El maestro promotor de la resiliencia en el contexto

Conociendo a los jóvenes
6ª Jornada de trabajo
JUVENTUD Y RESILIENCIA
“El maestro promotor de la resiliencia en el contexto lasallista”
“Dóblalos, pero no los rompas.”
Ignoro si esta frase pertenece a la sabiduría
popular o al argot propio del magisterio.
El hecho es que la aprendí del Hermano Salvador Tajonar Navarrete, un Hermano
Lasallista ya retirado. Esto pasó una noche en que le compartía la dificultad que yo
tenía para acompañar a un chico en la secundaria. (Un chico que se las estaba
viendo negras: la mamá los abandonó a él y sus dos hermanas menores para irse
con su novio.)
Me parece acertado esto de doblar a la gente, pero no romperla. Lo que en
realidad me estaba diciendo no era algo aprendido en tratados de pedagogía o de
psicología educativa; era algo aprendido en la práctica y que ahora me transmitía
en una genuina manifestación de la asociación lasallista: lleva al chico al límite, a
su límite, llévalo hasta donde pueda responderte, hasta donde su resiliencia le
permita… ponlo en crisis; pero cuidado, tienes que ponerlo en una situación en la
que tú también puedas ayudarlo. (El chico salió de la crisis, gracias a Dios, y a
que se estuvo, como se dice “encima de él” todo el tiempo.)
Y esto de poner en crisis, es llevarlo a una situación de crecimiento, finalmente.
Se dice la “crisis de la adolescencia” o “la crisis de los cuarenta” para designar
períodos de la vida de los que hay que salir “más adulto”, es decir, mejor
preparados para afrontar los retos de la etapa siguiente… Esto es, poner a prueba
nuestra capacidad de resiliencia.
“El mejor estado de la mujer es la viudez.” Esta frase la escuché en el cine, en la
película “Arráncame la vida” de reciente producción. Y ya antes había escuchado
comentarios a esta frase. ¿Cuántas historias no hemos escuchado de mujeres
viudas, que sacan adelante a sus hijos hasta con carrera en Universidades
privadas? La “crisis” les ha servido para su crecimiento personal y el de su familia
toda. El impulso, la necesidad de salir adelante es lo que las mueve. Si no hay
necesidad, no hay oportunidad de demostrar su resiliencia.
Estas viudas se
doblan, pero no se rompen.
Y si hemos mencionado dos renglones arriba que “hay que salir adelante” es
porque se percibe un “adelante”; un lugar, por decirlo así en lo por venir, en el
porvenir.
Yo me pregunto, ¿ a cuántos chicos atendemos, a cuántos jóvenes
servimos que no saben a dónde van? Es más, ya a nivel universitario, ¿con
cuántos jóvenes nos topamos que aun no saben si han elegido la carrera
correcta? Otra oportunidad para doblar, pero no romper…
Creo que he estado extendiéndome en esta introducción, realmente lo que se nos
ha pedido es desarrollar el cómo un maestro es promotor de la resiliencia en el
contexto lasallista. Vamos para allá.
Los padres tienen la obligación grave de educar a sus hijos; pero muchos de ellos
no saben cómo hacerlo o simplemente no tienen tiempo para hacerlo porque están
ocupados en ganarse la vida para ellos y para sus hijos. Es por ello, que se hace
necesaria la presencia de personas preparadas para que suplan a los padres.
San Juan Bautista De La Salle, ya había notado esto hace más de trescientos
años. Él nos dice en uno de sus escritos lo siguiente:
“Entre los deberes que a los padres y madres incumben, es uno de los más
graves el de educar cristianamente a sus hijos y enseñarles la religión. Pero la
mayor parte de ellos no la conocen debidamente y, algunos, andan preocupados
con sus negocios temporales y el cuidado de la familia; mientras otros viven en
solicitud constante por ganar el indispensable sustento para sí y para sus hijos; de
modo que no pueden dedicarse a instruirlos en lo concerniente a sus obligaciones
de cristianos.”
Este texto es de sus Meditaciones para los Días de Retiro de los Hermanos y para
“todas aquellas personas que se dedican a la educación de la juventud”, esto es,
incumbe a quienes son docentes.
