Memorias Churchill - 2 guerra 2 parte

Memorias de Winston S. Churchill
SEGUNDA GUERRA MUNDIAL: SU HORA MEJOR
2ª parte
CAPITULO I
La caída de Francia
La tormenta tan lentamente fraguada y tan largamente contenida estalló por fin con furia sobre nuestras cabezas. Cuatro o cinco
millones de hombres se lanzaron unos contra otros en el primer choque de la guerra más despiadada que registra la Historia.
En el transcurso de los interminables años de la primera contienda mundial y en los primeros meses de la segunda nos habíamos
acostumbrado a vivir tras la barrera del frente francés. En menos de una semana, aquel frente había de quedar irremisiblemente roto. En
menos de tres semanas, el Ejército francés, de tan sólida como antigua reputación, había de dislocarse y naufragar en el piélago tumultuoso de
la derrota, mientras el Cuerpo expedicionario británico era arrojado al mar después de haber perdido todo su material. Al cabo de diez
semanas habíamos encontrado la soledad, casi, inertes, con el dogal de una Alemania y una Italia victoriosas asido a la garganta, en tanto que
el poderío de Hitler, se extendía por toda Europa y, al otro extremo del Globo, se alzaba cada vez más sombría la amenaza japonesa.
En aquellas circunstancias y en medio de tan inquietantes perspectivas asumí la Jefatura del Gobierno y las funciones de ministro
de Defensa Nacional. La primera tarea que me impuse fue la de constituir un Gobierno en el cual estuviesen representados todos los Partidos
y que dirigiese los asuntos Su Majestad en la metrópoli y en ultramar teniendo exclusivamente en cuenta el interés nacional.
Cinco años más tarde, casi día por día, nuestra situación era mucho más halagüeña. Estaba terminada la conquista de Italia y
Mussolini había muerto a mano airada. El poderoso Ejército alemán se rendía incondicionalmente. Hitler se había suicidado. Aparte el
número inmenso de prisioneros hechos por el general Eisenhower, cerca de tres millones de alemanes caían, en el espacio de veinticuatro
horas, en poder de las fuerzas del mariscal Alexander en Italia y del mariscal Montgomery en Alemania. Francia, liberada, recuperaba sus
fuerzas y retornaba a la vida. En estrecha unión con nuestros aliados, los dos imperios más poderosos del mundo nos aprestábamos a
consumar el rápido hundimiento de la resistencia nipona.
Notable en verdad era el contraste. Larga, difícil y azarosa había sido nuestra peregrinación a través de aquellos cinco años. Los
que murieron por el camino no ofrendaron su existencia en vano. Y los supervivientes se sentirá, siempre orgullosos de haber recorrido la
áspera senda con honor.
Antes de empezar a dar cuenta de mi actuación y a relatar la historia del célebre Gobierno de coalición nacional, creo que tengo el
deber de dejar bien sentada la amplitud de la contribución que la Gran Bretaña y su Imperio, estrechamente unidos frente al peligro, aportaron
a lo que había de convertirse en la causa común de tantas naciones y Estados. No me mueve el afán de establecer comparaciones enojosas ni
de crear absurdas rivalidades con nuestro aliado máximo, los Estados Unidos, con quien tenemos contraída una deuda de gratitud
imperecedera y sin límites. No obstante, en bien del interés común del mundo anglosajón, es preciso que se conozca y comprenda la
magnitud del esfuerzo de guerra británico.
Hasta el mes de julio de 1944, la Gran Bretaña y su Imperio tuvieron en contacto con el enemigo un número de divisiones
claramente superior al de los Estados Unidos. Esta cifra global abarca no solamente las operaciones en Europa y en África, sino que se refiere
igualmente a la guerra en Asia contra el Japón. Hasta el otoño de 1944, en cuya época llegó a Normandía el grueso del Ejército
norteamericano, nos asistió el derecho de hablar por lo menos en tono de igualdad y aun en muchísimas ocasiones como la Potencia aliada
preponderante en todos los escenarios de la contienda, excepto en el Pacifico y en Australia; así fue, hasta la fecha antes mencionada, en la
referente al número total de divisiones en todos los frentes en contacto con el enemigo, adquirió una importancia sin cesar creciente y siguió
aumentando triunfalmente hasta la victoria final.
Quiere citar otras cifras comparativas que revelan cómo el sacrificio en vidas humanas realizado por la Gran Bretaña y el Imperio
es superior al de nuestros valerosos aliados. El número de súbditos británicos pertenecientes a las fuerzas armadas muertos o desaparecidos se
eleva a 303.240, a los que deben añadirse 109.000 de los Dominios, la India y las Colonias, lo cual da un total de 412.240. En esta cifra no
están incluidas las 60.500 personas de la población civil que perecieron a consecuencia de las incursiones aéreas enemigas sobre el Reino
Unido, ni las pérdidas de nuestra Marina mercante y de nuestros pesqueros, que ascienden aproximadamente a 30.000 hombres. Por su parte
Norteamérica deplora la muerte de 322.188 hombres entre el Ejército, la Aviación, la Marina y los servicios de guardacostas.
Pongo de manifiesto este trágico cuadro de honor con la convicción profunda de que la camaradería santificada con tanta y tan
preciosa sangre será respetada y presidirá siempre la conducta del mundo anglosajón.
Los conservadores tenían en los Comunes más de ciento veinte votos de mayoría sobre todos los partidos restantes combinados.
Habían elegido a Mr. Chamberlain como jefe. El hecho de que un hombre como yo, después de mis largos años de críticas y de reproches
violentos en muchas ocasiones, reemplazara al viejo luchador, tenía que resultar harto desagradable para muchos de mis compañeros de
partido. Era evidente para muchos de ellos que durante mi vida política había observado una actitud casi constante de fricción y aun de lucha
abierta con el Partido Conservador; que les había abandonado en el problema del libre cambio y más tarde había pasado a ocupar el cargo de
canciller de la Tesorería a poco de reingresar en sus filas. Posteriormente, había sido su más decidido oponente en lo relativo a la India, en
cuanto a política exterior y a la falta de preparación para la guerra.
Muy difícil les sería aceptarme de buen grado como primer ministro. Sin duda sería incluso doloroso para muchos hombres
dignos. Además, la lealtad al jefe electo del Partido es la característica esencial de los conservadores. Si en algunas cosas no se mostraron a la
altura de sus deberes para con la nación en los años anteriores a la guerra, fue precisadamente por este sentido de lealtad al jefe.
Ninguna de estas consideraciones provocó en mí la menor inquietud. Sabía que el rugido de los cañones ahogaría todos los
sentimentalismos.
En principio, había ofrecido a Mr. Chamberlain, y él había aceptado la Jefatura de la Cámara de los Comunes, así como el puesto
de Lord Presidente del Consejo. Nada de esto se había hecho público, empero, Mr. Attlee me comunicó que en estas condiciones la postura
del Partido Laborista sería bastante incómoda. En un Gobierno de coalición, el jefe de la Cámara de Los Comunes ha de ser persona
aceptable para todos. Informé en este sentido a Mr. Chamberlain y, previa su entera conformidad, asumí el citado cargo, que conservé hasta el
mes de febrero de 1.942.
1
Durante aquellos dos años, Mr. Attlee actuó en representación mía y realizó el trabajo cotidiano. Su larga experiencia de la
oposición fue muy valiosa. Yo intervenía sólo en las ocasiones de especial importancia, que, por lo demás, eran asaz frecuentes. Muchos
miembros del Partido Conservador opinaban que su jefe había sido menospreciado. Todos ellos admiraban su conducta personal. Al aparecer
por primera vez en los Comunes ostentando su nuevo cargo (13 de mayo), todos los diputados de su partido - la gran mayoría de la Cámara se pusieron en pié y le tributaron una vehemente demostración de simpatía y afecto. En el transcurso de las primeras semanas, los aplausos
dirigidos a mí partieron especialmente de los bancos laboristas. Pero Mr. Chamberlain me apoyó en todo momento con la inquebrantable
adhesión, y, por otra parte, yo estaba seguro de mí mismo.
Determinados elementos del Partido Laborista, así como algunas de las figuras destacadas que no habían entrado a formar parte
del nuevo Gobierno, ejercieron intensa presión para que se realizara una depuración de los “culpables”, es decir, de los ministros responsables
de la claudicación de Munich y de aquellos a quienes podían acusarse de la negligencia y la falta de celo que habían dado como resultado
nuestra deficiente preparación para la guerra. Los más notorios de entre estos eran Lord Halifax, lord Simon y sir Samuel Hoare.- Pero el
momento no era el más oportuno para proscribir a hombres de talento, de reconocida experiencia en los altos cargos del Estado y cuyo
patriotismo nadie ponía poner en duda. Si aquellos rígidos censores hubiesen tenido las manos libres, por lo menos una tercera parte de los
ministros conservadores se habría visto, obligada a dimitir
Considerando que Mr. Chamberlain era el jefe del Partido Conservador, era evidente que semejante acción destruiría la unidad
nacional. Además, yo no necesitaba preguntarme si los reproches habían de tener carácter unilateral. Desde luego, la responsabilidad oficial
recaía en el Gobierno de la época. Pero las responsabilidades mortales eran mucho más amplias. En mi mente estaba escrita con claridad,
presta para su utilización inmediata, una larga e impresionante lista de fragmentos de discurso y mociones de diferentes ministros tanto
laboristas como, liberales que los acontecimientos se habían encargado de desmentir. Nadie con más derecho que yo para echar un velo sobre
el pasado. , Por consiguiente, rechacé de plano aquellas tendencias disgregantes.
“Si el presente - dije unas semanas más tarde - trata de erigirse en juez del pasado, perderá irremisiblemente el porvenir.”
Este argumento y el peso abrumador de la hora aquietaron los ímpetus de los presuntos cazadores de herejías.
Mis recuerdos de aquellos primeros días tienen una configuración extraña. Vivía con el ánimo pendiente de la gran batalla en la
cual estaban concentrados todos los pensamientos, sin que fuera posible hacer nada respecto a la misma. Había que dedicar todo el tiempo a
la formación del Gobierno, a las consultas políticas, al equilibrio de los partidos en el nuevo Ministerio. No puedo recordar, ni mis notas dan
cuenta de ello, la distribución exacta de Aquellas Horas. A la sazón, el Gobierno británico comprendía entre sesenta y setenta ministros de la
Corona, que era necesario acoplar entro sí como las piezas de un complicadísimo rompecabezas, teniendo en cuenta que aquel caso concreto
las exigencias de tres partidos distintos.
No sólo había de entrevistarme con las figuras principales sino también, siquiera fuese por breves momentos, con el gran numero
de personas capacitadas a designar para faenas de notable importancia. Al constituir un Gobierno de coalición, el primer ministro ha de
sopesar en debida forma los deseos de los jefes de partido acerca de quienes de entre sus prosélitos han de ocupar los cargos adjudicados a su
grupo parlamentario. A este principio me atuve en lo posible. Por regla general, no obstante las dificultades fueron mínimas.
Encontré en Clement Attlee a un colega experimentado en los problemas bélicos y muy versados en los asuntos de la Cámara de los
Comunes. Nuestras únicas divergencias de opinión se referían al socialismo, y aun éstas acabaron zozobrando ante los embates de una guerra
que muy luego había de imponer la subordinación casi completa del individuo al Estado. Durante todo aquel periodo de gobierno trabajamos
juntos en perfecta armonía. Por su parte, mister Arthur Greenwood fue un consejero sagaz y enérgico, a la par que un amigo sincero.
En su calidad de jefe del Partido Liberal, sir Archibald Sinclair se resistía a aceptar el cargo de ministro del Aire, pues sus
seguidores consideraban que había de dársele asiento en el Gabinete de Guerra. Pero como esto era contrario al principio de un Gabinete de
Guerra restringido, le propuse que asistiera a las reuniones del mentado organismo cuando en él se debatiesen cuestiones fundamentales de
orden político o relacionadas con la unión de los partidos. Sinclair era amigo mío, había sido mi lugarteniente cuando en 1916, mandaba yo el
6º Regimiento de Fusileros Escoceses de Su Majestad en Ploegsteert (Bélgica); y personalmente deseaba ahora colaborar conmigo en la
importante rama del Gobierno que le ofrecía. Tras no escasas negociaciones, todo quedó arreglado de acuerdo con mi sugestión.
Mr. Bevin, a quién había conocido al principio de la guerra, cuando trataba de moderar las exorbitantes peticiones del
Almirantazgo en cuanto a barcos pesqueros; tenía que consultar con el Sindicato General de Transportes, del cual era secretario, antes de
aceptar en el equipo gubernamental el importantísimo cargo de ministro de Trabajo. Transcurrieron dos o tres días antes de que me diera su
respuesta definitiva, pero merecía la pena esperar. Efectivamente, el Sindicato, el más importante de la Gran Bretaña, votó por unanimidad en
sentido afirmativo y mantuvo sólidamente esta decisión por espacio de cinco años, hasta que alcanzamos la victoria.
Las mayores dificultades fueron las surgidas a propósito de lord Beaverbrook. A mi entender, éste podía prestar servicios de
inapreciable valor. Yo había decidido, a la luz de mi experiencia de la guerra anterior, desglosar del Ministerio del Aire todo lo relativo a
construcción y suministro de aviones, y deseaba nombrar a Beaverbrook ministro de la Producción Aeronáutica. Al principio parecía hallarse
poco dispuesto a aceptar. Además, el Ministerio del Aire se resistía a la amputación de una rama tan importante de sus servicios. Se
manifestaron resistencias de otra índole al nombramiento. Pero yo estaba convencido de que nuestra vida dependía de la rapidez y la
precisión en la producción de aviones; necesitaba contar con la dinámica energía de aquel hombre, y persistí en mi punto de vista.
Por respeto a la opinión general expresada en el Parlamento y en la Prensa, era necesario que el Gabinete de Guerra tuviese
carácter limitado. Empecé, por lo tanto, únicamente con cinco miembros, de los cuales sólo uno, el secretario de Asuntos Exteriores, era jefe
de departamento ministerial. Dichos miembros eran, naturalmente, los elementos más destacados del partido mayoritario de la época. Se llegó
a la conclusión de que para facilitar la macha de los asuntos era necesario que el canciller de la Tesorería y el jefe del Partido Liberar
estuviesen presentes habitualmente en las reuniones, de esta forma, con el transcurso del tiempo fue aumentando el número de “asistentes
regulares”. Pero la responsabilidad de los acuerdos recaía de modo exclusivo sobre los cinco miembros del Gabinete de Guerra. Sólo ellos
tendrían derecho a que se les cortase la cabeza en Tower Hill si no triunfábamos en la contienda empeñada. A los demás podría, en última
instancia, juzgárseles por deficiencias en sus respectivas tareas ministeriales, pero en modo alguno por la política general del Estado. Aparte
el Gabinete de Guerra, nadie tenía necesidad de decir: “No puedo aceptar la responsabilidad de esto o aquello”. El peso de la dirección estaba
situado a un nivel más alto. Esto ahorró muchas preocupaciones a infinidad de personas en el curso de las dramáticas jornadas que se
avecinaban.
En mi larga carrera política había ocupado casi todos los altos puestos del Estado, pero no vacilo en reconocer que el cargo que
acababa de confiárseme era el que prefería. Con razón se considera vil y despreciable el Poder que sólo tiene por objeto ejercer autoridad
sobre nuestros semejantes o acrecer la gloria personal. Pero en tiempos de crisis nacional, el Poder es una bendición del Cielo cuando el
hombre que lo ostenta tiene una visión clara de las órdenes que ha de dictar.
2
No hay comparación posible, en ningún orden de la vida, entre la situación del Numero 1 y las situaciones respectivas de los
Números 2, 3 ó 4. Los deberes y los problemas que incumben a todas las personas que están por debajo del Número 1 son completamente
diferentes y en muchas ocasiones más difíciles. Es siempre poco grato para el Número 2 o para el Número 3, por ejemplo, tener que tomar la
iniciativa de un proyecto importante o de una política determinada, pues el interesado ha de considerar no sólo el valor intrínsico de su
proyecto o su política, sino la mentalidad y el estado de ánimo de su jefe, no sólo lo que ha de proponer, sino lo que es prudente que
preconice el hombre que se halla en su situación; no sólo lo que debe hacerse, sino la forma en que se ha de conseguir la aceptación y la
puesta en práctica de su plan.
Por añadidura, el Número 2 ó el Número 3 habrán de contar con los Números 4, 5, y 6 y aun quizá con algún brillante Número 20.
En 1915, el asunto de los Dardanelos me costó el cargo, al propio tiempo que se abandonaba una empresa de suprema importancia; todo ello
por haber pretendido yo llevar a cabo, desde un puesto secundario, una operación bélica fundamental. Aquella lección se me quedó
profundamente grabada.
En la cúspide, todo es mucho más simple. La única obligación del jefe reconocido como tal consiste en estar seguro de lo que
conviene hacer, o por lo menos tener ideas concretas sobre ello. La lealtad al Número 1 ha de ser absoluta. Si tropieza, debe sostenérsele. Si
se equivoca hay que disimular sus yerros. Si duerme, nadie debe despertarle sin motivo. Si no esta a la altura de su misión, hay que derribarle.
Pero esta medida extrema y decisiva no se puede adoptar a la ligera; y desde luego, en modo alguno en los días subsiguientes al de su
nombramiento.
Los cambios básicos que se produjeron en el mecanismo de la dirección de la guerra fueron más esenciales que visibles. “Las
Constituciones - dijo Napoleón - han de ser breves y obscuras”. Los organismos existentes permanecieron intactos. No se relevó de su cargo a
ningún personaje oficial. Al principio, el Gabinete de Guerra y el Comité de jefes de Estado Mayor siguieron reuniéndose diariamente como
hasta entonces. Al constituirme, con la aprobación del Rey, en ministro de Defensa Nacional, no realicé ninguna modificación legal o
constitucional. Tuve buen cuidado de no definir mis derechos ni mis deberes. No solicité poderes especiales a la Corona ni al Parlamento.
Quedó sobreentendido, no obstante, que yo, asumía la dirección general de la guerra, contando siempre con el apoyo del Gabinete de Guerra
y de la Cámara de los Comunes.
Mi llegada al Poder repercutió en el hecho de que el control y la dirección del Comité de jefes de Estado Mayor pasaban a manos
de un ministro de Defensa sin poderes definidos. Y puesto que este ministro era al propio tiempo jefe del Gobierno, tenía todos los derechos
inherentes a este cargo, entre ellos poderes amplísimos para escoger y destituir a todo el personal de los puestos políticos y militares. Así, por
primera vez, el Comité de jefes de Estado Mayor quedaba situado en el lugar exacto que le correspondía, en relación directa y constante con
el jefe del Poder ejecutivo, y de acuerdo con él tenía el control pleno de las fuerzas armadas y de la dirección de la guerra.
La situación del primer lord del Almirantazgo y de los ministros de Guerra y Aire se vio seriamente afectada, aunque no con
carácter oficial. No eran miembros del Gabinete de Guerra ni asistían a las reuniones del Comité de jefes de Estado Mayor. Seguían siendo
responsables en un todo de cuanto afectaba a sus Ministerios, pero rápidamente y de modo casi imperceptible dejaron de ocuparse de los
planes estratégicos y de la dirección cotidiana de las operaciones. De estas funciones se hizo cargo el Comité de jefes de Estado Mayor bajo
el control directo del ministro de Defensa y jefe del Gobierno, y por consiguiente quedaron sometidos a la jurisdicción del Gabinete de
Guerra.
Los tres ministros de las fuerzas armadas (Mr. Alexandre, Mr. Eden y sir Archibald Sinclar), personas muy capacitadas y
excelentes amigos míos a quienes había designado, para aquellos cargos, no formularon ninguna objeción. Se aplicaron a organizar y
administrar las fuerzas cada vez mayores y prestaron su concurso a la causa común con el espíritu práctico distintivo de los ingleses.
Disponían de plena información por el hecho de ser miembros del Comité de Defensa y mantenían contacto frecuente conmigo. Sus
subordinados profesionales, los jefes de Estado Mayor, discutían todos los asuntos con ellos y les trataban con el máximo respeto. Pero
existía una dirección suprema de la guerra a la cual se sometían lealmente.
Nunca hubo el menor roce en lo relativo a anulación o limitación de poderes, y si bien cada uno podía exponer libremente su
criterio en los altos círculos, la dirección efectiva de la guerra se concentró rápidamente en unas cuantas manos; de este modo, lo que antes
había parecido tan difícil adquirió unas líneas de extraordinaria simplicidad -excepto, como es natural, para Hitler -. A despecho de la
turbulencia de los acontecimientos y a pesar de los terribles desastres que hubimos de sufrir, la máquina funcionó casi automáticamente y
todos nos sentimos prendidos en una corriente de ideas coherentes susceptibles de traducirse en hechos con gran rapidez.
CAPITULO II
“Sangre, fatigas, sudor y lágrimas”
Aunque el lector estará a buen seguro impaciente por conocer con detalle las incidencias de la horrible batalla que entretanto se
libraba allende el Canal, creo conveniente describir antes el sistema y la organización puestos en marcha por mí desde los primeros días de mi
llegada al Poder para la dirección de los asuntos militares y de otro orden. Soy partidario acérrimo de tratar las cuestiones oficiales mediante
“la palabra escrita”. No cabe duda de que, revisadas al cabo del tiempo muchas de las cosas que se anotaron en el papel hora tras hora bajo la
presión de los acontecimientos resultan desproporcionadas y aun carentes de utilidad. Acepto Gustoso este riesgo. Siempre es preferible
excepto en lo que se refiere a la disciplina militar, expresar opiniones y deseos que dictar ordenes, las indicaciones escritas procedentes
directamente del jefe legal del Gobierno y al propio tiempo ministro especialmente encargado de la Defensa Nacional tenían una fuerza tal
que las más de las veces se transformaban en actos concretos.
Para tener la seguridad de que nadie utilizaría mi nombre a la ligera, preparé durante la crisis de julio la siguiente minuta:
3
Del primer ministro al general Ismay, jefe del Estado Mayor Imperial, y a sir Edward Bridges.
“19-7-40.
“Deseo hacer constar con absoluta claridad que todas mis instrucciones se cursan por escrito o se confirman inmediatamente en esta forma, y
que no acepto responsabilidad alguna por lo que se refiere a cuestiones relacionadas con la defensa nacional sobre las cuales se afirme que yo
he adoptado decisiones.”
Cuando me despertaba, a las ocho de la mañana, leía todos los telegramas y dictaba desde la cama una serie interminable de
minutas e instrucciones para los Ministerios y el Comité de jefes de Estado Mayor. Iban relevándose los taquígrafos y, una vez
mecanografiadas, las notas destinadas al Comité pasaban al general Ismay (actualmente lord Ismay) secretario adjunto (para los asuntos
militares) del Gabinete de Guerra y representante mío en el Comité de jefes de Estado Mayor, quien, venía a verme todas las mañanas a
primera hora. De este modo, el general podía someter gran cantidad de textos escritos al Comité cuando éste se reunía a las 10’30. Los jefes
de Estado Mayor estudiaban con toda atención mis puntos de vista, al tiempo que discutían la situación general. Y entre tres y cinco de la
tarde a menos que surgiese alguna dificultad que nos obligara a estudiar de nuevo el asunto estaba dispuesta para su despacho toda una serie
de órdenes y telegramas. Estos documentos procedían bien fuese del primer ministro o bien de los jefes de Estado Mayor, previamente nos
habíamos puesto de acuerdo acerca de los textos correspondientes, que por regla general dictaban decisiones con carácter de urgencia.
En una guerra total es absolutamente imposible trazar una línea divisoria precisa entre los problemas militares y los no militares.
El que no se produjera ninguna fricción de esta especie entre el personal militar y el del Gabinete de Guerra, fue en gran parte a la alta
personalidad de sir Edward Bridges, secretario del mencionado Gabinete. Era no sólo un trabajador infatigable y competidísimo, sino también
un hombre de una energía una habilidad y una simpatía excepcionales, incapaz de envidias ni recelos de ninguna clase. Lo único que le
interesaba era servir en la mejor forma posible al primer ministro y al Gabinete de Guerra. En su gestión no influyó nunca la menor idea
relacionada con su posición personal, y entre los funcionarios civiles y militares del Secretariado reinó en todo momento la más perfecta
armonía.
Para tratar de los asuntos importantes, o cuando surgían divergencias de opinión convocaba yo una reunión del Comité de Defensa
del Gabinete de Guerra, en el que al principio figuraba Mr. Chamberlain, Mr. Attlee y los tres ministros de las fuerzas armadas, con los jefes
de Estado Mayor a título consultivo. Estas reuniones extraordinarias se fueron espaciando después de 1941. Cuando la máquina empezó a
funcionar regularmente, llegué a la conclusión de que las reuniones cotidianas del Gabinete de Guerra con asistencia de los altos mandos
militares eran ya innecesarias. Por lo tanto, al cabo de cierto tiempo instituí lo que entre nosotros recibió el nombre de “Parada del lunes del
Gabinete”.
Cada lunes en efecto, se reunía un nutrido grupo de personajes; el Gabinete de Guerra en pleno, los ministros de las tres Armas, el
ministro de Seguridad Interior, el canciller de la Tesorería, los secretarios de Estado para los Dominios y para la India, el ministro de
Información, los jefes de Estado Mayor y el jefe oficial del Foreign Office. En el curso de aquellas sesiones cada jefe de Estado Mayor daba
cuenta de todo lo ocurrido durante los siete días anteriores, y a continuación, el ministro de Asuntos Exteriores informaba acerca de los
hechos más importantes en materia de política exterior.
Los restantes días de la semana, el Gabinete de Guerra se reunía solo y estudiaba todas las cuestiones que requerían solución
urgente. Asistían también otros ministros cuando pasaban a discutirse los problemas que les afectaban. Los miembros del Gabinete de Guerra
tenían conocimiento de todos los documentos relativos a la guerra y veían todos los telegramas de especial interés que yo cursaba. Me
descargaban casi por completo del peso de los asuntos interiores y de los problemas suscitados por los partidos, con lo cual podía
consagrarme de lleno a la tarea principal. Les consultaba siempre en tiempo oportuno a propósito de todos las grandes operaciones en
proyecto; pero si b bien prestaban la máxima atención a tales cuestiones en su aspecto global, muchas veces renunciaban a conocer fechas y
detalles, y aun en ocasiones me impedían seguir hablando cuando me disponía a revelarles estos datos.
Nunca entró en mis cálculos dar a las funciones de ministro de Defensa la categoría oficial de un Departamento. Esto habría
implicado una legislación especial, y la serie de delicados ajustes que he descrito, basados la mayoría de ellos en la buena voluntad
individual, habrían tenido que pasar por el tamiz de un proceso tan complicado como extemporáneo de forma constitucional. Existía, empero,
y funcionaba bajo la dirección personal del primer ministro el negociado militar del Secretariado del Gabinete de Guerra que en los días
anteriores a la guerra había sido el Secretario del Comité de Defensa Imperial. Hallábase al frente del mismo el general Ismay con el coronel
Hollis y el coronel Jacob como ayudantes suyos; a sus órdenes actuaba un grupo de oficiales más jóvenes de las tres Armas, especialmente
seleccionados. Este Secretariado se convirtió en el Estado Mayor del Gabinete del ministro de Defensa. La deuda de gratitud que tengo
contraída con sus miembros es inmensa. El general Ismay y los coroneles Hollis y Jacob dieron pruebas, a medida que avanzó la guerra, de
una capacidad creciente en el desempeño de su misión, y los tres permanecieron constantemente en sus puestos. Por lo demás, cualquier
modificación o remoción en un círculo tan cerrado y en el que se trataban tantos asuntos secretos hubiese redundado en detrimento de la
ejecución regular y eficiente de las tareas.
Tras algunos cambios efectuados en los primeros tiempos quedo asegurada una estabilidad casi idéntica en el Comité de jefes de
Estado Mayor. Al terminar el periodo de su mandato como jefe del Estado Mayor de la Aviación en septiembre de 1940, el mariscal del Aire
Newall pasó a ser gobernador general de Nueva Zelanda y le substituyó el mariscal del Aire, Portal, ídolo a la sazón de las Fuerzas Aéreas.
Portal permaneció a mi lado durante el resto de la guerra. Sir John Dill, que había reemplazado al general Ironside en mayo de 1940, continuó
siendo jefe del Estado Mayor Imperial hasta que me acompañó a Washington en diciembre de 1941, en cuya ocasión le nombré mi delegado
militar personal cerca del presidente Roosevelt y jefe de la misión británica en el Consejo interaliado. Sus relaciones con el general Marshall,
jefe del Estado Mayor del Ejército de los Estados Unidos, fueron para todos de una utilidad inapreciable; y cuando tres años después murió en
la brecha, se le concedió el singular honor de reposar para siempre en el cementerio de Arlington el “Valhalla” reservado exclusivamente
hasta entonces a los guerreros norteamericanos. Sucedióles en el cargo de jefe del Estado Mayor Imperial sir Alan Brooke, quien permaneció
conmigo hasta el final.
A partir de 1941 y por espacio de casi cuatro años, los primeros de los cuales tantos infortunios y decepciones nos depararon, el
único cambio que se produjo en aquel reducido equipo fue motivado por la muerte en servicio del almirante Pount. Puede decirse que esto
constituye un “record” en la historia militar británica. Los jefes de estado Mayor norteamericanos -el general Marshall, el almirante Berg y el
general Arnold, y más tarde el almirante Leahy- empezaron a trabajar conjuntamente al entrar los Estados Unidos en la guerra y no fueron
reemplazados jamás. Dado que los citados jefes británicos y norteamericanos constituyeron entonces el Consejo Interaliado de Saltos Mandos
Militares su colaboración prestó inestimables servicios a la causa común. Nunca se había logrado antes una cosa semejante entre aliados.
4
No pretendo afirmar que en ningún momento surgiera la menor divergencia entre nosotros, especialmente en el interior, pero sí
puedo decir que entre los jefes británicos de Estado Mayor y yo se estableció una especie de inteligencia tácita para procurar más bien
convencernos mutuamente que tratar de imponer los criterios respectivos. A esto, como ese lógico, contribuyó en gran manera el hecho de
que todos hablábamos el mismo lenguaje técnico y poseíamos una amplia base común de doctrina militar y de experiencia bélica. En el
mudable escenario del mundo de aquella época actuábamos como un solo hombre. EL Gabinete de Guerra nos amparó cada vez con mayor
discreción y nos apoyó con una constancia inquebrantable. No hubo como en la contienda anterior disensiones entre los políticos y militares,
entre “las levitas” y “los sables” -términos odiosos estos que con tanta frecuencia había agriado las deliberaciones.
De acuerdo con las órdenes y las instrucciones oportunas, movían se las tropas y los aviones y funcionaban a pleno rendimiento
las fábricas. Gracias a la unanimidad imperante y gracias también a la confianza, la indulgencia y la lealtad con que todos me apoyaban, pude
muy pronto dar una dirección precisa a la guerra en la casi totalidad de sus aspectos. Lo cual era en verdad sumamente necesario, pues los
tiempos eran terribles. Se aceptó el sistema establecido porque cada uno comprendía cuán cerca nos halábamos de la muerte y de la ruina. No
sólo nos acechaba la muerte física e individual, que es en definitiva un hecho ineluctable, sin o que estaba en juego algo más importante; la
existencia misma de la Gran Bretaña, su misión y su gloria.
Quedaría incompleto el estudio de los métodos de gobierno que se pusieron en práctica bajo aquel régimen de Unión Nacional si
no se diera cuenta de la serie de comunicaciones personales que remití al presidente de los Estados Unidos y a los jefes de otros países
extranjeros y a los Gobiernos de los Dominios. Creo conveniente dar algunos detalles de aquella correspondencia. Una vez acordada en el
seno del Gabinete la línea de la política a seguir en los distintos casos, preparaba y dictaba los documentos en cuestión yo mismo, basándome
en buena parte en el principio de que se trataba de una correspondencia intima y no oficial entre amigos y colegas.
Por regla general, expresamos mucho mejor nuestras ideas utilizando el lenguaje que nos es propio. Sólo ocasionalmente leía de
antemano el texto ante el Gabinete. Conociendo bien como conocía los puntos de vista de sus miembros, hacía uso de la desenvoltura y de la
libertad necesaria para realizar mi tarea. Actuaba, desde luego, en estrecho contacto con el ministro de Asuntos Exteriores y su Departamento,
y dábamos una solución armónica a las diferencias de opinión que podían surgir. Comunicaba el texto de aquellos telegramas, en algunos
casos después de haberlos circulado, a los miembros permanentes del Gabinete de Guerra, así como al secretario de Estado para los Dominios
cuando el asunto le afectaba.
Como es lógico, antes de despacharlos, hacía verificar mis afirmaciones y los hechos citados en tales comunicaciones por los
servicios correspondientes, y casi todos los mensajes de carácter militar pasaban a conocimiento de los jefes de Estado Mayor por medición
del general Ismay. Aquélla correspondencia no se interfería en modo alguno con las comunicaciones oficiales ni con la labor de los
embajadores. No obstante se convirtió en un medio utilísimo para resolver muchos asuntos de vital interés y desempeñó en mi sistema de
dirigir la guerra un papel no inferior a mi actuación como ministro de Defensa, y en ocasiones aún más importante.
Por ejemplo, las diferencias con las autoridades norteamericanas que de primera intención, al ser discutidas en uno de los estratos
oficiales secundarios, parecían insuperables, quedaban con frecuencia resueltas en pocas horas mediante un contacto directo con personas
situadas a un nivel superior. Al correr del tiempo la eficacia de estas negociaciones con las “alturas” llegó a un grado tal que me era
necesario tener un especial cuidado para que el sistema no se convirtiera en vehículo normal de los asuntos ministeriales corrientes. Repetidas
veces hube de rechazar las peticiones de mis colegas para que me dirigiera personalmente al presidente Roosevelt a propósito de importantes
cuestiones de detalle. Si estos asuntos se hubiesen inmiscuido de modo abusivo en aquella correspondencia directa, le habrían hecho perder
rápidamente su carácter privado y por consiguiente su valor intrínsico.
Tan estrechas llegaron a ser mis relaciones con el Presidente, que los asuntos principales de interés común a nuestros dos países se
trataron prácticamente siempre por medio de aquellos intercambios personales entre él y yo. De esta manera logramos una perfecta
comprensión mutua. En su doble calidad de jefe del Estado y jefe del Gobierno, Roosevelt hablaba y actuaba con plena autoridad en todos los
ámbitos; Por mi parte, apoyado por el Gabinete de Guerra, yo representaba a la Gran Bretaña con una amplitud casi equivalente. El ahorro de
tiempo y la reducción del número de personas conocedoras de los asuntos constituían dos ventajas de interés inestimable.
Yo enviaba mis cables a la Embajada norteamericana en Londres, que tenía contacto directo con el presidente de la Casa Blanca
por un sistema especial de clave. La diferencia horaria contribuía a la rapidez con que llegaban las respuestas y se resolvían los asuntos. Por
ejemplo, la comunicación que yo preparaba por la noche, y aun hasta las dos de la madrugada, la recibía el Presidente antes de acostarse y
muchas veces yo tenía su contestación al despertarme a la mañana siguiente. En total le envié 950 mensajes y recibí 800 respuestas suyas. Me
daba cuenta de que estaba en relación con un hombre muy grande que al propio tiempo era un amigo toda cordialidad y el paladín máximo de
las altas causas a cuyo servicio nos hallábamos.
Después de obtener por parte del Gabinete una acogida favorable a mi intento de conseguir del Gobierno norteamericano cierto
número de destructores, el 15 de mayo por la tarde redacté mi primer cablegrama al presidente Roosevelt desde mi ascenso al cargo de primer
ministro. Con objeto de dar a nuestra correspondencia un carácter de continuidad, firmé: “Un expersonaje naval”, y mantuve esta ficción, con
muy contadas excepciones, durante toda la guerra:
“Aunque he cambiado de puesto, estoy seguro de que no querrá usted verme interrumpir nuestra correspondencia intima y personal. Como
usted sabe, el horizonte se ha oscurecido rápidamente. El enemigo posee una clara superioridad en el aire, y su nueva técnica está causando
una impresión profunda en los franceses. A mi entender, la batalla terrestre no ha hecho más que empezar; Me gustaría ver el grueso de los
dos ejércitos empeñarse en un verdadero cuerpo a cuerpo. Hasta ahora Hitler viene actuando con unidades especializadas de tanques y
aviación. Los pequeños países, uno tras otro, saltan hechos añicos cual si fuesen simples cajas de madera.
“Cabe suponer, aunque todavía no es seguro, que Mussolini se apresurará a entrar en escena para participar en el botín de la civilización.
Esperamos, en un futuro próximo, ser atacados en nuestro propio territorio por grandes masas de bombarderos, e invadidos por medio de
paracaidistas y tropas aerotransportadas. Nos disponemos a recibir a unos y a otros. Si es necesario, continuaremos solos la guerra, no nos
asusta tal contingencia.
“Creo, empero, señor Presidente, que usted se da cuenta de que la voz y la fuerza de los Estados Unidos no servirán para nada si se tarda
demasiado tiempo en utilizarlas. Es posible que Europa quede completamente nacificada y esclavizada con asombrosa rapidez, en cuyo caso
la carga quizá sería superior a nuestra capacidad de resistencia. Lo único que le pido por ahora es que ustedes se declaren no beligerantes, con
lo cual podrían ayudarnos en todos los aspectos, a excepción del envió de fuerzas armadas.
“Nuestras necesidades inmediatas son: En primer término, el préstamo de cuarenta o cincuenta de sus destructores antiguos para colmar el
vacío existente entre lo que ahora tenemos y las importantes construcciones navales que iniciamos al estallar la guerra. Dentro de un año,
5
hacia esta época, dispondremos de suficientes unidades propias. Pero si entre tanto Italia se alza abiertamente contra nosotros con otros cien
submarinos, es fácil que debamos tirar excesivamente de la cuerda y corremos peligro de romperla.
“Segundo: Necesitamos varios centenares de aviones de los modelos más recientes, de entre los que sus fábricas les están entregando ahora.
Este suministro podría quedar compensado con los aparatos que actualmente se construyen para nosotros en los Estados Unidos.
“Tercero: Equipos antiaéreos, con sus municiones correspondientes de todo lo cual también tendremos en cantidad suficiente el próximo año,
si aun estamos vivos para verlo.
“Cuarto: Dado que nuestros suministros de material de hierro procedentes de Suecia, de África del Norte y quizá del norte de España, están
seriamente comprometidos, nos será necesario comprar acero en los Estados Unidos. Esto es aplicable asimismo a otros materiales.
Pagaremos en dólares mientras nos sea posible, pero desearía estar en cierto modo seguro de que cuando no podamos seguir pagando ustedes
continuarán enviándonos el material.
“Quinto: Poseemos diversas informaciones que señalan la posibilidad de lanzamientos de paracaidistas o fuerzas aerotransportadas alemanas
en Irlanda. La visita de una escuadra norteamericana, que podría perfectamente prolongar cuanto fuese necesario su estancia en los puertos
irlandeses, sería de un valor incalculable a este respecto.
“Sexto: Cuento con ustedes para conseguir que los japoneses permanezcan quietos en el Pacifico, donde las unidades norteamericanas pueden
utilizar la base de Singapur en la forma que crean conveniente. Los detalles relativos al material de que allí disponemos le serán notificados
en comunicación aparte.
“Le ruego acepte mis más afectuosos respetos.”
El 18 de mayo recibí, en respuesta al mío, un cable del Presidente en el que acogía complacido la prosecución de nuestra
correspondencia particular y se ocupaba de mis distintas peticiones. El préstamo o donación de los cuarenta o cincuenta destructores antiguos
no podía llevarse a cabo -decía- sin la autorización del Congreso, y consideraba que el momento no era oportuno. El Presidente haría cuanto
estuviese en su mano para que los Gobiernos aliados obtuviesen los últimos modelos de aviones norteamericanos, así como armas antiaéreas,
municiones y acero. Respecto a todo esto se estudiarían con la mejor disposición de ánimo las indicaciones de nuestro agente, el
competentísimo e infatigable Mr. Purvis (que poco después había de perecer en un accidente de aviación.) Por lo demás, el Presidente
prometía considerar con especial interés mi sugestión de que una escuadra norteamericana visitase puertos Irlandeses. Acerca del Japón, se
limitaba a indicarme que la flota estadounidense se hallaba concentrada en Pearl Harbour.
El lunes 13 de mayo, pedí a la Cámara de los Comunes, especialmente convocada al efecto, un voto de confianza para el nuevo
Gobierno. Tras exponer los progresos realizados en la designación de los diversos ministros, declaré: “No puedo prometeros más que sangre,
fatigas, sudor y lágrimas”. Nunca, en el curso de nuestra larga historia, primer ministro alguno se había visto en la necesidad de brindar al
Parlamento y a la nación un programa tan breve y tan dramático. Terminé así mi discurso:
“Me preguntareis: ¿Cuál es el camino a seguir? Yo os responderé: Continuar la guerra en el mar, en la tierra y en el aire, con todo
nuestro poderío, con toda la fuerza que Dios nos dé; continuar con la guerra contra una tiranía monstruosa, nunca superada en la sombría y la
funesta estadística de los crímenes humanos. Esta es nuestra bandera.
“Me preguntareis: ¿Cuál es nuestro objetivo? Sólo puedo contestaros con una palabra: Victoria. Victoria a toda costa; victoria a
despecho de todos los terrores, victoria, por larga y abrupta que sea la senda. Porque sin la victoria no hay posibilidad alguna de
supervivencia. Entiéndase esto bien; no hay supervivencia posible para el Imperio Británico; no hay supervivencia posible para nada de
cuanto el Imperio Británico ha defendido durante generaciones; no hay supervivencia posible `para el noble afán que a través de las edades ha
impulsado a la Humanidad hacia la meta de un altísimo ideal.
“Pero emprendo mi tarea con ánimo esforzado. Estoy seguro de que los hombres de buena voluntad no permitirán que nuestra
causa fracase. En esta hora me siento con derecho a reclamar la ayuda de todos, y les digo: “Venid, pues, con nosotros, y avancemos juntos
uniendo nuestras fuerzas."
La Cámara voto por unanimidad la confianza al Gobierno sobre la base de esta simple declaración y aplazó sus sesiones hasta el
21 de mayo.
Así fue como iniciamos todos nuestra labor común. Nunca un primer ministro británico recibió de sus colegas de Gabinete el
apoyo leal y sincero que durante los cinco años siguientes me concedieron aquellos hombres procedentes de todos los Partidos de la nación.
El Parlamento, aun conservando su libre y activo derecho de crítica, sanciono constantemente y sin reservas todas las medidas propuestas por
el Gobierno, y la nación se mantuvo unida y entusiástica en forma jamás vista. Fue, en verdad, una bendición que así ocurriese pues sobre
nuestras cabezas iban a producirse acontecimientos de una magnitud más terrible de lo que ninguno de nosotros había llegado a imaginar.
6
CAPITULO III
“¡Nos han derrotado!”
(Con objeto de mantener su neutralidad, el Gobierno de Bruselas había prohibido al ejército francobritánico la entrada en Bélgica antes de
que los alemanes atacasen. Al producirse la invasión germana en la noche del 9 al 10 de mayo de 1940, se puso inmediatamente en práctica el
“Plan D” del general Gamelín, consistente en un avance de las fuerzas aliadas a la izquierda de la línea Mosa-Amberes.
Durante el invierno anterior, las tropas británicas, con el Primer Ejército francés a su derecha, habían construido nuevas líneas de
defensa y un foso de protección contra los tanques a lo largo de la frontera franco belga.)
Siempre me obsesionó la idea de una revisión a fondo de la estrategia `prevista en el “Plan D”, y sigo preguntándome si al
iniciarse la ofensiva alemana no hubiese sido más prudente mantenernos en la frontera francesa y luchar allí, invitando al ejército belga,
`protegidos por las sólidas defensas construidas durante el invierno, a retirarse tras ellas, en vez de realizar, como lo hicimos, el aventurada y
presuroso avance hacia el río Dyle o el canal Alberto.
Para comprender las decisiones que se tomaron en aquella época es necesario tener en cuenta la autoridad casi omnímoda de que
gozaban los dirigentes militares franceses y la fe ciega de todos los jefes y oficiales galos en la primacía de su país en el arte militar. Francia
había dirigido y soportado el peso principal de la terrible lucha terrestre desde 1914 a 1918. Había perdido en aquella contienda 1.400.000
hombres. Se había entregado a Foch el mando supremo, y los grandes Ejércitos británico e imperial -de sesenta a setenta divisiones-, al igual
que las fuerzas norteamericanas, habían sido colocados por completo a sus órdenes. En 1940, el Cuerpo Expedicionario británico constaba tan
solo de 300.000 ó 400.000 hombres, distribuidos por las bases costeras comprendidas entre El Havre y la frontera belga, en tanto que los
franceses contaban con cerca de cien divisiones, o sea más de dos millones de hombres, que guarnecían el vasto frente desde Bélgica hasta
Suiza. Era natural, por lo tanto, que nos pusiéramos bajo su mando y que aceptásemos su criterio.
Desorientación
En el momento de estallar la guerra, todos creíamos que el general Georges sería el jefe supremo de los Ejércitos francés y
británico en campaña y que el general Gamelín se retiraría a un puesto meramente consultivo en el Consejo Militar francés. Pero Gamelín se
mostró reacio a abandonar su cargo de generalísimo y retuvo en sus manos la dirección suprema de las fuerzas. Durante los ocho meses de
calma se desarrolló un enfadoso conflicto de autoridad entre él y el general Georges. A mi entender, éste no pudo nunca trazar el plan
estratégico que deseaba en toda su integridad y bajo su exclusiva responsabilidad.
El Alto Mando Mayor británico, así como los jefes de nuestro cuartel general en campaña, abrigaban serios temores acerca del
vacío existente entre el límite septentrional de la Línea Maginot y el principio del frente fortificado británico a lo largo de la frontera franco
belga. Mr. Hore-Belisha, ministro de la Guerra, suscitó diversas veces esta cuestión en el seno del Gabinete. Se cursaron las observaciones
pertinentes al Alto Mando francés por conducto militar. Sin embargo, dada nuestra contribución relativamente reducida al esfuerzo común,
era natural que tanto el Gabinete como nuestros jefes militares se mostrasen muy parcos en sus intentos de fiscalizar la actuación de quienes
tenían sobre las armas un ejercito diez veces superior al nuestro. Los franceses creían que el macizo de los Ardenas era impracticable para los
grandes ejércitos modernos. El mariscal Pétain había afirmado ante la Comisión senatorial de Fuerzas Armadas: “Aquel sector no es
peligroso”.
A lo largo del Mosa se llevó a cabo una considerable labor de fortificación, pero no
se intentó siquiera la erección de una sólida línea de blocaos y obstáculos
antitanques parecida a la que habían construido las tropas británicas a lo largo de
la frontera belga. A mayor abundamiento, el Ejército francés, mandado por el
general Corap, estaba constituido en gran parte por tropas que se hallaban
claramente por debajo del nivel medio de las fuerzas galas. El frente de ochenta
kilómetros desde Sedán hasta Hirsonsur-Oise carecía de fortificaciones
permanentes y estaba guarnecido tan sólo por dos divisiones de tropas no
profesionales.
Estrategia fundamental
Es obvio que no se puede ser fuerte en todos los puntos. Muchas veces es conveniente y aun necesario mantener simples
fuerzas de cobertura en largos sectores de una frontera, pero esto, naturalmente, ha de ser con el solo objeto de tener
disponibles importantes contingentes de reserva para lanzarlos al contraataque cuando se conocen los puntos de verdadera
presión del enemigo. Fue, pues, una medida a todas luces imprudente la de esparcir nada menos que cuarenta y tres
divisiones, o sea la mitad del ejército móvil francés, desde Longwy hasta la frontera Suiza, siendo así que toda aquella
extensión estaba ya protegida por los fuertes de la Línea Maginot o por el amplio y caudaloso Rin y su propio sistema de
fortificaciones.
Los riesgos que ha de correr el defensor son mayores que los que debe afrontar el agresor, quien, por definición, supera en
fuerza a su contrincante en el punto de ataque. Cuando se hallan en juego frentes muy extensos, es preciso disponer de
importantes reservas móviles capaces de intervenir rápidamente en una batalla decisiva. Una parte considerable de la opinión
sustenta el criterio de que las reservas francesas eran insuficientes y estaban, por añadidura, mal distribuidas. Después de
todo, el vacío existente detrás de los Ardenas dejaba abierto el camino más corto entre la frontera alemana y París, y durante
varios siglos había sido un célebre campo de batalla. En caso de que el enemigo penetrase por allí, todo el movimiento de
avance de los ejércitos septentrionales se vería privado de su eje de marcha y quedaría amenazado el conjunto de sus
comunicaciones al mismo tiempo que la propia capital.
Recapacitando “a priori”, vemos ahora claramente que el Gabinete de Guerra de Mr. Chamberlain, del cual yo formaba parte y en
suyos actos u omisiones acepto por entero la parte de responsabilidad que me corresponde, no debía haberse abstenido de plantear el asunto
en forma descarnada ante el Gobierno y los jefes militares franceses en el otoño y el invierno de 1939. No cabe duda de que habría sido una
7
gestión difícil e ingrata, pues los franceses nos hubiesen podido repetir una y otra vez: “¿Por qué no envían ustedes más tropas? ¿Por qué no
cubren con fuerzas suyas un sector más amplio del frente? Si faltan reservas, les rogamos que las aporten ustedes. Nosotros tenemos ya
movilizados cinco millones de hombres (En la “movilización” francesa de cinco millones estaban comprendidos muchos hombres que no
prestaban servicio de armas, sino que trabajaban en las fábricas, en los campos, etc.) Aceptamos sin reservas sus ideas acerca de la guerra
naval; ajustamos nuestro sistema a los planes del Almirantazgo británico. Les pedimos, por consiguiente, que tengan confianza absoluta en el
Ejército francés y en nuestra maestría histórica en el arte de la guerra terrestre”. Aun así, debíamos haber realizado la gestión.
El primer aldabonazo
A una señal de mando, los ejércitos septentrionales se lanzaron en auxilio de Bélgica y avanzaron velozmente por todas las
carreteras entre el entusiasmo de los habitantes. El 12 de mayo quedó consumada la primera fase del “Plan D”. Los franceses se situaron en la
margen izquierda del Mosa hasta Huy, en tanto que sus tropas ligeras de primera línea al otro lado del río iban retrocediendo ante el creciente
empuje del enemigo. Las divisiones blindadas del Primer Ejército francés alcanzaron la línea Huy-Hannut-Hirlemont. Los belgas, una vez
perdido el canal Alberto, se retiraban hacia la línea del río Gette y ocupaban sus posiciones previstas entre Amberes y Lovaina. Seguían
resistiendo en Lieja y Namur.
El séptimo Ejército francés había ocupado las islas holandesas de Walcheren y Beveland del Sur, y luchaba contra las unidades
motorizadas del XVIII Ejército alemán en la línea Herenthals-Bergen op Zoom. Tan rápido había sido el avance del Séptimo Ejército francés,
que había dejado atrás sus servicios básicos de intendencia y municionamiento. Era manifiesta la superioridad de la aviación británica, ya que
no numérica, sí en cuanto a calidad. Así, pues, hasta el 12 de mayo por la noche nada hacía suponer que las operaciones no iban bien.
Sin embargo, en el curso del día 13 el cuartel general de lord Gort tuvo conocimiento de la violencia que mostraba la acometida
alemana en el frente del Noveno Ejército francés. Al anochecer, el enemigo se había establecido en la margen occidental del Mosa, a ambos
lados de Dinant y de Sedán. El Gran Cuartel General francés no estaba seguro aún de si los alemanes tenían intención de dirigir su ataque
principal hacia el ala izquierda de la Línea Maginot a través de Luxemburgo o hacia Bruselas a través de Maestricht. A lo largo de todo el
frente Lovaina-Namur-Dinant hasta Sedán se había desarrollado una intensa y dura batalla, pero en Dinant las fuerzas del Noveno Ejército
francés no habían tenido tiempo de instalarse convenientemente antes de que el enemigo llegase a los aledaños de la ciudad.
La herida mortal de Sedán
El día 14 empezaron a recibirse las malas noticias. Al principio todo era vago. A las siete de la tarde di cuenta al Gabinete de un
telegrama recibido de M. Reynaud anunciando que los alemanes habían roto el frente en Sedán, que las tropas francesas eran impotentes para
resistir la acción combinada de los tanques y los bombardeos en picado, y pidiendo otras diez escuadrillas de aviones de caza para restablecer
la continuidad de la línea. Otros telegramas recibidos por los jefes de Estado Mayor contenían informaciones parecidas y añadían que los
generales Gamelín Y Georges estaban seriamente preocupados por el giro de los acontecimientos, así como que Gamelín se mostraba
sorprendido ante la celeridad del avance enemigo. En efecto, el grupo de ejércitos de Kleist, con su masa inmensa de unidades blindadas
ligeras y pesadas, había desmenuzado o aniquilado a las divisiones francesas de su frente inmediato y avanzaba en trompa a una marcha
desconocida hasta entonces en acción de guerra.
La densidad y la furia del ataque germano eran abrumadoras en casi todos los puntos en que los ejércitos contendientes habían
entrado en contacto. Las fuerzas alemanas cruzaron el Mosa en el sector de Dinant, con otras dos divisiones blindadas. Hacia el Norte, la
lucha en el frente del Primer Ejército francés había sido más reñida. El Primero y el Segundo Cuerpos de Ejercito británicos mantenían aún
sus líneas desde Wavre hasta Lovaina, donde nuestra Tercera División, a las órdenes del general Montgomery, había lirado muy duros
combates. Más al Norte aún, los belgas se retiraban hacia las defensas de Amberes. El Séptimo Ejército francés, que cubría el flanco de la
costa, se replegaba más aprisa todavía de lo que había avanzado.
En el momento de producirse la invasión iniciamos la operación “Marina Real”, o sea el lanzamiento de minas fluviales en el Rin;
en la primera semana de la batalla pusimos “en servicio” cerca de mil setecientos de dichos artefactos (La operación “Marina Real” se planeó
en noviembre de 1.939. La idea era que las minas descendiesen flotando por el Rin y destruyeses los puentes y las embarcaciones del
enemigo. El lanzamiento se efectuaba desde territorio francés, en el curso superior del río.) Los resultados fueron inmediatos. Quedó
suspendido prácticamente todo el tráfico fluvial entre Karlsruhe y Maguncia, y muchos puentes de barcas, así como la presa de Karlsruhe,
sufrieron graves daños. Con todo, el éxito de aquel proyecto quedó anegado en el diluvio de desastres.
Las escuadrillas aéreas británicas operaban sin descanso; dedicaban atención
preferente a los puentes de barcas en la zona de Sedan, varios de los cuales fueron
destruidos en el curso de audaces cuanto desesperados ataques. Estos ataques,
realizados en vuelo rasante, suponían para nosotros un notable porcentaje de bajas,
ya que la artillería antiaérea alemana respondía con fuego nutrido. En cierta
ocasión, de seis aviones sólo regresó uno después de cumplida eficazmente la
misión encomendada. Aquel mismo día perdimos sesenta y siete aparatos en total;
nuestras fuerzas, que tenían como adversario principal a la defensa antiaérea
enemiga no pudieron derribar mas que cincuenta y tres aviones alemanes. Al
término de la jornada en cuestión, de los 474 aparatos que las Reales Fuerzas
Aéreas tenían en servicio en Francia sólo quedaban 206 utilizables.
La ayuda aérea y sus límites
Esta información detallada iba llegando a nuestro poder gradualmente. Pero era ya
evidente que la prosecución de la lucha en tal escala comportaría en un breve lapso de tiempo
la destrucción completa de la Aviación británica, a pesar de su superior calidad individual.
Esto nos planteaba un problema muy difícil de resolver: ¿Cuántos aparatos podíamos mandar desde la Gran Bretaña, sin correr el riesgo de
encontrarnos indefensos y perder por consiguiente toda posibilidad de continuar la guerra? El lógico ardor combativo de nuestros aviadores y
muy diversos argumentos militares de peso, daban fuerza a los continuos y apremiantes llamamientos franceses. Pero, por otra parte, nuestras
posibilidades tenían un límite; sobrepasarlo entrañaba poner en serio peligro nuestra propia existencia.
En aquella época, todas estas cuestiones las discutía el Gabinete de Guerra en pleno, que se reunía diariamente varias veces. El
mariscal del Aire, Dowding, que tenía bajo su mando la aviación de caza metropolitana, me había asegurado que con veinticinco escuadrillas
de caza se sentía capaz de defender la isla contra todas las fuerzas aéreas alemanas, pero que con elementos inferiores a aquel número
quedaríamos sepultados bajo el peso de la superioridad enemiga. Esta última hipótesis llevaría aparejada no sólo la destrucción de todos
nuestros aeródromos y la anulación de nuestro potencial aéreo, sino el arrasamiento de nuestras fábricas de aviones, de las cuales dependía
8
por entero nuestro futuro. Mis colegas y yo estábamos, por lo tanto, decididos a aceptar todos los riesgos -enormes en verdad- impuestos por
la gran batalla en curso; pero únicamente hasta el límite fijado, sin ir más allá en modo alguno, cualesquiera que fuesen las consecuencias.
Ingrato despertar
El 15 de mayo, hacia las siete y media de la mañana, alguien me despertó para avisarme que M. Reynaud me llamaba por teléfono.
Yo tenía el aparato encima de la mesilla de noche. Mi interlocutor se expresaba en francés y era evidente que le dominaba una vivísima
emoción:
-Nos han derrotado-. Y al no obtener respuesta inmediata a sus palabras, insistió: -Estamos vencidos; hemos perdido la batalla.
-No es posible que eso haya ocurrido tan pronto - le dije.
Pero él me contestó, sobre poco más o menos:
-Han roto el frente cerca de Sedán y penetran en masa con tanques y carros blindados.
-La experiencia demuestra -repuse- que las ofensivas son limitadas en su duración.
Me acuerdo del 21 de marzo de 1918. Al cabo de cinco o seis días, el atacante se ve obligado a frenar la marcha para atender a su
avituallamiento, y ése es el momento propicio para el contraataque. Todo esto lo aprendí de labios del propio mariscal Foch.
Desde luego, este es lo que siempre habíamos visto en el pasado y lo que debía haber ocurrido en aquella ocasión. Pero el primer
ministro francés se limitó a repetir su frase inicial, que, por desgracia, resultó ser absolutamente cierta:
-Nos han derrotado; hemos perdido la batalla.
Y le dije entonces que me disponía a trasladarme a París para hablar detenida y extensamente con él.
CAPITULO IV
Dos respuestas asombrosas de Gamelín
(El 16 de mayo de 1940, las fuerzas blindadas alemanas habían penetrado en una profundidad de hasta ochenta kilómetros a
través de la brecha que dejara abierta el Noveno Ejército francés, en plena desintegración en aquellos momentos. El Séptimo Ejército
francés se había retirado al oeste del Escalda, y el Alto Mando holandés había dado orden de cesar el fuero. El Cuerpo Expedicionario
británico, con el Primer Ejército francés tenía instrucciones de retirarse hacia el Escalda, Mr. Churchill fue a París para estudiar más de
cerca el proceso de la crisis)
Hacia las tres de la tarde salí en dirección a Paris a bordo de un avión de pasajeros del Gobierno, tipo “Flamingo”. Me
acompañaban el general Dill, sub-jefe del Estado Mayor Imperial, y el general Ismay. El avión, excelente y confortable aparato por cierto,
desarrollaba una velocidad aproximada de 250 kilómetros por hora. Llevaba escolta, puesto que carecía de armamento; pero penetramos
enseguida en una capa de nubes de lluvia y llegamos a Le Bourget sin novedad en poco más de una hora.
Atmósfera inquietante
En cuanto descendimos del “Flamingo” nos dimos clara cuenta de que la situación era incomparablemente más grave de lo que
habíamos imaginado. Los oficiales que acudieron a recibirnos dijeron al general Ismay que se esperaba la entrada de los alemanes en París al
cabo de pocos días como máximo. Después de recoger en la Embajada Nuevas impresiones acerca del curso de la batalla, me dirigí al Quai
d’Orsay, adonde llegué a las cinco y media. Me hicieron pasar a uno de los despachos más suntuosos del edificio. Estaban allí Reynaud,
Daladier, ministro de Defensa Nacional y de la Guerra, y el general Gamelín. Todos permanecían de pie. En el curso de la conversación no
llegamos a sentarnos ni un solo momento en torno a una mesa. Reflejábase profundo abatimiento en todos los rostros. Enfrente de Gamelín,
colocado encima de un caballete, había un mapa, como de dos metros cuadrados, en el que una línea trazada con tinta negra pretendía señalar
el frente aliado. En aquella línea aparecía dibujada una pequeña pero siniestra comba en Sedán.
El comandante en jefe explicó a grandes rasgos lo que había sucedido. Al norte y al sur de Sedán, en un frente de ochenta o
noventa kilómetros, los alemanes habían roto la línea. El Ejército francés que cubría aquel sector quedó desperdigado y en algunos puntos
destruido. Una masa enorme de vehículos blindados avanzaba a insólita velocidad hacia Amiens y Arras, con la intención, al parecer, de
alcanzar la costa en Abbeville o sus alrededores. También podía darse el caso de que pretendiesen dirigirse a París. Detrás de los blindados,
dijo, avanzaban ocho o diez divisiones, todas motorizadas, presionando en los flancos, con lo cual hacían más amplia la separación de los dos
grupos de ejército franceses desconectados entra sí.
El cero absoluto
El general estuvo hablando por espacio de unos cinco minutos sin que nadie le interrumpiese. Un largo silencio expectante
sucedió a sus palabras. Lo rompí yo para preguntar: “¿Dónde está la reserva estratégica?”, y acto seguido insistí, expresándome en francés,
que a decir verdad hablaba muy medianamente: “Où est la masse de manoeuvre?” El general Gamelín se volvió hacia mí y, con un ligero
movimiento de cabeza y encogiéndose de hombros, dijo “Aucune”.
Hubo otro silencio, más largo que el anterior. Afuera, en el jardín del Quai d’Orsay, ardían grandes hogueras de las que se
elevaban densas columnas de humo; desde la ventana pude ver como unos respetables funcionarios volcaba en las piras el contenido de unas
carretillas atestadas de carpetas de archivo. Así, `pues, se preparaba ya la evacuación de París.
A pesar de sus indiscutibles ventajas, la experiencia tiene el inconveniente de que las cosas nunca ocurren dos veces en la misma
forma. Creo que de otro modo la vida sería demasiado fácil. Después de todo, en muchas ocasiones anteriores habíamos visto rotos nuestros
frentes y siempre habíamos podido restablecer las líneas y frenar a tiempo el ímpetu de la embestida enemiga. Pero a la sazón nos hallábamos
ante dos nuevos factores en lo que yo nunca había pensado. En primer lugar, el desbordamiento de todas las líneas de comunicación y sus
campos colindantes en virtud de una incursión irresistible de vehículos blindados; y en segundo lugar, la
carencia absoluta de reserva estratégica. “Aucune”.
El estupor me tenía petrificado. ¿Qué pensar del gran Ejército francés y de sus jefes
supremos? Nunca se me había ocurrido que unos generales que habían de defender
ochocientos kilómetros de frente de batalla cayesen en la imprevisión de no disponer de una
masa de maniobra. Claro está que nadie puede defender con plena garantía un frente tan
amplio; pero cuando el enemigo arremete en forma tal que logra romper la línea, siempre se
`puede tener, siempre es preciso tener, en reserva una masa de divisiones dispuesta a
lanzarse a un ardoroso contraataque en el momento en que la ofensiva ha perdido su furia
inicial.
9
¿Para que servía la Línea Maginot? Su misión era la de economizar tropas en un gran sector de la frontera, no-solo
no
por el hecho de
disponer de numerosos puntos de salida para realizar contraataques locales sino también para
para que se pudieran mantener en reserva
importantes contingentes de fuerzas. Y las cosas sólo se pueden hacer así. Pero lo cierto era que no había reservas de ninguna
ningun clase.
Reconozco que fue aquella una de las sorpresas más grandes de mi vida. ¿Cómo no me había enterado yo de semejante imprevisión, por muy
absorbido que me tuviesen los asuntos del Almirantazgo? ¿Cómo no se había enterado el Gobierno británico, y especialmente el Ministerio
de la< Guerra? No cabía escudarse en el hecho de que el Alto Mando francés
francés se limitaba a facilitarnos, tanto a nosotros como a lord Gort, un
vago esquema de sus disposiciones. Teníamos derecho a saber más. Debíamos haber insistido. Al fin y al cabo, nuestros ejércitos
ejércit luchaban
juntos.
La primera visión del desastre
Acérqueme
queme de nuevo a la ventana y permanecí allí unos minutos contemplando las espirales de humo que se alzaban de las
hogueras alimentadas por los documentos oficiales de la República Francesa. Los viejos funcionarios seguían trajinando con sus
su carretillas y
arrojando cuidadosamente entre las llamas el contenido de las mismas.
Se entabló luego una animada conversación entre los diferentes grupos, conversación de la que M. Reynaud ha publicado una
detallada relación. En ella aparezco yo sosteniendo con énfasis la teoría de que los ejércitos septentrionales no debían retirarse, sino que, por
el contrario, debían contraatacar. Tal era, en efecto, mi punto de vista. Pero mi opinión carecía de la base militar necesaria.
necesari Es preciso no
olvidar que aquella era la primera
era visión clara que teníamos de la magnitud del desastre y de la manifiesta desesperación francesa. Nosotros
no dirigíamos las operaciones, y nuestro ejército, que era tan sólo una décima parte de las tropas que combatían en el frente,
frente operaba bajo
mando francés.
Tanto los generales británicos que me habían acompañado como yo estábamos atónitos ante la evidente convicción del
comandante en jefe francés y de los ministros principales de que todo estaba perdido. Por mi parte, cuanto decía era para reaccionar
rea
violentamente contra esto. No cabe duda, sin embargo, de que tenían plena razón y que se imponía una urgente retirada hacia el
e Sur. Pronto
nos convencimos todos de que así era en efecto.
Inferioridad
El general Gamelín había vuelto a tomas la palabra. Exponía la posibilidad de agrupar fuerzas para atacar los flancos de la
penetración, o “bolsa”, según la denominación que más tarde se dio a esta clase de operaciones. Se estaba procediendo a retirar
retir ocho o nueve
divisiones de los sectores más tranquilos de la Línea Maginot; había dos o tres divisiones blindadas que aun no habían entrado en combate; en
el curso de las dos o tres semanas siguientes llegarían a la zona de la batalla otras ocho o nueve divisiones procedentes de África. El general
Giraud había tomado el mando de las tropas francesas situadas al norte del boquete. Desde Aquel Momento los alemanes habrían de avanzar
por un corredor abierto entre dos frentes, con lo cual las fuerzas aliadas podrían operar como lo hicieron en 1917 y 1918. En tales
condiciones, quizá los alemanes no podrían conservar el citado corredor, cuyos dos flancos necesitaban cada vez mayor protección,
protecc
y al
propio tiempo vigorizar la incursión de sus fuerzas blindadas. Algo por el estilo vino a decir Gamelín, y desde luego todo
tod ello parecía dictado
por el buen sentido. Sin embargo, yo no podía sustraerme a la impresión de que sus palabras no hallaban eco en el ánimo de los
l gobernantes
franceses.
Entonces pregunté al general Gamelín cuándo y por donde tenía intención de atacar los flancos de la “bolsa”. He aquí su respuesta:
“Inferioridad numérica, inferioridad de material, inferioridad de técnica...” Y subrayó, su desoladora reticencia con un encogimiento
enco
de
hombros. No había discusión posible; hubiera sido perfectamente inútil
inútil intentarla. Por otra parte, ¿qué fuerza moral teníamos nosotros los
ingleses, considerando lo escaso de nuestra contribución -diez
diez divisiones después de ocho meses de guerra y ni siquiera una división de
tanques modernos en acción?
Aquella fue la última vez que vi al general Gamelín. Era un patriota, un hombre docto en su profesión, e indudablemente tiene
muchas cosas que decir.
Recurso heroico
El estribillo de las sucesivas
observaciones del general Gamelín y aun de todo
el Alto Mando francés, era una
un marcada
insistencia en la inferioridad aérea de sus ejércitos
y en la urgente necesidad de que enviásemos al
campo de batalla más escuadrillas de aviones
británicos, tanto bombarderos como cazas pero de
modo especial estos últimos. Esta apremiante
demandaa de ayuda aérea estaba destinada a
reaparecer en todas las conferencias subsiguientes
hasta que Francia cayó. En el curso de su
llamamiento, el general Gamelín dijo que los
cazas se necesitaban no solo para proteger al
Ejército francés sino para detener a los tanques
alemanes. A lo cual respondí: “No. La tarea de
detener a los tanques incumbe a la artillería. La
labor de los cazas consiste en limpiar el cielo
(nettoyer le ciel) encima del campo de batalla”
Era de importancia vital que nuestra
aviación metropolitana
tropolitana de caza no fuese retirada
de la Gran Bretaña por ningún concepto. Nos iba
en ello la existencia. Era necesario, empero,
apurar hasta el hueso. Aquel mismo día por la
mañana, antes de partir el Gabinete me había
autorizado a enviar otras cuatro escuadrillas de
caza a Francia. De regreso a la Embajada y
después de consultar el asunto con Dill, decidí
pedir permiso para enviar seis escuadrillas más.
Con esto quedarían reducidas nuestras fuerzas
10
aéreas metropolitanas a veinticinco escuadrillas de caza, es decir, al mínimo posible. La decisión era de carácter heroico.
Rogué al general Ismay que telefonease a Londres señalando la necesidad de que el Gabinete se reuniese inmediatamente para
estudiar un telegrama urgente que cursaríamos al cabo de una hora aproximadamente. El propio Ismay transmitió el texto del despacho en
lengua indostaní, previa orden de que un jefe del Ejército indio lo recibiese en su oficina de Londres. He aquí el telegrama:
“16 -5 -40. 9 noche.
“Agradeceré que el Gabinete se reúna inmediatamente para estudiar lo siguiente: Situación gravísima. Furiosa acometida alemana
en Sedán sorprende tropas francesas desarticuladas, muchas en el Norte, otras en Alsacia. Necesitamos cuatro días como mínimo para traer
veinte divisiones con que proteger París y atacar en los flancos de la “bolsa”, que tiene ya cincuenta kilómetros de anchura.
“Tres divisiones blindadas (alemanas) con dos o tres de infantería han penetrado por el boquete y tras ellas van llegando nuevas
oleadas. Por tanto, amenazan dos grandes peligros. Primero; que el Cuerpo Expedicionario británico quede completamente aislado al no
poder realizar una difícil operación de despegue y de retirada a la antigua línea. Segundo; que la ofensiva alemana haga imposible toda
resistencia francesa de que ésta se organice debidamente.
“Se han dado órdenes de defender París a toda costa, pero los archivos del Quai d’Orsay arden ya en el jardín. Considero los
próximos dos, tres o cuatro días decisivos para la capital y probablemente para el Ejército francés. Por lo tanto hemos de ver si podemos
mandar más de cuatro escuadrillas de caza, ayuda que los franceses agradecen mucho, y si mañana y las noches siguientes podemos emplear
un mayor contingente de nuestros bombarderos pesados de gran autonomía contra las divisiones alemanas que cruzan el Mosa y afluyen a la
“bolsa”. Aun así no hay garantía de éxito; pero la resistencia francesa puede hundirse tan rápidamente como la de Polonia si se pierde la
batalla de la “bolsa”.
“Por mi parte, considero que debemos enviar mañana las escuadrillas de caza solicitadas, es decir, seis más, y, concentrando todos
los aparatos franceses y británicos disponibles, dominar el cielo encima de la “bolsa” durante los próximos dos o tres días para conseguir un
triunfo aliado, sino para dar al Ejército francés una última ocasión de recobrar su coraje y su vigor. Si no accediéramos a su petición y se
hundiesen en lo irremediable, la Historia nos lo reprocharía. Confío que también podremos organizar bombardeos nocturnos con aparatos de
gran autonomía.
“Al parecer, el enemigo ha lanzado ya a la lucha todo su material tanto en aviones como en tanques. No debemos menospreciar las
dificultades crecientes de su avance si se le contraataca con decisión. Creo que si fracasa todo lo previsto, aún podremos dedicar lo que quede
aquí de nuestra aviación de combate a proteger al Cuerpo Expedicionario británico en el caso de una retirada forzosa.
“Insisto en la gravedad suprema del momento y dejo expuesta mi opinión. Ruego me comuniquen su acuerdo. Dill aprueba.
Necesito la respuesta antes de medianoche a fin de animar a los franceses. Telefoneen a Ismay en indostaní a la Embajada.”
La respuesta llegó a las once y media. El Gabinete daba su conformidad. Ismay y yo nos trasladamos inmediatamente en
automóvil a la residencia de M. Reynaud. Reinaban en la casa un profundo silencio y una oscuridad casi absoluta. Al poco rato salió M.
Reynaud de su dormitorio con un batín puesto. Le comuniqué la grata noticia. ¡Diez escuadrillas de caza! Acto seguido le rogué que mandase
llamar a M. Daladier, quien acudió en efecto, ansioso por conocer la decisión del Gabinete británico. Con ello confiaba yo levantar el decaído
ánimo de nuestros colegas franceses, dentro de las limitadas posibilidades con que contábamos. Daladier no pronunció una sola palabra.
Levantóse lentamente de la silla y me estrechó emocionado la mano.
Volví a la Embajada alrededor de las dos de la madrugada y dormí bien, aunque de vez en cuando los disparos antiaéreos
motivados por la incursión de algún aparato enemigo aislado hacían que me revolviera en la cama. A la mañana siguiente regresé a Londres
en avión, informé al Gabinete y, sin olvidar las demás preocupaciones, continué trabajando en la designación de ministros y subsecretarios
del nuevo Gobierno.
CAPITULO V
Perspectivas Sombrías
(El 17 de mayo, Francia había perdido al parecer, las tres cuartas partes de sus aviones de caza. Según comunicó al Gabinete de
Guerra, Mr. Churchill había advertido a los franceses que si no realizaban un esfuerzo supremo sería imposible correr el riesgo de enviarles
más escuadrillas de caza británicas. Se decía que el general Gamelín sólo estaba dispuesto a garantizar la seguridad de Paris hasta la noche
del 18 al 19 de mayo.)
La situación militar se agravaba de hora en hora. A petición del general Georges, el Ejército británico prolongó su flanco
defensivo con la ocupación de determinados puntos de la línea Douai-Péronne, a fin de proteger Arras nudo de carreteras de importancia vital
para una posible retirada hacia el Sur. Aquella misma tarde los alemanes entraron en Bruselas. Al día siguiente llegaron a Cambrai,
desbordaron San Quintín y desalojaron de Péronne a nuestros destacamentos. El Séptimo Ejército francés, las tropas belgas, las británicas y al
Primer Ejercito francés prosiguieron su movimiento de repliegue hacia el Escalda; los ingleses se situaron durante el día a lo largo del Dendre
y formaron el destacamento “Petreforce” (grupo provisional de unidades al mando del general de división Petre) para defender Arras.
Fortaleza sitiada
11
A medianoche (18-19
19 de mayo), lord Gort
Gort recibió en su cuartel general la visita del general Billotte. Ni la personalidad de este
general francés ni la forma de presentar sus propuestas inspiraron confianza al Mando británico. A partir de aquel instante nuestro
n
comandante en jefe empezó a considerar
derar la posibilidad de una retirada hacia la costa. En su informe, publicado en marzo de 1941, escribía:
“En aquel momento (día 19 por la noche) nuestra situación no era ya la de una línea combada o temporalmente rota, sino la de una fortaleza
sitiada”.
A raíz de mi visita a París y de
las discusiones celebradas en el seno del
Gabinete, creí necesario someter a mis
colegas, sin más dilación, un problema de
carácter general.
Del primer ministro al lord
presidente del Consejo.
“Le estoy muy agradecido por
haberse tomado la molestia de estudiar
esta noche las consecuencias que tendría
el abandono de París por parte del
Gobierno francés y la caída de aquella
capital, así como los problemas que se
plantearían si hubiese que retirar de
Francia el Cuerpo Expedicionario
Expe
británico, ya fuese utilizando sus propias
líneas de comunicación o a través de los
puertos belgas y del canal de la Mancha.
Se sobreentiende que de momento el
citado estudio habrá que limitarse a
enumerar las consideraciones principales
que sugiere
giere la situación y que luego se
remitirán a los Estados Mayores. Yo me
entrevistaré esta tarde a las 6’30 con las
autoridades militares.”
La rapidez con que Holanda sucumbiera ante el embate enemigo estaba presente en el espíritu de todos. Mr. Eden había
hab propuesto
ya al Gabinete de Guerra la formación de un Cuerpo de Voluntarios para la defensa local, y se estaba poniendo urgentemente en práctica su
plan. En toldo el país, en cada ciudad y en cada pueblo, se constituyeron grupos de hombres animosos,
nimosos, armados
arm
con carabinas, escopetas,
garrotes y lanzas. De aquellos grupos había de surgir, a no tardar, una vasta organización. Pero seguía siendo una necesidad vital la existencia
de unidades de tropas regulares.
(Mr. Churchill transcribe aquí el texto de una
una nota que dirigió en aquella ocasión al general Ismay, sugiriéndole la conveniencia
de repatriar de Palestina ocho batallones de fuerzas regulares, y enviar a la India ocho batallones de territoriales para permitir
per
el retorno a
la metrópoli de otras tantass unidades más de regulares. En la misma nota preguntaba si sería oportuno enviar a Francia la única división
blindada en su totalidad cuando era posible que el enemigo ofreciese a Francia una paz separada.)
El aspecto de la derrota
Consideré asimismo necesario dirigir, previa aprobación de mis colegas, los patéticos telegramas siguientes al presidente
Roosevelt, con objeto de demostrarle hasta que punto quedarían amenazados los intereses de los Estados Unidos con la conquista
conquist y
dominación no sólo de Francia,
ancia, sino también de la Gran Bretaña. El Gabinete estudió aquellos telegramas con detenimiento, Pero no propuso
ninguna enmienda.
Ex personaje naval al presidente Roosevelt.
“18 - 5 - 40.
“No he de encarecerle la gravedad de lo que está ocurriendo. Nosotros estamos decididos a perseverar hasta el fin, sea cual fuere el
resultado de la gran batalla que se libra en Francia. Hemos de esperar aquí un ataque al estilo del lanzado contra Holanda, y confiamos
defendernos como es debido. Pero si la ayuda norteamericana
norteamericana ha de desempeñar algún papel en nuestra resistencia, es preciso que llegue
pronto.”
Ex personaje naval al presidente Roosevelt.
“20 - 5 - 40.
“Lothian me ha dado cuenta de su conversación con usted. Comprendo SUS dificultades, pero lamento mucho lo de los
destructores. Si estuviesen en el término de seis semanas, desempeñarían un papel de valor inestimable. La batalla de Francia es muy dura
para ambos bandos. Si bien es verdad que estamos haciendo pagar muy caros al enemigo sus ataques aéreos y que le derribamos dos y hasta
tres aviones por cada uno de los nuestros, no lo es menos que sigue gozando de una formidable superioridad numérica. Es, pues,
pues de
importancia vital para nosotros que se nos envíe sin pérdida de tiempo el mayor número posible de cazas modelo “Curtiss P-40”
P
que sus
fábricas entregan actualmente al Ejército norteamericano.
“Por lo que se refiere a la última parte de su conversación con Lothian, nuestro propósito, ocurra lo que ocurra, es luchar hasta
h
el
fin en esta
ta isla; y, suponiendo que obtengamos la ayuda solicitada confiamos que nuestra superioridad individual nos permitirá hacer frente
f
con eficacia al enemigo en los combates aéreos. Los miembros del actual Gobierno podrán verse obligados a dimitir si la suerte
suert militar nos es
adversa, pero en ningún caso, por dramáticas que sean las circunstancias, nos avendremos a capitular.
“No debe usted perder de vista que si cayesen los gobernantes de hoy y sus sucesores iniciasen conversaciones de paz en medio de
las ruinas,
nas, lo único con que contarían para negociar con Alemania sería la Flota; y si los Estados Unidos hubiesen abandonado a Inglaterra
Ingl
a
12
su suerte, nadie tendría entonces derecho a reprochar a los gobernantes de aquella hora el que procurasen obtener para los supervivientes las
condiciones más ventajosas que fuese posible.
“Perdone, señor Presidente, que trace para usted en forma tan descarnada este cuadro de pesadilla. Es evidente que no puedo
responder de la actitud de mis sucesores, quienes, llegados al límite
límite de la desesperación y la impotencia, podrían perfectamente verse en la
necesidad de plegarse a las exigencias alemanas. Por fortuna, empero, no hay razón alguna en este momento para temer contingencia
continge
semejante.
“Reiterándole mi agradecimiento por su buena disposición...”
El “testamento“ de Gamelín
Entretanto, M. Reynaud realizaba transcendentales reformar en el Gobierno y el Alto Mando francés. El 18 de mayo fue nombrado
vicepresidente del Consejo el mariscal Pétain. El propio Reynaud, después de asignar a Daladier la cartera de Asuntos Exteriores, asumió el
Ministerio de Defensa Nacional y de la Guerra.
El día 19, a las siete de la tarde, nombró a Weygand, que
acababa de llegar del Próximo Oriente, para
sustituir al general Gamelín. Yo había conocido
cono
a
Weygand cuando era el brazo derecho del
mariscal Foch y había admirado su magistral intervención
en la batalla de Varsovia contra la invasión
bolchevique de Polonia en agosto de 1920 acontecimiento decisivo para la Europa de
aquella época -.. Tenía ahora 73 años, pero se tenían
noticias de su gran capacidad y su
extraordinaria energía.
El general Gamelín, en su última
orden del día (Nº 12), dictada el 19 de mayo a las 9’45 de
la mañana, prescribía que los ejércitos del
Norte, en vez de dejarse cercar,
cerc
debían a toda costa
abrirse paso hacia el Sur, en dirección al
Somme, atacando a lasa divisiones blindadas que les
habían cortado las comunicaciones. Al mismo
tiempo, el Segundo Ejército, así como el Sexto
(recientemente constituido este último), debían
debí
presionar hacia el Norte, en dirección a Mecieres. Sabias
medidas. Aunque, en realidad, la orden de
retirada general de los ejércitos septentrionales hacia el
Sur tenía que haberse dado ya cuatro días antes
por lo menos.
Una vez puesta de manifiesto la
gravedad del boquete abierto en el centro de las líneas
francesas en Sedán, la única esperanza que
tenían los ejércitos del Norte era la de retroceder
inmediatamente hacia el Somme. En lugar de
realizar esta maniobra, las tropas en cuestión, mandadas
por el general Billotte, se habían limitado a efectuar repliegues graduales y parciales en dirección a Escalda y a establecer un frente defensivo
en el ala derecha. Aun entonces habrían tenido tiempo de proceder a un movimiento de retirada hacia el Sur.
Gort, el clarividente
La confusión que reinaba en el mando de las fuerzas septentrionales, la parálisis en que aparecía sumido el Primer Ejército francés
y la incertidumbre acerca de lo que estaba sucediendo mantenían al Gabinete de Guerra en estado de grave inquietud. Todas nuestras
deliberaciones y decisiones respiraban calma y sangre fría, en virtud de nuestra voluntad unánime de seguir luchando, pero debajo
de
de aquella
firmeza latía una muda tensión.
El día 19, a las 4’30 de la tarde, supimos que lord Gort “estudiaba la posibilidad de una retirada hacia Dunkerque en el caso de que
se viese obligado a ello”. El jefe del Estado Mayor Imperial (Ironside) no podía aprobar aquel proyecto, por cuanto, al igual que la mayoría
de nosotros, era partidario de la marcha hacia el Sur. Le encargamos, por consiguiente, que llevase personalmente a lord Gort nuestras
instrucciones, en el sentido que condujera a las fuerzas británicas en dirección Sudoeste y se abriese paso a través de todos
todo los obstáculos a
fin de reunirse con
los franceses en el Sur. Por otra
parte, lord Gort debía
invitar a los belgas, en forma
ajustarse a nuestro movimiento de
apremiante,
a
al propio tiempo que, llegado el
retirada, indicándoles
caso,
estábamos
dispuestos a evacuar a través de los
puertos del canal de
la Mancha el máximo número
posible
de
sus
efectivos militares. Ironside había
de decir también a
Gort que nosotros mismos
informar al Gobierno francés de los
cuidaríamos
de
acuerdos
que
habíamos adoptado. En el curso de
la misma reunión, el
Gabinete envió a Dill al cuartel
general de Georges,
con el cual teníamos línea
telefónica directa. Su
misión consistía en permanecer allí
durante cuatro días y
comunicarnos todo lo que pudiese
averiguar. Nuestro
contacto con lord Gort era
intermitente y difícil,
pero se afirmaba que sus fuerzas
sólo tenían víveres
para cuatro días y municiones para
una batalla.
La
“Operación
En
la
celebró el 20 de
nuevo sobre el tapete
Expedicionario. Yo
supuesto de que las
cabo su retirada hasta
de
las
mismas
habría de replegarse
reunión se dice lo
sugiere que, como
Almirantazgo reúna
embarcaciones y las
a zarpar rumbo a los
francesa.
Dínamo”
sesión que el Gabinete de Guerra
mayo por la mañana, se puso de
la situación
situac
de nuestro Cuerpo
hice observar que aun en el
tropas británicas pudiesen llevar a
el Somme, una parte considerable
quedaría probablemente copada o
hacia el mar. En el acta de aquella
siguiente: “El primer ministro
medida
de
precaución,
el
un gran número de pequeñas
tenga en todo momento dispuestas
puertos y ensenadas
ensen
de la costa
13
El día 20 por la tarde, como consecuencia de las órdenes recibidas de Londres, todas las personas interesadas, entre ellas
representantes del Ministerio de la Marina Mercante, celebraron en Doler una conferencia preliminar con objeto
o
de estudiar “la urgente
evacuación de fuerzas muy importantes a través del Canal”. Se acordó que en caso de necesidad, la evacuación se realizaría por Caláis,
Boulogne y Dunkerque, a razón de diez mil hombres diarios por cada puerto. Desde Harwich hasta
hasta Weymouth, los funcionarios de la Marina
Mercante recibieron órdenes de preparar una relación completa de los buques y embarcaciones utilizables cuyo registro bruto fuese
f
inferior a
las mil toneladas. El Almirantazgo tomó nota asimismo de todas las embarcaciones
embarcaciones fondeadas en los puertos británicos. Diez días mas tarde,
estos planes, destinados a lo que recibió el nombre de “Operación Dínamo”, dieron como resultado la salvación de nuestro Ejército.
Ejér
Weygand asume el mando
Lo primero que hizo Weygand fue anular la orden del día Nº 12, de Gamelín. No carecía de lógica que quisiera apreciar por si
mismo la situación en el Norte y ponerse en contacto directo con los jefes de aquel sector. Hay que ser indulgente con un general
ge
que asume
el mando supremo cuando
do la batalla se está perdiendo. Pero el tiempo apremiaba. Weygand no debía haber soltado las riendas de lo que aun
era posible controlar para embarcarse en las dilaciones y las fatigas de un desplazamiento personal.
Permítaseme reseñar en forma detallada lo que sucedió después. El día 20 por la mañana, Weygand, ya en el puesto de Gamelín,
tomo las disposiciones necesarias para realizar al día siguiente una visita de inspección a los ejércitos del Norte. Al enterarse
enter
de que los
alemanes habían cortado las carreteras de aquella zona, decidió ir en avión. Su aparato fue atacado en pleno vuelo y se vio obligado a
aterrizar en Caláis. La conferencia que se debía celebrar en Ypres hubo de aplazarse hasta las tres de la tarde del día 21. En
E Aquella ciudad se
reunió
ió con el rey Leopoldo y el general Billotte. Lord Gort, a quien nadie había notificado hora ni lugar, no se hallaba presente;
presente el único jefe
británico que asistió a la conferencia fue el almirante Keyes, cuyo cargo era simplemente el de agregado militar cerca
ce
del Rey y no ejercía
mando alguno. Leopoldo III calificó después aquella conferencia de “cuatro horas de confusa charla”. En ella se trató de la coordinación
c
de
los tres ejércitos, de la puesta en práctica del plan Weygand y, para el caso de que éste fallase,
fallase, del repliegue de las fuerzas británicas y
francesas hacia el Lys, y de las tropas belgas hacia el Yser.
El general Weygand tuvo que marcharse a las siete de la tarde. Lord Gort no llegó hasta las ocho, y el general Billotte le dio
di cuenta
de lo acordado.
rdado. Weygand salió por carretera, hacia Caláis, embarcó en un submarino hasta Dieppe y desde allí volvió a París. En cuanto a
Billotte, partió en dirección al frente, y una hora, más tarde moría al chocar su automóvil con otro vehículo. Así, pues, todo
tod quedaba de nuevo
en suspense.
CAPITULO VI
Desconcierto en las filas aliadas
(El Gabinete de Guerra había encargado al jefe del Estado Mayor Imperial, general (actualmente lord) Ironside que se trasladase
traslada
al Cuartel General británico en Francia para ordenar
ordenar a lord Gort que condujera al Cuerpo Expedicionario inglés en dirección Sudoeste y se
abriese paso a través de las líneas alemanas para reunirse con las fuerzas francesas.)
El 21 de mayo regresó Ironside e informó que lord Gort al recibir las instrucciones
instrucciones del Gabinete, le había formulado las
observaciones siguientes:
Que la retirada hacia el Sur implicaría una lucha de retaguardia en el Escalda al propio tiempo que un ataque contra una zona ya sólidamente
en poder de las formaciones blindadas móviles
móviles del enemigo. Para llevar a cabo aquella maniobra sería necesario además proteger los flancos.
2) Que era difícil sostener una prolongada ofensiva en vista de la penuria de abastecimientos.
Que ni el Primer Ejército francés ni las tropas belgas parecían estar en situación de secundar una maniobra semejante en caso de intentarla.
Añadió Ironside que en el seno del Salto Mando francés de las fuerzas septentrionales reinaba una gran confusión; que el general
gene Billote no
había cumplido la misión coordinadora que
que se le encomendara ocho días antes y que, al parecer, no tenía plan concreto alguno; en cuanto al
Cuerpo Expedicionario británico, su moral era excelente y hasta aquel momento sólo había tenido unas quinientas bajas en el curso
c
de los
combates. Nos hizo una sombría descripción del estado de las carreteras, atestadas de refugiados y abrasadas por el fuego de los aviones
alemanes. El mismo había atravesado momentos difíciles.
