el mal de ojo, y el efecto apotropaico del santo nombre de

Dandavats, ofrecer humildes reverencias;
el mal de ojo,
y el efecto apotropaico del santo nombre de Hari
Por: Jñana Sukriti Das, junio de 2015
Dandavat, es el acto o efecto de “postrase por completo en el suelo”; y es la manera que un
devoto de Krishna muestra su respeto y amor ante Dios y ante el guru (el maestro espiritual).
Dandavat es un término sánscrito que exterioriza “rendición”, y que tiene un hondo significado
para la vida espiritual del devoto de Krishna. No es un simple vocablo, sino el indicativo de un
sentimiento insigne de gran humildad con acción conjunta de rendición.
Este término, dandavat, está compuesto por la palabra “danda” (con puntos diacríticos bajo la n y
la segunda d) que significa “vara” o “palo”; y el sufijo “vat”, que significa “como” en adverbio de
modo con sentido comparativo. En suma, la etimología de la palabra dandavat es “como un palo”
o “como una vara”. Entre los estudiosos de las lenguas actuales, cuando muchos términos añejos
están siendo rescatados y utilizados, con gran provecho, dada la naturaleza semántica de los
mismos; con tanta importancia, a esta razón, que los hacen casi imposibles de traducir a las
lenguas modernas. En sánscrito ocurre con diversas palabras, como lo son: guru, karma, yoga,
mandala. Por ejemplo, el lingüista actual se ha rendido ante la impenetrabilidad del concepto
original de guru. La Real Academia Española lo acepta como palabra, sólo acentuado en la última
vocal, gurú. Pero estas delicadezas de la Academia, no han conseguido definir el concepto
excepcional de guru, ni tampoco han ayudado al mismo. No ayuda al concepto guru, que lo
escriban con la tilde del acento. Lo que conocemos en occidente como un maestro o un profesor,
no satisface lo que la palabra guru indica. Este es el mismo caso de la palabra dandavat. No ayuda
al concepto real del dandavat, darle tanta importancia a la pedagógica pronunciación sánscrita,
aplicando una acentuada nasalidad al entonar la “n” y la “d” contiguas de “danda”. Lo que
conocemos ordinariamente como dar reverencias u ofrecer respetos, en occidente, no se
concierta con el concepto dandavat. Aunque, indudablemente, no hará falta mucho tiempo para
que sea reconocido. La popularización del término, ocurre cada vez más con el plural, dandavats,
lo que todos imaginamos que debería ser el plural de dandavat: añadiendo una “s” al final de la
palabra.
El dandavat, es la reverencia que se hace ante Dios, o ante su representante (el guru, o maestro
espiritual), cayendo “cual vara” ante sus pies, con el cuerpo semejando a un palo, con los brazos
convenientemente extendidos hacia adelante y las piernas estiradas hacia atrás, ocultando el
rostro contra el suelo, e inmerso en un sentimiento de profunda entrega espiritual; pronunciando,
a la vez, una oración o mantra; o implorando misericordia, en voz alta. Esta reverencia, dandavat,
se conoce en el sistema de adoración antiguo de la India como: ofrecer respeto, oración y
adoración, cayendo como una vara ante los pies de la Divinidad, o de su representante, el maestro
espiritual.
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Cuando el devoto sincero se acerca a la Divinidad en el Templo, o cuando el discípulo se acerca al
maestro espiritual, lo hace dominado por un sentimiento extremo de humildad. No se puede
explicar el fenómeno emocional del dandavat, “postrarse en suelo, cual vara, ante la Divinidad”,
sin comprender que la persona que ofrece dandavat ha sido raptada de momento, por la
dimensión espiritual de Dios.
Dar reverencias e invocar el santo nombre de Dios se hace simultáneamente. Las reverencias
dandavats no están completas sin esta invocación de los santos nombres del Señor. Al pronunciar
en voz alta el nombre del Señor Hari o Krishna, y dar nuestras muy humildes y postradas
reverencias, dandavats, cayendo al suelo cual vara, estamos admitiendo a la Suprema
Personalidad de Dios. También, pudiera decirse, que adorar a Dios y pensar siempre en Él, bien
pudiera ser la normal consecuencia de ofrecer dandavats.
