Misericordiae Vultus

GRADO EN INGENIERIA MECÁNICA
INGENIERO TECNICO INDUSTRIAL MECÁNICO
COLEGIADO 932 C. I. T. I. de NAVARRA
JAIME REDIN ARETA
M isericordiae Vultus
BULA DE CONVOCACIÓN DEL JUBILEO EXTRAORDINARIO
DE LA MISERICORDIA
FRANCISCO
OBISPO DE ROMA
SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS
A CUANTOS LEAN ESTA CARTA
GRACIA, MISERICORDIA Y PAZ
1. Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana
parece encontrar su síntesis en esta palabra. Ella se ha vuelto viva, visible y ha
alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret. El Padre, « rico en misericordia »
(Ef 2,4), después de haber revelado su nombre a Moisés como « Dios compasivo y
misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad » (Ex34,6) no ha cesado
de dar a conocer en varios modos y en tantos momentos de la historia su naturaleza
divina. En la « plenitud del tiempo » (Gal 4,4), cuando todo estaba dispuesto según
su plan de salvación, Él envió a su Hijo nacido de la Virgen María para revelarnos de
manera definitiva su amor. Quien lo ve a Él ve al Padre (cfr Jn 14,9). Jesús de
Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona (DEI VERBUM ),
(1)1revela la misericordia de Dios.
2. Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es
fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación.
Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad.
Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro.
Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona
cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida.
Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la
esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado.
3. Hay momentos en los que de un modo mucho más intenso estamos llamados a
tener la mirada fija en la misericordia para poder ser también nosotros mismos signo
eficaz del obrar del Padre. Es por esto que he anunciado un Jubileo Extraordinario
de la Misericordia como tiempo propicio para la Iglesia, para que haga más fuerte y
eficaz el testimonio de los creyentes.
El Año Santo se abrirá el 8 de diciembre de 2015, solemnidad de la Inmaculada
Concepción. Esta fiesta litúrgica indica el modo de obrar de Dios desde los albores
de nuestra historia. Después del pecado de Adán y Eva, Dios no quiso dejar la
humanidad en soledad y a merced del mal. Por esto pensó y quiso a María santa e
inmaculada en el amor (cfr Ef 1,4), para que fuese la Madre del Redentor del
hombre. Ante la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud del perdón. La
misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un
límite al amor de Dios que perdona. En la fiesta de la Inmaculada Concepción tendré
la alegría de abrir la Puerta Santa. En esta ocasión será una Puerta de la
Misericordia, a través de la cual cualquiera que entrará podrá experimentar el amor
de Dios que consuela, que perdona y ofrece esperanza.
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El domingo siguiente, III de Adviento, se abrirá la Puerta Santa en la Catedral de
Roma, la Basílica de San Juan de Letrán. Sucesivamente se abrirá la Puerta Santa
en las otras Basílicas Papales. Para el mismo domingo establezco que en cada
Iglesia particular, en la Catedral que es la Iglesia Madre para todos los fieles, o en la
Concatedral o en una iglesia de significado especial se abra por todo el Año Santo
una idéntica Puerta de la Misericordia. A juicio del Ordinario, ella podrá ser abierta
también en los Santuarios, meta de tantos peregrinos que en estos lugares santos
con frecuencia son tocados en el corazón por la gracia y encuentran el camino de la
conversión. Cada Iglesia particular, entonces, estará directamente comprometida a
vivir este Año Santo como un momento extraordinario de gracia y de renovación
espiritual. El Jubileo, por tanto, será celebrado en Roma así como en las Iglesias
particulares como signo visible de la comunión de toda la Iglesia.
4. He escogido la fecha del 8 de diciembre por su gran significado en la historia
reciente de la Iglesia. En efecto, abriré la Puerta Santa en el quincuagésimo
aniversario de la conclusión del Concilio Ecuménico Vaticano II. La Iglesia siente la
necesidad de mantener vivo este evento. Para ella iniciaba un nuevo periodo de su
historia. Los Padres reunidos en el Concilio habían percibido intensamente, como un
verdadero soplo del Espíritu, la exigencia de hablar de Dios a los hombres de su
tiempo en un modo más comprensible. Derrumbadas las murallas que por mucho
tiempo habían recluido la Iglesia en una ciudadela privilegiada, había llegado el
tiempo de anunciar el Evangelio de un modo nuevo. Una nueva etapa en la
evangelización de siempre. Un nuevo compromiso para todos los cristianos de
testimoniar con mayor entusiasmo y convicción la propia fe. La Iglesia sentía la
responsabilidad de ser en el mundo signo vivo del amor del Padre. Vuelven a la
mente las palabras cargadas de significado que san Juan XXIII pronunció en la
apertura del Concilio para indicar el camino a seguir: « En nuestro tiempo, la Esposa
de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia y no empuñar las armas de la
severidad … La Iglesia Católica, al elevar por medio de este Concilio Ecuménico la
antorcha de la verdad católica, quiere mostrarse madre amable de todos, benigna,
paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella ».
(SOLEMNE APERTURA DEL CONCILIO VATICANO II) (2) mismo horizonte se
colocaba también el beato Pablo VI quien, en la Conclusión del Concilio, se
expresaba de esta manera: « Queremos más bien notar cómo la religión de nuestro
Concilio ha sido principalmente la caridad … La antigua historia del samaritano ha
sido la pauta de la espiritualidad del Concilio … Una corriente de afecto y admiración
se ha volcado del Concilio hacia el mundo moderno. Ha reprobado los errores, sí,
porque lo exige, no menos la caridad que la verdad, pero, para las personas, sólo
invitación, respeto y amor. El Concilio ha enviado al mundo contemporáneo en lugar
de deprimentes diagnósticos, remedios alentadores, en vez de funestos presagios,
mensajes de esperanza: sus valores no sólo han sido respetados sino honrados,
sostenidos sus incesantes esfuerzos, sus aspiraciones, purificadas y bendecidas …
Otra cosa debemos destacar aún: toda esta riqueza doctrinal se vuelca en una única
dirección: servir al hombre. Al hombre en todas sus condiciones, en todas sus
debilidades, en todas sus necesidades ». 3
Con estos sentimientos de agradecimiento por cuanto la Iglesia ha recibido y de
responsabilidad por la tarea que nos espera, atravesaremos la Puerta Santa, en la
plena confianza de sabernos acompañados por la fuerza del Señor Resucitado que
continua sosteniendo nuestra peregrinación. El Espíritu Santo que conduce los
pasos de los creyentes para que cooperen en la obra de salvación realizada por
Cristo, sea guía y apoyo del Pueblo de Dios para ayudarlo a contemplar el rostro de
la misericordia. (LUMEN GENTIUM (3)-GAUDIUM ET SPES (4))
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5. El Año jubilar se concluirá en la solemnidad litúrgica de Jesucristo Rey del
Universo, el 20 de noviembre de 2016. En ese día, cerrando la Puerta Santa,
tendremos ante todo sentimientos de gratitud y de reconocimiento hacia la Santísima
Trinidad por habernos concedido un tiempo extraordinario de gracia.
Encomendaremos la vida de la Iglesia, la humanidad entera y el inmenso cosmos a
la Señoría de Cristo, esperando que derrame su misericordia como el rocío de la
mañana para una fecunda historia, todavía por construir con el compromiso de todos
en el próximo futuro. ¡Cómo deseo que los años por venir estén impregnados de
misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la
ternura de Dios! A todos, creyentes y lejanos, pueda llegar el bálsamo de la
misericordia como signo del Reino de Dios que está ya presente en medio de
nosotros.
6. « Es propio de Dios usar misericordia y especialmente en esto se manifiesta su
omnipotencia ». (SUMA TEOLÓGICA), (5)5las palabras de santo Tomás de
Aquino muestran cuánto la misericordia divina no sea en absoluto un signo de
debilidad, sino más bien la cualidad de la omnipotencia de Dios. Es por esto que la
liturgia, en una de las colectas más antiguas, invita a orar diciendo: « Oh Dios que
revelas tu omnipotencia sobre todo en la misericordia y el perdón ». ( ) 6Dios será
siempre para la humanidad como Aquel que está presente, cercano, providente,
santo y misericordioso.
“Paciente y misericordioso” es el binomio que a menudo aparece en el Antiguo
Testamento para describir la naturaleza de Dios. Su ser misericordioso se constata
concretamente en tantas acciones de la historia de la salvación donde su bondad
prevalece por encima del castigo y la destrucción. Los Salmos, en modo particular,
destacan esta grandeza del proceder divino: « Él perdona todas tus culpas, y cura
todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de gracia y de
misericordia » (103,3-4). De una manera aún más explícita, otro Salmo testimonia
los signos concretos de su misericordia: « Él Señor libera a los cautivos, abre los
ojos de los ciegos y levanta al caído; el Señor protege a los extranjeros y sustenta al
huérfano y a la viuda; el Señor ama a los justos y entorpece el camino de los
malvados » (146,7-9). Por último, he aquí otras expresiones del salmista: « El Señor
sana los corazones afligidos y les venda sus heridas. […] El Señor sostiene a los
humildes y humilla a los malvados hasta el polvo » (147,3.6). Así pues, la
misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual
Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en
lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo. Vale decir que se trata realmente
de un amor “visceral”. Proviene desde lo más íntimo como un sentimiento profundo,
natural, hecho de ternura y compasión, de indulgencia y de perdón.