El Gabinete de Guerra se hallaba, pues, ante
un dilema pavoroso: O bien el Ejército
Ejér
británico, con la cooperación francesa y belga
o sin ella, se abría paso hacia el Sur en
dirección al Somme, operación que lord Gort
no estaba seguro de poder llevar a feliz
término, o bien se retiraba hacia Dunkerque y
afrontaba una evacuación por víaa marítima
bajo el fuego de las fuerzas aéreas enemigas,
con la certeza de perder toda la artillería y
todo el material, tan escasos y tan valiosos a la
sazón. Evidentemente sería preciso correr
riesgos enormes para poner en práctica la
primera hipótesis, pero no había razón alguna
para no realizar todos los preparativos y tomas
todas las precauciones necesarias con vistas a
la evacuación por mar en previsión de que
fallase el plan de avance hacia el Sur. Propuse
a mis colegas ir yo a Francia para
entrevistarme
arme con Reynaud y Weygand y
adoptar una decisión. Dill se reuniría allí
conmigo, procedente del Cuartel General de
Georges.
Plenos poderes
14
Mis colegas consideraron entonces que había llegado el momento de obtener del Parlamento poderes extraordinarios, a cuyo efecto se había
elaborado un los últimos días un proyecto de ley. Esta medida conferiría al Gobierno derechos prácticamente ilimitados sobre la vida, la
libertad y los bienes de todos los súbditos de Su Majestad en la Gran Bretaña.
Con respecto a las personas, dimos al ministro de Trabajo plenos poderes para ordenar a quienquiera que fuese la prestación de
cualquier servicio. En el decreto por el que se le concedían tales poderes figuraba una cláusula de salarios mínimos que se incorporó a la ley
general de Sueldos y jornales; también disponía la creación de oficinas de mano de obra en los centros importantes. En virtud de otra serie de
derechos se establecía un control sobre la propiedad en su más amplio sentido, así como sobre todos los establecimientos, incluso los Bancos;
los empresarios deberían tener sus libros de contabilidad a disposición de los inspectores del Fisco, y los beneficios extraordinarios quedarían
sujetos a un impuesto del 100 por 100. Se formaría un Consejo de Producción, bajo la presidencia de Mr. Greenwood, y se nombraría un
director de servicios de mano de obra.
Mr. Chamberlain y Mr. Attlee, este ultimo en segunda lectura, presentaron esta ley al Parlamento el día 22 por la tarde. Tanto los
Comunes como los Lores, con su inmensa mayoría conservadora, la aprobaron en todos sus detalles en el curso de una sola sesión, y aquella
misma noche fue sancionada por el Rey.
“Que jamás los romanos,
en los días gloriosos de otrora,
negaron a Roma bienes ni oro,
brazo ni vida, hijos ni esposa.”
Tal era el temple de la hora.
Conferencia en Vincennes
Cuando llegué a París el 22 de mayo encontré cambiada la decoración. Gamelín ya no estaba. Daladier había desaparecido del
escenario bélico. Reynaud era a la vez jefe del Gobierno y ministro de la Guerra. Dado que la presión alemana se había orientado claramente
hacia la costa, París no se hallaba bajo amenaza inmediata. El Gran Cuartel General francés seguía en Vincennes, y allí me condujo M.
Reynaud en su automóvil a mediodía. Por el jardín deambulaban cabizbajos algunos de los militares a quienes había visto en torno a Gamelín
-entre ellos un oficial de caballería muy alto-. “C’est. l’ansíen régimen” (es el antiguo régimen), comentó el ayudante de campo.
Un comandante nos introdujo a Reynaud y a mí en el despacho de Weygand y luego a la sala de cartografía, donde estaban los
grandes mapas del Mando Supremo. A los pocos momentos entró Weygand. A pesar del esfuerzo físico desarrollado y a pesar de una noche
entera de viaje, estaba despejado, ufano e ingenioso. Nos produjo excelente impresión a todos. Procedió a exponer su plan de campaña. No
estaba conforme con la marcha o retirada de los ejércitos septentrionales hacia el Sur. Partiendo de los alrededores de Cambray y Arras,
debían avanzar hacia el Sudeste en dirección general a San Quintín y de este modo atacar por el flanco a las divisiones blindadas alemanas
que entonces luchaban en lo que él denominaba la bolsa de San Quintín-Amiens. La retaguardia de las tropas francobritánicas quedaría
protegida, a su entender, por el Ejército belga, que cubriría a sus aliados por el Este y, si fuese necesario, por el Norte.
Entretanto, un nuevo Cuerpo de ejército francés al mando del general Frère, compuesto por dieciocho o veinte divisiones
procedentes de Alsacia, de la Línea Maginot, de África y de otros puntos, formaría un frente a lo largo del Somme. Su ala derecha avanzaría
sobre Arras a través de Amiens y, en un supremo esfuerzo, establecería contacto con los ejércitos del Norte. Era necesario ejercer una presión
constante sobre las unidades blindadas enemigas. “No hemos de permitir -decía Weygand- que las divisiones blindadas alemanas conserven
la iniciativa”. Se habían cursado las órdenes oportunas dentro de lo que era posible dar todavía orden alguna. Entonces supimos que el
general Billotte, a quien Weygand había confiado todo su plan, acababa de morir en un accidente de automóvil.
Esfuerzos desesperados
Dill y yo convinimos en que no teníamos otra solución -ni, por lo demás, otro deseo- que aprobar aquel plan. Yo puse de relieve
que “era indispensable restablecer las comunicaciones entre los ejércitos del Norte y los del Sur por Arras”. Expliqué que lord Gort, aun
atacando hacia el Sudeste, debía mantener asimismo abierto el camino de la costa. A fin de estar seguro de que no hubiese ninguna mala
interpretación acerca de lo acordado, dicté personalmente un resumen de las decisiones tomadas y lo mostré a Weygand, quién dio su
conformidad. Informé en este sentido al Gabinete y dirigí el siguiente telegrama a lord Gort:
“22-5-40
“Esta mañana me trasladé en avión a París, donde me reuní con Dill y otros. A continuación resumo las conclusiones a que hemos
llegado Reynaud, Weygand y nosotros. Se ajustan exactamente a las instrucciones generales que usted ha recibido del Ministerio de la
Guerra. Reciba nuestros mejores votos por el feliz éxito de la batalla decisiva que se inicia en dirección a Bapaume y Cambrai.
“Hemos acordado:
“1º. Que el Ejército belga se retire hacia la línea del Yser y la defienda después de abrir las compuertas.
2º. Que el Ejército británico y el Primer Ejército francés se lancen al ataque lo antes posible -mañana como máximo- hacia el
Sudoeste en dirección a Bapaume y Cambrai con unas ocho divisiones y con los escuadrones de caballería belgas en el ala derecha de las
fuerzas británicas.
3º. Que como esta batalla es de importancia vital para ambos ejércitos y las comunicaciones británicas deben prestar la máxima
ayuda posible, tanto de día como de noche, mientras duren las operaciones.
4º. Que el nuevo Cuerpo de ejército francés que avanza sobre Amiens y forma una línea a lo largo del Somme ataque hacia el
Norte y se una con las divisiones británicas que presionan en dirección a Bapaume.”
Como puede verse, el nuevo plan de Weygand no difería, excepto en el tono enfático, de la orden del día núm. 12 del general Gamelín,
anulada poco antes. Ni tampoco estaba en desacuerdo con la opinión vigorosamente expresada el día 19 por el Gabinete de Guerra. Los
ejércitos septentrionales debían emprender todos juntos la ofensiva para abrirse paso hacia el Sur y destruir, a ser posible, a las unidades
blindadas invasoras, al propio tiempo que el nuevo Cuerpo de ejército francés al mando del general Frère les apoyaría y les saldría al
encuentro mediante una vigorosa acometida a través de Amiens. Todo esto tenía gran importancia si llegaba a convertirse en realidad.
15
En un aparte con Reynaud me lamenté
que se hubiese tenido a Gort completamente sin
órdenes por espacio de cuatro días consecutivos.
Aun después de asumir Weygand el mando, se
habían perdido tres días en la adopción de
decisiones. El cambio operado en el Mando
Supremo
upremo fue acertado. La dilación que de ello se
derivó fue nociva.
Aquélla noche dormí en la Embajada.
Las incursiones aéreas eran escasas y no tenían
consecuencias; tronaban los cañones de la D.C.A.,
pero no se llegó a oír una sola bomba. ¡Qué
diferencia entre las vicisitudes de París y la
aterradora prueba a que poco después iba a verse
sometido Londres!
Protestas
Al carecer el bando aliado de toda
dirección suprema de la guerra, la iniciativa pasó
por entero a manos del enemigo.
Los alemanes habían cruzado el Escalda
el día 20 por las inmediaciones de Oudenarde, y
los tres cuerpos de ejército británicos, que aún
daban frente al Este, se retiraron el día 23 a las
defensas que habíamos construido durante el
invierno a lo largo de la frontera belga y desde
de
las
cuales habían avanzado tan ardorosamente doce días antes. A partir de aquel momento, el Cuerpo Expedicionario británico quedó sujeto a
media ración de víveres.
La impresión de desvanecimiento que daba el Mando francés, según las informaciones recibidas
recibidas de distintas fuentes, me indujo a
protestar cerca de Reynaud.:
Del primer ministro a M. Reynaud (copia a lord Gort).
“23-5-40
“Grandes formaciones blindadas enemigas han cortado las comunicaciones de los ejércitos del Norte. Lo único que puede salvar a
nuestras tropas es la inmediata ejecución del plan Weygand. Pido que se cursen a los comandantes de los ejércitos franceses del
d Norte y del
Sur y al Gran Cuartel General belga, órdenes severísimas para ponerlo en práctica y transformar la derrota en victoria. El tiempo apremia,
pues los víveres y los pertrechos se agotan.”
Y al día siguiente:
Del primer ministro a M. Reynaud, para el general Weygand.
“24-5-40
“El general Gort telegrafía que es esencial establecer una coordinación del frente Norte a base de los Ejércitos de las tres distintas
naciones. Dice que no puede proceder a esta coordinación porque está luchando ya en el Norte y en el Sur y ve amenazadas sus líneas de
comunicación. Al propio tiempo, sir Roger Keyes me informa que hasta las tres de la tarde de hoy (día 23) el Gran Cuartel General belga y el
Rey, no habían recibido instrucción alguna. ¿Cómo se armoniza esto con la declaración formulada por usted de que Blanchard y Gort actúan
“main dans la main”? Comprendo perfectamente
perfectamente las dificultades de comunicación, pero deploro la ausencia de una coordinación efectiva de
operaciones en la zona septentrional, contra la cual el enemigo procede a concentrar fuerzas. Confío en que usted podrá corregir
corre esto.
“Añade Gort que cualquier
ier avance que realicen sus tropas habrá de tener un carácter de mera salida y que la ayuda debe proceder
del Sur, pues él no (repito no) tiene municiones para un ataque de importancia. A pesar de todo nosotros le damos instrucciones en el sentido
que persevere
evere en la ejecución del plan Weygand. Aquí no hemos visto siquiera las instrucciones de ustedes, ni conocemos los detalles de las
operaciones que realizan sus tropas en el Norte. Le ruego se sirva enviarnos estas informaciones lo más pronto posible a través
tra
de la misión
francesa. Con mis mejores votos ...”
Reproches
El día 24 recibimos de Reynaud dos telegramas henchidos de reproches. El más breve de ellos da el tono general:
“Me ha telegrafiado usted (decía) esta mañana que había ordenado al general Gort llevar adelante la ejecución del plan Weygand.
El general Weygand me comunica ahora que, según un telegrama del general Blanchard, el Ejército británico ha efectuado, por iniciativa
i
propia, una retirada de cuarenta kilómetros en dirección a la costa, precisamente en el momento en que las tropas francesas que presionan por
el Sur están ganando terreno hacia el Norte paras unirse con sus aliados.
“Esta operación del Ejército británico está en abierta contradicción con las órdenes concretas reiteradas esta mañana por el general
Weygand. Dicha retirada, como es lógico, ha obligado al general Weygand a modificar todas sus disposiciones y se ve forzado a abandonar la
idea de taponar la brecha y restablecer un frente continuo. No he de encarecerle la gravedad
gravedad de las posibles consecuencias.”
Hasta entonces, el general Weygand había confiado en el avance del ejército del general Frère hacia el Norte, en
dirección a Amiens, Albert y Peroné. En realidad aquellas unidades no habían realizado ningún progreso apreciable;
ap
estaban aún en pleno
período de organización.
CAPITULO VII
16
La audaz maniobra de Lord Gort
(Al fracasar un ataque en las inmediaciones de Arras, quedó demostrado que el Cuerpo Expedicionario británico y el Primer
Ejército francés no podían llevar
levar a cabo el tardío plan del general Weygand para romper el frente del Somme. Lord Gort había propuesto ya
la solución de proceder a una retirada hacia los puertos del canal de la Mancha.)
Ante el espantoso dilema que teníamos planteado, aceptamos el plan Weygand y realizamos esfuerzos decididos y
persistentes, aunque totalmente estériles, hasta el 25 de mayo. A partir de aquel momento, cortadas todas las comunicaciones, rechazado
nuestro poco vigoroso contraataque, ocupado Arras por el enemigo, el frente
frente belga en pleno resquebrajamiento y el rey Leopoldo en trance de
capitular, se esfumaron todas las esperanzas de retirada hacia el Sur. No quedaba ya más salida que el mar. ¿Lograríamos alcanzarlo?
alca
¿O
habríamos de dejarnos cercar y destrozar en campo abierto?.
abierto?. En cualquier caso, estábamos condenados a perder toda la artillería y todo el
material de nuestro ejército, irreemplazables por espacio de muchos meses. Pero, ¿qué importaba esto si salvábamos nuestros efectivos
e
es
decir, el núcleo y la estructura definitivamente insubstituibles de los futuros ejércitos de la Gran Bretaña?
Lord Gort, que a partir del 25 de mayo consideró la evacuación por vía marítima como nuestra única escapatoria posible, procedía
proc
ahora a
formar una cabeza de puente en torno a Dunkerque
Dunkerque y se retiraba hacia allí con las fuerzas que le quedaban, sin dejar de combatir. Iba a ser
necesario poner en juego hasta el máximo la disciplina de las tropas británicas y la capacidad de sus jefes, entre los cuales estaban los
generales Brooke, Alexander y Montgomery. Iba a ser necesario mucho más aún. Se haría todo lo humanamente posible. ¿Sería suficiente?
Interviene Hitler
Hemos de estudiar ahora un episodio muy discutido. El general Halder jefe del Alto Estado Mayor alemán, ha declarado posteriormente que
en aquella ocasión se registró la única intervención personal, directa y efectiva de Hitler en la batalla. Según el citado general.
ge
Hitler hizo
constar “su preocupación por la suerte de las unidades blindadas, dado el grave peligro que corrían
corrían al operar en terreno abrupto, entrecruzado
de canales, sin tener ante ellas objetivos de carácter vital”.
Consideraba Hitler que no podía sacrificar inútilmente sus formaciones blindadas, pues eran esenciales para la segunda fase de
d la campaña.
Sin duda creía que la superioridad de sus fuerzas aéreas habría de bastarle para evitar una evacuación en gran escala por el mar. En
consecuencia, según Halder, cursó a éste, por mediación de Brauchitsch (el comandante en jefe), la orden de “suspender el avance
ava
de las
unidades blindadas e incluso hacer retroceder a las que estaban situadas en cuña”. De este modo, dice Halder quedó expedito el
e camino de
Dunkerque para el Ejército británico.
Añade Halder que él se negó, en nombre del O.K.H. (“Oberkommando des Heeres”,
Heeres”, o Gran Cuartel General alemán), a interferir las
operaciones del grupo de ejércitos de Rundstedt, el cual tenía órdenes concreta de evitar que el enemigo alcanzase la costa. Cuanto más
rápido t completo fuese el triunfo en aquella zona -alegaba-, más fácil sería después reponer la pérdida de algunos tanques. Al día siguiente
recibió orden de presentarse ante Brauchitsch.
La violenta discusión que se produjo en la conferencia terminó con una orden tajante de Hitler, quien añadió que, a fin de garantizar
ga
el
cumplimiento de la misma, enviaría al frente a algunos de sus propios oficiales de enlace. Efectivamente, Keitel salió en avión
avi hacia el
cuartel general del grupo de ejércitos de Rundstedt, y otros oficiales hacia los puestos de mando del frente.
Divergencias en el Mando alemán.
Otros generales alemanes han facilitado versiones semejantes de aquel hecho y aun han insistido que la orden de Hitler obedecía
obedec a un móvil
de carácter político: el de aumentar las posibilidades de una paz con Inglaterra después
después de vencida Francia. Hace poco tiempo han aparecido
documentos de evidencia irrefutable con el “Diario del cuartel general de Rundstedt”, escrito en aquella época. Este arroja una luz distinta
sobre el asunto.
El 23 de mayo a medianoche llegó al Gran
que se colocaba al Cuarto Ejército bajo el
batalla de cerco”. A la mañana siguiente
fuerzas blindadas, tras el profundo y rápido
precisaban de un paréntesis de calma para
objeto de asestar el golpe final a un
Estado Mayor, “luchaba con extraordinaria
Además, Rundstedt preveía la posibilidad
sus tropas, harto dispersas; el plan
era la contraofensiva que lógicamente
“completamente de acuerdo” con que la
de infantería solas y que las unidades
Béthune-Aire-St: Omer-Gravelinas,
Gravelinas, a fin
presión por el grupo de ejércitos “B” en el
necesidad de conservar las fuerzas
No obstante, el 25 de mayo, a primera hora
comandante en jefe, ordenó que
Rundstedt, escudándose en la aprobación
disposición de Brauchitsch al comandante
contrario, le recomendó que continuase
Kluge protestó contra el retraso que esto
recomendación hasta el día siguiente, o sea
Dunkerque no debía ser atacado todavía
del Cuarto Ejército censuró aquella
Estado Mayor telefoneó el día 27:
Cuartel General una orden de Brauchitsch por la
mando de Rundstedt para “el último acto” de “la
Hitler visitó a Rundstedt quien le
l expuso que sus
avance realizado, se hallaban muy debilitadas y
reorganizarse y cobrar el vigor necesario con el
enemigo que, según
segú reconoce el “Diario” de su
tenacidad”.
de ataques procedentes del norte y del Sur contra
Weygand, en definitiva, que, de haber sido viable,
vi
cabía esperar de los aliados. Hitler se mostró
ofensiva al este de Arras prosiguiera con fuerzas
móviles continuasen manteniendo la línea
lín Lensde interceptar a las tropas enemigas sometidas a
Nordeste. Hizo hincapié asimismo en la absoluta
blindadas para ulteriores operaciones.
operac
de la mañana, Brauchitsch, en su calidad de
prosiguiera el avance con las unidades blindadas.
verbal de Hitler, hizo caso omiso. No cursó
cu
la
del Cuarto Ejército, Kluge, sino que, por el
economizando las divisiones “panzer” (blindadas).
suponía, pero Rundstedt no anuló su última
el 26, y aun entonces hizo constar que el propio
directamente. Dice el “Diario” que el comandante
restricción que se le imponía,
imponí y el jefe de su
“El cuadro que ofrecen los puertos del canal de la Mancha es el siguiente: Atracan grandes buques a los muelles, se tienden las
l pasarelas, y
los hombres embarcan en tropel. Todo el material queda abandonado
abandonado en tierra. Pero bien podría ser que más adelante volviésemos a encontrar
frente a nosotros a aquellos mismos hombres, pertrechados de nuevo.”
17
Es cierto, por consiguiente, que las unidades blindadas fueron detenidas en su avance; y que esto se hizo, no
n por iniciativa de Hitler, sino de
Rundstedt.
Los jefes del Ejército alemán opinan en general que entonces perdieron una magnífica oportunidad.
Momento crucial en la costa
Hubo, empero, un hecho aparte que influyó en los movimientos de los blindados alemanes
alemanes en el momento decisivo. Después de alcanzar el
mar más allá de Abbeville en la noche del 20 de mayo, las columnas blindadas y motorizadas alemanas de vanguardia habían continuado
cont
hacia el Norte a lo largo de la costa por Etaples en dirección a Boulogne,
Boulogne, Calais y Dunkerque, con la intención clarísima de impedir toda
evasión por vía marítima.
Yo recordaba perfectamente la topografía de aquella región por haber mandado allí durante la guerra anterior la brigada móvil de Marina que
operaba desde Dunkerque contra los flancos y la retaguardia de los ejércitos alemanes que marchaban sobre París. Nada tenía que aprender,
pues, acerca del sistema de inundación entra Calais y Dunkerque o sobre la importancia de la barrera acuática de Gravelinas. Habían sido
abiertas
rtas ya las esclusas y la inundación se extendía más y más cada día, con lo cual quedaba protegida por el Sur nuestra línea de
d retirada.
La defensa a ultranza de Boulogne y con mayor motivo aún la de Calais se erguía con inusitado vigor en medio del confuso
confus escenario de la
batalla. Inmediatamente enviamos allí refuerzos procedentes de Inglaterra. Aislado y atacado el 22 de mayo, Boulogne fue defendido
def
por dos
batallones de los “Guards” y una de nuestras escasas batería antitanques, más algunas tropas francesas.
francesas. Después de una resistencia de treinta
y seis horas, el jefe de las fuerzas comunicó que la situación era insostenible, en vista de lo cual autoricé la evacuación por
p vía marítima del
resto de la guarnición, las tropas francesas incluso. Ocho destructores
destructores llevaron a cabo la operación en la noche del 23 de mayo, con doscientas
bajas tan solo. Luego hube de lamentar aquella decisión.
Calais, hasta el último hombre
Unos días antes yo había colocado la defensa de los puertos del Canal bajo las órdenes directas
directas del jefe del Estado Mayor Imperial, con quién
estaba en contacto permanente. Evacuado Bolulogne, decidí que Calais fuese defendido hasta el último hombre y que no se permitiese
permi
en
modo alguno la retirada por mar de la guarnición, formada por un batallón
batallón de la brigada de Fusileros, uno del 60º regimiento de Fusileros, el
regimiento Real de Tanques, amén de 21 tanques ligeros y 27 pesados, y un contingente similar de fuerzas francesas. Era doloroso
dolor
tener que
sacrificar así aquellas espléndidas y disciplinadas
disciplinadas tropas regulares, de las que tan faltos estábamos, a cambio del dudoso fruto de ganar dos o
quizás tres días y sin saber el uso que podríamos hacer de aquellas jornadas de ventaja.
La decisión final de no evacuar a la guarnición de Calais fue adoptada
adoptada el 26 de mayo. Hasta aquel momento los destructores estuvieron
prestos a zarpar. Irónside y Eden se hallaban conmigo en el Almirantazgo. Salimos los tres a cenar, y a las nueve de la noche cursamos el
fatídico mensaje. La disposición alcanzaba al regimiento
regimiento del propio Eden, en el que había luchado durante la contienda de 1914-18.
1914
Es
preciso alimentarse a pesar de la guerra, pero no pude menos que sentirme físicamente enfermo cuando minutos después nos sentamos
sent
en
silencio a la mesa.
He aquí el texto del radiograma dirigido al brigadier que mandaba la plaza de Calais.
“Cada hora que ustedes sigan resistiendo constituirá una ayuda de valor inapreciable para el Cuerpo Expedicionario británico. Por
consiguiente, el Gobierno ha resuelto que prosigan ustedes la lucha. Admiramos infinitamente su magnífico vigor. La evacuación no
(repetimos no) se llevará a cabo, y los buques destinados a esta operación habrán de regresar a Dover.”
Calais fue el punto crucial. Muchas otras contingencias podían haber impedido la evacuación de Dunkerque, pero es lo cierto que los tres días
ganados con la defensa de Calais permitieron mantener la línea de defensa apoyada en la barrera acuática de Gravelinas, sin la cual, aun a
pesar de las vacilaciones de Hitler y las órdenes de Rundstedt,
Rundstedt, todo el Ejército británico habría sido copado y destruido.
Frentes inconcretos
Sobre las dramáticas realidades que acabo de reseñar se abatió entonces una catástrofe que, por decirlo así, simplificó la situación.
si
Los
alemanes, que aún no habían atacado a fondo el frente belga, rompieron el 24 de mayo aquella línea a ambos lados de Courtrai que está
situado a cincuenta kilómetros escasos de Ostende y Dunkerque.
El día 23, el Primero y el Segundo Cuerpos de Ejército británicos que se habían ido retirando de Bélgica por etapas, estaban de nuevo tras las
defensas fronterizas al norte y al este de Lille, construidas por ellos mismos durante el invierno. La gran cuña semicircular
semicircu lanzada por los
alemanes en nuestro flanco meridional había llegado al mar y teníamos que protegernos de aquella amenaza. Como los acontecimientos
ejercían cada vez mayor
presión sobre Gort y su
cuartel general, se había
ido enviando tropas a las
posiciones situadas en
forma escalonada en la
línea del Canal La
Bassée-Béthune-Aire-St.
Omer-Watten.
Estas
fuerzas junto con efectivos
del XVI Cuerpo de
Ejercito
francés,
alcanzaban el mar a la
altura de la barrera acuática
de
Gravelinas.
La
responsabilidad de aquel
flanco sinuoso que daba
frente al Sur incumbía en
gran parte al Tercer
Cuerpo
de
Ejército
británico. No se trataba de
una línea continua,
sino
simplemente de una serie
de puntos de contención en
los principales nudos de
comunicaciones, algunos
de los cuales, como Saint
Omer y Watten, habían
caído ya en poder del
enemigo. En aquella fecha,
el frente total cubierto por
las fuerzas británicas era de
unos 150 kilómetros en
contacto directo con el
enemigo en toda su
longitud.
La retirada
El 25 de mayo por la
decisión
trascendental.
ejecutar el plan Weygand
noche, lord Gort tomó una
Tenía aún órdenes de
consistente en atacar hacia
18
el Sur, en dirección a Cambrai, y en cuyo ataque había de utilizar la 5ª y la 50ª divisiones, en estrecha unión con las fuerzas francesas. La
prometida ofensiva hacia el Norte por parte del grupo de ejércitos francés organizado en el Somme no daba señal alguna de vida. Habían sido
evacuados los últimos defensores de Boulogne. Calais seguía resistiendo. Gort decidió entonces abandonar el plan Weygand. A su entender,
era ya por completo irrealizable la marcha hacia el Sur en demanda del Somme. Por añadidura, el desmoronamiento de la defensa belga y la
brecha que se ensanchaba en el Norte creaban un nuevo peligro, decisivo por sí mismo. Una orden del Sexto Ejército alemán que fue
interceptada señalaba que uno de sus Cuerpos había de avanzar en dirección Noroeste hacia Ypres y otro en dirección Oeste hacia
Wytschaete. ¿Cómo podrían resistir los belgas aquella doble acometida?
Seguro de sus propias dotes militares y convencido del absoluto hundimiento de todo posible control, ya fuese por parte de los Gobiernos de
Londres y París o del Alto Mando francés, Gort resolvió abandonar el ataque hacia el Sur, taponar la brecha que estaba a punto de abrirse en
el Norte a causa de la capitulación belga, y replegarse en dirección al mar. En tales circunstancias, aquella era la única esperanza de salvar
algo de la destrucción o de la rendición.
A las seis de la tarde ordenó a las divisiones 5ª y 50ª que se unieran con el Segundo Cuerpo de Ejército británico para llenar el vacío
inminente del frente belga. Comunicó su decisión al general Blanchard, que había sucedido a Billotte en el mando del Primer Ejército;
reconociendo la fuerza de los acontecimientos aquel jefe dio a las 11’30 de la noche las órdenes convenientes para que el día 26 se llevase a
cabo el repliegue de sus tropas a una línea situada detrás del canal de Lys, al oeste de Lille , con objeto de formar una cabeza de puente en
torno a Dunkerque.
El 26 de mayo, a primera hora., Gort y Blanchard concretaron su plan de retirada hacia la costa. Como el Primer Ejército francés había de
recorrer un camino más largo, los movimientos iniciales del Cuerpo Expedicionario británico durante la noche del 26 al 27 tendrían un
carácter meramente preparatorio, en tanto que las retaguardias del Primero y Segundo Cuerpos de Ejército británicos permanecerían en las
defensas fronterizas hasta la noche del 27 al 28.
Lord Gort había actuado en todo aquello bajo su exclusiva responsabilidad. Pero entre tanto también nosotros, en Inglaterra, a través de otras
fuentes de información habíamos llegado a las mismas conclusiones. El día 26, un telegrama del Ministerio de la Guerra aprobaba su
conducta y le autorizaba a “seguir retirándose hacia la costa en colaboración con los Ejércitos francés y belga”. Las medidas de urgencia para
la utilización en gran escala de navíos de todas clases y de todos los tonelajes estaban ya en plena ejecución.
CAPITULO VIII
La capitulación belga
(El 27 de mayo, a la una de la tarde, el Ministerio de la Guerra envió a lord Gort un telegrama en el que se le indicaba que a partir de aquel
momento su objetivo había de ser “evacuar el mayor número posible de tropas”. M. Reynaud había recibido el día anterior una
comunicación del Gobierno británico en este sentido. Naturalmen6te, el éxito de la evacuación era todavía problemático.)
Diez días antes había pedido yo a Mr. Chamberlain que estudiase junto con los otros ministros, las posibilidades que teníamos de proseguir
solos la lucha. Vista la gravedad de la situación, planteé Ahora con carácter oficial el problema a nuestros consejeros militares.
Dictamen técnico
Preparé deliberadamente mi consulta en términos que, aún cuando trazaban ya una orientación, dejaban a los jefes de Estado Mayor en
libertad para expresar su opinión, fuese cual fuere. Sabía de antemano que estaban absolutamente resueltos a continuar; pero siempre es mejor
tener por escrito esta clase de decisiones.
Quería, además, poder afirmar ante el Parlamento que nuestra resolución estaba respaldada por el dictamen de los técnicos militares. Helo
aquí, junto con el texto de mi consulta:
“1) Hemos revisado nuestro informe sobre “Estrategia británica en determinada eventualidad”, a la luz de los siguientes puntos de referencia
que nos ha sometido el primer ministro:
“En el caso de que Francia no pueda continuar luchando y se declare neutral, que los alemanes mantengan sus posiciones actuales y el
Ejército belga se vea obligado a capitular, después de ayudar al Cuerpo Expedicionario británico a alcanzar la costa; en el caso de que el
enemigo ofrezca a la Gran Bretaña unas condiciones de paz que la colocarían enteramente a merced de Alemania por medio del desarme, la
cesión de bases navales en las Orcadas, etc.; ¿Qué posibilidades tenemos de proseguir solos la guerra contra Alemania y probablemente
contra Italia?
“¿Pueden ofrecer la Marina y la Aviación un mínimo de garantías de que, llegado el momento, impedirían una invasión en regla? ¿Podrían las
fuerzas concentradas en la Isla hacer frente a las incursiones aéreas enemigas, que llevarían aparejado el lanzamiento de destacamentos por
un total no superior a diez mil hombres? Todo ello teniendo en cuenta que la prolongación de la resistencia británica podría ser sumamente
peligrosa para una Alemania dedicada a mantener bajo su dominio a la mayor parte de Europa.”
“2) Nuestras conclusiones quedan detalladas en los párrafos siguientes.
“3) Mientras nuestras fuerzas aéreas estén en condiciones de luchar, la Marina y la Aviación combinadas pueden impedir que Alemania lleve
a cabo una invasión en regla de nuestro país por vía marítima.
“4) Suponiendo que Alemania alcanzase una superioridad aérea completa, consideramos que la Marina podría evitar una invasión por espacio
de cierto tiempo, pero no indefinidamente.
“5) Si, incapaz nuestra Marina de impedirlo y destruidas nuestras fuerzas aéreas, Alemania intentase una invasión, nuestra defensa del litoral
no podrían evitar que la infantería y los tanques enemigos desembarcaran y se establecieran firmemente en nuestras costas. En las
circunstancias indicadas, nuestras fuerzas terrestres serían insuficientes para hacer frente a una invasión en toda regla.
“6) La clave del asunto está en la superioridad aérea. En cuanto Alemania la alcanzase, intentaría posiblemente subyugar a nuestro país
mediante ataques aéreos nada más.
19
“7) Para lograr la superioridad aérea. Alemania habría de poner fuera de combate a nuestra aviación,
aviación, así como destruir las fábricas de
aviones, diversas de las cuales, de importancia vital, están concentradas en Coventry y Birmingham.
“8) Los ataques aéreos contra las fábricas de aviones se producirían indiscutiblemente de día y de noche. Creemos que deberíamos
de
estar en
condiciones de causar el mayor número posible de bajas al enemigo durante las incursiones diurnas, a fin de evitar que nuestras
nuestr industrias
sufriesen daños de consideración. No obstante, sean cuales fueren las medidas defensivas que adoptásemos
adoptá
–y estamos trabajando
intensamente en este sentido-,, no podemos garantizar la protección de los grandes centros industriales de cuya actividad depende el
funcionamiento de nuestras fábricas de aviones, contra los graves daños materiales que accionarían
accionarían los ataques nocturnos. Para alcanzar en
este caso su objetivo el enemigo no tendrías necesidad de recurrir a los bombardeos de precisión.
“9) El que los ataques consigan o no la eliminación de la industria aérea, depende no solamente de los daños materiales
mater
que causen las
bombas, sino también en gran parte de su efecto moral sobre los obreros y sobre su decisión de seguir trabajando, a pesar del terror y la
destrucción en masa.
“10) Por lo tanto, si el enemigo realiza intensos y persistentes ataques nocturnos
nocturnos contra nuestras fábricas de aviones, es posible que ocasione
daños materiales y morales de tal magnitud en la zona industrial afectada, que llegue a paralizar por completo el trabajo.
“11) Conviene recordar que la proporción de la superioridad numérica
numérica alemana es de cuatro a uno. Además las fábricas de aviación enemigas
están muy dispersas y situadas en puntos relativamente inaccesibles.
“l2) Por otra parte, mientras tengamos escuadrillas de bombarderos, podemos llevar a cabo ataques similares contra
contr los centros industriales
alemanes y, mediante efectos morales y materiales, paralizar una parte de los mismos.
“l3) En resumen: Nuestro dictamen es que, a primera vista, Alemania posee las mejores cartas del juego; pero la verdadera piedra
pie
de toque es
esta:
ta: ¿Será la moral de nuestras combatientes y de nuestra población civil capaz de contrarrestar las ventajas numéricas y materiales
mate
de que
goza Alemania. Creemos que sí.”
Este informe, redactado, como es de suponer, en la hora más tétrica antes de la gesta
gesta de Dunkerque, lo firmaban no sólo los tres jefes de
Estado Mayor; Ironside, Newall y Pound, sino asimismo los tres subjefes, Dill, Phillips y Peirse. He de reconocer, al releerlo
releerl Al cabo de los
años, que era dramático y sombrío. Pero el Gabinete de Guerra
Guerra y los contados otros miembros que lo vieron se mostraron unánimemente de
acuerdo con los términos del documento. No hubo discusión. Estábamos unidos de todo corazón.
Gestiones inútiles
Me dirijo entonces personalmente a lord Gort:
“27-05-40.
“En esta hora, solemne no puedo menos que expresar a usted mis mejores votos. Nadie puede saber que ocurrirá. Pero cualquier cosa es
preferible a verse enjaulado y condenado a morir de hambre.
“Me permito hacerle las breves observaciones siguientes:
1º Los cañones han de destruir tanques, y puesto que en cualquier caso hemos de perderles, es preferible que los perdamos realizando
rea
esa
labor. 2º Temo por la suerte de Ostende en tanto que tengamos en la ciudad una brigada que disponga de artillería. 3º Es muy probable que las
unidades de tanques que asedian Calais están fatigadas por la dura lucha; sea como fuere, Calais las retiene. Una columna lanzada
lan
contra
Calais, mientras aquel puerto siga resistiendo, podría obtener un señalado triunfo. Acaso los alemanes
alemanes sean menos temibles cuando se les
ataque.
“Ahora
es necesario advertir a los belgas. Envío a Keyes el telegrama trascrito más abajo, pero conviene
que usted
se ponga personalmente en contacto con el Rey. Keyes le facilitará la entrevista. Pedimos a los
belgas
que se sacrifiquen por nosotros.
“Supongo que nuestras tropas saben que se están abriendo paso hacia Blighty. (En el “argot” de
los
soldados británicos “volver a Blighty” significa volver a Inglaterra) Jamás ha habido mejor
estímulo
que éste para
ra seguir luchando. Prestaremos a ustedes toda la ayuda que puedan darles la Marina
y
la
Aviación. Anthony Eden está conmigo en este momento y une sus buenos deseos a los míos.
“Telegrama citado en el texto:
“Del primer ministro al almirante Keyes.
“Comunique
unique a su amigo (el Rey de los belgas) lo siguiente: Supongo sabe que las fuerzas
británicas
y francesas se retiran combatiendo hacia la costa, entre Gravelinas y Ostende inclusive, y que
nos
proponemos prestar el máximo apoyo naval y Aéreo a la dificilísima
dificilí
operación de embarque.
¿Qué
podemos hacer por él? Es evidente que nada ganaría la causa de Bélgica si nos dejásemos cercar
y anular por el enemigo. Nuestra única esperanza de sobrevivir está en la victoria, e Inglaterra no dejará de luchar suceda lo
l que suceda, hasta
la derrota final de Hitler o hasta que dejemos de existir como nación. Confío que hará usted lo necesario para que (el Rey) salga
s
con usted en
avión antes de que sea demasiado tarde. Suponiendo que nuestra operación tenga éxito y establezcamos
establezcamos una sólida cabeza de puente,
procuraremos, si el Mando belga lo desea, transportar algunas de sus divisiones a Francia, por vía marítima. Es de importancia
importanci vital que
Bélgica continúe la guerra, y es esencial la seguridad de la persona del Rey.”
El almirante
mirante Keyes no recibió mi telegrama hasta después de su regreso a Inglaterra, el día 28, y por lo tanto mi mensaje personal no llegó a
conocimiento del rey Leopoldo. El Hecho, empero, carece de valor, pues el día 27, entre cinco y seis de la tarde el almirante
alm
Keyes me llamó
por teléfono para comunicarme algo de suma gravedad. Transcribo a continuación unos párrafos de su informe posterior:
“El día 27, hacia las cinco de la tarde, al decirme el Rey que su Ejército había quedado desarticulado y que él se disponía a pedir el cese de
las hostilidades, cursé a Gort y al Ministerio de la Guerra un radiograma cifrado. El Ministerio de la Guerra lo recibió a las
la 5’54 p.m.. Partí
inmediatamente en automóvil hacia La Panne y telefoneé al primer ministro. La noticia
noticia no sorprendió a éste en absoluto, dadas las repetidas
indicaciones que en losa días anteriores recibiera al respecto, pero me advirtió que yo debía procurar por todos los medios convencer
c
al rey
Leopoldo y a la Reina madre de la necesidad de que se trasladasen
trasladasen conmigo a Inglaterra, y me dictó el siguiente telegrama, que, según dijo,
tenía que haber llegado a mi poder aquella misma tarde:
“27-5-40.
“La Embajada de Bélgica en Londres deduce de la decisión del Rey que Su Majestad considera perdida la guerra
guerr y se dispone a firmar una
paz separada. Con objeto de hacer patente su absoluta disconformidad con esta actitud, el Gobierno constitucional belga ha procedido
pr
a
reorganizarse en suelo extranjero. Aun cuando el Ejército belga actualmente en campaña tenga que deponer las armas, hay en Francia
20
doscientos mil súbditos belgas en edad militar y medios superiores a los que Bélgica tenía en 1914 para seguir luchando. Con la decisión que
acaba de adoptar, el Rey divide a su país y lo pone bajo la protección de Hitler.
Hitler. Ruego transmita al Rey estas consideraciones y le ponga de
manifiesto las desastrosas consecuencias que su determinación habrá de tener para los aliados y para la propia Bélgica.”
“Comuniqué a Leopoldo III el mensaje del primer ministro, pero me dijo que había elegido ya el camino y que debía permanecer al lado de su
Ejército y de su pueblo...”
Hice cursar la siguiente orden circular:
“28-05-40.
“Estrictamente confidencial.
“En estos días sombríos, el primer ministro ruega encarecidamente
encarecidamente a todos sus colegas del Gobierno, así como a los altos funcionarios del
Estado, que hagan cuanto esté de su mano para mantener un tono elevado de moral en sus respectivas esferas; no restando importancia
impor
a la
gravedad de los acontecimientos, sino demostrando
demostrando confianza en nuestra capacidad y en nuestra inflexible resolución de proseguir la guerra
hasta que hayamos quebrantado la voluntad del enemigo de colocar toda Europa bajo su dominio
“No deberá darse crédito Alguno A LA idea de que Francia llegue a concertar una paz separada; pero, ocurra lo que ocurra en el Continente,
no puede caber dudad acerca de cuál es nuestro deber, y desde luego pondremos a contribución todas nuestras fuerzas para defender
defe
la Isla, el
Imperio y nuestra Causa.”
La decisión del rey Leopoldo
En las primeras horas de la mañana del 28 de mayo capituló el Ejército belga. Lord Gort no recibió comunicación oficial de este
es hecho hasta
una hora antes de producirse; pero, la inminencia del colapso se preveía ya desde hacia tres días y, de una forma u otra, quedó taponada la
brecha. Yo anuncié el acontecimiento a la Cámara de los Comunes, en términos mucho más ponderados que los que M. Reynaud había
habí creído
convenientemente utilizar.
El Gobierno francés se lamentó de que mi referencia acerca de la acción del rey Leopoldo estuviese en abierta contradicción con la expuesta
por M. Reynaud. Cuando hable ante la Cámara, el 4 de junio –después
después de haber estudiado cuidadosamente todos los hechos entonces
conocidos y con objeto de hacer justicia,
justicia, no sólo a nuestros aliados los franceses, sino también al Gobierno belga, a la razón expatriado en
Londres-,, consideré que debía exponer la verdad con toda claridad:
“En el último momento, cuando Bélgica estaba ya
invadida, el rey Leopoldo recurrió a nosotros
n
en
demanda de ayuda y, aun en
e circunstancias tan difíciles,
nosotros acudimos en su auxilio. El y su valeroso y
disciplinado Ejército, cerca de un millón de hombres,
protegían nuestro flanco izquierdo, y con ello mantenían
abierta nuestra única línea de retirada hacia el mar.
Súbitamente sin previa consulta, dando el menor aviso
posible, sin escuchar la opinión de sus ministros y por
iniciativa personal suya, el Rey envió un
plenipotenciario al Mando alemán, rindió su Ejército y
puso en peligro todo
odo nuestro flanco y nuestras
posibilidades de retirada.”
Reacción fulminante
Durante todo aquel día 28 permaneció indecisa la suerte
del Ejército británico. En la línea de Comines a Yores y
de allí hasta el mar, dando frente al Este y tratando de
cercar la brecha belga, el general Brooke y su Segundo
Cuerpo de Ejército libraron una magnífica batalla. Por
espacio de los dos días precedentes, la 5ª División había
defendido Comines contra todos los ataques, pero la
brecha se ensanchó sin remedio. A partir de
d aquel
momento su misión era la de proteger el flanco del
Cuerpo
Expedicionario
británico.
Acudió
inmediatamente la 50ª División a prolongar la línea
defensiva; poco después las Divisiones 3ª y 4ª, retiradas
poco antes de la zona al este de Lille, fueron a toda
velocidad, en camiones, a extender el muro del corredor
vital que conducía a Dunkerque. Era imposible evitar la
irrupción alemana entre los Ejércitos británico y belga,
pero el Mando de nuestras fuerzas había previsto su
funesta y obligada consecuencia –un
un movimiento envolvente hacia el interior, al otro lado del YserYser y había tomado, las medidas necesarias
para hacerle frente en toda la línea.
Los alemanes fueron rechazados con sangrientas pérdidas. La artillería británica, tanto la de campaña como la semipesada, había recibido
órdenes de vaciar todas sus municiones sobre el enemigo, y aquel fuego terrible contribuyó en gran manera a desbaratar el intento
int
alemán.
Entretanto, tan sólo a seis o siete kilómetros detrás del frente de combate del general Brooke, enormes masas de vehículos y tropas afluían a
la cabeza de puente que se estaba formando en Dunkerque y, en un alarde de hábil improvisación, iban siendo alojadas en el recinto
re
fortificado. Llegó un momento en que, dentro ya del perímetro defensivo,
defensivo la carretera principal Este-Oeste
Oeste quedó completamente obstruida
por los vehículos, y hubo que abrir paso con “bulldozers”. Que fueron arrojando los camiones a las cunetas.
Hacia la cabeza de puente
21
El 28 por la tarde, Gort ordenó una retirada general hacia la cabeza de puente, que a la sazón estaba determinada por la línea GravelinasBergues-Furnes-Nieuport. El 29 de mayo se encontraba ya en el interior del citado perímetro una gran parte del Cuerpo Expedicionario
británico, y las medidas navales adoptadas para la evacuación empezaban a dar pleno rendimiento. El día 30 anunció el Gran Cuartel General
que todas las divisiones británicas, o mejor dicho, lo que quedaba de ellas, habían penetrado en el recinto.
El general Prioux, jefe del Primer Ejército francés parecía dispuesto a rendirse con todas sus tropas, pero el general De la Laurencie se opuso.
Más de la mitad de aquella unidad francesa logro llegar a Dunkerque y una gran parte de dichas fuerzas embarcó sana y salva. No obstante, la
maniobra alemana de tenaza al oeste de Lille cortó la línea de retirada a cinco divisiones por lo menos. El 28 de mayo trataron de perforar el
ala occidental, pero fue en vano; el adversario acabó por cercarlas. A lo largo de los tres días siguientes, las tropas francesas de la zona de
Lille lucharon en unos frentes que se contraían gradualmente bajo una presión cada vez más intensa, hasta que el 31 por la noche, escasas de
víveres y con las municiones agotadas, hubieron de capitular.
Así cayeron en poder de los alemanes unos cincuenta mil hombres. Aquellos franceses, bajo el mando del esforzado general Molinié, habían
contenido, por espacio de cuatro días críticos, a no menos de siete divisiones germanas, que de otro modo hubiesen podido tomar parte en los
ataques contra el perímetro de Dunkerque. Con su resistencia contribuyeron de un modo admirable a facilitar la evasión de sus camaradas
más afortunados y del Cuerpo Expedicionario británico.
Hay ocasiones...
Dura prueba fue para mí, encorvado bajo el peso de la máxima responsabilidad, tener que seguir durante aquellos días, a través de vislumbres
intermitentes, el desarrollo de un drama sobre el cual era imposible ejercer control alguno, y en el que toda intervención había de ser, a buen
seguro, más nociva que beneficiosa.
No cabe duda de que al ceñirnos con toda lealtad al plan Weygand de retirada hacia el Somme, durante tanto tiempo, como lo hicimos,
nuestros peligros tan graves ya, acrecieron notablemente. Pero la decisión de Gort, que nosotros aprobamos rápidamente, de abandonar el
plan Weygand y marchar en dirección al mar, fue ejecutada por él y por su Estado Mayor con magistral habilidad y quedará registrada para
siempre como un brillante episodio en los anales de la Gran Bretaña.
CAPITULO IX
El drama de Dunkerque
(El 26 de mayo de 1940, cuando estaba a punto de empezar la evacuación de Dunkerque, Mr. Churchill advirtió al Parlamento que debía
disponerse a oír “nuevas de suma gravedad”, y añadió: “Nada de lo que suceda en esta batalla podrá eximirnos en modo alguno de nuestra
obligación de defender la causa mundial a la que nos hemos consagrado)
En la abadía de Westminster se celebró un breve oficio de plegarias para impetrar la intercesión divina. Los ingleses son poco dados a
expresar en forma abierta sus sentimientos; pero desde el sitial que ocupaba en el coro podía yo percibir la honda emoción contenida que
embargaba a los presentes, así como su temor ante la idea, no de la muerte, de las heridas o de las pérdidas materiales, sino de la posible
derrota y de la ruina definitiva de la Gran Bretaña.
Voluntad de resistencia
22
Desde la constitución del Gobierno no había vuelto a ver más que individualmente a muchos de mis colegas que no eran miembros del
Gabinete de Guerra, por lo cual creí conveniente reunirme con ellos en mi despacho de la Cámara de los Comunes y nos congregamos unos
veinticinco en torno a la mesa de conferencias. Les expuse el curso de los acontecimientos y les di cuenta clara de la situación,
situac
haciendo
resaltarr todo lo que estaba en juego. Añadí, a título de simple comentario y sin énfasis alguno: “Naturalmente, ocurra lo que ocurra en
Dunkerque, nosotros continuaremos luchando”.
Entonces se produjo un hecho que, por lo insólito y dado el carácter de las personas
person allí reunido –veinticinco
veinticinco hombres curtidos en las lides
políticas y parlamentarias y que antes de la guerra ostentaban la representación de todos los matices de la opinión pública, equivocados o no , me sorprendió lo indecible. Muchos de ellos abandonaron
abandonaron precipitadamente sus asientos y vinieron hacia, mí lanzando exclamaciones y
dándome palmadas afectuosas en la espalda. Es evidente que si en aquella hora dramática hubiese dado la menor muestra de flaqueza
flaq
o
vacilación, el país me habría arrojado por la
la borda. Tenía la plena seguridad de que cada uno de los ministros estaba dispuesto a dejarse matar
y a perder todos sus bienes y su familia toda, antes que rendirse. En esto representaban al Parlamento y casi a la nación entera.
ent
En los días y
los meses sucesivos
cesivos me correspondió a mí el honor de expresar su sentir en ocasiones adecuadas. Y lo pude hacer así porque era también mi
propio sentir. Una intensa vibración de entusiasmo recorría la isla de un extremo a otro.
Flota improvisada
Desde el 20 de mayo se había ido procediendo sin descanso a la concentración de buques mercantes y pequeñas embarcaciones bajo la
dirección del almirante Ramsay, que tenía su puesto de mando en la base naval de Dover. El día 26 por la tarde (a las 6’57), una señal del
Almirantazgo
ntazgo puso en marcha la “Operación Dinamo”, y aquella misma noche regresó a la Patria el primer contingente de tropas. Tras la
pérdida de Boulogne y Calais, tan sólo quedaban en nuestro poder el puerto de Dunkerque y las playas abiertas contiguas a la frontera belga.
En aquellos momentos creíamos que los efectivos máximos que podríamos rescatar serían de 45.000 hombres en dos días. A primera
primer hora de
la mañana siguiente, 27 de mayo, adoptáronse medidas de urgencia encaminadas a obtener un mayor número de barcos
ba
pequeños “para un
servicio especial”.
A propuesta de Mr. H.C. Riggs, del
Ministerio de la Marina Mercante, los
oficiales del Almirantazgo inspeccionaron
los distintos astilleros desde Teddington
hasta Brigtlingsea y recogieron
recogi
más de
cuarenta gasolineras y lanchas que al
siguiente día quedaron concentradas en
Sheerness. Al propio tiempo fueron
requisados los botes salvavidas de los
paquebotes surtos en los muelles de
Londres, remolcadores del Támesis,
yates, barcazas, pesqueros,
pesqu
gabarras,
lanchones, embarcaciones de recreo, en
fin, todo lo que era susceptible de
utilización a lo largo de las playas. El 27
por la noche, un verdadero enjambre de
navecillas empezó a hacerse a la mar,
primero con rumbo a nuestros puertos del
canal
al de la Mancha y de allí hacia las
playas de Dunkerque en busca de nuestro
amado ejercito.
Una vez anulada la consigna de guardar
silencio respecto a la operación, el
Almirantazgo no vaciló en dar plena
libertad de acción al movimiento
espontáneo de ayuda que había
enardecido a toda la población marinera
de las costas meridionales y sudorientales.
Todo aquel que poseía un barco de
cualquier clase, ya fuese de vapor o de
vela, ponía proa a Dunkerque; y los preparativos, iniciados por fortuna una semana antes,
antes, recibían a la sazón un refuerzo de proporciones
asombrosas gracias a la valerosa improvisación de tales voluntarios. El número de los que acudieron el día 29 fue todavía escaso,
esc
pero no
eran más que la vanguardia de cerca de cuatrocientas pequeñas embarcaciones
embarcaciones que, a partir del 3l de mayo, habían de desempeñar un papel
esencial en la arriesgada maniobra al transbordar a unos cien mil hombres de las playas a los buques fondeados no lejos de allí.
al
En aquellos días hube de lamentar la ausencia del jefe de mi sala cartográfica del Almirantazgo, capitán Pim, y de uno o dos rostros
familiares más. Se habían apoderado de un “schuit” holandés que en cuatro días rescató a más de ochocientos hombres. En total,
total participaron
en la evacuación del Ejército, Alrededor de 850 barcos, de los cuales unos setecientos eran británicos y el resto aliados.
Falla la lógica
Entretanto, en tierra, alrededor de Dunkerque, se efectuaba sistemáticamente la ocupación del perímetros defensivo. Las tropas
tropa salían del caos
de la huida y quedaban parapetadas en perfecto orden a lo largo de las fortificaciones, que en el transcurso de dos
d días aun habían sido
ampliadas. Las tropas que estaban en mejores condiciones físicas pasaban a cubrir la línea de defensa. Las divisiones que, como
co
la 2ª y la 5ª,
habían sufrido más desgaste,
quedaban en reserva en las playas y fueron las primeras en embarcar. Al principio se había convenido en
situar tres cuerpos de ejército en el frente, pero el día 29, al tomar los franceses una parte, más activa en
la guarnición de la línea fortificada, dos fueron suficientes. El enemigo había seguido de cerca la retirada,
y se luchaba encarnizadamente y sin descanso, de modo especial en los flancos próximos a Nieuport y
Bergues.
A medida que la evacuación adelantaba, la continua disminución de los efectivos, tanto británicos como
franceses, iba acompañada de una contracción correlativa del frente de defensa. Durante tres, cuatro o
23
cinco días, decenas de millares de hombres permanecieron en las playas, entre las dunas, sometidos a implacables ataques aéreos. La
creencia de Hitler de que la aviación alemana haría imposible la huida, y que por consiguiente debía reservar las formaciones blindadas para
la fase última de la campaña, fue una idea equivocada, pero no carente de lógica.
Lo que el “Führer” no previó
Tres factores hicieron fracasar sus pronósticos. En primer lugar, el bombardeo ininterrumpido contra las tropas aglomeradas a lo largo de la
costa ocasionó a éstas muy pocos daños. Las bombas se hundían en la fina arena, que amortiguaba el efecto de las explosiones. En la primera
etapa de la evacuación, las tropas quedaban asombradas al comprobar que después de una violentísima agresión aérea casi nadie haba
resultado herido o muerto. Habíanse registrado explosiones por doquiera, pero apenas si alguna de ellas había causado bajas. En una costa
rocosa, los resultados hubiesen sido muchísimo más desastrosos para nosotros. A poco, los soldados comentaban las incursiones aéreas casi
con desprecio. Tendíanse en las dunas con ánimo tranquilo y con una confianza cada vez mayor. Ante sus ojos se extendía el mar, gris pero
no hostil. A lo lejos, los navíos salvadores y, mas allá... la Patria.
El segundo factor que Hitler no previó fue la hecatombe de sus aviadores. La valía de las fuerzas aéreas, tanto británicas como alemanas, fue
puesta entonces directamente a prueba. Mediante un intenso esfuerzo, el Mando de nuestras cazas mantuvo en todo momento en acción
sucesivas patrullas que libraron con el enemigo una batalla a todas luces desigual. Hora tras hora clavaron sus garras en las escuadrillas de
cazas y bombarderos, imponiéndoles un duro tributo, dispersándolas y poniéndolas en fuga. Y esto siguió día tras día, hasta que las Reales
Fuerzas Aéreas alcanzaron su gloriosa victoria. Dondequiera que encontraban aviones alemanes, a veces en formaciones de cuarenta y
cincuenta aparatos, los atacaban sin vacilar – con frecuencia era una sola escuadrilla y aun menos – y los abatían por decenas, con lo que muy
luego los aparatos enemigos derribados sumaron centenares.
Hicimos entrar en liza a toda la aviación metropolitana, nuestra última y sagrada reserva. En ocasiones, los pilotos de caza hicieron hasta
cuatro salidas en un día. El resultado fue claro. El enemigo, superior en número, fue derrotado o destruido y, a despecho de su bravura,
mantenido en jaque a un domeñado. El choque tuvo carácter decisivo. Desgraciadamente, las tropas que aguardaban su turno en las playas
vieron muy poco de aquel épico torneo aéreo, que se desarrollaba las más de las veces a muchos kilómetros de distancia y por encima de las
nubes. Nada sabían de las pérdidas infligidas al enemigo. Lo único que distinguían eran las bombas que flagelaban la arena, arrojadas por el
adversario que había logrado llegar hasta allí, pero que acaso no regresaba a su base. Incluso cundió entre el Ejército un amargo rencor contra
nuestras fuerzas aéreas, hasta el extremo de que algunos de los soldados, al desembarcar en Dover o en el Támesis insultaban, en su
ignorancia, a los aviadores de uniforme. Debían haberles abrazado; pero, ¿cómo podían conocer la realidad? Desde el Parlamento hice cuanto
estuvo en mi mano para difundir la verdad.
El Factor decisivo
Pero toda la ayuda de la arena y todas las proezas realizadas en el aire habrían sido inútiles sin el mar. Las instrucciones cursadas diez o doce
días antes habían dado un fruto sorprendente bajo el peso de la emoción de los acontecimientos. Tanto en tierra como a bordo imperaba una
disciplina perfecta. El mar estaba en calma. Indiferentes al peligro, pues el bombardeo aéreo abría huecos en sus filas, los barquichuelos, en
incesantes travesías entre los navíos y la costa, recogían a lo largo de las playas a los soldados que avanzaban chapoteando agua adentro e
izaban a los que salían nadando a su encuentro. La mejor defensa que tenían contra los ataques de la aviación era su propio número.
Considerada en conjunto, aquella flota de diminutas unidades era imposible hundir. En plena catástrofe, el pueblo de nuestra isla, unido e
invencible, sintió sobre sí el hálito de la gloria; y el romance de gesta de las playas de Dunkerque brillará por siempre más en los archivos de
nuestra historia.
Aun teniendo en cuenta la valerosa colaboración de las pequeñas embarcaciones, es preciso no olvidar que la tarea más dura correspondió a
los buques que actuaron en el propio puerto de Dunkerque. donde embarcaron las dos terceras partes de los efectivos. Los destructores
desempeñaron el papel principal. Ni tampoco hay que desdeñar la importante labor llevada a cabo por los transportes, cuyas tripulaciones
pertenecían a la Marina mercante.
La evacuación de las tropas francesas
Nunca se pensó en dejar atrás a los franceses. He aquí las órdenes que cursé antes de que recibiéramos reclamación o queja alguna de
nuestros aliados:
Del jefe del Gobierno al ministro de la Guerra, al jefe del Estado Mayor Imperial y al general Ismay.
“29-5-40.
“Es esencial que los franceses compartan en la medida de lo posible los beneficios de la evacuación de Dunkerque. Por otra parte, no debe
permitirse que dependan a estos efectos de sus propios recursos navales exclusivamente. Se concertarán sin perdida de tiempo los acuerdos
pertinentes con las Misiones militares francesas en nuestro país y, si es necesario, con el Gobierno francés, a fin de evitar todo género de
reproches, o por lo menos reducir al mínimo posible los motivos de queja. Convendría quizá evacuar de Dunkerque las dos divisiones
francesas y reemplazarlas provisionalmente con fuerzas nuestras, lo cual simplificaría el problema del mando. De todos modos, sométanse las
mejores propuestas posibles y díganme si creen oportuno que yo tome alguna decisión especial.”
Del primer ministro al general Spears (Paris).
“29-5-40.
“Favor transmitir lo siguiente a Reynaud para que lo comunique a Weygand y a Georges:
24
“Hemos
evacuar
hundirse
las playas
los
prever
actual ni
Deseamos
beneficios
la Marina
obligados
pérdida lo
soportarla
esfuerzo
“En
evacuadas
para
eminente
hallan
regulares
tiempo
al sur de
cinco
nuestra
peligro
un nuevo
efectivos
espíritu de
absoluta
evacuado cerca de 50.000 hombres de
Dunkerque y de las playas, y confiamos
otros 30.000 esta noche. El frente puede
en cualquier momento; asimismo los muelles,
y los barcos pueden quedar inutilizables por
ataques aéreos
eos y por el fuego de artillería
procedente del Sudoeste. Nadie es capaz de
cuánto tiempo durara el afortunado ritmo
cuántos hombres podremos salvar aún.
que las tropas francesas compartan los
de la evacuación hasta el máximo posible y el
Almirantazgo tiene instrucciones de ayudar a
francesa en lo que sea necesario.
Ignoramos
gnoramos cuantos hombres se verán
a capitular pero debemos compartir esta
mejor que podamos, y, especialmente,
sin
in reproches originados por la confusión, el
desmedido y la fatiga inevitables.
cuanto hayamos reorganizado nuestras tropas
y tengamos dispuestas las fuerzas necesarias
protegernos contra la probable y quizá
invasión, constituiremos un nuevo Cuerpo
Expedicionario con base en Saint Nazaire. Se
ahora camino de la Gran Bretaña tropas
de la India y de Palestina; dentro de poco
llegaran fuerzas australianas y canadienses.
Actualmente procedemos a retirar
reti de la zona
Amiens el material necesario para equipar a
divisiones. Pero esto es sólo para estabilizar
posición y prepararnos a hacer frente al
que nos amenaza. A no tardar les enviaremos
proyecto para la reorganización
reorga
de nuestros
en Francia. Les dirijo este mensaje con un alto
camaradería. No vacilen en hablarme con
franqueza”
Orden Tajante a Gort
El 30 de mayo celebré una reunión con los tres ministros de las fuerzas armadas y los jefes de Estado Mayor, en la sala de operaciones
militares del Almirantazgo. Pasamos revista a los acontecimientos del día en la costa belga. El número total de tropas evacuadas
evacua
ascendía a
120.000 hombres, de los cuales tan solo 6.000 eran franceses; estaban
estaban en servicio 850 barcos de todas las categorías. Un mensaje de
Dunkerque enviado por el almirante Wake Walker comunicaba que, a pesar del intenso cañoneo y de los constantes ataques aéreos,
aéreos habían
sido embarcados 4.000 hombres en el curso de la hora precedente. El almirante opinaba que al día siguiente sería quizá imposible seguir
resistiendo en el propio Dunkerque.
Puse de relieve la urgente necesidad de evacuar un número mayor de tropas francesas. Lo contrario podía ocasionar un daño irreparable
irr
a
nuestras relaciones con nuestro aliado. Dije también que cuando las fuerzas británicas quedasen reducidas a un cuerpo de ejército,
ejér
deberíamos
ordenar a lord Gort que regresase a Inglaterra, dejando un comandante de cuerpo de ejército al frente de las tropas.
tropa El Ejército británico
habría de resistir durante todo el tiempo que fuese posible, con objeto de que pudiera continuar la evacuación de los efectivos
efectiv franceses.
Como conocía muy bien el carácter de lord Gort, le dirigí, escrita de mi puño y letra, la siguiente
siguiente orden, que fue enviada oficialmente por el
Ministerio de la Guerra, el día 30, a las dos de la tarde:
“Siga defendiendo el actual perímetro con toda su energía, a fin de garantizar hasta el máximo la evacuación que ahora realiza con éxito.
Informe cada tres horas por la línea de La Panne. Si podemos seguir comunicando con usted, le transmitiremos la orden de regresar
regr
a
Inglaterra con los jefes y oficiales que usted elija, en el momento que consideremos que sus efectivos
efectivos han quedado lo suficientemente
reducidos para que pueda entregar el mando a un comandante de cuerpo de ejercito. Sírvase designar ya desde ahora al citada comandante.
c
“Si las comunicaciones están cortadas, deberá usted entregar el mando y regresar
regresar en la forma especificada cuando sus fuerzas combatientes
no sean superiores al equivalente de tres divisiones. Esta disposición esta perfectamente de acuerdo con los dictados de honor
hono militar y no
deja nada en absoluto a su albedrío personal. En el terreno
terreno político, sería lastimoso conceder al enemigo el triunfo que supondría hacerle a
usted prisionero, máxime cuando lo reducido de las fuerzas a sus órdenes habría hecho innecesario su presencia en el campo de batalla.
“El comandante de cuerpo de ejercito designado por usted deberá recibir órdenes de proseguir la defensa en estrecha colaboración con los
franceses, así como la evacuación, bien sea desde Dunkerque o desde las playas; pero cuando a su entender deje de ser posible la evacuación
en forma organizada
zada y no quepa ya infligir al enemigo pérdidas que guarden proporción con el sacrificio de las tropas aliadas, estará
autorizado para que, previo acuerdo con el comandante de las fuerzas francesas, capitule en regla a fin de evitar una matanza inútil.”
25
CAPITULO X
Al margen del huracán de fuego
El 30 de mayo, los miembros del Estado Mayor de lord Gort, en una conferencia que celebraron en Dover con el almirante Ramsay,
Ramsay
comunicaron a éste que a partir del 1º de junio al amanecer no sería posible seguir defendiendo el sector oriental del perímetro de Dunkerque.
Se aceleró, por consiguiente, la evacuación a fin de garantizar, en lo que cupiera, que quedase en tierra una retag8uardia británica
br
de no mas
allá de cuatro mil hombres aproximadamente.
oximadamente. Poco después se vio que este número no habría de bastar para defender las últimas posiciones
de cobertura y se decidió continuar con la defensa del sector británico hasta la medianoche del 1º de junio, en tanto proseguía
prosegu la evacuación a
base de una absoluta igualdad entre las fuerzas francesas y británicas.
Tal era la situación cuando el 312 de Mayo, al anochecer, lord Gort, de acuerdo con las órdenes recibidas, entregó el mando al
a general de
división Alexandre y regresó a Inglaterra.
Reunión del Consejo Supremo
El mejor medio de evitar todo posible equívoco en las relaciones con nuestros aliados era el contacto personal. Creí conveniente,
convenie
pues,
trasladarme a París en avión el 31 de mayo para asistir a la reunión del Consejo Supremo de Guerra.
Guerra. Me acompañaban Mr. Attlee y los
generales Dill e Ismay. Iba también conmigo el general Spears, que había llegado la víspera con las últimas noticias de la capital
ca
de Francia.
Este brillante militar y diputado era amigo mío desde los tiempos de la primera Guerra Mundial. Medio francés por nacimiento, oficial de
enlace entre el ala izquierda del Ejército francés y la derecha del Ejército británico, habíamos estado juntos en la sierra de
d Vimy, donde,
gracias a él, trabé amistad con el general Fayolle, que mandaba
ma
el 33 Cuerpo de ejército francés.
Gran conocedor del idioma de Racine, que hablaba con perfecto acento, herido cinco veces en acción de guerra según patentizaban
patentizab las cinco
franjas que lucía en la manga del uniforme, era la persona más indicada en aquel
aquel momento para lubricas nuestras delicadas relaciones con
Francia. Cuando surgen dificultades entre franceses e ingleses y se agrian las discusiones, el francés suelo mostrarse verboso
verbos y vehemente; el
inglés, seco y aun descortés. Pero Spears sabía decir las cosas a las altas personalidades francesas con una suavidad y una firmeza que nunca
he visto igualadas.
En aquella ocasión no fuimos al Quai d’Orsay, sino al despacho de M. Reynaud en el Ministerio de la Guerra, sito en la rue Saint-Dominique.
Sa
Attlee y yo nos encontramos, en la mesa de conferencias, frente a Reynaud y el mariscal Pétain como únicos ministros franceses presentes.
present
Era la primera vez que Pétain, entonces vicepresidente del Consejo, asistía a una de nuestras reuniones. Vestía traje civil., estaban con
nosotros el embajador británico y los generales Dill, Ismay y Spears; Weygand, Darlan, y el capitán De Margerie –jefe del gabinete particular
de Reynaud-- y un tal M. Baudouin, del Secretariado, representaban a Francia.
Aclarando conceptos
Ell primer punto que abordamos fue el de la
situación en Noruega. Yo declaré que, tras un
concienzudo estudio, el Gobierno británico
opinaba que la región de Narvik debía ser
evacuada sin pérdida de tiempo. Las tropas, los
destructores y el centenar de cañones
cañon antiaéreos
que allí teníamos nos hacían falta urgentemente en
otros lugares. Proponíamos, por lo tanto, que se
iniciara la evacuación el 2 de junio. La Marina
británica transportaría y repatriaría a las fuerzas
francesas, así como al rey de Noruega y a las
tropas noruegas que quisieran correr nuestra suerte.
Reynaud dijo que el Gobierno francés estaba de
acuerdo con esta línea de conducta. Había que
enviar los destructores al Mediterráneo
inmediatamente para el caso de una guerra con
Italia. Los 16.000 hombres
h
prestarían un servicio
inapreciable en la línea del Aisne y del Somme. El
asunto quedó, pues, resuelto.
Entonces enfoqué el problema de Dunkerque. Los
franceses no parecían tener una idea clara de lo que
estaba ocurriendo con los ejércitos septentrionales
septentr
que la que teníamos nosotros acerca del frente
principal francés. Cuando les dije que habían sido
felizmente embarcados 165.000 hombres, entre
ellos 15.000 franceses, quedaron atónitos.
Naturalmente, llamaron la atención sobre la
notable preponderancia
prepondera
de los efectivos británicos
evacuados.
Les expliqué que esto era debido en gran parte al hecho de que muchas unidades administrativas británicas que se hallaban en la retaguardias
había logrado embarcar antes de que hubiese sido posible retirar de la línea de fuego contingente alguno de fuerzas combatientes. Además,
los franceses no habían recibido hasta aquel momento ninguna orden de evacuación. Una de las principales razones de mi viaje a París era
precisamente la de asegurarme de que se habían dado a las tropas francesas las mismas órdenes que a las británicas.
Contacto de codos
Las tres divisiones británicas que a la sazón defendían el sector central protegerían la evacuación de todas las fuerzas aliadas.
ali
Esto junto con
el transporte naval, representaría
sentaría la contribución de nuestro país destinada a compensar las graves pérdidas aliadas que habríamos de sufrir
El Gobierno de Su Majestad había considerado necesario, en tan terribles circunstancias, ordenar a lord Gort que embarcase a los hombres en
situación
ituación de combatir y dejase en tierra a los heridas. Si se confirmaban las esperanzas que se tenían entonces, podrían ser evacuados
e
26
doscientos mil soldados útiles. Lo cual constituiría un milagro. Cuatro días antes, yo no hubiese apostado a favor de un número superior a
cincuenta mil hombres. Al propio tiempo hice hincapié en las pavorosas pérdidas de material que estábamos sufriendo.
Reynaud rindió un expresivo homenaje a la labor realizada por la Marina y la Aviación británicas; yo agradecí vivamente sus palabras.
Tratamos a continuación con cierta amplitud de lo que se podría hacer para reconstituir las unidades británicas en Francia. Entretanto, el
almirante Darlan había redactado un telegrama para el almirante Abrial que se hallaba en Dunkerque:
“1.º Deberá mantenerse una cabeza de puente en torno a Dunkerque con las divisiones que están bajo mando británico.
“2.º En cuanto sea evidente que ninguno de los contingentes que se encuentren aun fuera de la cabeza de puente tiene posibilidad de abrirse
paso hasta los puntos de embarque, las tropas de cobertura del perímetro defensivo deberán retirarse y embarcar; las fuerzas británicas serán
las primeras en evacuar.”
Intervine inmediatamente para declarar que los soldados británicos no tendrían preferencia en el embarque, sino que la evacuación habría de
efectuarse en un plano de igualdad entre británicos y franceses –Bras dessus, bras dessous – (cogidos del brazo). Los ingleses formarían la
retaguardia. Así se acordó.
Una sombra en el Mediterráneo
Pasamos luego a tratar de Italia. Yo expuse el punto de vista británico de que si Italia entraba en la contienda debíamos asestarle acto seguido
un duro golpe. Muchos italianos eran contrarios a la guerra, y convenía hacer todo lo necesario para demostrar lo cara que costaba la
intervención. Propuse que atacásemos mediante intensos bombardeos aéreos en el triángulo industrial del NO, limitando por las ciudades de
Milán, Turín y Génova. Reynaud opinó asimismo que los aliados debían reaccionar automáticamente; y el almirante Darlan dijo que ya tenía
establecido un plan para el bombardeo naval y aéreo de las reservas italianas de carburante, almacenadas en su mayor parte a lo largo de la
costa, entre la frontera y Nápoles. Se concentraron los detalles técnicos necesarios.
A continuación hice constar mi deseo de que hubiese un contacto directo entre un mayor número de los ministros del Gobierno recién
formado por mí y sus colegas franceses de las carteras respectivas. Dije que me complacería, por ejemplo, que Mr, Bevin ministro de Trabajo
y jefe sindicalista, visitase París. Mr. Bevin estaba demostrando una gran energía, y, bajo su dirección, la clase obrera británica sacrificaba
sus días de asueto y sus privilegios en una escala muchísimo más amplia que durante la guerra anterior. Reynaud asintió cordialmente.
“Inglaterra no cederá”
Tras un breve cambio de impresiones sobre Tánger y acerca de la importancia de que España se mantuviera al margen de la guerra, hablé de
las perspectivas generales que ofrecía la situación.
“Los aliados –dije– deben mantener un frente inflexible contra todos sus enemigos… Los recientes acontecimientos han causado honda
impresión en los Estados Unidos, y aun en el caso de que dicho país no entre en la guerra estará pronto dispuesto a proporcionarnos una
importantísima ayuda. La invasión de Inglaterra, si se produjese, hallaría un eco todavía más profundo en Norteamérica. Inglaterra no teme a
la invasión, y, llegada la hora, resistirá ferozmente en cada pueblo y en cada aldea. Teniendo en cuenta que ante todo debe atender a las
exigencias de su propia seguridad, es fácil comprender que no podrá poner sus fuerzas armadas a disposición de su aliada Francia hasta que
se haya organizado en debida forma las tropas que necesita para la defensa del territorio insular…
“Estoy absolutamente convencido de que para vencer no hemos de hacer otra cosa que seguir combatiendo. Aun en el caso de que uno de
nosotros caiga, el otro no debe abandonar la lucha. El Gobierno británico está dispuesto a proseguir la guerra desde el Nuevo Mundo si
Inglaterra queda asolada a consecuencia de un desastre. Si Alemania derrotase a uno de los aliados, o a ambos, sería implacable; quedaríamos
reducidos para siempre a la condición de vasallos y de esclavos. Mil veces preferible sería que la civilización de la Europa occidental con
todos sus tesoros materiales y espirituales desapareciese en un trágico pero esplendoroso final, a que las dos grandes democracias
sobrevivieran despojadas de todo lo que dignifica y da sentido a la existencia.”
Mr. Attlee declaró que compartía por entero mi parecer.
“El pueblo británico advierte ahora el peligro que le amenaza y sabe que en el caso de una victoria enemiga quedaría destruido cuanto ha
edificado. Los alemanes no matan únicamente a los hombres, sino también las ideas. Nuestro pueblo está resuelto como nunca lo estuvo en su
historia.”
Reynaud nos dio las gracias por lo que habíamos dicho. Tenía la seguridad de que la moral del pueblo alemán no estaba a la altura del
momentáneo triunfo de su Ejército. Si Francia lograba resistir en el Somme con la ayuda de la Gran Bretaña, y la industria norteamericana
intervenía para remediar el desnivel de armamentos, podíamos confiar sin duda ninguna en la victoria., estaba muy agradecido, dijo, por mis
reiteradas afirmaciones de que si uno de los dos países caía, el otro no abandonaría la lucha. Así terminó la reunión oficial.
Amenaza velada
Al abandonar nuestros puestos en torno a la mesa de la conferencia, algunos de los miembros del Consejo nos pusimos a charlar junto a un
gran ventanal en un ambiente algo distinto del que había presidido la reunión general. El más destacado de ellos era el mariscal Pétain. Spears
estaba a mi lado, ayudándome a salir del paso, pues ya he dicho que mi francés es harto deficiente, y tomando también el parte de la
conversación. El joven capitán francés De Margerie había hablado ya de continuar la guerra en África. Pero el aire del mariscal Pétain,
reservado y sombrío, me hizo pensar que el anciano militar no retrocedería ante la idea de una paz separada. La aureola de su personalidad, su
reputación, su serena aceptación de la marcha de los acontecimientos adversos, amén de algunas palabras que pronunció, causaron honda
impresión en quienes estaban bajo su influjo.
Uno de los franceses –no puedo recordar su nombre– dijo, con aquella finura que les es propia, que una continuación de los reveses militares
podría en determinadas circunstancias obligar a Francia a modificar su política exterior. Spears se mostró entonces, como en tantas otras
ocasiones, a la altura de su misión dirigiéndose particularmente al mariscal Pétain, le insinuó en un francés impecable:
-Supongo que usted comprenderá, señor mariscal, que eso significaría el bloqueo, ¿verdad?
Alguien terció:
–Quizá sería inevitable.
Pero Spears, mirando fijamente a Pétain, le dijo:
–Eso significaría, no sólo el bloqueo, sino el bombardeo de todos los puertos franceses en poder de los alemanes.
Me alegré de que se hubieran pronunciado aquellas palabras. Y, para subrayarlas, entoné mi estribillo habitual: seguiríamos luchando,
ocurriera lo que ocurriera y cayese quien cayese.
27
El desenlace
El 31 de mayo y el 1º de junio señalaron el punto
culminante, aunque no el final, del drama de Dunkerque.
En aquellos dos días llegaron sanos y salvos a Inglaterra
más de 132.000 hombres, casi una tercera parte de los
cuales fueron recogidos a lo largo de las playas por
pequeñas embarcaciones bajo un despiadado ataque aéreo
y el fuego de los cañones. A partir del 1º de junio
ju
al
amanecer, los bombarderos enemigos intensificaron sus
esfuerzos; aprovechaban en especial las ocasiones en que
nuestros cazas de habían retirado para repostar de
combustible. Aquellos ataques causaron gravísimo daños a
los barcos atestados de tropas,
tropa hasta el punto de que las
bajas fueron casi idénticas a las de toda la semana anterior.
En aquel solo día nuestras pérdidas ocasionadas por los
bombardeos aéreos, las minas, las lanchas torpederas,
etcétera, ascendieron a 31 buques hundidos
h
y 11 averiados.
La fase final de la operación se pudo en práctica con suma
habilidad y precisión. Por primera vez fue posible trazar
los planes
lanes de antemano en vez de tener que confiar en
improvisaciones sucesivas como hasta entonces. El 2 de
junio, al despuntar el día,
día quedaban unos cuatro mil
soldados británicos con siete cañones antiaéreos
antia
y doce
piezas
as antitanques en los alrededores de Dunkerque, así
como las fuerzas francesas, considerables aun, que
defendían el perímetro cada vez más reducido de la cabeza
de puente.
e. Como la evacuación ya sólo se podía
pod efectuar
en la oscuridad,
scuridad, el almirante Ramsay decidió realizar
aquella misma noche una incursión en masa en la bahía
con todas las unidades navales disponibles. Aparte de los
remolcadores y demás embarcaciones pequeñas,
pequeña salieron
de Inglaterra, al anochecer, 44 buques entre ellos 11
destructores
tores y 14 dragaminas. Intervinieron también 40
unidades francesas y belgas. Antes de medianoche había
hab embarcado la retaguardia británica.
Noo termina aquí, empero, la historia de lo ocurrido
ocurrido en Dunkerque. Habíamos tomado las medidas necesarias para evacuar aquella noche
muchísimos más soldados franceses de los que se presentaron. El resultado fue que cuando nuestros buques, bastantes de ellos vacíos,
hubieron de retirarse al amanecer, quedaron en tierra considerables contingentes de tropas francesas, muchas de las cuales estaban todavía en
contacto con el enemigo. Era preciso hacer un nuevo esfuerzo. A pesar del agotamiento físico de las tripulaciones después de tantos días de
actuar sin tregua ni reposo, aquella
lla brava gente respondió al llamamiento. El 4 de junio desembarcaron en Inglaterra 26.175 soldados
franceses, más de 21.000 de ellos fueron transportados en buques británicos. Desgraciadamente,
D
mente, quedaron atrás muchos millares de franceses
que había protegido con ánimo esforzado la evacuación de sus camaradas.
Por fin,, a las 2.23 de la tarde de aquel mismo día, el Almirantazgo, de acuerdo con el Alto Mando de nuestros aliados, anunció que la
l
“Operación Dinamo” estaba terminada.
28
CAPITULO XI
Italia, en la hoguera
(Mr. Churchill había enviado el 16 de mayo un mensaje a Mussolini pidiéndole “evitara que un río de sangre separase a los pueblos
pue
británico e Italiano”. Mussolini contestó que “la política italiana actual y futura en todo momento y circunstancia” estaba determinada por
el Tratado italo-germano.
germano. En su respuesta aludía al “estado de servidumbre en que Italia se halla en su propio mar”.)
A partid de entonces no pudo ya cabernos duda de la intención de Mussolini de entrar en la guerra en el momento más favorable para él. En
realidad, adoptó su resolución en cuanto se hizo evidente la derrota de los ejércitos franceses. El 13 de mayo había dicho a Ciano que
declararía la guerra a Franciaa y a la Gran Bretaña antes de un mes. El día 29, comunicó a los jefes de Estado Mayor italianos su decisión
oficial de declarar la guerra en cualquier fecha posterior al 5 de junio que el mismo fijaría. A petición de Hitler, la indicada
indic
fecha quedó
aplazada hasta el 10 de junio.
Táctica de concesiones
El 26 de mayo, cuando la suerte de los ejércitos septentrionales estaba aún indecisa y nadie podía estar seguro de que se salvase
sal
uno solo de
sus soldados. Reynaud se trasladó en avión a Inglaterra para tratar
tratar con nosotros de este asunto, que, naturalmente, no habíamos perdido de
vista. Era de suponer que Italia declararía la guerra en cualquier momento. De este modo Francia ardería en otro frente y un nuevo enemigo
avanzaría sobre ella por el Sur con voraz apetito. ¿Qué se podía hacer para comprar la neutralidad de Mussolini? Tal era el problema que se
erguía ante nosotros.
Yo no creía que hubiese la más remota posibilidad, y cada hecho que el jefe del Gobierno
francés invocaba como argumento para intentar algo en aquel sentido, no hacia más que
reafirmarme en la idea de que no había solución. Reynaud, empero, hallábase sometido a
intensas presiones en su país, y nosotros, por nuestra parte, deseábamos hacer todo lo posible
`por ayudar a nuestra aliada, cuya única arma vital, su Ejército, se le estaba quebrando entre las
manos.
Aun sin hacer hincapié en la gravedad de los acontecimientos en curso, M. Reynaud dejaba
entrever la eventualidad de que Francia se retirase de la contienda. El personalmente estaba
dispuesto
spuesto a seguir luchando, pero podía darse el caso de que, a no tardar, le sustituyesen otros
gobernantes que no fuesen del mismo parecer.
Ya el 25 de mayo, a petición del Gabinete francés, habíamos hecho una gestión conjunta cerca
del presidente Rooseveltt instándole a que interviniera. En aquel mensaje, Gran Bretaña y
Francia le autorizaban para declarar que comprendíamos que Italia tenía reivindicaciones de
orden territorial contra nosotros en el Mediterráneo, que estábamos dispuestos a estudiar
inmediatamente
amente toda reclamación razonable, que los aliados darían a Italia un puesto en la
Conferencia de la Paz en pie de igualdad con cualquier otra nación beligerante, y que
invitaríamos al Presidente a velar por el cumplimiento de los Acuerdos que a la sazón se
s
concertasen.
Roosevelt atendió nuestro ruego; pero sus llamamientos fueron rechazados por el dictador
italiano, en la forma más desabrida imaginable. Al reunirnos con Reynaud conocíamos ya el
texto de su respuesta. El jefe del Gobierno francés sugirió entonces
en
otras proposiciones más
concretas. Evidentemente, si éstas habían de remediar el “estado de servidumbre de Italia en su propio mar” debían afectar a la situación legal
de Gibraltar y de Suez. Francia estaba dispuesta a hacer concesiones similares en lo referente a Túnez.
La única política posible
En modo alguno podíamos nosotros apoyar aquellas sugestiones. No porque considerásemos inconveniente el estudios de las mismas
misma ni
porque en aquel momento no mereciese la pena satisfacer un elevado precio por
por la abstención de Italia en el conflicto. Mi impresión personal
era que, no teníamos nada para ofrecer que Mussolini no pudiera coger por sí mismo o recibir de manos de Hitler si perdíamos la guerra. No
es fácil gestionar y cerrar tratos cuando se está al
al borde de la quiebra. El simple hecho de iniciar negociaciones para obtener la intercesión
amistosa del Duce anularía nuestra decisión de seguir luchando.
Mis colegas se mostraban asimismo sobremanera rígidos e intransigentes al respecto. Todos éramos más bien partidarios de bombardear
Milán y Turín en el momento en que Mussolini declarase la guerra, y ver como le sentaba aquello. Reynaud, que en su fuero interno
int
opinaba
como nosotros pareció convencido o por lo menos satisfecho. Lo máximo que podíamos prometer,
prometer, empero, era someter el asunto al Gabinete
y dar una respuesta definitiva al día siguiente. Reynaud y yo almorzamos juntos, los dos solos, en el Almirantazgo.
En el siguiente telegrama. Redactado por mí casi en su totalidad, quedan expuestas las condiciones
condiciones que adoptó el Gabinete de Guerra:
Del primer ministro a M. Reynaud.
“26 – 05 – 40.
29
“Plenamente conscientes de la terrible situación con que nuestros dos países se enfrentan en este momento, mis colegas y yo hemos estudiado
detenidamente, y animados de los mejores deseos, la propuesta que usted me ha formulado hoy en el sentido de realizar una gestión cerca del
Sr. Mussolini a base de una oferta concreta de concesiones.
“El borrador de nota preparado el domingo último por lord Halifax sugería que si el señor Mussolini quería ayudarnos a encontrar una
fórmula de arreglo de todos los problemas europeos que salvaguardase nuestra independencia y estableciese los cimientos de una paz justa y
duradera en Europa, estaríamos dispuestos a tratar con él de sus reivindicaciones en el Mediterráneo. Usted propone ahora la inclusión en la
nota de determinadas ofertas especificas –que a mi entender no lograrían en absoluto impresionar al Sr. Mussolini y que una vez hechas no
podrían ser retiradas— con objeto de inducir al jefe del Gobierno italiano a asumir el papel de mediador según lo previsto en el borrador que
discutimos el domingo.
“Tanto mis colegas como yo creemos que el señor Mussolini abriga desde hace tiempo la esperanza de que al final le corresponderá
desempeñar el citado papel, contando indudablemente con obtener ventajas substanciales para Italia a la hora del reajuste.
“Pero nosotros estamos convencidos de que en este momento, en que Hitler, engreído con sus triunfos, espera un pronto y total hundimiento
de la resistencia aliada, el señor Mussolini no tendría ninguna probabilidad de éxito si propusiera una conferencia de carácter general. Me
permito asimismo recordarle que el presidente de los Estados Unidos ha recibido una contestación totalmente negativa a la proposición que
conjuntamente le habíamos rogado formulara, como tampoco ha habido respuesta a la gestión realizada el pasado sábado por lord Halifax
cerca del embajador italiano en Londres.
“Por consiguiente sin excluir la posibilidad de que en un momento determinado recurramos al señor Mussolini, no podemos considerar que
sea ésta la ocasión oportuna, y me creo obligado a añadir que, a mi parecer. El efecto que ello produciría en la moral de nuestro pueblo, sólida
y decidida en la actualidad, sería extraordinariamente peligroso. Usted es el más indicado, para juzgar cómo reaccionaría el pueblo francés
“Me preguntará usted: En tal caso, ¿Qué hemos de hacer para mejorar la situación? He aquí mi respuesta: Demostrar que después de haber
perdido nuestros dos ejércitos (septentrionales) y el apoyo de nuestro aliado belga, aun tenemos arrojo suficiente y suficiente confianza en
nosotros mismos para seguir luchando, con lo cual reforzaremos automáticamente nuestra posición en las negociaciones que deseemos
entablar y nos granjearemos la admiración y quizá la ayuda material de los Estados Unidos.
“Por otra parte, tenemos la convicción de que mientras nos mantengamos unidos sin desfallecimientos, nuestra invicta Marina y también
nuestra Aviación, que día tras día destruye cazas y bombarderos alemanes en proporciones formidables, nos procuraran los medios de ejercer,
en nuestro, común interés, una presión constante sobre la vida interior de Alemania.
“Tenemos buenas razones para creer que también para los alemanes cuenta el tiempo y que tanto sus bajas como las privaciones a que se ven
cometidos, junto con el temor a nuestras incursiones aéreas, están minando su ardor combativo, sería realmente trágico que por aceptar
demasiado aprisa la derrota dejásemos de lado una probabilidad, que tenemos casi al alcance de la mano, de poner fin a la lucha dejando a
salvo el decoro y el honor.
“A mi entender, si los dos países seguimos combatiendo sin desmayo, podemos aún salvarnos de correr la suerte de Dinamarca o de Polonia.
El éxito depende, ante todo, de nuestra unidad, y luego, de nuestro temple y nuestra capacidad de resistencia.”
Mi llamamiento no fue óbice para que unos días más tarde el Gobierno francés hiciera por su cuenta una oferta directa a Italia a base de
concesiones territoriales, oferta que Mussolini rechazó con desdén. “No le interesa –dijo Ciano al embajador francés el día 3 de Junio—
recuperar ninguna porción de territorio francés mediante negociaciones pacíficas. Ha decidido declarar la guerra a Francia.” Era exactamente
lo que nosotros habíamos previsto.
Declaración de guerra
El 10 de junio, a las 4’45 de la tarde, el ministro italiano de Asuntos Exteriores informó al embajador británico que Italia se consideraría en
guerra con el Reino Unido a partir del día siguiente a la una de la mañana. Una comunicación similar se cursó al Gobierno francés por medio
de su embajador. Cuando Ciano hubo entregado a éste su nota, M. François Poncet, ya junto a la puerta, se volvió e hizo el siguiente
comentario: “Pronto se darán también ustedes cuenta de que los alemanes son unos amos muy duros”.
El embajador británico, sir Percy Loraine, acogió la comunicación con perfecta serenidad y aparente indiferencia. Limitose a formular una
pregunta: ¿Debía considerar las palabras de Ciano como un anticipo de noticia o como una declaración oficial de guerra? Ciano repuso que se
trataba de esto último. Loraine se inclinó entonces ceremoniosamente y abandonó el despacho sin añadir una sola palabra.
Desde lo alto de su balcón, Mussolini anunció a la bien organizada muchedumbre romana que Italia estaba en guerra con Francia e Inglaterra.
Era, según la frase que se dice pronunció Ciano algún tiempo después para justificar el hecho, “una de aquellas ocasiones que sólo se
presentan una vez cada cinco mil años”. Aun siendo tan poco frecuentes, no siempre da buen resultado aprovecharse de tales ocasiones.
