—¿Ya te pegó? —¿Cómo que si ya me pegó? —Sí, ¿ya - Alfaguara

—¿Ya te pegó?
—¿Cómo que si ya me pegó?
—Sí, ¿ya sentiste algo?
—¿Algo?
—Sí, algo, no sé. Qué sé yo. Yo tampoco lo he probado
nunca.
—No te entiendo.
—Pues el éxtasis.
—Ah. ¿Algo como qué?
—No sé. Como si me hubieran tapado los oídos con
unas manotas. Como si la música viniera de muy lejos.
—¿De muy lejos? Pero si el sonido de este lugar retumba
en el pecho.
—¿En serio no sientes nada?
—Me estás presionando para que sienta algo. Y tú,
como siempre, te estás sugestionando.
—No me sugestiono. Me siento distinto, ligero, como
si llevara menos equipaje. Y tengo náuseas.
—Pues entonces a mí no me ha pegado nada todavía.
No siento nada. Absolutamente nada.
—¿Nada?
—No. Ni siquiera lo mal que estamos. Ni que ambos
sabemos que en el fondo ya no tiene sentido.
—¿Que ya no tiene sentido qué, amor?
—Todo. Nada. Nosotros. Estar juntos. Ni siquiera siento eso. No siento nada.
—¿Y eso está mal: no sentir nada?
—No sé. No lo juzgo. Sólo te veo. A lo mejor lo único
que siento distinto es que te ves… más joven.
Extasis int .indd 11
9/8/14 5:22 PM
12
—Tú también. En serio. Y además te están sudando las
manos.
—¿Cómo sabes, si las tuyas están empapadas?
—Siempre tengo calor.
—Y siempre estás caliente.
—Ves. Algo te pasa. Mira tu sonrisa al decirlo.
—Y tú mira la tuya.
El diálogo de esta pareja es arrastrado por la música.
Sentados en la zona de los baños de La Vorágine están apenas a
un par de metros de un hombre maduro que habla con una
joven. De la conversación entre ellos una frase surca las mezclas
del DJ: “estás iluminado”, le ha dicho ella.
No está de más decir que el hombre maduro ha llevado
hasta ese rincón a la joven, después de observarla mientras sus
amigos y amigas bailaban en la pista sin parar. Tampoco, que
la ha conducido ahí tras llegar a ella dando tumbos y sin dejar
de ver a lo lejos y confundido a dos parejas.
No es la primera vez que este hombre ha pasado por esa
zona durante esta noche. Apenas unos minutos atrás había llegado ahí de la mano de un joven que lo llevaba hasta a ese rincón
buscando impedir que siguiera incomodando a su invitado. Sí,
de un hombre joven que, persuadido por las palabras del hombre
maduro, no tardaría en salir a la calle presuroso, seguro de que
atendía una señal y sin importarle dejar ahí dentro a su grupo de
amigos y al hombre maduro, que poco después también saldría
del lugar solo, muy solo, en dirección a ese minúsculo cuarto de
azotea lleno de alambiques y mangueras y matraces. Rumbo a ese
espacio hacinado en el que todavía atinará a recordar —¿o a
imaginar?— a los seres a los que les ha entregado su ofrenda
dentro de La Vorágine o fuera de ella. Como su amigo psicoanalista, que no sabe lo que hace. O su chofer, que navega sobre un
canal en plena ciudad abrazado de su amor.
Sí, a todos estos hombres y mujeres a los que él —Edén—
toca con estas cápsulas de polvo blancuzco y amargo.
☼
Extasis int .indd 12
9/8/14 5:22 PM
13
—¿Estás seguro de que fue el patrón el que te las dio,
Román? Se me hace que las compraste.
—¡Y duro con el patrón, Isela! Ya no le digas así, que ya
no es patrón de nada ni de nadie. Ahora es un drogón de aquellos, como dice la patrona. Quién lo hubiera pensado.
—Híjole, pero si era re buena gente, de veras. No entiendo yo cómo dejó todo: a la señora, a los niños, a sus amigos,
su casa, así nomás pa perderse en esas cosas. Que dizque había
que experimentar, le dijo una vez a la señora en la cocina. Yo
estaba ahí nomás callada atrás de la puerta, como siempre, parando la oreja. Y no sabes cómo lloraba la patrona, Román. Rete
feo, de veras.
—Y tú qué me dices, si a mí me tocaba llevarlo de un
lado a otro a cosas que no decía y que eran bien misteriosas.
Cada vez me pedía que lo llevara a lugares más jodidos y con
gente más rara. Puros chavitos. Pa mí que a ellos les compraba
la droga. Seguro.
