El volcán y el sosiego - Fondo de Cultura Económica

F O N D O D E C U LT U R A E C O N Ó M I CA
MARZO DE 2017
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ADEMÁS Mercados abiertos,
pactos sociales
por david ibarra
El volcán
y el sosiego
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F O N D O D E C U LT U R A E C O N Ó M I CA
MARZO DE 2017
Viaje a la semilla
E
sta casa editorial se honra al celebrar el primer
centenario del natalicio de Gonzalo Rojas, poeta
seminal, aclamado y estudiado por generaciones de
poetas, críticos y lectores como uno de los grandes
artífices de la muy prestigiosa poesía chilena y de la
literatura hispanoamericana del siglo xx.
Dada la potencia y multiplicidad de sentidos de
sus poemas verbales, hay diversas maneras de entrar a ellos, pero la
primera reacción del lector es el asombro. Asombro por su audacia al
hibridar la carnalidad y la espiritualidad, el pasado más remoto y el
vértigo del presente, la elegancia y el desparpajo, la erudición y la cultura popular, el dolor y la alegría, la seriedad y el juego, el pesar y el
buen humor, el escepticismo y la celebración de la vida, “el volcán y el
sosiego”, según el título de su exhaustiva biografía escrita por Fabienne Bradu, publicada por el Fondo de Cultura Económica.
Esta capacidad suya para conjugar polos opuestos parece provenir
de la atención de su oído a la reverberación de las palabras a partir de
su materialidad, de su peso específico. No es que desdeñe su significado, sólo lo suspende para concentrarse en el sonido y en la estructura
silábica de las palabras, como el músico llevado por una nota clave a
partir de la cual desarrolla su composición, con quiebres sintácticos
sorpresivos que ahondan el significado de lo dicho. El sonido y el ritmo
van guiando sus pasos hasta redescubrir un sentido renovado de las
palabras como acabadas de salir del taller del Creador.
Este proceder lo hermana con los grandes poetas de todos los tiempos, aquellos que dirigen su imaginación al origen de todas las cosas,
no por pretensiones de inaugurar el mundo, sino porque ese génesis
imaginario hace eco en su sentimiento de la vida y en su perplejidad
ante el mundo. Existencialista sin remedio.
De todos los sentimientos de su registro existencial, el más profundo y constante es el amor erótico, no el amor libertino, por enamoradizo que haya sido, sino la fusión de la sensualidad con el misterio de la
mujer como semilla, con la palpitación del universo en su herida más
profunda.
Que este modesto homenaje se extienda a los grandes poetas chilenos que lo preceden y cuyos poemas absorbe transformados en su propia poesía de acuerdo con un riguroso y honesto sentido de la tradición.
¿Por qué ha habido tan grandes poetas en Chile? ¿Será que la
geografía y la geología del país les hablan del origen del mundo?•
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De qué más se te acusa
Gonzalo Rojas
Gonzalo Rojas
Gonzalo Rojas
El volcán y el sosiego
dossier
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Hubo alguno una vez
mauricio electorat
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El volcán y el sosiego
Una biografía
de Gonzalo Rojas
fabienne bradu
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Una sempiterna
ambivalencia
adriana valdés
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Todos los mundos
posibles
daniel freidemberg
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Oscuro, de Gonzalo Rojas
josé emilio pacheco
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José Carreño Carlón Director general del fce
Martha Cantú, Adriana Konzevik, Susana López,
Socorro Venegas, Karla López y Octavio Díaz
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por el propio Fondo de Cultura Económica. ISSN: 0185-3716
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Metamorfosis
de lo mismo
Mercados abiertos,
pactos sociales
david ibarra
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Papelera
de reciclaje
lorenzo garza gaona
poema
De qué más se te acusa
Gonzalo Rojas
Gonzalo Rojas
La irreverencia juguetona de Gonzalo Rojas se
muestra en estas líneas, apuntes para poemas
que no escribió pero cuyo eco resuena en otros
poemas de quien nació “heraclíteo con manchas de
parmenídeo”.
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l a g aceta
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dossier 555
gonzalo rojas.
el volcán y el sosiego
A cien años de su nacimiento, Gonzalo Rojas sigue
volando y reptando en el mundo de habla hispana.
Fabienne Bradu presenta un adelanto de El volcán
y el sosiego, primera biografía del poeta. Daniel
Freidemberg, fundador del Diario de Poesía de Buenos
Aires, destaca los temas esenciales de Rojas y parece
dar en el blanco. Reproducimos una reseña de José
Emilio Pacheco sobre Oscuro: hay poetas que cambian
y poetas que ahondan; Gonzalo Rojas es de los
segundos, escribe. Mauricio Electorat destaca la faceta
de Rojas como incitador de vocaciones literarias y
compromiso político. Incluimos una condensación
prosaica de versos del poeta sobre “la única”, aquella
que entró en su cabeza como una bala loca y lo
muslificó. ¶ Extra: introducción de David Ibarra a su
libro Mercados abiertos, pactos sociales, de próxima
publicación por esta casa. ¶ Nuestra concurrida sección
Trasfondo vuelve a pulsar la tecla del patetismo con un
cuento sobre la esterilidad del escritor.
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© si lvi o torr i jos c
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gonzalo rojas. el volcán y el sosiego
Hubo alguno
una vez
Semblanza de Gonzalo Rojas como
el formador, el incitador de conciencias
estéticas y también políticas, el hombre
de letras y también de justicia. Su poesía
como “obra abierta”, aquella en
que se lee también la actitud
del hombre ante el mundo.
mauricio electorat
U
na tarde de verano del año de
1984, lamentablemente ya remoto, me encontré con Gonzalo Rojas por primera vez. Digo
por primera vez porque tuve la
fortuna de estar con él muchas
veces en mi vida y la fortuna
aun mayor de corresponder con él desde bastante
antes de ese primer encuentro, o sea, visto con la
perspectiva de los años, podría decir ahora, desde
siempre. Conocí a Gonzalo Rojas por escrito, primero leyéndolo, claro, cuando, adolescente aún, di
en alguna parte con un viejo ejemplar de Contra
la muerte. Lo leí con dos poetas que fueron fundamentales en mis años de formación: Apollinaire
y Saint-John Perse. A Apollinaire y a Saint-John
Perse no los leo hace mucho, pero a Gonzalo Rojas
lo leo y lo releo hasta el día de hoy.
En fin, esa tarde me estaba esperando en la estación de Chillán y lo primero que hizo fue llevarme a
dar una vuelta por la Plaza de Armas. Y allí se puso
a recitar a Virgilio. En latín. Yo nunca había estado
en Chillán y nunca había escuchado a alguien recitar en latín. Y no miento si digo que, hasta el día de
hoy, no he vuelto a encontrarme con nadie que sea
capaz de recitar a Virgilio en latín... ni en Chillán,
ni en cualquier otra parte del vasto mundo. Yo era
por aquel entonces, como dice García Márquez, jo-
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archivo familiar
ven, feliz e indocumentado, pero a pesar de esas
carencias, recuerdo que tuve una conciencia nítida
de estar viviendo un momento excepcional. Ese señor que, de no haber sabido uno quién era, podría
habernos parecido un notable de provincias —el
rector del liceo, el presidente de la corte de apelaciones— pasaba de Virgilio a Horacio y de Horacio
a Heidegger y de Heidegger a Breton y de Breton a
Mao y de Mao a Octavio Paz con la naturalidad de
quien está leyendo una receta de cocina. A propósito de cocina, también me llevó a comer al mercado
y, al día siguiente, a una casita de campo que tenía
en las afueras, al borde de un río caudaloso y brutal,
como suelen ser los ríos de montaña de Chile. Él la
llamaba el Torreón del Renegado, lo que le acarreó
la condena de ciertos paleoizquierdistas anémicos
que vieron en ese nombre no un juego de palabras
entre el nombre del río y la famosa torre de Quevedo, sino la prueba de una renuncia a sus principios ideológicos. Lo cierto es que allí, en la precordillera chillaneja, Gonzalo subía los faldeos de
la montaña, abriéndose paso entre los campos de
trigo y los matorrales, con la agilidad y la destreza
de esos pequeños zorros de Chile, llamados zorros
culpeos, mientras nosotros, seres eminentemente
urbanos, sudábamos la gota gorda tras él. Gonzalo
Rojas subía y, para todos nosotros, creo, sigue y seguirá subiendo en nuestra memoria.
l a g aceta
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h u bo alguno una v e z
Aquí hay dos cosas que es de interés recalcar: el
hombre de la tierra y el hombre universal. Y esta
dicotomía, que no es dicotomía sino armonía, nos
lleva a nuestra casa común: ese edificio tan singular llamado la poesía chilena. Hombre de la tierra
es ese Gonzalo Rojas nuestro a quien acompañará
por siempre el relámpago; de hecho, para quienes
somos sus lectores, me atrevería a conjeturar que
no hay relámpago sin Rojas, así como todo río veloz debe necesariamente brillar como un cuchillo.
Hombre de la tierra, hombre chileno, hombre americano, hombre del mundo. Lo mismo, si lo pensamos bien, fueron Gabriela Mistral, Neruda, De
Rokha: herederos de una lengua —o de un habla,
puesto que todo es habla— ancestral y auténtica: la
que se forja en el crisol del antiguo pueblo chileno,
la que con un poco de oreja y de suerte alcanzamos
aún a escuchar en los valles transversales del Norte Chico o en las aldeas y pueblos de los profundos
bosques y ríos del sur. Cito a Gabriela Mistral, citada a su vez por Gonzalo Rojas en un artículo que le
dedica a nuestra primer premio Nobel en Todavía,
la recopilación de su prosa que acaba de editar el
Fondo de Cultura Económica: «El campo americano
—y en el campo me crié— sigue hablando su lengua
nueva veteada de ellos. La ciudad, lectora de libros
doctos, cree que un tal repertorio arranca en mí
de los clásicos añejos, y la muy urbana se equivoca» (Rojas, 519). Es esa «lengua nueva veteada de
ellos», o sea esa magnífica lengua que da cuenta,
más que ningún tratado de historia, de la potencia y
el alcance del fenómeno que llamamos «lo americano» (lo americano es lengua española hecha nuestra
más paisaje, lengua española nuestra y tierra nuestra; tierra a su vez con sus lenguas y culturas vernáculas, claro), es esa lengua, olvidada y portentosa,
la lengua madre de Gonzalo Rojas, como la de todos
nuestros grandes poetas nacionales.
No hay poesía oligarca en Chile. ¿Y Huidobro?,
se podría objetar. Sí, pero Huidobro perteneciendo
a esa oligarquía, tradujo, adaptó, importó las vanguardias y para ello creó su propia lengua, no heredó la de su clase. Lo que quiero decir es esto: los
poetas que forman los cimientos de ese edificio que
llamamos poesía chilena —construcción bastante imponente y compleja a estas alturas, como las
altas torres de Gaudí— vienen de esa lengua campesina, rural, castellana ancestral y que es acaso
lo mejor que nos legaron los españoles: un poco de
Edad Media. La Edad Media del marqués de Santillana, la de Gonzalo, el otro, el de Berceo, la de Juan
Ruiz, el arcipreste de Hita... Esa lengua primorosa, pastoril, divina en su gracia, celestial y carnal
al mismo tiempo, esa lengua popular, en definitiva,
es la lengua primera de nuestros campesinos y el
verbo primero de nuestros grandes poetas. Con esa
arcilla de relentes medievales, más Garcilaso, más
Quevedo, más Darío, es decir, más instrucción pública y bibliotecas que no se sabe muy bien de dónde
salían y que hoy día serían un perfecto milagro, se
construye lo que a estas alturas del siglo xxi, y sin
temor a exagerar, podemos llamar el Siglo de Oro
de la poesía chilena. Allí lo tenemos, sólo a algunas
millas náuticas detrás de nosotros. Y en ese siglo,
se inscribe, de pleno derecho, la obra de Gonzalo
Rojas. Y su travesía. Su travesía del siglo que fue el
suyo, su travesía de un siglo al otro.
Ahora, sería de recibo preguntarse por qué la
poesía de Gonzalo Rojas fue tan determinante para
tantos jóvenes aprendices de escritores de la época. Para responder a esta pregunta es necesario
un poco de historia y otro de lectura, lectura de su
obra, desde luego. He afirmado al comienzo de este
artículo que tuve el privilegio de establecer una relación personal con Gonzalo Rojas desde muy joven.
Pero para no faltar a la verdad, debo decir que no fui
el único. Lejos de ello. Son muchos los poetas, escritores, estudiantes de literatura o sencillamente los
lectores que estuvieron, por decirlo así, bajo el «influjo» de la poesía y de la personalidad de Gonzalo
Rojas. Yo diría más. Diría que, con excepción de los
poetas de estricta obediencia a ese otro tótem de la
poesía chilena que es Nicanor Parra, cuyo tabú es
uno y único: Gonzalo Rojas, mucho más que Neruda
—cuya poesía parodia, es decir, cita, sistemáticamente y frente a la cual elabora su propio «sistema
poético»—, no hay un solo aprendiz o aspirante a
ese título vago pero prestigioso de «poeta chileno»
que no haya pasado por la órbita de la poesía de
Gonzalo Rojas. De su poesía y de su predicamento,
porque de eso se trata: Gonzalo Rojas es un poeta de
«obra abierta», se «lee» en su poesía, pero también
en su «actitud». Y esa «actitud» es eminentemente
dialogante. Va a buscar al Otro en su diversidad.
Allí donde Gonzalo Rojas dialoga, Parra impone,
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l a g ac e ta
con gracia, inteligencia y talento, desde luego, pero
un poeta joven no podía —y me temo que hoy en día
mucho menos— acercarse a Parra sin ser previamente un parroquiano de Parra. Con Gonzalo Rojas
ocurría lo contrario: él iba a buscar a sus interlocutores. Que uno se rindiera al hechizo de su palabra
y de su gracia personal, es otra cosa, pero él no lo
exigía de antemano.
Hay, además, un aspecto crucial en Gonzalo Rojas que lo singulariza en el campo literario chileno:
su magisterio. Gonzalo Rojas no es sólo un gran
poeta, es también un eminente profesor: vivía, también, de esa palabra en diálogo que es la del maestro, pues la práctica del profesor no es sólo prédica,
sino también escucha. Gonzalo Rojas quería saber
qué estabas leyendo, cuáles eran tus ideas estéticas
y políticas, con qué autores te habías formado, pero
también quiénes eran tus padres, qué oficios ejercían, dónde habías pasado tu infancia y si te faltaba
dinero. Diálogo abierto, pues, entre iguales, no entre maestro y discípulo. Aunque él se las arreglaba
siempre para sugerirte la lectura de algún filósofo,
de algún poeta, también sabía escuchar. Muchos docentes que hoy ejercen su magisterio en diferentes
universidades del mundo son alumnos de Gonzalo
Rojas. Me acuerdo que durante esa primera visita
a su casa de Chillán, él grabó para mí un cassette
con una selección de sus poemas que yo me había
permitido hacer. Por mi parte, le dejé unos poemas
manuscritos. Ése era el juego, de tú a tú. Pero él era
el profesor, claro. No era sólo el poeta singular, ese
«alter dei» tan caro a los románticos que le devuelve
a su pueblo el fuego sagrado de la belleza olímpica,
sino el poeta, también, como formador. Formador,
incitador, alentador... de conciencias estéticas y,
al mismo tiempo, de conciencias políticas. Ése es
el sentido del magisterio de Gonzalo Rojas: lo único y lo común, la poesía y la polis. Gonzalo Rojas
paseándose con un joven aspirante a poeta por la
plaza de Chillán y recitando a Virgilio en latín es
un filósofo ateniense y la imagen de ese «momento»,
una metáfora: condensa enteramente el sentido de
su estela poética, la del intelectual «con» los otros.
Yo diría: con nosotros. Éste es otro detalle fundamental a la hora de valorar la gravitación de Gonzalo Rojas en el campo literario chileno: la conciencia
activa, crítica, del presente.