7. “Eterna es su misericordia”: es el estribillo que acompaña cada verso del Salmo
136 mientras se narra la historia de la revelación de Dios. En razón de la
misericordia, todas las vicisitudes del Antiguo Testamento están cargadas de un
profundo valor salvífico. La misericordia hace de la historia de Dios con Israel una
historia de salvación. Repetir continuamente “Eterna es su misericordia”, como lo
hace el Salmo, parece un intento por romper el círculo del espacio y del tiempo para
introducirlo todo en el misterio eterno del amor. Es como si se quisiera decir que no
solo en la historia, sino por toda la eternidad el hombre estará siempre bajo la
mirada misericordiosa del Padre. No es casual que el pueblo de Israel haya querido
integrar este Salmo, el grande hallel como es conocido, en las fiestas litúrgicas más
importantes.
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Antes de la Pasión Jesús oró con este Salmo de la misericordia. Lo atestigua el
evangelista Mateo cuando dice que « después de haber cantado el himno » (26,30),
Jesús con sus discípulos salieron hacia el Monte de los Olivos. Mientras instituía la
Eucaristía, como memorial perenne de Él y de su Pascua, puso simbólicamente este
acto supremo de la Revelación a la luz de la misericordia. En este mismo horizonte
de la misericordia, Jesús vivió su pasión y muerte, consciente del gran misterio del
amor de Dios que se habría de cumplir en la cruz. Saber que Jesús mismo hizo
oración con este Salmo, lo hace para nosotros los cristianos aún más importante y
nos compromete a incorporar este estribillo en nuestra oración de alabanza
cotidiana: “Eterna es su misericordia”.
8. Con la mirada fija en Jesús y en su rostro misericordioso podemos percibir el amor
de la Santísima Trinidad. La misión que Jesús ha recibido del Padre ha sido la de
revelar el misterio del amor divino en plenitud. « Dios es amor » (1 Jn 4,8.16), afirma
por la primera y única vez en toda la Sagrada Escritura el evangelista Juan. Este
amor se ha hecho ahora visible y tangible en toda la vida de Jesús. Su persona no
es otra cosa sino amor. Un amor que se dona gratuitamente. Sus relaciones con las
personas que se le acercan dejan ver algo único e irrepetible. Los signos que
realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas,
enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la misericordia. En Él todo habla
de misericordia. Nada en Él es falto de compasión.
Jesús, ante la multitud de personas que lo seguían, viendo que estaban cansadas y
extenuadas, pérdidas y sin guía, sintió desde lo profundo del corazón una intensa
compasión por ellas (cfr Mt 9,36). A causa de este amor compasivo curó los
enfermos que le presentaban (cfr Mt 14,14) y con pocos panes y peces calmó el
hambre de grandes muchedumbres (cfr Mt 15,37). Lo que movía a Jesús en todas
las circunstancias no era sino la misericordia, con la cual leía el corazón de los
interlocutores y respondía a sus necesidades más reales. Cuando encontró la viuda
de Naim, que llevaba su único hijo al sepulcro, sintió gran compasión por el inmenso
dolor de la madre en lágrimas, y le devolvió a su hijo resucitándolo de la muerte
(cfr Lc 7,15). Después de haber liberado el endemoniado de Gerasa, le confía esta
misión: « Anuncia todo lo que el Señor te ha hecho y la misericordia que ha obrado
contigo » (Mc 5,19). También la vocación de Mateo se coloca en el horizonte de la
misericordia. Pasando delante del banco de los impuestos, los ojos de Jesús se
posan sobre los de Mateo. Era una mirada cargada de misericordia que perdonaba
los pecados de aquel hombre y, venciendo la resistencia de los otros discípulos, lo
escoge a él, el pecador y publicano, para que sea uno de los Doce. San Beda el
Venerable, comentando esta escena del Evangelio, escribió que Jesús miró a Mateo
con amor misericordioso y lo eligió: miserando atque eligendo. Siempre me ha
cautivado esta expresión, tanto que quise hacerla mi propio lema.
9. En las parábolas dedicadas a la misericordia, Jesús revela la naturaleza de Dios
como la de un Padre que jamás se da por vencido hasta tanto no haya disuelto el
pecado y superado el rechazo con la compasión y la misericordia. Conocemos estas
parábolas; tres en particular: la de la oveja perdida y de la moneda extraviada, y la
del padre y los dos hijos (cfr Lc 15,1-32). En estas parábolas, Dios es presentado
siempre lleno de alegría, sobre todo cuando perdona. En ellas encontramos el
núcleo del Evangelio y de nuestra fe, porque la misericordia se muestra como la
fuerza que todo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón.
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De otra parábola, además, podemos extraer una enseñanza para nuestro estilo de
vida cristiano. Provocado por la pregunta de Pedro acerca de cuántas veces fuese
necesario perdonar, Jesús responde: « No te digo hasta siete, sino hasta setenta
veces siete » (Mt 18,22) y pronunció la parábola del “siervo despiadado”. Este,
llamado por el patrón a restituir una grande suma, le suplica de rodillas y el patrón le
condona la deuda. Pero inmediatamente encuentra otro siervo como él que le debía
unos pocos centésimos, el cual le suplica de rodillas que tenga piedad, pero él se
niega y lo hace encarcelar. Entonces el patrón, advertido del hecho, se irrita mucho y
volviendo a llamar aquel siervo le dice: « ¿No debías también tú tener compasión de
tu compañero, como yo me compadecí de ti? » (Mt 18,33). Y Jesús concluye: « Lo
mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a
sus hermanos » (Mt 18,35).
La parábola ofrece una profunda enseñanza a cada uno de nosotros. Jesús afirma
que la misericordia no es solo el obrar del Padre, sino que ella se convierte en el
criterio para saber quiénes son realmente sus verdaderos hijos. Así entonces,
estamos llamados a vivir de misericordia, porque a nosotros en primer lugar se nos
ha aplicado misericordia. El perdón de las ofensas deviene la expresión más
evidente del amor misericordioso y para nosotros cristianos es un imperativo del que
no podemos prescindir. ¡Cómo es difícil muchas veces perdonar! Y, sin embargo, el
perdón es el instrumento puesto en nuestras frágiles manos para alcanzar la
serenidad del corazón. Dejar caer el rencor, la rabia, la violencia y la venganza son
condiciones necesarias para vivir felices. Acojamos entonces la exhortación del
Apóstol: « No permitan que la noche los sorprenda enojados » (Ef 4,26). Y sobre
todo escuchemos la palabra de Jesús que ha señalado la misericordia como ideal de
vida y como criterio de credibilidad de nuestra fe. « Dichosos los misericordiosos,
porque encontrarán misericordia » (Mt 5,7) es la bienaventuranza en la que hay que
inspirarse durante este Año Santo.
Como se puede notar, la misericordia en la Sagrada Escritura es la palabra clave
para indicar el actuar de Dios hacia nosotros. Él no se limita a afirmar su amor, sino
que lo hace visible y tangible. El amor, después de todo, nunca podrá ser una
palabra abstracta. Por su misma naturaleza es vida concreta: intenciones, actitudes,
comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano. La misericordia de Dios es su
responsabilidad por nosotros. Él se siente responsable, es decir, desea nuestro bien
y quiere vernos felices, colmados de alegría y serenos. Es sobre esta misma
amplitud de onda que se debe orientar el amor misericordioso de los cristianos.
Como ama el Padre, así aman los hijos. Como Él es misericordioso, así estamos
nosotros llamados a ser misericordiosos los unos con los otros.
10. La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su
acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los
creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de
misericordia. La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor
misericordioso y compasivo. La Iglesia « vive un deseo inagotable de brindar
misericordia ». (EVANGELII GAUDIUM),(6) Tal vez por mucho tiempo nos hemos
olvidado de indicar y de andar por la vía de la misericordia. Por una parte, la
tentación de pretender siempre y solamente la justicia ha hecho olvidar que ella es el
primer paso, necesario e indispensable; la Iglesia no obstante necesita ir más lejos
para alcanzar una meta más alta y más significativa. Por otra parte, es triste
constatar cómo la experiencia del perdón en nuestra cultura se desvanece cada vez
más. Incluso la palabra misma en algunos momentos parece evaporarse. Sin el
testimonio del perdón, sin embargo, queda solo una vida infecunda y estéril, como si
se viviese en un desierto desolado. Ha llegado de nuevo para la Iglesia el tiempo de
encargarse del anuncio alegre del perdón.
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Es el tiempo de retornar a lo esencial para hacernos cargo de las debilidades y
dificultades de nuestros hermanos. El perdón es una fuerza que resucita a una vida
nueva e infunde el valor para mirar el futuro con esperanza.
11. No podemos olvidar la gran enseñanza que san Juan Pablo II ofreció en su
segunda encíclica DIVES IN MISERICORDIA (7), que en su momento llegó sin ser
esperada y tomó a muchos por sorpresa en razón del tema que afrontaba. Dos
pasajes en particular quiero recordar. Ante todo, el santo Papa hacía notar el olvido
del tema de la misericordia en la cultura presente: « La mentalidad contemporánea,
quizás en mayor medida que la del hombre del pasado, parece oponerse al Dios de
la misericordia y tiende además a orillar de la vida y arrancar del corazón humano la
idea misma de la misericordia. La palabra y el concepto de misericordia parecen
producir una cierta desazón en el hombre, quien, gracias a los adelantos tan
enormes de la ciencia y de la técnica, como nunca fueron conocidos antes en la
historia, se ha hecho dueño y ha dominado la tierra mucho más que en el pasado
(cfr Gn 1,28). Tal dominio sobre la tierra, entendido tal vez unilateral y
superficialmente, parece no dejar espacio a la misericordia … Debido a esto, en la
situación actual de la Iglesia y del mundo, muchos hombres y muchos ambientes
guiados por un vivo sentido de fe se dirigen, yo diría casi espontáneamente, a la
misericordia de Dios ».
