Memorias de Winston S. Churchill SEGUNDA GUERRA MUNDIAL: SU HORA MEJOR 2ª parte CAPITULO I La caída de Francia La tormenta tan lentamente fraguada y tan largamente contenida estalló por fin con furia sobre nuestras cabezas. Cuatro o cinco millones de hombres se lanzaron unos contra otros en el primer choque de la guerra más despiadada que registra la Historia. En el transcurso de los interminables años de la primera contienda mundial y en los primeros meses de la segunda nos habíamos acostumbrado a vivir tras la barrera del frente francés. En menos de una semana, aquel frente había de quedar irremisiblemente roto. En menos de tres semanas, el Ejército francés, de tan sólida como antigua reputación, había de dislocarse y naufragar en el piélago tumultuoso de la derrota, mientras el Cuerpo expedicionario británico era arrojado al mar después de haber perdido todo su material. Al cabo de diez semanas habíamos encontrado la soledad, casi, inertes, con el dogal de una Alemania y una Italia victoriosas asido a la garganta, en tanto que el poderío de Hitler, se extendía por toda Europa y, al otro extremo del Globo, se alzaba cada vez más sombría la amenaza japonesa. En aquellas circunstancias y en medio de tan inquietantes perspectivas asumí la Jefatura del Gobierno y las funciones de ministro de Defensa Nacional. La primera tarea que me impuse fue la de constituir un Gobierno en el cual estuviesen representados todos los Partidos y que dirigiese los asuntos Su Majestad en la metrópoli y en ultramar teniendo exclusivamente en cuenta el interés nacional. Cinco años más tarde, casi día por día, nuestra situación era mucho más halagüeña. Estaba terminada la conquista de Italia y Mussolini había muerto a mano airada. El poderoso Ejército alemán se rendía incondicionalmente. Hitler se había suicidado. Aparte el número inmenso de prisioneros hechos por el general Eisenhower, cerca de tres millones de alemanes caían, en el espacio de veinticuatro horas, en poder de las fuerzas del mariscal Alexander en Italia y del mariscal Montgomery en Alemania. Francia, liberada, recuperaba sus fuerzas y retornaba a la vida. En estrecha unión con nuestros aliados, los dos imperios más poderosos del mundo nos aprestábamos a consumar el rápido hundimiento de la resistencia nipona. Notable en verdad era el contraste. Larga, difícil y azarosa había sido nuestra peregrinación a través de aquellos cinco años. Los que murieron por el camino no ofrendaron su existencia en vano. Y los supervivientes se sentirá, siempre orgullosos de haber recorrido la áspera senda con honor. Antes de empezar a dar cuenta de mi actuación y a relatar la historia del célebre Gobierno de coalición nacional, creo que tengo el deber de dejar bien sentada la amplitud de la contribución que la Gran Bretaña y su Imperio, estrechamente unidos frente al peligro, aportaron a lo que había de convertirse en la causa común de tantas naciones y Estados. No me mueve el afán de establecer comparaciones enojosas ni de crear absurdas rivalidades con nuestro aliado máximo, los Estados Unidos, con quien tenemos contraída una deuda de gratitud imperecedera y sin límites. No obstante, en bien del interés común del mundo anglosajón, es preciso que se conozca y comprenda la magnitud del esfuerzo de guerra británico. Hasta el mes de julio de 1944, la Gran Bretaña y su Imperio tuvieron en contacto con el enemigo un número de divisiones claramente superior al de los Estados Unidos. Esta cifra global abarca no solamente las operaciones en Europa y en África, sino que se refiere igualmente a la guerra en Asia contra el Japón. Hasta el otoño de 1944, en cuya época llegó a Normandía el grueso del Ejército norteamericano, nos asistió el derecho de hablar por lo menos en tono de igualdad y aun en muchísimas ocasiones como la Potencia aliada preponderante en todos los escenarios de la contienda, excepto en el Pacifico y en Australia; así fue, hasta la fecha antes mencionada, en la referente al número total de divisiones en todos los frentes en contacto con el enemigo, adquirió una importancia sin cesar creciente y siguió aumentando triunfalmente hasta la victoria final. Quiere citar otras cifras comparativas que revelan cómo el sacrificio en vidas humanas realizado por la Gran Bretaña y el Imperio es superior al de nuestros valerosos aliados. El número de súbditos británicos pertenecientes a las fuerzas armadas muertos o desaparecidos se eleva a 303.240, a los que deben añadirse 109.000 de los Dominios, la India y las Colonias, lo cual da un total de 412.240. En esta cifra no están incluidas las 60.500 personas de la población civil que perecieron a consecuencia de las incursiones aéreas enemigas sobre el Reino Unido, ni las pérdidas de nuestra Marina mercante y de nuestros pesqueros, que ascienden aproximadamente a 30.000 hombres. Por su parte Norteamérica deplora la muerte de 322.188 hombres entre el Ejército, la Aviación, la Marina y los servicios de guardacostas. Pongo de manifiesto este trágico cuadro de honor con la convicción profunda de que la camaradería santificada con tanta y tan preciosa sangre será respetada y presidirá siempre la conducta del mundo anglosajón. Los conservadores tenían en los Comunes más de ciento veinte votos de mayoría sobre todos los partidos restantes combinados. Habían elegido a Mr. Chamberlain como jefe. El hecho de que un hombre como yo, después de mis largos años de críticas y de reproches violentos en muchas ocasiones, reemplazara al viejo luchador, tenía que resultar harto desagradable para muchos de mis compañeros de partido. Era evidente para muchos de ellos que durante mi vida política había observado una actitud casi constante de fricción y aun de lucha abierta con el Partido Conservador; que les había abandonado en el problema del libre cambio y más tarde había pasado a ocupar el cargo de canciller de la Tesorería a poco de reingresar en sus filas. Posteriormente, había sido su más decidido oponente en lo relativo a la India, en cuanto a política exterior y a la falta de preparación para la guerra. Muy difícil les sería aceptarme de buen grado como primer ministro. Sin duda sería incluso doloroso para muchos hombres dignos. Además, la lealtad al jefe electo del Partido es la característica esencial de los conservadores. Si en algunas cosas no se mostraron a la altura de sus deberes para con la nación en los años anteriores a la guerra, fue precisadamente por este sentido de lealtad al jefe. Ninguna de estas consideraciones provocó en mí la menor inquietud. Sabía que el rugido de los cañones ahogaría todos los sentimentalismos. En principio, había ofrecido a Mr. Chamberlain, y él había aceptado la Jefatura de la Cámara de los Comunes, así como el puesto de Lord Presidente del Consejo. Nada de esto se había hecho público, empero, Mr. Attlee me comunicó que en estas condiciones la postura del Partido Laborista sería bastante incómoda. En un Gobierno de coalición, el jefe de la Cámara de Los Comunes ha de ser persona aceptable para todos. Informé en este sentido a Mr. Chamberlain y, previa su entera conformidad, asumí el citado cargo, que conservé hasta el mes de febrero de 1.942. 1 Durante aquellos dos años, Mr. Attlee actuó en representación mía y realizó el trabajo cotidiano. Su larga experiencia de la oposición fue muy valiosa. Yo intervenía sólo en las ocasiones de especial importancia, que, por lo demás, eran asaz frecuentes. Muchos miembros del Partido Conservador opinaban que su jefe había sido menospreciado. Todos ellos admiraban su conducta personal. Al aparecer por primera vez en los Comunes ostentando su nuevo cargo (13 de mayo), todos los diputados de su partido - la gran mayoría de la Cámara se pusieron en pié y le tributaron una vehemente demostración de simpatía y afecto. En el transcurso de las primeras semanas, los aplausos dirigidos a mí partieron especialmente de los bancos laboristas. Pero Mr. Chamberlain me apoyó en todo momento con la inquebrantable adhesión, y, por otra parte, yo estaba seguro de mí mismo. Determinados elementos del Partido Laborista, así como algunas de las figuras destacadas que no habían entrado a formar parte del nuevo Gobierno, ejercieron intensa presión para que se realizara una depuración de los “culpables”, es decir, de los ministros responsables de la claudicación de Munich y de aquellos a quienes podían acusarse de la negligencia y la falta de celo que habían dado como resultado nuestra deficiente preparación para la guerra. Los más notorios de entre estos eran Lord Halifax, lord Simon y sir Samuel Hoare.- Pero el momento no era el más oportuno para proscribir a hombres de talento, de reconocida experiencia en los altos cargos del Estado y cuyo patriotismo nadie ponía poner en duda. Si aquellos rígidos censores hubiesen tenido las manos libres, por lo menos una tercera parte de los ministros conservadores se habría visto, obligada a dimitir Considerando que Mr. Chamberlain era el jefe del Partido Conservador, era evidente que semejante acción destruiría la unidad nacional. Además, yo no necesitaba preguntarme si los reproches habían de tener carácter unilateral. Desde luego, la responsabilidad oficial recaía en el Gobierno de la época. Pero las responsabilidades mortales eran mucho más amplias. En mi mente estaba escrita con claridad, presta para su utilización inmediata, una larga e impresionante lista de fragmentos de discurso y mociones de diferentes ministros tanto laboristas como, liberales que los acontecimientos se habían encargado de desmentir. Nadie con más derecho que yo para echar un velo sobre el pasado. , Por consiguiente, rechacé de plano aquellas tendencias disgregantes. “Si el presente - dije unas semanas más tarde - trata de erigirse en juez del pasado, perderá irremisiblemente el porvenir.” Este argumento y el peso abrumador de la hora aquietaron los ímpetus de los presuntos cazadores de herejías. Mis recuerdos de aquellos primeros días tienen una configuración extraña. Vivía con el ánimo pendiente de la gran batalla en la cual estaban concentrados todos los pensamientos, sin que fuera posible hacer nada respecto a la misma. Había que dedicar todo el tiempo a la formación del Gobierno, a las consultas políticas, al equilibrio de los partidos en el nuevo Ministerio. No puedo recordar, ni mis notas dan cuenta de ello, la distribución exacta de Aquellas Horas. A la sazón, el Gobierno británico comprendía entre sesenta y setenta ministros de la Corona, que era necesario acoplar entro sí como las piezas de un complicadísimo rompecabezas, teniendo en cuenta que aquel caso concreto las exigencias de tres partidos distintos. No sólo había de entrevistarme con las figuras principales sino también, siquiera fuese por breves momentos, con el gran numero de personas capacitadas a designar para faenas de notable importancia. Al constituir un Gobierno de coalición, el primer ministro ha de sopesar en debida forma los deseos de los jefes de partido acerca de quienes de entre sus prosélitos han de ocupar los cargos adjudicados a su grupo parlamentario. A este principio me atuve en lo posible. Por regla general, no obstante las dificultades fueron mínimas. Encontré en Clement Attlee a un colega experimentado en los problemas bélicos y muy versados en los asuntos de la Cámara de los Comunes. Nuestras únicas divergencias de opinión se referían al socialismo, y aun éstas acabaron zozobrando ante los embates de una guerra que muy luego había de imponer la subordinación casi completa del individuo al Estado. Durante todo aquel periodo de gobierno trabajamos juntos en perfecta armonía. Por su parte, mister Arthur Greenwood fue un consejero sagaz y enérgico, a la par que un amigo sincero. En su calidad de jefe del Partido Liberal, sir Archibald Sinclair se resistía a aceptar el cargo de ministro del Aire, pues sus seguidores consideraban que había de dársele asiento en el Gabinete de Guerra. Pero como esto era contrario al principio de un Gabinete de Guerra restringido, le propuse que asistiera a las reuniones del mentado organismo cuando en él se debatiesen cuestiones fundamentales de orden político o relacionadas con la unión de los partidos. Sinclair era amigo mío, había sido mi lugarteniente cuando en 1916, mandaba yo el 6º Regimiento de Fusileros Escoceses de Su Majestad en Ploegsteert (Bélgica); y personalmente deseaba ahora colaborar conmigo en la importante rama del Gobierno que le ofrecía. Tras no escasas negociaciones, todo quedó arreglado de acuerdo con mi sugestión. Mr. Bevin, a quién había conocido al principio de la guerra, cuando trataba de moderar las exorbitantes peticiones del Almirantazgo en cuanto a barcos pesqueros; tenía que consultar con el Sindicato General de Transportes, del cual era secretario, antes de aceptar en el equipo gubernamental el importantísimo cargo de ministro de Trabajo. Transcurrieron dos o tres días antes de que me diera su respuesta definitiva, pero merecía la pena esperar. Efectivamente, el Sindicato, el más importante de la Gran Bretaña, votó por unanimidad en sentido afirmativo y mantuvo sólidamente esta decisión por espacio de cinco años, hasta que alcanzamos la victoria. Las mayores dificultades fueron las surgidas a propósito de lord Beaverbrook. A mi entender, éste podía prestar servicios de inapreciable valor. Yo había decidido, a la luz de mi experiencia de la guerra anterior, desglosar del Ministerio del Aire todo lo relativo a construcción y suministro de aviones, y deseaba nombrar a Beaverbrook ministro de la Producción Aeronáutica. Al principio parecía hallarse poco dispuesto a aceptar. Además, el Ministerio del Aire se resistía a la amputación de una rama tan importante de sus servicios. Se manifestaron resistencias de otra índole al nombramiento. Pero yo estaba convencido de que nuestra vida dependía de la rapidez y la precisión en la producción de aviones; necesitaba contar con la dinámica energía de aquel hombre, y persistí en mi punto de vista. Por respeto a la opinión general expresada en el Parlamento y en la Prensa, era necesario que el Gabinete de Guerra tuviese carácter limitado. Empecé, por lo tanto, únicamente con cinco miembros, de los cuales sólo uno, el secretario de Asuntos Exteriores, era jefe de departamento ministerial. Dichos miembros eran, naturalmente, los elementos más destacados del partido mayoritario de la época. Se llegó a la conclusión de que para facilitar la macha de los asuntos era necesario que el canciller de la Tesorería y el jefe del Partido Liberar estuviesen presentes habitualmente en las reuniones, de esta forma, con el transcurso del tiempo fue aumentando el número de “asistentes regulares”. Pero la responsabilidad de los acuerdos recaía de modo exclusivo sobre los cinco miembros del Gabinete de Guerra. Sólo ellos tendrían derecho a que se les cortase la cabeza en Tower Hill si no triunfábamos en la contienda empeñada. A los demás podría, en última instancia, juzgárseles por deficiencias en sus respectivas tareas ministeriales, pero en modo alguno por la política general del Estado. Aparte el Gabinete de Guerra, nadie tenía necesidad de decir: “No puedo aceptar la responsabilidad de esto o aquello”. El peso de la dirección estaba situado a un nivel más alto. Esto ahorró muchas preocupaciones a infinidad de personas en el curso de las dramáticas jornadas que se avecinaban. En mi larga carrera política había ocupado casi todos los altos puestos del Estado, pero no vacilo en reconocer que el cargo que acababa de confiárseme era el que prefería. Con razón se considera vil y despreciable el Poder que sólo tiene por objeto ejercer autoridad sobre nuestros semejantes o acrecer la gloria personal. Pero en tiempos de crisis nacional, el Poder es una bendición del Cielo cuando el hombre que lo ostenta tiene una visión clara de las órdenes que ha de dictar. 2 No hay comparación posible, en ningún orden de la vida, entre la situación del Numero 1 y las situaciones respectivas de los Números 2, 3 ó 4. Los deberes y los problemas que incumben a todas las personas que están por debajo del Número 1 son completamente diferentes y en muchas ocasiones más difíciles. Es siempre poco grato para el Número 2 o para el Número 3, por ejemplo, tener que tomar la iniciativa de un proyecto importante o de una política determinada, pues el interesado ha de considerar no sólo el valor intrínsico de su proyecto o su política, sino la mentalidad y el estado de ánimo de su jefe, no sólo lo que ha de proponer, sino lo que es prudente que preconice el hombre que se halla en su situación; no sólo lo que debe hacerse, sino la forma en que se ha de conseguir la aceptación y la puesta en práctica de su plan. Por añadidura, el Número 2 ó el Número 3 habrán de contar con los Números 4, 5, y 6 y aun quizá con algún brillante Número 20. En 1915, el asunto de los Dardanelos me costó el cargo, al propio tiempo que se abandonaba una empresa de suprema importancia; todo ello por haber pretendido yo llevar a cabo, desde un puesto secundario, una operación bélica fundamental. Aquella lección se me quedó profundamente grabada. En la cúspide, todo es mucho más simple. La única obligación del jefe reconocido como tal consiste en estar seguro de lo que conviene hacer, o por lo menos tener ideas concretas sobre ello. La lealtad al Número 1 ha de ser absoluta. Si tropieza, debe sostenérsele. Si se equivoca hay que disimular sus yerros. Si duerme, nadie debe despertarle sin motivo. Si no esta a la altura de su misión, hay que derribarle. Pero esta medida extrema y decisiva no se puede adoptar a la ligera; y desde luego, en modo alguno en los días subsiguientes al de su nombramiento. Los cambios básicos que se produjeron en el mecanismo de la dirección de la guerra fueron más esenciales que visibles. “Las Constituciones - dijo Napoleón - han de ser breves y obscuras”. Los organismos existentes permanecieron intactos. No se relevó de su cargo a ningún personaje oficial. Al principio, el Gabinete de Guerra y el Comité de jefes de Estado Mayor siguieron reuniéndose diariamente como hasta entonces. Al constituirme, con la aprobación del Rey, en ministro de Defensa Nacional, no realicé ninguna modificación legal o constitucional. Tuve buen cuidado de no definir mis derechos ni mis deberes. No solicité poderes especiales a la Corona ni al Parlamento. Quedó sobreentendido, no obstante, que yo, asumía la dirección general de la guerra, contando siempre con el apoyo del Gabinete de Guerra y de la Cámara de los Comunes. Mi llegada al Poder repercutió en el hecho de que el control y la dirección del Comité de jefes de Estado Mayor pasaban a manos de un ministro de Defensa sin poderes definidos. Y puesto que este ministro era al propio tiempo jefe del Gobierno, tenía todos los derechos inherentes a este cargo, entre ellos poderes amplísimos para escoger y destituir a todo el personal de los puestos políticos y militares. Así, por primera vez, el Comité de jefes de Estado Mayor quedaba situado en el lugar exacto que le correspondía, en relación directa y constante con el jefe del Poder ejecutivo, y de acuerdo con él tenía el control pleno de las fuerzas armadas y de la dirección de la guerra. La situación del primer lord del Almirantazgo y de los ministros de Guerra y Aire se vio seriamente afectada, aunque no con carácter oficial. No eran miembros del Gabinete de Guerra ni asistían a las reuniones del Comité de jefes de Estado Mayor. Seguían siendo responsables en un todo de cuanto afectaba a sus Ministerios, pero rápidamente y de modo casi imperceptible dejaron de ocuparse de los planes estratégicos y de la dirección cotidiana de las operaciones. De estas funciones se hizo cargo el Comité de jefes de Estado Mayor bajo el control directo del ministro de Defensa y jefe del Gobierno, y por consiguiente quedaron sometidos a la jurisdicción del Gabinete de Guerra. Los tres ministros de las fuerzas armadas (Mr. Alexandre, Mr. Eden y sir Archibald Sinclar), personas muy capacitadas y excelentes amigos míos a quienes había designado, para aquellos cargos, no formularon ninguna objeción. Se aplicaron a organizar y administrar las fuerzas cada vez mayores y prestaron su concurso a la causa común con el espíritu práctico distintivo de los ingleses. Disponían de plena información por el hecho de ser miembros del Comité de Defensa y mantenían contacto frecuente conmigo. Sus subordinados profesionales, los jefes de Estado Mayor, discutían todos los asuntos con ellos y les trataban con el máximo respeto. Pero existía una dirección suprema de la guerra a la cual se sometían lealmente. Nunca hubo el menor roce en lo relativo a anulación o limitación de poderes, y si bien cada uno podía exponer libremente su criterio en los altos círculos, la dirección efectiva de la guerra se concentró rápidamente en unas cuantas manos; de este modo, lo que antes había parecido tan difícil adquirió unas líneas de extraordinaria simplicidad -excepto, como es natural, para Hitler -. A despecho de la turbulencia de los acontecimientos y a pesar de los terribles desastres que hubimos de sufrir, la máquina funcionó casi automáticamente y todos nos sentimos prendidos en una corriente de ideas coherentes susceptibles de traducirse en hechos con gran rapidez. CAPITULO II “Sangre, fatigas, sudor y lágrimas” Aunque el lector estará a buen seguro impaciente por conocer con detalle las incidencias de la horrible batalla que entretanto se libraba allende el Canal, creo conveniente describir antes el sistema y la organización puestos en marcha por mí desde los primeros días de mi llegada al Poder para la dirección de los asuntos militares y de otro orden. Soy partidario acérrimo de tratar las cuestiones oficiales mediante “la palabra escrita”. No cabe duda de que, revisadas al cabo del tiempo muchas de las cosas que se anotaron en el papel hora tras hora bajo la presión de los acontecimientos resultan desproporcionadas y aun carentes de utilidad. Acepto Gustoso este riesgo. Siempre es preferible excepto en lo que se refiere a la disciplina militar, expresar opiniones y deseos que dictar ordenes, las indicaciones escritas procedentes directamente del jefe legal del Gobierno y al propio tiempo ministro especialmente encargado de la Defensa Nacional tenían una fuerza tal que las más de las veces se transformaban en actos concretos. Para tener la seguridad de que nadie utilizaría mi nombre a la ligera, preparé durante la crisis de julio la siguiente minuta: 3 Del primer ministro al general Ismay, jefe del Estado Mayor Imperial, y a sir Edward Bridges. “19-7-40. “Deseo hacer constar con absoluta claridad que todas mis instrucciones se cursan por escrito o se confirman inmediatamente en esta forma, y que no acepto responsabilidad alguna por lo que se refiere a cuestiones relacionadas con la defensa nacional sobre las cuales se afirme que yo he adoptado decisiones.” Cuando me despertaba, a las ocho de la mañana, leía todos los telegramas y dictaba desde la cama una serie interminable de minutas e instrucciones para los Ministerios y el Comité de jefes de Estado Mayor. Iban relevándose los taquígrafos y, una vez mecanografiadas, las notas destinadas al Comité pasaban al general Ismay (actualmente lord Ismay) secretario adjunto (para los asuntos militares) del Gabinete de Guerra y representante mío en el Comité de jefes de Estado Mayor, quien, venía a verme todas las mañanas a primera hora. De este modo, el general podía someter gran cantidad de textos escritos al Comité cuando éste se reunía a las 10’30. Los jefes de Estado Mayor estudiaban con toda atención mis puntos de vista, al tiempo que discutían la situación general. Y entre tres y cinco de la tarde a menos que surgiese alguna dificultad que nos obligara a estudiar de nuevo el asunto estaba dispuesta para su despacho toda una serie de órdenes y telegramas. Estos documentos procedían bien fuese del primer ministro o bien de los jefes de Estado Mayor, previamente nos habíamos puesto de acuerdo acerca de los textos correspondientes, que por regla general dictaban decisiones con carácter de urgencia. En una guerra total es absolutamente imposible trazar una línea divisoria precisa entre los problemas militares y los no militares. El que no se produjera ninguna fricción de esta especie entre el personal militar y el del Gabinete de Guerra, fue en gran parte a la alta personalidad de sir Edward Bridges, secretario del mencionado Gabinete. Era no sólo un trabajador infatigable y competidísimo, sino también un hombre de una energía una habilidad y una simpatía excepcionales, incapaz de envidias ni recelos de ninguna clase. Lo único que le interesaba era servir en la mejor forma posible al primer ministro y al Gabinete de Guerra. En su gestión no influyó nunca la menor idea relacionada con su posición personal, y entre los funcionarios civiles y militares del Secretariado reinó en todo momento la más perfecta armonía. Para tratar de los asuntos importantes, o cuando surgían divergencias de opinión convocaba yo una reunión del Comité de Defensa del Gabinete de Guerra, en el que al principio figuraba Mr. Chamberlain, Mr. Attlee y los tres ministros de las fuerzas armadas, con los jefes de Estado Mayor a título consultivo. Estas reuniones extraordinarias se fueron espaciando después de 1941. Cuando la máquina empezó a funcionar regularmente, llegué a la conclusión de que las reuniones cotidianas del Gabinete de Guerra con asistencia de los altos mandos militares eran ya innecesarias. Por lo tanto, al cabo de cierto tiempo instituí lo que entre nosotros recibió el nombre de “Parada del lunes del Gabinete”. Cada lunes en efecto, se reunía un nutrido grupo de personajes; el Gabinete de Guerra en pleno, los ministros de las tres Armas, el ministro de Seguridad Interior, el canciller de la Tesorería, los secretarios de Estado para los Dominios y para la India, el ministro de Información, los jefes de Estado Mayor y el jefe oficial del Foreign Office. En el curso de aquellas sesiones cada jefe de Estado Mayor daba cuenta de todo lo ocurrido durante los siete días anteriores, y a continuación, el ministro de Asuntos Exteriores informaba acerca de los hechos más importantes en materia de política exterior. Los restantes días de la semana, el Gabinete de Guerra se reunía solo y estudiaba todas las cuestiones que requerían solución urgente. Asistían también otros ministros cuando pasaban a discutirse los problemas que les afectaban. Los miembros del Gabinete de Guerra tenían conocimiento de todos los documentos relativos a la guerra y veían todos los telegramas de especial interés que yo cursaba. Me descargaban casi por completo del peso de los asuntos interiores y de los problemas suscitados por los partidos, con lo cual podía consagrarme de lleno a la tarea principal. Les consultaba siempre en tiempo oportuno a propósito de todos las grandes operaciones en proyecto; pero si b bien prestaban la máxima atención a tales cuestiones en su aspecto global, muchas veces renunciaban a conocer fechas y detalles, y aun en ocasiones me impedían seguir hablando cuando me disponía a revelarles estos datos. Nunca entró en mis cálculos dar a las funciones de ministro de Defensa la categoría oficial de un Departamento. Esto habría implicado una legislación especial, y la serie de delicados ajustes que he descrito, basados la mayoría de ellos en la buena voluntad individual, habrían tenido que pasar por el tamiz de un proceso tan complicado como extemporáneo de forma constitucional. Existía, empero, y funcionaba bajo la dirección personal del primer ministro el negociado militar del Secretariado del Gabinete de Guerra que en los días anteriores a la guerra había sido el Secretario del Comité de Defensa Imperial. Hallábase al frente del mismo el general Ismay con el coronel Hollis y el coronel Jacob como ayudantes suyos; a sus órdenes actuaba un grupo de oficiales más jóvenes de las tres Armas, especialmente seleccionados. Este Secretariado se convirtió en el Estado Mayor del Gabinete del ministro de Defensa. La deuda de gratitud que tengo contraída con sus miembros es inmensa. El general Ismay y los coroneles Hollis y Jacob dieron pruebas, a medida que avanzó la guerra, de una capacidad creciente en el desempeño de su misión, y los tres permanecieron constantemente en sus puestos. Por lo demás, cualquier modificación o remoción en un círculo tan cerrado y en el que se trataban tantos asuntos secretos hubiese redundado en detrimento de la ejecución regular y eficiente de las tareas. Tras algunos cambios efectuados en los primeros tiempos quedo asegurada una estabilidad casi idéntica en el Comité de jefes de Estado Mayor. Al terminar el periodo de su mandato como jefe del Estado Mayor de la Aviación en septiembre de 1940, el mariscal del Aire Newall pasó a ser gobernador general de Nueva Zelanda y le substituyó el mariscal del Aire, Portal, ídolo a la sazón de las Fuerzas Aéreas. Portal permaneció a mi lado durante el resto de la guerra. Sir John Dill, que había reemplazado al general Ironside en mayo de 1940, continuó siendo jefe del Estado Mayor Imperial hasta que me acompañó a Washington en diciembre de 1941, en cuya ocasión le nombré mi delegado militar personal cerca del presidente Roosevelt y jefe de la misión británica en el Consejo interaliado. Sus relaciones con el general Marshall, jefe del Estado Mayor del Ejército de los Estados Unidos, fueron para todos de una utilidad inapreciable; y cuando tres años después murió en la brecha, se le concedió el singular honor de reposar para siempre en el cementerio de Arlington el “Valhalla” reservado exclusivamente hasta entonces a los guerreros norteamericanos. Sucedióles en el cargo de jefe del Estado Mayor Imperial sir Alan Brooke, quien permaneció conmigo hasta el final. A partir de 1941 y por espacio de casi cuatro años, los primeros de los cuales tantos infortunios y decepciones nos depararon, el único cambio que se produjo en aquel reducido equipo fue motivado por la muerte en servicio del almirante Pount. Puede decirse que esto constituye un “record” en la historia militar británica. Los jefes de estado Mayor norteamericanos -el general Marshall, el almirante Berg y el general Arnold, y más tarde el almirante Leahy- empezaron a trabajar conjuntamente al entrar los Estados Unidos en la guerra y no fueron reemplazados jamás. Dado que los citados jefes británicos y norteamericanos constituyeron entonces el Consejo Interaliado de Saltos Mandos Militares su colaboración prestó inestimables servicios a la causa común. Nunca se había logrado antes una cosa semejante entre aliados. 4 No pretendo afirmar que en ningún momento surgiera la menor divergencia entre nosotros, especialmente en el interior, pero sí puedo decir que entre los jefes británicos de Estado Mayor y yo se estableció una especie de inteligencia tácita para procurar más bien convencernos mutuamente que tratar de imponer los criterios respectivos. A esto, como ese lógico, contribuyó en gran manera el hecho de que todos hablábamos el mismo lenguaje técnico y poseíamos una amplia base común de doctrina militar y de experiencia bélica. En el mudable escenario del mundo de aquella época actuábamos como un solo hombre. EL Gabinete de Guerra nos amparó cada vez con mayor discreción y nos apoyó con una constancia inquebrantable. No hubo como en la contienda anterior disensiones entre los políticos y militares, entre “las levitas” y “los sables” -términos odiosos estos que con tanta frecuencia había agriado las deliberaciones. De acuerdo con las órdenes y las instrucciones oportunas, movían se las tropas y los aviones y funcionaban a pleno rendimiento las fábricas. Gracias a la unanimidad imperante y gracias también a la confianza, la indulgencia y la lealtad con que todos me apoyaban, pude muy pronto dar una dirección precisa a la guerra en la casi totalidad de sus aspectos. Lo cual era en verdad sumamente necesario, pues los tiempos eran terribles. Se aceptó el sistema establecido porque cada uno comprendía cuán cerca nos halábamos de la muerte y de la ruina. No sólo nos acechaba la muerte física e individual, que es en definitiva un hecho ineluctable, sin o que estaba en juego algo más importante; la existencia misma de la Gran Bretaña, su misión y su gloria. Quedaría incompleto el estudio de los métodos de gobierno que se pusieron en práctica bajo aquel régimen de Unión Nacional si no se diera cuenta de la serie de comunicaciones personales que remití al presidente de los Estados Unidos y a los jefes de otros países extranjeros y a los Gobiernos de los Dominios. Creo conveniente dar algunos detalles de aquella correspondencia. Una vez acordada en el seno del Gabinete la línea de la política a seguir en los distintos casos, preparaba y dictaba los documentos en cuestión yo mismo, basándome en buena parte en el principio de que se trataba de una correspondencia intima y no oficial entre amigos y colegas. Por regla general, expresamos mucho mejor nuestras ideas utilizando el lenguaje que nos es propio. Sólo ocasionalmente leía de antemano el texto ante el Gabinete. Conociendo bien como conocía los puntos de vista de sus miembros, hacía uso de la desenvoltura y de la libertad necesaria para realizar mi tarea. Actuaba, desde luego, en estrecho contacto con el ministro de Asuntos Exteriores y su Departamento, y dábamos una solución armónica a las diferencias de opinión que podían surgir. Comunicaba el texto de aquellos telegramas, en algunos casos después de haberlos circulado, a los miembros permanentes del Gabinete de Guerra, así como al secretario de Estado para los Dominios cuando el asunto le afectaba. Como es lógico, antes de despacharlos, hacía verificar mis afirmaciones y los hechos citados en tales comunicaciones por los servicios correspondientes, y casi todos los mensajes de carácter militar pasaban a conocimiento de los jefes de Estado Mayor por medición del general Ismay. Aquélla correspondencia no se interfería en modo alguno con las comunicaciones oficiales ni con la labor de los embajadores. No obstante se convirtió en un medio utilísimo para resolver muchos asuntos de vital interés y desempeñó en mi sistema de dirigir la guerra un papel no inferior a mi actuación como ministro de Defensa, y en ocasiones aún más importante. Por ejemplo, las diferencias con las autoridades norteamericanas que de primera intención, al ser discutidas en uno de los estratos oficiales secundarios, parecían insuperables, quedaban con frecuencia resueltas en pocas horas mediante un contacto directo con personas situadas a un nivel superior. Al correr del tiempo la eficacia de estas negociaciones con las “alturas” llegó a un grado tal que me era necesario tener un especial cuidado para que el sistema no se convirtiera en vehículo normal de los asuntos ministeriales corrientes. Repetidas veces hube de rechazar las peticiones de mis colegas para que me dirigiera personalmente al presidente Roosevelt a propósito de importantes cuestiones de detalle. Si estos asuntos se hubiesen inmiscuido de modo abusivo en aquella correspondencia directa, le habrían hecho perder rápidamente su carácter privado y por consiguiente su valor intrínsico. Tan estrechas llegaron a ser mis relaciones con el Presidente, que los asuntos principales de interés común a nuestros dos países se trataron prácticamente siempre por medio de aquellos intercambios personales entre él y yo. De esta manera logramos una perfecta comprensión mutua. En su doble calidad de jefe del Estado y jefe del Gobierno, Roosevelt hablaba y actuaba con plena autoridad en todos los ámbitos; Por mi parte, apoyado por el Gabinete de Guerra, yo representaba a la Gran Bretaña con una amplitud casi equivalente. El ahorro de tiempo y la reducción del número de personas conocedoras de los asuntos constituían dos ventajas de interés inestimable. Yo enviaba mis cables a la Embajada norteamericana en Londres, que tenía contacto directo con el presidente de la Casa Blanca por un sistema especial de clave. La diferencia horaria contribuía a la rapidez con que llegaban las respuestas y se resolvían los asuntos. Por ejemplo, la comunicación que yo preparaba por la noche, y aun hasta las dos de la madrugada, la recibía el Presidente antes de acostarse y muchas veces yo tenía su contestación al despertarme a la mañana siguiente. En total le envié 950 mensajes y recibí 800 respuestas suyas. Me daba cuenta de que estaba en relación con un hombre muy grande que al propio tiempo era un amigo toda cordialidad y el paladín máximo de las altas causas a cuyo servicio nos hallábamos. Después de obtener por parte del Gabinete una acogida favorable a mi intento de conseguir del Gobierno norteamericano cierto número de destructores, el 15 de mayo por la tarde redacté mi primer cablegrama al presidente Roosevelt desde mi ascenso al cargo de primer ministro. Con objeto de dar a nuestra correspondencia un carácter de continuidad, firmé: “Un expersonaje naval”, y mantuve esta ficción, con muy contadas excepciones, durante toda la guerra: “Aunque he cambiado de puesto, estoy seguro de que no querrá usted verme interrumpir nuestra correspondencia intima y personal. Como usted sabe, el horizonte se ha oscurecido rápidamente. El enemigo posee una clara superioridad en el aire, y su nueva técnica está causando una impresión profunda en los franceses. A mi entender, la batalla terrestre no ha hecho más que empezar; Me gustaría ver el grueso de los dos ejércitos empeñarse en un verdadero cuerpo a cuerpo. Hasta ahora Hitler viene actuando con unidades especializadas de tanques y aviación. Los pequeños países, uno tras otro, saltan hechos añicos cual si fuesen simples cajas de madera. “Cabe suponer, aunque todavía no es seguro, que Mussolini se apresurará a entrar en escena para participar en el botín de la civilización. Esperamos, en un futuro próximo, ser atacados en nuestro propio territorio por grandes masas de bombarderos, e invadidos por medio de paracaidistas y tropas aerotransportadas. Nos disponemos a recibir a unos y a otros. Si es necesario, continuaremos solos la guerra, no nos asusta tal contingencia. “Creo, empero, señor Presidente, que usted se da cuenta de que la voz y la fuerza de los Estados Unidos no servirán para nada si se tarda demasiado tiempo en utilizarlas. Es posible que Europa quede completamente nacificada y esclavizada con asombrosa rapidez, en cuyo caso la carga quizá sería superior a nuestra capacidad de resistencia. Lo único que le pido por ahora es que ustedes se declaren no beligerantes, con lo cual podrían ayudarnos en todos los aspectos, a excepción del envió de fuerzas armadas. “Nuestras necesidades inmediatas son: En primer término, el préstamo de cuarenta o cincuenta de sus destructores antiguos para colmar el vacío existente entre lo que ahora tenemos y las importantes construcciones navales que iniciamos al estallar la guerra. Dentro de un año, 5 hacia esta época, dispondremos de suficientes unidades propias. Pero si entre tanto Italia se alza abiertamente contra nosotros con otros cien submarinos, es fácil que debamos tirar excesivamente de la cuerda y corremos peligro de romperla. “Segundo: Necesitamos varios centenares de aviones de los modelos más recientes, de entre los que sus fábricas les están entregando ahora. Este suministro podría quedar compensado con los aparatos que actualmente se construyen para nosotros en los Estados Unidos. “Tercero: Equipos antiaéreos, con sus municiones correspondientes de todo lo cual también tendremos en cantidad suficiente el próximo año, si aun estamos vivos para verlo. “Cuarto: Dado que nuestros suministros de material de hierro procedentes de Suecia, de África del Norte y quizá del norte de España, están seriamente comprometidos, nos será necesario comprar acero en los Estados Unidos. Esto es aplicable asimismo a otros materiales. Pagaremos en dólares mientras nos sea posible, pero desearía estar en cierto modo seguro de que cuando no podamos seguir pagando ustedes continuarán enviándonos el material. “Quinto: Poseemos diversas informaciones que señalan la posibilidad de lanzamientos de paracaidistas o fuerzas aerotransportadas alemanas en Irlanda. La visita de una escuadra norteamericana, que podría perfectamente prolongar cuanto fuese necesario su estancia en los puertos irlandeses, sería de un valor incalculable a este respecto. “Sexto: Cuento con ustedes para conseguir que los japoneses permanezcan quietos en el Pacifico, donde las unidades norteamericanas pueden utilizar la base de Singapur en la forma que crean conveniente. Los detalles relativos al material de que allí disponemos le serán notificados en comunicación aparte. “Le ruego acepte mis más afectuosos respetos.” El 18 de mayo recibí, en respuesta al mío, un cable del Presidente en el que acogía complacido la prosecución de nuestra correspondencia particular y se ocupaba de mis distintas peticiones. El préstamo o donación de los cuarenta o cincuenta destructores antiguos no podía llevarse a cabo -decía- sin la autorización del Congreso, y consideraba que el momento no era oportuno. El Presidente haría cuanto estuviese en su mano para que los Gobiernos aliados obtuviesen los últimos modelos de aviones norteamericanos, así como armas antiaéreas, municiones y acero. Respecto a todo esto se estudiarían con la mejor disposición de ánimo las indicaciones de nuestro agente, el competentísimo e infatigable Mr. Purvis (que poco después había de perecer en un accidente de aviación.) Por lo demás, el Presidente prometía considerar con especial interés mi sugestión de que una escuadra norteamericana visitase puertos Irlandeses. Acerca del Japón, se limitaba a indicarme que la flota estadounidense se hallaba concentrada en Pearl Harbour. El lunes 13 de mayo, pedí a la Cámara de los Comunes, especialmente convocada al efecto, un voto de confianza para el nuevo Gobierno. Tras exponer los progresos realizados en la designación de los diversos ministros, declaré: “No puedo prometeros más que sangre, fatigas, sudor y lágrimas”. Nunca, en el curso de nuestra larga historia, primer ministro alguno se había visto en la necesidad de brindar al Parlamento y a la nación un programa tan breve y tan dramático. Terminé así mi discurso: “Me preguntareis: ¿Cuál es el camino a seguir? Yo os responderé: Continuar la guerra en el mar, en la tierra y en el aire, con todo nuestro poderío, con toda la fuerza que Dios nos dé; continuar con la guerra contra una tiranía monstruosa, nunca superada en la sombría y la funesta estadística de los crímenes humanos. Esta es nuestra bandera. “Me preguntareis: ¿Cuál es nuestro objetivo? Sólo puedo contestaros con una palabra: Victoria. Victoria a toda costa; victoria a despecho de todos los terrores, victoria, por larga y abrupta que sea la senda. Porque sin la victoria no hay posibilidad alguna de supervivencia. Entiéndase esto bien; no hay supervivencia posible para el Imperio Británico; no hay supervivencia posible para nada de cuanto el Imperio Británico ha defendido durante generaciones; no hay supervivencia posible `para el noble afán que a través de las edades ha impulsado a la Humanidad hacia la meta de un altísimo ideal. “Pero emprendo mi tarea con ánimo esforzado. Estoy seguro de que los hombres de buena voluntad no permitirán que nuestra causa fracase. En esta hora me siento con derecho a reclamar la ayuda de todos, y les digo: “Venid, pues, con nosotros, y avancemos juntos uniendo nuestras fuerzas." La Cámara voto por unanimidad la confianza al Gobierno sobre la base de esta simple declaración y aplazó sus sesiones hasta el 21 de mayo. Así fue como iniciamos todos nuestra labor común. Nunca un primer ministro británico recibió de sus colegas de Gabinete el apoyo leal y sincero que durante los cinco años siguientes me concedieron aquellos hombres procedentes de todos los Partidos de la nación. El Parlamento, aun conservando su libre y activo derecho de crítica, sanciono constantemente y sin reservas todas las medidas propuestas por el Gobierno, y la nación se mantuvo unida y entusiástica en forma jamás vista. Fue, en verdad, una bendición que así ocurriese pues sobre nuestras cabezas iban a producirse acontecimientos de una magnitud más terrible de lo que ninguno de nosotros había llegado a imaginar. 6 CAPITULO III “¡Nos han derrotado!” (Con objeto de mantener su neutralidad, el Gobierno de Bruselas había prohibido al ejército francobritánico la entrada en Bélgica antes de que los alemanes atacasen. Al producirse la invasión germana en la noche del 9 al 10 de mayo de 1940, se puso inmediatamente en práctica el “Plan D” del general Gamelín, consistente en un avance de las fuerzas aliadas a la izquierda de la línea Mosa-Amberes. Durante el invierno anterior, las tropas británicas, con el Primer Ejército francés a su derecha, habían construido nuevas líneas de defensa y un foso de protección contra los tanques a lo largo de la frontera franco belga.) Siempre me obsesionó la idea de una revisión a fondo de la estrategia `prevista en el “Plan D”, y sigo preguntándome si al iniciarse la ofensiva alemana no hubiese sido más prudente mantenernos en la frontera francesa y luchar allí, invitando al ejército belga, `protegidos por las sólidas defensas construidas durante el invierno, a retirarse tras ellas, en vez de realizar, como lo hicimos, el aventurada y presuroso avance hacia el río Dyle o el canal Alberto. Para comprender las decisiones que se tomaron en aquella época es necesario tener en cuenta la autoridad casi omnímoda de que gozaban los dirigentes militares franceses y la fe ciega de todos los jefes y oficiales galos en la primacía de su país en el arte militar. Francia había dirigido y soportado el peso principal de la terrible lucha terrestre desde 1914 a 1918. Había perdido en aquella contienda 1.400.000 hombres. Se había entregado a Foch el mando supremo, y los grandes Ejércitos británico e imperial -de sesenta a setenta divisiones-, al igual que las fuerzas norteamericanas, habían sido colocados por completo a sus órdenes. En 1940, el Cuerpo Expedicionario británico constaba tan solo de 300.000 ó 400.000 hombres, distribuidos por las bases costeras comprendidas entre El Havre y la frontera belga, en tanto que los franceses contaban con cerca de cien divisiones, o sea más de dos millones de hombres, que guarnecían el vasto frente desde Bélgica hasta Suiza. Era natural, por lo tanto, que nos pusiéramos bajo su mando y que aceptásemos su criterio. Desorientación En el momento de estallar la guerra, todos creíamos que el general Georges sería el jefe supremo de los Ejércitos francés y británico en campaña y que el general Gamelín se retiraría a un puesto meramente consultivo en el Consejo Militar francés. Pero Gamelín se mostró reacio a abandonar su cargo de generalísimo y retuvo en sus manos la dirección suprema de las fuerzas. Durante los ocho meses de calma se desarrolló un enfadoso conflicto de autoridad entre él y el general Georges. A mi entender, éste no pudo nunca trazar el plan estratégico que deseaba en toda su integridad y bajo su exclusiva responsabilidad. El Alto Mando Mayor británico, así como los jefes de nuestro cuartel general en campaña, abrigaban serios temores acerca del vacío existente entre el límite septentrional de la Línea Maginot y el principio del frente fortificado británico a lo largo de la frontera franco belga. Mr. Hore-Belisha, ministro de la Guerra, suscitó diversas veces esta cuestión en el seno del Gabinete. Se cursaron las observaciones pertinentes al Alto Mando francés por conducto militar. Sin embargo, dada nuestra contribución relativamente reducida al esfuerzo común, era natural que tanto el Gabinete como nuestros jefes militares se mostrasen muy parcos en sus intentos de fiscalizar la actuación de quienes tenían sobre las armas un ejercito diez veces superior al nuestro. Los franceses creían que el macizo de los Ardenas era impracticable para los grandes ejércitos modernos. El mariscal Pétain había afirmado ante la Comisión senatorial de Fuerzas Armadas: “Aquel sector no es peligroso”. A lo largo del Mosa se llevó a cabo una considerable labor de fortificación, pero no se intentó siquiera la erección de una sólida línea de blocaos y obstáculos antitanques parecida a la que habían construido las tropas británicas a lo largo de la frontera belga. A mayor abundamiento, el Ejército francés, mandado por el general Corap, estaba constituido en gran parte por tropas que se hallaban claramente por debajo del nivel medio de las fuerzas galas. El frente de ochenta kilómetros desde Sedán hasta Hirsonsur-Oise carecía de fortificaciones permanentes y estaba guarnecido tan sólo por dos divisiones de tropas no profesionales. Estrategia fundamental Es obvio que no se puede ser fuerte en todos los puntos. Muchas veces es conveniente y aun necesario mantener simples fuerzas de cobertura en largos sectores de una frontera, pero esto, naturalmente, ha de ser con el solo objeto de tener disponibles importantes contingentes de reserva para lanzarlos al contraataque cuando se conocen los puntos de verdadera presión del enemigo. Fue, pues, una medida a todas luces imprudente la de esparcir nada menos que cuarenta y tres divisiones, o sea la mitad del ejército móvil francés, desde Longwy hasta la frontera Suiza, siendo así que toda aquella extensión estaba ya protegida por los fuertes de la Línea Maginot o por el amplio y caudaloso Rin y su propio sistema de fortificaciones. Los riesgos que ha de correr el defensor son mayores que los que debe afrontar el agresor, quien, por definición, supera en fuerza a su contrincante en el punto de ataque. Cuando se hallan en juego frentes muy extensos, es preciso disponer de importantes reservas móviles capaces de intervenir rápidamente en una batalla decisiva. Una parte considerable de la opinión sustenta el criterio de que las reservas francesas eran insuficientes y estaban, por añadidura, mal distribuidas. Después de todo, el vacío existente detrás de los Ardenas dejaba abierto el camino más corto entre la frontera alemana y París, y durante varios siglos había sido un célebre campo de batalla. En caso de que el enemigo penetrase por allí, todo el movimiento de avance de los ejércitos septentrionales se vería privado de su eje de marcha y quedaría amenazado el conjunto de sus comunicaciones al mismo tiempo que la propia capital. Recapacitando “a priori”, vemos ahora claramente que el Gabinete de Guerra de Mr. Chamberlain, del cual yo formaba parte y en suyos actos u omisiones acepto por entero la parte de responsabilidad que me corresponde, no debía haberse abstenido de plantear el asunto en forma descarnada ante el Gobierno y los jefes militares franceses en el otoño y el invierno de 1939. No cabe duda de que habría sido una 7 gestión difícil e ingrata, pues los franceses nos hubiesen podido repetir una y otra vez: “¿Por qué no envían ustedes más tropas? ¿Por qué no cubren con fuerzas suyas un sector más amplio del frente? Si faltan reservas, les rogamos que las aporten ustedes. Nosotros tenemos ya movilizados cinco millones de hombres (En la “movilización” francesa de cinco millones estaban comprendidos muchos hombres que no prestaban servicio de armas, sino que trabajaban en las fábricas, en los campos, etc.) Aceptamos sin reservas sus ideas acerca de la guerra naval; ajustamos nuestro sistema a los planes del Almirantazgo británico. Les pedimos, por consiguiente, que tengan confianza absoluta en el Ejército francés y en nuestra maestría histórica en el arte de la guerra terrestre”. Aun así, debíamos haber realizado la gestión. El primer aldabonazo A una señal de mando, los ejércitos septentrionales se lanzaron en auxilio de Bélgica y avanzaron velozmente por todas las carreteras entre el entusiasmo de los habitantes. El 12 de mayo quedó consumada la primera fase del “Plan D”. Los franceses se situaron en la margen izquierda del Mosa hasta Huy, en tanto que sus tropas ligeras de primera línea al otro lado del río iban retrocediendo ante el creciente empuje del enemigo. Las divisiones blindadas del Primer Ejército francés alcanzaron la línea Huy-Hannut-Hirlemont. Los belgas, una vez perdido el canal Alberto, se retiraban hacia la línea del río Gette y ocupaban sus posiciones previstas entre Amberes y Lovaina. Seguían resistiendo en Lieja y Namur. El séptimo Ejército francés había ocupado las islas holandesas de Walcheren y Beveland del Sur, y luchaba contra las unidades motorizadas del XVIII Ejército alemán en la línea Herenthals-Bergen op Zoom. Tan rápido había sido el avance del Séptimo Ejército francés, que había dejado atrás sus servicios básicos de intendencia y municionamiento. Era manifiesta la superioridad de la aviación británica, ya que no numérica, sí en cuanto a calidad. Así, pues, hasta el 12 de mayo por la noche nada hacía suponer que las operaciones no iban bien. Sin embargo, en el curso del día 13 el cuartel general de lord Gort tuvo conocimiento de la violencia que mostraba la acometida alemana en el frente del Noveno Ejército francés. Al anochecer, el enemigo se había establecido en la margen occidental del Mosa, a ambos lados de Dinant y de Sedán. El Gran Cuartel General francés no estaba seguro aún de si los alemanes tenían intención de dirigir su ataque principal hacia el ala izquierda de la Línea Maginot a través de Luxemburgo o hacia Bruselas a través de Maestricht. A lo largo de todo el frente Lovaina-Namur-Dinant hasta Sedán se había desarrollado una intensa y dura batalla, pero en Dinant las fuerzas del Noveno Ejército francés no habían tenido tiempo de instalarse convenientemente antes de que el enemigo llegase a los aledaños de la ciudad. La herida mortal de Sedán El día 14 empezaron a recibirse las malas noticias. Al principio todo era vago. A las siete de la tarde di cuenta al Gabinete de un telegrama recibido de M. Reynaud anunciando que los alemanes habían roto el frente en Sedán, que las tropas francesas eran impotentes para resistir la acción combinada de los tanques y los bombardeos en picado, y pidiendo otras diez escuadrillas de aviones de caza para restablecer la continuidad de la línea. Otros telegramas recibidos por los jefes de Estado Mayor contenían informaciones parecidas y añadían que los generales Gamelín Y Georges estaban seriamente preocupados por el giro de los acontecimientos, así como que Gamelín se mostraba sorprendido ante la celeridad del avance enemigo. En efecto, el grupo de ejércitos de Kleist, con su masa inmensa de unidades blindadas ligeras y pesadas, había desmenuzado o aniquilado a las divisiones francesas de su frente inmediato y avanzaba en trompa a una marcha desconocida hasta entonces en acción de guerra. La densidad y la furia del ataque germano eran abrumadoras en casi todos los puntos en que los ejércitos contendientes habían entrado en contacto. Las fuerzas alemanas cruzaron el Mosa en el sector de Dinant, con otras dos divisiones blindadas. Hacia el Norte, la lucha en el frente del Primer Ejército francés había sido más reñida. El Primero y el Segundo Cuerpos de Ejercito británicos mantenían aún sus líneas desde Wavre hasta Lovaina, donde nuestra Tercera División, a las órdenes del general Montgomery, había lirado muy duros combates. Más al Norte aún, los belgas se retiraban hacia las defensas de Amberes. El Séptimo Ejército francés, que cubría el flanco de la costa, se replegaba más aprisa todavía de lo que había avanzado. En el momento de producirse la invasión iniciamos la operación “Marina Real”, o sea el lanzamiento de minas fluviales en el Rin; en la primera semana de la batalla pusimos “en servicio” cerca de mil setecientos de dichos artefactos (La operación “Marina Real” se planeó en noviembre de 1.939. La idea era que las minas descendiesen flotando por el Rin y destruyeses los puentes y las embarcaciones del enemigo. El lanzamiento se efectuaba desde territorio francés, en el curso superior del río.) Los resultados fueron inmediatos. Quedó suspendido prácticamente todo el tráfico fluvial entre Karlsruhe y Maguncia, y muchos puentes de barcas, así como la presa de Karlsruhe, sufrieron graves daños. Con todo, el éxito de aquel proyecto quedó anegado en el diluvio de desastres. Las escuadrillas aéreas británicas operaban sin descanso; dedicaban atención preferente a los puentes de barcas en la zona de Sedan, varios de los cuales fueron destruidos en el curso de audaces cuanto desesperados ataques. Estos ataques, realizados en vuelo rasante, suponían para nosotros un notable porcentaje de bajas, ya que la artillería antiaérea alemana respondía con fuego nutrido. En cierta ocasión, de seis aviones sólo regresó uno después de cumplida eficazmente la misión encomendada. Aquel mismo día perdimos sesenta y siete aparatos en total; nuestras fuerzas, que tenían como adversario principal a la defensa antiaérea enemiga no pudieron derribar mas que cincuenta y tres aviones alemanes. Al término de la jornada en cuestión, de los 474 aparatos que las Reales Fuerzas Aéreas tenían en servicio en Francia sólo quedaban 206 utilizables. La ayuda aérea y sus límites Esta información detallada iba llegando a nuestro poder gradualmente. Pero era ya evidente que la prosecución de la lucha en tal escala comportaría en un breve lapso de tiempo la destrucción completa de la Aviación británica, a pesar de su superior calidad individual. Esto nos planteaba un problema muy difícil de resolver: ¿Cuántos aparatos podíamos mandar desde la Gran Bretaña, sin correr el riesgo de encontrarnos indefensos y perder por consiguiente toda posibilidad de continuar la guerra? El lógico ardor combativo de nuestros aviadores y muy diversos argumentos militares de peso, daban fuerza a los continuos y apremiantes llamamientos franceses. Pero, por otra parte, nuestras posibilidades tenían un límite; sobrepasarlo entrañaba poner en serio peligro nuestra propia existencia. En aquella época, todas estas cuestiones las discutía el Gabinete de Guerra en pleno, que se reunía diariamente varias veces. El mariscal del Aire, Dowding, que tenía bajo su mando la aviación de caza metropolitana, me había asegurado que con veinticinco escuadrillas de caza se sentía capaz de defender la isla contra todas las fuerzas aéreas alemanas, pero que con elementos inferiores a aquel número quedaríamos sepultados bajo el peso de la superioridad enemiga. Esta última hipótesis llevaría aparejada no sólo la destrucción de todos nuestros aeródromos y la anulación de nuestro potencial aéreo, sino el arrasamiento de nuestras fábricas de aviones, de las cuales dependía 8 por entero nuestro futuro. Mis colegas y yo estábamos, por lo tanto, decididos a aceptar todos los riesgos -enormes en verdad- impuestos por la gran batalla en curso; pero únicamente hasta el límite fijado, sin ir más allá en modo alguno, cualesquiera que fuesen las consecuencias. Ingrato despertar El 15 de mayo, hacia las siete y media de la mañana, alguien me despertó para avisarme que M. Reynaud me llamaba por teléfono. Yo tenía el aparato encima de la mesilla de noche. Mi interlocutor se expresaba en francés y era evidente que le dominaba una vivísima emoción: -Nos han derrotado-. Y al no obtener respuesta inmediata a sus palabras, insistió: -Estamos vencidos; hemos perdido la batalla. -No es posible que eso haya ocurrido tan pronto - le dije. Pero él me contestó, sobre poco más o menos: -Han roto el frente cerca de Sedán y penetran en masa con tanques y carros blindados. -La experiencia demuestra -repuse- que las ofensivas son limitadas en su duración. Me acuerdo del 21 de marzo de 1918. Al cabo de cinco o seis días, el atacante se ve obligado a frenar la marcha para atender a su avituallamiento, y ése es el momento propicio para el contraataque. Todo esto lo aprendí de labios del propio mariscal Foch. Desde luego, este es lo que siempre habíamos visto en el pasado y lo que debía haber ocurrido en aquella ocasión. Pero el primer ministro francés se limitó a repetir su frase inicial, que, por desgracia, resultó ser absolutamente cierta: -Nos han derrotado; hemos perdido la batalla. Y le dije entonces que me disponía a trasladarme a París para hablar detenida y extensamente con él. CAPITULO IV Dos respuestas asombrosas de Gamelín (El 16 de mayo de 1940, las fuerzas blindadas alemanas habían penetrado en una profundidad de hasta ochenta kilómetros a través de la brecha que dejara abierta el Noveno Ejército francés, en plena desintegración en aquellos momentos. El Séptimo Ejército francés se había retirado al oeste del Escalda, y el Alto Mando holandés había dado orden de cesar el fuero. El Cuerpo Expedicionario británico, con el Primer Ejército francés tenía instrucciones de retirarse hacia el Escalda, Mr. Churchill fue a París para estudiar más de cerca el proceso de la crisis) Hacia las tres de la tarde salí en dirección a Paris a bordo de un avión de pasajeros del Gobierno, tipo “Flamingo”. Me acompañaban el general Dill, sub-jefe del Estado Mayor Imperial, y el general Ismay. El avión, excelente y confortable aparato por cierto, desarrollaba una velocidad aproximada de 250 kilómetros por hora. Llevaba escolta, puesto que carecía de armamento; pero penetramos enseguida en una capa de nubes de lluvia y llegamos a Le Bourget sin novedad en poco más de una hora. Atmósfera inquietante En cuanto descendimos del “Flamingo” nos dimos clara cuenta de que la situación era incomparablemente más grave de lo que habíamos imaginado. Los oficiales que acudieron a recibirnos dijeron al general Ismay que se esperaba la entrada de los alemanes en París al cabo de pocos días como máximo. Después de recoger en la Embajada Nuevas impresiones acerca del curso de la batalla, me dirigí al Quai d’Orsay, adonde llegué a las cinco y media. Me hicieron pasar a uno de los despachos más suntuosos del edificio. Estaban allí Reynaud, Daladier, ministro de Defensa Nacional y de la Guerra, y el general Gamelín. Todos permanecían de pie. En el curso de la conversación no llegamos a sentarnos ni un solo momento en torno a una mesa. Reflejábase profundo abatimiento en todos los rostros. Enfrente de Gamelín, colocado encima de un caballete, había un mapa, como de dos metros cuadrados, en el que una línea trazada con tinta negra pretendía señalar el frente aliado. En aquella línea aparecía dibujada una pequeña pero siniestra comba en Sedán. El comandante en jefe explicó a grandes rasgos lo que había sucedido. Al norte y al sur de Sedán, en un frente de ochenta o noventa kilómetros, los alemanes habían roto la línea. El Ejército francés que cubría aquel sector quedó desperdigado y en algunos puntos destruido. Una masa enorme de vehículos blindados avanzaba a insólita velocidad hacia Amiens y Arras, con la intención, al parecer, de alcanzar la costa en Abbeville o sus alrededores. También podía darse el caso de que pretendiesen dirigirse a París. Detrás de los blindados, dijo, avanzaban ocho o diez divisiones, todas motorizadas, presionando en los flancos, con lo cual hacían más amplia la separación de los dos grupos de ejército franceses desconectados entra sí. El cero absoluto El general estuvo hablando por espacio de unos cinco minutos sin que nadie le interrumpiese. Un largo silencio expectante sucedió a sus palabras. Lo rompí yo para preguntar: “¿Dónde está la reserva estratégica?”, y acto seguido insistí, expresándome en francés, que a decir verdad hablaba muy medianamente: “Où est la masse de manoeuvre?” El general Gamelín se volvió hacia mí y, con un ligero movimiento de cabeza y encogiéndose de hombros, dijo “Aucune”. Hubo otro silencio, más largo que el anterior. Afuera, en el jardín del Quai d’Orsay, ardían grandes hogueras de las que se elevaban densas columnas de humo; desde la ventana pude ver como unos respetables funcionarios volcaba en las piras el contenido de unas carretillas atestadas de carpetas de archivo. Así, `pues, se preparaba ya la evacuación de París. A pesar de sus indiscutibles ventajas, la experiencia tiene el inconveniente de que las cosas nunca ocurren dos veces en la misma forma. Creo que de otro modo la vida sería demasiado fácil. Después de todo, en muchas ocasiones anteriores habíamos visto rotos nuestros frentes y siempre habíamos podido restablecer las líneas y frenar a tiempo el ímpetu de la embestida enemiga. Pero a la sazón nos hallábamos ante dos nuevos factores en lo que yo nunca había pensado. En primer lugar, el desbordamiento de todas las líneas de comunicación y sus campos colindantes en virtud de una incursión irresistible de vehículos blindados; y en segundo lugar, la carencia absoluta de reserva estratégica. “Aucune”. El estupor me tenía petrificado. ¿Qué pensar del gran Ejército francés y de sus jefes supremos? Nunca se me había ocurrido que unos generales que habían de defender ochocientos kilómetros de frente de batalla cayesen en la imprevisión de no disponer de una masa de maniobra. Claro está que nadie puede defender con plena garantía un frente tan amplio; pero cuando el enemigo arremete en forma tal que logra romper la línea, siempre se `puede tener, siempre es preciso tener, en reserva una masa de divisiones dispuesta a lanzarse a un ardoroso contraataque en el momento en que la ofensiva ha perdido su furia inicial. 9 ¿Para que servía la Línea Maginot? Su misión era la de economizar tropas en un gran sector de la frontera, no-solo no por el hecho de disponer de numerosos puntos de salida para realizar contraataques locales sino también para para que se pudieran mantener en reserva importantes contingentes de fuerzas. Y las cosas sólo se pueden hacer así. Pero lo cierto era que no había reservas de ninguna ningun clase. Reconozco que fue aquella una de las sorpresas más grandes de mi vida. ¿Cómo no me había enterado yo de semejante imprevisión, por muy absorbido que me tuviesen los asuntos del Almirantazgo? ¿Cómo no se había enterado el Gobierno británico, y especialmente el Ministerio de la< Guerra? No cabía escudarse en el hecho de que el Alto Mando francés francés se limitaba a facilitarnos, tanto a nosotros como a lord Gort, un vago esquema de sus disposiciones. Teníamos derecho a saber más. Debíamos haber insistido. Al fin y al cabo, nuestros ejércitos ejércit luchaban juntos. La primera visión del desastre Acérqueme queme de nuevo a la ventana y permanecí allí unos minutos contemplando las espirales de humo que se alzaban de las hogueras alimentadas por los documentos oficiales de la República Francesa. Los viejos funcionarios seguían trajinando con sus su carretillas y arrojando cuidadosamente entre las llamas el contenido de las mismas. Se entabló luego una animada conversación entre los diferentes grupos, conversación de la que M. Reynaud ha publicado una detallada relación. En ella aparezco yo sosteniendo con énfasis la teoría de que los ejércitos septentrionales no debían retirarse, sino que, por el contrario, debían contraatacar. Tal era, en efecto, mi punto de vista. Pero mi opinión carecía de la base militar necesaria. necesari Es preciso no olvidar que aquella era la primera era visión clara que teníamos de la magnitud del desastre y de la manifiesta desesperación francesa. Nosotros no dirigíamos las operaciones, y nuestro ejército, que era tan sólo una décima parte de las tropas que combatían en el frente, frente operaba bajo mando francés. Tanto los generales británicos que me habían acompañado como yo estábamos atónitos ante la evidente convicción del comandante en jefe francés y de los ministros principales de que todo estaba perdido. Por mi parte, cuanto decía era para reaccionar rea violentamente contra esto. No cabe duda, sin embargo, de que tenían plena razón y que se imponía una urgente retirada hacia el e Sur. Pronto nos convencimos todos de que así era en efecto. Inferioridad El general Gamelín había vuelto a tomas la palabra. Exponía la posibilidad de agrupar fuerzas para atacar los flancos de la penetración, o “bolsa”, según la denominación que más tarde se dio a esta clase de operaciones. Se estaba procediendo a retirar retir ocho o nueve divisiones de los sectores más tranquilos de la Línea Maginot; había dos o tres divisiones blindadas que aun no habían entrado en combate; en el curso de las dos o tres semanas siguientes llegarían a la zona de la batalla otras ocho o nueve divisiones procedentes de África. El general Giraud había tomado el mando de las tropas francesas situadas al norte del boquete. Desde Aquel Momento los alemanes habrían de avanzar por un corredor abierto entre dos frentes, con lo cual las fuerzas aliadas podrían operar como lo hicieron en 1917 y 1918. En tales condiciones, quizá los alemanes no podrían conservar el citado corredor, cuyos dos flancos necesitaban cada vez mayor protección, protecc y al propio tiempo vigorizar la incursión de sus fuerzas blindadas. Algo por el estilo vino a decir Gamelín, y desde luego todo tod ello parecía dictado por el buen sentido. Sin embargo, yo no podía sustraerme a la impresión de que sus palabras no hallaban eco en el ánimo de los l gobernantes franceses. Entonces pregunté al general Gamelín cuándo y por donde tenía intención de atacar los flancos de la “bolsa”. He aquí su respuesta: “Inferioridad numérica, inferioridad de material, inferioridad de técnica...” Y subrayó, su desoladora reticencia con un encogimiento enco de hombros. No había discusión posible; hubiera sido perfectamente inútil inútil intentarla. Por otra parte, ¿qué fuerza moral teníamos nosotros los ingleses, considerando lo escaso de nuestra contribución -diez diez divisiones después de ocho meses de guerra y ni siquiera una división de tanques modernos en acción? Aquella fue la última vez que vi al general Gamelín. Era un patriota, un hombre docto en su profesión, e indudablemente tiene muchas cosas que decir. Recurso heroico El estribillo de las sucesivas observaciones del general Gamelín y aun de todo el Alto Mando francés, era una un marcada insistencia en la inferioridad aérea de sus ejércitos y en la urgente necesidad de que enviásemos al campo de batalla más escuadrillas de aviones británicos, tanto bombarderos como cazas pero de modo especial estos últimos. Esta apremiante demandaa de ayuda aérea estaba destinada a reaparecer en todas las conferencias subsiguientes hasta que Francia cayó. En el curso de su llamamiento, el general Gamelín dijo que los cazas se necesitaban no solo para proteger al Ejército francés sino para detener a los tanques alemanes. A lo cual respondí: “No. La tarea de detener a los tanques incumbe a la artillería. La labor de los cazas consiste en limpiar el cielo (nettoyer le ciel) encima del campo de batalla” Era de importancia vital que nuestra aviación metropolitana tropolitana de caza no fuese retirada de la Gran Bretaña por ningún concepto. Nos iba en ello la existencia. Era necesario, empero, apurar hasta el hueso. Aquel mismo día por la mañana, antes de partir el Gabinete me había autorizado a enviar otras cuatro escuadrillas de caza a Francia. De regreso a la Embajada y después de consultar el asunto con Dill, decidí pedir permiso para enviar seis escuadrillas más. Con esto quedarían reducidas nuestras fuerzas 10 aéreas metropolitanas a veinticinco escuadrillas de caza, es decir, al mínimo posible. La decisión era de carácter heroico. Rogué al general Ismay que telefonease a Londres señalando la necesidad de que el Gabinete se reuniese inmediatamente para estudiar un telegrama urgente que cursaríamos al cabo de una hora aproximadamente. El propio Ismay transmitió el texto del despacho en lengua indostaní, previa orden de que un jefe del Ejército indio lo recibiese en su oficina de Londres. He aquí el telegrama: “16 -5 -40. 9 noche. “Agradeceré que el Gabinete se reúna inmediatamente para estudiar lo siguiente: Situación gravísima. Furiosa acometida alemana en Sedán sorprende tropas francesas desarticuladas, muchas en el Norte, otras en Alsacia. Necesitamos cuatro días como mínimo para traer veinte divisiones con que proteger París y atacar en los flancos de la “bolsa”, que tiene ya cincuenta kilómetros de anchura. “Tres divisiones blindadas (alemanas) con dos o tres de infantería han penetrado por el boquete y tras ellas van llegando nuevas oleadas. Por tanto, amenazan dos grandes peligros. Primero; que el Cuerpo Expedicionario británico quede completamente aislado al no poder realizar una difícil operación de despegue y de retirada a la antigua línea. Segundo; que la ofensiva alemana haga imposible toda resistencia francesa de que ésta se organice debidamente. “Se han dado órdenes de defender París a toda costa, pero los archivos del Quai d’Orsay arden ya en el jardín. Considero los próximos dos, tres o cuatro días decisivos para la capital y probablemente para el Ejército francés. Por lo tanto hemos de ver si podemos mandar más de cuatro escuadrillas de caza, ayuda que los franceses agradecen mucho, y si mañana y las noches siguientes podemos emplear un mayor contingente de nuestros bombarderos pesados de gran autonomía contra las divisiones alemanas que cruzan el Mosa y afluyen a la “bolsa”. Aun así no hay garantía de éxito; pero la resistencia francesa puede hundirse tan rápidamente como la de Polonia si se pierde la batalla de la “bolsa”. “Por mi parte, considero que debemos enviar mañana las escuadrillas de caza solicitadas, es decir, seis más, y, concentrando todos los aparatos franceses y británicos disponibles, dominar el cielo encima de la “bolsa” durante los próximos dos o tres días para conseguir un triunfo aliado, sino para dar al Ejército francés una última ocasión de recobrar su coraje y su vigor. Si no accediéramos a su petición y se hundiesen en lo irremediable, la Historia nos lo reprocharía. Confío que también podremos organizar bombardeos nocturnos con aparatos de gran autonomía. “Al parecer, el enemigo ha lanzado ya a la lucha todo su material tanto en aviones como en tanques. No debemos menospreciar las dificultades crecientes de su avance si se le contraataca con decisión. Creo que si fracasa todo lo previsto, aún podremos dedicar lo que quede aquí de nuestra aviación de combate a proteger al Cuerpo Expedicionario británico en el caso de una retirada forzosa. “Insisto en la gravedad suprema del momento y dejo expuesta mi opinión. Ruego me comuniquen su acuerdo. Dill aprueba. Necesito la respuesta antes de medianoche a fin de animar a los franceses. Telefoneen a Ismay en indostaní a la Embajada.” La respuesta llegó a las once y media. El Gabinete daba su conformidad. Ismay y yo nos trasladamos inmediatamente en automóvil a la residencia de M. Reynaud. Reinaban en la casa un profundo silencio y una oscuridad casi absoluta. Al poco rato salió M. Reynaud de su dormitorio con un batín puesto. Le comuniqué la grata noticia. ¡Diez escuadrillas de caza! Acto seguido le rogué que mandase llamar a M. Daladier, quien acudió en efecto, ansioso por conocer la decisión del Gabinete británico. Con ello confiaba yo levantar el decaído ánimo de nuestros colegas franceses, dentro de las limitadas posibilidades con que contábamos. Daladier no pronunció una sola palabra. Levantóse lentamente de la silla y me estrechó emocionado la mano. Volví a la Embajada alrededor de las dos de la madrugada y dormí bien, aunque de vez en cuando los disparos antiaéreos motivados por la incursión de algún aparato enemigo aislado hacían que me revolviera en la cama. A la mañana siguiente regresé a Londres en avión, informé al Gabinete y, sin olvidar las demás preocupaciones, continué trabajando en la designación de ministros y subsecretarios del nuevo Gobierno. CAPITULO V Perspectivas Sombrías (El 17 de mayo, Francia había perdido al parecer, las tres cuartas partes de sus aviones de caza. Según comunicó al Gabinete de Guerra, Mr. Churchill había advertido a los franceses que si no realizaban un esfuerzo supremo sería imposible correr el riesgo de enviarles más escuadrillas de caza británicas. Se decía que el general Gamelín sólo estaba dispuesto a garantizar la seguridad de Paris hasta la noche del 18 al 19 de mayo.) La situación militar se agravaba de hora en hora. A petición del general Georges, el Ejército británico prolongó su flanco defensivo con la ocupación de determinados puntos de la línea Douai-Péronne, a fin de proteger Arras nudo de carreteras de importancia vital para una posible retirada hacia el Sur. Aquella misma tarde los alemanes entraron en Bruselas. Al día siguiente llegaron a Cambrai, desbordaron San Quintín y desalojaron de Péronne a nuestros destacamentos. El Séptimo Ejército francés, las tropas belgas, las británicas y al Primer Ejercito francés prosiguieron su movimiento de repliegue hacia el Escalda; los ingleses se situaron durante el día a lo largo del Dendre y formaron el destacamento “Petreforce” (grupo provisional de unidades al mando del general de división Petre) para defender Arras. Fortaleza sitiada 11 A medianoche (18-19 19 de mayo), lord Gort Gort recibió en su cuartel general la visita del general Billotte. Ni la personalidad de este general francés ni la forma de presentar sus propuestas inspiraron confianza al Mando británico. A partir de aquel instante nuestro n comandante en jefe empezó a considerar derar la posibilidad de una retirada hacia la costa. En su informe, publicado en marzo de 1941, escribía: “En aquel momento (día 19 por la noche) nuestra situación no era ya la de una línea combada o temporalmente rota, sino la de una fortaleza sitiada”. A raíz de mi visita a París y de las discusiones celebradas en el seno del Gabinete, creí necesario someter a mis colegas, sin más dilación, un problema de carácter general. Del primer ministro al lord presidente del Consejo. “Le estoy muy agradecido por haberse tomado la molestia de estudiar esta noche las consecuencias que tendría el abandono de París por parte del Gobierno francés y la caída de aquella capital, así como los problemas que se plantearían si hubiese que retirar de Francia el Cuerpo Expedicionario Expe británico, ya fuese utilizando sus propias líneas de comunicación o a través de los puertos belgas y del canal de la Mancha. Se sobreentiende que de momento el citado estudio habrá que limitarse a enumerar las consideraciones principales que sugiere giere la situación y que luego se remitirán a los Estados Mayores. Yo me entrevistaré esta tarde a las 6’30 con las autoridades militares.” La rapidez con que Holanda sucumbiera ante el embate enemigo estaba presente en el espíritu de todos. Mr. Eden había hab propuesto ya al Gabinete de Guerra la formación de un Cuerpo de Voluntarios para la defensa local, y se estaba poniendo urgentemente en práctica su plan. En toldo el país, en cada ciudad y en cada pueblo, se constituyeron grupos de hombres animosos, nimosos, armados arm con carabinas, escopetas, garrotes y lanzas. De aquellos grupos había de surgir, a no tardar, una vasta organización. Pero seguía siendo una necesidad vital la existencia de unidades de tropas regulares. (Mr. Churchill transcribe aquí el texto de una una nota que dirigió en aquella ocasión al general Ismay, sugiriéndole la conveniencia de repatriar de Palestina ocho batallones de fuerzas regulares, y enviar a la India ocho batallones de territoriales para permitir per el retorno a la metrópoli de otras tantass unidades más de regulares. En la misma nota preguntaba si sería oportuno enviar a Francia la única división blindada en su totalidad cuando era posible que el enemigo ofreciese a Francia una paz separada.) El aspecto de la derrota Consideré asimismo necesario dirigir, previa aprobación de mis colegas, los patéticos telegramas siguientes al presidente Roosevelt, con objeto de demostrarle hasta que punto quedarían amenazados los intereses de los Estados Unidos con la conquista conquist y dominación no sólo de Francia, ancia, sino también de la Gran Bretaña. El Gabinete estudió aquellos telegramas con detenimiento, Pero no propuso ninguna enmienda. Ex personaje naval al presidente Roosevelt. “18 - 5 - 40. “No he de encarecerle la gravedad de lo que está ocurriendo. Nosotros estamos decididos a perseverar hasta el fin, sea cual fuere el resultado de la gran batalla que se libra en Francia. Hemos de esperar aquí un ataque al estilo del lanzado contra Holanda, y confiamos defendernos como es debido. Pero si la ayuda norteamericana norteamericana ha de desempeñar algún papel en nuestra resistencia, es preciso que llegue pronto.” Ex personaje naval al presidente Roosevelt. “20 - 5 - 40. “Lothian me ha dado cuenta de su conversación con usted. Comprendo SUS dificultades, pero lamento mucho lo de los destructores. Si estuviesen en el término de seis semanas, desempeñarían un papel de valor inestimable. La batalla de Francia es muy dura para ambos bandos. Si bien es verdad que estamos haciendo pagar muy caros al enemigo sus ataques aéreos y que le derribamos dos y hasta tres aviones por cada uno de los nuestros, no lo es menos que sigue gozando de una formidable superioridad numérica. Es, pues, pues de importancia vital para nosotros que se nos envíe sin pérdida de tiempo el mayor número posible de cazas modelo “Curtiss P-40” P que sus fábricas entregan actualmente al Ejército norteamericano. “Por lo que se refiere a la última parte de su conversación con Lothian, nuestro propósito, ocurra lo que ocurra, es luchar hasta h el fin en esta ta isla; y, suponiendo que obtengamos la ayuda solicitada confiamos que nuestra superioridad individual nos permitirá hacer frente f con eficacia al enemigo en los combates aéreos. Los miembros del actual Gobierno podrán verse obligados a dimitir si la suerte suert militar nos es adversa, pero en ningún caso, por dramáticas que sean las circunstancias, nos avendremos a capitular. “No debe usted perder de vista que si cayesen los gobernantes de hoy y sus sucesores iniciasen conversaciones de paz en medio de las ruinas, nas, lo único con que contarían para negociar con Alemania sería la Flota; y si los Estados Unidos hubiesen abandonado a Inglaterra Ingl a 12 su suerte, nadie tendría entonces derecho a reprochar a los gobernantes de aquella hora el que procurasen obtener para los supervivientes las condiciones más ventajosas que fuese posible. “Perdone, señor Presidente, que trace para usted en forma tan descarnada este cuadro de pesadilla. Es evidente que no puedo responder de la actitud de mis sucesores, quienes, llegados al límite límite de la desesperación y la impotencia, podrían perfectamente verse en la necesidad de plegarse a las exigencias alemanas. Por fortuna, empero, no hay razón alguna en este momento para temer contingencia continge semejante. “Reiterándole mi agradecimiento por su buena disposición...” El “testamento“ de Gamelín Entretanto, M. Reynaud realizaba transcendentales reformar en el Gobierno y el Alto Mando francés. El 18 de mayo fue nombrado vicepresidente del Consejo el mariscal Pétain. El propio Reynaud, después de asignar a Daladier la cartera de Asuntos Exteriores, asumió el Ministerio de Defensa Nacional y de la Guerra. El día 19, a las siete de la tarde, nombró a Weygand, que acababa de llegar del Próximo Oriente, para sustituir al general Gamelín. Yo había conocido cono a Weygand cuando era el brazo derecho del mariscal Foch y había admirado su magistral intervención en la batalla de Varsovia contra la invasión bolchevique de Polonia en agosto de 1920 acontecimiento decisivo para la Europa de aquella época -.. Tenía ahora 73 años, pero se tenían noticias de su gran capacidad y su extraordinaria energía. El general Gamelín, en su última orden del día (Nº 12), dictada el 19 de mayo a las 9’45 de la mañana, prescribía que los ejércitos del Norte, en vez de dejarse cercar, cerc debían a toda costa abrirse paso hacia el Sur, en dirección al Somme, atacando a lasa divisiones blindadas que les habían cortado las comunicaciones. Al mismo tiempo, el Segundo Ejército, así como el Sexto (recientemente constituido este último), debían debí presionar hacia el Norte, en dirección a Mecieres. Sabias medidas. Aunque, en realidad, la orden de retirada general de los ejércitos septentrionales hacia el Sur tenía que haberse dado ya cuatro días antes por lo menos. Una vez puesta de manifiesto la gravedad del boquete abierto en el centro de las líneas francesas en Sedán, la única esperanza que tenían los ejércitos del Norte era la de retroceder inmediatamente hacia el Somme. En lugar de realizar esta maniobra, las tropas en cuestión, mandadas por el general Billotte, se habían limitado a efectuar repliegues graduales y parciales en dirección a Escalda y a establecer un frente defensivo en el ala derecha. Aun entonces habrían tenido tiempo de proceder a un movimiento de retirada hacia el Sur. Gort, el clarividente La confusión que reinaba en el mando de las fuerzas septentrionales, la parálisis en que aparecía sumido el Primer Ejército francés y la incertidumbre acerca de lo que estaba sucediendo mantenían al Gabinete de Guerra en estado de grave inquietud. Todas nuestras deliberaciones y decisiones respiraban calma y sangre fría, en virtud de nuestra voluntad unánime de seguir luchando, pero debajo de de aquella firmeza latía una muda tensión. El día 19, a las 4’30 de la tarde, supimos que lord Gort “estudiaba la posibilidad de una retirada hacia Dunkerque en el caso de que se viese obligado a ello”. El jefe del Estado Mayor Imperial (Ironside) no podía aprobar aquel proyecto, por cuanto, al igual que la mayoría de nosotros, era partidario de la marcha hacia el Sur. Le encargamos, por consiguiente, que llevase personalmente a lord Gort nuestras instrucciones, en el sentido que condujera a las fuerzas británicas en dirección Sudoeste y se abriese paso a través de todos todo los obstáculos a fin de reunirse con los franceses en el Sur. Por otra parte, lord Gort debía invitar a los belgas, en forma ajustarse a nuestro movimiento de apremiante, a al propio tiempo que, llegado el retirada, indicándoles caso, estábamos dispuestos a evacuar a través de los puertos del canal de la Mancha el máximo número posible de sus efectivos militares. Ironside había de decir también a Gort que nosotros mismos informar al Gobierno francés de los cuidaríamos de acuerdos que habíamos adoptado. En el curso de la misma reunión, el Gabinete envió a Dill al cuartel general de Georges, con el cual teníamos línea telefónica directa. Su misión consistía en permanecer allí durante cuatro días y comunicarnos todo lo que pudiese averiguar. Nuestro contacto con lord Gort era intermitente y difícil, pero se afirmaba que sus fuerzas sólo tenían víveres para cuatro días y municiones para una batalla. La “Operación En la celebró el 20 de nuevo sobre el tapete Expedicionario. Yo supuesto de que las cabo su retirada hasta de las mismas habría de replegarse reunión se dice lo sugiere que, como Almirantazgo reúna embarcaciones y las a zarpar rumbo a los francesa. Dínamo” sesión que el Gabinete de Guerra mayo por la mañana, se puso de la situación situac de nuestro Cuerpo hice observar que aun en el tropas británicas pudiesen llevar a el Somme, una parte considerable quedaría probablemente copada o hacia el mar. En el acta de aquella siguiente: “El primer ministro medida de precaución, el un gran número de pequeñas tenga en todo momento dispuestas puertos y ensenadas ensen de la costa 13 El día 20 por la tarde, como consecuencia de las órdenes recibidas de Londres, todas las personas interesadas, entre ellas representantes del Ministerio de la Marina Mercante, celebraron en Doler una conferencia preliminar con objeto o de estudiar “la urgente evacuación de fuerzas muy importantes a través del Canal”. Se acordó que en caso de necesidad, la evacuación se realizaría por Caláis, Boulogne y Dunkerque, a razón de diez mil hombres diarios por cada puerto. Desde Harwich hasta hasta Weymouth, los funcionarios de la Marina Mercante recibieron órdenes de preparar una relación completa de los buques y embarcaciones utilizables cuyo registro bruto fuese f inferior a las mil toneladas. El Almirantazgo tomó nota asimismo de todas las embarcaciones embarcaciones fondeadas en los puertos británicos. Diez días mas tarde, estos planes, destinados a lo que recibió el nombre de “Operación Dínamo”, dieron como resultado la salvación de nuestro Ejército. Ejér Weygand asume el mando Lo primero que hizo Weygand fue anular la orden del día Nº 12, de Gamelín. No carecía de lógica que quisiera apreciar por si mismo la situación en el Norte y ponerse en contacto directo con los jefes de aquel sector. Hay que ser indulgente con un general ge que asume el mando supremo cuando do la batalla se está perdiendo. Pero el tiempo apremiaba. Weygand no debía haber soltado las riendas de lo que aun era posible controlar para embarcarse en las dilaciones y las fatigas de un desplazamiento personal. Permítaseme reseñar en forma detallada lo que sucedió después. El día 20 por la mañana, Weygand, ya en el puesto de Gamelín, tomo las disposiciones necesarias para realizar al día siguiente una visita de inspección a los ejércitos del Norte. Al enterarse enter de que los alemanes habían cortado las carreteras de aquella zona, decidió ir en avión. Su aparato fue atacado en pleno vuelo y se vio obligado a aterrizar en Caláis. La conferencia que se debía celebrar en Ypres hubo de aplazarse hasta las tres de la tarde del día 21. En E Aquella ciudad se reunió ió con el rey Leopoldo y el general Billotte. Lord Gort, a quien nadie había notificado hora ni lugar, no se hallaba presente; presente el único jefe británico que asistió a la conferencia fue el almirante Keyes, cuyo cargo era simplemente el de agregado militar cerca ce del Rey y no ejercía mando alguno. Leopoldo III calificó después aquella conferencia de “cuatro horas de confusa charla”. En ella se trató de la coordinación c de los tres ejércitos, de la puesta en práctica del plan Weygand y, para el caso de que éste fallase, fallase, del repliegue de las fuerzas británicas y francesas hacia el Lys, y de las tropas belgas hacia el Yser. El general Weygand tuvo que marcharse a las siete de la tarde. Lord Gort no llegó hasta las ocho, y el general Billotte le dio di cuenta de lo acordado. rdado. Weygand salió por carretera, hacia Caláis, embarcó en un submarino hasta Dieppe y desde allí volvió a París. En cuanto a Billotte, partió en dirección al frente, y una hora, más tarde moría al chocar su automóvil con otro vehículo. Así, pues, todo tod quedaba de nuevo en suspense. CAPITULO VI Desconcierto en las filas aliadas (El Gabinete de Guerra había encargado al jefe del Estado Mayor Imperial, general (actualmente lord) Ironside que se trasladase traslada al Cuartel General británico en Francia para ordenar ordenar a lord Gort que condujera al Cuerpo Expedicionario inglés en dirección Sudoeste y se abriese paso a través de las líneas alemanas para reunirse con las fuerzas francesas.) El 21 de mayo regresó Ironside e informó que lord Gort al recibir las instrucciones instrucciones del Gabinete, le había formulado las observaciones siguientes: Que la retirada hacia el Sur implicaría una lucha de retaguardia en el Escalda al propio tiempo que un ataque contra una zona ya sólidamente en poder de las formaciones blindadas móviles móviles del enemigo. Para llevar a cabo aquella maniobra sería necesario además proteger los flancos. 