CÓMO REDUCIR LA VIOLENCIA EN MÉXICO - Distribuidora

NOVIEMBRE, 2010
CÓMO REDUCIR LA
VIOLENCIA EN
MÉXICO
La violencia no es un mal divino sino una
creación humana y, como tal, puede
"administrarse", "contenerse", "regularse" y,
desde luego, "disminuirse". En este artículo
Eduardo Guerrero explora las tendencias y
resortes de la violencia mexicana y los
principios que deben guiar los esfuerzos para
disminuirla. Para contenerla y reducirla, debe
ser primero entendida.
Existen 43 artículos del ejemplar seleccionado
VÍSPERAS DE LOS
MISERABLES *
AMÉRICA LATINA:
LA DEMOCRACIA
VIOLENCIA Y
LUIS MIGUEL AGUILAR
EN TENSIÓN
(JULIO 2007)*
(SEPTIEMBRE
1997)
JULIO LABASTIDA
MARTÍN DEL CAMPO
ROLANDO CORDERA
CAMPOS
NUMERALIA
DE GÉNERO Y
BREVIARIO DE
RODRIGO CENTENO Y
RAFAEL CH
CUOTAS
DARWINISMO
LITERARIO
EL PAN ANTE EL
LUIS GONZÁLEZ DE
ALBA
POLÍTICA
LUIS JAVIER PLATA
ROSAS
POR SIEMPRE
YOUNG
DOSIER: A LA
GUERRA SIN FUSIL
VÍCTOR ALARCÓN
OLGUÍN
HUGO GARCÍA MICHEL
GUSTAVO GARCÍA
EL REGRESO DE
LINTERNA VERDE
NAICA:
HISTORIAS DEL
RED SOCIAL:
FANTASMAGORÍA
ESPEJO
JOSÉ A. SOTO
DAS WEISSE
BAND: LA
SUBSUELO
Y ESPECTÁCULO
FERNANDO MORENO
ÓSCAR ESPINOSA
MIJARES
ASÍ ESCRIBO
SUBRAYADOS
PURA LÓPEZ COLOMÉ
PREHISTORIA DE
MICHAEL HANEKE
DAVID MIKLOS
PISTAS
EL ALMA EN LA
GRIETA
TÁRTARO
OAXAQUEÑO
NOÉ CÁRDENAS
ALBERTO ROMÁN
LOS MUERTOS
QUIEBRA, PASIÓN
VIVOS
Y DESTINO
UN CRUCIGRAMA
ÉTICO
ALEJANDRO DE LA
GARZA
LUIS BUGARINI
ROBERTO PLIEGO
EL DÍA EN QUE ME
MODOS DE
LAS ONDINAS
ASESINARON EN
FACEBOOK
CONTAR
ANAMARI GOMÍS
S. HERNÁNDEZ PADILLA
CARMEN BOULLOSA
MI BIBLIOTECA
NOBEL
RICARDO BADA
¿UN SIGLO DE
REVOLUCIÓN O
LA REVOLUCIÓN
PARA QUÉ LEER
EN MEDIO DE LA
GUERRA
DE HACE UN
SIGLO?
SABINA BERMAN
JAVIER GARCIADIEGO
LA MIRADA DE
DURKHEIM
ARIEL RODRÍGUEZ KURI
VARGAS LLOSA
EN EL LABERINTO
MEXICANO
ROBERTO PLIEGO
CÓMO REDUCIR
LA VIOLENCIA EN
MÉXICO
REALIDAD Y LA
UTOPÍA
DEMOCRACIA
EL PAN Y LA
HISTORIA PATRIA
JESÚS SILVA-HERZOG
MÁRQUEZ
JOSÉ ANTONIO AGUILAR
RIVERA
30 AÑOS DE
DEMOCRACIAS EN
AMÉRICA LATINA
CIUDAD DE DIOS:
¿UN EJEMPLO
PARA MÉXICO?
REVIVIR LA
RICARDO BECERRA Y
DANIEL ZOVATTO
BENJAMIN LESSING
EDUARDO GUERRERO
GUTIÉRREZ
Y SIN EMBARGO,
MARIO VARGAS
LLOSA: LA
QUIMERA
ÁNGELES MASTRETTA
EL MÉDICO QUE
DESEÁBAMOS OÍR
CUIDADO CON
ANDAR
CANTANDO
LA
COMPONEDORA
DE VIRGOS
HEIL, FANTA!
LAS LAVANDERAS
POR QUÉ NO
CRÍTICAS
FUMAR
¡LOS POBRES
PERIODISTAS!
(FRAGMENTO)
Fecha: 10/11/2010
Vísperas de Los miserables *
Luis Miguel Aguilar
M
ario Vargas Llosa
La tentación de lo imposible. Victor Hugo y Los miserables,
Alfaguara,
México, 2005, 223 pp.
Mario Vargas Llosa es un muy disfrutable ensayista literario. La última vez que se pudo corroborar esto ocurrió en La verdad de las mentiras (1990-2002), una reunión de
ensayos. Pero ha sido aún más disfrutable al proponerse el ensayo literario en libros íntegros o totales, por así llamarles a los libros en que ha abordado de principio a fin la
obra de un autor, con la misma linealidad o tranco o empeño que ha puesto en sus novelas. Es así con García Márquez, historia de un deicidio (1971), con La orgía perpetua:
Flaubert y Madame Bovary (1975), incluso con un libro notable y poco atendido: La utopía arcaica. José María Arguedas y las ficciones del indigenismo (1996).
Y es así con La tentación de lo imposible. Victor Hugo y Los miserables. El libro consta de ocho partes y una entrada, “Victor Hugo, océano”. La primera parte, “El divino
estenógrafo”, es sobre “el personaje principal” de Los miserables: el mismo narrador, es decir, el “Victor Hugo” inventado por Victor Hugo. “La vena negra del destino” es
sobre la manera en que “el azar” o “la casualidad” dan forma a la “realidad ficticia” de Los miserables. “Los monstruos quisquillosos” se ocupa propiamente de los personajes
principales. “El gran teatro del mundo” aborda la naturaleza teatral de la novela y la centralidad del teatro en ella misma. La quinta parte, “Ricos, pobres, rentistas, ociosos y
marginados” es sobre “el contenido político-social” de la novela o de cómo la misma novela es mejor y más rica que la “filosofía” o las teorías que Victor Hugo introdujo en
ella. “Los civilizados de la barbarie” es sobre el contexto histórico. “Desde lo alto del cielo” es, para decirlo con la frase que cierra la parte anterior, sobre “la misteriosa mano
de Dios” y cómo opera en Los miserables. En mi opinión aquí acaba “el libro total” porque la octava parte, “La tentación de lo imposible”, queda como una especie de
“salida”.
No puedo confirmarlo pero supongo que es el prólogo de Vargas Llosa a una nueva edición de Los miserables que sólo he visto anunciada; puede inferirse porque en la
página 209 esta parte incluye al pie una nota que había aparecido ya en la página 150, referida a Lamartine, y que al aparecer por segunda vez debió decir simplemente “M.A.
de Lamartine, op. cit.” como en otros casos del libro. No digo que sobre; es un ensayo pleno en sí mismo igual que la entrada, “Victor Hugo, océano”, y es también una glosa
reveladora sobre el mejor texto escrito contra Los miserables, precisamente el de Lamartine. Vargas Llosa lo expone y lo refuta con mucha inteligencia, y demuestra que es en
realidad un homenaje involuntario a Victor Hugo.
En la entrada y en cada una de las ocho partes es indudable que a Vargas Llosa no se le ha ido ningún momento de iluminación sobre Los miserables. Estas iluminaciones son
lo mejor del libro de Vargas Llosa, cuando se ocupa del oficio del novelista y entra en el poderoso taller de Victor Hugo; se dan al ocuparse también de los grandes momentos
de Los miserables a los que Vargas Llosa llama “los cráteres mayores”. Tales iluminaciones bastarían para justificar el libro.
La ventaja es que se trata también de un libro didáctico; es decir, Vargas Llosa no incurre en la vanidad de no dar el servicio. Hay la descripción y el tratamiento de los
personajes principales y un resumen escanciado de la trama o las tramas de Los miserables; hay rasgos biográficos de Victor Hugo, consulta de otras fuentes, fechas, siembra
de citas sobre lo que otros autores han dicho sobre la novela y algunos muy útiles apuntes o repasos históricos, incluso para defender la “verdad histórica” de la novela contra
la verdad histórica, como el pasaje “Victor Hugo y la insurrección de 1832”.
Así La tentación de lo imposible es lo mismo un companion, un agradable abecé para principiantes, que una lectura para un nivel mayor, digamos aquel que percibe en el libro
un hábil entrecruzamiento de temas, una sucesión de motivos que convergen, divergen y vuelven a converger armoniosamente. Y claro: el rumbo a un clímax o el sentido de
un final, todo como en una buena novela.
El libro es sobre todo un claro ejercicio de inspección para ver cómo Los miserables logra aquello que toda literatura busca en el lector, lo consiga o no: la “voluntaria
suspensión de la descreencia”, según la famosa frase de Coleridge en el prefacio a las Lyrical Ballads de él y Wordsworth. Y el eje vuelve a ser una de las acuñaciones
ensayísticas favoritas de Vargas Llosa: el novelista como un suplantador o asesino de Dios, como un deicida. La voluntad deicida, define nuevamente Vargas Llosa (p. 199)
consiste en “imitar al Creador, creando una realidad tan numerosa como la que El creó, es una manera de querer substituir a Dios, de ser Dios”. Vargas Llosa sugiere que
Victor Hugo es, si no el más grande, quizá el deicida más explícito o notorio de todos.
En el mundo de este “divino estenógrafo”, abunda Vargas Llosa (p. 200), “como en el del Creador, nada está de más, nada es superfluo, el astro y el guijarro se equivalen
como partes complementarias de lo creado”. (Victor Hugo, por cierto, en uno de sus poemas logró una definición genial de Dios: “Esa mezcla de Miguel Angel y Pantagruel”.
A Victor Hugo le encantaban este tipo de juguetes: él mismo se propuso ser, como novelista, “una mezcla de Walter Scott y Homero”. Una locura cumplida tanto en El
jorobado de Nuestra Señora como en Los miserables.) Vargas Llosa cita a Victor Hugo para decir que “no hay mejor descripción de la totalidad novelesca”: “Una larva
importa; lo pequeño es grande, lo grande es pequeño; todo está en equilibrio en la necesidad; aterradora visión para el espíritu. Entre los seres y las cosas hay relaciones de
prodigio; en este inevitable conjunto, de sol a pulgón, nada desprecia a nadie porque todos necesitan a todos” (p. 203). Una curiosidad añadible es que, aparte de su
“totalidad” deicida, Victor Hugo tomó estas correspondencias de la Gran Cadena del Ser de la época isabelina. No es casual que después de Los miserables su siguiente libro
fuera sobre Shakespeare.
Luego de mencionar al ex presidiario Jean Valjean, Vargas Llosa sugiere que el policía Javert es acaso el personaje más notable que creó Victor Hugo. El gamín Gavroche le
parece “uno de los personajes más seductores y tiernos” de la ficción hasta nuestros días. Para Vargas Llosa “el episodio más intenso y complejo” de Los miserables es acaso
el Libro IV de la quinta parte: “Javert extraviado”. Los episodios de amor entre Marius y Cosette le resultan los más artificiales de la novela. La escena más misteriosa de Los
miserables, “uno de sus cráteres”, para Vargas Llosa “tiene lugar en la emboscada que tienden a Jean Valjean en la masure Gorbeau, los Thénardier y la banda de forajidos de
Patron-Minette”. Vargas Llosa encuentra “el cráter mayor” de Los miserables en la caída de la barricada.
Para precisar qué entiende por “cráteres de las novelas que amamos” Vargas Llosa dice que “basta con cerrar los ojos” para que la memoria nos devuelva, “intactas,
preservadas con fuego y nostalgia, imágenes que nos exaltaron, excitaron, indignaron o entristecieron”. Y enumera: “El capitán Ahab desapareciendo con su obsesión, la presa
mítica, la ballena blanca, en el océano inmenso; el Quijote y Rocinante cargando contra los molinos de viento; el tímido Julian Sorel atraviéndose a coger la mano de Madame
de Rênal cuando el reloj da las diez en aquella velada de campo; la agonía y muerte de Madame Bovary; la castración del mulato Joe Christmas; la subida al cielo de
Remedios la bella; la mudanza sexual de Orlando; The Professor, el anarquista, circulando por las calles de Londres arrebozado en explosivos para hacer desaparecer a los
policías que vengan a prenderlo y desaparecer con ellos, y tantas otras...” (pp. 62-63).
Creo que una buena manera de agradecerle a Vargas Llosa su libro sobre Victor Hugo y Los miserables sería mencionar los cráteres de El Jaguar desviando el rifle de las
rutinarias prácticas militares para hacer blanco en El Esclavo, o las apariciones de la pobre perra La Malpapeada; cráteres que el autor de esta nota descubrió en la clase de
química de tercero de secundaria en la escuela de jesuitas Instituto Patria, en un ejemplar de La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa metido en una guarda de cuero para
fingir que era el libro de texto de la asignatura, a la misma edad que Vargas Llosa leía por primera vez Los miserables en la escuela militar Leoncio Prado.
Un poco al respecto, en alguna parte (pp. 50-51) Vargas Llosa se refiere a la impresión, “totalmente errada” y compartida por muchos, “de que Los miserables es una novela
para niños”. De acuerdo, pero lo cierto es que resultan más veces afortunados (por las relecturas siguientes) quienes leyeron Los miserables en la infancia o en la adolescencia,
como el mismo Vargas Llosa. O, si convenimos en que Los miserables es para un lector adulto, convengamos también con W.H. Auden en que un lector adulto es aquel que
oscila entre los 12 y los ochentaitantos años de edad.
Por último: ¿puede el libro de Vargas Llosa sustituir la lectura de Los miserables para alguien a quien la lectura de la novela se le haga muy cuesta arriba, o para “el lector
contemporáneo, acostumbrado a las novelas ceñidas” (p. 39), a quien impaciente la lentitud del arte narrativo de Victor Hugo? Debería decir que no, pero digo que sí. Lo digo,
claro, con red protectora: después de leer el libro de Vargas Llosa la pregunta adecuada es quién no tendría ganas de leer o releer Los miserables. La novela de Victor Hugo es
también, y siempre, una inminencia emocionante. Como en Las Vísperas de Venus (“Quien ha amado, amará otra vez...”), hay unas vísperas de Los miserables: “Quien la ha
leído la leerá otra vez; quien no la ha leído, la leerá”.
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Fecha: 10/11/2010
América Latina: La democracia en tensión (Julio 2007)*
Julio Labastida Martín del Campo
El mapa politizado de América Latina comprende a países en procesos de consolidación, así como democracias que pueden experimentar retrocesos.
Después de la euforia de la etapa de la transición democrática en América Latina, hemos pasado a un periodo de fuertes interrogantes sobre el futuro de la democracia. Al
respecto, hay que recordar que en el texto canónico sobre la transición democrática de Guillermo O’Donnell y Phillippe Schmitter, aunque se refieren fundamentalmente a la
disolución de un régimen autoritario y al establecimiento de una democracia, no excluyen el retorno a viejas o nuevas formas de autoritarismo.*
Sin embargo, la culminación de las transiciones, como fue en el caso de México, abrió la expectativa de pasar de una fase fundamentalmente electoral a un proceso que
llevaría a una consolidación democrática.
Algunos de los autores más reconocidos sobre la consolidación como Leonardo Morlino (1996, 2005), Samuel Valenzuela (1992), Juan Linz y Alfred Stepan (1996),
Giuseppe Di Palma (1998), Gerardo Munck (2001) y Guillermo O’Donnell (1996) consideran que la consolidación de la democracia se realiza una vez que se legitima entre
todos los actores políticos y sociales, y ninguno de ellos pretende desafiar y cuestionar esa legitimidad por medios no democráticos. La democracia se convierte entonces en
the only game in town: el único juego en la ciudad, para utilizar la conocida expresión de Juan Linz (1990:29). En términos de Giuseppe Di Palma: “lo democrático es un
juego abierto de resultados inciertos que no impone a los jugadores otra expectativa que el hecho de jugar (en este aspecto es clave) la creación de reglas que se han capaces
de despejar o convertir en inoperante ‘la tentación de jugadores esenciales’ de boicotear el juego” (1998:73).
En términos de Adam Przeworski: “en una democracia todas las fuerzas deben luchar repetidamente ‘ninguna puede esperar modificar los resultados a posteriori; todos deben
someter sus intereses a la competencia y a la incertidumbre’. El Momento crucial ‘se sitúa al pasar el umbral a partir del cual nadie podrá intervenir para alterar los resultados
del proceso político formal […] El paso decisivo de la democracia es la transferencia de poder de un conjunto de personas a un conjunto de normas’ ” (1995:22).
En este sentido, “la democracia está consolidada cuando bajo unas condiciones políticas y económicas dadas, un sistema concreto de instituciones se convierten en único
concebible y nadie se plantea la posibilidad de actuar al margen de las instituciones democráticas, cuando los perdedores sólo quieren volver a probar suerte en el marco de las
mismas instituciones en cuyo contexto acaban de perder […]. Acatar los resultados […] aunque supongan una derrota resulta preferible para las fuerzas democráticas a
intentar subvertir la democracia” (1995: 43).
Déficit social y débil Estado de derecho
Esta situación de consolidación democrática tal como la acabamos de definir centrada en las instituciones, en los actores y en la aceptación de las reglas de juego democrático
y sus resultados no es un fenómeno generalizado en todos los países de América Latina, aun en aquellos que tuvieron una transición o incluso una continuidad democrática.
Más bien tenemos un mapa político diferenciado que comprende a países que están en un proceso de consolidación junto al lado de democracias donde predomina su carácter
electoral que derivaron en nuevas formas de autoritarismo y otras democracias que están en diferentes grados de tensión en su definición de carácter futuro de su forma de
gobierno.
Además de la tensión que acabamos de referirnos de la aceptación de las reglas democráticas y su legitimación, hay otras dos dimensiones que son factores de tensión para el
futuro de la consolidación democrática de América Latina: el déficit social y el debilitamiento del Estado de derecho. En los casos de los dos últimos tipos de tensión que
mencionamos son procesos de largo alcance en el tiempo, en cambio, los desajustes al marco institucional y su aceptación por los actores políticos que pueden llegar al
desconocimiento de las reglas del juego democrático tienen un carácter más coyuntural porque los desenlaces tienden a producirse en plazo relativamente más corto.
Cuando hablamos de déficit social de la democracia en América Latina queremos referirnos a la falta de un crecimiento económico sostenido que se traduzca en políticas
públicas que respondan a las necesidades, demandas y expectativas de la población en términos de empleo, educación, salud, vivienda, etcétera, y que permitan procesos
permanentes y progresivos de inclusión, integración y movilidad social. Siguiendo a Morlino, esta “capacidad de respuesta satisfactoria de los gobernantes a las demandas de
los gobernados” se puede traducir en una mayor satisfacción y legitimidad para las instituciones democráticas, con lo cual la consolidación es prácticamente alcanzada. En
cambio, el incumplimiento de éstas se traduce en un mayor distanciamiento con los partidos políticos e incluso un declive de confianza en las instituciones democráticas
(2005: 272-273).
En cuanto al otro obstáculo a la consolidación democrática: el debilitamiento del Estado de derecho, nos referimos a lo que Guillermo O’Donnell denomina la ausencia del
Estado legal: en el que “las leyes formalmente vigentes son aplicadas (sólo ocasionalmente, y), cuando lo son, de modo intermitente y diferencial. Lo que es más importante,
esta ley segmentada está sumergida en la ley informal decretada por los poderes privatizados (fácticos) que de hecho gobiernan esos sitios… Se trata de sistemas
subnacionales de poder que […] tienen un base territorial y un sistema legal informal pero bastante efectivo” (2002: 320-321). Un claro ejemplo de estos poderes fácticos o
privatizados, como los denomina O’Donnell, es sin duda el narcotráfico y el crimen organizado, cuya capacidad para competir por el monopolio legitimo de la violencia en
determinados espacios, imponiendo sus leyes mediante la generación de mecanismos de coerción sobre las fuerzas policiacas, miembros del poder judicial (corrupción),
generación del miedo en la población (ejecuciones) y una constante violación de los derechos humanos. Lo que los constituyen en actores que atentan contra la consolidación
de la democracia.
Mapa político de América Latina
Creemos que las tensiones y desafíos que enfrenta la consolidación democrática en América Latina nos permiten hacer, de forma sintética, un mapa político de la región:
1. Hay países que están experimentando un proceso de consolidación democrática y que han sido capaces de ir eliminando progresivamente las herencias del periodo
autoritario, como Chile y Uruguay. Otros, como en el caso de Costa Rica, mantienen la continuidad democrática, a pesar de que han ido perdiendo su capacidad de integrar a
la población, que han aumentado su déficit social.
2. En el caso de Argentina es especial en cuanto más que avanzar hacia la consolidación vive una tensión entre la democracia liberal y la restauración progresiva de una
democracia que O’Donnell llama delegativa, en donde el ejecutivo supedita a los otros poderes.
3. Venezuela sería un caso en que manteniendo los mecanismos electorales se ha pasado de una dictadura populista con una gran concentración de poder en un caudillo
carismático que logra una amplia movilización y aceptación de una parte de la población a través de un discurso de fuerte integración simbólica con un carácter nacional y
popular, así como con políticas sociales existencialistas acompañadas de amplia distribución de recursos. Esta forma de gobierno populista es, por lo tanto, incluyente, pero
desborda las reglas e instituciones de la democracia y excluye y vulnera los derechos de sectores importantes de la población, en particular de las elites y las clases medias. Un
aspecto importante que no se puede desestimar es que el presidente Hugo Chávez ha contado con amplios recursos generados por el alza a nivel mundial de los precios del
petróleo. Una disminución drástica de estos recursos puede tener fuertes implicaciones políticas para la revolución bolivariana.
4. En el grupo de más alta tensión en relación a sus perspectivas de consolidación democrática se encuentran Bolivia y Ecuador. En ambos países existe un alto porcentaje de
población indígena y grandes desigualdades económicas, sociales y culturales, así como regionales. La democracia de tipo liberal enfrenta profundos desafíos frente a la
afirmación de identidades culturales y reivindicaciones nacionalista. En el caso de Bolivia, la tensión y el conflicto está en los límites de la desintegración territorial de lo que
es hoy el Estado boliviano. En el caso de Ecuador se está viviendo una fuerte polarización, movilización social y un enfrentamiento entre poderes, tanto a nivel político como
económico.
5. En América Central hay diferentes grados de precariedad respecto de una democracia de calidad y consolidación. El caso Costa Rica, al que ya nos referimos, es una
excepción. En Nicaragua el triunfo del Frente Sandinista ha hecho que el país se mueva entre la democracia y un populismo más orientado hacia el exterior,
fundamentalmente buscando los apoyos económicos de Venezuela. Sin embargo, la vuelta del FSLN en unas elecciones sin mayores dificultades se caracteriza por un
predominio del pragmatismo tanto en la política interna como externa. En Guatemala la presencia política del ejército y la violencia de los grupos paramilitares desafían a una
débil democracia donde la mayoría de la población, que es indígena, continua marginada y oprimida. Honduras es una democracia electoral que no supera sus condiciones de
pobreza. En cuanto a El Salvador, a pesar de los equilibrios entre los gobiernos de derecha y la oposición de izquierda, ha surgido un tipo de violencia generado por la
marginación social: la de las bandas juveniles marasalvatrucha que a su vez han provocado violentas reacciones de grupos paramilitares y políticas de exterminio. El
fenómeno de los marasalvatrucha se ha extendido a toda América Central y ha penetrado hasta México. En síntesis, en América Central persisten muchas carencias
endémicas. Superadas las dictaduras militares y la guerra civil perduran las graves desigualdades sociales al lado de las viejas formas de violencia, como de las bandas
juveniles y los grupos paramilitares que los combaten y aquellas vinculadas con el incremento del narcotráfico, crimen organizado y tráfico de personas. En este contexto,
estamos ante democracia débil y, por tanto, vulnerable.
6. En el Caribe el caso más paradigmático por su gravedad es el de Haití, “una democracia” tutelada por la ONU donde la profundidad de la crisis social la hacen aparecer
como inviable, lo mismo que a cualquier gobierno que pueda asegurar su permanencia y sobre todo la seguridad, garantías civiles y la protección de los derechos humanos y
un bienestar mínimo para la población.
7. En relación a Brasil y México es preciso seguir la reciente afirmación de Guillermo O’Donnell en una entrevista reciente en el suplemento “Enfoque” del periódico
Reforma: estos países no se pueden asimilar al caso de Venezuela, ni mucho menos de Bolivia y Ecuador, pues ambos países tienen una mayor complejidad social con una
diversificación de poderes que van construyendo un soporte institucional y con una inserción internacional mucho mayor. Por las razones anteriores, a pesar de su gran
desigualdad social y regional, Brasil prosigue por un camino democrático y, a diferencia de México, está teniendo un mayor éxito en su estrategia tanto de desarrollo como de
inserción en el contexto económico internacional; como lo muestra su política educativa, científica y tecnológica y su activa política exterior tanto en su impulso al Mercosur
como en la multiplicación de sus relaciones económicas internacionales y su creciente presencia diplomática a nivel mundial.
En el caso de México, a diferencia de Brasil, se presenta un rezago del crecimiento económico y la falta de una nueva estrategia de desarrollo que retome el crecimiento
sostenido y permita renovar las políticas públicas, particularmente educativas, científicas y tecnológicas, así como asegurar el crecimiento del empleo.
Además, hemos perdido liderazgo y presencia internacional. Al igual que Brasil, México tiene un Estado de derecho a la defensiva frente a un creciente avance el narcotráfico
y el crimen organizado. Además, México no acaba de superar las secuelas del conflicto postelectoral de 2006. Ese conflicto mostró tensiones en el marco institucional y de la
vinculación de éste con los actores políticos y sociales que desempeñaron un papel significativo en el proceso electoral; al grado que hemos estado en los límites de la ruptura
del marco institucional y legal.
De cara a lo anterior, propongo una agenda mínima para México:
Procesos electorales. Para evitar que se repitan los errores que llevaron al conflicto postelectoral de 2006 es necesaria una reforma de algunos aspectos de los procedimientos
electorales; control del financiamiento, que las campañas sean más cortas y menos costosas, regular de forma equitativa el acceso a los medios, pero sobre todo romper con la
comercialización del proceso electoral. Asimismo, mejorar las normas para asegurar una utilización de los recursos transparente y auditada. En México se ha puesto todo el
acento en el fortalecimiento financiero de los partidos. Una lección de las elecciones de 2006 es que resulta importante regular de manera más estricta el carácter y alcances
del poder ejecutivo y de grupos de poder económico y otros actores sociales en las campañas, así como acotar el papel de los medios de comunicación. Además, es necesario
que se obligue a los partidos y candidatos a presentar verdaderos programas políticos donde haya un auténtico debate y discusión en lugar del millón de comerciales en radio y
televisión a los que se refiere Gabriel Zaid (2007).
Partidos políticos. En cierta medida, se puede afirmar que los tres partidos más fuertes han heredado una situación de privilegio respecto del acaparamiento de grandes
recursos públicos para negociar con las fuerzas externas y controlar a sus miembros. Como señala Jean François Prud Homme, estamos en México en un caso de control
oligopólico de la representación política de los partidos más fuertes que, por su condición privilegiada, dificulta una verdadera competencia de los partidos pequeños. Por lo
que se deben dar más facilidades para la formación y fortalecimiento de nuevos partidos para que contribuyan a la renovación de la clase política. También es necesario
democratizar los partidos al interior, empezando por sus estatutos y sus formas de organización, debe haber un control externo y de sanciones de las autoridades electorales si
no se produce. Además, como señala Gabriel Zaid, los debates deben empezar por los precandidatos de cada partido cuya designación no sólo debe nacer en las cúpulas,
aunque la decisión corresponda en exclusiva a los afiliados.
Relación de partidos políticos y ciudadanos. El problema fundamental de la consolidación de la democracia en México está en su sistema de partidos y su relación con sus
ciudadanos. Los ciudadanos van adelante de la clase política, eso explica el voto diversificado que se ha traducido en gobiernos divididos, ya que no quieren una vuelta a una
concentración de poderes, de ahí que una constante haya sido, desde que terminó la transición democrática, los gobiernos divididos. Aunque la participación electoral ha
mantenido niveles altos, al mismo tiempo hay un desencanto de los ciudadanos con los partidos y la clase política. Por lo tanto, es importante que se permita la reelección del
poder legislativo, que facilitaría una relación y una obligación de rendición de cuentas con los ciudadanos, y los candidatos dejaran de ser cautivos de las cúpulas partidistas.
Las candidaturas ciudadanas son un derecho de los ciudadanos a pesar de las objeciones que han encontrado por ser candidatos improvisados sin suficiente profesionalismo
político y una base social inestable. En cuanto a las candidaturas es ideal, como señala O’Donnell, que los partidos sean fuertes y tengan una gran inserción social para el buen
funcionamiento de la democracia, pero en México los partidos no tienen una gran inserción social y muchas veces los ciudadanos o desconocen o rechazan a los candidatos
que proponen los partidos, lo que no ha dejado de tener altos costos como lo muestra el caso del PRI en 2006 con la candidatura de Madrazo.
Organizaciones ciudadanas. A pesar de que la legislación electoral se centra en el fortalecimiento de los partidos, las organizaciones ciudadanas deberían tener un espacio más
importante en los procesos electorales, monitoreando y exigiendo a los partidos rendición de cuentas; en Canadá y Estados Unidos ha habido etapas en que las organizaciones
de ciudadanos han tenido una función de monitoreo de los partidos políticos y han jugado un papel importante en el último país en circunstancias políticas como el Watergate.
Bibliografía
Di Palma, Giuseppe, “La consolidación democrática: una visión minimalista”, Revista Española de Investigaciones Sociológicas, núm. 35, abril-junio, 1988, pp. 67-92.
Entrevista a Guillermo O’Donnell, “México: democracia en construcción”, en suplemento Enfoque (Reforma), 22 de noviembre, 2007.
Linz, Juan J. y Alfred Stepan, Problems of Democratic Transition and Consolidation. Southern Europe, South America, and Post-Communist Europe, The Johns Hopkins
University Press, Baltimore, 1996, 479 pp.
Morlino, Leonardo, “Consolidación democrática. Definición, modelos, hipótesis”, Revista Española de Investigaciones Sociológicas, núm. 35, julio-septiembre, 1986, pp. 761.
Morlino, Leonardo, Democracias y democratizaciones, Cepcom, México, 2005.
Munck, Gerardo L., “Democratic Consolidation”, en Paul Barry Clarke y Joe Foweraker (eds.), Encyclopedia of Democratic Thought, Routledge, Londres, 2001, pp. 175-177.
O’Donnell, Guillermo, “Ilusiones democráticas”, Etcétera, núm. 183, 1 de agosto, 1996, pp. 14-21.
O’Donnell, Guillermo, “Acerca del Estado, la democratización y algunos problemas conceptuales: Una perspectiva latinoamericana con referencia a países postcomunistas”,
en Carbonell, Miguel, Wiscano Orozco y Rodolfo Vázquez (coords.), Estado de derecho. Concepto, fundamentos y democratización de América Latina, Siglo XXI, México,
2002.
O’Donnell, Guillermo, Phillippe Schmitter (coords.), Transiciones desde un gobierno autoritario. Conclusiones tentativas sobre las democracias inciertas, Paidós, Buenos
Aires, 1988, vol. IV, p. 20.
Przeworski, Adam, Democracia y mercado: Reformas políticas y económicas en la Europa del Este y América Latina, Cambridge University Press, Gran Bretaña, 356 pp.
Valenzuela, J. Samuel, “Democratic Consolidation in Post-Transitional Settings: Notion, Process, and Facilitating Conditions”, en Scott Mainwaring et al. (eds.), Issues in
Democratic Consolidation: the New South American Democracies in Comparative Perspective, University of Notre Dame, Notre Dame, 1992, pp. 57-104.
Zaid, Gabriel, “Después del susto”, Reforma, México, 29 de abril, 2007. n
*Ponencia presentada en el coloquio Consolidación a la democracia: dimensiones e indicadores, que se realizo los días 3 y 4 de mayo en el Instituto de Investigaciones
Sociales y el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora.
** Entienden por transición democrática “el intervalo que se extiende de un régimen político a otro (…) Las transiciones están delimitadas, de un lado, por el inicio del
proceso de disolución del régimen autoritario, y del otro por el establecimiento de alguna forma de democracia, el retorno de algún régimen autoritario o el surgimiento de una
alternativa revolucionaria. Lo característico de la transición es que en su transcurso las reglas del juego político no están definidas. No sólo se hallan en flujo permanente sino
que, además, por lo general son objeto de una ardua contienda; los actores luchan no sólo por satisfacer sus intereses inmediatos y/o los de aquellos que dicen representar, sino
también por definir las reglas y procedimientos cuya configuración determinará probablemente quiénes serán en el futuro los perdedores y los ganadores” (Transiciones desde
un gobierno autoritario. Conclusiones tentativas sobre las democracias inciertas, Buenos Aires, Paidós, 1988, vol. IV, p. 20).
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Fecha: 10/11/2010
Violencia y política (Septiembre 1997)
Rolando Cordera Campos
En medio de la más aguda concentración de la riqueza en el siglo y de la contaminación de la política por el delito, cada día se vuelve más urgente innovar las formas de
cooperación política y social frente al cambio estructural de la economía para acabar con su incapacidad para producir esos mecanismos de intercambio.
Por violencia se entiende la intervención física de un individuo o grupo contra otro individuo o grupo. La violencia conlleva una intervención física y una intención: destruir,
dañar, coartar. Hay violencia cuando se actúa directamente pero también haciendo uso de medios indirectos, destinados a alterar el ambiente físico en que la víctima se
encuentra por medio de la destrucción, el daño o la sustracción de recursos materiales. En este sentido descriptivo, la violencia puede considerarse sinónimo de fuerza. Hasta
aquí el Diccionario de Política ( N. Bobbio N. y N. Mateucci, Siglo XXI Editores, tomo II, pp. 1671-80).
Al mismo tiempo, es claro que el vocablo aparece siempre ligado al poder, cuyo ejercicio y constitución no pueden desvincularse de una interpretación sobre el uso o la
disposición de la fuerza. Sin embargo, es indispensable asumir a la vez que entre uno y otro término hay no sólo diferencias descriptivas sino conceptuales. Y, desde luego,
diferencias en cuanto a sus implicaciones sobre la configuración y el desempeño de los sistemas sociales.
Con la perspectiva que nos abre la interpretación política de la violencia y su sentido, podemos ahora adelantar una proposición inicial sobre el tema que nos ocupa: la
violencia, diríamos, no es ni ha sido nunca un elemento exclusivo de la economía para asegurar la producción y distribución de los medios necesarios para la subsistencia y
expansión de las sociedades humanas. Tampoco podría decirse, hoy, que la violencia sea o haya sido fundamento principal, mucho menos exclusivo, del poder o el desarrollo
económicos. No obstante, al igual que ocurre con la noción de poder político, es imposible hablar o pensar en la economía y su desarrollo, desde las fases más atrasadas de su
organización hasta las más modernas y, en otro sentido, las más históricamente ambiciosas como fue el experimento comunista de este siglo, sin encontrar vinculaciones del
más diverso signo entre economía y violencia.
En la actualidad, un tiempo de grandes fracturas y mutaciones culturales y sociales que produce sin cesar el cambio globalizador del mundo, suele hablarse de una "violencia
estructural" que se acentúa y generaliza con los cambios en la estructura económica que apuntan hacia la implantación de un mercado mundial unificado. De aquí suele
también pasarse, a veces con demasiada premura, a postular la raigambre violenta del sistema económico finisecular que promueve la ideología neoliberal, cuando no del
capitalismo como tal. Mundialización, neoliberalismo y violencia estructural, formarían así un triángulo de hierro y dolor parecido al que se conformó en el amanecer del
capitalismo y hasta la irrupción de la Revolución Industrial. Un cambio de época que tiene lugar, como en el pasado, mediante una violencia brutal, implacable y destructiva.
Perpleja, la sociedad de este fin de siglo atestigua en efecto una violencia social que afecta directa e inmediatamente a millones, no sólo en las áreas atrasadas y convulsas de
siempre, sino en el corazón mismo de Europa. En los grandes espacios africanos y asiáticos, así como en nuestro propio continente, aparecen fenómenos de violencia cuyas
implicaciones sobre la economía son no sólo aparentes sino de tal complejidad, que llevan a pensar a muchos que la subsistencia y la reproducción material de esas sociedades
dependen o tienen como base el uso y el usufructo de la fuerza, la aplicación de la violencia con fines y por motivos económicos.
Así, sin mediaciones o distinciones analíticas o genéticas, se habla de una economía de la violencia, de una economía violenta o bien de una economía que irremisiblemente
gesta espacios de violencia, los necesite o no, para su vigencia o reproducción. En la óptica de la así llamada "resistencia global a la globalización", sin embargo, se trata de
expresiones de un proceso único y unificador.
La comprensión de la violencia como un fenómeno contemporáneo y actual, obliga más bien a intentar una disección de sus manifestaciones. El buscar que la violencia no se
implante como eje del comportamiento social obliga a su vez a tratar de examinar con detalle sus diversas implicaciones sobre el cuerpo político-económico. Sólo así es
posible encontrar o inventar políticas e instituciones que sin desbarrancarse en la "contraviolencia-violenta", puedan disolver sus núcleos más duros y agresivos.
De manera esquemática, con la exposición franca de algunas ironías y perplejidades extraídas del discurso de la economía política, es lo que trataré de hacer en adelante,
buscando a la vez ilustrar con ejemplos mexicanos algunas de estas situaciones.
La economía de la violencia
Sin duda, en el mundo de hoy existe una economía de la violencia, tal como hay aquí, en Italia o China, una economía política de la corrupción y la corrosión, cuyas
instituciones básicas están todavía a la espera de ser expuestas. Una y otra se dan la mano en los cruces más espectaculares del tráfico de armamentos y de narcóticos, ambos
articulados por organizaciones criminales cuya morfología y dinámica las lleva a vincularse con los órganos del Estado y a contaminar el poder político.
La producción y el usufructo de este tipo de actividad económica se realiza en función o dependencia del recurso a la violencia. En las actuales condiciones institucionales,
que no son sólo legales sino también de costumbres y creencias sobre la salud pública, el bien común o el interés general, este tipo de producción y distribución de bienes y
generación de ganancias es inseparable del ejercicio de la violencia. No basta el acceso al poder político y sus agencias que puedan lograr tales productores; en toda instancia
del proceso económico la violencia tiene que estar presente como un hecho cercano, nada virtual o tendencial como ocurre con el poder del Estado. En este territorio de la
economía no hay Estado sino fuerza y capacidad de fuego.
La economía de la violencia no es, sin embargo, siempre ilegal o criminal. La producción en masa de medios de destrucción y armamento en general, que tuvo lugar durante
la Guerra Fría, es la más conspicua expresión de esta economía de la violencia y para la violencia que logró incluso legitimidad internacional y le fue atribuida una
funcionalidad económica de gran importancia.
Del desarrollo de la economía armamentista dependieron millones de empleos y se obtuvieron cuantiosas ganancias, en tanto que regiones enteras, como California, hicieron
depender de esa actividad su espectacular opulencia. Esta producción estuvo destinada a una violencia que nunca se desplegó totalmente. Su futilidad destructiva, en la que se
insistió una vez que quedó claro que se estaba produciendo en masa un armamento que no podría tener aplicación en este mundo, llevó a muchos a pensar no sólo en la locura
del género humano, sino en que se trataba de un simulacro siniestro, pero no por ello antieconómico, destinado a sostener lo insostenible: un sistema capitalista que ya era
incapaz de crear y recrear campos de inversión y mercados, para asegurar la reproducción ampliada del modo de producción.
Hoy, después de la Guerra Fría, se discute mucho sobre el "dividendo de la paz" y algunas de las mejores mentes económicas, como Leontieff o Galbraith, han dedicado
grandes esfuerzos a precisar y contabilizar los usos alternativos, de paz y desarrollo, que la reconversión de la economía bélica podría tener sin afectar la racionalidad axial del
sistema. No se ha avanzado mucho en ello, pero es claro que la centralidad de la economía de guerra no era tal.
El crecimiento económico estadunidense registró ciclos e inestabilidades, y tendrá más en el futuro, pero Estados Unidos sigue adelante y encabeza la economía mundial con
tasas de desempleo reducidas y avances tecnológicos formidables, impulsores de inversión y consumo adicionales, muchos de ellos gestados en aquella economía de la
violencia. Sin menoscabo de sus efectos impulsores de la economía capitalista, todavía a debate en estrictos términos de racionalidad económica, puede decirse que de esa
experiencia terrible no puede derivarse un caso general concluyente contra el capitalismo, como un sistema económico articulado por la violencia.
Volvamos a las manifestaciones criminales de la economía de la violencia. El tráfico de armas y el de drogas, y el crimen organizado en general, tienen ramificaciones
múltiples hacia la economía legal, civil y no violenta, muchas de cuyas ramas subsisten o se expanden gracias a esas conexiones. Mucha gente vive de estos negocios fincados
en la violencia; bancos y constructoras, servicios de todo tipo, florecen gracias al blanqueo de la ganancia ilegal y se vuelven un factor de estímulo para que esta economía de
la violencia no sólo se mantenga sino que se reproduzca.
Con todo, vale la pena traerlo a cuento, el fin de la Prohibición no fue el fin de la industria alcoholera ni de todos los industriales de la violencia de aquel entonces. Muchos de
ellos se reconvirtieron y encontraron en la economía no violenta campos de inversión y fuentes de ganancia. Más que explicar el desarrollo de esta economía con razones
económicas, escasez o demanda, por ejemplo, habría que acudir a factores institucionales y a las decisiones irracionales propiciadas o permitidas por las instituciones o por su
ausencia. El cambio institucional no trajo consigo la desaparición de la producción y el consumo, sino el cambio en las condiciones de
producción y obtención y uso de ganancias. La fatalidad de la violencia asociada a un cierto tipo de producto o forma productiva no es evidente, al menos no en un sistema
cuya esencia es el cambio permanente y acelerado de gustos, técnicas y métodos productivos.
Es claro, por otro lado, que el cambio legal no produjo el fin de la economía de la violencia. Varios de sus actores se reconvirtieron dentro de sus fronteras y desarrollaron
nuevas actividades. Hoy, como se sabe, éstas han alcanzado niveles de lucro y poder inimaginados por los pioneros de la industrialización del crimen y la violencia.
La economía violenta
No sólo hay unas economías de la violencia sino una forma violenta de hacer economía. Históricamente, la violencia como método económico se ubica en las formas
precapitalistas del saqueo y la conquista de territorios y poblaciones, la esclavitud y el trabajo forzoso: se trata de las sociedades organizadas en torno a la dependencia directa,
basada en la religión o la magia, pero siempre con el uso de la fuerza, en las que la sujeción de la fuerza de trabajo y el trabajo servil fueron factor decisivo de la supervivencia
y la expansión de los grupos humanos.
Con el colonialismo y la ampliación mercantilista, parafraseando a Volodia Teitelboim, el capitalismo tuvo un "rojo amanecer". Las poblaciones diezmadas y sojuzgadas, los
territorios agotados tuvieron su contraparte en esos procesos que Marx resumió en la idea de una acumulación originaria. Todos estos desarrollos son propios del predominio
de una forma genérica de asegurar la supervivencia. Al igual que el resto de los animales, los humanos buscamos satisfacer las necesidades mediante la recolección de frutos
de la naturaleza y la apropiación de territorios. Pero, como nos indica la pensadora estadunidense Jane Jacobs, a diferencia de otras
especies también comerciamos y producimos para comerciar (cf. J. Jacobs: Systems of Survival, Random House, New York, 1992).
Mientras predomina el primer método de sobrevivir, tiende a predominar lo que he llamado economía violenta. A medida que se desarrolle el segundo, puede por lo menos
proponerse que la violencia o el uso directo de la fuerza dejan de ser los componentes principales de la economía. Son otros los problemas que encara la cuestión de la
supervivencia. Sin embargo, la unificación del mundo por el comercio, gran ambición y promesa del capitalismo, no se cumple nunca de una sola vez ni se implanta de un
modo homogéneo y normalizador.
A todo lo largo del siglo, en busca de territorios y mercados, la humanidad ha vivido largos y duros años de extremos de guerra y destrucción, como lo relata con pasión y
lucidez el historiador Eric Hobsbawm. Para afirmar el Reich, tomar revancha del abuso victorioso que puso a un lado el interés capitalista más elemental y dio paso a la
pasión nacionalista, así como para afirmar una nueva hegemonía mundial y racial, los nazis no titubearon en reeditar el método del trabajo forzado en sus campos de
producción y exterminio y llevaron al delirio estas formas violentas de hacer economía.
Peor aún, en los grandes saltos fallidos de los años treinta en la URSS y los cincuenta en China, con la divisa de ir más allá del mercado y el capitalismo, se echó mano de la
violencia sobre los hombres y la naturaleza y "el plan" se volvió más bien libreta de instrucciones para violentar la voluntad de la sociedad y simular transformaciones
productivas e históricas. Los saldos están ya a nuestra vista.
Lo que hoy ocurre en África, pero también en vastos territorios de Asia y América Latina, es precisamente una lucha abierta, violenta, por tierra y recursos, con cargo a la
población local que es movilizada y usada violentamente. La experiencia chiapaneca es, para nosotros, emblemática y no debía soslayarse este componente económico
violento que se asocia sin duda a la expoliación, pero también al precario desarrollo mercantil de la región.
En América Latina y en México, en particular, esta economía violenta no tiene una explicación económica unívoca. No son la escasez o la falta absoluta de relaciones
comerciales los factores que explican este recurso sistemático a la violencia, sino más que nada es la "falta de Estado", de capacidad jurídica efectiva y civilizatoria, la que
permite la emergencia y reproducción de estas "zonas marrones" como las llama Guillermo O'Donnell, que ponen en entredicho los flamantes procesos de democratización
que han acompañado los ajustes y la globalización económica en que se ha embarcado el continente desde hace más de una década.
Por cierto, es en estas zonas marrones donde tienden a fundirse y confundirse la economía de la violencia y la economía violenta, el narco, la guerrilla y la ocupación
extensiva y depredadora de la naturaleza. Con todo, como lo ha sugerido recientemente Ivon LeBot para Chiapas, la falta de firmes vínculos con el mercado exterior y el
consecuente desarrollo de formas mercantiles y productivas así orientadas, puede implicar severos obstáculos para la conformación de la base mínima que el sueño zapatista
requiere para aspirar a ser una realidad más o menos alternativa.
Mercado, civilización y violencia
Aquí se ha insinuado que la superación de la violencia como método o forma económica se asocia al desarrollo del comercio y a la generalización de los métodos productivos
que son propios de la economía industrial capitalista. Así lo propusieron, entre otros, Adam Smith en el siglo XVIII, Keynes en las primeras décadas del presente siglo y, más
recientemente, Albert Hirschman, en su pequeño gran libro Las pasiones y los intereses.
Oigamos a Smith:
El comercio y las manufacturas introdujeron gradualmente un orden y un buen gobierno, y con ellos la libertad y la seguridad de los individuos, quienes habían vivido antes
en un estado continuo de guerra con sus vecinos, así como de dependencia servil respecto de sus superiores. Esto, aunque ha sido lo menos observado, es con mucho su efecto
más importante (Wealth of Nations,III, v. 4. Citado por Skinner: "Adam Smith". The Invisible Hand. The New Palgrave, Eatwell, Milgate y Newman, eds. Londres, 1989, p.
11)
En un ensayo reciente, Hirschman retoma su tratamiento de la relación entre las pasiones y los intereses y nos recuerda lo que Keynes proponía al final de su Teoría General:
Las inclinaciones humanas peligrosas pueden ser encauzadas por canales comparativamente no dañinos, a través de la existencia de oportunidades para hacer dinero y riqueza
privada. De no poderse satisfacer esos deseos de esta manera pacífica, pueden encontrar una salida en la crueldad, la búsqueda atropellada del poder y la autoridad personal y
otras formas de autoengrandecimiento (Cit. por A. Hirschman: A Propensity to Self-Subversion, Harvard University Press. Harvard Mass., 1995, p. 217).
La experiencia del mercado no ha sido así de cumplidora. Para empezar, como hemos sugerido, la civilización mercantil se impuso a punta de cañón y a costa de la
destrucción de formas culturales y productivas, gente y tierras. Y a todo lo largo de esta Edad de los Extremos, como la ha llamado Eric Hobsbawm, las convulsiones y
mutaciones económicas que son propias de esta forma de organización productiva que llamamos genéricamente capitalista, han pasado por momentos de extrema violencia.
La nueva organización industrial norteamericana de la gran empresa y los grandes sindicatos no emergió sino a través de grandes y sangrientos conflictos, y nuestra propia
forma de organización mercantil capitalista, así como la conformación del Estado, se abrieron paso por las armas y la guerra civil revolucionaria.
Las dos grandes interrupciones de la economía mundial y sus procesos globalizadores en este siglo, desembocaron en dos grandes guerras de alcance mundial y, como lo
recuerda Anthony Giddens, no fue el desarrollo endógeno del industrialismo lo que disolvió el poder de las élites tradicionales en Alemania y Japón, y no fueron los procesos
internos de cambio político los que produjeron la emergencia de las democracias liberales en esos Estados. Lo primero fue el resultado de la derrota en la guerra, en tanto que
lo segundo fue el producto de la intervención directa de Estados Unidos y otros gobiernos aliados (The Nation State and Violence, University of California Press, 1987, p.
243).
Los efectos pacificadores y civilizatorios del capitalismo se ven no sólo marcados por sus orígenes violentos sino que se ven siempre acompañados por erupciones de
violencia, hoy magnificadas por la formidable capacidad de destrucción que la producción de armas en masa, con la más alta tecnología imaginable, hace posible.
La nueva y vertiginosa oleada de globalización que hoy vivimos de nuevo promete el fin de la guerra y del recurso a la violencia para "hacer economía". Pero la cosificación y
fetichización del mercado ponen de nuevo a la sociedad humana ante posibilidades de disrupción que no están lejos de la violencia abierta. Frente a la globalización se busca
poner la afirmación de nuevas o viejas identidades y en esta lucha de identidades siempre está presente la posibilidad de guerra. Disolver por el comercio este frenesí
particularista de culturas y adscripciones nacionales, locales y hasta tribales como en África, no parece un camino fácil ni exento del recurso a la violencia.
Las transformaciones del capitalismo dan cuenta de la enorme capacidad que tiene la sociedad moderna para producir cambios e innovar en la ciencia y la técnica, así como en
la propia organización social. Pero el reino del mercado no es sólo magia sino desesperación y angustia ante la inseguridad y la incertidumbre que acompañan al cambio. Más
que reflotar el más grosero de los darwinismos sociales, y hacer de la competencia un fetiche destructivo, lo que parece estar en el orden del día es la invención de nuevas
formas de cooperar entre Estados, naciones y grupos sociales. Como lo ha dicho George Soros:
Hay algo erróneo en convertir la supervivencia del más apto en el principio conductor de la sociedad civilizada. Mi punto principal es que la cooperación es, tanto como la
competencia, una parte del sistema y que el slogan "supervivencia del más apto" distorsiona este hecho (Soros, G.: "The capitalist threat", The Atlantic Monthly, febrero de
1997.)
La sociedad se las ha arreglado para convivir y sobrevivir a la violencia. Y sus métodos de producción y distribución prometen hoy como nunca antes que esta sobreposición a
la fuerza como recurso económico puede en efecto volverse un sistema universal de vida.
¿Se puede ir más allá del mercado? Los intentos de este siglo acabaron en el caos económico, extremaron el recurso a la violencia directa sobre la gente, como sucedió en la
URSS en los años veinte y treinta. Ahora, en busca del mercado, esas sociedades y otras más que en realidad nunca pretendieron abolirlo del todo, se despeñan por el
desfiladero de la desintegración nacional, la guerra intestina y la violencia abierta con fines de acumulación y enriquecimiento.
Pero, a la vez, la propia experiencia histórica nos indica la posibilidad real y realista de contar con mercados diferentes y no con "el mercado", con capitalismos que recogen
combinaciones y compensaciones sociales y no con "el capitalismo" que es ciego y sordo a la existencia colectiva y, de hecho, en su exaltación individualista arrincona
cualquier posibilidad de desarrollo individual. Es esta búsqueda la que hoy se puede y debe intentar. Crear las condiciones para que esta exploración de nuevas combinaciones
cooperativas sea viable y realista es lo que sigue como tarea central del desarrollo y de toda visión que quiera superar la violencia.
Estos son, ni duda cabe, los retos del México de fin de siglo. La violencia se disemina y amenaza con contaminar la todavía frágil trama de relaciones sociales que ha
emergido del cambio estructural de la economía y del que ha tenido lugar por décadas en nuestras formas culturales y de relación con el mundo. También cuestiona la
convivencia democrática que se quiere implantar como la forma principal para dirimir el conflicto político y conformar y renovar el poder.
México está, así, frente a la necesidad urgente de innovar en materia de cooperación política y social. La economía, por sí sola, no parece capaz de producir esos mecanismos
de intercambio que sin afectar las cuerdas maestras del mercado propicien a la vez relaciones de solidaridad entre los actores y agentes del drama económico y social.
Para terminar, algunas preguntas que parecen útiles para acercarse en otra ocasión al caso mexicano. ¿Podemos pensar en una cooperación socialmente productiva en medio
de la pobreza, el empobrecimiento y la más aguda concentración del ingreso y la riqueza registrada en el siglo? ¿Puede darse esta cooperación necesaria para disolver la
violencia, en medio de la competencia salvaje y de la contaminación de la política por el delito? Estos son, al filo del milenio, nuestros desafíos.
Rolando Cordera Campos. Economista. Director de Nexos TV. Este texto se presentó en el Seminario Internacional sobre la Violencia (Facultad de Filosofía y Letras de la
UNAM, 30 de abril, 1997), organizado por el Profesor Emérito, Doctor Adolfo Sánchez Vázquez.
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Fecha: 03/11/2010
Numeralia
Rodrigo Centeno y Rafael Ch
1. Población de México en 1910: 15 millones
2. Muertes estimadas en la Revolución mexicana contando militares y civiles: 900,000 (6 de cada 10)
3. Equivalencia de muertes por la Revolución relativo a la población en 2010: 6.6 millones
4. Porcentaje de hectáreas inactivas de tierra cultivable en el país: 40%
5. Porcentaje de mexicanos que está poco o nada satisfecho con la democracia: 54%
6. Países con mayor proporción de personas satisfechas con su democracia (80%): Dinamarca, Irlanda, Australia y Noruega
7. Países con menor proporción de personas satisfechas con su democracia (30%): Perú, Rusia, Brasil, Corea y Bulgaria
8. Porcentaje de mexicanos que mencionan que los diputados no los representan: 54%
9. Porcentaje del ingreso total que obtiene el 10% de las personas con mayores ingresos en México en 1958: 35.7%
10. Porcentaje del ingreso total que obtiene el 10% de las personas con mayores ingresos en México en 2005: 40.1%
11. Porcentaje del ingreso total que obtiene el 10% de las personas con mayores ingresos en EE.UU. en 2008: 29%
12. Porcentaje de personas mayores de 15 años analfabetas en 1992: 11.3%
13. Porcentaje de personas mayores de 15 años analfabetas en 2008: 7.6%
14. Porcentaje de personas mayores de 15 años con primaria incompleta en 1992: 36.2%
15. Porcentaje de personas mayores de 15 años con primaria incompleta en 2008: 23.2%
16. Porcentaje de la población ocupada sin derecho a seguridad social en 1992: 64.1%
17. Porcentaje de la población ocupada sin derecho a seguridad social en 2008: 65.2%
18. Porcentaje de hogares en viviendas con piso de tierra en 1992: 15.8%
19. Porcentaje de hogares en viviendas con piso de tierra en 2008: 6.1%
20. Número de mexicanos adicionales que estarían en condiciones de pobreza alimentaria sin el apoyo de programas de protección social: 2.6 millones
21. Programa de protección social federal que destruye el 50% de la mejora en desigualdad generada por Oportunidades: Procampo
22. La mitad de los beneficiarios de Procampo tienen menos de dos hectáreas de tierra. Porcentaje de transferencias del programa que reciben: 13%
23. Porcentaje de transferencias que capta el 2.6% de productores en el decil nacional más rico: 23%
24. Número de libros publicados en 1990 en México: 21,500
25. Número de libros publicados en 1996 en México tras la crisis: 11,762
26. Minutos que el estadunidense promedio trabaja para comprar una Big Mac: 7
27. Minutos que el mexicano promedio trabaja para comprar una Big Mac: 60
Los datos están actualizados a la última fecha disponible en un rango entre 2009 y 2010.
FUENTES: 1, 2 UNAM, Depto. de Sociología; 3 Cálculo de los autores. 4 Sagarpa; 5,6,7,8 Encuesta CIDE-IFE 2009; 9, 12-20 Coneval; 10 libro Mexico a country study, The
American University; 21, 22, 23 John Scott, CIDE; 11, 24, 25, 26, 27 libro As the Future Catches You.
Rodrigo Centeno. Economista, empresario y especialista en mercadotecnia.
Rafael Ch. Investigador del Centro de Investigación para el Desarrollo (CIDAC).
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Fecha: 03/11/2010
De género y cuotas
Luis González de Alba
S
ostuvo Héctor Aguilar Camín en Milenio, dando razón a Fernando Escalante, que en nexos “nos estamos perdiendo un territorio enorme de la inteligencia nacional” al
publicar a pocas mujeres. Tendría razón si la congeladora de nexos estuviera llena de colaboraciones femeninas en espera. No las hay, sencillamente porque no llegan, y no
llegan porque no les interesa mucho a las mujeres ni a muchas mujeres les interesa publicar. Me atrevo a lanzar un reto sin sustento estadístico alguno. Hipótesis por
comprobar: así como hay pocas colaboradoras, hay pocas lectoras. nexos no la leen muchas mujeres. Hipótesis 2: de las que nos leen, se interesan menos en los artículos sobre
los cárteles de la droga, la despenalización y otros temas. Aclaración: por supuesto hay mujeres interesadas en leer largos ensayos acerca de política nacional. Digo que son
menos que los hombres.
Hombres y mujeres no somos iguales en cuanto a gustos: los estadios de futbol
están llenos de hombres, la política también y nexos es parte de la política. Si
revisamos una biblioteca, la enorme mayoría de los autores serán hombres; si la
nómina de una presa en construcción, de una carretera, un aeropuerto, un rascacielos,
una editorial, una fábrica de aviones o de barcos, la nómina de quienes tienden una
línea de tren por levitación magnética, encontraremos que la inmensa mayoría,
cuando no la totalidad, son hombres.
