3 20 mayo/junio 15 En cubierta: Flavio Garciandía, “Corazón que no siente“ de la serie Refranes, 1985 COLABORADORES “El juego galante. Beisbol y sociedad en La Habana del siglo xix”, tesis doctoral de Félix Julio Alfonso López (Santa Clara, 1972), será publicada por Letras Cubanas este 2015 con prólogo de Roberto González Echevarría. El poeta Domingo Alfonso (Jovellanos, 1935) tiene entre sus libros más recientes El libro principal & Un transeúnte cualquiera (Letras Cubanas, 2008) y la plaquette Rimas (Ed. Matanzas, 2012). Dainerys Machado Vento (La Habana, 1986) es una de las compiladoras de los textos de Virgilio Piñera reunidos en Las palabras de El Escriba. Artículos publicados en Revolución y Lunes de Revolución (1959-1961) (Ed. Unión 2015). El poeta y narrador Carlos Esquivel (Elia, Camagüey, 1968) resultó finalista el pasado año del Premio Herralde, que convoca la Editorial Anagrama, con la novela “La tumba del erizo”. Lionel Valdivia (Camagüey, 1975) tiene publicado entre otros libros el poemario Los puertos del silencio (Ed. Matanzas, 2007) y el libro de cuentos Insinuaciones del castrado (Ed. Ácana, 2005). Del teatrólogo y editor Omar Valiño (Santa Clara, 1968) acaba de aparecer Rieles. Teatro en torno a Camagüey (Ed. Ácana, 2014). Rafael Acosta de Arriba (La Habana, 1953), historiador, poeta, ensayista e investigador en el Instituto de Investigaciones Culturales “Juan Marinello”, tiene en preparación “Cuba, fotografía y sociedad (1994-2014)”. Poeta, ensayista y editor, Sergio Mondragón (Cuernavaca, México, 1935) ha publicado varios poemarios y antologías de poesía latinoamericana, mexicana, norteamericana y japonesa moderna, y en 2014 ganó el prestigioso premio “Javier Villaurrutia”. Autor del volumen Hágase la timba, Emir García Meralla (La Habana, 1965) es columnista del periódico digital Cubarte y colaborador en sitios nacionales y de otros países sobre la música cubana. Larry J. González (Los Palos, 1976) ha merecido los premios de poesía David por La novela inconclusa de Bob Kippenberger (Ed. Unión, 2011), y “Julián del Casal” por Osos (Ed. Unión, 2013). Poeta, ensayista, narradora, Jamila Medina Ríos (Holguín, 1981) es autora, entre otros, de los poemarios Del corazón de la col y otras mentiras (Colección Sur Editores, 2013) y Anémona (Sed de Belleza, Santa Clara, 2013). Premio Nacional de la Música, la compositora e intérprete Marta Valdés (La Habana, 1934) publicó recientemente una compilación de sus textos con el significativo título de Palabras (Ed. Unión, 2013). Especialista en temas de derecho autoral, Rosa Marquetti (Alquízar, 1950) ha realizado investigaciones y asesoría para filmes y documentales como Old Man Bebo; Chico y Rita; Tosco, rey de la timba; Omara: Cuba, entre otros. En 2014 vio la luz por ediciones ICAIC el volumen de ensayos La forma realizada. El cine de animación, del ensayista y profesor Dean Luis Reyes (Trinidad, 1972). Escritor, editor y periodista, Carlos María Domínguez (Buenos Aires, 1955) es autor, entre otros libros, de las crónicas 24 ilusiones por segundo: La historia de Cinemateca Uruguaya (Montevideo, 2013) y la novela La breve muerte de Waldemar Hansen (Ed. Mondadori, 2013). 2 BEISBOL, CULTURA Y NACIÓN 2 3 6 8 La conmoción que provoca entre nosotros la pelota... Tamayo en pelota . Félix Julio Alfonso López A l mirar un juego de beisbol. Domingo Alfonso Beisbol en desorden cronológico y sentimental. Dainerys Machado Vento / an-glada / madrigueras / de los / carta filosofal / la escopeta de no caza / final de mapa / islas , cuerpos . Carlos Esquivel 12 S obre un curioso trazo de cal. Lionel Valdivia 15 Desde el espejo de las gradas. Más apuntes sobre la teatralidad en la pelota . Omar Valiño 17 Ismael Sené: Hablemos de pelota . Rafael Acosta de Arriba 10 a - u ( es decir , alfonso urquiola ) buenos tiempos 20 Q uisiera ser... podría ser... Nahela Hechavarría Pouymiró 24 El Corno Emplumado. Sergio Mondragón 26 Radamés Giro: Las páginas ocultas . Emir García Meralla 32 XX PREMIO DE POESÍA 32 Llegamos a veinte en buenas compañías 33 Tríceps. Larry J. González 35 Hachas de San Juan (Guía práctica para la educación del carácter de las niñas ). Jamila Medina Ríos 38 EDICIÓN LIMITADA 38 Contar a Leonardo A costa. Marta Valdés 42 Sergio Vitier... de cierta manera. Rosa Marquetti 44 Tomás Piard: El eslabón perdido. Episodios del cine independiente cubano . Dean Luis Reyes 50 Eduardo Galeano o la literatura sin cerrojos. Carlos María Domínguez 52 El intérprete de Günter Grass en Cuba. Jesús Írsula 54 La buena noche. Evocación de Rafael Soriano. frency 55 Obituario 56 CRÍTICA V enecia con ellas, ni Sara, ni Jim. Berta Carricarte / Cuestiones de biopolítica en V enecia . Dean Luis Reyes / E l cotidiano martirio de resucitar . José Raúl Fraguela / L a virtud de ensayar sobre la incertidumbre . Geovannys Manso / L as damas de S ocial . Rolando López del Amo / E lla no le teme a A ntón A rrufat . Cristhian Frías 64 EL PUNTO ¿Fútbol o beisbol? Iván de la Nuez Jesús Írsula (La Maya, Santiago de Cuba, 1953), doctor en Lingüística comparada de la Universidad de Leipzig, mereció en 2014 el Gran Premio de Traducción literaria “José Rodríguez Feo” de la UNEAC. Curador, crítico, creador multidisciplinario y profesor, frency (La Habana, 1971) es coordinador de la iniciativa Matroska para el desarrollo de los medios emergentes en el arte y mereció el Premio Nacional de Crítica en 2014. Entre los libros debidos al ensayista y curador, residente en Barcelona, Iván de la Nuez (La Habana, 1964) se encuentran La balsa perpetua, El mapa de sal, Fantasía roja, Inundaciones y El comunista manifiesto. Unión de Escritores y Artistas de Cuba Fundada por Nicolás Guillén en abril de 1962 Cada autor es responsable de sus opiniones. Director: NORBERTO CODINA · Subdirector editorial: ARTURO ARANGO · Editora jefe: MAILYN MACHADO · Edición: YALEMI BARCELÓ · Sección de Crítica: NAHELA HECHAVARRÍA · Corrección: VIVIAN LECHUGA · Revisión final: TOMÁS E. PÉREZ · Directora de arte: MICHELE MIYARES · Diseño: MARLA CRUZ · Composición: LISANDRA FERNÁNDEZ · Consejo Editorial: MARILYN BOBES · CARLOS CELDRÁN · DAVID MATEO · REINALDO MONTERO · GRAZIELLA POGOLOTTI · PEDRO PABLO RODRÍGUEZ · ARTURO SOTTO · ROBERTO VALERA Redacción: Calle 17 # 354, e/ G y H, El Vedado, La Habana, 10400. Telf.: 832-4571 al 73, ext. 248, 838-3112. E-mail: [email protected] / Impresión financiada por el Fondo de Desarrollo para la Educación y la Cultura / Impreso en Ediciones Caribe / Precio: $5.00 m.n ISSN 0864-1706 > Dosier-Beisbol, cultura y nación Félix Julio Alfonso López Tamayo en pelota Beisbol, cultura y nación 2 Dosier / Beisbol, cultura y nación S Reynerio Tamayo, El cuarto bate, 2013 La conmoción que provoca entre nosotros la pelota (para bien o para mal) siempre motiva aproximaciones a su carácter cultural. Sin embargo, la primera incitación de este dosier fue estrictamente deportiva. Empezó a gestarse allá por 2011, luego de las derrotas de nuestro equipo nacional de beisbol en Panamá y Guadalajara que sumieron en un vacío el pasatiempo nacional. Desde entonces, ha sido este un período desafortunado para el beisbol cubano, con la excepción de las coronaciones anuales de distintos equipos en los campeonatos nacionales y del reciente triunfo de Pinar del Río como equipo Cuba, o al revés, en la Serie del Caribe 2015. Y resulta que el beisbol, la pelota, la bola… es un asunto demasiado serio, y los que algo sabemos de lo que sucede en los terrenos y sus inabarcables alrededores estamos convencidos de que la solución a esta prolongada crisis pasa por muchas coordenadas, incluyendo, por supuesto, las culturales. Todos los convocados a este dosier se reúnen sobre el diamante imaginario que conforman los vórtices de beisbol, cultura y nación: aquí se conjugan las miradas, los recuerdos, las expectativas, las fabulaciones del historiador Félix Julio Alfonso, el poeta Domingo Alfonso, la periodista Dainerys Machado, el poeta Carlos Esquivel, el narrador Lionel Valdivia, el sabio Ismael Sené en diálogo con el también historiador Rafael Acosta de Arriba, la recreación visual tan sugestiva del pintor Reynerio Tamayo, el ensayista Iván de la Nuez, desde la sección El Punto, y el crítico teatral y ensayista Omar Valiño, quien colaboró en la concepción de este dosier. En noviembre pasado, al refundarse el Salón de la Fama cubano (en el que fue incluido, entre otras glorias, Orestes Miñoso, fallecido recientemente, e ignorado, sin embargo, en Cooperstown) se propuso ya la conveniencia de declarar nuestra pelota patrimonio inmaterial de la nación cubana. Leídas en conjunto, estas páginas también pretenden alentar esa necesidad. < Para Jorge Bermúdez i hay un pintor cubano que juega al beisbol con alegría y le da “a la bola en la costura” con sus lienzos, trazos y pinceles, ese es Reynerio Tamayo Fonseca. Ágil como un receptor, rápido como un short stop y compacto como un cuarto bate, Tamayo se apropia del juego de pelota desde diversas poéticas personales que comprenden el homenaje, la irreverencia, el humor y la parodia. Un número creciente de sus cuadros dan fe de una avidez epistemológica por asumir y reinterpretar los códigos ancestrales del beisbol, esa metáfora ineludible de nuestra identidad nacional, y lo hace de una manera inteligente y sutil, sin chovinismo ni falsos acentos costumbristas, asomado a una estética trasgresora, audaz y juguetona al mismo tiempo.1 Si hubiera que seleccionar un lienzo para demostrar lo anterior, escojo el titulado “El cuarto bate”.2 En el cuadro, un fornido pelotero negro vestido con el traje del equipo Cuba, con los músculos tensos y los ojos desorbitados, observa una pelota que se le acerca veloz mientras sostiene sobre sus hombros el Arca de la Virgen de la Caridad, poblada de seres vociferantes, esperpénticos y divertidos que le piden al bateador que no se equivoque y haga contacto con la “esfera de cristal” (Lezama dixit). Como si la barca milagrosa fuera la tribuna de un bullicioso estadio, en su interior se apiñan personajes populares del más variopinto pelaje, ataviados con vestimentas humildes y banderitas cubanas. Uno tiene cogido un gallo por el cuello, otro toca una trompeta, un tercero se tapa los ojos y una negra santera coloca sus manos sobre el casco en gesto beatífico. En actitud poco mística, la Patrona de Cuba, que cubre con su falda a los que gesticulan, también le grita al bateador con el niño Jesús en brazos, tocado este con una La Gaceta de Cuba 3 gorra diminuta del equipo Cuba, para que cumpla con éxito su obligación de darle a la pelota. El sincretismo cultural y religioso de este cuadro es notable, y su visualidad es muy poderosa, pues nos trasmite de manera gráfica esa singular identidad entre beisbol y nación que acompaña a los cubanos, y que muchas veces suele identificar el orgullo y hasta el honor nacional con ganar un juego de pelota.3 En otros lienzos predominan las referencias culturales al universo de las artes plásticas y sus relaciones con el beisbol, las que son tratadas de un modo original e irónico; por ejemplo, en “Pesadilla cubana” (2012) el lanzador japonés lleva en la camiseta el nombre del pintor Katsushika Hokusai (1760-1849) y se prepara a lanzarle una enigmática pelota al jugador cubano. En esta imagen la lomita del pítcher es una alegoría del monte Fuji pintado por Hokusai y el lanzador agarra la pelota nada menos que con los palillos de comer asiáticos (ohashi en japonés). Asimismo, en un partido entre Cuba y Holanda, una parodia del cartel de la belle époque nos muestra al insólito receptor Vincent Van Gogh mutilado, que recibe en lugar de la pelota su propia oreja, burlando al bateador que mira asombrado tan inusual lanzamiento (“Cuba vs Nederland”, 2013). En ambos casos la intertextualidad pictórica y el hibridismo cultural funcionan, amén de su evidente humorismo, como un símbolo sutil que muestra las dificultades del equipo Cuba para derrotar a sus rivales de Japón y Holanda en torneos internacionales, igualando la calidad estética de Hokusai y Van Gogh, y su alto valor en el mercado del arte, con las destrezas de los lanzadores de Japón y los Países Bajos. Una variante extrema de este propio tema del pítcher dominante se retoma en el cuadro titulado “Cuba vs USA” (2013), donde el inefable Superman se prepara para lanzarle al bateador criollo, en el clímax siempre tenso de un juego entre Cuba y los Estados Unidos (noveno inning, dos outs, conteo de tres y dos…), y detrás del jugador aparecen todos los personajes y monstruos del cómic estadounidense, una tradición que resulta muy cara al pintor, expectantes ante el desenlace de este formidable duelo. Jugando con la exacerbada rivalidad cubana y norteamericana en la pelota, que se remonta a inicios del siglo xx, pero que alcanza su mayor notoriedad después de 1959, por evidentes razones de carácter político, el cuadro “Breaking News” (2013) nos propone un enfrentamiento entre los equipos Industriales de La Habana y Yankees de Nueva York. El desafío es avisado como “noticia de última hora” en un diario titulado socarronamente El 4 Dosier / Beisbol, cultura y nación bate caliente, y muestra a los jugadores de uno y otro bando vestidos con escafandras y trajes protectores que se anuncian como “uniformes antirradiación ideológica”. Más allá de la primera lectura literal y estrictamente “política” de este cuadro, subyace la posibilidad de que ambos equipos estén ya “contaminados” previamente antes de comenzar el partido, y que las máscaras sean de otro tipo, artilugios inútiles que tratan de ocultar la realidad “del otro”. También podría suceder que estos conjuntos diriman fuerzas en un futuro próximo sin necesidad de ningún disfraz. Una zona que me resulta particularmente querible es la de los homenajes a los grandes jugadores estadounidenses y cubanos que pueblan el imaginario mítico de Tamayo. Estos afectos se prodigan en diversas claves, que recorren el humor, la intertextualidad gráfica y también la solemnidad más o menos aparente. Entre los norteños tenemos al gran Babe Ruth que nos guiña el ojo con un tabaco en los labios y su corona de Rey del Jonrón llena de frutas tropicales, como una cornucopia hedónica y sensual, que refleja muy bien la personalidad gozadora y festiva del jonronero (“Babe Ruth in Havana”, 2013). Por contraste, otra imagen de Babe Ruth, agobiado por los medios de prensa, se dispone con energía a conectar de jonrón un micrófono metamorfoseado en pelota de beisbol (“Babe Show Ruth”, 2013). Otros ídolos norteños como Ty Cobb o Mickey Mantle son recreados desde las estéticas del consumo y la cultura de masas, como es el caso del cartel cinematográfico que anuncia una supuesta película sobre Ty Cobb dirigida por Méliès y entre cuyos “actores” figuran los peloteros negros cubanos Julián Castillo, Eustaquio Bombín Pedroso, José de la Caridad Méndez y Gervasio Strike González. Como un detalle de este suculento filme, se anuncia el “debut” del pintor estadounidense Edward Hopper (1882-1967) vestido de pelotero, uno de cuyos cuadros es parodiado en el cartel (“Dead at Home Plate”, 2013). En el caso del masmediático Mantle el leimotiv de la pintura es el arte pop al estilo de Andy Warhol o Roy Liechstenstein (“Good Bye Liechstenstein”, 2013). Joe DiMaggio es tratado de un modo más conceptual y sus dotes de extraordinario bateador son sugeridas por líneas asimétricas que se unen en un eclipse de sol (“Here Come the Sun”, 2013). En otro lienzo el jardinero de los Gigantes de Nueva York Willie Mays acepta una pelota increíble de espaldas al home en una jugada espectacular, observado con asombro nada menos que por otros genios del arte y la ciencia del calibre de John Lennon, Groucho Marx, Sal- vador Dalí, Albert Einstein, Isaac Newton, Vincent Van Gogh y Pablo Picasso. (“The Catch”, 2014).4 La idea de igualar al pelotero con artistas y científicos, en tanto todos son productores de hechos estéticos y culturales, me parece maravillosa. Uno de los mejores cuadros es el que utiliza motivos alegóricos que remiten al pintor ruso Vasili Kandinsky (1866-1944) e inserta dentro de sus perfiles curvos y figuras geométricas al gran lanzador Cy Young, en este caso proyectando una pelota que serpentea caprichosamente en su recorrido (“Kandinsky Style Pitch”, 2013). Una apropiación muy sugestiva es la que muestra un batazo descomunal del jonronero negro Joshua Gibson que impacta en la cara lunar del filme Viaje a la Luna, un clásico del francés George Mèliés (“Josh 800 Home Runs”, 2013). Otro gran jugador de ébano, el tremendo y veterano lanzador Leroy Satchel Paige, es evocado en una imagen que lo humaniza y lo reconoce como el “verdadero” Superman… (“The True Superman”, 2013). En el caso de los peloteros cubanos, los homenajes se suceden para Conrado Marrero, el centenario lanzador que cabalga victorioso sobre un alacrán, trayendo en su aguijón un bate con el emblema del club Almendares y en sus tenazas un guante y una pelota (“Conrado Marrero”, 2013). El ídolo del Marianao y los Medias Blancas de Chicago, Orestes Miñoso, anuncia su rostro joven y sonriente desde una marquesina alumbrada por luces de neón, y a su lado se lee y se escucha la letra del chachachá que le dedicó otro grande, Enrique Jorrín: Cuando Miñoso batea de verdad, la bola baila hasta el chachachá… (“Minnie Miñoso”, 2013). Termino este recorrido por algunas de las obras de Reynerio Tamayo dedicadas al beisbol con dos cuadros de conmovedora representación. El primero es un montaje en forma de collage que reúne diferentes momentos épicos del beisbol: la llegada de las mujeres al beisbol profesional, la memorable despedida de Lou Gehrig, el funeral de Adolfo Luque, un beso de Marilyn Monroe a DiMaggio, la trágica muerte de Roberto Clemente, el rostro de Orlando Duque Hernández con la gorra de los Yankees y la estampa pintoresca del pelotero ruso Nicolás Slovacevich, fallecido también de un modo infausto en las pinareñas Minas de Matahambre. Aunque se trata de imágenes colocadas en aparente desorden y sin considerar el aspecto cronológico, lo que las articula a todas es la intensa carga sentimental de cada una de esas escenas en la memoria afectiva de los seguidores del beisbol, instantes únicos e irrepetibles en su densidad dramática y humana (“Baseball Forever”, 2013). El otro lienzo es un ecuménico diamante de beisbol donde se rinde tributo a los cuatro grandes equipos profesionales cubanos: Almendares, Habana, Marianao y Cienfuegos (“Bases Loaded”, 2013). Sus respectivas mascotas (un alacrán, un león, un tigre y un elefante) merodean despreocupadas por el cuadro de grandes dimensiones, en poses insólitas como la del león sentado encima de un taxi o el elefante cabalgado por Martin Dihigo. Multitud de peloteros estadounidenses y cubanos de diferentes épocas aparecen bateando, corriendo, cogiendo o simplemente mirando, reunidos y hermanados como parte de una misma familia espiritual, protagonistas en un juego imaginario que es muchos juegos al mismo tiempo, un partido inmarcesible que se disputa en el solariego estadio matancero Palmar de Junco. Mientras este maravilloso desafío se confronta en la eternidad, donde se nos alerta que “no son todos lo que están, ni están todos los que son”, Babe Ruth espera en el cajón de bateo, Jackie Robinson se desliza en home, Tany Pérez da un jonrón, Adolfo Luque y Miguel Ángel González se estrechan las manos, Camilo Pascual y Edmundo Amorós se marchan satisfechos del terreno tripulando un alegre cocotaxi amarillo. Y el pintor, adornado con una gorra de pelotero, nos hace un gesto cómplice y sonriente desde una esquina del cuadro: continuará… < La Habana, febrero de 2015. 1 En entrevista concedida a una publicación estadounidense, Tamayo explica el origen de su interés estético en el juego de pelota de la siguiente manera: “Recuerdo mi tercer año de estudios en la Escuela Nacional de Artes Plásticas (ENAP), en ese momento desarrollé una serie de piezas en acuarela sobre papel con el tema del beisbol, fue mi primer acercamiento hacia este deporte desde la pintura. Este trabajo se exhibió en una muestra personal en La Habana. Después de esta experiencia en ocasiones volvía a tocar esta temática, pero no era la idea principal… estaba inmerso en otras series, otras ideas, otras motivaciones, lo cierto es que recuperé el tema del beisbol para un proyecto en homenaje al equipo nacional de Cuba que participó en el pasado Clásico Mundial de Beisbol [2013]. Ese proyecto colectivo se mostró en el Centro Cultural Cinematográfico ICAIC, en La Habana. Luego parte de esas piezas se unieron a la exposición colectiva Robando Base: Cuba al bate en The 8th Floor’s Gallery, de la Fundación Shelley & Donald Rubin en New York”. Véase: Alexa Van Sickle: “Cuba: Q&A with Reynerio Tamayo”, en: <http://roadsandkingdoms.com/2014/now-batting-cuba-qa-with-reyneriotamayo/>. 2 “El cuarto bate” (acrílico sobre lienzo, 160 x 130 cm, 2013) pertenece a la Colección de Arte Cubano Contemporáneo del Consejo Nacional de las Artes Plásticas. Véase la obra y un detalle de esta en el libro de igual nombre publicado por ArteCubano Ediciones, 2014, p. 324-325. 3 Sobre este cuadro, el pintor expresa: “En el beisbol ser un cuarto bate significa ser un jugador de fuerza, con buenos promedios y una gran responsabilidad a la hora de impulsar carreras y sobre él pesa la exigencia de, en momentos decisivos, definir resultados en un partido. Si ustedes unen todo esto y observan el cuadro “El cuarto bate” se podrán imaginar la presión que tiene este personaje justo en el momento en que se dispone a batear. Sin olvidar que lleva puesto el uniforme del equipo Cuba. Por eso pinté sobre sus hombros a muchos personajes que representan al pueblo cubano, incluyendo a la virgen de la Caridad del Cobre, la Patrona de Cuba, símbolo también de nuestra cubanía”. Ídem. 4 Este cuadro recrea la que está considerada una de las jugadas defensivas más grandes en la historia del beisbol de Grandes Ligas. En el octavo capítulo del primer juego de la Serie Mundial de 1954, con pizarra empatada a dos y dos corredores en bases, Vic Wertz de los Indios de Cleveland conectó un profundo batazo al jardín central, y el jardinero Willie Mays arrancó en su búsqueda desde el momento en que escuchó el contacto; mostrando su número 24 atrapó la bola frente a la marca de 460 pies y luego en un movimiento giró y lanzó de vuelta al cuadro. Los Gigantes pudieron dar el cero y obtuvieron la victoria en el cierre de la décima entrada gracias a un jonrón del zurdo Dusty Rhodes con el que dejaron en el terreno a los Indios cinco por dos. La Serie Mundial fue ganada por Nueva York con cuatro victorias. La Gaceta de Cuba 5 Reynerio Tamayo, Cuba vs USA, 2013 Al mirar un juego de beisbol Domingo Alfonso Reynerio Tamayo, Conrado Marrero, 2013 6 Dosier / Beisbol, cultura y nación A l mirar un juego de beisbol, algunas veces la memoria me conduce hacia un pasado lejano, allá por 1942 o 1944, a mis siete o nueve años, en el patio trasero de aquella casa en Jovellanos, donde nací. Casi debajo de los elevados, era un solar de forma triangular, donde mi abuelo sembraba maíz dos veces al año, limitado en uno de sus costados por el terraplén de la línea de ferrocarril de Jovellanos a Navajas, mis amigos y yo jugábamos sorteando las irregularidades de los surcos, con pelotas de goma; pero soñando con tener algún día las verdaderas, tal y como se usaban en la Liga de Pedro Betancourt, donde Jovellanos tenía (como principal novena) al Deportivo Gravi (nombre de la fábrica local de jabones, pasta dental y artículos de tocador). De esta liga, antes famosa y hoy entre sombras, salieron verdaderas estrellas. Más adelante, a mis doce años me pude ver vistiendo uniforme de pelotero con el número doce (de incómoda connotación por su equivalente en la “charada”) y jugando la segunda base de la escuela primaria superior donde yo cursaba el octavo grado. Pero mi pequeña estatura y escaso “brazo” me disuadieron (para mi desánimo) de practicar un deporte que era mi obsesión. En el caserío La Loma cercano al central Estrella, donde vivíamos mi hermano y yo durante las vacaciones escolares del verano en la casa de nuestros padres, pasaba parte del tiempo en los “pitenes” del “one-two-three tinguiliche” (donde se tiraba la pelota al cuerpo de los corredores para sacarlos out). En el mismo central Estrella pude al fin jugar en un terreno de verdad, con las medidas oficiales. Estaba situado detrás de una línea del ferrocarril y cerca de los depósitos de bagazo, y no recuerdo conectarle al zurdo Yayo, que lanzaba con gran velocidad, para desaliento de mi padre que observaba el juego y mi pobre desempeño desde las gradas. Ya en La Habana, siendo alumno de la Escuela Superior de Artes y Oficios, iba a ver algún que otro partido al nuevo estadio de la barriada del Cerro. A treinta metros, en la calle Zequeira vivían mis mejores amigos, los Lanier, y era nuestro sitio de reunión. Desde allí escuchaba el sonido in crescendo de la afición cuando se producían jugadas importantes y continuadas en los desafíos. En ese parque del Cerro, una tarde, en los momentos en que caminaba desde una de las puertas de entrada hacia un asiento en las preferencias, casi detrás del home escuché asombrado el fuerte sonido de una pelota contra la mascota del cátcher. Se trataba de un joven alto y fornido “calentando” el brazo para después lanzar. Pregunté su nombre y me dijeron: –Es el Vinagre Mizell. De aquel estadio, en aquellos años, guardo como joyas en la mente: • Ver lanzar y ganar cuatro por dos, con el uniforme del equipo Habana, a Manuel Cocaína García. • La maestría y picardía del tercera base negro norteamericano Raymond Talúa Dandridge, de Marianao, el cual, cuando tenía tiempo, tiraba “globitos” para primera y así preservaba su brazo. • Los irrepetibles momentos en que Julio Rojo (coach de los “leones” del Habana), con su pañuelo punzó en la mano (el rojo: color del equipo Habana), y agitando los brazos como aspas, enviaba al corredor de tercera base para el home. • A Héctor Rodríguez, estrella en la esquina caliente del Almendares. • Ver en acción a una leyenda: Willy Miranda, short stop del Almendares. • A Claro Duany bateando un jonrón (por encima de las graderías de luna desde donde yo veía el juego), que cruzó la calle y cayó sobre el techo de un almacén en la acera opuesta. • Ser uno de los miles de espectadores aplaudiendo al mítico jonronero del Almendares Roberto Ortiz. • Haber podido admirar al centerfield de los “alacranes”,1 el angelito, Ángel Scull, en la temporada en que ganó el título de “novato del año”. • Ver al gran bateador camagüeyano Haitiano González batear tres jonrones en un juego. • Recordar a Rocky Nelson, primera base de los azules del Almendares, a Edmundo Amorós y a Pedro Formental (Perico 300, como él mismo se apodaba y cariñosamente lo llamaban), jardineros del club Habana, y a la gloria de nuestro deporte Orestes Amorós. • Ser testigo de la destreza y elegancia del primer cojín del Cienfuegos, Regino Otero (coger y después pisar), uno de los mejores defensores de esa posición en Cuba, en todos los tiempos. • Disfrutar de las actuaciones “en la lomita” de Conrado Marrero, Sandalio Potrerillo Consuegra, Agapito Mayor, Camilo Pascual, el Guajiro Orlando Peña y de tantos otros. • De tiempos un poco más recientes (hace cuarenta años que no voy al estadio) recuerdo a muchísimos estelares: don Miguel Cuevas, los lanzadores Manuel el Cobrero Alarcón y Manolo Hurtado, al inicialista Pedro Chávez, el short stop Tony González, al formidable bateador de Jovellanos Wilfredo Sánchez, y al gran segunda base y espectacular robador de bases Félix Isasi, así como al jonronero Armando Capiró. Mi cultura beisbolística de los últimos años me llega a través de la televisión; pero no es ni remotamente igual. Nada es comparable a participar del beisbol en su “salsa”, en su escenario, con sus protagonistas y los espectadores que son parte inseparable del espectáculo. De mi pueblo era Saguita Hernández, quien obtuvo notoriedad por haber decidido dos juegos importantes con jonrones que dieron sendas victorias al club Habana sobre el Almendares. Fue apodado “la vaca lechera” por aquellos eventos afortunados que lo hicieron famoso en aquellos tiempos. A su retiro, los fanáticos habanistas agradecidos hicieron una colecta y le compraron una casa. Estaba situada a una cuadra y media de mi domicilio. Yo tenía unos veinte años cuando patenté un juego de cartas basado en el beisbol. A mis setentaisiete años hice la propuesta de una especie de semáforo con el fin de agilizar los juegos. En mi vida, desde niño siempre he sido aficionado y amante del beisbol. < 1 El alacrán: mascota de los “azules” del Almendares. La Gaceta de Cuba 7 Reynerio Tamayo, Kandinsky Style Pitch, 2013 Beisbol en desorden cronológico y sentimental Dainerys Machado Vento 8 Dosier / Beisbol, cultura y nación I. Las gorditas del Latino Es domingo, que es como decir: día de aburrimientos y melancolías en cada rincón del planeta. No tengo certeza de la hora, porque sobre las calurosas sábanas de mi cama llevo un buen rato de aletargamiento. Imagino, sin embargo, que deben estar cerca las dos de la tarde, por la corneta que comienza a desgañitarse debajo de la ventana. Conozco bien ese sonido, sus horarios, sus tempos musicales, el instante exacto que necesita el mecanismo de viento para recargarse entre cada uno de sus escandalosos fuaaaaaa, fuaaaaaa. Nací hace casi treinta años a la sombra del Estadio Latinoamericano, en el mismo centro de una Habana más extensa y mítica que la de los catálogos turísticos. En los días en que aquí se juega beisbol, se ha convertido en costumbre que una corneta en manos aficionadas anuncie que empezó a llegar el público, que se van a llenar las gradas, que hay hombres sin camisa pasando por la puerta del frente de la casa. La corneta, que cambia de dueño, estructura y color de tanto en tanto, suena idéntica siempre. Preludia excesos y fiesta, olor a ron, carnaval sin más máscaras que guantes de beisbol ganados al tiempo. Mientras, decenas de niños corren de un lado a otro del Estadio, persiguiendo las pocas pelotas sucias que heredaron de los fouls del juego anterior. El Cerro se convierte en una acera gigante, con dirección exclusiva: el Estadio. Así es esto. No hay escape. Te puede gustar o no la pelota. Puedes ir a favor o en contra de Industriales. (Yo, por ejemplo, he sido siempre partidaria de Pinar del Río, herencia de abuelo Juan.) Pero cuando naces y vives a la sombra del Latino te gana la magia del juego. Escribes la primera crónica que te piden en la Universidad sobre beisbol; invitas a tu primer novio (al siguiente y al último) a algún partido en el Estadio; presumes con tus primos porque escuchas el sonido del batazo tres segundos antes de que salga en televisión. Tan cerca vives del espectáculo, que aprendes a disfrutarlo antes de saber escribir tu nombre. Así es esto. No hay escape. Por eso el sonido de la corneta anuncia mucho más que un juego. Anuncia la hora de sacar los bancos a la puerta de la casa, de ver que Cuba vive, de recordar. Sí, porque hasta el Latinoamericano también íbamos, cuando pequeños, a poner flores en los bustos de los mártires. Hasta el Latinoamericano me llevó mima a ver mi primer concierto de Silvio Rodríguez. Más de veinte años han pasado desde aquella iniciación. Hubiese sido hermoso corear el regreso del unicornio azul, el 25 de diciembre de 2014, al mismo espacio beisbolero, trastocado en espacio musical. Pero ya no pude. La distancia no me permitió acompañar a mi abuela, que, junto a otros nietos y bisnietos, vio cantar de nuevo a Silvio. Estoy temporalmente fuera de casa, de La Habana, de Cuba. Entonces… ¿cómo carajo suena la corneta del Estadio debajo de mi ventana en este domingo de melancolías, alejada de todo lo conocido? El siguiente cornetazo desata el duermevela. Me levanto de la cama y me asomo a la puerta. Es domingo, efectivamente. Son cerca de las dos de la tarde, y un vendedor ambulante anuncia las gorditas más sabrosas de México. Son tortillas de maíz, rellenas de algún guiso. Comida de dioses, promovida por un sonido idéntico al de la corneta del Latino. Así es esto de amar un lugar y sus costumbres. No hay escape, aunque estés lejos. II. Una lista personal El 28 de agosto de 1964, la página 23 de la revista Bohemia publicó una breve entrevista titulada “Diálogo con Virgilio Piñera”. Interrogado sobre cuál género literario prefería cultivar, el escritor respondió: En la actualidad –y ayer y mañana–, me interesan enormemente todos y no le doy preferencia a ninguno, con lo cual se la doy a todos. No es mi culpa si juego “las cuatro bases”, y tampoco es mi culpa si otros juegan solo una y la juegan mal. Son esos escritores fallidos los que estiman que el resto la juega tan desdichadamente como ellos, sin percatarse de que las pelotas de jonrón les pasan por encima de sus huecas cabezas. En 1967, Roberto Fernández Retamar escribió su conocido poema “Pío Tai”. En él homenajeó a los Inolvidables hermanos mayores: dondequiera que estén,/ Hundidos en la tierra que ustedes midieron a batazos/ En la Tropical o en el Almendares Park;/ Bajo el polvo levantado al deslizarse en segunda. En 1990, el mítico rumbero Carlos Embale posó, junto al Septeto Ignacio Piñeiro, en las gradas del Estadio Latinoamericano, para la foto que sirvió como carátula a uno de sus últimos discos. En 2004, Ediciones Unión publicó la obra de teatro Penumbra en el noveno cuarto. La pieza de Amado del Pino empleó el argot y la pasión beisbolera, para retratar las frustraciones de un pelotero, su amante y un aficionado, como metáforas de una sociedad en crisis. La misma historia que Charlie Medina llevó al cine en 2012, bajo el título de Penumbra. Ese mismo año, gracias al director de teatro Alberto Sarraín –que detesta el beisbol– conocí el entonces recién inaugurado estadio de pelota del equipo de los Marlins, en Miami. Ese fue el único lugar de la ciudad donde los cubanos emigrados no cuestionaron mi decisión de regresar a Cuba. Todos sabíamos dónde quedaba Home. III. A mí no me gusta la pelota Cuando desgrano los recuerdos de la infancia, a menudo veo a mi papá colocando sobre mis hombros un abrigo azul y rojo, que fue el único tesoro conseguido durante sus años como soldado en Angola. La de abrigarme era acción obligatoria antes de partir a ver algún juego en el Estadio Latinoamericano, donde “siempre sopla viento”, me decía. Mi padre atlético y hermoso, salvaje y cariñoso a la vez, a quien jamás he visto practicando deporte alguno, no me invitaba a cualquier juego de pelota, sino a todos los juegos de pelota, todos los días, excepto en las finales, porque “se llena mucho el lugar”. Él siempre quiso un hijo varón. Pero la vida me puso en sus brazos, pequeña y sin un cabello en la cabeza, para demostrarle que en realidad quería ser papá, sin importar el sexo de la persona en quien iba a poner su amor. De todos modos, me enseñó plomería y carpintería, a pintar techos y reparar bicicletas, a compartir poesías. Las idas y venidas al Latinoamericano las creí, por mucho tiempo, parte de esa cultura libre de prejuicios que él me inculcó con la venia de mi madre. Por eso, el Estadio Latinoamericano de mi infancia es un lugar frío y desierto, donde entrábamos gratis, para ver siempre al mismo aficionado (o a uno muy parecido) gritando apasionadamente al mánager, al árbitro o a cualquier pelotero, como si cada juego fuera el decisivo. Esa imagen del Latino cambió en la adolescencia. Entonces se convirtió en lugar de encuentro de las amistades, grupo donde mi padre no tenía cabida. Claro que nosotros sí seleccionábamos a qué partido asistir, porque debía ser el más polémico, el que más se llenara, el que nos garantizara gritería con algún buen jonrón. Ya en las gradas, una sensación de culpa embargaba a veces mi eufórico estado de ánimo, cuando pensaba que había dejado sin compañía al hombre que me inició en la cultura de bolas y strikes. Con el tiempo, las aburridas responsabilidades de la adultez espaciaron cada vez más las idas al Estadio. Hasta que uno de esos días en que la nostalgia exige conciliaciones con el pasado, fui a buscar a mi padre a su nueva casa. “En el Latino juegan hoy Industriales y Pinar del Río. ¿A quién le vas?”, le comenté en algún punto de la conversación, con fingida ingenuidad. “A nadie”, respondió. Fui más directa: “Papi, deberíamos ir al Estadio, el partido va estar bueno”. “No hija, no, si a mí no me gusta la pelota”, dijo, sin parar el balanceo de su sillón tejido. Yo estaba sorprendida, él impasible. “Viejo, no me jodas, si me llevabas todos los días al Latino cuando era chiquita, ¿cómo me vas a decir ahora que no te gusta la pelota?”. “No, mija –repitió–, si aquello era pa salir de la casa, que estaba obstinado de la suegra. A mí nunca me ha gustado la pelota”. < La Gaceta de Cuba 9 > Poesía Poesía Carlos Esquivel a-u (es decir, alfonso urquiola) la escopeta de no caza De la misma manera en que fluía un águila encima de nosotros. De la misma manera en que golpe a golpe olvidamos desterrar enemigos devueltos a la aridez, a hierbas secas. Aislados en el planeta estadio, la galaxia torcida por una escena de sumisión: estaba el magnético a-u, de un lado para otro, sin que uno de los rollings fuera más allá de él. De la misma manera en que el viento se confundía tras los olores de una extensa muralla verde. a Seattle, donde kendrys morales humedece muchachas despiertas, en la superficie ensombrecen los enemigos, listos en desfiladeros antes de nacer, en la sacudida inicial, humo de un paraíso comprado por granjeros irlandeses. kendrys m. te seguían los muchachos por el Castle Taylor a recobrar recuerdos de cuando se protegían con dolores de cabeza el velo blanco, la furia de Oriente. Yo vine hacia algún lugar a sospecharme, con una latitud y un objeto de persecución que abandonaba en las cruces del pueblo. a La Habana, donde mi padre extraña sus héroes. Lejos de ese país que ninguno puede nombrar. an-glada Bienaventurados los que siempre cantaron por ti, los que izamos más allá del cuerpo un territorio de cenizas patrias, los que despertaron con el cansancio de no verte allí: como un ángel en la hierba de todos los estadios. Hoy, que no aprendimos a vivir entre muertos, que no sonreímos sin rencor, no miramos o vivimos terrenos vacíos, el rolling supuesto, envenenado, en la pradera del righ center, hoy, al cantar por ti, al abandonar el Paraíso. madrigueras Busco los senderos del apóstol Víctor Mesa. Ahora cuando sé que el beisbol es el único conductor de la materia. Bajo lámparas, arrodillado como un enemigo. Frágil como el enemigo de mi enemigo. Como un sheriff que busca nombres para derretir. 