Historias de la calle Lincoln, de la montaña a Sabana

CONTRAPORTADA
Charles Baudelaire, hombre de lejanías
Julio Borromé
AÑO 5 / NÚMERO 226 / DOMINGO 15 DE FEBRERO DE 2015
Historias de la calle Lincoln, de la montaña a Sabana Grande
INÉS RUIZ PACHECO
Historias de la calle Lincoln es una novela
fragmentada, narrada en 29 formas de relato, que rompen con la estructura narrativa regular, porque presenta un narrador
que va desde la primera hasta la tercera
persona, emplea un lenguaje diverso, de
diferentes tipos de discurso y se aleja de la
linealidad del tiempo.
Esta novela rompe con la forma tradicional narrativa, el autor emplea una forma
de escritura en la que el contenido y la forma van de la mano para expresar un nuevo mensaje y crean una obra que puede
leerse de forma aislada, como si fueran varios cuentos sobre una misma temática y
posteriormente construir la unidad del
discurso, que se vale del modelo de escritura de diario, de la nota periodística, el
guión televisivo, mensajes cortos en servilletas, monólogos y diálogos para decirnos
un momento histórico venezolano.
Con estas herramientas el autor recrea
la vida bohemia intelectual de los años 50
y 60 ocurrida en la calle Lincoln o bulevar
de Sabana Grande, donde confluyen un
grupo de jóvenes insurrectos que viven la
derrota del movimiento revolucionario y
dada la similitud con la realidad social del
momento, es posible considerarla como
un texto testimonial de la época, tal como
lo afirma Ana Teresa Torres en su Breve itinerario personal de la novela venezolana.
La obra es una especie de collage de la Caracas nocturna, de la Venezuela posterior
al cese de la guerrilla, cuando se produce
el abandono del campo y ocupación de las
ciudades; proyecta al venezolano esnobista, habla de un país que sucumbe ante el
encanto de los medios de comunicación
social, donde una y varias voces narran las
experiencias de Guaica, Graciela, Enrique,
Patricia, Mónica, Ernesto, El Gato, Adriana
o Elizabeth, jóvenes venezolanos, desilusionados, quienes sobreviven gracias a la
posibilidad de intelectualizar su pasado.
Los personajes de Historias de la calle Lincoln representan estereotipos de hombres
y mujeres partícipes de la lucha armada:
Graciela es la niña rica e intelectual seguidora del pensamiento humanista europeo; Guaicapuro Rodríguez o Guaica, el
poeta intelectual que tiene la palabra exacta para hablar y entender el momento histórico; El Gato, Pereira y Ernesto, luchadores activos, los últimos sobrevivieron a la
montaña; Patricia, la modelo; todos consumidores de droga, y Adriana, una lesbiana,
cuyo odio por los hombres se forjó tras ser
violada por su padre.
La interacción de los personajes deja en
el lector una sensación de que la revolución y la fuerza guerrillera de los años 60
estuvo más sustentada en una ilusión inte-
lectual que en una práctica, lo cual se evidencia con la actitud de los intelectuales
posterior a su participación en la guerrilla.
Esto se deja apreciar en el segundo capítulo cuando el fantasma del Gato habla sobre su vida, su participación en la lucha
armada y dice: «todo esto te bastaba para
entender que si alguna vez había existido
para ti algo parecido al marxismo, eso se
había quedado con las charlas del profesor
del Liceo de Altagracia, en los bancos del
patio, o tal vez después, en Caracas, en las
reuniones cerca de la placita Cristo Rey,
con las chamitas de la célula del 23 de enero y las clases de química para explosivos y
la técnica del manejo y mantenimiento de
armas o las discusiones en los círculos de
estudio sobre el manual Kusinen o el libro
de Politzer; o tal vez en tu primera acción
o en tu primera toma de barrio, cuando te
perdiste con Clarita, por los lados de la antigua estación de Caño Amarillo, tal vez
allí quedaron el viejito Marx y Lenin y los
folletos de Mao y todo lo demás, porque
después, en la montaña, y dime si es mentira, en la montaña cuándo te quedaba un
tiempito, cuándo te quedaba un lugarcito
despejado en el cerebro para acordarte del
materialismo histórico y las leyes de la dialéctica».
