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L O U IS L E M K O W
SOCIOLOGÌA
AMBIENTAL
PENSAMIENTO SOCIOAMBIENTAL
Y ECOLOGÍA SOCIAL DEL RIESGO
Icaria
Antrazyt
E c o l o g ía
Diseño de la colección: Josep B agá
Ilustración de la cubierta: L aia Olivares
© Louis Lem kow
© de esta edición:
Icaria editorial, s. a.
Ausiás M arc, 16, 3r. 2a. / 08010 Barcelona
ISBN 84-7426-569-X
Depósito legal B -8 .644-2002
Composición G rafolet, s, 1.
Aragón, 127, 4 o I a - 08015 Barcelona
Impreso por Rom anyá/Valls, s. a.
Verdaguer, 1 - CapeJlades (Barcelona)
Todos los libros de esta colección están impresos en papel ecológico
Impreso en España. Prohibida la reproducción total o parcial.
I. EL DETERMINISMO AMBIENTAL
La relación entre las características de una sociedad — organiza­
ción social, cultural, económ ica— y el entorno físico en que se
inserta ha sido una de las preocupaciones analíticas más im por­
tantes del pensamiento social en el pasado, y que hoy vuelve a
centrar la atención sobre todo de tres de las ciencias sociales: la
sociología, la antropología y la geografía. El olvido, sobre todo
por parte de la sociología, de la variable ambiental se asentó en
un período crucial para el desarrollo de las ciencias sociales y en
m uchos textos sobre la historia del pensamiento social (escritos
por sociólogos), la orientación socioam biental queda marginada
dando la impresión, en todo caso, de que el estudio de la rela­
ción entre sociedad y medio ambiente es un acontecim iento muy
reciente y ligado a la llamada «crisis ecológica planetaria».
A fortunadam ente, esta visión distorsionada ha tenido recien­
tem ente una contestación rigurosa. E n esta corriente, donde se
reivindica la larga e im portante trayectoria del pensamiento so­
cio am b ien tal, h a ten id o un papel m u y d estacad o C laren ce
Glacken, quien en su recopilación exhaustiva de la relación «hom­
bre-naturaleza» tal com o la vieron los filósofos, historiadores,
teólogos y otros pensadores, desde la época clásica hasta el final
del siglo XVIII, nos dice que esta relación solía tener tres dimen­
siones:
En la historia del pensam iento occidental, el hom bre se ha es­
tando preguntando en relación con la tierra habitable. ¿Es la
tierra una creación hecha a propósito? ¿Tienen sus climas, sus
relieves y la configuración de sus continentes alguna influen­
cia sobre las características morales y sociales de sus habitan­
tes, y también sobre el carácter y naturaleza de la cultura hu­
mana: en su larga posesión de la tierra, en que m anera la ha
cambiado el hombre? (C . J. Glacken, 1 9 6 7 , p. 14)
Son tres cuestiones las que se plantean: 1) C reación y concep­
ción del m undo, 2) influencia del entorno físico, 3) los seres hu­
manos com o factor de cam bio del medio ambiente. La segunda
cuestión, es decir, la influencia o im pacto del medio ambiente
sobre la actividad hum ana, es el gran tem a que preocupa al pri­
m er pensam iento so cioam b ien tal en su versión determ inista.
Los representantes del determinismo geográfico (o determinismo ambiental, «environmentaÜism» en inglés) mantenían que las
actividades de los seres hum anos, su organización social, econó­
mica y política, e incluso la personalidad y características cultu­
rales de los distintos «pueblos» parecían determinados por el en­
torno físico (geográfico y clim ático) y biológico. Es un modelo
simple de causalidad unidireccional: la humanidad es moldeada
por su contexto ambiental. D icho de otra manera, la sociedad o
cultura es tratada com o variable dependiente y el medio ambien­
te com o variable independiente o determ inante. El paradigma
(somos conscientes de que se ha abusado a menudo de este con­
cepto para explicar la historia de la ciencia) ambientalista fue ex­
traordinariamente persistente y no fue claramente superado y con­
testado hasta finales del siglo XIX.
El entorno com o determ inante de la naturaleza hum ana, su
actividad y organización social) no es sólo el prim er paradigma
socioambiental sino también uno de los primeros paradigmas o
marcos teóricos del pensamiento social occidental. El determinis­
mo ambiental estaba muy extendido ya en la época clásica y, se­
guramente, su más notable e influyente exponente fue H ip ócra­
tes de Cos (siglo V a .d .C ). Aunque sea más conocido por sus
escritos de medicina, y en concreto por su «juramento» (en rea­
lidad un juram ento que no es estrictam ente obra suya sino una
adaptación de unas consignas de H ipócrates), podem os encon­
trar en él importantes aportaciones en su D e los aires, las aguas y
los lugares. El interés de su obra radica en su intento de explicar
la diversidad cultural y de com portam iento y las causas de las
enferm edades. El m edio, y especialm ente el clim a, eran para
H ip ó crates las variables que podían p ro p o rcio n ar un m arco
para explicar la gran variedad de conductas y pautas culturales
que el autor observaba durante sus extensas peregrinaciones en el
M editerráneo oriental.
A veces, H ipócrates adoptaba un determinismo vulgar y fácil
de ridiculizar (reflejado en la cita que sigue), y que no hace jus­
ticia a las observaciones ordenadas y sistemáticas de las culturas
que proliferaban en el mundo helénico.
C uando una raza habita en un áspero país m ontañoso, a una
altitud considerable, con unas lluvias cuantiosas y con m arca­
das diferencias entre estaciones, entonces sus gentes serán de
gran talla, bien acostumbrados a la audacia y la valentía y con
no poca ferocidad y brutalidad en su carácter. Por otra parte,
en tierras bajas, sofocantes, con prados... son más flemáticos
que coléricos. La valentía y la audacia no son parte de su ca­
rácter, aunque se pueden adquirir con la adecuada form ación.
(H ipócrates, 1 9 8 4 , p. 67)
La cita precedente es una expresión temprana y nada am bi­
gua del enfoque del determinismo ambiental (con la m atización
pertinente de que también inciden en el com portam iento facto­
res de socialización y form ación), subrayando la im portancia del
clima en la configuración de los rasgos culturales de las com uni­
dades hum anas. Quizás lo más significativo, desde una perspec­
tiva sociológica o antropológica, de los escritos de H ipócrates es
que desarrolla una teoría que intenta explicar el origen de la di­
versidad de culturas y la pluralidad y variabilidad de la conducta
y ‘organización sociales. E n este sentido, aunque sea una teoría
muy sencilla (a veces francamente banal), por lo m enos se plan­
tea cuestiones, con las consiguientes respuestas, que son clara­
mente de tipo sociológico/antropológico y que están avaladas por
una tarea sistemática de observación de las culturas. En realidad,
podría tenerse la tentación de sugerir que el determ inism o am ­
biental de H ip ócrates fue el prim er paradigm a sociológico que
ap areció en el^ pensam iento social; en tod o caso fue el más
persistente.
La salud pública com o disciplina m édica y práctica de políti­
ca „sqciosanitaria, incluso hoy en día, es heredera del ambientalism o H ip o crático. El higienism o, y m ovim ientos salubristas
posteriores, fuertemente influidos por la obra de H ipócrates y sus
seguidores, tienen su base en identificar el origen y las solucio­
nes de los problemas sanitarios en el medio ambiente. La calidad
del agua, las condiciones atmosféricas, la alimentación, etc. son
para Hipócrates las causas del malestar o bienestar de las personas.
Si el agua fuese identificada com o causa de una enfermedad, el
remedio sería cambiar el agua o acudir al lugar donde se puede
encontrar el agua de la calidad deseada. En el caso del aire, cosa
que no se puede cambiar inmediatamente> el paciente tendría que
trasladarse a un lugar (la alta m ontaña por ejemplo) donde po­
der respirar aire limpio para solucionar su problema respiratorio
(los balnearios y sanatorios, tan de m oda entre las clases acom o­
dadas del siglo XIX y que hoy se recuperan, son testim onio de la
influencia del pensamiento de H ipócrates).
La importancia de la contribución de Hipócrates queda, a m e­
nudo, descuidada puesto que se relaciona con su teoría m édica
de los «humores» que fue descartada y ridiculizada con los des­
cubrimientos microbiológicos del siglo XIX que instauraron nue­
vas prácticas y paradigmas en la m edicina occidental. Sin em bar­
go, resulta bastante extraordinario cóm o la teoría que relacionaba
los cuatro «humores» (las dos bilis, la flema y la sangre) con el
carácter o tem peramento humano, se m antuvo duranté tan largo
tiem po; la noción de los «cuatro temperamentos» (colérico, fle­
m ático, melancólico y sanguíneo) es parte destacada de la heren­
cia cultural y artística occidental, reflejándose ello en la literatura, la pintura, la escultura, la música y en el vocabulario y cultura
populares. P or no citar más de un cam po de actividad artística
— la música de tradición clásica— diremos que dos obras intere­
santes del siglo XX, La Segunda Sinfonía de Cari Nielsen (1 9 0 2 )
y el Prim er C uarteto de Cuerda de Paul H indem ith (1 9 4 4 ) lle­
vaban por subtítulo «Los cuatro temperamentos».
La consolidación del paradigm a H ip o crático en el m undo
grecorrom ano fue notable, y sería casi imposible detallar todas
aquellas grandes figuras que asimilaron sus premisas básicas. De
manera más general, podemos decir que con m ucha frecuencia,
cuando se trataba de descripciones de diversas culturas en que se
inten taba dar alguna exp licación de tal diversidad, los au to ­
res se referían indefectiblemente a algún tipo de factor medio­
ambiental, siendo el climático el más aludido. La mayoría de estos
escritos no eran más que repeticiones (aunque a veces en forma
poética) de las ideas más simplistas y menos elaboradas de H i­
pócrates. E n algunos casos (m uy con tad os) se podían en co n ­
trar críticas y matizaciones de lo que se puede denominar «determ inism o vulgar», com o en la cita de la Geografía de Strabo
(c. 6 4 a.d .C - 2 0 d .d .C ). U n punto digno de mención que seña­
la Strabo es que, si bien el entorno puede tener su papel en la
formación del carácter de un «pueblo», otros factores, factores so­
ciales com o la educación y las organizaciones sociales, entran en
juego:
Las artes, formas de gobierno y m odos de vida de ciertas fuen­
tes florecen bajo cualquier clima en que se hallan; sin embar­
go, el clima tiene su influencia, y p or consiguiente, si algunas
peculiaridades se deben a la naturaleza del país, otras son el
resultado de las instituciones y la educación. N o es tanto por
la naturaleza de su país com o por su educación que los ate­
nienses cultivan la elocuencia, mientras los macedonios no lo
hacen, ni tam poco los tebanos, que están m ucho más cerca
(Strabo, en Glacken 1 9 6 7 , p. 1 9 8 ).
Estos com entarios son ciertam ente un precursor rem oto de la
noción durkheim iana de que «sólo lo social puede explicar lo
social». La postura de Strabo era, sin embargo, francamente m i­
noritaria, y la tradición hipocrática reinó durante muchos siglos
antes de verse desafiada por una alternativa articulada y seria.
La religión m onoteísta organizada llegó a dom inar el desarro­
llo del pensamiento occidental m ucho antes de la caída de Roma.
Si bien la visión del m undo tal com o está concebido, es decir «la
tierra com o una lugar habitable que sirvió a los hombres» era
central en el pensamiento judeocristiano (y posteriorm ente en el
islámico), la idea de la influencia ambiental sobre el com porta­
miento hum ano perm aneció intacta en buena medida. Lo que
quizás sea sorprendente de la con trib u ción de los pensadores
occidentales al pensamiento ambiental es que era notablem ente
carente de originalidad, repetitiva y vulgar.
Santo Tom ás deÁ quino (1 2 2 4 -1 2 7 4 ), que escribió más de mil
años después de H ipócrates, apenas altera o matiza el determ inismo vulgar que queda patente en la cita siguiente:
Un clima templado es más propicio a la fuerza necesaria para
la guerra con la que la sociedad hum ana vela por su seguri­
dad. C om o nos dice Begetius, las gentes que viven cerca del
sol y están resecados por el calor excesivo tiene un intelecto
más agudo, y es cierto, pero tienen menos sangre y por con­
siguiente no tienen constancia en cuanto a la confianza en ellos
mismos... Por otro lado, las tribus nórdicas, lejos de los abrasa­
dores rayos del sol, son ciertam en te m ás estúpidas pero
siem pre están a punto para la guerra. (T om ás A quino, en
Glacken, 1 9 6 7 , p. 28 )
La única nueva aportación digna de mención del determinismo
posterior y hasta principios del siglo XVII, en la Europa cristia­
na, fue el hecho de que se le relacionara con la floreciente pseudociencia de la astrología (las influencias de los astros sobre los
destinos de los seres humanos).