10 Dosier / Beisbol, cultura y nación de los buenos tiempos minnie miñoso recorría mi aldea como un turista gris. Le pregunté, sin acomodarlo al ambiente, qué es la finitud. Un cofre, uno agujereado. Creí que diría algo mullido en la oda supranatural, pero yo estaba rechinante a miedos caníbales. Por acá pasaron otros y no hablaron camilo pascual tony oliva orlando hernández. Le pregunté a minnie miñoso entonces, qué es para usted la Isla. Un bosque, dijo. Una tumba como un bosque. carta filosofal Vengo hacia La Habana, nunca llego, me cocinan las aguas de Industriales, semillas de Santiago. Me escondo en hoteles para aliñar nostalgias de Almedares, el flai de patria de Formental, el vuelo de Changa hacia sepulcros naturales, como la sedición, como otro mapa viejo. Vengo hacia La Habana cuando me alumbro a 12 volt la fiesta de Leopardos con Trucutú Gibson, trenes para Matanzas que no llegaban porque Cristóbal Torriente desviaba el país, su parte de país anclada en el país de mi padre. Y eso era la lengua del cuchillo, la naranja del pueblo, unos hijos que marchaban sin desterrar, lunas del borde, ojos en la entrada del alcohol supremo. Vengo hacia La Habana y uso idiomas para nevar a tiempo, estoy sano de pertenencias, me agrupan en una esquina del Cerro a llorar las formas muertas, los mataderos infantiles. Escucho versículos, catequismos y no una habitación a diestra y siniestra de las mareas del estadio. No me teme la navaja bajo la ingle, ni se aproxima el frío ni una carretera a cualquier lugar para que pase el tiempo. Vengo hacia La Habana y nunca llego. final de mapa Para Alejandro Arias La isla pura es la de Antonio Pacheco, arrasa con el reloj, franquea alambres de conciencia, como un dios insoportable me lleva a casa. Por la ventana el horizonte es una aldea de trenes que van y no vuelven, agobiado por tribus yo me he puesto temeroso y me pongo a frotar, no vale el ocre de ganado que es rudo como el pasto, que tiene otra dirección. La isla pura es la de Rafael Palmeiro, usa uniforme de confirmación, patria de cadenas como bancos de mar, la urgencia está en que por allí fluyen las puntas de un mapa, castillos para no salir, puentes que cruzaron como un viaje a Houston: veríamos a Andy Pettite, lo vimos. La isla pura es la de Félix Núñez, sin que pudieran convencerme de que no reprimía de que no era móvil de que estaba en los chamuscados, bajo esas arrugas hacíamos cruces para perder, a veces perdíamos. La isla pura es la de Luis Tiant, encontraba un son, había nieve, miraba a la noche, la transparencia de una franja, había nieve pero encontraba un son. Yo necesitaba caminar una isla entera para comprender, una isla pura no existe, una isla pura. islas, cuerpos A veces llegan fotos de Miami, hijos bárbaros. Preguntan si no sabremos las confirmaciones o si hay jugadas por encima de los fatrasic. Responde La Habana, se apacientan las épocas y es posible que llueva para siempre. Fotos, lentos suburbios que yacen en paz y escriben a los camaradas de Ordóñez acumulados. Hijos que nos mandan Cansecos de otoño y algunas flores, hijos bárbaros que escriben con antorchas de ayudar a empalarnos, con voces que enternecen. Estadios que me arrastran y siento miedo, me desdibujo a trazos y huelo pegatinas infantiles, trucos de la patria y germinaciones. A veces llegan fotos de Miami, contienen Osvaldos plásticos, fragmentos de dukes sin echar a la playa, cátchers viscosos que andan sin traslación el agua nueva y permanecen en fragilidad, acodados por los scouts y las burbujas de la seda blanca. Las vemos junto a los otros hijos, y corroen, nos hacen dormir como niños dormidos y nunca despertamos. A veces mandamos fotos a Miami, nos dejan el corazón duro, ondean adentro, otro paisaje, otro cielo. La Gaceta de Cuba 11 > Cuento Sobre un curioso trazo de cal Lionel Valdivia Reynerio Tamayo, Martin Dihigo’s headstone, 2014 Los nueve hombres en acecho después de saborear una droga de Cuculcán, unirán sus destinos a la caída y ruptura de la esfera simbólica. José Lezama Lima Vi que todos se tambaleaban como si la tierra les faltase bajo de los pies, en tanto que el pítcher apretaba convulsamente la bola en su mano como si esta quisiera caer hasta el fondo de la tierra. Virgilio Piñera R ealmente nunca había visto algo así, oficial, no lo había visto de verdad. La pelota flotando sobre la línea, no me mire así, flotaba de verdad sobre la línea de cal. Usted sabe que la línea es de cal, yo no sé cómo es en otros países, pero aquí es de cal 12 Dosier / Beisbol, cultura y nación de verdad. Cuando la pelota pica sobre la raya, o alguien pasa por encima de la raya, el polvo blanco se levanta y se prende donde quiera. Si pasa usted por encima de la raya se le prende en ese pantalón azul que se parece al de nosotros los árbitros. No me mire así de esa forma que yo sé que usted no es árbitro, aunque en cierta medida sí lo es, pero bueno, ese es otro tema. Lo que le digo es que la cal recién puesta en el terreno seco se levanta si la pelota le cae encima y la pelota estaba ahí casi a punto de caer y, nada, no tocaba la tierra, bueno, la cal. Y eso me puso nervioso porque de momento me recordó todo lo que había pasado por la mañana, me recordó las amenazas y la cara de los dos tipos que yo no conocía porque no soy de por aquí, vine porque estoy a punto de graduarme de árbitro para poder hacer de principal y la Comisión me mandó para acá. Esto está lejos, por poco no llego. Realmente vine hoy mismo por la mañana y me senté un rato en el parque, pero después fui para el restaurante que queda al frente del estadio, fui a comer algo porque desde temprano estaba en la carretera. Fue en el restaurante donde me lo pidieron, los dos tipos que después se sentaron sobre el banco de tercera para mirarme todo el tiempo como si me evaluaran, yo pensé que eran de la Comisión pero ellos siempre se presentan y se visten distinto. Estos eran del pueblo. Vine hasta acá pidiendo botella. Haciendo autostop, dicen los gringos en las películas, pero bueno, usted sabe muy bien, oficial, que acá se le dice coger botella. Cuando todo se complicó en el restaurante me pregunté por qué había venido si yo podía esperar hasta el mes que viene para hacer el examen y ya. Pero la Comisión es así, te manda y punto. ¿Quién trabaja en la Comisión? Yo no sé cómo se llaman, ni cómo uno se comunica con ellos. Se presentan, se dicen la Comisión y así te mandan para allá o para acá. El telegrama te llega tres o cuatro días antes. Ellos aparecen para evaluarte, dicen que son de la Comisión y después en el otro telegrama está la nota. Ahora me mandaron para este pueblo y yo realmente nunca había salido de la ciudad para arbitrar algún juego en el campo, por eso no sé si pasa alguna vez eso de que la pelota se demore sin picar sobre la raya de cal, bueno, no es que se demore, sino que no pique nunca, que no levante el polvo ese que estoy acostumbrado a ver siempre que el batazo está ya sobre el límite. Porque realmente la raya de cal es un límite, me lo dijeron en la escuela de árbitros desde el primer día y a mí se me pegó facilísimo, cosa extraña porque a veces tengo problemas con la memoria. Y de verdad le digo que se ve poco la pelota sobre la raya, ahora que recuerdo no creo haber tenido que cantar antes un batazo que cayera exactamente sobre la línea. Bueno, ni antes ni ahora, porque la bola no picó nunca. Sí… sí, casi flotando y con todas las voces del estadio apagadas, como si fuera un radio que espera por el bote de la pelota para empezar a andar. Pero se mantuvo apagado, oficial. ¡Claro que fue extraño, todo en este pueblo es extraño! No se ofenda usted, oficial, no se altere de esa manera que no es un grito de verdad, me pongo así cuando estoy nervioso y lo que digo es solo un decir… Pero realmente lo único que parecía de hoy, del presente, en ese juego de beisbol, era mi uniforme de umpire. Ni los tipos que se sentaron a la mesa donde yo estaba esperando. Estaban vestidos como de ahora, la gente ahora se viste como quiera por lo del dinero, usted sabe, pero yo lo que digo que parecían de revista de antes. Yo sí he visto revistas de antes, oficial, mi abuela las tenía en un cajón que yo le revisaba por las tardes cuando ella dormía la siesta. Ellos se sentaron y al principio no me hablaban, pensé que era costumbre del pueblo. Me empecé a sentir extraño porque no me traían el pedido y los dos hombres no hablaban nada, no solo conmigo, que a fin de cuentas nadie me conoce por acá, ni nadie sabe que soy umpire, bueno, que estoy estudiando para umpire y que venía a lo del juego de por la tarde. El problema es que entre ellos tampoco se hablan y ese espacio vacío así de palabrería te va poniendo tenso, casi lo mismo que cuando esperas que pique la pelota y no pica y nadie dice nada de nada. Parece que por acá, por este pueblo, a la gente le gusta hacer silencio cuando las cosas se ponen raras de verdad. En la ciudad no es así, allá se habla por todo, si se pone la cosa rara la gente habla, si no se pone rara la gente también habla. Y yo soy de la ciudad, nunca salgo de allá y por eso le digo que hasta la ropa de la gente de este pueblo parece de antes. No es con usted, oficial, el uniforme es el uniforme, eso está claro que es de ahora como el que nos ponemos los árbitros. Estaban vestidos casi igual, si los hubiera visto pasar rápido por la calle uno detrás de otro hubiera pensado que era el mismo tipo, pero estaban los dos allí en la mesa sin hablar cuando llegó el pedido. Claro, oficial, cómo iba empezar a comérmelo todo delante de ellos sin brindarles, se los dije y entonces fue que pusieron los brazos en la mesa y me dijeron todo de una sola vez. ¿Que si los dos al mismo tiempo? Peor que eso, oficial, parecía que lo hacían a dúo y por eso me costó trabajo entenderlo todo desde el principio. Allí adonde parecía que una frase se rompía, el otro la completaba, como si lo hubieran ensayado para un acto de los que dan por las mañanas en las escuelas primarias de la ciudad, haciendo eso que mi abuela, la de las revistas viejas, llamaba como segundo en los cantos. Pero lo hacían siempre con una voz distinta. No, oficial, yo no los conocía de antes. Le dije que es la primera vez que salgo de la ciudad para arbitrar un juego y que nunca había estado acá. Al principio no los entendía y si soy sincero le puedo decir que al final por poco no los entiendo, si no es porque se pararon a imitar todo lo que yo debía hacer como si estuvieran parados en el mismo estadio de pelota con la raya de cal delante de sus ojos. Pero lo de la pelota flotando no lo dijeron nunca y si lo dijeron yo no los entendí. Posiblemente por eso de no entenderlos del todo pasaron las cosas como pasaron. Disculpe, oficial, pero realmente no creo que el problema estuviera en la ropa que traían, porque cuando salí del restaurante en el pueblo todo el mundo estaba vestido de la misma manera, estaban de antiguos, eso sí lo tengo claro. Y en el estadio lo mismo, con todo el mundo pasaba lo mismo. Miré para las gradas cuando le dije que vi a los dos del restaurante y traté de repasar a todo el que estaba en las gradas, que no son muy grandes, en la escuela de árbitros dicen que no hagamos eso pero yo nunca lo he entendido y si explicaron algo se me olvidó rápido, ya le dije que tengo algún problema con la memoria, por eso lo hago y a veces hasta me río con alguien, sobre todo si hay algún niño. No había niños, oficial, y todos los que estaban, estaban de antiguo con la ropa, hasta los otros árbitros. Y la pelota es complicada, oficial, por eso somos siempre cuatro, como los jinetes, aunque el estadio sea de pueblo como este y el juego no sea de la Nacional, los otros tres hablaron bajo ahí alrededor del home y yo no oí casi nada pero como siempre hay un principal yo me despreocupo y me concentro nada más en la raya, la pelota y el corredor. Entiende, oficial, la raya y la pelota, me concentro en eso y se supone que con eso siempre pase lo mismo. Esta pelota es dura, como si fuera cabecidura, agarra para cualquier lado cuando el bate la golpea y a mí no hay quien me diga que Dios no existe cuando la muy cabrona sale para el lado contrario al que todo el mundo está esperando. No, yo no soy tan religioso, oficial, es como un decir para explicarle que no es lo mismo aunque todas sean pelotas. Por eso me gusta este juego, porque nadie sabe para dónde va a coger la jodida bolita. Pero todos saben que en algún lugar va a picar, en la yerba, en la arena o sobre la raya de cal. Pero aquí, en este pueblo parece que todos entienden otras cosas del juego que yo no entiendo, todo el mundo se quedó tranquilo mientras la pelota estaba sobre la raya sin tocarla, así como cuando se pone un pedacito de imán contra otro y no quieren pegarse. Y todo se detuvo. Entendí la frase de uno de los del restaurante que me dijo: “Mátalo, al tercera base”, y yo no seguí masticando el jamón y el pan que estaban más buenos que los que me dan de merienda en los juegos allá en la ciudad. Una cosa es la pelota, oficial, arbitrar la pelota y otra cosa es que alguien te diga mátalo, así con esa extrañeza en la voz y que tú por raro no le puedas mirar a la cara y sientas como en el salón completo nadie más habla, como si todos estuvieran esperando que tú le respondieras. Y yo qué le iba a responder, oficial: nada. Entonces fue que el otro dijo que ya estaba muerto y yo me sonreí; bueno, creo que me sonreí porque los dos me miraron con cara de tipos malos, menos mal que ya había dejado de masticar porque si no me atoro de verdad y ya el refresco se me había acabado y entonces a lo mejor el muerto era yo porque esos dos tipos de seguro no me iban a ayudar. Entonces La Gaceta de Cuba 13 > Cuento me pidieron lo otro. No, oficial, yo no me fui derechito para tercera porque quise. No, ni tampoco nadie me lo dijo así como pasa en los juegos de pelota de la ciudad que antes del juego me dicen la base que me toca, nunca detrás del home porque yo todavía no estoy graduado de la escuela como le dije hace un rato. Yo vi que ellos, los otros árbitros que sí parecen graduados de la escuela porque están más viejos y tienen esos uniformes que yo no había visto y que también parecen de antes, hablaban cosas raras alrededor del home y después salieron a paso corto hacia las bases y miré y vi que nadie iba para la tercera y me dije, vaya, te toca la esquina caliente, y salí corriendo lento como siempre hago, tratando de relajarme. Entonces cuando llegué allá fue que vi a los dos tipos, a los del restaurante, sentándose en las gradas, pero realmente cuando todo se me alumbró en la cabeza fue cuando salió el dichoso batazo y la pelotica de mierda no cayó nunca. Ellos solo me miraron, oficial, allí en el estadio solo me miraron y yo al principio me hice como el que no los veía porque eso de vender un juego es complicado, no es como matar a alguien pero de todas formas para un árbitro no es fácil. Uno mata a mucha gente si vende un juego, por lo menos uno de esos importantes de la Nacional, yo no sé cómo será en un pueblo como este, pero debe ser más o menos lo mismo. Acá la gente no tiene nada más que hacer que ver la pelota los domingos y si entonces uno viene y les decide el juego por una trampa yo creo que hay gente que se muere. Nadie me dio dinero, oficial, ni para matar ni para joder el juego, además yo puedo no tener mucha memoria pero le digo que soy fiel a esto de arbitrar, por eso no le acepto dinero a nadie. Ellos no me hablaron de dinero, al menos yo no lo entendí porque costaba trabajo entender algo, como ya le dije, pero además ellos no se ponían de acuerdo, parece que eran de los equipos contrarios. Y a cada rato me decían como para tranquilizarme que yo no me preocupara, eso sí que lo entendí, que yo solo tenía que decidir, como para que se viera algo, que ya de todas formas el juego se había jugado. Solo tenía que decidir a favor de uno o de otro equipo. Usted dirá que siempre es así, pero de verdad de verdad que no es así, uno no decide para uno o para otro equipo, uno decide siempre para la pelota y nada más. Por eso es más jodido que en el primer batazo la pelota no quiera picar y tú te quedes como un tonto esperando que por fin se ponga sobre el suelo, en este caso sobre la raya de cal, para decidir no a favor de nadie, sino a favor de la jodida pelota, y además te dé tiempo a ver la cara de esos dos tipos que te miran desde las gradas con cara de muertos esperando que tu decidas sin poder para que ellos sepan quién de los dos ha ganado un juego que a lo mejor representa el campeonato de sus vidas. Y en los ojos de ellos, que te da tiempo a mirar porque se han quedado todos suspendidos en el aire al igual que la pelota, oigas las palabras que te dijeron en aquel restaurante de mierda que hubiera sido mejor no haber conocido, oficial. Y ya tú dijiste para ti: no lo mato ni muerto, todo dentro de tu cabeza, y ya te dijiste no le jodo el juego a la gente también para adentro de tu cabeza. Si en definitiva la pelota está como viva y ella misma se va a decidir a caer en alguna parte de todo aquel terreno y la muy cabrona ni eso hace y por eso te quedas esperando que algo pase y te acuerdas de que cuando pasaste por al lado del tipo de uniforme de raya que va a jugar la tercera te dijo con el mismo aliento de los tipos del restaurante algo que tampoco entendiste. Y te pasa por la cabeza la idea de que este tipo era el que debías matar porque aunque los del restaurante no te dijeron de cuál de los dos equipos será el tercera base, este es el que parece que está más vivo y además te dijo eso en el oído que tú no atendiste del todo porque ya habías visto a los dos sentados en las gradas y en ellos de alguna manera está el recuerdo de la imágenes de aquellas viejas revistas. Y no entiendes cómo en un pueblo dos tipos que quieran matar a otro anden por ahí pidiéndoselo a cualquiera, bueno, oficial, digo a cualquiera porque al final yo no soy del pueblo y ni graduado de la escuela de árbitros estoy todavía. Aunque es verdad que eso nadie lo sabe y que de verdad de verdad si uno va encargar una matadera de esas siempre es mejor con alguien que no sea del lugar para que después se vaya y ni rastro ni nada o para que si después lo eliminan a él nadie venga a preguntar. Y ahora que usted lo dice, de verdad que estoy solo en esta vida y que nadie sabe que vine para acá. ¿Cómo que no me preocupe, oficial? Si yo estoy solo en esta vida desde que mi abuela murió y la enterré con todas las revistas, como ella me lo había pedido cuando el cáncer se le puso peor en el estómago. Sí, es verdad que los únicos que saben que estoy aquí son los de la Comisión, pero ellos son unos perros que no se ocupan de nadie y menos de mí, que todavía no me he graduado. Las cosas raras a mí siempre me ponen a pensar, por eso pensé mucho mientras la pelota estaba en el aire y yo no oía a nadie o, mejor dicho, nadie decía nada. Me dio tiempo a todo y me acordé de que los tipos se fueron discutiendo cuando me dejaron sentado en el restaurante, y que decían que ya estaba muerto y que el juego se había jugado y que si no habían escogido bien al tipo para cambiarlo todo. Y yo primero no quise creer que yo era el tipo pero cuando me vi en el estadio con todo vacío así y la pizarra que marcaba la parte alta del primer inning y el tipo tirado sobre la yerba como si hubiera ido a recoger un rolling de esos suavecitos que no se sabe si están vivos o no y se hubiera ido para adelante para enterrarse de boca contra la yerba… y no entiendo, oficial, como me dice eso de que aquí la gente se viste siempre a la moda y no parecen antiguos y me dice que en el terreno nada más estaba yo sentado por la tarde y que el tipo no era un tipo, sino un uniforme. A mí, todo esto me da cosa extraña y creo que me voy a ir y no atiendo nunca más los correos de la Comisión. Pero la pelota oficial, estaba ahí, todavía sin caer, usted la vio cuando fue a recogerme… no me diga que eso es normal por acá, oficial, yo nunca he oído hablar de eso, y aunque usted me lo diga no se me quita de la cabeza la imagen de los tipos pidiendo… bueno, diciéndome que ya el juego estaba jugado y que matara a ese que le dicen de una manera anormal para ser pelotero y que además según ellos ya estaba muerto. Yo me voy, oficial, voy de nuevo para la carretera a coger botella, si según usted, ni declaración tengo que dar, usted no apunta nada y de verdad si es así, si eso pasa a veces en este pueblo, a fin de cuentas usted es la ley y si no busca a esos dos tipos ellos buscan a otro para que mate a ese que juega tercera. Dicen que juega bien y que viene poco por acá por el pueblo. Además le dice cosas tremendas a los árbitros, por los menos a mí que no estoy graduado, mira que decirme que a él le dicen el Inmortal, si yo solo vine a ver si me gradúo el mes que viene y a cantar a favor de la pelota como le dije. ¿Cuando nos fuimos, todavía estaba flotando, oficial? Debe ser la cal que ustedes usan por acá, oficial, debe ser una cal especial de verdad que yo no conozco. < Desde el espejo de las gradas Más apuntes sobre la teatralidad en la pelota* Omar Valiño Para mi padre, a quien le debo esta pasión. M e dedico a un arte efímero. El teatro, con ese carácter inestable, no reglado, poco seguro (en el sentido de que no posee una fijeza), donde un mismo texto representado por idéntico grupo de actores es brillante una noche y puede no impactar la próxima (como no hay equipo de beisbol tan bueno como cuando está ganando ni tan malo como cuando está perdiendo, según me repetía mi padre siguiendo a Mike González), ese arte, en fin, se parece mucho a la pelota, al juego de beisbol. Para quienes amamos la pelota, la derrota tiene un sabor particularmente amargo. Si mi equipo pierde un juego importante, en mi desvelo dibujo las acciones que no ocurrieron para ganarlo en el terreno de la imaginación. Porque un juego de pelota es también una representación, un complicado ejercicio dramático sobre un mapa. Muros o cercas de distintos colores, largos trazos blancos de cal y un montículo de arcilla roja limitan, sobre la hierba verde de los estadios, el sitio donde debe ocurrir eso que los antiguos definieron como conflicto. El agón tiene un destino pactado a nueve innings. Ese concierto de colores del estadio, que tanto asombra a los niños cuando se impactan con él por primera vez (guardo al respecto las pupilas dilatadas y las expresiones de mis hijos), contiene la arquitectura de un anfiteatro magnífico, con la presencia visible de la tierra, como debieron ser los más viejos trazados de los escenarios antiguos. Bendito el estadio, su febril reverberación, sus mugidos, gritos y *Bajo el título de “Swing al aire. Apuntes sobre la teatralidad en la pelota”, una primera versión de este texto, firmada junto a Camilo Venegas, apareció en la revista Conjunto, n. 112-113, enero-junio, 1999, p. 42-45. 14 Dosier / Beisbol, cultura y nación estallidos, sus estentóreas catarsis. Qué diferentes vacíos, sin ser habitados por quienes le otorgan sentido, como los teatros, se convierten apenas en edificaciones. El estadio es un teatro que aumenta la visión del juego como un coliseo donde se enfrentan dos contendientes grupales. Aunque esto no es privativo del beisbol, sus características lo acercan más al teatro. A otra dimensión puede llegar, si como en el nuevo estadio de beisbol de Miami, que conocí poco después de su inauguración en 2012, parecemos estar más ante un escenario que ante un terreno. En pocos sitios el cubano es tan cubano como en un estadio. Allí están todos sus gestos posibles, allí se conservan, incluso, muchas palabras que pueden perderse y que los académicos nunca llegan a registrar, allí están los gestos y las palabras que vendrán; el cubano que dirá y se moverá en los años por venir. La hierba de un estadio es también una isla, un país delimitado por rayas de cal que todos miramos desde el espejo de las gradas. Resulta obvia una primera instancia del beisbol compartida con todos los deportes. Como en el teatro, cualquier competencia está pautada a partir de convenciones, de círculos que establecen el desarrollo y el desenlace del pasatiempo. Pero el ritmo vertiginoso del fútbol o el voleibol actual borran su carácter teatral, mientras en el beisbol su viejo ritmo, sus regodeos, sus detenimientos marcados como entreactos y aun los muchos inesperados que se producen (algunos de los últimos pueden verse una sola vez en la vida), sus infinitas y antiguas reglas, tan vilipendiadas por públicos no entrenados, le otorgan una artesanía, un tempo teatral de cadencias y sucesos concatenados, de múltiples peripecias de diferentes valencias, inusitados puntos de giro, siempre tejidos por acciones individuales y colectivas. Quien nunca estuvo nueve innings debajo de la enorme luz de un estadio o en la honesta oscuridad de una trasmisión radial, no podría decir que en la pelota, de veras, el tiempo no existe. En los juegos decisivos, donde las tensiones se cortan a lo largo y ancho del terreno, y entre este y el público, no hay reloj. Sobre las gradas ese trascurso es imperceptible. Ocurre como en la vida. Solo descubrimos, de pronto, ante un niño que ha crecido o ante una amistad no encontrada por años o ante un suceso que se aleja indefectiblemente, que el tiempo ha pasado. No estoy de acuerdo, por eso, con las intentonas de cambios en las bases mismas del beisbol para acortar sus tiempos. ¿Por qué todo tiene que ser rápido? ¿Qué Dios dictó la guerra contra la lentitud? ¿Por qué el afán por homogeneizar todo en este mundo? Yo quiero que el lento resquicio del beisbol permanezca, incluso, como un recordatorio de los tiempos idos. El tiempo en la pelota es el actor (decir pelotero sería una franca redundancia): su lenguaje corporal, su desplazamiento por el escenario del juego, es la arena que cae del otro lado del reloj. El beisbol tiene la particularidad de no tener a ambos equipos desplegados frente a frente, lo cual aumenta la tensión en los bancos donde esperan los jugadores para entrar al terreno, algo que habría encantado a Bertolt Brecht de haber nacido en un país beisbolero, pues postuló la permanencia de los actores en el escenario aun cuando no estuvieran en sus roles, en función de mostrar la división entre actor y personaje y destruir la hipnosis de la representación. Así los bancos y el terreno se constituyen en galerías de gestos y pulsiones, un fresco vivo donde todo cuenta, toda acción es visible, cualquier detalle pasa a primer plano. A través de los rostros de cada equipo también podemos seguir el desarrollo de la acción dramática, el desenvolvimiento de los hechos para cada lado, el desgranamiento de los sucesos. Como en la tragedia griega, hay prólogo, escenas, clímax y La Gaceta de Cuba 15 desenlace. Si lo equivalemos al drama moderno, los primeros cinco innings pueden ser un primer acto, donde el partido se detiene para retocar las líneas de cal y reacomodar la loma de arcilla (pudiéramos decir la escenografía). Los cuatro innings restantes serían el segundo acto, en él debe ocurrir el desenlace, aunque puede que un juego, apegado a las corrientes de la más osada vanguardia, al estilo del viejo Pirandello, se decida con un jonrón en el mismo primer inning. No obstante el tiempo, hay juegos cortos y juegos exageradamente largos, incluso algunos pueden evadir la estructura dramática inicial y reanudarse más allá del epílogo. La pelota es el deporte que más convenciones tiene, nadie podría aprenderse todas sus reglas de memoria. Los árbitros tienen que mediar a la vista de todos y aunque no representan a ninguno de los oponentes, para el público siempre son el mal, la permanencia en escena de un Mefistófeles con máscara que levanta los brazos y da la espalda. El árbitro de home y el cátcher usan máscara y permanecen de espaldas al público, que es como usar una máscara más. Al principio, en el teatro, los actores no tenían revés, eran iconos con una sola dimensión; en la pelota las espaldas están numeradas y cuando un equipo es visitador se convierte en el rostro del que juega. Hubo un pítcher de Orientales, Manuel Alarcón, que le daba la espalda al público antes de lanzar una bola; cuando el 17 quedaba de frente al bateador, el público debía interpretarlo como el augurio de un lanzamiento indescifrable. Pero el Cobrero Alarcón hizo un aporte mayor al pasatiempo de los cubanos: introdujo el texto. En 1967 se acabaron cuatro años de supremacía industrialista con la frase mágica de “Cierren la Trocha y que salga el Cocuyé”. El pítcher es el actor estrella de un partido de beisbol. Casi solo él puede decir, como los antiguos, el destino es el carácter. De su salida, de su eficacia, dependerá casi todo, marcará el rumbo y, muchas veces, hasta la decisión del partido. Por eso es más un actor de carácter que un bufón, aunque en la especialidad de pítcher relevista y cerradores sí encontramos bufones. Sobre el lanzador abridor se concentrará todo el tiempo la atención. Gran monologuista, a él le está reservado el triunfo o el fracaso. Es el único al que individualmente se distingue con el crédito de la victoria, como se anuncia a las figuras en los carteles de estreno. Sus distintos lanzamientos, sus recursos son sus “tiradas” que, como al actor, se ve obligado a ir combinando, pues un ritmo único sería aburrido y, peor, descubierto por los bateadores contrarios. 16 Dosier / Beisbol, cultura y nación Las situaciones puramente teatrales en el beisbol abundan. El cátcher sube a la lomita y habla con el pítcher mientras la mascota tapa su cara para evitar que los contrarios lean sus labios. El cátcher desempeña el papel del apuntador en los viejos teatros, es el único de cara al equipo formado en el campo. Los más inteligentes se visten de Tadeusz Kantor y afinan claves, ubicaciones, ritmos… en medio del encuentro. Los coaches en las esquinas son máquinas de reproducción de señas dadas al bateador y dentro de ese lenguaje cifrado va el único código verdadero. Los jugadores de cuadro pueden retener la bola dentro del guante e intentar engañar a los corredores. También ellos se desplazan fuera de sus posiciones originales en las bases, en función de “corregir” un error o ante una jugada sorpresiva, como cuando un actor se ve obligado a inventar ante un espacio inesperadamente vacío. O francas fantasías: puedo igualar el sacrificio que representa el toque de bola a la ayuda que recibe un protagónico por una contrafigura. Tal riqueza de situaciones, posiciones, desplazamientos, tejidos ha creado, en el lenguaje de la pelota, fuera del juego, una segunda teatralidad, una lengua performativa, un trasiego de frases que se convierten en metáforas, en nuevos significados para explicar la realidad, los comportamientos humanos y el país: “lo cogieron fuera de base”, “le metió una línea”, “la llevó contra las cercas”, “voy pa’l center field”, “se fue de foul”, “foul a las mallas”, “está en tres y dos”, “se la puso por el medio”, “le tiró una curva”, “dobló todo el tiempo por tercera”, “todo el mundo pa home”. A esa mucho más larga y siempre incompleta lista, se suma esa expresión tan exacta para nombrar inexactitudes que perdimos en la era del aluminio y que gracias al regreso de la madera, recuperamos: “se partió el bate”. Bobby Salamanca, en sus narraciones, instituyó una poética que se sumó a la que ya existía y aún hoy día funciona como refranero identitario: inspiradas en la realidad del país de las décadas del 60 y 70, sobre todo en la Zafra de los Diez Millones, se establecen analogías entre un bateador y un machetero, o entre el conteo de los lanzamientos del pítcher y los avatares de un pez que trata de librarse del anzuelo. La poética de Bobby salió de la bocina de los aparatos de radio, entró en la ficción del estadio y a la altura del out veintisiete, volvió otra vez a la certidumbre de la cotidianidad. Todavía conmueven sus descripciones de momentos cenitales del beisbol cubano, y asombran por la cantidad de acciones descritas en micras de segundo. Salamanca también le inventó sobrenombres a los jugadores, que nunca aparecerían en los rótulos de esa espalda que es rostro cuando se visita al contrario, pero que definieron para siempre, como una última máscara, su estancia en los estadios de la nostalgia: Braudilio Vinent, El Meteoro de La Maya; Antonio Muñoz, el Gigante del Escambray; Pedro José Rodríguez, el Señor Jonrón; Wilfredo Sánchez, el Gamo de Jovellanos; Rogelio García, el Ciclón de Ovas; Luis Giraldo Casanova, el Señor Pelotero, y la Explosión Naranja, quien probablemente fuera el último personaje creado por Bobby y el fin de una era, el Víctor Mesa tan controvertido hoy. Pero no se puede olvidar que Víctor, como jugador, fue un bufón maravilloso que renovó conceptos y métodos de actuar (tratándose de él podemos decirlo sin acudir al lenguaje figurado). Llegó incluso a romper la cuarta pared y a dialogar a través del gesto con el espectador. De él y de otros, debe perdurar la filosofía del sacrificio en función de la belleza y la vida misma dentro del espectáculo que triunfó en contra de una “eficacia” adormilada y conservadora. Ello nunca significó dejar de estar en el juego válido, es decir, en la competencia misma, sino que fue una nueva manera de llegar a ella complaciendo al espectador. Tanto necesitamos hoy jugar a la pelota y lograr la victoria –incluso sobre el tiempo– mediante la locura, el virtuosismo y la belleza. Ahora mismo, en cualquier ciudad o campo de Cuba, aprovechando la confluencia de cuatro esquinas o un simple descampado, hay miles de niños jugando a que son las grandes estrellas del momento, quizás son menos que en otros tiempos, pues ahora juegan más al fútbol. Llegarán a ser lo que dicen y nosotros apenas seremos espectadores del gesto, la palabra y el país que todavía no existe. En ese escenario tendremos que ir a reconocer al cubano que ha de guardar las trazas del beisbol en lo que Konstantín Stanislavski nos enseñó como el método de las acciones físicas. Ojalá no se pierda nunca. Porque un juego de pelota, más que una representación teatral, es una metáfora que todos inventamos de espaldas al tiempo, una imagen que establece su propia poética y empieza a girar alrededor de ella. Posicional, ajedrecístico, teatral, polifónico, de diferentes trascursos temporales, en ese juego y su tiempo también va Cuba. Al contrario de la amarga derrota, la victoria cuece dentro mieles que duran días. Con esa, de duradera identidad, sueño yo en mis desvelos, por años. < H Foto: Acosta de Arriba pelota. Hablemos de Entrevista a Ismael Sené Rafael Acosta de Arriba Entrevista < ablar de pelota es un divertimento generalizado y preferido entre los cubanos, es el dominio de todos, de los que saben, de los diletantes y de los que apenas conocen muy poco, pero se lanzan a decir algo. Sin embargo, hablar con propiedad, con la sabiduría del experto, con una suma de conocimientos que permita marcar la diferencia, eso ya es un asunto más serio. Y siempre que se habla de pelota se cae, casi inevitablemente, en su vínculo con la identidad nacional. Esta, como se conoce, es un concepto en movimiento y como tal ha de pensarse, que engloba al de cultura también. Dichos estos lugares comunes, es bueno pasar a lo siguiente: la pelota es un tema sobre el que se han escrito muchas páginas, algunas representativas de la importancia cultural del juego, pero con seguridad aún insuficientes. Es que la pelota y todo lo que ella connota nos llega a los cubanos amantes de este deporte (es decir, la inmensa mayoría) a través de los sentidos, pudiera decirse que la respiramos, otros dicen que la llevamos en la sangre, en fin, es como un ritmo vital. No solo se trata de estadios repletos y de la fiebre beisbolera reinante durante las series nacionales o en las grandes competiciones internacionales, se trata de su pregnancia en el lenguaje, en los referentes conductuales y en la memoria acumulada del cubano; la pelota, lo social y lo antropológico, unidos íntimamente. No pocos autores cubanos han realizado fructíferas incursiones en las interioridades de la pelota, ahí están Julián del Casal, José Lezama Lima, Roberto Fernández Retamar, Roberto González Echevarría, Leonardo Padura, Félix Julio Alfonso, Norberto Codina, Arturo Arango, Omar Valiño y Amado del Pino, entre otros, quienes han dedicado excelentes páginas de investigación, periodismo y literatura a este deporte. Hace once años, en carta a Roberto González Echevarría, el poeta Miguel Barnet concibe la pelota en varios registros: como manifestación de historia patria, como desafío político de Cuba y como muestra de plena trasculturación (“¿Es que acaso el ajiaco de Fernando Ortiz iba a prescindir del deporte nacional?”, le dice), o lo que es lo mismo, como expresión insuperable del espesor de nuestra cultura. Otros autores menos reconocidos estrenan sus plumas con libros biográficos sobre peloteros y de corte historiográfico sobre zonas o épocas de este deporte. La propuesta reciente de que la pelota sea incluida en la relación del patrimonio intangible cubano refuerza su validez como elemento esencialmente cultural. Para hablar de pelota nada mejor que conversar con Ismael Sené, uno de los mayores especialistas sobre bolas y strikes con que cuenta el país. Su membresía desde hace muchos años en la Sociedad Americana de Investigadores de Beisbol, asociación de expertos con sede en Cleveland (SABR, en sus siglas en inglés), Estados Unidos, de mucha importancia en el entramado de las Grandes Ligas (aunque es funcionalmente independiente de la MLB), y su dinámica participación en los medios cubanos especializados, además de su reconocida autoridad entre jugadores y especialistas, así lo confirman. En su casa están las mejores colecciones de libros y películas especializadas en beisbol del país, tesoros de los que se nutren periodistas, estudiosos y aficionados en general. Sené conoce al dedillo esos libros y filmes, puede disertar sobre ellos. A este hombre que conozco hace casi cuatro décadas, lo consultan todos, desde el académico que hizo su doctorado en historia de la pelota en Cuba hasta el jugador en activo. Muchos le dicen “profesor”, otros quisieran conocerle personalmente para interactuar con su erudición. La Gaceta de Cuba 17 Dosier-Beisbol, cultura y nación < ¿Cómo ves la relación entre beisbol y cultura nacional? ¿Coincides con la idea repetida hasta la saciedad de que la pelota forma parte de la identidad del cubano? El beisbol es una parte inalienable de la cultura nacional, es algo sobre lo que no albergo dudas. Desde sus inicios oficiales en 1878 (aunque hasta ahora ha sido imposible determinar cuándo realmente empieza el beisbol en Cuba), la Pelota, como le llamamos nosotros, ha tenido un vínculo muy estrecho con la cultura. En los primeros encuentros de beisbol las gradas se llenaban de muchachas y de músicos, que al finalizar los partidos organizaban bailes para celebrar a los equipos victoriosos; todo esto comenzó a constituir una forma de reafirmación de nuestra cultura, separándola entonces (sigo hablando del siglo xix) de la cultura de los colonialistas españoles. El deporte de las bolas y los strikes comenzó a imbricarse con la lucha de nuestro pueblo por su independencia, y muchos de nuestros primeros jugadores participaron de diversas formas en las luchas independentistas. Algunos de ellos incluso llegaron a ocupar altos grados militares en el ejército mambí y otros, como Emilio Sabourín, murieron en cárceles españolas por luchar por la independencia. De este último José Martí dijo: “tuvo tres grandes amores en su vida: su patria, su familia y el beisbol”. En la medida que avanzó el tiempo, el beisbol fue adentrándose cada vez más en la mente y en los corazones de los cubanos, ese fue un proceso largo y continuo. En estos momentos, siglo y medio después de su introducción en el país, el beisbol es parte de nuestra forma de ser, de nuestra vida y de nuestra cultura, esto podemos verlo en innumerables composiciones musicales, programas de televisión y fundamentalmente en la forma de hablar y de expresarse de los cubanos. Es muy difícil que al terminar un día alguien no haya usado un término beisbolero para referirse a cualquier eventualidad, por ejemplo, si una persona es sorprendida en algo indebido o mal hecho se dice que “lo cogieron fuera de base” o que “dio foul a las mallas”; si por el contrario hace algo bueno o muy bueno, se dice que “la sacó fuera del parque” o “le dio en la misma costura”; si alguien está en una situación difícil, se dice “estás en tres y dos”, en fin, que hay decenas de términos relacionados con la pelota insertados en el habla popular. Creciste rodeado de beisbol y de todo lo que le acompaña, ¿cuáles fueron tus vínculos iniciales con este deporte? Desde que tengo uso de razón estoy viendo jugar beisbol, mi padre y mi abuelo me llevaban al estadio desde los cuatro años y así me fui vinculando con el deporte. Mi primer y más grande amor beisbolero fue el equipo amateur de los Rifleros de Regla, el equipo jugaba una vez por semana y ahí siempre estábamos mi padre, mi abuelo y yo, dondequiera que se efectuara el desafío, lo mismo en Regla, que en los estadios de la capital, que en Güines, Matanzas, Artemisa, Madruga, San Antonio de los Baños, etc. Y así fue hasta que en 1960 el equipo dejó de existir; son innumerables las anécdotas que yo pudiera hacer de Regla y sus seguidores, pero hay una que las supera a todas, y que comenzó a desarrollarse en el pueblo de Aguacate. Te la comento: Jugaban el Regla y el Deportivo Rosario, y el árbitro, evidentemente, cantaba las jugadas a favor del equipo local. En el tercer inning los jugadores de Regla comenzaron a protestar y el árbitro comenzó a expulsarlos y declaró el juego forfeit a favor del equipo del Rosario, se formó entonces una gran pelea y por supuesto los reglanos llevamos la de perder. Cuando se restableció la calma y abordamos el ómnibus que nos llevaría de regreso al pueblo, fuimos por la carretera central y en San Francisco de Paula estaba el árbitro de marras en la acera esperando un ómnibus para regresar a La Habana. Uno de los reglanos lo vio y dio la voz de alarma, todos los que íbamos en el ómnibus nos tiramos a la calle para cobrarle al hombre sus desmanes; 18 Dosier / Beisbol, cultura y nación al percatarse de lo que se le encimaba, este salió corriendo y nosotros detrás de él, hasta que se refugió en la estación de policía y no tuvimos más remedio que regresar al pueblo. Yo tenía entonces ocho años de edad, pero recuerdo aún la adrenalina de aquel día. Mi segundo gran amor en el beisbol fueron los Alacranes del Almendares, afición que le debo a mi abuelo, pues mi padre, como casi todos los ciudadanos de Regla, era fanático del equipo Habana. Tuve la gran suerte en mi vida de estar presente en la inauguración del estadio de La Habana, el 28 de octubre de 1946, ahí vi ganar a mi equipo, que derrotó nueve por uno a Cienfuegos. Seguí siendo fanático del Almendares hasta el término de la Liga Cubana. Seguí también al Havana Cubans, y fui testigo de su segundo encuentro y de cuando, en 1954, pasó a ser el Cubans Sugar Kings, por supuesto fui fanático de estos. Asistía a casi todos los juegos del equipo y lo vi ganar la pequeña serie mundial en 1959. Ese día creo que establecí un récord, pues cogí tres pelotas de foul. En mis visitas a Estados Unidos entre 1952 y 1957 siempre dedicaba la mayor parte de mi tiempo a ver jugar los tres grandes equipos de Nueva York de aquella época: los Yankees, los Gigantes y los Dodgers de Brooklyn. También vi jugar a Orestes Miñoso en el Cominskey Park de Chicago y tuve el privilegio de ver a Mickey Mantle, Yogi Berra, Willie Mays, Duke Snayder, Jackie Robinson, Ted Williams y todas las grandes estrellas de los 50. En el 95 en una visita de trabajo a los Estados Unidos fui al estadio de los Mets de Nueva York y los Cardenales de San Louis. He visto todo lo que he podido en el beisbol y tengo cientos de anécdotas de este deporte; por cierto, mi equipo favorito era el Cincinnati; y claro, estuve en la inauguración de las series nacionales y he sido un fiel seguidor de estas. El Salón de la Gloria o de la Fama de la Pelota Cubana refundado recientemente te tuvo entre sus grandes animadores. ¿Pudieras contarnos algunas anécdotas de este proceso? ¿Qué significación le ves a este suceso para el reconocimiento de nuestra pelota? En agosto del año pasado, por iniciativa del cineasta Ian Padrón (aunque ya éramos varios los que estábamos manejando esta idea), comenzamos a reunirnos un grupo de amantes de la pelota, al cual nosotros mismos bautizamos con el nombre de “Entusiastas del beisbol”, para analizar la refundación del Salón de la Fama; entre otros estaban Sigfredo Barros, Félix Julio Alfonso, Súarez Valmaña, Joel García, Rayko Martín, Yasser Porto y Carlos del Pino. Discutimos un reglamento con profundidad y pasión y acordamos varios puntos fundamentales: reconocer a los integrantes del viejo Salón de la Fama, plantear la posibilidad de incorporar jugadores no cubanos a dicho salón, analizar jugadores aficionados de antes de la Revolución y establecer como premisa esencial que no podía haber discriminación de ningún tipo, o sea, que jugadores que ya no viven en Cuba podrían ser elegidos en igualdad de condiciones, siempre atendiendo a los méritos deportivos. Se elaboró una candidatura de treintainueve compañeros para elegir a veinticinco, que constituirían el tribunal de selección, y cada año en el mes de octubre, después de pedir opinión a todos los comentaristas, historiadores y personas vinculadas con el beisbol vivieran o no en el país, seleccionarían a los nuevos integrantes del Salón de la Fama, cuya inserción se produciría cada 29 de diciembre, que es el día del beisbol cubano. Además, se elaboraron dos listas, cada una de cien peloteros, una de jugadores de antes de la Revolución y otra de jugadores de las series nacionales. Aprovechando los Juegos Centroamericanos y del Caribe se decidió convocar a todas las personas que escriben sobre beisbol en nuestro país para proceder a las elecciones y constituir el Salón. Los días 7 y 8 de noviembre pasado se efectuó el coloquio para la refundación. Hubo problemas. Dos días antes, la televisión cubana decidió boicotear toda la información respecto al evento, aduciendo que habíamos hablado de una organización de comentaristas y cronistas de beisbol que, según ellos, no existía, pero realmente sí existía solo que se llamaba asociación en lugar de organización. Para ser honesto, tengo que decirte que en todo momento pensé que el 7 de noviembre alguien iba a llegar a la reunión, darnos las gracias por el trabajo y decirnos que no era el momento oportuno para aquello, pero me equivoqué y la reunión ocurrió. Un punto de conflicto lo constituyó una resolución de la Comisión Nacional de Monumentos que planteaba que el museo y el Salón de la Fama debían estar en el Palmar de Junco de Matanzas, mientras nosotros considerábamos que el lugar ideal era el círculo social José Antonio Echeverría, antiguo Vedado Tenis Club, por razones de espacio, locación e historia. Después de una amplia reunión los compañeros de Matanzas comprendieron que esta era la decisión más justa, aunque acordamos que el Palmar de Junco fuera también parte del museo. El primer día se votó por la integración del tribunal de selección y por diez jugadores de cada una de las listas que habíamos entregado anteriormente; este voto fue secreto y directo. Finalmente se eligieron las cinco personalidades deportivas de antes de la Revolución y las cinco de las series nacionales. Del primer grupo fueron escogidos, como se sabe, Conrado Marrero, Orestes Miñoso, Camilo Pascual, Esteban Bellán, y el árbitro Amado Maestri, y de las series nacionales, Omar Linares, Orestes Kindelán, Antonio Muñoz, Luis Giraldo Casanova y Braudilio Vinent. La exaltación se produjo durante el último juego de las estrellas, no sin incidentes, pues se pretendía que los integrantes del tribunal no participaran. Al final nosotros recibimos, en representación, las placas de los seleccionados de antes de la Revolución, y las autoridades provinciales y del INDER entregaron las de los cinco jugadores de las series nacionales, allí presentes. Considero que esto es un hecho muy significativo para la historia y el desarrollo actual de nuestro beisbol y, mejor que yo, puedo citar la opinión de Heriberto Suárez, el comisionado nacional de esta disciplina, quien, cuando regresamos de Bayamo, me dijo en el Estadio Latinoamericano: “esta elección ha sido mucho más divulgada que el triunfo de Cuba en los Juegos Centroamericanos”, y yo le respondí: “porque es más importante”. ¿Estimas –como algunos opinantes– que ha mermado la calidad de la pelota cubana cuando se le compara con otros momentos de su práctica antes y después de 1959? Esto es una cuestión muy compleja y contradictoria, se está jugando un beisbol que puede considerarse cualitativamente inferior al de años atrás, por la deserción de jugadores y las formas de dirección ultraconservadoras de nuestros mánagers (que juegan tácticamente un beisbol como el que se jugaba hace más de un siglo), imitando al beisbol que jugaban los japoneses hace treinta años atrás, cuando los jugadores eran débiles físicamente por haber nacido en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, tácticas que ya fueron superadas en el propio Japón. Como contradicción a esto podemos ver que los jugadores cubanos que han desertado y se han integrado al beisbol de grandes ligas se han convertido en los mejores jugadores cubanos que