En América Latina, se suele decir, no tenemos
filósofos, no hay pensamiento original en el ámbito de la filosofía especulativa, ese pensamiento
hay que ir a buscarlo en nuestros poetas y escritores. Gonzalo Rojas es un ejemplo magnífico de
ello. Nuestros Sartre y Derrida se llaman Borges,
Lezama Lima, Octavio Paz, Gabriela Mistral, Gonzalo Rojas. Siguiendo la huella abierta en Chile por
Neruda, Gonzalo Rojas fue también ese intelectual
moderno, vuelto hacia el presente, como preconiza
Foucault, el hombre de letras y el hombre de justicia. Más cercano a los novelistas y a los intelectuales del campo político —como Carlos Droguett y
Volodia Teiltelboim— que a los poetas de afiliación
surrealista que fueron los de su generación (la de
1938), de quienes se apartó precisamente porque
no lo convencía ese surrealismo criollo, Gonzalo
Rojas nos demuestra con la relación entre poesía
y conducta, entre literatura y política, el vínculo
profundo entre el intelectual que posee la palabra y
su circunstancia histórica, es decir la de su pueblo
y su país. Gonzalo Rojas es, pues, como sus predecesores, un poeta nacional, en el sentido romántico
de la expresión: Goethe, Victor Hugo, Éluard, Neruda, Rojas... Es más, podemos afirmar que Gonzalo Rojas es el último de nuestros intelectuales
totales, hijos de la Ilustración, habiendo bebido en
Kant y en Voltaire, pero también en Andrés Bello,
en Sarmiento, en Bilbao. Esto explica, además de
su poesía, la importancia de Gonzalo Rojas para las
generaciones que entran al campo cultural chileno
desde mediados del siglo pasado en adelante. Para
los que éramos apenas unos niños cuando Pinochet
mandó al desván de la historia la normalidad democrática de la antigua República chilena, para los
que vivimos una adolescencia marcada por la forclusión del espacio público, con su estela macabra
de desaparecidos, degollados, quemados, silenciados y humillados cotidianamente, Gonzalo Rojas se
alza como un ejemplo. Ya en los años cincuenta del
siglo pasado organiza los ahora míticos —por imposibles— Encuentros de intelectuales de Concepción: Chile, entonces más aldea que ahora, se abre
con ellos al planeta. Desde la misma Universidad de
Concepción, tan activa en el acompañamiento intelectual de los movimientos sociales ascendentes
en el Chile de los años sesenta, organiza una verdadera caja de resonancia de ese «frente amplio»
que es la Unidad Popular. Salvador Allende lo envía
a China, enseguida a Cuba y, por último, Gonzalo
Rojas conoce el mismo oprobio de tantos millones
de chilenos de la época: el destierro, la prohibición
de su propio suelo y de su lengua, la negación de su
obra. Negarle su lengua y silenciar su obra es un
doble exilio para todo escritor. A Gonzalo Rojas
le sucedió lo mismo que le ocurrió a Cabrera Infante en Cuba. Con mejor fortuna eso sí: Cabrera
Infante no pudo volver a pasearse por las calles de
La Habana; Gonzalo Rojas fue enterrado con honores nacionales. Pero la dimensión política convierte al poeta que escribe en Críptico:
Viñedo es el nombre
de la Vía Láctea para ordeñar
uva y amor, tiempo fresquísimo de pastores
antes del cataclismo ¿pero qué sabe
nadie hoy
de Patmos para ver
eso y escribirlo?
en «uno más», en uno de nosotros o en uno «como»
nosotros. Podemos seguir leyendo la obra de Gonzalo Rojas: nos rescatará siempre del desamparo en
tiempos de iletrismo e incultura arrogante como los
nuestros. Pero ahora también podemos leer su vida
como una obra. Y en esa «obra» estamos nosotros.
Por último, una palabra sobre su poesía. Hay
en Gonzalo varios Rojas. Es decir, varios poetas.
Está por una parte el poeta elegiaco, el poeta erótico que todos conocemos, el poeta político. Pero
también está el poeta estoico. «Cerca que véote la
mi muerte... Tórtola occipital, costumbre de ti/ no
me duele que respires de mí, ni me hurtes/ el aire:
amo tu arrullo...» escribe, por ejemplo, en «Almohada de Quevedo». Y en «Fragmentos»: «¿Todo es
igual a todo, mi Oscuro?/ ¿Todo/ es igual a Ti mismo?» Este Rojas nos conecta, y nos conectó a nosotros que comenzamos a leerlo a los 17, a los 18,
con Heráclito y por allí con Grecia y con lo que él
llamó el pensamiento salvaje. En ese pensamiento salvaje que es su poesía late, como una estrella
viva, toda la gran tradición de la poesía occidental.
Desde el Oscuro hasta Vallejo («Ya todo estaba escrito cuando Vallejo dijo: Todavía»), pasando por el
san Juan de Patmos y el san Juan de la Cruz, mezclando a Catulo con Armstrong, elogiando a Pound
y dedicándole su palabra no sólo a las hermosas,
sino también a sus amigos, vivos y muertos. Filosofía y circunstancia se hibridan así en la palabra
poética que es la palabra del hombre-en-situación.
Lo mismo hizo Quevedo, lo mismo Góngora, Manrique y Garcilaso. Gonzalo Rojas no es clásico por
su trayectoria como sujeto histórico, tampoco lo
es porque lo leamos «con previo fervor y con una
misteriosa lealtad», como dice Borges en Sobre los
clásicos (1952), aunque las sucesivas generaciones
de hispanohablantes lo lean así. Gonzalo Rojas es
clásico porque escribe como un clásico, renueva a
los clásicos, los comenta y los trae a su circunstancia, que es la nuestra. A esto llamo yo una «obra
abierta», de la que se puede aprender y se aprende.
Lo que afirmo es lo siguiente: si la lengua de Parra
es más cercana, como él mismo escribió poco antes de publicar sus Antipoemas, a la del novelista
y a la del periodista que a la del poeta,1 la lengua
de Gonzalo Rojas hace entrar en la poesía chilena
el caudal de la gran poesía española, inglesa, francesa, alemana y, por allí, la urdimbre histórica del
pensamiento occidental. Tradición poética y tradición filosófica en «una lengua nueva, veteada de
él», allí radica la importancia de la poesía de Gonzalo Rojas.
Haber tenido a Gonzalo Rojas al alcance de la
mano, al alcance de un texto, al calor de una conversación no puede sino haber sido un privilegio
para todo escritor. Como lo es para todo lector
adentrarse en su obra. Yo, humildemente, digo que
he aprendido con Gonzalo Rojas mucho más que
en ninguna de las universidades que he frecuentado. Como diría Lacan: ce n’est pas rien. No es poca
cosa. Es mucha.•
Mauricio Electorat. Novelista y crítico chileno.
Profesor de la Universidad Diego Portales,
Santiago de Chile.
1 «La función del idioma es para mí la de un simple vehículo […]
Busco una poesía a base de hechos y no de combinaciones o figuras
literarias. En este sentido, me siento más cerca del hombre de
ciencia que es el novelista que del poeta […] El lenguaje periodístico
de un Dostoievski, de un Kafka o de un Sartre, cuadran mejor con
mi temperamento que las acrobacias verbales de un Góngora o de
un “modernista” tomado al azar.» En Hugo Zambelli, 13 poetas
chilenos, Valparaíso, s/r, 1948.
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gonzalo rojas. el volcán y el sosiego
fragmento
El volcán y el sosiego
Una biografía de Gonzalo Rojas
El volcán y el sosiego, primera biografía de Gonzalo
Rojas, es producto del trato directo de la autora con
el poeta por más de 10 años y del conocimiento, el
análisis y la edición de su obra literaria desde mucho
antes. Reconstrucción minuciosa de la vida pública
y privada de Rojas, entretejida con sus poemas.
fabienne bradu
E
l 2 de enero de 1948 muere Vicente Huidobro en su casa de
Cartagena, no muy distante
de Valparaíso, y el 28 de abril
Gonzalo Rojas pronuncia una
conferencia en homenaje a tres
poetas chilenos fallecidos: Miguel Luis Rocuant, Vicente Huidobro y Óscar Castro. La conferencia magistral es auspiciada por el
Grupo Cultural Valparaíso y tiene lugar en el salón
de actos del Liceo Eduardo de la Barra. Las frases dedicadas al poeta Óscar Castro (1910-1947),
fundador en Rancagua del grupo Los Inútiles, traicionan el espíritu contestatario de Gonzalo Rojas:
«[Óscar Castro] realizó su obra literaria en la provincia, allí donde a los escritores se les considera
inútiles, porque los únicos hombres útiles son los
analfabetos que confunden todos los valores, con
excepción de los valores bancarios». El diario La
Unión de Valparaíso publica al día siguiente una
larga reseña de la conferencia, en la sección «Vida
social», donde la poesía coexiste con la moda y las
recetas de cocina, que termina con las palabras de
rigor: «El conferenciante fue muy ovacionado por
la numerosa concurrencia que acudió a escuchar
su valiosa palabra la tarde de ayer».1
En ese mismo mes de abril se cumple un año de
la atribución del premio, y la Sociedad de Escritores Chilenos sigue sin cumplir la dotación, a saber,
la publicación del libro [La miseria del hombre].
Harto de esperar lo merecido y alentado por su
esposa y sus amigos, Gonzalo Rojas decide publicarlo por cuenta de autor. «Lo dejé dormir nueve
meses, no nueve años como dice Horacio», asegura
el poeta.2
Si bien la explicación más probable al incumplimiento de la sech podría resumirse en la palabra desidia, también es cierto que en ese lapso
las intrigas y las luchas intestinas por el poder
son prácticamente las únicas actividades de la
asociación. Por otro lado, a principios de 1948 el
presidente González Videla, anticipándose al McCarthy de la Guerra Fría, inaugura una cacería
de brujas con el desafuero del senador Pablo Neruda, luego de que éste denunciara la represión
de González Videla contra los comunistas y lo
acusara de traidor y totalitario. La justicia ordena la captura de Pablo Neruda, quien entra en
la clandestinidad cómplice de Valparaíso, donde
muchos conocen su escondite, incluyendo el presidente de la República, como llega a afirmarse.
En abril de 1948 el presidente presenta un proyecto «Sobre la defensa permanente del Régimen
Democrático», que solicita al Congreso Nacional
poderes especiales para controlar la agitación comunista manifestada a través de los movimientos
sindicales. El proyecto se vuelve la «ley maldita»
que proscribe el Partido Comunista Chileno, tercera fuerza política del país en las elecciones municipales de abril de 1947.
1 La Unión, sección “Vida social”, Valparaíso, 29 de abril de
1948.
2 José Antonio Cedrón, «Gonzalo Rojas: soy un animal rítmico»,
Plural, vol. 8, núm. 89, México, febrero de 1979, pp. 10-13.
m arzo d e 2 01 7
archivo familiar
En este clima deprimido, Gonzalo Rojas se arma
de valor y parte en busca de una imprenta a la medida de sus escasos recursos. Cierra un trato con Carlos Ríos Jiménez, linógrafo de la Imprenta Roma
que, hasta entonces, nunca ha fabricado un libro,
pues se dedica esencialmente a imprimir carteles,
anuncios de fiestas y programas de circos ambulantes. ¿Acaso hay mucha diferencia entre los poemas
dispuestos en columnas, tal unos pozos de letras, y
los volantes que anuncian insólitos espectáculos?,
le pregunta Gonzalo Rojas para convencerlo de lanzarse a la aventura. El libro se paga a destajo: 140
pesos al mes, y Gonzalo Rojas firma unas letras que
no son de sangre como las de sus poemas, sino de
crédito.
La miseria del hombre termina de imprimirse
—aunque no de pagarse— el 15 de julio de 1948,
en una fea edición de papel manila, averiado antes
de envejecer, de 500 ejemplares, que poco mejoran
las seis ilustraciones del pintor Carlos Pedraza,
antiguo conocido del Internado Barros Arana. En
rigor, antes que adornarlo, los grabados de Carlos
Pedraza acabarán por distorsionar los comentarios críticos que asimilan el expresionismo de
la portada al estilo de la poesía. El libro no sale
perfecto: además de macilento, ostenta unas indecorosas erratas pese al cuidado que le ha aportado su autor. Sin embargo, el colofón registra los
nombres de los obreros que han intervenido en
la fabricación del libro, a quienes Gonzalo Rojas
agradece conmovido por la proeza. Asimismo, ya
se identifican los gustos del poeta con respecto a
la presentación que procurará en cada uno de sus
libros: formato grande, nueva página para cada
poema, aire en los márgenes para que el oxígeno
blanco del papel permita una idónea respiración a
los versos.
Una tarde lluviosa de julio de 1948, un empleado de la Imprenta Roma entrega la totalidad de los
500 ejemplares a la casa de la calle San Enrique.
Previsoramente encamado a causa de una gripe
neurótica, el poeta le grita que suba los paquetes
hasta el segundo piso. El temblor con que rasga el
grueso papel del primer paquete no es provocado
por la emoción ni la fiebre. Es un raro estremecimiento de pavor y «rechazo fisiológico». Abre uno
de los libros horrorosamente repetidos hasta el infinito de cinco centenas y comienza a leer, al azar,
un poema, y luego otro, y otro, pero sin completar
la totalidad de las 130 páginas. Cierra el volumen
con una náusea, un asco muy similar al que sintió
una tarde remota de su infancia en que su hermana le dio a beber agua en un dedal. Y el asco le despierta una ira de niño: una ira radical e irracional,
como el recuerdo sorpresivo del asco.
Gonzalo Rojas cierra el libro con un sabor a
agua rancia en la boca secada por la fiebre. Guarda los ejemplares en un estante, con los lomos mirando hacia la pared. Vuelve a acostarse y, a semejanza de los libros, se queda viendo la pared.
l a g aceta
9
e l volcán, y el sos i eg o . un a bi o g r a f í a d e g o n z a lo r ojas
Del estupor pasa a la furia contra sí mismo: ¿por
qué se ha empecinado en publicar estas páginas
volanderas donde, sin embargo, ha intentado fijar
su alma? La furia se acompaña de un sentimiento de impudicia. El asco no es sino una reacción
de ira ante el pudor traicionado. Pero, ¿qué está
mal en La miseria del hombre? ¿Haber develado el
alma o haberla develado tan insatisfactoriamente? ¿La traición proviene de la publicidad o de la
expresión? «Veo lo que era tan mío, tan íntimo, develado por las palabras», recuerda Gonzalo Rojas
al evocar la tarde en que, por primera vez, abrió su
primer libro de poesía, «y el aire es una lágrima
sobre Valparaíso».3
No obstante, en una actitud contradictoria a
esta primera e inmediata, Gonzalo Rojas no tarda
en enviar La miseria del hombre a críticos y poetas
chilenos. Comienzan a aparecer las reacciones en
la prensa del país. La primera reseña se debe a Luis
Merino Reyes, poeta y novelista de la Generación
del 38, que da a conocer sus comentarios en el diario Las Últimas Noticias de julio de 1948, en Santiago. Arranca con la misma frase que un año antes
encabezaba el artículo de Ester Matte Alessandri:
«Nada sabemos de Gonzalo Rojas —y prosigue—.
Gonzalo Rojas, algo seco en su forma poemática,
salpicado de prosaísmos de uso corriente, distante
de ese temblor sugerente que proviene de la retórica hispana, en su grado más favorable, es un poeta
de verdad, un hondo y desenfadado poeta. Su formación, seguramente de origen francés, nutrida
más de traducciones que de originales, le permite
esbozar una fábula poética que, conteniendo el ritmo narrativo nerudiano, es original, buena hija de
Baudelaire y de Lautréamont, el padre inimitable
de Maldoror [...] Su expresión no se desnaturaliza
con la truculencia y la sequedad natural, propia
del furor poético o de la imprecación que subraya
la miseria del hombre, buscando una sana vitalidad. Es sublimada por la belleza de las metáforas
y por el ritmo sostenido del vigor estilístico [...]
