‘YERIMAIA’ EL GUAPO Jorge Eduardo Gómez Chávez Trabajo de grado para optar por el título de Historiador Rafael Díaz Díaz Director de Trabajo de Grado Pontificia Universidad Javeriana Facultad de Ciencias Sociales Carrera de Historia Bogotá, 2010 1 A Dorothy Narciso Britton, Madre, testigo, amiga. Un racimo de flores de Cayena. 2 Tabla de Contenido Introducción o La Razón Caribeña……………………………………………………...1 1. Identidad e Identidades Caribeñas…………………………………………………13 2. Lenguas Criollas y Criollo Sanandresano………………………………………….25 3. Convergencias Culturales y Diglosia Cultural……………………………………..40 4. Homo-yerimaius……………………………………………………………………53 5. Conclusiones o la Revisión de una Perspectiva Conceptual……………………….90 Bibliografía…………………………………………………………………………….99 3 INTRODUCCIÓN O LA RAZÓN CARIBEÑA Antonio Benítez Rojo dice: “Puedo aislar con pasmosa exactitud –al igual que el héroe de Sartre- el momento en el que arribé a la edad de la razón. Fue una hermosísima tarde de octubre, hace años, cuando parecía inminente la atomización del meta-archipiélago bajo los desolados paraguas de la catástrofe nuclear. Los niños de La Habana, al menos los de mi barrio, habían sido evacuados, y un grave silencio cayó sobre las calles y el mar: Mientras la burocracia estatal buscaba noticias de onda corta y el ejército se atrincheraba inflamado por los discursos patrióticos y los comunicados oficiales, dos negras viejas pasaron “DE CIERTA MANERA”. Sólo diré que había un polvillo dorado y antiguo entre sus piernas nudosas, un olor de albahaca y hierbabuena en sus vestidos, una sabiduría simbólica, ritual, en sus gestos y en su chachareo. Entonces supe de golpe que no ocurriría el apocalipsis. Esto es: las espadas y los arcángeles y las trompetas y las bestias y las estrellas caídas y la ruptura del último sello no iban a ocurrir”1. Yo también puedo aislar con pasmosa exactitud el momento en el que arribé a la edad de la razón. Y no me refiero a la Razón, con mayúscula, porque todos nos hemos rebelado alguna vez contra el Sistema, contra ese flujo intoxicante de acciones y pensamientos que nos arrastra entre “sabernos” sujetos autónomos, pero sin “hacernos” realmente autónomos, complacidos por una y otra y otra y otra bocanada del opio colectivo, sumergidos e inalcanzables dentro de la nube espesa y gris, sin que nadie se asome porque todos tienen sueño. Hasta que alguien saca la cabeza y, entonces, alcanza la edad de la razón: y una apocalíptica tarde de octubre se vuelve una hermosísima tarde cuando ese alguien prefiere mirar por la ventana a dos negras viejas que caminan DE CIERTA MANERA que esperar el BOOM y los retorcijones de las carnes achicharradas a término nuclear (que habría sido especialmente doloroso para Benítez y el resto de cubanos porque era de otros realmente la guerra, y si hay algo peor que pagar con carne propia platos ajenos–sean de Fideles, Johns o Nikitas-, eso sería retorcerse a medio calcinar en agua de mar, que por tratarse La Habana de un puerto marítimo con sus ríos desecados no la tiene dulce y el mínimo consuelo a un pueblo con la piel quemada se habría desecho entre gránulos de arena y un sádico cloruro sódico. Si al menos tuvieran el espléndido estuario del corto, pero refrescante río Ota2…). 1 Referencia a la Crisis de los Misiles en Cuba, 1962. Benítez Rojo, A. (1996). La isla que se repite: El Caribe y la perspectiva posmoderna, New Hampshire, ediciones del norte, pp. xiii-xiv. 2 Dentro del estuario del río Ota y entre sus afluentes fue construida la ciudad de Hiroshima, arrasada por la bomba atómica en 1945. En su crónica “En Hiroshima, a un millón de grados centígrados”, Gabriel García Márquez relata cómo tras la explosión, sus habitantes se sumergieron en las aguas del delta, en un desesperado intento por aplacar el dolor de sus carnes carbonizadas. El nobel enfatiza la relativa suerte de sus habitantes, moradores de una ciudad mesopotámica. 4 Lo recuerdo perfectamente. Yerimaia no dijo nada, a menos que unos pasos indiferentes alejándose sin mostrar el más mínimo interés fueran la respuesta a mi saludo. Sólo oí el eco de sus chanclas, persuadidas por los obstáculos entre la puerta de entrada y su habitación, marea de sillas, mesas, cajas de cartón, abanicos, un televisor, algunas prendas de ropa y tres o cuatro juguetes de plástico. “El no habla inglés, así que háblale en español”, fueron las palabras con que Dorothy llenó el silencio de su hijo, sin dejar de pegar bordaditos dorados al vestido azul de marinero que achicaba. Entonces pasó. DE CIERTA MANERA el vaho de sus palabras indiferentes y el tic-tic-tic de la máquina de coser terminaron por fundirse en el aire, en esa particular atmósfera que dan a los colores las casas isleñas cuando hace sol afuera pero se está adentro y la madera absorbe con cariño los ecos de luz atrapados en los rojos, verdes, azules, naranjas y amarillos del trópico, sin destruirlos, sin hacerles daño; simplemente conteniéndolos, haciendo agónica su explosión, siempre a punto de estallar, pero sin nunca hacerlo. Y entonces pasó. DE CIERTA MANERA me convertí en un sólido inestable, un sólido que existía lo mismo que demora un-aro-de-colorque-encierra-luz-a-punto-de-estallar en estallarse. Un plop. Caribe. Sí. Yo también recuerdo mi llegada a la edad de la razón caribeña, a la que se refiere realmente Benítez porque su anécdota no es sobre cómo se reveló contra la histeria colectiva, la mímesis fatalista de la Crisis de los Misiles, la edad de la Razón. No, su historia descubre la razón caribeña, la magia caribeña, enredada en el rabo de un par de negras y explicable sólo de CIERTA MANERA porque Caribe es una metamorfosis que no se deja atrapar de esta u otra forma exacta: lo Caribe, más bien. Una CIERTA MANERA que destruye las nociones apocalípticas o que, al menos, no las hace un espacio importante dentro de su cultura, como afirma el maestro cubano. “En Chicago un alma desgarrada dice: I can‟t take it any more”, y se da a las drogas o a la violencia más desesperada. En La Habana se diría: “lo que hay que hacer es no morirse”, o bien, “aquí estoy, jodido, pero contento”3. 3 Benítez Rojo, A. (1996). La isla que se repite, pp. xiv. 5 Por supuesto que no se trata de que el Caribe carezca de drogadictos o violentos desesperados (conozco de cada caso varios, entre los violentos, Yerimaia). Ni siquiera es la postura de Benítez, quien también ha hablado sobre las teorías de la quietud espiritual, el tranquilo y apacible (y mítico) temperamento caribeño, una forma de ser regida por “dos presencias mágicas: el esplendor de su luz y la desplegada hermosura de su mar (…) los cuales dejan una huella profunda, una impronta indeleble que, luego, se traduce a conducta, a un repertorio de actitudes y formas de relación”4. No. La evasión apocalíptica no es la sustracción de los horrores o las contradicciones sociales, porque, primero, no existen pruebas lo suficientemente confiables como para creer que la influencia del clima moldea conductas humanas; segundo, porque si la presumiblemente moldeada conducta se debiera a la belleza de los paisajes, lo que cada cual considera bello radica en cánones culturales y, entonces, la aridez de un desierto o la blancura del círculo polar ártico podrían parecer más atractivos que una estúpida playa tropical para un bereber o un inuit; tercero, porque aunque esta belleza (subjetiva) moldeara en exclusivo conductas de sujetos caribeños, yo, que lo soy y, en efecto, sentí “el esplendor de su luz”, con la que de paso llegué a mi razón caribeña, también he sentido furia, venganza, odio, en fin, sentimientos antagónicos a la apacibilidad que el paisaje no reprime, ni siquiera DE CIERTA MANERA, tanto en mi como en cualquier otro sujeto dígase moldeado por el Caribe, como Yerimaia, hoy preso e inmerso en una realidad de pandillismo, drogadicción y hurto; cuarto, porque no todos los espacios caribeños son insulares o exactamente costeros, y aunque en general se siente la brisa del mar por donde quiera que se camine, lugares como la selva tropical de la caribeña costa Miskita tienen una presencia más fuerte del verde que del mar….y nadie ha hablado de una forma de ser caribeño por la “belleza de los bosques húmedos tropicales” o por la influencia del dosel vegetal, que impide la llegada de la luz al suelo o de sus rebotes salpicados en el agua; y, quinto, porque Caribe no es una geografía, sino una noción histórica referencial que desborda su belleza paisajística y se extiende hacia África, Europa, Amerindia y Asia; hacia el comienzo de las expediciones de Conquista y las primeras colonias europeas en América; 4 De Zubiría, R. (1989). El perfil humano del Caribe, En San Andrés y Providencia: Tradiciones culturales y coyuntura política, Bogotá, Uniandes, pp. 19. 6 hacia guerras imperiales y canales transoceánicos; hacia el Sistema de Plantación, la Diáspora africana y la mutación del Capitalismo Mercantil a Capitalismo Industrial5... (en fin, procesos todos bastante relacionados con sangre y violencia desesperada. Sin contar que es, precisamente, caribeño el país más pobre de América…). El anti-apocalipsis caribeño es la capacidad de acomodación, de acoplar, articular, diluir y realzar al mismo tiempo ideas, gentes, lenguas, religiones, literaturas (y oralituras), formas de vida, de arte y gastronómicas, Tiempos, ritmos, (etc.) de una CIERTA MANERA que no traumatiza, que no hace sentir a quienes lo viven una presión constante, un desasosiego o una incapacidad. Y llegar a la razón caribeña es ser consciente de esto, de que, por el contrario, el caribeño es un sujeto para quien transformación es sinónimo de vida, y vida es un constante devenir discurrido en el clímax de una incesante transformación, sin destrucción, dolor o remordimiento. Ni siquiera el de una madre que podría ver el apocalipsis en los labios de su hijo, incapaz de pronunciar la lengua que durante siglos ha sido exclusiva de su grupo étnico, memoria de su familia y legado materno. Porque ese día Dorothy no vio los Jinetes del Apocalipsis y entendí, allí, arrullado por sus palabras indiferentes, la verdadera razón del Caribe: ella se dejó llevar por la transformación lingüística de su hijo sin desespero, vergüenza, si acaso sólo con un pequeño remordimiento que no fue más allá de haberse desconcentrado para contestarme que Yerimaia “no hablaba inglés, sino español” y haber perdido el ritmo de su aguja de coser: “!Ay, Jorge! qué mal me ha quedado el final de la costura… ¿si ves? ¡ya me acuerdo porque SIEMPRE coso con la lengua pegada!...” Sí. La historia de lo Manuel Narciso encarna la razón caribeña. El anti-apocalipsis. Una madre y un hijo lo suficientemente distintos como para no hablar la misma lengua, pero lo suficientemente parecidos para que incluso en el cenit de esta diferencia ella reconozca los lazos irrompibles de la consanguineidad y, más dramático aún, la identidad de ser parte de algo que trasciende el núcleo familiar, un “nosotros colectivo” en que caben madre, hijo y miles de sanadresanos más, a pesar de que él la llame mamá, cuando ella esperaría un mom, 5 Benítez Rojo, A. (1996). La isla que se repite, pp. xii. 7 como ella dijera algún día a su madre, y como ésta dijera también a su madre, y así, hasta el comienzo de los tiempos: “Sí, George Jerimaiah, soy tu madre, tu m-a-m-á, pero DE CIERTA MANERA I will always be your mom”. ……… Estereotipada de manera “mitológica” en la imagen de un paraíso con un mar de siete colores, San Andrés es uno de los destinos turísticos más importantes de Colombia y del Caribe Occidental, pero al mismo tiempo es una de las regiones más pobres del país: según el Sisbén de 2006, el 65 por ciento de sus habitantes está catalogado como “pobre”, esto es que 6 (y medio) de cada 10 transeúntes están en los niveles 1 y 2 de pobreza6. Dicha cifra me llevó en 20087 a recrear desde “adentro” y contado por sus protagonistas los barrios que los turistas no conocen y que los sanandresanos no visitan, a menos que vivan allí: tras un año de investigación y dos meses de convivencia con cuatro habitantes de dos sectores marginales -“el Cliff” y “las Tablitas”-, encontré el rostro humano de una problemática que se ofrece con números y estadísticas. Cuando escogí el “paquete” de personajes para representar el espectro de los habitantes de los tugurios de San Andrés, definí que se trataría de hombres y mujeres de como mínimo dos generaciones diferentes, de los cuales al menos uno debía ser un isleño raizal. Este factor no era negociable porque la aproximación práctica e historiográfica me había revelado que los tugurios eran, mayoritariamente, habitados por colombianos continentales. El rostro raizal fue el de la isleña Dorothy Narciso Britton, quien me llevó por un fascinante recorrido de su vida cotidiana, en la que estaban su ex esposo, Samuel Manuel, y sus hijos, 6 El Sisbén define el número de personas en situación de pobreza, mediante un proceso de captación de las características de bienestar de la población. Según una encuesta de 74 ítems, un índice de bienestar asigna a cada hogar y persona un puntaje que varía en un rango de 1 a 6: El nivel 1 registra “pobreza extrema o miseria”; el nivel 2, “pobreza”; el nivel 3, “situación intermedia”; y los niveles 4, 5 y 6 cataloga a los “no pobres”. Sacado de: Hernández, G. Anuario Estadístico de San Andrés [inédito], Secretaría de Planeación y Estadística de la Gobernación de San Andrés y Providencia. 7 Gómez, J. (2008). “Welcome to el Paraíso”. Cuatro vidas, una isla: San Andrés. Trabajo de grado para optar por el título de Comunicador Social y Periodista, Pontificia Universidad Javeriana. 8 los Manuel-Narciso: Samuel Jr., Ruth, Marcel, Karen, Ernesta y Jerimaiah, alias Yerimaia. En aquella investigación, el énfasis en la historia de Yerimaia estuvo en su contexto de pandillismo, y aunque fue reveladora su particular característica lingüística porque nunca había imaginado a un raizal que no hablara criollo, su situación no trascendió la relación entre este rasgo lingüístico y los estragos de habitar el barrio el Cliff, mencionada por Dorothy en su testimonio: “en mi época se hablaba español, de chiquita lo hablaba muy bien porque estudié en un colegio de religiosas católicas, pero lo que más hablaba era el inglés porque fue con el que a me criaron, hablando inglés con mi familia, mis vecinos y mis amigos. Hoy en día veo que mis hijos no lo quieren hablar, conocen el idioma, pero no quieren hablarlo. Yo les estoy hablando en inglés y me contestan en español. Jeremiah, que es el menor, casi no dice nada. Será el ambiente…”. Ahora voy más allá y ese primer momento, pasajero, una simple mención, es el eje de la presente investigación. La asimilación cultural que el gobierno colombiano intentaría de la población isleña desde finales del siglo XIX hasta mitad del siglo XX –conocida por la historiografía como “colombianización”-, no se conseguiría tanto por políticas estatales y planificadas como por un proceso espontáneo. Al menos en el plano lingüístico no fue la educación pública en español, sino el nuevo equilibrio demográfico constituido desde 1953, tras la apertura del Puerto Libre en San Andrés por Gustavo Rojas Pinilla, el que posibilitaría isleños raizales como Yerimaia, totalmente castellanoparlantes. La llegada masiva de colombianos continentales es un ciclo de poblamiento sin parangón en la historia de la isla, que desde el siglo XIX hasta la apertura del Puerto Libre tuvo un crecimiento poblacional vegetativo: el censo de 1952 arrojó 5. 675 habitantes, mayoría raizales, el mismo número de habitantes que en la década de los 40. El censo de 2006 arrojó 55.426 habitantes8, convirtiéndose la población raizal en una minoría étnica dentro de su territorio y, de paso, San Andrés en una de las islas más densamente pobladas del Caribe. 8 Hernández, G. Anuario Estadístico de San Andrés [inédito], Secretaría de Planeación y Estadística de la Gobernación de San Andrés y Providencia. 9 La mayoría de inmigrantes colombianos fueron personas de clase media y baja provenientes de la costa atlántica, mano de obra para la construcción de vías, puerto, aeropuerto y demás infraestructura necesaria para un Puerto Libre, así como para atender los nuevos servicios creados bajo el contexto comercial, hotelero y turístico; durante los 60‟s, 70‟s y 80‟s, colonizaron la zona norte de la isla (North End), urbanizada de forma descontrolada y ocupando importantes tierras de cultivo. En razón del paisaje social y de la organización territorial, muchos de estos asentamientos serían considerados como zonas tuguriales. Pocos raizales los habitan, pero muchos propietarios isleños permanecieron allí, en las antiguas tierras familiares o comunitarias, y sus hijos crecieron en estos nuevos barrios, como es el caso de Dorothy y Yerimaia. En efecto, he presenciado cómo isleños raizales de mi generación (nacidos en la década de 1980), habitantes de estos espacios, surgieron como una capa de población que desplaza el creole y el inglés como lenguas maternas por el español, dándose el caso de jóvenes que no los hablan y que deben aprender inglés en el SENA. Este fenómeno es un proceso cultural dado con el contacto progresivo entre la comunidad raizal y la población colombiana inmigrante que habita las zonas tuguriales, entornos castellanoparlantes, y entonces la identidad lingüística isleña, representada en la lengua materna, se está convirtiendo en un privilegio de aquellos raizales que viven fuera de las zonas marginales. Tras más de un siglo de intentos estatales de asimilar la nación isleña a la imaginada nación colombiana, idealizada en el catolicismo y el castellano, es una grieta en el propio seno de la comunidad raizal lo que ha posibilitado, finalmente, una transformación lingüística y cultural de gran envergadura. ……… En su estudio lingüístico sobre el creole isleño, Marcia Dittmann se refiere a la falta de bibliografía disponible sobre la criollística sanandresana y a la debilidad teórica de las investigaciones existentes. Pese a que la ausencia de bibliografía podría entenderse como una debilidad formal, la autora la califica como positiva porque “me permitió la realización 10 del trabajo de campo y el análisis de datos de manera original y sin preconcepciones sobre la lengua que podían haber perjudicado las primeras observaciones y los análisis preliminares”9. Así, Dittmann expone la práctica obligatoriedad de recurrir a la memoria y a la historia oral para la consecución de una investigación sobre el criollo sanandresano, demostrando que más allá de un capricho personal del autor (mío), la fuente oral y el trabajo de campo con la comunidad raizal son indispensables para la realización de una investigación que trate de la lengua sanandresana. En su libro sobre la tradición oral y cómo esta puede ser una fuente histórica, Jan Vansina10 parte del supuesto de que el testimonio oral es, en efecto, una fuente histórica. La metodología que utilicé para llegar a ella fue la denominada “historia de vida”, una experiencia diferente que acepta la historia oral de una persona como el fundamento del conocimiento “es un proyecto de investigación acotado en torno a un solo individuo, donde lo que importa es la experiencia y trayectoria de vida de tal sujeto y no, particularmente, un tema concreto de indagación”11. Sin embargo, esta metodología es más atractiva aún porque encaminada de manera correcta, la historia de vida sí revela problemas particulares de la experiencia del individuo, expuesta inevitablemente a su escenario contextual, a las redes de interacción con su entorno social inmediato. Ahora bien, enfrentarse a una historia de vida es aproximarse al mundo individual y social del protagonista, entendiendo su experiencia en un contexto diversificado por otro tipo de fuentes, en las que las fuentes documentales son un recurso imprescindible para entender su papel histórico. Esta multiplicidad de fuentes actúa en una forma de dialéctica que despeja el panorama: “Cuando los documentos escritos son abundantes, las fuentes orales son útiles para contrastar, complementar, matizar y dar cuenta de tópicos a los cuales ni aluden 9 Dittmann, M. (1992). El criollo sanandresano: lengua y cultura, Cali, Universidad del Valle, pp. 13. Vansina, Jan (1967). La tradición oral, Barcelona, Labor. 11 Galindo Cáceres, J. (1998), Técnicas de investigación, México, Prentice Hall, pp. 211. 10 11 aquello”12; a la vez que la oralidad permite aproximarse “a expresiones culturales que han sido o continúan siendo predominantemente orales”13. Como fuente o documento, la historia de vida debe ser sometida a datos verificables con otras fuentes, lo que Rocío Londoño denomina “la verificación de los datos verificables”14 y lo que Jan Vansina llama “el procedimiento metodológico para que la fuente oral puede ser utilizada en la reconstrucción del pasado”: La diferenciación de lo que correspondería a hechos realmente ocurridos y lo que posiblemente es producto de la imaginación del personaje. Estos procedimientos de comprobación radican en enfrentar lo que dice la fuente oral con otras fuentes orales y con fuentes escritas, tales como documentos oficiales, estadística y trabajos historiográficos y teóricos sobre la temática abordada. De esta forma, los testimonios obtenidos del trabajo de campo fueron entendidos en relación a la bibliografía disponible, lo que obligó a una lectura de conceptos e ideas teóricas que, a su vez, dirigieron la estructura de la investigación de la siguiente manera: El capítulo 1 “Identidad e Identidades Caribeñas” explica el concepto de identidad y lo emplea en las identidades caribeñas, enfatizando en los contenidos de toda identidad como una opción abierta, característica más notoria en el escenario caribeño, inmerso en una realidad de constantes sincretismos. La visión teórica de identidad de Zygmunt Bauman y la perspectiva posmoderna del Caribe de Antonio Benítez Rojo fueron los principales referentes para la construcción de los conceptos de identidad e identidad caribeña. El capítulo 2 “Lenguas Criollas y Criollo Sanandresano” hace un análisis sobre las principales características de las lenguas criollas, deteniéndose en la lengua criolla sanadresana, donde se explican sus principales características lingüísticas, sus tributarios culturales y el paradigma del Continuo Lingüístico, indispensable en el sistema lingüístico de los hablantes caribeños. El trabajo de Marcia Dittmann fue la base para comprender una 12 Londoño Botero, R. (1998) Los usos de la historia de vida en las ciencias sociales, Barcelona, Arthropos, pp. 25. 13 Londoño Botero, R. Los usos de la historia de vida en las ciencias sociales, pp. 25. 14 Londoño Botero, R. Los usos de la historia de vida en las ciencias sociales, pp. 34. 12 lengua tan compleja como el criollo sanandresano. Criollo, criollo sanandresano y creole han sido utilizados como sinónimos. El capítulo 3 “Convergencias Culturales y Diglosia Cultural” sitúa teóricamente la adopción lingüística de Yerimaia dentro de un concepto particular, localizándolo en la visión del concepto de cultura como Matriz de Zygmunt Bauman. La Matriz percibe a la cultura como un organismo contingente y dinámico, abierto a las transformaciones según el contexto social de los individuos que la disfrutan. El capítulo 4 “Homo-yerimaius” se refiere a la historia puntual de los Manuel-Narciso y utiliza las tres claves teóricas de los capítulos antecesores (identidad, lengua y cultura) para entender porqué es un solo hijo quién habla una lengua distinta a la de su madre, mientras que el resto de la familia, con diferentes grados de interferencia, mantienen un uso del criollo: como el entorno de pobreza aquí parece ser el vehículo de la adopción del español por Yerimaia, el contexto marginal del barrio de residencia de la familia (el Cliff) y el concepto de Cultura de Pobreza, del antropólogo norteamericano Oscar Lewis, están también presentes. La historia de vida es capaz de construir una imagen de la trayectoria de vida y de la personalidad de un individuo a partir de la versión que dé de sí mismo, definiendo coordenadas, hitos básicos y los personajes de mayor incidencia en su experiencia de vida. Por lo mismo, es un esquema vital en la búsqueda de nuevas fuentes biográficas y, sobre todo, una herramienta útil para encontrar correspondencias entre una trayectoria personal y los procesos sociales en los que se inscribe. De esta manera, el relato del sujeto enfrenta la historiografía que se ha escrito acerca del contexto porque su experiencia histórica puede derrumbar o confirmar un hecho histórico. Esta tensión se desarrolla brevemente en “Conclusiones o la Revisión de una Perspectiva Conceptual”, donde el concepto de colombianización se pone en duda, al menos se revisa porque ha dado un sentimiento de otredad a dos componentes que en el caso de los Manuel Narciso no hacen parte del “otro” colombiano, sino todo lo contrario, ejes de su identidad como raizales. Estos elementos son la religión católica y el idioma español. 