han jugado jamás en esos torneos. Puede que sea un problema de estímulos a la práctica de este deporte en la coyuntura presente. ¿Consideras útil la presencia y el rol de los medios, las ruedas de prensa y los programas especializados en la orientación de los públicos, los directivos y los propios jugadores? Los medios de comunicación, tanto como los mentores y comentaristas, necesitan actualizarse en lo que es el beisbol moderno. Muchas veces se ignoran las más nuevas estrategias del juego y se confunden las historias de los equipos tanto cubanos como extranjeros. Sin embargo, en la prensa escrita la información es más actualizada, el sitio web de Cubadebate es un ejemplo de ello. Por otra parte, la realización de las ruedas de prensa me parece muy necesaria, es un momento de confrontación en que los directivos, los técnicos y los atletas son interrogados directamente, sin mediaciones. ¿Qué opinas de la sabermetría, esa disciplina recientemente asumida en el país? La sabermetría es una españolización del término sabermetrics, creado hace años dentro de la SABR, institución que agrupa a cientos de investigadores e historiadores del beisbol en el mundo entero. La SABR tiene varias secciones y una de ellas se ocupa de las estadísticas puras y fue en este grupo donde por iniciativa del gurú de las estadísticas beisboleras, Bill James, se creó esta disciplina, cuya materialización es el WAR (Wining Above Replacements), que trata mediante fórmulas matemáticas de medir el rendimiento de cada jugador y sus posibilidades dentro del juego. Explicar el WAR requeriría cientos de páginas como el voluminoso libro escrito por Tom Tango. Todo este movimiento tiene sus detractores y defensores, e inclusive dentro de la propia SABR. Mucha gente no simpatiza con el WAR y cree que esto tiende a querer encerrar al beisbol dentro de una fórmula matemática, lo que le resta al juego su riqueza e imaginación. Hace pocos años se estrenó una película, vista en la televisión cubana, en la que Brad Pitt es actor y también productor, denominada Money Ball, que sublimiza el uso por el mánager general de los Atléticos de Oakland, Billy Beane, de las fórmulas sabermétricas para lograr que su equipo, de bajo presupuesto y que perdió a dos de sus principales estrellas, pudiese llegar a los play off. La película es muy buena en su discurso y actuaciones, obtuvo algunos premios Oscar, y Brad Pitt la considera su mejor filme, pero lo cierto es que ignora elementos muy importantes. Según la cinta todo el éxito se debe a Beane y su ayudante, que logran con el uso de la sabermetría construir un equipo exitoso, pero ahí radica el truco. En ningún momento se mencionan los nombres de tres lanzadores que constituían el mejor trío de pítchers de la época en las Grandes Ligas, a varios bateadores de primerísimo nivel del equipo, y fueron ellos, no los refuerzos obtenidos a partir de lo que indicaban los números sabermétricos, los que llevaron a los Atléticos de Oakland a los play off. Creo que la sabermetría puede ser muy útil para confeccionar un line up, y a la hora de hacer cambios en las alineaciones es un valioso instrumento, pero no puede explicar las sorpresas que producen los jugadores con batazos o capturas asombrosas, no puede sustituir el factor humano implícito en el juego. Ni Nostradamus pudiera adivinar lo que se producirá en un partido de pelota, mucho menos qué se va a escenificar cuando un juego está a un out de finalizar y un pelotero da un batazo u otro comete un error que cambia el resultado esperado o casi dado por seguro. Eso no lo resuelve la sabermetría ni nada. ¿Qué ideas piensas que pudieran valorarse en cuanto al desarrollo de nuestra pelota de cara al futuro? La inserción de los jugadores que viven fuera del país en los equipos cubanos que participen en los eventos internacionales más significativos, sería un punto a discutir, nada más imaginar (algo que se puede hacer sin mucha dificultad) la fuerza de las selecciones nacionales que se podrían armar; así como la creación de un torneo nacional de élite con seis equipos como máximo y que cada uno tenga una directiva que contrate a los jugadores. Estamos abocados a muchas trasformaciones en el ámbito de nuestra pelota, lo importante es que se asuma esa circunstancia. < La Gaceta de Cuba 19 Flavio Garciandía, Sin título (Grandal y Cary), ca. 1976 Quisiera ser… Nahela Hechavarría Pouymiró E l uso de la ironía es un terreno fértil donde la sutileza, como la inteligencia, se ha de cultivar. Y quien conozca, al menos un poco, la obra de ese enfant terrible del arte cubano que es Flavio Garciandía (Caibarién, 1954), coincidirá en que su conocimiento del arte y la cultura (inter)nacionales es una ventaja y también la plataforma para provocar, hacer visibles los intersticios y mecanismos de la creación. El debate sobre la historia, el/ los contexto(s), las tensiones con la Institución o los anclajes conceptuales propios del arte actual presuponen algunas aristas, brechas de entrada al universo de este artista irreverente e inconforme. Hace unos meses, recorriendo la muestra Quisiera ser Wifredo Lam… (pero no se va a poder)1 pude comprobarlo: los vacíos son salvables con un poco de esfuerzo. Porque si bien Garciandía fue quizás de los pocos que siendo muy joven podía ostentar un cuadro en la colección permanente del Museo Nacional –“Todo lo que necesita es amor” (1975)–, el conocimiento sobre su obra es bastante fragmentario, sobre todo para los de mi generación. Y aunque muchos no gusten de las muestras antológicas o retrospectivas de artistas vivos, pues cierto hálito a muerte (artística, física) suele rondarlas, sin duda son necesarias. No solo para los historiadores (del arte) y críticos que tratan a menudo con la memoria y el presente proyectado desde ella, sino para el propio creador, en la comprensión de su devenir como artista, del saber quién se es. Quisiera ser Wifredo Lam… no es precisamente una antología completa de la obra de Flavio, sino como apunta su curadora, Cristina Vives: “una selección, que no transita por los múltiples y diferentes caminos de su obra, sino por sus principales avenidas”.2 Toda curaduría implica siempre un criterio de selección que pro20 Dosier / Beisbol, cultura y nación podría ser… picia lecturas disímiles, y es riesgosa en tanto puede (y ha de) dejar fuera (al lado, detrás) piezas imprescindibles para otros, que generen luego posibles relecturas. Y es en ese sentido que esta muestra gana profundidad y luz larga, pues deja entrever caminos futuros para investigar y (des)montar. De este modo, cual apuntes o hints –suerte de fisuras para introducirnos a los varios mundos paralelos/conducentes/contentivos entre sí, creados por este artista–, las diversas salas del Centro Lam fueron engarzando sus discursos de manera natural, diríase que teleológica. Cual cajas chinas, vamos recorriendo muro a muro las bifurcaciones, regresos y proyecciones de un artista que ha sido tan versátil como poco ortodoxo, que en su afán de “no aburrirse” siempre busca (hasta que encuentra) algo que lo mueva más allá de la complacencia. Tan es así que la muestra, como su obra entera, es básicamente ecléctica y comulga el antiestilo, como si varias personalidades convivieran en él, luchando por salir, por dejar una huella. Igualmente, su condición/vocación posmoderna puede (o no) ser un pretexto para revisitar, homenajear, saquear, manipular todo referente sea de la “alta” o “baja” cultura, convirtiéndolo en otra cosa, quizás en ese cuarto mundo que está entre el tercero y el quinto. Esa actitud abierta, que no reconoce jerarquías estéticas, es resultado del auge posconceptual y hace que, mientras más tratamos de encasillarlo en esta u otra categoría, se resista a nuestros deseos. Las “declaraciones” o los derechos del/ los artista(s) sobre uno de los muros –enunciados entre 2000-2014– y que el artista nos advierte “no constituyen una obra de arte”, sobrevolaban la muestra y abrían la reflexión hacia el plano de la existencia misma (del artista, de la obra, de todos), con preocupaciones que si bien parten del campo artístico rebasan sus lí- mites. Lo (para)textual, tan caro a la producción flaviana y que aquí sienta el tono conceptual de toda la muestra, actúa casi siempre como piedra de toque, válvula implosiva, detonante al interior y el exterior de la obra. Tiempo atrás, en estas mismas páginas apunté: La obra pictórica [ochentiana] de Flavio […] es un ejemplo del carácter revisionista y crítico presente en el arte de esos años. Su análisis del kitsch y de las vanguardias pictóricas universales del siglo xx, con un anclaje en las raíces de la cultura popular cubana y su particular desenfado al mezclar referencias sexuales, lo llevó por disímiles derroteros temáticos, en los que también ironizaba con iconos del realismo socialista. El uso de símbolos como la hoz y el martillo, insertos, recontextualizados en dípticos y polípticos (“Sin título”, 1988) –enajenada su primaria función político-referencial–, deviene mera forma dentro de un patrón susceptible de repetirse ad infinitum (ej. “T&T”, 1992). Lo que apunta hacia el vaciamiento conceptual de esos iconos en un período condicionado por los aires que desde la URSS nos llegaban, perestroika de por medio, y con el “proceso de rectificación de errores y tendencias negativas” que igualmente se iniciaba en la Isla, como coartada. En realidad “Tropicalia” I y II (1988), así como piezas de la serie Paletas, esculturas y algunas pinturas del mismo año, hablan de su agudeza para captar diversos estadios y preocupaciones más allá del limitado espacio de expresión artística, penetrando en el terreno de lo social.3 Sin embargo, adentrándome en su obra y de la mano de varios de sus hijos La Gaceta de Cuba 21 22 La Gaceta de Cuba El Dorado o las demás piezas incluidas en la muestra), y pugnaba por hacerse oír a través de su propuesta de tesis de graduación del ISA, “Apuntes para un estudio de la conquista”, que incluiría en la ya mítica exposición Volumen I (1981), de la que fuera principal gestor. Ahora bien, en otra de esas “avenidas” que transité, en el borde mismo de los 90 encontré sus frijoles coloraos (1994) y esos otros (blancos, negros) que se mofaban de Malevich, Ryman o Ad Reinhart y de sus fabulados viajes a La Habana. Este homenaje-cita paródica al suprematismo y la abstracción toda toma algo tan básico y presente en la mesa y dieta cubanas6 como pretexto para solazarse en la forma y el color magnificados. Intención que, en un salto, me proyecta a sus pinturas más recientes de 2013 y 2014 –“Asaltan a Bretón en La Habana… (le robaron tres sueños)”, “Yo insulté a Yves Tanguy en La Habana”–,7 y conecta con un estadio de creación de aparente ligereza en el que se encuentra ahora, con una actitud que se deja llevar por mecanismos ya hace tiempo estudiados y desmontados por los surrealistas. Son otra vez sus tributos-cita un tipo de obra que, al decir de Juan A. Molina, actúan como “cuadros-ventanas”, una “especie de zona franca donde se encuentran y desencuentran toda clase de referencias autorales y estilísticas”, en fin, “una puesta en escena de lo pictórico”.8 Por otro lado, quería hacer mención de dos proyectos expositivos de Flavio para el Museo Nacional y que en la muestra estaban ubicados, por acertada decisión curatorial, casi frente a frente (en diagonal), con el espacio aéreo del patio interior del Centro Lam de por medio. Analizando en la memoria el recorrido, tracé el arco temporal que va desde 1994 y la muestra Una visita al Museo de Arte Tropical, al año 2006 con Auge o decadencia del arte cubano. El primer proyecto, evocado ahora con su serie de frijoles, abre un eje que dialoga, en el concepto curatorial, con el brillo, las plantas ornamentales y el espíritu de las Tropicalias (Col. MNBA, 1988-1992)9 o ese restaurado e inefable “Pórtico” (Col. CDAV, 1989)10 que parece la puerta a otra dimensión. Una visita al Museo… es también “prueba” de una época, de una transición “del referente contextual de la cultura local al diálogo de esta con los más vastos horizontes de la historia del arte internacional”11 que se logra sintetizar en la obra de este artista. Sin embargo, en Auge o decadencia del arte cubano (Novena Bienal de La Habana, 2006) el presupuesto fue otro. Cual obra performática fue pensada, más bien convocada, como una tabula rasa, donde los más de ciento cincuenta artistas cubanos invitados (consagrados y emergentes, residentes o no en la Isla) pudieron participar pintando una banda de color escogida del pantone cromático propuesto por Flavio. El resultado: un lienzo abstracto de veinte metros de largo que si bien no daba lugar a estilos ni motivaciones personales, suponía un minimalismo preferible a la “sobreabundancia expresiva” del arte nacional, el “menos es más” que invisibiliza, y a veces ofende como reacción ante el show, la alharaca y el arte-cronista. Tocaba a (nos)otros dirimir el estadio del arte cubano contemporáneo, en auge o decadencia, como si ambas no fueran caras de la misma moneda. Fluctuaciones, en fin, del ser y el devenir dentro de la historia. De esta forma, las más de sesenta piezas reunidas en Quisiera ser Wifredo Lam…12 actúan como plataforma, interfaz de conocimiento, atisbo de lo que ha sido el arte y la cultura cubanos en su encuentro con lo universal durante las últimas cuatro décadas. Por ello, “aprehender” la obra de este prolífico creador –que podríamos quizás no llegar a desmontar completamente– sería siempre un estímulo para la revisión y el debate, nunca para la inercia. < 1 Exposición inaugurada en el Centro de Arte Contemporáneo “Wifredo Lam” (noviembre 2014-febrero 2015). 2 Cristina Vives, en “Notas del curador” de la muestra Quisiera ser Wifredo Lam… (pero no se va a poder). 3 Nahela Hechavarría: “Por mi Habana pasó un trineo”, La Gaceta de Cuba, n. 1, enero-marzo, 2010, p. 16. 4 José Veigas: “Cronología”, en Cristina Vives: I insulted Flavio Garciandía in Havana, Madrid, Ed. Turner, 2009, p. 352. 5 Confieso que al ver desplegadas algunas de esas hojas dibujadas, enseguida recordé la imágenes que también por esos años realizara el fotógrafo Mario García Joya en esa ciudad (serie Caibarién, 1983-1984), cargadas literalmente de un decorativismo profuso en el que convergían lo mismo naturalezas muertas, macramés erizados de flores plásticas, objetos de yeso de pobre terminación ocupando el lugar de las antiguas porcelanas… rodean- do seres que dejaban entrar al creador hasta sus espacios íntimos como quien nada oculta. Imágenes que nos instaban, justo en el límite del rechazo, a la aceptación. 6 Y por aquellos años de Período Especial, cuando inicia su serie de frijoles, diríase que la referencia al “blanco sobre blanco” podría leerse cual guiño al minimalismo rapaz de nuestra dieta, a nuestra ideología “roja sobre rojo”, en medio de un contexto económico cada vez más “negro sobre negro”. 7 Cita que retrotrae, moviéndose en el tiempo, aquellas piezas realizadas desde finales de los 90 en las que nombraba a grandes artistas por los que sentía simpatía y admiración o que lo motivaban, en definitiva referentes todos de la historia y el arte (Picabia, Basquiat, Mark Rothko, Clifford Still, Martínez Pedro, Amelia Peláez, Servando Cabrera…), que luego en la siguiente década, al menos de título, “insultaba” (Barnett Newman, Brice Marden, Sol LeWitt, John Baldesari…). Nada ni nadie está a salvo, ni siquiera él mismo: “I insulted Flavio Garciandía… en La Habana” (acrílico y polvo de brillo/tela, 1988-2008). 8 Juan A. Molina: “I insulted Clement Greenberg en La Habana”, en Cristina Vives: I insulted Flavio Garciandía in Havana, Madrid, Ed. Turner, 2009, p. 31-32. 9 El Museo Nacional de Bellas Artes es el mayor coleccionista institucional de la obra de Flavio Garciandía en el país. 10 Esta pieza recientemente fue donada por el CDAV al Museo Nacional de Bellas Artes a petición del artista. 11 Cristina Vives, en “Notas del curador”. 12 El título de la muestra es también otro tributo-deuda del artista con ese maestro cosmopolita y cubano que fue Lam, referente ineludible del Arte (así con mayúsculas), más al exponer en un centro que lleva su nombre. Flavio Garciandía, Retrato de Zaida, 1973 (cuadros y/o-instalaciones, títulos) por esas “avenidas” y procesos investigativos, pude recuperar parte de nuestra historia reciente, con desparpajo y sonrisa cómplice. Y sin ser propiamente un “documento” antropológico, su trabajo lo es en la medida en que recodifica contenidos y referentes inmersos en lo real/sensible (históricos en sí mismos), y crea a partir de ellos mensajes a veces crípticos o abstractos, o de un aparente candor que a pocos engaña. Es así que intentar extraer la sustancia primigenia detrás de “Cuadros de policlínico” (ca. 1986), su serie Refranes (1985), y poco antes acceder al “catálogo” de sus malas formas, parece a un tiempo atraernos y arrojarnos fuera, nos precisa a trascender el marco, a reconocernos parte de una cultura donde la acumulación, el kitsch y lo popular encuentran cabida como manifestaciones asentadas en el imaginario nacional. La crítica directa a la iconografía usual en la decoración de hospitales y su versión más cercana y barrial (el policlínico) habla también de la necesidad de cualificación de espacios de uso compartido en los que aún pulula el gusto decadente y palimpséstico, y de la respuesta que pueden generar estos cuadros “decorativos” (hoy serían impresiones offset y adhesivos) como objeto cultural en amplios sectores poblacionales. Pero quizás en esa operatoria de extraer elementos de lo social, al tiempo que documenta conductas y hábitos, los inserta en el contexto artístico y adquieren otra connotación, un re-conocimiento. Se produce entonces un doble trasiego, un tomar-y-dar que relativiza la posición del artista como ejecutor, como emisor de un juicio definitivo de valor. Otro tanto pudiera decirse al visualizar parte de ese catálogo de formas malas que con ahínco se dio a la tarea de recrear en varios libros de artistas iniciando la década de los 80, y en los que se reconoce no solo una crítica al kitsch cubano, sino también un tributo con sorna –como suelen ser sus tributos– a la cultura acumulativa, “picúa” diría Lucy Lippard,4 de su natal Caibarién.5 En sintonía con el contexto internacional en el que el bad painting hacía mella, estas formas malas conectan con lo real-local reproduciendo en el campo del arte, a otro nivel, una no-estética, fascinante en su maliciosa retórica visual. Presentadas en la muestra cuyo sonoro título fue “Vereda tropical” (Galería Habana, 1982), este conjunto de malas formas mostró un Flavio diferente al de su etapa fotorrealista –de la cual sus cuadros de Zaida y “Nada personal” (retrato de Antonia Eiriz, 1977) son mis preferidos–, o al de apenas un año antes cuando su etapa expresionista estaba en franco apogeo (serie La Gaceta de Cuba 23 El Corno Emplumado Sergio Mondragón L a aventura editorial de El Corno Emplumado comenzó de manera casi casual a finales del año 1961. Yo estaba terminando mis estudios en la escuela de periodismo y hacía reportajes para la publicación mexicana Revista de América. Era octubre y acababa de entrevistar en la cárcel al pintor David Alfaro Siqueiros, que era un preso político. Le había preguntado, entre otras cosas, acerca de su relación con el pintor norteamericano Jackson Pollock y la supuesta influencia del muralismo mexicano sobre la escuela de la que Pollock era pionero y que más tarde recibiría en los Estados Unidos el nombre general de action painting. Me hallaba inmerso en la redacción y documentación de esa entrevista, cuando mi compañero de pupitre en la escuela de periodismo, el poeta Homero Aridjis, que acababa de publicar su primer libro, me invitó a ir a conocer al poeta beat de San Francisco, California, Phillip Lamantia, el cual había llegado a vivir a México hacía poco tiempo. Aquel encuentro fue una revelación. En el departamento de Lamantia hicimos inmediatamente una lectura de poesía, en las respectivas lenguas. Poco después Lamantia me llamó para decirme que deseaba que conociéramos a Margaret Randall, recién llegada de Nueva York. Esa misma noche estábamos todos leyéndonos nuevamente unos a otros nuestros poemas. El departamento de Margaret Randall estaba cubierto de pinturas que había traído con ella, obras abstracto-expresionistas, escuela que yo veía por primera vez en vivo 24 La Gaceta de Cuba y cuya estética ejerció luego cierto influjo sobre la revista. Todo aquello me ayudó a redondear mi reportaje sobre Siqueiros (que más tarde ilustró la edición que dedicamos al poeta norteamericano Walter Lowenfels). El resto sucedió vertiginosamente. Siguieron las traducciones y, como se había corrido la voz, se acercaron otros poetas: los nicaragüenses Ernesto Cardenal y Ernesto Mejía Sánchez, que residían en esta ciudad, el mexicano Juan Martínez, los pintores Felipe Ehrenberg y Carlos Coffeen Serpas, los poetas Ray Bremser y Harve Wolin. En una de las sesiones, el grupo “descubrió” la necesidad, y “vio” en el azar que nos había reunido, la oportunidad de editar una revista que mostrara “los dos mundos”–el orbe de la poesía hispanoamericana y el de la poesía norteamericana: la poesía que se estaba escribiendo en ese momento a lo largo del continente. Rápidamente se bautizó a la revista con el nombre de el corno emplumado / the plumed horn (aludiendo al “horn” norteamericano del jazz, y a la serpiente emplumada, Quetzalcóatl, el dios tutelar de las culturas prehispánicas mesoamericanas). Aunque ninguno de los tres teníamos experiencia previa en la edición de revistas, se nombró encargados de la edición a Margaret Randall y Harve Wollin –otro poeta beat que nos visitaba– por la parte norteamericana, y a Sergio Mondragón por la de español. Los fondos para el primer número, que apareció en enero de 1962, se reunieron en el curso de aquellas sesiones de lectura de poemas. El Corno era, por una parte, búsqueda –y encuentro– de una expresión de la moderna producción cultural mexicana e hispanoamericana: los nuevos poetas mexicanos ya no escribíamos como se había escrito aquí hasta entonces, profesando una devoción total a la perfección formal, al color gris, al tono discreto, al discurso lineal, a la pureza idiomática, a la trasparencia anecdótica, etc. Entre nosotros, se trataba ahora de una ruptura con ese mundo y lo que representaba, y todo había comenzado un poco antes, con la poesía de Marco Antonio Montes de Oca y la prosa de Juan Rulfo y Carlos Fuentes (algo parecido a lo que estaba ocurriendo en la literatura del resto de nuestros países con respecto a su propia tradición); por otro lado, en El Corno los poetas norteamericanos llevaban a cabo una labor semejante: ya no pensaban ni escribían como T.S. Eliot o Ezra Pound y negaban con un aullido tanto al pasado como a un presente que los asfixiaba: el sonriente mundo norteamericano que había soltado la bomba sobre ciudades japonesas densamente pobladas y que emergía con la conciencia tranquila y el rostro afeitado de la guerra de Corea, mientras se involucraba en la de Vietnam, y que trituraba a todo aquel que no se entregara sin chistar al proyecto del “sueño americano”. La propuesta de los beats era doble: un lenguaje verdaderamente liberado, y un ser humano también libre pero, además, sagrado, beatífico, con derecho a ser considerado y tratado con respeto, y con el potencial para construir y habitar un mundo nirvanizado: una idea que tomaban prestada del oriente; un mundo intenso, calmo y positivo, no para ser globalizado sino para volverlo profundamente personal, aunque compartible. En ambos casos, la poesía de El Corno, de “los dos mundos”, el norteamericano y el latinoamericano, era el lenguaje de la rebelión, algo que al mismo tiempo se nutría del legado que habían dejado los grandes maestros del pasado y la vanguardia. La vocación cosmopolita, que más que formar parte de un proyecto de El Corno fue el sentimiento que impregnó la época, fructificó de inmediato. Distribuimos la revista en México, Nueva York y San Francisco. Animados por el dinamismo de Margaret Randall –que tenía un excepcional sentido de la organización, y una enorme capacidad de trabajo– y gracias a una lista de los lugares en que la editorial Fondo de Cultura Económica tenía colocados sus libros en América Latina, que nos fue proporcionada por su director, don Arnaldo Orfila, quien había acogido nuestra revista con simpatía, El Corno estuvo en unas cuantas semanas en las librerías de Buenos Aires, Sao Paulo, Bogotá, Lima, Santiago, Caracas, Quito, La Habana, Managua, Montevideo… La respuesta fue rápida. Pronto llegaron a nuestra casilla de correos las salutaciones, las señas de identidad y las colaboraciones. De los beats pasamos a otras vertientes de la poesía norteamericana: Creeley, Olson, Black Mountain. Los primeros en comunicarse con nosotros fueron Miguel Grinberg, Haroldo de Campos, Cecilia Vicuña, Raquel Jodorowsky, Pablo Antonio Cuadra, Gonzalo Arango, Alejandra Pizarnik, Edmundo Aray y los grupos Tzántzicos, Nadaístas, Poesía Concreta, Eco Contemporáneo, Techo de la Ballena, City Lights Bookshop… Atraía ver en El Corno poesía fresca, tipografía novedosa, ideas y palabras que sonaban verdaderas, dibujos cuyas líneas eran delgadas incisiones en la piel de la época. Nos dimos cuenta, en ambas direcciones, de que en todas partes estaba sucediendo lo mismo: se despedía una época, se inauguraba otra, se experimentaba una vibración humana nueva. La Revolución cubana aparecía en el horizonte como una aurora de esperanza (en un momento de feroces dictaduras militares latinoamericanas). El mundo entero se debatía en el parto. Era la energía de los ahora míticos, atroces y dorados años 60, que dividieron el siglo y nuestras literaturas en dos mitades –aunque ya antes había sido servido el aperitivo vanguardista en la vajilla deslumbrante del arte moderno. En El Corno le llamábamos a todo eso que pasaba ante nuestros ojos “revolución espiritual” y hablábamos de un “hombre nuevo” que habitaba una “nueva era”. Eco Contemporáneo convocaba a una “nueva solidaridad”. La antología de poesía mexicana que elaboraron en 1966 Octavio Paz, Homero Aridjis, Alí Chumacero y José Emilio Pacheco, y que denominaron “poesía en movimiento”, se configuró en más del cincuenta por ciento en su parte correspondiente a los nuevos poetas con poemas tomados de El Corno, así como de proyectos editoriales afines al nuestro como Pájaro Cascabel, Cuadernos del Viento, Diálogos, El Rehilete, La Cultura en México, Revista Mexicana de Literatura… En el prólogo de ese libro, Paz se extendió sobre el concepto que llamó “tradición de la ruptura”. La contundencia de esos hechos y la fuerza de los poemas, las cartas que publicábamos, la obra gráfica y la notable red de comunicación que se estableció en una época que todavía no inventaba el internet –algo que Raquel Jodorowsky definió en ese momento como “una circulación sanguínea de poesía”– rebasaban inmensamente cualquier proyecto que pudo haber alentado El Corno desde el principio, que en todo caso compartió el privilegio de sentirse una parte de todo aquello. Aquel panamericanismo, más que un proyecto deliberado, era un hecho del espíritu, un rasgo de cuyo lenguaje se apropiaron, como siempre, los políticos: aquellos fueron también los años en que se inventó la OEA, la Unión Panamericana, que fue en muchos sentidos un instrumento para hundir aún más en el subdesarrollo a la América Latina (los resultados están a la vista). Ernesto Cardenal vio pronto aquellas realidades y escribió en carta de tono mesiánico que publicamos en enero de 1963: “La verdadera Unión Panamericana es la de los poetas, no la otra […] sigamos agitando hasta alcanzar toda la América Latina, ayudados ahora por los poetas yanquis […] esa es otra de las misiones que tiene El Corno…”. La llamada “contracultura” era y es, de hecho, la cultura misma: contraculturales eran Aureliano Buendía, Pedro Páramo y Artemio Cruz, aunque traspiraran tradición; también los versículos del “Kaddish” de Ginsberg y la combinación de acentos regulares e irregulares de “Piedra de sol”, de Octavio Paz. Las grandes rebeliones juveniles que fueron la antesala del mundo de hoy no eran sino expresión de la crisis. Nuestra generación poética vivió esos años tratando de alcanzar los acontecimientos y hacerse consciente de ellos, intentando ponerse a la altura de las circunstancias y aprendiendo a ser críticos y a no tomarse a sí mismo demasiado en serio. Los grandes artistas modernos habían ya presentido y anunciado todo aquello: el cubismo, resquebrajando los muros de lo real (y aún antes, el impresionismo, desdibujándolos). “Algo se prepara”, había advertido también André Breton (¿o fue Benjamín Peret?). Los años 60 y sus rebeliones juveniles y sus revistas y sus poetas fueron solo un parpadeo en aquel siglo bárbaro y entrañable, que rezumó tanta abyección como humanidad y al que algunos estamos tratando de empezar a concientizar del todo como parte de nuestro pasado personal. Cabría aquí repetir lo que dice Gabriel García Márquez en su libro Vivir para contarla: “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. Y así pasaron siete años de gozosa, penosa, ardua actividad. Hasta que llegó la noche de Tlatelolco, 2 de octubre de 1968, aquella criminal represión hasta hoy impune que ejerció el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz en contra del movimiento estudiantil –al que la revista apoyó y se sumó, como lo hizo la abrumadora mayoría de artistas, escritores e intelectuales de México– y que no solo desató las furias de la muerte, el exilio, la persecución, el sufrimiento, la cárcel y el terror de innumerables personas –una herida en el corazón de México que ha sangrado durante décadas y que tal vez nunca cerrará–, sino que acabó también con el sueño dorado de la década de 1960 y con… El Corno Emplumado. Porque aquello fue el principio del fin de la revista. Los apoyos económicos de las instituciones públicas fueron retirados y el acoso gubernamental que se siguió en contra de los protagonistas de muchos de los simpatizantes del movimiento que quedaron vivos, dispersó a la gente, la forzó a la huida, al silencio, a una penosa y larga asimilación de la tragedia. Una voz se alzó al día siguiente de la matanza en medio del desconcierto que siguió: como es sabido, y siempre es importante recordarlo, días después de la masacre y desde la India, Octavio Paz renunciaba a su cargo de embajador de México ante ese país, como protesta por lo acontecido. La profundidad del agravio histórico infligido a los jóvenes fue de tal magnitud que todavía hoy, a casi cincuenta años de distancia, se realizan exposiciones y reuniones como esta y se continúa inquiriendo, entrevistando y escribiendo sobre el movimiento estudiantil, todo ello en sentido opuesto a las demandas de la indiferencia y el olvido que algunos quisieran echar sobre aquella historia atroz y como resultado del interés creciente que siguen despertando los acontecimientos del 68 mexicano, y vemos a gente ya curtida por la edad relatar con la voz quebrada y conteniendo el llanto los pormenores de su participación en el movimiento y la cuota de sufrimiento que han debido aportar. < La Gaceta de Cuba 25 > Entrevista Foto: Justo Cárdenas Las páginas ocultas de Radamés Giro Emir García Meralla F uimos vecinos durante años y nunca pensé que gozaría de su amistad; mucho menos que pudiera tener la oportunidad de entrevistarle. Hoy confieso que el primer diccionario de música que tuve en mis manos era de su propiedad, me lo prestó su hijo Iván y nunca lo devolví; para expiar esa culpa me propuse intentar indagar en su vida y en su privacidad. Radamés lo permitió y me abrió las puertas de su vida, su casa y de sus archivos. Estas son algunas de esas páginas que se pueden publicar sobre su vida. 26 Entrevista ¿Cómo llega Radamés Giro a convertirse en editor de libros sobre música? Me permites hacer un poco de historia… Esta es tu tribuna. Vamos a cambiar la dinámica de las preguntas; si estás de acuerdo. Comencemos por tu paso por la Escuela Nacional de Arte en los años 60 del pasado siglo, que de alguna manera te ha puesto en el centro de polémicas y leyendas, sobre todo por parte de algunos exalumnos de aquellos años. Estoy de acuerdo. Lo primero que debo aclarar es que se han dicho muchas cosas, todas inciertas. Yo llego a Cubanacán, que era como se llamaba la Escuela Nacional de Arte, como subdirector, en el mismo momento en que entra Alicia Perea como directora. Cubanacán era un caos total, en todos los sentidos, y una de las primeras cosas que hago es comenzar a organizar la escuela como Dios manda. Había que delimitar dónde debía estudiar cada quién, los horarios de estudios, el tema de los albergues. Por ahí está Berta Castro, que aún conserva toda la papelería de aquella época. Hay además infinidad de testigos; personas serias que no me dejarán mentir y de cuyo respeto, tanto humano como profesional, soy depositario. Pero tu pregunta va dirigida a algo más… ¿cierto? Sí, se refiere al tema de las prohibiciones para hacer y escuchar música popular cubana. Un punto sobre el que aún no se ha aclarado lo suficiente y que alguna gente carga como una herida sin sanar, que sangra a cada instante. Las cosas no son tan sencillas como parecen. No se trata de culpar a una persona. Permite que te dé mi versión de los hechos, que nunca la he dado y creo que ya es hora de que la cuente. Además de organizar la escuela estaba el problema de la elaboración de los programas de estudios, hablo de música que es lo que me atañe en lo personal, que quede claro. Los programas de estudios no los elaboraba yo, para eso estaban los profesores de la escuela reunidos en un comité y esos programas propuestos los aprobaba la Dirección de Escuelas de Arte del Consejo Nacional de Cultura. En esa Dirección había figuras como José Ardevol, Urfé y otros nombres ilustres de la música cubana. Ah, pero el tema de la música popular –que es el pollo de este arroz– siempre fue una gran batalla; por qué fue una gran batalla; porque algunos de los profesores venían de la academia de la música clásica y no lo entendían; quiénes entendían eso, bueno, nombres como María Antonieta Henríquez y José María Bidot, que eran profesores de historia; obviamente lo entendía Orestes Urfé que era profesor de contrabajo; lo entendía Federico Smith, que era un hombre de una cultura inmensa y con una comprensión del folclor muy amplia; pero no eran los únicos en esta comisión. Que en los programas no había nada de música popular, es cierto, y esa era la razón fundamental. Lo que nadie dice es que había un combo en la escuela que iba a la Isla de la Juventud a los campamentos y que el guitarrista era Radamés Giro; combo en el que estuvo Emiliano Salvador en el piano, donde cantaban Beatriz Márquez y Bertha Balard, estaban además José Loyola, Arturo Sandoval, Leovigildo Pimentel y algunos que no recuerdo sus nombres. Entonces fíjate en las contradicciones; si yo vengo de la música popular es poco creíble que prohíba mi esencia y de lo que soy parte. Y ese combo hacía música popular. Yo fui músico de tríos, de varios conjuntos como el Conjunto Avance 56; acompañé a Orlando Contreras, todo esto en Santiago de Cuba. Yo vengo de esa música, por lo tanto no la puedo prohibir. Hay quien piensa que voy a decir el nombre de aquellos que prohibieron lo que fuera en esos años; todo el mundo sabe los nombres y en lo personal esos nombres me los reservo. Me los llevo a la tumba si es necesario. Mira, en esos años se puso en el cine Miramar una película donde se escuchaba mucho jazz; a mitad de la película una persona se paró y dio una arenga del carajo, acusando a ese filme de imperialista y otras barbaridades. Aquella persona no fue Radamés Giro. Eso es todo lo que tengo que decirte sobre el tema ENA y sus prohibiciones, que yo prefiero llamar omisiones. Si estás de acuerdo con esa definición. Hay otro tema sobre el que me gustaría conocer tu parecer y es el tema Beatles y su prohibición. También están los que maldicen a Pello y su Mozambique y reniegan de su papel en la música y la cultura cubanas. Son hechos que coexisten en tiempo y espacio. Yo fui defensor de Los Beatles desde la comisión de cultura de la Juventud, pero eso no es lo fundamental. Ahora hay más defensores de Los Beatles que conocedores de su obra. En Cuba hay gente que se monta en el carro de moda para hacer grupo y causa sin razón, para darse vititi. Hay mucha gente que no sabía quiénes eran Los Beatles y posiblemente hoy, con el paso de los años, no lo sepa aún. En Cuba hubo defensores de Los Beatles de la talla de Leo Brower, de María Antonieta Henríquez; había profesores como Bidot que era muy abierto a todo lo que fuera música, te puedo afirmar que ellos disfrutaban esa música y le reconocían sus aportes. Sí es cierto que yo también escondí discos de Los Beatles en portadas de la Orquesta Aragón y mira qué coincidencia, música de dos buenas agrupaciones y las dos me gustan. Que se escuchaba a puerta cerrada; eso es una verdad. El Pello. Renegar de Pello y su música es un acto de franca cobardía cultural, venga de donde venga. Pello fue un fenómeno que surgió y se le fue de la mano a todo el mundo. Si tú analizas la historia cubana de esos años recordarás que hay un rompimiento entre lo que se hizo antes y lo que se comenzaba a hacer. Nadie tenía la más mínima idea de lo que podía significar aquello. Pello crea una música y una forma de bailar que pega en la juventud; pero es una juventud que había nacido fundamentalmente en los años 50; prende en los jóvenes que estudian en la Universidad, era gente que tenía deseos de bailar. Los bailes con Pello en la Universidad eran una apoteosis total, nadie me lo contó, yo lo vi y lo viví. Creo que no ha ocurrido un fenómeno musical tan trascendente como ese, ni siquiera con Irakere o Van Van, que son los otros dos grandes de la música cubana de estos tiempos. Lo que pasa es que Pello y el Mozambique pertenecen a un momento histórico que ha sido maltratado, pero por causas no referidas a la música. Los Beatles están ahí en la cultura universal y el Pello está en la cultura cubana. Eso es indiscutible. Me gustaría conocer tu criterio sobre la música cubana de los años 60, es un período muy complejo y contradictorio, marcado por acontecimientos traumáticos. Ya hablamos del Pello, pero hay otros hechos como la aparición de la nueva trova, las prohibiciones de los que emigran. Dividamos la pregunta en partes. ¿Qué piensa Radamés de un hecho como la politización de la música cubana, desde las dos orillas? Para comenzar. Lo primero que ocurre, cuando comienzan esas prohibiciones, es que se produce un proceso de discontinuidad de una tradición, si podemos llamarle de algún modo. Esa ruptura hizo que se perdiera la comunicación entre lo que se estaba haciendo allá y lo que estaba ocurriendo aquí. Pero esa ruptura trasciende más allá del estrecho de la Florida. Digo esto porque se perdió también la comunicación con la vanguardia musical de Europa occidental. En los 60 está ocurriendo un proceso interesante, de modo paralelo, que tiene que ver con la música de vanguardia en el campo de la composición; este proceso no se ha estudiado lo La Gaceta de Cuba 27 suficiente. Esto fue importantísimo y se refleja después en los graduados de la ENA. Te hablo de compositores como Roberto Varela, Carlos Malcon, José Loyola, Calixto Álvarez y otros, que después terminan estudiando en conservatorios polacos; por qué, sencillo: en Polonia estaba la vanguardia de esa música. La esencia estaba en que todo se politizó. Por todos los bandos. Fue una cosa rabiosa lo que ocurrió a nivel político con la música. Sin embargo, la música cubana se siguió haciendo y desarrollando. El gran problema, en mi criterio, está en todo lo que se dejó de grabar o de difundir porque tal músico que se fue está en esa grabación e hizo declaraciones, o está Fulano que aunque no dijo nada apoyó a Mengano. Y todo eso no salió al mercado. Se hicieron barbaridades. Y yo me pregunto, qué daño le podía hacer a la Revolución las declaraciones de un músico que se fue; en todo caso se podría hacer daño a él mismo. Yo creo que Cuba es tan fuerte que esas declaraciones en nada la afectaban y la misma historia se ha encargado de demostrarlo. El ejemplo de esto es el caso de Celia Cruz. No puede ser. Si tú miras su historia te das cuenta de que ella no se metió en nada agresivo; pero fue la bandera de la disputa entre los dos bandos. Y así se mantuvo por años, quiénes fueron los grandes perjudicados: los músicos y la cultura musical cubana. A la luz de los años se fue imponiendo la necesidad de dialogar, hablo de los músicos, los gobiernos funcionan de otra manera; ese diálogo tuvo como impulsor la salsa, que al final puso de acuerdo a todo el mundo. Y en ese acuerdo estuvo presente el compartir escenarios. Ahora, a la par de eso existía un hecho curioso y es el caso de Vicentico Valdés; no vivía en Cuba pero se trasmitía en la radio, tanto que había un programa dedicado a su música diariamente. Mira qué contradicción esa. Entremos entonces en dos acontecimientos que surgen en los 60 y que llegan hasta nuestros días. Se trata de la canción, y te hablo del papel de Marta Valdés y sus aportes, y la llegada de Silvio, Pablo, Noel, y el mismo Formell, por otra parte. Marta Valdés y Ela O’Farrill, porque casi nunca se menciona a Ela por dos razones. La primera es todo el ruido que se armó indebidamente por un tema suyo, “Adiós felicidad”, y que para nada tiene que ver con las historias que la gente cuenta –hubo y hay cosas más importantes sobre las que hay que escribir e investigar–, y la segunda causa es porque se marchó del país; ya habíamos hablado de tal estupidez. Ela acaba de morir hace unos meses y no hubo tiempo de reconocerla aquí como se debía. Fue una gran compositora. Hay un detalle elemental, es que yo las ubico dentro del movimiento del feeling, que para ese entonces ya había tenido un desarrollo significativo con las figuras de César Portillo de la Luz y José Antonio Méndez. En el caso de Ela está su deslumbramiento con la forma de hacer la música y tocar la guitarra de César, tanto que se convierte en su alumna. Para ella era esencial dominar la armonía de César, que te aclaro que era una armonía de alto vuelo, aunque él no tuviera estudios especializados. Y para César la armonía era un recurso más para componer. Marta es un caso distinto, muy especial. Ella, pienso yo, sí era muy consciente de lo que estaba haciendo musicalmente en esos años. Recuerda que estudió en el Seminario con profesores como Guyún, Ardevol, Urfé y otros músicos importantes, por lo que su cultura musical era superior a la del resto de los integrantes del feeling; creo que ya Ñico Rojas para esa época había escuchado mucha más música. Pero Marta es un punto y aparte. Y ese trío: Noel, Silvio y Pablo; significó la ruptura de un fenómeno que terminó en una nueva forma de hacer la canción. Aunque no le guste a mucha gente. 