2) Que era difícil sostener una prolongada ofensiva en vista de la penuria de abastecimientos. Que ni el Primer Ejército francés ni las tropas belgas parecían estar en situación de secundar una maniobra semejante en caso de intentarla. Añadió Ironside que en el seno del Salto Mando francés de las fuerzas septentrionales reinaba una gran confusión; que el general gene Billote no había cumplido la misión coordinadora que que se le encomendara ocho días antes y que, al parecer, no tenía plan concreto alguno; en cuanto al Cuerpo Expedicionario británico, su moral era excelente y hasta aquel momento sólo había tenido unas quinientas bajas en el curso c de los combates. Nos hizo una sombría descripción del estado de las carreteras, atestadas de refugiados y abrasadas por el fuego de los aviones alemanes. El mismo había atravesado momentos difíciles. El Gabinete de Guerra se hallaba, pues, ante un dilema pavoroso: O bien el Ejército Ejér británico, con la cooperación francesa y belga o sin ella, se abría paso hacia el Sur en dirección al Somme, operación que lord Gort no estaba seguro de poder llevar a feliz término, o bien se retiraba hacia Dunkerque y afrontaba una evacuación por víaa marítima bajo el fuego de las fuerzas aéreas enemigas, con la certeza de perder toda la artillería y todo el material, tan escasos y tan valiosos a la sazón. Evidentemente sería preciso correr riesgos enormes para poner en práctica la primera hipótesis, pero no había razón alguna para no realizar todos los preparativos y tomas todas las precauciones necesarias con vistas a la evacuación por mar en previsión de que fallase el plan de avance hacia el Sur. Propuse a mis colegas ir yo a Francia para entrevistarme arme con Reynaud y Weygand y adoptar una decisión. Dill se reuniría allí conmigo, procedente del Cuartel General de Georges. Plenos poderes 14 Mis colegas consideraron entonces que había llegado el momento de obtener del Parlamento poderes extraordinarios, a cuyo efecto se había elaborado un los últimos días un proyecto de ley. Esta medida conferiría al Gobierno derechos prácticamente ilimitados sobre la vida, la libertad y los bienes de todos los súbditos de Su Majestad en la Gran Bretaña. Con respecto a las personas, dimos al ministro de Trabajo plenos poderes para ordenar a quienquiera que fuese la prestación de cualquier servicio. En el decreto por el que se le concedían tales poderes figuraba una cláusula de salarios mínimos que se incorporó a la ley general de Sueldos y jornales; también disponía la creación de oficinas de mano de obra en los centros importantes. En virtud de otra serie de derechos se establecía un control sobre la propiedad en su más amplio sentido, así como sobre todos los establecimientos, incluso los Bancos; los empresarios deberían tener sus libros de contabilidad a disposición de los inspectores del Fisco, y los beneficios extraordinarios quedarían sujetos a un impuesto del 100 por 100. Se formaría un Consejo de Producción, bajo la presidencia de Mr. Greenwood, y se nombraría un director de servicios de mano de obra. Mr. Chamberlain y Mr. Attlee, este ultimo en segunda lectura, presentaron esta ley al Parlamento el día 22 por la tarde. Tanto los Comunes como los Lores, con su inmensa mayoría conservadora, la aprobaron en todos sus detalles en el curso de una sola sesión, y aquella misma noche fue sancionada por el Rey. “Que jamás los romanos, en los días gloriosos de otrora, negaron a Roma bienes ni oro, brazo ni vida, hijos ni esposa.” Tal era el temple de la hora. Conferencia en Vincennes Cuando llegué a París el 22 de mayo encontré cambiada la decoración. Gamelín ya no estaba. Daladier había desaparecido del escenario bélico. Reynaud era a la vez jefe del Gobierno y ministro de la Guerra. Dado que la presión alemana se había orientado claramente hacia la costa, París no se hallaba bajo amenaza inmediata. El Gran Cuartel General francés seguía en Vincennes, y allí me condujo M. Reynaud en su automóvil a mediodía. Por el jardín deambulaban cabizbajos algunos de los militares a quienes había visto en torno a Gamelín -entre ellos un oficial de caballería muy alto-. “C’est. l’ansíen régimen” (es el antiguo régimen), comentó el ayudante de campo. Un comandante nos introdujo a Reynaud y a mí en el despacho de Weygand y luego a la sala de cartografía, donde estaban los grandes mapas del Mando Supremo. A los pocos momentos entró Weygand. A pesar del esfuerzo físico desarrollado y a pesar de una noche entera de viaje, estaba despejado, ufano e ingenioso. Nos produjo excelente impresión a todos. Procedió a exponer su plan de campaña. No estaba conforme con la marcha o retirada de los ejércitos septentrionales hacia el Sur. Partiendo de los alrededores de Cambray y Arras, debían avanzar hacia el Sudeste en dirección general a San Quintín y de este modo atacar por el flanco a las divisiones blindadas alemanas que entonces luchaban en lo que él denominaba la bolsa de San Quintín-Amiens. La retaguardia de las tropas francobritánicas quedaría protegida, a su entender, por el Ejército belga, que cubriría a sus aliados por el Este y, si fuese necesario, por el Norte. Entretanto, un nuevo Cuerpo de ejército francés al mando del general Frère, compuesto por dieciocho o veinte divisiones procedentes de Alsacia, de la Línea Maginot, de África y de otros puntos, formaría un frente a lo largo del Somme. Su ala derecha avanzaría sobre Arras a través de Amiens y, en un supremo esfuerzo, establecería contacto con los ejércitos del Norte. Era necesario ejercer una presión constante sobre las unidades blindadas enemigas. “No hemos de permitir -decía Weygand- que las divisiones blindadas alemanas conserven la iniciativa”. Se habían cursado las órdenes oportunas dentro de lo que era posible dar todavía orden alguna. Entonces supimos que el general Billotte, a quien Weygand había confiado todo su plan, acababa de morir en un accidente de automóvil. Esfuerzos desesperados Dill y yo convinimos en que no teníamos otra solución -ni, por lo demás, otro deseo- que aprobar aquel plan. Yo puse de relieve que “era indispensable restablecer las comunicaciones entre los ejércitos del Norte y los del Sur por Arras”. Expliqué que lord Gort, aun atacando hacia el Sudeste, debía mantener asimismo abierto el camino de la costa. A fin de estar seguro de que no hubiese ninguna mala interpretación acerca de lo acordado, dicté personalmente un resumen de las decisiones tomadas y lo mostré a Weygand, quién dio su conformidad. Informé en este sentido al Gabinete y dirigí el siguiente telegrama a lord Gort: “22-5-40 “Esta mañana me trasladé en avión a París, donde me reuní con Dill y otros. A continuación resumo las conclusiones a que hemos llegado Reynaud, Weygand y nosotros. Se ajustan exactamente a las instrucciones generales que usted ha recibido del Ministerio de la Guerra. Reciba nuestros mejores votos por el feliz éxito de la batalla decisiva que se inicia en dirección a Bapaume y Cambrai. “Hemos acordado: “1º. Que el Ejército belga se retire hacia la línea del Yser y la defienda después de abrir las compuertas. 2º. Que el Ejército británico y el Primer Ejército francés se lancen al ataque lo antes posible -mañana como máximo- hacia el Sudoeste en dirección a Bapaume y Cambrai con unas ocho divisiones y con los escuadrones de caballería belgas en el ala derecha de las fuerzas británicas. 3º. Que como esta batalla es de importancia vital para ambos ejércitos y las comunicaciones británicas deben prestar la máxima ayuda posible, tanto de día como de noche, mientras duren las operaciones. 4º. Que el nuevo Cuerpo de ejército francés que avanza sobre Amiens y forma una línea a lo largo del Somme ataque hacia el Norte y se una con las divisiones británicas que presionan en dirección a Bapaume.” Como puede verse, el nuevo plan de Weygand no difería, excepto en el tono enfático, de la orden del día núm. 12 del general Gamelín, anulada poco antes. Ni tampoco estaba en desacuerdo con la opinión vigorosamente expresada el día 19 por el Gabinete de Guerra. Los ejércitos septentrionales debían emprender todos juntos la ofensiva para abrirse paso hacia el Sur y destruir, a ser posible, a las unidades blindadas invasoras, al propio tiempo que el nuevo Cuerpo de ejército francés al mando del general Frère les apoyaría y les saldría al encuentro mediante una vigorosa acometida a través de Amiens. Todo esto tenía gran importancia si llegaba a convertirse en realidad. 15 En un aparte con Reynaud me lamenté que se hubiese tenido a Gort completamente sin órdenes por espacio de cuatro días consecutivos. Aun después de asumir Weygand el mando, se habían perdido tres días en la adopción de decisiones. El cambio operado en el Mando Supremo upremo fue acertado. La dilación que de ello se derivó fue nociva. Aquélla noche dormí en la Embajada. Las incursiones aéreas eran escasas y no tenían consecuencias; tronaban los cañones de la D.C.A., pero no se llegó a oír una sola bomba. ¡Qué diferencia entre las vicisitudes de París y la aterradora prueba a que poco después iba a verse sometido Londres! Protestas Al carecer el bando aliado de toda dirección suprema de la guerra, la iniciativa pasó por entero a manos del enemigo. Los alemanes habían cruzado el Escalda el día 20 por las inmediaciones de Oudenarde, y los tres cuerpos de ejército británicos, que aún daban frente al Este, se retiraron el día 23 a las defensas que habíamos construido durante el invierno a lo largo de la frontera belga y desde de las cuales habían avanzado tan ardorosamente doce días antes. A partir de aquel momento, el Cuerpo Expedicionario británico quedó sujeto a media ración de víveres. La impresión de desvanecimiento que daba el Mando francés, según las informaciones recibidas recibidas de distintas fuentes, me indujo a protestar cerca de Reynaud.: Del primer ministro a M. Reynaud (copia a lord Gort). “23-5-40 “Grandes formaciones blindadas enemigas han cortado las comunicaciones de los ejércitos del Norte. Lo único que puede salvar a nuestras tropas es la inmediata ejecución del plan Weygand. Pido que se cursen a los comandantes de los ejércitos franceses del d Norte y del Sur y al Gran Cuartel General belga, órdenes severísimas para ponerlo en práctica y transformar la derrota en victoria. El tiempo apremia, pues los víveres y los pertrechos se agotan.” Y al día siguiente: Del primer ministro a M. Reynaud, para el general Weygand. “24-5-40 “El general Gort telegrafía que es esencial establecer una coordinación del frente Norte a base de los Ejércitos de las tres distintas naciones. Dice que no puede proceder a esta coordinación porque está luchando ya en el Norte y en el Sur y ve amenazadas sus líneas de comunicación. Al propio tiempo, sir Roger Keyes me informa que hasta las tres de la tarde de hoy (día 23) el Gran Cuartel General belga y el Rey, no habían recibido instrucción alguna. ¿Cómo se armoniza esto con la declaración formulada por usted de que Blanchard y Gort actúan “main dans la main”? Comprendo perfectamente perfectamente las dificultades de comunicación, pero deploro la ausencia de una coordinación efectiva de operaciones en la zona septentrional, contra la cual el enemigo procede a concentrar fuerzas. Confío en que usted podrá corregir corre esto. “Añade Gort que cualquier ier avance que realicen sus tropas habrá de tener un carácter de mera salida y que la ayuda debe proceder del Sur, pues él no (repito no) tiene municiones para un ataque de importancia. A pesar de todo nosotros le damos instrucciones en el sentido que persevere evere en la ejecución del plan Weygand. Aquí no hemos visto siquiera las instrucciones de ustedes, ni conocemos los detalles de las operaciones que realizan sus tropas en el Norte. Le ruego se sirva enviarnos estas informaciones lo más pronto posible a través tra de la misión francesa. Con mis mejores votos ...” Reproches El día 24 recibimos de Reynaud dos telegramas henchidos de reproches. El más breve de ellos da el tono general: “Me ha telegrafiado usted (decía) esta mañana que había ordenado al general Gort llevar adelante la ejecución del plan Weygand. El general Weygand me comunica ahora que, según un telegrama del general Blanchard, el Ejército británico ha efectuado, por iniciativa i propia, una retirada de cuarenta kilómetros en dirección a la costa, precisamente en el momento en que las tropas francesas que presionan por el Sur están ganando terreno hacia el Norte paras unirse con sus aliados. “Esta operación del Ejército británico está en abierta contradicción con las órdenes concretas reiteradas esta mañana por el general Weygand. Dicha retirada, como es lógico, ha obligado al general Weygand a modificar todas sus disposiciones y se ve forzado a abandonar la idea de taponar la brecha y restablecer un frente continuo. No he de encarecerle la gravedad gravedad de las posibles consecuencias.” Hasta entonces, el general Weygand había confiado en el avance del ejército del general Frère hacia el Norte, en dirección a Amiens, Albert y Peroné. En realidad aquellas unidades no habían realizado ningún progreso apreciable; ap estaban aún en pleno período de organización. CAPITULO VII 16 La audaz maniobra de Lord Gort (Al fracasar un ataque en las inmediaciones de Arras, quedó demostrado que el Cuerpo Expedicionario británico y el Primer Ejército francés no podían llevar levar a cabo el tardío plan del general Weygand para romper el frente del Somme. Lord Gort había propuesto ya la solución de proceder a una retirada hacia los puertos del canal de la Mancha.) Ante el espantoso dilema que teníamos planteado, aceptamos el plan Weygand y realizamos esfuerzos decididos y persistentes, aunque totalmente estériles, hasta el 25 de mayo. A partir de aquel momento, cortadas todas las comunicaciones, rechazado nuestro poco vigoroso contraataque, ocupado Arras por el enemigo, el frente frente belga en pleno resquebrajamiento y el rey Leopoldo en trance de capitular, se esfumaron todas las esperanzas de retirada hacia el Sur. No quedaba ya más salida que el mar. ¿Lograríamos alcanzarlo? alca ¿O habríamos de dejarnos cercar y destrozar en campo abierto?. abierto?. En cualquier caso, estábamos condenados a perder toda la artillería y todo el material de nuestro ejército, irreemplazables por espacio de muchos meses. Pero, ¿qué importaba esto si salvábamos nuestros efectivos e es decir, el núcleo y la estructura definitivamente insubstituibles de los futuros ejércitos de la Gran Bretaña? Lord Gort, que a partir del 25 de mayo consideró la evacuación por vía marítima como nuestra única escapatoria posible, procedía proc ahora a formar una cabeza de puente en torno a Dunkerque Dunkerque y se retiraba hacia allí con las fuerzas que le quedaban, sin dejar de combatir. Iba a ser necesario poner en juego hasta el máximo la disciplina de las tropas británicas y la capacidad de sus jefes, entre los cuales estaban los generales Brooke, Alexander y Montgomery. Iba a ser necesario mucho más aún. Se haría todo lo humanamente posible. ¿Sería suficiente? Interviene Hitler Hemos de estudiar ahora un episodio muy discutido. El general Halder jefe del Alto Estado Mayor alemán, ha declarado posteriormente que en aquella ocasión se registró la única intervención personal, directa y efectiva de Hitler en la batalla. Según el citado general. ge Hitler hizo constar “su preocupación por la suerte de las unidades blindadas, dado el grave peligro que corrían corrían al operar en terreno abrupto, entrecruzado de canales, sin tener ante ellas objetivos de carácter vital”. Consideraba Hitler que no podía sacrificar inútilmente sus formaciones blindadas, pues eran esenciales para la segunda fase de d la campaña. Sin duda creía que la superioridad de sus fuerzas aéreas habría de bastarle para evitar una evacuación en gran escala por el mar. En consecuencia, según Halder, cursó a éste, por mediación de Brauchitsch (el comandante en jefe), la orden de “suspender el avance ava de las unidades blindadas e incluso hacer retroceder a las que estaban situadas en cuña”. De este modo, dice Halder quedó expedito el e camino de Dunkerque para el Ejército británico. Añade Halder que él se negó, en nombre del O.K.H. (“Oberkommando des Heeres”, Heeres”, o Gran Cuartel General alemán), a interferir las operaciones del grupo de ejércitos de Rundstedt, el cual tenía órdenes concreta de evitar que el enemigo alcanzase la costa. Cuanto más rápido t completo fuese el triunfo en aquella zona -alegaba-, más fácil sería después reponer la pérdida de algunos tanques. Al día siguiente recibió orden de presentarse ante Brauchitsch. La violenta discusión que se produjo en la conferencia terminó con una orden tajante de Hitler, quien añadió que, a fin de garantizar ga el cumplimiento de la misma, enviaría al frente a algunos de sus propios oficiales de enlace. Efectivamente, Keitel salió en avión avi hacia el cuartel general del grupo de ejércitos de Rundstedt, y otros oficiales hacia los puestos de mando del frente. Divergencias en el Mando alemán. Otros generales alemanes han facilitado versiones semejantes de aquel hecho y aun han insistido que la orden de Hitler obedecía obedec a un móvil de carácter político: el de aumentar las posibilidades de una paz con Inglaterra después después de vencida Francia. Hace poco tiempo han aparecido documentos de evidencia irrefutable con el “Diario del cuartel general de Rundstedt”, escrito en aquella época. Este arroja una luz distinta sobre el asunto. El 23 de mayo a medianoche llegó al Gran que se colocaba al Cuarto Ejército bajo el batalla de cerco”. A la mañana siguiente fuerzas blindadas, tras el profundo y rápido precisaban de un paréntesis de calma para objeto de asestar el golpe final a un Estado Mayor, “luchaba con extraordinaria Además, Rundstedt preveía la posibilidad sus tropas, harto dispersas; el plan era la contraofensiva que lógicamente “completamente de acuerdo” con que la de infantería solas y que las unidades Béthune-Aire-St: Omer-Gravelinas, Gravelinas, a fin presión por el grupo de ejércitos “B” en el necesidad de conservar las fuerzas No obstante, el 25 de mayo, a primera hora comandante en jefe, ordenó que Rundstedt, escudándose en la aprobación disposición de Brauchitsch al comandante contrario, le recomendó que continuase Kluge protestó contra el retraso que esto recomendación hasta el día siguiente, o sea Dunkerque no debía ser atacado todavía del Cuarto Ejército censuró aquella Estado Mayor telefoneó el día 27: Cuartel General una orden de Brauchitsch por la mando de Rundstedt para “el último acto” de “la Hitler visitó a Rundstedt quien le l expuso que sus avance realizado, se hallaban muy debilitadas y reorganizarse y cobrar el vigor necesario con el enemigo que, según segú reconoce el “Diario” de su tenacidad”. de ataques procedentes del norte y del Sur contra Weygand, en definitiva, que, de haber sido viable, vi cabía esperar de los aliados. Hitler se mostró ofensiva al este de Arras prosiguiera con fuerzas móviles continuasen manteniendo la línea lín Lensde interceptar a las tropas enemigas sometidas a Nordeste. Hizo hincapié asimismo en la absoluta blindadas para ulteriores operaciones. operac de la mañana, Brauchitsch, en su calidad de prosiguiera el avance con las unidades blindadas. verbal de Hitler, hizo caso omiso. No cursó cu la del Cuarto Ejército, Kluge, sino que, por el economizando las divisiones “panzer” (blindadas). suponía, pero Rundstedt no anuló su última el 26, y aun entonces hizo constar que el propio directamente. Dice el “Diario” que el comandante restricción que se le imponía, imponí y el jefe de su “El cuadro que ofrecen los puertos del canal de la Mancha es el siguiente: Atracan grandes buques a los muelles, se tienden las l pasarelas, y los hombres embarcan en tropel. Todo el material queda abandonado abandonado en tierra. Pero bien podría ser que más adelante volviésemos a encontrar frente a nosotros a aquellos mismos hombres, pertrechados de nuevo.” 17 Es cierto, por consiguiente, que las unidades blindadas fueron detenidas en su avance; y que esto se hizo, no n por iniciativa de Hitler, sino de Rundstedt. Los jefes del Ejército alemán opinan en general que entonces perdieron una magnífica oportunidad. Momento crucial en la costa Hubo, empero, un hecho aparte que influyó en los movimientos de los blindados alemanes alemanes en el momento decisivo. Después de alcanzar el mar más allá de Abbeville en la noche del 20 de mayo, las columnas blindadas y motorizadas alemanas de vanguardia habían continuado cont hacia el Norte a lo largo de la costa por Etaples en dirección a Boulogne, Boulogne, Calais y Dunkerque, con la intención clarísima de impedir toda evasión por vía marítima. Yo recordaba perfectamente la topografía de aquella región por haber mandado allí durante la guerra anterior la brigada móvil de Marina que operaba desde Dunkerque contra los flancos y la retaguardia de los ejércitos alemanes que marchaban sobre París. Nada tenía que aprender, pues, acerca del sistema de inundación entra Calais y Dunkerque o sobre la importancia de la barrera acuática de Gravelinas. Habían sido abiertas rtas ya las esclusas y la inundación se extendía más y más cada día, con lo cual quedaba protegida por el Sur nuestra línea de d retirada. La defensa a ultranza de Boulogne y con mayor motivo aún la de Calais se erguía con inusitado vigor en medio del confuso confus escenario de la batalla. Inmediatamente enviamos allí refuerzos procedentes de Inglaterra. Aislado y atacado el 22 de mayo, Boulogne fue defendido def por dos batallones de los “Guards” y una de nuestras escasas batería antitanques, más algunas tropas francesas. francesas. Después de una resistencia de treinta y seis horas, el jefe de las fuerzas comunicó que la situación era insostenible, en vista de lo cual autoricé la evacuación por p vía marítima del resto de la guarnición, las tropas francesas incluso. Ocho destructores destructores llevaron a cabo la operación en la noche del 23 de mayo, con doscientas bajas tan solo. Luego hube de lamentar aquella decisión. Calais, hasta el último hombre Unos días antes yo había colocado la defensa de los puertos del Canal bajo las órdenes directas directas del jefe del Estado Mayor Imperial, con quién estaba en contacto permanente. Evacuado Bolulogne, decidí que Calais fuese defendido hasta el último hombre y que no se permitiese permi en modo alguno la retirada por mar de la guarnición, formada por un batallón batallón de la brigada de Fusileros, uno del 60º regimiento de Fusileros, el regimiento Real de Tanques, amén de 21 tanques ligeros y 27 pesados, y un contingente similar de fuerzas francesas. Era doloroso dolor tener que sacrificar así aquellas espléndidas y disciplinadas disciplinadas tropas regulares, de las que tan faltos estábamos, a cambio del dudoso fruto de ganar dos o quizás tres días y sin saber el uso que podríamos hacer de aquellas jornadas de ventaja. La decisión final de no evacuar a la guarnición de Calais fue adoptada adoptada el 26 de mayo. Hasta aquel momento los destructores estuvieron prestos a zarpar. Irónside y Eden se hallaban conmigo en el Almirantazgo. Salimos los tres a cenar, y a las nueve de la noche cursamos el fatídico mensaje. La disposición alcanzaba al regimiento regimiento del propio Eden, en el que había luchado durante la contienda de 1914-18. 1914 Es preciso alimentarse a pesar de la guerra, pero no pude menos que sentirme físicamente enfermo cuando minutos después nos sentamos sent en silencio a la mesa. He aquí el texto del radiograma dirigido al brigadier que mandaba la plaza de Calais. “Cada hora que ustedes sigan resistiendo constituirá una ayuda de valor inapreciable para el Cuerpo Expedicionario británico. Por consiguiente, el Gobierno ha resuelto que prosigan ustedes la lucha. Admiramos infinitamente su magnífico vigor. La evacuación no (repetimos no) se llevará a cabo, y los buques destinados a esta operación habrán de regresar a Dover.” Calais fue el punto crucial. Muchas otras contingencias podían haber impedido la evacuación de Dunkerque, pero es lo cierto que los tres días ganados con la defensa de Calais permitieron mantener la línea de defensa apoyada en la barrera acuática de Gravelinas, sin la cual, aun a pesar de las vacilaciones de Hitler y las órdenes de Rundstedt, Rundstedt, todo el Ejército británico habría sido copado y destruido. Frentes inconcretos Sobre las dramáticas realidades que acabo de reseñar se abatió entonces una catástrofe que, por decirlo así, simplificó la situación. si Los alemanes, que aún no habían atacado a fondo el frente belga, rompieron el 24 de mayo aquella línea a ambos lados de Courtrai que está situado a cincuenta kilómetros escasos de Ostende y Dunkerque. El día 23, el Primero y el Segundo Cuerpos de Ejército británicos que se habían ido retirando de Bélgica por etapas, estaban de nuevo tras las defensas fronterizas al norte y al este de Lille, construidas por ellos mismos durante el invierno. La gran cuña semicircular semicircu lanzada por los alemanes en nuestro flanco meridional había llegado al mar y teníamos que protegernos de aquella amenaza. Como los acontecimientos ejercían cada vez mayor presión sobre Gort y su cuartel general, se había ido enviando tropas a las posiciones situadas en forma escalonada en la línea del Canal La Bassée-Béthune-Aire-St. Omer-Watten. Estas fuerzas junto con efectivos del XVI Cuerpo de Ejercito francés, alcanzaban el mar a la altura de la barrera acuática de Gravelinas. La responsabilidad de aquel flanco sinuoso que daba frente al Sur incumbía en gran parte al Tercer Cuerpo de Ejército británico. No se trataba de una línea continua, sino simplemente de una serie de puntos de contención en los principales nudos de comunicaciones, algunos de los cuales, como Saint Omer y Watten, habían caído ya en poder del enemigo. En aquella fecha, el frente total cubierto por las fuerzas británicas era de unos 150 kilómetros en contacto directo con el enemigo en toda su longitud. La retirada El 25 de mayo por la decisión trascendental. ejecutar el plan Weygand noche, lord Gort tomó una Tenía aún órdenes de consistente en atacar hacia 18 el Sur, en dirección a Cambrai, y en cuyo ataque había de utilizar la 5ª y la 50ª divisiones, en estrecha unión con las fuerzas francesas. La prometida ofensiva hacia el Norte por parte del grupo de ejércitos francés organizado en el Somme no daba señal alguna de vida. Habían sido evacuados los últimos defensores de Boulogne. Calais seguía resistiendo. Gort decidió entonces abandonar el plan Weygand. A su entender, era ya por completo irrealizable la marcha hacia el Sur en demanda del Somme. Por añadidura, el desmoronamiento de la defensa belga y la brecha que se ensanchaba en el Norte creaban un nuevo peligro, decisivo por sí mismo. Una orden del Sexto Ejército alemán que fue interceptada señalaba que uno de sus Cuerpos había de avanzar en dirección Noroeste hacia Ypres y otro en dirección Oeste hacia Wytschaete. ¿Cómo podrían resistir los belgas aquella doble acometida? Seguro de sus propias dotes militares y convencido del absoluto hundimiento de todo posible control, ya fuese por parte de los Gobiernos de Londres y París o del Alto Mando francés, Gort resolvió abandonar el ataque hacia el Sur, taponar la brecha que estaba a punto de abrirse en el Norte a causa de la capitulación belga, y replegarse en dirección al mar. En tales circunstancias, aquella era la única esperanza de salvar algo de la destrucción o de la rendición. A las seis de la tarde ordenó a las divisiones 5ª y 50ª que se unieran con el Segundo Cuerpo de Ejército británico para llenar el vacío inminente del frente belga. Comunicó su decisión al general Blanchard, que había sucedido a Billotte en el mando del Primer Ejército; reconociendo la fuerza de los acontecimientos aquel jefe dio a las 11’30 de la noche las órdenes convenientes para que el día 26 se llevase a cabo el repliegue de sus tropas a una línea situada detrás del canal de Lys, al oeste de Lille , con objeto de formar una cabeza de puente en torno a Dunkerque. El 26 de mayo, a primera hora., Gort y Blanchard concretaron su plan de retirada hacia la costa. Como el Primer Ejército francés había de recorrer un camino más largo, los movimientos iniciales del Cuerpo Expedicionario británico durante la noche del 26 al 27 tendrían un carácter meramente preparatorio, en tanto que las retaguardias del Primero y Segundo Cuerpos de Ejército británicos permanecerían en las defensas fronterizas hasta la noche del 27 al 28. Lord Gort había actuado en todo aquello bajo su exclusiva responsabilidad. Pero entre tanto también nosotros, en Inglaterra, a través de otras fuentes de información habíamos llegado a las mismas conclusiones. El día 26, un telegrama del Ministerio de la Guerra aprobaba su conducta y le autorizaba a “seguir retirándose hacia la costa en colaboración con los Ejércitos francés y belga”. Las medidas de urgencia para la utilización en gran escala de navíos de todas clases y de todos los tonelajes estaban ya en plena ejecución. CAPITULO VIII La capitulación belga (El 27 de mayo, a la una de la tarde, el Ministerio de la Guerra envió a lord Gort un telegrama en el que se le indicaba que a partir de aquel momento su objetivo había de ser “evacuar el mayor número posible de tropas”. M. Reynaud había recibido el día anterior una comunicación del Gobierno británico en este sentido. Naturalmen6te, el éxito de la evacuación era todavía problemático.) Diez días antes había pedido yo a Mr. Chamberlain que estudiase junto con los otros ministros, las posibilidades que teníamos de proseguir solos la lucha. Vista la gravedad de la situación, planteé Ahora con carácter oficial el problema a nuestros consejeros militares. Dictamen técnico Preparé deliberadamente mi consulta en términos que, aún cuando trazaban ya una orientación, dejaban a los jefes de Estado Mayor en libertad para expresar su opinión, fuese cual fuere. Sabía de antemano que estaban absolutamente resueltos a continuar; pero siempre es mejor tener por escrito esta clase de decisiones. Quería, además, poder afirmar ante el Parlamento que nuestra resolución estaba respaldada por el dictamen de los técnicos militares. Helo aquí, junto con el texto de mi consulta: “1) Hemos revisado nuestro informe sobre “Estrategia británica en determinada eventualidad”, a la luz de los siguientes puntos de referencia que nos ha sometido el primer ministro: “En el caso de que Francia no pueda continuar luchando y se declare neutral, que los alemanes mantengan sus posiciones actuales y el Ejército belga se vea obligado a capitular, después de ayudar al Cuerpo Expedicionario británico a alcanzar la costa; en el caso de que el enemigo ofrezca a la Gran Bretaña unas condiciones de paz que la colocarían enteramente a merced de Alemania por medio del desarme, la cesión de bases navales en las Orcadas, etc.; ¿Qué posibilidades tenemos de proseguir solos la guerra contra Alemania y probablemente contra Italia? “¿Pueden ofrecer la Marina y la Aviación un mínimo de garantías de que, llegado el momento, impedirían una invasión en regla? ¿Podrían las fuerzas concentradas en la Isla hacer frente a las incursiones aéreas enemigas, que llevarían aparejado el lanzamiento de destacamentos por un total no superior a diez mil hombres? Todo ello teniendo en cuenta que la prolongación de la resistencia británica podría ser sumamente peligrosa para una Alemania dedicada a mantener bajo su dominio a la mayor parte de Europa.” “2) Nuestras conclusiones quedan detalladas en los párrafos siguientes. “3) Mientras nuestras fuerzas aéreas estén en condiciones de luchar, la Marina y la Aviación combinadas pueden impedir que Alemania lleve a cabo una invasión en regla de nuestro país por vía marítima. “4) Suponiendo que Alemania alcanzase una superioridad aérea completa, consideramos que la Marina podría evitar una invasión por espacio de cierto tiempo, pero no indefinidamente. “5) Si, incapaz nuestra Marina de impedirlo y destruidas nuestras fuerzas aéreas, Alemania intentase una invasión, nuestra defensa del litoral no podrían evitar que la infantería y los tanques enemigos desembarcaran y se establecieran firmemente en nuestras costas. En las circunstancias indicadas, nuestras fuerzas terrestres serían insuficientes para hacer frente a una invasión en toda regla. “6) La clave del asunto está en la superioridad aérea. En cuanto Alemania la alcanzase, intentaría posiblemente subyugar a nuestro país mediante ataques aéreos nada más. 19 “7) Para lograr la superioridad aérea. Alemania habría de poner fuera de combate a nuestra aviación, aviación, así como destruir las fábricas de aviones, diversas de las cuales, de importancia vital, están concentradas en Coventry y Birmingham. “8) Los ataques aéreos contra las fábricas de aviones se producirían indiscutiblemente de día y de noche. Creemos que deberíamos de estar en condiciones de causar el mayor número posible de bajas al enemigo durante las incursiones diurnas, a fin de evitar que nuestras nuestr industrias sufriesen daños de consideración. No obstante, sean cuales fueren las medidas defensivas que adoptásemos adoptá –y estamos trabajando intensamente en este sentido-,, no podemos garantizar la protección de los grandes centros industriales de cuya actividad depende el funcionamiento de nuestras fábricas de aviones, contra los graves daños materiales que accionarían accionarían los ataques nocturnos. Para alcanzar en este caso su objetivo el enemigo no tendrías necesidad de recurrir a los bombardeos de precisión. “9) El que los ataques consigan o no la eliminación de la industria aérea, depende no solamente de los daños materiales mater que causen las bombas, sino también en gran parte de su efecto moral sobre los obreros y sobre su decisión de seguir trabajando, a pesar del terror y la destrucción en masa. “10) Por lo tanto, si el enemigo realiza intensos y persistentes ataques nocturnos nocturnos contra nuestras fábricas de aviones, es posible que ocasione daños materiales y morales de tal magnitud en la zona industrial afectada, que llegue a paralizar por completo el trabajo. “11) Conviene recordar que la proporción de la superioridad numérica numérica alemana es de cuatro a uno. Además las fábricas de aviación enemigas están muy dispersas y situadas en puntos relativamente inaccesibles. “l2) Por otra parte, mientras tengamos escuadrillas de bombarderos, podemos llevar a cabo ataques similares contra contr los centros industriales alemanes y, mediante efectos morales y materiales, paralizar una parte de los mismos. “l3) En resumen: Nuestro dictamen es que, a primera vista, Alemania posee las mejores cartas del juego; pero la verdadera piedra pie de toque es esta: ta: ¿Será la moral de nuestras combatientes y de nuestra población civil capaz de contrarrestar las ventajas numéricas y materiales mate de que goza Alemania. Creemos que sí.” Este informe, redactado, como es de suponer, en la hora más tétrica antes de la gesta gesta de Dunkerque, lo firmaban no sólo los tres jefes de Estado Mayor; Ironside, Newall y Pound, sino asimismo los tres subjefes, Dill, Phillips y Peirse. He de reconocer, al releerlo releerl Al cabo de los años, que era dramático y sombrío. Pero el Gabinete de Guerra Guerra y los contados otros miembros que lo vieron se mostraron unánimemente de acuerdo con los términos del documento. No hubo discusión. Estábamos unidos de todo corazón. Gestiones inútiles Me dirijo entonces personalmente a lord Gort: “27-05-40. “En esta hora, solemne no puedo menos que expresar a usted mis mejores votos. Nadie puede saber que ocurrirá. Pero cualquier cosa es preferible a verse enjaulado y condenado a morir de hambre. “Me permito hacerle las breves observaciones siguientes: 1º Los cañones han de destruir tanques, y puesto que en cualquier caso hemos de perderles, es preferible que los perdamos realizando rea esa labor. 2º Temo por la suerte de Ostende en tanto que tengamos en la ciudad una brigada que disponga de artillería. 3º Es muy probable que las unidades de tanques que asedian Calais están fatigadas por la dura lucha; sea como fuere, Calais las retiene. Una columna lanzada lan contra Calais, mientras aquel puerto siga resistiendo, podría obtener un señalado triunfo. Acaso los alemanes alemanes sean menos temibles cuando se les ataque. “Ahora es necesario advertir a los belgas. Envío a Keyes el telegrama trascrito más abajo, pero conviene que usted se ponga personalmente en contacto con el Rey. Keyes le facilitará la entrevista. Pedimos a los belgas que se sacrifiquen por nosotros. “Supongo que nuestras tropas saben que se están abriendo paso hacia Blighty. (En el “argot” de los soldados británicos “volver a Blighty” significa volver a Inglaterra) Jamás ha habido mejor estímulo que éste para ra seguir luchando. Prestaremos a ustedes toda la ayuda que puedan darles la Marina y la Aviación. Anthony Eden está conmigo en este momento y une sus buenos deseos a los míos. “Telegrama citado en el texto: “Del primer ministro al almirante Keyes. “Comunique unique a su amigo (el Rey de los belgas) lo siguiente: Supongo sabe que las fuerzas británicas y francesas se retiran combatiendo hacia la costa, entre Gravelinas y Ostende inclusive, y que nos proponemos prestar el máximo apoyo naval y Aéreo a la dificilísima dificilí operación de embarque. ¿Qué podemos hacer por él? Es evidente que nada ganaría la causa de Bélgica si nos dejásemos cercar y anular por el enemigo. Nuestra única esperanza de sobrevivir está en la victoria, e Inglaterra no dejará de luchar suceda lo l que suceda, hasta la derrota final de Hitler o hasta que dejemos de existir como nación. Confío que hará usted lo necesario para que (el Rey) salga s con usted en avión antes de que sea demasiado tarde. Suponiendo que nuestra operación tenga éxito y establezcamos establezcamos una sólida cabeza de puente, procuraremos, si el Mando belga lo desea, transportar algunas de sus divisiones a Francia, por vía marítima. Es de importancia importanci vital que Bélgica continúe la guerra, y es esencial la seguridad de la persona del Rey.” El almirante mirante Keyes no recibió mi telegrama hasta después de su regreso a Inglaterra, el día 28, y por lo tanto mi mensaje personal no llegó a conocimiento del rey Leopoldo. El Hecho, empero, carece de valor, pues el día 27, entre cinco y seis de la tarde el almirante alm Keyes me llamó por teléfono para comunicarme algo de suma gravedad. Transcribo a continuación unos párrafos de su informe posterior: “El día 27, hacia las cinco de la tarde, al decirme el Rey que su Ejército había quedado desarticulado y que él se disponía a pedir el cese de las hostilidades, cursé a Gort y al Ministerio de la Guerra un radiograma cifrado. El Ministerio de la Guerra lo recibió a las la 5’54 p.m.. Partí inmediatamente en automóvil hacia La Panne y telefoneé al primer ministro. La noticia noticia no sorprendió a éste en absoluto, dadas las repetidas indicaciones que en losa días anteriores recibiera al respecto, pero me advirtió que yo debía procurar por todos los medios convencer c al rey Leopoldo y a la Reina madre de la necesidad de que se trasladasen trasladasen conmigo a Inglaterra, y me dictó el siguiente telegrama, que, según dijo, tenía que haber llegado a mi poder aquella misma tarde: “27-5-40. “La Embajada de Bélgica en Londres deduce de la decisión del Rey que Su Majestad considera perdida la guerra guerr y se dispone a firmar una paz separada. Con objeto de hacer patente su absoluta disconformidad con esta actitud, el Gobierno constitucional belga ha procedido pr a reorganizarse en suelo extranjero. Aun cuando el Ejército belga actualmente en campaña tenga que deponer las armas, hay en Francia 20 doscientos mil súbditos belgas en edad militar y medios superiores a los que Bélgica tenía en 1914 para seguir luchando. Con la decisión que acaba de adoptar, el Rey divide a su país y lo pone bajo la protección de Hitler. Hitler. Ruego transmita al Rey estas consideraciones y le ponga de manifiesto las desastrosas consecuencias que su determinación habrá de tener para los aliados y para la propia Bélgica.” “Comuniqué a Leopoldo III el mensaje del primer ministro, pero me dijo que había elegido ya el camino y que debía permanecer al lado de su Ejército y de su pueblo...” Hice cursar la siguiente orden circular: “28-05-40. “Estrictamente confidencial. “En estos días sombríos, el primer ministro ruega encarecidamente encarecidamente a todos sus colegas del Gobierno, así como a los altos funcionarios del Estado, que hagan cuanto esté de su mano para mantener un tono elevado de moral en sus respectivas esferas; no restando importancia impor a la gravedad de los acontecimientos, sino demostrando demostrando confianza en nuestra capacidad y en nuestra inflexible resolución de proseguir la guerra hasta que hayamos quebrantado la voluntad del enemigo de colocar toda Europa bajo su dominio “No deberá darse crédito Alguno A LA idea de que Francia llegue a concertar una paz separada; pero, ocurra lo que ocurra en el Continente, no puede caber dudad acerca de cuál es nuestro deber, y desde luego pondremos a contribución todas nuestras fuerzas para defender defe la Isla, el Imperio y nuestra Causa.” La decisión del rey Leopoldo En las primeras horas de la mañana del 28 de mayo capituló el Ejército belga. Lord Gort no recibió comunicación oficial de este es hecho hasta una hora antes de producirse; pero, la inminencia del colapso se preveía ya desde hacia tres días y, de una forma u otra, quedó taponada la brecha. Yo anuncié el acontecimiento a la Cámara de los Comunes, en términos mucho más ponderados que los que M. Reynaud había habí creído convenientemente utilizar. El Gobierno francés se lamentó de que mi referencia acerca de la acción del rey Leopoldo estuviese en abierta contradicción con la expuesta por M. Reynaud. Cuando hable ante la Cámara, el 4 de junio –después después de haber estudiado cuidadosamente todos los hechos entonces conocidos y con objeto de hacer justicia, justicia, no sólo a nuestros aliados los franceses, sino también al Gobierno belga, a la razón expatriado en Londres-,, consideré que debía exponer la verdad con toda claridad: “En el último momento, cuando Bélgica estaba ya invadida, el rey Leopoldo recurrió a nosotros n en demanda de ayuda y, aun en e circunstancias tan difíciles, nosotros acudimos en su auxilio. El y su valeroso y disciplinado Ejército, cerca de un millón de hombres, protegían nuestro flanco izquierdo, y con ello mantenían abierta nuestra única línea de retirada hacia el mar. Súbitamente sin previa consulta, dando el menor aviso posible, sin escuchar la opinión de sus ministros y por iniciativa personal suya, el Rey envió un plenipotenciario al Mando alemán, rindió su Ejército y puso en peligro todo odo nuestro flanco y nuestras posibilidades de retirada.” Reacción fulminante Durante todo aquel día 28 permaneció indecisa la suerte del Ejército británico. En la línea de Comines a Yores y de allí hasta el mar, dando frente al Este y tratando de cercar la brecha belga, el general Brooke y su Segundo Cuerpo de Ejército libraron una magnífica batalla. Por espacio de los dos días precedentes, la 5ª División había defendido Comines contra todos los ataques, pero la brecha se ensanchó sin remedio. A partir de d aquel momento su misión era la de proteger el flanco del Cuerpo Expedicionario británico. Acudió inmediatamente la 50ª División a prolongar la línea defensiva; poco después las Divisiones 3ª y 4ª, retiradas poco antes de la zona al este de Lille, fueron a toda velocidad, en camiones, a extender el muro del corredor vital que conducía a Dunkerque. Era imposible evitar la irrupción alemana entre los Ejércitos británico y belga, pero el Mando de nuestras fuerzas había previsto su funesta y obligada consecuencia –un un movimiento envolvente hacia el interior, al otro lado del YserYser y había tomado, las medidas necesarias para hacerle frente en toda la línea. Los alemanes fueron rechazados con sangrientas pérdidas. La artillería británica, tanto la de campaña como la semipesada, había recibido órdenes de vaciar todas sus municiones sobre el enemigo, y aquel fuego terrible contribuyó en gran manera a desbaratar el intento int alemán. Entretanto, tan sólo a seis o siete kilómetros detrás del frente de combate del general Brooke, enormes masas de vehículos y tropas afluían a la cabeza de puente que se estaba formando en Dunkerque y, en un alarde de hábil improvisación, iban siendo alojadas en el recinto re fortificado. Llegó un momento en que, dentro ya del perímetro defensivo, defensivo la carretera principal Este-Oeste Oeste quedó completamente obstruida por los vehículos, y hubo que abrir paso con “bulldozers”. Que fueron arrojando los camiones a las cunetas. Hacia la cabeza de puente 21 El 28 por la tarde, Gort ordenó una retirada general hacia la cabeza de puente, que a la sazón estaba determinada por la línea GravelinasBergues-Furnes-Nieuport. El 29 de mayo se encontraba ya en el interior del citado perímetro una gran parte del Cuerpo Expedicionario británico, y las medidas navales adoptadas para la evacuación empezaban a dar pleno rendimiento. El día 30 anunció el Gran Cuartel General que todas las divisiones británicas, o mejor dicho, lo que quedaba de ellas, habían penetrado en el recinto. El general Prioux, jefe del Primer Ejército francés parecía dispuesto a rendirse con todas sus tropas, pero el general De la Laurencie se opuso. Más de la mitad de aquella unidad francesa logro llegar a Dunkerque y una gran parte de dichas fuerzas embarcó sana y salva. No obstante, la maniobra alemana de tenaza al oeste de Lille cortó la línea de retirada a cinco divisiones por lo menos. El 28 de mayo trataron de perforar el ala occidental, pero fue en vano; el adversario acabó por cercarlas. A lo largo de los tres días siguientes, las tropas francesas de la zona de Lille lucharon en unos frentes que se contraían gradualmente bajo una presión cada vez más intensa, hasta que el 31 por la noche, escasas de víveres y con las municiones agotadas, hubieron de capitular. Así cayeron en poder de los alemanes unos cincuenta mil hombres. Aquellos franceses, bajo el mando del esforzado general Molinié, habían contenido, por espacio de cuatro días críticos, a no menos de siete divisiones germanas, que de otro modo hubiesen podido tomar parte en los ataques contra el perímetro de Dunkerque. Con su resistencia contribuyeron de un modo admirable a facilitar la evasión de sus camaradas más afortunados y del Cuerpo Expedicionario británico. Hay ocasiones... Dura prueba fue para mí, encorvado bajo el peso de la máxima responsabilidad, tener que seguir durante aquellos días, a través de vislumbres intermitentes, el desarrollo de un drama sobre el cual era imposible ejercer control alguno, y en el que toda intervención había de ser, a buen seguro, más nociva que beneficiosa. No cabe duda de que al ceñirnos con toda lealtad al plan Weygand de retirada hacia el Somme, durante tanto tiempo, como lo hicimos, nuestros peligros tan graves ya, acrecieron notablemente. Pero la decisión de Gort, que nosotros aprobamos rápidamente, de abandonar el plan Weygand y marchar en dirección al mar, fue ejecutada por él y por su Estado Mayor con magistral habilidad y quedará registrada para siempre como un brillante episodio en los anales de la Gran Bretaña. CAPITULO IX El drama de Dunkerque (El 26 de mayo de 1940, cuando estaba a punto de empezar la evacuación de Dunkerque, Mr. Churchill advirtió al Parlamento que debía disponerse a oír “nuevas de suma gravedad”, y añadió: “Nada de lo que suceda en esta batalla podrá eximirnos en modo alguno de nuestra obligación de defender la causa mundial a la que nos hemos consagrado) En la abadía de Westminster se celebró un breve oficio de plegarias para impetrar la intercesión divina. Los ingleses son poco dados a expresar en forma abierta sus sentimientos; pero desde el sitial que ocupaba en el coro podía yo percibir la honda emoción contenida que embargaba a los presentes, así como su temor ante la idea, no de la muerte, de las heridas o de las pérdidas materiales, sino de la posible derrota y de la ruina definitiva de la Gran Bretaña. Voluntad de resistencia 22 Desde la constitución del Gobierno no había vuelto a ver más que individualmente a muchos de mis colegas que no eran miembros del Gabinete de Guerra, por lo cual creí conveniente reunirme con ellos en mi despacho de la Cámara de los Comunes y nos congregamos unos veinticinco en torno a la mesa de conferencias. Les expuse el curso de los acontecimientos y les di cuenta clara de la situación, situac haciendo resaltarr todo lo que estaba en juego. Añadí, a título de simple comentario y sin énfasis alguno: “Naturalmente, ocurra lo que ocurra en Dunkerque, nosotros continuaremos luchando”. Entonces se produjo un hecho que, por lo insólito y dado el carácter de las personas person allí reunido –veinticinco veinticinco hombres curtidos en las lides políticas y parlamentarias y que antes de la guerra ostentaban la representación de todos los matices de la opinión pública, equivocados o no , me sorprendió lo indecible. Muchos de ellos abandonaron abandonaron precipitadamente sus asientos y vinieron hacia, mí lanzando exclamaciones y dándome palmadas afectuosas en la espalda. Es evidente que si en aquella hora dramática hubiese dado la menor muestra de flaqueza flaq o vacilación, el país me habría arrojado por la la borda. Tenía la plena seguridad de que cada uno de los ministros estaba dispuesto a dejarse matar y a perder todos sus bienes y su familia toda, antes que rendirse. En esto representaban al Parlamento y casi a la nación entera. ent En los días y los meses sucesivos cesivos me correspondió a mí el honor de expresar su sentir en ocasiones adecuadas. Y lo pude hacer así porque era también mi propio sentir. Una intensa vibración de entusiasmo recorría la isla de un extremo a otro. Flota improvisada Desde el 20 de mayo se había ido procediendo sin descanso a la concentración de buques mercantes y pequeñas embarcaciones bajo la dirección del almirante Ramsay, que tenía su puesto de mando en la base naval de Dover. El día 26 por la tarde (a las 6’57), una señal del Almirantazgo ntazgo puso en marcha la “Operación Dinamo”, y aquella misma noche regresó a la Patria el primer contingente de tropas. Tras la pérdida de Boulogne y Calais, tan sólo quedaban en nuestro poder el puerto de Dunkerque y las playas abiertas contiguas a la frontera belga. En aquellos momentos creíamos que los efectivos máximos que podríamos rescatar serían de 45.000 hombres en dos días. A primera primer hora de la mañana siguiente, 27 de mayo, adoptáronse medidas de urgencia encaminadas a obtener un mayor número de barcos ba pequeños “para un servicio especial”. A propuesta de Mr. H.C. Riggs, del Ministerio de la Marina Mercante, los oficiales del Almirantazgo inspeccionaron los distintos astilleros desde Teddington hasta Brigtlingsea y recogieron recogi más de cuarenta gasolineras y lanchas que al siguiente día quedaron concentradas en Sheerness. Al propio tiempo fueron requisados los botes salvavidas de los paquebotes surtos en los muelles de Londres, remolcadores del Támesis, yates, barcazas, pesqueros, pesqu gabarras, lanchones, embarcaciones de recreo, en fin, todo lo que era susceptible de utilización a lo largo de las playas. El 27 por la noche, un verdadero enjambre de navecillas empezó a hacerse a la mar, primero con rumbo a nuestros puertos del canal al de la Mancha y de allí hacia las playas de Dunkerque en busca de nuestro amado ejercito. Una vez anulada la consigna de guardar silencio respecto a la operación, el Almirantazgo no vaciló en dar plena libertad de acción al movimiento espontáneo de ayuda que había enardecido a toda la población marinera de las costas meridionales y sudorientales. Todo aquel que poseía un barco de cualquier clase, ya fuese de vapor o de vela, ponía proa a Dunkerque; y los preparativos, iniciados por fortuna una semana antes, antes, recibían a la sazón un refuerzo de proporciones asombrosas gracias a la valerosa improvisación de tales voluntarios. El número de los que acudieron el día 29 fue todavía escaso, esc pero no eran más que la vanguardia de cerca de cuatrocientas pequeñas embarcaciones embarcaciones que, a partir del 3l de mayo, habían de desempeñar un papel esencial en la arriesgada maniobra al transbordar a unos cien mil hombres de las playas a los buques fondeados no lejos de allí. al En aquellos días hube de lamentar la ausencia del jefe de mi sala cartográfica del Almirantazgo, capitán Pim, y de uno o dos rostros familiares más. Se habían apoderado de un “schuit” holandés que en cuatro días rescató a más de ochocientos hombres. En total, total participaron en la evacuación del Ejército, Alrededor de 850 barcos, de los cuales unos setecientos eran británicos y el resto aliados. Falla la lógica Entretanto, en tierra, alrededor de Dunkerque, se efectuaba sistemáticamente la ocupación del perímetros defensivo. Las tropas tropa salían del caos de la huida y quedaban parapetadas en perfecto orden a lo largo de las fortificaciones, que en el transcurso de dos d días aun habían sido ampliadas. Las tropas que estaban en mejores condiciones físicas pasaban a cubrir la línea de defensa. Las divisiones que, como co la 2ª y la 5ª, habían sufrido más desgaste, quedaban en reserva en las playas y fueron las primeras en embarcar. Al principio se había convenido en situar tres cuerpos de ejército en el frente, pero el día 29, al tomar los franceses una parte, más activa en la guarnición de la línea fortificada, dos fueron suficientes. El enemigo había seguido de cerca la retirada, y se luchaba encarnizadamente y sin descanso, de modo especial en los flancos próximos a Nieuport y Bergues. A medida que la evacuación adelantaba, la continua disminución de los efectivos, tanto británicos como franceses, iba acompañada de una contracción correlativa del frente de defensa. Durante tres, cuatro o 23 cinco días, decenas de millares de hombres permanecieron en las playas, entre las dunas, sometidos a implacables ataques aéreos. La creencia de Hitler de que la aviación alemana haría imposible la huida, y que por consiguiente debía reservar las formaciones blindadas para la fase última de la campaña, fue una idea equivocada, pero no carente de lógica. Lo que el “Führer” no previó Tres factores hicieron fracasar sus pronósticos. En primer lugar, el bombardeo ininterrumpido contra las tropas aglomeradas a lo largo de la costa ocasionó a éstas muy pocos daños. Las bombas se hundían en la fina arena, que amortiguaba el efecto de las explosiones. En la primera etapa de la evacuación, las tropas quedaban asombradas al comprobar que después de una violentísima agresión aérea casi nadie haba resultado herido o muerto. Habíanse registrado explosiones por doquiera, pero apenas si alguna de ellas había causado bajas. En una costa rocosa, los resultados hubiesen sido muchísimo más desastrosos para nosotros. A poco, los soldados comentaban las incursiones aéreas casi con desprecio. Tendíanse en las dunas con ánimo tranquilo y con una confianza cada vez mayor. Ante sus ojos se extendía el mar, gris pero no hostil. A lo lejos, los navíos salvadores y, mas allá... la Patria. El segundo factor que Hitler no previó fue la hecatombe de sus aviadores. La valía de las fuerzas aéreas, tanto británicas como alemanas, fue puesta entonces directamente a prueba. Mediante un intenso esfuerzo, el Mando de nuestras cazas mantuvo en todo momento en acción sucesivas patrullas que libraron con el enemigo una batalla a todas luces desigual. Hora tras hora clavaron sus garras en las escuadrillas de cazas y bombarderos, imponiéndoles un duro tributo, dispersándolas y poniéndolas en fuga. Y esto siguió día tras día, hasta que las Reales Fuerzas Aéreas alcanzaron su gloriosa victoria. Dondequiera que encontraban aviones alemanes, a veces en formaciones de cuarenta y cincuenta aparatos, los atacaban sin vacilar – con frecuencia era una sola escuadrilla y aun menos – y los abatían por decenas, con lo que muy luego los aparatos enemigos derribados sumaron centenares. Hicimos entrar en liza a toda la aviación metropolitana, nuestra última y sagrada reserva. En ocasiones, los pilotos de caza hicieron hasta cuatro salidas en un día. El resultado fue claro. El enemigo, superior en número, fue derrotado o destruido y, a despecho de su bravura, mantenido en jaque a un domeñado. El choque tuvo carácter decisivo. Desgraciadamente, las tropas que aguardaban su turno en las playas vieron muy poco de aquel épico torneo aéreo, que se desarrollaba las más de las veces a muchos kilómetros de distancia y por encima de las nubes. Nada sabían de las pérdidas infligidas al enemigo. Lo único que distinguían eran las bombas que flagelaban la arena, arrojadas por el adversario que había logrado llegar hasta allí, pero que acaso no regresaba a su base. Incluso cundió entre el Ejército un amargo rencor contra nuestras fuerzas aéreas, hasta el extremo de que algunos de los soldados, al desembarcar en Dover o en el Támesis insultaban, en su ignorancia, a los aviadores de uniforme. Debían haberles abrazado; pero, ¿cómo podían conocer la realidad? Desde el Parlamento hice cuanto estuvo en mi mano para difundir la verdad. El Factor decisivo Pero toda la ayuda de la arena y todas las proezas realizadas en el aire habrían sido inútiles sin el mar. Las instrucciones cursadas diez o doce días antes habían dado un fruto sorprendente bajo el peso de la emoción de los acontecimientos. Tanto en tierra como a bordo imperaba una disciplina perfecta. El mar estaba en calma. Indiferentes al peligro, pues el bombardeo aéreo abría huecos en sus filas, los barquichuelos, en incesantes travesías entre los navíos y la costa, recogían a lo largo de las playas a los soldados que avanzaban chapoteando agua adentro e izaban a los que salían nadando a su encuentro. La mejor defensa que tenían contra los ataques de la aviación era su propio número. Considerada en conjunto, aquella flota de diminutas unidades era imposible hundir. En plena catástrofe, el pueblo de nuestra isla, unido e invencible, sintió sobre sí el hálito de la gloria; y el romance de gesta de las playas de Dunkerque brillará por siempre más en los archivos de nuestra historia. Aun teniendo en cuenta la valerosa colaboración de las pequeñas embarcaciones, es preciso no olvidar que la tarea más dura correspondió a los buques que actuaron en el propio puerto de Dunkerque. donde embarcaron las dos terceras partes de los efectivos. Los destructores desempeñaron el papel principal. Ni tampoco hay que desdeñar la importante labor llevada a cabo por los transportes, cuyas tripulaciones pertenecían a la Marina mercante. La evacuación de las tropas francesas Nunca se pensó en dejar atrás a los franceses. He aquí las órdenes que cursé antes de que recibiéramos reclamación o queja alguna de nuestros aliados: Del jefe del Gobierno al ministro de la Guerra, al jefe del Estado Mayor Imperial y al general Ismay. “29-5-40. “Es esencial que los franceses compartan en la medida de lo posible los beneficios de la evacuación de Dunkerque. Por otra parte, no debe permitirse que dependan a estos efectos de sus propios recursos navales exclusivamente. Se concertarán sin perdida de tiempo los acuerdos pertinentes con las Misiones militares francesas en nuestro país y, si es necesario, con el Gobierno francés, a fin de evitar todo género de reproches, o por lo menos reducir al mínimo posible los motivos de queja. Convendría quizá evacuar de Dunkerque las dos divisiones francesas y reemplazarlas provisionalmente con fuerzas nuestras, lo cual simplificaría el problema del mando. De todos modos, sométanse las mejores propuestas posibles y díganme si creen oportuno que yo tome alguna decisión especial.” Del primer ministro al general Spears (Paris). “29-5-40. “Favor transmitir lo siguiente a Reynaud para que lo comunique a Weygand y a Georges: 24 “Hemos evacuar hundirse las playas los prever actual ni Deseamos beneficios la Marina obligados pérdida lo soportarla esfuerzo “En evacuadas para eminente hallan regulares tiempo al sur de cinco nuestra peligro un nuevo efectivos espíritu de absoluta evacuado cerca de 50.000 hombres de Dunkerque y de las playas, y confiamos otros 30.000 esta noche. El frente puede en cualquier momento; asimismo los muelles, y los barcos pueden quedar inutilizables por ataques aéreos eos y por el fuego de artillería procedente del Sudoeste. Nadie es capaz de cuánto tiempo durara el afortunado ritmo cuántos hombres podremos salvar aún. que las tropas francesas compartan los de la evacuación hasta el máximo posible y el Almirantazgo tiene instrucciones de ayudar a francesa en lo que sea necesario. Ignoramos gnoramos cuantos hombres se verán a capitular pero debemos compartir esta mejor que podamos, y, especialmente, sin in reproches originados por la confusión, el desmedido y la fatiga inevitables. cuanto hayamos reorganizado nuestras tropas y tengamos dispuestas las fuerzas necesarias protegernos contra la probable y quizá invasión, constituiremos un nuevo Cuerpo Expedicionario con base en Saint Nazaire. Se ahora camino de la Gran Bretaña tropas de la India y de Palestina; dentro de poco llegaran fuerzas australianas y canadienses. Actualmente procedemos a retirar reti de la zona Amiens el material necesario para equipar a divisiones. Pero esto es sólo para estabilizar posición y prepararnos a hacer frente al que nos amenaza. A no tardar les enviaremos proyecto para la reorganización reorga de nuestros en Francia. Les dirijo este mensaje con un alto camaradería. No vacilen en hablarme con franqueza” Orden Tajante a Gort El 30 de mayo celebré una reunión con los tres ministros de las fuerzas armadas y los jefes de Estado Mayor, en la sala de operaciones militares del Almirantazgo. Pasamos revista a los acontecimientos del día en la costa belga. El número total de tropas evacuadas evacua ascendía a 120.000 hombres, de los cuales tan solo 6.000 eran franceses; estaban estaban en servicio 850 barcos de todas las categorías. Un mensaje de Dunkerque enviado por el almirante Wake Walker comunicaba que, a pesar del intenso cañoneo y de los constantes ataques aéreos, aéreos habían sido embarcados 4.000 hombres en el curso de la hora precedente. El almirante opinaba que al día siguiente sería quizá imposible seguir resistiendo en el propio Dunkerque. Puse de relieve la urgente necesidad de evacuar un número mayor de tropas francesas. Lo contrario podía ocasionar un daño irreparable irr a nuestras relaciones con nuestro aliado. Dije también que cuando las fuerzas británicas quedasen reducidas a un cuerpo de ejército, ejér deberíamos ordenar a lord Gort que regresase a Inglaterra, dejando un comandante de cuerpo de ejército al frente de las tropas. tropa El Ejército británico habría de resistir durante todo el tiempo que fuese posible, con objeto de que pudiera continuar la evacuación de los efectivos efectiv franceses. Como conocía muy bien el carácter de lord Gort, le dirigí, escrita de mi puño y letra, la siguiente siguiente orden, que fue enviada oficialmente por el Ministerio de la Guerra, el día 30, a las dos de la tarde: “Siga defendiendo el actual perímetro con toda su energía, a fin de garantizar hasta el máximo la evacuación que ahora realiza con éxito. Informe cada tres horas por la línea de La Panne. Si podemos seguir comunicando con usted, le transmitiremos la orden de regresar regr a Inglaterra con los jefes y oficiales que usted elija, en el momento que consideremos que sus efectivos efectivos han quedado lo suficientemente reducidos para que pueda entregar el mando a un comandante de cuerpo de ejercito. Sírvase designar ya desde ahora al citada comandante. c “Si las comunicaciones están cortadas, deberá usted entregar el mando y regresar regresar en la forma especificada cuando sus fuerzas combatientes no sean superiores al equivalente de tres divisiones. Esta disposición esta perfectamente de acuerdo con los dictados de honor hono militar y no deja nada en absoluto a su albedrío personal. En el terreno terreno político, sería lastimoso conceder al enemigo el triunfo que supondría hacerle a usted prisionero, máxime cuando lo reducido de las fuerzas a sus órdenes habría hecho innecesario su presencia en el campo de batalla. “El comandante de cuerpo de ejercito designado por usted deberá recibir órdenes de proseguir la defensa en estrecha colaboración con los franceses, así como la evacuación, bien sea desde Dunkerque o desde las playas; pero cuando a su entender deje de ser posible la evacuación en forma organizada zada y no quepa ya infligir al enemigo pérdidas que guarden proporción con el sacrificio de las tropas aliadas, estará autorizado para que, previo acuerdo con el comandante de las fuerzas francesas, capitule en regla a fin de evitar una matanza inútil.” 25 CAPITULO X Al margen del huracán de fuego El 30 de mayo, los miembros del Estado Mayor de lord Gort, en una conferencia que celebraron en Dover con el almirante Ramsay, Ramsay comunicaron a éste que a partir del 1º de junio al amanecer no sería posible seguir defendiendo el sector oriental del perímetro de Dunkerque. Se aceleró, por consiguiente, la evacuación a fin de garantizar, en lo que cupiera, que quedase en tierra una retag8uardia británica br de no mas allá de cuatro mil hombres aproximadamente. oximadamente. Poco después se vio que este número no habría de bastar para defender las últimas posiciones de cobertura y se decidió continuar con la defensa del sector británico hasta la medianoche del 1º de junio, en tanto proseguía prosegu la evacuación a base de una absoluta igualdad entre las fuerzas francesas y británicas. Tal era la situación cuando el 312 de Mayo, al anochecer, lord Gort, de acuerdo con las órdenes recibidas, entregó el mando al a general de división Alexandre y regresó a Inglaterra. Reunión del Consejo Supremo El mejor medio de evitar todo posible equívoco en las relaciones con nuestros aliados era el contacto personal. Creí conveniente, convenie pues, trasladarme a París en avión el 31 de mayo para asistir a la reunión del Consejo Supremo de Guerra. Guerra. Me acompañaban Mr. Attlee y los generales Dill e Ismay. Iba también conmigo el general Spears, que había llegado la víspera con las últimas noticias de la capital ca de Francia. Este brillante militar y diputado era amigo mío desde los tiempos de la primera Guerra Mundial. Medio francés por nacimiento, oficial de enlace entre el ala izquierda del Ejército francés y la derecha del Ejército británico, habíamos estado juntos en la sierra de d Vimy, donde, gracias a él, trabé amistad con el general Fayolle, que mandaba ma el 33 Cuerpo de ejército francés. Gran conocedor del idioma de Racine, que hablaba con perfecto acento, herido cinco veces en acción de guerra según patentizaban patentizab las cinco franjas que lucía en la manga del uniforme, era la persona más indicada en aquel aquel momento para lubricas nuestras delicadas relaciones con Francia. Cuando surgen dificultades entre franceses e ingleses y se agrian las discusiones, el francés suelo mostrarse verboso verbos y vehemente; el inglés, seco y aun descortés. Pero Spears sabía decir las cosas a las altas personalidades francesas con una suavidad y una firmeza que nunca he visto igualadas. En aquella ocasión no fuimos al Quai d’Orsay, sino al despacho de M. Reynaud en el Ministerio de la Guerra, sito en la rue Saint-Dominique. Sa Attlee y yo nos encontramos, en la mesa de conferencias, frente a Reynaud y el mariscal Pétain como únicos ministros franceses presentes. present Era la primera vez que Pétain, entonces vicepresidente del Consejo, asistía a una de nuestras reuniones. Vestía traje civil., estaban con nosotros el embajador británico y los generales Dill, Ismay y Spears; Weygand, Darlan, y el capitán De Margerie –jefe del gabinete particular de Reynaud-- y un tal M. Baudouin, del Secretariado, representaban a Francia. Aclarando conceptos Ell primer punto que abordamos fue el de la situación en Noruega. Yo declaré que, tras un concienzudo estudio, el Gobierno británico opinaba que la región de Narvik debía ser evacuada sin pérdida de tiempo. Las tropas, los destructores y el centenar de cañones cañon antiaéreos que allí teníamos nos hacían falta urgentemente en otros lugares. Proponíamos, por lo tanto, que se iniciara la evacuación el 2 de junio. La Marina británica transportaría y repatriaría a las fuerzas francesas, así como al rey de Noruega y a las tropas noruegas que quisieran correr nuestra suerte. Reynaud dijo que el Gobierno francés estaba de acuerdo con esta línea de conducta. Había que enviar los destructores al Mediterráneo inmediatamente para el caso de una guerra con Italia. Los 16.000 hombres h prestarían un servicio inapreciable en la línea del Aisne y del Somme. El asunto quedó, pues, resuelto. Entonces enfoqué el problema de Dunkerque. Los franceses no parecían tener una idea clara de lo que estaba ocurriendo con los ejércitos septentrionales septentr que la que teníamos nosotros acerca del frente principal francés. Cuando les dije que habían sido felizmente embarcados 165.000 hombres, entre ellos 15.000 franceses, quedaron atónitos. Naturalmente, llamaron la atención sobre la notable preponderancia prepondera de los efectivos británicos evacuados. Les expliqué que esto era debido en gran parte al hecho de que muchas unidades administrativas británicas que se hallaban en la retaguardias había logrado embarcar antes de que hubiese sido posible retirar de la línea de fuego contingente alguno de fuerzas combatientes. Además, los franceses no habían recibido hasta aquel momento ninguna orden de evacuación. Una de las principales razones de mi viaje a París era precisamente la de asegurarme de que se habían dado a las tropas francesas las mismas órdenes que a las británicas. Contacto de codos Las tres divisiones británicas que a la sazón defendían el sector central protegerían la evacuación de todas las fuerzas aliadas. ali Esto junto con el transporte naval, representaría sentaría la contribución de nuestro país destinada a compensar las graves pérdidas aliadas que habríamos de sufrir El Gobierno de Su Majestad había considerado necesario, en tan terribles circunstancias, ordenar a lord Gort que embarcase a los hombres en situación ituación de combatir y dejase en tierra a los heridas. Si se confirmaban las esperanzas que se tenían entonces, podrían ser evacuados e 26 doscientos mil soldados útiles. Lo cual constituiría un milagro. Cuatro días antes, yo no hubiese apostado a favor de un número superior a cincuenta mil hombres. Al propio tiempo hice hincapié en las pavorosas pérdidas de material que estábamos sufriendo. Reynaud rindió un expresivo homenaje a la labor realizada por la Marina y la Aviación británicas; yo agradecí vivamente sus palabras. Tratamos a continuación con cierta amplitud de lo que se podría hacer para reconstituir las unidades británicas en Francia. Entretanto, el almirante Darlan había redactado un telegrama para el almirante Abrial que se hallaba en Dunkerque: “1.º Deberá mantenerse una cabeza de puente en torno a Dunkerque con las divisiones que están bajo mando británico. “2.º En cuanto sea evidente que ninguno de los contingentes que se encuentren aun fuera de la cabeza de puente tiene posibilidad de abrirse paso hasta los puntos de embarque, las tropas de cobertura del perímetro defensivo deberán retirarse y embarcar; las fuerzas británicas serán las primeras en evacuar.” Intervine inmediatamente para declarar que los soldados británicos no tendrían preferencia en el embarque, sino que la evacuación habría de efectuarse en un plano de igualdad entre británicos y franceses –Bras dessus, bras dessous – (cogidos del brazo). Los ingleses formarían la retaguardia. Así se acordó. Una sombra en el Mediterráneo Pasamos luego a tratar de Italia. Yo expuse el punto de vista británico de que si Italia entraba en la contienda debíamos asestarle acto seguido un duro golpe. Muchos italianos eran contrarios a la guerra, y convenía hacer todo lo necesario para demostrar lo cara que costaba la intervención. Propuse que atacásemos mediante intensos bombardeos aéreos en el triángulo industrial del NO, limitando por las ciudades de Milán, Turín y Génova. Reynaud opinó asimismo que los aliados debían reaccionar automáticamente; y el almirante Darlan dijo que ya tenía establecido un plan para el bombardeo naval y aéreo de las reservas italianas de carburante, almacenadas en su mayor parte a lo largo de la costa, entre la frontera y Nápoles. Se concentraron los detalles técnicos necesarios. A continuación hice constar mi deseo de que hubiese un contacto directo entre un mayor número de los ministros del Gobierno recién formado por mí y sus colegas franceses de las carteras respectivas. Dije que me complacería, por ejemplo, que Mr, Bevin ministro de Trabajo y jefe sindicalista, visitase París. Mr. Bevin estaba demostrando una gran energía, y, bajo su dirección, la clase obrera británica sacrificaba sus días de asueto y sus privilegios en una escala muchísimo más amplia que durante la guerra anterior. Reynaud asintió cordialmente. “Inglaterra no cederá” Tras un breve cambio de impresiones sobre Tánger y acerca de la importancia de que España se mantuviera al margen de la guerra, hablé de las perspectivas generales que ofrecía la situación. “Los aliados –dije– deben mantener un frente inflexible contra todos sus enemigos… Los recientes acontecimientos han causado honda impresión en los Estados Unidos, y aun en el caso de que dicho país no entre en la guerra estará pronto dispuesto a proporcionarnos una importantísima ayuda. La invasión de Inglaterra, si se produjese, hallaría un eco todavía más profundo en Norteamérica. Inglaterra no teme a la invasión, y, llegada la hora, resistirá ferozmente en cada pueblo y en cada aldea. Teniendo en cuenta que ante todo debe atender a las exigencias de su propia seguridad, es fácil comprender que no podrá poner sus fuerzas armadas a disposición de su aliada Francia hasta que se haya organizado en debida forma las tropas que necesita para la defensa del territorio insular… “Estoy absolutamente convencido de que para vencer no hemos de hacer otra cosa que seguir combatiendo. Aun en el caso de que uno de nosotros caiga, el otro no debe abandonar la lucha. El Gobierno británico está dispuesto a proseguir la guerra desde el Nuevo Mundo si Inglaterra queda asolada a consecuencia de un desastre. Si Alemania derrotase a uno de los aliados, o a ambos, sería implacable; quedaríamos reducidos para siempre a la condición de vasallos y de esclavos. Mil veces preferible sería que la civilización de la Europa occidental con todos sus tesoros materiales y espirituales desapareciese en un trágico pero esplendoroso final, a que las dos grandes democracias sobrevivieran despojadas de todo lo que dignifica y da sentido a la existencia.” Mr. Attlee declaró que compartía por entero mi parecer. “El pueblo británico advierte ahora el peligro que le amenaza y sabe que en el caso de una victoria enemiga quedaría destruido cuanto ha edificado. Los alemanes no matan únicamente a los hombres, sino también las ideas. Nuestro pueblo está resuelto como nunca lo estuvo en su historia.” Reynaud nos dio las gracias por lo que habíamos dicho. Tenía la seguridad de que la moral del pueblo alemán no estaba a la altura del momentáneo triunfo de su Ejército. Si Francia lograba resistir en el Somme con la ayuda de la Gran Bretaña, y la industria norteamericana intervenía para remediar el desnivel de armamentos, podíamos confiar sin duda ninguna en la victoria., estaba muy agradecido, dijo, por mis reiteradas afirmaciones de que si uno de los dos países caía, el otro no abandonaría la lucha. Así terminó la reunión oficial. Amenaza velada Al abandonar nuestros puestos en torno a la mesa de la conferencia, algunos de los miembros del Consejo nos pusimos a charlar junto a un gran ventanal en un ambiente algo distinto del que había presidido la reunión general. El más destacado de ellos era el mariscal Pétain. Spears estaba a mi lado, ayudándome a salir del paso, pues ya he dicho que mi francés es harto deficiente, y tomando también el parte de la conversación. El joven capitán francés De Margerie había hablado ya de continuar la guerra en África. Pero el aire del mariscal Pétain, reservado y sombrío, me hizo pensar que el anciano militar no retrocedería ante la idea de una paz separada. La aureola de su personalidad, su reputación, su serena aceptación de la marcha de los acontecimientos adversos, amén de algunas palabras que pronunció, causaron honda impresión en quienes estaban bajo su influjo. Uno de los franceses –no puedo recordar su nombre– dijo, con aquella finura que les es propia, que una continuación de los reveses militares podría en determinadas circunstancias obligar a Francia a modificar su política exterior. Spears se mostró entonces, como en tantas otras ocasiones, a la altura de su misión dirigiéndose particularmente al mariscal Pétain, le insinuó en un francés impecable: -Supongo que usted comprenderá, señor mariscal, que eso significaría el bloqueo, ¿verdad? Alguien terció: –Quizá sería inevitable. Pero Spears, mirando fijamente a Pétain, le dijo: –Eso significaría, no sólo el bloqueo, sino el bombardeo de todos los puertos franceses en poder de los alemanes. Me alegré de que se hubieran pronunciado aquellas palabras. Y, para subrayarlas, entoné mi estribillo habitual: seguiríamos luchando, ocurriera lo que ocurriera y cayese quien cayese. 27 El desenlace El 31 de mayo y el 1º de junio señalaron el punto culminante, aunque no el final, del drama de Dunkerque. En aquellos dos días llegaron sanos y salvos a Inglaterra más de 132.000 hombres, casi una tercera parte de los cuales fueron recogidos a lo largo de las playas por pequeñas embarcaciones bajo un despiadado ataque aéreo y el fuego de los cañones. A partir del 1º de junio ju al amanecer, los bombarderos enemigos intensificaron sus esfuerzos; aprovechaban en especial las ocasiones en que nuestros cazas de habían retirado para repostar de combustible. Aquellos ataques causaron gravísimo daños a los barcos atestados de tropas, tropa hasta el punto de que las bajas fueron casi idénticas a las de toda la semana anterior. En aquel solo día nuestras pérdidas ocasionadas por los bombardeos aéreos, las minas, las lanchas torpederas, etcétera, ascendieron a 31 buques hundidos h y 11 averiados. La fase final de la operación se pudo en práctica con suma habilidad y precisión. Por primera vez fue posible trazar los planes lanes de antemano en vez de tener que confiar en improvisaciones sucesivas como hasta entonces. El 2 de junio, al despuntar el día, día quedaban unos cuatro mil soldados británicos con siete cañones antiaéreos antia y doce piezas as antitanques en los alrededores de Dunkerque, así como las fuerzas francesas, considerables aun, que defendían el perímetro cada vez más reducido de la cabeza de puente. e. Como la evacuación ya sólo se podía pod efectuar en la oscuridad, scuridad, el almirante Ramsay decidió realizar aquella misma noche una incursión en masa en la bahía con todas las unidades navales disponibles. Aparte de los remolcadores y demás embarcaciones pequeñas, pequeña salieron de Inglaterra, al anochecer, 44 buques entre ellos 11 destructores tores y 14 dragaminas. Intervinieron también 40 unidades francesas y belgas. Antes de medianoche había hab embarcado la retaguardia británica. Noo termina aquí, empero, la historia de lo ocurrido ocurrido en Dunkerque. Habíamos tomado las medidas necesarias para evacuar aquella noche muchísimos más soldados franceses de los que se presentaron. El resultado fue que cuando nuestros buques, bastantes de ellos vacíos, hubieron de retirarse al amanecer, quedaron en tierra considerables contingentes de tropas francesas, muchas de las cuales estaban todavía en contacto con el enemigo. Era preciso hacer un nuevo esfuerzo. A pesar del agotamiento físico de las tripulaciones después de tantos días de actuar sin tregua ni reposo, aquella lla brava gente respondió al llamamiento. El 4 de junio desembarcaron en Inglaterra 26.175 soldados franceses, más de 21.000 de ellos fueron transportados en buques británicos. Desgraciadamente, D mente, quedaron atrás muchos millares de franceses que había protegido con ánimo esforzado la evacuación de sus camaradas. Por fin,, a las 2.23 de la tarde de aquel mismo día, el Almirantazgo, de acuerdo con el Alto Mando de nuestros aliados, anunció que la l “Operación Dinamo” estaba terminada. 28 CAPITULO XI Italia, en la hoguera (Mr. Churchill había enviado el 16 de mayo un mensaje a Mussolini pidiéndole “evitara que un río de sangre separase a los pueblos pue británico e Italiano”. Mussolini contestó que “la política italiana actual y futura en todo momento y circunstancia” estaba determinada por el Tratado italo-germano. germano. En su respuesta aludía al “estado de servidumbre en que Italia se halla en su propio mar”.) A partid de entonces no pudo ya cabernos duda de la intención de Mussolini de entrar en la guerra en el momento más favorable para él. En realidad, adoptó su resolución en cuanto se hizo evidente la derrota de los ejércitos franceses. El 13 de mayo había dicho a Ciano que declararía la guerra a Franciaa y a la Gran Bretaña antes de un mes. El día 29, comunicó a los jefes de Estado Mayor italianos su decisión oficial de declarar la guerra en cualquier fecha posterior al 5 de junio que el mismo fijaría. A petición de Hitler, la indicada indic fecha quedó aplazada hasta el 10 de junio. Táctica de concesiones El 26 de mayo, cuando la suerte de los ejércitos septentrionales estaba aún indecisa y nadie podía estar seguro de que se salvase sal uno solo de sus soldados. Reynaud se trasladó en avión a Inglaterra para tratar tratar con nosotros de este asunto, que, naturalmente, no habíamos perdido de vista. Era de suponer que Italia declararía la guerra en cualquier momento. De este modo Francia ardería en otro frente y un nuevo enemigo avanzaría sobre ella por el Sur con voraz apetito. ¿Qué se podía hacer para comprar la neutralidad de Mussolini? Tal era el problema que se erguía ante nosotros. Yo no creía que hubiese la más remota posibilidad, y cada hecho que el jefe del Gobierno francés invocaba como argumento para intentar algo en aquel sentido, no hacia más que reafirmarme en la idea de que no había solución. Reynaud, empero, hallábase sometido a intensas presiones en su país, y nosotros, por nuestra parte, deseábamos hacer todo lo posible `por ayudar a nuestra aliada, cuya única arma vital, su Ejército, se le estaba quebrando entre las manos. Aun sin hacer hincapié en la gravedad de los acontecimientos en curso, M. Reynaud dejaba entrever la eventualidad de que Francia se retirase de la contienda. El personalmente estaba dispuesto spuesto a seguir luchando, pero podía darse el caso de que, a no tardar, le sustituyesen otros gobernantes que no fuesen del mismo parecer. Ya el 25 de mayo, a petición del Gabinete francés, habíamos hecho una gestión conjunta cerca del presidente Rooseveltt instándole a que interviniera. En aquel mensaje, Gran Bretaña y Francia le autorizaban para declarar que comprendíamos que Italia tenía reivindicaciones de orden territorial contra nosotros en el Mediterráneo, que estábamos dispuestos a estudiar inmediatamente amente toda reclamación razonable, que los aliados darían a Italia un puesto en la Conferencia de la Paz en pie de igualdad con cualquier otra nación beligerante, y que invitaríamos al Presidente a velar por el cumplimiento de los Acuerdos que a la sazón se s concertasen. Roosevelt atendió nuestro ruego; pero sus llamamientos fueron rechazados por el dictador italiano, en la forma más desabrida imaginable. Al reunirnos con Reynaud conocíamos ya el texto de su respuesta. El jefe del Gobierno francés sugirió entonces en otras proposiciones más concretas. Evidentemente, si éstas habían de remediar el “estado de servidumbre de Italia en su propio mar” debían afectar a la situación legal de Gibraltar y de Suez. Francia estaba dispuesta a hacer concesiones similares en lo referente a Túnez. La única política posible En modo alguno podíamos nosotros apoyar aquellas sugestiones. No porque considerásemos inconveniente el estudios de las mismas misma ni porque en aquel momento no mereciese la pena satisfacer un elevado precio por por la abstención de Italia en el conflicto. Mi impresión personal era que, no teníamos nada para ofrecer que Mussolini no pudiera coger por sí mismo o recibir de manos de Hitler si perdíamos la guerra. No es fácil gestionar y cerrar tratos cuando se está al al borde de la quiebra. El simple hecho de iniciar negociaciones para obtener la intercesión amistosa del Duce anularía nuestra decisión de seguir luchando. Mis colegas se mostraban asimismo sobremanera rígidos e intransigentes al respecto. Todos éramos más bien partidarios de bombardear Milán y Turín en el momento en que Mussolini declarase la guerra, y ver como le sentaba aquello. Reynaud, que en su fuero interno int opinaba como nosotros pareció convencido o por lo menos satisfecho. Lo máximo que podíamos prometer, prometer, empero, era someter el asunto al Gabinete y dar una respuesta definitiva al día siguiente. Reynaud y yo almorzamos juntos, los dos solos, en el Almirantazgo. En el siguiente telegrama. Redactado por mí casi en su totalidad, quedan expuestas las condiciones condiciones que adoptó el Gabinete de Guerra: Del primer ministro a M. Reynaud. “26 – 05 – 40. 