Acto seguido los italianos atacaron a las tropas francesas en el frente de los Alpes, y Gran Bretaña como medida de reciprocidad, declaró la
guerra a Italia. Fueron apresados los cinco buques italianos retenidos en Gibraltar y se dio a la flota orden de interceptar y conducir a puertos
bajo control aliado a todos los barcos italianos que encontrasen en alta mar. El 12 de junio, por la noche, nuestras escuadrillas de bombardeo,
tras lardo vuelo desde Inglaterra y por consiguiente con poca carga de explosivos lanzaron sus primeras bombas sobre Turín y Milán.
Teníamos en proyecto no obstante, servicios más copiosos para el momento en que pudiéramos utilizar los aeródromos franceses de Marsella.
Un documento alucinante
Para terminar m i relación de aquel capítulo de la tragedia italiana, considero oportuno transcribir aquí el texto de la carta que me escribió el
desventurado Ciano poco antes de ser ejecutado por orden de su suegro:
30
“Verona, 23 de diciembre de 1943.
“Sr. Churchill:
“No le sorprenderá que al acercarse la hora de mi muerte me dirija a usted, a quien admiro profundamente en su calidad de campeón
cam
de una
cruzada, a pesar de que en cierta ocasión hizo usted unas manifestaciones injustas respecto a mí.
“Yo nunca fui cómplice de Mussolini en aquel crimen contra nuestro país y contra la humanidad; el de luchar al lado de los alemanes.
al
La
verdad es muy distinta; y si en agosto último
último desaparecí de Roma fue porque los alemanes me convencieron de que mis hijos estaban en
inminente peligro. Después de haberse comprometido a conducirme a España, los propios alemanes, contra mí voluntad, me deportaron
deport
a
Baviera junto con mi familia.
“Ahora
hora hace ya casi tres meses que estoy en la cárcel de Verona, abandonado al bárbaro trato de las S.S. Mi fin está próximo; me
m han dicho
que dentro de pocos días quedará decidida mi ejecución, que para mi no será ni más ni menos que una liberación de este martirio cotidiano. Y
`prefiero la muerte a presenciar la vergüenza y la ruina irreparable de una Italia que ha estado bajo el dominio de los vándalos.
vánda
“El crimen que estoy a punto de expiar es el de haber sido testigo de la fría, cruel y cínica preparación
preparación de esta guerra por, parte de Hitler y los
alemanes, y haber patentizado la repugnancia que ello me inspiraba. Yo soy el único extranjero que vio de cerca cómo aquella repulsiva
pandilla de bandidos se disponía a sumergir al mundo en una sangrienta conflagración.
conflagración. Ahora, fieles a su línea de conducta “gangsteriana”,
proyectan la supresión de un testigo peligroso.
“Pero se han equivocado en sus cálculos, pues hace ya mucho tiempo puse en lugar seguro mi “Diario” y diversos documentos que probarán,
mejor de loo que pudiera hacerlo yo, los crímenes cometidos por los individuos con quienes más tarde Mussolini, ese trágico y abyecto títere,
tí
se asoció llevado de su vanidad y su desprecio de los valores morales.
“He hecho lo necesario para que, tan pronto como sea posible
posible después de mi muerte, los citados documentos cuya existencia conoció sir
Percy Loraine en la época de su misión diplomática en Roma, sean puestos a disposición de la Prensa aliada.
“Quizá sea poca cosa lo que hoy ofrezco a usted, pero esto y mi vida es todo lo que puedo ofrendar a la causa de la libertad y la justicia, en
cuyo triunfo creo fanáticamente.
“Deberá hacerse público este testimonio mío a fin de que el mundo sepa, odie y recuerde, y para que quienes hayan de enjuiciar
enjuicia en el futuro
no ignoren
en que la desgracia de Italia no es imputable a su pueblo, sino a la vergonzosa conducta de un solo hombre.
“Sinceramente suyo,
G.CIANO.”
CAPITULO XII
Maniobras en torno a Rusia
Había empezado la frenética carrera en pos del botín. Pero no era Mussolini la única fiera hambrienta que iba a la búsqueda de presa. Tras el
Chacal apareció el Oso.
Las sonrisas de Molotov
31
En la primera parte de estas “Memorias” me ocupé de las relaciones anglo soviéticas hasta el momento de estallar la guerra, así
a como de la
hostilidad – que estuvo a dos dedos de traducirse en una ruptura efectiva con la Gran Bretaña y Francia – suscitada por la invasión rusa de
Finlandia. En la primavera de 1940, Alemania y Rusia actuaban de consuno todo lo estrechamente que sus profundas divergencias de
intereses les permitían. Hitler y Stalin tenían muchos puntos de coincidencia en su carácter de totalitarios, y sus sistemas de gobierno eran
semejantes.
M. Molotov dedicaba sus más amables sonrisas al embajador alemán, conde Schulenburg en todas las ocasiones importantes, y se mostraba
sumamente oficioso en su aprobación de la política alemana así como en sus elogios de las decisiones militares de Hitler. A raíz de la
agresión contra Noruega, dijo que “el Gobierno soviético comprendía que Alemania habíase visto obligada a tomar aquella determinación.
deter
Los ingleses habían ido demasiado lejos al despreciar en absoluto los derechos de las naciones neutrales… Deseamos a Alemania un éxito
completo en sus medidas defensivas”.
El 10 de mayo por la mañana, Hitler tuvo buen cuidado de informar a Stalin del ataque que acababa de lanzar contra Francia y los tres países
neutrales vecinos.”Visité a molotov – escribía Schulenburg --.. Estimó la noticia en su justo valor, y añadió que se hacía perfecto cargo de que
Alemania tenía derecho a protegerse contra el ataque anglo francés. Aseguró que no dudaba de nuestro éxito”.
Misión poco prometedora
Aunque
unque naturalmente, todas estas expresiones nos fueron desconocidas hasta después de la guerra, no nos hacíamos ilusión alguna acerca de
la actitud de los rusos. Pero no por ello dejábamos de insistir en nuestra política – encaminada a restablecer un clima
cl
de confianza con Moscú,
confiando para ello en la marcha de los
acontecimientos y en los antagonismos
fundamentales existentes
stentes entre Rusia y
Alemania. Creímos que convenía utilizar el
reconocido talento de sir Stafford Cripps y
decidimos enviarle a Moscú
cú como
embajador. Aceptó este gustoso la ingrata y
poco prometedora misión. En aquel
entonces
no
comprendíamos
aún
debidamente que los comunistas soviéticos
odian a los políticos de extrema izquierda
con mayor intensidad todavía que a los
conservadores o a los liberales. Cuando más
próximo al comunismo está un individuo
por su ideología y sus sentimientos, tanto
más detestable aparece a los ojos de LOS
Soviets, a menos que se aliste en el Partido.
El Gobierno soviético dio su conformidad
al nombramiento de Cripps como
embajador y explicó esta decisión a sus
amigos los nazis. La Unión Soviética –
escribía Schulenburg a Berlín el 29 de
mayo – tiene interés en recibir caucho y
estaño de Inglaterra a cambio de maderas
de construcción. No hay ninguna razón para
inquietarse por la misión de Cripps, pues nada permite dudar de la lealtad de la Unión Soviética hacia nosotros, y por otra parte
p
la inalterable
línea de la política rusa respecto a Inglaterra excluye toda posibilidad de medidas perjudiciales para Alemania o para nuestros intereses
vitales. No existe aquí el más leve indicio de que los recientes triunfos alemanes hayan suscitado en el Gobierno soviético un sentimiento de
alarma o de temor hacia Alemania.
Mientras el Kremlin felicitaba…
El hundimiento de Francia, la destrucción de sus ejércitos y la desaparición de todo contrapeso en el Oeste tenían que haber provocado alguna
reacción en el espíritu de Stalin, pero, al parecer, nada advirtió a los dirigentes soviéticos de la gravedad del peligro que corría su país. El 18
de junio, cuando la derrota francesa era ya total, Schulenburg informó a Berlín en los siguientes términos: “Molotov me rogó esta noche que
acudiera a su despacho y me expresó la calurosísima felicitación del Gobierno
soviético por el espléndido triunfo de las fuerzas armadas alemanas.
Esto ocurría casi exactamente un año antes de la fecha en que aquellas mismas
fuerzas armadas, cogiendo por completo de sorpresa al Gobierno soviético, iban a
lanzarse sobre Rusia como una tromba
omba de fuego y hierro.
Ahora sabemos que tan sólo cuatro meses después de recibir el informe de
Schulenburg, en 1940, Hitler tomó definitivamente la decisión de organizar una
guerra de exterminio contra los Soviets e inició el vasto y subrepticio traslado hacia
el Este de aquellas fuerzas armadas alemanas tan calurosamente felicitadas. Para
nada se acordaron los gobernantes de Moscú – como tampoco sus agentes y
afiliados comunistas en el mundo entero – de su error ni de su conducta pasada
cuando empezaron a clamar pidiendo la apertura de un segundo frente en el cual la
Gran Bretaña, por cuya ruina y esclavitud tantos votos hicieran, había de
desempeñar un papel principal.
Esfuerzos para romper el hielo
A pesar de todo, nosotros teníamos una visión más certera
cert
del futuro que aquellos
fríos calculadores y mejor que ellos comprendíamos sus verdaderos intereses y los
peligros que les amenazaban.
Por primera vez me dirigí personalmente a Stalin:
Del primer ministro británico a M. Stalin.
32
“25-06.40
“En esta épocaa en que la faz de Europa se halla en constante transformación, deseo aprovechar la oportunidad de la presentación de cartas
credenciales del nuevo embajador de Su Majestad para rogar a éste que transmita a usted un mensaje personal mío.
“Geográficamente, nuestros dos países están situados en los dos extremos opuestos de Europa, y desde el punto de vista de sistemas de
gobierno puede decirse que representan ideologías políticas profundamente diferentes. Estoy convencido, empero, de que estos hechos no han
dee constituir un obstáculo para que las relaciones entre nuestros dos países en la esfera internacional sean armoniosas y mutuamente
mutu
provechosas.
“En el pasado – un pasado reciente, a decir verdad – nuestras relaciones, preciso es reconocerlo, se han visto turbadas por una desconfianza
recíproca; y en agosto último el Gobierno soviético consideró que los intereses de la Unión Soviética exigían la ruptura de sus
s negociaciones
con nosotros y el establecimiento de una estrecha relación con Alemania. Así, ésta se
se convirtió en amiga de ustedes casi al mismo tiempo que
se convirtió en enemiga nuestra.
“Pero de aquellos días a esta parte ha surgido un factor nuevo que me atrevo a creer hace deseable que nuestros dos países reanuden
r
su
contacto anterior, de tal modo que en caso necesario podamos consultarnos mutuamente a propósito de los problemas europeos que
necesariamente han de interesarnos a ambos. En este momento, el problema que tiene planteado toda Europa – sin excluir a nuestras dos
naciones – es el de saber cómo van a reaccionar los Estados y los pueblos de Europa frente a la perspectiva de una hegemonía alemana sobre
el Continente.
“El hecho de que nuestros dos países estén situados no dentro de la propia Europa, sino en sus extremos, los coloca en una posición
po
especial.
Tenemos buenas probabilidades –mejores,
mejores, desde luego, que las de otros menos afortunadamente
afortunadamente situados–
situados de resistir a la hegemonía
alemana, y, como usted sabe, el Gobierno británico está decidido a utilizar su situación geográfica y sus inmensos recursos como medios para
el logro de este fin.
”En efecto, la política de la Gran Bretaña se concentra hoy en dos objetivos: Primero, salvarse a sí misma de la dominación alemana
a
que el
Gobierno nazi aspira a establecer; y segundo liberar al resto
resto de Europa de la dominación que Alemania está ahora procediendo a imponerle.
“Tan sólo la Unión Soviética puede juzgar si el actual propósito alemán de hegemonía en Europa entraña una amenaza para sus intereses,
i
y
en caso afirmativo cuál es la mejor forma
forma de salvaguardarlos. No obstante, considero que la crisis en que Europa, y en definitiva el mundo
entero, se está debatiendo es lo suficiente grave para justificar el que yo exponga a usted con franqueza la situación tal como
co
la ve el
Gobierno británico. Confío que esto servirá para que en los intercambios de puntos de vista que el Gobierno soviético sostenga con sir
Stafford Cripps no haya interpretaciones erróneas acerca de la buena disposición en que el mismo se halla para estudiar a fondo
fon con el
Gobierno
no soviético cualquiera de los vastos problemas creados por la intención que abriga Alemania de llevar a cabo, sistemáticamente
sistemáticamen y en
etapas sucesivas, la conquista y absorción total de Europa.”
Como es de suponer no recibí respuesta alguna. Ni tampoco la esperaba. Sir Stafford Cripps llegó a Moscú sin novedad y celebró una
entrevista, ceremoniosa y glacial, con M. Stalin.
La marcha hacia el oeste
Entretanto el Gobierno soviético cuidaba afanoso de recoger su parte del botín. El 14 de junio, el mismo día en que cayó París envió Moscú
un ultimátum a Lituania acusándola, a ella y a los restantes Estados bálticos, de conspiración militar contra la U.R.S.S. y exigiendo
e
cambios
radicales en su Gobierno, así como concesiones de tipo militar. El 15 de junio, el país
país fue invadido por tropas del Ejército rojo, y el presidente
de la República, Smetona, se refugió en la Prusia Oriental.
Parecida suerte corrieron Letonia y Estonia. Hubo que constituir inmediatamente Gobiernos sovietófilos en aquellos pequeños países
p
y
admitir la presencia de guarniciones soviéticas. Era inútil toda resistencia. El presidente de Letonia fue deportado a Rusia, y pocos días
después llegó M. Vichinsky para designar un Gobierno provisional encargado de convocar nuevas elecciones.
En Estonia el proceso fue idéntico. El 19 de junio llegó Zhdanof a Tallin para establecer un
régimen similar. Entre el 3 y el 6 de agosto acabó la ficción de los Gobiernos sovietófilos y
democráticos, y el Kremlin declaró incorporados los Estados bálticos a la Unión Soviética.
El ultimátum ruso a Rumania fue entregado al ministro rumano en Moscú el 26 de junio a las
diez de la noche. En él se exigía la cesión de Besarabia y la parte septentrional de la provincia
de Bucovina, así como una respuesta inmediata para el día siguiente. Alemania, aunque molesta
por aquella precipitada acción rusa que amenazaba sus intereses económicos en Rumania,
estaba ligada `por las cláusulas del Pacto germano soviético de agosto de 1939, una de las
cuales reconocía la influencia políticaa exclusiva de Rusia en aquellas zonas del sudeste europeo.
Por consiguiente, el Gobierno alemán aconsejó al de Bucarest que cediera. El 27 de junio fueron
retiradas las tropas rumanas de las dos provincias en cuestión, y sus territorios pasaron a manos
dee los rusos. Las fuerzas armadas de la Unión Soviética estaban pues, sólidamente establecidas
en las márgenes del Báltico y en el delta del Danubio.
CAPITULO XIII
Periodo preagónico
(El 11 de junio de 1940, cuando Mr. Churchill fue invitado
invitado a reunirse con M. Reynaud en Briare, cerca de Orleáns, la batalla de Francia se
hallaba en su fase postrera. La 51º División británica de Highlanders estaba cercada en Saint Valery. La 52ª División de Lowlanders
Lowl
había
desembarcado en Normandía y se esperaba
esperaba que de un momento a otro llegase a Brest la Primera División canadiense. En los Estados
Unidos se procedía al embalaje del material destinado a equipar de nuevo al Cuerpo Expedicionario británico después de Dunkerque.)
Dunker
33
Era aquél mi cuarto viaje a Francia,
cia, y puesto que la situación tenía un carácter predominantemente militar, pedí al ministro de la Guerra, Mr.
Eden, que me acompañase, así como al general Dill, jefe del Estado Mayor Imperial, y, desde luego, a Ismay. La aviación alemana
alema
profundizaba ya mucho
ucho en sus vuelos sobre el canal de la Macha, por lo cual hubimos de dar un rodeo todavía más amplio que los anteriores.
Como de costumbre, el “Flamingo” iba escoltado por doce “Hurricanes”. Al cabo de dos horas aterrizamos en un pequeño aeródromo.
aeródrom
Había allí algunos franceses y poco después llegó un coronel en automóvil. Yo adopté el aire confiado y el semblante risueño que parece
pa
ser
de rigor cuando las cosas van muy mal; pero el jefe francés mostrábase sombrío y distante. En seguida comprendí hasta que punto se había
agravado la situación desde nuestra última estancia en París, una semana antes. Tras una breve espera nos condujeron al castillo,
casti
donde
estaban M. Reynaud, el mariscal Pétain, el general Weygand, el general de Aviación Vuillemin y algunos otros,
o
entre ellos el relativamente
joven general De Gaulle, que acababa de ser nombrado subsecretario de Defensa Nacional.
No lejos de allí, en un apartadero, estaba el tren del Gran Cuartel General y en él se alojó a algunos de los miembros de nuestra
nue
delegación.
En el castillo no había más que un teléfono, instalado en el cuarto lavabo; funcionaba in cesantemente; era necesario esterar largo rato para
obtener una comunicación, que una vez conseguida obligaba a repetir las palabras a grandes voces, hasta el
el cansancio.
Los manes de Clemenceau
A las siete de la tarde empezó la conferencia. El general Ismay tomo nota detallada de lo ocurrido allí. Me limitaré a reproducir
reprod
las
impresiones de conjunto que recuerdo y que, por lo demás, no están en contradicción con las notas de mi consejero militar.
No hubo reproches ni recriminaciones. Todos nos hallábamos ante la brutal realidad de los hechos. Los ingleses ignorábamos cuál
cu era la
situación exacta del frente, y cabía temer cualquier cosa de un súbito avance de los blindados alemanes… incluso contra nosotros.
En líneas generales, el debate se desarrolló en la siguiente forma. Yo exhorté al Gobierno francés a defender París. Puse de relieve el enorme
desgaste que supone para un ejército invasor el asalto a una gran ciudad defendida casa por casa. Recordé al mariscal Pétain las noches que
habíamos
pasado en
Beauvais,
en
su
tren,
después
del desastre
del
Quinto
Ejército
británico,
en 1918,
y cómo él - preferí
abstenerme
de
mencionar
al
mariscal
Foch
–
había
salvado la
situación.
Le
recordé
asimismo
las palabras
de
Clemenceau: “Lucharé frente a París, en París y detrás de París”. A lo cual respondió el mariscal, con aire reposado y digno, que en aquellos
días contaba con una masa de maniobra superior a sesenta divisiones,
divisiones, en tanto que ahora no había ni una. Mencionó el hecho de que entonces
había en Francia sesenta divisiones británicas. La destrucción de París no influiría para nada en el resultado final.
Error de perspectiva
El general Weygand, expuso entonces la situación militar, por lo menos en lo que él sabía de la fluida batalla que se libraba a 80 ó 90
kilómetros de allí, y rindió homenaje a la gallardía del Ejército francés. Pidió el envío de todos los refuerzos posibles y, sobre todo, que
entrasen inmediatamente
atamente en combate todas las escuadrillas de caza británicas. “El escenario decisivo – dijo – está aquí. Este es el momento
decisivo. Por lo tanto, es un error retener ninguna escuadrilla en Inglaterra”.
Yo, de Acuerdo con la decisión que el Gabinete había
había tomado en presencia del mariscal de la aviación Dowding – invitado especialmente por
mí en aquella ocasión -- repuse: “El escenario decisivo no está aquí, ni es éste el momento decisivo. El momento decisivo será aquel en que
Hitler lance su “Luftwaffe” contra la Gran Bretaña. Si nos es posible entonces ser dueños del aire y podemos mantener abiertas las rutas
marítimas, como indudablemente podremos mantenerlas, recobraremos para ustedes todo lo que ahora se ha perdido”. Debíamos a toda
t
costa
conservar veinticinco
einticinco escuadrillas de caza para la defensa de la Gran Bretaña y del canal de la Mancha, y no renunciaríamos a ellas por nada.
Estábamos decididos a seguir batiéndonos ocurriese lo que ocurriese y confiábamos hacerlo así durante un tiempo indefinido; pero
p
renunciar
a aquellas escuadrillas equivaldría a destruir nuestra única esperanza de vida. En este punto de mi declaración requerí la comparecencia
co
del
general Georges, comandante en jefe del frente norte occidental, que se hallaba no lejos de allí. Georges
Georges llegó a los pocos minutos. Una vez
informado del curso de la discusión, confirmo lo que Weygand había dicho acerca de la situación en la línea de fuego.
34
Escaramuza dialéctica
Insistí en mi proyecto de defensa a ultranza. El Ejército alemán no era tan
tan fuerte como podía creerse a juzgar por su ímpetu en los puntos de
ataque. Si todas las fuerzas francesas, cada división y cada brigada, hacían frente con el máximo vigor a las tropas atacantes,
atacante acaso se llegaría
a una estabilización general de las líneas.
líneas. La respuesta fue una descripción del espectáculo aterrador de las carreteras, atestadas de refugiados
e impunemente acribilladas por el fuego de ametralladoras de los aviones alemanes, no menos trágico era el éxodo en masa de la
l población
civil, así como la creciente dislocación de la máquina gubernamental y del control militar.
En una de sus intervenciones, el general Weygand insinuó la posibilidad de que los franceses hubiesen de solicitar un armisticio.
armisti
Reynaud
atajóle secamente; “Esa es una cuestión política”.
política”. Según Ismay, dije yo entonces; “Si Francia, en su actual calvario, considera preferible que
su Ejército capitule, no debe vacilar en espera de que definamos nuestra actitud, pues, hagan ustedes lo que hagan, nosotros continuaremos
luchando por siempre
empre jamás y a pesar de todo”.
Cuando sugerí que el Ejército francés, luchando donde quiera que fuese, podía contener o desgastar a un centenar de divisiones
divisione alemanas, el
general Weygand respondió: “Aunque así ocurriera, todavía les quedarían a los alemanes
alemanes otras cien divisiones para invadir y conquistar la
Gran Bretaña. ¿Qué harían ustedes entonces?” A esto contesté que yo no era un perito en cuestiones militares, pero que en opinión
opi
de mis
consejeros técnicos el mejor sistema a aplicar en el caso de una invasión alemana de la isla era ahogar al mayor número posible de soldados
enemigos durante la travesía y darles a los otros en la cabeza a medida que fuesen llegando a tierra. Weygand contestó, sonriendo
sonri
tristemente:
“De todos modos, he de reconocer que tienen
ienen ustedes un espléndido foso antitanques”. Esta es la última frase fulgurante que recuerdo haberle
oído.
Desaliento
Por lo demás, en el curso de toda aquella lastimosa discusión me obsesionó y apenó profundamente la idea de que la Gran Bretaña,
Breta con sus
48 millones de habitantes, no hubiese sido capaz de aportar una contribución mayor a la guerra terrestre contra Alemania y que
qu a causa de
ello las nueve décimas partes de las victimas y el noventa y nueve por ciento de los sufrimientos hubiesen correspondido
correspo
hasta entonces a
Francia y sólo a Francia.
Aproximadamente una hora después nos levantamos y fuimos a lavarnos las manos mientras se disponía lo necesario para la cena en la propia
mesa de la conferencia. En aquel intervalo sostuve una breve conversación
conversación privada con el general Georges y le sugerí: Primero, la
prosecución de la lucha en todos los puntos del frente y una insistente acción de guerrillas en las regiones montañosas; segundo,
segu
el traslado a
África, eventualidad ésta que tan sólo una semana antes
antes yo mismo había calificado de “derrotista”. Mi respetado amigo, que aun teniendo a
su cargo una gran responsabilidad jamás se encontró con las manos libres para dirigir los Ejércitos franceses, no parecía creer
cre que ninguna de
tales soluciones ofreciese grandes esperanzas de éxito.
Vientos de rendición
Hacia las diez, cada uno ocupó su sitio en la mesa. Yo me senté a la derecha de Reynaud; mi otro vecino era el general De Gaulle.
Gau
Nos
sirvieron sopa, una tortilla o no
recuerdo qué, café y un vinillo
ligero. Aun en aquellos momentos
de aterradora tribulación, a pesar
de las divergencias originadas por
el avance alemán, nuestras
relaciones seguían teniendo un
tono amistoso. Más de pronto un
interludio desagradable turbó la
armonía exterior de las formas.
El lector recordará la importancia
que yo había concedido al
proyecto de emprender una acción
enérgica contra Italia en el
momento en que este país entrase
en la guerra, como también las
disposiciones
tomadas,
de
completo
acuerdo
con
los
franceses,
para
enviar
un
contingente
de
bombarderos
pesados
británicos
a
los
aeródromos próximo a Marsella a
fin de atacar Turín y Milán. Todo
estaba dispuesto a la sazón para
asestar el golpe previsto.
A poco de sentarnos en la mesa, el
mariscal de aviación Barratt, jefe
de las fuerzas aéreas británicas en
Francia, llamó por teléfono a
Ismay para comunicarle que las
autoridades locales se oponían al
despegue de nuestras bombarderos, alegando que un ataque contra Italia daría fatalmente lugar a represalias enemigas sobre el sur de Francia,
represalias que los ingleses no estaban en condiciones de evitar. Reynaud, Weygand, Eden Dill y yo nos levantamos y, tras breve
bre
deliberación, el primer ministro convino en la necesidad de ordenar a las autoridades francesas de aquella zona que no pusieran impedimento
alguno a la acción de los bombarderos. Pero una hora más tarde el mariscal Barratt informó que la población francesa residente
residen en las
cercanías de los campos de aterrizaje había sembrado literalmente los aeródromos de toda suerte
suerte de carros, carretillas y camiones, con lo cual
los aviones no podían despegar para ir a cumplir la misión encomendada.
Cuando, terminada la cena, nos instalamos en mesillas aparte a tomar café y un poco de coñac, M. Reynaud me dijo que el mariscal
maris Pétain le
había expuesto la necesidad de que Francia solicitase un armisticio, a cuyo objeto tenía ya preparada una nota que deseaba leyera
le
Reynaud.
“Aun no me la ha entregado – añadió mi interlocutor --.. Todavía le da vergüenza hacerlo”. Debería también haberle
haber dado vergüenza apoyar,
35
siquiera tácitamente, la petición de Weygand relativa a nuestras últimas veinticinco escuadrillas de cazas, cuando abrigaba ya la convicción
plena de que todo estaba perdido y de que Francia había de capitular.
Y así todos, desazonados, nos retiramos a descansar en aquel inhóspito castillo o en el tren militar estacionado a pocos kilómetros de allí. Los
alemanes entraron en París el día 14.
Clamores sin eco
A la mañana siguiente, a primera hora, reanudamos nuestra conferencia. Estaba presente el mariscal de aviación Barratt. Reynaud insistió en
su petición de que enviáramos a Francia otras cinco escuadrillas de caza, y el general Weygand declaró que necesitaba con urgencia
bombarderos de acción diurna para compensar la falta de tropas. Yo les aseguré que inmediatamente después de mi regreso a Londres el
Gabinete de Guerra estudiaría con atención y simpatía el problema de una ayuda aérea más amplia a Francia; pero de nuevo hice hincapié en
el hecho de que sería un error funesto despojar al Reino Unido de sus elementos esenciales de defensa interior.
Hacia el final de aquella breve reunión formulé de modo especial las siguientes preguntas:
“1. ¿No constituyen París y sus suburbios un obstáculo susceptible de escindir el frente enemigo y retrasar el avance de sus fuerzas, como
ocurrió en 1914, o como en el caso de Madrid?
“2. ¿No permitiría esto organizar un contraataque de las tropas francobritánicas en el bajo Sena?
“3. Si terminara la fase de lucha coordinada, ¿no supondría ello una dispersión casi equivalente de las fuerzas enemigas? ¿No sería posible
emprender una guerra de columnas móviles y de ataque contra las líneas de comunicación del enemigo? ¿Posee el enemigo recursos
suficientes para mantener bajo su dominio a todos los países hasta ahora conquistados por él y seguir batiéndose con el Ejército francés y la
Gran Bretaña?
“4. ¿No es posible, por lo tanto, prolongar la resistencia hasta la entrada de los Estados Unidos en la guerra?”
El general Weygand dijo que si bien aprobaba la idea de un contraataque en el bajo Sena, carecía de las tropas necesarias para ponerlo en
práctica. Añadió que, a su entender, los alemanes contaban con elementos sobrados `para mantener bajo su yugo a todos los países
conquistados hasta entonces, al propio tiempo que a una gran parte de Francia. Reynaud comentó que Alemania tenía 55 divisiones en pié de
guerra y había construido de cuatro a cinco mil tanques pesados desde el principio de la contienda. Tales cifras, naturalmente, eran muy
exageradas.
Para terminar, expresé la firme esperanza de que si se producía algún cambio en la situación, el Gobierno francés lo comunicaría en seguida
al Gobierno Británico a fin de que pudiésemos acudir a entrevistarnos con nuestros colegas franceses en cualquier sitio convenido, antes de
adoptar éstos ninguna decisión definitiva referente a su postura en la segunda fase de la guerra.
Acto seguido nos despedimos de Pétain, de Weygand y del Estado Mayor del Gran Cuartel General. No volveríamos a verles ya. Finalmente,
llamé aparte al almirante Darlan, y le dije: “Darlan, no debe usted permitir en modo alguno que se apoderen de la Flota francesa”. Prometió
con toda solemnidad que jamás toleraría tal cosa.
La vida en un hilo
Las espesas nubes que cubrían el cielo impedían que los doce “Hurricanes” nos escoltasen. Teníamos que elegir entre esperar a que despejase
o aventurarnos solos con el “Flamingo”. Nos dijeron que la nubosidad era general. Necesitábamos regresar sin pérdida de tiempo a Londres;
decidimos, pues, emprender solos el viaje y pedir por radio que, a ser `posible, nos saliese al encuentro sobre el Canal una escolta de cazas
británicos. Al aproximarnos a la costa fue aclarándose el cielo y muy luego desaparecieron por completo las nubes.
A dos mil quinientos metros por debajo de nosotros, a la derecha, ardía el puerto de El Havre. La brisa impelía el humo hacia el Este. No
divisamos escolta alguna. A los pocos minutos observé que el piloto deliberaba con otro de los tripulantes, e inmediatamente después el
aparato descendió en picado hasta unos treinta metros del mar en calma, altura en la que los aviones suelen pasar inadvertidos. ¿Qué había
ocurrido? Más tarde supe que el mecánico de a bordo había visto cazas alemanes que, por debajo de nosotros, ametrallaban a unos pesqueros.
Fue una gran suerte que a los pilotos enemigos no se les ocurriese mirar hacia arriba. La escolta solicitada nos salió al encuentro cuando
volábamos ya cerca de la costa inglesa, y el arriesgado y fiel “Flamingo” aterrizó sin novedad en Hendon.
36
CAPITULO XIV
Fiebre de lucha en Inglaterra
“No cabe duda – afirma en una de sus obras el célebre ensayista y moralista Dr. Jonson – de que cuando un hombre sabe positivamente que
morirá ahorcado al cabo de quince días, se le agudiza el espíritu en forma asombrosa.”
Voluntad unánime
Fue aquella una época en que toda Gran Bretaña trabajó y se afanó hasta el límite extremo de sus fuerzas y se mantuvo unida como nunca lo
estuviera antes. En las fábricas, hombres y mujeres permanecían horas y más horas junto a los tornos y las máquinas hasta que caían
exhaustos al suelo y había que retirarlos a pesar suyo y enviarlos a sus casas. Mientras los recién llegados ocupaban los puestos vacantes sin
esperar a que sonara la hora de empezar su turno. El único deseo de los hombres, sin excepción, y de muchas mujeres era poseer un arma. El
Gabinete y el Gobierno estaban firmemente unidos por vínculos cuyo recuerdo hace vibrar aún de emoción los corazones de todos nosotros.
No parecía anidar sentimiento alguno de temor en el espíritu del pueblo, y su bizarro temple hallaba eco claro en la moral de sus
representantes en el Parlamento
No habíamos sufrido, como Francia, los rigores del flagelo alemán. Pero nada mejor para levantar el ánimo del inglés que la amenaza de una
invasión, terrible pesadilla desconocida para nosotros por espacio de un millar de años. Infinidad de seres estaban dispuestos a vencer o
morir. No era necesario despertar su entusiasmo por medio de brillantes discursos. Les bastaba con oírme expresar su propio sentir y justificar
con argumentos nada complicados lo que tenían deseos de hacer o de intentar por lo menos. La única discordancia la daban quienes
pretendían hacer aún más de lo que era posible y opinaban que el frenesí podía vigorizar la acción
El origen de los “comandos”
Nuestra decisión de enviar de nuevo a Francia las dos únicas divisiones bien armadas con que contábamos hacía doblemente imperiosa la
necesidad de adoptar todas las medidas posibles para defender la isla contra un asalto directo.
Los peligros más inminentes que parecían amenazarnos en la metrópoli eran los de un lanzamiento de paracaidistas o, pero todavía, el
desembarco de fuerzas alemanas, relativamente reducidas pero móviles en grado sumo y por añadidura provistas de tanques, capaces de
profundizar en nuestro sistema defensivo y desorganizarlo, como habían hecho en Francia una vez perforada la línea de protección.
Así, pues, en estrecho contacto con el nuevo ministro de la Guerra (Mr. Eden), dediqué cada vez mayor importancia en mis proyectos y
disposiciones a los problemas de la defensa del territorio insular.
Del primer ministro al general Ismay
“18-6-40.
“Desearía se me informase acerca de los siguientes puntos: primero. La vigilancia costera y sus baterías. Segundo. El minado de bahías y
ensenadas. Tercero. Las fuerzas destinadas a la defensa directa de los ligares citados en los dos primeros puntos. Cuarto. La organización de
grupos móviles y columnas móviles. Quinto. La reserva general…
“¿Qué opina el comandante en jefe de las Fuerzas Metropolitanas acerca de las tropas de asalto? Siempre hemos sido contrarios a esta idea.
Pero lo cierto es que el empleo de tales unidades dio a los alemanes grandes triunfos en la guerra anterior, y esta vez ha sido uno de los
factores principales de su victoria. Debería haber por lo menos veinte mil hombres encuadrados en las fuerzas de asalto, o “Leopardos”
(finalmente recibieron el nombre de “Comandos””), procedentes de las unidades existentes, dispuestos a saltar a la garganta de los pequeños
contingentes de desembarco o de paracaidistas. Dichos oficiales y soldados habrían de estar equipados con los pertrechos más modernos,
fusiles ametralladores, granadas, etc., y debería dárseles todo genero de facilidades en cuanto a suministro de motocicletas y carros
blindados.”
La guardia metropolitana
El proyecto de Mr. Eden relativo al reclutamiento de voluntarios pata la defensa local, sometido por él mismo al Gabinete el 13 de mayo,
obtuvo una acogida favorable e inmediata en todo el país. Yo había propugnado siempre el nombre de “Home Guard” (Guardia
metropolitana); lo había sugerido ya en octubre de 1939.
Del jefe del Gobierno al ministro de la Guerra.
“26-6-40.
“No me parece muy adecuado la denominación de “Voluntarios para la Defensa Local” que da usted a sus nuevas unidades, tan importantes
ya. La palabra “local” es poco sugerente. Mr. Herbert Morrison me ha indicado hoy el título de “Guardia Cívica”, pero creo que sería mejor
“Guardia Metropolitana”. Si en definitiva considera usted mas compulsivo este último nombre, no dude en cambiarlo, por el hecho de que
están ya preparados los brazales, etcétera, con el nombre actual.”
Pocos cañones y menos balas
37
Lo que más me preocupa en aquellos días era un eventual desembarco de tanques alemanes. Nada tiene de extraño que me obsesionara esta
idea, pues a mi vez acariciaba el proyecto de desembarcar algún día tanques en las costas enemigas. Apenas si teníamos armas y municiones
con que hacer frente a los carros de combate, e igualmente escasos andábamos de artillería corriente de campaña.
El incidente que cito a continuación es sintomático de la triste condición a que estábamos reducidos. Cierto día visité las playas próximas a la
bahía de Santa Margarita, cerca de Dover. El general que tenía bajo su mando aquel sector me informó que en su brigada había tan solo tres
cañones antitanques para cubrir cinco o seis kilómetros de aquella peligrosísima costa. Dijo que disponía únicamente de seis series de balas
para cada pieza, y con un ligero aire de desafió me preguntó si tenía derecho a dejar que sus hombres disparasen una sola serie a título de
práctica con objeto de que supieran `por lo menos cómo funcionaba el arma. Le respondí que no podíamos permitirnos el lujo de gastar la
pólvora en salvas y que era preciso reservar las municiones para dispararlas en el último momento y a la menor distancia posible del enemigo.
La bomba “adhesiva”
No era hora, por lo tanto, de entretenerse en arbitrar recursos por la vía normal. A fin de evitar que las ideas y proyectos interesantes de
carácter técnico quedasen sometidos al complicado procedimiento de la máquina gubernamental, decidí asumir personalmente, en mi calidad
de ministro de Defensa, la dirección del Instituto de Experimentación creado por el comandante Jeffries en Whitchurch. Cuando en 1939
preparaba mi estudio acerca de las minas fluviales, sostuve una relación muy fructífera con aquel brillante jefe militar; su espíritu inquieto y
su inventiva dieron lugar a realizaciones muy notables en el curso de toda la guerra.
Lindemann (actualmente lord Cherwell) estaba en estrecho contacto con él y conmigo. Yo ponía simultáneamente en juego el cerebro de
ambos y mi autoridad. El comandante Jeffries y otros técnicos a sus órdenes trabajaban en un modelo de bomba de mano que, arrojada contra
un tanque, había de quedar adherida al mismo. Como se sabe, el impacto de un explosivo de gran potencia en una plancha de acero es
decisivo. Las aplicaciones de este nuevo tipo de arma ofensiva podían ser muy amplias; por consiguiente, hice cuanto estuvo en mi mano para
dar impulso a su perfeccionamiento.
Del primer ministro al general Ismay.
“24-06-40
“Tengo entendido que las pruebas no han sido del todo satisfactorias, pues la bomba no se adhiere a los tanques cubiertos de polvo y barro.
El comandante Jeffries debe perseverar en sus intentos; a buen seguro podrá utilizarse alguna mezcla de mayor poder adhesivo.
“Deseo hacer constar que consideraré sumamente desagradable cualquier comentario irónico por parte de los funcionarios del Ministerio –
que se vienen mostrando escépticos acerca de la eficacia de esta bomba – sobre el hecho de que hasta ahora no hayan tenido pleno éxito las
pruebas realizadas.”
Finalmente, la bomba “adhesiva” quedó aceptada como una de nuestras mejores armas de urgencia. No hubimos de utilizarla en la metrópoli,
por fortuna; pero en Siria, donde la lucha se desarrolló en condiciones igualmente rudimentarias, se puso de manifiesto su efectividad.
Fábricas de moral ciudadana
Del Jefe del Gobierno al ministro de Información
“26-06-40.
“Es necesario señalar a la Prensa y a la Radio la conveniencia de que traten todo lo relativo a los bombardeos aéreos con especial cuidado. Al
reseñar los hechos, deberán abstenerse de hacerlo bajo grandes titulares, así como de darles un relieve inadecuado. Hay que acostumbrar a la
gente a considerar las incursiones aéreas como algo inevitable y aun de mera rutina. No se mencionarán concretamente los nombres de las
localidades afectadas. No deberán publicarse fotografías de casas destruidas por las bombas, a menos que sirvan para ilustrar, por ejemplo, la
solidez y utilidad de los refugios antiaéreos.
“Conviene imbuir en la mente de todos y de cada uno la idea de que la gran mayoría de las personas no llegan a sufrir consecuencias de un
solo bombardeo. Todo el mundo debe acostumbrarse a no conceder a las incursiones aéreas y a las correspondientes señales de alarma más
importancia de la que suele darse a las tronadas… La Prensa puede desempeñar un magnífico papel en este aspecto.”
Voces en el desierto
Como fueran en aumento los rumores de propuestas de paz y recibiéramos además, a través de nuestra Legación en Berna, un mensaje
procedente del Vaticano en este sentido, creí oportuno dirigir la siguiente nota al ministro de Asuntos Exteriores.
“28-06-40.
“Confío se expondrá con toda claridad al Nuncio que no deseamos en absoluto conocer las condiciones de una paz con Hitler, y que está
rigurosamente prohibido a todos nuestros agentes diplomáticos aceptar la menor sugestión acercas de este particular.”
Esquema preliminar
El 25 de junio, el general Ironside, comandante en jefe de las Fuerzas Metropolitanas, dio cuenta de sus planes a los jefes de Estado Mayor.
Como es de suponer, los técnicos los estudiaron concienzudamente; por mi parte, los examiné asimismo con no poca atención. Después de lo
cual quedaron aprobados en su totalidad.
Tres elementos fundamentales contenía aquel esquema preliminar de una vasta organización futura: 1º. Una “corteza” de trincheras en las
playas susceptibles de ser utilizadas por el enemigo en un intento de invasión; los defensores de aquellas zonas lucharían en sus puestos, con
el apoyo de reservas móviles prestas a lanzar rápidos contraataques. 2º Una línea de obstáculos antitanques, guarnecida por la Guardia
Metropolitana, que cubriría la región centro oriental de Inglaterra y protegería a Londres y a los grandes núcleos industriales contra probables
irrupciones de vehículos blindados. 3º Detrás de la citada barrera, el grueso de las fuerzas de reserva dispuestas para emprender la
contraofensiva en un momento dado.
En el curso de las semanas y los meses subsiguientes se introdujeron infinidad de pequeñas modificaciones en aquel plan original, destinadas
a perfeccionarlo; pero la estructura general siguió siendo la misma. Todas las tropas, al ser atacadas, deberían resistir con firmeza, no sólo en
sentido frontal sino aplicando tácticas de diverso orden según las exigencias de cada momento, en tanto que otras fuerzas acudirían
rápidamente a los puntos neurálgicos para aniquilar a los agresores, ya procediesen éstos del mar o del aire. Teníamos previstas las medidas
necesarias para hostilizar al enemigo por su retaguardia, cortarle o dificultarle las comunicaciones y destruirle el material, tal como hicieron
los rusos con muy buenos resultados cuando la impetuosa corriente alemana inundó su territorio un año más tarde.
A buen seguro muchas personas estaban atónitas en aquella época al observar las incontables actividades que se desarrollaban en su derredor.
Comprendían evidentemente la necesidad de colocar minas y alambradas en las playas, poner obstáculos antitanques en los desfiladeros,
38
establecer blocaos en los cruce de carreteras; aceptaban las inesperadas intrusiones en sus casas para llenar sacos terreros un ático, así como
la presencia de equipos de obreros en sus campos de ·”golf” o en sus bien cuidados campos. Jardines y huertos para abrir alguna profunda
zanja o realizar otras obras parecidas.
Por regla general, toleraban todos estos inconvenientes y molestias. Pero no cabe duda de que muchas veces se preguntaran si realmente
obedecía aquello a un plan general o si se trataba
trataba no más que de un puñado de individuos que ejercían a troche y moche sus flamantes
poderes de intromisión en la propiedad de los ciudadanos.
Defensa coordinada
Existía, empero, un plan central perfectamente estudiado y coordinado y que lo abarcaba todo.
todo. Helo aquí, en forma esquemática: El mando
Supremo tenía su Gran Cuartel General en Londres. El territorio de la Gran Bretaña y de Irlanda del Norte estaba distribuido en siete
regiones, y éstas, a su vez, en zonas de cuerpos de ejército y sectores de división.
división. La mayor parte de los efectivos de cada uno de estos
sectores, zonas y regiones tenía el carácter de reserva móvil y tan sólo se destinaba una proporción mínima de las tropas a guarnecer
g
las
defensas locales.
izaron glacis defensivos en cada sector de división y detrás de éstos se procedió a hacer lo propio en
Gradualmente, playas adentro, se organizaron
las zonas de cuerpos de ejército,, hasta que el conjunto del sistema llegó a tener una profundidad que oscilaba entre los 150 y los 170
kilómetros. Detrás del sistema en cuestión establecimos la principal barrera antitanques que cruzaba la Inglaterra meridional y se remontaba
hacia el Norte hasta el condado de Nottingham. Finalmente, teníamos la masa de reservas, bajo las órdenes directas del comandante
comand
el jefe de
las Fuerzas Metropolitanas.
En todo el ámbito del país, cubriendo globalmente una extensión de muchos miles de kilómetros cuadrados, erigimos obstáculos destinados a
impedir el aterrizaje de tropas aerotransportadas. Todos nuestros aeródromos, estaciones
estaciones de “radar” y depósitos de carburante requerían
guarniciones especiales de protección. Asimismo infinidad de “puntos vulnerables”, centrales eléctricas, puentes, arsenales, fábricas de
importancia vital, etc., necesitaban fuerzas permanentes de vigilancia
vigilancia en previsión de sabotajes o de ataques súbitos.
Se habían cursado las órdenes pertinentes para la inmediata destrucción de los elementos que pudieran ser útiles al enemigo en
e caso de caer
en sus manos. Teníamos previstas en sus más nimios detalles la voladura de las instalaciones portuarias, la obstrucción de las arterias
principales de comunicación ferroviaria y por carretera, la paralización del transporte y la inutilización de las centrales telefónicas
t
y
telegráficas, antes de que cualesquiera de estas
e
cosas pasaran a poder del invasor.
No obstante, a pesar de este conjunto de precauciones tan sabias como necesarias – y en cuya adopción los servicios civiles colaboraron sin
reservas con los elementos militares --,, nunca se pretendió aplicar una táctica
táctica de “tierra calcinada”. El pueblo de Inglaterra tenía que defender
el suelo patrio, no arrasarlo.
CAPITULO XV
Forcejeos al borde de la catástrofe
Acaso las generaciones futuras consideren extrañó el hecho de que nunca figurase en el orden del día del Gabinete de Guerra el tremendo
problema de si debíamos continuar solos la lucha o no. Para aquellos hombres, representantes de todos los Partidos políticos británicos, la
prosecución de la guerra era algo tan natural que no cabía siquiera entrar
entrar en discusiones acerca de ello. Teníamos, por lo demás, demasiados
quehaceres para perder el tiempo en cuestiones
académicas y metafísicas. Era también unánime la
confianza con que nos disponíamos a afrontar la nueva
fase de los acontecimientos. Decidimos exponer a los
Dominios la verdad pura y simple. El Gabinete me invitó
a dirigir un mensaje en el mismo sentido al presidente
Roosevelt, así como a vigorizar el ánimo del Gobierno
francés, dándole plenas garantías de que prestaríamos a
nuestro aliado la máxima
xima ayuda posible.
Malos augurios
El 13 de junio de 1940 realicé mi última visita a Francia,
cuya tierra no volvería a pisar hasta cuatro años después,
casi día por día. El Gobierno francés se había retirado a
Tours y la tensión no había cesado de ir en
e aumento.
Llevé conmigo a Edward Halifax y al general Ismay. Max
Beaverbrook – que allí donde hay dificultades esta en su
elemento – se brindó espontáneamente a acompañarme.
Aquella vez el cielo estaba completamente despejado y
emprendimos el vuelo en medio
med de nuestra escuadrilla de
“Hurricanes”, aunque hubimos de dar un rodeo bastante
más pronunciado que en el viaje precedente. Al llegar
encima de Tours nos encontramos con que el aeródromo
había sufrido un violento bombardeo la noche anterior,
pero nuestroo aparato y toda la escolta aterrizaron
normalmente a pesar de los cráteres producidos por las
bombas.
39
En seguida nos dimos cuenta de lo mucho que había empeorado la situación. Nadie acudió a recibirnos, ni nadie parecía esperar
espera nuestra
llegada. Pedimos unn coche de servicio al jefe del aeropuerto y, una vez en la ciudad, nos dirigimos a la Prefectura, donde se decía que estaba
instalado el Gobierno francés. No había allí ningún personaje importante, si bien alguien nos comunicó que Reynaud no tardaría
tardarí en llegar,
procedente del campo, y que Mandel estaría también con nosotros al cabo de poco rato.
Como eran ya casi las dos de la tarde, propuse que saliésemos a almorzar. Las calles estaban poco menos que bloqueadas por los
lo automóviles
de los refugiados; muchoss de ellos llevaban un colchón en la capota y todos aparecían cargados de equipaje hasta lo inverosímil.
Encontramos un café, cerrado por cierto; tras algunas explicaciones conseguimos que nos sirvieran una comida.
Hacia la mitad del almuerzo recibí la visita
visita de M. Baudouin, funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores francés, cuya influencia había
aumentado notablemente en los últimos días. Empezó en seguida a hablar, en un tono suave y meloso, de la Inutilidad de toda resistencia
r
por
parte de los franceses.
nceses. Si los Estados Unidos declaraban lea guerra a Alemania, acaso Francia podría continuar luchando. ¿Cuál era mi
opinión? Como no deseaba tratar con él un tema tan delicado, me limité a indicar que confiaba que Norteamérica entraría en la guerra y que,
desde luego, nosotros estábamos resueltos a no cejar. A raíz de aquella conversación, según me dijeron más tarde, Baudouin se dedicó a
propalar el infundio de que yo había convenido en que Francia debía rendirse si los Estados Unidos no entraban en la guerra.
gu
Una chispa de luz
Volvimos después a la Prefectura, donde nos esperaba M. Mandel, ministro de Información. El antiguo y fiel secretario de Clemenceau,
Clem
heredero espiritual del gran estadista, parecía hallarse en una excelente disposición de ánimo. Era la energía combativa personificada. El
apetitoso pollo que le habían servido para almorzar estaba todavía intacto en la bandeja que tenía delante. Mandel era como un
u rayo de sol en
el lóbrego ambiente de la ciudad. Con un teléfono en cada mano, no cesaba
cesaba un instante de dictar órdenes y adoptar decisiones.
Sus ideas eran asaz simples; continuar luchando en Francia hasta el último momento, con objeto de que el movimiento de repliegue
replie
hacia
África se llevase a efecto con el mayor orden y la máxima amplitud posible.
Era la última vez que veía a aquel valeroso francés. Con plena justicia la Republica Francesa restaurada mandó fusilar a los mercenarios que
le asesinaron. Sus compatriotas y sus aliados le recuerdan con el respeto debido a los que murieron por el
el ideal común.
“En caso de que ocurriese lo peor…”
M. Reynaud llegó al poco rato. Veíasele deprimido. El general Weygand le había comunicado que los ejércitos franceses estaban exhaustos.
El frente había sido roto en diversos puntos; el alud de refugiados descendía incontenible por todas las carreteras y caminos del país,
dificultando extraordinariamente la retirada militar; en
muchas de las unidades reinaba
el desorden más espantoso. El generalísimo creía que era
necesario pedir un armisticio
antes
tes de que Francia se viese sumida en el caos por falta de
suficientes tropas organizadas
para mantener el orden hasta la firma del tratado de paz.
Tal era la opinión de las
autoridades militares.
mismo día un nuevo mensaje a
Por su parte, el jefe del Gobierno se disponía a dirigir aquel
aq
Mr. Roosevelt diciéndole que había sonado la hora postrera
y que la suerte de la causa aliada
dependía de la actitud de Norteamérica. Tenía ya cuerpo,
pues, la idea de que la
intervención de los Estados Unidos era la único que podía
evitar el armisticio y la paz.
le había encargado el día
Siguió diciéndole M. Reynaud que el Consejo de Ministros
británica en caso de que
anterior que se informase acerca de cuál sería la postura
atenerse al solemne compromiso
ocurriese lo peor, el, personalmente, era partidario
partida
de
por separado. El general
de que ninguna de las dos naciones aliadas firmaría la paz
Weygand y otros señalaban que Francia lo había
sacrificado todo a la causa
común; ya no le quedaba nada; pero había conseguido
debilitar en gran manera al
enemigo.
En tales circunstancias, sería un rudo golpe que la Gran
Bretaña se negase a reconocer
que Francia se hallaba en la imposibilidad física de resistir
por más tiempo y pretendiese
que su aliado continuara luchando, con lo cual todo
t
el
pueblo
francés
quedaría
expuesto a la labor sistemática de corrupción y degradación
que
indudablemente
emprenderían los crueles especialistas en el arte de obligar
a las naciones vencidas a doblar
la cerviz. He aquí, por lo tanto, la pregunta que Reynaud
Re
desvía formular: ¿Comprendería
la Gran Bretaña la dura realidad de los hechos que
abrumaban a Francia?
Puntos de vista divergentes
La minuta oficial británica de la entrevista dice así:
“Mr. Churchill afirmó que la Gran Bretaña se daba perfecta cuenta
cuenta de lo mucho que Francia había sufrido y estaba sufriendo. Oportunamente
le tocaría el turno a ella, y se hallaba dispuesta a afrontar los acontecimientos. Sentía verse obligada a reconocer lo escaso
escas de su contribución
a la lucha terrestre en aquellos momentos, debido a los reveses ocasionados por la aplicación, en el sector septentrional, de unas medidas
estratégicas previamente acordadas con sus aliados. Los ingleses no habían tenido que soportar aún en su propio territorio el azote alemán,
pero no ignoraban
noraban cuan grande era su furia. Sin embargo, sólo tendían una idea; ganar la guerra y acabar con el hitlerismo. Todo quedaba
quedab
subordinado a este supremo objetivo; ni dificultades ni pesadumbres lograrían hacerles varias de opinión.
“El primer ministro estaba
aba seguro de la capacidad del pueblo británico para resistir las más terribles adversidades, y conocía asimismo su
tenacidad a la hora de devolver golpe por golpe hasta la derrota definitiva del enemigo. Por consiguiente, el Gobierno británico
britán confiaba que
Francia proseguiría la lucha al sur de París, hasta el mar y, llegado el caso, desde África del Norte. Era preciso ganar tiempo
tiem a toda costa. El
período de espera no sería ilimitado; una promesa por parte de los Estados Unidos podría abreviar considerablemente
considerabl
la duración del mismo.
“La otra solución supondría casi fatalmente la destrucción de Francia. Hitler no respetaría compromiso alguno. En cambio, si Francia
permanecía en la brecha con su poderosa Flota, su vasto Imperio, su Ejército capaz aún de llevar
llevar a cabo una guerra de guerrillas en
gigantesca escala; si Alemania fracasaba en su intento de hundir a Inglaterra – empresa que el enemigo debía coronar, so pena de perecer –; y
si, finalmente, la propia Alemania perdía la supremacía aérea, entonces todo
todo el odioso edificio del nazismo se vendría abajo sin remedio.
“Suponiendo que Norteamérica aportase una ayuda inmediata, que podría incluso tener el carácter de una declaración de guerra, la victoria
aliada no tardaría demasiado en producirse. Pero en cualquier
cualquier caso, Inglaterra seguiría luchando. Su decisión non había variado ni variaría
jamás: nada de componendas, nada de rendición. Para ella, la disyuntiva era tajante; morir o vencer. Esta fue la respuesta de Mr. Churchill a
M. Reynaud.
40
“M. Reynaud repuso
uso que él no había dudado nunca de la determinación de Inglaterra. Deseaba, no obstante, saber cómo reaccionaría el
Gobierno británico en el caso de que el Gobierno francés – el suyo u otro – dijese, por ejemplo: “Sabemos que ustedes “seguirán adelante.
Nosotros
osotros haríamos lo mismo si viésemos alguna “posibilidad de victoria. Pero no vemos probabilidades suficientes de “triunfo próximo.
p
No
podemos contar con la ayuda norteamericana. “No
“
hay luz al otro extremo del túnel. No podemos abandonar a “nuestro pueblo
puebl a la
dominación alemana por tiempo indefinido. “Hemos de pactar con el enemigo. No tenemos opción…”
“Era ya demasiado tarde para organizar un reducto en la Bretaña. En ningún punto del suelo nacional se hallaría fuera del alcance
alc
del
enemigo un Gobierno genuinamente francés... Por lo tanto, cabría formular la pregunta a la Gran Bretaña en los siguientes términos: “¿Están
ustedes dispuestos a reconocer que Francia ha “dado lo mejor de si misma, su juventud y su sangre; que no puede “ya hacer más,
más y que, al no
quedarle nada para contribuir a la causa “común, tiene derecho a concluir una paz separada sin quebrantar “por ello la solidaridad
solida
implícita en
el solemne acuerdo firmado “hace tres meses?”
“Mr. Churchill declaró que en caso alguno la Gran Bretaña malgastaría
malgastaría tiempo ni energías en reproches y recriminaciones. Lo cual no
significaba que hubiese de dar su conformidad a ninguna iniciativa contraria al reciente acuerdo. Ante todo, M. Reynaud debía cursar su
mensaje al, presidente Roosevelt exponiéndole la situación con toda su crudeza. Antes de decidir la actitud futura, convenía esperar la
contestación norteamericana a dicho mensaje. Si Inglaterra ganaba la guerra, Francia vería restablecida su dignidad y su grandeza.”
gran
La última esperanza: Norteamérica
Teniendo en cuenta la extrema gravedad de los puntos sometidos a nuestra consideración por el Gobierno francés, rogué a monsieur
monsi
Reynaud
que me permitiese retirarme con mis colegas
antes de dar una respuesta definitiva. Así,
pues, lord Halifax, lord Beaverbrook
Beaver
y los
demás miembros de la delegación británica
salimos a un jardín húmedo, pero soleado, y
deliberamos allí por espacio de media hora.
Al entrar de nuevo en el despacho en que
aguardaba el primer ministro francés,
reafirmé nuestra postura, ya conocida.
conoci
No
podíamos acceder a la conclusión de una paz
separada, fuesen cuales fuesen los términos
de la misma.
Nuestro
uestro objetivo seguía siendo la derrota
final de Hitler, y continuábamos creyendo
que podríamos alcanzarlo. No nos era
factible, por lo tanto, relevar
rel
a Francia de las
obligaciones por ella contraídas. Ocurriese
lo que ocurriese, no formularíamos reproche
alguno a Francia; pero entre esto y
considerarla desligada de su compromiso
mediaba un abismo imposible de salvar.
Hice hincapié una vez más en la
l necesidad
de que el Gobierno francés dirigiese sin
tardanza al presidente Roosevelt un nuevo
llamamiento, que nosotros apoyaríamos
desde Londres. M. Reynaud se mostró de
acuerdo con esto y prometió que los franceses seguirían resistiendo hasta conocer el
el resultado de su llamamiento decisivo.
Antes de partir hice a M. Reynaud una petición concreta. Había en Francia más de 400 pilotos alemanes prisioneros, derribados en su
mayoría por el fuego de nuestros aviones. En vista de la situación, la más elemental prudencia aconsejaba enviarlos a Inglaterra para que
quedasen bajo nuestra custodia. Reynaud me dio la promesa formal de hacerlo así, pero muy luego, al dimitir, se vio en la imposibilidad
imp
material de cumplirla. Todos aquellos pilotos alemanes pasaron a engrosar los efectivos que el enemigo lanzó a la batalla de la Gran Bretaña,
y hubimos de abatirlos por segunda vez.
“El hombre del destino”
Terminada nuestra conversación, M. Reynaud nos llevó consigo a una habitación contigua donde se hallaban M. Herriot y M. Jeanneney,
presidentes de la Cámara y del Senado respectivamente. Con vehemente emoción, aquellos dos patriotas franceses se expresaron a favor de
continuar la lucha hasta la muerte.
Al descender por la escalera, llena de gente, en dirección al patio de la Prefectura. Vi al general De Gaulle, rígido, impasible, de pié junto a
la puerta. Le saludé y, en voz baja, le dije, en francés: “L’homme
“
du destin”. No parpadeo siquiera.
En el patio había cosa de un centenar de personalidades francesas. Todos
Todos los rostros reflejaban un profundo desaliento. Alguien me presentó
al hijo de Clemenceau; le estreché vigorosamente la mano.
Los “Hurricanes” estaban ya en el aire, y durante el viaje de regreso, que fue rápido y discurrió sin contratiempos, dormí profundamente.
pr
Sabia precaución, porque estaba lejos aún la hora de acostarse.
Reacción optimista
Después de nuestra salida de Tours, hacia las cinco y media de la tarde, M. Reynaud reunió de nuevo en Cangé a los miembros de
d su
Gabinete. Estaban molestos por el hecho de que mis colegas y yo no hubiésemos ido a entrevistarnos con ellos. Nos habría complacido
mucho verles, retrasando todo lo necesario la hora de nuestro regreso a Inglaterra. Pero no recibimos invitación alguna en tal
ta sentido; ni
siquiera sabíamos
os que hubiera de celebrarse una reunión del Gabinete francés. En Cangé se tomó el acuerdo de trasladar a Burdeos la sede del
Gobierno, y Reynaud despachó su telegrama a Roosevelt pidiéndole, en términos desesperados, que entrara por lo menos en escena
escen la Flota
norteamericana.
A las 10’15 de la noche informé al Gabinete de Guerra acerca de mi reciente viaje. Mis dos compañeros confirmaron mi declaración.
declarac
Estábamos reunidos todavía cuando llegó el embajador Kennedy con la respuesta del presidente Roosevelt al
a llamamiento hecho por M.
Reynaud el 10 de Junio.
41
Del presidente Roosevelt a M. Reynaud.
“13-6-40.
“Su mensaje del 10 de junio me ha emocionado profundamente. Según dije ya a usted y a Mr. Churchill, el Gobierno de los Estados Unidos
hace todo cuanto está en su mano para poner a disposición de los Gobiernos aliados el material que con tanta urgencia necesitan, y
redoblamos nuestros esfuerzos para hacer aún más. Nuestra actitud responde a la fe que tenemos en el ideal que defienden los aliados con las
armas, así como a nuestro deseo de contribuir a su triunfo.
“La magnifica resistencia de los Ejércitos francés y británico tiene vivamente impresionado al `pueblo norteamericano.
“A mi, personalmente, me ha conmovido de modo especial su declaración de que Francia seguirá luchando por la democracia, aunque ello
implique una lenta retirada hasta el Atlántico e incluso a África del Norte. Es de suma importancia no olvidar que las flotas francesa y
británica continúan siendo dueñas de la situación en el atlántico y en otros mares; conviene también recordar que todos los ejércitos necesitan,
para su subsistencia, recibir material bélico esencial procedente del exterior.
“Me confortó asimismo grandemente la afirmación hecha pocos días atrás por el primer ministro Churchill sobre la inflexibilidad de la
resistencia del Imperio Británico; creo que esta decisión es aplicable también al gran Imperio francés en todas las partes del mundo. En los
conflictos mundiales, sigue siendo el poderío naval el que decide el curso de la Historia, como muy bien sabe el almirante Darlan.”
Todos consideramos que el presente Roosevelt había dado un gran paso adelante. Después de autorizar a Reynaud a publicar su mensaje del
10 de junio, con todo lo que esto suponía, no vacilaba ahora en enviar aquella sensacional respuesta. Si, basándose en ella, Francia decidía
continuar sufriendo las torturas de la guerra, los Estados Unidos se verían en gran manera comprometidos a intervenir en la contienda. En
cualquier caso, la respuesta del presidente contenía dos puntos que equivalían a una declaración de beligerancia: 1º Promesa de aportar toda
la ayuda material necesaria, lo cual implicaba un apoyo activo; 2º Exhortación a proseguir la lucha, aun cuando el Gobierno francés se viese
obligado a abandonar el territorio nacional.
CAPITULO XVI
Cuando todo se hundía
(Tanto Mr. Churchill como M. Reynaud concedían gran importancia a la comunicación – transcrita en el artículo precedente – que este último
había recibido del presidente Roosevelt el 13 de junio de 1940 animando a los franceses a proseguir la lucha. Mr. Churchill había rogado al
Presidente que permitiese la inmediata publicación del citado mensaje. “Estoy seguro – decía el primer ministro británico en su llamamiento a
Roosevelt – de que esto servirá para evitar que los franceses concierten con Hitler una paz que sería humillante para su Patria”.)
Al día siguiente recibimos un telegrama del Presidente en el cual decía que no le era posible autorizar la publicación de su mensaje a
Reynaud. El, personalmente, según Mr. Kennedy, deseaba contestar afirmativamente; pero el Departamento de Estado, aun simpatizando con
su punto de vista, consideraba que tal cosa podía acarrear graves consecuencias.
Respuesta decepcionante
El presidente me daba las gracias por mi informe relativo a la entrevista de Tours y felicitaba a los Gobiernos británico y francés por el coraje
de sus tropas. Reiteraba sus seguridades acerca del suministro de todo el material y todos los pertrechos posibles; pero añadía que había
ordenado al embajador Kennedy me comunicase que su mensaje del 13 de junio no pretendía entrañar, ni entrañaba en efecto, compromiso
alguno de i9ntervención militar por parte del Gobierno de los Estados Unidos.
De acuerdo con la Constitución norteamericana, la única autoridad que podía contraer un compromiso de tal naturaleza era el Congreso. El
problema de la Flota francesa preocupaba de modo especial al
Presidente. A petición suya, el Congreso había votado un
crédito de cincuenta millones de dólares con destino al
suministro de víveres y ropa a los refugiados civiles franceses.
Para terminar, me aseguraba que se hacía perfecto cargo de la
importancia y la significación de las declaraciones contenidas
en mi mensaje.
Decepcionante telegrama era aquel. Todos los que me rodeaban
comprendían sin esfuerzo que el Presidente se exponía a ser
acusado de excederse en sus atribuciones constitucionales y a
perder por consiguiente la elección, muy próxima ya, de la que
dependían nuestra suerte y muchas cosas más. Yo estaba
convencido de que Roosevelt sacrificaría gustoso su propia
vida, cuanto más su elevado cargo oficial, por la causa mundial
de la libertad, tan terriblemente amenazada en aquel momento.
Pero ¿Qué se habría adelantado con eso?
Problemas de vida o muerte
42
En mi respuesta, y con objeto de que el Presidente pudiera esgrimirlos ante otras personas, intentaba exponerle algunos argumentos
argum
relativos
al peligro que supondría para los Estados Unidos el hundimiento total de Europa y la cesación
cesación de la resistencia británica. No se trataba de un
problema sentimental, sino de una cuestión de vida o muerte.
Ex Personaje Naval al presidente Roosevelt.
Roosevelt
“14-15 junio 1940
“Le agradezco su telegrama; he comunicado los párrafos esenciales del mismo a Reynaud,
Reynaud, a quien yo había dejado entrever perspectivas
bastante mas halagüeñas; estoy seguro de que le decepcionará el veto impuesto a la publicación del mensaje de usted. Me hago cargo de todas
las dificultades en que usted se encuentra con la opinión pública
pública y el Congreso norteamericanos; pero la situación empeora a un ritmo tan
acelerado que la opinión pública de ese país se verá desbordada por los hechos cuando finalmente esté madura para comprender la realidad.
“¿Ha reflexionado usted acerca de las ofertas que Hitler puede considerar oportuno dirigir a Francia? Por ejemplo: “Entregadme la Flota
intacta y dejaré en vuestras manos Alsacia y Lorena”. O bien, por el contrario. “Si no me dais los barcos, os destruiré las ciudades”.
c
Personalmente, estoy convencido
nvencido de que Norteamérica acabará por intervenir arrostrando todas las consecuencias, pero el momento actual es
de extrema gravedad para Francia. Una declaración en el sentido de que, si es necesario, los Estados Unidos entrarán en la guerra,
gu
podría
salvar
var a Francia. De otro modo, es probable que dentro de pocos días se hunda por completo su resistencia y nos quedemos solos.
“Aunque el Gobierno actual y yo mismo no vacilaremos un instante en mandar nuestra floto allende el Atlántico si aquí resultase
result
imposible
toda resistencia, puede llegar un momento en que los ministros de hoy dejen de ser dueños de la situación y se vislumbre la esperanza
e
de
obtener unas condiciones de paz muy ventajosas para la Gran Bretaña mediante su integración en el Imperio hitleriano
hitle
en calidad de Estado
vasallo. Sin duda alguna se co9nstituiría un Gobierno germanófilo para negociar la paz. Gobierno que expondría a una nación destrozada
d
o
hambrienta argumentos casi incontrovertibles en favor de una entera sumisión a la voluntad nazi.
“La Suerte de la Flota británica, según ya dije a usted en otra ocasión, sería de capital importancia para el futuro de los Estados Unidos, pues
junto con las flotas japonesa, francesa e italiana, más los grandes recursos de la industria alemana, Hitler
Hitler dispondría de una superioridad naval
abrumadora. Acaso la utilizaría, desde luego, con generosa moderación. Pero también cabe imaginar que adoptaría una actitud
diametralmente opuesta. Esta revolución en el equilibrio de las fuerzas navales podría producirse
producirse con gran rapidez y a buen seguro mucho
antes de que Norteamérica estuviese en condiciones de prepararse a hacerle frente. Si nosotros nos hundimos, corren ustedes el
e peligro de
encontrarse ante unos Estados Unidos de Europa situados bajo la égida nazi,
nazi, es decir, ante un bloque indefinidamente más poblado, más
poderoso y mejor armado que el Nuevo Mundo.
“Se muy bien, señor Presidente que su clara visión ha oteado ya esas profundidades, pero creo que me asiste el derecho de dejar
de sentado
claramente hasta
asta que punto se hallan en juego los intereses norteamericanos en nuestra batalla de Inglaterra y en la batalla de Francia.
“Remito a usted por mediación del embajador Kennedy una notas referente a los destructores, preparada para su información por el Estado
Mayor de la Marina. Si, como es seguro, nos vemos obligados a mantener en la costa oriental de la isla el grueso de nuestras unidades de este
tipo para hacer frente a cualquier intento de invasión, ¿Cómo podremos repeler los ataques germano-italianos
germano italianos contra los barcos mercantes, de
cuya libertad de movimiento depende nuestra existencia? El envío de los 35 destructores, tal como le indiqué en una comunicación
comunicac
anterior,
nos permitirá compensar el déficit actual hasta la entrada en servicio de nuestros nuevos
nuevos buques en construcción, prevista para fines de este
año. Se trata de una medida práctica, concreta, posiblemente decisiva, susceptible de ser adoptada en seguida; ruego a usted con especial
interés se sirva dedicar la máxima atención a este asunto.”
Un proyecto irrealizable
A todo lo largo del frente francés, la gran batalla desorganizada trocaba a su fin. Sólo me falta reseñar el modesto papel que
qu las fuerzas
británicas pudieron desempeñar en aquella última fase.
El general Brooke se había distinguido
do en la retirada de Dunkerque y particularmente al taponar con éxito la brecha abierta por la capitulación
belga. Por lo tanto, le habíamos confiado el mando de las tropas británicas que quedaban en Francia y de todos los refuerzos que enviáramos
hasta quee nuestros efectivos tuviesen importancia suficiente para exigir la presencia de lord Gort en calidad de comandante del ejército.
ejérc
Brooke había llegado entretanto a Francia, el 14 de
junio celebro una entrevista con los
generales Weygand y Georges. Weygand
le
comunicó que las fuerzas francesas no
se hallaban ya en condiciones de ofrecer una
resistencia coherente ni de proceder a
una acción concertada. El Ejército francés estaba
literalmente descuartizado en cuatro
grupos, de los cuales el Décimo Ejército era
e el situado
más al Oeste.
Le dijo también Weygand que los Gobiernos aliados
habían acordado establecer una cabeza
de puente en la península de Bretaña que seria
defendida conjuntamente por tropas
francesas y británicas a lo largo de una línea en
sentido general Norte-Sur, pasando
por Rennes. Le ordenó, por consiguiente que
desplegase sus fuerzas en un frente
defensivo con aquella ciudad como puntos centradle
apoyo. Al señalar Brooke que el frente
en cuestión tenía una longitud de 150 kilómetros, y se
nece
necesitarían
por lo menos quince
divisiones para guarnecerlo, el generalísimo le
respondió que debía considerar
aquellas instrucciones como una orden directa.
Verdad es que el 11 de junio, en Briare, Reynaud y yo
convinimos en tratar de establecer una
especie de “línea de Torres Vedras” (se refiere a las
grandes líneas fortificadas que lord
Wellington, en la campaña de Portugal de 1810-11,
1810
mandó construir para defenderse de
las fuerzas napoleónicas al mando de
Massena) en la base de la península
bretona. Pero ya
y
en aquellos
momentos todo se desintegraban
rápidamente, y el citado plan no llegó
a ponerse en práctica. El proyecto en sí
era acertado pero faltaron los hechos
necesarios para darle cuerpo de realidad.
Una vez dispersos o destruidos los
principales ejércitos
ejé
franceses, aquella
cabeza de puente, pese a su valor
estratégico, no habría podido aguantar
duramente mucho tiempo un ataque
concentrado alemán. Pero tan solo unas
cuantas semanas de resistencia en aquel
43
punto, habrían permitido mantener el contacto con Inglaterra y, hubiesen dado lugar a los franceses para trasladar a África importantes
contingentes de tropas retiradas de otras partes del inmenso frente a la sazón convertido en harapos. Si la batalla debía continuara en Francia,
ello únicamente era posible en el “hinterland” de Brest y en regiones boscosas o montañosas como los Vosgos. Francia había de elegir entre
esto y la rendición. Nadie, pues, tiene derecho a mofarse de la idea de establecer en aquellos momentos una cabeza de puente en Bretaña. Los
ejércitos aliados, bajo el mando de Eisenhower – que en 1940 no era más que un oscuro norteamericano – habrían de reconquistárnosla años
después a costa de terribles sacrificios.
“Hay que abandonar la partida”
A raíz de su conversación con los jefes militares franceses, y tras enjuiciar desde su propio Cuartel General el conjunto de acontecimientos
que empeoraba por momentos, el general Brooke informó por telégrafo al Ministerio de la Guerra y por teléfono a mister Eden, que la
situación era desesperada. Convenía suspender todo ulterior envío de refuerzos, y lo que quedaba del Cuerpo Expedicionario británico – unos
150.000 hombres – debía reembarcar inmediatamente. El 14 de junio, por la noche, temeroso de que mi conocida obstinación provocara una
catástrofe, me llamó por teléfono a través de una línea que afortunadamente y con grandes esfuerzos continuaba en servicio, y me expuso con
insistencia su punto de vista. Yo le oía muy bien y al cabo de diez minutos quedé convencido de que le asistía la razón y que debíamos
abandonar la partida.
Se cursaron las órdenes oportunas. Brooke fue relevado de sus obligaciones para con el Mando francés. Empezó el reembarque de tropas y de
ingentes cantidades de material y abastecimientos. La vanguardia de la División canadiense, que había bajado ya a tierra, volvió a bordo; y la
52ª División –que, excepción hecha de su 157ª Brigada, no había entrado todavía en combate– se replegó hacia Brest. No fue retirado ni uno
solo de los soldados británicos encuadrados en el Décimo Ejército francés; pero todas nuestras fuerza restantes embarcaron en Brest,
Cherburgo, Saint-Malo y Saint-Nazaire. El 15 de junio, las tropas británicas recibieron orden de recobrar su libertad de movimientos respecto
al Décimo Ejército francés, y al día siguiente, con ocasión de un nuevo repliegue de esta última unidad hacia el Sur, se dirigieron a
Cherburgo. La 157ª Brigada, tras dura lucha, rompió el contacto con el enemigo aquella misma noche, retirose valiéndose de sus camiones y
embarcó a última hora del día 17.
El 17 de junio tuvimos conocimiento de que el Gobierno Pétain había solicitado un armisticio y ordenado a las fuerzas francesas que dejaran
de combatir, sin informar siguiera de todo ello a nuestras tropas. En consecuencia, dimos orden al general Brooke de abandonar Francia con
todos los efectivos que pudiera y con todo el material que lograse salvar.
La evacuación definitiva
Repetimos entonces un considerable escala, aunque con buques mayores la evacuación de Dunkerque. Más de veinte mil oficiales y soldados
polacos que se habían negado a capitular, abriéronse paso hasta el mas y pasaron a Inglaterra a bordo de nuestros navíos. Los alemanes
persiguieron a las tropas británicas en todos los puntos. En la península de Cotentin estaban en contacto con nuestra retaguardia, a dieciséis
kilómetros al sur de Cherburgo, el día 18 por la mañana. El último barco zarpó a las cuatro de la tarde, cuando el enemigo se hallaba a cinco
kilómetros escasos del puerto. Dejamos en sus manos a un número ínfimo de prisioneros.
En total, a través de los distintos puertos franceses, evacuamos 136.000 oficiales y soldados británicos y 310 cañones; con las tropas polacas,
la cifra global ascendió a 156.000 hombres. Esto constituye un timbre de honor para la sección del Estado Mayor del general Brooke, que
tuvo a su cargo las operaciones de embarque y cuyo jefe, el general De Fonbanque, de nacionalidad británica, murió poco después a
consecuencia del agotador esfuerzo realizado.
No menos accidentadas fueron las evacuaciones a través de Brest y de los puertos del Oeste. En Saint-Nazarie se registró el 17 de junio un
episodio aterrador. El paquebote “Lancastria”, de 20.000 toneladas que llevaba a bordo cinco mil hombres, fue bombardeado e incendiado en
el preciso momento de levar anclas. Extendiese por encima del agua, en torno al buque, una capa de petróleo ardiendo y perecieron mas de
tres mil hombres. Los otros pudieron salvarse gracias a la heroica intervención de las pequeñas embarcaciones, que operaban bajo el fuego
constante de los aviones enemigos.
Cuando por la tarde, en la apacible sala de juntas el Gabinete, llegó este hecho a mi conocimiento, prohibí su publicación, añadiendo:
“bastantes desastres tienen ya los periódicos en sus platinas, al menos por hoy”. Mi intención era permitir que la noticia viera la luz unos días
más tarde, pero los acontecimientos se acumularon sobre nosotros con tal rapidez, y tan cargados de negras `perspectivas, que me olvidé en
absoluto de levantar el veto, y hasta algunos años después no se hizo pública la información de aquella catástrofe.
CAPITULO XVII
Por la pendiente del armisticio
Fuerza es que abandonemos ahora el escenario del desastre militar para dar cuenta de las convulsiones en que se debatía el Gabinete francés,
así como para observar de cerca de los personajes que tenían contacto con él en Burdeos, su nueva residencia.
Ilación imposible
No es fácil establecer la cronología exacta de los hechos. El Gabinete de Guerra Británico estaba reunido en sesión casi permanente y a
medida que tomábamos los acuerdos se iban despachando a Francia los telegramas correspondientes. Dado que se necesitaban de dos a tres
horas para transmitirlos en clave y probablemente una hora más para descifrarlos y entregarlos al destinatario, los funcionarios del Foreign
44
Office utilizaban sin restricción el teléfono para comunicar los puntos esenciales de aquellos mensajes a nuestro embajador; y éste empleaba
también frecuentemente el mismo procedimiento para informarnos de las respuestas que recibía. Por lo tanto, en los archivos hay
documentos repetidos y, en cambio, faltan otros, lo cual da origen a una cierta confusión. Tan veloz era el desarrollo de los acont3ecimientos
a ambos lados del canal de la Mancha, que todo intento de ordenar el relato como si fuese una línea argumental ininterrumpida de
deliberaciones y decisiones sólo serviría para desorientar al lector.
África, solución extrema
M Reynaud llegó, procedente de Tours, a la nueva sede del Gobierno el 14 de junio al anochecer. Hacia las nueve recibió al embajador
británico, sir Ronald Campbell, quien le informó de que el Gobierno de Su Majestad deseaba mantener en vigor el acuerdo del 28 de marzo,
por el cual ambas partes quedaban obligadas a no pactar en modo alguno con el enemigo. El embajador ofreció asimismo poner todos los
buques necesarios a disposición del Gobierno francés en el caso de que éste decidiera trasladarse a África del Norte.
El 15 por la mañana, Reynaud recibió de nuevo a sir Ronald y le dijo que había determinado dividir su Gobierno en dos y establecer una
autoridad constituida al otro lado del Mediterráneo. Esta política implicaba necesariamente situar la Flota francesa fuera del alcance de los
alemanes.
Poco después, aquella misma noche, llegó la respuesta del presidente Roosevelt al llamamiento que le dirigiera Reynaud el 13 de junio.
Ofrecía amplia ayuda material, suponiendo que el Congreso diera su conformidad al proyecto; pero no cabía esperar una intervención de
Norteamérica en la guerra. Como todos los ministros se hallaban ya en Burdeos, Reynaud convocó una reunión del Consejo para la tarde.
El dilema de Weygand
El general Weygand estaba convencido desde hacía días de que era inútil toda resistencia ulterior. Deseaba, por lo tanto, obligar al Gobierno
a pedir un armisticio antes de que el Ejército francés dejara de tener la disciplina y la fuerza necesarias para conservar el orden interno
inmediatamente después de la derrota. Sentía de antiguo una profunda antipatía por el régimen parlamentario de la Tercera Repúblicacatólico ferviente, consideraba la rutina que se abatía sobre su Patria como un castigo de Dios por haber abandonado la fe cristiana. Así, pues,
en el uso de su autoridad como jefe suprema del Ejército fue mucho más allá de lo que su responsabilidad profesional, con todo y con ser
muy grande, justificaba o exigía. Repetidas veces hizo constar al primer ministro que los ejércitos franceses no podían seguir combatiendo y
que era preciso acabar con aquella matanza tan horrible como inútil antes de que el país entero cayese en la anarquía.
Paúl Reynaud, por su parte, comprendía que la batalla de Francia estaba virtualmente terminada, pero confiaba aún proseguir la guerra desde
África, apoyándose en el Imperio francés y en la Flota. Ninguno de los demás Estados invadidos por Hitler se había retirado de la contienda.
Físicamente, en sus respectivos territorios, aquellos países estaban por completo subyugados; pero, allende el mar, sus Gobiernos mantenían
inhiesta la bandera y conservaban viva su decisión de defender la causa de la independencia nacional.
Reynaud quería seguir este ejemplo, para lo cual contaba con recursos mucho más sólidos. Buscando una solución, creyó encontrarla en el
precedente de la capitulación holandesa, la cual, se bien dejaba al Ejército – cuyos jefes se habían negado a continuar luchando – en libertad
para deponer las armas dondequiera que estuviese en contacto con el enemigo, no interfería el derecho soberano del Estado de llevar adelante
la lucha con todos los medios a su alcance.
“El Ejército no puede rendirse”
Este proyecto fue objeto de enconada discusión entre el primer ministro y el generalísimo en el curso de una tempestuosa entrevista celebrada
antes de la reunión del Consejo. Reynaud ofreció a Weygand entregarle una autorización escrita, firmada por el Gobierno, para que diese la
orden de “alto el fuego”. Weygand rechazó indignado la `propuesta de una rendición militar. “El no se avendría jamás a manchar con aquel
acto vergonzoso las banderas del Ejército francés”. El acta de rendición, que el generalísimo consideraba inevitable, había de firmarse en
nombre del Gobierno y del Estado, en tanto que el Ejército, cumpliendo con su deber, se limitaría a acatarla disciplinadamente.
Al actuar así, el general Weygand, a pesar de su sinceridad y su desinterés, procedía mal. Reivindicaba, en efecto, el derecho de un militar a
imponer su voluntad al Gobierno legalmente constituido de la República, provocando con ello el término de la resistencia no sólo en Francia
sino en todo su Imperio, contra la decisión de su jefe político legal.
Ventajas inmediatas
Aparte de estas formalidades y estas consideraciones sobre el honor del Ejército francés, existía un problema de orden práctico. Un armisticio
oficial aceptado por el Gobierno suponía para Francia el fin de la guerra. Por medio de negociaciones podía lograrse que una zona del país
quedase sin ocupar y que una parte del Ejército se librase del cautiverio; por el contrario, si la guerra continuaba en ultramar, todos aquellos
que no hubiesen huido de Francia caerían bajo el control directo de los alemanes, y millones de franceses serían trasladados a Alemania en
calidad de prisioneros de guerra sin contar con la protección de acuerdo alguno. Argumento de gran fuerza era éste, pero quien debía decidir
sobre el particular era el Gobierno de la República y no el comandante en jefe del Ejército.
Weygand, teniendo en cuenta que, a su entender, las tropas bajo su mando no podían continuar la lucha, consideraba que la República
Francesa debía ceder y dar a sus fuerzas armadas una orden que él estaba desde luego dispuesto a hacer cumplir. Esta postura no tiene
justificación en las leyes ni en la tradición de los Estados civilizados, como tampoco en el concepto del honor profesional de un militar.
Reynaud, cercado
Por lo menos en teoría, el primer ministro tenía un argumento básico. Podía haber respondido: “Está usted atentando contra la Constitución
de la República. Desde este momento queda usted destituido de su cargo. Obtendrá del Presidente la aprobación necesaria”. Por desgracia, M.
Reynaud no se sentía lo suficientemente seguro de su posición para adoptar esta actitud. Detrás del presuntuoso general se alzaba el ilustre
mariscal Pétain, personaje central del grupo de ministros derrotistas a los que el recientemente y con tan poca visión había admitido Reynaud
en el Gobierno francés; todos ellos estaban resueltos a poner fin a la guerra. Y agazapada detrás de éstos hallábase la siniestra figura de Laval,
quien se había instalado en el Ayuntamiento de Burdeos con una inquieta camarilla de senadores y diputados.
La política de Laval tenía el vigor y el mérito de la simplicidad: Francia debía no sólo firmar la paz con Alemania, sino también cambiar de
bando; había de convertirse en aliada del vencedor, salvar sus intereses y sus provincias gracias a su lealtad y sus servicios en contra del
enemigo común de allende el Canal y terminar la guerra al lado de las Potencias victoriosas.
Evidentemente, M. Reynaud, agotado por los terribles esfuerzos ya realizados por él en el orden nacional, carecía en aquellos momentos de la
entereza y el empuje necesarios para lanzarse a la vorágine de una prueba de tipo personal que sin duda habría desgastados las energías de un
Oliver Cromwell o de un Clemenceau, de un Stalin o de un Hitler.
Una “fórmula de compromiso”
45
En el curso de las discusiones que tuvieron lugar el 15 de junio por la tarde, con asistencia de M. Lebrun, presidente de la República, el
primer ministro, después de exponer la situación a sus colegas, recurrió al mariscal Pétain para conseguir que el general Weygand aceptara el
punto de vista del Gabinete. No cabía mayor desacierto en la elección de mediador. El Mariscal abandonó la sala. Interrunpióse la sesión.
Cuando, al poco rato, Pétain volvió acompañado de Weygand, anunció que apoyaba por entero la actitud de su compañero de armas.
En aquel dramático momento, uno de los ministros, M. Chautemps, deslizó una insidiosa propuesta que, dada su apariencia de fórmula
compromiso, había de ser grata a los indecisos. En nombre de los elementos izquierdistas del Gabinete, declaró que Reynaud tenía razón al
sostener la imposibilidad de un acuerdo con el enemigo, no obstante lo cual sería prudente hacer un gesto que uniese a los franceses. El
Gobierno debía preguntar a los alemanes las condiciones para un armisticio, reservándose empero, el derecho de rechazarlas.
Juego peligroso
No era posible, naturalmente, aventurarse por aquella resbaladiza pendiente y detenerse luego. El simple anuncio de que el Gobierno
preguntaba a los alemanes que condiciones impondrían para un armisticio era suficiente por sí mismo para destruir los últimos jirones de
moral del Ejército francés.
Así y todo, combinada con el acto de solidaridad Pétain-Weygand que acababan de presencial la indicación de Chautemps produjo un efecto
funesto en la mayoría de los ministros. Se acordó preguntar al Gobierno británico como acogería semejante gestión, comunicándole al propio
tiempo que en ningún caso habría negociaciones para entregar la Flota al enemigo. Entonces Reynaud se puso en pié y anunció su deseo de
dimitir. Pero el presidente de la República le pidió que se reportara y declaró que sin Reynaud abandonaba su cargo, él haría lo mismo.
Cuando se reanudó la embrollada discusión, quedó sin aclarar si el hecho de negarse a entregar la Flota a los alemanes implicaba o no ponerla
fuera del alcance de éstos enviándola a puertos situados lejos de la metrópoli. Se acordó tan sólo pedir el consentimiento del Gobierno
británico a la propuesta gestión cerca del enemigo destinada a conocer las condiciones de armisticio. Fue trasmitido el correspondiente
telegrama sin pérdida de tiempo.
La Flota, valor no negociable
A la mañana siguiente, Reynaud recibió de nuevo al embajador británico, quien le comunicó que los ingleses estaban dispuestos a autorizar
la gestión del Gobierno de Burdeos siempre y cuando la Flota francesa quedase fuera del alcance de los alemanes – en definitiva, que se
dirigiese a puertos británicos --. Estas instrucciones habían sido dadas a Campbell desde Londres por teléfono para ganar tiempo.
A las once volvió a reunirse el desorientado Consejo de ministros, presidido también por M. Lebrun. Habían mandado llamar al presidente
del Senado, M. Jeanneney, para que en su propio nombre y en el de su colega el presidente de la Cámara, M. Herriot, sancionara la propuesta
del primer ministro de trasladar la sede del Gobierno a África del Norte.
Un gesto del mariscal
En aquel momento se levantó el mariscal Pétain y leyó una carta – que, según se cree, otra persona le había dado ya escrita – presentando la
dimisión de su puesto en el Gabinete. Una vez terminada la lectura, se dispuso a abandonar la sala. El presidente de la República, sin
embargo, le persuadió de que se quedase, mediante promesa de que recibiría una respuesta concreta aquel mismo día. El mariscal se quejó
asimismo de la tardanza en solicitar un armisticio. Reynaud arguyó a esto que cuando se pedía a un aliado la relevación de un compromiso
contraído lo normal era esperar su respuesta. Acto seguido se levantó la sesión.
Por la tarde, después del almuerzo, el embajador llevó a M. Reynaud el texto oficial de la contestación del Gobierno británico, cuyos términos
esenciales, recibidos por teléfono, le había comunicado ya en el curso de su entrevista de la mañana.
CAPITULO XVIII
La “unión indisoluble” francobritánica
En aquellos días el Gabinete de Guerra se hallaba en un estado de extraordinaria inquietud. La caída y la suerte futura de Francia constituían
una obsesión para todos. Nuestra propia situación – con los gravísimos peligros que muy luego habríamos de afrontar, y afrontar solos
además – parecía relegad a segundo término. El sentimiento dominante era el dolor por la agonía de nuestra aliada y también el deseo de
hacer cuanto fuese humanamente posible por ayudarla. Nos preocupaba asimismo en gran manera la necesidad imperiosa de evitar que la
Flota francesa cayese en manos del enemigo. Todo ello dio origen a un proyecto de “unión indisoluble” entre Francia y la Gran Bretaña.
Deliberaciones previas
No fue mía la iniciativa. Oí hablar por primera vez de un plan concreto a este respecto el 15 de junio en el Carlton Club, en un almuerzo al
que asistían lord Halifax, M. Corbin (embajador de Francia), sir Robert Vansittart y una o dos personalidades más. Era evidente que con
anterioridad se habían celebrado amplias conversaciones. En efecto, el día 14 Vansittart y Desmond Morton, mi secretario particular, se
habían reunido con M. Monnet y M. Pleven, miembros de la Misión económica francesa en Londres, así como con el general De Gaulle, que
acababa de llegar en avión con objeto de gestionar la cesión de los buques necesarios para trasladar a África al Gobierno francés y el mayor
46
contingente posible de tropas. Dichos señores habían sentado las bases de un proyecto de Unión francobritánica que, aparte sus ventajas de
orden general, daría a M. Reynaud un argumento nuevo lo suficientemente vigoroso y atrayente para imbuir en el espíritu de la mayoría de su
Gabinete la idea del traslado a África y la consiguiente prosecución de la guerra.
