reflexiones más allá de la coyuntura
¿Cómo se ha hecho el cubrimiento del conflicto armado colombiano y de los
procesos de paz que se han adelantado en el país? ¿Cuáles son los desafíos
que la degradación del conflicto y la construcción de la paz le imponen al
periodismo colombiano? Son preguntas que, ahora más que nunca, siguen
estando a la orden del día.
Natalia Maya
[email protected]
En la carrera en que andan los periodistas
debe haber un minuto de silencio para reflexionar
sobre la enorme responsabilidad que tienen.
Gabriel García Márquez
U
n universitario le pidió alguna vez ayuda al
periodista Javier Darío Restrepo para su tesis
sobre la situación de los corresponsales de guerra en el país. El maestro de ética periodística decidió
responderle sus inquietudes a través de una carta: en
ésta le contó cómo durante las guerras ‘la verdad se da
de baja’. Le narró que en Macaravita (Santander), el 7 de
junio de 1990 una patrulla militar le dio muerte a once
hombres y luego fusiló la verdad justificando la acción
como respuesta a un ataque de la columna Efraín Pabón
del Ejército de Liberación Nacional (ELN). El reconocido maestro de ética periodística le escribió al estudiante
que “a los reporteros que cubrieron esa información y
que habían encontrado datos sospechosos se les planteó,
sin embargo, el dilema de estar con la institución representativa de la patria, su Ejército Nacional, o de parecer
que apoyaban a la subversión. Quizás por eso publicaron, a pesar suyo, la versión militar; pero un tribunal
superior, alertado por algunas publicaciones y denuncias, investigó y encontró que la patrulla, al comprobar
que los muertos no eran guerrilleros sino campesinos,
les había cambiado la ropa y, vestidos como guerrilleros,
les había puesto armas en las manos”.
Diez años después, en el 2000, una historia similar tuvo lugar en Pueblorrico (Antioquia). Esta vez la
periodista Marta Ruiz es quien la recuerda para ejemplificar en su texto, Los periodistas y sus dilemas (2002),
cómo en Colombia la noticia existe solo si una fuente
oficial la corrobora. También involucrando al ELN, el
Ejército Nacional de Colombia publicó un boletín en el
que señalaba a este grupo guerrillero como responsable
de la muerte de ocho niños. Según la Cuarta Brigada,
el episodio se dio por un enfrentamiento de sus tropas con los subversivos. La noticia era de tal magnitud
-cuenta Marta Ruiz- que todos los reporteros querían
hacer presencia en el lugar de los hechos.
“Una vez allí encontraron otra versión de los acontecimientos: los niños habían muerto porque los soldados del Ejército colombiano los confundieron y dispararon. La nueva versión empezó a recorrer las salas
de redacción de algunos medios nacionales, que no les
dieron crédito a sus corresponsales que estaban en el
lugar de los hechos porque los altos mandos militares
mantenían su versión. Solo después de que una cadena
de radio presentó la noticia, los demás medios se atrevieron a considerar esta versión como posible”.
Estos relatos que narran Restrepo y Ruiz dan cuenta de algunas de las responsabilidades y los dilemas
que el prolongado y degradado conflicto armado interno les impone a los periodistas colombianos. La presión
de la institucionalidad para que se haga periodismo
‘patriótico’ y se desconozca la voz de los insurgentes
-caso Macaravita-, y las dificultades que enfrentan muchos reporteros para llegar al lugar de los hechos por
su cuenta y confrontar la información, sin la guía y
custodia de alguno de los actores armados -caso Pueblorrico-, son apenas dos de los numerosos dilemas a los
que se enfrentan los periodistas cuando se preguntan
por el deber ser de su profesión en un país marcado
por una confrontación armada irregular. A estos cues-
9
tionamientos se suman además las demandas de una
sociedad que se mueve entre el péndulo de la guerra
y de la paz y que espera de sus medios y de sus reporteros una labor que trascienda por mucho el horizonte
informativo.
Tras el anuncio del presidente Juan Manuel Santos
sobre la firma del ‘Acuerdo general para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable
y duradera’ con las Fuerzas Armadas Revolucionarias
de Colombia (Farc), en agosto de 2012, muchos periodistas y académicos asumieron la tarea de repasar los
anteriores intentos de paz con los grupos insurgentes
del país.
La sombra del fracaso del Caguán (Caquetá) fue
inevitable y se convirtió en el referente obligado. Una
de las reflexiones más importantes tenía que ver con
el papel cumplido por los medios de comunicación. Al
respecto, la periodista Constanza Vieira escribió en el
portal de noticias periodismohumano.com que cuando
los negociadores del gobierno y de la guerrilla se preguntaron cuáles eran los obstáculos para firmar la paz
en Colombia, “concluyeron, entre otros puntos, que los
medios de comunicación de este país habían satanizado
la misma palabra paz”.
A partir del anuncio de Santos y de la instalación
oficial de la mesa de conversaciones en Oslo, Noruega,
comenzaron a adelantarse numerosas conferencias, talleres y encuentros organizados por diversos sectores
del país para debatir sobre cuál debería ser el papel
de los medios de comunicación y de los periodistas en
el cubrimiento del actual proceso de paz. Este tipo de
debates –que además incluyen la pregunta por el deber
ser del periodismo en la cobertura informativa del conflicto–, han tenido lugar en el país desde los primeros
intentos de negociación con los grupos insurgentes.
¿Cómo se ha hecho el cubrimiento del conflicto armado colombiano y de los procesos de paz que se han
adelantado en el país? ¿Cuáles son los desafíos que la degradación del conflicto y la construcción de la paz le imponen al periodismo colombiano? ¿Qué implicaciones
ha tenido para los periodistas informar sobre procesos
de negociación en medio del conflicto? ¿Informar sobre la paz y los escenarios de posconflicto implica retos
diferenciados para los reporteros? ¿El periodista debe
tomar partido por las víctimas del conflicto? ¿Cuál es el
deber del periodismo en la construcción de la memoria
histórica del país? ¿Qué papel le corresponde a las facultades de comunicación y a las empresas informativas en
la cualificación de los periodistas para que respondan
éticamente a las exigencias que impone el cubrimiento
del conflicto armado y los temas de la paz?
Los anteriores interrogantes han guiado muchos
debates que, en general, se han caracterizado por seguir tres tendencias: la primera consiste en hacer una
evaluación crítica de cómo ha sido el cubrimiento de
ciertos hechos de relevancia histórica dentro del conflicto -principalmente intentos de negociación entre los
gobiernos y los grupos armados ilegales de la época-; la
segunda se basa en la pregunta por los retos y dilemas
que deben enfrentar los periodistas en medio de la guerra, la transición a la paz y el posconflicto, y apunta
a que el horizonte ético es contribuir a la búsqueda
y construcción de paz en el país; y la tercera invita a
los profesionales de la información a asumir las consecuencias de las equivocaciones en sus cubrimientos y
a replantear sus métodos para lograr una mayor comprensión del conflicto entre los ciudadanos.
En los últimos años, debido a los procesos de Desarme, Desmovilización y Reintegración (DDR) de las
Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) y de la expedición de leyes como la 975 de julio de 2005 (Ley
de Justicia y Paz), la discusión se ha concentrado en la
responsabilidad de los periodistas y los medios en la
construcción de futuros escenarios de posconflicto en
Colombia, siendo fundamentales las preguntas por el
compromiso con las víctimas y con la construcción de
la memoria histórica.
La existencia de iniciativas como Plataforma de
Periodismo y, en su momento, de agremiaciones de
periodistas como la Corporación Medios para la Paz
y el Proyecto Antonio Nariño -integrado por la Asociación de Diarios de Colombia (Andiarios), la Fundación Friedrich Ebert Stiftung en Colombia (Fescol),
la Fundación Social, la Fundación para la Libertad
de Prensa (FLIP) y la Fundación Nuevo Periodismo
Iberoamericano (FNPI)-, ha sido fundamental para
alimentar estas discusiones, tomarle el pulso al estado de la libertad de prensa en el país y fomentar y
visibilizar las propuestas dirigidas a cualificar a los
periodistas que ejercen su labor en contextos de confrontación armada.
Este texto hace parte del trabajo de grado en Periodismo Papel de los medios de comunicación y los periodistas en el cubrimiento del conflicto armado y los
temas de la paz.
Asesor: Gonzalo Medina P.
Facultad de Comunicaciones Universidad de Antioquia
10 Análisis
Gonzalo Medina P.
[email protected]
El placer que se busca al leer es el placer de pensar
Émile Faguet (La Roche-sur-Yon, 1847; París, 1916)
C
ada vez que miraban a los ojos -cuando eran
capaces de ello- a cada uno de los 43 muchachos normalistas, los asesinos estaban cobrándoles la historia de rebeldía que ha caracterizado al
estado mexicano de Guerrero.
Vicente Guerrero Saldaña fue un combativo insurgente y, a la vez, caudillo durante la guerra de independencia de los mexicanos respecto de los españoles.
Guerrero Saldaña fue el segundo presidente de México
y, su apellido, le dio nombre al estado que se creó el 27
de octubre de 1849.
El espíritu rebelde del estado de Guerrero también
lo encarnaron los Yopes, una tribu que nunca permitió
ser sometida por los Aztecas, aunque luego, en 1553,
fue conquistada por los españoles. Al finalizar la primera década de la Conquista, los españoles lograron
sofocar dos rebeliones indígenas: una en Costa Grande,
en los astilleros de Zacatula, y otra en San Luis Acatlán, en la Costa Chica, en donde los Yopes buscaron
recuperar su independencia y destruyeron el pueblo y
mataron a un importante número de españoles.
Hoy, la rebeldía de los guerrerenses, hecha rabia
e indignación, se expresa en las movilizaciones, la denuncia pública nacional e internacional y los ataques
contra sedes estatales, caso del Palacio de la Gobernación y del edificio del Congreso, por considerar que, al
lado de los paramilitares y narcotraficantes, el Estado
es uno de los responsables del secuestro y desaparición
de los 43 jóvenes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa. Los hechos, para que recordemos, sucedieron el
26 de septiembre del 2014, en el poblado de Iguala de
la Independencia. En el dialecto náhuatl, Ayotzinapa
significa río de calabacitas.
Este no fue el primer caso de hechos violentos cometidos contra los combativos alumnos de Ayotzinapa.
El 12 de diciembre de 2011, estudiantes de la Escuela
Normal Rural de esa población se trasladaron a Chilpancingo de Los Bravo, capital del estado de Guerrero,
para reclamar la reparación de las instalaciones del
plantel, el aumento de presupuesto y el incremento
de plazas en el sector de la educación para el 100 por
ciento de sus egresados. Ese día, los manifestantes bloquearon la denominada Autopista del Sol y tuvieron
enfrentamientos con la policía. Como resultado, murieron por disparos policiales los estudiantes Jorge Alexis
Herrera Pino y Gabriel Echeverría de Jesús, lo mismo
que el empleado de una estación de gasolina, quien sufrió quemaduras al tratar de apagar el incendio de dos
bombas dispensadoras de combustible; incendio causado, al parecer, por los manifestantes.
Un año después, el mismo día, cerca de 1.500 personas, entre familiares y estudiantes de la Normal de
Ayotzinapa, adelantaron una marcha pacífica en memoria de los muchachos asesinados y a la vez para exigirles a las autoridades el debido castigo de los responsables materiales y políticos de los asesinatos. A pesar
de las recomendaciones de la Comisión Nacional de
Derechos Humanos, el gobierno de Guerrero hizo caso
omiso de las mismas.
La consigna: ¡desaparecer!
Carlos, tal el nombre con el que se dio a conocer,
es uno de los sobrevivientes de la desaparición de los
43 normalistas el 26 de septiembre de 2014; contó a
sus compañeros de la Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM, que “íbamos más de 80 en un
camión y al pasar por el centro de Iguala, fuimos interceptados por policías municipales, quienes no escucharon nuestras razones de que sólo íbamos a botear1
para obtener
dinero
para
cubrir
nuestras jornadas
de observación
y prácticas de
cultivos,
en
respuesta empezaron a dispararnos”.
Carlos amplió su testimonio: “Vi caer
a mi compañero Aldo Gutiérrez Solano, por un impacto de bala en la cabeza. Con impotencia tratamos
de auxiliarlo mientras los policías se llevaban a otros
normalistas, a quienes subieron a culetazos a las patrullas. Sobreviví al correr y ocultarme tras las llantas
de un auto (...)”, dijo.
(
Guerrero:
una herida abierta
Han pasado cuatro meses desde la desaparición de los 43 estudiantes
normalistas de Ayotzinapa, México. A pesar del interés del Estado por cerrar
el caso y darlos por muertos, los padres siguen exigiendo respuestas y condenas
a los responsables. Mientras tanto el dolor, ese que debería igualarnos como
latinoamericanos, sigue ahí.
Un grupo de ilustradores mexicanos conforman un movimiento que busca mantener presentes a los 43 normalistas desaparecidos, mostrar la indignación por medio del arte y exigir respuestas.