29 “Plenamente conscientes de la terrible situación con que nuestros dos países se enfrentan en este momento, mis colegas y yo hemos estudiado detenidamente, y animados de los mejores deseos, la propuesta que usted me ha formulado hoy en el sentido de realizar una gestión cerca del Sr. Mussolini a base de una oferta concreta de concesiones. “El borrador de nota preparado el domingo último por lord Halifax sugería que si el señor Mussolini quería ayudarnos a encontrar una fórmula de arreglo de todos los problemas europeos que salvaguardase nuestra independencia y estableciese los cimientos de una paz justa y duradera en Europa, estaríamos dispuestos a tratar con él de sus reivindicaciones en el Mediterráneo. Usted propone ahora la inclusión en la nota de determinadas ofertas especificas –que a mi entender no lograrían en absoluto impresionar al Sr. Mussolini y que una vez hechas no podrían ser retiradas— con objeto de inducir al jefe del Gobierno italiano a asumir el papel de mediador según lo previsto en el borrador que discutimos el domingo. “Tanto mis colegas como yo creemos que el señor Mussolini abriga desde hace tiempo la esperanza de que al final le corresponderá desempeñar el citado papel, contando indudablemente con obtener ventajas substanciales para Italia a la hora del reajuste. “Pero nosotros estamos convencidos de que en este momento, en que Hitler, engreído con sus triunfos, espera un pronto y total hundimiento de la resistencia aliada, el señor Mussolini no tendría ninguna probabilidad de éxito si propusiera una conferencia de carácter general. Me permito asimismo recordarle que el presidente de los Estados Unidos ha recibido una contestación totalmente negativa a la proposición que conjuntamente le habíamos rogado formulara, como tampoco ha habido respuesta a la gestión realizada el pasado sábado por lord Halifax cerca del embajador italiano en Londres. “Por consiguiente sin excluir la posibilidad de que en un momento determinado recurramos al señor Mussolini, no podemos considerar que sea ésta la ocasión oportuna, y me creo obligado a añadir que, a mi parecer. El efecto que ello produciría en la moral de nuestro pueblo, sólida y decidida en la actualidad, sería extraordinariamente peligroso. Usted es el más indicado, para juzgar cómo reaccionaría el pueblo francés “Me preguntará usted: En tal caso, ¿Qué hemos de hacer para mejorar la situación? He aquí mi respuesta: Demostrar que después de haber perdido nuestros dos ejércitos (septentrionales) y el apoyo de nuestro aliado belga, aun tenemos arrojo suficiente y suficiente confianza en nosotros mismos para seguir luchando, con lo cual reforzaremos automáticamente nuestra posición en las negociaciones que deseemos entablar y nos granjearemos la admiración y quizá la ayuda material de los Estados Unidos. “Por otra parte, tenemos la convicción de que mientras nos mantengamos unidos sin desfallecimientos, nuestra invicta Marina y también nuestra Aviación, que día tras día destruye cazas y bombarderos alemanes en proporciones formidables, nos procuraran los medios de ejercer, en nuestro, común interés, una presión constante sobre la vida interior de Alemania. “Tenemos buenas razones para creer que también para los alemanes cuenta el tiempo y que tanto sus bajas como las privaciones a que se ven cometidos, junto con el temor a nuestras incursiones aéreas, están minando su ardor combativo, sería realmente trágico que por aceptar demasiado aprisa la derrota dejásemos de lado una probabilidad, que tenemos casi al alcance de la mano, de poner fin a la lucha dejando a salvo el decoro y el honor. “A mi entender, si los dos países seguimos combatiendo sin desmayo, podemos aún salvarnos de correr la suerte de Dinamarca o de Polonia. El éxito depende, ante todo, de nuestra unidad, y luego, de nuestro temple y nuestra capacidad de resistencia.” Mi llamamiento no fue óbice para que unos días más tarde el Gobierno francés hiciera por su cuenta una oferta directa a Italia a base de concesiones territoriales, oferta que Mussolini rechazó con desdén. “No le interesa –dijo Ciano al embajador francés el día 3 de Junio— recuperar ninguna porción de territorio francés mediante negociaciones pacíficas. Ha decidido declarar la guerra a Francia.” Era exactamente lo que nosotros habíamos previsto. Declaración de guerra El 10 de junio, a las 4’45 de la tarde, el ministro italiano de Asuntos Exteriores informó al embajador británico que Italia se consideraría en guerra con el Reino Unido a partir del día siguiente a la una de la mañana. Una comunicación similar se cursó al Gobierno francés por medio de su embajador. Cuando Ciano hubo entregado a éste su nota, M. François Poncet, ya junto a la puerta, se volvió e hizo el siguiente comentario: “Pronto se darán también ustedes cuenta de que los alemanes son unos amos muy duros”. El embajador británico, sir Percy Loraine, acogió la comunicación con perfecta serenidad y aparente indiferencia. Limitose a formular una pregunta: ¿Debía considerar las palabras de Ciano como un anticipo de noticia o como una declaración oficial de guerra? Ciano repuso que se trataba de esto último. Loraine se inclinó entonces ceremoniosamente y abandonó el despacho sin añadir una sola palabra. Desde lo alto de su balcón, Mussolini anunció a la bien organizada muchedumbre romana que Italia estaba en guerra con Francia e Inglaterra. Era, según la frase que se dice pronunció Ciano algún tiempo después para justificar el hecho, “una de aquellas ocasiones que sólo se presentan una vez cada cinco mil años”. Aun siendo tan poco frecuentes, no siempre da buen resultado aprovecharse de tales ocasiones. Acto seguido los italianos atacaron a las tropas francesas en el frente de los Alpes, y Gran Bretaña como medida de reciprocidad, declaró la guerra a Italia. Fueron apresados los cinco buques italianos retenidos en Gibraltar y se dio a la flota orden de interceptar y conducir a puertos bajo control aliado a todos los barcos italianos que encontrasen en alta mar. El 12 de junio, por la noche, nuestras escuadrillas de bombardeo, tras lardo vuelo desde Inglaterra y por consiguiente con poca carga de explosivos lanzaron sus primeras bombas sobre Turín y Milán. Teníamos en proyecto no obstante, servicios más copiosos para el momento en que pudiéramos utilizar los aeródromos franceses de Marsella. Un documento alucinante Para terminar m i relación de aquel capítulo de la tragedia italiana, considero oportuno transcribir aquí el texto de la carta que me escribió el desventurado Ciano poco antes de ser ejecutado por orden de su suegro: 30 “Verona, 23 de diciembre de 1943. “Sr. Churchill: “No le sorprenderá que al acercarse la hora de mi muerte me dirija a usted, a quien admiro profundamente en su calidad de campeón cam de una cruzada, a pesar de que en cierta ocasión hizo usted unas manifestaciones injustas respecto a mí. “Yo nunca fui cómplice de Mussolini en aquel crimen contra nuestro país y contra la humanidad; el de luchar al lado de los alemanes. al La verdad es muy distinta; y si en agosto último último desaparecí de Roma fue porque los alemanes me convencieron de que mis hijos estaban en inminente peligro. Después de haberse comprometido a conducirme a España, los propios alemanes, contra mí voluntad, me deportaron deport a Baviera junto con mi familia. “Ahora hora hace ya casi tres meses que estoy en la cárcel de Verona, abandonado al bárbaro trato de las S.S. Mi fin está próximo; me m han dicho que dentro de pocos días quedará decidida mi ejecución, que para mi no será ni más ni menos que una liberación de este martirio cotidiano. Y `prefiero la muerte a presenciar la vergüenza y la ruina irreparable de una Italia que ha estado bajo el dominio de los vándalos. vánda “El crimen que estoy a punto de expiar es el de haber sido testigo de la fría, cruel y cínica preparación preparación de esta guerra por, parte de Hitler y los alemanes, y haber patentizado la repugnancia que ello me inspiraba. Yo soy el único extranjero que vio de cerca cómo aquella repulsiva pandilla de bandidos se disponía a sumergir al mundo en una sangrienta conflagración. conflagración. Ahora, fieles a su línea de conducta “gangsteriana”, proyectan la supresión de un testigo peligroso. “Pero se han equivocado en sus cálculos, pues hace ya mucho tiempo puse en lugar seguro mi “Diario” y diversos documentos que probarán, mejor de loo que pudiera hacerlo yo, los crímenes cometidos por los individuos con quienes más tarde Mussolini, ese trágico y abyecto títere, tí se asoció llevado de su vanidad y su desprecio de los valores morales. “He hecho lo necesario para que, tan pronto como sea posible posible después de mi muerte, los citados documentos cuya existencia conoció sir Percy Loraine en la época de su misión diplomática en Roma, sean puestos a disposición de la Prensa aliada. “Quizá sea poca cosa lo que hoy ofrezco a usted, pero esto y mi vida es todo lo que puedo ofrendar a la causa de la libertad y la justicia, en cuyo triunfo creo fanáticamente. “Deberá hacerse público este testimonio mío a fin de que el mundo sepa, odie y recuerde, y para que quienes hayan de enjuiciar enjuicia en el futuro no ignoren en que la desgracia de Italia no es imputable a su pueblo, sino a la vergonzosa conducta de un solo hombre. “Sinceramente suyo, G.CIANO.” CAPITULO XII Maniobras en torno a Rusia Había empezado la frenética carrera en pos del botín. Pero no era Mussolini la única fiera hambrienta que iba a la búsqueda de presa. Tras el Chacal apareció el Oso. Las sonrisas de Molotov 31 En la primera parte de estas “Memorias” me ocupé de las relaciones anglo soviéticas hasta el momento de estallar la guerra, así a como de la hostilidad – que estuvo a dos dedos de traducirse en una ruptura efectiva con la Gran Bretaña y Francia – suscitada por la invasión rusa de Finlandia. En la primavera de 1940, Alemania y Rusia actuaban de consuno todo lo estrechamente que sus profundas divergencias de intereses les permitían. Hitler y Stalin tenían muchos puntos de coincidencia en su carácter de totalitarios, y sus sistemas de gobierno eran semejantes. M. Molotov dedicaba sus más amables sonrisas al embajador alemán, conde Schulenburg en todas las ocasiones importantes, y se mostraba sumamente oficioso en su aprobación de la política alemana así como en sus elogios de las decisiones militares de Hitler. A raíz de la agresión contra Noruega, dijo que “el Gobierno soviético comprendía que Alemania habíase visto obligada a tomar aquella determinación. deter Los ingleses habían ido demasiado lejos al despreciar en absoluto los derechos de las naciones neutrales… Deseamos a Alemania un éxito completo en sus medidas defensivas”. El 10 de mayo por la mañana, Hitler tuvo buen cuidado de informar a Stalin del ataque que acababa de lanzar contra Francia y los tres países neutrales vecinos.”Visité a molotov – escribía Schulenburg --.. Estimó la noticia en su justo valor, y añadió que se hacía perfecto cargo de que Alemania tenía derecho a protegerse contra el ataque anglo francés. Aseguró que no dudaba de nuestro éxito”. Misión poco prometedora Aunque unque naturalmente, todas estas expresiones nos fueron desconocidas hasta después de la guerra, no nos hacíamos ilusión alguna acerca de la actitud de los rusos. Pero no por ello dejábamos de insistir en nuestra política – encaminada a restablecer un clima cl de confianza con Moscú, confiando para ello en la marcha de los acontecimientos y en los antagonismos fundamentales existentes stentes entre Rusia y Alemania. Creímos que convenía utilizar el reconocido talento de sir Stafford Cripps y decidimos enviarle a Moscú cú como embajador. Aceptó este gustoso la ingrata y poco prometedora misión. En aquel entonces no comprendíamos aún debidamente que los comunistas soviéticos odian a los políticos de extrema izquierda con mayor intensidad todavía que a los conservadores o a los liberales. Cuando más próximo al comunismo está un individuo por su ideología y sus sentimientos, tanto más detestable aparece a los ojos de LOS Soviets, a menos que se aliste en el Partido. El Gobierno soviético dio su conformidad al nombramiento de Cripps como embajador y explicó esta decisión a sus amigos los nazis. La Unión Soviética – escribía Schulenburg a Berlín el 29 de mayo – tiene interés en recibir caucho y estaño de Inglaterra a cambio de maderas de construcción. No hay ninguna razón para inquietarse por la misión de Cripps, pues nada permite dudar de la lealtad de la Unión Soviética hacia nosotros, y por otra parte p la inalterable línea de la política rusa respecto a Inglaterra excluye toda posibilidad de medidas perjudiciales para Alemania o para nuestros intereses vitales. No existe aquí el más leve indicio de que los recientes triunfos alemanes hayan suscitado en el Gobierno soviético un sentimiento de alarma o de temor hacia Alemania. Mientras el Kremlin felicitaba… El hundimiento de Francia, la destrucción de sus ejércitos y la desaparición de todo contrapeso en el Oeste tenían que haber provocado alguna reacción en el espíritu de Stalin, pero, al parecer, nada advirtió a los dirigentes soviéticos de la gravedad del peligro que corría su país. El 18 de junio, cuando la derrota francesa era ya total, Schulenburg informó a Berlín en los siguientes términos: “Molotov me rogó esta noche que acudiera a su despacho y me expresó la calurosísima felicitación del Gobierno soviético por el espléndido triunfo de las fuerzas armadas alemanas. Esto ocurría casi exactamente un año antes de la fecha en que aquellas mismas fuerzas armadas, cogiendo por completo de sorpresa al Gobierno soviético, iban a lanzarse sobre Rusia como una tromba omba de fuego y hierro. Ahora sabemos que tan sólo cuatro meses después de recibir el informe de Schulenburg, en 1940, Hitler tomó definitivamente la decisión de organizar una guerra de exterminio contra los Soviets e inició el vasto y subrepticio traslado hacia el Este de aquellas fuerzas armadas alemanas tan calurosamente felicitadas. Para nada se acordaron los gobernantes de Moscú – como tampoco sus agentes y afiliados comunistas en el mundo entero – de su error ni de su conducta pasada cuando empezaron a clamar pidiendo la apertura de un segundo frente en el cual la Gran Bretaña, por cuya ruina y esclavitud tantos votos hicieran, había de desempeñar un papel principal. Esfuerzos para romper el hielo A pesar de todo, nosotros teníamos una visión más certera cert del futuro que aquellos fríos calculadores y mejor que ellos comprendíamos sus verdaderos intereses y los peligros que les amenazaban. Por primera vez me dirigí personalmente a Stalin: Del primer ministro británico a M. Stalin. 32 “25-06.40 “En esta épocaa en que la faz de Europa se halla en constante transformación, deseo aprovechar la oportunidad de la presentación de cartas credenciales del nuevo embajador de Su Majestad para rogar a éste que transmita a usted un mensaje personal mío. “Geográficamente, nuestros dos países están situados en los dos extremos opuestos de Europa, y desde el punto de vista de sistemas de gobierno puede decirse que representan ideologías políticas profundamente diferentes. Estoy convencido, empero, de que estos hechos no han dee constituir un obstáculo para que las relaciones entre nuestros dos países en la esfera internacional sean armoniosas y mutuamente mutu provechosas. “En el pasado – un pasado reciente, a decir verdad – nuestras relaciones, preciso es reconocerlo, se han visto turbadas por una desconfianza recíproca; y en agosto último el Gobierno soviético consideró que los intereses de la Unión Soviética exigían la ruptura de sus s negociaciones con nosotros y el establecimiento de una estrecha relación con Alemania. Así, ésta se se convirtió en amiga de ustedes casi al mismo tiempo que se convirtió en enemiga nuestra. “Pero de aquellos días a esta parte ha surgido un factor nuevo que me atrevo a creer hace deseable que nuestros dos países reanuden r su contacto anterior, de tal modo que en caso necesario podamos consultarnos mutuamente a propósito de los problemas europeos que necesariamente han de interesarnos a ambos. En este momento, el problema que tiene planteado toda Europa – sin excluir a nuestras dos naciones – es el de saber cómo van a reaccionar los Estados y los pueblos de Europa frente a la perspectiva de una hegemonía alemana sobre el Continente. “El hecho de que nuestros dos países estén situados no dentro de la propia Europa, sino en sus extremos, los coloca en una posición po especial. Tenemos buenas probabilidades –mejores, mejores, desde luego, que las de otros menos afortunadamente afortunadamente situados– situados de resistir a la hegemonía alemana, y, como usted sabe, el Gobierno británico está decidido a utilizar su situación geográfica y sus inmensos recursos como medios para el logro de este fin. ”En efecto, la política de la Gran Bretaña se concentra hoy en dos objetivos: Primero, salvarse a sí misma de la dominación alemana a que el Gobierno nazi aspira a establecer; y segundo liberar al resto resto de Europa de la dominación que Alemania está ahora procediendo a imponerle. “Tan sólo la Unión Soviética puede juzgar si el actual propósito alemán de hegemonía en Europa entraña una amenaza para sus intereses, i y en caso afirmativo cuál es la mejor forma forma de salvaguardarlos. No obstante, considero que la crisis en que Europa, y en definitiva el mundo entero, se está debatiendo es lo suficiente grave para justificar el que yo exponga a usted con franqueza la situación tal como co la ve el Gobierno británico. Confío que esto servirá para que en los intercambios de puntos de vista que el Gobierno soviético sostenga con sir Stafford Cripps no haya interpretaciones erróneas acerca de la buena disposición en que el mismo se halla para estudiar a fondo fon con el Gobierno no soviético cualquiera de los vastos problemas creados por la intención que abriga Alemania de llevar a cabo, sistemáticamente sistemáticamen y en etapas sucesivas, la conquista y absorción total de Europa.” Como es de suponer no recibí respuesta alguna. Ni tampoco la esperaba. Sir Stafford Cripps llegó a Moscú sin novedad y celebró una entrevista, ceremoniosa y glacial, con M. Stalin. La marcha hacia el oeste Entretanto el Gobierno soviético cuidaba afanoso de recoger su parte del botín. El 14 de junio, el mismo día en que cayó París envió Moscú un ultimátum a Lituania acusándola, a ella y a los restantes Estados bálticos, de conspiración militar contra la U.R.S.S. y exigiendo e cambios radicales en su Gobierno, así como concesiones de tipo militar. El 15 de junio, el país país fue invadido por tropas del Ejército rojo, y el presidente de la República, Smetona, se refugió en la Prusia Oriental. Parecida suerte corrieron Letonia y Estonia. Hubo que constituir inmediatamente Gobiernos sovietófilos en aquellos pequeños países p y admitir la presencia de guarniciones soviéticas. Era inútil toda resistencia. El presidente de Letonia fue deportado a Rusia, y pocos días después llegó M. Vichinsky para designar un Gobierno provisional encargado de convocar nuevas elecciones. En Estonia el proceso fue idéntico. El 19 de junio llegó Zhdanof a Tallin para establecer un régimen similar. Entre el 3 y el 6 de agosto acabó la ficción de los Gobiernos sovietófilos y democráticos, y el Kremlin declaró incorporados los Estados bálticos a la Unión Soviética. El ultimátum ruso a Rumania fue entregado al ministro rumano en Moscú el 26 de junio a las diez de la noche. En él se exigía la cesión de Besarabia y la parte septentrional de la provincia de Bucovina, así como una respuesta inmediata para el día siguiente. Alemania, aunque molesta por aquella precipitada acción rusa que amenazaba sus intereses económicos en Rumania, estaba ligada `por las cláusulas del Pacto germano soviético de agosto de 1939, una de las cuales reconocía la influencia políticaa exclusiva de Rusia en aquellas zonas del sudeste europeo. Por consiguiente, el Gobierno alemán aconsejó al de Bucarest que cediera. El 27 de junio fueron retiradas las tropas rumanas de las dos provincias en cuestión, y sus territorios pasaron a manos dee los rusos. Las fuerzas armadas de la Unión Soviética estaban pues, sólidamente establecidas en las márgenes del Báltico y en el delta del Danubio. CAPITULO XIII Periodo preagónico (El 11 de junio de 1940, cuando Mr. Churchill fue invitado invitado a reunirse con M. Reynaud en Briare, cerca de Orleáns, la batalla de Francia se hallaba en su fase postrera. La 51º División británica de Highlanders estaba cercada en Saint Valery. La 52ª División de Lowlanders Lowl había desembarcado en Normandía y se esperaba esperaba que de un momento a otro llegase a Brest la Primera División canadiense. En los Estados Unidos se procedía al embalaje del material destinado a equipar de nuevo al Cuerpo Expedicionario británico después de Dunkerque.) Dunker 33 Era aquél mi cuarto viaje a Francia, cia, y puesto que la situación tenía un carácter predominantemente militar, pedí al ministro de la Guerra, Mr. Eden, que me acompañase, así como al general Dill, jefe del Estado Mayor Imperial, y, desde luego, a Ismay. La aviación alemana alema profundizaba ya mucho ucho en sus vuelos sobre el canal de la Macha, por lo cual hubimos de dar un rodeo todavía más amplio que los anteriores. Como de costumbre, el “Flamingo” iba escoltado por doce “Hurricanes”. Al cabo de dos horas aterrizamos en un pequeño aeródromo. aeródrom Había allí algunos franceses y poco después llegó un coronel en automóvil. Yo adopté el aire confiado y el semblante risueño que parece pa ser de rigor cuando las cosas van muy mal; pero el jefe francés mostrábase sombrío y distante. En seguida comprendí hasta que punto se había agravado la situación desde nuestra última estancia en París, una semana antes. Tras una breve espera nos condujeron al castillo, casti donde estaban M. Reynaud, el mariscal Pétain, el general Weygand, el general de Aviación Vuillemin y algunos otros, o entre ellos el relativamente joven general De Gaulle, que acababa de ser nombrado subsecretario de Defensa Nacional. No lejos de allí, en un apartadero, estaba el tren del Gran Cuartel General y en él se alojó a algunos de los miembros de nuestra nue delegación. En el castillo no había más que un teléfono, instalado en el cuarto lavabo; funcionaba in cesantemente; era necesario esterar largo rato para obtener una comunicación, que una vez conseguida obligaba a repetir las palabras a grandes voces, hasta el el cansancio. Los manes de Clemenceau A las siete de la tarde empezó la conferencia. El general Ismay tomo nota detallada de lo ocurrido allí. Me limitaré a reproducir reprod las impresiones de conjunto que recuerdo y que, por lo demás, no están en contradicción con las notas de mi consejero militar. No hubo reproches ni recriminaciones. Todos nos hallábamos ante la brutal realidad de los hechos. Los ingleses ignorábamos cuál cu era la situación exacta del frente, y cabía temer cualquier cosa de un súbito avance de los blindados alemanes… incluso contra nosotros. En líneas generales, el debate se desarrolló en la siguiente forma. Yo exhorté al Gobierno francés a defender París. Puse de relieve el enorme desgaste que supone para un ejército invasor el asalto a una gran ciudad defendida casa por casa. Recordé al mariscal Pétain las noches que habíamos pasado en Beauvais, en su tren, después del desastre del Quinto Ejército británico, en 1918, y cómo él - preferí abstenerme de mencionar al mariscal Foch – había salvado la situación. Le recordé asimismo las palabras de Clemenceau: “Lucharé frente a París, en París y detrás de París”. A lo cual respondió el mariscal, con aire reposado y digno, que en aquellos días contaba con una masa de maniobra superior a sesenta divisiones, divisiones, en tanto que ahora no había ni una. Mencionó el hecho de que entonces había en Francia sesenta divisiones británicas. La destrucción de París no influiría para nada en el resultado final. Error de perspectiva El general Weygand, expuso entonces la situación militar, por lo menos en lo que él sabía de la fluida batalla que se libraba a 80 ó 90 kilómetros de allí, y rindió homenaje a la gallardía del Ejército francés. Pidió el envío de todos los refuerzos posibles y, sobre todo, que entrasen inmediatamente atamente en combate todas las escuadrillas de caza británicas. “El escenario decisivo – dijo – está aquí. Este es el momento decisivo. Por lo tanto, es un error retener ninguna escuadrilla en Inglaterra”. Yo, de Acuerdo con la decisión que el Gabinete había había tomado en presencia del mariscal de la aviación Dowding – invitado especialmente por mí en aquella ocasión -- repuse: “El escenario decisivo no está aquí, ni es éste el momento decisivo. El momento decisivo será aquel en que Hitler lance su “Luftwaffe” contra la Gran Bretaña. Si nos es posible entonces ser dueños del aire y podemos mantener abiertas las rutas marítimas, como indudablemente podremos mantenerlas, recobraremos para ustedes todo lo que ahora se ha perdido”. Debíamos a toda t costa conservar veinticinco einticinco escuadrillas de caza para la defensa de la Gran Bretaña y del canal de la Mancha, y no renunciaríamos a ellas por nada. Estábamos decididos a seguir batiéndonos ocurriese lo que ocurriese y confiábamos hacerlo así durante un tiempo indefinido; pero p renunciar a aquellas escuadrillas equivaldría a destruir nuestra única esperanza de vida. En este punto de mi declaración requerí la comparecencia co del general Georges, comandante en jefe del frente norte occidental, que se hallaba no lejos de allí. Georges Georges llegó a los pocos minutos. Una vez informado del curso de la discusión, confirmo lo que Weygand había dicho acerca de la situación en la línea de fuego. 34 Escaramuza dialéctica Insistí en mi proyecto de defensa a ultranza. El Ejército alemán no era tan tan fuerte como podía creerse a juzgar por su ímpetu en los puntos de ataque. Si todas las fuerzas francesas, cada división y cada brigada, hacían frente con el máximo vigor a las tropas atacantes, atacante acaso se llegaría a una estabilización general de las líneas. líneas. La respuesta fue una descripción del espectáculo aterrador de las carreteras, atestadas de refugiados e impunemente acribilladas por el fuego de ametralladoras de los aviones alemanes, no menos trágico era el éxodo en masa de la l población civil, así como la creciente dislocación de la máquina gubernamental y del control militar. En una de sus intervenciones, el general Weygand insinuó la posibilidad de que los franceses hubiesen de solicitar un armisticio. armisti Reynaud atajóle secamente; “Esa es una cuestión política”. política”. Según Ismay, dije yo entonces; “Si Francia, en su actual calvario, considera preferible que su Ejército capitule, no debe vacilar en espera de que definamos nuestra actitud, pues, hagan ustedes lo que hagan, nosotros continuaremos luchando por siempre empre jamás y a pesar de todo”. Cuando sugerí que el Ejército francés, luchando donde quiera que fuese, podía contener o desgastar a un centenar de divisiones divisione alemanas, el general Weygand respondió: “Aunque así ocurriera, todavía les quedarían a los alemanes alemanes otras cien divisiones para invadir y conquistar la Gran Bretaña. ¿Qué harían ustedes entonces?” A esto contesté que yo no era un perito en cuestiones militares, pero que en opinión opi de mis consejeros técnicos el mejor sistema a aplicar en el caso de una invasión alemana de la isla era ahogar al mayor número posible de soldados enemigos durante la travesía y darles a los otros en la cabeza a medida que fuesen llegando a tierra. Weygand contestó, sonriendo sonri tristemente: “De todos modos, he de reconocer que tienen ienen ustedes un espléndido foso antitanques”. Esta es la última frase fulgurante que recuerdo haberle oído. Desaliento Por lo demás, en el curso de toda aquella lastimosa discusión me obsesionó y apenó profundamente la idea de que la Gran Bretaña, Breta con sus 48 millones de habitantes, no hubiese sido capaz de aportar una contribución mayor a la guerra terrestre contra Alemania y que qu a causa de ello las nueve décimas partes de las victimas y el noventa y nueve por ciento de los sufrimientos hubiesen correspondido correspo hasta entonces a Francia y sólo a Francia. Aproximadamente una hora después nos levantamos y fuimos a lavarnos las manos mientras se disponía lo necesario para la cena en la propia mesa de la conferencia. En aquel intervalo sostuve una breve conversación conversación privada con el general Georges y le sugerí: Primero, la prosecución de la lucha en todos los puntos del frente y una insistente acción de guerrillas en las regiones montañosas; segundo, segu el traslado a África, eventualidad ésta que tan sólo una semana antes antes yo mismo había calificado de “derrotista”. Mi respetado amigo, que aun teniendo a su cargo una gran responsabilidad jamás se encontró con las manos libres para dirigir los Ejércitos franceses, no parecía creer cre que ninguna de tales soluciones ofreciese grandes esperanzas de éxito. Vientos de rendición Hacia las diez, cada uno ocupó su sitio en la mesa. Yo me senté a la derecha de Reynaud; mi otro vecino era el general De Gaulle. Gau Nos sirvieron sopa, una tortilla o no recuerdo qué, café y un vinillo ligero. Aun en aquellos momentos de aterradora tribulación, a pesar de las divergencias originadas por el avance alemán, nuestras relaciones seguían teniendo un tono amistoso. Más de pronto un interludio desagradable turbó la armonía exterior de las formas. El lector recordará la importancia que yo había concedido al proyecto de emprender una acción enérgica contra Italia en el momento en que este país entrase en la guerra, como también las disposiciones tomadas, de completo acuerdo con los franceses, para enviar un contingente de bombarderos pesados británicos a los aeródromos próximo a Marsella a fin de atacar Turín y Milán. Todo estaba dispuesto a la sazón para asestar el golpe previsto. A poco de sentarnos en la mesa, el mariscal de aviación Barratt, jefe de las fuerzas aéreas británicas en Francia, llamó por teléfono a Ismay para comunicarle que las autoridades locales se oponían al despegue de nuestras bombarderos, alegando que un ataque contra Italia daría fatalmente lugar a represalias enemigas sobre el sur de Francia, represalias que los ingleses no estaban en condiciones de evitar. Reynaud, Weygand, Eden Dill y yo nos levantamos y, tras breve bre deliberación, el primer ministro convino en la necesidad de ordenar a las autoridades francesas de aquella zona que no pusieran impedimento alguno a la acción de los bombarderos. Pero una hora más tarde el mariscal Barratt informó que la población francesa residente residen en las cercanías de los campos de aterrizaje había sembrado literalmente los aeródromos de toda suerte suerte de carros, carretillas y camiones, con lo cual los aviones no podían despegar para ir a cumplir la misión encomendada. Cuando, terminada la cena, nos instalamos en mesillas aparte a tomar café y un poco de coñac, M. Reynaud me dijo que el mariscal maris Pétain le había expuesto la necesidad de que Francia solicitase un armisticio, a cuyo objeto tenía ya preparada una nota que deseaba leyera le Reynaud. “Aun no me la ha entregado – añadió mi interlocutor --.. Todavía le da vergüenza hacerlo”. Debería también haberle haber dado vergüenza apoyar, 35 siquiera tácitamente, la petición de Weygand relativa a nuestras últimas veinticinco escuadrillas de cazas, cuando abrigaba ya la convicción plena de que todo estaba perdido y de que Francia había de capitular. Y así todos, desazonados, nos retiramos a descansar en aquel inhóspito castillo o en el tren militar estacionado a pocos kilómetros de allí. Los alemanes entraron en París el día 14. Clamores sin eco A la mañana siguiente, a primera hora, reanudamos nuestra conferencia. Estaba presente el mariscal de aviación Barratt. Reynaud insistió en su petición de que enviáramos a Francia otras cinco escuadrillas de caza, y el general Weygand declaró que necesitaba con urgencia bombarderos de acción diurna para compensar la falta de tropas. Yo les aseguré que inmediatamente después de mi regreso a Londres el Gabinete de Guerra estudiaría con atención y simpatía el problema de una ayuda aérea más amplia a Francia; pero de nuevo hice hincapié en el hecho de que sería un error funesto despojar al Reino Unido de sus elementos esenciales de defensa interior. Hacia el final de aquella breve reunión formulé de modo especial las siguientes preguntas: “1. ¿No constituyen París y sus suburbios un obstáculo susceptible de escindir el frente enemigo y retrasar el avance de sus fuerzas, como ocurrió en 1914, o como en el caso de Madrid? “2. ¿No permitiría esto organizar un contraataque de las tropas francobritánicas en el bajo Sena? “3. Si terminara la fase de lucha coordinada, ¿no supondría ello una dispersión casi equivalente de las fuerzas enemigas? ¿No sería posible emprender una guerra de columnas móviles y de ataque contra las líneas de comunicación del enemigo? ¿Posee el enemigo recursos suficientes para mantener bajo su dominio a todos los países hasta ahora conquistados por él y seguir batiéndose con el Ejército francés y la Gran Bretaña? “4. ¿No es posible, por lo tanto, prolongar la resistencia hasta la entrada de los Estados Unidos en la guerra?” El general Weygand dijo que si bien aprobaba la idea de un contraataque en el bajo Sena, carecía de las tropas necesarias para ponerlo en práctica. Añadió que, a su entender, los alemanes contaban con elementos sobrados `para mantener bajo su yugo a todos los países conquistados hasta entonces, al propio tiempo que a una gran parte de Francia. Reynaud comentó que Alemania tenía 55 divisiones en pié de guerra y había construido de cuatro a cinco mil tanques pesados desde el principio de la contienda. Tales cifras, naturalmente, eran muy exageradas. Para terminar, expresé la firme esperanza de que si se producía algún cambio en la situación, el Gobierno francés lo comunicaría en seguida al Gobierno Británico a fin de que pudiésemos acudir a entrevistarnos con nuestros colegas franceses en cualquier sitio convenido, antes de adoptar éstos ninguna decisión definitiva referente a su postura en la segunda fase de la guerra. Acto seguido nos despedimos de Pétain, de Weygand y del Estado Mayor del Gran Cuartel General. No volveríamos a verles ya. Finalmente, llamé aparte al almirante Darlan, y le dije: “Darlan, no debe usted permitir en modo alguno que se apoderen de la Flota francesa”. Prometió con toda solemnidad que jamás toleraría tal cosa. La vida en un hilo Las espesas nubes que cubrían el cielo impedían que los doce “Hurricanes” nos escoltasen. Teníamos que elegir entre esperar a que despejase o aventurarnos solos con el “Flamingo”. Nos dijeron que la nubosidad era general. Necesitábamos regresar sin pérdida de tiempo a Londres; decidimos, pues, emprender solos el viaje y pedir por radio que, a ser `posible, nos saliese al encuentro sobre el Canal una escolta de cazas británicos. Al aproximarnos a la costa fue aclarándose el cielo y muy luego desaparecieron por completo las nubes. A dos mil quinientos metros por debajo de nosotros, a la derecha, ardía el puerto de El Havre. La brisa impelía el humo hacia el Este. No divisamos escolta alguna. A los pocos minutos observé que el piloto deliberaba con otro de los tripulantes, e inmediatamente después el aparato descendió en picado hasta unos treinta metros del mar en calma, altura en la que los aviones suelen pasar inadvertidos. ¿Qué había ocurrido? Más tarde supe que el mecánico de a bordo había visto cazas alemanes que, por debajo de nosotros, ametrallaban a unos pesqueros. Fue una gran suerte que a los pilotos enemigos no se les ocurriese mirar hacia arriba. La escolta solicitada nos salió al encuentro cuando volábamos ya cerca de la costa inglesa, y el arriesgado y fiel “Flamingo” aterrizó sin novedad en Hendon. 36 CAPITULO XIV Fiebre de lucha en Inglaterra “No cabe duda – afirma en una de sus obras el célebre ensayista y moralista Dr. Jonson – de que cuando un hombre sabe positivamente que morirá ahorcado al cabo de quince días, se le agudiza el espíritu en forma asombrosa.” Voluntad unánime Fue aquella una época en que toda Gran Bretaña trabajó y se afanó hasta el límite extremo de sus fuerzas y se mantuvo unida como nunca lo estuviera antes. En las fábricas, hombres y mujeres permanecían horas y más horas junto a los tornos y las máquinas hasta que caían exhaustos al suelo y había que retirarlos a pesar suyo y enviarlos a sus casas. Mientras los recién llegados ocupaban los puestos vacantes sin esperar a que sonara la hora de empezar su turno. El único deseo de los hombres, sin excepción, y de muchas mujeres era poseer un arma. El Gabinete y el Gobierno estaban firmemente unidos por vínculos cuyo recuerdo hace vibrar aún de emoción los corazones de todos nosotros. No parecía anidar sentimiento alguno de temor en el espíritu del pueblo, y su bizarro temple hallaba eco claro en la moral de sus representantes en el Parlamento No habíamos sufrido, como Francia, los rigores del flagelo alemán. Pero nada mejor para levantar el ánimo del inglés que la amenaza de una invasión, terrible pesadilla desconocida para nosotros por espacio de un millar de años. Infinidad de seres estaban dispuestos a vencer o morir. No era necesario despertar su entusiasmo por medio de brillantes discursos. Les bastaba con oírme expresar su propio sentir y justificar con argumentos nada complicados lo que tenían deseos de hacer o de intentar por lo menos. La única discordancia la daban quienes pretendían hacer aún más de lo que era posible y opinaban que el frenesí podía vigorizar la acción El origen de los “comandos” Nuestra decisión de enviar de nuevo a Francia las dos únicas divisiones bien armadas con que contábamos hacía doblemente imperiosa la necesidad de adoptar todas las medidas posibles para defender la isla contra un asalto directo. Los peligros más inminentes que parecían amenazarnos en la metrópoli eran los de un lanzamiento de paracaidistas o, pero todavía, el desembarco de fuerzas alemanas, relativamente reducidas pero móviles en grado sumo y por añadidura provistas de tanques, capaces de profundizar en nuestro sistema defensivo y desorganizarlo, como habían hecho en Francia una vez perforada la línea de protección. Así, pues, en estrecho contacto con el nuevo ministro de la Guerra (Mr. Eden), dediqué cada vez mayor importancia en mis proyectos y disposiciones a los problemas de la defensa del territorio insular. Del primer ministro al general Ismay “18-6-40. “Desearía se me informase acerca de los siguientes puntos: primero. La vigilancia costera y sus baterías. Segundo. El minado de bahías y ensenadas. Tercero. Las fuerzas destinadas a la defensa directa de los ligares citados en los dos primeros puntos. Cuarto. La organización de grupos móviles y columnas móviles. Quinto. La reserva general… “¿Qué opina el comandante en jefe de las Fuerzas Metropolitanas acerca de las tropas de asalto? Siempre hemos sido contrarios a esta idea. Pero lo cierto es que el empleo de tales unidades dio a los alemanes grandes triunfos en la guerra anterior, y esta vez ha sido uno de los factores principales de su victoria. Debería haber por lo menos veinte mil hombres encuadrados en las fuerzas de asalto, o “Leopardos” (finalmente recibieron el nombre de “Comandos””), procedentes de las unidades existentes, dispuestos a saltar a la garganta de los pequeños contingentes de desembarco o de paracaidistas. Dichos oficiales y soldados habrían de estar equipados con los pertrechos más modernos, fusiles ametralladores, granadas, etc., y debería dárseles todo genero de facilidades en cuanto a suministro de motocicletas y carros blindados.” La guardia metropolitana El proyecto de Mr. Eden relativo al reclutamiento de voluntarios pata la defensa local, sometido por él mismo al Gabinete el 13 de mayo, obtuvo una acogida favorable e inmediata en todo el país. Yo había propugnado siempre el nombre de “Home Guard” (Guardia metropolitana); lo había sugerido ya en octubre de 1939. Del jefe del Gobierno al ministro de la Guerra. “26-6-40. “No me parece muy adecuado la denominación de “Voluntarios para la Defensa Local” que da usted a sus nuevas unidades, tan importantes ya. La palabra “local” es poco sugerente. Mr. Herbert Morrison me ha indicado hoy el título de “Guardia Cívica”, pero creo que sería mejor “Guardia Metropolitana”. Si en definitiva considera usted mas compulsivo este último nombre, no dude en cambiarlo, por el hecho de que están ya preparados los brazales, etcétera, con el nombre actual.” Pocos cañones y menos balas 37 Lo que más me preocupa en aquellos días era un eventual desembarco de tanques alemanes. Nada tiene de extraño que me obsesionara esta idea, pues a mi vez acariciaba el proyecto de desembarcar algún día tanques en las costas enemigas. Apenas si teníamos armas y municiones con que hacer frente a los carros de combate, e igualmente escasos andábamos de artillería corriente de campaña. El incidente que cito a continuación es sintomático de la triste condición a que estábamos reducidos. Cierto día visité las playas próximas a la bahía de Santa Margarita, cerca de Dover. El general que tenía bajo su mando aquel sector me informó que en su brigada había tan solo tres cañones antitanques para cubrir cinco o seis kilómetros de aquella peligrosísima costa. Dijo que disponía únicamente de seis series de balas para cada pieza, y con un ligero aire de desafió me preguntó si tenía derecho a dejar que sus hombres disparasen una sola serie a título de práctica con objeto de que supieran `por lo menos cómo funcionaba el arma. Le respondí que no podíamos permitirnos el lujo de gastar la pólvora en salvas y que era preciso reservar las municiones para dispararlas en el último momento y a la menor distancia posible del enemigo. La bomba “adhesiva” No era hora, por lo tanto, de entretenerse en arbitrar recursos por la vía normal. A fin de evitar que las ideas y proyectos interesantes de carácter técnico quedasen sometidos al complicado procedimiento de la máquina gubernamental, decidí asumir personalmente, en mi calidad de ministro de Defensa, la dirección del Instituto de Experimentación creado por el comandante Jeffries en Whitchurch. Cuando en 1939 preparaba mi estudio acerca de las minas fluviales, sostuve una relación muy fructífera con aquel brillante jefe militar; su espíritu inquieto y su inventiva dieron lugar a realizaciones muy notables en el curso de toda la guerra. Lindemann (actualmente lord Cherwell) estaba en estrecho contacto con él y conmigo. Yo ponía simultáneamente en juego el cerebro de ambos y mi autoridad. El comandante Jeffries y otros técnicos a sus órdenes trabajaban en un modelo de bomba de mano que, arrojada contra un tanque, había de quedar adherida al mismo. Como se sabe, el impacto de un explosivo de gran potencia en una plancha de acero es decisivo. Las aplicaciones de este nuevo tipo de arma ofensiva podían ser muy amplias; por consiguiente, hice cuanto estuvo en mi mano para dar impulso a su perfeccionamiento. Del primer ministro al general Ismay. “24-06-40 “Tengo entendido que las pruebas no han sido del todo satisfactorias, pues la bomba no se adhiere a los tanques cubiertos de polvo y barro. El comandante Jeffries debe perseverar en sus intentos; a buen seguro podrá utilizarse alguna mezcla de mayor poder adhesivo. “Deseo hacer constar que consideraré sumamente desagradable cualquier comentario irónico por parte de los funcionarios del Ministerio – que se vienen mostrando escépticos acerca de la eficacia de esta bomba – sobre el hecho de que hasta ahora no hayan tenido pleno éxito las pruebas realizadas.” Finalmente, la bomba “adhesiva” quedó aceptada como una de nuestras mejores armas de urgencia. No hubimos de utilizarla en la metrópoli, por fortuna; pero en Siria, donde la lucha se desarrolló en condiciones igualmente rudimentarias, se puso de manifiesto su efectividad. Fábricas de moral ciudadana Del Jefe del Gobierno al ministro de Información “26-06-40. “Es necesario señalar a la Prensa y a la Radio la conveniencia de que traten todo lo relativo a los bombardeos aéreos con especial cuidado. Al reseñar los hechos, deberán abstenerse de hacerlo bajo grandes titulares, así como de darles un relieve inadecuado. Hay que acostumbrar a la gente a considerar las incursiones aéreas como algo inevitable y aun de mera rutina. No se mencionarán concretamente los nombres de las localidades afectadas. No deberán publicarse fotografías de casas destruidas por las bombas, a menos que sirvan para ilustrar, por ejemplo, la solidez y utilidad de los refugios antiaéreos. “Conviene imbuir en la mente de todos y de cada uno la idea de que la gran mayoría de las personas no llegan a sufrir consecuencias de un solo bombardeo. Todo el mundo debe acostumbrarse a no conceder a las incursiones aéreas y a las correspondientes señales de alarma más importancia de la que suele darse a las tronadas… La Prensa puede desempeñar un magnífico papel en este aspecto.” Voces en el desierto Como fueran en aumento los rumores de propuestas de paz y recibiéramos además, a través de nuestra Legación en Berna, un mensaje procedente del Vaticano en este sentido, creí oportuno dirigir la siguiente nota al ministro de Asuntos Exteriores. “28-06-40. “Confío se expondrá con toda claridad al Nuncio que no deseamos en absoluto conocer las condiciones de una paz con Hitler, y que está rigurosamente prohibido a todos nuestros agentes diplomáticos aceptar la menor sugestión acercas de este particular.” Esquema preliminar El 25 de junio, el general Ironside, comandante en jefe de las Fuerzas Metropolitanas, dio cuenta de sus planes a los jefes de Estado Mayor. Como es de suponer, los técnicos los estudiaron concienzudamente; por mi parte, los examiné asimismo con no poca atención. Después de lo cual quedaron aprobados en su totalidad. Tres elementos fundamentales contenía aquel esquema preliminar de una vasta organización futura: 1º. Una “corteza” de trincheras en las playas susceptibles de ser utilizadas por el enemigo en un intento de invasión; los defensores de aquellas zonas lucharían en sus puestos, con el apoyo de reservas móviles prestas a lanzar rápidos contraataques. 2º Una línea de obstáculos antitanques, guarnecida por la Guardia Metropolitana, que cubriría la región centro oriental de Inglaterra y protegería a Londres y a los grandes núcleos industriales contra probables irrupciones de vehículos blindados. 3º Detrás de la citada barrera, el grueso de las fuerzas de reserva dispuestas para emprender la contraofensiva en un momento dado. En el curso de las semanas y los meses subsiguientes se introdujeron infinidad de pequeñas modificaciones en aquel plan original, destinadas a perfeccionarlo; pero la estructura general siguió siendo la misma. Todas las tropas, al ser atacadas, deberían resistir con firmeza, no sólo en sentido frontal sino aplicando tácticas de diverso orden según las exigencias de cada momento, en tanto que otras fuerzas acudirían rápidamente a los puntos neurálgicos para aniquilar a los agresores, ya procediesen éstos del mar o del aire. Teníamos previstas las medidas necesarias para hostilizar al enemigo por su retaguardia, cortarle o dificultarle las comunicaciones y destruirle el material, tal como hicieron los rusos con muy buenos resultados cuando la impetuosa corriente alemana inundó su territorio un año más tarde. A buen seguro muchas personas estaban atónitas en aquella época al observar las incontables actividades que se desarrollaban en su derredor. Comprendían evidentemente la necesidad de colocar minas y alambradas en las playas, poner obstáculos antitanques en los desfiladeros, 38 establecer blocaos en los cruce de carreteras; aceptaban las inesperadas intrusiones en sus casas para llenar sacos terreros un ático, así como la presencia de equipos de obreros en sus campos de ·”golf” o en sus bien cuidados campos. Jardines y huertos para abrir alguna profunda zanja o realizar otras obras parecidas. Por regla general, toleraban todos estos inconvenientes y molestias. Pero no cabe duda de que muchas veces se preguntaran si realmente obedecía aquello a un plan general o si se trataba trataba no más que de un puñado de individuos que ejercían a troche y moche sus flamantes poderes de intromisión en la propiedad de los ciudadanos. Defensa coordinada Existía, empero, un plan central perfectamente estudiado y coordinado y que lo abarcaba todo. todo. Helo aquí, en forma esquemática: El mando Supremo tenía su Gran Cuartel General en Londres. El territorio de la Gran Bretaña y de Irlanda del Norte estaba distribuido en siete regiones, y éstas, a su vez, en zonas de cuerpos de ejército y sectores de división. división. La mayor parte de los efectivos de cada uno de estos sectores, zonas y regiones tenía el carácter de reserva móvil y tan sólo se destinaba una proporción mínima de las tropas a guarnecer g las defensas locales. izaron glacis defensivos en cada sector de división y detrás de éstos se procedió a hacer lo propio en Gradualmente, playas adentro, se organizaron las zonas de cuerpos de ejército,, hasta que el conjunto del sistema llegó a tener una profundidad que oscilaba entre los 150 y los 170 kilómetros. Detrás del sistema en cuestión establecimos la principal barrera antitanques que cruzaba la Inglaterra meridional y se remontaba hacia el Norte hasta el condado de Nottingham. Finalmente, teníamos la masa de reservas, bajo las órdenes directas del comandante comand el jefe de las Fuerzas Metropolitanas. En todo el ámbito del país, cubriendo globalmente una extensión de muchos miles de kilómetros cuadrados, erigimos obstáculos destinados a impedir el aterrizaje de tropas aerotransportadas. Todos nuestros aeródromos, estaciones estaciones de “radar” y depósitos de carburante requerían guarniciones especiales de protección. Asimismo infinidad de “puntos vulnerables”, centrales eléctricas, puentes, arsenales, fábricas de importancia vital, etc., necesitaban fuerzas permanentes de vigilancia vigilancia en previsión de sabotajes o de ataques súbitos. Se habían cursado las órdenes pertinentes para la inmediata destrucción de los elementos que pudieran ser útiles al enemigo en e caso de caer en sus manos. Teníamos previstas en sus más nimios detalles la voladura de las instalaciones portuarias, la obstrucción de las arterias principales de comunicación ferroviaria y por carretera, la paralización del transporte y la inutilización de las centrales telefónicas t y telegráficas, antes de que cualesquiera de estas e cosas pasaran a poder del invasor. No obstante, a pesar de este conjunto de precauciones tan sabias como necesarias – y en cuya adopción los servicios civiles colaboraron sin reservas con los elementos militares --,, nunca se pretendió aplicar una táctica táctica de “tierra calcinada”. El pueblo de Inglaterra tenía que defender el suelo patrio, no arrasarlo. CAPITULO XV Forcejeos al borde de la catástrofe Acaso las generaciones futuras consideren extrañó el hecho de que nunca figurase en el orden del día del Gabinete de Guerra el tremendo problema de si debíamos continuar solos la lucha o no. Para aquellos hombres, representantes de todos los Partidos políticos británicos, la prosecución de la guerra era algo tan natural que no cabía siquiera entrar entrar en discusiones acerca de ello. Teníamos, por lo demás, demasiados quehaceres para perder el tiempo en cuestiones académicas y metafísicas. Era también unánime la confianza con que nos disponíamos a afrontar la nueva fase de los acontecimientos. Decidimos exponer a los Dominios la verdad pura y simple. El Gabinete me invitó a dirigir un mensaje en el mismo sentido al presidente Roosevelt, así como a vigorizar el ánimo del Gobierno francés, dándole plenas garantías de que prestaríamos a nuestro aliado la máxima xima ayuda posible. Malos augurios El 13 de junio de 1940 realicé mi última visita a Francia, cuya tierra no volvería a pisar hasta cuatro años después, casi día por día. El Gobierno francés se había retirado a Tours y la tensión no había cesado de ir en e aumento. Llevé conmigo a Edward Halifax y al general Ismay. Max Beaverbrook – que allí donde hay dificultades esta en su elemento – se brindó espontáneamente a acompañarme. Aquella vez el cielo estaba completamente despejado y emprendimos el vuelo en medio med de nuestra escuadrilla de “Hurricanes”, aunque hubimos de dar un rodeo bastante más pronunciado que en el viaje precedente. Al llegar encima de Tours nos encontramos con que el aeródromo había sufrido un violento bombardeo la noche anterior, pero nuestroo aparato y toda la escolta aterrizaron normalmente a pesar de los cráteres producidos por las bombas. 39 En seguida nos dimos cuenta de lo mucho que había empeorado la situación. Nadie acudió a recibirnos, ni nadie parecía esperar espera nuestra llegada. Pedimos unn coche de servicio al jefe del aeropuerto y, una vez en la ciudad, nos dirigimos a la Prefectura, donde se decía que estaba instalado el Gobierno francés. No había allí ningún personaje importante, si bien alguien nos comunicó que Reynaud no tardaría tardarí en llegar, procedente del campo, y que Mandel estaría también con nosotros al cabo de poco rato. Como eran ya casi las dos de la tarde, propuse que saliésemos a almorzar. Las calles estaban poco menos que bloqueadas por los lo automóviles de los refugiados; muchoss de ellos llevaban un colchón en la capota y todos aparecían cargados de equipaje hasta lo inverosímil. Encontramos un café, cerrado por cierto; tras algunas explicaciones conseguimos que nos sirvieran una comida. Hacia la mitad del almuerzo recibí la visita visita de M. Baudouin, funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores francés, cuya influencia había aumentado notablemente en los últimos días. Empezó en seguida a hablar, en un tono suave y meloso, de la Inutilidad de toda resistencia r por parte de los franceses. nceses. Si los Estados Unidos declaraban lea guerra a Alemania, acaso Francia podría continuar luchando. ¿Cuál era mi opinión? Como no deseaba tratar con él un tema tan delicado, me limité a indicar que confiaba que Norteamérica entraría en la guerra y que, desde luego, nosotros estábamos resueltos a no cejar. A raíz de aquella conversación, según me dijeron más tarde, Baudouin se dedicó a propalar el infundio de que yo había convenido en que Francia debía rendirse si los Estados Unidos no entraban en la guerra. gu Una chispa de luz Volvimos después a la Prefectura, donde nos esperaba M. Mandel, ministro de Información. El antiguo y fiel secretario de Clemenceau, Clem heredero espiritual del gran estadista, parecía hallarse en una excelente disposición de ánimo. Era la energía combativa personificada. El apetitoso pollo que le habían servido para almorzar estaba todavía intacto en la bandeja que tenía delante. Mandel era como un u rayo de sol en el lóbrego ambiente de la ciudad. Con un teléfono en cada mano, no cesaba cesaba un instante de dictar órdenes y adoptar decisiones. Sus ideas eran asaz simples; continuar luchando en Francia hasta el último momento, con objeto de que el movimiento de repliegue replie hacia África se llevase a efecto con el mayor orden y la máxima amplitud posible. Era la última vez que veía a aquel valeroso francés. Con plena justicia la Republica Francesa restaurada mandó fusilar a los mercenarios que le asesinaron. Sus compatriotas y sus aliados le recuerdan con el respeto debido a los que murieron por el el ideal común. “En caso de que ocurriese lo peor…” M. Reynaud llegó al poco rato. Veíasele deprimido. El general Weygand le había comunicado que los ejércitos franceses estaban exhaustos. El frente había sido roto en diversos puntos; el alud de refugiados descendía incontenible por todas las carreteras y caminos del país, dificultando extraordinariamente la retirada militar; en muchas de las unidades reinaba el desorden más espantoso. El generalísimo creía que era necesario pedir un armisticio antes tes de que Francia se viese sumida en el caos por falta de suficientes tropas organizadas para mantener el orden hasta la firma del tratado de paz. Tal era la opinión de las autoridades militares. mismo día un nuevo mensaje a Por su parte, el jefe del Gobierno se disponía a dirigir aquel aq Mr. Roosevelt diciéndole que había sonado la hora postrera y que la suerte de la causa aliada dependía de la actitud de Norteamérica. Tenía ya cuerpo, pues, la idea de que la intervención de los Estados Unidos era la único que podía evitar el armisticio y la paz. le había encargado el día Siguió diciéndole M. Reynaud que el Consejo de Ministros británica en caso de que anterior que se informase acerca de cuál sería la postura atenerse al solemne compromiso ocurriese lo peor, el, personalmente, era partidario partida de por separado. El general de que ninguna de las dos naciones aliadas firmaría la paz Weygand y otros señalaban que Francia lo había sacrificado todo a la causa común; ya no le quedaba nada; pero había conseguido debilitar en gran manera al enemigo. En tales circunstancias, sería un rudo golpe que la Gran Bretaña se negase a reconocer que Francia se hallaba en la imposibilidad física de resistir por más tiempo y pretendiese que su aliado continuara luchando, con lo cual todo t el pueblo francés quedaría expuesto a la labor sistemática de corrupción y degradación que indudablemente emprenderían los crueles especialistas en el arte de obligar a las naciones vencidas a doblar la cerviz. He aquí, por lo tanto, la pregunta que Reynaud Re desvía formular: ¿Comprendería la Gran Bretaña la dura realidad de los hechos que abrumaban a Francia? Puntos de vista divergentes La minuta oficial británica de la entrevista dice así: “Mr. Churchill afirmó que la Gran Bretaña se daba perfecta cuenta cuenta de lo mucho que Francia había sufrido y estaba sufriendo. Oportunamente le tocaría el turno a ella, y se hallaba dispuesta a afrontar los acontecimientos. Sentía verse obligada a reconocer lo escaso escas de su contribución a la lucha terrestre en aquellos momentos, debido a los reveses ocasionados por la aplicación, en el sector septentrional, de unas medidas estratégicas previamente acordadas con sus aliados. Los ingleses no habían tenido que soportar aún en su propio territorio el azote alemán, pero no ignoraban noraban cuan grande era su furia. Sin embargo, sólo tendían una idea; ganar la guerra y acabar con el hitlerismo. Todo quedaba quedab subordinado a este supremo objetivo; ni dificultades ni pesadumbres lograrían hacerles varias de opinión. “El primer ministro estaba aba seguro de la capacidad del pueblo británico para resistir las más terribles adversidades, y conocía asimismo su tenacidad a la hora de devolver golpe por golpe hasta la derrota definitiva del enemigo. Por consiguiente, el Gobierno británico britán confiaba que Francia proseguiría la lucha al sur de París, hasta el mar y, llegado el caso, desde África del Norte. Era preciso ganar tiempo tiem a toda costa. El período de espera no sería ilimitado; una promesa por parte de los Estados Unidos podría abreviar considerablemente considerabl la duración del mismo. “La otra solución supondría casi fatalmente la destrucción de Francia. Hitler no respetaría compromiso alguno. En cambio, si Francia permanecía en la brecha con su poderosa Flota, su vasto Imperio, su Ejército capaz aún de llevar llevar a cabo una guerra de guerrillas en gigantesca escala; si Alemania fracasaba en su intento de hundir a Inglaterra – empresa que el enemigo debía coronar, so pena de perecer –; y si, finalmente, la propia Alemania perdía la supremacía aérea, entonces todo todo el odioso edificio del nazismo se vendría abajo sin remedio. “Suponiendo que Norteamérica aportase una ayuda inmediata, que podría incluso tener el carácter de una declaración de guerra, la victoria aliada no tardaría demasiado en producirse. Pero en cualquier cualquier caso, Inglaterra seguiría luchando. Su decisión non había variado ni variaría jamás: nada de componendas, nada de rendición. Para ella, la disyuntiva era tajante; morir o vencer. Esta fue la respuesta de Mr. Churchill a M. Reynaud. 40 “M. Reynaud repuso uso que él no había dudado nunca de la determinación de Inglaterra. Deseaba, no obstante, saber cómo reaccionaría el Gobierno británico en el caso de que el Gobierno francés – el suyo u otro – dijese, por ejemplo: “Sabemos que ustedes “seguirán adelante. Nosotros osotros haríamos lo mismo si viésemos alguna “posibilidad de victoria. Pero no vemos probabilidades suficientes de “triunfo próximo. p No podemos contar con la ayuda norteamericana. “No “ hay luz al otro extremo del túnel. No podemos abandonar a “nuestro pueblo puebl a la dominación alemana por tiempo indefinido. “Hemos de pactar con el enemigo. No tenemos opción…” “Era ya demasiado tarde para organizar un reducto en la Bretaña. En ningún punto del suelo nacional se hallaría fuera del alcance alc del enemigo un Gobierno genuinamente francés... Por lo tanto, cabría formular la pregunta a la Gran Bretaña en los siguientes términos: “¿Están ustedes dispuestos a reconocer que Francia ha “dado lo mejor de si misma, su juventud y su sangre; que no puede “ya hacer más, más y que, al no quedarle nada para contribuir a la causa “común, tiene derecho a concluir una paz separada sin quebrantar “por ello la solidaridad solida implícita en el solemne acuerdo firmado “hace tres meses?” “Mr. Churchill declaró que en caso alguno la Gran Bretaña malgastaría malgastaría tiempo ni energías en reproches y recriminaciones. Lo cual no significaba que hubiese de dar su conformidad a ninguna iniciativa contraria al reciente acuerdo. Ante todo, M. Reynaud debía cursar su mensaje al, presidente Roosevelt exponiéndole la situación con toda su crudeza. Antes de decidir la actitud futura, convenía esperar la contestación norteamericana a dicho mensaje. Si Inglaterra ganaba la guerra, Francia vería restablecida su dignidad y su grandeza.” gran La última esperanza: Norteamérica Teniendo en cuenta la extrema gravedad de los puntos sometidos a nuestra consideración por el Gobierno francés, rogué a monsieur monsi Reynaud que me permitiese retirarme con mis colegas antes de dar una respuesta definitiva. Así, pues, lord Halifax, lord Beaverbrook Beaver y los demás miembros de la delegación británica salimos a un jardín húmedo, pero soleado, y deliberamos allí por espacio de media hora. Al entrar de nuevo en el despacho en que aguardaba el primer ministro francés, reafirmé nuestra postura, ya conocida. conoci No podíamos acceder a la conclusión de una paz separada, fuesen cuales fuesen los términos de la misma. Nuestro uestro objetivo seguía siendo la derrota final de Hitler, y continuábamos creyendo que podríamos alcanzarlo. No nos era factible, por lo tanto, relevar rel a Francia de las obligaciones por ella contraídas. Ocurriese lo que ocurriese, no formularíamos reproche alguno a Francia; pero entre esto y considerarla desligada de su compromiso mediaba un abismo imposible de salvar. Hice hincapié una vez más en la l necesidad de que el Gobierno francés dirigiese sin tardanza al presidente Roosevelt un nuevo llamamiento, que nosotros apoyaríamos desde Londres. M. Reynaud se mostró de acuerdo con esto y prometió que los franceses seguirían resistiendo hasta conocer el el resultado de su llamamiento decisivo. Antes de partir hice a M. Reynaud una petición concreta. Había en Francia más de 400 pilotos alemanes prisioneros, derribados en su mayoría por el fuego de nuestros aviones. En vista de la situación, la más elemental prudencia aconsejaba enviarlos a Inglaterra para que quedasen bajo nuestra custodia. Reynaud me dio la promesa formal de hacerlo así, pero muy luego, al dimitir, se vio en la imposibilidad imp material de cumplirla. Todos aquellos pilotos alemanes pasaron a engrosar los efectivos que el enemigo lanzó a la batalla de la Gran Bretaña, y hubimos de abatirlos por segunda vez. “El hombre del destino” Terminada nuestra conversación, M. Reynaud nos llevó consigo a una habitación contigua donde se hallaban M. Herriot y M. Jeanneney, presidentes de la Cámara y del Senado respectivamente. Con vehemente emoción, aquellos dos patriotas franceses se expresaron a favor de continuar la lucha hasta la muerte. Al descender por la escalera, llena de gente, en dirección al patio de la Prefectura. Vi al general De Gaulle, rígido, impasible, de pié junto a la puerta. Le saludé y, en voz baja, le dije, en francés: “L’homme “ du destin”. No parpadeo siquiera. En el patio había cosa de un centenar de personalidades francesas. Todos Todos los rostros reflejaban un profundo desaliento. Alguien me presentó al hijo de Clemenceau; le estreché vigorosamente la mano. Los “Hurricanes” estaban ya en el aire, y durante el viaje de regreso, que fue rápido y discurrió sin contratiempos, dormí profundamente. pr Sabia precaución, porque estaba lejos aún la hora de acostarse. Reacción optimista Después de nuestra salida de Tours, hacia las cinco y media de la tarde, M. Reynaud reunió de nuevo en Cangé a los miembros de d su Gabinete. Estaban molestos por el hecho de que mis colegas y yo no hubiésemos ido a entrevistarnos con ellos. Nos habría complacido mucho verles, retrasando todo lo necesario la hora de nuestro regreso a Inglaterra. Pero no recibimos invitación alguna en tal ta sentido; ni siquiera sabíamos os que hubiera de celebrarse una reunión del Gabinete francés. En Cangé se tomó el acuerdo de trasladar a Burdeos la sede del Gobierno, y Reynaud despachó su telegrama a Roosevelt pidiéndole, en términos desesperados, que entrara por lo menos en escena escen la Flota norteamericana. A las 10’15 de la noche informé al Gabinete de Guerra acerca de mi reciente viaje. Mis dos compañeros confirmaron mi declaración. declarac Estábamos reunidos todavía cuando llegó el embajador Kennedy con la respuesta del presidente Roosevelt al a llamamiento hecho por M. Reynaud el 10 de Junio. 41 Del presidente Roosevelt a M. Reynaud. “13-6-40. “Su mensaje del 10 de junio me ha emocionado profundamente. Según dije ya a usted y a Mr. Churchill, el Gobierno de los Estados Unidos hace todo cuanto está en su mano para poner a disposición de los Gobiernos aliados el material que con tanta urgencia necesitan, y redoblamos nuestros esfuerzos para hacer aún más. Nuestra actitud responde a la fe que tenemos en el ideal que defienden los aliados con las armas, así como a nuestro deseo de contribuir a su triunfo. “La magnifica resistencia de los Ejércitos francés y británico tiene vivamente impresionado al `pueblo norteamericano. “A mi, personalmente, me ha conmovido de modo especial su declaración de que Francia seguirá luchando por la democracia, aunque ello implique una lenta retirada hasta el Atlántico e incluso a África del Norte. Es de suma importancia no olvidar que las flotas francesa y británica continúan siendo dueñas de la situación en el atlántico y en otros mares; conviene también recordar que todos los ejércitos necesitan, para su subsistencia, recibir material bélico esencial procedente del exterior. “Me confortó asimismo grandemente la afirmación hecha pocos días atrás por el primer ministro Churchill sobre la inflexibilidad de la resistencia del Imperio Británico; creo que esta decisión es aplicable también al gran Imperio francés en todas las partes del mundo. En los conflictos mundiales, sigue siendo el poderío naval el que decide el curso de la Historia, como muy bien sabe el almirante Darlan.” Todos consideramos que el presente Roosevelt había dado un gran paso adelante. Después de autorizar a Reynaud a publicar su mensaje del 10 de junio, con todo lo que esto suponía, no vacilaba ahora en enviar aquella sensacional respuesta. Si, basándose en ella, Francia decidía continuar sufriendo las torturas de la guerra, los Estados Unidos se verían en gran manera comprometidos a intervenir en la contienda. En cualquier caso, la respuesta del presidente contenía dos puntos que equivalían a una declaración de beligerancia: 1º Promesa de aportar toda la ayuda material necesaria, lo cual implicaba un apoyo activo; 2º Exhortación a proseguir la lucha, aun cuando el Gobierno francés se viese obligado a abandonar el territorio nacional. CAPITULO XVI Cuando todo se hundía (Tanto Mr. Churchill como M. Reynaud concedían gran importancia a la comunicación – transcrita en el artículo precedente – que este último había recibido del presidente Roosevelt el 13 de junio de 1940 animando a los franceses a proseguir la lucha. Mr. Churchill había rogado al Presidente que permitiese la inmediata publicación del citado mensaje. “Estoy seguro – decía el primer ministro británico en su llamamiento a Roosevelt – de que esto servirá para evitar que los franceses concierten con Hitler una paz que sería humillante para su Patria”.) Al día siguiente recibimos un telegrama del Presidente en el cual decía que no le era posible autorizar la publicación de su mensaje a Reynaud. El, personalmente, según Mr. Kennedy, deseaba contestar afirmativamente; pero el Departamento de Estado, aun simpatizando con su punto de vista, consideraba que tal cosa podía acarrear graves consecuencias. Respuesta decepcionante El presidente me daba las gracias por mi informe relativo a la entrevista de Tours y felicitaba a los Gobiernos británico y francés por el coraje de sus tropas. Reiteraba sus seguridades acerca del suministro de todo el material y todos los pertrechos posibles; pero añadía que había ordenado al embajador Kennedy me comunicase que su mensaje del 13 de junio no pretendía entrañar, ni entrañaba en efecto, compromiso alguno de i9ntervención militar por parte del Gobierno de los Estados Unidos. De acuerdo con la Constitución norteamericana, la única autoridad que podía contraer un compromiso de tal naturaleza era el Congreso. El problema de la Flota francesa preocupaba de modo especial al Presidente. A petición suya, el Congreso había votado un crédito de cincuenta millones de dólares con destino al suministro de víveres y ropa a los refugiados civiles franceses. Para terminar, me aseguraba que se hacía perfecto cargo de la importancia y la significación de las declaraciones contenidas en mi mensaje. Decepcionante telegrama era aquel. Todos los que me rodeaban comprendían sin esfuerzo que el Presidente se exponía a ser acusado de excederse en sus atribuciones constitucionales y a perder por consiguiente la elección, muy próxima ya, de la que dependían nuestra suerte y muchas cosas más. Yo estaba convencido de que Roosevelt sacrificaría gustoso su propia vida, cuanto más su elevado cargo oficial, por la causa mundial de la libertad, tan terriblemente amenazada en aquel momento. Pero ¿Qué se habría adelantado con eso? Problemas de vida o muerte 42 En mi respuesta, y con objeto de que el Presidente pudiera esgrimirlos ante otras personas, intentaba exponerle algunos argumentos argum relativos al peligro que supondría para los Estados Unidos el hundimiento total de Europa y la cesación cesación de la resistencia británica. No se trataba de un problema sentimental, sino de una cuestión de vida o muerte. Ex Personaje Naval al presidente Roosevelt. Roosevelt “14-15 junio 1940 “Le agradezco su telegrama; he comunicado los párrafos esenciales del mismo a Reynaud, Reynaud, a quien yo había dejado entrever perspectivas bastante mas halagüeñas; estoy seguro de que le decepcionará el veto impuesto a la publicación del mensaje de usted. Me hago cargo de todas las dificultades en que usted se encuentra con la opinión pública pública y el Congreso norteamericanos; pero la situación empeora a un ritmo tan acelerado que la opinión pública de ese país se verá desbordada por los hechos cuando finalmente esté madura para comprender la realidad. “¿Ha reflexionado usted acerca de las ofertas que Hitler puede considerar oportuno dirigir a Francia? Por ejemplo: “Entregadme la Flota intacta y dejaré en vuestras manos Alsacia y Lorena”. O bien, por el contrario. “Si no me dais los barcos, os destruiré las ciudades”. c Personalmente, estoy convencido nvencido de que Norteamérica acabará por intervenir arrostrando todas las consecuencias, pero el momento actual es de extrema gravedad para Francia. Una declaración en el sentido de que, si es necesario, los Estados Unidos entrarán en la guerra, gu podría salvar var a Francia. De otro modo, es probable que dentro de pocos días se hunda por completo su resistencia y nos quedemos solos. “Aunque el Gobierno actual y yo mismo no vacilaremos un instante en mandar nuestra floto allende el Atlántico si aquí resultase result imposible toda resistencia, puede llegar un momento en que los ministros de hoy dejen de ser dueños de la situación y se vislumbre la esperanza e de obtener unas condiciones de paz muy ventajosas para la Gran Bretaña mediante su integración en el Imperio hitleriano hitle en calidad de Estado vasallo. Sin duda alguna se co9nstituiría un Gobierno germanófilo para negociar la paz. Gobierno que expondría a una nación destrozada d o hambrienta argumentos casi incontrovertibles en favor de una entera sumisión a la voluntad nazi. “La Suerte de la Flota británica, según ya dije a usted en otra ocasión, sería de capital importancia para el futuro de los Estados Unidos, pues junto con las flotas japonesa, francesa e italiana, más los grandes recursos de la industria alemana, Hitler Hitler dispondría de una superioridad naval abrumadora. Acaso la utilizaría, desde luego, con generosa moderación. Pero también cabe imaginar que adoptaría una actitud diametralmente opuesta. Esta revolución en el equilibrio de las fuerzas navales podría producirse producirse con gran rapidez y a buen seguro mucho antes de que Norteamérica estuviese en condiciones de prepararse a hacerle frente. Si nosotros nos hundimos, corren ustedes el e peligro de encontrarse ante unos Estados Unidos de Europa situados bajo la égida nazi, nazi, es decir, ante un bloque indefinidamente más poblado, más poderoso y mejor armado que el Nuevo Mundo. “Se muy bien, señor Presidente que su clara visión ha oteado ya esas profundidades, pero creo que me asiste el derecho de dejar de sentado claramente hasta asta que punto se hallan en juego los intereses norteamericanos en nuestra batalla de Inglaterra y en la batalla de Francia. “Remito a usted por mediación del embajador Kennedy una notas referente a los destructores, preparada para su información por el Estado Mayor de la Marina. Si, como es seguro, nos vemos obligados a mantener en la costa oriental de la isla el grueso de nuestras unidades de este tipo para hacer frente a cualquier intento de invasión, ¿Cómo podremos repeler los ataques germano-italianos germano italianos contra los barcos mercantes, de cuya libertad de movimiento depende nuestra existencia? El envío de los 35 destructores, tal como le indiqué en una comunicación comunicac anterior, nos permitirá compensar el déficit actual hasta la entrada en servicio de nuestros nuevos nuevos buques en construcción, prevista para fines de este año. Se trata de una medida práctica, concreta, posiblemente decisiva, susceptible de ser adoptada en seguida; ruego a usted con especial interés se sirva dedicar la máxima atención a este asunto.” Un proyecto irrealizable A todo lo largo del frente francés, la gran batalla desorganizada trocaba a su fin. Sólo me falta reseñar el modesto papel que qu las fuerzas británicas pudieron desempeñar en aquella última fase. El general Brooke se había distinguido do en la retirada de Dunkerque y particularmente al taponar con éxito la brecha abierta por la capitulación belga. Por lo tanto, le habíamos confiado el mando de las tropas británicas que quedaban en Francia y de todos los refuerzos que enviáramos hasta quee nuestros efectivos tuviesen importancia suficiente para exigir la presencia de lord Gort en calidad de comandante del ejército. ejérc Brooke había llegado entretanto a Francia, el 14 de junio celebro una entrevista con los generales Weygand y Georges. Weygand le comunicó que las fuerzas francesas no se hallaban ya en condiciones de ofrecer una resistencia coherente ni de proceder a una acción concertada. El Ejército francés estaba literalmente descuartizado en cuatro grupos, de los cuales el Décimo Ejército era e el situado más al Oeste. Le dijo también Weygand que los Gobiernos aliados habían acordado establecer una cabeza de puente en la península de Bretaña que seria defendida conjuntamente por tropas francesas y británicas a lo largo de una línea en sentido general Norte-Sur, pasando por Rennes. Le ordenó, por consiguiente que desplegase sus fuerzas en un frente defensivo con aquella ciudad como puntos centradle apoyo. Al señalar Brooke que el frente en cuestión tenía una longitud de 150 kilómetros, y se nece necesitarían por lo menos quince divisiones para guarnecerlo, el generalísimo le respondió que debía considerar aquellas instrucciones como una orden directa. Verdad es que el 11 de junio, en Briare, Reynaud y yo convinimos en tratar de establecer una especie de “línea de Torres Vedras” (se refiere a las grandes líneas fortificadas que lord Wellington, en la campaña de Portugal de 1810-11, 1810 mandó construir para defenderse de las fuerzas napoleónicas al mando de Massena) en la base de la península bretona. Pero ya y en aquellos momentos todo se desintegraban rápidamente, y el citado plan no llegó a ponerse en práctica. El proyecto en sí era acertado pero faltaron los hechos necesarios para darle cuerpo de realidad. Una vez dispersos o destruidos los principales ejércitos ejé franceses, aquella cabeza de puente, pese a su valor estratégico, no habría podido aguantar duramente mucho tiempo un ataque concentrado alemán. Pero tan solo unas cuantas semanas de resistencia en aquel 43 punto, habrían permitido mantener el contacto con Inglaterra y, hubiesen dado lugar a los franceses para trasladar a África importantes contingentes de tropas retiradas de otras partes del inmenso frente a la sazón convertido en harapos. Si la batalla debía continuara en Francia, ello únicamente era posible en el “hinterland” de Brest y en regiones boscosas o montañosas como los Vosgos. Francia había de elegir entre esto y la rendición. Nadie, pues, tiene derecho a mofarse de la idea de establecer en aquellos momentos una cabeza de puente en Bretaña. Los ejércitos aliados, bajo el mando de Eisenhower – que en 1940 no era más que un oscuro norteamericano – habrían de reconquistárnosla años después a costa de terribles sacrificios. “Hay que abandonar la partida” A raíz de su conversación con los jefes militares franceses, y tras enjuiciar desde su propio Cuartel General el conjunto de acontecimientos que empeoraba por momentos, el general Brooke informó por telégrafo al Ministerio de la Guerra y por teléfono a mister Eden, que la situación era desesperada. Convenía suspender todo ulterior envío de refuerzos, y lo que quedaba del Cuerpo Expedicionario británico – unos 150.000 hombres – debía reembarcar inmediatamente. El 14 de junio, por la noche, temeroso de que mi conocida obstinación provocara una catástrofe, me llamó por teléfono a través de una línea que afortunadamente y con grandes esfuerzos continuaba en servicio, y me expuso con insistencia su punto de vista. Yo le oía muy bien y al cabo de diez minutos quedé convencido de que le asistía la razón y que debíamos abandonar la partida. Se cursaron las órdenes oportunas. Brooke fue relevado de sus obligaciones para con el Mando francés. Empezó el reembarque de tropas y de ingentes cantidades de material y abastecimientos. La vanguardia de la División canadiense, que había bajado ya a tierra, volvió a bordo; y la 52ª División –que, excepción hecha de su 157ª Brigada, no había entrado todavía en combate– se replegó hacia Brest. No fue retirado ni uno solo de los soldados británicos encuadrados en el Décimo Ejército francés; pero todas nuestras fuerza restantes embarcaron en Brest, Cherburgo, Saint-Malo y Saint-Nazaire. El 15 de junio, las tropas británicas recibieron orden de recobrar su libertad de movimientos respecto al Décimo Ejército francés, y al día siguiente, con ocasión de un nuevo repliegue de esta última unidad hacia el Sur, se dirigieron a Cherburgo. La 157ª Brigada, tras dura lucha, rompió el contacto con el enemigo aquella misma noche, retirose valiéndose de sus camiones y embarcó a última hora del día 17. El 17 de junio tuvimos conocimiento de que el Gobierno Pétain había solicitado un armisticio y ordenado a las fuerzas francesas que dejaran de combatir, sin informar siguiera de todo ello a nuestras tropas. En consecuencia, dimos orden al general Brooke de abandonar Francia con todos los efectivos que pudiera y con todo el material que lograse salvar. La evacuación definitiva Repetimos entonces un considerable escala, aunque con buques mayores la evacuación de Dunkerque. Más de veinte mil oficiales y soldados polacos que se habían negado a capitular, abriéronse paso hasta el mas y pasaron a Inglaterra a bordo de nuestros navíos. Los alemanes persiguieron a las tropas británicas en todos los puntos. En la península de Cotentin estaban en contacto con nuestra retaguardia, a dieciséis kilómetros al sur de Cherburgo, el día 18 por la mañana. El último barco zarpó a las cuatro de la tarde, cuando el enemigo se hallaba a cinco kilómetros escasos del puerto. Dejamos en sus manos a un número ínfimo de prisioneros. En total, a través de los distintos puertos franceses, evacuamos 136.000 oficiales y soldados británicos y 310 cañones; con las tropas polacas, la cifra global ascendió a 156.000 hombres. Esto constituye un timbre de honor para la sección del Estado Mayor del general Brooke, que tuvo a su cargo las operaciones de embarque y cuyo jefe, el general De Fonbanque, de nacionalidad británica, murió poco después a consecuencia del agotador esfuerzo realizado. No menos accidentadas fueron las evacuaciones a través de Brest y de los puertos del Oeste. En Saint-Nazarie se registró el 17 de junio un episodio aterrador. El paquebote “Lancastria”, de 20.000 toneladas que llevaba a bordo cinco mil hombres, fue bombardeado e incendiado en el preciso momento de levar anclas. Extendiese por encima del agua, en torno al buque, una capa de petróleo ardiendo y perecieron mas de tres mil hombres. Los otros pudieron salvarse gracias a la heroica intervención de las pequeñas embarcaciones, que operaban bajo el fuego constante de los aviones enemigos. Cuando por la tarde, en la apacible sala de juntas el Gabinete, llegó este hecho a mi conocimiento, prohibí su publicación, añadiendo: “bastantes desastres tienen ya los periódicos en sus platinas, al menos por hoy”. Mi intención era permitir que la noticia viera la luz unos días más tarde, pero los acontecimientos se acumularon sobre nosotros con tal rapidez, y tan cargados de negras `perspectivas, que me olvidé en absoluto de levantar el veto, y hasta algunos años después no se hizo pública la información de aquella catástrofe. CAPITULO XVII Por la pendiente del armisticio Fuerza es que abandonemos ahora el escenario del desastre militar para dar cuenta de las convulsiones en que se debatía el Gabinete francés, así como para observar de cerca de los personajes que tenían contacto con él en Burdeos, su nueva residencia. Ilación imposible No es fácil establecer la cronología exacta de los hechos. El Gabinete de Guerra Británico estaba reunido en sesión casi permanente y a medida que tomábamos los acuerdos se iban despachando a Francia los telegramas correspondientes. Dado que se necesitaban de dos a tres horas para transmitirlos en clave y probablemente una hora más para descifrarlos y entregarlos al destinatario, los funcionarios del Foreign 44 Office utilizaban sin restricción el teléfono para comunicar los puntos esenciales de aquellos mensajes a nuestro embajador; y éste empleaba también frecuentemente el mismo procedimiento para informarnos de las respuestas que recibía. Por lo tanto, en los archivos hay documentos repetidos y, en cambio, faltan otros, lo cual da origen a una cierta confusión. Tan veloz era el desarrollo de los acont3ecimientos a ambos lados del canal de la Mancha, que todo intento de ordenar el relato como si fuese una línea argumental ininterrumpida de deliberaciones y decisiones sólo serviría para desorientar al lector. África, solución extrema M Reynaud llegó, procedente de Tours, a la nueva sede del Gobierno el 14 de junio al anochecer. Hacia las nueve recibió al embajador británico, sir Ronald Campbell, quien le informó de que el Gobierno de Su Majestad deseaba mantener en vigor el acuerdo del 28 de marzo, por el cual ambas partes quedaban obligadas a no pactar en modo alguno con el enemigo. El embajador ofreció asimismo poner todos los buques necesarios a disposición del Gobierno francés en el caso de que éste decidiera trasladarse a África del Norte. El 15 por la mañana, Reynaud recibió de nuevo a sir Ronald y le dijo que había determinado dividir su Gobierno en dos y establecer una autoridad constituida al otro lado del Mediterráneo. Esta política implicaba necesariamente situar la Flota francesa fuera del alcance de los alemanes. Poco después, aquella misma noche, llegó la respuesta del presidente Roosevelt al llamamiento que le dirigiera Reynaud el 13 de junio. Ofrecía amplia ayuda material, suponiendo que el Congreso diera su conformidad al proyecto; pero no cabía esperar una intervención de Norteamérica en la guerra. Como todos los ministros se hallaban ya en Burdeos, Reynaud convocó una reunión del Consejo para la tarde. El dilema de Weygand El general Weygand estaba convencido desde hacía días de que era inútil toda resistencia ulterior. Deseaba, por lo tanto, obligar al Gobierno a pedir un armisticio antes de que el Ejército francés dejara de tener la disciplina y la fuerza necesarias para conservar el orden interno inmediatamente después de la derrota. Sentía de antiguo una profunda antipatía por el régimen parlamentario de la Tercera Repúblicacatólico ferviente, consideraba la rutina que se abatía sobre su Patria como un castigo de Dios por haber abandonado la fe cristiana. Así, pues, en el uso de su autoridad como jefe suprema del Ejército fue mucho más allá de lo que su responsabilidad profesional, con todo y con ser muy grande, justificaba o exigía. Repetidas veces hizo constar al primer ministro que los ejércitos franceses no podían seguir combatiendo y que era preciso acabar con aquella matanza tan horrible como inútil antes de que el país entero cayese en la anarquía. Paúl Reynaud, por su parte, comprendía que la batalla de Francia estaba virtualmente terminada, pero confiaba aún proseguir la guerra desde África, apoyándose en el Imperio francés y en la Flota. Ninguno de los demás Estados invadidos por Hitler se había retirado de la contienda. Físicamente, en sus respectivos territorios, aquellos países estaban por completo subyugados; pero, allende el mar, sus Gobiernos mantenían inhiesta la bandera y conservaban viva su decisión de defender la causa de la independencia nacional. Reynaud quería seguir este ejemplo, para lo cual contaba con recursos mucho más sólidos. Buscando una solución, creyó encontrarla en el precedente de la capitulación holandesa, la cual, se bien dejaba al Ejército – cuyos jefes se habían negado a continuar luchando – en libertad para deponer las armas dondequiera que estuviese en contacto con el enemigo, no interfería el derecho soberano del Estado de llevar adelante la lucha con todos los medios a su alcance. “El Ejército no puede rendirse” Este proyecto fue objeto de enconada discusión entre el primer ministro y el generalísimo en el curso de una tempestuosa entrevista celebrada antes de la reunión del Consejo. Reynaud ofreció a Weygand entregarle una autorización escrita, firmada por el Gobierno, para que diese la orden de “alto el fuego”. Weygand rechazó indignado la `propuesta de una rendición militar. “El no se avendría jamás a manchar con aquel acto vergonzoso las banderas del Ejército francés”. El acta de rendición, que el generalísimo consideraba inevitable, había de firmarse en nombre del Gobierno y del Estado, en tanto que el Ejército, cumpliendo con su deber, se limitaría a acatarla disciplinadamente. Al actuar así, el general Weygand, a pesar de su sinceridad y su desinterés, procedía mal. Reivindicaba, en efecto, el derecho de un militar a imponer su voluntad al Gobierno legalmente constituido de la República, provocando con ello el término de la resistencia no sólo en Francia sino en todo su Imperio, contra la decisión de su jefe político legal. Ventajas inmediatas Aparte de estas formalidades y estas consideraciones sobre el honor del Ejército francés, existía un problema de orden práctico. Un armisticio oficial aceptado por el Gobierno suponía para Francia el fin de la guerra. Por medio de negociaciones podía lograrse que una zona del país quedase sin ocupar y que una parte del Ejército se librase del cautiverio; por el contrario, si la guerra continuaba en ultramar, todos aquellos que no hubiesen huido de Francia caerían bajo el control directo de los alemanes, y millones de franceses serían trasladados a Alemania en calidad de prisioneros de guerra sin contar con la protección de acuerdo alguno. Argumento de gran fuerza era éste, pero quien debía decidir sobre el particular era el Gobierno de la República y no el comandante en jefe del Ejército. Weygand, teniendo en cuenta que, a su entender, las tropas bajo su mando no podían continuar la lucha, consideraba que la República Francesa debía ceder y dar a sus fuerzas armadas una orden que él estaba desde luego dispuesto a hacer cumplir. Esta postura no tiene justificación en las leyes ni en la tradición de los Estados civilizados, como tampoco en el concepto del honor profesional de un militar. Reynaud, cercado Por lo menos en teoría, el primer ministro tenía un argumento básico. Podía haber respondido: “Está usted atentando contra la Constitución de la República. Desde este momento queda usted destituido de su cargo. Obtendrá del Presidente la aprobación necesaria”. Por desgracia, M. Reynaud no se sentía lo suficientemente seguro de su posición para adoptar esta actitud. Detrás del presuntuoso general se alzaba el ilustre mariscal Pétain, personaje central del grupo de ministros derrotistas a los que el recientemente y con tan poca visión había admitido Reynaud en el Gobierno francés; todos ellos estaban resueltos a poner fin a la guerra. Y agazapada detrás de éstos hallábase la siniestra figura de Laval, quien se había instalado en el Ayuntamiento de Burdeos con una inquieta camarilla de senadores y diputados. La política de Laval tenía el vigor y el mérito de la simplicidad: Francia debía no sólo firmar la paz con Alemania, sino también cambiar de bando; había de convertirse en aliada del vencedor, salvar sus intereses y sus provincias gracias a su lealtad y sus servicios en contra del enemigo común de allende el Canal y terminar la guerra al lado de las Potencias victoriosas. Evidentemente, M. Reynaud, agotado por los terribles esfuerzos ya realizados por él en el orden nacional, carecía en aquellos momentos de la entereza y el empuje necesarios para lanzarse a la vorágine de una prueba de tipo personal que sin duda habría desgastados las energías de un Oliver Cromwell o de un Clemenceau, de un Stalin o de un Hitler. Una “fórmula de compromiso” 45 En el curso de las discusiones que tuvieron lugar el 15 de junio por la tarde, con asistencia de M. Lebrun, presidente de la República, el primer ministro, después de exponer la situación a sus colegas, recurrió al mariscal Pétain para conseguir que el general Weygand aceptara el punto de vista del Gabinete. No cabía mayor desacierto en la elección de mediador. El Mariscal abandonó la sala. Interrunpióse la sesión. Cuando, al poco rato, Pétain volvió acompañado de Weygand, anunció que apoyaba por entero la actitud de su compañero de armas. En aquel dramático momento, uno de los ministros, M. Chautemps, deslizó una insidiosa propuesta que, dada su apariencia de fórmula compromiso, había de ser grata a los indecisos. En nombre de los elementos izquierdistas del Gabinete, declaró que Reynaud tenía razón al sostener la imposibilidad de un acuerdo con el enemigo, no obstante lo cual sería prudente hacer un gesto que uniese a los franceses. El Gobierno debía preguntar a los alemanes las condiciones para un armisticio, reservándose empero, el derecho de rechazarlas. Juego peligroso No era posible, naturalmente, aventurarse por aquella resbaladiza pendiente y detenerse luego. El simple anuncio de que el Gobierno preguntaba a los alemanes que condiciones impondrían para un armisticio era suficiente por sí mismo para destruir los últimos jirones de moral del Ejército francés. Así y todo, combinada con el acto de solidaridad Pétain-Weygand que acababan de presencial la indicación de Chautemps produjo un efecto funesto en la mayoría de los ministros. Se acordó preguntar al Gobierno británico como acogería semejante gestión, comunicándole al propio tiempo que en ningún caso habría negociaciones para entregar la Flota al enemigo. Entonces Reynaud se puso en pié y anunció su deseo de dimitir. Pero el presidente de la República le pidió que se reportara y declaró que sin Reynaud abandonaba su cargo, él haría lo mismo. Cuando se reanudó la embrollada discusión, quedó sin aclarar si el hecho de negarse a entregar la Flota a los alemanes implicaba o no ponerla fuera del alcance de éstos enviándola a puertos situados lejos de la metrópoli. Se acordó tan sólo pedir el consentimiento del Gobierno británico a la propuesta gestión cerca del enemigo destinada a conocer las condiciones de armisticio. Fue trasmitido el correspondiente telegrama sin pérdida de tiempo. La Flota, valor no negociable A la mañana siguiente, Reynaud recibió de nuevo al embajador británico, quien le comunicó que los ingleses estaban dispuestos a autorizar la gestión del Gobierno de Burdeos siempre y cuando la Flota francesa quedase fuera del alcance de los alemanes – en definitiva, que se dirigiese a puertos británicos --. Estas instrucciones habían sido dadas a Campbell desde Londres por teléfono para ganar tiempo. A las once volvió a reunirse el desorientado Consejo de ministros, presidido también por M. Lebrun. Habían mandado llamar al presidente del Senado, M. Jeanneney, para que en su propio nombre y en el de su colega el presidente de la Cámara, M. Herriot, sancionara la propuesta del primer ministro de trasladar la sede del Gobierno a África del Norte. Un gesto del mariscal En aquel momento se levantó el mariscal Pétain y leyó una carta – que, según se cree, otra persona le había dado ya escrita – presentando la dimisión de su puesto en el Gabinete. Una vez terminada la lectura, se dispuso a abandonar la sala. El presidente de la República, sin embargo, le persuadió de que se quedase, mediante promesa de que recibiría una respuesta concreta aquel mismo día. El mariscal se quejó asimismo de la tardanza en solicitar un armisticio. Reynaud arguyó a esto que cuando se pedía a un aliado la relevación de un compromiso contraído lo normal era esperar su respuesta. Acto seguido se levantó la sesión. Por la tarde, después del almuerzo, el embajador llevó a M. Reynaud el texto oficial de la contestación del Gobierno británico, cuyos términos esenciales, recibidos por teléfono, le había comunicado ya en el curso de su entrevista de la mañana. CAPITULO XVIII La “unión indisoluble” francobritánica En aquellos días el Gabinete de Guerra se hallaba en un estado de extraordinaria inquietud. La caída y la suerte futura de Francia constituían una obsesión para todos. Nuestra propia situación – con los gravísimos peligros que muy luego habríamos de afrontar, y afrontar solos además – parecía relegad a segundo término. El sentimiento dominante era el dolor por la agonía de nuestra aliada y también el deseo de hacer cuanto fuese humanamente posible por ayudarla. Nos preocupaba asimismo en gran manera la necesidad imperiosa de evitar que la Flota francesa cayese en manos del enemigo. Todo ello dio origen a un proyecto de “unión indisoluble” entre Francia y la Gran Bretaña. Deliberaciones previas No fue mía la iniciativa. Oí hablar por primera vez de un plan concreto a este respecto el 15 de junio en el Carlton Club, en un almuerzo al que asistían lord Halifax, M. Corbin (embajador de Francia), sir Robert Vansittart y una o dos personalidades más. Era evidente que con anterioridad se habían celebrado amplias conversaciones. En efecto, el día 14 Vansittart y Desmond Morton, mi secretario particular, se habían reunido con M. Monnet y M. Pleven, miembros de la Misión económica francesa en Londres, así como con el general De Gaulle, que acababa de llegar en avión con objeto de gestionar la cesión de los buques necesarios para trasladar a África al Gobierno francés y el mayor 46 contingente posible de tropas. Dichos señores habían sentado las bases de un proyecto de Unión francobritánica que, aparte sus ventajas de orden general, daría a M. Reynaud un argumento nuevo lo suficientemente vigoroso y atrayente para imbuir en el espíritu de la mayoría de su Gabinete la idea del traslado a África y la consiguiente prosecución de la guerra. Mi primera reacción fue desfavorable. Formulé una serie de preguntas que constituían otras tantas objeciones; no me convencieron en modo alguno las respuestas. Sin embargo, poco antes de terminar la larga sesión que nuestro Gabinete de Guerra celebró aquella tarde, se `planteó la cuestión con carácter oficial. Quedé sorprendido al ver como aquellos políticos de todos los partidos, hombres juiciosos, inconmovibles, curtidos, acogían con tan apasionado entusiasmo la idea de una empresa inmensa cuyas responsabilidades y consecuencias no habían calculado en absoluto. No opuse resistencia; cedí por el contrario, a aquel impulso generoso que situaba nuestra voluntad de acción en un elevado plano de desinterés y arrojo. Objetivo supremo: salvar la Flota Cuando el Gabinete de Guerra se reunió a la mañana siguiente, ocupose en primer término de la respuesta que debíamos dar al mensaje de M. Reynaud, recibido la víspera, solicitando que Francia quedase oficialmente relevada de las obligaciones contraídas por ella mediante el acuerdo francobritánico del 28 de marzo. El Gabinete aprobó el texto que transcribo más abajo y que, a petición unánime de los reunidos, fui a redactar personalmente al despacho contiguo. Nuestra contestación salió de Londres el 16 de junio a las l2’35 p.m. Confirmaba y reiteraba el términos oficiales las instrucciones cursadas por teléfono a sir Ronald Campbell, embajador británico en Francia, a primera hora de la mañana. Del Ministerio de Asuntos Exteriores a sir R. Campbell. “Sírvase transmitir a M. Reynaud la siguiente comunicación, que ha sido aprobada por el Gabinete: “Mr. Churchill a M. Reynaud. “16 de junio 1940. – 12’35 p.m. “Nuestro acuerdo prohibiendo toda negociación separada, ya sea con vistas a un armisticio o a concertar la paz, fue firmado por la República Francesa y no con un Gobierno o un estadista francés determinado. En dicho acuerdo, por lo tanto, está comprometido el honor de Francia. No obstante, A CONDICIÓN, PERO SOLO A CONDICION, DE QUE LA FLOTA FRANCESA SE DIRIJA INMEDIATAMENTE A PUERTOS BRITÁNICOS Y PERMANEZCA EN ELLOS DURANTE LAS NEGOCIACIONES, el Gobierno de Su Majestad da su pleno consentimiento a que el Gobierno francés realice una gestión encaminada a conocer los términos de un armisticio para Francia. Decidido como está a continuar la guerra, el Gobierno de Su Majestad se considera por completo al margen de la indicada gestión relativa a un armisticio.” Por la tarde a primera hora, el Foreign Office dirigió un segundo telegrama a sir Ronald Campbell (16 de junio, 3’10 p.m.) Ambos mensajes estaban concebidos en términos de gran firmeza y reflejaban la postura adoptada por el Gabinete de Guerra en el curso de su reunión matutina. Del Ministerio de Asuntos Exteriores a sir R. Campbell. “Sírvase comunicar a N. Reynaud lo siguiente: “Esperamos que se nos consultará en cuanto se conozcan las condiciones d armisticio. Es necesario que así se haga, no solamente en virtud del tratado que prohíbe cualquier armisticio o cualquier paz separada, sino también en razón de las consecuencias vitales que puede tener para nosotros la conclusión de un armisticio, sobre todo por el hecho de que en el Ejército francés luchan actualmente tropas británicas. “debe usted hacer comprender al Gobierno francés que al requerir el envío de la Flota francesa a puertos británicos tenemos en cuenta los intereses de Francia tanto como los nuestros propios., y estamos convencidos de que si se puede hacer patente, en el curso de las negociaciones de armisticio, que su flota está fuera del alcance de las fuerzas alemanas, el Gobierno francés verá notablemente reforzada su posición. Por lo que se refiere a la Aviación francesa, confiamos que se hará todo lo necesario para su traslado a África del Norte, a menos, naturalmente, que el Gobierno francés prefiera enviarla a este país. “Esperamos que el Gobierno francés adoptará todas las medidas convenientes, tanto antes como durante las negociaciones de armisticio, para separar de las respectivas unidades a las tropas polacas, belgas y checoeslovacas que se hallan actualmente en Francia y enviarlas a África del Norte. Estamos tomando las disposiciones oportunas para recibir aquí a los Gobiernos polaco y belga.” Cauteloso compás de espera El Gabinete de Guerra volvió a reunirse aquella misma tarde a las tres. Recordé a mis colegas que al terminar la sesión de la víspera habíamos empezado a discutir una propuesta relativa a una declaración de unión completa entre Francia y Gran Bretaña. Yo había visto por la mañana al general De Gaulle, quién me había convencido de que era indispensable realizar una gestión de carácter sensacional para prestar a M. Reynaud la ayuda que necesitaba a fin de mantener a su Gobierno en la guerra, lo cual, a su entender, se lograría mediante la proclamación de la unión indisoluble de los pueblos francés y británico. El general De Gaulle y M. Corbin se mostraban inquietos ante la acritud de la decisión tomada por el Gabinete de Guerra en su reunión de la mañana y reflejada en los telegramas ya cursados. Me había enterado de que existía un nuevo proyecto de declaración para nuestro estudio, como también de que el general De Gaulle había hablado por teléfono con M. Reynaud. Por consiguiente, creyendo oportuno suspender de momento la aplicación de nuestros últimos acuerdos, se había enviado a sir Ronald Campbell un telegrama ordenándole que no entregase los mensajes anteriores hasta nuevo aviso. El ministro de Asuntos Exteriores dijo entonces que después de nuestra reunión matutina se entrevistó con sir Robert Vansittart, a quién ya antes había pedido que redactase una declaración sensacional capaz de reforzar la postura de M. Reynaud. Vansittart se puso en contacto con el general De Gaulle, M. Monnet, M. Pleven y el comandante Morton. De común acuerdo redactaron una proclama. El general De Gaulle hizo especial hincapié en la necesidad de publicar el documento lo más rápidamente posible, añadiendo que deseaba llevar consigo a Francia aquella misma noche el texto aprobado. También sugirió De Gaulle que yo fuese al día siguiente a entrevistarme con M. Reynaud. El borrador del documento fue pasando de uno a otro de los reunidos y cada cual lo leyó con profunda atención. Pusieron sé en seguida de relieve todas las dificultades que entrañaba la realización de aquel proyecto, pero al fin el Gabinete pareció unánimemente dispuesto a aprobar una Declaración de Unión. Yo hice constar que mi primer impulso había sido hostil a tal idea, pero que, dada la gravedad de las circunstancias, no debíamos permitir que se nos acusara de falta de imaginación. Era evidentemente necesario formular una declaración de 47 carácter trascendental para inducir a los franceses a continuar la lucha. No era posible descartar a la ligera la propuesta sometida a nuestro examen, y me sentí animado en gran manera al encontrar en el seno del Gabinete un bloque tan compacto de opinión favorable a la misma. Lo que pudo ser y no fue A las 3’55 de la tarde supimos que el Consejo de ministros francés se reuniría a las cinco, con objeto de decidir si existía alguna posibilidad de llevar adelante la resistencia. Además M. Reynaud había comunicado al general De Gaulle por teléfono que esperaba ganar la partida empeñada si antes de las cinco recibía contestación favorable a la propuesta de unión francobritánica. En vista de ello, el Gabinete de Guerra aprobó el texto definitivo de una declaración en este sentido y autorizó su envío a M. Reynaud por mediación del general De Gaulle. Sin pérdida de tiempo se pasó aviso telefónico del citado acuerdo al primer ministro francés. Acto seguido, el Gabinete recomendó que M. Attlee, sir Archibald Sinclair y yo, como representantes de los tres partidos británicos, nos entrevistáramos con M. Reynaud lo antes posible para discutir con él todo lo relativo al proyecto de declaración. He aquí el texto definitivo: “DECLARACION DE UNIÓN “En este momento crucial de la historia del mundo moderno, los Gobiernos del Reino Unido y de la República Francesa se declaran por el presente documento indisolublemente unidos e inquebrantablemente resueltos a defender en común la justicia y la libertad contra toda sujeción a un sistema que reduce a los seres humanos a la condición de autómatas y esclavos. “Ambos Gobiernos declaran que en lo sucesivo Francia y Gran Bretaña no serán ya dos naciones, sino que constituirán una Unión Francobritánica. “La Constitución de la Unión creará los organismos comunes para la defensa, la política exterior, las finanzas y los asuntos económicos. “Todo ciudadano francés gozará inmediatamente de ciudadanía en Gran Bretaña; todo súbdito británico se convertirá en ciudadano de Francia. “Los dos países se harán cargo en común de la reparación de los daños de la guerra, sean cuales fueren los puntos de sus respectivos territorios en que se produzcan, y los recursos de ambos, considerados como un todo, se aplicaran por igual a este objeto. “Mientras dure la contienda habrá un solo Gabinete de Guerra, y todas las fuerzas de tierra, mar y aire de la Gran Bretaña y de Francia serán colocadas bajo su dirección. Este Gabinete dictará sus órdenes desde donde considere que puede desempeñar mejor su misión. Los dos Parlamentos se fusionaran oficialmente. “Las naciones que constituyen el Imperio británico están formando ya nuevos ejércitos. Francia mantendrá sus fuerzas disponibles en tierra, en el mar y en los aires. La Unión pide a los Estados Unidos que refuerce los recursos económicos de los aliados y que aporte su poderosa ayuda material a la causa común. “La Unión concentrará todas sus energías contra el poderío enemigo dondequiera que se libre la batalla. Y así venceremos.” Oportunamente informamos de todo esto al Parlamento. Pero entonces el asunto había dejado de tener interés. Como queda dicho, el documento no lo redacté yo solo. Fue elaborado en torno a la mesa de conferencias y yo aporté mi contribución a la delicada tarea. Una vez aprobado, lo llevé al despacho contiguo, donde De Gaulle aguardaba en compañía de Vansittart, Desmond Morton y el embajador M. Corbin. El general lo leyó con un aire de entusiasmo insólito en él, y en cuanto pudo obtener comunicación con Burdeos transmitió su texto por teléfono a M. Reynaud. Las últimas sonrisas Pasemos ahora al otro extremo del hilo. El embajador británico entregó los dos mensajes cursados en contestación al requerimiento francés de que relevásemos a nuestros aliados de sus compromisos del 23 de marzo. Según el informe de sir Ronald Campbell, el primer ministro, M. Reynaud, que parecía estar completamente desalentado, acogió con gesto hosco aquellas comunicaciones. Reaccionó al punto diciendo que la retirada de la Flotas francesa del Mediterráneo a puertos británicos provocaría automáticamente la invasión de Túnez por parte de Italia, y al propio tiempo que crearía dificultades a la Flota británica. En aquel momento llegó mi mensaje, transmitido por teléfono por el genera De Gaulle. “Actuó – dijo el embajador – como un tónico”. Reynaud afirmó que por un documento de tal naturaleza él lucharía hasta el fin. M. Mandel y M. Marin, que entraron poco después en el despacho del “premier”, dieron asimismo inequívocas muestras de satisfacción. M. Reynaud salio entonces “con aire gozoso” a leer el documento al presidente de la República. Estaba seguro de que armado de aquella inmensa garantía nada le impediría atraer al Consejo hacia su política de trasladarse a África y proseguir la guerra. Mi telegrama ordenando el embajador que retrasara la entrega de los dos rígidos mensajes primeros, o que por lo menos dejara en suspenso todo lo relacionado con ellos, llegó inmediatamente después de que el jefe del Gobierno se había ido. El embajador envió a este un emisario con la indicación de que los dos primeros telegramas debían considerarse “anulados”. La palabra “suspendidos” habría sido más adecuada. El Gabinete de Guerra no había modificado su actitud en ningún sentido. Considerábamos preferible, empero, que la propuesta “Declaración de Unión” tuviese las máximas probabilidades de éxito, para lo cual era necesario evitar toda eventual fricción. Si el Consejo de ministros francés recobraba los ánimos a la vista del documento, la consecuencia inmediata sería el apetecido apartamiento de la Flota del alcance alemán. Si nuestra oferta caía en vacío, nosotros no habríamos perdido ni uno solo de nuestros derechos ni habríamos cedido en ninguna de nuestras demandas. Ignorábamos lo que estaba ocurriendo en el seno del Gobierno francés; como tampoco sabíamos que ya no volveríamos a tratar con M. Reynaud. 