Se me dirá que eso es fácil de comprender: son trabajos que exigen fuerza física y,
hasta si no la exigen, el dominio masculino levanta barreras no siempre escritas ni
expresas que pocas mujeres cruzan. Conozco el argumento aunque no revela los
motivos para que hombres separados por milenios, océanos y culturas, hagan esa
división sexual del trabajo. Pero, sobre todo, no explica el predominio de los
hombres en la revista cuyo lema es “Sociedad, Ciencia y Literatura”. No y sí.
Capacidad de escribir la tenemos en igualdad de condiciones hombres y mujeres.
Más aún, si alguna diferencia hay, es a favor de las mujeres, cuyo desarrollo verbal
es más temprano, como prueban centenares de observaciones. Pero hay más hombres
escribiendo, sean ciencias, sonetos o ensayos históricos y sociales, y para el segundo
paso, publicar nuestros escritos, tenemos una clara ventaja que nos da el ánimo
competitivo y logramos, finalmente, que nuestros escritos aparezcan.
La razón es sencilla: los campos de trabajo los crean hombres, luego las mujeres exigen ser admitidas y una democracia no puede establecer restricciones. Un ejemplo puede
observarse en el deporte marítimo de auge reciente, el surf. Durante decenios, hombres jóvenes han cabalgado olas en una tabla; surgieron campeonatos en Hawaii, que
originó ese bello y riesgoso deporte, y en California, que le ha dado tecnología a las tablas y lucimiento a las competencias. Por decenios, todos fueron hombres. Las mujeres
lo tomaron como un reto y ya hay un buen número de mujeres surfistas. Pero una revisión de nombres daría como resultado que no hay muchas… ni muy buenas. ¿Están
siendo discriminadas? ¿Son pocas a causa de misoginia introyectada? No, y menos en California tan políticamente correcta e imbuida de feminismo. Simplemente llegaron
después… y no dan la medida ante los hombres en una actividad que éstos inventaron para probar sus habilidades: sus de ellos.
Los hombres, como casi todos los machos de especies cercanas a nosotros, están diseñados por Madre Naturaleza para reproducirse mucho y morir jóvenes. Son competitivos
porque millones de años de evolución han seleccionado los valores que mejor sirven a la reproducción (de ahí el misterio de que la homosexualidad masculina persista).
Donde veamos machos, encontraremos ruido, alarde y competencia. No son excepción los humanos; pero en medios intelectuales, como las revistas donde es más prestigioso
publicar, la competencia adquiere voces discretas y peroratas largas.
En la selección de los machos, que urden todo tipo de exhibicionismos, la Naturaleza toma aspecto de mujer: son ellas quienes eligen desde antes de que fuéramos Homo
sapiens. En otros mamíferos eligen al macho (león, lobo, alce) que demuestre sus buenos genes derrotando a los competidores. En otras clases, como las aves, la competencia
se da en la belleza. El macho muestra coloridos espectaculares que dicen: me tienen sin cuidado los predadores, échenme al gavilán. Y ellas eligen. Al elegir dirigen la
evolución de la especie. Y pueden, por cierto, equivocarse: la cola del pavo real ya le impide el vuelo para escapar de un lobo. No les importa la muerte porque mueren con
decoro (como los tomatitos) dejando sus genes bien diseminados en muchas hembras.
Un estudio1 realizado en 20 países revela que el riesgo de muerte prematura es mayor para hombres que para mujeres a cualquier edad. En Estados Unidos, durante 1998, los
hombres mayores de 50 años, para nada unos jóvenes alocados, tuvieron de cualquier forma dos veces más probabilidades de sufrir una volcadura al guiar un auto. El riesgo
sigue siendo mayor para hombres que para mujeres, aun para hombres que han rebasado los 80 años. Por supuesto, entre los 20 y 24 años mueren tres veces más hombres que
mujeres en accidentes evitables. Ser hombre es malo para la salud.
Esa misma proporción se confirma en Irlanda, Australia, Rusia, Singapur y El Salvador: en el mundo entero por encima de clases sociales, de sistemas económicos y de
regímenes políticos, es peligroso ser hombre. Lo mismo puede afirmarse de chimpancés y hasta de mosquitas de la fruta.
“De moscas a pájaros a gente, los machos dicen a sus potenciales cónyuges: ‘Soy el mejor’ ”.2 Y la manera de decirlo es como la hembra exija. Puede ser “pelea con estos…”
o simplemente muéstrame un nido a mi entera satisfacción. De ahí que las hembras, no los machos, conduzcan la forma futura de la especie, la morfogenia. Si ellas se
equivocan, la especie desaparece.
Escribir para revistas como nexos o Letras Libres es parte del ánimo competitivo del macho: “Soy el mejor”, dice a sus posibles conquistas, “mira dónde me publican”.
Es bien conocido el gusto de los hombres maduros por las mujeres jóvenes, a veces muy jóvenes, y es conocido también el gusto de las mujeres jóvenes por hombres
maduros, ricos y poderosos. El poder es un afrodisíaco, se dice. Lo es para las mujeres. Y el motivo es sencillo de comprender: los hombres ven en la joven una buena
paridora, las mujeres ven al hombre de éxito y edad madura como buena garantía para la prole. Sin duda son procesos inconscientes: ni el hombre maduro está pensando
embarazar a la joven (más bien evitándolo), ni la joven hace tan aritméticos cálculos. Simplemente se gustan y no saben por qué. Lo sabe Madre Natura.
El interés de los machos por competir es claro: atraen más hembras, lo mismo el chimpancé gritón, el alce de gran cornamenta o el hombre que pelea puestos en la industria,
la política o, más discretamente, en el mundo intelectual en el que hay relación directamente proporcional entre prestigio y atractivo sexual.
¿Y cuál es el interés de la hembra por seleccionar al mejor macho disponible? Uno: su mayor inversión en la economía biológica: la hembra y el macho invierten de manera
muy desigual cuando se reproducen. Él puede simplemente desaparecer (como tantos lo hacen) luego de fecundarla. La inversión de la hembra humana es alta: debe pasar
nueve meses de creciente incomodidad, un parto doloroso al que fue condenada desde que nos creció el cerebro y el paso entre los huesos de la pelvis se hizo difícil, debe
correr amplio riesgo de muerte, meses de lactancia durante los cuales entrega sus propias calorías y proteínas, y años de proteger la infancia de los hijos.
De ahí que le resulte vital la selección del macho. Éstos no pierden nunca su ánimo de competencia, para eso están hechos. Unos brillan por su poder político, otros por su
dinero y otros por su prestigio intelectual. Ellas no necesitan demostrar nada, a ellos les urge. Y un buen promontorio para subir a gritar lo listos que somos es nexos. Otro, sin
duda, es Letras Libres. Ellas miran, como leona aburrida, a sus atareados pretendientes o cónyuges.
Luis González de Alba. Escritor. Su libro más reciente es Olga. Es colaborador de Milenio Diario. www.luisgonzalezdealba.com
1 Randolph Nesse, “Men die young, even when they are old”, AAAS, 24 de julio de 2002. Claire Bowles, [email protected]
2 Science, 4 de abril de 2003, pp. 29, 103, 125.
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Fecha: 03/11/2010
Breviario de darwinismo literario
Luis Javier Plata Rosas
“
Otelo no es sólo una historia sobre un tipo celoso. Huckleberry Finn no es sólo un chico rebelde y testarudo. Madame Bovary no es sólo una mujer casada cachonda. […]
Pero de hecho, Otelo es una historia sobre un tipo celoso. Huckleberry Finn es un chico rebelde y testarudo. Y madame Bovary es una mujer casada cachonda”.
David P. Barash y Nanelle R. Barash,
Los ovarios de Madame Bovary
El joven Paris rapta a la hermosa Helena de los ya no tan lozanos brazos del rey
Menelao. Odiseo regresa a Ítaca y mata a todos los impacientes pretendientes de su
bella esposa Penélope —si ni siquiera son lo suficientemente fuertes para tensar el
arco de su marido, ¿cómo podrían ser dignos de compartir el lecho con ella?—. La
señora Bennet vive obsesionada con casar a sus cinco hijas con hombres “adecuados”
—en otras palabras: solteros y ricos—. Bridget Jones (Renée Zellweger) no deja de
soñar con el mujeriego Daniel Cleaver (Hugh Grant) a pesar de que ha iniciado una
relación “estable” con Mark Darcy (Colin Firth). Clark Kent/Superman se casa con
Lois Lane y la larga lista de encuentros sexuales de Bruce Wayne/Batman sigue
aumentando sin discriminar entre heroínas y villanas —sus conquistas incluyen a su
ex fisioterapista (Shondra Kinsolving), su ex guardaespaldas (Sasha Bordeaux), una
ladrona (Selina Kyle, alias Gatúbela) y la hija de uno de sus peores enemigos (Talia
Al Ghul).
No importa si se trata de las novelas de las hermanas Charlotte y Emily Brontë o de
Corín Tellado y Yolanda Vargas Dulché, de poemas sumerios o de sagas
escandinavas, de héroes shakespearianos o superhéroes de historieta, desde que a
mediados de los años noventa los seguidores de lo que se conoce como estudios
literarios adaptacionistas —o también y de manera menos rimbombante, como
darwinismo literario— decidieron leer entre líneas con ayuda de las gafas de la
biología, ante nuestros ojos se hace ahora evidente que las páginas de la ficción rebosan de ejemplos de comportamientos bastante familiares para todos nosotros, los humanos
—si bien las etiquetas empleadas por los biólogos para nombrarlos puede que no lo sean tanto—, como es el caso de la competencia y selección sexual, la búsqueda de
recursos reproductivos relevantes (traducción: parejas con alto estatus económico y social; en lenguaje llano: parejas con dinero y poder), la hipergamia (es decir, buscar tener
descendencia con el macho alfa de la manada) y el altruismo recíproco (“yo te ayudo, tú me ayudas”), entre otros.
Los Harold Bloom del futuro cercano harán bien en incluir cursos como etología y psicología evolutiva en su currículo, sobre todo si se cumple el pronóstico optimista
formulado por Joseph Carroll —experto en literatura comparada— en su artículo “Tres escenarios para el darwinismo literario” y según el cual dentro de algunos años los
estudios literarios y la teoría evolutiva quedarán íntimamente integrados. El triunfo de los darwinistas literarios será más que evidente, incluso para el consumidor de
bestsellers (aun en su versión fílmica o como audiolibros), una vez que los libros hayan sido invadidos por incontables notas a pie de página (o, por lo menos, cuando veamos
en nuestro videoclub cosas al estilo de “Noticias del imperio. Versión extendida con comentarios de José Sarukhán”). De regreso al presente, por el momento el único libro
disponible en español sobre darwinismo literario para quien no es especialista ni en biología ni en literatura es Los ovarios de Madame Bovary, escrito por el zoólogo y
experto en psicología evolutiva David P. Barash y su hija Nanelle R. Barash, cuyo título se transformó por una razón desconocida —¿darwinismo editorial?— en “Zorros,
ciencia, erizos y literatura” (que, en el original, es el título del epílogo de la obra).
Críticos como Carroll consideran que, partiendo del principio de que la literatura trata sobre la naturaleza humana, entonces, y de manera mucho más profunda que al tomar
en cuenta las diferencias culturales, desde el punto de vista evolutivo —esto es, considerando las estrategias adaptativas de nuestra especie debidas a la selección natural— es
bastante comprensible la ubicuidad en Shakespeare, Cervantes, Jane Austen, García Márquez, Vargas Llosa y otros autores, de temas universales —y que compartimos con
otras especies— como: las batallas por la supervivencia, la competencia entre machos (adiós a Marx y a Foucault y sus luchas de clase y de poder), los celos y la infidelidad
sexuales (adiós a Freud y sus complejos), las relaciones familiares y la búsqueda (¿ansiedad?) por el estatus, incluso en ambientes supuestamente más “civilizados” como el
académico, donde se desatan impíos combates por “evolucionar” (sólo por esta vez usemos la palabra sólo en la acepción biológicamente incorrecta señalada por la Real
Academia, tal como se emplea también en la serie animada Pokémon) desde candidato hasta investigador emérito del Sistema Nacional de Investigadores.
La propuesta de los adaptacionistas literarios puede ser bastante incómoda para más de una escuela de análisis literario, dado que ¿quién necesita a Derrida y los juegos de
palabras del postestructuralismo, cuando gracias a Darwin contamos con la herramienta empírica más poderosa para explicar nuestra naturaleza humana? Parafraseando el
título de un muy famoso —en biología, por lo menos— ensayo de 1973 escrito por el genetista ucraniano Theodosius Dobzhansky: “Nada en literatura tiene sentido excepto a
la luz de la evolución”.
Veamos un pequeño ejemplo de darwinismo literario en acción: en un artículo de Daniel J. Kruger, Maryanne Fisher e Ian Jobling —especialistas los dos primeros en
psicología evolutiva y el último en literatura comparada— titulado Héroes correctos y héroes oscuros como padres y rufianes. Estrategias alternativas de apareamiento en la
literatura romántica británica, los autores comienzan señalando lo que numerosos estudios demuestran: sin importar la cultura a la que pertenezcan, las mujeres se ven atraídas
por hombres que son pudientes, socialmente respetados, ambiciosos, emocionalmente estables y románticos —no necesariamente en ese orden—, todas ellas cualidades que
indican la habilidad para sostener una relación a largo plazo en la que ellas puedan invertir sus recursos biológicos —procrear y criar hijos que contengan sus genes.
Aquí aparece un dilema que está, precisamente, grabado en nuestros genes: todas las evidencias indican que hombres y mujeres no han evolucionado para sostener relaciones
exclusivamente monógamas —de hecho, siempre que han (hemos) podido, los hombres han formado harenes—. El hecho es que, en el caso de las mujeres, puede presentarse
el más que común evento de que exista un posible pretendiente joven, saludable y guapo —de nuevo: no necesariamente en ese orden—, pero sin ninguno de los otros
atributos que hacían atractivo como “proveedor” a la posible pareja a largo plazo. ¿Qué hacer entonces?
Si eres una mujer, una buena estrategia es casarse con el hombre rico y confiable, aunque no sea guapo, y tener hijos con el pobre, aunque sea mujeriego y poco confiable, ya
que así obtiene hijos guapos —gracias a su padre verdadero—, que durante su infancia tendrán recursos y cuidados —gracias a su padre espurio— y, con ello, mayores
posibilidades de reproducirse con éxito cuando crezcan. Los psicólogos evolutivos etiquetan a estos dos tipos de hombres como “padres” y “rufianes” (al ser traducidas al
español, se pierde la rima de las etiquetas originales: “dads” y “cads”); los expertos en literatura comparada los identifican en las novelas como “héroes correctos” y “héroes
oscuros”: Edgar Linton y Heathcliff, los protagonistas de Cumbres borrascosas, por ejemplo; o, si se prefiere, Superman y Batman, cuando de cómics hablamos.
Kruger, Fisher y Jobling pidieron a 257 universitarias con una edad promedio de 19 años y étnicamente diversas que leyeran fragmentos de novelas de Walter Scott en los que
se describían características —excluyendo aquellas físicas como “guapo” o “musculoso” para evitar que este factor produjera posibles confusiones en los resultados— de
ambos tipos de héroes. Como esperaban los investigadores, las participantes afirmaron que preferirían tener una relación a largo plazo con los “héroes correctos” de las
novelas y no mostraron interés alguno en una aventura sexual con alguno de ellos, pero no dudaron en elegir a los “héroes oscuros” para compartir la cama por una noche
imaginaria.
No es improbable que, después de leer el párrafo anterior, más de un lector apasionado considere a la irrupción de las ciencias biológicas en las humanidades como un
exagerado —tal vez hasta absurdo— intento de reconciliar las “dos culturas” de las que nos habló C. P. Snow en su famosa conferencia de 1959, pero la idea de que la
naturaleza forma un campo unificado de relaciones causales y de que todo el conocimiento está relacionado de manera integral no es nueva: desde 1840 el filósofo William
Whewell —gracias a quien a partir de entonces los “filósofos naturales” serían por todos conocidos como “científicos”— la había bautizado como “consiliencia”. En 1998 el
sociobiólogo Edward O. Wilson —autor del por varios años polémico libro Sociobiología, en el que afirmaba que el comportamiento de las sociedades humanas está también
sujeto a los efectos de la selección natural— reintrodujo el término para enfatizar que, como las muñecas rusas, la física está contenida y da lugar a propiedades emergentes
(que no pueden explicarse únicamente mediante la física) en la química, ésta en la biología, ésta en la psicología, ésta en la antropología y las otras ciencias sociales y todas
éstas en la producción cultural humana —literatura, música y las artes restantes.
¿Qué pasa si, de la mano de Darwin, vamos más lejos todavía e intentamos explicar la aparición de la literatura y todas las artes con base en los principios evolutivos? Eso fue
lo que hizo el psicólogo Steven Pinker y, en un artículo de 1997, concluyó que, así como las aves desarrollaron plumas debido a la necesidad de mantener su temperatura
corporal en cierto rango, aunque terminaron empleándolas también para otro fin bastante útil —volar—, los humanos desarrollaron el lenguaje como una adaptación necesaria
para nuestra sobrevivencia (advertencia a poetas y narradores en general: lo que sigue puede ser dañino para su salud mental), mas la literatura surgió simplemente como un
accidente evolutivo, sin utilidad alguna para seguir transmitiendo nuestros genes generación tras generación. Aunque es forzoso añadir que numerosos científicos están en
desacuerdo con Pinker y es verdad que los escritores no se caracterizan por estar rodeados de “groupies” ávidas de obtener más que un libro autografiado de su autor favorito,
es posible que la evidencia más notable de que su teoría es errónea la den los cientos de encuentros sexuales de estrellas de rock y otros músicos, a quienes seguramente
Pinker no consideró en su estudio.
Aunque, en palabras de Joseph Carroll, los nuevos estudiosos de la literatura: “[…] Al escribir sobre la identidad personal y social, no tendrán que recurrir a las ideas
obsoletas y confusas de Freud, Marx y su progenie […]. Tendrán que recurrir en su lugar a descubrimientos empíricamente basados en las ciencias evolucionarias humanas”,
ni el más ferviente seguidor del darwinismo literario se atrevería a proponer que éste pudiera convertirse en el único sistema válido para el análisis literario en el siglo XXI.
Sin embargo, considerando los hallazgos recientes en neuropsicología —como la teoría de las “neuronas espejo” y la regulación neuroquímica de nuestras emociones— y que
la vasta mayoría de las obras de la literatura mundial apenas y han sido tocadas por este nuevo enfoque, la probabilidad de supervivencia de un darwinista en el ambiente
literario no es nada despreciable.
Luis Javier Plata Rosas. Doctor en oceanografía. Autor de Mariposas en el cerebro.
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Fecha: 03/11/2010
El PAN ante el espejo
Víctor Alarcón Olguín
Soledad Loaeza,
Acción Nacional. El apetito y las responsabilidades del triunfo,
El Colegio de México,
México, 2010, 308 pp.
Las contribuciones al estudio académico del Partido Acción Nacional en México difícilmente pueden hacerse sin considerar la perspectiva de
Soledad Loaeza. Y esto sucede, fundamentalmente, por dos razones: la primera, debido a su innegable rigor científico y permanente interés en
torno al tema, evidenciado particularmente con su multicitado libro de 1999, El PAN. La larga marcha, 1939-1994. Oposición leal y partido de
protesta. La segunda, porque la autora, sin cortapisa alguna, ha sido una apasionada lectora e interlocutora que ha reconocido lo que el PAN ha
hecho (y dejado de hacer) en el marco de la lucha por la construcción democrática de nuestro país.
El libro consta de nueve trabajos aparecidos en un arco de tiempo que va desde 1974 a 2010. En buena medida, este volumen recopilatorio es
muy útil para observar no sólo una síntesis cronológica comprensiva del PAN en términos de las coyunturas críticas en las que dicho partido fue
contextualizándose a la par del desarrollo del sistema político, sino que también nos permite atisbar en el ámbito de su dinámica organizativa, los
retos de su crecimiento y las amenazas de quiebre, mismas que han sido generadas por las tensiones ideológicas y de identidad que implicaron
los periodos de oposición y actualmente los de gobierno por los que ha pasado durante su historia.
De manera específica, la autora nos permite ubicar en cada capítulo una hipótesis de partida que articula la o las dimensiones problemáticas abordadas en ellos. El lector se
encontrará frente a un sólido libro de ciencia política sostenido por una base argumentativa y de datos muy consistente, a efecto de revisar cuáles han sido las limitantes que
han impedido que el PAN haya desplegado su idea de la política y el gobierno, no obstante haber accedido a la presidencia de la República desde hace 10 años. Este conjunto
de explicaciones nos dejan ver claramente que las (auto)limitaciones del PAN no provienen sólo de esta década de ejercicio en el poder, sino que hay situaciones estructurales
que datan desde los orígenes mismos del partido, cuyo carácter explica por qué los panistas han mostrado estrategias adaptativas y oscilantes a efecto de encarar las
restricciones originales del sistema autoritario, las cuales se manifiestan hoy en la falta de un entorno democrático plenamente consolidado.
De esta manera, el libro permite comprender los procesos internos que el PAN ha afrontado, particularmente desde finales de los años ochenta, primero en el esfuerzo de ser
simultáneamente un actor central en la liberalización, la transición y la consolidación de un incipiente modelo de competencia multipartidaria, para luego llegar hoy al reto de
promover un nuevo modelo de institucionalidad y conducción del gobierno con actores públicos, civiles y hasta de naturaleza internacional, quienes ahora acotan y confrontan
a una presidencia emergente de tipo plebiscitaria que intenta moverse bajo imágenes culturales y recursos mediáticos que todavía no son asimilados del todo por la propia
clase política ni tampoco por la población en general.
Siguiendo los argumentos de la autora, el PAN ha tenido que afrontar crisis cíclicas de crecimiento e identidad en su papel de oposición, mismas que sitúan también sus
dilemas de lealtad y distanciamiento con el régimen. Sin embargo, su constancia y permanencia terminaron por ser la base de una cultura política que poco a poco fueron
moldeando a un electorado que se ha colocado en el llamado “campo de la derecha”, si bien ello todavía implique precisar los verdaderos alcances del mismo, en tanto se
entremezclan los principios del liberalismo clásico con un conservadurismo católico que en sí mismos son el trasfondo de la contradictoria matriz ideológica del panismo.
Pero al mismo tiempo este dilema ha significado que el propio PAN luche consigo mismo en la definición de ser un partido confesional o uno que acepte las condiciones de
un modelo laico y secularizado.
El libro nos deja entrever que esa lucha interna por conciliar a la vertiente demócrata-cristiana con su ala liberal también ha implicado situaciones que confrontan a los
principios de la ética doctrinal y el pragmatismo al momento de tomar decisiones sustantivas, como las ocurridas en los años sesenta (cuando se rechazó el ingreso a la
Internacional Demócrata Cristiana); los setenta (que provocó la salida de los “solidaristas” y que el PAN no presentase candidato a la presidencia en 1976); o bien la
confrontación con el sistema y el propio partido por parte del neopanismo empresarial encabezado por Manuel J. Clouthier en 1988 y la posterior separación de los llamados
“foristas” (Pablo Emilio Madero, Bernardo Bátiz y Jesús González Schmall, entre otros) que rechazaban el pacto de colaboración partidario con el salinismo.
Las diferencias y amenazas de escisión no han cesado: éstas han continuado con la situación generada por el movimiento de corte populista encabezado por Vicente Fox, el
cual terminó por chocar con la nomenclatura tradicional de los grupos históricos institucionales, que si bien tuvieron que aceptar el ambiente de impulso que le daba su
candidatura, al llegar finalmente a la presidencia se da la paradoja que el presidente deseaba tener “libertad y sana distancia” respecto al partido, aunque no por ello lucharía
respecto a tener una dirección afín a sus intereses, como se dio con Manuel Espino y el ascenso de un panismo conservador desde las regiones en el control de las instancias
directivas del partido, sintetizado en el movimiento nacional de El Yunque, lo cual también se constataría con el ingreso del PAN a la ODCA y la IDC. Actualmente, la
pertinencia de mantener alianzas con un sector de la izquierda, en el ánimo de seguir generando la alternancia política en las gubernaturas estatales donde el PRI nunca ha sido
derrotado, es el punto que divide a doctrinarios y pragmáticos, lo cual desagrada a estos últimos, quienes no desean disgustar a sus aliados implícitos, como lo habían sido los
tricolores, por el temor que implica eventualmente con una izquierda como el PRD en pos de una ambigua democracia. Transición o poder, ésta es la cuestión que sigue
polarizando a los panistas.
La pugna por el liderazgo y la orientación del PAN como un partido de continuidad en el poder han detenido, en buena medida, el desarrollo de acuerdos y acciones que le
permitan colocarlo con una línea de gobierno clara, capaz de decirle al electorado cuáles son sus metas de mediano y largo plazos, más que atribuirle a las “inercias del
pasado” los retrasos y la inseguridad que prevalecen dentro del entorno nacional, situación que nos llevaría a explicar que dicho partido ha logrado permanecer en los estados
donde existe una base militante propia consolidada y una práctica de gobierno específica, si bien ésta sea de corte conservador (por ejemplo, Baja California, Guanajuato,
Jalisco, Morelos), a diferencia de las entidades donde se ha derrotado al PRI, pero sólo aprovechando sus disidencias o donde los gobiernos no tuvieron resultados
consistentes (Aguascalientes, Chihuahua, Nayarit, Nuevo León, Querétaro, San Luis Potosí, Tlaxcala, Yucatán).
Lo anterior explica que el PAN no haya podido tener un respaldo puntual por parte de los electores en los procesos intermedios federales, colocándolo forzosamente en la
necesidad de continuar con la cohabitación parlamentaria que le marca la ley con el PRI. Esto, sin duda, ha sido un elemento que terminó condicionando la definición de
muchas decisiones del presidente Fox, así como ahora ocurre lo propio con Felipe Calderón.
El PAN contiende con nuevas generaciones de agremiados cuya formación no se sostiene en los tiempos de escasez u oposición, sino que se han forjado bajo los auspicios del
uso del poder por el poder mismo. En ese sentido, podría convenirse que el rumbo tomado por el gradualismo y la aversión al riesgo y la incertidumbre (considerados por la
autora como una virtud histórica central del panismo) son ahora factores que se están volviendo en contra de la propia perspectiva democratizadora del panismo. El partido
defensor del municipio libre y el anticentralismo no ha logrado promover de manera sustantiva dichos principios, tampoco se ha distinguido a cabalidad respecto al combate a
la inseguridad y el desempleo, convirtiendo al partido y sus líderes en rehenes de los ratings televisivos y las encuestas.
Sin duda, el libro advierte que el PAN hoy está en la falsa paradoja de retener el poder a costa de lo que sea, o bien asumir la responsabilidad de seguir buscando la
transformación del sistema, sin importar si esto se pueda hacer desde el poder del gobierno, como ocurrió hasta antes del año 2000. Los fundadores de dicho partido lo tenían
claro, fueran éstos doctrinarios o pragmáticos: el poder ciudadano se ejerce desde uno mismo en las calles y en las conciencias, teniendo al gobierno y al propio partido como
simples medios de acción temporal concreta para lograrlo. En síntesis, la obra de Soledad Loaeza constituye un valioso espejo que quizás no le guste a muchos si se atreven a
mirarse en él, pero sin duda éste es el reto y la responsabilidad que se ejerce no desde la torre del triunfo, sino desde la indeclinable responsabilidad del análisis político.
Víctor Alarcón Olguín. Politólogo. Profesor-investigador titular en el Departamento de Sociología de la UAM-Iztapalapa.
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Fecha: 03/11/2010
Por siempre Young
Hugo García Michel
N
o deja de seguir sonando irónica la famosa línea de la canción “My Generation” de The Who, en la cual Roger Daltrey gritaba una sentencia escrita por Pete Townshend y
que a la letra decía: “I hope I die before I get old” (Espero morir antes de envejecer). Un envejecer que aquellos jóvenes veinteañeros de mediados de los años sesenta
determinaban a partir de los 30 años de edad (¿habrá sido por eso que Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Brian Jones y Kurt Cobain murieron a los 27?).
Otra frase célebre que aludía más o menos al mismo tema era la que daba título a una canción de Jethro Tull, compuesta por su líder, Ian Anderson: “Too old to rock ‘n’ roll:
too young to die” (Demasiado viejo para rocanrolear: demasiado joven para morir).
Hoy día, cuando vemos que muchos de aquellos músicos se han convertido en venerables abuelos, paradójicamente situados en sus
sesentaitantos, y que siguen rocanroleando sin pensar en ser demasiado viejos para eso (aunque ya no son tan demasiado jóvenes como
para no sentir más cercana su despedida de este mundo), tales dichos quedan evidenciados como absurdos y prejuiciosos. Ahí están,
plenamente activos, Bob Dylan y Eric Clapton, Leonard Cohen y Van Morrison, Paul McCartney y Brian Wilson, Robert Plant y Lou
Reed, ahí están incluso el propio Pete Townshend y el propio Ian Anderson, con sus instrumentos a cuestas y su creatividad intacta,
algunos incluso con discos aparecidos en fechas muy recientes, como el Clapton de Clapton, el Reimagines George Gershwin de Wilson
o el Band of Joy de Plant, todos ellos álbumes estupendos grabados en este 2010.
Es dentro de este contexto que se inscribe otro contemporáneo de los arriba nombrados y de muchos otros más que hoy rebasan la
sesentena: Neil Young, el impetuoso guitarrista, pianista, cantante y compositor canadiense, toda una leyenda del rock clásico, el folk y
hasta el grunge, quien a sus 65 años (los cumple justo este noviembre) y con cerca de 30 álbumes en estudio a cuestas (cinco de ellos
producidos en la presente década), vuelve a sorprendernos con un plato no sólo impecable y apasionado, sino sorprendente en su
propuesta.
Luego de su garagero Fork in the Road de 2009 y dada la tendencia de Young a alternar un álbum pesado y hasta estridente con otro calmo y acústico, era de esperar que su
anunciado opus de 2010 fuese una colección de temas tranquilos, introspectivos y cercanos al folk y al country, una obra cuasipastoral. Sin embargo, un disco así no podría
llamarse Le Noise (El ruido).
Es cierto que este nuevo plato está compuesto por apenas ocho canciones (es casi un EP) y que en ellas no hay más músicos que el propio Neil Young y no más instrumentos
que su guitarra. Aun así, no se trata de la típica grabación de un cantautor tradicional. Por el contrario: estamos ante una explosión de sonidos, con la Gibson Les Paul a todo
volumen y llena de efectos (feedbacks, distorsionadores, diversos pedales) y la voz desgarrada del de Toronto. Sólo en dos temas (“Love and War” y “Peaceful Valley
Boulevard”) la guitarra eléctrica es sustituida por la acústica y hay algo de calma, pero en los otros seis el vértigo no se detiene y una intensa ola de sonido nos envuelve con
una furia tal que Young parecería encontrarse poseído por el rabioso espectro de Kurt Cobain, su desaparecido ahijado putativo.
Ya sea en “Walk with Me” (la estruendosa y casi histérica arenga con la que inicia Le Noise), en “Sign of Love” (una declaración de principios de lo que es tocar con una
guitarra realmente densa), en “Someone’s Gonna Rescue You’” (un paradójicamente tierno y desolado lamento dentro de un ambiente ensordecedor muy a la Sonic Youth),
en “Angry World” (quizá la pieza más neilyoungsiana del álbum y al mismo tiempo quizá la más prescindible), en “Hitchhiker” (el mejor tema del disco a mi modo de ver,
por su carácter épico, por su poderío, por sus ecos vibrantes y angustiosos) o en “Rumblin’” (el inquietante tema con el cual finaliza el disco), Young se presenta como un
artista (en el estricto sentido de la palabra) que sigue explorando sonidos, que sigue experimentando, que sigue en plena búsqueda de nuevos horizontes para su música.
Producido por el legendario Daniel Lanois, Le Noise es una placa tal vez no del todo lograda, un trabajo que gustará a unos y disgustará a otros. No se trata de la obra maestra
del canadiense o de su testamento definitivo. Sólo es un gran disco de rock de este hombre viejo por siempre joven.
Hugo García Michel. Músico, escritor y periodista. Director de La Mosca en la Red. Columnista de Milenio Diario. Autor de la novela Matar por Ángela.
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Fecha: 03/11/2010
Dosier: A la guerra sin fusil
Gustavo García
A
ún no se enfriaban los furores de las fiestas del Bicentenario cuando, en los últimos días de septiembre, la cada año más vituperada Academia Mexicana de Ciencias y
Artes Cinematográficas anunciaba, para recalentar el ambiente, a sus paladines para defender los colores patrios en España, en busca del Premio Goya, y en Estados Unidos,
por ese Oscar a la mejor película extranjera que hemos arañado (con Guillermo del Toro ya estaba en la buchaca, carajo) y se nos escapa como la mueca amarga del destino.
Como ya se sabe desde entonces, a España va El infierno de Luis Estrada y a Hollywood una Biutiful de mexicanidad muy discutible (de sus siete casas productoras, incluidas
Universal, Focus y las televisiones española y catalana, sólo Menageatroz puede hacer la finta).
Y
a es noticia vieja, pero arroja mucha luz sobre el actual estado del cine mexicano: el boletín que emitió el
Instituto Mexicano de Cinematografía el 28 de septiembre revela que se revisaron 14 largometrajes. De las
películas amparadas por el Comité del Bicentenario sólo está ausente Hidalgo, la historia jamás contada. Que
terminara a la cabeza la película de Estrada es una victoria impresionante: institucionalmente, la gran favorita fue
siempre El atentado, que, contra los reglamentos, recibió el patrocinio sin tener el guión terminado; quien más se
benefició de eso fue, de nuevo, Estrada, que protestó con tal vehemencia, según cuentan testigos en Imcine, que
consiguió así el presupuesto para una película que sólo como broma macabra encaja en los festejos bicentenarios.
No hubo distribuidora grande que quisiera la papa caliente de El infierno, y la minúscula y heroica Alphaville, que
siempre ha operado con pérdidas, tiene ahora el segundo taquillazo nacional del año, sólo superado, de manera
sorprendente, por la comedia de Eugenio Derbez, No eres tú, soy yo, segunda versión de una excelente película
argentina que en México pasó sin pena ni gloria hace dos años. En su primer mes en cartelera, ésta ya había
ingresado 90 millones de pesos y estaba a punto de ver lo insólito, ganancias para su productor, Matthias
Ehrenberg; El infierno ya se acercaba a los 52 millones (dato del 28 de septiembre), pero costó más de 60 y deberá
hacer mucho más de 150 millones para no arrojar pérdida.
Pero el asunto es su papel como embajadora del cine mexicano en España: más allá de que le gustara al comité de selección (votaron 35 de 626 miembros), en el ascenso de
un sicario del narco en tono de humor negro ¿qué será lo que los académicos españoles valoren? Con todo rigor, la película opera por un sistema de valores entendidos que
van de las referencias al cine mexicano mismo (de Emilio Fernández a los hermanos Almada) a la evolución de la bestialidad del crimen organizado como lo reportan los
medios. Aquí, es ya una segura ganadora de Arieles; en Europa no estaría tan seguro de la apuesta. ¿No hubiera sido más sensato enviar Abel, que el sábado anterior (el 25 de
septiembre) estaba ganando premios en San Sebastián, o Año bisiesto, que tanto gustó en Cannes, ya se estrenó en Francia con excelentes comentarios y cuya visión ruda y
desolada de la sexualidad se acerca mucho a la sensibilidad actual española?
Lo de Biutiful es exactamente el mismo error de cálculo, que, tratándose de la Academia de Hollywood, se repite una y otra vez: el año
pasado tuvimos un excelente melodrama judío en Cinco días sin Nora; conociendo las inclinaciones del comité norteamericano, tan
propenso a los temas del Holocausto, Israel, etcétera (la que no gana queda, al menos, nominada), ¿por qué no se envió ésa en lugar de
Traspatio/Backyard (de nuevo, el infierno del vecino del sur, justo el tema que no quieren tocar)? Se entiende que la cinta de González
Iñárritu no vaya a España, porque ahí sí respingarían sobre su supuesta mexicanidad, por un lado, y por otro, puede aspirar como española
sin ningún problema. Pero los académicos mexicanos habrían hecho bien en leer los comentarios que han recibido a Biutiful, no en el
reducido círculo de los reseñistas mexicanos, dado que su estreno aquí fue tres semanas después de su postulación. Digamos que ya la
crítica y los festivales empiezan a hartarse de que González Iñárritu, Reygadas, Guillermo Arriaga, Rodrigo García (Madre e hija) y otros
mexicanos crean ya haberles tomado la medida haciendo de la depresión, la miseria existencial y el remordimiento una mercancía predigerida: el Cahiers du Cinema dedicado
a Cannes (mayo) le dedica una nota minúscula que esconde un enorme bostezo (“Autor favorito de Cannes y del buen gusto internacional… Javier Bardem encarna a un
traficante enfrentado a su amigo de la infancia convertido en policía. Dilemas morales en perspectiva”); el reporte del festival hecho por Scott Foundas para Film Comment en
el número de julio/agosto, es más preciso: “Ay, el sufrimiento es sólo sufrimiento en Biutiful, la última orgía de Sturm und Drang en high style del director Alejandro
González Iñárritu… es un traje hecho a la medida del público que prefiere ir al cine a que lo apaleen en vez de que le iluminen”.
E
l cine mexicano se reparte entre excepcionales taquillazos impresentables (las películas de Huevos, El estudiante, No eres tú, soy
yo), un cine enfermo de festivales, de espalda a un público del que se puede prescindir mientras las puertas de la valoración
internacional estén abiertas (Familia Tortuga y Cefalópodo de Ímaz, Vaho de Alejandro Gerber, Alamar de González Rubio y decenas
más), contados esfuerzos de atraer al público por la vía de la seducción (Diego Luna, Estrada, Fons, Norteado de Rigoberto
Perezcano); cada línea parece excluir a la otra, siendo el eje principal el del cine experimental, aquel que antes era el marginal y ahora
la corrección política ha privilegiado. El melodrama diría que el gran perdedor es el espectador, pero como el cine mexicano es una
opción menor, la verdad es que quien no sale adelante es éste.
Gustavo García. Investigador y crítico de cine.
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Fecha: 03/11/2010
El regreso de Linterna Verde
José A. Soto
Es innegable la influencia del cómic en los medios de comunicación audiovisual. No han sido pocas las adaptaciones que el cine ha hecho sobre las grandes y las pequeñas
figuras (Batman y Kick Ass) en diversos formatos, que van desde la expresión más bohemia hasta los flagrantes asaltos comerciales.
Las cifras justifican el origen de esta inquietud: la industria del cómic vende aproximadamente 430 millones de dólares al
año, según reportes de Diamond, la principal empresa distribuidora de historietas en el mundo. A estos números se añade,
también, la imantada convocatoria que estas publicaciones lanzan hacia los más leales fanáticos que ha producido la
cultura popular de nuestros días.
Los grandes conglomerados mediáticos —como Disney— no han perdido tiempo en adquirir las propiedades creativas más
poderosas de esta industria. Hasta ahora se ha usado no más del 5% de los personajes aparecidos en cómics. Claro… se ha
explotado a los grandes: Spider-Man, Batman y Los 4 Fantásticos. Y como las figuras principales gozan de una carrera de
altos vuelos, las empresas han decidido echar mano de los personajes secundarios.
Tal es el caso de Thor, el Capitán América (que no es secundario, pero lo han tratado como tal) y Linterna Verde, cuya
película se estrenará el próximo año, capitaneada por Martin Campbell: experimentado director que ha revivido a algunos
personajes a quienes ya se les había escrito su obituario.
De estos tres personajes secundarios, Linterna Verde es el que más brilla en el universo de los superhéroes actuales. Y aunque ha tenido varias encarnaciones en su versión de
la época de plata de los cómics, Hal Jordan es el que más éxito ha ganado a través de los años.
La historia es típica: un piloto de prueba es reclutado para servir como policía intergaláctico. Un anillo verde que se alimenta de su fuerza de voluntad es su protector. Después
de que su ciudad natal es destruida y de haber sido un héroe, se convierte en un nefasto villano que enfrenta a cuanto enemigo se le pone en frente. Se requiere de toda la
fuerza de la Liga de la Justicia para detener a este ángel caído en el clásico evento conocido como Zero Hour.
En un esfuerzo por redimir sus culpas, Hal Jordan regresará para sacrificar su vida por nuestro planeta en The Final Night. Pero, como bien saben los lectores de cómics, esto
nunca significa el fin de un personaje. Jordan es liberado del limbo para convertirse en el Spectro, el espíritu de la venganza.
Bajo la dirección de Geoff Johns y a través de los extraordinarios pinceles de Ivan Reis, Hal Jordan es resucitado en la extraordinaria serie: Rebirth. Y esto es sólo el principio
de un ambicioso proyecto que terminaría por colocar a este personaje en la cima de la popularidad ilustrada de nuestra década: The Blackest Night.
Esta historia revela la existencia de más anillos de poder, alimentados por otros sentimientos como el miedo, el amor, la ira, la esperanza, la avaricia y la compasión. Juntos
estos anillos tendrán que luchar contra un grupo de semizombis que se atreven a preguntar lo que ningún fan de cómics se había atrevido antes. ¿Por qué tantos personajes han
resucitado cuando los creíamos muertos?
Naturalmente la industria del cómic busca generar nudos que unan a todos los títulos que se publican con sus personajes. De esta manera en series como Crisis on Infinite
Earths de 1985, escrita por Marv Wolfman y dibujada por George Pérez, todos los cómics de la empresa DC tenían que hacer algún episodio que estuviera relacionado a la
Crisis, obligando así a los seguidores a comprar más títulos.
Blackest Night se aleja de esta tradición y entrega una extraordinaria historia, dosificada en ocho capítulos, que crece con cada nuevo cómic. Muy al estilo de Stanley
Kubrick, la serie busca al menos un elemento narrativo sorpresa en cada uno de sus episodios. Como resultado, la lectura de Blackest Night resulta un emocionante viaje entre
la vida y la muerte, el aferrarse a lo que hemos perdido, así como los efectos psicológicos que podría tener el ser humano al enfrentarse a la resurrección.
Esta serie pone en el centro del universo de los cómics a Linterna Verde. De acuerdo con estadísticas presentadas en el sitio comichron.com, los cinco primeros números de
Blackest Night están entre los primeros 10 lugares de los cómics más vendidos de 2009. El número uno ocupa el segundo escalafón, antecedido por Spider-man número 583,
el famoso ejemplar que tiene al presidente Obama en la portada.
El éxito de Blackest Night catapulta a Linterna Verde hacia una gran carrera en los medios audiovisuales, en especial en el cine, donde seguro espera empatar o quizá superar
el éxito de su primo de banca: Iron Man.
José A. Soto. Coordinador del Área de Televisión del Departamento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana.
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Fecha: 03/11/2010
Naica: Historias del subsuelo
Fernando Moreno
D
irección: Gonzalo Infante.
Duración: 86 minutos.
En el imaginario de la vida cotidiana, las minas, y todo lo relacionado con su muy particular universo, tienen un lugar muy
especial entre miles de actividades humanas. Existen, entre nuestros contemporáneos, varios creadores de diversas disciplinas
que han abrevado de este tema. En el terreno cinematográfico tal vez los referentes más claros aparecen en los retratos que
hacen en España José Luis Garci (El abuelo, 1998) y Rafael Gil (La duda, 1972); los frescos sociales en Inglaterra de Ken
Loach (Kes, 1969) y Stephen Daldry (Billy Elliot, 2000), o las referencias al tema como motor y detonador en clásicos de la
talla de El tesoro de la Sierra Madre (John Huston, 1948) o El ciudadano Kane (Orson Welles, 1941).
Hoy en día el episodio más estremecedor y cercano es la cobertura mediática de la historia de 33 mineros chilenos que, tras una
malograda explosión, quedaron atrapados a 700 metros bajo tierra durante más de dos meses. La supervivencia y rescate de
estos hombres, gracias a los empeños de muchas personas e instancias como la NASA, ha despertado sueños de oro entre productores y guionistas cinematográficos sin
escrúpulos quienes han empezado a frotarse las manos pensando en la película que realizarán basándose en este acontecimiento. Sin embargo, desde estas líneas les tengo una
mala noticia: la gran cinta sobre una mina ya se hizo y se llama Naica: La cueva de los cristales gigantes.
Dirigida por el mexicano Gonzalo Infante y apoyada por compañías e institutos de investigación científica de Japón, Estados Unidos, España, Italia, Canadá, Francia y
Alemania, Naica retrata, en casi hora y media de duración, una epopeya humana y tecnológica que no le pide nada a nivel dramático o de factura a cualquier documental de
producción internacional.
El inicio de la cinta es una muestra clara de lo que nos espera a lo largo de todo el metraje. En pantalla somos partícipes de las terribles condiciones que enfrentaremos junto
con el equipo de producción, los investigadores y mineros, protagonistas todos del relato, para llegar al lugar que inspiró y detonó el proyecto. En esas primeras imágenes
vemos cómo la lente de la cámara se empaña a los tres segundos de entrar en la cueva ubicada a 300 metros de profundidad, con una temperatura de 50 grados centígrados y
una humedad de casi el 100%.
A partir de ahí empezamos a conocer a nuestros héroes, cada uno haciendo su trabajo. Los científicos desarrollando trajes como de ciencia ficción y respiradores especiales
que permitan bajar a filmar e investigar al menos 30 minutos. Los cineastas e ingenieros inventando robots y cajas especiales que protejan las cámaras y hagan posible la
grabación de ese infierno. Los mineros y espeleólogos aportando su experiencia y conocimiento del terreno.
Desafortunadamente, y para cumplir con esa trágica ley no escrita, todo lo que pueda salir mal saldrá mal y, en el caso concreto de un proyecto como éste, nunca será lo
mismo que falle un robot que puede generar un fuera de foco a que se descomponga el respirador que le pueda costar la vida a alguno de los miembros del equipo. El primero
de muchos problemas que enfrentarán nuestros personajes tendrá que ver con un latente peligro de muerte que no dejará de sobrevolar el proyecto desde principio a fin.
Cambios y más cambios. Pruebas de los nuevos trajes a 60 grados centígrados en un horno de pintura y de los robots renovados y equipados con cámaras más ligeras Luego
accidentes o una más que inoportuna huelga en la mina que pospondrá los planes indefinidamente. Esperar. Todo para llegar al corazón de la tierra, para llegar a Naica, la
cueva de cristales de selenita más importante del mundo.
Descubierta accidentalmente dentro de una mina en Chihuahua hace casi 10 años, Naica con sus diferentes galerías (la de las espadas, la de las velas, el ojo de la reina y la de
los cristales) es una formación única en el mundo y su estudio hoy significa encontrar respuestas fundamentales en terrenos de la geología y espeleología.
Sin embargo, Naica: La cueva de los cristales gigantes es mucho más que un documental científico y se traduce, entre muchas otras cosas, en una película de aventuras que,
además de retratar un viaje hacia el fondo de la tierra, nos muestra que el documental mexicano sigue poniendo en alto el nombre de nuestra cinematografía gracias al talento
de sus creadores. De ahí que compañías tan importantes como Discovery Channel, National Geographic o la NHK se involucren en un proyecto de tal envergadura y asocien
su nombre con el de C Producciones.
Dueña de un montaje cuidado, a cargo de Ángeles Necoechea, muy útil para comprender el largo aliento del proyecto (se habla de cuatro años desde el inicio del rodaje) y de
una fotografía espectacular de Manuel Gálvez y Lucca Massa que demuestra el control que se consigue a través de la experiencia, la cinta es también una pequeña Babel que,
a fuerza de hacernos escuchar inglés, español o italiano indistintamente, nos recuerda la importancia de la cooperación y corresponsabilidad en todo lo relacionado con la
conservación del medio ambiente. Un trabajo que, sin duda, nos corresponde hacer a todos y que se puede realizar desde muchos frentes, uno de ellos, el del cine.
Fernando Moreno Suárez. Socio fundador de Productora los olvidados, conductor de El cine y… en Ibero 90.9 y maestro de cine en la Universidad Iberoamericana.
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Fecha: 03/11/2010
Red social: Fantasmagoría y espectáculo
Óscar Espinosa Mijares
D
irección: David Fincher.
Guión: Aaron Sorkin.
Reparto: Jesse Eisenberg, Andrew Garfield, Justin Timberlake y Rooney Mara.
Duración: 120 minutos.
“No obstante, la mesa sigue siendo madera, una cosa ordinaria, sensible. Pero no bien entra en escena como mercancía, se transmuta
en cosa sensorialmente suprasensible. No sólo se mantiene tiesa apoyando sus patas en el suelo, sino que se pone de cabeza frente a
todas las demás mercancías y de su testa de palo brotan quimeras mucho más caprichosas que si, por libre determinación, se lanzara
a bailar”.
—Karl Marx
Red social (The Social Network), el último film de David Fincher, aparece a la escena del espectáculo mediático cubierta por esa cualidad fantasmagórica que Marx asignaba
al mundo de las mercancías. Ese “místico velo neblinoso” por el cual las cosas se comportan en el mundo del mercado como algo que ellas no son sino aparentan. Un mundo
en el cual, como en Fantasía (1940) de Disney, las cosas parecerían tomar una vida propia que las lanza a bailar. Desde hace tiempo el film genera una gran expectativa y su
primer fin de semana de lanzamiento en Estados Unidos, con una recaudación de 23 millones, comprueba esa tendencia que no hará sino acrecentarse. Nace a la opinión como
una obra que “definirá a la época”, en general bien recibida por la crítica y envuelta por ornamentos retóricos y frases que la comparan al Ciudadano Kane, o la convierten en
una de las creaciones cuya trayectoria apunta hacia los Oscar.
La película se convierte así en un fenómeno social parecido a aquel que quiere describir, caprichoso e inmerso en un aura de fascinaciones contemporáneas sobre los pequeños
genios desconocidos que salen de las universidades al mundo cargados de invenciones, que de la noche a la mañana los hacen millonarios. Asombros del capital generados
por plataformas como Facebook, YouTube, Google y Napster, espacios virtuales tan abstractos como el comportamiento de los mercados financieros y las burbujas
inflacionarias. Un mundo, finalmente, nutrido por la especulación.
El guión de Aaron Sorkin (escritor de Cuestión de honor, 1992, y creador de West Wing, 1999-2006), basado en el libro de Ben Mezrich, Multimillonarios por accidente. El
nacimiento de Facebook una historia de sexo, dinero, talento y traición, desentraña la historia del nacimiento de una de las redes sociales más reconocidas, ese extraño
territorio de 500 millones de usuarios que ha transformado la experiencia social del mundo virtual en los últimos años. La cinta sigue de cerca la figura de su inventor, Mark
Zuckerberg, un estudiante de Harvard deseoso de reconocimiento y desalentado por un amorío frustrado. Desde sus inicios la trama del guión anuncia su objetivo al
configurar las coordenadas de un drama de traición entre amigos, una serie de procesos legales en disputa, un mundo de pretensiones y envidias que sienta las bases de una
historia seductora para un público cuyo apetito se nutre de las formas del mito y la leyenda, los rumores y chismes del mundo del espectáculo, portadas de revistas
comerciales y talk-shows en donde aparece la peculiar intimidad de estrellas y millonarios. La trama ofrece así, bajo los cánones más elaborados de esta sed de espectáculo,
aquello que se consume vorazmente en los circuitos de la comunicación contemporánea: el glamour y tragedia que entrañan las historias de éxito.
Abre el telón una intensa introducción musical en la que los White Stripes interpretan “Ball and Biscuit” y la primera escena, situada en un bar universitario, nos mostrará la
peculiaridad de ese joven genio (en una buena interpretación de Jesse Eisenberg), acelerado por la velocidad de las ideas, por la ferocidad del argumento, el tono sarcástico de
sus críticas y su despiadada coraza de enunciados que protegen una sensibilidad retraída. Uno de los aspectos que más se agradecen del film es este humor ácido, la
despiadada crítica a la formalidad jurídica o universitaria, el comentario sagaz y directo de quien no tiene tiempo que perder con las minucias de lo cotidiano cuando sueña
con el mundo aún inexplorado de la invención.
El lenguaje cinematográfico de Fincher se caracteriza por una estética que debe su forma al videoclip, vieja profesión del director antes de convertirse en una figura de culto
por películas como Se7en (1995) o El club de la pelea (1999). Una selección importante de música, compuesta por Trent Reznor y Atticus Ross, se une a la sincronización de
imágenes que articulan esa atmósfera cargada de figuraciones hedónicas que juegan rítmicamente en escenas saturadas. Narración y lenguaje reproducen el mundo en el que la
película se inserta como una mercancía más de la espiral sin fin del espectáculo mediático y la creciente transformación de dicho espacio en una comunidad virtual volátil,
fuertemente arraigada en el hábito e impredecible.
Si bien la cinta habla sobre este nuevo mundo de las redes sociales, a través del intrincado laberinto de las pasiones particulares de sus creadores y quienes estuvieron
envueltos en su surgimiento, extraña que alguien como Fincher, quien ha innovado en la narrativa cinematográfica en obras anteriores, no explote la multiplicidad, variedad y
plasticidad de la experiencia en línea para incorporarla como parte estructural de su propuesta. Red social no hace parte de su forma narrativa las infinitas posibilidades de
estos nuevos medios, sino que narra su contexto y circunstancia al centrarse, fundamentalmente, en el drama orquestado por los personajes. Utiliza en algunas escenas una
afortunada narración en off, así como una estructura temporal relativamente compleja: nos lleva de un momento a otro de la vida pasada, de una a otra sala de procedimientos
penales en donde se recrea en testimonios jurídicos lo acontecido y se develan las amargas confrontaciones motivadas por ese férreo deseo de la propiedad intelectual y las
ganancias millonarias asociadas a ella.
La anécdota y sus artilugios ganan espacio a la creación, el rumor comunicativo hace de la película una burbuja cuya expansión inflacionaria conquista el terreno de la opinión
pública ofreciendo todo ese ruido que alimenta el horizonte mediático. El espectador cinematográfico, o por lo menos este que escribe, se queda a la espera de las pocas
nueces que serán lanzadas desde la pantalla al suelo.
Óscar Espinosa Mijares. Profesor de asignatura de la Universidad Iberoamericana y Centro de Diseño, Cine y Televisión. Director de Contorno, Centro de Prospectiva y
Debate.
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Fecha: 03/11/2010
Das weisse Band: La prehistoria de Michael Haneke
David Miklos
D
irección: Michael Haneke.
Guión: Michael Haneke.
Reparto: Christian Friedel, Ernst Jacobi, Leoni Benesch.
Duración: 144 minutos.
“Una época, como un hombre, es, desde el primer instante, un porvenir”.
—Jean Paul Sartre, Situations, II
Si bien el epígrafe elegido como prólogo de esta reseña procede de un texto dedicado a la creación literaria y su función —o su
redundancia— social, no puede ser sino la traducción en palabras a la silenciosa piedra angular alrededor de la que ocurre Das weisse Band (2009), la película más reciente
del austríaco Michael Haneke (Munich, 1942), acreedora de la Palma de Oro en el Fesival de Cannes 2009 (así como el Globo de Oro a la mejor película extranjera en 2010) y
que, tristemente, nunca se terminó de estrenar en nuestro país. El título en español quiere decir “el listón blanco” y hace alusión a una reprimenda que uno de los protagonistas
del filme, el pastor de un villorrio alemán, ejerce sobre sus hijos mayores —un niño y una niña que se encuentran a un paso de la adolescencia; él se masturba, ella se
insubordina—. Para señalarlos como sucios, el pastor los obliga a atar dicho listón alrededor del brazo, con el ánimo de que así, marcados, regresen de algún modo a su
estadio anterior de crecimiento.
No sobra decir que el subtítulo de la película es Eine deutsche Kindergeschichte, es decir, “una historia infantil alemana”. Narrada por un anciano —la voz de la historia,
consumadas el par de guerras mundiales—, la cinta da comienzo con el accidente que sufre el médico del pueblo cuando su caballo tropieza con un lazo tendido, casi
invisible, al ras del suelo, entre un par de árboles. Las preguntas subrepticias que se hacen al espectador son sendas caras de una misma moneda. Por un lado: ¿qué hizo el
doctor para merecer ese castigo? Y por el otro: ¿quién fraguó y llevó a cabo dicho plan? Antes de que seamos capaces de urdir las respuestas, otro accidente ha lugar; y luego
uno más. Si bien la sospecha parece recaer en los niños del pueblo como un conjunto clandestino y sospechoso, Haneke da un viraje y nos hace dudar de las pistas con las que
salpimenta el primer tramo de su obra, que pronto deviene en algo más que un raro y añejo thriller fotografiado en un espectacular blanco y negro.
Más allá de accidentes y crímenes, lo que se va hilando en Das weisse Band es el tapiz perfecto de una sociedad —la aquí retratada— que, en apariencia, llegó a su término
apenas dio comienzo la Gran Guerra, traspuesto el umbral y la primera década del siglo XX. Ya se mencionó al pastor y al médico —incluso al maestro, cuya anciana voz se
sobrepone a la figura joven y desgarbada que representaba entonces—, mandos medios de la comunidad, pero hace falta hablar de los cabos superior e inferior del conjunto:
un barón y el resto, es decir, todos aquellos que trabajan para él. Lejos de una fórmula clásica de causa-efecto, lo que sucede entre los distintos estratos de la vetusta
comunidad que Haneke presenta es una dialéctica de acción-reacción, que no puede transformarse más que en una interacción, una interdependencia.*
Pero no sólo eso.
Además de los estratos del villorrio alemán retratados en el filme, tenemos las historias mínimas de las células que las componen. Ahí está el pastor, en su pírrico intento por
recuperar la pureza de sus hijos mayores. Y ahí está, también, el médico, que no sólo abusa de su asistente sino, al parecer, de su propia hija, para no hablar de los trabajadores
y campesinos, cuyas familias reaccionan ante los impulsos de los estratos superiores y, en su seno, reproducen el malestar observado y trasladado a su intimidad. El propio
barón tiene una relación conflictiva con su mujer, una italiana que, dueña de una sangre latina, se ausenta del pueblo lo más posible, sobre todo luego de que su blondo hijo de
cabello largo y rizado sufre la agresión de la fuerza invisible, cada vez más violenta, que mueve los engranajes de la comunidad.
Lejos de la violencia aparentemente velada que caracteriza el grueso de sus filmes (desde el par de versiones de Funny Games hasta La pianista, pasando por La hora del
lobo), en Das weisse Band Haneke la oculta del todo y la traslada al imaginario del espectador, en donde ésta se potencia: nada más violento que aquello que no se ve —de lo
que no se tiene evidencia— y que debe ser interpretado. Inferimos, por ejemplo, que el médico abusa de su hija, pero nunca veremos cómo; en las escenas de sexo, dicho
personaje siempre aparece de espaldas a nosotros y de frente a la persona sobre la que ejerce su dominio, recurso que, en su repetición, es cada vez más atroz.