—A mí en cambio nadie me quita de la cabeza que todo
eso empezó con la bola de papeles esos que tenía que estudiar
del laboratorio en el que trabajaba. ¿A poco no de un día para
otro como que ya no le interesaba nada más?
—Pos sí, la verdad que sí. Yo digo que fue justo cuando
empezó a trabajar en eso de los antidepresivos. Nunca le entendí. Pero luego lo oía hablar por el celular en el coche todo el
tiempo nomás de eso. Que dizque eran una maravilla de la
ciencia, que dizque hacían que a uno le saliera no sé qué en la
cabeza y que dizque eso era lo que le da a uno la felicidad.
—Ya no las agarres tanto con la mano pelona, Román,
que las estás sudando y se te van a derretir. Mira, ya las dejaste
todas pegostiosas… Oye, ¿a poco estas son de esas de las que el
señor vendía en su trabajo a los hospitales y a los doctores?
—No. Cómo crees. Estas son de esas de las que le compraba a los chavos a los que lo llevaba a ver. Estoy seguro. ¿No
ves que no se ven como de marca?
—No, pues sí. Pero y te acuerdas que luego, justo cuando ya nadie lo sacaba de eso, empezó a decir su palabrita esa
rara que usaba todo el tiempo: la sero… no sé qué…
Extasis int .indd 13
9/8/14 5:22 PM
14
—La seronina, Isela. Así se llamaba. Yo también lo oía
todo el día andar diciendo que la seronina pa acá, que la seronina pa allá, que todos los pleitos del mundo se acabarían
si todos tuviéramos más de esa cosa en la cabeza todo el tiempo. O sea que el amor y la amistad y todos los sentimientos
bonitos eran por eso. Y hasta como que rezaba cuando sacaba
el tema. Y un día, me acuerdo re bien, íbamos por Insurgentes
y pasamos frente a un lugar como discoteca o algo así, y él iba
hable y hable con su sobrino, el joven Enrique, y le dijo que
estaba pasando justito frente al lugar ese donde el joven siempre iba con sus amigos, y que ahí él había descubierto la fuente de la felicidad y la llave de no sé qué tanto que ni entendí.
Algo así como que la cosa esa de la seronina podía comprarse
ahí o que ahí se la habían dado por primera vez unos chavos
o algo así.
—Tan grandote el patrón y en esos lugares llenos de
mocosos. Qué pena. De veras… ¡Que ya te dije que las pongas
en la mesa mientras! ¿No ves que se van a echar a perder?
—Yo digo que todo el problema fue que sólo se la pasaba piense y piense en eso. Te lo juro. Eso fue lo que lo cambió.
De un día a otro se volvió rete raro. Como que se aceleraba y
sudaba y se le hacía como grandote lo negrito de los ojos. Y
entonces me hablaba y me hablaba así como con los dientes
bien apretados, como trabado. Y no le paraba el pico. Así como
a nosotros ahora. Imagínate que una vez hasta me pidió que lo
llevara de ida y vuelta a Cuernavaca sólo pa platicar sin parar
en el camino. Como que las palabras le salían así del corazón y
como que decía cosas re bonitas de su familia y de mí y de ti
y de todos. Hasta me emocionaba. De veras. Sí, también de ti y
de mí. Él sabía toda nuestra historia… Es que la pura verdad
una vez que lo vi así como que me animé y le platiqué… Sí, ya
lo sé, tú y yo nunca de los nuncas hemos hablado una sola
palabra de todo eso y en cambio no sé por qué a él le conté todo
lo que pasó en Valles.
—¿Todo?
—Todito. No me mires así. Ya qué. Y no lo vas a creer,
pero hasta me agarraba el brazo cuando le andaba contando,
Extasis int .indd 14
9/8/14 5:22 PM
15
como si me quisiera consolar y dar ánimos. Bueno, con decirte
que hasta me agarró la mano.
—No me digas que el patrón es maricón, Román.
—No. Es bien machín. Pero eso sí, se ponía muy raro;
así como todo bien tierno. Pero maricón no, te lo juro. Y una de
esas veces, ya de las últimas, poquito antes de que la patrona lo
corriera y que todos lo dejáramos de ver, me dio estas cápsulas y
me dijo que nos las tomáramos un día tú y yo, que eran para eso
del amor y pa que arregláramos todos nuestros problemas y halláramos cómo hacerle. O sea que como que con estas medicinas
íbamos a ver que nos queremos un chingo, pero que ni cuenta
nos hemos dado de tanto andar corriendo y sintiéndonos mal. O
algo así. Y que todo lo demás no importa. Que no anduviéramos
escondiéndonos de todos en el pueblo ni huidos. Que no teníamos que sentir que habíamos hecho nada malo.