13 ……… Aunque la siguiente investigación está inspirada en la vida de George Jerimah Manuel Narciso –conocido como Yerimaia-, su testimonio fue imposible de obtener porque cuando comencé el trabajo de campo en San Andrés y me disponía a entrevistarlo, él llevaba varios días recluido en una cárcel de Cartagena, trasladado por su propia voluntad, sin notificarle ni siquiera a sus padres. No contaba ya con el dinero suficiente para traslados o el tiempo para establecer conexiones que desde hacía dos años tenía en al archipiélago, razón por la cual utilicé la voz de su madre, Dorothy, y la de sus dos hermanas menores, Karen y Ernesta, para develar la razón de su estado lingüístico. La magnitud del proceso y el significado de la pérdida del criollo para la cultura isleña trascienden la voluntad de un individuo de dejarse o no entrevistar. Incluso ausente Yerimaia, su particularidad lingüística, presente en otras personas de su generación, es una realidad objetiva e identificable. Claro que la interrupción del testimonio de Yerimaia implicó un salto cualitativo en la investigación. Ya no podía ser la historia de Yerimaia contada por él mismo, puesto que los testimonios de su madre y de sus hermanas no eran “lo que él pensaba de su vida”, sino lo que “ellas pensaban que él pensaba de su vida”, cosa muy distinta. Esto abrió inmediatamente el espectro del problema lingüístico a una escala familiar, en la que, no obstante, Yerimaia siguió estando presente de dos formas: primero, por la razón obvia de que ha sido su especialidad lingüística la que inspiró la presente investigación y, segundo, porque las distintas relaciones de los Manuel-Narciso con el criollo tienen como referente la situación del hijo menor, la más dramática. La investigación trabaja en tres escalas: la escala individual, que explica mediante contraste las experiencias particulares de dos individuos de una misma familia: Dorothy y Yerimaia, madre e hijo; la escala familiar, que sirvió de base al trabajo de campo y delimitó una situación lingüística determinada a un pequeño grupo de personas: los Manuel-Narciso, si bien su caso vislumbra continuidades en el proceso que otros sujetos también experimentan; y la escala étnica y cultural, que explica las repercusiones y el significado de 14 esta realidad lingüística “local”, tanto individual como familiar, en relación a la identidad étnica y cultural de la comunidad raizal de la isla de San Andrés. Estas tres escalas juegan constantemente entre sí y, aún más enriquecedor, se relacionan con procesos e instituciones de mayor aliento, puesto que la experiencia social de cualquier sujeto lo enfrenta no sólo a su propio ser, su familia y su grupo étnico, sino, además, a instituciones tales como la Escuela, la Iglesia, el Estado, la Policía, entre otras, y a procesos tales como conflictos étnicos, ciclos demográficos, contracciones económicas, deterioros ecológico, etc., que rebasan significativamente la contingencia de sus años de vida o la red de interacciones con las que está en continuo diálogo, al menos evidente. „YERIMAIA‟ EL GUAPO es la culminación de una investigación de varios años. Y escribo culminación con una dudosa cursiva porque lo es solamente desde mi perspectiva, ya que la historia de Yerimaia no ha llegado a su punto más alto, su “culmen”. Se trata de un proceso inédito del que desconozco aún todos sus alcances porque para ello necesitaría más tiempo, mayor número de referentes y de herramientas conceptuales, más financiación y, en definitiva, un trabajo interdisciplinar que deja dos opciones: continuar estudiando otras ciencias sociales y aproximarme en secreto a este eslabón; o ser el portavoz de lo que está ocurriendo, hurgar en la curiosidad de los lectores y, por tanto, abrirle el panorama a nuevos investigadores, con cuyas bases epistemológicas y perspectivas particulares podrían agotar el problema. He ahí el verdadero culmen: La opción colectiva. La investigación y los efectos de Yerimaia consignados en „YERIMAIA‟ EL GUAPO están lejos de haber llegado a su fin. No obstante, su exposición en la arena académica supone la primera piedra de un edificio del que estoy seguro se doblarán cuellos para alcanzar a ver la penúltima de sus ventanas, o torres, o antenas, o cúpulas, o minaretes, o el balcón de cedro de una casa caribeña… 15 1. IDENTIDAD E IDENTIDADES CARIBEÑAS La identidad parece ser una de las necesidades humanas más universales15, quizá por esto definirla obligue a una lectura transversal de varios conceptos en continua relación con el hecho identitario, en particular, y el individuo, la comunidad y la sociedad, en general. En efecto, entre las distintas maneras de entender la etnia y la cultura, los autores concuerdan en una premisa: son formas de identidad colectiva, que sirven de principio para la organización social una vez la identidad en cuestión esté resuelta o se tenga la intención de resolver; aunque en mayor o menor medida, explicar qué es identidad implica pisar los terrenos de estos conceptos, y se encuentran, entonces, las identidades étnicas y culturales. Michael Keating define la cultura desde dos dimensiones: una objetiva, conformada por las costumbres, hábitos, tradiciones, valores, creencias, modos de vida, la manera de pensar y el comportamiento existentes en una comunidad, y otra subjetiva, que implica que por alguna razón estos elementos producen en un individuo el “sentimiento de pertenecer a una sociedad”16. Para Héctor Díaz Polanco, la etnia puede existir cuando “un individuo se identifique con el grupo al cual pertenece, se reconozca como partícipe del mismo y comparta con el resto valores y conocimiento”17. Nina S. de Friedemann considera a la identidad como el rasgo emocional de las etnias “profundamente arraigado en el ser y en el existir, a menudo transmitido no tanto a través del lenguaje cognitivo o de aprendizajes forzados, como a través de modos subconscientes de conocer la realidad”18. La identidad define lo que se “es”. No obstante, se constituye por una especie de reacción frente a lo que no se “es”, por lo que Zygmunt Bauman afirma que la frontera es la condición de existencia de toda identidad. Los contenidos y las formas que constituyen la identidad pueden variar porque son opciones, cuestiones abiertas, pero, en el fondo, es la capacidad de diferenciarse explícitamente de otras identidades, el que haya un “dentro” y 15 Bauman, Z. (2002). La cultura como praxis, Barcelona, Paidós, pp. 53. Keating, M (1996). Naciones contra el Estado, Barcelona, Ariel, pp. 20. 17 Deleón Meléndez, O.C. (1992), “Etnia y género” en Tradiciones de Guatemala, núm. 37-38, pp.15. 18 De Friedemann, N. (1996, diciembre), “San Andrés y Providencia: sus derechos étnicos y culturales”, en América Negra: a la zaga de la América oculta, núm. 12, pp. 137. 16 16 un “afuera”, lo que permite la organización de las categorías utilizadas para la identificación19. Por más intercambiables que sean los factores étnicos o culturales seleccionados como “puestos fronterizos”, es la permanencia del limes lo que constituye la coherencia del significado de una identidad. Sin embargo, la frontera no es un criterio absoluto, varía según las coyunturas sociales y, entonces, lo que se considera “dentro” y “afuera” cambia, incluso a ritmos tan veloces que el desplazamiento del limes se realiza de una generación a otra, de una madre a su hijo, por ejemplo. Entre las variaciones fronterizas y, por tanto, de la naturaleza de la identidad, hay dos tipologías que en la praxis actúan en conjunto, de hecho pueda que ni siquiera sean dos dimensiones aparte; es más bien una convención para desarmar la complejidad teórica de la identidad y, asimismo, entender la práctica cotidiana de los individuos que la disfrutan. Se trata, pues, de la “variación de escala”, por un lado, y de la “variación de contenido”, por el otro: la “variación de escala” hace referencia a hasta dónde llega el “dentro” y el “afuera”, una cuestión de tamaño, del criterio escogido para seleccionar el número de elementos incluidos y excluidos de la identidad; así, según los criterios fronterizos, la identidad se contrae y se dilata hasta encontrar no sólo identidades étnicas o culturales, sino individuales, familiares, de clase social, nacionales, de género, de oficio, de preferencia sexual, de generación, de religión, de nivel escolar, de gustos musicales o gastronómicos, en fin, de cualquiera de las infinitas combinaciones imaginables. Por su parte, la “variación de contenido” trata el qué significa ese “dentro” y ese “afuera”, delimitado previamente por la escala, ya no es tanto qué elementos como el qué narran dichos elementos y qué repercusiones tienen sus imágenes en los individuos; así, la identidad no sólo explica qué es la etnia o la cultura, sino el individuo, la familia, la clase social, la nación, el género, etc. Ahora bien, aunque existan diferentes escalas en las fronteras identitarias, dos dimensiones son constitutivas de cualquier variación y abarcan la forma más general y, a la vez, primigenia de toda identidad: La identidad personal y la identidad social “la identidad 19 Bauman, Z. (2002). La cultura como praxis, pp. 53. 17 personal confiere significado al „yo‟. La identidad social garantiza ese significado y, además, permite hablar del „nosotros‟”20. La identidad personal se constituye con la consciencia de que se es diferente a cualquier individuo distinto del propio ser y, por tanto, a cualquiera de los miembros de la sociedad en la que se está inmediatamente inscrito, de manera que los individuos de la comunidad son “otros” con respecto al “yo” intransferible. Sin embargo, el individuo debe identificarse con una totalidad imaginada más amplia a su propio ser, una escala general que involucra a los miembros de su sociedad, que aunque no hagan parte de su red de interacciones personales, cara a cara, involucradas en la rutina diaria, hacen parte de redes de interacción similares a las propias (o al menos así lo cree), momento en el cual el “otros” intracomunitario se convierte en el “nosotros” colectivo21. De esta manera, la escala fronteriza configura varias dimensiones de “dentro” y “afuera”, de “nosotros” y el “otro”. Por ejemplo, la mamá de Yerimaia, Dorothy, es un “afuera” con respecto al “dentro”, el “yo” esencial del protagonista de la presente investigación. Sin embargo, ampliada la escala de Yerimaia al núcleo familiar Manuel-Narciso, Dorothy, Samuel (el padre), y Samuel Jr., Marcel, Ruth, Karen y Ernesta (sus hermanos), hacen ahora parte del “nosotros”, momento en el que cualquier individuo ajeno al tronco familiar conforma el nuevo “afuera”, que hasta hace poco contenía a cualquier persona ajena al propio Yerimaia, incluyendo a los miembros de su familia. Pero si se amplía aún más, por ejemplo, a una escala que circunscriba a los habitantes del barrio el Cliff, el “nosotros” de Yerimaia se conforma ahora con individuos con quienes no comparte lazo consanguíneo alguno, puesto que es el lugar de residencia el criterio escogido para seleccionar el número de elementos incluidos, que hasta hace unos segundos aceptaba únicamente a Samuel Manuel, Dorothy Narciso y a sus seis descendientes directos, no a las aproximadamente setecientas personas que ahora están “dentro” (los habitantes de su barrio). La “variación del contenido” identitario no se da únicamente por un cambio de escala, de hecho ambas variaciones –escala y contenido- son parte esencial de toda identidad. Responderse qué es esta o aquella identidad es posible porque la identidad en sí es una 20 21 Bauman, Z. (2002). La cultura como praxis, pp.54. Bauman, Z. (2002). La cultura como praxis, pp. 52. 18 pregunta, es decir los contenidos que relata, que la configuran, no están dados siguiendo secuencias obvias, nunca “están allí” porque no son inherentes como la necesidad identitaria; “querer hacer parte de algo” y que ese sentimiento se dé espontáneamente, es muy distinto a “que ese algo” al que se quiera pertenecer se constituya por sí solo. Por el contrario, toda identidad es siempre una tarea, un ejercicio problemático que los individuos deben realizar, reclamar y defender22, y su incesante construcción es, precisamente, la característica más relevante de las identidades. De hecho, pertenecer a una identidad porque simplemente se pertenece a ella “sólo es posible (…) en un mundo confinado localmente” 23, en el que la ausencia de competidores hace que “estar „aquí‟ se sienta de una manera evidentemente distinta de estar „allí afuera‟, y el paso de „aquí‟ a „allí‟ raramente se da, si se llega a dar” 24. Por supuesto que local no es sinónimo de inherencia identitaria, porque, primero, no hay un criterio definitivo para determinar cuándo algo es o empieza a ser local y, segundo, aceptando hipotéticamente un criterio universal, incluso en este caso las identidades locales, en algún momento, también fueron construidas. Más que un hecho per se, la localidad es la no-transgresión de lo previamente constituido, la ausencia o escases de coyunturas que enfrenten a las identidades a cambios inesperados, que obliguen a los miembros de un grupo a reelaboraciones constantes en razón de su enfrentamiento con otras identidades, los competidores. En la “modernidad”25 es donde Bauman asegura que lo local ha sido puesto en duda con mayor dramatismo, momento en el cual las identidades han tenido que enfrentar el reto continuo de reconstruirse porque ha estado a disposición un número sin igual de competidores, producto de la revolución del transporte y, más recientemente, de la informática, que han incrementado la movilidad, el volumen y el encuentro de ideas, personas y comunidades26. 22 Bauman, Z. (2002). La cultura como praxis, pp. 51. Bauman, Z. (2002). La cultura como praxis, pp.52. 24 Bauman, Z. (2002). La cultura como praxis, pp. 52. 25 Exactamente con la expresión de “historia moderna”. Bauman, Z. (2002). La cultura como praxis, pp.40. 26 Bauman, Z. (2002). La cultura como praxis, pp. 45. 23 19 Sin embargo, Bauman no especifica desde cuándo empieza esta “modernidad”, si al menos diera un referente temporal (¿El “fin” de la “Edad Media”? ¿La Toma de Constantinopla? ¿El Renacimiento italiano? ¿El “Descubrimiento” de América?), o si precisara sobre cuál revolución del transporte está hablando (¿El primer caballo domado? ¿La invención de la rueda? ¿Las naos ibéricas o las canoas amerindias? ¿Las suelas del calzado de los chasquis? ¿Los cohetes y los aviones? ¿Internet y el ciberespacio?). Pero lo que parecería ser una vaguedad temporal que haría ambiguo el concepto de “modernidad” sobre el que el autor construye su idea de identidad, porque es donde encuentra con mayor dramatismo la principal característica identitaria, su (re)elaboración, es, precisamente, lo que constituye la riqueza de su idea de lo moderno: la “modernidad” es el reto de la permanente construcción de las identidades, enfrentado cuando se pone en duda lo local, es atemporal, suprahistórica, constante en el devenir de las experiencias sociales, cuya condición no es un período histórico particular, sino la reconstrucción de la identidad colectiva. La ausencia de un referente temporal es la “modernidad” baumaniana. De esta forma, la “modernidad” no es un manto homogéneo o un estado que se debería alcanzar, sino retazos de un manto fragmentado desde sus orígenes (entonces ni siquiera un manto), que se pliega sobre las sociedades en diferentes momentos de su historia, sin que éstas quieran alcanzarla porque la reelaboración identitaria es una tarea, un ejercicio problemático que implica trabajo colectivo. “Modernidad” podría ser la salida de África del homínido original y su esparcimiento planetario; o la Diáspora judía; o la expansión del cristianismo por el Imperio Romano; o las conquistas alejandrinas y la cultura helénica; o la fundación de Tenochtitlán y la supremacía política mexica en Mesoamérica; o los viajes de Marco Polo a Oriente; o las ocupaciones árabes y la ola islámica en el Magreb y AlÁndalus; o la expansión norteamericana al Oeste; o la llegada del hombre a la Luna… Claro está que si la condición de la “modernidad” es la re-elaboración de lo local, antes de lo “moderno” hubo un momento previo de elaboración, un punto de partida que posibilita el contraste, un momento en el que los hechos culturales, sociales, políticos, religiosos o tecnológicos en cuestión fueron construidos y estuvieron confinados (al menos de manera 20 obvia) a su localidad, exclusivos a la identidad o grupo de identidades que les dieron forma (y que éstos, a su vez, formaron). Por tanto, existe un antes “pre-moderno” vivo e histórico y, entonces, se puede hablar de un cristianismo local, antes de expenderse por el Imperio Romano; o de un etnia árabe o mexica locales, antes de conformar Los Califatos y el Imperio Azteca, respectivamente; o un Estados Unidos de Norteamérica, cuya “norteamericaneidad” era una vaguedad lingüística confinada a una franja en la costa Este; o un viaje a la luna posible sólo en la imaginación de Julio Verne… Por supuesto que este “antes” y “después” es parcialmente artificial porque las innovaciones humanas se valen de sustratos anteriores al estreno, de manera que decidir con qué se innova o cuándo es destruida la localidad no es exactamente correcto ni preciso: ¿acaso no proviene el Islam de la cultura árabe “local”, confinada a la península arábiga, pero cuya religión de “estreno” se expandió del Oeste de los Pirineos al archipiélago malayo, esparciendo el mensaje susurrado por el arcángel Gabriel al oído de Mahoma? Entonces, ¿es realmente la arabia pre-islámica del Profeta del todo “local”, siendo su existencia condición para una religión que nació en su seno, que se escribió en lengua árabe, se proclamó en tierra árabe y cuyo profeta fue hombre árabe? ¿Es, acaso, lo local el primer ingrediente de lo universal? Peor aún ¿Todo universalismo es local? La cuestión no es resolver un debate filosófico irreconciliable, sino matizar el alcance de las fronteras identitarias, abiertas, pero aún así posible de rastrearles etapas, erosiones de la localidad (cuando son evidentes). No sé aún si el antes y después, si lo “local” y lo “moderno” son del todo invenciones epistemológicas de los historiadores o realidades objetivas que el historiador “simplemente ve”; me inclino por una versión que trate los procesos como entramados de situaciones que se mezclan una y otra y otra y otra, sin contenciones de concreto, más bien a través de poros abiertos, que pueden, DE CIERTA MANERA, dejarse atrapar en el momento de una transacción significativa (¿para el investigador o el proceso en sí mismo?). No obstante, existe una identidad a la que es quimérico, incluso anacrónico, distinguirle lo local de lo universal, donde la tarea de trazar una línea fronteriza–así sea imaginaria- pierde 21 toda razón de ser. Se trata de una identidad especial que desde su génesis ha sido moderna porque su nacimiento significa el enfrentamiento de múltiples identidades, culturas, etnias, religiones, lenguas y, por tanto, las transacciones entre el “dentro” y el “afuera” se han dado en el vientre, lo que ha amalgamado lo local y lo moderno, dándole vida a una de las situaciones más complejas y burbujeantes de la experiencia Humana: la identidad caribeña, desde “siempre” en re-elaboración, como si el paso previo de elaborarse nunca hubiera sido necesario, si acaso posible. No es casualidad que Antonio Benítez Rojo se refiera a su génesis cultural como un SUPERsincretismo “para distinguirlo de formas más simples [de sincretismo]”27. Según Benítez Rojo o el Caribe y la perspectiva posmoderna28, la condición SUPERsincrética de las identidades caribeñas -esto es el encuentro de distintos universos culturales como condición de su génesis- implica una ruptura epistemológica con la historiografía tradicional, cuyas tendencias han relatado antagónicamente al Caribe entre: a) Su homogenización, como un espacio que comparte elementos y, por tanto, se diluye en el concepto “Caribe”: los elementos de unidad serían el mestizaje, la unión de lo africano, lo europeo, lo indígena29 y lo asiático, y la economía de Plantación “que produjo, no menos de diez millones de esclavos africanos y centenares de miles de coolies provenientes de la India, de la China, de Malasia”30. Una homogenización que responde a necesidades epistemológicas, reducciones imperialistas e incluso a razones de índole autorreferencial, encaminadas a encuadrar en lo posible la furtiva imagen del Ser Colectivo de las comunidades que se consideran caribeñas31. b) Su heterogeneidad, un microcosmos cultural dispar que no puede comprenderse en una historia total que amalgame un concepto más allá de una realidad geográfica, en 27 Benítez Rojo, A. (1996). La isla que se repite, pp. xv. Título de la obra: La isla que se repite: El Caribe y la perspectiva posmoderna. 29 Aunque la presencia física indígena desapareció en la mayoría de islas caribeñas, su herencia cultural es palpable en tradiciones culinarias, tecnologías, medicinas, transferencias lingüísticas, mitos y ritos, etc. 30 Benítez Rojo, A. (1996). La isla que se repite, pp. xii. 31 Benítez Rojo, A. (1996). La isla que se repite, pp. i. 28 22 la que lo “Caribe” sucumbe ante los “Caribes”. De hecho, hablar de identidad caribeña, en singular, sería incorrecto porque no existe, al menos sólo provisionalmente. Aquí, lo Caribe es un concepto de la diferencia, de las particularidades, uno de los más vagos y confusos, sin un acuerdo preciso sobre qué es o puede llegar a ser porque abarca un número indeterminado de identidades con dinámicas culturales, sociales, políticas y económicas distintas, con experiencias coloniales distintas, que hablan lenguas distintas “el espectro de los códigos caribeños resulta de tal abigarramiento y densidad, que informa la región como una espesa sopa de signos, fuera del alcance de cualquier disciplina en particular y de cualquier método individual”32. Al contrario, la propuesta de Benítez Rojo supera la mutua exclusión de las perspectivas y las utiliza paralelamente, sin mezclarlas, acudiendo a una y a otra cuando lo caribeño se muestre homogéneo o particular, según el caso, porque lo homogéneo y lo particular son dos facetas de la naturaleza del Caribe, que pueden parecer antitéticas en otro contexto, pero que aquí se asocian de manera coherente. Esta asociación es la única forma de explicar esa CIERTA MANERA en la que unión y diferencia se consagran sin diluir ni destruir: Benítez acude a la noción del Caos y del Polirritmo para explicar porqué la homogeneidad y la heterogeneidad son intrínsecas a la máquina cultural caribeña y deben traducirse en las perspectivas teóricas culturales que pretendan entenderla. Las continuidades existen, pero son imposibles de predecir en un ritmo y a una escala exacta porque discurren de manera caótica, desplazándose entre fuerzas centrípetas y fuerzas centrífugas, entre la atracción y la expulsión, la regla y el azar, lo residual y lo establecido, lo perenne y lo nuevo, lo homogéneo y lo heterogéneo33, sin manera de anticiparlo. Esto significa que bajo la lógica caribeña, una identidad puede agrupar tanto elementos comunes como nuevas adquisiciones que sólo algunos miembros posean, sin destruir la coherencia de grupo, es decir sin que se quiebre el lazo de identidad entre sus miembros, por ejemplo, entre una madre y su hijo cuando aquel adquiere una lengua 32 33 Benítez Rojo, A. (1996). La isla que se repite, pp. iii. Benítez Rojo, A. (1996). La isla que se repite, pp. xxiv. 23 materna distinta a la de aquella. Y lo más fascinante es que las identidades caribeñas pueden asimilar varias adquisiciones de manera simultánea, interactuando las novedades con los elementos constitutivos o preexistentes “el ritmo inicial de transferencias es desplazado por otros ritmos de modo que éste ya no fija un ritmo dominante y trasciende a una forma de flujo, [lo que] explica bastante bien el perfomance propio de la máquina cultural caribeña”34. ¿Qué tributarios tiene dicha máquina cultural? De acuerdo con Stuart Hall, las identidades culturales caribeñas deben pensarse en relación al diálogo entre tres presencias culturales: la africana, la europea y la americana “aun cuando es claro que se están dejando de lado otras presencias culturales, la siria, china, libanesa, india, entre otras35. No se trata de formas “puras” culturales, sino de sus apropiaciones en un entorno distinto en el que se han constituido “en términos de vida cultural popular, no existe ningún lugar donde se pueda encontrar un estado puro y original. Estos diálogos siempre se encuentran fusionados de una forma particular: la creolización”36. La presencia africana es consecuencia de la complejidad histórica del esclavo al entendérsele como un sujeto social, portador, creador y transmisor de cultura. Aunque los esclavos fueron tratados y considerados como bienes por la legislación colonial, la historiografía tradicional, centrada en esta presunción durante mucho tiempo, entregó resultados parciales que simplificaron las verdaderas consecuencias culturales de los aproximadamente 200 mil africanos que llegaron a lo que hoy es Colombia, Venezuela y Ecuador durante 300 años de trata ininterrumpida de personas. La situación de mercancía humana a la que fueron reducidos los individuos esclavizados no significó, en ningún momento, la anulación de su condición de sujetos sociales. Los esclavos fueron hombres, mujeres y niños que llegaron desde África (y en la etapa más 34 Benítez Rojo, A. (1996). La isla que se repite, pp. xxiv. Hall citado por Rivera, C. (2004) “Nuevas encrucijadas, nuevos retos para la construcción de la nación pluriétnica: el caso de Providencia y Santa Catalina, en Conflicto e (in)visibilidad. Retos en los estudios de la gente negra en Colombia, Popayán, Universidad del Cauca, pp. 304. 36 Rivera, C. “Nuevas encrucijadas, nuevos retos para la construcción de la nación pluriétnica”, pp. 305. 35 24 temprana de la colonia, desde Europa) con una serie de creencias, simbologías, lenguas, mitos, estéticas, danzas, oralidades, literaturas propias, que, una vez trasplantadas en América, se reestructuraron en nuevos moldes a partir de lo africano, lo europeo y lo indígena “[…] el punto central es que la esclavitud, sin negar o desconocer sus dinámicas de opresión, discriminación y explotación, no constituyó necesariamente una mecánica que anulara a los esclavos en su potencialidad de generar nuevas pautas y dinámicas de creación cultural”37. La presencia europea representa el papel de colonizadora y dominadora. De acuerdo con Hall, aceptarla es reconocer a Occidente como un elemento constitutivo de la identidad Caribe, aunque “el diálogo de poder y resistencia, de negación y reconocimiento en pro y en contra de la présence europeenne es casi tan complejo como el diálogo con África”38. En el proceso histórico de San Andrés, la presencia europea se refiere a la inglesa y, a una escala casi imperceptible, la española: de los ingleses provienen la lengua inglesa y la religión, fueron ellos quienes fundaron el primer asentamiento estable y quienes llegaron con sus esclavos, en su mayoría desde Jamaica, para instalar sus plantaciones. En el escenario caribeño general, lo europeo lo constituyen las presencias española, portuguesa, inglesa, francesa y holandesa, principalmente. La tercera presencia es la americana “que significa mucho en cuanto a suelo, lugar y territorio. Es el punto de encuentro en donde se reúnen muchos tributarios culturales”39. La cultura caribeña no pertenecía originariamente a este lugar, por lo que América es el espacio en el que “se negoció la creolización y la asimilación”40. El Caribe, a diferencia de lo que se piensa, no es un entorno “negro” de origen, esto es afrodescendiente. Como el resto de la América continental, el Caribe era un espacio habitado por indígenas, arrasados casi literalmente en la fase de conquista denominada “el Contacto”. Son los primeros seres humanos con los que los europeos se encuentran: el Caribe es la cara de América y los 37 Díaz, Rafael “Los afrodescendientes en la Colombia colonial” En Encuentros de Diversidad, Ministerio de Cultura, Bogotá, pp. 11. 38 Hall citado por Rivera “Nuevas encrucijadas, nuevos retos para la construcción de la nación pluriétnica”, pp. 305. 39 Hall citado por Rivera “Nuevas encrucijadas, nuevos retos para la construcción de la nación pluriétnica”, pp. 306. 40 Hall citado por Rivera “Nuevas encrucijadas, nuevos retos para la construcción de la nación pluriétnica”, pp. 306. 25 indígenas insulares, su primera carne. Al igual que los indígenas continentales, sucumben por el enfrentamiento bélico directo, la guerra de gérmenes, la pérdida de la fuerza vital como consecuencia del desmoronamiento sistemático de su civilización, su número reducido (directamente proporcional al tamaño de las islas), entre otras causas. La población afro es traída luego desde África, puesto que la mayoría de las islas caribeñas, tanto hispánicas como francesas, holandesas e inglesas, etc., tuvieron una economía de explotación agrícola, la cual necesitaba de mano de obra esclava para subsistir. Por tanto, la población africana tuvo su propio proceso de colonización, y una vez es abolida la esclavitud, los antiguos esclavos se convierten en ciudadanos, que quedarán como los nativos una vez empiecen las reivindicaciones nacionales y los procesos de independencia (algunos desde comienzos del siglo XIX, como Haití, otros más tardíos, prolongándose hasta el siglo XX, y algunos aún en espera de…). En el caso de la comunidad raizal sanandresana, la presencia americana debe entenderse en relación con la presencia colombiana “que podría pensarse como el poder dominante que hasta hoy prevalece en las islas”41. Esta es especialmente sensible para el archipiélago porque desde que se inauguró la vida republicana, el Estado colombiano, calcando las jurisdicciones coloniales, asumió que la constitución de sus habitantes en ciudadanos se lograría sólo por medio de su asimilación al discurso nacional y a su propio modelo cultural. De esta manera, lo colombiano se convirtió en “eso „otro‟ de lo que quieren diferenciarse cuando intentan construir su „nosotros‟ étnico”42. Desde la perspectiva posmoderna, la identificación de las presencias culturales es el primer paso para entender las identidades caribeñas, pero éstas no se explican a partir de encontrar aquellos tributarios que aportaron elementos en el proceso de sincretismo. Lo Caribe no es tanto la unión de distintas culturas como la posibilidad de abrir pasadizos entre una y otra presencia cultural a ritmos impredecibles y en medio de una tensión de expulsión y atracción que no destruye, sino que articula. Es a esta naturaleza lo que Benítez denomina 41 42 Rivera, C. “Nuevas encrucijadas, nuevos retos para la construcción de la nación pluriétnica”, pp. 305. Rivera, C. “Nuevas encrucijadas, nuevos retos para la construcción de la nación pluriétnica”, pp. 305. 