48 CAPITULO XIX Escena final de un drama político (Después de enviar a M. Paúl Reynaud el proyecto de “Declaración de Unión”, fecha 16 de junio de 1940, Mr. Churchill había dispuesto lo necesario para embarcar en Southampton a bordo de un crucero con destino a Concarneau en Bretaña, para entrevistarse con el primer ministro francés.) El 16 de junio nuestro Gabinete de Guerra deliberó hasta las seis de la tarde. Acto seguido, me dispuse a partir rumbo a Francia. Me acompañaban los jefes de los Partidos Laborista y Liberar, los tres jefes de Estado Mayor y diversos oficiales y altos funcionarios. En la estación de Waterloo nos aguardaba un tren especial. Mi esposa había acudido a despedirme. Notamos, empero, un extraño retraso; el convoy no arrancaba. Evidentemente había surgido una dificultad. En efecto, a los pocos minutos llegó procedente de Downing Street mi secretario particular, sin aliento, con el siguiente telegrama expedido en Burdeos por el embajador británico en Francia, sir Ronald Campbell: “Crisis ministerial planteada… Espero saber algo a medianoche. Mientras tanto, entrevista concertada para mañana imposible”. En vista de lo cual regresé apresuradamente a Downing Street. “Orden, contraorden, desorden” He aquí como se desarrolló la escena de la caída del Gabinete de Reynaud. Las esperanzas que el presidente del Consejo había fundado sobre los cimientos de la “Declaración de Unión” se desvanecieron rápidamente. Pocas veces una propuesta tan generosa ha encontrado un ambiente más hostil. El primer ministro leyó por dos veces el documento a sus colegas. Hizo constar que él lo apoyaba con toda su energía y añadió que estaba preparando una entrevista conmigo para el día siguiente a fin de estudiar los detalles del proyecto. Pero, presa de viva agitación, los ministros –famosos unos, obscuros personajes otros–, divididos entre sí y encorvados bajo el mazo terrible de la derrota, permanecían indecisos, algunos de ellos, según se nos dijo, estaban ya enterados de todo gracias a la oportuna escucha subrepticia de las conferencias telefónicas. Estos eran los derrotistas. La mayoría, por lo demás, no tenía en absoluto dispuesto el ánimo para tratar de temas de semejante amplitud. Un sentimiento irresistible impulsaba al Consejo a rechazar por entero la propuesta. Hallábase paralizada la mayoría por una sensación mezcla de sorpresa y desconfianza; los más propicios a favorecer el plan, y aún los más resueltos a defenderlo, estaban desconcertados. Al reunirse, los ministros esperaban conocer la respuesta a la petición dirigida por acuerdo unánime a Gran Bretaña en el sentido de que ésta considerase desligada a Francia de las obligaciones contraídas el 28 de marzo a fin de que los franceses pudiesen preguntar a los alemanes en que condiciones accederían a firmar el armisticio. Es posible, e incluso probable, que si se les hubiese mostrado nuestra respuesta oficial, la mayoría de ellos habría aceptado nuestra condición esencial, o sea el envío de la Flota francesa a la Gran Bretaña o por lo menos habrían formulado alguna contrapropuesta viable, con lo cual se hubiesen hallado en libertad para entrar en negociaciones con el enemigo, reservándose al propio tiempo la opción de retirarse a África en el último extremo, si las condiciones alemanas resultaban ser demasiado duras. Pero las circunstancias ofrecían un claro ejemplo de la vieja fórmula: “Orden, contraorden, desorden”. Temores para todos los gustos Paúl Reynaud se encontró en la imposibilidad absoluta de contrarrestar la desfavorable impresión creada por el proyecto de “Unión francobritánica”. El sector derrotista, acaudillado por el mariscal Pétain, se negó a estudiarlo siquiera. Brotaron violentas acusaciones; “Se trata de un plan de última hora”. “Es un golpe por sorpresa”. Es una maniobra para poner a Francia bajo tutela, o quizá para arrebatarle su Imperio colonial”. La propuesta relegaba a Francia, según decían, a la categoría de un simple Dominio. No faltaron otros muchos argumentos por el estilo. Weygand había convencido a Pétain sin gran dificultad de que Inglaterra estaba perdida. Determinadas altas personalidades militares francesas –acaso el propio Weygand– habían dictaminado: “Dentro de tres semanas, a Inglaterra le habrán retorcido el pescuezo como a un pollo”. Según Pétain, unirse con Inglaterra equivalía a “desposarse con un cadáver”. Ybarnegaray, que tan intrépido se mostrara en la guerra anterior, exclamó: “Es preferible ser una provincia nazi. Por lo menos sabemos lo que esa significa”. El senador Reibel, amigo personal del general Weygand, declaró que aquel proyecto de unión suponía la destrucción completa de Francia, y en todo caso su definitiva subordinación a Inglaterra. En vano replicó Reynaud “Prefiero colaborar con mis aliados que con mis enemigos”. En vano Mandel le apoyó: “¿Preferirían ustedes ser una provincia alemana que un Dominio británico?”. Todo fue inútil. En plena agonía Sabemos que la declaración de Reynaud acerca de nuestra propuesta no llegó ni tan solo a ser sometida a votación en el Consejo. Se hundió por si misma. Esto constituyó un revés personal decisivo para el primer ministro, agotado por el tremendo esfuerzo de la lucha, y señaló el punto final de su influencia y autoridad sobre el Gabinete. El resto de la sesión fue dedicado al armisticio y a la conveniencia de preguntar a los alemanes que condiciones impondrían; a este respecto M. Chautemps mostró en todo el curso de la discusión una fría tenacidad. Nuestros dos telegramas acerca de la Flota no fueron comunicados siquiera al Consejo de ministros. El Gabinete de Reynaud que estaba ya en plena bancarrota, no llegó a estudiar nuestro requerimiento de que los navíos franceses se dirigiesen a puertos británicos como medida previa a toda negociación con los alemanes. Tampoco en este caso hubo votación posible. Hacia las ocho de la noche, Reynaud, literalmente exhausto por la tensión física y moral a la que había estado sometido por espacio de tantos días, envió su dimisión al presidente de la República, aconsejándole que encargase al mariscal Pétain de formar Gobierno. Este acto ha de considerarse forzosamente como expresión de un impulso precipitado. Al parecer, Reynaud, después de aquello, seguía alimentando la esperanza de que podría acudir a la entrevista concertada conmigo para el día siguiente; y habló del asunto al General Spears, quien le dijo: “Mañana habrá otro Gobierno y usted no tendrá ya autoridad para hablar en nombre de nadie”. 49 Respiración artificial Veamos amos lo que informó Campbell por teléfono el 16 de junio: “Hablamos con él (M. Reynaud) durante media hora, tratando de animarle a que procurara zafarse de la funesta influencia de algunos al de sus colegas, después de entrevistarnos unos momentos con M. Mandel, Mandel, fuimos a ver por segunda vez en el curso del día al presidente del Senado, M. Jeanneney, cuya actitud, al igual que la del presidente de la Cámara, es inequívocamente favorable a nosotros; esperábamos que podría convencer al presidente de la< Repúblicaa de que encargara a M. Reynaud la formación de nuevo Gobierno. “Le rogamos hiciese patente al presidente Lebrun que la oferta contenida en el mensaje del primer ministro británico no se haría ha extensiva a un Gobierno que entrase en negociaciones con el enemigo. ene “Aproximadamente una hora más tarde M. Reynaud nos comunicó que estaba derrotado y que había presentado la dimisión.” La liga formada por el mariscal Pétain y el general Weygand –quienes quienes vivían en un mundo aparte e imaginaban que podrían sentarse en torno a una mesa de verde tapete para discutir, a la antigua usanza, las l condiciones de un armisticio– había resultado ser un bloque superior a las fuerzas de los ministros faltos de energía, sobre los cuales ambos militares ejercieron presión agitando ante an sus ojos el espectro de la revolución. “El condestable de Francia” El 16 de junio por la tarde, M. Monnet y el general De Gaulle acudieron a entrevistarse conmigo en la sala de sesiones del Gabinete. Ga El general, en su calidad de subsecretario de Defensa Defensa Nacional, acababa de ordenar al buque francés “Pasteur”, a la sazón en ruta hacia Burdeos con un cargamento de armas procedentes de Norteamérica, que cambiase el rumbo y se dirigiese a algún puerto británico. Monnet, Monnet a su vez, trabajaba activamente en unn proyecto destinado a transferir a la Gran Bretaña todos los pedidos de suministros pasados a Estados Unidos por Francia, en caso de que su país concluyese una paz separada. Evidentemente, temía que ocurriese esto y deseaba salvar todo cuanto cu fuese posiblee de lo que a su entender era el naufragio del mundo. Resultaba muy alentadora su actitud a este respecto. A continuación insistió ins sobre la necesidad de que enviásemos a Francia todas las escuadrillas de cazas que nos quedaban, para participar en la batalla batall final; batalla que, de todos modos, estaba ya liquidada. Le contesté que no había posibilidad de hacer tal cosa. Todavía en aquellos momentos utilizaba utiliz los argumentos habituales: “La batalla decisiva”, “ahora o nunca”, “si Francia se hunde, se hunde todo”, todo”, y así por el estilo. Muy a mi pesar, yo no podía hacer nada por complacerle en aquel asunto. Mis dos visitantes franceses se levantaron luego y se encaminaron hacia la puerta; Monnet iba delante. Al llegar al umbral, De D Gaulle, que hasta entonces apenas si había despegado los labios, dio media vuelta, avanzó dos o tres paso en dirección a mí y dijo en inglés: “Creo que tiene usted toda la razón”. Me dio la sensación de que bajo su aire impasible y frío anidaba una extraordinaria capacidad de sufrimiento. A la vista de aquel hombre alto, flemático, no pude menos que pensar, como lo había hecho ya en otra ocasión: “He ahí al condestable de Francia”. Salió para Burdeos B a primera hora de la tarde a bordo de un avión británico que puse a su disposición. Pero no n tardaría en volver. Las vacilaciones de Pétain Sin perdida de tiempo, antes de la medianoche del 16 de junio, el mariscal Pétain constituyó un Gobierno francés cuya misión esencial era obtener de Alemania un armisticio inmediato. Tan bien delimitado y amalgamado estaba ya el grupo derrotista presidido por el mariscal, que no fue necesario invertir muchas horas en la gestación del nuevo Gabinete. M. Chautemps (“preguntar las condiciones de armisticio armist no implica forzosamente aceptarlas”) fue designado vicepresidente del Consejo. El general Weygand, que consideraba consideraba que todo estaba perdido, asumió la jefatura del Ministerio de Defensa Nacional. El almirante Darlan pasó a desempeñar la cartera de Marina, y M. Baudouin la de Asuntos Exteriores. Al parecer, la única dificultad surgió a propósito de M. Laval. La La Primera idea del mariscal había sido la de ofrecerle el cargo de Guardasellos (ministro de Justicia). Laval Rechazó con desdén la sugestión. El aspiraba al Ministerio de Asuntos Exteriores, pues comprendía que éste era el único puesto desde el cual podría podría realizar su plan: trastocar las alianzas de Francia, hundir a Inglaterra e incorporarse a la 50 nueva Europa nazi a título de asociado subalterno. El mariscal Pétain cedió inmediatamente a la vehemencia de aquella formidable personalidad. M. Baudouin, que se había hecho cargo ya de un Ministerio para el que él mismo se sabía absolutamente inepto, estaba dispuesto a ponerlo sin replicar en otras manos. Pero como se diera cuenta de lo que sucedía a M. Charles Roux, subsecretario permanente de Asuntos Exteriores, éste se indignó y obtuvo el apoyo de Weygand. Cuando el general entró en el despacho y expuso su opinión al ilustre mariscal, cayó Laval en un exceso de furia tan espantoso que los dos jefes militares se vieron desbordados. El general salió, empero, mantúvose firme. Se negó en redondo a trabajar a las órdenes de Laval. Ante semejante disyuntiva, Pétain cedió una vez más; y, tras violenta escena, Laval se retiró encendido en cólera y en rencores. Fue aquel un momento crucial. Cuando, cuatro meses más tarde, el 28 de octubre, Laval logró alcanzar finalmente la cartera de Asuntos Exteriores, la escala de valores militares había cambiado. La resistencia británica frente a Alemania era un factor real. Evidentemente, no era posible descartar por completo a nuestra isla. En todo caso, no le habían “retorcido el pescuezo al cabo de tres semanas como a un pollo”. Se trataba de un hecho nuevo, un hecho que llenaba de gozo a toda la nación francesa. Garantías verbales, pero nada más Por nuestro telegrama del 16 de junio habíamos asentido a la petición de condiciones de armisticio siempre que la Flota francesa zarpase rumbo a puertos británicos. Había sido presentado ya oficialmente al mariscal Pétain. A indicación mía, el Gabinete de Guerra aprobó el envío de un nuevo mensaje haciendo especial hincapié en aquel punto básico. Pero estábamos predicando en desierto. También el 17 de junio dirigí un mensaje personal al mariscal Pétain y al general Weygand, de cuya comunicación nuestro embajador debía entregar copia al presidente de la República y al almirante Darlan: “Deseo reiterar mi profunda convicción de que el ilustre mariscal Pétain y el preclaro general Weygand, camaradas nuestros en dos grandes guerras contra los alemanes no querrán perjudicar a sus aliados con la entrega de la admirable Flota francesa al enemigo. Semejante acto estigmatizaría sus nombres durante mil años de Historia. No obstante, esto puede ocurrir fácilmente si se desperdician las contadas y preciosas horas en que es posible todavía poner a salvo la Flota mediante su traslado a puertos británicos o norteamericanos, llevando consigo la esperanza en el futuro y el honor de Francia.” A fin de reforzar estos llamamientos con el contacto directo sobre el terreno, enviamos a Burdeos al primer lord del Mar, que creía estar en excelentes relaciones personales y profesionales con el almirante Darlan, así como al primer lord del Almirantazgo, Mr. A. V. Alexander, y a lord Lloyd, ministro de Colonias, reconocido y antiguo amigo de Francia. Los tres se esforzaron, durante todo el día 19, en establecer los contactos posibles con los nuevos ministros. Recibieron muchas y solemnes seguridades de que el Gobierno no permitiría jamás que la Flota cayese en manos de los alemanes. Pero ningún otro buque de guerra francés zarpó para substraerse al poderío germano, que se aproximaba rápidamente. CAPITULO XX Epílogo a bordo del “Massilia” El 27 de junio por la mañana di cuenta a los colegas del Gabinete de una conversación telefónica que había sostenido la noche anterior con el general Spears. Nuestro enviado especial no creía poder realizar ninguna labor útil cerca del nuevo Gobierno de Burdeos; según me dijo, estaba preocupado por la seguridad del general De Gaulle. Por lo visto, alguien había advertido a Spears que, dada la evolución de los acontecimientos, era preferible que De Gaulle saliese de Francia. Aprobé sin vacilar un plan muy inteligente que a este efecto me sugirió Spears. De Gaulle iza bandera de resistencia Aquella misma mañana – el 17 de junio –, en Burdeos, De Gaulle fue a su despacho, concertó diversas entrevistas para la tarde a fin de disipar toda posible sospecha y se trasladó luego al aeródromo para despedirse de su amigo Spears. Se estrecharon las manos, se dijeron adiós y, al ponerse el avión en movimiento, De Gaulle saltó al interior del aparato y cerró con violencia la portezuela. Los policías y los funcionarios franceses se quedaron mirando con la boca abierta como el avión se elevaba rápidamente. En aquel pequeño aeroplano, De Gaulle llevaba consigo el honor de Francia. Aquella noche dirigió por radio su memorable llamamiento al pueblo francés. Citaré nada más un breve pasaje del mismo: 51 “Francia no está sola. Tiene tras de sí un vasto Imperio. Puede formar parte un bloque con el Imperio británico, que domina los mares y proseguir la lucha. Puede utilizar ampliamente, como lo está haciendo Inglaterra, los inmensos recursos industriales de los Estados Unidos.” Alarma en Burdeos No fueron tan afortunados otros franceses que deseaban también seguir luchando... cuando Pétain formo su Gobierno, continuaba vigente el proyecto de traslado a África para establecer allí un centro de autoridad constituida fuera del control alemán. El plan en cuestión fue discutido en el curso de una sesión que el Gabinete Pétain celebró el 18 de junio. El mismo día por la tarde se reunieron el presidente Lebrón, Pétain y los presidentes del Senado y de la Cámara. Según parece, se había llegado a un acuerdo general, cuando menos para evitar una delegación representativa a África del Norte. El propio mariscal no era hostil a la idea. El, personalmente, deseaba permanecer en Francia, pero no veía ningún inconveniente en que Chautemps, vicepresidente del Consejo, se trasladase a África y actuase en su nombre. Cuando corrió por el enfebrecido Burdeos el rumor de un éxodo inminente el general Weygand se opuso rotundamente. A su entender, semejante acto pondría en grave peligro las “honorables” negociaciones de armisticio que habían empezado ya, a través de Madrid, por iniciativo francesa, el 17 de junio. Laval se alarmó lo indecible. Temía que el establecimiento fuera de Francia de un núcleo gubernamental dispuesto a levantar bandera de resistencia frustrase la política que él estaba decidido a seguir. Weygand y Laval iniciaron la correspondiente labor de propaganda entre los grupos de diputados y senadores que se hallaban arracimados en Burdeos. Darlan, en su calidad de ministro de Marina, veía las cosas de modo muy distinto. Para él, la solución más cómoda de muchas dificultades en aquellos momentos consistía en despachar en un buque a sus adversarios más notables; una vez a bordo, todos estarían en su poder; y luego ya tendría tiempo suficiente el Gobierno para acordar lo que debía hacerse con ellos. Con la aprobación del nuevo Gabinete, ofreció pasaje en el crucero auxiliar “Massilia” a todos los políticos influyentes que desearan trasladarse a África. África, tierra de desengaño El buque en cuestión debía zarpar el día 20 de la desembocadura del Gironda. No obstante, muchos de los que tendían intención de marcharse a África, entre ellos Jeanneney y Herriot, sospecharon que se trataba de una emboscada y optaron por hacer el viaje por tierra a través de España. La expedición definitiva, aparte de los refugiados, se componía de 24 diputados y un senador, entre ellos Mandel, Campinchi y Daladier, que habían realizado una activa campaña a favor del traslado a África. El 21 por la tarde zarpó el “Massilia”. El 23, la radio de abordo anunció que el Gobierno Pétain había aceptado y firmado el armisticio c9on Alemania. Campinchi pretendió convencer en seguida al capitán de que pusiera proa a Inglaterra, pero sin duda el oficial tenía ya instrucciones concretas, pues rechazó fríamente la indicación del que tan solo dos días antes era todavía su ministro. El desventurado grupo de patriotas vivió horas de extraordinaria inquietud hasta que el 24 de junio por la tarde el “Massilia” anclo en Casablanca. Mandel actuó entonces con su decisión acostumbrada. Había redactado, junto con Daladier, una proclama instituyendo un Gobierno de Resistencia en África del Norte presidido por él mismo. Desembarcó y, después de visitar al cónsul británico, se instaló en el Hotel Excelsior. Trató inmediatamente de hacer difundir se proclama por mediación de la Agencia Havas. Cuando el general Nogués leyó el texto del documento, fue presa de viva desazón. Interceptó el mensaje y, en vez de permitir su transmisión al mundo entero, lo telegrafió a Darlan y a Pétain. Estos, entretanto, habían tomado ya la determinación de seguir una sola línea política y por lo tanto no permitir la creación de un segundo Gobierno que podría convertirse en su rival al encontrarse fuera del control de los alemanes. Mandel fue detenido en su hotel y llevado ante el tribunal local; pero el juez –destituido más tarde por orden de Vichy– declaró que no había lugar a proceder contra él y le puso en libertad. No obstante quedó a bordo del Massilia el cual quedo anclado en el puerto de Casablanca y sujeto a estrecha vigilancia y sin que sus pasajeros tuviesen comunicación alguna con tierra. Triste remate de un éxodo Sin saber nada, naturalmente, de lo reseñado anteriormente, yo me sentía ya inquieto por la suerte de los franceses que querían seguir luchando. Del primer ministro al general Ismay. “24 – 6 – 40. “Considero de suma importancia que se organice ahora, antes de que se cierre la trampa, un sistema mediante el cual los oficiales y soldados franceses, así como los técnicos notables, que deseen combatir, puedan llegar sanos y salvos a los puertos convenientes. Habría que crear una especie de “ferrocarril subterráneo” como en los tiempos ya lejanos de la esclavitud, o una organización estilo “Pimpinela Escarlata”. “Estoy seguro de que se producirá una gran afluencia de hombres valerosos; necesitaremos a todos los que vengan para la defensa de las colonias francesas. El Almirantazgo y las fuerzas aéreas deberán prestar su concurso. Naturalmente, el general De Gaulle y su Comité habrán de ostentar la dirección efectiva.” En la reunión del Gabinete de Guerra celebrada el 25 de junio por la noche supimos, entre otras cosas, que había pasado frente a Rabat un buque con diversos eminentes políticos franceses a bordo. Acordamos establecer comunicación con ellos sin pérdida de tiempo. Mr. Duff Cooper, ministro de Información, acompañado por lord Gort salió al amanecer para Rabat en un hidroavión “Sunderland”. La nación estaba en duelo. Ondeaban las banderas a media asta, doblaban las campanas de los templos, y en la Catedral se celebraba un solemne oficio para implorar la misericordia divina después de la derrota de Francia. Todos los esfuerzos que nuestros delegados hicieron para ponerse en contacto con Mandel fueron vanos. El gobernador adjunto, un tal Morice, hizo constar –no solo por teléfono sino también en una entrevista que Duff Cooper solicitó– que él no tenía más remedio que obedecer las órdenes de sus superiores. “Si el general Nogués me manda que me suicide, lo haré con gusto. Desgraciadamente, las órdenes que me han dado son más crueles”. En efecto, los ex ministros y diputados franceses debían ser tratados como prisioneros evadidos. Nuestros enviados comprendieron que no podían hacer otra cosa que marcharse por donde habían venido. Algunos días después, el 1º de julio, ordené al Almirantazgo que procurase abordar al “Massilia” y rescatar a sus pasajeros. No fue posible, empero, realizar la operación proyectada. El buque permaneció anclado al alcance de las baterías de Casablanca durante casi tres semanas, al cabo de las cuales todo el grupo de políticos fue trasladado de nuevo a Francia, donde el Gobierno de Vichy dispuso de ellos en la forma que creyó más conveniente y al propio tiempo de acuerdo con el deseo de sus amos alemanes. Mandel empezó entonces su largo y doloroso 52 internamiento, hasta que fue asesinado por orden de los alemanes a fines de 1944. Así se esfumó la esperanza de constituir, ya fuese en África o en Londres, un Gobierno francés vigorosamente representativo. Después del hundimiento de Francia tanto nuestros amigos como nuestros enemigos se hicieron la misma pregunta: “¿Capitulará también Inglaterra?” Teniendo en cuenta la importancia de las declaraciones públicas cuando se formulan a la hora de los grande s acontecimientos, yo había expuesto repetidas veces en nombre del Gobierno de Su Majestad, nuestra firme resolución de seguir luchando solos. A raíz de Dunkerque, el 4 de junio, utilicé la expresión: “Durante años si es necesario; si es necesario, solos”. Estas últimas palabras las inserté deliberadamente en mi discurso. Al día siguiente, el embajador francés en Londres, cumpliendo instrucciones recibidas de su Gobierno, preguntó al Foreign Office que era exactamente lo que yo había querido decir. A lo cual se le respondió: “Exactamente lo que dijo”. Tuve ocasión de recordar esta frase a la Cámara cuando tomé de nuevo la palabra el 18 de junio, al día siguiente del colapso de Burdeos. Tracé entonces “algunos esbozos de las razones sólidas y prácticas en que se basaba nuestra inflexible resolución de continuar la guerra”. Pude asegurar al Parlamento que nuestros asesores profesionales de las tres Armas tenían bien fundadas esperanzas en la victoria final. Anuncié que los primeros de los cuatro Dominios me habían enviado sendos telegramas por los cuales se solidarizaban con nuestra decisión de seguir luchando y se declaraban dispuestos a compartir nuestra suerte. Terminé diciendo: “Hitler sabe que tendrá que vencernos en esta isla o perder la guerra. Si logramos resistir su empuje, toda Europa será libre y el mundo verá abrirse ante sí amplios horizontes luminosos. Pero si sucumbimos, el mundo entero, incluyendo a los Estados Unidos, incluyendo todo cuanto hemos conocido y amado se hundirá en los abismos de una nueva Edad Media que sería más siniestra y quizá más duradera gracias al apoyo de una ciencia pervertida. “Situémonos pues, a la altura de nuestros deberes y obremos de tal suerte que, si el Imperio Británico y su “Commonwealth” subsisten dentro de mis años, los hombres de entonces puedan seguir diciendo: “Aquello fue su hora mejor”.” Hechos además de palabras Todas estas palabras quedaron plenamente justificadas cuando alboreó el día de la victoria. Pero en aquel momento no eran más que palabras. Los extranjeros que no comprenden lo que son capaces de hacer los hombres de raza británica esparcidos por el mundo entero cuando se les enciende la sangre en las venas, a buen seguro creyeron que tales palabras eran solamente un hábil telón de audacia que serviría de preludio a las negociaciones de paz. ¿Tiene algo de extraño que infinidad de astutos calculadores residentes en distintos países, ignorando como ignoran la mayoría de ellos los problemas de una invasión en que el mar es un factor esencial, desconocedores asimismo de la valía de nuestra Aviación y que además se hallaba bajo la aplastante impresión del poderío y el terror de los alemanes, tiene algo de extrañó, repito, que no creyesen en la seriedad de nuestra decisión? ¿Por qué no había de pasar Gran Bretaña a formar parte de los espectadores que en el Japón y en los Estados Unidos y en Suecia y en España presenciarían con interés, o hasta con fruición, una lucha feroz entre los Imperios nazi y comunista, lucha que sería asoladora para ambos bandos? Difícil será para las futuras generaciones creer que los temas que acabo de reseñar nunca fueron considerados dignos de figurar en el orden del día de las sesiones del Gabinete y que ni siquiera llegásemos a mencionarlos en nuestras reuniones más secretas. Las dudas sólo podían ser disipadas por los hechos. Y los hechos iban a producirse. Obras son amores… Nos disponíamos a afrontar la prueba suprema con grandes reservas de confianza en nuestras energías, como lo demuestra la siguiente comunicación: Del primer ministro a lord Lothian (Washington). “28 – 6 – 40. “Seguramente hablaré por radio de un momento a otro, pero no creo que las palabras tengan mucha importancia en estos momentos. No hay que prestar excesiva atención a los vaivenes de la opinión pública norteamericana. Lo único que puede ejercer influencia sobre ella es la fuerza de los acontecimientos. “hasta el mes de abril, los norteamericanos estaban tan seguros de que los aliados íbamos a ganar que no consideraban que la ayuda fuese necesaria. Ahora están de tal modo seguros de que vamos a perder, que no la consideran posible. Confío que podremos rechazar la invasión y mantener invicta nuestra fuerza aérea. Sea como fuere, vamos a intentarlo. “No debe usted permitir que el Presidente y sus consejeros pierdan de vista el hecho de que si nuestro país fuese invadido y ocupado en su mayor parte tras dura lucha, se constituiría un “Gobierno Quisling” para firmar la paz a base de convertir a Inglaterra en un protectorado alemán. En tal caso, la Flota británica sería la moneda con que aquel Gobierno compraría las condiciones de paz. Inglaterra experimentaría entonces hacia Norteamérica un rencor parecido al que los franceses sienten hoy hacia nosotros. “Hasta ahora no hemos recibido de los Estados Unidos ninguna clase de ayuda digna de tener en cuenta (los fusiles y las piezas de artillería de campaña no llegaron hasta fines de julio; los destructores nos habían sido denegados). Sabemos que el Presidente es nuestro mejor amigo, pero de nada sirve estar de plantón esperando lo que resuelvan las Convenciones republicana y demócrata. “Lo que importe realmente es saber si dentro de tres, meses Hitler será dueño de Inglaterra o no. Yo creo que no. Pero este es un asunto que no se puede discutir de antemano. Muestrese usted flemático y optimista. Aquí nadie está descorazonado.” 53 CAPITULO XXI El sombrío episodio de Orán En las jornadas postreras de Burdeos la figura del almirante Darlan adquirió un insólito relieve. Mis entrevistas con él habían sido poco frecuentes y de carácter meramente oficial todas ellas. Yo le admiraba por la labor que había realizado. Bajo subdirección la Marina francesa adquirió en el espacio de diez años una eficiencia muy superior a la que tuviera en cualquier época posterior a la Revolución de 1789. “Ahora soy ministro de Marina” Cuando en diciembre de 1939 visitó Inglaterra, le ofrecimos un banquete oficial en el Almirantazgo. Al contestar al brindis de homenaje, empezó por recordarnos que su bisabuelo había muerto en la batalla de Trafalgar. De ello deduje que era uno de aquellos patriotas patri franceses que odian a Inglaterra. Las deliberaciones navales anglo francesas del mes de enero habían demostrado asimismo cuán celoso era el almirante de sus prerrogativas profesionales en relación con quienquiera que fuese ministro de Marina, cargo político en definitiva. Verdadera obsesión ésta que, a mi entender, desempeñó un papel decisivo en su conducta ulterior. Por lo demás Darlan había asistido a la mayoría de las conferencias que he reseñado y al aproximarse el fin de la resistencia francesa me había asegurado repetidas veces que, ocurriese lo que ocurriese, la Flota de su país no caería en poder de los alemanes. En Burdeos sonó la hora crucial en la carrera de aquel almirante ambicioso, ególatra e inteligente. A todos los efectos prácticos, práct su autoridad sobre la Flota era absoluta. Le bastaba con ordenar que los navíos se refugiasen en puertos británicos, norteamericanos o de cualquier colonia francesa –algunos había zarpado ya–,, para ser obedecido. El 17 de junio por la mañana, después de la caída del Gabinete Reynaud, declaró al general Georges que estaba decidido a cursar la orden. Al día siguiente por la tarde Georges se encontró con él y le preguntó que había sucedido. Darlan repuso que había cambiado de parecer. Como su interlocutor insistiera en conocer la razón respondió simplemente “Ahora soy ministro ministro de Marina”. Esto no significaba que hubiese cambiado de parecer con objeto de ser ministro de Marino, sino que, al ser ministro de Marina, veía las cosas en forma distinta. Los rumbos de la historia ¡Cuan vanos son los cálculos del egoísmo humano! Pocas Poc veces se ha dado un ejemplo más claro de ello. El almirante Darlan no tenía más que dirigirse a bordo de uno de sus barcos, a cualquier puerto fuera de Francia para convertirse en dueño de todos los intereses franceses que no estaban al alcance del poderío río alemán. No se habría presentado, como lo hizo el general De Gaulle, solamente con un corazón indomable y unos cuantos hombres de espíritu reforzado. Habría arrastrado consigo, fuera del dominio alemán, a la cuarta Flota del mundo, aquella Flota cuyos oficiales o y marineros eran fieles y personales servidores suyos. Obrando así, Darlan se habría convertido en jefe de la Resistencia francesa, con una poderosa arma en sus manos. Los astilleros y los arsenales británicos y norteamericanos habrían estado prestos tos a guarecer y abastecer a su Flota. Una vez reconocido como jefe de los franceses libres, la reserva de oro que Francia tenía en los EE.UU. le habría garantizado la disposición de vastos recursos. Todo el Imperio francés habríase agrupado en torno a él. Nada hubiese podido oponerse a que se convirtiera en el liberador de su Patria. La gloria y el poder que tan ardientemente deseaba se hallaban al alcance de su mano. En vez de lo cual, a través de dos años de gobierno vergonzante e ignominioso, fue a buscar ar una muerte violenta, una tumba sin honor y un nombre que durante largo tiempo será execrado, por la Marina francesa y por la nación a la que tan bien sirviera hasta entonces. Es necesario añadir aquí una nota final. En una carta que me escribió el 4 de diciembre de 1942, precisamente dos días antes de morir asesinado, Darlan afirmaba con vehemencia que había cumplido su palabra. Es indiscutible, desde luego, que ningún buque francés fue tripulado ni utilizado por los alemanes contra nosotros durante la guerra. uerra. Y si bien ello no fue debido exclusivamente a las medidas adoptadas por el almirante Darlan, fuerza es reconocer que éste había grabado profundamente en el e ánimo de los oficiales y marineros de la Armada francesa la idea de que sus navíos debían ser destruidos a toda costa antes de permitir que cayesen en poder de los alemanes, a quienes detestaba tanto como a los ingleses. Guerra a ultramar (El 3 de julio de 1940, por la noche, todos los buques de guerra francesa que se hallaban en Portsmouth y en Plymouth pasaron a viva fuerza a poder de la Marina británica. Se realizaron inútiles gestiones para conseguir que la Flota francesa surta en Orán (Argelia) se uniese a la británica o que se trasladase al otro lado del Atlántico para proceder a su desmilitarización. desmilitarización. Finalmente, con objeto de tener la plena seguridad 54 de que aquellos buques no caerían en manos del enemigo, importantes formaciones de aviones británicas los sometieron a un violento bombardeo.) El 4 de julio presenté a la Cámara de los Comunes un amplio informe de lo que habíamos hecho. Aunque el crucero de batalla “Strasbourg” había logrado escapar de Orán y aún ignorábamos en aquel momento que el “Richelieu” había quedado completamente inutilizado, las medidas Adoptadas por nosotros habían borrado a la Armada francesa de los cálculos alemanes. Aquella tarde hablé por espacio de una hora o quizá más y di cuenta detallada de todos aquellos sombríos acontecimientos tal como yo los conocía. Para establecer la necesaria proporción, creí conveniente terminar mi discurso con una nota que situaba aquel luctuoso episodio en relación directa con el difícil trance en que la propia Gran Bretaña se hallaba. Leí, por lo tanto, ante la Cámara la advertencia que, con el consentimiento del Gabinete, había hecho yo circular el día anterior por las esferas internas de la máquina gubernamental: “En este día que puede ser la víspera de un intento de invasión o quizá de una batalla por nuestra tierra natal, el primer ministro desea recordar a todas las personas que ostentan cargos de responsabilidad en el Gobierno, en las oficinas militares o en los departamentos civiles, la obligación en que se encuentran de mantener despierto el ánimo y henchido de confianza y energía el corazón. Aun cuado deben tomarse las precauciones que el tiempo y los medios disponibles permitan, no hay razón alguna para suponer que pueden entrar en este país, ya sea por el aire o por el mar, más soldados alemanes que los que tenemos sobre las armas. La Aviación británica está en excelente forma y su fuerza es superior a la que ha alcanzado nunca hasta ahora. Jamás la Marina alemana fue tan débil como hoy, ni8 el Ejército británico de la metrópoli tan fuerte como en estos momentos. “El primer ministro espera que todos los servidores de Su Majestad situados en puestos de mando o de responsabilidad den ejemplo de firmeza y resolución. Deberán atajar y censurar con dureza la expresión de las opiniones malhumoradas que se emitan en sus respectivos círculos. No vacilarán en denunciar, y si es necesario destituir, a cualquier persona, sea oficial o funcionario, de la cual se sepa que ejerce deliberadamente una influencia turbadora o depresiva y cuya conversación tienda a sembrar la alarma y el desaliento. Sólo así serán dignos de los combatientes que, en el aire, en el mar o en tierra, se han enfrentado ya con el enemigo sin el más leve temor de verse superados en dotes marciales.” La Cámara guardó profundo silencio en todo el curso de mi declaración, pero al término de ella se produjo una escena única en mis recuerdos. Todos los presentes sin excepción se pusieron en pie y prorrumpieron en aplausos y aclamaciones que, según me pareció duraron largo rato. Hasta entonces el Partido Conservador me había tratado con cierta reserva, y el apoyo más caluroso cuando yo entraba en la Cámara o cuando pronunciaba un discurso en las ocasiones de especial importancia procedía por regla general de los escaños laboristas. Pero en aquel momento todos los Partidos se unieron en un solemne y estentóreo acorde. El genio de Francia La eliminación de la Flota francesa –realizada violentamente casi de un solo golpe– como factor esencial causó honda impresión en todo el mundo, aquella Inglaterra que tanta gente había considerado ya vencida y anulada, aquella Inglaterra a la que los extranjeros habían imaginado trémula al borde de la capitulación frente a la formidable Potencia que tenía enfrente, atacaba sin piedad a sus entrañables amigos de la víspera y se aseguraba de momento el dominio indiscutible de los mares. Los hechos demostraron con claridad meridiana que el Gabinete de Guerra británico no temía a nada ni se detendría ante nada. Y así edra en verdad. Entretanto, el Gabinete Pétain se había trasladado a Vichy el 1º de julio y procedía a organizarse como Gobierno de la Francia no ocupada. Al recibir las noticias de lo ocurrido en Orán, aquel Gobierno dispuso un ataque de represalia contra Gibraltar, y una formación de aviones procedentes de África arrojó algunas bombas en dicho puerto. El 5 de julio Vichy rompió oficialmente sus relaciones con la Gran Bretaña. El día 11 dimitió el presidente Lebrón y fue elegido jefe del Estado el mariscal Pétain por la enorme mayoría de 560 votos contra 78. Hubo 187 abstenciones. Con todo, el genio de Francia permitió a su pueblo comprender toda la significación de la tragedia de Orán, y, en medio de su calvario, extraer nuevas esperanzas y fuerzas renovadas de aquella amarga prueba que venía a sumarse a las ya sufridas. El general De Gaulle, a quien yo no había consultado de antemano, adoptó una actitud magnífica. Y Francia, liberada y restaurada en su soberanía ratificó después su conducta. Estoy muy agradecido a M. Teitgen, destacado miembro del Movimiento Francés de Resistencia y más tarde ministro de Defensa de su país, por el relato de un hecho que merece reseñarse. En un pueblo cercano a Tolón Vivian dos familias de campesinos, cada una de las cuales perdió un hijo marinero en el bombardeo británico de Orán. Todos los vecinos quisieron asistir a los funerales organizados en sufragio de las almas de aquellos desventurados. Ambas familias pidieron que la bandera británica cubriese los féretros junto con el pabellón tricolor. Su deseo fue piadosamente respetado. Semejante gesto demuestra que el espíritu de comprensión de las personas sencillas raya en lo sublime. Inglaterra, definitivamente sola Después de Orán, todos los países vieron claramente que el Gobierno y la nació británicos estaban decididos a luchar hasta el fin. Pero aun cuando no se registrase en la Gran Bretaña el más leve asomo de debilidad moral, ¿Cómo se lograrían superar las ingentes dificultades materiales? Bien sabido era que nuestros Ejércitos metropolitanos apenas si tenían más armas que los fusiles. En efecto, en toda la extensión del país había escasamente había escasamente quinientos cañones de campaña de diferentes tipos y no más de doscientos tanques medianos o pesados. Debían transcurrir varios meses antes de que nuestras fábricas pudiesen compensar siquiera los pertrechos y municiones perdidos en Dunkerque. ¿Qué de extraño tiene que todo el mundo estuviese convencido de que había sonado nuestra última hora definitiva? Tanto en los Estados Unidos como en todos los países que seguían siendo libres cundió el pánico sin precedentes. Los norteamericanos se preguntaban seriamente si era prudente derrochar una parte de sus propios recursos, tan rigurosamente limitados ya, en aras de un sentimiento generoso, pero sin esperanzas. ¿No era preferible, por el contrario, concentrar todas sus fuerzas morales y guardar con cuidado todas sus armas con objeto de remediar su propia falta de preparación? Era necesario tener una mente muy serena y un juicio muy claro para elevarse por encima de estos argumentos positivos y apremiantes. La nación británica debe gratitud eterna al noble presidente de los Estados Unidos y a sus principales consejeros y colaboradores por el hecho de que en ningún momento, ni aun en vísperas de las elecciones en que mister Roosevelt aspiraba a un tercer mandato presidencial, perdieran la confianza en nuestras energías o en nuestra buena estrella. El temple optimista e imperturbable de la Gran Bretaña, del que a mí me cabía el alto honor de ser portavoz, podía –¿Por qué no?– ser el peso que inclinase la balanza. Aquel pueblo que en los años anteriores a la guerra había llegado a los últimos extremos del pacifismo y la imprevisión, que se había entregado al deporte de la política de partidos y que, sabiéndose tan deficientemente armado, había avanzado con ánimo alegre hasta el corazón de los asuntos europeos, veíase ahora obligado a satisfacer el precio tanto de sus generosos impulsos como de su asombrosa incuria. Pero no le flaqueaba el ánimo. Antes bien, desafiaba a los conquistadores de Europa. Parecía dispuesto a ver reducida su isla a pavesas antes que cejar en su empeño. Sería una bella página para la Historia. 55 Pero existían ya en el gran libro otras páginas escritas con caracteres parecidos. Atenas había sido vencida por Esparta. Los cartagineses opusieron una larga e inútil resistencia a Roma. No pocas veces en los anales del pasado –¿y con cuanta mayor frecuencia en tragedias jamás reconocidas por los historiadores!– naciones prósperas, valientes y orgullosas, y hasta razas enteras, habían desaparecido hasta el punto de no sobrevivir más que su nombre y aun a veces ni el recuerdo de éste. “La final en campo propio” Pocos ingleses y muy pocos extranjeros comprendían las especiales ventajas técnicas de nuestra posición insular; como tampoco se sabía en general hasta que punto, incluso en los indecisos años anteriores a la guerra, habíamos mantenido viva la esencia de la defensa en el mar y más tarde en los aires. Aparte de nuestra voluntad de resistencia, había un factor de gran importancia. Uno de los mayores peligros que corrimos durante el mes de junio de 1940 fue el de que nos viésemos obligados a renunciar a nuestras últimas reservas para mantener en Francia una resistencia inútil y agotadora, y que al propio tiempo la fuerza de nuestra Aviación se viese gradualmente reducida por la frecuencia de los vuelos o el envío de escuadrillas al campo de batalla del Continente. Si Hitler hubiese gozado de una sabiduría sobrenatural, habría moderado el ritmo de sus ataques en el frente francés, ordenando quizá una pausa de tres o cuatro semanas después de Dunkerque en la línea del Sena y procediendo entretanto a madurar sus preparativos de invasión de Inglaterra. De este modo nos habría situado ante el dilema torturante y espantoso de dejar a Francia debatirse sola en su agonía o lanzar a la batalla los recursos que representaban nuestra última esperanza de sobrevivir. Cuando más presionábamos a los franceses para que continuasen luchando, tanto mayor era nuestra obligación de ayudarles y tanto más difícil nos habría sido –en el supuesto apuntado– realizar preparativos para la defensa de Inglaterra y más aun mantener en reserva las veinticinco escuadrillas de aviones de caza de las que dependía todo nuestro futuro. En este último punto no hubiésemos cedido jamás, pero la persistencia de nuestra negativa habría decepcionado amargamente a nuestra aliada, en plena lucha a la sazón, y habría envenenado por completo nuestras relaciones. Lo cierto es que algunos de los miembros de nuestro Alto Mando se dispusieron , incluso con una sensación de auténtico alivio, a enfocar el nuevo problema, tan dramáticamente simplificado, que se nos planteaba. Nada mejor para sintetizar esta reacción que la frase que pronunció el gerente de un club militar londinense para animar a uno de los socios que se mostraba algo deprimido: “Después de todo, mi querido amigo, estamos en la final y la vamos a jugar en campo propio” CAPITULO XXII Ante la prueba suprema Hacia fines de junio de 194º, los jefes de Estado Mayor, por mediación del general Ismay, me sugirieron, en una reunión del Gabinete de Guerra, que visitase los sectores defensivos de las costas oriental y meridional. En consecuencia, cada semana dediqué uno o dos días a esta agradable tarea, durmiendo cuando era necesario en mi tren especial, donde tenía todas las facilidades para realizar mi trabajo cotidiano y estar en constante contacto con Whitehall. Política de inspección personal Dediqué una de mis primeras visitas a la Tercera División, situada bajo el mando del general Montgomery, a quien yo no conocía personalmente. Me acompañó mi esposa. La Tercera División estaba acantonada cerca de Brighton. Se le había concedido prioridad especial en cuanto a reorganización de hombres y pertrechos, y había estado a punto de salir para Francia cuando terminó la resistencia de este país. Montgomery tenía instalado su Cuartel General en el Lancing Collage, no lejos del cual ,me hizo presenciar una pequeña maniobra, cuyo objeto esencial consistía en un movimiento de flanqueo, apoyado por cañones montados sobre plataformas automóviles, piezas de las que por aquel entonces tan sólo pudo exhibir siete u ocho. Después de esto recorrimos juntos en coche la costa a través de Shoreham y Hove, hasta que llegamos al sector de Brighton, del que tan buenos recuerdos guardaba yo de mis tiempos de estudiante. Almorzamos en el Hotel Royal Albión, que se levanta en uno de los extremos del muelle. No quedaba ningún huésped en el hotel, pues la evacuación había sido considerable; pero veíanse aún bastantes personas que tomaban el fresco en las playas o en el paseo. Me divirtió muchísimo ver cómo un pelotón de granaderos transformaba en nido de ametralladoras, con sacos terreros, uno de los quioscos del muelle semejantes a aquellos en que en mi lejana infancia tantas veces había admirado boquiabierto las cabriolas de las pulgas amaestradas. Hacía un tiempo delicioso. Charlamos de todo lo imaginable con el general Montgomery, y pase un día agradabilísimo. Sin embargo: Del jefe del Gobierno al ministro de la Guerra. “3 – 7 – 40. “Me ha sorprendido en gran manera encontrar a la Tercera División esparcida a lo largo de cuarenta kilómetros de costa en vez de hallarse, como yo había imaginado, concentrada en reserva en un punto determinado, dispuesta a lanzarse al contraataque en cualquier lugar en que el 56 enemigo amenace seriamente con establecer una cabeza de puente. Pero mucho más asombroso es el hecho de que la infantería de esta división, que tiene un carácter esencialmente móvil, carezca de los camiones necesarios para su traslado al punto de acción. “También en Portsmouth se me quejaron de que las tropas allí acantonadas no tienen al alcance de la mano los elementos de transporte correspondientes. Dada la abundancia de medios de transporte por carretera que hay en este país, así como el gran número de chóferes que tenemos procedentes del Cuerpo Expedicionario británico, cabe poner remedio inmediato a esta situación. En todo caso, confío que hoy mismo se autorizará al general jefe de la Tercera División para que, de acuerdo con sus deseos, requise el gran número de autobuses que aún a estas alturas efectúan viajes de placer al frente marítimo de Brighton.” Un colaborador valioso Hacia mediados de julio el ministro de la Guerra propuso que el general Brooke substituyera al general Ironside en el mando de nuestras fuerzas metropolitanas. El 19 de julio, en el curso de mis incesantes visitas de inspección a los llamados sectores de invasión, me trasladé de nuevo a la zona meridional. Asistí a un ejercicio táctico, en el que participaron nada menos que doce tanques. Durante toda la tarde recorrí en automóvil aquel sector, acompañado por el general Brooke, comandante del mismo. Su hoja de servicios era muy brillante. No sólo había dirigido la decisiva batalla de flanco cerca de Ypres durante la retirada de Dunkerque, sino que, cuando se hallaba al frente de las tropas de refresco que enviamos a Francia en las tres primeras semanas de junio, desempeñó su labor con una firmeza y una habilidad realmente extraordinarias y en circunstancias de una dificultad y una confusión inimaginables. Me unían también con Alan Brooke lazos personales de amistad a través de sus dos valientes hermanos, camaradas de mis primeros años de vida militar. Estas relaciones y estos recuerdos no influyeron en mí para nada en la hora trascendental de la selección; pero constituyeron unos cimientos muy sólidos para el mantenimiento y desarrollo de mi colaboración constante con Alan Brooke durante todo el resto de la guerra. En aquella tarde de julio de 1940 viajamos juntos en automóvil por espacio de cuatro horas y coincidimos en nuestros puntos de vista acerca del sistema de defensa interior. Previas las oportunas consultas, aprobé la propuesta del ministro de la Guerra para otorgar a Brooke el mando de las fuerzas metropolitanas en substitución del general Ironside. Este aceptó la decisión superior con la dignidad militar que en todo momento caracterizó sus actos. Mientras duró la amenaza de invasión, es decir, por espacio de año y medio, Brooke organizó y dirigió los ejércitos metropolitanos; y después, cuando pasó a ocupar la jefatura del estado Mayor Imperial, seguimos colaborando durante tres años y medio hasta la victoria final. En el curso de esta “Memorias” daré cuenta de los beneficios que me procuró su atinado consejo en los cambios decisivos de mando en Egipto y en el Oriente Medio en agosto de 1942, y hablará también del disgusto que hube de darle en 1944 a propósito de la dirección de la operación “Overlord”, o sea la invasión de Europa. ¡Armas. Armas! Durante aquel mes de julio llegaron sin incidente a través del Atlántico considerables cargamentos de armas norteamericanos. La garantía de su arribo me parecía de una importancia tal, que dicté con todo detalle y repetidas veces las órdenes relativas a las precauciones que debían adoptarse para su transporte y recepción. Del jefe del Gobierno al ministro de la Guerra. “7 -7 – 40. “ He pedido al Almirantazgo que organice con especial cuidado la llegada de los convoyes portadores de fusiles. El primer lord, en efecto, ha dispuesto que salgan cuatro destructores a recibirlos lo más lejos posible. Los transportes y su escolta llegarán el día 9. Le ruego se informe en el Almirantazgo acerca de la hora exacta. Me ha complacido vivamente saber que realiza usted todos los preparativos necesarios para la descarga, recepción y distribución de los fusiles. Por lo menos cien mil de ellos han de estar en poder de las tropas en la misma noche del 9, o cuando más a primeras horas de la mañana siguiente. “Deberán utilizarse trenes especiales para distribuir las armas y las municiones de acuerdo con un plan establecido concretamente de antemano. Un jefe militar que esté familiarizado con dicho plan se hará cargo de aquellos trenes en el puerto de descarga. Creo conveniente que usted asegure la pronta distribución de armas entre los distritos costeros de modo que la Guardia Metropolitana de las zonas de peligro queda servida en primer lugar. Confío tendrá usted la amabilidad de comunicarme antes lo que decida.” Al aproximarse a nuestras costas los buques procedentes de Norteamérica con sus valiosísimas armas, en los distintos puertos teníamos dispuestos trenes especiales para recibir el cargamento. En todos los condados, en todas las ciudades y en todos los pueblos la Guardia Metropolitana veló durante muchas noches en espera de aquellas armas. Después hombres y mujeres trabajaron sin descanso día y noche para ponerlas en estado conveniente de uso. Hacia fines de julio la nación contaba con armas suficientes para hacer frente al lanzamiento de paracaidistas o de tropas aerotransportadas. Nos habíamos convertido en un auténtico “avispero”. Por lo menos si teníamos que hundirnos luchando (cosa que yo no creía en modo alguno), muchos de nuestros hombres y algunas de nuestras mujeres contaban con un arma. La llegada del primer envío de 500.000 fusiles tipo 300 para la Guardia Metropolitana (si bien cada arma sólo iba acompañada de unos cincuenta cartuchos, de los cuales únicamente nos atrevimos a distribuir diez, dado que nuestras fábricas no trabajaban aún al ritmo necesario), nos permitió transferir 300.000 fusiles del tipo 303 a las formaciones del Ejército regular, que aumentaban rápidamente. Mas vale cañón en mano… Algunos técnicos quisquillosos torcieron el gesto ante los cañones del 75 con municionamiento de mil obuses por pieza. Carecíamos de armones y no teníamos medio de procurarnos mas municiones. Sabido es que la diversidad de calibres complica las operaciones. Pero yo no quise prestar oídos a semejantes distingos, y durante los años 1940 y 1941 aquellas novecientas piezas del 75 constituyeron un importante refuerzo para nuestras posibilidades de defensa del territorio insular. Se idearon las soluciones oportunas y un cierto número de soldados se ejercitó en la labor de cargar en camiones, mediante plataformas inclinadas, aquellas piezas de artillería con objeto de darles la necesaria movilidad. Cuando se lucha por la existencia misma del país, es preferible tener un cañón de la clase que sea a no tener cañón alguno, y el 75 francés, aun anticuado respecto a la pieza británica del 25 y al obús de campaña alemán, seguía siendo un arma excelente. Baterías en presencia Habíamos seguido con ojo vigilante los progresos de instalación de las baterías pesadas alemanas a lo largo de la costa del Canal durante los meses de agosto y septiembre. La concentración más importante de esta clase de artillería se hallaba en las cercanías de Caláis y del cabo 57 Gris-Nez, con el evidente propósito no sólo de impedir el paso de nuestros buques de guerra por el estrecho, sino también de controlar la vía más corta para su cruce. Lar órdenes dictadas por mí, en junio, de dotar el promontorio de Dover con cañones capaces de disparar sobre el lado opuesto del Canal había dado fruto, aunque no en la misma escala. Me tomé un interés personal en todo aquel asunto. En aquellos angustiosos meses estivales visité Dover diversas veces. En la ciudadela del castillo se habían abierto espaciosas galerías y salas subterráneas, y en los días de cielo despejado se distinguían desde un amplio balcón las costas de Francia, a la sazón en poder del enemigo. El almirante Ramsay, comandante militar de la zona, era amigo mío. Era hijo de un coronel del cuarto regimiento de Húsares, a cuyas órdenes yo había servido en mi juventud, y muchas veces le había visto, niño aún, jugando en la plaza de armas de Aldershot. Cuando, tres años antes de estallar la guerra, dimitió su cargo de jefe del Estado Mayor de la Flota metropolitana, en razón de ciertas diferencias surgidas con su comandante en jefe, acudió a mí para pedirme consejo. Sostuve con él largas y jugosas conversaciones, y acompañados por el comandante de la fortaleza de Dover, visitamos las obras de defensa, que adquirían robustez con notable celeridad. El “avispero” Como transcurrieran los meses de julio y agosto sin que se produjera ningún desastre, fuimos afirmándonos cada vez más en la convicción de que podríamos sostener una lucha dura y larga. El aumento de nuestra fuerza hacíase evidente día tras días. La población entera trabajaba hasta el límite extremo de su vigor físico. Las gentes se consideraban recompensadas cuando, a la hora de entregarse al descanso cotidiano después de muchas horas de esfuerzo o de vigilia, experimentaba la sensación creciente de que tendríamos tiempo para todo y de que venceríamos. Todas las playas estaban erizadas de defensas de distintas clases. El país entero estaba organizado en sectores defensivos. Las fábricas volcaban sus armas sobre nosotros. Hacia fines de agosto teníamos ¡más de doscientos cincuenta tanques nuevos! Empezábamos a recoger el fruto de la fe y la decisión. Los soldados del Ejército regular británico y sus camaradas de las unidades territoriales se instruían y entrenaban de sol a sol y anhelaban que llegase el momento de entrar en contacto con el enemigo. La Guardia Metropolitana tenía ya en sus filas más de un millón de hombres que, cuando faltaban fusiles, empuñaban gozosos la escopeta, la carabina, la pistola o bien, cuando no había ningún arma de fuego, la pica y el garrote. No existía quinta columna en la Gran Bretaña, aunque se localizó cuidadosamente y se detuvo a algunos espías. Los pocos comunistas que teníamos permanecían quietos. Todos y cada uno de los demás habitantes daban a la causa común todo lo que podían dar. Cuando Ribbentrop fue a Roma en septiembre, le dijo a Ciano: “La defensa territorial inglesa es inexistente. Bastará una sola división alemana para provocar el hundimiento total”. Esto demuestra su ignorancia. Visión de pesadilla No obstante, muchas veces me he preguntado que habría ocurrido si doscientos mil hombres de las tropas de asalto alemanas hubiesen logrado poner pié en nuestras costas. La hecatombe habría sido espantosa por ambas partes. No habría habido piedad ni cuartel. El enemigo hubiese empleado el terror, y nosotros estábamos dispuestos absolutamente a todo. Yo tenía la intención de lanzar la consigna: “Cada cual puede llevarse a uno por delante”. Calculaba incluso que los horrores de semejante situación inclinarían en última instancia la balanza a nuestro favor en los Estados Unidos. Pero ninguna de estas visiones de pesadilla se convirtió en realidad. A lo lejos, entre las aguas plomizas del mar del Norte y del Canal de la Mancha, nuestras leales flotillas patrullaban afanosamente, intentando perforar con cien ojos las tinieblas de la noche. En lo alto vigilaban los pilotos de los cazas, mientras otros, prestos a remontarse al primer aviso, aguardaban serenos en tierra junto a sus excelentes aparatos. Era aquella una época en que la vida y la muerte constituían premios igualmente valiosos. 58 CAPITULO XXIII Con la amenaza en el umbral (Al reseñar las medidas adoptadas en junio y julio de 1940 para hacer frente a una posible invasión alemana mister Churchill recuerda que en 1914 había declarado oficialmente que la Marina podía proteger con plena eficacia, en aquella época, a la Gran Bretaña contra con cualquier desembarco enemigo.) Pero ahora teníamos que contar con la Aviación. ¿Qué modificaciones había introducido este trascendental progreso de la Humanidad en el problema de la invasión? Evidentemente, si el enemigo lograba dominar las zonas marítimas angostas a ambos lados del estrecho de Dover mediante una neta superioridad aérea, rea, las pérdidas de nuestras flotillas serían muy elevadas y con el tiempo podían llegar a ser funestas. Nadie se atrevería, excepto en una ocasión de importancia suprema, a aventurar acorazados o cruceros pesados en aguas dominadas dominad p0or los bombarderos alemanes. lemanes. En realidad no estacionábamos navíos de gran potencia en las zonas situadas al sur del Forth y al este de Plymouth. Pero desde Harwich hasta Porland, pasando por el Nore, Dover y Portsmouth, manteníamos un servicio incesante de patrullas formadas for por buques ligeros de combate cuyo número iba constantemente en aumento. En septiembre eran ya más de ochocientos. El enemigo sólo sól podía destruir aquel conjunto de unidades valiéndose de la Aviación, y aun así parcialmente nada más. Evidente desproporción aérea Pero, ¿quién mandaba en el aire? En la batalla de Francia habíamos luchado con los alemanes en proporción de dos a uno y hasta hast de tres a uno, y le habíamos infligido bajas en proporción parecida. Sobre Dunkerque, donde tuvimos que mantener un servicio serv constante de patrullas aéreas para proteger la retirada del Ejército, habíamos luchado con éxito y con muy buenos resultados en proporción de cuatro o cinco a uno. Sobre nuestras propias aguas y nuestras costas y condados más directamente expuestos al ataque enemigo, el jefe de la Aviación, mariscal Dowding, consideraba posible luchar con ventaja en proporción de siete u ocho contra uno. En aquella época las disponibilidades de la Aviación alemana, considerada en conjunto, eran, a lo que sabíamos –y – estábamos bien informados–, de tres aparatos por cada uno nuestro. Aunque la desigualdad era muy notable y resultaba peligroso luchar en tales condiciones con el arrojado y eficiente enemigo alemán, yo tenía la convicción de que en nuestro espacio aéreo, sobre sob nuestro país y nuestras aguas, podíamos derrotar a la Aviación germana. Y si lográbamos esto, nuestras fuerzas navales seguirían dominando los mares y los océanos y destruirían todas las unidades enemigas que se interpusieran en nuestras rutas vitales. Pero el mar también cuenta Existía, desde luego, un tercer factor potencial. ¿Habían preparado secretamente los alemanes, con sus famosa meticulosidad y su no menos célebre espíritu de previsión, una vasta flota de pequeñas unidades especiales de desembarco desemba que no necesitarían bahías ni muelles, pero que pudiesen transportar tanques, cañones y vehículos motorizados hasta diversos puntos de las playas y fuesen susceptibles luego de abastecer a las tropas desembarcadas? Esta idea se me había ocurrido hacía ya muchos años, en 1917, y se procedía ahora a realizar detenidos estudios sobre la misma de acuerdo con mis instrucciones. No teníamos, sin embargo, razón alguna para creer que existiera en Alemania nada de todo aquello pero siempre es preferible, cuando se especula con incógnitas, no excluir lo pero. Nosotros necesitamos cuatro años de intensos esfuerzos y experimentos, así como una inmensa ayuda material de los Estados Unidos, para acumular el equipo que hizo posible el desembarco en Normandía. Muchos M menos enos habrían bastado a los alemanes en aquella época. Pero sólo tenían unos cuantos transbordadores tipo “Siebel”. Así, pues, para llevar a cabo la invasión de Inglaterra necesitaba Alemania una superioridad naval siguiera local y la supremacía suprem aérea, además ás de una flota especial de extraordinarias proporciones y un número inmenso de pequeñas unidades de desembarco. Pero éramos nosotros quien tenía la superioridad naval. Fuimos nosotros quien conquistó la supremacía aérea. Y, finalmente creíamos –con razón, según ahora sabemos– que los alemanes no habían construido ni concebido siquiera flota especial alguna. Estos eran los cimientos de mis ideas acerca de la invasión en 1940, y sobre esta base fui emitiendo día tras días las instrucciones y las directrices. La tarea esencial A fines de junio determinadas informaciones dieron cuenta de que en el canal de la Mancha no quedaba descartado de los planes plane enemigos. En consecuencia, pedí inmediatamente que se abriese una investigación. Del primer ministro al general Ismay “27 – 6 – 40. “Parece difícil imaginar que el enemigo pueda situar grandes contingentes de trasportes marítimos en los puertos del Canal sin si que nosotros lo sepamos, como tampoco es fácil creer que sistema alguno de minado pueda evitar que nuestros dragaminas abran el paso p necesario para 59 atacar a tales contingentes durante la travesía. Sin embargo, sería conveniente que los jefes de Estado Mayor prestasen atención a este rumor.” En cualquier caso, era preciso estudiar detenidamente la posibilidad de una invasión a través del Canal, a pesar de lo improbable que parecía ser en aquella época. Yo no estaba del todo satisfecho de las disposiciones tomadas por los jefes militares. Era de absoluta necesidad que el Ejército conociese exactamente la tarea que le estaba asignada, y de modo especial había que evitar la debilitación de nuestras energías mediante la dispersión de las fuerzas a lo largo de las costas amenazadas, así como el agotamiento de los recursos nacionales mediante una cobertura indebida de todas las costas. Durante el mes de julio el Gobierno británico se preocupó ampliamente del asunto. A pesar de los incesantes vuelos de reconocimiento y de las grandes ventajas de la fotografía aérea, no habíamos tenido confirmación aún de que existiesen grandes concentraciones de unidades de transporte en los puertos del Báltico, del Rin o del Escalda, y estábamos seguros de que no se había producido movimiento alguno de buques ni de lanchones automotores en dirección al Canal. No obstante, seguíamos considerando los preparativos para resistir a la invasión como nuestra tarea principal, y tanto el Gabinete de Guerra como el Mando de la Defensa Metropolitana dedicaban a ella sus constantes esfuerzos. El Sur, objetivo alemán Tanto mis asesores militares como yo opinábamos que durante los meses de julio y agosto era mucho más factible un ataque contra la costa oriental que contra la meridional. En realidad, a nuestro entender, el asalto no podía realizarse por ningún otro punto en el curso de aquellos dos meses. Con todo, según veremos más adelante, el proyecto alemán consistía en invadir la isla a través del canal de la Mancha valiéndose de buques de mediano calado (de 4.000 a 5.000 toneladas) y pequeñas embarcaciones. Ahora sabemos que el enemigo nunca pensó siquiera en enviar un ejército expedicionario procedente del Báltico y del mar del Norte a base de grandes unidades de transporte. Menos todavía proyectó una invasión desde los puertos del golfo de Vizcaya. Esto no significa que al elegir la costa meridional como objetivo los alemanes estuvieran en lo cierto ni que nosotros estuviésemos equivocados. La invasión por la costa oriental era, con mucho, la más formidable de las empresas de este tipo, aun suponiendo que el enemigo contase con los medios necesarios para intentarla. Desde luego, no había invasión posible por la costa meridional mientras los alemanes no llevasen a través del estrecho de Dover los buques necesarios y los concentrasen en los puertos franceses del Canal. Durante el mes de julio no hubo el menos indicio de esto. La “araña” De todos modos, teníamos que prepararnos contra todas las contingencias y al propio tiempo evitar la dispersión de nuestras fuerzas móviles y acumular las reservas necesarias. Este interesante y difícil problema sólo podíamos irlo resolviendo de acuerdo con las noticias que se recibían y los acontecimientos que se producían semana a semana. El litoral británico, mellado por infinidad de ensenadas, tiene una extensión total de más de 3.000 kilómetros, sin incluir a Irlanda. El único medio de defender un perímetro tan vasto, cualquiera o cualesquiera de cuyos puntos pueden ser simultánea o sucesivamente atacados, es el de crear una serie de líneas de observación y resistencia a lo largo de la costa o de las fronteras destinadas a contener en un momento dado al enemigo, y entretanto acumular los mayores contingentes posibles de reserva formados por tropas móviles bien entrenadas y distribuidas de tal manera que puedan acudir a presión por parte del enemigo y contraatacar vigorosamente. Cuando en las fases postreras de la guerra Hitler se encontró a su vez cercado y frente a un problema similar, incurrió, como veremos, en los máximos errores imaginables al tratar de resolverlo. Había creado una tela de araña de comunicaciones, pero se olvidó de la araña. Fresco aún en nuestra mente el ejemplo de las erróneas disposiciones que tan caras habían costado a los franceses, tuvimos buen cuidado de no olvidar la “masa de maniobra”; y yo prediqué sin descanso la aplicación de esta política en la medida más amplia que nos permitieran nuestros recursos. Cálculos optimistas Las consideraciones expuestas en mi extensa minuta del 10 de julio relativa a la posible invasión, dirigida al jefe del Estado Mayor Imperial y a otras altas personalidades estaban de acuerdo, en líneas generales, con las ideas del Almirantazgo. Dos días más tarde el almirante Pound me remitió un detallado y concienzudo estudio que él y su Estado Mayor habían preparado como consecuencia de aquella minuta. Lógicamente en el informe de los técnicos navales quedaban de manifiesto sin rebozo los peligros que habíamos de correr. Pero, en conclusión, el almirante Pound decía: “Parece probable que llegue hasta nuestras costas un total aproximado de cien mil hombres, sin que puedan interceptarlos nuestras fuerzas navales… pero, a nuestro juicio, es prácticamente imposible que logren mantener sus líneas de suministro, a menos que las fuerzas aéreas alemanas hayan vencido a nuestra Aviación y a nuestra Marina… Si el enemigo emprendiera esta operación, lo haría confiado en que podría efectuar un rápido avance sobre Londres, abasteciéndose en nuestro propio campo a medida que realizara su progresión, y obligar al Gobierno a capitular.” Esta apreciación me satisfizo vivamente. Como el enemigo no podía traer consigo armamento pesado de ningún género y además se encontraría rápidamente con las líneas de suministro cortadas, ya en el mes de julio teníamos, al parecer, excelentes probabilidades de hacer frente a cualquier intento de invasión con el ejercito que estábamos reorganizando a marchas forzadas. Remití ambos documentos a los Estados Mayores y al Mando de la Defensa Metropolitana. Minuta del primer ministro. “15 – 7 – 40. “Es necesario que los jefes de Estado Mayor y el Mando de la Defensa Metropolitana estudien estos informes con detención. El memorando del primer lord del Mar puede servir de base para la adopción de las medidas convenientes, y aunque personalmente creo que el Almirantazgo, llegado el momento, hará todavía más de lo que promete, y que las bajas de los invasores durante la travesía limitarán muchísimo la violencia del ataque, los preparativos de las unidades terrestres deben ser tales que dupliquen la garantía actual de éxito por nuestra parte. En realidad, podríamos perfectamente doblar la potencia de ataque de nuestras fuerzas de tierra, o sea, contar con doscientos mil hombres distribuidos en la proporción que sugiere el primer lord del Mar. Nuestro Ejército metropolitano tiene ya hoy vigor suficiente para hacer frente a un intento de invasión, y su potencia aumenta rápidamente. 60 “Me complacería mucho que nuestros proyectos para atajar la invasión por la costa fuesen revisados a la luz de estas consideraciones. Es preciso tener en cuenta que si bien parece probable que el enemigo lance su ataque principal contra el norte de nuestro territorio, la suprema importancia de Londres y la angostura del mar en la zona meridional hacen que el Sur sea el escenario en que deben tomarse las máximas precauciones.” Precisiones A fin de llegar a conclusiones más definidas acerca de las diversas probabilidades y escalas del ataque enemigo contra nuestro extenso litoral y con objeto de evitar una dispersión innecesaria de nuestras fuerzas, cursé otra minuta a los jefes de Estado Mayor en los primeros días de agosto. Después de una nueva revisión de todos los informes, el Comité de jefes de >Estado Mayor contestó a mi citada minuta con un memorando preparado por el coronel Hollis, que actuaba como secretario de aquel organismo. No obstante, ya cuando se estudiaban todos estos documentos y se cursaban las disposiciones derivadas de los mismos había empezado a cambiar la situación en forma decisiva. Nuestro excelente “Inteligente Service” confirmaba que Hitler había dado órdenes concretas a propósito de la operación “León Marino”, y que ésta se hallaba en una fase preparatoria activa. Parecía seguro que el hombre iba a intentar la gran empresa. Además, el frente que, según nuestros servicios de información, los alemanes pensaban atacar nada tenía que ver con la costa oriental, es decir, con el frente al que los Jefes de Estado Mayor, el Almirantazgo y yo –todos completamente de acuerdo– aún concedíamos preferente atención; cuando más, las noticias recibidas a graves de aquellos servicios señalaban la mencionada costa oriental como frente complementario en los planes del enemigo. Poco después se inició una rápida transformación. Gran número de lanchones automotores y canoas automóviles empezaron a pasar en las horas nocturnas por el estrecho de Dover, bordeando la costa francesa y concentrándose gradualmente en todos los puertos franceses del canal de la Mancha, desde Caláis hasta Brest. Las fotografías que obteníamos diariamente mostraban con absoluta precisión el curso de estos movimientos. No nos había sido posible colocar de nuevo los campos de minas junto a la costa francesa. Por consiguiente, empezamos al punto a atacar a las unidades alemanas que afluían a aquellas zonas valiéndonos de nuestras pequeñas embarcaciones rápidas. Por su parte, los aviones de bombardeo dedicaron sus actividades a los puertos de donde había de partir la invasión. Al propio tiempo recibimos noticias concretas acerca del establecimiento de uno o varios ejércitos alemanes de invasión a lo largo de aquella faja de costa enemiga, así como acerca de un inusitado movimiento en las líneas ferroviarias y grandes concentraciones en el Paso de Caláis y en Normandía. Más tarde supimos que en las proximidades de Boulogne había dos divisiones alpinas destinadas evidentemente a escalar los acantilados de Folkestone. Entretanto iban apareciendo potentes baterías de gran alcance a todo lo largo de la costa francesa del Canal Los mazos del general Brooke En respuesta a la nueva amenaza, empezamos a dar una mayor elasticidad a nuestros músculos y a perfeccionar los medios de transporte que nos permitieran dirigir con facilidad nuestras reservas móviles, cada vez más numerosas, hacia el frente meridional. Al terminar la primera semana de agosto, el general Brooke, a la sazón comandante en jefe de las Fuerzas Metropolitanas, indicó que la amenaza de invasión se cernía sobre la costa Sur tanto como sobre la costa oriental. Nuestras unidades no cesaban de aumentar en número, eficiencia, movilidad y elementos de combate. De esta manera, en la segunda mitad de septiembre podíamos ya llevar al combate en el frente de la costa meridional, comprendida la zona de Dover, hasta 16 divisiones de primera calidad, de las cuales tres eran divisiones blindadas. Todas ellas eran independientes de las unidades locales de defensa costera y podían entrar rápidamente en acción en cualquier punto en que el enemigo intentara desembarcar y consolidad posiciones. Esto ponía en nuestras manos un mazo, o mejor dicho, una serie de mazos, para cuyo debido manejo el general Brooke contaba con todos los resortes necesarios; y, dicho sea en honor a la verdad, nadie mejor capacitado que él para manejarlos. 