Más testigo que parte de la historia (procede de un pueblo vecino: es, además de un extranjero, una suerte de intruso que debe acatar reglas y no transgredir límites), el
maestro-narrador termina por ser una suerte de chivo expiatorio de los acontecimientos ocurridos en el villorrio, si bien la serie de eventos, accidentes y agresiones visibles e
invisibles termina por reclamar su carácter invidente: nadie sabrá la verdad, nadie será acusado, menos aún juzgado, salvo por los hijos del pastor, portadores del listón
blanco. El secreto, la verdad quedará sellada detrás de los labios comunes de los habitantes del villorrio.
Ensayo cinematográfico que prolonga las reflexiones hegelianas y marxistas sobre la historia del pueblo alemán —aquí el subtítulo del filme cobra sentido pleno, así como el
blanco y negro que lo ilumina—, estamos ante una reflexión prerrevisionista sobre la futura participación de los alemanes en la Segunda Gran Guerra. Al final, todo parece
indicar que es otra la historia que Haneke quiere contar, o bien, insinuar: estos niños alemanes y premodernos, cuya historia es Das weisse Band, serán adultos cuando Hitler
llegue al culmen de su poder, con la huella de los listones blancos como una cicatriz fresca —roja, por qué no— alrededor de los brazos.
David Miklos. Escritor. Autor de La hermana falsa y La piel muerta, entre otros libros.
• Esta idea la tomo de la Breve historia de Nayarit de Jean Meyer, en cuyo inicio habla de la influencia del hombre sobre la tierra y viceversa —acción, reacción,
interacción— y que bien puede aplicarse a la relación del hombre y su comunidad.
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Fecha: 03/11/2010
Así escribo
Pura López Colomé
A las afueras del sonido
Escribo donde vivo y viceversa, sobre todo esto último. El lugar al que pertenezco es la escritura misma. Aunque me lo propusiera
con todas mis ganas y mi concentración, no podría dedicarme a otra cosa que no fuera la lectura y la escritura, para mí, inseparables. Mi
casa y mi estudio están en el Antiguo Camino a Chalma por el estado de Morelos, en un fraccionamiento que de suyo pertenece,
municipalmente, a Cuernavaca, pero nada tiene que ver con las albercas, los jardines ornamentales de pasto grueso, la profusión de
flores y el sol cayendo a plomo. Este lugar se parece más, si acaso, a Valle de Bravo: lluvias torrenciales, espectaculares, y bosques de
oyamel, de un lado, de encino, del otro, follajes que no admiten competencia. Lo conocí de niña, cuando mi padre tenía una de las
poquísimas casas de por aquí, donde pasábamos los fines de semana y una que otra vacación. Me encantaba montar a caballo y platicar
con él, escuchar su terso bien hablar de príncipe yucateco, sus carcajadas camino a Chalma ante las tonterías que se me iban ocurriendo.
Viéndolo bien, aunque él me enseñó a amar este sitio, no creo que le hubiera pasado por la cabeza que yo querría vivir aquí: del mismo
modo, me enseñó a amar la literatura, y nunca imaginó que me consagraría por completo a la poesía.
He podido escribir en otros lugares, desde luego. Pero no así. Mi ritual casi siempre ha sido el mismo en lo que a la palabra sobre la
página se refiere. Todos los días salgo a caminar a la montaña muy temprano, necesito llenarme del silencio que surge de la
oxigenación. Una vez instalada en él y él en mí, cualquier sonido, cualquier súbita aparición de pájaros (desde carpinteros, primaveras
azul metálico viajando en parejas o jilgueros, hasta águilas, auras y zopilotes), figuras de carne y hueso, sombras extrañas y
enloquecedoras, cualquier suceso insólito para mí o pertinente para el engranaje totalizador (desde un jamelgo pastando hasta una pelea
de perros, un coche que me pasa rozando o una balacera); cualquiera de estas cosas, decía, puede desencadenar las asociaciones, las
revelaciones, las visiones, o dar verdadera rienda suelta a la memoria: desbocarla abriéndole la boca.
Ese guardar algo “a mis adentros” llamado creación poética siempre ha cobrado vida tangible en una libreta. Hablo de épocas incluso anteriores al diario con su llavecita que
recibí de regalo de Primera Comunión. La costumbre de poner un secreto por escrito con plena seguridad de que nadie lo vería sin que yo explícitamente lo permitiera me
empujó al cultivo de la letra, de la palabra sola, chisporroteante en la diversidad de significados e implicaciones, y la palabra en conjunto, oraciones maleables,
metamorfoseables, camaleónicas, capaces de referirse a distintas personas o circunstancias, y en el fondo ser una sola cosa: el texto literario, el poema, un mundo físico y
metafísico a la vez, algo que preserva la experiencia individual echando mano de una lengua, una tira de sábanas desde la torre, para lanzarla a otras esferas y volverla espejo
de los demás: “desde las profundidades del alinde / emerge la nota baja / entrecortada finamente / por una voz quebrada / plumas multicolores / que desde ella ascienden / en
aras y alas de una lírica […] a las afueras […] del sonido”.*
Libretas en blanco, rayadas, cuadriculadas, de distintos tamaños, atrapan la letra palmer o de molde escrita casi siempre con lápiz (HB) tensamente apoyado en el callo del
dedo medio, la deformidad que me explica: borradores de poemas o poemas enteros, notas, reflexiones, esquemas para textos ensayísticos, citas, todo un verdadero y
personalísimo corpus referencial… Muy rara vez escribo directamente en la computadora (antes en la Smith-Corona de cinta bicolor o la IBM eléctrica, monstruosidad que sin
embargo escondía la opción del cambio de bolita, según el estado de ánimo). He de confesar que lo único que llega al teclado antes que al papel es la traducción. Todo lo
demás sufre tachón y medio para ingresar al universo cibernético y aparecer en la pantalla, cuya luz me confirma que estoy pasando algo en limpio: esta aparente nitidez
resulta apenas un chispazo, el trabajo que comienza.
Si durante la juventud nunca guardé las versiones de mis escritos, ahora, mucho menos. Me aproximo a la palabra con terror reverencial, hasta me sudan las manos. Cuando el
poema está “listo” —o el libro—, todavía me consuela pensar en las galeras (un espacio purificador más para cambiar y corregir). Tiemblo al darle esa especie de huella que
late a un equis lector (así se trate de un pariente), con ganas de encerrarme con llave (en el diario aquel) cuando se permite abrirlo al azar… “No te aflijas —me susurra mi
papá desde un sueño recurrente—. El poema no encarna, por fortuna o merced a ella, un deber cumplido. Sus entrañas no se sacian. Tú sigue alimentándolo. Es un oráculo”.
Pura López Colomé. Poeta, ensayista y traductora. Entre sus libros: Aurora, Un cristal en otro y Santo y seña.
* Fragmento de “Fábula disuelta, ensimismada” del poemario Santo y seña (México, FCE).
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Fecha: 03/11/2010
Subrayados
La vida alcanza es el título del nuevo libro de Eliseo Alberto que publica Cal y arena. Es una reunión de recuerdos que se niegan a desaparecer,
estampas periodísticas en las que revive a sus amigos escritores y artistas, a viejos músicos, beisbolistas y boxeadores de su imborrable Cuba. Son
recuerdos acompañados de las siempre sorpresivas frases lichianas.
La Historia con mayúscula es un hueco negro; con minúscula, un ring de boxeo donde los contendientes juegan ajedrez a batazos.
Nos sentamos a la mesa. El viento volaba papeles. Decidí invertir el orden del creído interrogatorio y comenzar por la última pregunta: —¿En qué hotel
del Universo le gustaría pasar las vacaciones de la muerte? Nicolás [Guillén] me respondió al instante: —En la Nebulosa de Andrómeda. La rapidez de
la réplica me desconcertó. Sentí que yo colgaba de una estrella. —¿Por qué? —atiné a balbucear. El poeta se puso en pie: —Porque me gustan las
esdrújulas. Y dio por terminado el encuentro. Desde la calle, alcé la vista: Nicolás regaba con carcajadas una maceta de flores que había en su ventana.
¿Eran rosas?
La esperanza es una tabla de salvación. Todos los días, sin falta, el sol asoma tras la misma montaña y se esconde en el mismo resquicio del horizonte, pero cada día es
distinto al anterior y al siguiente porque ninguno es igual ante los ojos de los hombres: para unos, una tarde tormentosa carga nubes de tristezas; para otros, el aguacero
simboliza la alegría, la fertilidad. Amanecer respirando, con el corazón en su lugar, será un segundo milagro.
Lo más palpable de Roberto Friol era su sombra. Una sombra cabizbaja. Tímido, silencioso, esquivo y a la vez cortés, vivía encerrado tras su máscara y apenas dejaba ver los
ojos por las rendijas de los párpados. Hay hombres que nacen condenados a la soledad. Para respirar aire limpio, Friol echaba a caminar al amparo de los portales. Caminaba y
caminaba, rumiando metáforas entre dientes. Pateaba piedras. Leía las nubes desde los kioscos de los parques.
La nostalgia tiene fijeza, como los perfumes.
Hay páginas tercas que jamás se pierden porque el olvido también tiene sus caprichos y cuando uno menos lo espera aquellos informes perdidizos silban desde el fondo del
cajón. Se extravían cartas de amor que hubiéramos querido conservar, se evaporan decoloradas fotos del bachillerato, diarios de ilegible juventud, aquella papeleta setentona
que conservábamos de un concierto de Serrat (con versos de Machado) y que, con el tiempo, resulta la única constancia de que fuimos felices. Todo o casi todo está en peligro
de extinción. Lo que no siempre se borra en una cicatriz. De súbito, duelen o se abren. Y entonces resucitan los papeles vengativos (o vengadores), las facturas de la cobardía
que dábamos por abonadas.
Antídoto contra el aislamiento, las redes cibernéticas se han vuelto confesionarios íntimos donde la mentira se trueca en ilusión: cada día, millones de amantes se poseen en
las camas de los satélites, no importa que para unos sea de mañana y para otros, de noche. La soledad es, sin duda, la epidemia más devastadora de nuestro tiempo. Nos
dejamos dominar por su extraordinario talento de seducción. Supongo que no estábamos listos para cambiar nuestras vidas en un abrir y cerrar de ojos con un invento que
supera, por mucho, el poder de la pólvora o los engranajes de Gutenberg. Así comenzamos a navegar por cielos virtuales sin entrenamiento previo, a la deriva. Y lo que es
peor, sin brújula. El cosmos está lleno de callejones sin salida. Y de emboscadas.
Cicatrices. Cada cicatriz evoca un sufrimiento. Algunas nunca acaban de cerrar. Sangran cuando menos lo esperas. Ya crees que la herida secó porque es apenas una rayita
invisible en la memoria y resulta que no, de eso nada, por el contrario resulta que sí, que se vuelve a abrir. Basta con un roce. Un codazo. Un pisotón. Una caída. Todos los
golpes van sobre la llaga. También las pedradas. El imán de la mala suerte atrae la desgracia. No te deja recordar en paz. Tampoco olvidar, que a la larga es uno de los pocos
recursos que los seres humanos tenemos para depurar el pasado y arrinconar los dolores, de manera que, envueltos en los celofanes de la piedad, estorben lo menos posible.
Tengo algo que decirles, y a eso vine desde mi casa a la de ustedes en relámpago viaje de ida y vuelta: ya no sé qué es Cuba. Hoy puedo entender tanta confusión, ahora que
mi incertidumbre ha ganado en claridad. La isla reverbera en mi memoria, entre vapores que el sol inhala, como si un enorme incendio consumiera un atado de cañas secas en
medio del océano. Supe que no sabía qué diablos era mi país, sin dudar de mis dudas, allá por los días en que me vi obligado a fijar residencia en Ciudad de México, la
generosa y bendita capital de todos los desterrados de América Latina. El exilio es una violación. También una casa de huéspedes. La costumbre de revisar papeles puede, de
pronto, costarnos caro. La tristeza no hace rebajas.
Una tarde de noviembre de 1788, un genio de 32 años, tembloroso por las calenturas de la fiebre, terminaba de componer una Sinfonía (la No. 40) en sol menor. Dios sabía
desde el primer segundo de su mundo, también nuestro, que sólo él podía componer algo mejor que Él. Por ese muchacho había valido la pena esperar 15 mil millones de
otoños. Para eso construyó su paraíso: para que escucháramos a Wolfgang Amadeus, sentado al piano. Con Mozart el hombre aprendió qué diablos es la libertad. Y gracias a
Dios, ya no nos hizo tanta falta Dios.
Selección de Delia Juárez G.
Delia Juárez G. Editora y traductora. Su libro más reciente es Gajes del oficio. La pasión de escribir.
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Fecha: 03/11/2010
Pistas
Books • Il costo altissimo • Amexica • <Blog del narco>
111 millones de bajas • Narcoseries: Weeds, Breaking Bad
BOOKS, LA REVISTA FRANCESA que nació del impulso de llenar un vacío en la escena cultural del Hexágono a partir del modelo de la New York Review of Books y
con la experiencia de Courrier International (el director, Olivier Postel-Vinay, fue jefe de redacción de esta última) comenzó el mes de octubre retornando a la periodicidad
mensual que dejó a fines de 2009 en lo más ardiente de la crisis. El contenido apuesta a la misma fórmula de cobertura amplia y autorizada de la literatura universal, sumando
ahora ensayos encargados a autores extranjeros para que escriban sobre libros franceses en el centro del debate, artículos sobre temas que no necesariamente deben estar
vinculados con alguna novedad editorial, y un seguimiento más cercano de las traducciones más recientes al francés. Quen pompó (célebre fórmula del llorado Chico Che)
para conseguir este nuevo impulso fue Jean-Jacques Augier, brillante egresado de la elite de los administradores franceses (compañero de banca de Dominique de Villepin,
Segolène Royal y François Hollande), quien luego de haber fundado en China una cadena de librerías dedicada a la literatura extranjera traducida al chino (seis mil títulos
disponibles), de crear un club de lectores que ofrece libros franceses en su idioma original (una forma oriental de sortear la censura) y de establecer una cadena de carnicerías
de excelencia (¿podrá decirse de la vaca lo mismo que de un universitario?) le apuesta a la revitalización de este competidor de la Quinzaine y el Magazine Littéraire.
POCO MENOS DE UNA SEMANA antes que el secretario ejecutivo de Ameripol y jefe de la policía colombiana, Óscar Adolfo Naranjo Trujillo, explicara que el motivo
de la reunión en México de los más altos funcionarios de las policías americanas era conocer los avances del esfuerzo y el sacrificio nacionales en su lucha contra el
narcoterrorismo, categoría descartada ipso facto por Genaro García Luna, secretario de Seguridad Pública, Antonio Carlucci, corresponsal en Nueva York de l’Espresso,
subrayaba cómo a partir del 15 de julio, con el estallido del primer coche bomba en Ciudad Juárez, a las emboscadas, las represalias a punta de metralleta, los homicidios que
lo mismo despachan a policías honestos que a los corruptos, los adversarios raptados, torturados, filmados y decapitados o colgados del puente más cercano, se suma ahora el
terror como en Irak o Afganistán, pero acompañado de salsa a la mexicana, es decir, con la víctima herida pero capaz aún de pedir socorro para atraer a los enemigos.
LA ÚLTIMA SEMANA DE septiembre, el corresponsal del diario británico The Guardian publicaba un extracto de su nuevo libro, Amexica. War Along the Borderline
(Farrar, Strauss & Giroux), recorrido por los tres mil y tantos kilómetros de nuestra frontera norte, de Tijuana y San Diego a la desembocadura del Bravo entre el sur tejano y
el trópico tamaulipeco, el lindero más usado por el comercio mundial (un millón de personas cruzan diariamente los puentes), del que por lo menos un 3% corresponde al
contrabando: rumbo al norte, tráfico ilegal de narcóticos; rumbo al sur, armas y marmaja. En el fragmento en cuestión, el sitio elegido por el cronista es 26, parada de los
tráilers hasta donde llega la autopista 85 proveniente de Monterrey, una especie de ciudad levantada en torno a la garita aduanal y el cuartel de la policía, 26 kilómetros
distante de Nuevo Laredo, ciudad gemela de la Laredo tejana —por aquí cruza el 40% del comercio total entre Estados Unidos y México, un monto estimado el año 2008 de
alrededor de tres mil 600 millones de dólares, o lo que es lo mismo: millares de carros de ferrocarril, 10 mil tráilers diarios en ambos sentidos... Por mor del detalle: un millón
de barriles de petróleo, 432 toneladas de chiles jalapeños, 16 mil aparatos de televisión y todo el contrabando chino imaginable, de aquí para allá. Rebosante de comederos,
tiendas, talleres, putas y corrales imposibles, con el piso cubierto por las envolturas plateadas de las pastas que los choferes mexicanos se embuchan para cubrir las largas
rutas peligrosas (y desconocidas ahora por la persistencia de retenes ajenos a la exclusividad de las autoridades), 26 es un híbrido que combina las visiones urbanas de Blade
Runner, la filmografía de los hermanos Almada, Terminator y Perdita Durango. Los personajes son dos: un chofer y un asesino en retiro luego de renacer cristiano —la forma
en que éste subraya la diferencia profesional con el sicario es ineludible: un sicario ha matado mucho más, cobra mucho más y tiene que ver directamente con el trasiego de
las substancias prohibidas. Para el súbdito británico la guerra que hoy padecemos comenzó en Laredo, cubil de los Zetas, cuarto puerto de entrada a los Gabos, luego de NY,
Los Ángeles y Detroit, cuando en 2005 el Cártel de Sinaloa colocó a la Barbie, Edgar Valdez Villarreal, al frente de la ofensiva por conquistar la plaza.
A MEDIADOS DE AGOSTO, Suzanne Merkelson colgó en el blog de Foreign Policy, los resultados de una investigación realizada por la AP para conocer al responsable
del <Blog del narco>, sitio de internet creado en marzo de este año por un estudiante de postgrado en sistemas que comenzó como un hobby y ahora recibe tres millones de
visitas semanales. Entre los colaboradores de la página lo mismo hay narcotraficantes que autoridades. Los primeros resultaron decisivos para la identificación y captura de
los autores de la matanza en Torreón de julio pasado, mientras los segundos permiten el acceso a las escenas del crimen que sólo los agentes de la policía y los miembros del
ejército pueden ver, una orgía visual que, más allá de las sugestiones del forense Dexter Morgan, con seguridad les habrían valido no pocos apoyos institucionales a algunos
de nuestros artistas. <Blog del narco> se ofrece así como respuesta momentánea a lo que el periodismo tradicional de la extensa zona bajo fuego, entre la espada y la pared, no
tiene posibilidad de realizar —por lo menos en lo referente a la antigüedad del blog, Merkelson se equivoca de calle, pues el sitio narcoinformativo arrancó en mayo de 2008.
“EN EL ÚLTIMO INCIDENTE violento relacionado con el narcotráfico que ha golpeado al país, toda la población de México, 111 millones de ciudadanos, fueron
asesinados este lunes 20 de septiembre durante un tiroteo entre cárteles rivales”. De acuerdo con The Onion, todo comenzó por la venta frustrada de 20 kilos de mariguana, lo
cual llevó a dos soldados rasos del Cártel de Sinaloa a abrir fuego sobre dealers de Culiacán, y en cuestión de minutos el baño de fuego se extendió a Chihuahua, Michoacán y
Yucatán (donde, según reportes, todos los yucatecos fueron decapitados). De acuerdo con Michele Leonhart, administradora de la DEA, los cárteles del Golfo y de Tj se
adelantaron a la emboscada que ya se temían por parte de la Familia Michoacana y los Negros. Testigos hablan de alrededor de 357 millones de disparos. Al parecer, el resto
de la población pereció en el fuego cruzado. Leonhart informó que los dos millones de kilómetros cuadrados de territorio mexicano han sido precintados con el firme
propósito de proteger a los ciudadanos americanos, así como para coadyuvar a las investigaciones policiacas. Añadió que se pudo recuperar una bolsa con cuatro gramos de
cocaína, al parecer crucial en este tipo de averiguaciones. Hasta el momento del cierre, los dealers norteamericanos querían asegurarle al público que aún no sabían cuándo ni
cómo podrían tener acceso de nuevo a las inmensas existencias de mariguana almacenadas en territorio mexicano, pero, subrayaron, estaban haciendo todo lo que estaba a su
alcance para que la mercancía llegara cuanto antes hasta las manos de los consumidores.
UN TONO NO MENOS GROTESCO ni saludablemente liviano puede disfrutarse en las narcoseries que aun la pantalla mexicana
difunde. Weeds va por su séptima temporada en Estados Unidos, ahora huyendo del amor mexicano de Nancy Botwin, la viuda
californiana que urgida por las apreturas económicas dedica sus esfuerzos a convertirse en una solvente traficante de mariguana. La serie
no sólo ha rescatado a una Mary-Louise Parker delectable, sino que ha creado a una mafia mexicana en sintonía Mel Brooks. Por su
parte Breaking Bad, la historia del maestro de química de secundaria Walter White (Bryan Cranston), verdadero Gutierritos allende el
Bordo transformado en fabricante de la mejor metanfetamina de Nuevo México luego de saber que está condenado por el cáncer y no
tener un quinto que heredarle a su esposa y su hijo minusválido, acumula premios y acaba de concluir su tercera temporada. En Francia,
ambas comenzaron a transmitirse el pasado mes de agosto, Breaking Bad ni más ni menos que por el siempre envidiable canal Arte, y
con ese motivo Nora Bouazzouni publicó un ejercicio en <Slate.FR> consistente en probar la verosimilitud de ambas series. Los
resultados colocan las aventuras de la Botwin en franca desventaja, tanto por los instrumentos legales que los mariguanos poseen en
Estados Unidos (la Compassionate Use Act de 1996 que en California permite su comercialización con fines terapéuticos, y el decreto del Senado de 2003 que permite el
cultivo de hasta 18 matitas de hierba para uso personal del consumidor) como por los costos y las ganancias de un producto que padece todas las desventajas de las materias
agrícolas.
Por la recolección de Pistas:
Alberto Román
Alberto Román. Editor de Cal y arena.
www.nexos.com.mx
Fecha: 03/11/2010
Pistas
Books • Il costo altissimo • Amexica • <Blog del narco>
111 millones de bajas • Narcoseries: Weeds, Breaking Bad
BOOKS, LA REVISTA FRANCESA que nació del impulso de llenar un vacío en la escena cultural del Hexágono a partir del modelo de la New York Review of Books y
con la experiencia de Courrier International (el director, Olivier Postel-Vinay, fue jefe de redacción de esta última) comenzó el mes de octubre retornando a la periodicidad
mensual que dejó a fines de 2009 en lo más ardiente de la crisis. El contenido apuesta a la misma fórmula de cobertura amplia y autorizada de la literatura universal, sumando
ahora ensayos encargados a autores extranjeros para que escriban sobre libros franceses en el centro del debate, artículos sobre temas que no necesariamente deben estar
vinculados con alguna novedad editorial, y un seguimiento más cercano de las traducciones más recientes al francés. Quen pompó (célebre fórmula del llorado Chico Che)
para conseguir este nuevo impulso fue Jean-Jacques Augier, brillante egresado de la elite de los administradores franceses (compañero de banca de Dominique de Villepin,
Segolène Royal y François Hollande), quien luego de haber fundado en China una cadena de librerías dedicada a la literatura extranjera traducida al chino (seis mil títulos
disponibles), de crear un club de lectores que ofrece libros franceses en su idioma original (una forma oriental de sortear la censura) y de establecer una cadena de carnicerías
de excelencia (¿podrá decirse de la vaca lo mismo que de un universitario?) le apuesta a la revitalización de este competidor de la Quinzaine y el Magazine Littéraire.
POCO MENOS DE UNA SEMANA antes que el secretario ejecutivo de Ameripol y jefe de la policía colombiana, Óscar Adolfo Naranjo Trujillo, explicara que el motivo
de la reunión en México de los más altos funcionarios de las policías americanas era conocer los avances del esfuerzo y el sacrificio nacionales en su lucha contra el
narcoterrorismo, categoría descartada ipso facto por Genaro García Luna, secretario de Seguridad Pública, Antonio Carlucci, corresponsal en Nueva York de l’Espresso,
subrayaba cómo a partir del 15 de julio, con el estallido del primer coche bomba en Ciudad Juárez, a las emboscadas, las represalias a punta de metralleta, los homicidios que
lo mismo despachan a policías honestos que a los corruptos, los adversarios raptados, torturados, filmados y decapitados o colgados del puente más cercano, se suma ahora el
terror como en Irak o Afganistán, pero acompañado de salsa a la mexicana, es decir, con la víctima herida pero capaz aún de pedir socorro para atraer a los enemigos.
LA ÚLTIMA SEMANA DE septiembre, el corresponsal del diario británico The Guardian publicaba un extracto de su nuevo libro, Amexica. War Along the Borderline
(Farrar, Strauss & Giroux), recorrido por los tres mil y tantos kilómetros de nuestra frontera norte, de Tijuana y San Diego a la desembocadura del Bravo entre el sur tejano y
el trópico tamaulipeco, el lindero más usado por el comercio mundial (un millón de personas cruzan diariamente los puentes), del que por lo menos un 3% corresponde al
contrabando: rumbo al norte, tráfico ilegal de narcóticos; rumbo al sur, armas y marmaja. En el fragmento en cuestión, el sitio elegido por el cronista es 26, parada de los
tráilers hasta donde llega la autopista 85 proveniente de Monterrey, una especie de ciudad levantada en torno a la garita aduanal y el cuartel de la policía, 26 kilómetros
distante de Nuevo Laredo, ciudad gemela de la Laredo tejana —por aquí cruza el 40% del comercio total entre Estados Unidos y México, un monto estimado el año 2008 de
alrededor de tres mil 600 millones de dólares, o lo que es lo mismo: millares de carros de ferrocarril, 10 mil tráilers diarios en ambos sentidos... Por mor del detalle: un millón
de barriles de petróleo, 432 toneladas de chiles jalapeños, 16 mil aparatos de televisión y todo el contrabando chino imaginable, de aquí para allá. Rebosante de comederos,
tiendas, talleres, putas y corrales imposibles, con el piso cubierto por las envolturas plateadas de las pastas que los choferes mexicanos se embuchan para cubrir las largas
rutas peligrosas (y desconocidas ahora por la persistencia de retenes ajenos a la exclusividad de las autoridades), 26 es un híbrido que combina las visiones urbanas de Blade
Runner, la filmografía de los hermanos Almada, Terminator y Perdita Durango. Los personajes son dos: un chofer y un asesino en retiro luego de renacer cristiano —la forma
en que éste subraya la diferencia profesional con el sicario es ineludible: un sicario ha matado mucho más, cobra mucho más y tiene que ver directamente con el trasiego de
las substancias prohibidas. Para el súbdito británico la guerra que hoy padecemos comenzó en Laredo, cubil de los Zetas, cuarto puerto de entrada a los Gabos, luego de NY,
Los Ángeles y Detroit, cuando en 2005 el Cártel de Sinaloa colocó a la Barbie, Edgar Valdez Villarreal, al frente de la ofensiva por conquistar la plaza.
A MEDIADOS DE AGOSTO, Suzanne Merkelson colgó en el blog de Foreign Policy, los resultados de una investigación realizada por la AP para conocer al responsable
del <Blog del narco>, sitio de internet creado en marzo de este año por un estudiante de postgrado en sistemas que comenzó como un hobby y ahora recibe tres millones de
visitas semanales. Entre los colaboradores de la página lo mismo hay narcotraficantes que autoridades. Los primeros resultaron decisivos para la identificación y captura de
los autores de la matanza en Torreón de julio pasado, mientras los segundos permiten el acceso a las escenas del crimen que sólo los agentes de la policía y los miembros del
ejército pueden ver, una orgía visual que, más allá de las sugestiones del forense Dexter Morgan, con seguridad les habrían valido no pocos apoyos institucionales a algunos
de nuestros artistas. <Blog del narco> se ofrece así como respuesta momentánea a lo que el periodismo tradicional de la extensa zona bajo fuego, entre la espada y la pared, no
tiene posibilidad de realizar —por lo menos en lo referente a la antigüedad del blog, Merkelson se equivoca de calle, pues el sitio narcoinformativo arrancó en mayo de 2008.
“EN EL ÚLTIMO INCIDENTE violento relacionado con el narcotráfico que ha golpeado al país, toda la población de México, 111 millones de ciudadanos, fueron
asesinados este lunes 20 de septiembre durante un tiroteo entre cárteles rivales”. De acuerdo con The Onion, todo comenzó por la venta frustrada de 20 kilos de mariguana, lo
cual llevó a dos soldados rasos del Cártel de Sinaloa a abrir fuego sobre dealers de Culiacán, y en cuestión de minutos el baño de fuego se extendió a Chihuahua, Michoacán y
Yucatán (donde, según reportes, todos los yucatecos fueron decapitados). De acuerdo con Michele Leonhart, administradora de la DEA, los cárteles del Golfo y de Tj se
adelantaron a la emboscada que ya se temían por parte de la Familia Michoacana y los Negros. Testigos hablan de alrededor de 357 millones de disparos. Al parecer, el resto
de la población pereció en el fuego cruzado. Leonhart informó que los dos millones de kilómetros cuadrados de territorio mexicano han sido precintados con el firme
propósito de proteger a los ciudadanos americanos, así como para coadyuvar a las investigaciones policiacas. Añadió que se pudo recuperar una bolsa con cuatro gramos de
cocaína, al parecer crucial en este tipo de averiguaciones. Hasta el momento del cierre, los dealers norteamericanos querían asegurarle al público que aún no sabían cuándo ni
cómo podrían tener acceso de nuevo a las inmensas existencias de mariguana almacenadas en territorio mexicano, pero, subrayaron, estaban haciendo todo lo que estaba a su
alcance para que la mercancía llegara cuanto antes hasta las manos de los consumidores.
UN TONO NO MENOS GROTESCO ni saludablemente liviano puede disfrutarse en las narcoseries que aun la pantalla mexicana
difunde. Weeds va por su séptima temporada en Estados Unidos, ahora huyendo del amor mexicano de Nancy Botwin, la viuda
californiana que urgida por las apreturas económicas dedica sus esfuerzos a convertirse en una solvente traficante de mariguana. La serie
no sólo ha rescatado a una Mary-Louise Parker delectable, sino que ha creado a una mafia mexicana en sintonía Mel Brooks. Por su
parte Breaking Bad, la historia del maestro de química de secundaria Walter White (Bryan Cranston), verdadero Gutierritos allende el
Bordo transformado en fabricante de la mejor metanfetamina de Nuevo México luego de saber que está condenado por el cáncer y no
tener un quinto que heredarle a su esposa y su hijo minusválido, acumula premios y acaba de concluir su tercera temporada. En Francia,
ambas comenzaron a transmitirse el pasado mes de agosto, Breaking Bad ni más ni menos que por el siempre envidiable canal Arte, y
con ese motivo Nora Bouazzouni publicó un ejercicio en <Slate.FR> consistente en probar la verosimilitud de ambas series. Los
resultados colocan las aventuras de la Botwin en franca desventaja, tanto por los instrumentos legales que los mariguanos poseen en
Estados Unidos (la Compassionate Use Act de 1996 que en California permite su comercialización con fines terapéuticos, y el decreto del Senado de 2003 que permite el
cultivo de hasta 18 matitas de hierba para uso personal del consumidor) como por los costos y las ganancias de un producto que padece todas las desventajas de las materias
agrícolas.
Por la recolección de Pistas:
Alberto Román
Alberto Román. Editor de Cal y arena.
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Fecha: 03/11/2010
El alma en la grieta
Noé Cárdenas
Jesús Ramírez-Bermúdez,
Breve diccionario clínico del alma,
Debate,
México, 2010, 288 pp.
Este Breve diccionario clínico del alma me atrapó desde su asunto expresado en el título, pues el alma y lo relativo a ella han constituido
buena parte de mis subrayados a lo largo de mi vida como lector, que es la que hasta hoy más aprecio por sus insondables promesas
vitalicias.
Desde el prólogo de Francisco González-Crussí, el lector se entera del atinado atrevimiento que Jesús Ramírez-Bermúdez mostró al usar la
palabra “alma” para referirse a la psique o a esa confluencia de elementos electroquímicos que nos dan noción del yo, y que ha sido un
asunto angular para los antiguos o más modernos filósofos, médicos, teólogos, escritores, brujas y brujos de todos los colores, y que hoy
ocupa un lugar privilegiado en la antesala de las revelaciones tecnológicas: un modelo del cerebro 3D, acaso, en donde la materia y la
metáfora que da vida se abracen.
Con este libro Ramírez-Bermúdez restituye el sentido profundo del término “alma” y la aborda con asombro clínico a partir de su
experiencia en el campo de la neuropsiquiatría y de su vida como lector. Algo que salta de inmediato como garantía de que la condición
facultativa del autor es atendible radica en su apego crítico a los clásicos, Montaigne en primer término, o la cita de Terencio que empapa la
totalidad de los ensayos de este libro: “Soy humano, y nada humano es ajeno a mí”.
¿A quién está dirigido este libro? Se trata de una obra con dos vocaciones imbricadas: documentación para la literatura clínica y aportación a la tradición ensayística: nada está
dicho, sólo la duda queda sembrada, los más delicados problemas planteados y la invitación a abordar con lucidez las más íntimas experiencias perturbadoras que nos
competen a todos. Imaginar al otro para que me imagine también.
Al ir asentando las descripciones de las afecciones del alma que convencionalmente admitiríamos como enfermedades mentales (me pregunto si hay alguna enfermedad que
no sea mental) con relatos, citas y datos duros, el autor traza una cartografía compartible en la que uno se identifica mayor o menormente. Hay que decirlo de una vez: todos
tenemos una grieta acusada o potencial y más o menos patológica que en casos extremos nos llevaría a un hospital psiquiátrico.
Ese es el verdadero asunto de este diccionario: explorar esa grieta, esa oscuridad insondable, sólo atisbable, en la que se cifra nuestra naturaleza si acaso divina, a veces
demoníaca. Situar en el espacio el tiempo del alma.
Este es el gran tino del libro. Ramírez-Bermúdez no describe un circo donde la gente cae vertiginosamente en el desfiladero de la melancolía o de la confusión sin retorno. El
autor describe a gente como uno cuyos delirios o ideas estrambóticas nos pueden seducir y ponen en tela de juicio cualquier aspiración de poseer el criterio más honesto y
enterado, es decir, esta lectura es un antídoto contra la arrogancia. Breve diccionario clínico del alma es una afrenta contra la noción de “normalidad”, una granada de
fragmentación lúcida.
Resulta asombroso el paralelismo entre las manifestaciones de ciertas patologías y la pulsión artística, ese no se qué que queda balbuceando de San Juan de la Cruz que abre
las puertas de la percepción a costa de la estancia en la Tierra, y que hace la diferencia, la cantidad hechizada que nos restituye al mundo a través de la alienación paradójica.
El nexo de los casos clínicos que describe el autor para ejemplificar síndromes y padecimientos con pasajes literarios hace de esta obra, vicariamente, una guía de lecturas.
Aquí, la intuición se convierte en la facultad primordial del alma, y la narrativa de Italo Calvino o Philip K. Dick, por ejemplo, alcanzan un grado de lucidez perturbadora.
El autor confiesa ciertos remedios que recetó contraviniendo a la norma o a la opinión establecida: electrochoques en cierto caso, y negociación de la realidad en otro. Y el
resabio culposo del facultativo cuando un “éxito” clínico se convierte en una disminución para el paciente: extirpar un tumor maligno que, irónicamente, mantenía en éxtasis
dionisíaco a una muchacha y que, una vez “curada”, perdió todo interés por las pequeñas cosas diarias que mantienen el edificio de la vida.
Con el alma, como con el fuego, no se juega ni se establecen fórmulas, pues ni siquiera sabemos si el estado del alma y del fuego es sólido, líquido o gaseoso.
Noé Cárdenas. Escritor, editor y crítico literario. Dirigió el suplemento Sábado de unomásuno.
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Fecha: 03/11/2010
Tártaro oaxaqueño
Alberto Román
Carlo de Fornaro,
Díaz, zar de México. Abdul Hamid y Porfirio Díaz. Un purgatorio moderno (edición y prólogo de Antonio Saborit),
Debolsillo/Random House Mondadori,
México, 2010, 396 pp.
Después de los textos seleccionados para la colección Ronda de Clásicos Mexicanos (Joaquín Mortiz/Planeta) y de la traducción y edición de
los escritos principales de Marius de Zayas que culminó con la exposición que montó el Museo Nacional de Arte el año pasado, el título que
Antonio Saborit rescata ahora para los lectores mexicanos es de un personaje singular. Súbdito británico de origen ítalo-suizo afincado en
Estados Unidos, Carlo de Fornaro se dio a conocer en los diarios de Chicago por sus caricaturas de actualidad, sus retratos de los personajes de
la época, dibujados con la íntima convicción del valor artístico de la caricatura, certeza que acabó llevándolo hasta las mejores páginas
cotidianas de Nueva York. Establecido en México a partir de 1906, pasa aquí dos años en la redacción de El Diario que funda su amigo el
inversionista Ernesto T. Simondetti y que dirige Juan Sánchez Azcona —De Fornaro ocupa la dirección artística del suplemento dominical El
Diario Ilustrado, cuya subdirección recae en Rafael de Zayas, hermano de Marius—. La recepción no puede ser mejor ni más propicia: el
hombre fuerte de los medios y bateador designado por el dictador en tan delicado ambiente, Rafael Reyes Spíndola, vivía su particular proceso
de reconversión industrial después de diez años de haber revolucionado el periodismo nacional con la creación de El Imparcial, El Mundo y El
Mundo Ilustrado; por su parte, el trabajo del artista merece el entusiasmo de José Juan Tablada, quien no deja de subrayar su sensibilidad
especial, ineludible a la hora de abordar la dimensión plástica de aquel mundo moderno.
De regreso en su país, Carlo de Fornaro escribe Díaz, czar of México, que en su primera traducción al español, casi simultánea, se conoce aquí como México tal cual es, otra
respuesta a la celebérrima entrevista Díaz-Creelman publicada en Pearson el año de 1908, sobre todo por lo que atañe al cultivo de la imagen internacional del dictador como
benefactor, estadista sin igual y gran arúspice del nuevo México pacífico, civilizado, destino seguro de las inversiones yanquis. El libro conoce el éxito comercial inmediato y
echa a andar una persecución implacable contra su autor —Saborit subraya en el sustancioso prólogo el calendario de los descalabros porfiristas en el teatro de la opinión
pública: La sucesión presidencial de Madero se publica en enero de 1909, el libro de De Fornaro en febrero, y a principios de 1910 lo que después se conocería como México
bárbaro, de Kenneth Turner.
Mientras secuestra y destruye ejemplares en México, el Estado porfirista intenta pactar una tregua con el autor quien, rejego, dará paso a las intimidaciones y los intentos de
chantaje hasta llegar a la demanda por difamación que el propio Rafael Reyes Spíndola presenta ante la justicia del estado de Nueva York y a resultas de la cual De Fornaro
será condenado a un año de prisión en las galeras de la isla de Blackwell, sentencia que ameritará hasta una carta abierta de William Randolph Hearst en protesta por el
atentado contra la libertad de expresión. En el ínterin, De Fornaro redondea el desaguisado dictando una conferencia que de la mano de Plutarco establece un paralelo entre el
último sultán turco, Abdul Hamid, y nuestro oaxaqueño. Ésta sirve de puente en el volumen entre el libelo y los recuerdos y observaciones de la vida pasada en prisión que
integran “Un purgatorio moderno”.
Díaz, zar de México es un libelo en toda la extensión de la palabra y como tal sencillo y directo, ávido del descontón político, sensible al desencanto público e infatigable
barretero del prestigio del dictador: “Este ex merodeador y bandido político, cuyo padre, según el dicho popular, fue un sacerdote, cuya madre fue una india mixteca, cuya hija
natural introdujo cándidamente en la alta sociedad, cuyo yerno es un sodomita notorio, y cuyo concuño es un abogado alcohólico y un descarado cazador de gorronas”. Tal
repaso a la vida y los hechos de Porfirio Díaz es contrapeso a las hagiografías que circulaban con generosidad, sobre todo a la hora de la cíclica e inútil contienda electoral. La
crónica biográfica es pasaporte a la radiografía del México que se inicia en el siglo XX, listo para crear una nación “liberal y progresista”. De la mano del inventario rojo que
acumula cadáveres de la represión política y de la codicia brutal del poderoso y su camarilla reinando desde la penumbra de gabinetes y salones de restoranes, cantinas y
lupanares, la radiografía que ofrece De Fornaro es la de un país sin justicia, corrupto, iletrado, presa de los apetitos más salvajes de su claque gobernante, socio incómodo del
capital foráneo —para los apocalípticos que este año asisten a la ominosa cita con nuestra condena revolucionaria cíclica, el panfleto no sólo funciona como atento
recordatorio de las diferencias históricas sino como Emulsión de Scott para su catastrofismo; para la generación que creció en el revisionismo histórico, no sobra esta otra
perspectiva para apreciar el vuelo del águila.
Y sin embargo el gran hallazgo del volumen es “Un purgatorio moderno”, relato con los saldos de Pandillas de Nueva York en el ambiente de Edmundo Dantés, registro casi
alucinado de los horrores de la cárcel, del crimen y de sus no menos criminales perseguidores.
Alberto Román. Editor de Cal y arena.
www.nexos.com.mx
Fecha: 03/11/2010
Los muertos vivos
Alejandro de la Garza
Carlos Franz,
Almuerzo de vampiros,
Alfaguara,
Buenos Aires, 2009, 238 pp.
Como un animal se agita entre las manos esta cuarta novela del chileno Carlos Franz (Ginebra, 1959), sacudiéndose a cada intento de abordarla por
alguno de sus flancos, de sus diversos registros. Hay una exploración de cómo ese “miedo tan chileno”, el del sobreviviente, marcó a más de una
generación con el sometimiento a la dictadura pinochetista. Los sobrevivientes de aquel “invierno de nuestra desventura” (Ricardo III) vistos como
los muertos vivos. Pero hay también una critica a los años posmodernos de Chile, “el verano de nuestro entusiasmo”, y a estos “tiempos de paz sin
honor” (Bram Stocker). Tiempos regidos por el pragmatismo oportunista de los nuevos políticos y sus voces tan chillonas como los colores de sus
corbatas finas. Tiempos de una clase política con el pleno sentimiento de estar reinventando un país en el momento más importante de su historia.
Hay además una exploración del lenguaje salvaje de los albañales santiagueños, de las vulgaridades más mezquinas y soeces de la lengua y los
coloquialismos chilenos. Una manera de extremar el idioma y llevarlo al territorio donde los vasos comunicantes entre humor y delirio transmutan
la carcajada en cólico. “Una voz poderosa, creativa y comprometida con la palabra”, dice Carlos Fuentes, atento siempre a la escritura de lenguajes
como el suyo, donde priva la metamorfosis y la búsqueda de sobrepasar los límites.
Hay luego la dolorosa memoria de Santiago de Chile en los tiempos de pesadilla del toque de queda, las detenciones arbitrarias y las muertes aún más arbitrarias. Una
remembranza de la gris y temerosa ciudad en los años setenta, con su atmósfera oxidada, enfrascada por la contaminación. Un recorrido evocativo por sus calles y cines, y un
paseo aterrador por las noches mortales en sus goteras, albañales, bares de mala muerte y bajos fondos, donde amparada por la dictadura una banda de seres vampíricos
saquea casas y edificios y roba toda pertenencia valiosa a sus habitantes, obligados así a pagar por su existencia. Hay entrañables referencias cinematográficas y literarias,
escenas grotescas de prostitución y sexo, violencia, escatología y martirio. Hay una novela áspera por momentos, con aforismos de gran calado sobre la ponderación de la
experiencia, los ideales de juventud, el pragmatismo adulto. “La madurez es la muerte de la sensibilidad a manos de la experiencia”.
El relato surge de una evocación durante un almuerzo de mediodía prolongado con tragos de fuerte pizco hasta la tarde y finalizado en cena crepuscular. El lugar: el
restaurante de moda de la nueva clase política, las psicólogas de medio tiempo, las atractivas comentaristas de televisión, las juveniles reporteras de diarios exitosos, las
esposas ricas en ocio de media tarde. Allí, un filólogo cincuentón de melena veteada por las canas y estampa de monje ruso, de personaje del esotérico Gurdjieff, o mejor aún,
de protagonista de Los hermanos Karamazov y por lo mismo llamado en la novela Zósima, se reúne con el narrador para celebrar su vieja amistad.
Se habla del nuevo país ante sus ojos y se recuerda al viejo país, cuando “se vivía mejor contra la dictadura”, suelta el provocador Zósima antes de llamar la atención del
narrador sobre la sobrevivencia de un personaje al cual suponían muerto a manos de los militares: su viejo profesor de literatura. Aquel culpable de enseñarles a soñar, a creer
en la literatura como creadora de otras realidades. Con ese mismo personaje o un Sosias, un doble, un imitador, se involucró el narrador, recuerda, cuando era taxista en las
noches de la dictadura. El maestrito se había convertido ya en un canallesco bufón de bajeza insoportable y lengua vil, integrante de esa banda oficial de ladrones noctívagos.
El narrador no deja de preguntarse si sería el mismo profesor, a quien trató con amor de discípulo y terminó odiando por mostrarle ese otro mundo posible —la plenitud y
felicidad de la literatura—, para luego traicionar a sus alumnos doblegado por la tortura.
El taxista y ese maestrito recorrían entonces la aterrorizante noche de la dictadura expropiando bienes y en busca de la gran broma vulgar, la más vil, la más soez, “la talla de
Chile”, dicho en chileno coloquial, para filmar la película destinada a transformar el humor nacional (ironía contrastada con la cinta verdadera La batalla de Chile). Así de
bizarro y absurdo es este correlato, avivado además por el enamoramiento de nuestro taxista, por el fuego de su deseo por la prostituta anoréxica y también vampírica —puta
del jefe de la banda de nosferatus—, atrevimiento por el cual el narrador casi paga con la vida. Novela para gustos fuertes y colmillos afilados.
Alejandro de la Garza. Periodista cultural. Publica ensayo, crítica literaria y crónica en diversas revistas y suplementos.
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Fecha: 03/11/2010
Quiebra, pasión y destino
Luis Bugarini
Franziska von Reventlow,
El complejo de dinero (traducción de Richard Gross),
Periférica,
Cáceres, 2010, 175 pp.
Al igual que Balzac, quien conoció a detalle la ruina, Dostoievsky narró en El jugador la agonía de los hombres cuando el dinero está ausente, viene en camino
o, finalmente, desaparece por la toma de medidas apresuradas. Y Picasso, en una línea tirada a vuelo de pájaro, en una página de sus célebres Conversaciones
con Brassai, refiere del dinero: “hay que tenerlo, para poder olvidarse de él”.
Una nota gentil de Rilke salvó del olvido la novela El complejo de dinero (1916), relato parcialmente autobiográfico de Franziska von Reventlow (1871-1918), el cual llega
por primera vez traducido a nuestra lengua. Bajo la apariencia de una novela ligera, en sus primeras páginas, conforme avanza la historia, ésta sorprende al lector con las
angustias entendibles de una mujer —cuya situación financiera es preocupante— que espera la entrega de un dinero consecuencia de la ejecución de un testamento. La espera
es larga y desgastante y sus vericuetos alimentan el engrane narrativo de la escritura.
El asedio de sus acreedores obliga a la protagonista a retirarse a un sanatorio, en donde, dice, se repondrá de su “complejo”, el cual confiesa en una línea: “el dinero es un ente
personal con el cual se tiene una relación colmada de suplicios”. El feminismo actual aprobaría sin reparos la actitud liberal de la protagonista, y es de notar que para el año de
su publicación es, abiertamente, incendiaria. Recordemos: un año antes de la revolución rusa se publica esta novela, con todo su cinismo y todo su ánimo de lamentar las
inmoralidades a las que se ve sometida la mujer.
Poco se sabe de la vida de Franziska, aunque lo suficiente para tener un esbozo de su ideal de liberación femenina: sobrevive a un penoso divorcio, concibe un hijo de padre
desconocido, se casa en segundas nupcias por abierta conveniencia, a cambio de una dote mensual. Y lo poco que se conoce de ella no ayuda para que el feminismo la
considere siquiera como precedente. Ni tampoco en las obras de Camille Paglia, en su viaje a las entrañas del feminismo, figura como referencia. A pesar del feminismo
militante de Franziska, no es su énfasis en la liberación de la mujer lo que ilumina el texto, sino un abierto existencialismo camusiano; agrio pesimismo respecto de cómo la
vida se articula en eslabones de incertidumbre constante, y los actos que en apariencia cohesionan el “sentido” consecutivo del tiempo, no son sino indicios de que se amanece
sin saber qué sucederá al final del día.
Los vericuetos legales, los intereses ocultos de personajes sombríos, la sobrevivencia como problema filosófico: todo se mezcla en un periodo denso de horas largas y parece
que ese dinero jamás va a llegar a sus manos. Y una vez que llega, finalmente, Sísifo deberá cargar su piedra de nuevo hacia una cúspide sin final. Es penoso contemplar, en la
existencia de otros —novelada o real—, cómo se va la vida en perseguir entelequias, y más lo es aún cuando en esa persecución se tira por la borda, por ejemplo, la
tranquilidad de poder disfrutar una taza de café caliente, tardes de sol o una charla casual: el eterno retorno de las salidas de Alonso Quijano, en el día a día del hombre
convencional.
En el sanatorio, la protagonista se integra al gran teatro del mundo y las epifanías se sucederán una tras otra; lo mismo que los episodios cómicos y extravagantes. Novela
epistolar, muy del XIX, de aire picaresco y con un aliento animoso de lectura, El complejo de dinero es una reiteración de uno de los grandes temas de Occidente: los valores
—sean filosóficos o materiales—, van más allá de la estricta determinación de su valor en sí, y se instalan en el centro mismo de la supervivencia material y aun moral. La
descomposición mental de la protagonista se narra de manera cronométrica, y este arrojo hubiera logrado la aprobación de Stefan Zweig, al menos por lo que toca a la
confesión de angustias que por su trenzado directo con la vida orgánica, resultan imposibles de transmitir: angustia=agonía=enfermedad.
El gran Satán que es el dinero, imprescindible y putrefacto, “quien hace iguales al rico y al pordiosero”, según Quevedo, colapsó la vida bohemia que pretendió Franziska y su
andar fue un zigzagueo constante, dando tumbos y apenas logrando el aplauso parcial de los amigos. Franziska, a diferencia de Picasso, nunca se pudo olvidar del dinero y en
cualquier biografía que se escriba de la autora no deberá ignorarse el sopesar cuánto beneficio intelectual hubiera logrado Franziska al tener algo de paz para crear —fuera
pintar (su gran pasión) o escribir—, en lugar de traducir de urgencia a regañadientes, por las presiones de la vida material.
Luis Bugarini. Crítico literario.
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Fecha: 03/11/2010
Un crucigrama ético
Roberto Pliego
Ricardo Piglia,
Blanco nocturno,
Anagrama,
Barcelona, 2010, 299 pp.
Casi al finalizar Blanco nocturno, cuando la llanura argentina comienza a recobrar su bovina inmovilidad, el periodista Emilio Renzi se
pregunta si no haría falta inventar un nuevo género policial a la medida de una investigación con más conjeturas por resolver que huellas
claras: la ficción paranoica. “Todos son sospechosos, todos se sienten perseguidos. El criminal ya no es un individuo aislado, sino una gavilla
que tiene el poder absoluto. Nadie comprende lo que está pasando; las pistas y los testimonios son contradictorios y mantienen las sospechas
en el aire, como si cambiaran con cada interpretación”. Si no es posible atrapar la realidad porque muda a cada instante, porque nunca
permanece quieta —diría el lector—, qué nos queda. ¿La derrota a manos de fuerzas invisibles? ¿La sospecha de que la experiencia es tan
volátil como el material con el que fabricamos nuestros sueños? ¿El puro desasosiego? ¿O acaso un dictamen doloroso?: no es la duda sino la
certeza la que conduce a los hombres a su ruina moral.
Que Renzi, uno de los protagonistas —omnipresencia lúcida y a la vez distante en la narrativa de Piglia—, diserte sobre los alcances de la
justicia penal; que aparezca un comisario dotado con una helada intuición y un juez avieso y corrupto; que haya un crimen y un sospechoso,
y hasta una hipotética solución no asegura que Blanco nocturno sea una novela policiaca. Asegura, en todo caso, que es posible servirse del
género policial para confeccionar e intentar resolver un crucigrama ético: ¿la vida de un hombre inocente vale menos que el porvenir de una
ilusión, la de que la vida tiene sentido y la de que ese sentido se cifra en el triunfo del orden sobre el caos?
Blanco nocturno transcurre en los ámbitos por naturaleza cerrados del pueblo pequeño y la familia. Así, a la manera de Faulkner y de Onetti, logra estrechar las relaciones
entre los personajes. En la ciudad podemos ocultarnos; el pueblo y la familia, en cambio, poseen mil pares de ojos. Uno y otra representan indistintamente a la cárcel o al
infierno. Podemos entrar pero no salir. Hay, decíamos, un crimen. Tony Durán —puertorriqueño, aventurero y jugador profesional— llega a un polvoriento rincón de la
provincia argentina, un antiguo fortín a 340 kilómetros al sur de Buenos Aires. Los motivos de su llegada parecen más que confusos. Lo cierto es que carga consigo cien mil
dólares y que mantiene un romance con las dos hermanas Belladona. Un día aparece asesinado en la habitación de su hotel. ¿Crimen pasional? ¿Robo con violencia?
¿Venganza por deudas de juego? El asunto es que la figura de Tony Durán se va disolviendo lentamente y cede su sitio al comisario Croce —un viejo sabueso a quien le
importa “pasar del orden cronológico de los hechos al orden lógico de los acontecimientos”— y al enviado especial del diario El Mundo Emilio Renzi.
Del mismo modo en que hace descender la estrella de Tony Durán, Piglia eclipsa la presencia del comisario Croce para llamar a un nuevo y decisivo protagonista: Luca
Belladona, hijo del patriarca y descendiente de los fundadores, incapaz de reconocer un defecto en su carácter, rehén de una idea monumental y por tanto peligrosa, inventor,
un genio atormentado que vive recluido en una vieja fábrica entre máquinas y proyectos malogrados. Piglia sustituye a sus personajes como si fueran piezas prescindibles de
un plan cuyo propósito permanece oculto. Sustituye, elimina, igual que lo hace el pueblo, una entelequia que hace sentir su peso enorme sobre todos aquellos que amenacen
su supervivencia. La familia Belladona aparece como una extensión del pueblo, o viceversa. El interés general, parecemos escuchar, tiene la obligación de aplastar a los
rebeldes.
No vendo la trama. Sólo quiero apuntar que Piglia ha escrito una novela en clave trágica, a pesar de todas las convenciones. A los grandes escenarios, los únicos donde en
apariencia se pueden escenificar los conflictos humanos, opone la monotonía de la provincia, con su club exclusivo, sus chismes que se esparcen antes de ser pronunciados,
sus tardes cansinas, su hotel en la calle principal, su bar como una prolongación de la sala de estar, sus secretos bien guardados, su respetabilidad, su doble moral. Blanco
nocturno, esta “novela campesina”, como la ha calificado el mismo Piglia, echa por tierra la soberbia urbana. Sí: ahí donde menos lo esperes, entre vacas, jinetes diestros y
caballos, un hombre honesto debe elegir, como Antígona, nuestra hermana: o la mentira que salva o la verdad que hunde.
Roberto Pliego. Escritor y editor. Autor de 101 preguntas para ser culto.
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Fecha: 03/11/2010
El día en que me asesinaron en Facebook
Carmen Boullosa
No me queda claro el día preciso de mi muerte en Facebook.
Comenzaré por ser cursi: me di a luz en un descuido, fue un desliz, respondí a una invitación que me pareció seductora (¿fue la de Salman Rushdie?) sin medir las
responsabilidades, sin comprender las consecuencias. Fue hace cosa de dos años, el tiempo corre cada vez más rápido, no lo puedo precisar. Anoté la menor cantidad posible
de datos para mi “perfil”, no puse foto, no anoté nada sobre de mi persona. No fue un parto bien asumido, fui mamá por error, o por lo menos una descuidada o desenamorada
del hijo, la que no prepara chambritas o teje ropitas o borda pañales y sábanas, ni siquiera compra o lava lo que le heredan las amigas y hermanas.
FacebookYo se fue poblando; le subieron fotos, videos, comentarios; creció la red de amigos. No fue gracias a mis labores: sólo respondí a los pelotazos. Me faltó entusiasmo.
Nunca terminé de darle el trago.
No recuerdo cuál fue el último día en que visité mi “perfil”, en que “me visité”. No lo hacía a
diario, sin falta dos veces al mes. No me fui muy fiel a mí misma, me procuré poco. FacebookYo me
exigía atenciones, a cambio hacía reaparecer amigos, gente que he perdido y que me alegraba
reencontrar. Como por encanto brotaban de vez en vez algunos lectores de mis libros inencontrables,
varios colegas mexicanos y extranjeros a los que tenía tiempo sin ver, o con los que acababa de
tomarme unos vinos; me escribió un poeta colombiano del que acababa de leer un par de reseñas
entusiastas (le pedí el libro, me lo envío, lo degusté con entusiasmo), algún francés, un croata cuyo
original me fue imposible de descifrar, etcétera. La bolita creció y se volvió un bolón.
Aquí empieza la vida real, termina la casualidad o el romance. FacebookYo me despertaba
sentimientos encontrados. A veces me gustaba, otras era un fastidio. La verdad es que prefiero armar
rompecabezas o bailar, o ver amigos. Los encuentros virtuales me tensan, los esquivo (aunque no
tanto como las llamadas telefónicas que cada vez soporto más malamente). El paso del tiempo me ha
ido convirtiendo en menos gregaria, o en más selectiva, y Facebook se trata de ser gregario e
inclusivo.