26 “la isla que se repite”: toda aquella identidad que tenga un pasadizo inesperado y permita el tránsito entre un punto y otro del laberinto caribeño. “He destacado la palabra “repite” porque deseo darle un sentido un tanto paradójico con que suele aparecer en el discurso de Caos, donde toda repetición es una práctica que entraña necesariamente una diferencia”43. Pero en medio del cambio irreversible, la naturaleza caribeña puede virar hacia el punto de retorno y, entonces, “se reproduce nuevamente, crece, decae, despliega, fluye, gira, vibra, bulle”44. Dorothy y su hijo Yerimaia son una isla que se repite: la unión de distintas culturas por medio de un pasadizo abierto entre una y otra presencia cultural a ritmos impredecibles. Sí, “la isla que se repite”. Una isla repetida en la garganta de un joven isleño. 43 44 Benítez Rojo, A. (1996). La isla que se repite, pp. iv. Benítez Rojo, A. (1996). La isla que se repite, pp. iv. 27 2. LENGUAS CRIOLLAS Y CRIOLLO SANANDRESANO El criollo sanandresano y el palenquero son las dos únicas lenguas de origen africano que hoy sobreviven en Colombia45 y hacen parte de un amplio conjunto lingüístico intrínseco a la Diáspora. Las lenguas criollas no existían en América antes de la introducción de los esclavos africanos y, por tanto, de sus lenguas; aunque hoy se les considera lenguas nativas, se diferencian de las lenguas indígenas porque su génesis es paralela a la colonización europea, a diferencia de las lenguas amerindias, aunque en mayor o menor medida modificadas a continuación en su relación con otras lenguas e, incluso, otras más aparecieron, son en su mayoría anteriores a cualquier contacto intercontinental. El adjetivo criollo hace referencia al mestizaje. Lenguas producto del sincretismo cultural entre grupos europeos, amerindios y asiáticos, que junto a los grupos africanos consolidaron nuevas formas lingüísticas mediante un proceso en el que sus presencias culturales originales se transformaron y crearon productos inéditos, según el caso, combinando distintos tributarios a niveles y ritmos diferentes de sincretismo. En efecto, las lenguas criollas nacen dentro de una comunidad compuesta por individuos de orígenes diversos, quienes no comparten previamente ninguna lengua, pero cuya necesidad de relacionarse los hace constituir un sistema lingüístico vehicular especialmente creado con el propósito de servir de instrumento de comunicación 46. Esta primera variante lingüística se denomina pidgin, la cual no tiene hablantes nativos y es utilizada como lengua franca en las relaciones intergrupales, coexistiendo con las lenguas originales de cada hablante que siguen vigentes en el seno de su propia comunidad. Cuando después de dos o tres generaciones de aislamiento geográfico y cultural este sistema vehicular cuenta con hablantes nativos, es decir que lo hablan como lengua materna y no utilizan ya la 45 Se hablan en el archipiélago de San Andrés y Providencia y en el corregimiento de San Basilio de Palenque, respectivamente. Groll, I. (2009). Lenguas autóctonas en Colombia: consideraciones alrededor de su legitimación en la constitución de 1991, Bogotá, uniandes, pp. 37. 46 Forbes, O. (1989). Aproximaciones sociolingüísticas en torno a la realidad de las lenguas en contacto en las islas de San Andrés y Providencia: Bilingüismo y Diglosia. En San Andrés y Providencia: Tradiciones culturales y coyuntura política, Bogotá, Uniandes, pp.173. 28 lengua étnica de generaciones atrás, se habla de la constitución de una lengua criolla 47, la cual se convierte en la lengua de dichas comunidades o, mejor aún, de la comunidad, en singular, porque el criterio de exclusión que significaba anteriormente la coexistencia de las lenguas originales de cada grupo étnico se destruye en beneficio de una lengua común. Sin embargo, el carácter multiétnico de las lenguas criollas no destruyó totalmente las relaciones identitarias de sus hablantes en todos los niveles de la sociedad y esta idea de comunidad criolla se restringe a grupos particulares. En el Caribe, la lengua criolla se constituyó por la necesidad de comunicación entre los esclavos africanos que hablaban distintas lenguas, y entre aquellos y los terratenientes y demás agentes europeos en el contexto del sistema económico de Plantación. Esta relación de dominación hizo que las lenguas criollas aglutinaran las distintas identidades africanas porque aunque sus orígenes étnicos fueran diferentes compartían la segregación y su expulsión de los espacios sociales formales significó la creación de uno propio en el que la permanencia de las lenguas étnicas se deterioró paulatinamente en beneficio de una lengua vehicular hablada por todos: “La política de marginación y discriminación de las mayorías cristalizó en una especie de matriz en que se gestaron, durante siglos, los macroprocesos culturales del continente” 48. Por el contrario, las lenguas metropolitanas continuaron siendo la base lingüística de los miembros europeos (o de cultura europea) de las sociedades coloniales caribeñas, quienes no adoptarían el uso del criollo y consolidarían, según el caso, el español, inglés, francés, holandés y portugués49 como las lenguas oficiales, de la alta cultura y de los sistemas educativos coloniales. La cuestión no es negar la posibilidad de que algunos sectores europeos dominaran el criollo, puesto que fue necesario su domino en algunos niveles para posibilitar la permanencia de la comunicación con los esclavos africanos, sino diferenciar que esta cualidad bilingüe no significó la identificación europea (por lo menos general) con la cultura criolla caribeña, desplazada hacia las capas sociales afrodescendientes. 47 Forbes, O. (1989). Aproximaciones, pp. 173. Lienhard, M (s.f.). Sociedades heterogéneas y diglosia cultural, pp. 93. Disponible en internet: http://books.google.com.co/books?hl=es&lr=&id=sTXkuHNdZp0C&oi=fnd&pg=PA93&dq=martin+lienhard &ots=rw0rE2M5Iv&sig=hVJ8S1QtZqFPSa05rX4VgL894aI#v=onepage&q=martin%20lienhard&f=false 49 Benítez Rojo, A. (1996). La isla que se repite, pp. ii. 48 29 De hecho, la tensión entre los elementos africanos y europeos es una de las características más sobresalientes de las sociedades criollas del Caribe: sin el aporte europeo no habrían podido constituirse las lenguas criollas porque es, precisamente, en el contexto de su dominación donde se dio el súbito encuentro interétnico, lo que obligó a la creación de una lengua vehicular (sin contar que de las lenguas europeas se transfirieron léxicos y fonemas), pero el que el grupo de hablantes nativos se desplazara gradualmente hacia los grupos afrodescendientes no ha significado una valoración lingüística de las lenguas africanas tributarias, más allá trabajos en los que se rastrean formas gramaticales y calcos particulares. Una vez se lleve a cado el proceso de emancipación a lo largo del siglo XIX y algunas sociedades caribeñas incluso consigan su independencia, los sistemas educativos, la comunicación oficial y la alta cultura seguirán siendo impartidas en las lenguas metropolitanas, marginalizando de este estatus los aportes lingüísticos africanos y relegando el uso del criollo a las esferas de la vida privada y doméstica. Por ser lenguas relativamente jóvenes, la construcción de reglas para la escritura de las lenguas criollas es relativamente tardía y, por consiguiente, la magnitud de su uso escrito es baja frente a la arrolladora preeminencia de su uso oral. Esta característica podría explicarse por valores neutros, como el peso de la oralidad en las culturas africanas o la complejidad del paradigma del Continuo Lingüístico; o por procesos históricos consumados, como el estatus de sus primeros hablantes que mientras fueron jurídicamente esclavos, se les excluyó tanto a ellos como a sus lenguas de los sistemas educativos formales, indispensables en los proyectos de alfabetización y estandarización lingüística y en la consolidación y permanencia de un uso escrito por parte de los hablantes de una lengua. No obstante, la inexistencia o el carácter tardío de reglas para la escritura de las lenguas criollas responde también a su valoración social, aún peyorativa en razón de su africanidad: la ciudadanía de sus hablantes no ha destruido los prejuicios raciales ni la imagen de inferioridad cultural de los pueblos afroamericanos y, en consecuencia, de sus lenguas nativas. La aparente inferioridad de las lenguas criollas se ha mantenido por una especie de verdad tautológica: por un lado, son lenguas “inferiores” porque no tienen escritura y, por 30 el otro, no se ha construido su escritura, o peor aún, no se ha utilizado enérgicamente cuando existe porque son lenguas “inferiores”. En algunos países y zonas caribeñas de habla criolla se han llevado a cabo procesos de estandarización lingüística mediante la construcción de reglas para la escritura de sus respectivas lenguas, como en Jamaica, Belice, la Moskitia y el archipiélago de San Andrés y Providencia. Cada situación tiene sus particularidades locales, según la exhaustividad de los estudios y la intensidad del uso de los resultados obtenidos en la vida cotidiana y oficial; tienen en común que se trata de una labor con siglos de diferencia a la consolidación lingüística formal de las lenguas metropolitanas, que por contraste afecta la imagen colectiva que se tiene de lo criollo. En San Andrés y Providencia, las investigaciones lingüísticas del criollo tienen lugar desde hace treinta años y dieron fruto a una gramática escrita, un diccionario creole-inglés, varios ensayos sobre las diferencias con el inglés estándar y su relación con el español, y algunas publicaciones escritas en la lengua, como la Biblia, cuentos infantiles, proverbios y un compendio de bromas tradicionales. No obstante, la labor lingüística no es correspondida con el uso extendido de su escritura o la divulgación efectiva de los avances en la materia. El creole sanandresano no es lengua oficial del Departamento, ni siquiera está institucionalizado como lengua opcional en la educación formal básica, media o superior, a excepción de un importante, pero pequeño esfuerzo del Colegio de la Iglesia Bautista de La Loma, que ha integrado el uso del creole en la primaria. Los hablantes del criollo escriben y leen en inglés o español porque no están familiarizados con su escritura y su lectura: las generaciones más viejas, que hablan en un alto porcentaje la lengua, la aprendieron sin necesidad de los recientes trabajos lingüísticos, al igual que las generaciones más jóvenes, si bien entre éstas últimas hay un sector cada vez más importante que no lo habla ni le interesa aprenderlo, menos escribirlo. La lengua es un sistema de comunicación y de expresión verbal, que puede o no tener un carácter escrito, caracterizado por estar plenamente definido, por poseer un alto grado de 31 nivelación y por ser vehículo de una cultura diferenciada50. Por tanto, esta predominancia de la oralidad no afecta la coherencia ni la lógica del criollo sanandresano, al contrario, le imprime particularidades únicas y su despliegue en espacios sociales determinados; quizá es un rasgo inherente y una reivindicación de su africanidad, que, en varios momentos, ha sido desvalorizada mediante procesos de “descreolización”, como los denomina Marcia Dittmann: El reemplazado consciente de aspectos estigmatizados con aspectos de la lengua dominante, el inglés “especialmente después de la liberación de los esclavos y la adopción de la religión protestante norteamericana, descreolizada mediante la presión sociocultural imperante de valorar lo europeo y borrar lo africano”51. La escritura de las lenguas es un proceso posterior a su constitución verbal, y no un criterio necesario para su existencia o superioridad, como lo demuestran las lenguas que sin escritura se mantienen como estructuras complejas, con usos funcionales y como vehículo de culturas altamente organizadas; Yoro Fall explica cómo las oralituras africanas, construcciones literarias orales, perduran en el tiempo recurriendo a la voz, la memoria, el gesto, el color, el paisaje y el objeto. De hecho, según Eric Hobsbawm, la lengua materna “es el idioma que los niños aprendían de sus madres analfabetas y hablaban en la vida cotidiana”52, con el cual son trasmitidas las normas sociales, de comportamiento53. ……… Establezco mi posición teórica de considerar el criollo sanandresano como [1.] una lengua históricamente reciente, resultado de lenguas y culturas en contacto, [2.] un embarazo transoceánico e intercontinental, y un parto caribeño intercultural: lenguas francas (de base léxica inglesa y/o portuguesa) transformadas en lengua madre por la primera generación de hijos de esclavas africanas nacidos en el Nuevo Mundo y llevada a su madurez primero mediante la adaptación de elementos sintácticos, fonológicos y semánticos de las lenguas africanas presentes en el contexto inmediato 54. 50 Zabaltza, X. (2006). Una historia de las lenguas y los nacionalismos, Barcelona, Gedisa, pp. 43. Dittmann, M. (1992). El criollo sanandresano: lengua y cultura, pp. 36. 52 Hobsbawm, E (1991). Naciones y nacionalismo desde 1780, Barcelona, Crítica, pp. 18. 53 Groll, I. (2009). Lenguas autóctonas en Colombia, pp. 32. 54 Dittmann, M. (1992). El criollo sanandresano: lengua y cultura, pp.36. 51 32 El anterior extracto de la lingüística norteamericana Marcia Dittmann pone a consideración dos elementos fundamentales para entender la naturaleza del criollo sanadresano: su estatus de lengua, por un lado, y el sincretismo cultural como fuente de su génesis, por el otro. En primer lugar, Dittmann explicita que el criollo sanandresano es una lengua. No se trata de un dialecto del inglés o de alguna lengua africana, y, menos aún, de un inglés “mal hablado”, como piensan personas ajenas al grupo étnico isleño y, más sorprendente aún, pertenecientes al mismo. Las lenguas criollas se enfrentan a un problema asumido por el concepto de lengua, y este es su ambigua relación con el concepto de dialecto, debido a que “en la lingüística no existe una unidad absoluta de criterios para la clasificación de variedades lingüísticas como idiomas o como dialectos”55. Aunque existen herramientas teóricas que proporcionan criterios con los cuales clasificar variedades lingüísticas bien como dialectos de una misma lengua o como lenguas diferentes, entre varias disciplinas continúa el debate porque no se comparten los mismos juicios de clasificación lingüística56. Mientras que la lengua es “una forma lingüística que se diferencia claramente de otras formas, variantes y registros lingüísticos de otra lengua hasta el punto que entra la una y las otras no se pueden comunicar”57, el dialecto es un sistema lingüístico emanado de otro, cualquier lengua en cuanto se le considera de las varias derivadas de un tronco común 58. Esta derivación tiene como consecuencia que lengua y dialecto sean, en mayor o menor medida, mutuamente inteligibles59, sin diferenciación suficiente frente a otros de origen común, pero también ubica al dialecto dentro de una categoría inferior a la de lengua, supeditado a ella, dándole una connotación peyorativa y un sentido de existencia difusionista. “En documentos oficiales colombianos es también frecuente encontrar la denominación de „dialecto‟ para referirse a lenguas con un número reducido de 55 Groll, I. (2009). Lenguas autóctonas en Colombia, pp. 17. Groll, I. (2009). Lenguas autóctonas en Colombia, pp. 65. 57 Forbes, O. (1989). Aproximaciones, pp. 173. 58 Zabaltza, X. (2006). Una historia de las lenguas y los nacionalismos, pp. 44. 59 Groll, I. (2009). Lenguas autóctonas en Colombia, pp. 24. 56 33 hablantes”60, es decir, a las lenguas de las minorías étnicas, así como a sistemas lingüísticos con una concreta limitación geográfica61. Ferdinand de Saussure afirma que “los idiomas que no divergen más que en un grado muy débil se llaman dialectos; pero no hay por qué dar a este término un sentido rigurosamente exacto […], entre dialecto y lengua hay una diferencia de cantidad, no de naturaleza”62. Esta “diferencia” se refiere a aspectos externos de la dinámica lingüística per se, a jerarquizaciones ligadas a los proyectos de constitución de los Estados modernos: “Una lengua es un dialecto con un ejército y una armada”63. Antes de ser elevadas a la categoría de lengua estándar, las lenguas eran sistemas lingüísticos locales considerados dialectos, pero “es la civilización, [la que] al desarrollarse, multiplica las comunicaciones, se elige, por una especie de convención tácita, uno de los dialectos existentes para hacerlo vehículo de todo cuanto interesa a la nación en su conjunto”64. De esta forma, el dialecto privilegiado se convierte en lengua cuando se promueve al rango de sistema lingüístico nacional, momento en el que “se le mezclan elementos dialectales de otras regiones; se hace cada vez más complejo, sin perder por eso del todo su carácter original: así en el francés se reconoce bien el dialecto de la Isla de Francia”65. Esto manifiesta que “no existe ninguna diferencia objetiva entre ambos y que es de los poderes políticos y de los propios hablantes de quienes depende el estatus lingüístico”66. Asimismo, cuando se establece la clasificación entre dialectos y lenguas debe contemplarse dentro de los criterios de clasificación la aceptación social “es decir, la percepción que los usuarios tengan de la función social que desempeña su variedad de habla en relación con otras variedades de su entorno es un juicio de vital importancia”67. Si bien es cierto que desde el punto de vista de los lingüistas dos formas de habla pueden parecer como 60 Groll, I. (2009). Lenguas autóctonas en Colombia, pp. 25. Zabaltza, X. (2006). Una historia de las lenguas y los nacionalismos, pp. 44. 62 De Saussure citado por Zabaltza, X. (2006). Una historia de las lenguas y los nacionalismos, pp. 49. 63 Joshua A. Fishman citado por Zabaltza, X. (2006). Una historia de las lenguas y los nacionalismos, pp. 44. 64 De Saussure, citado por Zabaltza en Una historia de las lenguas, pp. 49. 65 De Saussure citado por Zabaltza, X. (2006). Una historia de las lenguas y los nacionalismos, pp. 49. 66 Zabaltza, X. (2006). Una historia de las lenguas y los nacionalismos, pp. 51. 67 Groll, I. (2009). Lenguas autóctonas en Colombia, pp. 66. 61 34 variedades de una sola lengua por su similitud lingüísticas “este criterio pierde su validez práctica si las variedades en cuestión son percibidas por sus usuarios como dos lenguas diferentes”68. En efecto, hay casos en los cuales los especialistas hablan de dialectos de una misma lengua mientras que sus hablantes hablan de dos lenguas diferentes69. Claro que no es mi pretensión negar la existencia objetiva de los dialectos y las lenguas, tanto porque no es este un trabajo lingüístico que, evidentemente, no puede afirmar si existen o no, como porque en aproximaciones teóricas a la discusión se encuentra un consenso lo suficientemente amplio como para aceptar que hay realidades lingüísticas objetivas que ligan entrañablemente uno o más sistemas lingüísticos a otro, sea en calidad de lengua “madre”, tronco común o una familia lingüística. El interés es mostrar la ambigüedad del concepto de lengua y, al mismo tiempo, reivindicar las mediaciones sociales en los estatus lingüísticos que tienen los procesos históricos y las coyunturas de sus hablantes. Además de que esta ambivalencia es patente en la población isleña: por un lado, diferente a los espacios sociales en los que hablan el criollo, al preguntárseles a los raizales qué es “aquello que hablan”, en general lo perciben como una lengua, aunque la diferenciación entre inglés y criollo no sea muy clara y en algunos casos utilizan ambos como sinónimos. Pero el estatus lingüístico reconocido por sus hablantes no evita las ideas peyorativas contra su propia lengua, es decir, connotaciones de inferioridad que se pensarían exclusivas de variaciones dialectales: el criollo es una lengua para sus hablantes, pero con un estatus menor al de otras lenguas, como el inglés o el español. En segundo lugar, Dittmann explica la génesis del criollo sanadresano, resultado de las transacciones culturales entre “lenguas francas (de base léxica inglesa y/o portuguesa)” y voces africanas “de las lenguas africanas presentes en el contexto inmediato”, que fueron transformadas en lengua madre por la primera generación de hijos de esclavas africanas nacidos en el Nuevo Mundo. 68 Groll, I. (2009). Lenguas autóctonas en Colombia, pp. 66. Como el caso de las lenguas Tucano, estudiados por Ardila en 1998. En Groll, I. (2009). Lenguas autóctonas en Colombia, pp. 66. 69 35 El criollo sanadresano hace parte de los criollos que sincretizaron elementos africanos, en especial “sintácticos, fonológicos y semánticos”, y europeos, la base léxica inglesa o portuguesa; esta base léxica inglesa y/o portuguesa hace referencia al pidgin original de los primeros esclavos que llegaron a las islas, si bien el inglés sería la gran cuota lingüística europea porque la presencia inglesa sería más fuerte y permanente en la isla en razón de la primera colonización, las redes comerciales del Caribe occidental, manejadas por Inglaterra y posteriormente Estados Unidos, y la adopción de la Iglesia protestante norteamericana a mitad del siglo XIX, mientras que la presencia portuguesa se limitó a los puertos africanos de tráfico de esclavos, debilitaba en el Caribe occidental y que en el criollo sanadresano no deja rastros lingüísticos palpables. De acuerdo a R. Metzger, el criollo sanandresano nace de la mezcla entre el inglés británico y varias lenguas africanas: las palabras son en su mayoría inglesas, pero sobrepuestas a un sistema gramatical africano. Esto significa que los conceptos, las frases y las expresiones lingüísticas suenan y parecen, en general, como inglés estándar, pero la estructura en la que se organizan los léxicos es característica de lenguas africanas. Ahora bien, en la cuenca del Caribe los tributarios europeos de las lenguas criollas fueron el inglés, francés, holandés, portugués y español de las potencias coloniales europeas, y en el caso particular de San Andrés, el español de Colombia. Esta diferenciación, por ejemplo, en torno al español de uno y otro continente evidencia la variedad de registros sociolingüísticos de las lenguas metropolitanas, factor que no debe subestimarse porque las lenguas tienen varias modalidades lingüísticas aptas para la comunicación a distintos niveles (coloquial, familiar, oficial, etc)70, tanto en el caso de ser habladas en más de un Estado como dentro de uno solo. El registro oficial es la lengua de la administración pública, la educación formal y de la evangelización, pero la realidad social y étnica de las sociedades metropolitanas imprimió variaciones a dichos registros, bien sea porque sus hablantes tuvieron una lengua madre diferente y el proceso de estandarización no desintegró del todo las huellas lingüísticas originales o porque los registros oficiales no son 70 Forbes, O. (1989). Aproximaciones, pp. 174. 36 utilizados por la totalidad de los inmigrantes, quienes tienen normas lingüísticas particulares71. Por tanto, cuando se hable de inglés, francés, holandés portugués y español (ibérico o colombiano) se está haciendo referencia a la variedad oficial, a la lengua estándar “la variante de una lengua impuesta como la norma a seguir. Esta imposición puede ser ejercida por un grupo de personas de reconocida ortodoxia, por las autoridades de un país o una región, por la clase política o simplemente por una convención social en un momento”72. Esta elección no es una preferencia elitista del autor, se debe a que los procesos posteriores de nivelación lingüística y de escolarización y evangelización de los hablantes criollos fueron llevados a cabo en las variedades oficiales. Sin embargo, no debe perderse de vista la importancia de las diferencias de registro, sobre todo en un contexto como el de San Andrés, en el cual la variante regional de la costa Caribe ha sido relevante en la evolución del criollo local, en razón de que el volumen migratorio de sus hablantes es mayor al de cualquier otro grupo del país, aún cuando la variedad oficial sea la elegida por la administración pública. Asimismo hay que precisar la naturaleza de la participación de las lenguas africanas: lo africano no se refiere a una realidad lingüística y cultural homogénea, más bien se trata de una convención que cataloga unidades étnicas heterogéneas. Los estudios comparativos entre otras lenguas criollas del Caribe demuestran la estrecha relación del criollo sanandresano con lenguas de África Occidental73 “especialmente en la tonalidad de la frase y los agudos cambios de registro tonal en el discurso”74. Las lenguas africanas tributarias del criollo isleño son el Twi75, el Mandinga, el Bendé, el Yoruba y el Ibo76. 71 Forbes, O. (1989). Aproximaciones, pp. 174. Forbes, O. (1989). Aproximaciones, pp. 174. 73 Marciat Dittmann ofrece un catálogo de palabras y expresiones de lenguas africanas en el criollo isleño. 74 Dittmann, M. (1992). El criollo sanandresano: lengua y cultura, pp.16. 75 Metzger, R. (2010). Using ICE Luke-Acts to improve creole students‟ English, pp.1. [Inédito]. 76 Dittmann, M. (1992). El criollo sanandresano: lengua y cultura, pp. 92. 72 37 Según Marcia Dittmann, una cuarta parte de los esclavos africanos que llegaron a San Andrés provenían de los actuales países de Gambia y Sierra Leona, de acuerdo a los datos sobre los esclavos importados a través de Jamaica; estos esclavos incluían los grupos lingüísticos Mandinga (del imperio Mali) y el Bendé77. De acuerdo con Holm, de estas dos lenguas o el “pidgen resultante del contacto de esta lenguas con el portugués y luego el inglés han sido la base estructural del criollo caribeño o el krío (criollo inglés de Sierra Leona)”78. Un factor relevante de la relación entre el criollo sanadresano y el Bendé es que, precisamente, Bendé es el nombre local dado al criollo, nombre que no se menciona para otros criollos “en este sentido es muy interesante que los nativos de San Andrés y Providencia denominan su criollo bendé y que „wen-den-men-de‟ son los marcadores de tiempo anterior y progresivo utilizados en la estructura verbal”79. Otro porcentaje de esclavos provino de la zona de la Costa de Oro, actual Gana, donde además del Bendé estaba presente la lengua Twi, hablada por los koromanti. Esta presencia lingüística se puede explicar en el alto porcentaje de palabras Twi aún existentes en el criollo caribeño, incluyendo en de las islas de San Andrés y Providencia80. Las presencias Igbo, Efik, Ibo y Yoruba también pueden suponerse, puesto que gran número de esclavos procedieron de la actual Nigeria y otros lugares del centro-occidente africano, como el Congo, Angola y Zambia, si bien sus herencias lingüísticas parecen ser menos conocidas (no menos importantes, por supuesto). La estructura verbal, los pronombres, la frase nominal, el uso de preposiciones y los cambios de registro tonal en el discurso están en relación con la estructura de otros criollos caribeños81, en especial del hablado en algunos puertos de la costa centroamericana del Caribe, entre Belice y Panamá, y Jamaica. 77 Dittmann, M. (1992). El criollo sanandresano: lengua y cultura, pp. 90. Dittmann, M. (1992). El criollo sanandresano: lengua y cultura, pp. 90. 79 Dittmann, M. (1992). El criollo sanandresano: lengua y cultura, pp. 93. 80 Dittmann, M. (1992). El criollo sanandresano: lengua y cultura, pp. 90. 81 Dittmann, M. (1992). El criollo sanandresano: lengua y cultura, pp.16. 