61 CAPITULO XXIV Alemania prepara la invasión Poco después de estallar la guerra el 3 de septiembre de 1939, el Estado Mayor de la Marina alemana –según hemos sabido por los archivos que cayeron en nuestro poder al terminar la contienda– empezó a estudiar un plan de invasión de la Gran Bretaña. Contra lo que nosotros creíamos, los alemanes estaban absolutamente convencidos de que el único camino posible para tal operación era el estrecho brazo de mar que constituye el canal de la Mancha. Nunca estudiaron ninguna otra solución. Si hubiésemos sabido esto se nos habría quitado un gran peso de encima. Una invasión a través del Canal suponía orientar la lucha hacia nuestra costa mejor defendida, hacia el antiguo frente marítimo contra Francia, donde todos los puertos estaban fortificados y donde teníamos establecidas nuestras principales bases de flotillas y más tarde la mayor parte de nuestros aeródromos y centro de defensa aérea para la protección de Londres. No había otro punto de la isla en que estuviésemos en mejor condiciones para desencadenar con más rapidez y con un caudal superior de energías una acción combinada de las tres Armas. Tanteos previos El almirante Raeder no quería que cogiese de improviso a la Marina alemana la orden de invadir Inglaterra. En cuanto empezó su estudio del plan antes citado impuso una serie de condiciones previas. La primera de ellas era el control absoluto de las costas, puertos y estuarios de Francia, Bélgica y Holanda. Por consiguiente, el proyecto dormitó durante el período de “guerra crepuscular”. De pronto, y en forma inesperada, aquella condición básica quedó cumplida. Posiblemente con ciertos recelos, aunque con innegable satisfacción, después de Dunkerque y de la rendición de Francia presentó el almirante su plan al Führer. El 21 de mayo de 1940, y de nuevo el 20 de junio, habló a Hitler de este asunto, no con objeto de proponerle la invasión, sino para estar seguro de que, en caso de decidirse ésta, tendría tiempo suficiente para prepararla minuciosamente y sin precipitación. Hitler se mostraba escéptico; decía que “se daba perfecta cuenta de las excepcionales dificultades que entrañaba semejante empresa”. Abrigaba asimismo la esperanza de que Inglaterra pidiera la paz. El Gran Cuartel General alemán no empezó a considerar la idea hasta la última semana de junio, y hasta el 2 de julio no se cursaron las primeras instrucciones para preparar la invasión de la Gran Bretaña considerándola como un hecho posible. “El Führer ha decidido que, teniendo en cuenta determinadas circunstancias –la más importante de las cuales es dominar por completo el espacio aéreo–, podría llevarse a cabo un desembarco en Inglaterra”. El 16 de julio cursó Hitler la siguiente orden: “Dado que Inglaterra, a pesar de su situación militar desesperada, no muestra indicios de querer entrar en negociaciones con nosotros, he decidido preparar una operación de desembarco en sus costas y, si es necesario, ponerla en práctica… todo lo relativo a esta operación deberá restar dispuesto para mediados de agosto”. Los preparativos estaban ya en marcha en todos los aspectos. La Marina no ve claro El plan de la Marina alemana, del cual yo había recibido ya vagas noticias en el mes de junio, tenía un carácter esencialmente mecánico. Proponía que, bajo el fuego de las baterías pesadas disparándose desde el cabo de Gris-Nez hacia Dover y con una vigorosa protección artillera a lo largo de la costa francesa en la zona del Estrecha, se estableciera un angosto corredor a través del Canal en la Línea más costa posible y se amurallara dicho pasillo con campos de minas situados a ambos lados y custodiados desde el exterior por los submarinos. Por allí se procedería a transportar al Ejército hasta la costa enemiga y a abastecerlo en una serie considerable de oleadas sucesivas. Aquí terminaba la misión de la Marina, y el problema pasaba a manos de los jefes del Ejército alemán. El Alto Mando del Ejército había considerado desde el principio con muchos escrúpulos el proyecto de invasión de Inglaterra. No había establecido ningún plan ni había realizado preparativo alguno con miras a esta operación; además, las tropas no habían sido entrenadas para una tal aventura. A medida que se sucedían las semanas de triunfo prodigioso, delirante, el Ejército iba sintiéndose más y más engreído. Sabía que no era de su incumbencia profesional la responsabilidad de efectuar la travesía con éxito; tenía la sensación clara de que, una vez desembarcadas las tropas en número suficiente, la labor a realizar no le sería difícil. Tanto era así que ya en agosto el almirante Raeder creyó conveniente llamar la atención de los militares sobre los peligros de la travesía, en el curso de la cual podía sucumbir todas las fuerzas del ejército invasor. En cuanto a la responsabilidad del transporte de los efectivos recayó de modo expreso y definitivo sobre la Marina. El Almirantazgo alemán empezó a mostrarse cada vez más pesimista. Distingos y matices El 21 de julio el Führer convocó a los jefes de las tres Armas. Era preciso considerar la puesta en práctica de la operación “León Marino”, dijo, como el medio más eficaz para terminar rápidamente la guerra. Después de sus largas conversaciones con el almirante Raeder, Hitler había empezado a comprender lo que significaba el cruce del Canal de la Mancha, con sus mareas, sus corrientes y todos los misterios del mar. Describió la operación “León Marino” como “una empresa excepcionalmente audaz”. “Aunque el trayecto es corto, no se trata simplemente de cruzar un río, sino de atravesar un mar cuyo dominio está en manos del enemigo. No se trata de un “viaje de ida” como en el caso de Noruega; esta vez no cabe contar con las ventajas de la sorpresa; nos hallamos ante un enemigo presto a defenderse y ferozmente resuelto a luchar, un enemigo que, además domina la zona marítima que hemos de utilizar. Para las operaciones del Ejército se necesitarán cuarenta divisiones. Las mayores dificultades estribarán en el envío de refuerzos de material y de provisiones; no podemos contar con encontrar en Inglaterra suministros de ninguna clase a nuestra disposición.” Los requisitos esenciales previos era: supremacía aérea absoluta, utilización táctica de una potente artillería en el estrecho de Dover y protección por medio de campos de minas. “Aunque la época del año (añadió Hitler) es un factor importante, ya que en el mar del Norte y en el canal de la Mancha reina un tiempo muy malo durante la segunda quincena de septiembre y las nieblas empiezan a mediados de octubre. Por lo tanto, la operación principal deberá estar realizada por todo el día 15 de septiembre, ya que, a partir de aquella fecha, sería muy difícil la cooperación entre la “Luftwaffe” y la artillería pesada. No obstante, como el apoyo de la Aviación es decisivo, conviene ante todo, tener en cuenta este factor para fijar exactamente la fecha.” Amplio frente, desembarcos en masa… 62 En el seno de los Estados Mayores alemanes surgió entonces una vehemente controversia, que en algunos momentos llegó a adquirir tonos desabridos, acerca de la amplitud del frente y el número de puntos de ataque. El Ejército exigía una serie de desembarcos a todo t lo largo de la costa meridional de Inglaterra, desde Dover hasta Lime Lime Regis, al oeste de Pórtland. Pedía asimismo con desembarco de diversión en Tamsgate, al norte de Dover. Por su parte, el Estado Mayor de la Marina afirmaba que la zona más adecuada para atravesar con éxito el Canal era la comprendida compren entre el North Foreland eland (cabo Norte) y el extremo occidental de la isla de Wight. El Estado Mayor del Ejército expuso entonces un plan que consistía en el desembarco de 100.000 hombres, seguido casi inmediatamente inmediat de otra oleada de 160.000 en diversos puntos escalonados entre entre Dover y Lyme Bay. El general Halder, jefe del Estado Mayor del Ejército, declaró que era necesario desembarcar cuanto menos cuatro divisiones en el sector de Brighton. Exigía asimismo desembarcos en la zona Deal-Ramsgate. Ramsgate. Había que desplegar por lo menos menos trece divisiones, a ser posible simultáneamente en distintos puntos situados a lo largo de todo el frente. A su vez la Aviación pedía buques para transportar cincuenta y dos baterías antiaéreas con la primera oleada. El duro terreno de la realidad El jefe efe del Estado Mayor de la Marina, sin embargo, puso de relieve que no era posible ejecutar un movimiento tan vasto y tan rápido. ráp No podía materialmente comprometerse a escoltar a una flota de desembarco a través de toda la amplitud del área mencionada. Lo única que él había pretendido era sugerir que, dentro, de los límites de aquella zona, el Ejército eligiera el punto más favorable. La Marina Mar no tenía fuerza suficiente, aun contando con la supremacía aérea, para garantizar la protección de más de una travesía travesía cada vez, y consideraba que la parte más angosta del estrecho de Dover era la menos difícil de franquear. El transporte en una sola operación de los 160.000 hombres de la segunda oleada y de su material correspondiente requeriría una u flota de dos millones lones de toneladas. Aun cuando fuese posible satisfacer esta quimérica exigencia, tan cantidad de buques no cabría literalmente literalmen en el área de embarque. Tan sólo se podría llevar el primer escalón hasta la costa británica para proceder al establecimiento de reducidas cabezas de puente, y por lo menos se necesitaría dos días para desembarcar el segundo escalón de aquellas divisiones; esto sin contar que qu el segundo contingente de seis divisiones que el Ejército consideraba indispensable. Señaló, además, que el desembarco en un amplio frente supondría una diferencia de tres a cinco horas y media entre las horas de pleamar de los distintos puntos elegidos. Por lo tanto, el dilema era claro: o aceptar las condiciones desfavorables de la marea en algunos algu lugares, o renunciar a los desembarcos simultáneos. Seguramente, fue ésta una objeción muy difícil de refutar. El plan definitivo Todo este intercambio de notas había hecho perder un tiempo precioso. Hasta el 7 de agosto no se llevó a cabo la primera conferencia conf verbal entre el general Halder y el jefe del Estado Mayor naval. En el curso de aquella reunión, Halder dijo: “Rechazo categóricamente categóricamen las propuestas de la Marina. Desde el punto de vista del Ejército, las considero como un verdadero suicidio. Sería tanto como c llevar directamente al matadero a las tropas desembarcadas”. El jefe del Estado Mayor naval repuso que él, por su parte, se veía obligado a rechazar igualmente el proyecto de desembarco en un amplio frente, ya que con ello no se conseguiría más que sacrificar sac a las tropas en el curso de la travesía. Finalmente, Hitler dictó una solución de compromiso que no satisfizo ni al Ejército ni a la Marina. Una orden del Mando Supremo, Supre cursada el 27 de agosto, disponía que “el Ejército debía tener en cuenta, para sus operaciones, el espacio disponible para los buques y la seguridad de la travesía y del desembarco”. Quedó desechada la idea de realizar desembarcos en la zona Deal-Ramsgate, Ramsgate, pero el frente definitivo quedó fijado entre Folkestone y Bognor. Había sido necesario, pues, esperar hasta fines de agosto para llegar a este simple acuerdo de principio; y, desde luego, todo dependía del resultado victorioso de la batalla aérea que se estaba librando desde hacía seis semanas. El proyecto definitivo de invasión see montó sobre la base del último frente acordado. El mando militar fue confiado a Rundstedt, pero la escasez de buques redujo sus efectivos a trece divisiones, más doce de reserva. Partiendo de los puertos comprendidos entre Rótterdam y Boulogne, el XVI Ejército ército desembarcaría en las proximidades de Hythe, Rye, Hastings y Easrbourne; el IX Ejército, desde los puertos situados en Boulogne a El Havre, atacaría entre Brighton y Worthing. Dover sería tomado por la parte de tierra, y, acto seguido, ambas unidades avanzarían hasta la línea de cobertura Canterbury-Ashford-Mayfield MayfieldArundel. En total debían desembarcar once divisiones en las primeras oleadas. Con notable optimismo, el enemigo confiaba alcanzar, una semana después del desembarco inicial, la línea Gravesend-Reigate-Guildfort Grave Guildfort-Petersfield-Portsmouth. El VI Ejército quedaría en reserva con sus divisiones dispuestas a servir de refuerzo o, si las circunstancias lo permitían, a extender exte el frente de ataque hasta Weymouth. Concentración de fuerzas La tarea inicial más pesada recaía sobre el Estado Mayor de la Marina. Alemania disponía, aproximadamente, de 1.200.000 toneladas de buques de navegación de altura para hacer frente a todas las necesidades. El transporte de las fuerzas de invasión requería más m de la mitad de dicho tonelaje y comportaba muy graves perturbaciones económicas. A principios de septiembre, el Estado Mayor naval pudo anunciar anun que había requisado: 168 transportes (con un total de 700.000 toneladas), 1910 gabarras, 419 remolcadores y buques auxiliares y 1.600 canoas automóviles. Había que equipar toda esta escuadra y concentrarla en los puertos de embarque a través de las vías marítimas y fluviales. 63 Entretanto, desde los primeros días de julio nosotros estábamos realizando una serie de ataques ataques contra los barcos surtos en Wilhelmshaven, Kiel, Cuxhaven, Brema y Emden; y, por otra parte, efectuábamos incursiones contra las pequeñas embarcaciones y las gabarras concentradas c en los puertos franceses y en los canales belgas. Cuando el 1º de septiembre bre la flota destinada a la invasión empezó a afluir en masa hacia el Sudoeste, la R.A.F. la localizó y la atacó violentamente a todo lo largo de la costa comprendida entre Amberes y El Havre. El Estado Mayor de la Marina alemana informó en los siguientes términos: “Las continuas acciones ofensivas del enemigo en toda la costa, sus concentraciones de bombarderos sobre los puertos puerto de embarque de la operación “León Marino” y sus actividades de reconocimiento en el litoral indican que está esperando un desembarco des inmediato”. No obstante, a pesar de los retrasos y los daños sufridos, la Marina alemana dio cima a la primera parte de su misión. El margen mar de diez por ciento previsto para los accidentes y las perdidas estaba completamente agotado. Pero lo que subsistía subsistía no era inferior al mínimo que el enemigo había proyectado para la primera fase de la invasión. Goering, protagonista Tanto la Marina como el Ejército lanzaron entonces toda la carga encima de la Aviación alemana. La realización del famoso plan pla del corredor, rredor, con sus balaustradas de campos de minas que era preciso colocar y mantener bajo el dosel de la “Luftwaffe” contra la superioridad aplastante de las flotillas y las unidades ligeras británicas, dependía de la derrota de las fuerzas aéreas de Inglaterra, Inglate así como de la supremacía absoluta alemana en el cielo del Canal y del sudeste de la Gran Bretaña, y esto no sólo en la zona de la travesía, sino en los puntos de desembarco. En resumen, las dos Armas más antiguas le cargaron el mochuelo al mariscal del del Reich, Hermann Goering. A Goering, por su parte, no le disgustaba la idea de asumir esta responsabilidad, pues creía que la Aviación alemana, con su neta superioridad numérica, lograría, tras algunas semanas de duros combates, acabar con la defensa antiaérea antiaérea británica, destruir nuestros aeródromos de los condados de Kent y Sussex y establecer un dominio absoluto sobre el canal de la Mancha. Pero aparte de esto tenía la seguridad segurida de que el bombardeo en regla de Inglaterra, y especialmente de Londres, reduciría reduciría al pueblo británico, decadente y pacifista, a un estado tan lastimoso que le obligaría a pedir la paz, y más todavía si veía cómo se agrandaba sin cesar en el horizonte el espectro de la invasión. invasión El Almirantazgo alemán no veía nada claro en todo aquello aquello y, a decir verdad, abrigaba recelos muy profundos. Consideraba que la operación “León Marino” sólo debía intentarse en el último extremo; en julio había recomendado que se aplazara hasta la primavera de 1941, 19 a menos que la acción aérea sin limitaciones es y la guerra submarina total hubiesen “inducido ya al enemigo a negociar con el Führer en las condiciones que éste impusiera”. Pero el mariscal Keitel y el general Joel estaban encantados de ver tan confiado al jefe supremo de la Aviación. CAPITULO XXV Viraje Inesperado (Con el presente artículo termina el libro primero –titulado “La caída de Francia”– de esta segunda parte de las “Memorias”.) La Alemania nazi vivía jornadas grandiosas. Hitler había bailado de gozo antes de imponer a Francia la humillación del armisticio de Compiègne. (No se trata de una imagen literaria, sino de un hecho cierto, recogido por el objetivo cinematográfico: Hitler bailó, ba efectivamente, de alegría ante sus mariscales en el bosque de Compiègne.) El Ejército alemán desfilaba victorioso bajo el Arco de Triunfo y a lo largo de los Campos Eliseos. ¿Había algo que Alemania no pudiese hacer? ¿Por qué vacilar en jugar una baza segura? Siguiendo Siguien este orden de ideas, cada una de las tres Armas encargadas de ejecutar la operación “León marino” se ocupaba de los factores de éxito garantizado dentro de su propia esfera y dejaba a sus colegas el cuidado de resolver los puntos espinosos del problema. Aplazamientos reiterados A medida que pasaban los días surgían nuevas dudas y se multiplicaban las demoras. La orden dictada por Hitler el 16 de julio estipulaba que todos los preparativos debían estar terminados para mediados de agosto. Las tres Armas llegaron a la conclusión de que esto era e imposible. Y a últimos timos de julio aceptó Hitler el 15 de septiembre como primera fecha posible para el día “D”, reservando su decisión final de ataque para cuando se conociera el resultado de la gigantesca batalla aérea en proyecto. El 30 de agosto el Estado Mayor de la Marina na comunicó que, debido a la contraofensiva británica sobre Raeder la flota de invasión, los preparativos no podían quedar terminados para el 15 de septiembre. A petición suya, el día “D” se aplazó hasta el 2l de septiembre, a condición condi de dar un aviso previo de diez días. Esto significaba que la orden preliminar debía ser dictada el 112 de septiembre. El 10 de septiembre el Estado Mayor de la Marina informó de nuevo acerca de las diversas dificultades existentes, originadas por el tiempo, que seguía siendo poco propicio, y la contraofensiva aérea británica. Señalaba en su informe que, si bien los preparativos navales necesarios podían estar terminados efectivamente el día 21, la condición táctica primordial de la supremacía aérea absoluta ab sobre el Canal de la Mancha no era todavía un hecho. Por consiguiente, el 11 de septiembre Hitler difirió por tres días la orden preliminar, con lo cual la primera fecha posible para el día “D” quedó aplazada hasta el 24; el 14 la aplazó una vez más. más “Si la operación fracasa…” 64 El 14 de septiembre el almirante Raeder expuso los siguientes puntos de vista: “a) La actual situación aérea no ofrece las garantías necesarias para llevar a cabo la operación, pues los riesgos son aún muy mu grandes. “b) Si la operación “León Marino” fracasa, ello supondrá un considerable aumento de prestigio para los ingleses, y quedará anulado el poderoso efecto de nuestros ataques. “c) Loa ataques aéreos cont6ra Inglaterra, particularmente sobre Londres, deben continuar sin interrupción. Si el tiempo lo permite, hay que procurar incluso intensificarlos, dejando al margen la operación “León Marino”. Es preciso que estos ataques tengan un carácter cará decisivo. “d) No hay que anular todavía, sin embargo, la operación “León Marino”, Marino”, ya que conviene mantener vivos los temores de los ingleses; si el mundo exterior tuviese conocimiento de que hemos abandonado la idea de realizar la operación, Inglaterra experimentaría un gran gr alivio.” El día 17 el aplazamiento se convirtió en indefinido indefinido por razones tan buenas para los alemanes como para nosotros. El informe de Raeder seguía diciendo: “El enemigo conoce en buena parte los preparativos para un desembarco en la costa del Canal y adopta contramedidas cada vez más m enérgicas., los síntomass que demuestran esto son, por ejemplo, el empleo táctico de la Aviación para operaciones de bombardeo y de reconocimiento sobre los puertos alemanes que han de servir de base para el embarque; la frecuente presencia de destructores a la altura de la costa meridional de Inglaterra; el estacionamiento de buques de patrulla a lo largo de la costa septentrional de Francia; el último discurso de Churchill, etc. “Aunque la mayoría de los navíos británicos se encuentran aún en las bases de la costa occidental, las las principales unidades de la Flota Metropolitana se hallaban en estado de alerta para repeler el desembarco. “Nuestros aviones de reconocimiento han localizado ya un número importante de destructores (más de 30) en los puertos del Sur y del Sudeste. “Todas las informaciones que poseemos indican que las fuerzas navales enemigas están concentradas en su integridad en aquel teatro de d operaciones.” La gradación del rumor. En el curso del mes de agosto se recogieron los cadáveres de unos cuarenta soldados alemanes en distintos puntos de la costa comprendida entre la isla de Wight y Cornualles. Los alemanes habían estado realizando ejercicios de embarque con las gabarras situadas a lo largo de la costa francesa. Algunas de estas embarcaciones se hicieron a laa mar para substraerse al bombardeo británico y fueron hundidas, unas por la acción aérea y otras por efecto del temporal. Esto dio origen a que se propagara el rumor de que los alemanes a habían hecho una tentativa de invasión y habían perecido muchísimos de sus soldados, ahogados unos y abrasados otros por el petróleo ardiendo esparcido en determinados lugares del mar. No hicimos absolutamente nada para desmentir tales fábulas, que corrieron rápidamente de boca en boca y en términos ferozmente exagerados en los países ocupados por el enemigo y provocaron gran alborozo entra las poblaciones oprimidas. En Bruselas, por ejemplo, una tienda exhibió en el escaparate trajes de baño masculinos mascul con una etiqueta que decía: “Para nadar en el canal de la Mancha”. Nubes de tormenta El 7 de septiembre recibimos noticias de que las gabarras y otros buques menores habían empezado a navegar hacia el Sudoeste para alcanzar sus bases entre Ostende y el Havre. Pero como estos puertos de concentración estaban sometidos a violentos ataques aéreos británicos, era de suponer que las unidades navales no entrarían en ellos hasta poco antes de empezar el gran intento. Las unidades ofensivas de la Aviación alemana al entre Ámsterdam y Brest habían sido reforzadas con el envío de 160 bombarderos procedentes de Noruega; al propio tiempo se observó la presencia de escuadrillas de bombardeo en picado de escasa autonomía en los aeródromos avanzados de la zona del Paso Pas de Caláis. Cuatro alemanes hechos prisioneros pocos días después de alcanzar en un bote de remos la costa sudoccidental, confesaron que eran espías y declararon que habían recibido orden de estar dispuestos en todo momento, durante la quincena siguiente, a comunicar los movimientos de las formaciones británicas de reserva en la zona Ipswich-Londres-Reading-Oxford. Ipswich Oxford. Dado que entre el 8 y el 10 de septiembre la luna y la marea serían favorables para la invasión en la costa sudoriental, nuestros jefes de Estado Estado Mayor dedujeron que el ataque había cobrado un carácter inminente y que, por lo tanto, era preciso que las unidades de defensa se encontraran a punto para entrar en acción a la primera señal. Alarma sin fundamento En aquella época, empero, el Gran Cuartel Cuartel General de las Fuerzas Metropolitanas no disponía de ningún mecanismo mediante el cual se pudiera pasar gradualmente del estado en que entonces regía de “alerta con ocho horas de antelación” al estado de “alerta para par la acción inmediata”. Por lo tanto,, el 7 de septiembre, a las ocho de la noche, el Mando de aquellas fuerzas transmitió a las Comandancias oriental y meridional la palabra-clave clave “Cromwell”, que significaba “invasión inminente” y que afectaba a las divisiones costeras avanzadas. Se transmitió ió asimismo a todas las unidades del sector londinense y a los Cuerpos de Ejército cuarto y séptimo de la reserva general, y se cursó luego, simplemente a título de información, a todas las demás Comandancias del Reina unido. Ante esto, en algunas partes del el país los jefes locales de la Guardia Metropolitana, por propia iniciativa, hicieron repicar las campanas de los templos para convocar a sus fuerzas. Esto dio origen a rumores de que el enemigo había lanzado paracaidistas sobre la isla y también que se acercaba cercaba a la costa un cierto número de lanchas cañoneras alemanas. Ni yo ni los jefes de Estado Mayor sabíamos que se hubiese utilizado la decisiva palabra-clave palabra clave “Cromwell”. Así, pues, a la mañana siguiente se dictaron las instrucciones necesarias para la creación de estaciones intermedias que permitieran en lo sucesivo reforzar la vigilancia y no proclamar la inminencia de una invasión hasta que llegase el verdadero momento. Ni siquiera el recibo de la señal “Cromwell se s debía convocar a la Guardia Metropolitana, litana, excepto para encargarle tareas especiales; y las campanas de las iglesias sólo se podrían hacer sonar por orden de un miembro de dicha Guardia que hubiese visto personalmente aterrizar a veinticinco paracaidistas por lo menos, y no en modo alguno porque orque se hubiera oído el repique de otras campanas o por cualquier otra razón. 65 Fácil es imaginar que este incidente causó gran sensación y dio mucho que hablar, pero no se aludió a él en los periódicos ni en el Parlamento. De todos modos, actuó vcom0o un verdadero tónico sobre el ánimo de todos los interesados y fue para ellos una especia de ensayo general. Una trinidad mal avenida Al seguir paso a paso los preparativos alemanes de invasión, hemos visto como el tono victorioso inicial fue transformándose poco a poco en un sentimiento de incertidumbre para convertirse finalmente en una ausencia absoluta de confianza en el éxito de la empresa. En realidad, la confianza se había desvanecido ya en 1940 y a pesar de que en 1941 resurgió el proyecto, ya no volvió a alcanzar en la imaginación de los dirigentes enemigos la amplitud y la fuerza que había tenido en los días gloriosos que siguieron a la caída de Francia. Durante los meses decisivos de julio y agosto vemos cómo el jefe supremo de la Marina, almirante Raeder, se esfuerza en explicar a sus colegas del Ejército y la Aviación las graves dificultades que entraña la guerra anfibia en gran escala. Comprende su propia debilidad y se da cuenta del poco tiempo de que dispone para realizar los preparativos adecuados, y procura imponer ciertos límites a los grandiosos planes presentados por Halder, que prevén el desembarco simultáneo de una cantidad inmensa de fuerzas en un amplio frente. Entretanto, Goering, enajenado por ambiciones cada vez más altas, está resuelto a obtener una victoria espectacular con sólo su aviación, y se muestra poco dispuesto a contribuir al éxito de un plan combinado en el que se le asigna el papel más modesto de reducir sistemáticamente y anular a las fuerzas navales y aéreas enemigas en la zona de invasión. Al revisar los archivos se llega a la conclusión clara de que, el Alto Mando alemán estaba muy lejos de constituir un equipo homogéneo que obrase de acuerdo para alcanzar un objetivo común y en el que cada uno apreciase debidamente las posibilidades y las limitaciones de l.,os demás. Allí cada cual quería aparecer como la estrella más brillante del firmamento. Las divergencias se pusieron de manifiesto desde el principio y mientras Halder pudo cargar la responsabilidad sobre los hombros de Raeder, apenas si hizo nada por llevar sus propios planes al terreno de las realizaciones prácticas. Fue necesaria la intervención frecuente del Führer; pero, según parece, consiguió muy poco en orden a mejorar las relaciones entre los distintos grupos de las fuerzas armadas. La diferencia esencial En Alemania el prestigio del Ejército era superior a todo y los jefes militares trataban a sus colegas de la Marina con un cierto aire de condescendencia. Es imposible no llegar a la conclusión de que el Ejército alemán le repugnaba la idea de ponerse en manos del Arma hermana en una operación de gran estilo. Al ser interrogado, después de la guerra, acerca de los planes de invasión, el general Joel respondió con viveza: “Nuestras disposiciones eran muy parecidas a las de Julio Cesar”. Habla aquí el auténtico soldado alemán que enjuicia las cuestiones navales sin conocer apenas los problemas que entraña el desembarco y despliegue de importantes fuerzas militares en una costa defendida y expuesta a todos los azares del mar. En la Gran Bretaña, a pesar de nuestras deficiencias en otros aspectos, teníamos ideas muy concretas sobre las cosas del mar. Lo llevábamos en la sangre desde hace siglos, y sus tradiciones inspiran y conmueves no sólo a nuestros marineros, sino a la raza entera. Esta circunstancia más que ninguna otra nos permitía afrontar la amenaza de invasión con ánimo firme. El sistema de control de operaciones por parte de los tres jefes de Estado Mayor, unidos a través de un ministro de Defensa, originó un modelo de trabajo conjunto, comprensión mutua y decidida cooperación nunca conocido hasta entonces. Cuando, al cabo de los años nos llegó la hora de acometer grandes invasiones por el mar lo hicimos sobre la sólida base de un perfeccionamiento gradual en las tareas y con un conocimiento absoluto de las necesidades técnicas de tan vasta y arriesgadas empresas. Si en 1940 los alemanes hubiesen tenido fuerzas anfibias bien entrenadas y equipadas con todos los elementos modernos de este tipo de guerra, su tarea habría seguido siendo harto aventurada ante nuestro, poderío aéreo y naval. En realidad no tenían ni elementos ni preparación. La decisión, el aire Ya hemos visto cómo nuestras incesantes cavilaciones y nuestras saludables dudas acrecieron de modo progresivo la confianza con que desde el principio consideramos el proyecto enemigo de invasión. Por otra parte, cuantas más vueltas daban el Führer y el Alto Mando alemán a la aventura, menos claro veían en ella. Naturalmente, ni ellos ni nosotros podíamos conocer el estado de ánimo y los cálculos del adversario; pero a medida que pasaban las semanas desde mediados de julio hasta mediados de septiembre, la ignorada coincidencia de puntos de vista que sobre el problema existía entre los Almirantazgos alemán y británico, entre el Mando Supremo alemán y los jefes británicos de Estado Mayor, y también entre el Führer y el autor del presente libro, se iba acentuando cada vez mas. Si antes hubiésemos podido ponernos igualmente de acuerdo sobre otros asuntos, la guerra habría sido innecesaria. Desde luego, ambos pensábamos lo mismo acerca de un punto concreto; todo dependía de la batalla aérea. Lo que faltaba saber era quién la ganaría. Los alemanes se preguntaban, si la moral del pueblo británico resistiría los bombardeos, cuyos efectos se exageraban mucho en aquella época, o si se desmoronaría, obligando con ello al Gobierno de Su Majestad a capitular. Sobre esta última eventualidad cimentaba el mariscal Goering grandes esperanzas; en cuanto a nosotros, no abrigábamos ningún temor. 66 CAPITULO XXVI LIBRO SEGUNDO - SOLOS - La batalla de Inglaterra Durante el mes de junio en los primeros días de julio de 1940 la Aviación alemana reagrupó sus formaciones dispersas y se instaló en todos los aeródromos franceses y belgas desde los cuales había de partir la ofensiva contra la Gran Bretaña. Al propio tiempo, mediante vuelos de reconocimiento e incursiones de tanteo, trató de apreciar la naturaleza y el grado de la resistencia que encontraría. Tres fases concretas La primera embestida de importancia no empezó hasta el 10 de julio, fecha que suele considerarse colmo hito inicial de la batalla. Hay otras dos fechas de suprema trascendencia; el 15 de agosto y el 15 de septiembre. La ofensiva alemana tuvo asimismo tres fases sucesivas, aunque en cierto modo superpuestas. La primera, que se desarrolló entre el 10 de julio y el 18 de agosto, consistió en la agresión contra los convoyes británicos en el canal de la Mancha y el martilleo de nuestros puertos meridionales desde Dover hasta Plymouth. El enemigo pretendía con esto someter a prueba a nuestra aviación, es decir, obligarla a presentar combate y diezmarla, y simultáneamente infligir daños a los pueblos y ciudades del litoral señalados como objetivos de la inminente invasión. En la segunda fase del 24 de agosto al 27 de septiembre, la idea era dejar expedito el camino de Londres mediante la eliminación de la R.A.F. y sus instalaciones para proceder luego al violento o incesante bombardeo de la capital, así como desarticular las comunicaciones con las costas amenazadas. Pero, a juicio de Goering, había buenas razones para creer que esta táctica daría un fruto más apetecible aún; nada menos que provocar una horrible confusión en la ciudad mayor del mundo y paralizar sus actividades, amilanar al Gobierno y a la población, y constreñirlos, por lo tanto, a aceptar los dictados de la voluntad alemana. Los Estados Mayores de la Marina y del Ejército germanos deseaban sinceramente que Goering tuviese razón. Pero al evolucionar la situación vieron que la R.A.F. no quedaba eliminada. Y entretanto, en espera de la destrucción de Londres, fueron descuidando las urgentes medidas necesarias para emprender la aventura denominada “León Marino”. Cuando la decepción del enemigo fue completa, cuando quedó aplazada indefinidamente la invasión por no haberse cumplido el requisito esencial –la supremacía aérea–, se inició la tercera y última fase. Habíase esfumado la ilusión de una victoria aérea diurna; la R.A.F., seguía mostrando una actividad enojosa, en vista de lo cual, en el mes de octubre Goering se resignó a bombardear Londres y los centros de producción industrial sin discriminación de ningún género. Una estrategia fallida En cuando a la calidad, las dos aviaciones de caza tenían poco que envidiarse mutuamente. Los aparatos alemanes eran más veloces y se elevaban con más rapidez; los nuestros eran más ágiles para la maniobra y estaban mejor armados. Perfectamente conscientes de su superioridad numérica, los pilotos germanos no olvidaban además que eran los orgullosos vencedores de Polonia, Noruega, Holanda, Bélgica y Francia. Los nuestros tenían una confianza soberana en sus propias dotes individuales y estaban animados por aquel espíritu resuelto de que la raza británica hace gala en grado sumo cuando se halla hundida en la adversidad. Losa alemanes gozaban de una ventaja estratégica importante y la explotaban hábilmente; sus fuerzas estaban situadas en numerosas y muy diseminadas bases, desde las cuales podían concentrar grandes masas de aviones sobre Inglaterra y lanzar fintas y recurrir a otras tretas para desorientarnos respecto a sus verdaderos objetivos. Pero a buen seguro el enemigo, fiando en su experiencia de las campañas de Francia y Bélgica, no habían tenido en cuenta las dificultades de la lucha en el cielo del Canal de la Mancha y en el de nuestro territorio. Una prueba evidente de que muy luego advirtió tales dificultades está en los esfuerzos que hizo para organizar un servicio eficaz de salvamento en el mar. Durante los meses de julio y agosto, cada vez que se entablaba un combate aéreo sobre el Canal, aparecían unos cuantos aviones de transporte alemanes con las insignias de la Cruz Roja pintadas en el fuselaje. Nosotros no aceptamos este sistema de rescatar a los pilotos enemigos derribados en acción para que después pudiesen volver a bombardear a nuestra población civil. Los rescatábamos nosotros mismos cuando era posible y los tratábamos como a prisioneros de guerra. Pedro nuestros cazas, cumpliendo órdenes aprobadas por el Gabinete, obligaban a aterrizar o derribaban a todas las ambulancias aéreas alemanas. Muy pronto renunció el enemigo a aquel experimento, y las operaciones de salvamento naval por cuenta de ambos bandos beligerantes corrieron desde luego a cargo de nuestras pequeñas unidades, contra las cuales como es de suponer, los alemanes hacían fuego invariablemente en todas las ocasiones. Hacia la guerra aérea total 67 En agosto la “Luftwaffe” contaba con 2.669 aviones militares distribuidos en la siguiente forma: 1.015 bombarderos, 346 bombarderos en picado, 933 cazas y 375 cazas pesados. La orden número 17 del Führer autorizó la intensificación de la guerra aérea contra Inglaterra a partir del 5 de agosto. Goering nunca había prestado excesiva atención a la operación “León Marino”; sus máximas ilusiones estaban cifradas en la guerra aérea “total”. La consiguiente tergiversación por su parte de los acuerdos generales adoptados no podía menos que inquietar al Estado Mayor de la Marina. Para éste la destrucción de las Reales Fuerzas Aéreas y de nuestra industria aeronáutica era simplemente el medio para alcanzar un fin concreto; una vez obtenido este resultado, la acción aérea debía volverse contra los buques de guerra y los mercantes enemigos. La Marina alemana deploraba que Goering concediese una importancia secundaria a los objetivos navales, y, como es natural, todas aquellas dilaciones constituían para ella otros tantos motivos de enojo y de fastidio. El 6 de agosto informó al Mando Supremo que no era posible realizar las operaciones preliminares de siembra de minas en la zona del Canal a causa de la constante amenaza británica desde el aire. Los incesantes y duros ataques aéreos de los meses de julio y agosto habían sido lanzados contra el condado de Kent y la costa del Canal de la Mancha, Goering y sus consejeros técnicos creyeron que habían atraído a casi todas nuestras escuadrillas de caza hacia aquella batalla del sur de Inglaterra. Decidieron, por lo tanto, efectuar una incursión diurna sobre las ciudades industriales situadas al norte de Wash, en el condado de Cork. La distancia era excesiva para sus mejores cazas, los “M.E. 109”. Debían permitir, pues, que sus bombarderos llevasen tan sólo escoltas de “M.E. 110”, cazas que, si bien poseían la autonomía de vuelo necesaria, estaban muy lejos de ser aparatos de gran calidad, que era entonces lo esencial. No obstante, la aventura estaba plenamente justificada y merecía la pena correr el riesgo. Jornada decisiva Así, pues, el 15 de agosto un centenar de bombarderos, escoltados por cuarenta cazas tipo “M.E. 110”, se dirigieron hacia la cuenca del Tyne. Simultáneamente más de 800 aparatos realizaron una incursión con objeto de retener a nuestros aviones en el Sur, en donde Goering creía que los teníamos concentrados todos. Fue entonces cuando se puso de manifiesto en forma impresionante el acierto de Dowding al distribuir la aviación de caza. Nuestro mariscal había previsto el peligro. En momento oportuno retiró de la intensa lucha que se desarrollaba en el sector meridional siete escuadrillas de “Hurricanes” y de “Spitfires” para que descansaran y al propio tiempo sirviesen para proteger el Norte. A pesar de la durísima prueba a que habían sido sometidas, abandonaron el escenario de la gran batalla con hasta pesadumbre. Los pilotos hicieron constare respetuosamente que no experimentaban la menor fatiga. Y de súbito se presentó una magnifica ocasión de demostrarlo. Aquellas escuadrillas acudieron a recibir con todos los honores a los atacantes en el preciso momento en que éstos volaban encima de la costa. Treinta aviones alemanes fueron derribados, la mayoría de ellos bombarderos pesados (tipo “Heinkel 111”, con cuatro individuos especializados en cada tripulación, en tanto que las pérdidas británicas sólo consistieron en dos pilotos heridos. Es digna de grandes elogios la sagacidad de que dio pruebas el mariscal Dowding desde su puesto de mando de la aviación de caza; pero más notable es aún la rígida pero exacta dosificación de los prodigiosos esfuerzos a realizar, gracias a la cual fue posible mantener en el Norte un contingente de cazas en reserva durante todas aquellas interminables semanas de conflicto mortal en el Sur. Fuerza es considerar la maestría desplegada en aquella ocasión como un rasgo genial en el arte de la guerra. A partir de entonces los alemanes no volvieron a intentar una incursión diurna fuera del radio de acción de sus cazas de escolta de primera clase. En lo sucesivo todos los objetivos situados al norte del Wash se vieron libres de ataques durante el día. El 15 de agosto se libró la batalla aérea más grande de aquel período de la guerra., en un frente de 800, kilómetros se registraron cinco combates de vastas proporciones. Fue realmente una jornada crucial. En el Sur entró en acción la totalidad de nuestras veintidós escuadrillas, muchas de ellas dos veces, algunas hasta tres y las pérdidas enemigas, junto con las que sufrió en el Norte, ascendieron a 76 aparatos. Nosotros perdimos 34. Fue un desastre indiscutible para la Aviación alemana. Sin duda alguna los jefes de la “Luftwaffe” apreciaron con ánimo sombrío las consecuencias de aquella derrota, que nada bueno presagiaba para el futuro. Era preciso todavía atacar y neutralizar los aeródromos de Kent, Sussex y Middlesex, mientras las fuerzas aéreas germanas trataban de abrirse paso hatos el estuario del Támesis para bombardear el puerto de Londres, con sus hileras inmensas de muelles y sus ingentes masas de buques, así como la ciudad más grande del mundo, objetivos que ciertamente podían ser alcanzados sin necesidad de afinar mucho la puntería. 68 Dos gladiadores Durante aquellas semanas de intensa lucha y de permanente ansiedad, lord Beaverbrook rindió al país servicios muy señalados. Era preciso, a toda costa, llenar con aparatos eficientes los vacíos que se producían en las escuadrillas de caza. No había tiempo para andarse con formulismos y circunloquios. Todas las admirables cualidades de aquel hombre se adaptaban maravillosamente a las circunstancias. Su campechanía y su vigor personal actuaban sobre los demás a modo de tónico. Yo sentía a veces una gran satisfacción al poder apoyarme en él. No vacilaba nunca. Aquella fue su hora radiante. Su ímpetu y su capacidad, unidos al espíritu de persuasión y a la inventiva que le caracterizaban, eliminaron infinidad de obstáculos. Todo lo que entraba en la tubería de la producción era impulsado con rumbo a la batalla. Las escuadrillas veían con deleite afluir hacia ellas, en proporciones desconocidas hasta entonces, aviones nuevos o reconstruidos. Todos los servicios de mantenimiento y reparación funcionaban a un ritmo portentoso. Hasta tan punto aprecié la valía de Beaverbrook, que el 2 de agosto le invité, con la aprobación del Rey, a entrar a formar parte del Gabinete de Guerra. Otro miembro del Gobierno con el que me entendí muy bien en aquella época fue Ernest Bevin, ministro del Trabajo y del Servicio Nacional, encargado de dirigir y estimular toda la mano de obra del país. Todos los trabajadores de las fábricas de material de guerra estaban siempre dispuestos a obedecer sus órdenes. En septiembre entró él también en el Gabinete de Guerra. Los miembros de los Sindicatos ofrecieron en holocausto sus principios y sus privilegios –tan lentamente elaborados y tan celosamente guardados unos y otros– sobre el altar en que la riqueza, los honores, las regalías y la propiedad se habían sacrificado ya. Una perfecta armonía presidió mis relaciones con Beaverbrook y Bevin en el curso de las semanas de tensión al rojo blanco. Después empezaron a surgir entre ellos diferencias que, al agudizarse, ocasionaron lamentables desacuerdos. Pero en aquellas horas trágicas estábamos todos unidos. No encontraría palabras con que encomiar la lealtad de mister Chamberlain o la resolución y la eficiencia de todos mis colegas del gabinete. Permítaseme rendirle homenaje desde estas páginas. Raeder sigue frunciendo el ceño Hubo en septiembre unos días de buen tiempo, que la “Luftwaffe” aprovechó con la esperanza de obtener resultados decisivos. Lanzó violentos ataques contra nuestras bases aéreas de los alrededores de Londres. El día 6, por la noche, 68 aparatos bombardearon la propia capital. El 7 unos 300 aviones la hicieron objeto del primer ataque en gran escala. Aquel mismo día y en las jornadas sucesivas durante las cuales doblamos el número de nuestros cañones aéreos, se desarrollaron sobre Londres durísimos y continuos combates aéreos. La “Luftwaffe”, por su parte, creyendo que nuestras pérdidas eran muy superiores a las que sufríamos en realidad, no cejaba en sus esfuerzos y mantenía viva la confianza. Pero ahora sabemos que el Estado Mayor naval alemán, preocupándose seriamente de sus intereses y responsabilidades, escribía en su “Diario”, con fecha 10 de septiembre, lo siguiente. “…No hemos visto cumplidos aún los requisitos tácticos que el Estado Mayor de la Marina expuso al Mando Supremo como esenciales para llevar a término la empresa, a saber: la supremacía aérea incontestable en la zona del Canal y la eliminación de la actividad aérea enemiga en las zonas de concentración de las fuerzas navales y de los transportes auxiliares alemanes… Para ajustarse al programa de los preparativos de la operación “León Marino” sería necesario que la “Luftwaffe” dedicase menos atención a Londres y se aplicase con más ahínco a atacar Portsmounht y Dover, así como los puertos navales situados en la zona de operaciones y en sus proximidades. Sombría conclusión Como por aquél tiempo Goering había convencido a Hitler de que la gran ofensiva aérea contra Londres sería decisiva, el Estado Mayor de la Marina no se atrevía a recurrir al Mando Supremo; pero no por ello decrecía su inquietud, y el 12 de septiembre llegó a esta sombría conclusión: “La guerra en el aire se lleva a cabo con carácter de guerra aérea total, sin tener en cuenta para nada las necesidades urgentes de la guerra naval y fuera del marco de la operación “León Marino”. En su forma actual, la guerra aérea no puede prestar ninguna ayuda a los preparativos para la citada operación, que en su mayor parte son de incumbencia de la Marina. No se observa, especialmente, esfuerzo alguno por parte de la “Luftwaffe” para entablar combate con las unidades de la Flota británica, que gozan ahora de libertad casi total para realizar en el Canal determinadas maniobras que habrán de resultar sumamente peligrosas para el transporte de nuestras tropas. En tales condiciones, llegado el momento, nuestro medio básico de protección contra las fuerzas navales británicas habría de consistir en los campos de minas, elemento éste que, según hemos expuesto repetidas veces al Mando Supremo, no puede constituir una garantía suficiente para los buques de transporte. “El hecho cierto es que hasta ahora la intensificación de la guerra aérea no ha contribuido a hacer posible la operación de desembarco. De ahí que, por razones de orden táctico y estratégico, no podamos considerar aún como próxima la realización del proyecto.” CAPITULO XXVII Una fecha histórica Los combates aéreos librados entre el 24 de agosto y el 6 de septiembre de 1940 tuvieron malas consecuencias para nuestra aviación de caza. Durante aquellas jornadas cruciales los alemanes lanzaron sin interrupción grandes formaciones contra los aeródromos del Sur y del Sudeste de Inglaterra. El fin que perseguían era eliminar a los cazas diurnos que defendían la capital, para poder atacarla cuanto antes. Mucho más importante que la protección de Londres contra los ataques de terror era para nosotros mantener la actividad y la coordinación de aquellos aeródromos y de las escuadrillas a las que servían de base. En la contienda a vida o muerte que se desarrollaba entre ambas aviaciones, aquella fase tenía un carácter decisivo. Nosotros no habíamos considerado nunca la lucha desde el punto de vista de la defensa de Londres o de cualquier otra ciudad; lo único que importaba era saber quién vencería en el aire. Reinaba gran inquietud en el Cuartel General de la aviación de caza situado en Stanmore, y especialmente en el puesto de mando del 11º Grupo de Caza instalado en Uxbridge. Cinco aeródromos avanzados de dicho grupo y seis bases de sector habían sufrido graves daños. Manston y Lympne, en la costa de Kent, habían quedado, en diversas ocasiones y durante varios días cada vez, inutilizados para las operaciones de los aparatos de caza. La base de sector de Biggin Hill, situada al sur de Londres, quedó maltrecha de tal modo que por espacio de una semana solamente pudo actuar desde ella una escuadrilla. 69 Si el enemigo hubiese insistido en sus violentos ataques contra los los sectores adyacentes y hubiese destruido sus puestos de mando o sus líneas telefónicas, toda la compleja organización de la aviación de caza se habría venido abajo. Esto hubiera comportado no sólo muy duras pruebas para Londres, sino la pérdida del controll absoluto de nuestro espacio aéreo en la zona decisiva. El espejismo de Londres Yo visité diversas de aquellas bases, particularmente Manston (28 de agosto) y Biggin Hill. Su eficiencia iba reduciéndose en forma aterradora, pues las pistas de despegue y aterrizaje estaban ya casi inservibles a causa de los embudos de las bombas. Nada tiene de extraño, por lo tanto, que el Mando de la aviación de caza experimentase una gran sensación de alivio al darse cuenta, el 7 de septiembre, de que la ofensiva alemana alemana se desplazaba hacia Londres, de lo cual deduje que el enemigo había modificado sus planes. Evidentemente, Goering tenía que haber preserverado en sus ataques contra los aeródromos, de cuya organización y coordinación dependía en aquellos momentos todo el poder combativo de nuestras fuerzas aéreas. Al apartarse de los principios bélicos clásicos, así como de las reglas de humanidad vigentes hasta entonces, Goering se equivocó por completo; peor aún, cometió una necedad. En el período antes mencionado (24 dee agosto – 6 de septiembre) la aviación de caza sufrió en conjunto una grave sangría. Véase el resumen de bajas de aquella quincena: 103 pilotos muertos y 128 mal heridos; además resultaron destruidos o gravemente averiados 466 “Spitfires” y “Hurricanes”. Nuestro cuerpo de pilotos, compuesto de un millar de hombres aproximadamente, perdió casi una cuarta parte de sus efectivos. Para llenar este terrible hueco hubimos de retirar de las unidades de instrucción a 260 jóvenes pilotos, valientes pero inexpertos inexp todos ellos y que en muchos casos no habían terminado todavía sus cursos de prácticas. Los ataques nocturnos contra Londres, que duraron diez días a partir del 7 de septiembre, ocasionaron daños en los muelles y en los centros ferroviarios de la capital, y mataron e hirieron a muchos ciudadanos; pero constituyeron realmente para nosotros un respiro que necesitábamos a toda costa. Con objeto de ver con mis propios ojos lo ocurrido, durante aquel período tomé las disposiciones necesarias para pasar dos tardes ta cada semana en los sectores más castigados de Kent o de Sussex. Para ello utilizaba mi tren especial, en el que disponía de cama, cuarto de baño, oficina, un teléfono conectable con el exterior y personal competente. De este modo podía trabajar sin interrupción, interr excepto en las horas que dedicaba al descanso reparador de energías, y con casi todas las facilidades que tenia en Downing Street. En domingo, como Waterloo El 15 de septiembre debe considerarse como la fecha culminante. Aquel día la “Luftwaffe”, después de realizar la víspera dos violentos ataques, llevó a cabo el más intenso de sus esfuerzos concentrados en forma de un bombardeo diurno sobre Londres. Fue aquélla una de las batallas decisivas de la guerra y, como la de Waterloo, tuvo lugar en domingo. dom Yo estaba en Chequers. Había visitado ya en diversas ocasiones el Cuartel General del 11º Grupo de Caza para ver la forma en que se dirigía una batalla aérea, pero nunca había pasado nado digno de especial mención. No obstante, como me pareció que aquel aq día el tiempo era favorable al enemigo, me trasladé en automóvil a Uxbridge, y me dirigí al Cuartel General de dicho Grupo. El 11º Grupo abarcaba no menos de veinticinco escuadrillas que cubrían la zona de Essex, Kent, Sussex y Hampshire, así como todas t las vías de acceso a Londres a través de estos condados. El vicemariscal de aviación Park estaba desde hacía seis meses al frente de aquellas unidades, de las que dependía en gran manera nuestra suerte. Desde el principio de las operaciones de Dunkerque, Dunkerque todas las acciones diurnas en el sur de Inglaterra habían sido dirigidas por él; además, bajo su mando, todas las disposiciones y todos los servicios habían alcanzado un altísimo grado de perfección. Nos condujeron a mi esposa y a mí al Departamento de Operaciones, peraciones, instalado a quince metros bajo tierra, a prueba de bombas. Toda la bravura y todo el poderío de los “Hurricanes” y los “Spitfires” habrían sido inútiles sin aquel sistema subterráneo de centros de control y de cables telefónicos, ideado y construido const antes de la guerra por el Ministerio del Aire bajo la inteligente dirección del mariscal Dowding. Todos los que intervinieron en ello son acreedores dores a nuestra eterna gratitud. Los hombres del subsuelo El Departamento de Operaciones del Grupo era algo así como un teatrito de dos pisos y de unos veinte metros de ancho. Tomamos asiento en las butacas del anfiteatro. a Debajo de nosotros se extendía una mesa inmensa cubierta de mapas a gran escala y en torno a la cual estaban reunidos alrededor de veinte veint jóvenes y muchachas bien entrenados, con sus ayudantes y telefonistas. Enfrente, cubriendo toda la pared, en el lugar que ocuparía el telón de la escena, había una gigantesca pizarra dividida en seis columnas cubiertas cubierta de bombillas eléctricas; estas columnas correspondían a los seis puestos de mando de cazas, cada una de cuyas escuadrillas tenía su propia subdivisión; unas líneas horizontales dividían igualmente la pizarra. Cuando estaba encendida, la hilera inferior de bombillas señalaba las escuadrillas en situación de “dispuesta”, es decir, a punto para despegar a los dos minutos de recibir el aviso; la hilera siguiente se refería a las escuadrillas “preparadas” (cinco minutos); venían luego las escuadrillas “disponibles” (quince minutos); a continuación, continuació las que habían despegado; la hilera siguiente señalaba las que habían comunicado que tenían el enemigo a la vista; la siguiente – con bombillas rojas – correspondía a las formaciones que habían entrado en acción; y la hilera del extremo superior, a las que ya volvían a sus bases. 70 A la izquierda, dentro de una especie de palco proscenio de cristal, se hallaban los cuatro o cinco oficiales cuya misión consistía en estudiar la información recibida de nuestro Cuerpo de Observadores, que en aquella época se componía de más de 50.000 hombres, mujeres y jóvenes. El “radar” estaba aún en la infancia, pero señalaba las formaciones que se acercaban a nuestras costas. Los observadores, provistos de prismáticos y de teléfonos portátiles, constituían nuestra fuente principal de información acerca de los aviones enemigos que volaban ya encima de nuestro territorio. A la derecha, había otro palco proscenio de cristal en el que estaban encerrados unos oficiales del Ejército de Tierra que daban cuenta de la acción de nuestras baterías antiaéreas, doscientas de las cuales se hallaban entonces al servicio de la aviación de caza. Por la noche era de importancia vital suspender el tiro de estas baterías contra determinados sectores en los que nuestros cazas iban a entrar en combate con el enemigo. Fantasmagórica visión del duelo aéreo “No sé –me decía Park mientras bajábamos— si ocurrirá hoy nada de particular. De momento todo está tranquilo.” Sin embargo, al cabo de un cuarto de hora, los aviones enemigos empezaron a dar señales de vida. Nuestros servicios anunciaron que se acercaban cuarenta aparatos procedentes de las bases alemanas del sector de Dieppe. Las bombillas de la hilera inferior del tablero fueron encendiéndose a medida que diversas escuadrillas comunicaban hallarse en situación de “dispuestas”. Luego, con breves intervalos, recibimos avisos de “otros 20”, “otros 40”, y a los diez minutos se hizo evidente que iba a entablarse una formidable batalla. Por ambos bandos el aire empezaba a poblarse de aviones. Sucedíanse rápidamente los avisos: “Otros 40”, “otros 60”, llegó a darse una señal de “otros 80”. En la gran mesa situada debajo de nosotros se señalaba el avance de las diferentes oleadas de asalto mediante el desplazamiento, minuto a minuto, de unos discos colocados a lo largo de las diferentes vías de acceso, mientras en la pizarra de enfrente la ascensión de las luces indicaba cómo nuestras escuadrillas de caza iban despegando; muy luego quedaron tan sólo cuatro o cinco en situación de “disponibles”. Estas batallas aéreas, de las que tantas cosas dependían, duraban poco más de una hora a partir del primer encuentro. El enemigo disponía de efectivos suficientes para lanzar nuevas oleadas de ataque, en tanto que nuestras escuadrillas, después de realizar todos los esfuerzos necesarios para alcanzar una altura superior a la de los aparatos asaltantes, veíanse obligadas a aterrizar, ya fuese para reponer combustible a los setenta u ochenta minutos de vuelo, o bien para proveerse de municiones después de un combate de cinco minutos. Si en el momento de producirse estas operaciones de abastecimiento el enemigo lograba hacer intervenir, sin posición, unas cuantas escuadrillas de refresco, algunos de nuestros cazas corrían el peligro de ser destruidos en el suelo. Por consiguiente, una de nuestras preocupaciones esenciales consistía en distribuir las escuadrillas de tal manera que durante los combates diurnos no se encontrase simultáneamente un gran número de ellas en el suelo apostándose de combustible o cargando municiones. Dogal de angustia Al poco rato, las lámparas rojas señalaron que la mayoría de nuestras escuadrillas estaba en contacto con el enemigo. Subía un murmullo de la parte inferior de la sala, donde los operadores movían afanosamente los discos de acuerdo con las rápidas fluctuaciones de la situación. El vicealmirante de Aviación Park daba normas de carácter general para la mejor distribución de las escuadrillas de caza, normas que eran transmitidas a cada puesto de mando, en forma de órdenes detalladas, por un oficial de aspecto juvenil que estaba sentado en el centro mismo de las butacas del anfiteatro, precisamente a mi lado. Algunos años después pregunté su nombre. Era lord Willoughby de Broke. (Volví a encontrarle en 1947, cuando el Jockey Club, del que él era administrador, me invitó a presenciar el Derby. Quedó muy sorprendido al ver que le recordaba tan bien). Transmitía, como digo, a las distintas escuadrillas la orden de despegar, tomar altura y patrullar de acuerdo con la información que iba poniéndose de manifiesto en la mesa cartográfica. El vicemariscal, por su parte, caminaba arriba i abajo detrás de nosotros, siguiendo con ojo vigilante cada fase de la enconada partida y supervisando la tarea de su joven agente ejecutivo, sólo intervenía de vez en cuando para dar alguna orden importante, por regla general con objeto de reforzar un sector amenazado. Al poco rato todas nuestras escuadrillas estaba en combate y algunas se disponían ya a regresar a su base para reponer carburante., todas estaban en el aire. La hilera inferior de bombillas hallábase apagada. No teníamos ni una sola escuadrilla de reserva. En aquel momento Park llamó por teléfono a Dowding, que estaba en Stanmorfe, para pedirle que pusiera a su disposición tres escuadrillas del 12º Grupo en caso de que se produjera un nuevo ataque de gran estilo mientras sus formaciones se proveían de combustible y de municiones. Así se hizo. Tales refuerzos eran especialmente necesarios para proteger Londres y nuestros aeródromos de cazas, puesto que el 11º Grupo estaba casi en el límite de sus posibilidades. El joven oficial, para quién todo aquello parecía ser una cuestión de mera rutina, seguía transmitiendo órdenes, conforme a las instrucciones generales de su jefe, en un tono pausado y monótono. Las tres escuadrillas de refresco quedaron muy pronto absorbidas. Me di cuenta de la desazón del comandante del Grupo, que ahora permanecía inmóvil detrás de la silla de su subordinado. Hasta entonces yo había seguido las operaciones sin pronunciar palabra. Ante el dramatismo del momento, no pude menos que preguntar: ¿Qué otras reservas tenemos? Ninguna—me respondió el vicemariscal Park. En un relato que escribió más tarde acerca de aquella acción, dijo que al oír la fatídica palabra “se me ensombreció el rostro”. ¡Y con razón! ¡Cuan tremendas pérdidas no habríamos sufrido si nuestros aviones en curso de abastecimiento hubiesen sido sorprendidos en el suelo por nuevas incursiones de “otros 40” o de “otros 50”! En aquel juego alucinante, nuestra desventaja era enorme; nuestras posibilidades, mínimas; la postura sobre el tapete, fabulosa. Debe y haber de la batalla Transcurrieron otros cinco minutos; casi todas nuestras escuadrillas habían aterrizado para reponer carburante. En muchos casos nuestros recursos no nos permitían prestarles ayuda desde el aire. En aquel preciso instante observamos que el enemigo iniciaba el regreso hacia sus bases. Los discos de la mesa señalaban un movimiento incesante, en dirección al Este, de los bombarderos y los cazas alemanes. No se produjo ningún otro ataque. Diez minutos después, la acción había terminado. Subimos las escaleras que conducían a la superficie, y a poco de salir al exterior aulló la señal de “Pasó el, peligro”. Pregunté si se conocían ya algunos resultados y comenté que al parecer la agresión había sido rechazada de modo satisfactorio. Park repuso que no estaba seguro de que hubiésemos interceptado tantos aparatos atacantes como él esperaba al empezar la batalla. Era evidente que el enemigo había perforado por todas partes nuestra barrera defensiva. Se había señalado la presencia encima de Londres de bastantes bombarderos alemanes con su escolta de cazas. Nuestras fuerzas habían derribado alrededor de una docena de ellos mientras estábamos en el subterráneo, pero aún no era posible tener idea clara de los resultados de la batalla ni de los daños y victimas ocasionados por el ataque. Llegué a Chequers hacia las cuatro y media de la tarde, y me acosté en seguida para dormir mi acostumbrada siesta. El drama del 11º Grupo debió de haberme fatigado grandemente, pues no me desperté hasta las ocho. Hice sonar el timbre y entró John Martín, mi primer secretario particular, con el paquete de noticias vespertinas procedentes de todo el mundo. Daban asco. En tal sitio había ido mal esto; el tal otro se había retrasado aquello; habíamos recibido una respuesta negativa de más allá; en el Atlántico nos habían hundido no sé cuantos buques. 71 No obstante – añadió Martín al terminar su información general , las noticias de la Aviación lo compensan todo. Nuestros cazas han derribado a 183 aparatos y nosotros no hemos perdido ni siquiera 40. El ocaso de un proyecto ciclópeo Aunque después de la guerra hemos sabido que el enemigo sólo perdió cincuenta y seis aviones en aquella jornada, no cabe duda de que el 15 de septiembre marcó el punto crucial de la batalla de Inglaterra. Aquella misma noche nuestras unidades de bombardeo efectuaron ataques en masa contra los buques surtos en los puertos comprendidos entre Boulogne y Amberes. En este último especialmente infligimos graves pérdidas al enemigo. El 17 de septiembre, según ahora sabemos, el Führer decidió aplazar indefinidamente la operación “León Marino”. No fue, empero, hasta el 12 de octubre cuando la invasión quedó diferida con carácter oficial para la primavera siguiente. En julio de 1941, Hitler la pospuso de nuevo hasta la primavera de 1942, “para cuya época habrá terminado la campaña de Rusia”. Vana pero colosal ilusión. El 13 de febrero de 1942, el almirante Raeder sostuvo su última entrevista con Hitler acerca del proyecto de invasión y consiguió que el Führer diera su conformidad a dejarlo definitivamente en “punto muerto”. Así pereció “León Marino”. Y el 15 de septiembre de 1940 puede considerarse como la fecha virtual de su fallecimiento. CAPITULO XXVIII Londres, bajo el diluvio de fuego La historia de la ofensiva alemana contra la Gran Bretaña es una curiosa mezcla de pareceres divergentes, propósitos contradictorios y planes que nunca llegaron a ponerse totalmente en práctica. Tres o cuatro veces en el transcurso de aquellos meses en enemigo desistió de un método de ataque que nos sumía en graves preocupaciones y adoptó una táctica nueva. Pero todas estas fases aparecen superpuestas entre sí y no es fácil distinguirlas con claridad por medio de fechas concretas. Las primeras operaciones tendían a obligar a nuestras fuerzas a entablar combate encima del canal de la Mancha y la costa meridional; después la lucha prosiguió sobre nuestros condados del Sur, especialmente Kent y Sussex, y la idea del enemigo era destruir la organización de nuestros servicios aéreos; luego se acercó a Londres e incluso lo atacó diversas veces; más tarde, Londres se convirtió en el objetivo supremo; y finalmente, cuando Londres salió victorioso de la prueba, inciose una nueva dispersión hacia las ciudades de provincias y hacia nuestras arterias vitales para la comunicación con el Atlántico, es decir, el Mersey y el Clyde. 57 noches consecutivas Hemos visto ya lo dificilísima que había sido nuestra situación durante los ataques alemanes contra los aeródromos de la costa meridional. Pero el 7 de septiembre de 1940 Goering asumió oficialmente el mando de la batalla aérea y pasó del ataque diurno al ataque nocturno y de las bases de cazas de Kent y Sussex a las vastas aglomeraciones urbanas de Londres. Siguieron siendo frecuentes, por no decir constantes, las incursiones diurnas de poca monta, y aún teníamos que sufrir un gran bombardeo en pleno día; pero, en general, había cambiado todo el carácter de la ofensiva alemana. El bombardeo de Londres se repitió por espacio de cincuenta y siete noches consecutivas. Esto fue para la ciudad más grande del mundo una prueba terrible, cuyos efectos nadie podía prever. Nunca hasta entonces una extensión tan vasta de edificios se había visto sometida a un bombardeo de semejante magnitud, ni tantas familias habían tenido que hacer frente a los incontables problemas de una demostración parecida de terrorismo. El primer propósito de los alemanes había sido la destrucción de nuestro poderío aéreo; el segundo consistía en quebrantar la moral de los londinenses, o por lo menos, hacer inhabitable la capital más poblada del Orbe. También en esto fracasó el enemigo. La victoria de las Reales Fuerzas Aéreas fue posible gracias a la pericia y al arrojo de nuestros pilotos, a la excelente calidad de nuestros aparatos y a la portentosa organización que fue denominador común. Millones de seres anónimos que ya habían demostrado al mundo la fuerza de una comunidad educada en la teoría y la práctica de la libertad iban a la sazón a poner de manifiesto otras virtudes no menos admirables ni menos indispensables para la vida en la Gran Bretaña. Hablan las baterías Del 7 de septiembre al 3 de noviembre, un promedio de doscientos bombarderos alemanes atacó Londres todas las noches. Las diversas incursiones preliminares llevadas a cabo sobre nuestras ciudades de provincia en las tres semanas anteriores nos habían obligado a realizar una amplia dispersión de nuestra artillería antiaérea, y cuando Londres se convirtió por primera vez en el objetivo principal no había allí más que noventa y dos cañones en batería. Consideramos preferible dejar libre el cielo a nuestros cazas nocturnos integrados en el 11º Grupo. Teníamos seis escuadrillas de “Blenheims” y de “Defiants” de la citada clase. La caza nocturna estaba aún en mantillas y las pérdidas que infligíamos al enemigo eran insignificantes. Nuestras baterías guardaron silencio, por lo tanto, durante tres noches consecutivas. Además, en aquella época su técnica era lamentablemente deficiente. No obstante, en vista de la insuficiencia de nuestros cazas nocturnos y teniendo en cuenta los problemas que se les presentaban y que no conseguíamos resolver, decidimos dejar en absoluta libertad a los artilleros de las baterías antiaéreas para que disparasen contra los objetivos invisibles, utilizando los métodos que creyesen oportunos para afinar la puntería en lo posible. A las cuarenta y ocho horas, en general Pile, jefe de la D.C.A., había doblado con creces el número de cañones instalados en la capital, retirando de las ciudades de provincias las piezas necesarias para ello. Mantuvimos a nuestra aviación fuera de escena y concedimos la palabra a la artillería. Por espacio de tres noches los londinenses habían soportado desde sus casas o sus poco seguros refugios una ofensiva alemana que, al parecer, no encontraba la menor resistencia por nuestra parte. De pronto, el 10 de septiembre, toda la barrera abrió fuego bajo un incendio de reflectores. No causó muchos daños al enemigo el rugido horrísono de aquel cañoneo, pero produjo una satisfacción enorme entre la población. Todo el mundo sintiose reanimado ante la evidencia de que contestábamos. A partir de entonces las baterías disparaban regularmente y, como es de suponer, la practica, el ingenio y el aguijón de la necesidad fueron haciendo cada vez más efectivo el tiro. Es mejor prevenir… 72 Con ánimo de hacer más llevadero el fatigoso curso de este relato, doy a continuación algunas notas de tipo personal a propósito del “Blitz” (guerra relámpago), aunque bien se que muchos miles de personas pueden contar anécdotas infinitamente más interesantes que las mías. Cuando empezaron los bombardeos, hubo una tendencia general a despreciar el peligro. En el West End todo el mundo seguía trabajando y divirtiéndose y comía y dormía como si nada ocurriera. Los espectáculos estaban llenos, y en las calles a oscuras continuaba normalmente la circulación. Todo esto constituía, quizá, una saludable reacción contra el espantoso alarido que los elementos derrotistas lanzaron en París cuando la capital francesa sufrió en el mes de mayo su primer bombardeo serio. Recuerdo que cierta noche cenaba yo en compañía de unos amigos, mientras las incursiones enemigas, asaz violentas, se sucedían casi sin tregua. Los ventanales de Stornoway House se abrían sobre Green Park, iluminado por los fogonazos de los cañones y, de vez en cuando, por el violento resplandor de la explosión de una bomba. Tuve la impresión de que estábamos corriendo un riesgo tan grave como innecesario. Terminada la cena, nos trasladamos al edificio del Imperial Chemicals Institute, que domina el gran paseo de los muelles. Desde sus altos balcones de piedra gozábamos de una espléndida vista del río. En la margen meridional alzaban sé las llamas de unos doce incendios. Vimos caer varias bombas de gran potencia, una de ellas lo bastante cerca para que mis amigos me obligasen a retroceder precipitadamente hasta colocarme tras una maciza columna de piedra. Esto me confirmó en mi opinión de que debíamos imponer muchas limitaciones a los pequeños solaces ordinarios de la vida. Downing Street, “en primera línea” El grupo de edificios gubernamentales situados a ambos lados de Whitehall fue alcanzado diversas veces por las bombas. Downing Street está formado por casas que tienen doscientos cincuenta años, poco sólidas y edificadas a la ligera por el aprovechado contratista que dio su nombre a la calle. En la época de la alarma de Munich se habían construido sendos refugios para los ocupantes del número 10 y del número 11, y se procedió a apuntalar y reforzar por medio, de vigas y planchas de madera el techo de las habitaciones de los sótanos. Creíase que gracias a este dispositivo el sótano soportaría las ruinas si el inmueble se venía abajo por efecto de una explosión cercana; pero, naturalmente, ni aquellas habitaciones ni los refugios podían resistir un impacto directo. En la segunda quincena de septiembre de 1940 se hicieron los preparativos necesarios para trasladar mis servicios ministeriales a las oficinas gubernamentales más modernas y más sólidas que dan a St. Jame’s Park por la Storey’s Gate. Dábamos a estas dependencias en nombre de “el Anexo”. Debajo de ellas estaban la sala de Consejo y una serie de dormitorios convenientemente protegidos contra las explosiones. En aquel tiempo las bombas no eran, desde luego, tan grandes como las que se utilizaron más tarde. A pesar de todo, hasta que los nuevos locales estuvieron en condiciones la vida en Downing Street no carecía de emociones fuertes. Era tanto como encontrarse en el puesto de mando de un batallón en primera línea. El fin de un luchador infatigable Durante aquellos meses celebrábamos las reuniones vespertinas del Gabinete en la sala del Consejo, situada en los sótanos del “Anexo”. Para ir allí desde Downing Street había que cruzar a pie el patio del Ministerio de Asuntos Exteriores y luego pasar, con las dificultades consiguientes, por entre las herramientas y el material de los equipos de obreros que procedían a reforzar con cemento la parte inferior del edificio a fin de garantizar la seguridad de las instalaciones subterráneas. Yo no me daba cuenta del esfuerzo que esto suponía para mister Chamberlain, convaleciente aún de una grave operación. Nada le acobardaba, y nunca estuvo tan animoso ni jamás mostró tanta resolución y sangre fría como en las últimas sesiones del Gabinete a que asistió. Una tarde, a fines de septiembre de 1940, al salir por la puerta principal del número 10 de Downing Street, vi que unos obreros amontonaban sacos terreros frente a las ventanas del sótano del Ministerio de Asuntos Exteriores. Les pregunté qué estaban haciendo. Me dijeron que, a raíz de su operación, mister Neville Chamberlain había de ser sometido a un tratamiento especial a intervalos regulares y era difícil atenderle debidamente en el refugio de la casa número 11, donde se reunían por lo menos veinte personas durante las incursiones aéreas enemigas que con tanta frecuencia se producían.. Por ello se había decidido acondicionar un pequeño local particular para él en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Día tras día mister Chamberlain, luchador infatigable, asistía, circunspecto, taciturno, impecablemente vestido, a las reuniones del Gabinete. Entonces comprendí la tremenda realidad. Aquello era demasiado. Hice uso de mi autoridad. Atravesé el pasillo que une la casa número 10 con la número 11, fui a ver a la señora Chamberlain y le dije: –Su marido no debería permanecer aquí en el estado en que se encuentra. Lléveselo usted al campo hasta que esté completamente restablecido. Yo le mandaré cada día todos los documentos. Al cabo de una hora, después de hablar con su marido, me mandó la contestación: –Hará lo que usted desea. Nos vamos esta noche. No volví a ver a mister Chamberlain. Murió a los dos meses escasos. Estoy seguro de que él quería seguir en la brecha hasta el postrer aliento. No pudo ser. Una corazonada providencial Cobra particular relieve en mis recuerdos otra noche: la del 14 de octubre. Estábamos cenando en la estancia de la planta baja que da al jardín, cuando empezó el acostumbrado ataque nocturno. Mis compañeros de mesa eran Archie (sir Archibald) Sinclair, Oliver Lyttelton y Moore-Brabazon. Habíamos cerrado las persianas metálicas. Se oyeron diversas explosiones muy fuertes no lejos de allí, y acto seguido, con gran estruendo, cayó una bomba a cosa de un centenar de metros, en la explanada de la Horse Guard. De pronto tuve una corazonada providencial. La cocina del número 10 de Downing Street es alta y espaciosa, y da a uno de los patios de la Tesorería por un ventanal de cristales de siete metros de alto, poco más o menos. El mayordomo y la doncella seguían sirviendo la cena con toda tranquilidad; pero en un momento determinado me acordé de aquella gran ventana tras la cual, imperturbables, trabajaban la cocinera, Mrs. Landemara, y su ayudanta. Me levanté bruscamente, entré en la cocina, dije al mayordomo que pusiera la cena en el escalfador del comedor y ordené a la cocinera y a las demás sirvientas que bajaran al refugio, que a pesar de su escasa solidez no dejaba de ofrecer una cierta protección. Apenas hacia tres minutos que me había sentado de nuevo a la mesa, cuando oímos muy cerca de nosotros un estrépito ensordecedor, acompañado de una 73 violenta sacudida. Evidentemente, el proyectil había dado en la misma casa. Entró mi detective a los pocos momentos, y dijo que los daños habían sido de consideración. La cocina, la despensa y las oficinas del lado de la Tesorería estaban destrozadas. Fuimos todos a la cocina a ver lo ocurrido. El desastre era absoluto. La bomba había caído a cincuenta metros de allí, en la Tesorería y la onda explosiva había transformado la amplia y aseada cocina, con toda su reluciente batería y su pulcra vajilla en un montón de escombros y de polvo negro. El ventanal de cristales había saltado en pedazos que sin duda alguna habrían desmenuzado literalmente a quienquiera que hubiese estado allí. Por suerte, mi presentimiento, del que yo podía muy bien haber hecho caso omiso, había sido sumamente oportuno. El refugio subterráneo de la Tesorería, situado en el lado opuesto del patio, había quedado deshecho por un impacto directo, y los tres miembros de la Guardia Metropolitana que prestaban allí servicio nocturno habían resultado muertos. En aquellos momentos, empero, todos estaban sepultados bajo muchas toneladas de cascotes e ignorábamos el número y la identidad de las victimas. Dado que el bombardeo continuaba y parecía crecer en intensidad, nos pusimos los cascos de acero y salimos a ver el espectáculo desde lo alto de los edificios del “Anexo”, antes, sin embargo, no pude resistir el deseo de hacer salir de su refugio a Mrs. Landemare y a las otras sirvientas para enseñarles la cocina. Quedaron consternadas a la vista de semejante catástrofe, pero más que nada por lo desordenado y sucio que estaba todo aquello. La ciudad en llamas Archie y yo subimos a la cúpula del “Anexo”. La noche era clara y distinguíamos un amplio sector de Londres. Daba la impresión de que la mayor parte de Pall Mall estaba en llamas. Ardían allí por lo menos cinco incendios formidables y otros en St. James’s Street y en Piccadilly. Más lejos, al otro lado del Támesis, veíanse asimismo numerosas conflagraciones. Pero Pall Mall ofrecía un aspecto verdaderamente dantesco. Poco a poco cedió la violencia del ataque, hasta que sonó la señal que ponía fin a la alarma. Las inmensas hogueras seguían ardiendo. Bajamos a mis nuevas dependencias, instaladas en el primer piso del “Anexo”, y encontramos allí al capitán David Margesson, “Chief Whip” (algo así como el secretario general de un partido político; en este caso concreto, del Partido Conservador), que tenía su residencia habitual en el Carlton Club. Nos dijo que el Club había quedado destruido. No nos sorprendió demasiado la noticia, pues teniendo en cuenta la situación de los incendios, nos habíamos figurado ya que debía de haber sido alcanzado. Margesson estaba en el “cuartel general” del Partido Conservador con unas 250 personas entre socios y empleados cuando cayó en el inmueble una bomba de gran potencia. Toda la fachada del lado de Pall Mall se desplomó sobre la calle y pulverizó el automóvil que el capitán tenía aparcado cerca de la puerta principal. El salón de fumar estaba lleno de socios; el techo se hundió encima de ellos., al día siguiente, contemplando las ruinas, me parecía increíble que no hubiesen muerto la mayoría de los socios. Lo cierto es que, como por milagro, todos ellos habían logrado, a rastras, salir de entre el polvo, el humo y los escombros, y si bien muchos resultaron heridos, no hubo que lamentar la muerte de nadie. Cuando el Gabinete tuvo conocimiento de estos hechos, nuestros colegas laboristas comentaron con donaire: “El demonio protege a los suyos”. Mister Quintín Hogg había extraído de los escombros a su padre antiguo lord canciller (lord Halisham), llevándole en hombros, de la misma manera que Eneas sacó a su padre, Anquises, de las ruinas de Troya. CAPITULO XXIX Grandeza y servidumbre del Poder Un día después de comer, estaba yo despachando con el canciller de la Tesorería, Kingsley Word, en el número 1º de Downing Street, cuando oímos una violenta explosión al otro lado del Támesis, en el sur de Londres. Indagamos el lugar del hecho y fuimos allí sin pérdida de tiempo. “¡Devolvedles la visita!” La bomba había caído en Peckham. Era de gran tamaño, probablemente una mina terrestre. Había destruido por completo veinte o treinta casas de tres pisos, arrasando un sector considerable de aquel barrio tan humilde. Detalle conmovedor; entre las ruinas ondeaban ya diversas banderitas británicas. Al reconocer mi automóvil, muchos de los vecinos acudieron corriendo, y en pocos minutos se congregó allí más de un millar de personas. Aquellas gentes daban muestras de un entusiasmo extraordinario. Se apretujaban en torno a nosotros, lanzaban aclamaciones y exteriorizaban su afecto en distintas formas; algunos hasta querían palparme la ropa y darme palmadas. Creería se que yo era portador de alguna gracia especial para aliviar su dura suerte, Tan profundamente me emocionó aquella manifestación espontánea que se me saltaron las lágrimas. Ismay, que se hallaba a mi lado, me contó luego que había oído decir a una anciana; “Fijaos; lo siente de verdad. Esta llorando” No eran lágrimas de amargura las mías, sino de 74 sorpresa y de admiración. “Mire usted aquí; vea”, me dijeron, y condujeron me hasta el centro mismo de las ruinas. Había allí un cráter enorme, de unos cuarenta metros de diámetro y de casi seis metros de profundidad. En el borde mismo del tremendo agujero alzaba se un refugio Anderson; ante la puerta retorcida a causa de la explosión fuimos acogidos por un hombre más bien joven, su mujer y sus tres hijos, indemnes todos ellos, pero evidentemente bajo el efecto de una conmoción terrible. Estaban dentro del refugio al producirse el cataclismo. No podían describir sus impresiones. Pero allí estaban, vivos, ilesos y, en cierto modo, orgullosos de sentirse protagonistas. Sus vecinos los contemplaban cual si fuesen unos seres dignos de envidia. Cuando subimos de nuevo al automóvil, apoderase de aquella multitud de rostros macilentos una emoción más acerba. “¡Devolvedles la visita! –gritaban–. ¡Duro con ellos! ¿Qué sepan también lo que es bueno!”. Me comprometí allí mismo a hacer todo lo posible para que sus deseos fuesen satisfechos; y, en verdad, que cumplí mi promesa. La deuda se pagó en la misma moneda, decuplicada y aún centuplicada, mediante el terrible y sistemático bombardeo de las ciudades alemanas, ofensiva que creció en intensidad a medida que fue aumentando nuestra fuerza aérea y a medida que las bombas fueron adquiriendo mayor peso y más potencia los explosivos. No cabe duda de que devolvimos la visita al enemigo, y con creces, en forma aterradora. ¡Pobre humanidad! Una carga para el Tesoro En otra ocasión visité Margate. Produjo se entretanto una incursión aérea. Me llevaron al gran túnel en el que vivían permanentemente muchísimas personas. Cuando salimos, al cabo de un cuarto de hora, contemplamos los escombros todavía humeantes. Había sido alcanzado un pequeño restaurante. No había habido víctimas, pero el local había quedado reducido a un informe lecho de vajilla, utensilios y muebles triturados. El propietario, su esposa y el personal de servicios lloraban desconsolados. ¿Qué iban a hacer sin su casa? ¿De que vivirían? Privilegios del poder; tomé al punto una resolución; en el viaje de regreso, en mi propio tren, dicte una carta dirigida al canciller de la Tesorería, en la que dejaba sentado el principio de que el Estado debía tomar a su cuenta todos los daños ocasionados por los bombardeos enemigos. La compensación se haría efectiva integra e inmediatamente. Así la carga no pesaría de modo exclusivo sobre los hombros de quienes hubiesen perdido sus casas o sus instalaciones profesionales, sino en forma equitativa sobre las espaldas de la nación entera. Como res de suponer, el carácter indefinido de esta obligación inquietó seriamente a Kingsley Word. Pero yo insistí con firmeza y en una semana fue elaborado un plan de Seguros que más tarde desempeñó un papel muy importante en nuestras tareas de gobierno. El plan en cuestión suscitó emociones de muy diversos orden entre los elementos directivos de la Tesorería. Primero creyeron que iba a constituir la ruina de nuestras finanzas; pero cuando, a partir de 1941, las incursiones aéreas cesaron por espacio de más de tres años, el dinero empezó a afluir a las arcas del Tesoro en cantidades enormes, con lo cual los asustaditos del primer momento consideraron el plan como una iniciativa muy oportuna y de los altos vuelos políticos. No obstante, ya más avanzada la guerra, cuando aparecieron las bombas volantes “V-1” y los proyectiles cohete “V-2”, la balanza volvió a inclinarse del lado opuesto. El hecho es que aquélla inmensa cuenta arrojó, al final de la contienda, un saldo desfavorable Al Erario de 830 millones de libras. No me pesa en absoluto haber provocado este desembolso. Refugios En Aquella época la perspectiva que ante nosotros se ofrecía era la de ver a Londres –con excepción de sus sólidos inmuebles modernos– convertirse gradualmente en un montón de escombros. Era para mí objeto de honda preocupación la vida y la suerte de los londinenses, la mayoría de los cuales dormían en sus domicilios, corriendo el riesgo consiguiente animados de un espíritu fatalista. Los refugios de ladrillos y cemento se multiplicaban rápidamente. Las estaciones del “metro” servían de alojamiento a muchísimas personas. Había asimismo varios refugios de grandes dimensiones, capaces, algunos de ellos, para no menos de siete mil personas, que acampaban allí confiadamente noche tras noche, ignorantes del efecto que produciría un impacto directo sobre aquellos dormitorios improvisados. Pedí que se procediese a reforzar cuanto antes tales refugios mediante espigones de ladrillo. Por lo que respecta a las instalaciones subterráneas del “metro”, suscitose una violenta controversia que, finalmente, se resolvió con una fórmula de compromiso. Prudencia, pero sin exagerar Era de suma importancia en aquella nueva fase de la guerra obtener el máximo rendimiento no sólo de las fábricas, sino aún Más de los servicios ministeriales que funcionaban en Londres bajo frecuentes bombardeos, tanto diurnos como nocturnos. Al principio, cada vez que sonaban las sirenas de alarma todos los ocupantes de una veintena de Ministerios se reunían rápidamente y bajaban a los sótanos de los edificios correspondientes, fuese cuál fuere el valor de los mismos en cuanto a refugio. Había incluso quien se enorgullecía de la precisión y la perfección con que se realizaban estos movimientos en masas. En muchos casos, la incursión anunciada se reducía a media docena de aviones… y en ocasiones a uno sólo. Más de una vez ni siquiera llegaban a la capital aparatos enemigos. Una incursión insignificante podía paralizar durante una hora larga toda la máquina administrativa y ejecutiva de Londres. En vista de ello, propuse el establecimiento de un toque preliminar de “Alerta” en las sirenas que anunciaban la proximidad de aviones enemigos, o sea una señal claramente distinta del verdadero toque de “Alarma”; este último sólo se daría cuando los observadores apostados en las azoteas –o “Jim Crows” (literalmente Jaimito Cuervo –es el nombre que el vulgo da, en los Estados Unidos, al individuo de raza negra.), como les llama la gente– transmitiesen el aviso de “peligro inminente”, es decir, cuando el enemigo estuviese verdaderamente encima o muy cerca. Se cursaron las instrucciones oportunas en este sentido. Por otra parte, a fin de garantizar el riguroso cumplimiento de la citada disposición, pedí que se me enviara un estado semanal relativo al número de horas que hubiese pasado en los refugios el, personal de cada dependencia del Gobierno. Esto constituyó un saludable aguijón para el amor propio de todos. Llegaron a establecerse ocho de dichos estados. Resultó divertido ver como durante algún tiempo los Ministerio de las fuerzas armadas fueron los peores situados. Molestos y estimulados por este reproche implícito, no tardaron en ocupar el lugar que les correspondía. De este modo la pérdida de horas de trabajo en todos los servicios oficiales quedó reducida a la mínima expresión. Muy luego nuestros cazas demostraron al enemigo lo caros que les costaban los ataques diurnos, con lo cual terminó aquella fase de la guerra. A pesar de los toques de alerta y de alarma casi constantes apenas ninguna dependencia oficial fue alcanzada por las bombas en pleno día, cuando las oficinas estaban en plena actividad; por lo demás, no hubo ni una sola víctima… pero ¡Cuánto tiempo se habría perdido en el funcionamiento de la máquina bélica si el personal civil y militar hubiese dado pruebas de pusilanimidad o si no se le hubiese encaminado debidamente en aquella circunstancias! Del primer ministro a sir Edward Britges (secretario del Gabinete). Horarios de Bombardeo “Le ruego se sirva transmitir al Gabinete y a los ministros mi propuesta de adelantar un poco nuestras horas de trabajo. La suspensión del servicio para tomar el almuerzo podría efectuarse a la una de la tarde; las reuniones del Gabinete podríamos adelantarlas en media hora. En 75 principio, sería conveniente establecer una hora más temprana para la cena, por ejemplo las 7’15 p.m. En esta época obscurece ya más pronto y es de suponer que en las próximas semanas seremos objeto de intensos bombardeos a partir del momento en que deje de actuar nuestra aviación de caza. Convendría que el personal de oficinas y el de servicio estuviese alojado en los refugios lo antes posible. Ruego a los ministros tomen las medidas necesarias para desempeñar sus funciones en sitios que ofrezcan una seguridad prudencial durante los ataques nocturnos; en especial deberán entregarse al descanso en lugares en que nada tengan que temer, como no sea un impacto directo. “Pienso proponer al Parlamento, cuando se reúna el próximo martes a la hora de costumbre, que empiece las sesiones habituales a las once de la mañana y las termine a las cuatro o a las cinco de la tarde. Este horario permitirá a los diputados llegar a sus respectivos domicilios y, en definitiva, a sus refugios, antes de que obscurezca. Hemos de adaptarnos a estas nuevas condiciones de vida, que probablemente veremos agravadas. Desde luego, es de suponer que deberemos adelantar en media hora más nuestro horarios de trabajo a medida que se acorten los días.” La lección del Parlamento También el Parlamento necesitaba que alguien le guiara a propósito de sus actividades en aquellos días azarosos. Sus miembros consideraban que ellos habían de ser los primeros en dar ejemplo. En efecto; pero podía ocurrir que este espíritu de ejemplaridad les llevase demasiado lejos. Hube de discutir con la Cámara de los Comunes para inducirla a observar las normas elementales de prudencia y ajustarse a las especiales circunstancias de la época. En el curso de una sesión secreta convencí a los diputados de la necesidad de tomar las precauciones indispensables que el buen sentido imponía. Acordaron que no se harían públicos los días ni las horas de sesión y también que se procedería a suspender los debates cuando el “Jim Crow” transmitiese al “speaker” el aviso de “peligro inminente”; entonces todo el mundo bajaría dócilmente a encajonarse en los poco eficaces refugios dispuestos al efecto. El hecho de que sus miembros siguieran reuniéndose y ejerciendo sus funciones legislativas durante todo aquel período constituirá siempre un timbre de gloria más para el Parlamento británico. Los Comunes son muy susceptibles en estas cuestiones y habría sido fácil interpretar erróneamente su actitud. Cuando una de las Cámaras sufrió daños a consecuencia de un bombardeo, se trasladaron a otra, y yo hice cuanto pude para inducirles a seguir de buen grado los sanos consejos que se le formularon. Oportunamente daré cuenta de sus movimientos migratorios. En resumen, cada cual se comportó con dignidad y buen juicio. Fue también una gran suerte que cuando unos meses más tarde la sede del Parlamento quedó destruida por completo, el hecho se produjera por la noche y no durante el día, o sea cuando estaban ausentes sus ocupantes habituales. Nuestra victoria sobre las incursiones diurnas llevó aparejada una mayor elasticidad en las conveniencias personales. Pero en los primeros meses del “Blitz” fue para mí objeto de constante preocupación la seguridad de los miembros de la Cámara. Después de todo, la existencia de un Parlamento libre y soberano, elegido limpiamente por sufragio universal, capaz de derribar al Gobierno en un momento determinado, pero al propio tiempo orgulloso de apoyarlo en los días más sombríos, era precisamente uno de los puntos que estaban en litigio en nuestra lucha con el enemigo. Ganó el Parlamento. Eficacia de un sistema Dudo que cualquiera de los dictadores gozase de tanto, poder efectivo sobre toda su nación como el que ejercía al Gabinete de Guerra británico sobre la nuestra. Cuando exponíamos nuestros proyectos, los representantes del pueblo los apoyaban y, una vez transformados en leyes, el país entero obedecía gozoso las decisiones adoptadas. Con todo, el derecho de crítica no se limitó en ningún momento. Los censores respetaron casi siempre el interés nacional. Cuando en determinadas ocasiones se alzaron contra nosotros, las Cámaras, por aplastantes mayorías, les negaron su apoyo; y esto, en contraposición con los métodos totalitarios, sin la más ligera coacción, intervención o utilización de la policía o de los servicios secretos. Fue para nosotros motivo de alto orgullo comprobar que la democracia parlamentaria –o como el mundo prefiera denominar el sistema político británico– podía soportar todas las pruebas, superarlas y sobrevivir a ellas. No siquiera la amenaza de aniquilación arredró a nuestros legisladores. Pero, afortunadamente, esta amenaza no llegó a convertirse en realidad. 76 CAPITULO XXX Frente al acoso Hacia mediados de septiembre de 1940’ el enemigo puso en práctica una nueva y asoladora forma de ataque. Empezaron a llover sobre nosotros con extraordinaria profusión y en los puntos más diversos las llamadas bombas de acción retardada, que nos plantearon un problema harto difícil de resolver. Largos tramos de vía férrea, importantes nudos de comunicación, los accesos a muchas fábricas de interés vital para la guerra, aeródromos, amplias avenidas urbanas, hubieron de ser bloqueados y quedaron fuera de servicio en infinidad de ocasiones, precisamente cuando mayor era la necesidad que teníamos de tal4es elementos. La legión de los suicidas Había que desenterrar aquellas bombas y hacerlas estallar o inutilizarlas. Tarea sumamente peligrosa, de modo especial al principio, cuando fue preciso estudiar y poner en práctica, a costa de una serie de costosos experimentos, la táctica conveniente. He relatado ya en otro capítulo de esta obra (número 30 de la primera parte) el drama que tuvo como argumento el desmantelamiento de la mina magnética, pero esta forma de abnegación adquirió ahora, por decirlo así, un carácter de lugar común, sin perder por ello su grandeza. En cada ciudad, en cada pueblo, en cada distrito se constituyeron brigadas especiales de voluntarios que acudían en masa a practicar el fatídico deporte. No todos los equipos corrieron la misma suerte. Unos sobrevivieron a aquella fase de nuestra gran prueba. Otros jugaron veinte, treinta y hasta cuarenta partidos antes de que el destino, árbitro sin apelación, les impusiera su dura ley. Por doquiera, en todos mis viajes de inspección, me encontraba con los voluntarios de los destacamentos denominados U.X.B. (“Unexploded bombs”; literalmente, “Bombas sin estallar”). El aspecto de aquellos individuos era en verdad extraño. Había en ellos algo que los distinguía de los demás hombres, aun de los de bien probada lealtad y bravura-. Eran enjutos, de rostro macilento, tez cárdena y mirada febril, y en sus labios se dibujaba un rictus de fría decisión; con todo, su porte era impecable. Al hablar de nuestras horas difíciles tendemos a abusar del adjetivo “impresionante”. Deberíamos haberlo reservado para calificar a las brigadas de U.X.B. (Parece incongruente contar un chiste en medio de tan sombrías escenas. Pero en tiempos de guerra la risa bulliciosa del soldado es como una válvula de escape de muchas emociones contenidas. Un destacamento realizaba las operaciones necesarias para desenterrar una bomba. El cabo de presas había descendido al fondo del hoyo para llevar a cabo la delicada tarea de desconectar el mecanismo del artefacto. De pronto empezó a gritar qu3e le sacaran de allí. Sus compañeros se apresuraron a izarlo. Tiraron de la cuerda que le ataba por debajo de las axilas y se lo llevaron a rastras hasta los 45 ó 50 metros de distancias que constituían el supuesto margen de seguridad. Luego se tendieron todos a escape en el suelo, aguardando la temida explosión. Pero no ocurrió nada. El cabo de presas parecía horriblemente trastornado. Estaba lívido y sin resuello. Sus camaradas le miraron atónitos. “¡Válgame Dios! –exclamó finalmente el héroe–, ¡había una rata allí dentro!”