Y ante estudiantes de la Facultad de Estudios Superiores (FES) de la UNAM, el joven normalista aseguró
que desconocían que el edil2 de Iguala y su esposa tenían nexos con el crimen organizado; “quien siempre lo
supo es Ángel Aguirre”, gobernador de Guerrero, afirmó Carlos. Este
se refiere al entonces alcalde de
Iguala, José Luis
Abarca, y su esposa, María de los
Ángeles Pineda,
quienes después
fueron capturados en Iztapalapa,
Distrito Federal,
acusados de homicidio, tentativa
de homicidio y desaparición forzada de los 43 alumnos
normalistas de Ayotzinapa. El 22 de octubre, el Procurador General de la República, Jesús Murillo Karam,
señaló, con plena seguridad y satisfacción, a Abarca y
su esposa como autores intelectuales del homicidio de
seis personas y la desaparición de los 43 estudiantes.
)
“Podrían mandar a todo el ejército mexicano
y de todas formas no serviría, por la manera
en que están haciendo las cosas. Porque están simulando la búsqueda, nada más”.
No. 72 Febrero de 2015
El peligro de leer
Las presiones nacionales e internacionales contra
la justicia y el gobierno nacional mexicano, con Enrique Peña Nieto a la cabeza, han venido aumentando,
siempre en demanda de una clara, pronta y eficaz investigación que identifique a los verdaderos autores
materiales e intelectuales de la oprobiosa desaparición
de los 43 muchachos de Ayotzinapa, algo inaceptable
en un país que se reclama civilizado y que, a través
de su historia, ha sobresalido por su espíritu solidario
y hospitalario para con las víctimas de otras guerras,
comenzando por la Guerra Civil de España y los conflictos armados de distintos países centroamericanos.
Consideramos que es en esta exigencia en donde se
produce el punto de quiebre del manejo dado a la crisis
por el gobierno de Peña Nieto y de la propia justicia
mexicana. De una parte, ha sobresalido el predominio
de los lugares comunes del Presidente de la República
al declarar en público que “hallaremos y aplicaremos
todo el peso de la ley a los culpables”, como también “es
un esfuerzo compartido de todo el Estado mexicano, que
claramente ve en esto una señal para ir al fondo y combatir también a fondo la impunidad”.
De igual modo, la otrora seguridad manifestada
11
por el Procurador General de la República, Jesús Murillo Karam, cuando acusó al exedil de Iguala, y a su
esposa, por la desaparición de los 43 muchachos y los
seis homicidios ocurridos en el mismo procedimiento
policial, comenzó a desplomarse ante las presiones nacionales e internacionales. La única frase que atinó a
pronunciar frente a los reclamos de los padres de familia para que hubiera una mayor gestión frente a la
desaparición de los 43 estudiantes, fue reveladora: “Ya
estoy cansado de tantos regaños (destacado nuestro), de
que me estén reclamando que no hago bien mi trabajo,
a pesar de que tengo mil 900 policías y 10 mil del ejército trabajando en la búsqueda”.
Los padres de familia respondieron a su manera:
“Podrían mandar a todo el ejército mexicano y de todas
formas no serviría, por la manera en que están haciendo las cosas. Porque están simulando la búsqueda, nada
más. ¿Y por qué decimos que es una búsqueda simulada?
Porque suben al cerro, echan un vistazo y se regresan. Ni
siquiera están usando tecnologías sofisticadas con las que
se cuenta para rastrear”. El Procurador trató luego de
encubrir su evidente e inoportuna declaración y declaró que lo que quiso decir fue: “Estoy cansado de tanta
violencia”.
Aparecieron luego en escena varios policías y sicarios, presuntamente detenidos por las autoridades
judiciales, quienes se declararon culpables de la desaparición, asesinato y descuartizamiento de los cuerpos
de los 43 estudiantes. Los medios de comunicación hicieron un completo despliegue con los testimonios de
los señalados criminales, varios de ellos visitando el
supuesto lugar en donde sucedió la masacre y explicando hasta el más mínimo detalle sobre cómo ocurrió
dicha matanza. La poca credibilidad que merecieron
tales confesiones, y que los exámenes de ADN practicados por expertos no fueran confluyentes, muy pronto
llevaron a desechar la hipótesis de los hallazgos de los
mismos.
Y mientras esto ocurría, el presidente Enrique
Peña Nieto viajaba a China y dejaba al país sumido en
una creciente pérdida de institucionalidad, sobre todo
producto del desprestigio de las Fuerzas Armadas, coludidas cada vez más con los carteles de la droga. No
queda claro si el viaje fue por un compromiso gubernamental o, por el contrario, fue la oportunidad para
sacarle el cuerpo a un problema complejo que involucra
la responsabilidad del Estado.
A modo de reflexión, consignamos dos planteamientos de intelectuales mexicanos sobre lo que sigue
ocurriendo en Ayotzinapa, en el combativo estado de
Guerrero; y escribimos en presente porque, a pesar de
que el Estado una vez más los dé por muertos, para los
padres los 43 jóvenes siguen desaparecidos y se constituyen en un reto a la dignidad humana, esa que es
capaz de protestar a cualquier precio contra la arbitrariedad:
“Como tantas veces antes desde 1968, asistimos a
una acción conjunta, coludida, de agentes del Estado y
escuadrones de la muerte, cuya misión es desaparecer lo
disfuncional al actual régimen de dominación. La figura de la desaparición, como instrumento y modalidad
represiva del poder instituido, no es un exceso de grupos
fuera de control, sino una tecnología represiva adoptada
racional y centralizadamente que, entre otras funciones,
persigue la diseminación del terror”3.
“La cultura de la letra ha sido un desafío en una
zona que dirime discrepancias a balazos. En los años sesenta del siglo XX, dos terceras partes de los pobladores
de Guerrero eran analfabetas. La Normal de Ayotzinapa
surgió para mitigar ese rezago, pero no pudo ser ajena
a males mayores: la desigualdad social, el poder de los
caciques, la corrupción del gobierno local, la represión
como única respuesta al descontento, la impunidad policíaca y la creciente injerencia del narcotráfico”4.
¿Acaso cuando el joven aprende a leer la realidad,
la única respuesta posible es el terror estatal?
Mexicanismo consistente en acudir a la solidaridad pública para adelantar una actividad de beneficio colectivo.
2
Dentro de nuestra terminología político-administrativa, es el equivalente al alcalde municipal.
3
Fazio, Carlos. “Ayotzinapa: terror clasista”.
En: La Jornada. 13 oct. 2014.
4
Villoro, Juan. “Yo sé leer: Vida y muerte en Guerrero”. En: El País.
30 oct. 2014.
1
Facultad de Comunicaciones Universidad de Antioquia
12 Especiales
La iglesia que mira hacia la calle equivocada
Antes, cuando no ostentaba el nombre de la gran batalla boliviana, la Calle de la Amargura era custodiada por cuatro santos
de piedra que, erguidos, están parados día y noche en la cúpula de la Parroquia San José desde hace más de 100 años. Hoy, Ayacucho no es más que una calle empolvada por las obras del tranvía y los santos -¿será San José?, ¿será otro santo?- están custodiando
la calle equivocada: a sus espaldas, los ladrones hacen y deshacen en la Avenida Oriental, que apenas cobró importancia a partir
de 1973, cuando se inició su ampliación.
En el mismo terreno donde hoy están San José y la Virgen del Perpetuo Socorro, había, en 1720, una pequeña capilla consagrada a San Lorenzo, el mártir romano que murió en una parrilla el 10 de agosto del año 258, cuando Roma aún era una ciudad
pagana y el gran imperio de Europa. Pero como el grandísimo imperio romano cayó en la ruina, también lo hizo la capillita de San
Lorenzo: a mediados del siglo XIX era un sucio y abandonado templo de una provincia en medio de montañas.
Virgencita sola y triste
La madre del Perpetuo Socorro está en decadencia, sin un solo fiel, sin una sola veladora; pobre virgen: todas las miradas se
las lleva el Cristo que está a la entrada, y por ahí derecho se lleva también todas las monedas de los feligreses que las echan en una
urna para que se encienda la veladora electrónica. Sabrá Dios si la luz roja de un bombillo hace tantos milagros como la llama viva
de una vela de esperma y mecha. Mientras tanto la Virgen, sola y triste, espera a que alguien le encienda al menos un bombillito.
Será que ya no la quieren: será que los hombres de hoy las prefieren putas.
Los hombres de antes, en cambio, las preferían castas y puras. Por allá en 1847, cuando el señorísimo obispo de Antioquia,
Juan de la Cruz Gómez Plata, ordenó que se derribara el templo de San Lorenzo y en su lugar se construyera un templo a San José,
que fue confiado a los padres jesuitas -antes de que los echaran de Colombia como a unos perros- , por allá las mujeres bajaban
por la Calle de la Amargura llorando a sus muertos, y ni un tobillo se les veía bajo las faldas.
Los fervorosos
Son siempre un grupo de diez. Se quedan cinco, siete, ocho minutos mirando absortos la cara de San José que sobre un trono
se sienta, impasible, como soberano de los hombres. Las cabezas inclinadas unos 45 grados hacia arriba del horizonte; ni un pestañeo, ni un titubeo, ni un cambio de peso de la pierna izquierda a la derecha, ni de la derecha a la izquierda. A algunos los labios
se les mueven, inconscientemente, delatando el ritmo de sus oraciones. De pronto, uno de los cristianos se echa la bendición en
el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y sale del templo sin mirar para atrás. Algún otro no tarda en ocupar su puesto
frente al santo milagroso.
El patrón de la iglesia, San José de Nazaret, es conocido como el santo silencioso y quizás porque siempre ha recibido con
sumisión y prudencia las decisiones tomadas por otros. Hace más de 2000 mil años es el padre putativo de Jesucristo y en 1847
adoptó la comunidad que hasta ese año eran fieles de San Lorenzo, pero que, gracias al Arzobispo Juan de la Cruz Gómez Plata,
le tocó aceptar.
Virgencita, San José, Cristo bendito, que consiga pa’l arriendo del mes
Esta iglesia se está quedando vieja, como Suiza y Suecia. Los feligreses tendrán en promedio, digamos, unos 57 años. Traje
sastre hecho a la medida, bastón y zapatos ortopédicos. Los jóvenes o ya no necesitan favores o se los están pidiendo al diablo,
porque es que a eso se viene a la iglesia: a rogarle a una figurilla de yeso que consiga pa’l arriendo de este mes.
Se demoraron 45 años construyendo la iglesia. La terminaron en 1892 cuando Félix Pereira, jesuita y arquitecto, finalmente
diseñó la cara frontal. El asunto con la demora del templo fue que en 1850 el general José Hilario López decretó la expulsión de
los jesuitas, y estos salieron huyendo por el Oriente en menos de dos días. Los jesuitas tuvieron que dejar el templo a medio hacer,
con solo techo y paredes: lo suficiente para que los cristianos se resguardaran de la lluvia.
¿Si duermo en la iglesia sueño con los angelitos?
Su madre le pidió que la acompañara a rezar a la iglesia y ella no tuvo más remedio. Se sentó en la banca, descalzó sus pies
morenos y sobre la cabeza se puso un trapito blanco para impedir que la luz también blanca de las lámparas interrumpiera su
sueño. Cuando su madre terminó las oraciones, le hizo señas a la somnolienta hija adolescente y ella, tras quitarse de encima el
trapito blanco, solo espiró un bostezo tan grande como dicen que es el amor de Dios.
San José se ha convertido en el patrono de los carpinteros, emigrantes, viajeros y de los niños por nacer. Es el “patrono de
la buena muerte” por atribuirle haber muerto en brazos de Jesús y María. Hoy ve desde su trono cómo se transforma la ciudad:
cómo mueren y nacen, cómo llegan y cómo se van, cómo suben a las Comunas 8 y 9 por la calle Ayacucho. Y pronto verá pasar la
innovación de esta ciudad, de santos y pecadores, hecha con vagones del tranvía.
Son 13 las Iglesias ubicadas en La Candelaria y que sobrevi
Las camanduleras
Son tres. Rezan maratónicamente, todas al unísono: “Santa María, Santa de mi devoción, ruega por nosotros los pecadores,
amén”. La efectividad del rezo consiste en la repetición: como el pianista que debe repetir una y otra vez la misma pieza hasta
que cada nota suene en el momento que le corresponde: “Santa María, Santa de mi devoción, ruega por nosotros los pecadores,
amén”. Si se repite una sola vez, la oración no sirve para nada: o la virgen es sorda o es negligente. Total, solo escucha a los que
rezan sin cansancio. Suenan las campanillas. Justo antes de que empiece la misa, las tres señoras vestidas de sastre se dan la bendición y salen sonrientes de la iglesia: están listas para las olimpíadas de la camándula.