Mi primera reacción fue desfavorable. Formulé una serie de preguntas que constituían otras tantas objeciones; no me convencieron en modo
alguno las respuestas. Sin embargo, poco antes de terminar la larga sesión que nuestro Gabinete de Guerra celebró aquella tarde, se `planteó
la cuestión con carácter oficial. Quedé sorprendido al ver como aquellos políticos de todos los partidos, hombres juiciosos, inconmovibles,
curtidos, acogían con tan apasionado entusiasmo la idea de una empresa inmensa cuyas responsabilidades y consecuencias no habían
calculado en absoluto. No opuse resistencia; cedí por el contrario, a aquel impulso generoso que situaba nuestra voluntad de acción en un
elevado plano de desinterés y arrojo.
Objetivo supremo: salvar la Flota
Cuando el Gabinete de Guerra se reunió a la mañana siguiente, ocupose en primer término de la respuesta que debíamos dar al mensaje de M.
Reynaud, recibido la víspera, solicitando que Francia quedase oficialmente relevada de las obligaciones contraídas por ella mediante el
acuerdo francobritánico del 28 de marzo. El Gabinete aprobó el texto que transcribo más abajo y que, a petición unánime de los reunidos, fui
a redactar personalmente al despacho contiguo.
Nuestra contestación salió de Londres el 16 de junio a las l2’35 p.m. Confirmaba y reiteraba el términos oficiales las instrucciones cursadas
por teléfono a sir Ronald Campbell, embajador británico en Francia, a primera hora de la mañana.
Del Ministerio de Asuntos Exteriores a sir R. Campbell.
“Sírvase transmitir a M. Reynaud la siguiente comunicación, que ha sido aprobada por el Gabinete:
“Mr. Churchill a M. Reynaud.
“16 de junio 1940. – 12’35 p.m.
“Nuestro acuerdo prohibiendo toda negociación separada, ya sea con vistas a un armisticio o a concertar la paz, fue firmado por la República
Francesa y no con un Gobierno o un estadista francés determinado. En dicho acuerdo, por lo tanto, está comprometido el honor de Francia.
No obstante, A CONDICIÓN, PERO SOLO A CONDICION, DE QUE LA FLOTA FRANCESA SE DIRIJA INMEDIATAMENTE A
PUERTOS BRITÁNICOS Y PERMANEZCA EN ELLOS DURANTE LAS NEGOCIACIONES, el Gobierno de Su Majestad da su pleno
consentimiento a que el Gobierno francés realice una gestión encaminada a conocer los términos de un armisticio para Francia. Decidido
como está a continuar la guerra, el Gobierno de Su Majestad se considera por completo al margen de la indicada gestión relativa a un
armisticio.”
Por la tarde a primera hora, el Foreign Office dirigió un segundo telegrama a sir Ronald Campbell (16 de junio, 3’10 p.m.) Ambos mensajes
estaban concebidos en términos de gran firmeza y reflejaban la postura adoptada por el Gabinete de Guerra en el curso de su reunión
matutina.
Del Ministerio de Asuntos Exteriores a sir R. Campbell.
“Sírvase comunicar a N. Reynaud lo siguiente:
“Esperamos que se nos consultará en cuanto se conozcan las condiciones d armisticio. Es necesario que así se haga, no solamente en virtud
del tratado que prohíbe cualquier armisticio o cualquier paz separada, sino también en razón de las consecuencias vitales que puede tener para
nosotros la conclusión de un armisticio, sobre todo por el hecho de que en el Ejército francés luchan actualmente tropas británicas.
“debe usted hacer comprender al Gobierno francés que al requerir el envío de la Flota francesa a puertos británicos tenemos en cuenta los
intereses de Francia tanto como los nuestros propios., y estamos convencidos de que si se puede hacer patente, en el curso de las
negociaciones de armisticio, que su flota está fuera del alcance de las fuerzas alemanas, el Gobierno francés verá notablemente reforzada su
posición. Por lo que se refiere a la Aviación francesa, confiamos que se hará todo lo necesario para su traslado a África del Norte, a menos,
naturalmente, que el Gobierno francés prefiera enviarla a este país.
“Esperamos que el Gobierno francés adoptará todas las medidas convenientes, tanto antes como durante las negociaciones de armisticio, para
separar de las respectivas unidades a las tropas polacas, belgas y checoeslovacas que se hallan actualmente en Francia y enviarlas a África del
Norte. Estamos tomando las disposiciones oportunas para recibir aquí a los Gobiernos polaco y belga.”
Cauteloso compás de espera
El Gabinete de Guerra volvió a reunirse aquella misma tarde a las tres. Recordé a mis colegas que al terminar la sesión de la víspera habíamos
empezado a discutir una propuesta relativa a una declaración de unión completa entre Francia y Gran Bretaña. Yo había visto por la mañana
al general De Gaulle, quién me había convencido de que era indispensable realizar una gestión de carácter sensacional para prestar a M.
Reynaud la ayuda que necesitaba a fin de mantener a su Gobierno en la guerra, lo cual, a su entender, se lograría mediante la proclamación de
la unión indisoluble de los pueblos francés y británico.
El general De Gaulle y M. Corbin se mostraban inquietos ante la acritud de la decisión tomada por el Gabinete de Guerra en su reunión de la
mañana y reflejada en los telegramas ya cursados. Me había enterado de que existía un nuevo proyecto de declaración para nuestro estudio,
como también de que el general De Gaulle había hablado por teléfono con M. Reynaud. Por consiguiente, creyendo oportuno suspender de
momento la aplicación de nuestros últimos acuerdos, se había enviado a sir Ronald Campbell un telegrama ordenándole que no entregase los
mensajes anteriores hasta nuevo aviso.
El ministro de Asuntos Exteriores dijo entonces que después de nuestra reunión matutina se entrevistó con sir Robert Vansittart, a quién ya
antes había pedido que redactase una declaración sensacional capaz de reforzar la postura de M. Reynaud. Vansittart se puso en contacto con
el general De Gaulle, M. Monnet, M. Pleven y el comandante Morton. De común acuerdo redactaron una proclama. El general De Gaulle
hizo especial hincapié en la necesidad de publicar el documento lo más rápidamente posible, añadiendo que deseaba llevar consigo a Francia
aquella misma noche el texto aprobado. También sugirió De Gaulle que yo fuese al día siguiente a entrevistarme con M. Reynaud.
El borrador del documento fue pasando de uno a otro de los reunidos y cada cual lo leyó con profunda atención. Pusieron sé en seguida de
relieve todas las dificultades que entrañaba la realización de aquel proyecto, pero al fin el Gabinete pareció unánimemente dispuesto a
aprobar una Declaración de Unión. Yo hice constar que mi primer impulso había sido hostil a tal idea, pero que, dada la gravedad de las
circunstancias, no debíamos permitir que se nos acusara de falta de imaginación. Era evidentemente necesario formular una declaración de
47
carácter trascendental para inducir a los franceses a continuar la lucha. No era posible descartar a la ligera la propuesta sometida a nuestro
examen, y me sentí animado en gran manera al encontrar en el seno del Gabinete un bloque tan compacto de opinión favorable a la misma.
Lo que pudo ser y no fue
A las 3’55 de la tarde supimos que el Consejo de ministros francés se reuniría a las cinco, con objeto de decidir si existía alguna posibilidad
de llevar adelante la resistencia. Además M. Reynaud había comunicado al general De Gaulle por teléfono que esperaba ganar la partida
empeñada si antes de las cinco recibía contestación favorable a la propuesta de unión francobritánica. En vista de ello, el Gabinete de Guerra
aprobó el texto definitivo de una declaración en este sentido y autorizó su envío a M. Reynaud por mediación del general De Gaulle. Sin
pérdida de tiempo se pasó aviso telefónico del citado acuerdo al primer ministro francés. Acto seguido, el Gabinete recomendó que M. Attlee,
sir Archibald Sinclair y yo, como representantes de los tres partidos británicos, nos entrevistáramos con M. Reynaud lo antes posible para
discutir con él todo lo relativo al proyecto de declaración.
He aquí el texto definitivo:
“DECLARACION DE UNIÓN
“En este momento crucial de la historia del mundo moderno, los Gobiernos del Reino Unido y de la República Francesa se declaran por el
presente documento indisolublemente unidos e inquebrantablemente resueltos a defender en común la justicia y la libertad contra toda
sujeción a un sistema que reduce a los seres humanos a la condición de autómatas y esclavos.
“Ambos Gobiernos declaran que en lo sucesivo Francia y Gran Bretaña no serán ya dos naciones, sino que constituirán una Unión
Francobritánica.
“La Constitución de la Unión creará los organismos comunes para la defensa, la política exterior, las finanzas y los asuntos económicos.
“Todo ciudadano francés gozará inmediatamente de ciudadanía en Gran Bretaña; todo súbdito británico se convertirá en ciudadano de
Francia.
“Los dos países se harán cargo en común de la reparación de los daños de la guerra, sean cuales fueren los puntos de sus respectivos
territorios en que se produzcan, y los recursos de ambos, considerados como un todo, se aplicaran por igual a este objeto.
“Mientras dure la contienda habrá un solo Gabinete de Guerra, y todas las fuerzas de tierra, mar y aire de la Gran Bretaña y de Francia serán
colocadas bajo su dirección. Este Gabinete dictará sus órdenes desde donde considere que puede desempeñar mejor su misión. Los dos
Parlamentos se fusionaran oficialmente.
“Las naciones que constituyen el Imperio británico están formando ya nuevos ejércitos. Francia mantendrá sus fuerzas disponibles en tierra,
en el mar y en los aires. La Unión pide a los Estados Unidos que refuerce los recursos económicos de los aliados y que aporte su poderosa
ayuda material a la causa común.
“La Unión concentrará todas sus energías contra el poderío enemigo dondequiera que se libre la batalla. Y así venceremos.”
Oportunamente informamos de todo esto al Parlamento. Pero entonces el asunto había dejado de tener interés.
Como queda dicho, el documento no lo redacté yo solo. Fue elaborado en torno a la mesa de conferencias y yo aporté mi contribución a la
delicada tarea. Una vez aprobado, lo llevé al despacho contiguo, donde De Gaulle aguardaba en compañía de Vansittart, Desmond Morton y
el embajador M. Corbin. El general lo leyó con un aire de entusiasmo insólito en él, y en cuanto pudo obtener comunicación con Burdeos
transmitió su texto por teléfono a M. Reynaud.
Las últimas sonrisas
Pasemos ahora al otro extremo del hilo. El embajador británico entregó los dos mensajes cursados en contestación al requerimiento francés de
que relevásemos a nuestros aliados de sus compromisos del 23 de marzo. Según el informe de sir Ronald Campbell, el primer ministro, M.
Reynaud, que parecía estar completamente desalentado, acogió con gesto hosco aquellas comunicaciones. Reaccionó al punto diciendo que
la retirada de la Flotas francesa del Mediterráneo a puertos británicos provocaría automáticamente la invasión de Túnez por parte de Italia, y
al propio tiempo que crearía dificultades a la Flota británica.
En aquel momento llegó mi mensaje, transmitido por teléfono por el genera De Gaulle. “Actuó – dijo el embajador – como un tónico”.
Reynaud afirmó que por un documento de tal naturaleza él lucharía hasta el fin. M. Mandel y M. Marin, que entraron poco después en el
despacho del “premier”, dieron asimismo inequívocas muestras de satisfacción. M. Reynaud salio entonces “con aire gozoso” a leer el
documento al presidente de la República. Estaba seguro de que armado de aquella inmensa garantía nada le impediría atraer al Consejo hacia
su política de trasladarse a África y proseguir la guerra.
Mi telegrama ordenando el embajador que retrasara la entrega de los dos rígidos mensajes primeros, o que por lo menos dejara en suspenso
todo lo relacionado con ellos, llegó inmediatamente después de que el jefe del Gobierno se había ido. El embajador envió a este un emisario
con la indicación de que los dos primeros telegramas debían considerarse “anulados”. La palabra “suspendidos” habría sido más adecuada. El
Gabinete de Guerra no había modificado su actitud en ningún sentido. Considerábamos preferible, empero, que la propuesta “Declaración de
Unión” tuviese las máximas probabilidades de éxito, para lo cual era necesario evitar toda eventual fricción.
Si el Consejo de ministros francés recobraba los ánimos a la vista del documento, la consecuencia inmediata sería el apetecido apartamiento
de la Flota del alcance alemán. Si nuestra oferta caía en vacío, nosotros no habríamos perdido ni uno solo de nuestros derechos ni habríamos
cedido en ninguna de nuestras demandas. Ignorábamos lo que estaba ocurriendo en el seno del Gobierno francés; como tampoco sabíamos
que ya no volveríamos a tratar con M. Reynaud.
48
CAPITULO XIX
Escena final de un drama político
(Después de enviar a M. Paúl Reynaud el proyecto de “Declaración de Unión”, fecha 16 de junio de 1940, Mr. Churchill había dispuesto lo
necesario para embarcar en Southampton a bordo de un crucero con destino a Concarneau en Bretaña, para entrevistarse con el primer
ministro francés.)
El 16 de junio nuestro Gabinete de Guerra deliberó hasta las seis de la tarde. Acto seguido, me dispuse a partir rumbo a Francia. Me
acompañaban los jefes de los Partidos Laborista y Liberar, los tres jefes de Estado Mayor y diversos oficiales y altos funcionarios. En la
estación de Waterloo nos aguardaba un tren especial. Mi esposa había acudido a despedirme. Notamos, empero, un extraño retraso; el convoy
no arrancaba. Evidentemente había surgido una dificultad. En efecto, a los pocos minutos llegó procedente de Downing Street mi secretario
particular, sin aliento, con el siguiente telegrama expedido en Burdeos por el embajador británico en Francia, sir Ronald Campbell: “Crisis
ministerial planteada… Espero saber algo a medianoche. Mientras tanto, entrevista concertada para mañana imposible”. En vista de lo cual
regresé apresuradamente a Downing Street.
“Orden, contraorden, desorden”
He aquí como se desarrolló la escena de la caída del Gabinete de Reynaud.
Las esperanzas que el presidente del Consejo había fundado sobre los cimientos de la “Declaración de Unión” se desvanecieron rápidamente.
Pocas veces una propuesta tan generosa ha encontrado un ambiente más hostil. El primer ministro leyó por dos veces el documento a sus
colegas. Hizo constar que él lo apoyaba con toda su energía y añadió que estaba preparando una entrevista conmigo para el día siguiente a fin
de estudiar los detalles del proyecto. Pero, presa de viva agitación, los ministros –famosos unos, obscuros personajes otros–, divididos entre sí
y encorvados bajo el mazo terrible de la derrota, permanecían indecisos, algunos de ellos, según se nos dijo, estaban ya enterados de todo
gracias a la oportuna escucha subrepticia de las conferencias telefónicas. Estos eran los derrotistas. La mayoría, por lo demás, no tenía en
absoluto dispuesto el ánimo para tratar de temas de semejante amplitud.
Un sentimiento irresistible impulsaba al Consejo a rechazar por entero la propuesta. Hallábase paralizada la mayoría por una sensación
mezcla de sorpresa y desconfianza; los más propicios a favorecer el plan, y aún los más resueltos a defenderlo, estaban desconcertados. Al
reunirse, los ministros esperaban conocer la respuesta a la petición dirigida por acuerdo unánime a Gran Bretaña en el sentido de que ésta
considerase desligada a Francia de las obligaciones contraídas el 28 de marzo a fin de que los franceses pudiesen preguntar a los alemanes en
que condiciones accederían a firmar el armisticio.
Es posible, e incluso probable, que si se les hubiese mostrado nuestra respuesta oficial, la mayoría de ellos habría aceptado nuestra condición
esencial, o sea el envío de la Flota francesa a la Gran Bretaña o por lo menos habrían formulado alguna contrapropuesta viable, con lo cual se
hubiesen hallado en libertad para entrar en negociaciones con el enemigo, reservándose al propio tiempo la opción de retirarse a África en el
último extremo, si las condiciones alemanas resultaban ser demasiado duras. Pero las circunstancias ofrecían un claro ejemplo de la vieja
fórmula: “Orden, contraorden, desorden”.
Temores para todos los gustos
Paúl Reynaud se encontró en la imposibilidad absoluta de contrarrestar la desfavorable impresión creada por el proyecto de “Unión
francobritánica”. El sector derrotista, acaudillado por el mariscal Pétain, se negó a estudiarlo siquiera. Brotaron violentas acusaciones; “Se
trata de un plan de última hora”. “Es un golpe por sorpresa”. Es una maniobra para poner a Francia bajo tutela, o quizá para arrebatarle su
Imperio colonial”. La propuesta relegaba a Francia, según decían, a la categoría de un simple Dominio.
No faltaron otros muchos argumentos por el estilo. Weygand había convencido a Pétain sin gran dificultad de que Inglaterra estaba perdida.
Determinadas altas personalidades militares francesas –acaso el propio Weygand– habían dictaminado: “Dentro de tres semanas, a Inglaterra
le habrán retorcido el pescuezo como a un pollo”. Según Pétain, unirse con Inglaterra equivalía a “desposarse con un cadáver”. Ybarnegaray,
que tan intrépido se mostrara en la guerra anterior, exclamó: “Es preferible ser una provincia nazi. Por lo menos sabemos lo que esa
significa”. El senador Reibel, amigo personal del general Weygand, declaró que aquel proyecto de unión suponía la destrucción completa de
Francia, y en todo caso su definitiva subordinación a Inglaterra. En vano replicó Reynaud “Prefiero colaborar con mis aliados que con mis
enemigos”. En vano Mandel le apoyó: “¿Preferirían ustedes ser una provincia alemana que un Dominio británico?”. Todo fue inútil.
En plena agonía
Sabemos que la declaración de Reynaud acerca de nuestra propuesta no llegó ni tan solo a ser sometida a votación en el Consejo. Se hundió
por si misma. Esto constituyó un revés personal decisivo para el primer ministro, agotado por el tremendo esfuerzo de la lucha, y señaló el
punto final de su influencia y autoridad sobre el Gabinete. El resto de la sesión fue dedicado al armisticio y a la conveniencia de preguntar a
los alemanes que condiciones impondrían; a este respecto M. Chautemps mostró en todo el curso de la discusión una fría tenacidad.
Nuestros dos telegramas acerca de la Flota no fueron comunicados siquiera al Consejo de ministros. El Gabinete de Reynaud que estaba ya en
plena bancarrota, no llegó a estudiar nuestro requerimiento de que los navíos franceses se dirigiesen a puertos británicos como medida previa
a toda negociación con los alemanes. Tampoco en este caso hubo votación posible.
Hacia las ocho de la noche, Reynaud, literalmente exhausto por la tensión física y moral a la que había estado sometido por espacio de tantos
días, envió su dimisión al presidente de la República, aconsejándole que encargase al mariscal Pétain de formar Gobierno. Este acto ha de
considerarse forzosamente como expresión de un impulso precipitado. Al parecer, Reynaud, después de aquello, seguía alimentando la
esperanza de que podría acudir a la entrevista concertada conmigo para el día siguiente; y habló del asunto al General Spears, quien le dijo:
“Mañana habrá otro Gobierno y usted no tendrá ya autoridad para hablar en nombre de nadie”.
49
Respiración artificial
Veamos
amos lo que informó Campbell por teléfono el 16 de junio:
“Hablamos con él (M. Reynaud) durante media hora, tratando de animarle a que procurara zafarse de la funesta influencia de algunos
al
de sus
colegas, después de entrevistarnos unos momentos con M. Mandel,
Mandel, fuimos a ver por segunda vez en el curso del día al presidente del Senado,
M. Jeanneney, cuya actitud, al igual que la del presidente de la Cámara, es inequívocamente favorable a nosotros; esperábamos que podría
convencer al presidente de la< Repúblicaa de que encargara a M. Reynaud la formación de nuevo Gobierno.
“Le rogamos hiciese patente al presidente Lebrun que la oferta contenida en el mensaje del primer ministro británico no se haría
ha extensiva a
un Gobierno que entrase en negociaciones con el enemigo.
ene
“Aproximadamente una hora más tarde M. Reynaud nos comunicó que estaba derrotado y que había presentado la dimisión.”
La liga formada por el mariscal Pétain y el general Weygand –quienes
quienes vivían en un mundo aparte e imaginaban que podrían sentarse en torno
a una mesa de verde tapete para discutir, a la antigua usanza, las
l condiciones de un armisticio– había resultado ser un bloque superior a las
fuerzas de los ministros faltos de energía, sobre los cuales ambos militares ejercieron presión agitando ante
an sus ojos el espectro de la
revolución.
“El condestable de Francia”
El 16 de junio por la tarde, M. Monnet y el general De Gaulle acudieron a entrevistarse conmigo en la sala de sesiones del Gabinete.
Ga
El
general, en su calidad de subsecretario de Defensa
Defensa Nacional, acababa de ordenar al buque francés “Pasteur”, a la sazón en ruta hacia Burdeos
con un cargamento de armas procedentes de Norteamérica, que cambiase el rumbo y se dirigiese a algún puerto británico. Monnet,
Monnet a su vez,
trabajaba activamente en unn proyecto destinado a transferir a la Gran Bretaña todos los pedidos de suministros pasados a Estados Unidos por
Francia, en caso de que su país concluyese una paz separada. Evidentemente, temía que ocurriese esto y deseaba salvar todo cuanto
cu
fuese
posiblee de lo que a su entender era el naufragio del mundo. Resultaba muy alentadora su actitud a este respecto. A continuación insistió
ins
sobre
la necesidad de que enviásemos a Francia todas las escuadrillas de cazas que nos quedaban, para participar en la batalla
batall final; batalla que, de
todos modos, estaba ya liquidada. Le contesté que no había posibilidad de hacer tal cosa. Todavía en aquellos momentos utilizaba
utiliz
los
argumentos habituales: “La batalla decisiva”, “ahora o nunca”, “si Francia se hunde, se hunde todo”,
todo”, y así por el estilo. Muy a mi pesar, yo no
podía hacer nada por complacerle en aquel asunto.
Mis dos visitantes franceses se levantaron luego y se encaminaron hacia la puerta; Monnet iba delante. Al llegar al umbral, De
D Gaulle, que
hasta entonces apenas si había despegado los labios, dio media vuelta, avanzó dos o tres paso en dirección a mí y dijo en inglés: “Creo que
tiene usted toda la razón”.
Me dio la sensación de que bajo su aire impasible y frío anidaba una extraordinaria capacidad de sufrimiento. A la vista de aquel hombre alto,
flemático, no pude menos que pensar, como lo había hecho ya en otra ocasión: “He ahí al condestable de Francia”. Salió para Burdeos
B
a
primera hora de la tarde a bordo de un avión británico que puse a su disposición. Pero no
n tardaría en volver.
Las vacilaciones de Pétain
Sin perdida de tiempo, antes de la medianoche del 16 de junio, el mariscal Pétain constituyó un Gobierno francés cuya misión esencial era
obtener de Alemania un armisticio inmediato. Tan bien delimitado y amalgamado estaba ya el grupo derrotista presidido por el mariscal, que
no fue necesario invertir muchas horas en la gestación del nuevo Gabinete. M. Chautemps (“preguntar las condiciones de armisticio
armist
no
implica forzosamente aceptarlas”) fue designado vicepresidente del Consejo. El general Weygand, que consideraba
consideraba que todo estaba perdido,
asumió la jefatura del Ministerio de Defensa Nacional. El almirante Darlan pasó a desempeñar la cartera de Marina, y M. Baudouin la de
Asuntos Exteriores.
Al parecer, la única dificultad surgió a propósito de M. Laval. La
La Primera idea del mariscal había sido la de ofrecerle el cargo de
Guardasellos (ministro de Justicia). Laval Rechazó con desdén la sugestión. El aspiraba al Ministerio de Asuntos Exteriores, pues comprendía
que éste era el único puesto desde el cual podría
podría realizar su plan: trastocar las alianzas de Francia, hundir a Inglaterra e incorporarse a la
50
nueva Europa nazi a título de asociado subalterno. El mariscal Pétain cedió inmediatamente a la vehemencia de aquella formidable
personalidad. M. Baudouin, que se había hecho cargo ya de un Ministerio para el que él mismo se sabía absolutamente inepto, estaba
dispuesto a ponerlo sin replicar en otras manos. Pero como se diera cuenta de lo que sucedía a M. Charles Roux, subsecretario permanente de
Asuntos Exteriores, éste se indignó y obtuvo el apoyo de Weygand.
Cuando el general entró en el despacho y expuso su opinión al ilustre mariscal, cayó Laval en un exceso de furia tan espantoso que los dos
jefes militares se vieron desbordados. El general salió, empero, mantúvose firme. Se negó en redondo a trabajar a las órdenes de Laval. Ante
semejante disyuntiva, Pétain cedió una vez más; y, tras violenta escena, Laval se retiró encendido en cólera y en rencores.
Fue aquel un momento crucial. Cuando, cuatro meses más tarde, el 28 de octubre, Laval logró alcanzar finalmente la cartera de Asuntos
Exteriores, la escala de valores militares había cambiado. La resistencia británica frente a Alemania era un factor real. Evidentemente, no era
posible descartar por completo a nuestra isla. En todo caso, no le habían “retorcido el pescuezo al cabo de tres semanas como a un pollo”. Se
trataba de un hecho nuevo, un hecho que llenaba de gozo a toda la nación francesa.
Garantías verbales, pero nada más
Por nuestro telegrama del 16 de junio habíamos asentido a la petición de condiciones de armisticio siempre que la Flota francesa zarpase
rumbo a puertos británicos. Había sido presentado ya oficialmente al mariscal Pétain. A indicación mía, el Gabinete de Guerra aprobó el
envío de un nuevo mensaje haciendo especial hincapié en aquel punto básico. Pero estábamos predicando en desierto.
También el 17 de junio dirigí un mensaje personal al mariscal Pétain y al general Weygand, de cuya comunicación nuestro embajador debía
entregar copia al presidente de la República y al almirante Darlan:
“Deseo reiterar mi profunda convicción de que el ilustre mariscal Pétain y el preclaro general Weygand, camaradas nuestros en dos grandes
guerras contra los alemanes no querrán perjudicar a sus aliados con la entrega de la admirable Flota francesa al enemigo. Semejante acto
estigmatizaría sus nombres durante mil años de Historia. No obstante, esto puede ocurrir fácilmente si se desperdician las contadas y
preciosas horas en que es posible todavía poner a salvo la Flota mediante su traslado a puertos británicos o norteamericanos, llevando consigo
la esperanza en el futuro y el honor de Francia.”
A fin de reforzar estos llamamientos con el contacto directo sobre el terreno, enviamos a Burdeos al primer lord del Mar, que creía estar en
excelentes relaciones personales y profesionales con el almirante Darlan, así como al primer lord del Almirantazgo, Mr. A. V. Alexander, y a
lord Lloyd, ministro de Colonias, reconocido y antiguo amigo de Francia. Los tres se esforzaron, durante todo el día 19, en establecer los
contactos posibles con los nuevos ministros. Recibieron muchas y solemnes seguridades de que el Gobierno no permitiría jamás que la Flota
cayese en manos de los alemanes. Pero ningún otro buque de guerra francés zarpó para substraerse al poderío germano, que se aproximaba
rápidamente.
CAPITULO XX
Epílogo a bordo del “Massilia”
El 27 de junio por la mañana di cuenta a los colegas del Gabinete de una conversación telefónica que había sostenido la noche
anterior con el general Spears. Nuestro enviado especial no creía poder realizar ninguna labor útil cerca del nuevo Gobierno de Burdeos;
según me dijo, estaba preocupado por la seguridad del general De Gaulle. Por lo visto, alguien había advertido a Spears que, dada la
evolución de los acontecimientos, era preferible que De Gaulle saliese de Francia. Aprobé sin vacilar un plan muy inteligente que a este
efecto me sugirió Spears.
De Gaulle iza bandera de resistencia
Aquella misma mañana – el 17 de junio –, en Burdeos, De Gaulle fue a su despacho, concertó diversas entrevistas para la tarde a fin de
disipar toda posible sospecha y se trasladó luego al aeródromo para despedirse de su amigo Spears. Se estrecharon las manos, se dijeron adiós
y, al ponerse el avión en movimiento, De Gaulle saltó al interior del aparato y cerró con violencia la portezuela. Los policías y los
funcionarios franceses se quedaron mirando con la boca abierta como el avión se elevaba rápidamente. En aquel pequeño aeroplano, De
Gaulle llevaba consigo el honor de Francia.
Aquella noche dirigió por radio su memorable llamamiento al pueblo francés. Citaré nada más un breve pasaje del mismo:
51
“Francia no está sola. Tiene tras de sí un vasto Imperio. Puede formar parte un bloque con el Imperio británico, que domina los
mares y proseguir la lucha. Puede utilizar ampliamente, como lo está haciendo Inglaterra, los inmensos recursos industriales de los Estados
Unidos.”
Alarma en Burdeos
No fueron tan afortunados otros franceses que deseaban también seguir luchando... cuando Pétain formo su Gobierno, continuaba vigente el
proyecto de traslado a África para establecer allí un centro de autoridad constituida fuera del control alemán. El plan en cuestión fue discutido
en el curso de una sesión que el Gabinete Pétain celebró el 18 de junio. El mismo día por la tarde se reunieron el presidente Lebrón, Pétain y
los presidentes del Senado y de la Cámara.
Según parece, se había llegado a un acuerdo general, cuando menos para evitar una delegación representativa a África del Norte.
El propio mariscal no era hostil a la idea. El, personalmente, deseaba permanecer en Francia, pero no veía ningún inconveniente en que
Chautemps, vicepresidente del Consejo, se trasladase a África y actuase en su nombre.
Cuando corrió por el enfebrecido Burdeos el rumor de un éxodo inminente el general Weygand se opuso rotundamente. A su entender,
semejante acto pondría en grave peligro las “honorables” negociaciones de armisticio que habían empezado ya, a través de Madrid, por
iniciativo francesa, el 17 de junio.
Laval se alarmó lo indecible. Temía que el establecimiento fuera de Francia de un núcleo gubernamental dispuesto a levantar bandera de
resistencia frustrase la política que él estaba decidido a seguir. Weygand y Laval iniciaron la correspondiente labor de propaganda entre los
grupos de diputados y senadores que se hallaban arracimados en Burdeos.
Darlan, en su calidad de ministro de Marina, veía las cosas de modo muy distinto. Para él, la solución más cómoda de muchas dificultades en
aquellos momentos consistía en despachar en un buque a sus adversarios más notables; una vez a bordo, todos estarían en su poder; y luego
ya tendría tiempo suficiente el Gobierno para acordar lo que debía hacerse con ellos. Con la aprobación del nuevo Gabinete, ofreció pasaje en
el crucero auxiliar “Massilia” a todos los políticos influyentes que desearan trasladarse a África.
África, tierra de desengaño
El buque en cuestión debía zarpar el día 20 de la desembocadura del Gironda. No obstante, muchos de los que tendían intención de marcharse
a África, entre ellos Jeanneney y Herriot, sospecharon que se trataba de una emboscada y optaron por hacer el viaje por tierra a través de
España. La expedición definitiva, aparte de los refugiados, se componía de 24 diputados y un senador, entre ellos Mandel, Campinchi y
Daladier, que habían realizado una activa campaña a favor del traslado a África.
El 21 por la tarde zarpó el “Massilia”. El 23, la radio de abordo anunció que el Gobierno Pétain había aceptado y firmado el armisticio c9on
Alemania. Campinchi pretendió convencer en seguida al capitán de que pusiera proa a Inglaterra, pero sin duda el oficial tenía ya
instrucciones concretas, pues rechazó fríamente la indicación del que tan solo dos días antes era todavía su ministro. El desventurado grupo
de patriotas vivió horas de extraordinaria inquietud hasta que el 24 de junio por la tarde el “Massilia” anclo en Casablanca.
Mandel actuó entonces con su decisión acostumbrada. Había redactado, junto con Daladier, una proclama instituyendo un Gobierno de
Resistencia en África del Norte presidido por él mismo. Desembarcó y, después de visitar al cónsul británico, se instaló en el Hotel Excelsior.
Trató inmediatamente de hacer difundir se proclama por mediación de la Agencia Havas. Cuando el general Nogués leyó el texto del
documento, fue presa de viva desazón. Interceptó el mensaje y, en vez de permitir su transmisión al mundo entero, lo telegrafió a Darlan y a
Pétain.
Estos, entretanto, habían tomado ya la determinación de seguir una sola línea política y por lo tanto no permitir la creación de un segundo
Gobierno que podría convertirse en su rival al encontrarse fuera del control de los alemanes. Mandel fue detenido en su hotel y llevado ante el
tribunal local; pero el juez –destituido más tarde por orden de Vichy– declaró que no había lugar a proceder contra él y le puso en libertad.
No obstante quedó a bordo del Massilia el cual quedo anclado en el puerto de Casablanca y sujeto a estrecha vigilancia y sin que sus
pasajeros tuviesen comunicación alguna con tierra.
Triste remate de un éxodo
Sin saber nada, naturalmente, de lo reseñado anteriormente, yo me sentía ya inquieto por la suerte de los franceses que querían seguir
luchando.
Del primer ministro al general Ismay.
“24 – 6 – 40.
“Considero de suma importancia que se organice ahora, antes de que se cierre la trampa, un sistema mediante el cual los oficiales y soldados
franceses, así como los técnicos notables, que deseen combatir, puedan llegar sanos y salvos a los puertos convenientes. Habría que crear una
especie de “ferrocarril subterráneo” como en los tiempos ya lejanos de la esclavitud, o una organización estilo “Pimpinela Escarlata”.
“Estoy seguro de que se producirá una gran afluencia de hombres valerosos; necesitaremos a todos los que vengan para la defensa de las
colonias francesas. El Almirantazgo y las fuerzas aéreas deberán prestar su concurso. Naturalmente, el general De Gaulle y su Comité habrán
de ostentar la dirección efectiva.”
En la reunión del Gabinete de Guerra celebrada el 25 de junio por la noche supimos, entre otras cosas, que había pasado frente a Rabat un
buque con diversos eminentes políticos franceses a bordo. Acordamos establecer comunicación con ellos sin pérdida de tiempo. Mr. Duff
Cooper, ministro de Información, acompañado por lord Gort salió al amanecer para Rabat en un hidroavión “Sunderland”. La nación estaba
en duelo. Ondeaban las banderas a media asta, doblaban las campanas de los templos, y en la Catedral se celebraba un solemne oficio para
implorar la misericordia divina después de la derrota de Francia.
Todos los esfuerzos que nuestros delegados hicieron para ponerse en contacto con Mandel fueron vanos. El gobernador adjunto, un tal
Morice, hizo constar –no solo por teléfono sino también en una entrevista que Duff Cooper solicitó– que él no tenía más remedio que
obedecer las órdenes de sus superiores. “Si el general Nogués me manda que me suicide, lo haré con gusto. Desgraciadamente, las órdenes
que me han dado son más crueles”. En efecto, los ex ministros y diputados franceses debían ser tratados como prisioneros evadidos. Nuestros
enviados comprendieron que no podían hacer otra cosa que marcharse por donde habían venido.
Algunos días después, el 1º de julio, ordené al Almirantazgo que procurase abordar al “Massilia” y rescatar a sus pasajeros. No fue posible,
empero, realizar la operación proyectada. El buque permaneció anclado al alcance de las baterías de Casablanca durante casi tres semanas, al
cabo de las cuales todo el grupo de políticos fue trasladado de nuevo a Francia, donde el Gobierno de Vichy dispuso de ellos en la forma que
creyó más conveniente y al propio tiempo de acuerdo con el deseo de sus amos alemanes. Mandel empezó entonces su largo y doloroso
52
internamiento, hasta que fue asesinado por orden de los alemanes a fines de 1944. Así se esfumó la esperanza de constituir, ya fuese en África
o en Londres, un Gobierno francés vigorosamente representativo. Después del hundimiento de Francia tanto nuestros amigos como nuestros
enemigos se hicieron la misma pregunta: “¿Capitulará también Inglaterra?”
Teniendo en cuenta la importancia de las declaraciones públicas cuando se formulan a la hora de los grande s acontecimientos, yo había
expuesto repetidas veces en nombre del Gobierno de Su Majestad, nuestra firme resolución de seguir luchando solos. A raíz de Dunkerque, el
4 de junio, utilicé la expresión: “Durante años si es necesario; si es necesario, solos”. Estas últimas palabras las inserté deliberadamente en mi
discurso. Al día siguiente, el embajador francés en Londres, cumpliendo instrucciones recibidas de su Gobierno, preguntó al Foreign Office
que era exactamente lo que yo había querido decir. A lo cual se le respondió: “Exactamente lo que dijo”.
Tuve ocasión de recordar esta frase a la Cámara cuando tomé de nuevo la palabra el 18 de junio, al día siguiente del colapso de Burdeos.
Tracé entonces “algunos esbozos de las razones sólidas y prácticas en que se basaba nuestra inflexible resolución de continuar la guerra”.
Pude asegurar al Parlamento que nuestros asesores profesionales de las tres Armas tenían bien fundadas esperanzas en la victoria final.
Anuncié que los primeros de los cuatro Dominios me habían enviado sendos telegramas por los cuales se solidarizaban con nuestra decisión
de seguir luchando y se declaraban dispuestos a compartir nuestra suerte. Terminé diciendo:
“Hitler sabe que tendrá que vencernos en esta isla o perder la guerra. Si logramos resistir su empuje, toda Europa será libre y el mundo verá
abrirse ante sí amplios horizontes luminosos. Pero si sucumbimos, el mundo entero, incluyendo a los Estados Unidos, incluyendo todo cuanto
hemos conocido y amado se hundirá en los abismos de una nueva Edad Media que sería más siniestra y quizá más duradera gracias al apoyo
de una ciencia pervertida.
“Situémonos pues, a la altura de nuestros deberes y obremos de tal suerte que, si el Imperio Británico y su “Commonwealth” subsisten dentro
de mis años, los hombres de entonces puedan seguir diciendo: “Aquello fue su hora mejor”.”
Hechos además de palabras
Todas estas palabras quedaron plenamente justificadas cuando alboreó el día de la victoria. Pero en aquel momento no eran más que palabras.
Los extranjeros que no comprenden lo que son capaces de hacer los hombres de raza británica esparcidos por el mundo entero cuando se les
enciende la sangre en las venas, a buen seguro creyeron que tales palabras eran solamente un hábil telón de audacia que serviría de preludio a
las negociaciones de paz.
¿Tiene algo de extraño que infinidad de astutos calculadores residentes en distintos países, ignorando como ignoran la mayoría de ellos los
problemas de una invasión en que el mar es un factor esencial, desconocedores asimismo de la valía de nuestra Aviación y que además se
hallaba bajo la aplastante impresión del poderío y el terror de los alemanes, tiene algo de extrañó, repito, que no creyesen en la seriedad de
nuestra decisión? ¿Por qué no había de pasar Gran Bretaña a formar parte de los espectadores que en el Japón y en los Estados Unidos y en
Suecia y en España presenciarían con interés, o hasta con fruición, una lucha feroz entre los Imperios nazi y comunista, lucha que sería
asoladora para ambos bandos?
Difícil será para las futuras generaciones creer que los temas que acabo de reseñar nunca fueron considerados dignos de figurar en el orden
del día de las sesiones del Gabinete y que ni siquiera llegásemos a mencionarlos en nuestras reuniones más secretas. Las dudas sólo podían
ser disipadas por los hechos. Y los hechos iban a producirse.
Obras son amores…
Nos disponíamos a afrontar la prueba suprema con grandes reservas de confianza en nuestras energías, como lo demuestra la siguiente
comunicación:
Del primer ministro a lord Lothian (Washington).
“28 – 6 – 40.
“Seguramente hablaré por radio de un momento a otro, pero no creo que las palabras tengan mucha importancia en estos momentos. No hay
que prestar excesiva atención a los vaivenes de la opinión pública norteamericana. Lo único que puede ejercer influencia sobre ella es la
fuerza de los acontecimientos.
“hasta el mes de abril, los norteamericanos estaban tan seguros de que los aliados íbamos a ganar que no consideraban que la ayuda fuese
necesaria. Ahora están de tal modo seguros de que vamos a perder, que no la consideran posible. Confío que podremos rechazar la invasión y
mantener invicta nuestra fuerza aérea. Sea como fuere, vamos a intentarlo.
“No debe usted permitir que el Presidente y sus consejeros pierdan de vista el hecho de que si nuestro país fuese invadido y ocupado en su
mayor parte tras dura lucha, se constituiría un “Gobierno Quisling” para firmar la paz a base de convertir a Inglaterra en un protectorado
alemán. En tal caso, la Flota británica sería la moneda con que aquel Gobierno compraría las condiciones de paz. Inglaterra experimentaría
entonces hacia Norteamérica un rencor parecido al que los franceses sienten hoy hacia nosotros.
“Hasta ahora no hemos recibido de los Estados Unidos ninguna clase de ayuda digna de tener en cuenta (los fusiles y las piezas de artillería
de campaña no llegaron hasta fines de julio; los destructores nos habían sido denegados). Sabemos que el Presidente es nuestro mejor amigo,
pero de nada sirve estar de plantón esperando lo que resuelvan las Convenciones republicana y demócrata.
“Lo que importe realmente es saber si dentro de tres, meses Hitler será dueño de Inglaterra o no. Yo creo que no. Pero este es un asunto que
no se puede discutir de antemano. Muestrese usted flemático y optimista. Aquí nadie está descorazonado.”
53
CAPITULO XXI
El sombrío episodio de Orán
En las jornadas postreras de Burdeos la figura del almirante Darlan adquirió un insólito relieve. Mis entrevistas con él habían sido poco
frecuentes y de carácter meramente oficial todas ellas. Yo le admiraba por la labor que había realizado. Bajo subdirección la Marina francesa
adquirió en el espacio de diez años una eficiencia muy superior a la que tuviera en cualquier época posterior a la Revolución de 1789.
“Ahora soy ministro de Marina”
Cuando en diciembre de 1939 visitó Inglaterra, le ofrecimos un banquete oficial en el Almirantazgo. Al contestar al brindis de homenaje,
empezó por recordarnos que su bisabuelo había muerto en la batalla de Trafalgar. De ello deduje que era uno de aquellos patriotas
patri
franceses
que odian a Inglaterra. Las deliberaciones navales anglo francesas del mes de enero habían demostrado asimismo cuán celoso era el almirante
de sus prerrogativas profesionales en relación con quienquiera que fuese ministro de Marina, cargo político en definitiva.
Verdadera obsesión ésta que, a mi entender, desempeñó un papel decisivo en su conducta ulterior.
Por lo demás Darlan había asistido a la mayoría de las conferencias que he reseñado y al aproximarse el fin de la resistencia francesa me
había asegurado repetidas veces que, ocurriese lo que ocurriese, la Flota de su país no caería en poder de los alemanes.
En Burdeos sonó la hora crucial en la carrera de aquel almirante ambicioso, ególatra e inteligente. A todos los efectos prácticos,
práct
su autoridad
sobre la Flota era absoluta. Le bastaba con ordenar que los navíos se refugiasen en puertos británicos, norteamericanos o de cualquier colonia
francesa –algunos había zarpado ya–,, para ser obedecido.
El 17 de junio por la mañana, después de la caída del Gabinete Reynaud, declaró al general Georges que estaba decidido a cursar la orden. Al
día siguiente por la tarde Georges se encontró con él y le preguntó que había sucedido. Darlan repuso que había cambiado de parecer. Como
su interlocutor insistiera en conocer la razón respondió simplemente “Ahora soy ministro
ministro de Marina”. Esto no significaba que hubiese
cambiado de parecer con objeto de ser ministro de Marino, sino que, al ser
ministro de Marina, veía las cosas en forma distinta.
Los rumbos de la historia
¡Cuan vanos son los cálculos del egoísmo humano! Pocas
Poc veces se ha dado un
ejemplo más claro de ello. El almirante Darlan no tenía más que dirigirse a
bordo de uno de sus barcos, a cualquier puerto fuera de Francia para
convertirse en dueño de todos los intereses franceses que no estaban al alcance
del poderío
río alemán. No se habría presentado, como lo hizo el general De
Gaulle, solamente con un corazón indomable y unos cuantos hombres de
espíritu reforzado. Habría arrastrado consigo, fuera del dominio alemán, a la
cuarta Flota del mundo, aquella Flota cuyos oficiales
o
y marineros eran fieles y
personales servidores suyos.
Obrando así, Darlan se habría convertido en jefe de la Resistencia francesa,
con una poderosa arma en sus manos. Los astilleros y los arsenales británicos
y norteamericanos habrían estado prestos
tos a guarecer y abastecer a su Flota.
Una vez reconocido como jefe de los franceses libres, la reserva de oro que
Francia tenía en los EE.UU. le habría garantizado la disposición de vastos
recursos. Todo el Imperio francés habríase agrupado en torno a él. Nada
hubiese podido oponerse a que se convirtiera en el liberador de su Patria. La
gloria y el poder que tan ardientemente deseaba se hallaban al alcance de su
mano. En vez de lo cual, a través de dos años de gobierno vergonzante e
ignominioso, fue a buscar
ar una muerte violenta, una tumba sin honor y un
nombre que durante largo tiempo será execrado, por la Marina francesa y por
la nación a la que tan bien sirviera hasta entonces.
Es necesario añadir aquí una nota final. En una carta que me escribió el 4 de
diciembre de 1942, precisamente dos días antes de morir asesinado, Darlan
afirmaba con vehemencia que había cumplido su palabra. Es indiscutible,
desde luego, que ningún buque francés fue tripulado ni utilizado por los
alemanes contra nosotros durante la guerra.
uerra. Y si bien ello no fue debido
exclusivamente a las medidas adoptadas por el almirante Darlan, fuerza es reconocer que éste había grabado profundamente en el
e ánimo de
los oficiales y marineros de la Armada francesa la idea de que sus navíos debían ser destruidos a toda costa antes de permitir que cayesen en
poder de los alemanes, a quienes detestaba tanto como a los ingleses.
Guerra a ultramar
(El 3 de julio de 1940, por la noche, todos los buques de guerra francesa que se hallaban en Portsmouth y en Plymouth pasaron a viva fuerza
a poder de la Marina británica. Se realizaron inútiles gestiones para conseguir que la Flota francesa surta en Orán (Argelia) se uniese a la
británica o que se trasladase al otro lado del Atlántico para proceder a su desmilitarización.
desmilitarización. Finalmente, con objeto de tener la plena seguridad
54
de que aquellos buques no caerían en manos del enemigo, importantes formaciones de aviones británicas los sometieron a un violento
bombardeo.)
El 4 de julio presenté a la Cámara de los Comunes un amplio informe de lo que habíamos hecho. Aunque el crucero de batalla “Strasbourg”
había logrado escapar de Orán y aún ignorábamos en aquel momento que el “Richelieu” había quedado completamente inutilizado, las
medidas Adoptadas por nosotros habían borrado a la Armada francesa de los cálculos alemanes.
Aquella tarde hablé por espacio de una hora o quizá más y di cuenta detallada de todos aquellos sombríos acontecimientos tal como yo los
conocía. Para establecer la necesaria proporción, creí conveniente terminar mi discurso con una nota que situaba aquel luctuoso episodio en
relación directa con el difícil trance en que la propia Gran Bretaña se hallaba. Leí, por lo tanto, ante la Cámara la advertencia que, con el
consentimiento del Gabinete, había hecho yo circular el día anterior por las esferas internas de la máquina gubernamental:
“En este día que puede ser la víspera de un intento de invasión o quizá de una batalla por nuestra tierra natal, el primer ministro desea
recordar a todas las personas que ostentan cargos de responsabilidad en el Gobierno, en las oficinas militares o en los departamentos civiles,
la obligación en que se encuentran de mantener despierto el ánimo y henchido de confianza y energía el corazón. Aun cuado deben tomarse
las precauciones que el tiempo y los medios disponibles permitan, no hay razón alguna para suponer que pueden entrar en este país, ya sea
por el aire o por el mar, más soldados alemanes que los que tenemos sobre las armas. La Aviación británica está en excelente forma y su
fuerza es superior a la que ha alcanzado nunca hasta ahora. Jamás la Marina alemana fue tan débil como hoy, ni8 el Ejército británico de la
metrópoli tan fuerte como en estos momentos.
“El primer ministro espera que todos los servidores de Su Majestad situados en puestos de mando o de responsabilidad den ejemplo de
firmeza y resolución. Deberán atajar y censurar con dureza la expresión de las opiniones malhumoradas que se emitan en sus respectivos
círculos. No vacilarán en denunciar, y si es necesario destituir, a cualquier persona, sea oficial o funcionario, de la cual se sepa que ejerce
deliberadamente una influencia turbadora o depresiva y cuya conversación tienda a sembrar la alarma y el desaliento. Sólo así serán dignos de
los combatientes que, en el aire, en el mar o en tierra, se han enfrentado ya con el enemigo sin el más leve temor de verse superados en dotes
marciales.”
La Cámara guardó profundo silencio en todo el curso de mi declaración, pero al término de ella se produjo una escena única en mis
recuerdos. Todos los presentes sin excepción se pusieron en pie y prorrumpieron en aplausos y aclamaciones que, según me pareció duraron
largo rato. Hasta entonces el Partido Conservador me había tratado con cierta reserva, y el apoyo más caluroso cuando yo entraba en la
Cámara o cuando pronunciaba un discurso en las ocasiones de especial importancia procedía por regla general de los escaños laboristas. Pero
en aquel momento todos los Partidos se unieron en un solemne y estentóreo acorde.
El genio de Francia
La eliminación de la Flota francesa –realizada violentamente casi de un solo golpe– como factor esencial causó honda impresión en todo el
mundo, aquella Inglaterra que tanta gente había considerado ya vencida y anulada, aquella Inglaterra a la que los extranjeros habían
imaginado trémula al borde de la capitulación frente a la formidable Potencia que tenía enfrente, atacaba sin piedad a sus entrañables amigos
de la víspera y se aseguraba de momento el dominio indiscutible de los mares. Los hechos demostraron con claridad meridiana que el
Gabinete de Guerra británico no temía a nada ni se detendría ante nada. Y así edra en verdad.
Entretanto, el Gabinete Pétain se había trasladado a Vichy el 1º de julio y procedía a organizarse como Gobierno de la Francia no ocupada. Al
recibir las noticias de lo ocurrido en Orán, aquel Gobierno dispuso un ataque de represalia contra Gibraltar, y una formación de aviones
procedentes de África arrojó algunas bombas en dicho puerto. El 5 de julio Vichy rompió oficialmente sus relaciones con la Gran Bretaña. El
día 11 dimitió el presidente Lebrón y fue elegido jefe del Estado el mariscal Pétain por la enorme mayoría de 560 votos contra 78. Hubo 187
abstenciones.
Con todo, el genio de Francia permitió a su pueblo comprender toda la significación de la tragedia de Orán, y, en medio de su calvario,
extraer nuevas esperanzas y fuerzas renovadas de aquella amarga prueba que venía a sumarse a las ya sufridas. El general De Gaulle, a quien
yo no había consultado de antemano, adoptó una actitud magnífica. Y Francia, liberada y restaurada en su soberanía ratificó después su
conducta.
Estoy muy agradecido a M. Teitgen, destacado miembro del Movimiento Francés de Resistencia y más tarde ministro de Defensa de su país,
por el relato de un hecho que merece reseñarse. En un pueblo cercano a Tolón Vivian dos familias de campesinos, cada una de las cuales
perdió un hijo marinero en el bombardeo británico de Orán. Todos los vecinos quisieron asistir a los funerales organizados en sufragio de las
almas de aquellos desventurados. Ambas familias pidieron que la bandera británica cubriese los féretros junto con el pabellón tricolor. Su
deseo fue piadosamente respetado. Semejante gesto demuestra que el espíritu de comprensión de las personas sencillas raya en lo sublime.
Inglaterra, definitivamente sola
Después de Orán, todos los países vieron claramente que el Gobierno y la nació británicos estaban decididos a luchar hasta el fin. Pero aun
cuando no se registrase en la Gran Bretaña el más leve asomo de debilidad moral, ¿Cómo se lograrían superar las ingentes dificultades
materiales?
Bien sabido era que nuestros Ejércitos metropolitanos apenas si tenían más armas que los fusiles. En efecto, en toda la extensión del país
había escasamente había escasamente quinientos cañones de campaña de diferentes tipos y no más de doscientos tanques medianos o pesados.
Debían transcurrir varios meses antes de que nuestras fábricas pudiesen compensar siquiera los pertrechos y municiones perdidos en
Dunkerque. ¿Qué de extraño tiene que todo el mundo estuviese convencido de que había sonado nuestra última hora definitiva?
Tanto en los Estados Unidos como en todos los países que seguían siendo libres cundió el pánico sin precedentes. Los norteamericanos se
preguntaban seriamente si era prudente derrochar una parte de sus propios recursos, tan rigurosamente limitados ya, en aras de un sentimiento
generoso, pero sin esperanzas. ¿No era preferible, por el contrario, concentrar todas sus fuerzas morales y guardar con cuidado todas sus
armas con objeto de remediar su propia falta de preparación? Era necesario tener una mente muy serena y un juicio muy claro para elevarse
por encima de estos argumentos positivos y apremiantes. La nación británica debe gratitud eterna al noble presidente de los Estados Unidos y
a sus principales consejeros y colaboradores por el hecho de que en ningún momento, ni aun en vísperas de las elecciones en que mister
Roosevelt aspiraba a un tercer mandato presidencial, perdieran la confianza en nuestras energías o en nuestra buena estrella.
El temple optimista e imperturbable de la Gran Bretaña, del que a mí me cabía el alto honor de ser portavoz, podía –¿Por qué no?– ser el peso
que inclinase la balanza. Aquel pueblo que en los años anteriores a la guerra había llegado a los últimos extremos del pacifismo y la
imprevisión, que se había entregado al deporte de la política de partidos y que, sabiéndose tan deficientemente armado, había avanzado con
ánimo alegre hasta el corazón de los asuntos europeos, veíase ahora obligado a satisfacer el precio tanto de sus generosos impulsos como de
su asombrosa incuria. Pero no le flaqueaba el ánimo. Antes bien, desafiaba a los conquistadores de Europa. Parecía dispuesto a ver reducida
su isla a pavesas antes que cejar en su empeño. Sería una bella página para la Historia.
55
Pero existían ya en el gran libro otras páginas escritas con caracteres parecidos. Atenas había sido vencida por Esparta. Los cartagineses
opusieron una larga e inútil resistencia a Roma. No pocas veces en los anales del pasado –¿y con cuanta mayor frecuencia en tragedias jamás
reconocidas por los historiadores!– naciones prósperas, valientes y orgullosas, y hasta razas enteras, habían desaparecido hasta el punto de no
sobrevivir más que su nombre y aun a veces ni el recuerdo de éste.
“La final en campo propio”
Pocos ingleses y muy pocos extranjeros comprendían las especiales ventajas técnicas de nuestra posición insular; como tampoco se sabía en
general hasta que punto, incluso en los indecisos años anteriores a la guerra, habíamos mantenido viva la esencia de la defensa en el mar y
más tarde en los aires.
Aparte de nuestra voluntad de resistencia, había un factor de gran importancia. Uno de los mayores peligros que corrimos durante el mes de
junio de 1940 fue el de que nos viésemos obligados a renunciar a nuestras últimas reservas para mantener en Francia una resistencia inútil y
agotadora, y que al propio tiempo la fuerza de nuestra Aviación se viese gradualmente reducida por la frecuencia de los vuelos o el envío de
escuadrillas al campo de batalla del Continente.
Si Hitler hubiese gozado de una sabiduría sobrenatural, habría moderado el ritmo de sus ataques en el frente francés, ordenando quizá una
pausa de tres o cuatro semanas después de Dunkerque en la línea del Sena y procediendo entretanto a madurar sus preparativos de invasión de
Inglaterra. De este modo nos habría situado ante el dilema torturante y espantoso de dejar a Francia debatirse sola en su agonía o lanzar a la
batalla los recursos que representaban nuestra última esperanza de sobrevivir.
Cuando más presionábamos a los franceses para que continuasen luchando, tanto mayor era nuestra obligación de ayudarles y tanto más
difícil nos habría sido –en el supuesto apuntado– realizar preparativos para la defensa de Inglaterra y más aun mantener en reserva las
veinticinco escuadrillas de aviones de caza de las que dependía todo nuestro futuro. En este último punto no hubiésemos cedido jamás, pero
la persistencia de nuestra negativa habría decepcionado amargamente a nuestra aliada, en plena lucha a la sazón, y habría envenenado por
completo nuestras relaciones.
Lo cierto es que algunos de los miembros de nuestro Alto Mando se dispusieron , incluso con una sensación de auténtico alivio, a enfocar el
nuevo problema, tan dramáticamente simplificado, que se nos planteaba. Nada mejor para sintetizar esta reacción que la frase que pronunció
el gerente de un club militar londinense para animar a uno de los socios que se mostraba algo deprimido: “Después de todo, mi querido
amigo, estamos en la final y la vamos a jugar en campo propio”
CAPITULO XXII
Ante la prueba suprema
Hacia fines de junio de 194º, los jefes de Estado Mayor, por mediación del general Ismay, me sugirieron, en una reunión del Gabinete de
Guerra, que visitase los sectores defensivos de las costas oriental y meridional. En consecuencia, cada semana dediqué uno o dos días a esta
agradable tarea, durmiendo cuando era necesario en mi tren especial, donde tenía todas las facilidades para realizar mi trabajo cotidiano y
estar en constante contacto con Whitehall.
Política de inspección personal
Dediqué una de mis primeras visitas a la Tercera División, situada bajo el mando del general Montgomery, a quien yo no conocía
personalmente. Me acompañó mi esposa. La Tercera División estaba acantonada cerca de Brighton. Se le había concedido prioridad especial
en cuanto a reorganización de hombres y pertrechos, y había estado a punto de salir para Francia cuando terminó la resistencia de este país.
Montgomery tenía instalado su Cuartel General en el Lancing Collage, no lejos del cual ,me hizo presenciar una pequeña maniobra, cuyo
objeto esencial consistía en un movimiento de flanqueo, apoyado por cañones montados sobre plataformas automóviles, piezas de las que por
aquel entonces tan sólo pudo exhibir siete u ocho. Después de esto recorrimos juntos en coche la costa a través de Shoreham y Hove, hasta
que llegamos al sector de Brighton, del que tan buenos recuerdos guardaba yo de mis tiempos de estudiante.
Almorzamos en el Hotel Royal Albión, que se levanta en uno de los extremos del muelle. No quedaba ningún huésped en el hotel, pues la
evacuación había sido considerable; pero veíanse aún bastantes personas que tomaban el fresco en las playas o en el paseo. Me divirtió
muchísimo ver cómo un pelotón de granaderos transformaba en nido de ametralladoras, con sacos terreros, uno de los quioscos del muelle
semejantes a aquellos en que en mi lejana infancia tantas veces había admirado boquiabierto las cabriolas de las pulgas amaestradas. Hacía un
tiempo delicioso. Charlamos de todo lo imaginable con el general Montgomery, y pase un día agradabilísimo. Sin embargo:
Del jefe del Gobierno al ministro de la Guerra.
“3 – 7 – 40.
“Me ha sorprendido en gran manera encontrar a la Tercera División esparcida a lo largo de cuarenta kilómetros de costa en vez de hallarse,
como yo había imaginado, concentrada en reserva en un punto determinado, dispuesta a lanzarse al contraataque en cualquier lugar en que el
56
enemigo amenace seriamente con establecer una cabeza de puente. Pero mucho más asombroso es el hecho de que la infantería de esta
división, que tiene un carácter esencialmente móvil, carezca de los camiones necesarios para su traslado al punto de acción.
“También en Portsmouth se me quejaron de que las tropas allí acantonadas no tienen al alcance de la mano los elementos de transporte
correspondientes. Dada la abundancia de medios de transporte por carretera que hay en este país, así como el gran número de chóferes que
tenemos procedentes del Cuerpo Expedicionario británico, cabe poner remedio inmediato a esta situación. En todo caso, confío que hoy
mismo se autorizará al general jefe de la Tercera División para que, de acuerdo con sus deseos, requise el gran número de autobuses que aún
a estas alturas efectúan viajes de placer al frente marítimo de Brighton.”
Un colaborador valioso
Hacia mediados de julio el ministro de la Guerra propuso que el general Brooke substituyera al general Ironside en el mando de nuestras
fuerzas metropolitanas. El 19 de julio, en el curso de mis incesantes visitas de inspección a los llamados sectores de invasión, me trasladé de
nuevo a la zona meridional. Asistí a un ejercicio táctico, en el que participaron nada menos que doce tanques.
Durante toda la tarde recorrí en automóvil aquel sector, acompañado por el general Brooke, comandante del mismo. Su hoja de servicios era
muy brillante. No sólo había dirigido la decisiva batalla de flanco cerca de Ypres durante la retirada de Dunkerque, sino que, cuando se
hallaba al frente de las tropas de refresco que enviamos a Francia en las tres primeras semanas de junio, desempeñó su labor con una firmeza
y una habilidad realmente extraordinarias y en circunstancias de una dificultad y una confusión inimaginables.
Me unían también con Alan Brooke lazos personales de amistad a través de sus dos valientes hermanos, camaradas de mis primeros años de
vida militar. Estas relaciones y estos recuerdos no influyeron en mí para nada en la hora trascendental de la selección; pero constituyeron
unos cimientos muy sólidos para el mantenimiento y desarrollo de mi colaboración constante con Alan Brooke durante todo el resto de la
guerra.
En aquella tarde de julio de 1940 viajamos juntos en automóvil por espacio de cuatro horas y coincidimos en nuestros puntos de vista acerca
del sistema de defensa interior.
Previas las oportunas consultas, aprobé la propuesta del ministro de la Guerra para otorgar a Brooke el mando de las fuerzas metropolitanas
en substitución del general Ironside. Este aceptó la decisión superior con la dignidad militar que en todo momento caracterizó sus actos.
Mientras duró la amenaza de invasión, es decir, por espacio de año y medio, Brooke organizó y dirigió los ejércitos metropolitanos; y
después, cuando pasó a ocupar la jefatura del estado Mayor Imperial, seguimos colaborando durante tres años y medio hasta la victoria final.
En el curso de esta “Memorias” daré cuenta de los beneficios que me procuró su atinado consejo en los cambios decisivos de mando en
Egipto y en el Oriente Medio en agosto de 1942, y hablará también del disgusto que hube de darle en 1944 a propósito de la dirección de la
operación “Overlord”, o sea la invasión de Europa.
¡Armas. Armas!
Durante aquel mes de julio llegaron sin incidente a través del Atlántico considerables cargamentos de armas norteamericanos. La garantía de
su arribo me parecía de una importancia tal, que dicté con todo detalle y repetidas veces las órdenes relativas a las precauciones que debían
adoptarse para su transporte y recepción.
Del jefe del Gobierno al ministro de la Guerra.
“7 -7 – 40.
“ He pedido al Almirantazgo que organice con especial cuidado la llegada de los convoyes portadores de fusiles. El primer lord, en efecto, ha
dispuesto que salgan cuatro destructores a recibirlos lo más lejos posible. Los transportes y su escolta llegarán el día 9. Le ruego se informe
en el Almirantazgo acerca de la hora exacta. Me ha complacido vivamente saber que realiza usted todos los preparativos necesarios para la
descarga, recepción y distribución de los fusiles. Por lo menos cien mil de ellos han de estar en poder de las tropas en la misma noche del 9, o
cuando más a primeras horas de la mañana siguiente.
“Deberán utilizarse trenes especiales para distribuir las armas y las municiones de acuerdo con un plan establecido concretamente de
antemano. Un jefe militar que esté familiarizado con dicho plan se hará cargo de aquellos trenes en el puerto de descarga. Creo conveniente
que usted asegure la pronta distribución de armas entre los distritos costeros de modo que la Guardia Metropolitana de las zonas de peligro
queda servida en primer lugar. Confío tendrá usted la amabilidad de comunicarme antes lo que decida.”
Al aproximarse a nuestras costas los buques procedentes de Norteamérica con sus valiosísimas armas, en los distintos puertos teníamos
dispuestos trenes especiales para recibir el cargamento. En todos los condados, en todas las ciudades y en todos los pueblos la Guardia
Metropolitana veló durante muchas noches en espera de aquellas armas. Después hombres y mujeres trabajaron sin descanso día y noche para
ponerlas en estado conveniente de uso. Hacia fines de julio la nación contaba con armas suficientes para hacer frente al lanzamiento de
paracaidistas o de tropas aerotransportadas. Nos habíamos convertido en un auténtico “avispero”.
Por lo menos si teníamos que hundirnos luchando (cosa que yo no creía en modo alguno), muchos de nuestros hombres y algunas de nuestras
mujeres contaban con un arma. La llegada del primer envío de 500.000 fusiles tipo 300 para la Guardia Metropolitana (si bien cada arma sólo
iba acompañada de unos cincuenta cartuchos, de los cuales únicamente nos atrevimos a distribuir diez, dado que nuestras fábricas no
trabajaban aún al ritmo necesario), nos permitió transferir 300.000 fusiles del tipo 303 a las formaciones del Ejército regular, que aumentaban
rápidamente.
Mas vale cañón en mano…
Algunos técnicos quisquillosos torcieron el gesto ante los cañones del 75 con municionamiento de mil obuses por pieza. Carecíamos de
armones y no teníamos medio de procurarnos mas municiones. Sabido es que la diversidad de calibres complica las operaciones. Pero yo no
quise prestar oídos a semejantes distingos, y durante los años 1940 y 1941 aquellas novecientas piezas del 75 constituyeron un importante
refuerzo para nuestras posibilidades de defensa del territorio insular.
Se idearon las soluciones oportunas y un cierto número de soldados se ejercitó en la labor de cargar en camiones, mediante plataformas
inclinadas, aquellas piezas de artillería con objeto de darles la necesaria movilidad. Cuando se lucha por la existencia misma del país, es
preferible tener un cañón de la clase que sea a no tener cañón alguno, y el 75 francés, aun anticuado respecto a la pieza británica del 25 y al
obús de campaña alemán, seguía siendo un arma excelente.
Baterías en presencia
Habíamos seguido con ojo vigilante los progresos de instalación de las baterías pesadas alemanas a lo largo de la costa del Canal durante los
meses de agosto y septiembre. La concentración más importante de esta clase de artillería se hallaba en las cercanías de Caláis y del cabo
57
Gris-Nez, con el evidente propósito no sólo de impedir el paso de nuestros buques de guerra por el estrecho, sino también de controlar la vía
más corta para su cruce.
Lar órdenes dictadas por mí, en junio, de dotar el promontorio de Dover con cañones capaces de disparar sobre el lado opuesto del Canal
había dado fruto, aunque no en la misma escala. Me tomé un interés personal en todo aquel asunto. En aquellos angustiosos meses estivales
visité Dover diversas veces. En la ciudadela del castillo se habían abierto espaciosas galerías y salas subterráneas, y en los días de cielo
despejado se distinguían desde un amplio balcón las costas de Francia, a la sazón en poder del enemigo.
El almirante Ramsay, comandante militar de la zona, era amigo mío. Era hijo de un coronel del cuarto regimiento de Húsares, a cuyas
órdenes yo había servido en mi juventud, y muchas veces le había visto, niño aún, jugando en la plaza de armas de Aldershot. Cuando, tres
años antes de estallar la guerra, dimitió su cargo de jefe del Estado Mayor de la Flota metropolitana, en razón de ciertas diferencias surgidas
con su comandante en jefe, acudió a mí para pedirme consejo. Sostuve con él largas y jugosas conversaciones, y acompañados por el
comandante de la fortaleza de Dover, visitamos las obras de defensa, que adquirían robustez con notable celeridad.
El “avispero”
Como transcurrieran los meses de julio y agosto sin que se produjera ningún desastre, fuimos afirmándonos cada vez más en la convicción de
que podríamos sostener una lucha dura y larga. El aumento de nuestra fuerza hacíase evidente día tras días. La población entera trabajaba
hasta el límite extremo de su vigor físico. Las gentes se consideraban recompensadas cuando, a la hora de entregarse al descanso cotidiano
después de muchas horas de esfuerzo o de vigilia, experimentaba la sensación creciente de que tendríamos tiempo para todo y de que
venceríamos. Todas las playas estaban erizadas de defensas de distintas clases. El país entero estaba organizado en sectores defensivos. Las
fábricas volcaban sus armas sobre nosotros. Hacia fines de agosto teníamos ¡más de doscientos cincuenta tanques nuevos! Empezábamos a
recoger el fruto de la fe y la decisión.
Los soldados del Ejército regular británico y sus camaradas de las unidades territoriales se instruían y entrenaban de sol a sol y anhelaban que
llegase el momento de entrar en contacto con el enemigo. La Guardia Metropolitana tenía ya en sus filas más de un millón de hombres que,
cuando faltaban fusiles, empuñaban gozosos la escopeta, la carabina, la pistola o bien, cuando no había ningún arma de fuego, la pica y el
garrote. No existía quinta columna en la Gran Bretaña, aunque se localizó cuidadosamente y se detuvo a algunos espías. Los pocos
comunistas que teníamos permanecían quietos. Todos y cada uno de los demás habitantes daban a la causa común todo lo que podían dar.
Cuando Ribbentrop fue a Roma en septiembre, le dijo a Ciano: “La defensa territorial inglesa es inexistente. Bastará una sola división
alemana para provocar el hundimiento total”. Esto demuestra su ignorancia.
Visión de pesadilla
No obstante, muchas veces me he preguntado que habría ocurrido si doscientos mil hombres de las tropas de asalto alemanas hubiesen
logrado poner pié en nuestras costas. La hecatombe habría sido espantosa por ambas partes. No habría habido piedad ni cuartel. El enemigo
hubiese empleado el terror, y nosotros estábamos dispuestos absolutamente a todo. Yo tenía la intención de lanzar la consigna: “Cada cual
puede llevarse a uno por delante”. Calculaba incluso que los horrores de semejante situación inclinarían en última instancia la balanza a
nuestro favor en los Estados Unidos.
Pero ninguna de estas visiones de pesadilla se convirtió en realidad. A lo lejos, entre las aguas plomizas del mar del Norte y del Canal de la
Mancha, nuestras leales flotillas patrullaban afanosamente, intentando perforar con cien ojos las tinieblas de la noche. En lo alto vigilaban los
pilotos de los cazas, mientras otros, prestos a remontarse al primer aviso, aguardaban serenos en tierra junto a sus excelentes aparatos. Era
aquella una época en que la vida y la muerte constituían premios igualmente valiosos.
58
CAPITULO XXIII
Con la amenaza en el umbral
(Al reseñar las medidas adoptadas en junio y julio de 1940 para hacer frente a una posible invasión alemana mister Churchill recuerda que
en 1914 había declarado oficialmente que la Marina podía proteger con plena eficacia, en aquella época, a la Gran Bretaña contra
con
cualquier desembarco enemigo.)
Pero ahora teníamos que contar con la Aviación. ¿Qué modificaciones había introducido este trascendental progreso de la Humanidad en el
problema de la invasión? Evidentemente, si el enemigo lograba dominar las zonas marítimas angostas a ambos lados del estrecho de Dover
mediante una neta superioridad aérea,
rea, las pérdidas de nuestras flotillas serían muy elevadas y con el tiempo podían llegar a ser funestas.
Nadie se atrevería, excepto en una ocasión de importancia suprema, a aventurar acorazados o cruceros pesados en aguas dominadas
dominad p0or los
bombarderos alemanes.
lemanes. En realidad no estacionábamos navíos de gran potencia en las zonas situadas al sur del Forth y al este de Plymouth.
Pero desde Harwich hasta Porland, pasando por el Nore, Dover y Portsmouth, manteníamos un servicio incesante de patrullas formadas
for
por
buques ligeros de combate cuyo número iba constantemente en aumento. En septiembre eran ya más de ochocientos. El enemigo sólo
sól podía
destruir aquel conjunto de unidades valiéndose de la Aviación, y aun así parcialmente nada más.
Evidente desproporción aérea
Pero, ¿quién mandaba en el aire? En la batalla de Francia habíamos luchado con los alemanes en proporción de dos a uno y hasta
hast de tres a
uno, y le habíamos infligido bajas en proporción parecida. Sobre Dunkerque, donde tuvimos que mantener un servicio
serv
constante de patrullas
aéreas para proteger la retirada del Ejército, habíamos luchado con éxito y con muy buenos resultados en proporción de cuatro o cinco a uno.
Sobre nuestras propias aguas y nuestras costas y condados más directamente expuestos al ataque enemigo, el jefe de la Aviación, mariscal
Dowding, consideraba posible luchar con ventaja en proporción de siete u ocho contra uno.
En aquella época las disponibilidades de la
Aviación alemana, considerada en conjunto, eran, a
lo que sabíamos –y
– estábamos bien informados–, de
tres aparatos por cada uno nuestro. Aunque la
desigualdad era muy notable y resultaba peligroso
luchar en tales condiciones con el arrojado y
eficiente enemigo alemán, yo tenía la convicción de
que en nuestro espacio aéreo, sobre
sob nuestro país y
nuestras aguas, podíamos derrotar a la Aviación
germana. Y si lográbamos esto, nuestras fuerzas
navales seguirían dominando los mares y los
océanos y destruirían todas las unidades enemigas
que se interpusieran en nuestras rutas vitales.
Pero el mar también cuenta
Existía, desde luego, un tercer factor potencial.
¿Habían preparado secretamente los alemanes, con
sus famosa meticulosidad y su no menos célebre
espíritu de previsión, una vasta flota de pequeñas
unidades especiales de desembarco
desemba
que no
necesitarían bahías ni muelles, pero que pudiesen
transportar tanques, cañones y vehículos
motorizados hasta diversos puntos de las playas y fuesen susceptibles luego de abastecer a las tropas desembarcadas?
Esta idea se me había ocurrido hacía ya muchos años, en 1917, y se procedía ahora a realizar detenidos estudios sobre la misma de acuerdo
con mis instrucciones. No teníamos, sin embargo, razón alguna para creer que existiera en Alemania nada de todo aquello pero siempre es
preferible, cuando se especula con incógnitas, no excluir lo pero. Nosotros necesitamos cuatro años de intensos esfuerzos y experimentos, así
como una inmensa ayuda material de los Estados Unidos, para acumular el equipo que hizo posible el desembarco en Normandía. Muchos
M
menos
enos habrían bastado a los alemanes en aquella época. Pero sólo tenían unos cuantos transbordadores tipo “Siebel”.
Así, pues, para llevar a cabo la invasión de Inglaterra necesitaba Alemania una superioridad naval siguiera local y la supremacía
suprem
aérea,
además
ás de una flota especial de extraordinarias proporciones y un número inmenso de pequeñas unidades de desembarco. Pero éramos
nosotros quien tenía la superioridad naval. Fuimos nosotros quien conquistó la supremacía aérea. Y, finalmente creíamos –con razón, según
ahora sabemos– que los alemanes no habían construido ni concebido siquiera flota especial alguna. Estos eran los cimientos de mis ideas
acerca de la invasión en 1940, y sobre esta base fui emitiendo día tras días las instrucciones y las directrices.
La tarea esencial
A fines de junio determinadas informaciones dieron cuenta de que en el canal de la Mancha no quedaba descartado de los planes
plane enemigos.
En consecuencia, pedí inmediatamente que se abriese una investigación.
Del primer ministro al general Ismay
“27 – 6 – 40.
“Parece difícil imaginar que el enemigo pueda situar grandes contingentes de trasportes marítimos en los puertos del Canal sin
si que nosotros
lo sepamos, como tampoco es fácil creer que sistema alguno de minado pueda evitar que nuestros dragaminas abran el paso
p
necesario para
59
atacar a tales contingentes durante la travesía. Sin embargo, sería conveniente que los jefes de Estado Mayor prestasen atención a este
rumor.”
En cualquier caso, era preciso estudiar detenidamente la posibilidad de una invasión a través del Canal, a pesar de lo improbable que parecía
ser en aquella época. Yo no estaba del todo satisfecho de las disposiciones tomadas por los jefes militares. Era de absoluta necesidad que el
Ejército conociese exactamente la tarea que le estaba asignada, y de modo especial había que evitar la debilitación de nuestras energías
mediante la dispersión de las fuerzas a lo largo de las costas amenazadas, así como el agotamiento de los recursos nacionales mediante una
cobertura indebida de todas las costas.
Durante el mes de julio el Gobierno británico se preocupó ampliamente del asunto. A pesar de los incesantes vuelos de reconocimiento y de
las grandes ventajas de la fotografía aérea, no habíamos tenido confirmación aún de que existiesen grandes concentraciones de unidades de
transporte en los puertos del Báltico, del Rin o del Escalda, y estábamos seguros de que no se había producido movimiento alguno de buques
ni de lanchones automotores en dirección al Canal. No obstante, seguíamos considerando los preparativos para resistir a la invasión como
nuestra tarea principal, y tanto el Gabinete de Guerra como el Mando de la Defensa Metropolitana dedicaban a ella sus constantes esfuerzos.
El Sur, objetivo alemán
Tanto mis asesores militares como yo opinábamos que durante los meses de julio y agosto era mucho más factible un ataque contra la costa
oriental que contra la meridional. En realidad, a nuestro entender, el asalto no podía realizarse por ningún otro punto en el curso de aquellos
dos meses.
Con todo, según veremos más adelante, el proyecto alemán consistía en invadir la isla a través del canal de la Mancha valiéndose de buques
de mediano calado (de 4.000 a 5.000 toneladas) y pequeñas embarcaciones. Ahora sabemos que el enemigo nunca pensó siquiera en enviar un
ejército expedicionario procedente del Báltico y del mar del Norte a base de grandes unidades de transporte. Menos todavía proyectó una
invasión desde los puertos del golfo de Vizcaya.
Esto no significa que al elegir la costa meridional como objetivo los alemanes estuvieran en lo cierto ni que nosotros estuviésemos
equivocados. La invasión por la costa oriental era, con mucho, la más formidable de las empresas de este tipo, aun suponiendo que el
enemigo contase con los medios necesarios para intentarla.
Desde luego, no había invasión posible por la costa meridional mientras los alemanes no llevasen a través del estrecho de Dover los buques
necesarios y los concentrasen en los puertos franceses del Canal. Durante el mes de julio no hubo el menos indicio de esto.
La “araña”
De todos modos, teníamos que prepararnos contra todas las contingencias y al propio tiempo evitar la dispersión de nuestras fuerzas móviles
y acumular las reservas necesarias. Este interesante y difícil problema sólo podíamos irlo resolviendo de acuerdo con las noticias que se
recibían y los acontecimientos que se producían semana a semana.
El litoral británico, mellado por infinidad de ensenadas, tiene una extensión total de más de 3.000 kilómetros, sin incluir a Irlanda. El único
medio de defender un perímetro tan vasto, cualquiera o cualesquiera de cuyos puntos pueden ser simultánea o sucesivamente atacados, es el
de crear una serie de líneas de observación y resistencia a lo largo de la costa o de las fronteras destinadas a contener en un momento dado al
enemigo, y entretanto acumular los mayores contingentes posibles de reserva formados por tropas móviles bien entrenadas y distribuidas de
tal manera que puedan acudir a presión por parte del enemigo y contraatacar vigorosamente.
Cuando en las fases postreras de la guerra Hitler se encontró a su vez cercado y frente a un problema similar, incurrió, como veremos, en los
máximos errores imaginables al tratar de resolverlo. Había creado una tela de araña de comunicaciones, pero se olvidó de la araña. Fresco
aún en nuestra mente el ejemplo de las erróneas disposiciones que tan caras habían costado a los franceses, tuvimos buen cuidado de no
olvidar la “masa de maniobra”; y yo prediqué sin descanso la aplicación de esta política en la medida más amplia que nos permitieran
nuestros recursos.
Cálculos optimistas
Las consideraciones expuestas en mi extensa minuta del 10 de julio relativa a la posible invasión, dirigida al jefe del Estado Mayor Imperial y
a otras altas personalidades estaban de acuerdo, en líneas generales, con las ideas del Almirantazgo. Dos días más tarde el almirante Pound
me remitió un detallado y concienzudo estudio que él y su Estado Mayor habían preparado como consecuencia de aquella minuta.
Lógicamente en el informe de los técnicos navales quedaban de manifiesto sin rebozo los peligros que habíamos de correr.
Pero, en conclusión, el almirante Pound decía:
“Parece probable que llegue hasta nuestras costas un total aproximado de cien mil hombres, sin que puedan interceptarlos nuestras fuerzas
navales… pero, a nuestro juicio, es prácticamente imposible que logren mantener sus líneas de suministro, a menos que las fuerzas aéreas
alemanas hayan vencido a nuestra Aviación y a nuestra Marina… Si el enemigo emprendiera esta operación, lo haría confiado en que podría
efectuar un rápido avance sobre Londres, abasteciéndose en nuestro propio campo a medida que realizara su progresión, y obligar al
Gobierno a capitular.”
Esta apreciación me satisfizo vivamente. Como el enemigo no podía traer consigo armamento pesado de ningún género y además se
encontraría rápidamente con las líneas de suministro cortadas, ya en el mes de julio teníamos, al parecer, excelentes probabilidades de hacer
frente a cualquier intento de invasión con el ejercito que estábamos reorganizando a marchas forzadas. Remití ambos documentos a los
Estados Mayores y al Mando de la Defensa Metropolitana.
Minuta del primer ministro.
“15 – 7 – 40.
“Es necesario que los jefes de Estado Mayor y el Mando de la Defensa Metropolitana estudien estos informes con detención. El memorando
del primer lord del Mar puede servir de base para la adopción de las medidas convenientes, y aunque personalmente creo que el
Almirantazgo, llegado el momento, hará todavía más de lo que promete, y que las bajas de los invasores durante la travesía limitarán
muchísimo la violencia del ataque, los preparativos de las unidades terrestres deben ser tales que dupliquen la garantía actual de éxito por
nuestra parte. En realidad, podríamos perfectamente doblar la potencia de ataque de nuestras fuerzas de tierra, o sea, contar con doscientos
mil hombres distribuidos en la proporción que sugiere el primer lord del Mar. Nuestro Ejército metropolitano tiene ya hoy vigor suficiente
para hacer frente a un intento de invasión, y su potencia aumenta rápidamente.
60
“Me complacería mucho que nuestros proyectos para atajar la invasión por la costa fuesen revisados a la luz de estas consideraciones. Es
preciso tener en cuenta que si bien parece probable que el enemigo lance su ataque principal contra el norte de nuestro territorio, la suprema
importancia de Londres y la angostura del mar en la zona meridional hacen que el Sur sea el escenario en que deben tomarse las máximas
precauciones.”
Precisiones
A fin de llegar a conclusiones más definidas acerca de las diversas probabilidades y escalas del ataque enemigo contra nuestro extenso litoral
y con objeto de evitar una dispersión innecesaria de nuestras fuerzas, cursé otra minuta a los jefes de Estado Mayor en los primeros días de
agosto.
Después de una nueva revisión de todos los informes, el Comité de jefes de >Estado Mayor contestó a mi citada minuta con un memorando
preparado por el coronel Hollis, que actuaba como secretario de aquel organismo.
No obstante, ya cuando se estudiaban todos estos documentos y se cursaban las disposiciones derivadas de los mismos había empezado a
cambiar la situación en forma decisiva. Nuestro excelente “Inteligente Service” confirmaba que Hitler había dado órdenes concretas a
propósito de la operación “León Marino”, y que ésta se hallaba en una fase preparatoria activa. Parecía seguro que el hombre iba a intentar la
gran empresa. Además, el frente que, según nuestros servicios de información, los alemanes pensaban atacar nada tenía que ver con la costa
oriental, es decir, con el frente al que los Jefes de Estado Mayor, el Almirantazgo y yo –todos completamente de acuerdo– aún concedíamos
preferente atención; cuando más, las noticias recibidas a graves de aquellos servicios señalaban la mencionada costa oriental como frente
complementario en los planes del enemigo.
Poco después se inició una rápida transformación. Gran número de lanchones automotores y canoas automóviles empezaron a pasar en las
horas nocturnas por el estrecho de Dover, bordeando la costa francesa y concentrándose gradualmente en todos los puertos franceses del
canal de la Mancha, desde Caláis hasta Brest. Las fotografías que obteníamos diariamente mostraban con absoluta precisión el curso de estos
movimientos. No nos había sido posible colocar de nuevo los campos de minas junto a la costa francesa. Por consiguiente, empezamos al
punto a atacar a las unidades alemanas que afluían a aquellas zonas valiéndonos de nuestras pequeñas embarcaciones rápidas. Por su parte,
los aviones de bombardeo dedicaron sus actividades a los puertos de donde había de partir la invasión.
Al propio tiempo recibimos noticias concretas acerca del establecimiento de uno o varios ejércitos alemanes de invasión a lo largo de aquella
faja de costa enemiga, así como acerca de un inusitado movimiento en las líneas ferroviarias y grandes concentraciones en el Paso de Caláis y
en Normandía. Más tarde supimos que en las proximidades de Boulogne había dos divisiones alpinas destinadas evidentemente a escalar los
acantilados de Folkestone. Entretanto iban apareciendo potentes baterías de gran alcance a todo lo largo de la costa francesa del Canal
Los mazos del general Brooke
En respuesta a la nueva amenaza, empezamos a dar una mayor elasticidad a nuestros músculos y a perfeccionar los medios de transporte que
nos permitieran dirigir con facilidad nuestras reservas móviles, cada vez más numerosas, hacia el frente meridional. Al terminar la primera
semana de agosto, el general Brooke, a la sazón comandante en jefe de las Fuerzas Metropolitanas, indicó que la amenaza de invasión se
cernía sobre la costa Sur tanto como sobre la costa oriental. Nuestras unidades no cesaban de aumentar en número, eficiencia, movilidad y
elementos de combate.
De esta manera, en la segunda mitad de septiembre podíamos ya llevar al combate en el frente de la costa meridional, comprendida la zona de
Dover, hasta 16 divisiones de primera calidad, de las cuales tres eran divisiones blindadas. Todas ellas eran independientes de las unidades
locales de defensa costera y podían entrar rápidamente en acción en cualquier punto en que el enemigo intentara desembarcar y consolidad
posiciones. Esto ponía en nuestras manos un mazo, o mejor dicho, una serie de mazos, para cuyo debido manejo el general Brooke contaba
con todos los resortes necesarios; y, dicho sea en honor a la verdad, nadie mejor capacitado que él para manejarlos.
61
CAPITULO XXIV
Alemania prepara la invasión
Poco después de estallar la guerra el 3 de septiembre de 1939, el Estado Mayor de la Marina alemana –según hemos sabido por los archivos
que cayeron en nuestro poder al terminar la contienda– empezó a estudiar un plan de invasión de la Gran Bretaña. Contra lo que nosotros
creíamos, los alemanes estaban absolutamente convencidos de que el único camino posible para tal operación era el estrecho brazo de mar
que constituye el canal de la Mancha. Nunca estudiaron ninguna otra solución.
Si hubiésemos sabido esto se nos habría quitado un gran peso de encima. Una invasión a través del Canal suponía orientar la lucha hacia
nuestra costa mejor defendida, hacia el antiguo frente marítimo contra Francia, donde todos los puertos estaban fortificados y donde teníamos
establecidas nuestras principales bases de flotillas y más tarde la mayor parte de nuestros aeródromos y centro de defensa aérea para la
protección de Londres. No había otro punto de la isla en que estuviésemos en mejor condiciones para desencadenar con más rapidez y con un
caudal superior de energías una acción combinada de las tres Armas.
Tanteos previos
El almirante Raeder no quería que cogiese de improviso a la Marina alemana la orden de invadir Inglaterra. En cuanto empezó su estudio del
plan antes citado impuso una serie de condiciones previas. La primera de ellas era el control absoluto de las costas, puertos y estuarios de
Francia, Bélgica y Holanda. Por consiguiente, el proyecto dormitó durante el período de “guerra crepuscular”.
De pronto, y en forma inesperada, aquella condición básica quedó cumplida. Posiblemente con ciertos recelos, aunque con innegable
satisfacción, después de Dunkerque y de la rendición de Francia presentó el almirante su plan al Führer. El 21 de mayo de 1940, y de nuevo
el 20 de junio, habló a Hitler de este asunto, no con objeto de proponerle la invasión, sino para estar seguro de que, en caso de decidirse ésta,
tendría tiempo suficiente para prepararla minuciosamente y sin precipitación. Hitler se mostraba escéptico; decía que “se daba perfecta cuenta
de las excepcionales dificultades que entrañaba semejante empresa”. Abrigaba asimismo la esperanza de que Inglaterra pidiera la paz.
El Gran Cuartel General alemán no empezó a considerar la idea hasta la última semana de junio, y hasta el 2 de julio no se cursaron las
primeras instrucciones para preparar la invasión de la Gran Bretaña considerándola como un hecho posible. “El Führer ha decidido que,
teniendo en cuenta determinadas circunstancias –la más importante de las cuales es dominar por completo el espacio aéreo–, podría llevarse a
cabo un desembarco en Inglaterra”.
El 16 de julio cursó Hitler la siguiente orden: “Dado que Inglaterra, a pesar de su situación militar desesperada, no muestra indicios de querer
entrar en negociaciones con nosotros, he decidido preparar una operación de desembarco en sus costas y, si es necesario, ponerla en
práctica… todo lo relativo a esta operación deberá restar dispuesto para mediados de agosto”. Los preparativos estaban ya en marcha en todos
los aspectos.
La Marina no ve claro
El plan de la Marina alemana, del cual yo había recibido ya vagas noticias en el mes de junio, tenía un carácter esencialmente mecánico.
Proponía que, bajo el fuego de las baterías pesadas disparándose desde el cabo de Gris-Nez hacia Dover y con una vigorosa protección
artillera a lo largo de la costa francesa en la zona del Estrecha, se estableciera un angosto corredor a través del Canal en la Línea más costa
posible y se amurallara dicho pasillo con campos de minas situados a ambos lados y custodiados desde el exterior por los submarinos. Por allí
se procedería a transportar al Ejército hasta la costa enemiga y a abastecerlo en una serie considerable de oleadas sucesivas. Aquí terminaba
la misión de la Marina, y el problema pasaba a manos de los jefes del Ejército alemán.
El Alto Mando del Ejército había considerado desde el principio con muchos escrúpulos el proyecto de invasión de Inglaterra. No había
establecido ningún plan ni había realizado preparativo alguno con miras a esta operación; además, las tropas no habían sido entrenadas para
una tal aventura. A medida que se sucedían las semanas de triunfo prodigioso, delirante, el Ejército iba sintiéndose más y más engreído. Sabía
que no era de su incumbencia profesional la responsabilidad de efectuar la travesía con éxito; tenía la sensación clara de que, una vez
desembarcadas las tropas en número suficiente, la labor a realizar no le sería difícil. Tanto era así que ya en agosto el almirante Raeder creyó
conveniente llamar la atención de los militares sobre los peligros de la travesía, en el curso de la cual podía sucumbir todas las fuerzas del
ejército invasor. En cuanto a la responsabilidad del transporte de los efectivos recayó de modo expreso y definitivo sobre la Marina. El
Almirantazgo alemán empezó a mostrarse cada vez más pesimista.