28 Entrevista Pablo viene del feeling, por lo que su influencia está en sus primeras canciones, después se aparta de ella. Silvio en su trabajo ya se aleja de esa influencia y, a mi juicio, es el que crea la fórmula de acompañamiento para ese momento. Y en el caso de Noel está su devoción por la obra de Sindo Garay, tanto que estaba escribiendo un libro sobre la manera de tocar de Sindo, que no sé si lo llegó a terminar. Lo que sí está claro para todo el mundo y no admite dudas es que Silvio y Pablo inauguran una nueva época en la cancionística cubana y por ahí después se va todo el mundo. Con el paso del tiempo fueron surgiendo nuevos aportes. Está el caso de Carlos Varela, que es un monstruo y que nadie se ha detenido a analizar sus aportes a la canción cubana de estos tiempos. Está por otro lado Gerardo Alfonso. A mí de esa trova me gusta el guitarreo que han desarrollado, se lo comentaba hace unos días a Heidi Igualada, donde ninguno se parece a nadie. Cada uno tiene su forma de armonizar, de trabajar la canción, y eso es muy rico. Ah, que no haya un estilo que predomine, no importa; que no caracterice una generación, tampoco es importante. En un mismo tiempo pueden coincidir diversas formas de hacer, no es algo que deba preocupar. Formell, es un caso aparte. Él es una mezcla de muchas cosas. Primero está la influencia de su padre, que era un músico notable al que no se le ha hecho toda la justicia. Pero para esos años 60 se está buscando, formándose; cómo: escribiendo canciones y trabajando como parte de la Riverside con Juanito Márquez en el Habana Libre. Y al lado de Juanito Márquez el que no se influya y no aprenda es sordo. Eso mismo pasa con la obra de Leo Brouwer y su forma de tocar. Tú puedes hacer algo diferente pero el patrón está ahí. Entonces Formell se está permeando de toda la música cubana e internacional de aquellos años, y no olvides que el barrio influye mucho en la concepción del músico –desde niño inclusive–, ese mundo está marcándolo constantemente y él lo asume de una manera muy particular; y cuando estuvo listo vino el palo. Sus canciones no tienen nada que ver ni con el feeling ni con la Nueva Trova ni con nada; es de un intimismo del carajo. Él era un gran romántico y con un talento y sensibilidad fuera de lo común. Te cuento que en una conversación con Mario Bauzá hablando de estos mismos temas y refiriéndome a Formell y los Van Van yo le comento: “Maestro, yo leí alguna vez que el bajo de Formell es un bajo ‘pendejito’…”, y Mario con esa sabiduría que tenía después de haber tocado con los mejores músicos norteamericanos me dijo una frase lapidaria: “Yo no sé si es pendejito, pero el bajo de Formell es Van Van… el toque a esa orquesta se lo dan las figuraciones que hace en el bajo…”. Y él descubrió que más que figuraciones lo principal era mantener el bajo como forma de hacer bailar a la gente. El bailador cubano depende del bajo para bailar. Te propongo que adelantemos el tiempo. ¿Por qué no hablamos de un amigo común llamado Helio Orovio? Me gustaría saber qué representó para la musicología y la cultura cubanas un personaje de ese tipo, ya que fuiste su editor, o el editor de casi todos sus libros. Sería útil justipreciarlo. Yo lo extraño mucho, tú no sabes. Lo primero que te voy a decir es que Helio es muy valioso para la musicología cubana, más de lo que la gente supone. Por varias razones. Él no solo investigó la música cubana, sino que la vivió, y esa vivencia hace su obra singular. Cuando hace el libro sobre el carnaval no está escribiendo sobre documentos que leyó o estudió, no –que son cosas que tuvo que hacer–, la imagen que da sobre el carnaval de La Habana es a partir de lo que vivió, de lo que vio y disfrutó. Helio disfrutaba la música. Segundo, se ocupó de cosas de las que nadie se ocupaba, y aquí comienza parte de nuestra gran afinidad. Yo comencé desde los años 60 a recopilar, a hacer fichas sobre músicos cubanos y después paso a ser editor, estamos de acuerdo. Bueno, a quién se le ocurre ordenar un grupo de fichas que tenía y presentarlas a una editorial como un diccionario, a él, y el editor era yo. Tú no imaginas la cantidad de cartas y notas que recibí en contra del diccionario y del mismo Helio. Había quien no entendía cómo si yo estaba haciendo ese trabajo, publicaba otro que ellos consideraban incompleto y banal. Porque llegaron a considerar el diccionario de Helio como un libro banal. Ah, que el peso del diccionario está en la música popular cubana, es cierto, pero uno es hijo de su tiempo, su medio y su circunstancia; que conocía el mundo de la otra música, sí lo conocía, pero su mundo era el de lo popular bailable y ahí recayó el peso del diccionario. Te hago una confesión, que es una declaración de principios. Cuando yo tuve el diccionario en mis manos tenía dos caminos –era el editor y además estaba investigando sobre el mismo tema–, podía plancharlo, tenía poder para ello; el otro era aplicar la filosofía que me ha definido: creer en el que hace y apoyarle. El diccionario se termina con todas sus imperfecciones, es un momento convulso (1980) porque están ocurriendo los sucesos del Mariel y alguna gente decide irse, vuelven a aparecer los matices políticos, y estábamos ante una disyuntiva: sale o no. Lo correcto fue publicarlo, y había que tener mucho valor para hacerlo; que esa edición tiene omisiones importantes, es verdad. Pero había que sacar el diccionario. Nosotros tuvimos grandes discusiones, pero fuimos grandes amigos. Y si tú miras toda la obra de Helio verás que es imperfecta, como toda obra humana, pero existe. Se puede estar de acuerdo con sus enfoques o no, pero ahí está para ser consultada, estudiada y reconocida. Y así fue por años. Hemos superado, hablando de imperfecciones, la polémica sobre el libro de Alejo Carpentier La música en Cuba. ¿Quién tiene razón, Alejo o Alberto Muguercia? Me alegra que toques ese tema. Toda investigación parte de las fuentes que tú consultas, no se puede ir más allá de las fuentes de que dispones. Y eso determina el nivel de investigación. En el caso de la música, las bases para investigar cuando Alejo escribe su libro eran mínimas, él parte de lo que existía. Que está novelado; Alejo era un novelista. Muguercia fue utilizado, sin sentido, y se dejó utilizar. Parte de las mismas fuentes y no propone un punto de vista nuevo ni diferente sobre el asunto en cuestión. Además de que se debe ser serio. Mi opinión es que el famoso “Son de La Má Teodora” es una asignatura pendiente; hasta que aparezcan nuevas fuentes. Pero la polémica es más que eso, porque está la que sostuvo Alejo sobre el mismo tema con Edgardo Martín, que era otra cosa. Una polémica de alto vuelo, sin manipulaciones ni alusiones personales –que es algo que debemos superar–; fue un intercambio de puntos de vista, basado en argumentos inteligentes. Esa era una gran virtud de Helio, él defendía su punto de vista, soltaba su criterio y al carajo. Resumiendo, hoy no se puede escribir la historia de la música cubana de los últimos cincuenta años sin estudiar su obra, sin considerar sus aportes. Y es hora de que se agrupe toda su obra dispersa y se publique como un cuerpo. Lo mismo pasa con la obra de Leonardo Acosta. Pero La música en Cuba de Alejo es un punto de partida; una cita obligada como lo son los libros de Fernando Ortiz. Ahora que mencionas a Leonardo; él además de estudioso vivió también la música cubana desde adentro. ¿Cómo lo sitúa Radamés en la musicología cubana? Me alegra tanto que le hayan dado junto a Sergio Vitier el Premio Nacional de Música; te digo que son dos gigantes de la música. Leonardo es un músico reconocido y antes de escritor, es músico. Pero Leo es un ensayista y un prosista de altura y no creo que haya hoy en Cuba un musicólogo que tenga esa capacidad, además de la cultura que posee. Es muy fuerte su vivencia. Es capaz de ensamblar épocas, contextos, circunstancias de una manera genial, con una capacidad para contar que llega a todos los públicos. Ahí están sus libros, algunos no valorados ni analizados suficientemente. Ahí está su visión sobre el jazz y su paso de Estados Unidos a Cuba y la simultaneidad de su origen, y las interinfluencias. Y con un nivel teórico indiscutible. Pero están sus otros libros. Los aportes de Leonardo hay que comenzar a valorarlos ya. De izquierda a derecha Joe Cuba, Oscar Hijuelos, Radamés y Vernon Bogg’s Pero la academia no los reconoce como tal; a los dos. Problema de la academia, se lo están perdiendo, hay que ver qué consideran ellos que es un musicólogo. Mira, creo que los musicólogos en Cuba confunden estudios musicales con estudios científicos, y todo está en las fuentes. Si estudios de armonía y contrapunto son ciencia, entonces estamos ante una confusión; porque si hay rigor en la investigación, en el manejo de las fuentes, entonces se está ante un trabajo que tiene base científica. Lo que pasa es que leer notas y saber solfear no te hace músico. Leer bolitas no te hace músico. Mario Bauzá decía que “los músicos cubanos leen de oído”. Hay otro problema y es el rigor del estudio y el nivel alcanzado. No es el mismo nivel el de Chapottín que el de Chocolate La Gaceta de Cuba 29 Entrevista < Armenteros, que el de Varona o el de Sandoval; pero no se puede estudiar la trompeta en Cuba sin Chapottín. Quieres un ejemplo: el solo de trompeta que hace Florecita en “Convergencia” es obligado para cualquier versión; si no se repite ese solo el tema suena hueco. Ese solo es un clásico. A nuestra musicología le falta la música; la ciencia debe estar en analizar los fenómenos tal y como ocurren, analizar los segmentos sociales, las influencias, y eso hacerlo potable; es pura sociología en función de la música. Hay que escribir para el común de los mortales; no quiere decir que se escriba de una manera, pero hay que trascender. El ejemplo es Fernando Ortiz, está el caso de Argeliers León con El canto y el tiempo que es lectura obligada. La musicología la hace la obra. Se debe escribir para el ahora y el futuro y se debe escribir pensando en que la sociedad es diversa y que está segmentada. Ese es mi criterio. En los años 90 proliferaron las revistas de música y tú dirigiste una de ellas. Un buen día desaparecieron. ¿Son necesarias esas revistas hoy en día? ¿Cómo las valora Radamés? Hace muchos años dije que necesitábamos tener al menos doce revistas de música. Hay gente a la que le preocupa que haya muchas revistas literarias, me parece que es justo que haya unas cuantas; lo mismo pensé y pienso de las de música. Estaba Clave, Tropicana Internacional, Salsa Cubana, la revista de Música de la UNEAC y Musicalia Dos. Cada una con un segmento definido. Tropicana dirigida a un sector muy amplio, que debía mejorar sus artículos, correcto, pero era una revista masiva. Salsa Cubana era un poco más elitista, enfocada a un segmento de público más intelectual pero sin petulancia; en el caso de Clave sabemos que es la revista de la élite pero que no pasa nada con ella; y con Musicalia pretendíamos, digo esto porque yo la dirigí, recuperar una tradición. La más lamentable era la revista de música de la UNEAC que estaba perdida, no tenía definido ni su perfil ni sus contenidos. Lo otro es el nivel con que se escribe en cada revista, porque se escribe para diversos públicos. Hay otra publicación, muy rigurosa, y coherente, que es el Boletín de Música de Casa de las Américas, que tiene definidos sus objetivos y me parece que es el mejor. La desaparición de esas revistas trajo como consecuencia un desfase informativo y de promoción que ha generado un vacío enorme en la cultura musical cubana. Por la ausencia de revistas y otras fuentes no se pueden tener referencias ni se puede analizar coherentemente un período como los años 60, para citarte un caso. Antes había mencionado a Helio y a Leonardo; pero disculpa que haya olvidado los estudios de Cristóbal Díaz Ayala. Es el otro lado de la moneda. Cristóbal ha sido incomprendido y vilipendiado por muchos, injustamente, el solo hecho de escribir una obra monumental como Historia de la discografía cubana ya es más que suficiente para reconocerle. Superar esa obra o intentar igualarla es muy difícil. Ahí está toda la historia, sin ocultar las fuentes fundamentales. Es un libro importante. Igual que Oh, Cuba hermosa, que es una historia de la canción política cubana hasta 1959, en dos tomos y con todas las letras de las canciones. Pero además de Cristóbal hay otras personas que han aportado a los estudios sobre música cubana, sin estar graduadas de nada y haciendo hablar a la historia, a los documentos. Como mismo hizo Zoila Lapique con el siglo xix. Ella logró que los documentos hablaran, les dio vida. Lo mismo que los estudios de Pablo Hernández Balaguer. Esos son otros dos nombres tan relevantes como los otros. No se me ha olvidado la pregunta de la que partimos. Dime si ya quieres responderla o si prefieres que avancemos en otros asuntos. Dejémosla para más adelante. 30 Entrevista Hablemos de preferencias y referencias musicales. Pasemos por los años 70 y 80 y a fenómenos como el “elitismo” que se le quiso imponer a la música popular cubana en determinado momento; la llegada de Irakere y de Van Van y otros tantos acontecimientos. ¿Qué piensa Radamés al respecto? Vamos por orden de acontecimientos. Lo primero que tengo que decir es que Van Van fue un suceso e Irakere fue el otro gran suceso. Esos son acontecimientos insoslayables. Pero permite que te exprese mis criterios. Yo no sé si tú recuerdas que cuando Brezhnev y Fidel van a inaugurar la escuela Lenin se organizó una actividad cultural y qué grupo estaba ahí: Irakere; y qué tocó, sencillo: “Bacalao con pan”. Y déjame decirte que aquel bacalao con pan, en aquel lugar y en aquel contexto con aquellos personajes, sonó espectacular, riquísimo, se cayó aquello, fue la felicidad. Fue una osadía de Chucho y sus músicos, y ello abrió un camino nuevo en tiempos en que el elitismo y cierto refinamiento, que no eran tal, intentaban campear por su respeto. Mira, “Bacalao con pan” puede ser tan rico para escuchar, y alguien me querrá colgar por hereje, como una suite de Bach; ah, lo que ocurre es que cada cosa en su contexto. Uno es para bailar, para gozar, y el otro me permite reflexionar o simplemente relajarme. Volviendo a Van Van. Cuando Van Van empieza a sonar hay una cosa muy curiosa que yo siempre he dicho: las modas bailables las impone el bailador; ninguna orquesta, ningún director dice “voy a crear esto para que la gente baile y me siga”. Eso no existe. Ocurre que hay una música que prende en los bailadores, que a fin de cuentas son los que determinan. Cuál es el mérito de Formell: que él se dio cuenta de que un fenómeno que podía pegar era el trabajo con la crónica social, y ahí comenzó a levantar hasta hoy. Chucho es otro caso distinto, cuando digo Chucho digo Irakere. Chucho es un músico integral, no es ni jazzista, ni sonero, ni clásico, es integral, con una elaboración enorme. Hablo de la concepción de la música. Escucha las cosas que escribió para los metales, para el bajo de Carlos del Puerto. Eso mismo llega después con NG la Banda. Te digo también que hubo fenómenos musicales como el pilón, el simalé y otros, pero esos fueron notas de paso. No tuvieron el mismo arraigo que el Mozambique, con sus temas en contra, desde musicales hasta raciales. Hubo quien dijo que eso no era nada más que música de negros y que no tenía motivos para poner a dos o tres rubias a bailar aquella conga, que no era un género –cosa esta última que es cierta–; pero la genialidad de Pello está en que impone un ritmo y crea una forma de bailarlo; algo que pocas veces ocurre en la música popular. Mira, la época del 59 hasta el año 75 fue muy compleja, en todos los sentidos. Aquí se prohibía prácticamente todo. A quién se le ocurre hacer un salón de pintura con todas esas obras que eran desconocidas, lo mismo que con los pintores abstractos, y qué te digo de la literatura. Recuerdas mayo del 68. A mi juicio una cosa buena de aquellos años, donde intentó primar el elitismo, aunque la gente no lo ve así, fue el desarrollo de la literatura policiaca cubana. Esos autores un poco salvaron la honrilla. Hay quien dijo que eso era subliteratura. Pero no conozco a nadie que vaya en una guagua leyendo el Ulises de Joyce, o La cartuja de Parma, ni el Quijote, eso es mentira; a nadie se le ocurre eso. Y la gente leía. Eso no es malo. Esos son fenómenos populares que hay que atender y el elitismo siempre ha sido muy negativo para la cultura en general. ¿Esa visión elitista de la música en qué benefició o perjudicó? A la música culta la benefició en un sentido porque desarrolló a los músicos que se fueron graduando y que sustituyeron a los profesores extranjeros. Pero a la música popular sí le hizo mucho daño. Yo recuerdo una frase que oí a comienzos de los 60 –te la repito literal– que decía: “el feeling es una música de un grupo de negros vaciladores…”. Lo peor es que fue dicha por un negro. Esas son cosas complejas porque hablan de un sector que ya no quería estar en un grupo y quería pasar a otro grupo. Querían ser más “fisnos que nadie”; ya no iban a la Tropical sino a los conciertos del “Amadeo Roldán”. Los conciertos de la música de vanguardia se llenaban o no se llenaban; ahí tú podías por la forma de vestirse de las personas sacar los sectores sociales a los que pertenecían. Después las cosas se relajaron y la gente iba en chancleta y en camisa, haciendo justicia a la Nueva Trova y a Leo Brouwer que dejó de usar el frac de director. Pero fue una época compleja. Muy compleja. De homofobia, de racismo mutuo de unos para otros, de muchos fenómenos que deben ser estudiados para comprender aquel período. Entonces llegamos al Radamés editor. Ya es tiempo. Mi carrera como editor empieza en el año 69, cuando salgo de la ENA y voy para el Instituto del Libro para fundar una editorial de música; una editorial que tuvo un consejo asesor integrado por ilustres nombres de la música cubana, que incluso definieron una política de cómo debía ser esa editorial. Una documentación preciosa. Aquello no prosperó, pero antes de editar un libro estuve un año preparándome para enfrentar esa tarea; porque yo no sabía qué era editar un libro. Y Mirta Rosell, que dirigía el departamento de catálogo del ICL, me hacía llegar todos los libros de música que entraban. Pero también tuve la ayuda de Rigoberto Monzón, que fue editor del Fondo de Cultura Económica de México; trabajé con Federico Álvarez –le decíamos el hombre pleno por la cultura tan vasta que tenía y por su modestia–, que fue quien me definió como editor de campo, según él por mis ideas y mis inquietudes. El primer libro que publiqué fue el Diccionario Oxford de la música, con el permiso de su autor y sus editores. Después comienzan a salir los libros de Argeliers, de Erena Hernández, de María Teresa Linares, y otros que constituyen clásicos para entender la historia musical de Cuba. Pero también publiqué títulos sobre la música y los músicos ya con carácter más universal; algunos constituyen su primera edición en español. Ser editor es un trabajo que me ha dado grandes satisfacciones y muchos dolores de cabeza, porque he tenido que lidiar con gente que no ha sido capaz de ver la importancia de este tipo de literatura. Hoy por suerte son muchas las editoriales que ya publican libros sobre música. Pero aquellos primeros tiempos fueron duros. Tuve la suerte de contar con el apoyo de gente como Miguel Rodríguez, que es a quien debo ser editor hoy, Pablo Pacheco, Wichy Nogueras que trabajó conmigo. Y tuve la suerte, nuevamente, de comenzar a editar los primeros libros con Pueblo y Educación y muchos de esos libros estaban en las propuestas de aquel consejo asesor que preparó la visión de la editorial. Entonces logré una parte de aquel sueño, que fue publicar libros lo mismo para la enseñanza artística que para profundizar en la cultura sobre estos temas. Ese es un resumen de esta historia, que es mucho más larga y compleja. La enciclopedia es tu obra cumbre como investigador. ¿La consideras completa? Para nada. Ha sido casi más de la mitad de mi vida preparándola, organizando datos, cotejando fichas e información. Años compartidos editando libros que han contribuido a que esta obra encuentre un primer final; fíjate que te digo un primer final. Es una obra perfectible, tanto, que estoy ampliando algunas fichas e incorporando nuevas. Pero era necesario hacer una primera edición y para ello acudí a Isabel González Sauto para que me ayudara. Una enciclopedia es una obra infinita, pero quien o quienes la hacen tienen un tiempo vital que es un ciclo, tal y como ocurre en las investigaciones. Personalmente creo que he aportado una fuente más para que se profundice en los estudios sobre nuestra música. ¿Qué ha frenado la trascendencia de una parte importante de esos libros que tú has publicado? El talón de Aquiles de esos libros es que solo han salido en español. Si existieran traducciones al inglés o a otros idiomas, fuéramos la vanguardia en esos estudios. Es hora de traducir todos los libros de Fernando Ortiz, de Leonardo Acosta y otros. Entonces esos libros caminarían por el mundo, y uno de aquellos objetivos trazados en el año 69, cuando soñábamos la editorial, se cumpliría. Quisiera terminar con una relación de nombres de personalidades y amigos y que me los definieras. Amado Borcelá, conocido por Guapachá. La ricura. Era un show. No conozco a alguien que disfrutara tanto lo que hacía como Guapachá. Carlos Emilio Morales. La perfección en la digitación de la guitarra y en la imaginación armónica. Muy músico. Sergio Vitier. Todo un personaje. Pero te lo defino de la siguiente manera: un gran músico y el mejor amigo. Silvana Garriga. Una personalidad propia y la perfección en el trabajo de edición. Frank Emilio Flynn. El sabor y la cubanía. No conozco a un pianista que domine con tanta independencia una mano sobre otra a la hora de ejecutar Mondongo, sandunga y gandinga. No me explico cómo pudo hacer lo que hizo. Hay que oírlo con los danzones. Oscar Valdés; “el abuelo reloj”. No he visto una persona que sabiendo su grandeza, su talante, se proyecte con mayor modestia y humildad. Eres parte de una familia de músicos y trovadores santiagueros. Si mañana debes dejar la edición y volver a la guitarra a quién acompañarías. Dos cosas. Soy parte de una familia que incluye a los Almenares y a los Calzado, somos primos y eso me enorgullece, a ese tronco fundamental debo lo que soy hoy. Lo segundo tiene una respuesta complicada. Me hubiera gustado acompañar a Elena, era perfecta en muchas cosas, ya no está por desgracia. Pudiera ser a Omara; pero me gusta el timbre de voz de Rachel Valladares, tiene un talento a toda prueba y un dominio para la música cubana. ¿Cuál es el tema musical cubano que más conmueve a Radamés Giro? Son tantos que se atropellan. Pero sin pensar te digo que “Llanto de luna”, cantado por Fernando Álvarez acompañado por el conjunto Casino, y el otro es una obra de César llamada “Amor es eso”. He vivido lo suficiente para escucharlos, los dos, en diversas versiones y sentirme complacido. < La Gaceta de Cuba 31 Llegamos a veinte en buenas compañías El Premio de Poesía La Gaceta de Cuba, que desde su convocatoria inaugural, en 1995, ha contado con la valiosísima colaboración de la Corporación de Arte y Poesía Prometeo, de Medellín, Colombia, cumplió este año su vigésima edición. Es estimulante que, pasado este tiempo, el jurado que evaluó las 137 obras en concurso se sintiera (según hizo constar en el Acta) muy gratamente sorprendido por haberse encontrado esta vez y de un modo excepcional –porque no es nada habitual en los certámenes de poesía– con un conjunto de trabajos en competencia no solo de un buen nivel de calidad en su gran mayoría, sino además con un considerable grupo de cuadernos, de muy alto nivel, no solo por su manejo virtuoso del lenguaje sino también por el notable despliegue de creatividad, originalidad y libertad de sus búsquedas, pertenecientes además a autores de las más recientes generaciones. En esta ocasión el jurado lo integraron los poetas Basilia Papastamatíu, Carlos Augusto Alfonso y Leymen Pérez, quienes decidieron, siempre por unanimidad, otorgar el Premio La Gaceta de Cuba a Larry J. González por su conjunto “Tríceps”, atendiendo al “modo tan creativo en que se vale del lenguaje coloquial y los recursos narrativos, convertidos en una legítima expresión poética, para entregarnos extrañas y singulares viñetas o pinceladas de la historia cubana”. Como está previsto en las bases, Larry J. González participará en el venidero Festival de Poesía de Medellín, que este año también celebra su aniversario veinticinco. Además, la Beca de Creación Prometeo recayó en Jamila Medina Ríos, por su cuaderno “Hachas de San Juan (Guía práctica para la educación del carácter de las niñas)”, que, de acuerdo con el jurado, “aúna en su escritura una extrema audacia en su asociación semántica y en la articulación de los significados, y al mismo tiempo un meticuloso trabajo de orfebre para lograr los efectos estéticos deseados”. Como es habitual, a continuación publicamos ambos cuadernos. Y como mandan las buenas costumbres, agradecemos a Basilia, Carlos Augusto y Leymen por el rigor con que cumplieron su trabajo, y felicitamos a Larry y a Jamila por estos nuevos premios que los confirman como dos de las voces más singulares y valiosas de la poesía cubana contemporánea. < 32 Dosier / XX Premio de Poesía Flavio Garciandía, Carpeta de dibujo, Don Pablo en Miami, 1994 > Dosier-xx premio de poseía Tríceps Larry J. González El indígena llegó a la tierra de los agrimensores rodeado por algunos dingos. El indígena quiere aprender a usar un teodolito para descomponer las planicies de la villa. Con el agrimensor no habrá grandes problemas. Es un agrimensor que no ve a su hijo como tal. Por eso cuando uno de los dingos que acompañaban al indígena se roba al hijo lactante del agrimensor, y corre a masticarlo bajo el follaje de un eucalipto, el agua no llegó al río. No llega al río donde se levanta un majestuoso puente. Lo que ves es la boca abierta del indígena ante el puente y su ladera inoxidable. Y un rompeolas de concreto más allá. Los ojos del indígena del mismo esférico que los ojos de buey en las quintas de las excolonias británicas. La luz de breves cms en el ojo del teodolito. Mi socio el indígena es descendiente de los indios de Yateras. Los indios son los de la India, no los de Yateras –grita mi socio, borrando del mapa a los indios de las West Indies que tanto se dibujan en los LT de los colegios reales. —Mi tatarabuelo tenía un dingo. Y la fidelidad del dingo vino a bautizarlo como el rastreador # 1 a la hora de levantar las narices tras el sudor de Maceo. No te vayas a esconder de la sangre porque la sangre te persigue hasta en la ilustración de La Gaceta de Cuba 33 un LT en la tierra de los agrimensores. Manigua adentro. Un hijo del agrimensor me abre el LT y señala donde se exhibe mi abolengo: Mi tatarabuelo bienaventurado acaricia la cabeza de su dingo entre una pandilla de rastreadores. Dereck Walcott fue marinero. De los marineros que enterraban cuchillos en las carnes de otros marineros. Cuando quisieron abuchear la poesía de Dereck Walcott. —¿Tú te sabes el cuento del alumno de 3ro B que se clavó un tenedor de los de jugar al cometierra? A la hora del receso, arriba de la ingle, porque el alumno decía que él era El Hijo de Maceo. Se meten mano en un bajareque de La Manigua un esclavo ladino y un esclavo criollo. Afuera del bajareque hay buen tiempo. De momento viene una ráfaga de aire que mueve las pencas de la palma que están afuera del bajareque. Y adentro se oye el azuzar de las pencas. La ráfaga también se está colando por el guano del bajareque. Se une el sonido de la palma de afuera con la palma muerta del techo. El esclavo ladino, como ya sabemos del LT del grado anterior, ama a la imagen del Cristo Atormentado que cincelan en La Península. Al esclavo criollo le encanta meterle mano al esclavo ladino. Pero al esclavo criollo no le encanta escuchar tanto el nombre de Cristo cuando está metiendo mano. —¡Qué enjundiosas son las informaciones del esclavo ladino para La Manigua! ¡Qué bien que nos hacen! Si adentro del bajareque el esclavo ladino apunta: —Tal cosa. El esclavo criollo siempre responde: —Tal cosa es El Bronce. Siempre es bronce lo que se huele, lo que se traga, lo que se responde en el bajareque. Y eso lo tiene muy claro el esclavo ladino. Siempre la cosa es de bronce. Flavio Garciandía, Cuadros de Policlínicos, ca. 1986 34 Dosier / XX Premio de Poesía Some day the war will end, but, oh, I knew. When he went walking grandly out that door That my sweet love would have to be untrue. Would have to be untrue. Gwendolyn Brooks A Gwendolyn Brooks no le da la gana escribir la palabra esclava adentro del poema. No está ni tan siquiera segura de si es un problema de ritmo o de empacho. Gwendie deja el poema porque quiere irse a flirtear con un mulato en el bar Costa Rica. MULATO: Gwendie, grito tu nombre y me acuerdo de tus lecturas repletas en Chicago. La noche en que te dije: “Yo no soy muy de jazz. Pero igual me va a hacer feliz escuchar algún poema que estés cociendo”. Esa noche tocaba el saxo aquel negro que quería morderte. Esa noche te llené un renglón manco. Te susurré la palabra y la escribiste en letra bien legible adentro del renglón. Esa noche faltó poco para que dejara atrás la independencia, el fango, los trillos del curujey sin susurro alguno de aliento. Por estos días La Junta habla de Maceo. Me empinga que hablen tanto de Maceo los que nunca hablaron de tú a tú con Mi General. —Mi General, aunque yo sienta un desgano ancho por la imagen de la Isla, arrastro el desgano desde el éxito de los grabados sobre archipiélagos y sus secuelas, no dejo de pensar seriamente en su tríceps cuando me preguntan: —Where are you from? Su tríceps tiene tan definida la imagen de la Isla, y se ensancha tanto en la parte oriental, allá debajo del hombro cuando usted se violenta, que casi se me olvidan los grabados. Su tríceps se aviva y es como si yo gateara por primera vez. Luego me viene una sensación muy feliz de bojeo. De marea. A Mi General ya no le hacen gracia mis halagos. Mi General siempre me responde lo mismo desde la estampita: —Ser un muerto es bastante negro. Hachas de San Juan (Guía práctica para la educación del carácter de las niñas) Jamila Medina Ríos Otrupon Meyi: El diluvio. El daño. La brujería. […] Vida. Enfermedad. Temor y trampa. Oddún del diablo y femenino. […] Cuando sale este Oddún se toca con la punta de los dedos en el suelo, llevándolo después al pecho y se dice: Yere (se invoca a la tierra). Es signo de abikú. Rige todo lo que sea obeso. Se dice que está bajo las órdenes de Aragún y por orden de este se creó la tierra antes del diluvio universal. Donde se maduran los frutos y caen. Aquí […n]acieron los chivos, los peces, las cotorras, los coyotes, las arañas, el puercoespín, la frutabomba, la cordura, los sueños, las hernias, la elefantiasis, los forúnculos, los tumores, las diarreas, el útero, el estómago, los fibromas, el flujo blanco. Es un Oddún muy difícil. Hay que hacer mucho Ebbó. Es un Oddún de pruebas. Señala blancura, los muertos, la bondad, el juego, extinción del agua, mansión paternal, el bloqueo, el ostracismo. […] Su nombre secreto es Yereke (tierra sólida). ¿Quién dijo verde limón? A la hora del deshielo/ Cuba, a las dos de la tarde/ cuando el sol ha deshuesado lo que quedaba vivo/ y los choferes terminan de almorzar…/ corto las puntas de mi pelo de melaza/ desgrano ese bagazo/ hongo y madeja/ sobre una mesa redonda de cristal./ Hurgo el pelo quemado con la punta de los dedos/ con la punta de la lengua/ alargo su roce de espaguetis rotos/ su crujido de arroz sin remojar. Hachas de San Juan/ que se llevan los soles de las dos de la tarde/ la costra de aceite adherida en los sartenes/ el moho de las baldosas del baño/ y de la rosca de los pomos/ el calcio del vaserío espiritual…/ Hachas de San Juan/ trincando en el bijol del mediodía/ llevándose/ la mancha del centro de calzoncillos blúmers toallas sábanas sobacos…/ Corten por dentro la garganta de la histeria/ con limón el quimbombó del llanto/ la sangraza que bala de nucas y mollejas/ la leche rancia de la duda y la añoranza. Hachazos de san Juan no dejen cuero/ ni pelo ni palma de raíz/ ni abriguitos de invierno/ colgados ondeando/ en la casilla vocal./ Hachazos de san Juan no dejen valle/ ni pájara pinta/ ni cucaracha con alas/ ni caguayo con pañuelo/ ni títere con cabeza. Una luna marinera/ fue amarrada a la solera del molinillo de sangre Yo, Cárcamo de Dolores/ cascarilla mascarada de cuerpo/ piel de sombra desol(l)ada en aguacero…/ Yo, carámbano gangrena/ tú, radical/ de mamas témpano/ de muérdago/ escozor garfio clavadosacado/ de la fibra muscular…/ Tráeme un caguayo sin cola de la montaña/ y gira en la tempestad. Es verdad que el cuerpo desmembrado/ vaciado/ parece un corcel roto/ reventado en amarras/ uncido a un carro de yerbas./ Es verdad que el cuerpo/ desgajado de ti/ es una hojita de vinca/ crujiendo entre el pasto y tu planta…/ Pero tráeme una uña de gato y un látigo/ tejido de crin hirsuta/ y gira en la tempestad. Pecho y espalda al dolor/ pecho y espalda al dolor/ pecho y espada…/ Cuece un tromb/po que arranque/ todo-de-cuajo./ Que la nata de leche/ hirviente cunda y espume/ y brote saltando como lava:/ una blanqueada de cal/ una cura de yeguas en salmuera/ que espante/ la pesadilla en la frente/ el moscón de la taza/ el pájaro de su nido. Sal del nidal./ Tráeme un ala de colibrí/ un diente de castor/ y gira en la tempestad./ Es verdad que la luna sin ti/ no danza no abraza el mundo/ no bebe ni escupe luz/ –presa en su sitial nocturno./ Es verdad que el tálamo del mar/ la melodía desconchada de ti/ no vibra no calcina no amanece. Expándete en la noche/ recuésta(me) la cabeza en el borde/ del huracán…/ Yo-cráter voy a ser cumbia cumbre lumbre retumbante/ yo-campo arado voy a ser géiser/ voy a ser banco de corolas púrpuras/ voy a ser el par de zapatillas de cristal/ cráter de luna/ misal/ bosque de orugas/ tejiendo/ su pucherito de lágrimas… El dedo me pincho/ me pincho el dedo con la rueca./ Te voy a esperar dormida./ Tráeme un coro de gaitas del diluvio/ y gira en la tempestad. El rayo retumba el trueno/ palidece al verte./ Bajo la luna hueca del eclipse/ echémonos a dormir para hibernar/ como se espera un asado…/ Trae los cuchillos para cortar la carne/ y ver si brota el sangrerío…/ Voy a pinchar/ punzarme el dedo./ Encuentra ya el cuchillo…/ encuéntralo ya./ Si la sangre está helada/ y no hay carmín para pintar mis labios…/ poco importa./ La sangría es un La Gaceta de Cuba 35 Dosier-xx premio de poseía < método infalible/ el paradigma en el ruedo/ de los exorcismos./ Voy a extraerme tu demonio. Tráeme un cojín de ópalo de la montaña/ un cinturón de balas./ Enciende el fuego nocturno prende la luz./ Qué importa/ si te encadenan al risco./ Bajo la seda de las noches frías/ te voy a dar mi beso/ me vas a dar tu/cruz/ y voy a hacerte un edredón/ de paja/ para que esperes cómodo/ la buitrada espectral. Con la mano quemada/ (a)tráeme/ (en) la tempestad./ Soy un mar encrespado que se heló./ Entra en la tumba/ que todo el mundo sabe/ que la hoz que el haz de la quemadura/ palidece/ puesta a refrigerar. Sonámbula/ con la frente marcada/ Sól-la luna marinera/ boga vaga/ en la bruma buscando/ nuevamente la rueca./ A ciegas/ si no se hinca el dedo/ si no cruza al insomnio/ pero encuentra el sol/ cegará igualito amarrada a la solera./ Bajo la noche se la ve:/ como un caballo cojo/ trotando en círculos/ para ahuyentar el mareo/ con los ojos vendados/ por que cante el molino. Topos I Escondida en agujeros sucesivos, metiendo la cabeza como un topo en los anales o anaqueles del amor, revolcada, como en los huecos de una flauta, de la que no sale el aire porque tapas los agujeros con tus dedos, de la que no sale el aire, de la que no sale sangre, ni muerte, ni dolor. II Qué paraíso desean los suicidas, las putas tiernas, los viejos. A qué infiernos van las infieles, los cobardes, los caídos, los exiliados, los que flaquean. En la desidia, en el limbo-purgatorio, espero por mi decapitación. Quién pudiera olvidar el brillo del sol que cundió el ojo, la vaharada plácida de un día de calor en compañía, las noches de helada y de deshielo en que los pies se buscaban y las narices y las manos y los pómulos. Quién serrará de tajo mi memoria. III Conociéndome por algún agujero, alguien dijo tú eres para mí, y otro dijo eres núbil, en el centro, como una nuez tienes, algo que no logra desleírse cuando penetro o lamo. Destazada en una y otra dirección, empantanada en cuevas, cavernillas, como una manada de topos que huye de los gases o la luz… he saltado sin transfigurarme, fugando de mi boca y de mi pubis y de la sádica narración de mi dolor. Yo misma, el cuerpo abierto como una flauta dulce, he acogido a los topos huidizos (chulos, reyes, caballeros, prestamistas judíos): sobada por sus pies como un desierto, socavada por sus manos y sus penes, babeada por sus lenguas y sus bocas, como flauta de pan. IV Ciega y sorda como el topo marsupial, de pelo blanco rosa o rojo intenso, dorado. Buscando lombriz u oruga allá en el fondo de la tierra, un centro electrizado, cierto calor engañoso donde soportar la llegada de la noche. Cada topo es más solo. Topo piedra de 36 Dosier / XX Premio de Poesía medir, topo prendedor, topo lunar sobre tela. Topo topo, tope tope, y aquella edad en que mi abuela me llevaba a jugar, chocando la cabeza que no sabíamos tendría que ser destazada porque guardo dentro un abejeo de recuerdos zumbantes. Un ramillete de dalias sobre el pelo, un puñado de florecitas naranjas con que un día me pediste perdón, la hojarasca manicomio con que alguien escribió te quiero, una caja esmaltada con pintura de uñas donde te llevé miel al tercer día, la walkman con que quisiste enseñarme a oír los Beatles, y mi vaso embarrado con batido de plátano. V Curiosamente te alejas de la boca el pomo con batido de plátano para asentir y disentir por última vez. Bajo los plátanos sonantes, se apaga quedo el plátano callado, como vaticinó un amante y copié estos días de desidia, dividida por la insularidad. Aplatanarse es una de las negociaciones dada al cuerpo de la isla y prohibida al pólipo del amor. La madera del plátano de sombra es blanca rosácea como la carne del salmón y como el pelo del topo marsupial. Dos animales que excavan su regreso. Doy la vuelta sin mirar hacia atrás por primera vez en cuatro años, y quedas en San Rafael y Galiano, sin que yo pueda leer el criptograma que eso significa, sino solo percibir la vuelta de hoja, su filo entrando en el estómago, y sentir el resquemor árido del fruto, repetirse de un extremo al otro de la soga, de la víscera partida. Doy la vuelta y solo atino a mirarme la saya y pensar plátano, coño, cuánto demora en caerse una mancha de plátano. Fogata sobre el puente Candelilla-Bastilla-falso-vivo. A veces en las tardes, cuando el sol de los muertos se embelesa y el cuerpo se me abrasa en alcanfor, zurzo rojo sedienta, a las armas un batallón de medias. Dice mi madre que hay rabias que es baldío volver a repasar. Barricadas de aire. Espumarajos. Arroz con berenjena yo te (con)juro para sacar el daño vaina de flamboyán. Cuando alguien dice te cas/zo sé que está por salir por esa cueva. No me dejes caer detrás (labio pegado al caimitillo). De nadie es culpa que mis trenzas crezcan torcidas como lunas de ataúd, serpentinas (negadas) al peine en carnaval. Llueva o relampaguee piel de z/sapa lo espero en la colmena. Mi barco tiene nueve dientes/ nueve remos de colores/ nueve espinas de pescado y un (ca)imán. Quiero zarpar con él de mi esqueleto. Creo. Dile y ve. Le zumba flor de lis. Pasó febrero./ ¿Vendrá junio/ será octubre? Trébol de cuatro hojas trepa el muro. Sombrilla china protege mis muñecas del caballito del diablo. ¿Me quiere pétalo de suerte? ¿Me querrá copa de fe? ¿Me quiso daga de amor? ¿Me equivoco en llamarlo rayo de esperanza? Ponle cuatro avemarías a la Candelaria (una por viento, una por reino, una por ala), pon su nombre en un pañuelo y agüita a serenar. Tengo el cuerpo por dentro como un tronco de pino perforado de ojáncanos. Si entrecierro los ojos es por no herirme de esmeralda, ni acariciar el verde tercio-pelo cuando el sin fin de escarabajos entre en mí. Desde que se fue ya no me peino/ ya no entro en el espejo. Dame la mano y danzaré. A la una mi mula agua del pozo, que vienen por el campo de espig/nas. A las dos que los veo al tirar de la noria. A las tres los amanso regadío. A las cuatro que caiga el chaparrón. ¿Cuántos jinetes? ¡Cuántas crines para hacerme un cetro! ¿M/te alcanzarán los hilos? Pon río en la damajuana y forraje bastante en los jolgorios del cobre: cientoenrama corazón de ciervo espantamuertos/ hierba de agua de sangre hierba de las heridas/ pericón amarillo sanjuanera. Que la yegua de la noche no se despierte hambrienta, piafándome sobre el pecho. Voy a dar guerra con centella. No te asustes si una mano (de mil flores) te alcanza en lo oscurito (en rojo vino) y se te planta en la montura. Son seis segundos apenas. Cuando maúlle en la puerta sal a ver. Pondremos huevos sobre el agua, arribarriba en las escamas de la piña del pino. Donde empoza la lluvia. Una scout sonríe y silba siempre ante la dificultad. Y se frota las manos cuando chifla el mono. Las chispas obtenidas por percusión deben entrar en contacto inmediato con materia combustible: cabellos, hojas secas, virutas de madera, paja… o cualquier tipo de yesca natural. Prāņāyama Venir a tu casa por el camino del agua, queriendo a toda costa respirar. El cuerpo sometido, la lengua, el ojo sumisos… de detallista. Garganta enrojecida con polvo de pizarra. Temblor/temor al costurón de tinta, a la balanza menguante de la brújula. La vida siempre en otra parte y el deseo sin fondo de una mesa de lectura en lo sombrío por trabajo: donde ritmar las páginas con las yemas batidas, con la boca en O, con la lengüitafuera. Vivir cent(r)ada, sembrada como un frijol en un pomo: encaminada en tales y mascuales. La nuca rota: enjugándome/enjuagándome, exprimida en la yugada. Resguardada/a-guardada mientras el palo va y viene, aguantar mientras el palo de mesana; escarranchada, con todo, aferrarse al palo de agua (un sonido de semillas que sube/ un quejido de llovizna que baja). Girar en mástil del molino. Abandonarse al vendaval que hacia delante (como una bandera llevada contra viento… y marea/o), sin vomitar relamida de (re) gusto, sin bajar las escaleras deslizada en baranda, sin tomar (a)qué(l) t(r)e(n) de/al fin del mundo, aunque sea mecida en el columpio del parque de la esquina/aunque sea en la fronda en la poceta clareando de la parra del patio. Donde cunden las piedras. Y la mano entra engañada a su d/color/torpor/sopor. Ir a tu casa por el camino del agua, (re)aprendiendo a respirar. Boqueo. November Charlie. Descenso, depresión y remontada… de la carpa del pecho. Ojo saltón, pez volador, corazón amainado… Cuerporgullo ama(n)sándose, con la pierna arremangada hasta el muñón (posición de felino, camisón de feto), sacando piedra de garganta: gripe-rabia cogida en la humedad, que no deja que sangre a las mejillas, que no tiñe arrebol. Nenúfar con la raíz apretada largo tiempo en el fango, estírate. Ay, el cuerpo suelto de leer sin levantar el lápiz, sin tropezar con nadie, cruzando calles de la provincia vaciada, cruzando el reparto Playa, atravesando establos de hojarasca, yendo hacia el puente de saltar de cabeza del Cristino, más allá de los yaquis. Dónde brillo del sol sobre las aguas, rostro fresco lechuga sin vinagre, columna vertebral espiga, alta alta por el vientre de la costa. Y oreja pegada al viento entre los pinos, y rodilla desatenta que se rasga, moretón en el muslo. A veces voy como un tonel de proa a popa. Demasiadas, se me pierde la vista en estribor. Pero yo cruzo entre la cerca y el asfalto cuando empino. Y me resisto sin (c)rujido, aguanto mucho (con) la cabeza bajo el agua, y suelto lastre, y nado arrecife adentro, incluso adonde el estómago se me tuerce del asco, cuando a la mar me voy. Casa rodante, saltimbanqui: la sed colgando de una mano y la cantimplora en la otra. Piano sin arpa, pulsa/rechina/empoza con tu goteo anhelante. Vengan conmigo entrando al agua al dienteperro a la entrepierna aquellos dedos pegajosos que en el verano escolar. Me doy risa cuando me veo venir sab/via (recostada en las losetas, empujando solamente un diafragma mientras aprieto fuerte el otro, creyendo que respiro, creyendo el desapego de mis ramas de coral, todavía envidiosa/fascinada del pedaleo inconstante de la ola). Ya voy/ ya vengo por el camino del agua… La nariz respingada, la sonrisa de pato que no moja sus plumas, fardo que flota aunque podría volar. Por un segundo (me) creo en mi fortaleza. Entro en la temporada/el ciclo/el rito de la cabeza contra el pecho, del abrazo en la noche para poder dormir. ¿Y si se abriera la caz/sa? Como sea, marinera incauta, capitán tormenta/la cabeza adicta al curso de los rápidos, le acepto su pieza al bandoneón. El