—Ya párale… ¿De veras te dijo todo eso? ¿No me estás
cabuleando? ¿Y a poco te dijo que esto arreglaba todo así como
si fuera magia? Míralas. Pero si están más chiquitas que las aspirinas. ¿Serán de a de veras?
—Te lo juro por esta que eso me dijo. Y a mí nunca me
falló. Siempre fue ley. Así que ándale, agarra tus cosas, que te
voy a llevar a pasear a Xochimilco pa que allá nos las tomemos.
—¿A Xochimilco a estas horas? Estás bien loco. Además,
¿qué vamos a hacer con cuatro de estas si nomás somos dos?
—Pos ya verás. El patrón me dijo bien clarito cómo se
le hace pa que jalen más duro y llegue uno hasta el éxtasis.
—¿Y qué es eso?
—Pos lo que hacen. Pero no me explicó bien. Yo creo
que ha de ser algo así como lo más bonito, ¿no? Que dizque por
eso así se llaman.
—Pues eso sí quién sabe. Pero oye, ¿de veras ahí nos las
tomamos así nomás?
—Claro, ¿si no dónde? Ahí no nos ve nadie. Por eso se
me ocurrió. Además Xochimilco es bien bonito. Agarramos una
lanchita con techo que ya tengo apalabrada, de esas que les
dicen trajineras, y ya estuvo. Así nomás y ni quién se dé cuenta.
Solitos.
Extasis int .indd 15
9/8/14 5:22 PM
16
—¿Pero, y qué hacemos con el que rema y lo pasea a uno?
—¿El trajinero? ¿Qué tiene? Ni nos conoce ni lo conocemos ni lo vamos a ver otra vez. Ya no seas miedosa. Como si
desde que andamos juntos no hubiéramos tenido que pasar por
una y mil peores. Pero además ni cuenta se va a dar de nada,
porque el que conseguí está bien mudo y bien sordo. Sólo se
puede entender uno con él a las puras señas y escribiendo recaditos en una libreta que siempre trae. No te me asustes. Total.
Lo peor que puede pasar es que ya estén viejas las cosas estas y
no jalen. Pero no creo. Porque el patrón me dijo que si las guardaba en lo oscuro aguantaban un chorro.
—Pero mira la hora que es, Román. Es bien tarde.
—¿Y eso qué? Apenas son cinco pa las seis y estamos re
cerquita. No nos tardamos nada. Hay que aprovechar que no
hay nadie en la casa. Ahora es cuando. La señora y los niños
llegan hasta el lunes. Así es que les agarramos tantito el coche
y llegamos bien rápido.
—Pero asómate; mira como se está metiendo el sol atrás
del cerro ese. Se nos va a hacer de noche.
—Que no seas rajona, te digo. ¿No se te hace que ya va
siendo hora de que dejemos de andar pensando que se nos va
a aparecer mi tío pa tronarnos? Además el trajinero ya me explicó que no pasa nada. Que él nos puede pasear toda la noche
si queremos. ¿No ves que es del mero pueblo de Xochimilco?
—Estás bien loco, Román. Mira cómo terminó el patrón. No vaya a ser la de malas. Eso de las drogas es rete peligroso. Acuérdate del pueblo y de lo que sembraban. Acuérdate
de mi papá y del grandote de Morales. Híjole, Román, ves la
tempestad y no te hincas. Dios me libre si a la mera hora…
—Cállese y jálele, que no le estoy preguntando. Ándele,
mi güereja remilgosa. Que si no va a hacer que me enoje y usted
mejor que nadie sabe que encabritado no hay quien me pare.
—Órale, pues. Nomás no te me enchiles. Juega. Ya ves
que nunca te puedo decir a nada que no. Nomás deja deshacerme las trenzas y bajo.
Muy lejos de La Vorágine y de los oídos de Edén —su
antiguo empleador—, las palabras de Román e Isela habían
Extasis int .indd 16
9/8/14 5:22 PM
17
dejado de sonar a lo largo y ancho de las paredes de la casa de
su patrona justamente a las cinco de la tarde con cincuenta y
siete minutos de este 21 de noviembre. Cuando el sol se ponía
y dejaba la ciudad. Cuando aún no era de noche.
En este caso —en su caso— no se puede ni debe interferir con lo que dicen. Tampoco acotarlo. A pesar de lo tentador
que resulta arrebatarles la palabra y la narración de los hechos.