78 38 ……… A diferencia de pasar conscientemente de una lengua otra (bilingüismo), el Continuo Lingüístico “es el hecho de mezclar los códigos en forma subconsciente o inconsciente. En este sentido se intercambian los códigos, se prestan los vocablos, se mezclan las estructuras sintácticas y se calca la entonación de una lengua a otra, utilizando diferentes variantes, unas seguidas de otras”.82 El Continuo Lingüístico es un esquema ideal de comunicación desarrollado por lingüistas norteamericanos en la década de los 70 para explicar la compleja situación lingüística de las comunidades caribeñas, que pasan: a) de hablar criollo a hablar una lengua metropolitana estándar de un momento a otros en un sistema de comunicación continuo, sin interrupciones, y b) en el que existen, además, una gama de posibilidades de expresión entre ambas lenguas, es decir, varios niveles de criollo en relación a su proximidad con lenguas africanas o la lengua metropolitana estándar83. El arquetipo del Continuo Lingüístico de las comunidades caribeñas explica el sistema de comunicación a la manera de péndulo, que expone las tensiones entre lo europeo y lo africano, evidentes también en el plano lingüístico. Un péndulo es un cuerpo sólido que desde una posición de equilibrio determinada por un punto fijo del que está suspendido, situado por encima de su centro de gravedad, oscila libremente hacia un lado y otro, desplazándose sobre una trayectoria circular con movimiento periódico entre ambos extremos de manera ininterrumpida. Los dos extremos del sistema pendular del Continuo Lingüístico sanandresano están definidos por el criollo, en un lado, y el inglés estándar, en el otro. El lingüística Oakley Forbes propone un esquema más elaborado que toma en cuenta el español y elabora el Continuo con un esquema de tres extremos: al inglés estándar y al criollo se le agrega el español, el cual se utiliza de manera extendida desde el siglo XX, cuando la inmigración de colombianos continentales desde la década de 1950, así como una etapa anterior del gobierno colombiano por introducir el uso del español por medio de la evangelización 82 83 Forbes, O. (1989). Aproximaciones, pp. 177. Dittmann, M. (1992). El criollo sanandresano: lengua y cultura, pp. 35. 39 católica y el uso de esta lengua en la educación pública, expandió el español como la tercera presencia lingüística de la isla. El uso de una lengua u otra no es caprichoso. Responde a la función social de cada una de ellas, empleándose respectivamente un código lingüístico, sea inglés, criollo o español, de acuerdo a los niveles contextuales del sujeto en cuestión84, ya que los registros lingüísticos varían según el momento y la intencionalidad de la comunicación. Los distintos lenguajes de uso cotidiano muestran la compleja situación multilingüe de la isla, donde los registros sociolingüísticos son determinados por múltiples factores contextuales y discursivos que van desde lo formal (estilizado y no estilizado) a lo práctico, a lo informal, a la jerga, etc.85. Según Dittmann, las funciones sociales de cada lengua varían de la siguiente manera: El español se utiliza como lengua formal en el extremo norte de San Andrés, conocido como North End. Es la lengua oficial de las oficinas públicas, los bancos, el comercio, el sistema educativo, los institutos tecnológicos y la mayoría de medios de comunicación 86. Es hablado por la población mayoritaria, los inmigrantes continentales, y por los demás sectores de inmigrantes que se articulan dentro de la sociedad isleña, árabes y judíos especialmente. El inglés estándar es la lengua formal y ritual de la comunidad isleña, aunque corresponde sobre todo a capas sociales elevadas “en la isla de Providencia, sitio más tradicional, se mantienen más las distinciones sociales del habla que en San Andrés y se puede escuchar – en una conversación informal- a una persona hablar en (…) un lenguaje personal estándar con otras personas que conversan con él en criollo”87. Este inglés “estándar” es de influencia estadounidense y jamaiquino (de las islas caimán) y su uso se da en las iglesias bautistas y en algunas católicas “[en las iglesias bautistas] ha sido el factor predominante en la conservación de esta variante desde la eliminación del inglés como primera lengua en el 84 Dittmann, M. (1992). El criollo sanandresano: lengua y cultura, pp. 24. Dittmann, M. (1992). El criollo sanandresano: lengua y cultura, pp. 38. 86 Dittmann, M. (1992). El criollo sanandresano: lengua y cultura, pp. 40. 87 Dittmann, M. (1992). El criollo sanandresano: lengua y cultura, pp. 40. 85 40 sistema educativo entre 1954 (escuelas públicas) y 1964 (las privadas), aunque las escuelas primarias bautistas continuaban enseñando el inglés junto con el español”88. Desde 1980, se reintrodujo el inglés en las escuelas públicas a través del programa de educación bilingüe89. La lengua criolla “es la lengua de la familia y la comunidad y sigue siendo la lengua materna de la mayor parte de la población raizal”90. Su uso se restringe a las esferas informales porque es oral y “el inglés permanece principalmente en las iglesias bautistas y en las conversaciones diarias de las personas mayores que se consideran de cierta distinción social”91, mientras que el español reemplaza paulatinamente al inglés estándar como el lenguaje formal del gobierno, escuela y comercio. Inglés y criollo son hablados principalmente en los sectores isleños de La Loma, San Luis y The Cove. Ahora bien, la otra dimensión pendular del criollo se da dentro de sí mismo. El criollo es una lengua fascinante, con un grado de complejidad tal que no existe un registro estándar de ella. Es una estructura lingüística con varios registros que se miden según su aproximación a uno de los dos polos propuestos en el Continuo Lingüístico: por un lado, está el basilecto, el criollo con mayor influencia africana o de otros criollos afro-caribeños, el habla más parecida a una lengua criolla del período de colonización, mientras que en el otro extremo está el acrolecto, la variante regional o local con mayor influencia de la lengua estándar,, en el caso isleño el inglés. Entre ambos polos están los denominados mesolectos, la gama de variaciones intermedias resultantes de diferentes grados de mezcla de características lingüísticas de los dos extremos, es decir, del grado de elementos africanos o ingleses en el hablar92. 88 Dittmann, M. (1992). El criollo sanandresano: lengua y cultura, pp. 40. Dittmann, M. (1992). El criollo sanandresano: lengua y cultura, pp. 16. 90 Dittmann, M. (1992). El criollo sanandresano: lengua y cultura, pp. 16. 91 Dittmann, M. (1992). El criollo sanandresano: lengua y cultura, pp. 16. 92 Dittmann, M. (1992). El criollo sanandresano: lengua y cultura, pp. 35. 89 41 El sistema del continuo lingüístico dentro del criollo trabaja con el modelo: BASILECTO – MESOLECTO- ACROLECTO (Criollo original)- (gamas entre ambos)- (lengua estándar) Los distintos tipos de criollo hablado se distinguen según la formación académica, religiosa y el estatus social de la persona. La distinción es tan importante que en la fonología se encuentra un paradigma vocálico de 7 vocales para el basilecto, que se amplía hasta incluir 12 sonidos vocálicos en el inglés isleño más parecido al inglés estándar. El basilecto es hablado por sectores de la población que en su mayor parte conforman las capas socioeconómicas inferiores “grupos no incluidos por los isleños que dicen „nosotros descendemos de ingleses, escoceses, irlandeses, etc.‟ O „antes del puerto libre todos los isleños sabían leer y escribir, había cien por ciento de alfabetización‟ o „los de Bottle Alley y Bottom House hablan diferente‟”93. El acrolecto es “el lenguaje de la „tierra prometida‟, de la respetabilidad, la religión de prestigio, la educación, la posición social y ojalá económica”94. Las variedades de los mesolenguajes se oyen en todas las conversaciones informales y de acuerdo con Dittmann, es el registro más hablado por los sanadresanos. 93 94 Dittmann, M. (1992). El criollo sanandresano: lengua y cultura, pp. 43. Dittmann, M. (1992). El criollo sanandresano: lengua y cultura, pp. 36. 42 3. CONVERGENCIAS CULTURALES Y DIGLOSIA CULTURAL La descripción, evaluación e interpretación de los procesos de interacción entre diferentes culturas es un tema de grandes controversias. De acuerdo al contexto del proceso, al lugar de producción de los investigadores y a la perspectiva desde la cual se entienda la cultura, las denominaciones y el valor dado a los resultados varía: mestizaje, hibridación, degeneramiento, aculturación o decadencia cultural, nociones teleológicas que entienden la interacción cultural como un camino concluido en la homogenización, con actores pasivos y victimizados frente a agentes dominantes y omnipotentes95; o, por el contrario, se habla de transacciones culturales, elementos de convergencia o diglosia cultural, entendiéndose el cambio cultural como un valor intrínseco de la cultura y, por tanto, todo resultado intercultural es positivo y natural, al menos neutral. Según Martín Lienhard, a lo largo del siglo XX se han desarrollado tres paradigmas en los que se inscriben las posturas desde las cuales se han analizado los macroprocesos de interacción cultural en América latina: el paradigma del mestizaje, el paradigma de la aculturación y el paradigma del pluralismo cultural96. Los dos primeros paradigmas entienden la cultura como una entidad cerrada en la que el cambio es sinónimo de interferencia, mientras que el último sitúa a la cultura como una praxis diaria de la colectividad que la disfruta, razón por la cual es contingente y las transformaciones hacen parte de su esencia, nunca preestablecida o inmóvil. Cultura es uno de los conceptos más problemáticos de las ciencias sociales en razón de que tiene múltiples significados. De acuerdo con Jas Reuter, el único punto de coincidencia Lienhard, M (s.f.). Sociedades heterogéneas y diglosia cultural, pp. 97. Disponible en internet: http://books.google.com.co/books?hl=es&lr=&id=sTXkuHNdZp0C&oi=fnd&pg=PA93&dq=martin+lienhard &ots=rw0rE2M5Iv&sig=hVJ8S1QtZqFPSa05rX4VgL894aI#v=onepage&q=martin%20lienhard&f=false 96 Lienhard, M (s.f.). Sociedades heterogéneas y diglosia cultural, pp. 94. Disponible en internet: http://books.google.com.co/books?hl=es&lr=&id=sTXkuHNdZp0C&oi=fnd&pg=PA93&dq=martin+lienhard &ots=rw0rE2M5Iv&sig=hVJ8S1QtZqFPSa05rX4VgL894aI#v=onepage&q=martin%20lienhard&f=false 43 entre las diferentes conceptualizaciones es que “es algo creado por el hombre, frente a la naturaleza”97. No obstante la polisemia, las definiciones muestran la tensión entre cambio y permanencia, entre transformación y continuidad, una ambivalencia nuclear que Zygmunt Bauman denomina la “Paradoja de la Cultura”: hay paradoja cuando “dos proposiciones resisten a ser refutadas con la misma fuerza, con lo que sólo se las puede aceptar o rechazar conjuntamente”98; las dos tesis en cuestión se encuentran en el mismo universo discursivo, que aquí es el hombre, la condición humana, su conducta y las relaciones sociales. Esto significa que cambio y continuidad no son mutuamente excluyentes y aunque parezcan antagónicas hacen parte de una asociación necesaria para entender la cultura; si se rechaza una habría que rechazar a la otra, si se acepta una, también se acepta a la otra. La cultura es una paradoja. Se refiere “tanto a la invención como a la preservación, a la discontinuidad como a la continuidad, a la novedad como a la tradición, a la rutina como a la ruptura de modelos, al seguimiento de las normas como a su superación, a lo único como a lo corriente, al cambio como a la monotonía de la reproducción, a lo inesperado como a lo impredecible”99. Inmersa en esta tensión se encuentra el caso de Yerimaia: su novedad lingüística –transformación- no ha significado la destrucción de su cultura, tanto a nivel individual porque no es un sujeto traumatizado por su estado lingüístico, como a nivel colectivo porque la etnia raizal lo acepta dentro de su grupo identitario–permanencia-, que tampoco ha entrado en crisis con esta característica lingüística de varios sujetos de las generaciones más jóvenes. En efecto, cambio y permanencia son dos nociones que se han proyectado sobre la naturaleza de todo hecho cultural sin acabar con la unidad del concepto de cultura, que subsume, concilia, supera y oblitera sus propias contradicciones100. 97 J. Reuter, “Prejuicios y preguntas en torno a la cultura popular”, En Cultura Popular: Enfoques desde América Latina, Bogotá, Dimensión educativa, 1986, p. 9. 98 Bauman, Z. (2002). La cultura como praxis, pp. 23. Bauman, Z. (2002). La cultura como praxis, pp. 22. 100 Bauman, Z. (2002). La cultura como praxis, pp. 23. 99 44 El paradigma del mestizaje responde a una concepción decimonónica de la cultura, que está automáticamente alineada con el concepto de raza, formando un todo indisoluble. Bajo esta teoría, las consecuencias del mestizaje eran negativas y en el caso americano, la unión de las tres “razas” implicadas (amerindia, europea y africana) producía elementos culturales degenerados en los que prevalecían los rasgos primitivos101: de hecho, el mestizaje era visto como la causa del atraso político, económico, social y cultural de las sociedades latinoamericanas. Este paradigma caducaría porque su inspiración biológica hacía de las culturas un hecho ontológico emanado mecánicamente de la condición racial, sin darle cabida a ninguno de los factores básicos contextuales y sociales presentes en los procesos de encuentros culturales, innecesarios cuando la raza, dada por sí misma, explica todo. Por su parte, el paradigma de la aculturación tiene como postulado inicial el antagonismo entre las culturas tradicionales, que en el contexto americano son las amerindias, africanas y rurales, y las culturas modernas, de ascendencia europea y de carácter urbano. A partir de esta perspectiva dual “los procesos culturales concretos tienden a reducirse a un movimiento paralelo de retroceso -pérdidas culturales en serie de las culturas tradicionales y avance de la cultura modernizadora-”102. En los contactos, las culturas tradicionales son pasivas y víctimas de un proceso denominado “aculturación”, sin capacidad ni estrategias de resistencia, de adaptación o de renovación cultural103, en el que la cultura tradicional pierde su esencia (es a-culturizada, a, sin cultura). Por tanto, los encuentros culturales son reducidos a procesos de asimilación en un solo sentido: la cultura dominante pone las reglas de admisión y evalúa los resultados de la adaptación “desde la perspectiva de los recién 101 Lienhard, M (s.f.). Sociedades heterogéneas y diglosia cultural, pp. 95. Disponible en internet: http://books.google.com.co/books?hl=es&lr=&id=sTXkuHNdZp0C&oi=fnd&pg=PA93&dq=martin+lienhard &ots=rw0rE2M5Iv&sig=hVJ8S1QtZqFPSa05rX4VgL894aI#v=onepage&q=martin%20lienhard&f=false 102 Lienhard, M (s.f.). Sociedades heterogéneas y diglosia cultural, pp. 96. Disponible en internet: http://books.google.com.co/books?hl=es&lr=&id=sTXkuHNdZp0C&oi=fnd&pg=PA93&dq=martin+lienhard &ots=rw0rE2M5Iv&sig=hVJ8S1QtZqFPSa05rX4VgL894aI#v=onepage&q=martin%20lienhard&f=false 103 Lienhard, M (s.f.). Sociedades heterogéneas y diglosia cultural, pp. 97. Disponible en internet: http://books.google.com.co/books?hl=es&lr=&id=sTXkuHNdZp0C&oi=fnd&pg=PA93&dq=martin+lienhard &ots=rw0rE2M5Iv&sig=hVJ8S1QtZqFPSa05rX4VgL894aI#v=onepage&q=martin%20lienhard&f=false 45 llegados, asimilación significa transformación, mientras que para el sistema, quiere decir reafirmación de la identidad propia”104. De acuerdo con Lienhard, los paradigmas del mestizaje y de la aculturación entienden la cultura desde una perspectiva de la continuidad. Talcott Parsons afirmaba que la cultura era un patrón de regularidad, un modelo de continuidades, mientras que el cambio era una desviación, la ruptura de las normas105. En este sentido cultural, el cambio es una desviación porque la cultura “está llamada a representar un papel decisivo como medidora que asegure el encaje de los sistemas social y de personalidad: sin cultura, no son posibles ni las personalidades humanas ni los sistemas sociales humanos”106. Esta perspectiva proviene de la antropología ortodoxa que entiende la cultura como “un agregado o, mejor, un sistema coherente de presiones apoyadas sobre sanciones, de valores y normas interiorizados, de hábitos que garantizasen la repetición de las conductas individuales y así también su predictibilidad y la monotonía de su reproducción”107. Zygmunt Bauman define los sistemas como agregados limitados de elementos dentro de una lógica lo suficientemente estable para definir cuáles están dentro y cuáles fuera. Aunque sus componentes no sean homogéneos, existe una asociación que de alguna manera hace que la heterogeneidad funcione en conjunto; los elementos sistémicos están interrelacionados entre sí, mutuamente dependientes, razón por la cual el estado de cada elemento depende de los estados de todos los demás componentes del sistema “por tanto, la red de dependencias en que se ven involucrados todos los elementos limita la gama de posibles variaciones en el estado de cada uno de ellos”108. Los pasos incontrolados por las fronteras del sistema equivalen a su colapso. Mientras se observen cambios dentro de un cierto margen de límite, el sistema se halla en equilibrio, 104 Lienhard, M (s.f.). Sociedades heterogéneas y diglosia cultural, pp. 96. Disponible en internet: http://books.google.com.co/books?hl=es&lr=&id=sTXkuHNdZp0C&oi=fnd&pg=PA93&dq=martin+lienhard &ots=rw0rE2M5Iv&sig=hVJ8S1QtZqFPSa05rX4VgL894aI#v=onepage&q=martin%20lienhard&f=false 105 Bauman, Z. (2002). La cultura como praxis, pp. 27. 106 Bauman, Z. (2002). La cultura como praxis, pp. 29. 107 Bauman, Z. (2002). La cultura como praxis, pp. 27. 108 Bauman, Z. (2002). La cultura como praxis, pp. 34. 46 porque retiene “la capacidad para recuperar su forma característica y para preservar su identidad a pesar de las perturbaciones locales y temporales”109, pero si una de sus unidades alcanza un punto sin retorno, el sistema se encontrará en desequilibrio. “Se pueden dejar entrar elementos externos bajo ciertas condiciones: deben emprender un proceso de adaptación o acomodación, es decir, una modificación que les permita encajar en el sistema o, que es lo mismo, que permita a éste asimilarlos”110. El cambio tiene límites porque los elementos del sistema producen un “orden [que] se opone al azar. Supone la reducción progresiva del espectro de posibilidades” 111. El orden significa la manipulación de las probabilidades de los acontecimientos que pueden ocurrir, no su anulación “si lo que se debe ordenar es un conjunto de seres humanos, la tarea consiste en incrementar la probabilidad de que se den ciertas pautas de conducta mientras que las otras se reducen o eliminan”112. En efecto, Yerimaia no se levantará un día leyendo en perfecto árabe la Sura del Viaje Nocturno de Mahoma. Por el contrario, sí es posible que hable como lengua materna un idioma distinto al de su madre: ha dado un salto cualitativo porque sin premeditación, espontáneamente, ha adquirido la lengua de otra identidad étnica, pero adopta el español y no otra porque aquel está dentro del rango de posibilidades que sus relaciones cotidianas le permite. Si la cultura fuera un sistema, la adopción lingüística de Yerimaia tendría dos consecuencias: 1). Si esta extravagancia tuviera un punto de retorno, Yerimaia podría permanecer dentro del sistema porque el desequilibrio se habría revertido, así haya afectado de una u otra forma los demás elementos sistémicos porque una variación determinada conlleva otro tipo de variaciones. 2) Si el elemento en desequilibrio no se revirtiera “o para expresarlo en forma negativa, si no se mantiene a raya”113 debería ser expulsado del sistema, sea por asimilación o por rechazo. Desde una perspectiva sistémica, la adopción lingüística de Yerimaia sería un elemento en desequilibrio, una desviación que pone en 109 Bauman, Z. (2002). La cultura como praxis, pp. 34. Bauman, Z. (2002). La cultura como praxis, pp. 35. 111 Bauman, Z. (2002). La cultura como praxis, pp. 22. 112 Bauman, Z. (2002). La cultura como praxis, pp. 23. 113 Bauman, Z. (2002). La cultura como praxis, pp. 34. 110 47 peligro la permanencia del sistema porque integra de súbito un elemento emergente que estaba fuera de la identidad cultural y, de paso, es una ruptura con connotaciones negativas, un factor azaroso que contrarresta el orden. Ninguna de las dos opciones de la idea sistémica parecen aquí funcionar: permanecer porque la transformación lingüística alcanza un punto de retorno no es viable ya que Yerimaia habla español y no creole, así que no hay un punto de retorno, por lo menos cercano mientras se encuentre en la cárcel (durante los próximos cinco años) y en San Andrés no haya una oferta educativa para aprender el criollo como una segunda lengua. Ser expulsado del sistema tampoco funciona porque la comunidad étnica sanandresana lo acepta tal cual, puesto que al poner en conocimiento a sus miembros sobre el estado lingüístico de Yerimia, si bien produce preocupación, no repercute en una expulsión. Entonces, el sistema no es una perspectiva cultural coherente para entender lo que ha ocurrido con Yerimaia ¿desde dónde entenderlo? Tras un cambio tan drástico como lo supone la lengua, la permanencia étnica y cultural se da porque, primero, la lengua no es un criterio absoluto de identificación y, segundo, porque la cultura no es un sistema. La cultura es una matriz, un concepto de Bauman que la explica como un núcleo contingente en el que transformación permite la continuidad de quienes disfrutan del cambio sin la expulsión. O en este caso, la adopción lingüística de Yerimia y continuar siendo raizal. Efectivamente, Bauman percibe el cambio como un elemento inherente al concepto de cultura, parte de su complejidad que no destruye su coherencia. Es precisamente la negación del cambio y su valoración negativa lo que representa el “talón de Aquiles” del concepto ortodoxo de cultura y los paradigmas que se cobijan bajo este. “Esta debilidad actual de la teorización cultural refleja la nueva determinación de enfrentar a la paradoja en toda su complejidad, en toda su ambivalencia”114. Según Bauman, el cambio es tan 114 Bauman, Z. (2002). La cultura como praxis, pp. 30. 48 importante que la cultura no es un estado sino un proceso, es decir, no es algo terminado, sino en incesante elaboración. El combate entre cambio y permanencia “nunca se detiene, es el verdadero estilo de vida de todas las culturas: la sedimentación de las formas de vida y su erosión van de la mano, a pesar de que actúan en proporciones y ritmos diversos, con lo que, de vez en cuando, se altera el equilibrio entre los dos aspectos del proceso cultual”115. El paradigma de la “pluralidad cultural” reconoce la matriz cultural. Acepta a la cultura desde su heterogeneidad intrínseca y su carácter contingente, abandonando las posturas monolíticas y otorgando la prioridad de las realidades culturales a las prácticas concretas de quienes las disfrutan: la cultura como praxis, como una realización constante y circunstancial con fronteras porosas “que algunos desean cerrar más ajustadamente, sin que nadie sea capaz de hacerlo”116. Claude Lévi-Strauss afirmó que la cultura no era un inventario finito de elementos –un sistema- o un código estable de conductas relacionadas y complementarias, sino “una estructura de elecciones, una matriz de permutaciones posibles, finitas en número, pero prácticamente incontables”117. La idea de que la cultura sea capaz de producir proposiciones contradictorias sin perder su identidad es lo que Bauman llama la Revolución Lévi-Straussina: un giro epistemológico que marcó el final del alineamiento de la cultura con la postura continuista del dilema entre continuidad y discontinuidad. “La oposición entre continuidad y discontinuidad parecía perder su poder perturbador: la continuidad pasaba a ser una inacabable cadena de permutaciones e innovaciones”118. Y como la cultura es inacabada, incompleta, la transformación se convierte en algo positivo119. Entonces, la adopción lingüística se convierte en una dinámica natural de la praxis cultural: La lengua materna de Yerimaia es una permutación posible dentro de las prácticamente incontables que pueden originarse al seno de una cultura. Lévi-Strauss niega 115 Bauman, Z. (2002). La cultura como praxis, pp. 32. Bauman, Z. (2002). La cultura como praxis, pp. 36. 117 Claude Lévi-Strauss citado por Bauman, Z. (2002). La cultura como praxis, pp. 46. 118 Bauman, Z. (2002). La cultura como praxis, pp. 47. 119 Bauman, Z. (2002). La cultura como praxis, pp. 49. 116 49 la “estructura” de una cultura cuando esta se ha convertido en “un dispositivo que recorta, trunca, encadena, entorpece, en un determinante de libertad, de un arma de la uniformidad”120. Si bien las actividades humanas están estructuradas, la idea de estructura como tal no es sino una abstracción de esta restricción del azar sobre los tipos infinitamente variados de interacciones humanas. Por su parte, la postura neoestructuralista de las culturas afirma que “las culturas no se pueden considerar sistemas cerrados, acotados, con límites bien definidos y centros fijos”121. Un orden cultural específico nunca exhibe unidades preestablecidas inamovibles o esenciales, por el contrario “habrá elementos que aparecen como distintivos en múltiples circunstancias, unos que gozarán de una vida más duradera y otra más efímera” 122. De hecho, el juego de presencias y ausencias de elementos es lo que constituye la estructura de las matrices culturales, es decir, la incesante transformación es la lógica de toda cultura. Las culturas son organizaciones descentradas que de acuerdo con las circunstancias y al contexto histórico “un conjunto de elementos heterogéneos aparecen, desaparecen, se repiten, se sumergen para permanecer en estado latente y otros reaparecen en diferente interrelación”123. Esto explica que una cultura esté abierta al cambio y que un elemento aparentemente constitutivo, como la lengua, sea prescindible dentro de la identificación étnica porque los elementos distintivos de una cultura no se llegan a constituir como elementos esenciales o inamovibles, por el contrario “habrá elementos que aparecen como distintivos en múltiples circunstancias, unos que gozarán de una vida más duradera y otra más efímera”. 