Además, san Juan Pablo II motivaba con estas palabras la urgencia de anunciar y
testimoniar la misericordia en el mundo contemporáneo: « Ella está dictada por el
amor al hombre, a todo lo que es humano y que, según la intuición de gran parte de
los contemporáneos, está amenazado por un peligro inmenso. El misterio de Cristo
... me obliga al mismo tiempo a proclamar la misericordia como amor compasivo de
Dios, revelado en el mismo misterio de Cristo. Ello me obliga también a recurrir a tal
misericordia y a implorarla en esta difícil, crítica fase de la historia de la Iglesia y del
mundo ». Esta enseñanza es hoy más que nunca actual y merece ser retomada en
este Año Santo. Acojamos nuevamente sus palabras: « La Iglesia vive una vida
auténtica, cuando profesa y proclama la misericordia – el atributo más estupendo del
Creador y del Redentor – y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la
misericordia del Salvador, de las que es depositaria y dispensadora ».
12. La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante
del Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda
persona. La Esposa de Cristo hace suyo el comportamiento del Hijo de Dios que
sale a encontrar a todos, sin excluir ninguno. En nuestro tiempo, en el que la Iglesia
está comprometida en la nueva evangelización, el tema de la misericordia exige ser
propuesto una vez más con nuevo entusiasmo y con una renovada acción pastoral.
Es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y
testimonie en primera persona la misericordia. Su lenguaje y sus gestos deben
transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a
reencontrar el camino de vuelta al Padre.
La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo. De este amor, que llega hasta
el perdón y al don de sí, la Iglesia se hace sierva y mediadora ante los hombres. Por
tanto, donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre.
En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en
fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de
misericordia.
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13. Queremos vivir este Año Jubilar a la luz de la palabra del Señor:
Misericordiosos como el Padre. El evangelista refiere la enseñanza de Jesús: « Sed
misericordiosos, como el Padre vuestro es misericordioso » (Lc 6,36). Es un
programa de vida tan comprometedor como rico de alegría y de paz. El imperativo
de Jesús se dirige a cuantos escuchan su voz (cfr Lc 6,27). Para ser capaces de
misericordia, entonces, debemos en primer lugar colocarnos a la escucha de la
Palabra de Dios. Esto significa recuperar el valor del silencio para meditar la Palabra
que se nos dirige. De este modo es posible contemplar la misericordia de Dios y
asumirla como propio estilo de vida.
14. La peregrinación es un signo peculiar en el Año Santo, porque es imagen del
camino que cada persona realiza en su existencia. La vida es una peregrinación y el
ser humano es viator, un peregrino que recorre su camino hasta alcanzar la meta
anhelada. También para llegar a la Puerta Santa en Roma y en cualquier otro lugar,
cada uno deberá realizar, de acuerdo con las propias fuerzas, una peregrinación.
Esto será un signo del hecho que también la misericordia es una meta por alcanzar y
que requiere compromiso y sacrificio. La peregrinación, entonces, sea estímulo para
la conversión: atravesando la Puerta Santa nos dejaremos abrazar por la
misericordia de Dios y nos comprometeremos a ser misericordiosos con los demás
como el Padre lo es con nosotros.
El Señor Jesús indica las etapas de la peregrinación mediante la cual es posible
alcanzar esta meta: « No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis
condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará: una medida buena,
apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque
seréis medidos con la medida que midáis » (Lc 6,37-38). Dice, ante todo, no juzgar y
no condenar. Si no se quiere incurrir en el juicio de Dios, nadie puede convertirse en
el juez del propio hermano. Los hombres ciertamente con sus juicios se detienen en
la superficie, mientras el Padre mira el interior. ¡Cuánto mal hacen las palabras
cuando están motivadas por sentimientos de celos y envidia! Hablar mal del propio
hermano en su ausencia equivale a exponerlo al descrédito, a comprometer su
reputación y a dejarlo a merced del chisme. No juzgar y no condenar significa, en
positivo, saber percibir lo que de bueno hay en cada persona y no permitir que deba
sufrir por nuestro juicio parcial y por nuestra presunción de saberlo todo. Sin
embargo, esto no es todavía suficiente para manifestar la misericordia. Jesús pide
también perdonar y dar. Ser instrumentos del perdón, porque hemos sido los
primeros en haberlo recibido de Dios. Ser generosos con todos sabiendo que
también Dios dispensa sobre nosotros su benevolencia con magnanimidad.
Así entonces, misericordiosos como el Padre es el “lema” del Año Santo. En la
misericordia tenemos la prueba de cómo Dios ama. Él da todo sí mismo, por
siempre, gratuitamente y sin pedir nada a cambio. Viene en nuestra ayuda cuando lo
invocamos. Es bello que la oración cotidiana de la Iglesia inicie con estas palabras: «
Dios mío, ven en mi auxilio; Señor, date prisa en socorrerme » (Sal 70,2). El auxilio
que invocamos es ya el primer paso de la misericordia de Dios hacia nosotros. Él
viene a salvarnos de la condición de debilidad en la que vivimos. Y su auxilio
consiste en permitirnos captar su presencia y cercanía. Día tras día, tocados por su
compasión, también nosotros llegaremos a ser compasivos con todos.
15. En este Año Santo, podremos realizar la experiencia de abrir el corazón a
cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia
el mundo moderno dramáticamente crea. ¡Cuántas situaciones de precariedad y
sufrimiento existen en el mundo hoy! Cuántas heridas sellan la carne de muchos que
no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado a causa de la indiferencia
de los pueblos ricos.
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En este Jubileo la Iglesia será llamada a curar aún más estas heridas, a aliviarlas
con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia y a curarlas con la
solidaridad y la debida atención. No caigamos en la indiferencia que humilla, en la
habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo
que destruye. Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas
de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a
escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos, y
acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de
nuestra amistad y de la fraternidad. Que su grito se vuelva el nuestro y juntos
podamos romper la barrera de la indiferencia que suele reinar campante para
esconder la hipocresía y el egoísmo.
Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras
de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra
conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar
todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de
la misericordia divina. La predicación de Jesús nos presenta estas obras de
misericordia para que podamos darnos cuenta si vivimos o no como discípulos
suyos. Redescubramos las obras demisericordia corporales: dar de comer al
hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir
los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Y no olvidemos las obras
de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe,
corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia
las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos.
No podemos escapar a las palabras del Señor y en base a ellas seremos juzgados:
si dimos de comer al hambriento y de beber al sediento. Si acogimos al extranjero y
vestimos al desnudo. Si dedicamos tiempo para acompañar al que estaba enfermo o
prisionero (cfr Mt 25,31-45). Igualmente se nos preguntará si ayudamos a superar la
duda, que hace caer en el miedo y en ocasiones es fuente de soledad; si fuimos
capaces de vencer la ignorancia en la que viven millones de personas, sobre todo
los niños privados de la ayuda necesaria para ser rescatados de la pobreza; si
fuimos capaces de ser cercanos a quien estaba solo y afligido; si perdonamos a
quien nos ofendió y rechazamos cualquier forma de rencor o de odio que conduce a
la violencia; si tuvimos paciencia siguiendo el ejemplo de Dios que es tan paciente
con nosotros; finalmente, si encomendamos al Señor en la oración nuestros
hermanos y hermanas. En cada uno de estos “más pequeños” está presente Cristo
mismo. Su carne se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado,
flagelado, desnutrido, en fuga ... para que nosotros los reconozcamos, lo toquemos y
lo asistamos con cuidado. No olvidemos las palabras de san Juan de la Cruz: « En el
ocaso de nuestras vidas, seremos juzgados en el amor ».
16. En el Evangelio de Lucas encontramos otro aspecto importante para vivir con fe
el Jubileo. El evangelista narra que Jesús, un sábado, volvió a Nazaret y, como era
costumbre, entró en la Sinagoga. Lo llamaron para que leyera la Escritura y la
comentara. El paso era el del profeta Isaías donde está escrito: « El Espíritu del
Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena
Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos,
para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor » (61,12). “Un año de gracia”: es esto lo que el Señor anuncia y lo que deseamos vivir.
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Este Año Santo lleva consigo la riqueza de la misión de Jesús que resuena en las
palabras del Profeta: llevar una palabra y un gesto de consolación a los pobres,
anunciar la liberación a cuantos están prisioneros de las nuevas esclavitudes de la
sociedad moderna, restituir la vista a quien no puede ver más porque se ha
replegado sobre sí mismo, y volver a dar dignidad a cuantos han sido privados de
ella. La predicación de Jesús se hace de nuevo visible en las respuestas de fe que el
testimonio de los cristianos está llamado a ofrecer. Nos acompañen las palabras del
Apóstol: « El que practica misericordia, que lo haga con alegría » (Rm 12,8).