En agudo co n traste co n los pensadores que acabam os de
m encionar, encontram os la contribución de algunos filósofos e
historiadores islámicos y en particular de Ibn Khaldoun. Aunque
nacido en Túnez, Ibn Khaldoun pertenecía tanto a Á í-an d aíu sr/
com o al M aghreb. Si bien recibió una clara influencia del corpus
hipocrático y de la cultura clásica en general, fue capaz de reali­
zar un análisis más sistemático y elaborado de la relación entre
sociedad, cultura y medio amFiente. Probablemente su obra más
im portante fue referida a su nueva ciencia de la cultura.
Se pueden resumir los objetivos de su gran estudio M uaadim ah
de la form a siguiente:
1.
El estudio de la distribución de las culturas en el m undo
entonces conocido.
2) Estudiar la base geográfica de la cultura, incluyendo entre
otros factores el clim a com o variable para explicar el carácter
moral de los seres humanos.
3 % Analizar las repercusiones de los recursos ambientales (espe­
cialmente los alimentos) sobre los hábitos sociales y las con d icio­
nes médicas.
A pesar del avance que representa su obra sobre otros inten­
tos de sistematizar los conocim ientos sobre la diversidad cultural
y proporcionar un m arco explicativo de este h echo, se puede
detectar en ella la notable influencia de la obra de H ipócrates y
de la cultura griega clásica en general:
Las zonas quinta, cu arta y tercera ocupan una posición in­
termedia. Tienen m ucha templanza, que es el justo m edio. La
cu arta zona, la más cercana al cen tro , es tod o lo tem p lad a
que puede ser... El físico y el carácter de sus habitan tes son
tem perados en relación con el alto nivel requerido p o r la
co m p o sición del aire en que viven. (Ibn K h ald ou n , 1 9 6 7 ,
p. 3 1 1 )
Ya se ha com entado la asombrosa carencia de originalidad del
discurso ambiental durante la Edad M edia cristiana, y ello sigue
siendo válido una vez superado este período, de hecho hasta el
R enacim iento. Incluso el tan original politòlogo M ach iavelo
( 1 4 6 9 -1 5 2 7 ) 7 en sus comentarios sobre el carácter de los «pue­
blos», no hacía más que repetir el viejo mensaje que ya resulta
familiar:
y por lo que concierne a la lasitud que la situación podría en­
gendrar, debe velarse para que las arduas tareas que el lugar
no hace cum plir se aplican por ley; así com o im itar el ejem ­
plo de aquellas naciones juiciosas que, viviendo en los países
más fértiles y agradables que com o tales deberían probable­
mente dar lugar a razas apáticas y afeminadas, ineptas para
todas las actividades humanas, para contrarrestar el agravio
aportado por la amenidad y a la influencia relajante del suelo
y el clima. (Maquiavelo, 1 9 8 8 , p. 11)
Las importantísimas transformaciones económ icas, sociales y
políticas que ocurrieron en Europa a partir de mediados del si­
glo XV se asociaron a un período de actividad com ercial en ul­
tramar. La «Era de los descubrimientos» significó un aum ento no­
table de co n tacto con toda una serie de culturas nuevas. La
enorm e diversidad que se abría ante la sociedad europea fue des­
crita y debatida por numerosos viajeros, y estimuló a m uchos
historiadores, filósofos, com entaristas y ensayistas en general a
explicar tanta variedad de culturas. Estos viajeros tam bién re­
gresaron con narraciones de entornos físicos aparentem ente ex­
traños y exóticos, animales raros y condiciones climáticas extre­
m as. T o d o ello no parecía más que reforzar las nociones del
determinismo~amTIéñfáh aunque debe decirse que el estudio de
los diferentes entornos en que se hallaban estas sociedades se iba
a sistematizar poco a poco.
Aunque los estudiosos estuvieron mejor informados de estos
entornos recién descubiertos, en los que estaban ubicadas socie­
dades exóticas, parecieron incapaces o carentes de voluntad para
avanzar significativamente en la explicación de la diversidad cul­
tural. Y si bien se apreció, a partir de finales del siglo XVI, una
cierta independencia respecto del poder sofocante de la teología
oficial, resulta curioso que en ciertos aspectos (no tolerados ofi­
cialmente por la Iglesia católica) de la Edad M edia cristiana co n ­
tinuasen en vigor: la astrología y la alquimia. Varios conocidos
ensayistas, de entre quienes los más destacados TüefoH7"qui'záT
■N athatiierC arpenfer (1 5 8 9 -1 6 2 8 ) y Jeán Bódiñ (1 5 2 9 -1 5 9 6 ) Tin­
ten taron combinar ^Indeterminismo ambiental con la astrología,
que en sí misma no es más que otro tipo de determinismo más
ampuloso.
Jean Bodin es, probablemente, el pensador más im portan ted el
R enacim iento, en lo concerniente aLtem a general de la relación
entre historia y entorno. La obra de Bodino significó un peque­
ño cambio de interés, en com paración con otros autores, en la
medida en que aquel intentó tratar los diferentes sistemas legales
y los procesos históricos en térm inos de astro lo g ía y m ed io
ambiente (un tema que posteriorm ente retom aría Montesquieu,
aunque sin el com ponente astrológico). Es interesante observar
que, en la cita siguiente, B odino baraja todavía los conceptos de
los cuatro humores de H ipócrates.
Este salvajismo (de las gentes del sur) deriva en parte de ese
despotismo que es un sistema vicioso de form ación que los
apetitos indisciplinados han creado en el hom bre, pero se debe
m ucho más a una falta de proporción en la mezcla de los
humores. Y ello a su vez procede de los elementos afectados
por las fuerzas externas. Los elementos están perturbados por
la energía de los cuerpos celestiales, y el cuerpo humano está
envuelto en los elementos. (J. B od in o J. en G lacken 1 9 6 7 ,
p. 3 8 9 )
Según Bodino, en estas zonas (el sur) influenciadas por Sa­
turno, la gente es más religiosa. Por otra parte, Júpiter parece que
sea el planeta que rige la correcta elaboración de las leyes en las
zonas tem p lad as (y, p or su p u esto , civ ilizad as). N ath an iel
C arpenter retom ó en su obra los temas de Bodin y se convirtió
en el prim er inglés destacado co m o divulgador del paradigma
determinista.
A medida que avanzamos a través de los siglos XVII y XVIII,
crece el interés por explicar fenómenos sociales y psicológicos muy
específicos. Abbé D u Bos se preocupó por explicar las variacio­
nes de los índices de delincuencia y suicidios (citado y düramefíte criticado por D urkheim ), pero no pudo, de ningún modo,
escapar del paradigma determ inista ambiental, que parecía por
entonces obligatorio y dom inante. D e esta manera, los suicidios
se producían cuando soplaba viento del noreste. Y, por otra par­
te, el calor de R om a era el factor que explicaba por qué la mayo­
ría de delitos ocurrían en verano.
Si H ip ó cra te s es el p u n to de p a rtid a del d eterm in ism o
ambientar,Vnt5Tic'és7dé17eA:óAsTdéTáfsé'laoh'raYIe W oñtesquieu
(1 6 8 9 -1 7 5 5 ) com o uno de los mayores hitos en el desarrollo del
determ inism o. M ontesquieu es, con toda certeza, el exponente
mejor conocido del determinismo ambiental en Ia~época moderna.,
y éspecialmente p or su explicación del desarrollo de los sistemas
jurídicos. (En las facultades de derecho se le otorga un espacio
muy destacado en la asignatura de H istoria del D erecho).
Estos son los rasgos esenciales de su argum entación: el clima,
y en m enor medida, el tipo de suelo, configuran el carácter o per­
sonalidad de un «pueblo» o nación dados. Las características de
esa personalidad determ inan, a su vez, la estructura social y, fi­
nalmente, es la estructura social la que determ ina el tipo de leyes
y la legislación^ del país. Algunas autores han intentado hacer ver
que M ontesquieu fue mal entendido y que no era determinista
porque reconoció otros determinantes de la diversidad cultural,
com o J a ed u cació n y j a religión. Sin em b argo, casi todos los
deterministas, han acordado cierta im portancia a factores socia­
les y cufturales~[especialmente después del R enacim iento) en la
determ inación de las características de una sociedad y de su cul­
tura) afinque el núcleo central de su argum ento estaría centrado
en las variables am bientales. El hecho de que se introduzcan
matizaciones no implica el rechazo de las consignas básicas. Así,
si se examinan (tan siquiera por encima) los escritos de M ontes­
quieu, veremos que se traza, en ellos, el paradigma hipocrático
(exclfiyendo los cuatro hum ores). E n su D e l'esprit des lois dice
que las leyes:
deben estar relacionadas con el entorno físico del país; con el
clima helado, abrasador o tem plado; con la calidad del terre­
no, su situación y su extensión.
pero por encim a de todo:
los climas distintos que han dado lugar a los distintos m odos
de vida han formado los diversos tipos de leyes. (Montesquieu,
p. 248)
M ontesquieu gustaba, com o m uchos de sus contem poráneos,
de hablar del «carácter» de los «pueblos» y de su relación con el
clima. Son com entarios banales^ («tertulias de café») del tipo de
los que se puede escuchar, todavía hoy, en la boca de turistas que
acaban de regresar a su país de origen y que dirían que los suecos
son fríos y distantes a causa del am biente gélido y los inviernos
prolongados y tristes; o que los británicos serían flemáticos a causa
de toda esa lluvia y por el hecho de que viven en una isla, y que
los mediterráneos son, com o todo el m undo sabe, apasionados y
con m ucho carácter, en razón del calor excesivo del verano, etc.
Montesquieu intenta cegar el lector con el cientifismo de su época,
m ostrando que el calor y el frío tenían un efecto sobre los órganos'm ás’ im portantes del cuerpo, aquellos que determ inan la co n ­
ducta in d ivid u al Jpe_ la supuesta psicología de un individuo,
habitante de un clima en concreto, extrapola el caráctep de toda
una nación.
U n ejemplo típico del razonamiento de M ontesquieu aparece
cuando habla de un experimento que realizó con una lengua de
oveja congelada y una que no lo estaba:
Esta observación confirm a lo que he estado diciendo, es de-'
cir, que en los países fríos las glándulas nerviosas están, m e­
nos expandidas: calan profundamente en sus vainas y están:
protegidas de la acción de los objetos externos; en consecuen­
cia, no tienen sensaciones tan vivas.
En los países fríos hay muy poca sensibilidad por el placer
en los países tem plados hay más; en los países cálid os, la^
sensibilidad es exquisita. Si los climas se distinguen por los',
grados de latitud, también podríamos diferenciarlos en cierta
m edida por grados de sensibilidad. H e estado en la ópera en
Inglaterra y en Italia, con las mismas piezas y el m ism o repar­
to, y la misma música produce efectos bien diferentes en ambas
naciones; una es tan fría y flemática y la otra tan vivaracha y
embelesada, que parece casi inconcebible (M ontesquieu en P.
Jam es, 1 9 7 1 , p. 5 6 1 ).
¿No es maravillosa la ciencia de Montesquieu? ¡A partir de una
lengua congelada de oveja se pueden explicar las diferentes reac­
ciones de audiencias de ópera de dos países distintos!
A unque no fuese hasta el final del siglo XIX cuando el determinismo ambiental resultó seriamente desafiado_y_se destacaron
las anomalías que lo ponían en apuros, ya se detectaron algunas
debilidades en la posición medioambientallsta a mediados del siglo
XVIII. Jean-Jaques Rousseau ( 1 7 1 2 -1 7 7 8 ), con su Em ile de 1 7 6 2 ,
presenta un ensayo especialmente dedicado a la educación en el
cual sugiere que el cambio social y el entorno, hecho por los se­
res humanos o modificado por ellos, estaban difiiminandojas has­
ta entonces grandes diferencias entre naciones:
Es por ello que las antiguas distinciones de raza, el efecto del
suelo y el clima marcaban mayores diferencias entre naciones,
en el sentido de tem peram ento, aspecto, costumbres y carác­
ter, que en nuestro tiem po, en que la inconstancia de Europa
no deja tiempo para que actúen los factores naturales, y en
que se talan bosques y se desecan las marismas, en que la tie­
rra es más generalmente cultivada aunque menos cabalmente;
de manera que las mismas diferencias entre naciones ya no
pueden detectarse sólo en las características físicas. (J. J. Rous­
seau, p. 4 5 1 )
A pesar del predominio del determinismo m o n tesquiano, está
claró' que había una percepción creciente por parte de num ero­
sos pensadores del siglo XVIII de que la relación entre hum ani­
dad y medió ambiente era compleja, y que si resultaba que el en­
tornó éjércíainfluencia sobre la conducta de hombres y mujeres,
también resultaba que los humanos eran un factor de cambio am­
biental. Acabamos de señalar que había un interés creciente en
ese siglo por el impacto del hom bre sobre la naturaleza. Conde
Buffon es uno de los estudiosos más representativos de entre los
qué se"ocuparon del tema:
Finalmente, toda la faz de la tierra lleva hoy día el sello del
poder del hom bre, quien, aunque subordinado al de la natu­
raleza, a menudo hace más que ella, o por lo m enos la ha
ayudado m aravillosam ente, y es co n la ayuda de nuestras
manos que se desarrolla en su plenitud y ha ido alcanzando el
punto de perfección y esplendor en que la vemos hoy. (Buffon,
en C. J. Glacken, p. 6 6 8 )
Se puede identificar un proceso de co n stru cció n social de
un nuevo discurso am biental que tiene que ver co n la adqui­
sición de nuevos conocim ientos del m undo extraeuropeo y de
conocim ientos y metodologías científicas. La concienciación creciente de los cambios ambientales, inducidos por las diversas, ac­
tividades agrícolas y económ icas fue, quizás,
contribución más
importante a! proceso de reorientación del discurso ambiental. En
este contexto, la hum anidad es menos pasiva y no exclusivamen­
te moldeada por un medio que le dom ina, sino que las activida­
des de los seres humanos configuran cada vez más al entorno, un
entorno «artificial» que, a su vez, aparentem ente sigue ejerciendo
una fuerte influencia sobre la conform ación del «carácter nacio­
nal».