Si preguntamos: ¿Cómo se siente una persona cuando ofrece, sinceramente, por primera vez sus
dandavats? La respuesta es la de que se siente muy bien con su nueva y voluntaria pequeñez
espiritual, recién adquirida, porque ha sido uno de los actos de amor más genuinos de su vida. En
ese momento, se ha consagrado como un ser único e individual, rendido al destino supremo. El
amor es la energía más grande, pura y atractiva. Sin entrenamiento ni conocimientos espirituales,
la tendencia sería la de abalanzarnos irracionalmente sobre todo lo hermoso, puro y atractivo,
para disfrutar, sin delicadeza, ni escrúpulos. Dios es grande y bello, y Su creación también lo es: la
naturaleza, los animales, las mujeres, los chicos y chicas, la música y el baile, son todos partes del
juego que predomina en el mundo de Dios. Pero antes del dandavat, bajo el dominio de los
conceptos materialistas de vida, sentir amor muy probablemente motiva sólo al disfrute de los
sentidos, bajo lo cual es común pensar que “Yo soy el amo”. Con ese pensamiento, compartir es
muy difícil. Bajo esa impresión falsa de que lo más importante es mi placer, la grandeza y la belleza
del universo se traducen como una invitación al disfrute material, donde el dinero y el sexo son el
rey y la reina. La fuerza degradante de la naturaleza explotadora del hombre termina por crear un
tipo de acercamiento que incomoda a todos, molesta, avergüenza, manipula, se aprovecha de los
esfuerzos de otros, atemoriza, despoja, empobrece y, en consecuencia, se abandona al ser amado
en la soledad; sin medir las consecuencias ni importar quienes ni cuantos, sean los heridos o los
forzados.
Ofrecer dandavats genuinas a otra persona a quien se haya ofendido o insultado, robado o
despojado de su pureza, corresponde a dar disculpas por la pertinacia; equivale a ofrecer millones
de veces el mismo respeto que estoy dispuesto a darle a Dios; y trasladarle la vida a Él. Ofrecer
dandavat apropiadamente es expiatorio y bien pudiera ser una corrección más enérgica que
recibir castigo o sentencia de ser golpeado. Postrase sinceramente “como una vara” pidiendo
clemencia ante los pies de quien se ha ofendido o causado algún daño o perjuicio, perfectamente
puede ser causa de perdón para quien está bajo amenaza de muerte por encierro, por hierro, por
fuego o por agua. Existen innumerables registros en la historia de este fenómeno causal del
perdón. De hecho, al castigo antiguo en la cultura védica se le denominaba “danda”. Caer como
una “danda” equivalía a mostrar el castigo propio al que uno se estaba sometiendo, a través de la
humildad. Las dandavats pueden ser el comienzo del perdón de innumerables y temibles
reacciones pecaminosas.
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Y si preguntamos: ¿Cómo percibe una persona a la Divinidad y al maestro espiritual, cuando en el
momento de la iniciación ofrece sus dandavats por primera vez? La respuesta es que percibe, con
los sentidos purificados, al guru y a la Divinidad, juntos, configurados en una gran intimidad
espiritual, a la cual la persona, quien ofrece las reverencias, comienza también a sentirse
perteneciente, en una unidad espiritual apropiada, con intensa carga de humildad, lleno, además,
de insignificancia individual; y así, llega a sentir al guru y a la Divinidad como muy cercanos a su
alma. Este misterio espiritual es posible gracias a la humildad y al amor, quienes llegan como
invitadas de honor a la fiesta del dandavat. De no ser así, ¿cómo es posible que una aparente
humillación tan grande, pueda otorgar sentimientos tan enormes de cercanía y paz espiritual con
la Divinidad? Cuando el devoto de Dios cae rendido como una vara ante Sus pies, se vuelve uno
con Dios. La energía divina espiritual lo transporta de inmediato al reino espiritual. Al mismo
tiempo, la naturaleza de la postración dandavat es tan fuerte, que aun en medio de su unidad con
Dios, al devoto le es imposible olvidar su estado como sub-sirviente o amante, de esa misma
divinidad que lo absorbe.