Distingos y matices
El 21 de julio el Führer convocó a los jefes de las tres Armas. Era preciso considerar la puesta en práctica de la operación “León Marino”,
dijo, como el medio más eficaz para terminar rápidamente la guerra. Después de sus largas conversaciones con el almirante Raeder, Hitler
había empezado a comprender lo que significaba el cruce del Canal de la Mancha, con sus mareas, sus corrientes y todos los misterios del
mar. Describió la operación “León Marino” como “una empresa excepcionalmente audaz”.
“Aunque el trayecto es corto, no se trata simplemente de cruzar un río, sino de atravesar un mar cuyo dominio está en manos del enemigo.
No se trata de un “viaje de ida” como en el caso de Noruega; esta vez no cabe contar con las ventajas de la sorpresa; nos hallamos ante un
enemigo presto a defenderse y ferozmente resuelto a luchar, un enemigo que, además domina la zona marítima que hemos de utilizar. Para
las operaciones del Ejército se necesitarán cuarenta divisiones. Las mayores dificultades estribarán en el envío de refuerzos de material y de
provisiones; no podemos contar con encontrar en Inglaterra suministros de ninguna clase a nuestra disposición.”
Los requisitos esenciales previos era: supremacía aérea absoluta, utilización táctica de una potente artillería en el estrecho de Dover y
protección por medio de campos de minas.
“Aunque la época del año (añadió Hitler) es un factor importante, ya que en el mar del Norte y en el canal de la Mancha reina un tiempo muy
malo durante la segunda quincena de septiembre y las nieblas empiezan a mediados de octubre. Por lo tanto, la operación principal deberá
estar realizada por todo el día 15 de septiembre, ya que, a partir de aquella fecha, sería muy difícil la cooperación entre la “Luftwaffe” y la
artillería pesada. No obstante, como el apoyo de la Aviación es decisivo, conviene ante todo, tener en cuenta este factor para fijar
exactamente la fecha.”
Amplio frente, desembarcos en masa…
62
En el seno de los Estados Mayores alemanes surgió entonces una vehemente controversia, que en algunos momentos llegó a adquirir tonos
desabridos, acerca de la amplitud del frente y el número de puntos de ataque. El Ejército exigía una serie de desembarcos a todo
t
lo largo de la
costa meridional de Inglaterra, desde Dover hasta Lime
Lime Regis, al oeste de Pórtland. Pedía asimismo con desembarco de diversión en
Tamsgate, al norte de Dover.
Por su parte, el Estado Mayor de la Marina afirmaba que la zona más adecuada para atravesar con éxito el Canal era la comprendida
compren
entre el
North Foreland
eland (cabo Norte) y el extremo occidental de la isla de Wight.
El Estado Mayor del Ejército expuso entonces un plan que consistía en el desembarco de 100.000 hombres, seguido casi inmediatamente
inmediat
de
otra oleada de 160.000 en diversos puntos escalonados entre
entre Dover y Lyme Bay. El general Halder, jefe del Estado Mayor del Ejército,
declaró que era necesario desembarcar cuanto menos cuatro divisiones en el sector de Brighton. Exigía asimismo desembarcos en la zona
Deal-Ramsgate.
Ramsgate. Había que desplegar por lo menos
menos trece divisiones, a ser posible simultáneamente en distintos puntos situados a lo largo de
todo el frente.
A su vez la Aviación pedía buques para transportar cincuenta y dos baterías antiaéreas con la primera oleada.
El duro terreno de la realidad
El jefe
efe del Estado Mayor de la Marina, sin embargo, puso de relieve que no era posible ejecutar un movimiento tan vasto y tan rápido.
ráp
No
podía materialmente comprometerse a escoltar a una flota de desembarco a través de toda la amplitud del área mencionada. Lo única que él
había pretendido era sugerir que, dentro, de los límites de aquella zona, el Ejército eligiera el punto más favorable. La Marina
Mar no tenía fuerza
suficiente, aun contando con la supremacía aérea, para garantizar la protección de más de una travesía
travesía cada vez, y consideraba que la parte
más angosta del estrecho de Dover era la menos difícil de franquear.
El transporte en una sola operación de los 160.000 hombres de la segunda oleada y de su material correspondiente requeriría una
u flota de dos
millones
lones de toneladas. Aun cuando fuese posible satisfacer esta quimérica exigencia, tan cantidad de buques no cabría literalmente
literalmen en el área
de embarque. Tan sólo se podría llevar el primer escalón hasta la costa británica para proceder al establecimiento de reducidas cabezas de
puente, y por lo menos se necesitaría dos días para desembarcar el segundo escalón de aquellas divisiones; esto sin contar que
qu el segundo
contingente de seis divisiones que el Ejército consideraba indispensable.
Señaló, además, que el desembarco en un amplio frente supondría una diferencia de tres a cinco horas y media entre las horas de pleamar de
los distintos puntos elegidos. Por lo tanto, el dilema era claro: o aceptar las condiciones desfavorables de la marea en algunos
algu
lugares, o
renunciar a los desembarcos simultáneos. Seguramente, fue ésta una objeción muy difícil de refutar.
El plan definitivo
Todo este intercambio de notas había hecho perder un tiempo precioso. Hasta el 7 de agosto no se llevó a cabo la primera conferencia
conf
verbal
entre el general Halder y el jefe del Estado Mayor naval. En el curso de aquella reunión, Halder dijo: “Rechazo categóricamente
categóricamen las
propuestas de la Marina. Desde el punto de vista del Ejército, las considero como un verdadero suicidio. Sería tanto como
c
llevar directamente
al matadero a las tropas desembarcadas”.
El jefe del Estado Mayor naval repuso que él, por su parte, se veía obligado a rechazar igualmente el proyecto de desembarco en un amplio
frente, ya que con ello no se conseguiría más que sacrificar
sac
a las tropas en el curso de la travesía.
Finalmente, Hitler dictó una solución de compromiso que no satisfizo ni al Ejército ni a la Marina. Una orden del Mando Supremo,
Supre
cursada el
27 de agosto, disponía que “el Ejército debía tener en cuenta, para sus operaciones, el espacio disponible para los buques y la seguridad de la
travesía y del desembarco”.
Quedó desechada la idea de realizar desembarcos
en la zona Deal-Ramsgate,
Ramsgate, pero el frente
definitivo quedó fijado entre Folkestone y
Bognor. Había sido necesario, pues, esperar hasta
fines de agosto para llegar a este simple acuerdo
de principio; y, desde luego, todo dependía del
resultado victorioso de la batalla aérea que se
estaba librando desde hacía seis semanas.
El proyecto definitivo de invasión see montó sobre
la base del último frente acordado. El mando
militar fue confiado a Rundstedt, pero la escasez
de buques redujo sus efectivos a trece divisiones,
más doce de reserva. Partiendo de los puertos
comprendidos entre Rótterdam y Boulogne, el
XVI Ejército
ército desembarcaría en las proximidades
de Hythe, Rye, Hastings y Easrbourne; el IX
Ejército, desde los puertos situados en Boulogne a
El Havre, atacaría entre Brighton y Worthing.
Dover sería tomado por la parte de tierra, y, acto
seguido, ambas unidades avanzarían hasta la línea
de cobertura Canterbury-Ashford-Mayfield
MayfieldArundel.
En total debían desembarcar once divisiones en
las primeras oleadas. Con notable optimismo, el
enemigo confiaba alcanzar, una semana después del desembarco inicial, la línea Gravesend-Reigate-Guildfort
Grave
Guildfort-Petersfield-Portsmouth. El VI
Ejército quedaría en reserva con sus divisiones dispuestas a servir de refuerzo o, si las circunstancias lo permitían, a extender
exte
el frente de
ataque hasta Weymouth.
Concentración de fuerzas
La tarea inicial más pesada recaía sobre el Estado Mayor de la Marina. Alemania disponía, aproximadamente, de 1.200.000 toneladas de
buques de navegación de altura para hacer frente a todas las necesidades. El transporte de las fuerzas de invasión requería más
m de la mitad de
dicho tonelaje y comportaba muy graves perturbaciones económicas. A principios de septiembre, el Estado Mayor naval pudo anunciar
anun
que
había requisado: 168 transportes (con un total de 700.000 toneladas), 1910 gabarras, 419 remolcadores y buques auxiliares y 1.600 canoas
automóviles. Había que equipar toda esta escuadra y concentrarla en los puertos de embarque a través de las vías marítimas y fluviales.
63
Entretanto, desde los primeros días de julio nosotros estábamos realizando una serie de ataques
ataques contra los barcos surtos en Wilhelmshaven,
Kiel, Cuxhaven, Brema y Emden; y, por otra parte, efectuábamos incursiones contra las pequeñas embarcaciones y las gabarras concentradas
c
en los puertos franceses y en los canales belgas.
Cuando el 1º de septiembre
bre la flota destinada a la invasión empezó a afluir en masa hacia el Sudoeste, la R.A.F. la localizó y la atacó
violentamente a todo lo largo de la costa comprendida entre Amberes y El Havre. El Estado Mayor de la Marina alemana informó en los
siguientes términos: “Las continuas acciones ofensivas del enemigo en toda la costa, sus concentraciones de bombarderos sobre los puertos
puerto
de embarque de la operación “León Marino” y sus actividades de reconocimiento en el litoral indican que está esperando un desembarco
des
inmediato”.
No obstante, a pesar de los retrasos y los daños sufridos, la Marina alemana dio cima a la primera parte de su misión. El margen
mar
de diez por
ciento previsto para los accidentes y las perdidas estaba completamente agotado. Pero lo que subsistía
subsistía no era inferior al mínimo que el
enemigo había proyectado para la primera fase de la invasión.
Goering, protagonista
Tanto la Marina como el Ejército lanzaron entonces toda la carga encima de la Aviación alemana. La realización del famoso plan
pla del
corredor,
rredor, con sus balaustradas de campos de minas que era preciso colocar y mantener bajo el dosel de la “Luftwaffe” contra la superioridad
aplastante de las flotillas y las unidades ligeras británicas, dependía de la derrota de las fuerzas aéreas de Inglaterra,
Inglate
así como de la
supremacía absoluta alemana en el cielo del Canal y del sudeste de la Gran Bretaña, y esto no sólo en la zona de la travesía, sino en los puntos
de desembarco. En resumen, las dos Armas más antiguas le cargaron el mochuelo al mariscal del
del Reich, Hermann Goering.
A Goering, por su parte, no le disgustaba la idea de asumir esta responsabilidad, pues creía que la Aviación alemana, con su neta superioridad
numérica, lograría, tras algunas semanas de duros combates, acabar con la defensa antiaérea
antiaérea británica, destruir nuestros aeródromos de los
condados de Kent y Sussex y establecer un dominio absoluto sobre el canal de la Mancha. Pero aparte de esto tenía la seguridad
segurida de que el
bombardeo en regla de Inglaterra, y especialmente de Londres, reduciría
reduciría al pueblo británico, decadente y pacifista, a un estado tan lastimoso
que le obligaría a pedir la paz, y más todavía si veía cómo se agrandaba sin cesar en el horizonte el espectro de la invasión.
invasión
El Almirantazgo alemán no veía nada claro en todo aquello
aquello y, a decir verdad, abrigaba recelos muy profundos. Consideraba que la operación
“León Marino” sólo debía intentarse en el último extremo; en julio había recomendado que se aplazara hasta la primavera de 1941,
19
a menos
que la acción aérea sin limitaciones
es y la guerra submarina total hubiesen “inducido ya al enemigo a negociar con el Führer en las condiciones
que éste impusiera”.
Pero el mariscal Keitel y el general Joel estaban encantados de ver tan confiado al jefe supremo de la Aviación.
CAPITULO XXV
Viraje Inesperado
(Con el presente artículo termina el libro primero –titulado “La caída de Francia”– de esta segunda parte de las “Memorias”.)
La Alemania nazi vivía jornadas grandiosas. Hitler había bailado de gozo antes de imponer a Francia la humillación del armisticio de
Compiègne. (No se trata de una imagen literaria, sino de un hecho cierto, recogido por el objetivo cinematográfico: Hitler bailó,
ba
efectivamente, de alegría ante sus mariscales en el bosque de Compiègne.) El Ejército alemán desfilaba victorioso bajo el Arco de Triunfo y a
lo largo de los Campos Eliseos. ¿Había algo que Alemania no pudiese hacer? ¿Por qué vacilar en jugar una baza segura? Siguiendo
Siguien este orden
de ideas, cada una de las tres Armas encargadas de ejecutar la operación “León marino” se ocupaba de los factores de éxito garantizado
dentro de su propia esfera y dejaba a sus colegas el cuidado de resolver los puntos espinosos del problema.
Aplazamientos reiterados
A medida que pasaban los días surgían nuevas dudas y se multiplicaban las demoras. La orden dictada por Hitler el 16 de julio estipulaba que
todos los preparativos debían estar terminados para mediados de agosto. Las tres Armas llegaron a la conclusión de que esto era
e imposible. Y
a últimos
timos de julio aceptó Hitler el 15 de septiembre como primera fecha posible para el día “D”, reservando su decisión final de ataque para
cuando se conociera el resultado de la gigantesca batalla aérea en proyecto.
El 30 de agosto el Estado Mayor de la Marina
na comunicó que, debido a la
contraofensiva británica sobre
Raeder
la flota de invasión, los preparativos no podían quedar terminados para el 15 de
septiembre. A petición suya, el día “D” se aplazó hasta el 2l de septiembre, a condición
condi
de dar un aviso previo de diez días. Esto significaba que la orden preliminar debía ser
dictada el 112 de septiembre.
El 10 de septiembre el Estado Mayor de la Marina informó de nuevo acerca de las
diversas dificultades existentes, originadas por el tiempo, que seguía siendo poco
propicio, y la contraofensiva aérea británica. Señalaba en su informe que, si bien los
preparativos navales necesarios podían estar terminados efectivamente el día 21, la
condición táctica primordial de la supremacía aérea absoluta
ab
sobre el Canal de la
Mancha no era todavía un hecho. Por consiguiente, el 11 de septiembre Hitler difirió
por tres días la orden preliminar, con lo cual la primera fecha posible para el día “D”
quedó aplazada hasta el 24; el 14 la aplazó una vez más.
más
“Si la operación fracasa…”
64
El 14 de septiembre el almirante Raeder expuso los siguientes puntos de vista:
“a) La actual situación aérea no ofrece las garantías necesarias para llevar a cabo la operación, pues los riesgos son aún muy
mu grandes.
“b) Si la operación “León Marino” fracasa, ello supondrá un considerable aumento de prestigio para los ingleses, y quedará anulado el
poderoso efecto de nuestros ataques.
“c) Loa ataques aéreos cont6ra Inglaterra, particularmente sobre Londres, deben continuar sin interrupción. Si el tiempo lo permite, hay que
procurar incluso intensificarlos, dejando al margen la operación “León Marino”. Es preciso que estos ataques tengan un carácter
cará
decisivo.
“d) No hay que anular todavía, sin embargo, la operación “León Marino”,
Marino”, ya que conviene mantener vivos los temores de los ingleses; si el
mundo exterior tuviese conocimiento de que hemos abandonado la idea de realizar la operación, Inglaterra experimentaría un gran
gr alivio.”
El día 17 el aplazamiento se convirtió en indefinido
indefinido por razones tan buenas para los alemanes como para nosotros. El informe de Raeder
seguía diciendo:
“El enemigo conoce en buena parte los preparativos para un desembarco en la costa del Canal y adopta contramedidas cada vez más
m
enérgicas., los síntomass que demuestran esto son, por ejemplo, el empleo táctico de la Aviación para operaciones de bombardeo y de
reconocimiento sobre los puertos alemanes que han de servir de base para el embarque; la frecuente presencia de destructores a la altura de la
costa meridional de Inglaterra; el estacionamiento de buques de patrulla a lo largo de la costa septentrional de Francia; el último discurso de
Churchill, etc.
“Aunque la mayoría de los navíos británicos se encuentran aún en las bases de la costa occidental, las
las principales unidades de la Flota
Metropolitana se hallaban en estado de alerta para repeler el desembarco.
“Nuestros aviones de reconocimiento han localizado ya un número importante de destructores (más de 30) en los puertos del Sur y del
Sudeste.
“Todas las informaciones que poseemos indican que las fuerzas navales enemigas están concentradas en su integridad en aquel teatro de
d
operaciones.”
La gradación del rumor.
En el curso del mes de agosto se recogieron los cadáveres de unos cuarenta soldados alemanes en distintos puntos de la costa comprendida
entre la isla de Wight y Cornualles. Los alemanes habían estado realizando ejercicios de
embarque con las gabarras situadas a lo largo de la costa francesa. Algunas de estas
embarcaciones se hicieron a laa mar para substraerse al bombardeo británico y fueron
hundidas, unas por la acción aérea y otras por efecto del temporal.
Esto dio origen a que se propagara el rumor de que los alemanes
a
habían hecho una tentativa
de invasión y habían perecido muchísimos de sus soldados, ahogados unos y abrasados
otros por el petróleo ardiendo esparcido en determinados lugares del mar. No hicimos
absolutamente nada para desmentir tales fábulas, que corrieron rápidamente de boca en
boca y en términos ferozmente exagerados en los países ocupados por el enemigo y
provocaron gran alborozo entra las poblaciones oprimidas. En Bruselas, por ejemplo, una
tienda exhibió en el escaparate trajes de baño masculinos
mascul
con una etiqueta que decía: “Para
nadar en el canal de la Mancha”.
Nubes de tormenta
El 7 de septiembre recibimos noticias de que las gabarras y otros buques menores habían
empezado a navegar hacia el Sudoeste para alcanzar sus bases entre Ostende y el Havre.
Pero como estos puertos de concentración estaban sometidos a violentos ataques aéreos
británicos, era de suponer que las unidades navales no entrarían en ellos hasta poco antes de
empezar el gran intento.
Las unidades ofensivas de la Aviación alemana
al
entre Ámsterdam y Brest habían sido
reforzadas con el envío de 160 bombarderos procedentes de Noruega; al propio tiempo se observó la presencia de escuadrillas de bombardeo
en picado de escasa autonomía en los aeródromos avanzados de la zona del Paso
Pas de Caláis.
Cuatro alemanes hechos prisioneros pocos días después de alcanzar en un bote de remos la costa sudoccidental, confesaron que eran espías y
declararon que habían recibido orden de estar dispuestos en todo momento, durante la quincena siguiente, a comunicar los movimientos de
las formaciones británicas de reserva en la zona Ipswich-Londres-Reading-Oxford.
Ipswich
Oxford. Dado que entre el 8 y el 10 de septiembre la luna y la
marea serían favorables para la invasión en la costa sudoriental, nuestros jefes de Estado
Estado Mayor dedujeron que el ataque había cobrado un
carácter inminente y que, por lo tanto, era preciso que las unidades de defensa se encontraran a punto para entrar en acción a la primera señal.
Alarma sin fundamento
En aquella época, empero, el Gran Cuartel
Cuartel General de las Fuerzas Metropolitanas no disponía de ningún mecanismo mediante el cual se
pudiera pasar gradualmente del estado en que entonces regía de “alerta con ocho horas de antelación” al estado de “alerta para
par la acción
inmediata”. Por lo tanto,, el 7 de septiembre, a las ocho de la noche, el Mando de aquellas fuerzas transmitió a las Comandancias oriental y
meridional la palabra-clave
clave “Cromwell”, que significaba “invasión inminente” y que afectaba a las divisiones costeras avanzadas. Se
transmitió
ió asimismo a todas las unidades del sector londinense y a los Cuerpos de Ejército cuarto y séptimo de la reserva general, y se cursó
luego, simplemente a título de información, a todas las demás Comandancias del Reina unido.
Ante esto, en algunas partes del
el país los jefes locales de la Guardia Metropolitana, por propia iniciativa, hicieron repicar las campanas de los
templos para convocar a sus fuerzas. Esto dio origen a rumores de que el enemigo había lanzado paracaidistas sobre la isla y también que se
acercaba
cercaba a la costa un cierto número de lanchas cañoneras alemanas.
Ni yo ni los jefes de Estado Mayor sabíamos que se hubiese utilizado la decisiva palabra-clave
palabra clave “Cromwell”. Así, pues, a la mañana siguiente
se dictaron las instrucciones necesarias para la creación de estaciones intermedias que permitieran en lo sucesivo reforzar la vigilancia y no
proclamar la inminencia de una invasión hasta que llegase el verdadero momento. Ni siquiera el recibo de la señal “Cromwell se
s debía
convocar a la Guardia Metropolitana,
litana, excepto para encargarle tareas especiales; y las campanas de las iglesias sólo se podrían hacer sonar por
orden de un miembro de dicha Guardia que hubiese visto personalmente aterrizar a veinticinco paracaidistas por lo menos, y no en modo
alguno porque
orque se hubiera oído el repique de otras campanas o por cualquier otra razón.
65
Fácil es imaginar que este incidente causó gran sensación y dio mucho que hablar, pero no se aludió a él en los periódicos ni en el
Parlamento. De todos modos, actuó vcom0o un verdadero tónico sobre el ánimo de todos los interesados y fue para ellos una especia de
ensayo general.
Una trinidad mal avenida
Al seguir paso a paso los preparativos alemanes de invasión, hemos visto como el tono victorioso inicial fue transformándose poco a poco en
un sentimiento de incertidumbre para convertirse finalmente en una ausencia absoluta de confianza en el éxito de la empresa. En realidad, la
confianza se había desvanecido ya en 1940 y a pesar de que en 1941 resurgió el proyecto, ya no volvió a alcanzar en la imaginación de los
dirigentes enemigos la amplitud y la fuerza que había tenido en los días gloriosos que siguieron a la caída de Francia.
Durante los meses decisivos de julio y agosto vemos cómo el jefe supremo de la Marina, almirante Raeder, se esfuerza en explicar a sus
colegas del Ejército y la Aviación las graves dificultades que entraña la guerra anfibia en gran escala. Comprende su propia debilidad y se da
cuenta del poco tiempo de que dispone para realizar los preparativos adecuados, y procura imponer ciertos límites a los grandiosos planes
presentados por Halder, que prevén el desembarco simultáneo de una cantidad inmensa de fuerzas en un amplio frente.
Entretanto, Goering, enajenado por ambiciones cada vez más altas, está resuelto a obtener una victoria espectacular con sólo su aviación, y se
muestra poco dispuesto a contribuir al éxito de un plan combinado en el que se le asigna el papel más modesto de reducir sistemáticamente y
anular a las fuerzas navales y aéreas enemigas en la zona de invasión.
Al revisar los archivos se llega a la conclusión clara de que, el Alto Mando alemán estaba muy lejos de constituir un equipo homogéneo que
obrase de acuerdo para alcanzar un objetivo común y en el que cada uno apreciase debidamente las posibilidades y las limitaciones de l.,os
demás. Allí cada cual quería aparecer como la estrella más brillante del firmamento. Las divergencias se pusieron de manifiesto desde el
principio y mientras Halder pudo cargar la responsabilidad sobre los hombros de Raeder, apenas si hizo nada por llevar sus propios planes al
terreno de las realizaciones prácticas. Fue necesaria la intervención frecuente del Führer; pero, según parece, consiguió muy poco en orden a
mejorar las relaciones entre los distintos grupos de las fuerzas armadas.
La diferencia esencial
En Alemania el prestigio del Ejército era superior a todo y los jefes militares trataban a sus colegas de la Marina con un cierto aire de
condescendencia. Es imposible no llegar a la conclusión de que el Ejército alemán le repugnaba la idea de ponerse en manos del Arma
hermana en una operación de gran estilo. Al ser interrogado, después de la guerra, acerca de los planes de invasión, el general Joel respondió
con viveza: “Nuestras disposiciones eran muy parecidas a las de Julio Cesar”. Habla aquí el auténtico soldado alemán que enjuicia las
cuestiones navales sin conocer apenas los problemas que entraña el desembarco y despliegue de importantes fuerzas militares en una costa
defendida y expuesta a todos los azares del mar.
En la Gran Bretaña, a pesar de nuestras deficiencias en otros aspectos, teníamos ideas muy concretas sobre las cosas del mar. Lo llevábamos
en la sangre desde hace siglos, y sus tradiciones inspiran y conmueves no sólo a nuestros marineros, sino a la raza entera. Esta circunstancia
más que ninguna otra nos permitía afrontar la amenaza de invasión con ánimo firme. El sistema de control de operaciones por parte de los
tres jefes de Estado Mayor, unidos a través de un ministro de Defensa, originó un modelo de trabajo conjunto, comprensión mutua y decidida
cooperación nunca conocido hasta entonces.
Cuando, al cabo de los años nos llegó la hora de acometer grandes invasiones por el mar lo hicimos sobre la sólida base de un
perfeccionamiento gradual en las tareas y con un conocimiento absoluto de las necesidades técnicas de tan vasta y arriesgadas empresas. Si en
1940 los alemanes hubiesen tenido fuerzas anfibias bien entrenadas y equipadas con todos los elementos modernos de este tipo de guerra, su
tarea habría seguido siendo harto aventurada ante nuestro, poderío aéreo y naval. En realidad no tenían ni elementos ni preparación.
La decisión, el aire
Ya hemos visto cómo nuestras incesantes cavilaciones y nuestras saludables dudas acrecieron de modo progresivo la confianza con que desde
el principio consideramos el proyecto enemigo de invasión.
Por otra parte, cuantas más vueltas daban el Führer y el Alto Mando alemán a la aventura, menos claro veían en ella. Naturalmente, ni ellos ni
nosotros podíamos conocer el estado de ánimo y los cálculos del adversario; pero a medida que pasaban las semanas desde mediados de julio
hasta mediados de septiembre, la ignorada coincidencia de puntos de vista que sobre el problema existía entre los Almirantazgos alemán y
británico, entre el Mando Supremo alemán y los jefes británicos de Estado Mayor, y también entre el Führer y el autor del presente libro, se
iba acentuando cada vez mas. Si antes hubiésemos podido ponernos igualmente de acuerdo sobre otros asuntos, la guerra habría sido
innecesaria.
Desde luego, ambos pensábamos lo mismo acerca de un punto concreto; todo dependía de la batalla aérea. Lo que faltaba saber era quién la
ganaría. Los alemanes se preguntaban, si la moral del pueblo británico resistiría los bombardeos, cuyos efectos se exageraban mucho en
aquella época, o si se desmoronaría, obligando con ello al Gobierno de Su Majestad a capitular. Sobre esta última eventualidad cimentaba el
mariscal Goering grandes esperanzas; en cuanto a nosotros, no abrigábamos ningún temor.
66
CAPITULO XXVI
LIBRO SEGUNDO
- SOLOS -
La batalla de Inglaterra
Durante el mes de junio en los primeros días de julio de 1940 la Aviación alemana reagrupó sus formaciones dispersas y se instaló en todos
los aeródromos franceses y belgas desde los cuales había de partir la ofensiva contra la Gran Bretaña. Al propio tiempo, mediante vuelos de
reconocimiento e incursiones de tanteo, trató de apreciar la naturaleza y el grado de la resistencia que encontraría.
Tres fases concretas
La primera embestida de importancia no empezó hasta el 10 de julio, fecha que suele considerarse colmo hito inicial de la batalla. Hay otras
dos fechas de suprema trascendencia; el 15 de agosto y el 15 de septiembre.
La ofensiva alemana tuvo asimismo tres fases sucesivas, aunque en cierto modo superpuestas. La primera, que se desarrolló entre el 10 de
julio y el 18 de agosto, consistió en la agresión contra los convoyes británicos en el canal de la Mancha y el martilleo de nuestros puertos
meridionales desde Dover hasta Plymouth. El enemigo pretendía con esto someter a prueba a nuestra aviación, es decir, obligarla a presentar
combate y diezmarla, y simultáneamente infligir daños a los pueblos y ciudades del litoral señalados como objetivos de la inminente invasión.
En la segunda fase del 24 de agosto al 27 de septiembre, la idea era dejar expedito el camino de Londres mediante la eliminación de la R.A.F.
y sus instalaciones para proceder luego al violento o incesante bombardeo de la capital, así como desarticular las comunicaciones con las
costas amenazadas. Pero, a juicio de Goering, había buenas razones para creer que esta táctica daría un fruto más apetecible aún; nada menos
que provocar una horrible confusión en la ciudad mayor del mundo y paralizar sus actividades, amilanar al Gobierno y a la población, y
constreñirlos, por lo tanto, a aceptar los dictados de la voluntad alemana. Los Estados Mayores de la Marina y del Ejército germanos
deseaban sinceramente que Goering tuviese razón. Pero al evolucionar la situación vieron que la R.A.F. no quedaba eliminada. Y entretanto,
en espera de la destrucción de Londres, fueron descuidando las urgentes medidas necesarias para emprender la aventura denominada “León
Marino”.
Cuando la decepción del enemigo fue completa, cuando quedó aplazada indefinidamente la invasión por no haberse cumplido el requisito
esencial –la supremacía aérea–, se inició la tercera y última fase. Habíase esfumado la ilusión de una victoria aérea diurna; la R.A.F., seguía
mostrando una actividad enojosa, en vista de lo cual, en el mes de octubre Goering se resignó a bombardear Londres y los centros de
producción industrial sin discriminación de ningún género.
Una estrategia fallida
En cuando a la calidad, las dos aviaciones de caza tenían poco que envidiarse mutuamente. Los aparatos alemanes eran más veloces y se
elevaban con más rapidez; los nuestros eran más ágiles para la maniobra y estaban mejor armados. Perfectamente conscientes de su
superioridad numérica, los pilotos germanos no olvidaban además que eran los orgullosos vencedores de Polonia, Noruega, Holanda, Bélgica
y Francia. Los nuestros tenían una confianza soberana en sus propias dotes individuales y estaban animados por aquel espíritu resuelto de que
la raza británica hace gala en grado sumo cuando se halla hundida en la adversidad.
Losa alemanes gozaban de una ventaja estratégica importante y la explotaban hábilmente; sus fuerzas estaban situadas en numerosas y muy
diseminadas bases, desde las cuales podían concentrar grandes masas de aviones sobre Inglaterra y lanzar fintas y recurrir a otras tretas para
desorientarnos respecto a sus verdaderos objetivos.
Pero a buen seguro el enemigo, fiando en su experiencia de las campañas de Francia y Bélgica, no habían tenido en cuenta las dificultades de
la lucha en el cielo del Canal de la Mancha y en el de nuestro territorio. Una prueba evidente de que muy luego advirtió tales dificultades está
en los esfuerzos que hizo para organizar un servicio eficaz de salvamento en el mar. Durante los meses de julio y agosto, cada vez que se
entablaba un combate aéreo sobre el Canal, aparecían unos cuantos aviones de transporte alemanes con las insignias de la Cruz Roja pintadas
en el fuselaje. Nosotros no aceptamos este sistema de rescatar a los pilotos enemigos derribados en acción para que después pudiesen volver a
bombardear a nuestra población civil. Los rescatábamos nosotros mismos cuando era posible y los tratábamos como a prisioneros de guerra.
Pedro nuestros cazas, cumpliendo órdenes aprobadas por el Gabinete, obligaban a aterrizar o derribaban a todas las ambulancias aéreas
alemanas. Muy pronto renunció el enemigo a aquel experimento, y las operaciones de salvamento naval por cuenta de ambos bandos
beligerantes corrieron desde luego a cargo de nuestras pequeñas unidades, contra las cuales como es de suponer, los alemanes hacían fuego
invariablemente en todas las ocasiones.
Hacia la guerra aérea total
67
En agosto la “Luftwaffe” contaba con 2.669 aviones militares distribuidos en la siguiente forma: 1.015 bombarderos, 346 bombarderos en
picado, 933 cazas y 375 cazas pesados. La orden número 17 del Führer autorizó la intensificación de la guerra aérea contra Inglaterra a partir
del 5 de
agosto.
Goering
nunca
había
prestado
excesiva
atención a
la
operación
“León
Marino”;
sus
máximas
ilusiones
estaban
cifradas
en la
guerra
aérea
“total”. La
consiguiente tergiversación por su parte de los acuerdos generales adoptados no podía menos que inquietar al Estado Mayor de la Marina.
Para éste la destrucción de las Reales Fuerzas Aéreas y de nuestra industria aeronáutica era simplemente el medio para alcanzar un fin
concreto; una vez obtenido este resultado, la acción aérea debía volverse contra los buques de guerra y los mercantes enemigos. La Marina
alemana deploraba que Goering concediese una importancia secundaria a los objetivos navales, y, como es natural, todas aquellas dilaciones
constituían para ella otros tantos motivos de enojo y de fastidio. El 6 de agosto informó al Mando Supremo que no era posible realizar las
operaciones preliminares de siembra de minas en la zona del Canal a causa de la constante amenaza británica desde el aire.
Los incesantes y duros ataques aéreos de los meses de julio y agosto habían sido lanzados contra el condado de Kent y la costa del Canal de
la Mancha, Goering y sus consejeros técnicos creyeron que habían atraído a casi todas nuestras escuadrillas de caza hacia aquella batalla del
sur de Inglaterra. Decidieron, por lo tanto, efectuar una incursión diurna sobre las ciudades industriales situadas al norte de Wash, en el
condado de Cork. La distancia era excesiva para sus mejores cazas, los “M.E. 109”. Debían permitir, pues, que sus bombarderos llevasen tan
sólo escoltas de “M.E. 110”, cazas que, si bien poseían la autonomía de vuelo necesaria, estaban muy lejos de ser aparatos de gran calidad,
que era entonces lo esencial. No obstante, la aventura estaba plenamente justificada y merecía la pena correr el riesgo.
Jornada decisiva
Así, pues, el 15 de agosto un centenar de bombarderos, escoltados por cuarenta cazas tipo “M.E. 110”, se dirigieron hacia la cuenca del Tyne.
Simultáneamente más de 800 aparatos realizaron una incursión con objeto de retener a nuestros aviones en el Sur, en donde Goering creía que
los teníamos concentrados todos. Fue entonces cuando se puso de manifiesto en forma impresionante el acierto de Dowding al distribuir la
aviación de caza. Nuestro mariscal había previsto el peligro. En momento oportuno retiró de la intensa lucha que se desarrollaba en el sector
meridional siete escuadrillas de “Hurricanes” y de “Spitfires” para que descansaran y al propio tiempo sirviesen para proteger el Norte. A
pesar de la durísima prueba a que habían sido sometidas, abandonaron el escenario de la gran batalla con hasta pesadumbre. Los pilotos
hicieron constare respetuosamente que no experimentaban la menor fatiga. Y de súbito se presentó una magnifica ocasión de demostrarlo.
Aquellas escuadrillas acudieron a recibir con todos los honores a los atacantes en el preciso momento en que éstos volaban encima de la
costa.
Treinta aviones alemanes fueron derribados, la mayoría de ellos bombarderos pesados (tipo “Heinkel 111”, con cuatro individuos
especializados en cada tripulación, en tanto que las pérdidas británicas sólo consistieron en dos pilotos heridos. Es digna de grandes elogios la
sagacidad de que dio pruebas el mariscal Dowding desde su puesto de mando de la aviación de caza; pero más notable es aún la rígida pero
exacta dosificación de los prodigiosos esfuerzos a realizar, gracias a la cual fue posible mantener en el Norte un contingente de cazas en
reserva durante todas aquellas interminables semanas de conflicto mortal en el Sur. Fuerza es considerar la maestría desplegada en aquella
ocasión como un rasgo genial en el arte de la guerra. A partir de entonces los alemanes no volvieron a intentar una incursión diurna fuera del
radio de acción de sus cazas de escolta de primera clase. En lo sucesivo todos los objetivos situados al norte del Wash se vieron libres de
ataques durante el día.
El 15 de agosto se libró la batalla aérea más grande de aquel período de la guerra., en un frente de 800, kilómetros se registraron cinco
combates de vastas proporciones. Fue realmente una jornada crucial. En el Sur entró en acción la totalidad de nuestras veintidós escuadrillas,
muchas de ellas dos veces, algunas hasta tres y las pérdidas enemigas, junto con las que sufrió en el Norte, ascendieron a 76 aparatos.
Nosotros perdimos 34. Fue un desastre indiscutible para la Aviación alemana.
Sin duda alguna los jefes de la “Luftwaffe” apreciaron con ánimo sombrío las consecuencias de aquella derrota, que nada bueno presagiaba
para el futuro. Era preciso todavía atacar y neutralizar los aeródromos de Kent, Sussex y Middlesex, mientras las fuerzas aéreas germanas
trataban de abrirse paso hatos el estuario del Támesis para bombardear el puerto de Londres, con sus hileras inmensas de muelles y sus
ingentes masas de buques, así como la ciudad más grande del mundo, objetivos que ciertamente podían ser alcanzados sin necesidad de afinar
mucho la puntería.
68
Dos gladiadores
Durante aquellas semanas de intensa lucha y de permanente ansiedad, lord Beaverbrook rindió al país servicios muy señalados. Era preciso, a
toda costa, llenar con aparatos eficientes los vacíos que se producían en las escuadrillas de caza. No había tiempo para andarse con
formulismos y circunloquios. Todas las admirables cualidades de aquel hombre se adaptaban maravillosamente a las circunstancias. Su
campechanía y su vigor personal actuaban sobre los demás a modo de tónico. Yo sentía a veces una gran satisfacción al poder apoyarme en
él. No vacilaba nunca. Aquella fue su hora radiante. Su ímpetu y su capacidad, unidos al espíritu de persuasión y a la inventiva que le
caracterizaban, eliminaron infinidad de obstáculos. Todo lo que entraba en la tubería de la producción era impulsado con rumbo a la batalla.
Las escuadrillas veían con deleite afluir hacia ellas, en proporciones desconocidas hasta entonces, aviones nuevos o reconstruidos. Todos los
servicios de mantenimiento y reparación funcionaban a un ritmo portentoso. Hasta tan punto aprecié la valía de Beaverbrook, que el 2 de
agosto le invité, con la aprobación del Rey, a entrar a formar parte del Gabinete de Guerra.
Otro miembro del Gobierno con el que me entendí muy bien en aquella época fue Ernest Bevin, ministro del Trabajo y del Servicio Nacional,
encargado de dirigir y estimular toda la mano de obra del país. Todos los trabajadores de las fábricas de material de guerra estaban siempre
dispuestos a obedecer sus órdenes. En septiembre entró él también en el Gabinete de Guerra. Los miembros de los Sindicatos ofrecieron en
holocausto sus principios y sus privilegios –tan lentamente elaborados y tan celosamente guardados unos y otros– sobre el altar en que la
riqueza, los honores, las regalías y la propiedad se habían sacrificado ya.
Una perfecta armonía presidió mis relaciones con Beaverbrook y Bevin en el curso de las semanas de tensión al rojo blanco. Después
empezaron a surgir entre ellos diferencias que, al agudizarse, ocasionaron lamentables desacuerdos. Pero en aquellas horas trágicas estábamos
todos unidos. No encontraría palabras con que encomiar la lealtad de mister Chamberlain o la resolución y la eficiencia de todos mis colegas
del gabinete. Permítaseme rendirle homenaje desde estas páginas.
Raeder sigue frunciendo el ceño
Hubo en septiembre unos días de buen tiempo, que la “Luftwaffe” aprovechó con la esperanza de obtener resultados decisivos. Lanzó
violentos ataques contra nuestras bases aéreas de los alrededores de Londres. El día 6, por la noche, 68 aparatos bombardearon la propia
capital. El 7 unos 300 aviones la hicieron objeto del primer ataque en gran escala. Aquel mismo día y en las jornadas sucesivas durante las
cuales doblamos el número de nuestros cañones aéreos, se desarrollaron sobre Londres durísimos y continuos combates aéreos. La
“Luftwaffe”, por su parte, creyendo que nuestras pérdidas eran muy superiores a las que sufríamos en realidad, no cejaba en sus esfuerzos y
mantenía viva la confianza.
Pero ahora sabemos que el Estado Mayor naval alemán, preocupándose seriamente de sus intereses y responsabilidades, escribía en su
“Diario”, con fecha 10 de septiembre, lo siguiente.
“…No hemos visto cumplidos aún los requisitos tácticos que el Estado Mayor de la Marina expuso al Mando Supremo como esenciales para
llevar a término la empresa, a saber: la supremacía aérea incontestable en la zona del Canal y la eliminación de la actividad aérea enemiga en
las zonas de concentración de las fuerzas navales y de los transportes auxiliares alemanes… Para ajustarse al programa de los preparativos de
la operación “León Marino” sería necesario que la “Luftwaffe” dedicase menos atención a Londres y se aplicase con más ahínco a atacar
Portsmounht y Dover, así como los puertos navales situados en la zona de operaciones y en sus proximidades.
Sombría conclusión
Como por aquél tiempo Goering había convencido a Hitler de que la gran ofensiva aérea contra Londres sería decisiva, el Estado Mayor de la
Marina no se atrevía a recurrir al Mando Supremo; pero no por ello decrecía su inquietud, y el 12 de septiembre llegó a esta sombría
conclusión:
“La guerra en el aire se lleva a cabo con carácter de guerra aérea total, sin tener en cuenta para nada las necesidades urgentes de la guerra
naval y fuera del marco de la operación “León Marino”. En su forma actual, la guerra aérea no puede prestar ninguna ayuda a los preparativos
para la citada operación, que en su mayor parte son de incumbencia de la Marina. No se observa, especialmente, esfuerzo alguno por parte de
la “Luftwaffe” para entablar combate con las unidades de la Flota británica, que gozan ahora de libertad casi total para realizar en el Canal
determinadas maniobras que habrán de resultar sumamente peligrosas para el transporte de nuestras tropas. En tales condiciones, llegado el
momento, nuestro medio básico de protección contra las fuerzas navales británicas habría de consistir en los campos de minas, elemento éste
que, según hemos expuesto repetidas veces al Mando Supremo, no puede constituir una garantía suficiente para los buques de transporte.
“El hecho cierto es que hasta ahora la intensificación de la guerra aérea no ha contribuido a hacer posible la operación de desembarco. De ahí
que, por razones de orden táctico y estratégico, no podamos considerar aún como próxima la realización del proyecto.”
CAPITULO XXVII
Una fecha histórica
Los combates aéreos librados entre el 24 de agosto y el 6 de septiembre de 1940 tuvieron malas consecuencias para nuestra
aviación de caza. Durante aquellas jornadas cruciales los alemanes lanzaron sin interrupción grandes formaciones contra los aeródromos del
Sur y del Sudeste de Inglaterra. El fin que perseguían era eliminar a los cazas diurnos que defendían la capital, para poder atacarla cuanto
antes.
Mucho más importante que la protección de Londres contra los ataques de terror era para nosotros mantener la actividad y la coordinación de
aquellos aeródromos y de las escuadrillas a las que servían de base. En la contienda a vida o muerte que se desarrollaba entre ambas
aviaciones, aquella fase tenía un carácter decisivo. Nosotros no habíamos considerado nunca la lucha desde el punto de vista de la defensa de
Londres o de cualquier otra ciudad; lo único que importaba era saber quién vencería en el aire.
Reinaba gran inquietud en el Cuartel General de la aviación de caza situado en Stanmore, y especialmente en el puesto de mando del 11º
Grupo de Caza instalado en Uxbridge. Cinco aeródromos avanzados de dicho grupo y seis bases de sector habían sufrido graves daños.
Manston y Lympne, en la costa de Kent, habían quedado, en diversas ocasiones y durante varios días cada vez, inutilizados para las
operaciones de los aparatos de caza. La base de sector de Biggin Hill, situada al sur de Londres, quedó maltrecha de tal modo que por espacio
de una semana solamente pudo actuar desde ella una escuadrilla.
69
Si el enemigo hubiese insistido en sus violentos ataques contra los
los sectores adyacentes y hubiese destruido sus puestos de mando o sus líneas
telefónicas, toda la compleja organización de la aviación de caza se habría venido abajo. Esto hubiera comportado no sólo muy duras pruebas
para Londres, sino la pérdida del controll absoluto de nuestro espacio aéreo en la zona decisiva.
El espejismo de Londres
Yo visité diversas de aquellas bases, particularmente Manston (28 de agosto) y Biggin Hill. Su eficiencia iba reduciéndose en forma
aterradora, pues las pistas de despegue y aterrizaje estaban ya casi inservibles a causa de los embudos de las bombas.
Nada tiene de extraño, por lo tanto, que el Mando de la aviación de caza experimentase una gran sensación de alivio al darse cuenta, el 7 de
septiembre, de que la ofensiva alemana
alemana se desplazaba hacia Londres, de lo cual deduje que el enemigo había modificado sus planes.
Evidentemente, Goering tenía que haber preserverado en sus ataques contra los aeródromos, de cuya organización y coordinación dependía
en aquellos momentos todo el poder combativo de nuestras fuerzas aéreas. Al apartarse de los principios bélicos clásicos, así como de las
reglas de humanidad vigentes hasta entonces, Goering se equivocó por completo; peor aún, cometió una necedad.
En el período antes mencionado (24 dee agosto – 6 de septiembre) la aviación de caza sufrió en conjunto una grave sangría. Véase el resumen
de bajas de aquella quincena: 103 pilotos muertos y 128 mal heridos; además resultaron destruidos o gravemente averiados 466 “Spitfires” y
“Hurricanes”. Nuestro cuerpo de pilotos, compuesto de un millar de hombres aproximadamente, perdió casi una cuarta parte de sus efectivos.
Para llenar este terrible hueco hubimos de retirar de las unidades de instrucción a 260 jóvenes pilotos, valientes pero inexpertos
inexp
todos ellos y
que en muchos casos no habían terminado todavía sus cursos de prácticas.
Los ataques nocturnos contra Londres, que duraron diez días a partir del 7 de septiembre, ocasionaron daños en los muelles y en los centros
ferroviarios de la capital, y mataron e hirieron a muchos ciudadanos; pero constituyeron realmente para nosotros un respiro que
necesitábamos a toda costa.
Con objeto de ver con mis propios ojos lo ocurrido, durante aquel período tomé las disposiciones necesarias para pasar dos tardes
ta
cada
semana en los sectores más castigados de Kent o de Sussex. Para ello utilizaba mi tren especial, en el que disponía de cama, cuarto de baño,
oficina, un teléfono conectable con el exterior y personal competente. De este modo podía trabajar sin interrupción,
interr
excepto en las horas que
dedicaba al descanso reparador de energías, y con casi todas las facilidades que tenia en Downing Street.
En domingo, como Waterloo
El 15 de septiembre debe considerarse como la fecha culminante. Aquel día la “Luftwaffe”, después de realizar la víspera dos violentos
ataques, llevó a cabo el más intenso de sus esfuerzos concentrados en forma de un bombardeo diurno sobre Londres. Fue aquélla una de las
batallas decisivas de la guerra y, como la de Waterloo, tuvo lugar en domingo.
dom
Yo estaba en Chequers. Había visitado ya en diversas ocasiones el Cuartel General del 11º Grupo de Caza para ver la forma en que se dirigía
una batalla aérea, pero nunca había pasado nado digno de especial mención. No obstante, como me pareció que aquel
aq
día el tiempo era
favorable al enemigo, me trasladé en automóvil a Uxbridge, y me dirigí al Cuartel General de dicho Grupo.
El 11º Grupo abarcaba no menos de veinticinco escuadrillas que cubrían la zona de Essex, Kent, Sussex y Hampshire, así como todas
t
las vías
de acceso a Londres a través de estos condados. El
vicemariscal de aviación Park estaba desde hacía seis
meses al frente de aquellas unidades, de las que dependía
en gran manera nuestra suerte. Desde el principio de las
operaciones de Dunkerque,
Dunkerque todas las acciones diurnas en
el sur de Inglaterra habían sido dirigidas por él; además,
bajo su mando, todas las disposiciones y todos los
servicios habían alcanzado un altísimo grado de
perfección.
Nos condujeron a mi esposa y a mí al Departamento de
Operaciones,
peraciones, instalado a quince metros bajo tierra, a
prueba de bombas. Toda la bravura y todo el poderío de
los “Hurricanes” y los “Spitfires” habrían sido inútiles
sin aquel sistema subterráneo de centros de control y de
cables telefónicos, ideado y construido
const
antes de la guerra
por el Ministerio del Aire bajo la inteligente dirección
del mariscal Dowding. Todos los que intervinieron en
ello son acreedores
dores a nuestra eterna gratitud.
Los hombres del subsuelo
El Departamento de Operaciones del Grupo era algo así
como un teatrito de dos pisos y de unos veinte metros de
ancho. Tomamos asiento en las butacas del anfiteatro.
a
Debajo de nosotros se extendía una mesa inmensa
cubierta de mapas a gran escala y en torno a la cual
estaban reunidos alrededor de veinte
veint jóvenes y
muchachas bien entrenados, con sus ayudantes y
telefonistas. Enfrente, cubriendo toda la pared, en el
lugar que ocuparía el telón de la escena, había una
gigantesca pizarra dividida en seis columnas cubiertas
cubierta de
bombillas eléctricas; estas columnas correspondían a los
seis puestos de mando de cazas, cada una de cuyas
escuadrillas tenía su propia subdivisión; unas líneas
horizontales dividían igualmente la pizarra. Cuando
estaba encendida, la hilera inferior de bombillas señalaba
las escuadrillas en situación de “dispuesta”, es decir, a
punto para despegar a los dos minutos de recibir el aviso;
la hilera siguiente se refería a las escuadrillas
“preparadas” (cinco minutos); venían luego las escuadrillas “disponibles” (quince minutos); a continuación,
continuació las que habían despegado; la
hilera siguiente señalaba las que habían comunicado que tenían el enemigo a la vista; la siguiente – con bombillas rojas – correspondía a las
formaciones que habían entrado en acción; y la hilera del extremo superior, a las que ya volvían a sus bases.
70
A la izquierda, dentro de una especie de palco proscenio de cristal, se hallaban los cuatro o cinco oficiales cuya misión consistía en estudiar la
información recibida de nuestro Cuerpo de Observadores, que en aquella época se componía de más de 50.000 hombres, mujeres y jóvenes.
El “radar” estaba aún en la infancia, pero señalaba las formaciones que se acercaban a nuestras costas. Los observadores, provistos de
prismáticos y de teléfonos portátiles, constituían nuestra fuente principal de información acerca de los aviones enemigos que volaban ya
encima de nuestro territorio.
A la derecha, había otro palco proscenio de cristal en el que estaban encerrados unos oficiales del Ejército de Tierra que daban cuenta de la
acción de nuestras baterías antiaéreas, doscientas de las cuales se hallaban entonces al servicio de la aviación de caza. Por la noche era de
importancia vital suspender el tiro de estas baterías contra determinados sectores en los que nuestros cazas iban a entrar en combate con el
enemigo.
Fantasmagórica visión del duelo aéreo
“No sé –me decía Park mientras bajábamos— si ocurrirá hoy nada de particular. De momento todo está tranquilo.” Sin embargo, al cabo de
un cuarto de hora, los aviones enemigos empezaron a dar señales de vida. Nuestros servicios anunciaron que se acercaban cuarenta aparatos
procedentes de las bases alemanas del sector de Dieppe. Las bombillas de la hilera inferior del tablero fueron encendiéndose a medida que
diversas escuadrillas comunicaban hallarse en situación de “dispuestas”. Luego, con breves intervalos, recibimos avisos de “otros 20”, “otros
40”, y a los diez minutos se hizo evidente que iba a entablarse una formidable batalla. Por ambos bandos el aire empezaba a poblarse de
aviones.
Sucedíanse rápidamente los avisos: “Otros 40”, “otros 60”, llegó a darse una señal de “otros 80”. En la gran mesa situada debajo de nosotros
se señalaba el avance de las diferentes oleadas de asalto mediante el desplazamiento, minuto a minuto, de unos discos colocados a lo largo de
las diferentes vías de acceso, mientras en la pizarra de enfrente la ascensión de las luces indicaba cómo nuestras escuadrillas de caza iban
despegando; muy luego quedaron tan sólo cuatro o cinco en situación de “disponibles”.
Estas batallas aéreas, de las que tantas cosas dependían, duraban poco más de una hora a partir del primer encuentro. El enemigo disponía de
efectivos suficientes para lanzar nuevas oleadas de ataque, en tanto que nuestras escuadrillas, después de realizar todos los esfuerzos
necesarios para alcanzar una altura superior a la de los aparatos asaltantes, veíanse obligadas a aterrizar, ya fuese para reponer combustible a
los setenta u ochenta minutos de vuelo, o bien para proveerse de municiones después de un combate de cinco minutos. Si en el momento de
producirse estas operaciones de abastecimiento el enemigo lograba hacer intervenir, sin posición, unas cuantas escuadrillas de refresco,
algunos de nuestros cazas corrían el peligro de ser destruidos en el suelo. Por consiguiente, una de nuestras preocupaciones esenciales
consistía en distribuir las escuadrillas de tal manera que durante los combates diurnos no se encontrase simultáneamente un gran número de
ellas en el suelo apostándose de combustible o cargando municiones.
Dogal de angustia
Al poco rato, las lámparas rojas señalaron que la mayoría de nuestras escuadrillas estaba en contacto con el enemigo. Subía un murmullo de
la parte inferior de la sala, donde los operadores movían afanosamente los discos de acuerdo con las rápidas fluctuaciones de la situación. El
vicealmirante de Aviación Park daba normas de carácter general para la mejor distribución de las escuadrillas de caza, normas que eran
transmitidas a cada puesto de mando, en forma de órdenes detalladas, por un oficial de aspecto juvenil que estaba sentado en el centro mismo
de las butacas del anfiteatro, precisamente a mi lado. Algunos años después pregunté su nombre. Era lord Willoughby de Broke. (Volví a
encontrarle en 1947, cuando el Jockey Club, del que él era administrador, me invitó a presenciar el Derby. Quedó muy sorprendido al ver que
le recordaba tan bien). Transmitía, como digo, a las distintas escuadrillas la orden de despegar, tomar altura y patrullar de acuerdo con la
información que iba poniéndose de manifiesto en la mesa cartográfica.
El vicemariscal, por su parte, caminaba arriba i abajo detrás de nosotros, siguiendo con ojo vigilante cada fase de la enconada partida y
supervisando la tarea de su joven agente ejecutivo, sólo intervenía de vez en cuando para dar alguna orden importante, por regla general con
objeto de reforzar un sector amenazado.
Al poco rato todas nuestras escuadrillas estaba en combate y algunas se disponían ya a regresar a su base para reponer carburante., todas
estaban en el aire. La hilera inferior de bombillas hallábase apagada. No teníamos ni una sola escuadrilla de reserva.
En aquel momento Park llamó por teléfono a Dowding, que estaba en Stanmorfe, para pedirle que pusiera a su disposición tres escuadrillas
del 12º Grupo en caso de que se produjera un nuevo ataque de gran estilo mientras sus formaciones se proveían de combustible y de
municiones. Así se hizo. Tales refuerzos eran especialmente necesarios para proteger Londres y nuestros aeródromos de cazas, puesto que el
11º Grupo estaba casi en el límite de sus posibilidades.
El joven oficial, para quién todo aquello parecía ser una cuestión de mera rutina, seguía transmitiendo órdenes, conforme a las instrucciones
generales de su jefe, en un tono pausado y monótono. Las tres escuadrillas de refresco quedaron muy pronto absorbidas. Me di cuenta de la
desazón del comandante del Grupo, que ahora permanecía inmóvil detrás de la silla de su subordinado. Hasta entonces yo había seguido las
operaciones sin pronunciar palabra. Ante el dramatismo del momento, no pude menos que preguntar:
¿Qué otras reservas tenemos?
Ninguna—me respondió el vicemariscal Park.
En un relato que escribió más tarde acerca de aquella acción, dijo que al oír la fatídica palabra “se me ensombreció el rostro”. ¡Y con razón!
¡Cuan tremendas pérdidas no habríamos sufrido si nuestros aviones en curso de abastecimiento hubiesen sido sorprendidos en el suelo por
nuevas incursiones de “otros 40” o de “otros 50”! En aquel juego alucinante, nuestra desventaja era enorme; nuestras posibilidades, mínimas;
la postura sobre el tapete, fabulosa.
Debe y haber de la batalla
Transcurrieron otros cinco minutos; casi todas nuestras escuadrillas habían aterrizado para reponer carburante. En muchos casos nuestros
recursos no nos permitían prestarles ayuda desde el aire. En aquel preciso instante observamos que el enemigo iniciaba el regreso hacia sus
bases. Los discos de la mesa señalaban un movimiento incesante, en dirección al Este, de los bombarderos y los cazas alemanes. No se
produjo ningún otro ataque. Diez minutos después, la acción había terminado. Subimos las escaleras que conducían a la superficie, y a poco
de salir al exterior aulló la señal de “Pasó el, peligro”.
Pregunté si se conocían ya algunos resultados y comenté que al parecer la agresión había sido rechazada de modo satisfactorio. Park repuso
que no estaba seguro de que hubiésemos interceptado tantos aparatos atacantes como él esperaba al empezar la batalla. Era evidente que el
enemigo había perforado por todas partes nuestra barrera defensiva. Se había señalado la presencia encima de Londres de bastantes
bombarderos alemanes con su escolta de cazas. Nuestras fuerzas habían derribado alrededor de una docena de ellos mientras estábamos en el
subterráneo, pero aún no era posible tener idea clara de los resultados de la batalla ni de los daños y victimas ocasionados por el ataque.
Llegué a Chequers hacia las cuatro y media de la tarde, y me acosté en seguida para dormir mi acostumbrada siesta. El drama del 11º Grupo
debió de haberme fatigado grandemente, pues no me desperté hasta las ocho. Hice sonar el timbre y entró John Martín, mi primer secretario
particular, con el paquete de noticias vespertinas procedentes de todo el mundo. Daban asco. En tal sitio había ido mal esto; el tal otro se
había retrasado aquello; habíamos recibido una respuesta negativa de más allá; en el Atlántico nos habían hundido no sé cuantos buques.
71
No obstante – añadió Martín al terminar su información general , las noticias de la Aviación lo compensan todo. Nuestros cazas han
derribado a 183 aparatos y nosotros no hemos perdido ni siquiera 40.
El ocaso de un proyecto ciclópeo
Aunque después de la guerra hemos sabido que el enemigo sólo perdió cincuenta y seis aviones en aquella jornada, no cabe duda de que el 15
de septiembre marcó el punto crucial de la batalla de Inglaterra.
Aquella misma noche nuestras unidades de bombardeo efectuaron ataques en masa contra los buques surtos en los puertos comprendidos
entre Boulogne y Amberes. En este último especialmente infligimos graves pérdidas al enemigo.
El 17 de septiembre, según ahora sabemos, el Führer decidió aplazar indefinidamente la operación “León Marino”. No fue, empero, hasta el
12 de octubre cuando la invasión quedó diferida con carácter oficial para la primavera siguiente. En julio de 1941, Hitler la pospuso de nuevo
hasta la primavera de 1942, “para cuya época habrá terminado la campaña de Rusia”. Vana pero colosal ilusión. El 13 de febrero de 1942, el
almirante Raeder sostuvo su última entrevista con Hitler acerca del proyecto de invasión y consiguió que el Führer diera su conformidad a
dejarlo definitivamente en “punto muerto”. Así pereció “León Marino”. Y el 15 de septiembre de 1940 puede considerarse como la fecha
virtual de su fallecimiento.
CAPITULO XXVIII
Londres, bajo el diluvio de fuego
La historia de la ofensiva alemana contra la Gran Bretaña es una curiosa mezcla de pareceres divergentes, propósitos contradictorios y planes
que nunca llegaron a ponerse totalmente en práctica. Tres o cuatro veces en el transcurso de aquellos meses en enemigo desistió de un método
de ataque que nos sumía en graves preocupaciones y adoptó una táctica nueva. Pero todas estas fases aparecen superpuestas entre sí y no es
fácil distinguirlas con claridad por medio de fechas concretas.
Las primeras operaciones tendían a obligar a nuestras fuerzas a entablar combate encima del canal de la Mancha y la costa meridional;
después la lucha prosiguió sobre nuestros condados del Sur, especialmente Kent y Sussex, y la idea del enemigo era destruir la organización
de nuestros servicios aéreos; luego se acercó a Londres e incluso lo atacó diversas veces; más tarde, Londres se convirtió en el objetivo
supremo; y finalmente, cuando Londres salió victorioso de la prueba, inciose una nueva dispersión hacia las ciudades de provincias y hacia
nuestras arterias vitales para la comunicación con el Atlántico, es decir, el Mersey y el Clyde.
57 noches consecutivas
Hemos visto ya lo dificilísima que había sido nuestra situación durante los ataques alemanes contra los aeródromos de la costa meridional.
Pero el 7 de septiembre de 1940 Goering asumió oficialmente el mando de la batalla aérea y pasó del ataque diurno al ataque nocturno y de
las bases de cazas de Kent y Sussex a las vastas aglomeraciones urbanas de Londres. Siguieron siendo frecuentes, por no decir constantes, las
incursiones diurnas de poca monta, y aún teníamos que sufrir un gran bombardeo en pleno día; pero, en general, había cambiado todo el
carácter de la ofensiva alemana.
El bombardeo de Londres se repitió por espacio de cincuenta y siete noches consecutivas. Esto fue para la ciudad más grande del mundo una
prueba terrible, cuyos efectos nadie podía prever. Nunca hasta entonces una extensión tan vasta de edificios se había visto sometida a un
bombardeo de semejante magnitud, ni tantas familias habían tenido que hacer frente a los incontables problemas de una demostración
parecida de terrorismo.
El primer propósito de los alemanes había sido la destrucción de nuestro poderío aéreo; el segundo consistía en quebrantar la moral de los
londinenses, o por lo menos, hacer inhabitable la capital más poblada del Orbe. También en esto fracasó el enemigo. La victoria de las Reales
Fuerzas Aéreas fue posible gracias a la pericia y al arrojo de nuestros pilotos, a la excelente calidad de nuestros aparatos y a la portentosa
organización que fue denominador común. Millones de seres anónimos que ya habían demostrado al mundo la fuerza de una comunidad
educada en la teoría y la práctica de la libertad iban a la sazón a poner de manifiesto otras virtudes no menos admirables ni menos
indispensables para la vida en la Gran Bretaña.
Hablan las baterías
Del 7 de septiembre al 3 de noviembre, un promedio de doscientos bombarderos alemanes atacó Londres todas las noches. Las diversas
incursiones preliminares llevadas a cabo sobre nuestras ciudades de provincia en las tres semanas anteriores nos habían obligado a realizar
una amplia dispersión de nuestra artillería antiaérea, y cuando Londres se convirtió por primera vez en el objetivo principal no había allí más
que noventa y dos cañones en batería. Consideramos preferible dejar libre el cielo a nuestros cazas nocturnos integrados en el 11º Grupo.
Teníamos seis escuadrillas de “Blenheims” y de “Defiants” de la citada clase. La caza nocturna estaba aún en mantillas y las pérdidas que
infligíamos al enemigo eran insignificantes.
Nuestras baterías guardaron silencio, por lo tanto, durante tres noches consecutivas. Además, en aquella época su técnica era
lamentablemente deficiente. No obstante, en vista de la insuficiencia de nuestros cazas nocturnos y teniendo en cuenta los problemas que se
les presentaban y que no conseguíamos resolver, decidimos dejar en absoluta libertad a los artilleros de las baterías antiaéreas para que
disparasen contra los objetivos invisibles, utilizando los métodos que creyesen oportunos para afinar la puntería en lo posible.
A las cuarenta y ocho horas, en general Pile, jefe de la D.C.A., había doblado con creces el número de cañones instalados en la capital,
retirando de las ciudades de provincias las piezas necesarias para ello. Mantuvimos a nuestra aviación fuera de escena y concedimos la
palabra a la artillería.
Por espacio de tres noches los londinenses habían soportado desde sus casas o sus poco seguros refugios una ofensiva alemana que, al
parecer, no encontraba la menor resistencia por nuestra parte. De pronto, el 10 de septiembre, toda la barrera abrió fuego bajo un incendio de
reflectores. No causó muchos daños al enemigo el rugido horrísono de aquel cañoneo, pero produjo una satisfacción enorme entre la
población. Todo el mundo sintiose reanimado ante la evidencia de que contestábamos. A partir de entonces las baterías disparaban
regularmente y, como es de suponer, la practica, el ingenio y el aguijón de la necesidad fueron haciendo cada vez más efectivo el tiro.
Es mejor prevenir…
72
Con ánimo de hacer más llevadero el fatigoso curso de este relato, doy a continuación algunas notas de tipo personal a propósito del “Blitz”
(guerra relámpago), aunque bien se que muchos miles de personas pueden contar anécdotas infinitamente más interesantes que las mías.
Cuando empezaron los bombardeos, hubo una tendencia general a despreciar el peligro. En el West End todo el mundo seguía trabajando y
divirtiéndose y comía y dormía como si nada ocurriera. Los espectáculos estaban llenos, y en las calles a oscuras continuaba normalmente la
circulación. Todo esto constituía, quizá, una saludable reacción contra el espantoso alarido que los elementos derrotistas lanzaron en París
cuando la capital francesa sufrió en el mes de mayo su primer bombardeo serio.
Recuerdo que cierta noche cenaba yo en compañía de unos amigos, mientras las incursiones enemigas, asaz violentas, se sucedían casi sin
tregua. Los ventanales de Stornoway House se abrían sobre Green Park, iluminado por los fogonazos de los cañones y, de vez en cuando, por
el violento resplandor de la explosión de una bomba. Tuve la impresión de que estábamos corriendo un riesgo tan grave como innecesario.
Terminada la cena, nos trasladamos al edificio del Imperial Chemicals Institute, que domina el gran paseo de los muelles.
Desde sus altos balcones de piedra gozábamos de una espléndida vista del río. En la margen meridional alzaban sé las llamas de unos doce
incendios. Vimos caer varias bombas de gran potencia, una de ellas lo bastante cerca para que mis amigos me obligasen a retroceder
precipitadamente hasta colocarme tras una maciza columna de piedra. Esto me confirmó en mi opinión de que debíamos imponer muchas
limitaciones a los pequeños solaces ordinarios de la vida.
Downing Street, “en primera línea”
El grupo de edificios gubernamentales situados a ambos lados de Whitehall fue alcanzado diversas veces por las bombas. Downing Street
está formado por casas que tienen doscientos cincuenta años, poco sólidas y edificadas a la ligera por el aprovechado contratista que dio su
nombre a la calle. En la época de la alarma de Munich se habían construido sendos refugios para los ocupantes del número 10 y del número
11, y se procedió a apuntalar y reforzar por medio, de vigas y planchas de madera el techo de las habitaciones de los sótanos. Creíase que
gracias a este dispositivo el sótano soportaría las ruinas si el inmueble se venía abajo por efecto de una explosión cercana; pero, naturalmente,
ni aquellas habitaciones ni los refugios podían resistir un impacto directo.
En la segunda quincena de septiembre de 1940 se hicieron los preparativos necesarios para trasladar mis servicios ministeriales a las oficinas
gubernamentales más modernas y más sólidas que dan a St. Jame’s Park por la Storey’s Gate. Dábamos a estas dependencias en nombre de
“el Anexo”. Debajo de ellas estaban la sala de Consejo y una serie de dormitorios convenientemente protegidos contra las explosiones. En
aquel tiempo las bombas no eran, desde luego, tan grandes como las que se utilizaron más tarde. A pesar de todo, hasta que los nuevos locales
estuvieron en condiciones la vida en Downing Street no carecía de emociones fuertes. Era tanto como encontrarse en el puesto de mando de
un batallón en primera línea.
El fin de un luchador infatigable
Durante aquellos meses celebrábamos las reuniones vespertinas del Gabinete en la sala del Consejo, situada en los sótanos del “Anexo”. Para
ir allí desde Downing Street había que cruzar a pie el patio del Ministerio de Asuntos Exteriores y luego pasar, con las dificultades
consiguientes, por entre las herramientas y el material de los equipos de obreros que procedían a reforzar con cemento la parte inferior del
edificio a fin de garantizar la seguridad de las instalaciones subterráneas.
Yo no me daba cuenta del esfuerzo que esto suponía para mister Chamberlain, convaleciente aún de una grave operación. Nada le
acobardaba, y nunca estuvo tan animoso ni
jamás mostró tanta resolución y sangre
fría como en las últimas sesiones del
Gabinete a que asistió. Una tarde, a fines
de septiembre de 1940, al salir por la puerta
principal del número 10 de Downing
Street, vi que unos obreros amontonaban
sacos terreros frente a las ventanas del
sótano del Ministerio de Asuntos Exteriores.
Les pregunté qué estaban haciendo. Me
dijeron que, a raíz de su operación, mister
Neville Chamberlain había de ser
sometido a un tratamiento especial a
intervalos regulares y era difícil atenderle
debidamente en el refugio de la casa número
11, donde se reunían por lo menos veinte
personas durante las incursiones aéreas
enemigas que con tanta frecuencia se
producían.. Por ello se había decidido
acondicionar un pequeño local particular
para él en el Ministerio de Asuntos
Exteriores. Día tras día mister
Chamberlain, luchador infatigable, asistía,
circunspecto, taciturno, impecablemente
vestido, a las reuniones del Gabinete.
Entonces comprendí la tremenda realidad.
Aquello era demasiado.
Hice uso de mi autoridad. Atravesé el pasillo
que une la casa número 10 con la número
11, fui a ver a la señora Chamberlain y le
dije:
–Su marido no debería permanecer aquí en el
estado en que se encuentra. Lléveselo
usted al campo hasta que esté completamente
restablecido. Yo le mandaré cada día
todos los documentos.
Al cabo de una hora, después de
hablar con su marido, me mandó la
contestación:
–Hará lo que usted desea. Nos vamos esta
noche.
No volví a ver a mister Chamberlain. Murió a
los dos meses escasos. Estoy seguro de
que él quería seguir en la brecha hasta el
postrer aliento. No pudo ser.
Una corazonada providencial
Cobra particular relieve en mis recuerdos otra noche: la del 14 de octubre. Estábamos cenando en la estancia de la planta baja que da al
jardín, cuando empezó el acostumbrado ataque nocturno. Mis compañeros de mesa eran Archie (sir Archibald) Sinclair, Oliver Lyttelton y
Moore-Brabazon. Habíamos cerrado las persianas metálicas. Se oyeron diversas explosiones muy fuertes no lejos de allí, y acto seguido, con
gran estruendo, cayó una bomba a cosa de un centenar de metros, en la explanada de la Horse Guard. De pronto tuve una corazonada
providencial. La cocina del número 10 de Downing Street es alta y espaciosa, y da a uno de los patios de la Tesorería por un ventanal de
cristales de siete metros de alto, poco más o menos. El mayordomo y la doncella seguían sirviendo la cena con toda tranquilidad; pero en un
momento determinado me acordé de aquella gran ventana tras la cual, imperturbables, trabajaban la cocinera, Mrs. Landemara, y su ayudanta.
Me levanté bruscamente, entré en la cocina, dije al mayordomo que pusiera la cena en el escalfador del comedor y ordené a la cocinera y a las
demás sirvientas que bajaran al refugio, que a pesar de su escasa solidez no dejaba de ofrecer una cierta protección. Apenas hacia tres
minutos que me había sentado de nuevo a la mesa, cuando oímos muy cerca de nosotros un estrépito ensordecedor, acompañado de una
73
violenta sacudida. Evidentemente, el proyectil había dado en la misma casa. Entró mi detective a los pocos momentos, y dijo que los daños
habían sido de consideración. La cocina, la despensa y las oficinas del lado de la Tesorería estaban destrozadas.
Fuimos todos a la cocina a ver lo ocurrido. El desastre era absoluto. La bomba había caído a cincuenta metros de allí, en la Tesorería y la
onda explosiva había transformado la amplia y aseada cocina, con toda su reluciente batería y su pulcra vajilla en un montón de escombros y
de polvo negro. El ventanal de cristales había saltado en pedazos que sin duda alguna habrían desmenuzado literalmente a quienquiera que
hubiese estado allí. Por suerte, mi presentimiento, del que yo podía muy bien haber hecho caso omiso, había sido sumamente oportuno.
El refugio subterráneo de la Tesorería, situado en el lado opuesto del patio, había quedado deshecho por un impacto directo, y los tres
miembros de la Guardia Metropolitana que prestaban allí servicio nocturno habían resultado muertos. En aquellos momentos, empero, todos
estaban sepultados bajo muchas toneladas de cascotes e ignorábamos el número y la identidad de las victimas.
Dado que el bombardeo continuaba y parecía crecer en intensidad, nos pusimos los cascos de acero y salimos a ver el espectáculo desde lo
alto de los edificios del “Anexo”, antes, sin embargo, no pude resistir el deseo de hacer salir de su refugio a Mrs. Landemare y a las otras
sirvientas para enseñarles la cocina. Quedaron consternadas a la vista de semejante catástrofe, pero más que nada por lo desordenado y sucio
que estaba todo aquello.
La ciudad en llamas
Archie y yo subimos a la cúpula del “Anexo”. La noche era clara y distinguíamos un amplio sector de Londres. Daba la impresión de que la
mayor parte de Pall Mall estaba en llamas. Ardían allí por lo menos cinco incendios formidables y otros en St. James’s Street y en Piccadilly.
Más lejos, al otro lado del Támesis, veíanse asimismo numerosas conflagraciones. Pero Pall Mall ofrecía un aspecto verdaderamente
dantesco.
Poco a poco cedió la violencia del ataque, hasta que sonó la señal que ponía fin a la alarma. Las inmensas hogueras seguían ardiendo.
Bajamos a mis nuevas dependencias, instaladas en el primer piso del “Anexo”, y encontramos allí al capitán David Margesson, “Chief
Whip” (algo así como el secretario general de un partido político; en este caso concreto, del Partido Conservador), que tenía su residencia
habitual en el Carlton Club. Nos dijo que el Club había quedado destruido. No nos sorprendió demasiado la noticia, pues teniendo en cuenta
la situación de los incendios, nos habíamos figurado ya que debía de haber sido alcanzado.
Margesson estaba en el “cuartel general” del Partido Conservador con unas 250 personas entre socios y empleados cuando cayó en el
inmueble una bomba de gran potencia. Toda la fachada del lado de Pall Mall se desplomó sobre la calle y pulverizó el automóvil que el
capitán tenía aparcado cerca de la puerta principal. El salón de fumar estaba lleno de socios; el techo se hundió encima de ellos., al día
siguiente, contemplando las ruinas, me parecía increíble que no hubiesen muerto la mayoría de los socios. Lo cierto es que, como por
milagro, todos ellos habían logrado, a rastras, salir de entre el polvo, el humo y los escombros, y si bien muchos resultaron heridos, no hubo
que lamentar la muerte de nadie. Cuando el Gabinete tuvo conocimiento de estos hechos, nuestros colegas laboristas comentaron con donaire:
“El demonio protege a los suyos”.
Mister Quintín Hogg había extraído de los escombros a su padre antiguo lord canciller (lord Halisham), llevándole en hombros, de la misma
manera que Eneas sacó a su padre, Anquises, de las ruinas de Troya.
CAPITULO XXIX
Grandeza y servidumbre del Poder
Un día después de comer, estaba yo despachando con el canciller de la Tesorería, Kingsley Word, en el número 1º de Downing Street, cuando
oímos una violenta explosión al otro lado del Támesis, en el sur de Londres. Indagamos el lugar del hecho y fuimos allí sin pérdida de
tiempo.
“¡Devolvedles la visita!”
La bomba había caído en Peckham. Era de gran tamaño, probablemente una mina terrestre. Había destruido por completo veinte o treinta
casas de tres pisos, arrasando un sector considerable de aquel barrio tan humilde. Detalle conmovedor; entre las ruinas ondeaban ya diversas
banderitas británicas.
Al reconocer mi automóvil, muchos de los vecinos acudieron corriendo, y en pocos minutos se congregó allí más de un millar de personas.
Aquellas gentes daban muestras de un entusiasmo extraordinario. Se apretujaban en torno a nosotros, lanzaban aclamaciones y exteriorizaban
su afecto en distintas formas; algunos hasta querían palparme la ropa y darme palmadas. Creería se que yo era portador de alguna gracia
especial para aliviar su dura suerte,
Tan profundamente me emocionó aquella manifestación espontánea que se me saltaron las lágrimas. Ismay, que se hallaba a mi lado, me
contó luego que había oído decir a una anciana; “Fijaos; lo siente de verdad. Esta llorando” No eran lágrimas de amargura las mías, sino de
74
sorpresa y de admiración. “Mire usted aquí; vea”, me dijeron, y condujeron me hasta el centro mismo de las ruinas. Había allí un cráter
enorme, de unos cuarenta metros de diámetro y de casi seis metros de profundidad. En el borde mismo del tremendo agujero alzaba se un
refugio Anderson; ante la puerta retorcida a causa de la explosión fuimos acogidos por un hombre más bien joven, su mujer y sus tres hijos,
indemnes todos ellos, pero evidentemente bajo el efecto de una conmoción terrible. Estaban dentro del refugio al producirse el cataclismo. No
podían describir sus impresiones. Pero allí estaban, vivos, ilesos y, en cierto modo, orgullosos de sentirse protagonistas. Sus vecinos los
contemplaban cual si fuesen unos seres dignos de envidia.
Cuando subimos de nuevo al automóvil, apoderase de aquella multitud de rostros macilentos una emoción más acerba. “¡Devolvedles la
visita! –gritaban–. ¡Duro con ellos! ¿Qué sepan también lo que es bueno!”. Me comprometí allí mismo a hacer todo lo posible para que sus
deseos fuesen satisfechos; y, en verdad, que cumplí mi promesa. La deuda se pagó en la misma moneda, decuplicada y aún centuplicada,
mediante el terrible y sistemático bombardeo de las ciudades alemanas, ofensiva que creció en intensidad a medida que fue aumentando
nuestra fuerza aérea y a medida que las bombas fueron adquiriendo mayor peso y más potencia los explosivos. No cabe duda de que
devolvimos la visita al enemigo, y con creces, en forma aterradora. ¡Pobre humanidad!
Una carga para el Tesoro
En otra ocasión visité Margate. Produjo se entretanto una incursión aérea. Me llevaron al gran túnel en el que vivían permanentemente
muchísimas personas. Cuando salimos, al cabo de un cuarto de hora, contemplamos los escombros todavía humeantes. Había sido alcanzado
un pequeño restaurante. No había habido víctimas, pero el local había quedado reducido a un informe lecho de vajilla, utensilios y muebles
triturados. El propietario, su esposa y el personal de servicios lloraban desconsolados. ¿Qué iban a hacer sin su casa? ¿De que vivirían?
Privilegios del poder; tomé al punto una resolución; en el viaje de regreso, en mi propio tren, dicte una carta dirigida al canciller de la
Tesorería, en la que dejaba sentado el principio de que el Estado debía tomar a su cuenta todos los daños ocasionados por los bombardeos
enemigos. La compensación se haría efectiva integra e inmediatamente. Así la carga no pesaría de modo exclusivo sobre los hombros de
quienes hubiesen perdido sus casas o sus instalaciones profesionales, sino en forma equitativa sobre las espaldas de la nación entera. Como
res de suponer, el carácter indefinido de esta obligación inquietó seriamente a Kingsley Word. Pero yo insistí con firmeza y en una semana
fue elaborado un plan de Seguros que más tarde desempeñó un papel muy importante en nuestras tareas de gobierno.
El plan en cuestión suscitó emociones de muy diversos orden entre los elementos directivos de la Tesorería. Primero creyeron que iba a
constituir la ruina de nuestras finanzas; pero cuando, a partir de 1941, las incursiones aéreas cesaron por espacio de más de tres años, el
dinero empezó a afluir a las arcas del Tesoro en cantidades enormes, con lo cual los asustaditos del primer momento consideraron el plan
como una iniciativa muy oportuna y de los altos vuelos políticos. No obstante, ya más avanzada la guerra, cuando aparecieron las bombas
volantes “V-1” y los proyectiles cohete “V-2”, la balanza volvió a inclinarse del lado opuesto. El hecho es que aquélla inmensa cuenta arrojó,
al final de la contienda, un saldo desfavorable Al Erario de 830 millones de libras. No me pesa en absoluto haber provocado este
desembolso.
Refugios
En Aquella época la perspectiva que ante nosotros se ofrecía era la de ver a Londres –con excepción de sus sólidos inmuebles modernos–
convertirse gradualmente en un montón de escombros.
Era para mí objeto de honda preocupación la vida y la suerte de los londinenses, la mayoría de los cuales dormían en sus domicilios,
corriendo el riesgo consiguiente animados de un espíritu fatalista.
Los refugios de ladrillos y cemento se multiplicaban rápidamente. Las estaciones del “metro” servían de alojamiento a muchísimas personas.
Había asimismo varios refugios de grandes dimensiones, capaces, algunos de ellos, para no menos de siete mil personas, que acampaban allí
confiadamente noche tras noche, ignorantes del efecto que produciría un impacto directo sobre aquellos dormitorios improvisados. Pedí que
se procediese a reforzar cuanto antes tales refugios mediante espigones de ladrillo. Por lo que respecta a las instalaciones subterráneas del
“metro”, suscitose una violenta controversia que, finalmente, se resolvió con una fórmula de compromiso.
Prudencia, pero sin exagerar
Era de suma importancia en aquella nueva fase de la guerra obtener el máximo rendimiento no sólo de las fábricas, sino aún
Más de los servicios ministeriales que funcionaban en Londres bajo frecuentes bombardeos, tanto diurnos como nocturnos. Al principio, cada
vez que sonaban las sirenas de alarma todos los ocupantes de una veintena de Ministerios se reunían rápidamente y bajaban a los sótanos de
los edificios correspondientes, fuese cuál fuere el valor de los mismos en cuanto a refugio. Había incluso quien se enorgullecía de la precisión
y la perfección con que se realizaban estos movimientos en masas. En muchos casos, la incursión anunciada se reducía a media docena de
aviones… y en ocasiones a uno sólo. Más de una vez ni siquiera llegaban a la capital aparatos enemigos. Una incursión insignificante podía
paralizar durante una hora larga toda la máquina administrativa y ejecutiva de Londres.
En vista de ello, propuse el establecimiento de un toque preliminar de “Alerta” en las sirenas que anunciaban la proximidad de aviones
enemigos, o sea una señal claramente distinta del verdadero toque de “Alarma”; este último sólo se daría cuando los observadores apostados
en las azoteas –o “Jim Crows” (literalmente Jaimito Cuervo –es el nombre que el vulgo da, en los Estados Unidos, al individuo de raza
negra.), como les llama la gente– transmitiesen el aviso de “peligro inminente”, es decir, cuando el enemigo estuviese verdaderamente
encima o muy cerca. Se cursaron las instrucciones oportunas en este sentido.
Por otra parte, a fin de garantizar el riguroso cumplimiento de la citada disposición, pedí que se me enviara un estado semanal relativo al
número de horas que hubiese pasado en los refugios el, personal de cada dependencia del Gobierno. Esto constituyó un saludable aguijón
para el amor propio de todos. Llegaron a establecerse ocho de dichos estados. Resultó divertido ver como durante algún tiempo los Ministerio
de las fuerzas armadas fueron los peores situados. Molestos y estimulados por este reproche implícito, no tardaron en ocupar el lugar que les
correspondía. De este modo la pérdida de horas de trabajo en todos los servicios oficiales quedó reducida a la mínima expresión. Muy luego
nuestros cazas demostraron al enemigo lo caros que les costaban los ataques diurnos, con lo cual terminó aquella fase de la guerra.
A pesar de los toques de alerta y de alarma casi constantes apenas ninguna dependencia oficial fue alcanzada por las bombas en pleno día,
cuando las oficinas estaban en plena actividad; por lo demás, no hubo ni una sola víctima… pero ¡Cuánto tiempo se habría perdido en el
funcionamiento de la máquina bélica si el personal civil y militar hubiese dado pruebas de pusilanimidad o si no se le hubiese encaminado
debidamente en aquella circunstancias!
Del primer ministro a sir Edward Britges (secretario del Gabinete).
Horarios de Bombardeo
“Le ruego se sirva transmitir al Gabinete y a los ministros mi propuesta de adelantar un poco nuestras horas de trabajo. La suspensión del
servicio para tomar el almuerzo podría efectuarse a la una de la tarde; las reuniones del Gabinete podríamos adelantarlas en media hora. En
75
principio, sería conveniente establecer una hora más temprana para la cena, por ejemplo las 7’15 p.m. En esta época obscurece ya más pronto
y es de suponer que en las próximas semanas seremos objeto de intensos bombardeos a partir del momento en que deje de actuar nuestra
aviación de caza. Convendría que el personal de oficinas y el de servicio estuviese alojado en los refugios lo antes posible. Ruego a los
ministros tomen las medidas necesarias para desempeñar sus funciones en sitios que ofrezcan una seguridad prudencial durante los ataques
nocturnos; en especial deberán entregarse al descanso en lugares en que nada tengan que temer, como no sea un impacto directo.
“Pienso proponer al Parlamento, cuando se reúna el próximo martes a la hora de costumbre, que empiece las sesiones habituales a las once de
la mañana y las termine a las cuatro o a las cinco de la tarde. Este horario permitirá a los diputados llegar a sus respectivos domicilios y, en
definitiva, a sus refugios, antes de que obscurezca. Hemos de adaptarnos a estas nuevas condiciones de vida, que probablemente veremos
agravadas. Desde luego, es de suponer que deberemos adelantar en media hora más nuestro horarios de trabajo a medida que se acorten los
días.”
La lección del Parlamento
También el Parlamento necesitaba que alguien le guiara a propósito de sus actividades en aquellos días azarosos. Sus miembros consideraban
que ellos habían de ser los primeros en dar ejemplo. En efecto; pero podía ocurrir que este espíritu de ejemplaridad les llevase demasiado
lejos. Hube de discutir con la Cámara de los Comunes para inducirla a observar las normas elementales de prudencia y ajustarse a las
especiales circunstancias de la época. En el curso de una sesión secreta convencí a los diputados de la necesidad de tomar las precauciones
indispensables que el buen sentido imponía. Acordaron que no se harían públicos los días ni las horas de sesión y también que se procedería a
suspender los debates cuando el “Jim Crow” transmitiese al “speaker” el aviso de “peligro inminente”; entonces todo el mundo bajaría
dócilmente a encajonarse en los poco eficaces refugios dispuestos al efecto.
El hecho de que sus miembros siguieran reuniéndose y ejerciendo sus funciones legislativas durante todo aquel período constituirá siempre
un timbre de gloria más para el Parlamento británico. Los Comunes son muy susceptibles en estas cuestiones y habría sido fácil interpretar
erróneamente su actitud. Cuando una de las Cámaras sufrió daños a consecuencia de un bombardeo, se trasladaron a otra, y yo hice cuanto
pude para inducirles a seguir de buen grado los sanos consejos que se le formularon. Oportunamente daré cuenta de sus movimientos
migratorios.
En resumen, cada cual se comportó con dignidad y buen juicio. Fue también una gran suerte que cuando unos meses más tarde la sede del
Parlamento quedó destruida por completo, el hecho se produjera por la noche y no durante el día, o sea cuando estaban ausentes sus
ocupantes habituales. Nuestra victoria sobre las incursiones diurnas llevó aparejada una mayor elasticidad en las conveniencias personales.
Pero en los primeros meses del “Blitz” fue para mí objeto de constante preocupación la seguridad de los miembros de la Cámara. Después de
todo, la existencia de un Parlamento libre y soberano, elegido limpiamente por sufragio universal, capaz de derribar al Gobierno en un
momento determinado, pero al propio tiempo orgulloso de apoyarlo en los días más sombríos, era precisamente uno de los puntos que estaban
en litigio en nuestra lucha con el enemigo. Ganó el Parlamento.
Eficacia de un sistema
Dudo que cualquiera de los dictadores gozase de tanto, poder efectivo sobre toda su nación como el que ejercía al Gabinete de Guerra
británico sobre la nuestra. Cuando exponíamos nuestros proyectos, los representantes del pueblo los apoyaban y, una vez transformados en
leyes, el país entero obedecía gozoso las decisiones adoptadas. Con todo, el derecho de crítica no se limitó en ningún momento. Los censores
respetaron casi siempre el interés nacional. Cuando en determinadas ocasiones se alzaron contra nosotros, las Cámaras, por aplastantes
mayorías, les negaron su apoyo; y esto, en contraposición con los métodos totalitarios, sin la más ligera coacción, intervención o utilización
de la policía o de los servicios secretos.
Fue para nosotros motivo de alto orgullo comprobar que la democracia parlamentaria –o como el mundo prefiera denominar el sistema
político británico– podía soportar todas las pruebas, superarlas y sobrevivir a ellas. No siquiera la amenaza de aniquilación arredró a nuestros
legisladores. Pero, afortunadamente, esta amenaza no llegó a convertirse en realidad.
76
CAPITULO XXX
Frente al acoso
Hacia mediados de septiembre de 1940’ el enemigo puso en práctica una nueva y asoladora forma de ataque. Empezaron a llover sobre
nosotros con extraordinaria profusión y en los puntos más diversos las llamadas bombas de acción retardada, que nos plantearon un problema
harto difícil de resolver. Largos tramos de vía férrea, importantes nudos de comunicación, los accesos a muchas fábricas de interés vital para
la guerra, aeródromos, amplias avenidas urbanas, hubieron de ser bloqueados y quedaron fuera de servicio en infinidad de ocasiones,
precisamente cuando mayor era la necesidad que teníamos de tal4es elementos.
La legión de los suicidas
Había que desenterrar aquellas bombas y hacerlas estallar o inutilizarlas. Tarea sumamente peligrosa, de modo especial al principio, cuando
fue preciso estudiar y poner en práctica, a costa de una serie de costosos experimentos, la táctica conveniente. He relatado ya en otro capítulo
de esta obra (número 30 de la primera parte) el drama que tuvo como argumento el desmantelamiento de la mina magnética, pero esta forma
de abnegación adquirió ahora, por decirlo así, un carácter de lugar común, sin perder por ello su grandeza.
En cada ciudad, en cada pueblo, en cada distrito se constituyeron brigadas especiales de voluntarios que acudían en masa a practicar el
fatídico deporte. No todos los equipos corrieron la misma suerte. Unos sobrevivieron a aquella fase de nuestra gran prueba. Otros jugaron
veinte, treinta y hasta cuarenta partidos antes de que el destino, árbitro sin apelación, les impusiera su dura ley.