17. La Cuaresma de este Año Jubilar sea vivida con mayor intensidad, como
momento fuerte para celebrar y experimentar la misericordia de Dios. ¡Cuántas
páginas de la Sagrada Escritura pueden ser meditadas en las semanas de
Cuaresma para redescubrir el rostro misericordioso del Padre! Con las palabras del
profeta Miqueas también nosotros podemos repetir: Tú, oh Señor, eres un Dios que
cancelas la iniquidad y perdonas el pecado, que no mantienes para siempre tu
cólera, pues amas la misericordia. Tú, Señor, volverás a compadecerte de nosotros
y a tener piedad de tu pueblo. Destruirás nuestras culpas y arrojarás en el fondo del
mar todos nuestros pecados (cfr 7,18-19).
Las páginas del profeta Isaías podrán ser meditadas con mayor atención en este
tiempo de oración, ayuno y caridad: « Este es el ayuno que yo deseo: soltar las
cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y
romper todos los yugos; compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres
sin techo; cubrir al que veas desnudo y no abandonar a tus semejantes. Entonces
despuntará tu luz como la aurora y tu herida se curará rápidamente; delante de ti
avanzará tu justicia y detrás de ti irá la gloria del Señor. Entonces llamarás, y el
Señor responderá; pedirás auxilio, y él dirá: “¡Aquí estoy!”. Si eliminas de ti todos los
yugos, el gesto amenazador y la palabra maligna; si partes tu pan con el hambriento
y sacias al afligido de corazón, tu luz se alzará en las tinieblas y tu oscuridad será
como al mediodía. El Señor te guiará incesantemente, te saciará en los ardores del
desierto y llenará tus huesos de vigor; tú serás como un jardín bien regado, como
una vertiente de agua, cuyas aguas nunca se agotan » (58,6-11).
La iniciativa “24 horas para el Señor”, a celebrarse durante el viernes y sábado que
anteceden el IV domingo de Cuaresma, se incremente en las Diócesis. Muchas
personas están volviendo a acercarse al sacramento de la Reconciliación y entre
ellas muchos jóvenes, quienes en una experiencia semejante suelen reencontrar el
camino para volver al Señor, para vivir un momento de intensa oración y redescubrir
el sentido de la propia vida. De nuevo ponemos convencidos en el centro el
sacramento de la Reconciliación, porque nos permite experimentar en carne propia
la grandeza de la misericordia. Será para cada penitente fuente de verdadera paz
interior.
Nunca me cansaré de insistir en que los confesores sean un verdadero signo de la
misericordia del Padre. Ser confesores no se improvisa. Se llega a serlo cuando,
ante todo, nos hacemos nosotros penitentes en busca de perdón. Nunca olvidemos
que ser confesores significa participar de la misma misión de Jesús y ser signo
concreto de la continuidad de un amor divino que perdona y que salva. Cada uno de
nosotros ha recibido el don del Espíritu Santo para el perdón de los pecados, de esto
somos responsables. Ninguno de nosotros es dueño del Sacramento, sino fiel
servidor del perdón de Dios. Cada confesor deberá acoger a los fieles como el padre
en la parábola del hijo pródigo: un padre que corre al encuentro del hijo no obstante
hubiese dilapidado sus bienes. Los confesores están llamados a abrazar ese hijo
arrepentido que vuelve a casa y a manifestar la alegría por haberlo encontrado.
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No se cansarán de salir al encuentro también del otro hijo que se quedó afuera,
incapaz de alegrarse, para explicarle que su juicio severo es injusto y no tiene
ningún sentido ante la misericordia del Padre que no conoce confines. No harán
preguntas impertinentes, sino como el padre de la parábola interrumpirán el discurso
preparado por el hijo pródigo, porque serán capaces de percibir en el corazón de
cada penitente la invocación de ayuda y la súplica de perdón. En fin, los confesores
están llamados a ser siempre, en todas partes, en cada situación y a pesar de todo,
el signo del primado de la misericordia.
18. Durante la Cuaresma de este Año Santo tengo la intención de enviar los
Misioneros de la Misericordia. Serán un signo de la solicitud materna de la Iglesia
por el Pueblo de Dios, para que entre en profundidad en la riqueza de este misterio
tan fundamental para la fe. Serán sacerdotes a los cuales daré la autoridad de
perdonar también los pecados que están reservados a la Sede Apostólica, para que
se haga evidente la amplitud de su mandato. Serán, sobre todo, signo vivo de cómo
el Padre acoge cuantos están en busca de su perdón. Serán misioneros de la
misericordia porque serán los artífices ante todos de un encuentro cargado de
humanidad, fuente de liberación, rico de responsabilidad, para superar los
obstáculos y retomar la vida nueva del Bautismo. Se dejarán conducir en su misión
por las palabras del Apóstol: « Dios sometió a todos a la desobediencia, para tener
misericordia de todos » (Rm 11,32). Todos entonces, sin excluir a nadie, están
llamados a percibir el llamamiento a la misericordia. Los misioneros vivan esta
llamada conscientes de poder fijar la mirada sobre Jesús, « sumo sacerdote
misericordioso y digno de fe » (Hb 2,17).
Pido a los hermanos Obispos que inviten y acojan estos Misioneros, para que sean
ante todo predicadores convincentes de la misericordia. Se organicen en las
Diócesis “misiones para el pueblo” de modo que estos Misioneros sean
anunciadores de la alegría del perdón. Se les pida celebrar el sacramento de la
Reconciliación para los fieles, para que el tiempo de gracia donado en el Año jubilar
permita a tantos hijos alejados encontrar el camino de regreso hacia la casa paterna.
Los Pastores, especialmente durante el tiempo fuerte de Cuaresma, sean solícitos
en invitar a los fieles a acercarse « al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia
y alcanzar la gracia » (Hb 4,16).
19. La palabra del perdón pueda llegar a todos y la llamada a experimentar la
misericordia no deje a ninguno indiferente. Mi invitación a la conversión se dirige con
mayor insistencia a aquellas personas que se encuentran lejanas de la gracia de
Dios debido a su conducta de vida. Pienso en modo particular a los hombres y
mujeres que pertenecen a algún grupo criminal, cualquiera que éste sea. Por vuestro
bien, os pido cambiar de vida. Os lo pido en el nombre del Hijo de Dios que si bien
combate el pecado nunca rechaza a ningún pecador. No caigáis en la terrible trampa
de pensar que la vida depende del dinero y que ante él todo el resto se vuelve
carente de valor y dignidad. Es solo una ilusión. No llevamos el dinero con nosotros
al más allá. El dinero no nos da la verdadera felicidad. La violencia usada para
amasar fortunas que escurren sangre no convierte a nadie en poderoso ni inmortal.
Para todos, tarde o temprano, llega el juicio de Dios al cual ninguno puede escapar.
La misma llamada llegue también a todas las personas promotoras o cómplices de
corrupción. Esta llaga putrefacta de la sociedad es un grave pecado que grita hacia
el cielo pues mina desde sus fundamentos la vida personal y social. La corrupción
impide mirar el futuro con esperanza porque con su prepotencia y avidez destruye
los proyectos de los débiles y oprime a los más pobres. Es un mal que se anida en
gestos cotidianos para expandirse luego en escándalos públicos.
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La corrupción es una obstinación en el pecado, que pretende sustituir a Dios con la
ilusión del dinero como forma de poder. Es una obra de las tinieblas, sostenida por la
sospecha y la intriga. Corruptio optimi pessima, decía con razón san Gregorio
Magno, para indicar que ninguno puede sentirse inmune de esta tentación. Para
erradicarla de la vida personal y social son necesarias prudencia, vigilancia, lealtad,
transparencia, unidas al coraje de la denuncia. Si no se la combate abiertamente,
tarde o temprano busca cómplices y destruye la existencia.
¡Este es el tiempo oportuno para cambiar de vida! Este es el tiempo para dejarse
tocar el corazón. Ante el mal cometido, incluso crímenes graves, es el momento de
escuchar el llanto de todas las personas inocentes depredadas de los bienes, la
dignidad, los afectos, la vida misma. Permanecer en el camino del mal es sólo fuente
de ilusión y de tristeza. La verdadera vida es algo bien distinto. Dios no se cansa de
tender la mano. Está dispuesto a escuchar, y también yo lo estoy, al igual que mis
hermanos obispos y sacerdotes. Basta solamente que acojáis la llamada a la
conversión y os sometáis a la justicia mientras la Iglesia os ofrece misericordia.
20. No será inútil en este contexto recordar la relación existente entre
justicia y misericordia. No son dos momentos contrastantes entre sí, sino dos
dimensiones de una única realidad que se desarrolla progresivamente hasta
alcanzar su ápice en la plenitud del amor. La justicia es un concepto fundamental
para la sociedad civil cuando, normalmente, se hace referencia a un orden jurídico a
través del cual se aplica la ley. Con la justicia se entiende también que a cada uno
se debe dar lo que le es debido. En la Biblia, muchas veces se hace referencia a la
justicia divina y a Dios como juez. Generalmente es entendida como la observación
integral de la ley y como el comportamiento de todo buen israelita conforme a los
mandamientos dados por Dios. Esta visión, sin embargo, ha conducido no pocas
veces a caer en el legalismo, falsificando su sentido originario y oscureciendo el
profundo valor que la justicia tiene. Para superar la perspectiva legalista, sería
necesario recordar que en la Sagrada Escritura la justicia es concebida
esencialmente como un abandonarse confiado en la voluntad de Dios.