Pecado mortal
Primero se levantó ella -muchacha joven y por joven bonita- del confesionario donde estaba hincada de rodillas. Luego salió
el cura de su escondite, sin sotana, ni estola, ni cíngulo. Tenía las mejillas coloradas y los ojos brillantes. Apenas salió del confesionario, el cura se tropezó y dejó caer su sombrilla negra. Los feligreses, al escuchar el estruendo, voltearon a mirar. Una sonrisa
tímida se escapó de ese rostro obligado a la castidad de las emociones. Luego, sin vacilar, salió tras la muchacha joven, que por
joven bonita. Caminaron ambos, uno detrás del otro, como un par de transeúntes que casualmente van por el mismo camino.
Iglesia de La Candelaria, la primera parroquia que tuvo la ciudad.
No. 72 Febrero de 2015
Estefanía Carvajal Restrepo
[email protected]
En la Villa de La Candelaria, las c
13 campanas siguen sonando, pero
el casino y la misa; entre la puta
Iglesia San Antonio, situada al costado occidental del Parque de San Antonio.
13
Amamantando
Cuando el par de mujeres dejan un silencio en
la conversación, se alcanza a oír el succionar de las
bocas de los bebés. Ambas se cubren las tetas –y por
ahí derecho la cabeza de los párvulos– con cobijas
gruesas de lana que desentonan con el calor infernal
del centro de Medellín. Una vez ambos bebés terminan de mamar, uno cinco minutos antes que el otro,
las mujeres guardan sus senos entre las camisas de
licra que dejan en evidencia un abdomen pasado
de kilos, se levantan de la banca de madera oscura y
salen de la apacible iglesia de La Candelaria al convulsionado Parque Berrío.
Olor que embelesa
Fotografía: Estefanía Carvajal Restrepo
Al entrar a la iglesia, el feligrés debe erguir su
postura. No es hora de misa: en cambio sí de confesión. Al lado del confesionario, los pecadores hacen
fila, mientras se babean por escuchar los secretos
más íntimos del confesado, y más aún se saborean
con la penitencia que el cura de estola verde ha de
imponerles a los que se han portado mal. Es una lástima que las confesiones se cuenten en susurros y
no a viva voz, y que el ruido de las lijas y los taladros
haga eco en el techo altísimo de la casa de Dios. Esperemos a que terminen las reparaciones en La Candelaria antes de que los gamines descubran que el
olor de la pintura blanca tiene un efecto similar al
del sacol.
Los soñadores
No es claro si es por la hora (tres de la tarde,
barriga llena, modorra después del almuerzo), o
por lo monótonos que se vuelven los rezos después del quinto “Dios te salve reina y madre”,
“Padre nuestro que estás en los cielos”. Seguros
estamos, eso sí, de que las bancas de madera,
aparentemente inmunes a las vicisitudes del
tiempo, son un lecho poco cómodo. Aun así uno,
dos, tres hombres; cuatro, cinco, seis mujeres, ya
van llegando al quinto sueño. O tal vez es que
les guste dormir en la iglesia para soñar con los
angelitos.
iven a los cambios del sector.
campanas de las 13 iglesias sonaban cada hora, cada cuarto y cada muerto. Un siglo después, en el centro de Medellín, las
o el ruido del tráfico opaca su eco. Los órganos de tubo cantan cada vez con menos frecuencia y los feligreses vacilan entre
a y el confesionario. En Medellín, la línea que divide a lo sagrado de lo profano es más estrecha que la puerta del templo.
Iglesia de San José, ubicada en la esquina entre la Avenida Oriental y Ayacucho
Iglesia San Ignacio, construida en 1803.
Facultad de Comunicaciones Universidad de Antioquia
14 Especiales
Mejor el silencio
A la Catedral Metropolitana casi todos llegan solos,
y los que no están solos no murmuran palabra alguna.
Cualquier susurro podría delatarlos: las paredes de ladrillos no temen responder a los chismorreos con su
eco de ultratumba. Hasta el vuelo de una mosca, hasta la fricción de unas zapatillas de goma, se escuchan
como estruendos a todo lo largo y ancho de la nave
más grande de la ciudad. Por eso, cuando el cura reza
el rosario, nadie responde a sus avemarías.
Imperialismo
Como si no fuese suficiente con el hambre de
Colombia, con su miseria, con sus niños desnutridos, con sus indígenas despreciados, con sus mujeres aporreadas por la mano dura del sexismo, con
sus viejos abandonados, con sus desplazados, sus
torturados, sus secuestrados, sus falsos positivos y
sus muertos; como si no fuera suficiente con la sangre que ha derramado nuestro pueblo, con sus campos minados y sus cementerios copados a reventar;
como si no fueran suficientes nuestros propios problemas, el cura le ofrece el rosario a la sangre derramada antaño por los indios Piel Roja de Norte de
América. Ahora, los obreros del tercer mundo debemos rezar para redimir las culpas de los gringos.
Sobre la raza
“Recordemos el continente de Asia. Recordemos el
color de la raza que allí nació”. Y lo dice el sacerdote en
su sermón aún después de que los científicos de todo
el mundo refutaran la idea de las razas (blanca, amarilla
y negra), aún después de sabernos mestizos, hijos de
la Tierra, cristianos de todos los colores; aún después
de que se aceptó, en los tribunales internacionales, que
hablar de “raza” es una forma de discriminación. Seguro al cura también le vendieron el cuento de la superioridad de la “raza antioqueña”.
Son un grupo por ahí de veinte. Todos altos, esbeltos, rubios, blancos, zarcos, en resumidas cuentas: bellos, o eso dice la televisión. También hay dos
chinos, o japoneses, ¡vaya usted a saber! Cruzan por
la puerta principal, la que está al frente de la fuente
y de espaldas a Bolívar, o Bolívar de culos a la iglesia,
¡vaya usted a saber! Dan dos o tres pasos, ponen sus
cámaras en alto –la tenemos levantada hacia el Señor–, disparan dos o tres veces el obturador, luego
miran unos instantes el alto techo de la Catedral Metropolitana de Medellín, cuchichean entre ellos un
par de palabras en un idioma ininteligible, dan dos
o tres pasos hacia atrás y vuelven a salir al parque en
el que Bolívar, de espaldas a la iglesia, monta su caballo. Ninguno se da la bendición y ninguno pasa de
la primera columna de ladrillo macizo, ni los monos
ni los chinos. En las tierras de las que vienen no les
han hablado de Dios, ¡vaya usted a saber!, porque
los avemarías y los padrenuestros los ahuyentaron
como el agua asusta al gato.
Pulcritud
Pasa el dedo pulgar de la mano derecha por su
frente pecosa, de arriba abajo, de derecha a izquierda. Se toma su tiempo. Los años, que se delatan en
sus pocos cabellos canos, le han enseñado el poder
de la paciencia. Luego en la boca la misma operación: de arriba abajo, de izquierda a derecha. Luego
su pecho: el mismo movimiento de los omoplatos
al ombligo, de tetilla a tetilla. Cuando termina la
señal de la santa cruz y se está dando la bendición
(otra cruz pero grandota y con las yemas de los 4
dedos más largos), ya están por la mitad del Evangelio. Saca un pañuelo blanco del bolsillo trasero
de su pantalón marrón de prenses, limpia cincuenta
centímetros al extremo de la banca, se sienta en la
madera recién lustrada por su pañuelo y recuesta
sus tenis New Balance negros sobre el reclinatorio.
No. 72 Febrero de 2015
Fotografía: Estefanía Carvajal Restrepo
Visitantes
En la Catedral Metropolitana es donde se reúne la mayor cantidad de fieles de la ciudad.
Cristian Peña
[email protected]
San Antonio no da novios
Desde los años de las abuelas, las costumbres
populares aconsejaban pedirle a San Antonio con
mucha devoción para poder conseguir pareja; muchos le esconden al niño que tiene entre sus manos, otros lo entierran en materas boca abajo o le
atan un lazo tratando de castigarlo por no haber
encontrado el amor de su vida. En 1946, el Papa
Pío XII lo proclamó como el “Doctor de la Iglesia” y,
desde ese entonces, su fama ha recorrido pueblos
y localidades de todo el mundo recibiendo la Evangelización y ayudando a las personas a sanar ese
mal llamado soltería o beatez.
Pero al San Antonio de Medellín, al parecer, no
le gusta ir juntando gente, y menos cuando en su
propia iglesia solo hay una estatua de no más de
un metro de alto con unas pocas placas de mármol
que le agradecen sus favores. Este San Antonio es
diferente, quizás está cansado de que el amor en
estos tiempo sea tan pequeño como su imagen, o
dure tan poco como las misas de su capilla que, en
menos de una hora, se celebran dos. Ya San Antonio no da novios, ya los matrimonios en esta iglesia
no se celebran, solo bautizos cada sábado a las 9
de la mañana.
John Jairo Hernández
[email protected]
Fisgones católicos
“Podéis ir en paz”. Apenas el reloj marcaba las 11 de
la mañana, pero ya los feligreses de la Veracruz habían
recibido la comunión. Los hombres, y las pocas mujeres
que asistieron, salían del templo dejando en sus bancas
el pecado mortal y encaminándose al quehacer del día.
Mientras tanto, cuatro hombres se acercaron a la puerta
lateral, se sentaron y, pocos minutos después, comenzó
el espectáculo. Un culo, dos culos, tres culos. Pasaban las
mujeres perseguidas por ocho ojos impertinentes que
las desvestían con las miradas, que las apreciaban una y
otra vez. Ellos, libres de pecado, tras la exoneración de la
ceremonia, alimentaron su deseo, hasta que, uno a uno,
salieron por esa misma puerta y se unieron al paisaje.
Rompe esquemas
El sacerdote ya había comenzado la ceremonia, pero
poco a poco seguían llegando los hombres y se sentaban
en las últimas bancas de la iglesia. El encuentro con Dios
era mayoritariamente masculino y las pocas mujeres estaban en las primeras filas, hasta que una dama con una
niña tomada de la mano rompió el esquema, entró por
el lugar en el que estaban los hombres y se sentó entre ellos. Concentrada en lo suyo se dedicó a la oración,
mientras su hija, aún sentada, fue la que recibió las miradas fisgonas que rodearon a su madre durante la misa de
10 a.m. en la iglesia de la Veracruz.
15
Libros
Humo de medianoche
Todas las hojas son del viento
(Fragmento)
Felipe Ramírez
[email protected]
Durante dos años, con paciencia, pasión y rigor, el joven cronista Felipe Ramírez
estuvo detrás del humo que une a los protagonistas de su libro. Gracias a esto,
logró una colección de perfiles acerca de la vida íntima de una generación unida
por la marihuana. Periodismo desde lo simple y lo profundo.
Otros usos de la zanahoria en el siglo XXI
Seis muchachos deambulan por las noches de un
pueblo ubicado en las altiplanicies de los Andes colombianos. Si los miráramos desde afuera pensaríamos que
no tienen presente y dudaríamos de sus posibilidades
para el futuro; acaso los consideraríamos unas sombras
que expelen humo y los dejaríamos ir de nuestra memoria. El narrador de Humo de medianoche nos los
devela como lo que son: jóvenes de intenso presente y
vibrante futuro, unos que por ahora tienen el destino
enredado en la marihuana, pero que por lo mismo
gozan de una existencia plena de imágenes, pensamientos, sensaciones. Ideas. Con los cinco sentidos de
un periodista que además es escritor, Felipe Ramírez
Valencia les insufla vida a las sombras y las convierte
para nosotros en personajes.
No es una prosa potente. Es, en cambio, una prosa
bella, puesta al servicio de la verdad; en ello estriba
su fuerza. Es, como indica el deber ser del periodismo, una escritura sólidamente fundamentada en lo
que Norman Sims, teórico del periodismo literario
estadounidense, denomina la inmersión. Felipe estuvo
ahí. Conoció a sus personajes, compartió sus sueños
y desesperanzas, cultivó por ellos un auténtico afecto;
con respeto, amor, rigor, tomó nota de sus vivencias,
con sapiencia trasladó la esencia de esos muchachos al
universo de la palabra escrita.
—¿No me va a hacer preguntas? —me pregunta,
igual que a él uno de sus personajes en una de las crónicas. El propósito de la visita era asomarme al mundo
de Felipe, el autor de esta serie de relatos que he leído
con tanta emoción desde los borradores iniciales. Quería conocer in situ sus ideas sobre el periodismo, la literatura, el pueblo, las fuentes, los personajes, la gente.
Quería también convertirme en un testigo presencial del lugar que sirve de escenario a esas seis historias
y corroborar o derribar mis prejuicios. Muchas pinceladas traza el narrador de Humo de medianoche para
describir los múltiples rostros de Marinilla. Tengo a la
mano esta que me fascina por su sencillez y contundencia, del día 72 de Hamilt (el relato que más me gusta
del libro, lo confieso): “Olor de ciudad. De ciudad no,
más bien de pueblo. Huele a nubes, a polvo húmedo, a
calles mojadas con historia confusa”.
—La música, la literatura y el cine son las tres artes
que más me apasionan —comenta Felipe, y el que lea
este libro entenderá la contundencia de sus gustos.