Con este antecedente, nos atrevemos a expresar
que Gonzalo Rojas probablemente, en su madurez
orgánica o en camino de ella, inscribe su nombre
entre los valores destacados de la poesía chilena».
En un extenso artículo publicado en una nueva
revista santiaguina: Pro-Arte, el refugiado español
que fungiera como secretario de Pablo Neruda en
el embarque del Winnipeg, Darío Carmona, destaca desde el título «la fuerza poética» que percibe en
el libro: «De Gonzalo Rojas se ha de hablar mucho
y muchos traspasarán cuartillas analizándolo. Su
libro está allí, reciente y vivo, rebosando poesía,
angustia y poderío. Los conceptos a que ajusta su
voz poética, sus temas como la muerte, la sangre,
la vida sórdida, la misión del hombre, el goce erótico, se entretejen milagrosa y sabiamente entre sí,
hasta obtener una serena unidad, una rama única,
que es la esencia misteriosa de la vida».4
Otro refugiado español, Eleazar Huerta, publica una tercera reseña que también entrega al
periódico Las Últimas Noticias, el sábado 14 de
agosto de 1948. Su opinión, si bien positiva, es un
poco más temperada: «Esta facilidad expresiva de
Gonzalo Rojas lo distingue de otros poetas actuales y señala evidentemente un rango. Realiza sin
esfuerzo, como un clásico, aquello que suele costar
a los demás el sacrificio de la sintaxis. Con todo,
tal facilidad acaba por producir en el lector un hábito, y el daño consiguiente para la estimación de
lo leído. En definitiva, Rojas me parece seguro y
fácil, pero frío». Subraya el trasfondo filosófico del
libro: el absurdo de la vida, la muerte, la angustia,
y finalmente, destaca lo que le parece el estoicismo del poeta.
Antes de que termine agosto, Milton Rossel
comunica sus comentarios a la revista Zig-Zag
de la capital: «La poesía de Gonzalo Rojas tiene
el ímpetu fogoso de la juventud, que deja libre la
expresión a todo cuanto lleva dentro de su alma,
y lo dice sin recatos, briosamente, con un lirismo
violento y desgarrado, sin importarle nada los aspectos formales. Las palabras fluyen atropelladas,
violentas, incontenibles, con un furor dionisiaco.
Técnicamente, podemos incluso considerar que lo
que ha escrito Gonzalo Rojas no son versos; pero
hay en ellos poesía, una poesía en estado larvario,
instintiva, en que, junto a aciertos que revelan auténtico temperamento poético, encontramos expresiones que parecen el monólogo de alguien que
de pronto ha perdido el juicio y habla y grita desaforadamente, desesperadamente...»5
La mañana del domingo 12 de septiembre el poeta toma el ascensor Reina Victoria con su hijo Rodrigo Tomás para el paseo que acostumbran dar en
su único día de descanso. A la salida del ascensor,
el poeta se detiene a intercambiar unas palabras
con un zapatero que resucita cualquier zapato viejo dándole una segunda o tercera vida, comunista
para más señas, que le va informando de los progresos de Pablo Neruda en su escape del país por
la Cordillera de los Andes. Pasan frente al café
Riquet, pero rara vez se detienen: Gonzalo Rojas
no es proclive a la atmósfera gregaria de los cafés
como lo sería, por ejemplo, el fugitivo y su cofradía de «la bota». Junto a la Fuente Alemana, una
puerta da acceso a una escalera que conduce a una
secreta librería. El librero es originario de Praga,
donde conocía a Kafka; vende libros en alemán, inglés y otros idiomas que quizá sólo él descifra. El
paseo se prolonga hacia la plaza Aníbal Pinto, donde comienza el centro comercial de Valparaíso y se
localizan las buenas librerías de la época. Gonzalo
Rojas compra El Billiken para su hijo y, para él, los
principales periódicos de la capital y del puerto.
Padre e hijo se sientan en una banca y, con la misma seriedad, hojean sus respectivos periódicos.
Gonzalo Rojas descubre en El Mercurio de Valparaíso una «Carta abierta» que le dirige Andrés Sabella, otro miembro de la Generación del 38, poeta
y periodista originario de Antofagasta.
La extensa carta de Sabella es una retahíla de
elogios líricos y hasta pletóricos: «Usted, Gonzalo
Rojas, no canta porque sí, a guisa de lírico gorrión,
o gracioso trovero en la ventana de la felicidad. ¡He
aquí su fortuna!: usted canta porque entiende cuál
es su responsabilidad, y conoce qué herramientas
y materiales precisa para la estatua fugitiva de su
mensaje». Luego de enumerar las cualidades de La
miseria del hombre, Andrés Sabella le advierte:
«Estoy seguro de que las críticas enjaezadas de
domingo y pereza, aludirán a su río de lenguaje y a
sus negros atavíos (usted es “capaz de vestirse de
locura”), porque están acostumbrados a un estilo
de semáforos y a una pastelería floral para uso de
señoritingos. Pero los poetas (¡y a ellos envía usted
la flecha viril de su voz!) han medido su musculatura y elogian, sin reservas, al compañero que trae
un morral luminoso de palabras y una visión virgínea del ser, clara honradez en la mirada, que no
deforma al monstruo, sino que lo describe en labor
de sangre y gracia...»
El jueves 7 de octubre de 1948, la revista ProArte saca una nueva reseña de La miseria del hombre, firmada esta vez por Luis Droguett. El poeta
chileno evoca de entrada su antigua amistad con
Gonzalo Rojas y una noche «del barrio Recoleta,
poblado de extraños edificios, de ermitas, de hospitales, de casa de orates, de cerros y de cementerios, allí, en la casa, Gonzalo Rojas me abrió estos
poemas que fue desangrándolos, en una terrible
disección, en ese helado y modesto comedor de parientes. Habíamos atravesado la ciudad: desde el
barrio Diez de Julio hasta el Mapocho y la noche,
por el interior de esos tranvías con ojeras beodas,
con cigarrillos y prostitutas. Era en cierto modo,
un turbio deceso para llegar hasta su poesía». Amparándose en Kierkegaard, Luis Droguett enfatiza
el tema de la angustia y de la responsabilidad del
escritor en los tiempos modernos: «La angustia,
esa mujer que muchos creen reconocer en nuestros tiempos, le ha mostrado sus manos sangrando, sus ojos heridos de experiencias. Ella ha florecido sus ramazones, y a través del oído ese mar
de cosas y seres, de distancias y de habitaciones
pobladas de signos que sólo su tacto sabe descifrar, ella le ha ido, virgilianamente, señalando “el
tormento” y el “gozo”».
Después del rosario de reseñas, al que se suma
una carta de felicitación por parte de Eduardo Anguita (la cual desgraciadamente se ha perdido), y
otras anónimas de simples lectores, se produce
una tregua crítica que propicia una reflexión en
Gonzalo Rojas: «Era tanto lo que aparecía sobre
mi libro en los diarios, que yo un domingo, vivía
entonces en Valparaíso, bajé desde mi Cerro Alegre, por la cuesta del Peral, como siempre, compré
los periódicos y vi que ya no aparecía nada sobre
mí. Cuando advertí eso me quedé preocupado y a
continuación me vino una vergüenza de mí mismo. De cómo yo también andaba buscando la adhesión o, aunque fuera, el rechazo, pero en todo
caso aparecer adentro de ese papel. Me avergoncé
y me callé y no hablé nada. Fue una lección ante mí
mismo. Después me di cuenta de cuán necio y qué
aburrido, qué equívoco es eso de andar buscando
figuración literaria».6 •
3 Gonzalo Rojas, «Conjuro», en Íntegra, op. cit., p. 221.
4Darío Carmona, «Gonzalo Rojas o la fuerza poética», Pro-Arte,
Santiago de Chile, jueves 12 de agosto de 1948.
5Milton Rossel, «La miseria del hombre», Zig-Zag, núm. 2266,
Santiago de Chile, 28 de agosto de 1948.
6Gonzalo Rojas, Apsi. Revista de los libros, núm. 10, enero de
1989.
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archivo familiar
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gonzalo rojas. el volcán y el sosiego
Gonzalo Rojas:
una sempiterna
ambivalencia
adriana valdés
m arzo d e 2 01 7
l a g aceta
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gonzalo rojas: una sempiterna ambivalencia
Texto de la presentación de El volcán y el sosiego
en la Feria Internacional del Libro de Santiago
de Chile, octubre de 2016. La autora contrasta
la sensibilidad varonil y la rigurosa formación
intelectual de Rojas con la sensibilidad y el
ambiente intelectual actuales en América Latina.
B
ien difícil la tarea que asumió
Fabienne Bradu con esta biografía de Gonzalo Rojas, tan
poco tiempo después de su
muerte, con tanta polémica
todavía viva. Difícil también
encontrar a alguien más capacitado para escribirla. Fabienne conoció mucho al
poeta, personalmente; lo entrevistó largamente;
es la editora de Íntegra, la “suma poética” de su
obra; de Todavía, compendio de la obra narrativa, y, hace casi quince años, de Otras sílabas sobre Gonzalo Rojas, que ella misma define como
una especie de “aproximación anticipada” a esta
biografía.
La ha hecho bien. Como lectores, se agradecen
los datos, los fragmentos de cartas, las fotos, los
documentos... Configuran un horizonte afectivo y
cultural de esa época, que era otra. Aprendí mucho
de la relación entre los poemas y las circunstancias vitales de Gonzalo Rojas, muchas cosas que
no sabía y que devuelven el espesor a esos tiempos.
Pasan los años y nos vamos quedando con visiones
simplificadas de las cosas. Restablecer las dificultades, las pugnas, las discusiones y polémicas
en que todos parecen excederse y equivocarse, es
volver a sentir su densidad. Se puede así dibujar
un mapa de oposiciones donde se ubica la obra y la
palabra de un poeta: a quién está contradiciendo,
aludiendo, apoyando; a quiénes les habla, en el espacio imaginario de cada poema. Esta biografía lo
facilita y lo permite, y para quien admira la poesía
de Gonzalo Rojas, es un regalo.
Confieso haberme llevado no pocas sorpresas,
intelectuales y de las otras, al leer esta biografía.
Haré un breve recorrido más bien sentimental
de mi parte, sólo con el fin de despertar ganas de
leerla.
Me cautivaron los capítulos sobre su educación.
No pude evitar compararlos con la enseñanza de
hoy en día, y suspirar. De admiración por la curiosidad intelectual y la capacidad de Gonzalo Rojas,
por su sensibilidad y su avidez de conocimiento
como alumno, pero también por el calibre de los
maestros con que se encontró. Suspiro de envidia:
no me enseñaron a deslumbrarme con Séneca, en
mis tiempos, ni me dieron a leer de chica a Píndaro, Ovidio y Horacio, ni tuve un profesor que hiciera leer a Rimbaud en su idioma original. En fin.
Entre otras sorpresas de esta biografía, una que
los incitará a la lectura apelando a una curiosidad
menos confesable: la relación de los poemas con
las circunstancias vitales de Gonzalo Rojas. Confieso con vergüenza haber cedido a fisgar en sus
amores, haber escrito nombres que me sorprendieron bajo los títulos de algunos de sus poemas
eróticos, e introducir así un factor sorpresa en su
lectura.
Retomando la idea del mapa de las oposiciones
en que se ubica la obra y la palabra de Gonzalo Rojas, se encontrará en la biografía mucho material
sobre el horizonte de la generación del 38; testimonios de hechos culturales de primera importancia,
como los encuentros de escritores en Concepción,
y de las ideas que se manejaban entonces, en las
palabras de sus protagonistas; historias de la diplomacia chilena en China y en Cuba, durante el
gobierno de Allende; historias del exilio en México, en la RDA... Sobre todo, encontrará una visión
de la poesía chilena que contrasta vivamente con
la actual porque está vista desde un ángulo que no
es el de hoy.
En fin, son grandes y merecidos los elogios que
se pueden hacer de esta biografía. Sólo podemos
imaginar las muchas horas que Fabienne Bradu
ha pasado documentándose, y aquí están, en un
libro del que podemos aprovecharnos. (Si un reproche puede hacerse, no es a la autora: se han
colado las temibles erratas —no pocas— en esta
primera edición.)
Del elogio paso al comentario:
del sosiego al volcán, por dar
una vuelta al título
Quisiera hablar un poco de “una sempiterna ambivalencia” (la frase es del libro, y se refiere a
Gonzalo Rojas). Quiero extenderla a esta biografía. Hay tensiones en ella. Que el título sea doble
ya dice algo. Que el libro se inicie con “la figura
siamesa de la contradicción”, una parte muy distinta del resto, dice todavía más. En esas páginas
se encuentra un elogio y una teoría de la dualidad
y la contradicción —yo iba pensando, al leerlas, en
la palabra paradoja, que Paz utilizó—. La poesía es
muchas veces, y en muchas tradiciones, unión de
los contrarios. Nada que reprochar en el terreno
poético, por cierto. Y el poeta, según las palabras
famosas de Fernando Pessoa, es un fingidor. Quién
más que Gonzalo Rojas poeta, gran maestro de sus
efectos.
Una de las tensiones de esta biografía, sin embargo, es que aquello de “fingidor” pasa a ser menos
simpático cuando se refiere a los datos de la vida
real, que tanto busca un buen biógrafo. Y la tensión
se traslada desde el objeto de la biografía hacia
quien la escribe. Una tensión que se aprecia desde
los epígrafes y que resurge en muchas páginas.
Dice Fabienne Bradu que: “el poeta es muy renuente a la exactitud de las fechas y, a veces, de los
hechos que entran en contradicción con el mito de sí
que pretende legar a la posteridad” (p. 335). Y muy
discretamente, en una nota, informa que esto ha tenido un costo para ella: “Yo misma fui víctima de
sus ficciones que reproduje como verdades en mi
libro Otras sílabas sobre Gonzalo Rojas, fce, México, 2002, pp. 159-160”. (p. 451, nota 25.)
Nos encontramos, entonces, con múltiples capítulos en los que la autora ha debido hacer un contraste entre los hechos documentados y el mito
creado en torno a su persona por el poeta. A veces,
las menos, las ficciones tenían que ver con los sentimientos de otras personas, y eran equivalentes
a mentiras piadosas. Muchas otras, en cambio, tenían que ver con la creación de un personaje público congruente con un “yo” poético manifestado
en la escritura. Los datos de la realidad son esculpidos como un pedazo de piedra o mármol, para
que en ellos aparezca un “personajo” cercano a
sus poemas.
La biografía no es un Gonzalo Rojas par lui
même: es muchas veces un Gonzalo Rojas cotejado con los hechos. Y ésa es una tarea difícil que
Fabienne Bradu ha realizado de manera tan firme
como delicada. Ha buscado no la verdad, sino la
exactitud: según uno de los epígrafes del libro, “el
nombre más humilde” de la verdad (Yourcenar).
“Arropar el mito” de un yo poético es un tema de
historia de la literatura. Para aproximarme a lo que
quisiera decir, un contraste. Tamara Kamenzsain
acaba de publicar en Buenos Aires un libro con un
título curioso: “La intimidad inofensiva”, sobre poetas argentinos de los años noventa.1 Me hizo mucho
sentido al pensar en esta biografía que estoy presentando. Se refería a poemas de “los que escriben
con lo que hay”. La “persona poética” prácticamente no existe, o está al ras del suelo, y la mayor intimidad carece de sentido, como si la “personalidad”,
lo propio y característico de un sujeto determinado,
se hubiera desvanecido en el aire, y con ella cualquier secreto o misterio por revelar o cualquier
cosa que arropar.
Describe bien un hecho contemporáneo de la literatura. Algo así como el polo opuesto de lo que se
da en la poesía de Gonzalo Rojas y en todo “el mito
que pretende legar a la posteridad”, todo el mito que
pretende “arropar”.