cuerpo erguido, pensando que ya sabe respirar bajo el agua, se descalza. Sin esnórquel, sin remos… imagino el después del tintineo. Y empuño en tu puerta el llamador… La Gaceta de Cuba 37 A IÓN LIMITAD C I D A-E CO XT O CON A N BA ÓN DE TE TEMPO CCI RÁ LE NE > Edición limitada S SO BR C U LT U E LA RA CU Contar a Leonardo Acosta Marta Valdés L eonardo Acosta nació un año antes de que yo viniera al mundo, y en la misma ciudad; ambos respiramos los mismos olores que podían despedir la fábrica de chorizos o el matadero, diferenciamos, desde niños y mucho antes de conocernos, ciertos sonidos ignorados para muchos de los habaneros que quedamos hoy día en nuestra ciudad: el frote del tranvía contra las líneas, el inclasificable tin tín del “cordelito de guagua” que halaba el “conductor” cuando le avisábamos que nos quedaríamos “en la esquina”, el cencerro del carbonero, la sirena que marcaba los tiempos de labor para los obreros pero, sobre todo, quedamos marcados para siempre por un invento que ya se iba adueñando de las casas: el radio. Así se le llamaba –en masculino– al aparato receptor que iba poniéndose ya en aquella primera mitad de los años 30 del siglo xx al alcance de los bolsillos más modestos, gracias a las llamadas “facilidades de pago”. Así nos fueron llegando a la vez, aunque en barrios distintos, la furia del tango, el repertorio amplísimo y la voz timbrada de Pedro Vargas, el asombroso deje de la orquesta de Antonio María Romeu, que jamás he comprendido por qué me ponía melancólica; tantas y 38 Edición Dosier / limitada Beisbol, cultura y nación tantas maneras de decir “aquí estamos” y “esto somos” y “cómo nos queremos”. Fuimos estudiantes universitarios en las mismas fechas y, a no ser por mi empecinada y bien defendida vocación, por poco coincidimos en la carrera que él estudiaba, a la que habían pretendido destinarme. Comenzaba la década de los 50 y, no sé por qué misteriosas razones que constantemente la lectura de sus libros me invita a descifrar –desde el primero en orden cronológico, y en los sucesivos, de forma cada vez más alocada y vehemente– los resortes que se han ido configurando y moviendo en todas direcciones para modelarme hasta ser quien soy tienen que ver con acontecimientos musicales, con personajes y maneras de enfrentarlo todo, de ponerlo todo en claro, que entran y salen en las páginas escritas por Leonardo Acosta. Desde hace más de tres décadas disfruto del privilegio de poder leerle, copiar a mano sus hallazgos y relacionarlos entre sí como agarraderas portadoras de razones cada vez más fuertes para sobrevivir con la obra a cuestas en medio de ese constante e insistente fluir de fórmulas, esquemas y disparates a los que él (con tremendo swing, como buen jazzista) se ha encargado de ir desarmando, uno a uno, por el camino de la claridad. Bien po- dríamos llamar elegancia o donaire, a esos atributos de Leonardo, hondamente arraigados en el privilegio de haber nacido de un hombre de cultura, un cubano de la talla de quien fue su padre, José Manuel Acosta (a quien se refiere, en las ocasiones en que nos da noticias suyas, como “dibujante, ilustrador y fotógrafo”), y en el trato familiar, de por vida, con un personaje como Alejo Carpentier, un par de modelos hacia donde –para nuestra fortuna– nunca ha dejado de mirar.1 Leonardo y yo ignorábamos –cada uno en su barrio– la existencia del otro, cuando aquel jazz de los 40, aquellas canciones americanas tan preciosas que hoy reconocemos con el sobrenombre de standards, comenzaban a entrarnos en el gusto. Leo sus escritos y me conmueve saber que, con esa candorosa puntualidad característica del radio oyente, sintonizábamos Radio Kramer y la Mil Diez para escuchar la misma música; me pongo a pensar que, simultáneamente –o para decirlo de una manera más musical–, al unísono, entraban por nuestros oídos las poderosas señales de Arcaño con su “orquesta radiofónica” y el arte multifacético de Frank Emilio, por una estación u otra, culminando en un programa donde nunca –por cierto– se mencionaba la palabra feeling pero cuyo tema para comienzo y final era “Hasta mañana, vida mía”, de Rosendo Ruiz Jr., cantado por Pepe Reyes. Releo los libros de Leonardo y me siento cercana a él de tantas maneras, que no paro de encontrarle gracia a aquella simultaneidad al lado del aparato de radio, en barrios diferentes de la misma ciudad, nutriéndonos del mismo alimento para llegar a ser quienes luego fuimos. Repaso, admiro, anoto a mano los argumentos diseminados en sus formidables arremetidas contra el capricho, los esquemas, eslogans y demás fórmulas históricamente encargadas de enturbiar la percepción de la verdadera naturaleza y la consistencia de algunas expresiones humanas relacionadas con la música (pongo como ejemplo al feeling) cuya nobleza y autenticidad aparecen iluminadas por la vocación de claridad que distingue a este músico cubano, pensador cubano, escritor cubano incapaz de dejar entre frase y frase, entre palabra y palabra, la menor fisura por donde pueda volver a filtrarse la inconsistencia, una vez que cualquiera de sus párrafos se detiene en el punto final. Sus revelaciones pueden asumir la forma de ensayos, comentarios, notas discográficas, intervenciones empeñadas en aclarar frases hechas proferidas a la ligera; ellas consiguen desbaratar todo el arsenal de disparatadas etiquetas e ingenuas apreciaciones formuladas, tantas veces, con aire doctoral. Me pregunto cuándo Leonardo Acosta empezó a verlo todo tan claro; a lo mejor debería preguntarme cómo pudo, por entre tanta maleza, abrirle paso a la yerba lisa. Vuelvo a preguntarme cuándo aprendió tantas cosas, es decir, a manejar tan eficaz y preciso sistema de medidas; cómo se entrenó en esa especie de destreza para ir cambiando los lentes a la manera de los optometristas, con esa desaforada voluntad de hallar la medida justa aplicable a los orígenes, al acontecer, a los elementos que configuran una expresión. Solo en el trascurso de esta cuarta o quinta vuelta de lecturas, me dispongo a descubrir y contar a ese Leonardo que se explica por sí mismo y que nos exige, para darse por leído, una exploración por entre las señales de vida nada autobiográficas diseminadas en el curso de sus escritos. Leonardo Acosta nació en la tercera década del siglo xx, exactamente el año en que cayó la dictadura de Machado, a diez años de que su padre figurara entre los protagonistas de la histórica Protesta de los trece y entre los miembros del Grupo Minorista.2 Haciendo gala de una dosis de pudor bien administrada, el crítico elige los momentos exactos, imprescindibles, por dónde filtrar la información acerca de este factor personal tan determinante en su configuración como estudioso e iluminador de tantos procesos repartidos en el trascurso de tres décadas hasta llegar al momento actual, a partir de la aparición de Música y descolonización.3 En algún momento, cometí el desliz de prestar el primer texto suyo4 donde había podido conocer y apreciar, más allá del músico, al hombre de pensamiento que llegaba a mis manos, en una “talla extra”, a partir de su afirmación como martiano de primer orden.5 La llegada de Leonardo al universo de mis lecturas resultó impactante. Aquellos nuevos y frecuentes acercamientos con motivo del lanzamiento de algún título suyo, sembraban en mi ánimo una invariable sensación de sorpresa ante el salto descomunal del saxofonista (a quien había empezado a admirar junto al pianista Frank Emilio allá por el año 1958) hacia el ámbito del pensamiento escrito. Es ahora cuando veo claro que mi parecer había venido proyectándose permeado por un increíble margen de error. Atando cabos acerca del músico, veo que su condición de estudioso, vocación por la reflexión certera, buen uso de la razón y poder de iluminación a través de la palabra aplicados a algo tan urgente como el análisis de los procesos, la precisión en las apreciaciones y la fidelidad al dato exacto, tienen su origen en un hogar presidido por aquel padre6 entre cuyos amigos de juventud, en los años 20, encontramos nombres como los de Fernando Ortiz, Rubén Martínez Villena, Amadeo y Alberto Roldán, Alejandro García Caturla y, por supuesto, Alejo Carpentier. El hijo nació músico entre libros y dibujos; creció entre discos e ideas; desprovisto de prejuicios hacia la diversidad en el mundo de la música, armó su manera de sonar y soltó al aire con júbilo sus primeras improvisaciones (de esto no me cabe la menor duda) a la par que conjugaba sus deberes de estudiante teniendo siempre a mano papel y lápiz para escribir y un libro por leer. Es decir, el escritor que recibiríamos de golpe con aquellos impactantes hallazgos que él mismo nos convida a interiorizar en los capítulos 7, 8 y 9 y en el correr de las páginas de Música y descolonización o en Del tambor al sintetizador, no era más que el Leonardo siempre vivo aunque todavía desconocido para sus futuros estudiosos o simples lectores, abriéndose, de manera irreversible, a una trayectoria que continúa marcando las pulsaciones de su tiempo en esta segunda década del siglo xxi. No por casualidad Alejo Carpentier –hombre de grandes intuiciones y un virtuoso en el arte de contextualizar–, una tarde que Leonardo fija alrededor de 1951, tomó la justicia por sus manos y, a la manera del joyero que engarza una pieza en el justo sitio desde donde mejor podrá proyectar sus luces, colocó al joven de apenas dieciocho años al cuidado del compositor Julián Orbón. La historia que comenzó a partir de aquel instante entre maestro y discípulo es una de las lecturas más aleccionadoras que he encontrado en mucho tiempo. Quien se acerque al texto Homenaje a Julián Orbón7 podrá formarse una especie de retrato de un Leonardo Acosta con la mirada vuelta hacia aquellos años, desde la altura que ha llegado a alcanzar en un camino signado por la vocación hacia la verdad y el amor a la música, con las raíces firmes en su tiempo y en su mundo y una generosa –casi palpable– necesidad de compartir cada pequeño hallazgo, cada pieza rescatada en el rompecabezas de una historia donde, por partes iguales, las cosas, a fuerza de tanto cruce, intercambio, préstamo y vaivén, se funden y/o se confunden con la mayor naturalidad. El Leonardo que se acerca, en 1951, al universo de Orbón, al volver la mirada hacia aquel entonces se autodefine como “un saxofonista de jazzbands, musicante nocturno de La Habana y a la vez estudiante de arquitectura para quien el jazz resultaba más vital que Le Corbussier o Vitrubio, pero al mismo tiempo ávido lector y oyente, aprendiz de todas las artes…”. Ya en ese momento –según nos permite entrever en uno de los párrafos donde deja asomar su historia propia– ha contactado, en el ámbito universitario, con jóvenes jazzistas, también estudiantes y afines a los cultivadores del feeling,8 de la talla del guitarrista Pablo Cano (por limitarme a un ejemplo), con quienes ha compartido sesiones; ha tratado a Bebo Valdés, ha comenzado su fecunda y larga amistad con el pianista Frank Emilio y anda a punto de conocer a José Antonio Méndez y enrolarse en un grupo comandado por el compositor para tocar en una fiesta de fin de año que describe para nosotros con pelos y señales.9 En el curso de mis lecturas, jamás me he tropezado con una imprecisión, con un relato donde Leonardo le haya fallado a la verdad de los acontecimientos, al perfil de los seres humanos a quienes decide desenterrar o reanimar en la memoria. Este cuidado se observa de manera muy especial –como antes he anotado– en las introducciones de sus libros, donde su honestidad ejemplar nos extiende constantemente una mano firme en qué apoyarnos para acceder a la mejor comprensión de sus enfoques, una vez en camino hacia sus planteamientos y conclusiones. Impuesto de nociones que le han aportado, posiblemente, sus estudios de arquitectura, Leonardo cuida el equilibrio, la trabazón La Gaceta de Cuba 39 de fuerzas, la solidez de las estructuras. Por alguna razón muy precisa, prefiere presentarnos las páginas iniciales como “Introducción”, “Nota introductoria”, “A manera de aclaración”. Pienso que es una cuestión de estilo, un detalle sintomático de alerta, orientado desde y hacia su constante preocupación por la coherencia. En lo personal, me asiste la certeza de que vale mucho la pena no pasar por alto este elemento en sus libros. En dichas páginas iniciales se encuentra la clave que dará consistencia al hilo conductor destinado a auxiliarnos hacia la comprensión perfecta de puntos de vista siempre novedosos, dirigidos hacia donde, en muchos casos, no habíamos mirado antes. Las palabras introductorias a cada libro de Leonardo Acosta ponen en constante evidencia la honestidad del autor. Párrafo a párrafo, van haciendo entrega de un juego de llaves que nos permitirá apropiarnos de cada hallazgo, abrir cada puerta, cada postigo; libro a libro, vamos recibiendo la combinación exacta para poder penetrar en esa caja fuerte donde el buscador no esconde sino protege la prenda más preciada, la clave que da sentido y acceso, como condición imprescindible para una buena lectura de las páginas que vendrán a continuación, a ese algo que nos invita a tener muy claro: lo que cada libro “no es”. Beber en la fuente de Leonardo Acosta proporciona alivio a quienes sabemos que cada uno de sus análisis, cada apreciación, cada intento por desenmarañar los más complicados procesos, se deben al esfuerzo y el talento de quien se nos ofrece en lo que él mismo precisa como su “doble condición de testigo y participante…”, premisa que le ha asistido desde que tomó esa decisión de poner sus pensamientos por escrito que –a mi juicio– alcanza su mayor altura en una pieza maestra: Un siglo de jazz en Cuba.10 Desde su llegada a mis manos en el año 2000, esta obra se ha mantenido, en el quehacer amoroso hacia todo lo que tiene que ver con mi identidad –en tiempo y lugar–, como un punto de apoyo insustituible para resistir esos embates capaces de aflojarnos las piernas; a la manera de un afinador de guitarra, los conceptos vertidos por Leonardo en sus páginas me proporcionan –permiso para pecar de absoluta– la herramienta idónea en el empeño de acceder, desde mi condición creadora, a un conocimiento dinámico, no lineal, de acontecimientos y procesos que han marcado la vida cubana a partir de 1898. Firmemente anclada en los planteamientos esenciales de Música y descolonización y Del tambor al sintetizador, enriquecida en los esfuerzos memoriosos diseminados en compilaciones como Elige tú, que canto yo,11 40 Edición Dosier / limitada Beisbol, cultura y nación sazonada con análisis que se apoyan en la garantía de lo absolutamente verificable, en su “Introducción” al primer tomo de la edición que he decidido tomar como referencia,12 el autor afirma: “[…] de ninguna manera pretendemos haber escrito una ‘historia del jazz’, sino apenas un bosquejo de la misma en nuestro país; una especie de mapa o croquis a partir del cual puedan desprenderse investigaciones más exhaustivas y que por otra parte contribuya a liquidar ciertos fáciles esquemas repetidos hasta la la saciedad”. Por ese camino podremos echar a andar, al amparo de su imprescindible voluntad de estructura. Todo es claro y verdadero en este libro; todo es singular. En el primer capítulo de ese mismo tomo I, se refiere a los primeros contactos entre la música cubana y el jazz y su tránsito a través de dos siglos, colmado de “intercambios y préstamos recíprocos entre ambas músicas” hasta llegar a “una verdadera fusión que hoy conocemos como jazz latino”. Más allá de estos “préstamos e intercambios”, el crítico, en su análisis, decide entregarnos un aporte válido –a mi juicio– para el acercamiento a cualquiera de los múltiples procesos repletos de matices, presentes en la intrincada maraña que anima esa manifestación cada vez más pujante de la cubanía: nuestra música. Así, al fenómeno de las “interinfluencias entre una y otra música, que en ocasiones podemos considerar como confluencias”, añade “el paralelismo en el desarrollo de ambas formas de expresión ligado a cierto paralelismo histórico…”. Esta afirmación, abarcadora de fenómenos y expresiones entre dos países, puede resultar perfectamente aplicable al análisis entre dos músicos, dos variantes musicales, dos intérpretes, dos períodos, sobre todo por la amplitud de visión que aporta. A título de lectora, de estudiosa de estos temas, con el derecho que a mí también me asiste en calidad de “testigo y participante”, me atrevo a asegurar que la consideración de estos dos factores –las interinfluencias y el paralelismo que les sirve de soporte– como elementos válidos en el enfoque hacia cualquier problemática que se desprenda del devenir de nuestra música o de un merecido estudio a conciencia acerca de los gestores de ese proceso, puede conducirnos por caminos acertados hacia una apreciación que esté a la altura de esos mismos fenómenos objetos de nuestro análisis. Me estoy apropiando, con énfasis especial en la consideración de los “paralelismos” presentes en las vidas de creadores e intérpretes, en los procesos que dan forma a las diversas manifestaciones cuya interpretación a partir de estos presupuestos les pone a salvo del lastre que han arrastrado a causa del empleo facilista de la anécdota como factor de entretenimiento, trasformada, a todo lo largo de este libro, en elemento ilustrador o contextualizador, siempre verificable. Algunos capítulos me depararon sorpresas como la de tropezar con un Félix Guerrero guitarrista de jazz o alegrones como rememorar en detalle el paso por el cabaret habanero Sans Souci, en enero de 1957, de la jazzista norteamericana Sarah Vaughan, así como la resonancia de un histórico jam session en una casa particular, donde la cantante y sus músicos compartieron con jazzistas cubanos. Emociones compartidas desde mi luneta o mi silla de espectadora me remontan, desde estas páginas, al insólito concierto de Chico O’Farrill dirigiendo una banda gigante en el teatro de la CTC (hoy Lázaro Peña) o a las sesiones del Club cubano de jazz los domingos por la tarde en el cabaret Habana 1900, en los que comencé a admirar por igual al saxofonista Leonardo Acosta y a Frank Emilio. En las páginas de este libro dedicadas al feeling (tema abundantemente tratado en sus escritos) no hay sitio para miradas de reojo, de aquellas que se desataron como una plaga en los años 60 bajo la premisa de una culpabilísima influencia americana, en una arremetida que llegó a agredir hasta al inocente acorde de novena, a proferir acusaciones donde el oído enclenque confunde la búsqueda de caminos con la utilización de “el acorde por el acorde”, sin contar con el vaciado de la palabra con que se identificaba a aquella manifestación por razones de su esencial emotividad, símbolo de “blandenguería” mediante el gesto airado de extirpar sus dos letras “e” interiores y dejando para siempre colocado el escuálido engendro filin en lista de espera, dispuesto a ocupar un sitial de honor en los anales del grotesco tropical. No hay sitio, en la entrega de Leonardo, para ignorar a músicos como René Hernández o Mario Bauzá, presentes en este libro desde las páginas dedicadas a los tiempos de la Mil Diez; la historia de muchos grandes a quienes, entre nosotros, rara vez se mencionan, entra, sale, alcanza protagonismo en procesos que hacen justicia a la verdad. No hay olvido para el guitarrista Isidro Pérez, para la cantante y vibrafonista Doris de la Torre o el tresero Neneíto (cuyos dúos con el Niño Rivera fundiendo jazz con feeling pude recibir como regalo de la vida, en un patio de Párraga, a finales de los 50). No hay descuido en el tratamiento a procesos donde –una vez más– se pone de manifiesto el paralelismo, a propósito del sano intercambio entre músicos norteamericanos y cubanos que se opera de manera simultánea en tiempos del bop, hasta desembocar en el cubop (un episodio que el crítico saca a la luz, para conocimiento general13 en todos sus pormenores, con la maestría y originalidad que, invariablemente, le asisten). El libro Un siglo de jazz en Cuba, de Leonardo Acosta, es, desde su entrada en mi mundo, uno de los más preciados puntos de apoyo de que dispongo para estudiar y explicarme cualquier proceso de la vida cubana en el siglo xx. Por entre la maraña de alegrías y sinsabores que en los veinte años trascurridos entre 1960 y 1980 sacudió a quienes, en plena juventud, cumplíamos con la sagrada tarea de dar sentido y consistencia a la obra que estábamos creando, asoma la cabeza de Leonardo Acosta en su muy activo desempeño como jazzista tocando en pequeños grupos. Testigo del fenómeno que entre 1967 y 1968 dejó su rastro con el nombre de Orquesta Cubana de Música Moderna, la trayectoria de esta formación instrumental aparece juiciosamente analizada por él y colocada en un sitio aleccionador entre las páginas del libro que venimos revisando. La creación –a las puertas de los 70– del Grupo de Experimentación Sonora, entre cuyos integrantes figuraban algunos excelentes jazzistas (incluyendo al propio Leonardo Acosta), da origen a un capítulo digno de estudio al abordar el tema de la vida musical en buena parte de esa década, acerca del cual recibimos la atinada, insuperable visión del autor. Momentos de incalculable valor en los capítulos dedicados al último cuarto de siglo sitúan al fenómeno Irakere en su justo sitio, a partir de sus valores y de la resonancia internacional que consi- guió ganarse. Fijo en esas páginas, queda configurado el tema de la aparición de innumerables grupos que surgieron en los años 80 así como las diferentes tendencias representadas en ellos. Al finalizar esta década, lo vemos formar parte del grupo de músicos que, encabezados por Bobby Carcassés, fundan los ya tradicionales festivales Jazz Plaza, a los cuales se mantendrá vinculado de por vida. A partir de 1983, fecha de presentación de sus obras Música y descolonización y Del tambor al sintetizador, comienza una etapa en la que vamos a verle volcarse, cada vez con mayor intensidad, hacia la creación y entrega de su obra escrita. Crece y se expande, en los ámbitos nacional e internacional, la resonancia de su labor. Reconocido ya con el Premio Nacional de Literatura, el año 2014 le reverencia con el Premio Nacional de Música. En el presente año figuró, junto con la historiadora Olga Portuondo, entre los escritores a quienes estaría dedicada la Feria del Libro, lo cual ha motivado la presencia, a disposición de los lectores, de una apreciable selección de sus obras. Me hubiera gustado que esta puesta en palabras tuviera el vuelo de un primoroso “dibujo a mano alzada”. Verdadero timonel de la travesía emprendida por mí al comienzo de estas páginas en un rastreo incesante por entre los episodios desde donde reparte sus múltiples mitades, tengo la impresión de que a este Leonardo Acosta inenarrable lo admiro más de lo que lo quiero. Respiro profundo, devuelvo a su sitio los siete ejemplares manoseados, llenos de papelitos y marcas amarillas, “testigos y participantes” de mi propia historia, compañeros de la cola y de la guagua en otros tiempos y protagonistas, por estos días, del reguero que ha invadido mi rincón de trabajo. Paso por alto las interrogantes que se desprenden del ansiado y temido punto final. Toco puerto. < 1 Véase Música y épica en la novela de Alejo Carpentier, La Habana, Ed. Letras Cubanas, 1981, p. 5 / Descarga Cubana: el jazz en Cuba (1900-1950), Ed. Unión, 2000, t. I, p. 51-52. 2 Max Henríquez Ureña/ Panorama histórico de la Literatura Cubana, La Habana, Ed. Félix Varela, 2006, t. II, p. 418-419. 3 Música y descolonización, La Habana, Ed. Arte y Literatura, 1982. 4 José Martí, la América precolombina y la conquista española, La Habana, Casa de las Américas, Cuadernos Casa, 12, 1974. 5 Debo aclarar que desconocía la existencia de su libro de cuentos que, con el título Paisajes del hombre, Ed. Unión publicó en 1967. 6 Hermano del poeta Agustín Acosta e ilustrador del poema La zafra; considerado por Alejo Carpentier como “prácticamente, el iniciador de la nueva plástica en Cuba” (véase El fermento minorista, p. 233 de Palabras en el tiempo de Alejo Carpentier, por Ramón Chao, La Habana, Ed. Arte y Literatura, 1985). 7 Leonardo Acosta: Móviles y otras músicas, Ed. Unión, 2010. 8 Movimiento musical que agrupaba, en torno a la canción popular cubana y el jazz, a jóvenes cuyo punto fundamental de reunión estaba radicado muy cerca de la Universidad de La Habana (véase p. 157 en Móviles y otras músicas). 9 “Recordando al King”, en Elige tú, que canto yo, La Habana, Ed. Letras Cubanas, 1993, p. 118. 10 Ed. Museo de la Música. La Habana, 2002. 11 Ed. Letras Cubanas, 1993. 12 Ed. Unión, 2002, p. 5. 13 Descarga cubana: el jazz en Cuba (t. I), capítulos 4 y 5. Ed. Unión, 2000. La Gaceta de Cuba 41 Edición limitada < NE S BA XT O CON A N ÓN DE TE TEMPO CCI RÁ LE CU A Sergio, el conflicto argumental que Sarita se proponía exponer en De cierta manera no le era ajeno, por el contrario, formaba parte de lo cotidiano y de las contradicciones sociales que se producían en un país convulsionado por una revolución. Fue muy fácil la creación de la música para De cierta manera. Era un mundo para mí muy cercano; me movía en Cayo Hueso y otros barrios similares, y en 1967 comencé a recrear, junto a Rogelio Martínez Furé, los elementos yorubas, aun cuando no estaba de moda ese tipo de fusión en la música. Eran tiempos en que un grupo de intelectuales negros y mulatos de un gran nivel cultural, como la propia Sara, Inés María Martiatu Lalita, Furé, Silvio Castro, Abraham Rodríguez – que era un poco más joven–, tenían muchas inquietudes y abogaban por reivindicar las raíces africanas, el legado africano incuestionable de nuestra cultura y por desvelar las consecuencias del atraso y la discriminación a que habían estado sometidas las amplias capas de negros y mulatos en nuestro país. Con De cierta manera, Sarita se insertó en un medio que en aquel momento era herético, pues la línea predominante en el cine cubano era apologética de la nueva sociedad que se construía. Sarita hizo una película sobre lo marginal, pero sobre los cambios que estaba realizando la revolución con respecto a esos márgenes sociales. Un análisis muy profundo, que no era solamente socioeconómico, sino también sicológico.2 Si Sergio Vitier García-Marruz no se hubiera adueñado de los días y las noches que trascurrían en calles extrovertidas, salones luminosos, sitios rebosantes de jazz o lugares de sordidez ejemplar; si no hubiera alcanzado a exprimir literalmente las sonoridades de un entorno que, en su mixtura y multiplicidad, sabía definitivamente suyo; si hubiese desdeñado la poesía y el lirismo de una familia que se nutrió de ellos como algo vital y consiguió recrearlos; si no hubiese sido quien era ya en aquel año de 1974, probablemente nunca hubiera aflorado la empatía que lo ligó en idénticas inquietudes en pos de las raíces de su cultura, en búsquedas sonoras inauditas y en una amistad que todavía CO 42 Edición Dosier / limitada Beisbol, cultura y nación adolescente, se presentó en un concierto del Club Cubano de Jazz junto a otros muy jóvenes, casi niños, Paquito D’Rivera y Amadito Valdés, entre otros. También hubo un momento fugaz, pero notorio, con Los Chicos del Jazz, un septeto de jóvenes, algunos casi adolescentes, integrado por el propio Sergio en la guitarra, Nicolás Reinoso en el saxo tenor, Fabián García Caturla en el contrabajo, Rembert Egües en el piano, Paquito D’Rivera como saxo alto, Amadito Valdés en la batería y Carlos Godínez en la tumbadora.1 Permaneció casi un año en el grupo de su tío Felipe Dulzaides. Con su guitarra, unió lo experimental a Miriam Acevedo en 1963, cuando parecía imprescindible verles y escucharles en las noches de El Gato Tuerto. Comenzaba a moverse entonces en un medio vanguardista, de búsqueda y experimentación, influido como estaba por las corrientes de mayor vigencia dentro del jazz, la apropiación de los componentes afrocubanos a partir de lo ritual, la oralidad, y también por la tradición académica del clasicismo. Su paso por la Orquesta Cubana de Música Moderna marcó un hito en la toma de experiencias. Se le ve guitarra en ristre en los conciertos de la Canción Protesta en Casa de las Américas y sobreviene su entrada desde el inicio mismo al Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, llamado por su director Leo Brouwer, habida cuenta de la sólida formación en la guitarra clásica, la experiencia en el mundo del jazz y la vasta cultura que ya entonces distinguía al mayor de los hermanos Vitier. Junto a esto, Sergio continúa adentrándose en la investigación y asunción de los elementos raigales de la música cubana, esencialmente su componente africano, en las expresiones litúrgicas y rítmicas. En 1968, un año antes de la creación del GES, funda el grupo Oru, con fuerte presencia de la ritualidad afrocubana, que en su primera etapa acusa una corta vida para renacer en 1992 como una formación musical de instrumentistas virtuosos y la obra singular y coherente de Vitier como compositor, director y guitarrista. C U LT U R E LA A E ra 1974 y una cineasta cubana, negra, joven, dejaba inconclusa su ópera prima como directora y guionista: el primer largometraje de ficción realizado en la Isla por una mujer. Sin que Sara Gómez Yera llegara a saberlo, De cierta manera pasaría a la historia de la cinematografía cubana como uno de sus grandes clásicos y marcaría un momento singular: el abordaje de situaciones y conflictos que, a nivel humano en las capas más desfavorecidas de la sociedad, traían aparejados los cambios políticos y sociales de enero de 1959. Ese mismo año, otro joven, compositor y guitarrista, realizaría su décimo trabajo para el cine cubano. La música de ocho documentales y un corto de animación había salido antes de su creatividad. Se inició en 1970 componiendo la banda sonora para el dibujo animado F-1, de Hernán Henríquez, y el documental Mantenimiento técnico planificado, del director Luis M. López. Ya entonces se destacaba su excelente labor como compositor e instrumentista en los documentales Girón, de Manuel Herrera, y Nosotros en el Cuyaguateje, de Nicolás Guillén Landrián, ambos de 1972. En los años por venir asistiríamos a una eclosión creativa en su labor para el cine. Su nombre quedaría asociado a piezas memorables de la cinematografía cubana como El Brigadista (Octavio Cortázar, 1977); Una mujer, un hombre, una ciudad (Manuel Octavio Gómez, 1978); Maluala (Sergio Giral, 1979); Guardafronteras (Octavio Cortázar, 1980); Plácido (Sergio Giral, 1986); Quiéreme y verás (Daniel Díaz Torres, 1995) y Roble de olor (Rigoberto López, 2000), entre muchos otros. Pero eso sería después, porque desde la gestación de la idea de este filme sobre la marginalidad y los cambios sociopolíticos en Cuba, Sara Gómez le había pedido a este muchacho que se ocupara de la música de la película que quería dirigir. Era un pedido natural. Ambos conocían sus respectivos atributos creativos. Eran amigos y compartían intereses similares ante los retos de aquel presente. Sergio venía de un camino de jazz iniciado en la década del 60 cuando, aún BR Rosa Marquetti vo presente durante el período de filma- de un empaque y una sonoridad de gran ción y discutió con la realizadora hasta los atractivo, pero también de un alto valor mínimos detalles. Se trataba, además, de estético y musical. una temática nueva en la cinematografía Sarita no pudo ver concluida su obra, cubana, que requería un tratamiento dis- aunque en opinión de Sergio, la dejó casi tinto de la música y de la banda sonora en terminada. Titón, su maestro, alguien que general. Vitier utilizó distintos formatos la quería entrañablemente, y también Julio orquestales, temas, ritmos y estructuras de García Espinosa, se encargaron de connuestra música popular y desechó los esti- cluirla con el apoyo de su equipo de realilos tradicionales y los formatos sinfónicos. zación en el que sobresalieron su amigo Los efectos deseados para escenas que ex- y asistente de dirección Rigoberto López, presaban dramatismo, nostalgia o violen- hoy destacado cineasta, y quien fuera su cia –contenida o desatada– se lograron esposo, el sonidista Germinal Hernández. mediante un inteligente desplazamiento He hecho la música de más de sesenta de secuencias rítmicas, un cambio de ba- películas y he tratado muchos temas diferenlance entre distintos timbres, una especie tes, pero De cierta manera es una película de ‘desfasaje’ que en muchas ocasiones al- sui generis a la que tengo un especial amor, teraba la tradicional ‘lectura’ de una moda- por el filme en sí pero sobre todo por Sara, lidad popular cubana, posibilitando que la alguien muy querido de quien me cuesta mumúsica se abriera a nuevas connotaciones”.6 cho hablar. Es mentira ese lugar común que se Para Sergio, el trabajo en su banda so- repite una y otra vez: que a la gente que uno nora trascendió los rígidos límites de un quiere se le recuerda con alegría. Eso es menencargo para convertirse en parte esencial tira. El tiempo solo alivia el dolor, no restaura y lógica del empeño de Sara y del espíritu la alegría. < del filme que quería crear. Vitier eligió un 18.04.2015 género como el guaguancó para el tema inicial, del que se apropia para devolvérnoslo casi instrumental, entre cuerdas y metales y un lalaleo excepcional, cercano 1 Leonardo Acosta: Un siglo de jazz en Cuba, La Habana, Ed. Museo de la Música, 2012, p. 178. al scat, en la voz entonces juvenil de otra Sara: la González. La posibilidad de em- 2 Entrevista de la autora con Sergio Vitier, La Habana, marplear recursos expresivos con los que pu- 3 zo 2015. Se refiere a los documentales Una isla para Miguel (1968) diera identificarse el espectador, e incluso y Atención pre-Natal (1972). verse reflejado en ellos, resultó tentador 4Ídem. para ambos creadores y tuvo su expresión 5 Conversación de la autora con José María Vitier, La Habana, 17 de abril de 2015. sonora en ese tema original compuesto 6 por Sergio Vitier que engarza a la perfec- Leonardo Acosta: “La música, el cine y la experiencia cubana”, publicado originalmente en Cine Cubano, número ción con otro alto momento de la cinta: la especial, XX Aniversario del ICAIC, La Habana, 1979. Toespontánea y sentida interpretación que mado de: Del tambor al sintetizador, La Habana, Ed. Letras Cubanas, 2014, p. 144-145. hace el trovador y cantante empírico Guillermo Díaz de su bolero “Véndele”, cuya versión orquestal también estuvo a cargo de Vitier. En buena medida, la historia de Guillermo es el leitmotiv del filme. El personaje interpretado por Mario Balmaseda identifica vivencias personales de Díaz, quien había sido boxeador y campeón en su peso, había vivido en “el ambiente” LI ICIÓN MITADA y había luchado consigo mismo y D -E su circunstancia para salir de él. A La pretendida identificación –en otros tiempos no muy alejados de 1974– de los géneros y subgéneros afrocubanos en general con la marginalidad social, entra en franca contradicción con la positiva recepción que tuvo el filme tras su estreno y la aceptación como algo culturalmente propio y raigal. Sergio Vitier tuvo gran responsabilidad en ello al dotar la banda sonora de De cierta manera SO Sergio Vitier… de cierta manera permanece intacta en sus sentidos, con Sara Gómez. Nos conocíamos muy bien: Sara conocía mi música y yo conocía perfectamente el cine que ella venía haciendo. Aparte de sus valores estéticos, elegía temas muy polémicos, relacionados con grupos humanos específicos: los “vikingos” en Isla de Pinos, niños con problemas, atención prenatal –a partir de su propia experiencia de maternidad…3 Sara podía ser cáustica, lapidaria, porque era una persona muy culta y con un sentido muy agudo, simpática a la vez y de un humor fino. Era muy desenfadada para ser mujer en aquella época, sin ser vulgar. Ella podía enfrentar cualquier tipo de tema de un modo refinado y certero. El que aborda De cierta manera no formaba parte, en rigor, de su vida personal: procedía de una familia intelectual, y en política, de la Juventud Socialista. Pero para nada fue rígida en sus concepciones, por el contrario era muy polemista y polémica, pero también muy revolucionaria. Me encargué de toda la música para el filme, en la que creí conveniente insertar algunos momentos de lirismo, pero en general estuvo inspirada en la música popular cubana. Fueron músicos de orquesta los que grabaron. José María, mi hermano, tuvo a su cargo el piano y yo la guitarra, en todos los temas y hasta en muy diversos estilos, incluidos algunos de la música popular, alejados de la guitarra clásica. Tata Güines asumió las tumbadoras. Recuerdo a Anselmo Febles Chembo, un personaje singular, artista plástico y músico ejecutante de varios instrumentos de percusión, algunos inventados por él, aunque también tocaba piano. La banda sonora requería de los músicos exactos. Está más referida a la música popular urbana que a la música ritual, aunque, por supuesto, en el filme están presente los ritos abacuá y yoruba, la santería como cultura de resistencia popular.4 José María Vitier recuerda la participación de Orlando Cachaíto López en el contrabajo, del trompetista Adolfo Pichardo, y de otros músicos que formaban la orquesta acompañante del entonces Conjunto de Danza Moderna (hoy Danza Contemporánea de Cuba), todos bajo la dirección de Manuel Duchesne Cuzán y del propio Sergio.5 Aún hoy puede apreciarse que la música de Vitier se integra con extraordinaria organicidad al discurso y a las imágenes que Sara Gómez nos dejara para siempre en su filme. Así lo constata Leonardo Acosta: “En mi opinión, uno de los largometrajes cubanos mejor logrados desde el punto de vista de la integración de la música a los demás componentes de una película […]. Y es significativo que sea este un caso excepcional en el que el compositor, Sergio Vitier, participó en los trabajos del colectivo creador desde el principio, estu- La Gaceta de Cuba 43 > Entrevista L a mayor parte de lo que se cuenta debajo no había sido dicho antes. En verdad, había sido casi olvidado. Se trata de una de las tantas historias que acompañan al cine cubano realizado fuera de los ámbitos oficiales, esos con historia. Se va a dar a conocer por boca de Tomás Piard, quizás el más célebre y terco de los supervivientes de aquello que en una época, cuando nadie aspiraba a ser tildado de “independiente”, era denominado “cine aficionado”. Por ello, el testimonio está teñido de su memoria personal y vivencias. Este relato revela que hay un área que la historiografía del cine cubano apenas ha revisado. Que, incluso, se ha perdido para siempre. Como también desaparecieron muchas de las películas realizadas dentro de este cosmos, al igual que sus realizadores. Indica que no hubo silencio más allá de las paredes del ICAIC, la Televisión u otros entornos de producción con mayor visibilidad. Finalmente, enseña que hay que acostumbrarse a tener memoria. Dean Luis Reyes Foto: Archivo El eslabón perdido. Episodios del cine independiente cubano. Entrevista a Tomás Piard Cinefilia es amor por el cine. Por ello, resulta lógico que el cinéfilo aspire alguna vez a consumar su deseo, a ir más allá de la pasión platónica. ¿Qué clase de cinefilia llevó a Tomás Piard a probarse como realizador, a trasformarse en algo más que un amator? Desde que en 1964 me asocié a la Cinemateca de Cuba, cuando se decidió que los estudiantes también tuvieran derecho a incorporarse a esa entidad cultural –pues hasta ese entonces era solo para trabajadores–, comencé a ver el cine de “otro modo” y, paralelamente, también inicié mis lecturas sobre cine (en libros, revistas especializadas, incluido el Servicio de Traducciones que por ese entonces publicaba el ICAIC). Comencé a ver, por ejemplo, el primer ciclo de Cine Expresionista Alemán, y leí La pantalla diabólica, entre otros títulos. Cada película que veía tenía detrás un texto afín. A esto se sumaban los directores-autores que habían realizado filmes impresionantes que se proyectaban en la pantalla de la Cinemateca y de otros cines de la ciudad. Junto a esto, el acceso a revistas como Film Culture, Cine Cubano y Cahiers du Cinéma, y posteriormente, a los textos de Andrew Sarris –que primero leí en un número especial de la revista norteamericana antes mencionada del año 1962–, donde formulaba su teoría del “cine de autor”, y después en su libro The American Cinema. Paralelamente, a través de los Cahiers du Cinema de los años 50 (que se habían conservado en la Biblioteca Central de la Universidad de La Habana), lo habían hecho “críticos” como Jean-Luc Godard o François Truffaut, que por ese entonces ya eran directores consagrados de la Nueva Ola Francesa. Así, un pensamiento teórico relacionado con el cine se fue sedimentando en mí. Mario Rodríguez Alemán comenzó a impartir un curso de apreciación cinematográfica en el Anfiteatro “Varona” de la Universidad de La Habana, para los estudiantes de la Escuela de Letras (que era como se llamaba esa facultad en esos años), y 44 Entrevista junto a otros amigos del preuniversitario nos “colamos” en ese curso, que él impartía los sábados por las mañanas, así como en los cine debates, que hacía los domingos por las mañanas, auspiciados por la Cooperativa Popular de Arte del Consejo Nacional de Cultura, en el Cine 23 y 12 (fundamentalmente durante 1962), donde pude ver por primera vez, por ejemplo, Los siete samurais, de Akira Kurosawa, entre otros muchos clásicos del cine. Un día decidí “filmar” lo que considero aún hoy mi primera “película”. Muy influenciado por La jetée, de Chris Marker, obra que tuve que analizar en el trabajo de fin de curso de Rodríguez Alemán, dirigí Crónica del día agonizante (1966), realizado con mis amigos más cercanos de aquel tiempo, con guión escrito a cuatro manos entre Eduardo Noguer (que años más tarde, ya en Miami, se convertiría en crítico de cine e historiador del cine cubano) y yo; hecho con una cámara fotográfica soviética de 35 mm, propiedad de Julio de la Nuez (hoy fotógrafo exitoso también en Miami), quien fue el director de fotografía, y con las actuaciones de Stinmia Sasturaín, el propio Julio de la Nuez, Carmen Díaz, Eduardo Noguer, y yo mismo, entre otros amigos que ya no viven en la Isla o han fallecido fuera de Cuba. Esta “película” en fotos fijas me la reveló en Cárdenas (mi pueblo natal) mi tío Arturo Piard, que también era fotógrafo aficionado. El “estreno” fue en la Sala Hubert de Blanck, la noche en que los integrantes de Teatro Estudio hicieron la lectura de la obra Persecución y muerte de Jean-Paul Marat, interpretado por los reclusos del asilo de Charenton, bajo la dirección del Marqués de Sade, del dramaturgo Peter Weiss, y que fuera dirigida por Vicente Revuelta. Antes que comenzara la lectura, las fotos fueron pasando de mano en mano del numeroso público que allí se reunió, y para sorpresa mía, tuvo un modesto éxito. ¿De dónde salía la película y cómo se revelaba y montaba el filme? La película virgen ya se vendía en las tiendas sin ningún problema. También teníamos empalmadoras, por lo que sobre todo el amigo René Fernández ejerció la función de montador o editor de todos los filmes que hicimos en esos tiempos. Usaba un visor simple, para diapositivas. Luego de esa experiencia inicial, ¿en qué consistieron tus primeros intentos por hacer cine? En 1968, la Central de Trabajadores de Cuba libró una convocatoria para un curso para moderadores de cine debates, con el objetivo de formar un público culto relacionado con el cine en los centros laborales. En cuanto tuve conocimiento, acudí y me matriculé. Dirigió las clases José del Campo –un trabajador del ICAIC, creo que vinculado a la producción, aunque nunca tuve claridad sobre ese aspecto–, se impartieron en la Biblioteca “Enrique Hart Dávalos” de la calle Obispo, en la Habana Vieja, durante todo un año. Allí recibimos clases del propio José del Campo (sobre técnicas de funcionamiento de un cine debate), de Nicolás Cossío (crítico de cine de la revista Bohemia), de Alejandro Saderman (director de cine argentino que residió en Cuba por unos años, realizador del cortometraje Asalto al tren central, entre otras obras), de José