Lo segundo que buscamos por todo el pueblo es
una revueltería que esté abierta a estas horas. Y preciso
la encontramos en el marco de casas del TAL, al fondo,
detrás de donde estaría la concha acústica si este lugar
hubiera sido un teatro al aire libre. Él nos ha contado,
a mí, a la escritora y a la fotógrafa que nos acompañan,
que alguno de ellos le enseñó a armar una pipa con
la punta de una zanahoria para desvararse cuando no
tuviera a mano los adminículos necesarios. Trae, por
supuesto, algunas briznas de ganjah que le obsequió
otro de sus personajes, el que la cultiva en el solar de
su casa: no podríamos abandonar la noche sin mínimamente alzar el vuelo.
Fotografía: Cortesía Festicine Antioquia
César Alzate Vargas
[email protected]
Felipe Ramírez: roquero, cervecero y solitario. Su libro, más allá
de una apología a la droga, es un viaje al interior de seis jóvenes
unidos por gustos comunes y en un mismo escenario, Marinilla.
El anfitrión consigue en la tienda una zanahoria grande, gorda, erecta y apetitosa como para Bugs
Bunny, y el revueltero le presta además un cuchillo.
Atraviesa el mar de muchachitos y viene a nosotros.
Con destreza corta la punta y moldea la pipa. Cada
uno enciende su pedacito, aspira, enciende, aspira, se
quema, se eleva, y cuando en pocos segundos mi mente
se desdobla descubro que algunos de los pubertos no
hablan con sus amigos, no ven a nadie, tienen los ojos
puestos en su mundo interior. Me doy cuenta de que
para muchas personas la marihuana es como el muro
de la isla prisión que relata Bioy Casares en esa novela,
Plan de evasión. Los reclusos pasan la vida como hipnotizados mirando el muro y el narrador poco a poco va
descubriendo que en las manchas existe un patrón de
imágenes que los llevan en mente, ya que no en cuerpo,
a los paisajes más hermosos de la Tierra. Los prisioneros se niegan a dejar la prisión. Igual que los marihuanos, pienso de pronto. Para muchos, la yerba funciona
como un perfecto plan de evasión.
Tiene que ocurrir, desde luego: acabamos comiéndonos la zanahoria. Soy uno de los reclusos de Bioy
Casares y mi viaje es interior. Despedazo la zanahoria con mis dientes y noto cómo se hace una masa de
piedrecitas jugosas y dulzonas en mi boca. Rumio durante largo rato y luego trago. Siento los fragmentos
despeñarse esófago abajo hasta el abismo profundo de
mi estómago, los siento desaparecer en las insondables
simas de mi entraña. Casi soy capaz de percibir cómo
allí se descomponen en sus elementos esenciales, las
vitaminas y todo eso, y soy feliz. Tal cosa, creo, es la
come-trapo (munchis, en el idioma tosco de los bogotanos): no un hambre desmesurada que despiertan los
componentes secretos de la cannabis, sino el ansia de
probar las sensaciones que pueden percibirse con los
sentidos activados en los recodos más ocultos del organismo. El vuelo es un enloquecido viaje por el adentro
y el afuera del cuerpo, en el que los sentidos se alternan
para mostrarnos diversas facetas del universo más bien
desconocidas por la cotidianidad.
¿Cuántas personas alrededor del mundo se estarán
fumando un porro al mismo tiempo que yo? Eso pienso
que piensa Daniel. Levanto la vista. Desde esta colina veo
a seis. Seis colinos —por lo menos en el perímetro que me
permite la vista— es la respuesta incompleta a una pregunta que nunca me ha hecho.
Así que me esfuerzo un poco e imagino. Si somos
siete mil millones de habitantes en todo el mundo, y si
dijéramos, solo por especular, que una de cada cincuenta personas se fuma un porrito con cierta regularidad,
eso serían, según la calculadora de mi celular, ciento cuarenta millones de trabados. Casi toda Rusia envuelta en
humo verde. Pero estamos siendo exagerados, y no una de
cada cincuenta personas es marihuanera. Creo. Así que
digamos que nos encanta la especulación, tanto como al
mundo el cannabis, y que una de cada cien parece una
escala más real: eso nos da setenta millones de personas.
Ningún país en Suramérica, excepto Brasil, tiene una
cantidad de habitantes mayor a setenta millones. Eso es
mucho humo, mucha traba y mucho fracaso en la lucha
contra la ilegalidad.
Dejemos la especulación a un lado y la escala del cien
a uno. Remitámonos a los estudios. Según el más reciente
Informe Mundial Sobre Drogas de la ONU, el promedio
de consumo de cannabis en el planeta, en una población
entre los quince y sesenta y cuatro años, es aproximadamente doscientos millones de personas: casi todos los
habitantes de Brasil carburando al tiempo —en ese país,
según la ONU, el diez por ciento de la población consume
cannabis; igual cantidad en Norteamérica, Nigeria, Egipto, Francia, España y Australia—. Aun más humo, más
traba y más fracaso de la política prohibicionista.
Entonces en este preciso instante, Dani, muchas personas te acompañan en la quema y la traba, mientras
crecen los moños que se fumará el mundo durante las
próximas semanas.
*
Dani y yo estamos en Medellín. A esta hora —seis de
la tarde—, la ciudad huele a marihuana: en el centro por
sus más de cien plazas de vicio, en la universidad, tanto
en la de Antioquia como en la Nacional, en Carlos E., en
el Parque del Periodista, en el estadio porque hay partido
del verde, allá arriba en las montañas y acá debajo de los
árboles; y, sobre todo, en el B. A. Así le dice Dani y para
allá vamos.
—¿El B. A.?
—Sí, el Barrio Antioquia. Vamos a mercar.
—¿Seguro que no nos bajan de la ciclas?
—Relájese, papito, que antes allá lo cuidan a uno, ¿no
ve que somos la clientela?
Y nos metemos en un laberinto de calles y combos
que nos miran. Todos son iguales: las calles y los combos.
—Parce, y si se supone que todos tienen y venden,
¿por qué no le comprás al próximo combo de la derecha?
—Hay una cosa que se llama fidelidad.
—Tan fiel el pela’o.
—Marica, es que entre ellos se respetan los clientes.
Es una manera de conservar la paz. Además el producto
nítido que a mí me gusta, me lo venden allí barato.
Sigue el laberinto y siguen los pedalazos. Solo no sería capaz de salir de acá.
—¿Qué vas a comprar? ¿Cripa?
—Polen de crespa. Aunque acá le dicen porro.
—¿Y así no le dicen a la marihuana normal?
—Ya le dicen crespa, por lo menos a la cripa.
—¿Y si es pangola?
—La gente la pide como regular —lo dice con pronunciación en inglés: régular, si no es en inglés por lo menos
con el acento marcado en la e—. A la próxima volteamos a
la izquierda y llegamos.
—Hablalo —le dice el jíbaro. Y Dani le habla.
Fragmento de la portada del libro. Ilustración: Tobías
Facultad de Comunicaciones Universidad de Antioquia
16 Perfil
solo un francotirador que ataca a mansalva y que no deja títere con cabeza.
También sabe admirar y reconocer el talento de otros escritores y artistas. En su
panteón personal están Cesare Pavese,
Jorge Luis Borges, Søren Kierkegaard,
Samuel Beckett, Franz Kafka. Entre los
colombianos admira profundamente a
Rafael Chaparro Madiedo, el malogrado autor de Opio en las nubes, al que
considera un autor de vanguardia, con
una potente imaginación y un lenguaje
vigoroso:
“Opio en las nubes es un libro muy
chévere. Es una novela dulce, creada por
una mente gentil, por una persona bien
educada, con finura. No puedo decir
que Chaparro Madiedo fue mi amigo ni
que me dolió personalmente su muerte,
porque nunca lo conocí; sin embargo,
Opio en las nubes es un libro especial,
que tiene resonancias muy bacanas de
iconos y referentes generacionales. Lo
leí, lo aprecio y lo recomiendo”.
Óscar Iván Montoya Loaiza
[email protected]
Un perdedor con fortuna
Efraim Medina Reyes creció en Getsemaní, un barrio cartagenero habitado por camajanes, músicos, timadores
y mujeres de mala índole. En medio de
las mayores estrecheces económicas, y
un ambiente canallesco, logró sobrevivir y hacerse fuerte. Su mayor deseo de
niño se concretaba en ser como Bruce
Lee, el karateca más famoso de todos los
tiempos, que saltaba como una pantera
y que pateaba traseros como ninguno.
Por su mente no pasaba ser escritor o
músico, facetas en las que posteriormente se destacó. La escritura la asumía como una especie de diversión destinada a entretener a sus amigos, y la
música, como el acompañante ideal de
rumbas y conquistas.
Después de estudiar un poco de
Medicina y otro tanto de Economía, carreras en las que, como apenas es obvio,
nunca se destacó, comenzó a escribir una
serie de relatos que serían reunidos en
Cinema Árbol, su debut en la literatura,
con el que obtuvo un Premio Nacional
de Literatura Colcultura (1995). En este
primer trabajo se asoman y definen sus
temáticas y, sobre todo, un estilo en el
que se entremezclan el cine, el sexo, la
música rock, las palabras de grueso calibre y su fascinación por los marginales,
aunque él mismo no se considera uno de
ellos:
“Yo no soy un marginal. Los marginales son los otros. Ellos viven encerrados en sus munditos ridículos, al margen, en su pobre realidad, en sus intereses y ambiciones. Lo que yo he creado
en mis libros es un espacio donde no se
juega bajo esas reglas, en donde no existe
esa dinámica perversa”.
Luego de Cinema Árbol vino Érase
No. 72 Febrero de 2015
Fotografía: Juan Fernando Mejía
N
o tiene escamas en la piel ni ojos
saltones. Tampoco se arrastra
por el suelo, pero cuando desata su lengua, es más peligroso que un
dragón de Komodo. Es Efraim Medina
Reyes, escritor cartagenero residente en
Italia, creador de piezas literarias tan
inolvidables como Cinema Árbol y otros
cuentos, y Érase una vez el amor pero
tuve que matarlo. Desafortunadamente,
más que por su obra, es reconocido en
el ámbito cultural por las feroces diatribas que cada tanto lanza contra Héctor
Abad Faciolince, Mario Mendoza, Santiago Gamboa o Jorge Franco, a los que
señala como escritores mediocres y faltos
de imaginación. Sin embargo, detrás de
ese rol desacralizador que cumple a la
perfección, existe un creador con un universo propio, humorístico, con una fuerza que se pone de manifiesto en obras
como Érase una vez el amor pero tuve que
matarlo:
“Me llaman Rep —diminutivo de
reptil— desde que recuerdo. Mido seis
pies y peso ochenta y un kilos (como los
cowboys de Marcial Lafuente Estefanía),
tengo ojos negros y hundidos como agujeros de escopeta a punto de disparar, la
boca sensual y una verga de 25 centímetros en los días calurosos. No soy eyaculador precoz ni suelo tener mal aliento,
me gusta cortarme las uñas hasta hacerlas sangrar, tengo huellas de acné en la
cara y en el culo, unos dientes fuertes y
el olor natural de mi piel es fascinante.
Para la eficaz e inolvidable sacudida que
toda mujer sueña, soy el tipo indicado.
También me destaco bebiendo”.
Su prosa ha sido comparada con la
del maestro del realismo sucio, Charles
Bukowski; también, con la de Fernando
Vallejo y con la del iconoclasta por excelencia: José María Vargas Vila. A todos
ellos les reconoce sus méritos; no obstante, afirma sentir más afinidad por escritores como Juan Carlos Onetti, Heinrich
Böll o Truman Capote, a los que considera sus verdaderos maestros.
El escritor cartagenero Efraim Medina Reyes es autor de reconocidos libros como Cinema Árbol y Érase
una vez el amor pero tuve que matarlo.
“Nadie que me haya conocido puede decir que no
lo decepcioné”, propone Efraim Medina Reyes
para su epitafio. Un escritor que puede generar
odios o amores con la misma intensidad. Pero,
difícilmente, indiferencia.
una vez el amor pero tuve que matarlo,
Técnicas de masturbación entre Batman y
Robin y Sexualidad de la Pantera Rosa, la
trilogía con la que se consagró como uno
de los escritores de culto del nuevo siglo,
especialmente entre los jóvenes, que se
identificaron con su prosa fresca, cargada de improperios y, por momentos, con
un salvaje vuelo poético. Esta resonancia
en los medios culturales se tradujo en
ventas astronómicas y, como una reacción contraria, también le ganó la maledicencia de muchos que lo tachaban de
insubstancial y plagiario, y que miraban
impotentes cómo su prestigio subía como
la espuma mientras sus carreras iban en
declive.
Nada que pretenda ser real merece
respeto
A pesar de asociarlo constantemente
con el realismo sucio de Charles Bukowski, Raymond Carver o John Fante,
Efraim Medina se considera un escritor
imaginativo, por instantes fantástico. De
acuerdo con sus propias palabras, nunca
se interesó por la realidad, y los datos y
fechas que aprendió sobre Bolívar, Santander y la historia de Colombia las asimiló porque era inevitable y, en cierta
forma, porque estaba indefenso ante las
andanadas de maestros y mayores.