En aras de la historia de la literatura, el ser un
poeta “vate” puso en su época a Gonzalo Rojas en
contradicción con la “antipoesía” de Parra, por
1 T. K., Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2016.
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ejemplo: la biografía recoge palabras despreciativas y amargas. Muchos jóvenes habrán pensado
en un principio lo que escribió Fernando Pérez
Villalón sobre la poesía de Rojas: “... escrita desde una concepción de lo poético imposible de mantener en nuestros tiempos, más afines a la ironía
de Lihn, al tono socarrón de Parra...”2 Y más de
alguien, como yo, habrá escrito al margen versos
de Lihn: “No soy hombre de fe. Los mitos me asquean. Las profecías me abruman y no puedo decir
más”. Sin embargo, en poesía hay una oscilación
entre algo así como el minimalismo y el maximalismo del sujeto poético. La nota ácida, corrosiva,
es recurrente, y más que necesaria. Pero la poesía de Rojas, muchas veces ácida y corrosiva también, en otro tono, resucita una y otra vez, revive
su pulso y su ritmo, consigue sus efectos, y hace
exclamar a alguien como Julio Cortázar, en 1968,
que “le devuelve a la poesía tantas cosas que le han
quitado”.3 Pienso que en la biografía de Fabienne
Bradu hay material precioso para pensar sobre
esto, y que es un buen tema: se lo regalo a algún
tesista inspirado.
Para terminar, una anécdota de la que me enteré leyendo el libro. Y otro buen tema, casi “the
elephant in the room”, como dicen los gringos, que
debe haberse planteado cuando el libro se presentó en Argentina. Somos tres mujeres en esta mesa.
No creo que sea accidental. Mágico, tal vez; no accidental. La anécdota cuenta que Gonzalo Rojas rechazó el prólogo de María Moreno, cronista argentina, para uno de sus libros, que iba a republicarse
en Chile. “¿Para qué publicar un prólogo de alguien
tan alérgico a mi poesía?”, dijo (413). Sin embargo,
la misma María Moreno publicó en 2011 en Página
12 lo que esa revista califica de “un sentido homenaje que lee en clave de literatura y género algunos
de sus gestos y poemas”.4 ¿Qué pasa ahí?
Sucede que, tal como algún malvado inventó esa
frase irresistible que es “alto kitsch”, otra persona —mujer argentina, no María Moreno— inventó aquello de “machismo de altura” para referirse
a la poesía erótica de Rojas. Lo cierto es que hay
cierta incompatibilidad entre sus musas desmelenadas y las mujeres parlantes. Que se le da mejor
hacerles preguntas retóricas a “Teresa de Ávila,
Virginia Woolf, Emily mía/ Bronte de un páramo
a otro/ Frida mutilada/ que andas volando por ahí,
de qué/ escribe uno?” que recibir respuestas. Que
la mujer tan celebrada por sus sentidos es, como
escribió en uno de sus primeros poemas y reiteró
en su madurez, “una página en blanco”, sobre la
cual el poeta realiza “un acto génesico”, despliega
su fuerza varonil, y se mira a sí mismo en el acto
de desplegarla.
Otra pregunta retórica, mía esta vez. ¿Y cómo
van ahí las mujeres, páginas blancas, blanquísimas? ¿Perdidas en la noche, malheridas de amor,
como la gran gata blanca de otro de sus poemas?
Estamos ciertamente en otra época. En las fotos del mundo intelectual de los años cincuenta en
adelante, me llama la atención la cantidad de personas que fumaban: era por entonces lo natural.
El intelectual y el cigarrillo iban juntos. El intelectual y el machismo también, de modo inconsciente:
era natural que prácticamente todas las redes de
poetas, de profesores universitarios, de periodistas, fueran casi exclusivamente de varones. Las
mujeres estaban en una especie de historia paralela, y menor, de la literatura, y las solidaridades
y ayuditas se daban entre hombres, salvo algún
prólogo que no escondía la admiración de un poeta por alguna belleza que, además, escribía. Otro
punto para pensar, con los datos que nos brinda
esta notable biografía.•
Adriana Valdés. Escritora y miembro de número
de la Academia Chilena de la Lengua. Santiago de
Chile, 22 de octubre 2016.
2 “Rojas en Oriente”, Revista Vértebra núm. 3, republicada en
http://www.letrasenlinea.cl/?p=1786.
3 Citado por Pedro Lastra en la nota a su edición de Poesía esencial, Santiago, Editorial Andrés Bello, 2001, p. 9.
4 Página 12, viernes 11 de mayo de 2013.
m a r zo de 2 017
gonzalo rojas. el volcán y el sosiego
S
olía formarse una ola de simpatía
en torno de él cada vez que venía a
la Argentina. Fue un hombre muy
querido por los poetas argentinos
de las tres últimas décadas, muchos de los cuales lo admiraron
como a un maestro. Más que a
cualquier otro poeta chileno, exceptuando a Pablo
Neruda, pero, si lo que se tiene en cuenta es el afecto al hombre de carne y hueso, la buena onda que
suscitaba Gonzalo Rojas no tiene comparación.
Alguna vez Nicanor Parra, su gran colega, compatriota y coetáneo, ironizó sobre “el incurable surrealismo de la escuela de Buenos Aires”, y algo
tal vez tenga eso que ver: como nuestro Enrique
Molina, al que se asemeja en más de un aspecto,
Rojas viene de los alrededores del surrealismo y
bastante de aquella aventura de los sentidos y de
aquel juego de la imaginación insiste en sus versos, como la energía vital con la que los surrealistas supieron animar las palabras, y el humor, y
las ráfagas de delirio, tanto como la carnalidad espesa —más espesa y material en Rojas que en los
surrealistas— y el irrenunciable espíritu rebelde,
ese mal llevarse con las convenciones de la vida
burguesa y el sentido común.
Como Molina también, Rojas está entre quienes
mejor lograron hacerse cargo de la turbulenta propuesta de “poesía impura” que concretó Neruda,
en 1933, con Residencia en la tierra (una poesía,
decía Neruda, “gastada como por un ácido por los
deberes de la mano, penetrada por el sudor y el
humo, oliente a orina y a azucena, salpicada por
las diversas profesiones que se ejercen dentro y
fuera de la ley”), pero a esa herencia y a la de los
surrealistas, y a las tempranas preferencias por
los románticos alemanes, se agrega, decisiva, la
marca de César Vallejo. Más que en cualquier otro
poeta chileno, probablemente, la entonación desnuda y franca del peruano subyace como un contracanto básico en la poesía de Gonzalo Rojas, con
lo que tiene de desolado y balbuceante, y también
de coloquial. Ya está todo eso ahí, en su primer
libro, Miseria del hombre, uno de cuyos poemas,
“La poesía es mi lengua”, planteaba a quien quisiera atender: “Ya sé que el sol de la muerte me está
haciendo girar en un eterno proceso/ de rotación
y traslación llamado falsamente Poesía./ A veces,
como hoy, esta aparente confusión me hace reír
a carcajadas./ Este torbellino de palabras volcánicas como una erupción,/ que son una amenaza
para los sacerdotes del soneto y el número.”
Sin esa obsesión, la de la inevitabilidad de la
muerte, no se percibe la compleja dimensión del
pensamiento que esta poesía desplegó, y en torno
de esa obsesión la escritura orbita como un cuerpo estelar, convencida de que escribir o vivir la
poesía es lo mismo que zambullirse en la concreta vida terrestre y viceversa, sabiendo que no se
debe a confusión alguna esa coincidencia de vida y
escritura y tomándola más bien a risa, entre palabras que fluyen arrebatadas, incontenibles y turbias. “Estoy perdido para el mundo —agregaba el
mismo poema—,/ aunque mi reino sean todos los
mundos posibles,/ porque yo soy el testigo de mi
propia creación./ Mi creación es mi pasión. Por
eso hago soplar los vientos/ para que den testimonio de mis llamas.” Es muy difícil, cuando uno
quiere dar cuenta de cómo es y de qué se ocupa
la poesía de Rojas, no citar sus versos. Ahí está
todo dicho, una y otra vez, porque es una poesía
que mientras va haciéndose va pensándose, o que,
más bien, hace del pensar un hacer, ya que no tiene
cómo pensar la escritura sin pensar la aventura de
moverse en el mundo: no hay diferencia entre una
cosa y otra.
Miseria del hombre es de 1948, cuando su autor tenía 31 años, una edad tardía en comparación
con la habitual en los primeros libros de poesía. El
siguiente, Contra la muerte, apareció 16 años después, y recién 13 años más tarde, en 1977, el tercero, Oscuro. No está precisamente Rojas entre los
poetas más “productivos”, y aunque hay cerca de
una veintena de títulos en su bibliografía, en general son volúmenes con poemas de libros anteriores
a los que agrega otros, un criterio nada caprichoso
ni oportunista, porque en realidad Rojas fue escribiendo un único libro a lo largo de los años, o como
si cada poema fuera un movimiento de una gran
obra, que se despliega enérgica y ensimismada en
sus propias profundas razones.
¿Qué encuentra uno en esa obra? Habría que hablar de una visión contradictoria, lúcida, inestable
y audaz del mundo, o más bien de los modos de
estar en el mundo, que es un estar fugaz y provi-
m arzo d e 2 01 7
Gonzalo Rojas
Todos los mundos
posibles
Al hablar de la poesía de Gonzalo Rojas
parece imposible no citar sus poemas,
como si todo lo que uno quisiera decir
estuviera ya en ellos. No obstante,
los conceptos de Freidemberg
parecen dar en el blanco.
daniel freidemberg
soriamente, siempre buscando hacer contacto con
la prodigiosa maravilla de lo que realmente existe,
en sus manifestaciones más materiales y particulares, entre ellas las mujeres deseadas y amadas.
Es milagroso el contacto con lo concreto porque se
lo sabe condenado a deshacerse, a pudrirse, y porque el “hambre de vivir” que los poemas invocan
tiene lugar contra la oscuridad sin fin de la nada.
Habría que hablar, tal vez, de un radical escepticismo festivo, que puede mirar de frente la fatalidad
porque le gusta reír y de entrada aprendió a no tomar nada muy en serio, si por “no tomar en serio”
entendemos un rechazo a la solemnidad, una decisión de “no creérsela” que mucho tiene que ver con
los vínculos con la vida popular que el poeta nunca
dejó de mantener.
De ahí la soltura de los versos. Hay una alegría
de escribir, aun las cuestiones más terribles: de
gozar un juego se trata, el de meterse con todo en
todo lo que tiene que ver con la vida, lo bueno y lo
malo, sin atenuarlo ni disfrazarlo y asumiéndolo
sin vueltas. Como Rojas supone que hay que vivir,
con los ojos abiertos y envuelto en la música imparable de las palabras que, como las cosas de la
vida, van urdiendo entreveradamente su marcha.
Lo que no implica que falte la precisión o la medida: pocos, muy pocos, conocieron tanto y supieron
manejar en el siglo xx las formas de versificación,
los metros, los ritmos, las sonoridades y los tonos, y es admirable cómo, sin que decaiga nunca
la sensación de espontaneidad, cada palabra, cada
frase y cada comparación parecen cuidadosamente escogidas, como parecen cuidadosamente calculados los cambios de entonación, las pausas, las
interrupciones, los saltos en el sentido, el arte del
montaje.
“No tengo otro negocio que estar aquí diciendo la verdad / en mitad de la calle y hacia todos
los vientos: / la verdad de estar vivo, únicamente
vivo,/ con los pies en la tierra y el esqueleto libre
© si lvi o torr i jos c
en este mundo”, anunciaba Gonzalo Rojas en “Contra la muerte”, el más conocido de sus poemas. Eso
hacía, precisamente, al escribir: con los pies en la
tierra, en mitad de la calle, libre y vivo hasta el colmo, lo que en particular lleva a cabo Rojas en aquel
ya clásico poema de los años sesenta es reivindicar la vasta y basta vida, tumultuosa y terrestre,
ante la arrasadora constatación de que nada hay
más inevitable que la muerte, la que lo ha alcanzado ayer y ante la cual su palabra no quiso oponer esperanza, ni en un Dios ni en la Historia: al
“hambre de vivir” nada hay que pueda sustituirlo
o superarlo.
Vivir, sin embargo, en Rojas, implica no menos
que afirmarse en los sentidos, el erotismo, el trato con la materia espesa y olorosa, tener los ojos
abiertos a la destrucción, el deshacerse, la condena al charco hediondo, siempre presentes como
una sombra irónica o desolada, sin la cual el cuadro de la vida no cierra, ni vale mucho: si es, como
lo es, un milagro lo vivo y corpóreo, es porque se
da contra la contundencia sin fondo de la nada.
Hijo de una familia minera, Gonzalo Rojas nació
en la sureña Lebu en 1917, vivió en varias ciudades
de Chile y, durante el exilio al que lo llevó la dictadura de Augusto Pinochet, en la República Democrática Alemana y Venezuela. Fue profesor en universidades de su país, de la RDA y de Estados Unidos,
y diplomático en China y Cuba durante el gobierno
socialista de Salvador Allende. Entre otros premios, tuvo el Nacional en su patria y el Reina Sofía y
el Cervantes en España. Murió el pasado 25 de abril
y quien busque acercarse a sus poemas descubrirá,
muy probablemente, una palabra tan viva hoy como
cuando fue escrita, o más.•
Daniel Freidemberg. Poeta y crítico argentino,
fundador del Diario de Poesía de Buenos Aires.
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gonzalo rojas. el volcán y el sosiego
Oscuro,
de Gonzalo Rojas
Relato del descubrimiento de la
poesía de Gonzalo Rojas por la red
subterránea de lectores, aquella que
consagra antes que los premios y los
homenajes. “Cada página suya honra
la lengua en que está escrita.”
josé emilio pacheco
A
ntes de que los generales convirtieran el extremo sur en
campo de concentración y exterminio había en esta América una red de comunicaciones
casi clandestinas y al margen
del mercado, los discursos,
las reuniones de “expertos”. Algunos libros de
poesía, nunca vendidos pero siempre leídos, iban
de un país a otro, de una mano a otra; dueños de
una celebridad subterránea, por ello más intensa
y duradera de la que conceden honores y reconocimientos oficiales.
Muchos conocimos así a Gonzalo Rojas: en ejemplares ya maltrechos de sus dos libros: La miseria
del hombre (Valparaíso, 1948) y Contra la muerte
(Santiago, 1964). Uno lo trajo alguien que estuvo
exiliado en Chile; otro lo consiguió un amigo en
una librería de Bogotá o se lo regalaron en Cuba
o Costa Rica. Esta secta de los lectores de poesía,
que no siempre son al mismo tiempo sus practicantes, opera en las catacumbas; sus entusiasmos
se expresan en cartas y conversaciones, rara vez
salen a la luz pública de las reseñas y conferencias
porque de todos modos no tiene mucho caso hablar
de libros inconseguibles en el mercado. Probablemente Rojas no se enteró nunca de este tráfico, de
esta admiración que no espera recompensa ni reciprocidad.
Oscuro es el tercer libro de Gonzalo Rojas y el
primero que obtendrá una difusión que hoy, por
vez primera en nuestra historia, ya no podemos
llamar continental. Ni antología ni obra completa,
Oscuro es en realidad el libro único que Rojas ha
venido escribiendo desde 1935 y del cual los dos
títulos anteriores aparecen, bajo esta luz, como
adelantos. Con ser una obra definitiva, Oscuro es
también parte de una tarea viva y en marcha que
ojalá se prolongue por muchos años.
Rojas ha conservado las fechas al pie de algunos poemas pero ha disuelto La miseria del hombre y Contra la muerte en la unidad que le dan a
Oscuro sus tres partes: “Entre el sentido y el sonido”, “Qué se ama cuando se ama” y “Los días van
tan rápidos”. Hay poetas que cambian y otros que
ahondan. Rojas es de los segundos. Desde sus poemas iniciales encontramos la perfección y el aplomo de sus versos de 1976. Como en este “Monólogo
del fanático” (1940):
Por mis venas discurre la sangre presurosa del
animal inútil
que come cuatro veces al día como un puerco,
que me tutea y me deprime
con su palabra ufana,
testimonio evidente de esta parte de mí
que se muere al nacer, como una nube;
lo blando, lo confuso, lo que siempre está fuera
del peligro, el adorno y el encanto…
m arzo d e 2 01 7
En otros casos la ausencia de fechas produce
resultados sorprendentes. Quien no lo haya leído (y subrayado) en Contra la muerte creerá que
“Aquí cae mi pueblo” se escribió con posterioridad al 11 de septiembre de 1973:
Aquí cae mi pueblo. A esta olla podrida de la fosa
común. Aquí es salitre el rostro de mi pueblo.