El punto de encuentro de estos personajes es la ciudad, que lejos de estar satanizada aparece como el espacio de salvación o
resguardo, donde el consumo de alcohol,
drogas y el sexo libre se perfilan como ilusión para la evasión y permiten el reencuentro, la recuperación y la sucesión de
nuevas historias.
Los jóvenes se reconocen en la ciudad y
sus vicios, el bar lejos de ser la zona de
riesgo, logra ser el espacio que salva a un
guerrillero, porque su dueño es un comerciante excomunista, quien aunque cree en
los ideales de izquierda, cae ante el dinero.
El lenguaje coloquial de la ciudad cobra
fuerza en cada página de la novela y esto lo
hace de diversas formas, así vemos cómo
la narración de una cuña de televisión, el
diario de una joven de 15 años, el monólogo, la escritura breve, una noticia periodística o un mensaje radial se convierten en
formas de hilvanar la historia citadina rápida que hace sentir al espectador frente a
un constante flash de situaciones simultáneas sucedidas en la misma ciudad.
La rapidez con la que transcurren los hechos evidencia una movilidad que pareciera hablarnos de la rapidez de la ciudad.
La selva y la montaña son dibujadas por
algunos personajes como la zona de riesgo, donde los guerrilleros perdían la vida y
los militares o policías provocaban muertes.
El episodio en que el Gato y Pereira logran salvar sus vidas de un ataque en la
montaña para luego caer en manos de la
policía da cuenta de esto: «ya se sabe que
está mal dormir sin las botas puestas, pero
tú, quién aguanta esta vaina, y te las quitas, y, ¿recuerdas?, tú que te las quitas y los
pies que te haceb pruff y se te hinchan de
golpe, y que te quedas viendote los pies o
más bien las costras y las llagas que, y esto
lo dice el comandante, son la carta de presentación de un guerrillero; las llagas que
te brotaban en todos los sitios de la piel, tú
que te le quedas viendo y que te duermes
y la comisión de la Gigipol que les cae encima».
La insurrección es otro de los temas
abordados en Historias de la calle Lincoln, por
una parte aparece marcada la derrota de la
lucha armada, sin embargo el espíritu insurrecto de la generación se percibe en la
posterior intención de transgredir lo no
permitido y vulnerar cualquier espacio público, tal como ocurre cuando Guaica, Graciela y Ernesto transitan por la avenida
Francisco Fajardo y al pasar frente a la estatua de Maria Lienza se bajan, colocan un
sostén en sus senos y riendo se trasladan a
una fiesta, que concluye en una casa de
playa de uno de los invitados, donde tienen cabida todos los excesos concebibles.
Los comerciales de televisión promocionando un tipo de colirio para ocultar los
efectos de la droga, también dan cuenta de
esto.
En el cuerpo de la novela, la Carta que Rafael enviaría a Mónica si la novela durara seis
meses más, se transforma en una metáfora
de la realidad política y social venezolana,
pues la reflexión a partir de la desilusión
amorosa planteada por Rafael resume la
desazón idealista de la época: «En adelante
sólo seré fiel a la derrota, quiero decir: a
esa asimilación mórbida que de ella he
realizado; de esta incertidumbre, hipotetizo, un día emergerá la historia que deseo:
la duración debe ejercer su dispositivo destructor también sobre esas regiones del espíritu de las cuales ya nada queda esperar
más que podredumbre».
Si los sucesos de la novela son realidad o
ficción es una elección que hace el lector
en el pacto que establece con la narrativa.
La palabra, intelectualizar la realidad y la
vida misma como excusa para la creación
literaria se perfila como un modo de salvación en el personaje de Guaica, quien después de todo se vale de la palabra para explicar la realidad y regala parte de su pensamiento contenido en escritos sobre servilletas en muchas noches de trago, en los
que deja leer frases como: «Algo debe andar muy mal por dentro, cuando basta una
idea, una mínima dosis de obsesión para
destruirme» o «después de todo esto, qué
restará. Sólo la imaginación: la crueldad
cotidiana».