Por lo mismo, afirma no encontrar
nada interesante en sus contemporáneos— entre ellos Jorge Franco, Santiago
Gamboa, Mario Mendoza— porque son
esclavos de una realidad que es pobre,
inútil y restringida, como lo afirma uno
de los personajes de Lo que todavía no
sabes del pez hielo:
“Ir lo más rápido posible les basta y
no les tiembla el pulso a la hora de definirse realistas. Me habría gustado ser
como ellos, pero jamás tuve interés en
los hechos o los alimentos empacados al
vacío. No quiero ser real. La realidad —y
todavía alcanzo a percibirla— es lúgubre, inexpresiva y descuidada como una
tumba sin nombre. Ser veloz o lento me
da igual, mi ritmo ideal es el que me
procuran los detalles, por eso mis historias no son uniformes, saltan, se atascan
y tiene rayas”.
Pero Efraim Medina Reyes no es
Esas criaturas que van por ahí
Después de la notoriedad obtenida
con su famosa trilogía, Efraim Medina
se establece en Italia, en donde recupera
algo de la privacidad sacrificada en Colombia. Allí escribe De pistoleros, putas
y dementes, un libro de poemas, y Lo que
todavía no sabes sobre el pez hielo, una
novela en un registro diferente a sus
libros anteriores, más introspectiva y
reposada, con otras claves y atmósferas.
Ya sus personajes no atacan a diestra y
siniestra, tampoco hacen constante apología a la vida descarriada ni se vanaglorian de los centímetros de largo de
su miembro viril, sino que se adentran
en territorios tan poco frívolos como
la enfermedad, el desamor, la soledad.
Adquieren una profundidad que no poseían en Érase una vez el amor pero tuve
que matarlo, Técnicas de masturbación
entre Batman y Robin y Sexualidad de la
Pantera Rosa, aunque, también es cierto,
pierden parte del vigor y el desenfado
que brillaba en estas obras.
Adicionalmente, parte de su tiempo
se lo dedica a su grupo de rock 7 Torpes
Band y a algunas colaboraciones en revistas y prestigiosas publicaciones. Tiene en mente dos novelas que serían el
complemento a su trilogía, una especie
de precuela y continuación. Una de ellas
lleva el nombre de La mejor cosa que
nunca tendrás y, la otra, Todos los errores, que vendrán a engrosar el universo
de este autor único en el panorama de
la literatura colombiana, amado por los
jóvenes y los noveles escritores, y detestado a muerte por las vacas sagradas del
establecimiento literario.
Efraim Medina es un escritor carismático, con un estilo propio y una lengua mortífera que es, a la vez, su gloria
y su maldición, pues son muchos los
amantes de la literatura que han esquivado sus obras pensando, de seguro, que
todo se resume en desplantes, insultos y
provocaciones. Pero, más allá de esta fachada deliberadamente construida, hay
un artista con un fino humor, con un
talento indudable, con una dedicación y
un encanto que muchos de los que dicen
odiarlo quisieran para sí.
Es un provocador en el pleno sentido de la palabra, que sacudió el ambiente acartonado y falsamente trascendental de las letras colombianas, y que
continúa imperturbable por un camino
que desbrozaron artistas tan malcriados
y legendarios como Arthur Rimbaud,
Jim Morrison o Charles Bukowski:
“No me voy a incluir con ellos porque sería un desatino, pero es innegable
que en todas las épocas hay criaturas
que están en el mundo para ser la conciencia activa, sincera y punzante de la
sociedad. Ellos son tan puros, tan poco
contaminados por la humanidad y sus
bajezas, que el día que al menos uno de
ellos ya no esté, no valdrá la pena vivir
la vida. Si estos pocos personajes fueran
eliminados de tajo, el mundo sería una
mierda”.
Crónica
17
Los chamanes
sabían en dónde estaba el oro
Chamanes, brujas y curanderos, hombres y mujeres que ven más allá de los sueños. Una
de sus oraciones, a tiempo, puede salvar vidas. Historias del Medio San Juan chocoano.
Stiven Ríos Vanegas
[email protected]
“Se oía una cosa trastornando por
debajo de la tierra
pero no se veía nada. Sonaba cu, cu,
cu, cu, cu”.
Abad Murillo Mosquera, 2012
Ilustración: Cristina Montoya Ramírez
E
n la región del Medio San Juan
chocoano, conformada por los
municipios cercanos a la cuenca de la zona media del río San Juan
(Istmina, Condoto, Medio San Juan,
Unión Panamericana y Nóvita), Manuel
Ceferino es el curandero de picaduras
de culebra más conocido; hace sus tratamientos con yerbas y diferentes elementos de la naturaleza, combinados con
“secretos” y oraciones. Los “secretos”
son las invocaciones para entrar en contacto con los espíritus, quienes unen el
mundo espiritual y material para cumplir determinado fin. Antiguamente, es
bien conocido, había curanderos para
todas las enfermedades, como también
existían “brujos” para hacer el mal.
A las personas con esos conocimientos, se les llama “chamanes”, “oficiantes” o “curanderos”. Sus aprendizajes
son obtenidos de los saberes indígenas
y de los conocimientos africanos, utilizados para curar enfermedades y hacer
protecciones. A su vez, “brujos”, “zánganos” o “chinangos” son las denominaciones que se les da a quienes involucran aspectos mágicos en sus prácticas de protección o agresión frente al
bienestar humano. En su mayoría, son
hombres los que se dedican a las artes
de interpretar a la naturaleza y a portar
el conocimiento ancestral.
El brujo pacta su poder con las entidades sobrenaturales, “familiares” o
“aliados”. A través de una manifestación del diablo, se “obtiene un familiar”,
quien también es llamado “el enemigo”
o “el malo”. Como el poder del mal no
es de este mundo y es inalcanzable para
el hombre, este último puede aprehender solo un fragmento.
Los brujos y curanderos debieron
mantenerse ocultos por la persecución
de la Inquisición española; la selva fue
su principal templo y el lugar sagrado
donde pudieron esconderse y mejorar
sus habilidades. Para los curanderos
negros, la selva se les parecía al espacio que abandonaron en África y de allí
obtenían los objetos necesarios para comunicarse con sus dioses.
Los esclavos negros se vieron obligados a inventar, descubrir y utilizar las
palabras empleadas por los esclavizadores para renombrar lo que los rodeaba
y no perder el contacto con los espíritus
contenidos en ellos. Además de utilizar
las hierbas con fines medicinales, fue
necesaria la comunicación con los seres
sobrenaturales a través de “la palabra”,
como expresión sagrada que está presente en todos los actos de la vida religiosa y, de un modo especial, en las
“plegarias”. El carácter de la palabra se
convirtió en “secreto” y existían dos
tipos: los “secretos divinos”, unidos a
las invocaciones y a las peticiones a los
santos, y los “secretos humanos”, alejados de lo sagrado, y de los que se alimentaban los brujos y los curanderos
para lograr sus propósitos.
Como en el campo la gente no sabía
leer ni escribir, los secretos se enseñaban verbalmente. Cuando un curandero
o brujo tenía muchos años y estaba por
morirse, elegía a un discípulo, casi siempre un miembro de la familia, y a través
de la palabra lo instruía con sus conocimientos y le enseñaba el oficio para poder descansar en paz. José Ángel Palacio
es el nieto más apreciado por su abuelo
Manuel Ceferino. Por esa relación tan
estrecha, su abuelo insistió en hacerlo
su sucesor: curandero de mordeduras
de culebra. José Ángel no quiso aprender porque “quienes saben esas cosas a
veces tienen dificultad para morirse o
desaparecen y nadie más los consigue
o se pudren y todavía están vivos. Esas
son las personas que tienen pactos con el
diablo”. Manuel Ceferino tiene 108 años
y aún no ha podido descansar.
A veces contrataban a los chamanes
porque “toda actividad tiene que tener
lo que en Chocó llaman chispa, es decir,
conocimiento de lo que se va a hacer”.
En la época de la Colonia, los “señores
de mina y cuadrilla” de la gobernación
del Chocó adquirían como “bien preciado” curanderos negros que les solventaran la atención en salud de las personas
adscritas a los “Reales de minas”. Sin importar la edad, el precio con el que se tasaba a esos esclavos en las transacciones
comerciales era más alto del fijado para
cualquier otro cautivo. También hubo esclavos que por la práctica médica lograron su libertad, ya fuera comprándola
con los pagos recibidos por sus servicios
o la concesión de la carta de “ahorro y
libertad” por parte de algún amo agradecido por los cuidados brindados a él o
a algún familiar.
En los sueños se revela dónde
está el oro
Así como hay chamanes para curar
enfermedades, también los hay para encontrar el oro. A veces, a través de los
sueños se les revelan dónde y cómo buscar el metal. Cuando se contratan para
el trabajo en un entable minero, ayudan
con sus predicciones para saber a qué
hora va a llover y cuándo va a crecer el
río para salir en busca del metal.
Por los años 70, Jorge Perea regresó
de Antioquia a Condoto para acompañar a su abuela. Por esos días, a la casa
fue una señora de mucha fama por su
conocimiento de las ciencias ocultas, a
quien le decían “La Pobreza”. Era una
mujer que conocía muy bien la zona. En
sueños podía ver metales, enfermedades
y desgracias. “Una bruja, una de las brujas que sí sabía volar y de las que sí tenía
conocimiento, no de las chismosas”, recuerda Jorge.
En su visita, “La Pobreza” le anunció
a Jorge de un depósito muy rico en oro y
platino que vio en un sueño. Le dijo que
cuando fuera a buscar ese metal, en el lugar debía hacer un “hoyo” (la minería de
hoyo implica la construcción de un túnel
vertical o un pozo ancho para alcanzar el
suelo rico en minerales que se encuentra
en la profundidad por las filtraciones del
agua de los ríos). Mientras haría la excavación se encontraría con dos “peñas” (rocas
duras, se supone que no hay más metales
después de allí), la una “carrancha” –su
textura es corrugada– y la otra lisa. Debajo
de las dos peñas estaría una “hoya” que en
la mitad tendría más de una tonelada de
metal. Pero debía tener cuidado porque,
extrañamente, en su sueño la otra mitad
de la “hoya” estaba llena de sangre.
“La Pobreza” murió a los días. Jorge
visitó a su discípula, a quien le decían la
“Vieja Pacha”, y le preguntó por los sueños
de su antecesora. La mujer ratificó el lugar
donde estaba el metal y en dónde debía excavar.
Casualmente, Miguelina Mosquera,
su tía, había conseguido una motobomba
para extraer agua, secar los pozos y buscar los metales. Con la idea de buscar oro,
Miguelina le prestó la motobomba y Jorge, en el pueblo, con dificultad, armó una
cuadrilla de doce hombres para el trabajo.
Cuando llegaron al lugar anunciado por
las brujas, comenzaron la excavación; a
ocho metros de profundidad se encontraron un tronco enterrado que aún conservaba las raíces y las ramas. El madero medía
alrededor de 25 metros de largo y hubo que
detener el trabajo mientras se destrozaba y
se sacaba.
Sin importar la oscuridad de la noche,
la exploración por el depósito continuó.
El siguiente obstáculo fueron tres trozos
de “peña”, sobrepuestos, uno encima del
otro. Cada pieza medía aproximadamente
10 metros de ancho por 30 de largo. Los
trabajadores destrozaron todos los bloques,
que resultaron ser peñas falsas. Eran bloques compactos de arena sin nada de piedra. Debajo de las peñas falsas había “diluvio”, maderos enterrados de la época de “la
gran inundación”, generalmente utilizados
para hacer artesanías. Algunos maderos
estaban conservados y petrificados y el resto estaban blandos.
Jorge se metió al “hoyo”. Calculaba
encontrar una excavación de dos metros
de diámetro por uno y medio de profundidad, cargada con 10 toneladas de
material para clasificar y sacar al menos
una tonelada de metal. Allí se encontró
las dos peñas que “La Pobreza” había
vaticinado, una “carrancha” y otra lisa.
Esa misma noche, mientras Jorge
descendía en la excavación, Graciela, conocida como la “Maestra Gache”, tuvo
una visión en la que los trabajadores esperaban a Jorge con machetes. Como Jorge estaba solo, cuando subiera con el oro
–en caso de que apareciera el metal– “le
daban machete”. La “Maestra Gache” se
despertó y pasó el resto de la noche orando para que el oro se corriera, es decir,
como dentro del pensamiento negro el
oro tiene voluntad propia, para que se
desplazara según su libre albedrío y no
le pasara nada a Jorge.
La “hoya” apareció. Estaba debajo
de las dos peñas como había dicho “La
Pobreza” y su sucesora. Pero el material
no estaba. Había arena cernida. La arena fina había desaparecido con el metal
y la más gruesa estaba en el “hoyo” con
un grano de platino que pesó un gramo.
No se encontró nada más.
Tras el incidente, Jorge les dijo a
los mineros “aquí no hay más nada que
hacer”. Ellos, decepcionados, se fueron.
“Brujas embusteras”, pensaba Jorge
mientras tomaba rumbo a Mojico, una
comunidad de Santa Ana en la que se
quedó sacando algo de metal.