. Me acuerdo de una de aquellas brigadas que es todo un símbolo de muchas otras. Se componía de tres personas; el conde de Suffolk, su secretaria particular y su chofer, hombre ya entrado en años. Su arrojo y su buena suerte los habían convertido en seres casi legendarios. Treinta y cuatro bombas sin estallar inutilizaron con aire comedido y sonriente. Pero la trigésima quinta salió por los fueros de las anteriores. Allí terminaron las hazañas del conde de Suffolk y su brigada. Pero podemos estar seguros de que, como en el caso de mister Valiant-forTruth (literalmente “paladín de la verdad”), “todas las trompetas sonaron en su honor al llegar al otro lado”. Clamor de represalias Por aquella misma época el enemigo empezó a lanzar en paracaídas grandes cantidades de minas navales de un peso y una potencia explosiva desconocida hasta entonces en las bombas de aviación. Contra esto no había más defensa que las represalias. El abandono por parte de los alemanes de toda pretensión de que su ofensiva quedaba estrictamente limitada a los objetivos militares había provocado asimismo clamores favorables a la ley del talión. Yo era partidario de devolver golpe por golpe, pero hube de topar con no pocas conciencias escrupulosas. Entre los que mayores inconvenientes pusieron se hallaba mi amigo el almirante Tom Philips, subjefe del Estado Mayor naval. Si las bombas de 1943… Es difícil comparar las pruebas a que se vieron sometidos los londinenses en el invierno de 1940-41 con las que sufrieron los alemanes en los tres últimos años de la guerra. En esta fase postrera las bombas eran infinitamente más potentes y las incursiones muchísimo más intensas. En cambio, una larga preparación y una labor metódica y concienzuda había permitido a los alemanes crear un sistema completo de refugios a prueba de bombas y a los que todo el mundo debía acogerse obligado por una serie de disposiciones draconianas. Cuando finalmente penetramos en Alemania, encontramos ciudades completamente arrasadas, pero también sólidas construcciones que se alzaban en la superficie y espaciosas galerías subterráneas en las que los habitantes dormían noche tras noche, en tanto que sus casas y sus bienes habían quedado destruidos. En muchas ocasiones nuestras bombas removían tan sólo montañas de escombros. Pero en Londres, si bien los ataques fueron menos asoladores los dispositivos de seguridad estaban menos perfeccionados. Aparte de los “metros”, no había ningún refugio verdaderamente seguro. Tan sólo algunos sótanos y bodegas podían resistir un impacto directo. Prácticamente toda la población de Londres vivía y dormía en sus hogares o en sus refugios Anderson; y después de una dura jornada de trabajo, cada cual corría a su albur con flema típicamente británica. Ni siquiera entre mil habitantes había uno que contara con elemento alguno de protección como no fuese contra las ondas explosivas, la metralla y los cascotes. Y, sin embargo, no hubo depresión moral ni epidemias. 77 Es evidente que si las bombas de 1943 hubiesen caído sobre el Londres de 1940 habrían podido llegar a pulverizar todo asomo de resistencia humana. Pero cada cosa ocurre a su tiempo todo es relativo, y nadie tiene derecho a afirmar que Londres, que efectivamente salió invicto de la prueba, fuese por ello invencible. La ciudadela subterránea Poco o nada se había hecho antes de la guerra ni durante los meses del letargo “crepuscular” para crear fortalezas a prueba de bombas desde las cuales el Gobierno central pudiese seguir desempeñando sus funciones. Existían planes completos para el traslado de la sede del Gobierno a otros puntos. Algunos servicios de muchos Ministerios estaban instalados ya en Arrógate, Bath, Cheltenham, etc. Se había practicado la requisa de viviendas en una amplia zona para alojar en ellas a todos los ministros y altos funcionarios si había que proceder a la evacuación de Londres. Pero luego, bajo las bombas, el deseo y la resolución del Gobierno y el Parlamento de permanecer en Londres adquirieron un carácter inequívoco. Yo compartía estos sentimientos de un modo absoluto. Al igual que otros, muchas veces había previsto la posibilidad de que la destrucción sobrase un carácter tan abrumador que nos obligase a efectuar una dispersión general. Pero bajo la presión de los acontecimientos, todos reaccionamos en sentido contrario. Ahora bien, para resistir en Londres hasta el fin era necesario construir todo género de refugios efectivos, ya fuese en la superficie o bajo tierra, desde los cuales el poder ejecutivo, con sus millares de funcionarios, pudiese realizar sus tareas. Cerca de Hampstead de había preparado ya una especie de ciudadela para el Gabinete de Guerra, con oficinas y dormitorios, así como líneas telefónicas y telegráficas subterráneas. Dábamos a aquella instalación fortificada el nombre de “Paddock”. El 29 de septiembre ordené que se procediese a un ensayo general con objeto de que todo el mundo supiese lo que había de hacer si las cosas se ponían muy mal. Celebramos, pues, una reunión del Gabinete en el “Paddock”, lejos de la luz del día, y cada ministro inspeccionó las estancias e que debería trabajar y dormir. Festejamos el acontecimiento con un animado almuerzo, y luego volvimos a Whitehall. Aquella fue la única ocasión en que los ministros utilizaron el “Paddock”. Encima de la Oficina de Operaciones y de las dependencias situadas en el sótano del “Anexo” hicimos colocar una cubierta protectora de hormigón de dos metros de alto y tomamos las disposiciones necesarias para garantizar la ventilación, el suministro de agua y especialmente la comunicación telefónica con el exterior. Como todas estas oficinas se hallaban muy por debajo del nivel del Támesis, cuyo lecho estaba a doscientos metros escasos de distancias, hubo que adoptar precauciones para que sus ocupantes no se vieran sorprendidos por una irrupción de las aguas. El biombo Anderson-Morrison La jubilación de mister Chamberlain, impuesta por su grave enfermedad, provocó importantes cambios en el Gobierno. Mister Herbert Morrison había sido enérgico y eficiente ministro de Abastecimiento, y sir John Anderson había hecho frente al “blitz” de Londres con gran firmeza y competencia. A principios de octubre el incesante ataque contra la ciudad más grande del mundo había adquirido una tal dureza y había creado ya tantos problemas de tipo social y político entre sus inmensa y martirizada población, que consideré sería conveniente la presencia de un parlamentario experto en el Ministerio del Interior, que entonces lo era también de Seguridad Nacional. Londres estaba en el centro mismo del temporal de fuego. Herbert Morrison era londinense y hombre versado en todas las cuestiones de la administración municipal. Su experiencia de la gobernación de Londres no tenía rival, pues había presidido el Ayuntamiento durante años. Al propio tiempo necesitaba a John Anderson, cuya labor en el Ministerio del Interior había sido excelente, para el cargo de lord presidente del Consejo con su Comité de Asuntos Interiores, al cual pasaban 9infinidad de problemas para estudio y resolución, cosa que constituía un gran alivio para el Gabinete. Esto aligeraba también la carga que pesaba sobre mí y me permitía dedicar mayor atención a la dirección de la guerra en la que mis colegas parecían cada vez más dispuestos a otorgarme plena confianza. Rogué, pues, a estros dos grandes servidores del Estado que permutasen sus Ministerios. No era precisamente un lecho de rosas lo que ofrecía a Herbert Morrison. No es posible exponer en estas páginas los problemas que entrañaba la administración municipal de Londres cuando noche tras noche diez o veinte mil personas quedaban sin hogar; cuando el único medio de evitar la propagación de terribles incendios era la guardia constante que montaban en las azoteas los ciudadanos convertidos en bomberos; cuando los hospitales, llenos de hombres y mujeres mutilados, eran a su vez pasto de las bombas enemigas; cuando cientos de miles de desgraciados se apretujaban en el interior de precarios e insalubres refugios; cuando las comunicaciones por ferrocarril y por carretera quedaban interrumpidas con obsesionante frecuencia; cuando la destrucción de los cables y las tuberías privaban a la ciudad de luz, fuerza y gas, y cuando, no obstante, toda la vida de lucha y trabajo de la capital debía proseguir y había que asegurar el transporte de casi un millón de personas que cada mañana se dirigían a su trabajo y cada noche regresaban a su casa. Ignorábamos cuanto tiempo duraría aquel horror. No teníamos razón alguna para suponer que la situación no empeoraría progresivamente. Cuando le formulé la propuesta, mister Morrison sabía demasiado a qué atenerse para responder a la ligera. Me pidió unas cuantas horas de tiempo para reflexionar, pero no tardó en volver para decirme que se sentiría muy orgulloso de asumir la dura responsabilidad. Viril decisión en verdad y que yo aprobé cordialmente. Proyectiles incendiarios Poco después de estos cambios ministeriales, una nueva táctica del enemigo nos impuso la revisión de nuestros métodos de defensa. Hasta entonces el adversario había empleado casi exclusivamente bombas explosivas de gran potencia; pero bajo el plenilunio del 15 de octubre, en que sufrimos el ataque más violento de todo el mes, unos 480 aviones alemanes arrojaron 386 toneladas de alto explosivo, y por añadidura 70.000 bombas incendiarias. Hasta aquel momento habíamos aconsejado a los londinenses que bajasen a los refugios y nos habíamos esforzado en mejorar este sistema de protección pero las circunstancias nos obligaban ahora a sustituir la consigna “A los sótanos” por la de “A las azoteas”. El ministro de Seguridad Nacional fue el encargado de establecer el nuevo sistema defensivo. Creose rápidamente una gigantesca organización de vigilancia y protección contra incendios que abarcaba todo el ámbito de Londres; en las ciudades de provincia se adoptaron medidas análogas. Al principio el servicio de vigilancia estaba constituido por voluntarios; pero eran tantos los que se necesitaban y hasta tal punto se generalizó la convicción de que cada ciudadano debía montar la guardia correspondiente, que la vigilancia contra incendios se convirtió muy pronto en obligatoria. Esta forma de servicios produjo un efecto confortante en todas las capas sociales. Las mujeres quisieron también participar en la tarea. Se puso en práctica un amplio programa de entrenamiento para enseñar a los miembros de aquel servicio como debían apagar las distintas clases de bombas incendiarias que lanzaba el enemigo. Algunos llegaron a ser verdaderos maestros. Millares de incendios fueron neutralizados antes de que el fuego prendiese en las casas. Al cabo de poco tiempo permanecer en una azotea durante noches enteras bajo el ígneo bombardeo, sin más protección que un casco de acero, fue una mera labor de rutina. Toda la nación en pie 78 Mister Morrison decidió luego agrupar las mil cuatrocientas brigadas locales existentes en un solo Servicio Nacional contra Incendios, y completar éste con un Cuerpo de Guardia contra Incendios, formado por elementos civiles entrenados, que actuarían en sus horas libres. El alistamiento de los citados guardias, como el de los vigilantes de azoteas, se realizó al principio con carácter voluntario; pero más tarde también se convirtió en obligatorio, con el beneplácito general. El Servicio Nacional contra Incendios tenía la ventaja de su mayor movilidad, su uniformidad de entrenamiento y utensilios y su organización de tipo militar. Las otras fuerzas de Defensa Civil estaban formadas por columnas regionales dispuestas en todo momento a acudir adonde fuese preciso. El nombre de Servicio de Defensa Civil fue sustituido por el que llevaba antes de la guerra: Precauciones contra Incursiones Aéreas (A.R.P.—Air Raid Precautions). Sus miembros iban ataviados con buenos uniformes y tenían conciencia plena de constituir la cuarta Arma de la Corona. En esta ardua tarea, Herbert Morrison contó con la eficaz ayuda de una enérgica mujer, cuya muerte hemos lamentado recientemente: Ellen Wilkinson. Veíase día y noche, a todas horas y por doquiera, tomando parte muy activa en la organización de la Guardia contra Incendios. El Servicio Voluntario Femenino, bajo la animosa dirección de lady Reading, contribuyó asimismo en forma inestimable al éxito de la gran empresa. CAPITULO XXXI Pequeño anecdotario del “blitz” Puesto que al parecer, nuestras ciudades habían de ser fatalmente bombardeadas por el enemigo, yo prefería que el máximo peso del ataque cayese sobre Londres. La capital era como un enorme monstruo prehistórico capaz de aguantar golpes terribles y que, aun mutilado y sangrando por incontables heridas, seguía viviendo y agitándose. Los refugios Anderson se multiplicaban en los distritos obreros, formados en su mayor parte por casas de dos pisos, y se tomaban todas las medidas necesarias para hacerlos habitables. Más tarde construyose en serie el refugio Morrison, que era simplemente como una gran mesa de cocina hecha de acero y provista de paredes de tela metálica muy fuerte; podía soportar las ruinas de una casa pequeña, y por lo tanto ofrecía bastantes garantías de protección. Muchísimas personas le deben la vida. Por lo demás, “Londres tenía fuerza suficiente para encajar”. Cavernas siglo XX Como nada permitía prever que el bombardeo enemigo de Londres no continuase durante toda la guerra, fue necesario establecer proyectos a largo plazo para albergar a los servicios del Gobierno en condiciones adecuadas de seguridad. Confiamos, pues, a lord Beaverbrook la misión de construir un gran número de “fortalezas” capaces de alojar en su interior al personal esencial de muchos organismos del Estado. En Londres subsiste todavía una docena de ellas, algunas conectadas entre sí por medio de túneles. Ninguna de estas “fortalezas” quedó terminada hasta después de la cesación definitiva de las incursiones aéreas, y solamente unas cuantas fueron utilizadas durante los ataques de los aviones sin piloto y las bombas-cohete, que se registraron en 1944 y 1945. Pero a pesar de que nunca llegamos a usar tales instalaciones para los fines a que estaban destinadas, era un gran alivio saber que las teníamos en construcción. El Almirantazgo, por su parte, edificó la masa monstruosa que gravita sobre la explanada de la Horse Guard, y la demolición de cuyos muros de hormigón de seis metros de espesor constituirán un serio problema para futuras generaciones, cuando el mundo está mas tranquilo. 79 Noches sin firmamento Hacia mediados de octubre, Josiah Wedgwood armó gran alboroto en el Parlamento so pretexto de que yo no contaba con un refugio absolutamente seguro contra las incursiones nocturnas. Era amigo mío desde hacía muchos años. Durante largo tiempo fue partidario decidido del impuesto único; luego varió de opinión sobre el régimen tributario e ingresó en el Partido Laborista. Su hermano era presidente del Comité Ejecutivo de Ferrocarriles, y antes de la guerra había tenido la clarividente idea de construir unas grandes oficinas subterráneas en Piccadilly. Estaba situado a veintiún metros de profundidad y protegido en la superficie por altos y sólidos edificios. Por todas partes empezaron a aconsejarme que fuese a dormir a aquel refugio. Acepté tras largo forcejeo, y desde mediados de octubre hasta el fin de año adopté la costumbre de ir allí por la noche cuando había comenzado el bombardeo, con objeto de seguir trabajando con tranquilidad y descansar sin sobresaltos. Me resultaba penoso, naturalmente, gozar de mucha mayor seguridad que la inmensa masa de mis conciudadanos; pero fueron tantos los que me incitaron a tomar esta medida de precaución, que opté por hacerles caso. Después de pasar unas cuarenta noches en el refugio de los ferrocarriles pude volver al “Anexo” que estaba ya reforzado como era menester. Allí vivimos confortablemente mi esposa y yo hasta el final de la guerra. Aquel sólido edificio de piedra nos inspiraba una confianza extraordinaria; sólo en muy contadas ocasiones buscamos la protección en la parte blindada inferior. Mi esposa incluso colgó en las paredes del salón, que yo creía preferible conservar libres de todo adorno, los pocos cuadros que teníamos. Prevaleció su criterio y los acontecimientos le dieron la razón. En las noches claras, desde la azotea próxima a la cúpula del “Anexo” se disfrutaba de una espléndida vista panorámica de Londres. Me mentaron un observatorio protegido contra la metralla y los cascotes, para que pudiera pasearme a la luz de la luna y contemplar los “fuegos ratifícales”. En 1941 solía llevar allí, después de cenar, a mis ocasionales huéspedes norteamericanos; todos ellos seguían con vivo interés el espectáculo. Los reyes de Inglaterra inspeccionan los trabajos de descombro en el Palacio de Buckingham, a raíz de un bombardeo alemán en el otoño de 1940 Un neologismo atroz: “coventrizar” El 3 de noviembre por la noche no sonaron en Londres las sirenas de alarma. Era la primera vez que ocurría aquello desde hacía casi dos meses. Tal silencio dio que pensar a mucha gente. Nadie comprendía el extraño fenómeno. A la noche siguiente, el enemigo dirigió sus ataques aéreos contra muy diversos lugares de la isla; esto continuó por espacio de algún tiempo. Una vez más los alemanes habían cambiado de táctica. Aunque seguían considerando a Londres como el objetivo principal, deseaban realizar un gran esfuerzo para paralizar los grandes centros industriales de la Gran Bretaña. Habían organizado y entrenado unas escuadrillas especiales provistas de nuevos instrumentos de navegación, con el fin de atacar determinados puntos de importancia vital. Por ejemplo, una de las formaciones tenía la misión específica de destruir la fábrica Rolls Royce de motores de aviación de Hilligton, Glasgow. Desde luego, aquella táctica era puramente provisional. Los alemanes habían renunciado momentáneamente a invadir la Gran Bretaña, y el proyecto de ataque contra Rusia sólo era conocido en el círculo íntimo de Hitler. Por lo tanto, los meses restantes del invierno habían de constituir para las fuerzas aéreas enemigas un período de entrenamiento, tanto en el uso de los inventos técnicos especiales para el bombardeo nocturno, como en la ofensiva contra el comercio marítimo británico, sin descuidar por ello el intento de paralizar nuestra producción bélica y civil. La aplicación del nuevo sistema se inauguró con el “blitz” sobre Coventry en la noche del 14 de noviembre. Londres, al parecer, era un objetivo demasiado vasto e impreciso para obtener de él resultados decisivos; Goering confiaba poder arrasar con relativa facilidad las ciudades de provincia y las fábricas de pertrechos de guerra. El ataque empezó a primeras horas de la noche del 14; al amanecer, cerca de quinientos aviones alemanes habían dejado caer 600 toneladas de explosivos de gran potencia y millares de bombas incendiarias. En conjunto, aquella fue la incursión más devastadora que sufrimos. El centro de Coventry quedó deshecho y la vida de la ciudad completamente en suspenso durante unas horas. Hubo quinientos muertos y el número de heridos fue elevadísimo. La radio alemana proclamó que nuestras demás ciudades serían asimismo “coventrizadas”. No obstante, las importantísimas fábricas de motores de aviación y de máquinas-herramientas no dejaron de funcionar; y la población, que hasta entonces no sufrió su bautismo de fuego, tampoco quedó fuera de combate. En menos de una semana, un Comité de reconstrucción de urgencia realizó una labor asombrosa de recuperación de la vida en la ciudad. Moral de granito El 15 de noviembre el enemigo volvió a la carga contra Londres con un violentísimo ataque bajo el fulgor de la luna llena. Muchos daños causó aquel bombardeo, especialmente a las iglesias y a otros monumentos. 80 El objetivo siguiente fue Birmingham; entre el 19 y el 22 de noviembre, tres incursiones sucesivas provocaron grandes destrucciones y ocasionaron numerosas víctimas. Murieron cerca de ochocientas personas y resultaron heridas más de dos mil; pero Birmingham soportó la prueba con ánimo esforzado. Cuando visité la ciudad unos días después para inspeccionar las fábricas y ver con mis propios ojos lo que había ocurrido, se produjo un incidente que me emocionó. Era la hora de cenar; de súbito una encantadora muchacha se precipitó hacia mi automóvil y lanzó dentro una caja de cigarros puros. Hice parar en seguida el vehículo. La joven, con una sonrisa deliciosa, me dijo: –Esta semana he ganado el premio de máximo rendimiento. Apenas hace una hora que me he enterado de que venía usted. El obsequio que acababa de hacerme debía haberle costado dos o tres libras. Fue para mí un verdadero placer –en el ejercicio de mis funciones oficiales– darle un beso. Continué luego mi camino para ir a ver la enorme fosa común en la que poco antes habían recibido sepultura tantos ciudadanos y sus hijos. El espíritu de Birmingham no se amilanó ante la desventura, y su millón de habitantes, perfectamente organizados y conscientes de su deber, sobrepusieron se con gallardía a sus sufrimientos físicos. Durante la última semana de noviembre y los primeros días de diciembre el peso del ataque recayó sobre los puertos. Bristol, Southampton y sobre todo Liverpool fueron duramente bombardeados. Más tarde, Plymouth, Sheffield, Manchester; Leeds, Glasgow y otros centros de producción de guerra soportaron impávidos la prueba del fuego. Era diferente que el enemigo asestase sus golpes contra uno u otro punto; la moral de la nación no perdía su consistencia de granito. El bombardeo más intenso de aquellas semanas correspondió una vez más a Londres y se produjo el domingo 29 de diciembre. En aquella ocasión los alemanes pusieron de manifiesto toda la experiencia que habían ido adquiriendo a tan alto precio. Fue un ataque incendiario del más puro estilo, concentrado sobre la propia City y calculando, por añadidura, de forma que coincidiera con la bajamar. Ya en los primeros momentos los torpedos lanzados con paracaídas rompieron las conducciones de agua. Hubo que combatir unos mil quinientos incendios. Los daños fueron muy graves en las estaciones ferroviarias y en los muelles. Ocho de las iglesias erigidas por Wren resultaron destruidas o sufrieron grandes destrozos. El Guildhall hubo de soportar los efectos del fuego y las ondas explosivas, y la catedral de San Pablo sólo se pudo salvar gracias a heroicos esfuerzos. Todavía hoy se abre ante nosotros un hueco de desolación en el centro mismo del mundo británico. Pero cuando los Reyes visitaron aquellos lugares, fueron acogidos con un entusiasmo muy superior al que se registra en cualquiera de las ceremonias reales. “Incidente” en Buckingham Palace Durante aquella larga prueba, que debía durar aún varios meses, el Rey continuó residiendo en el palacio de Buckingham. Se estaban construyendo refugios en los sótanos, pero esto requería tiempo. Muchas veces el monarca llegó, procedente de Windsor, en pleno bombardeo aéreo. En cierta ocasión, él y la Reina estuvieron a punto de ser víctimas de un ataque enemigo. Su Majestad me ha autorizado a relatar el incidente con sus propias palabras: “Viernes, 13 de septiembre de 1940. “Llegamos a Londres (procedentes de Windsor) en pleno ataque aéreo. El día estaba muy nublado y llovía con violencia. La Reina y yo subimos a un saloncito que da al patio. (No podía utilizar mi estancia habitual porque un bombardero anterior había roto los cristales de las ventanas.) De pronto oímos, cada vez más fuerte, el zumbido de un bombardero en picado y a los pocos segundos vimos caer dos bombas más acá de la parte posterior del palacio de Buckingham, dentro del patio. Vimos las llamaradas y oímos las detonaciones, pues los proyectiles estallaron a unos sesenta metros del lugar en que nos hallábamos. “La onda explosiva penetró violentamente por las ventanas situadas frente a nosotros. En el suelo del patio había dos enormes cráteres. De uno de ellos brotaba el agua que salía de una cañería reventada y se extendía por el vestíbulo a través de las ventanas rotas. “Todo ocurrió en cosa de pocos segundos. Nos encaminamos rápidamente al vestíbulo. En realidad habían caído seis bombas; dos en el ante patio, dos en el patio mismo, una que hundió la capilla, y otra en el jardín.” El Rey, como había tomado parte en la batalla de Jutlandia como alférez de navío, mostrábase alborozado por todo aquello; se sentía dichoso al poder compartir los peligros que sus súbditos corrían en la capital. Debo confesar que en aquella época ni yo ni ninguno de mis colegas tuvimos la menor noticia del peligro que los Soberanos habían corrido en la citada ocasión. Si, en vez de estar abiertas, las ventanas hubiesen estado cerradas, todos los cristales habrían saltado en pedazos sobre los Soberanos, con riesgo cierto de causarles terribles heridas. Pero tan poca importancia dieron ambos al incidente, que yo, que les veía con suma frecuencia y estaba en estrecho contacto con el personal de Palacio, no me di cuenta exacta de lo que había sucedido hasta mucho más tarde, cuando reunía la documentación necesaria para escribir la presente obra. En aquellos días considerábamos con ánimo apenado pero sereno la eventualidad de caer luchando entre las ruinas de Whitehall. Su majestad había mandado instalar un tiro al blanco en el jardín del palacio de Buckingham y allí realizaba prácticas regulares con pistola y fusil en compañía de los miembros de su familia y los oficiales de su Casa. Yo ofrecí al Rey una carabina americana, elegida entre una de ellas que me habían regalado. Era un arma excelente. Distinción regia Durante mis dos primeros meses en la jefatura del Gobierno, el Rey me recibía cada semana en audiencia oficial alrededor de las cinco de la tarde. Pero luego decidió modificar esta costumbre. Dispuso que en lo sucesivo almorzara con él todos los martes. Esta ésta en verdad una forma muy agradable de tratar los asuntos de Estado; algunas veces se hallaba presente la Reina. En diversas ocasiones hubo de coger cada cual sus platos, sus cubiertos y su vaso y bajar al refugio, que estaba en construcción, para terminar allí de comer. Los almuerzos semanales quedaron instituidos con carácter regular. Al cabo de pocos meses, Su Majestad decidió prescindir por completo de los criados en aquellos ágapes; nosotros mismos nos serviríamos los platos mutuamente. En el curso de los cuatro años y medio que duró esto pude darm3e cuenta de la extraordinaria atención con que el Rey leía todos los telegramas y documentos oficiales que se le sometían. Según la Constitución británica, el Soberano tiene derecho a conocer todos los asuntos que se hallaban en manos de sus ministros, y puede asimismo, sin limitación alguna, formular indicaciones y aconsejar a los miembros de su Gobierno. Yo tenía buen cuidado de que todo fuese sometido a la consideración del Rey, y muchas veces, en nuestras reuniones semanales, el Monarca daba pruebas de que conocía a fondo documentos que yo no había estudiado aún. Fue en verdad providencial para Inglaterra tener en aquellos años terribles unos Reyes tan buenos. Por mi parte, ardiente paladín de la Monarquía constitucional, aprecié como un honor insigne la amable intimidad que, en mi calidad de primer ministro, se me concedió; intimidad sin precedentes creo yo, desde los lejanos días de la reina Ana y de Marlborougt, durante los años en que el duque fue árbitro de los destinos del país. 81 CAPITULO XXXII La guerra mágica Aunque desde 1939 el “radar” no había dejado de realizar progresos en sus distintas aplicaciones, la batalla de Inglaterra, de julio a septiembre de 1940, la libramos casi exclusivamente con el auxilio del ojo y el oído humanos. Al principio, en aquellos meses, me confortaba a mi mismo con la esperanza de que las nieblas, las brumas y las nubes que acompañan al invierno en la Gran Bretaña y que cubren la isla como un manto, constituirían por lo menos un notable elemento protector contra la precisión de los bombardeos diurnos y aún más en las incursiones nocturnas. Orientación y desorientación Durante algún tiempo los bombarderos alemanes habían utilizado principalmente balizas radiotelegráficas para la navegación. Gran parte de ellas estaban instaladas, a guisa de faros, en diversas partes del Continente, y cada una tenía su propia señal de llamada. Valiéndose de radiogoniómetros corrientes, los pilotos alemanes fijaban sin dificultad su posición, de acuerdo con los ángulos formados por dos cualesquiera de aquellas transmisiones. Para contrarrestar dicho sistema, muy luego instalamos nosotros unas estaciones, a las que dimos el nombre de “meacons”. Captaban las señales enemigas, las amplificaban y las retransmitían desde algún punto de Inglaterra. Consecuencia de ello era que los alemanes, al tratar de volver a sus bases siguiendo las indicaciones de su aparato radiotelegráfico, muchas veces se desorientaban, y así perdió el enemigo muchos aviones. Desde luego, un bombardero alemán aterrizó voluntariamente en Devonshire, convencido de que estaba en Francia. No obstante, en el mes de junio experimenté una desagradable sorpresa. El profesor Lindemann (actualmente Lord Cherwell) me comunicó que, según tenía entendido, los alemanes estaban preparando un procedimiento nuevo, mediante el cual podría bombardear tanto de día como de noche, prescindiendo en absoluto del estado del tiempo. Determinadas indicios señalaban que el enemigo había inventado un haz electromagnético que, a modo de reflector invisible, guiaría a los bombarderos hacia sus objetivos con gran precisión. La baliza informaba al piloto; el haz señalaba el objetivo. Con este sistema no lograrían lanzar sus bombas sobre una fábrica determinada pero podrían bombardear, sin ninguna duda, una ciudad o un pueblo. Por lo tanto, nuestros temores ya no quedaban limitados a las noches de luna, en las que, después de todo, la visibilidad era tan buena para nuestros cazas como para los aviones alemanes, sino que debíamos esperar incluso ataques violentísimos en días nublados o brumosos. El haz electromagnético Me dijo también Lindemann que existía una posibilidad de desviar el haz si actuábamos sin pérdida de tiempo. A este efecto, era preciso que yo consultase a algunos de nuestros hombres de ciencia, especialmente al subdirector del Servicio de Investigaciones Secretas del Ministerio del Aire, doctor R.V. Jones, que había sido alumno suyo en Oxford. Así, pues, presa de la natural inquietud, convoqué el 21 de junio una reunión especial, en la sala de sesiones del Gabinete, a la que asistieron unas quince personas, entre ellas Sr. Henry Tizard y diversos jefes de unidades aéreas. Con algunos minutos de retraso, entró precipitadamente un hombre de aspecto juvenil –que, según después supe, había interpretado como una broma su inesperada convocación a la sala de sesiones del Gabinete– y tomó asiento en uno de los extremos de la mesa. De acuerdo con lo previsto, le rogué que iniciara las deliberaciones. Desde hacía algunos meses, nos dijo, llegaban noticias desde distintos puntos del Continente, en el sentido de que los alemanes habían inventado un nuevo método de bombardeo nocturno, en el cual cifraban grandes esperanzas. El método en cuestión, al parecer, estaba relacionado en cierto modo con la palabra-clave “Knickebein”, que nuestros servicios de información habían captado varias veces, sin poder explicar su significado. Al principio se creyó que el enemigo había encontrado agentes que instalasen en nuestras ciudades las balizas necesarias para guiar eficazmente a sus bombarderos, pero poco a poco quedó demostrada la inconsistencia de esta teoría. Algunas semanas antes, nuestros aviones de reconocimiento habían fotografiado dos o tres curiosas torres disimuladas en puntos cercanos a la costa enemiga, aislados entre sí. Su forma, nada tenía que ver con ningún aparato conocido, que tuviera relación con la radio o el “radar”, y tampoco se hallaban en lugares que pudiesen justificar la veracidad de tales hipótesis. En un bombardero alemán, abatido recientemente por nuestros cazas, habían encontrado los técnicos un aparato que parecía excesivamente complicado para atender a las necesidades de un aterrizaje nocturno a base del haz de rayos “Lorenz”, único uso conocido que a la sazón podíamos atribuirle. Por esta y otras varias razones que entretejió hasta darle forma de argumento compacto, nuestro interlocutor opinaba que los alemanes proyectaban un sistema ignorado de haces combinados. Pocos días antes, un piloto alemán, sometido a persistente interrogatorio, a base de aquel orden de ideas, acabó por confesar que, por lo que había oído, “algo de eso se preparaba”. 82 Tal fue, en esencia, la explicación de Mr. Jones. Los concurrentes, en general, adoptaron un aire de incredulidad. Una elevada personalidad preguntó por que habían de usar los alemanes sistemas de haces electromagnéticos, suponiendo que tal cosa fuese posible, cuando disponían de todas las facilidades normales de navegación. Más allá de los seis mil metros de altitud, las estrellas eran casi siempre visibles. Nuestros propios pilotos recibían una instrucción concienzuda respecto a su orientación en los aires, y todo inducía a creer que seguían perfectamente el rumbo señalado y que acertaban a dar en los objetivos previstos. En cambio, los detalles aportados por el hombre de ciencia inquietaron en forma notoria a algunos de los reunidos. Un teorema nada complicado Trataré ahora de explicar, en la forma y en los términos al alcance de mi entendimiento, cómo funcionaba el haz alemán y cómo logramos dar al traste con él. Con el haz electromagnético ocurre algo parecido a lo que sucede con el haz luminoso del reflector; no es posible concentrar rayos sobre un punto muy lejano, porque tienden a dispersarse; pero lo que se llama “doble haz” permite obtener una precisión considerable. Imaginemos los haces luminosos de dos faros paralelos entre sí, que funcionan de tal forma que el de la izquierda aparece exactamente en el momento en que desaparece el de la derecha, y viceversa. Si un avión en misión de bombardeo se encuentra precisamente en el centro de los dos haces, el piloto tendrá constantemente iluminada su ruta; pero si se desvía, por ejemplo, un poco hacia la derecha, o sea acercándose al centro del haz de la derecha, éste cobrará mayor intensidad y el piloto recibirá la luz con intermitencias, lo cual le indicará que esta desviándose. Si, por el contrario, dirige su aparato en forma tal que evite toda intermitencia, seguirá exactamente la línea central, en la que la luz que él recibe de ambos faros tiene la misma intensidad, y esta línea central constituirá su guía segura hacia el objetivo. Aplicando esta teoría infalible al campo de la radiotelegrafía, no era nada difícil lograr que un “doble haz”, procedente de dos estaciones distintas, concurriese encima de cualquier pueblo o ciudad de los Midlands o del sur de Inglaterra. Los aviadores alemanes sólo tenían que volar siguiendo uno de los haces, hasta que detectaran el segundo, y entonces arrojar las bombas. Quod erat demonstrandum! Vuelve a fallar la lógica Con su espíritu lógico y su afición a los planes en gran escala el Alto Mando alemán jugó fuerte a la carta de un invento que, a su entender, como en el caso de la mina magnética, era susceptible de acabar con nosotros. Por consiguiente, no se preocupó de instruir y entrenar a los pilotos de sus bombarderos ordinarios, como lo habíamos hecho nosotros, en el difícil arte de la navegación aérea. Ejercía una mágica atracción sobre el espíritu y la naturaleza de los jefes alemanes aquel sistema infinitamente más sencillo y seguro, que se adaptaba a maravilla a sus métodos de disciplina mecánica, que era asequible a la mayoría de los aviadores y había de dar un rendimiento gigantesco gracias a la pura e irresistible aplicación de unos principios científicos. Los pilotos alemanes seguían el haz electromagnético de la misma manera que el pueblo alemán seguía al Führer. No tenían otra cosa que seguir y obedecer. Mas, advertido a tiempo y actuando sin perder momento, el inglés de espíritu simple encontró la respuesta. Mediante la erección a tiempo de estaciones adecuadas en nuestro país, podíamos destruir el efecto del haz en cuestión. Pero el enemigo, como es natural, se daría cuenta inmediatamente de esto. Había una solución mucho mejor. Podíamos instalar un aparato amplificar, colocado de tal forma que intensificase la señal de uno solo de los elementos del doble haz. De este modo, el piloto enemigo, que trataría de volar procurando mantener siempre igual la intensidad de las dos mitades del haz, se apartaría del rumbo verdadero. La catarata de bombas que habría destruido o por lo menos martirizado a una ciudad caería entonces a veinte o treinta kilómetros de distancia, en pleno campo. Teniendo como tenía el poder en mis manos, no hube de engolfarme en discusiones demasiado largas, una vez convencido de los principios que informaban aquel extraño y fatídico juego. Por consiguiente, dicté aquel mismo día del mes de junio las órdenes necesarias para que se considerar admitida la existencia del haz electromagnético y se concediese prioridad absoluta a la adopción de las contramedidas. Bombarderos errantes Hacia el 23 de agosto, las primeras estaciones de “Knickebein” instaladas cerca de Dieppe y de Cherburgo, entrecruzaron sus haces sobre Birmingham, y el enemigo inició una ofensiva aérea nocturna de gran magnitud. Tuvimos que vencer las naturales “dificultades de dentición” para salir del mal paso; pero a los pocos días logramos desviar o entorpecer el efecto de los haces “Knickebein”, y en el curso de los dos críticos meses siguientes, septiembre y octubre, los bombarderos alemanes vagaron por encima de Inglaterra, lanzando su carga a bulto, o se extraviaron por completo. Uno de los oficiales de mi Ministerio de Defensa envió al campo a su esposa y a sus dos hijos, de corta edad, durante los ataques enemigos contra Londres. Estaban a quince kilómetros de toda aglomeración urbana y quedaron extraordinariamente sorprendidos al ver que se producía una serie de violentas explosiones en uno de los sembrados cercanos. Contaron más de un centenar de grandes bombas. En tanto daban gracias a Dios por haberles librado de aquella catástrofe, se preguntaban asombrados qué objetivos tratarían los alemanes de alcanzar allí. Al día siguiente, el oficial explicó el incidente; pero como el secreto era tan riguroso, tan reducido el círculo de los iniciados en él y tan estrictamente reservada la información relativa al mismo, nadie pudo darle una explicación satisfactoria, ni siquiera sus compañeros más íntimos. Las contadas personas que conocían la verdad se guiñaron el ojo entusiasmados. Los tripulantes de los aviones alemanes no tardaron en sospechar que algo raro ocurría con los haces electromagnéticos. Se cuenta que durante aquellos dos meses nadie se atrevió a decir a Goering que algo o alguien desviaba o interfería sus haces. En su ignorancia, el mariscal del Reich estaba seguro de que tal cosa era imposible. Se dieron conferencias especiales a los miembros de las Fuerzas Aéreas alemanas, para convencerles de que el haz electromagnético era infalible, y se les advirtió seriamente que si alguien lo ponía en duda sería expulsado inmediatamente de las filas de la “Luftwaffe”. Como es sabido, durante el “blitz” nos vimos sometidos a pruebas muy duras, y en definitiva, casi cualquier aviador alemán podía arrojar con seguridad sus bombas sobre Londres. Pero lo cierto es que nuestras contramedidas, amen del porcentaje normal de errores de puntería, perturbaron el sistema general alemán de orientación de aviones, hasta el punto de que tan sólo la quinta parte de sus bombas cayó sobre los objetivos previstos. Fuerza es considerar esto como el equivalente de una notable victoria, pues aun la citada quinta parte de bombas que recibíamos fue harto suficiente para molestarnos y darnos quehacer. El misterioso “aparato X” Tras algunos conflictos internos, los alemanes acabaron por revisar sus métodos. Afortunadamente para ellos, sucedió que una de sus formaciones, el “Kampf Gruppe” 100, utilizaba un haz electromagnético especial, de su propia invención. Sus hombres daban al instrumento de que se valían el nombre de “aparato X”, misterioso denominación que, cuando vinimos en conocimiento de su existencia, planteó un enigma inquietante a nuestro Servicio Secreto. Hacia mediados de septiembre habíamos logrado averiguar ya lo necesario para disponer nuestras contramedidas, pero la fabricación de los equipos destinados a anular los efectos del nuevo aparato enemigo requería como mínimo dos meses de tiempo. Así pues, el “Kampf Gruppe” 100 pudo continuar sus bombardeos con precisión, y los alemanes se apresuraron a convertirlo en elemento de orientación segura; el gruido 83 en cuestión, mediante bombas incendiarias, provocaba grandes conflagraciones en la zona de los objetivos, conflagraciones que servían de guía a las demás escuadrillas de la “Luftwaffe”, desprovistas de aparatos “Knickebein”. El `primer objetivo atacado por el nuevo procedimiento fue Coventry, en la noche del 14 al 15 de noviembre. Si bien nuestro nuevo sistema de interferencia y desviación había empezado ya a funcionar en aquella época, un error técnico impidió que tuviese efectividad durante algunos meses. Aun así, lo que sabíamos acerca de los haces electromagnéticos fue para nosotros de suma utilidad. Conociendo la dirección de los haces enemigos y la frecuencia a que funcionaban, podíamos prever el itinerario de los aviones agresores, así como el objetivo, la hora y la altitud del ataque. Por desgracia, nuestra caza nocturna no tenía en aquella época los efectivos ni los equipos necesarios para sacar todo el partido posible de semejante información. Esta, no obstante, era de un valor incalculable para nuestra D.C.A. y demás servicios de Defensa Civil. Al mismo tiempo, encendíamos grandes hogueras-señuelo –conocidas por nosotros con el nombre convencional de “Estrella de mar”– en momento oportuno y en lugares abiertos y adecuados, con lo cual tratábamos de desviar el ataque principal; la añagaza nos dio en algunas ocasiones excelentes resultados. Pugna de inventivas A principios de 1941 teníamos ya dominado el “aparato X”. Pero, como por su parte, tampoco los alemanes permanecían cruzados de brazos, hacia la misma época pusieron en servicios un nuevo sistema llamado “aparato Y”. Así como los dos procedimientos anteriores se basaban en la unión de distintos haces electromagnéticos sobre el objetivo, el nuevo método funcionaba a base de un solo haz, combinado con un sistema especial de radio telemetría, que permitía a los aviadores saber en todo momento a qué distancia se hallaban del punto de origen del haz. Al llegar al punto previsto, dejaban caer las bombas. Por suerte, y gracias a la capacidad y la diligencia de todos los interesados, habíamos adivinado el funcionamiento exacto del “aparato Y” algunos meses antes de que los alemanes estuviesen en condiciones de ponerlo en práctica; y cuando pudieron dotare con él a sus bombarderos, nosotros teníamos ya los medios de anular sus efectos. Nuestras contramedidas entraron en acción la misma noche en que los alemanes empezaron a utilizar el “aparado Y”. El éxito de nuestro esfuerzo se vio confirmado por los mordaces comentarios que se cruzaban entre los aviones dirigidos y las estaciones que los guiaban desde tierra, comentarios que eran captados por nuestros aparatos de escucha. De este modo la confianza de las tripulaciones alemanes en el nuevo invento quedó destruida desde el primer momento; y después de persistentes fracasos, el enemigo abandonó el procedimiento. Es muy posible que el bombardeo de Dublín en la noche del 30 al 3l de mayo de 1941, fuese una consecuencia imprevista e involuntaria de nuestra acción contra el “aparato Y”. CAPITULO XXXIII Destructores a cambio de bases (Mr. Churchill, en el primer telegrama que en calidad de jefe del Gobierno británico dirigió el 15 de mayo de 1940 al presidente Roosevelt, solicitaba que los Estados Unidos prestaran a Inglaterra cuarenta o cincuenta destructores antiguos. Esta petición fue renovada en los meses sucesivos) En aquella época teníamos en Washington un embajador singularmente idóneo para el cargo y que gozaba allí de notable influencia. Yo conocía a Philip Kerr –que luego heredó el título de marqués de Lothian– desde los lejanos tiempos del apogeo de Lloyd George, en 1919. Nuestro desacuerdo profundo había quedado patente en diversas ocasiones desde Versalles hasta Munich y aun después de Munich. Pero a medida que fue agravándose la tensión internacional, los puntos de vista de Lothian sobre los acontecimientos adquirieron una mayor amplitud y una penetración cada vez más profunda. Las inquietudes de lord Lothian Las últimas palabras de mi discurso del 4 de junio ante los Comunes inquietaron vivamente a Lothian, en especial las siguientes: “No capitularemos jamás, y aun en el caso de que nuestra isla o una gran parte de ella fuese subyugada y reducida a la miseria y al hambre – 84 contingencia que ni por un momento creo posible–, nuestro Imperio de allende los mares, armado y protegido por la Flota Británica, proseguirá la lucha hasta la hora elegida por Dios en que el Nuevo Mundo, con todo su poderío y su fuerza, interviniese para socorrer y liberar al Viejo”. Lord Lothian consideraba que estas palabras habían de animar “a quienes creían que aun cuando la Gran Bretaña sucumbiese, la Flota cruzaría el Atlántico para ponerse en sus manos”. El lector sabe muy bien que entre bastidores yo había estado empleando un lenguaje muy diferente. No obstante, para aclarar perfectamente los conceptos, expliqué mi postura en términos parecidos al ministro británico de Asuntos Exteriores y al embajador en Washington. Del primer ministro a lord Lothian. “9-6-40 “Las últimas frases de mi discurso iba dirigidas, naturalmente, a Alemania e Italia, a quienes hoy horroriza la idea de una guerra larga y más todavía de una guerra intercontinental; también iban dirigidas a los Dominios cuyos mandatarios somos nosotros. No obstante, siempre he tenido en cuenta el punto de vista de usted y lo he expuesto en diversos telegramas al Presidente y a Mackenzie King. “Si la Gran Bretaña cediese ante la invasión, no cabe duda de que un Gobierno germanófilo podría obtener del Reich unas condiciones harto ventajosas entregándole la Flota, lo cual convertiría a Alemania y al Japón en dueños del Nuevo Mundo. Los actuales ministros de Su Majestad no cometerían jamás semejante felonía, pero si llegase a constituirse un Gobierno “quisling” es esto exactamente lo que haría, y quizá lo único que podría hacer. Conviene que el Presidente lo tenga muy en cuenta. “Debería usted hablarle en este sentido, a fin de que en los Estados Unidos nadie se llame a engaño confiando que su país, gracias a su política actual, recogerá oportunamente los despojos del Imperio británico. Por el contrario, Norteamérica corre el terrible peligro de ver ampliamente desbordado su poderío naval. Además los nazis exigirían a buen seguro la cesión de las islas y las bases necesarias para mantener a raya a los Estados Unidos. Si nosotros nos hundimos, Hitler tendrá excelentes probabilidades de conquistar el mundo…” Buenos augurios, pero con reservas Transcurrió cerca de un mes sin que dieran resultado alguno las gestiones de Lothian. El 6 de julio llegó un telegrama alentador en el que el embajador decía que los medios norteamericanos bien informados empezaban por fin a darse cuenta de que los Estados Unidos corrían seriamente el peligro de perder por completo el apoyo de la Flotas británica si la suerte de las armas nos era adversa y si ellos insistían en mantener su neutralidad. De todos modos, había de ser muy difícil lograr que la opinión pública norteamericana considerase con simpatía la idea de cedernos los destructores pedidos a menos que existiesen suficientes granarías de que en caso de entrar los Estados Unidos en la guerra, la Flota británica, o lo que quedase de ella, pasaría al otro lado del Atlántico si los alemanes invadían y conquistaban la Gran Bretaña. Un acto contrario a la neutralidad En la primera semana de agosto se nos sugirió a través de lord Lothian que podíamos adquirir los cincuenta destructores viejos, pero recientemente puestos en condiciones de servicio que se hallaban en los astilleros de la Armada en la costa oriental de los Estados Unidos, a cambio de una serie de bases de las Antillas y también en las Bermudas. No existía, desde luego, punto de comparación entre el valor intrínseco de aquellos buques anticuados y poco eficaces y la inmensa y permanente seguridad estratégica que supondría para Norteamérica el disfrute de las bases insulares. Pero la amenaza de invasión, así como la importancia de poseer numerosas unidades en el canal de la Mancha y el mar de Irlanda, daban carácter de urgencia a nuestras necesidades. Por otra parte, el valor estratégico de las islas en cuestión sólo era efectivo en caso de conflicto con los Estados Unidos. Convencido, como lo había estado siempre, de que la supervivencia de la Gran Bretaña está estrechamente unida a la de Norteamérica, yo opinaba –y mis colegas compartían esta opinión– que el tener aquellas bases en manos norteamericanas constituía una auténtica ventaja. Por consiguiente, no enfoqué el asunto desde un punto de vista nacionalista y, en definitiva, limitado. Había otra razón más fuerte y de mayor alcance que la utilidad recíproca de los destructores y las bases. La cesión a la Gran Bretaña de cincuenta buques de guerra norteamericanos era un acto claramente contrario a la neutralidad por parte de los Estados Unidos. De acuerdo con todos los precedentes históricos, habría sido motivo suficiente para que el Gobierno alemán declarase la guerra al de Washington. El Presidente, empero, no temía que ocurriese tal cosa; y yo, a mi vez, comprendía que no cabía esperar una solución tan sencilla de muchas dificultades. El interés y el sistema habitual de Hitler consistía en derribar a sus adversarios uno por uno. Lo que menos deseaba era verse envuelto en una guerra con los Estados Unidos antes de haber terminado con Inglaterra. Sin embargo, la transferencia de los destructores a la Gran Bretaña en septiembre de 1940 fue un acontecimiento que situó indiscutiblemente a Norteamérica más cerca de nosotros y también de la guerra, y fue asimismo el primero de una larga serie de actos contrarios a la neutralidad que tuvieron el Atlántico por escenario y que nos prestaron servicios inestimables. Para los Estados Unidos aquel hecho señaló el paso de la neutralidad a la no beligerancia. Aunque Hitler no pudo permitirse el lujo de expresar su protesta, el mundo entero comprendió la trascendencia de la cesión. Sugestión peligrosa Por todas estas razones el Gabinete de Guerra y el Parlamento aprobaron la política de ceder en arriendo las bases a cambio de los destructores, siempre que pudiésemos convencer a los Gobiernos de las islas afectadas de la necesidad de aceptar, en bien del Imperio, lo que para ellos era un gran sacrificio y suponía una profunda perturbación en su existencia. El 6 de agosto cablegrafió Lothian diciendo que el Presidente deseaba una respuesta inmediata en cuanto al futuro de la Flota. Quería tener la seguridad de que si la Gran Bretaña era invadida, nuestra Armada seguiría luchando en ultramar y en defensa del Imperio y en ningún caso sería entregada al enemigo ni hundida. Este era el argumento que, al parecer, había de inclinar la balanza del congreso a nuestro favor en el asunto de los destructores. En vista de ello, expuse mis ideas personales al ministro británico de Asuntos Exteriores: “7-8-40 “A mi entender, la situación esta perfectamente clara. Nosotros no tenemos la menor intención de hundir ni entregar la Flota británica. En realidad, esta suerte parece más bien destinada a correrla la Flota alemana, o lo que quede de ella. El país no toleraría ni que discutiésemos siquiera lo que haríamos si nuestra isla fuese invadida. Semejante debate, acaso en vísperas de una invasión, sería nocivo para la moral, tan elevada actualmente, de nuestro pueblo. Además, no debemos permitir que en ningún momento el Gobierno de los Estados Unidos pueda decirnos: “Consideramos llegado el momento de que envíen ustedes su Flota a esta lado del Atlántico, de acuerdo con lo convenido cuando les enviamos los destructores”. Hemos de negarnos a formular cualquier declaración parecida a la que se nos sugiere y limitar estrictamente la transacción al arriendo de las bases coloniales.” 85 Una semana después telegrafié al presidente Roosevelt en los siguientes términos; “15-8-40 “No he de decirle cuánto me ha confortado confortado su mensaje ni cuán agradecido le estoy por los incansables esfuerzos que realiza para prestarnos toda la ayuda posible. No dudo de que nos enviarán ustedes todo lo que puedan, pues saben perfectamente que cada uno de los destructores que pongan a nuestra ra disposición valdrá su peso en rubíes. Pero necesitamos también las lanchas torpederas a que usted hizo referencia tiempo atrás, así como todos los hidroaviones y todos los fusiles de que su país pueda desprenderse. Tenemos aquí un millón de d hombres que esperan armas. “El valor moral de la ayuda que una vez más nos presta el Gobierno y el pueblo de los Estados Unidos en esta hora crítica será ser debida y ampliamente reconocido. Las bases británicas en arriendo a Norteamérica ción sobre los dos puntos que juzga necesarios para que sus gestiones cerca del Congreso y de las autoridades Podemos dar a usted satisfacción interesadas den el resultado apetecido; pero estoy seguro de que no Interpretará usted erróneamente mis palabras si le digo que q nuestro consentimiento ento al respecto ha de quedar condicionado a la garantía de que recibiremos sin tardanza los buques y los hidroaviones. “En cuanto a las garantías por nuestra parte a propósito de la Flota británica, estoy, desde luego, dispuesto a reiterar a usted us lo que le dije el 4 de junio ante el Parlamento. Pensamos luchar aquí hasta el fin, y ninguno de nosotros se avendría jamás a comprar la paz mediante medi la rendición o el hundimiento deliberado de la Flota. Pero sea cual fuere el uso que haga usted de esta seguridad renovada, le ruego no pierda nunca de vista lo desastroso que sería para nuestros intereses, y quizá también 0para los de ustedes, permitir que cundiera la l impresión de que no consideramos la conquista de las Islas Británicas y sus bases navales como una contingencia irrealizable. La moral de nuestro pueblo es magnífica. Nunca ha estado más unido y resuelto que ahora. Los duros combates aéreos de la pasada semana han reforzado enormemente, enorme y con razón, su fe en la victoria. “Por lo que se refiere a las bases es aeronavales, acepto gustoso su propuesta de cesión en arriendo por noventa y nueve años, sistema para nosotros muchísimo más grato que el de venta. No dudo que una vez establecido un acuerdo de principio, la discusión de los detalles de no dará lugar a ninguna dificultad. “Deseo hacerle presente, empero, que habremos de consultar al Gobierno canadiense y al de Terranova acerca de la base a ceder en este último territorio, en el que, como usted sabe, tiene intereses el Canadá. Ya desde ahora procedemos a solicitar el consentimiento de dichos Gobiernos. “Permítame, señor Presidente, que le renueve la expresión de mi gratitud por la ayuda y el estímulo que de usted recibimos y que tanto suponen para nosotros.” Puntos de vista El Presidente, al tener que contarr en todo momento con la aprobación del Congreso, así como de las autoridades navales de los Estados Unidos, veíase lógicamente cada vez más obligado a presentar la transacción a sus conciudadanos como un negocio muy ventajoso; ventajoso gracias al cual el país obtendría ndría unos elementos de protección de gran importancia en aquellos azarosos tiempos a cambio de unas cuantas flotillas de destructores anticuados. Así era en efecto; pero a mi no me convenía que se formulase semejante declaración. Tanto en el Parlamento Parl como en el seno del Gobierno provocaba vivo desasosiego la idea de arrendar siquiera parte de unos territorios que eran blasones de d nuestro patrimonio histórico. Y si el asunto se presentaba a los ingleses bajo la forma de un simple tráfico de posesiones británicas bri contra cincuenta destructores, era evidente que suscitaría una oposición encarnizada. Traté, pues (en un discurso pronunciado ante la Cámara el e 20 de agosto) 86 de situar la operación en un plano infinitamente superior, en el plano que, en definitiva, le correspondía por derecho; el de la salvaguardia de los intereses comunes y permanentes del mundo de habla inglesa. Pragmatismo norteamericano Lothian me cablegrafió entonces que mister Sumner Welles le había dicho que el respeto a la Constitución “incapacitaba totalmente” al Presidente para efectuar el envío de los destructores a título de donación; éstos sólo podían sernos entregados como elemento de permuta. De acuerdo con la legislación entonces vigente, ni el jefe del Alto Estado Mayor ni el Consejo Supremo de la Armada estaban autorizados para certificar –trámite sin el cual era imposible hacer legalmente la transferencia– que los buques no eran indispensables para la defensa nacional, a menos que el país recibiese una compensación tangible que, según garantía escrita de dichas autoridades, sirviese para reforzar la seguridad de los Estados Unidos. El Presidente había intentado en vano hallar otra solución. Garantías Finalmente (después de la oferta oficial de las bases navales hecha el 27 de agosto), propuse el siguiente texto destinado a ver la luz pública y que el Presidente podría enviarme en forma de telegrama para obtener las garantías que deseaba recibir de nosotros: Se afirma que el primer ministro de la Gran Bretaña declaró el 4 de junio de 1940, ante el Parlamento, que si en el curso de la guerra en que actualmente están comprometidos el Reino Unido y las colonias británicas, llegara un momento en que fuese insostenible la presencia de los navíos británicos en las aguas territoriales de la Gran Bretaña, en ningún caso la Flota británica capitularía ni sería hundida voluntariamente, sino que se trasladaría a ultramar para asegurar la defensa de otras partes del Imperio. “El Gobierno de los Estados Unidos desea preguntar respetuosamente si la antedicha declaración responde en un todo a la política a seguir acordada por el Congreso británico.” El Presidente adoptó esta versión, y yo, a mi vez, le envié la siguiente respuesta, convenida de antemano: “Pregunta usted, señor Presidente, si la declaración que hice ante el Parlamento el 4 de junio de 1940 en el sentido de que la Gran Bretaña no entregará ni hundirá voluntariamente en ningún caso su Flota, “responde en un todo a la política a seguir acordada por el Gobierno de Su Majestad”. Así es, efectivamente. Debo hacerle observar, empero, que aquella eventualidad hipotética es mas probable que afecte a la Flota alemana –o a sus restos– que a la nuestra.” Trato cerrado Así obtuvimos los cincuenta destructores norteamericanos. Concedimos en arriendo por noventa y nueve años a los Estados Unidos las bases aéreas y navales previamente designadas en las Antillas y en Terranova. Y, en tercer lugar, repetí, en forma de garantía al presidente Roosevelt, mi declaración de que la Flota británica no sería entregada ni hundida jamás. Yo consideraba estros hechos como otras tantas transacciones paralelas y como actos de buena voluntad realizados con ánimo de lucro y basados exclusivamente en unas conveniencias recíprocas. Por su parte, el Presidente creyó preferible presentarlos al Congreso como un todo coherente. No hubo contradicción mutua en nuestras respectivas actitudes, y ambas naciones quedaron satisfechas, en Europa el acontecimiento causó muy honda impresión. CAPITULO XXXIV Nuevos escenarios de la contienda Eliminada Francia como Potencia combatiente y empeñada la Gran Bretaña en una lucha a vida o muerte en el espacio aéreo de su propio territorio Mussolini creyó a buen seguro llegada la hora de ver convertirse el antiguo Imperio romano. Libre de toda preocupación en lo referente a la defensa de la frontera tunecina, podía reforzar aún más el numeroso ejército que había concentrado para la invasión de Egipto. El Gabinete de Guerra estaba decidido a defender Egipto contra cualquier agresor y con todos los medios que fuese posible distraer de la lucha decisiva de la metrópoli. Labor tanto más difícil cuanto que el Almirantazgo se declaraba impotente para hacer pasar incluso convoyes militares por el Mediterráneo a causa del grave riesgo que entrañaban los ataques aéreos, todos aquellos convoyes habían de doblar el cabo de Buena Esperanza. De este modo nos exponíamos a comprometer el resultado de la batalla de Inglaterra sin prestar ninguna ayuda efectiva a la batalla de Egipto. Es curioso que mientras en aquella época todos los optimistas responsables estábamos perfectamente tranquilos y optimistas, el simple hecho de reseñar los acontecimientos al cabo de los años me produzca un escalofrío de angustia. Desproporción de fuerzas 87 Cuando Italia declaró la guerra el 10 de junio de 1940, el Servicio Secreto británico calculaba –acertadamente, según ahora sabemos– que, aparte de las guarniciones italianas en Abisinia, Eritrea y Somalia, había unos 215.000 soldados enemigos en las provincias costeras del África septentrional. La distribución de esta fuerzas era la siguiente: Tripolitania, seis divisiones metropolitanas y dos de la Milicia fascista; en Cirenaica, dos divisiones metropolitanas y dos de la Milicia, amén de las unidades de protección de fronteras, cuyos efectivos equivalía a tres divisiones; en total, 15 divisiones. Las tropas británicas en Egipto se componían de la séptima División blindada, dos tercios de la cuarta División india, un tercio de la División neozelandesa, además de catorce batallones británicos y dos regimientos de la Artillería Real que no estaban agrupados en formaciones mayores; en total, unos 50.000 hombres. Con estos efectivos había que garantizar el propio tiempo la defensa de la frontera occidental y la seguridad interior de Egipto. El saldo, pues, nos era ampliamente desfavorable en el campo de batalla, y por añadidura los italianos tenían muchos más aviones que nosotros. Durante los meses de julio y agosto los italianos mostraron actividad en diversos puntos. Hubo una primera amenaza en dirección a Khartum, procedente de Kasala, en el Nilo Blanco. Se declaró el estado de alarma en Kenya por temor a una columna expedicionaria italiana que a 700 kilómetros al sur de Abisinia, se dirigía al río Tana y a Nairobi. Importantes contingentes enemigos penetraron en la Somalia británica. Pero todos estos motivos de inquietud eran poco menos que desdeñables comparados con la invasión de Egipto, que evidentemente los italianos estaban preparando en gran escala. Aventura a cara o cruz Desde hacia algún tiempo Mussolini desplazaba metódicamente sus fuerzas hacia el Este, en dirección a Egipto. Ya antes de la guerra había mandado construir una magnífica carretera a lo largo de la costa, desde Trípoli, base principal, a traves de Tripolitania y Cirenaica, hasta la frontera egipcia. Hacía meses que aquella carretera era escenario de un movimiento de tropas cada vez más intenso. En Bengasi, Derna, Tobruk, Bardia y Sollum se iban erigiendo y llenando lentamente grandes depósitos de pertrechos y víveres. La carretera tenía una longitud de más de 1.500 kilómetros, y las guarniciones italianas y sus puestos de abastecimiento iban quedando ensartados en ella como abalorios en un hilo. Al final de la carretera, cerca de la frontera egipcia, el Estado Mayor italiano había acumulado y organizado pacientemente un ejército de setenta u ochenta mil hombres bien equipados con armamento moderno. Ante aquel ejército rutilaba la codiciada presa: Egipto. Detrás de él extendíase la interminable carretera que conducía a Trípoli; y mas allá, ¡el mar! Si aquellas legiones, acumuladas hombre a hombre, semana tras semana y durante muchos años, lograban avanzar incesantemente hacia el Este, venciendo todos los obstáculos que hallaran al paso, su suerte sería brillantísima. Si conseguían alcanzar las fértiles zonas del Delta, quedaría desvanecida toda preocupación en cuanto al largo camino de retorno. En cambio, si la desgracia se abatía sobre ellas, muy pocos de sus hombres volverían a pisar el suelo de su patria. En campo abierto y en la serie de grandes puestos de abastecimiento que jalonaban la costa había, al llegara el otoño, no menos de 300.000 italianos que, aun sin ser hostilizados, sólo podían retroceder gradualmente y en pequeños grupos hacia el Oeste a lo largo de la carretera. Para ello necesitarían muchos meses. Y si perdían la batalla en la frontera egipcia, si veían roto su frente y no les quedaba tiempo para volver atrás, todos ellos estarían irremisiblemente condenados a caer prisioneros o a morir. En julio de 1940, sin embargo, nadie sabía quien iba a ganar. El primer alfilerazo En aquella época nuestra posición defensiva más avanzada era Marsa Matruk, estación terminal de una línea férrea. De allí partía una buena carretera hacia el Oeste hasta Sidi Barrani, pero desde Sidi Barrani hasta Sollum y la frontera con contábamos con ninguna vía de comunicación capaz de garantizar el abastecimiento de importantes efectivos situados en una vasta zona próxima a la raya fronteriza. Habíamos constituido un pequeño contingente de fuerzas mecanizadas de cobertura a base de algunas de nuestras mejores unidades regulares: el 7º de Húsares (tanques ligeros), el 11º de Húsares (carros blindados”, dos batallones motorizados del 60º de Fusileros y de la “Rifle Brigada”, y dos regimientos motorizados de la Real Artillería Montada. Se habían cursado órdenes de atacar los puestos fronterizos italianos inmediatamente después de la ruptura de hostilidades. Por lo tanto, al cabo de veinticuatro horas el 11º de Húsares cruzó la frontera, cogió por sorpresa a los italianos, que no se habían enterado de la declaración de guerra, e hizo prisioneros a muchos de ellos. A la noche siguiente, 12 de junio, obtuvo un éxito parecido, y el 14 de junio, junto con el 7º de Húsares y una compañía del 60º de Fusileros, se apoderó de los fuertes fronterizos de Capuzzo y Magdalena, y cogió 220 prisioneros. El día 16 nuestras fuerzas profundizaron aún más en territorio enemigo, destruyeron doce tanques, interceptaron un convoy en la carretera de Tobruk a Bardia e hicieron prisioneros a un general. En aquella guerra en miniatura, pero conducida a paso de carga, nuestras tropas tenían la sensación clara de que llevaban las de ganar y muy luego se creyeron dueñas del desierto. Mientras no hubiesen de hacer frente a grandes unidades organizadas o atacar puestos fortificados de cierta importancia, podían ir a donde quisieran, cosechando triunfos en el curso de breves y duros encuentros. En realidad, cuando dos ejércitos se aprestan a entrar en combate la situación del que únicamente domina el terreno que pisa o el lugar en que acampa es mucho más precaria que la del que tiene en sus manos todo el resto del territorio. Esto lo pude comprobar yo durante la guerra de los borres, nosotros no poseíamos nada allende las hogueras de nuestros vivaques, en tanto que los borres campaban por sus respetos en todo el país. Procedentes del Oeste llegaban ya fuerzas enemigas cada vez más numerosas, y a mediados de julio los italianos habían recobrado todas sus posiciones hasta la línea fronteriza con dos divisiones y parte de otras dos. De todos modos, la cifra oficial de bajas italianas en los tres primeros meses de guerra se elevó a cerca de 3.500 hombres, 700 de ellos prisioneros. Nuestras pérdidas apenas si excedieron de 150. Así, pues, la primera fase de la guerra que Italia había declarado al Imperio británico terminó a nuestro favor. Medidas de seguridad El Gran Cuartel General del Oriente Medio, bajo el mando del general Wavell, creía conveniente esperar el ataque italiano cerca de la posición fortificada de Marsa Matruk. Esta era, al parecer. La única táctica posible hasta que pudiésemos concentrar allí un ejército considerable. Yo propuse, por lo tanto, la adopción de las siguientes medidas. En primer lugar, reunir fuerzas suficientes para hacer frente a los invasores italianos. Para ello era preciso correr determinados riesgos en muchos otros sectores. Me daba pena ver la dispersión de efectivos que las autoridades militares toleraban. Evidentemente, era necesario reforzar Khartum y la cuenca del Nilo Azul en previsión de posibles ataques desde la frontera de Abisinia; pero ¿Por qué retener ociosos en Kenya a los 25.000 hombres que componían la brigada de la Unión Sudafricana y dos brigadas más de excelentes tropas del África Occidental? Hice cuanto pude por retirar de Singapur la división australiana recién llegada a aquella base, enviándola primero a la India para su entrenamiento y luego al desierto occidental africano. Palestina ofrecía un aspecto diferente. Teníamos desperdigado por todo el país un contingente de muy buenas unidades; una división australiana, una brigada neozelandesa, nuestra escogida división “Yeomanry”, casi todas ellas dotadas de carros blindados; la “Household Cavalry” (Caballería de la Guardia Real), montada aún, pero deseosa de recibir armamento 88 moderno. En cuanto a los servicios administrativos, estaban bien distribuidos y organizados. Yo quería armar a los judíos de Tel-Aviv; Tel a mi entender, provistos de armas adecuadas, tales elementos podían constituir magníficas unidades de combate frente a cualquier agresor. Pero en este aspecto topé con una resistencia inusitada. Mi segundo motivo de preocupación era el de conquistar y garantizar nuestra libertad de movimientos en el Mediterráneo, haciendo hacie frente a débil Marina italiana y al grave peligro aéreo, a fin fin de convertir a Malta en una fortaleza inexpugnable. A mi juicio, era de suma importancia el envío a través del Mediterráneo de nuestros convoyes militares, especialmente los cargamentos de tanques y cañones, en vez de mandarlos por la interminable ruta del el Cabo. La consecución de semejante resultado parecía justificar el que corriéramos muchos riesgos. Enviar una división de la Gran Bretaña a Egipto vía El Cabo equivalía a la certeza de que no podría luchar en sitio alguno por espacio de d tres meses; pero aquellos eran meses de valor incalculable y nosotros teníamos muy pocas divisiones. Finalmente estaba nuestra isla, en aquel entonces bajo una amenaza casi directa de invasión. ¿Hasta que punto podíamos desguarnecer desgua nuestra metrópoli y nuestra fortaleza en beneficio del Oriente Medio? El comité de los cerebros. Mi deseo era que el problema del oriente Medio fuese estudiado decididamente y sin pérdida de tiempo por un grupo de ministros, ministro versados todos ellos en cuestiones bélicas y buenos conocedores de aquel escenario de la contienda. Del primer ministro a sir Edward Bridges. “10-7-40 “Creo que sería oportuno constituir un pequeño comité compuesto por los ministros de la Guerra (Mr. Eden), de la India (Mr. Amery) A y de Colonias (lord Lloyd), encargado gado de examinar a fondo la dirección de la guerra en Oriente Medio (zona que afecta a los tres por igual) y de asesorarme luego, en mi calidad de ministro de Defensa, acerca de las recomendaciones que yo debería formular al Gabinete. Le ruego proceda a dar ar cumplimiento a estas indicaciones. El ministro de la Guerra ha accedido a presidir el citado organismo.” Mr. Eden dio cuenta a su Comité de la escasez de tropas, armamento y recursos de carácter general que sufrían nuestras posiciones posici del Oriente Medio; o; puso también de relieve la inquietud que sobre este particular experimentaba el jefe del Estado Mayor Imperial. El Comité recomendó que fuese debidamente equipada la división blindada que, si bien se hallaba ya en Egipto, no tenía todo el armamento armament necesario; recomendó asimismo el envío de una segunda división blindada en cuanto fuese posible retirarla de la metrópoli. El 31 de julio Mr. Eden hizo constar que en el término de pocas semanas estaríamos en situación de prescindir de algunos tanques y que si s estos elementos de combate y otro género de armamento habían de llegar al Oriente Medio en el mes de septiembre, tendríamos que enviarlos a través del mediterráneo. A pesar de la tensión creciente suscitada por la amenaza de invasión de la Gran Bretaña, decidí apoyar plenamente este orden de ideas y planteé repetidas veces el arduo problema ante el Gabinete de Guerra. Transfusión de sangre Experimentada también la urgente necesidad de tratar con el propio general Wavell de los grandes acontecimientos que qu se avecinaban en el desierto de Líbia. No conocía personalmente a aquel distinguido militar, de quien tantas cosas dependían. Rogué, pues, al ministro de la Guerra que le invitase a venir a Inglaterra por espacio de una semana, con objeto de celebrar consultas, con en la primera ocasión que se le presentara. Wavell llegó el 8 de agosto. Trabajó con los Estados Mayores y sostuvo diversas y extensas conversaciones con Mr. Eden y conmigo. A la sazón el Mando del Oriente Medio había de hacer frente a una rara amalgama ama de problemas militares, políticos, diplomáticos y administrativos de suma complejidad. Mis colegas y yo necesitábamos más de un año de éxitos y fracasos para llegar a la conclusión de que era preciso repartir la responsabilidad de las tareas en el Oriente Oriente Medio entre un comandante en jefe, un ministro de Estado y un intendente general que cuidase de todo lo relativo al abastecimiento. Aunque no estaba completamente de acuerdo con el uso que el general Wavell hacía hac de los recursos de que disponía, creí preferible dejar que siguiera ostentando el mando. Admiraba sus grandes dotes y quedé impresionado al ver la confianza que en él tenían tantas altas personalidades. Como resultado de las deliberaciones del Estado Mayor Imperial el general Dill, con la decidida decidida aprobación de Eden, me escribió el 10 de agosto que el Ministerio de la Guerra tomaba las disposiciones necesarias para enviar inmediatamente a Egipto un batallón de carros de asalto (52 unidades), un regimiento de tanques ligeros (52 unidades) y un regimiento de tanques de infantería (50 unidades), así como 48 cañones antitanques, 20 baterías antiaéreas ligeras, 48 piezas de artillería de campaña calibre 105, quinientos fusiles ametralladores ametralladore y 250 fusiles antitanques, con sus municiones correspondientes. correspondie Lo único que faltaba saber era si el convoy iría a dar la vuelta por el cabo de Buena Esperanza o bien se aventuraría por el Mediterráneo. Yo insistí enérgicamente cerca del Almirantazgo para que adoptase la ruta directa por el Mediterráneo. Este punto pun concreto dio lugar a vivas discusiones. Entretanto, el Gabinete aprobó el embarque y la salida de la columna blindada, dejando la resolución final referente refe al camino a seguir para cuando el convoy estuviese próximo a Gibraltar. Esto nos permitía esperar esperar hasta el 26 de Agosto, hacia cuya fecha estaríamos ya bastante mejor informados sobre la inminencia de una ofensiva italiana. 89 No perdimos el tiempo. La dramática decisión de someternos aquella transfusión de sangre en el preciso momento en que hacíamos acopia de energías para enfrentarnos con un peligro mortal, era a la vez aterradora y necesaria. Nadie vaciló. CAPITULO XXXV Treinta días angustiosos Septiembre, al igual que junio, fue un mes de tensión extraordinaria para aquellos a quienes en la Gran Bretaña incumbía la responsabilidad de la dirección de la guerra. La batalla aérea, ya descrita, de la cual dependía todo, rugía con furia cada vez mayor y se acercaba a su punto culminante. Hoy, a distancia de años, vemos que la victoria alcanzada por las Reales Fuerzas Aéreas el 15 de septiembre constituyó efectivamente el hecho decisivo de la lucha. Pero en aquella época nos faltaba la perspectiva necesaria para apreciarlo, aparte de que ignorábamos si el enemigo desencadenaría ataques aún más violentos, ni, en caso afirmativo, cuanto durarían. Los límites de la resistencia humana El buen tiempo había favorecido grandemente la labor de nuestros cazas diurnos y hasta entonces habíamos acogido siempre con alborozo su presencia. Pero cuando en la tercera semana de septiembre visité al vicealmirante de Aviación, Park, en su puesto de mando del 11º Grupo de cazas, noté un ligero aunque perceptible cambio de opinión sobre el particular. Al preguntar cuál era la previsión meteorológica, me contestaron que anunciaba cielo despejado para los días inmediatos. Sin embargo, esta perspectiva no parecía animarles tanto como a principios del mes. Tuve la sensación de que ya no considerarían como una desgracia el que se produjese un cambio en el estado del tiempo. Hallándome, acompañado de varios oficiales y jefes, en el despacho de Park, llegó una comunicación del Ministerio del Aire anunciando que se habían agotado las existencias de municiones. De Wilde. Este tipo de proyectiles era el que preferían los pilotos de caza. La fábrica que los producía acababa de ser bombardeada, Park se inmutó al oír esto; pero reaccionó casi inmediatamente y dijo con decisión: “Al principio nos batimos sin esas municiones; volveremos a batirnos sin ellas”. En el curso de mis conversaciones con el mariscal de Aviación Dowding, que solía abandonar su puesto de mando en Uxbridge para pasar conmigo en Chequers los fines de semana, pude ver con claridad que las formaciones de caza habían llegado al límite de sus fuerzas. Los partes semanales demostraban que numéricamente seguíamos siendo fuertes, siempre que el enemigo no intensificara sus ataques. Pero las estadísticas no reflejaban la tensión física y mental a que estaban sometidos los pilotos. Era innegable su sublime fervor, que les impelía muchas veces a librar desiguales combates de cinco y hasta seis contra uno, y era asimismo evidente el sentimiento de superioridad que les infundían sus incesantes victorias y las elevadas pérdidas del enemigo; pero la resistencia humana tiene sus límites. Existe un fenómeno indiscutible de agotamiento puro y simple tanto del espíritu como del cuerpo. Hubo un momento en que no pude menos que recordar la desazón de Wellington en la tarde de la batalla de Waterloo: “Plegue a Dios que llegue pronto la noche o que llegue Blücher.” Sólo que esta vez no nos interesaba que llegara Blücher. Todos los músculos en tensión Entretanto, los síntomas de una inminente invasión alemana se multiplicaban rápidamente. Las fotografías tomadas por nuestros aviones de reconocimiento señalaban la presencia de más de tres mil lanchones automotores en los puertos y estuarios de Holanda, Bélgica y Francia. Ignorábamos con exactitud las reservas de buques mayores que podían estar concentradas en el estuario del Rin, o en el Báltico, cuya comunicación a través del canal de Kiel seguía abierta. Al estudiar el problema de la invasión he dejado expuestas ya las razones en que basaba mi confianza de que derrotaríamos a los alemanes si venían, y, por lo tanto, mi certidumbre de que no vendrían. Seguía, pues, atalayando el porvenir con mirada firme. No obstante, era imposible seguir paso a paso, semana tras semana, la progresión de aquellos preparativos a través de las fotografías de nuestros servicios aéreos y los informes de nuestros agentes, sin experimentar una vaga sensación de angustia. Estas cosas, quiérase o no, se van filtrando lentamente en el ánimo de quien las observa de cerca. En general, los jefes de Estado Mayor opinaban que la invasión era inminente, en tanto que yo, por mi parte, me mostraba escéptico y sostenía un punto de vista distinto. Era inútil, empero, tratar de reprimir esa sensación interna que tiene su origen en la espera prolongada de acontecimientos terribles. Claro está que manteníamos en tensión todos nuestros músculos y todos nuestros nervios para que el enemigo no nos cogiera desprevenidos. No descuidábamos nada de cuanto pudiésemos realizar mediante el celo y la capacidad de nuestros jefes militares, la vigilancia de nuestros ejércitos, ya poderosos y bien organizados, y el espíritu valeroso e indomable de todo nuestro pueblo. A mediados de septiembre la amenaza de invasión adquirió un carácter lo suficientemente concreto para inducirnos a suspender las salidas hacia el Oriente Medio de nuevas unidades de importancia vital, sobre todo teniendo en cuenta que habían de ir por la ruta del cabo de Buena Esperanza. A raíz de una visita que hice al sector de Dover, donde la atmósfera, cargada de electricidad, me causó honda impresión, retrasé por algunas semanas el envío al Oriente Medio de los neozelandeses y de los dos batallones de tanques que faltaban. Al propio tiempo mantuve en reserva nuestros tres buques rápidos de transporte –“los barcos (de la línea) Glen”, como les llamábamos– para aventurarlos, en caso de urgente necesidad, por el Mediterráneo. 90 Paréntesis de humor Ruego al lector me perdone la trascripción de la siguiente nota: Del primer ministro al primer lord del Almirantazgo. “18-9-40 “supongo que pueden ustedes gastarse el dinero en una nueva bandera para el edificio del Almirantazgo. Me apena ver cada mañana ondear al viento ese trapo viejo y sucio que tienen ahí ahora.” Una bocanada de aire fresco Los estados que sometió a mi consideración el nuevo Ministerio de Producción Aeronáutica me produjeron una viva alegría. Del primer ministro a lord Beaverbrook. “12-9-40 “Son realmente espléndidas las cifras que me presenta usted relativas al aumento registrado en la fabricación de aparatos de caza y de bombardeo entre el 10 de mayo y el 30 de agosto. Si puede establecer cifras similares para el 30 de septiembre, fecha ya no lejana, preferiría leerlas todas juntas ante el Gabinete de Guerra en vez de hacerlas circular como es costumbre. Sin embargo, si las cifras correspondientes al mes de septiembre no pueden quedar establecidas hasta fines de octubre, leeré ante el Gabinete las que ahora me facilita. El país debe a usted y a su Ministerio gratitud eterna.” Del primer ministro a lord Beaverbrook. “25-9-40 “Estos maravillosos resultados de producción, logrados en circunstancias cada vez más difíciles, me obligan a transmitir a su Departamento el vivo reconocimiento y los calurosos plácemes del Gobierno de Su Majestad.” La batalla sorda de los “comandos” En el curso del verano y el otoño traté de prestar mi apoyo al ministro de la Guerra en la pugna que tenía entablada con las autoridades de su Ministerio y con los altos jefes del Ejército a propósito de los prejuicios que aquéllas y éstos sentían respecto a los “comandos” o tropas de asalto. Del jefe del Gobierno al ministro de la Guerra. “25-8-40 “He reflexionado acerca de la conversación extraoficial que sostuvimos la otra noche y, como he oído que está en litigio todo el problema de los “comandos”, creo que es mi deber escribir a usted sobre el particular. La organización de los “comandos” ha recibido orden de “suspender el reclutamiento” y se le ha dicho que el futuro de dichas unidades queda en tela de juicio. He considerado, pues, que debía comunicar a usted cuán firmemente opino que los alemanes estuvieron acertados tanto en la guerra pasada como en ésta al utilizar las tropas de asalto como lo hicieron. “En 1918 las infiltraciones que tan caras hubimos de pagar fueron realizadas por tropas de asalto; y la resistencia final de Alemania en los últimos cuatro meses de 1918 se apoyó principalmente en una serie de nidos de ametralladoras construidos con decisión e ingenio y defendidos con incomparable gallardía. En la guerra actual todos estos factores tienen una importancia muy superior. La derrota de Francia fue posible gracias a una reducidísima selección de fuerzas poderosamente armadas mientras la masa anónima del Ejército alemán iba avanzando detrás de ellas para consolidar la conquista y garantizar la ocupación. “Si ha de haber campaña en 1941, deberá tener un carácter anfibio y ofrecerá sin duda múltiples oportunidades para ejecutar operaciones menores. Todas éstas dependerán de la posibilidad de desembarcas por sorpresa unidades equipadas con armas ligeras, fuerzas ágiles e inteligentes, acostumbradas a actuar como verdaderas traíllas de perros sabuesos, en vez de operar y moverse con la disciplinada lentitud que caracteriza a las formaciones regulares… “Son muchas, pues, las razones que nos inducen a constituir unidades de tropas de asalto, es decir, a poner en práctica la idea de los “comandos”. He pedido ya que se proceda a organizar un cuerpo de cinco mil paracaidistas; necesitamos también por lo menos diez mil de aquellas “partidas de hermanos” (Alusión a las palabras que Shakespeare pone en boca del rey Enrique: “.el recuerdo de nuestro pequeño, ejército, de nuestra partida de hermanos; pues el que vierta hoy su sangre conmigo será mi hermano”) capaces de actuar con la rapidez del rayo. Sólo así podremos ocupar posiciones que a continuación permitirán a las tropas regulares bien entrenadas operar en mayor escala…” La resistencia que oponía el Ministerio de la Guerra era obstinada y se acentuaba a medida que descendía la escala jerárquica militar. La idea de que grandes partidas de “irregulares” favorecidos con ventajas especiales, con sus atavíos caprichosos y su talante despreocupado, estigmatizasen implícitamente la reputación de los valerosos y eficientes batallones regulares, resultaba odiosa para los hombres que habían consagrado su vida entera a la organización disciplinada de unidades permanentes. Los coroneles de muchos de nuestros mejores regimientos se sentían ofendidos. “¿Qué puede hacer esa gente que no sea capaz de hacer cualquiera de mis batallones? La realización de ese proyecto acabará con todo el prestigio del Ejército y lo privará de sus mejores elementos. En 1918 no tuvimos tales “comandos”. ¿Qué falta nos hacen ahora?” Aun sin compartirlos, era fácil comprender estos sentimientos. El Ministerio de la Guerra se hizo eco de las quejes de jefes y oficiales. Pero yo insistí con energía. Ofensiva italiana en Egipto El 13 de septiembre el grueso del Ejército italiano inició su avance, esperado desde hacía largo tiempo, más allá de la frontera egipcia. Sus efectivos comprendían seis divisiones de infantería y ocho batallones de tanques. Nuestras tropas de cobertura consistían en tres batallones de 91 infantería, un batallón de tanques, tres baterías y dos escuadras de carros blindados. Tenían órdenes de retirarse luchando, operación nada difícil para aquellas fuerzas, dadas sus especiales aptitudes para la guerra en el desierto. La ofensiva italiana empezó con un violento fuego de barrera contra nuestras posiciones situadas en la población fronteriza de d Sollum. Al desvanecerse el humo y el polvo, nuestros soldados vieron avanzar a las tropas enemigas alineadas en un orden perfecto. Iban delante los motociclistas en impecable formación; detrás de ellos seguían los tanques ligeros y diversas hileras de vehículos vehículos automóviles. Como dijo un coronel británico, el espectáculo parecía “una fiesta conmemorativa en el campo de maniobras de Aldershot”. El Tercer Batallón Batalló de “Coldstream Guards”, que se hallaba frente a aquella impresionante formación, replegase lentamente, lentamente, y nuestra artillería impuso su duro tributo a los objetivos que con tanta generosidad se le ofrecía. Más hacia el Sur dos importantes columnas enemigas avanzaban por el desierto al sur de la larga cordillera que corre paralela a la costa y que sólo podían cruzar por Halfaya –el el desfiladero del “Fuego del Infierno” que desempeñó un notable papel en las batallas ulteriores–. ulteriores Cada columna italiana se componía de muchos centenares de vehículos; a la cabeza y a retaguardia iban los tanques, las piezas antitanques an y la artillería, y en el centro la infantería transportada en camiones. A este género de formación, que fue adoptada en diversas ocasiones, o le dimos el nombre de “el erizo”. Nuestras fuerzas se retiraban ante aquellas ingentes masas de hombres y material, y aprovechaban todas las coyunturas para hostilizar al enemigo, cuyos movimientos parecían errátiles e indecisos. Después ha explicado Graziani que en el último momento optó por modificar su plan, que consistía en efectuar un movimiento envolvente por el desierto, y “decidí concentrar todas mis fuerzas en el ala izquierda para realizar un movimiento relámpago a lo largo de la costa hasta SidiBarrani”. Por consiguiente, la gran masa de tropas italianas avanzaba lentamente siguiendo la carretera de la costa por dos vías paralelas. Atacaban a base de oleadas de infantería transportada en camiones, en grupos de cincuenta. Los “Coldstream Guards” abandonaron hábilmente Sollum, y por espacio de cuatro días se replegaron a posiciones sucesivas, sucesivas, infligiendo grandes pérdidas al enemigo a medida que se retiraban. El 17 de septiembre el Ejército italiano llegó a Sidi-Barrani. Sidi Barrani. Nuestras bajas se elevaban a cuarenta hombres entre muertos y heridos, en tanto que las del enemigo eran aproximadamente diez veces superiores, además de 150 vehículos destruidos. Allí, con sus líneas de comunicación prolongadas en ochenta kilómetros, los italianos se instalaron para pasar los tres meses siguientes. Vieron se constantemente hostilizados por nuestras pequeñas columnas móviles y experimentaron muy serias dificultades para abastecerse. Malta, fortaleza indefensa Entretanto, subsistían mis temores por la suerte de Malta, que continuaba poco menos que indefensa. Del primer ministro al general Ismay, para el jefe del Estado Mayor Imperial. “Este telegrama (del gobernador y comandante en jefe de Malta) confirma mis recelos a propósito de aquella isla. Con unas costas cos defendidas por un batallón como promedio en cada 20 kilómetros, y sin reserva dignas de tal nombre nombre para llevara cabo contraataques oportunos, Malta se encuentra a merced de cualquier desembarco. Recuerde usted que no somos dueños del mar en torno a la isla. Por lo tanto, el peligro p parece ser de extraordinarias gravedad. A mi entender necesitábamos tener allí otros cuatro batallones; pero dados los problemas que plantea hoy el envío de transportes desde el Oeste, habremos de contentarnos con dos batallones por ahora. Es preciso que escojamos tropas de d primera calidad. Al parecer no existen dificultades des insuperables para su acantonamiento.” Temores y sólo temores Cuando dirijo una mirada retrospectiva sobre todas aquellas inquietudes, me acuerdo de la historieta del anciano que en su lecho le de muerte afirmaba que a lo largo de su vida había experimentado experimentado muchísimos temores, la mayor parte de los cuales no habían llegado nunca a convertirse en realidad. Lo mismo puedo decir yo, en verdad, de mi vida en el curso del mes de septiembre de 1940. Los alemanes fueron derrotados en la batalla de Inglaterra. La La invasión de la Gran Bretaña no llegó a intentarse siquiera. Más aún, por aquellas fechas Hitler había vuelto ya su ambiciosa mirada hacia el Este. Los italianos no prosiguieron su ofensiva contra Egipto. Eg La brigada de tanques que enviamos por la interminable interminable ruta del cabo de Buena Esperanza llegó en tiempo útil, ya que no para cooperar en la batalla defensiva de Marsa Matruk en septiembre, sí para tomar parte en una operación posterior incomparablemente más importante para nosotros. Encontramos el medio dee reforzar Malta antes de que la isla hubiese sufrido ningún ataque aéreo serio, y nadie osó jamás intentar un desembarco en la isla-fortaleza. fortaleza. Así transcurrió el mes de septiembre. 