Hay que sumarle que escribir es solitario, que cada vez me resulta más exigente, y que en los últimos
años me he enredado en creaciones colectivas (una película es la última) que de alguna manera copan
por completo mi vida social, proyectos de los que salgo huyendo para estar otra vez a solas. Por esto
no veo a nadie sino a aquellos con los que estoy trabajando, casi literal (incluyo a mi marido, mañana
a mañana le pongo la distancia: “gracias por el café que me traes a la cama, pero no quiero volver a
saber de ti en seis horas”); voy de convento de encierro a clausura monástica. Encima, me ha dado
por cocinar, y eso también es un cerco. ¿A quién de mis amigos, intelectuales y artistas, gente toda
de trabajo, puede interesarle obsesivamente, como a mí, la calidad de los diferentes jitomates, la
textura de la imprescindible cebolla, los tipos de ajos, las abismales diferencias entre el jengibre y la
cúrcuma, lo diferente de secar el chile poblano en casa, por no hablar de los cuchillos, etcétera,
etcétera, hasta el eterno fastidio? Cocinar me ha vuelto aún más solitaria, y no diré que hace más
ancha mi cueva, porque la verdad es que la estrecha. Es una pasión escondida y que —fobia para mi
género por generación— me avergüenza. No consigo mirar de frente mi amor por la cocina. Es peor que un pecado. Muchísimo peor. Los pecados pueden estar llenos de
encantos. Cocinar, no.
No recurriendo a la plaza-Facebook con frecuencia, me comenzaron a atenazar las zozobras, ¿quedaba yo mal con alguien querido o temido o recontrarrespetable o poderoso?,
¿no habría aceptado una invitación por error, o —tal vez peor aún— en un teclear equivocado, habría aceptado alguna que no lo era sino una sugerencia de otro “amigo”?,
¿qué era eso de aceptar a desconocidos de los que yo no sabía absolutamente nada? FacebookYo fue por un periodo la arena para dar rienda suelta a paranoias disparatadas.
En uno de esos picos en que sube la presión de escribir, desee no haber nunca sido FacebookYo. Ésta no me parecía sino otra obligación más, un deber, algo que no podía
desatender, una carga encima de los mil pendientes, una monserga a la hora de pelear minuto a minuto el territorio para escribir la novela. Pasaba yo por unos de esos
momentos de oro en que todo, los sueños, el momento al despertar, lo que se escucha al paso, la música de la radio del vendedor ambulante, la mirada de la cajera, los olores o
hedores de una esquina, la caída de una hoja de árbol, todo es de la novela, todo sirve a la novela; cuanto ocurre o está, parece hacer sentido porque es materia prima, artículo
robable, todo parece imantado por un norte común: construir esa novela.
Entonces, el único deseo es escribir, no porque la pluma vuele (no hay imagen más absurda: la pluma necesita el roce, si vuela no escribe; lo mismo con las teclas, cómo van a
volar ni qué ocho cuartos, sin golpe no hay letra), porque todo va que vuela hacia la pluma como si fuera una especie de cetro loco, de cetro que desprecia el poder.
Todo sería para la novela en ese trance, como dice mi Inspirada-Novelista-Yo, excepto FacebookYo. Ahora que recapitulo recuerdo con exactitud (en la medida en que soy
posible de ella, aunque se me antoja decir que era “precisa”) que ni una sola línea de mi última novela, ni una, se la debí a Facebook. FacebookYo no cooperó nada, nada nada
nadita para levantar el libro. Era como un ataúd. Como una tumba. Pesaba como una lápida. Cuál Pípila ni quiochocuartos: el héroe patrio la tuvo más fácil que cargar con
Facebook.
Diré que en algo yo no estuve mal: a FacebookYo mi obsesión de escribir la novela le importó un reverendo bledo. Se rendirían ante mi obsesión todo y cuantihay, desde el
amanecer hasta el chofer del pesero (o el de la combi), el mismo Morfeo me daría material necesario para escribirla, pero no el dios de Facebook. Y, menos, mucho menos,
FacebookYo. No me dejé vencer.
A la distancia, también FacebookYo me parece bastante cool. Tiene, además de altanería y arrogancia, su dignidad. Su resistencia. Es un guerrero que no se rinde, que no se
entrega a vapores delirantes, que se amarra por su independencia a su universo. Es un defensor de la autonomía.
La novela en proceso, como tal, podría ser un huracán, pero pasajero. Y ya terminada su hechura, la novela caminaría en su carril, en su
voyderechoynomequitoyconeldiablomedesquito. FacebookYo sabiamente se afianzaba a lo real. Más valioso todavía porque FacebookYo quesque es virtual. A pesar de eso,
no hay duda de que se comportó con más sensatez que lo real-de-a-de-veras. Al no claudicar frente al imperio de la Novela-En-Construcción (construcción suena bastante
mejor que “creación”, más preciso, menos pretencioso, aunque la mayúscula nos pone en problemas), demostró que era su propio eje, ajeno al imaginario arbitrario de un
autor. Y si no era su propio eje, por lo menos daba por sentada su propia inteligencia: era lista, lo suficiente como para no dejarse engatusar por otros, y para que no la
robaran.
En este humor infernal o celestial o como le etiquetemos, en ánimo “creativo” (repugna llamarle así, suena a crujido, no calza a la tensión “creativa” —auch, guácala, otra vez
la palabreja—, no da a entender que ese estado de pausa es tan inventivo como un ladrón de quinta), mi relación con FacebookYo empeoró. El convivio, la plaza del pueblo
donde salir a pasear del brazo de los amigos y chismear pestes de los enemigos, la villa levantada por los de gustos comunes, quesque partícipes de filias, la ciudad sin tráfico,
ni narcocrímenes, soldados paseando por las calles con armas de alto poder, ni chalecos antibalas, secuestros, decapitados, torturados, periodistas asesinados, inundaciones
cada que (rutinariamente) vuelve a llover, la ciudad paradisíaca, para mí se convirtió en una tierra minada. Por culpa de FacebookYo, el Edén se me emponzoñó.
Contra toda lógica, Facebook fue un ir a checar tarjeta a la oficina indeseable. Nunca he tenido un empleo así, ni el primero que tuve, nacido de la necesidad.
La primera vez que fui empleada formal, fue para laborar como edecán de la Feria Ganadera Nacional, a mis 17 años, en la ciudad de México, en el Palacio de los Deportes.
Corría 1971. El trabajo me parecía divertido (y estaba muy bien pagado). Me uniformaron con un minivestido, no suficientemente coquetón, de rígida terlenka roja, que la
embajada norteamericana me dio. El vestido da para mucho hablar: rígido, parecía más bien corsé, pero era holgado, durito, sí, como una costra, pero muy arriba de la rodilla.
A su manera, era muy sexy. Pero muy a su manera, combinaba el mandato libertario de los sesenta con el protestantismo atrabiliario anglosajón.
Y sí que me divertía con mi empleo. Hacía cuanto estaba en mi alcance (lectora de la Brontë, y entonces devota de Browning —he perdido el júbilo por su poesía) por
traducirles a los rancheros gringos dónde y de cuál calidad tenían las partes privadas las vacas mexicanas y de qué género eran sus porciones públicas.
Uno de esos rancheros incluso me ofreció empleo. Conservo en mis archivos una carta que me envió por correo (no había entonces de otra), membretada, del King Ranch. Si
hubiera aceptado su oferta, mi vida hubiera sido otra.
En esa otra vida, RancheraYo tengo el cabello teñido de platino y llevo implantes en mis protuberancias
anteriores; también ya pasaron la tijera y el bótox por mi cara; uso siempre tacón alto, posiblemente
zapatos dorados, incluso para ir al mall; diario paso horas en el gimnasio; tengo la cartera llena de billetes y
bienes diversos. RancheraYo soy otra yo, absurdo porque no sé sino ser yo misma hasta el fastidio. Pero lo
más obtuso es que RancheraYo también yo soy escritora.
RancheraYo escribo libros muy leídos. Son en parte autobiográficos. Cuento, con eficacia, la historia de
mis pesares familiares, cómo dejé México empujada por éstos y cómo me tomó el pelo el vaquero rico (en
la realidad no creo que él tuviera un pelo de ganas de tomármelo). Reseño cómo huí de sus garras y escapé
con riesgo de las grandes extensiones de tierras, escondiéndome entre el numeroso ganado. O no, porque es
ridículo, mejor pensemos que huí a bordo de un jeep camuflado, después de seducir a un soldado de la base
militar cercana, vestida de hombre. Aunque lo de vestida de hombre, en ese personaje que fui yo, es tan
improbable como verme escondiéndose entre vacas.
No funciona esto de “vestida de hombre”.
Propongamos que en la desesperación, orillada por la violencia, disminuida, humillada, me veo esquinada a
ofertar mis encantos, con tal de encontrar escapatoria.
Pero lo de ofertar encantos no cuadra, no está en mí (tampoco cabe la idea de que yo lo proponga, ¿en qué
estoy pensando?). Pero… porque un pero hay… ¿esa yo que no fui, la RancheraYo, tiene algo en común
conmigo, de modo y manera que yo puedo juzgar cuál es su brújula moral? ¿Hay algún punto de contacto
entre ella y yo? No puede haber roto del todo conmigo, para afirmarlo tomemos en cuenta el hecho, muy
significativo, de que ella es también escritora.
Sea como haya sido, el hecho es que RancheraYo dejé el cautiverio al que el millonario texano me tenía
sometida, y me abrí paso en la arisca Texas. En uno de los libros que escribí siendo RancheraYo, sin duda
el más famoso, cuento con pelos y señales cómo fue mi caída y rehabilitación en y del alcoholismo, mi conversión a la Fe-Equis-Ye-Zeta, en la que sucumbí por las artes de
convencimiento de un pastor de buenos bigotes —asiduo al bar que yo entonces frecuento—, un pícaro y notorio ladrón.
Soy una conversa ejemplar, hablo lenguas y levito de lo más lindo (y cómo no, si soy un alma perdida, sin raíz, sin base: soy puro vuelo*), me creen una elegida, una santa;
me visitan a pedirme favores, milagros que concedo a veces. Dejo la conversión al comprender el alcance de los fraudes de mi guía pastor, que para entonces ya está en Brasil,
hamacándose bajo palmeras de coco y dátiles, refugiado ahí de la persecución del FBI.
Pasan unos meses, y el FBI me contrata, con el ranchero rico, yo había aprendido a usar armas de mediano alcance, un breve entrenamiento de la institución me torna en la
agente perfecta para atrapar al defraudador del que yo misma fui víctima.
Viajo al Brasil, con una falsa identidad. Mis espectaculares implantes de senos, mi dorada cabellera, mis tacones y los entallados pantalones en telas metálicas llaman la
atención de un extraño millonario. Las incontables horas en el gimnasio comienzan a dar fruto (el texano millonario no supo para quién trabaja). Me enredo con el millonario
dicho. El güey abandona a su mujer. Ella lo demanda. En un golpe inesperado, la cuasiex es acusada de tráfico ilegal de diamantes y de amigarse con dictadores caníbales. Las
revistas sensacionalistas más leídas publican fotografías, donde la ex de mi Réis aparece codeándose con torturadores de piel oscurísima, algunas bastante comprometedoras.
Ganamos la demanda, la ex ha perdido toda cualidad moral, los medios la hacen picadillo. Poco después, el FBI me informa que mi amante millonetas es un afamado
proxeneta. Mucho me dolerá, pero no hay mayor problema, porque mi Réis me ha depositado en una cuenta a mi nombre en Guyana una cantidad fabulosa de euros.
No sé bien por qué, tal vez empujada por los aires en boga, entrego a mi ex millonetas a las autoridades, y regreso a cazar al pastor, que ya para entonces ha dejado las
palmeras brasileñas, alertado por alguna de las víctimas de mi amante transitorio —de cuyo nombre no puedo olvidarme, dado su legado perdurable, contante y sonante—. El
pastor se ha resignado con Punta del Este, donde doy con él tras visitar el hotel donde murió Amado Nervo, sólo porque a Nervo me lo recitaba mi papá de niña.
Doblada por mi ataque de melancolía memoriosa, cometo el desliz de llamar por teléfono a la casa paterna. Mi madrastra contesta el teléfono, a nadie sorprenda (y esto es
realismo básico) que se niegue a comunicarme con mi papá. Sobrepasada por mi historia miserable, me empino de un golpe una botella repleta de barbitúricos. El médico en
residencia en el hotel donde me hospedo, se prenda de mi persona, perjura que no son mis encantos físicos.
Etcétera. El etcétera se enreda. La enfermera tiene un amante que fue compañero de mi maestra de español en segundo de secundaria. Intenta convencerme de que… Y paro
los etcéteras porque esto se pone peor que los cuchillos y la estufa. Y porque, en realidad, la vida de RancheraYo no me interesa ni un bledo partido por la mitad.
Pude haber sido otra. Pude haber seguido a mi amiga del alma, Hanna Bravo Mancera, enfilarme con ella a la guerrilla centroamericana en un acto heroico de exaltación
revolucionaria. Y pude morir sacrificada por la causa, o no. Lo que no puedo hacer es detenerme aquí en esta otra vida ficticia que no quise tener, que no tuve.
En realidad sólo he tenido la vida que he querido. Miro hacia atrás y pienso qué gafes de la propia hubiera deseado no cruzar, o en cuáles hubiera sido mejor no
empantanarme. Pero es imposible. Lo que quise, lo tuve. Lo que quiero, es otra cosa.
Porque —antes de dejar el continente de lo que pude haber sido y no fue— recuerdo otra: tal vez, conjeturo, si mi mamá no hubiera muerto, si yo no hubiera roto, si mi
persona contenía desde antes de esa pérdida una fractura —por mi generación, por mi tiempo, por mi psicología—, tal vez, rompiendo contra una irrompible, yo hubiera sido
cantante, y hubiera pertenecido a la generación de José José, con sus Barcas y sus Tristes y los Roberto Cantorales. Tal vez en lugar de ensayar con el hijo de la Titi Calles,
mujer entonces de José José, yo hubiera podido ser colega del estrella. Y habría tenido otro gusto, bastante capuchín. Pero incluso ahí habría escrito un libro.
Que no habría sido un bestseller internacional, o nacional, sino sólo motivo de burlas y objeto del ridículo. Porque una cosa es Manhattitlán, y otra distinta las ciudades del
norte.
El tiempo lo cura todo. Mal que bien, me fui acostumbrando a FacebookYo. Conviví conmigo tan bien o tan mal como el resto de mi persona, que se me volvió parte de la
batalla cotidiana, otro más en la arena, que, aunque estuviera lejos de ser un protagónico, contaba. Un miércoles sí y uno no, el día de mi columna en el periódico, abrí
FacebookYo para subir mi columna periodística a Facebook. Ese día me ponía al día —si me alcanzaba el tiempo—, aceptaba amigos, leía mensajes, etcétera. Pero el
miércoles pasado, cuando intenté subir la columna quincenal, no hubo tal: FacebookYo había muerto. La esquela decía: su página ha sido deshabilitada.
Quede bien claro que mi muerte no fue un suicidio. De haberme matado yo, habría dejado una nota explicando mis motivos. Antes de cortarme las venas, me habría despedido
por escrito, explicando las razones de mi huida. Pero no fue voluntaria mi muerte. Un golpe inesperado…
Leí las justificaciones por las que Facebook optó por asesinarme. Lo juro: no transgredí ningún lineamiento. Alguien debió acusarme falsamente, denunciar el contenido por
motivos ajenos a mí o al contenido de la página de FacebookYo. Si bien no vi todas las fotos que los amigos subieron al perfil, y en honor a la verdad ninguno de los videos,
no hay duda de que no son los culpables de este desenlace: me habría enterado si alguna o alguno hubiera sido “inconveniente” (suponiendo que alguna foto mía pueda ser
inconveniente; a estas alturas más bien pueden servir para catálogo de horror).
Alguien me infamó. ¿Tal vez en esa última ronda piqué una tecla invitando no a alguien que deseaba ser mi amigo, sino a una recomendación de un amigo ya existente? ¿O
fue simplemente un enemigo, alguien que preferiría verme desaparecer del todo?
Escribí a Facebook pidiendo “des-deshabilitaran” mi cuenta, solicitándoles mi resucitación. Pero no me permitieron lazarear, o no hasta hoy, cuando escribo tres semanas
después de mi muerte. Sigo falleciente, o fallecida.
No me sienta bien. Nada más apetecible que lo imposible: quiero me regresen mi FacebookYo. Olvido cuando me fue detestable.
Lo exijo. Y qué más da, bien puedo bailar tango o gritar o ponerme en huelga de hambre. Es inútil: el dios de Facebook es inamovible. He caído de su gracia. Todo será en
balde.
Me asaltan tres preguntas. La primera es curiosidad elemental: ¿Facebook-Quién lo hizo, acusándome de un crimen social que no cometí? Lo fácil habría sido simplemente
ignorarme, pero es alguien más emprendedor, un golpeador en la oscuridad. Tengo mis candidatos, conociendo cómo se las gastan. El motor pudo haber sido la envidia.
¿Quién podría envidiarme? Eso es otro tema: los que envidian, los que tienen a la envidia como motor en su camino, emponzoñados… Los reconozco.
Ustedes también. La envidia es el hermano espurio de la ambición, el cáncer que crece al costado de los creadores. Y aquí sí cabe esta palabra.
La segunda pregunta viaja al terreno de las hipótesis: ¿me habría detestado mi asesino si yo hubiese sido la RancheraYo? ¿Gané ese enemigo años atrás, cuando no fui lo que
pude haber sido? ¿Habría sido un fan incondicional de los poemas que la RevolucionariaGuerrilleraYo publicara en rimbombante editorial revolucionaria? Probablemente,
porque a su bajeza le gustaría pertenecer a un gremio, no sentir ni pensar en cabeza o corazón propio, involuntario conocedor de su insignificancia.
La tercera: ¿el culpable habría sido un seguidor ruidoso de los poemas que RancheraYo publicaría en un volumen gordito aunque de pequeñas dimensiones, de portada rosa
mexicano, vendido en los Starbucks y Barnes & Noble, libro de cabecera de imponderables políticos del vecino del norte? Contesto lo mismo que a la segunda pregunta que
lancé. El que no sabe pensar con cabeza propia, el cobarde, el borrego…
Pero en todo caso, esa es otra historia.
Carmen Boullosa. Escritora. Su más reciente libro es La virgen y el violín.
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Fecha: 03/11/2010
Modos de contar
S. Hernández Padilla
En el sueño de la vida frecuentemente la realidad me despierta y remueve mis nostalgias. Si abro el álbum de recuerdos aparece la fotografía de mi abuelo paterno. Cada
domingo lo visitaba en su casa. Después del tercer toquido abría la puerta y aparecía con su informal atuendo finsemanero: una gorra deportiva que, en lugar de aplacar,
encrespaba hacia los lados su cabellera blanca. Pero esa indocilidad no era solamente capilar, sino un rasgo acentuado de carácter. Dedicado al comercio de calzado, había
recorrido México entero. En su natal Abarca, pueblo zapatero del Bajío, no se aficionó por el palenque o las corridas de toros, como la mayoría, sino por la lectura y la buena
música. Su madre, que vivió en Estados Unidos, le enseñó inglés y algo de francés.
S
iempre estuve encariñado de mi abuelo. Aquellas reveladoras mañanas, don Calixto, le llamaban con
aprecio sus amigos, comenzaba a contarme historias de la Revolución que no venían en los libros que leíamos
en la escuela. Como la aparición del cometa Halley, ocurrida meses antes del levantamiento maderista. La
gente decía que dichos cometas anunciaban guerras, epidemias y hambre. Se sabía que los chinos, en cuanto
tenían noticia del paso de esas “estrellas humeantes”, desempolvaban escobas para “barrer con el mal”. Pero
en México, país de las desesperantes esperas y sorpresivas locuras, el Halley acompañó las noches en que a
Francisco Madero, un hacendado norteño fanático del espiritismo, le dio por “comunicarse” con el Padre
Celestial. Tanto anduvo Madero por las nubes que “desde arriba” recibió una orden: nada más y nada menos
que desalojar del Castillo de Chapultepec a Porfirio Díaz, general ganador de batallas y medallas, y benefactor
del país en jubilatoria retirada que adelantó don Panchito debido a su obsesionado alucine. Madero juraba que
en las reuniones de los miércoles y sábados los espíritus le decían al oído “estás llamado a prestar
importantísimos servicios a la patria”. En un abrir y cerrar de ojos, su “hermanito José” lo convirtió en
“soldado de la libertad y el progreso”. Después, en pleno delirio místico, comunicó a sus papás: “He sido
elegido por la Providencia”. Ni tardo ni perezoso empuñó la escoba del antirreeleccionismo, que una década
atrás había utilizado sin éxito la oposición liberal. La etapa liberal de los Flores Magón le fue útil a Madero,
sin embargo, para sacar de Palacio Nacional a don Porfirio. Díaz, por su parte, interpretó la aparición del
cometa, la noche del miércoles 18 de mayo de 1910, como ocasión propicia para llevar a cabo una selectiva
limpia en el primer cuadro de la “gran ciudad de los palacios”, en donde se llevarían a cabo, durante el mes de
septiembre, las fiestas del Centenario. El ayuntamiento de la capital se gastó una millonada para presumirle al
mundo “el orden y el progreso”. Cubrió los gastos de estancia de los periodistas extranjeros para que hablaran
bien de un gobierno que frecuentemente encarcelaba, desaparecía o forzaba a sus enemigos a tomar el camino
del exilio, como fue el caso de los hermanos Flores Magón, opositores de la dictadura, aunque muy
fanatizados por el ideario anarquista. En el historial de esos rebeldes se cumplieron infinidad de amenazas,
encarcelamientos y clausuras de su periódico Regeneración. Huyeron a Estados Unidos para salvar el pellejo. Sin embargo, en el “país de la libertad”, se la pasaron tras las
rejas por pregonar y poner en práctica sus ideas libertarias.
En México el gobierno echó la casa por la ventana para quedar bien con los invitados. Total, los gastos corrían por cuenta del erario, es decir, de los impuestos que paga la
obediente mayoría sometida por una minoría habilísima en el arte del caravaneo con gorro ajeno. Y acomodando a sus “distinguidos huéspedes” en renovadas butacas de
salones y de teatros, les ofreció los mejores vinos y, además, los puso a escuchar las modernizantes voces de sus comparsas intelectuales: los caudillos culturales de ese
entonces, que discurrieron sobre poesía, teatro, pintura, danza, historia y literatura. También sobre diversos deportes como el cricket, el tenis, la caza del zorro y el tiro al
pichón. Tras bambalinas, la policía, a garrote limpio, desalojaba de las principales avenidas a los limosneros. A los indios, “por prietos”, se les prohibió entrar a la capital de
un país con gran población indígena. Como parte de esa operación de “blanqueo”, las dos estatuas de los Indios Verdes fueron trasladadas del Paseo de la Reforma a un barrio
proletario. Luego, para concluir las fiestas del Centenario, la noche del 23 de septiembre de 1910, tuvo lugar en Palacio Nacional un fastuoso baile al que asistió lo más espeso
de la crema y nata. Según los periodistas de sociales, el sarao se convirtió en “cuento de hadas”, a excepción de lo ocurrido la noche del 15 durante la celebración del Grito en
el Zócalo. Justo en el momento en que Porfirio Díaz ondeaba la bandera tricolor y hacía repiquetear la campana de Dolores desde el balcón central del Palacio Nacional, la
muchedumbre congregada en la plaza gritaba “¡Viva Madero!”. Los porfiristas se vieron en aprietos: sudaron la gota gorda para calmar y convencer a sus alarmados visitantes
de que no pasaba nada. Pero la realidad, acostumbrada a hacer acto de presencia con o sin invitación, aguó el jolgorio y las fiestas del Centenario terminaron en llovizna
antirreeleccionista.
Mi abuelo contaba que a los seguidores de Madero no les fue mal económicamente bajo el gobierno de Díaz. Que Álvaro Obregón, triunfador indiscutible de la Revolución
mexicana, era un próspero granjero sonorense que exportaba a Europa grandes cantidades de garbanzo. Pero él, como los demás miembros de la dinastía sonorense y la
naciente clase media mexicana, era sumamente ambicioso: esos grupos sentían que la elite “científica” no los dejaba avanzar hasta donde ellos querían, o sea, hasta la primera
fila de luneta en el Teatro del Poder. Que de 1876, año en que se inicia el Porfiriato, hasta 1910, no hubo rotación de puestos. Que durante todo ese tiempo los miembros del
gabinete porfirista fueron los mismos. Basta mirar las fotografías de la época. Llegaban jóvenes a gobernar y envejecían en el puesto. Por eso, luego de esperar en plateas a lo
largo de 30 años, los grupos emergentes decidieron desalojar a los “científicos” del espacio del que se habían adueñado. Por el lado de la oposición radical, no fueron pocas
las ocasiones en que Ricardo Flores Magón, desde las páginas de Regeneración, advirtió que no mejorarían los de abajo cambiando a un presidente por otro. Pero muy pocos
le hicieron caso. Porque, aparte de ser un negrito en el platón del arroz criollo, el rebelde oaxaqueño era anarquista en un país de raigambre autoritaria. Total que don Panchito
llegó a la presidencia, pero hizo tan mala limpieza que Victoriano Huerta, su propio general de división, lo traicionó en la Ciudadela, y desató la Decena Trágica. Madero fue
asesinado y se inició la guerra civil. Todo se puso color de hormiga y en río revuelto ganaron los pescadores que tenían mejores redes. México se volvió un caos, empezando
por la capital. Cuando se desató la violencia, miles de campesinos y casi todos los hacendados abandonaron el campo. El desabasto de víveres se sintió duramente en la
ciudad. Además, las constantes “voladuras” de vía férrea, efectuadas con el fin de impedir el desplazamiento de tropas, dificultó el suministro de provisiones. Tanta
“revolución” en “beneficio del pueblo” convirtió pan, tortillas y frijol en artículos de lujo. Para obtener un kilo de éstos se pagaba mucha plata, y había que hacer cola varias
horas. Aumentaron los asaltos en las calles y también los robos a las casas.
Las epidemias de escarlatina, viruela negra y tifo abarrotaron de muertos “La Gaveta”, el tranvía popular que recogía los cadáveres en el jardín de Loreto y los llevaba a la
fosa común en el panteón de Dolores. Muchos murieron envenenados al comer carne de rata para mitigar el hambre. Cuando la gente no encontraba qué comer, se ahorcaba o
deambulaba por el rumbo de la Ciudadela, deseando que una bala perdida la despertara en el otro mundo. Todo andaba de cabeza, empezando por la economía. Las tres
pandillas en pugna, carrancistas, villistas y zapatistas, se disputaban la capital, y cada vez que la recuperaba alguna de esas facciones, los jefes imprimían papel moneda para
cubrir sus “gastos revolucionarios”. Había un exceso de dinero circulante: “sabanas” zapatistas, “dos caritas” y “coloraditos”. Casi todo el comercio capitalino lo controlaban
los tenderos españoles, que sólo aceptaban el dinero carrancista. La gente odiaba a los gachupines por usureros, y recurría a los empeños para obtener efectivo. Casi siempre
perdía sus escasas pertenencias porque no podía pagar la deuda el día de su vencimiento.
Una tarde en Abarca, mi abuelo estuvo a punto de ser llevado por la leva. Corrió sin parar hasta una zona boscosa de las afueras del pueblo. Subió a un árbol y se quedó
quietecito mientras abajo pasaban los encargados de enrolar a los hombres por la fuerza. Mentira que la gente se enlistó en el éjercito por ideales. Sólo unos cuantos lo
hicieron. La mayoría se enroló por conveniencia. Ganaban más de soldados que trabajando en las fábricas o en el campo. Además, los jefes prometían “manos libres” en la
toma de ciudades y de pueblos. Villistas y carrancistas se dieron gusto en la obtención de botines. Y aunque los “carranclanes” se ufanaban de ser constitucionalistas, mucha
gente les temía porque no hacían otra cosa que clavar sus “quince uñas” donde quiera que podían. Y ya entrados en “la bola”, unos iban a la pena y otros a la pepena. Para
miles de mujeres, el ejército también se convirtió en ganapan. Unas cuantas “adelitas” se fueron tras de sus “juanes” por amor y abnegación. La mayoría de ellas ofrecía a los
soldados servicios de todo tipo a cambio de buena paga. Aseguraban que nada tenía de romántico andar encendiendo fogones para cocinar, fregar trastes, lavar ropa y en la
noche complacer a su señor.
E
staba por concluir 1914 cuando las tropas de Villa y Zapata ocuparon la ciudad de México y desconocieron
a Carranza. Posteriormente, en la Convención de Aguascalientes pronunciaron discursos radicales, que de ahí
no pasaron. No obstante, el gobierno gringo se alarmó y envió marines a ocupar Veracruz. Ahí, los invasores
esperaron a Carranza, que venía en retirada desde la capital del país. Ya en posesión del puerto jarocho, con el
auxilio de los vecinos de allende el Bravo, los constitucionalistas recuperaron no sólo el aliento, sino también
dinero y armas. Casi siempre por las malas, convencieron a obreros y campesinos de que villistas y zapatistas
no eran su revolución. La terca necesidad, que siempre pone contra la pared las ilusiones, empujó a miles de
jornaleros hacia Estados Unidos, porque en México se estaban muriendo de hambre.
Tres veces al año mi abuelo renovaba sus gavetas con nuevas muestras de calzado y se marchaba a ganarse el
pan. Unas veces hacia el norte. Otras rumbo al sur. Cuando esto último sucedía, llegaba primero a México, que
en aquel entonces se había convertido en permanente escenario de tragicomedias. En la capital tenía varios
clientes y levantaba buenos pedidos. Pero, a partir del barullo revolucionario, las ventas habían bajado y ya no
vendía como antes. Sólo los ricos que permanecieron en la capital hicieron su agosto en noviembre, lucrando
con la necesidad de la gente. Pero ese gusto no les duró mucho debido a que el hampa se dedicó a robarles
“revolucionariamente”. Era un secreto a voces en los cafés y cantinas que frecuentaba mi abuelo que el
hampón Higinio Granda, al ser nombrado capitán por el comandante militar de la ciudad, el general Amador
Salazar, organizó la Banda del Automóvil Gris. La historia de esa pandilla se inició al anochecer del 9 de
febrero de 1913, cuando los generales Félix Díaz y Manuel Mondragón asaltaron la cárcel de Belén con el
pretexto de liberar a Bernardo Reyes y derrocar a Madero. La intentona fracasó, pero un grupo de presos
aprovechó la ocasión para fugarse. Entre ellos, Granda, quien reinició sus actividades en el robo a gran escala.
Higinio conformó un “selecto grupo” de antiguos compañeros de prisión. La selección incluyó a mafiosos de
la talla de Amador Bustínar, apodado el Pifas, un auténtico maestro cerrajero.
Tanto que en una ocasión el jefe de cajeros del Banco Nacional de México se quedó accidentalmente
encerrado en la bóveda mayor. Entonces, los funcionarios del banco solicitaron ayuda a los expertos de la Casa Mosler. Los técnicos no consiguieron abrirla. Alarmados, los
banqueros decidieron visitar al director de la cárcel de Belén para pedirle que permitiera salir al Pifas, quien cumplía una de tantas condenas. En cuestión de segundos,
Bustínar abrió la hermética caja. No cabe duda —acotaba mi abuelo— que “política y delito son parientes muy cercanos. Y aunque en público se desconocen debido al qué
dirán, en privado se llevan de lo mejor, salvo cuando alguien se pasa de listo y hacen ajuste de cuentas”.
Además del Pifas, Granda reunió a Rafael Mercadante, Manuel Palomar, Santiago Risco y Enrique Rubio, “niños bien” transformados en malosos por cuestiones de dinero y
altas pretensiones. En esto último se hermanaban con Ramón Beltrán y José Refugio Hernández, dos lúmpenes que se las daban de finos. Completaba el grupo Mariano Sansí,
apodado El apache porque tenía ojos verdes, piel acanelada, larga melena y arracada en la perilla de la oreja izquierda. Era todo un galán que enamoraba a morir a las damas
de la buena y la mala sociedad.
Los integrantes de la Banda del Automóvil Gris se reunieron en la cantina El Grano de Arena. Ahí, tras algunos tanteos para evitar “chivatazos”, Granda les comunicó su plan.
Se sabía que los consejeros políticos de Emiliano Zapata habían puesto en práctica el cateo domiciliario, como treta para descubrir a los enemigos de su causa y apropiarse de
los arsenales que escondían los simpatizantes carrancistas. Una vez nombrado capitán del Estado Mayor del general Amador Salazar, Higinio Granda obtendría las órdenes de
cateo para entrar a las casas de los ricos a robar “amparado por la ley”. Una vez adentro de las mansiones elegidas, la banda se dedicaría a buscar dinero y joyas. Todo se
inició a pedir de boca. En cada robo los hampones levantaban un inventario y aseguraban a sus víctimas que los bienes encautados serían escrupulosamente depositados en la
Inspección General de Policía. Para que ahí, una vez efectuadas las “averiguaciones correspondientes”, les fueran devueltas sus pertenencias al no comprobarse la existencia
de arsenales.
Después de varios atracos efectuados por la banda, el general Salazar fue informado de que un grupo de delincuentes poseía órdenes de cateo firmadas por él. De inmediato le
llegó el pitazo a Granda, quien no tardó en idear otra estrategia. La banda optó por el secuestro de empresarios, nacionales y extranjeros, y también de “niñas bien”: muchas se
enamoraron perdidamente del Pifas, de Higinio, y por supuesto de Mariano Sansí, a quien ya le decían “el apache francés” por ser el gigoló más solicitado y cotizado.
No faltó quien pusiera al tanto de las actividades de la banda al siniestro Antonio Villavicencio, antiguo matón a sueldo al que se había nombrado jefe de la policía secreta
como “reconocimiento” a su ascendente carrera de matarife profesional. A Villavicencio le informaron que en la casa ubicada en la esquina de Cocheras y Santo Domingo, en
la temible Colonia de la Bolsa, podía encontrar a Higinio Granda, quien frecuentemente visitaba a Isabel León, su “segundo frente”. Hasta la casa de Chabelita llegaron varios
“secretas” que se apostaron en azoteas y zaguanes. Fueron tantos los agentes enviados a realizar la captura que Granda no opuso resistencia y confesó sus fechorías. Higinio se
mostró compungido y solicitó clemencia, que no le fue otorgada. La banda se dispersó. Sin embargo, más tardaron los carrancistas en recuperar la capital que Granda en
escapar nuevamente de Belén. Una vez más lo favoreció la suerte, porque Francisco Oviedo, uno de sus mejores amigos, fue nombrado jefe de la “Reservada”. Así que
Granda formó una segunda banda. El plan era el mismo que el anterior, salvo que ahora presentarían órdenes de cateo firmadas por autoridades carrancistas. Conforme
aumentaban los asaltos, crecía el rumor de que el verdadero jefe de la banda era el general Juan Mérigo, amante de María Conesa, la famosa tiple conocida como La gatita
blanca, a quien obsequiaba algunas de las joyas robadas. Se rumoraba también que por encima de Mérigo estaba Pablo González, general obregonista admirador de Mimí
Derba.
Un día, Granda comenzó a recibir cartas de un misterioso personaje que le exigía, a cambio de no ser detenido, robar las arcas de la Tesorería General de la Nación. Con
pruebas de por medio, el misterioso personaje le recordaba que lo tenía perfectamente ubicado. A Granda no le quedó más remedio que obedecer. Cuando llegó con su banda
a Palacio Nacional, constató que los guardias, en lugar de oponer resistencia, les franqueaban el paso hasta las arcas. Consumado “el golpe maestro”, los miembros de la
banda, con excepción de Granda y Oviedo, fueron detenidos y “suicidados”. Acto seguido, el voluminoso expediente judicial del Automóvil Gris se reportó como extraviado.
Solamente el presidente Álvaro Obregón, y Pablo González, general de sus confianzas, conocieron el trasfondo de esa historia de política y delito.
Mi abuelo advertía que la historia tiene mucho de mentira, aunque parezca verdad. A mí me encantaba escucharlo. Sus dudas contrastaban con las inapelables certezas de mis
maestros y de los libros de historia. Decía que Zapata nunca conoció la pobreza. Que fue un próspero ranchero, dueño de tierras, caballos y finos trajes de charro. No trabajó
jamás como jornalero. No obstante, los campesinos de Anenecuilco, Morelos, lo admiraban porque no querían ser pobres, sino afortunados como él. Muchos labradores
morelenses le confiaron sus anhelos: recuperar las tierras arrebatadas por los hacendados. Esas injusticias tampoco las conoció Emiliano, pero se compadecía de quienes las
sufrían. Muy diestro para amansar caballos, Zapata se dio cuenta de que también le era posible lidiar con la gente y dirigir sus empeños. Por eso, cuando Madero se opuso a la
reelección de Díaz, no le regateó su apoyo: vio la posibilidad de matar dos pájaros de un tiro: una oportunidad para que sus representados recuperaran pacíficamente sus
tierras y convertir en realidad una secreta ambición: hacer carrera política. Pero Madero falló por partida doble: embrolló el asunto de las tierras con cuestiones legaloides, y
en lugar de la gubernatura de Morelos, posición que ambicionaba el dirigente suriano, le ofreció únicamente la jefatura de policía de Cuernavaca. Zapata le declaró la guerra.
Dedicó todo su tiempo a la oposición política. En ese bando, tampoco le favoreció la suerte. Sin embargo, el destino lo hizo pasar a la historia como héroe de las causas
campesinas. A la gente le encanta tener mártires para luego volverlos héroes. Además de dar sentido a su vida, los mitos dan empleo a políticos y sacerdotes, que son sus
mejores ejecutantes.
Cuando llegó el momento de hablar de Pancho Villa, mi abuelo opinó que, a pesar de las desmesuradas biografías y las infinitas películas que sobre él se habían filmado, el
Centauro del Norte fue, en realidad, un pintoresco rufián. Era dicharachero, enamorado y simpaticón, lo mismo que despiadado y asesino. A pesar de ser analfabeta, su astucia
le permitió aprender lo que todo sabe: a la gente se le entretiene y controla con un poco de pan y otro tanto de circo. Los timadores hicieron aparecer a Villa como el Robin
Hood mexicano, asaltador de los ricos, dadivoso con los pobres. Pero en cada atraco, él y sus principales secuaces se quedaban con los fajos de billetes y repartían las
monedas a la tropa. A diferencia de los seguidores de Zapata, que creyeron a pie juntillas el cuento de la devolución de tierras, los partidarios de Villa querían enriquecerse de
la noche a la mañana. Reclutarse en la “bola” villista o carrancista resultaba buen negocio. Se ganaba más de soldado que sembrando cosechas o trabajando en las fábricas.
Para la mayoría de la gente, la tan mentada revolución no fue cuestión de idealismo sino de sobrevivencia. Sin embargo, no faltan en todo mitote revolucionario los que ven
romanticismo en donde no hay más que pragmatismo. Tal fue el caso del periodista estadunidense John Reed, quien escribió, en México Insurgente, las crónicas más
entusiastas sobre Villa y sus ejércitos. Tiempo después, cuando lo enviaron a Rusia, ensalzó a los bolcheviques en Diez días que conmovieron al mundo. Pero murió
desilusionado, porque las cosas ocurrieron de manera diferente a como él las había imaginado.
Las mismas reservas le tenía mi abuelo a Venustiano Carranza, porque antes de rebelarse contra
Victoriano Huerta envió a sus emisarios para llegar a un arreglo. Huerta no los recibió y fue a partir
de ese desaire que el Barón de Cuatro Ciénegas desconoció al usurpador. Pura ambición política.
Tras la renuncia de Huerta, Carranza fue reconocido como Primer Jefe Constitucionalista. Se volvió
antipático y paternalista. Le dio por presumir de aristócrata en medio de un puñado de jóvenes
oficiales interesados en acrecentar fortunas. A Obregón y otros miembros de la dinastía sonorense, la
Revolución les dio oportunidad de poner en práctica sus elevadas ideas: trepar sin importarles el
número de cabezas que debían cortar. Y, finalmente, cuando atravezaron el río, “los bárbaros del
Norte” llegaron a la orilla triunfantes, aunque completamente enlodados.
Es extraña la manera en que vivía la Revolución en la mente de la gente. Sobre José Vasconcelos, mi
abuelo opinaba que fue un maderista leal y sincero. Demasiado culto para un medio intelectualmente
indigente. De joven, no fue oportunista como el ideólogo Luis Cabrera, ni camaleónico como la
mayoría de los miembros del Ateneo de la Juventud. Sin embargo, cuando su desmesurado
egocentrismo lo empujó de lleno a la política, comenzó a dar traspiés. Como ministro de Educación
del obregonismo, se le desató lo demagogo y, en uno de sus arranques de populismo aristocrático,
editó por millares a los Clásicos, en un país mayoritariamente analfabeto. Con su filosofía ampulosa
imaginó una raza que de cósmica no tenía más que el resplandor de los colores del estandarte
guadalupano. Se creyó un Ulises Criollo y su aventura como candidato presidencial en 1929 naufragó
en el desencanto. No obstante, logró cruzar el río Bravo. Pero en la orilla mexicana dejó vestidos y
alborotados a los guerrilleros cristeros dispuestos a defenderlo contra el fraude electoral callista. El
mal tiempo arreció y se convirtió en la tormenta que empapó de amargura y cinismo a Vasconcelos.
A partir de entonces se dedicó a hacer humillantes antesalas ante el presidente en turno, para solicitar
prebendas. Terminó como escritor a sueldo de José García Valseca, coronel y gran hampón de la
prensa nacional.
Corría el año de 1922, y en uno de sus viajes a Veracruz a mi abuelo le llamó la atención un tipo a
quien le decían el Monje Negro. ¡Sólo a él se le ocurría vestirse de color oscuro bajo el calor jarocho!
El personaje tenía un ojo de vidrio, gran melena y barba espesa. Se llamaba Herón Proal y fue sastre
hasta el día en que descubrió que tenía dotes de líder. Se dedicó a convencer, con proclamas
anarquistas, a la gente de los barrios para que no pagara renta. Sus prédicas tuvieron repercución
entre la legión de los sin casa y la pequeña accesoria del mesiánico Proal se convirtió en el santuario
del Sindicato Revolucionario de Inquilinos. Desde ahí, tan singular movimiento social se extendió a casi todos los rumbos de la ciudad. Llegó al Barrio de la Huaca, que era la
zona roja del puerto. Las mujeres, vueltas locas por Herón, dejaron de pagar renta y prendieron fuego a sus colchones: querían ser redimidas por el Monje Negro, prometedor
de mejores cielos, a cambio de seguir pecando. Ellas serían las primeras damas que habitarían el paraíso del amor libre. Sin embargo, no faltaron los que pusieron el grito en
el cielo: la tormenta de balas sembró las calles de muertos, llenó los hospitales de heridos y las cárceles de herejes. Tras las rejas, Herón Proal contempló la puesta en marcha
de algunas de sus demandas a favor de los sin casa. Los siempre comedidos y lambiscones políticos de partido juraron cumplirlas todas por órdenes del señor gobernador. Y
luego se dedicaron a dar atole con el dedo a los necesitados de siempre. Del movimiento que encabezó el Monje Negro anarquista sólo ha quedado un vago recuerdo opacado
por el pragmatismo oportunista de profetas ataviados con ropaje proletario. En fin, cosas que acontecen con frecuencia. Porque en amor y política, nadie sabe para quién
trabaja.
De Veracruz, mi abuelo se fue a Yucatán. Y en esa remota península se enteró de la existencia de Felipe Carrillo Puerto, originario de Motul, aldea que fue el corazón de las
plantaciones de henequén. Hacia finales del XIX, la exportación de esa fibra enriqueció a la llamada Casta Divina, compuesta por familias yucatecas dueñas de enormes
haciendas. Mérida se convirtió en botón de muestra de una ostentación insultante. A lo largo del Paseo Montejo “los divinos” construyeron mansiones con relucientes
escalinatas de mármol que sus moradores casi nunca utilizaban porque subían al segundo piso en deslumbrantes elevadores franceses. No lejos de la llamada Ciudad Blanca,
en las haciendas de cultivo henequenero, decenas de campesinos enfermaban y morían de insolación, maltrato y desesperanza. Si alguno se rebelaba, no tardaba en recibir una
fatídica tunda de latigazos. En repetidas ocasiones, Felipe, el mestizo pueblerino de “los ojos verdes”, así dieron en llamarle cariñosamente los trabajadores mayas, se jugó la
vida por ellos. En las noches, al escuchar un silbido, que era la señal convenida de antemano, se internaba sigilosamente hasta donde se encontraba el indígena golpeado, lo
montaba en el lomo de su yegua y furtivamente se alejaba. Un día fue sorprendido y recibió 25 azotes.
Bajo amenaza de muerte lo obligaron a irse de Yucatán. Pero Felipe ya le había tomado gusto a la voluble política. No obstante, una vez derrocado Díaz, el “agitador rojo”
equivocó su elección: en lugar de apoyar para gobernador al maderista José María Pino Suárez, apoyó a Moreno Cantón, un político local de gran popularidad, que resultó
perdedor. La equivocación le costó cara. De nueva cuenta logró escapar y se refugió en Morelos, donde se unió a los zapatistas. Poco después, los carrancistas enviaron a
gobernar Yucatán al sonorense Salvador Alvarado, dizque para redimir y hacer justicia a los campesinos mayas. La verdadera intención era obtener impuestos de una
provincia con economía boyante. La recaudación proporcionó buenas cantidades a los constitucionalistas. Carrillo Puerto regresó a Motul, organizó las Ligas de Resistencia y
creó un partido político. Sus problemas comenzaron cuando intentó expropiar algunas haciendas henequeneras. Pactó y desbarató mil alianzas, para continuar en la política
hasta que contrajo el mal que padecen todos los políticos profesionales: prometer mucho y engañar más. Obtuvo la gubernatura de su estado natal y se enamoró de la
periodista Alma Reed, “la peregrina de ojos claros y divinos”. Además de guapa, era bastante culta y tiempo después, de regreso a su país, fue una activa promotora de José
Clemente Orozco. Pero con Carrillo Puerto, el caudillo más romántico y poderoso de Yucatán durante la primera veintena del siglo XX, no pudo hacer mayor cosa. Todo
marchó más o menos bien durante el tiempo en que don Felipe gozó de buenos apoyos en el sur, pero cuando el olvido del centro pesó más, su poder declinó. La efímera
gloria se convirtió en el infierno que concluyó el 3 de enero de 1924, fecha en que fue asesinado.
La mirada de mi abuelo reflejaba indignación y tristeza cuando hablaba de la Guerra Cristera. La sonrisa se esfumaba de sus labios y la voz se le quebraba por la pérdida de
familiares y amigos. Pensaba que la religión fue solamente el pretexto utilizado por los jerarcas para iniciar el conflicto. Los del bando jacobino habían triunfado con la
Revolución. Pero en ese episodio la mayoría de la gente solamente había ganado desilusiones y muertos. Desconfiaban del gobierno. Y por supuesto, no lo apoyaban ni le
otorgaban simpatías. Es más, las masas estaban todavía bajo la influencia ideólogica de los clericales derrotados desde los tiempos de Juárez. Se encontraban agrupadas en
sindicatos católicos de obreros y campesinos. Para el gobierno, dizque revolucionario, encabezado por el Turco Calles, resultaba inaplazable arrancar ese poder a su enemigo
político: la burguesía clerical. Pretextaron organizar una iglesia mexicana aparte de la de Roma. Sus adversarios pusieron el grito en el cielo y lanzaron a su gente a una guerra
que de antemano tenían perdida. Porque en México ninguna intentona triunfa sin el apoyo de Estados Unidos. Tiempo después, firmaron unos acuerdos de paz precisamente
en el momento en que los verdaderos soportes del movimiento católico, es decir, los guerrilleros cristeros, de diez batallas ganaban nueve a los “pelones” de la atea
Federación. Miles de campesinos se sintieron traicionados por sus líderes civiles y se negaron a deponer las armas, a pesar de la amenaza de excomunión. A lo largo de esos
años, sobre todo en la región del Bajío y del Occidente, la gente que luchaba no solamente en defensa de su religión sino también por la distribución de la tierra, una de las
tantas promesas incumplidas de la Revolución mexicana, soportó todas las adversidades para que, a la hora de la hora, los dirigentes urbanos, sobrados de labia para la grilla,
pero faltos de arrojo y honor, les ordenaron deponer las armas. A regañadientes, algunos obedecieron.
Varios enloquecieron de decepción y masivamente se suicidaron en playas de Nayarit. Otros decidieron continuar por su cuenta y riesgo. Desde las sierras y acompañados de
unos cuantos sacerdotes que no los abandonaron, prosiguieron la batalla. Bravamente se lanzaron en contra de un gobierno que hacía de la demagogia la base de su sustento.
Quería imponer una supuesta educación socialista a una mayoría popular fervientemente católica. Pasó el tiempo y esa lucha fue menguando. Las delaciones, los asesinatos y
traiciones crucificaron el heroísmo cristero. Ese rescoldo de rebelión popular que llamaron “la Segunda” fue la mejor expresión de la valentía y nobleza de la gente entregada
a una causa ganada para la dignidad, pero derrotada por la ambición de poder de unos cuantos. A lo largo de esos años, Florencio Estrada y sus guerrilleros se convirtieron en
gente marcada: sacrificada por sus ideales y combatida por defenderlos. Antonio, un sobeviviente de esa implacable cacería gobiernista apuntó: “los cristeros eran unos lobos
con una cruz en la enanca, y aquella serranía de 300 kilómetros a la redonda, un corral donde tenían que dar vueltas y vueltas”. Finalmente, fueron doblegados por la fuerza,
pero no vencidos en su voluntad. Luego de ser literalmente cazados, los combatientes eran rematados mediante el tiro de gracia. A los huérfanos cristeros que iban dejando las
tropas del desalmado Joaquín Amaro, los recogía su esposa Elisa Aguirre para internarlos en el Asilo de la Divina Infantita de Mixcoac. De esos hechos de doble moral se
conocen varios más. Por ejemplo, en plena Guerra Cristera, la hija de Calles recibía en su casa a un sacerdote para que oficiara misa mientras su padre, el Turco, vociferaba
contra los curas. Toda esa hipocresía criollo-ladina de “la familia revolucionaria” fue sintetizada por Luis Cabrera, uno de sus principales ideólogos, cuando dijo: “en México
hasta los liberales somos católicos”.
Según mi abuelo, de la Cristiada se transitó al sinarquismo: un movimiento de ciudadanos que, aparte de ser tachado de fascista por el gobierno, también recibió su respectivo
baño de sangre. El domingo 2 de enero de 1946, en la Plaza de Armas de León, fueron acribillados por el ejército cientos de ciudadanos que participaban en una manifestación
pacífica. De esa masacre mi padre logró escapar, aunque llegó a casa mal herido, golpeado por un soldado que un poco más y lo mata.
Mi abuelo tampoco se tragó el cuento del cardenismo. Decía que durante la presidencia de Lázaro Cárdenas lo que en verdad aumentó fue el populismo. Que la
nacionalización petrolera de 1938 no sirvió para algo práctico, pero sí para acentuar la perenne demagogia mexicana. Que hasta que se descubrieron los yacimientos
petroleros en el sureste, los gobiernos del “milagro mexicano” tenían que importar petróleo. Por supuesto, en la borrachera populista cardenista no faltó el paternalismo del
Tata, quien cada fin de semana viajaba por el país para “ayudar a los más necesitados”. Y, sin decir agua va, descendía de su avioneta en las rancherías más apartadas. Los
lugareños se quedaban boquiabiertos cuando el señor presidente sacaba del portafolios sendos fajos de billetes que entregaba sin más a los jefes de familia, quienes ni tardos
ni perezosos se iban a la ciudad más cercana a gastárselo en parrandas: a los ocho o quince días no les quedaba ni tan siquiera para la cruda. En resumen, “la defensa de los
pobres” siempre ha sido el gran negocio que ha vuelto millonarios, de la noche a la mañana, a los políticos mexicanos. Ayer con la novela de la Revolución y hoy con el
cuento de la democracia.
S. Hernández Padilla. Profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Entre sus libros: El Magonismo. Historia de una pasión libertaria: 1900-1922 y
Todo es una eterna fuga.
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Fecha: 03/11/2010
Las ondinas
Anamari Gomís
Nunca en nuestra vida se nos hubiese ocurrido recibir semejante proposición. Las Ondinas aún llevábamos puesto encima el pellejo de la pubertad, eso se veía clarísimo,
aunque jugáramos a la pedantería. Leíamos mucho y, aunque ingenuas en cuanto a la experiencia personal, sabíamos de la vida. Pasamos nuestros ojos por varias páginas de
Lolita. Conocimos las malas intenciones de Humbert Humbert, hasta que mi papá descubrió la novela de Nabokov en nuestras manos y la requisó. Después nos cuidamos de
que no nos sorprendieran intrigadas por cuántas veces se le sube Juan Pérez Jolote a la muchacha que ha tomado por esposa. Nos interesaban mucho los amores de Gabriel y
Dora en La tumba de José Agustín y las ansiedades sexuales de Holden Caulfield de El guardián entre el centeno de J.D. Salinger, que conseguimos en español, porque la otra
Ondina, mi querida vecina Silvia, no leía en inglés.
U
n sábado por la mañana insistí en que devorásemos un cuento de Carlos Fuentes titulado “Las dos
Elenas”, el primero que aparece en Cantar de ciegos. Yo aún guardo esa edición, la de 1966, lo cual me
dice que apenas estaría acercándome a los quince años y que Silvia era un poco más joven. Por ese
entonces, la mamá de la Ondina-Silvia nos tejía cuellos de tortuga, no suéteres, sino unos canales de lana
que se doblaban sobre sí mismos, y crecían hacia los lados con una pequeñas prolongaciones cuadradas,
que se acoplaban dentro nuestras blusas wash and wear y combinábamos, según el color, con nuestros
pantalones y faldas. No sería, pues, extraño que nos sentáramos a leer “Las dos Elenas” en una de las
bancas de piedra del Paseo de la Reforma, a pesar del contoneo caluroso de una mañana, con las
gargantas encubiertas. La hija de la Elena grande encuentra sugestivo compartir su vida con dos
hombres, como el personaje de Jules et Jim de la película de François Truffaut. Cena con su marido
Víctor, al que llama nibelungo, en el Coyote Flaco, ubicado en Coyoacán, en la novohispana calle de
Francisco Sosa. No existe más aquel restaurante que el narrador de “Las dos Elenas” define como
gótico. Nosotras, las Ondinas, lo visitamos una tarde y apuramos sendos cafés, ataviadas de negro como
la Elena, aunque sin la cadena de oro con la jadeíta que ella lleva en el cuento, justo en la parte donde
dice que desea vestirse de marinero como Jeanne Moreau. Víctor y la Elena chica disponen de una casa
en Coyoacán, sitio distanciado de la perspectiva que en ese entonces las Ondinas hospedábamos de
nuestro entorno urbano. Ni la otra Ondina ni yo conocíamos a nadie que viviera en aquel barrio,
recorrido algunas veces con nuestros padres cuando paseábamos en coche por la ciudad. Las Ondinas
nos meneábamos por la Zona Rosa con holgura, porque era territorio habitual para nosotras. El edificio
donde residíamos se encontraba al oriente de la avenida de Los Insurgentes, en la colonia Juárez.
Durante aquellos años, en esa región transparente del D.F., pasaba todo: la Muestra Internacional dentro
del cine Reforma; sobre la avenida Juárez, poco antes de la Alameda, se encontraba el Ritz, donde
proyectaban películas de arte; había centros nocturnos a los que los de nuestra edad no podíamos asistir.
Los restaurantes, las librerías, el paseo nocturno de mis padres se imponían cerca del Centro de la urbe.
Por eso, para nosotras, las Ondinas, Coyoacán y su Coyote Flaco pertenecían al mundo de la literatura.
Al Pao Pao, un café cantante cercano, íbamos con cierta frecuencia, porque era el sitio donde algunas tardes tocaba el grupo de rock de mi primo, el único primo que tengo.
Tanto a la otra Ondina como a mí nos arrebataba el baterista de la banda, que llevaba el pelo a la Mick Jagger. ¿Cómo podía aturdirnos con su presencia, hasta sentirnos
torponas y estúpidas, cuando no recuerdo hoy el más mínimo detalle de su rostro? El nombre, sin embargo, no lo he olvidado: Nick, de Nicolás. Nick Rivera. Y tan unidas
estábamos las Ondinas, que no nos importaba a cuál de las dos podría escoger Nick, mientras una de nosotras se quedara con él. Así decíamos, aunque cada una, para sus
adentros, anhelaba ser la elegida, cosa muy poco factible, ya que el baterista nos llevaba casi diez años y nunca reparaba en nosotras. Se mantenía rodeado de guapetonas de
ropa vistosa, más culonas y pechugonas que nosotras las Ondinas, apenas extraídas del cascarón.
Con la intención de que se nos unieran Aurora, compañera de clase y, en especial, su hermana Marietta, el primo me invitó una noche a una fiesta, pero Aurora y Marietta
viajaron a Acapulco de último momento, y a mi primo no le quedó más remedio que llevarme con la otra Ondina de acompañante, condición sine qua non para que mis padres
me permitieran salir. Como Silvia-Ondina no desarrollaba aún las voluptuosidades de algunas amigas mías del colegio, donde mi primo daba clase de matemáticas, su
presencia no encendía a nadie del grupo de rockeros. Además, no destacaba por su estilización personal. Parecía uno de los Beatles mojado, de labios verdosos y pestañas
lacias e infinitas que yo precisaba rizarle con una cuchara para mejorarla.
La reunión se organizó, nada menos y nada más, que en una casa frente a la plaza de Santa Catarina, en Coyoacán. La noche, las luces de los faroles, la atmósfera del barrio
antiguo, el estremecimiento de saber que Nick se encontraría allí también, nos llevó a creer a la otra Ondina y a mí que el mundo estaba hecho para nosotras. “Ahora empieza
la vida”, me decía mi amiga, a quien yo llamaba Ondina y ella a mí, por aquello del nibelungo de la Elena chica, la de Fuentes, y porque mi papá adoraba a Wagner, y por
ende me había hecho conocer a los personajes mitológicos con los que el compositor alemán se nutrió para sus óperas, como las ondinas que amparan el oro del Rin.
Antes de la fiesta cardinal, donde Nick concurriría, el primo nos llevó a otra, allí mismo en Santa Catarina, pero del lado opuesto, en una antigua casona, aglutinada con una
iglesia. Muy pronto lamenté, no tanto así la otra Ondina, no hablar francés como Jeanne Moreau. En aquella celebración casi todos eran franceses, modernísimos, bailaban un
rock desaforado, en el que los hombres daban de volteretas a sus parejas. En aquellos movimientos extraordinarios, ellas no mostraban su ropa interior, dado que casi todas
vestían faldas rectas. “A mí se me verían los chones”, manifestó la otra Ondina, aludiendo a su vestido de naguas tableadas.
Las Ondinas nos sentíamos en una película de Truffaut, aunque no calibráramos qué significaba eso, ni el porqué del aliciente que le despertaba a la Elena chica el ménage à
trois ni tampoco por qué el filme Jules et Jim obtuvo clasificación para adultos. Con nuestros zapatos de tacón y el maquillaje, que yo había dispuesto con gran esmero para
ambas, relumbrábamos. La otra Ondina, mi obra de arte, fijaba la vista en los altos techos de la vieja construcción, en la amplitud de los muros, y decía que en realidad nos
habíamos metido en un cuento de Fuentes, aunque yo no estaba tan segura de tal cosa.
