Lectura - Juventud Rebelde

08
LECTURA
DOMINGO
29 DE ENERO DE 2017
juventud rebelde
Los últimos IOC (Inéditos O Casi, por su escasísima divulgación)
Pánico y confesión
por DANIEL CHAVARRÍA
[email protected]
VERANO de 1994 en pleno Período Especial. Los apagones y
la luz se alternaban en La Habana cada ocho horas; pero a
veces nos tocaban 16 de apagón; y no faltaron días en que solo tuvimos cuatro horas de corriente. Ante la amenaza de aquellos calores la población se refugiaba por las noches en el Malecón, en busca de aire fresco.
A mis 58 abriles, padre de un
niño de seis meses, yo también, de vez en cuando, cargué
una bolsa con biberones, pañales, agua, comida, rumbo al
mar. Claudia, cuarentona de
bella figura y noble temperamento, con su resignado optimismo, guiaba en pronunciada
cuesta abajo el cochecito del
bebé entre las anfractuosas
aceras de la calle C.
La noche era terrible. No
podíamos leer, ni encender un
ventilador, ni ver la TV. Claudia,
profesora titular de la Universidad de La Habana desde sus
34 años, economista graduada,
y con un largo ejercicio de
docencia universitaria en filosofía y lógica matemática, se
encontró con Aurora Lema,
durante una semana fatal a
fines de mayo.
Aurora, excondiscípula universitaria y compañera de la
FEU, la invitó en esa ocasión a
celebrar sus 20 años de matrimonio con Orestes Gómez, un matemático amigo y excondiscípulo
de Claudia.
Aurora era una privilegiada,
porque el pent house de su
esposo jamás padecía un minuto de apagón: Estaba situado
en una encrucijada donde confluyen las líneas de emergencia
que enlazan al Hospital Ortopédico, con el Borrás, el Oncológico y el Fajardo.
Orestes era otro matemático
y buen amigo de Hilda; y el lujoso apartamento fue herencia
de su padre, miembro de una
de las familias más ricas de
Cuba. El patriarca burgués lo
hizo construir un par de años
antes del triunfo de la Revolución; y cuando decidió emigrar a
EE. UU., su hijo Orestes, el único revolucionario del clan Gómez,
se quedó con el pent house.
Aurora y Orestes nos insistieron en que para ellos sería un
placer compartir todas las noches que nosotros quisiéramos,
desde las ocho en adelante; y
no solo por solidaridad ante la
difícil situación que enfrentábamos en nuestra casa, sino por
el sumo gusto de conversar con
nosotros.
Ya en nuestra casa, Claudia
me incitó con sincera vehemencia a ir todos los días. Ella,
mientras no hallásemos una
cuidadora nocturna de toda
confianza, debía ocuparse del
bebé.
Durante el fatídico trimestre
siguiente yo pasé no menos de
80 veladas en el acogedor pent
house de Orestes y Aurora, al
que apocopé el OA, con las iniciales de sus propietarios; pero
luego lo llamé el Oasis.
La fraterna camaradería de
Aurora y Orestes permitió, durante las calurosas vacaciones
de la Universidad, que el Oasis
se convirtiera en un club, donde
todas las noches se reunía una
veintena de amigos.
Al Oasis asistía también Roxana, una treintañera divorciada
exprofesora de ballet, alumna
mía de estudios grecolatinos y
tímida poetisa, que solía sentarse muy cerca de mí. Vivía en
la planta baja del mismo edificio, pero como entonces se ganaba la vida con clases de expresión corporal y yoga, Aurora
comenzó a recibirla y se hicieron amigas.