120 Bauman, Z. (2002). La cultura como praxis, pp. 46. Lienhard, M (s.f.). Sociedades heterogéneas y diglosia cultural, pp. 86. Disponible en internet: http://books.google.com.co/books?hl=es&lr=&id=sTXkuHNdZp0C&oi=fnd&pg=PA93&dq=martin+lienhard &ots=rw0rE2M5Iv&sig=hVJ8S1QtZqFPSa05rX4VgL894aI#v=onepage&q=martin%20lienhard&f=false 122 Lienhard, M (s.f.). Sociedades heterogéneas y diglosia cultural, pp. 87. Disponible en internet: http://books.google.com.co/books?hl=es&lr=&id=sTXkuHNdZp0C&oi=fnd&pg=PA93&dq=martin+lienhard &ots=rw0rE2M5Iv&sig=hVJ8S1QtZqFPSa05rX4VgL894aI#v=onepage&q=martin%20lienhard&f=false 123 Lienhard, M (s.f.). Sociedades heterogéneas y diglosia cultural, pp. 87. Disponible en internet: http://books.google.com.co/books?hl=es&lr=&id=sTXkuHNdZp0C&oi=fnd&pg=PA93&dq=martin+lienhard &ots=rw0rE2M5Iv&sig=hVJ8S1QtZqFPSa05rX4VgL894aI#v=onepage&q=martin%20lienhard&f=false 121 50 Sin embargo, la posibilidad de transformación no explica por qué se da el paso de elementos de una matriz cultural a otra. ¿Hasta qué punto el desplazamiento deja de ser un desplazamiento de elementos de la misma matriz cultural y se apropia de elementos de otra matriz? Cuando se habla de heterogeneidad cultural se considera no sólo que las culturas son sistemas abiertos sino que, asimismo, se desenvuelven en relación con otras organizaciones culturales, no están aisladas y es posible pensar en los “puntos de convergencia cultural y las lógicas de divergencia cultural al mismo tiempo para entender aquellos elementos que atraviesan los diferentes tejidos culturales, los puntos en que se tocan las culturas y las lógicas particulares a partir de las cuales se alejan”124. Según Lienhard, los puntos de convergencia cultural son los elementos que atraviesan distintos contextos culturales, compartidos por diferentes grupos sociales o distintas matrices culturales125. La convergencia cultural promueve la interconexión de los tejidos culturales en contacto y permiten la expansión de discursos de diversa naturaleza. En este escenario, la adquisición lingüística de Yerimaia es un valor positivo que puede significar el acercamiento de dos matrices culturales, a diferencia del concepto de aculturación, que lo vería como una degeneración, producto del avance de una cultura dominante. Si la convergencia lingüística puede permitir la comunicación entre dos matrices culturales, más allá de ser un cambio inherente al propio concepto de cultura Yerimaia es el eslabón entre el raizal afrodescendiente y el colombiano continental que se considera isleño, habitantes hoy de una misma isla. Entonces, lo que podría catalogarse como pérdida cultural se puede pensar como esperanza: Yerimaia es un Superhombre que trasciende su propio destino para encerrar dentro de sí el fin del antagonismo como eterno “otros” del raizal y el descendiente de inmigrantes continentales. Sí, él está en medio de ambas matrices culturales porque hace ya parte de ambos mundos, pero sin tener un pie en uno y 124 Lienhard, M (s.f.). Sociedades heterogéneas y diglosia cultural, pp. 88. Disponible en internet: http://books.google.com.co/books?hl=es&lr=&id=sTXkuHNdZp0C&oi=fnd&pg=PA93&dq=martin+lienhard &ots=rw0rE2M5Iv&sig=hVJ8S1QtZqFPSa05rX4VgL894aI#v=onepage&q=martin%20lienhard&f=false 125 Lienhard, M (s.f.). Sociedades heterogéneas y diglosia cultural, pp. 88. Disponible en internet: http://books.google.com.co/books?hl=es&lr=&id=sTXkuHNdZp0C&oi=fnd&pg=PA93&dq=martin+lienhard &ots=rw0rE2M5Iv&sig=hVJ8S1QtZqFPSa05rX4VgL894aI#v=onepage&q=martin%20lienhard&f=false 51 en otro. Todo lo contario, sus pies están en un único lugar, un solo universo que él ha reunido: homo-yerimaius. Ahora bien, la convergencia cultural no significa igualdad de significación porque los factores convergentes no representan lo mismo para las matrices implicadas: los puntos de convergencia muestran elementos con los que diferentes culturas se conectan en su trayecto social e histórico, pero estos trayectos se muestran, todo lo contrario, como “lógicas de divergencia cultural que están configuradas por los desniveles socio-económicos y políticos, así como por lógicas locales de producción cultural”126. Los elementos comunes no repercuten de igual forma en las sociedades convergentes porque son interpretados en su contexto particular, en el que se debe tomar en cuenta factores como las distintas prácticas cotidianas, las diferentes lógicas espacio-temporales, el contexto físico y geográfico, las normas de comportamiento social, el consumo cultural, los distintos grados de escolarización, la memorial colectiva y los discursos dominantes, etc. Es indispensable ver las tensiones entre los elementos de convergencia cultural junto con los de divergencia porque “lo que une y separa a las culturas entre sí está funcionando al mismo tiempo, aunque con diferentes intensidades, lo cual marca la tensión entre ambas tendencias”127. Aunque Yerimaia haya adoptado el español como lengua materna no significa lo mismo para él que para un joven cartagenero de su edad, por ejemplo… ¿qué diferencia hay? desde el punto de vista de Yerimaia, supone la ruptura con un paradigma cultural relevante en la praxis de la comunidad étnica sanadresana: la Diglosia Cultural. La Diglosia es un paradigma de la sociolingüística. Remite a la coexistencia en el seno de una formación social de dos normas lingüísticas de prestigio social desigual, normas comunicativas que marcan distinción de clase, ya que una de las dos goza de mayor 126 Lienhard, M (s.f.). Sociedades heterogéneas y diglosia cultural, pp. 88. Disponible en internet: http://books.google.com.co/books?hl=es&lr=&id=sTXkuHNdZp0C&oi=fnd&pg=PA93&dq=martin+lienhard &ots=rw0rE2M5Iv&sig=hVJ8S1QtZqFPSa05rX4VgL894aI#v=onepage&q=martin%20lienhard&f=false 127 Lienhard, M (s.f.). Sociedades heterogéneas y diglosia cultural, pp.90. Disponible en internet: http://books.google.com.co/books?hl=es&lr=&id=sTXkuHNdZp0C&oi=fnd&pg=PA93&dq=martin+lienhard& ots=rw0rE2M5Iv&sig=hVJ8S1QtZqFPSa05rX4VgL894aI#v=onepage&q=martin%20lienhard&f=false 52 prestigio y es considerada como la forma culta del lenguaje “la norma A corresponde al lenguaje más prestigiado: el de los sectores dominantes o hegemónicos, del aparato estatal y sus dependencias, de „la alta cultura‟”128; se trata, por lo general, de un idioma de tradición escrita. La norma B es el registro informal, de tradición oral y aun cuando es hablado por toda la población “remite a los vehículos de comunicación verbal de los sectores subalternos, populares o marginados”129. Esta diferenciación hace que la diglosia se considere una práctica asimétrica de bilingüismo. En la práctica, ambas normas –la prestigiosa y la subalterna –pueden abarcar varios idiomas. En la América colonial, por ejemplo, la norma A no incluía sólo el español o el portugués, sino también el latín y las lenguas indígenas que los misioneros habían transformado en lenguajes escritos. A la norma B pertenecían las lenguas amerindias orales, los criollos y la variante populares de los idiomas europeos130. En el caso de San Andrés, la norma A fue el inglés de Inglaterra durante el período colonial y la permanencia de una sociedad de plantación (siglo XVII y un segundo período de finales del XVIII-primera mitad del XIX). Más adelante sería el inglés americano, la lengua litúrgica de la Iglesia Bautista y del comercio del coco, que desde la segunda mitad del siglo XIX hasta la década del 30 del XX entrelazaría comercialmente al archipiélago con Estados Unidos; es el tipo de inglés que sigue considerándose prestigioso. El español pertenece también a la norma A, que desde finales del siglo XIX y todo el siglo XX ha sido la lengua de la administración pública y de la educación oficial, si bien hoy hay programas de educación bilingüe en escuelas públicas (español-inglés). Al igual que en el contexto colonial, el criollo continúa siendo el lenguaje subalterno, el registro de menor prestigio. 128 Lienhard, M (s.f.). Sociedades heterogéneas y diglosia cultural, pp. 99. Disponible en internet: http://books.google.com.co/books?hl=es&lr=&id=sTXkuHNdZp0C&oi=fnd&pg=PA93&dq=martin+lienhard &ots=rw0rE2M5Iv&sig=hVJ8S1QtZqFPSa05rX4VgL894aI#v=onepage&q=martin%20lienhard&f=false 129 Lienhard, M (s.f.). Sociedades heterogéneas y diglosia cultural, pp. 99. Disponible en internet: http://books.google.com.co/books?hl=es&lr=&id=sTXkuHNdZp0C&oi=fnd&pg=PA93&dq=martin+lienhard &ots=rw0rE2M5Iv&sig=hVJ8S1QtZqFPSa05rX4VgL894aI#v=onepage&q=martin%20lienhard&f=false 130 Lienhard, M (s.f.). Sociedades heterogéneas y diglosia cultural, pp. 100. Disponible en internet: http://books.google.com.co/books?hl=es&lr=&id=sTXkuHNdZp0C&oi=fnd&pg=PA93&dq=martin+lienhard &ots=rw0rE2M5Iv&sig=hVJ8S1QtZqFPSa05rX4VgL894aI#v=onepage&q=martin%20lienhard&f=false 53 Sin embargo, la Diglosia va más allá de las cuestiones idiomáticas y puede aplicarse a la cultura bajo la forma de Diglosia Cultural, que funciona de manera similar a la diglosia lingüística: la capacidad de articular dos prácticas culturales que, a diferencia del mestizaje o de la hibridación, no tratan su fusión en un resultado, sino, por el contrario, su uso como dos sistemas diferentes “es el hecho de que un individuo o un grupo socio-cultural combine o articule unas prácticas culturales que pertenecen, en su origen, a repertorios distintos”131. De esta forma, la cultura de un individuo se puede considerar como un abanico de prácticas diversas, aparentemente contradictorias, pero que se manifiestan de forma efectiva. Quienes manejen un mismo repertorio de posibilidades en los mismos contextos se constituyen como un grupo social con Diglosia Cultural, como el caso de los isleños raizales, que juegan entre lo africano y lo anglocaribeño. Por tanto, este grupo no se identifica con una cultura particular, sino “por una actitud convergente frente a los repertorios culturales disponibles en algún lugar y momento”132. Ahora bien, al igual que en la lingüística, la coexistencia de las prácticas culturales no es de forma democrática, no tiene la misma valoración ni la misma carga positiva “la combinación de prácticas culturales que realiza un individuo o sector socio-cultural se da, en efecto, en un marco sociopolítico y económico que valoriza y favorece o, al contrario, descalifica y discrimina determinadas prácticas”. En esta forma, las normas culturales metropolitanas son las prácticas prestigiosas y usadas por los sectores dominantes y las normas culturales de los marginales corresponderían a las prácticas “prohibidas, discriminadas o simplemente despreciadas de los de abajo”133. 131 Lienhard, M (s.f.). Sociedades heterogéneas y diglosia cultural, pp. 98. Disponible en internet: http://books.google.com.co/books?hl=es&lr=&id=sTXkuHNdZp0C&oi=fnd&pg=PA93&dq=martin+lienhard &ots=rw0rE2M5Iv&sig=hVJ8S1QtZqFPSa05rX4VgL894aI#v=onepage&q=martin%20lienhard&f=false 132 Lienhard, M (s.f.). Sociedades heterogéneas y diglosia cultural, pp. 98. Disponible en internet: http://books.google.com.co/books?hl=es&lr=&id=sTXkuHNdZp0C&oi=fnd&pg=PA93&dq=martin+lienhard &ots=rw0rE2M5Iv&sig=hVJ8S1QtZqFPSa05rX4VgL894aI#v=onepage&q=martin%20lienhard&f=false 133 Lienhard, M (s.f.). Sociedades heterogéneas y diglosia cultural, pp. 100. Disponible en internet: http://books.google.com.co/books?hl=es&lr=&id=sTXkuHNdZp0C&oi=fnd&pg=PA93&dq=martin+lienhard &ots=rw0rE2M5Iv&sig=hVJ8S1QtZqFPSa05rX4VgL894aI#v=onepage&q=martin%20lienhard&f=false 54 Este antagonismo es evidente en las dos identidades que Marcia Dittmann identifica como las que participan en el sistema de Diglosia Cultural de la comunidad isleña: la identidad africana o afrocaribeña, y la identidad anglo o anglocaribeña. La identidad anglocaribeña es la identidad ideal, de prestigio, derivada de la memoria histórica de la colonización británica en los siglos XVII-XVIII y renovada por la llegada de la religión bautista protestante norteamericana a mitad del siglo XIX y por los lazos comerciales con Estados Unidos en las primeras tres décadas del siglo XX, en el contexto de la economía del coco. Además, los sanandresanos enfatizan sus relaciones de parentesco y su similitud cultural con comunidades caribeñas centroamericanas de habla inglesa en Nicaragua, Costa Rica y Panamá, así como en Jamaica y las islas Caimán “todo isleño que puede resaltar su herencia inglesa y en expresiones atemporales habla de su abuelo escocés, inglés, holandés, etc. Aunque este „abuelo‟ haya llegado a las islas antes de 1794”134. Al contrario, la identidad afrocaribe es la identidad popular, que aunque se trate de obviar por algunos sectores sociales sanadresanos, Dittmann asegura que es un componente importante de la identidad étnica general135. Se encuentra en las tradiciones orales, la medicina y en la consciencia de un pasado histórico común marcado por la esclavitud. La convergencia cultural está restringida a aspectos que favorezcan la interconexión en ciertos contextos históricos. En ese sentido, la convergencia se da en una dimensión temporal. Por tanto, la adopción del español por parte de Yerimaia responde a un contexto específico de su matriz cultural en el que elementos como el criollo entran en desuso, mientras el idioma español se convierte en un rasgo distintivo y pertinente. Ahora ¿cuál es ese contexto específico? 134 135 Dittmann, M. (1992). El criollo sanandresano: lengua y cultura, pp. 112. Dittmann, M. (1992). El criollo sanandresano: lengua y cultura, pp. 103. 55 4. HOMO-YERIMAUS Según la lingüista norteamericana Marcia Dittmann, la lengua es un elemento constituyente de la etnicidad de la comunidad raizal del archipiélago de San Andrés y Providencia. En efecto, uno de los factores determinantes para su relocalización de “pueblo nativo de las islas” a “grupo étnico” se logró con base en la particularidad de su lengua, tras estudios lexo-gramaticales, algunos datos consignados en documentos oficiales y la observación de la vida cotidiana, donde relatos e historias de la tradición oral y entrevistas informales con miembros de la comunidad isleña revelaron la importancia del factor lingüístico en la cohesión de sus hablantes y, por lo mismo, en su estatus étnico136. El grupo humano que se identifica con una etnia es el grupo étnico “el conjunto social que ha desarrollado formas de identidad enfatizando los componentes étnicos”137 y la identidad que comparte, la identidad étnica. La idea de la identidad es recurrente en las posturas de diferentes autores y confiere las dimensiones psicológica y cultural a la etnia, diferenciándola del concepto de raza, de matices biológicos, o de clase social, que considera criterios económicos “generalmente, una clase socioeconómica contiene en su interior diversos grupos étnicos y un grupo étnico puede abarcar diversas clases”138. Para Nina S. de Friedemann, los isleños del archipiélago de San Andrés y Providencia son un grupo étnico porque sus miembros se identifican como tal valiéndose de su comunidad cultural, representada especialmente en la religión, la lengua y una historia compartida139: La comunidad isleña raizal con raíces histórico-culturales de profundidad africana, como grupo étnico, está ligada por una herencia cultural y por el sentido de su pertenencia al grupo que comparte lengua, religión, valores, creencias y costumbres que la diferencian de otras culturas: la de los indios en el continente, la de las continentales en las diversas regiones andinas, selváticas o ribereñas 140. 136 Dittmann, M. (1992). El criollo sanandresano: lengua y cultura, pp. 87. 137 Deleón Meléndez, O.C, “Etnia y género”, pp.14. 138 Deleón Meléndez, O.C, “Etnia y género”, pp.16. 139 De Friedemann, N. “San Andrés y Providencia: sus derechos étnicos y culturales”, pp. 136. 140 De Friedemann, N. “San Andrés y Providencia: sus derechos étnicos y culturales”, pp. 134. 56 De Friedemann afirma que la permanencia étnica radica en torno al sentimiento de identidad, en el que la cultura juega un rol de primer orden porque “es necesario un origen común y que las costumbres, lengua y organización social sean también comunes”141. Desde esta perspectiva, la lengua tendría un papel indispensable en la identidad “debido a su valor simbólico y su función para la creación y el mantenimiento de la conciencia colectiva”142, conciencia que se define en relación a una serie de vínculos, dentro de los cuales la lengua nativa es uno de los más importantes143. De hecho, autores sostienen que los conceptos de lengua e identidad (nacional, étnica o cultural) están tan superpuestos que resulta difícil imaginar por separado el uno de los otros144; incluso en textos antiguos y en algunos idiomas las voces para “lengua”, “pueblo” y “nación” son las mismas. Asimismo, varios modelos lingüísticos afirman la interdependencia entre lengua y cultura. “Ya que el lenguaje forma parte del comportamiento específicamente humano, siendo una de sus características más conspicuas, las lenguas son sistemas de reglas que subyacen a comportamientos humanos concretos y diferenciados, son parte de una cultura”145. Además, la relación se hace más estrecha porque la cultura “se transmite mediante el lenguaje, esto es que las lenguas concretas se encargan de recoger el conjunto diferenciado de los comportamientos y pensamientos que constituyen el acervo cultural, difundiendo su conocimiento entre los poseedores de esa lengua”146. Sin embargo, existen otras perspectivas que distinguen claramente entre lengua e identidad colectiva147. A diferencia de como con frecuencia se tiende a exagerar, la lengua no es un “criterio suficiente, aparentemente ni siquiera un criterio necesario para la identidad colectiva de un grupo determinado”148. La religión, el sexo, la clase social, el territorio, entre muchos más, son criterios de referencia para hacer parte de este y no de aquel grupo o 141 Deleón Meléndez, O.C, “Etnia y género”, pp.13. 142 Groll, I. (2009). Lenguas autóctonas en Colombia, pp. 63. Groll, I. (2009). Lenguas autóctonas en Colombia, pp. 64. 144 Zabaltza, X. (2006). Una historia de las lenguas y los nacionalismos, pp. 22. 145 Acero Fernández, J (1996). Introducción a la filosofía del lenguaje, Madrid, Ediciones Cátedra, pp.254. 146 Acero Fernández, J (1996). Introducción a la filosofía del lenguaje, pp. 254. 147 Zabaltza, X. (2006). Una historia de las lenguas y los nacionalismos, pp. 23. 148 Kremmintz citado en Groll, I. (2009). Lenguas autóctonas en Colombia, pp. 64. 143 57 lugar social y, por tanto, la lengua pierde su valor constituyente de los grupos étnicos. Según el lingüista Einar Haugen, la lengua es un elemento de identidad colectiva cuando se utiliza como “un „artefacto cultural‟ y no [es], como lo pretenden románticos y postrománticos, la base de la conciencia nacional”149. La lengua propia es, desde luego, un elemento de gran importancia, pero de ninguna manera sirve como un criterio absoluto y menos aún en el contexto de la situación colonial, en el cual su uso está prohibido o estigmatizado, lo cual lleva no sólo a ocultar que se le habla sino incluso a esforzarse por abandonarla realmente, sin que esto signifique en forma necesaria la pérdida de la identidad étnica. Así como hay tendencias “idiomicidas” hay también procesos de recuperación y revitalización lingüística, como los que viven actualmente muchas minorías150. De esta forma, la lengua puede ser un elemento de identidad, pero no es un criterio absoluto. Su papel se mantiene entre estas dos tradiciones que, en un momento, se refieren a ella como un agente de cohesión, pero que, en otro y de manera paralela, de distinción e incluso de disociación; hay comunidades en las cuales la lengua es imprescindible para la conformación y permanencia de un grupo, mientras que, en otras, es secundaria, o en algunos casos divide en lugar de congregar151. Por el contrario, pareciera existir una coincidencia en el valor intrínseco del lenguaje como esencia del ser humano152, no en la constitución de grupos concretos. En el caso de la comunidad sanadresana, la dualidad del papel de la lengua en la identidad es evidente: si bien los científicos sociales y las autoridades estatales la identificaron como etnia en razón del factor lingüístico153, este criterio o a) en ningún momento fue imprescindible para la comunidad isleña en su proceso de constitución como un “nosotros” altamente identificable, es decir, fue un requerimiento de investigadores sociales, más no social, o b) dejó de serlo en la actualidad, momento en el que el desplazamiento del creole 149 Zabaltza, X. (2006). Una historia de las lenguas y los nacionalismos, pp. 31. Bonfil Batalla en Groll, I. (2009). Lenguas autóctonas en Colombia, pp. 18. 151 Zabaltza, X. (2006). Una historia de las lenguas y los nacionalismos, pp. 22. 152 Groll, I. (2009). Lenguas autóctonas en Colombia, pp. 22. 153 Dittmann, M. (1992). El criollo sanandresano: lengua y cultura, pp. 87. 150 58 como lengua materna y la adopción del español en algunos sectores de la población raizal no ha significado la exclusión de estos sectores del grupo étnico. Me inclino por la segunda opción: el abandono del criterio por actualización del contexto. Aunque no pretendo derrumbar el peso de la dimensión lingüística en la constitución étnica sanandresana, sobre todo porque la bibliografía especializada la toma en cuenta y no, precisamente, como un factor marginal, en el caso de su perspectiva étnica y permanencia actuales sí es un elemento prescindible. La relajación lingüística en la identidad étnica no ha interferido en la membrecía de aquellos isleños que, como Yerimaia, han adoptado otra lengua materna. Es más, cuando se consulta a la comunidad sobre su caso, Yerimaia produce preocupación, pero la alarma no deriva en una desaprobación que conlleve la expulsión del grupo. La lengua no es hoy un criterio absoluto de la identidad étnica. En el caso de Yerimaia se pensaría que la inclusión en el seno de la comunidad étnica por parte de sus conocidos podría estar directamente mediada por los lazos sanguíneos y emocionales de sus padres, familiares y amigos, a quienes se les consultó si se podía ser raizal sin hablar creole: todos vieron con extrañeza su situación lingüística, pero esta extrañeza nunca alcanzó una otredad lo altamente significativa como para lograr su expulsión de la comunidad étnica. Es más, las opiniones de miembros ajenos al grupo familiar Manuel-Narciso sobre la situación lingüística de Yerimaia develó que la ausencia del creole no era, efectivamente, un criterio para repudiarlo, comprobándose que la relajación lingüística no es una permisividad ligada a valores afectivos familiares. Por el contrario y más sorprendente aún, lejos de ser única su situación, esta era similar a la de varios isleños de las generaciones más jóvenes (hasta 30 años), quienes, asimismo, han desplazado el creole por otra lengua, en especial el español. La permanencia étnica se ha trasladado a otros elementos, en los que predominó la genealogía: ser hijo o hija de un isleño “raizal” es la característica más importante para ser parte del grupo étnico sanandresano, mientras que vínculos de identificación como lengua 59 son prescindibles, aunque desaprobados. Dorothy afirma sobre sus hijos: “tengo tres varones y tres hembras. Ellos seis son raizales porque sus padres somos raizales”. Esta importancia de la genealogía se nota en el hecho de que sólo se requiere un padre raizal para ser considerado socialmente y jurídicamente raizal, lo que demuestra también la acomodación étnica a la realidad demográfica isleña, que ha significado en las últimas décadas un aumento de los matrimonios mixtos entre raizales y colombianos continentales, en razón de la llegada masiva de éstos últimos. El resultado de la exploración genealógica de los Manuel-Narciso es la siguiente: De acuerdo a Marcia Dittmann, la familia Manuel llegó a San Andrés proveniente de la isla inglesa de Trinidad durante el siglo XIX154 (no especifica cuándo exactamente), en el ciclo migratorio que conformaría la llamada actualmente población raizal. El adjetivo raizal es anacrónico en el siglo XIX porque hace parte de un antagonismo histórico de la segunda mitad del siglo XX, cuando la balanza demográfica se volcó a favor de los inmigrantes colombianos continentales y la población nativa sanandresana se convirtió en minoría. Como los hijos de los inmigrantes nacidos en la isla se consideraron también nativos en razón de que, además, con el paso de los años habría segundas y terceras generaciones, se proclamó el concepto de raizal para referirse exclusivamente a los descendientes de la comunidad étnica que los inmigrantes colombianos continentales encontraron a su llegada. En efecto, durante finales del siglo XVIII, el siglo XIX y el primer tercio del siglo XX arribarían a San Andrés grupos de afrodescendientes provenientes del Caribe anglófono, en distintos ciclos y ritmos migratorios: especialmente de Jamaica, Barbados, Belice, Centroamérica, Trinidad y Tobago e islas Caimán; otros colonos llegarían directamente de África occidental. También hay que contar a contingentes de europeos provenientes de Inglaterra, Irlanda y Escocia. “La formación actual de la población nativa o raizal del archipiélago es el resultado de este proceso de poblamiento que se cumplió sobre la base 154 Dittmann, M. (1992). El criollo sanandresano: lengua y cultura, pp. 107. 60 económica de grandes plantaciones de cultivos de exportación como las que florecían en la época en todo el Caribe Británico”155. El origen del apellido Narciso no estuvo disponible en los artículos de genealogías. Aunque tenga fonética española, se puede considerar raizal porque Dorothy y cualquier raizal entrevistado así lo consideran. Su fonética española podría tener una explicación que Dorothy deja en claro cuando se refiere a su linaje paterno: “por parte de papá soy Narciso. Mis abuelos son de Jamaica, pero el nombre viene de tiempos antiguos, de los africanos, prácticamente los nativos, los negritos así como nosotros, somos descendientes de África. Tengo tíos y primos, todos ellos viven en la Loma porque el apellido Narciso es de allá. Cuando recién llegaron a San Andrés, todos los Narciso se fueron p‟a arriba, pienso yo que en África debían de vivir en alguna parte con montañas porque de lo contrario se van p‟a San Luís, al frente del mar”. Este testimonio deja en claro dos aspectos. Con respecto a la diglosia cultural entre identidad afrocaribeña y anglocaribeña, la referencia a África muestra el sentido de pertenencia de Dorothy hacia una matriz afrocaribeña, pues aunque mencione que sus abuelos son de Jamaica, hace una extrapolación anterior a la llegada al Caribe que comienza en África, en la que no sólo incluye a su familia sino a la comunidad raizal en general: “prácticamente los nativos, los negritos así como nosotros, somos descendientes de África”. Con respecto al apellido Narciso, el origen en Jamaica puede explicar su fonética hispánica. James Parsons relata cómo tras la expulsión de los colonos ingleses de Providencia por parte del ejército español en la década de 1640, los ingleses tomaron Jamaica a España en 1655156. Pero en San Andrés y Providencia, en particular, y en el Caribe insular, en general, la toma de posesión de un territorio por parte de una Corona no significaba necesariamente la expulsión de los súbditos “rivales” porque en un escenario de continua disputa imperial 155 Vollmer, L. (1997), La historia del poblamiento del archipiélago de San Andrés, Vieja Providencia y Santa Catalina, San Andrés, Archipiélago, pp. 46. 156 James J. Parsons. San Andrés y Providencia una geografía histórica de las islas colombianas del mar Caribe Occidental. Bogotá. Banco de la República, 1964. 61 se configuraría un equilibrio entre la volátil y cambiante situación política y el más estable y continuo poblamiento por parte de colonos europeos y sus esclavos africanos; aunque la nueva regencia exigía a los súbditos “rivales” algunas prerrogativas especiales (conversiones religiosas, adquisición de la lengua oficial, prohibiciones de tráfico comercial, impuestos, entre otras.), la expulsión parece ser el último recurso. Por tanto, cuando la Corona inglesa se anexó Jamaica, las familias españolas, entre ellas algún tronco Narciso, habrían continuado en la isla, hasta que en algún momento del siglo XIX durante los procesos de manumisión el apellido Narciso pasó a antiguos esclavos, quienes posteriormente llegarían a San Andrés portando un apellido de fonética española, pero con una cultura inmersa en la esfera anglocaribeña. Britton, el segundo apellido de Dorothy, aparece en un informe sobre el estado de la educación pública del prefecto de Providencia, dentro de la lista de los estudiantes de colegios estatales en 1874. Britton está dentro de los 77 niños censados157. Del Matrimonio entre Samuel Manuel y Dorothy Narciso nacieron 6 hijos. Según Dorothy: “el primero es Samuel, tiene 34 años; la segunda es Ruth Elizabeth Manuel, tiene 33; el tercero, Nicolás Marcel, tiene 32, o sea, cada año tuve un hijo (risas). Después vienen Carmen Karen, de 25; Ernesta Efigenia, que ya va para los 23; y el último es un varón, que va para 21, mi hijo George Jeriamiah”. De acuerdo con Dorothy, los estados lingüísticos de sus hijos son los siguientes: Samuel: “Habla creole perfectamente, es más, conmigo habla sólo en inglés158, aunque también domina el español a la perfección”. Ruth: “También habla perfectamente creole y español, además de que lee inglés y lo escribe. Conmigo se comunica en inglés”. (En este caso particular, el inglés que lee y escribe debe ser estándar porque la escritura y lectura del criollo aún no está difundida). 