"Probablem ente sea conveniente que el último pensador que
mencionem os en esta sección dedicada al pensamiento ambien­
tal determ inista, sea Im m anual Kant (1 7 2 4 -1 8 0 4 ) , m uy im portante en el proceso de institucionalización de la geografía en Ale­
mania, por no citar otros campos. Kant es, pues, una figura central
en el avance de la geografía, aunque es evidentemente más cono­
cido por su contribución a la filosofía con su Crítica de la razón
pura.
E n términos de pensamiento geográfico, se interesó especial­
mente por la geografía física y por la interacción entre sociedad
y medio ambiente. Kant también reflejaba un interés creciente,
evidente a medida que transcurre el siglo XVIII, por las activi­
dades hum anas y p or có m o afectan al m edio am biente.. Sin
em bargo, a veces encontram os sorprendentemente a Kant com ­
placiéndose en ese hobby tan grato a los filósofos e historiadores
europeos de su época, consistente en debatir acerca del «Carácter
nacional». D e nuevo recurre al clima para dar cuenta de las idio­
sincrasias de las diferentes culturas. Los argumentos deberían ser
ya tan familiares que resultaría harto aburrido volverlos a citar.
Lo que sí debe señalarse aquí es que, incluso para una figura de
ia talla intelectual de Kant, el determ inism o seguía teniendo un
peso im portante e, incluso, irresistible a la hora de analizar la di­
versidad cultural. Era todavía un paradigma por desafiar, aunque
estaba ya claro que no aportaba ninguna perspectiva original al
estudio de la diversidad social y de las culturas.
Esta introducción ofrece un rápido repaso del pensamiento
ambiental primerizo. El modelo unilineal del determinismo am ­
biental, encontrado en los escritos médicos de Hipócrates, fue la
visión prácticam ente inalterada y dom inante sobre la relación
entre medlolimETente y sociedad, qiié es'tüvó vigente durante casi
dos milenios. A pesar de la llegada de las religiones m onoteístas
"áTívieditefFáneo y a Europa, la posición determ inista continuó
prevaleciendo sin prácticam ente desafío alguno. La «Era de los
descubrim ientos» ap ortó nuevas inform aciones sobre culturas
exóticáS“y“síd5re‘lír^ 'i^ fís ic ó F á u irn íá s éxtráñós. Ello simplemen­
t e contribuyó (con algunas excepciones) a reforzar el determinism o vulgar.
N o fue hasta el siglo XVIII en que estas nociones empezaron a
ser puestas en tela de juicio de m anera significativa. Se detecta,
durante dicho siglo,"liña consciencia creciente en relación con el
im pacto dé las actividades hum anas sobre el medio natural. A
pesar de ello, incluso los pensadores más innovadores parecieron
incapaces de superar la posición determinista. Pero se sentaron
las bases para una reform ulación radical de la relación entre so­
ciedad y m edio am biente, una visión alternativa que otorgaba
protagonism o a lo social y lo cultural.
II. EL PENSAMIENTO SOCIOAMBIENTAL
ANTE LA INSTITUCIONALIZACIÓN DE
LAS CIENCIAS SOCIALES
Durante el siglo XIX se fueron institucionalizando las ciencias hu­
manas y sociales en las universidades europeas, con la creación
de nuevas cátedras y departamentos. La geografía, una de las pri­
meras disciplinas que se ocupó del estudio sistemático de las re­
laciones entre sociedad y medio am biente, fue la prim era que
recibió la aprobación de las autoridades universitarias en los pri­
meros años del siglo. A pesar de los trabajos de C om te, SaintSimon, Spencer, L. H . M organ, etc., no fue hasta bastante más
tarde cuando la antropología y la sociología se consolidaron com o
disciplinas universitarias sólidamente establecidas. C o n la institucionalización de los estudios geográficos, la investigación de
las relaciones medio ambiente/sociedad se centró en esta disci­
plina a principios de la segunda mitad del siglo, aunque los his­
toriadores (por ejemplo Buckle) y los etnógrafos (por ejemplo
Bastían y Klem) también contribuyeron a ello. A nivel m enos
académ ico, el interés por los nuevos entornos y la diversidad cul­
tural (especialmente por aquellas comunidades situadas lejos de
Europa) quedó patente en la creación, en Gran Bretaña, en Ale­
mania y en Francia, de las asociaciones para la divulgación de la
geografía, la etnología y la antropología. Tales sociedades apor­
taron, en ocasiones, las bases para expediciones ultram arin as,
colaborando así a engrosar el cuerpo creciente de inform ación so­
bre los entornos físicos y las culturas.
En el contexto del «descubrimiento» de nuevas culturas es per­
tinente h acer un breve exam en de la obra de A lexader Von
H um boldt (1 7 6 9 -1 8 5 9 ), considerado por m uchos el fundador de
la geografía moderna. Encontram os, por lo menos, entre sus tra­
bajos una articulación seria y argum entada de reciprocidad en
cuanto a la relación de la humanidad con el medio ambiente. Y
si bien es obvio que aceptaba todavía Ja idea de la influencia
medioambiental, su apego a ésta es matizado y raramente apasio­
nado. Adoptó, com o se verá, un punto de vista más bien «ecoló­
gico» de la interacción o reciprocidad de acción entre sociedad y
n atu raleza. U n asp ecto nada desdeñable de la ca rre ra de
H um boldt (en agudo contraste con los primeros teóricos m edioambientalistas) consistía en el trabajo sobre el terreno, em pren­
diendo rigurosos estudios geográficos y botánicos, viajando con
frecuencia y adquiriendo así un gran conocim iento personal no
sólo de Europa sino también de Am érica, Asia y África:
El cuadro general de la naturaleza que pretendo delinear sería
incom pleta si no me aventurara a trazar algunos de los rasgos
más típicos de la raza hum ana, considerada en referencia a las
gradaciones físicas — a la distribución geográfica en tipos con­
tem poráneos, a la influencia de las fuerzas de la naturaleza
sobre el hom bre, a la acción recíproca, aunque más débil, que
éste ejerce a su vez sobre estas fuerzas naturales— . Dependien­
te, aunque en menor medida que las plantas y los animales,
del suelo y los procesos m eteorológicos de la atmósfera que le
envuelven — escapando más fácilmente del control de las fuer­
zas naturales por medio de la actividad de la mente y el avan­
ce de la actividad intelectual, así com o p or su m aravillosa
capacidad de adaptarse a todos los climas— el hom bre está
en todas partes fundamentalmente asociado a la vida terres­
tre. (A. von H um boldt, 1 9 7 1 , p. 4 3 6 )
E n su obra cumbre Kosmos (citada arriba) H um boldt intentó
dibujar un cuadro detallado de la estructura del universo, in­
cluyendo la tierra y el lugar de la hum an id ad en la n atu rale­
za. Vem os en él a la humanidad com o parte integrante de la na­
turaleza, un tem a recurrente en el pensamiento alemán del siglo
XIX, en casi todos los cam pos de la ciencia. La expresión más
extrem a del naturalismo apareció más tarde, en ese siglo, bajo la
form a de la Liga M onista con Ernst Haeckel, inventor del térm i­
no «ecología», com o figura dom inante e ideólogo de ese m ovi­
m iento.
La experiencia im perial europea del siglo XIX aportó unos
conocim ientos cada vez mayores referentes a culturas muy dife­
rentes halladas en ambientes m uy distintos. U na de las obsesio­
nes del estudio académ ico de la hum anidad fue la cuestión de
«raza» (el concepto de «raza» es más que discutible, sin embargo
éste no es lugar idóneo para abrir un debate sobre la cuestión).
No debe apenas sorprender que, en el con texto del dominio y
explotación europeos del T ercer M undo, se dedicara m ucha ener­
gía a la elaboración de una jerarquía de razas, con los «caucási­
cos» (preferentem ente del noroeste de Europa) en la cima. En los
primeros años del siglo, el medio ambiente y en particular el cli­
ma fueron usados para explicar la supuesta inferioridad de cier­
tas razas, pero con la llegada de la teoría darwiniana de la evolu­
ción (especialmente en su form ulación reduccionista) la biología
le tom a la delantera a la explicación medioambiental.
El etnógrafo alemán Klemm ( 1 8 0 2 -1 8 6 7 ) es un ejemplo de la
preocupación de los europeos del siglo XIX por la cuestión de
«raza». H ace una distinción entre razas «activas» y «pasivas» (o
copiadoras) y procede luego a desarrollar una jerarquía con am­
bas categorías. Klem m no recogió sus propios materiales (a dife­
rencia de generaciones posteriores de antropólogos), y se sirvió
de factores geográficos para explicar la diversidad cultural y la
supuesta jerarquización racial. Lowie constata en su historia de
la etnología que:
Klem m tiende a aceptar sin críticas los juicios psicológicos de
los viajeros, y es igualmente ingenuo a la hora de relacionar
la mentalidad con la geografía. Los indios de la América del
Sur tropical carecen de los «más finos sentimientos de amis­
tad, am or y m odestia... C om o los habitantes de los bosques,
crecen en un horizonte lim itado, mientras que quienes viven
en las costas son reflejo de los cambios constantes del mar,
unos cambios que fom entan su capacidad de concentración.
Es la razón por la cual las tribus de pescadores de Australia
superan a los indios de la selva sud am ericana en viveza de
espíritu, reflexión e independencia intelectual. (R . Low ie,
1 9 3 7 , p. 15)
E xisten innum erables ejem plos de d eterm in ism o geográfi­
co relacionado co n el debate ideológico sobre la llam ada, p or
aquel en ton ces, cu estión de «raza». D e h ech o , la geografía y
la an trop ología del siglo XIX están repletas de tales d escrip ­
ciones (véase M arvin H arris, 1 9 6 8 ) que se en cu en tran ta m ­
bién, aunque en form a algo más sofisticada, en los escritos de
prestigiosos geógrafos del siglo XX com o H untington y Griffith
Taylor.
Lo que también queda claro, en cuanto a buena parte de la
geografía académ ica y en m enor medida de la antropología del
siglo XIX, es que las explicaciones medioambientales eran cada vez
más un fenómeno del m undo anglosajón. Fue la escuela posibilista francesa de geografía hum ana (ayudada y encubierta por la
escuela sociológica durkheimiana) la que formuló los ataques más
duros y coherentes contra el ambientalismo. Al mismo tiempo,
el organicism o (es decir, el organism o biológico usado com o
metáfora para explicar o describir tanto fenómenos naturales com o
sociales) se fue propagando incluso antes de la llegada de su más
famoso representante, H erbert Spencer.
La geografía fue la prim era de las ciencias humanas y sociales
que recibió aprobación académ ica oficial en Alemania, y fue el
muy influyente Karl R itter ( 1 7 7 9 -1 8 5 9 ) quien ocupó la primera
cátedra (1 8 2 0 ). Su E rdkunde (o Ciencia de la Tierra) es, junto
con el Kosmos de H um boldt, una de las grandes obras de la geo­
grafía primeriza.
H ay que decir de entrada que la geografía de Ritter estaba fuer­
temente influida por sus fervientes creencias religiosas:
La geografía es la sección de la ciencia que se ocupa del globo
en todas sus características, fenómenos y relaciones, com o uni­
dad independiente, y muestra la conexión de este conjunto
unificado con el C reador de la humanidad. (K. R itter en P.
D ickinson, 1 9 7 8 , p. 36)
R itter era, al mismo tiempo, muy dependiente de las analo­
gías biológicas, tan frecuentes en su tiempo, y veía así la Tierra
com o organismo («organische einheit»). Este cuerpo (la T ierra),
según R itter, fue creado para cumplir los designios divinos del
Señor:
Así com o el cuerpo está hecho para el alma, así es el globo
físico para la hum anidad. (Ibíd., p. 37)
Aunque Ritter se dedicase al desarrollo de conceptos relacio­
nados con los estudios regionales, buena parte de su obra estaba
imbuida de presupuestos medioambientales. Por ejemplo, afirma­
ba que el objetivo de su Erdkunde era:
presentar las condiciones físicas — geográficas— , generalmente
más im portante, de la faz de la tierra en su interrelación co ­
herente natural, y ello (la faz de la tierra) en cuanto a sus ca­
racterísticas más esenciales y rasgos principales, especialmen­
te com o la tierra natal de los pueblos en su más variopinta
influencia sobre el desarrollo del cuerpo y mente de los h om ­
bres. (Ibíd., p. 4 3 )
L o que p od ría ser una afirm ación todavía más clara del
com p rom iso co n la ap roxim ación excepcionalista. P od ríam o s
decir que el enfoque de R itter tuvo su co n tin u ació n en m u ­
chos o tro s geógrafos, cu yo objetivo principal era el re tra to de
la tierra y su relación con el hombre y, especialmente, la influen­
cia ejercida por la tierra com o determinante de la actividad cul­
tural hum ana.