Cuando por fin una vecina
nuestra de toda confianza aceptó cuidarnos al niño por una
modesta paga, Claudia asistió
a algunas veladas del Oasis en
junio y durante dos semanas
completas de nuestras vacaciones universitarias en julio; pero
en ninguna de esas visitas de
Claudia participó Roxana. Cuando Claudia estaba presente
Roxana entraba sin saludar a
nadie, con apariencia de muy
urgida por hablar con la dueña
de casa. En esas mínimas visitas jamás nos miró. Al retirarse
con notoria prisa y al parecer
preocupada, viraba el rostro
hacia el lugar opuesto donde se
las ingeniaba para saludar a
alguien. Pero una noche a fines
de agosto y por primera vez en
presencia de Claudia, Roxana
entró sonriente, segura de sí, la
saludó muy cordial y a mí me
dirigió una sonrisita de burlona
coquetería. Claudia, me miró,
alzó las cejas sorprendida y se
volvió para retomar su diálogo
con alguien.
Esa madrugada sobre las
tres, recién llegados del Oasis a
nuestra casa donde volviera la
luz, Claudia cumplió su rutina
de un breve diálogo con la cuidadora del bebé, a quien acompañó hasta la puerta de la calle
y despidió con un beso. Luego
verificó que el tul de la cunita
estuviera bien colocado y puso
en marcha los dos ventiladores.
En ese momento yo terminaba de desvestirme y observé
que Claudia había cerrado por
completo la puerta y ventana
del cuarto, sin duda para impedir que nuestra conversación
llegara a oídos de mi suegra, y
para mayor intriga mía, tuvo el
insólito cuidado de bajar las
celosías de la ventana.
––¿Y ese encierro con este
calor?
Ella se volvió a mirarme muy
seria e introdujo un nuevo cambio en su rutina. En vez de
comenzar a desvestirse para
ponerse un salto de cama y
tomar su religioso baño nocturno, abrió el roperito donde yo
solía guardar vasos, copas y
alguna bebida alcohólica.
Esa noche yo tenía un coñac
Courvoisier que nos regalara un
francés visitante del Oasis. Ella
cogió la botella, la alzó y me preguntó si quería un trago.
––¿Tenemos algo que celebrar? ––le pregunté, intrigado; y
traté de recordar si ese 20 de
agosto podía ser para nosotros
una fecha significativa.
Claudia me disparó a boca
de jarro una pregunta con un
léxico inusitado en ella:
––Ven acá, chico ¿cuál es la
bolá? ¿Desde cuándo me estás
tarreando con Roxana?
Pese a la sorpresa y el
espanto, creo haberme controlado lo suficiente para mirarla
de frente a los ojos:
––Sírveme un trago, anda; y
dime en qué te fundamentas
para esa absurda acusación…
––Hoy sé sin equívoco posible que estás enredado con
esa mujer.
Mi única decisión tomada en
los pocos segundos de serenidad que me permitieron sus
últimas palabras, fue oírla y
callar hasta conocer cómo
había llegado a pergeñar aquella inexplicable certidumbre.
En dependencia del vigor o
endeblez de las pruebas que
esgrimiese, yo negaría rotundamente mi comisión del adulterio
físico; o lo reconocería de plano,
si encontraba atenuantes que
me permitiesen lograr su indulto y reordenar mi vida con ella.
En aquel embrollo anímico
tan repentino, mi única certeza
era la adoración que Claudia
me inspiró siempre; y a tal punto me abrumaba el terror de
perderla, que estaba dispuesto
a mentir e inmolarme en la confesión de culpas inexistentes.
Ante el aluvión de argumentos en mi contra, muy difíciles
de rebatir, lo único que se me
ocurrió decir fue:
––Necesito un abogado.
Había decidido sellarme los
labios con una mordaza hasta
ver más claro cómo debía preparar mi defensa.
Ella, dispuesta a seguirme
aquella absurda broma, se
echó a reír:
––¿Un abogado? Mejor búscate varios, y de los mejores…
Si no quieres resultar un hipócrita o un gran idiota, tu única
defensa posible es no atreverte
a negar los argumentos que
ahora te voy a enumerar; porque mi marido no puede ser ninguna de las dos cosas.
––Dios me libre; pero dale,
soy todo oídos.