157 Dittmann, M. (1992). El criollo sanandresano: lengua y cultura, pp. 107. Se refiere realmente a criollo, pero es una constante del uso del inglés como sinónimo del criollo por parte de Dorothy y de otros raizales. Esto se entiende en razón del Continuo Lingüístico y de la pendularidad con el inglés estándar, si bien es un uso incorrecto de sinonimia porque se trata de dos lenguas distintas. 158 62 Nicolás: También habla en español y en inglés, aunque habla mejor el creole que el español. A veces habla los dos a la vez, conmigo habla en inglés, pero entre esas empieza a hablar en español, así, de repente”. Karen: “Me habla más español que inglés. Su inglés es flojo, para mí que le da como flojera hablarlo, digo yo porque me habla más en español, yo le estoy hablando en inglés y ella me contesta en español. Y a veces le pregunto: “¿qué, tú no entiendes tu idioma?” y me dice: “sí mami” y empieza a hablar en inglés, pero después otra vez regresa y empieza a hablar en español”. Ernesta: “Es lo mismo que Karen, ella también entiende el creole, pero no lo habla casi. Prefiere el español”. Yerimaia: “El sí habla puro español porque en inglés habla una o dos palabritas. El entiende cuando yo le hablo en inglés, pero no quiere hablar sino puro español. A veces le pregunto “¿y por qué no hablas inglés?” -“no, es que yo no lo entiendo”-, pero entonces empiezo a hablarlo acá, entre nosotros, y sí lo entiende porque participa en la conversación, se ríe, critica, pero no lo quiere hablar. Yo digo que no lo quiere hablar será porque creció y creció y creció escuchando y hablando más español aquí afuera y en su colegio, donde también estudió en puro español…en el colegio anteriormente daban bastante inglés, pero ahora dan más español...”. Karen y de Ernesta respondieron directamente sobre sus respectivos estados lingüísticos. A diferencia de los demás hijos de Dorothy, renuentes a las entrevistas, o en el caso de Yerimaia, imposible hacérsela porque se encuentra preso en Cartagena, fueron ellas dos las únicas disponibles. Karen: “Yo creole hablo, pues, más o menos, lo entiendo más que todo. Hablo más español. Yo estudié parte de la primaria en el Colegio Luis Amigó y terminé en el Instituto Bolivariano y en los dos las clases me las daban en español. Inglés no hablo, lo poco que hablo es creole”. Ernesta: “Yo hablo más español. El creole lo entiendo mucho, pero lo hablo poco, lo entiendo más de lo que lo hablo. Yo se que el creole es la lengua nativa sanandresana, la 63 hablamos los isleños, aunque ya en este tiempo hay pañas que lo hablan. El inglés es como de los Estados Unidos, es el mismo creole, pero ya cambian las palabras, acá le dicen como patois porque no lo sabemos expresar muy bien. No hablo inglés porque las palabras no las sé combinar bien, aunque lo entiendo porque si me dicen palabras yo igual sé escribirlo más o menos y lo leo más o menos, pero no me dan ganas de hablarlo. Mi hijo Mathew, que tiene cinco años, habla español e inglés, ahora mismo está en un colegio de la First Baptist Church, donde les enseñan el inglés. Lo metí allá porque como yo no hablo inglés quiero que él si lo aprenda porque me habla más español, pero está aprendiendo bastante inglés, ya sabe lo básico”. El uso sinonímico entre el creole y en inglés es una característica del común de los raizales cuando hablan sobre su lengua (el criollo). Este uso equivalente es recurrente en Dorothy, Ernesta y Karen, y aunque las dos últimas hagan explícito que criollo e inglés son dos lenguas aparte, regresan a su uso sinonímico en algún momento de la conversación. La sinonimia no es ignorancia de los entrevistados. Pueda que sea una imprecisión sobre qué es lengua, dialecto y Continuo Lingüístico, pero la exactitud conceptual es irrelevante cuando los individuos viven en su praxis cultural conceptos que el investigador utiliza como rótulo cuando observa praxis culturales ajenas. El paradigma del Continuo Lingüístico es practicado por las comunidades caribeñas al punto de que las fronteras entre uno y otro idioma se hacen porosas, posible en un contexto lingüístico en el que de forma inconsciente y pendular se es capaz de pasar del criollo al inglés. En el Continuo sanadresano participa, además, el español, lo que imprime un cosmopolitismo particular a la sociedad sanandresana con respecto a otras comunidades caribeñas que manejan el Continuo entre dos lenguas (el inglés y el criollo, o el francés y el criollo, o el holandés y el criollo…). El uso sinonímico nunca se da con el español porque este no es tributario del criollo, como lo es el inglés (sin por esto perder el criollo su independencia lingüística y sin negar posteriores transacciones del español al criollo). Ahora bien, detectar el Continuo Lingüístico en su paso entre español y cualquiera de las otras dos lenguas (sea criollo o inglés) es relativamente sencillo porque la frontera 64 lingüística es tan clara que no hay confusión entre los entrevistados ni entre el investigador cuando atestigua las comunicaciones entre sanadresanos. Sin embargo, el Continuo en su paso de español a inglés o a criollo es competencia de la lingüística: el criollo no es una lengua unívoca, sino que, como afirma Marcia Dittmann, es en sí misma otro Continuo Lingüístico entre varios registros, cuya situación pendular encuentra un primer polo en un registro con más influencia africana –el basilecto- y otro segundo polo en el registro con más influencia del inglés estándar –el acrolecto-, sin contar que entre ambos límites lingüísticos -que nunca son cruzados porque se hablaría, entonces, de una lengua africana determinada o de inglés estándar- hay una variedad de registros conocidos como mesolectos. Los Manuel-Narciso desconocen si su criollo es acrolecto, basilecto o uno de los tantos mesolectos, razón por la cual yo también lo desconozco y, por tanto, cuando hable del criollo en este caso familiar lo hago sin especificar qué tipo de registro es, aunque conozca la importancia de esta división teórica. Salvo excepciones explícitas, cuando un Manuel-Narciso se refiera a que habla inglés se supone que habla de criollo, y ya no por razones lingüísticas, sino por dos razones sociales (sociolingüísticas): primero porque el inglés no es la lengua étnica de los raizales y pese a que muchos lo dominen el criterio de etnicidad se otorgó en relación al criollo y no al inglés estándar. Segundo porque el dominio del inglés es posible en dos contextos sociales que los Manuel-Narciso no comparten activamente: la Iglesia Bautista y la educación bilingüe. Los Manuel Narciso son católicos y asisten a una liturgia en español: aunque exista en la isla una oferta de misas en inglés para los miles de raizales católicos, la familia va a la Catedral de la Sagrada Familia, dirigida por las Hermanas Menores Capuchinas, quienes dirigen un colegio en el que estudiaron Dorothy y sus tres hijas; mientras que los isleños protestantes van a servicios religiosos en inglés, leen una biblia en inglés y, por tanto, están más expuestos o a que su criollo tienda más hacia el inglés estándar (acrolecto) como a que sea completamente adquirido (ya no como registro de criollo sino inglés). Por su parte y 65 como se verá más adelante, la educación de los hijos varones también ha sido tomada en colegios de habla castellana. Se distinguen dos grandes grupos en relación al estado del Continuo Lingüístico de los Manuel-Narciso. Estos dos grupos parecen estar marcados por las diferencias de edades, una generación de hermanos mayores (Samuel, Ruth y Marcel) y otra de hermanos menores (Karen, Ernesta y Yerimaia), nacidos con siete años de diferencia entre el último de “los grandes” y la primera “de los pequeños”. Los hermanos mayores tienen una situación lingüística similar a la de su madre, mientras que los hermanos menores son quienes muestran menos dominio del criollo. En efecto, Samuel y Marcel hablan perfectamente criollo y español, es decir, su Continuo Lingüístico está equilibrado entre estas dos lenguas: Español-Criollo; no puedo negarles el dominio del inglés porque desconozco qué tipo de registro de criollo hablan, y si es uno catalogado de acrolecto se les facilitaría el aprendizaje del inglés estándar, pero las suposiciones más obvias indican la dirección hacia un mesolecto del criollo. Por su parte, el Continuo Lingüístico de Ruth se da de manera tripartita: Criollo-español-inglés porque además de las dos lenguas que hablan sus hermanos, habla inglés estándar porque lo estudió, según el testimonio de Dorothy, una adquisición lingüística resultado de un proceso personal de aprendizaje que le permite leerlo y escribirlo. Por su parte, el Continuo de Dorothy es más parecido al de su hija mayor que al de los dos varones: Criollo-españolinglés. He mantenido conversaciones largas con ella en inglés estándar porque no manejo criollo (más allá de algunas frases y de juegos tonales), por lo que es presumible que hable o un registro del criollo de tipo acrolecto o propiamente inglés estándar, posible en un ambiente de infancia, familiar e isleño, en general, con mayor influencia anglófona al de sus hijos. El grupo de los tres hermanos menores: Karen, Ernesta y Yerimaia es el que perdió el creole como lengua materna, desplazándolo por el español y, de paso, perdiendo su bilingüismo o trilingüismo, si bien las dos hermanas tienen aún un dominio de la lengua criolla, aunque no como sistema materno. La transformación lingüística en los tres casos es 66 tan grande que la permanencia del Continuo está en duda porque ha sufrido una interrupción indispensable para esta particularidad de habla caribeña: el dominio total y el paso inconsciente de una lengua a otra, sean dos (Continuo Caribeño: criollo-inglés) o tres (Continuo sanandresano: español-criollo-inglés). Las dos mujeres parecen dominar ligeramente más el criollo que Yerimaia, por lo que podría todavía hablarse de un Continuo, aunque en un estado tan débil que implica el entendimiento (auditivo) de la segunda lengua, pero no hablarla. Según Dorothy, ambas tienen una situación lingüística similar, que califica de “floja”, la cual en el contexto de su intervención puede asimilarse de inconsistente, en concreto en el momento de conversar en criollo “para mí que le[s] da como flojera hablarlo, digo yo porque me habla[n] más en español, yo le[s] estoy hablando en inglés[s] y ella[s] me contesta[n] en español. Por tanto, Karen y Ernesta tienen la capacidad de entender el criollo porque sostienen coherentemente una conversación con su madre, pero con la salvedad de que deben contestarle en español porque en criollo se limitan a “hablarlo poco”, como recuerda Dorothy con respecto a Karen: “¿qué, no entiendes tu idioma?” y me dice: “sí mami” y empieza a hablar en inglés, pero después otra vez regresa y empieza a hablar en español”. Idea que confirman los testimonio de ambas hermanas, con el lugar común en la siguiente frase: “Yo hablo más español. El creole lo entiendo mucho, pero lo hablo poco, lo entiendo más de lo que lo hablo”. De esta forma, el estado lingüístico de Karen y Ernesta sería todavía un Continuo, aunque lo suficientemente débil como para hacer excepciones en su criollo: Español-criollo (se entiende, pero no se habla). Yerimaia (suspiro). De los seis hijos de esta raizal isleña, es el que muestra el mayor grado de pérdida del criollo. Aunque su hermana Ernesta y su madre insistan en que sí lo entiende, Dorothy asegura que solamente “habla una o dos palabritas”, en franca desventaja frente al estado lingüístico de sus hermanas, quienes si bien prefieren hablar español, son capaces de sostener conversaciones cortas en criollo, ya sea hablándolo un corto periodo y luego volviendo al español o contestando siempre en español, pero manteniendo la conversación con un interlocutor criollo. Al parecer, Yerimaia no puede sostener conservaciones en criollo, así sea respondiendo en español –como sus hermanas67 porque su comprensión de esta lengua es tan baja que debe hablársele en español para entablar una conversación consistente (español-español), lo que implica que sus interlocutores deben ser castellanoparlantes. De esta manera, la situación lingüística de Yerimaia significa, uno, la pérdida del dominio del criollo, pero, dos y más característico aún, la pérdida total de Continuo Lingüístico, la característica lingüística más relevante de las sociedades caribeñas. La situación monolingüe de Yerimaia hace inexistente un Continuo Lingüístico porque con la fórmula Yerimaia: Español se destruye la pendularidad intrínseca del sistema comunicativo caribeño, que necesita de al menos otro idioma. Esto interfiere también en el arquetipo de Ser caribeño, cuyo referente más importante es la diglosia cultural: el dinamismo de su identidad discurrida entre lo africano, en un extremo, y lo europeo, en el otro, de la misma manera que su sistema lingüístico transita entre un registro africanizado y otro europeizado. ……… La sociolingüista Ilse Groll estudió a comienzos de 2000 la pérdida de la lengua nasa-yuwe entre algunos de los integrantes de la etnia nasa, encontrando 3 factores importantes. Aunque se trate de un universo cultural distinto, su modelo de causas puede utilizarse en forma de guía para el caso de Yerimaia. La colonización de inmigrantes andinos y su mestizaje con la comunidad indígena fue la principal causa de la pérdida de la lengua indígena en algunas zonas. La pérdida lingüística ha sido mucho mayor en aquellos lugares en las cuales se llevaron a cabo procesos de colonización con sus consecuentes procesos de mestizaje, que en las regiones en donde estos procesos no se dieron tan intensamente. De acuerdo a la opinión más generalizada de la población raizal isleña, la pérdida del criollo entre las generaciones más jóvenes se debe al matrimonio o unión conyugal entre un inmigrante continental y un isleño raizal. Por lo general, en este escenario los hijos de la pareja tienden a adoptar la lengua dominante en el sistema de diglosia: el español, 68 olvidando el criollo. Sin embargo, este factor aquí no es causa de la particularidad lingüística de Yerimaia porque, primero, él es hijo de una pareja de raizales y ambos padres dominan el criollo y, segundo, porque los matrimonio mixtos entre raizales y continentales no derivan necesariamente en la pérdida del criollo por parte de los hijos. Conozco casos de matrimonios mixtos donde los hijos dominan a la perfección ambos registros lingüísticos; es más, donde el cónyuge castellanoparlante es presionado a adquirir el criollo. La asociación matrimonio mixto-descendencia castellanoparlante es común, pero no absoluta. Por tanto, el mestizaje no es la causa de la pérdida del criollo, al menos no en Yerimaia. Ahora, la creciente población colona obliga a la introducción del sistema escolar hispanohablante, muchas veces establecido como un sistema escolar monolingüe en español. Este sistema escolar estuvo ligado a la evangelización de las zonas de frontera porque varios acuerdos entre el Estado colombiano y el Vaticano en los siglos XIX y XX garantizaron la continuación de la labor misionera y de la injerencia de la Iglesia Católica en la educación pública “con una acuerdo del año de 1953 se afianzó el poder de los misioneros, al concedérseles voz y voto en el nombramiento de funcionarios en su territorio”159. Hasta la aparición de la etnoeduación en la década de los 80, esto es el sistema escolar público bilingüe que utiliza el español paralelamente a la lengua de la comunidad étnica, se creía que las lenguas indígenas y criollas no eran civilizadas y, por tanto, no eran apropiadas para transmitir contenidos académicos. Según Groll, aquellos indígenas nasa que perdieron su lengua étnica lo hicieron porque el español la desplazó en la escuela. Sin embargo, la educación en español no es la causa de la pérdida del criollo en Yerimaia porque su madre y sus otros 5 hermanos también estudiaron en español y ellos no abandonaron el criollo, por el contrario, integraron el español. Es más, Yerimaia estudió en 159 Groll, I. (2009). Lenguas autóctonas en Colombia, pp. 61. 69 un ambiente más tolerante con su lengua, en razón no sólo de la etnoeducación que ya estaba disponible cuando entró a la educación pública, sino que ha hecho efectiva su ciudadanía bajo una Constitución que acepta el multiculturalismo y la plurietnicidad de Colombia, abandonándose, al menos en teórica, un modelo de nación en torno a la lengua castellana y a la religión Católica, del que sí fue testigo Dorothy y, en menor medida, sus tres hijos mayores. Yerimaia estudió en los mismos colegios donde lo hizo su hermana Ernesta, antes de pasar a la Sagrada Familia, colegio de las mujeres Manuel-Narciso (Colegio Industrial y el Instituto Bolivariano, cuyos sistemas educativos son en español, a excepción de la materia de inglés); no obstante, Ernesta no ha abandonado el criollo, lo que hace aún más explícita la poca fiabilidad del factor educativo como responsable de Yerimaia. Cuando estaba en noveno grado, Yerimaia fue enviado a estudiar a Bogotá como un mecanismo de Dorothy para sustraerlo de las riñas entre pandillas, que para aquel entonces empezaban a ser parte de su contexto diario. Claro que la educación en español puede ser un elemento que refuerce la apropiación del idioma, puesto que mejora además su uso formal, escrito y el ejercicio de lectura. No obstante, no es tampoco la causa de su particularidad porque los 6 hijos Manuel Narciso estudiaron en colegios de habla hispana. Es más, Samuel, Ruth y Karen fueron a la universidad castellanoparlante; Samuel y Karen en Bogotá, Ruth en Barranquilla. Por tanto, la llegada a la capital tampoco fue determinante. Según Groll, la tercera causa de la pérdida de la lengua nativa es el cambio en la estructura familiar. De acuerdo a la autora, es en el ámbito familiar en donde mayormente se favorece la conservación de la lengua étnica, especialmente entre las generaciones mayores, que la hablan con mayor fluidez que las jóvenes. Con el cambio en las condiciones y estructuras familiares, la transmisión de la lengua de generación en generación va disminuyendo cada vez más, mientras que el uso del español predomina. 70 La familia isleña tradicional se organiza según el tipo de familia nuclear restringida, y aunque los lazos familiares con los demás miembros como tíos y abuelos son bastante importantes, al punto que socialmente es un sistema familiar extenso, por lo general la habitación en la casa familiar mantiene sólo a los padres y sus hijos. En el caso de Dorothy y Yerimaia, su estructura familiar no parece estar en proceso de cambio o haber cambiado de una generación a otra, es más, ha sido coincidencialmente la misma: una casa organizada en torno a una madre soltera. Recuerda Dorothy sobre su padre que “mi mamá cree que mi papá se murió, unos cuentan que está por Costa Rica, otros que en Panamá, yo no sé que le pasó a él, cuando yo tenía 9 años un día no volvió más. Y por eso de niña, te digo la verdad, casi no jugué. Cuando llegaba del colegio estaba muy pendiente de ayudar a mi mamá porque ella estaba sola, la ayudaba a lavar y planchar las sábanas de un hotel en el que trabajaba. Cuando yo llegaba a la casa mi mamá me cogía y me besaba, me abrazaba, hablaba conmigo y me preguntaba que cómo me había ido, yo a veces le decía “ay mamá, hoy no te voy a ayudar a planchar las sábanas ni las fundas porque estoy muy cansada y tengo que hacer muchas tareas” –“haz las tareas y me ayudas porque yo no tengo quién más me ayude”, y yo le tenía que ayudar, así fuera brava, pero no podía demostrárselo”. La situación de los hermanos Manuel-Narciso presenta una relación más estrecha con el padre que en el caso de Dorothy, quien se divorció de Samuel padre cuando Yerimaia tenía 3 años “con Samuel tuvimos seis hijos, pero lamentosamente él se metió con una señora de Barranquilla que me hizo la vida imposible y con la que tuvo tres hijas; así que me dejó cuando la hija mía mayor, Ruth, tenía como 14 años”. Este divorcio no ha comprometido la relación entre padre e hijos, según las opiniones de ellos, estrecha porque su padre siempre ha estado “ahí”, y de Dorothy, quien acude a Samuel padre cuando toma decisiones relevantes sobre los hijos. De hecho, la importancia de la mujer en la permanencia de una lengua étnica parece ser mayor a la del hombre. Según Groll, dado que la madre es la persona más directamente encargada de la socialización de los hijos, en familias donde sólo el padre habla la lengua 71 en cuestión el peligro de la desaparición es mayor que cuando sólo la habla la madre 160. La familia es el escenario social en el que predomina el uso y la permanencia de la lengua étnica, puesto que la formación cultural y lingüística es siempre anterior a la formación escolar. En este contexto, la mujer desempeña un papel primordial: la madre es tan importante que a la lengua aprendida desde el nacimiento se le llama lengua materna161. Aquí puede haber una diferencia entre Dorothy y sus hijos. Según Dorothy, su madre le hablaba en casa criollo y, en efecto, dice que lo aprendió al oírlo de ella. Aunque asegura que a todos sus hijos les habló en criollo durante su niñez, Ernesta contradice esta versión: “Mi mamá no me hablaba en creole cuando chiquita, a los mayores sí, pero a los menores no. Nos hablaba en español”. Cierta o no, la versión de Ernesta coincide con los niveles lingüísticos del creole, que se dividieron también en dos grupos: “hermanos mayores” y “hermanos menores”. A quienes sí les hablaría de niños en criollo son quienes aún lo dominan, pero si la pérdida de la lengua se debiera a que la madre no la habló a sus hijos menores, tanto Ernesta como Karen habrían perdido también el criollo. Sin embargo, no es así. En efecto, este podría ser un factor de erosión lingüística porque después de Yerimaia, ellas dos son quienes muestran el grado más débil de apropiación del criollo, lo que hace posible la tesis de “hermanos menores” con el español como lengua materna porque Dorothy lo usó en casa. Hasta aquí, hay dos factores que posiblemente direccionaron el destino lingüístico de Yerimaia, pero sin determinarlo porque no lo hicieron así con ninguno de sus hermanos: La educación en español (reforzada por vivir en Bogotá dos años) y el español como lengua hablada en casa. Entonces ¿qué es lo especial en Yerimaia? 160 Groll, I. (2009). Lenguas autóctonas en Colombia, pp. 32. El papel de la mujer en la transmisión de la herencia cultural ha sido explícito en esta investigación, donde las tres principales voces testimoniales fueron, en efecto, femeninas. 161 72 Una particularidad de Dorothy cuando se refería al estado lingüístico de su hijo era que siempre lo relacionaba directamente con la pérdida de los valores y buenas costumbres isleñas. Al principio pensaba que se debía al traumatismo de tener a su hijo menor encerrado en prisión, con una condena de 5 años por: Hurto calificado agravado-Tráfico y porte de arma de fuego o munición. Incluso pensé que confundía interferencia lingüística con interferencia de conducta, una conducta a la que ella volvía tarde o temprano cuando se hablaba de la lengua y a la que ella veía como adquirida, no propia de su hogar o de la identidad isleña. No obstante, esta relación entre malos hábitos se concretó en pandillismo y, entonces, la adquisición del español se hizo cada vez más clara desde este contexto. De hecho, pertenecer (o haber pertenecido) a un grupo juvenil que ejerce la violencia -la definición más general de pandilla- era la única diferencia entre Dorothy y Yerimaia y entre Yeriamaia y sus 5 hermanos: el contexto de violencia lo compartían todos en la actualidad porque su barrio de habitación es uno de los más peligrosos y pobres de la isla, pero sólo Yerimaia se había integrado a las rivalidades entre pandillas, haciendo él mismo parte de un grupo del barrio El Cliff. ¿Era acaso ésta la clave de su particularidad lingüística? ………. De acuerdo con el censo del DANE de 2005, el número total de habitantes de San Andrés es de 55.426. De esta población, 29.495 vive en situación de pobreza en razón de su registro en los niveles 1 y 2 del Sisbén162 de 2006, el 53% de la población total. El número de personas registradas fue de 45.011, el 82.21% de la población de la isla, de la cual se obtuvo el siguiente perfil de pobreza: el número de personas en condiciones de “pobreza extrema” es de 10.529 mientras que en situación de “pobreza” es de 18.966 (el 23% se ubicaba en el grupo de “miseria”, nivel 1, y 42% en “situación de pobreza”, nivel 2). En el 162 El objeto principal del Sisbén es la medición de la pobreza con el propósito de garantizar que parte del gasto social, tanto nacional como departamental, se asigne a la población vulnerable, en virtud del artículo 357 de la Constitución Nacional y del artículo 30 de la Ley 60 de 1993. El análisis incorpora el estudio de las variables de vivienda, educación, seguridad social, acceso a servicios públicos y capital humano. 73 nivel 3 o “intermedio” se registra un total de 13.375 personas, un 30 %, y en el grupo de los “no pobres”, niveles 4, 5 y 6, 2.141, tan solo un 5% del total de la población. En mi primera investigación sobre la pobreza en San Andrés 163, concluí que: La pobreza tiene por epicentro el núcleo urbano conocido como North End o “el centro”, colonizado de manera descontrolada por inmigrantes de la costa atlántica luego de la apertura del Puerto Libre. La información arrojada sobre la localización de los barrios tuguriales explicita que es allí donde se exhibe con mayor claridad la ruptura dramática de la expropiación social y el resultado de la adaptación a la situación de pobreza en condiciones de hacinamiento. Los censos étnicos efectuados en “el centro” demuestran que la mayoría de la población es “no raizal”, es decir, tanto inmigrantes extranjeros como colombianos continentales. De acuerdo con los testimonios de los protagonistas de las historias de vida de esta primera investigación, la mayoría de personas hacinadas en los sectores marginales corresponde a los inmigrantes continentales, concretamente de Cartagena. Es la versión aceptada por la comunidad raizal, que recuerda con nostalgia los años de “abundancia e igualdad” en contraposición a la explosión demográfica y al aumento de la violencia y de la miseria. La información documental de los censos y estadísticas, así como los testimonios de los protagonistas presentados en esa tesis, reafirman esta postura. Veamos: La isla se divide en dos zonas: la zona urbana y la zona rural. La zona urbana comprende la parte norte, North End o centro, donde están los nodos comerciales y financieros, el sector de La Loma o The Hill, en el filo de la meseta que atraviesa la isla de sur a norte, y el poblado de San Luis, al sureste de la isla; el centro es el lugar histórico de poblamiento de los inmigrantes extranjeros, y aún hoy es un área mayoritariamente habitada por colombianos continentales (Dittmannn se refería a que es dónde se hace mayor uso del español) y con el índice de densidad demográfica más alto, mientras que La Loma y San Luis está habitada en su mayoría por la comunidad raizal y la densidad demográfica es relativamente baja. La zona rural es la mayor parte de la isla y la menos habitada: 163 Gómez, J. (2008). “Welcome to el Paraíso”. Cuatro vidas, una isla: San Andrés. Trabajo de grado para optar por el título de Comunicador Social y Periodista., Pontificia Universidad Javeriana. 