Aquí es carbón el pelo de las mujeres de mi pueblo,
que tenían cien hijos, y que nunca abortaban como
las meretrices
de los salones refinados en que se compra la
belleza…
Y que por lo tanto puede figurar junto a los poemas
finales como “Liberación de Galo Gómez”, “El helicóptero”, “Desde abajo”, “Cifrado en octubre” —su
elegía a Miguel Enríquez a quien sutilmente nunca
se menciona por su nombre completo, del mismo
modo que el nombre de Guevara está ausente de
“Octubre 8”—, poemas que ya están al centro del
cancionero de la resistencia chilena. Así también
el número 4 de “Conjuro” y su triple eficacia de
poesía, protesta y testimonio:
La alambrada huele de la costa aullante, la oreja
de lejos, de la mutilación, es lo que oye uno,
la nieve
manchada que solloza, eso es lo que mira uno de
tanta patria
diáfana, de tantas aves azules en el arcancielo
de Huidobro rey, de tanta cítara tensa
y libre como las cumbres y las olas, cuando Dios
moraba entre nosotros antes:
ésa es la pérdida de uno,
y el aire es una lágrima sobre Valparaíso.
Cuando Rojas llegó a Santiago en 1937, desde su
Lebu araucano y las minas de carbón en que transcurrió su infancia, encontró una capital convulsionada por el descontento contra la segunda presidencia de Arturo Alessandri, descontento que
se traduciría en la coalición que llevó al poder a
Pedro Aguirre Cerda. El joven de 19 años que era
Rojas halló también a Neruda recitando en público las primeras páginas de España en el corazón
y a Huidobro que gritaba en un mitin: “Fascismo,
fuera de aquí”. Todo esto lo narra en uno de sus
escasos textos en prosa (Actualidades I, Caracas,
1976). El respeto por Neruda, en primer término
por “la maestría rítmica única que nos ha enseñado a respirar a todos”, ha perdurado como la admiración por Huidobro. No es casual que Rojas haya
escogido el silencioso homenaje de retratarse bajo
un retrato de Huidobro en la fotografía incluida en
Oscuro.
Lo que modestamente calla Rojas es el problema
que se le presentaba al joven poeta de 1937: no ser
Huidobro ni Neruda, no ser De Rokha ni Gabriela
archivo familiar
Mistral. Pero, como alguna vez ha dicho él mismo,
la brecha entre las generaciones no es menos real
que los puentes o vasos comunicantes tendidos de
una a otra. Rojas aprendió de todos ellos, nutrió
su originalidad en la más atenta lectura de cada
uno. Y así, desde los veinte años, Rojas no se parece más que a sí mismo.
Otra experiencia central fue su paso por La
Mandrágora, el primer grupo surrealista de Hispanoamérica. La Mandrágora se disolvió a los pocos años, como se desintegran todos los grupos,
pero su fertilidad no ha dejado de nutrir a la poesía
chilena, por más que alguno de sus miembros aciagamente concluyera en el pinochetismo.
De la fuerza o debilidad de un poeta depende
que su pertenencia a un movimiento sea liberación
o servidumbre. Rojas tomó del surrealismo la amplitud lírica, el impulso de poblar las zonas de lo
que hasta entonces se juzgaba indecible, el derecho de escribir sobre todo y en todas las formas a
su alcance. Pero no son muy numerosos los poetas
como él capaces de aliar a la pasión extrema el extremo rigor, de saber contra nuestra enfermedad
continental: la autocomplacencia que pendularmente nos lleva, en palabra de Hernando Valencia
Goelkel, de la tontería del academismo al academismo de la tontería, que
…no hay azar
sino navegación, número, carácter
y número, red en el abismo de la cosas
y número.
Por virtud de su radiante maestría, Rojas puede darse el lujo de ser prosaico, imprecatorio, irónico, elegíaco, erótico, oracular y cien cosas más
sin dejar de ser nunca un gran poeta, aunque no
haya cumplido el requisito para ser considerado como tal: estar muerto. Puede escribir versos
muy cortos y cuartetas feroces como la “Sátira a
la rima”, que más bien debió llamarse “Sátira de
la burguesía” y fue cantada por Violeta Parra. Sin
embargo, su medio expresivo entrañable es el verso largo que nunca llega a ser versículo. Si Pound
creyó que la poesía se asfixia al apartarse demasiado de la prosa, Rojas —sin negar la verdad de
Pound— parece añadir que el verso se ahoga si se
aleja en exceso de la música. Sus poemas son casi
invariablemente poesía y muchas veces gran poesía, pero antes constituyen verdaderos modelos
de versificación más allá de las normas y formas
sancionadas por el uso. El oído de Gonzalo Rojas
es infalible. Cada página suya honra la lengua en
que está escrita.•
Vuelta, México, vol. 1, núm. 8, julio de 1977,
pp. 39-41.
l a g aceta
15
gonzalo rojas. el volcán y el sosiego
16
l a g ac e ta
m a r zo de 2 017
Gonzalo Rojas
Metamorfosis
de lo mismo
Hay poetas que cambian y poetas que ahondan;
Gonzalo Rojas es de los segundos, dijo José Emilio
Pacheco. Ahonda en un mismo sentimiento y una
misma idea: la búsqueda del otro. Esta selección
arbitraria de versos y estrofas de diversos poemas
suyos quiere poner a prueba esta idea.
L
a primera palabra es ábreme,
vengo del frío… ¿De qué me
sirve el cuerpo que me obliga
a comer, y a dormir, y a
gozar, si todo se reduce a palpar los
placeres en la sombra…? Arráncate
la máscara riente. Espérame a
besarte, convulsa belleza. Espérame
en la puerta del mar. Espérame en el
objeto que amo eternamente…
¿Soy yo mismo estampado en
este muro, con mis grandes heridas,
con mis grandes pasiones partidas
de alto a bajo, mis arrugas, mis
costras? ¿Qué eres tú? ¿Qué soy yo
sino un cuerpo prestado que hace
sombra?
Tú y yo somos dos tablas que
alguien cortó en el bosque de un
árbol milenario. Pero ¿quién plantó
ese árbol para que de él saliéramos
y en él nos encerráramos? A ti no te
conozco, pero tú estás en mí porque
me vas buscando.
Fácil me hubiera sido morderte
entre las flores como a las campesinas, darte un beso en la nuca, en las
orejas, y ponerte mi mancha en lo
más hondo de tu herida.
Juro que esta mujer me ha
partido los sesos, porque ella sale
y entra como una bala loca, y abre
mis parietales, y nunca cicatriza,
así sople el verano o el invierno, así
viva feliz sentado sobre el triunfo y
m arzo d e 2 01 7
el estómago lleno, como un cóndor
saciado, así padezca el látigo del
hambre, así me acueste o me levante, y me hunda de cabeza en el día
como una piedra bajo la corriente
cambiante, así toque mi cítara para
engañarme, así se abra una puerta
y entren diez mujeres desnudas,
marcadas sus espaldas con mi letra,
y se arrojen unas sobre otras hasta
consumirse, juro que ella perdura,
porque ella sale y entra como una
bala loca, me sigue adonde voy y me
sirve de hada, me besa con lujuria
tratando de escaparse de la muerte,
y, cuando caigo al sueño, se hospeda
en mi columna vertebral, y me grita
pidiéndome socorro…
Ella vive esperando que un rayo
parta el brillo de su copa, pero el
rayo es el alma de este cuerpo. Vive
afilando su hacha y la arroja de
frente o de perfil sobre la piel del
Árbol. Pero el filo es un beso en su
mejilla.
Estemos preparados. Quedémonos desnudos con lo que somos,
pero quememos, no pudramos lo que
somos. Ardamos. Respiremos sin
miedo. Despertemos a la gran realidad de estar naciendo ahora, y en la
última hora.
Me muero en esto, oh Dios, en
esta guerra de ir y venir entre ellas
por las calles, de no poder amar
trescientas a la vez, porque estoy
condenado siempre a una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.
La que duerme ahí, la sagrada, la
que me besa y me adivina, la translúcida, la vibrante, la elegancia de tu
presencia natural tan próxima, mi
vertiente de diamante, mi arpa, tan
portentosamente mía.
Te besara en la punta de las pestañas y en los pezones, te turbulentamente besara en esos muslos de
individua blanca, tocara esos pies,
te oyera aullar, te fuera mordiendo hasta las últimas amapolas, mi
posesa, me arrebatara el opio de tu
piel hasta lo ebúrneo de otra pureza,
te lamiera, te amara.
Tan bien todo que iba, los remos
de la exactitud, el silencio con su
gaviota velocísima, lo simultáneo de
desnacer y de nacer en la maravilla
de la aproximación a ninguna costa
que soy, cuando cortándose cortóse
la mano en su transparencia de cinco virtudes áureas, cortóse ella el
trato de arteria y luz, el ala cortóse
en el vuelo, algún acorde que no sé
de este oficio, algún adónde de este
cuándo.
Miedo al arcángel, le tuve miedo
al arcángel de no verte, a estos años
que hemos volado contra la tormenta, tú en tu nogala, yo mío en mi
nogal, ni apestados por la costumbre
archivo familiar
de la sombra, ni despavoridos por
el error hermoso de la intemperie,
como tanteando el aire a esta altura,
pérdida en la pérdida. Vuélvete,
paloma, que el ciervo vulnerado por
el otero asoma.
Parece que de lo que muere uno es
de maniquí asustado en la vidriera,
inmóvil y horizontal con ese descaro como si uno no fuera el que es
bajo los claveles y los gladiolos de
alambre por lo equívoco de las luces;
extraña sal parece entonces que
se apodera de uno de las uñas a los
párpados, se crece por resurrección
fosfórica.
El dragón es un animal quimérico, yo soy un dragón y te amo, es
decir, amo tu nariz, la sorpresa del
zafiro de tus ojos, lo que más amo
es el zafiro de tus ojos, pero lo que
con evidencia me muslifica son tus
muslos longilíneos cuyo formato me
vuela sexo y cisne a la vez aclarándome lo perverso que puede ser la
rosa, si hay rosa en la palpación,
seda y olfato.
No hay otro sexo que la hermosura, el asombro de la hermosura.•
Selección de Ramón Cota Meza,
Antología de aire, Gonzalo Rojas,
fce, Chile, 1991.
l a g aceta
17
a d emás
Mercados
abiertos,
pactos
sociales
Introducción al libro
Mercados abiertos,
pactos sociales, de
próxima publicación
por el Fondo de Cultura
Económica. La obra es
una disección de las
grandes transformaciones
y deformaciones
económicas y sociales
de las últimas décadas,
y una propuesta para
introducir un mejor
equilibrio público-privado
sin regresar la historia.
david ibarra
E
n el último cuarto del siglo xx
el mundo emprendió un notable
experimento con la transformación globalizadora del orden
económico internacional, sólo
comparable en sus alcances a
la Revolución industrial inglesa del siglo xix. Ayer como hoy, los cambios, sin
descontar sus efectos positivos, causaron —y siguen causando— profundas inestabilidades socioeconómicas y hondos desarreglos distributivos
que tomará años componer. Ahora, la apertura de
fronteras lleva a la disolución o empobrecimiento
de muchos de los acuerdos que habían sometido a
control social el comportamiento de las economías.
La integración universal de los mercados dio a luz
un sistema económico parcialmente inmune a sus
consecuencias sociales dentro de cada nación. El
orden de la globalización diseñado por las potencias dominantes postula, como camino único, una
utopía universalista aplicable a cualquier sociedad
humana decidida a cerrar su pasado, a abrazar un
individualismo radical, a desdeñar la acción colectiva para disfrutar plenamente de los beneficios de
la competitividad internacional, soslayando su impacto en términos de equidad o cohesión políticas.
Se confió y se confía en que la eficiencia —aun
de los monopolios— acabe por filtrarse a todos
los estratos sociales y que la capacidad innovativa atribuida a los mercados produzca bienestar y
crecimiento de manera automática. En aras de esa
ideología esperanzadora se debieron debilitar y
hasta demoler, repito, los pactos políticos que armonizaban mercados abiertos y pactos sociales y
el funcionamiento de los mercados con los postulados de las democracias nacionales.1
1 Ese universalismo macroglobal que postula políticas uniformes, semejantes, en todos los países, contrasta con el segundo
ingrediente de las políticas en boga: un individualismo microsocial,
diversificador de inclinaciones y preferencias que suele actuar en
contra de los propósitos nacionales y universales de la igualdad
y la solidaridad sociales. En sus orígenes, el individualismo de la
Ilustración se concibió como la afirmación de la libertad de creencias, como el antídoto al dogma, como el cimiento de la tolerancia
y de la paz. Hoy, el individualismo economicista no descansa en la
18
l a g ac e ta
Recuérdese aquí el gran acomodo político entre
países del siglo xvii, el de la paz de Westfalia, que
erigió el concepto de soberanía nacional y rechazó
todo universalismo, fuese ideológico, religioso o
económico. Otorgó, en cambio, libertad de credo,
de cultura y, en general, de diseño nacional de las
políticas. Así se aseguró la coexistencia pacífica
de las naciones, recurriendo al principio regulador
del equilibrio entre los miembros de la comunidad
internacional mediante alianzas pragmáticas, variables, que impidiesen la ascensión hegemónica de
algunos de ellos. La concepción westfaliana sirvió
por siglos para evitar conflagraciones bélicas. Todavía estuvo parcialmente vigente durante la Guerra Fría, pero recibió un golpe devastador con el
universalismo económico de la globalización que, al
reducir el ámbito de las soberanías nacionales, sustituyó el dogmatismo religioso transfronterizo por
una suerte de canon económico carente de normatividad, de la acción atemperadora de pactos sociales
de alcance universal.2
A la ruptura de los principios westfalianos3 se
suma el desmoronamiento del otro gran acomodo
de la convivencia política del siglo xx entre democracias y capitalismos. Ese pacto consistió en
proteger la vida democrática de las interferencias
abusivas del poder económico, refrendando la soberanía de los gobiernos en decisiones fundamentales, determinantes de la política de empleo, crecimiento y protección social.4 Así, se procuraba
aliviar el malestar causado por las fluctuaciones
cíclicas, las crisis económicas o los conflictos resultantes de la concentración de ingreso y riqueza,
mientras se competía políticamente con el socialismo soviético. Aun cuando ello creó separaciones nacionales, el resguardo de la soberanía de los
gobiernos les permitió elegir y responsabilizarse
de la ruta de su desarrollo, en tanto garantes del
bienestar de sus poblaciones.
Algunos componentes medulares de esos grandes arreglos históricos resultaron incompatibles
con las exigencias de los mercados sin trabas y con
el cambio obligado de prelaciones en los objetivos
nacionales. El crecimiento, el empleo y las metas
distributivas fueron remplazados por el logro de
la estabilidad de precios y el equilibrio de las finanzas públicas, ambas metas congruentes con el
libre comercio. La lucha por la eficiencia, la innovación, la competitividad, pasó a ser considerada
vital en un mundo abierto, necesitado, además, de
limitar y hasta proscribir la intervención estatal
en materia económica, excepto cuando estuviere
enderezada a desregular, transferir funciones de
gobiernos a mercados o a salvar a empresarios o
bancos de la quiebra.5
Ese cambio ideológico en los países líderes, junto
al desmoronamiento del socialismo soviético, frenó la nivelación de los beneficios del crecimiento
económico entre las distintas capas sociales de las
zonas industrializadas o de muchas en desarrollo
y, por tanto, el avance progresivo de los Estados de
libertad de creencias, sino en la libertad de mercados, en la validación de la competencia eficientista que rechaza casi toda acción
social colectiva, como la vía de acceso al crecimiento y al bienestar
humanos. Véase en F. Williams (1992), “Somewhere over the Rainbow: Universality and Diversity in Social Policy”, Social Policy
Review, 4, pp. 200-219; B. Rothstein (2001), “The Universal Welfare State as a Social Dilemma”, Rationality and Society, 13 (2), pp.