Siguiendo e imitando a los demás invitados descendimos por unos escalones hacia otro nivel, el de un antiguo sótano, suponíamos. Allí se accedía a un salón. El primo nos
impidió entrar a las Ondinas, no por santo, podíamos asegurarlo. Como en la exhibición de la película de Truffaut, la “clasificación” debía ser C, porque un tufillo
estrambótico despuntaba de inmediato. “Suban, en un segundo las alcanzo”. La otra Ondina me preguntó aterrada si aquel olor sería marihuana. Yo, su Mary Quant, su Vidal
Sasoon, que le había plegado la cinturilla de la falda para ponerla a la moda, le contesté que era tabaco de pipa, segurísima de mí misma.
El primo se dilató. Nos tomamos varios vasos de Coca Cola y entramos en contacto con un francés que no hablaba español y que pronto presentaría su examen del bac, o sea
del bachillerato, y que a mí me cautivó. Hubiera deseado quedarme junto a él. Me olvidé de Nick Rivera y, por más que intenté demorar aquel encuentro, mi primo, cuando se
nos unió, me azuzó para irnos. A la otra Ondina se le asomaba a la cara la inquietud por allegarse al territorio de Nick.
Cruzamos la explanada de Santa Catarina. No recuerdo la temperatura ni la sensación que tuvimos al andar de noche por ese sitio emblemático de Coyoacán. La otra fiesta,
arriba del restaurante Las Lupitas, alumbraba la plaza. La música se oía desde la calle, todo lo contrario de lo que sucedía en el caserón magnífico, con densas paredes
coloniales que no transmitían ningún ruido al exterior.
A la otra Ondina, cuando irrumpimos en pleno apogeo del convite en el que reinaba Nick Rivera,
asediado por groupies, se le enchuecó un pie y pegó un buen grito de aflicción. Pronto los sonidos
eléctricos nos comenzaron a envolver, sobre todo a mí, que no penaba por un tobillo torcido. “Bailemos
las dos con Nick”, le sugerí a mi amiga, en plena y callada lamentación por haber abandonado al
francés. Y, sin más, lo invitamos juntas a bailar y Nick aceptó. El primo, con expresión de
aburrimiento, procuraba no perdernos de vista, atenazado más por su sentido de responsabilidad que
por otra cosa. Y bailamos, aunque a la otra Ondina se le entrecruzaban el dolor y los tacones. De
pronto, Nick nos condujo hacia una ventana abierta de par en par, desde donde miramos aquel ámbito
colonial, evocador de la Elena joven y su nibelungo. La otra Ondina vio el cielo abierto, se apoyó en la
pared y se descalzó, en espera, acaso, de que Nick se apiadase de su molestia. Como un gato que brinca
para sorprender, Nick me besó a mí en la boca, rápidamente, y luego a mi amiga Ondina, sin que
ninguna pudiera reaccionar, y nos propuso un ménage à trois. “¿Qué, todavía son vírgenes?”. Nadie nos
había besado siquiera, por lo que la saliva de Nick, espumosa y densa, y su aliento alcohólico nos
revolvieron sobre nosotras mismas.
Nuestro conocimiento del mundo y sus cosas se atoraba en algún lado. Nick nos había dejado pasmadas
como la Elena chica a sus padres conservadores. Del susto, a la otra Ondina los ojos pestañosos se le
transformaron en abrevaderos. La escena siguiente transcurrió con velocidad, porque mientras yo
volvía la cabeza para localizar a mi primo y pedirle ayuda, entraban los acordes de “Pretty Woman”, al
tiempo en que varias parejas nos observaban divertidas y nos rodeaban para burlarse de las Ondinas tan
ñoñas, cuando en ese momento preciso Nick Rivera, en medio de todos como un dios Baco coronado,
estornudó en lo que pretendía abrazarnos a las Ondinas y una inmensa burbuja de moco le afloró por la
nariz, como una esfera de cristal inmensa, neptúnica, ola batiente se las secreciones humanas.
Todos los presentes asistieron al acto donde Nick perdió la galanura, atestiguaron el anticlímax, por los
menos durante aquella noche, de los atractivos del baterista de pelo ondulado y largo, quien, lleno de
vergüenza, se pasó el dorso de una mano por la cara y desapareció del festejo en un santiamén. Mi
primo, que no paraba de reírse por aquel episodio, decidió que regresáramos al convite del lado
contrario de la plaza, entretanto a la otra Ondina se le hinchaba el tobillo, a mí se me corría el rímel y
no hallaba mi labial blanco nacarado. Avanzaron las horas y no logré toparme de nuevo con el francés
que me había gustado tanto. Sonaba, en aquella casa magnífica, un jazz subyugante que me atrapó. La
otra Ondina, con un rictus destemplado, mientras se daba masaje en el pie, me preguntó de pronto:
“Dime, ¿qué es exactamente un ménage à trois?
Anamari Gomís. Escritora. Su más reciente libro es Los demonios de la depresión.
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Fecha: 03/11/2010
Mi biblioteca Nobel
Ricardo Bada
El azar es un gran escenógrafo. Andaba yo el año pasado arreglando el anaquel de mi biblioteca donde están los libros de autores franceses, y tenía en la mano el ejemplar de
Diego y Frida, de Jean Marie Le Clézio, cuando la radio anunció que le acababan de conceder el Premio Nobel.
Y me acordé del 11 de octubre del año anterior, del momento en que me enteré de que Doris Lessing recibía el Nobel de Literatura 2007, y tuve una reacción fetichista: sacar
de la biblioteca —y tenerlo de nuevo en mis manos, como una manera de felicitarla— el ejemplar de The Good Terrorist, con su autógrafo y mi nombre, escrito por ella. Fue
entonces que se me ocurrió pensar cuántos libros de Premios Nobel habría en mi biblioteca, firmados por sus autores. Los conté: eran trece. Ahora, con el Nobel a Mario
Vargas Llosa, son catorce. Repaso acá las circunstancias que rodean a cada uno de ellos.
García Márquez estuvo en Alemania en 1970, formando parte de un grupo de
escritores hispanoamericanos invitados a visitar el país por el ministerio de Asuntos
Exteriores.
En el grupo venían también, entre otros, Mario Vargas Llosa, Miguel Ángel Asturias,
Manuel Puig... Coincidía esa visita con el lanzamiento de la edición alemana de Cien
años de soledad en esta misma Colonia donde vivo y que así se llama porque lo fue
—me lo señaló alguna vez Heinrich Böll—. Y ocurre que la primera página de mi
ejemplar de esa edición lleva la firma de Vargas Llosa, quien un año más tarde
publicaría García Márquez: Historia de un deicidio, un libro que muchos de mis
huéspedes han sentido la tentación de robar, conteniéndose sólo por mor del respeto.
O el temor a mis represalias.
Pero regresemos a 1970 y al lanzamiento de Hundert Jahre Einsamkeit. Como no
tenía a la mano ningún libro de Mario para que me lo dedicase, a pesar de su
resistencia le pedí un autógrafo en el de Gabo; sólo que Gabo advirtió que su gran amigo —eran otros tiempos— firmaba donde lo hacía, y añadió el autógrafo suyo debajo de
estas tres palabras de su puño y letra: “y yo también”. Quizá sea el único ejemplar de un libro que ostenta las firmas de los dos.
Asimismo de GGM, un ejemplar de la versión neerlandesa de El coronel no tiene quien le escriba, dedicado a mi esposa en Estocolmo, la gloriosa noche del 10 de diciembre
de 1982, durante la fiesta nocturna después de la entrega de los Nobel de ese año.
La misma editorial alemana de GGM, Kiepenheuer&Witsch, publica también la obra completa de Heinrich Böll. Y a los oídos de los responsables parece ser que había
llegado mi comentario de que las traducciones de sus libros al español eran —en algunos casos— de juzgado de guardia. Con la consecuencia de que un buen día, allá por
1973 (un año después del Nobel a Böll), me pidieron un informe documentado acerca de un volumen de narraciones suyas traducido ya a nuestro idioma y que una editorial
barcelonesa quería volver a sacar como libro de bolsillo. Y mi informe fue todo lo brutal que debe serlo siempre en casos como éste, donde la ¿traducción? no es ya que fuera
mala, es que en demasiados momentos inventaba o suprimía o desbarraba de maneras inenarrables.
Días después de presentar el informe, el cartero me entregó un sobre conteniendo un volumen con un corte transversal a entrevistas, ensayos y discursos del autor de Retrato
de grupo con dama, y en la primera de las páginas de guarda, esta dedicatoria: “Für Ricardo Bada, herzlich, Heinrich Böll [Para RB, cordialmente, HB]”.
De él tengo además un ejemplar con autógrafo de su libro de recuerdos autobiográficos ¿Pero qué va a ser este muchacho cuando sea mayor? (Algo que tenga que ver con
libros). Éste, sin embargo, me lo regaló la editorial.
En 1976, en la emisora alemana Radio Deutsche Welle, donde me desempeñaba
como redactor especializado en temas culturales, propuse realizar una serie acerca de
algunos lugares famosos gracias a la literatura. Por ejemplo la propia Colonia, sede
de la emisora, es el escenario de El honor perdido de Katharina Blum. Y Danzig de la
trilogía que comienza con El tambor de hojalata. Postulé asimismo la inclusión en la
serie de lugares como La Mancha del Quijote; la isla de Juan Fernández, donde tuvo
lugar la verdadera odisea de Robinson Crusoe; el barrio de Pelourinho, de Salvador
de Bahía, con las andanzas de Gabriela clavo y canela; y por último Trinidad, para
cuya estampa sugerí contratar a Naipaul, un nombre que hizo fruncir las cejas a mis
compañeros, en señal de perpleja ignorancia.
Eran tiempos de bonanza económica en Alemania (y en nuestra emisora), y aunque
caro, mi proyecto se aprobó sin más. Con lo que me encontré teniendo como autores
del mismo a Böll y a Grass, amén de Camilo José Cela para La Mancha, Julio
Cortázar (traductor al castellano del libro de Defoe), Jorge Amado y al buen Naipaul.
Un colega francés polilingüe —judío que en ocasiones se autodefinía como alsaciano, otras como sabra, incluso alguna vez como druso— fue encargado de contactar a
Naipaul en Zurich, aprovechando una visita suya allí, y de ese contacto me trajo un ejemplar de la edición alemana de Miguel Street (un título traducido “exóticamente” al
tudesco: Carros azules en la tierra del calipso), con la siguiente dedicatoria: “for Ricardo Bada, VS Naipaul, March 26 ’77”.
De Camilo José Cela, que tanto me distinguió con su amistad y sus elogios, sin deberme nada, poseo cuatro volúmenes firmados. El primero, seguro que con fecha anterior a
1970, es el número CVIII de Papeles de Son Armadans: “A Ricardo Bada, en cumplimiento de una vieja promesa. Con un abrazo” y la firma. Es aquel número de esa
legendaria revista que contiene la carta abierta a Fidel Castro pidiéndole que use su influencia para desterrar el uso del topónimo Latinoamérica y de todos sus derivados, en
favor de Hispanoamérica y los suyos.
Fechada en Bonn, el día de mi onomástica, 7/2/1974, en mi ejemplar del Viaje a la Alcarria de la colección Austral: “A Ricardo Bada, esta edición no del todo de fiar. Con un
abrazo de su compañero y amigo Camilo José Cela”. Y sí, esa edición era incompleta por mor de la censura franquista.
En tercer lugar, el 27/5/1981 me envió desde Palma de Mallorca su versión de La resistible ascensión de Arturo Ui, de Brecht, hecha siguiendo la traducción interlineal que le
iba dictando el gran actor y director teatral José Luis Gómez, amigo mío desde la adolescencia: “A Ricardo Bada, este ensayo de irritación al respetable. Con un abrazo” y la
firma.
Finalmente, un libro que no existe ni tampoco puede existir en castellano, por colisión de derechos entre las editoriales respectivas: Vagabund im Dienste Spaniens
(Vagabundo al servicio de España), que compuse con base en retazos de todos los libros de viaje de Cela, y puede leerse como un “road novel”. En agosto de 1990, en El
Escorial, donde coincidimos durante unos cursos de verano del alma máter complutense, le pedí que dedicara a mi esposa el primer ejemplar que me llegó, y en esa
dedicatoria dice: “A Diny, en recuerdo de un vagabundo sentimental”.
Por octubre de 1992, con motivo del 65 aniversario de Günter Grass, su editorial madrileña le rindió un homenaje y consiguió permiso del homenajeado para que un grupo de
periodistas españoles acudiese a su casa de campo de Behlendorf, al norte de Alemania, y lo entrevistara. Tuve la suerte de ser incluido en el grupo, y así, un buen día de ese
otoño dorado nos reunimos con él en su amplio cuarto de trabajo.
Un intérprete le traducía a Grass las preguntas de mis compañeros, y a ellos las respuestas de Grass. Pues de todo el grupo, el único que hablaba alemán era yo. Y eso se
notaba claramente en que cuando Grass hablaba, yo iba ya anotando sus respuestas, mientras mis colegas debían esperar a que les tradujera el intérprete. Me detenía yo, y
comenzaban ellos. Parecía un sketch de Buster Keaton. Y Grass me miraba de vez en cuando, con una semisonrisa de complicidad.
(Los resultados de tal dicotomía pudieron leerse al día siguiente en la prensa española. Como el intérprete era un profesional, pero no estaba especializado en lenguaje
literario, su traducción “aplanaba” igual que un tanque oruga la rica orografía del idioma de Grass, tan expresivo hablando. Y cuando dijo, por ejemplo, que en Alemania se lo
consideraba “der Schwarzseher vom Dienst”, esa imagen se convirtió en un simple y prosaico “el que todo lo ve negro”, y así lo registraron todos, sin excepción. Más en la
onda de Grass, yo traduje “el agorero de guardia”.)
Después de la entrevista hubo fotos con él, y dedicatoria de ejemplares de sus libros. Yo le pedí que me firmase, dedicado a mi esposa, el poema suyo titulado
“Ehe” (Matrimonio), incluido en la espléndida antología 21 poetas alemanes, de Felipe Boso. Y así lo hizo: “Für Diny! GG”.
Dos años más tarde, de nuevo en El Escorial, me tocó el honor de dirigir —con su traductor Miguel Sáenz— uno de los cursos veraniegos complutenses dedicado a Grass y en
presencia suya. El broche de oro: un recital de sus poemas, Grass en alemán, y Miguel y yo turnándonos en castellano. Le pedí a Miguel que, por favor, me dejase a mí la
lectura de “Ehe”, y aquella noche, tomando unos whiskies en la terraza del Euroforum, Grass me recomendó que siguiera su consejo, si alguna vez volvía a recitarlo en
público; al llegar al último verso, y antes del primer “Tú”, debía rastrear a una mujer entre el público, fijarla con la mirada, y mantenerla clavada en sus ojos mientras
declamaba el verso entero: “Tú. Sí. Tú. No fumes tanto”.
De Saramago, con quien mantuve una buena relación antes del Nobel (después me ignoró por completo, vaya usté a saber por qué), conservo dos libros dedicados. Uno de
ellos, Memorial do Convento, en São Paulo, abril 1988, “com a simpatia do autor”.
El otro, algo más de cinco años después, el 31/10/93, cuando acudí acá en Alemania, en Münster, al estreno de una ópera con un libreto suyo. Una ópera de ambiente
histórico, sobre un caso de fanatismo religioso y la fundación de un “reino de Sión” anabaptista por el holandés Johannes von Leiden, en 1534 y en esa ciudad de Westfalia:
un experimento que terminó al año siguiente con un baño de sangre acaudillado por la iglesia católica, según era su costumbre en aquellos tiempos. La ópera —nada
memorable— se titula In Nomine Dei, y la dedicatoria reza: “Para o Ricardo Bada, com muita estima, neste encontro en Münster, José Saramago”.
Mi ejemplar de A terrorista de Doris Lessing me lo consiguió una persona inolvidable, también en São Paulo, en junio 1987, y esa misma persona me escribió en otra de las
páginas de guarda: “Querido Ricardo, estuve pensando qué regalo hacerte en tu cumpleaños, y sólo lo supe el día que leí de la venida de Doris Lessing al Brasil. Ya reclamé
en tu nombre y el mío por la exclusión del ‘good’ en la traducción brasileña”.
Porque la verdad es que resulta chocante. El título original de la novela es The Good Terrorist, con el que lógicamente fue traducido al español: La buena terrorista. Pero al
portugués no, y al alemán tampoco: en portugués se titula A terrorista, y en la primera edición alemana Die Terroristin. A secas. Y es que no puede haber terroristas buenos,
¿está claro el mensaje?
Desde el 7 de octubre de este año, a esos trece se ha venido a sumar Los cachorros, la edición española de Pichula Cuéllar, de Mario Vargas Llosa, con fotos de Xavier
Miserachs, publicada en la colección Palabra e Imagen, de Lumen: un ejemplar para bibliófilos, y más éste, que lleva la siguiente dedicatoria: “Para Diny y Ricardo Bada, con
un cordial abrazo de MVLl, Colonia, julio de 1986”. Me lo dedicó Mario después de la entrevista que le hice para la Radio WDR, en esta ciudad donde nos habíamos
conocido en 1970, junto con Gabo (vide supra), esta ciudad donde nos hemos vuelto a reunir y a conversar un par de veces más, como también en Frankfurt durante la feria
del libro, o en Huelva incluso, cuando fue presidente del jurado del Festival de Cine Iberoamericano, y yo el cancerbero encargado de que nadie lo molestase hasta la hora del
almuerzo, porque las mañanas las pasaba como monje de clausura: escribiendo.
El tema de los libros dedicados es inagotable. A mí me da una pena enorme cuando en un mercado de pulgas, en una librería de viejo, me tropiezo de repente con volúmenes
en cuya primera página el autor escribió unas palabras concretas para una sola persona también muy concreta. Y ello sucede porque los herederos de los bibliómanos no son
de la misma madera que sus padres, y apenas mueren éstos, llaman a un chamarilero y venden sus bibliotecas íntegras por un par de centavos.
Decidí que eso no iba a suceder con la mía, y así, legué mi biblioteca íntegra al Centro Cervantes de Bremen, de donde ya se llevaron la primera remesa: unos 600 libros
dedicados.
Me quedan casi 500 más, que seleccioné y guardé en un armario especial, y a salvo del polvo tras los cristales. Ellos deben ser para mi familia, mientras los quiera seguir
teniendo. Y entre ellos, ni que decir tiene, están esos catorce ejemplares de los que acabo de platicarles.
Ricardo Bada. Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de
Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.
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Fecha: 03/11/2010
¿Un siglo de Revolución o la Revolución de hace un siglo?
Javier Garciadiego
Pocos hechos de la historia nacional han tenido tan diversas lecturas como la Revolución: épica del pueblo y al mismo tiempo movimiento burgués; constructora de
instituciones y generadora de violencia; causa de estabilidad y responsable de la ausencia de transformación. En esta entrega de la serie La construcción de México, Javier
Garciadiego explora las aristas de este hecho fundacional
A la memoria de Friedrich Katz
I
Hoy, a 100 años de su inicio, el proceso histórico conocido como la Revolución mexicana sigue siendo objeto
de acalorados debates, tanto meramente historiográficos como abiertamente ideológico-políticos. Ensalzada
desde un principio como un movimiento épico por algunos de sus participantes más memoriosos —piénsese en
Álvaro Obregón y sus Ocho mil kilómetros en campaña (1917)—, luego fue vista como un movimiento
plenamente nacionalista y transformador de la estructura social mexicana —piénsese ahora en Alfonso Teja
Zabre y su obra Panorama histórico de la Revolución mexicana (1939)—, y su propuesta programática final, la
Constitución de 1917, fue considerada la primera Constitución social del mundo. A mediados del siglo XX se
agregaron otras virtudes a la Revolución: además de ser un movimiento que había hecho grandes aportes a la
justicia social, era también creadora de instituciones y responsable de la estabilidad política que el país había
alcanzado. Así, desde la perspectiva de pensadores como Jesús Reyes Heroles, la Revolución había sido un
proceso constructivo,1 que a 50 años de iniciado combinaba “impulso creador” con “experiencia” gubernativa.
Sin embargo, también desde un principio propició críticas acervas. Acaso la más conocida sea la de José
Vasconcelos, quien sentenció que después del cruel sacrificio del “inmaculado” Francisco I. Madero la
Revolución perdió su contenido moral, espiritual, convirtiéndose en una simple lucha por el poder político entre
contendientes corruptos, violentos, vulgares y zafios. Aunque con distintos argumentos, pudiera decirse que la
vertiente crítica de la Revolución terminó por imponerse a las voces apologéticas, cada vez más restringidas a un
sector de la llamada clase política. Las primeras voces discordantes fueron las de Daniel Cosío Villegas y Jesús
Silva Herzog. Si para el primero los hombres que gobernaban al país a mediados de siglo no estaban a la altura
de los ideales de la Revolución y eran responsables de “la crisis” que padecía México,2 para el segundo la
Revolución había llegado a su culminación a finales de la presidencia de Lázaro Cárdenas, iniciando después su
descenso, crisis, agonía y muerte.3 Posteriormente, la fascinación inicial que produjera la Revolución cubana, la crisis del autoritarismo mexicano entre los años sesenta y
ochenta y las recurrentes crisis económicas dieron lugar a un sinfín de críticas a la Revolución mexicana. También influyó en ello el uso de la teoría marxista en los círculos
académicos. Así, la mexicana pasó a ser una revolución moderada, meramente política, o una revolución “interrumpida” (Adolfo Gilly),4 o simplemente “burguesa” (Córdova
y Semo);5 peor aún, fue considerada por algunos como una “gran rebelión” (Ramón Eduardo Ruiz), consistente en un periodo prolongado de violencia pero ayuno de cambios
sustantivos,6 o bien como una revolución que combinaba rupturas y continuidades con el régimen precedente.7
En los últimos años, teniendo a la vista la crítica situación nacional —esto es, pensando más en el presente que en la historia—, la Revolución ha sido considerada no sólo
inútil sino hasta dañina, culpable de que el país desaprovechara el siglo XX.8 Previsiblemente, el “centenario” habría de ser motivo de nuevas evaluaciones, como lo prueba la
reciente aparición del libro México 2010. El juicio del siglo (María Amparo Casar y Guadalupe González), en el que atinadamente se reconoce que a un proceso histórico no
puede enjuiciársele en tanto que para los hechos del pasado no hay ni condena ni absolución posibles.9 En efecto, como dijera don Edmundo O’Gorman, el historiador no es
ni fiscal acusador ni abogado defensor del pasado; tan sólo busca recrearlo y comprenderlo.10
II
¿Cómo intentar hoy comprender a la Revolución, iniciada hace un siglo pero carente de un final rigurosamente calendarizable? Para comenzar, deben diferenciarse las
distintas etapas que atravesó. La primera fue su etapa épica, la década violenta, la de los grandes caudillos y las grandes batallas, la del “millón de muertos”, decenio durante
el cual se destruyó al Antiguo Régimen, personificado en Porfirio Díaz, los “científicos”, Bernardo Reyes y Victoriano Huerta, y durante el cual emergió, al término de la
llamada “guerra de facciones” de 1915, el grupo triunfador, el que podía imponer al país su proyecto de Estado, llamado “constitucionalista” en sus dos vertientes, la
carrancista y la sonorense. Vino después su etapa proteica, en la que se transformó al país en términos económicos, políticos, sociales y culturales. De más o menos dos
décadas de duración, en ella se inició la reconstrucción económica del país, comenzaron a cumplirse los compromisos que se tenían con las masas populares —campesinos y
obreros— que habían hecho posible la derrota del Antiguo Régimen, se disciplinó y profesionalizó al ejército revolucionario, se agruparon y disciplinaron los políticos
revolucionarios para repartirse los puestos de poder y mando sin caer en recurrentes luchas autoaniquiladoras y se diseñó una nueva cultura nacional, una nueva identidad,
popular, progresista y nacionalista. Sobre todo las masas campesinas y obreras fueron organizadas en instituciones de alcance nacional, verticales, gremiales y vinculadas al
aparato gubernamental. A diferencia de un siglo antes, cuando después de alcanzada la Independencia el país padeció cerca de 50 años de un permanente desorden público a
falta de un proyecto unificador y de un gobierno central fuerte, la Revolución logró restablecer el orden público en corto tiempo, diseñar e imponer un único proyecto de país
—la Constitución de 1917— y construir un aparato gubernamental fuerte, el Estado mexicano posrevolucionario.
La tercera etapa de la Revolución mexicana, luego de sus periodos épico y proteico, puede ser definida como una etapa institucionalizante, en la que los elementos
transformadores dieron paso a una actitud moderada y a una estrategia consolidadora, evitando ya posturas muy nacionalistas o propuestas de cambios radicales. La búsqueda
de la estabilidad desplazó a la lucha por la justicia, mientras que la búsqueda de la democracia seguía pospuesta desde el fracaso maderista. Es incuestionable, la naturaleza
determina a la historia. En efecto, a partir de mediados del siglo XX el país ya no fue gobernado por veteranos de la Revolución, por lo que su impronta se hizo cada vez
menor. La geografía también determina a la historia. Al término de la Segunda Guerra Mundial habían sido vencidos los regímenes corporativistas y ultranacionalistas nazifascistas, y el mundo había quedado dividido en un esquema bipolar. A México le correspondió quedar bajo la influencia y el tutelaje de Estados Unidos, lo que obligó a un
replanteamiento de los compromisos de la Revolución.
A partir de la segunda mitad del siglo XX el país entró en un periodo de notable y constante crecimiento económico; además, desaparecieron las confrontaciones entre las
clases sociales que habían distinguido al cardenismo: campesinos contra hacendados y obreros contra empresarios, en las que los primeros de cada dupla habían contado con
el apoyo del gobierno; por si esto fuera poco, se alcanzó la estabilidad política y se recompuso la relación con Estados Unidos. Fueron tales y tantos los logros del país, que la
Revolución pasó a ser la identidad legitimadora de los nuevos gobiernos, en tanto herederos de los líderes revolucionarios. Sin embargo, una nueva etapa —la cuarta—
sobrevino durante los últimos tres decenios del siglo XX, caracterizada por las crisis económicas graves y recurrentes y por el creciente deterioro del régimen político, cada
vez menos funcional. Así, la Revolución dejó de servir como elemento legitimador. De hecho, como discurso ideológico el concepto “modernización” desplazó al de
revolución.
III
Hoy la Revolución, como hecho histórico, todavía exige ser estudiada. Comenzó siendo un inédito desafío electoral pacífico en el que se movilizaron, sobre todo, las clases
medias urbanas y gran parte del elemento obrero organizado, todos ellos encabezados por un miembro de la elite económica del noreste del país, el empresario agrícola
coahuilense Francisco I. Madero. El desafío electoral se convirtió en rebelión por la negativa de Díaz a modificar su régimen político y a hacer concesiones a los opositores.
Sin embargo, los sectores sociales que habían apoyado al movimiento antirreeleccionista no resultaban apropiados para la lucha armada, por lo que Madero tuvo que apelar a
otros sectores sociales, rurales y populares. Fue entonces cuando surgieron Pascual Orozco, Pancho Villa y Emiliano Zapata, y también gente como Benjamín Argumedo,
líder popular en la Comarca Lagunera.11 Con ellos aparecieron los reclamos sociales: mejores salarios y nacionalismo laboral en el norte, lo que se expresó en la huelga de
Cananea de 1906 y la matanza de chinos en Torreón en 1911,12 así como reivindicaciones agrarias en el centro-sur del país, en particular el Plan de Ayala zapatista. En
resumen, un movimiento político clasemediero incorporó grandes contingentes populares con sus reclamos sociales. Las exigencias de cambios políticos coexistirían con los
reclamos de reformas socioeconómicas.
Los dos movimientos maderistas, el electoral y el armado, terminaron por vencer al gobierno porfirista.13
Sin embargo, Madero no fue capaz de construir un régimen sólido.14 En política es más fácil destruir que
construir, oponerse que gobernar. Pronto Madero sería derrocado por cierto sector del porfirismo que se
negaba a perder el poder, por el grupo que detentaba el control del ejército federal, el instrumento idóneo
para derrocar al inexperto político. El intento contrarrevolucionario generó una violenta reacción
procedente de dos frentes: los sectores medios que finalmente habían accedido al poder gracias al triunfo
maderista, sobre todo en el norte del país, y los grupos populares —villistas y zapatistas— que se negaban
al regreso del binomio oligarquías regionales y autoridades porfiristas. A esta fase se le conoce como
“lucha constitucionalista”, y se prolongó de marzo de 1913 a agosto de 1914.15 Vencido el gobierno
restaurador de Victoriano Huerta, sobrevino la confrontación entre los victoriosos ejércitos
revolucionarios: villistas y zapatistas por un lado; por el otro coahuilenses y sonorenses, con sus
respectivos aliados. Durante todo 1915 pelearon convencionistas contra constitucionalistas en la llamada
“guerra de facciones” por imponer al país su proyecto de futuro.
Aunque el triunfo de los segundos se expresó con la promulgación de la Constitución en 1917, y si bien
ésta sigue vigente como proyecto único de país y como norma principal de los mexicanos, lo cierto es que
el Estado revolucionario nació poco después, cuando los constitucionalistas sonorenses desplazaron a los
carrancistas.16 Para comenzar, el grupo sonorense estaba encabezado por clases medias con menos y
menores vínculos con el Antiguo Régimen que la facción carrancista.17 Sobre todo, el Estado encabezado
por los sonorenses prefirió integrar a los grandes grupos de veteranos de la Revolución —villistas y
zapatistas— que seguir combatiéndolos, lo que condenaba al país a una permanente inestabilidad.
Asimismo, fue el Estado encabezado por los sonorenses el que comenzó a otorgar concesiones
considerables a los campesinos y obreros, ya fuera iniciándose el reparto agrario o con el establecimiento
de la alianza entre Plutarco Elías Calles y la CROM.
IV
Si bien la Revolución mexicana se desarrolló en varias etapas, en diferentes escenarios y con distintos componentes sociales, ¿podemos decir que tuvimos no una única
revolución sino varias? Concluyamos: evidentemente eran diferentes las causas que produjeron la incorporación de cada uno de los contingentes participantes en la lucha
revolucionaria, como diferentes fueron sus propuestas de solución. A Madero y los suyos les preocupaba la instalación de un régimen democrático; a Zapata y su gente les
interesaba la recuperación de sus tierras y el fortalecimiento de los gobiernos pueblerinos, con sus “usos y costumbres”, conformados por gente de la localidad y no por
políticos fuereños; Villa y los suyos —como también Pascual Orozco— lucharon por la mejoría socioeconómica de los grupos populares norteños, tanto rurales como
urbanos; a su vez, Carranza y su gente ansiaban conquistar el poder político, pues se les había negado con la derrota del reyismo en las postrimerías del Porfiriato, y buscaron
controlar el proceso revolucionario en su conjunto, para que las rupturas con el régimen precedente no fueran abruptas ni radicales, así como construir un Estado fuerte, legal
y nacionalista;18 por último, los revolucionarios sonorenses aspiraban a que las clases medias alcanzaran el poder político, primero regional y luego nacional, y se afanaron
por lograr su enriquecimiento económico mediante un doble proceso que los obligaba a desplazar tanto a la oligarquía porfirista —encabezada por Ramón Corral— como a la
revolucionaria —la de José Ma. Maytorena—, pero también a vencer las aspiraciones de dominio de los sectores populares.19
Aún así, debe aceptarse que todos éstos fueron elementos imprescindibles de una única Revolución, que tuvo lugar precisamente con la articulación de todos estos
componentes: sin la participación de los grupos populares, los movimientos de Madero, Carranza, Obregón y Calles habrían sido simples intentos de reforma política, pero sin
la participación de éstos los movimientos de Villa y de Zapata sólo habrían sido rebeliones regionales y sectoriales. Fue la suma de los cambios políticos y las
reivindicaciones sociales lo que dio lugar a una Revolución en el México de principios del siglo XX, a una Revolución no radical pero no por ello menos auténtica.
En efecto, los sucesivos triunfos temporales de Madero, Carranza, Obregón y Calles obligan a otra conclusión valedera: la Revolución no fue un proceso popular que luego
padeció una interrupción o, peor aún, una traición. La Revolución estuvo dirigida siempre por elites —el rico hacendado Madero o el gobernador Carranza— o por miembros
de las clases medias. Los sectores populares tuvieron siempre un papel subordinado, como lo prueba el que Zapata haya surgido reconociendo el Plan de San Luis Potosí, es
decir, el liderazgo de Madero, y el que Villa encabezara, en su momento de máximo poder, una División —la del Norte— adscrita al Cuerpo de Ejército del Noroeste,
comandado por Obregón. Cierto es que por un tiempo aspiraron juntos al liderazgo nacional, en la Soberana Convención, pero fueron vencidos plenamente en la “guerra de
facciones”, por lo que quedaron reducidos a sendos movimientos regionales. Las causas de su derrota fueron varias: políticas, militares, económicas y sociales, pero pueden
reducirse en una: no estaban preparados, sociohistóricamente, para gobernar el país; carecían de una visión de Estado nacional.20
“La Revolución fue la Revolución”, sentenció Luis Cabrera, influido por una especie de cubismo literario. Otra manera de decirlo sería que la mexicana fue una Revolución
sin adjetivos. Esto es, a 100 años de su inicio debemos conocerla y comprenderla, para lo que debemos evitar las sobreestimaciones del pasado y los menosprecios del
presente. Para comprenderla debemos conocer sus complejidades, identificar sus componentes y aquilatar su fuerza y sus debilidades. Menciono como ejemplos cinco temas.
Es preciso diferenciar a los revolucionarios “destructores” de los “constructores”: entre los primeros caben Madero, Villa y Obregón, quienes participaron, respectivamente,
en la destrucción de los ejércitos de Díaz, Huerta y Villa; entre los segundos sólo quedarían Carranza, Calles y Cárdenas, creadores de la Constitución de 1917, del principal
partido político posrevolucionario y del presidencialismo mexicano.21
También es necesario destacar que la Revolución sólo combatió a los hacendados, no así a los banqueros22 e industriales, lo que permitió la recuperación de la burguesía al
término de la lucha armada, y lo que por otro lado permite que se le considere una Revolución “agraria”.23 Otra aparente contradicción sería que siendo una Revolución
considerada nacionalista, al término de la misma fuera mayor que en 1910 la influencia de Estados Unidos, lo que se explicaría por el gran debilitamiento europeo a causa de
la Primera Guerra Mundial,24 y lo que nos obliga a aceptar que nuestro nacionalismo fue más cultural y político que económico. Asimismo, es preciso reconocer el carácter
visionario de los revolucionarios, que concedieron tantos y tan importantes derechos a los trabajadores cuando éstos eran apenas una parte minoritaria de la población. Por
último, otro tema motivo de reflexión es el de la paradoja maderista: el vital Madero de 1909 y 1910 impulsó al país a exigir un sistema democrático, pero su cadáver
predispuso a la clase política contra la libertad y la democracia.25 A partir de su muerte los políticos revolucionarios abjuraron de la libertad de prensa, de la oposición
parlamentaria y de las elecciones libres, y aprendieron la conveniencia de mantenerse siempre en sintonía con el ejército, la burguesía y la embajada norteamericana. En otras
palabras, el fantasma de Madero fue más fuerte que el mártir, lo que explica que la democratización del país se haya demorado tanto.
V
¿Qué imagen predomina hoy, en 2010, de la Revolución mexicana? Una respuesta ambigua sería la más acertada. De ninguna manera sufre el rechazo que puede detectarse en
los países de Europa del Este y en la ex Unión Soviética, donde el país ha vuelto a llamarse Rusia y algunas ciudades importantes han recuperado sus viejos nombres. En
cambio, en México no ha habido modificaciones en la nomenclatura urbana que denotaran un rechazo a la Revolución y sus héroes. Sin embargo, es evidente que en este año
de conmemoraciones predominan las referencias a la Independencia, y no sólo por parte del gobierno federal: Parque Bicentenario, en la antigua refinería de Azcapotzalco;
Arco Bicentenario, en la avenida Reforma; Festival Olímpico Bicentenario, en la misma avenida; Circuito Bicentenario, nombre dado al Circuito Interior remozado en el
Distrito Federal, y Expo Bicentenario, en Silao, Guanajuato. Pudiera alegarse para ello el conocido apotegma jurídico: “primero en tiempo, primero en derecho”. Empero,
acaso la explicación sea otra: mientras la Independencia sí alcanzó los principales logros que se propuso, romper los vínculos con España y crear una nación independiente, la
Revolución tiene aún graves adeudos por lo que se refiere a la instauración de la democracia y a la conquista de la justicia social. Así, la Revolución padece muchos más
reclamos que la Independencia. Por lo mismo, la mejor forma de conmemorar y celebrar la Revolución es asumir como urgentes dichos compromisos, hacerlos propios:
mejorar nuestra democracia y erradicar la pobreza, como el principal proyecto de México para el siglo XXI.
Javier Garicadiego. Historiador. Presidente de El Colegio de México. Entre sus libros: Rudos contra
científicos: la Universidad Nacional durante la Revolución mexicana y La Revolución mexicana. Crónicas,
documentos, planes y testimonios.
1 Jesús Reyes Heroles, “En la celebración del LII aniversario de la Revolución mexicana”, en La historia y
la acción, Oasis, México, 1978, pp. 177-182. También en Obras completas, vol. III, Fondo de Cultura
Económica, México, 1996, pp. 11-15.
2 Originalmente, su conocido ensayo “La crisis de México” fue publicado en Cuadernos Americanos, año
VI, vol. XXXII, marzo-abril 1947, pp. 29-51.
3 Para Jesús Silva Herzog no se trataba de que la Revolución enfrentara una “crisis de crecimiento” a
mediados del siglo XX, sino que padecía una “crisis de agonía”. Cfr. “La Revolución mexicana es ya un
hecho histórico”, en Cuadernos Americanos, año VIII, vol. XLVII, septiembre-octubre 1949, pp. 7-16.
4 Adolfo Gilly, La revolución interrumpida. México, 1910-1920: una guerra campesina por la tierra y el
poder, Ediciones El Caballito, México, 1971. Según Gilly, quedó interrumpida porque “no alcanzó la
plenitud” de sus objetivos, pero “tampoco fue derrotada”, pudiendo continuar en una nueva etapa durante la
presidencia de Cárdenas.
5 Córdova asegura de manera contundente que la mexicana fue una revolución burguesa, “dirigida política y
militarmente por elementos venidos de los sectores medios de la sociedad”, en la que se cumplieron “todas
aquellas que podríamos llamar las leyes de la revolución burguesa”. Cfr. Arnaldo Córdova, “México:
revolución burguesa y política de masas”, en Interpretaciones de la Revolución mexicana, Héctor Aguilar
Camín (pról.), Nueva Imagen, México, 1979, pp. 84-85. Enrique Semo llega a la misma conclusión: la
mexicana fue una revolución burguesa cuyos “representantes fundamentales” fueron “los sectores de la
burguesía media agraria”. Cfr. Enrique Semo, “Reflexiones sobre la Revolución mexicana”, en ibíd., pp.
135-150.
6 Ramón Eduardo Ruiz, México: la gran rebelión, 1905-1924, Ediciones ERA, México, 1984.
7 François Xavier Guerra, México: del Antiguo Régimen a la Revolución, Fondo de Cultura Económica,
México,1988, 2 vols.
8 Para Macario Schettino la Revolución mexicana fue “un lastre muy pesado para el siglo XX”; afirma,
además, que México había iniciado “un proceso de modernización que fue detenido” por aquella “guerra
civil”. Véase su libro Cien años de confusión: México en el siglo XX, Taurus, México, 2007, p. 15.
9 María Amparo Casar y Guadalupe González (eds.), México 2010. El juicio del siglo, Taurus, México,
2010.
10 Según su discípulo Eduardo Blanquel, la sentencia más influyente de O’Gorman fue: “no regañar… a los
muertos sino comprenderlos y explicarlos”. Cfr. La obra de Edmundo O’Gorman, Universidad Nacional
Autónoma de México, México, 1978, p. 62.
11 Benjamín Argumedo nació en la Comarca Lagunera, aunque aún se discute si fue en El Gatuño o en
Matamoros Laguna, ambas poblaciones en Coahuila. Trabajó como sastre y talabartero antes de levantarse en armas en 1910 bajo las órdenes de Sixto Ugalde. Luego del
triunfo maderista fue de los primeros en rebelarse y oponerse al régimen, alegando que el nuevo gobierno no otorgaba mejoras a los sectores populares. Militó en las filas de
Pascual Orozco y al sobrevenir el cuartelazo de 1913 apoyó a Victoriano Huerta, como todos los orozquistas. No aceptó los acuerdos de Teoloyucan y se rebeló contra
Venustiano Carranza, operando en el estado de Puebla como gente de Emiliano Zapata. Asimismo, colaboró con el gobierno convencionista; a la derrota de éste regresó al
norte, siendo derrotado y aprehendido en el rancho El Paraíso. Murió fusilado en marzo de 1916. Era conocido como “El orejón”, por tener esa característica facial.
12 Véase Juan Puig, Entre el Río Perla y el Nazas. La China decimonónica y sus braceros emigrantes, la colonia china de Torreón y la matanza de 1911, Conaculta, México,
1992.
13 La mejor historia militar del maderismo es la de Santiago Portilla, Una sociedad en armas. Insurrección antirreeleccionista en México, 1910-1911, El Colegio de México,
México, 1995.
14 Al respecto pueden verse las páginas que al gobierno de Madero dedican Stanley Ross, Francisco I. Madero. Apóstol de la democracia mexicana, Editorial Grijalbo
(Biografías Gandesa), México, 1959, y Charles C. Cumberland, Madero y la Revolución mexicana, Siglo Veintiuno Editores, México, 1977. Véase también mi estudio
“Presidencia de Madero: fracaso de una democracia liberal”, en Will Fowler (coord.), Gobernantes mexicanos II: 1911-2000, Fondo de Cultura Económica, México, 2008, pp.
27-45.
15 Como siempre, puede acudirse al recuento “clásico” de los aspectos políticos y militares del proceso en Jesús Silva Herzog, Breve historia de la Revolución mexicana,
Fondo de Cultura Económica, México, 1960, 2 vols. Una perspectiva más novedosa es la de Alan Knight, La Revolución mexicana. Del Porfiriato al nuevo régimen
constitucional, Editorial Grijalbo, México, 1996, 2 vols.
16 Al respecto puede consultarse Javier Garciadiego, La Revolución mexicana. Crónicas, documentos, planes y testimonios, UNAM (Biblioteca del Estudiante Universitario,
núm. 138), México, 2003.
17 En contra de esta afirmación, Ignacio Almada sostiene que los principales líderes revolucionarios sonorenses contaban con alguna experiencia político-administrativa local
durante el Porfiriato. Sin embargo, insisto en que no es lo mismo ser un munícipe que un senador, o incluso un gobernador interino. Cfr. Ignacio Almada, “De regidores
porfiristas a presidentes de la República en el periodo revolucionario. Explorando el ascenso y la caída del ‘sonorismo’ ”, en Historia Mexicana, núm. 238, vol. LX, octubrediciembre 2010, pp. 729-789.
18 Recuérdese que Carranza era coahuilense, y que poco antes de que naciera, en 1859, su estado natal había perdido la región de Texas; recuérdese también que su padre,
Jesús Carranza Neira, había luchado contra la intervención francesa a las órdenes de Mariano Escobedo.
19 Para una magnífica descripción de los motivos, objetivos y estrategias de este grupo, véase Héctor Aguilar Camín, La frontera nómada: Sonora y la Revolución mexicana,
Siglo Veintiuno Editores, México, 1977.
20 Los apreciados colegas Felipe Ávila y Pedro Salmerón insisten, sin convencerme, en que tanto villistas como zapatistas contaban con un proyecto nacional. Véanse Felipe
Ávila, El pensamiento económico, político y social de la Convención de Aguascalientes, Instituto Cultural de Aguascalientes/Instituto Nacional de Estudios Históricos de la
Revolución Mexicana, México, 1991, y Pedro Salmerón, La División del Norte. Los hombres, las razones y la historia de un ejército del pueblo, Editorial Planeta, México,
2006.
21 Emiliano Zapata es un personaje histórico difícil de ubicar en esta doble clasificación. No tuvo una importancia decisiva en el aspecto militar de la Revolución, y tampoco
dejó un legado institucional propio. A él le corresponde una tercera categoría, la del revolucionario “defensor”, pues su lucha tenía como primer objetivo la defensa de las
comunidades rurales del país.
22 Si bien los bancos fueron incautados durante la lucha armada contra Huerta, luego fueron devueltos a sus propietarios.
23 Véase Frank Tannenbaum, The Mexican Agrarian Revolution, The Brookings Institution, Washington, D.C., 1930. También fue publicado en la revista Problemas
Agrícolas e Industriales de México, núm. 2, vol. IV, abril-junio 1952, pp. 9-169.
24 Friedrich Katz, La guerra secreta en México, Ediciones ERA, México, 1982.
25 Otra paradoja interesante es la de Cárdenas, seguramente el presidente más alabado y mejor recordado, pero cuyo proyecto de gobierno jamás fue seriamente recuperado
por los presidentes que lo sucedieron.
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Fecha: 03/11/2010
Para qué leer en medio de la guerra
Sabina Berman
C
uando abrimos un libro, se afirma en este ensayo, dejamos que las palabras proporcionen sentido a la realidad anárquica; sólo así podemos comprender el mundo
fracturado que nos ha tocado habitar
1
¿Para qué leer en medio de la guerra? ¿Para qué leer a Aristóteles, a Miguel de Cervantes Saavedra, a Tolstoi, a José Vasconcelos, a Jaime Sabines, a Milan Kundera? ¿En
medio de la guerra, para qué?
Que es lo mismo que preguntar: ¿para qué diablos hacer una feria del libro en medio de la guerra?
¿O para qué atender esta charla que inaugura esta feria de libros? ¿Para qué diablos
escuchar las palabras de esta mamífera bípeda hablante? ¿Qué autoridad puede tener
ella, es decir la de la voz, si no tiene un mísero cuerno de chivo en ristre, ni 16
guaruras, o 16 sicarios —que hoy día es equivalente?
¿Y para qué diablos me reúno con un ciento de otros mamíferos bípedos escuchantes
en un salón? Un ciento de mamíferos bípedos sin armas —o eso espero—. Pobres
almas desarmadas. Pobres ciudadanos sin otras armas que sus orejas y sus corazones
y sus cerebros.
Sincerémonos: ¿para qué escuchar a una escritora desarmada preguntar ante esta
congregación de inocentes la pregunta inevitable en esta cultura nuestra, la mexicana,
asediada hoy, desde adentro, por las armas mortíferas?: ¿Para qué las palabras entre
las balas?
(O la música o la escultura o la pintura o el cine: es decir ¿para qué la cultura, es
decir el cultivo de la inteligencia y la belleza, es decir para qué esta amistad civil que
acá nos reúne, es decir esta curiosidad por el prójimo y por las palabras del prójimo
que acá nos reúne?)
¿Para qué ahora mismo que el ejército acecha a un capo del narco resguardado en su
casa de lujo en Morelos y otro capo da por celular la orden a un escuadrón de sicarios
de atajar el paso de la caravana de sicarios de otro capo en una carretera de Sinaloa y acá en Aguascalientes una familia llora porque ayer en el centro a plena luz del mediodía
secuestraron a su padre y un auto ahora mismo en las afueras de esta ciudad se aproxima a un retén de soldados temiendo que no sean soldados sino secuestradores
disfrazados de soldados o que sean soldados enervados que luego de catear su vehículo y dejarlo pasar le disparen desde atrás y el presidente esta noche, o mañana, nos
anunciará otra vez por los televisores que estamos triunfando, que no seamos cobardes, que por qué, él no logra entenderlo, tenemos miedo?
Es decir, ¿qué puede el ABCDario contra las balas hoy en México donde ahora mismo las pistolas apuntan a cualquier rumbo y disparan a cualquier rumbo y matan a
cualquiera sin un plan y sin un sueño de futuro?
Que nadie se equivoque. Esta guerra fue desde un principio la derrota de las palabras. Nadie puso en palabras la realidad compleja del país, nadie cifró la fuerza del supuesto
enemigo del Estado, el narco, nadie imaginó en palabras el desenlace de esta guerra, cuatro palabras solas decidieron el disparo de la violencia, cuatro palabras de una
simpleza abismal, “ellos son el mal”, o bien las mismas cuatro palabras leídas en un espejo: “nosotros somos el bien”, y nadie tuvo nunca una estrategia apalabrada para esta
guerra, ninguno de los cuatro ejércitos en contienda iniciales, que ahora son siete, y que serán mañana nueve.
2
Para esto, en primera instancia, las palabras: para apalabrar lo que sucede, sin ilusiones. Para saber que esto que vivimos se llama Anarquía.
Anarquía, que deriva del griego: a, sin; arjée, gobierno: sin gobierno.
Y en su segunda acepción significa: desorden, confusión o caos por ausencia, flaqueza o ineficacia de la autoridad.
Para eso sirven en primera instancia las palabras. Para atrapar lo grande en unas cuantas sílabas. Por ejemplo, para tener la palabra Anarquía en la mano como una brújula en
medio del turbulento caos.
3
Y en segunda instancia, para enlazar ese sentido a la sabiduría acumulada durante siglos por la especie humana en el lenguaje.
Quien sabe más palabras atrapa más mundo y tiene a su disposición más inteligencia acumulada por la especie en las palabras.
Parafraseando a Aristóteles sobre la Anarquía. (Parafraseándolo 23 siglos después de que él lo apalabró y asintiendo a cada frase.) La Democracia se desorganiza en la
Anarquía cuando los varios que mandan en nombre de los muchos no encuentran cómo unir sus diversos poderes, puesto que no reconocen la Ley. La Ley, que es lo único
que pudiera unirlos.
O como parafraseó hace escasos 100 años a Aristóteles un hombre bajito, bajito únicamente de estatura física, Francisco I. Madero: “Lo único que puede suplir al Dictador es
la dictadura de la Ley”.
Para eso también sirven las palabras, como dije antes. Para atarnos en un parpadeo a la sabiduría acumulada de la especie.
4
Otra vez parafraseando a Aristóteles:
“Cuando en un Estado cada uno de los partidos quiere el poder para sí solo, reina la Discordia”, que conduce a la Anarquía.
“Cuando en un Estado cada facción quiere las ventajas sólo para sí, y espía y pone trabas a su vecino, reina la Discordia”, que conduce a la Anarquía.
“Cuando cada sector se esfuerza en hacer que los otros observen la Ley, pero nadie quiere practicarla, la Ley pierde su imperio” y reina la Anarquía.
5
Para eso pues sirven también las palabras, en tercera instancia. Para describir las causas y los efectos del presente con las palabras de la sabiduría acumulada del pasado. Y
para, en cuarta instancia, imaginar cómo modificar las causas y los efectos que sostienen un estado de cosas y convertirlo en otro estado de cosas futuro.
Para hacer una maqueta simbólica del presente y reacomodar sus piezas en la imaginación de un futuro, sirven las palabras.
Por ejemplo, leamos a Aristóteles ahora hacia atrás. Reacomodemos y corrijamos sus palabras para que ahora conduzcan de la Anarquía a una Democracia ordenada por la
Ley. Pongamos a prueba el lenguaje y veamos si algo escrito en la Grecia del siglo tres antes de Cristo nos habla así de fácil.
“Cuando en un Estado cada una de las facciones NO quiere el poder para sí sola, sino reconoce a las otras la legitimidad de su poder, reina la Concordia, que conduce a la vida
civil ordenada y armoniosa”.
Qué maravilla las palabras. Ya está solucionada esta guerra. Por lo menos en nuestra mente.
“Cuando en un Estado ninguna facción quiere las ventajas sólo para sí, y facilita a su vecino su prosperidad, reina la Concordia, que conduce a una Democracia plena”.
Qué alegría. Ya sacamos al buey de la Patria de la barranca del caos. Por lo menos en nuestra mente.
“Cuando cada sector se esfuerza en observar la Ley, puesto que todos observan la Ley, la Ley gana su imperio y los ciudadanos se sienten complacidos porque sus intereses se
cumplen sin mermar los intereses ajenos, y reina la Concordia”.
Qué felicidad. Exactamente lo que recetaba don Francisco I. Madero a México hace 100 años: “Lo único que puede suplir al Dictador [o a la Anarquía, añado yo] es la
dictadura de la Ley”.
Lo escribió don Francisco en un librito de 100 hojas que movilizó al país entero para derrocar a un dictador e instalar la Democracia. Y si don Francisco al cabo de un año de
intentar gobernar bajo el imperio de la Ley fue sacado de su automóvil por un generalote que le llamó “joto” y de inmediato lo llevó tomado por el codo al fondo de un campo
baldío para ponerlo contra un muro, donde fue fusilado, no fue que se equivocó don Francisco. Se equivocó el generalote. Y el país entero.
6
Más Aristóteles sobre la Concordia:
“Así la Concordia es una suerte de amistad civil”. Es decir, una actitud en cada ciudadano, benévola hacia el otro. “Y una disposición amable en cada ciudadano y cada
facción para proteger y aumentar el bien común”.
No es casual que la palabra Concordia provenga de la palabra corazón. La Concordia es un estado del corazón. Un estado en que el corazón late tranquilo y se encuentra
disponible a escuchar las razones y las necesidades ajenas. Un estado de convencimiento del corazón de que escuchar a los otros llevará a soluciones más amplias que las
individuales, soluciones generosas donde todos quepamos.
La Concordia, otra vez esta es la voz de Aristóteles, “supone siempre corazones sanos. Corazones que están por lo pronto de acuerdo consigo mismos, y lo están
recíprocamente entre sí, porque se ocupan de las misma cosa: el bien común”.
7
Qué semejante la postura del ciudadano en la vida civil regida por la Concordia, según la narra Aristóteles, a la postura del individuo ante el arte.
Verídicamente un auditorio escuchando un concierto, está en Concordia, cada escucha atento hacia el origen de la música, donde todos los corazones coinciden. O un público
ante una pantalla o un escenario: está en Concordia, se ríe de lo mismo, suspira al unísono, es un solo cuerpo y no podría existir en mayor armonía.
Y un solo individuo leyendo un libro nunca está solo. Está con tres.
Con el autor del libro, consigo mismo y con el lenguaje, esa creación de muchos, de generaciones y generaciones.
Entonces pues me corrijo: un individuo solo, leyendo un libro, está en íntimo contacto con una multitud: con el autor, consigo mismo, con la decena de personajes del libro y
con las generaciones que han acuñado una por una las palabras que lee. En íntimo contacto: más íntimo que hacer el amor es leer. Donde los besos no alcanzan a tocar, tocan
las palabras de un libro al lector.
Por lo tanto: cuando uno ve de lejos a una señorita leyendo un libro, no se acerque: la señorita está con una orgía entre las sienes. Y cuando un nonagenario lee en su silla de
ruedas bajo el sol, está segregando los elíxires amorosos de un gentío.
8
Por fin, para algo más sirve leer en medio de la Discordia. Y esta última razón abarca a las antes dichas.
Jorge Luis Borges, siendo director de una biblioteca de miles de tomos, aislado en esa torre de marfil forrada de libros, despreciado por el gobierno peronista, empezándose ya
a quedar ciego, lo apalabró así: “¿Por qué tendría yo que estar al nivel de mi circunstancia [esta Buenos Aires fascista, acoto yo, esta ciudad de monigotes ridículos,
demagogos y asesinos] si puedo abrir un libro y leer a Yeats?”.
Los jóvenes organizadores de esta feria de libros me invitaron acá a Aguascalientes para decirles a ustedes para qué leer hoy en México.
En resumen se los digo así: para estar por encima de la guerra sirve leer en medio de la guerra.
Cuando abrimos un libro, una bondad silenciosa e invisible, una luz honrada, se posa a nuestro lado y nos protege. Un ángel desciende para estar a nuestro lado, cuando
abrimos un libro, en medio de la guerra.
Sabina Berman. Escritora. Su más reciente libro es La mujer que buceó dentro del corazón del mundo.
Texto leído en la inauguración de la Feria del Libro
de Aguascalientes el 20 de septiembre del año 2010.
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Fecha: 03/11/2010
La mirada de Durkheim
Ariel Rodríguez Kuri
En México, el 80% de la población cree pertenecer a la clase media. Sin embargo, sostiene el autor de este ensayo, una serie de factores económicos, pero sobre todo
políticos, convierten esta idea en poco más que un espejismo
Federico Reyes Heroles ha planteado una pregunta básica: ¿Por qué 80% de la población mexicana se concibe como de clase
media (“Ser y creerse”, nexos, mayo 2010)? ¿Por qué la sociedad mexicana —agrego— se representa como fundada en y
estructurada por las clases medias? Desde el punto de vista de la información sociodemográfica y económica disponible, esa
imagen es un acto de optimismo. La gran paradoja, sin embargo, y según las propias percepciones y juicios de las enormes
masas clasemedieras, es que nuestra sociedad está lejos de cualquier óptimo en su funcionamiento, sobre todo en esa zona
altamente problemática donde se relacionan los ciudadanos con la autoridad política.
Una hipótesis: cuando un segmento considerable de la sociedad se asume como integrante de la clase media, y en una
proporción que no se ajusta a indicadores “objetivos” de ingreso, tipo de empleo o escolaridad, estamos ante lo que podríamos
llamar la universalización ideológica de una identidad. Contra lo que algunos piensan, éste es un problema y no una solución. Es
un problema debido a tres razones:
1. Porque ciertos valores y hábitos políticos atribuidos a las clases medias se han universalizado, sin que exista constancia de
que sean valores y hábitos democráticos.
2. Porque la agenda de opinión, reflexión e investigación, de un lado, y los proyectos de reforma política, del otro, han quedado
entrampados en la lógica del ciudadano de clase media como horizonte casi único para construir explicaciones y alternativas
políticas viables y fructíferas.
3. La universalización de valores de las clases medias y la difusión del credo del ciudadano sin adjetivos han creado una jaula de
hierro en la cual la ilusión de homogeneidad se impone sobre la diferencia y el conflicto, es decir, la ilusión de unanimidad
derrota a la política.
Para escapar de la jaula nos falta eso que podríamos llamar la mirada de Durkheim, es decir, la posibilidad de explorar
intelectualmente y de proponer políticamente la refundación de la sociedad política apoyada no en una sino en dos grandes columnas: ciudadanos que votan y opinan, de un
lado, y cuerpos intermedios (“corporaciones reformadas”, las llamó Durkheim) que den sentido y racionalicen la interlocución política, del otro.