Fragmento adaptado del trabajo de grado en Periodismo En la tierra del oro los cuerpos son negros:
transformación sociocultural de las comunidades
negras dedicadas a la extracción de oro y platino
en la región del Medio San Juan chocoano, con la
mecanización de la actividad minera.
Asesor: Jaime Andrés Peralta
Facultad de Comunicaciones Universidad de Antioquia
18 Maestros del periodismo
Alonso Salazar, exalcalde de Medellín y autor de
obras como No nacimos pa’ semilla (1990) y La
parábola de Pablo (2001), se desprende de la política
y en un “acto de comunión” –como él define las
entrevistas– habla de miedos, manías, errores y
anécdotas en su labor periodística.
Fotografía: Luigi Baquero
“La escritura es la
mejor terapia”
El periodista Alonso Salazar Jaramillo es autor de libros como No nacimos pa’ Semilla y Profeta en el Desierto. Vida y Muerte de Luis Carlos Galán.
Jessica Mileidy Agudelo Cano
[email protected]
U
na cachiporra hizo que Alonso Salazar Jaramillo estudiara periodismo y no derecho o
antropología, después de abandonar la medicina veterinaria. Y no se arrepiente: además de buscar historias, quería saber cómo narrarlas. Desde los
primeros semestres en la Universidad de Antioquia, a
mediados de la década del ochenta, Salazar se dedicó
al trabajo comunitario en la zona nororiental de Medellín. Allí encontró las historias con las que más tarde
revelaría un reciente fenómeno de violencia entre pandillas de la ciudad, las vidas de muchos jovencitos sin
futuro.
Se considera más alumno que profesor. Alonso, periodista, es reconocido por su intensidad en el trabajo:
pasó cinco años detrás de la figura de Pablo Escobar,
ha rastreado la delincuencia juvenil de las comunas y,
también, la vida de las mujeres de nuestra guerra. En
2003 ganó el Premio Planeta de Periodismo por su libro Profeta en el desierto sobre la vida de Luis Carlos
Galán. Con ocho libros publicados, dice que se entrega
a los proyectos con alma, vida y corazón.
En los primeros y en los últimos días de 2014,
Alonso Salazar, el político, fue noticia. Después de
tres años, el Consejo de Estado tumbó el fallo que le
había impuesto la Procuraduría General y que lo inhabilitaba por doce años para ejercer cargos públicos.
“A veces la vida tarda en dar la recompensa, pero
luego viene, generosa, y nos regala las razones que
motivan nuestra lucha”, dijo en aquel marzo. Ahora,
se sabe, volverá a la política, camino que este caldense
de 54 años recorre desde hace diez años. Sin embargo,
cuando le preguntan, dice que es periodista y escritor.
Antes del periodismo, usted adelantó estudios en
medicina veterinaria, ¿qué le hizo llegar al periodismo?
Querer saber escribir. Yo inicié medicina veterinaria pensando que por mis orígenes campesinos podría
gustarme, pero finalmente me encontré bastante perdido. Era muy fanático de la lectura, los periódicos,
las revistas, la radio. En el momento en que tuve que
pensar otra vez qué quería estudiar, elegí el periodismo
y creo que acerté.
¿Qué opina del periodismo de academia?
Tuve la fortuna de tener allí buenos profesores.
Todos los conocimientos van adquiriendo un nivel de
formalización y eso es muy importante porque así es
posible difundirlos. Sin embargo, no solo en el periodismo sino en cualquier área, la gente puede tener la
misma o mejor formación sin pasar por la universidad.
Con seguridad que, en una empresa de energía, hay
obreros de veinte o treinta años de experiencia que saben más que un ingeniero recién llegado. No hay que
complejizarse mucho con eso. Lo importante es que
haya periodismo, y haya buen periodismo.
¿Qué entiende usted por buen periodismo?
Cada vez es más compleja esa definición. En primer lugar, un periodismo bien hecho desde el punto de
vista técnico, en cualquiera de los géneros que se utilice. Y segundo, un periodismo que sea pertinente, que
atienda a unas preocupaciones sociales. A veces se le
pide al periodista respuestas, pero esa no es su labor: la
labor del periodista es interrogarse frente a la realidad
y compartir esos interrogantes con la sociedad.
No. 72 Febrero de 2015
¿Cree que el periodismo cumple con esa labor?
A veces. Para algunos medios resulta más rentable el sensacionalismo que la seriedad, por decirlo
de alguna manera. Formar buenos medios, hacer
buen periodismo, implica también formar buenos
lectores, buenos televidentes, buenos radioescuchas
y esa es una lucha permanente. En general, los medios en Colombia se han dado a la idea fácil de
acoplarse a la dinámica de consumo y hace falta
que haya medios que estén interesados en mantener
audiencias más críticas.
¿Qué tiene para decirnos a quienes apenas
nos iniciamos en el periodismo?
Hay que quitarse muchos prejuicios. Para investigar
bien hay que tratar de entender cosas que suceden, superar obviedades, evitar lugares comunes. Hay que mirar el
paisaje, tener la capacidad de describirlo, de describir a
las personas, sus maneras de ser, sus riquezas culturales,
sus bondades, sus perversidades, pero siempre con mucho
oído y con el ojo abierto. El periodismo es mucho más eficiente cuando está hecho así que cuando está hecho como
una proclama.
¿Le gustaría regresar a algún medio?
Mis trabajos por ser de índole investigativa demandan mucho más tiempo. Yo no tengo el carácter
para el tema de la noticia diaria y no creo que eso
sea bueno o malo, eso es una vocación que se tiene
o no se tiene. Tuve esa lección de trabajar en un
noticiero local, El Mundo televisión con Marta Lucía
Gutiérrez, y trabajar para un noticiero nacional en
la época en la que el periodismo aquí era perseguir
muertos e ir a preguntarle al doliente qué sentía.
¿A cuál periodista admira?
Durante mucho tiempo fui muy juicioso leyendo la
obra de Germán Castro Caycedo, porque él fue de los
primeros en salirse de la sala de redacción y caminar el
país. Él cumplía ese mandamiento que después le escuché
a Juan José Hoyos, quien fue mi maestro en la Universidad de Antioquia: el periodismo es un viaje a pie. Ambos
nos han mostrado un país que no se conocía. En otros
aspectos, he disfrutado leer a Gay Talese, Truman Capote,
Kapuscinski y Alma Guillermoprieto.
¿Pueden combinarse el periodismo y la política?
Es muy difícil, tienen dos objetivos muy diferentes: la política es la manera de relacionarse en
torno a lo público, implica hasta al que se declara
apolítico; busca la resolución de problemas, generar
esperanza y posibilidades de cambios. Quienes les
reclaman a los periodistas que sean relacionistas
públicos de la ciudad o del país, no saben qué es
el periodismo. El periodismo está para contar historias. Y las historias a veces pueden ser esplendorosas y hacer sonreír, o pueden ser muy dolorosas,
y entonces ya nadie sonreirá, pero eso también es
periodismo. Quizá lo único en que coinciden lo uno
y lo otro es en el acercamiento con la gente.
¿Cuáles son sus métodos?
Los convencionales de la investigación: revisiones exhaustivas de prensa y fichaje de la misma, libros, fuentes
testimoniales. En fin, una historia de periodismo es muy
amplia, y lo que se propone el periodista, al final, es saber
más que cualquiera de los otros porque cada uno ha vivido
una realidad parcial. El periodista retoma todas esas realidades y trata de ensamblarlas.
¿Qué fue lo que más extrañó del periodismo
mientras ejercía como alcalde?
Todo: el trabajo de campo, escribir. Creo que la
escritura es la mejor terapia. Uno no puede escribir temas de fondo teniendo que atender al mismo
tiempo cinco o más cosas a lo largo del día. Escribir
es también un estado mental. Hay gente que es prodigiosa, trabaja y después escribe, pero digamos que
los grandes escritores se han reventado para evitar
trabajar porque esa condición de libertad y disponibilidad de tiempo es imprescindible.
En el transcurso de su profesión, ¿cuál ha
sido el error más grande que ha cometido?
Asignar el atentado del parque de San Antonio a las milicias bolivarianas. Estaba orientado,
sí, pero hice una afirmación muy precisa y fue un
gran error. Ellos no fueron responsables. Una buena parte de la posibilidad de ser amenazado es la
manera irresponsable en que se hace periodismo.
¿Cómo lidiar con ese tipo de errores?
Hay que admitir: me equivoqué. El error más
grande en el periodismo es la mentira, y hay que
corregirlo. Yo lo corregí.
¿Cuál recuerda como su aprendizaje más importante en la carrera?
Yo creo que, definitivamente, el tema de narrar
bien. Tratar de ser un buen narrador fue el aprendizaje y el desafío.
¿Y sus manías a la hora de escribir?
Sigo siendo un adicto al café, ¿quién no? Procuro trabajar en horarios de obrero diurno. Y ahora que hay Internet, mi vicio es estar verificando datos. Soy relativamente
desordenado en las primeras etapas, me preocupo más por
la información y luego vuelvo sobre la misma buscando
que esté mejor escrita.
¿A qué se está dedicando en estos momentos?
A hacer un trabajo sobre el paramilitarismo. Una de
mis preguntas base es: ¿Por qué nuestra sociedad ha sido
tan propensa a producir protagonistas de violencia? No
basta con hablar de ‘Tirofijo’ y más tarde de ‘Castaño’, eso
no surge de la nada; surge de las sociedades.
En su labor periodística, ¿cómo logra sacar a los entrevistados de su zona de confort?
En las investigaciones nunca me propongo revelar
chivas, no busco secretos judiciales, busco mucho más. La
persona se revela en la medida en que es capaz de narrar
su cotidianidad. Eso no sucede en una entrevista o dos: es
en una sucesión de entrevistas donde uno puede construir
un mundo a confianza. Es muy útil encontrar fotografías
del entrevistado, frecuentar los lugares que él frecuenta y
otros que generen la posibilidad del acercamiento.
¿A qué le tiene miedo en el periodismo?
A no ser capaz de contar bien las cosas, a jugar con
estereotipos, a no aportar algo al entendimiento sobre lo
que escribo.
Por último, ¿cuál es su mantra a la hora de hacer
periodismo?
Yo se lo escuché a Alfredo Molano en una charla:
“Hay que aprenderse muy bien los métodos y hay que olvidar muy bien los métodos”. Es parecido a lo que dice
Kapuscinski, para hacer periodismo hay que salir a la calle
y activar los sentidos. Estar despiertos.
Reseñas
19
El laboratorio de los aprendices
Daniela Jiménez González
[email protected]
L
a prensa diaria de los grandes medios de comunicación, sometida al acelerado curso de
los acontecimientos y al auge de las redes
sociales, no permite a sus periodistas comprender ni
narrar a profundidad lo que está sucediendo, dado
el entorno laboral en el que se encuentran, limitados
por la inmediatez que exige la noticia y en donde
priman las entrevistas apresuradas.
Ante esta pérdida de interés por contar historias,
los estudiantes reporteros de los programas de Comunicación social y/o Periodismo del país encuentran en un género como la crónica, a veces relegada
en los medios masivos de comunicación, una posibilidad para recorrer las ciudades, vivir los hechos y
humanizar las noticias al acercarse a los personajes,
algo que solo es posible por el entusiasmo, la pasión y
el tiempo que estos cronistas universitarios invierten
en investigar a fondo.
Hoy, cuando el periodismo universitario con sus
periódicos y revistas cobra un lugar privilegiado dentro de la amplia oferta de medios informativos, una
antología que recopile el trabajo de los estudiantes,
aprendices de cronistas, resulta un acierto en el ámbito del estudio y la promoción de la imagen que estos
periodistas en formación presentan del mundo.
Así, el libro Aprendiz de cronista: periodismo narrativo universitario en Colombia 1999-2013 es el producto
de las investigaciones y de la experiencia como docente
del periodista Carlos Mario Correa Soto, quien seleccionó 66 crónicas de 20 medios universitarios, escritas
por estudiantes entre octubre de 1999 a septiembre
de 2013.
Esta antología contiene, además, dos estudios preliminares en los que el autor, apoyado en testimonios
de otros periodistas y en sus propias conclusiones, pre-
senta una muestra de las características y temáticas
abordadas por la crónica universitaria colombiana, así
como un amplio contexto de la crónica, en una apuesta
por definir un género tan complejo.
Sin embargo, el interés de los periódicos y revistas universitarias por la crónica, antes que centrarse
en un problema de definiciones, como el mismo autor
lo afirma, consiste en brindar herramientas para que
los estudiantes reporteros, potenciales narradores, encuentren en la ciudad un laboratorio de prácticas en
donde puedan experimentar en las maneras de narrar
una sociedad de contrastes.
En un intento por agrupar en categorías las crónicas que componen la antología, Correa define doce
temas recurrentes; uno de los más reiterados es el de
la violencia, sus manifestaciones y actores. La variedad de temas ofrece al lector la oportunidad de encontrar un retrato de las ciudades y sus conflictos, de la
pobreza o la delincuencia, así como de la cotidianidad
de sus habitantes y los oficios del rebusque. Incluso, la
urbe también es retratada por los aprendices de cronistas por medio de la música, en donde las historias
se permean de ritmo y de fragmentos de canciones.