213-233; G. Esping-Andersen (1990), The Three Worlds of Welfare
Capitalism, Princeton University Press, Princeton; G. Dumenil y D.
Levy (2011), The Crisis of Neoliberalism, Harvard College, Boston;
R. Frank y P. Cook (1995), The Winner-Take-All Society, The Free
Press, Nueva York; F. Fukuyama (1992), The End of History and the
Last Man, Hamish Hamilton, Londres; J. Gray (1998), False Dawn,
The New Press, Nueva York; J. Habermas (1981), “Modernity versus Postmodernity”, New German Critique, 22, pp. 3-14; E. Huber
y J. Stephens (2001), Development and Crisis of the Welfare State,
The University of Chicago Press, Chicago; D. Ibarra (2008), La
degradación de las utopías, Facultad de Economía, unam, México;
N. Luhmann (1998), Sistemas sociales: lineamientos para una teoría general, Anthropos, Barcelona; K. Polanyi (1944), The Great
Transformation, Beacon Press, Boston, y R. Skidelsky (1977), The
End of the Keynesian Era, Palgrave Macmillan, Londres.
2 Véase L. Gross (1948), “La paz de Westfalia”, Revista Americana de Derecho Internacional, 42, pp. 20-41, y H. Kissinger (2014),
World Order, Penguin Press, Nueva York.
3 La visión westfaliana resultó desplazada en Europa al ganar
hegemonía Alemania en la política económica de la comunidad,
desplazando a Francia e Italia, entre otros países.
4 En sus orígenes, el nacimiento del Estado de bienestar europeo
fue una creación conservadora de fines del siglo xix —Bismarck
y Lloyd George— como medio de apaciguar a la clase obrera, sin
afectar el control político y económico de las élites.
5 Así llega a sostenerse que los mercados deciden mejor que los
cuerpos políticos. Por tanto, la justicia del mercado en que cada
quien recibe conforme a lo que aporta al producto, es mejor que la
justicia política de los derechos humanos, que es criticada por conducir al desperdicio de recursos escasos. Curiosamente, la salida
parcial de la Gran Recesión de 2008 obligó a la mayor intervención
gubernamental de la historia, a interrumpir las reglas antiintervencionistas de los mercados, curiosamente en tiempos de condena a la manipulación estatal de los asuntos económicos.
bienestar. Antes, durante buena parte del siglo xx,
paradójicamente si se quiere, las guerras mundiales, las tareas de reconstrucción y luego los ajustes
sociales anticrisis —el New Deal en Estados Unidos y la socialdemocracia en Europa— habían revertido la acentuada concentración del ingreso típica del siglo xix al sostener políticas igualitarias
de desarrollo y gastos extraordinarios de los gobiernos.6 Tal es el proceso histórico que contraviene, proponiéndoselo o no, el nuevo paradigma de
la libertad de mercados. El tránsito de la socialdemocracia europea y del New Deal estadounidense
al neoliberalismo de Reagan o Thatcher fue mucho
más que una confrontación de ideas: significó un
cambio de élites de distinta composición y la reorientación del poder económico de los gobiernos.
Al elevar competitividad y eficiencia económica
a la consideración de principios ordenadores, de objetivos fundamentales de la vida social, el neoliberalismo instaura la desigualdad como el resultado
necesario del juego económico. La competencia es
un simulacro bélico en el que siempre hay ganadores y perdedores que se consolidan a medida que el
juego se repite en el tiempo. Atemperar esos resultados con intervención estatal, esto es, con regulaciones normativas, rompe el libre funcionamiento
de los mercados. Las desigualdades resultantes son
el premio a los más competitivos, los más eficientes,
que debieran ser aplaudidos, no combatidos. Por
otro lado, ese enfoque es congruente con los nuevos
principios del intervencionismo estatal y de las leyes económicas: favorecer la libertad de mercados,
no enturbiarla persiguiendo otras finalidades económicas o sociales.7
Esa sustitución paradigmática a partir de la séptima década del siglo pasado da nacimiento universal a dos estrategias de desarrollo con ingredientes
comunes: el crecimiento hacia fuera y el crédito a
familias y gobiernos como sostenes de la demanda
de los países. Ambos enfoques, compatibles con la
apertura de mercados y con el vuelco político hacia
objetivos eficientistas, eluden, sin resolverlas, tensiones distributivas y desarrollistas al completar
artificiosamente el gasto de las sociedades ya sea
captando demanda externa o supliéndola transitoriamente con la expansión del crédito.
Se trata de estrategias que al final de cuentas
no llenan la insuficiencia del poder de compra de
las poblaciones ni alientan la inversión, frente a la
concentración del ingreso derivado de la ruptura de
los pactos sociales. El modelo de crecimiento hacia
afuera tropieza a la corta o a la larga con un impedimento estructural: los países buscan exportar y,
a la vez, restringir —aunque no lo manifiesten—
sus importaciones, inmersos en una suerte de neomercantilismo interdependiente, singularmente
acusado en tiempos de crisis.8 A su vez, la llamada
democratización del crédito tiene como límite el rezago acumulativo de los ingresos familiares.9 Y, en
cuanto al endeudamiento público, hay topes económicos y políticos que impiden sea sustituto eterno
de la cortedad de la demanda privada. Ello es especialmente cierto cuando por razones políticas es
difícil llenar el diferencial entre gastos gubernamentales en ascenso e ingresos públicos estancados por la crisis y la degradación de los impuestos
progresivos.
Hasta ahora los resultados del experimento de la
apertura externa o del creditismo han resultado en
general poco halagüeños. Del lado positivo, la inflación ha cedido terreno y algunos países emergentes
han crecido mucho y reducido su pobreza. En cambio, la inestabilidad económica no se ha erradicado
como lo demuestran palmariamente la Gran Recesión de 2008-2009 o la generalizada concentración
del ingreso. Además, cuando ocurren contracciones
económicas resultan obstruidas ideológicamente
6 Véase T. Piketty (2014), Capital in the Twenty-First Century,
The Belknap Press of Harvard University Press, Cambridge, Mass.
7 Véanse J. Peck et al. (2010), “Postneoliberalism and its Malcontents”, Antipode, 41, S1, pp. 94-116; W. Davies (2013), The
Limits of Neoliberalism, sage Publications, Los Ángeles; P. Krugman (1994), “Competitiveness: A Dangerous Obsession”, Foreign
Affairs, marzo-abril; R. Turner (2008), Neoliberal Ideology, Edinburgh University Press.
8 Desde luego, la supresión de las barreras al comercio alienta
la eficiencia y la especialización, sobre todo al importar lo que se
produce nacionalmente con mayores costos, siguiendo las tesis de
las ventajas comparativas. Por otro lado, es dudoso que eso mismo
genere más producción y empleos netos para todos, y que reduzca los desequilibrios de pagos internacionales. De aquí las poco
publicitadas maniobras de gobiernos y zonas de integración para
alimentar la devaluación de sus monedas y alimentar contiendas
cambiarias.
9 En cierto sentido, los ingresos de las familias de los trabajadores que habían sostenido la prosperidad global de la posguerra fueron temporalmente justificados en Estados Unidos y otros países
por el consumismo del crédito.
m a r zo de 2 017
mercados abiertos, pactos sociales
Cuadro 1. Tasas reales de crecimiento del producto
Periodo
Mundo
Estados
Unidos
Europa
Japón
Alemania
China
México
1950-1973a
4.91
3.91
4.81
9.29
5.68
4.92
6.37
1973-2003a
3.17
2.94
2.19
2.62
1.72
7.34
4.32
2004-2012b
3.90
1.71
0.51
0.81
1.52
10.55
2.72
3.20
2.61
1.78
2.18
1.64
7.81
3.58
2009
0.00
−2.80
−4.50
−5.50
−4.50
9.20
−4.70
2014
3.40
2.40
0.90
−0.10
0.90
7.40
2.10
1973-2012
c
a
Las cifras de base son de A. Maddison, The World Economy, ocde, París.
Las cifras de base son del fmi.
c
Los resultados son producto de la combinación de las dos fuentes de datos, que puede responder a metodologías
distintas.
b
las vías de escape, prefiriéndose deprimir el gasto
público, acentuar el desempleo, elevar impuestos
indirectos o recurrir a devaluaciones internas, sin
dar solución plena a crisis repetitivas y cada vez
más prolongadas.
En consecuencia, la incertidumbre económica
propia de la competencia en los mercados tiende a
trascenderlos y a convertirse en incertidumbre política, en descontento de ciudadanos, trabajadores y
clases medias en torno a resultados económicos que
los desfavorecen casi sistemáticamente. En los hechos, el crecimiento de la economía global se ha contraído de 4.9% anual en el periodo 1950-1973 a 3.2%
entre 1973 y 2012 (47%), aun tomando en cuenta el
ascenso espectacular de China e India (cuadro 1). La
Gran Recesión ya rebasa los siete años de vigencia;
además, Japón, Suiza y algunos países de la Unión
Europea sufren el riesgo de la deflación.10
Del mismo modo se viven inestabilidad, contagios depresivos y enormes disparidades de ingreso y riqueza que quizá resulten políticamente
insostenibles.11
La transformación ideológica ha llevado al empobrecimiento de los instrumentos institucionales
y jurídicos que ponían coto a la transformación del
poder económico en poder sociopolítico. La expresión sintética de esa situación reside —coincido con
Piketty— en que la tasa de remuneración del capital
ha superado la tasa de crecimiento de la producción
y del ingreso, provocando con el tiempo desigualdades y desequilibrios, cuyas raíces debieran identificarse con la mayor nitidez posible. Detrás de ello,
explicitándolo, hay una miríada de reformas jurídicas, institucionales y políticas que, a la par de dejar
inermes a los gobiernos nacionales, confluyen en
determinar menor crecimiento y sesgos que atenazan el bienestar de las poblaciones.
Quiérase o no, se han trastocado el contenido y
la dirección de las políticas públicas. En rigor, el
neoliberalismo no persigue simplemente retirar
al Estado de la vida económica, sino remodelarlo al
igual que a las instituciones públicas, privadas y a
la propia mentalidad de los individuos para hacerlos compatibles con los mercados y la globalización.
El intervencionismo resultante —nacional e internacional— paradójicamente alcanza intensidad excepcional en la historia, como lo atestigua la apertura universal de mercados. Para instaurar esos
objetivos el Estado neoliberal desplaza las viejas
metas macroeconómicas de empleo y crecimiento.12
Ahora lo que importa es la estabilidad de precios,
condición necesaria para mercados abiertos y para
contener tentaciones políticas de los gobiernos. Por
eso se otorga autonomía de jure o de facto a los bancos
centrales para responsabilizarlos de la lucha antiinflacionaria con independencia y por encima de
cualquier otro objetivo de los gobiernos. Los fines
redistributivos de la política fiscal (gastos e ingresos) y sus mismas funciones desarrollistas pierden
10 La deflación crea diferentes problemas macroeconómicos.
Primero, hace más costoso el servicio de las deudas públicas y
privadas. Asimismo, hace difícil la amortización de los préstamos,
prolonga, cuando no agrava, la recuperación de las crisis. Segundo,
en la medida en que crea perspectivas de baja de precios, propicia
que consumidores e inversionistas pospongan su gasto y prolonguen la debilidad de la demanda.
11 Véase J. Stiglitz (2012), The Price of Inequality, W. W. Norton, Nueva York; P. Krugman (2007), The Conscience of a Liberal,
W. W. Norton, Nueva York; A. Atkinson et al. (2011), “Top Incomes
in the Long Run of History”, Journal of Economic Literature, 49
(1), pp. 3-71; T. Piketty y E. Saez (2003), “Income Inequality in the
United States, 1913-1998”, Quarterly Journal of Economics, 118
(1), y T. Piketty (2014), Capital in the Twenty First Century, op. cit.
12 En el caso de México, a partir de 1980 las enmiendas constitucionales se suceden por cientos hasta trasmutar el mismo sentido de la carta revolucionaria de 1917. La despolitización de las
políticas estabilizadoras no se ha reservado a las economías en
desarrollo. El Banco de Inglaterra, por ejemplo, se ha liberado del
control gubernamental para determinar por sí mismo la política
monetaria.
m arzo d e 2 01 7
relevancia al ser debilitados ex profeso. En efecto,
elevar impuestos se ha convertido en anatema, se
da preeminencia macroeconómica al monetarismo,
suprimiendo buena parte de la progresividad de
los gravámenes —a la renta, a las herencias y a la
riqueza— o tomando al equilibrio presupuestario
como la meta a perseguir en cualquier circunstancia. Más que buscar el fortalecimiento de la tributación se ha recurrido a expropiar, privatizar o desregular más y más actividades económicas del Estado
o a contratar deudas públicas, mientras se procura
restringir el gasto destinado a la protección social
de las poblaciones y a la inversión pública.
Otro tanto ocurre con la supresión deliberada de las capacidades conciliadoras de los mercados de trabajo. En efecto, las exigencias de la competitividad hacen trizas el compromiso vertebral de
los modernos mercados de trabajo: reducir el activismo político de los trabajadores a cambio de otorgarles garantías de empleo y de protección social en
economías cerradas.13 Como resultado, hoy prevalecen el desempleo crónico, la informalidad y una
deteriorada influencia política de los trabajadores;
además, se pagan salarios descendentes respecto al
producto —resultado de la competencia internacional y la flexibilización laboral—, marcados fenómenos de outsourcing, desindustrialización, fragmentación o deterioro de las fuentes tradicionales de
empleo y debilitamiento generalizado de los procesos de negociación colectiva. Poco ha quedado sano
de las viejas funciones de los mercados de trabajo.
En buen número de países, el régimen de jubilaciones se ha reconvertido en negocio financiero
privado, esto es, ha dejado de ser un derecho a recibir beneficios definidos al término de la vida laboral. El nuevo régimen se alimenta con el ahorro
forzoso de los propios trabajadores y somete las
pensiones resultantes al riesgo doble de las oscilaciones financieras y de la precariedad de los mercados de trabajo.
Por si fuese poco, la política industrial de numerosos países ha quedado maltrecha ante la abrupta
apertura de los mercados, en ausencia de programas puntuales de reconversión productiva y de
reconstitución de los multiplicadores de empleo.
La consecuencia ha sido el resquebrajamiento o la
migración competitiva de los puestos de trabajo mejor pagados de muchos países. Asimismo, el cambio
tecnológico, sin la mediación de políticas favorables
al empleo, atenuadoras de los efectos de una automatización destructora indiscriminada del mismo,
se ha sumado a la desorganización de las protecciones a la mano de obra.
A mayor abundamiento, los paradigmas empresariales someten buena parte de la orientación
estratégica de las empresas al control de las instituciones financieras. La maximización obligada
del valor de las acciones —el llamado share holder
value— reduce la formación potencial de capital y
amplifica la concentración de los ingresos, sea en
beneficio del propio sector financiero o de las remuneraciones de los dirigentes empresariales. El
gigantismo de los bancos, aparte de concentrar sectorialmente las rentas, crea riesgos desestabilizadores mayúsculos, sea porque en las crisis resulten
demasiado grandes para quebrar, como en Estados
Unidos, o para ser salvados, como en buena parte
de Europa. En todo caso, los rescates financieros
obligan a la absorción masiva de deudas privadas
por los fiscos y, en última instancia, por los contri13 En varios países se dan acuerdos complementarios semejantes. Por ejemplo, el convenio entre empresas y trabajadores de las
industrias siderúrgica y automotriz de Estados Unidos (Tratado
de Detroit), en el que los segundos ceden el control del manejo de
los talleres a cambio de seguridad en el empleo y en los salarios.