Por doquiera, en todos mis viajes de inspección, me encontraba con los voluntarios de los destacamentos denominados U.X.B. (“Unexploded
bombs”; literalmente, “Bombas sin estallar”). El aspecto de aquellos individuos era en verdad extraño. Había en ellos algo que los distinguía
de los demás hombres, aun de los de bien probada lealtad y bravura-. Eran enjutos, de rostro macilento, tez cárdena y mirada febril, y en sus
labios se dibujaba un rictus de fría decisión; con todo, su porte era impecable. Al hablar de nuestras horas difíciles tendemos a abusar del
adjetivo “impresionante”. Deberíamos haberlo reservado para calificar a las brigadas de U.X.B. (Parece incongruente contar un chiste en
medio de tan sombrías escenas. Pero en tiempos de guerra la risa bulliciosa del soldado es como una válvula de escape de muchas emociones
contenidas. Un destacamento realizaba las operaciones necesarias para desenterrar una bomba. El cabo de presas había descendido al fondo
del hoyo para llevar a cabo la delicada tarea de desconectar el mecanismo del artefacto. De pronto empezó a gritar qu3e le sacaran de allí. Sus
compañeros se apresuraron a izarlo. Tiraron de la cuerda que le ataba por debajo de las axilas y se lo llevaron a rastras hasta los 45 ó 50
metros de distancias que constituían el supuesto margen de seguridad. Luego se tendieron todos a escape en el suelo, aguardando la temida
explosión. Pero no ocurrió nada. El cabo de presas parecía horriblemente trastornado. Estaba lívido y sin resuello. Sus camaradas le miraron
atónitos. “¡Válgame Dios! –exclamó finalmente el héroe–, ¡había una rata allí dentro!”.
Me acuerdo de una de aquellas brigadas que es todo un símbolo de muchas otras. Se componía de tres personas; el conde de Suffolk, su
secretaria particular y su chofer, hombre ya entrado en años. Su arrojo y su buena suerte los habían convertido en seres casi legendarios.
Treinta y cuatro bombas sin estallar inutilizaron con aire comedido y sonriente. Pero la trigésima quinta salió por los fueros de las anteriores.
Allí terminaron las hazañas del conde de Suffolk y su brigada. Pero podemos estar seguros de que, como en el caso de mister Valiant-forTruth (literalmente “paladín de la verdad”), “todas las trompetas sonaron en su honor al llegar al otro lado”.
Clamor de represalias
Por aquella misma época el enemigo empezó a lanzar en paracaídas grandes cantidades de minas navales de un peso y una potencia explosiva
desconocida hasta entonces en las bombas de aviación. Contra esto no había más defensa que las represalias. El abandono por parte de los
alemanes de toda pretensión de que su ofensiva quedaba estrictamente limitada a los objetivos militares había provocado asimismo clamores
favorables a la ley del talión. Yo era partidario de devolver golpe por golpe, pero hube de topar con no pocas conciencias escrupulosas. Entre
los que mayores inconvenientes pusieron se hallaba mi amigo el almirante Tom Philips, subjefe del Estado Mayor naval.
Si las bombas de 1943…
Es difícil comparar las pruebas a que se vieron sometidos los londinenses en el invierno de 1940-41 con las que sufrieron los alemanes en los
tres últimos años de la guerra. En esta fase postrera las bombas eran infinitamente más potentes y las incursiones muchísimo más intensas. En
cambio, una larga preparación y una labor metódica y concienzuda había permitido a los alemanes crear un sistema completo de refugios a
prueba de bombas y a los que todo el mundo debía acogerse obligado por una serie de disposiciones draconianas. Cuando finalmente
penetramos en Alemania, encontramos ciudades completamente arrasadas, pero también sólidas construcciones que se alzaban en la
superficie y espaciosas galerías subterráneas en las que los habitantes dormían noche tras noche, en tanto que sus casas y sus bienes habían
quedado destruidos. En muchas ocasiones nuestras bombas removían tan sólo montañas de escombros.
Pero en Londres, si bien los ataques fueron menos asoladores los dispositivos de seguridad estaban menos perfeccionados. Aparte de los
“metros”, no había ningún refugio verdaderamente seguro. Tan sólo algunos sótanos y bodegas podían resistir un impacto directo.
Prácticamente toda la población de Londres vivía y dormía en sus hogares o en sus refugios Anderson; y después de una dura jornada de
trabajo, cada cual corría a su albur con flema típicamente británica. Ni siquiera entre mil habitantes había uno que contara con elemento
alguno de protección como no fuese contra las ondas explosivas, la metralla y los cascotes. Y, sin embargo, no hubo depresión moral ni
epidemias.
77
Es evidente que si las bombas de 1943 hubiesen caído sobre el Londres de 1940 habrían podido llegar a pulverizar todo asomo de resistencia
humana. Pero cada cosa ocurre a su tiempo todo es relativo, y nadie tiene derecho a afirmar que Londres, que efectivamente salió invicto de
la prueba, fuese por ello invencible.
La ciudadela subterránea
Poco o nada se había hecho antes de la guerra ni durante los meses del letargo “crepuscular” para crear fortalezas a prueba de bombas desde
las cuales el Gobierno central pudiese seguir desempeñando sus funciones. Existían planes completos para el traslado de la sede del Gobierno
a otros puntos. Algunos servicios de muchos Ministerios estaban instalados ya en Arrógate, Bath, Cheltenham, etc. Se había practicado la
requisa de viviendas en una amplia zona para alojar en ellas a todos los ministros y altos funcionarios si había que proceder a la evacuación
de Londres. Pero luego, bajo las bombas, el deseo y la resolución del Gobierno y el Parlamento de permanecer en Londres adquirieron un
carácter inequívoco. Yo compartía estos sentimientos de un modo absoluto. Al igual que otros, muchas veces había previsto la posibilidad de
que la destrucción sobrase un carácter tan abrumador que nos obligase a efectuar una dispersión general. Pero bajo la presión de los
acontecimientos, todos reaccionamos en sentido contrario.
Ahora bien, para resistir en Londres hasta el fin era necesario construir todo género de refugios efectivos, ya fuese en la superficie o bajo
tierra, desde los cuales el poder ejecutivo, con sus millares de funcionarios, pudiese realizar sus tareas. Cerca de Hampstead de había
preparado ya una especie de ciudadela para el Gabinete de Guerra, con oficinas y dormitorios, así como líneas telefónicas y telegráficas
subterráneas. Dábamos a aquella instalación fortificada el nombre de “Paddock”.
El 29 de septiembre ordené que se procediese a un ensayo general con objeto de que todo el mundo supiese lo que había de hacer si las cosas
se ponían muy mal. Celebramos, pues, una reunión del Gabinete en el “Paddock”, lejos de la luz del día, y cada ministro inspeccionó las
estancias e que debería trabajar y dormir. Festejamos el acontecimiento con un animado almuerzo, y luego volvimos a Whitehall. Aquella fue
la única ocasión en que los ministros utilizaron el “Paddock”.
Encima de la Oficina de Operaciones y de las dependencias situadas en el sótano del “Anexo” hicimos colocar una cubierta protectora de
hormigón de dos metros de alto y tomamos las disposiciones necesarias para garantizar la ventilación, el suministro de agua y especialmente
la comunicación telefónica con el exterior. Como todas estas oficinas se hallaban muy por debajo del nivel del Támesis, cuyo lecho estaba a
doscientos metros escasos de distancias, hubo que adoptar precauciones para que sus ocupantes no se vieran sorprendidos por una irrupción
de las aguas.
El biombo Anderson-Morrison
La jubilación de mister Chamberlain, impuesta por su grave enfermedad, provocó importantes cambios en el Gobierno. Mister Herbert
Morrison había sido enérgico y eficiente ministro de Abastecimiento, y sir John Anderson había hecho frente al “blitz” de Londres con gran
firmeza y competencia.
A principios de octubre el incesante ataque contra la ciudad más grande del mundo había adquirido una tal dureza y había creado ya tantos
problemas de tipo social y político entre sus inmensa y martirizada población, que consideré sería conveniente la presencia de un
parlamentario experto en el Ministerio del Interior, que entonces lo era también de Seguridad Nacional. Londres estaba en el centro mismo
del temporal de fuego. Herbert Morrison era londinense y hombre versado en todas las cuestiones de la administración municipal. Su
experiencia de la gobernación de Londres no tenía rival, pues había presidido el Ayuntamiento durante años.
Al propio tiempo necesitaba a John Anderson, cuya labor en el Ministerio del Interior había sido excelente, para el cargo de lord presidente
del Consejo con su Comité de Asuntos Interiores, al cual pasaban 9infinidad de problemas para estudio y resolución, cosa que constituía un
gran alivio para el Gabinete. Esto aligeraba también la carga que pesaba sobre mí y me permitía dedicar mayor atención a la dirección de la
guerra en la que mis colegas parecían cada vez más dispuestos a otorgarme plena confianza.
Rogué, pues, a estros dos grandes servidores del Estado que permutasen sus Ministerios. No era precisamente un lecho de rosas lo que ofrecía
a Herbert Morrison. No es posible exponer en estas páginas los problemas que entrañaba la administración municipal de Londres cuando
noche tras noche diez o veinte mil personas quedaban sin hogar; cuando el único medio de evitar la propagación de terribles incendios era la
guardia constante que montaban en las azoteas los ciudadanos convertidos en bomberos; cuando los hospitales, llenos de hombres y mujeres
mutilados, eran a su vez pasto de las bombas enemigas; cuando cientos de miles de desgraciados se apretujaban en el interior de precarios e
insalubres refugios; cuando las comunicaciones por ferrocarril y por carretera quedaban interrumpidas con obsesionante frecuencia; cuando la
destrucción de los cables y las tuberías privaban a la ciudad de luz, fuerza y gas, y cuando, no obstante, toda la vida de lucha y trabajo de la
capital debía proseguir y había que asegurar el transporte de casi un millón de personas que cada mañana se dirigían a su trabajo y cada noche
regresaban a su casa. Ignorábamos cuanto tiempo duraría aquel horror. No teníamos razón alguna para suponer que la situación no
empeoraría progresivamente.
Cuando le formulé la propuesta, mister Morrison sabía demasiado a qué atenerse para responder a la ligera. Me pidió unas cuantas horas de
tiempo para reflexionar, pero no tardó en volver para decirme que se sentiría muy orgulloso de asumir la dura responsabilidad. Viril decisión
en verdad y que yo aprobé cordialmente.
Proyectiles incendiarios
Poco después de estos cambios ministeriales, una nueva táctica del enemigo nos impuso la revisión de nuestros métodos de defensa. Hasta
entonces el adversario había empleado casi exclusivamente bombas explosivas de gran potencia; pero bajo el plenilunio del 15 de octubre, en
que sufrimos el ataque más violento de todo el mes, unos 480 aviones alemanes arrojaron 386 toneladas de alto explosivo, y por añadidura
70.000 bombas incendiarias.
Hasta aquel momento habíamos aconsejado a los londinenses que bajasen a los refugios y nos habíamos esforzado en mejorar este sistema de
protección pero las circunstancias nos obligaban ahora a sustituir la consigna “A los sótanos” por la de “A las azoteas”. El ministro de
Seguridad Nacional fue el encargado de establecer el nuevo sistema defensivo. Creose rápidamente una gigantesca organización de vigilancia
y protección contra incendios que abarcaba todo el ámbito de Londres; en las ciudades de provincia se adoptaron medidas análogas.
Al principio el servicio de vigilancia estaba constituido por voluntarios; pero eran tantos los que se necesitaban y hasta tal punto se generalizó
la convicción de que cada ciudadano debía montar la guardia correspondiente, que la vigilancia contra incendios se convirtió muy pronto en
obligatoria. Esta forma de servicios produjo un efecto confortante en todas las capas sociales.
Las mujeres quisieron también participar en la tarea. Se puso en práctica un amplio programa de entrenamiento para enseñar a los miembros
de aquel servicio como debían apagar las distintas clases de bombas incendiarias que lanzaba el enemigo. Algunos llegaron a ser verdaderos
maestros. Millares de incendios fueron neutralizados antes de que el fuego prendiese en las casas. Al cabo de poco tiempo permanecer en una
azotea durante noches enteras bajo el ígneo bombardeo, sin más protección que un casco de acero, fue una mera labor de rutina.
Toda la nación en pie
78
Mister Morrison decidió luego agrupar las mil cuatrocientas brigadas locales existentes en un solo Servicio Nacional contra Incendios, y
completar éste con un Cuerpo de Guardia contra Incendios, formado por elementos civiles entrenados, que actuarían en sus horas libres. El
alistamiento de los citados guardias, como el de los vigilantes de azoteas, se realizó al principio con carácter voluntario; pero más tarde
también se convirtió en obligatorio, con el beneplácito general. El Servicio Nacional contra Incendios tenía la ventaja de su mayor movilidad,
su uniformidad de entrenamiento y utensilios y su organización de tipo militar. Las otras fuerzas de Defensa Civil estaban formadas por
columnas regionales dispuestas en todo momento a acudir adonde fuese preciso.
El nombre de Servicio de Defensa Civil fue sustituido por el que llevaba antes de la guerra: Precauciones contra Incursiones Aéreas
(A.R.P.—Air Raid Precautions). Sus miembros iban ataviados con buenos uniformes y tenían conciencia plena de constituir la cuarta Arma
de la Corona.
En esta ardua tarea, Herbert Morrison contó con la eficaz ayuda de una enérgica mujer, cuya muerte hemos lamentado recientemente: Ellen
Wilkinson. Veíase día y noche, a todas horas y por doquiera, tomando parte muy activa en la organización de la Guardia contra Incendios. El
Servicio Voluntario Femenino, bajo la animosa dirección de lady Reading, contribuyó asimismo en forma inestimable al éxito de la gran
empresa.
CAPITULO XXXI
Pequeño anecdotario del “blitz”
Puesto que al parecer, nuestras ciudades habían de ser fatalmente bombardeadas por el enemigo, yo prefería que el máximo peso del ataque
cayese sobre Londres. La capital era como un enorme monstruo prehistórico capaz de aguantar golpes terribles y que, aun mutilado y
sangrando por incontables heridas, seguía viviendo y agitándose. Los refugios Anderson se multiplicaban en los distritos obreros, formados
en su mayor parte por casas de dos pisos, y se tomaban todas las medidas necesarias para hacerlos habitables. Más tarde construyose en serie
el refugio Morrison, que era simplemente como una gran mesa de cocina hecha de acero y provista de paredes de tela metálica muy fuerte;
podía soportar las ruinas de una casa pequeña, y por lo tanto ofrecía bastantes garantías de protección. Muchísimas personas le deben la vida.
Por lo demás, “Londres tenía fuerza suficiente para encajar”.
Cavernas siglo XX
Como nada permitía prever que el bombardeo enemigo de Londres no continuase durante toda la guerra, fue necesario establecer proyectos a
largo plazo para albergar a los servicios del Gobierno en condiciones adecuadas de seguridad. Confiamos, pues, a lord Beaverbrook la misión
de construir un gran número de “fortalezas” capaces de alojar en su interior al personal esencial de muchos organismos del Estado. En
Londres subsiste todavía una docena de ellas, algunas conectadas entre sí por medio de túneles.
Ninguna de estas “fortalezas” quedó terminada hasta después de la cesación definitiva de las incursiones aéreas, y solamente unas cuantas
fueron utilizadas durante los ataques de los aviones sin piloto y las bombas-cohete, que se registraron en 1944 y 1945. Pero a pesar de que
nunca llegamos a usar tales instalaciones para los fines a que estaban destinadas, era un gran alivio saber que las teníamos en construcción.
El Almirantazgo, por su parte, edificó la masa monstruosa que gravita sobre la explanada de la Horse Guard, y la demolición de cuyos muros
de hormigón de seis metros de espesor constituirán un serio problema para futuras generaciones, cuando el mundo está mas tranquilo.
79
Noches sin firmamento
Hacia mediados de octubre, Josiah Wedgwood armó gran alboroto en el Parlamento so pretexto de que yo no contaba con un refugio
absolutamente seguro contra las incursiones nocturnas. Era amigo mío desde hacía muchos años. Durante largo tiempo fue partidario
decidido del impuesto único; luego varió de opinión sobre el régimen tributario e ingresó en el Partido Laborista. Su hermano era presidente
del Comité Ejecutivo de Ferrocarriles, y antes de la guerra había tenido la clarividente idea de construir unas grandes oficinas subterráneas en
Piccadilly. Estaba situado a veintiún metros de profundidad y protegido en la superficie por altos y sólidos edificios. Por todas partes
empezaron a aconsejarme que fuese a dormir a aquel refugio. Acepté tras largo forcejeo, y desde mediados de octubre hasta el fin de año
adopté la costumbre de ir allí por la noche cuando había comenzado el bombardeo, con objeto de seguir trabajando con tranquilidad y
descansar sin sobresaltos. Me resultaba penoso, naturalmente, gozar de mucha mayor seguridad que la inmensa masa de mis conciudadanos;
pero fueron tantos los que me incitaron a tomar esta medida de precaución, que opté por hacerles caso.
Después de pasar unas cuarenta noches en el refugio de los ferrocarriles pude volver al “Anexo” que estaba ya reforzado como era menester.
Allí vivimos confortablemente mi esposa y yo hasta el final de la guerra. Aquel sólido edificio de piedra nos inspiraba una confianza
extraordinaria; sólo en muy contadas ocasiones buscamos la protección en la parte blindada inferior. Mi esposa incluso colgó en las paredes
del salón, que yo creía preferible conservar libres de todo adorno, los pocos cuadros que teníamos. Prevaleció su criterio y los
acontecimientos le dieron la razón.
En las noches claras, desde la azotea próxima a la cúpula del “Anexo” se disfrutaba de una espléndida vista panorámica de Londres. Me
mentaron un observatorio protegido contra la metralla y los cascotes, para que pudiera pasearme a la luz de la luna y contemplar los “fuegos
ratifícales”. En 1941 solía llevar allí, después de cenar, a mis ocasionales huéspedes norteamericanos; todos ellos seguían con vivo interés el
espectáculo.
Los reyes de Inglaterra inspeccionan los trabajos de descombro en el Palacio
de Buckingham, a raíz de un bombardeo alemán en el otoño de 1940
Un neologismo atroz: “coventrizar”
El 3 de noviembre por la noche no sonaron en Londres las sirenas de alarma. Era la primera vez que ocurría aquello desde hacía casi dos
meses. Tal silencio dio que pensar a mucha gente. Nadie comprendía el extraño fenómeno. A la noche siguiente, el enemigo dirigió sus
ataques aéreos contra muy diversos lugares de la isla; esto continuó por espacio de algún tiempo. Una vez más los alemanes habían cambiado
de táctica. Aunque seguían considerando a Londres como el objetivo principal, deseaban realizar un gran esfuerzo para paralizar los grandes
centros industriales de la Gran Bretaña. Habían organizado y entrenado unas escuadrillas especiales provistas de nuevos instrumentos de
navegación, con el fin de atacar determinados puntos de importancia vital. Por ejemplo, una de las formaciones tenía la misión específica de
destruir la fábrica Rolls Royce de motores de aviación de Hilligton, Glasgow. Desde luego, aquella táctica era puramente provisional.
Los alemanes habían renunciado momentáneamente a invadir la Gran Bretaña, y el proyecto de ataque contra Rusia sólo era conocido en el
círculo íntimo de Hitler. Por lo tanto, los meses restantes del invierno habían de constituir para las fuerzas aéreas enemigas un período de
entrenamiento, tanto en el uso de los inventos técnicos especiales para el bombardeo nocturno, como en la ofensiva contra el comercio
marítimo británico, sin descuidar por ello el intento de paralizar nuestra producción bélica y civil.
La aplicación del nuevo sistema se inauguró con el “blitz” sobre Coventry en la noche del 14 de noviembre. Londres, al parecer, era un
objetivo demasiado vasto e impreciso para obtener de él resultados decisivos; Goering confiaba poder arrasar con relativa facilidad las
ciudades de provincia y las fábricas de pertrechos de guerra. El ataque empezó a primeras horas de la noche del 14; al amanecer, cerca de
quinientos aviones alemanes habían dejado caer 600 toneladas de explosivos de gran potencia y millares de bombas incendiarias. En
conjunto, aquella fue la incursión más devastadora que sufrimos. El centro de Coventry quedó deshecho y la vida de la ciudad completamente
en suspenso durante unas horas. Hubo quinientos muertos y el número de heridos fue elevadísimo. La radio alemana proclamó que nuestras
demás ciudades serían asimismo “coventrizadas”.
No obstante, las importantísimas fábricas de motores de aviación y de máquinas-herramientas no dejaron de funcionar; y la población, que
hasta entonces no sufrió su bautismo de fuego, tampoco quedó fuera de combate. En menos de una semana, un Comité de reconstrucción de
urgencia realizó una labor asombrosa de recuperación de la vida en la ciudad.
Moral de granito
El 15 de noviembre el enemigo volvió a la carga contra Londres con un violentísimo ataque bajo el fulgor de la luna llena. Muchos daños
causó aquel bombardeo, especialmente a las iglesias y a otros monumentos.
80
El objetivo siguiente fue Birmingham; entre el 19 y el 22 de noviembre, tres incursiones sucesivas provocaron grandes destrucciones y
ocasionaron numerosas víctimas. Murieron cerca de ochocientas personas y resultaron heridas más de dos mil; pero Birmingham soportó la
prueba con ánimo esforzado.
Cuando visité la ciudad unos días después para inspeccionar las fábricas y ver con mis propios ojos lo que había ocurrido, se produjo un
incidente que me emocionó. Era la hora de cenar; de súbito una encantadora muchacha se precipitó hacia mi automóvil y lanzó dentro una
caja de cigarros puros. Hice parar en seguida el vehículo. La joven, con una sonrisa deliciosa, me dijo:
–Esta semana he ganado el premio de máximo rendimiento. Apenas hace una hora que me he enterado de que venía usted.
El obsequio que acababa de hacerme debía haberle costado dos o tres libras. Fue para mí un verdadero placer –en el ejercicio de mis
funciones oficiales– darle un beso.
Continué luego mi camino para ir a ver la enorme fosa común en la que poco antes habían recibido sepultura tantos ciudadanos y sus hijos. El
espíritu de Birmingham no se amilanó ante la desventura, y su millón de habitantes, perfectamente organizados y conscientes de su deber,
sobrepusieron se con gallardía a sus sufrimientos físicos.
Durante la última semana de noviembre y los primeros días de diciembre el peso del ataque recayó sobre los puertos. Bristol, Southampton y
sobre todo Liverpool fueron duramente bombardeados. Más tarde, Plymouth, Sheffield, Manchester; Leeds, Glasgow y otros centros de
producción de guerra soportaron impávidos la prueba del fuego. Era diferente que el enemigo asestase sus golpes contra uno u otro punto; la
moral de la nación no perdía su consistencia de granito.
El bombardeo más intenso de aquellas semanas correspondió una vez más a Londres y se produjo el domingo 29 de diciembre.
En aquella ocasión los alemanes pusieron de manifiesto toda la experiencia que habían ido adquiriendo a tan alto precio. Fue un ataque
incendiario del más puro estilo, concentrado sobre la propia City y calculando, por añadidura, de forma que coincidiera con la bajamar. Ya en
los primeros momentos los torpedos lanzados con paracaídas rompieron las conducciones de agua. Hubo que combatir unos mil quinientos
incendios. Los daños fueron muy graves en las estaciones ferroviarias y en los muelles. Ocho de las iglesias erigidas por Wren resultaron
destruidas o sufrieron grandes destrozos. El Guildhall hubo de soportar los efectos del fuego y las ondas explosivas, y la catedral de San
Pablo sólo se pudo salvar gracias a heroicos esfuerzos. Todavía hoy se abre ante nosotros un hueco de desolación en el centro mismo del
mundo británico.
Pero cuando los Reyes visitaron aquellos lugares, fueron acogidos con un entusiasmo muy superior al que se registra en cualquiera de las
ceremonias reales.
“Incidente” en Buckingham Palace
Durante aquella larga prueba, que debía durar aún varios meses, el Rey continuó residiendo en el palacio de Buckingham. Se estaban
construyendo refugios en los sótanos, pero esto requería tiempo. Muchas veces el monarca llegó, procedente de Windsor, en pleno
bombardeo aéreo. En cierta ocasión, él y la Reina estuvieron a punto de ser víctimas de un ataque enemigo. Su Majestad me ha autorizado a
relatar el incidente con sus propias palabras:
“Viernes, 13 de septiembre de 1940.
“Llegamos a Londres (procedentes de Windsor) en pleno ataque aéreo. El día estaba muy nublado y llovía con violencia. La Reina y yo
subimos a un saloncito que da al patio. (No podía utilizar mi estancia habitual porque un bombardero anterior había roto los cristales de las
ventanas.) De pronto oímos, cada vez más fuerte, el zumbido de un bombardero en picado y a los pocos segundos vimos caer dos bombas
más acá de la parte posterior del palacio de Buckingham, dentro del patio. Vimos las llamaradas y oímos las detonaciones, pues los
proyectiles estallaron a unos sesenta metros del lugar en que nos hallábamos.
“La onda explosiva penetró violentamente por las ventanas situadas frente a nosotros. En el suelo del patio había dos enormes cráteres. De
uno de ellos brotaba el agua que salía de una cañería reventada y se extendía por el vestíbulo a través de las ventanas rotas.
“Todo ocurrió en cosa de pocos segundos. Nos encaminamos rápidamente al vestíbulo. En realidad habían caído seis bombas; dos en el ante
patio, dos en el patio mismo, una que hundió la capilla, y otra en el jardín.”
El Rey, como había tomado parte en la batalla de Jutlandia como alférez de navío, mostrábase alborozado por todo aquello; se sentía dichoso
al poder compartir los peligros que sus súbditos corrían en la capital.
Debo confesar que en aquella época ni yo ni ninguno de mis colegas tuvimos la menor noticia del peligro que los Soberanos habían corrido
en la citada ocasión. Si, en vez de estar abiertas, las ventanas hubiesen estado cerradas, todos los cristales habrían saltado en pedazos sobre
los Soberanos, con riesgo cierto de causarles terribles heridas. Pero tan poca importancia dieron ambos al incidente, que yo, que les veía con
suma frecuencia y estaba en estrecho contacto con el personal de Palacio, no me di cuenta exacta de lo que había sucedido hasta mucho más
tarde, cuando reunía la documentación necesaria para escribir la presente obra.
En aquellos días considerábamos con ánimo apenado pero sereno la eventualidad de caer luchando entre las ruinas de Whitehall. Su majestad
había mandado instalar un tiro al blanco en el jardín del palacio de Buckingham y allí realizaba prácticas regulares con pistola y fusil en
compañía de los miembros de su familia y los oficiales de su Casa. Yo ofrecí al Rey una carabina americana, elegida entre una de ellas que
me habían regalado. Era un arma excelente.
Distinción regia
Durante mis dos primeros meses en la jefatura del Gobierno, el Rey me recibía cada semana en audiencia oficial alrededor de las cinco de la
tarde. Pero luego decidió modificar esta costumbre. Dispuso que en lo sucesivo almorzara con él todos los martes. Esta ésta en verdad una
forma muy agradable de tratar los asuntos de Estado; algunas veces se hallaba presente la Reina. En diversas ocasiones hubo de coger cada
cual sus platos, sus cubiertos y su vaso y bajar al refugio, que estaba en construcción, para terminar allí de comer. Los almuerzos semanales
quedaron instituidos con carácter regular. Al cabo de pocos meses, Su Majestad decidió prescindir por completo de los criados en aquellos
ágapes; nosotros mismos nos serviríamos los platos mutuamente.
En el curso de los cuatro años y medio que duró esto pude darm3e cuenta de la extraordinaria atención con que el Rey leía todos los
telegramas y documentos oficiales que se le sometían. Según la Constitución británica, el Soberano tiene derecho a conocer todos los asuntos
que se hallaban en manos de sus ministros, y puede asimismo, sin limitación alguna, formular indicaciones y aconsejar a los miembros de su
Gobierno. Yo tenía buen cuidado de que todo fuese sometido a la consideración del Rey, y muchas veces, en nuestras reuniones semanales, el
Monarca daba pruebas de que conocía a fondo documentos que yo no había estudiado aún.
Fue en verdad providencial para Inglaterra tener en aquellos años terribles unos Reyes tan buenos. Por mi parte, ardiente paladín de la
Monarquía constitucional, aprecié como un honor insigne la amable intimidad que, en mi calidad de primer ministro, se me concedió;
intimidad sin precedentes creo yo, desde los lejanos días de la reina Ana y de Marlborougt, durante los años en que el duque fue árbitro de los
destinos del país.
81
CAPITULO XXXII
La guerra mágica
Aunque desde 1939 el “radar” no había dejado de realizar progresos en sus distintas aplicaciones, la batalla de Inglaterra, de julio a
septiembre de 1940, la libramos casi exclusivamente con el auxilio del ojo y el oído humanos. Al principio, en aquellos meses, me confortaba
a mi mismo con la esperanza de que las nieblas, las brumas y las nubes que acompañan al invierno en la Gran Bretaña y que cubren la isla
como un manto, constituirían por lo menos un notable elemento protector contra la precisión de los bombardeos diurnos y aún más en las
incursiones nocturnas.
Orientación y desorientación
Durante algún tiempo los bombarderos alemanes habían utilizado principalmente balizas radiotelegráficas para la navegación. Gran parte de
ellas estaban instaladas, a guisa de faros, en diversas partes del Continente, y cada una tenía su propia señal de llamada. Valiéndose de
radiogoniómetros corrientes, los pilotos alemanes fijaban sin dificultad su posición, de acuerdo con los ángulos formados por dos
cualesquiera de aquellas transmisiones.
Para contrarrestar dicho sistema, muy luego instalamos nosotros unas estaciones, a las que dimos el nombre de “meacons”. Captaban las
señales enemigas, las amplificaban y las retransmitían desde algún punto de Inglaterra. Consecuencia de ello era que los alemanes, al tratar de
volver a sus bases siguiendo las indicaciones de su aparato radiotelegráfico, muchas veces se desorientaban, y así perdió el enemigo muchos
aviones. Desde luego, un bombardero alemán aterrizó voluntariamente en Devonshire, convencido de que estaba en Francia.
No obstante, en el mes de junio experimenté una desagradable sorpresa. El profesor Lindemann (actualmente Lord Cherwell) me comunicó
que, según tenía entendido, los alemanes estaban preparando un procedimiento nuevo, mediante el cual podría bombardear tanto de día como
de noche, prescindiendo en absoluto del estado del tiempo. Determinadas indicios señalaban que el enemigo había inventado un haz
electromagnético que, a modo de reflector invisible, guiaría a los bombarderos hacia sus objetivos con gran precisión. La baliza informaba al
piloto; el haz señalaba el objetivo.
Con este sistema no lograrían lanzar sus bombas sobre una fábrica determinada pero podrían bombardear, sin ninguna duda, una ciudad o un
pueblo. Por lo tanto, nuestros temores ya no quedaban limitados a las noches de luna, en las que, después de todo, la visibilidad era tan buena
para nuestros cazas como para los aviones alemanes, sino que debíamos esperar incluso ataques violentísimos en días nublados o brumosos.
El haz electromagnético
Me dijo también Lindemann que existía una posibilidad de desviar el haz si actuábamos sin pérdida de tiempo. A este efecto, era preciso que
yo consultase a algunos de nuestros hombres de ciencia, especialmente al subdirector del Servicio de Investigaciones Secretas del Ministerio
del Aire, doctor R.V. Jones, que había sido alumno suyo en Oxford.
Así, pues, presa de la natural inquietud, convoqué el 21 de junio una reunión especial, en la sala de sesiones del Gabinete, a la que asistieron
unas quince personas, entre ellas Sr. Henry Tizard y diversos jefes de unidades aéreas. Con algunos minutos de retraso, entró
precipitadamente un hombre de aspecto juvenil –que, según después supe, había interpretado como una broma su inesperada convocación a la
sala de sesiones del Gabinete– y tomó asiento en uno de los extremos de la mesa. De acuerdo con lo previsto, le rogué que iniciara las
deliberaciones.
Desde hacía algunos meses, nos dijo, llegaban noticias desde distintos puntos del Continente, en el sentido de que los alemanes habían
inventado un nuevo método de bombardeo nocturno, en el cual cifraban grandes esperanzas. El método en cuestión, al parecer, estaba
relacionado en cierto modo con la palabra-clave “Knickebein”, que nuestros servicios de información habían captado varias veces, sin poder
explicar su significado.
Al principio se creyó que el enemigo había encontrado agentes que instalasen en nuestras ciudades las balizas necesarias para guiar
eficazmente a sus bombarderos, pero poco a poco quedó demostrada la inconsistencia de esta teoría. Algunas semanas antes, nuestros aviones
de reconocimiento habían fotografiado dos o tres curiosas torres disimuladas en puntos cercanos a la costa enemiga, aislados entre sí. Su
forma, nada tenía que ver con ningún aparato conocido, que tuviera relación con la radio o el “radar”, y tampoco se hallaban en lugares que
pudiesen justificar la veracidad de tales hipótesis.
En un bombardero alemán, abatido recientemente por nuestros cazas, habían encontrado los técnicos un aparato que parecía excesivamente
complicado para atender a las necesidades de un aterrizaje nocturno a base del haz de rayos “Lorenz”, único uso conocido que a la sazón
podíamos atribuirle. Por esta y otras varias razones que entretejió hasta darle forma de argumento compacto, nuestro interlocutor opinaba que
los alemanes proyectaban un sistema ignorado de haces combinados. Pocos días antes, un piloto alemán, sometido a persistente
interrogatorio, a base de aquel orden de ideas, acabó por confesar que, por lo que había oído, “algo de eso se preparaba”.
82
Tal fue, en esencia, la explicación de Mr. Jones. Los concurrentes, en general, adoptaron un aire de incredulidad. Una elevada personalidad
preguntó por que habían de usar los alemanes sistemas de haces electromagnéticos, suponiendo que tal cosa fuese posible, cuando disponían
de todas las facilidades normales de navegación. Más allá de los seis mil metros de altitud, las estrellas eran casi siempre visibles. Nuestros
propios pilotos recibían una instrucción concienzuda respecto a su orientación en los aires, y todo inducía a creer que seguían perfectamente
el rumbo señalado y que acertaban a dar en los objetivos previstos. En cambio, los detalles aportados por el hombre de ciencia inquietaron en
forma notoria a algunos de los reunidos.
Un teorema nada complicado
Trataré ahora de explicar, en la forma y en los términos al alcance de mi entendimiento, cómo funcionaba el haz alemán y cómo logramos dar
al traste con él.
Con el haz electromagnético ocurre algo parecido a lo que sucede con el haz luminoso del reflector; no es posible concentrar rayos sobre un
punto muy lejano, porque tienden a dispersarse; pero lo que se llama “doble haz” permite obtener una precisión considerable. Imaginemos los
haces luminosos de dos faros paralelos entre sí, que funcionan de tal forma que el de la izquierda aparece exactamente en el momento en que
desaparece el de la derecha, y viceversa. Si un avión en misión de bombardeo se encuentra precisamente en el centro de los dos haces, el
piloto tendrá constantemente iluminada su ruta; pero si se desvía, por ejemplo, un poco hacia la derecha, o sea acercándose al centro del haz
de la derecha, éste cobrará mayor intensidad y el piloto recibirá la luz con intermitencias, lo cual le indicará que esta desviándose. Si, por el
contrario, dirige su aparato en forma tal que evite toda intermitencia, seguirá exactamente la línea central, en la que la luz que él recibe de
ambos faros tiene la misma intensidad, y esta línea central constituirá su guía segura hacia el objetivo.
Aplicando esta teoría infalible al campo de la radiotelegrafía, no era nada difícil lograr que un “doble haz”, procedente de dos estaciones
distintas, concurriese encima de cualquier pueblo o ciudad de los Midlands o del sur de Inglaterra. Los aviadores alemanes sólo tenían que
volar siguiendo uno de los haces, hasta que detectaran el segundo, y entonces arrojar las bombas. Quod erat demonstrandum!
Vuelve a fallar la lógica
Con su espíritu lógico y su afición a los planes en gran escala el Alto Mando alemán jugó fuerte a la carta de un invento que, a su entender,
como en el caso de la mina magnética, era susceptible de acabar con nosotros.
Por consiguiente, no se preocupó de instruir y entrenar a los pilotos de sus bombarderos ordinarios, como lo habíamos hecho nosotros, en el
difícil arte de la navegación aérea. Ejercía una mágica atracción sobre el espíritu y la naturaleza de los jefes alemanes aquel sistema
infinitamente más sencillo y seguro, que se adaptaba a maravilla a sus métodos de disciplina mecánica, que era asequible a la mayoría de los
aviadores y había de dar un rendimiento gigantesco gracias a la pura e irresistible aplicación de unos principios científicos. Los pilotos
alemanes seguían el haz electromagnético de la misma manera que el pueblo alemán seguía al Führer. No tenían otra cosa que seguir y
obedecer.
Mas, advertido a tiempo y actuando sin perder momento, el inglés de espíritu simple encontró la respuesta. Mediante la erección a tiempo de
estaciones adecuadas en nuestro país, podíamos destruir el efecto del haz en cuestión. Pero el enemigo, como es natural, se daría cuenta
inmediatamente de esto. Había una solución mucho mejor. Podíamos instalar un aparato amplificar, colocado de tal forma que intensificase la
señal de uno solo de los elementos del doble haz. De este modo, el piloto enemigo, que trataría de volar procurando mantener siempre igual la
intensidad de las dos mitades del haz, se apartaría del rumbo verdadero. La catarata de bombas que habría destruido o por lo menos
martirizado a una ciudad caería entonces a veinte o treinta kilómetros de distancia, en pleno campo.
Teniendo como tenía el poder en mis manos, no hube de engolfarme en discusiones demasiado largas, una vez convencido de los principios
que informaban aquel extraño y fatídico juego. Por consiguiente, dicté aquel mismo día del mes de junio las órdenes necesarias para que se
considerar admitida la existencia del haz electromagnético y se concediese prioridad absoluta a la adopción de las contramedidas.
Bombarderos errantes
Hacia el 23 de agosto, las primeras estaciones de “Knickebein” instaladas cerca de Dieppe y de Cherburgo, entrecruzaron sus haces sobre
Birmingham, y el enemigo inició una ofensiva aérea nocturna de gran magnitud. Tuvimos que vencer las naturales “dificultades de dentición”
para salir del mal paso; pero a los pocos días logramos desviar o entorpecer el efecto de los haces “Knickebein”, y en el curso de los dos
críticos meses siguientes, septiembre y octubre, los bombarderos alemanes vagaron por encima de Inglaterra, lanzando su carga a bulto, o se
extraviaron por completo. Uno de los oficiales de mi Ministerio de Defensa envió al campo a su esposa y a sus dos hijos, de corta edad,
durante los ataques enemigos contra Londres. Estaban a quince kilómetros de toda aglomeración urbana y quedaron extraordinariamente
sorprendidos al ver que se producía una serie de violentas explosiones en uno de los sembrados cercanos. Contaron más de un centenar de
grandes bombas. En tanto daban gracias a Dios por haberles librado de aquella catástrofe, se preguntaban asombrados qué objetivos tratarían
los alemanes de alcanzar allí. Al día siguiente, el oficial explicó el incidente; pero como el secreto era tan riguroso, tan reducido el círculo de
los iniciados en él y tan estrictamente reservada la información relativa al mismo, nadie pudo darle una explicación satisfactoria, ni siquiera
sus compañeros más íntimos. Las contadas personas que conocían la verdad se guiñaron el ojo entusiasmados.
Los tripulantes de los aviones alemanes no tardaron en sospechar que algo raro ocurría con los haces electromagnéticos. Se cuenta que
durante aquellos dos meses nadie se atrevió a decir a Goering que algo o alguien desviaba o interfería sus haces. En su ignorancia, el mariscal
del Reich estaba seguro de que tal cosa era imposible. Se dieron conferencias especiales a los miembros de las Fuerzas Aéreas alemanas, para
convencerles de que el haz electromagnético era infalible, y se les advirtió seriamente que si alguien lo ponía en duda sería expulsado
inmediatamente de las filas de la “Luftwaffe”.
Como es sabido, durante el “blitz” nos vimos sometidos a pruebas muy duras, y en definitiva, casi cualquier aviador alemán podía arrojar con
seguridad sus bombas sobre Londres. Pero lo cierto es que nuestras contramedidas, amen del porcentaje normal de errores de puntería,
perturbaron el sistema general alemán de orientación de aviones, hasta el punto de que tan sólo la quinta parte de sus bombas cayó sobre los
objetivos previstos. Fuerza es considerar esto como el equivalente de una notable victoria, pues aun la citada quinta parte de bombas que
recibíamos fue harto suficiente para molestarnos y darnos quehacer.
El misterioso “aparato X”
Tras algunos conflictos internos, los alemanes acabaron por revisar sus métodos. Afortunadamente para ellos, sucedió que una de sus
formaciones, el “Kampf Gruppe” 100, utilizaba un haz electromagnético especial, de su propia invención. Sus hombres daban al instrumento
de que se valían el nombre de “aparato X”, misterioso denominación que, cuando vinimos en conocimiento de su existencia, planteó un
enigma inquietante a nuestro Servicio Secreto.
Hacia mediados de septiembre habíamos logrado averiguar ya lo necesario para disponer nuestras contramedidas, pero la fabricación de los
equipos destinados a anular los efectos del nuevo aparato enemigo requería como mínimo dos meses de tiempo. Así pues, el “Kampf Gruppe”
100 pudo continuar sus bombardeos con precisión, y los alemanes se apresuraron a convertirlo en elemento de orientación segura; el gruido
83
en cuestión, mediante bombas incendiarias, provocaba grandes conflagraciones en la zona de los objetivos, conflagraciones que servían de
guía a las demás escuadrillas de la “Luftwaffe”, desprovistas de aparatos “Knickebein”.
El `primer objetivo atacado por el nuevo procedimiento fue Coventry, en la noche del 14 al 15 de noviembre. Si bien nuestro nuevo sistema
de interferencia y desviación había empezado ya a funcionar en aquella época, un error técnico impidió que tuviese efectividad durante
algunos meses. Aun así, lo que sabíamos acerca de los haces electromagnéticos fue para nosotros de suma utilidad.
Conociendo la dirección de los haces enemigos y la frecuencia a que funcionaban, podíamos prever el itinerario de los aviones agresores, así
como el objetivo, la hora y la altitud del ataque. Por desgracia, nuestra caza nocturna no tenía en aquella época los efectivos ni los equipos
necesarios para sacar todo el partido posible de semejante información. Esta, no obstante, era de un valor incalculable para nuestra D.C.A. y
demás servicios de Defensa Civil. Al mismo tiempo, encendíamos grandes hogueras-señuelo –conocidas por nosotros con el nombre
convencional de “Estrella de mar”– en momento oportuno y en lugares abiertos y adecuados, con lo cual tratábamos de desviar el ataque
principal; la añagaza nos dio en algunas ocasiones excelentes resultados.
Pugna de inventivas
A principios de 1941 teníamos ya dominado el “aparato X”. Pero, como por su parte, tampoco los alemanes permanecían cruzados de brazos,
hacia la misma época pusieron en servicios un nuevo sistema llamado “aparato Y”. Así como los dos procedimientos anteriores se basaban en
la unión de distintos haces electromagnéticos sobre el objetivo, el nuevo método funcionaba a base de un solo haz, combinado con un sistema
especial de radio telemetría, que permitía a los aviadores saber en todo momento a qué distancia se hallaban del punto de origen del haz. Al
llegar al punto previsto, dejaban caer las bombas.
Por suerte, y gracias a la capacidad y la diligencia de todos los interesados, habíamos adivinado el funcionamiento exacto del “aparato Y”
algunos meses antes de que los alemanes estuviesen en condiciones de ponerlo en práctica; y cuando pudieron dotare con él a sus
bombarderos, nosotros teníamos ya los medios de anular sus efectos.
Nuestras contramedidas entraron en acción la misma noche en que los alemanes empezaron a utilizar el “aparado Y”. El éxito de nuestro
esfuerzo se vio confirmado por los mordaces comentarios que se cruzaban entre los aviones dirigidos y las estaciones que los guiaban desde
tierra, comentarios que eran captados por nuestros aparatos de escucha. De este modo la confianza de las tripulaciones alemanes en el nuevo
invento quedó destruida desde el primer momento; y después de persistentes fracasos, el enemigo abandonó el procedimiento. Es muy posible
que el bombardeo de Dublín en la noche del 30 al 3l de mayo de 1941, fuese una consecuencia imprevista e involuntaria de nuestra acción
contra el “aparato Y”.
CAPITULO XXXIII
Destructores a cambio de bases
(Mr. Churchill, en el primer telegrama que en calidad de jefe del Gobierno británico dirigió el 15 de mayo de 1940 al presidente Roosevelt,
solicitaba que los Estados Unidos prestaran a Inglaterra cuarenta o cincuenta destructores antiguos. Esta petición fue renovada en los
meses sucesivos)
En aquella época teníamos en Washington un embajador singularmente idóneo para el cargo y que gozaba allí de notable influencia. Yo
conocía a Philip Kerr –que luego heredó el título de marqués de Lothian– desde los lejanos tiempos del apogeo de Lloyd George, en 1919.
Nuestro desacuerdo profundo había quedado patente en diversas ocasiones desde Versalles hasta Munich y aun después de Munich. Pero a
medida que fue agravándose la tensión internacional, los puntos de vista de Lothian sobre los acontecimientos adquirieron una mayor
amplitud y una penetración cada vez más profunda.
Las inquietudes de lord Lothian
Las últimas palabras de mi discurso del 4 de junio ante los Comunes inquietaron vivamente a Lothian, en especial las siguientes: “No
capitularemos jamás, y aun en el caso de que nuestra isla o una gran parte de ella fuese subyugada y reducida a la miseria y al hambre –
84
contingencia que ni por un momento creo posible–, nuestro Imperio de allende los mares, armado y protegido por la Flota Británica,
proseguirá la lucha hasta la hora elegida por Dios en que el Nuevo Mundo, con todo su poderío y su fuerza, interviniese para socorrer y
liberar al Viejo”. Lord Lothian consideraba que estas palabras habían de animar “a quienes creían que aun cuando la Gran Bretaña
sucumbiese, la Flota cruzaría el Atlántico para ponerse en sus manos”. El lector sabe muy bien que entre bastidores yo había estado
empleando un lenguaje muy diferente. No obstante, para aclarar perfectamente los conceptos, expliqué mi postura en términos parecidos al
ministro británico de Asuntos Exteriores y al embajador en Washington.
Del primer ministro a lord Lothian.
“9-6-40
“Las últimas frases de mi discurso iba dirigidas, naturalmente, a Alemania e Italia, a quienes hoy horroriza la idea de una guerra larga y más
todavía de una guerra intercontinental; también iban dirigidas a los Dominios cuyos mandatarios somos nosotros. No obstante, siempre he
tenido en cuenta el punto de vista de usted y lo he expuesto en diversos telegramas al Presidente y a Mackenzie King.
“Si la Gran Bretaña cediese ante la invasión, no cabe duda de que un Gobierno germanófilo podría obtener del Reich unas condiciones harto
ventajosas entregándole la Flota, lo cual convertiría a Alemania y al Japón en dueños del Nuevo Mundo. Los actuales ministros de Su
Majestad no cometerían jamás semejante felonía, pero si llegase a constituirse un Gobierno “quisling” es esto exactamente lo que haría, y
quizá lo único que podría hacer. Conviene que el Presidente lo tenga muy en cuenta.
“Debería usted hablarle en este sentido, a fin de que en los Estados Unidos nadie se llame a engaño confiando que su país, gracias a su
política actual, recogerá oportunamente los despojos del Imperio británico. Por el contrario, Norteamérica corre el terrible peligro de ver
ampliamente desbordado su poderío naval. Además los nazis exigirían a buen seguro la cesión de las islas y las bases necesarias para
mantener a raya a los Estados Unidos. Si nosotros nos hundimos, Hitler tendrá excelentes probabilidades de conquistar el mundo…”
Buenos augurios, pero con reservas
Transcurrió cerca de un mes sin que dieran resultado alguno las gestiones de Lothian. El 6 de julio llegó un telegrama alentador en el que el
embajador decía que los medios norteamericanos bien informados empezaban por fin a darse cuenta de que los Estados Unidos corrían
seriamente el peligro de perder por completo el apoyo de la Flotas británica si la suerte de las armas nos era adversa y si ellos insistían en
mantener su neutralidad. De todos modos, había de ser muy difícil lograr que la opinión pública norteamericana considerase con simpatía la
idea de cedernos los destructores pedidos a menos que existiesen suficientes granarías de que en caso de entrar los Estados Unidos en la
guerra, la Flota británica, o lo que quedase de ella, pasaría al otro lado del Atlántico si los alemanes invadían y conquistaban la Gran Bretaña.
Un acto contrario a la neutralidad
En la primera semana de agosto se nos sugirió a través de lord Lothian que podíamos adquirir los cincuenta destructores viejos, pero
recientemente puestos en condiciones de servicio que se hallaban en los astilleros de la Armada en la costa oriental de los Estados Unidos, a
cambio de una serie de bases de las Antillas y también en las Bermudas. No existía, desde luego, punto de comparación entre el valor
intrínseco de aquellos buques anticuados y poco eficaces y la inmensa y permanente seguridad estratégica que supondría para Norteamérica
el disfrute de las bases insulares. Pero la amenaza de invasión, así como la importancia de poseer numerosas unidades en el canal de la
Mancha y el mar de Irlanda, daban carácter de urgencia a nuestras necesidades. Por otra parte, el valor estratégico de las islas en cuestión sólo
era efectivo en caso de conflicto con los Estados Unidos.
Convencido, como lo había estado siempre, de que la supervivencia de la Gran Bretaña está estrechamente unida a la de Norteamérica, yo
opinaba –y mis colegas compartían esta opinión– que el tener aquellas bases en manos norteamericanas constituía una auténtica ventaja. Por
consiguiente, no enfoqué el asunto desde un punto de vista nacionalista y, en definitiva, limitado.
Había otra razón más fuerte y de mayor alcance que la utilidad recíproca de los destructores y las bases. La cesión a la Gran Bretaña de
cincuenta buques de guerra norteamericanos era un acto claramente contrario a la neutralidad por parte de los Estados Unidos. De acuerdo
con todos los precedentes históricos, habría sido motivo suficiente para que el Gobierno alemán declarase la guerra al de Washington. El
Presidente, empero, no temía que ocurriese tal cosa; y yo, a mi vez, comprendía que no cabía esperar una solución tan sencilla de muchas
dificultades. El interés y el sistema habitual de Hitler consistía en derribar a sus adversarios uno por uno. Lo que menos deseaba era verse
envuelto en una guerra con los Estados Unidos antes de haber terminado con Inglaterra.
Sin embargo, la transferencia de los destructores a la Gran Bretaña en septiembre de 1940 fue un acontecimiento que situó indiscutiblemente
a Norteamérica más cerca de nosotros y también de la guerra, y fue asimismo el primero de una larga serie de actos contrarios a la neutralidad
que tuvieron el Atlántico por escenario y que nos prestaron servicios inestimables. Para los Estados Unidos aquel hecho señaló el paso de la
neutralidad a la no beligerancia. Aunque Hitler no pudo permitirse el lujo de expresar su protesta, el mundo entero comprendió la
trascendencia de la cesión.
Sugestión peligrosa
Por todas estas razones el Gabinete de Guerra y el Parlamento aprobaron la política de ceder en arriendo las bases a cambio de los
destructores, siempre que pudiésemos convencer a los Gobiernos de las islas afectadas de la necesidad de aceptar, en bien del Imperio, lo que
para ellos era un gran sacrificio y suponía una profunda perturbación en su existencia.
El 6 de agosto cablegrafió Lothian diciendo que el Presidente deseaba una respuesta inmediata en cuanto al futuro de la Flota. Quería tener la
seguridad de que si la Gran Bretaña era invadida, nuestra Armada seguiría luchando en ultramar y en defensa del Imperio y en ningún caso
sería entregada al enemigo ni hundida. Este era el argumento que, al parecer, había de inclinar la balanza del congreso a nuestro favor en el
asunto de los destructores.
En vista de ello, expuse mis ideas personales al ministro británico de Asuntos Exteriores:
“7-8-40
“A mi entender, la situación esta perfectamente clara. Nosotros no tenemos la menor intención de hundir ni entregar la Flota británica. En
realidad, esta suerte parece más bien destinada a correrla la Flota alemana, o lo que quede de ella. El país no toleraría ni que discutiésemos
siquiera lo que haríamos si nuestra isla fuese invadida. Semejante debate, acaso en vísperas de una invasión, sería nocivo para la moral, tan
elevada actualmente, de nuestro pueblo. Además, no debemos permitir que en ningún momento el Gobierno de los Estados Unidos pueda
decirnos: “Consideramos llegado el momento de que envíen ustedes su Flota a esta lado del Atlántico, de acuerdo con lo convenido cuando
les enviamos los destructores”. Hemos de negarnos a formular cualquier declaración parecida a la que se nos sugiere y limitar estrictamente la
transacción al arriendo de las bases coloniales.”
85
Una semana después telegrafié al presidente Roosevelt en los siguientes términos;
“15-8-40
“No he de decirle cuánto me ha confortado
confortado su mensaje ni cuán agradecido le estoy por los incansables esfuerzos que realiza para prestarnos
toda la ayuda posible. No dudo de que nos enviarán ustedes todo lo que puedan, pues saben perfectamente que cada uno de los destructores
que pongan a nuestra
ra disposición valdrá su peso en rubíes. Pero necesitamos también las lanchas torpederas a que usted hizo referencia
tiempo atrás, así como todos los hidroaviones y todos los fusiles de que su país pueda desprenderse. Tenemos aquí un millón de
d hombres que
esperan armas.
“El valor moral de la ayuda que una vez más nos presta el Gobierno y el pueblo de los Estados Unidos en esta hora crítica será
ser debida y
ampliamente reconocido.
Las bases británicas en arriendo a Norteamérica
ción sobre los dos puntos que juzga necesarios para que sus gestiones cerca del Congreso y de las autoridades
Podemos dar a usted satisfacción
interesadas den el resultado apetecido; pero estoy seguro de que no Interpretará usted erróneamente mis palabras si le digo que
q nuestro
consentimiento
ento al respecto ha de quedar condicionado a la
garantía de que recibiremos sin tardanza los buques y los hidroaviones.
“En cuanto a las garantías por nuestra parte a propósito de la Flota británica, estoy, desde luego, dispuesto a reiterar a usted
us lo que le dije el 4
de junio ante el Parlamento. Pensamos luchar aquí hasta el fin, y ninguno de nosotros se avendría jamás a comprar la paz mediante
medi
la
rendición o el hundimiento deliberado de la Flota. Pero sea cual fuere el uso que haga usted de esta seguridad renovada, le ruego no pierda
nunca de vista lo desastroso que sería para nuestros intereses, y quizá también 0para los de ustedes, permitir que cundiera la
l impresión de que
no consideramos la conquista de las Islas Británicas y sus bases navales como una contingencia irrealizable. La moral de nuestro pueblo es
magnífica. Nunca ha estado más unido y resuelto que ahora. Los duros combates aéreos de la pasada semana han reforzado enormemente,
enorme
y
con razón, su fe en la victoria.
“Por lo que se refiere a las bases
es aeronavales, acepto gustoso su propuesta de cesión en arriendo por noventa y nueve años, sistema para
nosotros muchísimo más grato que el de venta. No dudo que una vez establecido un acuerdo de principio, la discusión de los detalles
de
no dará
lugar a ninguna dificultad.
“Deseo hacerle presente, empero, que habremos de consultar al Gobierno canadiense y al de Terranova acerca de la base a ceder en este
último territorio, en el que, como usted sabe, tiene intereses el Canadá. Ya desde ahora procedemos a solicitar el consentimiento de dichos
Gobiernos.
“Permítame, señor Presidente, que le renueve la expresión de mi gratitud por la ayuda y el estímulo que de usted recibimos y que tanto
suponen para nosotros.”
Puntos de vista
El Presidente, al tener que contarr en todo momento con la aprobación del Congreso, así como de las autoridades navales de los Estados
Unidos, veíase lógicamente cada vez más obligado a presentar la transacción a sus conciudadanos como un negocio muy ventajoso;
ventajoso gracias al
cual el país obtendría
ndría unos elementos de protección de gran importancia en aquellos azarosos tiempos a cambio de unas cuantas flotillas de
destructores anticuados. Así era en efecto; pero a mi no me convenía que se formulase semejante declaración. Tanto en el Parlamento
Parl
como
en el seno del Gobierno provocaba vivo desasosiego la idea de arrendar siquiera parte de unos territorios que eran blasones de
d nuestro
patrimonio histórico. Y si el asunto se presentaba a los ingleses bajo la forma de un simple tráfico de posesiones británicas
bri
contra cincuenta
destructores, era evidente que suscitaría una oposición encarnizada. Traté, pues (en un discurso pronunciado ante la Cámara el
e 20 de agosto)
86
de situar la operación en un plano infinitamente superior, en el plano que, en definitiva, le correspondía por derecho; el de la salvaguardia de
los intereses comunes y permanentes del mundo de habla inglesa.
Pragmatismo norteamericano
Lothian me cablegrafió entonces que mister Sumner Welles le había dicho que el respeto a la Constitución “incapacitaba totalmente” al
Presidente para efectuar el envío de los destructores a título de donación; éstos sólo podían sernos entregados como elemento de permuta. De
acuerdo con la legislación entonces vigente, ni el jefe del Alto Estado Mayor ni el Consejo Supremo de la Armada estaban autorizados para
certificar –trámite sin el cual era imposible hacer legalmente la transferencia– que los buques no eran indispensables para la defensa nacional,
a menos que el país recibiese una compensación tangible que, según garantía escrita de dichas autoridades, sirviese para reforzar la seguridad
de los Estados Unidos. El Presidente había intentado en vano hallar otra solución.
Garantías
Finalmente (después de la oferta oficial de las bases navales hecha el 27 de agosto), propuse el siguiente texto destinado a ver la luz pública y
que el Presidente podría enviarme en forma de telegrama para obtener las garantías que deseaba recibir de nosotros:
Se afirma que el primer ministro de la Gran Bretaña declaró el 4 de junio de 1940, ante el Parlamento, que si en el curso de la guerra en que
actualmente están comprometidos el Reino Unido y las colonias británicas, llegara un momento en que fuese insostenible la presencia de los
navíos británicos en las aguas territoriales de la Gran Bretaña, en ningún caso la Flota británica capitularía ni sería hundida voluntariamente,
sino que se trasladaría a ultramar para asegurar la defensa de otras partes del Imperio.
“El Gobierno de los Estados Unidos desea preguntar respetuosamente si la antedicha declaración responde en un todo a la política a seguir
acordada por el Congreso británico.”
El Presidente adoptó esta versión, y yo, a mi vez, le envié la siguiente respuesta, convenida de antemano:
“Pregunta usted, señor Presidente, si la declaración que hice ante el Parlamento el 4 de junio de 1940 en el sentido de que la Gran Bretaña no
entregará ni hundirá voluntariamente en ningún caso su Flota, “responde en un todo a la política a seguir acordada por el Gobierno de Su
Majestad”. Así es, efectivamente. Debo hacerle observar, empero, que aquella eventualidad hipotética es mas probable que afecte a la Flota
alemana –o a sus restos– que a la nuestra.”
Trato cerrado
Así obtuvimos los cincuenta destructores norteamericanos. Concedimos en arriendo por noventa y nueve años a los Estados Unidos las bases
aéreas y navales previamente designadas en las Antillas y en Terranova. Y, en tercer lugar, repetí, en forma de garantía al presidente
Roosevelt, mi declaración de que la Flota británica no sería entregada ni hundida jamás.
Yo consideraba estros hechos como otras tantas transacciones paralelas y como actos de buena voluntad realizados con ánimo de lucro y
basados exclusivamente en unas conveniencias recíprocas. Por su parte, el Presidente creyó preferible presentarlos al Congreso como un todo
coherente. No hubo contradicción mutua en nuestras respectivas actitudes, y ambas naciones quedaron satisfechas, en Europa el
acontecimiento causó muy honda impresión.
CAPITULO XXXIV
Nuevos escenarios de la contienda
Eliminada Francia como Potencia combatiente y empeñada la Gran Bretaña en una lucha a vida o muerte en el espacio aéreo de su propio
territorio Mussolini creyó a buen seguro llegada la hora de ver convertirse el antiguo Imperio romano. Libre de toda preocupación en lo
referente a la defensa de la frontera tunecina, podía reforzar aún más el numeroso ejército que había concentrado para la invasión de Egipto.
El Gabinete de Guerra estaba decidido a defender Egipto contra cualquier agresor y con todos los medios que fuese posible distraer de la
lucha decisiva de la metrópoli. Labor tanto más difícil cuanto que el Almirantazgo se declaraba impotente para hacer pasar incluso convoyes
militares por el Mediterráneo a causa del grave riesgo que entrañaban los ataques aéreos, todos aquellos convoyes habían de doblar el cabo de
Buena Esperanza. De este modo nos exponíamos a comprometer el resultado de la batalla de Inglaterra sin prestar ninguna ayuda efectiva a la
batalla de Egipto. Es curioso que mientras en aquella época todos los optimistas responsables estábamos perfectamente tranquilos y
optimistas, el simple hecho de reseñar los acontecimientos al cabo de los años me produzca un escalofrío de angustia.
Desproporción de fuerzas
87
Cuando Italia declaró la guerra el 10 de junio de 1940, el Servicio Secreto británico calculaba –acertadamente, según ahora sabemos– que,
aparte de las guarniciones italianas en Abisinia, Eritrea y Somalia, había unos 215.000 soldados enemigos en las provincias costeras del
África septentrional. La distribución de esta fuerzas era la siguiente: Tripolitania, seis divisiones metropolitanas y dos de la Milicia fascista;
en Cirenaica, dos divisiones metropolitanas y dos de la Milicia, amén de las unidades de protección de fronteras, cuyos efectivos equivalía a
tres divisiones; en total, 15 divisiones.
Las tropas británicas en Egipto se componían de la séptima División blindada, dos tercios de la cuarta División india, un tercio de la División
neozelandesa, además de catorce batallones británicos y dos regimientos de la Artillería Real que no estaban agrupados en formaciones
mayores; en total, unos 50.000 hombres. Con estos efectivos había que garantizar el propio tiempo la defensa de la frontera occidental y la
seguridad interior de Egipto. El saldo, pues, nos era ampliamente desfavorable en el campo de batalla, y por añadidura los italianos tenían
muchos más aviones que nosotros.
Durante los meses de julio y agosto los italianos mostraron actividad en diversos puntos. Hubo una primera amenaza en dirección a Khartum,
procedente de Kasala, en el Nilo Blanco. Se declaró el estado de alarma en Kenya por temor a una columna expedicionaria italiana que a 700
kilómetros al sur de Abisinia, se dirigía al río Tana y a Nairobi. Importantes contingentes enemigos penetraron en la Somalia británica. Pero
todos estos motivos de inquietud eran poco menos que desdeñables comparados con la invasión de Egipto, que evidentemente los italianos
estaban preparando en gran escala.
Aventura a cara o cruz
Desde hacia algún tiempo Mussolini desplazaba metódicamente sus fuerzas hacia el Este, en dirección a Egipto. Ya antes de la guerra había
mandado construir una magnífica carretera a lo largo de la costa, desde Trípoli, base principal, a traves de Tripolitania y Cirenaica, hasta la
frontera egipcia. Hacía meses que aquella carretera era escenario de un movimiento de tropas cada vez más intenso. En Bengasi, Derna,
Tobruk, Bardia y Sollum se iban erigiendo y llenando lentamente grandes depósitos de pertrechos y víveres. La carretera tenía una longitud
de más de 1.500 kilómetros, y las guarniciones italianas y sus puestos de abastecimiento iban quedando ensartados en ella como abalorios en
un hilo.
Al final de la carretera, cerca de la frontera egipcia, el Estado Mayor italiano había acumulado y organizado pacientemente un ejército de
setenta u ochenta mil hombres bien equipados con armamento moderno. Ante aquel ejército rutilaba la codiciada presa: Egipto. Detrás de él
extendíase la interminable carretera que conducía a Trípoli; y mas allá, ¡el mar!
Si aquellas legiones, acumuladas hombre a hombre, semana tras semana y durante muchos años, lograban avanzar incesantemente hacia el
Este, venciendo todos los obstáculos que hallaran al paso, su suerte sería brillantísima. Si conseguían alcanzar las fértiles zonas del Delta,
quedaría desvanecida toda preocupación en cuanto al largo camino de retorno. En cambio, si la desgracia se abatía sobre ellas, muy pocos de
sus hombres volverían a pisar el suelo de su patria.
En campo abierto y en la serie de grandes puestos de abastecimiento que jalonaban la costa había, al llegara el otoño, no menos de 300.000
italianos que, aun sin ser hostilizados, sólo podían retroceder gradualmente y en pequeños grupos hacia el Oeste a lo largo de la carretera.
Para ello necesitarían muchos meses. Y si perdían la batalla en la frontera egipcia, si veían roto su frente y no les quedaba tiempo para volver
atrás, todos ellos estarían irremisiblemente condenados a caer prisioneros o a morir. En julio de 1940, sin embargo, nadie sabía quien iba a
ganar.
El primer alfilerazo
En aquella época nuestra posición defensiva más avanzada era Marsa Matruk, estación terminal de una línea férrea. De allí partía una buena
carretera hacia el Oeste hasta Sidi Barrani, pero desde Sidi Barrani hasta Sollum y la frontera con contábamos con ninguna vía de
comunicación capaz de garantizar el abastecimiento de importantes efectivos situados en una vasta zona próxima a la raya fronteriza.
Habíamos constituido un pequeño contingente de fuerzas mecanizadas de cobertura a base de algunas de nuestras mejores unidades regulares:
el 7º de Húsares (tanques ligeros), el 11º de Húsares (carros blindados”, dos batallones motorizados del 60º de Fusileros y de la “Rifle
Brigada”, y dos regimientos motorizados de la Real Artillería Montada.
Se habían cursado órdenes de atacar los puestos fronterizos italianos inmediatamente después de la ruptura de hostilidades. Por lo tanto, al
cabo de veinticuatro horas el 11º de Húsares cruzó la frontera, cogió por sorpresa a los italianos, que no se habían enterado de la declaración
de guerra, e hizo prisioneros a muchos de ellos. A la noche siguiente, 12 de junio, obtuvo un éxito parecido, y el 14 de junio, junto con el 7º
de Húsares y una compañía del 60º de Fusileros, se apoderó de los fuertes fronterizos de Capuzzo y Magdalena, y cogió 220 prisioneros. El
día 16 nuestras fuerzas profundizaron aún más en territorio enemigo, destruyeron doce tanques, interceptaron un convoy en la carretera de
Tobruk a Bardia e hicieron prisioneros a un general.
En aquella guerra en miniatura, pero conducida a paso de carga, nuestras tropas tenían la sensación clara de que llevaban las de ganar y muy
luego se creyeron dueñas del desierto. Mientras no hubiesen de hacer frente a grandes unidades organizadas o atacar puestos fortificados de
cierta importancia, podían ir a donde quisieran, cosechando triunfos en el curso de breves y duros encuentros. En realidad, cuando dos
ejércitos se aprestan a entrar en combate la situación del que únicamente domina el terreno que pisa o el lugar en que acampa es mucho más
precaria que la del que tiene en sus manos todo el resto del territorio. Esto lo pude comprobar yo durante la guerra de los borres, nosotros no
poseíamos nada allende las hogueras de nuestros vivaques, en tanto que los borres campaban por sus respetos en todo el país.
Procedentes del Oeste llegaban ya fuerzas enemigas cada vez más numerosas, y a mediados de julio los italianos habían recobrado todas sus
posiciones hasta la línea fronteriza con dos divisiones y parte de otras dos. De todos modos, la cifra oficial de bajas italianas en los tres
primeros meses de guerra se elevó a cerca de 3.500 hombres, 700 de ellos prisioneros. Nuestras pérdidas apenas si excedieron de 150. Así,
pues, la primera fase de la guerra que Italia había declarado al Imperio británico terminó a nuestro favor.
Medidas de seguridad
El Gran Cuartel General del Oriente Medio, bajo el mando del general Wavell, creía conveniente esperar el ataque italiano cerca de la
posición fortificada de Marsa Matruk. Esta era, al parecer. La única táctica posible hasta que pudiésemos concentrar allí un ejército
considerable. Yo propuse, por lo tanto, la adopción de las siguientes medidas.
En primer lugar, reunir fuerzas suficientes para hacer frente a los invasores italianos. Para ello era preciso correr determinados riesgos en
muchos otros sectores. Me daba pena ver la dispersión de efectivos que las autoridades militares toleraban. Evidentemente, era necesario
reforzar Khartum y la cuenca del Nilo Azul en previsión de posibles ataques desde la frontera de Abisinia; pero ¿Por qué retener ociosos en
Kenya a los 25.000 hombres que componían la brigada de la Unión Sudafricana y dos brigadas más de excelentes tropas del África
Occidental?
Hice cuanto pude por retirar de Singapur la división australiana recién llegada a aquella base, enviándola primero a la India para su
entrenamiento y luego al desierto occidental africano. Palestina ofrecía un aspecto diferente. Teníamos desperdigado por todo el país un
contingente de muy buenas unidades; una división australiana, una brigada neozelandesa, nuestra escogida división “Yeomanry”, casi todas
ellas dotadas de carros blindados; la “Household Cavalry” (Caballería de la Guardia Real), montada aún, pero deseosa de recibir armamento
88
moderno. En cuanto a los servicios administrativos, estaban bien distribuidos y organizados. Yo quería armar a los judíos de Tel-Aviv;
Tel
a mi
entender, provistos de armas adecuadas, tales elementos podían constituir magníficas unidades de combate frente a cualquier agresor. Pero en
este aspecto topé con una resistencia inusitada.
Mi segundo motivo de preocupación era el de conquistar y garantizar nuestra libertad de movimientos en el Mediterráneo, haciendo
hacie
frente a
débil Marina italiana y al grave peligro aéreo, a fin
fin de convertir a Malta en una fortaleza inexpugnable. A mi juicio, era de suma importancia
el envío a través del Mediterráneo de nuestros convoyes militares, especialmente los cargamentos de tanques y cañones, en vez de mandarlos
por la interminable ruta del
el Cabo. La consecución de semejante resultado parecía justificar el que corriéramos muchos riesgos. Enviar una
división de la Gran Bretaña a Egipto vía El Cabo equivalía a la certeza de que no podría luchar en sitio alguno por espacio de
d tres meses; pero
aquellos eran meses de valor incalculable y nosotros teníamos muy pocas divisiones.
Finalmente estaba nuestra isla, en aquel entonces bajo una amenaza casi directa de invasión. ¿Hasta que punto podíamos desguarnecer
desgua
nuestra metrópoli y nuestra fortaleza en beneficio del Oriente Medio?
El comité de los cerebros.
Mi deseo era que el problema del oriente Medio fuese estudiado decididamente y sin pérdida de tiempo por un grupo de ministros,
ministro versados
todos ellos en cuestiones bélicas y buenos conocedores de aquel escenario de la contienda.
Del primer ministro a sir Edward Bridges.
“10-7-40
“Creo que sería oportuno constituir un pequeño comité compuesto por los ministros de la Guerra (Mr. Eden), de la India (Mr. Amery)
A
y de
Colonias (lord Lloyd), encargado
gado de examinar a fondo la dirección de la guerra en Oriente Medio (zona que afecta a los tres por igual) y de
asesorarme luego, en mi calidad de ministro de Defensa, acerca de las recomendaciones que yo debería formular al Gabinete. Le ruego
proceda a dar
ar cumplimiento a estas indicaciones. El ministro de la Guerra ha accedido a presidir el citado organismo.”
Mr. Eden dio cuenta a su Comité de la escasez de tropas, armamento y recursos de carácter general que sufrían nuestras posiciones
posici
del
Oriente Medio;
o; puso también de relieve la inquietud que sobre este particular experimentaba el jefe del Estado Mayor Imperial. El Comité
recomendó que fuese debidamente equipada la división blindada que, si bien se hallaba ya en Egipto, no tenía todo el armamento
armament necesario;
recomendó asimismo el envío de una segunda división blindada en cuanto fuese posible retirarla de la metrópoli.
El 31 de julio Mr. Eden hizo constar que en el
término de pocas semanas estaríamos en situación
de prescindir de algunos tanques y que si
s estos
elementos de combate y otro género de armamento
habían de llegar al Oriente Medio en el mes de
septiembre, tendríamos que enviarlos a través del
mediterráneo. A pesar de la tensión creciente
suscitada por la amenaza de invasión de la Gran
Bretaña, decidí apoyar plenamente este orden de
ideas y planteé repetidas veces el arduo problema
ante el Gabinete de Guerra.
Transfusión de sangre
Experimentada también la urgente necesidad de
tratar con el propio general Wavell de los grandes
acontecimientos que
qu se avecinaban en el desierto
de Líbia. No conocía personalmente a aquel
distinguido militar, de quien tantas cosas
dependían. Rogué, pues, al ministro de la Guerra
que le invitase a venir a Inglaterra por espacio de
una semana, con objeto de celebrar consultas,
con
en la
primera ocasión que se le presentara. Wavell llegó
el 8 de agosto. Trabajó con los Estados Mayores y
sostuvo diversas y extensas conversaciones con
Mr. Eden y conmigo.
A la sazón el Mando del Oriente Medio había de
hacer frente a una rara amalgama
ama
de problemas
militares, políticos, diplomáticos y administrativos
de suma complejidad. Mis colegas y yo
necesitábamos más de un año de éxitos y fracasos
para llegar a la conclusión de que era preciso
repartir la responsabilidad de las tareas en el Oriente
Oriente Medio entre un comandante en jefe, un ministro de Estado y un intendente general que
cuidase de todo lo relativo al abastecimiento. Aunque no estaba completamente de acuerdo con el uso que el general Wavell hacía
hac de los
recursos de que disponía, creí preferible dejar que siguiera ostentando el mando. Admiraba sus grandes dotes y quedé impresionado al ver la
confianza que en él tenían tantas altas personalidades.
Como resultado de las deliberaciones del Estado Mayor Imperial el general Dill, con la decidida
decidida aprobación de Eden, me escribió el 10 de
agosto que el Ministerio de la Guerra tomaba las disposiciones necesarias para enviar inmediatamente a Egipto un batallón de carros de asalto
(52 unidades), un regimiento de tanques ligeros (52 unidades) y un regimiento de tanques de infantería (50 unidades), así como 48 cañones
antitanques, 20 baterías antiaéreas ligeras, 48 piezas de artillería de campaña calibre 105, quinientos fusiles ametralladores
ametralladore y 250 fusiles
antitanques, con sus municiones correspondientes.
correspondie
Lo único que faltaba saber era si el convoy iría a dar la vuelta por el cabo de Buena Esperanza o bien se aventuraría por el Mediterráneo. Yo
insistí enérgicamente cerca del Almirantazgo para que adoptase la ruta directa por el Mediterráneo. Este punto
pun concreto dio lugar a vivas
discusiones. Entretanto, el Gabinete aprobó el embarque y la salida de la columna blindada, dejando la resolución final referente
refe
al camino a
seguir para cuando el convoy estuviese próximo a Gibraltar. Esto nos permitía esperar
esperar hasta el 26 de Agosto, hacia cuya fecha estaríamos ya
bastante mejor informados sobre la inminencia de una ofensiva italiana.
89
No perdimos el tiempo. La dramática decisión de someternos aquella transfusión de sangre en el preciso momento en que hacíamos acopia de
energías para enfrentarnos con un peligro mortal, era a la vez aterradora y necesaria. Nadie vaciló.
CAPITULO XXXV
Treinta días angustiosos
Septiembre, al igual que junio, fue un mes de tensión extraordinaria para aquellos a quienes en la Gran Bretaña incumbía la responsabilidad
de la dirección de la guerra. La batalla aérea, ya descrita, de la cual dependía todo, rugía con furia cada vez mayor y se acercaba a su punto
culminante. Hoy, a distancia de años, vemos que la victoria alcanzada por las Reales Fuerzas Aéreas el 15 de septiembre constituyó
efectivamente el hecho decisivo de la lucha. Pero en aquella época nos faltaba la perspectiva necesaria para apreciarlo, aparte de que
ignorábamos si el enemigo desencadenaría ataques aún más violentos, ni, en caso afirmativo, cuanto durarían.
Los límites de la resistencia humana
El buen tiempo había favorecido grandemente la labor de nuestros cazas diurnos y hasta entonces habíamos acogido siempre con alborozo su
presencia. Pero cuando en la tercera semana de septiembre visité al vicealmirante de Aviación, Park, en su puesto de mando del 11º Grupo de
cazas, noté un ligero aunque perceptible cambio de opinión sobre el particular. Al preguntar cuál era la previsión meteorológica, me
contestaron que anunciaba cielo despejado para los días inmediatos. Sin embargo, esta perspectiva no parecía animarles tanto como a
principios del mes. Tuve la sensación de que ya no considerarían como una desgracia el que se produjese un cambio en el estado del tiempo.
Hallándome, acompañado de varios oficiales y jefes, en el despacho de Park, llegó una comunicación del Ministerio del Aire anunciando que
se habían agotado las existencias de municiones. De Wilde. Este tipo de proyectiles era el que preferían los pilotos de caza. La fábrica que los
producía acababa de ser bombardeada, Park se inmutó al oír esto; pero reaccionó casi inmediatamente y dijo con decisión: “Al principio nos
batimos sin esas municiones; volveremos a batirnos sin ellas”.
En el curso de mis conversaciones con el mariscal de Aviación Dowding, que solía abandonar su puesto de mando en Uxbridge para pasar
conmigo en Chequers los fines de semana, pude ver con claridad que las formaciones de caza habían llegado al límite de sus fuerzas. Los
partes semanales demostraban que numéricamente seguíamos siendo fuertes, siempre que el enemigo no intensificara sus ataques. Pero las
estadísticas no reflejaban la tensión física y mental a que estaban sometidos los pilotos.
Era innegable su sublime fervor, que les impelía muchas veces a librar desiguales combates de cinco y hasta seis contra uno, y era asimismo
evidente el sentimiento de superioridad que les infundían sus incesantes victorias y las elevadas pérdidas del enemigo; pero la resistencia
humana tiene sus límites. Existe un fenómeno indiscutible de agotamiento puro y simple tanto del espíritu como del cuerpo. Hubo un
momento en que no pude menos que recordar la desazón de Wellington en la tarde de la batalla de Waterloo: “Plegue a Dios que llegue
pronto la noche o que llegue Blücher.” Sólo que esta vez no nos interesaba que llegara Blücher.
Todos los músculos en tensión
Entretanto, los síntomas de una inminente invasión alemana se multiplicaban rápidamente. Las fotografías tomadas por nuestros aviones de
reconocimiento señalaban la presencia de más de tres mil lanchones automotores en los puertos y estuarios de Holanda, Bélgica y Francia.
Ignorábamos con exactitud las reservas de buques mayores que podían estar concentradas en el estuario del Rin, o en el Báltico, cuya
comunicación a través del canal de Kiel seguía abierta.
Al estudiar el problema de la invasión he dejado expuestas ya las razones en que basaba mi confianza de que derrotaríamos a los alemanes si
venían, y, por lo tanto, mi certidumbre de que no vendrían. Seguía, pues, atalayando el porvenir con mirada firme. No obstante, era imposible
seguir paso a paso, semana tras semana, la progresión de aquellos preparativos a través de las fotografías de nuestros servicios aéreos y los
informes de nuestros agentes, sin experimentar una vaga sensación de angustia. Estas cosas, quiérase o no, se van filtrando lentamente en el
ánimo de quien las observa de cerca.
En general, los jefes de Estado Mayor opinaban que la invasión era inminente, en tanto que yo, por mi parte, me mostraba escéptico y
sostenía un punto de vista distinto. Era inútil, empero, tratar de reprimir esa sensación interna que tiene su origen en la espera prolongada de
acontecimientos terribles. Claro está que manteníamos en tensión todos nuestros músculos y todos nuestros nervios para que el enemigo no
nos cogiera desprevenidos. No descuidábamos nada de cuanto pudiésemos realizar mediante el celo y la capacidad de nuestros jefes militares,
la vigilancia de nuestros ejércitos, ya poderosos y bien organizados, y el espíritu valeroso e indomable de todo nuestro pueblo.
A mediados de septiembre la amenaza de invasión adquirió un carácter lo suficientemente concreto para inducirnos a suspender las salidas
hacia el Oriente Medio de nuevas unidades de importancia vital, sobre todo teniendo en cuenta que habían de ir por la ruta del cabo de Buena
Esperanza. A raíz de una visita que hice al sector de Dover, donde la atmósfera, cargada de electricidad, me causó honda impresión, retrasé
por algunas semanas el envío al Oriente Medio de los neozelandeses y de los dos batallones de tanques que faltaban. Al propio tiempo
mantuve en reserva nuestros tres buques rápidos de transporte –“los barcos (de la línea) Glen”, como les llamábamos– para aventurarlos, en
caso de urgente necesidad, por el Mediterráneo.
90
Paréntesis de humor
Ruego al lector me perdone la trascripción de la siguiente nota:
Del primer ministro al primer lord del Almirantazgo.
“18-9-40
“supongo que pueden ustedes gastarse el dinero en una nueva bandera para el edificio del Almirantazgo. Me apena ver cada mañana ondear al
viento ese trapo viejo y sucio que tienen ahí ahora.”
Una bocanada de aire fresco
Los estados que sometió a mi consideración el nuevo Ministerio de Producción Aeronáutica me produjeron una viva alegría.
Del primer ministro a lord Beaverbrook.
“12-9-40
“Son realmente espléndidas las cifras que me presenta usted relativas al aumento registrado en la fabricación de aparatos de caza y de
bombardeo entre el 10 de mayo y el 30 de agosto. Si puede establecer cifras similares para el 30 de septiembre, fecha ya no lejana, preferiría
leerlas todas juntas ante el Gabinete de Guerra en vez de hacerlas circular como es costumbre. Sin embargo, si las cifras correspondientes al
mes de septiembre no pueden quedar establecidas hasta fines de octubre, leeré ante el Gabinete las que ahora me facilita. El país debe a usted
y a su Ministerio gratitud eterna.”
Del primer ministro a lord Beaverbrook.
“25-9-40
“Estos maravillosos resultados de producción, logrados en circunstancias cada vez más difíciles, me obligan a transmitir a su Departamento el
vivo reconocimiento y los calurosos plácemes del Gobierno de Su Majestad.”
La batalla sorda de los “comandos”
En el curso del verano y el otoño traté de prestar mi apoyo al ministro de la Guerra en la pugna que tenía entablada con las autoridades de su
Ministerio y con los altos jefes del Ejército a propósito de los prejuicios que aquéllas y éstos sentían respecto a los “comandos” o tropas de
asalto.
Del jefe del Gobierno al ministro de la Guerra.
“25-8-40
“He reflexionado acerca de la conversación extraoficial que sostuvimos la otra noche y, como he oído que está en litigio todo el problema de
los “comandos”, creo que es mi deber escribir a usted sobre el particular. La organización de los “comandos” ha recibido orden de “suspender
el reclutamiento” y se le ha dicho que el futuro de dichas unidades queda en tela de juicio. He considerado, pues, que debía comunicar a usted
cuán firmemente opino que los alemanes estuvieron acertados tanto en la guerra pasada como en ésta al utilizar las tropas de asalto como lo
hicieron.
“En 1918 las infiltraciones que tan caras hubimos de pagar fueron realizadas por tropas de asalto; y la resistencia final de Alemania en los
últimos cuatro meses de 1918 se apoyó principalmente en una serie de nidos de ametralladoras construidos con decisión e ingenio y
defendidos con incomparable gallardía. En la guerra actual todos estos factores tienen una importancia muy superior. La derrota de Francia
fue posible gracias a una reducidísima selección de fuerzas poderosamente armadas mientras la masa anónima del Ejército alemán iba
avanzando detrás de ellas para consolidar la conquista y garantizar la ocupación.
“Si ha de haber campaña en 1941, deberá tener un carácter anfibio y ofrecerá sin duda múltiples oportunidades para ejecutar operaciones
menores. Todas éstas dependerán de la posibilidad de desembarcas por sorpresa unidades equipadas con armas ligeras, fuerzas ágiles e
inteligentes, acostumbradas a actuar como verdaderas traíllas de perros sabuesos, en vez de operar y moverse con la disciplinada lentitud que
caracteriza a las formaciones regulares…
“Son muchas, pues, las razones que nos inducen a constituir unidades de tropas de asalto, es decir, a poner en práctica la idea de los
“comandos”. He pedido ya que se proceda a organizar un cuerpo de cinco mil paracaidistas; necesitamos también por lo menos diez mil de
aquellas “partidas de hermanos” (Alusión a las palabras que Shakespeare pone en boca del rey Enrique: “.el recuerdo de nuestro pequeño,
ejército, de nuestra partida de hermanos; pues el que vierta hoy su sangre conmigo será mi hermano”) capaces de actuar con la rapidez del
rayo. Sólo así podremos ocupar posiciones que a continuación permitirán a las tropas regulares bien entrenadas operar en mayor escala…”
La resistencia que oponía el Ministerio de la Guerra era obstinada y se acentuaba a medida que descendía la escala jerárquica militar. La idea
de que grandes partidas de “irregulares” favorecidos con ventajas especiales, con sus atavíos caprichosos y su talante despreocupado,
estigmatizasen implícitamente la reputación de los valerosos y eficientes batallones regulares, resultaba odiosa para los hombres que habían
consagrado su vida entera a la organización disciplinada de unidades permanentes. Los coroneles de muchos de nuestros mejores regimientos
se sentían ofendidos. “¿Qué puede hacer esa gente que no sea capaz de hacer cualquiera de mis batallones? La realización de ese proyecto
acabará con todo el prestigio del Ejército y lo privará de sus mejores elementos. En 1918 no tuvimos tales “comandos”. ¿Qué falta nos hacen
ahora?” Aun sin compartirlos, era fácil comprender estos sentimientos. El Ministerio de la Guerra se hizo eco de las quejes de jefes y
oficiales. Pero yo insistí con energía.
Ofensiva italiana en Egipto
El 13 de septiembre el grueso del Ejército italiano inició su avance, esperado desde hacía largo tiempo, más allá de la frontera egipcia. Sus
efectivos comprendían seis divisiones de infantería y ocho batallones de tanques. Nuestras tropas de cobertura consistían en tres batallones de
91
infantería, un batallón de tanques, tres baterías y dos escuadras de carros blindados. Tenían órdenes de retirarse luchando, operación nada
difícil para aquellas fuerzas, dadas sus especiales aptitudes para la guerra en el desierto.
La ofensiva italiana empezó con un violento fuego de barrera contra nuestras posiciones situadas en la población fronteriza de
d Sollum. Al
desvanecerse el humo y el polvo, nuestros soldados vieron avanzar a las tropas enemigas alineadas en un orden perfecto. Iban delante los
motociclistas en impecable formación; detrás de ellos seguían los tanques ligeros y diversas hileras de vehículos
vehículos automóviles. Como dijo un
coronel británico, el espectáculo parecía “una fiesta conmemorativa en el campo de maniobras de Aldershot”. El Tercer Batallón
Batalló de
“Coldstream Guards”, que se hallaba frente a aquella impresionante formación, replegase lentamente,
lentamente, y nuestra artillería impuso su duro
tributo a los objetivos que con tanta generosidad se le ofrecía.
Más hacia el Sur dos importantes columnas enemigas avanzaban por el desierto al sur de la larga cordillera que corre paralela a la costa y que
sólo podían cruzar por Halfaya –el
el desfiladero del “Fuego del Infierno” que desempeñó un notable papel en las batallas ulteriores–.
ulteriores Cada
columna italiana se componía de muchos centenares de vehículos; a la cabeza y a retaguardia iban los tanques, las piezas antitanques
an
y la
artillería, y en el centro la infantería transportada en camiones. A este género de formación, que fue adoptada en diversas ocasiones,
o
le dimos
el nombre de “el erizo”.
Nuestras fuerzas se retiraban
ante aquellas ingentes masas
de hombres y material, y
aprovechaban
todas
las
coyunturas para hostilizar al
enemigo, cuyos movimientos
parecían errátiles e indecisos.
Después ha explicado Graziani
que en el último momento optó
por modificar su plan, que
consistía en efectuar un
movimiento envolvente por el
desierto, y “decidí concentrar
todas mis fuerzas en el ala
izquierda para realizar un
movimiento relámpago a lo
largo de la costa hasta SidiBarrani”.
Por consiguiente, la gran masa
de tropas italianas avanzaba
lentamente
siguiendo
la
carretera de la costa por dos
vías paralelas. Atacaban a base
de oleadas de infantería
transportada en camiones, en
grupos de cincuenta. Los
“Coldstream
Guards”
abandonaron
hábilmente
Sollum, y por espacio de cuatro días se replegaron a posiciones sucesivas,
sucesivas, infligiendo grandes pérdidas al enemigo a medida que se retiraban.
El 17 de septiembre el Ejército italiano llegó a Sidi-Barrani.
Sidi Barrani. Nuestras bajas se elevaban a cuarenta hombres entre muertos y heridos, en tanto
que las del enemigo eran aproximadamente diez veces superiores, además de 150 vehículos destruidos. Allí, con sus líneas de comunicación
prolongadas en ochenta kilómetros, los italianos se instalaron para pasar los tres meses siguientes. Vieron se constantemente hostilizados por
nuestras pequeñas columnas móviles y experimentaron muy serias dificultades para abastecerse.
Malta, fortaleza indefensa
Entretanto, subsistían mis temores por la suerte de Malta, que continuaba poco menos que indefensa.
Del primer ministro al general Ismay, para el jefe del Estado Mayor Imperial.
“Este telegrama (del gobernador y comandante en jefe de Malta) confirma mis recelos a propósito de aquella isla. Con unas costas
cos defendidas
por un batallón como promedio en cada 20 kilómetros, y sin reserva dignas de tal nombre
nombre para llevara cabo contraataques oportunos, Malta se
encuentra a merced de cualquier desembarco. Recuerde usted que no somos dueños del mar en torno a la isla. Por lo tanto, el peligro
p
parece
ser de extraordinarias gravedad. A mi entender necesitábamos tener allí otros cuatro batallones; pero dados los problemas que plantea hoy el
envío de transportes desde el Oeste, habremos de contentarnos con dos batallones por ahora. Es preciso que escojamos tropas de
d primera
calidad. Al parecer no existen dificultades
des insuperables para su acantonamiento.”
Temores y sólo temores
Cuando dirijo una mirada retrospectiva sobre todas aquellas inquietudes, me acuerdo de la historieta del anciano que en su lecho
le
de muerte
afirmaba que a lo largo de su vida había experimentado
experimentado muchísimos temores, la mayor parte de los cuales no habían llegado nunca a
convertirse en realidad. Lo mismo puedo decir yo, en verdad, de mi vida en el curso del mes de septiembre de 1940.
Los alemanes fueron derrotados en la batalla de Inglaterra. La
La invasión de la Gran Bretaña no llegó a intentarse siquiera. Más aún, por
aquellas fechas Hitler había vuelto ya su ambiciosa mirada hacia el Este. Los italianos no prosiguieron su ofensiva contra Egipto.