Por su parte, Jesús habla muchas veces de la importancia de la fe, más bien que de
la observancia de la ley. Es en este sentido que debemos comprender sus palabras
cuando estando a la mesa con Mateo y otros publicanos y pecadores, dice a los
fariseos que le replicaban: « Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia
y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores »
(Mt 9,13). Ante la visión de una justicia como mera observancia de la ley que juzga,
dividiendo las personas en justos y pecadores, Jesús se inclina a mostrar el gran
don de la misericordia que busca a los pecadores para ofrecerles el perdón y la
salvación. Se comprende por qué, en presencia de una perspectiva tan liberadora y
fuente de renovación, Jesús haya sido rechazado por los fariseos y por los doctores
de la ley. Estos, para ser fieles a la ley, ponían solo pesos sobre las espaldas de las
personas, pero así frustraban la misericordia del Padre. El reclamo a observar la ley
no puede obstaculizar la atención a las necesidades que tocan la dignidad de las
personas.
Al respecto es muy significativa la referencia que Jesús hace al profeta Oseas –« yo
quiero amor, no sacrificio » (6, 6). Jesús afirma que de ahora en adelante la regla de
vida de sus discípulos deberá ser la que da el primado a la misericordia, como Él
mismo testimonia compartiendo la mesa con los pecadores. La misericordia, una vez
más, se revela como dimensión fundamental de la misión de Jesús. Ella es un
verdadero reto para sus interlocutores que se detienen en el respeto formal de la ley.
Jesús, en cambio, va más allá de la ley; su compartir con aquellos que la ley
consideraba pecadores permite comprender hasta dónde llega su misericordia.
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También el Apóstol Pablo hizo un recorrido parecido. Antes de encontrar a Jesús en
el camino a Damasco, su vida estaba dedicada a perseguir de manera irreprensible
la justicia de la ley (cfr Flp 3,6). La conversión a Cristo lo condujo a ampliar su visión
precedente al punto que en la carta a los Gálatas afirma: « Hemos creído en
Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la Ley »
(2,16). Su comprensión de la justicia ha cambiado ahora radicalmente. Pablo pone
en primer lugar la fe y no más la ley. No es la observancia de la ley lo que salva, sino
la fe en Jesucristo, que con su muerte y resurrección trae la salvación junto con la
misericordia que justifica. La justicia de Dios se convierte ahora en liberación para
cuantos están oprimidos por la esclavitud del pecado y sus consecuencias. La
justicia de Dios es su perdón (cfr Sal 51,11-16).
21. La misericordia no es contraria a la justicia sino que expresa el comportamiento
de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad para examinarse,
convertirse y creer. La experiencia del profeta Oseas viene en nuestra ayuda para
mostrarnos la superación de la justicia en dirección hacia la misericordia. La época
de este profeta se cuenta entre las más dramáticas de la historia del pueblo hebreo.
El Reino está cercano de la destrucción; el pueblo no ha permanecido fiel a la
alianza, se ha alejado de Dios y ha perdido la fe de los Padres. Según una lógica
humana, es justo que Dios piense en rechazar el pueblo infiel: no ha observado el
pacto establecido y por tanto merece la pena correspondiente, el exilio. Las palabras
del profeta lo atestiguan: « Volverá al país de Egipto, y Asur será su rey, porque se
han negado a convertirse » (Os 11,5). Y sin embargo, después de esta reacción que
apela a la justicia, el profeta modifica radicalmente su lenguaje y revela el verdadero
rostro de Dios: « Mi corazón se convulsiona dentro de mí, y al mismo tiempo se
estremecen mis entrañas. No daré curso al furor de mi cólera, no volveré a destruir a
Efraín, porque soy Dios, no un hombre; el Santo en medio de ti y no es mi deseo
aniquilar » (11,8-9). San Agustín, como comentando las palabras del profeta dice: «
Es más fácil que Dios contenga la ira que la misericordia ». Es precisamente así. La
ira de Dios dura un instante, mientras que su misericordia dura eternamente.
Si Dios se detuviera en la justicia dejaría de ser Dios, sería como todos los hombres
que invocan respeto por la ley. La justicia por sí misma no basta, y la experiencia
enseña que apelando solamente a ella se corre el riesgo de destruirla. Por esto Dios
va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón. Esto no significa restarle
valor a la justicia o hacerla superflua, al contrario. Quien se equivoca deberá expiar
la pena. Solo que este no es el fin, sino el inicio de la conversión, porque se
experimenta la ternura del perdón. Dios no rechaza la justicia. Él la engloba y la
supera en un evento superior donde se experimenta el amor que está a la base de
una verdadera justicia. Debemos prestar mucha atención a cuanto escribe Pablo
para no caer en el mismo error que el Apóstol reprochaba a sus contemporáneos
judíos: « Desconociendo la justicia de Dios y empeñándose en establecer la suya
propia, no se sometieron a la justicia de Dios. Porque el fin de la ley es Cristo, para
justificación de todo el que cree » (Rm 10,3-4). Esta justicia de Dios es la
misericordia concedida a todos como gracia en razón de la muerte y resurrección de
Jesucristo. La Cruz de Cristo, entonces, es el juicio de Dios sobre todos nosotros y
sobre el mundo, porque nos ofrece la certeza del amor y de la vida nueva.
22. El Jubileo lleva también consigo la referencia a la indulgencia. En el Año Santo
de la Misericordia ella adquiere una relevancia particular. El perdón de Dios por
nuestros pecados no conoce límites. En la muerte y resurrección de Jesucristo, Dios
hace evidente este amor que es capaz incluso de destruir el pecado de los hombres.
Dejarse reconciliar con Dios es posible por medio del misterio pascual y de la
mediación de la Iglesia. Así entonces, Dios está siempre disponible al perdón y
nunca se cansa de ofrecerlo de manera siempre nueva e inesperada.
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Todos nosotros, sin embargo, vivimos la experiencia del pecado. Sabemos que
estamos llamados a la perfección (cfr Mt 5,48), pero sentimos fuerte el peso del
pecado. Mientras percibimos la potencia de la gracia que nos transforma,
experimentamos también la fuerza del pecado que nos condiciona. No obstante el
perdón, llevamos en nuestra vida las contradicciones que son consecuencia de
nuestros pecados. En el sacramento de la Reconciliación Dios perdona los pecados,
que realmente quedan cancelados; y sin embargo, la huella negativa que los
pecados dejan en nuestros comportamientos y en nuestros pensamientos
permanece. La misericordia de Dios es incluso más fuerte que esto. Ella se
transforma en indulgencia del Padre que a través de la Esposa de Cristo alcanza al
pecador perdonado y lo libera de todo residuo, consecuencia del pecado,
habilitándolo a obrar con caridad, a crecer en el amor más bien que a recaer en el
pecado.
La Iglesia vive la comunión de los Santos. En la Eucaristía esta comunión, que es
don de Dios, actúa como unión espiritual que nos une a los creyentes con los Santos
y los Beatos cuyo número es incalculable (cfr Ap 7,4). Su santidad viene en ayuda
de nuestra fragilidad, y así la Madre Iglesia es capaz con su oración y su vida de ir al
encuentro de la debilidad de unos con la santidad de otros. Vivir entonces la
indulgencia en el Año Santo significa acercarse a la misericordia del Padre con la
certeza que su perdón se extiende sobre toda la vida del creyente. Indulgencia es
experimentar la santidad de la Iglesia que participa a todos de los beneficios de la
redención de Cristo, para que el perdón sea extendido hasta las extremas
consecuencias a la cual llega el amor de Dios. Vivamos intensamente el Jubileo
pidiendo al Padre el perdón de los pecados y la dispensación de su indulgencia
misericordiosa.
23. La misericordia posee un valor que sobrepasa los confines de la Iglesia. Ella nos
relaciona con el judaísmo y el islam, que la consideran uno de los atributos más
calificativos de Dios. Israel primero que todo recibió esta revelación, que permanece
en la historia como el comienzo de una riqueza inconmensurable de ofrecer a la
entera humanidad. Como hemos visto, las páginas del Antiguo Testamento están
entretejidas de misericordia porque narran las obras que el Señor ha realizado en
favor de su pueblo en los momentos más difíciles de su historia. El islam, por su
parte, entre los nombres que le atribuye al Creador está el de Misericordioso y
Clemente. Esta invocación aparece con frecuencia en los labios de los fieles
musulmanes, que se sienten acompañados y sostenidos por la misericordia en su
cotidiana debilidad. También ellos creen que nadie puede limitar la misericordia
divina porque sus puertas están siempre abiertas.
Este Año Jubilar vivido en la misericordia pueda favorecer el encuentro con estas
religiones y con las otras nobles tradiciones religiosas; nos haga más abiertos al
diálogo para conocernos y comprendernos mejor; elimine toda forma de cerrazón y
desprecio, y aleje cualquier forma de violencia y de discriminación.
24. El pensamiento se dirige ahora a la Madre de la Misericordia. La dulzura de su
mirada nos acompañe en este Año Santo, para que todos podamos redescubrir la
alegría de la ternura de Dios. Ninguno como María ha conocido la profundidad del
misterio de Dios hecho hombre. Todo en su vida fue plasmado por la presencia de la
misericordia hecha carne. La Madre del Crucificado Resucitado entró en el santuario
de la misericordia divina porque participó íntimamente en el misterio de su amor.