Los conceptos teológicos tienen robustas y profundas raíces
en el pensamiento geográfico del siglo XIX, aunque se debilita­
rían con la llegada del evolucionismo darwinista y de la geología
de Lyell. Sin embargo, la noción de lo que Glacken llama «el m un­
do tal com o ha sido concebido» se m ostró especialmente tenaz,
incluso ante el nuevo evolucionismo. U n o de los representantes
de la geografía teleológica es uno de los protegidos de R itter, el
suizo G u y o t ( 1 8 0 7 - 1 8 8 4 ) , quien fue profesor en los EE UU
(Princeton) y donde adquirió gran influencia, especialmente en
relación con la enseñanza de la geografía en las escuelas. D ecía
todavía en 1 8 7 3 que:
U n estudio detallado de la geografía física tiende a llevar a la
conclusión que los grandes constituyentes de nuestro planeta
— la tierra sólida, los océanos y la atmósfera— son m utuam en­
te dependientes y están conectados por acción y reacción in­
cesante de unos sobre otros. Así pues, la tierra es un mecanis­
mo realm ente m aravilloso, cuyas partes trabajan todas en
armonía para cumplir el propósito que el asignó el Creador
todopoderoso. (A. G uyot, en jam es, p. 192)
U n o de los «propósitos asignados», por no decir el principal,
era obviamente el de dar sostén a la vida pero, sobre todo, a la
vida humana, la sociedad y la cultura.
U n estudiante tardío de Ritter, el francés Elisé Reclus (1 8 3 0 1 9 0 5 ) se convirtió en una figura m uy significativa para el pensa­
miento geográfico. N o era propenso, sin embargo, a las premisas
teológicas y deterministas que llenaban buena parte de la obra de
su maestro, sino todo lo contrario. Reclus fue m uy activo en el
movimiento anarquista europeo (se exilió de Francia), y m ani­
festó con contundencia su preocupación radical por el im pacto
negativo que los seres humanos pueden tener sobre el entorno:
La acción del hombre es capaz de desecar marismas y lagu­
nas, de reducir los obstáculos entre países distintos y de m o­
dificar la distribución original de especies de animales y plan­
tas, hasta el punto que estos hechos son de im p o rtan cia
decisiva en los cambios que está atravesando la superficie del
globo. La acción del hom bre puede embellecer la tierra, pero
también puede desfigurarla; según las costumbres y condición
social de cada país, se contribuye a la degradación o la glori­
ficación de la naturaleza. El hom bre am olda a su imagen el
país en que vive. (E. Réclus, en R. Peet, 1 9 7 7 , p. 5 9 )
D urante el siglo XIX asistimos, pues, al establecimiento e instirucionalización de la geografía en las universidades de Europa
occidental. U n tema central para los geógrafos fue el estudio de
la relación entre la sociedad y el medio ambiente. Este análisis se
realizó casi siempre en el m arco del determinismo ambiental (sal­
vando a Réclus y sus seguidores), aunque también es cierto que
los trabajos geográficos eran cada vez más sistemáticamente empí­
ricos, pero interesados sin embargo en la elaboración de «grandes
teorías». La geografía se convirtió en una disciplina académica con­
solidada a mediados del siglo XIX en Alemania, seguida de cerca
por Francia, G ran Bretaña y, posteriorm ente, Estados Unidos.
Tam bién se produjo en estos países una consolidación crecien­
te de los estudios etnológicos. Y si éstos se establecieron en la uni­
versidad después de la geografía (primero bajo el nom bre de et­
nología, más tarde con el de antropología), fueron precisamente
los geógrafos quienes em prendieron la m ayor parte de estudios
etnológicos y quienes contribuyeron a esta disciplina con sus tra­
bajos empíricos y teóricos (por ejemplo, Frederick Ratzel, como
se verá más adelante). M uch os antropólogos de principios de
nuestro siglo se form aron en el dom inio de la geografía, siendo
el caso más conocido el de Franz Boas.
Es cierto que buena parte de la etnología primeriza tendía a
aceptar el enfoque determinista, pero sin embargo ya había quie­
nes empezaban a desafiarlo, sin más m otivo que el de distinguir
su área de estudio de la de los geógrafos inclinados a la etnolo­
gía. Así, un precursor de la antropología m oderna fue Adolphe
Bastían ( 1 8 2 6 -1 9 0 5 ) , que significativamente iba a ser el primero
en ocupar la cátedra de etnología en la universidad de Berlín. Si
bien reconocía aún la im portancia de la geografía, Bastían veía
que también había que buscar las características de las diferentes
culturas en la historia y las tradiciones respectivas. Fue este tipo
de aproxim ación, com binada con la tesis del posibilismo ambien­
tal o geográfico, lo que llevó finalmente, en los últimos años del
siglo, a desafiar seriamente el paradigma determinista ambiental
hasta entonces dom inante.
El geógrafo alemán Frederic Ratzel, en su Antrogeographie, se­
ñala la postura del ambientalismo moderno. Este texto fue tomado
com o guía, y ha sido frecuentem ente citado, tanto por parte de
los defensores com o por los detractores del ambientalismo. Se hará
también un breve repaso de la producción de la brillante prom o­
tora am ericana de Ratzel, Ellen Semple y otros ambientalistas
am erican os co m o W illia m H o lm es, E llsw orrh H u n tin g to n ,
Franklin Thom as, etc. y de los estudios más recientes de Griffith
Taylor (angloaustraliano) y Karl W itfogel (germ anoam ericano).
A medida que avanzamos en el siglo XX, una característica que
destaca en las contribuciones de m uchos de los científicos socia­
les arriba mencionados es la defensa, radical y explícita, de las pre­
misas teóricas del ambientalism o, especialmente ante la creciente
crítica posibilista. Se pueden hallar síntomas de ira en sus escri­
tos pues la defensa del ambientalism o, en el siglo XX, es com ba­
tiva.
Es significativo que, si bien Ratzel fue profesor universitario
de geografía, se form ó en las disciplinas de zoología y geología y,
por ello, no debe sorprender que recibiera fuertes influencias de
Darwin y Haeckel. En realidad, en sus primeros tiempos, Ratzel
(1 8 4 4 -1 9 0 4 ) fue discípulo de Haeckel y quedó particularm ente
impresionado por su concepto de ecología. Pero, a medida que
Haeckel se fue identificando con la política conservadora-na­
cionalista, racista y radical, Ratzel se fue distanciando de quien
había sido su profesor.
Se ha dicho que buena parte de la obra de Ratzel ha sido dis­
torsionada a causa de la aparente divulgación equivocada que
Semple hizo de su producción, y ello ha llevado a la noción de
que la obra era de naturaleza plenamente determinista (una in­
terpretación injusta del rol de Semple, que tenía un papel m u ­
cho más im portante que el de simple transm isora de las ideas
Ratzel puesto que posee una notable producción propia y origi­
nal. ¿No sería un ejemplo de una cierta misoginia de la acade­
mia?). Está claro sin embargo, que los primeros estudios de Ratzel
muestran una tendencia evidente a dar la prim acía a los factores
geográficos en la explicación de la conducta cultural y de la es­
tructuración social. A pesar de todo, ciertos antropólogos del si­
glo XIX valoran su obra com o la superación del determinismo vul­
gar, e insisten en que sólo cae en posiciones determ inistas en
algunas ocasiones.
En su Antropogeographie (1 8 9 1 ), subtitulada «Una introduc­
ción a la aplicación de la geografía a la historia», Ratzel se ocupa
fundamentalmente de tres problemas:
1. El análisis de la distribución de los grupos étnicos sobre la
faz de la T ierra y también de la distribución de religiones y len­
guas, que están relacionadas con las etnias.
2. El análisis de la relación entre migración hum ana y en tor­
no físico.
3. El entorno físico com o determinante de la con d u cta hu­
mana, tanto colectiva com o individual. En concreto, el clim a
com o m oldeador del carácter nacional.
U na de las conclusiones más conocidas de su obra se refiere a
la distribución de las civilizaciones. Sobre esta cuestión, Ratzel
pretende que el clima es el factor principal de la localización de
aquellas, queriendo dem ostrar que la m ayor parte de las civiliza­
ciones están en las latitudes templadas (esta será, com o se verá
más tarde, la perspectiva que adoptaron muchos geógrafos y ar­
queólogos, com o por ejemplo H untington, en EE UU).
Quizás el con cepto más conocido de los desarrollados por
Ratzel, sea el de «lebensraum» (espacio vital). Elaboró esta teoría
en dos de sus obras D e r lebensraum, eine Biogeographische Studies)
(1 9 0 1 ) y Politische Geographie (1 8 9 7 ). Para com prender este co n ­
cepto es necesario señalar que surge de las influencias de la teo­
ría darwiniana y del reduccionismo biológico que recibió Ratzel;
es decir, que tendió (con salvedades) a considerar el desarrollo
social hum ano en términos evolutivos y, más concretam ente, en
relación con lo que H erbert Spencer llamó la «supervivencia del
más fuerte» (frase incorrectamente atribuida a Darwin). Ratzel ex­
hortó sin embargo a sus estudiantes a guardarse del reduccionis­
mo extrem ado y del racism o del ídolo de su juventud, E rn st
H aeck el. A d em ás, R atzel quedó cau tiv ad a p or la an alo g ía
speceriana de la sociedad com o organismo (este concepto no era
nuevo en si, lo que era nuevo era su conexión con la teoría evo­
lucionista de D arw in). Vemos, así, que Ratzel se refiere al E sta­
do com o un organismo; «Der Staat ais Bodenstanger Organismus»
(el Estado com o organismo vinculado al país).
La tierra es para nosotros un organismo, no sólo es una unión
del m undo viviente con el suelo rígido, sino también porque
tal unión queda reforzada por el efecto recíproco del prim ero
sobre el segundo, hasta el punto que ya no se pueden visuali­
zar separadamente. (F. Ratzel, 1 9 7 2 , p. 51 )
El «lebensraum» com bina, pues, la teoría de la evolución de
Darwin y la analogía organicista de Spencer para llegar a las si­
guientes conclusiones:
Así com o la lucha por la existencia en el m undo animal y ve­
getal siempre es una cuestión de espacio, el conflicto entre na­
ciones es en buena parte sólo luchas por el territorio. (Ibíd.,
P- 517)
De ello se desprende que los estados fuertes se expandirán y
sobrevivirán a expensas de los débiles; esto podría justificar en
cierto modo el derecho de los «pueblos superiores» (un concepto
que Ratzel no adoptó) a extender su espacio vital. Desgraciada­
mente para la imagen de Ratzel, algunos geógrafos de la década
de 1 9 3 0 (el más destacado de los cuales fue Karl H aush ofer,
1 8 6 9 - 1 9 4 6 ) , se apropiaron su co n cep to de «lebensraum » y lo
utilizaron com o vehículo de la pseu d ociencia nazi (Z eitschrift
f u r Geopolitik), para justificar las políticas expansionistas y ra­
cistas.
El argumento o la interpretación de las luchas entre naciones
(lo que Pitrim Sorokin llamó «la interpretación sociológica de la
«lucha por la existencia» y la «sociología de la guerra») ha sido
recuperado una vez más en años recientes, en términos de teorías
biológicas. El ejemplo más conocido es el Imperativo territorial
de Ardrey. Tam bién hay que citar los trabajos de Konrad Lorenz
y otros reduccionistas biológicos especialistas en el estudio del
com portam iento animal, denom inado etología.
Aunque el propio Ratzel viera que, a veces, iba demasiado lejos
con sus explicaciones determ inistas de la diversidad cultural, y
advirtiera contra el hecho de tom ar al pie de la letra la analogía
orgánica, aceptó las premisas básicas del am bientalism o y se
m ostró muy vehemente en su defensa del m ism o, ante las críti­
cas crecientes procedentes de la escuela posibilista, tan to en
el terreno de la geografía co m o en el de la antropología. Ratzel
fue un estudioso brillante y erudito, y ésta ha sido la razón de
que, en ocasiones, los historiadores de la geografía y de la antro­
pología hayan sugerido que, en el fo n d o , no era realm ente
ambientalista sino que, a causa de la acaparadora influencia del
paradigma determinista en el siglo XIX, cayó en algunas ocasio­
nes en explicaciones ambientalistas. Parece, sin embargo, que el
determinismo ambiental está presente en la obra de Ratzel, si bien
en una form a más sofisticada que la de sus contem poráneos. H a
tenido un peso im portante en el debate acerca de los orígenes de
la civilización, su postura «materialista» tiene gran fuerza, y pa­
rece postular un tipo de «infraestructura medioambiental» sobre
la cual se erigen las civilizaciones:
La suma de los logros de la civilización en cada estadio y en
cada raza se com pone de posesiones materiales... lo material
está en la base de lo intelectual. Las creaciones intelectuales
vienen com o un lujo, una vez satisfechas las exigencias del
cuerpo. T o d a cuestión, pues, sobre los orígenes de la civiliza­
ción se resuelve con la pregunta: ¿qué es lo que favorece el
desarrollo de las bases materiales de las civilizaciones?... Las
condiciones naturales, que permiten la acumulación de riqueza
a partir de la fertilidad de los suelos y el trabajo que a éstos se
dedica, son pues sin lugar a dudas de extrema importancia para
el desarrollo de la civilización... En los primeros tiempos de
la h um an id ad , las regiones cálidas, húm edas y bendecidas
co n la abundancia de frutos, eran claramente las más desea­
das, y resulta fácil imaginar al prim er hom bre com o habitan­
te de los trópicos... Y si debemos hablar de la civilización...
esto apunta hacia las zonas templadas, en que no con menos
seguridad veremos la cuna de la civilización, com o en los tró­
picos la de la raza. (F. Ratzel, ibíd, p. 2 6 7 )
C om o ya se ha señalado, el determinismo ambiental o geográfi­
co se convirtió, a partir del siglo XIX, en un fenómeno del mun­
do «anglosajón»: Alemania, Gran Bretaña y los Estados Unidos.