El mito de las clases medias nos asfixia y esteriliza. No es difícil saber por qué. Las clases medias se representan como ciudadanos atomizados, orgullosamente
individualizados. De manera paradójica, la separación es una seña de identidad. En los hechos hacen patria no mucho más allá del semicírculo televisivo y tienen relaciones
intermitentes y paranoicas con el resto de la sociedad. El mito de las clases medias sublima y racionaliza el fenómeno de la desorganización social: lo presenta como virtud.
Se oculta así el pecado y la pérdida: el ocaso, la muerte hace tiempo anunciada, del hombre público.
En otras palabras, que 80% de los ciudadanos se conciba como adscrito a algún sector de las clases medias (y el porcentaje podría ser menor y no importaría gran cosa) es un
síndrome. Éste se desdobla en dos grandes cadenas de síntomas, que llamaré aquí los fenómenos complementarios de la apoliticidad radical y de la anomia.
De la apoliticidad
En realidad es una idea nada original explicar el desarrollo democrático mexicano como una consecuencia de la implantación y crecimiento de las clases medias. Es una vieja
deuda que tenemos con algunos doctrinarios del liberalismo decimonónico, quienes asociaban la ciudadanía con la propiedad o, en todo caso, con la educación y el ingreso.
Pero tal legado es hoy anacrónico. En nuestro imaginario mexicano contemporáneo, y seguramente debido al antipriismo gestado en las décadas del autoritarismo,
confundimos la formación y perfeccionamiento de la ciudadanía política (siempre deseable y siempre incompleta) con el proceso de individuación salvaje, que entorpece y
paraliza la vida política. En México el 80% es víctima de una operación ideológica según la cual el buen ciudadano debe estar —para serlo de verdad— cercenado, separado,
enajenado de toda modalidad de organización gremial, profesional, territorial o ideológica.
Invirtamos los términos de la discusión. Planteemos que ciertos elementos de la cultura política de las clases medias han sido lastres más que catalizadores de la sinuosa y
abigarrada transición a la democracia. Se supone que en México las clases medias votan y lo hacen en libertad y con ciertas garantías. Sin embargo, éste es un hecho
relativamente nuevo; para cualquier efecto práctico la primera legislación electoral que puso en juego el poder fue la que reguló las elecciones federales de 1997. Sabemos que
suceden cosas. La evidencia muestra que el Distrito Federal presentaba hasta las elecciones federales de 1970 (inclusive) un mayor porcentaje de abstencionistas que el resto
de la República; sólo después de aquel año el Distrito Federal votó más que el resto del país.1 Ciertamente, la capital nacional no ha sido el único territorio de las clases
medias pero sí uno de sus espacios privilegiados.
Pero el asunto clave no es sólo si las clases medias votan sino qué hacen con su vida pública cuando no es día de ir a votar. En otras palabras, importan asimismo las prácticas
que anteceden y suceden al acto de votar, es decir, las formas de organización y militancia más o menos permanentes o en todo caso extendidas en el tiempo y cuyos fines son
la defensa y promoción de los intereses de clase, gremiales, vecinales, ideológicos, etcétera.
Las perspectivas no son halagüeñas. Un hallazgo frecuente de los estudios de opinión es el amplio rechazo de los ciudadanos —ésos que hasta en un 80% se consideran de
clase media— hacia los partidos políticos, los sindicatos y prácticamente a cualquier forma de organización política y social que les recuerde el mundo maravilloso del
corporativismo, con sus líderes, sus vocabularios, sus acarreados y sus corruptelas. Aunque es todavía más una intuición que otra cosa, parece haber indicios de que las clases
medias huyen como de la peste de la posibilidad de ejercer (o reconocer en otros) el derecho a la organización horizontal, entre iguales. Por eso las convicciones libertarias de
las clases medias deben tomarse con una pizca de sal. Las clases medias no sólo rechazan lo que dicen rechazar (los partidos, los sindicatos, las asociaciones vecinales, las
manifestaciones callejeras) sino que objetan ideológicamente las culturas políticas de eso que Max Weber llamó las proclividades a la autocefalia de las comunidades. Es
probable que la atomización pase como un valor positivo entre las clases medias. No es un problema. Piensan que para no tener jaqueca lo mejor es no tener cabeza.
Esos conglomerados sociales que se autodefinen como de clase media miran el universo de las organizaciones sociales como el territorio maldito de los otros —de los que no
son libres, de los que pagan cuotas que serán robadas, de los acarreados; en fin, el territorio de todos aquellos que tienen líderes que son idénticos a su estereotipo. La
autodefinición tumultuaria de las clases medias es obsesivamente un deslinde cultural y fenotípico respecto al pueblo corporativizado. Las consecuencias de esta deserción,
basada en argumentos culturales, emocionales y raciales son enormes. Pero quizá la principal secuela es que las clases medias quedan en la indefensión política y su voz
pública se apaga con rapidez. Todo acaba, además, en una relación perversa con la autoridad política, convenientemente alimentada por los medios como parte de su
marketing: las clases medias votan presidentes de la República y luego los odian como al Anticristo.
Para algo sirven los clásicos modernos. Escribió Durkheim en De la división del trabajo social:
Una sociedad que está compuesta por infinitos individuos desorganizados, que un Estado hipertrofiado se esfuerza por abarcar y retener, constituye una verdadera
monstruosidad sociológica; el Estado está demasiado lejos de los individuos, y tiene con ellos relaciones demasiado exteriores e intermitentes como para que sea posible
penetrar muy profundamente en las conciencias individuales y socializarlas internamente [...] La ausencia de toda institución corporativa crea en un pueblo [...] un vacío cuya
importancia es difícil exagerar.2
Lo que hace más de 100 años era un diagnóstico sobre la desarticulación de las infraestructuras sociales básicas de la sociedad industrial, en el caso mexicano contemporáneo
es una pista y quizá en un programa para identificar el vaciamiento de la política. Si Durkheim quiso sustentar un proyecto de revitalización de los cuerpos intermedios, de la
“institución corporativa” como la llamó, en México pretendemos destruirla, con la bendición de muchos economistas y politólogos obsesionados por los “costos de
transacción”. Pero el Estado por sí mismo, escribió Durkheim, fracasará si intenta suplir las funciones que, en cambio, debe cumplir la corporación reformada. La vida
moderna, y “la vida económica” en particular, es “demasiado vasta, demasiado compleja, demasiado extendida, para que el [Estado pueda] vigilarla y ordenar útilmente su
funcionamiento”. El Estado requiere de las corporaciones para superar el “carácter amoral” de la experiencia moderna.3 Lo amoral, aquí, es otra cosa: un coctel de
ineficiencia, frustración y ansiedad que entorpece e inhabilita la vida republicana y democrática.
En Durkheim el concepto de Estado no denota una forma específica de organización gubernamental sino propiamente la naturaleza de la sociedad política; ésta será
polisegmental,4 es decir, existirá como un sistema de comunidades, agrupaciones o agregados de individuos. Durkheim, un republicano en una Francia no toda a salvo del
revival imperial o al menos monárquico de aquel fin de siglo, daba por hecho la democracia. Nosotros debemos ser más precavidos. Quizá nuestra vida pública debe ser
definida en sus dos dimensiones, superpuestas y complementarias. Una cosa es la idea, justa y precisa y absolutamente necesaria, de que un ciudadano es un voto emitido en
libertad. Otra, que en los interregnos, en la vida cotidiana de la política, las apelaciones al y desde el Estado se instrumenten usufructuando o privilegiando el orden
polisegmental de los muchos cuerpos, de los muchos intereses organizados y contradictorios, que Durkheim identificaba como las claves del orden corporativo moderno.
Naturalmente, hay aquí una petición de principio: el orden corporativo (“la corporación reformada”, la llamó) es parte del orden democrático porque es una de las condiciones
necesarias para la administración del conflicto.
El conflicto, palabra maldita entre nosotros. La importancia estratégica de los cuerpos intermedios es doble; de un lado dan sustento cotidiano a la democracia, al facilitar la
interlocución política o, lo que es lo mismo, al hacer visibles y copartícipes de un mismo vocabulario a los actores de la política democrática. De otra suerte, son objeto y
vehículo de la reforma social. Pero todo lo anterior supone conflicto. En democracias más añejas o más seguras de sus fortalezas se asume que el consenso surge del conflicto,
y que es mejor que éste sea explícito y asumido por las partes —y las partes son actores organizados, con conciencia de sí. Bien a bien no sabemos qué tan extendidas y qué
tan eficientes son las culturas políticas proclives a la organización y reforzamiento de los cuerpos intermedios. Pero lo que sí sabemos es que su mundo material y sus culturas
específicas se han convertido en el basurero de la historia de los analistas políticos, los comentaristas financieros, los adictos a las reformas estructurales y los
fundamentalistas de la ciudadanización del mundo.
Insisto: ¿por qué no pensar el mundo de otra forma? En México no necesitamos menos corporaciones; requerimos más y mejores corporaciones, es decir, más y mejores
sindicatos de trabajadores, y más asociaciones de profesionistas, y mejores cámaras empresariales, y más organizaciones de vecinos, y mejores grupos estructurados y
dispuestos a la pugna ideológica, a la resistencia y al ataque, esto es, a la pequeña y gran política en la esfera pública. Tenemos dos grandes realidades que debemos acercar,
hacer compatibles y perpetuar. Está la democracia política estricta, en los modos republicanos, ésa que se hace con los ciudadanos cuando votan, son votados, opinan y se
manifiestan. Están además los trabajos y los días de los ciudadanos y sus organizaciones, que responden a intereses gremiales, de clase, de propiedad o ideológicos. Ni más ni
menos: representar, promover y defender intereses es el objeto de las “corporaciones”, de los “cuerpos intermedios”. ¿Hay pecado en esto? Lo hay, pero por omisión o
insuficiencia. Una parte de los llamados poderes fácticos son justamente las corporaciones, los cuerpos intermedios, que están libres de regulación o son normados por leyes
obsoletas o injustas, que premian el monopolio y el privilegio.
La libertad supone el derecho de los ciudadanos de crear cuerpos, uniones, entidades. El ciudadano libre y la corporación reformada son, ambos, condiciones de posibilidad de
la política. Hay más: como extremos de un gran arco se regulan mutuamente, se vigilan, se corrigen. Reglas claras y justas de competencia electoral (un ciudadano, un voto)
suelen permitir el castigo a los excesos de las corporaciones, sobre todo cuando éstas confunden el bien público con sus intereses particulares. La negociación, la puja, la
resistencia y el contraataque desde los cuerpos intermedios suelen dar a los gobernantes y a los free raiders principio de realidad y, sobre todo, imponer límites a las nuevas
ingenierías sociales, a los utopismos descarnados, al apresuramiento (o a la pachorra) de los gobernantes.
De la anomias
Nuestras clases medias —80% de todos nosotros— son anómicas por tres razones: por su débil proclividad a la organización, porque desdeñar a los que sí están organizados
en su lucha de clases y porque son adictas a la “pasión de infinito” (Durkheim). En una lectura radical la anomia es la no-política, esto es, la invisibilidad de los actores, la
imposibilidad de la interlocución, la Torre de Babel pletórica de gritos y de gesticulaciones pero sin códigos ni reglas. ¿Suena familiar? La anomia es una “desmesura
sociológica” porque es un escenario extremo, pero siempre posible. En la teoría, la relación sin mediaciones Estado-individuo acabará por agotar la política hasta el grado de
un conflicto que coloque a toda la cultura en sus límites.
S
in política hay silencio y estridencia. En escenarios anómicos los ciudadanos no hablan, no actúan, no al
menos para lo que importa: para promover intereses y reclamar afrentas con modos y lenguajes entendibles
para los otros. Que en México los happy few tengan derecho de picaporte en Los Pinos no importa; pero faltan
los demás, aquellos que serán atendidos sólo en el caso de que las siglas que los convocan y organizan sean
reconocibles, es decir, sólo aquellos que son políticamente relevantes. La vida exige siglas y membretes (y
buena parte del 80% jamás aceptará esta triste y pedestre realidad de la política). Porque siglas y membretes
dan rostro político y significación (número de agremiados, peso específico, eficacia en la comunicación) a los
ciudadanos de otra manera irrelevantes. Lo que resiste apoya, decía Jesús Reyes Heroles; lo que se ve se
atiende y resuelve. Si la sociología de Durkheim fue un esfuerzo intelectual sin precedente para construir el
objeto de la política lo fue porque justo planteó que la política es un ejercicio de visibilidad, contacto y
rivalidad.5
En México las clases medias están imbuidas de “pasión de infinito”. Que hasta 80% de los ciudadanos se
reconozcan como de clase media indica que la ambición desborda toda objetividad en el autorreconocimiento.
Es la expectativa familiar del homo economicus, quien actuando sólo en su beneficio acaba por contribuir al
bien común. Su esfuerzo egoísta redunda para sí mismo y por esa vía beneficia a la colectividad. Que un
ciudadano imagine estar bien situado en la escala social, aunque en realidad no lo esté, sugiere que quiere estarlo. 80% es nuestro horizonte de optimismo. Buena noticia.
La mala noticia es la misma. La pasión de infinito abre la puerta a un sinnúmero de excesos, de borracheras de expectativas, tanto en la política como en la economía y en la
“moral social” (Durkheim, otra vez). La pasión de infinito es más que una aproximación psicológica a los hombres y las mujeres. Se trata en realidad de una caracterización
sociocultural porque nos coloca en el plano no sólo de las expectativas de época sino de las pulsiones. La pasión de infinito es el desbordamiento de los deseos, ese momento
en que los hombres “se exigen más de lo que se les puede conceder [y] estarán contrariados sin cesar y no podrán funcionar sin dolor”; su sensibilidad “es un abismo sin
fondo” y puesto que nada “los limita, sobrepasan siempre e indefinidamente a los medios de que disponen”. Los deseos en los hombres son como una “sed inextinguible”,
esto es, “un suplicio perpetuamente renovado”. “Lo que el hombre tiene de característico es que el freno al que está sometido no es físico, sino moral, es decir, social”.6
Aunque la tradición es mucho más antigua, con la llegada del capitalismo salvaje del último cuarto de siglo la sociedad mexicana parece haber escuchado y asimilado el
famoso “enriqueceos” de Lenin a los kulakes. Si no todos se enriquecen al menos muchos lo intentan, y de todas las maneras imaginables. Empresas formales, sí, pero
también proliferación de aventuras en el borde de la legalidad fiscal, laboral o urbana. En ese 80% hay miles de ciudadanos que quieren ser empresarios a cualquier costa,
pero una vez más la representación es más poderosa que los datos objetivos. Son empresarios porque son propietarios y no tienen jefe, aunque no tengan local ni capital ni
tecnología y quizá ni mercado. No obstante, la mistificación, la transubstanciación de las clases medias en utopía, no permite a casi nadie hacer la pregunta más obvia: ¿vale la
pena ser un “pyme” sin futuro y no un trabajador o empleado satisfecho de su carrera, dignamente pagado, y más o menos satisfecho con su vida en la empresa y el sindicato?
E
sta pregunta, me temo, es el inicio de una narrativa de mal gusto entre nosotros. La changarrización de la economía,
promovida de palabra y de obra por los últimos cuatro o cinco gobiernos nacionales, ha contribuido a convertir el alma del
ciudadano mexicano en un manojo de confusiones políticas e ideológicas. Contra el espejismo exultante del 80% uno podría
decir que las posibilidades de desarrollo personal, la productividad global de la economía y el ingreso están, todos, a la baja.
Autoempleo, empleo informal y clases medias como artilugio ideológico y como compensación emocional, al alza. “Así fue y
así nos fue” escribió hace más de una década Gabriel Zaid para criticar el manejo económico, torpe y discrecional desde Los
Pinos. “Así fue y así nos fue” podemos repetir con lo micro, lo pequeño y el sueño de las clases medias: ni más economía, ni más
bienestar, ni más paz social.
Desear es legítimo y necesario (aunque con frecuencia es doloroso, pero esa es otra historia). Todos sabemos que Durkheim fue
un crítico del liberalismo económico del 1900, pero jamás fue, como tantos otros de sus contemporáneos, ni antiliberal ni
antimodernista. Eso sí, sostuvo que la dinámica de la economía no sólo no ordenaba el funcionamiento general de la sociedad,
sino que era su principal elemento de inestabilidad.7 Viejo tema que con frecuencia olvidamos cuando tratamos de identificar las
fuentes de nuestra angustia contemporánea. No debería resultar extraño que la discusión de la anomia como pasión de infinito se
relanzara en el mundo anglosajón a mediados de la década de 1980, es decir, cuando la gran ofensiva neoconservadora contra el
mundo tal como había estado organizado según las reglas del New Deal y el Estado benefactor europeo de la segunda posguerra
(ambos, grandes pactos corporativos en el seno de sociedades democráticas). Algunos autores se preguntaron entonces por las
consecuencias del otro “enriqueceos”, ahora de Thatcher y Reagan y Salinas de Gortari. Una versión sólo externa a las
subjetividades, al alma de los ciudadanos ochenteros, simplificaba el problema en exceso y dejaba de lado la dimensión más
profundamente moral y cultural del fenómeno.8
Acompañando al “enriqueceos” no llegó el “comportaos”, ni a Los Pinos ni a Wall Street pero tampoco a la Del Valle de
Monterrey o de la ciudad de México. Quizá porque la anomia no es sólo la ausencia de normas ni el reconocimiento de que el
deseo no tiene fin. Es otra cosa más importante, el reconocimiento de una contradicción irresoluble: que en la sociedad están
vigentes valores y normas que son contradictorias y con frecuencia incompatibles entre sí. Por eso en una nueva moral social (a la Durkheim, se entiende) las conductas
desviantes son más o menos irrelevantes. El peligro que nos acecha es el conflicto entre los “normales” y no el que viene de los márgenes. Estamos en peligro por reglas
ineficientes o anacrónicas o carentes de un anclaje político-institucional adecuado.9
Desear es correcto, justo y necesario —sólo así cambia el mundo—; reconocer los límites del deseo, también —sólo de esa manera el deseo no se convierte en arma mortal.
Este escenario exige el regreso de la política en toda su plenitud, llamada ahora y como siempre a cumplir la función sagrada de actuar como la gran reguladora y
administradora del conflicto —al contrario de la versión bárbara, hegemónica en México y predilecta de tantos, según la cual la política estaría llamada a suprimir el conflicto.
Pero sin conflicto la sociedad se convertiría en una identidad absoluta, es decir, en un infierno de violencia. Es hora de desagregar, separar y hacer arte combinatoria con las
piezas del rompecabezas nuestro. Que cada quien reconozca sus intereses, los nombre, los defienda y los promueva. La unanimidad (todos somos mexicanos, todos somos
clase media, todos somos mestizos) es una ideología.
Ariel Rodríguez Kuri. Historiador. Profesor-investigador de El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia del desasosiego. La revolución en la ciudad de México
1911-1922.
1 Jacqueline Peschard, “Las elecciones en el Distrito Federal (1946-1970)”, en Revista Mexicana de Sociología, vol. 50, núm. 3, julio-septiembre, 1988, pp. 229-246.
2 De la división del trabajo social, Editorial Schapire, Buenos Aires, s/f, p. 28.
3 Ver Lecciones de sociología. Física de las costumbres y del derecho, traducción de David Maldavsky, Editorial Schapire, Buenos Aires, 1974, p. 39, y El suicidio,
traducción de Óscar Uribe Villegas, introducción de Mariano Ruiz Funes, UNAM, México, 1974, pp. 348-349.
4 Lecciones…, pp. 46, 48 y 49.
5 Ver, por ejemplo, a Bernard Lacroix, Durkheim y lo político, FCE, México, p. 239 y ss., esp. 241.
6 El suicidio, pp. 337-339, 345.
7 El suicidio, pp. 346 ss., y Lecciones de sociología, passim.
8 Stjepan G. Mestrovic y Hélèn M. Brown han abierto el camino en ese sentido; ver su artículo “Durkheim’s concept of anomie as déreglèment”, Social Problems, vol. 33 (2),
diciembre 1985.
9 Stjepan G. Mestrovic, “Durkheim’s concept of anomie considered as a total social fact”, The British Journal of Sociology, vol. XXXVIII (4), pp. 573 ss.
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Fecha: 03/11/2010
Vargas Llosa en el laberinto mexicano
Roberto Pliego
E
l 1 de septiembre de 1990 Mario Vargas Llosa abandonó precipitadamente la ciudad de México. Tomó un avión de regreso a Londres para atender asuntos familiares. Eran
los días del “Primer Encuentro Vuelta: La experiencia de la libertad”, al que convocaron Octavio Paz y la revista Vuelta y que reunió a casi cincuenta hombres de letras
europeos, estadunidenses, latinoamericanos. A pesar de que abordó el papel de los intelectuales frente al poder, la emergencia de los particularismos étnicos y religiosos, y la
presencia ineludible del mercado, llamó a discutir dos grandes temas: la derrota del socialismo real —o del modelo comunista-soviético— y el futuro de la democracia.
Unas horas antes de su partida, en la mesa dedicada a los autoritarismos en Latinoamérica, Mario Vargas Llosa esbozó
el siguiente retrato: “México es la dictadura perfecta. La dictadura perfecta no es el comunismo, ni la Unión Soviética, ni
Fidel Castro, es México”. Se refería, por supuesto, al sistema político del PRI, un partido inamovible, con una retórica
que provenía de la izquierda, que patrocinaba a los partidos opositores, reclutaba a muchas de las mentes más brillantes
y encima de todo concedía un espacio para cierta especie de crítica, aunque no para aquella que ponía en riesgo su
permanencia. Había sacudido el avispero. El mismo Octavio Paz, desde la tribuna y ante una audiencia televisiva, llamó
a la precisión: no se podía hablar de dictadura sino de un sistema hegemónico de dominación. “Este partido hegemónico,
este partido creado por el Estado posrevolucionario está en crisis y está en vías de desaparecer o bien de transformarse”.
Si las palabras de Octavio Paz fueron tan sólo un coscorrón, algunas reacciones consignadas por la prensa invitaron al
linchamiento público.
No habían pasado ni dos años desde entonces cuando Vargas Llosa publicó un extenso artículo en el diario El País (1 de
junio de 1992) en el que sostenía que aquella calificación era aún “defendible”. Parecía dirigido a quienes por igual se
sentían deslumbrados y aterrados por el caso mexicano. “Para todos los efectos prácticos”, escribió, “México es ahora el
PRI, y lo que no es el PRI, incluidos sus más enérgicos críticos e impugnadores, también sirve, de una manera
misteriosa, genial y horripilante, a perpetuar el control del PRI sobre la vida política y la sociedad mexicana”. La
novedad estaba en que sus críticas apuntaron también al Partido de la Revolución Democrática, un disfraz del viejo PRI
pretendidamente renovado con el que compartía sus “taras y lacras ideológicas —populismo, estatismo, socialismo,
nacionalismo económico—”. México padecía el subdesarrollo económico y las desigualdades sociales, era víctima de la
corrupción en todos los espacios públicos y cotidianos y poseía una clase intelectual a la que caracterizaba una “merma notoria de soberanía y autenticidad”. Hablaba, como
sigue haciéndolo, desde la tradición liberal, a la que ha sido fiel desde su distanciamiento de la revolución cubana y su encuentro con las obras de Isaiah Berlin —un mundo
perfecto es una ilusión— y Jean-François Revel —la democracia es el camino más seguro hacia la prosperidad económica— en la década de 1970.
¿Una izquierda democrática a corta distancia?, terminaba preguntando. No, porque la oposición en boga rechazaba la auténtica economía de mercado y continuaba adorando a
los antiguos ídolos del totalitarismo. En cuanto al PRI, hacía falta liquidarlo: “Ése puede ser el momento milagroso de la democracia en México”.
Iluminados y caudillos habitan muchas de las novelas de Vargas Llosa, de Historia de Mayta a La fiesta del Chivo. ¿Pero qué hay de quienes tienen una existencia real? El 15
de marzo de 1998 Vargas Llosa publicó “La otra cara del Paraíso” en el diario El País. El asunto: ¿qué había sido del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y de su líder
mediático, el subcomandante Marcos, cuatro años después del alzamiento armado en Chiapas? Siguiendo a los periodistas Bertrand de la Grange y Maite Rico, autores del
libro Marcos, la genial impostura, Vargas Llosa pintó un paisaje antiparadisíaco: treinta mil indios obligados por el EZLN a huir de sus lugares de origen, una fuerte presencia
de la Iglesia, un galopante protagonismo del indigenismo fundamentalista, la misma pobreza con quinientos años de edad. Y en qué había contribuido Marcos al proceso de
democratización de México. “No lo ha ayudado en lo más mínimo”, destacaba; “lo ha entorpecido y confundido, restándole legitimidad a la oposición democrática y
ofreciendo coartadas de supervivencia al poder que dice combatir”. Quién habría podido imaginar en lo que pararía la revolución zapatista: “Un bufón del Tercer Mundo
puede competir con Madonna y las Spice Girls en seducir multitudes” que incluso recibió una invitación para protagonizar una campaña publicitaria de Benetton. Otro payaso
de la sociedad civil, Oliver Stone, viajó a Las Cañadas con el propósito de filmar un documental condescendiente.
Curioso: antes de acuñar el término “dictadura perfecta”, en el artículo “Entre la libertad y el miedo” (Expreso, Lima, 7, 8 y 9 de noviembre de 1988), a propósito de los
avances democráticos en casi la totalidad del mapa latinoamericano, un respiro que parecía anunciar un mejor momento republicano, Vargas Llosa identificó al sistema
político mexicano como “una seudodemocracia manipulada que, al igual que otras, va perfeccionando y admitiendo el pluralismo y la crítica”. El ejército, la extrema derecha
y la extrema izquierda se iban resignando a vivir bajo un cielo de prácticas electorales ante el riesgo de padecer una orfandad absoluta. Vargas Llosa recuperó aquella
percepción, durante su participación en el II Forum Universal de las Culturas (Monterrey, octubre de 2007), con un ligero matiz: México había dejado de ser una dictadura
perfecta y ahora transitaba por la ruta de la democracia imperfecta: “Soy optimista con México. Creo que está en una buena dirección, con problemas enormes, con una
necesidad de muchas reformas, pero ha salido de un sistema que era dictatorial”. Su caracterización, en realidad, viró tras el triunfo del candidato panista a la presidencia en
las elecciones de julio de 2000. En el papel, se inauguraba una época de consensos y contrapesos y surgía la posibilidad de reestructurar al Estado de pies a cabeza. México,
declaró Vargas Llosa en aquellos días, había pasado de “la dictadura perfecta a la democracia difícil”.
Hará cosa de un año que empezó a recorrer otro pasaje del laberinto mexicano: el de la guerra contra el narcotráfico. En un artículo publicado en el diario El País (“El otro
Estado”, 10 de enero de 2010) nombró lo que muchos piensan pero callan: “es absurdo declarar una guerra que los cárteles de la droga ya ganaron”. Llegaron para quedarse.
Están mejor armados que la policía y el ejército, tienen cuadros jóvenes capacitados para relevar a los grandes capos que caigan presos o en combate, manejan cuantiosos
recursos financieros, exhiben una asombrosa capacidad de adaptación, poseen tecnología avanzada, saben sortear obstáculos y sobreponerse a cualquier revés, y operan como
“las más desarrolladas transnacionales del mundo”. Cómo oponerse a un mercado omnipresente que satisface a millones de consumidores. “¿Estamos condenados a vivir, más
tarde o más temprano, con narco-Estados como el que ha querido impedir el presidente Felipe Calderón?”, pregunta Vargas Llosa. ¿Se diría que no hay solución? “La hay.
Consiste en descriminalizar el consumo de drogas mediante un acuerdo de países consumidores y países productores, tal como vienen sosteniendo The Economist y buen
número de juristas, profesores, sociólogos y científicos en muchos países sin ser escuchados”. No pasó por alto, desde luego, los argumentos en contra de la legalización.
Existe el riesgo de que niños y jóvenes, sobre todo, caigan en la tentación del consumo, pero “lo probable es que se trate de un fenómeno pasajero y contenible si se lo
contrarresta con campañas efectivas de prevención”. Más que el populismo, concluía, la criminalidad asociada al narcotráfico es la mayor amenaza para la democracia en
América Latina.
Ineficaz, costosa, la guerra contra el narcotráfico se ha vuelto asimismo un espectáculo periodístico. A fines de septiembre, a su paso por México para recibir el doctorado
honoris causa que le concedió la Universidad Nacional Autónoma de México, Vargas Llosa concedió una entrevista al suplemento Laberinto, del diario Milenio, en el que
alertó sobre los riesgos de convertir la información de hechos violentos y sangrientos en entretenimiento. “La prensa y los medios en general alimentan ese apetito, lo cual es
lamentable”, indicó. No menos lamentable es el lugar desproporcionado que la violencia ocupa en la cobertura periodística. El resultado: en Europa la imagen de México
aparece generalmente deformada.
Retrocedamos ahora en el tiempo, a fines de la década de 1970. No era la primera vez que Mario Vargas Llosa recorría el laberinto mexicano. En aquella ocasión paseó por
uno de sus recovecos más emblemáticos: la Casa-Azul, la casa de Frida Kahlo en Coyoacán. En un artículo fechado en 1998 cuenta que hizo la visita en compañía de un
disidente soviético que había padecido los horrores del Gulag, “y al que la aparición en aquellas telas de las caras de Stalin y de Lenin, en amorosos medallones aposentados
sobre el corazón o la frente de Frida y Diego, causó escalofríos”. Tampoco a él le gustaron. Quiero creer que tras semejante aparición pudo al fin descubrir —o quizá
confirmar— que México estaba tristemente aquejado por la peste del autoritarismo.
Roberto Pliego. Escritor y editor. Autor de 101 preguntas para ser culto.
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Fecha: 03/11/2010
Mario Vargas Llosa: La realidad y la utopía
C
on la regularidad de las lunas, los cometas y los eclipses, durante los últimos 40 años han salido libros del arcón de Mario Vargas Llosa, celebrado Premio Nobel de
Literatura del año del Bicentenario Hispanoamericano.
Con ocasión de la salida de dos de sus novelas, en mayo de 2000 y en diciembre de 2003, Mario Vargas Llosa concedió
dos largas y elocuentes entrevistas al programa Zona abierta, conducido por Héctor Aguilar Camín. El primer
programa, a propósito de La fiesta del Chivo y el horror de las dictaduras. El segundo, a propósito de El paraíso en la
otra esquina, y la tentación de las utopías.
Hemos reunido ambas entrevistas en un solo texto, cuya riqueza de registros y reflexiones vale como un autorretrato
intelectual, un poderoso menú de obsesiones: la novela, la realidad y el oficio de escribir; la modernidad, el desarrollo
y las ataduras ideológicas de la América Latina; la dictadura, la democracia y los desafíos de la libertad; la utopía, la
felicidad y la imperfección del mundo. Los videos completos de ambos programas, del 27 de mayo de 2000 y el 25 de
diciembre de 2003 pueden verse en la página electrónica de nexos (www.nexos.com.mx)
¿Cómo escribes? ¿Tienes una rutina?
Vargas Llosa: Sí, yo trabajo con una disciplina de oficinista. Trabajo casi siempre en las mañanas en mi departamento,
donde esté, hasta las dos de la tarde y esas horas son para mí las más creativas. Las horas en que yo avanzo más
inventando, escribiendo. En las tardes, por lo general, voy a una biblioteca. Me gusta mucho trabajar en bibliotecas,
porque cambio de ambiente, de entorno. Para no tener claustrofobia, que es una cosa que me ocurre si me quedo en un
sitio mucho tiempo.
¿Cómo empiezas el día de escritura?
Generalmente, corrigiendo lo que escribí el día anterior. O mejor dicho, revisando las correcciones que hice en las tardes, porque en las tardes en las bibliotecas generalmente
lo que hago es corregir y tomar notas para corregir el texto que he trabajado en la mañana. Empiezo con estas correcciones, para entrar en una cierta dinámica, porque lo
difícil es empezar. Lo difícil es empezar esa primera frase nueva. Para no empezar buscando la frase nueva, empiezo rehaciendo frases que están ahí, y eso me da un cierto
impulso.
¿Eso cuánto tiempo te lleva?
Unas cuatro, cinco horas de trabajo. Y luego me voy a la biblioteca. Gozo mucho esas tardes cuando corrijo lo que he escrito en la mañana y puedo añadir, puedo cortar.
Además, también leo, hago notas, el trabajo de investigación es para mí muy importante. Es una investigación no en busca de la fidelidad, de la verdad, sino de familiarizarme
con un tema, con una cierta gente, una cierta época. Y eso a mí me va creando un clima que es muy estimulante para escribir.
¿Escribes a mano?
Sí, la primera versión siempre es a mano. Con tinta y en cuadernos.
¿Escribes en cafés?
Escribo en cafés también. En Madrid, por ejemplo, a veces voy a un cafecito muy simpático que hay en la Plaza del Ángel, que se llama El Café Central. En las tardes está
siempre solitario. O sea, que a las tres, cuatro, cinco de la tarde es perfecto. A las seis hay que escapar porque ya llegan los habitúes. Pero esas tres horas está generalmente
vacío y a mí me gusta mucho.
¿Cuándo pasas del manuscrito a la computadora?
Lo voy pasando cuando termino un capítulo. Lo paso en la computadora y eso me da una distancia, eso ya me permite corregir, rehacer. Y, al mismo tiempo, voy haciendo,
que eso también lo hago en las tardes, los esquemas, los diagramas, las trayectorias. Antes de empezar a escribir tengo todos los esquemas.
¿Cómo son esos esquemas?
Son generalmente trayectorias: si un personaje empieza aquí y termina allí. Y otro personaje empieza allí y termina aquí. Y los cruces y descruces son para mí fundamentales.
Cuando tengo los cruces y descruces entre los personajes, es que ya me pongo a redactar. Mientras tanto, voy un poco perdido. Pero cuando ya tengo una cierta organización
de la historia, muy esquemática, empiezo a redactar. Claro, a medida que voy avanzando, voy cambiando esos esquemas. Me gusta mucho, me divierte mucho hacer eso.
¿Qué pasa cuando te trabas? ¿Hay algún momento en que dices: esto no va a funcionar y abandonas la novela?
Sí, me desmoralizo mucho, pero no abandono nunca el trabajo. Yo sé que eso sería fatal. Si yo paro o dejo, ya no la retomaría. No, no, yo no paro. Una vez que arranco,
continúo, y a veces convencido de que eso es un desastre, que eso no se va a levantar nunca, pero es que la experiencia me ha demostrado que si yo persevero, que si yo
insisto, que si yo corrijo, que si yo rehago, en un momento dado vuelvo a recuperar otra vez la confianza, la ilusión. Para mí lo fundamental es eso que decía Santo Tomás de
la fe: No importa que creas, practica. Sigue el rito, continúa el rito. La fe va en un momento dado a llenar ese cascarón, esa estructura vacía. Eso es lo que me pasa a mí,
trabajo, trabajo, aunque siento que eso es un desastre. Y en un momento dado, eso se va cargando otra vez de entusiasmo, de ilusión.
Resuelves tus crisis creativas con más trabajo.
Con más trabajo, con perseverancia, con terquedad. La terquedad es para mí una gran virtud creativa. Yo creo que eso está muy presente en los creadores que no tienen
facilidad, que es mi caso. Hay algunos creadores que tienen una facilidad extraordinaria. Se sientan y el espíritu habla por ellos, pero no es mi caso.
¿Habrá alguno de ellos realmente?
Sí, yo te doy un ejemplo, Cortázar. En la época en que él escribía Rayuela, en París, nos veíamos con mucha frecuencia. Y él se sentaba cada mañana a la máquina de escribir,
sin saber sobre qué iba a escribir. No corrigió prácticamente nada. Rayuela es una novela que él terminó y envió a la imprenta, y eso parece imposible porque es una novela
tan bien estructurada, tan sólida y, además, tan compleja en su construcción. Eso para mí es inconcebible. No sólo me deslumbra, sino me desmoraliza, porque eso está a años
luz de mi caso.
Cuando uno lee tus libros, parece todo tan nítido y tan complejo a la vez que uno dice: ¿esto de dónde salió?
Salió de mucho esfuerzo, de mucho trabajo, de mucha corrección, pero también de entusiasmos, depresiones. Yo creo que todos los escritores pasan por eso.
¿La parálisis?
Eso no lo he sentido nunca. Yo sé que hay gente que quedan paralizados y que de pronto quedan enmudecidos. A mí no me ha pasado nunca eso.
¿Y si sientes que te va a pasar?
Sigo trabajando.
Es marzo del año 2000 y estás en el país cuyo régimen político has bautizado, célebre, polémica y largamente, como una dictadura perfecta. ¿Qué estado guarda la
dictadura perfecta mexicana?
He percibido una evolución muy positiva. Hay una apertura considerable desde hace algún tiempo en el dominio de la información y de la prensa. Hay un debate abierto,
intenso, que antes no existía. Y por otra parte, hay la sensación de que los mexicanos están convencidos de que esta vez va a haber elecciones realmente libres. Es una
sensación que yo recojo a diestra y siniestra, y eso me parece muy saludable. Ojalá esta evolución culmine con el establecimiento de la democracia, muy bueno para México y
creo que muy bueno para el resto del continente por la fuerza, la significación que tiene México en el continente.
Falta la prueba de ácido de las democracias, que es la alternancia.
Absolutamente. Creo incluso que si gana el PRI nadie creería que esa elección la ha ganado limpiamente, por los 70 y pico de años que tiene detrás. Creo que el hecho
neurálgico, el hecho crucial de la democratización de México es la alternancia en el poder. Que suba un partido de oposición y que el PRI pase a la oposición. Ésa es la
esencia misma de la democracia, la alternancia en el poder, por la decisión civilizada, pacífica de las elecciones.
En México falta una piedra de toque de la cultura democrática, es el respeto a la ley. ¿Tú crees que es posible una democracia en donde la sociedad no tiene en el centro de
sus valores el respeto a la ley?
En una democracia perfecta, desde luego, tiene que haber respeto a la ley. Pero esa democracia perfecta ya sabemos que no existe en ninguna parte. En América Latina
nuestras democracias son imperfectas, en gran parte porque la ley no se respeta. Pero también es comprensible esa actitud, porque tradicionalmente las leyes no han sido
respetables en nuestros países, han sido dictadas muchas veces para favorecer a determinados grupos de interés. El ciudadano común no ve la ley como una manera civilizada
de organizar la sociedad, de proteger a los ciudadanos, de garantizar ciertos derechos. Más bien nosotros vemos la ley como un instrumento para favorecer o para castigar.
Hay un famoso dicho de la época de la dictadura del general Odría, un senador que dijo sin en el menor rubor: “Para los amigos todos los favores, para los enemigos la ley”.
Uno de los islotes de ilegalidad que hay en México alcanzó gran popularidad en el extranjero: la rebelión chiapaneca. ¿Qué impresión tienes de ese movimiento?
Pues yo lo vi siempre como un anacronismo que servía en muchos casos para poner en la agenda problemas muy reales de discriminación, de marginación.
Seguramente esos problemas son una realidad muy dramática, pero la metodología, el lenguaje, los designios del movimiento a mí me parecieron absolutamente anacrónicos e
incluso me parecieron un obstáculo al proceso de democratización de México: una fuente de crispación y antagonismos que llevaban el combate político fuera de la legalidad,
y que además podía favorecer extraordinariamente al Estado. Era una manera maravillosa de utilizar justamente ese ejemplo de violencia, de ruptura de toda institucionalidad,
de crear un espantajo para ese sector de clases medias mexicanas que es un sector muy amplio que quiere la democracia pero que no quiere la violencia, que no quiere guerras
civiles, que no quiere alzamientos. Era una manera de recuperarlos para el orden. Entonces, yo desde un principio fui muy crítico de ese movimiento, sin desconocer que
puede haber ahí reivindicaciones absolutamente legítimas. Pero esa reivindicación es con fusiles. Y cuando una reivindicación cancela la posibilidad de la acción pacífica, me
parece absolutamente equivocada.
En La fiesta del Chivo reconstruyes una realidad que es más delirante de lo que pueda imaginar ningún novelista. Has dicho que tuviste que omitir parte de esa realidad
para ser verosímil.
Sí, lo he dicho y lo he hecho, y veo a veces cierta incredulidad en quienes me escuchan, pero la verdad es que hay episodios y situaciones que he tenido que eliminar o rebajar
para que resultaran verosímiles, porque expuestos directamente tal como ocurrieron estoy seguro de que el lector los rechazaría por excesivos, por demasiado fantasiosos.
Sobre todo en el dominio de la violencia. Por ejemplo, la represión organizada por ese personaje realmente siniestro que fue el coronel Johnny Abbes García, que comenzó
por otra parte su trayectoria siniestra aquí en México, a donde fue enviado como espía entre los exiliados dominicanos. García llegó a unos extremos verdaderamente
vertiginosos, de horror, de crueldad. Parece inverosímil, por ejemplo, el caso de las torturas al general José Román, que fue uno de los conspiradores que se acobardó en el
último momento e hizo fracasar el golpe de Estado contra Trujillo. Es algo verdaderamente indescriptible, porque fue torturado a lo largo de cuatro meses y pico, con equipos
de médicos que lo resucitaban para que pudieran seguirlo torturando. Algo verdaderamente apocalíptico, muy difícil de entender racionalmente y sin embargo a eso se llegó
en ese sistema de poder absoluto, de control total de las vidas, la psicología y los sueños de las personas.
¿Urania, el personaje femenino, es real?
Urania es un personaje inventado. No son inventadas, en cambio, las caídas en desgracia de los colaboradores más próximos a Trujillo. Era una rutina. Trujillo hacía pasar por
el frío a todos sus colaboradores para mantenerlos en la inseguridad, para que supieran que nunca tenían nada garantizado, y entonces sí solicitaba su celo, su obsecuencia, su
servilismo. La historia de Agustín Cerebrito Cabral, este personaje que cae en desgracia, está inspirada en la suerte de Anselmo Paulino, un colaborador de Trujillo que
prácticamente le manejó la vida política 17 años, y que cayó en desgracia por una frase de Francisco Franco. Cuando Trujillo fue a visitar a Franco en el año 54, lo invitó a la
República Dominicana y Franco le dijo no, yo no puedo dejar España porque yo no tengo un Anselmo Paulino para dejarle el poder. Ese día terminó la carrera política de
Paulino. Inmediatamente, Trujillo le cortó la cabeza. Desencadenó una campaña contra él, acusándolo de ladrón, de traficante. Lo hizo condenar, expropió todos su bienes, lo
tuvo en la cárcel no recuerdo ya cuántos años, hasta que por fin lo sacó y lo despachó. Todo por una frase de Franco.
¿Por qué una novela sobre Trujillo y no una sobre Fidel Castro?
Porque en el año 75 yo pasé ocho meses en República Dominicana, ahí oí muchas cosas sobre Trujillo, leí cosas sobre Trujillo, y desde entonces quedé absolutamente
fascinado con el personaje. Desde entonces estuve trabajando mentalmente en esa novela. Ahora bien, cuando uno escribe una novela sobre una dictadura, por más rasgos
locales que tenga, escribe en realidad sobre todas las dictaduras. El caso de Trujillo es el caso de Fidel Castro. Probablemente Castro es el último representante de las
dictaduras de este tipo. Yo creo que esas dictaduras montadas en torno a un caudillo, llenas de teatralidad, de espectacularidad, grotescas en sus farsas político sociales, no
tienen cabida en el siglo XXI. Las dictaduras del siglo XXI van a ser mucho más a la manera de Fujimori, discretas, bueno, digamos discretas, guardando ciertas formas que
las dictaduras tradicionales no se preocupaban de guardar, utilizando mascaradas democráticas para consolidar un poder que tiene hoy día una base de sustentación
tecnológica que no tenían las del pasado.
¿Qué decir de Cuba?
A pesar de todas las evidencias, todavía hay gente que defiende esa dictadura. Y a veces gente de talento, que es lo que más me paraliza.
¿Por qué es eso?
Bueno, a Castro nadie le puede negar la astucia, la habilidad, el maquiavelismo. Eso tenemos que reconocerlo. Por ejemplo el caso de Elián, la manera cómo él utilizó la
historia de ese niño para consolidar su régimen, para distraer absolutamente a los cubanos de los terribles problemas que enfrentan y concentrarlos en la campaña para liberar
a Elián del secuestro que sufría y para manipular, además, incluso, a la oposición cubana del exilio y precipitar unas posiciones absolutamente radicales. Toda una comunidad
cubana en el exilio quedó desprestigiada gracias a la operación maquiavélica de Castro, que consiguió incluso que, de alguna manera, la legalidad norteamericana le diera la
razón. Entonces: sí, hay que quitarse el sombrero. Ese señor realmente tiene dentro de su siniestro propósito, que es única y exclusivamente conservar el poder absoluto, la
capacidad de darle nuevos bríos a una dictadura que cuando uno toma una mínima distancia crítica ve como anacrónica, absurda, fracasada prácticamente en todos los
dominios. Y, sin embargo, ahí está. Al empezar el siglo XXI cumplió 42 años en el poder, 11 más que la de Trujillo.
Por qué esa dictadura mantiene su prestigio en América Latina?
Prestigio, creo que en círculos muy reducidos. En el campo cultural quizá todavía hay un complejo de inferioridad, nadie
se atreve a reconocer que se equivocó, que esa dictadura no es lo que se pensó en un principio, que ésa no es la vía del
desarrollo, de la justicia, que al final, con todas sus mediocridades, la democracia es infinitamente superior a un régimen
como el que representa Castro. Reconocer esto es hacer una autocrítica muy profunda y muchísimos, sobre todo
intelectuales, se niegan hacerlo. O no tocan el tema o no defienden abiertamente a la dictadura cubana, porque hoy día
defender abiertamente a la dictadura cubana es un poco absurdo, ridículo. Entonces, atacan a quienes critican la
dictadura cubana.
¿
Pero se presenta Fidel Castro en una cumbre iberoamericana y eclipsa a los otros jefes de Estado, los medios corren
tras él.
Eso no es por entusiasmo con Fidel Castro, es por la cultura de la frivolidad que ha impregnado totalmente la política. ¿Cómo puede competir un modesto gobernante
democrático, que está cuatro o cinco años en el poder, acosado además por la crítica, por la oposición, que está defendiéndose a su derecha y a su izquierda, con este personaje
semidivino: medio siglo en el poder en un país donde nadie alza la voz, donde nadie deja de aplaudir? Es realmente como encontrarse con un ser prehistórico. No se puede
competir en materia de información, de publicidad, de escándalo con una persona como Fidel Castro. Está destinado hasta que se muera a ser la estrella de todas las reuniones
de jefes de Estado.
Nuestros mayores novelistas han emprendido en algún momento su novela del dictador. ¿Por qué fascina a los pueblos y a los escritores la figura del dictador?
Creo que hay dos razones. Una, porque hemos vivido bajo la sombra de las dictaduras. Prácticamente no hay país latinoamericano que no haya pasado por esa experiencia
ominosa. Otra, porque la dictadura representa el mal, y el mal es mucho más fértil como incitación literaria que el bien. Las novelas no se escriben para expresar la felicidad,
la satisfacción humana, la exaltación ante lo bien hecha que está la vida. Las novelas muestran las deficiencias, los sufrimientos, las frustraciones que provoca la existencia.
La dictadura es, de cierta manera, la forma suprema de ese mal laico, cívico. Es un tema que seguirá siendo recurrente en nuestra literatura hasta que desaparezca esa tradición
atroz que nos cuesta mucho desarraigar. Es el horror, realmente el horror, algo absolutamente increíble. Hay que ver los extremos de devoción religiosa que hubo frente a
Trujillo. Ese regalo de los padres que hacían a Trujillo de las hijas, por ejemplo. A mí me lo explicó el secretario de Trujillo: era un problema para ellos porque en los pueblos,
sobre todo durante las giras del jefe, aparecían estos padres, campesinos llenos de admiración hacia ese ser semidivino, y le hacían la ofrenda de lo más precioso que tenían,
sus hijas. Era un problema, porque el jefe no podía recibir a todas esas niñas y entonces el ministro discriminaba, elegía los objetos más preciosos. Todo eso parece una farsa
semisurrealista, pero no, eso ocurría diariamente en un país que había sido profundamente degradado por el sistema todopoderoso, vertical, que tenía a Trujillo en su cumbre.
Mientras reconstruías ese horror, ¿dónde estaba el placer?
Esa es la paradoja de la literatura. A veces, lo que a uno lo irrita, lo indigna, lo asquea, también lo estimula. Resucitar ese mundo con palabras es un extraordinario desafío.
Pocas veces he disfrutado tanto trabajando en una novela, precisamente por lo difícil que desde el punto de vista formal era dar verosimilitud a esos excesos, a esas
truculencias.
En muchos casos, como dije, suprimí algo que hubiera querido poner por pintoresco. Pero es que me pareció tan absolutamente inverosímil. Por ejemplo, un manifiesto de
toda la intelectualidad dominicana, donde estaban las figuras más eminentes, pero realmente las figuras más eminentes, pidiendo el Premio Nobel de Literatura para la mujer
de Trujillo, para María Martínez, por dos libritos que le escribió, como todo mundo sabía, un gallego exiliado, al que además Trujillo mandó a matar e hizo matar aquí en
México. Toda la intelectualidad dominicana envió ese memorial pidiendo el Premio Nobel para María Martínez de Trujillo, la Prestante Dama, como debía ser llamada
obligatoriamente por los periodistas.
Zavalita, el personaje de Conversación en la catedral, se pregunta sin parar: “¿En qué momento se jodió el Perú?”. ¿En qué momento se jodió América Latina?
Ésa es otra frase que me persigue, como la de la dictadura perfecta. Creo que hasta el final de mis días me va a perseguir. Pero es una pregunta que no podemos esquivar.
Cuando nosotros miramos alrededor y vemos qué cosas son nuestros países y lo que hubieran podido ser, la pregunta es irresistible. ¿En qué momento nosotros nos jodimos?
¿Qué es lo que ocurrió en nuestro pasado para que de pronto empezáramos a declinar? ¿Para que perdiéramos una y otra vez las oportunidades que otros países aprovechaban?
Recuerdo cuando era joven y militaba en la izquierda en la Universidad de San Marcos. Había una palabra que para nosotros representaba el horror, la ignominia en la que
podía caer un país, que era la taiwanización. Un país que se taiwanizaba, es decir, que se ponía a fabricar blue jeans para exportar a los Estados Unidos, era un país que había
llegado al extremo de la degradación. Y yo recordé todo eso la primera vez que fui a Taiwán en los años setenta. Llegué a ese país que en mi juventud simbolizaba el horror y
encontré una prosperidad absolutamente abrumadora, donde prácticamente no había pobreza, ya no digo pobreza, donde había unos niveles de vida que eran realmente
altísimos en comparación con América Latina.
El mismo caso de Singapur. También una dictadura.
Uno de esos casos tristes es saber cómo una dictadura ha permitido el desarrollo de Singapur, sí. Los que defendemos la democracia siempre tenemos el argumento de decir
que las democracias hicieron eso sin ningún costo, sin censura, sin presos políticos. Pero es verdad que hace 40 años Taiwán parecía el horror, era un país mucho más pobre
que cualquier país latinoamericano. Y hoy día es una potencia económica. ¿Qué hicieron ellos que no hicimos nosotros? Yo creo que a nosotros nos mató la ideología.
Nosotros teníamos una idea de sociedad perfecta, alimentada por la ideología, y no admitíamos nada que estuviera por debajo de ese ideal absoluto. Y eso a lo que lleva, en
las minorías más comprometidas, en los sectores más intelectuales, quizás en los sectores más lúcidos y generosos de nuestra sociedad, es a la idea de la revolución, del
cambio traumático, radical. Empujamos en la dirección absolutamente: la búsqueda del absoluto. Y ya sabemos: en política esto conduce a la catástrofe, al fracaso, a la
violencia.
¿Cuáles son las sociedades que avanzaron? Las que aceptaron el pragmatismo, esa vía medio grisácea de la democracia, de avanzar en muchas direcciones a la vez. Al final,
este mal menor ha creado sociedades vivibles, ha eliminado la pobreza, ha creado formas de coexistencia. Y nosotros todavía seguimos dando esa batalla desde el principio.
¿Encuentras todavía una gran resistencia ideológica en América Latina a las políticas de liberalización económica?
Creo que está pesando más en la retórica que en la realidad. Creo que nos está pasando un poco lo que pasa también en Europa. En Inglaterra, ¿quién representa el
liberalismo? El verdadero liberalismo en Inglaterra ha sido el de Tony Blair, que mantuvo las reformas que hizo la señora Thatcher, y además las aceleró. Y fue a donde la
propia señora Thatcher no se atrevió a ir. Por ejemplo, la privatización de la enseñanza pública. Era algo absolutamente intocable. Y Tony Blair, socialista, inició un proceso
de privatización de la enseñanza pública, algo que parecía inconcebible en un país como Inglaterra. El socialismo se convirtió en Inglaterra prácticamente en un liberalismo
con conciencia social. En España, Felipe González es un socialista que no tiene nada que ver con el socialismo de hace 30 años. Está ideológicamente mucho más cerca del
liberalismo, y en política económica sin ninguna duda. La gran transformación liberal en la economía española la hizo el PSOE, el partido socialista. Ricardo Lagos, en Chile,
ha sido un socialista absolutamente moderno que ha hecho cosas que realmente un liberal tiene que aplaudir, es la verdad. Incorporar a la empresa privada en la construcción
de carreteras, por ejemplo. El avance extraordinario de la construcción vial se hizo gracias a Ricardo Lagos, con apoyo de la empresa privada.
Algo pasa en América Latina. Los gobernantes no dicen que son liberales porque eso desprestigia, pero hacen reformas liberales poniéndoles otro nombre, cambiando la
retórica. Algo que a mí me exaspera es ese divorcio entre lo que se dice y lo que se hace. Pero en la práctica hay una apertura inevitable por la presión del contexto
internacional. Y en ese sentido, a veces con muchos tropezones, se va avanzando en la buena dirección.
El paraíso en la otra esquina es un título enigmático.
Viene de un juego de niños que existe prácticamente en todas partes del mundo, aunque con pequeñas variantes. Los niños buscan un lugar que es imposible de encontrar, es
como un espejismo que desaparece cuando uno se va a acercar a él.
La utopía.
Así es. Por definición la utopía es lo que no existe, lo que no es de este mundo. Y, sin embargo, no podemos dejar de buscar lo que no es de este mundo, porque lo más
humano es tratar de alcanzar lo imposible.
¿De dónde sale El paraíso en la otra esquina?
Mira, la primera idea que yo tuve fue cuando era todavía estudiante universitario. Leí las Peregrinaciones de una Paria, las memorias de Flora Tristán, que a mí me
impresionaron muchísimo. A los cuatro años y medio ella, que había vivido en una familia próspera, pierde el padre y pierde la prosperidad y pasan a vivir ella y la madre en
el barrio más miserable de París. Después, ella es una obrerita que se casa con el patrón y el patrón es una bestia que la maltrata y la llena de hijos. Ella concibe desde
entonces un horror al matrimonio y al sexo, en el que ve un instrumento de sujeción, de explotación de la mujer, y eso hace de ella una puritana, salvo ese periodo breve de las
relaciones con Olimpia, aunque como era puritana al final ella lo cancela para poder dedicar todas sus energías a la lucha social.
Gauguin, el nieto de Flora, es todo lo contrario. Comienza una vida exitosa como agente de bolsa, se casa y
forma una familia muy burguesa. Y de pronto, por un amigo, descubre el arte, va por primera vez al Louvre.
Nunca, hasta los 30 años, había entrado Gauguin al Louvre. Es algo realmente extraordinario, pero descubre el
arte y entonces cambia su vida, decide ser pintor, abandona su existencia burguesa, abandona a sus cinco
hijos, y comienza esa increíble carrera que lo lleva a terminar sus días en una islita perdida de las Islas
Marquesas, detrás también de un fuego fatuo parecido al de la abuela: una sociedad perfecta que él creía que
existía en el mundo primitivo. Gauguin creía que la sociedad occidental había entrado en decadencia porque el arte se había convertido en el monopolio de un puñadito de
artistas, de coleccionistas y de críticos, y se había cortado del resto de la sociedad. Entonces él concibe esta idea, que es una idea muy interesante, dice: En Occidente el arte
está muerto, pero donde está vivo es en las sociedades primitivas porque ahí se expresa al conjunto de la sociedad, y ahí es a donde hay que ir a buscar la fuerza, la energía,
para poder pintar obras maestras.
Y va y las pinta.
Sí, primero va a Panamá, después a la Martinica y al final termina en la Polinesia. No encontró el paraíso que buscaba y entonces lo inventó, él tuvo que crearlo en sus
pinturas. Murió destrozado por la enfermedad, en la miseria más total, y además convencido de que había fracasado totalmente, que sus pinturas jamás serían reconocidas. Lo
que nosotros sabemos es que era un genio que en algo acertó, realmente que inmolándose como lo hizo sí consiguió pintar una obra original, novedosa, que rompía con una
tradición, pero el pobre Gauguin jamás lo supo.
El eslabón que falta es Aline, la hija de Flora, la madre de Gauguin.
Aline es un personaje trágico. Cuando Flora Tristán decide dedicarse a redimir a la humanidad abandona prácticamente a su hija. Entonces la hija crece con personas extrañas
que la cuidan, pero no llega a tener nunca prácticamente un calor familiar. La relación con el padre es atroz, el padre la secuestra, y aparentemente la viola. Hay un juicio
escandaloso porque Flora Tristán denuncia a su marido por esta violación o intento de violación, de tal manera que la madre de Gauguin debió ser una mujer muy dolida,
inhibida por este tipo de existencia. Y luego, para su mala suerte, se casa con un periodista republicano, el padre de Gauguin, y tienen que salir huyendo de Francia cuando
Luis Bonaparte se convierte en emperador y empieza la cacería de los republicanos.
Así llega Gauguin al Perú, porque la familia paterna de Flora Tristán era peruana. Aline viaja al Perú con su marido, que muere en el viaje, y sus dos hijos, uno de ellos
Gauguin, que pasa en Lima sus primeros siete años. Ahora bien, estas historias desgarradas no incluyen el tema de la utopía política y social con instrumentos de violencia.
Flora Tristán era totalmente pacifista, estaba convencida que si se constituía la internacional de obreros y mujeres, las dos víctimas de las sociedad, esa sola presencia
multitudinaria impondría al poder concesiones y habría esa transformación pacífica con la que soñaba hacia la sociedad perfecta. Ella era muy radical, se peleó prácticamente
con todos los grupos socialistas utópicos, los furieristas, los saintsimonianos, porque los consideraba demasiado burgueses, pero nunca llegó a defender la violencia. Si añades
a esta pasión tremenda de la búsqueda de la utopía, la política y la violencia, entonces la búsqueda de utopía se vuelve el semillero de grandes catástrofes, hecatombes
sociales.
La gran pregunta es, ¿podemos vivir sin utopías?