Antonio Portuondo, de Eduardo Manet, de Leo Brouwer, entre otros. El curso duró un año, durante el cual también sostuvimos encuentros con cineastas que visitaron la Isla en ese tiempo, como fue el caso del español Antonio Eceiza (director de Último encuentro), quien durante un tiempo dirigió los cine debates que comenzaron a realizarse en la Casa de la Cultura Checoslovaca (hoy Centro de Prensa Internacional), del francés Jean-Luc Godard, de la actriz suiza Anne Wiazenski, del japonés Kazuo Kuroki (realizador del filme El silencio sin alas, y que rodara La novia de Cuba en 1969, estrenada como parte de ciclo de cine japonés que organizara en 2014 la Cinemateca de Cuba), entre otros. Mostré las fotos de continuidad de Crónica del día agonizante tanto a Eceiza como a Godard; ambos me dieron consejos que me fueron muy útiles al realizar mis primeros filmes en 8 mm: El techo (1969) y La partida (1970). Por ejemplo, Godard me dijo que, para salvar el problema del asincronismo sonoro a que me obligaba este tipo de relato cinematográfico, filmara al actor que escuchaba y no al que hablaba, como hice en una larga secuencia de La partida, donde el protagonista hablaba con su ego. Pero el resultado constituyó un fracaso, pues nunca pude acoplar el sonido al filme. Estas películas se rodaron con una cámara Bell and Howell de 8 mm que me prestó un amigo, y las revelaba Oswaldo Pastor, quien trabajaba en los laboratorios del ICAIC llamados Telecolor, que se encontraban en las inmediaciones del Bosque de La Habana. Oswaldo también nos suministraba la película de 8 mm, que obtenía por medio de técnicos soviéticos. Estas cintas nunca estaban frescas, se velaban al revelarlas; así que no pude conseguir completar ninguna de las dos películas. Esto fue un serio problema, que no se resolvió hasta que el Estado comenzó a comercializar la película virgen en las tiendas fotográficas. ¿Qué características tenían estas pelícuas inconclusas? ¿Qué ocurrió con ellas? El techo (1969) quedó muy fragmentada debido a que se velara en el revelado la mayor parte del material; era una vieja película reversible soviética, donada por técnicos que trabajaban en Cuba, a los que nunca conocí. Por tanto, la “edición” que se hizo de lo que se salvó no fue suficiente para armar un argumento coherente. De todos modos, la estrenamos en el Primer Festival de Cine Underground, del que te contaré. En el caso de La partida (1970), el material “velado” fue mucho menor y, por tanto, fue sensible de ser editado por René Fernández, con cierta coherencia, algo que permitió lograr el carácter del filme, que tenía dos relatos paralelos; el primero contaba la vida de un director de cine subterráneo desde el momento en que recibe el telegrama en que le citan simplemente con la palabra “Preséntese”, hasta que se suicida en la ducha, ante la impotencia de no poder hacer algo en contra. El segundo relataba el argumento de la película que él estaba filmando. Ambos relatos se juntaban en el momento en que él y el resto de los personajes comenzaban a bajar una escalera de caracol enorme, llevando una mochila colgada de sus hombros. Esta fue una película que realicé en el momento en que fui llamado al servicio militar, aunque luego ese llamado fue suspendido debido al secuestro de los pescadores que causó las tremendas movilizaciones de protesta frente a lo que había sido la embajada de los Estados Unidos. En La partida creo que incluí todo lo que me afectaba en ese momento, ante la posibilidad de no poder seguir haciendo cine por un tiempo. Fue justo en esa espera de que me movilizaran que lo realicé. El protagonista-director de cine era un adolescente que tenía conflictos con su novia-actriz; pasaba constantemente de la realidad a la ficción; la película tenía un argumento enloquecido, como yo imaginaba que debían ser los filmes underground que reseñaban en la revista Film Culture. Allí incluí hasta superestrellas rutilantes que no respondían a ninguna realidad, salvo a “viajes” sicodélicos o algo por el estilo, aspecto que nos era totalmente ajeno a los jóvenes de aquellos tiempos, aunque no a muchos adolescentes cubanos de ese momento; como tomar cocimientos de flor de campana o pastillas de Actedrón, muy en boga en esos años, para quitar el sueño. Todo eso para evadirse de la realidad. Ese tipo de cosas sucedían en ese tiempo y yo escuchaba los cuentos de aquellos sucesos, en los que nunca participé, por lo que eran hechos similares a los argumentos de esas películas “imaginadas”. El personaje protagónico estaba interpretado por dos “actores”, lo La Gaceta de Cuba 45 que me permitía enfrentar al yo y al ego y poner en práctica el consejo que me diera Jean-Luc Godard de que filmara “al que escucha y no al que habla”, para evitar el problema insoslayable del “sincronismo”. Lo hice en una larga secuencia, frente a una gran ventana abierta de par en par, en la que coloqué a los dos actores, enfrentándose en su conflicto, lo que no les permitía estar de acuerdo respecto a la realidad que los rodeaba… y que era la nuestra. Pero como una gran parte del material filmado se veló, el “montaje” final distó bastante del argumento inicial –permitido por la “película caótica y sicodélica” que el protagonista filmaba dentro del filme donde todo era posible. La partida terminó siendo una película bastante distinta al proyecto inicial, donde el protagonista ya no se enfrentaba a la realidad, en unión de todos lo personajes del filme; ahora se cortaba las venas bajo la ducha, quedando la imagen cuestionadora congelada al final, como en Los 400 golpes, una de nuestras películas paradigmáticas de aquellos tiempos. En ella, el porqué las cosas tienen que ser así estaba implícito. Ese filme, con sabor a “superproducción heroica”, intentó abarcar como un resumen nuestras vidas de aquel momento “trascendente de nuestra historia”. Luego, el curso concluyó y comenzamos a realizar cine debates en diferentes sitios, y me tocó a mí hacerlos en la Facultad de Historia de la Universidad de La Habana. José del Campo, con nuestra participación, fundó el cine club “Charles Spencer Chaplin” en el teatro de la Casa de Cultura de Plaza, con la exhibición de Senso, de Luchino Visconti, ya con un rollo sulfatado, pero en glorioso technicolor. Fue esa la última vez que se exhibió al público según la estructura con que se filmó. También se proyectaron películas que el ICAIC poseía, pero que no había estrenado aún, como fue el caso de Iluminación íntima, del checo Iván Passer. Esto provocó la ira de Alfredo Guevara, y la noche que se debía exhibir Buenos días, tristeza, de Otto Preminger, el filme no llegó a proyectarse. Se nos dijo que la proyección iba a ser en la sala del Museo de Bellas Artes, lo cual no fue cierto. El cine club dejó de existir, bajo el pretexto de que recesaría hasta después de la zafra de los diez millones, cosa que no ocurrió. Sin que mediara ninguna explicación… Tengo entendido que durante finales de los años 60 y a través de los 70 hubo un proceso de organización de un grupo de realizadores con intereses afines. ¿Quiénes eran y qué tipo de cine hacían? Durante ese período los grupos existieron independientes unos de otros. Y en todo el país, como es el caso del Cubanacán. Aquí en La Habana éramos mis amigos y yo. Alrededor de 1976, el Poder Popular de Matanzas convocó a un Festival de Cine Aficionado. Entonces se presentaron un número considerable de obras que aparecieron de pronto, de lo que parecía no existir. En esta fecha yo llevaba años sin filmar, pero intenté hacer una película para enviarla a ese evento. Como en otras ocasiones, el filme se veló y no pude enviarlo a tiempo. Lo volví a realizar íntegramente (con dos amigos, mi esposa y mi hijo Terence como actores): El sueño y un día (1976) fue mi primer filme “cubano” por su temática. Tenía que ver con la lucha revolucionaria de los años 50. Hasta ese entonces, todo lo que había realizado se situaba en una atemporalidad y espacialidad no definida. A ese evento de Matanzas se presentaron obras de realizadores que hasta ese entonces no conocía, como fue el caso de Abdala, de Jesús Fernández Neda (un trabajador de los archivos del ICAIC), que resultó el Premio del evento y estaba basado en el poema homónimo de José Martí. Esta es la única información que tengo de lo que ocurrió en el mencionado Festival. Antes te referiste a la realización de “muestras” en un domicilio privado de la capital, a inicios de los años 70. ¿Cuántas se hicieron? ¿Qué películas se mostraron allí? 46 Entrevista Lo primero que me viene a la mente es que a partir del Curso de Moderadores de Cine debates, comenzamos a hacer filmes en 8 mm, primero, y más adelante en 16 mm. Esto, a partir de que Julio Soto (quien trabajaba en el Departamento de Audiovisuales del Instituto de Recursos Hidráulicos) se incorporó a nuestro grupo en 1970. Fueron apareciendo otros realizadores, como Oswaldo Pastor, Juan Camporino y René Fernández. Habíamos realizado un buen número de películas entre 1968 y 1971, por lo que organizamos el Primer Festival de Cine Underground en el penthouse de la casa de Eduardo Noguer. Entre las películas que se pusieron estaban La boda (1968, un filme de época en tono de farsa de cine silente); La mansión siniestra (1969, un filme de horror donde asesinaban a los invitados al pasar la noche en semejante mansión); e Y Dios creó a Adán y Eva (sátira de las Sagradas Escrituras, con la superestrella Rossana Twice en el papel de Eva y yo en el de Adán), todas de Oswaldo Pastor. Además, Matemáticas en un espejo (1968, un filme muy en la línea de Godard) y Cleopatra Twice (1970, una sátira inspirada en los obras bíblicas de Cecil B. de Mille; también con Rossana Twice), de Juan Camporino. Y mis filmes El techo (1969, con Eddy Pérez Tent y Lourdes Casanova, a pesar de estar incompleto); el ya mencionado La partida (1970, con Conrado Lürsen, Doris Gutiérrez, actriz de Teatro Estudio, y la participación de las superestrellas Rossana Twice y Sombra, entre otros muchos, con fotografía de Manuel Torres y edición de René Fernández); Alicia en el País de los Gigantes (1970, filme con la influencia del teatro del absurdo de Ionesco); Vista de la ciudad (1971, también con la influencia de Godard). Todas en 8 mm. Además, los filmes en 16 mm La venganza china (1970, un thriller absurdo) y Los perseguidos (1970), ambos con fotografía de Julio Soto. Los perseguidos contaba con las actuaciones de Virginia Alberdi, Damis Fernán y Mario Betancourt, y estaba inspirado en la rebelión de mayo del 68 en París, también bajo la influencia de Godard. Entre los títulos olvidé mencionarte En el fondo (1970), un filme de animación realizado con la técnica de Norman MacLaren; o sea, dibujando directamente sobre la película con rojo aseptil, mercuro cromo, azul de metileno y violeta genciana. Lo hice a partir de una película familiar rodada en los años 50 en Kodakcolor. Además, Chrisippus (1970), inspirado en una tragedia perdida de Eurípides, que fue el antecedente de Edipo Rey. Esta rareza la realizamos sobre la base de lo que imaginábamos que debía ser el Edipo Rey de Pier Paolo Pasolini. Sobre todo recuerdo la secuencia en que los hermanos de Chrisippus lo asesinan por orden de Jocasta dentro de un mar enfurecido. Estos filmes estuvieron presentes en aquel festival, una noche de principios de 1971. El Jurado que valoró las películas estuvo constituido por el público asistente, y los premios fueron para Y Dios creó a Adán y Eva, de Oswaldo Pastor (Gran Premio), y para Vista de la ciudad (Mejor Dirección). Los demás premios no los recuerdo. Como la gente se quedó con ganas de seguir viendo los filmes, en días sucesivos hubo proyecciones en mi casa y en la de otro amigo que ahora no recuerdo. La pantalla de madera la llevábamos a pie por la calle, de un lugar a otro, entre varios amigos. El festival duró tres días en total. La noche estelar fue en casa de Eduardo Noguer, con la asistencia de mucho público, entre los que se encontraba el dramaturgo José Milián. Después de este festival, ¿se quisieron hacer otras muestras? No. Nunca más se intentó hacer un “festival”. Tras todos esos filmes frustrados, que no pudieron editarse, la mayoría de nosotros seguimos nuestros estudios universitarios, y estos se convirtieron en el centro de nuestras existencias. No quedaba tiempo libre para hacer nada más, salvo seguir viendo películas en la Cinemateca y en los cines de estreno. A tenor del festival de 1971: ¿quiénes asistieron?; ¿cómo corría la voz, o era algo clandestino? Iban los amigos que no participaban de nuestro trabajo, pero a quienes les interesaba lo que hacíamos. Y claro, la voz se corría, y así se enteraron de aquellas únicas tres exhibiciones públicas que hicimos. Aparte de las muestras, ¿un grupo afín se reunía de vez en cuando en sus casas y veían las películas que cada cual hacía? ¿Cómo tomaban conocimiento de las realizaciones de cada cual? Las películas que hicimos en aquellos años solo las veíamos nosotros con nuestras respectivas familias y nadie más. ¿Qué fue de aquellas películas? ¿Y de sus creadores? No puedo hablarte del destino de aquellas películas y de sus creadores, ya que la mayoría emigraron y nunca volví a saber de ellos. Después de ese Festival de Cine Underground, en 1972 se realizaron varios filmes, pero ninguno de ellos vio la luz en el futuro, a pesar de que surgieron nuevos realizadores. Entre ellos estuvieron: Bella de noche (1972), de René Fernández, con Virginia Alberdi; un actor del que solo recuerdo el nombre: Javier; y yo, actuando nuevamente. El argumento giraba en torno a un matrimonio en que el esposo se travestía de noche sin conocimiento de su esposa, y una noche un ladrón que entra a robar lo asesina al comprobar que no es una mujer. Hasta ese momento, René Fernández solo había trabajado como director de fotografía y editor en películas de otros realizadores del grupo. Retrato de una mujer en tres tiempos (1972), del pintor Raúl Parrado. Con las actuaciones de Dina Oslé, mi esposa Yolanda Somohano y mi suegra Estrella Rosario. La bofetada (1972), de Daniel Fernández, basado en su novela “La vida secreta de Truca Pérez”, con las actuaciones del mismo director y escritor de la novela, así como de Alejandro Ríos y de su esposa, Elayne González, quienes también formaron parte del equipo técnico. Fue rodada íntegramente en Santa María del Mar. Ese filme traería serias dificultades a los que ayudamos a realizarlo, cuando Daniel trató de sacar la novela de la Isla. El sueño (1972), realizado por mí, inspirado en el cuento homónimo de O’Henry, con las actuaciones de Virginia Alberdi, Yolanda Somohano y René Fernández, con actuaciones especiales de Juan Camporino y Raúl Parrado. No recuerdo por qué estos filmes nunca fueron editados y mucho menos “estrenados”. Todos desaparecieron del mundo material. Esto es un misterio que nunca podrá ser resuelto. Explícame mejor esto último. ¿Desaparecer del mundo material…? ¿Eran aquellos filmes provocadores en algún sentido para los valores de la época en Cuba? En el momento en que hicimos La bofetada creo que no tuvimos conciencia de todo, pero posteriormente advertimos que había aspectos que estaban presentes en el argumento de esta obra. Daniel era el único intérprete que tenía el filme, encarnando al personaje creado por él (y que, a la vez, era él mismo); o sea, Truca Pérez, protagonista de su novela “La vida secreta de Truca Pérez”, que nunca me permitió leer y que tampoco (no recuerdo por qué) le pedí nunca leer. Tal vez porque, salvo el amor al cine, nada más nos vinculaba. Él trabajaba de estibador en los muelles y por las noches estudiaba lengua y literatura hispanoamericana en la Facultad de Artes y Letras de la Universidad (en el momento en que yo estudiaba Historia del Arte en la mencionada Facultad), donde nos cruzábamos y conversábamos en los pasillos, mientras esperábamos por entrar a las clases. Cuando nos enteramos de que había sido llevado preso, todos nos sorprendimos, pero nos sentimos ajenos hasta que nos citaron para preguntarnos si habíamos leído su novela. Nunca supe si Alejandro Ríos y Elayne González la leyeron. Nunca ha- blamos del hecho entre nosotros… pienso que por desear estar lo más lejos posible del problema. Por aquellos tiempos, cualquier cosa que tuviera que ver con “problemas ideológicos” era algo muy grave; nosotros queríamos terminar nuestras carreras respectivas. Varios años después fuimos llamados para declarar si habíamos leído o no la novela. Esto sucedió el día en que yo me recibía como licenciado en la importante graduación que se realizó en la plaza “Ignacio Agramonte”, en saludo al Onceno Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, convocado en julio de 1978. ¿Has sabido si alguno de sus autores llevó copias de los filmes a su exilio o si lograron sacarlos del país? Ignoro qué fue de esos filmes; incluso, olvidé qué sucedió con el único que realicé en ese período, El sueño (1972). No tengo la menor idea de adónde fue a parar el material filmado e, incluso, excelentemente revelado. Ignoro también si se llevaron los originales; aquellas películas no tenían copias. Recuerda que eran en 8 mm reversible, marca ORWO, que también se había comenzado a vender en las tiendas fotográficas. Siento mucho no poder darle respuesta a esta preocupación tuya. Tus películas de este tiempo son variadas y numerosas. ¿Cómo explicas esa capacidad tuya para ser tan prolífico? ¿Conservas copias de alguna de tus obras de entonces? Solo conservo los originales en 8 mm de los filmes donde Terence participó; o sea, El día y la hora (1976) y Amor (1979), inspirado en la novela del escritor húngaro Tíbor Déhry, adaptada a los primeros días de enero de 1959 en La Habana, cuando los prisioneros revolucionarios de la tiranía de Batista fueron puestos en libertad. Como dato interesante, recuerdo que el segmento donde el protagonista regresa a su casa, con su esposa e hijo, fue rodado en color, para proponer un contraste con el pasado, filmado en blanco y negro. La Cinemateca de Cuba conserva en sus archivos –si no se han destruido, como casi todos sus fondos en celuloide– mis filmes en 16 mm Los perseguidos y La venganza china, ambos de 1970. El resto de los filmes de esos años fueron destruidos por mi esposa y por mí la noche de mi graduación en la universidad, en julio de 1978, por temor a que fueran la causa de problemas posteriores que no deseábamos tener. En ese tiempo todo lo que estuviera al “margen” podía ser motivo de sospechas, aunque fueran infundadas; algo que no estuvo en nuestras cabezas en los años en que los realizamos. ¿Ustedes se sabían trabajando en un margen de riesgo? ¿Fueron reprimidos? Sí, sabíamos esto. Porque teníamos noticias de gente que, por estar filmando en las calles, tuvieron problemas con la policía y hasta les decomisaron las cámaras. Es por esa razón que todos nuestros filmes durante esos años los realizábamos en interiores, en azoteas, en el Parque Lenin, en Santa María del Mar o en el Cementerio de Colón exclusivamente, ya que no teníamos ningún apoyo oficial. Es gracias a esto que nunca fuimos reprimidos. ¿Hubo algún intento de mostrar sus obras más allá del marco privado? No, nunca se nos ocurrió hacer eso. Pero Vicente Revuelta sí invitó a Tomás Gutiérrez Alea, Humberto Solás y a Enrique Pineda Barnet para que vieran mis filmes. Y, en los tres casos, recibí consejos muy útiles de estos tres destacados cineastas. ¿Cómo y cuándo se produce el acercamiento entre el ICAIC y el grupo, lo que da lugar a la fundación del Círculo de Interés de la Casa de Cultura de Plaza? A principios de 1978 se fundó el Círculo de Interés Cinematográfico de la Casa de Cultura de Plaza. En ese entonces todavía estaba estudiando en la universidad y hasta que me gradué no tuve contacto con ellos, porque el fin de la carrera me tomaba La Gaceta de Cuba 47 Entrevista < todo mi tiempo. En septiembre de ese año, después de graduarme, me acerqué al Círculo, que por ese entonces dirigía Mario Piedra, el representante designado por el ICAIC, ya que el Centro de Información Cinematográfica del Instituto fue encargado de dirigirlo. Mario nos recalcaba siempre que aquel sitio no era un “escalón” para acceder al ICAIC. En esos primeros meses de mi estancia allí, lo fundamental que se hacía era proyectar las películas que los integrantes del Círculo habían realizado antes de que este existiera. Entre esas películas recuerdo obras como Después del golpe, de Jesús Fernández Neda (sobre los sucesos que siguieron al golpe de Estado de Pinochet contra el gobierno de Salvador Allende en Chile; donde se recreaban con gran realismo las atrocidades y torturas que esa dictadura ejerció sobre los revolucionarios), que a mi juicio, era el mejor filme de este realizador, dado sobre todo a las “adaptaciones” de obras famosas de la literatura universal, donde “los diálogos” no se escuchaban, por tratarse de filmes silentes en 8 mm. Lo notable de Después del golpe era que estaba hecho como si fuera un documental. Paradójicamente, este filme no era muy valorado por el propio realizador. Otros filmes de Neda son La madre (basado en la obra de Gorki); La olvidada (un melodrama sobre una actriz que fue muy famosa y que en la vejez es relegada por su público). De aquellos primeros tiempos también es Electra, de Raúl Bosque –que desatara el primer debate ideológico fuerte. Durante el período previo a ese acercamiento, ¿ustedes consideraban al ICAIC como un paradigma al que aproximarse o impugnaban su propuesta estilística y temática? El ICAIC nunca fue un paradigma para nosotros, salvo los ejemplos concretos de Humberto Solás, en primer lugar, y de Titón, en segundo. Para nosotros, Lucía y Manuela eran las obras maestras del cine cubano. Como tuvimos la posibilidad de ir a ver todos los filmes de aquellos años cuando se exhibían previamente para el personal del ICAIC, igualmente tuvimos la posibilidad de encontrarnos con sus directores. Titón dijo al público presente la noche en que se proyectó Memorias del subdesarrollo que inicialmente no sabía cómo darle fin a este filme, hasta que, improvisando, llegó al final que ha quedado para la Historia. Esto fue un rasgo de debilidad que nos dejó en el aire a nosotros en aquel momento. Pero, de todos modos, Solás primero y Alea después eran los autores fundamentales que poseía el ICAIC en el comienzo del segundo lustro de los años 60. El resto de la producción del ICAIC nos parecía endeble, salvo el Noticiero ICAIC, que veíamos con devoción cada semana. Pero, en general, el ICAIC no era el ejemplo que quisiéramos seguir, sino el cine europeo, soviético, polaco y checo, en primer lugar, y el francés e italiano, en segundo. Los temas de las películas cubanas del ICAIC nos parecían forzados por las circunstancias políticas e ideológicas. Queríamos reflejar la realidad, pero desde otra óptica más crítica, y por esa razón, en mi caso, tuve tantos problemas cuando decidí abordar el presente de la realidad cubana. ¿Cómo interpretaban y asumían ustedes aquel juicio paternalista que los confinaba como “cineastas aficionados”, en oposición a los “profesionales” del ICAIC? Al principio, la divisa que se esgrimía contra la incorporación de los cineastas aficionados al cine “profesional” del ICAIC era que ser miembros del Círculo de Interés no constituía un escalón para acceder al ICAIC. Esta premisa yo la asumí completamente. También porque cuando tuve mi primera entrevista con Alfredo Guevara, me dijo que para poder trabajar en el ICAIC yo debía estudiar una carrera de Humanidades. Y, cuando me gradué en 1978 de la Licenciatura en Historia del Arte y volví a verlo, me dijo que no había plazas en ese momento. 48 Entrevista De esta manera, me desvié hacia el campo de la Museología y la Museografía y estudié en la Escuela Nacional de la Dirección de Patrimonio Cultural, donde me especialicé como museólogo y curador de exposiciones. El cine se convirtió para mí en una actividad de tiempo libre durante los siguientes diez años, pues dediqué mi tiempo laboral a la investigación histórica, y llegué a escribir una Historia de los chinos en Cuba. Las cosas cambiaron bastante durante la presidencia del ICAIC por Julio García Espinosa. En 1989, Julio García Espinosa libró una convocatoria para que cinco nuevos directores realizaran igual número de documentales en los Grupos de Creación que existían por ese tiempo en el ICAIC. Raúl Pérez Ureta, quien había sido nuestro profesor en el Círculo de Interés Cinematográfico de la Casa de Cultura de Plaza, me obligó a que presentara un proyecto. No muy convencido, el último día para que se venciera la mencionada convocatoria, presenté lo que podría haber sido el remake de mi documental premiado en Cuba y en la Unión Soviética, Testimonio de la hija de un lector de tabaquería (1983). Fui instado por Mario Piedra, que en varias oportunidades me había dicho que debía volver a filmar este documental, pero como una cinta que perdurara en el tiempo. Para mí se trataba de un proyecto “rosado”, como los que se hacían en el ICAIC. A los pocos días de haberlo presentado, fui convocado por Camilo Vives para comunicarme que había sido aceptado. Los otros proyectos seleccionados fueron El fanguito, de Jorge Luis Sánchez; A mis cuatro abuelos, de Aarón Yelín; Habla como si me conocieras, de Irene López Kuchilán, y El patio de María, de Rubén Medina. El mío se realizaría en el grupo que presidía Humberto Solás. Posteriormente, Solás me dijo que “cualquier proyecto que hubieras presentado lo habríamos aprobado, porque en el ICAIC teníamos un gran sentimiento de culpa en relación a ti”. Esto no me agradó mucho, pero acepté hacerlo con Raúl Pérez Ureta como director de fotografía y con Nelson Rodríguez como editor, así como con mis actores del cine club. Este filme tendría a un personaje real, Alicia Cuesta, la protagonista del documental que había dirigido años atrás, como único motivo de carácter documental; además de recrear las actividades que realizábamos en el Círculo de Interés. Cuando el filme estuvo completado, Solás no se encontraba en Cuba, y su sustituto como jefe de grupo era Orlando Rojas. Él nos ordenó hacer varios cortes. Pero Raúl, Nelson y yo decidimos exhibirlo a varias personas que nada tenían que ver entre ellos para ver qué pensaban. Todos coincidieron en que tal como estaba debía conservarse. Cuando Humberto regresó y volvimos a proyectar el filme, no solo lo aprobó, sino que me pidió que hiciera un retake de la secuencia donde la “musa” que integraba la tríada pitagórica del personaje de Alicia Cuesta desnudaba al director-protagonista del filme. Debía realizarlo con la misma libertad con que trabajaba en las películas que había hecho hasta ese momento; ese era uno de los objetivos que habían perseguido a la hora de aprobar mi proyecto. Pero, cuando se acercó el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, Humberto volvió a ausentarse del país y Orlando Rojas a ocupar la jefatura del grupo para seleccionar las películas que debían competir en dicho evento. Un día Jorge Luis Sánchez me comunicó que el único de los cinco proyectos que no estarían en el concurso era el mío. Y cuando le pregunté a Rojas por qué mi filme no estaba en la selección, me respondió: “porque esa no es una de tus mejores películas”. Y ahí acabó todo. Creo que es oportuno decirte que cuando La posibilidad infinita (que así es como se titula el filme, en la mejor tradición lezamiana), junto con El fanguito, se exhibieron en la inauguración del Cine Plaza en 1990, en el cine Yara, tuvieron muy buena acogida de crítica y público. ¿Cómo fueron las relaciones con otros cine clubes del país, por ejemplo, el Cubanacán de Villa Clara? El primer contacto con grupos –por esa época se llamaban así, y no cine clubes, como después de que se fundara la Federación Nacional de Cine Clubes– del interior del país fue a principios de 1980, cuando se realizó el Primer Encuentro (no Festival) de Cine Aficionado de las provincias habaneras. Allí asistieron grupos de algunas provincias del interior del país y, entre ellos, el Cubanacán de Villa Clara. Esos filmes vinieron en una muestra paralela. En este evento, el primero de su clase, Mario Piedra decidió que no se entregaran premios, sino que se declararan filmes destacados, que el Jurado decidiera. Entre ellos estuvieron Juventud y tiempo libre, documental de Jorge Luis Sánchez, del grupo Casa; Raíces en el tiempo, documental de Jackie de la Nuez, del grupo Focus; Amanecer de un día de verano, ficción dirigida por mí, del grupo SIGMA; y algunos otros que ahora no recuerdo. Esos grupos se convirtieron años más tarde en cine clubes, como el “René David Osés”, que presidía Gabriel Gastón; el Prisma, que presidía Rigoberto Senarega; el G.A.C., que presidía Jesús Fernández Neda; Cojímar Films, que presidía Patricio Wood; entre otros. En todos los eventos que se realizarían a partir de ese momento, los filmes se debatían con el público asistente, que en esos tiempos era bastante notable. Al cabo del tiempo, ¿cómo evalúas ese período inicial y tu participación en él? Ese fue un tiempo iniciático muy valioso creo que para todos los que participamos en él, sobre todo para los que en un futuro nos convertiríamos en profesionales del cine y/o la televisión. Los primeros insertados en el ICAIC fueron Jorge Luis Sánchez y Rafael Solís. El primero, como asistente de dirección, y el segundo, en el departamento de cámaras. Y Rigoberto Senarega en los Estudios Cinematográficos y de Televisión de las FAR, también en el departamento de cámaras. Esto fue a través de la recomendación hecha por Enrique Pineda Barnet. Seguimos haciendo lo nuestro en el Círculo de Interés Cinematográfico de la Casa de Cultura de Plaza. Comenzamos a participar en eventos en otras provincias, que fue el comienzo de lo que después sería la Federación Nacional de Cine Clubes. Los grupos se trasformaron en cine clubes de creación. Esta federación también tuvo cine clubes de apreciación cinematográfica, como era habitual en el resto del mundo, salvo en la Federación de Cine Clubes de Hungría y en la de Cuba, los únicos países del mundo que tendrían cine clubes tanto de apreciación como de creación. Resulta impresionante la claridad de tu memoria. Si estas películas no existen, si hace tantos años que las viste, si algunas solo las viste una vez, o dos, ¿cómo recuerdas tantos detalles? Eso no tiene respuesta posible. Creo que he olvidado muchísimas cosas importantes que ocurrieron para mucha gente, de las cuales, incluso, muchas ya están muertas o idas, sabe quién adónde. < Ese fue un tiempo iniciático muy valioso creo que para todos los que participamos en él, sobre todo para los que en un futuro nos convertiríamos en profesionales del cine y/o la televisión. La Gaceta de Cuba 49 Eduardo Galeano o la literatura sin cerrojos Carlos María Domínguez I gual que muchos de sus compatriotas después del golpe militar uruguayo, en 1974 Eduardo Galeano vivía su exilio en Argentina. Había sido secretario de redacción del semanario Marcha, director del diario Época, escrito Las venas abiertas de América Latina y dirigía en Buenos Aires la revista Crisis, cuando el país cimbraba por las expectativas de un cambio social que se disputaban Perón, la derecha sindical, los gremios combativos, muchas organizaciones de la izquierda marxista, peronista, y las guerrillas. Rara época para crecer, yo tenía dieciocho años y apenas garabateaba unos cuentos mientras la realidad se movía con la impiedad, a veces deliberada, a veces equívoca, de un gigante ciego. Una amiga me insistió en que le llevara a Galeano alguno de mis cuentos. La intención era buena y absurda, porque la revista estaba muy lejos de mis condiciones y posibilidades, pero tanto insistió que finalmente me atreví a ir a la redacción, un apartamento mediano en un octavo piso sobre la avenida Pueyrredón, con cuatro escritorios, una oficina de diseño y armado, la de Eduardo, y poco más. El nombre de la revista se lo había puesto Ernesto Sábato, que luego de muchos preparativos renunció a dirigirla. En el 73, un golpe de timón había llevado al dueño, Federico Vogelius, a Montevideo, para convencer a Galeano, y Galeano había aceptado con la condición de tener absoluta libertad para hacer lo que quisiera. Empezó como una revista literaria, en mayo del 73, enseguida amplió su registro a la vida cultural, y finalmente se convirtió en un prodigioso tendido de puentes entre la literatura, las artes plásticas, el teatro y la música, con la cultura popular, la realidad social y política del Continente. En sus ochenta páginas colaboraban Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez, Augusto Roa Bastos, Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti, Jorge Amado, Ernesto Cardenal, Nicolás Guillén, Pablo Neruda, Haroldo Conti, Héctor Tizón, Daniel Moyano; publicaban sus grandes reportajes María Esther Gilio, Ernesto González Bermejo (desde su exilio en París), Aníbal Ford, Vicente Zito Lema; la revista difundía la historia argentina y latinoamericana por el detalle, la literatura portuguesa y la africana, investigaciones económicas, de mercado, informes sociales, revisiones políticas, fascinantes misceláneas escritas como cuentos breves por Jorge B. Rivera y Hernán Mario Cuevas; cada número traía una serigrafía o un facsímil histórico, dibujos de Sábat, Fontanarrosa, Kalondi. Crisis había creado una editorial propia, publicaba fascículos temáticos para los quioscos, mes a mes acercaba un retrato de la realidad y la creación, lejos de la academia, porque así la quería Eduardo, viva y provocadora, ideológica pero no sectaria ni excluyente, testimonial y esencialmente narrativa. 50 La Gaceta de Cuba Me recibió con sencilla cordialidad y me pidió un mes para leer el cuento que le había llevado. Dijo que me llamaría, pero no creí que fuera a hacerlo. Recibía cientos de textos cada semana. Al mes me llamó, sin embargo. Dijo que le había gustado pero le faltaba trabajo, “para escribir bien hay que pelarse el culo”, y me vinculó con el traductor del área portuguesa de la revista, Santiago Kovadloff. Comencé un taller literario con Santiago y a los pocos meses me ofrecieron la oportunidad de probarme en la revista. Me mandaron a la calle a recoger testimonios sobre los oficios insalubres, los choferes de ómnibus en la ciudad, obreros que trabajaban en industrias asesinas, historias de vida que recogía en los hospitales de enfermedades infecciosas. La mala vida era el pivote para recoger la enorme riqueza de voces, ilusiones y paradojas de los trabajadores. A Eduardo le gustaban mis crónicas y nos hicimos amigos, pese a la diferencia de edad y de experiencia. En 1975 murieron mis padres y la Argentina se convirtió en un infierno asolado por los Ford Falcon sin chapas, pero con unos tipos de lentes oscuros que asoman sus metralletas fuera de las ventanillas, la Alianza Anticomunista Argentina, la temible triple A. El gobierno de Isabel Perón se desmoronaba. Las guerrillas y el aparato represivo del Estado cruzaban balas y secuestros. Varios periodistas de Crisis fueron amenazados y secuestrados, Carlos Villar Araujo, el jefe de producción de la revista, Luis Sabini Fernández. La decisión de Galeano y Vogelius fue seguir adelante mientras se pudiera, pero el golpe militar del general Videla, en marzo del 76, sumió al país en una salvaje represión. Cada número de la revista debía pasar primero por la censura en Casa de Gobierno, donde rechazaban uno y otro artículo. Seguimos adelante, sin embargo. Cada vez que subía a la redacción esperaba encontrarme con Haroldo Conti, un trotamundos que escribía con las rodillas y el corazón en la mano, venía de la provincia de Buenos Aires y daba a la literatura la melancólica vitalidad de los márgenes, pero una tarde de mayo me topé con Marta Scavac, su mujer, en un ataque de nervios, con la noticia de que lo acababan de secuestrar. Ansiaba verlo, estrecharle la mano y el pecho con el que escribía sus cuentos, sus libros y crónicas de la costa, pero como en una pesadilla, yo entraba a un mundo que se desordenaba y deshacía, literalmente, al alcance de la mano. Varios escritores y periodistas allegados a Crisis tenían actividad política, cada uno por su lado, pero en la redacción todas las tendencias de la izquierda y el peronismo revolucionario confluían y armonizaban bajo la firme dirección de Galeano. Las amenazas a la revista aumentaron y un día cayeron sobre Eduardo. Vigilaban su apartamento, se vio obligado a dormir en otras casas y a andar armado. Me advirtió que era peligroso, que podía decirle que no, pero lo refugié varias noches en casa. Nos sentábamos a escribir juntos en la habitación donde murió mi madre, cada cual en sus cosas. Antes que la literatura nos reunían los gestos, el cariño sin explicaciones, los silencios. Entonces Eduardo tenía mucha fama y pocos amigos; sus ojos claros eran francos, mostraban un enorme deseo de vivir y celebrar la belleza, donde la encontrara. Todo lo que lo asombraba lo anotaba en una pequeña pero abultada libreta que llamaba “la chanchita”, preámbulo de esos textos que, pulidos por el tiempo y el trabajo, definirían el estilo y el género propio que lo ocupó en sus últimos años. Entonces ya ejercía un excelente sentido del humor y ese pudor muy uruguayo que aconseja callar los dolores personales. En algún momento del 76, creo que para celebrar un cumpleaños de Zito Lema, nos reunimos varios amigos a pasar el día en la quinta de Vogelius, en San Miguel, curiosamente, a pocas cuadras de las instalaciones militares. Era una gran quinta con varias edificaciones, una para su pinacoteca –Fico vendió un cuadro de Chagall para financiar el inicio de la revista–, y otra para su hemeroteca, de donde salían los facsímiles históricos que publicaba la revista. Entre los invitados de Zito Lema llegó Helena Villagra, la exmujer del diputado Ortega Peña, asesinado en julio de 1974 mientras viajaba con Helena en un taxi. Entonces Eduardo y Helena se conocieron, y se enamoraron. Poco después la censura prohibió a la revista publicar testimonios populares y Eduardo decidió que si Crisis no podía decir lo que quería, era mejor el silencio y que muriese de pie. La revista cerró en agosto del 76 y Eduardo y Helena resolvieron partir al exilio. Los despedimos en un restaurante con Horacio Achával, en un almuerzo que festejó el amor y calló la tristeza de la partida. El amor se cruzaba con la guerra, como contó después. Fue el inicio de una fraterna correspondencia desde Barcelona que amparó mis días en el infierno de la dictadura. Lo supimos después, Haroldo Conti fue arrojado a las aguas del Río de la Plata en los llamados “vuelos de la muerte”, que llenaron el estuario de cadáveres de desaparecidos, Federico Vogelius sufrió un secuestro extorsivo del que consiguió salir para exiliarse en Londres, lastimado por las torturas, otros compañeros marcharon al exilio y la Argentina hundió su voluntad de dicha en la miseria moral y los crímenes del Estado. Por un tiempo intenté ganarme la vida como periodista, pero me había formado en una vocación que de un día para otro se había vuelto impublicable, me aparté de la profesión y sobreviví como dactilógrafo en distintos trabajos. Cada carta de Eduardo desde Calella de la Costa fue un soplo de aliento cargado de vida, la noticia de que el mundo era más grande y posible que el horror. Cuando regresó la democracia en Argentina y Uruguay volvimos a juntarnos como si nos acabásemos de ver. La amistad era una victoria sin bandera, pero viva en la piel, y el regreso de los exiliados traía el aire loco y decidido que habíamos extraviado en la compartimentación, el miedo, las cuentas mezquinas del esfuerzo por sobrevivir. Apenas volvió Federico Vogelius, montamos con Zito Lema, Osvaldo Soriano y Jorge Boccanera la segunda etapa de Crisis, y Eduardo nos respaldó integrando el consejo asesor. Eso fue en el 86, Vogelius murió de cáncer mientras publicábamos el primer número, pero su familia siguió financiando la revista, y cuando con Boccanera y Eduardo Jozami iniciamos la tercera etapa, Eduardo volvió a respaldarnos. La revista en la que se reconocía plenamente, y de la que estaba orgulloso, era para él la que había dirigido, pero tenía claro que buscábamos recuperar los lazos de la historia y la continuidad de Crisis podía ayudar. El destino quiso que en el 89 me radicara en Montevideo, entonces volvimos a coincidir en el semanario Brecha, del que fui jefe de redacción junto a sus viejos y mis nuevos amigos. Una cofradía de generaciones uruguayas, unos del 45, otros del 60, y los nuevos, otra vez la dura lucha por no cejar a los daños causados por las dictaduras. Alguna vez Eduardo me ayudó a sacar un bote de la playa, alguna vez también fuimos amigos en el silencio y las diferencias. A partir de los tres tomos de Memoria del fuego, que preparó durante los años de su exilio recorriendo universidades europeas –mucha documentación decisiva sobre la historia indígena de América Latina estaba desperdigada en ellas–, Eduardo comenzó a concentrar en pocas líneas, a veces la alegría, a veces las miserias de un continente que había asumido como un destino propio. Su audacia fue desmelenar los géneros y cruzar la poesía con el ensayo y el cuento. De algún modo ese paso estaba anunciado en Las venas abiertas de América Latina, que fue uno de los primeros ensayos periodísticos en saltar de las páginas de los diarios a las del libro, de la neutra objetividad a la viva inteligencia personal, y mucho antes, en la concepción de una literatura sin cerrojos, porosa a las necesidades y valores de una realidad más asombrosa que cualquier género del arte. Así, me parece, hizo sus libros, mirando el mundo con los ojos de la imaginación. Para algunos es pecado, porque continúan sosteniendo que la imaginación solo puede compensar las desilusiones de la vida, pero Galeano creía que la realidad tiene el tamaño de la imaginación, y acaso ese fue su aporte más decisivo a las letras y al destino del Continente. < La Gaceta de Cuba 51 El intérprete de Günter Grass en Cuba Jesús Írsula E l lunes 13 de abril leí en una misma noticia del portal Cubarte la muerte de dos grandes de la literatura mundial, Eduardo Galeano y Günter Grass. A Günter Grass no solo lo leí en mi condición de germanista, sino lo conocí y atendí como intérprete durante su estancia en Cuba. Paso revista aquí brevemente a momentos de su vida y su obra, para poder compartir algunas consideraciones personales debidas al privilegio de haberlo conocido y haber permanecido en contacto con su familia en las últimas dos décadas. Su visita a Cuba tuvo lugar entre la última semana de febrero y la primera de marzo de 1993. Hacía un año que yo había terminado el doctorado en Leipzig y vivido la caída del muro de Berlín y el derrumbe del socialismo en Europa oriental. Trabajaba en el equipo de traductores e intérpretes del ESTI y en esa función había acompañado a relevantes políticos y personalidades de habla alemana que visitaron Cuba en la década del 80 y principios de los años 90. Cuando oí el nombre de la próxima personalidad a quien debía acompañar, rememoré los tiempos de estudiante en la segunda mitad de la década del 70, cuando cursaba la carrera de germanística en la Universidad “Carlos Marx”, de Leipzig, en la RDA. Por supuesto que conocí no solo el nombre de Grass, sino que había leído su obra cumbre, Die Blechtrommel, en su versión original. Salvo unas pocas excepciones, la casi totalidad de los autores alemanes de la posguerra que formaban parte de la asignatura “Literatura alemana contemporánea” provenían de la Alemania oriental. Una de las excepciones era Günter Grass con El tambor de hojalata, obra de la llamada Trilogía de Dánzig junto a El gato y el ratón (1961) y Años de perro (1963). Del otro lado del muro, entre los autores de la Alemania socialista disfruté Las aventuras de Werner Holt, de Dieter Noll, que tocaba el mismo tema. La lectura de estas obras me hizo ganar claridad sobre la dimensión del fascismo y pude constatar que a partir de su componente nacionalista populista y su sofisticada propaganda había calado entre las