92 CAPITULO XXXVI Un proyecto audaz: Dakar El 3 de agosto de 1940 por la noche, desde Chequers, di en principio mi conformidad a un proyecto de desembarco de fuerzas francesas en África occidental. El general De Gaulle, el general de división, Spears y el mayor Morton habían establecido a grandes rasgos un plan que tenía por objeto izar la bandera de Francia libre en aquella región, ocupar Dakar y de este modo situar las colonias francesas del África occidental y ecuatorial bajo el mando del general De Gaulle y sentar las bases para la incorporación ulterior de las colonias francesas del norte de África. Informan los técnicos El Comité de jefes de Estado Mayor estudió el 4 de agosto los detalles del proyecto trazados por el subcomité correspondiente y redactaron un informe destinado al Gabinete de Guerra. Las propuestas de los altos jefes militares se basaban en los tres principios siguientes: 1º Las fuerzas debían ser equipadas y embarcadas en forma que les permitiese desembarcar en cualquier puerto de África occidental francesa. 2º La expedición se compondría exclusivamente de tropas francesas libes, sin más elementos británicos que los buques de transporte y de escolta. 3º A fin de que las tropas pudiesen desembarcar sin oposición efectiva, el conjunto de la cuestión se consideraría como un problema de política interior francesa. Las fuerzas francesas libres constarían de dos batallones con un total de 2.500 hombres, una columna de tanques, artillería y un destacamento de ingenieros militares, además de una escuadrilla de bombarderos y de cazas. Muy luego se vio que el general De Gaulle necesitaría un apoyo británico más sólido que el que había calculado los jefes de Estado Mayor. Estos me hicieron constar que tal cosa representaría para nosotros una serie de obligaciones más amplias y costosas que las que se habían previsto, y también que la operación empezaba a perder su carácter exclusivamente francés. No era posible aceptar a la ligera semejante aumento de responsabilidades, pues en aquella época nuestros recursos estaban ya sometidos a muy dura prueba. No obstante, el 6 de agosto me entrevisté con el general De Gaulle, y el 7, a las once de la noche, presidí una reunión del Comité de jefes de Estado Mayor para tratar del proyecto. Se convino en que el punto mejor para el desembarco de las fuerzas francesas libres era Dakar. Puse de relieve que la operación debía ser apoyada por tropas británicas en número suficiente para garantizar el éxito de la misma, y pedí que se formulara un proyecto más vasto de acuerdo con este orden de ideas. El alcance de la operación El 13 de agosto expuse el asunto al Gabinete de Guerra, aclarando que el nuevo plan tenía un alcance superior al del proyecto original relativo a una expedición puramente francesa. Mis colegas estudiaron los detalles de un desembarco, al amanecer, de seis columnas distintas en las playas cercanas a Dakar con objeto de dispersar los esfuerzos de los defensores, en el supuesto de que hubiera oposición. El Gabinete de Guerra, aprobó el nuevo plan, a resultas de lo que el ministro de Asuntos Exteriores, informase respecto al peligro de una declaración de guerra por parte de la Francia de Vichy. Yo, después de considerar la situación con los elementos de juicio que tenía en mis manos no creía en modo alguno que tal cosa ocurriese. Ya metido de lleno en aquella aventura, aprobé los nombramientos del vicealmirante John Cunningham y del general de división Irwin para asumir el mando de la expedición. Vinieron ambos a visitarme a mi residencia de Chequers el 12 de agosto por la noche y juntos analizamos todos los aspectos de aquella operación tan compleja como arriesgada. Yo mismo redacté las instrucciones para los dos comandantes. Como puede verse, contribuí en forma excepcionalmente activa a la iniciación de la empresa de Dakar –a la cual dimos el nombre convencional de “Amenaza”– y fui uno de sus más decididos propulsores. Aun cuando tengo la impresión de que no nos vimos debidamente apoyados en todo momento y aun cuando, por otra parte, la suerte no nos favoreció, jamás me he arrepentido de lo que entonces hice. La conquista de Dakar era un premio muy interesante; la incorporación a nuestra causa del Imperio colonial francés, muchísimo más interesante aún. Teníamos una magnífica oportunidad de lograr tales resultados sin efusión de sangre, y el instinto me aseguraba que la Francia de Vichy no declararía la guerra. Contrariedades inevitables 93 Nos enfrentábamos con dos peligros: los retrasos y las indiscreciones; el primero de ellos tendería fatalmente a agravar el segundo. En aquélla época, las fuerzas francesas libres en Inglaterra no era más que un grupo de héroes exiliados que habían cogido las armas contra el Gobierno imperante en su país. Estaban dispuestos a disparar contra sus propios compatriotas y a aceptar el hundimiento de navíos franceses bajo el fuego de los cañones británicos. Sus jefes habían sido condenados a muerte. ¿Cabe el asombro, y menos todavía el reproche, por el hecho de que manifestasen una cierta tendencia al nerviosismo y aun a la indiscreción? El Gabinete de Guerra podía dar órdenes a nuestras tropas sin que hubiese necesidad de confiar el secreto de nuestras intenciones a nadie más que a los comandantes de las fuerzas y a los elementos allegados a los jefes de Estado Mayor. Pero el general De Gaulle había de mantener agrupada en torno a él a su valerosa partida de franceses. Muchos de éstos tuvieron que enterarse de lo que se preparaba. Dakar se convirtió en tema habitual de conversación entre las tropas francesas. En un restaurante de Liverpool, en el curso de una animada cena, unos oficiales franceses brindaron al grito de “¡Dakar!”. Por añadidura, hubo que mandar las lanchas de desembarco en vagonetas desde las cercanías de Portsmouth hasta Liverpool, y su escolta lucia atuendo tropical. Luego, los retrasos. Al principio confiamos en realizar la operación el 8 de septiembre; pero luego resultó que el convoy principal debía recalar antes en Freetown para abastecerse de combustible y tomar las disposiciones finales. Se había previsto que los transportes franceses llegarían a Dakar en dieciséis días, a un promedio de velocidad de l2 nudos. Más tarde, empero, se llegó a la conclusión de que los buques que habían de transportar el material sólo podían navegar a razón de ocho o nueve nudos, circunstancia ésta de la que no se vino en conocimiento hasta una fase de las operaciones de carga en el trasbordo del material a otros buques más rápidos no había de ayudarnos a ganar tiempo. En total, no fue posible evitar un retraso de diez días respecto a la fecha fijada originalmente: cinco días a causa del error de cálculo en la velocidad de los buques, tres días a causa de dificultades imprevistas en los trabajos de carga y dos días necesarios para el abastecimiento de combustible en Freetown. Debíamos conformarnos pues, con la fecha del 18 de septiembre para asestar el golpe. Resumen del plan definitivo El 20 de agosto, a las 10’30 de la noche, presidí una reunión de los jefes de Estado Mayor, con asistencia del general De Gaulle. He aquí el resumen que hice del plan definitivo, según consta en el acta correspondiente. “La Escuadra anglo francesa llegará frente a Dakar al amanecer; los aviones lanzaran banderolas y octavillas sobre la ciudad; los navíos británicos permanecerán en el horizonte, y los buques franceses se aproximaran al puerto. A bordo de una pequeña embarcación enarbolando el pabellón tricolor y una bandera blanca, penetrará un emisario en la bahía con una carta para el gobernador anunciándole la llegada del general De Gaulle y sus tropas de la Francia libre. El general De Gaulle hará constar en su carta que va a librar a Dakar del inminente peligro de una agresión alemana y que lleva víveres y refuerzos para la guarnición y los habitantes. “Si el gobernador se muestra razonable, todo irá bien; en caso contrario, y si las defensas costeras abren fuego, la Escuadra británica se acercará al puerto. Si la oposición persiste, los navíos británicos dispararán contra las baterías francesas, pero limitando su fuego a lo estrictamente necesario. Si la resistencia se acentúa, las fuerzas británicas recurrirán a todos los medios para acabar con ella. Es esencial que la operación se lleve a buen término y que el general De Gaulle sea dueño de Dakar al caer la noche.” El general De Gaulle dio su conformidad. El día 22 volvimos a reunirnos, y yo leí una carta del ministro de Asuntos Exteriores en la que me informaba que había trascendido al exterior algo relativo a la expedición. Nadie sabía a ciencia cierta la importancia que podían tener tales indiscreciones. En definitiva, el empleo de fuerzas marítimas en una operación ofensiva tiene una gran ventaja; cuando una Escuadra se hace a la mar, es imposible saber exactamente cuál es su `punto de destino. El mas es vasto y el océano más vasto aún. En aquel caso concreto, el atuendo tropical permitía como máximo suponer que se trataba del continente africano. Se sabía, por ejemplo, que la esposa de un francés residente en Liverpool, de la que sospechaba tenía contactos con Vichy, estaba convencida de que los transportes de tropas concentrados en el Mersey iban destinados al Mediterráneo. Aun la misma palabra “Dakar”, divulgada sin discreción, podía constituir una indicación deliberadamente falsa. En todo caso, el Gabinete de Guerra, dio el 27 de agosto su aprobación final a la arriesgada empresa. La fecha fijada para llevar a cabo la operación propiamente dicha era el 19 de septiembre. Concatenación de fatalidades A las 6’24 de la tarde del 9 de septiembre, el cónsul general británico en Tánger cablegrafió al almirante North, comandante de la zona marítima del Atlántico septentrional, pidiéndole “una entrevista en Gibraltar” y dándole cuenta al propio tiempo del texto de un telegrama que dirigía al Foreign Office, concebido en estos términos: “Recibida de “Jacques” la siguiente información: Es posible que una escuadra francesa trate de cruzar el Estrecho en dirección Oeste con rumbo desconocido. Puede ser que este intento se produzca dentro de las próximas setenta y dos horas.” El almirante no estaba en el secreto de la expedición de Dakar e hizo caso omiso de la comunicación. El telegrama fue transmitido simultáneamente desde Tánger al Ministerio británico de Asuntos Exteriores y recibido allí el día 10 a las 7’50 de la mañana. A la sazón estábamos sometidos en Londres a un bombardeo continuo. Debido a las frecuentes interrupciones en los servicios a causa de los ataques aéreos enemigos, había ido acumulándose trabajo atrasado en el gabinete de cifra. Como el mensaje no llevaba indicación de “Importante”, no fue descifrado hasta que le correspondió normalmente su turno, y no fue distribuido hasta el 14 de septiembre, día en que por fin llegó al Almirantazgo teníamos, empero, una segunda cuerda en el arco. El 10 de septiembre, a las 6 de la tarde, el Almirantazgo francés comunicó oficialmente al agregado naval británico en Madrid que tres cruceros franceses tipo “Georges Leygues” y tres destructores habían zarpado de Tolón y deseaban cruzar el estrecho de Gibraltar el día 11 por la mañana. Este era el procedimiento normal aceptado entonces por el Gobierno de Vichy y constituía una medida de precaución que en aquel caso concreto no aplicó hasta última hora. El agregado naval británico informó acto seguido al Almirantazgo y también al almirante North, que estaba en Gibraltar. El mensaje se recibió en el Almirantazgo el 10 de septiembre a las 11’50 de la noche. Fue descifrado y enviado al capitán de servicio, quien, a su vez, lo pasó al director de la División de Operaciones (sección extranjera). Este oficial, que conocía perfectamente todo lo relacionado con la expedición Dakar, debía haber comprendido la importancia decisiva del telegrama. Pero en vez de tomar sin pérdida de tiempo las medidas convenientes al respecto dejó que la comunicación siguiera el trámite ordinario con los demás telegramas destinados a los lores del Mar. Este error le valió recibir en momento oportuno la expresión del desagrado de Sus Señorías. 94 No obstante, el destructor “Hotspur”, que patrullaba por el Mediterráneo, avistó a los navíos franceses el 11 de septiembre, a las 5’15 de la mañana, a cincuenta millas al este de Gibraltar, y lo comunicó al almirante North. Por su parte, el almirante Somerville, jefe del grupo de unidades “H”, cuya base estaba en Gibraltar había recibido asimismo copia del telegrama del agregado naval en Madrid ocho minutos después de medianoche del propio 11. A las 7 de la mañana ordenó al “Renown” que estuviese dispuesto a zarpar al cabo de una hora, y aguardó las instrucciones del Almirantazgo. ¡Demasiado tarde! A causa del error cometido por el director de la División de Operaciones y del retraso que sufrió en el Ministerio de Asuntos Exteriores el telegrama del cónsul general en Tánger, el primer lord del Mar no se enteró del paso de los navíos franceses por Gibraltar hasta que recibió el aviso del “Hotspur” “Hotspu durante la reunión que los jefes de Estado Mayor celebraban antes de la sesión del Gabinete. Telefoneó acto seguido al Almirantazgo disponiendo que se ordenase al “Renown” y a sus destructores que encendieses las calderas. Esto se había hecho ya. Luego fue a informar al Gabinete de Guerra. Pero la desgraciada coincidencia en el retraso de dos comunicaciones distintas –una una del cónsul general de Tánger y otra del agregado naval en Madrid–, Madrid así como la falta de apreciación por parte de diferentes personas, hacía que fuese ya demasiado tarde para reaccionar. Al enterarse de lo que ocurría, el Gabinete de Guerra dispuso inmediatamente que el primer lord ordenase al “Renown” que estableciera esta contacto con los buques franceses, les preguntase cuál era su punto de destino y les hiciese constar claramente que no se les permitiría dirigirse a ningún puerto ocupado por alemanes. Si contestaban que iban hacia el Sur, debía indicárseles que podían llegar hasta ha Casablanca y, en tal caso, vigilarles de cerca. Si trataban de ir más allá de Casablanca, en dirección a Dakar, la consigna era impedirlo. Pero no fue posible localizar a los navíos franceses. El 12 y el l3 de septiembre, Casablanca permaneció oculta entre una densa den bruma. Uno de los aviones británicos de reconocimiento reconocimiento fue derribado; las informaciones relativas al número de buques de guerra fondeados en Casablanca eran contradictorias, y por consiguiente el “Renown” y sus destructores aguardaron todo el día y toda la noche al sur de Casablanca con la esperanza de interceptar nterceptar a la Escuadra francesa. El 13, a las 4’20 de la tarde, un aparato de reconocimiento comunicó al “Renown” que en Casablanca no había ningún crucero. En efecto; se hallaban ya lejos de allí, en dirección al Sur, navegando hacia h Dakar a todo vapor. A pesar de todo, nos queda aún, al parecer, otra oportunidad. Nuestra expedición y su poderosa escolta estaban en aquellos momentos mo al sur de Dakar, rumbo a Freetown. El 14 de septiembre, a las 12’16 de la mañana, el Almirantazgo envió un radiograma al almirante al John Cunnigham en el que le decía que los cruceros franceses habían salido de Casablanca a una hora ignorada y le ordenaba que impidiera imp su entrada en Dakar. En consecuencia, los cruceros “Devonshire”, “Australia” y “Cumberland”, así como el portaaviones portaa “Ark Royal”, viraron en redondo y se dirigieron a toda máquina a establecer una línea de patrulla al norte de Dakar. No llegaron al punto deseado hasta el 14 de septiembre al anochecer. La Escuadra francesa estaba ya anclada en el puerto con las toldillas tol cubiertas. Esta serie de accidentes selló la suerte de la expedición francobritánica contra Dakar. A mí ya no me cabía duda de que era necesario n abandonar la empresa. CAPITULO XXXVII Fracaso de la aventura africana (El 16 de septiembre de 1940 el Gabinete de Guerra comunicó a las tropas expedicionarias francobritánicas destinadas a Dakar que la llegada de cruceros de Vichy hacía impracticable la operación. El nuevo proyecto era que los contingentes británicos de aquellas aquel fuerzas permaneciesen en Freetown y los franceses libres realizasen un desembarco en el Camerún, siempre que el general De Gaulle no viese en ello grave inconveniente.) 95 La expedición llegó a Freetown el 17 de septiembre. Todos sus jefes reaccionaron enérgicamente contra la idea de abandonar la empresa. El almirante Cunningham y el general Irwin objetaron que, en tanto se ignorase hasta que punto la llegada de los cruceros de Vichy había elevado la moral en Dakar, la presencia de éstos no modificaba materialmente la situación naval anterior. De momento, seguían diciendo, los cruceros en cuestión tendían las toldillas cubiertas y dos de ellos estaban fondeados de tal forma que les era prácticamente imposible actuar, y, en cambio, ofrecían excelente blanco a un bombardeo. Reacción insólita Esta actitud inesperada daba un giro nuevo a la situación. Era en verdad poco frecuente, en aquella época de la guerra, que los comandantes de unas fuerzas pudiesen con insistencia, desde la propia zona de operaciones, que se les permitiese llevar a cabo hechos audaces. Por regla general, la incitación a correr riesgos procedía de la metrópoli. En aquel caso precisamente, el jefe de las fuerzas de tierra, general Irwin, antes de partir había tenido buen cuidado de dejar constancia escrita de sus dudas y sus tremores acerca del éxito de la aventura. Quedé, pues, gratamente sorprendido ante celo tan manifiesto por llevar hasta el fin aquella operación complicada y semipolítica. Si los elementos responsables consideraban sobre el terreno que había sonado la hora de la audacia y de la acción, era preciso, sin duda alguna, dejarles las manos libres. Por consiguiente, el 16 de septiembre, a las 11’52 de la noche, cursé el siguiente radiograma: “Quedan ustedes facultados para enjuiciar por su cuenta el conjunto de la situación y para consultar a De Gaulle. Aquí estudiaremos cuidadosamente las recomendaciones que nos formulen.” No tardamos en recibir una vehemente protesta del general De Gaulle, que estaba deseoso de llevar a la práctica el plan: “Lo menos que puedo pedir al Gobierno británico, si éste mantiene su reciente decisión negativa respecto a una acción directa contra Dakar por mar, es la colaboración inmediata de las fuerzas navales y aéreas británicas aquí presentes para apoyar y cubrir una operación que yo dirigiré personalmente desde el interior, sobre Dakar, con mis propias tropas.” Caza en el mar El Gabinete de Guerra se reunió el 17, a las nueve de la noche, por segunda vez en aquella jornada. Acordóse por unanimidad dejar que los comandantes obrasen como creyeran conveniente. Con todo, la decisión final quedó aplazada hasta las doce del día siguiente. No cabía temer que ello ocasionara ningún nuevo retraso, pues el ataque no podía realizarse hasta una semana después, sobre poco más o menos. A instancias del gabinete, redacté el siguiente mensaje para los jefes de operaciones de Dakar: “Desde aquí no podemos apreciar el valor relativo de las ventajas que ofrecen las diversas soluciones. Dejamos a ustedes completamente en libertad para seguir adelante y hacer lo que crean preferible con objeto de alcanzar el objetivo original de la expedición. Téngannos informados.” Este mensaje fue expedido el 18 de septiembre, a la 1’20 de la tarde. No cabía ya hacer otra cosa que esperar los resultados. El día 19 el primer lord del Mar comunicó que la Escuadra francesa, o por lo menos algunas de sus unidades, salía de Dakar rumbo al Sur. Esto indicaba con bastante claridad que había llevado a aquel puerto tropas, técnicos y autoridades leales al Gobierno de Vichy. Era, pues, mucho mayor las probabilidades de una resistencia vigorosa. Habría, a buen seguro, lucha encarnizada. Mis colegas, que a pesar de su tenacidad sabían, como conviene en tiempos de guerra, adaptarse en todo momento a las circunstancias, compartían mi criterio de dejar que los acontecimientos siguieran su curso. Por lo tanto, fuimos recibiendo en silencio los diversos informes de los comandantes de la expedición. El día 20 el almirante Pound nos dijo que los tres navíos franceses avistados al sur de Dakar por el “Australia” eran los cruceros “Georges Leygues”, “Montcalm” y “Gloire”. El 19 a mediodía, el “Cumberland” se había reunido con el “Australia” y ambos continuaron manteniendo contacto con los buques de Vichy hasta el anochecer. Estos últimos viraron entonces hacia el Norte y aumentaron la velocidad de 15 a 31 nudos. Nuestras unidades iniciaron la persecución, pero no lograron alcanzar a los fugitivos. A las nueve de la noche, sin embargo, el “Gloire” sufrió una avería en las máquinas y hubo de reducir su velocidad a l5 nudos. El comandante del crucero francés se avino as dirigirse a Casablanca escoltado por el “Australia”. Los dos navíos tenían que pasar a la altura de Dakar hacia medianoche, y el capitán del “Australia” hizo saber al “Gloire” que si el buque británico era atacado por los submarinos, hundiría inmediatamente el crucero. Sin duda éste radiografió a Dakar, pues no ocurrió nada. Por su parte, el “Cumberland”, que seguía de lejos a los otros dos buques de Vichy perdió contacto con ellos en el curso de un violento temporal de agua y ambos regresaron a Dakar sin haber sido cañoneados. Tras la tentativa incruenta, los cañones No es necesario relatar aquí en forma detallada lo que sucedió en los tres días que duró el ataque a Dakar. La historia de aquellas jornadas merece figurar en las crónicas militares y constituye un nuevo y excelente ejemplo de mala suerte. Como es natural, los meteorólogos del Ministerio del Aire habían estudiado cuidadosamente las condiciones climatológicas especiales de la costa occidental de África. Una larga serie de comprobaciones demuestra que aquella época del año se caracteriza por un tiempo uniformemente despejado y días de claro sol. Mas el 23 de septiembre, cuando la Escuadra anglo francesa se aproximó a la plaza fuerte con De Gaulle y sus barcos franceses bien destacados en vanguardia, había una niebla espesísima. Dado que la inmensa mayoría de la población, tanto francesa como nativa, estaba a nuestro favor, habíamos confiado que la presencia de todos aquellos buques, con las unidades británicas desplegadas en el horizonte, ejercería poderosa influencia en el ánimo del gobernador y en su actitud. Pero muy luego quedó de manifiesto que los partidarios de Vichy eran dueños de la situación y que, sin duda alguna, la llegada de los cruceros franceses había anulado toda esperanza de que Dakar se uniera al movimiento de la Francia libre. Los dos aviones degaullistas aterrizaron en el aeródromo local, y sus pilotos fueron detenidos acto seguido. Uno de ellos llevaba encima una lista de los principales elementos adictos a los franceses libres. Los emisarios de De Gaulle, que llegaron a Dakar bajo la protección del pabellón tricolor y una bandera blanca, fueron rechazados airadamente; otros, que entraron en el puerto a bordo de una chalupas. Hubieron de soportar el fuego de la defensa costera y dos de ellos resultaron heridos. Enardecieron sé los ánimos. La Escuadra británica se acercó, entre la bruma, hasta menos de cinco mil metros. A las diez de la mañana una batería del puerto abrió fuego contra un destructor de una de las alas de la línea. Respondieron nuestros navíos, y el combate se generalizó rápidamente. Los destructores “Inglefield” y “Foresight” sufrieron ligeros daños; el “Cumberland” resultó alcanzado en las máquinas y tuvo que retirarse. Un submarino francés fue bombardeado por un avión a profundidad periscópica y un destructor, asimismo francés, fue incendiado. Aportación moderna a una vieja controversia 96 Existe una polémica ya antigua a propósito de los duelos entre navíos y fuertes. Nelson decía que una batería de seis cañones podía tener a raya a un buque de línea de cien piezas. Cuando se realizó la investigación acerca de la acción de los Dardanelos en 1916, Mr. Balfour declaró: “Si el navío tiene cañones capaces de alcanzar el fuerte disparando a una distancia desde la cual el fuerte no pueda contestar, el duelo no es necesariamente tan desigual”. En aquella ocasión la Escuadra británica, con tiro bien dirigido, podía teóricamente disparar contra las baterías de 240 mm. De Dakar a 24.500 metros y destruirlas al cabo de un cierto numero de andanadas. Pero las fuerzas de Vichy contaban también entonces con el acorazado “Richelieu”, capaz de tirar desde una doble torre artillada con piezas de 380 mm. El almirante británico viose obligado a tener esto en cuenta. Pero, sobre todo, el gran obstáculo era la niebla. Así, pues, el cañoneo cesó hacia las 11’30 y todos los buques británicos y franceses libres se retiraron. Por la tarde el general De Gaulle trató de desembarcar tropas en Rufisque; pero la niebla había adquirido una densidad tal y era tan grande la confusión, que fue preciso renunciar al intento. A las 4’30 p.m., los jefes de la operación decidieron ordenar la retirada de los transportes de fuerzas y reanudar la acción al día siguiente. El radiograma que comunicaba esta resolución llegó a Londres el 23 de septiembre, a las 7’19 de la tarde. A las 10’14 de la noche hice cursar el siguiente mensaje personal al almirante Cunningham: “Puesto que hemos empezado, tenemos que seguir hasta el final. No se detenga ante nada.” Aquella misma noche se dirigió un ultimátum al gobernador de Dakar. Este contestó que defendería la plaza hasta el último hombre. Los jefes de la expedición replicaron que estaban dispuestos a proseguir la acción. El día 24, al empezar de nuevo el fuego, la visibilidad era mejor que la víspera, pero seguía siendo escasa. El bombardeo terminó alrededor de las 10. Entretanto, el “Richelieu” había sido alcanzado por un proyectil de 380 mm; otra bala del mismo calibre había caído en Fort Manuel, y un crucero ligero estaba en llamas. Además un submarino enemigo que trató de entorpecer la acción de nuestros buques fue obligado a subir a la superficie mediante cargas de profundidad, y su tripulación se rindió. Ninguno de nuestros navíos resultó alcanzado. Por la tarde repitiese el bombardeo aunque solo por breve tiempo. Empate a cero El 25 de septiembre se reanudó la acción. La atmósfera estaba despejada, y nuestra Escuadra abrió fuego a 19.000 metros. Respondieron no sólo las baterías costeras –que por cierto tenían magníficos artilleros–, sino también los potentes cañones de la doble torre del “Richelieu”. El comandante de la plaza de Dakar hizo tender una cortina de humo que desbarató los planes de nuestros buques. Poco después de las nueve de la mañana el acorazado “Resolución” fue alcanzado por un torpedo de un submarino de Vichy. A raíz de esto, el almirante decidió retirarse mar adentro “en vista del estado del “Resolution”, la constante amenaza de los submarinos y la gran precisión y tenacidad de las defensas costeras”. Entretanto en Londres el Comité de Defensa, que se había reunido sin mí a las diez de la mañana, había emitido dictamen en el sentido de que no debíamos presionar a los comandantes de la expedición para inducirles a actuar en contra de su mejor criterio. El Gabinete de Guerra se reunió a las 11’30 a.m. En el curso de aquella sesión recibimos los mensajes que daban cuenta de los resultados de las últimas operaciones. Aparecía claro, a la luz de tales noticias, que la empresa había llegado a los límites que aconsejaba la prudencia y que permitían nuestros recursos. Varios de nuestros excelentes buques habían sufrido graves daños. Era evidente que Dakar sería defendido hasta la muerte. Nadie podía asegurar que las negras pasiones suscitadas por un combate prolongado no llegarían a provocar una declaración de guerra por parte de la Francia de Vichy. Así, pues, tras penosa deliberación, decidimos por unanimidad no seguir adelante. El 25 de septiembre a la 1’27 de la tarde, cursé el siguiente radiograma a los jefes de la operación: “En vista de todos los informes que poseemos, entre ellos los que dan cuenta de los daños sufridos por el “Resolution”, hemos acordado que la acción sobre Dakar debe ser abandonada, a pesar de las ingratas consecuencias que esto tendrá evidentemente. A menos que se haya producido algún hecho que nosotros ignoremos y que les aconseje intentar un desembarco a viva fuerza, deberán ustedes suspender acto seguido las operaciones. Sírvanse comunicarnos por radiograma “urgentísimo” si están conformes; pero a menos que la situación haya variado abiertamente a nuestro favor, no deberán iniciar desembarco alguno hasta que hayan recibido nuestra respuesta…” Los comandantes de la operación contestaron: “Conformes con la suspensión.” Lecciones para el futuro No resultó hundido ningún buque británico en el curso de los tres días de bombardeo, pero el “Resolution” quedó fuera de servicios durante varios meses, y dos destructores sufrieron daños que requirieron importantes reparaciones en los astilleros de la metrópoli. Fueron hundidos dos submarinos de Vichy, la tripulación de unos de los cuales fue recogida por nuestras unidades; dos destructores resultaron incendiados, y embarrancaron; y el acorazado “Richelieu” recibió un proyectil de 380 mm y sufrió daños por efecto de dos bombas de cien kilogramos. Desde luego, en Dakar no había elementos para reparar aquel formidable navío, que en el mes de julio había quedado ya inutilizado temporalmente, y, por lo tanto, cabía borrarlo de la lista de fuerzas hostiles susceptibles de amenazarnos. No se formuló reproche alguno al comandante naval ni al comandante militar británicos, y ambos siguieron ocupando puestos activos hasta el fin de la guerra. El almirante, además, se distinguió en grado sumo. Uno de mis principios básicos era que los errores cometidos frente al enemigo debían ser juzgados con indulgencia. Por lo que respecta al general De Gaulle, declaré en los Comunes que su conducta y su actitud en aquella ocasión habían acrecentado infinitamente mi confianza en él. La historia del episodio de Dakar merece ser estudiada con detención `porque ilustra a maravilla, no sólo la imposibilidad de prever todas las contingencias de la guerra, sino también la acción recíproca de las fuerzas militares y políticas, así como las dificultades que presentan las operaciones combinadas, especialmente cuando participan en ellas diversos aliados. A los ojos del mundo el hecho apareció como un ejemplo clarísimo de falta de preparación, de confusión, de pusilanimidad y de desorden. En los Estados Unidos, donde se concedía particular importancia a aquella empresa causa de la proximidad de Dakar al Continente americano, desatose un temporal de comentarios desfavorables. El Gobierno australiano quedó desolado. En la metrópoli surgieron muchas y vivas quejas respecto a nuestra forma de dirigir la guerra. Yo decidí a pesar de todo, que no debíamos dar ninguna explicación a nadie, y el Parlamento respetó mi deseo. 97 CAPITULO XXXVIII Fuegos cruzados sobre Vichy A pesar del armisticio y el subsiguiente episodio de Orán, y también a despecho de la ruptura de nuestras relaciones diplomáticas diplomát con Vichy, nunca dejé de sentirme ligado a Francia. Aquellos que no se han visto sometidos a las pruebas que tantos franceses eminentes tuvieron que sufrir personalmente en el curso de la espantosa catástrofe que se batió sobre su país, deben ser prudentes al enjuiciar a las personas. Cualquier intento de penetrar en el laberinto de la política francesa sería ajeno al p0lan general de esta obra. Me limitaré a decir que estaba seguro de que Francia haría cuanto le fuese posible en bien de la causa común a medida medida que conociese los y hechos en sus verdaderas proporciones. Se había dicho a la masa del pueblo francés que su única salvación estaba en agruparse detrás del ilustre mariscal maris Pétain, y que Inglaterra, cuya ayuda había sido tan escasa, no tardaría a ser vencida o en rendirse. ¿Qué cabía hacer en tales condiciones? Yo estaba convencido, empero, de que el pueblo francés deseaba nuestra victoria y que nada había de serle más grato que vernos proseguir prosegui vigorosamente la lucha. Maniobras paralelas Nuestra primera rimera obligación consistía en apoyar con lealtad al general De Gaulle en su gallarda actitud de perseverancia. El 7 de agosto agost firmé con él un acuerdo militare relativo a las necesidades prácticas inmediatas. Las vibrantes alocuciones del general eran transmitidas tran a Francia y al mundo entero por medio de la radio británica. La sentencia de muerte dictada por el Gobierno Pétain contra él glorificó su nombre. Hacíamos cuanto estaba en nuestras manos por ayudarle a magnificar su movimiento. Al propio tiempo eraa necesario mantener el contacto, no sólo con Francia, sino aun con Vichy. Por lo tanto, procuré siempre hacer todo lo posible en este sentido. Experimenté viva satisfacción cuando a fines de 1940, los Estados Unidos enviaron a Vichy un embajador tan influyente influ y caracterizado como el almirante Leahy, que, por otra parte, era íntimo amigo del presidente Roosevelt. Repetidas veces insté al primer ministro del Canadá, Mr. Mackenzie King, a mantener en Vichy a su representante, M. Dupuy, diplomático consumado y habilísimo. Así, por lo menos, disponíamos de una ventana abierta a un patio que nos estaba vedado. El 25 de julio envié al ministro de la Guerra británico una nota en la que decía: “Deseo promover en Vichy una especie de conspiración colusoria a fin de d que algunos de los miembros de aquel Gobierno –quizá quizá con el consentimiento de los restantes– restantes se trasladen a África del Norte para servir mejor a los intereses de Francia desde un territorio en el que gozarían de más libertad de acción. Aparte de los argumentos mentos que es de suponer, estoy dispuesto a ofrecer, con este objeto, facilidades de abastecimiento de víveres y otras diversas ventajas.” De acuerdo con este orden de ideas recibí en el mes de octubre la visita de un tal M. Rougier, que, según el, obraba de conformidad con instrucciones personales del mariscal Pétain. Naturalmente, ni mis colegas ni yo sentíamos el menor respeto por el mariscal Pétain, pero no debíamos cerrar incontinenti ningún camino que condujera a Francia. Teníamos como norma invariable invariab de política dar a entender al Gobierno de Vichy y a sus miembros que, por lo que a nosotros se refería, nunca era demasiado tarde para rectificar. Al margen de lo que hubiese ocurrido en el pasado, Francia era nuestra compañera de tribulaciones, y nada, excepto un estado de guerra efectivo entre ambos países, impediría que estuviese a nuestro lado a la hora de la victoria. Como es de suponer, esta línea de conducta era poco grata a De Gaulle, que lo había arriesgado todo y mantenía enhiesto el pabellón, pa pero cuyo puñado de seguidores fuera de Francia no podían reclamar para sí el derecho de constituir un verdadero Gobierno francés capaz de ser reconocido en lugar del de Vichy. Hacíamos cuanto nos era posible para acrecentar la influencia, la autoridad y el e poder del general. Pero él, naturalmente, sentíase molesto ante cualquier amago de relación por nuestra parte con los hombres de Vichy y consideraba que debíamos serle exclusivamente leales a él. Creía asimismo esencial, en bien de su posición ante el pueblo pueblo francés, mantener una actitud orgullosa y arrogante hacia “la pérfida Albión”, a pesar de su carácter de expatriado que dependía de nuestra protección y vivía entre nosotros. no Tenía que mostrarse altanero para con los ingleses a fin de probar a los franceses franceses que no era un títere movido por nosotros. Fuerza es reconocer que practicó esta política con notable perseverancia. Cierto día incluso me explicó a mí su táctica en este sentido, y yo comprendí compren perfectamente las extraordinarias dificultades del problema lema que tenía planteado. Siempre admiré la alta calidad de su energía inquebrantable. Voces de aliento 98 El 21 de octubre dirigí un llamamiento por radio al pueblo francés. Mucho trabajo me costó preparar aquella breve alocución, pues tenía que pronunciarla la en francés. No me satisfizo la traducción literal que me sometieron; no reflejaba con claridad el espíritu de lo que yo podía po decir en inglés y sentir en francés. Pero M. Dejean, miembro del Estado Mayor de las fuerzas francesas libres radicado en Londres, Londr me preparó una versión muchísimo mejor; después de ensayarla repetidas veces, la pronuncié desde los sótanos del “Anexo” entre el estruendo de un ataque aéreo enemigo. No cabe duda de que aquel llamamiento llegó al corazón de millones de franceses. Aun hoy me lo recuerdan infinidad de hombres y mujeres de todas las clases sociales de Francia y me dan clara pruebas de su simpatía a pesar de las duras medidas que hube de adoptar adopta –a veces contra ellos mismos– para lograr nuestra salvación común. Hiciese Vichy chy lo que hiciese, en bien o en mal, no abandonaríamos a De Gaulle ni arriamos nada que pudiese frenar el movimiento creciente crecien de adhesión a su política que se registraba en el Imperio colonial. Por encima de todo, estábamos decididos a no permitir que volviese a la metrópoli ninguna de las unidades de la Flota francesa a la sazón inmovilizadas en los puertos franceses de ultramar. Había ocasiones en que el Almirantazgo temía seriamente que Francia nos declarase la guerra y aumentasen con ello nuestras preocupaciones, ocupaciones, ya harto numerosas. Yo creí siempre que una vez viésemos demostrado que queríamos y podíamos continuar indefinidamente la lucha, la opinión pública francesa no toleraría en modo alguno que el Gobierno de Vichy tomase una decisión decisió tan ilógica. Existía, efectivamente, en Francia una impetuosa corriente de entusiasmo y de camaradería hacia la Gran Bretaña, y a medida que q transcurrían los meses se hacía más y más sólida la esperanza en el ánimo de los franceses. El propio M. Laval lo reconoció así a cuando, poco después, asumió la cartera de Asuntos Exteriores en el Gobierno del mariscal Pétain. Gestión personal de Roosevelt En las postrimerías del otoño entreví el peligro de que los dos grandes acorazados franceses, el “Jean Bart” y el “Richelieu”, tratasen de llegar a Tolón, donde podrían en poco tiempo quedar dispuestos para entrar en servicio. El enviado del presidente Roosevelt, almirante almiran Leahy, había establecido relación de amistad con el mariscal Pétain. Me dirigí, pues, a Roosevelt, Roosevel y no en vano. El Presidente envió al Gobierno Pétain un mensaje personal muy enérgico relativo a la Escuadra surta en Tolón. “El hecho –decía- de que un Gobierno sea prisionero de guerra de otra potencia no justifica el que dicho prisionero se ponga al servicio del vencedor para realizar operaciones contra su antiguo aliado.” El Presidente recordaba al mariscal las solemnes promesas que había recibido de que la Flota francesa no se rendiría. Si el Gobierno de Vichy permitía a los alemanes utilizar la Flota Flota francesa en operaciones contra la Flota británica, semejante acto constituiría una violación flagrante y deliberada de la palabra dada al Gobierno de los Estados Unidos. El 13 de noviembre el Presidente contestó a otro telegrama mío de fecha 10 sobre el posible envío del “Jean Bart” y el “Richelieu” al Mediterráneo para completar su armamento. Había ordenado inmediatamente al encargado de Negocios norteamericano en Vichy que obtuviera confirmación o desmentida de tales noticias y que pusiese de manifiesto manifiest el interés vital que el Gobierno de los Estados Unidos tenía en que dichos acorazados permaneciesen en puertos en los que no corriesen peligro de ser controlados o apresados por una potencia que en un momento dado podría utilizarlos para fines contrarios a los que Norteamérica deseaba ver aplicada Flota francesa. Mr. Roosevelt proponía asimismo al Gobierno francés la compra de los buques en cuestión si éste se hallaba dispuesto a venderlos. El Presidente me comunicó también que Pétain había declarado al encargado e de Negocios norteamericano que él había asegurado solemnemente que la Flota francesa, incluso los dos acorazados, no caería nunca en poder de Alemania. Concretó el mariscal que había dado las citadas garantías al Gobierno de los Estados Unidos, al Gobierno británico y a mí personalmente. “Les reitero una vez más –dijo–.. Aquellos buques servirán para la defensa de las posesiones y los territorios de Francia. A menos que los ingleses nos ataquen, no serán utilizados nunca contra Inglaterra. Aunque yo quisiera, no podría venderlos. Tal cosa violaría los términos del armisticio, y aun cuando no fuese así, los alemanes no lo permitirían jamás. Francia está a merced de Alemania y reducida a la impotencia. Si yo gozase de plena libertad, vendería gustoso aquellos quellos navíos, a condición de que se nos devolvieran después de la guerra. Repito que en las circunstancias actuales no tengo el derecho ni la posibilidad de venderlos”. El mariscal Pétain había formulado esta declaración con gran formalidad, pero sin mostrarse strarse sorprendido ni indignado ante la propuesta. Por lo demás, el presidente Roosevelt había ordenado a su encargado de Negocios que informase al mariscal Pétain que la oferta norteamericana norteamerica seguía firme tanto en lo referente a los dos acorazados como a otras unidades cualesquiera de la Marina francesa. Terreno poco firme (Entre tanto, el 24 de octubre Pétain se entrevistó con Hitler en en Montoire, cerca de Tours. Según Mr. Churchill, el fruto de la entrevista se redujo a “poco más que un intercambio vergonzoso de cumplidos”.) Pétain admitió el principio de colaboración, pero alegó que no podía definir los límites de la misma, al final de d la conferencia se procedió a redactar un atestado, según el cual, “de acuerdo con el Duce, el Führer expresaba su determinación de ver a Francia ocupar en la nueva Europa el sitio que le correspondía”. Las potencias del Eje y Francia tenían un interés común: común: ver derrotada a Inglaterra lo más pronto posible. Por consiguiente, el Gobierno francés apoyaría, en la medida de sus fuerzas, las disposiciones que las potencias del Eje adoptasen para la defensa común. Según las notas alemanas, Hitler quedó decepcionado. decepcionado. El propio Laval le había rogado que no ejerciese presión sobre Francia para que declarara la guerra a la Gran Bretaña hasta que la opinión pública francesa estuviese convenientemente preparada. Poco después, despué refiriéndose a Laval, dijo Hitler que era “un asqueroso politiquillo democrático”. Mejor impresión le produjo el mariscal Pétain. Se afirma, no obstante, que al volver a Vichy, el mariscal dijo: “Necesitaremos seis meses para estudiar este problema y otros seis meses para olvidarnos olvida de él.” Pero Francia rancia no ha olvidado hoy todavía aquella infamante transacción. 99 “Hay que enseñar los dientes” Las diferentes informaciones que recibimos acerca de Montoire no alteraron mi punto de vista general respecto a la postura que debíamos adoptar hacia Vichy. En el mes de noviembre expuse mi opinión a mis colegas en el siguiente memorando: “El Gobierno de Vichy está sometido a fuerte presión por parte de Alemania, y nada le sería más grato que ver frente a sí una Inglaterra amable, conciliadora y dispuesta a perdonar. “Esta actitud por parte de la Gran Bretaña permitiría al citado Gobierno obtener pequeños favores de los alemanes a nuestras expensas e ir ganando todo el tiempo posible hasta ver el giro que toma la guerra. Nosotros, por el contrario, no debemos vacilar, cuando lo exija nuestro interés, en colocar a Vichy en situaciones difíciles y aun desagradables, con objeto de que vea que también tenemos dientes, como Hitler. “Conviene recordar que los hombres de Vichy han cometido bajezas de una magnitud tal que les ha hecho acreedores al desprecio del mundo entero y que al actuar así lo han hecho sin contar en absoluto con el apoyo del pueblo francés. “Es evidente que Laval siente un odio feroz hacia Inglaterra y que, según él mismo ha dicho al parecer, desearía vernos “écrabouilés”, lo cual significa triturados hasta quedar reducidos a pasta. No cabe duda de que, si hubiese podido, habría jugado la baza de la inesperada resistencia británica frente a sus amos alemanes para vender a precio más elevado la ayuda francesa destinada a acabar con nosotros. “Darlan tiene el ánimo mortalmente envenenado a causa de los daños que infligimos a su Flota. Pétain ha sido siempre un derrotista antibritánico, y ahora no es más que un viejo chocho. Sería vano esperar nada bueno de tales hombres. No obstante, pueden verse obligados, por la marejada de la opinión francesa y por el rigorismo alemán, a variar de conducta a favor nuestro. “Evidentemente, debemos permanecer en contacto con ellos. Pero antes de suscitar las tendencias favorables apuntadas, hemos de tener la seguridad de que las gentes de Vichy están bien inmovilizadas entre las piedras de molino alemana y británica. De este modo es muy probable que se muestren más dúctiles durante el breve camino que aun les falta recorrer.” La caída de Laval Laval llegó a Vichy el 13 de diciembre para proponer a Pétain que fuese a París a fin de asistir al solemne traslado de los restos del hijo de Napoleón, el duque de Reichstadt (“el Aguilucho”), al Panteón de los Inválidos. A Pétain, sin embargo, no le seducía la idea de un desfile militar en el que el vencedor de Verdún habría de exhibirse en suelo francés, con una guardia de honor alemana, ante la tumba del emperador Napoleón. Además, estaba a la vez temeroso y cansado de los manejos y los designios de Laval. Por consiguiente, ciertos elementos allegados a Pétain organizaron la detención del ministro. Gracias a una enérgica intervención de los alemanes, este último fue puesto en libertad, pero el mariscal se negó a restablecerle en sus anteriores funciones. Laval se retiró, furioso, al París ocupado. Me alegré al saber que M. Flandin le reemplazaba como ministro de Asuntos Exteriores. Estos acontecimientos señalaban un profundo cambio en la actitud de Vichy. Parecía que al fin se había llegado a los límites de la colaboración. CAPITULO XXXIX La neutralidad española (El 17 de mayo de 1940, después de la ruptura del frente francés por los alemanes, Mr. Churchill ofreció a sir Samuel Hoare (actualmente lord Templewood) el puesto de embajador en Madrid. El ex primer ministro británico analiza aquí la situación y los problemas con que hubo de enfrentarse el nuevo representante diplomático.) A lo largo de toda la guerra, la política del general Franco se caracterizó por un absoluto utilitarismo y una perfecta sangre fría. Franco no pensaba más que en España y en los intereses españoles. Jamás se le ocurrió que debiera vincularse a Hitler y a Mussolini, como tampoco, por otra parte, guardó rencor alguno a Inglaterra por la hostilidad de nuestros Partidos de Izquierda. Sólo pensaba en ahorrar una nueva guerra a su desangrado pueblo. Bastante guerra habían tenido ya los españoles. Un millón de hombres había perecido. La pobreza, los precios elevados y otras dificultades de diverso orden estaban sobre la vida y la abrupta península. ¡No más guerra para España, no más guerra! Tales eran los sentimientos que animaban al Caudillo ante la espantosa convulsión en que se debatía el mundo. “España no corrió el cerrojo” Al Gobierno de Su Majestad le parecía de perlas aquella postura. Lo único que deseábamos era la neutralidad de España. Queríamos seguir comerciando con España. Queríamos que España cerrase sus puertos a los submarinos alemanes e italianos. Queríamos no sólo ver a Gibraltar libre de toda amenaza, sino poder disponer de los fondeaderos de Algeciras para nuestros buques, así como de la faja de tierra que une al Peñón con el Continente para ampliar nuestra base aérea. Nuestro acceso al Mediterráneo dependía en gran modo de estas facilidades. Nada era más fácil para los españoles que montar o permitir que otros montasen una docena de cañones de grueso calibre en las alturas situadas detrás de Algeciras. Tenían derecho a hacerlo cuando les pareciera; y dichos cañones, una vez montados, podían disparar en cualquier momento, inutilizando con ello nuestras bases naval y aérea. 100 El Peñón era capaz de resistir nuevamente un largo asedio, pero no por ello habría dejado de ser otra cosa que un peñón. España tenía en sus manos la llave de todas las empresas británicas en el Mediterráneo, y nunca, en las horas más sombrías, nos corrió el cerrojo. Tan grande era el peligro, que durante casi dos años mantuvimos constantemente en estado de alerta un cuerpo expedicionario de más de cinco mil hombres, con sus buques correspondientes, para apoderarnos, en caso necesario, de las Islas Canarias. La ocupación de aquel territorio insular nos permitiría conservar un control aéreo y naval sobre los submarinos enemigos, así como no perder el contacto con Australasia por la ruta del cabo de Buena Esperanza, suponiendo que los españoles nos impidiesen todo acceso a la bahía de Gibraltar. La clarividencia de Wellington El Gobierno de Franco tenía otro medio sencillísimo de asestarnos un golpe funesto. Podía permitir que las tropas de Hitler cruzasen la península para asediar y tomar Gibraltar, mientras sus propias fuerzas ocupaban todo Marruecos y el África del Norte francesa. Grande fue nuestra inquietud a este respecto después del armisticio con Francia, cuando el 27 de junio de 1940 los alemanes llegaron en masa a la frontera española y propusieron la celebración de solemnes desfiles militares en San Sebastián y en otras ciudades allende los Pirineos. No obstante, ya en abril de 1920 escribía el duque de Wellington: “No hay país en Europa en cuyos asuntos internos puedan mezclarse los extranjeros con menor fortuna que en los de España. No hay nación en la que se deteste y aun se desprecie más a los extranjeros, y cuyos usos y costumbres tengan tan poco de común con los de las restantes naciones de Europa”. Ciento veinte años más tarde., los españoles, con las carnes aún magulladas y abiertas por efecto de las heridas de la guerra civil, eran todavía menos sociables que antes. No querían ver desfilar ejércitos extranjeros por su país. Aquel pueblo arisco prefería que el extranjero permaneciese lejos de su suelo. Franco compartía plenamente estos sentimientos y, con suma habilidad, los compartía en realidades efectivas. Nosotros admirábamos tanto más su astucia cuanto que repercutía a favor nuestro. Escaramuzas iniciales Como todo el mundo, el Gobierno español quedó estupefacto ante el súbito hundimiento de Francia y ante la perspectiva del colapso o la destrucción de Inglaterra. Muchísima gente, en el Universo entero, se había hecho ya a la idea del “nuevo orden europeo”, del “Herrenvolk” y demás pamemas. En parte por prudencia, hizo constar que España tenía amplias reivindicaciones que presentar. En agosto la escena había cambiado. Era ya seguro que la Gran Bretaña seguiría luchando y muy probable que la guerra fuese larga. A raíz del desdeñoso además con que los ingleses rechazaron su “oferta de paz” del 19 de julio, Hitler empezó a buscar aliados. Pero también Franco, por idénticas razones, había cambiado de parecer. El 8 de agosto, el embajador alemán en Madrid informó a Berlín que el Caudillo mantenía su primitivo punto de vista; si bien tenía ciertas peticiones a formular. En primer lugar, deseaba garantías de que Gibraltar, el Marruecos francés y parte de Argelia, incluso Orán, serían atribuidos a España, y que se le concederían diversas expansiones territoriales en sus propias colonias africanas. Era necesaria asimismo una ayuda militar y económica adecuada, ya que España sólo disponía de trigo para ocho meses. Finalmente, Franco consideraba que la intervención española no debía producirse hasta después de realizado el desembarco alemán en Inglaterra, “con objeto de evitar una entrada demasiado prematura en la guerra, pues España no estaba en condiciones de soportar un conflicto armado de larga duración”. Al propio tiempo Franco escribió a Mussolini concretando las reivindicaciones españolas y pidiéndole su ayuda. Mussolini respondió el 25 de agosto instando al Caudillo a “no desligarse de la historia de Europa”. Hitler quedó desconcertado ante la magnitud de las pretensiones españolas, algunas de las cuales eran susceptibles de crearle nuevas complicaciones con Vichy. El intento de arrebatar Oran a Francia provocaría casi con toda seguridad el establecimiento de un Gobierno francés hostil en África del Norte. Hitler pesó el pro y el contra. El arte de pagar en calderilla Entretanto, los días pasaban. Durante el mes de septiembre se tuvo la impresión de que la Gran Bretaña resistía con ventaja la ofensiva aérea alemana. El envío de los cincuenta destructores norteamericanos causó honda sensación en toda Europa, y España supuso que los Estados Unidos iniciaban un movimiento claramente intervencionista. Franco, por lo tanto, continuó con su política de elevar y definir sus reivindicaciones y hacer constar que estas debían quedar satisfechas de antemano. Había que suministrar también material bélico a España, especialmente un cierto número de obuses de 15 pulgadas destinados a las baterías españolas situadas frente a Gibraltar. A todo esto, franco pagaba, a los alemanes en calderilla. Todos los periódicos españoles eran anglófobos. Se permitía a los agentes alemanes pavonearse a sus anchas por Madrid. Como el ministro español de Asuntos Exteriores, Beigbeder, resultara sospechoso de falta de entusiasmo hacia Alemania, Serrano Súñer, jefe de la Falange, realizó un viaje oficial a Berlín, con carácter de enviado especial, para eliminar recelos y reafirmar los lazos de camaradería entre ambos países. Hitler le dirigió una larga arenga en la que hizo especial hincapié sobre los prejuicios españoles contra los Estados Unidos. Insinuó que la guerra podía muy bien convertirse en una guerra de continentes, es decir, América contra Europa. Era preciso garantizar la seguridad de las islas situadas a lo largo de la costa accidental de África. Unas horas después, el mismo día Ribbentrop pidió la cesión a Alemania de una base militar en las Canarias. Aun siendo germanófilo y falangista, Serrano Súñer se negó a estudiar siquiera este punto; insistió repetidas veces, en cambio, sobre la necesidad que España tenía de armas modernas, víveres y petróleo, así como sobre la importancia de ver atendidas sus reclamaciones territoriales a expensas de Francia. Era preciso dar satisfacción a todo ello antes de que España pudiera realizar sus deseos de entrar en la guerra. Nuevos horizontes En tanto que los españoles se mostraban cada vez menos fogosos y más interesados, Hitler sentía por momentos mayores deseos de obtener ayuda. Apoyaba decididamente la idea de lanzar el apetecido ataque contra Gibraltar. Pero las exigencias españolas eran demasiado onerosas. Por otra parte, a fines de septiembre su ánimo se enfrascó en otras preocupaciones. El 27 de septiembre se firmó en Berlín el Pacto tripartito entre Alemania, Italia y Japón. Este hecho abría perspectivas más amplias. El Führer decidió entonces colocar en la balanza todo su prestigio personal. El 4 de octubre se entrevistó con Mussolini en el paso del Brennero. Habló de las exorbitantes reivindicaciones y los procedimientos dilatorios del Gobierno español. Temía que el dar satisfacción a España en sus peticiones tendría dos consecuencias inmediatas; la ocupación de las Canarias por los ingleses y la adhesión del África del Norte francesa al movimiento de De Gaulle. Esto, dijo, obligaría al Eje a extender considerablemente sus esferas de operaciones. Por otra parte, el Führer no excluía la posibilidad de tener a su lado a los ejércitos franceses en una campaña europea contra la Gran Bretaña. Mussolini se engolfó en detalles acerca de sus proyectos para la conquista de Egipto. Hitler le ofreció unidades especializadas para ponerlos en práctica. Pero el Duce objetó que no creía tener necesidad de ellas, por lo menos antes de la fase final de las operaciones. 101 En relación con el problema ruso, Hitler puntualizó: “Es preciso comprender que la desconfianza que me inspira Stalin es equivalente a la desconfianza que le inspiro yo a él”. De todos modos, Molotov tenía que ir poco después a Berlín y ya se las ingeniaría el Führer para orientar el dinamismo ruso hacia la India. Las nueve horas de Hendaya El 23 de Octubre, Hitler recorrió el largísimo trayecto que media entre Berlín y la frontera franco española para entrevistarse con el Caudillo en Hendaya. Allí, los españoles, en lugar de sentirse halagados por esta condescendencia, exigieron, según comunicó Hitler a Mussolini, “ventajas absolutamente desproporcionadas con sus fuerzas”. España pedía rectificaciones en la frontera de los Pirineos, la cesión de la Cataluña francesa (territorio francés unido históricamente en lejanos tiempos a España, pero situado de hecho al norte de los Pirineos), la incorporación de Argelia desde Orán hasta el cabo Blanco, y virtualmente la de todo Marruecos. Las conversaciones, efectuadas por medio de intérpretes, duraron nueve horas. El único resultado de ellas fue un comunicado muy vago y un acuerdo para la celebración de consultas militares. “Antes que soportar de nuevo una cosa así –dijo mas tarde Hitler a Mussolini en Florencia–, preferiría dejarme arrancar tres o cuatro dientes”. Sutilezas, ardides y halagos Franco, convencido ya de que la contienda sería larga y del horror que producía a los españoles la idea de una nueva guerra, y por otra parte en modo alguno seguro de una victoria alemana, recurrió a todas las artimañas imaginables en el terreno de la dilación exasperante y las peticiones desmesuradas. Era tal la confianza que en aquel tiempo le inspiraba Serrano Súñer, que el 18 de octubre le nombró ministro de Asuntos Exteriores, presentando el apartamiento de Beigbeder del escenario político como una prueba de su lealtad al Eje. En noviembre, Hitler llamó a Súñer a Berchtesgaden y le expresó su impaciencia por la tardanza de España en entrar en la guerra. A la sazón, las fuerzas aéreas alemanas habían. Perdido la batalla de Inglaterra. Italia tenía ya harto quehacer en Gracia y en el norte de África. Serrano Súñer no contestó como el Führer deseaba. Extendiese, por el contrario, en digresiones cobre las dificultades económicas de la Península. Tres semanas más tarde, el almirante germano Canaris, jefe del Servicio Secreto alemán, fue enviado a Madrid para establecer los detalles de la entrada de España en la guerra. Propuso que las tropas alemanas cruzasen la frontera española el 10 de enero con objeto de preparar el ataque contra Gibraltar para el día 30. Grande fue la sorpresa del almirante cuando Franco le dijo que España no podía entrar en la contienda en la indicada fecha. Aparentemente, el Caudillo temía que la Marina británica se apoderase de las islas del Atlántico y de las colonias españoles. Puso también de relieve la falta de víveres y la incapacidad en que el país se encontraba de sostener una guerra prolongada. Como el desembarco alemán en Inglaterra parecía haber quedado aplazado indefinidamente, Franco propuso una condición. En ningún caso cambiaría de actitud hasta que Suez estuviese en poder del Eje, pues hasta entonces no tendría la seguridad de que España no habría de verse envuelta en un conflicto interminable. El 6 de febrero de 1941, Hitler escribió a Franco una carta invitándole en términos enérgicos y apremiantes a colocarse sin más demora a la altura de las circunstancias. En su respuesta, Franco expresaba su lealtad inquebrantable e insistía en la conveniencia de proseguir con redoblado vigor los preparativos para el ataque contra Gibraltar. Como nueva exigencia, declaraba que en aquella empresa participarían exclusivamente fuerzas españolas equipadas con material alemán. Y aun cuando se tomaran todas estas disposiciones, España, por razones económicas, tampoco podría entrar en la guerra. En vista de ello, Ribbentrop aseguró al Führer que Franco no tenía la menor intención de hacer guerra. Hitler se escandalizó; pero preocupado ya como estaba con sus planes de invadir Rusia, quizá no le ilusionó la idea de intentar simultáneamente la otra empresa fallida de Napoleón; la invasión de España. A lo largo de los Pirineos tenían entonces concentrados los españoles importantes contingentes de fuerzas, y el Führer creyó más prudente seguir siendo fiel a su táctica habitual de engullir naciones; “Una por una”. Así, mediante un juego de sutilezas, ardides y halagos de todo género, Franco logró capear el temporal y mantener a su país al margen de la guerra, lo cual fue de utilidad inestimable para la Gran Bretaña cuando se hallaba completamente sola. CAPITULO XL El plan Wavell (Grecia fue invadida por Mussolini el 28 de octubre de 1940, y el general Metazas invocó la garantía que Inglaterra, por boca de Mr. Chamberlain, había dado al Gobierno de aquel país dieciocho meses antes. Mr Churchill respondió prometiendo dar “toda la ayuda que nos sea posible”.) Excepto unas cuantas escuadrillas de aviones, una misión militar británica y quizá algunas tropas en prenda de buena voluntad, no teníamos nada para dar: y aun estas bagatelas suponían una dolorosa reducción de las energías que necesitábamos concentrar en el ardiente escenario del desierto de Libia. No obstante, teníamos ante nosotros un problema estratégico de capital importancia: ¡CRETA! No debíamos permitir que los italianos se apoderasen de la isla. Era preciso que llegáramos nosotros primero, y sin perder tiempo. Atención al Mediterráneo oriental Afortunadamente, Mr. Eden se hallaba entonces en el Oriente medio, y, por lo tanto, yo tenía sobre el terreno a uno de mis colegas del Gabinete con quien ponerme de acuerdo. Eden estaba a punto de regresar a Inglaterra, después de su entrevista con el general Smuts en Khartum. Le dirigí el telegrama siguiente: Del primer ministro a Mr. Eden (en Khartum). “29-10-40. “Considero esencial para nosotros disponer del mejor aeródromo posible y de una base naval para el abastecimiento de combustible en la bahía de Suda. La defensa efectiva de Creta es un puntal de valor incalculable para la defensa de Egipto. Si abandonásemos Creta a los italianos, todas nuestras dificultades en el Mediterráneo se verían acrecentadas en grado sumo. Merece la pena correr los riesgos de semejante aventura, por cuanto el éxito de la misma equivale casi a una ofensiva victoriosa en Libia. Le ruego que, después de examinar el conjunto del problema con Wavell y Smuts, no vacile en proponer las medidas necesarias para realizar una operación en gran escala a expensas de otros sectores. Solicite toda la ayuda que crea conveniente pedirnos, incluso aviones y baterías antiaéreas. Estamos estudiando la forma de atender los requerimientos que usted nos formule. Considero indispensable su regreso a El Cairo.” Dos días más tarde, a instancias del Gobierno griego, nuestras fuerzas ocuparon la bahía de Suda, el mejor puerto de Creta. Secreto riguroso 102 En sus primeras conferencias y conversaciones con los generales Wavell y Wilson, Mr. Eden puso sobre el tapete la cuestión de lo que debería hacerse si no se producía la esperada ofensiva italiana. Se le reveló, dentro del mayor secreto, que el Mando británico tenía en estudio un plan para atacar a los italianos en el desierto de Libia sin aguardar a que éstos desencadenasen su ofensiva contra Marsa Matruk. Ni él ni Wavell me dieron cuenta del proyecto, ni lo comunicaron tampoco a los jefes de Estado Mayor. El general Wavell rogó al ministro de la Guerra que no enviase ningún telegrama relacionado con este asunto pues era preferible que nos pusiese al corriente de ello verbalmente cuando regresase a Inglaterra. Así, durante varias semanas ignoramos en absoluto sus intenciones. Desprendíase claramente de un mensaje enviado por mí el 26 de octubre que cualquier operación preventiva de gran alcance en el desierto líbico contaría con mi decidida aprobación. Sin embargo, hasta que Eden volvió todos estuvimos convencidos de que Wavell y Wilson seguían aferrados a la idea de una batalla defensiva en Marsa Matruk y que no pensaban hacer nada hasta que el enemigo atacase. En aquel período extraordinariamente crítico, lo único que al parecer tenían intención de hacer era enviar a Creta un batallón y a Grecia unas cuantas escuadrillas de aviones, así como realizar algunas ligeras operaciones de diversión en el Dodecaneso y una ofensiva, limitada pero oportuna, en el Sudán. Todo esto era harto insuficiente en comparación con los importantísimos contingentes que les habíamos proporcionado y cuyo envío había significado grandes riesgos, esfuerzos y gastos. Enigmas y circunloquios De este modo, en el citado período, nuestra correspondencia se basó, por ambas partes, en un malentendido. Wavell y el ministro creían que, obstinados en prestar a Grecia una ayuda a todas luces ineficaz, nosotros queríamos inducirles a dispersar las fuerzas que estaban concentrando con vistas a una ofensiva en el desierto líbico. Por nuestra parte, ajenos por completo a sus intenciones de pasar a la ofensiva, les censurábamos que estuviesen ociosos o que perdiesen el tiempo en naderías en aquella hora crucial. En realidad, como ahora se verá, estábamos todos de acuerdo sin saberlo. El 1 de noviembre, efectivamente, Mr. Eden telegrafió en lenguaje cifrado y en términos enigmáticos: “No podemos reducir los efectivos que tenemos en el Oriente Medio para enviar refuerzos aéreos o terrestres capaces de ejercer una influencia decisiva en el curso de la lucha que se desarrolla en Grecia. Enviar desde aquí tales fuerzas o modificar el rumbo de los refuerzos que se hallan actualmente en camino o dispuestos a partir, equivaldría a poner en peligro toda nuestra situación en el Oriente Medio y a comprometer determinados planes de operaciones ofensivas en más de un sector que están ahora en estudio. Tras vencer incontables dificultades y a costa de graves riesgos, hemos conseguido, por lo que se refiere a nuestras fuerzas terrestres, establecer aquí un sistema defensivo adecuado dentro de lo posible. En breve estaremos en situación de emprender algunas operaciones ofensivas que, en caso de éxito, pueden tener una amplia repercusión en todo el curso de la guerra. “Cometeríamos evidentemente un error estratégico si dejásemos de prestar plena atención a esta tarea, y sería imprudente fragmentar nuestras fuerzas para utilizarlas en un escenario de operaciones en el cual su actuación no puede ejercer influencia decisiva alguna… El mejor medio que tenemos para ayudar a Grecia consiste en asestar un fuerte golpe a Italia, y esto sólo podemos hacerlo con eficacia desde los sectores en que contamos con mayor fuerza. Deseo vivamente exponer a usted lo antes posible y con todo detalle las disposiciones adoptadas y los planes elaborados aquí, y me propongo… salir el día 3 para Inglaterra por vía mas corta.” La operación “Brújula” Dimos nuestra conformidad, y el ministro de la Guerra emprendió su viaje de regreso. Llegó a Inglaterra el 8 de noviembre aquella misma noche, después de empezar el acostumbrado ataque aéreo enemigo, vino a verme a mi alojamiento subterráneo provisional de Piccadilly. Era portador del secreto tan celosamente guardado y que yo hubiese querido conocer antes. Afortunadamente en Londres no habíamos tomado ninguna decisión irreparable. Ante un auditorio escogido, del cual formaban parte el jefe del Estado Mayor Imperial y el general Ismay, Mr. Eden reveló con todo detalle el proyecto de ofensiva que los generales Wavell y Wilson habían concebido y preparado. No debíamos esperar ya, parapetados en nuestra líneas fortificadas de Marsa Matruk, el ataque italiano; renunciábamos con ello a la batalla defensiva para la cual habíamos realizado tan concienzudos preparativos. Por el contrario, al cabo de un mes aproximadamente, habíamos de pasar nosotros a la ofensiva. La operación recibiría el nombre de “Brújula”. El ejército italiano del mariscal Graziani, formado a la sazón por más de 80.000 hombres, había cruzado la frontera egipcia y se extendía a lo largo de un frente de unos ochenta kilómetros; estaba distribuido en una serie de campamentos fortificados que separados entre sí por grandes distancias, no podían prestarse mutuo apoyo. El sistema, por lo demás, carecía de profundidad. Entre el flanco derecho enemigo en Sofafi y el campamento más próximo, el de Nibeiwaz, había una brecha de unos 35 kilómetros. Nuestro plan consistía en realizar un avance súbito por aquel boquete y, efectuando una flexión hacia el mar, atacar desde el Oeste, es decir, por la retaguardia, el campamento de Nibeiwa y a continuación el grupo de campamentos de Tummar. Entretanto, nuestras unidades ligeras contendrían a las fuerzas de los campamentos de Sofafi y Meitkila, situados en la costa. Utilizaríamos para ello la Séptima División blindada, la Cuarta División india, ya completa y la 16ª Brigada de Infantería británica, junto con un contingente mixto tomado de la guarnición de Marsa Matruk. Este plan entrañaba serios peligros, pero ofrecía al mismo tiempo la posibilidad de un triunfo rutilante. El peligro consistía en lanzar a nuestras mejores tropas contra el corazón de las posiciones enemigas mediante un avance de ciento diez kilómetros en dos noches sucesivas y en pleno desierto; esto aparte del riesgo que corrían de ser localizadas y atacadas desde el aire durante la jornada solar intermedia. Además, era necesario calcular exactamente los víveres y el petróleo indispensables. Y finalmente si fallaba el horario previsto, las consecuencias serían muy graves. 103 No obstante, el premio era de tal importancia que bien valía la pena correr el albur. La llegada de nuestras vanguardias al mar m en Bug-Bug o en sus alrededores cortaría las comunicaciones de las tres cuartas partes del ejército del mariscal Graziani. Atacadas por sorpresa y desde la retaguardia, estas fuerzas podían verse obligadas, ante el vigoroso empuje de nuestras tropas, a rendirse en masa. En tal ta caso, el frente italiano quedaría irremisiblemente roto. Con sus mejores unidades prisioneras o destruidas, Graziani no contaría con elementos capaces de resistir una nuevas embestidas ni podría efectuar largo retirada organizada hacia Trípoli, a lo de los centenares de kilómetros de carretera costera. Política de callar y obrar Tal era, pues, el precioso secreto del cual habían deliberado los generales con el ministro, de la Guerra y que no habían querido confiar al telégrafo. Todos estábamos exultantes. Yo ronroneaba como digno seis gatos a la vez. ¡Teníamos un plan, de ser puesto en práctica! Allí mismo decidimos –a reserva, naturalmente, de que luego diesen su conformidad los jefes de Estado Mayor y el Gabinete de Guerra– no sólo aprobar aquel magnífico proyecto y prestarle todo el apoyo posible, sino concederle atención preferente en nuestras ideas, así como prioridad absoluta en el acceso a nuestros escasos recursos, dejando incluso al margen otras acuciantes necesidades. Oportunamente fueron sometidas al Gabinete de Guerra las propuestas correspondientes. Yo estaba dispuesto a exponer los hechos o a hacer que los expusiese Mr. Eden. Pero cuando mis colegas supieron que los generales responsables sobre el terreno y los Jefes de Estado Mayor estaban por p completo de acuerdo conmigo y con el ministro de la Guerra, renunciaron a conocer los detalles del plan, pues cuantas menos personas los conocieran, conocier tanto mejor. Por consiguiente, aprobaron sin discusión las disposiciones de orden general relacionadas con con la ofensiva. Esta fue la actitud que el Gabinete de Guerra adoptó en diversas circunstancias de gran trascendencia, y la menciono aquí para que pueda servir de ejemplo si al correr de los tiempos surgen peligros y dificultades similares. Un golpe afortunado La Flota italiana no había reaccionado en lo más mínimo ante nuestra ocupación de Creta pero el almirante Cunningham hacia ya tiempo que deseaba utilizar sus fuerzas aeronavales, aumentadas ya ala sazón, para lanzar un violento ataque contra la gran base de Tarento, en la que estaban concentradas las principales unidades enemigas. La acción se produjo el 11 de noviembre, y constituyó la culminación de una serie de operaciones bien concertadas, en el curso de las cuales logramos desembarcar tropas en Malta y enviar con éxito a Alejandría nuevos refuerzos navales, entre ellos el acorazado “Barham”, dos cruceros y tres destructores. Tarmeñito esta situado en el tacón de la bota italiana, a más de quinientos kilómetros de Malta. Su magnífica rada estaba dotada d de poderosas defensas contra todas las formas modernas de ataque. La llegada de algunos aparatos de reconocimiento nos permitió localizar claramente nuestra presa. El proyecto británico consistía en lanzar desde el “Illustrious” dos oleadas de aviones aviones contra Tarento de doce aparatos la primera y de nueve la segunda, once de los cuales llevarían torpedos y el resto bombas o cohetes luminosos. Poco después de obscurecido, los aviones despegaron del “Illustrious” desde un punto situado a unos 270 kilómetros kilómet de la base enemiga. La batalla rugió por espacio de una hora, sembrando el fuego y la destrucción entre los buques italianos. A pesar de la violenta reacción de las baterías antiaéreas, no fueron derribados más que dos de nuestros aviones. Los demás volvieron volvieron indemnes al “Illustrious”. Aquella incursión modificó por sí sola, en forma decisiva, el equilibrio naval en el Mediterráneo. Las fotografías aéreas revelaron rev que los torpedos habían alcanzado a tres acorazados. Uno de ellos el “Vittorio”, de reciente reciente construcción; supimos también que había sido resultado alcanzado un crucero y que los astilleros habían sufrido graves daños. La mitad de la Flota de guerra italiana quedó fuera de combate durante seis meses por lo menos, y nuestra Aviación pudo congratularse congratularse de haber logrado, al llevar a cabo su magnífica hazaña, aprovechar una de las raras oportunidades que se le ofrecían. Confiere un matiz de dramática ironía al acontecimiento el hecho de que aquel mismo día la Aviación italiana, por expreso deseo des de Mussolini, había tomado parte en la ofensiva aérea contra la Gran Bretaña. Una escuadrilla de bombarderos, escoltados por unos uno sesenta cazas, trató de atacar los convoyes aliados en el Medway. Fueron interceptados por nuestros cazas y resultaron derribados derribado ocho aparatos de bombardeo y cinco aviones de caza. Esta fue la primera y la última intervención de las fuerzas aéreas italianas en nuestros asuntos a internos. Más les hubiese valido dedicarse a defender su Escuadra surta en Tarento. Pero en Creta, todo a medias Lastimosa en verdad es la crónica de lo sucedido en la bahía de Suda. La tragedia no sobrevino hasta 1941. Creo que yo ejercía ejercí en control tan directo sobre la dirección de los problemas militares como podía ejercerlo en aquella época el jefe de cualquier cualquier nación. Mis conocimientos, la fidelidad y el apoyo activo del Gabinete de Guerra, la lealtad de todos mis colegas, la eficacia cada vez mayor de nuestra máquina má bélica, todo permitía obtener una intensa concentración de la autoridad constitucional. constitucional. Y, no obstante, ¡cuan por debajo de lo que todos habíamos deseado quedaron las medidas tomadas por el Mando del oriente Medio! A fin de apreciar la limitación de los actos humanos, conviene no perder de vista cuántas cosas ocurrían al mismo tiempo en diferentes d órdenes y escenarios de la contienda. Pero sigo sin comprender por qué no pudimos transformar la bahía de Suda en una ciudadela ciudade anfibia cuya fortaleza habría sido toda la isla de Creta. Todo fue debidamente estudiado, todo quedó perfectamente convenido, conve y mucho se llevó a cabo; pero, en la práctica, todo se hizo a medias. ¡Poco tardaríamos en pagar caras nuestras negligencias! 104 CAPITULO XLI La primera “batalla del dólar” Por encima del fragor de las armas perfilábase ante nosotros un acontecimiento de trascendencia mundial, pero de distinto orden. Las elecciones presidenciales norteamericanas habían de celebrarse el 5 de noviembre de 1940, a pesar de la tenacidad y el vigor con que se libran estas contiendas cuadrienales y de las profundas profundas divergencias que en aquella época separaban a los dos grandes partidos en materia de política interior, los jefes responsables, tanto republicanos como demócratas, se inclinaban ante los intereses supremos de nuestra n Causa Común. El 2 de noviembre, en su discurso de Cleveland, Mr. Roosevelt dijo: “Nuestro objetivo consiste en prestar toda la ayuda material posible a las naciones que siguen resistiendo a la agresión allende los océanos Atlántico y Pacífico”. Su contrincante, Mr. Wendell W Willkie, declaró el mismo día en Madison Square Garden: “Todos sin excepción –republicanos, republicanos, demócratas e independientes– independientes somos partidarios de ayudar al heroico pueblo británico. Hemos de poner a su disposición los productos de nuestra industria”. La reelección decisiva Este patriotismo de altura era una garantía de seguridad para la Unión norteamericana y para nuestra existencia. No obstante, yo aguardaba el resultado de la votación con profunda inquietud. No era factible que un recién llegado al Poder tuviese o adquiriese adquirie rápidamente la maestría y la experiencia de Franklin Roosevelt. Nadie era capaz de igualarle en dotes de mando. Yo había cultivado con sumo cuidado mis relaciones personales con él; y hasta tal punto habían alcanzado estas relaciones un grado de confianza confianza y amistad, que desempeñaban ya un papel preponderante en todas mis ideas. No me resultaba nada grata la perspectiva de poner término a aquella camaradería lentamente elaborada y romper la continuidad del examen conjunto de nuestros problemas, para empezar empezar desde el principio con un estadista de espíritu y temperamento diferentes. Desde los días de Dunkerque no me había sentido sometido a una tensión semejante. Experimenté pues, una indescriptible sensación de alivio cuando me enteré de la reelección del presidente Roosevelt. Ex personaje naval al presidente Roosevelt, “6-11-40 “No creí conveniente, siendo extranjero, opinar en sentido alguno acerca de la política norteamericana durante el período electoral; ele pero a buen seguro no tomará usted a mal que le diga que oré por su triunfo y que doy gracias al Cielo por haber escuchado mis ruegos. No pretendo ni deseo con ello otra cosa que ver cómo ejerce usted plena, leal y libremente su influencia sobre los problemas que hoy tiene tien planteados el mundo y a cuyaa solución han de contribuir nuestras dos naciones, cada una en la medida de sus posibilidades. “Nos hallamos en el umbral de una fase sombría de esta guerra que evidentemente habrá de ser larga y susceptible de extenderse. extenders Espero, por lo tanto, poder permanecer anecer en contacto con usted para continuar el intercambio de nuestros puntos de vista en el clima de absoluta confianza y buena voluntad que se ha ido estableciendo entre nosotros desde que volví al Almirantazgo al producirse la ruptura de hostilidades. hosti Están en marcha acontecimientos que la mente humana no olvidará mientras queden individuos de habla inglesa en cualquier parte del mundo, y al expresar a usted la satisfacción que siento por el hecho de que el pueblo de los Estados Unidos haya depositado una un vez mas sobre sus hombros la carga de tan grandes responsabilidades, me permito hacerle partícipe de mi convicción sin límites de que los faros que iluminan la ruta de nuestras naves nos guiarán a todos a puerto seguro.” Consignaré como detalle curioso, que no recibí respuesta a este telegrama. Probablemente quedó sepultado bajo la masa ingente de mensajes de felicitación que otros quehaceres más urgentes condenaron al olvido. Eterna pesadilla: pagar Hasta entonces habíamos hecho nuestros pedidos de material de guerra a los Estados Unidos sin la intervención de los organismos correspondientes del Ejército, la Marina y la Aviación norteamericanos, aunque siempre previa consulta con ellos. El volumen cada vez mayor de nuestras necesidades de diversa índole ole había originado una cierta confusión en cuanto a las respectivas atribuciones de aquellos organismos, que podía provocar fricciones en los estratos inferiores, pese a la buena voluntad general. “Solo una política gubernamental uniforme y coordinada en materia de suministros para todo lo relacionado con la defensa –escribe escribe Mister Stettinius– Stettinius era capaz de llevar a cabo a inmensa tarea a realizar”. Esto significaba que el propio Gobierno de Washington formularía todos los pedidos de armamento a las fábricass norteamericanas. Tres días después de su reelección, el Presidente hizo pública una “norma general” para el reparto de la producción de material bélico de los Estados Unidos; al rebasar la fabricación de armas la línea de producción establecida, debían aquellas a ser distribuidas aproximadamente por igual entre las fuerzas norteamericanas por una parte y las fuerzas británicas y canadienses por otra. Aquel mismo día la Comisión de Asignaciones aprobó una solicitud británica relativa a un pedido suplementario suplementari de 12.000 aviones a los Estados Unidos, además de los 11.000 que ya habíamos encargado. Pero, ¿Cómo pagaríamos todas aquellas compras? Fin de la ley de Neutralidad A mediados de noviembre llegó lord Lothian en avión procedente de Washington y estuvo un par de días conmigo en Ditchley. Me habían aconsejado que no tomase por costumbre pasar los fines de semana en Chequers, particularmente en las fases de luna llena, pues podía darse el caso de que el enemigo quisiera dedicarme una atención preferente en sus s ataques aéreos. Míster Ronald Tree y su esposa me dispensaban de vez en cuando 105 cordial acogida en su espléndida residencia próxima a Oxford. Ditchley está a unos siete u ocho kilómetros de Blenheim. En aquellos encantadores parajes recibí al embajador. Lothian me pareció un hombre distinto del que yo conocía. Durante los largos años que había tenido contacto con él, me había producido la impresión del aristócrata intelectual que considera con olímpica indiferencia los problemas vulgares. Vivaz, disciplente, pagado de si mismo, animado de un gran espíritu critico pero envuelto todo ello en un aire ligero y festivo. Ahora, bajo el peso de las emociones nos atenazaban a todos, me encontré con un hombre grave, profundamente consciente de la responsabilidad común. Estaba absolutamente familiarizado con todos los aspectos y todos los matices de la actitud norteamericana. Habíase granjeado la confianza y el efecto de los altos funcionarios de Washington por su inteligente tacto en el curso de las negociaciones relativas a la cesión de destructores a cambio de bases británicas. Había entablado sincera amistad personal con el Presidente y sabia mucho acerca de las verdaderas intenciones de éste frente a la hora difícil en que se hallaba el mundo. Lothian estaba a la sazón seriamente preocupado por el problema de los dólares; arduo problema, en verdad. Antes de la guerra, los Estados Unidos se regían por la ley de Neutralidad, en virtud de la cual el presidente Roosevelt se vio obligado, el 3 de septiembre de 1939, a decretar el embargo de todos los enviaos de armas a las naciones beligerantes sin distinción. Diez días más tarde convocó al Congreso en sesión especial para que estudiara una fórmula de levantamiento de aquella prohibición que, bajo una apariencia de imparcialidad, privaba virtualmente a Gran Bretaña y Francia de todas las ventajas de su dominio en los mares para el transporte de municiones y pertrechos. Hasta fines de noviembre de 1939, tras muchas semanas de discusiones y agitación, no fue derogada la ley de Neutralidad y substituida por el nuevo principio de “Cash and Carry” (Pago al contado y transporte por cuenta del comprador). Esta fórmula permitía mantener la apariencia de una estricta neutralidad por parte de los Estados Unidos, puesto que Norteamérica quedaba en libertad para vender armas tanto a Alemania como a los aliados. En la práctica, sin embargo nuestro dominio de los mares esterilizaba todo intento de tráfico alemán, mientras que la Gran Bretaña y Francia podían tranquilamente transportar (“carry”) el material adquirido siempre que estuviese incondiciones de pagar al contado (“cash”). Tres días después de la aprobación de la nueva ley, nuestra Comisión de Compras, presidida por Mr. Arthur Purvis, hombre inteligente y hábil, puso manos a la obra. Cuando se le ve el fondo al arca… La Gran Bretaña entró en la guerra con unos 4.500 millones de dólares, bien fuese en moneda norteamericana, en oro o en forma de inversiones en los Estados Unidos susceptibles de ser convertidas en dólares. El único medio de dar mayor volumen a estos recursos consistía en aumentar la producción de oro en el Imperio británico, principalmente, como es natural, en África del Sur, así como en realizar vigorosos esfuerzos para exportar mercancías a los Estados Unidos, en especial artículos de lujo, tales como “güisqui”, manufacturas de lana y cerámica fina. De este modo obtuvimos otros 2.000 millones de dólares en el curso de los dieciséis meses de la contienda. Durante el período de la “guerra crepuscular” nos debatimos entre el vehemente deseo de pedir armas a Norteamérica y los negros temores que son de suponer a medida que decrecían nuestras reservas de dólares. Día tras días, en la época de Mr. Chamberlain, el canciller de la Tesorería, sir John Simon, nos daba cuenta del estado cada vez más lamentable de nuestras reservas de dólares y hacía hincapié en la necesidad de no llegar a su agotamiento. Nos vimos obligados a convenir en que debíamos limitar rigurosamente la cuantía de nuestras compras a los Estados Unidos. Obrábamos, según Mr. Purvis dijo en cierta ocasión a Stettinius, “como si nos hallásemos en una isla desierta con víveres muy escasos que era preciso hacer durar el mayor tiempo posible”. Tuvimos que efectuar complicadas combinaciones para aprovechar hasta el máximo nuestro dinero. En tiempo de paz importábamos libremente y pagábamos en la forma que queríamos. Al estallar la guerra hubimos de crear un mecanismo destinado a movilizar el oro, los dólares y los capitales privados, a impedir que los recalcitrantes enviaran sus fondos a otros países en los que creían que la situación era más estable, y a cortar de raíz las importaciones innecesarias y otros gastos superfluos. Después de adoptar las medidas tendentes a evitar la dilapidación de nuestro dinero, teníamos que asegurarnos de que otras naciones continuarían aceptándolo. Los países del área de la libra esterlina se pusieron a nuestro lado y siguieron la misma política de control de cambios. Con otros países concertamos acuerdos en virtud de los cuales nosotros les pagaríamos en libras, moneda que podrían utilizar en cualquier punto del área de la esterlina, y ellos se comprometían a no hacer uso de sus reservas de libras, mientras no tuviesen necesidad de ello y a efectuar las operaciones a los tipos oficiales de cambio. Firmamos tales convenios primero con Argentina y Suecia, pero luego hicimos lo propio con otras naciones del Continente y de la América del Sur. Dimos cima a la conclusión de todos estos acuerdos después de la primavera de 1940, y fue para nosotros motivo de gran satisfacción lograrlos y mantenerlos vigentes a través de dificultades sin cuento. Así pudimos comerciar a base de libras esterlinas con vasta zonas del mundo y conservar la mayor parte de nuestro oro y de nuestros precioso dólares para destinarlos a nuestras compras vitales en los Estados Unidos. Economía de urgencia Cuando en mayo de 1940, la guerra se transformó súbitamente en una espantosa realidad, nos dimos cuenta de que se había iniciado una nueva era en las relaciones anglo norteamericanas. A partir del momento en que yo formé Gobierno y Sir Kingsley Word asumió el puesto de canciller de la Tesorería, nos atuvimos a un plan de líneas mucho más simples, a saber: Formular todos los pedidos que nos fuese posible y depositar los problemas financieros futuros en el regazo de los dioses inmortales. En medio de aquella lucha a vida o muerte en la que muy pronto nos quedamos solos, bajo un bombardeo incesante y con la amenaza de invasión cerniéndose sobre nosotros, hubiese constituido una política de falsa economía y de prudencia mal entendida la de preocuparnos demasiado por lo que ocurriría cuando se nos agotasen los dólares. Conocíamos perfectamente los profundos cambios que se estaban operando en la opinión norteamericana y sabíamos asimismo que, no sólo en Washington sino en todo el ámbito de la Unión, arraigaba cada vez más la convicción de que su destino estaba ligado al nuestro. Además, en aquella época se produjo en Norteamérica un creciente movimiento de simpatía hacia la Gran Bretaña. Directamente desde Washington y también a través de Canadá recibíamos cordiales indicaciones que alentaban nuestro espíritu combativo y señalaban que de un modo u otro se encontraría la solución oportuna para todo. La causa de los aliados tuvo en Mr. Morgenthau secretario norteamericano del Tesoro, un campeón infatigable. La transferencia a nuestro favor, realizada en junio, de los contratos franceses de producción, había doblado casi nuestra capacidad de adquisición en los Estados Unidos. Aparte de esto, encargamos aviones, tanques y buques mercantes a distintos países y fomentamos la creación de grandes fábricas nuevas de armamento en los Estados Unidos y en Canadá. Afanosa búsqueda de fórmulas Hasta noviembre de 1940 habíamos pagado todo cuanto habíamos recibido. Después de vender 335 millones de dólares en acciones norteamericanas –requisadas y reembolsadas en libras esterlinas a sus tenedores residentes en Inglaterra– y después de satisfacer más de 4.500 millones de dólares en efectivo, nos quedaban ya solamente 2.000 millones, la mayor parte de ellos en forma de inversiones, muchas de las cuales no eran fácilmente convertibles. Era evidente que no podíamos seguir así de ningún modo. Aun cuando nos desposeyésemos de todo el oro que teníamos y de todos nuestros bienes en el extranjero, no podíamos pagar ni la mitad de lo que habíamos pedido, y el cariz que 106 tomaba la guerra nos obligaba a formular un volumen de pedidos diez veces mayor. Teníamos que conservar algunas disponibilidades para atender a nuestras necesidades normales. Lothian estaba convencido de que el Presidente y sus consejeros buscaban afanosamente el medio más adecuado para ayudarnos. Disipados los temores relativos a la elección, había llegado la hora de actuar en firme. En Washington se celebraban laboriosas negociaciones financieras entre el representante de la Tesorería británica, Sir Frederich Phillips, y Mr. Morgenthau. El embajador me instó a dirigir al Presidente una exposición completa del estado de nuestros problemas. En consecuencia, aquel domingo, en Ditchley, pergeñé, de acuerdo con él, una carta personal. El 16 de noviembre telegrafié al Presidente: “Estoy escribiendo a usted una carta muy extensa acerca de las perspectivas para 1941. Lord Lothian se la entregará dentro de breves días”. Como el documento hubo de ser examinado detenidamente primero por los jefes de Estado Mayor y luego por la Tesorería, y después aprobado por el Gabinete de Guerra, no estuvo dispuesto para darle curso antes del regreso de Lothian a Washington. El día 26 de noviembre telegrafié al embajador: “Sigo luchando con mi carta al Presidente, pero confío cablegrafiársela a usted dentro de pocos días”. En su versión definitiva, la carta llevó fecha de 8 de diciembre y se cursó sin nuevas dilaciones al Presidente. Teniendo en cuenta que en ella exponía yo el punto de vista común de todos los elementos dirigentes británicos acerca del conjunto de la situación, y dado asimismo el importante papel que desempeñó en nuestra suerte, merece que le concedamos una atención especial. CAPITULO XLII Llamamiento a Roosevelt (Se transcribe a continuación los fragmentos más importantes de la carta que Mr. Churchill escribió al presidente Roosevelt en diciembre de 1940, y cuyo texto completo tiene alrededor de cuatro mil palabras. Tal como el autor puso de relieve en el artículo anterior, la carta en cuestión, escrita para tratar del problema de los dólares, desborda ampliamente el tema financiero y se ocupa de toda la situación bélica tal como Mr. Churchill la veía entonces.) “Mi querido señor Presidente: Próximo ya el fin del año actual, supongo deseará usted que le exponga el panorama que ante nosotros se ofrece para 1941. Lo hago con plena franqueza y animado de una gran confianza, porque a mi entender la inmensa mayoría de los ciudadanos norteamericanos ha puesto claramente de manifiesto su convicción de que la seguridad de los Estados Unidos, el futuro de nuestras dos democracias y la civilización que les es grata dependen de la supervivencia y la independencia de la Comunidad Británica de Naciones… Necesidad primordial El cariz que ha tomado esta guerra, y que al parecer seguirá teniendo, no nos permite hacer frente a los inmensos ejércitos alemanes en ninguno de los escenarios en que el enemigo sea capaz de desplegar el grueso de sus fuerzas. No obstante, gracias a nuestro poderío naval y aéreo, estamos en condiciones de enfrentarnos con los ejércitos alemanes en las regiones en que sólo puedan entrar en acción contingentes relativamente reducidos. Hemos de hacer cuanto sea necesario para evitar que la dominación alemana que pesa sobre Europa se extienda a África y al Asia meridional. Debemos mantener asimismo en estado permanente de alerta en nuestra isla unos ejércitos lo suficientemente fuertes para hacer insoluble el problema de la invasión que los alemanes tiene planeado. A tal efecto, estamos constituyendo con toda la rapidez que nos es posible, como usted ya sabe, entre cincuenta y sesenta divisiones. Aun cuando los Estados Unidos se convirtiesen en aliados nuestros en vez de ser simplemente, como ahora lo son, nuestros amigos e indispensables asociados, no solicitaríamos el envío de un gran ejército expedicionario norteamericano. El factor determinante de nuestra limitación no es el potencial humano, sino el tonelaje de buques mercantes; y es para nosotros mucho más importante poder transportar material de guerra y provisiones que garantizar el desplazamiento de considerables efectivos por vía marítima… Peligro de caer antes de alcanzar la meta El peligro de que la Gran Bretaña sea destruida por un ataque súbito e irresistible ha cedido de momento en forma muy notable… En 1941 la decisión estará en los mares. Si no podemos demostrar que somos capaces de abastecer esta isla, de importar el material de toda índole que necesitamos, si no logramos trasladar nuestros ejércitos a los diversos escenarios en que debemos hacer frente a Hitler y a su aliado Mussolini y no nos hallamos en condiciones de hacer todo esto con la certeza de poder perseverar en nuestra acción hasta quebrantar los bríos de los dictadores continentales, nos exponemos a caer antes de llegar a la meta, en cuyo caso los Estados Unidos no dispondrán del tiempo que necesitan para completar sus preparativos de defensa. `Por lo tanto, en 1941 el tonelaje mercante y la capacidad de transporte marítimo, especialmente a través del Atlántico, constituirán el problema básico de la guerra… Nuestras pérdidas de buques mercantes alcanzan ya un nivel casi comparable al que se registró en el peor año de la última guerra. Durante las cinco semanas que terminaron el 3 de noviembre, las citadas pérdidas se elevaron a un total de 420.300 toneladas. Calculamos en 43 millones 107 de toneladas el volumen anual que deberíamos importar para mantener el ritmo conveniente de nuestro esfuerzo; la proporción de tonelaje que importamos en septiembre y en octubre fue tan solo de 37 y 38 millones de toneladas anuales respectivamente. Si tal disminución continuase a un ritmo parecido sería funesta para nosotros. A pesar de que estamos haciendo cuanto podemos para hacer frente a esta situación con métodos nuevos, la dificultad de limitar las pérdidas es evidentemente mucho mayor que en la última guerra. Nos falta el apoyo de las Marinas francesa, italiana y japonesa, y sobre todo el de la Marina norteamericana que fue de importancia vital para nosotros en los años culminantes. El enemigo tiene en sus manos todos los puertos de las costas septentrional y occidental de Francia. Acondiciona sin cesar nuevas bases para sus submarinos, sus hidroaviones y sus aparatos de caza en dichos puertos y en las islas situadas a lo largo de la costa francesa. No podemos utilizar los puertos ni el territorio del Eire para organizar desde allí nuestras patrullas costeras aéreas y navales. En realidad, hoy disponemos tan sólo de una vía de acceso a las Islas Británicas; la zona septentrional, a la cual el enemigo dedica una atención creciente, realizando incursiones cada vez más profundas con sus submarinos y sus bombarderos de gran radio de acción. Por añadidura desde hace varios meses hay buques mercantes armados en corso en el Océano Atlántico y en el Océano Indico. Y ahora hemos de hacer frente también a las correrías de navíos de guerra fuertemente artillados. Necesitamos barcos tanto para las operaciones de caza como para las funciones de escolta. Pese a la importancia de nuestros recursos y nuestros preparativos, los medios de que disponemos siguen siendo insuficientes… Francia y Japón, motivos de inquietud Hay otro peligro en embrión; es posible que el Gobierno de Vichy, bien sea adhiriéndose al “nuevo orden” hitleriano en Europa o mediante alguna maniobra, por ejemplo obligándonos a atacar una expedición dirigida por la vía marítima contra las colonias incorporadas al movimiento de Francia libre, encuentre un pretexto para alinear al lado de las Potencias del Eje las muy considerables fuerzas navales indemnes que están aún bajo su control. Si la Armada francesa se uniera al Eje, el África occidental pasaría inmediatamente a manos del enemigo, lo cual tendría consecuencias gravísimas para nuestras comunicaciones entre el Atlántico septentrional y el Atlántico meridional, al propio tiempo que afectaría a Dakar y, naturalmente, a la América del Sur. Constituye una tercera zona de peligro el Extremo Oriente. Parece evidente que el Japón se dispone a avanzar hacia el Sur a través de Indochina para alcanzar Raigón y otras bases navales y aéreas, situando, con ello sus fuerzas a una distancia relativamente corta de Singapur y de las Indias Orientales holandesas. Se afirma que los japoneses están organizando cinco divisiones de tropas seleccionadas para utilizarlas en un momento dado como cuerpo expedicionario en ultramar. En la actualidad nosotros carecemos en el Extremo Oriente de fuerzas capaces de afrontar una situación semejante en caso de que se produjera. Ante estos peligros, hemos de procurar en 1941 hacer acopio de las armas necesarias, aviones especialmente –aumentando por una parte la producción nacional a despecho de los bombardeos, y por otra parte con los envíos que recibamos de ultramar–, para establecer los cimientos de la victoria. Dada la dificultad y la magnitud de esta tarea, según se desprende de los hechos que acabo de enumerar y a los que podría añadir otros muchos, creo que tengo el derecho y aun la obligación de exponer a usted las diversas formas en que los Estados Unidos podrían aportar una ayuda inestimable y decisiva a lo que en ciertos aspectos es la causa común. Soluciones Lo primero que se necesita es frenar, o, por lo menos, limitar las pérdidas de tonelaje en los accesos a nuestra isla por la parte del Atlántico. Esto se puede lograr reforzando las unidades navales que hacen frente a los ataques enemigos y al propio tiempo aumentando el número de buques mercantes, de los cuales depende nuestro abastecimiento. Por lo que al primer punto se refiere, cabría elegir, a mí entender, entre las soluciones siguientes: 1. Ratificación por los Estados Unidos de la doctrina que establece la libertad de los mares y que condena los métodos bárbaros e ilegales en materia de guerra naval, de acuerdo con las decisiones tomadas después de la última Gran Guerra y que Alemania aceptó libre y explícitamente en 1935. Por lo tanto, los buques norteamericanos tendrían derecho a comerciar con los países que no se hallan sometidos a un bloque efectivo y legal. 