Quizás el último representante significativo del determinismo geo­
gráfico en los países francófonos sea Ed m on Demoulins, quien
en su Essai de géographie sociale. Com m ent la route crée le type
sociale fue más explícito en cuanto al papel del entorno físico en
la formación de la diversidad cultural. Demoulins fue ciertamente
radical en sus afirmaciones y fue tan lejos com o para decir:
Si la historia de la humanidad volviera a empezar y la capa
actual de la tierra fuese la misma, la historia se repetiría en
todas sus principales características. (D em oulins in Griffith
Taylor, p. 140)
Demoulins recibió una fuerte influencia del «sociólogo» fran­
cés Frédéric Leplay (1 8 0 6 -1 8 8 2 ) cuya fórm ula sobre la diversi­
dad de la organización social era:
El entorno (lugar) condiciona el tipo de trabajo, y el trabajo
configura, por lo m enos en p arte, la o rgan ización social.
(Laplay, ibíd., p. 138)
Algunos trabajos de Demoulins han encontrado eco en las úl­
timas obras de lo que M arvin Harris ha denom inado «materia­
lismo cultural»:
Los matriarcados se dan en los pueblos que p or las circuns­
tancias han tenido que confiar a las mujeres el control exclu­
sivo de alguna ram a de producción. Esta explicación equivale
a una ley. E n tre los Iroques la caza dio resultados aún más
parcos. Pero el maíz cultivado por las mujeres, por el con tra­
rio, dio producciones abundantes y constituyó la base de la
alim entación. U n a m ujer podía entonces alim entar a varios
hombres, y lo que es más, necesitaba a unos cuantos para su
suministro de piezas de caza. Es por ello que algunas Iroques
practicaron la poliandra. Es así que la relación entre maíz y
las piezas de caza co n trolab a los acuerdos m atrim on iales.
(Demolins, p. 141)
E n vísperas de la Prim era G uerra M undial, vemos que el am ­
bientalismo es apenas perceptible fuera de A lem ania, Estados
Unidos y G ran Bretaña. Ellen Semple ( 1 8 6 3 -1 9 3 2 ) , a pesar de
los prejuicios contra el hecho de que las mujeres tom aran parte
en cursos de posgrado, pudo ser alumna de Ratzel en la década
de 1 8 9 0 . Volvió a los Estados Unidos muy marcada por el enfo­
que de Ratzel manifestado por su Antropogeographie, pero recha­
zó sus teorías organicistas spencerianas. Fue una brillante escri­
tora, investigadora y «propagandista» y, debido a su elocuencia y
capacidad analítica y de persuasión, influyó en varias generacio­
nes de geógrafos americanos y británicos. (Sus clases en las uni­
versidades de C hicago y Clark atrajeron a geógrafos y antropólo­
gos de tod o s los E stad os U n id os y del e xtran jero ). N o fue
obviamente ella quien «creara» el ambientalismo am ericano — ya
tenía éste profundas raíces en la geografía académica americana— ,
pero fue una portavoz especialmente dotada (probablem ente la
representación más lúcida de esta corriente a nivel internacional).
Tam bién aportó investigaciones importantes y originales sobre la
influencia del medio am biente sobre el desarrollo de las socieda­
des humanas.
N o hay más clara expresión de su adhesión al determ inism o
am biental que su genial libro The Influence o f the Geographic
Environm ent (1 9 1 1 ). Tam bién manifestó en sus obras su rechazo
contundente a la raza com o determinante de la diversidad cultu­
ral. El entorno era la influencia decisiva:
E l p rop io m éto d o de investigación de la escritora co n sis­
tió en co m p arar pueblos de todas las razas y estadios de
desarrollo cultural, que viven bajo condiciones geográficas si­
milares. Si estas gentes de diferente raíz étnica pero de en tor­
no similar m ostraban un desarrollo social, económ ico o h is­
tórico similar o relacionado, sería razonable inferir que dichas
semejanzas eran debidas al entorno y no a la raza. Así, por
com paración extensiva, el factor raza en estos problemas de
dos cantidades desconocidas quedaba eliminado para ciertas
clases am plias de fenóm enos sociales e h istóricas. (E . C .
Semple, 1 9 1 1 , p. vii)
L a siguiente y extensa cita es, con toda seguridad, una de las
mejores y más sorprendentes introducciones para cualquier libro
que aborde temas geográficos y, probablemente, la explicación más
elocuente y clara del determinismo ambiental:
El hombre es un producto de la faz de la tierra. Ello no quie­
re simplemente decir que sea un hijo de la tierra, polvo de su
polvo; sino que la tierra lo ha arropado, alimentado, le ha im­
puesto tareas, dirigido sus pensamientos, enfrentado a dificul­
tades que han fortalecido su cuerpo y agudizado su astucia, él
ha planteado problemas de navegación o de irrigación, al tiem­
po que él susurraba pistas de solución. H a penetrado en sus
huesos y sus tejidos, en su mente y en su alma. En las m onta­
ñas, él ha dado piernas de hierro para alcanzar cum bres; en
las playas, se las ha dejado flácidas, pero a cam bio él ha dado
vigoroso desarrollo del pecho y de los brazos con que m ani­
pular el remo y el tim ón. En los valles de los ríos, lo ata al
suelo fértil, circunscribe sus ideas y ambiciones con un opaco
nimbo de calma, imponiéndole tareas, estrecha su mirada hacia
el angosto horizonte de su granja. E n los altiplanos barridos
por el viento, en las extensas e infinitas praderas y en los se­
cos espacios del desierto, por donde conduce sus rebaños de
pastizal en pastizal o de oasis en oasis, donde la vida conoce
tanta dureza pero escapa al tedio de la rutina, donde la visión
de un rebaño que pace le da el placer de la contem plación, y
la diversidad de la vida amplitud de horizontes, allí sus ideas
adquieren cierta simplicidad gigantesca; la religión m onoteística, Dios se hace uno, sin rival, com o la arena del desierto y
la hierba de la estepa, prolongándose sin pausa ni cam bio.
Rumiando su sencilla creencia, alimento de su mente ham ­
brienta, su fe muda en fanatismo; sus grandes ideas espacia­
les, nacidas de ese incesante vagabundeo superan a la tierra que
las alimentó y dan su fruto legítimo con las conquistas im pe­
riales. (Ibíd., p. 2)
Este texto representa una generalización geográfica y an tro­
pológica en el más am puloso estilo. E n ocasiones, tales dotes
de expresión son un obstáculo y permiten la aceptación aerifica
del lector debido a la fuerza de su prosa. E n el caso de pasaje an­
terior, se encuentran realmente demasiadas excepciones a la regla
de Sem ple que relaciona el m o n oteísm o co n el nom adism o
pastoril com o para permitir generalizaciones tan extravagantes.
El resultado de este enfoque ha llevado a m uchos estudiosos a
identificar el ambientalismo con la capacidad del «diletante» para
combinar el estilo y la retórica con un sentido común básicamente
vulgar. Semple no fue una «diletante», ni tam poco sus textos eran
siempre retóricos ni su ciencia vulgar, y sin embargo, esas gene­
ralizaciones a veces exageradas e imprudentes facilitaban la tarea
a los críticos antiambientalistas.
A pesar del hecho de que el determinismo geográfico ha sido,
por lo general, olvidado e incluso algo desacreditado, los textos de
Semple tienen un sorprendente aspecto moderno en este sentido:
El hom bre ha «conquistado» con tanto fragor a la naturale­
za... Este medio natural, esta base física de la historia, es a
todos los fines y propósitos inmutable en comparación con el
otro factor del problem a: el hom bre cam biante, maleable,
progresivo, regresivo. (Ibíd., p. 2)
Semple también dijo en pocas palabras lo que Ratzel (a quien
dedicó su libro) expresó en muchos párrafos tortuosos:
Así com o los trópicos han sido la cuna de la humanidad, las
zonas templadas han sido cuna y escuela de la civilización.
Aquí la naturaleza ha dado m ucho al retener m ucho. Aquí el
hom bre ha encontrado su carta de ciudadanía, el privilegio de
la lucha. (Ibíd., p. 6 3 5 )
D esgraciadam ente, com o m uchos deterministas geográficos,
Semple estaba obsesionada con los factores climáticos, y les dio
prioridad para explicar el «tem peram ento racial» (este último
concepto choca con su discurso que criticaba el uso de la «raza»
com o variable independiente para explicar hechos culturales). Sus
textos manifiestan, a veces, el determinismo simplista de M on­
tesquieu, y algunos contienen las más dudosas nociones raciales
de su tiempo (a pesar de que ella se opuso con vehemencia al
cientificismo biologísta y racista). Sin embargo, sus obras eran
leídas con avidez, y obtuvieron una inmensa popularidad tanto
entre el público «ilustrado» com o entre los geógrafos académi­
cos. La siguiente cita muestra cuán vulnerable a la critica puede
ser el determinismo de Semple.
La influencia del clim a sobre el tem p eram en to racial tanto
en sus efectos directos com o indirectos no puede ser puesta en
juicio, pese a una excepción ocasional de los alegres y simpá­
ticos esquimales, que por su naturaleza parecen un vivo antí­
doto contra el frío y la pobreza de su medio ambiente. Por lo
general se da una estrecha correspondencia entre clim a y tem ­
peram ento. Los pueblos del norte de Europa son enérgicos,
previsores, serios, más reflexivos que emotivos, antes cautos
que impulsivos. Los sureños de la cuenca mediterránea sub­
tropical son gente relajada, poco previsores salvo si la necesi­
dad les urge, alegres, emotivos, imaginativos, todas ellas cua­
lidades que entre los negros de la franja ecuatorial degeneran
en serios defectos raciales. (Ibíd., p. 6 2 3 )
Ellsworth H untington (1 8 7 6 -1 9 4 7 ) fue, sin lugar a dudas, uno
de los exponentes más importantes del ambientalismo durante la
primera m itad de nuestro siglo. The Pulse ofA sia (1 9 0 7 ) estudia
la relación entre nom adism o, clim a y conquista. Al igual que
Ratzel y Semple, H untington centra su análisis de los determ i­
nantes de la ubicación, éxito y continuidad de la civilización en
la variable clim atológica (ver Civilization a n d Climate, 1 9 1 5 ). A
continuación, recogemos una cita típica que ilustra el m uy ex­
plícito ambientalismo de H untington:
Sólo en regiones donde el estímulo clim ático es im portante
han alcanzado las naciones el más alto nivel de civilización.
(E. H untington, 1 9 7 1 , p. 2 3 9 )
El peso de la teoría darwiniana y de la genética se notó clara­
mente en sus reflexiones sobre las civilizaciones «exitosas»;
Mil años de vida bajo las duras condiciones del altiplano de
Judea, com o fue los tiempos antiguos, Pueden haber elimina­
do numerosas elementos de debilidad de la raza hebrea para
darle una fuerza en consonancia con la grandeza de su con tri­
bución a la historia. (E. H untington, 1 9 1 1 , en Freem an, p.
111 )
Si este aserto parece un poco exagerado, H untington va aún
más lejos cuando com enta la causa de la revueltas indias y el pre­
dom inio de la violencia y del cambio revolucionario en latitudes
meridionales:
En el m undo en su conjunto, la tendencia a una falta de auto­
control en materia de política, de relaciones sexuales y en m u­
chos otros aspectos se observa marcadamente en países de cli­
m a cálido. Está no es la única razón de la frecuencia de las
revoluciones políticas en dichas latitudes, pero debe desem­
peñar su papel. (Ibid., p. 121)
C on este tipo de afirmaciones groseras, obtusas y exageradas
del p u n to de vista am b ien talista, no debe so rp ren d e r que
H untington haya encontrado resistencias en el m undo académ i­
co, especialmente en los campos de la sociología y de la an trop o­
logía. Quizás lo más sorprendente es que su obra más aclamada
y leída fuera la última, escrita en fecha tan tardía com o 1 9 4 5 .