masas, también entre los jóvenes, organizados a temprana edad en HJ, Juventud Hitleriana. Las generaciones de escritores e intelectuales a ambos lados del muro de Berlín habían tenido de una u otra forma, con mayor o menor comprometimiento, una participación en esas páginas oscuras de la historia alemana. Así se explica ese sentimiento de culpa que ha sido trasmitido de generación en generación. Günter Grass no fue una excepción. Nacido el 16 de octubre de 1927 en Danzig, como en su momento se conocía a la ahora ciudad polaca de Gdansk, marchó a la guerra, como muchos otros jóvenes cuyas despedidas han sido plasmadas en numerosas novelas y películas. Tuvo una participación breve en la contienda, primero como auxiliar de artillería y después en una compañía de 52 La Dosier Gaceta / Beisbol, de Cuba cultura y nación tanques en Cottbus. En 1945, casi al final de la guerra, fue herido y hospitalizado. Hasta ahí, similar biografía de muchos jóvenes del oriente y occidente alemán que habían marchado a la guerra con “entusiasmo nacionalista”. Algunos devinieron escritores e intelectuales y contribuyeron a conformar la memoria histórica del fascismo y la Segunda Guerra Mundial. Al salir del cautiverio, Grass pensó terminar el bachillerato pero decidió empezar a trabajar; se ganó la vida en la agricultura, después en una mina de potasio cerca de Hildesheim. A partir de 1947 se desempeñó como tallista de piedra en Düsseldorf. De 1948 a 1952 estudió Diseño Gráfico y Escultura en la Academia de Arte de Düsseldorf, pero terminó los estudios en 1956 en la Escuela Superior de Artes Plásticas de Berlín. Ya en su etapa de estudiante vinculó la plástica con la escritura, y escribió poemas, cuentos cortos y obras de teatro. En 1954 había contraído matrimonio con la bailarina suiza Anna Margareta Schwarz. Con ella vivió en París de 1956 a 1959. Durante su estancia en esa ciudad escribió la historia de Oscar Matzenrath, publicada en Alemania a su regreso. Llegó a Cuba en medio del Período Especial. Se anunció en los periódicos nacionales con cierto retraso y como una visita privada, pero realmente de privada tuvo muy poco. El viaje se generó por iniciativa del doctor Wolfgag Eitel, quien había diseñado un interesante proyecto: la fundación de la Casa “Heinrich Heine” en La Habana, para la promoción de lo mejor de la literatura de lengua alemana en Cuba. Para ese proyecto logró el apoyo de prestigiosos autores de Alemania, Suiza y Austria, entre ellos: Erich Hackl, Hugo Lötsche y Günter Grass. Eitel soñaba con la restauración de un caserón en la Habana Vieja que sirviera de sede a dicha institución. El ambicioso proyecto no fructificó, pero si hay algo bueno que dejó la Casa “Heine” fue la visita de Günter Grass a Cuba. Ya en 1993 Grass era el más grande escritor alemán de la posguerra. Después de la Trilogía de Dánzig había publicado numerosas obras, tanto de poesía como de prosa, entre ellas: El rodaballo (1977), Encuentro en Telgte (1979), Partos mentales o los alemanes se extinguen (1980), La Ratesa (1986) y Cuatro decenios (1992). La UNEAC se encargó del programa oficial del escritor que incluyó, además de encuentros con Abel Prieto y Miguel Barnet, así como Waldo Leiva, quienes eran, respectivamente, presidente y vicepresidente de la UNEAC y presidente de la Asociación de Escritores, dos intercambios memorables en la sede de la UNEAC y en la casa de descanso de la UNEAC Villa Coral, en Boca Ciega. El primero fue un encuentro más abierto, con una representativa participación de los escritores cubanos y otros artistas miembros de la UNEAC. El centro del programa de la sala “Villena” era la presentación de su obra de teatro Inundación, acompañada de la apertura de una exposición de dibujos y grabados del autor. El encuentro de la playa fue más íntimo. Además de los escritores mencionados compartieron con Günter Grass: Eduardo Heras León, Miguel Mejides, Emilio Comas, Arturo Arango, Norberto Codina y Leonardo Padura. Estábamos en pleno Período Especial y era poco lo que se podía brindar. Según oí decir después, eran los tiempos en que en la UNEAC el té de cañasanta era el trago de hoy y el de mañana también. Günter Grass vino a Cuba acompañado de su segunda esposa y uno de los hijos de ella, Hans Grünert. En 1979 se había casado por segunda y última vez con la organista Ute Grünert, que ya tenía dos hijos varones. Tuve aquella vez la oportunidad de conversar largamente con el escritor. Aunque él no era una persona que se pudiera catalogar de conversadora, el hecho de tener un grupo de conocidos comunes y mi reciente regreso de Alemania, en el verano de 1992, en un período tan convulso e interesante, me allanaron el camino. Conversar incluye la capacidad de oír, y oír con atención, y me siento privilegiado de que ese gigante de la literatura alemana me haya dedicado tanta atención. Grass se identificó siempre con las mejores ideas de la izquierda dentro de la socialdemocracia, dentro del SPD y fuera del SPD, donde militó desde 1982 a 1993. Siguiendo sus ideales y su posición a la izquierda del SPD, no se afilió a él por convicción, creo que más bien decidió apuntalar al “mal menor”. En 1961 había conocido personalmente a Willy Brandt y apoyó varias campañas electorales del SPD a partir de 1965. En la década del 80 habían pasado por Cuba los más importantes representantes de la socialdemocracia alemana, políticos de la talla del excanciller federal Wily Brandt, quien fue recibido y atendido por Fidel como jefe de Estado, y otros más jóvenes con una protagónica participación en la política alemana, como Oscar Lafontaine y Gerhard Schröder a los cuales también serví de intérprete. Comenté a Grass mi impresión y vivencias con Willy Brandt y Fidel en 1983, e incluso cuando los acompañé como intérprete a ver un juego de la serie nacional de béisbol en el Estadio Latinoamericano. Por otro lado, la caída del Muro de Berlín y la reunificación alemana estaban frescas en nuestra memoria. Grass había tenido una activa participación en la evaluación crítica de estos acontecimientos. Me comentó sus puntos de vista sobre la acelerada reunificación alemana y lo traumática que resultó para la República Democrática Alemana. Cuando el coro de la RDA cambió el eslogan de sus demandas de “Somos el pueblo” por “Somos un pueblo” y puso sobre el tapete la inminente reunificación, Günter Grass tomó partido y se expresó en discursos públicos y en ensayos contra la unidad alemana a partir del artículo 23 de la constitución de la RFA. Para él (y siempre coincidí con su opinión), no se cumplió la reunificación, más bien ocurrió la asimilación de la RDA por parte de la RFA. Él apoyaba la propuesta de la formación paulatina de una nación cultural alemana con carácter federalista. Lamentablemente, la zanahoria representada por la llegada rápida del deutsche mark se impuso y, como resultado, la variante prevista en la constitución germanoccidental. A veinticuatro años de la desaparición de la RDA, siguen existiendo las diferencias entre los hoy llamados “osis” y los “wesis”, crece la nostalgia por las conquistas perdidas de lo alcanzado en cuarenta años de RDA y una gran parte de los jóvenes con talento emigró a la parte occidental en busca de mejores empleos. La posición crítica de Grass frente a este proceso quedó plasmada en el ensayo “Una unificación insensata” (1990), encontró su ampliación y profundización en Malos presagios (1992) y sobre todo en el polémico libro Es cuento largo (1995), que le costó una oleada de críticas y enemistadas. Volviendo a su visita, el primero de marzo de 1993 se celebró en la cátedra “Humboldt” de la Universidad de La Habana la inauguración anticipada de lo que sería, de materializarse el proyecto, la Casa “Heinrich Heine”. Günter Grass pronunció un breve pero juicioso discurso en el que se manifestó a favor del intercambio de las letras de habla alemana con Cuba. Realmente, vino pensando que el proyecto se encontraba en una fase más avanzada, sin embargo valoró en su justa medida el intercambio y aprovechó la oportunidad para expresar su simpatía por Cuba y su confianza en que sobreviviría como sistema revolucionario. Günter Grass obsequió a la cátedra Humboldt uno de sus autorretratos, en el que no falta su inseparable pipa. Una de las más interesantes acciones de Günter Grass en la Isla, y de la cual fui partícipe, fue una entrevista realizada por Padura, entonces jefe de redacción de La Gaceta de Cuba, al escritor alemán, y que fue publicada originalmente por la revista. Ya por aquel entonces se manejaba su nombre como candidato al Nobel de Literatura, y por eso, a la pregunta de Padura de “si seguiría siendo el mismo Günter Grass si recibiera el Premio Nobel” el escritor respondió: “Trataría de no cambiar mi vida porque creo que estoy viviendo muy bien sin el Premio Nobel”. Quien vuelva a leer hoy esa entrevista podrá percibir la posición visionaria y la perseverancia de uno de los más célebres escritores comprometidos del planeta. Además del interés de Günter Grass de intercambiar con colegas cubanos, vino a la Isla porque quería conocer con sus propios ojos la realidad cubana. Su estancia coincidió con las elecciones, el domingo 24 de febrero de 1993, evento que pudo observar en uno de los colegios electorales. A su regreso a Alemania, dejó plasmada las impresiones de su estancia, su solidaridad y su deseo de trasformaciones en Cuba en el marco de su independencia, en un artículo publicado el 24 de abril en el semanario alemán Die Woche. En 1999, año en que apareció Mi siglo, Grass recibió los dos más prestigiosos galardones del ámbito literario mundial; el Premio Nobel de Literatura y el Príncipe de Asturias de las Letras. Le siguió A paso de cangrejo (2002). También se fundó la Casa “Günter Grass” en Lübeck, donde se expone la obra plástica y literaria del autor. En 2006 su obra autobiográfica Pelando la cebolla provocó que la crítica literaria mundial se movilizara y se desatara la ira de sus enemigos. Todo porque Günter Grass reveló allí que había servido en las Waffen SS, el brazo armado de la notoria organización paramilitar de Adolf Hitler. Realmente lo había dicho ya públicamente muchos años atrás y estaba implícito en sus obras, no era un secreto para nadie. Sus enemigos se encargaron de echarle suficiente leña al fuego para acallar y desprestigiar a un intelectual incómodo que no cesó nunca de criticar al capitalismo en su política guerrerista y expansionista, aun después de la desaparición del “enemigo principal” con el derrumbe del socialismo real en Europa y el fin de la Guerra Fría. Algo similar sucedió en 2012 con la publicación de su poema en prosa “Lo que debe decirse”, en el que critica el doble rasero occidental con respecto al programa nuclear de Israel. En esa fecha fue acusado de antisemita y pro Irán. Günter Grass escribió hasta el último día de su vida. Una semana antes de su muerte terminó “Von Endlichkeit” (“Sobre lo finito”), donde mezcla poesía y prosa. El libro se publicará en el próximo verano. En los días que le han seguido a su desaparición, he leído mucho sobre él y en varias ocasiones he hablado con su hijo de crianza, Hans Grünert, con el que he mantenido una estrecha relación desde su visita a Cuba. En el próximo verano viajaré de nuevo a Alemania y llevaré conmigo mis muestras de cariño personal, el afecto de los escritores e intelectuales cubanos que lo conocieron y la admiración de sus lectores cubanos. < La Gaceta de Cuba 53 La buena noche Obituario Evocación de Rafael Soriano frency E l 9 de abril salía a un largo viaje con un sonido recurrente, en dos tonos principales que oscilan desde un do minimalista compuesto por Hans Zimmer. Llegando a Moscú supe la noticia y, culpa de Hans en Interstellar, ese sonido ahora persiste, de un modo acaso individualizado por mi experiencia en esas horas. Tío Felo, como en mi familia le llamamos a Rafael Soriano, nos había dejado para marchar indócilmente a esa buena noche donde la vejez arde y delira con vistas a algo más.1 Lo supe aterrizando con un Volga congelado, con la melancolía de ese filme y la que guardo muchas veces por cuestiones personales. En ese momento, todo eso se fundió apuntando hacia él. Y aunque vivió largo, solo le vi una vez cuando niño; por allá por los 80, cuando vino en esos vuelos de “la comunidad” a visitarnos con mi prima Hortensia. Tal vez el haberme rodeado en mis vacaciones infantiles de sus pinturas, guardadas en el vetusto Pueblo Nuevo de Matanzas, y algunas que aún mantenemos, haya sido una de las primeras cosas que me fueran realmente cercanas del arte. Porque las podía tocar, verlas imponentes desde su abstracción, ya casi “onírica” por esos momentos, dentro de casas que estéticamente nada tenían que ver con la percepción pionera que le caracterizó a él y a otros de sus cercanos por los años 50; ni con ese barrio, esa ciudad y este país que se quedó en algún punto impreciso del tiempo. Yo no tenía idea de su importancia, como muchos en Cuba aún, ni de lo que me depararían estos años. Luego fue que supe de los Concretos, luego fue que pude asimilar la importancia de la abstracción. Más tarde fue que empecé a comprender algo más del arte y a valorar lo poco que él había dejado en su salida del país a comienzos de los 60. Así me hice de uno de sus caballetes y de una paleta que por una cara tiene sus mezclas de aquellos años, por la otra las mías de fines de los 80. Las suyas más serenas, las mías más coléricas. Las suyas siempre han sido más elegantes y es el lado que gusto mostrar ante las vergonzosas mezclas pastosas que yo hiciera. Más que un pedido, esto que escribo es una necesidad. Como pasa a muchos de nosotros, hay una distancia en nuestras circunstancias de vida que, vista desde arriba, podría entenderse como un trauma social, antropológico, cultural, cuyas influencias en nuestro acervo aún no podemos calibrar. Tío Felo fue parte de quienes lo vivieron, de los que tuvieron que sobrepasar la tristeza de irse a otro lugar y encontrar en su “naufragio” un mundo muy personal. Pero esa angustia siempre estuvo con él, como con muchos de nosotros. Su obra fue entonces un antídoto. Se extendió mediante ella a otros niveles que nada tienen que ver con lo que se ha entendido cerradamente como abstracción. Porque literalmente construyó varios cosmos. De aquel comienzo concreto, aún viciado por una búsqueda en otros referentes 54 La Gaceta de Cuba desde el arte y el lenguaje moderno, se adentró con los 60, duramente en un comienzo, en algo que resulta muy personal. Si por un momento la crítica cercana a él lo definió dentro de un onirismo, eso fue trascendido hacia otro camino que es menos “occidental” en su proceso interno y más cercano a lo semiótico, lo simbólico y lo gnóstico. Y aunque no gusto de lo que se genera como un patrón, en su caso el patrón era, tal vez, el de la creación poética en apariencias. Porque no podemos entender sus pinturas como abstracciones. En ellas viven claves que provienen de una base mística, con una teosofía aprehendida y practicada a partir de Bessant, Blavatsky, Krishnamurti. Una tríada que no solo a él le influyó desde la misma Matanzas, pues parece haber evolucionado a otros niveles que vitalmente practicó en su fuero místico. Por eso su creación es de un alto componente espiritual y se hace ostensible en ese “universo” cambiante y eterno que recreó. Y resulta curioso, porque al margen de su maestría técnica en el juego con las trasparencias, las densidades, las complejidades casi rizomáticas que planteaba, los ardides de regusto barroco con las sombras, las atmósferas y las luminiscencias, el tino que mayormente tuvo para titular sus obras –que expresa su matiz poético–; apartando todo eso, Felo fabuló múltiples posibilidades de lo infinito. Las percibió desde un procedimiento anclado en la tradición, en lo más arraigado a la pintura, y hoy en día es parte de todos esos mundos posibles que la tecnología ha ofrecido al ser humano con el Hubble, los mapeos satelitales, virtuales y de la ciencia ficción, aun dentro de una práctica artística que he constatado y por la que doy todo dentro de los medios emergentes. Surgido en su taller y en su mundo interior, pleno de añoranzas por su origen –tío Felo decía que su paleta cambiaba como cambiaba de color, siete veces al día, la bahía de su recordada Matanzas–, su mundo es el de entes en los que creyó, espectros con los que como buen médium dialogaba y que erigen a ese universo visible e invisible y esencial. Hay artistas que aún desde la tierra trazan sus ejes al cosmos, creyentes de ser parte de algo más que posee una condición sistémica. Y eso los hace sentirse más libres. Aún en circunstancias como las del destierro, el abandono, la mudanza abrupta y el pesar que todo eso conlleva. Y esto le sucedió a nuestro Soriano. Cayó en una zona amnésica y esa maldición lo hizo ser un maestro en otro reino: el de la interioridad iluminante pero paradójicamente desconocida por muchos de su tierra de origen. Mas él supo trascender esa mera identidad para penetrar en otro mundo que tal vez le haya abierto un camino interior difícil de escudriñar –por tan individual– pero que supo compartir encontrando sosiego, sabiduría sin alardes, disciplina como un monje haciendo su escritura en búsqueda del saber último –que no siempre lo advierten los demás, solo el individuo en su interior. Por eso dejó de ser un abstracto para ser alguien en búsqueda de un sentido de lo eterno. Respecto a este pensamiento insular que nos hace sentirnos el centro de mucho, a Rafael no se le hizo partícipe de la cultura en el inside. Continuó su obra con humildad desde Miami, y desde allí se le ha comprendido como uno de los últimos maestros pictóricos que proveyó la modernidad latinoamericana. No es fácil rastrearlo en las colecciones del Museo Nacional de Bellas Artes. Si bien en algunos espacios académicos o derivados de este se le “conoce” como parte de la renovación artística cubana –la real, porque recordemos que la abstracción en sus dos líneas de los 50 del siglo xx fue la que sincronizó la práctica del arte cubano moderno con lo que sucedía internacionalmente, o al menos en occidente–, muchos ignoran su quehacer artístico. Lo que hizo en el Museo con Agustín Cárdenas en los 50 se recoge en algunas imágenes de una excelente revista de difícil acceso u olvidada, la del INC.2 Su obra como formador de un importante espacio académico, la Escuela de Artes Plásticas de Matanzas, desde que terminara sus estudios a comienzos de los 40 en la Academia “San Alejandro”, no es reconocida. Su sencillez y mundo interior le salvó, además de cierto temperamento tal vez provinciano que le permitió ser, bien adentro, inquieto espiritual y cosmogónicamente. Mi tío encontró su oasis en su obra y su familia. No sin tropiezos recuperó el respeto del mundo cultural artístico, incluso al margen de disquisiciones políticas polarizadas. Hoy su valoración como creador se redimensiona por su reciente pérdida. Pero su presencia dentro del panorama cultural americano es ostensible y con un lugar dignamente ganado como el de otros de sus colegas. Y ganó la cultura latinoamericana un cultor de mundos que hoy nos son más cercanos. Hoy ese lauro nadie se lo quita y es momento de volver a una meditación en torno a su creación, sobre cómo ser inclusivos, y volverla a sopesar. Por eso, una vez más la cultura cubana ha de emplear su lucidez respecto a Soriano, quien nos indicara que vivimos en un mundo donde debemos ser furiosos ante la muerte de la luz. < Bonn, 18 de abril de 2015. 1 Parafraseo el poema de Dylan Thomas “Do not go gentle into that good night” que está presente en todo el filme y “curiosamente” empasta con mucho de lo que caracteriza la obra de Rafael Soriano. 2 INC. Iniciales del Instituto Nacional de Cultura creado durante los años 50 con su revista homónima, diseñada y artísticamente dirigida en gran parte por su colega y amigo Mario Carreño. E l 9 de abril las artes visuales cubanas conocieron de la pérdida, a los noventaicuatro años, del pintor Rafael Soriano. Este pionero del arte abstracto, que fuera parte del conocido grupo de Diez Pintores Concretos, luego de graduarse de la Academia San Alejandro en 1943 fundó en su Matanzas natal la primera Escuela de Bellas Artes de esa ciudad, de la que fue director hasta 1962, cuando marchó a residir en Estados Unidos. Pocos días después, el 14 de abril, fallece a los cuarentainueve años el destacado realizador radial, locutor y conductor santiaguero Ado Sanz Milá. Además de profesor, fue fundador de la revista televisiva Santiago, de Tele Turquino, y conocido nacionalmente como uno de los colaboradores de esa ciudad para el programa Buenos Días, de Tele Rebelde. El domingo 26 de abril falleció en La Habana el etnomusicólogo Jesús Blanco Aguilar, autor del libro Los 80 años del Son. Nacido en 1935, trabajó junto al maestro Odilio Urfé en el Seminario de la Música y en el Archivo Nacional de Cuba, donde publicó el Catálogo Crítico de la Música y Músicos en Cuba, una recopilación del tesoro documental de la institución. El 1ero de mayo, murió a los sesentaitrés años una de las instrumentistas más versátiles, pioneras dentro del jazz y la música de vanguardia cubanas: Lucía Huergo. La también arreglista, compositora y productora musical, estuvo en varias agrupaciones como Síntesis y Mezcla, y colaboró con el cine en las bandas sonoras de filmes como La película de Ana o Mujer transparente, y de telenovelas como Las huérfanas de la Obrapía y La cara oculta de la luna. En La Habana, el 6 de mayo, falleció la pianista y profesora Alicia Perea Maza, a sus ochenta años de edad. Fue fundadora de la Escuela Nacional de Arte, en 1962, y su labor al frente del Instituto Cubano de la Música (1990-2001) influyó en diversas generaciones de creadores cubanos. Su ingenio como pianista la hizo obtener el Premio Especial Cubadisco por su CD Compositores cubanos para piano del siglo xx. El poeta, editor y crítico Yoel Mesa Falcón (Manzanillo, 1945) murió en Colima, México, el 9 de mayo pasado. Autor de El día pródigo (Premio UNEAC, 1987), Todo el afán (2000) y Fabulaciones (2003), residía en México desde mediados de los años 90. La Editorial Gente Nueva acaba de publicar su poemario Oda a las constelaciones. < La Gaceta de Cuba 55 20 mayo/junio15 es a tor au esponsable de es r su so p rítica © } } ion in © ca d Cine 56 Venecia, de Kiki en realidad una contumaz bulímica que estrangula, mediante píldoras, su frustración de querer ser flaca. La delgada Violeta es una infeliz que se pasa todo el tiempo con una mala cara de madre, negando una relación, un flirt con un hombre casado y renuente a aceptar, en los peores términos, el embarazo de ella. Y Mónica es la gran insatisfecha: tiene lápiz-lapicero, tiene alguien que la quiera, pero tiene, sobre todo, una insatisfacción sexual que la carcome y que la lleva a enredarse con un desconocido en el baño de un bar, donde Fito Páez no encontraría poesía para sellar nada con un beso, sino mucha ganga en el ensayo de un simulacro de porno. Tres personajes extraviados que poco ayudan a que el espectador se confabule con su recorrido tanto dramático como diegético. ¿Por qué van y vienen sin control y sin descontrol, a la buena ventura de un guión insípido, volatilizado en una puesta en escena que un debutante habría conducido con más pericia? Después de todo, Marianela Pupo (Mayelín) da la caracterización menos difusa. Es fácil ver quién es por dentro y por fuera, por eso su interpretación es más vigorosa y más convincente, aunque sus parlamentos finales suenan bien pujones, como resultado de una escena que se prolonga innecesariamente. Por otra parte, da la impresión de que se banaliza a la mujer, al limitar su construcción simbólica a tres principios únicos: ser admirada, amada, saciada. Por muy legítimas que sean las preocupaciones femeninas en torno a la báscula, el tamaño del busto, el orgasmo y la maternidad, llevar estos tópicos a un relato cinematográfico implica revestirlos de una significación que trascienda el estereotipo, de lo contrario, ese más de lo mismo, y multiplicado por tres, se convierte en demasiado. En esos días de Festival, cuando diciembre trajo cine de todas partes y de todos los tiempos, se vieron también filmes de Jim Jarmusch y Sara Driver. Ese Jarmusch principiante dominado por el rollo en blanco y negro, ya proponía personajes de una organicidad estimable. Su Stranger than Paradise es también una película callejera, además ríspida y fotográficamente inclinada al expresionismo. La Driver, como directora, también se sacaba de la manga mujeres raras, locaciones inverosímiles o sórdidas, activadas dentro de un argumento que iba de lo poético a lo espeluznante, de lo fantástico al thriller, del desasosiego dramático a la parquedad enunciativa (Sleepwalk, 1986). El espectador duda ante obras de una energía tan desigual, pero que a nivel de imagen y de historia constituyen un desafío a la paciencia y un reto a la imaginación. Son cineastas incómodos que tienen muy claro hacia dónde no quieren ir, y hasta dónde están dispuestos a llegar, le guste o no al público. De eso se trata el cine independiente. En cambio Venecia concentra todos los pecados de un cine pobre y sucio; y la gran virtud de las malas películas: nadie hablará de ella cuando se haya muerto, o sea, cuando termine su exhibición. Me parece que Enrique Álvarez, también autor de La ola, Marina y Jirafas viene extraviando sus coordenadas autorales, su personal poética, desde hace algún tiempo, lo cual no es óbice para dudar de su talento. Encomendémonos con esperanzas para su próximo filme, pues dicen que cortando huevos se aprende a capar: ¿también en el cine? la tara de quienes han sido. Encarnan a un tipo de mutante que incomoda a la doxa regente, esa que no desea indeterminaciones, sino cosas fijas, acabadas. El trasgénero, como cosa barroca, carente de fijeza, reta a las normatividades dominantes. El universo del poder necesita por ello administrarlo desde la clínica o desde la represión: hay que hacerse una cirugía de cambio de sexo o fundar una familia nuclear, aunque se tema decir quién soy de verdad debajo de la peluca. El tropo favorito de estas películas es aquello inadmisible; por tanto, nombra a quien lo repudia antes que a sí mismo. El tono doliente, victimista, de Solaya, y el optimismo simplificador de Perugorría, evitan detenerse en la esencia política del cuerpo vacilante. El autoritarismo no puede permitirlo porque él mismo tiene un cuerpo enfermo de dogma, allí donde se ha prohibido elegir. Y de lo que se está finalmente hablando es de la libertad. Asimismo, el cuerpo del protagonista de La pared de las palabras (Fernando Pérez, 2014) es un mundo secreto. El enfermo mental interpretado por Jorge Perugorría1 se debate por manifestarse más allá de su condición específica, de como todos lo ven. Quiere crear, dejar de ser un sujeto de la mirada de los otros: de su madre, encanecida y cargada de la vejez de la resistencia, con el sufrimiento cifrado también en su cuerpo; de los demás, que prefieren olvidarlo y considerarlo un caso perdido; de los médicos, que apenas ven en él a un paciente siquiátrico. Su cuerpo es un texto ilegible, sin habla ni gestualidad comprensible, y apenas le resta contorsionarse. Pérez olvida la distancia necesaria para abordar este drama e incurre en énfasis gratuitos y en un didactismo innecesario, pero el cuerpo vuelve a ser tematizado como material conflictivo. Esto, porque el cuerpo no es una cosa cualquiera, sino un tipo de escritura. Algo que se crea a través de la imaginación, que contiene inscripciones cuyo portador no gobierna (“actúa como una mujer” / “tienes que portarte como un hombre”), así como la posibilidad de producirse. Cuando se toma al cuerpo como territorio de producción de sentido para el cine, es lo único que hay. Porque el cine se ofrece como algo material y sus figuras se manifiestan con sustancia propia. Mírese por ejemplo a las muchachas de Venecia (Enrique Álvarez, 2014). Su universo de coincidencia es el mundo del trabajo, una peluquería adonde van a hacer la faena de todos los días. Mayelín, Mónica y Violeta son extrañas absolutas que cohabitan durante unas horas en el ambiente reducido del negocio. Pero el día que cuenta la película, reciben su salario y se ponen de acuerdo para acompañarse al final de la jornada. Berta Carricarte (La Habana, 1964). Profesora y crítica de cine. 58 Dolor de la resurrección, de Luis Yuseff. 60 Elogio de la Venecia con ellas, ni Sara, ni Jim incertidumbre, de Jorge Fornet. 61 Damas de Social…, de Nancy Alonso y Mirta Yáñez. 62 Dame el siete, tebano, de Margarita Mateo. 56 56 Crítica Crítica // mayo-junio mayo-junio 2015 2015 L a buena noticia es que ya los directores del cine cubano han comenzado a producir sin el mecenazgo del ICAIC. Para algunos cineastas terminó ya la “mamitis” cinematográfica que tanto daño le hacía a nuestro cine de autor, noción germinada en las páginas de la revista francesa Cahiers du Cinéma para designar el protagonismo absoluto de los directores de cine en la procreación de sus obras. En términos metafóricos cine de autor identifica un réalisateur que se autofecunda y pare un filme que llevará inscrito en sus genofotogramas los rasgos estilísticos identitarios de su progenitor. Así se consideran las obras de Orson Welles y Alfred Hitchcock, de Ingmar Bergman y Luis Buñuel, de Akira Kurosawa y Robert Bresson, aunque no le pega a ninguno de ellos el rótulo de cineasta independiente; al menos no en el sentido en que lo constatamos acá. Y la mala noticia es que la producción freelance no garantiza per se la calidad del filme: ahora en Cuba veremos mucho cine independiente, independientemente de que el resultado sea bueno, malo o regular. Pero vayamos al grano. Lograda a partir de un modelo de producción autónomo, Venecia cuenta una jornada en la vida de tres mujeres que trabajan en una peluquería; lo que sucede el día del pago, cuando deciden irse a corretear por la ciudad buscando placeres y distracción, Mónica (Maribel García Garzón), Mayelín (Marianela Pupo) y Violeta (Claudia Muñiz). Al inicio la fotografía es sedada, estable, concentrada en los personajes más que en la escenografía de los interiores. En la medida en que el (relato) día avanza, el filme se vuelca hacia los espacios citadinos, con una cámara suelta en la calle, entrando y saliendo aquí o allá, arrastrada por el peregrinaje urbano de las tres amigas. Recuerda –en términos de ambiente– a la estética visual que surgió hace más de cincuenta años con la Nueva Ola francesa. Es como tentar a Cleo de cinco a siete, sin Agnès Varda y sin el encanto de todos sus riesgos y su novedad estilística. Cada chica muestra una imagen de sí tras la cual oculta su verdadero cariz interior. La gordita Mayelín, orgullosa de sus modernas tetonas como una Anita Ekberg tropical, es cine libros cine Álvarez. Cuestiones de biopolítica en Venecia H ay una persistencia del cuerpo como eje de creación de sentido en las películas cubanas de 2014. Pareciera tratarse de un esfuerzo concertado… pero no. Aunque hay preferencia por una clase de corporalidad: la del trasgénero. En Fátima o el Parque de la Fraternidad (Jorge Perugorría, 2014), el cuerpo de su protagonista es el mismísimo territorio de negociación. En su caso, de una identidad compleja, donde la entidad biológica se bate frente al deseo y a la imaginación. Por eso Fátima se sueña y desea mujer, no hombre. En el caso de Vestido de novia (Marilyn Solaya, 2014), aparece de nuevo el cuerpo indeciso. Su protagonista, Rosa Elena, ha cambiado de sexo anatómico, pero su conflicto reposa en despojarse de su pasado y de los prejucios reinantes en su mundo social para ser, definitivamente, mujer. Tanto en Fátima como en Rosa Elena está, pesando sobre el libre albedrío, La Gaceta de Cuba 57 58 Crítica / mayo-junio 2015 cieros para su ejecución. Además de obtener los fondos a partir de las contribuciones de un grupo solidario, su puesta en escena acontenció mediante un intenso proceso de creación colectiva, de la improvisación sobre una escaleta y de ideas motrices que motivaron las escenas. El guion es firmado, por tanto, por Claudia Muñiz, Kiki Álvarez, Nicolás Ordóñez, Maribel García y Marianela Pupo (o sea, director, fotógrafo y actrices). En su anterior largo, Jirafas (2013), Álvarez había subrayado la importancia del proceso de creación con el actor, a la manera de una work in progress teatral. Aquel relato se sostenía también en la interacción entre tres personajes, aunque el peso de un ambiente protector y claustrofóbico al mismo tiempo (una vivienda en litigio legal, donde los jóvenes protagonistas ensayan un proyecto de comunidad) suponía un locus escénico más cercano a la representación teatral. Venecia es la elaboración de un contexto más amplio para esa alegoría política. O mejor, biopolítica. El cine cubano, cuya militancia estética fue proyecto y laboratorio de formas de expresión de vanguardia dentro de su período clásico, ha dejado de explorar las proyecciones de lo colectivo. Las sustituye por relatos terapéuticos y por la agonía del héroe individual. Pero he aquí un ejemplo de cómo abordar esos lazos que empujan a establecer conexiones, a abrir universos donde cohabitar. Un apunte no menos significativo es que el tegumento que reúne no es más la ideología política o el proyecto nacional, sino breves ideales, afectos igual de precarios, como el amor o la amistad. Lo curioso de esta apuesta por una biopolítica del encuentro con el otro es que emerja desde un espacio de ficción como es la peluquería, emprendimiento representativo de la economía privada cubana de hoy. Y también, desde el ámbito imaginado de un cine cubano independiente. Dos escenarios de agregación fuera de los marcos de la reglamentación institucional, del paraguas estatal, de la organización centralizada y rígida que ha dado lugar a un orden burocrático y a un cine pensado desde la burbuja abstraída de la representación de una sociedad ideal. Un cine y un proyecto nacionales divorciados de las necesidades profundas de la sociedad actual, que se piensa desde lejos de la realidad que se pretende representar. El proyecto de Álvarez supone sacudir esas rémoras para volver al encuentro de lo esencial adormecido, del nosotros. Y para ello invoca uno de los tropos favoritos del cine cubano clásico: el personaje femenino, la mujer. No hay en Venecia un discurso de género manifiesto y militante, pero hay mujeres. A través de ellas se examinan, como había sido sobre todo en el cine de Humberto Solás, las fracturas de los órdenes heredados y de las autoridades inmutables. Álvarez busca aquí ese imaginario compartido, donde se negocian lealtades y valores afectivos, así como se administran las solidaridades. Allí donde los hombres no son siempre criaturas perversas, sino partenaires en el espacio público, iguales o casi, con los que se establecen acuerdos. Esta escritura del cuerpo, esta clase de biopolítica, rehuye la obsesión con la genitalia y las funciones corporales características del discurso de género del cine cubano actual. Las funciones sexuales y reproductivas, la asunción de una identidad de género fija y acabada a través de ellas, no aparece en la agenda de Venecia. En cambio, asoman los imaginarios, la esfera de los afectos y las pulsiones del deseo, como configuradoras de esa anhelada identidad. El único roce con el mutante, acontecido cuando Violeta desciende a la sima del infierno nocturno de la fiesta rave, en la se- cuencia de la discoteca, tiene un cariz iluminador, no reivindicativo. La idea de una biopolítica del trasgénero, agotada como recurso de crítica al poder en el cine cubano después de 2014 (que no como política de la memoria), encierra la traición de su propia agenda justiciera. Porque una identidad es algo vivo, flexible, mutante, una escritura mariposeante y abierta. Y más importante: que se realiza colectivamente. Una biopolítica que aspira a acotar es siempre una función de control. Busca liberar las potencias humanas más allá de las etiquetas, no desea formas acabadas sino potenciar las virtudes de la imaginación, apunta siempre a invocar la función de la utopía: sirve para caminar. Dean Luis Reyes 1 Perugorría interpreta a un tullido con Pérez, a un bisexual simulador en Vestido de novia y escoge contar la anécdota de un homosexual que deviene travesti en Fátima… Podría ser un ejercicio crítico seductor establecer las conexiones entre tales textos a través de la figura del actor-director. El cotidiano martirio de resucitar L } Frente a los héroes individuales de los títulos anteriores, en general derrotados en sus ansias por encontrar su consumación en los demás, he aquí el ensayo de un héroe colectivo. Eso que en la terminología crítica suele ser calificado como “relato coral”, encuentra ahora una deriva donde los cuerpos aislados acaban coincidiendo, tocándose, compartiendo el terreno social. Las tres mujeres salen a la calle, participan de ritos banales tales como elegir un vestido o discutir sobre el tamaño de sus tetas. Una heroicidad intrascendente. Venecia es un nuevo ejemplo de la decantación de Enrique Álvarez hacia un cine de ambiciones descriptivas. A raíz de la colaboración con la actriz Claudia Muñiz –iniciada en Marina (2011)–, en vez de la avidez trascendental y muy discursiva de La ola (1994) o Miradas (2001), su obra se ha visto despojada de esa ambición de cine de tesis en contextos metafóricos, para habitar la materialidad contemplativa y el trabajo de cocreación sobre el guion como idea matriz y con el actor como campo de producción de sentido. De ahí el énfasis en el cuerpo del intérprete, en su materialidad despojada de teleologías. Los guiones de Claudia Muñiz operan por sustracción, proponen situaciones ambiguas y crean redes de interrogantes que nutren climas, más que ofrecer conflictos evidentes. Hay mucho que no se sabe de las mujeres de Venecia, porque su relato son ellas mismas y no aquello que deben encarnar para fines narrativos. Pero el tránsito que refiere Venecia no es baladí. Del mundo del trabajo, allí donde se dibujan las primeras lealtades entre estas mujeres, ocurre el traslado hacia el cosmos doméstico de Violeta (algo hace suponer, durante la secuencia en que visitan el apartamento de la mujer, que el protagonismo se inclina hacia este personaje, pero no) y, en lo adelante, hacia el ámbito del ocio y luego, de la catarsis nocturna. Todo apunta a dibujar la gestión de solidaridades, la erección de un ámbito de anhelos compartidos que remata la coda, un momento ataráxico al amanecer, donde todas sueñan con erigir una peluquería propia, a la que bautizarán como la lejana ciudad de los canales y las góndolas. Este sobrevuelo de un intento de utopía colectiva parece comentar la constitución del acto creativo que dio lugar a la película. Como si de un ejercicio autorreferencial se tratara, aquí se destaca la posibilidad de un modo de producción distinto, donde al proyecto artístico surge de la gestión colectiva. Venecia es resultado de una iniciativa de crowdfunding, de donde surgieron los recursos finan- libros o bajaron sin hablar […]/ … sin contar con nadie […]/ sin fe… sin esperanza/ …[sin] entender/ lo que estábamos dejando allí/ tan solo que daba miedo pensarlo. Estas palabras, entresacadas del poema “3” de la primera sección de Dolor de la resurrección,1 aparente preámbulo donde sin embargo nos invade ya el espíritu del libro como bien parece haber percibido su editor cuando lo escogió para, desde la contracubierta, llamar nuestra atención, ¡y vaya si lo consigue!, hacen inevitable el deseo de adentrarse en el universo que nos ofrecen. Para quien ha seguido, con el respeto y la admiración que naturalmente genera su verso, la evolución poética de Luis Yuseff, no habrá sorpresas en esta, su última entrega (editorialmente hablando), pues símbolos, temas, modos y motivos que le han acompañado a lo largo de toda su obra asoman también en este doloroso resurgir donde sin embargo se evidencia nuevamente la madurez lírica y vivencial a que habíamos asistido ya en Aspersores, y que ha venido consolidándose volumen tras volumen desde aquel primigenio El traidor a las palomas, del que yo, tan apegado a lo cotidiano, no podría renunciar a un texto como “Viento de las tardes”, y casi me resisto a creer que “Últimas palabras del monje Therapion” sea el fruto de las disquisiciones y la sensibilidad de un joven veinteañero. Una especie de ingenuidad (no literaria, no) y una frescura manan incluso de los pasajes más tristes de aquella ópera prima, donde además se evidencia ya lo que más tarde señalaran Manuel García Verdecia en su prólogo a Yo me llamaba Antonio Broccardo y Antón Arrufat en su nota a Salón de última espera: el poeta conoce bien a quienes le han antecedido y no oculta lo que de ellos ha venido aprehendiendo, no vacila en utilizarlo abiertamente. Sin embargo, ese bagaje sigue aflorando, de modo cada vez más sutil, en la poesía posterior, en la que ahora mismo leemos, recién estrenada, pero más hondamente imbricado, fundido con el de su propia existencia, a medida que comprende que esta es un continuo tropezar, caer y levantarse, y el verso se convierte en ánfora donde verter tanta muerte sucesiva, receptáculo y sustrato propicios para el fermento de la nueva existencia, sonido de la voz propia, síntesis nueva de todas las anteriormente escuchadas, digeridas. Cuatro secciones componen este nuevo volumen de versos al que, gracias a Ediciones Áncoras, podemos acceder hoy los lectores, y cada una de ellas, sin perder esa conexión, que se extiende a lo largo de todo lo escrito por el poeta, es autosuficiente. En la primera, que da título al libro, asistimos a la estupefacción ante lo inevitable primero, la impotencia ante una muerte, ¿simbólica o real?, donde se apela a claves que el hombre ha tomado de la naturaleza: siete astros visibles en movimiento, siete días, siete notas, siete colores, siete pecados…, siete gritos que finalmente ¿exorcizan esa muerte, la reciclan?; y luego se reflexiona en torno a ella: lo sombrío, lo definitivo, la íntima alegría ante el milagro de la probable resurrección y el desencanto porque quizás no ha valido la pena. ¿La historia de Lázaro a la manera de Luis Yuseff?, ¿la historia del poeta?, ¿la mía, la nuestra? En “El loco de la torre” se aprecian las marcas que ha dejado en el sujeto-poeta la relación con sus congéneres, esos que una vez dentro piden cualquier cosa …que los haga parecer particularmente piadosos/ ante tanta miseria humana, esos que tienen, cada uno de ellos, su propia torre. Esos desde quienes vienen la tentación (y puede que uno crea/ y puede que uno hasta germine/ como tallo nuevo/ en el vidrio de laboratorio/ y palpite igual que un corazón cierto…); la vanidad (…el poeta-vecino/ se esponja y abanica/ igual que el pavo real abre su cola/ […] pongo en la mano del poeta-vecino/ el sol de mi patio interior/ y no resiste); o la estupidez, que son casi la misma cosa, de cualquier modo ineludibles. Esos que lo maltratan o ignoran: los que siempre estuvieron/ porque son como el aire/ que se quedó atrapado en el pulmón del héroe/ que no dijo jamás su nombre de guerra. Aquí también el homenaje a quienes le anteceden, a quien lo descubre herbario visitado por murciélagos/ donde crece la devastación de las flores blancas; a quien se ahoga en un vaso turbio ¿su propia respiración?, a quien es solo ángulo para el olvido, al más absurdo, y aquí también la rabia por ese paisaje de “manchas prietas sobre el papel”, archipiélago donde ¿todavía se vive? Y recordemos que la insularidad es otro de los temas recurrentes en la obra de Yuseff, como lo es el amor, el (homo)erotismo, que hacen clímax en su anterior Los frutos de Taormina y son ahora tema de “Los besos públicos”, la tercera sección de este libro, dígase el rechazo al sexo vacío de sentimiento, dígase el escepticismo ante la posibilidad de hallarlo, el miedo a frustraciones, dígase la esperanza. Singular delicadeza rezuman imágenes como la del poema “2”, retrato que la mayoría de las ocasiones se traza en rasgos soeces y que me recuerda aquí, salvando circunstancia o distancias –temporales, formales o de cualquier otra índole– aquel “Soneto” de Villena: y entre tus muslos de marmórea piedra/ entretejí con besos una hiedra/ que fue subiendo al capitel sombrío, cuando reza: arde su piel —arenisca/ que aglutino/ entre los dedos—/ cuando el coágulo blanco/ cae sobre/la marca del agua/ sin otro testigo/ que el mar; o el poema “5”, dilema de dos, marca definitiva para un tercero; o en la esperanza renovada cada vez en “Infértil”; o en el desaliento por los caminos borrados, en los labios que ya no aman, en la huida, en el retraimiento de preferir los fuegos fatuos a las estrellas fugaces, apuesta por lo humilde de resonancias martianas, dulcemarianas quizás: pero el guijarro es mío/ y lo amo. Dibujo y síntesis de una poesía cuya riqueza lexical se evidencia en la sencillez, en lo común de la palabra escogida que engarzada, unida a la otra, forma la metáfora esplendente, la imagen conmovedora, cruda a veces pero sin perder una distinción que le es inherente al “poner [como dijera Lina de Feria refiriéndose a otra zona de su poesía] lo sanguíneo y verídico del hombre en el aspecto más lúcido y trascendente de su creación”. La siguiente sección del cuaderno, “Los territorios ocupados”, es expresión del amor a toda costa, amor a pesar del desamor, de la indiferencia: “nadie abre la puerta cuando golpea sobre la madera”; del silencio: “nunca un gesto hirió tanto como en la casa de los hombres sin voz”; de la desidia o la soledad, porque a pesar de todo es ese sentimiento lo único que nos salva. Aquí el verso cobra el dramatismo, que tratamos de olvidar, de lo cotidiano, dramatismo de unos cuerpos/ convertidos en ceniza/ que se tragaba/ constantemente/ el apagón; el dramatismo de lo prescindible y finito, acabado quizás, de lo redundante y diverso a la vez, de nuestra evolución vital, metamorfosis continua donde, junto a la vieja piel, se dejan también profundas esencias. Muy bien podrían cerrar aquí estos dolores, clímax sostenido que sin embargo da paso aún a otro conjunto: “Anatomía personal”, más íntimo si se puede, colofón quasi ideal donde el lenguaje se condensa en profusión metafórica, que por momentos puede llevar al desconcierto, ¿debido quizás a una identificación plena del poeta con su medio natural, una difusión del ser en el universo?: por eso me acerco a los cuerpos abominables/ asimilado por el origen de la existencia, soy un gas que desea sumarse a la atmósfera de la habitación donde se ejecutan las ceremonias; pero que sintonizan semánticamente con todo lo anterior: madre de la montaña: beso el cobre y es amarga mi voz/ es ardua mi oración: ofréceme el sacrificio lento/ que hay en mí un día de resurrección. Lo cierto es que nos obliga a concentrar la atención, a intensificar la búsqueda de tal modo que una vez asomados a estos abismos, nos sumergimos hasta quedar en ellos, ser parte. Quizás desde el principio estoy confundiendo sujeto lírico y poeta, peor, lo confundo conmigo, pero esa identificación, que a estas alturas deviene más honda e insoslayable, ¿no es un mérito del poemario? De escucharme o leer estas palabras, Luis Yuseff se preguntaría, probablemente, “¿De dónde saca él todo eso?, yo no lo he pensado, no quise decir tal cosa”, pero este discurso mío pasó en algún punto, sin habérmelo propuesto, a la primera persona, y preferí, luego de su relectura, no “arreglarlo” porque la transición, impensada, inconsciente, es mi principal ofrenda a Dolor de la resurrección, a su poeta. ¡Cuidado, lector! Aun advertido, puede muy bien sucederte la misma cosa. José Raúl Fraguela (Pinar del Río, 1961). Poeta y editor. 