––Cuando Roxana renunció a
participar en las mismas reuniones que yo ––y Claudia hizo
una pausa para un trago––; no
asistía, pero de todos modos
subía un momento so pretexto
de una consulta con Aurora, y
se retiraba sin saludarnos ni
dirigirnos siquiera una mirada.
¿Y sabes tú por qué actuaba
así? Pues porque ardía de
celos; y eso me tranquilizó; porque si ya estuviera adulterando
contigo en secreto, no habría
huido. Se sentiría tu verdadera
dueña y disfrutaría al verme
ignorante de los tarros que me
estaba poniendo; de modo que
si no soportaba mi presencia,
era por saberte mío todavía. Por
si no lo sabes, esa es una lógica vaginal que ninguna mujer
ignora.
Por toda respuesta a aquellos comentarios, yo ponía mi
mejor cara de póker, trataba
de mantener la total inmovilidad de mis labios y párpados y
le hacía ademán con una mano
para que acabara de despacharse.
––Pues bien, la plena certeza
de tu infidelidad la tuve anoche,
cuando apareció mejor vestida
que nunca y en actitud triunfal:
Para mí esa fue la evidencia irrefutable de que ya te tiene en
sus redes.
––No, no me tiene en sus
redes. Pero al ver que eres tan
entendida en lógica vaginal
como en la aristotélica y la
matemática; y que corro el riesgo de pasar por hipócrita o por
idiota; admito que sí; que dormí
un par de veces con ella; pero
de mi parte fue solo sexo con
algo de complejo senil; y nunca
volverá a ocurrir. Te pido perdón
de rodillas.
Fue tal mi pánico de perderla, que aunque el adulterio no
hubiera existido, lo habría asumido para poder exculparme
con la indubitable verdad de mi
gran amor por ella.
juventud rebelde
DOMINGO
29 DE ENERO DE 2017
LECTURA
09
El último enigma del
médico de Napoleón
Envuelto en el misterio de haber sido quien vio cerrar
los ojos al mítico Napoleón Bonaparte, Francois
Antommarchi terminó su vida en Santiago de Cuba
Antommarchi se llevó a la tumba los secretos
de la muerte del Emperador.
por ODALIS RIQUENES CUTIÑO
[email protected]
SANTIAGO DE CUBA.—. Las conversaciones en los salones de las señoras y quién
sabe si hasta el suspiro de alguna dama
casamentera, los intercambios entre jóvenes ávidos de revelaciones sobre el trágico final del emperador de Francia, el orgullo vestido de gala de las autoridades,
tenían un mismo motivo: Francois Antommarchi —el último médico del mítico
Napoleón Bonaparte, brillante anatomista
que abandonó su carrera para cuidar del
corso en la isla de Santa Elena, testigo
excepcional de sus últimos días— estaba
en Santiago de Cuba.
Llegaba a mediados de 1837 —coinciden estudiosos del tema—, aguijoneado por las intrigas en torno al trágico final
de Napoleón y seducido por las noticias
de la floreciente colonia francesa que después de la Revolución haitiana se había
establecido en Santiago de Cuba.
Representantes de esa influencia en
la vida santiaguera eran su primo hermano Antonio Benjamín Antommarchi Chaigneau, dueño de cafetales en la zona de El
Cobre y quien —concuerdan los investigadores— le había cursado una invitación
para visitarlo; y su tía Madame Catalina
Chaigneau, propietaria de una academia
para jovencitas.
Como su fama era conocida y había llegado al país con recomendaciones,
según la crónica del historiador santiaguero Ernesto Buch López, fue recibido y
se hospedó en la casa del gobernador de
la Plaza, brigadier Juan de Moya Morejón.
Aventurero y anhelante de fortuna,
Antommarchi decidió establecerse en el
oriente cubano. A los pocos meses de su
arribo, la comunidad reconocía los valores
profesionales del «Médico de Napoleón»,
como lo denominaban, y solicitaba sus
útiles y prestigiosos servicios.