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Elegida para ser la Madre del Hijo de Dios, María estuvo preparada desde siempre
por el amor del Padre para ser Arca de la Alianza entre Dios y los hombres. Custodió
en su corazón la divina misericordia en perfecta sintonía con su Hijo Jesús. Su canto
de alabanza, en el umbral de la casa de Isabel, estuvo dedicado a la misericordia
que se extiende « de generación en generación » (Lc 1,50). También nosotros
estábamos presentes en aquellas palabras proféticas de la Virgen María. Esto nos
servirá de consolación y de apoyo mientras atravesaremos la Puerta Santa para
experimentar los frutos de la misericordia divina.
Al pie de la cruz, María junto con Juan, el discípulo del amor, es testigo de las
palabras de perdón que salen de la boca de Jesús. El perdón supremo ofrecido a
quien lo ha crucificado nos muestra hasta dónde puede llegar la misericordia de
Dios. María atestigua que la misericordia del Hijo de Dios no conoce límites y
alcanza a todos sin excluir a ninguno. Dirijamos a ella la antigua y siempre nueva
oración del Salve Regina, para que nunca se canse de volver a nosotros sus ojos
misericordiosos y nos haga dignos de contemplar el rostro de la misericordia, su Hijo
Jesús.
Nuestra plegaria se extienda también a tantos Santos y Beatos que hicieron de la
misericordia su misión de vida. En particular el pensamiento se dirige a la grande
apóstol de la misericordia, santa Faustina Kowalska. Ella que fue llamada a entrar en
las profundidades de la divina misericordia, interceda por nosotros y nos obtenga
vivir y caminar siempre en el perdón de Dios y en la inquebrantable confianza en su
amor.
25. Un Año Santo extraordinario, entonces, para vivir en la vida de cada día la
misericordia que desde siempre el Padre dispensa hacia nosotros. En este Jubileo
dejémonos sorprender por Dios. Él nunca se cansa de destrabar la puerta de su
corazón para repetir que nos ama y quiere compartir con nosotros su vida. La Iglesia
siente la urgencia de anunciar la misericordia de Dios. Su vida es auténtica y creíble
cuando con convicción hace de la misericordia su anuncio. Ella sabe que la primera
tarea, sobre todo en un momento como el nuestro, lleno de grandes esperanzas y
fuertes contradicciones, es la de introducir a todos en el misterio de la misericordia
de Dios, contemplando el rostro de Cristo. La Iglesia está llamada a ser el primer
testigo veraz de la misericordia, profesándola y viviéndola como el centro de la
Revelación de Jesucristo. Desde el corazón de la Trinidad, desde la intimidad más
profunda del misterio de Dios, brota y corre sin parar el gran río de la misericordia.
Esta fuente nunca podrá agotarse, sin importar cuántos sean los que a ella se
acerquen. Cada vez que alguien tendrá necesidad podrá venir a ella, porque la
misericordia de Dios no tiene fin. Es tan insondable la profundidad del misterio que
encierra, tan inagotable la riqueza que de ella proviene.
En este Año Jubilar la Iglesia se convierta en el eco de la Palabra de Dios que
resuena fuerte y decidida como palabra y gesto de perdón, de soporte, de ayuda, de
amor. Nunca se canse de ofrecer misericordia y sea siempre paciente en el confortar
y perdonar. La Iglesia se haga voz de cada hombre y mujer y repita con confianza y
sin descanso: « Acuérdate, Señor, de tu misericordia y de tu amor; que son eternos
» (Sal 25,6).
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 11 de abril, Vigilia del Segundo Domingo de
Pascua o de la Divina Misericordia, del Año del Señor 2015, tercero de mi
pontificado.
Franciscus
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CONSTITUCIÓN DOGMÁTICA
(1)DEI VERBUM
SOBRE LA DIVINA REVELACIÓN
PROEMIO
1. El Santo Concilio, escuchando religiosamente la palabra de Dios y proclamándola
confiadamente, hace cuya la frase de San Juan, cuando dice: "Os anunciamos la
vida eterna, que estaba en el Padre y se nos manifestó: lo que hemos visto y oído os
lo anunciamos a vosotros, a fin de que viváis también en comunión con nosotros, y
esta comunión nuestra sea con el Padre y con su Hijo Jesucristo" (1 Jn., 1,2-3). Por
tanto siguiendo las huellas de los Concilios Tridentino y Vaticano I, se propone
exponer la doctrina genuina sobre la divina revelación y sobre su transmisión para
que todo el mundo, oyendo, crea el anuncio de la salvación; creyendo, espere, y
esperando, ame.
CAPÍTULO I
LA REVELACIÓN EN SÍ MISMA
Naturaleza y objeto de la revelación
2. Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de
su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado,
tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza
divina. En consecuencia, por esta revelación, Dios invisible habla a los hombres
como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la
comunicación consigo y recibirlos en su compañía. Este plan de la revelación se
realiza con hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las
obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la
doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte,
proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas. Pero la verdad
íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la
revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación
Preparación de la revelación evangélica
3. Dios, creándolo todo y conservándolo por su Verbo, da a los hombres testimonio
perenne de sí en las cosas creadas, y, queriendo abrir el camino de la salvación
sobrenatural, se manifestó, además, personalmente a nuestros primeros padres ya
desde el principio. Después de su caída alentó en ellos la esperanza de la salvación,
con la promesa de la redención, y tuvo incesante cuidado del género humano, para
dar la vida eterna a todos los que buscan la salvación con la perseverancia en las
buenas obras. En su tiempo llamó a Abraham para hacerlo padre de un gran pueblo,
al que luego instruyó por los Patriarcas, por Moisés y por los Profetas para que lo
reconocieran Dios único, vivo y verdadero, Padre providente y justo juez, y para que
esperaran al Salvador prometido, y de esta forma, a través de los siglos, fue
preparando el camino del Evangelio.
En Cristo culmina la revelación
4. Después que Dios habló muchas veces y de muchas maneras por los Profetas,
"últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo". Pues envió a su Hijo, es decir, al
Verbo eterno, que ilumina a todos los hombres, para que viviera entre ellos y les
manifestara los secretos de Dios; Jesucristo, pues, el Verbo hecho carne, "hombre
enviado, a los hombres", "habla palabras de Dios" y lleva a cabo la obra de la
salvación que el Padre le confió. Por tanto, Jesucristo -ver al cual es ver al Padre-,
con su total presencia y manifestación personal, con palabras y obras, señales y
milagros, y, sobre todo, con su muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos;
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finalmente, con el envío del Espíritu de verdad, completa la revelación y confirma
con el testimonio divino que vive en Dios con nosotros para librarnos de las tinieblas
del pecado y de la muerte y resucitarnos a la vida eterna.
La economía cristiana, por tanto, como alianza nueva y definitiva, nunca cesará, y no
hay que esperar ya ninguna revelación pública antes de la gloriosa manifestación de
nuestro Señor Jesucristo (cf. 1 Tim., 6,14; Tit., 2,13).
La revelación hay que recibirla con fe
5. Cuando Dios revela hay que prestarle "la obediencia de la fe", por la que el
hombre se confía libre y totalmente a Dios prestando "a Dios revelador el homenaje
del entendimiento y de la voluntad", y asintiendo voluntariamente a la revelación
hecha por El. Para profesar esta fe es necesaria la gracia de Dios, que proviene y
ayuda, a los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo
convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da "a todos la suavidad en el aceptar y
creer la verdad". Y para que la inteligencia de la revelación sea más profunda, el
mismo Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones.
Las verdades reveladas
6. Mediante la revelación divina quiso Dios manifestarse a Sí mismo y los eternos
decretos de su voluntad acerca de la salvación de los hombres, "para comunicarles
los bienes divinos, que superan totalmente la comprensión de la inteligencia
humana".
Confiesa el Santo Concilio "que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser
conocido con seguridad por la luz natural de la razón humana, partiendo de las
criaturas"; pero enseña que hay que atribuir a Su revelación "el que todo lo divino
que por su naturaleza no sea inaccesible a la razón humana lo pueden conocer
todos fácilmente, con certeza y sin error alguno, incluso en la condición presente del
género humano.
CAPITULO II
TRANSMISIÓN DE LA REVELACIÓN DIVINA
Los Apóstoles y sus sucesores, heraldos del Evangelio
7. Dispuso Dios benignamente que todo lo que había revelado para la salvación de
los hombres permaneciera íntegro para siempre y se fuera transmitiendo a todas las
generaciones. Por ello Cristo Señor, en quien se consuma la revelación total del
Dios sumo, mandó a los Apóstoles que predicaran a todos los hombres el Evangelio,
comunicándoles los dones divinos. Este Evangelio, prometido antes por los Profetas,
lo completó El y lo promulgó con su propia boca, como fuente de toda la verdad
salvadora y de la ordenación de las costumbres. Lo cual fue realizado fielmente,
tanto por los Apóstoles, que en la predicación oral comunicaron con ejemplos e
instituciones lo que habían recibido por la palabra, por la convivencia y por las obras
de Cristo, o habían aprendido por la inspiración del Espíritu Santo, como por
aquellos Apóstoles y varones apostólicos que, bajo la inspiración del mismo Espíritu,
escribieron el mensaje de la salvación.