A pesar de que se empecinen en contar y contarse la historia de
su patrón una y otra vez, con tal de seguir callando la suya.
Sí, la historia de su historia que ha sido y merece ser
narrada una y mil veces. La historia de Román, oriundo de
Valles, y de Isela, hija de Aranda, el jefe mismo de Los Aranda.
Todos ellos de Jalisco.
☼
Ya ha entrado la noche y el grupo de amigos está
reunido en plena acera de la Avenida de los Insurgentes. Se
encuentran junto a un pequeño y variopinto conglomerado
de hombres y mujeres jóvenes, ávidos de sortear al par de
cancerberos que custodian la entrada de La Vorágine. Precisemos: más que reunirse, los cinco jóvenes rodean a Miguel,
que —con sus 21 años recién cumplidos, su mirada dulce, su
bello rostro y su noble vocación de novicio inminente— aún
se resiste a entrar. Todos sus amigos se hallan próximos a
concluir licenciaturas: Enrique de veterinaria, Joel de diseño
gráfico, Pablo y Carlos de economía, y Adrián de ingeniería
civil. Todos menos Miguel, quien, finalmente y tras varios
escarceos vocacionales, se ha atrevido a asumir algo que todas
las noches desde niño acecha su insomnio y todos los días
desconcierta a sus amigos: convertirse en sacerdote; inscribirse al Seminario.
—Ándale, “Hermano Sol”; entra. Te juro que no te va
a pasar nada. Piensa que será una especie de despedida de soltero. Así es que flojito y cooperando —suelta de nuevo Enrique,
divertido y bienintencionado, mientras se descubre parafraseando lo dicho por su tío más de un mes atrás.
Extasis int .indd 17
9/8/14 5:22 PM
18
Y es que esos dos primos, Enrique y Joel, le habían contado al tío Edén el plan de llevar a su amigo ahí para que se
despidiera de lo mundano. De hecho había sido un acuerdo de
todo el grupo. Un grupo al que la decisión de Miguel tocaba de un
modo profundo. Primero porque el nivel de compromiso que
tamaño paso implicaba y el grado de renunciación a todo lo
que ellos valoraban hasta el punto de buscarlo con denuedo los
confrontaba en lo más hondo. Y segundo, porque todos ellos contemplaban con una mezcla de azoro y pudor —incluso en algunos casos de vergüenza y culpa— el hecho de que Miguel fuera
a dedicar su vida entera al culto religioso; que fuera a convertir
la fe en el centro de su existencia. Todo un anacronismo para
ellos. Y del celibato mejor no hablaban. Eso rebasaba por completo su capacidad de comprensión. Tampoco les resultaba fácil
entender que su amigo querido, el más noble y bueno de todos
ellos —y paradójicamente el mejor parecido por mucho—, quisiera formar parte de una institución cuyo desprestigio es motivo frecuente de sus invectivas y de sus chistes.
Los dos primos, decíamos, habían platicado el tema con
Edén semanas antes junto a los baños de La Vorágine. Una vez
más, ese hombre maduro tildado en cada reunión familiar de
drogadicto, lunático, desobligado, canalla, degenerado y lacra
se había entregado frente a sus sobrinos a la habitual liturgia
que los dos jóvenes siempre escuchaban con paciencia. Una
paciencia fruto —sí— de querer ser amables y condescendientes con alguien tan evidentemente maltrecho aunque para ellos
querible; pero también —justo es decirlo— motivada por el
beneficio colateral de recibir de él catorce estupendas cápsulas
de Éxtasis. Si la familia se hubiera enterado de que lo veían en
ese lugar y de que les regalaba drogas, el escándalo habría podido llegar a la violencia física y a la denuncia penal. Ambos lo
sabían y lo temían en silencio.
Su encuentro con él, un mes atrás, no había sido la
excepción. El tío Edén había celebrado conmovido el plan que
los dos jóvenes exponían. “Será como una despedida de soltero
para alguien que se va a casar con Cristo”, les dijo emocionado
y sin saber que con estas palabras bautizaba el evento. Y agregó
Extasis int .indd 18
9/8/14 5:22 PM
19
—ante la nula sorpresa de sus dos sobrinos— que alguien que se
prepararía años enteros para entregar el cuerpo de Cristo a los
demás debía obligadamente comulgar antes con esas pequeñas
hostias de amor que él repartía. Luego, al ver el entusiasmo de
ambos jóvenes ante sus palabras, fue más lejos. Como siempre.