Aunque solo residió unos meses (unos
siete quizá) en la región, solía decir a sus
familiares que en la ciudad santiaguera
pasó «los momentos más felices de su
vida».
Aquí realizó la primera operación de
catarata en Cuba y fundó la primera clínica de operaciones oftalmológicas de Santiago de Cuba. Se convirtió, por tanto, en
el iniciador de esa atención médica especializada en esta parte del país.
Parece ser esa la actividad médica a la
que dedicó mayor ocupación. Sus resultados pueden valorarse en esta nota de
la época: «La víspera pasó visita a la vieja marquesa de las Delicias de Tempú y
pudo observar que su operación de catarata había evolucionado muy bien... él se
felicitaba por haber sacrificado la mayor
parte de su tiempo para dedicarlo a las
enfermedades de los ojos, sobre todo en
un país tropical que le había ofrecido grandes posibilidades para investigar...».
Igualmente, Antommarchi consagró
tiempo al estudio y atención de la fiebre
amarilla, enfermedad que azotaba a la
región por esa época. En su afán de aislar y conocer la temida dolencia, hizo planes para construir un sanatorio y curar a
los infestados.
Atendió innumerables pacientes, especialmente a los más humildes, y se distinguió, según fuentes locales, por su
humanismo y generosidad para cuidar
por igual a ricos y pobres, como lo había
hecho en otros países. Ello no fue inconveniente para que, cuando se encontraba
corto de dinero, aseguran no pocos, vendiera muchos de sus «souvenires» relacionados con Napoleón: mechones de
pelos, fragmentos del paño mortuorio...
ÚTIL AVENTURERO
Francois Antommarchi había nacido en
Morsiglia, Córcega —la misma isla en
que vino al mundo Napoleón—, en julio
de 1789. Después de haber recibido, a la
edad de 19 años, el título de Doctor en
Filosofía y Medicina en la Universidad de
Florencia, realizó una investigación sobre
la catarata ocular y fue nombrado, a los
23 años, Doctor en Cirugía en la misma
Universidad Imperial.
A los 30 años, ya convertido en uno de
los más grandes cirujanos y anatomistas
de su época, publicó dos atlas anatómicos y varios estudios médicos sobre
enfermedades tropicales, y otros referidos a los vasos linfáticos y los cadáveres
de los ejecutados.
Este currículo, unido a su labor al frente de la Cátedra de Medicina de la Universidad Imperial, le valió el nombramiento de médico en la nómina del ejército
imperial francés. Al abdicar Napoleón,
Antommarchi se unió a él y lo acompañó
en 1815 en la batalla de Waterloo. Derrotado y refugiado en la isla de Santa Elena,
Bonaparte quedó sin médico de cabecera, y Antommarchi, recomendado por la
madre del emperador, fue elegido por su
tío, el cardenal Fesh, para que ocupara
esa responsabilidad.
Antommarchi cumplió esa función desde septiembre de 1819, fecha en que llegó a Longwood, residencia de Bonaparte
y su pequeña corte, hasta que el emperador falleció, el 5 de mayo de 1821, y el
médico cerró sus ojos, realizó su autopsia
sobre una mesa de billar y moldeó su
mascarilla mortuoria.
Testigo relevante de los últimos
momentos de una de las figuras más
famosas e influyentes del mundo de su
tiempo, de vuelta a París y ante los cuestionamientos de la sociedad francesa,
Antommarchi publicó en 1825 el libro
Mémoires du docteur F. Antommarchi ou
les derniers moments de Napoléon, testimonio de su vida al lado del emperador
y el documento más preciso hasta hoy en
la eterna controversia sobre la causa de
la muerte de Bonaparte.
A pesar de que él mismo había diagnosticado cáncer de estómago como causa del fallecimiento —opinión que confirmaron investigaciones posteriores—,
sostenía la hipótesis de que el deceso
era el resultado de un asesinato premeditado; cuestión que hasta la actualidad
se discute.