Esta obra es recomendada, por un lado, a quienes busquen referentes o estudios de los aspectos formales de la crónica contemporánea universitaria, y
por el otro, a lectores que quieran acercarse a nuevas
formas narrativas y a un ejercicio de construcción de
memoria del país. Esta antología no pierde vigencia
y sus historias dan cuenta de la época en la que vivieron los cronistas, muchos de ellos ya ganadores de
premios de periodismo.
El libro es un intento por enfrentarse al paso
del tiempo y mantener en el presente historias que,
de no ser por la crónica, corren el riesgo de olvidarse, tal y como afirma Carlos Mario Correa: “La crónica es la gran urna en la que se aloja la memoria
de la humanidad que ha sido narrada. Sigue siendo
en su esencia, tiempo. Tiempo relatado y tiempo
que se intenta recobrar”.
Correa Soto, Carlos Mario (2014). Aprendiz de cronista: Periodismo narrativo universitario en Colombia 1999-2013. Medellín: Fondo Editorial Universidad Eafit. 482 p.
El poder y el miedo en Irán
Yeison Sanchez
[email protected]
R
Kapuscinski, Ryszard (1982). El Sha o la desmesura del poder. Barcelona:
Anagrama, 180 p.
yszard Kapuscinski se encuentra en un
hotel de Teherán. Su cuarto está desordenado: fotografías, grabaciones, notas,
cintas de película, documentos, trastos. Es en medio de este desorden donde él está cómodo. Pronto
se marchará de Irán, pero antes debe organizar la
habitación. Es de noche y el hotel se encuentra cerrado, siempre, mientras se escucha el eco de una
balacera, allá afuera. Sin encontrar a alguien con
quien conversar, pues no habla persa y quienes están allí no dominan bien el inglés, Kapuscinski se
encierra en su habitación y escucha las grabaciones,
observa detenidamente las fotografías, lee las notas
y los documentos. Es 1979, año en el que el último
Sha de Irán deja el trono. Sha es el título oficial del
soberano de Irán o de la antigua Persia.
En 1982, este periodista publica el libro El
Sha o la desmesura del poder, en el cual, a partir
de su experiencia en Irán y lo que obtuvo allí
mientras reporteaba, narra los años en el poder de Reza Khan y su hijo, Mohammed Reza
Pahlevi, como monarcas de este país. Además,
habla sobre cómo la ambición de poder (de ambos individuos), de dominio y de dinero, reprimió a los iraníes de tal forma que lo convirtió
en un pueblo con miedo, cada vez más pobre y
hambriento.
La primera parte del libro es una reconstrucción de la historia de Irán en los años en
los que los últimos dos Shas ejercen el poder.
Para esto, el periodista se vale de un recurso
muy particular: toma una foto, la describe y
luego cuenta la historia detrás de ella, viajando
entre el pasado, el presente y el futuro desde
el momento en el que fue tomada. La primera
parte está, entonces, narrada entre trece fotos,
ocho notas, dos libros, un casete y un artículo de un periódico de Teherán. Los testimonios
que recoge Kapuscinski hablan de masacres y más
masacres, de torturas, de cómo la élite del Sha se
enriquecía más y más y de cómo el pueblo se llenaba aún más, pero de hambre, pobreza y miedo.
En la segunda parte del libro, Kapuscinski reflexiona. Ya no hay fotografías ni notas. Si bien
cuenta cómo cae la monarquía-dictadura del Sha,
cuáles errores comete, qué lo llevó a dejar el trono, se ve más como un ejemplo para tratar sobre
asuntos como el poder y el miedo. Un poder que
en Irán y en todo lugar va de aquí para allá, que
corrompe, que no sabe cómo acomodarse para ser
ejercido con responsabilidad, con equidad. Y en
cuanto al miedo, “un depredador cruel y voraz
que vive dentro de nosotros. Nunca permite que lo
olvidemos. Continuamente nos paraliza y nos tortura. No cesa de exigir alimento, siempre debemos
saciar su hambre. Nosotros mismos nos cuidamos
de que coma sólo de lo mejor. Sus platos favoritos
se componen de chismes siniestros, de malas noticias, de pensamientos aterradores y de imágenes
de pesadilla”.
El miedo, tan humano y tan presente en todos,
vivió en Irán, dominante, durante el tiempo en
que Reza Khan y su hijo subieron al trono, tomaron el poder y lo ejercieron en contra del pueblo,
que veía cómo era arrinconado en las calles y luego era abaleado por el ejército. Irán es sólo un
ejemplo, un caso de los tantos que se han presentado en el mundo, en donde la opresión, el poder
descarnado y violento y el miedo dominan a la
población.
Por Latinoamérica pasaron regímenes similares: Somoza en Nicaragua, Videla en Argentina,
Pinochet en Chile, Rojas Pinilla en Colombia. Masacres, venta del país a extranjeros, pobreza en
la sociedad, impunidad por doquier. El Sha o la
desmesura del poder no solo habla de un lugar, sino
de un régimen totalitario, de cómo una dictadura
destruye a un país, lo desangra, lo enflaquece, le
roba, lo asesina. Una historia que también se ha
vivido aquí y que deja una huella imborrable en la
memoria del pueblo.
Facultad de Comunicaciones Universidad de Antioquia
20 Crónica
Se dice que Andes es el pueblo más
metalero de Antioquia. Y no nos referimos
a la industria metalúrgica, sino a ese ritmo
oscuro hijo del rock. En esta crónica, un viaje
desde adentro a esa música de ultratumba
en medio de montañas y de café.
José Andrés Rubiano
[email protected]
Juan Daniel Rubiano
[email protected]
“
¡Satanás nos guía!”, grito que se escuchaba
al interior de un pasillo tan oscuro como una
tumba. Transcurría 2007 y era la primera vez
que asistía a un concierto de Metal. Todas mis ideas y
percepciones estaban ahora mezcladas con una especie
de miedo y curiosidad por saber qué era lo que ocurría
allí dentro. Una creciente pasión por este tipo de música me había llevado a estar ahí, a mis 16 años, parado
en frente del pasillo de Baco-Bar, y no podía permitir
que la cobardía me impidiera adentrarme en el lugar.
Así que pasé las palmas de mis manos por el pantalón
para secarme el sudor y me dispuse a entrar.
Adentro todo era casi místico; al fondo las cabezas
se movían al ritmo de los sonidos de una banda local.
Gritos, ritmos rápidos de batería y guitarras distorsionadas se mezclaban con el retrato de una virgen con
la señal de ‘Prohibido’ por delante, que colgaba de una
de las paredes del bar. Al comienzo del concierto me
sentí intimidado, las caras me eran desconocidas y eran
reiteradas las miradas cargadas de recelo. Observé de
nuevo el rostro de esa virgen, noté que mis manos ya
no sudaban y pronto olvidé que era un ‘intruso’. Y así,
sin más, me dejé llevar por la fuerza del sonido y la
mística oscura que envolvía todo el lugar.
La barra del bar era circular. En ésta se destapaba una cantidad abundante de cervezas; las tapas iban
cayendo al suelo con la misma intensidad con la que
mermaba la cordura de los asistentes al concierto. El
escenario era un espacio pequeño y a nivel del público.
Por momentos el cabello largo de los asistentes rozaba
en los mástiles de las guitarras de los músicos, de esos
guerreros andinos que ejecutaban un sonido crudo, oscuro y misterioso del que alguien lejano a estas tierras
nunca se hubiera imaginado. Entre sudores, luces rojas
y movimientos de cabeza, la noche se acercaba a la madrugada y, en la misma medida en que el tiempo avanzaba, la música se iba diluyendo hasta desaparecer.
Historias vestidas de negro
Para escribir acerca de Metal en Andes es necesario comenzar por ‘Los Restrepo’, pues el género llegó a
estas montañas gracias a la pasión musical de estos hermanos con este apellido tan antioqueño como la bandeja paisa o la arepa; o, si se quiere, tan antioqueño como
No. 72 Febrero de 2015
(
)
Una creciente pasión por este tipo de música me había llevado a estar
ahí, a mis 16 años, parado en frente del pasillo de Baco-Bar, y no podía
permitir que la cobardía me impidiera adentrarme en el lugar.
la conocida expresión “a mover esas putas cabezas” de
Alex Oquendo, vocalista de Masacre. Y es que en una
época cuando la juventud andina se divertía escuchando las canciones románticas de Camilo Sesto al salir de
la misa de las siete de la noche, Elkin, Héctor, Jorge y
Juancho Restrepo irrumpían en la tranquilidad de la
plaza principal al pasearse vestidos con gabanes
negros, portando en sus manos una colección musical
de casetes y al hombro una grabadora de pilas. Ellos,
ante la mirada juzgante de una sociedad conservadora,
dejaban que las canciones de Deep Purple, Black Sabbath y Led Zeppelin sonaran para el deleite de
sus oídos y el movimiento de sus cabezas.
Eran años en los que el sonido del Metal se confundía entre casas coloniales, tazas de café y una creciente identidad nadaísta que trajo consigo la muerte
del poeta Gonzalo Arango, nacido en Andes, pues es
usual que aquí, como en todo Colombia, los personajes
adquieran valor solo cuando alcanzan la muerte. Transcurriría cierta cantidad de tiempo para que en estas
Fotografía: Juan Pablo González
Alex Ramírez, guitarrista de Muladar.
Fotografía: Juan Pablo González
Los sonidos del
en las tierras de la nada
Anthagonic en concierto. Febrero de 2009.
21
Música de cañerías
Han pasado siete años y estoy de nuevo en la puerta a la espera de ingresar a un concierto. Esta vez no
hay pasillo, el evento tendrá lugar en ‘Sinforoso-Bar’.
No siento ese miedo de algunos años atrás; los rostros,
en su gran mayoría, me son familiares y entre sonrisas y charlas se pasean de mano en mano algunas
cervezas. Ahora soy yo quien mira con recelo a ciertos
jóvenes que nunca antes había visto en un concierto.
¡No puedo evitarlo!, el Metal no es un género fácil de
digerir y para formar parte de éste es necesario sentirse marginado y excluido, casi como una especie de
prueba, pues de lo contrario no podrían entender la
magia y el poder que poseen estos oscuros sonidos.
Alguna vez Bukowski, uno de los escritores más
malditos, escribió algo que tituló Música de Cañerías.
Tal vez esas líneas puedan tener relación con el Metal y, mejor aún, con las características de los rostros
de quienes esperan para ingresar al concierto: caras
cansadas, miradas inexpresivas y colores tan pálidos y
fúnebres como la misma muerte. Cuerpos cargados de
una energía reprimida que solo los sonidos del Metal
sabe liberar, espíritus marginados y alejados de formalismos sociales. Posiblemente esa sea una parte de la
mística de un género que se hizo para pocos, lo más
parecido a una ceremonia, un ritual, una reunión en
(
la que la música es la protagonista y la encargada de
mantener unida a una escena que es única en el Suroeste antioqueño.
Al avanzar en la fila estoy dentro del bar. Como de
costumbre, ‘Los Restrepo’, que ya rondan los 50 años,
están en primera fila; junto a ellos, casi en orden cronológico, se ubican los personajes que forman parte de la
escena, o de la ‘Legión del mal’, como ellos mismos se
han denominado. El sonido de una banda local inicia el
espectáculo, la canción tiene por nombre Funeral. Las
luces rojas del escenario son el complemento a este sonido que bien parece provenir de ultratumba. Me dejo
llevar por la música y espero que esos ‘intrusos’ que
habitan el lugar hagan lo mismo que yo, y que pronto
comprendan la magia de entender, escuchar, sentir y
vivir el Metal que se produce en estas montañas cargadas de un café, del que tomamos la pasilla, y de edificios suntuosos que son propiedad de unos pocos.
)
Y así, sin más, me dejé llevar por la
fuerza del sonido y la mística oscura
que envolvía todo el lugar.
Fotografía: José Andrés Rubiano
tierras se comenzara a hacer Metal. ‘Los Restrepo’ tuvieron que esperar hasta 1995 para que algunos de sus
coterráneos, bajo el nombre de Avatar, comenzaran a
construir una historia musical que se ha visto cargada
de una constante conformación y disolución de grupos,
de los cuales hoy pocos están vigentes, pero que intentan conservar un sonido característico desarrollado a
partir de la influencia de los grandes exponentes del
género en Medellín.
Bandas como Avatar, Thor, Anthagonic, Santo
Grial, Arkana, Horus, The Warriors y Muladar. Una
escena metalera que tiene más de veinte años, pionera
en la región. Agrupaciones que han aportado a la generación de cierta identidad musical y que con su trabajo
han enriquecido la historia de un género que se niega
a morir en estas tierras cafeteras.