—Sólo así estará preparado para entrar a ese mundo.
Sólo así podrá entender de verdad a su prójimo y saber qué
siente. Ustedes pueden convertir esa noche en una hermosa
ceremonia que le permita confirmar sus votos. Ya lo verán y se
acordarán de mis palabras —sentenció al tiempo que, como era
previsible para los primos, colocaba un puñado de cápsulas
envuelto en papel de baño en la mano de uno de ellos.
Esta es la imagen que pasa por la mente de Joel mientras
escucha en plena calle, junto a un carrito de hot-dogs y a dos
policías con sobrepeso, cómo su primo cita al tío Edén. Enseguida, tras apagar un cigarro contra el pavimento, es él quien
ahora amonesta burlona y cariñosamente al único pío entre sus
amigos:
—Exacto, mi querido arcángel. Enrique tiene razón.
Será una despedida de soltero. Pero cuidadito, ¿eh…? Sin “Hermana Luna” ni nada por el estilo… Porque te vas a casar con
Jesús, ¿o no?
—¿Cómo que se va a casar con Jesús, güey? Ni que
fuera monja. A mí eso me suena muy gay. En todo caso, se va
a casar con Dios —puntualiza Pablo con seriedad chispeante.
—Ya bájenle. No es para tanto —concluye Carlos—.
Será simplemente una última noche en el mundo antes de enclaustrarse en su convento. Pero no tengas miedo, brother: todos
te vamos a cuidar. No se te olvide que eres nuestra única esperanza. Si no, quién va a interceder por nosotros los pecadores
ahora y en la hora de nuestra muerte amén.
—Qué bárbaro, Carlos. Te pasas —lo reconviene Miguel con benevolencia, para luego continuar con las bromas, a
pesar de sentirse inquieto—. Pero bueno, por como veo las
cosas creo que no me va a quedar más remedio que beberme el
cáliz que me ofrecen —completa sonriente pero trémulo y sin
imaginar la doble lectura que sus amigos hacen de sus palabras.
Extasis int .indd 19
9/8/14 5:22 PM
20
Sus cinco amigos de toda la vida, aquellos con los que
compartió aulas desde primaria hasta preparatoria en un colegio
marista, lo rodean con cariño fraterno y con una suerte de incomprensión reverencial, incluso con un dejo de envidia. Pero
también —imposible negarlo— con una dosis de morbo. Todos
conocen bien los excesos a los que han llegado cuando acuden
a este lugar para liberarse de las tensiones académicas y familiares, de la vida cotidiana en esta ciudad imposible dentro de este
país fallido, de la sobriedad. Y todos están al tanto del plan de
intentar darle Éxtasis a Miguel esta noche. Saben que será muy
difícil convencerlo —“un verdadero milagro”, llegó a decir alguien—, pero que no hay peor lucha que la que no se hace.
Están conscientes de que los riesgos son altos; sin embargo su
expectativa es enorme. Como enorme es el potencial explosivo
de ese coctel de música electrónica, Éxtasis y mujeres bellas que
destila La Vorágine cada noche hasta el amanecer.
Así y aquí —ya de noche, se decía— empieza esta suerte de despedida de soltero de Miguel, que en una semana debe
ingresar al Seminario, institución en la que ha sido aceptado
tras un arduo proceso de admisión e incontables esfuerzos de
disuasión por parte de familiares y amigos. De Miguel que
—en los albores de un nuevo milenio y en medio de la debacle
de una iglesia que se ahoga en su propia intolerancia, en la
pederastia, en la corrupción y en el encubrimiento— cree firme y hondamente que ahí está Dios. Ese mismo Dios que, a
pesar de sus fervientes oraciones infantiles, no fue capaz de
salvar a su hermano de un cáncer fulminante. Ese Dios al que
primero maldijo por cruel y al que muy pronto decidió entregarse —arrepentido y amedrentado por su propia blasfemia—
para salvar no ya el cuerpo sino el alma de su hermano, y de
paso las almas de todos los hombres y mujeres del mundo a
través de la acción sacerdotal. De Miguel, que finalmente ha
decidido que su misión y su destino yacen en el culto a ese
hombre que se dejó crucificar para redimir los pecados de los
demás.
Arropado así por sus cinco amigos —¿arropado?—, Miguel cruza por fin la puerta de La Vorágine.
Extasis int .indd 20
9/8/14 5:22 PM
21
Como un cordero de Dios urbano por completo ajeno al
cáliz que —en efecto y para sorpresa de todos— está por apurar.