Mas para que el Evangelio se conservara constantemente íntegro y vivo en la
Iglesia, los Apóstoles dejaron como sucesores suyos a los Obispos, "entregándoles
su propio cargo del magisterio". Por consiguiente, esta sagrada tradición y la
Sagrada Escritura de ambos Testamentos son como un espejo en que la Iglesia
peregrina en la tierra contempla a Dios, de quien todo lo recibe, hasta que le sea
concedido el verbo cara a cara, tal como es (cf. 1 Jn., 3,2).
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La Sagrada Tradición
8. Así, pues, la predicación apostólica, que está expuesta de un modo especial en
los libros inspirados, debía conservarse hasta el fin de los tiempos por una sucesión
continua. De ahí que los Apóstoles, comunicando lo que de ellos mismos han
recibido, amonestan a los fieles que conserven las tradiciones que han aprendido o
de palabra o por escrito, y que sigan combatiendo por la fe que se les ha dado una
vez para siempre. Ahora bien, lo que enseñaron los Apóstoles encierra todo lo
necesario para que el Pueblo de Dios viva santamente y aumente su fe, y de esta
forma la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto perpetúa y transmite a todas
las generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree.
Esta Tradición, que deriva de los Apóstoles, progresa en la Iglesia con la asistencia
del Espíritu Santo: puesto que va creciendo en la comprensión de las cosas y de las
palabras transmitidas, ya por la contemplación y el estudio de los creyentes, que las
meditan en su corazón y, ya por la percepción íntima que experimentan de las cosas
espirituales, ya por el anuncio de aquellos que con la sucesión del episcopado
recibieron el carisma cierto de la verdad. Es decir, la Iglesia, en el decurso de los
siglos, tiende constantemente a la plenitud de la verdad divina, hasta que en ella se
cumplan las palabras de Dios.
Las enseñanzas de los Santos Padres testifican la presencia viva de esta tradición,
cuyos tesoros se comunican a la práctica y a la vida de la Iglesia creyente y orante.
Por esta Tradición conoce la Iglesia el Canon íntegro de los libros sagrados, y la
misma Sagrada Escritura se va conociendo en ella más a fondo y se hace
incesantemente operativa, y de esta forma, Dios, que habló en otro tiempo, habla sin
intermisión con la Esposa de su amado Hijo; y el Espíritu Santo, por quien la voz del
Evangelio resuena viva en la Iglesia, y por ella en el mundo, va induciendo a los
creyentes en la verdad entera, y hace que la palabra de Cristo habite en ellos
abundantemente (cf. Col., 3,16).
Mutua relación entre la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura
9. Así, pues, la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y
compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma divina fuente, se funden en
cierto modo y tienden a un mismo fin. Ya que la Sagrada Escritura es la palabra de
Dios en cuanto se consigna por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo, y la
Sagrada Tradición transmite íntegramente a los sucesores de los Apóstoles la
palabra de Dios, a ellos confiada por Cristo Señor y por el Espíritu Santo para que,
con la luz del Espíritu de la verdad la guarden fielmente, la expongan y la difundan
con su predicación; de donde se sigue que la Iglesia no deriva solamente de la
Sagrada Escritura su certeza acerca de todas las verdades reveladas. Por eso se
han de recibir y venerar ambas con un mismo espíritu de piedad.
Relación de una y otra con toda la Iglesia y con el Magisterio
10. La Sagrada Tradición, pues, y la Sagrada Escritura constituyen un solo depósito
sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia; fiel a este depósito todo el
pueblo santo, unido con sus pastores en la doctrina de los Apóstoles y en la
comunión, persevera constantemente en la fracción del pan y en la oración (cf. Act.,
8,42), de suerte que prelados y fieles colaboran estrechamente en la conservación,
en el ejercicio y en la profesión de la fe recibida.
Pero el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida
ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se
ejerce en el nombre de Jesucristo. Este Magisterio, evidentemente, no está sobre la
palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado,
por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo la oye con piedad, la
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guarda con exactitud y la expone con fidelidad, y de este único depósito de la fe
saca todo lo que propone como verdad revelada por Dios que se ha de creer.
Es evidente, por tanto, que la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el
Magisterio de la Iglesia, según el designio sapientísimo de Dios, están entrelazados
y unidos de tal forma que no tiene consistencia el uno sin el otro, y que, juntos, cada
uno a su modo, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la
salvación de las almas.
CAPÍTULO III
INSPIRACIÓN DIVINA DE LA SAGRADA ESCRITURA Y SU INTERPRETACIÓN
Se establece el hecho de la inspiración y de la verdad de la Sagrada Escritura
11. Las verdades reveladas por Dios, que se contienen y manifiestan en la Sagrada
Escritura, se consignaron por inspiración del Espíritu Santo. la santa Madre Iglesia,
según la fe apostólica, tiene por santos y canónicos los libros enteros del Antiguo y
Nuevo Testamento con todas sus partes, porque, escritos bajo la inspiración del
Espíritu Santo, tienen a Dios como autor y como tales se le han entregado a la
misma Iglesia. Pero en la redacción de los libros sagrados, Dios eligió a hombres,
que utilizó usando de sus propias facultades y medios, de forma que obrando El en
ellos y por ellos, escribieron, como verdaderos autores, todo y sólo lo que El quería.
Pues, como todo lo que los autores inspirados o hagiógrafos afirman, debe tenerse
como afirmado por el Espíritu Santo, hay que confesar que los libros de la Escritura
enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en
las sagradas letras para nuestra salvación. Así, pues, "toda la Escritura es
divinamente inspirada y útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en
la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y equipado para toda obra
buena" (2 Tim., 3,16-17).
Cómo hay que interpretar la Sagrada Escritura
12. Habiendo, pues, hablando dios en la Sagrada Escritura por hombres y a la
manera humana, para que el intérprete de la Sagrada Escritura comprenda lo que El
quiso comunicarnos, debe investigar con atención lo que pretendieron expresar
realmente los hagiógrafos y plugo a Dios manifestar con las palabras de ellos.
Para descubrir la intención de los hagiógrafos, entre otras cosas hay que atender a
"los géneros literarios". Puesto que la verdad se propone y se expresa de maneras
diversas en los textos de diverso género: histórico, profético, poético o en otros
géneros literarios. Conviene, además, que el intérprete investigue el sentido que
intentó expresar y expresó el hagiógrafo en cada circunstancia según la condición de
su tiempo y de su cultura, según los géneros literarios usados en su época. Pues
para entender rectamente lo que el autor sagrado quiso afirmar en sus escritos, hay
que atender cuidadosamente tanto a las formas nativas usadas de pensar, de hablar
o de narrar vigentes en los tiempos del hagiógrafo, como a las que en aquella época
solían usarse en el trato mutuo de los hombres.
Y como la Sagrada Escritura hay que leerla e interpretarla con el mismo Espíritu con
que se escribió para sacar el sentido exacto de los textos sagrados, hay que atender
no menos diligentemente al contenido y a la unidad de toda la Sagrada Escritura,
teniendo en cuanta la Tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la fe. Es
deber de los exegetas trabajar según estas reglas para entender y exponer
totalmente el sentido de la Sagrada Escritura, para que, como en un estudio previo,
vaya madurando el juicio de la Iglesia. Por que todo lo que se refiere a la
interpretación de la Sagrada Escritura, está sometido en última instancia a la Iglesia,
que tiene el mandato y el ministerio divino de conservar y de interpretar la palabra de
Dios.
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Condescendencia de Dios
13. En la Sagrada Escritura, pues, se manifiesta, salva siempre la verdad y la
santidad de Dios, la admirable "condescendencia" de la sabiduría eterna, "para que
conozcamos la inefable benignidad de Dios, y de cuánta adaptación de palabra ha
uso teniendo providencia y cuidado de nuestra naturaleza". Porque las palabras de
Dios expresadas con lenguas humanas se han hecho semejantes al habla humana,
como en otro tiempo el Verbo del Padre Eterno, tomada la carne de la debilidad
humana, se hizo semejante a los hombres.
CAPÍTULO IV
EL ANTIGUO TESTAMENTO
La historia de la salvación consignada en los libros del Antiguo Testamento
14. Dios amantísimo, buscando y preparando solícitamente la salvación de todo el
género humano, con singular favor se eligió un pueblo, a quien confió sus promesas.
Hecho, pues, el pacto con Abraham y con el pueblo de Israel por medio de Moisés,
de tal forma se reveló con palabras y con obras a su pueblo elegido como el único
Dios verdadero y vivo, que Israel experimentó cuáles eran los caminos de Dios con
los hombres, y, hablando el mismo Dios por los Profetas, los entendió más
hondamente y con más claridad de día en día, y los difundió ampliamente entre las
gentes.
La economía, pues, de la salvación preanunciada, narrada y explicada por los
autores sagrados, se conserva como verdadera palabra de Dios en los libros del
Antiguo Testamento; por lo cual estos libros inspirados por Dios conservan un valor
perenne: "Pues todo cuanto está escrito, para nuestra enseñanza, fue escrito, a fin
de que por la paciencia y por la consolación de las Escrituras estemos firmes en la
esperanza" (Rom. 15,4).
Importancia del Antiguo Testamento para los cristianos
15. La economía del Antiguo Testamento estaba ordenada, sobre todo, para
preparar, anunciar proféticamente y significar con diversas figuras la venida de
Cristo redentor universal y la del Reino Mesiánico. mas los libros del Antiguo
Testamento manifiestan a todos el conocimiento de Dios y del hombre, y las formas
de obrar de Dios justo y misericordioso con los hombres, según la condición del
género humano en los tiempos que precedieron a la salvación establecida por
Cristo. Estos libros, aunque contengan también algunas cosas imperfectas y
adaptadas a sus tiempos, demuestran, sin embargo, la verdadera pedagogía divina.