74 Comprende todo aquello que no sea North End, La Loma o San Luis y que esté poblado por menos de 3.000 habitantes, en viviendas dispersas o relativamente dispersas. De acuerdo con el censo de 2005, el 71.5% de los habitantes del Departamento se concentran en las cabeceras urbanas. Para San Andrés se trata de 40.902 personas, el 73.7% de la población total, localizadas en el área urbana de North End, que tiene 5.53 Km2 y equivale al 20.4% de la extensión del área geográfica de la isla. En el resto del territorio, que equivale al 79.6%, se encuentran las 14.524 personas restantes, el 26.3% de la población total. Esta variación ha sido pequeña con respecto al censo experimental de 1999, que arrojó un 74 % de la población concentrada en la zona urbana y un 26 % en la zona rural. Distribución espacial 2005: zona urbana-zona rural Zona Isla AREA (km2) de San 26.98 % Población % 100 55.426 100 Andrés Cabecera 5.53 20.4 40.902 73.7 Resto 21.46 79.6 14.524 26.3 Fuente: DANE, censo 2005 De los tres sectores que conforman la zona urbana –el centro, y los poblados raizales de La Loma y San Luis-, es en el centro donde se encuentra la casi totalidad de barrios calificados como tugurios, o al menos como “pobres”: en el centro se sitúan las mayores viviendas de estratos 1,2 y 3. Así, y de acuerdo con el censo de 2005, en la zona urbana, el 11.68% de la población se ubica en el grupo de “miseria”, en el de población “pobre” un 28.42% y en el nivel “intermedio”, un 14.8%; es decir que del total de habitantes de la zona urbana, únicamente el 54.1 % están catalogados como “no pobres”. En el área rural, sólo un 0.33% de sus habitantes se ubica en “extrema pobreza” y en “pobreza” un 8.98%, es decir 9,26% de habitantes en los niveles 1 y 2, frente a un 90, 74% catalogado como “no pobres”. 75 Por tanto, la situación de pobreza es en la isla de San Andrés un fenómeno urbano, desplegado en el área geográfica mayoritariamente habitada por inmigrantes continentales, a diferencia del área mayoritariamente habitada por raizales, que muestra el índice de pobreza más bajo de toda la isla. Así lo indican los siguientes cuadros: Distribución de pobreza por barrios AREA URBANA Sector o Porcentaje Barrio de Pobres Sarabanda 99% Nvo Bosque 99% Vta Hermosa 96% C. Paraíso 93,18% El Cliff 90% Nvo Méjico 90% Hill Well 85% Simpson Well 76% La Zamba 76% El Cocal 66% Santana 70% B.Atlántico 44% Rock Hole 60% Black Dog 58% Barrio Obrero 56% AREA RURAL Sector o Porcentaje Barrio de Pobres Nueva Guinea 72% Fisher Rock 71% Olive Tree 49% Lox Bight 55% Fuente: Informe SISBÉN de 2003 Población censada por pertenencia étnica: 76 Ahora bien, hasta los años cincuenta del siglo XX, los registros históricos sobre San Andrés dan cuenta de una población con una vida material simple, pero no se habla de pobreza extrema. Claro que hay clases sociales y concentración de riqueza en manos de unas pocas familias isleñas terratenientes; de hecho, Marcia Dittmann asegura que cuando el entonces presidente Rojas Pinilla llegó a la isla para reafirmar la soberanía geopolítica colombiana y oficialmente declararlo Puerto Libre en 1953, San Andrés vivía la suerte caribeña de una pequeña y pobre, tras el fin de la rentabilidad del comercio del coco en los años ‟30. Sus habitantes vivían de la agricultura, la pesca, el comercio, el contrabando y de las remesas que les mandaban parientes en Panamá, Colombia continental o Estados Unidos. Sin embargo, este rótulo de “isla pobre” debe matizarse porque según Loraine Vollmer, la economía familiar de sus habitantes estaba apoyada por sistemas de trueque, de cooperación y de solidaridad, en los que podía faltar dinero, pero no la comida: todos tenían acceso al mar y a la tierra. Antes de la declaración del Puerto Libre, la economía de autoabastecimiento siempre le permitió al isleño tener una buena calidad de vida “aunque siempre estuvo inmerso en una actividad mercantil, las oportunidades de trabajo eran equitativas. Cada familia tenía su terreno, su cultivo, sus animales, su pesca”164. Esta tensión entre austeridad material, no obstante un bienestar social la ejemplifica Dorothy de la siguiente manera: “Yo me acuerdo que iba al colegio y no tenía dos, tres, cuatro uniformes. No, sólo uno. Mi mamá le echaba almidón, ella rallaba la yuca y sacaba el agua amarilla que echaba, se colocaba en la estufa y se calentaba hasta que se volvía gelatina, se le echaba a la ropa blanca y se ponía tiesa, por ejemplo, como usaba falda y llevaban pliegos, ella le echaba el almidón, la planchaba y los pliegos quedaban bien estirados, duros, que tu caminabas y los veías bien asentaditos. Sólo tenía dos pares de zapatos, pero había uno que no me quedaba bien y el otro sí, entonces yo solamente me iba con esos zapatos al colegio, los mismos que usaba para ir a la iglesia”. Paralelo a esto afirma que:“Cuando yo era niña comía mejor que ahora, yo creo que es por la sobrepoblación de la isla que la comida es escasa y cara, en mi época no se compraba una 164 Vollmer, L. (1997), La historia del poblamiento del archipiélago, pp. 61. 77 libra de pollo, eran cuatro libras, bastante comida lo que aquí se cocinaba en la casa de uno y de los vecinos porque lo que no se compraba, se tenía cultivado en el patio de la casa. Por ejemplo, llegaba un visitante y a cada visita se le brindaba un plato de comida porque eso era costumbre de los nativos. Hoy no les puede brindar nada por no tenerlo, ese es un cambio grande para mí. Me hace sentir muy mal”. Según Isabel Clemente, el espíritu de cooperación entre los isleños se puede explicar con base en la educación moral de la Iglesia Bautista, que llegó a la isla en la década de 1840 y se extendió rápidamente: La educación moral se fundaba en la concepción bautista de la vida social y “promovió los valores comunitarios y el espíritu de cooperación expresados en el lenguaje de la “hermandad” y un sentido igualitario”165. Propugnaba por el orden, la disciplina, el aseo y la honradez, y hacía especial énfasis en el cuidado de los enfermos, de los ancianos y los pobres. “Se proclamaba la educación de los niños como un deber y se extendía la censura social a los padres que no lo cumplían: se condenaban las riñas, los chismes peligrosos, la mentira, el robo, las relaciones sexuales ilícitas, el juego, el baile y el alcoholismo”166. Esta referencia a la moral bautista no es un simple repaso a una forma de vida idílica. No, puede ser la clave de la situación lingüística de Yerimaia. Fue un sistema de vida real acomodado en torno a una disciplina social rígida, posible de mantener dentro de una población pequeña en número: en 1912, el censo arroja 3.123 habitantes, entre los cuales 208 son extranjeros; la población no superaba los seis mil habitantes un año antes de la declaración del Puerto Libre (1953, 5.675)167. Sin embargo, la inmigración sufriría un aumento de la siguiente manera: 1964, 16.731; 1973, 22.989; 1988, 42.315; y de acuerdo con el censo del DANE de 2005, el número total de habitantes de San Andrés es de 55.426. La llegada masiva de colombianos continentales no sólo afectó la densidad demográfica. Más relevante aún, subvirtió un orden moral social que, después de un siglo, fue 165 Clemente I. (1989). Educación y cultura isleña 1847-1930. En San Andrés y Providencia: Tradiciones culturales y coyuntura política, Bogotá, Uniandes, pp. 189. 166 Clemente I. (1989). Educación y cultura isleña 1847-1930. pp. 189. 167 Vollmer, L. (1997), La historia del poblamiento del archipiélago pp. 63. 78 insostenible en una isla con una comunidad por fuera de esta disciplina, moral minoritaria en razón de que quienes la ejercían –la comunidad raizal- eran ahora también minoría. En 1965, el escritor Jorge Zalamea llama la atención sobre la situación de pobreza en la isla, en un reportaje llamado “Explosión en San Andrés”168. Zalamea denuncia la paradoja de que el desarrollo económico no haya tenido ninguna repercusión inmediata sobre el bienestar social de la isla y sus habitantes. Visión que comparte Vollmer “los isleños, antes dedicados a explotar de forma independiente la tierra y el mar, y más hábiles para la pesca y la agricultura que en la construcción o venta de mercancía, no se hacen partícipes de la nueva actividad económica y productiva de la isla”169. Sólo hasta la década de 1960, unos años después de la declaratoria del Puerto Libre y de la subsiguiente ola migratoria, es que empiezan a denunciarse el nacimiento de barrios caracterizados por el hacinamiento, de dinámicas de violencia asociadas a la marginalidad, el hambre, el desempleo, etc. Delia Robinson denuncia en 1975 los desastres sociales. Su tesis de grado de Sociología, titulada “La otra cara del paraíso turístico”, identifica los problemas de índole social como consecuencia del cambio económico, que produjo un desequilibrio en la distribución de los bienes de producción y la siguiente pauperización del nivel de vida de isleños e inmigrantes. Denuncia problemas de desempleo, vivienda, educación, salud y demografía. Llama la atención su denuncia sobre la aparición de tugurios: Pero el problema no es el crecimiento de la población en sí, sino la situación a que se ven abocados. La isla no alcanza a ocupar ni el 50% de dicha población, los cuales para sobrevivir se ven obligados a habitar en tugurios, aspecto muy generalizado en los últimos diez años y a recurrir al hurto, otro atributo de la miseria y la explotación170. Para Delia Robinson, el déficit habitacional es uno de las dificultades más crasas que se advierten, resultado de la forma “desenfrenada y desordenada como se realizó la expansión 168 Zalamea, J.(1965), “Explosión en San Andrés” en La nueva prensa, núm. 128. pp. 57. 169 Vollmer, L. (1997), La historia del poblamiento del archipiélago, pp. 61. 170 Robinson, D. La otra cara del paraíso turístico, pp. 181. 79 urbana, y la cruda realidad a que tuvieron que enfrentarse los inmigrados de la clase baja”171. Resalta que en torno al centro, North End, se fueron multiplicando los cinturones de miseria, “que albergan al 95% de los inmigrantes de clase baja, dentro de los cuales se fueron infiltrando un gran sector de delincuentes, desocupados, drogadictos, prostitutas, etc., formando una nueva clase: el lumpen proletariado”. El cartagenero constituye, para la autora, el sector más bajo del sector de los marginales “es mirado con recelo y desprecio por el pueblo isleño”172. En el sector urbano de la isla menciona la existencia de los siguientes cinturones de miseria: La Jaiva, Cartagena Alegre, el Cocal, el Platanal, Buenos Aires, Modelo School House y el Cliff, “nombres puestos por los mismos habitantes con excepción del Cliff y School House, nombres tradicionalmente isleños”173. De estos tugurios concluye que sus habitantes son el sector más marginado de la población y su situación socio-económica es la más deplorable, teniendo en cuenta que: “los habitantes de esta zona son en su totalidad emigrados; por la condición anterior no son propietarios de la tierra, la que han obtenido en arrendamiento; frente a la penosa realidad que se vive (…) ven frustradas sus aspiraciones de movilidad”174. La carencia de recursos económicos los ha abocado a gran número de actos ilícitos y “debido a su situación económica, les es imposible contar con los servicios higiénicos, nutritivos y de salubridad primariamente indispensables para la vida humana”. La clase baja isleña se encuentra dispersa, pero un buen número de ella habita en Orange Hill, Sound Bay, el Cove y Battle Alley. Este último, el único tugurio isleño. El Atlas de Paisajes Costeros de Colombia denuncia la pobreza en el 2000, en particular a la tugurización de los asentamientos humanos, una de las características de su paisaje social y su organización territorial: 171 Robinson, D. La otra cara del paraíso turístico, pp. 186. Robinson, D. La otra cara del paraíso turístico, pp. 188. 173 Robinson, D. La otra cara del paraíso turístico, pp. 186. 174 Robinson, D. La otra cara del paraíso turístico, pp. 187. 172 80 [Los tugurios] han dado origen en la mayoría de los casos a la población marginal urbana, pero que excepcionalmente, y aún dentro de su marginalidad, forma parte de la cultura dominante. Esta población marginal urbana inmigrante ha interactuado con los nativos en los últimos 35 años, produciendo fenómenos de aculturación y asimilación en el raizal, constituyéndose por su tamaño frente a la población nativa como grupo dominante, hasta el punto en que el raizal ha asimilado la lengua, la música y las costumbres de la población inmigrante llegada a las islas con la creación del puerto libre175. Esta es la primera diferencia entre Dorothy y sus hijos: el contexto de pobreza en el que viven. Mientras que Dorothy fue testigo de la aparición de escenarios tuguriales, de anillos de miseria, sus seis hijos, sin excepción, crecieron dentro de este contexto, inexistente en la niñez de Dorothy. Recuerda Dorothy: “Anteriormente el Cliff no existía, tiene apenas cuarenta años porque yo tengo 52 años y cuando era niña esto todavía era “guindamono”. Mi mamá es la que sabe porqué se llamaba así, creo que porque había mucho mono metido en unas cuevas que hay en la roca de arriba. Yo me acuerdo que niña veía los monos y se asomaban p‟a las casas, que no habían casi. Cuando yo subía aquí a la casa, yo tenía que cogerme las dos manos y abrir con ellas los montes porque había mucho y los mismo a la bajadita. Todas estas casas no estaban aquí, esto era un sembrado de plátanos, caña de azúcar, yuca, era bien solo, puro monte, sino que para hacer el barrio lo han tumbado y eso que sigue siendo de los más verdes”. El Cliff es un barrio tugurial de North-End ubicado en una zona estratégicamente importante para la isla, a unos metros del aeropuerto Internacional Gustavo Rojas Pinilla. Se encuentra al borde de un peñasco de piedra coralina de 150 metros, en cuya cima está la antena de radio y varias antenas del aeropuerto; es también considerado una zona ecológicamente importante, puesto que cuenta con cuevas y soporta una vegetación de bosque tropical, escaso en la isla desde que fue reemplazado por lo cultivos de palmas de coco. Sus límites son al norte, el peñasco, que le da el nombre (Cliff en inglés es abismo); al este, el barrio marginal de School House; y al sur y el oeste, la avenida Juan XXIII. 175 175 Vives de Andreis, J.B. Atlas de paisajes costeros de Colombia, pp. 81. Vives de Andreis, J.B. Atlas de paisajes costeros de Colombia, pp. 81. 81 Es un espacio que alberga en situación de hacinamiento a 185 hogares, los cuales suman un total de 684 habitantes176. Su carretera principal mide 50 metros de largo por 5 de ancho (capaz de sostener sólo dos motocicletas en sentido contrario, y va de la avenida Juan XXIII hasta el comienzo del barrio en sí, caracterizado por las construcciones en forma de laberinto). De acuerdo a la Defensa Civil, estas 185 familias se distribuyen en 122 casas, 18 apartamentos y 26 habitaciones; los materiales de construcción más utilizados en las viviendas son la tabla de madera (104) y el bloque de ladrillo (59), mientras que el piso de cemento es el disponible en la mayoría de edificaciones (141, frente a 19 en baldosa, 4 en madera y dos en tierra). El 89 por ciento de las viviendas tiene servicio de luz (166), mientras que el resto de servicios son precarios o inexistentes: Alcantarillado: 9%; Teléfono: 24%; Acueducto: 57%; y Pozo séptico: 64%. Ahora, la historia de la constitución del Cliff concuerda con el panorama dado por Delia Robinson de la tugurización de la isla en los „70: un barrio conformado por inmigrantes colombianos, que no comprarían tierras sino que las tomarían en arriendo a “perpetuidad”. Según Adolfo McLean, ex funcionario de la Secretaria de Planeación del Departamento, la historia del Cliff comienza a finales de los años 60, cuando empiezan a sumarse inmigrantes continentales a las alrededor de 10 familias, entra las que se encontraba los Narciso Britton, es decir, Dorothy, su madre y sus once hermanos. La dinámica de construcción fue la siguiente: los isleños propietarios de tierras empezaron a arrendar el terreno circundante a sus casas a inmigrantes, quienes construían casas de tabla de madera. Con el paso de los meses, el nuevo inquilino traía familiares del continente, quienes, a su vez construían una nueva casa de madera, reduciendo el espacio verde y aumentando el hacinamiento. A finales de los 80, el Cliff ya estaba constituido como un barrio tugurial porque de acuerdo al ex funcionario, en aquel momento el gobierno intendencial planeó reubicar el barrio, trasladando a los inmigrantes de la costa a sus lugares de origen. El traslado nunca se hizo y la reubicación del barrio tampoco fue llevada a cabo. De la década de los 80, en la que nace Yerimaia, hasta el presente, la Policía Departamental 176 Fuente: Recopilación primaria; Departamento Administrativo de Planeación, Secretaría del Interior y Defensa Civil - San Andrés Isla. 2009. 82 califica al Cliff como: “uno de los sectores de la isla que durante mucho tiempo han sido referenciados por la presencia de ciertos grupos de delincuentes que cometen diferentes modalidades criminales. Aunque no poseen un grado de organización definido, se caracterizan por tener a los sectores como cuna de su actuar punitivo. De igual forma, el Cliff hace parte de los sectores donde hasta el momento se viene presentan la actividad delictiva en cuanto a los homicidios ocurridos en este departamento, así como al hurto a residencias, personas y de motocicletas”. Panorámica del barrio El Cliff. Sociológicamente, el tugurio es una categoría teórica que se define en razón de la organización territorial de un espacio y del paisaje social que lo constituye, es decir, en razón del lugar en cuanto construido por el hombre, por un lado, y en razón de la relación que se establece entre sus habitantes y el espacio, por el otro. H. Hourant asegura que son resultantes de varios factores, entre los que se descubre siempre un problema económico, y 83 es un fenómeno que se encuentra de manera general en las grandes ciudades de los países en vía de desarrollo. Los criterios de clasificación de los tugurios en el plano material son “difíciles de definir”, puesto que “por ejemplo, una vivienda perfectamente sana en sí puede convertirse en tugurio por superpoblamiento; otra, limpia y espaciosa, será insalubre por estar situada en una calle sombría y mal aireada”177; de manera general el paisaje material incluye la exigüidad y el apiñamiento de los espacios dentro de la viviendas (y entre una vivienda y otra), la ocupación de terrenos sin títulos de propiedad, la construcción en materiales inestables, la carencia de servicios públicos, sanitarios y la mala evacuación de aguas negras, y la ausencia de comodidades. El paisaje social que lo habita es la segunda dimensión del espacio tugurial, esto por la asociación entre el espacio material y el espacio mental, que como señala Luis Calderón es el que configura le tugurio: “El verdadero tugurio no consistiría únicamente en la miseria exterior de la habitación, unida a la desproporción del número de sus ocupantes. Se debería considerar también la situación psicológica del habitante y estudiar sus reacciones frente a la miseria”178. Es esta dimensión psicológica la que nos interesa. La “Cultura de Pobreza” es un concepto de la antropología, acuñado por el estadounidense Oscar Lewis en la década de 1960, tras años de convivencia con una familia mexicana de una vecindad popular del d.f. Este concepto superó las explicaciones materialistas sobre la pobreza y la vinculó al concepto de cultura, renovando por completo las percepciones de lo que significaba. Al quedar atrás las tesis racistas sobre la superioridad de una raza en particular, portadora de “la Civilización”, el fenómeno que se identificaba con crimen, delincuencia y vicio “como si la mayoría de los pobres fueran ladrones, mendigos, rufianes, asesinos o prostitutas”179 se percibió como algo positivo. La pobreza se trataba de una situación estable, persistente en razón de un orden sociocultural y psicológico transmitido 177 L, Calderón, “Problemas de la urbanización en América Latina”, Feres, Bogotá, 1963, pp. 225. L, Calderón, “Problemas de la urbanización”, pp., 225. 179 Lewis, O. Los hijos de Sánchez: autobiografía de una familia mexicana, México d.f. 1974, p.19. 178 84 por individuos que solucionaban localmente problemas irresueltos por las instituciones oficiales, ya fuera porque no tenían derecho a sus beneficios, no podían pagarlos o sospechaban de ellos. “La cultura de pobreza afecta la participación en la cultura nacional más amplia y se convierte en una cultura por sí misma”180. Para Oscar Lewis, el uso antropológico de cultura significa “un patrón de vida que pasa de generación en generación”, es decir, que se reproduce a lo largo de las líneas sociales de donde sale fortalecido. La aplicación de cultura a la pobreza la convierte en una situación que se expresa como un sistema de pensamiento, en el cual se disponen los símbolos y las representaciones que perfilan de manera colectiva la actitud frente a la vida. Descarta de lleno la identificación inmediata de esta última con la privación económica, la desorganización o la ausencia de algo material. Aunque la pobreza material sea uno de los numerosos rasgos, es uno de tantos de dicha Cultura de Pobreza. Nunca una causal necesaria. Ahora bien, la “Cultura de Pobreza” que acuñó Lewis no es la “Cultura Popular” de Peter Burke, si bien la escisión que destacó Edward Thompson entre la cultura de “arriba” y la de “abajo” es necesaria para entender la idea de que lo popular es algo distante y subordinado, carente de “cultura”. La cultura popular abarca toda la coalición social de las clases subalternas, mientras que la Cultura de Pobreza, aunque amalgama rasgos de la cultura popular “porque ellos pertenecen al campo popular”, se despliega en escenarios particulares de antagonismos de clase, problemas sociales y necesidad de cambios, utilizando sus propios materiales y consecuencias sociales y psicológicas distintivas de la cultura popular181. La Cultura de Pobreza de Lewis no incluye necesariamente a toda la clase trabajadora, al proletariado urbano o al campesinado, como en el caso de la cultura popular. Tampoco se limita a un grupo racial o étnicamente diferenciado ni incluye a las naciones indígenas, a los pueblos aborígenes o las comunidades afrodescendientes, que aunque vivan en entornos 180 181 Lewis, Los hijos de Sánchez, pp.14. Rocchietti, A.M, “La cultura como verdad: pobreza latinoamericana”, pp. 46. 85 de pobreza no suelen desarrollar una Cultura de la Pobreza porque su tradición cultural y su sentimiento de cohesión en torno a sus elementos comunes les da un sentido de identidad que forja los valores y costumbres propias: La cultura de la pobreza sólo tendría su aplicación a la gente que está en el fondo mismo de la escala socioeconómica, los trabajadores más pobres, los campesinos más pobres, los cultivadores de plantaciones y esa gran masa heterogénea de pequeños artesanos y comerciantes a lo que por lo general se alude como lumpen-proletariado182. La Cultura de Pobreza tiene dos epicentros: los anillos de miseria, alrededor o dentro de los núcleos urbanos, y las comunidades rurales. Los primeros, conocidos regionalmente como tugurios, favelas, villas, cantegriles, barrios, barriadas, etc., están vinculados más directamente a la Cultura de Pobreza porque allí se exhibe con mayor claridad la ruptura “dramática” de la expropiación social y el resultado de la adaptación, mientras que el campo expulsa trabajadores cuando la situación de supervivencia económica y las tensiones demográficas se hacen insoportables. Esta población rural migra a las ciudades y engrosa los entornos de miseria al establecerse en ellos183. El principal rasgo de la Cultura de Pobreza es el sentimiento de marginalidad, de abandono, de “no pertenecer a nada”. Incluso cuando se desarrolla en el corazón de una gran ciudad, sus recreadores sólo están parcialmente integrados a las redes nacionales “son como extranjeros en su propio país, convencidos de que las instituciones existentes no sirven a sus intereses y necesidades”184. La marginalidad “es el efecto final de un proceso que corresponde a una forma de existencia de grupos e individuos expulsados del círculo ordinario de los intercambios sociales”185 y se considera por los antropólogos como la “rabia de la pobreza”. Según Pierre Bourdieu, se constituye como tal por la relación imaginada de un espacio social con respecto a otro y por la distancia que los separa en razón de una exclusión mutua. Este sentimiento de pobreza está presente en la capa de 182 Lewis, Los hijos de Sánchez, pp.15. Rocchietti, A.M, “La cultura como verdad: pobreza latinoamericana”, pp. 46. 184 Lewis, Los hijos de Sánchez, pp.18. 185 Rocchietti, A.M, “La cultura como verdad: pobreza latinoamericana”, pp. 41. 183 86 población que algunos antropólogos denominan “pobreza desafiliada”, y que sus participantes no desarrollan relaciones sociales estables; aquí estarían los vagabundos, los ex presidiarios, los enfermos mentales, los pandilleros, los drogadictos, etc. Dice Dorothy sobre su educación moral: “a mí me inculcaron principios, valores yo llevo eso hasta la tumba. Me los inculcaron a mí y eso es lo mismo que yo traté de inculcarles a los hijos míos. Ellos cogieron bastante de mí, sino que el último, ay, Yerimaia fue diferente. Yo se que fue el ambiente que no pudo dar, o sea se dio más allá que acá”. ¿Es en efecto, ese más allá que acá una distinción social en referencia al sistema de valores? No puede ser simplemente espacial porque si la habitación del tugurio fue determinante los 6 hijos de Dorothy hubieran perdido el criollo puesto que todos crecieron en el Cliff. Esta pregunta se le encaminó a Dorothy de la siguiente manera: Entrevistador: ¿Tú dirías que la diferencia entre Samuel que sí habla criollo y Yerimaia es el “ambiente” que a Yerimaiah le tocó? -“Sí, yo creo que es el ambiente” Pero la diferencia de edades entre ambos no es lo suficientemente amplia para que el contexto de violencia en el Cliff haya cambiado. Por eso se le preguntó en relación a su hermana inmediatamente Mayor, Ernesta, con quien tiene una diferencia de sólo dos años: Dorothy, ¿tú por qué crees que Ernesta sí habla criollo cuando el ambiente es el mismo? “Sí. Yo sé que Ernesta y Yerimaia estuvieron en el mismo ambiente ¿qué pasó con Ernesta? Yo estudié ese caso también y me fijé en él. Lo que pasa es que ella estudió con monjas en el Colegio El Carmelo y las hermanitas siempre le ponían a leer más la biblia, a hablar más sobre Dios y aprendió mucho sobre los catecismos, los valores y el respeto, y ella prestaba más atención porque como siempre estaba en los recreos con las hermanitas: yo creo que eso la ayudó a ella bastante, se la pasaba más allá con las hermanitas que estar acá, en este ambiente. Del Carmelo la pasé al Colegio en el que yo estudié, La 87 Sagrada Familia que también es con puras monjitas, pero como ella quería estudiar comercio en bachillerato, me tocó pasarla antes de terminar al colegio Bolivariano. A ella le gustaba mucho estar relacionada con las monjitas y yo creo que eso la ayudó mucho porque las monjas enseñan los PRINCIPIOS, LOS VALORS, EL RESPETO y ella entiende mucho de esas cosas. Mira que a veces su hijo está grosero y ella le dice “deja la falta de respeto, Mathew, deja las malas palabras, cuidado con oírte malas palabras porque te parto la boca” y esta es la hora q yo no lo he oído a mi nieto una sola mala palabra, y eso que también vive aquí”. Por el contrario, el escenario de Yerimaia es: “Cuando Jerimaiah iba para los 16 años, un día me dicen: “ay, Jeremiah está peleando” -“¿Jeremiah? ¿peleando?”- a mi me pareció raro -“¿cómo así que está peleando? ¿con quién”- “con los pelados de Santa Ana, él bajó a hacer un mandado y lo agarraron” -“¡Ay, no!”-. Salgo corriendo porque Santa Ana es al pie del Cliff, cuando voy bajando ya él venía “¡ay mami, yo iba a hacer el mandado que me mandaste y los pelados de Santa Ana empezaron a pelear conmigo!” -“¿y tú qué hiciste?”