Alusiones a Marx, Lenin, Mao Tse Tung,
Ghandi, Fidel Castro, músicos como Los
Beatles, artistas plásticos como Jesús Soto
y Vassarely son constantes en los diálogos
de Guaicapuro Rodríguez durante toda la
obra, proyectándose como símbolos de la
lucha revolucionaria de una época.
En fin, Historias de la calle Lincoln entrega
un desasosiego, que deja ver cómo el
triunfo de la guerrilla y de los líderes de izquierda se transformó en un sueño efímero, que generó desilusión, cuyas fortalezas
fueron más pensamiento que acción, por
lo cual su existencia y permanencia en el
tiempo se refugió en el verbo y alejó de la
práctica, del hacer y construir haciendo.
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DOMINGO 15 DE FEBRERO DE 2015 / CIUDAD CCS / LETRAS CCS
LETRAS CCS / CIUDAD CCS / DOMINGO 15 DE FEBRERO DE 2015
Fe de erratas
Pintura de Benito Mieses
JUAN MANUEL ROCA
Un dios nace.
Otros mueren.
La verdad ni ha venido
ni se ha ido:
sólo el error ha cambiado.
Fernando Pessoa
De errores con causa está lleno el arte,
como en el célebre relato en el que un
hombre perdido e insolado bajo el pirómano sol del desierto, se tropieza con
«una virgen hermosa» en un oasis y le dice, según afirman don José de la Colina e
Ilán Stavans, estas palabras auto-consoladoras: «dime que no eres un espejismo, a
lo que ella responde: el espejismo eres tú.
Y acto seguido, el hombre desaparece».
El error quizá esté en pedirle la verdad a
ese espejismo que es el hombre. Lo mismo
ocurre con los artistas que inventan las
verdades para vengarse de que, a lo mejor,
solamente seamos nada más que una errata de Dios. A ellos, a los artistas, quizá sea
mejor no preguntarles en qué lugar de sus
vidas son gobernados por las certezas. «Si
me equivoco soy», decía San Agustín, y
quién diablos soy yo para refutar a un santo tan alabado como Agustín de Hipona, a
quien se le ocurrió este aserto, quizá para
ayudarme a escribir este texto acerca del
error. Y para hacerme caer en una suma
de dislates, en un febril disparatorio hondo como un pozo, y gozar de la justificación de un hombre de Dios.
Al comienzo de esta fe de erratas, quise
dedicar el texto a Cristóforo Colombo, el
genovés que debería ser el santo patrón
de los equivocados, quizá el marinero más
legendario de la historia, que llegó a América en 1492 creyendó haber llegado a otra
parte. Y bien, aparte del error magistral
de descubrir una tierra que estaba descubierta por sus propios habitantes, pasó a
la historia por algo que él mismo ignoraba. Pues bien, es gracias a ese equívoco
histórico que escribo en este idioma. Me
expreso por una equivocación en esta lengua en la que también escribo, quizá para
poder afirmar que si tenemos que hablar,
en cualquier idioma o dialecto, es para señalar que no nos entendemos y que empezamos a conocernos por los dos lados de
un catalejo, gracias a su majestad el error.
En verdad, al decir de Amiel, nunca tenemos un mayor descontento con los demás que cuando lo estamos con nosotros
mismos. El pensador suizo afirmaba que
«la conciencia de un error nos vuelve impacientes». Tan impaciente fue el agudo y
áspero Amiel, que combatió su conciencia
del error escribiendo un Diario íntimo de
17 mil páginas, en el que empleó solamente 42 calendarios de su vida. Qué más
exorcismo contra el «error vacui», contra
la página en blanco que nunca se equivoca antes de que nos dé por agregarle algunas letras. Me he dado a cazar grandes
pensamientos de grandes hombres que
hablando sobre el error creían no caer en
él, creían superarlo como los saltadores
con jabalina. Y, en verdad, es claro que entre lo que quiso decir un poeta, lo que en
verdad dijo y lo que creemos que dijo, se
nos oculta el misterio, y ya de entrada hay
en esto un error de percepciones.