Años más tarde hizo réplicas, tanto en
bronce como en yeso, de la mascarilla
mortuoria de Napoleón, moldeada sobre
el rostro del corso dos días después de
su muerte, según el último deseo del
moribundo, que lo quería para su hijo
Napoleón Francisco, llamado El Aguilucho, niño todavía en ese entonces.
Algunos de sus detractores le acusaron de haber envenenado al emperador.
Antommarchi era un anatomista, lo que
hoy se denominaría un especialista en
Medicina Legal, por lo que no pocos
especulaban que su envío a la isla de
Santa Elena no había sido casual.
Otros le reprochaban su incompetencia médica, al culparlo de no haber podido devolverle la salud. Más tarde, lo atacaron a propósito de la mascarilla, cuya
autenticidad se ha puesto en duda
muchas veces, y que, de acuerdo con
algunos investigadores, llegó a poner en
subasta pública.
Asediado por aquellos hechos, Antommarchi se trasladó a Polonia, donde se
desempeñó como cirujano; más tarde
estuvo en Italia y, después de pasar por
Francia, decidió viajar a América. Considerado una sensación en el Nuevo Mundo,
residió en Estados Unidos y posteriormente pasó a México. Recibido y ovacionado, en cada país obsequió réplicas de
la mascarilla napoleónica.
Desde México llegó a La Habana, en
los primeros meses de 1837, y trajo consigo la valiosa carga de objetos relacionados con Napoleón, entre ellos el molde
mortuorio original de la mascarilla de
Bonaparte y las memorias del emperador.
PERIPECIAS A LOMO DE CABALLO
A lomo de caballo, como era en la época, atravesó el galeno toda la Isla desde
La Habana hasta Santiago de Cuba.
Investigadores dan cuenta de que en el
trayecto rumbo a la oriental ciudad, hizo
escalas de descanso y estudios científicos en las provincias de Matanzas y
Camagüey.
En esas ciudades, como explica el doctor Geovanni Villalón en su texto Primicias
y curiosidades de las Ciencias en Santiago de Cuba, reveló su interés científico a
través de investigaciones de campo y la
La máscara mortuoria de Napoleón fue una
de las posesiones más valiosas de Francois.
caracterización general y análisis químico
del agua en diversas localidades, así
como su petición de trabajar, muchas
veces gratuitamente, en la atención a los
enfermos que así lo necesitasen.
LA MUERTE
Esa misma generosidad y deseos de
servir le alentaron durante su paso por la
tierra caliente hasta que los embates de
la fiebre amarilla, o del vómito negro,
como se le conocía entonces, paradójicamente la misma enfermedad que se
empeñaba en investigar, causaron su
muerte, unos dicen que en abril, otros en
agosto, de 1838.
Falleció en la ciudad santiaguera, en la
casa del brigadier Juan Moya, después de
siete días de horribles padecimientos, a
la edad de 49 años.
En Santiago de Cuba dejó su testamento, donde señaló su soltería y que no
dejaba descendientes. Nombró albacea y
heredero de todos sus bienes, excepto
los de Francia, a su primo hermano Juan
Benjamín Antommarchi, como consta en
el libro cuatro, tomo 32, de la iglesia Santo Tomás, donde se veló su cadáver.
Las reliquias de Napoleón, incluido el
original de la contradictoria mascarilla
mortuoria, quedaron en tierra santiaguera, en manos de la familia que le acogió
con afecto. Por indagaciones posteriores
se supo que después de guardarla por
unos años, Ángela Moya Portuondo la
vendió por 30 dólares.
Según la crónica de ese tiempo, el
entierro de Antommarchi fue pomposo, y
sus restos quedaron en la bóveda familiar
del marqués de las Delicias de Tempú,
uno de sus pacientes, en el cementerio
de Santa Ana, el único de la ciudad por
esa época. Luego, al inaugurarse la
actual necrópolis de Santa Ifigenia, los
trasladaron para una tumba sencilla, en la
parte derecha a la entrada del camposanto, junto a los de la familia Portuondo.