Sí, hace trescientos años, la gente no podía encargarse de la educación de los
niños… y hoy, tampoco. Se hace tanto o más necesaria la presencia de personas
preparadas para acompañar a los jóvenes. San Juan Bautista De La Salle dice
más exactamente: “personas debidamente ilustradas y celosas, que pongan toda
la diligencia y toda la aplicación posibles, ‘según la gracia de Jesucristo que Dios
les otorga, para sentar, cual peritos arquitectos, las bases’ de la religión y de la
piedad cristiana en el corazón de los niños; muchos de los cuales, de otro modo,
quedarían a ese respecto desamparados.”
(Meditaciones para el Tiempo de
Retiro, No. 193, punto segundo.)
Lo más importante, creo yo de esta cita es lo siguiente:
Personas debidamente ilustradas. Los docentes están debidamente ilustrados:
tienen sus títulos, de licenciaturas o maestrías o incluso doctorados, tienen sus
cédulas profesionales que les acreditan como debidamente preparados. Salvada
la primera condición.
Pero De La Salle prosigue: ilustradas y celosas. Esto del celo, es muy lasallista.
Esto es poner todo el empeño, todas las fuerzas, habilidades, competencias, es
poner todo lo que uno es y uno hace al servicio de las personas a quienes se
educa, que pongan, como dice el Santo Fundador, toda la diligencia y toda la
aplicación posibles.
Un tercer punto: en el corazón de los niños. Y habrá que añadir jóvenes y adultos
que se educan en nuestras instituciones. Efectivamente no dudo de su capacidad
profesional en lo más mínimo. Tampoco pongo en tela de juicio la manera en que
se cumplen con todos los requerimientos académicos y administrativos; ni la
manera en que se imparten las clases. Donde yo insistiría es en la formación de
los corazones de las personas. Corazones que recibimos heridos o frágiles… (Y
aquí permítaseme un comentario: sobre todo en preparatoria y secundaria,
¿cuántos chicos recibimos que parecen rudos y fuertes y son “difíciles de
controlar”? No se nos olvide que lo más fuerte es lo más frágil…)
Y me regreso a la formación de los corazones. Con esto, San Juan Bautista De
La Salle insiste en que no son solamente los conocimientos… el 60% del examen
y el 10% de asistencia y el 20% de entregas parciales y 10% de participación en
clase o como sea que dividamos los rubros de evaluación de nuestras materias,
sino estar al pendiente de los chicos. Algo así como pasa en el aprendizaje de
una lengua aprendizaje, pero aplicado a a enseñanza. Cuando uno aprende una
lengua extranjera, no aprende solamente a pronunciar, a leer, a escribir la nueva
lengua, también se aprende, la cultura, las costumbres, el espíritu del pueblo que
habla dicha lengua. Igualmente, al enseñar, hemos de estar pendiente de los
contenidos, pero también de las personas, del “pueblo” a quien enseñamos. (O
más exactamente, el pueblo a quien servimos.) Como aprendí por ahí: “Para
enseñarle matemáticas a Pepito, hay que conocer de matemáticas… y hay que
conocer a Pepito… la primera parte como hemos dicho antes, no me preocupa,
estoy seguro de la alta calidad de los docentes. Es lo segundo: conocer a Pepito,
en lo que insisto.
Conocemos ya la situación general en que recibimos a los jóvenes: una buena
parte viene lastimada o frágil, con una resiliencia tan baja, que si los “doblamos un
poco, podrían romperse.”
Es parte de nuestra labor como docentes, como
maestros, ayudarlos a crecer; a ser mejores personas, a ser personas plenas, a
ser más humanos, que, finalmente de eso se trata la educación lasallista. No en la
mera transmisión de los conocimientos; para eso ya hay muchas instituciones…
es la formación de personas. De hombres y mujeres que, más que las materias o
conocimiento profesional que intentamos inculcarles, saben afrontar la vida, con
resiliencia, con valor. Aquí un comentario de Santa Teresa de Ávila. Ella decía a
sus monjas que no quería sino actitudes varoniles en ellas. No quería “monjitas” ;
quería mujeres fuertes que supieran afrontar con fuerza la manera de vivir la vida
religiosa que ella les proponía. Esto de ser varonil, se refiere a la fuerza. Y ¿qué
son las virtudes sino una demostración de fuerza? La misma raíz de la palabra,
vir, es la misma de virilidad.