- “pues salí corriendo”. Yo, ajá, no le presté tanta atención y no fui a poner queja. Como al quinto día me dicen que otra vez está peleando. Cuando regresa a la casa le pregunto “¿y qué pasó ahora? -“no mami, que cuando yo bajo del barrio los de Santa Ana me quieren pegar, el otro día estaba en el colegio y esos pelados fueron a buscarme la pela a mí y a otros pelados del Cliff”. Yo le digo “¡cómo así! ¿y las profesoras qué dijeron?” -“no, los echaron”- “¿y esos pelados están estudiando?” -“no mami, no estudian”. Al otro día los profesores del colegio Industrial me llaman a decirme que unos pelados llegaron buscándole la pela a Jeremiah, que no lo dejaron salir hasta que se fueron y que no era a Jeremiah solo, sino a todos los del Cliff que estaban estudiando allá. Claro, entonces yo les dije a los profesores “tenemos que ir donde los papás de estos pelados a ver qué se puede hacer”. Decidí hablar con el marido mío, y le pedí que me ayudara a ir a poner las quejas a Santa Ana. Me acuerdo cuando fui con él. Ellos dijeron “¡ay! vamos a hablar con los hijos, vamos a regañarlos”, así que me vine contenta, pero ya le decía a Jeremiah: “no vayas a 88 salir, quédate aquí en la casa”. De pronto habían días que él quedaba y días que salía, yo me daba cuenta porque yo preguntaba y me decían “sí, Jeremiah salió con unos pelados que vinieron buscándolo”, y cuando menos fui a pensar ya me tocaba regañarlo para que no saliera más. Así comenzó la historia de Jeremiah (suspiro). Preferí sacarlo del colegio Industrial y lo mandé para el Bolivariano, ahí estaba haciendo cuarto de bachillerato, le iba muy bien, gracias a Dios, ahí tengo las calificaciones, terminó ese año y cuando voy por las calificaciones, sus profesores me dicen que otras vez unos pelados lo vienen a buscar a la salida para armar pelea -“esas peleas ya no me están gustando nada, mejor lo mando afuera para que termine de estudiar”-, así que lo mandé a Bogotá, en ese tiempo mi hija Karen estaba allá estudiando enfermería. El terminó su bachiller, ahí tengo los diplomas guardados, y después vino a decirme que quería quedarse con su hermana y estudiar una carrera de computación. „Miércoles, Jeremiah, yo no tengo plata‟. Entonces me dice “bueno, yo me devuelvo” –„Jeremiah, en estico vas a tener 18 años, así que cuídate porque mayor de edad sabes que ya el que las hace las paga‟”. El contraste de Dorothy entre Ernesta y yerimaia es revelador, y demuestra que cuando Dorothy se refiere a “ambiente” no habla necesariamente del barrio, sino de las “malas maneras, el contexto de pandillas de Yerimaia que califica como “el comienzo de su historia”. Teóricamente, esta historia sería la adopción de una cultura de pobreza que se expresa con violencia en razón del sentimiento de marginalidad, que al parecer es mayor en Yerimaia que en cualquiera de sus otros hermanos. Según Dorothy, todos sus hijos tuvieron amigos costeños o hijos de inmigrantes costeños “educados y serios. P‟a qué, bien, el último fue que los amigos eran muy diferentes a los amigos que ellos tuvieron, muy diferentes…a veces me pongo a pensar “Dios mío, ábreme la mente, ayúdame por favor ¿por qué será que mi hijo Yerimaia ha sido más distinto que mis otros hijos? Siendo que yo misma lo crié a él como los crié a ellos también”. Entonces debe ser que el ambiente alrededor está más dañado que antes porque han venido más de esa gente de Cartagena, y siempre los que vienen a la isla se meten acá al barrio. Los amigos que yo le conozco son cartageneros, malas compañías…”. 89 No se puede obviar la relación que hace Dorothy entre la adopción del español y la adopción de valores asociados al pandillismo, que en el contexto sanadresano parecen provenir de una parte de los inmigrantes costeños o sus hijos, en especial cartageneros: podría tratarse de la adopción de una cultura de violencia que se expresa en español, no en criollo ni en inglés. La adquisición del español es percibida por Dorothy no desde un punto meramente lingüístico sino moral, producto de compañías que aunque sean un grupo heterogéneo tienen en común hablar español y estar por fuera de la etnia raizal. Esta insistencia en el plano moral cuando se trata de un cambio lingüístico no es un error o una dispersión, más bien parece ser la clave social de la cuestión lingüística de Yerimaia: Esas malas compañía comparten lo que la antropología denomina “Cultura de Pobreza”, inexistente en la isla hasta la inmigración masiva de colombianos continentales en la década del 60 en razón de una fuerte disciplina social controlada por la Iglesia Bautista y bastante profunda en la psicología de los sanadresanos. El nuevo equilibrio étnico supone un retroceso de esta moral y significa la llegada de esa cultura de pobreza con algunos inmigrantes continentales, en especial cartageneros que poblarían lo que hoy se conoce como el Cliff. Esa cultura de pobreza ha sido adoptada por Yerimaia con un énfasis en la violencia el pandillismo. Esa cultura de violencia se expresa en español, es decir, la adopción de esta lengua ha sido el vector idiomático para ingresar al escenario de las pandillas, y en este caso, pandillismo y español están estrechamente ligados, una cultura urbana en la que ninguno de los otros 5 hijos de Dorothy participa: esta es la única diferencia encontrada entre Yerimaia y sus hermanos. De acuerdo con Marcia Dittmann, las lenguas tienen funciones sociales que las hacen aplicables en contextos donde sean requeridas, y de nada le sirve a Yerimaia el dominio del criollo cuando no se habla en la escuela, en el barrio y menos en el núcleo de sus amistades. De acuerdo con el contexto específico de la matriz cultural de un sujeto en cuestión, se ponen en juego algunos elementos como rasgos distintivos y pertinentes, mientras que otros 90 entran en desuso, son resinificados o caen en el olvido186. Así, la adopción lingüística de Yerimaia es una respuesta a la presión idiomática de su entorno: hacer parte de las pandillas le exige el dominio del español. Esta diferencia repercute en que él no pueda ser el estereotipo “ideal” del raizal porque sus requerimientos para socializar son distintos a los requerimientos de sus antepasados, sin ir lejos, su propia madre: “Yo tenía bastante amigos de Barranquilla, de Medellín, también amigas de Cartagena, pero eran peladas honestas y los padres criaban a sus hijos correctamente, con principios. Porque la cuestión no es que sean cartageneros o raizales. Yo conozco cartageneros de bien y también raizales delincuentes. Es el tipo de amistades que mi hijo escogió, unos amigos que dirían “¡ah yo tengo que irme temprano a la casa porque mi mamá me puso a hacer algo en la casa”. En cambio los hijos míos a todos yo les enseñaba que cuando yo salía al mercado, o a alguna parte, siempre les dejaba alguna tarea “tu vas a barrer, tu vas a componer la silla o tu vas a limpiar la mesa, la otra va a arreglar la ropa”. Pero hoy en día que yo veo que los hijos de estas personas que llegaron de Cartagena, juegan, se pierden por horas y las mamás ni se enteran dónde están los hijos. Entonces a Yerimaiah le tocó esa vida que él veía, que esos jóvenes tienen esa libertad y él quería tener esa libertad, y yo le decía “que no, que no”, y él empezó a andar y con ellos cuando ya tenía diez años. Antes no, antes se manejaba muy formal en la casa, pero a penas cogió confianza, le dirían los otros amigos “no, ya tu eres grande, ya eres mayor, no le pares bolas a esa señora”, y en vez de seguir por lo que yo le decía se siguió más de „aquel lado‟ (suspiro)”. “Sus amistades”, que lo ha llaman YERIMAIA EL GUAPO. “A mí no me gusta que le digan así a mi hijo porque su nombre no es con Y, no es y-e-r-i-m-a-i-a-, sino con J, j-e-r-i-m-a-i-a-h. Se pronuncia diferente. Pero ni él y sus 186 Lienhard, M (s.f.). Sociedades heterogéneas y diglosia cultural, pp. 87. Disponible en internet: http://books.google.com.co/books?hl=es&lr=&id=sTXkuHNdZp0C&oi=fnd&pg=PA93&dq=martin+lienhard &ots=rw0rE2M5Iv&sig=hVJ8S1QtZqFPSa05rX4VgL894aI#v=onepage&q=martin%20lienhard&f=false 91 amigos insisten en el bendito Yerimaia, hasta en la policía su alias es así, en español. El guapo tampoco me gusta porque los costeños le llaman guapo al valiente, que: „ajá, yo soy el más guapo ¿quién es el que quiere pelear conmigo o qué?‟. Yo hubiera preferido un hijo libre”. 92 CONCLUSIONES O LA REVISIÓN DE UNA PERSPECTIVA CONCEPTUAL Aunque el desplazamiento del criollo no destruya la identidad de los raizales sanadresanos, altera la doble función de identificación étnica que tiene la lengua dentro de un grupo. De acuerdo con Kremmitz, el papel de la lengua en la permanencia de la identidad se da en dos dimensiones: al interior de la comunidad sirve como medio de comunicación, mientras que en relación con otros grupos sirve como diferenciador, es decir, un marcador de la identidad que la distingue de otras identidades a su alrededor187. Si bien al interior de la comunidad raizal el español ha servido ocasionalmente como medio de comunicación, ya que sus miembros lo hablan en razón de la historia de la isla, las políticas educativas y lingüísticas adoptadas durante décadas por el gobierno colombiano y, sobre todo, la continua socialización de los raizales con la comunidad de inmigrantes continentales, se percibe malestar entre los raizales con el nuevo uso intracomunitario, en particular entre las generaciones más viejas, para quienes hasta hace unos años la comunicación dentro de la comunidad estaba reservada al creole o al inglés estándar. En efecto, la segunda función de la lengua, distinguir a un grupo determinado de las comunidades exteriores a su alrededor, ha perdido en el nuevo panorama su horizonte, o mejor dicho, ha sido resignificado porque se ha integrado el idioma de los “otros” a su propio seno. El malestar de aquellos raizales que ven con asombro el que otros raizales tengan el español como lengua materna y, por lo mismo, hayan desplazado el creole, no es otro que el malestar de poner en duda su propia identidad étnica, de preguntarse hasta qué punto el “otro” hace parte de ellos mismos. Los ciclos demográficos de la isla han estado vinculados a “una compleja historia de inmigraciones intercontinentales y migraciones caribeñas a través de aproximadamente tres siglos”188, en la que grupos africanos, europeos, indígenas (Miskitos), árabes, judíos, 187 Kremmitz citado por Groll, I. (2009). Lenguas autóctonas en Colombia, pp. 64. 188 188 Dittmann, M. (1992). El criollo sanandresano: lengua y cultura, pp.88. 93 incluso chinos, se asentaron en San Andrés paralelamente a la constitución de la comunidad étnica raizal. No obstante, durante décadas, el creole ha sido el idioma diferenciador de la identidad étnica del grupo raizal frente a los “colonizadores” del Puerto Libre, los colombianos continentales que llegaron a un ritmo no visto hasta entonces. Si bien la participación de los elementos culturales de los grupos europeos, indígenas, árabes, judíos y chinos fue marginal en la cultura raizal, todos tienen dos características comunes frente al ciclo migratorio de los colombianos continentales. Primero, que su ciclo no significó un volumen tan amplio como para convertir en minoría étnica a la comunidad raizal, que hasta la consolidación numérica de los colombianos continentales fue mayoría; segundo, que su período migratorio fue paralelo a la constitución étnica de los raizales y, por tanto, en mayor o menor medida se incluyen en el discurso de constitución étnica, así sea en reflejo del “otro”, pero un “otro” conocido. Por el contrario, el ciclo colombiano fue el “último” y sus inmigrantes “llegaron, con pocas excepciones, luego de establecida la población lingüística y culturalmente distinguible como sanadresanos”189 . Más aún, este desplazamiento lingüístico ha significado la adopción del español como la lengua materna de algunos raizales. Por tanto, se está poniendo en duda no sólo los criterios étnicos con los cuales definir lo raizal, sino la otredad de una lengua que la historiografía “clásica” sobre los conflictos provocados por la nueva inmigración ha sobredimensionado. Esto significa dudar de la validez del concepto de “colombianización”, o al menos la revisión de su perspectiva conceptual porque no se trata solamente de un concepto, sino de una idea vaga, una noción de amenaza a lo “local” con elementos que antes y ahora han hecho parte constituyente de lo isleño. El hecho de que el establecimiento de colombianos continentales en la isla fuera posterior a la constitución de los raizales como grupo étnico significa que la otredad con lo “colombiano” es posible, puesto que el “nosotros” se constituyó al margen de dicho componente; es más, el concepto de raizal está íntimamente ligado a la conversión de la 189 Dittmann, M. (1992). El criollo sanandresano: lengua y cultura, pp.88. 94 población isleña nativa en minoría, que reclama derechos y beneficios perdidos en razón de la mayoría numérica del nuevo grupo. Lo que importa aquí no es negar las tensiones sociales producidas, ni siquiera el concepto mismo de “colombianización”. Lo que sí resulta problemático es atribuir sentidos de otredad, de “colombianización”, a elementos que no se ven con exterioridad por parte de los isleños y que tampoco son exclusivos de lo considerado “colombiano”: estos son la religión católica y el español. Desde finales del siglo XIX, el gobierno colombiano decidió afianzar su presencia en el archipiélago de San Andrés y Providencia por medio de una estrategia global llamada “colombianización”, que debió su nombre a que, en esencia, significó “el traslado de las figuras políticas, administrativas, judiciales, policiales, educativas y religiosas de la “Colombia Continental”, que se expresaban en español”190. La “colombianización” se desplegó en una sociedad cuya identidad estaba construida por una experiencia protestante, caribeña, expresada en inglés “y que siempre había visto y vivido lo [colombiano] continental como algo diferente, lejano y hostil”191. El nombre del concepto deja claro la intención de la política: “colombianizar” a los habitantes de las islas, es decir, “una estrategia de asimilar el archipiélago de San Andrés y Providencia a la Colombia continental, a costa de su identidad cultural”192. Su implantación produjo conflictos que variaron según la coyuntura histórica, pero que durante más de un siglo han afectado todos los sistemas de interacción de una comunidad, como la política, la religión, la economía y la cultura. Éstos pueden agruparse, principalmente, en torno a: el ejercicio del poder político y administrativo; la introducción de la educación pública impartida en español y el uso impositivo de este idioma en las esferas estatales y públicas; el trabajo de adoctrinamiento católico de la misión Capuchina, acompañado por el desprestigio estatal de las religiones protestantes; la apertura del Puerto Eastman Arango, J.C. (1992), “El archipiélago de San Andrés y Providencia: los conflictos de la „colonización‟, 1886-1930: Elementos para comprender su historia” en La Investigación en la Javeriana, núm. II, pp. 400. 191 Eastman Arango, J.C. “Los conflictos de la colonización, 1886-1930”, pp. 400. 192 De Friedemann, N. “San Andrés y Providencia: sus derechos étnicos y culturales”, pp. 133. 190 95 Libre y el desplazamiento de la economía de agricultura y pesca por el comercio y el turismo; y la llegada masiva de inmigrantes continentales, que produjo sobrepoblación, desempleo, pobreza y la lucha por los limitados recursos ecológicos y sociales, suficientes hasta entonces. Encuentro tres errores en la perspectiva del concepto, que no recaen sobre Juan Carlos Eastman exclusivamente porque son una constante en los trabajos sobre la isla; cabe decir que algunos de los autores revisados para la siguiente investigación tuvieron en común otorgarle esa otredad al catolicismo y al español, como Marcia Dittmann, Loraine Vollmer e Isabel Clemente, sin acudir necesariamente a un concepto denominado “colombianización”. La primera revisión es la de utilizar la “colombianización” desde una postura de la aculturación, de la asimilación. Su interés tiene una única dirección de la interacción cultural (cultura dominante versus cultura víctima), sin preguntarse por el caso inverso, una posible “raizalización” o “isleñización” de los inmigrantes continentales o, en un escenario abstracto, de la ideas teóricas que llevadas al contexto sanadresano también se modificaron para aplicarse en la isla. Por el contrario, en mi primera investigación concluí cómo los procesos de convergencias culturales actuaron en doble vía: La convivencia entre la comunidad isleña raizal y la comunidad isleña continental en el espacio tugurial ha producido procesos paralelos, puesto que ambos sectores han adoptado pautas culturales del otro grupo social. En el caso de Dorothy se evidencia en el hecho de que su hijo Yerimaia no hable criollo a causa del escenario tugurial castellanoparlante y, en especial, su participación en la “cultura de pobreza” que parece ser un préstamo cultural de un sector de la comunidad colombiana continental. Por otro lado, la religión bautista ha sido adoptada por varios inmigrantes continentales, consolidándose lo que se considera una iglesia Bautista Hispana que tiene una feligresía de varios miles alrededor de la isla; sus feligreses tienen como característica que no eran bautistas antes de llegar a San Andrés. También conozco el caso de inmigrantes continentales que han aprendido el creole, no tanto por canales oficiales porque no hay 96 oferta educativa disponible, como por la interacción con isleños, en especial tras matrimonios o la conformación de una pareja con un raizal. El segundo problema de la perspectiva conceptual de la “colombianización” es su referencia a lo “colombiano” como una totalidad que en la práctica no existe: Colombia es un territorio fragmentado geográfica, cultural, étnica y lingüísticamente, en el que ni siquiera su idioma oficial es una unidad (hay varios registros del español en razón de características de clase social, origen étnico, región, culturas urbanas, etc.). Esta totalidad impuesta anula elementos convergentes que los microcosmos culturales ya tienen preestablecidos antes de cualquier contacto, destruyendo la otredad que supone una visión de la llegada de Lo Colombiano como un agente agresor. En este sentido, una idea sistémica de “colombianización” interrumpe la fluidez del reconocimiento entre la matriz cultural afrocaribeña continental y la matriz afrocaribeña insular, por ejemplo. Si bien un afrodescendiente de Cartagena y otro de San Andrés tienen diferencias, siendo el idioma la más notoria, existen rasgos comunes entre uno y otro grupo, sin dejar de ser el continental un “colombiano”… En efecto, Dorothy se refirió a cómo muchos de los nuevos habitantes del Cliff provenían del barrio de Cartagena Chambacú, un epicentro histórico de la marginalización social de la herencia africana en el contexto de una ciudad colonial, heredada en la era republicana y consistente aún hoy en día (aunque el tamaño del barrio ha disminuido por procesos de urbanización, es una de las zonas más pobres del departamento de Bolívar). Aunque la intervención de Dorothy se refería más bien a “las malas maneras de estos habitantes del continente”, me dirigí a la literatura sobre esta isla-barrio para entenderla más. Entre los libros que encontré, estaba el relato clásico del maestro Manuel Zapata Olivella “Chambacú, corral de negros”, y qué sorpresa fue descubrir una constante africanidad cultural entre sus personajes que, en muchos momentos, me recordó el contexto raizal. En particular, recuerdo de “Chambacú, corral de negros” la convivencia de la medicina occidental con la medicina africana, la yerbatería y el vudú, y de repente me remití a 97 extractos sobre la vida de Dorothy, en los que hablada sobre la brujería isleña (conocida como obvia) y, en general, a la pendularidad afrocaribeña de su identidad, en la que el papel de la medicina con plantas y el poder de los espíritus era similar a los relatos que el maestro Olivella ofrecía. Entonces imaginé que una mujer llegada de Chambacú habría podido entablar perfectamente una conversación con Dorothy sobre este tema, sentadas en la puerta de entrada de la casa de Dorothy en el barrio el Cliff, sin que ella se sintiera agredida, “colombianizada”. Dorothy le habría dicho: “Imagínate que a veces yo digo que la brujería no existe, pero sí existe. A mí me consta, aunque si se le da la libertad se apodera de uno, por eso uno no tiene que creer, sólo saber que está, pero primero poner al Señor. Yo me acuerdo que cuando era pelada, por la casa había un señor que se llamaba Evan, y él con otro hacían rezos y levantaban a los muertos. Sí señor, una vez iba a levantar a un muerto que le encargaron, pero levantó al equivocado, se equivocó en sus oraciones y levantó a un chino, un chino de la China que habían enterrado sin sus gafas y ese chino andaba ciego, tumbando todos los tanques, las matas, todo. Sí, sí, yo lo oía desde mi cuarto y por la mañana amanecía el reguero. Pero no es todo mundo que ve muertos. Yo los alcanzo a ver porque yo nací con la cara cubierta. Mi mamá dice que el que nace con una tripa en la cara siempre siente vainas, yo nací con eso, en inglés uno le dice viel, en español le dicen el velo porque es una telita que cubre la cabeza. Siendo pelada yo veía a una señora alta que paseaba por la casa y mi mamá me decía que sí es verdad porque yo se la describía y era una señora que murió en parto. Sí, mucha gente podía verla. También cuando yo estaba más pequeña había un muerto que me cargaba a mí en el aire, me tuvieron que echar agua bendita los padres de la católica para que el muerto me dejara quieta. Mi mamá no más me veía a mí en el aire, flotando, y yo le decía “sí mami, es don Tato, es el señor Tato que me está cargando”. Aunque el rótulo de “colombianización” especifique un modelo cultural que es bastante centralista, de hecho el que la élite política consideró durante más de un siglo el arquetipo de nación colombiana –y entonces colombianización podría ser un acertado cinismo-, el tercer error ya no es de nombre sino de contenido: la otredad a dos aspectos que han hecho 98 y hacen parte de lo isleño, y ubicarlos en la esfera de lo “otro” colombiano ya no es correcto. Me refiero al idioma español y la religión católica. En el caso de la lengua, es evidente que hoy la perspectiva conceptual no pueda hablar a la ligera de colombianizar acudiendo al español porque Yerimaia es un raizal –como varios de su generación- que lo ha adoptado en la forma de lengua materna, destruyendo la otredad e integrándolo en el seno de la identidad étnica. Aquí la caducidad del ingrediente español como un otro podría significar la actualización del concepto porque esta nueva especialidad lingüística es posterior a la acuñación de la perspectiva conceptual. Incluso podría afirmar que inesperada. Sin embargo, la religión católica como un otro sí es un error insalvable que un acercamiento concienzudo a la historia religiosa del archipiélago y a las voces de la comunidad raizal habría matizado la fuerza con la que se le percibe, o mejor, se le imagina como religión imperial, dominante y exterior. La religión católica pudo haber sido instrumentalizada por el gobierno colombiano en algunos momentos de la historia del archipiélago, pero esto no desvincula a la comunidad sanadresana de un pasado católico anterior a las políticas de asimilación cultural. Un acercamiento a la familia de Dorothy evidencia que se puede ser católico y raizal a la vez: “hay raizales católicos también, por lo menos yo soy católica. Mi mamá es Bautista y mis hijos son católicos. Fíjate que yo fui bautizada en la católica por mi mamá”. Cuando se le sugirió si fue bautizada para estudiar en un colegio público o con la intención de acceder a futuro a un puesto en la burocracia (cathilic jobs)193, Dorothy afirmó enfáticamente que no, lo que demuestra la cercanía de la relación entre el catolicismo y el bautismo. Si la iglesia católica fuera percibida automáticamente como un agente de asimilación ¿por qué una madre bautista bautizaría a sus hijos en la iglesia de los “otros”? Sencillo, porque no la ve con otredad. Ni la madre de Dorothy ni ella misma, quien afirma 193 Hay versiones de conversiones en masa para acceder a becas y a trabajos. Aunque en algunos casos fue cierto no se pueden generalizar ni se puede evaluar al Catolicismo a partir de acciones puntuales del gobierno. 99 que su esposo es también bautizado en la iglesia católica y contrajeron matrimonio también en dicha iglesia. Es más, los raizales no distinguen más allá de algunas diferencias de culto entre el protestantismo y el catolicismo. Cuando se le pregunta a Dorothy sobre qué piensan los raízales bautistas sobre los católicos, responde que: “la verdad que yo a ellos no les he visto ninguna diferencia con la religión porque ellos dicen que es un solo Dios y no importa la religión a la que vaya la persona porque es un solo Dios que estamos alabando, los raizales dicen así”. Parece ser que más allá de la religión, es la vida decorosa, la vida religiosa en lo cotidiano, la moral, lo que importa en la religiosidad raizal, una moral que es tanto católica como bautista y que se sobrepone al culto particular de cada una de las iglesias. Si se le pide a Dorothy una diferencia entre raizales y continentales, afirma que lo especial de los raizales es “la guarda del domingo”, un elemento que, de hecho, fue común cuando se le cuestionó a otros raizales sobre la misma especialidad: “anteriormente siempre los domingos eran sagrados para los raizales. Mi mamá cocinaba de todo los sábados y el domingo teníamos de todo para comer, sí, comíamos muy rico porque el domingo en la mañana se levantaba uno y lo único que hacía era el té, lo primero que brindaba antes de irse a la iglesia. Comíamos después de llegar. Las personas paraban todos los domingos en la iglesia, fuera católica o bautista, así que los domingos los isleños no cocinaban porque tenían ese día para orar y estar en familia. Las clases de catequismo se llenaban con bastantes jóvenes, pero hoy en día ni la iglesia se llena como antes porque antes no había otras cosas para hacer por la calle un domingo, todo estaba cerrado, y si estaba abierto no podíamos ir. Los domingos era nada más que para la iglesia. Yo iba mucho a la iglesia bautista del centro a coger estudio bíblico. No es como hoy en día que se oye mucha música por todos lados, no, anteriormente todo mundo los domingos se dedicaban era a su religión”. 100 La historia de la Iglesia Bautista es imprescindible en la constitución de la cultura raizal porque fue esta iglesia la primera institucionalizada en el archipiélago y la que abrió también los primeros colegios públicos, en un contexto de manumisiones durante el siglo XIX. Sin embargo, la llegada de la Iglesia Católica a San Andrés a comienzos del siglo XX con los Padres Josefitas de Estados Unidos y los ingleses de Mill Hill proporcionó a la población raizal una relación temprana con el catolicismo. Esta relación no sólo se facilitaba porque la evangelización se expresaba en inglés estándar –al igual que la iglesia bautista-, sino porque la moral enseñada consolidó el sistema de valores que Yerimaia perdió completamente. Una moral compartida en primera medida por bautistas, pero consolidada por los misioneros católicos. 101 BIBLIOGRAFÍA Bauman, Zygmunt. La cultura como praxis. Barcelona, Paidós, 2002. Benítez Rojo, Antonio. La isla que se repite: El Caribe y la perspectiva posmoderna. New Hampshire, Ediciones del Norte, 1996. Clemente, Isabel. San Andrés y Providencia: Tradiciones culturales y coyuntura política. Bogotá, Uniandes, 1989. Deleón Meléndez, O.C. (1992), “Etnia y género” en Tradiciones de Guatemala, núm. 37-38. De Friedemann, N. (1996, diciembre), “San Andrés y Providencia: sus derechos étnicos y culturales”, en América Negra: a la zaga de la América oculta, núm. 12. Díaz, Rafael “Los afrodescendientes en la Colombia colonial” En Encuentros de Diversidad, Ministerio de Cultura, Bogotá. Dittmann, Marcia. El criollo sanandresano: lengua y cultura. Cali, Universidad del valle, 1992. Eastman Arango, J.C. 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