Allí fueron identificados en 1994 por el
doctor Antonio Cobo Abreu, especialista
en Medicina Legal.
La verdad sobre el supuesto asesinato
de Bonaparte fue sepultada; pero el relato —aunque con muchas incongruencias
y puntos por descubrir aún, polémico
como su vida— del paso por estos lares
de su último médico, alimenta el orgullo
de los nativos.
juventud rebelde
por CIRO BIANCHI ROSS
[email protected]
CORRE el año de 1879 y José Martí, de
vuelta del destierro, asombra a sus compatriotas con sus cualidades oratorias.
Muere el poeta Alfredo Torroella, a quien
Martí conoció en México, y en el sepelio y
en un acto posterior interviene de manera que llama la atención de los asistentes. Es una oratoria diferente a la habitual. En un tiempo en que todavía se alude al país o a la Isla, Martí habla de patria;
«patria ceñuda y de lauros enlutados». Es
una elocuencia nerviosa, brillante, difícil,
embriagadora. La voz del orador, melodiosa, tan pronto vibra de energía como se
vela con sordos acentos elegiacos. Finaliza el discurso, el público estalla en una
ovación tenaz y Martí es sacado de la tribuna entre abrazos.
El éxito es mayor con el discurso que
pronuncia en el banquete que un grupo de
cubanos de ideas reformistas ofrece a un
destacado periodista. El tono y la intención
de Martí sorprenden a los señores de la
presidencia del homenaje, gente cauta y
remisa a la independencia. Martí exalta la
hombría pública del agasajado y sentencia:
«El hombre que clama vale más que el que
suplica… los derechos se toman, no se
piden, se arrancan, no se mendigan…» y
hace que los comensales queden sin aliento cuando dice que si la política liberal cubana ha de procurar el planteamiento y la
solución radical de los problemas todos del
país, «por soberbia, por digna, por enérgica,
yo brindo por la política cubana. Pero si no
es así, si no se llega a soluciones inmediatas, definidas y concretas, si más que voces de la patria hemos de ser disfraces de
nosotros mismos… entonces, quiebro mi
copa: ¡no brindo por la política cubana!».
Una hora después, el capitán general
Ramón Blanco y Erenas, marqués de Peña
Plata, sabe de lo acontecido en el banquete y del discurso de Martí. ¿Martí? ¿Quién
es Martí?, pregunta. Lo sabrá pronto porque al día siguiente el Liceo de Guanabacoa celebrará una velada en honor del violinista cubano Díaz Albertini, que regresó
del exterior cargado de gloria,y Martí,«el tal
Martí», será uno de los oradores. A Guanabacoa se va el gobernador. Tras el fin de la
Guerra de los Diez Años y en medio de una
«incompleta libertad conquistada, de nadie
recibida», quiere la máxima autoridad de la
Isla congraciarse con el elemento intelectual cubano.
Poco importa a Martí la presencia del
Capitán General. Cuando alude a la patria
y al porvenir de Cuba, todos los que lo
escuchan saben lo que quiere decir. No
puede Blanco soportar el discurso hasta
el final. Se pone de pie y, lleno de dignidad
y cargado de condecoraciones, abandona
el salón. Comenta: «No quiero recordar lo
que he oído y no concebí nunca que se
dijera delante de mí, representante del
gobierno español. Voy a pensar que Martí es un loco, pero un loco peligroso».
BOLÍVAR, PADRE AMERICANO
Ese «loco peligroso» tiene entonces 26
años de edad. Cuando tenía 17 fue acusado del delito de «infidencia» y un consejo
de guerra lo condenó a seis años de trabajos forzados que, pelado al rape y con
un grillete fijado en su pierna derecha,
debía cumplir en las canteras de San Lázaro. Es menor de edad y la madre pide indulgencia al Gobernador, y el padre solicita al
arrendatario de las canteras que interceda
con las autoridades a favor de su hijo. Tienen éxito las súplicas y el penado 113 es
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29 DE ENERO DE 2017
Bajo el signo
de la urgencia
LECTURA
11
A partir de ahí vive bajo el signo de la
urgencia. Recorre los centros de emigrados, escribe cartas, pronuncia discursos.