☼
—… más curioso o más impertinente… —es el retazo
de la frase que Mario casi le grita al oído a Guillermo, mientras
las mezclas trance dentro de La Vorágine se incrustan en sus
tímpanos y hacen la frase casi ininteligible.
—¿Qué dijiste? —le responde este—. No te entendí.
—Eso. Que la verdad no sé si lo que acabas de proponer
es más curioso o más impertinente —insiste el primero.
—Yo creo que es al mismo tiempo las dos cosas y ninguna de ellas —replica el otro e intenta articular su discurso
con frases que le hacen cosquillas en los labios aún húmedos de
Red Bull—. Más bien diría que es algo para lo que se necesita
mucho valor. El valor de atreverse a hacer lo que de verdad
queremos; de ser quienes de verdad somos y no lo que fingimos
ser para los demás, o lo que los demás esperan que seamos.
—¡Uy, qué filosófico te pusiste, mi buen! Pero va, te lo
compro: se necesitan muchos huevos. Aunque también tienes
que aceptar que para hacer algo así hace falta muchísima confianza. Confianza absoluta de amigos, de hermanos… Pero creo
que de hermanos completamente locos, ¿verdad? —agrega un
Mario casi cómplice mientras, ya rebasado por las intensas y
familiares sensaciones físicas que lo recorren, descansa la cabeza un segundo en el hombro de su amigo de tantos años—.
Pero, bueno, no hay que precipitarse: locos en caso de que de
veras sucediera —matiza desde un vértigo bifocal: mitad excitación, mitad temor—, y eso todavía está por verse, ¿o no? La
verdad es que no creo que sea tan fácil. ¿Y tú?
—Yo tampoco. Pero lo cierto es que ninguno lo sabemos. Porque eso nunca se sabe hasta que se intenta. Y, como tú
dices, habría que ver si alguno se atreve a intentarlo. Yo no sé si
de verdad tuviera los huevos para empezar.
—¿Cómo que no? ¿Y lo que me propusiste que hiciera
hace un momento no es ya empezar?
Extasis int .indd 21
9/8/14 5:22 PM
22
—No, no creo. Bueno, no exactamente. Por eso te estoy
proponiendo que seas tú el que empiece. Es más, reconozco que
a lo mejor sólo estoy diciendo todo esto para ver si tú te atreves,
para ver si de veras sucede, o tal vez para darme valor a mí mismo.
Incluso podemos ver mi propuesta como una especie de prueba
o de reto. Si quieres intentémoslo sólo para demostrarnos que
está mal y que no queremos hacerlo; para convencernos a nosotros
mismos de que no llevamos años jugando a esto sin decirlo y de
hecho haciéndonos pendejos —dice Guillermo desde una especie
de parapeto ambiguo que construye con esta cascada de frases
sinceras y protectoras que también funcionan como un señuelo—. Y ya que estamos encarrerados, brother, ¿por qué no mejor
nos dejamos de ambigüedades y lo llamamos por su nombre?
—agrega enardecido, aunque sus palabras y su ánimo parecen
detenerse bruscamente apenas mira hacia la pista.
—¿Qué quieres decir con “llamarlo por su nombre”?
¿Te refieres a decir con todas sus letras que lo que estás proponiendo es que hagamos un…?
—No —interrumpe de tajo Guillermo, que ahora recula perturbado ante la inminente aparición de una palabra que
ha evitado incluso mentalmente a lo largo de los años que todo
eso lleva incubándose—, no me refiero a eso; me refiero a decir
con todas sus letras que también acepto que lo que propongo
tal vez sea un disparate, una invasión de la privacidad del otro.
—Pues dicho así suena todavía peor —agrega Mario,
ya un poco confundido y sin saber si lo alivia o lo contraría la
sensación de que la propuesta parezca diluirse.
—¿Por qué peor? Lo mismo podría decirse de tu negocio, con el que husmeas en las redes sociales de todo el mundo
y vendes la información a transnacionales de refrescos y de leche
—devuelve Guillermo más con ingenio provocador que con
intenciones de agredir—. Ojo, lo digo con todo cariño y admiración. Pero tienes que admitir que vives a costa de la privacidad
de los demás.
—Eso es marrullero, Guillermo —responde Mario con
la serenidad que ese estado le da—. El monitoreo de redes sociales no es lo que estás diciendo, y además es totalmente legal.
Extasis int .indd 22
9/8/14 5:22 PM
23
No viene al caso. Es como si yo te dijera que lo que acabas de
proponer más bien parece una de las instalaciones esas de arte
contemporáneo conceptual ultra locas que promueves y vendes.
Dicho también con todo cariño, mi buen.