No. Yo creo que es imposible, está en el ser humano y por lo menos en la tradición occidental el sueño del paraíso, el paraíso no sólo en el otro mundo, sino en este mundo. Y
ése es un sueño también con unas consecuencias benéficas. Las grandes hazañas científicas, artísticas, literarias, vienen de un sueño utópico indudablemente. O sea, que si la
utopía está bien orientada, yo creo que es muy provechosa para la humanidad. Cuando está mal orientada es cuando viene la catástrofe.
No se puede imponer la felicidad a una sociedad porque no hay un modelo único de felicidad, lo que a un ser lo hace dichoso a otro lo puede hacer inmensamente desgraciado
y la utopía se puede materializar en términos individuales, si un individuo puede alcanzar una cierta forma de perfección y puede realizar quizá un sueño utópico. Pero pensar
que una sociedad entera puede vivir ese sueño utópico de la misma manera, eso es imposible. La infelicidad existe y si no yo creo que no existiría la felicidad, porque la
felicidad es ese desagravio que tenemos nosotros cuando por fin vivimos intensamente o creativamente o gozamos profundamente, pero ése no puede ser un estado
permanente, crónico, eso es utópico.
Has manifestado tu preocupación por un proceso de trivialización de la creación literaria, de consumismo sin pasión, de una especie de empobrecimiento del mundo
creativo. ¿Qué te gusta de la literatura que hoy se escribe en el mundo?
Creo que hay contemporáneos, que son escritores dentro de esa tradición que es la que yo admiro. Escritores que no renuncian de ninguna manera a entretener a un público,
porque, digamos, defender una literatura seria no es negar que una literatura tiene que hechizar, seducir, fascinar a un lector. Lo que a mí me preocupa es que existe una
literatura que sólo persigue entretener y que cree que es arrogante, inútil, tratar de utilizar la literatura para algo más que eso, para plantear problemas o para estimular el
espíritu crítico o cambiar la vida o mejorar el mundo. Les parece a muchísimos escritores contemporáneos, sobre todo jóvenes, una arrogancia y una inutilidad, porque
piensan que la literatura no está en condiciones de cumplir esa función. Y entonces eso ha hecho que surja una literatura que a veces está muy bien, que es muy ingeniosa, que
es una literatura brillante, que es la literatura light, la literatura que renuncia a plantear, a ocuparse de problemas.
A mí eso me parece muy peligroso, creo que la literatura en ese campo no puede competir con productos, por ejemplo audiovisuales, que entretienen, divierten muchísimo
más que lo que puede hacer un libro. Yo creo que el producto audiovisual, salvo casos verdaderamente excepcionales, no hace más que entretener y que su efecto, aunque sea
muy intenso, es efímero. Cuando nosotros leemos una gran obra literaria, esa obra nos seduce, nos entretiene, pero deja unas secuelas y empieza a operar a través de unas
minas que estallan en nosotros poco a poco enriqueciendo nuestra sensibilidad, estimulando tremendamente nuestra imaginación y despertando un espíritu crítico, en el
sentido más general de la palabra, como insatisfacción frente al mundo, como insatisfacción frente al estado de cosas que nos rodea. Mi gran temor es que esa función de la
literatura, que yo creo que ha sido la gran función tradicional de la literatura, desaparezca si al final se entroniza la literatura como entretenimiento y como juego.
¿Qué escritor te gusta ahora?
Pues mira, un gran descubrimiento que yo he hecho en los últimos años fue el de un escritor alemán que pasó casi toda su vida en Inglaterra, que es Sebald. Él creó un género,
unos libros que son en parte libros de viajes, en parte autobiografías, en parte ficción, y que generalmente van acompañados con fotografías o imágenes con leyendas. Son
libros muy extraños, pero extraordinariamente seductores por su originalidad y su enorme complejidad moral, intelectual. Al final uno descubre en sus historias que hay un
trasfondo que tiene que ver con las persecuciones. Hay un libro que se llama Los emigrantes, por ejemplo, que aborda uno de los temas centrales de la problemática de hoy, el
drama de los que deben huir, escapando de las persecuciones, del racismo, del antisemitismo, o simplemente del hambre y la desgracia humana. Es uno de los grandes
escritores modernos. Desgraciadamente murió cuando era todavía un hombre relativamente joven.
Si bajas a América Latina y al mundo de habla española, ¿qué encuentras?
Hay una serie de escritores jóvenes muy interesante. Son voces nuevas, insolentes, críticas, y al mismo tiempo, algo parricidas, lo que es bueno en literatura. No se trata de
querer acabar con la generación precedente para afirmar la propia, eso lo hacemos todos. Pero yo creo que hay en América Latina hay una nueva generación de escritores,
aunque me cuesta un poco dar nombres porque parece que cuando uno da nombres excluye otros.
El inglés se ha vuelto la lengua franca, la lengua obligatoria. ¿Hay que pasar por el inglés para volverse parte de la comunidad literaria mundial?
No, porque digamos, en Estados Unidos, no creo que la literatura hoy día sea muy creativa si se le compara con la de generaciones anteriores, la generación de Faulkner, de
Hemingway, de Dos Passos, de Scott Fitzgerald. No tiene comparación eso con lo que es hoy día la literatura norteamericana. En Inglaterra, en cambio, hay una literatura muy
rica. Ahí sí han surgido escritores muy interesantes, muchos que vienen además de la periferia: Japón, la India, Pakistán, Trinidad, África. Eso me parece muy interesante,
pero es a través de Gran Bretaña que viene. Coetzee, por ejemplo, es un escritor que a mí me parece magnífico. La novela suya, traducida como Desgracia, es una magnífica
novela sobre la Sudáfrica postapartheid. Los problemas, las fracturas, los antagonismos, y al mismo tiempo, la energía que hay ahí. Ése me parece un gran escritor
comprometido, precisamente. Y además, con gran valentía, porque es muy difícil hoy día hablar con serenidad e imparcialidad sobre los traumas que existen en esa sociedad
renovada, librada de la pesadilla de la discriminación racial. Él lo ha hecho en esta novela de una manera admirable.
Ha reunido provocaciones espectaculares en Elizabeth Costello.
Yo no puedo seguir en eso a Coetzee. Con toda la admiración que le tengo, creo que su posición tan absolutamente radical en la defensa de los animales llega a la irrealidad.
No se puede comparar el sacrificio de animales con los campos de concentración y los hornos crematorios en donde desaparecieron seis millones de judíos, es llevar
demasiado lejos una doctrina hasta casi convertirla en un fanatismo. Para mí es un asunto delicado porque me encantan los churrascos, soy carnívoro y me gustan las corridas
de toros. O sea, soy absolutamente antimoderno en ese sentido.
Fuiste un escritor de izquierda y ahora eres un escritor liberal. ¿Cómo fue ese cambio? ¿En dónde estás ahora?
Creo que mucho de lo que representaba la izquierda ha muerto hoy día: sus ideas económicas, su nacionalismo, su concepción de la lucha de clases como motor de la historia.
Creo que todo eso es absolutamente anacrónico, pero hay un aspecto muy vigente, que es el aspecto ético moral, la idea de que la política no puede ser simplemente un
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pragmatismo, que tiene que haber una sensibilidad respecto a ciertos temas: la pobreza, la vejez, la invalidez. Ésa es una herencia de la izquierda absolutamente rescatable,
indispensable dentro de una política liberal. Tú me preguntas dónde estoy. Mira, yo trato de explicarlo día a día, procuro no hacer lo que hice en mi juventud, tener un
esquema perfectamente preparado, con respuestas automáticas para todo, porque ya sabemos a dónde conduce eso. Yo estoy por la democracia, contra todo tipo de dictadura,
contra Pinochet y también contra Fidel Castro. Me parece que la democracia es lo que defiende mejor los derechos humanos, nos defiende contra la violencia, pero no trae el
progreso económico de por sí. Una democracia no es una garantía de progreso económico y de desarrollo. El desarrollo viene del mercado, viene de un sistema de
competencia dentro de unas reglas de juego equitativas, garantizadas por un poder judicial independiente que garantice la limpieza, la equidad, la transparencia. Eso se llama
liberalismo. Por eso yo me declaro liberal. Desde luego, el liberalismo es visto en muchos sectores, y algunos de buena fe, como un sistema de pensamiento concentrado en lo
económico, en la defensa del mercado, que prescinde por entero de la libertad política, por ejemplo. Es una absoluta falsedad. El verdadero liberalismo es esa conjunción de
libertad política que es la democracia y de libertad económica que es la política del mercado.
¿Qué respuesta dar a la desigualdad y la pobreza de millones en América Latina?
Hay que sacarlos de la pobreza creando condiciones y oportunidades que les permitan salir de la pobreza. No hay otra fórmula. Desde luego, la fórmula no es que el Estado
empiece a repartir todo lo que produce, la renta nacional. Ésa es la tradición que a nosotros nos ha hecho pobres, que nos ha arruinado, que ha creado además esas
desigualdades tan monstruosas en nuestras sociedades. Lo que en América Latina mucha gente se niega a ver es que países que eran muy pobres hoy día no son pobres.
España, por ejemplo. Cuando yo llegué a España de estudiante, en el año 58, era un país subdesarrollado, con las calles de Madrid llenas de mendigos. Uno llegaba a pueblos
de Murcia o Almería y eso era la miseria a la manera latinoamericana. Hoy día esa miseria desapareció totalmente. Hay pobreza, pero hay una pobreza que garantiza unos
mínimos niveles de existencia, algo que prácticamente en América Latina no ocurre.
España ha ido creando unas oportunidades, ha ido desarrollando una sociedad de manera admirable, sobre todo a partir de la transición, a partir de la adopción de esa cultura
democrática. Soy muy optimista con España. Es uno de los casos felices de país pobre que se vuelve próspero, de país con una tradición dictatorial terrible, 40 años de
dictadura de Franco, que se vuelve una democracia moderna, efectiva, que se articula muy bien con las sociedades más civilizadas de Occidente, y aprovecha
extraordinariamente la globalización, esa bestia negra de los anacrónicos. No hay ninguna razón para que América Latina no siga esos ejemplos. Yo creo que ésa es la batalla
que hay que dar. Para mí es una batalla cultural, más que política: una batalla de las ideas, una batalla contra la ignorancia, contra los clichés, contra los estereotipos que
todavía están profundamente arraigados en nuestra vida política, en nuestras instituciones, e incluso hasta en el debate de intelectuales.
¿Ves con optimismo la evolución de América Latina?
Con preocupación, para serte franco. Porque si piensas hace 10 años había tales ilusiones que parecía que por fin habíamos llegado a un consenso sobre el modelo para
progresar. Y, sin embargo, hoy día hay una resurrección del populismo. Aquí y allá se manifiesta a favor del estatismo, uno de los fenómenos más destructores, una de las
fuentes mayores de nuestro atraso económico. Todavía creemos que el Estado es una garantía de justicia, de eficacia en el manejo de la economía. No es posible una ceguera
semejante, una memoria tan corta. Y, sin embargo, esas manifestaciones las he visto en Tegucigalpa, miles de personas en las calles protestando contra la idea de que se
privaticen unas centrales eléctricas. Ése es un síntoma muy inquietante para el futuro.
Se diría que al final la fórmula del bienestar y el desarrollo de los países es relativamente sencilla. Democracia, política y economía de mercado.
Creo que ésa es la fórmula para que una sociedad alcance prosperidad y modernidad. De ninguna manera estoy diciendo que a través de esa fórmula vamos a dar la felicidad.
Prosperidad y modernidad. Yo creo que eso sí se puede alcanzar con esas políticas.
Dice Volodia Teitelboim, el escritor comunista chileno: “Yo estoy casado con la política, pero enamorado de la literatura”. Se diría que tú estás casado con la literatura
pero enamorado de la política.
No hay manera de evitar la política. Eso es simplemente una ilusión. Uno puede desinteresarse de la política, pero eso de todas maneras tiene un efecto político en la vida,
sobre todo en países donde los problemas básicos están sin resolver. Así que yo creo que es mejor participar en política, incluso tapándose las narices si a uno le disgusta
mucho, pero ejercitar de alguna manera esa responsabilidad.
La literatura no puede omitir la política. Creo que la política es una de las experiencias humanas básicas, como el amor. Y la literatura, sobre todo la novela, es una expresión
de la humanidad, de la condición humana. ¿Cómo escamotear ese tipo de actividades que tienen una repercusión tan grande en los destinos individuales y, por supuesto, en los
destinos colectivos? Aunque hoy en día hay mucha repugnancia por parte de los escritores jóvenes a tocar la política como algo sucio, creo que la política forma parte de la
experiencia humana y, por tanto, debe formar parte de la literatura. Desde luego, no hay que utilizar la literatura como un instrumento de propaganda, como un vehículo de
difusión de consignas políticas. Eso siempre produce muy mala literatura. Pero que la literatura se ocupe de lo que es el problema de las colectividades, a mí me parece casi
una obligación moral.
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Fecha: 03/11/2010
Cómo reducir la violencia en México
Eduardo Guerrero Gutiérrez
La violencia no es un mal divino sino una creación humana y, como tal, puede “administrarse”, “contenerse”, “regularse” y, desde luego, “disminuirse”. En este artículo
Eduardo Guerrero explora las tendencias y resortes de la violencia mexicana y los principios que deben guiar los esfuerzos para disminuirla. Para contenerla y reducirla,
debe ser primero entendida
La tendencia nacional
(2001-2012)
Se ha dicho que México ya arrastraba el crimen organizado desde el sexenio anterior.
Esto sólo es parcialmente cierto: de 2001 a 2007 el número de homicidios vinculados
con el crimen organizado se movió en un rango relativamente bajo: entre mil y dos
mil 300 ejecuciones aproximadamente.1 Por contraste, entre 2008 y 2010 la
violencia registró un aumento drástico: cinco mil 207 ejecuciones en 2008; seis mil
587 en 2009 y quizá unas 11 mil 800 en 2010.2
Si examinamos la evolución mensual de las ejecuciones, es posible distinguir dos
grandes olas de violencia sin precedentes: la primera está ligada a la detención de
Alfredo Beltrán Leyva El Mochomo, y al consecuente desprendimiento de sus
hermanos del Cártel de Sinaloa. La segunda ola está ligada a la muerte de Arturo
Beltrán Leyva El Barbas durante un operativo militar. Así pues, el súbito y radical
aumento de la violencia entre mayo y noviembre de 2008, y entre diciembre de 2009
y mayo de 2010, está asociado al arresto o eliminación de dos capos de la misma
organización (gráfica 1).
El arresto o eliminación de un capo de una gran organización criminal suele propiciar
su división, lo que ocasiona el nacimiento de nuevas organizaciones. Como lo
mostraré más adelante, el nacimiento de una nueva organización criminal trae
aparejado, en un entorno competitivo, varios detonantes de violencia. El aumento
súbito y sistemático de la violencia desde mayo de 2008 hasta junio de 2010 ha sido
imparable. De continuar la misma tendencia, 2010 podría finalizar con casi el doble
de ejecutados registrados en 2009.
Las tendencias en los estados
En los estados las tendencias de la violencia durante el primer semestre de este año son preocupantes. En 21 de las 32 entidades federativas la violencia muestra una tendencia
al alza. Aunque Sinaloa, Michoacán, Sonora y Baja California exhiben tendencias descendentes, sus niveles de violencia continúan siendo altos.
Los estados con más altos niveles de violencia durante la primera mitad de 2010 fueron
Chihuahua, Sinaloa, Guerrero, Durango, Tamaulipas, Estado de México, Michoacán,
Sonora, Nuevo León, Baja California, Coahuila y Jalisco. Estos 12 estados acumularon
alrededor del 90% de las ejecuciones en dicho periodo. Cabe apuntar, por último, que un
nuevo ingrediente de la violencia en la esfera estatal es la voluntad y capacidad de algunas
organizaciones criminales de asesinar a políticos estatales de primer nivel, como lo dejó en
claro la ejecución de Rodolfo Torre, virtual gobernador de Tamaulipas, pocos días antes de
celebrarse la elección.
La violencia municipal
Como lo ha indicado el gobierno federal, el 80% de las ejecuciones registradas entre
diciembre de 2006 y julio de 2010 han ocurrido en 162 de los dos mil 456 municipios del
país. Sin embargo, sólo cuatro municipios concentran el 36% de las ejecuciones: Ciudad
Juárez el 20%, y Culiacán, Tijuana y Chihuahua juntas el 16%.
A nivel municipal la violencia se concentra espacialmente en seis clusters (o
apiñamientos3) municipales. En el cuadro 1 se enlistan los municipios que integran cada
uno de estos clusters y en el mapa se indica su ubicación en el territorio nacional.
Por último, conviene mencionar un nuevo fenómeno de la violencia municipal: la ejecución
de alcaldes. En los primeros 10 meses de 2010 han sido ejecutados 11 alcaldes. Esta serie
de ejecuciones es parte de las acciones del crimen organizado para intimidar a las
autoridades. ¿Qué nos dice el hecho de que ahora sucedan y antes no? Posiblemente estos
asesinatos indican que una fracción de las autoridades municipales (no sabemos su tamaño) han empezado a trabajar activamente contra las organizaciones criminales o que,
simplemente, se rehúsan a colaborar con ellos. Ambas hipótesis son esperanzadoras.
Ciudad Juárez: Causas y mecanismos de la violencia
Dadas las dimensiones extraordinarias alcanzadas por la violencia en Ciudad Juárez, es quizás ahí donde podemos apreciar con mayor nitidez los mecanismos internos que la
desencadenan. Juárez es, por mucho, el municipio más violento del país. En lo que va de este gobierno (enero de 2007-junio de 2010) se han registrado alrededor de cuatro
mil 500 ejecuciones. A mediados de 2008 el número de ejecuciones en Juárez se elevó hasta abarcar el 20% de este tipo de homicidios a nivel nacional. La tendencia
ascendente se mantuvo a lo largo de 2009 y 2010. Previsiblemente, Ciudad Juárez cerrará este año con dos mil 861 ejecuciones, es decir, alrededor del 21% del total de
ejecuciones proyectadas para 2010 a nivel nacional.4
¿Cómo llegó la violencia a Ciudad Juárez? ¿Por qué las ejecuciones aumentaron exponencialmente? Como detonantes de la violencia en Juárez pueden distinguirse cuatro
grandes secuencias:
Arresto de Alfredo Beltrán Leyva El Mochomo Desprendimiento de la organización de
los Beltrán Leyva del Cártel de Sinaloa Montaje de una coalición de organizaciones
(Beltrán Leyva-Zetas-Juárez) para desplazar al Cártel de Sinaloa del paso transfronterizo
Ciudad Juárez-El Paso. Esta secuencia de hechos tuvo el efecto de encender el conflicto en
Ciudad Juárez. Por ello, los categorizo como efecto combustión.
Los cárteles contratan sicarios para sostener la guerra Se da un reclutamiento masivo de
pandillas Las pandillas de Ciudad Juárez se alinean con los bandos en conflicto Los
cárteles proveen de armas a las pandillas. Esta secuencia de hechos tiene el efecto de
amplificar el conflicto, al engrosar los recursos humanos y el armamento con que cuentan
los bandos en disputa, por eso es que los categorizo como efecto amplificación.
Ningún bando tiene capacidad suficiente para derrotar al otro Las autoridades no
intervienen en la confrontación directa de los bandos Las instituciones de seguridad y
procuración de justicia no tienen capacidad para prevenir, detectar e investigar la gran
mayoría de los hechos violentos, ni para sancionar a culpables. Hay pocos arrestos y éstos
son de carácter aleatorio. Prevalece la impunidad. Estos hechos tienen como efecto escalar
el conflicto y multiplicar la violencia. Los categorizo por eso como efecto escalamiento.
Al
acentuarse, la violencia incorpora más organizaciones criminales y más pandillas en las filas de cada bando El descabezamiento de tales organizaciones y pandillas propicia su
fragmentación Se registra el desplazamiento territorial de algunas organizaciones y pandillas por la dinámica de las disputas. Estos hechos tienen el efecto de derramar o
contagiar la violencia a espacios donde no existía previamente, con lo que aumenta el número de colonias, localidades o municipios con violencia: se ensancha el área en que
se registran ejecuciones. Categorizo este ensanchamiento como efecto derrame.
Las cuatro secuencias y efectos anteriores ayudan a entender la dinámica de la violencia en Juárez. Conviene apuntar, además, otros factores clave para que aparezca y se
multiplique la violencia en Juárez: la ubicación de la ciudad, sus altos índices de rezago social y baja calidad de vida, su escaso desarrollo humano, la presencia abrumadora
de pandillas juveniles y la asombrosa ineficacia policial.
1. Factor ubicación. Ciudad Juárez es un municipio muy codiciado por los narcotraficantes pues es el punto de cruce fronterizo mejor ubicado para trasladar, desde El Paso,
Texas, droga tanto a ciudades del este como del oeste de Estados Unidos.
2. Factor rezago social. Se registran en Juárez altos índices de polarización social, exclusión educativa y pobreza extrema. Hay también un tremendo déficit habitacional y de
desarrollo urbano, y elevados niveles de drogadicción y prostitución. Alrededor de 120 mil jóvenes de entre 13 y 24 años no tienen acceso al aparato escolar ni al mercado
laboral.5
3. Factor calidad de vida y desarrollo humano. El número de colonias afectadas por la violencia y el crimen en Juárez ha aumentado gradualmente en los últimos tres años.
Han sido identificadas 14 zonas críticas en las que se registran los más altos niveles de crimen y violencia. No es una coincidencia que en estas zonas se encuentren las
colonias con las calificaciones más bajas en los indicadores de vivienda e infraestructura de servicios públicos. Además, en estas colonias se registra también la mayor
carencia de escuelas, de instituciones de educación media superior y de áreas verdes y recreativas.6
4. Factor pandillas. Juárez registra una muy alta presencia de pandillas. En el municipio existen alrededor de 500 pandillas con una membresía total aproximada de entre 15
mil y 25 mil personas. 30 pandillas son consideradas de alta peligrosidad por su gran capacidad de violencia. Entre éstas se cuentan Barrio Azteca, Los Mexicles, Los
Bufones, Los Artistas Asesinos, Barrio el Silencio, Killer 13, Los Lobos, Los Veteranos, La Quinta, Los Diablos, Bajo 13 y Los Locos. Estos grupos cuentan con refinados
métodos de comunicación y operación. Barrio Azteca y Los Mexicles, las pandillas más grandes, mantienen alianzas con los cárteles de Juárez y Sinaloa, respectivamente.
5. Factor ineficacia policial. La alta presencia policial que registra actualmente Ciudad Juárez no ha podido frenar el ímpetu de la violencia. Hoy Ciudad Juárez cuenta con 4.3
policías federales por cada mil personas, por lo que se ubica muy por encima del promedio de 2.8 policías por cada mil habitantes recomendado por las Naciones Unidas.7 Si
a esta cifra sumamos el número de policías estatales y municipales el promedio sería aún mayor.
La producción de la violencia
La estrategia actual del gobierno mexicano para debilitar a las organizaciones criminales está dirigida a fragmentarlas. Una acción recurrente para lograr tal división es el
arresto de sus jefes. Tales arrestos generan dos efectos casi simultáneos que fracturan a las organizaciones y las dispersan geográficamente: primero, desencadenan crisis
internas de sucesión; segundo, propician la conducta oportunista de sus adversarios, quienes aprovechan la crisis momentánea para atacarla.
El aumento de la violencia provocado por las divisiones o desprendimientos de una organización criminal se propaga durante largos periodos por tres factores principales:
1. La construcción de reputación de las nuevas organizaciones. La vía natural de una organización criminal naciente para sobrevivir es especializarse rápidamente en el uso de
la violencia y ejercerla intensivamente para construirse una reputación y sobrevivir. La construcción de reputaciones es un factor clave para explicar el escalamiento de la
violencia. De igual manera, “salvar” la reputación mueve a las organizaciones establecidas a desplegar actos de agresión altamente violentos cuando se sienten amenazadas.8
2. El surgimiento de nuevas organizaciones rompe equilibrios preexistentes y genera nuevas equilibrios. La aparición de nuevas organizaciones tiene un efecto
desequilibrador entre organizaciones criminales con presencia nacional o local. El rompimiento de equilibrios preexistentes y la generación de nuevos equilibrios desata,
frecuentemente, olas de violencia de magnitud nacional o local.
3. Generación de dinámicas de competencia en las que la capacidad de violencia es un factor clave para ganar. Una vez que la capacidad de violencia se ha convertido en el
medio esencial para conquistar territorios y defenderlos, las organizaciones competidoras buscan especializarse también en el uso de la violencia para vencer y desplazar a las
organizaciones más violentas. Esto propicia un aumento global de las capacidades de violencia de las organizaciones criminales y, con ello, un incremento de conflictos y
mayor frecuencia e intensidad de hechos violentos.
Una fuente de información que da algunas claves sobre las motivaciones de la violencia son las cartulinas con mensajes escritos dejadas junto a los asesinados. Con base en
una muestra de 177 mensajes encontrados en 149 cartulinas de este tipo puede delinearse una primera clasificación de las causas de las ejecuciones (cuadro 2).
Fases de la violencia
Según la experiencia mexicana reciente y la teoría sobre crimen organizado, el ciclo de vida de una organización criminal posee cinco fases en las que la violencia es utilizada
intensivamente.
En la primera fase la violencia es indispensable para conquistar el territorio que la nueva organización criminal busca dominar o controlar. En este territorio la organización
operará y cobrará rentas a otras organizaciones criminales que lo quieran utilizar para diversos fines (narcomenudeo, trasiego de drogas, etcétera). Aquí el nivel de violencia
en el área estará determinado por el grado de resistencia que la nueva organización encuentre por parte de una organización rival o de la policía local.
En la segunda fase, una nueva organización logra establecerse en un territorio determinado. En ese momento, la nueva organización usa la violencia para “limpiar” el área de
criminales de baja estirpe, de pandilleros que por alguna razón no se les han unido o de secuestradores que trabajan para otras organizaciones.
En la tercera fase la organización criminal se enfrenta con delincuentes y organizaciones
delictivas más pequeñas que utilizan su nombre para extorsionar, haciéndose pasar por
empleados de la organización más grande para cobrar rentas. En algunos casos, el
surgimiento de estas organizaciones “pirata” es masivo, lo que propicia una ofensiva de la
organización mayor y auténtica contra ellas.
En la cuarta fase la organización establecida debe defenderse del asedio policial y de
organizaciones rivales. La organización ya ha sido detectada por las autoridades y
compiten con ella otras organizaciones que buscan arrebatarle su territorio. La violencia
también se genera cuando esta misma organización busca expandirse a otros territorios.
Finalmente, en la quinta fase un directivo de la organización es arrestado o asesinado. Esto
genera sospechas de traición que conducen a purgas internas y desprendimientos de
personal que duran semanas o meses. La organización sufre también ataques de otras
organizaciones que intentan capitalizar su crisis interna. La división de la organización
generada en esta fase da lugar al nacimiento de una o varias organizaciones con lo que se
cierra el ciclo de vida de la organización original e inicia el ciclo de vida de las nuevas
organizaciones. En caso de perdurar —debido a que “sólo” experimentó
desprendimientos— la organización original es “nueva” en el sentido de que deberá
adaptar su existencia a una nueva condición (gráfica 2).
Como se puede apreciar, las varias fases del ciclo de vida de una organización criminal
requiere el uso intensivo de varios tipos de violencia. No es de extrañar, entonces, que la
continua división que se registra en México de organizaciones criminales con presencia
nacional, regional o local, traiga consigo el aumento y la diversificación de la violencia.
¿Cómo reducir la violencia?
México tiene el reto colosal de contener y reducir la violencia y combatir además
eficazmente al crimen organizado. Esto significa no sólo reducir las tasas de homicidios
vinculados al crimen organizado, sino reducir también las de secuestro y la extorsión, los
delitos del crimen organizado que más duelen a la sociedad.
Las preguntas fundamentales a responder son:
¿Qué decisiones debe tomar el gobierno mexicano para que el mercado de las drogas y las organizaciones criminales establecidas en nuestro país causen el menor daño
posible a la sociedad? ¿Qué acciones debe tomar el gobierno mexicano para que tales organizaciones modifiquen su comportamiento?
En varias ciudades del mundo se han puesto en práctica programas para reducir la violencia con resultados alentadores. Los revisaremos adelante, pero antes conviene
preguntarse qué nos enseña hasta ahora la experiencia mexicana.
El gobierno actual ha tenido dos grandes aciertos en su estrategia de seguridad:
Primero, colocar el tema del combate al crimen organizado como un asunto central de la agenda de seguridad nacional. No siempre los gobiernos tienen la claridad y la
sensibilidad para ponderar debidamente la gran amenaza que representa el crimen organizado para una sociedad. Y no siempre tienen la valentía y el arrojo necesarios para
enfrentar al crimen organizado.
Segundo, el gobierno federal también ha acertado en impulsar una agenda de fortalecimiento institucional del sector seguridad que, aun cuando no ofrece resultados en el
corto plazo, servirá de plataforma a futuros gobiernos para instrumentar programas más eficaces para combatir el crimen organizado y otras amenazas a la seguridad nacional.
Aquí el gobierno tomó la ruta correcta, larga pero ineludible: colocar los cimientos de una más sólida seguridad futura.
Sin embargo, el gobierno federal falló en dos temas cruciales: el diagnóstico del mal y el método para
combatirlo. El gobierno supuso, equivocadamente, que las organizaciones criminales no tendrían
capacidad para reaccionar ante el asedio gubernamental. Peor aún: el gobierno creyó que él mismo estaba
en condiciones de iniciar la guerra en enero de 2007. Este error de cálculo ha implicado enormes costos
para el país en términos de vidas humanas y bienestar. El incontrolable aumento de la violencia en varios
puntos del país ha propiciado que la estrategia oficial se revierta en contra del gobierno mismo. Junto con
la violencia crecen el secuestro y la extorsión, el consumo de drogas y la percepción pública de que la guerra se perdió.
Un diagnóstico defectuoso condujo a métodos inadecuados como los siguientes:
Echar a andar, simultáneamente, operativos militares y policiales en varios puntos del país, con la esperanza de que la sola presencia de soldados y policías actuaría como
herramienta disuasiva.
Arrestar o eliminar en combate a unos cuantos capos con la idea de que ello bastaría para diluir la presencia de los cárteles.
Arrestar aleatoriamente a miles de presuntos delincuentes o decomisar cientos de cargamentos de drogas con la creencia de que eso minaría sensiblemente las capacidades
criminales.
Todas estas decisiones han sido ineficaces y, en algunos casos, contraproducentes.
A mi juicio, faltó claridad en la definición del problema, realismo en el establecimiento de objetivos y capacidad para corregir la estrategia en el camino. La falta de
colaboración de las autoridades estatales con la autoridad federal restó vigor y eficacia a la estrategia. Pero la construcción de un marco de colaboración y cooperación
requería de un esquema de incentivos que el gobierno federal debió diseñar antes de romper las hostilidades.
La escalada de violencia que se cierne sobre varias ciudades del país es, en parte, un efecto de la estrategia de combate gubernamental; en parte, una consecuencia de la propia
dinámica interna del crimen organizado; y, en parte, el resultado de la impunidad con que actúan los homicidas. Urge detener la expansión de la violencia, para lo cual
conviene partir de algunos supuestos, algunos principios, algunas acciones y algunas experiencias internacionales.
Los tres supuestos
Supuesto 1: El gobierno tiene capacidades y recursos limitados, por lo que debe actuar en base a prioridades. El gobierno debe calcular con realismo qué puede lograr en los
próximos años y qué no. Y debe tener también un ordenamiento claro de los problemas que debe resolver de acuerdo con su importancia y urgencia. Una de las grandes
prioridades del gobierno debe ser, hoy, la disminución de la violencia.
Supuesto 2: La prioridad de la estrategia de seguridad debe ser la reducción de las ejecuciones. El indicador central para saber si la estrategia de seguridad va bien o va mal
debe ser la frecuencia de ejecuciones. El criterio para calificar a una agencia policial o militar exitosa no será su capacidad para realizar un gran número de arrestos o
decomisos, sino su capacidad para reducir las ejecuciones y, con ello, pacificar una zona.
Supuesto 3: La violencia debe reducirse en el corto, no en el largo plazo. Debe delinearse e implementarse una estrategia que busque la pronta y rápida reducción de la
violencia. La autoridad no debe permanecer pasiva ante el escalamiento de la violencia bajo la falsa idea de que se trata de un fenómeno “inevitable”.
Los tres principios
Para disminuir la violencia, la actuación de las agencias gubernamentales debe regirse por los siguientes principios de actuación:9
Primer principio: Concentración dinámica de esfuerzos. Para que tengan efecto, los esfuerzos disuasivos deben concentrarse en un objetivo específico. La dispersión de
esfuerzos impide modificar el comportamiento criminal (homicida, en este caso). Para disminuir la violencia, los esfuerzos de la autoridad deben concentrarse en acciones que
eleven considerablemente el costo de asesinar. Si los criminales perciben que el costo de asesinar es cero o cercano a cero, las tasas de violencia tenderán a aumentar, lo que
agravará a su vez el problema de la impunidad. Una vez dentro del círculo vicioso de la violencia, el reto es aumentar las capacidades de aplicación de la ley para que sea
posible amenazar creíblemente a los delincuentes.10 El reto está en adquirir, aunque sea momentáneamente, capacidades adicionales suficientes para reducir la violencia.
La propuesta de Kleiman para adquirir tales capacidades y recursos es la “concentración dinámica”.11 Consiste en seleccionar una zona específica de alta violencia, tomar
temporalmente capacidades y recursos invertidos en otras áreas de gobierno y concentrarlos en el área específica. Con ello se envía el mensaje a las organizaciones, pandillas
o delincuentes violentos de esa zona o a una organización en especial que su comportamiento no será tolerado, lo que tenderá a reducir sus acciones violentas. Una vez que los
niveles de violencia disminuyan, el aumento temporal de las capacidades de aplicación de la ley cesa en el área o en la organización en la que ya se aplicaron, para dirigirse y
aplicarse en otra zona u organización altamente violenta, y así sucesivamente.
Si la aplicación de la ley estuviera enfocada en las organizaciones criminales más violentas, en lugar de las más grandes, más visibles o más vulnerables, una organización
criminal revaloraría los beneficios de la violencia como una herramienta útil de negocios frente a la desventaja de convertirse en un objetivo de las agencias policiales y
militares. El trabajo concentrado y persistente de la autoridad por un periodo determinado contra las organizaciones o individuos más violentos acabaría por excluirlos del
mercado de drogas con mayor frecuencia que sus competidores menos violentos, lo que terminaría por favorecer la prevalencia de un mercado pacífico de drogas. Como dice
Kleiman, para desestimular el uso de la violencia debe crearse una “desventaja competitiva” para aquellas organizaciones más violentas comparadas con sus competidoras que
utilizan menos violencia, pues algunas empresas criminales “son más proclives que otras a disparar en el arreglo de disputas, para eliminar la competencia o para defenderse
de las agencias de seguridad”.12
Las estrategias para reducir la violencia difieren drásticamente de las estrategias diseñadas para elevar los precios o bajar los volúmenes de drogas. En lugar de capturar a los
traficantes que mueven mayores volúmenes de droga o que son más fáciles de arrestar, las agencias de seguridad deben recabar información que les indique cuáles son las
organizaciones o quiénes son los individuos más inclinados a utilizar la violencia para concentrar sus esfuerzos en la supresión de estas organizaciones e interrumpir, con ello,
la dinámica de la violencia en una zona o localidad.
Segundo principio: Castigos certeros y rápidos en lugar de severos. Los delincuentes tienden a ser individuos que valoran más la gratificación presente que el castigo futuro.
Por tanto, mientras más tiempo medie entre la violación de la ley y la aplicación de sanciones, menor será la capacidad disuasiva de la pena. Asimismo, si hay incertidumbre
en el vínculo entre crimen y castigo (i.e., si los criminales piensan que una sanción es producto de la mala suerte y no el resultado de su conducta) los efectos disuasivos de la
pena se debilitan. Por ello, es necesario diseñar un paquete de sanciones rápidas y certeras, aunque sean leves, pero que se detonen de manera simultánea y que puedan
intensificarse en caso de reincidencia.
Para Kleiman, aumentar la capacidad disuasiva de un castigo implica que éste sea rápido y cierto en lugar de severo. La severidad implica utilizar una gran cantidad de
recursos en un reducido número de delincuentes, y entre más severa sea la sentencia es menos probable que ésta sea impuesta, además de que el proceso requerirá más tiempo.
En cambio, la lógica básica de la disuasión para un actor racional, dice Kleiman, consiste en suponer que un sujeto nunca violará la ley si tiene certeza de que será castigado y
de que la multa por violar la ley será superior a las ganancias que genera tal violación.13 Los arrestos podrían constituir en sí mismos una forma de castigo y ser un disuasivo
importante, siempre y cuando tuvieran consecuencias.14
Tercer principio: Comunicación con los delincuentes y la comunidad. El costo de pasar de un “equilibrio negativo” de alta violencia a otro “positivo” de baja violencia
depende de qué tan rápido responden las organizaciones o los delincuentes a los nuevos niveles de disuasión. Los costos de esta transición pueden reducirse si se advierte a
organizaciones o delincuentes de forma anticipada. De aquí que a Kleiman le parezca especialmente importante que la autoridad comunique directamente las amenazas
disuasivas a las organizaciones criminales. Ahí donde existan grupos que realizan actividades violentas, como pandillas, la policía deberá identificar a los participantes, hacer
una lista de delitos con “cero tolerancia” (como el homicidio), y prevenir a los participantes de las bandas, como grupo, que cualquier infracción de la regla de “cero
tolerancia” producirá una reacción policial agresiva contra cada uno de ellos por toda la lista de delitos. Debe tenerse presente cualquier amenaza que resulte en un bluf
devaluará la capacidad disuasiva de amenazas futuras.15
Dos programas exitosos
Los tres principios que acabo de enumerar se han aplicado con éxito en varios programas antiviolencia de Estados Unidos. Entre ellos, el Operation Ceasefire de Boston y el
Tri-Agency Resource Gang Enforcement Team (TARGET) del Condado de Orange, en California.
La Operation Ceasefire (Operación Cese al Fuego) fue una exitosa iniciativa policial orientada expresamente a disminuir los homicidios entre los jóvenes en Boston. El
programa tuvo dos componentes estratégicos. El primero fue establecer un conjunto de medidas disuasivas contra la violencia de pandillas (en especial la violencia armada).
El programa se concentró en el seguimiento de pandillas especializadas. Los operadores del programa tuvieron contacto directo con los miembros de las bandas y dieron el
mensaje, explícito y claro, de que la violencia no sería tolerada. El segundo componente estratégico fue dar seguimiento al tráfico de armas de fuego. La aplicación de la ley
se concentró en los traficantes de armas de las marcas y calibres más utilizados por los miembros de pandillas.
Los homicidios de jóvenes en Boston disminuyeron drásticamente desde mayo de 1996, cuando se puso en marcha la Operación Cese al Fuego y se mantienen a la baja hasta
hoy. Una rigurosa evaluación determinó que la aplicación del programa estuvo asociada con la disminución mensual del 63% de los homicidios de jóvenes, una reducción del
32% de reportes de tiros de arma de fuego, un 25% de disminución de asaltos a mano armada y una reducción del 44% de las agresiones con arma de fuego en el distrito de
mayor riesgo (Roxbury).
El objetivo del Tri-Agency Resource Gang Enforcement Team16 fue reducir la violencia pandilleril mediante el encarcelamiento selectivo de los miembros más violentos y
reincidentes (basados en sus antecedentes penales) de las pandillas del Condado de Orange, en California. TARGET estableció una colaboración estrecha entre el personal de
las agencias de seguridad, las agencias penitenciarias y la procuración de justicia al reunir a funcionarios de las tres dependencias en las mismas oficinas.
Cada equipo de TARGET está formado por agentes de policía que se desempeñan como investigadores de pandillas, un funcionario de la oficina del ministerio público y un
investigador del fiscal de distrito. Los investigadores de pandillas están entrenados para tratar a testigos hostiles, y los fiscales adjuntos y los investigadores del fiscal de
distrito tienen experiencia en el procesamiento vertical17 de casos en el sistema judicial —lo que al parecer es un elemento clave en el éxito del programa—. Inaugurado en
1992, TARGET ha sido replicado en seis áreas adicionales al interior del Condado de Orange.
Una evaluación del programa mostró un gran aumento en el encarcelamiento de miembros de pandillas y una disminución acumulada de 47% de la violencia relacionada con
las pandillas en un periodo de siete años. En un caso, el equipo TARGET de Costa Mesa desmanteló una banda al lograr la condena y el encarcelamiento de sus líderes y
poner en libertad condicional restrictiva a los miembros de pandillas que fueron sentenciados a prisión.
Tres errores frecuentes
No concentrarse en los individuos más violentos o en los que se encuentran en situaciones de alto riesgo, sino en los más jóvenes y necesitados de ayuda. Esto tiene efecto en
la disminución de la violencia a largo plazo pero no de manera inmediata.
No irrumpir en las estructuras de las pandillas que generan violencia. Los miembros fueron responsabilizados por sus acciones de modo individual y no grupal, que es lo
recomendado.
No promover la comunicación entre las autoridades y las pandillas para informarles a estas últimas sobre los riesgos asociados a sus acciones violentas, con lo que se debilita
el elemento disuasivo del programa.
Programas exitosos
en América Latina
Unidades de Policía Pacificadora de Río de Janeiro. Recientemente, el gobierno de Río de Janeiro creó las Unidades de Polícia Pacificadora (UPP) en un pequeño número de
favelas en la ciudad de Río de Janeiro.18 Estas unidades mantienen presencia policial continua en cada favela, buscan retomar el control de la zona (que tienen las pandillas) y
promueven la seguridad en el largo plazo. Los oficiales desplegados han recibido entrenamiento especial, incluyendo entrenamiento en derechos humanos, y han recibido
incrementos salariales. El gobierno de Río de Janeiro planea tener tres mil 500 policías en 15 UPP hacia finales de 2010, y pretende extender el programa a 100 favelas, con
una adición de 10 favelas anuales.19
Esta nueva estrategia ya ha sido objeto de reconocimiento público. Donde ha sido implementada, representó un cambio radical a la “situación de guerra” inducida por las
operaciones policiales previas. El proyecto de las UPP evita los escenarios de confrontación y tiroteos que frecuentemente tienen lugar tras la incursión de los agentes
policiales en las favelas. De acuerdo con información proporcionada por la misión especial de Naciones Unidas, el gobierno ha progresado en evitar que las pandillas retomen
las áreas de las cuales han sido removidas. También hay datos que muestran que existe apoyo comunitario a las UPP. Los residentes han reportado que se sienten más seguros,
y que su relación con la policía ha mejorado. En algunas áreas ha mejorado incluso la provisión de servicios básicos. Cabe agregar que la presencia policial sostenida en las
favelas de Río de Janeiro es hasta ahora la excepción, no la regla. Hasta ahora la presencia de las UPP se mantiene en un reducido número de las 100 favelas de Río de
Janeiro. Las operaciones violentas que han propiciado muertes continúan realizándose en las favelas que carecen de la presencia de las UPP. (Véase en esta misma edición de
nexos el informe de Benjamin Lessing sobre este programa, pp. 11-14.)
Barrio de Paz (Guayaquil). El programa de Barrio de Paz arrancó en 2006, en el centro de Guayaquil, un espacio de aproximadamente 49 cuadras que alberga a mil familias.
Se trata de un programa de prevención y supresión de pandillas. En 2008 el programa incluyó a cinco pandillas con cerca de 200 miembros en total. El programa adoptó como
idea central que los jóvenes se integran a las pandillas por no tener alternativas laborales, educativas o de esparcimiento. El programa desarrolla microempresas en las cuales
los miembros de la pandilla pueden obtener ingresos lícitamente. Como condición para entrar al programa los pandilleros deben dejar sus actividades criminales y estar
dispuestos a trabajar con pandilleros rivales.
Además de obtener un crédito para desarrollar la microempresa (otorgado por el Ministerio de Relaciones Laborales de Ecuador), los pandilleros reciben capacitación
empresarial y en algunos casos han obtenido grados universitarios. Conjuntamente al desarrollo de microempresas se puso en marcha en el barrio un programa de entrega de
armas, mediante el cual los pandilleros dan sus armas a las autoridades que las destruyen de inmediato, públicamente. En respuesta a la colaboración de las pandillas el
gobierno municipal se comprometió a invertir en proyectos de infraestructura en el barrio, como la remodelación de edificios derruidos y la pavimentación de calles. En los
primeros seis meses del proyecto los niveles de criminalidad en el barrio descendieron un 60%. A partir de que el programa entró en marcha en 2006 los homicidios han
disminuido, pasando de 331 en 2006 a 259 en 2008. También el programa logró que las dos pandillas más grandes de Ecuador, Latin Kings y Los Ñetas, que en 2006
sostenían una cruenta batalla por control territorial, pactaran una tregua.20
Lecciones para México
Tanto el breve bosquejo de la violencia presentado en la primera parte de este artículo, como los principios bajo los que operan programas antiviolencia exitosos en otros
países, ofrecen varias lecciones a México sobre cómo reducir la violencia.
Las detenciones de algunos capos han disparado grandes olas de violencia que han durado varios meses y han propiciado la muerte de miles de personas. Para no detonar la
violencia es necesario evaluar, cuidadosamente, si la detención de un capo tendrá o no el potencial de desencadenar una nueva ola de violencia. Las detenciones de capos de
los tres cárteles con presencia más extendida en territorio nacional (Sinaloa, Zetas y Golfo) son especialmente riesgosas en este renglón.
Cuando un cártel de presencia nacional sufre una escisión, las facciones que lo forman también padecen un proceso de división y de realineamiento con otras organizaciones
criminales, lo que eleva la producción de la violencia.
Existen en el territorio nacional seis clusters de municipios violentos. Esto resulta ventajoso tanto para diseñar como para implementar una estrategia antiviolencia. Las
ventajas consisten en que los focos principales de atención están claramente delimitados, y pueden dirigirse mejor los esfuerzos (concentración dinámica) a las áreas críticas.
Por otro lado, un impacto positivo en al menos uno de los municipios que integran el cluster propiciará un descenso significativo en el nivel regional o, incluso, nacional de la
violencia.
La estrategia antiviolencia debe distinguir los cuatro efectos o secuencias (combustión, amplificación, escalamiento y derrame) que pueden desatar la violencia entre
organizaciones criminales.
En Juárez, el “efecto combustión” pudo evitarse si un trabajo de inteligencia previo hubiera indicado a las autoridades cuál cártel intervenir sin causar una escisión mayor y
generar, con ello, una espiral incontrolable de violencia.
El “efecto amplificación”, por su parte, pudo haberse aminorado si las autoridades hubieran desplegado en las localidades más vulnerables uno o varios programas sociales
dirigidos a prevenir la formación de pandillas delictivas o, en su caso, la alianza entre pandillas y cárteles. Por ejemplo, el programa Barrio de Paz en Guayaquil previene y
suprime pandillas al ofrecer alternativas laborales (desarrollo de microempresas) a los jóvenes.
El “efecto escalamiento” pudo haberse neutralizado con la existencia de una policía profesional capaz de intervenir en un conflicto entre pandillas o cárteles. Además, se
hubiera restado vigor al escalamiento del conflicto si la autoridad hubiera centrado parte de sus esfuerzos en confiscación de armas.
Por último, el “efecto derrame” debió y pudo haberse contenido mediante un incremento en la presencia policial y militar en áreas de alto riesgo (aledañas a las áreas donde
inicialmente se desencadenó la violencia).
Este artículo propone que las estrategias antiviolencia estén guiadas por tres ejes o principios básicos que han dado buenos resultados en el ámbito pandilleril. Sin embargo,
los tres principios (“concentración dinámica”, “castigos certeros y rápidos” y “comunicación efectiva con delincuentes y sociedad”) pueden aplicarse también a estrategias de
combate al crimen organizado. En este ámbito lo que cambia son los instrumentos, no el método. La concentración dinámica debe dirigirse secuencialmente a cada una de las
organizaciones más violentas a nivel nacional y local. La Ley de la Delincuencia Organizada ofrece una amplia gama de castigos rápidos y certeros para aquellas personas
presuntamente relacionadas con la delincuencia organizada. Por ejemplo, se cuenta con la posibilidad de arraigo por 40 u 80 días, con cateos domiciliarios, con aseguramiento
de bienes e intervención de telecomunicaciones. Por otro lado, esta ley también ofrece beneficios a aquellos miembros de la delincuencia organizada que den información que
conduzca a la detención de los miembros de estas organizaciones.
El método de los tres principios ha probado su eficacia para disminuir la violencia asociada a las pandillas. En varias entidades federativas ha crecido el número de pandillas
en el último lustro. Y el municipio más violento del país, Ciudad Juárez, enfrenta un grave problema de aumento de pandillas y de creciente vinculación de éstas con el crimen
organizado.
El modelo de Kleiman parece especialmente pertinente para combatir en Juárez y en otras ciudades con un alto número de pandillas (como Monterrey, Tijuana, Durango y
Acapulco) la alta violencia que aflige a sus comunidades.
Eduardo Guerrero. Consultor en políticas públicas. Presidente de la Asociación Mexicana de Ex Becarios Fulbright-García Robles.
Agradezco el valioso apoyo que me brindaron Eunises Rosillo y Roberto Arnaud para la elaboración de este artículo.
1 De acuerdo a un estudio de Angélica Durán-Martínez, Gayle Hazard y Viridiana Ríos, publicado por el Trans-Border Institute de la Universidad de San Diego (2010 MidYear Report on Drug Violence in Mexico), en 2001 se registraron mil 80 ejecuciones, en 2002 mil 230, en 2003 mil 290, en 2004 mil 304, en 2005 mil 776, en 2006 dos mil
120 y en 2007 dos mil 280.
2 2010 es una proyección lineal con base en el método de mínimos cuadrados, utilizando los datos conocidos para los meses de enero a junio de 2010.
3 En este contexto, un cluster o “apiñamiento” se refiere a un conjunto de cuatro o más municipios violentos agrupados estrechamente entre sí.
4 Cálculos realizados con cifras de una base de datos construida por el autor a partir de 19 periódicos nacionales y estatales. Las proyecciones se realizaron con base en el
método de mínimos cuadrados a partir de los datos conocidos.
5 Alejandro Brugués, et al., Todos somos Juárez: Reconstruyamos la ciudad. Propuesta para focalizar las iniciativas gubernamentales y sociales, El Colegio de la Frontera
Norte, 2010, p. 4.
6 Alejandro Brugués, et al., ibíd., p. 5.
7 El cálculo se hizo con base en la cifra de “5,600 policías federales desplegados en Ciudad Juárez” publicada por la embajada de Estados Unidos en México en la nota
titulada “Hoja informativa: confrontar la violencia en Ciudad Juárez”. La cifra de la población proviene del Anuario Estadístico del estado de Chihuahua (INEGI) según el
cual residen en el municipio un millón 313 mil personas (2005).
8 Véase,por ejemplo, el excelente trabajo de Barbara F. Walter, Reputation and Civil War, Cambridge University Press, Nueva York, 2009.
9 Estos principios se basan en los textos de Mark Kleiman. Véanse, especialmente, su último libro When Brute Force Fails: How to Have Less Crime and Less Punishment,
Princeton University Press, Princeton, 2010, 231 pp.; su reporte titulado “Reducing the Contribution of the Drug Problem to Violence in El Salvador” (2004, sin editar); y su
artículo “Controlling Drug-Related Violence” (2002, sin editar).
10 Kleiman, ibíd., 2010, p. 4.
11 Para una exposición más técnica de la “concentración dinámica” véase Kleiman, ibíd., pp. 54-55.
12 Kleiman, op cit., 2004, pp. 4-5.
13 Kleiman, op. cit., 2010, p. 50.
14 Ibíd., pp. 104-105.
15 Ibíd., p. 5.
16 Equipo Tri-Agencia de Aplicación de la Ley a Pandillas.
17 El término “procesamiento vertical” (vertical prosecution) se utiliza para describir actividades de fiscales especializados. El “procesamiento vertical” alude a un método en
el que se le asigna un fiscal a un caso desde su inicio hasta su culminación. Este método da continuidad a las tareas del fiscal, lo que eleva sus probabilidades de éxito en el
juicio.
18 Agradezco a Benjamin Lessing que me haya enterado de este novedoso experimento brasileño.
19 United Nations, Report of the Special Rapporteur on Extrajudicial, Summary or Arbitrary Executions (Brasil), 2010.
20 Graduate Institute of International and Development Studies-Geneva, Small Arms Survey 2010, p. 220.
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Fecha: 03/11/2010
Y sin embargo, democracia
Jesús Silva-Herzog Márquez
Los ideales democráticos pueden ser sustancias alucinógenas. Apartan la realidad de la conciencia y
alimentan esperanzas irrealizables. Se requiere un esfuerzo constante para impedir que el ideal dirija pero
no adormezca. Las instituciones representativas nacieron de una idea revolucionaria: el pueblo debe
gobernarse a sí mismo. Tres propósitos se han entrelazado en la bandera: autogobierno, igualdad y
libertad. Adam Przeworski examina en su libro más reciente la distancia entre aquellas aspiraciones y la
realidad de nuestra política. Las democracias no han podido generar igualdad social ni han podido ofrecer
a la gente un espacio para participar eficazmente en su gobierno. Permanecemos desiguales y alejados del
poder. Democracy and the Limits of Self-Government (Cambridge University Press, 2010) es la
maduración de una larga reflexión sobre el régimen democrático que el politólogo polaco ha hecho
durante más de 40 años. Recientemente recibió el premio más prestigioso de la disciplina, el Johan Skytte
que otorga anualmente la Universidad de Uppsala. El comité que le entregó ese premio que empieza a
conocerse como el Nobel de Ciencia Política, reconocía con buen ojo su contribución al entendimiento del
vínculo entre la democracia, el capitalismo y el desarrollo económico.
La política no pudo ser para Przeworski una sección del periódico o el tema de los libros de historia. De
mala manera, la política invadió su vida desde el instante más temprano. Nació en Varsovia, en mayo de
1940, apenas nueve meses después de que los alemanes invadieran Polonia.1 No conoció a su padre. El
médico fue reclutado forzosamente al ejército. Murió en Katyn. Tras la guerra, la Unión Soviética tomó el
control de Polonia, relevando a los polacos del fastidio de gobernarse. La gran política se imponía con
rudeza en la vida cotidiana.
Estudió filosofía en la Universidad de Varsovia, en un momento de deshielo intelectual. Tras la represión
estalinista, el marxismo dejó de ser imposición de consigna para ser examinado con estricto rigor
conceptual. En sus aulas surgió, apunta Przeworski, la semilla del marxismo analítico. A principios de los
sesenta fue a Estados Unidos a estudiar. Fue una casualidad. A los 20 años conoció a un profesor de la
Universidad Northwestern quien, después de comer, le preguntó si le interesaba estudiar ciencia política.
Przeworski no sabía lo que era eso. ¿Ciencia política? Él conocía de las germánicas arideces de la teoría
del Estado, pero no sabía de esa tal ciencia. Las primeras experiencias en Estados Unidos no fueron
particularmente estimulantes: la tierra de los libres y los valientes era una sociedad provinciana, con claras propensiones autoritarias. El primer libro que leyó sobre el sistema
político norteamericano empezaba con la oración “Los Estados Unidos tienen el mejor sistema de gobierno del mundo”. Saliendo de la persecución macartista, el país no era
precisamente el faro de la libertad crítica. De cualquier manera, el encuentro con Estados Unidos le permitió ver de cerca un sistema en donde los electores deciden quién
gobierna.
El azar lo envió a Chile en los años de la Unidad Popular. Fue testigo así de la debacle del proyecto socialista y de la democracia misma. Recuerda: “Henry Kissinger
proclamó que Allende había sido electo ‘gracias a la irresponsabilidad del pueblo chileno’ (tal era su concepto de la democracia) y el gobierno de Estados Unidos decidió
restablecer la responsabilidad por la fuerza”. El golpe de 73 sacudió a la izquierda no solamente en América Latina sino en el mundo entero: socialismo o democracia era la
disyuntiva. ¿Qué viene primero? ¿Puede sacrificarse una en aras de la otra?
Desde entonces se acercó al fenómeno político de la socialdemocracia como un marxista heterodoxo. No siguió la ruta de muchos exilados de la Europa del Este, convertidos
en anticomunistas furiosos que veían en los escritos de Marx el origen del cáncer. En realidad, Przeworski nunca vio al régimen soviético como hijo de Marx. El socialismo
realmente existente era la explotación burocrática de los trabajadores. La pregunta que aborda su primer gran trabajo fue ¿por qué la revolución anunciada no llegaba a
Occidente? La propia interrogante daba cuenta de que el libreto le parecía razonable: las contradicciones de los países industrializados vivirán una revolución obrera. Pero la
realidad se empeñaba en corregir el guión. La revolución no se veía en el horizonte. Capitalismo y socialdemocracia (Cambridge University Press, 1985) es la historia de ese
extraño matrimonio. ¿Cómo es que el enterrador de la burguesía se convirtió en su marido fiel?
El voto cambió todo. En el momento en que el movimiento socialista aceptó participar en elecciones, el horizonte político se transformó. Przeworski descubrió la racionalidad
de la estrategia socialdemócrata. Se percató de que la clase obrera es incapaz de actuar como agente unitario que no representa a la mayoría del electorado. Ganar elecciones
supone, en consecuencia, acercarse a otros grupos, negociar… y ceder. Hacer política para atraer el voto rompió la épica del enfrentamiento revolucionario introduciendo el
cálculo de las transacciones. Más aún: accediendo al gobierno, los socialdemócratas entendieron que debían cuidar la economía de mercado para alentar su crecimiento, si es
que querían conservar el respaldo de los sindicatos. Przeworski no veía traición en el acomodo. Por el contrario, la avenencia fue claramente benéfica para los trabajadores.
Przeworski encuentra en Gramsci las pistas de la economía política de la legitimación. La hegemonía, esa dominación aceptada, no cuelga del aire sino que se sostiene
necesariamente en la satisfacción de necesidades.
La historia de la socialdemocracia no es la Marcha de la Razón pero sí son andanzas de la racionalidad. La política es, en buena medida, cruce de estrategias racionales, es
decir, un juego de apuestas. Ésa fue su aportación central al grupo de académicos que acometió por primera vez la labor de estudiar el mecanismo por el cual las sociedades
escapaban del autoritarismo para instituir regímenes democráticos. El trabajo de Przeworski publicado en el volumen seminal sobre las transiciones democráticas enfoca las
estrategias que, accidentadamente, conducen el cambio.2 La política es un complejo juego de ajedrez. Para entender una transición hay que adentrarse en los cálculos de los
duros y de los blandos; de los moralistas y de los pragmáticos; de los listos y de los tontos. Hay que descifrar también las señales que emiten y entender las consecuencias de
sus pactos.