Cuando el alma se sincera con su insignificancia y se postra ante Dios, se despoja de su orgullo
tóxico. Cuando un hombre es picado por una serpiente, la ponzoña lo va adormeciendo cada vez
más, hasta hacerle perder la conciencia y caer en coma; igualmente, cuando por efecto del
antídoto, el paciente se limpia del veneno, comienza a despertar de su letargo y gradualmente
recupera su conciencia plena. La sinceridad y la humildad son el “efecto antídoto” que cura y salva
del orgullo falso. Así que ofrecer dandavat es la primera señal de recuperación del estado de coma
existencial, mediante el cual el devoto expresa, primeramente, su infinito agradecimiento a la
Divinidad, por “postrase cual vara en el suelo”.
Krishna dice en su Bhagavad-gita: “Ofréceme tus reverencias”. Es decir, ofrecer reverencias es en
sí un acto de servicio devocional, ya que complace la orden del Señor. Además, el Señor Krishna
aclara que por dar reverencias y mostrarle respeto, uno gradualmente llega a Él. El verso completo
indica que cuando el devoto piensa siempre en Krishna con gran amor, adorándolo con todo su
corazón, naturalmente, le ofrece reverencias a Krishna. Arjuna ofreció millones de reverencias
cuando confirmó que Krishna era la Suprema Personalidad de Dios. En la época del Señor
Chaitanya, el gran sabio maestro del santo nombre, namacharya Haridas Thakur, no sólo cantaba
incesantemente el santo nombre del Señor Hari, el maha-mantra: hare krishna hare krishna
krishna krishna hare hare / hare rama hare rama rama rama hare hare, sino que tenía la
costumbre de dar reverencias dandavats muchas veces. Incluso hacía votos especiales para
incrementar el número de veces que daba sus dandavats. Claro está, que la manera en que Arjuna
y Haridas Thakur daban sus reverencias, es excepcional, ya que la motivación era el amor puro.
Porque también puede uno encontrarse con personas que, conociendo el poder que se genera con
las reverencias tipo dandavat, pretenden aprovecharse haciendo votos que les obligan a recorrer
grandes distancias en los lugares sagrados de peregrinaje, sin levantarse nunca por completo del
suelo, sino avanzando lentamente en el camino, por hacer continuas dandavats. Son personas que
buscan alguna bendición material o la liberación de algún sufrimiento. No siempre, la reverencia
dandavat está motivada puramente por el amor a Dios. Pero seguramente es conducente al amor
a Dios, en un tiempo no muy lejano.
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La costumbre a dar reverencias es prehistórica; y además de prehistórica, es la consecuencia
natural luego de conocer a alguien. Saludar es un tipo de reverencia, o una forma de mostrar
respeto. Cuando nos encontramos con un conocido, o simplemente nos topamos con alguien, lo
primero y más natural que podemos hacer es saludarlo. Saludar es natural. Dar reverencias es la
actitud de respeto más tranquilizadora que un ser humano puede mostrar. En todas las culturas
sobre la faz de la Tierra, podemos ver, a través de la historia, cómo la reverencia ha estado
presente. El simple saludo está incompleto si no viene acompañado de alguna palabra reverente;
de la expresión deseosa por un buen futuro; de mostrar las manos desnudas y sin armas; o de
alguna ligera inclinación ante la divinidad, el rey, el jefe, el guru, el extraño, el huésped o el
invitado.
El miedo a los extraños está presente en todos nosotros. Los bebés tienen muy marcado este
sentido de alieno-fobia. Sin embargo, el solo hecho de crecer no cura al bebé de sus males. Podría
decirse que este mal lo conservamos desde la cuna hasta la tumba. Existen estudios con infantes
minusválidos, ciegos y sordos, en cuyos contornos se despertó esta aversión por haber entrado un
extraño, quien fue percibido sólo por el olfato. La reacción natural es a buscar alejamiento y
resguardo. Incluso a los bebes hay que advertirles de que llegó alguien. Siempre se debe dar
alguna señal de respeto o saludo que tranquilice ante la presencia de un extraño.