—Yo no tendría ningún problema en aceptar que lo que
dices pueda ser cierto —le responde de inmediato sin dejar de
pensar en la escandalosa instalación que había visto tiempo atrás
en el Museo de la Secesión de Viena y que interpretó como una
señal inequívoca y propiciatoria—. Pero mejor dejemos de jugar
vencidas. Nos conocemos de memoria desde siempre. Está bien,
lo asumo: mi propuesta debe ser un disparate al que aparentemente se atreven muy pocos; al menos nadie a quien conozcamos. Tal vez por eso sea tan atractivo, ¿no? Dime, ¿tú sabes de
alguien o conoces a alguien que lo haya hecho? Porque yo no.
Sí, ya sé que hay toneladas de estadísticas, clubes, películas,
entrevistas, programas de radio… pero, a ver, ¿dónde están los
participantes, dónde están los que lo hacen o lo han hecho? O
son menos de los que se dice, o lo que pasa es que nadie lo dice
y estamos rodeados de ellos. Que todos somos o podemos ser
ellos en cualquier momento y que, como no decimos que lo
pensamos o que lo hacemos, creemos que somos únicos y que
eso es una locura. Así que no hay de otra: o es un mito o es una
fantasía colectiva o es una hipocresía total. Dime de verdad un
solo caso que conozcas: uno solo. ¿A que no? —lo reta seguro
de sus palabras, cierto de que nadie jamás en su entorno se ha
arrojado, o ha admitido haberse arrojado, por ese acantilado
con el que ellos coquetean en silencio desde hace tanto, y de
nueva cuenta quiere pisar terreno firme en medio de su retahíla exaltada y recuperar una sobriedad ya muy lejana—. Por eso
tal vez todo podría ser más fácil si intentamos verlo como te
dije: sólo como una forma de demostrarnos que es imposible,
que no hay manera, que no va a pasar. Como una especie de
prueba de amistad y de confianza totales. Incluso como un
favor que, al menos a mí, me permitiría saber qué terreno piso
o qué terreno pisamos. Y claro: también como la oportunidad
de acercarse a algo que seguramente debe ser tan impresionante como hemos imaginado.
Extasis int .indd 23
9/8/14 5:22 PM
24
—Amigo, dime algo por favor —dice Mario ahora pausadamente, mientras deja fluir una oleada de escalofríos placenteros—: ¿estás diciendo todo esto y yo te estoy escuchando así
sólo porque estamos hasta la madre, verdad?
—Ojalá fuera por eso, colega; pero los dos sabemos que
no es así —le responde un Guillermo valiente que se atreve a
desechar la coartada de la intoxicación y que, sin embargo, se
vale del sinceramiento extremo que las pastillas han generado
para no temer a sus propias palabras—. Ojalá que fuera así de
sencillo. Porque entonces el deseo de todo esto se nos bajaría
junto con el efecto de lo que nos metimos. Pero no va a ser así.
Y lo sabemos. La verdad es que estamos diciendo todo esto
porque hace años que nos lo gritamos en silencio. Porque cada
uno lo disfraza y lo calla como puede. Pero lo tenemos clavado
aquí —le dice llevándose una mano a la frente y la otra a los
genitales—. En todo caso, lo único que está pasando hoy es que
tú y yo finalmente nos estamos atreviendo a decirlo, a asumirlo con un poco más de honestidad y de valor. Pero iba a suceder
tarde o temprano.
—Es cierto, colega; lo acepto —responde Mario, al
tiempo que aleja un poco el rostro del de su interlocutor para
recuperar foco y sobreponerse al alud de sinceridad que le cae
encima—. Pero entonces, ¿por qué me siento más hasta arriba
que nunca? ¿Es porque sé que lo que me estás diciendo es cierto, porque sé que ahora sí puede pasar, o sólo por lo que nos
tomamos? Tienes que aceptar que además de todo hoy nos estamos poniendo muy hasta el gorro.
—Afirmativo, colega; hasta el mismísimo huevo —le
responde Guillermo desviando el rumbo del discurso con cierto alivio—. Y eso en todo caso hay que agradecérselo al preacher
este que nos recibió hoy aquí y a los regalitos que se sacó de la
manga. Me cae que la multiplicación de los panes se queda
corta. Con las cápsulas que nos dio ese tipo y las que ya traíamos
nosotros, ahora sí estamos en la abundancia total. Habrá que
aprovecharlas, ¿no crees? Por algo será.