Przeworski no ha jurado lealtad a un microscopio. Se ha confesado como oportunista en cuestiones de método. No tengo principios, dijo en algún seminario. Si el marxismo
me ayuda a entender algo, empleo sus categorías; si las herramientas de la economía son esclarecedoras, las uso; si me sirve la teoría de juegos, pienso matemáticamente; si la
narración echa luz, prendo esa lámpara. Su constancia no ha sido el lente sino el bicho. La democracia ha sido el ente que ha estudiado durante décadas desde todos los
ángulos. Para comprenderla, ha defendido un retrato mínimo. Una idea modesta para describir la democracia como la transferencia pacífica del poder a través del voto. Un
dispositivo para introducir incertidumbre al conflicto. En el juego de la democracia todos pueden llegar a ganar algo y todos tienen algo que perder. Institucionalización de la
incertidumbre. Un régimen que tiene un actor (sea político o económico) que siempre gana o que está condenado a perder siempre no es un régimen democrático.
El tejido de sus argumentos resulta extraordinariamente rico. El sobrevuelo más veloz por sus páginas mostraría la aparición de muy distintas fibras: notación matemática,
narración novelística, diagramas de ingeniero, preguntas de filósofo, libreta de viajero, alfiler de aforista. Przeworski es un comparatista iluminado por las grandes
interrogantes de la filosofía política; un relojero de argumentos que sabe contar una historia; un escritor medido. Su interés por la democracia y el desarrollo parten del
reconocimiento de dos necesidades: comer y hablar. Estar libre del hambre y de la represión, como apunta en la primera línea de Democracia y mercado.
El nuevo libro de Adam Przeworski es la decantación de sus descubrimientos. No es un libro sobre la idea democrática sino sobre la democracia viva contrastada con la
democracia imaginada. La democracia y los límites del autogobierno da muestra de los muchos enfoques con los que Przeworski examina el régimen democrático y de la
amplitud de su horizonte. La experiencia que analiza no es solamente la de Estados Unidos y un manojo de países europeos. Pone mucha atención a la experiencia de otras
naciones que normalmente pasan desapercibidas en los recuentos de la democracia occidental. Resalta la atención con la que estudia la experiencia de América Latina, no
como anomalía, sino como parte crucial de la aventura democrática.
La democracia no produce igualdad social. Requiere, eso sí, igualdad en la dimensión política: igualdad a los ojos del Estado pero no en la relación entre las personas. Los
primeros demócratas sentían una profunda antipatía por la aristocracia, esto es, por el privilegio que no se basaba en el mérito. Más que la tiranía, lo que irritaba a los
“fundadores” era la clausura de los cargos públicos. Recelaban de los aristócratas y temían a los pobres. De ahí que la ciudadanía democrática aspire a la abstracción, que
busque el desprendimiento de toda calificación. Podrá haber un hombre asustadizo, un joven impulsivo, una mujer ilustrada, pero el ciudadano no tiene rostro. El votante es el
emisor de un dato.
El menú del restorán democrático suele ser poco apetitoso. No encontramos en la carta un arco abundante de opciones. Por el contrario, lo que vemos es la misma sopa en
platos distintos. Przeworski registra un circuito electoral: llega un gobierno y logra una innovación política exitosa. Genera un cuento para presumir su éxito mientras la
oposición se dedica a criticarlo, a pesar de que todo mundo sabe que, de llegar al gobierno, haría exactamente lo mismo. La diferencia entre las opciones es tan pequeña que la
campaña se concentra en accidentes: un escándalo, la personalidad de los contendientes, un debate televisivo. La oposición gana y, al llegar al poder, continúa la política del
gobierno anterior. El gobierno cambia de manos sin que la política altere el rumbo. Así sucede hasta que llega otro gobierno a inaugurar otras políticas exitosas y la historia se
repite.
A pesar de ello, las elecciones siguen siendo la mejor manera de expresar una voluntad colectiva. Son, además, el dispositivo más igualitario de participación política. La
magia del proceso electoral, subraya Przeworski, es que abre el horizonte del tiempo político: un partido que pierde hoy puede acceder al poder mañana; el gobierno puede ser
lanzado a la oposición en el futuro. El cálculo de los ambiciosos ofrece un bien inmenso y reciente en la historia del poder: paz en el relevo del gobierno.
Las democracias no son, por supuesto, la palanca omnipotente de la mayoría. Los regímenes democráticos se han convertido en artefactos complejos para impedir eso que se
ha llamado la “tiranía de la mayoría”. Cualquier Constitución contemporánea contempla provisiones como la revisión judicial, el requerimiento de mayorías especiales para la
aprobación de ciertas leyes, órganos autónomos, burocracias permanentes. El constitucionalismo liberal se ha empeñado en cuidar los derechos de las minorías de la posible
invasión mayoritaria. Pero no ignoremos, advierte Przeworski, que esos artilugios no son solamente una defensa de los derechos sino también el parapeto de los intereses
privilegiados. Nuestras democracias no son subversión reglamentada, sino el resguardo del statu quo.
Todo argumento político aspira a la categoría del mito. El mito democrático está cargado de aspiraciones irrealizables y de contradicciones. Pero, al final del día, la mera
posibilidad de que el gobierno pueda cambiar por efecto del voto, da sentido a los propósitos de igualdad, representatividad y rendición de cuentas.
Y sin embargo, democracia.
Jesús Silva-Herzog Márquez. Profesor del Departamento de Derecho del ITAM. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.
1 El apunte biográfico se basa en “La democracia y sus límites. Una memoria personal”, prefacio del libro citado arriba que, en la traducción de José Antonio Aguilar, nexos
publicó en marzo de 2010 y de una interesante entrevista con Gerardo L. Munk, “Capitalism, Democracy and Science” preparada para el libro de Gerardo L. Munck y Richard
Snyder, Passion, Craft, and Method in Comparative Politics, Johns Hopkins University Press, 2007, y disponible en línea.
2 “Some Problems in the Study of Transitions to Democracy” en Guillermo O’Donnell, Philippe Schmitter y Laurence Whitehead, Transitions from Authoritarian Rule.
Comparative Perspectives, Johns Hopkins University Press, Baltimore, Md., 1986.
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Fecha: 03/11/2010
El PAN y la historia patria
José Antonio Aguilar Rivera
T
engo poco que responder a la crítica que formulan a mi texto Rafael Estrada y Alonso Lujambio; en realidad comparto la mayor parte de su alegato. De paso, preciso que
no soy yo el que cree que el mantenimiento de la historia de bronce se debe a la represión “consciente y deliberada de los nuevos gobernantes”. Esta es la tesis de Luis Medina
sobre la que me declaré escéptico en mi ensayo.
Celebro la claridad con la que Estrada y Lujambio esbozan su visión histórica. Estos son los posicionamientos que han estado
ausentes. Su visión no es la de los conservadores decimonónicos, pero tampoco es la de la historia de bronce. De ahí, por ejemplo, que
acepten la necesidad de revalorar a Iturbide y de reinstaurar 1821 en el calendario cívico. Ojalá en el 2021 se conmemore la
consumación de la Independencia. Creo que la idea de pensar la historia de México como la historia de la democracia, implícita en las
adjudicaciones históricas que hacen Estrada y Lujambio, es muy notable. Sería una alternativa bienvenida al relato antiliberal y
estatista que ha perdurado por demasiado tiempo. Por otro lado, es verdad, como afirman, que Manuel Gómez Morin, fundador del
Partido Acción Nacional, fue un hombre de la Revolución, por lo menos en su fase constructora. Un hábil ingeniero institucional del
nuevo Estado que se erigió sobre las ruinas del México porfirista. También es cierto que el cardenismo, que muchos consideran
todavía hoy como el momento más alto de la Revolución, es crucial para explicar la fundación del PAN. ¿Habría surgido ese partido
sin la política de masas del cardenismo? Como muchos historiadores han señalado, en las últimas tres décadas, no hubo una
revolución, sino muchas; la de Madero en 1910, las de Villa y Zapata, la de Carranza y los sonorenses, la de Cárdenas en los treinta.
Seré más preciso: el PAN tiene un pleito de origen con el cardenismo. Pero también con el relato sobre la Revolución que los
gobiernos posrevolucionarios crearon. De ahí la afirmación de que “Acción Nacional, tuvo al menos en sus orígenes una visión propia
y distinta de la historia de México”. También es verdad que en la corta, pero intensa, historia de la democracia en México el PAN
tiene un lugar privilegiado. No es poca cosa. Ese partido tiene también, qué duda cabe, la responsabilidad de habitar una casa
simbólica diferente a la que nos legó el régimen posrevolucionario.
Una historia civilista de México es, por fuerza, una historia crítica del pasado. ¿Cómo sería ese relato? Propongo aquí un esbozo:
“Una vez derrotado el proyecto maderista triunfó una revolución que buscó construir un Estado fuerte e interventor. Su ideología fue el nacionalismo revolucionario. Creó
corporaciones a partir de las cuales se reestructuraría y ordenaría el país. Esta visión le dio un papel central al Estado en la sociedad y puso a los individuos en segundo lugar.
En México había un Estado revolucionario que no era socialista, fascista ni liberal. Ese régimen no se oponía a las elecciones, pero no derivaba de ellas su legitimidad; en él
había un partido oficial que gozaba del patrocinio del gobierno; era anticlerical, populista, corporativo y tenía una Constitución, la de 1917, en la cual se abrazaba por igual al
individualismo y al colectivismo. Era un régimen nacionalista y partidario de la intervención estatal en la economía. Coqueteaba con varias corrientes ideológicas sin
identificarse con ninguna en particular. Por ello, la Revolución mexicana constituyó una poderosa fuente de inspiración antiliberal para otros países. Hoy todavía vivimos con
los legados de Obregón, Calles y Cárdenas. Es verdad que no podemos comprender el México en el que vivimos hoy sin considerar los años de reconstrucción nacional. Los
revolucionarios lograron rehacer el país. Lo hicieron de formas que todavía hoy afectan la marcha de la política y la sociedad. El Estado que surgió del conflicto armado logró
finalmente consolidarse y perdurar gracias a la creación de una peculiar organización como el PNR, y al papel clave que el presidente de la República desempeñaba en el
sistema. Sin embargo, esa solución no fue democrática. El camino elegido trajo paz al país, pero no lo puso en el camino de volverse una democracia liberal moderna y
próspera. Algunas de las soluciones políticas y económicas de entonces son los obstáculos de hoy a la democracia y el crecimiento económico”.
José Antonio Aguilar Rivera. Profesor-investigador del CIDE. Entre sus libros: El sonido y la furia. La persuasión multicultural en México y Estados Unidos.
Próximamente será publicado por el FCE el libro La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970.
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Fecha: 03/11/2010
30 años de democracias en América Latina
Ricardo Becerra y Daniel Zovatto
Hay un consenso entre los politólogos: la ola democratizadora que inundó al mundo —a casi 50 países— en el último cuarto del siglo XX, comenzó con un melancólico
fado en Portugal, en abril de 1974. Mientras una radiodifusora transmitía “Grandola Vila Morena”, un grupo de jóvenes del ejército emprendía un golpe de Estado quirúrgico
contra Marcello Caetano, el dictador. Y lo lograron con eficacia sorprendente, sin derramar sangre y en medio de vítores de los portugueses quienes, echados a la calle,
pusieron claveles en las bayonetas de los alzados.
M
enos consenso hay en la ciencia política de América Latina. Algunos dicen que sus transiciones a la democracia empezaron
con la negociación de una nueva Constitución entre militares y civiles en el Ecuador, en 1978; y a pesar de que la reforma política
mexicana de 1977 fue un detonador imparable, su trama y dilación no es típica del subcontinente. Y hay otros que, más
precisamente, afirman que el proceso de democratización de América Latina puede fecharse hace exactamente 30 años.
Algo asombroso ocurrió entonces: el comandante de la Armada, Hugo Márquez, hizo esta declaración: “Como uruguayo y como
demócrata acepto el resultado del plebiscito constitucional”. Con ello se truncaban los planes de “institucionalización” de la
dictadura y se abrían las negociaciones para buscar otra salida: el acuerdo del Club Naval. Allí sentaban las bases a la vuelta de
elecciones libres de las que emergería presidente un proscrito político civil. Pero lo más importante fue que la declaratoria del
vicealmirante uruguayo puso a temblar a todas las dictaduras del Cono Sur: comenzaba a resquebrajarse la siniestra “coordinación”
de las tiranías para perseguir a los políticos opositores, mediante atentados planeados y macabras caravanas de la muerte. De
pronto, los perseguidos de Videla o Pinochet o Banzer se transformaron en interlocutores indispensables para poder cruzar las
irresistibles transiciones democráticas.
Todas estas evocaciones adquieren un especial sentido en esta fecha, pues hace 30 años comenzó el ciclo democratizador de
América Latina, un ciclo que exigió un enorme esfuerzo político y material; un ciclo lleno de zigzagueos, que costó vidas humanas,
y que sin embargo pudo abandonar la terrible crueldad de las dictaduras y los autoritarismos burocráticos, construyendo nuevas
condiciones legales y constitucionales, de un modo pacífico y en libertad.
Las elecciones se multiplicaron y demostraron ser el criterio fundamental del nuevo orden. Ahí y donde se desplazaba a las tiranías o al autoritarismo, había la necesidad de
elecciones limpias y libres. Ecuador tuvo su primer gobierno civil en 1980. Bolivia hizo lo propio en 1982, lo mismo que Brasil. Mientras, Nicaragua y El Salvador salían de
sus penosas guerras civiles buscando salida mediante gobiernos emergidos de las urnas. Argentina, Chile, Perú seguirían el camino, junto con México que realizaba sus
propios, largos trabajos de parto democrático.
Pactos discretos, tímida ampliación de libertades —especialmente de prensa, reunión y asociación—, aparición pública de partidos antes proscritos y elecciones inaugurales.
Casi todas las democracias de América Latina nacieron así. A partir de esos años, el subcontinente entra por derecho propio a la marea de la tercera ola y con ello configuró
una “edad” política, un periodo tan singular en su forma y tan largo en el tiempo que ya podemos llamarlo un “periodo histórico”.
¿Cuáles han sido sus procesos políticos fundamentales? ¿Cuáles son sus rasgos centrales y sus grandes tendencias? Aquí, hemos querido ofrecer un grueso resumen de los
ingredientes que hicieron época, la que por primera vez puede reclamar constituida una tradición democrática de América Latina.1
30 años de notable estabilidad institucional
Todavía es un tópico de nuestra politología afirmar (sin rubor) que vivimos una región de “aguda inestabilidad política”.2 Lo fue en los años previos a las transiciones, y
tuvimos brotes notables —en los años noventa, especialmente—. Pero la estadística global del periodo ya informa de otra cosa. Desde los años ochenta —cuando los primeros
mandatarios legítimamente electos llegaron al poder— 15 gobiernos no han podido cumplir íntegramente el periodo para el que fueron elegidos, por el contrario, 98 sí, y son
sólo tres países los que concentran la mitad de la inestabilidad: Bolivia (tres interrupciones de mandato), Ecuador (tres) y Argentina (dos). Esto quiere decir que en casi el
90% de los gobiernos las elecciones han sido la fuente de legalidad y legitimidad del poder político, cursados en los tiempos y mandatos constitucionales.
Desarrollo democrático a contrapelo de la adversidad teórica
La democratización arrancó desde las peores bases teóricas posibles. A finales de los años setenta se apuntó la primera gran tesis pesimista: la de las “demandas enormemente
infladas que los agentes sociales hacían al Estado, lo que a su vez provoca su expansión e intervención” bajo la “lógica de la concertación y el corporativismo”. El estudio, La
crisis de la democracia, redactado por Samuel Huntington, Michel Crozier y Joji Watanuki, con el cobijo de la Comisión Trilateral (1975), planteaba todas las dudas posibles
sobre nuestra democratización.
En esos primeros años las reformas económicas de mercado, las tensiones nacionalistas, raciales, religiosas, étnicas, de clase o corporativas pesaban mucho en el análisis y la
expectativa que cultivaban no era nada halagüeña. Luego, el pesimismo se introdujo desde la perspectiva institucional, con Juan Linz y Arturo Valenzuela a la cabeza, quienes
nos obligaron a mirar la dimensión institucional y las mecánicas propias del gobierno representativo como elementos que no eran en absoluto triviales y, acaso, más
importantes que otros factores propiamente políticos, como el multipartidismo, la proporcionalidad o el binomio Estado nacional-Estado federado.
Si nos ateníamos a ese nuevo y poderoso argumento, las noticias eran bastante malas para América Latina: sus presidencialismos eran especialmente torpes y refractarios para
la realidad caleidoscópica de nuestros países. Pues bien, a pesar de todo, la democracia latinoamericana mostró una insospechada capacidad para “aceptar la incertidumbre”
—como quería Hirschamn— y, por tanto, para aprovechar las rendijas y sortear los acontecimientos adversos. Ésa es en gran medida la historia de estos 30 años, lo que nos
conecta directamente con el siguiente apartado.
Un periodo intensamente reformista
Contrario a la continuidad granítica de los regímenes y Constituciones de Estados Unidos o de Europa, cuya senda de cambios es mucho más pausada y ocurre por otras vías
(como las enmiendas de la Suprema Corte), en América Latina el continuo reformador ha impactado pertinazmente en las leyes y en la estructura constitucional desde el inicio
del proceso hasta nuestros días.
Hasta el año 2010 se han instaurado 13 nuevas Constituciones. Con excepción de Costa Rica, México, Panamá, República Dominicana y Uruguay, todos las demás naciones
de la región crearon al menos una nueva Constitución en el tránsito.3 El caso extremo es Ecuador, que hace dos años estrenó ya su tercera Carta Magna.
Por otra parte, un total de 17 documentos fundamentales han sufrido reformas políticas, un promedio de ocho por Constitución. Y según las cuentas, 45 leyes electorales han
sido creadas o profundamente reformadas en el periodo.
Multiplicación de leyes de partidos nuevas, códigos electorales inaugurados y muchas veces reformados, surgimiento de nuevos organismos puestos a ordenar la competencia
política, a revisar las finanzas de los partidos o ampliar las garantías de los ciudadanos, modificación en la naturaleza y tamaño de los Congresos, introducción de nuevas
modalidades de relación entre poderes y un largo etcétera, han escrito la historia que ahora revisamos.
Transiciones dentro del presidencialismo
Latinoamérica cursa ya 30 años de vida democrática dentro del presidencialismo. Sin embargo, a pesar de su persistencia y tradición, de su arraigo político y su
funcionamiento ininterrumpido, sería del todo incorrecto hablar de un presidencialismo latinoamericano. Por el contrario, han surgido los presidencialismos, combinaciones y
fórmulas distintas que nuestros países han ensayado para hacer sobrevivir sus democracias.
Si bien Brasil (en 1988) y Argentina (en 1994) pusieron a debate la naturaleza del régimen, hacia el parlamentarismo, la historia política de nuestro subcontinente deba ser
descrita así: un esfuerzo reformador del presidencialismo, un intento por modular su contradicción fundamental: la elección unipersonal del mandatario, independiente de la
elección de los legisladores, la creación en dos poderes democráticos, divididos y constituidos en dos pistas separadas.4 Las mutaciones han sido muy importantes y hoy los
gobiernos muestran una variedad que algunos estudiosos han clasificado así:5
Presidencialismo puro (Brasil, Chile, Ecuador, Honduras, México).
Presidencialismo predominante (República Dominicana).
Presidencialismo con matices parlamentarios (Bolivia, Costa Rica, El Salvador, Nicaragua, Panamá y Paraguay).
Presidencialismo parlamentarizado (Argentina, Colombia, Guatemala, Perú, Uruguay y Venezuela).
La tendencia gruesa es obvia: moderar, acotar, modular la acción presidencial. Y esta limitación al Ejecutivo ha sido posible mediante la introducción de ocho elementos,
absolutas novedades de la gobernabilidad latinoamericana:
1) La distribución de atribuciones, la capacidad de incidir en el funcionamiento del otro poder.
2) La conformación del Poder Ejecutivo (compartiendo la gestión con los ministros).
3) Dotando y reglamentando las facultades del presidente (legislativas, definición del presupuesto público, poder de veto; atribuciones en emergencias; expedición de
decretos).
4) Control de la agenda.
5) La convocatoria a referendo o plebiscito.
6) La designación y remoción de ministros.
7) Las diversas funciones del gabinete.
8) El control legislativo sobre el ejecutivo mediante la moción de confianza, censura, informes, pregunta parlamentaria, interpelaciones e investigaciones.
Segunda vuelta: Una solución latinoamericana
Una de las más poderosas tendencias que configuran la política de los últimos años es la regla que exige mayoría absoluta o mayoría relativa calificada, ambas con segunda
vuelta electoral directa entre los dos candidatos más votados (balotaje). Es decir, para alcanzar la presidencia es necesario superar con un amplio margen al segundo lugar; si
no lo logra, la decisión se tomará en una segunda ronda de elecciones.
La idea de una elección meridiana que constituye con sencillez al poder presidencial y las asambleas legislativas, va quedando atrás y en su lugar aparecen fórmulas cada vez
más sofisticadas que buscan incorporar demandas y valores más allá de la simple mayoría. Hace 30 años no existía un solo país que hubiese instalado la segunda vuelta, bajo
distintas modalidades, hoy 13 países experimentaron procesos en el sentido del balotaje y sólo Honduras, México, Panamá, Paraguay y Venezuela han decidido quedarse en el
sistema de una vuelta con mayoría simple.
La segunda vuelta es uno de los recursos más usados, situada a mata caballo, entre la reforma electoral y la reforma al régimen de gobierno. Es algo más que una mera
reforma electoral, porque exige una configuración de alianzas de fuerzas e intereses muy amplia y, al mismo tiempo, no alcanza a modificar la lógica del presidencialismo y
no ha logrado alterar, sino residualmente, las relaciones contradictorias entre el Poder Legislativo y el poder presidencial.
La tensión no resuelta entre el presidente y el Congreso
Las 18 democracias más grandes de América Latina se han desplegado sobre la base de preocupantes déficits de todo tipo y, no obstante, desde el punto de vista político e
institucional ninguno es tan importante como la tensa y compleja relación entre el presidente y los Congresos de la región. Y es que el tránsito democrático no sólo trajo
poderes legítimos sino también la fragmentación de esos poderes, porque el Parlamento cobró un protagonismo como pocas veces lo tuvo en nuestra historia independiente.
Aquí y allá, la aparición de los “gobiernos divididos” configuró el escenario de la política en América Latina, complicando al gobierno y acotando en los hechos y de diversas
formas la actuación del presidente.
La paradoja está en el corazón del presidencialismo: por un lado la necesidad de un Ejecutivo fuerte pero acotado, capaz de tomar decisiones, pero controlado; y un Congreso
que canaliza las demandas y necesidades de la ciudadanía, pero que sabe trascender los intereses de clientela o de sector, un Congreso que debate, evalúa, fiscaliza pero que
no entorpece el gobierno. Esta es la ecuación política irresuelta de nuestra democratización. Y es aquí donde salta un problema medular: el régimen de gobierno más
problemático, el presidencialismo multipartidista extremo es justamente la configuración típica en nuestros países.
Es la realidad la que ha aportado su propia solución: frente a la fragmentación del sistema de partidos, han ocurrido grandes operaciones políticas mediante las cuales se forjan
coaliciones con otros partidos, de muy distinto signo. La fórmula ha tenido éxitos notables en escenarios políticos tan complejos como el de Brasil o Chile. La disminución
gradual en el porcentaje de gobiernos de mayoría unipartidista ha propiciado la construcción paralela de cada vez más gobiernos respaldados por coaliciones. La tendencia ha
cobrado tanta importancia que la politología ve en los “presidencialismos de coalición”6 el futuro de la democracia en América Latina.
La lista es de otras tantas tendencias pero el espacio no nos permite seguir sino telegráficamente:
• En definitiva, la reelección ya no es tabú en el subcontinente (sólo cuatro países —Guatemala, Honduras, México y Paraguay— conservan la prohibición absoluta para la
presidencia de la República).
• La introducción de los nuevos mecanismos de la democracia directa (consulta popular, plebiscito, referendo, iniciativa legislativa popular, y revocatoria de mandato); el día
de hoy 16 países de América Latina regulan esos mecanismos aunque su puesta en práctica es más bien escasa a nivel nacional.
• La profusa invención de instituciones electorales en los 18 países.
• El nuevo acomodo reclamado por los poderes de hecho, especialmente los medios electrónicos de comunicación, en las nuevas condiciones democráticas.
• La normalización democrática de la izquierda.
• El recurrente esfuerzo por recordar el miedo a hacer política, las condiciones de olvido y la memoria histórica.
Y aquí volvemos al punto del cual partimos: hace ya 30 años se cumplió el aniversario del primer ejercicio de retorno democrático en América Latina, y mientras más trabajan
los historiadores y más se instala entre nosotros eso que llamamos “memoria histórica”, más sabemos de qué trató realmente el periodo del cual venimos: según el historiador
Aloïs Hug, la noche de las dictaduras y el autoritarismo latinoamericano cobró la vida de casi 2.5 millones de personas.
A la distancia es posible reconocer sus cruentos rasgos a través de informes rigurosamente documentados, preparados por instituciones democráticas (por ejemplo, el Informe
Valech encomendado en Chile por el presidente en el año 2003).
De vez en vez, deberíamos acudir a este inventario amargo, para reconocer de dónde venimos y valorar con perspectiva histórica los regímenes y las instituciones que hemos
construido. Si juntásemos el cúmulo de informes que se han elaborado para no olvidar en América Latina, entenderíamos la urgencia que, hace 30 años, tenía la generación de
entonces para construir otro tipo de vida política y civil. Nuestras democracias pueden ser todo lo bizarras o defectuosas que se quiera. Pueden cargar ahora con una
complejísima agenda que pone en cuestión su capacidad para gobernar y la naturaleza de su régimen constitucional. Puede resolver muy torpemente la desigualdad rampante y
la pobreza. Pero ninguno de esos problemas produce el espanto ni las crueldades indecibles de la “masacre administrada”, de la que decidimos abandonar —esperamos
nosotros— para siempre, hace exactamente 30 años.
Ricardo Becerra. Presidente del Instituto de Estudios para la Transición Democrática.
Daniel Zovatto. Director Regional para América Latina y el Caribe del Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral (IDEA Internacional).
1 Título de una gruesa y abarcadora compilación historiográfica coordinada por Daniel Zovatto.
2 Por ejemplo, Aníbal Pérez Liñán, Instituciones, coaliciones callejeras e inestabilidad política: perspectivas teóricas sobre las crisis presidenciales, Universidad de Pittsburgh,
mayo de 2008.
3 Véase, Gabriel Negretto, “Paradojas de la reforma constitucional en América Latina”, Journal of Democracy en Español, núm. 1., vol. 1., 2009.
4 Uno de los mejores balances de esta tensión histórica ha sido elaborado por Josep Colomer y Manuel Negretto en “Gobernanza con poderes divididos en América Latina”,
Política y Gobierno, núm. 1., CIDE, México, 2003.
5 Siguiendo la tipología propuesta por Jorge Carpizo, Concepto de democracia y sistema de gobierno en América Latina, UNAM-IIJ, México, 2007.
6 Véase, Jorge Lanzaro, Tipos de presidencialismo y modos de gobierno en América Latina. http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/lanzaro/introduccion.pdf
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Fecha: 03/11/2010
Ciudad de Dios: ¿Un ejemplo para México?
Benjamin Lessing
Mientras se ha vuelto común comparar la guerra del narco mexicano con la experiencia colombiana, valdría la pena echar una mirada a lo que está pasando en Río de
Janeiro. Allí, una guerra sangrienta entre organizaciones de narcotraficantes y el Estado, que se ha prolongado por un cuarto de siglo, está en proceso de profunda
transformación debido a un cambio inédito en la política de seguridad.
Empezando por algunas de las favelas más conocidas de la ciudad, el Estado está retomando el control de manos de
grupos ilegales y desplegando las llamadas Unidades de Policía Pacificadora (UPP). Cada UPP cuenta con entre 100 y 200
policías recién formados y capacitados como policía comunitaria, cuya meta operativa primordial es garantizar la
seguridad de los residentes, y no necesariamente de aprehender capos o acabar con el tráfico de drogas. Hasta el momento,
12 comunidades han sido “pacificadas” con tres mil 500 policías destinados a las UPP hasta el fin de 2010.1 La
narcoviolencia está aún lejos de llegar a su fin en la ciudad maravillosa, pero se trata de un avance indudable: en lugares
como la Ciudad de Dios, donde regía la ley de los narcos, hoy se nota la presencia permanente de los agentes del Estado.
¿Hay alguna lección para México de esta historia?
La otra guerra del narco
Quien piensa que la historia de las favelas se encierra en el filme Ciudad de Dios se engaña. Donde finaliza la película,
con los chavitos hablando mal de un nuevo capo emergente —el “Falange Vermelha”—, inicia la verdadera historia del
narco carioca. Es un chiste que sólo los espectadores brasileños entienden: el Falange Vermelha no fue un capo, sino una
organización criminal incipiente, nacida en las cárceles infernales de Río, que hasta mediados de los ochenta se
transformaría en el Comando Vermelho, dueña del 70% de los puntos de venta de drogas en la ciudad, y de los cientos de
favelas en los que se localizaban.2
Desde entonces esta tenaz organización ha experimentado cismas de donde han nacido nuevos “comandos”, lo que ha
propiciado muchos embates y nuevos pactos entre ellos. Pero el perfil general de la guerra del narco en Río sigue igual: los comandos controlan —por la fuerza de las armas,
literalmente— la mayoría de las mil favelas en Río. Se invaden mutuamente territorios, a veces tomando o perdiendo una comunidad, lo que puede llevar a la expulsión o
ejecución de los residentes. La policía queda al margen, a menos que se realice un operativo masivo para decomisar drogas, armas, o arrestar traficantes, lo que ocasiona
balaceras que dejan a los residentes aterrorizados (o muertos por “balas perdidas”).
A lo largo de los años el escenario ha cambiado poco, a no ser por la escalada
constante de armamento: las pistolas de los ochenta y los cuernos de chivo de los
noventa son ahora sustituidos por las ametralladoras, granadas, vehículos blindados,
y tácticas de guerrilla de la realidad actual. Por desgracia, la dimensión de la tragedia
humana en Río no es menor que la de México: desde 2003 la policía ha matado a
más de ocho mil 200 civiles en autos de resistência (“actos de autopreservación”) —
o sea, en confrontación con actores armados—.3 A esto puede sumarse una buena
parte de los aproximadamente 42 mil homicidios dolosos y una fracción significativa
de los 32 mil desaparecidos.4 Todo esto en un estado que tiene la décima parte de la
población de México.
La narcoviolencia mexicana es relativamente reciente; en Río se ha venido
acumulando y agravando en los últimos 25 años. Se ha incorporado a lo cotidiano de la ciudad y a su imaginario. Ya no asustan cosas que años atrás habrían espantado. Al
mismo tiempo, cada año trae un nuevo caos, que rebasa al caos anterior, como las ráfagas contra el palacio del gobierno en 2002,5 la onda de ataques contra policías y civiles
de 2006,6 o el derrumbe de un helicóptero de la policía en 2009.7 Se trata de círculos viciosos o, más bien, de espirales o escalamientos de violencia que generan pánico entre
la clase media, la cual demanda una respuesta de los gobernantes quienes, a su vez, prometen “hacer valer la ley” y “no dar tregua” a los traficantes, destinando más recursos
al combate (y menos a los programas sociales), ocasionando más incursiones, más balaceras y más pánico.
Un nuevo rumbo
Los primeros años del mandato del gobernador actual, Sergio Cabral, fueron marcados justamente por esa postura de mano dura, con un aumento previsible en el número de
civiles muertos por policías (sólo en 2007 fueron mil 260) y una tentativa masiva y fallida de retomar el Complexo do Alemão, considerado el “cuartel general” del Comando
Vermelho.8 Pero al final de 2008 una nueva estrategia apareció. El temido batallón de choque BOPE (el de la película Tropa de elite) seguiría invadiendo las favelas y
poniendo a los traficantes a correr. Pero mientras que antes éste eventualmente se retiraba, dejando la comunidad a merced de los narcos, ahora sería construida en el corazón
de la comunidad una estación policial pacificadora permanente, su propia UPP.
Por lo general, en las 12 comunidades hasta ahora “pacificadas” la estrategia parece exitosa: donde habían traficantes con fusiles, hoy hay policías, y las tasas de crimen han
bajado significativamente. En sus mejores momentos los comandantes de las UPP (algunos de los cuales son mujeres) han buscado crear una relación más respetuosa entre
policías y ciudadanos, participando en la vida cotidiana, como en los juegos de futbol o bailes comunitarios. El gobierno ha promovido las UPP con una fuerte campaña de
relaciones públicas y el apoyo de los medios, lo que sin duda ayudó a Cabral a lograr la reelección en octubre de este año.
Sin embargo, no todo es color de rosa. Se han registrado casos de corrupción y violencia policiaca entre las UPP;9 algunos observadores han dicho que las favelas siguen
siendo controladas por “niños con fusiles”, pero ahora traen uniformes. Otros analistas dudan que se pueda pacificar las favelas más grandes y lucrativas (desde el punto de
vista de los traficantes) como Rocinha, con sus 250 mil habitantes y su ubicación estratégica, ni los bastiones del narco en la Zona Norte de la ciudad, lejos de las playas y
puntos turísticos. Muchos residentes aún desconfían de la policía, y temen que desaparecerán las UPP después de los Juegos Olímpicos de 2016.
Además, tienen razón las voces comunitarias que insisten en que las UPP no pueden sustituir la inversión en educación, en programas antipobreza, y otros que generen
oportunidades de empleo. No obstante, después de visitar tres favelas “pacificadas” y observar reuniones entre residentes con oficiales, mi impresión es que el balance es
positivo, más que nada porque establecer la seguridad básica propicia la aparición del dinamismo económico de estas comunidades.
Pero lo más innovador en relación con las UPP no es la mera presencia del Estado en las favelas, sino un cambio de prioridades. “No podemos garantizar que pondremos fin
al narcotráfico, ni tenemos la pretensión de hacerlo”, dijo el secretario de seguridad pública José Beltrame al explicar el programa. “Lo que queremos es quebrar el paradigma
de territorio controlado por traficantes con armas de guerra”.10 Lo sorprendente es que el gobierno ha mantenido esta postura a pesar de ciertas críticas inevitables. En julio,
por ejemplo, cuando la prensa generó un escándalo al revelar la presencia de vendedores de drogas dentro de la Ciudad de Dios, el secretario describió las imágenes de
jóvenes comprando drogas como “un caso de salud pública”. Dijo que la policía no dejaría de combatir el tráfico, pero añadió: “no descarto que haya venta, en un rincón del
vacío, en un área inmensa como la Ciudad de Dios... La misión básica fue desarmar a los traficantes y llevar paz a los residentes… en las imágenes los traficantes no parecen
estar armados”.11
Pero, ¿qué tiene que ver esto
con México?
Obviamente, hay muchas diferencias cruciales entre la situación que enfrenta México con la de Río. Primero, en Río el narcotráfico —por lo menos la parte que genera
violencia— se dirige al mercado de consumo interno, mientras los cárteles mexicanos trabajan primordialmente en producción y exportación. Segundo, el conflicto en Río es
casi exclusivamente urbano, mientras en México la guerra también tiene lugar en áreas rurales, carreteras y zonas fronterizas. Además, hay diferencias institucionales
importantes: mientras que en México hay una profusión de cuerpos policiales y una cierta sobreposición de jurisdicción de autoridad, en Brasil la política de seguridad es casi
exclusivamente la responsabilidad de los gobiernos estatales, lo que permite a un gobernador (como Cabral) realizar un cambio de estrategia como la que representa las UPP
sin mayores embates políticos.
Sin embargo, las experiencias de Río y México —y, efectivamente, Colombia— sí coinciden en lo que puede ser su aspecto más perturbador: organizaciones de
narcotraficantes, frente a políticas de fuerte represión antidroga, han adoptado estrategias de confrontación armada contra las fuerzas del Estado. Partiendo para el ataque, han
invertido sumas inmensas en armas, entrenamiento, salarios de soldados y sicarios, y seguros para sus viudas. Es más: allá como acá, el despliegue de la fuerza militar del
Estado por sí solo no ha acabado con la violencia, sino que la ha agravado. La escalada armamentista se ve muy similar: desde 2007, por ejemplo, los decomisos de
ametralladoras antiaéreas (.30 y .50) han crecido en 40%.12 Con ganancias seguramente inferiores a las que obtienen los cárteles mexicanos, y sin acceso al absurdamente
descontrolado mercado de armas norteamericano al que muchos culpan de la violencia en México, los traficantes de Río han podido mantener su dominio sobre cientos de
favelas y casi un millón de ciudadanos durante décadas.
Otra lamentable similitud es la corrupción arraigada: en Río, el arrego (pago semanal de los traficantes a los policías corruptos locales por dejarlos operar) es la regla; los
embates, balaceras y ejecuciones extrajudiciales, la fatal excepción. Las plazas policiales suelen ser retribuidas como regalos a aliados políticos. Peor aún, se sospecha que el
dinero sucio llega a las altas esferas de la política, llevando a la triste paradoja que los mandatos de los menos corruptos son manchados por las más altas tasas de violencia.
¿Suena familiar?
Entonces, ¿qué puede aprender México de Ciudad de Dios? Primero, lo malo: que una política de represión militarizada contra el narco, en un contexto de corrupción
arraigado, puede producir una dinámica de violencia que se repite, sin señales de salida y cada vez más sangrienta, a lo largo de décadas. Se configura todo un sistema, una
maquinaria, en que por más que se gasta en equipamiento, los narcos lo igualan; por más que matan a sicarios, los narcos los reponen; por más que se incauta, la droga llega; y
por más que se hable de “limpieza en la policía”, el río de lucro ilícito del narco sigue fluyendo por los corredores del poder. Eso durante 25 años. Pues, si a veces la guerra
del narco mexicano parece andar por un camino que no tiene fin, es posible que de hecho no lo tenga.
Ahora, lo bueno: que un cambio de estrategia puede rendir resultados inesperados. Poco a poco los residentes de Ciudad de Dios y las otras favelas pacificadas están
recuperando su confianza en la policía, en el Estado, y en la sociedad brasileña en general. Ya no temen —tanto— el retorno de los traficantes, sus hijos juegan en las calles, y
los valores de sus inmuebles se han duplicado.13 Al mismo tiempo, se especula que frente a la nueva política los comandos han pactado una tregua para minimizar sus
pérdidas.14 La violencia (para no hablar de la pobreza y la exclusión social) sigue, pero por primera vez en años es posible pensar que Río está en camino de un nuevo
equilibrio, uno en el que la violencia ya no es la estrategia preferida de los narcos, y en el que la seguridad ciudadana ya no es sólo un estribillo.
Al defender las UPP ante la acusación de que sigue la venta de drogas en Ciudad de Dios, el secretario Beltrame dijo: “El resultado positivo [de las UPP] es infinitamente más
importante que la venta de media docena de papelotes [de droga]”.15 Tiene toda la razón, y es la misma razón que tuvo la marina norteamericana en Marja, Afganistán, al
decidir no erradicar su zafra de amapola: dejar de dar a una población rural pauperizada motivos para aliarse con los talibán es infinitamente más importante que la
destrucción de algunos kilos de opio. Son ejemplos de lo que llamo “descriminalización operacional”: cambios estratégicos en la política antinarco que, por ser formulados
por “gente en botas” —i.e. las propias fuerzas estatales— y en el lenguaje de seguridad nacional, son más fácilmente aceptados que cualquier propuesta política de
legalización.
Cambiar de rumbo suele parecer imposible antes de hacerlo: así parecía durante años en Río. Pero si el gobierno de Río puede justificarse ante la prensa y sociedad brasileñas
con el argumento de que minimizando la violencia y estableciendo la presencia del Estado tiene prioridad sobre la —imposible— erradicación total del narcotráfico, quizás
eso mismo podría hacer México ante el mundo.
Benjamín Lessing. Doctorando en ciencia política en Universidad de California, Berkeley; director del Observatorio Internacional de Violencia Asociada al Narcotráfico;
investigador asociado en ICESI (México), ISER (Río de Janeiro), CERAC (Bogotá).
1 Datos del sitio oficial de las UPP: http://www.upp.rj.gov.br/
2 Amorim, Carlos, Comando Vermelho: a história secreta do crime organizado, Editora Record, Río de Janeiro, 1993.
3 Cálculo propio a partir de relatorios de la Policía Civil de Río de Janeiro, disponible en: http://www.isp.rj.gov.br/
4 Cálculo aproximado a partir de “Estatística das Mortes Violentas no Rio de Janeiro”, Antonio Carlos Costa, Río de Paz, 28/07/2010.
5 “Rio viveu onda de ataques em 2002”, O Globo (Río de Janeiro), 28/12/2006.
6 “Ataques matam 18 no Rio”, Reuters, 28/12/2006.
7 “Helicóptero da polícia é derrubado no Morro São João”, O Dia (Río de Janeiro), 17/10/2009.
8 “Megaoperação no Alemão deixa 19 mortos”, O Globo (Río de Janeiro), 27/06/2007.
9 Véase por ejemplo, “Mais dois policiais de unidade pacificadora são presos no Rio”, Folha de S. Paulo, 20/03/2010; “PMs de UPP são presos em Itaboraí”, O São Gonçalo
Online, 07/10/2010.
10 “Rio de Janeiro police occupy slums as city fights back against drug gangs”, The Guardian (Londres), 12/04/2010.
11 “Feira de drogas resiste à UPP da Cidade de Deus”, O Globo (Río de Janeiro), 02/07/2010.
12 “Facção criminosa que atacou Morro dos Macacos concentra antiaéreas”, O Globo, 21/10/2009.
13 “Pacificadas, favelas já vivem boom imobiliário”, Estado de S. Paulo, 26/09/2010.
14 “Tráfico adota nova tática para conviver com UPPs”, O Globo, 08/05/2010.
15 “Feira de drogas”, op.cit.
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Fecha: 03/11/2010
Revivir la quimera
Ángeles Mastretta
M
is muertos, como los de cada quien, van conmigo a todas partes. Algunos días los siento mirando sobre mi hombro. Desde ahí aprueban o dirimen. Hace poco pude oír sus
voces entre la mía que a su vez hablaba, de ellos y la felicidad, a la paciente luz de una asamblea. Creo que los muertos no se aburren, pero yo tenía miedo de aburrir a los
embajadores.
M
is muertos, como los de cualquiera, andan diciendo cosas que sacan de la nada. Y escuchan de otro modo. Cuando digo alegría se quedan quietos, si oyen clavel vuelven a
estremecerse de nostalgia. Ese día, en el Salón de las Américas, me empujaron de lejos. Como si dijeran no vengas con que no sabes cómo hacerlo, porque esto es jugando,
para temblar no te educamos.
L
a muerte de los otros provoca un temblor tal, que educa en la certeza de que es imposible morirse de
miedo.
Anda a jugar que de la muerte sólo sabes lo que inventas, porque la muerte es un invento de los vivos.
Anda ve, di una fábula, revive una quimera, adivina un ensalmo.
Mis muertos son volubles, a veces se me esconden y otras se paran en mi cabeza, como la llama del
Espíritu Santo, con la pretensión de iluminarme aunque no lo consigan. De repente, si la imperiosa luna
trae con ella sus nombres, les pido que aprieten mi corazón para consolarlo porque no están.
Cuando murió mi padre, él fue el único muerto de aquel año. Así era entonces. Casi nadie moría. De ahí
nuestro arrebato. De ahí que Dios y el azar sean uno mismo y por lo mismo nadie.
Dos años antes murió la hermana de mi madre, que era tan joven como yo fui hace mucho y tan alegre
como debiéramos ser todos. Ella regresa siempre que voy al mar.
Al poco tiempo murió la hermana de mi abuela, una especie ya entonces en extinción, que vivió hasta el
último día entre lo inverosímil y la catedral. Ya lo dije otras veces, porque uno no hace sino repetirse,
ella viene cuando me urge una película de llorar.
Luego murió mi prima Tere, que tenía veintiocho años y era casi una niña con seis hijos. Pálida y
ferviente, todavía viene cuando una de sus niñas aparece en mi buzón con el nombre que ella le dejó
bordado en un cojín.
Al final de ese círculo, mi abuelo Sergio se durmió de repente, engañándonos. Así fue siempre. Él y mi
padre son mis dos muertos más queridos. He hablado mucho de esas cicatrices. Con ellos terminó la
rueda de santos que perdí entonces. Con ellos el estupor indómito que da la muerte cuando la vemos por
primera vez.
La más querida de mis muertas es mi madre, sólo que ella todavía no lo sabe, porque no he podido
hablarle, se niega a ser fantasma o fantasía, así que sigue siendo la muerte misma metida en mis
costillas. Seis meses antes de perderla nos dijeron que lo mismo podía vivir dos que diez días. A veces,
cuando estaba durmiendo, imaginé que ya se había ido de su cuerpo el ángel que nos da cuerda por dentro, pero ella volvía a abrir los ojos que se le fueron haciendo
transparentes y pedía agua, o unas calabacitas a fuego lento. No se irá nunca, pensamos, mientras se estaba yendo. Tenía pasión por los árboles. Y culto por sus hijos. No se
quería morir para no darnos esa pena. Nadie que yo conozca se ha negado con tantas fuerzas a la muerte. Ni Maicha, señora de los leones, ni tía Luisa, ni Mayu, ni Sabines
que quisieron vivir más que a sus vidas. Ni siquiera Doña Emma, que peleó como brava contra la enfermedad y en contra nuestra, que no queríamos que fuera a ningún lado,
con su conversación iluminada y sus dedos heroicos. Sólo Luisa la niña batalló más, pero no pudo más. Era de otro planeta, allá ha de estar, porque su hermano pierde la
cabeza siempre que sale la primera estrella. Ha de andar como Eduardo, mi ahijado, cuya risa era un lujo de tal suerte, que a veces se detiene en el aire y desde ahí convoca un
puño de diamantes.
Los voy nombrando y pesan en mis hombros. Pesan sobre mis ojos y en mis manos. Cinthia y el horizonte en que bailaba, Pablo tocando una guitarra cerca de los sauces.
Mata y Vives, como un espejo, acompañándome a penar un solo imposible bajo sus nombres arrancados. Y Soumy hundiéndose en el todo de tantos, con una suavidad que
quita cualquier miedo.
Voy pudiendo nombrarlos, pero con sentirlos me sobraría. Tengo una carta que mandó Julia Guzmán hace treinta y cinco años, la encontré ahora, sobreviviendo a los varios
incendios que han dejado mis cambios de estudio. Ella era escritora en un tiempo en que serlo parecía un remilgo a la dorada profesión de esposa. Augura ahí que yo sería lo
que ella. Por darle la razón creí eso un tiempo. Ahora escribo sin más y la recuerdo, con sus lentes colgando de unos hilos, con sus ojos colgando de un abismo. Vi a Pastor su
marido, ateo como los de antes, con un tiro en la sien y un recado también como los de antes: que no se culpe a nadie de mi muerte. Aún enhebra un enojo, cuando se me
aparece su estampa derrotada.
Una parte de mis muertos casi no me supo. Yo sé mucho más de ellos. Mis abuelos paternos me vieron unos años, ésos en los que fui un escarabajo rubio que apenas sabía
hablar. Mi abuela Ana, cuando estoy memoriosa, me ve creerme culpable porque el día que murió sentí alegría: no iríamos al colegio. Sin embargo tengo tatuada en alguna
sinapsis la voz más triste que he oído en mi vida, diciendo que había muerto la abuelita. Mi papá volvió a Italia contra la voluntad de su madre que vio venir la guerra con
tanta pena como euforia le daba a su marido. Porque ahora que ando en sus cartas, no lo puedo creer pero el abuelo quería la guerra y gozaba el orgullo de darle un hijo a su
patria que para mi fortuna no se lo quitó. Hubiera yo podido ser la hija de otro hombre, pero entonces no hubiera sido yo.
Qué estupidez estás diciendo, opinan en mi oído los espíritus. Si retornara el viento, desea un novio que no tuve porque él era tan viejo como joven fue cuando escribió su
Inútil divagación sobre el retorno: Leduc. Vuelve alguna tarde a preguntarme cómo es que ya no me gustan los toros, vuelve para hacerme reír. El mismo año que el suyo,
murió Ignacio Cardenal. Generoso editor de ojos oscuros, llevó a Madrid mi primer libro y trajo a México, al traerse, mi primer amigo español.
Y el niño que perdí ¿habrá sido niña? Ni una cosa ni la otra. Era un atisbo. Sin embargo dos células regresan y se cuelan diciendo que mis hijos hubieran sido tres. Ya lo sé.
Estoy atada a un atavismo. No hay muerte ahí donde no hubo conciencia de la vida. Pero hay vida en una gota de agua aunque ella no sepa que está viva.
Mis muertos. No he dicho a Manuel Buendía, asesinado a los pies de su oficina justo porque sí vio venir el narcotráfico. No hay un disparo ahora que no me traiga el suyo. Y
fui a su entierro embarazada de mi hija, que tiene veintiséis años. Vieja guerra la nuestra.
¿Quién me falta? Casi todos los de ahora, pero a ellos no los iré nombrando porque aún están cerca, son de los que no me hablan. En los de antes: Mané. Era la madre de mi
madre y entendía como nadie la dicha que le cabe a una ficción. Vivió en una: su marido era un sol, sus hijos las estrellas, su jardín paraíso, su parálisis no conoció una queja.
Ella es la responsable del gusto familiar por el azúcar y el pan. Grandes supuestos males de nuestra época. Pura fortuna de la suya. De ella que, como el trigo, no conoció ni
odio ni orgías.
¿Quién me falta? Estos años sin ira y sin dios contra el que ir, se me han muerto tantos bien amados como vivos tengo. Es noviembre y andan todos aquí, han venido a comer,
en los altares. Muertos de todos nuestros días, de toda urgencia. Que no se vayan lejos, que se quede noviembre entre nosotros. Noviembre, el mes que los revive a todos.
Ángeles Mastretta. Escritora. Autora de Maridos, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida.
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Fecha: 03/11/2010
El médico que deseábamos oír
P: ¿Los ejercicios cardiovasculares prolongan la vida?
R: El corazón está hecho para latir una cantidad de veces determinada. No desperdicie esos latidos en ejercicios. Su periodo de vida se gastará, al margen de su uso. Acelerar
su corazón no va a hacer que usted viva más. Eso es como decir que usted va a acelerar la vida de su coche conduciendo más de prisa. ¿Quiere vivir más? Échese la siesta.
P: ¿Debo dejar de comer carnes rojas y comer más frutas y vegetales?
R: Se necesita entender la logística de la eficiencia en alimentación. ¿Qué comen las vacas? Hierba y maíz. ¿Qué es eso? Vegetales. Entonces un filete es el modo más eficaz
de colocar vegetales en su sistema. ¿Necesita comer cereales? Pues coma pollo.
P: ¿Debo reducir el consumo del alcohol?
R: De ninguna manera. El vino está hecho de fruta. El brandy es un vino destilado, lo que significa que se elimina el agua de la fruta de modo que usted saque mayor
provecho de ella. La cerveza también está hecha de cereales. No limite demasiado su consumo.
P: ¿Cuáles son las ventajas de un programa regular de ejercicios?
R: Mi filosofía es: si no tiene dolor, no haga nada. Está usted bien.
P: ¿Los fritos son perjudiciales?
R: Hoy en día la comida se fríe en aceite vegetal. La verdad es que queda impregnada de aceite vegetal. ¿Cómo puede ser que más vegetales añadidos sean perjudiciales para
usted?
P: ¿La gimnasia ayuda a reducir la obesidad?
R: Absolutamente no. Ejercitar un músculo lo único que hace es aumentar el tamaño del músculo.
P: ¿El chocolate hace daño?
R: Es cacao. Otro vegetal. Es un alimento bueno para ser feliz. La vida no debe ser un viaje hacia la tumba, con la intención de llegar sano y salvo, con un cuerpo atractivo y
bien preservado. Lo mejor es emprender el camino, con una cerveza en la mano y un bocadillo en la otra. El mejor final es haber tenido mucho sexo y un cuerpo
completamente gastado, totalmente usado, gritando: valió la pena, qué viaje tan extraordinario.
P: ¿Algún consejo más que nos pueda dar?
R: Si andar mucho fuera saludable, los carteros serían inmortales. Las ballenas se pasan nadando todo el día, sólo comen pescado y sólo beben agua. Sin embargo están
gordas. Las liebres corren, saltan y no paran, pero no pasan de 15 años de vida. Las tortugas no corren y no hacen nada, pero viven 450 años.
Fuente: Doctor Paulo Ubiratan, director médico del Hospital de Porto Alegre en Brasil. Nació en Río el 13 de febrero de 1930. Extracto de una entrevista en la TV local,
donde se le preguntaba sobre temas de alimentación y deporte. (Con las gracias a Ricardo Bada.)
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Fecha: 03/11/2010
Cuidado con andar cantando
Tararear o cantar durante una partida de cartas es funesto, así como hacerlo en cama o cuando se lava la ropa. Cantar bajo un puente del tren y en la calle puede acarrear un
accidente.
Como toda manifestación de alegría, cantar puede atraer la atención de los espíritus maléficos, por lo que no se debe hacer en cualquier parte.
Cantar en la ducha por la mañana genera una tristeza por la tarde. Cantar en la mesa es señal de locura. En una comida festiva, no debe cantarse antes de haber tomado el café
o el postre. Los banquetes nupciales en los que se infringe esta norma sitúan a los recién casados en trance de ruptura matrimonial.
Es sabido que cuando a uno se le escapa un gallo mientras canta, atrae la lluvia. Soñar que se oye una canción es señal de conseguir deseos, y soñar que uno mismo está
cantando, de desengaños.
Fuente: Isabel P. Costa/Gregorio Roldán, Enciclopedia de las supersticiones, Planeta, 1997.
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Fecha: 03/11/2010
La componedora de virgos
ANGÉLICA: ¿Olvidáis que no soy virgen? ¿Y si (su futuro marido) no topa con la virginidad que busca y tenemos una catástrofe?
MARTA: Estad tranquila sobre este punto. Os juro que os daréis al mancebo más virgen que una recién nacida. A componer virgos no hay quien me gane… Tomad esta
botella de agua astringente, frotaos bien los labios intonsos y en seguida se operará el milagro. Tomad también estas vejiguillas llenas de sangre de cordero pascual. Un
momento antes del combate, colocad una en el fondo de vuestra vagina, entrará la lanza, la reventará a su empuje y ved a vuestro galán tinto en el divino líquido que le
persuadirá de que la fortaleza era virgen.
Fuente: Espejo de alcahuetas/La Philosophie des Courtisanes. Obra imitada de Retórica delle puttane (1642) de Ferrante Palavicini (trad. Óscar de Ónix), Editorial Espuela
de Plata, España, 2003.
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Fecha: 03/11/2010
Heil, Fanta!
El refresco Fanta fue inventado en la Alemania nazi, para reemplazar a la Coca-Cola luego de que Pearl Harbor terminó con su importación al país.
Fuente: Slate, agosto 5, 2010.
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Fecha: 03/11/2010
Las lavanderas críticas
El poeta chino Po Chu-I leía sus composiciones a las lavanderas del río, y sólo las consideraba buenas si éstas las comprendían.
Fuente: Li Po y otros, Las mejores poesías chinas (trad. Roberto Curto), Editorial Errepar, Buenos Aires, 2000. Cabos sueltos recordaba esa anécdota de Po Chu-I (772-846),
pero con su sirvienta: si la sirvienta no entendía sus poemas, los destruía de inmediato. Y al parecer resultaba: la poesía de Po Chu-I era tan famosa que una vez una joven
cortesana requerida por un oficial, le dijo a éste: “No soy una joven cualquiera, puedo recitar de memoria La canción del dolor sin fin del maestro Po”; después de lo cual
puso su precio.
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Fecha: 03/11/2010
Por qué no fumar
—¿Por qué no fuma usted?
—Porque estoy, entre las virtudes y los vicios, en equilibrio perfecto; y un pequeño vicio más me inclinaría decididamente hacia los vicios.
Fuente: Julio Torri, Tres libros, FCE, 1964.
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Fecha: 03/11/2010
¡Los pobres periodistas! (fragmento)
…En cualquier nación civilizada
se tiene admiración por el que piensa
y tiene su existencia dedicada
a escribir, y es misión privilegiada
la que ejercen los “chicos de la prensa”.
Aquí, el poder de quienes integramos
ese CUARTO PODER tan discutido,
es algo paliducho y desteñido
que cada vez más lejos contemplamos.
En Gringoria (me consta, pues lo he visto)
es bien considerado el periodista,
por más que algunos hay que, ¡vive Cristo!,
no merecen que el diablo los asista.
Pero aquí el escritor (hay que afirmarlo
en términos rotundos y cabales)
no vale a veces ni los “veinte reales”
que le costó a sus padres bautizarlo,
pues cualquier ayudante o secretario
de cualquier señorón o funcionario
sin más antecedentes,
de cualquier periodista es victimario
y le enseña los puños y los dientes…
Si un periodista, de manera osada,
critica la actitud de un diputado
porque éste no dejó muy bien parada
la investidura que se la ha confiado,
salta el “legislador” y en un derroche
de furor comunista,
jura por su blasón que, aquella noche,
se come en escabeche al periodista;
y desde la curul, que es barricada
donde son las palabras batallones
enarbola puñal, rifle y espada,
entre una tempestad de imprecaciones
que a los ingenuos les producen frío…
sin que en esta ni en otras ocasiones
llegue la sangre al río.
“Las leyes para todos son parejas”,
escuchamos decir constantemente;
pero a pesar de todas las consejas
es cosa muy vulgar y muy corriente
que cualquier presidente
municipal de la reciente hornada,
mate de un tiro o de una puñalada
a un pobre periodista,
porque escribió sobre cualquier pillada
de un cacique “izquierdista” o comunista.
Y hoy como ayer, por métodos más
[módicos
de los que usó la “odiosa dictadura”,
quienes escriben para los periódicos,
nunca tienen la vida muy segura,
pues el líder, cacique o diputado,
o las tres cosas juntas, no consiente
que si él ha cometido un atentado
se lo diga la prensa independiente.
Y por este camino ya trazado
que nadie rectifica ni nivela,
ser periodista es ser más desdichado
que un maestro de escuela,
pues éste sufre, lucha y se desvela
haciendo hasta de pinche de cocina,
mas no está condenado
a que un matón pagado
lo asesine a la vuelta de la esquina…
Fuente: Guillermo Aguirre y Fierro (1887-1949. Sí: el mismísimo autor de “El brindis del bohemio”), Sonrisas y lágrimas (1942), edición de Ignacio Betancourt, El Colegio
de San Luis Potosí, 2009.
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