Véase S. Fraser (2015), The Age of Acquiescence, Little Brown,
Nueva York.
buyentes, redistribuyendo regresivamente las cargas resultantes.
A lo anterior se añade la timidez competitiva
de las políticas sociales, unida a factores demográficos, deformaciones e imperfecciones de los
mercados y disparidades entre países que ocasionan el desorbitado desempleo juvenil, monstruosas tensiones migratorias, así como desigualdades
mayúsculas en las remuneraciones entre empresarios, funcionarios y trabajadores, mucho más allá de
sus respectivas contribuciones al producto. En torno a los señalamientos anteriores, no cabe olvidar
la terciarización o informalización de gran número
de economías —que invierten el tránsito de la mano
de obra hacia actividades mejor remuneradas—,
el abatimiento de las tasas de desarrollo de los países industrializados y emergentes, el envejecimiento de la población o el descuido del medio ambiente.
Se trata de fenómenos de naturaleza diversa, cuya
desatención conduce casi invariablemente a establecer diferencias abismales entre ricos y pobres.
También cuenta —y en mucho— la globalización
como fenómeno que mueve las estructuras distributivas nacionales y las oportunidades del crecimiento
universal. Dejar librados a la competencia internacional, casi sin regulación alguna, a los mercados de
trabajo, a los regímenes impositivos o a los alicientes
a la inversión devalúa radicalmente los alcances de
las políticas públicas nacionales. Con frecuencia lleva a la precarización de las condiciones de trabajo, a
la insuficiencia de los ingresos fiscales o a la necesidad de ofrecer atractivos excepcionales al ahorro
externo.
Al propio tiempo, la globalización no reparte de
manera pareja sus beneficios o costos: ahí están
muchas de las tensiones migratorias para probarlo.
Además, de tiempo en tiempo, casi inevitablemente, es causa de notorios desequilibrios comerciales
y financieros.14 Unos países crecen mucho (India,
China), otros se debaten en el estancamiento (muchos africanos). En América Latina, la inversión
extranjera compró mercados ya construidos, demandas ya creadas, mediante privatizaciones y extranjerizaciones, sin constituirse en fuente decisiva
de nuevo empleo o nueva producción; en cambio, en
China creó, de raíz, oferta, puestos de trabajo y exportaciones antes inexistentes.
Por último, así como la apertura inicial de mercados determinó el auge del comercio en décadas
pasadas, hoy se convierte en cadena transmisora
de malestares internacionales. La pérdida de empuje del intercambio global, la crisis europea no resuelta, el actual receso latinoamericano —asociado
al rompimiento de la burbuja internacional de las
materias primas—, el abatimiento de las antiguas
economías socialistas de Europa, la debacle griega,
el repliegue del auge chino y de su mercado accionario, son otras tantas manifestaciones concatenadas de una interdependencia global deficientemente
pensada y regulada.
En conclusión, hemos derruido buena parte del
armazón social que sostenía normativamente la legitimidad de los gobiernos. Y se ha hecho por la presión de los países dominantes, con ayuda de un claro
y desusado intervencionismo estatal de la gran mayoría de los países. Las constituciones nacionales
han sido prácticamente reescritas o sus contenidos
subvertidos por los acuerdos implícitos o explícitos
de apoyo al nuevo orden económico internacional.
En términos más concretos, la abrumadora, interminable, avalancha de reformas estructurales del
neoliberalismo explican las desigualdades que se
extienden en el mundo. Enmendar el desbarajuste
distributivo prevaleciente demandaría tiempo y
una reconstrucción casi utópica de los órdenes institucional, jurídico, económico y político que privan
hoy día. Acceder a sociedades menos polarizadas,
más dinámicas, entraña hacer a un lado intereses
poderosos y pesadas inercias estructurales, así
como ganar la disposición universal a comprometer
esfuerzos cooperativos enormes. Entraña, en suma,
la remodelación de la filosofía económica que hoy
arrincona a la justicia y la democracia. Aun así, por
escabrosas que sean las dificultades, por repetidos
los tropiezos o lentos los avances, habrá que acercarse a un mejor equilibrio entre el individualismo
eficientista y la equidad colectiva o, dicho en términos distintos, entre el interés público y los de orden
privado. El reto no consiste en regresar la historia,
sino en ganar la justicia democrática en las circunstancias creadas por la interdependencia global.•
14 La debacle griega, como antes las de Irlanda, Portugal e Islandia, resaltan la ausencia de protocolos equitativos de ajuste entre
países deudores y acreedores.
l a g aceta
19
N OVEDADES
FOND O DE CULT UR A ECO NÓ M ICA
M A RZO D E 2 017
555
Obras completas
guadalupe dueñas
Este libro reúne por primera vez la
obra publicada e inédita de Guadalupe Dueñas, considerada por
Elena Garro como la mejor cuentista
mexicana contemporánea. Desde
su primer libro Tiene la Noche un
Árbol (1958), Dueñas manifestó ser
poseedora de una voz innovadora,
irreverente y sumamente imaginativa. Su lenguaje es a la vez poético
e inquietante, explorando las zonas
subterráneas de la condición humana con una ironía inteligente e implacable. La presente edición cuenta
con un ensayo introductorio a cargo
de Beatriz Espejo mismo que presenta al lector las principales claves
y obsesiones de esta gran cuentista
mexicana, así como un prólogo de
Patricia Rosas Lopátegui.
La poesía
de Gonzalo Rojas
letras mexicanas
1ª ed., 2017
hilda r. may
La poesía de Gonzalo Rojas se ha transformado en
una voz fundamental dentro de la historia de las letras
hispanoamericanas. Hay en su poética una urdimbre
de pensamiento y estética, de historia personal y del
contexto social del que fue testigo, así como de diálogo
ininterrumpido entre lo clásico y lo moderno. Hilda R.
May se sumerge en la obra de Rojas desde una mirada
fenomenológica y también desde una mirada muy
personal. En su estudio sobre el poeta revela sucesos
cardinales en la vida del autor que tienen estricta
relación con su oficio mayor, profundizando así en
su sistema imaginario.
lengua y estudios literarios
1ª ed., fce-Chile, 2016
$390
20
l a g ac e ta
© fce
m a r zo de 2017
2 017
El complot mongol
rafael bernal; ricardo peláez
(dibujos) y luis humberto
crosthwaite (guión)
En la calle de Dolores, en una Ciudad de México secretamente poblada por agentes internacionales,
políticos corruptos y células asiáticas, un grupo de chinos parece estar
planeando una conjura para asesinar al presidente de los Estados Unidos durante su visita a nuestro país.
Filiberto García, antiguo verdugo de
las tropas villistas y ahora matón
del gobierno en turno, debe hacer lo
necesario para desmantelar la intriga, incluso colaborar con la KGB y
el FBI. Durante sus investigaciones,
al tiempo que descubre los entresijos de una clase política viciada
por manejos sucios y violencia, se
ve envuelto además en un romance
para el que no está preparado.
La trama del clásico policiaco de
Rafael Bernal es bien conocida por
afectos al género negro, entre quienes se propagó en los últimos años
el rumor de que existía “por ahí”
una versión gráfica de esta pieza
magistral. El volumen que aquí se
reseña ilustra la tremenda versatilidad de El complot mongol, la novela
aparecida en 1969 bajo el sello de
Joaquín Mortiz. Con un trazo cercano —por el uso del alto contraste—
al del cómic estadunidense, pero con
la finura de los mejores dibujantes
franceses, Ricardo Peláez recupera
la sordidez recóndita del México
moderno a partir de un guión en el
que Luis Humberto Crosthwaite
condensa el humor agrio y el cinismo del rudo Filiberto García. Porque las alianzas no quedan sólo en
el terreno de la ficción, el FCE y el
Grupo Planeta han complotado para
concretar este proyecto guardado
en un cajón por varios años.
tezontle
1ª ed. (fce, planeta) 2017
El producto interno bruto
Una historia breve
pero entrañable
De la plata a la cocaína
Cien años de historia
económica de América Latina,
1500-2000
diane coyle
Este trabajo explica los principales
conceptos en torno al PIB y describe
su historia, reflexionando sobre la
manera en la que se ha construido
y ha evolucionado este importante
concepto y echando un vistazo a
su desarrollo. Asimismo, establece sus limitaciones de cara a las
condiciones económicas actuales.
Por último, la autora defiende este
índice como un indicador clave para
la política y la economía. Esta obra
es una herramienta útil para que los
lectores no especialistas comprendan en que consiste este indicador.
breviarios
1ª ed., 2017
carlos marichal, steven topik
y zephyr frank (coordinadores)
El presente volumen, compuesto
por una serie de ensayos que buscan
documentar la dinámica del comercio internacional efectuado por Latinoamérica desde fines del siglo XVI
hasta nuestros días, se aparta de los
enfoques convencionales del análisis económico, buscando en cambio
un acercamiento al mundo de las
finanzas a partir de la trayectoria
seguida por las diversas mercancías
comerciadas. Los autores realizan una revisión histórica de once
productos, iniciando con la plata y
continuando con diversas materias
primas muy estimadas por los imperios español y británico. Consideran
factores tales como el proteccionismo, los subsidios y la regulación del
mercado, y expresan la problemática del comercio de los productos
sobre los que se sostenía (y sostiene)
la economía del continente americano, desde los tintes textiles, el café,
el cacao, el tabaco y el azúcar hasta
la cocaína.
historia
1ª ed., 2017
El té de tornillo
del profesor Zíper
juan villoro, con ilustraciones
de rafael barajas, el fisgón
¿Te imaginas estar atrapado en el
mismo instante? En esta novela, el
profesor Zíper intentará ganarle
una competencia al tiempo. Se trata
de una novela de aventuras, sumamente ágil, donde Lucio, el hermano mayor de Alex, lleva doce años
desaparecido y nadie tiene noticias
de él. Hasta que un día, un extraño
anciano se presenta en la Tintorería
Espacial, el negocio familiar que
Alex atiende, para informarle que
su hermano se encuentra atrapado
en la Isla de los Inmortales, un lugar
remoto donde el tiempo nunca pasa.
El anciano le revela también que la
única manera de salir de esta isla
es comiendo el fruto del tiempo, el
cual provoca que quien lo coma viva
todas sus edades en una semana,
hasta la muerte. El joven tintorero decide emprender un viaje para
rescatar a su hermano, pero antes
busca la ayuda de Dignísimus Zíper,
el único científico capaz de preparar
un antídoto para contrarrestar los
efectos del tiempo inmóvil. A este
emocionante viaje, los acompañarán
también Leonardo Coronel, falso
taxidermista y verdadero vendedor
de pieles, Azul, la mejor amiga de
Zíper, y Pig Brother, la mascota del
profesor. Con La cuchara sabrosa
del profesor Zíper, Villoro retomó
esta serie que, desde su lanzamiento, se posicionó entre sus libros más
exitosos y que ha sido bien recibida
por lectores de distintas generaciones debido a la calidad literaria y al
humor que caracteriza la obra del
autor. El té de tornillo del profesor
Zíper es el segundo título de la serie,
reeditada este año por el FCE y
con nuevas ilustraciones de Rafael
Barajas, El Fisgón, quien construye
personajes empáticos y divertidos,
muy en el tono del texto.
a la orilla del viento
1ª. ed. en el fce, 2017; 176 pp.
m ar zo d e 2 01 7
l a g aceta
21
t ras f o n d o
Papelera
de reciclaje
Lorenzo Garza Gaona
ona
La esterilidad
del escritor también
es tema literario;
la alucinación alcohólica
puede convocar fantasmas
que producen historias
realistas y conmovedoras
por su patetismo.
C
omo cada jueves, me
disponía a deambular de
bar en bar en busca de una
aventura en alguna barra.
Fantaseaba pensando en conocer a
una bella dama que por casualidad
estuviera ahogando sus penas en un
vaso, dolida con ganas de olvidar
y buscando consuelo, dispuesta a
escuchar mis historias, que riera un
poco y después se dejara explorar
los labios. Quería llevar a la cama a
esa mítica mujer que hasta la fecha
no había encontrado. La realidad
es que siempre terminaba bebiendo
solo, haciéndole un chascarrillo
al cantinero que hacía una mueca
de sonrisa por compromiso,
seguro harto de tipos como yo.
En otras ocasiones me topaba con
borrachos solitarios, dispuestos
a intercambiar algunas palabras
sin fondo, platicábamos de sus
desdichas, sus felicidades, sus
problemas o cualquier tarugada que,
siendo sincero, no me importaba,
pero claro, estaba dispuesto a
soportarlo porque ellos soportaban
mis conversaciones, que estoy
seguro —apostaría un riñón—
tampoco les importaban.
Era una tarde en que caía la infalible llovizna que parece que te corta la piel. Podría ser la combinación
entre el apabullante frío de la noche
que se avecinaba y el aire empujando con velocidad el agua tan fina que
parece convertir las tenues gotas en
armas punzocortantes. Yo venía de
ser rechazado de un periódico más.
Me decían que podría ser un gran
columnista, pero que por el momento no ocupaban más personal. “Nos
comunicaremos contigo, ya tenemos
tus datos”, “Pronto te llamaremos”,
“Date una vuelta el siguiente mes”
y todos esos burdos pretextos que
ponen para no darte una patada en
22
l a g ac e ta
el culo y echarte del lugar diciéndote que te dediques a otra cosa,
a veces preferiría que fuera así,
crudo, traumático, pero real. Como
siempre llevaba puestos mis zapatos para las entrevistas, esos que
tengo guardados en su caja original
y solo salen de su oscura tranquilidad para hacerme lucir bien ante
un rechazo casi seguro. No quería
que se dañaran y ya comenzaban a
encharcarse las calles, pensé en refugiarme en algún lugar para beber
algo. A lo lejos noté una luz de neón
que decía “Abierto” parpadeando en
intervalos. Parecía un bar de dudosa
calidad, pero decidí entrar y poner
a salvo mis zapatos para evitar
enfangarlos en las sucias calles de la
ciudad.
Fiel a mi costumbre me senté en
la barra, deseando pedir el mejor
whisky del lugar.
—¿Qué le sirvo? - Preguntó el
cantinero mientras limpiaba una
copa con su trapo
—Una cerveza oscura.
Le di un largo y reconfortante
trago, el primer sorbo siempre es
el mejor. Me bebí la botella como
si estuviera a cincuenta grados en
el desierto. Hice un rápido examen
visual a mi alrededor para percatarme si en el lugar se encontraba laa
mujer de mis fantasías. Desde luego
no tuve suerte. Pedí otra cerveza
y luego otra y así hasta que perdí
la cuenta. Me sentía a gusto, tranquilo, esta ocasión mi objetivo sólo
era disfrutar en soledad el no poder
escribir en ningún sitio; de seguro sii
le pedía al mesero una pluma para
rayar algún texto en la barra me
diría: “Ahí no se puede escribir” y laa
arrebataría de mis manos.
Había secado mis zapatos rozándolos contra la parte trasera de mi
pantalón, bebía otra cerveza y me
© andrea
a garcía
garcí a flor
flores
es
m a r zo de 2 017
pa p elera de recicla j e
sentía bastante calmado; después
de imaginar el rechazo, ya no me
afectaba, incluso no me importaba.
Quise fumar un cigarro y para mi
desgracia no llevaba ninguno, le
pedí al cantinero que me vendiera
un cigarro suelto, de mala gana me
contestó: “Sólo se venden por cajetilla”. La compré. Después de repetidos avisos, las ganas de mear me
obligaron a levantarme de mi banco.
Odiaba cuando llegaba ese momento, por alguna extraña razón puedes
contener tus ganas de ir al baño por
bastantes tragos, pero una vez que
te haces presente en el mingitorio
parece que le haces la promesa de
volver a cada trago acabado sin falla, como si de una promesa de amor
se tratara.
Poniendo un pie fuera del baño
escuché una acalorada discusión que
provenía de una mesa en el rincón.