Por ejemplo, cuando Nicolai Gogol escribió su formidable Almas muertas, amigos, conocidos y lectores acudieron a su
casa a manifestarle que con esa novela había hecho la demolición del zarismo y el
primer preocupado, inclusive molesto,
fue él que se creía zarista. ¿En qué lugar
de quiebre?, ¿en qué momento una suerte
de fantasma lo indujo a un error personal
pero a la que en adelante sería una certeza
colectiva? A la historia no le interesa que
una verdad nazca de un equívoco, diríamos pensando en la bellísima obra del escritor ruso.
El caso de Gogol, cuyo personaje, Chichikov, parece equivocado de lugar de nacimiento en la Rusia zarista, pues parece
más bien un mañoso burócrata colombiano, me lleva a tener que aceptar a regañadientes, más allá de sus para mí dudosas
teorías, una idea, repito, de ese gran escritor llamado Sigmund Freud: «todo acto
frustrado, toda acción resultante de un
error, expresan una voluntad oculta». Y
que Gogol nos perdone.
Por algo la palabra reconocer, que en
griego quiere decir volver atrás y que no
en balde es un palíndromo, una palabra
que se puede leer de izquierda a derecha,
como lo hacemos en Occidente, y de derecha izquierda como lo hacen los rabinos,
los tipógrafos y los espejos, tantas veces
está asociada a la palabra error.
«Reconocer» un «error», se dice hacien-
do maridaje entre las dos palabras, para
señalar algo que a pocos les gusta aceptar.
Tal vez por eso, los pintores acuden al
pentimento, a pintar sobre una pintura
que consideran equivocada, pero la belleza de la obra superpuesta nace de otra
obra que el artista considera errada.
Por supuesto que hay errores provocados de manera conciente, como en el
«nonsense» carroliano, pero también inducidos por las ideologías: «razas superiores», «destinos manifiestos», y es en estos
últimos en los que la inocencia de errar se
vuelve perversa, manipulable y manipulada.
Frente a una historia como la que sigue,
puede crearse una pugna entre el elogio
de la imaginación y la obtusa racionalidad
del realista. Creo haberla visto en un filme, pero para no equivocarme diré que
fue en un sueño:
Hay un pabellón de hospital con decenas de camas y de enfermos. Solamente
uno de los pacientes tiene acceso a una
ventana con vista a la calle. El hombre entreabre sus dos hojas y cuenta lo que ocurre en el afuera del hospital: una mujer joven y pelirroja cruza bajo un paraguas
azul, dos niños patean un balón entre los
charcos, una monja casi enana como en
un filme de Fellini les da comida a las palomas del parque, una pareja de novios se
besa a la entrada de un café, un cartero veterano se empina frente a un timbre...
Una noche el enfermo que narra esos
sucesos a los compañeros de infortunio
muere y, por supuesto, todos quieren heredar su camastro con vista a la calle.
Cuando el hombre al que le asignan su lecho entreabre la ventana, descubre que
sólo hay un muro de ladrillo que le impide
a cualquiera ver el paisaje. Creo que no
haya nada más parecido al poeta que el
personaje de esta historia. Se trata de alguien capaz de fabular, de pastorear un
error inducido desde su condición de reo
del mundo, condición a la que siempre se
niega el hombre insatisfecho.
Ante una historia como esta, el realista
que detesta todo lo que no sea palpable, el
que no cree que si la vida comete errores
es porque todo equívoco funda nuevas posibilidades creadoras, mirará con desdén
lo que no resulta comprobable y entonces
llamará al cura y al barbero de don Quijote para que no sigamos confundiendo molinos con gigantes ni rebaños de ovejas
con batallones de soldados, como si en esa
equivocación visual no mediara el concepto de que los ejércitos del mundo son
hatos de seres obtusos y obedientes.
«Ningún medio para prosperar es más
rápido que los errores ajenos», decía de
manera enigmática Francis Bacon, que
por lo demás hizo fortuna litigando como
abogado, una profesión especializada en
buscar el error en el contrario.