1 Luis Yuseff: Dolor de la resurrección, Ediciones Áncoras, Holguín, 2014. El pasado 7 de febrero fue estrenado en la Berlinale (Festival Internacional de Cine de Berlín) el filme Dauna. Lo que lleva el río, del cineasta cubano residente en Venezuela Mario Crespo. La cinta es la primera realizada enteramente en idioma warao, y fue seleccionada como parte de la sección NATIVe que presentó un conjunto nutrido de películas sobre tema indígena, realizadas entre 1986 y 2014. Filmada con apoyo del Programa de Ibermedia y el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía (CNAC) de Venezuela, Dauna… centró su rodaje en la región del Delta del Orinoco donde se asienta el milenario pueblo warao. Dauna es una mujer indígena en medio de un dilema: asumir la herencia y costumbres de su condición femenina dentro de la cultura warao, donde el hombre es centro, o evolucionar y reclamar su derecho a crecer y destacarse también como individuo. De esta forma, Dauna apunta hacia el tópico de la interculturalidad de un país como Venezuela rico en tradiciones y cuyo ritmo acelerado de desarrollo económico impone nuevas condiciones sociales. Mario Crespo es recordado, entre otros proyectos cinematográficos cubanos, por haber sido parte del grupo de realizadores de la película coral Mujer transparente de fines de la década de 1980. La Gaceta de Cuba 59 } 60 Crítica / mayo-junio 2015 volumen. Debieron trascurrir sesenta años, para que esta novela, irreverente y demoledora, publicada en México en 1949, fuese publicada en Cuba, y que suscitó, en su país, una de las polémicas culturales y políticas más cruentas de esa época. Fornet nos advierte que uno de los rasgos que desconcertó a los críticos de entonces fue su “regodeo en la sordidez, en la putrefacción, en la decadencia, en la miseria, en la presencia […] de discapacitados, de enfermos, de seres horribles”. Y nos reitera: “Si ha habido alguna vez un realismo sucio, es el de este libro”. Y mientras revisita casi la totalidad de la obra de Revueltas, accedemos al relato minucioso del desarrollo de aquella “polémica” desmesurada, “que terminó por aplastarlo”. El segundo autor no puede ser otro que Ricardo Piglia, el argentino, a quien Fornet ha dedicado innumerables páginas. A él debemos el prólogo a la edición cubana de Respiración artificial, publicada por Casa de las Américas en 2000. A su “cuidado” estuvo la edición de la Valoración múltiple que preparó también Casa de las Américas en ese propio año. Luego, veríamos aparecer, en 2005, el volumen El escritor y la tradición. En torno a la poética de Ricardo Piglia, publicado por la Editorial Letras Cubanas; así como sus “Asedios a Plata quemada (en nueve capítulos y un epílogo)”, ensayo incluido en su libro ¿Para qué sirven los jarrones del palacio de invierno?, publicado bajo el sello de la Editorial Oriente en 2006. Seguramente bastarán estas credenciales para comprender que “Un libro de tapas azules o el arte de leer al revés” infiere una valoración de la persona que más nos ha ayudado a comprender, leer y disfrutar de las peculiaridades de una obra siempre de una simbiosis social, más bien ajenos o zaheridos por ella. Texto revelador este, en tanto enumera y sugiere un posible camino, un posible destino para la novelística cubana que ya va nombrando y subrayando este siglo xxi. Breves y lúcidos son los textos dedicados a Machado de Assis, a Juan José Saer y a Fogwill. Tras leerlos, no nos queda otra posibilidad que buscar, hurgar, encontrar las Memorias póstumas de Blas Cubas, El entenado o Los pichiciegos. Pues Fornet nos convence de que no leerlos es casi un pecado capital. Saber que uno de los más privilegiados lectores de Hermann Broch, en Cuba, fue Alejo Carpentier; leer en clave cubana la obra del mexicano Sergio Pitol, o asistir a la irrevocable singularidad y esplendor de cuatro novelistas latinoamericanos; a saber: Mario Bellatin, Pedro Lemebel, David Toscana y Edmundo Paz Soldán, con novelas que destacan por sostener “un espacio de resistencia a la corrección política”, nos permite vislumbrar la pluralidad de temas y a su vez la unidad innegable de estas páginas. El libro, en su conjunto, tal y como lo ha sustentado Jorge Fornet en sus obras anteriores, posee una claridad y un ritmo muy cercanos al instaurado por José Bianco en su Diarios de escritores y otros ensayos, ajenos a una retórica academicista, y dentro de una tradición que sostiene al ensayo como un discurso límpido, y sin trampas. Jorge Fornet, en su prólogo a la selección Al borde de mi fuego, poética y poesía hispanoamericana de los sesenta, retoma una frase de Flaubert, que muy bien pudiese testimoniar el destino último de estas páginas: “El frenesí de llegar a una conclusión es la más estéril y funesta de las manías”. Elogio de la incertidumbre no busca concluir, no busca dictaminar una verdad, sino abrir una puerta; o, más bien, infinitas puertas, infinitas ventanas a la duda, al extrañamiento que cada una de sus ideas y de sus pasiones ha provocado y provocará entre nosotros. Geovannys Manso (Santa Clara, 1974). Narrador, poeta y ensayista. 1 Jorge Fornet: La pesadilla de la verdad, La Habana, Ed. Letras Cubanas, colección Cemí, 1998. 2 En su libro ¿Para qué sirven los jarrones del palacio de invierno?, publicado por la Editorial Oriente en 2006, Jorge Fornet incluye otro acercamiento a la obra de José Revueltas. El ensayo titulado: “Yáñez, Revueltas y la nueva novela mexicana” (p. 65-74). libros } E l martes 25 de noviembre de 2014, a las cuatro de la tarde, en el Hemiciclo Rosario Novoa del Museo Nacional de Bellas Artes, Jorge Fornet disertó sobre la narrativa latinoamericana de los últimos años, para convertirse en miembro de número de la Academia Cubana de la Lengua. Desconozco las especificidades de su discurso, pero sospecho que habrán reaparecido nombres como Villoro, Pitol, Lemebel, Roberto Bolaño, Bellatin, Eltit, Piglia, Padura, Roberto Arlt, Arguedas, Lezama, Carpentier, Cortázar, y tantos otros, que conforman la tradición y la vanguardia de una narrativa que se conserva diáfana y febril, más allá de esos laberintos que intentan sustraerla o redireccionarla hacia zonas no siempre afines a la literatura. En tanto conozcamos las ideas, nombres y obras citados en aquel discurso, tal vez, Elogio de la incertidumbre, publicado por Ediciones Unión en 2014, nos permita acceder a un cúmulo de obsesiones recurrentes en la obra de Jorge Fornet. Quisiera comenzar por dos ensayos que grafican muy bien estos asedios y que reiteran la voluntad de su autor por volcar, hacia el lector cubano, sus vastas lecturas y relecturas de dos autores claves para comprender la literatura latinoamericana del siglo xx. El primero de ellos es el mexicano José Revueltas. En 1998, Jorge Fornet publica La pesadilla de la verdad1 y en él incluye su ensayo “El luto humano o la derrota de la geometría”, texto que se concentraba en la primera gran novela de Revueltas2 y que para muchos críticos representó un viraje decisivo en la novelística mexicana. Once años después, escribe el prólogo a la edición cubana de Los días terrenales, que se incluye, ahora, dentro de este libros La virtud de ensayar sobre la incertidumbre imprevisible como la de Piglia. Aquí, Fornet se asombra y nos asombra al percibir que “los textos más recientes de Piglia provocan un desconcertante avance hacia atrás, una fuga hacia el pasado…”, así como la proliferación en la reedición de sus obras de paratextos: epílogos, prólogos, fechas que infieren una necesaria reordenación. Piglia modifica los índices de sus libros, reinventa historias, finales, tramas, agrega o suprime textos en un juego interminable, que supone una forma esencial de su poética y de su mundo. Por suerte para nosotros, Ricardo Piglia forma parte de nuestras lecturas posibles, desde que Casa de las Américas publicara, en junio de 1967, la colección de cuentos Jaulario, luego nos permitiría disfrutar de esa novela inevitable: Respiración artificial. Más recientemente, Ediciones Sed de Belleza nos entregó sus Formas breves, gesto que completa este año la Editorial Arte y Literatura, al publicar la edición cubana de Plata quemada. Dos ensayos nos remiten directamente al universo cubano de la novela. En uno de ellos, Jorge Fornet nos devela claves esenciales para releer la obra de Guillermo Cabrera Infante, inscrita –según las revelaciones de Fornet– entre dos polos. “De una parte, el juego y la parodia; de la otra, la obsesiva presencia de Cuba, que con frecuencia se desplaza hacia su pasión por La Habana”. Debemos recordar que, tras su muerte, en 2005, la obra de Guillermo Cabrera Infante ha sido poco revisitada aún por críticos y ensayistas cubanos radicados en la Isla, por lo que esta mirada pudiera significar un nuevo intento para sostener ese diálogo que el autor de Tres tristes tigres ha de propiciar en décadas sucesivas. En el segundo de ellos, y que cierra este volumen, Fornet se detiene en cuatro novelas de reciente aparición en nuestro país: Djuna y Daniel, de Ena Lucía Portela; La soledad del tiempo, de Alberto Guerra Naranjo; Desde los blancos manicomios, de Margarita Mateo, y El hombre que amaba los perros, de Leonardo Padura. Estas narraciones le sirven para preguntarse y preguntarnos: “¿Cómo entender, a través de cuatro novelas, una literatura? ¿Cómo, por extensión, comprender una sociedad?”. Fornet percibe, no solo en ellas, sino casi como norma, “una propensión a narrar las historias desde la perspectiva de los perdedores, los fracasados, los personajes sin futuro”. Y admite: “La afirmación de la individualidad, paradójicamente, ha hecho escuela”. Personajes-escritores, personajes-lectores que persisten en reaparecer, lejos Las damas de Social H ace unos pocos años fueron publicados gruesos volúmenes con la abundante correspondencia sostenida por el doctor Emilio Roig de Leuchsenring, Emilito para sus amigos. El Historiador de la ciudad de La Habana, cargo en el que se desempeñó hasta su muerte, nos dejó la útil herencia de una copiosa y esclarecedora bibliografía, con obras fundamentales sobre la historia de Cuba, a la que debe sumarse su empeño en la preservación del patrimonio histórico material de nuestra capital en tiempos en que imperaba la depredación más voraz. La preparación de aquellos volúmenes de correspondencia fue una labor de espíritu arqueológico, excavando archivos con paciente perseverancia para luego revisar cada hallazgo y valorarlo, ordenarlo y clasificarlo antes de ponerlo a la disposición del público. Esa labor tan meritoria fue obra de dos mujeres: Nancy Alonso y Grisel Terrón. Pero lo que parecía terminar allí fue, para Nancy Alonso, el comienzo de una nueva aventura de investigación. No hay que olvidar que Nancy es bióloga de profesión, familiarizada con la búsqueda microscópica y capaz de descubrir lo que para otros pasa inadvertido. Fue así que en la manipulación de la correspondencia recibida por Roig, encontró una carta de Aurelia Castillo de González que le sugirió iniciar un nuevo empeño relacionado con la revista Social, dirigida por Conrado Massaguer –publicada mensualmente desde enero de 1916 hasta 1938 con una interrupción de dos años entre 1933 y 1935–, y de la que Roig fue su redactor en jefe. Aquella carta trataba sobre la publicación de un número especial de la revista dedicado a la mujer, en el que todos los artículos fueran escritos por mujeres. El número fue hecho y publicado en el mes de mayo de 1919. Desde el comienzo, las páginas de Social estuvieron abiertas a las colaboraciones femeninas, entre ellas, una sección para las poetisas. A partir de esta base, Nancy pensó en la po- sibilidad de hacer una selección de las colaboradoras de Social, no solo aquellas incluidas en el número especial, sino de todas las que publicaron desde la fundación de la revista hasta su desaparición. Así nació la idea de escribir este libro titulado Damas de Social.1 El empleo del sustantivo damas en lugar de mujeres surgió a partir de que la portada de aquel número especial incluía la frase en inglés For ladies only, o sea, solo para damas. Valga añadir que, hasta finales de la década de los 50, en los anuncios del costo de la entrada a los bailes públicos que organizaban ciertas sociedades como el Centro Gallego o el Asturiano, aparecía escrito: “Caballeros un peso, damas por invitación”, lo que demuestra el uso que se hacía entonces de este término para referirse a las mujeres. Nancy enroló en la aventura a su amiga Mirta Yáñez, conocida escritora e investigadora. A partir de la idea original vino la elaboración del proyecto para la obra final. En la selección de “Damas”, solamente aparecerían las cubanas, y no otras muy ilustres escritoras de diversos países, a excepción de tres que, aunque no nacidas en Cuba, vivieron y sintieron por ella como la patria propia. ¿Cómo no incluir entre las cubanas a aquella boricua que dijo que Cuba y Puerto Rico eran las dos alas de un mismo pájaro, o a la que escribió un emocionado libro, El Martí que yo conocí, o a la gallega que tanto aportó a los estudios de la música coral en Cuba, género que goza hoy de una excelencia reconocida internacionalmente? Así quedaron un total de veintiocho damas. Cada una presentada con su retrato y una breve ficha biográfica junto a una selección de algo escrito por ellas. Hasta aquí todo hubiera sido un justo tributo a las “Damas de Social”, pero las autoras fueron por más y tuvieron la ingeniosa idea de buscar un número igual de “damiselas” contemporáneas, para que escribieran acerca de una de las seleccionadas. De modo que entre damas y damiselas suman un total de cincuentaiséis ilustres cubanas de varias generaciones, a las que habría que añadir las dos autoras de este libro. Debo advertir que los lectores podrán encontrar entre las damiselas a una madre y a su hija, y a profesoras y sus alumnas, de modo que el término no nos lleve a creer que se trata de adolescentes, pero sí son todas destacadas y valiosas intelectuales cubanas. Todo lo que hasta aquí va dicho, y más, lo encontrará el lector en la nota introductoria al libro redactada por Nancy Alonso. El volumen cuenta además con un epílogo de Mirta Yáñez titulado “Social, sus Damas, mi Álbum de Apuntes”. En realidad este epílogo podría leerse como un prólogo que nos da una valoración muy esclarecedora y precisa de la época en la que se publicó la revista y de sus características. Esta valoración se refiere a la situación de la mujer y sus luchas, no solo en Cuba, y a las corrientes artísticas predominantes en el mundo occidental que influían en el aspecto formal de Social, particularmente en sus ilustraciones. En estos apuntes encontraremos una esencial visión de cada una de las damas incluidas en esta selección que se cierra con ingeniosos y ajustados epítetos. Este Álbum de Apuntes es un excelente ensayo histórico sobre aquellos años de nuestra incipiente república y la contribución femenina a nuestra nación en el orden cultural. Para información de los lectores, diré que la primera de todas las damas era ya una figura relevante en el siglo xix, una contemporánea de Gertrudis Gómez de Avellaneda, quien tuvo a su cargo la coronación de la ilustre camagüeyana en los grandes festejos que se hicieron en su honor en la ciudad de La Habana en 1860. Me refiero a Luisa Pérez de Zambrana, cuya poesía fue tan elogiada por José Martí por su finura y delicadeza. La última de las damas incluidas es también otra poetisa extraordinaria: Serafina Núñez, tempranamente elogiada por Juan Ramón Jiménez y Gabriela Mistral y que alcanzó a vivir hasta los primeros años de este siglo. Si las damas de Massaguer y Emilito fueron mujeres que enriquecieron con su obra y sus acciones a Cuba en el primer tercio del siglo xx y fueron precursoras de logros fundamentales ulteriores, las damiselas de Nancy y Mirta son todas contribuyentes destacadas al desarrollo de nuestra cultura nacional en la segunda mitad del siglo xx y lo que va del actual. Aunque de las damas no tuve la posibilidad de ser persona cercana, sí lo he podido ser de las damiselas, por lo que podría dar testimonio adicional al conocimiento de su obra. A todas las admiro, además de por su inteligencia, por la vocación de servicio a su pueblo, por su fidelidad a la defensa de los valores más altos, por su decisión de superar obstáculos y vencer retos que la vida impone, sin que se dañe la calidad humana, con limpieza de espíritu y suficiente amor y humor para que no muera la sonrisa que dice sí a la vida, la Vida con mayúscula, la que no existe sino siendo parte del todo en el eterno bregar por la felicidad que se logra con el bien común. Mencionar un solo nombre de las veintiocho y no mencionar el resto engendra riesgos. ¿Cómo explicar la mención de una y no de las otras? En el índice de colaboradoras que aparece al final del libro, se recoge una nota biográfica de cada una de ellas. Se hallarán profesoras universitarias, ganadoras de premios literarios nacionales e internacionales, investigadoras y críticas de arte y literatura, narradoras, poetisas, ensayistas, directoras de revistas, y algunas capaces de leer a Homero en su lengua original o a Virgilio en la suya. ¿Pero, alguien podrá censurarme porque aproveche esta ocasión para confesar mi admiración por María Teresa Linares o Graziella Pogolotti, de quienes la vida me permitió estar muy cerca en época de fundación y refundación? En algunos casos, las damiselas conocieron y trataron personalmente a las damas sobre las que escriben y eso resulta muy útil en el caso de aquellas cuya actividad principal no quedó en obra literaria impresa, sino en un quehacer del que solo pueden recogerse testimonios. Tal es el caso de Flora Díaz Parrado, que ejerció la diplomacia como profesión y de quien Graziella Pogolotti, con su extraordinaria capacidad de síntesis, en unos pocos trazos ofrece una diáfana caracterización. Pero quisiera detenerme en lo que sobre María Muñoz de Quevedo escribe María Teresa Linares. En esas páginas que destacan la actividad de María Muñoz en el campo de la música en Cuba tenemos un ensayo valiosísimo sobre el quehacer musical en la Isla y el papel que en él desempeñaron personalidades e instituciones culturales de entonces para mantener a Cuba como parte de la creación de vanguardia de la época. En torno a María Muñoz aparecerán los nombres de Amadeo Roldán y Alejandro García Caturla, de José Ardévol y Harold Gramatges. Pero no solo serán músicos, sino figuras fundadoras de la danza como los hermanos Fernando y Alberto Alonso, y Alicia. Además de la actividad coral que María Muñoz apoyó decisivamente, su patrocinio se extendió al campo del folclor y la actividad que en ese La Gaceta de Cuba 61 1 Nancy Alonso y Mirta Yáñez: Damas de Social. Intelectuales cubanas en la revista Social, La Habana, Ed. Boloña, 2014. Ella no le teme a Antón Arrufat N ada debe asombrarnos en este libro. Ni la docta sapiencia de los juicios críticos, ni el atrevimiento de elegir semejante objeto. No es gratuita la apertura de Dame el siete, tebano:1 comienza con la invocación de un órgano valioso de, como se nos dice, “una leyenda viva, un mito de la cultura nacional”, cualidades que pueden ser asimiladas, sospecho, tanto para el sujeto Antón Arrufat, como para su lengua. La letra uve de la Academia Cubana, Margarita Mateo, hace la presentación de aquella recién ingresada letra i, y alude a la capacidad para convertirse en látigo restallante de esas dos leyendas vivas. La declaración, “látigo restallante”, no la paraliza, no la sumerge en estado de pánico. Una amistad de más de veinte años la reconcilia, aunque sumergida en las páginas hay una frase definitoria que impulsa esa peligrosa decisión. Sucedió en una de las últimas presentaciones del libro sobre Virgilio Piñera, es un relato de uno de los personajes, por tanto, no debemos dar fe de su verosimilitud. Arrufat le declara al público, en unas palabras finales: “Creo que es hora de que alguien me dedique un libro, tal como yo he hecho con Piñera”. Margarita Mateo había amenazado varias veces con cumplir ese mandato casi divino, se lo decía a Antón y él alzaba las manos al cielo y se escuchaban sus palabras dubitativas: “¡Ay, doctora, qué será eso, ¡qué será eso!”. Y Maggie dejaba que pasara el dedicarse a la masturbación y su función narrativa. De todos ellos es el Fotógrafo Enamorado a quien se culpa de la escritura de esos mensajes citadinos, esos “Te amo, Antón” poderosos, él lo confiesa. Como en Ella escribía poscrítica la realidad irrumpe con otro tamiz, aparece literaturizada. Ya no son Dulce Azucena o Surligneur-2, sino un fotógrafo que viaja a la ciudad de Santiago de Cuba para retratar la casa de su dios y solo puede retratar a Enrique Saínz. Este fotógrafo es el mismo que tras sufrir una decepción, amorosa claro, arremete contra su objeto del deseo y mancha las paredes de la Habana Vieja con nuevas declaraciones, esta vez con el “Dame el siete, tebano”, que da título al libro pese a las exaltaciones de un miembro del jurado y el contenido rechazo de la poetisa lánguida, quien no soporta ni la más nimia afrenta contra su poeta preferido. Estamos ante un ejercicio absoluto de poscrítica, un ejercicio que va más allá del iniciado en 1995, también con Jorge Ángel Pérez como editor y oyente benévolo, porque en este libro se tejen verdaderos relatos en torno y sobre el objeto crítico, y los personajes tienen una función no solo sugestiva sino también sustancial dentro de la configuración del discurso ensayístico. La hibridez entre ficción y ensayo mantiene correspondencias más eficaces, se hacen dependientes, la ficción posee mayores recursos para erigir y favorecer el examen crítico. Los personajes introducen el tema siguiente, manejan bibliografía, la comentan, emiten juicios, se hacen críticos, crean una biografía accidentada del autor, narran presentaciones, a veces utilizan los mismas tácticas narrativas de una novela de Arrufat, como el viaje del fotógrafo a Santiago cuando inmediatamente después se hablará sobre La caja está cerrada que es un viaje en el tiempo de la niñez y la adolescencia en esa ciudad; pero sobre todo es un homenaje a una actividad vital para Antón: el arte de conversar, y los personajes no cesan de confrontarse. Una palabra empleada por el propio Arrufat en un ensayo sobre Casal, “superposición”, sirve para iniciar la exégesis. Se trata de una teoría de Antón, más que literaria, vital. Maggie traza un recorrido por varias zonas de su obra, donde se cumple esta condición en la que el tiempo se anula y todo sucede en una confluencia mental y a veces hasta física. De algún modo esta teoría está presente por todo el libro, se demuestra su constancia y su versatilidad, se apunta el distingo en la prosa de este autor. ¿No es una intención análoga la de Gregorio y su cajita de cristal en La caja está cerrada? Gregorio guarda objetos de los diferentes momentos significativos de su crecimiento espiritual y cada uno, como si Maggie fuera una semióloga, en un acto de sabia hermenéutica, se analiza para iluminar la experiencia del héroe y las implicaciones narrativas de esos estados formativos. Este es uno de los capítulos más apasionantes, a través de las pequeñas cosas, tan caras a Arrufat, se revela la dimensión del mundo, el cosmos dentro de una cajita que admite seiscientas páginas. Una afirmación de Gregorio regresa a la superposición, que es una idea continua, y explica su afán: “La historia es un espejo doble. Cuanto miro recuerda o asemeja a otra cosa anterior. Para mí, el presente está cuajado de imágenes pasadas. Vivo superponiendo”. La noción del espejo doble, de una dualidad, es precisamente la mirada sobre los cuentos. Escritos en épocas distintas y pese a las advertencias del Bibliógrafo pasivo, “ya existen muchos trabajos al respecto”, es su fatal aviso, este ensayo tiene un efecto dúplice. En primer lugar, indaga en la obsesión que siempre ha tenido Antón con el tema de lo doble, de la identidad múltiple, de la destrucción de lo uno, tanto a nivel del sujeto como de las cosas, más que indagar lo hace hecho irrefutable, pero también logra, después del análisis, análisis narratológico y estilístico, de “La fuerza del parecido”, que uno vaya inmediatamente a leerlo para comprobar la mala lectura que se había hecho. A Arrufat esta declaración le parecerá libros 62 Crítica / mayo-junio 2015 libros tiempo. Pero un día –o mejor en la noche, porque Maggie como yo deja los días al sueño y el placer–, la decisión se hizo firme, sin importar las consecuencias. Creo que es obvio que sea esta autora quien dedique un libro al estudio de toda su prosa, ya se han escrito dos sobre el teatro y más específicamente sobre el escándalo en torno a Los siete contra Tebas, con lo que tienen de prohibido y atractivo (y perdón por el pleonasmo) esos temas. Maggie Mateo, que no pudo ilustrarnos tristemente con algún fouetté en Giselle, según se aclara en la contracubierta, por culpa de su robusto empeine, ha escrito libros clásicos, Del bardo que te canta, Ella escribía poscrítica, Paradiso: la aventura mítica, y ha tratado a algunos de los autores esenciales de la literatura cubana: Carpentier, Lezama (“esas eminencias”, como le gusta llamarlas con ironía a Arrufat) y la generación de los novísimos de los 90. Se ha atrevido con vivos y muertos y lo ha hecho de una manera original, agregándoles situaciones ficcionales e imaginarias. Ya era hora entonces del único clásico vivo que posee la literatura cubana, sí, ya era hora de Antón Arrufat. Las llamadas telefónicas comenzaron, se pedían papeles viejos y nuevos, se insistía en que ella estaba escribiendo. Antón dudaba hasta que un crítico famoso de la poesía, discípulo de Vitier, lo saluda con cierto afecto y admiración inusitados. “Maggie está haciendo un libro sobre ti”, le dijo una tarde en la calle Obispo. El círculo se cerraba. Era verdad. También es verdad que durante los años 90 aparecieron escritos amorosos y deferencias sin límites en los muros de la UNEAC y por la calle Paseo de El Vedado, grafitis suntuosos donde se leía en letras temblorosas “Te amo, Antón” o “Antón, Te Amo”. Maggie crea nueve personajes ficcionales, si bien a los que les gusta establecer relaciones oscuras con la realidad no les será difícil descubrir de quiénes se trata. Entre ellos, cuatro son protagónicos (el fotógrafo enamorado, el bibliógrafo pasivo, la historiadora perversa y el librero de la Plaza de Armas), y cinco secundarios: la poetisa lánguida, que recita los poemas de Antón y lo admira ciegamente, al punto de casi no hablar para dejar brotar sus palabras; dos paseantes, uno gordo y desgarbado y otro esbelto y bello, juego sutil con Jacques, el fatalista, de Diderot; y dos alumnos de Letras que Luisa Campuzano envía para que les proporcionen bibliografía sobre Arrufat, pues quieren hacer una tesis sobre La noche del Aguafiestas. La muchacha pretende escribir sobre la intertextualidad, el muchacho, abogando que la teoría de la Kristeva es para bobos, pretende } Rolando López del Amo Poeta. (La Habana, 1937). El 16 de abril fue presentado en Argentina el volumen Lunes: un día de la Revolución Cubana (Ed. Dunken, Buenos Aires, 2015) del investigador cubano Leonardo Estupiñán. El libro, que alcanzó una mención en el género ensayo del Premio Casa de las Américas 2011, está integrado por quince ensayos que conforman, al decir del autor, “un gran reportaje” acerca del semanario Lunes de Revolución, cuya historia es clave para comprender algunos derroteros de la política cultural cubana posterior a 1959. La presentación estuvo a cargo de la ensayista y profesora argentina Celina Manzoni, doctora en Letras y profesora titular de la Universidad de Buenos Aires, quien recibiera en 2000 el Premio Ensayo de Casa de las Américas por su investigación Nacionalismo y vanguardia. Un dilema cubano. Lunes: un día de la Revolución Cubana recupera la historia del suplemento-magazín cultural –pues abarcó más que el campo literario– del periódico Revolución que fuera órgano del Movimiento 26 de Julio. Más que una cronología de dicha publicación vanguardista trata de evocar una época donde creación artística y compromiso convergían en medio de un contexto y tiempo muy especiales: los “seminales” años 60. } sentido realizaba don Fernando Ortiz, proseguida por Argeliers León. Lo que aquí escribe María Teresa Linares se convierte en sintético panorama de la música en Cuba en la primera mitad del siglo xx cubano y su vínculo con lo que se hacía entonces en Europa y los Estados Unidos. Es el testimonio excepcional de una protagonista que, además, es una reconocida investigadora y profesora a quien mucho debe el quehacer cultural cubano. Este nuevo libro de la editorial Boloña, que lleva el nombre del genial impresor a quien el poeta Eliseo Diego rescató del olvido, y que acostumbra a entregarnos libros de alta calidad, no podía ser una excepción. Su diseño e impresión, la calidad de las ilustraciones a color, los índices de colaboradoras femeninas e ilustraciones de la revista Social, y un índice onomástico confirman la fama de la editorial. El lector quedará siempre agradecido a Nancy Alonso y Mirta Yáñez, a la editora Vitalina Alfonso, a la diseñadora Themis G. Ojeda, a todos los que intervinieron en la publicación de este libro y al regalo de los textos de estas cincuentaiocho escritoras cubanas. Su lectura nos proporciona una recuperación de la memoria histórica de Cuba más allá del aporte femenino, aunque parta de él. Cuánta razón tenía José Martí cuando concluye así su artículo titulado “De las damas cubanas”, publicado en el periódico Patria el 7 de mayo de 1892: “Las campañas de los pueblos solo son débiles, cuando en ella no se alista el corazón de la mujer […] Cuando la mujer culta y virtuosa unge la obra con la miel de su cariño, la obra es invencible”. fútil, él que considera el ensayo como algo subalterno, y, cosa curiosa, Maggie se decide a reprochárselo, se lo reprocha con un elogio: “tú eres un maestro en ese género”. Casi todo lo que resta está dedicado a esa maestría ingrata de Arrufat. Si nombramos un texto sobre cómo unas páginas insertadas a la última edición cubana de La noche del aguafiestas incorporan un sentido más profundo a la novela, al presentar la cópula de Actité y Aristarco, la cópula ese otro modo más de conversar, entonces ya solo quedan los ensayos. La autora, como entidad, se ocupa de tres libros: Virgilio Piñera entre él y yo, El hombre discursivo y Las máscaras de Talía. El cuarto cae en manos del Bibliógrafo pasivo, quien debe impartir una charla para un grupo de ociosos de El Vedado, ociosos viejitos y niños que quieren ser seducidos por el encanto De las pequeñas cosas y va haciendo una lectura anotada, unas sensatas apostillas. Estoy tentado a convencer a Antón de agregarlas a la próxima edición, según hiciera Umberto Eco con El nombre de la rosa. Es en los ensayos donde se completa la conjetura del inicio: la teoría de la superposición o anulación del tiempo, ellos son la consecuencia de actos de íntima arqueología de la que no puede desprenderse Antón. Maggie cita una línea del libro sobre Virgilio que es una confesión determinante para juzgar a este autor: “La única manera de comunicación posible con un muerto es intentar reconstruirlo, darle vida con la nuestra”. Creo que Maggie que lo conoce perfectamente y sabe que él no está muerto, es difícil que lo esté, pese a muchos, le ha callado la boca. Si siempre Antón la criticó por su silencio y comportamientos reacios frente a la conversación, “mi mudita querida” suele decirle, ella ha realizado el homenaje más decisivo. Le ha dedicado un libro de otra manera posible de comunicarse con él, lo ha leído, lo ha convertido en una presencia, ha unido su vida a la de él. Ella no le ha temido a su lengua, ella ya no le teme a Antón Arrufat. Termino con una posibilidad, no del todo insensata. La palabra clásico se encuentra en varias ocasiones para referirse al autor y a su obra. Eso todos lo sabemos. Esa afirmación no resulta extraña. Pero ¿no podría este libro devenir un clásico también de la literatura cubana? Para ese propósito ustedes deben leer el libro, leerlo inmediatamente, llamar a sus amigos y comentarlo, criticarlo. No puedo hacer otra cosa que decirles que se apuren, que compren cuantos puedan, porque puede ser que entre nosotros esté el Librero de la Plaza de Armas y ese personaje de Maggie Mateo, como el que escribe “Dame el siete, tebano”, quizás existe y deja vacías las librerías. Cristhian Frías Ensayista y editor. (La Habana, 1986). 1 Margarita Mateo: Dame el siete, tebano, La Habana, Ed. Unión, 2014. El Havana Film Festival New York festejó su decimosexto aniversario del 9 al 17 de abril, con la presentación de más de cuarentaicinco películas de y sobre América Latina, dando comienzo oficial con el estreno de Boccaccerías habaneras, el más reciente largometraje del director cubano Arturo Sotto. El filme, motivado por las lecturas de Boccaccio, conecta tres historias a través de la mirada de un escritor que busca inspiración. La celebración cerró la noche de clausura cuando se dieron a conocer los ganadores del Premio Havana Star. Las distinciones a mejor director y mejor guion fueron para el propio Sotto por su aclamada comedia. Mientras que mejor actriz fue para Isabel Santos por su interpretación en Vestido de novia, de Marilyn Solaya, y la mención especial del jurado, compuesto en la categoría de ficción por Alberto Ferreras, Iván Giroud y Cristina Morrison, se otorgó a Venecia, de Kiki Álvarez. La Gaceta de Cuba 63 el Punto ¿Fútbol o beisbol? Iván de la Nuez ¿ Muslo o pechuga? ¿Cara o cruz? ¿Carne o pescado? ¿Beatles o Stones? La vida está llena de esas encrucijadas que, sin ser necesariamente trascendentales (la cosa no es de vida o muerte, digamos), a veces las tomamos a pecho hasta extremos irracionales. Una de esas disyuntivas se le presenta a un seguidor del beisbol que viva en Europa, donde el fútbol está, como Dios, en todas partes. (Y si no Dios, al menos Manuel Vázquez Montalbán o Juan Villoro lo han certificado como una religión.) El que quiere ver beisbol (beisbol del bueno, quiero decir), está obligado en cambio a madrugar, cambiar su pasión por horas de sueño, alterar sus hábitos. ¿Fútbol o beisbol? Omnívoro como soy –aprecio el muslo y la pechuga, Los Beatles y Los Stones, la carne y el pescado, la cerveza y el ron–, disfruto tanto del fútbol como del beisbol, aunque no “por igual”. Ambos representan cosas muy distintas en mi imaginario y, ya siendo objetivos, conviene admitir que no solo se trata de dos deportes diferentes, sino también antagónicos. No resulta imposible, pues, gozar de ambos deportes; lo que resulta dificilísimo es unirlos: desde los horarios, las geografías y los compañeros, hasta los rituales de sus respectivos disfrutes, te deparan una situación que roza la esquizofrenia. Sobre todo, cuando llega, y esto siempre pasa, la hora de explicar por estos predios en qué consiste ese deporte estadístico (al que también le llamamos “juego” o “pasatiempo”), sin límite de horario, donde un jugador puede estar sin moverse buena parte del partido y en el que está prohibido el empate. Recurrir al cine, en principio, no es mala idea, dado que si el fútbol se comporta como un thriller, el beisbol es mucho más parecido a un western 64 El punto (con esa tensión continua entre el lanzador y el bateador entrada tras entrada). En el beisbol algo hay de ajedrez y en el fútbol hay mucho de guerra (estilo legión romana). Por otra parte, si las leyes del fútbol son sencillas (hay quien afirma que por eso es el deporte más comprendido en el mundo), las del beisbol obedecen a códigos y posibilidades que remiten a la jurisprudencia. El beisbol enciende pasiones, pero es excesivamente tertuliano. Y no puede ser de otra manera, tratándose de un juego lleno de tiempos muertos, tan propicios al “perrito caliente”, la cerveza y al intercambio dialéctico con los otros, en particular los adversarios. Así, no es infrecuente sentarse en el estadio entre gente que va por el equipo contrario sin que sea necesario, como sí ocurre en el fútbol, que la policía se vea obligada a parcelar las aficiones para evitar la violencia. El fútbol no es exclusivamente un deporte estadístico. El beisbol siempre lo es. Para abordar sus imponderables, el entrenador serbio Vujadin Boskov –aunque también Johan Cruyff, El Profeta de Gol, y otros muchos tras él– solía acudir a la tautología: “Fútbol es fútbol”. El beisbol suele explicarse por la paradoja, de ahí ese refrán que parece sacado de Lao Tse: “La pelota es redonda y viene en caja cuadrada”. Beisbol y fútbol están más vinculados a la cultura de lo que creemos, aunque, por supuesto, no de la misma manera. En su imprescindible historia del beisbol cubano, A Pride of Havana, el catedrático de literatura en Yale, Roberto González Echevarría, nos descubre que la literatura y la pelota (como se le conoce en Cuba) estuvieron mezclados hasta el punto de que en las primeras décadas del siglo xx llegaron a compartir los mismos clubes. El fútbol, generalmente, no ha conocido esta simbiosis, aunque tampoco le ha faltado conexión literaria. Dejando a un lado los casos de Eric Cantona –estrella del Manchester United y asimismo agitador, compositor o actor– o de Gaizka Mendieta –Valencia, Lazio, Barcelona, Middlesbrough, un reconocido melómano–, está el caso, excepcional, del futbolista lector: Valdano, Pardeza, Guardiola. Y están los ejemplos, más abundantes, de escritores entregados a su causa (desde Peter Handke hasta Javier Marías, pasando por Roberto Fontanarrosa o David Trueba). Practicantes todos ellos de “la lealtad mayor”, como le llamó Marías en su tributo a Montalbán, al compromiso futbolero. (Uno puede cambiar de pareja, de partido político, de sexo, de país, incluso hay quien se cambia de biografía, pero es muy extraño cambiar de equipo.) El beisbol ha tenido también sus rapsodas. Y el mismo Joe DiMaggio, famoso por un talento fuera de lo normal como jugador, por pertenecer a los Yankees y por su matrimonio con Marilyn Monroe, llegó a admitir que sin los elogios de Hemingway su gloria hubiera sido menor. Esto por no mencionar a Borges, que consideraba el beisbol como un “libro raro que se escribe a la vista de los espectadores”. En cuanto al cine, no cabe duda de que el beisbol supera al fútbol, aunque es justo reconocer que aquí juega con ventaja: beisbol y Hollywood son productos estadounidenses por excelencia. Aun así, el fútbol tiene su filmografía, que va desde Evasión o victoria (con Michael Caine, Sylvester Stallone y el propio Pelé en el elenco) hasta Quiero ser como Beckham, pasando por el documental de Kusturica sobre Maradona. En el caso español, se ha impuesto la comedia, como Matías, juez de línea o El penalti más largo del mundo. Claro que estas películas no alcanzan el glamour de The Natural (con Robert Redford) o alguna de Kevin Costner (una figura que lleva algún tiempo en declive, pero al que no se le puede negar el mérito de ser uno de los mejores actores, si no el mejor, que se ha marcado un windup como Dios manda en la gran pantalla). Y ya metidos ahí, vale la pena recordar que si Marilyn estuvo casada con DiMaggio, a Madonna llegó a adjudicársele un romance con Álex Rodríguez (aparte de haber protagonizado Ellas dan el golpe, una epopeya, en plan comedia ligera, sobre una liga femenina de beisbol durante la Segunda Guerra Mundial). Hay otras diferencias, digámoslo así, irreconciliables. En fútbol, es imposible cuantificar un juego perfecto (aunque en distintas épocas se haya hablado de perfección en el Brasil de Pelé, el Ajax de Cruyff, el Madrid de Di Stéfano o este Barça de Messi). En el beisbol, en cambio, un juego sí puede considerarse perfecto, siempre, eso sí, a mayor gloria del pítcher. “Basta” con que a este no le conecten ni un solo hit, ni le hagan carreras, ni su equipo cometa errores a la defensa. En ambos casos, como en la mayoría de las aficiones deportivas, se trata de darle continuidad a la niñez, si bien en el fútbol es más aguzado el infantilismo. El beisbol tiene otra solemnidad; aunque solo sea por los uniformes, más “adultos”, de los jugadores y por esa especie de smoking que usan los árbitros. Unificar las dos pasiones, esa doble cuota de irracionalismo, puede ser, según se mire, una bendición o una esclavitud. Da igual. Cuando suena el silbato o el umpire grita “¡Play!” se produce el Big-Bang y comienza el mundo; quiero decir, el juego.
© Copyright 2026