En The M ainsprings o f Civilization (1 9 4 5 ), H untington estudia
el clima com o factor de causación y com o factor de influencia
esencial en el co m p ortam ien to hum ano. Es una obra llam ati­
vamente poco original, que tiene m ucho de Ratzel, Spencer y
Reclus, y que repite la hipótesis según la cual las civilizacio­
nes se desplazan de sus cálidas regiones de origen hacia zonas más
frías, más apropiadas para el desarrollo de las civilizaciones avan­
zadas.
El británico Griffith Taylor (1 8 8 0 -1 9 6 3 ) pasó la m ayor parte
de su vida acad ém ica en Australia y en C anadá. E stu vo en la
expedición antàrtica de Scott (1 9 1 0 -1 9 1 3 ) com o geólogo prin­
cipal, y se convirtió posteriormente en el primer catedrático de
geología en la Universidad de Sidney. Fue desde el principio un
ambientalista impenitente y se ocupó pronto de las pautas de asen­
tamiento en Australia. Fue una figura polémica y se im plicó pú­
blicamente en el debate sobre el potencial futuro de asentam ien­
to de su país de adopción, insistiendo en que sólo iba a poder
soportar a treinta millones de habitantes (en lugar cien millones,
que era la cifra defendida por la postura oficial del gobierno). A
causa de su actitud sobre la población, la vida se le hizo difícil y
aceptó enseguida una cátedra en la universidad de Chicago; pos­
teriormente, también fue profesor en la Universidad de T o ron to,
en Canadá, donde criticó de nuevo la política gubernamental de
asentamientos e inmigración. En el año de su regreso casi triun­
fal a Australia (1 9 5 1 ) afirmó que:
El determinismo científico m oderno tiene una técnica total­
mente diferente (de la de los deterministas del siglo XVIII) y
conoce el medio ambiente. Treinta años atrás predije las pau­
tas futuras de asentamiento en Australia. E n C anberra (en
1 9 4 8 ) quedé muy gratam ente recompensado en cuanto que
varios miembros del grupo de investigación de esas ciudad me
aseguraron que mis deducciones (basadas puram ente en el
entorno) estaban del todo justificadas. Este aspecto de la geo­
grafía es determinismo científico. (G. Taylor, p. ii)
U n a obra interesante, Geography in the X X Century, que bien
podría subtitularse «Manifiesto ambientalista», fue publicada en
fecha tan tardía como 1 9 5 2 (reimpresa en 1 9 5 7 ) y editada por
Griffith Taylor. Se trata de una com pilación de artículos escritos
principalmente por geógrafos angloamericanos y, aparte de algu­
na excepción, todos ellos se identifican profundam ente con la
escuela determinista. Contiene, por ejemplo, una reimpresión del
últim o artículo publicado en vida p or Ellsw orth H u n tin g to n
(titulado Geography a n d Aviatiori) en el que, por enésima vez, re­
afirma machaconam ente su radical posición ambientalista.
El compromiso total y sin concesiones de Griffith T aylor con
lo que él llama «determinismo científico» se percibe a lo largo de
todo el libro, si bien el prefacio y la introducción demuestran aún
más resolución. Las posturas de Taylor revelan un com prom iso
inquebrantable e incluso una «fe» en relación con la adhesión a
un paradigma actualmente en decadencia:
E n una larga carrera de 5 0 años de investigación geográfica,
he abogado por varios conceptos nuevos y mal aceptados. Por
ejemplo mis herejías relativas a los desiertos de Australia. (Ibíd.
p. vi.)
Posteriormente, en la introducción que aporta «referencias aso­
ciadas al capítulo introductorio» y con respecto a Lucien Febvre,
destacado crítico del ambientalismo y portavoz del posibilismo
geográfico, Grifflth Taylor afirma:
4 . Lucien Febvre, Geographical Introduction to History, N ue­
va York, 1 9 2 5 . Desprovisto de mapas y no muy objetivo (ibíd.,
P- 19)
Si bien el ambientalismo quedaba particularm ente evidencia­
do en la geografía, también encontró seguidores en el ámbito de
la antropología. Ratzel, aunque form alm ente fuera geógrafo, ejer­
ció una considerable influencia sobre la antropología de finales
de siglo, sobre todo con su Antropogeographie y su History o f
M ankind. Fue precisamente en los años de formación de la an­
tropología cuando el determ inism o geográfico se dejó sentir más
en el estudio de la cultura. Este fenóm eno, y tal vez esto no de­
biera sorprender, era nuevamente de procedencia anglosajona, con
especial vigor en los Estados U nidos hasta que las obras de Boas
y K roeber m arcaron una ru ptura co n un ambientalismo muy
vulnerable a la crítica. Lewis M organ, cuyas investigaciones go­
zaron de gran audiencia, no sólo en los EE UU. sino también en
Europa (Engels basó su im portante estudio sobre la familia y la
propiedad privada en los trabajos etnológicos de M organ), se
refería a m enudo a los factores físicos a la hora de explicar la
diversidad cultural. E n el terreno de la antropología, la más clara
representación de la aproxim ación ambiental se encuentra en las
obras de H odge y H olm es. F. W . H odge escribía, en 1 9 0 7 , so­
bre el suroeste americano que:
El efecto de este medio ambiente, en que encontrar fuentes
de agua era la principal preocupación y deseo en el contexto
de la lucha por la existencia, iba a influir en la estructura so­
cial y las funciones, en los usos y costumbres, en la estética y
los m otivos, en las tradiciones y los simbolismos, y, por enci­
m a de todo, los credos y los cultos, condicionados éstos por
la interm inable ansia de agua. (F . W . H od ge, en H ardesty,
P- 3)
D oce años más tarde, W illiam H olm es insiste en que la cul­
tura material viene ampliamente determinada por el entorno:
Q ueda aquí manifiesto que no son tanto las capacidades o el
legado cultural de un colectivo de gentes en particular lo que
determ ina la form a de cultura material com o su entorno lo­
cal. (W , H olm es, ibíd., p. 4)
E n general, en la sociología, había pocos simpatizantes de la
escuela ambientalista, y la cuestión de la influencia medioambien­
tal fue escasamente atendida por dicha disciplina, en la cual fue
considerada com o una variable irrelevante para el estudio de la
sociedad. H ubo, naturalm ente, algunas excepciones, de las cua­
les la más notable fue la de Pitrim Sorokin, quien en su obra ya
citada Teorías sociológicos contemporáneas, consagra un capítulo a
Laplay y a otros representantes de la «escuela geográfica». Sorokin
resume los postulados principales del ambientalismo y presenta
una lista de las críticas más im portantes. Su valoración global no
es del todo negativa:
Debem os dar crédito a la escuela (geográfica) en muchas teo­
rías, sugerentes e interesantes, y con correlaciones que son, al
menos en parte, ciertas. Cualquier análisis de los fenómenos
sociales que no tom e en cuenta factores geográficos es incom ­
pleto. Estam os agradecidos a la escuela por estas valiosas co n ­
tribuciones. (P. Sorokin, p. 2 9 1 )
Franklin Thom as, influyente figura en la sociología am erica­
na de los años veinte y trein ta, dedicó un libro en tero ( The
Environmental Basis ofSociety, 1920) a la «escuela geográfica» pero,
en él, señala la im portancia de la cultura en la explicación de los
procesos históricos:
C ad a situ ación h istórica debe ser exam in ada a la luz de su
contexto geográfico, mientras que todas las influencias geo­
gráficas deben ser estudiadas a la luz de su incidencia e im ­
portancia cambiantes respecto del „desarrollo y vicisitudes de
la cultura. (F. T h om as, 1 9 2 0 , p. 17)
Quizás el m ejor ejemplo reciente del ambientalismo (fuera de
la órbita de la ecología humana o de la ecología cultural) en la
sociología/antropología se halle en la muy meritoria y m onum en­
tal obra de Karl A. W itfogel Oriental Despotism (publicado en
1 9 6 3 , pero iniciado en 1 9 2 0 ). El libro empieza con un debate
sobre la relevancia del ambientalismo:
C on trariam en te a la creencia popular de que la naturaleza
siempre es la misma — una creencia que ha llevado a teorías
estáticas de ambientalismo y a su rechazo igualmente estáti­
co— la naturaleza cambia profundamente siempre que el hom ­
bre, p or razones históricas simples o complejas, m odifica sus
equipamientos técnicos, su organización social y su visión del
m undo. El hom bre nunca deja de afectar a su entorno natu­
ral; lo transforma constantem ente, y tom a nuevas fuerzas cada
vez que sus esfuerzos le lleva a un nivel de operaciones. Cada
vez que se puede alcanzar o se ha alcanzado efectivamente otro
nivel, el punto donde se llegue dependerá en prim er lugar del
orden institucional, y en segundo lugar, del objetivo últim o
de la actividad del hom bre; el m undo físico, químico y bioló­
gico accesible. A iguales condiciones institucionales, es la di­
ferencia de los entornos naturales lo que sugiere, perm ite y
hace inevitable el desarrollo de nuevas formas de tecnología,
subsistencia y control social. (K. A. W itfogel, 1 9 6 3 , p. 11)
U n resumen de las conclusiones de Oriental Despotism no es
relevante aquí. Bastará con decir que, siendo al principio m arxista (después fue rabiosamente antimarxista), W itfogel desarro­
lla el con cep to de M arx del «modo de producción asiático» e
intenta m ostrar cóm o las «sociedades hidráulicas», en áreas ári­
das y sem iáridas con sistem as de riego extensivo, se vuelven
«agrodespóticas», con un Estado centralista y totalitario. E sta
conjunción de premisas marxistas con variables m edioam bienta­
les o ecológicas se ha establecido recientemente en los Estados
Unidos, particularm ente en el campo de la antropología (véase
el materialismo cultural de Marvin Harris o la obra de R ichard
Lee sobre los cazadores-recolectores — veremos estas aportacio­
nes posteriorm ente— ).
H asta aquí hemos in ten tado subrayar que el d eterm inism o
ambiental tiene tras de sí una larga historia y que consiguió m an­
tenerse en medio de importantes cambios económ icos y sociales.
H em os señalado que se integró en la ciencia social académica en
el siglo XIX (especialmente en la geografía). La tesis del determ i­
nismo permaneció prácticam ente inalterada: todavía se daba pri­
macía al medio ambiente com o principal determ inante de la es­
tructuración y organización que las sociedades habían adoptado
y adoptarían en el futuro. Había pocas diferencias, en el fondo,
entre lo que decían H ip ó crates, M ontesquieu y H u n tin g ton .
Tam bién es cierto que el estudio de los diferentes entornos y
culturas se fue haciendo más sistem ático a medida que se acerca­
ba el siglo XX, en el que los ambientalistas iban a hablar de «co­
rrelaciones» entre ciertos tipos de entornos y ciertos m odos de
organización social, si bien muchas de estas «correlaciones» re­
sultaron ser falsas.
Este modelo simple tenía defectos que fueron cada vez más
fáciles de señalar. Iba quedando claro, por ejemplo, que entor­
nos idénticos o similares no producían necesariamente tipos pa­
recidos o iguales de sociedades. Al mismo tiempo, se podían iden­
tificar culturas con organizaciones similares situadas en entornos
muy distintos. Empezaron a aparecer anomalías en la posición
determinista, hasta el punto de que condujeron, en el cam bio de
siglo, a una reconsideración y reevaluación profundas del papel
de los factores geográficos en las sociedades humanas.
III. LA CRÍTICA Y SUPERACIÓN
DEL DETERMINISMO AMBIENTAL
El creciente núm ero de anomalías que iban surgiendo, además
del h ech o de que el am b ientalism o era m etod o lo gicam en te
vulnerable, lo convirtieron en blanco de las críticas de los cien­
tíficos sociales que postulaban estrategias alternativas de investi­
gación. Los ataques al determ inism o, tanto por parte de geógra­
fos com o por parte de quienes no lo eran, resultaban fáciles en
este contexto (especialmente ayudado por algunos excesos de celo
de Griffith Taylor y de H untington ), y era inevitable que se die­
ran nuevas respuestas al debate sobre la relación entre la hum a­
nidad y el medio ambiente. H acia los años treinta, el am bienta­
lismo estaba en claro declive, a pesar de que H untington y otros
seguían produciendo una gran cantidad de trabajos. El posibilis­
m o apareció a comienzos del siglo XX, así com o diversas formas
de enfoque ecológico (ecología cultural en la antropología, eco-¡
logia humana o social en la sociología y geografía) aparecieron
en los años veinte. U n o de los ataques más estructurado y repre­
sentativo contra el determinismo geográfico estaba contenido en
el clásico de la antropología Habitat, Economy a nd Society (1 9 3 4 )
de Daryll Forde:
Las condiciones físicas están presentes en todo desarrollo y
toda pauta cultural, sin excluir lo más abstracto y lo inm ate­
rial; sin embargo, están presentes no com o determinantes sino
com o una categoría de m ateria prim a para la elaboración cul­
tural. El estudio de las relaciones entre las pautas culturales y
las condiciones físicas es de la m ayor im portancia para co m ­
prender la sociedad humana, pero no se puede emprender en
términos de simples controles geográficos supuestamente identificables a la vista... Se debe estudiar en primer lugar la cul­
tura com o entidad de desarrollo histórico. El conocim iento
más meticuloso de la geografía física no nos será útil si no se
capta el tipo de desarrollo cultural. El geógrafo que está (así)
desinstruido, en cuanto quiera examinar la fuente principal de
la actividad humana, se verá buscando a tientas entre los fac­
tores geográficos, cuyo significado no alcanzará realmente a
com prender. (D . Forde, 1 9 3 4 , p. 4 6 4 )
Se ha apuntado que el éxito, la fuerza y el atractivo del determinismo ambiental a finales del siglo XIX se debió, por lo menos
en parte, a que presentaba una alternativa materialista al m ate­
rialismo histórico marxista. E n este ca so , la alternativa no con ­
sistía ch 'd p taF p o r una posición «idealista», sino en proponer un
tipo diferente de materialismo, en que el entorno físico fuese una
infraestructura (o base) para la cultura, en lugar de una infraes­
tructura o base económ ica sobre la que se levanta la superestruc­
tura ideológica, política y legal. Se com entará, más adelante, que
el «materialismo cultural» de M arvin Harris y una parte im por­
tante de la antropología ecológica contem poránea (variedad no
funcionalista) representa un intento de integrar el materialismo
histórico marxista y un determ inism o geográfico relativamente
sofisticado. El propio Harris^expone que su enfoque es una sín­
tesis entre el evolucionism o darw iniano y el m arxism o. O tro
materialismo identificable (y que se presentará más adelante) com o
interp retación con servad ora de los procesos sociales sería el
reduccionismo biológico, donde los imperativos biológicos/genétícos constituyen la base para el desarrollo cultural.