Eg
La brigada
de tanques que enviamos por la interminable
interminable ruta del cabo de Buena Esperanza llegó en tiempo útil, ya que no para cooperar en la batalla
defensiva de Marsa Matruk en septiembre, sí para tomar parte en una operación posterior incomparablemente más importante para nosotros.
Encontramos el medio dee reforzar Malta antes de que la isla hubiese sufrido ningún ataque aéreo serio, y nadie osó jamás intentar un
desembarco en la isla-fortaleza.
fortaleza. Así transcurrió el mes de septiembre.
92
CAPITULO XXXVI
Un proyecto audaz: Dakar
El 3 de agosto de 1940 por la noche, desde Chequers, di en principio mi conformidad a un proyecto de desembarco de fuerzas francesas en
África occidental. El general De Gaulle, el general de división, Spears y el mayor Morton habían establecido a grandes rasgos un plan que
tenía por objeto izar la bandera de Francia libre en aquella región, ocupar Dakar y de este modo situar las colonias francesas del África
occidental y ecuatorial bajo el mando del general De Gaulle y sentar las bases para la incorporación ulterior de las colonias francesas del
norte de África.
Informan los técnicos
El Comité de jefes de Estado Mayor estudió el 4 de agosto los detalles del proyecto trazados por el subcomité correspondiente y redactaron
un informe destinado al Gabinete de Guerra. Las propuestas de los altos jefes militares se basaban en los tres principios siguientes:
1º Las fuerzas debían ser equipadas y embarcadas en forma que les permitiese desembarcar en cualquier puerto de África occidental francesa.
2º La expedición se compondría exclusivamente de tropas francesas libes, sin más elementos británicos que los buques de transporte y de
escolta.
3º A fin de que las tropas pudiesen desembarcar sin oposición efectiva, el conjunto de la cuestión se consideraría como un problema de
política interior francesa.
Las fuerzas francesas libres constarían de dos batallones con un total de 2.500 hombres, una columna de tanques, artillería y un destacamento
de ingenieros militares, además de una escuadrilla de bombarderos y de cazas. Muy luego se vio que el general De Gaulle necesitaría un
apoyo británico más sólido que el que había calculado los jefes de Estado Mayor. Estos me hicieron constar que tal cosa representaría para
nosotros una serie de obligaciones más amplias y costosas que las que se habían previsto, y también que la operación empezaba a perder su
carácter exclusivamente francés.
No era posible aceptar a la ligera semejante aumento de responsabilidades, pues en aquella época nuestros recursos estaban ya sometidos a
muy dura prueba. No obstante, el 6 de agosto me entrevisté con el general De Gaulle, y el 7, a las once de la noche, presidí una reunión del
Comité de jefes de Estado Mayor para tratar del proyecto. Se convino en que el punto mejor para el desembarco de las fuerzas francesas
libres era Dakar. Puse de relieve que la operación debía ser apoyada por tropas británicas en número suficiente para garantizar el éxito de la
misma, y pedí que se formulara un proyecto más vasto de acuerdo con este orden de ideas.
El alcance de la operación
El 13 de agosto expuse el asunto al Gabinete de Guerra, aclarando que el nuevo plan tenía un alcance superior al del proyecto original
relativo a una expedición puramente francesa. Mis colegas estudiaron los detalles de un desembarco, al amanecer, de seis columnas distintas
en las playas cercanas a Dakar con objeto de dispersar los esfuerzos de los defensores, en el supuesto de que hubiera oposición. El Gabinete
de Guerra, aprobó el nuevo plan, a resultas de lo que el ministro de Asuntos Exteriores, informase respecto al peligro de una declaración de
guerra por parte de la Francia de Vichy. Yo, después de considerar la situación con los elementos de juicio que tenía en mis manos no creía
en modo alguno que tal cosa ocurriese.
Ya metido de lleno en aquella aventura, aprobé los nombramientos del vicealmirante John Cunningham y del general de división Irwin para
asumir el mando de la expedición. Vinieron ambos a visitarme a mi residencia de Chequers el 12 de agosto por la noche y juntos analizamos
todos los aspectos de aquella operación tan compleja como arriesgada. Yo mismo redacté las instrucciones para los dos comandantes.
Como puede verse, contribuí en forma excepcionalmente activa a la iniciación de la empresa de Dakar –a la cual dimos el nombre
convencional de “Amenaza”– y fui uno de sus más decididos propulsores. Aun cuando tengo la impresión de que no nos vimos debidamente
apoyados en todo momento y aun cuando, por otra parte, la suerte no nos favoreció, jamás me he arrepentido de lo que entonces hice. La
conquista de Dakar era un premio muy interesante; la incorporación a nuestra causa del Imperio colonial francés, muchísimo más interesante
aún. Teníamos una magnífica oportunidad de lograr tales resultados sin efusión de sangre, y el instinto me aseguraba que la Francia de Vichy
no declararía la guerra.
Contrariedades inevitables
93
Nos enfrentábamos con dos peligros: los retrasos y las indiscreciones; el primero de ellos tendería fatalmente a agravar el segundo. En aquélla
época, las fuerzas francesas libres en Inglaterra no era más que un grupo de héroes exiliados que habían cogido las armas contra el Gobierno
imperante en su país. Estaban dispuestos a disparar contra sus propios compatriotas y a aceptar el hundimiento de navíos franceses bajo el
fuego de los cañones británicos. Sus jefes habían sido condenados a muerte. ¿Cabe el asombro, y menos todavía el reproche, por el hecho de
que manifestasen una cierta tendencia al nerviosismo y aun a la indiscreción?
El Gabinete de Guerra podía dar órdenes a nuestras tropas sin que hubiese necesidad de confiar el secreto de nuestras intenciones a nadie más
que a los comandantes de las fuerzas y a los elementos allegados a los jefes de Estado Mayor. Pero el general De Gaulle había de mantener
agrupada en torno a él a su valerosa partida de franceses. Muchos de éstos tuvieron que enterarse de lo que se preparaba. Dakar se convirtió
en tema habitual de conversación entre las tropas francesas. En un restaurante de Liverpool, en el curso de una animada cena, unos oficiales
franceses brindaron al grito de “¡Dakar!”. Por añadidura, hubo que mandar las lanchas de desembarco en vagonetas desde las cercanías de
Portsmouth hasta Liverpool, y su escolta lucia atuendo tropical.
Luego, los retrasos. Al principio confiamos en realizar la operación el 8 de septiembre; pero luego resultó que el convoy principal debía
recalar antes en Freetown para abastecerse de combustible y tomar las disposiciones finales. Se había previsto que los transportes franceses
llegarían a Dakar en dieciséis días, a un promedio de velocidad de l2 nudos. Más tarde, empero, se llegó a la conclusión de que los buques
que habían de transportar el material sólo podían navegar a razón de ocho o nueve nudos, circunstancia ésta de la que no se vino en
conocimiento hasta una fase de las operaciones de carga en el trasbordo del material a otros buques más rápidos no había de ayudarnos a
ganar tiempo. En total, no fue posible evitar un retraso de diez días respecto a la fecha fijada originalmente: cinco días a causa del error de
cálculo en la velocidad de los buques, tres días a causa de dificultades imprevistas en los trabajos de carga y dos días necesarios para el
abastecimiento de combustible en Freetown. Debíamos conformarnos pues, con la fecha del 18 de septiembre para asestar el golpe.
Resumen del plan definitivo
El 20 de agosto, a las 10’30 de la noche, presidí una reunión de los jefes de Estado Mayor, con asistencia del general De Gaulle. He aquí el
resumen que hice del plan definitivo, según consta en el acta correspondiente.
“La Escuadra anglo francesa llegará frente a Dakar al amanecer; los aviones lanzaran banderolas y octavillas sobre la ciudad; los navíos
británicos permanecerán en el horizonte, y los buques franceses se aproximaran al puerto. A bordo de una pequeña embarcación enarbolando
el pabellón tricolor y una bandera blanca, penetrará un emisario en la bahía con una carta para el gobernador anunciándole la llegada del
general De Gaulle y sus tropas de la Francia libre. El general De Gaulle hará constar en su carta que va a librar a Dakar del inminente peligro
de una agresión alemana y que lleva víveres y refuerzos para la guarnición y los habitantes.
“Si el gobernador se muestra razonable, todo irá bien; en caso contrario, y si las defensas costeras abren fuego, la Escuadra británica se
acercará al puerto. Si la oposición persiste, los navíos británicos dispararán contra las baterías francesas, pero limitando su fuego a lo
estrictamente necesario. Si la resistencia se acentúa, las fuerzas británicas recurrirán a todos los medios para acabar con ella. Es esencial que
la operación se lleve a buen término y que el general De Gaulle sea dueño de Dakar al caer la noche.”
El general De Gaulle dio su conformidad.
El día 22 volvimos a reunirnos, y yo leí una carta del ministro de Asuntos Exteriores en la que me informaba que había trascendido al exterior
algo relativo a la expedición. Nadie sabía a ciencia cierta la importancia que podían tener tales indiscreciones. En definitiva, el empleo de
fuerzas marítimas en una operación ofensiva tiene una gran ventaja; cuando una Escuadra se hace a la mar, es imposible saber exactamente
cuál es su `punto de destino. El mas es vasto y el océano más vasto aún. En aquel caso concreto, el atuendo tropical permitía como máximo
suponer que se trataba del continente africano. Se sabía, por ejemplo, que la esposa de un francés residente en Liverpool, de la que
sospechaba tenía contactos con Vichy, estaba convencida de que los transportes de tropas concentrados en el Mersey iban destinados al
Mediterráneo. Aun la misma palabra “Dakar”, divulgada sin discreción, podía constituir una indicación deliberadamente falsa. En todo caso,
el Gabinete de Guerra, dio el 27 de agosto su aprobación final a la arriesgada empresa. La fecha fijada para llevar a cabo la operación
propiamente dicha era el 19 de septiembre.
Concatenación de fatalidades
A las 6’24 de la tarde del 9 de septiembre, el cónsul general británico en Tánger cablegrafió al almirante North, comandante de la zona
marítima del Atlántico septentrional, pidiéndole “una entrevista en Gibraltar” y dándole cuenta al propio tiempo del texto de un telegrama
que dirigía al Foreign Office, concebido en estos términos:
“Recibida de “Jacques” la siguiente información: Es posible que una escuadra francesa trate de cruzar el Estrecho en dirección Oeste con
rumbo desconocido. Puede ser que este intento se produzca dentro de las próximas setenta y dos horas.”
El almirante no estaba en el secreto de la expedición de Dakar e hizo caso omiso de la comunicación. El telegrama fue transmitido
simultáneamente desde Tánger al Ministerio británico de Asuntos Exteriores y recibido allí el día 10 a las 7’50 de la mañana. A la sazón
estábamos sometidos en Londres a un bombardeo continuo. Debido a las frecuentes interrupciones en los servicios a causa de los ataques
aéreos enemigos, había ido acumulándose trabajo atrasado en el gabinete de cifra. Como el mensaje no llevaba indicación de “Importante”,
no fue descifrado hasta que le correspondió normalmente su turno, y no fue distribuido hasta el 14 de septiembre, día en que por fin llegó al
Almirantazgo teníamos, empero, una segunda cuerda en el arco. El 10 de septiembre, a las 6 de la tarde, el Almirantazgo francés comunicó
oficialmente al agregado naval británico en Madrid que tres cruceros franceses tipo “Georges Leygues” y tres destructores habían zarpado de
Tolón y deseaban cruzar el estrecho de Gibraltar el día 11 por la mañana. Este era el procedimiento normal aceptado entonces por el
Gobierno de Vichy y constituía una medida de precaución que en aquel caso concreto no aplicó hasta última hora. El agregado naval
británico informó acto seguido al Almirantazgo y también al almirante North, que estaba en Gibraltar.
El mensaje se recibió en el Almirantazgo el 10 de septiembre a las 11’50 de la noche. Fue descifrado y enviado al capitán de servicio, quien,
a su vez, lo pasó al director de la División de Operaciones (sección extranjera). Este oficial, que conocía perfectamente todo lo relacionado
con la expedición Dakar, debía haber comprendido la importancia decisiva del telegrama. Pero en vez de tomar sin pérdida de tiempo las
medidas convenientes al respecto dejó que la comunicación siguiera el trámite ordinario con los demás telegramas destinados a los lores del
Mar. Este error le valió recibir en momento oportuno la expresión del desagrado de Sus Señorías.
94
No obstante, el destructor “Hotspur”, que patrullaba por el Mediterráneo, avistó a los navíos franceses el 11 de septiembre, a las 5’15 de la
mañana, a cincuenta millas al este de
Gibraltar, y lo comunicó al almirante
North. Por su parte, el almirante
Somerville, jefe del grupo de unidades
“H”, cuya base estaba en Gibraltar había
recibido asimismo copia del telegrama
del agregado naval en Madrid ocho
minutos después de medianoche del
propio 11. A las 7 de la mañana ordenó
al “Renown” que estuviese dispuesto a
zarpar al cabo de una hora, y aguardó las
instrucciones del Almirantazgo.
¡Demasiado tarde!
A causa del error cometido por el
director de la División de Operaciones y
del retraso que sufrió en el Ministerio de
Asuntos Exteriores el telegrama del
cónsul general en Tánger, el primer lord
del Mar no se enteró del paso de los
navíos franceses por Gibraltar hasta que
recibió el aviso del “Hotspur”
“Hotspu durante la
reunión que los jefes de Estado Mayor
celebraban antes de la sesión del
Gabinete. Telefoneó acto seguido al
Almirantazgo disponiendo que se
ordenase al “Renown” y a sus
destructores que encendieses las calderas. Esto se había hecho ya. Luego fue a informar al Gabinete de Guerra. Pero la desgraciada
coincidencia en el retraso de dos comunicaciones distintas –una
una del cónsul general de Tánger y otra del agregado naval en Madrid–,
Madrid así como
la falta de apreciación por parte de diferentes personas, hacía que fuese ya demasiado tarde para reaccionar.
Al enterarse de lo que ocurría, el Gabinete de Guerra dispuso inmediatamente que el primer lord ordenase al “Renown” que estableciera
esta
contacto con los buques franceses, les preguntase cuál era su punto de destino y les hiciese constar claramente que no se les permitiría
dirigirse a ningún puerto ocupado por alemanes. Si contestaban que iban hacia el Sur, debía indicárseles que podían llegar hasta
ha Casablanca
y, en tal caso, vigilarles de cerca. Si trataban de ir más allá de Casablanca, en dirección a Dakar, la consigna era impedirlo.
Pero no fue posible localizar a los navíos franceses. El 12 y el l3 de septiembre, Casablanca permaneció oculta entre una densa
den bruma. Uno
de los aviones británicos de reconocimiento
reconocimiento fue derribado; las informaciones relativas al número de buques de guerra fondeados en
Casablanca eran contradictorias, y por consiguiente el “Renown” y sus destructores aguardaron todo el día y toda la noche al sur de
Casablanca con la esperanza de interceptar
nterceptar a la Escuadra francesa. El 13, a las 4’20 de la tarde, un aparato de reconocimiento comunicó al
“Renown” que en Casablanca no había ningún crucero. En efecto; se hallaban ya lejos de allí, en dirección al Sur, navegando hacia
h
Dakar a
todo vapor.
A pesar de todo, nos queda aún, al parecer, otra oportunidad. Nuestra expedición y su poderosa escolta estaban en aquellos momentos
mo
al sur
de Dakar, rumbo a Freetown. El 14 de septiembre, a las 12’16 de la mañana, el Almirantazgo envió un radiograma al almirante
al
John
Cunnigham en el que le decía que los cruceros franceses habían salido de Casablanca a una hora ignorada y le ordenaba que impidiera
imp
su
entrada en Dakar. En consecuencia, los cruceros “Devonshire”, “Australia” y “Cumberland”, así como el portaaviones
portaa
“Ark Royal”, viraron
en redondo y se dirigieron a toda máquina a establecer una línea de patrulla al norte de Dakar. No llegaron al punto deseado hasta el 14 de
septiembre al anochecer. La Escuadra francesa estaba ya anclada en el puerto con las toldillas
tol
cubiertas.
Esta serie de accidentes selló la suerte de la expedición francobritánica contra Dakar. A mí ya no me cabía duda de que era necesario
n
abandonar la empresa.
CAPITULO XXXVII
Fracaso de la aventura africana
(El 16 de septiembre de 1940 el Gabinete de Guerra comunicó a las tropas expedicionarias francobritánicas destinadas a Dakar que la
llegada de cruceros de Vichy hacía impracticable la operación. El nuevo proyecto era que los contingentes británicos de aquellas
aquel fuerzas
permaneciesen en Freetown y los franceses libres realizasen un desembarco en el Camerún, siempre que el general De Gaulle no viese en
ello grave inconveniente.)
95
La expedición llegó a Freetown el 17 de septiembre. Todos sus jefes reaccionaron enérgicamente contra la idea de abandonar la empresa. El
almirante Cunningham y el general Irwin objetaron que, en tanto se ignorase hasta que punto la llegada de los cruceros de Vichy había
elevado la moral en Dakar, la presencia de éstos no modificaba materialmente la situación naval anterior. De momento, seguían diciendo, los
cruceros en cuestión tendían las toldillas cubiertas y dos de ellos estaban fondeados de tal forma que les era prácticamente imposible actuar,
y, en cambio, ofrecían excelente blanco a un bombardeo.
Reacción insólita
Esta actitud inesperada daba un giro nuevo a la situación. Era en verdad poco frecuente, en aquella época de la guerra, que los comandantes
de unas fuerzas pudiesen con insistencia, desde la propia zona de operaciones, que se les permitiese llevar a cabo hechos audaces. Por regla
general, la incitación a correr riesgos procedía de la metrópoli. En aquel caso precisamente, el jefe de las fuerzas de tierra, general Irwin,
antes de partir había tenido buen cuidado de dejar constancia escrita de sus dudas y sus tremores acerca del éxito de la aventura. Quedé, pues,
gratamente sorprendido ante celo tan manifiesto por llevar hasta el fin aquella operación complicada y semipolítica. Si los elementos
responsables consideraban sobre el terreno que había sonado la hora de la audacia y de la acción, era preciso, sin duda alguna, dejarles las
manos libres. Por consiguiente, el 16 de septiembre, a las 11’52 de la noche, cursé el siguiente radiograma:
“Quedan ustedes facultados para enjuiciar por su cuenta el conjunto de la situación y para consultar a De Gaulle. Aquí estudiaremos
cuidadosamente las recomendaciones que nos formulen.”
No tardamos en recibir una vehemente protesta del general De Gaulle, que estaba deseoso de llevar a la práctica el plan:
“Lo menos que puedo pedir al Gobierno británico, si éste mantiene su reciente decisión negativa respecto a una acción directa contra Dakar
por mar, es la colaboración inmediata de las fuerzas navales y aéreas británicas aquí presentes para apoyar y cubrir una operación que yo
dirigiré personalmente desde el interior, sobre Dakar, con mis propias tropas.”
Caza en el mar
El Gabinete de Guerra se reunió el 17, a las nueve de la noche, por segunda vez en aquella jornada. Acordóse por unanimidad dejar que los
comandantes obrasen como creyeran conveniente. Con todo, la decisión final quedó aplazada hasta las doce del día siguiente. No cabía temer
que ello ocasionara ningún nuevo retraso, pues el ataque no podía realizarse hasta una semana después, sobre poco más o menos. A instancias
del gabinete, redacté el siguiente mensaje para los jefes de operaciones de Dakar:
“Desde aquí no podemos apreciar el valor relativo de las ventajas que ofrecen las diversas soluciones. Dejamos a ustedes completamente en
libertad para seguir adelante y hacer lo que crean preferible con objeto de alcanzar el objetivo original de la expedición. Téngannos
informados.”
Este mensaje fue expedido el 18 de septiembre, a la 1’20 de la tarde. No cabía ya hacer otra cosa que esperar los resultados. El día 19 el
primer lord del Mar comunicó que la Escuadra francesa, o por lo menos algunas de sus unidades, salía de Dakar rumbo al Sur. Esto indicaba
con bastante claridad que había llevado a aquel puerto tropas, técnicos y autoridades leales al Gobierno de Vichy. Era, pues, mucho mayor las
probabilidades de una resistencia vigorosa. Habría, a buen seguro, lucha encarnizada. Mis colegas, que a pesar de su tenacidad sabían, como
conviene en tiempos de guerra, adaptarse en todo momento a las circunstancias, compartían mi criterio de dejar que los acontecimientos
siguieran su curso. Por lo tanto, fuimos recibiendo en silencio los diversos informes de los comandantes de la expedición.
El día 20 el almirante Pound nos dijo que los tres navíos franceses avistados al sur de Dakar por el “Australia” eran los cruceros “Georges
Leygues”, “Montcalm” y “Gloire”. El 19 a mediodía, el “Cumberland” se había reunido con el “Australia” y ambos continuaron manteniendo
contacto con los buques de Vichy hasta el anochecer. Estos últimos viraron entonces hacia el Norte y aumentaron la velocidad de 15 a 31
nudos. Nuestras unidades iniciaron la persecución, pero no lograron alcanzar a los fugitivos.
A las nueve de la noche, sin embargo, el “Gloire” sufrió una avería en las máquinas y hubo de reducir su velocidad a l5 nudos. El comandante
del crucero francés se avino as dirigirse a Casablanca escoltado por el “Australia”. Los dos navíos tenían que pasar a la altura de Dakar hacia
medianoche, y el capitán del “Australia” hizo saber al “Gloire” que si el buque británico era atacado por los submarinos, hundiría
inmediatamente el crucero. Sin duda éste radiografió a Dakar, pues no ocurrió nada. Por su parte, el “Cumberland”, que seguía de lejos a los
otros dos buques de Vichy perdió contacto con ellos en el curso de un violento temporal de agua y ambos regresaron a Dakar sin haber sido
cañoneados.
Tras la tentativa incruenta, los cañones
No es necesario relatar aquí en forma detallada lo que sucedió en los tres días que duró el ataque a Dakar. La historia de aquellas jornadas
merece figurar en las crónicas militares y constituye un nuevo y excelente ejemplo de mala suerte.
Como es natural, los meteorólogos del Ministerio del Aire habían estudiado cuidadosamente las condiciones climatológicas especiales de la
costa occidental de África. Una larga serie de comprobaciones demuestra que aquella época del año se caracteriza por un tiempo
uniformemente despejado y días de claro sol. Mas el 23 de septiembre, cuando la Escuadra anglo francesa se aproximó a la plaza fuerte con
De Gaulle y sus barcos franceses bien destacados en vanguardia, había una niebla espesísima.
Dado que la inmensa mayoría de la población, tanto francesa como nativa, estaba a nuestro favor, habíamos confiado que la presencia de
todos aquellos buques, con las unidades británicas desplegadas en el horizonte, ejercería poderosa influencia en el ánimo del gobernador y en
su actitud. Pero muy luego quedó de manifiesto que los partidarios de Vichy eran dueños de la situación y que, sin duda alguna, la llegada de
los cruceros franceses había anulado toda esperanza de que Dakar se uniera al movimiento de la Francia libre.
Los dos aviones degaullistas aterrizaron en el aeródromo local, y sus pilotos fueron detenidos acto seguido. Uno de ellos llevaba encima una
lista de los principales elementos adictos a los franceses libres. Los emisarios de De Gaulle, que llegaron a Dakar bajo la protección del
pabellón tricolor y una bandera blanca, fueron rechazados airadamente; otros, que entraron en el puerto a bordo de una chalupas. Hubieron de
soportar el fuego de la defensa costera y dos de ellos resultaron heridos.
Enardecieron sé los ánimos. La Escuadra británica se acercó, entre la bruma, hasta menos de cinco mil metros. A las diez de la mañana una
batería del puerto abrió fuego contra un destructor de una de las alas de la línea. Respondieron nuestros navíos, y el combate se generalizó
rápidamente. Los destructores “Inglefield” y “Foresight” sufrieron ligeros daños; el “Cumberland” resultó alcanzado en las máquinas y tuvo
que retirarse. Un submarino francés fue bombardeado por un avión a profundidad periscópica y un destructor, asimismo francés, fue
incendiado.
Aportación moderna a una vieja controversia
96
Existe una polémica ya antigua a propósito de los duelos entre navíos y fuertes. Nelson decía que una batería de seis cañones podía tener a
raya a un buque de línea de cien piezas. Cuando se realizó la investigación acerca de la acción de los Dardanelos en 1916, Mr. Balfour
declaró: “Si el navío tiene cañones capaces de alcanzar el fuerte disparando a una distancia desde la cual el fuerte no pueda contestar, el duelo
no es necesariamente tan desigual”.
En aquella ocasión la Escuadra británica, con tiro bien dirigido, podía teóricamente disparar contra las baterías de 240 mm. De Dakar a
24.500 metros y destruirlas al cabo de un cierto numero de andanadas. Pero las fuerzas de Vichy contaban también entonces con el acorazado
“Richelieu”, capaz de tirar desde una doble torre artillada con piezas de 380 mm. El almirante británico viose obligado a tener esto en cuenta.
Pero, sobre todo, el gran obstáculo era la niebla. Así, pues, el cañoneo cesó hacia las 11’30 y todos los buques británicos y franceses libres se
retiraron.
Por la tarde el general De Gaulle trató de desembarcar tropas en Rufisque; pero la niebla había adquirido una densidad tal y era tan grande la
confusión, que fue preciso renunciar al intento. A las 4’30 p.m., los jefes de la operación decidieron ordenar la retirada de los transportes de
fuerzas y reanudar la acción al día siguiente. El radiograma que comunicaba esta resolución llegó a Londres el 23 de septiembre, a las 7’19 de
la tarde. A las 10’14 de la noche hice cursar el siguiente mensaje personal al almirante Cunningham:
“Puesto que hemos empezado, tenemos que seguir hasta el final. No se detenga ante nada.”
Aquella misma noche se dirigió un ultimátum al gobernador de Dakar. Este contestó que defendería la plaza hasta el último hombre. Los jefes
de la expedición replicaron que estaban dispuestos a proseguir la acción.
El día 24, al empezar de nuevo el fuego, la visibilidad era mejor que la víspera, pero seguía siendo escasa. El bombardeo terminó alrededor de
las 10. Entretanto, el “Richelieu” había sido alcanzado por un proyectil de 380 mm; otra bala del mismo calibre había caído en Fort Manuel, y
un crucero ligero estaba en llamas. Además un submarino enemigo que trató de entorpecer la acción de nuestros buques fue obligado a subir a
la superficie mediante cargas de profundidad, y su tripulación se rindió. Ninguno de nuestros navíos resultó alcanzado. Por la tarde repitiese
el bombardeo aunque solo por breve tiempo.
Empate a cero
El 25 de septiembre se reanudó la acción. La atmósfera estaba despejada, y nuestra Escuadra abrió fuego a 19.000 metros. Respondieron no
sólo las baterías costeras –que por cierto tenían magníficos artilleros–, sino también los potentes cañones de la doble torre del “Richelieu”. El
comandante de la plaza de Dakar hizo tender una cortina de humo que desbarató los planes de nuestros buques. Poco después de las nueve de
la mañana el acorazado “Resolución” fue alcanzado por un torpedo de un submarino de Vichy. A raíz de esto, el almirante decidió retirarse
mar adentro “en vista del estado del “Resolution”, la constante amenaza de los submarinos y la gran precisión y tenacidad de las defensas
costeras”.
Entretanto en Londres el Comité de Defensa, que se había reunido sin mí a las diez de la mañana, había emitido dictamen en el sentido de que
no debíamos presionar a los comandantes de la expedición para inducirles a actuar en contra de su mejor criterio. El Gabinete de Guerra se
reunió a las 11’30 a.m. En el curso de aquella sesión recibimos los mensajes que daban cuenta de los resultados de las últimas operaciones.
Aparecía claro, a la luz de tales noticias, que la empresa había llegado a los límites que aconsejaba la prudencia y que permitían nuestros
recursos. Varios de nuestros excelentes buques habían sufrido graves daños. Era evidente que Dakar sería defendido hasta la muerte. Nadie
podía asegurar que las negras pasiones suscitadas por un combate prolongado no llegarían a provocar una declaración de guerra por parte de
la Francia de Vichy. Así, pues, tras penosa deliberación, decidimos por unanimidad no seguir adelante.
El 25 de septiembre a la 1’27 de la tarde, cursé el siguiente radiograma a los jefes de la operación:
“En vista de todos los informes que poseemos, entre ellos los que dan cuenta de los daños sufridos por el “Resolution”, hemos acordado que
la acción sobre Dakar debe ser abandonada, a pesar de las ingratas consecuencias que esto tendrá evidentemente. A menos que se haya
producido algún hecho que nosotros ignoremos y que les aconseje intentar un desembarco a viva fuerza, deberán ustedes suspender acto
seguido las operaciones. Sírvanse comunicarnos por radiograma “urgentísimo” si están conformes; pero a menos que la situación haya
variado abiertamente a nuestro favor, no deberán iniciar desembarco alguno hasta que hayan recibido nuestra respuesta…”
Los comandantes de la operación contestaron:
“Conformes con la suspensión.”
Lecciones para el futuro
No resultó hundido ningún buque británico en el curso de los tres días de bombardeo, pero el “Resolution” quedó fuera de servicios durante
varios meses, y dos destructores sufrieron daños que requirieron importantes reparaciones en los astilleros de la metrópoli. Fueron hundidos
dos submarinos de Vichy, la tripulación de unos de los cuales fue recogida por nuestras unidades; dos destructores resultaron incendiados, y
embarrancaron; y el acorazado “Richelieu” recibió un proyectil de 380 mm y sufrió daños por efecto de dos bombas de cien kilogramos.
Desde luego, en Dakar no había elementos para reparar aquel formidable navío, que en el mes de julio había quedado ya inutilizado
temporalmente, y, por lo tanto, cabía borrarlo de la lista de fuerzas hostiles susceptibles de amenazarnos.
No se formuló reproche alguno al comandante naval ni al comandante militar británicos, y ambos siguieron ocupando puestos activos hasta el
fin de la guerra. El almirante, además, se distinguió en grado sumo. Uno de mis principios básicos era que los errores cometidos frente al
enemigo debían ser juzgados con indulgencia. Por lo que respecta al general De Gaulle, declaré en los Comunes que su conducta y su actitud
en aquella ocasión habían acrecentado infinitamente mi confianza en él.
La historia del episodio de Dakar merece ser estudiada con detención `porque ilustra a maravilla, no sólo la imposibilidad de prever todas las
contingencias de la guerra, sino también la acción recíproca de las fuerzas militares y políticas, así como las dificultades que presentan las
operaciones combinadas, especialmente cuando participan en ellas diversos aliados.
A los ojos del mundo el hecho apareció como un ejemplo clarísimo de falta de preparación, de confusión, de pusilanimidad y de desorden. En
los Estados Unidos, donde se concedía particular importancia a aquella empresa causa de la proximidad de Dakar al Continente americano,
desatose un temporal de comentarios desfavorables. El Gobierno australiano quedó desolado. En la metrópoli surgieron muchas y vivas
quejas respecto a nuestra forma de dirigir la guerra. Yo decidí a pesar de todo, que no debíamos dar ninguna explicación a nadie, y el
Parlamento respetó mi deseo.
97
CAPITULO XXXVIII
Fuegos cruzados sobre Vichy
A pesar del armisticio y el subsiguiente episodio de Orán, y también a despecho de la ruptura de nuestras relaciones diplomáticas
diplomát
con Vichy,
nunca dejé de sentirme ligado a Francia. Aquellos que no se han visto sometidos a las pruebas que tantos franceses eminentes tuvieron que
sufrir personalmente en el curso de la espantosa catástrofe que se batió sobre su país, deben ser prudentes al enjuiciar a las personas.
Cualquier intento de penetrar en el laberinto de la política francesa sería ajeno al p0lan general de esta obra. Me limitaré a decir que estaba
seguro de que Francia haría cuanto le fuese posible en bien de la causa común a medida
medida que conociese los y hechos en sus verdaderas
proporciones. Se había dicho a la masa del pueblo francés que su única salvación estaba en agruparse detrás del ilustre mariscal
maris Pétain, y que
Inglaterra, cuya ayuda había sido tan escasa, no tardaría a ser vencida o en rendirse. ¿Qué cabía hacer en tales condiciones? Yo estaba
convencido, empero, de que el pueblo francés deseaba nuestra victoria y que nada había de serle más grato que vernos proseguir
prosegui
vigorosamente la lucha.
Maniobras paralelas
Nuestra primera
rimera obligación consistía en apoyar con lealtad al general De Gaulle en su gallarda actitud de perseverancia. El 7 de agosto
agost firmé
con él un acuerdo militare relativo a las necesidades prácticas inmediatas. Las vibrantes alocuciones del general eran transmitidas
tran
a Francia y
al mundo entero por medio de la radio británica. La sentencia de muerte dictada por el Gobierno Pétain contra él glorificó su nombre.
Hacíamos cuanto estaba en nuestras manos por ayudarle a magnificar su movimiento.
Al propio tiempo eraa necesario mantener el contacto, no sólo con Francia, sino aun con Vichy. Por lo
tanto, procuré siempre hacer todo lo posible en este sentido. Experimenté viva satisfacción cuando a
fines de 1940, los Estados Unidos enviaron a Vichy un embajador tan influyente
influ
y caracterizado
como el almirante Leahy, que, por otra parte, era íntimo amigo del presidente Roosevelt. Repetidas
veces insté al primer ministro del Canadá, Mr. Mackenzie King, a mantener en Vichy a su
representante, M. Dupuy, diplomático consumado y habilísimo. Así, por lo menos, disponíamos de
una ventana abierta a un patio que nos estaba vedado.
El 25 de julio envié al ministro de la Guerra británico una nota en la que decía:
“Deseo promover en Vichy una especie de conspiración colusoria a fin de
d que algunos de los
miembros de aquel Gobierno –quizá
quizá con el consentimiento de los restantes–
restantes se trasladen a África del
Norte para servir mejor a los intereses de Francia desde un territorio en el que gozarían de más
libertad de acción. Aparte de los argumentos
mentos que es de suponer, estoy dispuesto a ofrecer, con este
objeto, facilidades de abastecimiento de víveres y otras diversas ventajas.”
De acuerdo con este orden de ideas recibí en el mes de octubre la visita de un tal M. Rougier, que,
según el, obraba de conformidad con instrucciones personales del mariscal Pétain. Naturalmente, ni
mis colegas ni yo sentíamos el menor respeto por el mariscal Pétain, pero no debíamos cerrar
incontinenti ningún camino que condujera a Francia. Teníamos como norma invariable
invariab de política
dar a entender al Gobierno de Vichy y a sus miembros que, por lo que a nosotros se refería, nunca
era demasiado tarde para rectificar. Al margen de lo que hubiese ocurrido en el pasado, Francia era
nuestra compañera de tribulaciones, y nada, excepto un estado de guerra efectivo entre ambos países,
impediría que estuviese a nuestro lado a la hora de la victoria.
Como es de suponer, esta línea de conducta era poco grata a De Gaulle, que lo había arriesgado todo y mantenía enhiesto el pabellón,
pa
pero
cuyo puñado de seguidores fuera de Francia no podían reclamar para sí el derecho de constituir un verdadero Gobierno francés capaz de ser
reconocido en lugar del de Vichy. Hacíamos cuanto nos era posible para acrecentar la influencia, la autoridad y el
e poder del general. Pero él,
naturalmente, sentíase molesto ante cualquier amago de relación por nuestra parte con los hombres de Vichy y consideraba que debíamos
serle exclusivamente leales a él. Creía asimismo esencial, en bien de su posición ante el pueblo
pueblo francés, mantener una actitud orgullosa y
arrogante hacia “la pérfida Albión”, a pesar de su carácter de expatriado que dependía de nuestra protección y vivía entre nosotros.
no
Tenía que
mostrarse altanero para con los ingleses a fin de probar a los franceses
franceses que no era un títere movido por nosotros. Fuerza es reconocer que
practicó esta política con notable perseverancia. Cierto día incluso me explicó a mí su táctica en este sentido, y yo comprendí
compren perfectamente
las extraordinarias dificultades del problema
lema que tenía planteado. Siempre admiré la alta calidad de su energía inquebrantable.
Voces de aliento
98
El 21 de octubre dirigí un llamamiento por radio al pueblo francés. Mucho trabajo me costó preparar aquella breve alocución, pues tenía que
pronunciarla
la en francés. No me satisfizo la traducción literal que me sometieron; no reflejaba con claridad el espíritu de lo que yo podía
po decir
en inglés y sentir en francés. Pero M. Dejean, miembro del Estado Mayor de las fuerzas francesas libres radicado en Londres,
Londr me preparó una
versión muchísimo mejor; después de ensayarla repetidas veces, la pronuncié desde los sótanos del “Anexo” entre el estruendo de un ataque
aéreo enemigo.
No cabe duda de que aquel llamamiento llegó al corazón de millones de franceses. Aun hoy me lo recuerdan infinidad de hombres y mujeres
de todas las clases sociales de Francia y me dan clara pruebas de su simpatía a pesar de las duras medidas que hube de adoptar
adopta –a veces
contra ellos mismos– para lograr nuestra salvación común.
Hiciese Vichy
chy lo que hiciese, en bien o en mal, no abandonaríamos a De Gaulle ni arriamos nada que pudiese frenar el movimiento creciente
crecien
de adhesión a su política que se registraba en el Imperio colonial. Por encima de todo, estábamos decididos a no permitir que volviese a la
metrópoli ninguna de las unidades de la Flota francesa a la sazón inmovilizadas en los puertos franceses de ultramar.
Había ocasiones en que el Almirantazgo temía seriamente que Francia nos declarase la guerra y aumentasen con ello nuestras
preocupaciones,
ocupaciones, ya harto numerosas. Yo creí siempre que una vez viésemos demostrado que queríamos y podíamos continuar
indefinidamente la lucha, la opinión pública francesa no toleraría en modo alguno que el Gobierno de Vichy tomase una decisión
decisió tan ilógica.
Existía, efectivamente, en Francia una impetuosa corriente de entusiasmo y de camaradería hacia la Gran Bretaña, y a medida que
q
transcurrían los meses se hacía más y más sólida la esperanza en el ánimo de los franceses. El propio M. Laval lo reconoció así
a cuando, poco
después, asumió la cartera de Asuntos Exteriores en el Gobierno del mariscal Pétain.
Gestión personal de Roosevelt
En las postrimerías del otoño entreví el peligro de que los dos grandes acorazados franceses, el “Jean Bart” y el “Richelieu”, tratasen de llegar
a Tolón, donde podrían en poco tiempo quedar dispuestos para entrar en servicio. El enviado del presidente Roosevelt, almirante
almiran Leahy, había
establecido relación de amistad con el mariscal Pétain. Me dirigí, pues, a Roosevelt,
Roosevel y no en vano.
El Presidente envió al Gobierno Pétain un mensaje personal muy enérgico relativo a la Escuadra surta en Tolón. “El hecho –decía- de que un
Gobierno sea prisionero de guerra de otra potencia no justifica el que dicho prisionero se ponga al servicio del vencedor para realizar
operaciones contra su antiguo aliado.” El Presidente recordaba al mariscal las solemnes promesas que había recibido de que la Flota francesa
no se rendiría. Si el Gobierno de Vichy permitía a los alemanes utilizar la Flota
Flota francesa en operaciones contra la Flota británica, semejante
acto constituiría una violación flagrante y deliberada de la palabra dada al
Gobierno de los Estados Unidos.
El 13 de noviembre el Presidente contestó a otro telegrama mío de fecha 10
sobre el posible envío del “Jean Bart” y el “Richelieu” al Mediterráneo para
completar su armamento. Había ordenado inmediatamente al encargado de
Negocios norteamericano en Vichy que obtuviera confirmación o
desmentida de tales noticias y que pusiese de manifiesto
manifiest el interés vital que
el Gobierno de los Estados Unidos tenía en que dichos acorazados
permaneciesen en puertos en los que no corriesen peligro de ser controlados
o apresados por una potencia que en un momento dado podría utilizarlos
para fines contrarios a los que Norteamérica deseaba ver aplicada Flota
francesa. Mr. Roosevelt proponía asimismo al Gobierno francés la compra
de los buques en cuestión si éste se hallaba dispuesto a venderlos.
El Presidente me comunicó también que Pétain había declarado al encargado
e
de Negocios norteamericano que él había asegurado solemnemente que la
Flota francesa, incluso los dos acorazados, no caería nunca en poder de
Alemania. Concretó el mariscal que había dado las citadas garantías al
Gobierno de los Estados Unidos, al Gobierno británico y a mí
personalmente.
“Les reitero una vez más –dijo–.. Aquellos buques servirán para la defensa de
las posesiones y los territorios de Francia. A menos que los ingleses nos
ataquen, no serán utilizados nunca contra Inglaterra. Aunque yo quisiera, no
podría venderlos. Tal cosa violaría los términos del armisticio, y aun cuando
no fuese así, los alemanes no lo permitirían jamás. Francia está a merced de
Alemania y reducida a la impotencia. Si yo gozase de plena libertad,
vendería gustoso aquellos
quellos navíos, a condición de que se nos devolvieran
después de la guerra. Repito que en las circunstancias actuales no tengo el
derecho ni la posibilidad de venderlos”.
El mariscal Pétain había formulado esta declaración con gran formalidad,
pero sin mostrarse
strarse sorprendido ni indignado ante la propuesta. Por lo demás,
el presidente Roosevelt había ordenado a su encargado de Negocios que informase al mariscal Pétain que la oferta norteamericana
norteamerica seguía
firme tanto en lo referente a los dos acorazados como a otras unidades cualesquiera de la Marina francesa.
Terreno poco firme
(Entre tanto, el 24 de octubre Pétain se entrevistó con Hitler en
en Montoire, cerca de Tours. Según Mr. Churchill, el fruto de la entrevista se
redujo a “poco más que un intercambio vergonzoso de cumplidos”.)
Pétain admitió el principio de colaboración, pero alegó que no podía definir los límites de la misma, al final de
d la conferencia se procedió a
redactar un atestado, según el cual, “de acuerdo con el Duce, el Führer expresaba su determinación de ver a Francia ocupar en la nueva
Europa el sitio que le correspondía”. Las potencias del Eje y Francia tenían un interés común:
común: ver derrotada a Inglaterra lo más pronto
posible. Por consiguiente, el Gobierno francés apoyaría, en la medida de sus fuerzas, las disposiciones que las potencias del Eje adoptasen
para la defensa común.
Según las notas alemanas, Hitler quedó decepcionado.
decepcionado. El propio Laval le había rogado que no ejerciese presión sobre Francia para que
declarara la guerra a la Gran Bretaña hasta que la opinión pública francesa estuviese convenientemente preparada. Poco después,
despué refiriéndose
a Laval, dijo Hitler que era “un asqueroso politiquillo democrático”. Mejor impresión le produjo el mariscal Pétain. Se afirma, no obstante,
que al volver a Vichy, el mariscal dijo: “Necesitaremos seis meses para estudiar este problema y otros seis meses para olvidarnos
olvida
de él.” Pero
Francia
rancia no ha olvidado hoy todavía aquella infamante transacción.
99
“Hay que enseñar los dientes”
Las diferentes informaciones que recibimos acerca de Montoire no alteraron mi punto de vista general respecto a la postura que debíamos
adoptar hacia Vichy. En el mes de noviembre expuse mi opinión a mis colegas en el siguiente memorando:
“El Gobierno de Vichy está sometido a fuerte presión por parte de Alemania, y nada le sería más grato que ver frente a sí una Inglaterra
amable, conciliadora y dispuesta a perdonar.
“Esta actitud por parte de la Gran Bretaña permitiría al citado Gobierno obtener pequeños favores de los alemanes a nuestras expensas e ir
ganando todo el tiempo posible hasta ver el giro que toma la guerra. Nosotros, por el contrario, no debemos vacilar, cuando lo exija nuestro
interés, en colocar a Vichy en situaciones difíciles y aun desagradables, con objeto de que vea que también tenemos dientes, como Hitler.
“Conviene recordar que los hombres de Vichy han cometido bajezas de una magnitud tal que les ha hecho acreedores al desprecio del mundo
entero y que al actuar así lo han hecho sin contar en absoluto con el apoyo del pueblo francés.
“Es evidente que Laval siente un odio feroz hacia Inglaterra y que, según él mismo ha dicho al parecer, desearía vernos “écrabouilés”, lo cual
significa triturados hasta quedar reducidos a pasta. No cabe duda de que, si hubiese podido, habría jugado la baza de la inesperada resistencia
británica frente a sus amos alemanes para vender a precio más elevado la ayuda francesa destinada a acabar con nosotros.
“Darlan tiene el ánimo mortalmente envenenado a causa de los daños que infligimos a su Flota. Pétain ha sido siempre un derrotista
antibritánico, y ahora no es más que un viejo chocho. Sería vano esperar nada bueno de tales hombres. No obstante, pueden verse obligados,
por la marejada de la opinión francesa y por el rigorismo alemán, a variar de conducta a favor nuestro.
“Evidentemente, debemos permanecer en contacto con ellos. Pero antes de suscitar las tendencias favorables apuntadas, hemos de tener la
seguridad de que las gentes de Vichy están bien inmovilizadas entre las piedras de molino alemana y británica. De este modo es muy
probable que se muestren más dúctiles durante el breve camino que aun les falta recorrer.”
La caída de Laval
Laval llegó a Vichy el 13 de diciembre para proponer a Pétain que fuese a París a fin de asistir al solemne traslado de los restos del hijo de
Napoleón, el duque de Reichstadt (“el Aguilucho”), al Panteón de los Inválidos.
A Pétain, sin embargo, no le seducía la idea de un desfile militar en el que el vencedor de Verdún habría de exhibirse en suelo francés, con
una guardia de honor alemana, ante la tumba del emperador Napoleón. Además, estaba a la vez temeroso y cansado de los manejos y los
designios de Laval.
Por consiguiente, ciertos elementos allegados a Pétain organizaron la detención del ministro. Gracias a una enérgica intervención de los
alemanes, este último fue puesto en libertad, pero el mariscal se negó a restablecerle en sus anteriores funciones. Laval se retiró, furioso, al
París ocupado. Me alegré al saber que M. Flandin le reemplazaba como ministro de Asuntos Exteriores. Estos acontecimientos señalaban un
profundo cambio en la actitud de Vichy. Parecía que al fin se había llegado a los límites de la colaboración.
CAPITULO XXXIX
La neutralidad española
(El 17 de mayo de 1940, después de la ruptura del frente francés por los alemanes, Mr. Churchill ofreció a sir Samuel Hoare (actualmente
lord Templewood) el puesto de embajador en Madrid. El ex primer ministro británico analiza aquí la situación y los problemas con que hubo
de enfrentarse el nuevo representante diplomático.)
A lo largo de toda la guerra, la política del general Franco se caracterizó por un absoluto utilitarismo y una perfecta sangre fría. Franco no
pensaba más que en España y en los intereses españoles. Jamás se le ocurrió que debiera vincularse a Hitler y a Mussolini, como tampoco,
por otra parte, guardó rencor alguno a Inglaterra por la hostilidad de nuestros Partidos de Izquierda. Sólo pensaba en ahorrar una nueva guerra
a su desangrado pueblo. Bastante guerra habían tenido ya los españoles. Un millón de hombres había perecido. La pobreza, los precios
elevados y otras dificultades de diverso orden estaban sobre la vida y la abrupta península. ¡No más guerra para España, no más guerra! Tales
eran los sentimientos que animaban al Caudillo ante la espantosa convulsión en que se debatía el mundo.
“España no corrió el cerrojo”
Al Gobierno de Su Majestad le parecía de perlas aquella postura. Lo único que deseábamos era la neutralidad de España. Queríamos seguir
comerciando con España. Queríamos que España cerrase sus puertos a los submarinos alemanes e italianos. Queríamos no sólo ver a
Gibraltar libre de toda amenaza, sino poder disponer de los fondeaderos de Algeciras para nuestros buques, así como de la faja de tierra que
une al Peñón con el Continente para ampliar nuestra base aérea. Nuestro acceso al Mediterráneo dependía en gran modo de estas facilidades.
Nada era más fácil para los españoles que montar o permitir que otros montasen una docena de cañones de grueso calibre en las alturas
situadas detrás de Algeciras. Tenían derecho a hacerlo cuando les pareciera; y dichos cañones, una vez montados, podían disparar en
cualquier momento, inutilizando con ello nuestras bases naval y aérea.
100
El Peñón era capaz de resistir nuevamente un largo asedio, pero no por ello habría dejado de ser otra cosa que un peñón. España tenía en sus
manos la llave de todas las empresas británicas en el Mediterráneo, y nunca, en las horas más sombrías, nos corrió el cerrojo. Tan grande era
el peligro, que durante casi dos años mantuvimos constantemente en estado de alerta un cuerpo expedicionario de más de cinco mil hombres,
con sus buques correspondientes, para apoderarnos, en caso necesario, de las Islas Canarias. La ocupación de aquel territorio insular nos
permitiría conservar un control aéreo y naval sobre los submarinos enemigos, así como no perder el contacto con Australasia por la ruta del
cabo de Buena Esperanza, suponiendo que los españoles nos impidiesen todo acceso a la bahía de Gibraltar.
La clarividencia de Wellington
El Gobierno de Franco tenía otro medio sencillísimo de asestarnos un golpe funesto. Podía permitir que las tropas de Hitler cruzasen la
península para asediar y tomar Gibraltar, mientras sus propias fuerzas ocupaban todo Marruecos y el África del Norte francesa. Grande fue
nuestra inquietud a este respecto después del armisticio con Francia, cuando el 27 de junio de 1940 los alemanes llegaron en masa a la
frontera española y propusieron la celebración de solemnes desfiles militares en San Sebastián y en otras ciudades allende los Pirineos.
No obstante, ya en abril de 1920 escribía el duque de Wellington: “No hay país en Europa en cuyos asuntos internos puedan mezclarse los
extranjeros con menor fortuna que en los de España. No hay nación en la que se deteste y aun se desprecie más a los extranjeros, y cuyos usos
y costumbres tengan tan poco de común con los de las restantes naciones de Europa”.
Ciento veinte años más tarde., los españoles, con las carnes aún magulladas y abiertas por efecto de las heridas de la guerra civil, eran todavía
menos sociables que antes. No querían ver desfilar ejércitos extranjeros por su país. Aquel pueblo arisco prefería que el extranjero
permaneciese lejos de su suelo. Franco compartía plenamente estos sentimientos y, con suma habilidad, los compartía en realidades efectivas.
Nosotros admirábamos tanto más su astucia cuanto que repercutía a favor nuestro.
Escaramuzas iniciales
Como todo el mundo, el Gobierno español quedó estupefacto ante el súbito hundimiento de Francia y ante la perspectiva del colapso o la
destrucción de Inglaterra. Muchísima gente, en el Universo entero, se había hecho ya a la idea del “nuevo orden europeo”, del “Herrenvolk” y
demás pamemas. En parte por prudencia, hizo constar que España tenía amplias reivindicaciones que presentar.
En agosto la escena había cambiado. Era ya seguro que la Gran Bretaña seguiría luchando y muy probable que la guerra fuese larga. A raíz
del desdeñoso además con que los ingleses rechazaron su “oferta de paz” del 19 de julio, Hitler empezó a buscar aliados. Pero también
Franco, por idénticas razones, había cambiado de parecer.
El 8 de agosto, el embajador alemán en Madrid informó a Berlín que el Caudillo mantenía su primitivo punto de vista; si bien tenía ciertas
peticiones a formular. En primer lugar, deseaba garantías de que Gibraltar, el Marruecos francés y parte de Argelia, incluso Orán, serían
atribuidos a España, y que se le concederían diversas expansiones territoriales en sus propias colonias africanas. Era necesaria asimismo una
ayuda militar y económica adecuada, ya que España sólo disponía de trigo para ocho meses.
Finalmente, Franco consideraba que la intervención española no debía producirse hasta después de realizado el desembarco alemán en
Inglaterra, “con objeto de evitar una entrada demasiado prematura en la guerra, pues España no estaba en condiciones de soportar un
conflicto armado de larga duración”. Al propio tiempo Franco escribió a Mussolini concretando las reivindicaciones españolas y pidiéndole
su ayuda.
Mussolini respondió el 25 de agosto instando al Caudillo a “no desligarse de la historia de Europa”. Hitler quedó desconcertado ante la
magnitud de las pretensiones españolas, algunas de las cuales eran susceptibles de crearle nuevas complicaciones con Vichy. El intento de
arrebatar Oran a Francia provocaría casi con toda seguridad el establecimiento de un Gobierno francés hostil en África del Norte. Hitler pesó
el pro y el contra.
El arte de pagar en calderilla
Entretanto, los días pasaban. Durante el mes de septiembre se tuvo la impresión de que la Gran Bretaña resistía con ventaja la ofensiva aérea
alemana. El envío de los cincuenta destructores norteamericanos causó honda sensación en toda Europa, y España supuso que los Estados
Unidos iniciaban un movimiento claramente intervencionista. Franco, por lo tanto, continuó con su política de elevar y definir sus
reivindicaciones y hacer constar que estas debían quedar satisfechas de antemano. Había que suministrar también material bélico a España,
especialmente un cierto número de obuses de 15 pulgadas destinados a las baterías españolas situadas frente a Gibraltar.
A todo esto, franco pagaba, a los alemanes en calderilla. Todos los periódicos españoles eran anglófobos. Se permitía a los agentes alemanes
pavonearse a sus anchas por Madrid. Como el ministro español de Asuntos Exteriores, Beigbeder, resultara sospechoso de falta de entusiasmo
hacia Alemania, Serrano Súñer, jefe de la Falange, realizó un viaje oficial a Berlín, con carácter de enviado especial, para eliminar recelos y
reafirmar los lazos de camaradería entre ambos países. Hitler le dirigió una larga arenga en la que hizo especial hincapié sobre los prejuicios
españoles contra los Estados Unidos. Insinuó que la guerra podía muy bien convertirse en una guerra de continentes, es decir, América contra
Europa. Era preciso garantizar la seguridad de las islas situadas a lo largo de la costa accidental de África.
Unas horas después, el mismo día Ribbentrop pidió la cesión a Alemania de una base militar en las Canarias. Aun siendo germanófilo y
falangista, Serrano Súñer se negó a estudiar siquiera este punto; insistió repetidas veces, en cambio, sobre la necesidad que España tenía de
armas modernas, víveres y petróleo, así como sobre la importancia de ver atendidas sus reclamaciones territoriales a expensas de Francia. Era
preciso dar satisfacción a todo ello antes de que España pudiera realizar sus deseos de entrar en la guerra.
Nuevos horizontes
En tanto que los españoles se mostraban cada vez menos fogosos y más interesados, Hitler sentía por momentos mayores deseos de obtener
ayuda. Apoyaba decididamente la idea de lanzar el apetecido ataque contra Gibraltar. Pero las exigencias españolas eran demasiado onerosas.
Por otra parte, a fines de septiembre su ánimo se enfrascó en otras preocupaciones. El 27 de septiembre se firmó en Berlín el Pacto tripartito
entre Alemania, Italia y Japón. Este hecho abría perspectivas más amplias.
El Führer decidió entonces colocar en la balanza todo su prestigio personal. El 4 de octubre se entrevistó con Mussolini en el paso del
Brennero. Habló de las exorbitantes reivindicaciones y los procedimientos dilatorios del Gobierno español. Temía que el dar satisfacción a
España en sus peticiones tendría dos consecuencias inmediatas; la ocupación de las Canarias por los ingleses y la adhesión del África del
Norte francesa al movimiento de De Gaulle.
Esto, dijo, obligaría al Eje a extender considerablemente sus esferas de operaciones. Por otra parte, el Führer no excluía la posibilidad de
tener a su lado a los ejércitos franceses en una campaña europea contra la Gran Bretaña. Mussolini se engolfó en detalles acerca de sus
proyectos para la conquista de Egipto. Hitler le ofreció unidades especializadas para ponerlos en práctica. Pero el Duce objetó que no creía
tener necesidad de ellas, por lo menos antes de la fase final de las operaciones.
101
En relación con el problema ruso, Hitler puntualizó: “Es preciso comprender que la desconfianza que me inspira Stalin es equivalente a la
desconfianza que le inspiro yo a él”. De todos modos, Molotov tenía que ir poco después a Berlín y ya se las ingeniaría el Führer para orientar
el dinamismo ruso hacia la India.
Las nueve horas de Hendaya
El 23 de Octubre, Hitler recorrió el largísimo trayecto que media entre Berlín y la frontera franco española para entrevistarse con el Caudillo
en Hendaya. Allí, los españoles, en lugar de sentirse halagados por esta condescendencia, exigieron, según comunicó Hitler a Mussolini,
“ventajas absolutamente desproporcionadas con sus fuerzas”. España pedía rectificaciones en la frontera de los Pirineos, la cesión de la
Cataluña francesa (territorio francés unido históricamente en lejanos tiempos a España, pero situado de hecho al norte de los Pirineos), la
incorporación de Argelia desde Orán hasta el cabo Blanco, y virtualmente la de todo Marruecos.
Las conversaciones, efectuadas por medio de intérpretes, duraron nueve horas. El único resultado de ellas fue un comunicado muy vago y un
acuerdo para la celebración de consultas militares. “Antes que soportar de nuevo una cosa así –dijo mas tarde Hitler a Mussolini en
Florencia–, preferiría dejarme arrancar tres o cuatro dientes”.
Sutilezas, ardides y halagos
Franco, convencido ya de que la contienda sería larga y del horror que producía a los españoles la idea de una nueva guerra, y por otra parte
en modo alguno seguro de una victoria alemana, recurrió a todas las artimañas imaginables en el terreno de la dilación exasperante y las
peticiones desmesuradas. Era tal la confianza que en aquel tiempo le inspiraba Serrano Súñer, que el 18 de octubre le nombró ministro de
Asuntos Exteriores, presentando el apartamiento de Beigbeder del escenario político como una prueba de su lealtad al Eje.
En noviembre, Hitler llamó a Súñer a Berchtesgaden y le expresó su impaciencia por la tardanza de España en entrar en la guerra. A la sazón,
las fuerzas aéreas alemanas habían. Perdido la batalla de Inglaterra. Italia tenía ya harto quehacer en Gracia y en el norte de África. Serrano
Súñer no contestó como el Führer deseaba. Extendiese, por el contrario, en digresiones cobre las dificultades económicas de la Península.
Tres semanas más tarde, el almirante germano Canaris, jefe del Servicio Secreto alemán, fue enviado a Madrid para establecer los detalles de
la entrada de España en la guerra. Propuso que las tropas alemanas cruzasen la frontera española el 10 de enero con objeto de preparar el
ataque contra Gibraltar para el día 30. Grande fue la sorpresa del almirante cuando Franco le dijo que España no podía entrar en la contienda
en la indicada fecha. Aparentemente, el Caudillo temía que la Marina británica se apoderase de las islas del Atlántico y de las colonias
españoles. Puso también de relieve la falta de víveres y la incapacidad en que el país se encontraba de sostener una guerra prolongada.
Como el desembarco alemán en Inglaterra parecía haber quedado aplazado indefinidamente, Franco propuso una condición. En ningún caso
cambiaría de actitud hasta que Suez estuviese en poder del Eje, pues hasta entonces no tendría la seguridad de que España no habría de verse
envuelta en un conflicto interminable.
El 6 de febrero de 1941, Hitler escribió a Franco una carta invitándole en términos enérgicos y apremiantes a colocarse sin más demora a la
altura de las circunstancias. En su respuesta, Franco expresaba su lealtad inquebrantable e insistía en la conveniencia de proseguir con
redoblado vigor los preparativos para el ataque contra Gibraltar. Como nueva exigencia, declaraba que en aquella empresa participarían
exclusivamente fuerzas españolas equipadas con material alemán. Y aun cuando se tomaran todas estas disposiciones, España, por razones
económicas, tampoco podría entrar en la guerra.
En vista de ello, Ribbentrop aseguró al Führer que Franco no tenía la menor intención de hacer guerra. Hitler se escandalizó; pero preocupado
ya como estaba con sus planes de invadir Rusia, quizá no le ilusionó la idea de intentar simultáneamente la otra empresa fallida de Napoleón;
la invasión de España. A lo largo de los Pirineos tenían entonces concentrados los españoles importantes contingentes de fuerzas, y el Führer
creyó más prudente seguir siendo fiel a su táctica habitual de engullir naciones; “Una por una”.
Así, mediante un juego de sutilezas, ardides y halagos de todo género, Franco logró capear el temporal y mantener a su país al margen de la
guerra, lo cual fue de utilidad inestimable para la Gran Bretaña cuando se hallaba completamente sola.
CAPITULO XL
El plan Wavell
(Grecia fue invadida por Mussolini el 28 de octubre de 1940, y el general Metazas invocó la garantía que Inglaterra, por boca de Mr.
Chamberlain, había dado al Gobierno de aquel país dieciocho meses antes. Mr Churchill respondió prometiendo dar “toda la ayuda que nos
sea posible”.)
Excepto unas cuantas escuadrillas de aviones, una misión militar británica y quizá algunas tropas en prenda de buena voluntad, no teníamos
nada para dar: y aun estas bagatelas suponían una dolorosa reducción de las energías que necesitábamos concentrar en el ardiente escenario
del desierto de Libia. No obstante, teníamos ante nosotros un problema estratégico de capital importancia: ¡CRETA! No debíamos permitir
que los italianos se apoderasen de la isla. Era preciso que llegáramos nosotros primero, y sin perder tiempo.
Atención al Mediterráneo oriental
Afortunadamente, Mr. Eden se hallaba entonces en el Oriente medio, y, por lo tanto, yo tenía sobre el terreno a uno de mis colegas del
Gabinete con quien ponerme de acuerdo. Eden estaba a punto de regresar a Inglaterra, después de su entrevista con el general Smuts en
Khartum. Le dirigí el telegrama siguiente:
Del primer ministro a Mr. Eden (en Khartum).
“29-10-40.
“Considero esencial para nosotros disponer del mejor aeródromo posible y de una base naval para el abastecimiento de combustible en la
bahía de Suda. La defensa efectiva de Creta es un puntal de valor incalculable para la defensa de Egipto. Si abandonásemos Creta a los
italianos, todas nuestras dificultades en el Mediterráneo se verían acrecentadas en grado sumo. Merece la pena correr los riesgos de semejante
aventura, por cuanto el éxito de la misma equivale casi a una ofensiva victoriosa en Libia. Le ruego que, después de examinar el conjunto del
problema con Wavell y Smuts, no vacile en proponer las medidas necesarias para realizar una operación en gran escala a expensas de otros
sectores. Solicite toda la ayuda que crea conveniente pedirnos, incluso aviones y baterías antiaéreas. Estamos estudiando la forma de atender
los requerimientos que usted nos formule. Considero indispensable su regreso a El Cairo.”
Dos días más tarde, a instancias del Gobierno griego, nuestras fuerzas ocuparon la bahía de Suda, el mejor puerto de Creta.
Secreto riguroso
102
En sus primeras conferencias y conversaciones con los generales Wavell y Wilson, Mr. Eden puso sobre el tapete la cuestión de lo que
debería hacerse si no se producía la esperada ofensiva italiana. Se le reveló, dentro del mayor secreto, que el Mando británico tenía en estudio
un plan para atacar a los italianos en el desierto de Libia sin aguardar a que éstos desencadenasen su ofensiva contra Marsa Matruk. Ni él ni
Wavell me dieron cuenta del proyecto, ni lo comunicaron tampoco a los jefes de Estado Mayor. El general Wavell rogó al ministro de la
Guerra que no enviase ningún telegrama relacionado con este asunto pues era preferible que nos pusiese al corriente de ello verbalmente
cuando regresase a Inglaterra. Así, durante varias semanas ignoramos en absoluto sus intenciones.
Desprendíase claramente de un mensaje enviado por mí el 26 de octubre que cualquier operación preventiva de gran alcance en el desierto
líbico contaría con mi decidida aprobación. Sin embargo, hasta que Eden volvió todos estuvimos convencidos de que Wavell y Wilson
seguían aferrados a la idea de una batalla defensiva en Marsa Matruk y que no pensaban hacer nada hasta que el enemigo atacase. En aquel
período extraordinariamente crítico, lo único que al parecer tenían intención de hacer era enviar a Creta un batallón y a Grecia unas cuantas
escuadrillas de aviones, así como realizar algunas ligeras operaciones de diversión en el Dodecaneso y una ofensiva, limitada pero oportuna,
en el Sudán. Todo esto era harto insuficiente en comparación con los importantísimos contingentes que les habíamos proporcionado y cuyo
envío había significado grandes riesgos, esfuerzos y gastos.
Enigmas y circunloquios
De este modo, en el citado período, nuestra correspondencia se basó, por ambas partes, en un malentendido. Wavell y el ministro creían que,
obstinados en prestar a Grecia una ayuda a todas luces ineficaz, nosotros queríamos inducirles a dispersar las fuerzas que estaban
concentrando con vistas a una ofensiva en el desierto líbico. Por nuestra parte,
ajenos por completo a sus intenciones de pasar a la ofensiva, les censurábamos
que estuviesen ociosos o que perdiesen el tiempo en naderías en aquella hora
crucial. En realidad, como ahora se verá, estábamos todos de acuerdo sin saberlo.
El 1 de noviembre, efectivamente, Mr. Eden telegrafió en lenguaje cifrado y en
términos enigmáticos:
“No podemos reducir los efectivos que tenemos en el Oriente Medio para enviar
refuerzos aéreos o terrestres capaces de ejercer una influencia decisiva en el
curso de la lucha que se desarrolla en Grecia. Enviar desde aquí tales fuerzas o
modificar el rumbo de los refuerzos que se hallan actualmente en camino o
dispuestos a partir, equivaldría a poner en peligro toda nuestra situación en el
Oriente Medio y a comprometer determinados planes de operaciones ofensivas
en más de un sector que están ahora en estudio. Tras vencer incontables
dificultades y a costa de graves riesgos, hemos conseguido, por lo que se refiere
a nuestras fuerzas terrestres, establecer aquí un sistema defensivo adecuado
dentro de lo posible. En breve estaremos en situación de emprender algunas
operaciones ofensivas que, en caso de éxito, pueden tener una amplia
repercusión en todo el curso de la guerra.
“Cometeríamos evidentemente un error estratégico si dejásemos de prestar plena
atención a esta tarea, y sería imprudente fragmentar nuestras fuerzas para
utilizarlas en un escenario de operaciones en el cual su actuación no puede
ejercer influencia decisiva alguna… El mejor medio que tenemos para ayudar a
Grecia consiste en asestar un fuerte golpe a Italia, y esto sólo podemos hacerlo
con eficacia desde los sectores en que contamos con mayor fuerza. Deseo
vivamente exponer a usted lo antes posible y con todo detalle las disposiciones
adoptadas y los planes elaborados aquí, y me propongo… salir el día 3 para
Inglaterra por vía mas corta.”
La operación “Brújula”
Dimos nuestra conformidad, y el ministro de la Guerra emprendió su viaje de regreso. Llegó a Inglaterra el 8 de noviembre aquella misma
noche, después de empezar el acostumbrado ataque aéreo enemigo, vino a verme a mi alojamiento subterráneo provisional de Piccadilly. Era
portador del secreto tan celosamente guardado y que yo hubiese querido conocer antes. Afortunadamente en Londres no habíamos tomado
ninguna decisión irreparable. Ante un auditorio escogido, del cual formaban parte el jefe del Estado Mayor Imperial y el general Ismay, Mr.
Eden reveló con todo detalle el proyecto de ofensiva que los generales Wavell y Wilson habían concebido y preparado. No debíamos esperar
ya, parapetados en nuestra líneas fortificadas de Marsa Matruk, el ataque italiano; renunciábamos con ello a la batalla defensiva para la cual
habíamos realizado tan concienzudos preparativos. Por el contrario, al cabo de un mes aproximadamente, habíamos de pasar nosotros a la
ofensiva. La operación recibiría el nombre de “Brújula”.
El ejército italiano del mariscal Graziani, formado a la sazón por más de 80.000 hombres, había cruzado la frontera egipcia y se extendía a lo
largo de un frente de unos ochenta kilómetros; estaba distribuido en una serie de campamentos fortificados que separados entre sí por grandes
distancias, no podían prestarse mutuo apoyo. El sistema, por lo demás, carecía de profundidad. Entre el flanco derecho enemigo en Sofafi y el
campamento más próximo, el de Nibeiwaz, había una brecha de unos 35 kilómetros. Nuestro plan consistía en realizar un avance súbito por
aquel boquete y, efectuando una flexión hacia el mar, atacar desde el Oeste, es decir, por la retaguardia, el campamento de Nibeiwa y a
continuación el grupo de campamentos de Tummar.
Entretanto, nuestras unidades ligeras contendrían a las fuerzas de los campamentos de Sofafi y Meitkila, situados en la costa. Utilizaríamos
para ello la Séptima División blindada, la Cuarta División india, ya completa y la 16ª Brigada de Infantería británica, junto con un
contingente mixto tomado de la guarnición de Marsa Matruk.
Este plan entrañaba serios peligros, pero ofrecía al mismo tiempo la posibilidad de un triunfo rutilante. El peligro consistía en lanzar a
nuestras mejores tropas contra el corazón de las posiciones enemigas mediante un avance de ciento diez kilómetros en dos noches sucesivas y
en pleno desierto; esto aparte del riesgo que corrían de ser localizadas y atacadas desde el aire durante la jornada solar intermedia. Además,
era necesario calcular exactamente los víveres y el petróleo indispensables. Y finalmente si fallaba el horario previsto, las consecuencias
serían muy graves.
103
No obstante, el premio era de tal importancia que bien valía la pena correr el albur. La llegada de nuestras vanguardias al mar
m en Bug-Bug o
en sus alrededores cortaría las comunicaciones de las tres cuartas partes del ejército del mariscal Graziani. Atacadas por sorpresa y desde la
retaguardia, estas fuerzas podían verse obligadas, ante el vigoroso empuje de nuestras tropas, a rendirse en masa. En tal
ta caso, el frente italiano
quedaría irremisiblemente roto. Con sus mejores unidades prisioneras o destruidas, Graziani no contaría con elementos capaces de resistir
una
nuevas embestidas ni podría efectuar
largo
retirada organizada hacia Trípoli, a lo
de los centenares de kilómetros de
carretera costera.
Política de callar y obrar
Tal era, pues, el precioso secreto del
cual
habían deliberado los generales con el
ministro, de la Guerra y que no habían
querido confiar al telégrafo. Todos
estábamos exultantes. Yo ronroneaba
como
digno
seis gatos a la vez. ¡Teníamos un plan,
de ser puesto en práctica! Allí mismo
decidimos –a reserva, naturalmente,
de que
luego diesen su conformidad los jefes
de
Estado Mayor y el Gabinete de
Guerra– no sólo aprobar aquel
magnífico proyecto y prestarle todo el
apoyo
posible, sino concederle atención
preferente en nuestras ideas, así como
prioridad absoluta en el acceso a
nuestros escasos recursos, dejando
incluso al margen otras acuciantes
necesidades.
Oportunamente fueron sometidas al
Gabinete de Guerra las propuestas correspondientes. Yo estaba dispuesto a exponer los hechos o a hacer que los expusiese Mr. Eden. Pero
cuando mis colegas supieron que los generales responsables sobre el terreno y los Jefes de Estado Mayor estaban por
p completo de acuerdo
conmigo y con el ministro de la Guerra, renunciaron a conocer los detalles del plan, pues cuantas menos personas los conocieran,
conocier tanto mejor.
Por consiguiente, aprobaron sin discusión las disposiciones de orden general relacionadas con
con la ofensiva. Esta fue la actitud que el Gabinete
de Guerra adoptó en diversas circunstancias de gran trascendencia, y la menciono aquí para que pueda servir de ejemplo si al correr de los
tiempos surgen peligros y dificultades similares.
Un golpe afortunado
La Flota italiana no había reaccionado en lo más mínimo ante nuestra ocupación de Creta pero el almirante Cunningham hacia ya tiempo que
deseaba utilizar sus fuerzas aeronavales, aumentadas ya ala sazón, para lanzar un violento ataque contra la gran base de Tarento, en la que
estaban concentradas las principales unidades enemigas. La acción se produjo el 11 de noviembre, y constituyó la culminación de una serie
de operaciones bien concertadas, en el curso de las cuales logramos desembarcar tropas en Malta y enviar con éxito a Alejandría nuevos
refuerzos navales, entre ellos el acorazado “Barham”, dos cruceros y tres destructores.
Tarmeñito esta situado en el tacón de la bota italiana, a más de quinientos kilómetros de Malta. Su magnífica rada estaba dotada
d
de poderosas
defensas contra todas las formas modernas de ataque. La llegada de algunos aparatos de reconocimiento nos permitió localizar claramente
nuestra presa. El proyecto británico consistía en lanzar desde el “Illustrious” dos oleadas de aviones
aviones contra Tarento de doce aparatos la
primera y de nueve la segunda, once de los cuales llevarían torpedos y el resto bombas o cohetes luminosos.
Poco después de obscurecido, los aviones despegaron del “Illustrious” desde un punto situado a unos 270 kilómetros
kilómet de la base enemiga. La
batalla rugió por espacio de una hora, sembrando el fuego y la destrucción entre los buques italianos. A pesar de la violenta reacción de las
baterías antiaéreas, no fueron derribados más que dos de nuestros aviones. Los demás volvieron
volvieron indemnes al “Illustrious”.
Aquella incursión modificó por sí sola, en forma decisiva, el equilibrio naval en el Mediterráneo. Las fotografías aéreas revelaron
rev
que los
torpedos habían alcanzado a tres acorazados. Uno de ellos el “Vittorio”, de reciente
reciente construcción; supimos también que había sido resultado
alcanzado un crucero y que los astilleros habían sufrido graves daños. La mitad de la Flota de guerra italiana quedó fuera de combate durante
seis meses por lo menos, y nuestra Aviación pudo congratularse
congratularse de haber logrado, al llevar a cabo su magnífica hazaña, aprovechar una de las
raras oportunidades que se le ofrecían.
Confiere un matiz de dramática ironía al acontecimiento el hecho de que aquel mismo día la Aviación italiana, por expreso deseo
des de
Mussolini, había tomado parte en la ofensiva aérea contra la Gran Bretaña. Una escuadrilla de bombarderos, escoltados por unos
uno sesenta
cazas, trató de atacar los convoyes aliados en el Medway. Fueron interceptados por nuestros cazas y resultaron derribados
derribado ocho aparatos de
bombardeo y cinco aviones de caza. Esta fue la primera y la última intervención de las fuerzas aéreas italianas en nuestros asuntos
a
internos.
Más les hubiese valido dedicarse a defender su Escuadra surta en Tarento.
Pero en Creta, todo a medias
Lastimosa en verdad es la crónica de lo sucedido en la bahía de Suda. La tragedia no sobrevino hasta 1941. Creo que yo ejercía
ejercí en control tan
directo sobre la dirección de los problemas militares como podía ejercerlo en aquella época el jefe de cualquier
cualquier nación. Mis conocimientos, la
fidelidad y el apoyo activo del Gabinete de Guerra, la lealtad de todos mis colegas, la eficacia cada vez mayor de nuestra máquina
má
bélica,
todo permitía obtener una intensa concentración de la autoridad constitucional.
constitucional. Y, no obstante, ¡cuan por debajo de lo que todos habíamos
deseado quedaron las medidas tomadas por el Mando del oriente Medio!
A fin de apreciar la limitación de los actos humanos, conviene no perder de vista cuántas cosas ocurrían al mismo tiempo en diferentes
d
órdenes y escenarios de la contienda. Pero sigo sin comprender por qué no pudimos transformar la bahía de Suda en una ciudadela
ciudade anfibia
cuya fortaleza habría sido toda la isla de Creta. Todo fue debidamente estudiado, todo quedó perfectamente convenido,
conve
y mucho se llevó a
cabo; pero, en la práctica, todo se hizo a medias. ¡Poco tardaríamos en pagar caras nuestras negligencias!
104
CAPITULO XLI
La primera “batalla del dólar”
Por encima del fragor de las armas perfilábase ante nosotros un acontecimiento de trascendencia mundial, pero de distinto orden. Las
elecciones presidenciales norteamericanas habían de celebrarse el 5 de noviembre de 1940, a pesar de la tenacidad y el vigor con que se libran
estas contiendas cuadrienales y de las profundas
profundas divergencias que en aquella época separaban a los dos grandes partidos en materia de
política interior, los jefes responsables, tanto republicanos como demócratas, se inclinaban ante los intereses supremos de nuestra
n
Causa
Común. El 2 de noviembre, en su discurso de Cleveland, Mr. Roosevelt dijo: “Nuestro objetivo consiste en prestar toda la ayuda material
posible a las naciones que siguen resistiendo a la agresión allende los océanos Atlántico y Pacífico”. Su contrincante, Mr. Wendell
W
Willkie,
declaró el mismo día en Madison Square Garden: “Todos sin excepción –republicanos,
republicanos, demócratas e independientes–
independientes somos partidarios de
ayudar al heroico pueblo británico. Hemos de poner a su disposición los productos de nuestra industria”.
La reelección decisiva
Este patriotismo de altura era una garantía de seguridad para la Unión norteamericana y para nuestra existencia. No obstante, yo aguardaba el
resultado de la votación con profunda inquietud. No era factible que un recién llegado al Poder tuviese o adquiriese
adquirie rápidamente la maestría y
la experiencia de Franklin Roosevelt. Nadie era capaz de igualarle en dotes de mando. Yo había cultivado con sumo cuidado mis relaciones
personales con él; y hasta tal punto habían alcanzado estas relaciones un grado de confianza
confianza y amistad, que desempeñaban ya un papel
preponderante en todas mis ideas. No me resultaba nada grata la perspectiva de poner término a aquella camaradería lentamente elaborada y
romper la continuidad del examen conjunto de nuestros problemas, para empezar
empezar desde el principio con un estadista de espíritu y
temperamento diferentes. Desde los días de Dunkerque no me había sentido sometido a una tensión semejante. Experimenté pues, una
indescriptible sensación de alivio cuando me enteré de la reelección del presidente Roosevelt.
Ex personaje naval al presidente Roosevelt,
“6-11-40
“No creí conveniente, siendo extranjero, opinar en sentido alguno acerca de la política norteamericana durante el período electoral;
ele
pero a
buen seguro no tomará usted a mal que le diga que oré por su triunfo y que doy gracias al Cielo por haber escuchado mis ruegos. No pretendo
ni deseo con ello otra cosa que ver cómo ejerce usted plena, leal y libremente su influencia sobre los problemas que hoy tiene
tien planteados el
mundo y a cuyaa solución han de contribuir nuestras dos naciones, cada una en la medida de sus posibilidades.
“Nos hallamos en el umbral de una fase sombría de esta guerra que evidentemente habrá de ser larga y susceptible de extenderse.
extenders Espero, por
lo tanto, poder permanecer
anecer en contacto con usted para continuar el intercambio de nuestros puntos de vista en el clima de absoluta confianza
y buena voluntad que se ha ido estableciendo entre nosotros desde que volví al Almirantazgo al producirse la ruptura de hostilidades.
hosti
Están
en marcha acontecimientos que la mente humana no olvidará mientras queden individuos de habla inglesa en cualquier parte del mundo, y al
expresar a usted la satisfacción que siento por el hecho de que el pueblo de los Estados Unidos haya depositado una
un vez mas sobre sus
hombros la carga de tan grandes responsabilidades, me permito hacerle partícipe de mi convicción sin límites de que los faros que iluminan la
ruta de nuestras naves nos guiarán a todos a puerto seguro.”
Consignaré como detalle curioso, que no recibí respuesta a este telegrama. Probablemente quedó sepultado bajo la masa ingente de mensajes
de felicitación que otros quehaceres más urgentes condenaron al olvido.
Eterna pesadilla: pagar
Hasta entonces habíamos hecho nuestros pedidos de material de guerra a los
Estados Unidos sin la intervención de los organismos correspondientes del
Ejército, la Marina y la Aviación norteamericanos, aunque siempre previa
consulta con ellos. El volumen cada vez mayor de nuestras necesidades de
diversa índole
ole había originado una cierta confusión en cuanto a las respectivas
atribuciones de aquellos organismos, que podía provocar fricciones en los
estratos inferiores, pese a la buena voluntad general. “Solo una política
gubernamental uniforme y coordinada en materia de suministros para todo lo
relacionado con la defensa –escribe
escribe Mister Stettinius–
Stettinius era capaz de llevar a
cabo a inmensa tarea a realizar”.
Esto significaba que el propio Gobierno de Washington formularía todos los
pedidos de armamento a las fábricass norteamericanas. Tres días después de su
reelección, el Presidente hizo pública una “norma general” para el reparto de la
producción de material bélico de los Estados Unidos; al rebasar la fabricación
de armas la línea de producción establecida, debían aquellas
a
ser distribuidas
aproximadamente por igual entre las fuerzas norteamericanas por una parte y
las fuerzas británicas y canadienses por otra. Aquel mismo día la Comisión de
Asignaciones aprobó una solicitud británica relativa a un pedido suplementario
suplementari
de 12.000 aviones a los Estados Unidos, además de los 11.000 que ya habíamos
encargado. Pero, ¿Cómo pagaríamos todas aquellas compras?
Fin de la ley de Neutralidad
A mediados de noviembre llegó lord Lothian en avión procedente de
Washington y estuvo un par de días conmigo en Ditchley. Me habían
aconsejado que no tomase por costumbre pasar los fines de semana en
Chequers, particularmente en las fases de luna llena, pues podía darse el caso
de que el enemigo quisiera dedicarme una atención preferente en sus
s ataques
aéreos. Míster Ronald Tree y su esposa me dispensaban de vez en cuando
105
cordial acogida en su espléndida residencia próxima a Oxford. Ditchley está a unos siete u ocho kilómetros de Blenheim. En aquellos
encantadores parajes recibí al embajador.
Lothian me pareció un hombre distinto del que yo conocía. Durante los largos años que había tenido contacto con él, me había producido la
impresión del aristócrata intelectual que considera con olímpica indiferencia los problemas vulgares. Vivaz, disciplente, pagado de si mismo,
animado de un gran espíritu critico pero envuelto todo ello en un aire ligero y festivo. Ahora, bajo el peso de las emociones nos atenazaban a
todos, me encontré con un hombre grave, profundamente consciente de la responsabilidad común. Estaba absolutamente familiarizado con
todos los aspectos y todos los matices de la actitud norteamericana. Habíase granjeado la confianza y el efecto de los altos funcionarios de
Washington por su inteligente tacto en el curso de las negociaciones relativas a la cesión de destructores a cambio de bases británicas. Había
entablado sincera amistad personal con el Presidente y sabia mucho acerca de las verdaderas intenciones de éste frente a la hora difícil en que
se hallaba el mundo. Lothian estaba a la sazón seriamente preocupado por el problema de los dólares; arduo problema, en verdad.
Antes de la guerra, los Estados Unidos se regían por la ley de Neutralidad, en virtud de la cual el presidente Roosevelt se vio obligado, el 3 de
septiembre de 1939, a decretar el embargo de todos los enviaos de armas a las naciones beligerantes sin distinción. Diez días más tarde
convocó al Congreso en sesión especial para que estudiara una fórmula de levantamiento de aquella prohibición que, bajo una apariencia de
imparcialidad, privaba virtualmente a Gran Bretaña y Francia de todas las ventajas de su dominio en los mares para el transporte de
municiones y pertrechos. Hasta fines de noviembre de 1939, tras muchas semanas de discusiones y agitación, no fue derogada la ley de
Neutralidad y substituida por el nuevo principio de “Cash and Carry” (Pago al contado y transporte por cuenta del comprador).
Esta fórmula permitía mantener la apariencia de una estricta neutralidad por parte de los Estados Unidos, puesto que Norteamérica quedaba
en libertad para vender armas tanto a Alemania como a los aliados. En la práctica, sin embargo nuestro dominio de los mares esterilizaba todo
intento de tráfico alemán, mientras que la Gran Bretaña y Francia podían tranquilamente transportar (“carry”) el material adquirido siempre
que estuviese incondiciones de pagar al contado (“cash”).
Tres días después de la aprobación de la nueva ley, nuestra Comisión de Compras, presidida por Mr. Arthur Purvis, hombre inteligente y
hábil, puso manos a la obra.
Cuando se le ve el fondo al arca…
La Gran Bretaña entró en la guerra con unos 4.500 millones de dólares, bien fuese en moneda norteamericana, en oro o en forma de
inversiones en los Estados Unidos susceptibles de ser convertidas en dólares. El único medio de dar mayor volumen a estos recursos consistía
en aumentar la producción de oro en el Imperio británico, principalmente, como es natural, en África del Sur, así como en realizar vigorosos
esfuerzos para exportar mercancías a los Estados Unidos, en especial artículos de lujo, tales como “güisqui”, manufacturas de lana y cerámica
fina. De este modo obtuvimos otros 2.000 millones de dólares en el curso de los dieciséis meses de la contienda.
Durante el período de la “guerra crepuscular” nos debatimos entre el vehemente deseo de pedir armas a Norteamérica y los negros temores
que son de suponer a medida que decrecían nuestras reservas de dólares. Día tras días, en la época de Mr. Chamberlain, el canciller de la
Tesorería, sir John Simon, nos daba cuenta del estado cada vez más lamentable de nuestras reservas de dólares y hacía hincapié en la
necesidad de no llegar a su agotamiento. Nos vimos obligados a convenir en que debíamos limitar rigurosamente la cuantía de nuestras
compras a los Estados Unidos. Obrábamos, según Mr. Purvis dijo en cierta ocasión a Stettinius, “como si nos hallásemos en una isla desierta
con víveres muy escasos que era preciso hacer durar el mayor tiempo posible”.
Tuvimos que efectuar complicadas combinaciones para aprovechar hasta el máximo nuestro dinero. En tiempo de paz importábamos
libremente y pagábamos en la forma que queríamos. Al estallar la guerra hubimos de crear un mecanismo destinado a movilizar el oro, los
dólares y los capitales privados, a impedir que los recalcitrantes enviaran sus fondos a otros países en los que creían que la situación era más
estable, y a cortar de raíz las importaciones innecesarias y otros gastos superfluos.
Después de adoptar las medidas tendentes a evitar la dilapidación de nuestro dinero, teníamos que asegurarnos de que otras naciones
continuarían aceptándolo. Los países del área de la libra esterlina se pusieron a nuestro lado y siguieron la misma política de control de
cambios. Con otros países concertamos acuerdos en virtud de los cuales nosotros les pagaríamos en libras, moneda que podrían utilizar en
cualquier punto del área de la esterlina, y ellos se comprometían a no hacer uso de sus reservas de libras, mientras no tuviesen necesidad de
ello y a efectuar las operaciones a los tipos oficiales de cambio. Firmamos tales convenios primero con Argentina y Suecia, pero luego
hicimos lo propio con otras naciones del Continente y de la América del Sur.
Dimos cima a la conclusión de todos estos acuerdos después de la primavera de 1940, y fue para nosotros motivo de gran satisfacción
lograrlos y mantenerlos vigentes a través de dificultades sin cuento. Así pudimos comerciar a base de libras esterlinas con vasta zonas del
mundo y conservar la mayor parte de nuestro oro y de nuestros precioso dólares para destinarlos a nuestras compras vitales en los Estados
Unidos.
Economía de urgencia
Cuando en mayo de 1940, la guerra se transformó súbitamente en una espantosa realidad, nos dimos cuenta de que se había iniciado una
nueva era en las relaciones anglo norteamericanas. A partir del momento en que yo formé Gobierno y Sir Kingsley Word asumió el puesto de
canciller de la Tesorería, nos atuvimos a un plan de líneas mucho más simples, a saber: Formular todos los pedidos que nos fuese posible y
depositar los problemas financieros futuros en el regazo de los dioses inmortales. En medio de aquella lucha a vida o muerte en la que muy
pronto nos quedamos solos, bajo un bombardeo incesante y con la amenaza de invasión cerniéndose sobre nosotros, hubiese constituido una
política de falsa economía y de prudencia mal entendida la de preocuparnos demasiado por lo que ocurriría cuando se nos agotasen los
dólares. Conocíamos perfectamente los profundos cambios que se estaban operando en la opinión norteamericana y sabíamos asimismo que,
no sólo en Washington sino en todo el ámbito de la Unión, arraigaba cada vez más la convicción de que su destino estaba ligado al nuestro.
Además, en aquella época se produjo en Norteamérica un creciente movimiento de simpatía hacia la Gran Bretaña. Directamente desde
Washington y también a través de Canadá recibíamos cordiales indicaciones que alentaban nuestro espíritu combativo y señalaban que de un
modo u otro se encontraría la solución oportuna para todo. La causa de los aliados tuvo en Mr. Morgenthau secretario norteamericano del
Tesoro, un campeón infatigable. La transferencia a nuestro favor, realizada en junio, de los contratos franceses de producción, había doblado
casi nuestra capacidad de adquisición en los Estados Unidos. Aparte de esto, encargamos aviones, tanques y buques mercantes a distintos
países y fomentamos la creación de grandes fábricas nuevas de armamento en los Estados Unidos y en Canadá.
Afanosa búsqueda de fórmulas
Hasta noviembre de 1940 habíamos pagado todo cuanto habíamos recibido. Después de vender 335 millones de dólares en acciones
norteamericanas –requisadas y reembolsadas en libras esterlinas a sus tenedores residentes en Inglaterra– y después de satisfacer más de
4.500 millones de dólares en efectivo, nos quedaban ya solamente 2.000 millones, la mayor parte de ellos en forma de inversiones, muchas de
las cuales no eran fácilmente convertibles. Era evidente que no podíamos seguir así de ningún modo. Aun cuando nos desposeyésemos de
todo el oro que teníamos y de todos nuestros bienes en el extranjero, no podíamos pagar ni la mitad de lo que habíamos pedido, y el cariz que
106
tomaba la guerra nos obligaba a formular un volumen de pedidos diez veces mayor. Teníamos que conservar algunas disponibilidades para
atender a nuestras necesidades normales.
Lothian estaba convencido de que el Presidente y sus consejeros buscaban afanosamente el medio más adecuado para ayudarnos. Disipados
los temores relativos a la elección, había llegado la hora de actuar en firme. En Washington se celebraban laboriosas negociaciones
financieras entre el representante de la Tesorería británica, Sir Frederich Phillips, y Mr. Morgenthau. El embajador me instó a dirigir al
Presidente una exposición completa del estado de nuestros problemas. En consecuencia, aquel domingo, en Ditchley, pergeñé, de acuerdo con
él, una carta personal.
El 16 de noviembre telegrafié al Presidente: “Estoy escribiendo a usted una carta muy extensa acerca de las perspectivas para 1941. Lord
Lothian se la entregará dentro de breves días”. Como el documento hubo de ser examinado detenidamente primero por los jefes de Estado
Mayor y luego por la Tesorería, y después aprobado por el Gabinete de Guerra, no estuvo dispuesto para darle curso antes del regreso de
Lothian a Washington. El día 26 de noviembre telegrafié al embajador: “Sigo luchando con mi carta al Presidente, pero confío
cablegrafiársela a usted dentro de pocos días”.