2. Como consecuencia de ello, creo yo, este comercio lícito debería ser colocado bajo la protección de las fuerzas norteamericanas, es decir, acorazados, cruceros, flotillas de destructores y aviones, cuya misión sería la de escoltar a los convoyes. Esta protección tendría una eficacia infinitamente mayor si pudiesen ustedes obtener bases en Irlanda mientras dure la guerra. Me parece poco probable que el hecho de ejercer la mencionada protección provoque una declaración de guerra de Alemania a los Estados Unidos, aunque no dejarían a buen seguro de registrarse de vez en cuando incidentes peligrosos. Herr Hitler ha demostrado que no está dispuesto a incurrir en el error que cometió el Kaiser. No desea verse arrastrado a la guerra contra los Estados Unidos hasta que haya minado seriamente el poderío de la Gran Bretaña. Su máxima es: “Uno por uno”. La política que me he permitido esbozar, u otra política similar, constituiría un acto decisivo de no beligerancia constructiva por parte de los Estados Unidos y permitiría, mejor que otra medida cualquiera, garantizar la prolongación efectiva de la resistencia británica durante el tiempo necesario, así como asegurar la victoria final. 3. A falta de lo indicado, la libre navegación por las rutas atlánticas sólo puede garantizarse mediante la entrega a título de donación, préstamo o suministro, de un gran número de buques de guerra norteamericanos, sobre todo destructores, que se encuentran ya en el Atlántico. ¿No sería posible, además, que las fuerzas navales de los Estados Unidos extendiesen el control marítimo que ejercen en las costas americanas del Atlántico, con objeto de impedir que los buques enemigos amenazaran los accesos a la nueva serie de bases navales y aéreas que Norteamérica procede actualmente a establecer en las posesione insulares británicas del hemisferio occidental? La pujanza de las fuerzas navales de los Estados Unidos es tan grande, que la ayuda que podría prestarnos en el Atlántico, según indico más arriba, no comprometería en modo alguno el control del Pacifico. 4. Tendríamos asimismo necesidad de los buenos oficios de los Estados Unidos y de toda la influencia que su Gobierno pudiese ejercer para que la Gran Bretaña obtuviese las facilidades que requiere la concentración en las costas meridional y occidental de Irlanda, de nuestras flotillas, y más aun de nuestros aviones, que operan en dirección al Oeste, en el Atlántico… Sin ayuda norteamericana… La finalidad de las medidas que sugiero es la de reducir a proporciones soportables las tremendas pérdidas que estamos sufriendo en el mar. Es esencial, además, que el volumen de buques mercantes disponibles para abastecer a la Gran Bretaña en forma que le permita continuar la guerra con todo el vigor necesario se eleve a una cifra sensiblemente superior al total de 1.250.000 toneladas anuales, que es lo máximo que ahora podemos construir. El sistema de convoyes, los rodeos, los zigzags, las grandes distancias a recorrer desde los puntos de origen de nuestras importaciones, así como la saturación de los puertos occidentales de la isla, han reducido aproximadamente en un tercio la eficacia de nuestro tonelaje actual. Para asegurar la victoria final, hemos de ampliar nuestra capacidad de construcción de buques mercantes en no menos de tres millones de toneladas. Únicamente los Estados Unidos pueden ayudarnos en esta labor… 108 Por otra parte, necesitamos el apoyo de los grandes recursos industriales de esa República para aumentar nuestra capacidad de fabricación de aviones de combate. Si no podemos contar con este apoyo en forma sustancial, no lograremos la supremacía aérea absoluta que nos es precisa para liberar progresivamente a Europa del yugo alemán… Ha recibido usted también informes acerca de las necesidades de nuestros ejércitos. Por lo que respecta a la fabricación de municiones y otros pertrechos bélicos, estamos realizando aquí notables progresos a pesar de los bombardeos enemigos. Sin la constante ayuda que ustedes nos prestan con el suministro de máquinas-herramientas y la cesión de ciertos artículos procedentes de sus depósitos, no podríamos equipar cincuenta divisiones en 1941. estoy muy agradecido por los acuerdas, ya prácticamente concertados, referentes a la contribución norteamericana para armar el ejército que tenemos en proyecto, así como para el suministro en tiempo oportuno de armas tipo norteamericano destinadas a otras diez divisiones para la campaña de 1942. Pero cuando se inicie el reflujo de la dictadura, es posible que muchos países deseosos de recobrar su libertad reclamen armas que sólo las fábricas de los Estados Unidos estarán en condiciones de proporcionarles. Debo insistir por lo tanto, sobre la importancia que tiene el desarrollar hasta el máximo la capacidad norteamericana de producción de armas ligeras, artillería y tanques… El problema económico Paso, por último, a ocuparme de las cuestiones financieras. Cuanto más rápido y abundante sea el caudal de pertrechos y barcos que puedan ustedes enviarnos, tanto más aprisa se agotarán nuestros créditos en dólares… Se acerca el momento en que ya no nos será posible pagar al contado los buques mercantes y demás suministros. Si bien, nosotros haremos cuanto esté a nuestro alcance y no retrocederemos ante ningún sacrificio decoroso para efectuar los pagos de acuerdo con el convenio monetario actual, creo convendrá usted conmigo en que sería moralmente injusto y mutuamente perjudicial en la práctica, que en lo mas enconado de esta guerra se viese la Gran Bretaña despojada de todos sus bienes negociables, de tal modo que después de haber logrado la victoria, de haber salvado a la civilización y de haber permitido a los Estados Unidos ganar tiempo para armarse debidamente en previsión de cualquier eventualidad, quedáramos reducidos por completo a la miseria. Tal cosa no sería moral ni económicamente provechosa para ninguno de nuestros dos países. Nosotros, los ingleses, no podríamos, después de la guerra, comprar a los Estados Unidos la cantidad enorme de mercancías que excedería del valor de nuestras posibilidades de exportación, lo cual no convendría en modo alguno a la política arancelaria y a la economía industrial de ese país. No sólo la Gran Bretaña habría de sufrir crueles privaciones, sino que los Estados Unidos deberían enfrentarse con un gravísimo problema de paro obrero originado por la reducción de sus propias posibilidades de exportación. No creo, por lo demás, que el Gobierno y el pueblo de los Estados Unidos consideren que esté de acuerdo con los principios que informan la trayectoria de su existencia el limitar la ayuda que tan generosamente nos han prometido exclusivamente al material de guerra y a los artículos que podamos pagar al contado. Puede usted tener la seguridad de que demostraremos nuestra resolución de sufrir y sacrificarnos hasta el máximo por la Causa, así como hasta que punto nos enorgullecemos de ser ardientes paladines de la misma. El resto lo dejamos confiados en manos de usted y de su pueblo, con la certidumbre de que será posible encontrar fórmulas y medios que las generaciones futuras de ambos lados del Atlántico aprobarán y admirarán. Si, como creo, está usted convencido, señor Presidente, de que la derrota de la tiranía nazi y fascista es una cuestión de gran trascendencia para el pueblo de los Estados Unidos y para todo el hemisferio occidental, no me cabe duda de que considerará esta carta, no como una petición de ayuda, sino como una exposición de lo mínimo que es necesario hacer para alcanzar nuestro objetivo común.” CAPITULO XLIII Préstamo y arriendo (Mr. Churchill había escrito al presidente Roosevelt, el 8 de diciembre de 1940, una carta –cuyos fragmentos esenciales se transcribieron en el artículo anterior– exponiendo las perspectivas que se ofrecían a la Gran Bretaña para 1941 y señalando especialmente que “se acerca el momento en que ya no nos será posible pagar al contado los buques mercantes y demás suministros”.) La carta, una de las más importantes que he escrito en mi vida, llegó a manos de nuestro gran amigo cuando éste se hallaba realizando un crucero por las soleadas aguas del mar Caribe a bordo del buque de guerra norteamericano “Tuscaloosa”. Le acompañaban tan sólo sus íntimos. Harry Hopkins, a quien entonces yo no conocía, me dijo más tarde que Mr. Roosevelt, sentado en su silla de cubierta, leyó y releyó 109 la carta varias veces, y transcurrieron dos días sin que al parecer hubiese tomado ninguna determinación concreta. Veíasele profundamente p absorto, meditando en silencio. La fuerza del precedente De todo ello surgió una decisión inesperada y sorprendente. Las reflexiones del Presidente no tenían su origen en vacilación alguna acerca de lo que debía hacer. El problema que se le planteaba era saber como lograría arrastrar consigo al país y persuadir al Congreso de que siguiera la dirección que él le indicase., según Stettinius, el Presidente, ya en el verano anterior, había sugerido en una reunión del de Comité Consultivo de Defensa para Recursos Navales que “no es necesario que la Gran Bretaña destine sus propios fondos a la construcción de buques en los Estados Unidos, ni tampoco que nosotros le prestemos dinero para estos efectos. Nada se opone a que nosotros le cedamos barcos barco en arriendo mientras dure la contienda”. Parece ser que esta idea tuvo su origen en el Departamento de Tesorería, a cuyos juristas ordenó el secretario de Estado correspondiente, corr Morgenthau, la búsqueda de fórmulas y documentos. Los abogados en cuestión encontraron que una ley de 1892 autorizaba autori al secretario de Estado para la Guerra, “cuando a juicio de éste lo aconsejase el interés de la nación”, a ceder en arriendo pertrechos militares milita por el periodo no superior a cinco años, siempre que no fuesen indispensables para el país. Había precedentes precedentes de la aplicación de esta ley, con la cesión en arriendo de diversas clases de pertrechos militares, en distintas épocas. Así, pues, desde hacía algún tiempo el presidente Roosevelt barajaba en su espíritu la palabra “arriendo” y la idea de aplicar aplica aquel principio a dar satisfacción a las necesidades británicas, como medio para poner término a una política de préstamos ilimitados que a no tardar desbordaría ampliamente toda posibilidad de reembolso. Y de pronto todo aquello pasó al terreno de las realizaciones aciones prácticas y fue proclamado el magno principio del préstamo y arriendo. La manguera del vecino El Presidente regresó el 16 de diciembre de su crucero por el Caribe, y al día siguiente expuso su proyecto en una conferencia de Prensa. Recurrió para ello a un ejemplo muy sencillo: “Supongamos que se produce un incendio en la casa de mi vecino y que yo tengo una manguera de jardín a cien o ciento cincuenta metros de allí. Si permito al vecino que coja mi manguera y la conecte a su boca de riego, puedo ayudarle a apagar el fuego. Ahora bien, ¿Qué haré yo en tal caso? No le diré antes de prestarle el utensilio: “Vecino, la manguera me costó quince dólares; tiene usted que pagarme quince dólares por ella.” ¡No! ¿Qué corresponde hacer pues? Yo no quiero loss quince dólares; lo único que quiero es recobrar la manguera una vez extinguido el fuego.” Y añadió poco después: “No cabe absolutamente ninguna duda de que, a juicio de una mayoría abrumadora de norteamericanos, la mejor protección de los Estados Unidos Unido en un futuro inmediato estriba en el hecho de que la Gran Bretaña pueda seguir defendiéndose a sí misma con éxito; y que, por lo tanto, aparte de nuestro interés tradicional en la supervivencia de la democracia en el mundo entero, es igualmente importante, important desde el punto de vista egoísta de la defensa de Norteamérica, que hagamos todo cuanto nos sea posible para ayudar al Imperio británico a defenderse.” Para terminar, dijo: “Trato de eliminar el signo de dólares.” Acción desinteresada De acuerdo con este orden de ideas se preparó inmediatamente el celebérrimo proyecto de ley de Préstamo y Arriendo para ser sometido s al Congreso. Más tarde, ante el Parlamento yo afirmé que aquello era “la acción más desinteresada en la historia del mundo”. mundo” Una vez aprobada por el Congreso, la citada ley modificó por completo el aspecto de la situación. Nos dejaba en libertad para elaborar, sobre la base de acuerdos mutuos, planes a largo plazo de gran magnitud para atender a todas nuestras necesidades. No había en ella ninguna disposición relativa a pagos. Ni siquiera preveía la apertura de una cuenta formularia en dólares o en libras esterlinas. Lo que recibíamos de los Estados Unidos se nos prestaba o se nos cedía en arriendo porque la continuación de nuestra nuestra resistencia a la tiranía hitleriana se consideraba como de interés vital para la gran República. Según dijo el presidente Roosevelt, lo que en lo sucesivo determinaría determina el punto de destino de las armas norteamericanas sería la defensa de los Estados Unidos U y no los dólares. Embajada vacante en Washington En aquel preciso momento, el más importante de su vida pública, perdimos a Philip Lothian, nuestro embajador en Washington. Poco P después de su regreso a los Estados Unidos, cayó súbita y gravemente enfermo. Trabajó sin descanso hasta el fin, y el 12 de diciembre, en la pleamar del triunfo, falleció. Su muerte fue una gran pérdida para la nación y para la Causa. Infinidad de amigos de ambos lados del océano lloraron su desaparición. A mí, que había permanecido ermanecido en tan estrecho contacto con él quince días antes, me emocionó en lo más íntimo. Le rendí homenaje ante una Cámara de los Comunes unánime en el respeto a su labor y a su memoria. Figura nacional, pero… 110 Tuve que preocuparme en seguida de designar al sucesor de Lothian. Evidentemente, dada, la naturaleza de nuestras relaciones con los Estados Unidos en aquella época, era necesario que el nombramiento recayese en una destacada personalidad nacional que fuera al propio tiempo un estadista versado en todas las cuestiones de la política internacional. Después de asegurarme el Presidente que mi sugestión sería bien acogida, invité a Mr. Lloyd George a aceptar el puesto. No se había considerado a sí mismo idóneo para entrar a formar parte del Gabinete de Guerra en el mes de julio, y su postura en cuanto a la política británica de aquella hora no era muy firme. Sus puntos de vista acerca de la guerra y de los acontecimientos que la habían provocado eran absolutamente opuestos a los míos. No cabía duda, sin embargo, de que era nuestro ciudadano más notable ni de que consagraría sus dotes y su experiencia incomparables al éxito de su misión. Sostuve con él una larga conversación en la sala del Consejo y otra al día siguiente a la hora del almuerzo. Mostróse sinceramente satisfecho por haber sido invitado a asumir el cargo. “Comunicaré a mis amigos –dijo– que el primer ministro me ha hecho una honrosa oferta.” Pero estaba convencido de que a la edad de setenta y siete años no debía emprender una tarea tan agobiante. En el curso de las extensas conversaciones que celebré con él tuve la sensación clara de que había envejecido aún más desde que le pedí que se incorporase al Gabinete de Guerra, y con mucho sentimiento, pero también sin vacilar, abandoné mi proyecto. Misión trascendental Me dirigí entonces a lord Halifax, cuyo alto prestigio en el seno del Partido Conservador quedaba acrecentado con su presencia al frente del Foreign Office. El hecho de que un ministro de Asuntos Exteriores se convierta en embajador da el tono exacto de la trascendencia de su misión. Todo el mundo se inclinaba ante su elevada reputación; pero, al mismo tiempo, su actitud en los años anteriores a la guerra y el rumbo que habían tomado los acontecimientos le dejaban expuesto a muchos gestos de censura y aun de hostilidad por parte de la fracción laborista de nuestro Gobierno de coalición nacional. Yo sabía que el propio Halifax se daba cuenta de aquel estado de cosas. Cuando le formulé la propuesta, que, desde luego, no suponía para él una mejora de carácter personal, se limitó a decir, con digna sencillez, que prestaría servicio dondequiera que se considerase había de ser útil su presencia. A fin de encarecer aún más la importancia de sus funciones decidí que cada vez que volviese a Inglaterra con permiso ocupara su antiguo puesto en el Gabinete de Guerra. Esta disposición se llevó a la práctica sin que nadie formulara la menor objeción, dada la calidad y la experiencia de los elementos interesados. Durante los seis años siguientes, tanto con el Gobierno de coalición nacional como con el Gobierno laborista, Halifax desempeñó el cargo de embajador en los Estados Unidos con habilidad y eficiencia cada vez mayores. El presidente Roosevelt, Mr. Hull y otras altas personalidades de Washington acogieron con viva satisfacción el nombramiento de lord Halifax. Desde luego, pude ser en seguida que el Presidente prefería con mucho esta solución a la que en principio yo le había sugerido. La designación del nuevo embajador fue comentada favorablemente lo mismo en los círculos norteamericanos que en los británicos, y la opinión pública de ambos países la diputó de oportuna y por todos conceptos adecuada a la magnitud de los acontecimientos. Eden vuelve a “sus lares” No me cabía ninguna duda acerca de quién ocuparía la vacante en el Ministerio de Asuntos Exteriores. A lo largo de estas páginas ha quedado de manifiesto que en todos los grandes problemas planteados en el curso de los cuatro años anteriores yo había estado plenamente de acuerdo con Anthony Eden. He descrito ya las inquietudes y las emociones que experimenté cuando le vi separarse de Mr. Chamberlain en la primavera de 1938. Nos abstuvimos juntos de votar en el debate sobre los acuerdos de Munich. Juntos resistimos las presiones que el partido ejerció sobre nosotros durante el invierno de aquel año fatídico. Comunes fueron nuestras ideas y nuestros sentimientos al estallar la guerra, y colaboramos como colegas en el transcurso de la misma. Eden había dedicado la mayor parte de su vida pública al estudio de los problemas internacionales. Había desempeñado brillantemente el importantísimo puesto de ministro de Asuntos Exteriores, y, a la edad de cuarenta y dos años, había dimitido el cargo por razones que hoy, a la luz de los hechos, todos los partidos de la nación consideran justas. Había realizado una espléndida labor como ministro de la Guerra durante aquel año terrible, y su dirección de los asuntos militares le había puesto en íntimo contacto conmigo. Aun sin deliberación previa, opinábamos en forma idéntica acerca de muchísimas cuestiones de orden práctico que se suscitaban al correr de los días. Me complacía la idea de una grata y armoniosa camaradería entre el jefe del Gobierno y el ministro de Asuntos Exteriores, y en verdad que no vi defraudada esta esperanza en los cuatro años y medio de guerra y de política que juntos conocimos. Absorto como estaba en las arduas y emocionantes tareas del Ministerio de la Guerra, Eden lamentó tener que abandonar aquel Departamento; pero volvió al Foreign Office con el aire del hombre que regresa a su casa. Para sustituir a Mr. Eden en el Ministerio de la Guerra sometí al Rey el nombre del capitán David Margesson, que era, desde hacia diez años, secretario parlamentario del Gobierno. Había luchado como oficial de regimiento en la primera guerra mundial, y su arrojo le había valido la concesión de la Cruz Militar. Tenía, pues, un sólido historial castrense y conocía a fondo todo lo relacionado con la Cámara de los Comunes. Lo importante era salir del paso El período comprendido ante noviembre de 1940 y la promulgación de la ley de Préstamo y Arriendo en marzo de 1941 se distinguió por una gran penuria de dólares. Nuestros amigos idearon todas las combinaciones posibles para ayudarnos a salir del aprieto. El Gobierno norteamericano nos compró algunas de las fábricas de armamento que había construido por nuestra cuenta en los Estados Unidos y las incorporó a su programa de defensa, pero nos permitió seguir utilizándolas a pleno rendimiento. El Departamento de Guerra hizo pedidos de armas que no necesitaba con carácter inmediato, a fin de que una vez fabricadas, pudiesen sernos cedidas. Adoptáronse, no obstante, algunas medidas que nos resultaron ingratas y aun dolorosas. El Presidente envió un acorazado a Ciudad del Cabo para llevarse todo el oro que teníamos acumulado allí. A petición del Gobierno de Washington hubimos de vender a precio relativamente bajo los grandes establecimientos británicos Courtaulds, instalados en Norteamérica, que luego fueron revendidos en el mercado estadounidense por una suma mucho mayor y sin que nosotros obtuviésemos beneficio alguno en la operación. Yo tenía la impresión de que estas medidas obedecían al deseo de poner de relieve lo precario de nuestra situación y levantar a la opinión pública contra los adversarios del préstamo y arriendo. Sea como fuere, en una forma u otra, logramos salir del mal paso. 111 CAPITULO XLIV Prolegómenos de la “marcha hacia el Este” (Tras el fracaso de la batalla aérea de Inglaterra y el consiguiente aplazamiento de la proyectada invasión alemana a través del canal de la Mancha, Hitler decidió ajustar cuentas con Rusia.) No cabe duda de que, en su fuero interno, Hitler había tomado ya la gran decisión a fines de septiembre de 1940. A partir de aquélla época, los ataques contra la Gran Bretaña, aun revistiendo muchas veces una violencia superior a los de antes a causa de la multiplicación de las fuerzas aéreas, pasaron a segundo término en el ánimo del Führer y en los planes del mando alemán. Su prosecución podía ser útil para encubrir otros designios, pero Hitler ya no cifraba en ellos ninguna esperanza para la victoria decisiva. ¡Sus y al Este! Lo que no inspira temor Personalmente, y en el terreno estrictamente militar, yo no hubiese visto con malos ojos un intento alemán de invasión de la Gran Bretaña en la primavera o el verano de 1941. Estaba convencido de que el enemigo experimentaría la derrota más espantosa y la pérdida de vidas humanas más terrible que haya sufrido jamás país alguno en una empresa militar determinada. Pero por esta misma razón yo no era tan ingenuo como para esperar que tal cosa sucediera. En la guerra las posibles iniciativas que no suscitan temores en el ánimo propio no son, por regla general, las que el enemigo lleva a la práctica. Sin embargo, desde mi puesto rector de una contienda que había de ser larga, teniendo en cuenta que, al parecer, durante un año o dos el tiempo trabajaría a nuestro favor, y considerando además la posibilidad cada vez mayor de contar con poderosos aliados, rogaba a Dios que no sometiese a nuestro pueblo a la prueba suprema. Como se verá por mis notas escritas en aquel entonces, nunca creí seriamente que los alemanes tratasen de desembarcar en Inglaterra en 1941. Al final de 1941 los papeles se habían trastocado; ya no estábamos solos; las tres cuartas partes del mundo estaban con nosotros. Pero en aquel año memorable habían de ocurrir acontecimientos aterradores, cuya magnitud era imposible prever antes de que se produjeran. Obsesión de Stalin: ganar tiempo Mientras, a juicio de los círculos mal informados de Europa y de otras partes del mundo, nuestra situación era desesperada, o cuanto menos muy grave, las relaciones entre la Alemania nazi y la Rusia soviética pasaron a ocupar el primer plano de la actualidad internacional. Los antagonismos básicos entre aquellos dos poderes despóticos se encandilaron de nuevo cuando se vio claro que no era tan fácil derribar y dominar a la Gran Bretaña como a Francia y a los Países Bajos. Hay que reconocer que Stalin hacía cuanto estaba en su mano por actuar con lealtad y fidelidad respecto a Hitler, al propio tiempo que acumulaba todas las fuerzas posibles en la enorme extensión de la Rusia soviética. Cada vez que se registraba un triunfo alemán, él y Molotov transmitían al Führer sus respetuosas felicitaciones. Enviaban al Reich ingentes cantidades de víveres y de materias primas esenciales. Sus quintas columnas comunistas no se daban punto de reposo en su labor de entorpecer el trabajo de nuestras fábricas. Su radio difundía sin cesar injurias y calumnias contra nosotros. Stalin y Molotov estaban dispuestos en todo momento a concertar con la Alemania nazi un acuerdo perdurable relativo a las numerosas cuestiones importantes que dividían entre sí a ambos países, y a admitir con complacencia la destrucción definitiva del poderío británico. Pero también en todo momento se daban cuenta de que esta política podía fallar-. Estaban decididos a ganar tiempo a toda costa, y no tenían la menor intención –dentro de su limitada visión del problema– de basar los intereses o las ambiciones de Rusia exclusivamente en una victoria alemana. Los dos grandes imperios totalitarios, carentes de todo escrúpulo moral, se contemplaban uno al otro con mirada cortés, pero fría e inexorable. Había habido, desde luego, desacuerdos a propósito de Finlandia y de Rumania. Los dirigentes soviéticos habían quedado atónitos ante la caída de Francia y la liquidación del segundo frente, cuyo restablecimiento solicitarían de nosotros a grandes voces poco tiempo después. No creían que se produjese un hundimiento tan rápido; tenían depositada su confianza, por el contrario, en una fase de agotamiento mutuo en el frente occidental. ¡Y el frente occidental había desaparecido! 112 Con todo, la U.R.S.S. consideraba política de colaboración con era aplastada en 1940. A medida era capaz de sostener una guerra todo por parte de los Estados adquiría cada vez mayor conciencia ahínco a la tarea de ganar tiempo. Asombran, no obstante, como muchos riesgos que corrió para nazi. Más sorprendentes son ignorancia de que dio `pruebas Evidentemente, desde septiembre de Hitler en junio de 1940, se porto y mal informado. que era una insensatez modificar mo radicalmente su Alemania hasta ver si la Gran Bretaña cedía o que el Kremlin iba viendo que la Gran Bretaña muy larga, en el curso de la cual cabía esperarlo espera Unidos y también por parte del Japón, Stalin del peligro que le amenazaba y aplicábase con veremos, la serie de ventajas que qu sacrificó y los mantener las buenas relaciones con la Alemania todavía los cálculos erróneos que se forjó y la acerca de lo que se le venía encima. de 1940 hasta el momento mismo de la agresión como un gigante astuto y al propio tiempo, torpe “Inglaterra ya no cuenta” Sentado lo que antecede, podemos el 12 de noviembre de 1940. El corazón de la Alemania nazi con rigor. En el curso de los dos días conferencias entre Molotov y también Hitler. En la selección de publicados a principio de 1948 por el título “Relaciones nazimanifiesto las circunstancias intercambios de notas. pasar al episodio de la visita de Molotov a Berlín enviado bolchevique fue recibido a su llegada al todos los cumplidos y todo el ceremonial de siguientes se celebraron largas y laboriosas Ribbentrop, a algunas de las cuales asistió documentos encontrados en Alemania y el Departamento de Estado norteamericano bajo soviéticas, viéticas, 1939-1941”, 1939 quedan claramente de principales de aquellos pavorosos diálogos e (Mr. Churchill cita diversos fragmentos de esta documentación y transcribe el acta oficial alemana de la última entrevista en MolotovRibbentrop, que se desarrolló en el interior de un refugio a causa de un bombardeo británico.) Cuando fui a Moscú por primera vez en agosto de 1942, oí de labios de Stalin un relato más breve de aquella conversación, relato rel que no difiere en ningún punto esencial, de la versión alemana, pero que a buen seguro parecerá más jugoso al lector. “Hace algún tiempo –dijo Stalin– se reprochaba a molotov su excesiva germanofilia. Hoy todo el mundo dice que es demasiado anglófilo. Pero ni él ni yo nos fiamos nunca de los alemanes. Para nosotros fue siempre una cuestión de vida o muerte.” Le interrumpí para decirle que nosotros nos habíamos encontrado ya en situación parecida, y, por lo tanto, comprendíamos sus sentimientos. “Cuando Molotov –prosiguióó el mariscal– mariscal fue a Berlín en noviembre de 1940 para entrevistarse con Ribbentrop, ustedes olfatearon aquello y enviaron sus escuadrillas de bombardeo.” Asentí con la cabeza. “Al sonar la señal de alarma, Ribbentrop condujo a su huésped a un refugio subterráneo subterráneo muy hondo y suntuosamente amueblado. Cuando llegaron allí, el ataque ya había empezado. El ministro alemán cerró la puerta y dijo a Molotov: – Bueno, aquí podemos hablar con tranquilidad. Estamos solos, ¿Por qué no procedemos a un reparto equitativo? – Y ¿que dirá Inglaterra? –objetó objetó Molotov–. Molotov – Inglaterra –repuso Ribbentrop– está liquidada. Ya no cuenta entre las grandes Potencias. – Entonces –replicó Molotov– ¿por qué estamos en este refugio y de quién son las bombas que caen? Cortinas de humo Las conversaciones de Berlín no modificaron en absoluto la firme resolución de Hitler. En el mes de octubre, cumpliendo órdenes órden suyas, Keitel, Joel y el Alto Estado Mayor alemán habían empezado a preparar los planes necesarios para la concentración concentració de los ejércitos alemanes en el Este y para la invasión de Rusia a principios del verano de 1941. No se toleraría retraso alguno en la elaboración de los l planes ni en su realización. Era de importancia vital, por encima de todo, guardar el más riguroso secreto secreto y disimular las verdaderas intenciones alemanas. A este efecto, Hitler utilizó dos métodos distintos de encubrimiento, cada uno de los cuales ofrecía sus ventajas peculiares. El primero consistió en unas laboriosas negociaciones encaminadas a concertar concertar una política común para la partición del Imperio británico en Oriente. El segundo fue la denominación total de Hungría, Rumania, Bulgaria y Grecia por medio de una fluencia sistemática de tropas. Esto Est era muy provechoso para Hitler desde el punto de vista vista estratégico y al propio tiempo justificaba la concentración de los ejércitos alemanes en el flanco meridional del frente que había de establecerse contra Rusia. Las negociaciones adoptaron la forma de borradores de propuestas que presentaba Alemania con con el fin de permitir le integración de la Rusia soviética en el Pacto Tripartito a expensas de los intereses británicos en Oriente. Si Stalin hubiese aceptado este programa, quizá durante algún tiempo los acontecimientos hubieran seguido un curso diferente. diferente. Hitler podía suspender en cualquier momento la aplicación de sus planes para invadir Rusia. Es imposible imaginar cuáles hubiesen sido las consecuencias de una alianza militar entre los dos grandes imperios del Continente, Contin con sus millones de soldados, para ara repartirse el botín en los Balcanes, Turquía, Persia y el Oriente Medio, sin olvidar a la India, lejana y siempre codiciada presa, y con el ávido japonés dispuesto a convertir en realidad el sueño de la “Gran Asia Oriental”. Pero Hitler estaba resuelto a acabar con los bolcheviques, a quienes profesaba un odio mortal. Creía contar con la fuerza suficiente para alcanzar el supremo objetivo de su vida. Después todo lo demás se le daría por añadidura. Sabía indudablemente, por las conversaciones conve de Berlín y otros contactos, que las propuestas que formulaba a Moscú por mediación de Ribbentrop estaban muy lejos de satisfacer las ambiciones rusas. Proyectos para el reparto del mundo Entre la correspondencia del Ministerio alemán de Asuntos Exteriores y la Embajada Embajada de Alemania en Moscú que cayó en poder de los aliados se encontró un proyecto, sin fecha, de Pacto Tetrapartito. Según parece, el borrador en cuestión sirvió de base para la conversación conve que Schulenburg sostuvo con Molotov el 26 de noviembre de 1940. 1940. En virtud del citado Pacto, Alemania, Italia y el Japón se comprometían a respetar mutuamente sus respectivas esferas geográficas de influencia. Las Potencias interesadas permanecerían siempre en contacto con entre sí para estudiar con carácter amistoso los problemas que surgieran en las zonas limítrofes de dichas esferas de influencia. 113 Al mismo tiempo Alemania, Italia y el Japón declaraban reconocer los límites que entonces tenían las posesiones de la Unión Soviética y se comprometían a respetarlos. Por otra parte, las cuatro Potencias se obligaban a no entrar en ninguna coalición de países dirigida contra cualquiera de las cuatro naciones signatarias del Pacto, y a no prestar su apoyo a ninguna coalición de esta índole. Se ayudarían mutuamente, tanto como les fuese posible, en el terreno económico, y completarían y ampliarían los acuerdos ya existentes entre ellas. La duración del Pacto sería de diez años. A éste se añadiría un protocolo secreto en el cual Alemania declaraba que, aparte las revisiones territoriales en Europa a efectuar una vez terminada la guerra, sus aspiraciones se cifraban en los territorios del África central; Italia declaraba que, aparte las oportunas revisiones territoriales en Europa, sus aspiraciones se cifraban en los territorios del África del norte y del Nordeste; el Japón declaraba que sus aspiraciones territoriales se cifraban en el área del Asia oriental, situada al sur del Imperio insular japonés; y la Unión Soviética declaraba que sus aspiraciones se cifraban en los territorios situados al sur de sus fronteras nacionales en dirección al Océano Indico. Las cuatro Potencias se comprometían, previo el arreglo de determinadas cuestiones especificas, a respetar mutuamente estas aspiraciones territoriales y a no oponerse a su realización. Seguridad ante todo Tal como se esperaba, el Gobierno soviético no aceptó el proyecto alemán. La Unión Soviética estaba sola en Europa con Alemania, y, al otro extremo del mundo, el Japón constituía para ella una grave amenaza. No obstante, los rusos tenían confianza en su fuerza cada vez mayor y en la enorme extensión de su territorio, que abarcaba una sexta parte de la superficie terrestre del Globo. Decidieron, por lo tanto, jugar fuerte la carta del regateo. El 26 de noviembre de 1940 Schulenburg envió a Berlín el borrador de las contrapropuestas rusas, que estipulaban lo siguiente: Las tropas alemanas debían retirarse inmediatamente de Finlandia, país que, según el Tratado de 1939, formaba parte de la esfera de influencia de la Unión Soviética. En el término de unos pocos meses, la Unión Soviética había de garantizar su seguridad en los Estrechos mediante la conclusión de un Pacto de mutua ayuda con Bulgaria, país situado geográficamente dentro de la zona de seguridad de los límites de la Unión Soviética con el mar Negro, y mediante el establecimiento, a través de un Convenio de arriendo a largo plazo, de una base para las fuerzas terrestres y navales de la U.R.S.S., situada a corta distancia del Bósforo y los Dardanelos. El área que se extiende al sur de la línea Batum-Bakú en dirección al golfo Pérsico debía ser reconocida como centro de las aspiraciones de la Unión Soviética. Finalmente, el Japón debía renunciar a sus derechos sobre las concesiones mineras y petrolíferas de la parte septentrional de Sakhalin. Este documento no obtuvo respuesta concreta alguna. Hitler no hizo nada por partir la diferencia. Cuestiones tan importantes como aquellas podían justificar perfectamente un estudio detenido y prolongado en una atmósfera amistosa por ambas partes. Desde luego, los Soviets deseaban y esperaban recibir una respuesta. Entretanto, a ambos lados de la frontera las fuerzas, ya considerables, empezaron a aumentar, y la diestra de Hitler se abatió cobre los Balcanes. La histórica decisión de Hitler Los planes preparados de acuerdo con las instrucciones de Hitler por Keitel y Joel habían alcanzado a la sazón una madurez suficiente para permitir al Führer dictar desde su Gran Cuartel General el 18 de diciembre de 1940 su histórica orden número 21 (para la invasión de Rusia). Ya tenían forma, pues, los moldes en que habían de vaciarse los acontecimientos supremos de 1941. Naturalmente, nosotros ignorábamos por completo las negociaciones y los regateos entre Alemania y Rusia para repartirse los despojos de nuestro Imperio y para lograr nuestra propia destrucción; como tampoco podíamos imaginar cuáles edran las intenciones, todavía inconcretas, del Japón. Nuestro activo Servicio Secreto no había advertido aún en gran desplazamiento de los ejércitos alemanes hacia el Este. Únicamente era posible percibir la infiltración y la progresiva concentración de tropas en Bulgaria y en Rumania. Si hubiésemos sabido entonces lo que queda relatado aquí, se nos habría quitado un gran peso de encima. La coalición en contra nuestra de Alemania, Rusia y el Japón constituía el mas grave de nuestros temores. Pero ¿Quién podía prever lo que ocurriría? Entretanto, continuamos fieles a nuestra consigna: “¡Seguir luchando!” CAPITULO XLV Peligro de muerte por asfixia La destrucción del “Graf Spee” en el combate del río de la Plata en diciembre de 1939, había puesto inesperadamente término a la primera campaña alemana contra nuestro tráfico mercante en los océanos. Como hemos visto ya, la batalla de Noruega había inmovilizado durante un cierto tiempo a la Marina alemana en sus aguas metropolitanas. Lo que quedaba de ella era preciso reservarlo para el proyecto de invasión. La amenaza de los buques corsarios El almirante Raeder, cuyas ideas sobre la dirección de la guerra naval eran técnicamente acertadas, encontraba dificultades para hacer prevalecer sus puntos de vista en los consejos militares que se celebraban bajo la presidencia del Füher. En determinada ocasión incluso tuvo que oponerse con todas sus energías a una propuesta del Ejército encaminada a desarmar todos los grandes navíos y utilizar sus cañones de largo alcance en las baterías costeras. 114 Durante el verano, sin embargo, había transformado un cierto número de mercantes en buques de guerra camuflados. En general, su artillería y su velocidad eras superiores a las de nuestros cruceros auxiliares, y llevaban además aviones de reconocimiento. Cinco unidades de este tipo burlaron la vigilancia de nuestras patrullas y penetraron en el Atlántico entre abril y junio de 1940, y otra emprendió la peligrosa ruta del Nordeste para alcanzar el Pacífico a lo largo de las costas septentrionales de Rusia y Liberia. Con la ayuda de un rompehielos soviético, logreó efectuar la travesía en dos meses y salió al océano Pacífico por el mar de Bering en septiembre. El almirante Raeder perseguía una triple finalidad con la entrada en servicio de aquellos navíos: 1º Destruir o apresar barcos enemigos. 2º Desorganizar el tráfico mercante; y 3º Obligar a los buques de guerra británicos a dispersarse en flotillas de escolta y de patrulla para contrarrestar el peligro. Esta táctica, muy bien concebida, nos ocasionó a la vez pérdidas y dificultades. Hasta fines de septiembre de 1940, aquellos cinco corsarios habían hundido o apresado 36 buques, con un total de 235.000 toneladas. El “Admiral Scheer”, en campaña El acorazado de bolsillo “Scheer” estuvo por fin disponible en los últimos días de octubre de 1940. Arrinconado ya el proyecto de invasión de Inglaterra, el susodicho navío salió de Alemania el 27 de octubre y pasó al Atlántico a través del estrecho de Dinamarca, al norte de Islandia. El “Scheer” tenía orden de atacar los convoyes en el Atlántico septentrional, cuyos acorazados de escolta habíamos tenido que retirar para reforzar el Mediterráneo. El capitán Krancke sabía que el 27 de octubre había zarpado de Halifax un convoy con rumbo a Inglaterra y confiaba interceptarlo hacia el 3 de noviembre. El día 5, su avión señaló la presencia de ocho buques al Sudeste. Lanzase a toda máquina en su persecución. A las 2’27 p.m. avistó un barco aislado, el “Mopan”, al que hundió a cañonazos, previo trasbordo de sus 68 tripulantes. Por medio de amenazas había conseguido evitar que el “Mopan” transmitiese mensaje radiotelegráfico alguno. A las 4’50 p.m. aparecieron en el horizonte los mástiles del convoy H.X.84, compuesto de 37 buques. El crucero auxiliar “Jervis Bay”, que escoltaba al convoy, iba en el centro. Su comandante, el capitán de navío Fegen, de la Marina Real, se dio cuenta al punto de que la situación era desesperada., después de comunicar por radio la presencia del enemigo, su única idea fue retener al acorazado de bolsillo todo el tiempo que le fuese posible a fin de que el convoy tuviese tiempo de dispersarse. No tardaría en caer la noche, y muchos de los mercantes podrían escapar indemnes al amparo de la oscuridad. Mientras el convoy se desperdigaba, el “Jervis Bay” se acercó a toda velocidad a su poderoso antagonista. El “Scheer” abrió el fuego a 16.500 metros. Los tiros de los viejos cañones de 152 mm. Del “Jervis Bay” ni siquiera alcanzaban al buque adversario. El combate unilateral continuó hasta las 6 de la tarde, a cuya hora el navío británico, completamente desmantelado y ardiendo por todas partes, fue abandonado. Acabó de hundirse hacia las 8 de la noche, arrastrando consigo a más de doscientos hombres, entre oficiales y marineros. El capitán Fegen se hundió con su barco. Concediósele la Cruz Victoria a título póstumo por su heroica conducta, que ocupa un puesto de honor en los anales de la Marina Real. El “Scheer” no se lanzó en persecución del convoy hasta que hubo terminado el combate, pero la noche invernal había cerrado ya casi por completo. Los mercantes se habían dispersado, y el navío alemán solo pudo localizar y hundir a cinco de ellos, antes de que la oscuridad fuese absoluta. Conocida ya su posición, le era imposible permanecer en aquella zona, a la cual acudirían rápidamente considerables fuerzas británicas. Por lo tanto, la gran mayoría de aquel valioso convoy se salvó gracias al sacrificio del “Jervis Bay”. Los marinos mercantes dieron prueba de una gallardía no inferior a la de sus camaradas del crucero auxiliar. El petrolero “San Demetrio”, que transportaba siete mil toneladas de gasolina, fue incendiado y evacuado. Pero a la mañana siguiente, una parte de su tripulación volvió a bordo, apagó el fuego y, tras incontables esfuerzos, sin brújulas ni medio alguno de navegación, condujo el vapor hasta un puerto británico con su preciosa carga. En total, no obstante, perdimos 47.000 toneladas de buques y 206 hombres de la Marina mercante. Submarinos en las líneas vitales Además de todos estos problemas nos enfrentábamos con un peligro infinitamente mayor. Lo único que me inspiró verdadero temor durante la guerra fue la amenaza submarina. Yo estaba seguro, aun antes de la batalla aérea, de que la invasión fracasaría. Después de la victoria aérea, nos hubiese proporcionado una excelente ocasión de infligir gravísimo quebranto al enemigo. Pero ahora corría peligro nuestra línea vital de abastecimiento, no sólo en el mar abierto sino también, y muy especialmente, en las proximidades de la isla. El Almirantazgo, con el cual yo mantenía estrecho y cordial contacto, compartía tanto más estos temores cuanto que su responsabilidad primaria era la de defender nuestras costas contra todo intento de invasión y conservar abiertas nuestras comunicaciones vitales con el mundo exterior. La Marina había considerado siempre esto como su deber sagrado, supremo e ineludible. Así, pues, estudiábamos juntos el arduo problema. ¿En que proporción era susceptible la guerra submarina de reducir nuestras importaciones y nuestro tonelaje? ¿Llegaría dicha proporción hasta el punto de comprometer nuestra misma existencia? En aquel terreno no se producían grandes gestas bélicas ni acciones espectaculares; se trataba simplemente del lento y frío estrechamiento de unas líneas trazadas en los mapas y que señalaban la posibilidad de una muerte por estrangulación. Comparado con esto, carecía de valor el que tuviéramos un valeroso ejército dispuesto a caer sobre el invasor o el que contásemos con un magnífico plan de ataque en el desierto africano. La elevada moral y la fe del pueblo no contaban para nada en aquellos lúgubres dominios. Si los envíos de víveres, materias primas y armas procedentes del Nuevo Mundo y del Imperio británico no lograban salvar el foso oceánico, erizado de peligros, todo cuanto hiciésemos sería en vano. En cuanto los alemanes tuvieron en su poder toda la costa francesa desde Burdeos hasta Dunkerque, instalaron sin pérdida de tiempo bases para sus submarinos y aeródromos para su aviación naval en el territorio ocupado. A partir del mes de julio, nos vimos obligados a desviar nuestros tráfico mercante de los accesos meridionales de Irlanda, en cuyas costas, naturalmente, no se nos permitía establecer bases para nuestros aviones de caza. Todos los buques tenían que llegar por el norte de Irlanda, donde, gracias a Dios, el Ulster constituía un centinela de inquebrantable lealtad. El Mersey y el Clyde eran los pulmones que nos permitían respirar. En la costa oriental y en el canal de la Mancha seguían navegando las unidades pequeñas bajo los ataques, cada vez más violentos, de los aviones, las lanchas cañoneras rápidas y las minas. Dada la imposibilidad de modificar la ruta de la costa oriental, el paso de cada convoy entre el Forth y Londres daba lugar a una acción bélica casi cotidiana. Pocos barcos de gran tonelaje aventurábamos por aquella costa, y ninguno por el Canal. En los seis últimos meses de 1940 se registraron por nuestra parte pérdidas de extrema gravedad –paliadas tan solo por las tempestades invernales– y, en cambio, no muchos éxitos en la campaña antisubmarina. Durante la semana que terminó el 22 de septiembre fueron hundidos 27 buques, con un total de 160.000 toneladas, muchos de ellos pertenecientes a un convoy procedente de Halifax. En octubre, mientras el “Scheer” operaba por su cuenta, los submarinos deshicieron otro convoy en el Atlántico; de treinta y cuatro buques fueron hundidos veinte. El buzo y los tiburones Entre mediados de noviembre y la `primera quincena de diciembre, los estuarios del Mersey y el Clyde cobraron para nosotros una importancia muy superior a la de todos los demás factores de la guerra reunidos. Claro está que en aquella época habríamos podido invadir la 115 Irlanda de De Valera y recobrar los, puertos meridionales por la fuerza de las armas modernas, yo había declarado siempre que nada, excepto la necesidad de salvar nuestra propia existencia, me induciría a hacer tal cosa. Podíamos hallarnos en un momento determinado acuciados por aquella necesidad. Y entonces ocurría lo inevitable. Pero aun semejante decisión extrema sólo habría sido para nosotros un alivio al momentáneo. En único remedio seguro estaba en garantizar la libertad de entrada y salida del Mersey y el Clyde. Cada día, cuando se reunían, los pocos que estaban en el secreto se interrogaban mutuamente con la mirada. Imaginemos a un buzo bu que se encuentra profundamente sumergido en el mar y cuya vida depende en todo momento del tubo de conducción conduc de aire. ¿Qué sensación experimentaría si una manada cada vez mas numerosa de tiburones muerde con furia el tubo de conducción? ¡Sobre todo si no existe exi ninguna posibilidad de que le icen hasta la superficie! Para nosotros no había superficie. El buzo eran cuarenta y seis millones de habitantes de una isla superpoblada, anclados por la naturaleza y por la ley de la gravedad de las profundidades del mar e implicados en grandes grande operaciones bélicas que tenían por escenario la mitad del mundo. ¿Qué daño ocasionarían ocasionarían los tiburones al tubo de conducción de aire de aquel buzo? ¿Y cómo podría mantenerlos a raya o destruirlos? En el transcurso de la semana que terminó el 8 de junio, en el momento culminante de la batalla de Francia, habíamos importado importad 1.201.535 toneladas de mercancías sin contar el petróleo. A fines de julio las importaciones habían quedado reducidas a menos de 750.000 750.00 toneladas semanales. Aunque en el mes de agosto se produjo una notable reacción en las cifras, el promedio volvió luego a descender descend y en los tres últimos meses de 1940 apenas si excedió de las 800.000 toneladas. Un vecino poco servicial La acumulación de todas estas dificultades hizo crecer de punto mi indignación por la negativa de Irlanda a permitirnos utilizar utili sus puertos meridionales. Del primer ministro al canciller de la Tesorería “1-12-40. “La crítica situación en que nos encontramos, provocada en buena parte por la actitud de los Irlandeses, obliga a suscitar de nuevo la cuestión de los subsidios que les pagamos. Tiene escasa escasa consistencia la tesis de que podemos seguir satisfaciéndoles hasta el último aliento. Más nos valdría, a buen seguro, emplear este dinero en la construcción de nuevos barcos o en adquirirlos y traerlos de los Estados Unidos Un para compensar las elevadas pérdidas que venimos sufriendo a la altura del Foreland. “Le ruego me indique cómo podríamos suspender el pago de estos subsidios y qué medidas de represalia podrían adoptar los irlandeses irla en el terreno financiero. Conviene recordar que no tendríamos nada nada que temer si suspendieran sus envíos de víveres, pues con esto nos ahorraríamos las enormes cantidades de fertilizantes y de maquinaria agrícola que hemos de llevar a Irlanda a pesar del bloqueo bloqu alemán que el propio De Valera apoya…” La alfombra de dinamita Una noche del mes de diciembre celebré una conferencia con el Consejo del Almirantazgo y los altos jefes navales en la Oficina Oficin de operaciones, situada en la parte baja del “Anexo”. Los peligros y las dificultades, que todos los presentes conocían bien, bi se habían agudizado notablemente. Yo no podía menos que recordar los meses de febrero y marzo de 1917, en que la proporción de hundimientos por acción de los submarinos aumento en forma tan alarmante que nos preguntábamos si los aliados podrían seguir luchando durante muchos meses más, a pesar de los ingentes esfuerzos de la Marina Real. La mejor prueba del peligro que se cernía sobre nosotros está en el proyecto que presentaron los almirantes. Era absolutamente necesario garantizar el tráfico en las vías as de acceso al océano abierto, concediendo preferencia a esta tarea por encima de todo lo demás. A este efecto, los técnicos proponían la colocación de una verdadera alfombra submarina de dinamita desde las bocas del Mersey y del Clyde hasta la profundidadd de cien brazas al noroeste de Irlanda. Se trataba de sembrar un campo de minas sumergidas de cinco kilómetros de ancho y un centenar de kilómetros de largo desde los estuarios británicos hasta alta mar. Aun cuando para ello hubiese que monopolizar todos los explosivos disponibles, dejando de lado las operaciones terrestres en curso y el rearme adecuado de nuestras tropas, parecía ser de vital interés llevar a cabo el tendido de la susodicha alfombra, suponiendo, desde luego, que no fuese posible idear otra solución menos costosa. Explicaré el proceso de la operación. Había que anclar en el fondo del mar muchos millares de minas de contacto. De tal modo que quedasen situadas a unos diez metros de la superficie. Todos los barcos que abastecían a la Gran Bretaña aña o que abandonaban la isla para realizar acciones bélicas podrían pasar una y otra vez por encima de tales minas sin que las quillas tocasen con ellas. No obstante, cualquier submarino que se aventurase por entre aquel campo de explosivos saltaría fatalmente mente en pedazos; y al cabo de poco tiempo a sus congéneres no les parecería demasiado conveniente acercarse por allí. Claro que se trataba de una actitud de defensiva ultranza. Pero siempre era mejor esto que la inacción. Era el último recurso. Aquella misma sma noche se aprobó el conjunto del plan con carácter provisional, en espera de las propuestas detalladas., esto significaba que en lo sucesivo el buzo solo pensaría en su tubo de conducción de aire. Y, sin embargo, tenía otros quehaceres pendientes. Respirar a toda costa 116 Al mismo tiempo, empero, ordenamos a la aviación costera que efectuase una vigilancia cerrada de todos los pasos marítimos comprendidos entre el Mersey y el Clyde y en torno a la Irlanda septentrional. Había que conceder a esta tarea una prioridad absoluta. El bombardeo de Alemania pasó a segundo término. Era preciso destinar nuestra acción de contraofensiva todos los aviones, pilotos y material que fuesen necesarios; los cazas, para hacer frente a los bombarderos enemigos; nuestros aparatos de bombardeo, para ayudar a las unidades de superficie en su lucha contra los submarinos en aquellos angostos parajes de importancia vital. Muchos otros proyectos interesantes fueron anulados, aplazados o modificados. Había que respirar a toda costa. Tendremos ocasión de ver hasta que punto triunfó en el curso de los meses subsiguientes esta contraofensiva de la Marina y de la aviación costera; cómo restablecimos la libertad de nuestro tráfico en los pasos marítimos amenazados; como los “Heinkel-111” fueron derribados por nuestros cazas, y cómo, finalmente, los submarinos resultaron ahogados en las mismas zonas en que pretendían estrangularnos a nosotros. Baste decir aquí que los éxitos de la aviación costera se adelantaron a los preparativos relacionados con la alfombra de dinamita. Antes de que ésta llegase a ejercer una influencia beneficiosa apreciable en nuestra economía de guerra, se disiparon nuestras angustiosas ideas y nuestros enfermizos proyectos defensivos, y una vez más despejamos con armas nobles las vías de acceso a la isla. CAPITULO XLVI Victoria en el desierto Por espacio de un mes todas las tropas destinadas a participar en la ofensiva del desierto occidental ensayaron concienzudamente los papeles específicos que habían de desempeñar en el complicadísimo ataque. El teniente general Wilson y el general de división O’Connor tenían a su cargo la ejecución de los detalles del plan, y el general Wavell realizaba frecuentes visitas de inspección. Tan sólo un reducido círculo de jefes militares conocía el plan en toda su amplitud, y no se confió prácticamente nada a la palabra escrita. Con objeto de garantizar la sorpresa, se efectuaban maniobras encaminadas a dar al enemigo la impresión de que nuestras unidades habían quedado sumamente debilitadas con el envío de refuerzos a Grecia y que se proyectaban nuevas retiradas de tropas. Prisioneros por hectáreas El 6 de diciembre nuestro ejército, completamente mecanizado, de 25.000 hombres, bronceados y endurecidos todos ellos por el ardiente sol africano y el incesante ejercicio en el desierto, realizó un avance de 65 kilómetros; durante todo el día siguiente nuestros soldados permanecieron inmóviles entre las dunas, sin que la aviación italiana advirtiese su presencia. Avanzaron de nuevo el 8 de diciembre, y aquella noche se comunicó por primera vez a las tropas que lo que estaban llevando a cabo no era un supuesto táctico, sino una operación “en serio”. Al despuntar el alba del día 9 empezó la batalla de Sidi Barrani. No tengo intención de describir las incidencias de la compleja y dispersa lucha que se desarrolló durante los cuatro días siguientes en una región tan grande como Yorkshire. Todo salió a pedir de boca. Una brigada atacó Nibeiwa a las siete de la mañana y en poco menos de una hora cayó la posición en nuestro poder. A la una y media de la tarde se emprendió el ataque contra el campamento de Tummar y, al anochecer, éramos virtualmente dueños de toda la zona y la mayoría de sus defensores habían sido hechos prisioneros. Entre tanto, la Séptima División blindada había aislado Sidi Barrani al cortar la carretera de la costa al oeste de la ciudad. La guarnición de Marsa Matruk, de la cual formaban parte Los Codstream Guards, había preparado al mismo tiempo su golpe. Con las primeras luces del día 10 aquellas fuerzas atacaron las posiciones italianas de su sector con el apoyo de una cortina de fuego lanzadas por nuestras unidades navales., prosiguió la lucha durante toda la jornada, y hacia las diez de la noche el batallón de los Codstream Guards comunicó que era imposible contar con prisioneros en razón de su extraordinario número, pero que “había alrededor de dos hectáreas de jefes y oficiales y ochenta hectáreas de suboficiales y soldados”. Rápido avance Hora tras hora llegaban a mi despacho de Downing Street, las noticias del campo de batalla. Era difícil comprender con exactitud lo que estaba ocurriendo, pero la impresión general era favorable. Recuerdo que me sorprendió gratamente el curioso mensaje transmitido por un joven oficial de tanques: “Hemos llegado a la segunda “B” de Bug-Bug”. El día 10 pude informar a la Cámara de los Comunes que se libraba violenta lucha en el desierto; que se habían cogido 500 prisioneros y un general italiano había perecido en la refriega; y también que nuestras tropas habían alcanzado la costa. Aquella tarde fue ocupado Sidi Barrani. A partir del 11 de diciembre la ofensiva cobró carácter de una persecución de los italianos en fuga a cargo de la 7º División blindada, tras la cual seguían la 16ª Brigada de infantería británica (motorizada) y la 6ª División australiana, que había relevado a la 4ª División india. El 12 de diciembre pude comunicar a la Cámara que toda la región costera comprendida entre Bug-Bug y Sidi Barrani estaba en poder de las tropas británicas e imperiales y que habían llegado ya a Marsa Matruk 7.000 prisioneros. En el momento en que quedó consolidada la victoria de Sidi Barrani –concretamente el 12 de diciembre–, el general Wavell adoptó por su propia y directa iniciativa una decisión tan atrevida como genial. En vez de mantener en reserva en la retaguardia inmediata del campo de batalla a la 4ª División india, que acababa de ser relevada, la envió en seguida a Eritrea para que, junto con la 5ª División angloindia, participase en la campaña de Abisinia bajo el mando del general Platt. Una parte de la citada división salió vía marítima rumbo a Port Sudán y el resto hizo el viaje en ferrocarril y embarcaciones fluviales Nilo arriba. Algunos de tales contingentes pasaron casi directamente del frente de Sidi Barrani a los buques y entraron de nuevo en acción en un escenario bélico situado a 1.200 kilómetros de distancia muy poco después de su llegada al puerto de destino. Sin aquella sagaz decisión del general Wavell no habría sido posible la victoria de Karen (Eritrea) y la liberación de Abisinia se hubiese retrasado indefinidamente. “Mies granada para la siega” Me apresuré a felicitar a todos los que en una forma u otra intervenían en la acción, incitándoles al mismo tiempo a seguir adelante hasta el límite extremo de nuestras fuerzas. 117 De Mr. Churchill a Mr. Menzies, primer ministro australiano; “13-12-1940 “Estoy seguro de que se sentirá usted confortado por la magnífica victoria que los ejércitos imperiales han logrado en Libia. Esto, junto con los reveses que están sufriendo las tropas italianas en Albania, debilitará evidentemente la posición de Mussolini. Recuerde que hace pocos meses yo no podía garantizar siquiera una defensa eficaz del delta del Nilo y el canal de Suez. Corrimos graves riesgos en la metrópoli al enviar tropas, tanques y cañones por la ruta del cabo de Buena Esperanza cuando nos hallábamos bajo la amenaza de una invasión inminente, y ahora obtenemos la recompensa. “Estamos proyectando la constitución en el oriente Medio de un vasto ejército en el que esté representado el Imperio, ejército debidamente reforzado por un número considerable de unidades navales, con objeto de hacer frente a un posible bandazo alemán en aquel sentido y al propio tiempo facilitar nuestro desplazamiento hacia el Este, en dirección a ustedes, si llega el caso. El éxito lleva siempre aparejada la necesidad de un esfuerzo mayor. Con mis mejores votos…” Del primer ministro al general Wavell: “13-12-40 “Felicito a usted cordialmente por su espléndida victoria, que da cumplida satisfacción a nuestras más ambiciosas esperanzas. La Cámara de los Comunes quedó impresionada al conocer, a través de mis declaraciones, la inteligente y habilísima labor de organización y dirección militar que ha realizado ese Mando y la intrepidez con que nuestro Ejército ha llevado a término su ardua tarea. El Rey enviará a usted un mensaje en cuanto poseamos datos y resultados más completos. Entretanto, ruégole transmita la expresión de mi gratitud y mis afectuosos saludos a Wilson, y sírvase aceptarlos también usted personalmente. “Dice el poeta Walt Whitman que el disfrute del triunfo, por grande que éste sea, obliga siempre a desarrollar un nuevo esfuerzo todavía mayor. Es de suponer que la prosecución de la ofensiva constituye hoy la idea dominante en usted. Precisamente en el momento en que el atacante victorioso está más agotado es cuando puede infligir al enemigo una derrota más dura. Nada mejor para minar el prestigio de Mussolini que un desastre de sus tropas en la misma Libia. A buen seguro habrá estudiado usted la posibilidad de ocupar algún puerto en territorio de soberanía italiana al cual nuestra Flota pueda llevarle todo el material necesario y que le sirva como nuevo trampolín para continuar persiguiendo al enemigo a lo largo de la costa hasta que encuentre resistencia efectiva. Me da la impresión de que el italiano es ya mies granada para la siega…” La tarea suprema El 15 de diciembre todas las fuerzas enemigas habían sido arrojadas de Egipto. La mayor parte de las tropas italianas que quedaban en Cirenaica se habían retirado al interior de las defensas de Bardia, población que, por lo demás, nuestras unidades aislaron poco después. Con esto terminó la primera fase de la batalla de Sidi Barrani, cuyo resultado fue la destrucción casi total de cinco divisiones enemigas. Cogimos más de 38.000 prisioneros; nuestras bajas ascendieron a 133 muertos, 387 heridos y ocho desaparecidos. Del primer ministro al general Wavell: “16-12-40. “El Ejército del Nilo ha prestado un servicio inmenso al Imperio y a nuestra Causa, y empezamos ya a cosechar frutos en diversos campos. Estamos profundamente agradecidos a usted, a Wilson y a los demás jefes, cuyas magníficas dotes militares de organización y dirección han hecho posible la memorable victoria del desierto líbico. “Su primer objetivo debe ser ahora machacar al Ejército italiano y expulsarlo de la costa africana en toda la extensión que le permitan sus fuerzas. Nos ha complacido conocer sus intenciones a propósito de Bardia y Tobruk, así como la recentísima ocupación de Sollum y Capuzzo. Tengo la seguridad de que mientras no esté usted plenamente convencido de la imposibilidad de llegar más lejos no abandonará el objetivo primordial para prestar atención a las operaciones secundarias del Sudán y el Dodecaneso. “El Sudán tiene una importancia extraordinaria, y quizá sea posible a este efecto prescindir de las dos brigadas indias (es decir, la 4ª División india) sin perjuicio para la batalla de persecución. El Dodecaneso puede esperar un poco más. Pero ninguno de estos dos objetivos debe distraerle de la suprema tarea de infligir nuevas derrotas al grueso del Ejército italiano. Naturalmente, desde aquí no puedo ni pretendo justipreciar en detalle la situación, pero conviene no olvidar la máxima de Napoleón: “Frappez la masse et tout le reste vient par surcroit”. (Asestad vuestros golpes al grueso de la fuerzas enemigas y todo lo demás se os dará por añadidura) “Vuelvo sobre la sugestión que le hice en mi telegrama anterior respecto a operaciones anfibias y desembarcos detrás del frente enemigo a fin de aislar a los contingentes italianos de vanguardia y transportar material y tropas por mar. “Ruégole salude y felicite en mi nombre a Longmore por la espléndida ayuda que la R.A.F. ha prestado al Ejército. Confío que habrá recibido sin novedad el último envío de “Hurricanes”. Dígale que estamos embarcando en el “Furious” otra remesa todavía mayor de aviones. Recibirá también los que son objeto de (la operación). “Exceso”. Ambas expediciones llegarán a su destino a principios de enero.” Del primer ministro al general Wavell “18-12-40. “San Mateo, capítulo VII, versículo 7.” (Pedid, y se os dará; buscad, y hallareis; llamad, y os abrirán.) Las batallas de Bardia y Tobruk 118 Bardia era nuestro objetivo inmediato. Dentro de su perímetro de 25 kilómetros de largo, se hallaba el núcleo de cuatro divisiones italianas. Las defensas se componían de un foso antitanques ininterrumpido, alambradas y blocaos de hormigón espaciados entre sí; detrás de esto había una segunda línea dee fortificaciones. El asalto de aquel poderoso baluarte requería una preparación minuciosa. La 7ª División blindada cortó toda posible retirada del enemigo por el Norte y el Noroeste. Para el ataque propiamente dicho contábamos con la 6ª División Div australiana, na, la 16ª Brigada de infantería británica, el 7º Batallón del Regimiento Real de Tanques (26 unidades), un batallón de ametralladoras, un regimiento de artillería de campaña y otro de artillería de calibre medio. Para terminar el relato de este episodio de d la victoria en el desierto he de entrar en el ámbito del nuevo año. El ataque empezó en la madrugada del 3 de enero. Protegido por una barrera concentrada de artillería, un batallón australiano se apoderó de un atrincheramiento enemigo en la zona occidental tal del perímetro defensivo. Nuestras tropas de ingenieros cegaron el foso antitanques detrás de aquellas fuerzas avanzadas. Dos brigadas australianas atacaron y se desplegaron hacia el Este y el Sudeste. Iban cantando a coro una canción que habían traído con ellos de Australia y que muy pronto se hizo popular en la Gran Bretaña: “Nos vamos a ver al Mago, al prodigioso Mago de Oz. Dicen que es el mago de los magos, Si alguna vez un mago existió.” (“We’re off see the Wizard, The wonderful Wizard of Oz. We hear he is a whiz of a wiz, If ever a wiz there was.”) Siempre que oigo esta tonadilla me acuerdo de aquellos tiempos de heroico optimismo. El 4 por la tarde los tanques británicos –las Matildes”, como les llamaban los soldados–,, apoyados por la infantería, infanterí entraron en Bardia, y el día 5 todos los defensores habían capitulado. Cayeron en poder de nuestras fuerzas 45.000 prisioneros y 462 cañones. Al día siguiente, 6 de enero, Tobruk quedó aislado a su vez por la 7ª División blindada, y el día 7 la brigada australiana de vanguardia llegó ante las defensas orientales de la ciudad. El perímetro fortificado tenía allí unos 45 kilómetros de longitud y era semejante al de Bardia, con la diferencia de que en muchos puntos el foso antitanques antitanqu no era suficientemente hondo para ser eficaz. La guarnición se componía de una división completa de infantería, el cuartel general de un cuerpo de ejército y gran número de elementos rezagados de otras zonas más avanzadas. Hubo que esperar hasta el 21 de enero para emprender el ataque. A primeras horas de aquel día, con la protección de un nutrido fuego de barrera, otra brigada australiana perforó el cinturón defensivo en su sector meridional. Las dos brigadas restantes de la división div penetraron en la cabeza de puente formada porr sus compañeros y se desplegaron a derecha e izquierda. Al anochecer una tercera parte del recinto fortificado estaba en nuestras manos, a la mañana siguiente, muy temprano, había cesado toda resistencia. El número de prisioneros prisio ascendió a 30.000 se cogieron eron además 236 cañones. Colaboración eficaz de las tres Armas En seis semanas el Ejército del desierto había avanzado 325 kilómetros a través de un terreno totalmente desprovisto de agua y de víveres, había tomado por asalto dos puertos de mar sólidamente sólidamente fortificados y guarnecidos con defensas aéreas y navales permanentes y había cogido a 113.000 prisioneros y más de 700 cañones. El gran Ejército italiano que había invadido Egipto y que esperaba conquistarlo por p entero, apenas si existía ya como fuerza militar organizada. Y únicamente las dificultades abrumadoras creadas por la distancia y el abastecimiento retrasaron el avance ilimitado de las fuerzas británicas hacia el Oeste. La Flota apoyó vigorosamente todas aquellas operaciones. Bardia y Tobruk fueron fueron sometidos en momento oportuno a intensos bombardeos desde el mar, y la Aviación naval desempeñó un importante papel en la batalla terrestre. La Marina ayudó de modo especial al Ejército en el curso de su avance mediante la entrega de unas 3.000 toneladas toneladas diarias de víveres y material para las tropas avanzadas, amén del valioso servicio de transporte de fuerzas a través de los puertos ocupados. Nuestro victorioso Ejército debió asimismo una buena parte de su triunfo al predominio que la “Royal Air Force” alcanzó sobre la “Regia Aeronáutica”. Aunque inferiores en número, nuestros pilotos establecieron muy luego con su agresividad un poderío moral absoluto absol que les convirtió en dueños del aire. Nuestros ataques contra los aeródromos enemigos dieron excelente resultado, como quedó demostrado con los centenares de aparatos italianos que después encontramos destruidos y abandonados. 119 CAPITULO XLVII y último de la Segunda Parte Balance de un año terrible Ha llegado el momento de pasar revista a los diversos proyectos y contingencias con respecto a los cuales teníamos planes trazados y en la mayoría de los casos incluso preparativos hechos. Treinta divisiones sobre las armas Naturalmente, el objeto primordial era la defensa de la isla contra la invasión. Habíamos armado y equipado ya –aunque, fuerza es reconocerlo, no todos los pertrechos eran de de tipo ultramoderno– a cerca de treinta excelentes divisiones móviles, formadas en gran parte por tropas regulares y todos cuyos efectivos habían estado sometidos a vigoroso entrenamiento por espacio de quince meses. De las citadas treinta divisiones considerábamos que, aparte las fuerzas que guarnecían las costas, nos bastaría con quince para hacer frente a cualquier intento enemigo de desembarco. La Guardia Metropolitana, que contaba a la sazón con más de un millón de hombres, poseía fusiles y algunos cartuchos, amén de nuestras reservas de municiones. Disponíamos, pues, de doce o quince divisiones para emprender acciones ofensivas en ultramar si era necesario o si se presentaba la ocasión. Habíamos tomado las medidas oportunas para el envío de refuerzos procedentes de Australia, Nueva Zelanda y la India con destino al Oriente Medio, y especialmente para el Ejército del Nilo. Como la navegación por el Mediterráneo era aún muy difícil, todos aquellos convoyes y sus buques de escolta se veían obligados a efectuar largos viajes y a perder muchas semanas. Planes de diversa índole Segundo: Para el caso de que Vichy o los franceses de África del Norte se incorporasen a la causa común, teníamos preparado un cuerpo expedicionario de seis divisiones, dotado de aviación propia, para realizar un desembarco, virtualmente incruento y apoyado desde tierra, en los puertos marroquíes del Atlántico, de modo especial de Casablanca. El que tuviéramos tiempo de transportar aquel bien organizado ejército al Marruecos francés o a Ceuta, frente a Gibraltar, antes de que los alemanes llegasen a través de España con efectivos y pertrechos iguales a los nuestros dependería del grado de la resistencia española. Podíamos, sin embargo, si se nos invitaba a ello y lo considerábamos conveniente, desembarcar en Cádiz para ayudar a las fuerzas españolas. Tercero: Para el caso de que el Gobierno español cediese a la presión alemana y se convirtiese en aliado o co-beligerante de Hitler, inutilizando así a nuestros efectos el puerto de Gibraltar, teníamos dispuesta una brigada que embarcaría en cuatro transportes rápidos y se apoderaría u ocuparía algunas de las islas del Atlántico. Por otra parte, si el Gobierno de Lisboa convenía en que podíamos, a estos efectos, invocar el Tratado de alianza anglo portugués de 1373 –“Los amigos y los enemigos de nuestros amigos lo son también nuestros”–, estableceríamos rápidamente una base en las islas de Cabo Verde. Esta operación, a la que dábamos el nombre de “Granada”, nos proporcionaría las bases aéreas y los puertos de abastecimiento necesarios para mantener el control naval de la zona más peligrosa de la ruta del Cabo. Cuarto: Nos disponíamos a enviar a Egipto, vía cabo de Buena Esperanza, una brigada de tropas francesas degaullistas formada en Inglaterra y reforzada con contingentes del África Occidental, para apoderarse de Djibuti en el momento en que las circunstancias lo aconsejaran (operación “Marie”). Piezas esenciales del gran tablero Realizábamos preparativos asimismo para enviar refuerzos a Malta, especialmente aviones (operación “Cabrestante”, con objeto de recobrar el, dominio del brazo de mar que separa Sicilia de Túnez. Como factor importante en este sentido, habíamos establecido los planes necesarios para que una brigada de “comandos”, que sir Roger Keyes quería dirigir personalmente, se apoderase de la isleta rocosa de Pantelaria (operación “Taller”). Dimos órdenes para que se hicieran todos los esfuerzos convenientes a fin de transformar la bahía de Suda, en Creta, en una gran base naval y aérea; dispusimos también que se reforzara la guarnición de aquella plaza de acuerdo con lo que aconsejase la evolución de los acontecimientos en Grecia. Estábamos construyendo, por otra parte, aeródromos en este país, tanto para ayudar al Ejército griego como para efectuar incursiones contra Italia y, en caso necesario, contra los campos petrolíferos de Rumania. Intensificábamos también la creación de aeródromos en Turquía y nuestra ayuda técnica a esta nación. Finalmente, recurríamos a todos los medios para estimular las revueltas en Abisinia, y teníamos concentradas en Khartum considerables fuerzas dispuestas a atacar desde Kasala el gran Ejército italiano de Abisinia. Teníamos en proyecto un avance combinado de unidades terrestres y navales que, partiendo de Kenya y remontando la costa oriental de África en dirección al mar Rojo, ocupasen los puertos fortificados de Assab y Massaua y acto seguido se lanzasen a la conquista de la colonia italiana de Eritrea. 120 Luces y sombras Así, pues, yo estaba en disposición de someter al Gabinete de Guerra una amplia selección de proyectos detallados y cuidadosamente cuidadosa estudiados que podíann ponerse en práctica rápidamente contra en enemigo, aparte de la tarea en curso de dar cada vez mayor volumen a nuestro potencial bélico, tanto en hombres como en municiones, barcos, aviones, tanques y artillería. Al terminar aquel año tan grávido de acontecimientos acontecimientos no podíamos, a decir verdad, considerar que nuestra situación fuese desfavorable, a pesar de las duras pérdidas sufridas en diversos órdenes. Por encima de todo, aun respirábamos. Habíamos derrotado a la Aviación Aviac alemana. La invasión de la isla no se había producido. Nuestro Ejército metropolitano era ya muy potente. Londres había salido victorioso de la tremenda prueba. Todo lo relacionado con nuestro dominio del cielo de la Gran Bretaña progresaba rápidamente. Los pocos comunistas comun que teníamos en el país, obedeciendo las órdenes de Moscú, farfullaban incoherencias acerca de aquella guerra “fomentada por capitalistas e imperialistas”. Pero las fábricas trabajaban a pleno rendimiento y toda la nación británica se afanaba noche y día, exaltada por un sentimiento de confianza y orgullo., la victoria centelleaba en el desierto de Libia, y allende el Atlántico la gran República se aprestaba apresta cada vez con más decisión a cumplir con su deber y a darnos su apoyo. En los albores del nuevo año Por aquelloss días recibí una carta muy expresiva del Rey: “Sandringham, 2 de enero de 1941. “Mi querido primer ministro: “Quiero patentizarle mis mejores deseos de felicidad para el Año Nuevo. Confío que en el transcurso del mismo veremos apuntar en el horizonte el término de este conflicto. Me siento ya mejor por efecto de mi estancia aquí; este cambio de residencia y el ejercicio al aire air libre actúan en mí como un tónico. Considero impropio, sin embargo, el permanecer alejado de mi puesto cuando todos los demás siguen sig realizando su labor cotidiana. Sea como fuere, debo aceptar esto como una medicina y esperar que regresaré con el cuerpo y al ánimo mejor dispuestos para colaborar en los incesantes esfuerzos contra el enemigo. “Confío que habrá podido usted tomarse un pequeño descanso con ocasión de las Navidades, a pesar del trabajo abrumador que pesa sobre sus hombros. Siento una profunda admiración por todo cuanto ha hecho usted en los últimos siete meses en su calidad de primer ministro, y recuerdo con verdadero placer acer las charlas que hemos sostenido en el curso de nuestros almuerzos semanales. Espero reanudarlas a mi regreso, pues me son particularmente gratas. “Pienso hacer una visita a Sheffield (había sido violentamente bombardeada) el próximo lunes. Desde aquí me es fácil ir y volver en un día… “Reiterándole mis mejores votos, quedo sinceramente suyo. JORGE. R. I.” Expresé al Rey mi cordial agradecimiento en los siguientes términos: “5 de enero de 1941. “Señor: “Constituye para mí un gran honor la amabilísima carta que Vuestra Majestad me ha dirigido. El afecto con que Vuestra Majestad y la Reina se han dignado tratarme desde la época en que fui nombrado primer lord del Almirantazgo, y más aún desde que ostento el cargo de primer ministro, ha sido para ara mí un constante venero de energía y de estímulo en medio de las vicisitudes de esta lucha feroz por nuestra existencia. “Serví ya durante muchos años al padre y al abuelo de Vuestra Majestad como ministro de la Corona, y mi padre y mi abuelo sirvieron sir a la reina Victoria; pero la actitud de Vuestra Majestad hacia mí ha alcanzado un grado de generosa intimidad que nunca hubiese creído cr posible merecer. “Es evidente, Señor, que hemos vivido días y semanas de trágica prueba sin precedentes en los anales de la Monarquía inglesa, y aun nos queda por recorrer un largo y áspero camino. Ha sido parta mí motivo de extraordinaria satisfacción poder almorzar cada semana seman con Vuestra Majestad en el viejo palacio de Buckingham mutilado por las bombas, así como ver que en Vuestra Majestad y en la Reina alienta un espíritu que no se arredrará ante ningún peligro ni desmayará bajo el peso de las más arduas tareas. Esta guerra ha dado origen a una aproximación entre el Trono y el pueblo mucho más estrecha que la registrada en cualquier otro período de nuestra historia, y el cariño que todos los sectores y todas las clase sociales de la nación sienten por Vuestras Majestades es muy superior al que conocieron todos los príncipes y soberanos de los tiempos pasados. “Estoy orgulloso loso en verdad de que me haya tocado en suerte cumplir con mi deber al lado de Vuestras Majestades es muy superior al que conocieron todos los príncipes en esta hora crucial de la historia de Inglaterra. Y lleno de firme esperanza y fe absoluta en el futuro, futur me es grato suscribir la presente en esta “jornada de Bardia”, cuando acaban de caer en poder de las intrépidas fuerzas australianas otros veinte mil prisioneros italianos. “Soy de Vuestra Majestad fiel y devoto servidor y súbdito, WINSTON CHURCHILL.” El peso de los destinos del mundo Podemos considerar sin duda alguna aquel año terrible como el más grande, por haber sido el más crítico, de nuestra larga historia. Fue una Inglaterra poderosa y bien organizada la que destruyó a la Armada Invencible. Una na ardiente llama de resolución y entusiasmo nos animó durante la contienda que por espacio de veinticinco años sostuvieron Guillermo III y Marlborough con Luis XIV. Brillante fue la época del conde de Chatham. Vino después la prolongada lucha contra Napoleón, Napol de la cual salimos victoriosos porque la Flota Británica, bajo la sabia dirección de Nelson y sus lugartenientes, logró dominar los mares. Un millón de súbditos británicos murió en la primera guerra mundial. Pero nada sobrepuja en trascendencia a 1940. 1940 Al terminar aquel año nuestra 121 pequeña y vetusta isla, con la ferviente ayuda de su “Commonwealth”, de sus Dominios y de los diferentes territorios unidos bajo la Corona en todas las latitudes, había demostrado que era capaz de soportar el choque y el peso de los destinos del mundo. No habíamos vacilado. No habíamos desfallecido. El alma del pueblo británico, de nuestra raza toda, había dado pruebas de ser indomable. No era posible tomar por asalto la ciudadela del Imperio. Solos, pero alentados por el latido de todos los corazones honrados de la humanidad, habíamos desafiado al tirano cuando se hallaba en el cenit de su triunfo. Toda nuestra fuerza latente se hallaba en tensión. Habíamos superado el terror aéreo. Nuestra isla era intangible y permanecía inviolada. En lo sucesivo también nosotros tendríamos armas para combatir. En lo sucesivo también nosotros seríamos una máquina bélica perfectamente organizada. Habíamos demostrado al mundo que podíamos resistir y luchar con decisión. El problema de la dominación del mundo por Hitler tenía ya un nuevo factor. Inglaterra, a la que tantos y tantos habían considerado fuera de combate. Seguía de pié en el cuadrilátero, mucho mas fuerte que nunca y cobrando cada día nuevo vigor. Optimismo ante el futuro Una vez más el tiempo se había puesto de nuestra parte. Y no sólo en el plano meramente nacional. Los Estados Unidos se armaban a un ritmo acelerado y se acercaban más y más al conflicto. La Rusia soviética que, con grosera falta de perspicacia, nos había considerado como elemento baladí al estallar la guerra y había comprado a Alemania una inmunidad efímera y una parte del botín, contaba asimismo con una fuerza mucho mayor que antes y entretanto había ocupado posiciones avanzadas a los efectos de su propia defensa. El Japón, por aquel entonces, parecía atemorizado ante la clara perspectiva de una guerra mundial larga, y, observando con inquietud a Rusia y a los Estados Unidos, meditaba profundamente acerca de la política más prudente y lucrativa a seguir. Por su parte, Inglaterra, con su vasta asociación de Estados y posesiones, que el mundo había creído que estaba al borde de la ruina y con el corazón a punto de ser traspasado por una estocada mortal, llevaba ya quince meses concentrando sus afanes en los problemas de la guerra, entrenando a sus hombres y consagrando a la lucha sus múltiples recursos y su inmensa vitalidad. Con gesto de asombro y un suspiro de alivio, los pequeños países neutrales y las naciones subyugadas se daban cuenta de que aún lucían las estrellas en el cielo. De nuevo apuntaba en los corazones de centenares de millones de hombres el fulgor de una esperanza entreverada de rencor. Triunfaría la buena causa. El derecho no sería pisoteado. La bandera de la libertad, que en aquella hora fatídica no era otra que la bandera británica, seguiría ondeando a todos los vientos. Pero yo y mis colegas, situados en el puesto de mando y exactamente informados de la realidad, no estábamos faltos de preocupaciones. El espectro del bloqueo submarino ponía ya un destemplado contrapunto a nuestros optimismos. Todos nuestros planes dependían de la eliminación de esta amenaza. La batalla de Francia estaba perdida. La batalla de Inglaterra estaba ganada. Nos quedaba aún por librar la batalla del Atlántico. Fin de la segunda parte 122
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