En todo caso, lo que queda muy claro es que el determinismo
geográfico, en sus versiones m enos m atizadas, e"ñtra en p jo funda crisis. Aparecieron demasiados defectos y a ello se añadía
que un núm ero creciente de científicos sociales argumentaba que
las comunidades humanas, por medio del desarrollo tecnológico,
habían domesticado y controlado la naturaleza, dando así al medio
nafural u n ' pápéf secündarió~éñda sociedad. En~ este sentido, el
tnedio am biente y los recursos naturales no eran vistos com o
variables que se inmiscuyeran en la actividad de las sociedades
«avanzadas». Poco a poco se impuso el punto de vista de que el
crecimiento económ ico había de ser permanente en un m undo
en que se pensaba, en cierto modo, que los recursos naturales eran
virtüálmeñty'ifiihitados d e c a r a a la explotación"futura. E l medio
ambiente no debía ya determinar efjn o d o de vida de los seres
humanos, y serían únicam ente los problemas relacionados con el
origen s o c íir o cultural los que impondrían límites al progreso
humano. Ante ello, la tarea de los científicos sociales debía co n ­
sistir en analizar estos problemas jnducidos económ ica o socialmente. La aceptación de estas premisas llevó a hacer la vista gor­
da en cuanto al reconocim iento de los factores ambientales en la
vida sociaT. Esa ideología de progreso ilimitado (asociado con el
«American dream»), sin los obstáculos impuestos por los im perativos ambientales (básicamente recursos naturales), fue especialmente defeñdlda por sectores conservadores/liberales.
EnTÓs últim os años del siglo XIX, la geografía fran cesa en
concreto empezó a alejarse de las_ entonces predominantes_tesis
deterministas. E n su discurso inaugural en la Sorbona en 1 8 9 8 ,
com o cated rático de geografía recién nom brado, V idal de la
Blache (1 8 4 5 -1 9 1 8 ) formuló una crítica de lo que consideraba
que era el determ inism o ambiejntal esjtricto de la Antropogeographie de R atzel. E n lugar de examinar simplemente los determ i­
nantes geográficos de la actividad humana, estudió a la hu m an i­
dad com o un agente activo de cambio y que vive en un contexto
en que:
La naturaleza da al hom bre materiales que tienen sus propios
requisitos internos, sus propiedades especiales — así com o sus
limitaciones— y que prestan a ciertos usos antes que a otros.
H asta este punto, la naturaleza presenta propuestas, y a veces
restricciones. Pero la naturaleza no es nunca más que un co n ­
sejero. (P. Vidal de la Blache, 1 9 2 6 , p. 3 2 1 )
O com o Lucien Febvre (el principal divulgador de la escuela
posibflista)"fll)o:
En ningún lado hay necesidades, sino que hay posibilidades
por todas partes; el hom bre, com o maestro de las posibilida­
des, es juez del uso que de éstas se haga. (L . Febvre, 1 9 2 5 ,
p . 1 0 2 ) ...............................
Sería, sin embargo, un error (que se com ete a menudo) suge­
rir que este: enfoque es del todo antiambientalista_. En realidad,
una atenta lectura de las obras clásicas de la geografía posibilista
muestra claramente la im portancia que se da al medio ambiente,
com o fuerza activa e influyente sobre el desarrollo y cam bio social y económ ico. Es* incluso, tentador apuntar que el posibilis­
m o geográfico primerizo no implicaba un rechazo del ambientalism o, sino sim p lem en te lo m atizab a —-in sistien d o en J a
reciprocidad de acción, en sentido ecológico y especialmente en
la importancia de los seres humanos en el cam bio ambiental— .
C om entando el concepto de ecología, Vidal de la Blache dice;
Tal es la lección de la ecología... Puesto que es obvio que es­
tas relaciones no conciernan solamente a las plantas. Los ani­
males, evidentemente, con sus capacidades de locom oción y
el hombre con su inteligencia son más capaces de tratar con
éxito con su entorno. Pero cuando uno piensa todo lo que
contiene el término «medio ambiente», y todos los hilos in­
sospechados que form an este tejido que nos envuelve, ¿cóm o
podría algún organism o viviente escapar a su influencia?
(P. Vidal de la Blache, 1 9 2 6 , p. 198)
En los primeros años de este siglo, en Estados Unidos, donde
la antropología estaba ya bastante consolidada com o cam po de
investigación con proyección fuera de la academia, se produjo,
desde el principio, un vivo debate sobre la relevancia de los fac­
tores ambientales en la organización social y cuIfuralT TaLsé ha
hecho aquí un repaso del ambientalismo radical en la geografía
americana, reflejado en la’ ohfUde SémpTe y H untington. E n la
antropología, tal com o es de esperar, se daba m ayor énfasis a las
tradiciones culturales y a la historia com o factores determinantes,
del cam bio social y de la diversidad cultural. El posibilismo pron­
to tuvo pie firme en la antropología americana, siendo Franz Boas
el más representativo y, probablemente, el más influyente de los
posibilistas antropológicos am ericanos:
Los geógrafos intentan hacer derivar todas las formas de cul­
tura humana del entorno en que vive el hom bre. C on todo lo
im portante que ello pueda ser, no tenemos pruebas de una
fuerza del medio natural creativa. T o d o lo que sabemos es que
todas las culturas están fuertemente influidas por su entorno,
y que algunos elementos de la cultura no pueden desarrollar­
se en un emplazamiento geográfico desfavorable mientras que
otros pueden verse avanzados. Basta con ver las diferencias fun­
damentales de las culturas que florecen una tras otra en el
m ismo entorno, para darnos cuenta de las limitaciones de la
influencia ambiental. (F. Boas, 1 9 4 0 , p. 2 5 6 )
La cita anterior es, evidentem ente, una injusta caraterización
de la geografía com o conjunto, puesto que este texto fue escrito
en 1 9 3 2 , cuando la escuela posibilista ya se había establecido en
la geografía. Lo que Boas refleja aquí es el lamentable nivel de
conocim iento que tenían los antropólogos, geógrafos y sociólo­
gos de los debates y las polémicas que se producían fuera de sus
propias disciplinas, a pesar de que a m enudo debían tratar con
problemas similares — existen numerosísimos ejemplos de deba­
tes paralelos que se desarrollaban al mismo tiempo en varias dis­
ciplinas diferentes, pero sin efectos «cruzados» de una disciplina
a otra— .
E n realidad Boas, de form a d istin ta a lo que hicieron los
posibilistas en geografía, empujó su particular visión del posibi­
lismo un paso más lejos en relación con el ambientalismo. Los
deterministas geográficos, en general, querían encontrar y formu­
lar leyes amplias (causales) del desarrollo cultural, mientras que
Boas se mostraba claramente escéptico ante la validez de cualquier
ley (ya procediera ésta de biólogos, geógrafos, economistas, psi­
cólogos, sociólogos o incluso antropólogos) que pretendiese ex­
plicar la evolución cultural o social de m anera globalizante. Y llega
tan lejos com o para negar la validez de los estudios clasificáro­
nos de las sociedades:
Los fenóm enos culturales son de tal com p lejid ad que me
parece dudoso que puedan hallar leyes culturales válidas. Las
condiciones causales de los acontecim ientos culturales se en­
cuentran siempre en la interacción entre individuos y la so­
ciedad, y ningún estudio clasificatorio de las sociedades resol­
verá el problem a... El material de la antropología es tal que
tiene que ser una ciencia histórica, una de las ciencias cuyo
interés se centra en entender fenómenos individualizados más
que en establecer leyes generales que, vista la complejidad del
material, serán necesariamente vagas y casi podríamos decir tan
evidentes que son de poca ayuda para una verdadera com pren­
sión. (F. Boas, 1 9 8 2 , pp. 2 5 7 - 2 5 8 ).
La obra de Franz Boas, tan influyente no sólo en la antropo­
logía am ericana sino también en la antropología Europea, es cla­
ramente posibilista, y algumos historiadores de la antropología
han señalado que desarrolló una escuela denominada «particula­
rista histórica» (véase nuevamente a M arvin H arris). Esta escuela
se llama así porque insiste en la necesidad de estudiar a cada so­
ciedad individualmente, obteniendo resultados no extrapolables
a otras sociedades.
El declive del determinismo ambiental y el avance hacia el po­
sibilismo queda posteriorm ente reflejado en las investigaciones y
textos de otro influyente antropólogo am ericano, Alfred Kroeber
(el primer alum no de .doctorado de Boas).
Si bien es cierto que la culturas están arraigadas en la natura­
leza, y que por consiguiente no se pueden com prender total­
m ente sin referencia a este pedazo de naturaleza en que se
hallan, no son más producto de esta naturaleza que lo sería
una planta producida o causada por el suelo en que echa raí­
ces. Las causas inmediatas de los fenóm enos culturales son
otros fenómenos culturales. (A. L. Kroeber, 1 9 3 9 , p. 1)
Esto es, evidentemente, muy próxim o al conjunto de reglas
metodológicas durkheimianas:
La causa determ inante de un hecho social debería buscarse
entre los hechos sociales que le precedieron.
Si Boas y Kroeber fueron los portavoces americanos del posi­
bilismo en la antropología. Cari O . Sauer lo fue en la geografía
americana. O bviam ente, es tan relevante com o significativo que
Kroeber y Sauer trabajaran juntos en lo que ellos llamaban «pai­
sajes naturales y culturales» o «áreas», en el caso de Kroeber. Sauer
es conocido especialmente por el concepto de paisaje, pero ya
desde el principio de su carrera estaba claro que trabajaba dentro
del paradigma posibilista. Según Sauer, la humanidad usa, desa­
rrolla y, por supuesto, modifica el medio ambiente, sujeto a im ­
perativos culturales y sociales y creando, así, el paisaje cultural.
Para el enfoque posibilista, según Sauer, el p ro p ó sito de la
geografía no es la búsqueda de las influencias ambientales, sino
la investigación de la m anera en que las diferentes sociedades, por
medio de tradiciones culturales e históricas, se sirven diferente­
mente del medio ambiente — siempre hay un amplio abanico de
posibilidades u opciones de uso de la tierra, abiertas a cualquier
sociedad dada— . E l m edio am biente sólo pone lím ites a la
actividad hum ana. Por ejemplo, las bajas temperaturas no perm i­
tirían el crecimiento de ciertos cultivos. Al mismo tiempo, se estu­
dia a la hum anidad com o agente de cambio ambiental:
El paisaje incluye: 1) las características de la zona natural y 2)
las formas impuestas al paisaje físico por las actividades hu­
manas, el paisaje cultural. El hombre es el agente últim o de
configuración del paisaje. (C . Sauer, 1 9 2 7 , p. 186)
En fecha m ucho más tardía, Sauer afirma que:
Medio ambiente y recursos son términos culturales que expre­
san tanto capacidades técnicas como valores sociales. (C . Sauer,
1 9 7 1 , p. 5 0 9 )
El posibilismo, asociado com o está con las obras de Boas y
Kroeber, ha mantenido un lugar visible en la antropología, aun­
que probablemente dejó atrás sus mejores tiempos. U n o de los
ejemplos más citados del posibilismo en la antropología m oder­
na es Limitaciones medioambientales al desarrollo de la cultura
( 1 9 5 4 ) , de B etty M eggers, quien m antien e que la agricu ltu ra
es necesaria para el desarrollo de las culturas avanzadas. Se des­
criben cuatro tipos de entornos naturales, de m uy hostil a muy
favorable para el desarrollo de la agricu ltu ra. P ero , incluso el
en torn o más propicio a las actividades agrícolas no im p lica­
rá, necesariam ente, que éstas se desarrollen sino que serán los
factores culturales los que lo d eterm in en . U n a cu ltu ra avan­
zada no será, sin em bargo, posible en los en torn os m ás h o sti­
les. M eggers, en la cita siguiente, describe los cu atro tipos bá­
sicos de agricultura y su efecto p oten cial sobre la actividad
agrícola:
Donde la agricultura resulta imposible a causa de la tem pera­
tura, la aridez, la com posición del suelo, la altitud, la top o­
grafía, la latitud o cualquier otro factor natural que inhiba el
crecim ien to o la m ad u ración de las plantas dom esticadas.