Me gusta más la frase de Albert Camus,
de cuño humanista, que dice que «hacer
sufrir es la única manera de equivocarse»
y que en otro paraje de sus reflexiones
afirmaba que la necesidad de tener razón
es señal de un espíritu vulgar. Valdría la
pena agregar que los cazadores de errores
siempre me producen el malestar propio
de quien se arriesga a errar con tal de explorar nuevos mundos, nuevas hipótesis
de ellos. Cómo me agrada encontrar un
error original, ya que la mayoría de los
errores son muy viejos bajo el sol y casi
siempre están catalogados en el capítulo
de las certezas. Por ejemplo: que el hombre es un ser superior, hecho a imagen semejanza de Dios. No habla bien del creador el supuesto de que seamos parecidos a
él. He ahí un error inducido por la religión
y tan viejo y fijo como el sol.
Y sigamos especulando, creándole espejos deformes a la verdad, que es lo propio
de toda fe en las erratas. El temor a errar
paraliza. El que no yerra está muerto. Porque en verdad no hay aventura sin la posibilidad de equivocarse. El funámbulo, el
que camina por la cuerda tensa y pastorea
el abismo, es quien no teme equivocarse
porque de entrada se ha dedicado, como
el filósofo, a un oficio de equívocos. Él va a
las grandes verdades por vías de la duda.
El error es la flor anómala del jardín, la
que crece sin el estímulo de nadie.
Pero, a pesar de todo esto, no hay nada
más triste ni patético, y a cada tanto lo vemos en los grandes foros y congresos, que
dos errores que se refutan con pasión, que
dos dislates que se atacan con brutal vehemencia mientras la verdad, impasible,
guarda silencio. Tal vez a eso se refiera el
punzante duque de la Rochefoucauld, que
escribía con vitriolo y sin temor a errar:
«no durarían mucho tiempo las disputas
si el error estuviese de un solo lado».
Solamente, ya que cometí el error de
aceptar escribir sobre este tema, me basta
con garabatear un conato de poema:
La calle del error
Entre la calle de las certezas
Y la avenida de la soberbia,
Preferí cruzar
Por la vereda del error.
Allí encontré viejos
Amigos desconocidos.
Encontré al hombre
Que creía posible
Inventar un espejo de hielo
Para las muchachas del desierto,
Al que quiso caminar
En tres orillas del río,
Al que pensó en fabricar
La moneda de tres caras,
Al que creyó indeleble
Su nombre escrito en el agua,
Al hombre que quiso
Dejar su cuerpo en casa
Para irse de paseo
Sin su estorbosa presencia.
Preferí la callejuela
De los equivocados
Que el salón de las certezas.
Perseguí las confusas
Palabras de uno
Que pintó un túnel en un muro
De la cárcel
Para ayudar a escapar a sus amigos,
Al que tuvo errores de cálculo
En la fabricación
De una bicicleta de viento,
Al pintor fracasado que quería
Saborear con vino
El pan pintado en la alacena.
Entre la calle de las certezas
Y la avenida de la soberbia,
Preferí cruzar
Por la vereda del error.
Allí encontré, nervioso aún,
Al que quiso esconder en un poema
A un hombre a punto de ser fusilado,
Al que siempre ignora qué responder
Cuando preguntan“quién anda por [ahí”,
Al ladrón de imposibles,
Al que quiso ser jinete de sí mismo
Y se dio a galopar en su locura,
Al que quiso colorear las vocales
Y besar la lejanía,
Al ciego que no declaraba
En las aduanas los paisajes
Que llevaba en su tacto
Y sólo quería escribir un libro
Hecho de olores y sabores,
Al que nunca acertó con el arco
Y jamás dio en el clavo de lo cierto.
Entre la calle de las certezas
Y la avenida de la soberbia,
Preferí cruzar
Por la vereda del error.
Allí me encontré viejos amigos
Que sólo leían en los libros
El colofón de las erratas.
En todos ellos,
Hay más verdades
Que en los hechos comprobados
De nuestra estúpida historia.
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La Librería Mediática
Marialcira Matute
Marcos Ana o la
resistencia de la ternura
El libro Decidme cómo es un árbol. Memoria de la prisión y de la vida, de Fernando
Macarro Castillo (Marcos Ana) me esperó
por varios años, desde que el poeta Andrés Castillo me lo regaló, en 2012, dedicándomelo como «...testimonio hermoso, duro y tierno de un hombre maravilloso».