Como buen curioso intenté ver de
qué se trataba. Para mi sorpresa
eran dos hombres bastante familiares a mi memoria, uno corpulento,
de cabeza y barba blanca producto de
los años y el otro viejo, panzón, con
prominentes entradas y con la cara
marcada por un acné de juventud. A
primera vista quedé impactado, no
podía creer que dos de mis mayores
inspiraciones literarias estuvieran
juntas, discutiendo en el mismo bar
en el que me encontraba. Seguro
eran las cervezas que se me habían
subido a la cabeza. Cual vil turista en
país ajeno me acerqué para observarlos con detenimiento. Entrecerré
los ojos para fijar mi vista. Sintiendo
mi mirada, el hombre que parecía
ser el autor de Mujeres en persona,
me miró con desprecio y, sin soltar
eel cigarro que tenía entre dientes, me
grritó:
—¡Qué me ves maldito infeliz!
—
Laas palabras desaparecieron de
mi boc
oca como las de un escritor
frente a la primera hoja en blanco, di
un peque
ueño paso para atrás humillado porr la vergüenza y el fuerte
hombre dee canas le dijo:
—No seas
as descortés, mira al
pobre muchaacho, parece un venado
temblando de m
miedo. Seguro sólo
quiere retratars
rse con nosotros o que
le firmemos un li
libro.
¡No lo podía cre
reer! Era real, estaba frente a uno de llos escritores de
la Generación Perdid
ida, el máximo
exponente dell re
realismo sucio. Seguí
perplejo
o del
delante de ambos sin poder
articul
ticular palabra. Papa, como le
decían sus amigos, me miró expecd
tante, mientras tanto, el creador
del mítico Henry Chinaski abrió
la garganta y de un profuso trago
terminó con su bebida sin q
quitarme
la vista de encima. No supe cómo
reaccionar, me di la vuelta y regresé
a mi banco en la barra, me sudaban
las manos, me sentía un completo
idiota.
Prendí un cigarro con la mano
aún temblorosa para intentar rela-
m arzo d e 201
2 01 7
jarme. Hurgué en mi cartera y me
percaté que tenía muy poco dinero,
pagaría la cuenta y quedaría debiendo la propina. Eso no podía ser un
obstáculo para mí, tenía que idear la
manera de instalarme en su mesa.
Augurando una buena paliza por el
personal del bar me atreví a pedir
tres cervezas más, nada importaba,
yo iba a sentarme en esa mesa. Aspiré fuertes bocanadas de aire para
darme valor. Lo peor que podía pasar era que me rechazaran y tuviera
que seguir bebiendo como un tonto
en la barra con mis tres cervezas.
Como torero en el ruedo me dirigí
hacia la mesa con paso lento pero
seguro. Ellos conversaban con cierta
intensidad. Cuando llegué a su lugar
me adelanté a cualquier comentario
y les pregunté: ¿Una birra?
El autor de Muerte en la tarde me
agradeció, pero se negó, argumentando que estaban en una conversación personal. Al instante el llamado
escritor maldito le rebatió: Vamos,
viejo, hay que darle una oportunidad al muchacho, seguro tiene algo
bueno que decir, además no hay que
ser descorteces. Me arrebató una
cerveza y me hizo un ademán con la
mano invitándome a sentar.
Ambos bebían whisky directo, el
premio Nobel volvió a rechazar la
cerveza y Charles con la velocidad
de un galgo tomó también la cerveza
rechazada diciendo con su terrible
sonrisa: Yo me encargo.
Un silencio incómodo se adueñó
de la mesa, los dos me miraban expectantes. Yo intentaba cavilar una
frase, una palabra para romper el
hielo, pero estaba seco, con el seso
sorbido. Temía decir algo fuera de
lugar y quedar como un tonto ante
ellos.
La primera puñalada al mutismo vino del prolífico poeta: Si eres
reportero tendrás que largarte de
esta mesa antes que te reviente esta
botella en la cabeza porque no vas
a sacarnos nada, maldito cuervo
carroñero.
—¡No, no lo soy, lo juro! Soy
escritor.
—¡Oh, vaya! ¿Qué has escrito?
Preguntó el hombre que dio vida al
viejo Santiago, sin saber que estaba
oprimiendo mi herida
—Tengo algunas colaboraciones
en un periódico, de esos que no leen
ni sus editores y he escrito dos manuscritos que ninguna editorial ha
querido publicar y no entiendo por
qué si son bastante buenos, contesté
escondiendo la mirada
Los dos colosos literarios se miraron y rieron con complicidad.
—La vida del escritor es así muchacho, muchas penurias, demasiados rechazos, pero si tienes algo
bueno que decir, algo que pueda quedar marcado en la memoria de los
lectores, algún día saldrás a la luz,
aunque para ese momento ya hayas
muerto. Mi primera novela la publicaron en el 71, yo tenía 51 años y el
viejo Hemingway ya se había volado
la cabeza. Combinando tos crónica
con risa burlona, Hank continuó:
“Ahora que, lo más probable es que
escribas puras mierdas y seas uno
de esos tantos pretenciosos que
intentan hacerse los interesantes,
buscando fama y fortuna que desde
luego no conseguirás y continuarás
escribiendo por un tiempo hasta que
te aburras y termines sentado en
una oficina con un sueldo miserable,
con un horrible traje como el que
traes puesto, la corbata te apretará
tu papada, oprimirá tus pensamientos, tus zapatos tendrán hoyos
en las suelas y no te importará, tu
ego y ambiciones se irán apagando,
consumidos por una vida rutinaria. No serás infeliz, pero tampoco
feliz, simplemente pasarás los días,
sabiendo que no hay remedio, no te
quedará nada más que levantarte
día a día con el pesar de ser una
sombra gris sin ninguna gracia y
para tu desdicha acabarás saliendo
con Estela la de recepción, ella que
ha sido encamada por todo el personal de la oficina, pero tú no lo sabrás
y se reirán de ti a tus espaldas. Así
será tu destino, nulo, aburrido,
como programado para despertar,
trabajar, comer, cagar, dormir, y
esperar el fin de semana para emborracharte hasta perder la razón,
follarás una que otra vez con Estela;
otras veces, que serán la gran mayoría, discutirás con ella, y así por el
resto de tus días, hasta que la vida
te bendiga con la muerte”.
De nuevo me hallaba sin nada que
decir, no entendía la situación, las
palabras certeras del misántropo
escritor me habían golpeado despiadadas, las sentía reales y cercanas,
pero no me dolían, no me afectaban,
se me resbalaron sin más. Lo único
que daba vueltas en mi cabeza era
cómo podía estar bebiendo con aquellos dos hombres que ya no existen en
la vida terrenal y que ni siquiera entre ellos se conocieron algún día. No
importaba, existía la posibilidad de
que me estuviera volviendo loco o tal
vez me arrolló un vehículo saliendo
de aquel periódico.
—Tampoco se trata de matar tus
ilusiones o aspiraciones, hijo —decía
Alfred de Musset—. El hombre es
un aprendiz y el dolor es su maestro;
ninguno se conoce a fondo hasta que
ha sufrido. Solo la miseria libera
al genio… ¡Conviene que el artista
sufra!... ¡Y no sólo un poco!... ¡Mucho
y más!... ¡Ya que él solo da a luz en el
dolor!... ¡Y el dolor es su maestro!”
Grábate eso muchacho, será tu pan
de cada día. Y debes saber que mientras más reprimido esté tu corazón,
más libre estará tu pluma— sentenció el hombre que participó en las dos
guerras mundiales.
El prosaico autor brindó por lo dicho, o por el simple placer de seguir
bebiendo y con la mirada perdida y
su copa aun en alto comentó:
—Bebe todo lo que puedas, escribe todo lo que puedas y lee todo lo
que puedas. La clave está en leer, devora con ferviente pasión cada libro
que se atraviese en tu camino, así
ellos te irán enseñando el camino
de la verdad, sólo tienes que sumergirte en esa realidad alterna para
llegar a la autenticidad. No todos los
libros serán buenos, encontrarás
autores que no te llenarán, pero sin
duda aprenderás algo de cada uno,
concluyó Papa.
—Basta de habladurías— refunfuñó Henry, soltando un gargajo
que para mi infortunio cayó en mi
zapato, haciéndome dar un brinco
involuntario de la silla, que hizo a
Ernest expulsar una sonora carcajada y a Bukowski reír con malicia.
Continuamos bebiendo como si
nada.
Las horas se comían mi reloj, devorando la mejor noche de mi vida,
estaba borracho en exceso y por alguna extraña razón no había vuelto
a mear desde que llegué a esa mesa,
mi vejiga ya habría explotado en una
noche normal, pero esa noche era
todo menos normal. Los dos personajes reían hablando de mujeres,
no era una plática como la imaginé
llena de pasajes de sus novelas, era
una conversación tan simple como
la que llegué a tener con los ebrios
de las barras, con la diferencia
que cada detalle me interesaba, no
quería perder el hilo ni un segundo.
Cada palabra que salía de sus bocas
era un caudal de agua fresca para
mí. Algún día platicaré que me emborraché con ellos y los borrachos
de las barras me mirarán pensando
en otra cosa, como siempre fingirán
prestar atención, tal vez sin saber
siquiera de quienes les hablo.
Comenzaba a perder la noción
de lo que sucedía, el alcohol que
inundaba mi sangre hacia un efecto
de flashazos sobre mi ser. No quería
que la noche se terminara, aún
quería un poco más. Olvidé preguntarles cosas banales, simples, como:
¿Por qué tienen gatos? ¿Siempre
que escriben están alcoholizados?
¿Con cuántas mujeres han estado?
¿Quién es su escritor favorito?
¿Cómo enfrentan sus bloqueos? Los
flashazos comenzaban a llenar el
lugar, creo haber visto a uno de ellos
con una muchacha sentada en sus
piernas, fumando y bebiendo whisky
de la botella mientras le pasaba la
mano de forma indecente a la mujer
que reía a carcajadas vulgares. Y al
otro, apasionado hasta el éxtasis,
hablando con un grupo de hombres
y contoneando su cuerpo de forma
extraña, parecía simular los movimientos de un torero, no lo sé, nada
estaba muy claro.
No podría decir cómo sucedió
de manera exacta. Recuerdo que el
peso de mi cabeza me fue venciendo,
mis párpados habían perdido la batalla minutos antes y estaban aplomados el uno contra el otro. Cuando
al fin desperté, me hallaba sentado
frente a mi computadora, con el
mismo traje de esa noche, con los zapatos sucios y la boca seca, pastosa.
Me incorporé llevando una mano
a mi cabeza por la fuerte jaqueca
seguro provocada por la resaca, vi
la mesa repleta de latas de cerveza
aplastadas, una botella de whisky
Black and White semivacía y un
sinfín de colillas de cigarro. ¿Cómo
demonios llegué aquí? ¿Cómo acabó
todo? Miré el monitor de la computadora, de inicio me deslumbró
los ojos, los tallé con mis dedos y
poco a poco se fue esclareciendo
mi mirada. Me sorprendí sobremanera, ¡había un escrito! Me coloqué
mis lentes y a toda prisa comencé a
revisarlo. Tenía bastante tiempo sin
lograr escribir ni media cuartilla. A
medida que avanzaba en la lectura,
más me sorprendía, hacía pequeñas
pausas para beber un sorbo de la
botella del económico pero estimulante whisky. Cuando terminé de revisarlo me quedé anonadado, busqué
un cigarro y no pude encontrar más
que uno que estaba a menos de la mitad aplastado contra el cenicero, sin
dudarlo lo encendí. No podía entender como había sucedido, pues todo
lo aquí descrito era el texto en mi
monitor. Quise emocionarme, había
vuelto a escribir. Lo volví a leer con
calma, repasaba cada línea, no sabía
si el encuentro con estos imprescindibles autores había sido un sueño
o una fantasía de mi cabeza deseosa
de escribir. Analicé la historia con
detenimiento y me di cuenta que era
muy mala, era inútil, tal vez la escritura no era mi camino. Viendo con
frialdad el documento lo eliminé de
mi computadora, decidí no bañarme,
me coloqué la oprimente corbata,
peiné un poco mi cabello reseco y
sin lavarme los dientes emprendí el
camino a mi oficina. Saludé a Estela
en la recepción, ella parecía molesta
pues anoche no la llamé, me dirigí a
mi cubículo y comencé a trabajar.•
l a g aceta
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OBRAS DEL CENTENARIO DE LA
CONSTITUCIÓN DE 1917
El derecho de propiedad
y la Constitución mexicana de 1917
Emilio Rabasa Estebanell
HISTORIA
Texto inédito del jurista mexicano Emilio Rabasa
Estebanell, escrito poco después de la promulgación
de la Constitución de 1917, realiza una crítica jurídica
a su artículo 27. Presentado por el ministro Luis María
Aguilar, cuenta con un prefacio de Tania Rabasa
y estudios del ministro José Ramón Cossío Díaz y de
José Antonio Aguilar Rivera.
De Cádiz a Querétaro.
Historiografía y bibliografía
del constitucionalismo mexicano
Catherine Andrews
HISTORIA
Este libro ofrece una introducción historiográfica y bibliográfica al estudio de la historia constitucional en México.
En la primera parte hay un ensayo historiográfico que
discute las formas en las que actores políticos, historiadores,
juristas y politólogos han abordado la historia constitucional
desde principios del siglo XIX hasta la actualidad; en la
segunda se presenta una bibliografía temática de los textos
de historia, derecho constitucional y ciencia política que se
ha escrito sobre el constitucionalismo en México desde 1808.
Lecturas de la Constitución.
El constitucionalismo mexicano frente
a la Constitución de 1917
La división de poderes en México.
Entre la política y el derecho
Leticia Bonifaz
POLÍTICA Y DERECHO
José Ramón Cossío Díaz y Jesús Silva-Herzog
Márquez (coordinadores)
POLÍTICA Y DERECHO
Ensayo que aborda, desde una perspectiva histórica
y desde la teoría jurídica y política, el desarrollo de la
división de poderes de la Constitución Política de
los Estados Unidos Mexicanos. Se analizan los
equilibrios, tensiones y contrapesos de esta forma
de organización política.
Obra colectiva que recoge las principales vertientes
del constitucionalismo mexicano y la forma en que
éstas han problematizado la Constitución de 1917.
Las reflexiones giran en torno al pensamiento de
Emilio Rabasa, Miguel Lanz Duret, Manuel Herrera
y Lasso, Felipe Tena Ramírez, Mario de la Cueva,
Ignacio Burgoa, Jorge Carpizo y Antonio Martínez
Báez, entre otros.
México en 1917. Entorno económico
político, jurídico y cultural
Cómo hicieron la Constitución de 1917
Uno de los acontecimientos más importantes dentro
de la historia política del desarrollo de nuestro país ha
sido la promulgación de una nueva Constitución en
el año de 1917, sus antecedentes próximos y sus
secuelas inmediatas nos reafirman que ese año fue
determinante para la historia posterior de México.
Plantearse el conocimiento y estudio de los hechos que
llevaron a la promulgación y entrada en vigor de esta
Constitución resultan sumamente relevantes dentro
del marco del aniversario de sus cien años.
Estudio histórico-político sobre el proceso constituyente
de 1917 en el que se analizan los acontecimientos
históricos que influyeron en la celebración de un nuevo
congreso constituyente en México, quiénes fueron los
constituyentes, a quiénes representaban, cómo votaron
y, por otro lado, estudia las continuidades y rupturas
entre la Constitución de 1857 y la de 1917.
Javier Garciadiego, et. al.
Ignacio Marván Laborde
BIBLIOTECA MEXICANA
Bases del constitucionalismo mexicano.
La Constitución de 1824 y la teoría constitucional
David Pantoja
HISTORIA
Estudio de historia constitucional en el que se analizan las discusiones en
torno al Acta Constitutiva de la Federación, las cuales dieron origen a la
Constitución mexicana de 1824. El autor defiende la tesis de que estos
debates no tienen una importancia marginal, sino que sientan las bases del
constitucionalismo mexicano. Estos arrojan luz y obligan a indagar sobre
un hilo conductor que parte de la época colonial y que terminó influyendo
en las subsecuentes prácticas constituyentes, incluidas las que dieron
origen a la Constitución vigente (1917).