Donde la productividad agrícola está limitada a un nivel rela­
tivamente bajo por factores climáticos que causan un rápido
agotamiento de la fertilidad. D onde se pueden obtener inde­
finidamente cosechas relativamente importantes sobre la mis­
m a parcela de tierra, con fertilización, barbecho, rotación de
cultivos y otros tipos de medidas de restauración de los sue­
los, o con regadío en las zonas más áridas. D on d e p rácti­
cam ente no se requieren co n ocim ien tos especializados para
alcanzar y m antener un nivel estable de productividad agrí­
cola. (B. Meggers, en D . H ardesty, p. 119)
Inicialmente, los posibilistas abordaron el problem a de la re­
lación entre medio ambiente y sociedad, rebatiendo la posición
determinista sin rechazar el medio ambiente com o factor relevan­
te. Posteriormente, la posición de los que se identificaban con el
posibilismo pareció endurecerse, llegando prácticam ente a la ne­
gación de la influencia ambiental.
C om o se ha constatado antes, los científicos sociales france­
ses hicieron cam paña activa contra el determinismo geográfico
desde finales del siglo XIX. Los geógrafos no estaban solos, en
Francia, en su intento de rebatir y criticar el ambientalismo radi­
cal. La nueva escuela de sociología también realizó, en ese país,
una im portante contribución al debate y la discusión. A partir
de 1 8 9 8 , se publicaron artícu los, con frecuencia, en L'année
sociologique, que analizaban las aportaciones que hizo Ratzel en
su Antropogeographie, con textos de figuras tan distinguidas como
Durkheim, Hawlbachs y Mauss.
El propio Durkheim puso m anos a la obra dos veces en los
primeros tiempos de L 'année sociologique. E n 1 8 9 8 presentó una
crítica de Politische Geographie, y otra en el año siguiente, esta
vez referida a Antropogeographie.
E l p rim er ángulo de ataque d u rk h eim ian o apu n ta hacia
cuestiones m etodológicas. C ritica a Ratzel, en particular, y a los
ambientalistas en general porque no tenían una metodología sis­
tem ática para el estudio de la diversidad cultural. Se establecen
«correlaciones» entre el entorno y la conducta humana, y se apor­
tan ilustraciones, en cantidades abundantes, para «probar» el gran
peso de los factores geográficos sobre la vida social humana, pero
raramente se m encionan excepciones y aún menos se analizan en
detalle. A fin de cuentas, el ambientalismo de Ratzel no era cien­
tífico, y carecía de una m etodología sistemática adecuada:
Podríam os también reprochar al m étodo la insuficiencia de su
rigor. Las correlaciones son más ilustraciones que no com pa­
raciones metódicas; los hechos contrarios son rara vez exami­
nados, y, por más erudito que sea el autor, no podemos dejar
de sorprendernos de la distancia existente entre buen número
de los asertos, y las pruebas sobre las que éstos reposan. (E.
D urkheim , 1 8 9 8 , p. 192)
La segunda línea de ataque se refiere al papel del medio am ­
biente en sí. Según D urkheim , en el pasado la humanidad estaba
claramente «vinculada al suelo» y m uy influida por el entorno en
que se insertan las sociedades. C on el paso del tiempo, pero es­
pecialm ente con el desarrollo de la cien cia y la tecnología, la
influencia de los factores geográficos iba a declinar. H oy día (es
decir, en la época de D urkhheim ) el medio ambiente ya no es un
protagonista en los asuntos de los humanos, antes bien la hum a­
nidad determ ina las características del entorno y el uso que de
éste se hace:
Q ueda aún por probar que esta influencia estrecha conserve
la m ism a intensidad en los diferentes m om entos de la histo­
ria. Parece que tenga tendencia a debilitarse cada vez m ás...
Así pues, la tierra ya no explica al hom bre, sino que es éste
quien explica la tierra, y si sigue siendo im portante para la
sociología conocer el factor geográfico, no es que esto venga
a echar nuevas luces sobre la sociología sino que sólo ella lo
puede entender. (Ibíd., p. 192)
D ebería recordarse que, en su prim er libro, La división social
del trabajo, D urkheim aborda con cierta extensión la cuestión del
medio am biente. Se interesa por cóm o las sociedades se adaptan
a los problemas del crecimiento demográfico («densidad material»)
y de la escasez de recursos, lo que lleva a la diferenciación estruc­
tural y a la división del trabajo. E l argum ento del libro tiene una
orientación afín o m atizada frente al ambientalismo, ya que uti­
liza la variable «densidad material» com o variable independiente
frente a la diferenciación social (variable dependiente). En la obra
posterior de D urkheim hay una explícita y contundente crítica
del determ inism o ambiental (especialmente en E l suicidio).
Las debilidades m etodológicas del determ inism o geográfico
también fueron sacadas a colación por otros sociólogos y antro­
pólogos. Las primeras grietas del argum ento ambientalista se ase­
mejaron rápidam ente a agujeros abismales. Se podían demostrar
demasiados aspectos inconsistentes y anómalos con la m ayor fa­
cilidad y simplicidad. Pitrim Sorokin, si bien adm itía que quizás
la geografía tuviera algo que ver con la m anera en que las socie­
dades se organizaban, dio la siguiente reprim enda a la escuela
geográfica, y en términos m uy claros:
E n prim er lugar, en el mismo entorno natural algunos gru­
pos raciales han creado formas complejas de cultura, mientras
que otros no lo han conseguido, y se han quedado con la for­
m a simple de cultura. E n segundo lugar, algunos grupos ra­
ciales han sido capaces de crear formas complejas de civiliza­
ción en los entornos geográficos más diversos, mientras que
otros han quedado estacionarios en distintas condiciones geo­
gráficas. (P. Sorokin, p. 3 0 3 )
Estos com entarios son tan claros que uno casi se ve obligado
a preguntarse por qué no los hicieron antes otros científicos so­
ciales. E l antropólogo R. H . Lowie se hace eco de estas críticas
de m anera aún más sucinta:
El entorno no puede explicar la cultura porque en el m ism o
entorno se hallan distintas culturas. (H . Lowie, 1 9 3 7 , p. 17)
E n líneas generales, el m arxism o de finales de siglo, si bien
crítico con respecto al am bientalism o, no se contaba entre la
corriente más radicalmente opuesta a la consideración de los fac­
tores geográficos com o relevantes para contextualizar los p roce­
sos sociales y económ icos. Rechazaba, sin embargo, las opciones
más extremas del determinismo geográfico. Si el determ inism o
ambiental representa un enfoque materialista del estudio de la
sociedad y la cultura, el materialismo histórico pinta un cuadro
muy diferente, subrayando la im portancia de la infraestructura
económ ica com o fuerza directora en la configuración de la es­
tructura social, la cultura y la ideología. Engels resume claramente
la p osición m arxista en un pasaje de Socialism Utopian a n d
Scien tifie.
La concepción materialista de la historia parte de la proposi­
ción que la producción de los medios para dar apoyo a la vida
hum ana y luego a la producción y el intercambio de bienes
producidos, es la base de toda estructura social; que en cada so­
ciedad que ha aparecido en la historia, la manera en que se dis­
tribuye la riqueza y divide la sociedad en clases, depende de qué
se produce, cóm o se produce y cóm o se intercambian los bie­
nes. D esde este p u n to de vista, las causas finales de tod os
los cambios sociales y revoluciones políticas deben ser buscadas
no en los cerebros de los hom bres... sino en los cambios en
los m odos de producción e intercam bio. (F. Engels, p. 94)
La geografía puede ejercer una fuerte influencia sobre las ca­
racterísticas del modo de producción (el caso del «modo de pro­
ducción asiático»), pero no se puede pretender que determine la
propiedad de los medios de producción, cosa que, en sí, es cru­
cial en la formación de la cultura y de la ideología según el aná­
lisis marxista.
Engels m ucho más que M arx intro d uce la variable m edio
a m b ien te p ara an alizar d e te rm in a d o s h e ch o s h is tó ric o s o
económ icos. Su denuncia de la prim era industrialización se cen­
tra en el deterioro de las condiciones ambientales de las ciudades
industriales y su incidencia negativa sobre la salud de la clase
obrera. En su The Condition o fth e English Working Class, 1 8 4 4 ,
habla explícitamente de la distribución de riesgos ambientales y
de su vinculación con variables socieconóm icas. La nueva m or­
fología urbana de ciudades co m o M an ch ester, que describe
Engels, sitúa y ubica la degradación am biental en los barrios
obreros que contrastan con las condiciones de vida más adecua­
das de que disfrutan las clases acomodadas. Su aproxim ación al
origen de la propiedad privada y la familia tam bién se fundam en­
ta, en parte, en variables ambientales (apropiación y control de
recursos ambientales).
A pesar de otras aproximaciones marxistas hacia la «dialéctica
medio ambiente-sociedad» señaladas por M artínez Alier en su
libro Economía ecológica, el tem a quedó marginado en los gran­
des debates marxistas del siglo XX.
Al marxismo le faltó sensibilidad ecológica (J. M artínez Alier,
1 9 9 0 , p. 7)
Sin embargo, un sector autodenom inado «ecosocialista», de
inspiración marxista, está haciendo un esfuerzo notable para rec­
tifica r el d éficit eco lóg ico del m arxism o (véase las revistas
Capitalism, N ature and Socialism y Ecología política).
V olviendo al tem a que nos co n ciern e d irectam en te, el determ inism o am biental, hacia los años trein ta (si no antes) el
ambientalismo postulado sobre todo por la geografía, entraba en
el ocaso. Fue incapaz de plantar cara a las críticas metodológicas
y a las anomalías y contradicciones de muchas premisas básicas
del determ inism o geográfico. La escuela continuó con dos repre­
sentantes solitarios (H u n tin gton y Griffith Taylor) en los años
cincuenta. Sin em bargo, algunos científicos sociales continuaron
argum entando que el medio ambiente tenía una incidencia sobre
la actividad económ ica y social y sobre el com portam iento hu­
mano, y buscaron, en consecuencia, una m etodología apropiada
para analizar la relación entre la sociedad y su entorno natural.
Ello llevó a unos cuantos antropólogos, geógrafos y sociólogos
hacia la ciencia naciente de la ecología, que a su vez tenía como
propósito el estudio de la relación entre los organismos y sus
entornos naturales.
L a ciencia de la ecología había hecho avances importantes des­
de los tiempos de Haeckel (conocido divulgador del darwinismo
social más radical e inventor del térm ino ecología) y, a princi­
pios del siglo XX, ya había escapado a la influencia de aquél y
desarrollado im portantes conceptos y estudios empíricos que per­
m itía n co m p re n d e r m ejo r la ev o lu ció n y d in ám icas de los
«habitats». E n los años veinte y treinta, se había establecido una
escuela de «ecología humana» tanto en la sociología com o en la
geografía, mientras que, en la antropología, Julián Steward inten­
taba asentar la «ecología cultural». Am bos enfoques llegaron a
tener una notable influencia (especialmente en el desarrollo de la
sociología y geografía urbanas) hasta m ediados de siglo, pero
tuvieron una vida más bien corta ya que dieron paso a los nue­
vos enfoques ecológicos sistémicos posteriores.
E n cuanto al posibilismo, continuó manteniendo una presen­
cia activa, tanto en la geografía com o en la antropología, hasta
fecha relativamente reciente, pero se dejaba sentir una creciente
insatisfacción en cu an to a su co n trib u ció n, que para muchos
equivalía a decir que el medio ambiente simplemente ponía res­
tricciones o límites a la actividad hum ana — lo que no es decir
gran cosa— . El antropólogo Clifford G eertz dijo (1 9 6 3 ), en una
critica del posibilismo, afirma:
con esta form ulación, uno se puede plantear la pregunta am ­
plia «¿hasta qué punto está la cultura influida por el medio
ambiente?» «hasta qué punto m odifica el hom bre con sus a c­
tividades el m edio natural?» Y sólo se le puede dar la más
amplia de las respuestas: «en cierta medida, pero no totalm en­
te». (C . Geertz, 1 9 6 3 , p. 3)
Aunque el posibilismo tuviese una vida corta, fue el primero
de los grandes enfoques de las ciencias sociales que, al abordar el
problema de la relación entre sociedad y medio am biente, recha­
zó el paradigma ambientalista.
A continuación, en el próxim o capítulo analizaremos la im ­
portante incidencia de la obra de Darwin en el desarrollo de la
ecología y las ciencias afines, que dio lugar al nuevo materialis­
mo conservador del reduccionism o biológico.