Dos piezas magistrales de entonces son
el discurso conocido como Con todos y
para el bien de todos, que pronuncia en
Tampa, y Los pinos nuevos, en Cayo Hueso. Trata de forjar una unidad estrecha
entre blancos y negros, ricos y pobres,
veteranos y jóvenes patriotas.
MONTECRISTI
«relegado» a Isla de Pinos, «sujeto a domicilio forzoso». Otra vez escribe la madre al
Capitán General. Pide ahora que su hijo
sea trasladado a la Península a fin de que
«pueda continuar su carrera y proporcionar
algún alivio a su pobre familia».
No pierde Martí el tiempo en España.
Matricula —enseñanza libre— la carrera
de Derecho en la Universidad de Madrid.
Lee como un endemoniado y escribe para
los periódicos. Quiere que se conozcan los
horrores del presidio político en Cuba. Precisamente ese es el título del opúsculo que
da a conocer al respecto y que revela al
gran prosista que era ya y pone de manifiesto el estoicismo que lo caracterizará
hasta el final de su vida. Dice: «Sufrir es
gozar más, es verdaderamente vivir». Se
pone al servicio de la Junta Revolucionaria
radicada en Nueva York. Prosigue estudios
en la Universidad de Zaragoza, se licencia
en Derecho e inicia la carrera de Filosofía y
Letras y la concluye de manera satisfactoria. Conoce a Víctor Hugo en París. Regresa a América. En México trabaja como
periodista. Es maestro en Guatemala.
Vuelve a Cuba tras siete años de exilio.
Contrajo matrimonio en México y quiere asegurar el porvenir de su familia, y fortificarse
también para la lucha futura. La Guerra
Grande ha terminado, pero el espíritu de
independencia no ha muerto. Analiza los
errores del movimiento revolucionario.
Conspira y aprovecha los resquicios legales
para exaltar públicamente los valores nacionales y combatir el autonomismo. Es tal su
actividad pública y clandestina que el Comité Revolucionario de Nueva York lo nombra
su subdelegado en La Habana. No será por
mucho tiempo. Lo apresan y lo obligan a
salir de nuevo del país.
Transcurre en Cuba la Guerra Chiquita,
que no demora en concluir, y Martí, en Nueva York, asume con carácter interino la presidencia del Comité Revolucionario. Hombres de la agencia de detectives Pinkerton,
por orden de España, lo vigilan día y noche.
Llega a Caracas y sin sacudirse el polvo
del camino ni preguntar dónde se come y
se bebe, se encamina al monumento a
Bolívar y rinde tributo a quien considera «el
padre americano». Colabora en la prensa e
inicia la publicación de la Revista Venezolana. Sus desavenencias con el Presidente
de esa República lo obligan a salir del país.
TAMPA Y CAYO HUESO
Llega otra vez a Nueva York para comenzar una fructífera carrera periodística que lo
hace conocido en toda la América española pues sus correspondencias para La
Nación, de Buenos Aires; El Partido Liberal, de México, y La Opinión Nacional, de
Caracas, son reproducidas por más de 20
diarios del continente. Asume en la ciudad
la representación consular de Argentina,
Paraguay y Uruguay, y representa al Gobierno de ese país en la Conferencia Monetaria Internacional.
Escribir fue para él un modo de servir.