En uno de mis viajes a la India, en Vrindavana, cuando fui a darme un baño ritual en las cálidas
aguas del sagrado lago Sri Radha-kunda, hallé que luego debía pasar al otro lado para ver el lugar
de los pasatiempos de Krishna en el lago Syama-kunda. Un gran mono había montado allí una
especie de alcabala. Este mono era magnífico, alto y fuerte. El parecía vestido con sus pelambres,
envuelto, mostrando una barba que lo hacía verse como un profesor universitario. Algunas monas
sumisas pasaban su alcabala fácilmente, pero a otras, no le les permitía pasar. Tampoco podía
pasar todo el que quisiese. No era fácil para la gente. Incluso, se formó una fila de peregrinos para
poder pasar. Yo debía proseguir mi peregrinaje, así que caminé directo hacia su alcabala. Al llegar
muy cerca, el magnífico mono se incorporó ligeramente, muy firme, sentado con la espalda muy
recta. Cuando fue mi turno, me detuvo con un ademan de la cabeza. Muy retador e intimidante,
fijo su mirada en mí. Su mirada era directa, fija y sostenida. Esquivándola, me adelanté y caminé
realizando una pequeña reverencia, inclinándome hacia adelante, con ambas manos apretándolas
contra el pecho, y así pude pasar sin problemas. No hubo necesidad alguna de realizar un
dandavat completo, pero estuve cerca.
Esto de la mirada directa, fija y sostenida, no lo soporta nadie, menos, asociado a un rostro
endurecido. Ni los animales, entre ellos, ni los humanos. Nadie aguanta eso. Esta técnica la utilizan
muchos atracadores para intimidar. La mirada agresiva de reclamo es fija, directa y sostenida.
Quien así se acostumbra a mirar a sus congéneres, despierta mucha cautela y temor, así como
también invita a la pelea. Un hombre o una mujer lujuriosos, también contemplan de manera
desvergonzada, con miradas directas, fijas y sostenidas. Por lo contrario, las personas amables y
seguras de sí mismas, tienen una mirada directa pero no fija y sostenida. La mirada amable es
rítmica e integra al ambiente en que se desarrolla el encuentro, bien sea a otras personas o a los
objetos del entorno.
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Este asunto de la mirada cargada, ha generado dentro de la magia la creencia más antigua de
todas, “el mal de ojo”: “echarle el ojo encima a alguien”. Existen volúmenes extraordinarios acerca
del popular “mal de ojo”. Y con mucha razón, ya que no hay un asunto más odioso y serio que la
envidia. Porque el mal de ojo es “quedarse con la envidia de una mirada”. Se le atribuyen más
males y fastidios que al mosquito. Según la magia, el mal penetra a través de la mirada cargada. La
humanidad, a través de toda la historia, ha estado dispuesta a hacer cualquiera y toda cosa, con
tal de ahuyentar el mal, particularmente “el mal de ojo”.
¿Por qué, una persona común no está dispuesta a ofrecer sus reverencias ante Dios? Yo he
escuchado cientos y miles de argumentos. La mayoría de los cuales desconocen el poder de las
reverencias. No es raro escuchar: ‘Yo no voy a bajar mi cabeza ante nadie’. Pero esas mismas
personas están muy inclinadas a protegerse por distintos amuletos, imágenes, fotos, crucifijos, casi
cualquier cosa, que vincule al protegido con la divinidad y ahuyente el mal.
Se considera apotropaico, ahuyentador, cualquier acto de carácter mágico que aleje el mal y
propicie el bien. Marcar la frente, usar con preferencia algún color en las ropas, monedas raras,
imágenes religiosas, ciertas formas geométricas, collares y cuentas de distinta cualidad, todas ellas
se consideran apotropaicas. Uno puede disponer a hacer la misa a alguien, pero es capaz que no
vaya. Ponemos cruces en la orilla de un camino, por alguna muerte accidental, pero capaz que aún
hablamos mal de esa persona. Quizás llevamos las fotos de los seres queridos en la cartera, pero
también podemos maltratarlos, si nos molestan. Es muy extraña nuestra actitud evasiva del
mundo real y a la vez, nuestra actitud irreflexiva por lo mágico.