El Metal en Andes ha sido esa mancha negra en
la sociedad que escandalizó. Tal vez el hecho de estar
marginados y juzgados llevó a que los metaleros andinos se conservaran y se apropiaran de espacios que
ahora solo quedan en el recuerdo de unos pocos. Un
sitio puntual: Baco-Bar, lugar que fue la casa de los
amantes del Metal en el municipio y un sitio insignia
en conciertos y eventos metaleros; además, llegó a convertirse en una especie de ‘atractivo turístico’ para los
amantes del género a lo largo y ancho del país. Ahora,
es un bar extinto, por razones que bien no comprendo.
Hoy en día, ese pasillo es la entrada al refugio de cientos de registros, folios y actas de notaría que, tal vez
y solo tal vez, sean testigos de noches de historias y
susurros de Metal.
En Andes, el Metal es una mezcla entre la historia, el cambio social e ideológico de un pueblo con
molestas pretensiones citadinas y la perseverancia de
unos pocos por no dejar morir un sonido que, mal o
bien, se ha constituido en la zona. Han sido notables
las acciones de ciertos personajes para que la escena,
aunque débil, continúe en pie: ‘El Zambo’, ‘Chino’,
‘Tavo Saldarriaga’, Elkin Gallego, Fredy Zapata, Diego
‘La Rana’, Wilder Tirado, Julio Sánchez, Pablo González, Henry Fernández, Juan Vera, Alex Ramírez y los
ya famosos ‘Restrepo’. Otro referente es Walter Cano,
quien en letras se encargó de plasmar las realidades
metaleras andinas mediante la producción de su revista “Abismo Social”, producto que en solo dos
volúmenes evidenció el panorama musical que
transcurría en el municipio.
El Metal es un movimiento musical
que se ha mantenido en el olvido de las
administraciones municipales, han
desconocido que la mayor parte del
tiempo los grupos tienen que enfrentarse a la carencia de recursos y
medios. Irónicamente, son los mismos
gobiernos locales los que se lucran y se
enorgullecen públicamente de los logros que
alcanzan las bandas locales.
Facultad de Comunicaciones Universidad de Antioquia
22 Crónica
Fotografía: Diego Zambrano Benavides
El templo del rock paisa
En el mundo hay varias construcciones similares al Teatro Carlos Vieco como el Camp de Mart, en Tarragona, o el Teatro al Aire Libre del Regent’s Park, en Londres.
Diego Zambrano Benavides
[email protected]
A
l compositor Carlos Vieco Ortiz se le recuerda como un hombre modesto y sumamente
tímido, un tipo de monosílabos que encontró
en la composición musical su canal de expresión con
el mundo. Prolífico como pocos, escribió más de dos
mil obras, pocas de ellas grabadas, la gran mayoría
inéditas. Un hombre con una amplia trayectoria en
la escena musical que tuvo como maestros a Gonzalo
Vidal –autor del Himno Antioqueño–, a Jesús Arriola y
Eusebio Ochoa.
Más que su figura, Carlos Vieco es un nombre que
taladra en la memoria de generaciones y generaciones
de rockeros cada vez que suben por los caminos del
Cerro Nutibara. En la zona boscosa del Cerro, como un
coliseo romano partido por la mitad, con sus graderías
en media luna para 3.800 espectadores y una tarima en
la parte baja que remplaza las arenas de espectáculos,
se levanta un pequeño teatro al aire libre en Medellín.
El teatro fue inaugurado en 1984, obra del arquitecto Óscar Mesa. Sin carpas que cubran a los espectadores, ni una fachada ostentosa, ni grandes acabados,
tiene un cercado que reduce el acceso a dos porterías:
una, por la parte alta detrás de las graderías, y otra,
al costado izquierdo del escenario que va a dar directamente a uno de los parqueaderos del cerro; posee veintiún escalones en forma de arco –sin asientos– y unos
camerinos bastante sobrios. Cada año se realizan en
este recinto, tan cálido pero complejo en su acústica,
los conciertos de Ciudad Altavoz y el Concierto de la
Juventud; en junio se celebra el Festival Internacional
de Poesía, y en agosto, el escenario acoge a los amantes
de la música popular en el tradicional Festival de la
Tusa y el Despecho, de la Feria de las Flores.
Arrinconados en el Carlos Vieco
La historia del rock en el icónico teatro fue una
auténtica batalla, y no precisamente una Batalla de
las Bandas, el nombre del evento que se organizó por
primera vez en 1987. “En el primer concierto de Kraken en el Carlos Vieco, varios punkeros y metaleros
se pusieron de acuerdo para hacerse sentir y atacar
a la banda. Alcanzamos a interpretar solo cinco canciones y, como grupo, decidimos terminar nuestra
participación y no seguir en el evento; nos bajamos
de la tarima y decidimos no entrar en conflicto con
la gente”, relata Elkin Ramírez, vocalista y fundador
de Kraken.
Para aquella época, Medellín estaba sumida en
una ola de violencia a causa del narcotráfico y las
brechas sociales; esos intereses y conflictos de clases
llegaron a la escena musical. Dos años antes, ya se habían presentado desórdenes similares cuando el concierto se organizó en la Plaza de Toros La Macarena.
La discrepancia de distintos grupos de rockeros acerca de la movida underground o comercial del rock fue
lo que desató la disputa que, según Román González,
exintegrante de Juanita Dientes Verdes, desembocó en
la destrucción de varios instrumentos musicales y el
deterioro de espacios como el Carlos Vieco.
Sin embargo, el escenario le abrió las puertas a
una gran cantidad de bandas en la ciudad en un momento donde no habían espacios para realizar eventos de gran convocatoria. A finales de la década de los
No. 72 Febrero de 2015
Hace 30 años, entre los bosques del Cerro Nutibara, se inauguró el Teatro al
Aire Libre Carlos Vieco. Por décadas, esta media luna ha albergado a cientos
de mechudos, calvos, con crestas, amantes del rock que buscan un sitio en las
graderías donde poguear o escuchar a las bandas. Esta es la historia de un
escenario que cada vez le queda más chico a la ciudad.
80 y principios de los 90, después del breve cierre del
teatro por los desmanes del 87, el Carlos Vieco resurgió: de las presentaciones en garajes o en calles que
reunían a unos pocos centenares, las bandas empezaron a tocar frente a las más de tres mil personas que
asistieron desde ese momento y en adelante al teatro.
Sebastián Regino, vocalista del grupo Johnie All
Stars, recuerda que en los primeros años del Carlos
Vieco –en los cuales el escenario contaba incluso con
sillas– asistió a importantes conciertos de grandes
bandas como Neus o Ekhymosis. “El Carlos Vieco no
se construyó para ser un templo rockero, pero le aportó mucho a la escena del rock de Medellín: es un escenario que, sin querer, logró hacer parte y dejar huella
en la historia del rock de la ciudad”, afirma Regino.
Lo cierto es que el Carlos Vieco no es un lugar
adecuado para hacer rock, se convirtió en el rinconcito del rock paisa no habiendo más. Para Elkin Ramírez, la ciudad más innovadora del mundo no tiene un
escenario construido y apropiado para hacer música
en vivo. Ningún género, de hecho, ha encontrado un
espacio apropiado y con las condiciones óptimas de
acústica.
Otros escenarios que sirven para malograr los
que podrían ser grandes conciertos en la ciudad son
el Coliseo de la Universidad Pontificia Bolivariana y
la Plaza de Toros La Macarena; ninguno con la infraestructura de sonido adecuada. El Cincuentenario
o el Polideportivo Sur de Envigado son canchas que
facilitan la presentación de artistas musicales con
amplio poder de convocatoria, y ni siquiera son idóneos para tener una experiencia en la que el músico
se sienta a gusto tocando y el público disfrute de un
recital impecable.
Cuando el público no llena el aforo total del Carlos Vieco, por ejemplo, las ondas de sonido de los amplificadores rebotan contra el muro de cemento de las
graderías, y al ser un espacio al aire libre se genera
una retroalimentación incómoda tanto para los artistas como para los asistentes. El escenario tampoco
permite las manifestaciones propias de los rockeros
como el pogo: las graderías no fueron diseñadas para
contener toda la energía con la que el público vive los
conciertos. Aun así, por años, limitados por el espacio, cada quien encuentra la forma de ir hacia el centro de la concha, organizar un círculo y sumarse a la
masa humana que empuja y se golpea a la velocidad
de las canciones.
En uno de los conciertos de Johnie All Stars, “un
pelado se tiró un slam y no lo recibió nadie, entonces
cayó al piso. Cuando yo me di cuenta, estaba tratando desesperadamente de subirse otra vez a la tarima
para que lo auxiliaran. Y en ese momento que logró
subir, alguien de seguridad lo vio y lo volvieron a tirar. Y mientras él iba cayéndose, le señalaba el brazo
que se le había quebrado”, cuenta Regino.
Falta de escenarios
El público suele culpar con facilidad a los organizadores por la calidad del sonido de sus eventos. Ocesa
Colombia, por ejemplo, ha recibido numerosas críticas
a través de sus canales de comunicación por incidentes
que nada tienen que ver con la logística y con los equipos
que se usan en los conciertos.
Con pocas excepciones como los teatros Metropolitano, Pablo Tobón Uribe y el de la Universidad de Medellín, recintos diseñados para brindar una óptima calidad
de sonido pero con una capacidad de aforo reducida, en
Medellín no hay dónde realizar un buen concierto ni de
rock, ni de salsa, ni de nada.
En Colombia, en general, no existen escenarios que
hayan sido construidos de la mano de un arquitecto y un
ingeniero de sonido, así que la calidad de los conciertos
depende de un lleno en las localidades y de exhaustivas
pruebas técnicas. En Bogotá, el Parque Simón Bolívar y
el Coliseo cubierto El Campín sufren las mismas precariedades que la gran mayoría de escenarios en el país. La
alternativa son los estadios, pero los organizadores reciben todas las críticas por parte de la industria del fútbol.
Solo Valledupar, con la construcción del Parque de
la Leyenda Vallenata en 2004, cuenta con un centro
para realizar eventos de gran convocatoria. El escenario
tiene una capacidad de 40.000 espectadores, fue construido y pensando para ofrecer música en vivo.
Lo que engrandece al Carlos Vieco
Con tantos problemas de acústica y de espacio, el
Carlos Vieco sigue considerándose un templo del rock.
Las bandas más célebres del rock de la ciudad han tocado en el escenario: Kraken, Ekhymosis, Carbure, Bajo
Tierra, Perseo, Mojiganga, Masacre, Tenebrarum, y algunas internacionales como Attaque 77, Carajo, No te
va a gustar y Cadena Perpetua.
Existen varios espacios míticos para el rock en el
mundo, muchos de ellos tampoco fueron pensados como
escenarios musicales; sin embargo, los artistas han sabido forjar su nombre en ellos. Así pasó en Argentina con
La Perla del Once y la movida del rock nacional de este
país; o The Crocodile, bar en Seattle donde se destacaron los primeros grupos de grunge de la ciudad; o The
Cavern Club, en Liverpool, donde tocó una desconocida
banda llamada The Quarrymen, que más tarde pasaría
a ser conocida como The Beatles.
A Medellín le hace falta un escenario que no sea
una cancha, una porción de tierra, un coliseo o una plaza de toros cubierta, donde se pueda disfrutar de un
espectáculo sin preocuparse por dañar la gramilla o por
llenarse de lodo. Un sitio donde el músico no corra riesgos por la reverberación del sonido y donde los amantes
del rock puedan escuchar sin defectos la calidad de la
música de sus bandas. Mientras eso ocurre, el Carlos
Vieco seguirá siendo ese pequeño rincón que conserva
infinidad de historias del rock local.
23
Facultad de Comunicaciones Universidad de Antioquia
24 Fotografía
Fotografías: Nicolás Navas González
El grito del muro
Nicolás Navas González
[email protected]
L
os murales son la preservación de una idea o de una forma de pensar. La construcción de una imagen que es pintada en un muro se basa en el símbolo, y es la representación colectiva de algo.
La muerte de Jaime Garzón, por ejemplo, significó más que el fallecimiento de un ser
humano a manos de la violencia y la intolerancia; simbólicamente, se convirtió en un ataque directo a las nuevas ideas y vulneró una “libertad de expresión” que venía naciendo a
finales de los años noventa. La imagen de este hombre trigueño se convirtió en un imaginario colectivo de libertad, expresión y, en algunos casos, rebelión de las ideas.
Plasmar una idea en un muro no es solo pintar de forma aleatoria. Es un conjunto de
intenciones comunicativas que llevan a decisiones como dónde y qué pintar para llegar, de
la forma más efectiva, al espectador. Los murales no solo representan, también transgreden ideas. Son formas de mostrar inconformismo. Si se trata de demostrar la existencia de
ideologías opositoras, quizá la respuesta está en los muros.
Crear un mural, pintar en un lugar prohibido, transgredir la ley para comunicar una
idea, no solo es un medio de comunicación: es un desahogo, un recuerdo, una expresión.
Para algunos, es necesario para recordar a sus muertos; para otros, es mostrar historias y
no permitir que el tiempo los deje en el olvido.
No. 72 Febrero de 2015