Era un ensayista, un cronista, un orador, es
decir, un fragmentario. Sus cartas ocupan
varios volúmenes de sus Obras Completas. De cualquier manera es un lujo del
idioma. Dio a conocer varias obras de teatro; una novela, Amistad funesta, que apareció por entregas y dos poemarios: Ismaelillo y Versos sencillos. Otros títulos suyos,
Versos libres y Flores del destierro, no llegó a publicarlos. Versos sencillos (1891)
pone fin a la labor literaria y periodística del
proscrito. Dice en el prólogo que escribió
esos poemas después de finalizada la
Conferencia Internacional Americana, en
Washington, en que se desenvolvieron sutiles maniobras norteamericanas contra
América Latina, manejos que él mismo
desentrañó en sus crónicas para La
Nación. Renuncia a sus cargos consulares
y a cuanto interfiera en su propósito de
organizar la Revolución en Cuba, la guerra
que él llama «justa y necesaria».
Desde el fracaso de la Guerra Chiquita,
Martí ha estado al tanto de todo empeño
razonable de reanudar la lucha. Gana en el
exilio, sobre todo a partir de 1887, una autoridad rectora que supera lo meramente
político.
El periódico Patria es el órgano del Partido Revolucionario Cubano y José Martí
el delegado de esa organización política.
Se reúne con compatriotas que viven en
Santo Domingo, Jamaica, Costa Rica y
México. Prepara una expedición que llevará a Cuba a hombres y pertrechos de
guerra, pero una delación hace que el
Gobierno norteamericano ocupe los tres
barcos que la transportarían. No lo arredra el fracaso del Plan de Fernandina, llamado así por el puerto norteamericano
desde donde saldrían los barcos. Hace
llegar a Cuba la orden de alzamiento y fija
la fecha en que se iniciará la contienda. El
24 de febrero de 1895 daría inicio la llamada Guerra de Independencia. Sale de
Nueva York el Delegado con destino a
Santo Domingo.
El 25 de marzo firma, junto al mayor
general Máximo Gómez, que asumirá la
jefatura del Ejército Libertador, el Manifiesto de Montecristi, En su letra se reconoce
que la guerra que comienza es continuación de las contiendas anteriores por la
independencia de Cuba. Aborda el tema
racial y define «el miedo al negro», que
enarbolan algunos, como el miedo a la
Revolución. Y asegura que la guerra no es
contra el español, que en el seguro de sus
hijos y en el acatamiento a la Patria que se
ganen, podrá gozar, respetado y aun amado, de la libertad que solo arrollará los que
le salgan, imprevisores, al camino.
La guerra ya ha estallado en Cuba. Su
valioso epistolario llega a su clímax con las
cartas que escribe en esos días. Dice en la
que dirige a su madre: «Usted se duele, en
la cólera de su amor, del sacrificio de mi
vida, y ¿por qué nací de usted con una vida
que ama el sacrificio?». Y a su «niña» María
Mantilla: «Tengo la vida a un lado y la muerte a otro, y un pueblo a las espaldas».
Al fin, junto con Máximo Gómez y cuatro hombres más, puede llegar a Cuba.
Desembarcan en la región oriental. Avanza el pequeño grupo entre maniguazos y
pedregales. El consejo de jefes le confiere el grado de Mayor General del Ejército
Libertador y de un abrazo —escribía Martí— igualaban mi pobre vida a las de sus
diez años de lucha. El 5 de mayo Gómez
y Martí se reúnen con el mayor general
Antonio Maceo en la finca La Mejorana.
Hay discrepancias. Maceo no está de
acuerdo con el carácter civil que se quiere imprimir al Gobierno de la República
en Armas, aunque la idea de realizar la
invasión a Occidente es compartida por
los tres jefes.
Pasan los días. El 19 de mayo, en Dos
Ríos, la tropa mambisa mandada por Gómez hace frente a una tropa española. Pese a las advertencias del General en Jefe
de que permanezca en el campamento,
Martí sale al campo, con su ayudante. Al
parecer, se lanzó al galope contra las líneas
españolas hasta quedar unos 50 metros a
la derecha y delante del general Gómez,
donde ambos jinetes fueron blanco fácil
de la avanzada contraria, oculta entre la
hierba. Las balas se ceban en el cuerpo de
José Martí, que se desploma.