El rostro de Marcos Ana estuvo paciente, asomado en la estantería de libros por
leer, en la portada del libro, atento al
momento del encuentro, porque como
bien dice Gustavo Pereira, los libros son
tan nobles que nos esperan.
De su valor político hemos escrito para
el semanario Cuatro F. De su valor literario escribimos en Letras Ccs.
No exagera Saramago en su prólogo
cuando afirma que el libro : «...es un soplo de aire fresco que llega para derrotar
al cinismo, a la indiferencia, a la cobardía...».
Poeta para contar exento de odio —sin
dejar de buscar justicia— el dolor de ser
un preso político de la dictadura franquista por más de veinte años, Marcos
Ana expone a los lectores su vida entera,
en un texto de inmensa calidad literaria,
que comienza con un pasaje del poema
«La Vida», escrito en prisión en 1960:
Decidme como es un árbol. / Decidme
el canto del río / cuando se cubre de pájaros. / Habladme del mar habladme /
del olor ancho del campo, / de las estrellas, del aire.
Inician las páginas del libro con pasajes hermosos, como el descubrimiento
de la lectura: «...con el orgullo infantil de
haber aprendido a leer, me hacía mucha
ilusión leerles a mis padres, al amor de la
lumbre, una novela por entregas..». Son
desgarradores los pasajes donde cuestiona la religión, donde descubre el camino
político que recorrería en su vida entera.
«Preso político» es una expresión grande, muy grande, que intentan sin éxito
pisotear ciertos canallas en Venezuela
cuando pretenden —sin éxito— asumirse como tales cuando no son más que delincuentes comunes.
Que la experiencia de Marcos Ana nos
sirva de guía para luchar porque nunca
más, en ninguna parte del mundo, haya
alguien que con justa razón pueda llamarse «preso político».
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LETRAS CCS / CIUDAD CCS / DOMINGO 15 DE FEBRERO DE 2015
Un ensayo de Julio Borromé
Charles Baudelaire, hombre de lejanías
Con la expresión «hombre de lejanías», principia Jean
Paul Sartre el retrato del poeta Charles Baudelaire. Expresión tomada del filósofo Martin Heidegger. El vínculo que
establece (entendido como lugar indefinido, por hacerse)
podría entenderse como una señal y un vehículo del carácter del poeta: una infinitud que puede modular la
apertura que el vínculo parece de todos modos prometer
su destino, en oposición a la contingencia, a la mala suerte, al azar. La infinitud es tener conciencia de sí mismo
frente a la inmediatez de las cosas. Lugar indefinido y destino convergerían entonces en designar una elección, una
trama sobre la cual pueda confluir la vida del poeta. El retrato de Sartre apunta en esa dirección, es decir, para el filósofo de El ser y la nada, es la “elección originaria” la que
es esencial en Baudelaire porque apela a una vida que no
está dada de antemano, y produce un efecto de distanciamiento, a través del cual penetra la conciencia reflexiva,
aunque sea una sombra atenuada por el mismo acaecer
de una conciencia que se retrae, o experimenta el vértigo
de un abismo simbólico.
La interpretación de Sartre no solamente nos es sugerida por la «elección originaria» que atribuye el filósofo a
Baudelaire, sino que la concreta en algunos acontecimientos particulares de la infancia del poeta: el segundo
matrimonio de la madre y la presencia castigadora del padrastro. Estos hechos condicionaron, según Sartre, la decisión de Baudelaire en elegir su destino. Un destino en
elegirse otro, esa alteridad es una modulación existencial
de la lejanía del aquí. Baudelaire aun permaneciendo en
la familiaridad de una apariencia, caracteriza de manera
completamente diferente esta apariencia de las cosas, inserta un desplazamiento casi imperceptible, pero que involucra la mirada del otro en sí mismo. Esto determinará
la comparecencia del poeta ante el tribunal de los otros:
un exponerse víctima y culpable. La extraña complicidad
de Baudelaire implica el doble peligro de perder la infancia (la plenitud de su origen) y de objetivar (la infancia en
apariencia recuperada). Esta medición tiene un efecto de
lejanía, fantasmal y deslocalizadora, con lo desmedido.