En su versión definitiva, la carta llevó fecha de 8 de diciembre y se cursó sin nuevas dilaciones al Presidente. Teniendo en cuenta que en ella
exponía yo el punto de vista común de todos los elementos dirigentes británicos acerca del conjunto de la situación, y dado asimismo el
importante papel que desempeñó en nuestra suerte, merece que le concedamos una atención especial.
CAPITULO XLII
Llamamiento a Roosevelt
(Se transcribe a continuación los fragmentos más importantes de la carta que Mr. Churchill escribió al presidente Roosevelt en diciembre de
1940, y cuyo texto completo tiene alrededor de cuatro mil palabras. Tal como el autor puso de relieve en el artículo anterior, la carta en
cuestión, escrita para tratar del problema de los dólares, desborda ampliamente el tema financiero y se ocupa de toda la situación bélica tal
como Mr. Churchill la veía entonces.)
“Mi querido señor Presidente:
Próximo ya el fin del año actual, supongo deseará usted que le exponga el panorama que ante nosotros se ofrece para 1941. Lo hago con
plena franqueza y animado de una gran confianza, porque a mi entender la inmensa mayoría de los ciudadanos norteamericanos ha puesto
claramente de manifiesto su convicción de que la seguridad de los Estados Unidos, el futuro de nuestras dos democracias y la civilización que
les es grata dependen de la supervivencia y la independencia de la Comunidad Británica de Naciones…
Necesidad primordial
El cariz que ha tomado esta guerra, y que al parecer seguirá teniendo, no nos permite hacer frente a los inmensos ejércitos alemanes en
ninguno de los escenarios en que el enemigo sea capaz de desplegar el grueso de sus fuerzas. No obstante, gracias a nuestro poderío naval y
aéreo, estamos en condiciones de enfrentarnos con los ejércitos alemanes en las regiones en que sólo puedan entrar en acción contingentes
relativamente reducidos.
Hemos de hacer cuanto sea necesario para evitar que la dominación alemana que pesa sobre Europa se extienda a África y al Asia meridional.
Debemos mantener asimismo en estado permanente de alerta en nuestra isla unos ejércitos lo suficientemente fuertes para hacer insoluble el
problema de la invasión que los alemanes tiene planeado. A tal efecto, estamos constituyendo con toda la rapidez que nos es posible, como
usted ya sabe, entre cincuenta y sesenta divisiones. Aun cuando los Estados Unidos se convirtiesen en aliados nuestros en vez de ser
simplemente, como ahora lo son, nuestros amigos e indispensables asociados, no solicitaríamos el envío de un gran ejército expedicionario
norteamericano. El factor determinante de nuestra limitación no es el potencial humano, sino el tonelaje de buques mercantes; y es para
nosotros mucho más importante poder transportar material de guerra y provisiones que garantizar el desplazamiento de considerables
efectivos por vía marítima…
Peligro de caer antes de alcanzar la meta
El peligro de que la Gran Bretaña sea destruida por un ataque súbito e irresistible ha cedido de momento en forma muy notable… En 1941 la
decisión estará en los mares. Si no podemos demostrar que somos capaces de abastecer esta isla, de importar el material de toda índole que
necesitamos, si no logramos trasladar nuestros ejércitos a los diversos escenarios en que debemos hacer frente a Hitler y a su aliado Mussolini
y no nos hallamos en condiciones de hacer todo esto con la certeza de poder perseverar en nuestra acción hasta quebrantar los bríos de los
dictadores continentales, nos exponemos a caer antes de llegar a la meta, en cuyo caso los Estados Unidos no dispondrán del tiempo que
necesitan para completar sus preparativos de defensa. `Por lo tanto, en 1941 el tonelaje mercante y la capacidad de transporte marítimo,
especialmente a través del Atlántico, constituirán el problema básico de la guerra…
Nuestras pérdidas de buques mercantes alcanzan ya un nivel casi comparable al que se registró en el peor año de la última guerra. Durante las
cinco semanas que terminaron el 3 de noviembre, las citadas pérdidas se elevaron a un total de 420.300 toneladas. Calculamos en 43 millones
107
de toneladas el volumen anual que deberíamos importar para mantener el ritmo conveniente de nuestro esfuerzo; la proporción de tonelaje
que importamos en septiembre y en octubre fue tan solo de 37 y 38 millones de toneladas anuales respectivamente. Si tal disminución
continuase a un ritmo parecido sería funesta para nosotros. A pesar de que estamos haciendo cuanto podemos para hacer frente a esta
situación con métodos nuevos, la dificultad de limitar las pérdidas es evidentemente mucho mayor que en la última guerra. Nos falta el apoyo
de las Marinas francesa, italiana y japonesa, y sobre todo el de la Marina norteamericana que fue de importancia vital para nosotros en los
años culminantes.
El enemigo tiene en sus manos todos los puertos de las costas septentrional y occidental de Francia. Acondiciona sin cesar nuevas bases para
sus submarinos, sus hidroaviones y sus aparatos de caza en dichos puertos y en las islas situadas a lo largo de la costa francesa. No podemos
utilizar los puertos ni el territorio del Eire para organizar desde allí nuestras patrullas costeras aéreas y navales. En realidad, hoy disponemos
tan sólo de una vía de acceso a las Islas Británicas; la zona septentrional, a la cual el enemigo dedica una atención creciente, realizando
incursiones cada vez más profundas con sus submarinos y sus bombarderos de gran radio de acción. Por añadidura desde hace varios meses
hay buques mercantes armados en corso en el Océano Atlántico y en el Océano Indico. Y ahora hemos de hacer frente también a las correrías
de navíos de guerra fuertemente artillados. Necesitamos barcos tanto para las operaciones de caza como para las funciones de escolta. Pese a
la importancia de nuestros recursos y nuestros preparativos, los medios de que disponemos siguen siendo insuficientes…
Francia y Japón, motivos de inquietud
Hay otro peligro en embrión; es posible que el Gobierno de Vichy, bien sea adhiriéndose al “nuevo orden” hitleriano en Europa o mediante
alguna maniobra, por ejemplo obligándonos a atacar una expedición dirigida por la vía marítima contra las colonias incorporadas al
movimiento de Francia libre, encuentre un pretexto para alinear al lado de las Potencias del Eje las muy considerables fuerzas navales
indemnes que están aún bajo su control. Si la Armada francesa se uniera al Eje, el África occidental pasaría inmediatamente a manos del
enemigo, lo cual tendría consecuencias gravísimas para nuestras comunicaciones entre el Atlántico septentrional y el Atlántico meridional, al
propio tiempo que afectaría a Dakar y, naturalmente, a la América del Sur.
Constituye una tercera zona de peligro el Extremo Oriente. Parece evidente que el Japón se dispone a avanzar hacia el Sur a través de
Indochina para alcanzar Raigón y otras bases navales y aéreas, situando, con ello sus fuerzas a una distancia relativamente corta de Singapur
y de las Indias Orientales holandesas. Se afirma que los japoneses están organizando cinco divisiones de tropas seleccionadas para utilizarlas
en un momento dado como cuerpo expedicionario en ultramar. En la actualidad nosotros carecemos en el Extremo Oriente de fuerzas capaces
de afrontar una situación semejante en caso de que se produjera.
Ante estos peligros, hemos de procurar en 1941 hacer acopio de las armas necesarias, aviones especialmente –aumentando por una parte la
producción nacional a despecho de los bombardeos, y por otra parte con los envíos que recibamos de ultramar–, para establecer los cimientos
de la victoria. Dada la dificultad y la magnitud de esta tarea, según se desprende de los hechos que acabo de enumerar y a los que podría
añadir otros muchos, creo que tengo el derecho y aun la obligación de exponer a usted las diversas formas en que los Estados Unidos podrían
aportar una ayuda inestimable y decisiva a lo que en ciertos aspectos es la causa común.
Soluciones
Lo primero que se necesita es frenar, o, por lo menos, limitar las pérdidas de tonelaje en los accesos a nuestra isla por la parte del Atlántico.
Esto se puede lograr reforzando las unidades navales que hacen frente a los ataques enemigos y al propio tiempo aumentando el número de
buques mercantes, de los cuales depende nuestro abastecimiento. Por lo que al primer punto se refiere, cabría elegir, a mí entender, entre las
soluciones siguientes:
1. Ratificación por los Estados Unidos de la doctrina que establece la libertad de los mares y que condena los métodos bárbaros e ilegales en
materia de guerra naval, de acuerdo con las decisiones tomadas después de la última Gran Guerra y que Alemania aceptó libre y
explícitamente en 1935. Por lo tanto, los buques norteamericanos tendrían derecho a comerciar con los países que no se hallan sometidos a un
bloque efectivo y legal.
2. Como consecuencia de ello, creo yo, este comercio lícito debería ser colocado bajo la protección de las fuerzas norteamericanas, es decir,
acorazados, cruceros, flotillas de destructores y aviones, cuya misión sería la de escoltar a los convoyes. Esta protección tendría una eficacia
infinitamente mayor si pudiesen ustedes obtener bases en Irlanda mientras dure la guerra. Me parece poco probable que el hecho de ejercer la
mencionada protección provoque una declaración de guerra de Alemania a los Estados Unidos, aunque no dejarían a buen seguro de
registrarse de vez en cuando incidentes peligrosos. Herr Hitler ha demostrado que no está dispuesto a incurrir en el error que cometió el
Kaiser. No desea verse arrastrado a la guerra contra los Estados Unidos hasta que haya minado seriamente el poderío de la Gran Bretaña. Su
máxima es: “Uno por uno”.
La política que me he permitido esbozar, u otra política similar, constituiría un acto decisivo de no beligerancia constructiva por
parte de los Estados Unidos y permitiría, mejor que otra medida cualquiera, garantizar la prolongación efectiva de la resistencia británica
durante el tiempo necesario, así como asegurar la victoria final.
3. A falta de lo indicado, la libre navegación por las rutas atlánticas sólo puede garantizarse mediante la entrega a título de donación,
préstamo o suministro, de un gran número de buques de guerra norteamericanos, sobre todo destructores, que se encuentran ya en el
Atlántico. ¿No sería posible, además, que las fuerzas navales de los Estados Unidos extendiesen el control marítimo que ejercen en las costas
americanas del Atlántico, con objeto de impedir que los buques enemigos amenazaran los accesos a la nueva serie de bases navales y aéreas
que Norteamérica procede actualmente a establecer en las posesione insulares británicas del hemisferio occidental? La pujanza de las fuerzas
navales de los Estados Unidos es tan grande, que la ayuda que podría prestarnos en el Atlántico, según indico más arriba, no comprometería
en modo alguno el control del Pacifico.
4. Tendríamos asimismo necesidad de los buenos oficios de los Estados Unidos y de toda la influencia que su Gobierno pudiese ejercer para
que la Gran Bretaña obtuviese las facilidades que requiere la concentración en las costas meridional y occidental de Irlanda, de nuestras
flotillas, y más aun de nuestros aviones, que operan en dirección al Oeste, en el Atlántico…
Sin ayuda norteamericana…
La finalidad de las medidas que sugiero es la de reducir a proporciones soportables las tremendas pérdidas que estamos sufriendo en el mar.
Es esencial, además, que el volumen de buques mercantes disponibles para abastecer a la Gran Bretaña en forma que le permita continuar la
guerra con todo el vigor necesario se eleve a una cifra sensiblemente superior al total de 1.250.000 toneladas anuales, que es lo máximo que
ahora podemos construir. El sistema de convoyes, los rodeos, los zigzags, las grandes distancias a recorrer desde los puntos de origen de
nuestras importaciones, así como la saturación de los puertos occidentales de la isla, han reducido aproximadamente en un tercio la eficacia
de nuestro tonelaje actual. Para asegurar la victoria final, hemos de ampliar nuestra capacidad de construcción de buques mercantes en no
menos de tres millones de toneladas. Únicamente los Estados Unidos pueden ayudarnos en esta labor…
108
Por otra parte, necesitamos el apoyo de los grandes recursos industriales de esa República para aumentar nuestra capacidad de fabricación de
aviones de combate. Si no podemos contar con este apoyo en forma sustancial, no lograremos la supremacía aérea absoluta que nos es precisa
para liberar progresivamente a Europa del yugo alemán…
Ha recibido usted también informes acerca de las necesidades de nuestros ejércitos. Por lo que respecta a la fabricación de municiones y otros
pertrechos bélicos, estamos realizando aquí notables progresos a pesar de los bombardeos enemigos. Sin la constante ayuda que ustedes nos
prestan con el suministro de máquinas-herramientas y la cesión de ciertos artículos procedentes de sus depósitos, no podríamos equipar
cincuenta divisiones en 1941. estoy muy agradecido por los acuerdas, ya prácticamente concertados, referentes a la contribución
norteamericana para armar el ejército que tenemos en proyecto, así como para el suministro en tiempo oportuno de armas tipo norteamericano
destinadas a otras diez divisiones para la campaña de 1942. Pero cuando se inicie el reflujo de la dictadura, es posible que muchos países
deseosos de recobrar su libertad reclamen armas que sólo las fábricas de los Estados Unidos estarán en condiciones de proporcionarles. Debo
insistir por lo tanto, sobre la importancia que tiene el desarrollar hasta el máximo la capacidad norteamericana de producción de armas
ligeras, artillería y tanques…
El problema económico
Paso, por último, a ocuparme de las cuestiones financieras. Cuanto más rápido y abundante sea el caudal de pertrechos y barcos que puedan
ustedes enviarnos, tanto más aprisa se agotarán nuestros créditos en dólares… Se acerca el momento en que ya no nos será posible pagar al
contado los buques mercantes y demás suministros. Si bien, nosotros haremos cuanto esté a nuestro alcance y no retrocederemos ante ningún
sacrificio decoroso para efectuar los pagos de acuerdo con el convenio monetario actual, creo convendrá usted conmigo en que sería
moralmente injusto y mutuamente perjudicial en la práctica, que en lo mas enconado de esta guerra se viese la Gran Bretaña despojada de
todos sus bienes negociables, de tal modo que después de haber logrado la victoria, de haber salvado a la civilización y de haber permitido a
los Estados Unidos ganar tiempo para armarse debidamente en previsión de cualquier eventualidad, quedáramos reducidos por completo a la
miseria. Tal cosa no sería moral ni económicamente provechosa para ninguno de nuestros dos países. Nosotros, los ingleses, no podríamos,
después de la guerra, comprar a los Estados Unidos la cantidad enorme de mercancías que excedería del valor de nuestras posibilidades de
exportación, lo cual no convendría en modo alguno a la política arancelaria y a la economía industrial de ese país. No sólo la Gran Bretaña
habría de sufrir crueles privaciones, sino que los Estados Unidos deberían enfrentarse con un gravísimo problema de paro obrero originado
por la reducción de sus propias posibilidades de exportación.
No creo, por lo demás, que el Gobierno y el pueblo de los Estados Unidos consideren que esté de acuerdo con los principios que informan la
trayectoria de su existencia el limitar la ayuda que tan generosamente nos han prometido exclusivamente al material de guerra y a los
artículos que podamos pagar al contado. Puede usted tener la seguridad de que demostraremos nuestra resolución de sufrir y sacrificarnos
hasta el máximo por la Causa, así como hasta que punto nos enorgullecemos de ser ardientes paladines de la misma. El resto lo dejamos
confiados en manos de usted y de su pueblo, con la certidumbre de que será posible encontrar fórmulas y medios que las generaciones futuras
de ambos lados del Atlántico aprobarán y admirarán.
Si, como creo, está usted convencido, señor Presidente, de que la derrota de la tiranía nazi y fascista es una cuestión de gran trascendencia
para el pueblo de los Estados Unidos y para todo el hemisferio occidental, no me cabe duda de que considerará esta carta, no como una
petición de ayuda, sino como una exposición de lo mínimo que es necesario hacer para alcanzar nuestro objetivo común.”
CAPITULO XLIII
Préstamo y arriendo
(Mr. Churchill había escrito al presidente Roosevelt, el 8 de diciembre de 1940, una carta –cuyos fragmentos esenciales se transcribieron en
el artículo anterior– exponiendo las perspectivas que se ofrecían a la Gran Bretaña para 1941 y señalando especialmente que “se acerca el
momento en que ya no nos será posible pagar al contado los buques mercantes y demás suministros”.)
La carta, una de las más importantes que he escrito en mi vida, llegó a manos de nuestro gran amigo cuando éste se hallaba realizando un
crucero por las soleadas aguas del mar Caribe a bordo del buque de guerra norteamericano “Tuscaloosa”. Le acompañaban tan sólo sus
íntimos. Harry Hopkins, a quien entonces yo no conocía, me dijo más tarde que Mr. Roosevelt, sentado en su silla de cubierta, leyó y releyó
109
la carta varias veces, y transcurrieron dos días sin que al parecer hubiese tomado ninguna determinación concreta. Veíasele profundamente
p
absorto, meditando en silencio.
La fuerza del precedente
De todo ello surgió una decisión inesperada y sorprendente. Las reflexiones del Presidente no tenían su origen en vacilación alguna acerca de
lo que debía hacer. El problema que se le planteaba era saber como lograría arrastrar consigo al país y persuadir al Congreso de que siguiera
la dirección que él le indicase., según Stettinius, el Presidente, ya en el verano anterior, había sugerido en una reunión del
de Comité Consultivo
de Defensa para Recursos Navales que “no es necesario que la Gran Bretaña destine sus propios fondos a la construcción de buques en los
Estados Unidos, ni tampoco que nosotros le prestemos dinero para estos efectos. Nada se opone a que nosotros le cedamos barcos
barco en arriendo
mientras dure la contienda”.
Parece ser que esta idea tuvo su origen en el Departamento de Tesorería, a cuyos juristas ordenó el secretario de Estado correspondiente,
corr
Morgenthau, la búsqueda de fórmulas y documentos. Los abogados en cuestión encontraron que una ley de 1892 autorizaba
autori
al secretario de
Estado para la Guerra, “cuando a juicio de éste lo aconsejase el interés de la nación”, a ceder en arriendo pertrechos militares
milita por el periodo
no superior a cinco años, siempre que no fuesen indispensables para el país. Había precedentes
precedentes de la aplicación de esta ley, con la cesión en
arriendo de diversas clases de pertrechos militares, en distintas épocas.
Así, pues, desde hacía algún tiempo el presidente Roosevelt barajaba en su espíritu la palabra “arriendo” y la idea de aplicar
aplica aquel principio a
dar satisfacción a las necesidades británicas, como medio para poner término a una política de préstamos ilimitados que a no tardar
desbordaría ampliamente toda posibilidad de reembolso. Y de pronto todo aquello
pasó al terreno de las realizaciones
aciones prácticas y fue proclamado el magno principio
del préstamo y arriendo.
La manguera del vecino
El Presidente regresó el 16 de diciembre de su crucero por el Caribe, y al día
siguiente expuso su proyecto en una conferencia de Prensa. Recurrió para ello a un
ejemplo muy sencillo:
“Supongamos que se produce un incendio en la casa de mi vecino y que yo tengo
una manguera de jardín a cien o ciento cincuenta metros de allí. Si permito al
vecino que coja mi manguera y la conecte a su boca de riego, puedo ayudarle a
apagar el fuego. Ahora bien, ¿Qué haré yo en tal caso? No le diré antes de prestarle
el utensilio: “Vecino, la manguera me costó quince dólares; tiene usted que
pagarme quince dólares por ella.” ¡No! ¿Qué corresponde hacer pues? Yo no quiero
loss quince dólares; lo único que quiero es recobrar la manguera una vez extinguido
el fuego.”
Y añadió poco después:
“No cabe absolutamente ninguna duda de que, a juicio de una mayoría abrumadora
de norteamericanos, la mejor protección de los Estados Unidos
Unido en un futuro
inmediato estriba en el hecho de que la Gran Bretaña pueda seguir defendiéndose a
sí misma con éxito; y que, por lo tanto, aparte de nuestro interés tradicional en la
supervivencia de la democracia en el mundo entero, es igualmente importante,
important
desde el punto de vista egoísta de la defensa de Norteamérica, que hagamos todo
cuanto nos sea posible para ayudar al Imperio británico a defenderse.”
Para terminar, dijo:
“Trato de eliminar el signo de dólares.”
Acción desinteresada
De acuerdo con este orden de ideas se preparó inmediatamente el celebérrimo proyecto de ley de Préstamo y Arriendo para ser sometido
s
al
Congreso. Más tarde, ante el Parlamento yo afirmé que aquello era “la acción más desinteresada en la historia del mundo”.
mundo”
Una vez aprobada por el Congreso, la citada ley modificó por completo el aspecto de la situación. Nos dejaba en libertad para elaborar, sobre
la base de acuerdos mutuos, planes a largo plazo de gran magnitud para atender a todas nuestras necesidades. No había en ella ninguna
disposición relativa a pagos. Ni siquiera preveía la apertura de una cuenta formularia en dólares o en libras esterlinas. Lo que recibíamos de
los Estados Unidos se nos prestaba o se nos cedía en arriendo porque la continuación de nuestra
nuestra resistencia a la tiranía hitleriana se
consideraba como de interés vital para la gran República. Según dijo el presidente Roosevelt, lo que en lo sucesivo determinaría
determina el punto de
destino de las armas norteamericanas sería la defensa de los Estados Unidos
U
y no los dólares.
Embajada vacante en Washington
En aquel preciso momento, el más importante de su vida pública, perdimos a Philip Lothian, nuestro embajador en Washington. Poco
P
después
de su regreso a los Estados Unidos, cayó súbita y gravemente enfermo. Trabajó sin descanso hasta el fin, y el 12 de diciembre, en la pleamar
del triunfo, falleció. Su muerte fue una gran pérdida para la nación y para la Causa. Infinidad de amigos de ambos lados del océano lloraron
su desaparición. A mí, que había permanecido
ermanecido en tan estrecho contacto con él quince días antes, me emocionó en lo más íntimo. Le rendí
homenaje ante una Cámara de los Comunes unánime en el respeto a su labor y a su memoria.
Figura nacional, pero…
110
Tuve que preocuparme en seguida de designar al sucesor de Lothian. Evidentemente, dada, la naturaleza de nuestras relaciones con los
Estados Unidos en aquella época, era necesario que el nombramiento recayese en una destacada personalidad nacional que fuera al propio
tiempo un estadista versado en todas las cuestiones de la política internacional. Después de asegurarme el Presidente que mi sugestión sería
bien acogida, invité a Mr. Lloyd George a aceptar el puesto. No se había considerado a sí mismo idóneo para entrar a formar parte del
Gabinete de Guerra en el mes de julio, y su postura en cuanto a la política británica de aquella hora no era muy firme. Sus puntos de vista
acerca de la guerra y de los acontecimientos que la habían provocado eran absolutamente opuestos a los míos. No cabía duda, sin embargo, de
que era nuestro ciudadano más notable ni de que consagraría sus dotes y su experiencia incomparables al éxito de su misión. Sostuve con él
una larga conversación en la sala del Consejo y otra al día siguiente a la hora del almuerzo.
Mostróse sinceramente satisfecho por haber sido invitado a asumir el cargo. “Comunicaré a mis amigos –dijo– que el primer ministro me ha
hecho una honrosa oferta.” Pero estaba convencido de que a la edad de setenta y siete años no debía emprender una tarea tan agobiante. En el
curso de las extensas conversaciones que celebré con él tuve la sensación clara de que había envejecido aún más desde que le pedí que se
incorporase al Gabinete de Guerra, y con mucho sentimiento, pero también sin vacilar, abandoné mi proyecto.
Misión trascendental
Me dirigí entonces a lord Halifax, cuyo alto prestigio en el seno del Partido Conservador quedaba acrecentado con su presencia al frente del
Foreign Office. El hecho de que un ministro de Asuntos Exteriores se convierta en embajador da el tono exacto de la trascendencia de su
misión. Todo el mundo se inclinaba ante su elevada reputación; pero, al mismo tiempo, su actitud en los años anteriores a la guerra y el
rumbo que habían tomado los acontecimientos le dejaban expuesto a muchos gestos de censura y aun de hostilidad por parte de la fracción
laborista de nuestro Gobierno de coalición nacional. Yo sabía que el propio Halifax se daba cuenta de aquel estado de cosas.
Cuando le formulé la propuesta, que, desde luego, no suponía para él una mejora de carácter personal, se limitó a decir, con digna sencillez,
que prestaría servicio dondequiera que se considerase había de ser útil su presencia. A fin de encarecer aún más la importancia de sus
funciones decidí que cada vez que volviese a Inglaterra con permiso ocupara su antiguo puesto en el Gabinete de Guerra. Esta disposición se
llevó a la práctica sin que nadie formulara la menor objeción, dada la calidad y la experiencia de los elementos interesados. Durante los seis
años siguientes, tanto con el Gobierno de coalición nacional como con el Gobierno laborista, Halifax desempeñó el cargo de embajador en los
Estados Unidos con habilidad y eficiencia cada vez mayores.
El presidente Roosevelt, Mr. Hull y otras altas personalidades de Washington acogieron con viva satisfacción el nombramiento de lord
Halifax. Desde luego, pude ser en seguida que el Presidente prefería con mucho esta solución a la que en principio yo le había sugerido. La
designación del nuevo embajador fue comentada favorablemente lo mismo en los círculos norteamericanos que en los británicos, y la opinión
pública de ambos países la diputó de oportuna y por todos conceptos adecuada a la magnitud de los acontecimientos.
Eden vuelve a “sus lares”
No me cabía ninguna duda acerca de quién ocuparía la vacante en el Ministerio de Asuntos Exteriores. A lo largo de estas páginas ha
quedado de manifiesto que en todos los grandes problemas planteados en el curso de los cuatro años anteriores yo había estado plenamente de
acuerdo con Anthony Eden. He descrito ya las inquietudes y las emociones que experimenté cuando le vi separarse de Mr. Chamberlain en la
primavera de 1938. Nos abstuvimos juntos de votar en el debate sobre los acuerdos de Munich. Juntos resistimos las presiones que el partido
ejerció sobre nosotros durante el invierno de aquel año fatídico. Comunes fueron nuestras ideas y nuestros sentimientos al estallar la guerra, y
colaboramos como colegas en el transcurso de la misma.
Eden había dedicado la mayor parte de su vida pública al estudio de los problemas internacionales. Había desempeñado brillantemente el
importantísimo puesto de ministro de Asuntos Exteriores, y, a la edad de cuarenta y dos años, había dimitido el cargo por razones que hoy, a
la luz de los hechos, todos los partidos de la nación consideran justas. Había realizado una espléndida labor como ministro de la Guerra
durante aquel año terrible, y su dirección de los asuntos militares le había puesto en íntimo contacto conmigo. Aun sin deliberación previa,
opinábamos en forma idéntica acerca de muchísimas cuestiones de orden práctico que se suscitaban al correr de los días. Me complacía la
idea de una grata y armoniosa camaradería entre el jefe del Gobierno y el ministro de Asuntos Exteriores, y en verdad que no vi defraudada
esta esperanza en los cuatro años y medio de guerra y de política que juntos conocimos. Absorto como estaba en las arduas y emocionantes
tareas del Ministerio de la Guerra, Eden lamentó tener que abandonar aquel Departamento; pero volvió al Foreign Office con el aire del
hombre que regresa a su casa.
Para sustituir a Mr. Eden en el Ministerio de la Guerra sometí al Rey el nombre del capitán David Margesson, que era, desde hacia diez años,
secretario parlamentario del Gobierno. Había luchado como oficial de regimiento en la primera guerra mundial, y su arrojo le había valido la
concesión de la Cruz Militar. Tenía, pues, un sólido historial castrense y conocía a fondo todo lo relacionado con la Cámara de los Comunes.
Lo importante era salir del paso
El período comprendido ante noviembre de 1940 y la promulgación de la ley de Préstamo y Arriendo en marzo de 1941 se distinguió por una
gran penuria de dólares. Nuestros amigos idearon todas las combinaciones posibles para ayudarnos a salir del aprieto. El Gobierno
norteamericano nos compró algunas de las fábricas de armamento que había construido por nuestra cuenta en los Estados Unidos y las
incorporó a su programa de defensa, pero nos permitió seguir utilizándolas a pleno rendimiento. El Departamento de Guerra hizo pedidos de
armas que no necesitaba con carácter inmediato, a fin de que una vez fabricadas, pudiesen sernos cedidas.
Adoptáronse, no obstante, algunas medidas que nos resultaron ingratas y aun dolorosas. El Presidente envió un acorazado a Ciudad del Cabo
para llevarse todo el oro que teníamos acumulado allí. A petición del Gobierno de Washington hubimos de vender a precio relativamente bajo
los grandes establecimientos británicos Courtaulds, instalados en Norteamérica, que luego fueron revendidos en el mercado estadounidense
por una suma mucho mayor y sin que nosotros obtuviésemos beneficio alguno en la operación. Yo tenía la impresión de que estas medidas
obedecían al deseo de poner de relieve lo precario de nuestra situación y levantar a la opinión pública contra los adversarios del préstamo y
arriendo. Sea como fuere, en una forma u otra, logramos salir del mal paso.
111
CAPITULO XLIV
Prolegómenos de la “marcha hacia el Este”
(Tras el fracaso de la batalla aérea de Inglaterra y el consiguiente aplazamiento de la proyectada invasión alemana a través del canal de la
Mancha, Hitler decidió ajustar cuentas con Rusia.)
No cabe duda de que, en su fuero interno, Hitler había tomado ya la gran decisión a fines de septiembre de 1940. A partir de aquélla época,
los ataques contra la Gran Bretaña, aun revistiendo muchas veces una violencia superior a los de antes a causa de la multiplicación de las
fuerzas aéreas, pasaron a segundo término en el ánimo del Führer y en los planes del mando alemán. Su prosecución podía ser útil para
encubrir otros designios, pero Hitler ya no cifraba en ellos ninguna esperanza para la victoria decisiva. ¡Sus y al Este!
Lo que no inspira temor
Personalmente, y en el terreno estrictamente militar, yo no hubiese visto con malos ojos un intento alemán de invasión de la Gran Bretaña en
la primavera o el verano de 1941. Estaba convencido de que el enemigo experimentaría la derrota más espantosa y la pérdida de vidas
humanas más terrible que haya sufrido jamás país alguno en una empresa militar determinada. Pero por esta misma razón yo no era tan
ingenuo como para esperar que tal cosa sucediera. En la guerra las posibles iniciativas que no suscitan temores en el ánimo propio no son,
por regla general, las que el enemigo lleva a la práctica. Sin embargo, desde mi puesto rector de una contienda que había de ser larga,
teniendo en cuenta que, al parecer, durante un año o dos el tiempo trabajaría a nuestro favor, y considerando además la posibilidad cada vez
mayor de contar con poderosos aliados, rogaba a Dios que no sometiese a nuestro pueblo a la prueba suprema.
Como se verá por mis notas escritas en aquel entonces, nunca creí seriamente que los alemanes tratasen de desembarcar en Inglaterra en
1941. Al final de 1941 los papeles se habían trastocado; ya no estábamos solos; las tres cuartas partes del mundo estaban con nosotros. Pero
en aquel año memorable habían de ocurrir acontecimientos aterradores, cuya magnitud era imposible prever antes de que se produjeran.
Obsesión de Stalin: ganar tiempo
Mientras, a juicio de los círculos mal informados de Europa y de otras partes del mundo, nuestra situación era desesperada, o cuanto menos
muy grave, las relaciones entre la Alemania nazi y la Rusia soviética pasaron a ocupar el primer plano de la actualidad internacional. Los
antagonismos básicos entre aquellos dos poderes despóticos se encandilaron de nuevo cuando se vio claro que no era tan fácil derribar y
dominar a la Gran Bretaña como a Francia y a los Países Bajos.
Hay que reconocer que Stalin hacía cuanto estaba en su mano por actuar con lealtad y fidelidad respecto a Hitler, al propio tiempo que
acumulaba todas las fuerzas posibles en la enorme extensión de la Rusia soviética. Cada vez que se registraba un triunfo alemán, él y
Molotov transmitían al Führer sus respetuosas felicitaciones. Enviaban al Reich ingentes cantidades de víveres y de materias primas
esenciales. Sus quintas columnas comunistas no se daban punto de reposo en su labor de entorpecer el trabajo de nuestras fábricas. Su radio
difundía sin cesar injurias y calumnias contra nosotros.
Stalin y Molotov estaban dispuestos en todo momento a concertar con la Alemania nazi un acuerdo perdurable relativo a las numerosas
cuestiones importantes que dividían entre sí a ambos países, y a admitir con complacencia la destrucción definitiva del poderío británico. Pero
también en todo momento se daban cuenta de que esta política podía fallar-. Estaban decididos a ganar tiempo a toda costa, y no tenían la
menor intención –dentro de su limitada visión del problema– de basar los intereses o las ambiciones de Rusia exclusivamente en una victoria
alemana. Los dos grandes imperios totalitarios, carentes de todo escrúpulo moral, se contemplaban uno al otro con mirada cortés, pero fría e
inexorable.
Había habido, desde luego, desacuerdos a propósito de Finlandia y de Rumania. Los dirigentes soviéticos habían quedado atónitos ante la
caída de Francia y la liquidación del segundo frente, cuyo restablecimiento solicitarían de nosotros a grandes voces poco tiempo después. No
creían que se produjese un hundimiento tan rápido; tenían depositada su confianza, por el contrario, en una fase de agotamiento mutuo en el
frente occidental. ¡Y el frente occidental había desaparecido!
112
Con todo, la U.R.S.S. consideraba
política de colaboración con
era aplastada en 1940. A medida
era capaz de sostener una guerra
todo por parte de los Estados
adquiría cada vez mayor conciencia
ahínco a la tarea de ganar tiempo.
Asombran, no obstante, como
muchos riesgos que corrió para
nazi. Más sorprendentes son
ignorancia de que dio `pruebas
Evidentemente, desde septiembre
de Hitler en junio de 1940, se porto
y mal informado.
que era una insensatez modificar
mo
radicalmente su
Alemania hasta ver si la Gran Bretaña cedía o
que el Kremlin iba viendo que la Gran Bretaña
muy larga, en el curso de la cual cabía esperarlo
espera
Unidos y también por parte del Japón, Stalin
del peligro que le amenazaba y aplicábase con
veremos, la serie de ventajas que
qu sacrificó y los
mantener las buenas relaciones con la Alemania
todavía los cálculos erróneos que se forjó y la
acerca de lo que se le venía encima.
de 1940 hasta el momento mismo de la agresión
como un gigante astuto y al propio tiempo, torpe
“Inglaterra ya no cuenta”
Sentado lo que antecede, podemos
el 12 de noviembre de 1940. El
corazón de la Alemania nazi con
rigor. En el curso de los dos días
conferencias entre Molotov y
también Hitler. En la selección de
publicados a principio de 1948 por
el
título
“Relaciones
nazimanifiesto
las
circunstancias
intercambios de notas.
pasar al episodio de la visita de Molotov a Berlín
enviado bolchevique fue recibido a su llegada al
todos los cumplidos y todo el ceremonial de
siguientes se celebraron largas y laboriosas
Ribbentrop, a algunas de las cuales asistió
documentos encontrados en Alemania y
el Departamento de Estado norteamericano bajo
soviéticas,
viéticas, 1939-1941”,
1939
quedan claramente de
principales de aquellos pavorosos diálogos e
(Mr. Churchill cita diversos fragmentos de esta documentación y transcribe el acta oficial alemana de la última entrevista
en
MolotovRibbentrop, que se desarrolló en el interior de un refugio a causa de un bombardeo británico.)
Cuando fui a Moscú por primera vez en agosto de 1942, oí de labios de Stalin un relato más breve de aquella conversación, relato
rel
que no
difiere en ningún punto esencial, de la versión alemana, pero que a buen seguro parecerá más jugoso al lector.
“Hace algún tiempo –dijo Stalin– se reprochaba a molotov su excesiva germanofilia. Hoy todo el mundo dice que es demasiado anglófilo.
Pero ni él ni yo nos fiamos nunca de los alemanes. Para nosotros fue siempre una cuestión de vida o muerte.”
Le interrumpí para decirle que nosotros nos habíamos encontrado ya en situación parecida, y, por lo tanto, comprendíamos sus sentimientos.
“Cuando Molotov –prosiguióó el mariscal–
mariscal fue a Berlín en noviembre de 1940 para entrevistarse con Ribbentrop, ustedes olfatearon aquello y
enviaron sus escuadrillas de bombardeo.”
Asentí con la cabeza.
“Al sonar la señal de alarma, Ribbentrop condujo a su huésped a un refugio subterráneo
subterráneo muy hondo y suntuosamente amueblado. Cuando
llegaron allí, el ataque ya había empezado. El ministro alemán cerró la puerta y dijo a Molotov:
– Bueno, aquí podemos hablar con tranquilidad. Estamos solos, ¿Por qué no procedemos a un reparto equitativo?
– Y ¿que dirá Inglaterra? –objetó
objetó Molotov–.
Molotov
– Inglaterra –repuso Ribbentrop– está liquidada. Ya no cuenta entre las grandes Potencias.
– Entonces –replicó Molotov– ¿por qué estamos en este refugio y de quién son las bombas que caen?
Cortinas de humo
Las conversaciones de Berlín no modificaron en absoluto la firme resolución de Hitler. En el mes de octubre, cumpliendo órdenes
órden suyas,
Keitel, Joel y el Alto Estado Mayor alemán habían empezado a preparar los planes necesarios para la concentración
concentració de los ejércitos alemanes
en el Este y para la invasión de Rusia a principios del verano de 1941. No se toleraría retraso alguno en la elaboración de los
l planes ni en su
realización. Era de importancia vital, por encima de todo, guardar el más riguroso secreto
secreto y disimular las verdaderas intenciones alemanas.
A este efecto, Hitler utilizó dos métodos distintos de encubrimiento, cada uno de los cuales ofrecía sus ventajas peculiares. El primero
consistió en unas laboriosas negociaciones encaminadas a concertar
concertar una política común para la partición del Imperio británico en Oriente. El
segundo fue la denominación total de Hungría, Rumania, Bulgaria y Grecia por medio de una fluencia sistemática de tropas. Esto
Est era muy
provechoso para Hitler desde el punto de vista
vista estratégico y al propio tiempo justificaba la concentración de los ejércitos alemanes en el
flanco meridional del frente que había de establecerse contra Rusia.
Las negociaciones adoptaron la forma de borradores de propuestas que presentaba Alemania con
con el fin de permitir le integración de la Rusia
soviética en el Pacto Tripartito a expensas de los intereses británicos en Oriente. Si Stalin hubiese aceptado este programa, quizá durante
algún tiempo los acontecimientos hubieran seguido un curso diferente.
diferente. Hitler podía suspender en cualquier momento la aplicación de sus
planes para invadir Rusia.
Es imposible imaginar cuáles hubiesen sido las consecuencias de una alianza militar entre los dos grandes imperios del Continente,
Contin
con sus
millones de soldados, para
ara repartirse el botín en los Balcanes, Turquía, Persia y el Oriente Medio, sin olvidar a la India, lejana y siempre
codiciada presa, y con el ávido japonés dispuesto a convertir en realidad el sueño de la “Gran Asia Oriental”.
Pero Hitler estaba resuelto a acabar con los bolcheviques, a quienes profesaba un odio mortal. Creía contar con la fuerza suficiente para
alcanzar el supremo objetivo de su vida. Después todo lo demás se le daría por añadidura. Sabía indudablemente, por las conversaciones
conve
de
Berlín y otros contactos, que las propuestas que formulaba a Moscú por mediación de Ribbentrop estaban muy lejos de satisfacer las
ambiciones rusas.
Proyectos para el reparto del mundo
Entre la correspondencia del Ministerio alemán de Asuntos Exteriores y la Embajada
Embajada de Alemania en Moscú que cayó en poder de los aliados
se encontró un proyecto, sin fecha, de Pacto Tetrapartito. Según parece, el borrador en cuestión sirvió de base para la conversación
conve
que
Schulenburg sostuvo con Molotov el 26 de noviembre de 1940.
1940. En virtud del citado Pacto, Alemania, Italia y el Japón se comprometían a
respetar mutuamente sus respectivas esferas geográficas de influencia. Las Potencias interesadas permanecerían siempre en contacto
con
entre sí
para estudiar con carácter amistoso los problemas que surgieran en las zonas limítrofes de dichas esferas de influencia.
113
Al mismo tiempo Alemania, Italia y el Japón declaraban reconocer los límites que entonces tenían las posesiones de la Unión Soviética y se
comprometían a respetarlos.
Por otra parte, las cuatro Potencias se obligaban a no entrar en ninguna coalición de países dirigida contra cualquiera de las cuatro naciones
signatarias del Pacto, y a no prestar su apoyo a ninguna coalición de esta índole. Se ayudarían mutuamente, tanto como les fuese posible, en
el terreno económico, y completarían y ampliarían los acuerdos ya existentes entre ellas. La duración del Pacto sería de diez años.
A éste se añadiría un protocolo secreto en el cual Alemania declaraba que, aparte las revisiones territoriales en Europa a efectuar una vez
terminada la guerra, sus aspiraciones se cifraban en los territorios del África central; Italia declaraba que, aparte las oportunas revisiones
territoriales en Europa, sus aspiraciones se cifraban en los territorios del África del norte y del Nordeste; el Japón declaraba que sus
aspiraciones territoriales se cifraban en el área del Asia oriental, situada al sur del Imperio insular japonés; y la Unión Soviética declaraba que
sus aspiraciones se cifraban en los territorios situados al sur de sus fronteras nacionales en dirección al Océano Indico.
Las cuatro Potencias se comprometían, previo el arreglo de determinadas cuestiones especificas, a respetar mutuamente estas aspiraciones
territoriales y a no oponerse a su realización.
Seguridad ante todo
Tal como se esperaba, el Gobierno soviético no aceptó el proyecto alemán. La Unión Soviética estaba sola en Europa con Alemania, y, al otro
extremo del mundo, el Japón constituía para ella una grave amenaza. No obstante, los rusos tenían confianza en su fuerza cada vez mayor y
en la enorme extensión de su territorio, que abarcaba una sexta parte de la superficie terrestre del Globo. Decidieron, por lo tanto, jugar fuerte
la carta del regateo.
El 26 de noviembre de 1940 Schulenburg envió a Berlín el borrador de las contrapropuestas rusas, que estipulaban lo siguiente:
Las tropas alemanas debían retirarse inmediatamente de Finlandia, país que, según el Tratado de 1939, formaba parte de la esfera de
influencia de la Unión Soviética.
En el término de unos pocos meses, la Unión Soviética había de garantizar su seguridad en los Estrechos mediante la conclusión de un Pacto
de mutua ayuda con Bulgaria, país situado geográficamente dentro de la zona de seguridad de los límites de la Unión Soviética con el mar
Negro, y mediante el establecimiento, a través de un Convenio de arriendo a largo plazo, de una base para las fuerzas terrestres y navales de
la U.R.S.S., situada a corta distancia del Bósforo y los Dardanelos.
El área que se extiende al sur de la línea Batum-Bakú en dirección al golfo Pérsico debía ser reconocida como centro de las aspiraciones de la
Unión Soviética.
Finalmente, el Japón debía renunciar a sus derechos sobre las concesiones mineras y petrolíferas de la parte septentrional de Sakhalin.
Este documento no obtuvo respuesta concreta alguna. Hitler no hizo nada por partir la diferencia. Cuestiones tan importantes como aquellas
podían justificar perfectamente un estudio detenido y prolongado en una atmósfera amistosa por ambas partes. Desde luego, los Soviets
deseaban y esperaban recibir una respuesta. Entretanto, a ambos lados de la frontera las fuerzas, ya considerables, empezaron a aumentar, y la
diestra de Hitler se abatió cobre los Balcanes.
La histórica decisión de Hitler
Los planes preparados de acuerdo con las instrucciones de Hitler por Keitel y Joel habían alcanzado a la sazón una madurez suficiente para
permitir al Führer dictar desde su Gran Cuartel General el 18 de diciembre de 1940 su histórica orden número 21 (para la invasión de Rusia).
Ya tenían forma, pues, los moldes en que habían de vaciarse los acontecimientos supremos de 1941. Naturalmente, nosotros ignorábamos por
completo las negociaciones y los regateos entre Alemania y Rusia para repartirse los despojos de nuestro Imperio y para lograr nuestra propia
destrucción; como tampoco podíamos imaginar cuáles edran las intenciones, todavía inconcretas, del Japón. Nuestro activo Servicio Secreto
no había advertido aún en gran desplazamiento de los ejércitos alemanes hacia el Este. Únicamente era posible percibir la infiltración y la
progresiva concentración de tropas en Bulgaria y en Rumania.
Si hubiésemos sabido entonces lo que queda relatado aquí, se nos habría quitado un gran peso de encima. La coalición en contra nuestra de
Alemania, Rusia y el Japón constituía el mas grave de nuestros temores. Pero ¿Quién podía prever lo que ocurriría? Entretanto, continuamos
fieles a nuestra consigna: “¡Seguir luchando!”
CAPITULO XLV
Peligro de muerte por asfixia
La destrucción del “Graf Spee” en el combate del río de la Plata en diciembre de 1939, había puesto inesperadamente término a la primera
campaña alemana contra nuestro tráfico mercante en los océanos. Como hemos visto ya, la batalla de Noruega había inmovilizado durante un
cierto tiempo a la Marina alemana en sus aguas metropolitanas. Lo que quedaba de ella era preciso reservarlo para el proyecto de invasión.
La amenaza de los buques corsarios
El almirante Raeder, cuyas ideas sobre la dirección de la guerra naval eran técnicamente acertadas, encontraba dificultades para hacer
prevalecer sus puntos de vista en los consejos militares que se celebraban bajo la presidencia del Füher. En determinada ocasión incluso tuvo
que oponerse con todas sus energías a una propuesta del Ejército encaminada a desarmar todos los grandes navíos y utilizar sus cañones de
largo alcance en las baterías costeras.
114
Durante el verano, sin embargo, había transformado un cierto número de mercantes en buques de guerra camuflados. En general, su artillería
y su velocidad eras superiores a las de nuestros cruceros auxiliares, y llevaban además aviones de reconocimiento. Cinco unidades de este
tipo burlaron la vigilancia de nuestras patrullas y penetraron en el Atlántico entre abril y junio de 1940, y otra emprendió la peligrosa ruta del
Nordeste para alcanzar el Pacífico a lo largo de las costas septentrionales de Rusia y Liberia. Con la ayuda de un rompehielos soviético,
logreó efectuar la travesía en dos meses y salió al océano Pacífico por el mar de Bering en septiembre.
El almirante Raeder perseguía una triple finalidad con la entrada en servicio de aquellos navíos: 1º Destruir o apresar barcos enemigos. 2º
Desorganizar el tráfico mercante; y 3º Obligar a los buques de guerra británicos a dispersarse en flotillas de escolta y de patrulla para
contrarrestar el peligro. Esta táctica, muy bien concebida, nos ocasionó a la vez pérdidas y dificultades. Hasta fines de septiembre de 1940,
aquellos cinco corsarios habían hundido o apresado 36 buques, con un total de 235.000 toneladas.
El “Admiral Scheer”, en campaña
El acorazado de bolsillo “Scheer” estuvo por fin disponible en los últimos días de octubre de 1940. Arrinconado ya el proyecto de invasión de
Inglaterra, el susodicho navío salió de Alemania el 27 de octubre y pasó al Atlántico a través del estrecho de Dinamarca, al norte de Islandia.
El “Scheer” tenía orden de atacar los convoyes en el Atlántico septentrional, cuyos acorazados de escolta habíamos tenido que retirar para
reforzar el Mediterráneo. El capitán Krancke sabía que el 27 de octubre había zarpado de Halifax un convoy con rumbo a Inglaterra y
confiaba interceptarlo hacia el 3 de noviembre. El día 5, su avión señaló la presencia de ocho buques al Sudeste. Lanzase a toda máquina en
su persecución.
A las 2’27 p.m. avistó un barco aislado, el “Mopan”, al que hundió a cañonazos, previo trasbordo de sus 68 tripulantes. Por medio de
amenazas había conseguido evitar que el “Mopan” transmitiese mensaje radiotelegráfico alguno. A las 4’50 p.m. aparecieron en el horizonte
los mástiles del convoy H.X.84, compuesto de 37 buques. El crucero auxiliar “Jervis Bay”, que escoltaba al convoy, iba en el centro. Su
comandante, el capitán de navío Fegen, de la Marina Real, se dio cuenta al punto de que la situación era desesperada., después de comunicar
por radio la presencia del enemigo, su única idea fue retener al acorazado de bolsillo todo el tiempo que le fuese posible a fin de que el
convoy tuviese tiempo de dispersarse. No tardaría en caer la noche, y muchos de los mercantes podrían escapar indemnes al amparo de la
oscuridad. Mientras el convoy se desperdigaba, el “Jervis Bay” se acercó a toda velocidad a su poderoso antagonista.
El “Scheer” abrió el fuego a 16.500 metros. Los tiros de los viejos cañones de 152 mm. Del “Jervis Bay” ni siquiera alcanzaban al buque
adversario. El combate unilateral continuó hasta las 6 de la tarde, a cuya hora el navío británico, completamente desmantelado y ardiendo por
todas partes, fue abandonado. Acabó de hundirse hacia las 8 de la noche, arrastrando consigo a más de doscientos hombres, entre oficiales y
marineros. El capitán Fegen se hundió con su barco. Concediósele la Cruz Victoria a título póstumo por su heroica conducta, que ocupa un
puesto de honor en los anales de la Marina Real.
El “Scheer” no se lanzó en persecución del convoy hasta que hubo terminado el combate, pero la noche invernal había cerrado ya casi por
completo. Los mercantes se habían dispersado, y el navío alemán solo pudo localizar y hundir a cinco de ellos, antes de que la oscuridad
fuese absoluta. Conocida ya su posición, le era imposible permanecer en aquella zona, a la cual acudirían rápidamente considerables fuerzas
británicas. Por lo tanto, la gran mayoría de aquel valioso convoy se salvó gracias al sacrificio del “Jervis Bay”.
Los marinos mercantes dieron prueba de una gallardía no inferior a la de sus camaradas del crucero auxiliar. El petrolero “San Demetrio”,
que transportaba siete mil toneladas de gasolina, fue incendiado y evacuado. Pero a la mañana siguiente, una parte de su tripulación volvió a
bordo, apagó el fuego y, tras incontables esfuerzos, sin brújulas ni medio alguno de navegación, condujo el vapor hasta un puerto británico
con su preciosa carga. En total, no obstante, perdimos 47.000 toneladas de buques y 206 hombres de la Marina mercante.
Submarinos en las líneas vitales
Además de todos estos problemas nos enfrentábamos con un peligro infinitamente mayor. Lo único que me inspiró verdadero temor durante
la guerra fue la amenaza submarina. Yo estaba seguro, aun antes de la batalla aérea, de que la invasión fracasaría. Después de la victoria
aérea, nos hubiese proporcionado una excelente ocasión de infligir gravísimo quebranto al enemigo. Pero ahora corría peligro nuestra línea
vital de abastecimiento, no sólo en el mar abierto sino también, y muy especialmente, en las proximidades de la isla.
El Almirantazgo, con el cual yo mantenía estrecho y cordial contacto, compartía tanto más estos temores cuanto que su responsabilidad
primaria era la de defender nuestras costas contra todo intento de invasión y conservar abiertas nuestras comunicaciones vitales con el mundo
exterior. La Marina había considerado siempre esto como su deber sagrado, supremo e ineludible. Así, pues, estudiábamos juntos el arduo
problema.
¿En que proporción era susceptible la guerra submarina de reducir nuestras importaciones y nuestro tonelaje? ¿Llegaría dicha proporción
hasta el punto de comprometer nuestra misma existencia? En aquel terreno no se producían grandes gestas bélicas ni acciones espectaculares;
se trataba simplemente del lento y frío estrechamiento de unas líneas trazadas en los mapas y que señalaban la posibilidad de una muerte por
estrangulación. Comparado con esto, carecía de valor el que tuviéramos un valeroso ejército dispuesto a caer sobre el invasor o el que
contásemos con un magnífico plan de ataque en el desierto africano. La elevada moral y la fe del pueblo no contaban para nada en aquellos
lúgubres dominios. Si los envíos de víveres, materias primas y armas procedentes del Nuevo Mundo y del Imperio británico no lograban
salvar el foso oceánico, erizado de peligros, todo cuanto hiciésemos sería en vano.
En cuanto los alemanes tuvieron en su poder toda la costa francesa desde Burdeos hasta Dunkerque, instalaron sin pérdida de tiempo bases
para sus submarinos y aeródromos para su aviación naval en el territorio ocupado. A partir del mes de julio, nos vimos obligados a desviar
nuestros tráfico mercante de los accesos meridionales de Irlanda, en cuyas costas, naturalmente, no se nos permitía establecer bases para
nuestros aviones de caza. Todos los buques tenían que llegar por el norte de Irlanda, donde, gracias a Dios, el Ulster constituía un centinela de
inquebrantable lealtad.
El Mersey y el Clyde eran los pulmones que nos permitían respirar. En la costa oriental y en el canal de la Mancha seguían navegando las
unidades pequeñas bajo los ataques, cada vez más violentos, de los aviones, las lanchas cañoneras rápidas y las minas. Dada la imposibilidad
de modificar la ruta de la costa oriental, el paso de cada convoy entre el Forth y Londres daba lugar a una acción bélica casi cotidiana. Pocos
barcos de gran tonelaje aventurábamos por aquella costa, y ninguno por el Canal.
En los seis últimos meses de 1940 se registraron por nuestra parte pérdidas de extrema gravedad –paliadas tan solo por las tempestades
invernales– y, en cambio, no muchos éxitos en la campaña antisubmarina. Durante la semana que terminó el 22 de septiembre fueron
hundidos 27 buques, con un total de 160.000 toneladas, muchos de ellos pertenecientes a un convoy procedente de Halifax. En octubre,
mientras el “Scheer” operaba por su cuenta, los submarinos deshicieron otro convoy en el Atlántico; de treinta y cuatro buques fueron
hundidos veinte.
El buzo y los tiburones
Entre mediados de noviembre y la `primera quincena de diciembre, los estuarios del Mersey y el Clyde cobraron para nosotros una
importancia muy superior a la de todos los demás factores de la guerra reunidos. Claro está que en aquella época habríamos podido invadir la
115
Irlanda de De Valera y recobrar los, puertos meridionales por la fuerza de las armas modernas, yo había declarado siempre que nada, excepto
la necesidad de salvar nuestra propia existencia, me induciría a hacer tal cosa. Podíamos hallarnos en un momento determinado acuciados por
aquella necesidad. Y entonces ocurría lo inevitable. Pero aun semejante decisión extrema sólo habría sido para nosotros un alivio
al
momentáneo. En único remedio seguro estaba en garantizar la libertad de entrada y salida del Mersey y el Clyde.
Cada día, cuando se reunían, los pocos que estaban en el secreto se interrogaban mutuamente con la mirada. Imaginemos a un buzo
bu que se
encuentra profundamente sumergido en el mar y cuya vida depende en todo momento del tubo de conducción
conduc
de aire. ¿Qué sensación
experimentaría si una manada cada vez mas numerosa de tiburones muerde con furia el tubo de conducción? ¡Sobre todo si no existe
exi ninguna
posibilidad de que le icen hasta la superficie! Para nosotros no había superficie. El buzo eran cuarenta y seis millones de habitantes de una
isla superpoblada, anclados por la naturaleza y por la ley de la gravedad de las profundidades del mar e implicados en grandes
grande operaciones
bélicas que tenían por escenario la mitad del mundo. ¿Qué daño ocasionarían
ocasionarían los tiburones al tubo de conducción de aire de aquel buzo? ¿Y
cómo podría mantenerlos a raya o destruirlos?
En el transcurso de la semana que terminó el 8 de junio, en el momento culminante de la batalla de Francia, habíamos importado
importad 1.201.535
toneladas de mercancías sin contar el petróleo. A fines de julio las importaciones habían quedado reducidas a menos de 750.000
750.00 toneladas
semanales. Aunque en el mes de agosto se produjo una notable reacción en las cifras, el promedio volvió luego a descender
descend y en los tres
últimos meses de 1940 apenas si excedió de las 800.000 toneladas.
Un vecino poco servicial
La acumulación de todas estas dificultades hizo crecer de punto mi indignación por la negativa de Irlanda a permitirnos utilizar
utili
sus puertos
meridionales.
Del primer ministro al canciller de la Tesorería
“1-12-40.
“La crítica situación en que nos encontramos, provocada en buena parte por la actitud de los Irlandeses, obliga a suscitar de nuevo la cuestión
de los subsidios que les pagamos. Tiene escasa
escasa consistencia la tesis de que podemos seguir satisfaciéndoles hasta el último aliento. Más nos
valdría, a buen seguro, emplear este dinero en la construcción de nuevos barcos o en adquirirlos y traerlos de los Estados Unidos
Un
para
compensar las elevadas pérdidas que venimos sufriendo a la altura del Foreland.
“Le ruego me indique cómo podríamos suspender el pago de estos subsidios y qué medidas de represalia podrían adoptar los irlandeses
irla
en el
terreno financiero. Conviene recordar que no tendríamos nada
nada que temer si suspendieran sus envíos de víveres, pues con esto nos
ahorraríamos las enormes cantidades de fertilizantes y de maquinaria agrícola que hemos de llevar a Irlanda a pesar del bloqueo
bloqu alemán que
el propio De Valera apoya…”
La alfombra de dinamita
Una noche del mes de diciembre celebré una conferencia con el Consejo del Almirantazgo y los altos jefes navales en la Oficina
Oficin de
operaciones, situada en la parte baja del “Anexo”. Los peligros y las dificultades, que todos los presentes conocían bien,
bi se habían agudizado
notablemente. Yo no podía menos que recordar los meses de febrero y
marzo de 1917, en que la proporción de hundimientos por acción de
los submarinos aumento en forma tan alarmante que nos
preguntábamos si los aliados podrían seguir luchando durante muchos
meses más, a pesar de los ingentes esfuerzos de la Marina Real.
La mejor prueba del peligro que se cernía sobre nosotros está en el
proyecto que presentaron los almirantes. Era absolutamente necesario
garantizar el tráfico en las vías
as de acceso al océano abierto,
concediendo preferencia a esta tarea por encima de todo lo demás.
A este efecto, los técnicos proponían la colocación de una verdadera
alfombra submarina de dinamita desde las bocas del Mersey y del
Clyde hasta la profundidadd de cien brazas al noroeste de Irlanda. Se
trataba de sembrar un campo de minas sumergidas de cinco
kilómetros de ancho y un centenar de kilómetros de largo desde los
estuarios británicos hasta alta mar. Aun cuando para ello hubiese que
monopolizar todos los explosivos disponibles, dejando de lado las
operaciones terrestres en curso y el rearme adecuado de nuestras
tropas, parecía ser de vital interés llevar a cabo el tendido de la
susodicha alfombra, suponiendo, desde luego, que no fuese posible
idear otra solución menos costosa.
Explicaré el proceso de la operación. Había que anclar en el fondo del
mar muchos millares de minas de contacto. De tal modo que quedasen
situadas a unos diez metros de la superficie. Todos los barcos que
abastecían a la Gran Bretaña
aña o que abandonaban la isla para realizar
acciones bélicas podrían pasar una y otra vez por encima de tales
minas sin que las quillas tocasen con ellas. No obstante, cualquier
submarino que se aventurase por entre aquel campo de explosivos
saltaría fatalmente
mente en pedazos; y al cabo de poco tiempo a sus
congéneres no les parecería demasiado conveniente acercarse por
allí. Claro que se trataba de una actitud de defensiva ultranza. Pero
siempre era mejor esto que la inacción. Era el último recurso.
Aquella misma
sma noche se aprobó el conjunto del plan con carácter
provisional, en espera de las propuestas detalladas., esto significaba
que en lo sucesivo el buzo solo pensaría en su tubo de conducción de
aire. Y, sin embargo, tenía otros quehaceres pendientes.
Respirar a toda costa
116
Al mismo tiempo, empero, ordenamos a la aviación costera que efectuase una vigilancia cerrada de todos los pasos marítimos comprendidos
entre el Mersey y el Clyde y en torno a la Irlanda septentrional. Había que conceder a esta tarea una prioridad absoluta. El bombardeo de
Alemania pasó a segundo término. Era preciso destinar nuestra acción de contraofensiva todos los aviones, pilotos y material que fuesen
necesarios; los cazas, para hacer frente a los bombarderos enemigos; nuestros aparatos de bombardeo, para ayudar a las unidades de
superficie en su lucha contra los submarinos en aquellos angostos parajes de importancia vital. Muchos otros proyectos interesantes fueron
anulados, aplazados o modificados. Había que respirar a toda costa.
Tendremos ocasión de ver hasta que punto triunfó en el curso de los meses subsiguientes esta contraofensiva de la Marina y de la aviación
costera; cómo restablecimos la libertad de nuestro tráfico en los pasos marítimos amenazados; como los “Heinkel-111” fueron derribados por
nuestros cazas, y cómo, finalmente, los submarinos resultaron ahogados en las mismas zonas en que pretendían estrangularnos a nosotros.
Baste decir aquí que los éxitos de la aviación costera se adelantaron a los preparativos relacionados con la alfombra de dinamita. Antes de que
ésta llegase a ejercer una influencia beneficiosa apreciable en nuestra economía de guerra, se disiparon nuestras angustiosas ideas y nuestros
enfermizos proyectos defensivos, y una vez más despejamos con armas nobles las vías de acceso a la isla.
CAPITULO XLVI
Victoria en el desierto
Por espacio de un mes todas las tropas destinadas a participar en la ofensiva del desierto occidental ensayaron concienzudamente los papeles
específicos que habían de desempeñar en el complicadísimo ataque. El teniente general Wilson y el general de división O’Connor tenían a su
cargo la ejecución de los detalles del plan, y el general Wavell realizaba frecuentes visitas de inspección. Tan sólo un reducido círculo de
jefes militares conocía el plan en toda su amplitud, y no se confió prácticamente nada a la palabra escrita. Con objeto de garantizar la
sorpresa, se efectuaban maniobras encaminadas a dar al enemigo la impresión de que nuestras unidades habían quedado sumamente
debilitadas con el envío de refuerzos a Grecia y que se proyectaban nuevas retiradas de tropas.
Prisioneros por hectáreas
El 6 de diciembre nuestro ejército, completamente mecanizado, de 25.000 hombres, bronceados y endurecidos todos ellos por el ardiente sol
africano y el incesante ejercicio en el desierto, realizó un avance de 65 kilómetros; durante todo el día siguiente nuestros soldados
permanecieron inmóviles entre las dunas, sin que la aviación italiana advirtiese su presencia. Avanzaron de nuevo el 8 de diciembre, y aquella
noche se comunicó por primera vez a las tropas que lo que estaban llevando a cabo no era un supuesto táctico, sino una operación “en serio”.
Al despuntar el alba del día 9 empezó la batalla de Sidi Barrani.
No tengo intención de describir las incidencias de la compleja y dispersa lucha que se desarrolló durante los cuatro días siguientes en una
región tan grande como Yorkshire. Todo salió a pedir de boca. Una brigada atacó Nibeiwa a las siete de la mañana y en poco menos de una
hora cayó la posición en nuestro poder. A la una y media de la tarde se emprendió el ataque contra el campamento de Tummar y, al
anochecer, éramos virtualmente dueños de toda la zona y la mayoría de sus defensores habían sido hechos prisioneros. Entre tanto, la Séptima
División blindada había aislado Sidi Barrani al cortar la carretera de la costa al oeste de la ciudad.
La guarnición de Marsa Matruk, de la cual formaban parte Los Codstream Guards, había preparado al mismo tiempo su golpe. Con las
primeras luces del día 10 aquellas fuerzas atacaron las posiciones italianas de su sector con el apoyo de una cortina de fuego lanzadas por
nuestras unidades navales., prosiguió la lucha durante toda la jornada, y hacia las diez de la noche el batallón de los Codstream Guards
comunicó que era imposible contar con prisioneros en razón de su extraordinario número, pero que “había alrededor de dos hectáreas de jefes
y oficiales y ochenta hectáreas de suboficiales y soldados”.
Rápido avance
Hora tras hora llegaban a mi despacho de Downing Street, las noticias del campo de batalla. Era difícil comprender con exactitud lo que
estaba ocurriendo, pero la impresión general era favorable. Recuerdo que me sorprendió gratamente el curioso mensaje transmitido por un
joven oficial de tanques: “Hemos llegado a la segunda “B” de Bug-Bug”. El día 10 pude informar a la Cámara de los Comunes que se libraba
violenta lucha en el desierto; que se habían cogido 500 prisioneros y un general italiano había perecido en la refriega; y también que nuestras
tropas habían alcanzado la costa. Aquella tarde fue ocupado Sidi Barrani.
A partir del 11 de diciembre la ofensiva cobró carácter de una persecución de los italianos en fuga a cargo de la 7º División blindada, tras la
cual seguían la 16ª Brigada de infantería británica (motorizada) y la 6ª División australiana, que había relevado a la 4ª División india. El 12
de diciembre pude comunicar a la Cámara que toda la región costera comprendida entre Bug-Bug y Sidi Barrani estaba en poder de las tropas
británicas e imperiales y que habían llegado ya a Marsa Matruk 7.000 prisioneros.
En el momento en que quedó consolidada la victoria de Sidi Barrani –concretamente el 12 de diciembre–, el general Wavell adoptó por su
propia y directa iniciativa una decisión tan atrevida como genial. En vez de mantener en reserva en la retaguardia inmediata del campo de
batalla a la 4ª División india, que acababa de ser relevada, la envió en seguida a Eritrea para que, junto con la 5ª División angloindia,
participase en la campaña de Abisinia bajo el mando del general Platt.
Una parte de la citada división salió vía marítima rumbo a Port Sudán y el resto hizo el viaje en ferrocarril y embarcaciones fluviales Nilo
arriba. Algunos de tales contingentes pasaron casi directamente del frente de Sidi Barrani a los buques y entraron de nuevo en acción en un
escenario bélico situado a 1.200 kilómetros de distancia muy poco después de su llegada al puerto de destino. Sin aquella sagaz decisión del
general Wavell no habría sido posible la victoria de Karen (Eritrea) y la liberación de Abisinia se hubiese retrasado indefinidamente.
“Mies granada para la siega”
Me apresuré a felicitar a todos los que en una forma u otra intervenían en la acción, incitándoles al mismo tiempo a seguir adelante hasta el
límite extremo de nuestras fuerzas.
117
De Mr. Churchill a Mr. Menzies, primer ministro australiano;
“13-12-1940
“Estoy seguro de que se sentirá usted confortado por la magnífica victoria que los ejércitos imperiales han logrado en Libia. Esto, junto con
los reveses que están sufriendo las tropas italianas en Albania, debilitará evidentemente la posición de Mussolini. Recuerde que hace pocos
meses yo no podía garantizar siquiera una defensa eficaz del delta del Nilo y el canal de Suez. Corrimos graves riesgos en la metrópoli al
enviar tropas, tanques y cañones por la ruta del cabo de Buena Esperanza cuando nos hallábamos bajo la amenaza de una invasión inminente,
y ahora obtenemos la recompensa.
“Estamos proyectando la constitución en el oriente Medio de un vasto ejército en el que esté representado el Imperio, ejército debidamente
reforzado por un número considerable de unidades navales, con objeto de hacer frente a un posible bandazo alemán en aquel sentido y al
propio tiempo facilitar nuestro desplazamiento hacia el Este, en dirección a ustedes, si llega el caso. El éxito lleva siempre aparejada la
necesidad de un esfuerzo mayor. Con mis mejores votos…”
Del primer ministro al general Wavell:
“13-12-40
“Felicito a usted cordialmente por su espléndida victoria, que da cumplida satisfacción a nuestras más ambiciosas esperanzas. La Cámara de
los Comunes quedó impresionada al conocer, a través de mis declaraciones, la inteligente y habilísima labor de organización y dirección
militar que ha realizado ese Mando y la intrepidez con que nuestro Ejército ha llevado a término su ardua tarea. El Rey enviará a usted un
mensaje en cuanto poseamos datos y resultados más completos. Entretanto, ruégole transmita la expresión de mi gratitud y mis afectuosos
saludos a Wilson, y sírvase aceptarlos también usted personalmente.
“Dice el poeta Walt Whitman que el disfrute del triunfo, por grande que éste sea, obliga siempre a desarrollar un nuevo esfuerzo todavía
mayor. Es de suponer que la prosecución de la ofensiva constituye hoy la idea dominante en usted. Precisamente en el momento en que el
atacante victorioso está más agotado es cuando puede infligir al enemigo una derrota más dura. Nada mejor para minar el prestigio de
Mussolini que un desastre de sus tropas en la misma Libia. A buen seguro habrá estudiado usted la posibilidad de ocupar algún puerto en
territorio de soberanía italiana al cual nuestra Flota pueda llevarle todo el material necesario y que le sirva como nuevo trampolín para
continuar persiguiendo al enemigo a lo largo de la costa hasta que encuentre resistencia efectiva. Me da la impresión de que el italiano es ya
mies granada para la siega…”
La tarea suprema
El 15 de diciembre todas las fuerzas enemigas habían sido arrojadas de Egipto. La mayor parte de las tropas italianas que quedaban en
Cirenaica se habían retirado al interior de las defensas de Bardia, población que, por lo demás, nuestras unidades aislaron poco después. Con
esto terminó la primera fase de la batalla de Sidi Barrani, cuyo resultado fue la destrucción casi total de cinco divisiones enemigas. Cogimos
más de 38.000 prisioneros; nuestras bajas ascendieron a 133 muertos, 387 heridos y ocho desaparecidos.
Del primer ministro al general Wavell:
“16-12-40.
“El Ejército del Nilo ha prestado un servicio inmenso al Imperio y a nuestra Causa, y empezamos ya a cosechar frutos en diversos campos.
Estamos profundamente agradecidos a usted, a Wilson y a los demás jefes, cuyas magníficas dotes militares de organización y dirección han
hecho posible la memorable victoria del desierto líbico.
“Su primer objetivo debe ser ahora machacar al Ejército italiano y expulsarlo de la costa africana en toda la extensión que le permitan sus
fuerzas. Nos ha complacido conocer sus intenciones a propósito de Bardia y Tobruk, así como la recentísima ocupación de Sollum y
Capuzzo. Tengo la seguridad de que mientras no esté usted plenamente convencido de la imposibilidad de llegar más lejos no abandonará el
objetivo primordial para prestar atención a las operaciones secundarias del Sudán y el Dodecaneso.
“El Sudán tiene una importancia extraordinaria, y quizá sea posible a este efecto prescindir de las dos brigadas indias (es decir, la 4ª División
india) sin perjuicio para la batalla de persecución. El Dodecaneso puede esperar un poco más. Pero ninguno de estos dos objetivos debe
distraerle de la suprema tarea de infligir nuevas derrotas al grueso del Ejército italiano. Naturalmente, desde aquí no puedo ni pretendo
justipreciar en detalle la situación, pero conviene no olvidar la máxima de Napoleón: “Frappez la masse et tout le reste vient par surcroit”.
(Asestad vuestros golpes al grueso de la fuerzas enemigas y todo lo demás se os dará por añadidura)
“Vuelvo sobre la sugestión que le hice en mi telegrama anterior respecto a operaciones anfibias y desembarcos detrás del frente enemigo a fin
de aislar a los contingentes italianos de vanguardia y transportar material y tropas por mar.
“Ruégole salude y felicite en mi nombre a Longmore por la espléndida ayuda que la R.A.F. ha prestado al Ejército. Confío que habrá recibido
sin novedad el último envío de “Hurricanes”. Dígale que estamos embarcando en el “Furious” otra remesa todavía mayor de aviones.
Recibirá también los que son objeto de (la operación). “Exceso”. Ambas expediciones llegarán a su destino a principios de enero.”
Del primer ministro al general Wavell
“18-12-40.
“San Mateo, capítulo VII, versículo 7.” (Pedid, y se os dará; buscad, y hallareis; llamad, y os abrirán.)
Las batallas de Bardia y Tobruk
118
Bardia era nuestro objetivo inmediato. Dentro de su perímetro de 25 kilómetros de largo, se hallaba el núcleo de cuatro divisiones italianas.
Las defensas se componían de un foso antitanques ininterrumpido, alambradas y blocaos de hormigón espaciados entre sí; detrás de esto
había una segunda línea dee fortificaciones. El asalto de aquel poderoso baluarte requería una preparación minuciosa. La 7ª División blindada
cortó toda posible retirada del enemigo por el Norte y el Noroeste. Para el ataque propiamente dicho contábamos con la 6ª División
Div
australiana,
na, la 16ª Brigada de infantería británica, el 7º Batallón del Regimiento Real de Tanques (26 unidades), un batallón de
ametralladoras, un regimiento de artillería de campaña y otro de artillería de calibre medio.
Para terminar el relato de este episodio de
d la victoria en el desierto
he de entrar en el ámbito del nuevo año. El ataque empezó en la
madrugada del 3 de enero. Protegido por una barrera concentrada de
artillería, un batallón australiano se apoderó de un atrincheramiento
enemigo en la zona occidental
tal del perímetro defensivo. Nuestras
tropas de ingenieros cegaron el foso antitanques detrás de aquellas
fuerzas avanzadas. Dos brigadas australianas atacaron y se
desplegaron hacia el Este y el Sudeste. Iban cantando a coro una
canción que habían traído con ellos de Australia y que muy pronto
se hizo popular en la Gran Bretaña:
“Nos vamos a ver al Mago,
al prodigioso Mago de Oz.
Dicen que es el mago de los magos,
Si alguna vez un mago existió.”
(“We’re off see the Wizard,
The wonderful Wizard of Oz.
We hear he is a whiz of a wiz,
If ever a wiz there was.”)
Siempre que oigo esta tonadilla me acuerdo de aquellos tiempos de
heroico optimismo.
El 4 por la tarde los tanques británicos –las Matildes”, como les
llamaban los soldados–,, apoyados por la infantería,
infanterí entraron en
Bardia, y el día 5 todos los defensores habían capitulado. Cayeron
en poder de nuestras fuerzas 45.000 prisioneros y 462 cañones.
Al día siguiente, 6 de enero, Tobruk quedó aislado a su vez por la 7ª
División blindada, y el día 7 la brigada australiana de vanguardia llegó ante las defensas orientales de la ciudad. El perímetro fortificado tenía
allí unos 45 kilómetros de longitud y era semejante al de Bardia, con la diferencia de que en muchos puntos el foso antitanques
antitanqu no era
suficientemente hondo para ser eficaz. La guarnición se componía de una división completa de infantería, el cuartel general de un cuerpo de
ejército y gran número de elementos rezagados de otras zonas más avanzadas.
Hubo que esperar hasta el 21 de enero para emprender el ataque. A primeras horas de aquel día, con la protección de un nutrido fuego de
barrera, otra brigada australiana perforó el cinturón defensivo en su sector meridional. Las dos brigadas restantes de la división
div
penetraron en
la cabeza de puente formada porr sus compañeros y se desplegaron a derecha e izquierda. Al anochecer una tercera parte del recinto
fortificado estaba en nuestras manos, a la mañana siguiente, muy temprano, había cesado toda resistencia. El número de prisioneros
prisio
ascendió
a 30.000 se cogieron
eron además 236 cañones.
Colaboración eficaz de las tres Armas
En seis semanas el Ejército del desierto había avanzado 325 kilómetros a través de un terreno totalmente desprovisto de agua y de víveres,
había tomado por asalto dos puertos de mar sólidamente
sólidamente fortificados y guarnecidos con defensas aéreas y navales permanentes y había cogido
a 113.000 prisioneros y más de 700 cañones. El gran Ejército italiano que había invadido Egipto y que esperaba conquistarlo por
p entero,
apenas si existía ya como fuerza militar organizada. Y únicamente las dificultades abrumadoras creadas por la distancia y el abastecimiento
retrasaron el avance ilimitado de las fuerzas británicas hacia el Oeste.
La Flota apoyó vigorosamente todas aquellas operaciones. Bardia y Tobruk fueron
fueron sometidos en momento oportuno a intensos bombardeos
desde el mar, y la Aviación naval desempeñó un importante papel en la batalla terrestre. La Marina ayudó de modo especial al Ejército en el
curso de su avance mediante la entrega de unas 3.000 toneladas
toneladas diarias de víveres y material para las tropas avanzadas, amén del valioso
servicio de transporte de fuerzas a través de los puertos ocupados.
Nuestro victorioso Ejército debió asimismo una buena parte de su triunfo al predominio que la “Royal Air Force” alcanzó sobre la “Regia
Aeronáutica”. Aunque inferiores en número, nuestros pilotos establecieron muy luego con su agresividad un poderío moral absoluto
absol
que les
convirtió en dueños del aire. Nuestros ataques contra los aeródromos enemigos dieron excelente resultado, como quedó demostrado con los
centenares de aparatos italianos que después encontramos destruidos y abandonados.
119
CAPITULO XLVII y último de la Segunda Parte
Balance de un año terrible
Ha llegado el momento de pasar revista a los diversos proyectos y contingencias con respecto a los cuales teníamos planes trazados y en la
mayoría de los casos incluso preparativos hechos.
Treinta divisiones sobre las armas
Naturalmente, el objeto primordial era la defensa de la isla contra la invasión. Habíamos armado y equipado ya –aunque, fuerza es
reconocerlo, no todos los pertrechos eran de de tipo ultramoderno– a cerca de treinta excelentes divisiones móviles, formadas en gran parte
por tropas regulares y todos cuyos efectivos habían estado sometidos a vigoroso entrenamiento por espacio de quince meses. De las citadas
treinta divisiones considerábamos que, aparte las fuerzas que guarnecían las costas, nos bastaría con quince para hacer frente a cualquier
intento enemigo de desembarco.
La Guardia Metropolitana, que contaba a la sazón con más de un millón de hombres, poseía fusiles y algunos cartuchos, amén de nuestras
reservas de municiones. Disponíamos, pues, de doce o quince divisiones para emprender acciones ofensivas en ultramar si era necesario o si
se presentaba la ocasión. Habíamos tomado las medidas oportunas para el envío de refuerzos procedentes de Australia, Nueva Zelanda y la
India con destino al Oriente Medio, y especialmente para el Ejército del Nilo. Como la navegación por el Mediterráneo era aún muy difícil,
todos aquellos convoyes y sus buques de escolta se veían obligados a efectuar largos viajes y a perder muchas semanas.
Planes de diversa índole
Segundo: Para el caso de que Vichy o los franceses de África del Norte se incorporasen a la causa común, teníamos preparado un cuerpo
expedicionario de seis divisiones, dotado de aviación propia, para realizar un desembarco, virtualmente incruento y apoyado desde tierra, en
los puertos marroquíes del Atlántico, de modo especial de Casablanca. El que tuviéramos tiempo de transportar aquel bien organizado
ejército al Marruecos francés o a Ceuta, frente a Gibraltar, antes de que los alemanes llegasen a través de España con efectivos y pertrechos
iguales a los nuestros dependería del grado de la resistencia española. Podíamos, sin embargo, si se nos invitaba a ello y lo considerábamos
conveniente, desembarcar en Cádiz para ayudar a las fuerzas españolas.
Tercero: Para el caso de que el Gobierno español cediese a la presión alemana y se convirtiese en aliado o co-beligerante de Hitler,
inutilizando así a nuestros efectos el puerto de Gibraltar, teníamos dispuesta una brigada que embarcaría en cuatro transportes rápidos y se
apoderaría u ocuparía algunas de las islas del Atlántico. Por otra parte, si el Gobierno de Lisboa convenía en que podíamos, a estos efectos,
invocar el Tratado de alianza anglo portugués de 1373 –“Los amigos y los enemigos de nuestros amigos lo son también nuestros”–,
estableceríamos rápidamente una base en las islas de Cabo Verde. Esta operación, a la que dábamos el nombre de “Granada”, nos
proporcionaría las bases aéreas y los puertos de abastecimiento necesarios para mantener el control naval de la zona más peligrosa de la ruta
del Cabo.
Cuarto: Nos disponíamos a enviar a Egipto, vía cabo de Buena Esperanza, una brigada de tropas francesas degaullistas formada en Inglaterra
y reforzada con contingentes del África Occidental, para apoderarse de Djibuti en el momento en que las circunstancias lo aconsejaran
(operación “Marie”).
Piezas esenciales del gran tablero
Realizábamos preparativos asimismo para enviar refuerzos a Malta, especialmente aviones (operación “Cabrestante”, con objeto de recobrar
el, dominio del brazo de mar que separa Sicilia de Túnez. Como factor importante en este sentido, habíamos establecido los planes necesarios
para que una brigada de “comandos”, que sir Roger Keyes quería dirigir personalmente, se apoderase de la isleta rocosa de Pantelaria
(operación “Taller”).
Dimos órdenes para que se hicieran todos los esfuerzos convenientes a fin de transformar la bahía de Suda, en Creta, en una gran base naval y
aérea; dispusimos también que se reforzara la guarnición de aquella plaza de acuerdo con lo que aconsejase la evolución de los
acontecimientos en Grecia. Estábamos construyendo, por otra parte, aeródromos en este país, tanto para ayudar al Ejército griego como para
efectuar incursiones contra Italia y, en caso necesario, contra los campos petrolíferos de Rumania. Intensificábamos también la creación de
aeródromos en Turquía y nuestra ayuda técnica a esta nación.
Finalmente, recurríamos a todos los medios para estimular las revueltas en Abisinia, y teníamos concentradas en Khartum considerables
fuerzas dispuestas a atacar desde Kasala el gran Ejército italiano de Abisinia. Teníamos en proyecto un avance combinado de unidades
terrestres y navales que, partiendo de Kenya y remontando la costa oriental de África en dirección al mar Rojo, ocupasen los puertos
fortificados de Assab y Massaua y acto seguido se lanzasen a la conquista de la colonia italiana de Eritrea.
120
Luces y sombras
Así, pues, yo estaba en disposición de someter al Gabinete de Guerra una amplia selección de proyectos detallados y cuidadosamente
cuidadosa
estudiados que podíann ponerse en práctica rápidamente contra en enemigo, aparte de la tarea en curso de dar cada vez mayor volumen a
nuestro potencial bélico, tanto en hombres como en municiones, barcos, aviones, tanques y artillería.
Al terminar aquel año tan grávido de acontecimientos
acontecimientos no podíamos, a decir verdad, considerar que nuestra situación fuese desfavorable, a
pesar de las duras pérdidas sufridas en diversos órdenes. Por encima de todo, aun respirábamos. Habíamos derrotado a la Aviación
Aviac
alemana.
La invasión de la isla no se había producido. Nuestro Ejército metropolitano era ya muy potente. Londres había salido victorioso de la
tremenda prueba. Todo lo relacionado con nuestro dominio del cielo de la Gran Bretaña progresaba rápidamente. Los pocos comunistas
comun
que
teníamos en el país, obedeciendo las órdenes de Moscú, farfullaban incoherencias acerca de aquella guerra “fomentada por capitalistas e
imperialistas”. Pero las fábricas trabajaban a pleno rendimiento y toda la nación británica se afanaba noche y día, exaltada por un sentimiento
de confianza y orgullo., la victoria centelleaba en el desierto de Libia, y allende el Atlántico la gran República se aprestaba
apresta cada vez con más
decisión a cumplir con su deber y a darnos su apoyo.
En los albores del nuevo año
Por aquelloss días recibí una carta muy expresiva del Rey:
“Sandringham, 2 de enero de 1941.
“Mi querido primer ministro:
“Quiero patentizarle mis mejores deseos de felicidad para el Año Nuevo. Confío que en el transcurso del mismo veremos apuntar en el
horizonte el término de este conflicto. Me siento ya mejor por efecto de mi estancia aquí; este cambio de residencia y el ejercicio al aire
air libre
actúan en mí como un tónico. Considero impropio, sin embargo, el permanecer alejado de mi puesto cuando todos los demás siguen
sig
realizando su labor cotidiana. Sea como fuere, debo aceptar esto como una medicina y esperar que regresaré con el cuerpo y al ánimo mejor
dispuestos para colaborar en los incesantes esfuerzos contra el enemigo.
“Confío que habrá podido usted tomarse un pequeño descanso con ocasión de las Navidades, a pesar del trabajo abrumador que pesa sobre
sus hombros. Siento una profunda admiración por todo cuanto ha hecho usted en los últimos siete meses en su calidad de primer ministro, y
recuerdo con verdadero placer
acer las charlas que hemos sostenido en el curso de nuestros almuerzos semanales. Espero reanudarlas a mi regreso,
pues me son particularmente gratas.
“Pienso hacer una visita a Sheffield (había sido violentamente bombardeada) el próximo lunes. Desde aquí me es fácil ir y volver en un día…
“Reiterándole mis mejores votos, quedo sinceramente suyo.
JORGE. R. I.”
Expresé al Rey mi cordial agradecimiento en los siguientes términos:
“5 de enero de 1941.
“Señor:
“Constituye para mí un gran honor la amabilísima carta que Vuestra Majestad me ha dirigido. El afecto con que Vuestra Majestad y la Reina
se han dignado tratarme desde la época en que fui nombrado primer lord del Almirantazgo, y más aún desde que ostento el cargo de primer
ministro, ha sido para
ara mí un constante venero de energía y de estímulo en medio de las vicisitudes de esta lucha feroz por nuestra existencia.
“Serví ya durante muchos años al padre y al abuelo de Vuestra Majestad como ministro de la Corona, y mi padre y mi abuelo sirvieron
sir
a la
reina Victoria; pero la actitud de Vuestra Majestad hacia mí ha alcanzado un grado de generosa intimidad que nunca hubiese creído
cr
posible
merecer.
“Es evidente, Señor, que hemos vivido días y semanas de trágica prueba sin precedentes en los anales de la Monarquía inglesa, y aun nos
queda por recorrer un largo y áspero camino. Ha sido parta mí motivo de extraordinaria satisfacción poder almorzar cada semana
seman con Vuestra
Majestad en el viejo palacio de Buckingham mutilado por las bombas, así como ver que en Vuestra Majestad y en la Reina alienta un espíritu
que no se arredrará ante ningún peligro ni desmayará bajo el peso de las más arduas tareas. Esta guerra ha dado origen a una aproximación
entre el Trono y el pueblo mucho más estrecha que la registrada en cualquier otro período de nuestra historia, y el cariño que todos los
sectores y todas las clase sociales de la nación sienten por Vuestras Majestades es muy superior al que conocieron todos los príncipes y
soberanos de los tiempos pasados.
“Estoy orgulloso
loso en verdad de que me haya tocado en suerte cumplir con
mi deber al lado de Vuestras Majestades es muy superior al que
conocieron todos los príncipes en esta hora crucial de la historia de
Inglaterra. Y lleno de firme esperanza y fe absoluta en el futuro,
futur me es
grato suscribir la presente en esta “jornada de Bardia”, cuando acaban de
caer en poder de las intrépidas fuerzas australianas otros veinte mil
prisioneros italianos.
“Soy de Vuestra Majestad fiel y devoto servidor y súbdito,
WINSTON CHURCHILL.”
El peso de los destinos del mundo
Podemos considerar sin duda alguna aquel año terrible como el más
grande, por haber sido el más crítico, de nuestra larga historia. Fue una
Inglaterra poderosa y bien organizada la que destruyó a la Armada
Invencible. Una
na ardiente llama de resolución y entusiasmo nos animó
durante la contienda que por espacio de veinticinco años sostuvieron
Guillermo III y Marlborough con Luis XIV. Brillante fue la época del
conde de Chatham. Vino después la prolongada lucha contra Napoleón,
Napol
de la cual salimos victoriosos porque la Flota Británica, bajo la sabia
dirección de Nelson y sus lugartenientes, logró dominar los mares. Un
millón de súbditos británicos murió en la primera guerra mundial. Pero
nada sobrepuja en trascendencia a 1940.
1940 Al terminar aquel año nuestra
121
pequeña y vetusta isla, con la ferviente ayuda de su “Commonwealth”, de sus Dominios y de los diferentes territorios unidos bajo la Corona
en todas las latitudes, había demostrado que era capaz de soportar el choque y el peso de los destinos del mundo.
No habíamos vacilado. No habíamos desfallecido. El alma del pueblo británico, de nuestra raza toda, había dado pruebas de ser indomable.
No era posible tomar por asalto la ciudadela del Imperio. Solos, pero alentados por el latido de todos los corazones honrados de la
humanidad, habíamos desafiado al tirano cuando se hallaba en el cenit de su triunfo.
Toda nuestra fuerza latente se hallaba en tensión. Habíamos superado el terror aéreo. Nuestra isla era intangible y permanecía inviolada. En lo
sucesivo también nosotros tendríamos armas para combatir. En lo sucesivo también nosotros seríamos una máquina bélica perfectamente
organizada. Habíamos demostrado al mundo que podíamos resistir y luchar con decisión. El problema de la dominación del mundo por Hitler
tenía ya un nuevo factor. Inglaterra, a la que tantos y tantos habían considerado fuera de combate. Seguía de pié en el cuadrilátero, mucho
mas fuerte que nunca y cobrando cada día nuevo vigor.
Optimismo ante el futuro
Una vez más el tiempo se había puesto de nuestra parte. Y no sólo en el plano meramente nacional. Los Estados Unidos se armaban a un
ritmo acelerado y se acercaban más y más al conflicto. La Rusia soviética que, con grosera falta de perspicacia, nos había considerado como
elemento baladí al estallar la guerra y había comprado a Alemania una inmunidad efímera y una parte del botín, contaba asimismo con una
fuerza mucho mayor que antes y entretanto había ocupado posiciones avanzadas a los efectos de su propia defensa. El Japón, por aquel
entonces, parecía atemorizado ante la clara perspectiva de una guerra mundial larga, y, observando con inquietud a Rusia y a los Estados
Unidos, meditaba profundamente acerca de la política más prudente y lucrativa a seguir.
Por su parte, Inglaterra, con su vasta asociación de Estados y posesiones, que el mundo había creído que estaba al borde de la ruina y con el
corazón a punto de ser traspasado por una estocada mortal, llevaba ya quince meses concentrando sus afanes en los problemas de la guerra,
entrenando a sus hombres y consagrando a la lucha sus múltiples recursos y su inmensa vitalidad. Con gesto de asombro y un suspiro de
alivio, los pequeños países neutrales y las naciones subyugadas se daban cuenta de que aún lucían las estrellas en el cielo. De nuevo apuntaba
en los corazones de centenares de millones de hombres el fulgor de una esperanza entreverada de rencor. Triunfaría la buena causa. El
derecho no sería pisoteado. La bandera de la libertad, que en aquella hora fatídica no era otra que la bandera británica, seguiría ondeando a
todos los vientos.
Pero yo y mis colegas, situados en el puesto de mando y exactamente informados de la realidad, no estábamos faltos de preocupaciones. El
espectro del bloqueo submarino ponía ya un destemplado contrapunto a nuestros optimismos. Todos nuestros planes dependían de la
eliminación de esta amenaza. La batalla de Francia estaba perdida. La batalla de Inglaterra estaba ganada. Nos quedaba aún por librar la
batalla del Atlántico.
Fin de la segunda parte
122