Y, con San Juan Bautista De La Salle hace trescientos años, me pregunto hoy: ¿Y
estos jóvenes, cómo van a aprender a ser virtuosos, a ser fuertes, a ser
resilientes, si no tienen quién les enseñe?
Recuerden la cita de hace unas
páginas: sus padres y madres no están ahí para enseñarles o no saben cómo; o
ellos mismos son frágiles.
¿Dónde van a aprender? En la escuela… y más
específicamente, ¿De quién van a aprender?
Ya aprenden de sus maestros, los contenidos; ahora deben aprender de ellos las
actitudes, las cualidades, las virtudes que muchas veces no han visto en casa.
Lo cual nos lleva a otro comentario que deseo hacerles: el término resiliencia es
reciente. No aparecía en nuestro vocabulario magisterial hace algunos años. Pero
había una serie de términos que sumados entre ellos bien podrían constituir lo que
llamamos resiliencia hoy. Términos que en realidad son cualidades o virtudes que
los chicos no han aprendido o visto en casa y que han de ver en algún sitio. Es
decir, en la institución educativa. San Juan Bautista De La Salle menciona doce
virtudes esenciales. Los invito a considerar si, aisladas o unidas todas ayudan a
construir el concepto de resiliencia:
1. La Gravedad.
2. El silencio
3. La humildad
4. La prudencia
5. La sabiduría
6. La paciencia
7. La mesura
8. La mansedumbre
9. El celo
10. La vigilancia
11. La piedad
12. La generosidad.
Finalmente, y casi como conclusión, quisiera compartir con ustedes una reflexión.
A partir de una situación límite… estar crucificado. San Juan Bautista De La Salle
insiste siempre en referirnos al Evangelio. Y es de los Evangelios que entresaco
estas ideas.
Jesús en la cruz lo primero que dice es “perdónalos porque no saben lo que
hacen”. Nuestros alumnos, ¿saben lo que hacen? ¿lo que quieren? ¿saben cómo
relacionarse con el otro, con su medio?
Y luego continúa diciendo “Tengo sed”.
Tiene una necesidad y la expresa.
Nosotros como docentes, a veces no sabemos cómo proceder con algún alumno o
alumna… expresemos la necesidad, busquemos la ayuda con nuestros colegas.
La educación es una labor comunitaria.
“Mujer, ahí tienes a tu hijo… hijo, ahí tienes a tu madre.” Lo más valioso que le
queda, nos lo deja.
Igualmente como docentes, ¿qué es lo más valioso que
podemos compartir con los alumnos? ¡Es realmente el contenido de la materia lo
más valioso?
“¿Dios mío, por qué me has abandonado? “ Y más que el abandono de Dios, es
recurrir a la oración.
Exponer a Dios, qué es lo que pasa y pedirle luces.
¿Acostumbramos orar por nuestros alumnos?
“Todo está consumado”.
Cada día, al final de la jornada, podemos decir que
hemos cumplido? ¿Qué hemos hecho todo lo que estaba a nuestro alcance por
ayudar a los chicos? ¿No quedó nada por hacer? ¿Realmente los puse en una
situación límite, acorde con sus necesidades, acorde a sus capacidades? ¡Los
doblé nada más o alguno llegó a romperse? ¿O no pueden desdoblarse?
“En tus manos encomiendo mi espíritu” y mi trabajo, la preparación de la clase, la
elaboración de los exámenes, mi compromiso de conocer y alentar y ejercer una
sana presión en los alumnos para que den lo mejor de sí…
“Hoy estarás conmigo en el paraíso…” esta la pongo al final… nuestro paraíso
está en que veamos a nuestros alumnos en el paraíso… ya desde esta tierra.
Dóblenlos… pero no los rompan.