Baudelaire intenta recoger los fragmentos de lo que ha
sido (niño abandonado y traicionado por la madre) y lo
realiza desde la lucidez de la conciencia que confiere a su
elección un destino particular. Ser otro es ser diferente,
en tanto el poeta deberá cargarse de múltiples sentidos
entrecruzados, contradictorios hasta lo paradójico. Ser
otro es dar el salto hacia otro lado: el poeta acusa su falta
de conexión con el presente. Por ello, el pasado es el único tiempo real donde el poeta mira y es mirado en una
proximidad de una mirada que lo aleja de sí mismo y de
los otros. La mirada cumple en Baudelaire el juicio moral
de los que imponen su autoridad y la severidad teocrática.
En este sentido, la madre, el padrastro y algunos personajes con funciones públicas y literarias dentro de la sociedad representaron el poder y los símbolos que produjeron la sumisión del poeta. Sumisión escogida como un
juego entre la apertura hacia el otro y la ocultación, una
apertura en y mediante la ocultación de sí mismo. Se es
otro en la medida en que todo hombre es «una impostura».
Baudelaire elige la actitud culpable frente a los otros. El
poeta escogió vivir bajo la localizadora figura del poder
tutelar, de la guardia vigilante de los otros. Pero estas figuras también representaron el castigo de un estado aún
más significativo. Aquellos habían de encarnar una sublimación del Bien y del Mal.
El poeta, al escoger ser otro en trance hacia lugares
inexplorados y lejanos, eligió el reconocimiento de sí
frente a la ausencia de la madre, de allí la desgarradura
ontológica: el abismo y el vértigo al sentirse separado de
su madre, de quien expresó un amor sobrehumano y una
relación incestuosa.
Al ser otro, en consecuencia, el poeta elige la culpa, el
opio, la falta, el horror, el pecado, el éxtasis, el dandismo
como expresión de un ser sin militancia política y orien-
Director Freddy Ñáñez Coordinadora Karibay Velásquez. Letras CCS es el suplemento literario del diario Ciudad CCS y se distribuye de forma gratuita | correo-e: [email protected] | Twitter:
@LetrasCcs
tado al exhibicionismo; elige el fetichismo, la insatisfacción, el adorno, la falsificación, lo cosmético, un cierto
encanto por ataviarse con ropajes femeninos, el mundo
material de la ciudad y el odio hacia la naturaleza, la infecundidad y la cosificación de sí mismo como objeto especular que resitúa su existencia de acuerdo al estremecimiento que le produce la mirada del otro y la ausencia. Lo
ausente precisa una lúcida expresión de la conciencia del
poeta respecto a los otros, al mundo de los objetos.
De allí el goce y el placer de disfrutar los colores, el perfume, el secreto de lo que ha perdido la carga del presente. Las cosas son necesarias en la medida en que devienen
nostalgias y recuerdos de lo acontecido. Pero esto quiere
decir que dirigirse a la ausencia será también partir de la
imposibilidad de alcanzar la plenitud del presente.
La «elección originaria» que Sartre atribuye a Baudelaire es la clave de interpretación del estado vital del poeta.
Asimismo la elección es atributo del hecho poético en
tanto relación con el pasado. La poesía de Baudelaire hay
que buscarla en el interior de esa ausencia. Por ello, el goce de los placeres imaginarios y la construcción más cerebral (geométrica) que vivida de su percepción de sí mismo
y de las cosas.
Sartre, sin duda, aprovechó su estudio sobre Baudelaire
para mirar su propia conciencia refleja. Al mismo tiempo
se desnuda en el interior de esa mirada especular. Pensamos que algunos asuntos realizados por Baudelaire los repitió Sartre.
Destaco en los dos autores el siguiente hecho: la visita a
burdeles parisinos y la no consumación del acto sexual sino el embrujo de los olores vaginales. En esta experiencia
de los sentidos, los olores, el vaho y la ausencia del cuerpo
significan lo oculto. Al volverse a Baudelaire, quiso Sartre
explicar a propósito de su fenomenología una mirada al
poeta de Las Flores del mal, y quizás no advirtió en su discurrir que revivió su propia mirada respecto del mirar ausente.
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