—O para algo —completa un Mario que busca no quedarse atrás de su amigo y ser más asertivo—. ¿Ya te fijaste que
Extasis int .indd 24
9/8/14 5:22 PM
25
cada uno nos hemos tomado una y media en menos de dos
horas? Eso es un récord mundial. O sea que sí estamos puestos.
—Amigo, estamos puestos desde hace mucho —ataja
Guillermo de nuevo, viéndolo de muy cerca.
—Bueno, pues entonces ahora estamos puestísimos
—completa Mario e intenta enfocarlo, aunque su ojo izquierdo
no esté ya alineado del todo con el derecho.
Ambos amigos se miran exaltados. Ignoran que a lo
largo de toda esta conversación —o, mejor dicho, que por virtud de ella— las antiquísimas áreas tegmentarias ventrales de
sus troncos cerebrales han liberado mucho más dopamina que
la que el propio Éxtasis habría podido generar por sí solo. Ajenos
a este aluvión subterráneo, aunque secuestrados por él, no dejan
de sonreír con amplitud y con franqueza.
Tampoco dejan de ver —porque no han dejado de hacerlo un solo instante mientras hablan— a Camila y a Daniela,
sus mujeres, las madres de sus hijos pequeños, que bailan sin
cesar frente a ellos y para ellos desde una esquina de la pista.
☼
—¿Está usted seguro, doctor? —dice Mercedes, sin dejar de ver el elegante reloj que cuelga de la pared y de considerar que es demasiado tarde: de hecho ya más de la medianoche.
—Sí, Mercedes —responde Leonardo—. Estoy totalmente seguro. Tómesela. Muy bien. Ahora recuéstese en el diván, por favor. Quiero pedirle que se ponga este antifaz oscuro
y que trate de relajarse. Yo voy a estar junto a usted todo el
tiempo, sentado aquí en este sillón, para guiarla y ayudarla si
necesita algo. Permítame que le tome la presión y el pulso antes
de empezar. Gracias. En no más de veinte o treinta minutos va
a empezar a sentir el efecto del medicamento.
☼
A tres horas de distancia de esta frase y a nueve kilómetros de ahí, curiosa y expectante, pero sobre todo inquieta por
Extasis int .indd 25
9/8/14 5:22 PM
26
lo que acaba de hacer, Lucinda observa a su madre en la sala del
departamento en el que viven solas desde siempre. Frente a ellas,
a lo largo y ancho de las ventanas de un cuarto piso de la colonia Del Valle, la ciudad de México duerme despierta.
Es de madrugada y ha transcurrido ya más de una hora
desde que la joven conociera a ese hombre inclasificable junto a
los baños de La Vorágine. A Edén, el desconocido de más de cuarenta años —calcula ahora la joven— que le ha fascinado como
nadie. Durante el lapso transcurrido desde entonces ha recuperado por completo la sobriedad, ha salido de ese lugar en el que sus
amigos aún permanecen bailando hasta casi desfallecer y ha llegado a su casa en un taxi. También —alentada aún por las palabras
de aquel hombre maduro cuyo recuerdo sigue excitándola— ha
llevado a cabo el plan temerario acordado con él. Lejos ha quedado la maravillosa intoxicación hacia la que ese individuo la disparó, aunque todavía se sienta alumbrada por un resplandor que le
permite ver las cosas de manera positiva. Incluso optimista.
Todo parece propicio esta noche. Los acontecimientos
se han dado con una tersura que la asusta y que por momentos
parece conferirle a ese sujeto poderes para manipular la realidad.
De manera increíble, su madre ha aceptado platicar —o lo más
parecido a eso que es capaz de hacer— aunque sea unos minutos, en vez de reprenderla por cualquier cosa y como siempre
tras ver el reloj apenas entra al departamento. Esta vez —cosa
rara— no ha dado el típico portazo en su cuarto para dejar a
Lucinda con la palabra en la boca y luego tirarse en la cama y
fingir roncar de inmediato. Reconfortada por el aliento no alcohólico de su hija, por su prematuro retorno a casa y acaso por
la paz que parece emanar de ella esta noche, la mujer ha bajado
la guardia. Al menos por un rato. Sólo así pudo haber sucedido
lo que ya pasó. De manera imprevista, esta mujer parece haber
dejado para otra ocasión la retahíla de agresiones, chantajes y
amenazas con las que habitualmente la recibe. De algún modo
ha sido capaz de postergar su andanada de vejaciones y descalificaciones para la siguiente ocasión.
Porque esta mujer, la madre de Lucinda, no se relaciona
con su entorno si no es a través de la intimidación y la prepo-
Extasis int .indd 26
9/8/14 5:22 PM