Existen infinidad de trucos o amuletos mágicos para contrarrestar el mal de ojo. En Venezuela es
tradicional la talla del azabache con forma de puño, para ser usado como un colgante. En toda
Latinoamérica se acostumbra a dar ramalazos de hierbas sobre el desdichado al que “le pusieron
el ojo”. Los cubanos popularizaron la fumada y chupada del tabaco. Sin embargo, en el mundo se
consideran ciertas cosas, como las apotropaicas más poderosas. Describiré las tres principales, que
antropológicamente son las más halladas en excavaciones arqueológicas por todo el mundo: 1- La
mostración fálica. 2- Sacar la lengua. 3- La mostración del tafanario, o las asentaderas (el trasero).
Si prestamos atención, nos daremos cuenta que las anteriores se ven en las sociedades humanas
en todas las latitudes y desde la antigüedad. En las figuras arqueológicas pre-colombinas
encontramos la mostración del falo erecto. También, por todo el Asia, se encuentran prácticas de
adoración al Lingam Sagrado. Distinto a esto, tenemos el mostrar la lengua. Los niños de todas
partes del mundo sacan la lengua, como contrarresto de lo negativo. Tampoco es sorpresa,
encontrar a deidades como las del Señor Nrisimha y la Diosa Durga, mostrando sendas lenguas
divinas. Y no es de extrañar que en muchos templos en la India, sus fachadas estén talladas por
figuras que muestran el falo erecto y las posaderas, especialmente las femeninas. Los griegos, los
romanos, los hebreos, todos ellos consideraban ahuyentador del mal, estas partes de la figura.
Miguel Ángel pintó la Capilla Sixtina del Vaticano, mostrando a Dios de frente, creando al sol y la
luna, durante los primeros días. Pero al tercer y cuarto día, cuando Dios se dispuso a crear a los
vegetales y las plantas, se dio la vuelta mostrando su divina apariencia al desnudo. Esto no se
objetó en lo absoluto, porque era costumbre para la época, considerar apotropaico el trasero
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divino, no sólo el de Dios sino también el del Papa. Lord Chesterfield escribió una carta (que forma
parte de una de sus mejores obras literarias), en la que aconsejaba: “A propósito de la visita del
Papa a Roma, no dejes de ir a despedirle. No olvides hacer todo cuanto se indica en señal de
respeto, como besar su hombrera, su asiento y su trasero, si así lo permitiese el Sumo Pontífice”.
De manera que era la costumbre de la época, incluso besar el trasero divino. Costumbre que fue
desechada en el siglo XVIII.
Los devotos de Krishna reflexionan en que el santo nombre del Señor Hari es lo más ahuyentador
del mal y propiciador del bien. Y las dandavats, como se ha venido reiterando, ofrecer reverencias,
se hacen postrándose, ante los pies, en el suelo, “cual vara”, siempre frente a la Deidad de Krishna
o frente al maestro espiritual. La combinación de ofrecer dandavats y recitar el nombre de Krishna
es invencible.
Hari es uno de los nombres más antiguos por los que se conoce a Dios. Hari significa “Aquel que
destruye todos los obstáculos”. Se interpreta a la palabra Hari también en el sentido de “un león”.
Cuando un león ruge, los chacales, los perros salvajes y las hienas huyen aterrorizados. De igual
forma, cuando el santo nombre de Hari ruge en la boca de un devoto, todos los malos
pensamientos, los fantasmas y las reacciones de las actividades pecaminosas, se espantan. El
santo nombre de Krishna o Hari, tiene el más grande efecto apotropaico jamás conocido. Él solo
basta para ahuyentar todos los males.
Srila Sanatana Goswami dice que el canto de los santos nombres no sólo ahuyenta todos los
males, sino que es el comienzo de todo lo auspicioso. Tan sólo por cantar los santos nombres del
Señor Supremo, todas las malas influencias del mundo se destruyen por completo.
Cantar y meditar en el maha-mantra hare krishna cumple con el efecto más purificador y puede
otorgarnos además el amor a Dios.
hare krishna hare krishna krishna krishna hare hare
hare rama hare rama rama rama hare hare
Su sirviente,
Jñana Sukriti das
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