Por tanto, los cristianos han de recibir devotamente estos libros, que expresan el
sentimiento vivo de Dios, y en los que se encierran sublimes doctrinas acerca de
Dios y una sabiduría salvadora sobre la vida del hombre, y tesoros admirables de
oración, y en los que, por fin, está latente el misterio de nuestra salvación.
Unidad de ambos Testamentos
16. Dios, pues, inspirador y autor de ambos Testamentos, dispuso las cosas tan
sabiamente que el Nuevo Testamento está latente en el Antiguo y el Antiguo está
patente en el Nuevo. Porque, aunque Cristo fundó el Nuevo Testamento en su
sangre, no obstante los libros del Antiguo Testamento recibidos íntegramente en la
proclamación evangélica, adquieren y manifiestan su plena significación en el Nuevo
Testamento, ilustrándolo y explicándolo al mismo tiempo.
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CAPÍTULO
EL NUEVO TESTAMENTO
V
Excelencia del Nuevo Testamento
17. La palabra divina que es poder de Dios para la salvación de todo el que cree, se
presenta y manifiesta su vigor de manera especial en los escritos del Nuevo
Testamento. Pues al llegar la plenitud de los tiempos el Verbo se hizo carne y habitó
entre nosotros lleno de gracia y de verdad. Cristo instauró el Reino de Dios en la
tierra, manifestó a su Padre y a Sí mismo con obras y palabras y completó su obra
con la muerte, resurrección y gloriosa ascensión, y con la misión del Espíritu Santo.
Levantado de la tierra, atrae a todos a Sí mismo, El, el único que tiene palabras de
vida eterna. pero este misterio no fue descubierto a otras generaciones, como es
revelado ahora a sus santos Apóstoles y Profetas en el Espíritu Santo, para que
predicaran el Evangelio, suscitaran la fe en Jesús, Cristo y Señor, y congregaran la
Iglesia. De todo lo cual los escritos del Nuevo Testamento son un testimonio
perenne y divino.
Origen apostólico de los Evangelios
18. Nadie ignora que entre todas las Escrituras, incluso del Nuevo Testamento, los
Evangelios ocupan, con razón, el lugar preeminente, puesto que son el testimonio
principal de la vida y doctrina del Verbo Encarnado, nuestro Salvador.
La Iglesia siempre ha defendido y defiende que los cuatro Evangelios tienen origen
apostólico. Pues lo que los Apóstoles predicaron por mandato de Cristo, luego, bajo
la inspiración del Espíritu Santo, ellos y los varones apostólicos nos lo transmitieron
por escrito, fundamento de la fe, es decir, el Evangelio en cuatro redacciones, según
Mateo, Marcos, Lucas y Juan.
Carácter histórico de los Evangelios
19. La Santa Madre Iglesia firme y constantemente ha creído y cree que los cuatro
referidos Evangelios, cuya historicidad afirma sin vacilar, comunican fielmente lo que
Jesús Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente para la
salvación de ellos, hasta el día que fue levantado al cielo. Los Apóstoles,
ciertamente, después de la ascensión del Señor, predicaron a sus oyentes lo que El
había dicho y obrado, con aquella crecida inteligencia de que ellos gozaban,
amaestrados por los acontecimientos gloriosos de Cristo y por la luz del Espíritu de
verdad. Los autores sagrados escribieron los cuatro Evangelios escogiendo algunas
cosas de las muchas que ya se trasmitían de palabra o por escrito, sintetizando
otras, o explicándolas atendiendo a la condición de las Iglesias, reteniendo por fin la
forma de proclamación de manera que siempre nos comunicaban la verdad sincera
acerca de Jesús. Escribieron, pues, sacándolo ya de su memoria o recuerdos, ya del
testimonio de quienes "desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la
palabra" para que conozcamos "la verdad" de las palabras que nos enseñan (cf. Lc.,
1,2-4).
Los restantes escritos del Nuevo Testamento
20. El Canon del Nuevo Testamento, además de los cuatro Evangelios, contiene
también las cartas de San Pablo y otros libros apostólicos escritos bajo la inspiración
del Espíritu Santo, con los cuales, según la sabia disposición de Dios, se confirma
todo lo que se refiere a Cristo Señor, se declara más y más su genuina doctrina, se
manifiesta el poder salvador de la obra divina de Cristo, y se cuentan los principios
de la Iglesia y su admirable difusión, y se anuncia su gloriosa consumación.
El Señor Jesús, pues, estuvo con los Apóstoles como había prometido y les envió el
Espíritu Consolador, para que los introdujera en la verdad completa (cf. Jn., 16,13).
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CAPÍTULO VI
LA SAGRADA ESCRITURA EN LA VIDA DE LA IGLESIA
La Iglesia venera las Sagradas Escrituras
21. la Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo
Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan
de vida, tanto de la palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la
Sagrada Liturgia. Siempre las ha considerado y considera, juntamente con la
Sagrada Tradición, como la regla suprema de su fe, puesto que, inspiradas por Dios
y escritas de una vez para siempre, comunican inmutablemente la palabra del
mismo Dios, y hacen resonar la voz del Espíritu Santo en las palabras de los
Profetas y de los Apóstoles.
Es necesario, por consiguiente, que toda la predicación eclesiástica, como la misma
religión cristiana, se nutra de la Sagrada Escritura, y se rija por ella. Porque en los
sagrados libros el Padre que está en los cielos se dirige con amor a sus hijos y habla
con ellos; y es tanta la eficacia que radica en la palabra de Dios, que es, en verdad,
apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma,
fuente pura y perenne de la vida espiritual. Muy a propósito se aplican a la Sagrada
Escritura estas palabras: "Pues la palabra de Dios es viva y eficaz", "que puede
edificar y dar la herencia a todos los que han sido santificados".
Se recomiendan las traducciones bien cuidadas
22. Es conveniente que los cristianos tengan amplio acceso ala Sagrada Escritura.
Por ello la Iglesia ya desde sus principios, tomó como suya la antiquísima versión
griega del Antiguo Testamento, llamada de los Setenta, y conserva siempre con
honor otras traducciones orientales y latinas, sobre todo la que llaman Vulgata. Pero
como la palabra de Dios debe estar siempre disponible, la Iglesia procura, con
solicitud materna, que se redacten traducciones aptas y fieles en varias lenguas,
sobre todo de los textos primitivos de los sagrados libros. Y si estas traducciones,
oportunamente y con el beneplácito de la Autoridad de la Iglesia, se llevan a cabo
incluso con la colaboración de los hermanos separados, podrán usarse por todos los
cristianos.
Deber de los católicos doctos
23. La esposa del Verbo Encarnado, es decir, la Iglesia, enseñada por el Espíritu
Santo, se esfuerza en acercarse, de día en día, a la más profunda inteligencia de las
Sagradas Escrituras, para alimentar sin desfallecimiento a sus hijos con la divina
enseñanzas; por lo cual fomenta también convenientemente el estudio de los Santos
Padres, tanto del Oriente como del Occidente, y de las Sagradas Liturgias.
Los exegetas católicos, y demás teólogos deben trabajar, aunando diligentemente
sus fuerzas, para investigar y proponer las Letras divinas, bajo la vigilancia del
Sagrado Magisterio, con los instrumentos oportunos, de forma que el mayor número
posible de ministros de la palabra puedan repartir fructuosamente al Pueblo de Dios
el alimento de las Escrituras, que ilumine la mente, robustezca las voluntades y
encienda los corazones de los hombres en el amor de Dios.
El Sagrado Concilio anima a los hijos de la Iglesia dedicados a los estudios bíblicos,
para que la obra felizmente comenzada, renovando constantemente las fuerzas, la
sigan realizando con todo celo, según el sentir de la Iglesia.
Importancia de la Sagrada Escritura para la Teología
24. La Sagrada Teología se apoya, como en cimientos perpetuos en la palabra
escrita de Dios, al mismo tiempo que en la Sagrada Tradición, y con ella se
robustece firmemente y se rejuvenece de continuo, investigando a la luz de la fe
toda la verdad contenida en el misterio de Cristo. Las Sagradas Escrituras contienen
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la palabra de Dios y, por ser inspiradas, son en verdad la palabra de Dios; por
consiguiente, el estudio de la Sagrada Escritura ha de ser como el alma de la
Sagrada Teología. También el ministerio de la palabra, esto es, la predicación
pastoral, la catequesis y toda instrucción cristiana, en que es preciso que ocupe un
lugar importante la homilía litúrgica, se nutre saludablemente y se vigoriza
santamente con la misma palabra de la Escritura.
Se recomienda la lectura asidua de la Sagrada Escritura
25. Es necesario, pues, que todos los clérigos, sobre todo los sacerdotes de Cristo y
los demás que como los diáconos y catequistas se dedican legítimamente al
ministerio de la palabra, se sumerjan en las Escrituras con asidua lectura y con
estudio diligente, para que ninguno de ellos resulte "predicador vacío y superfluo de
la palabra de Dios que no la escucha en su interior", puesto que debe comunicar a
los fieles que se le han confiado, sobre todo en la Sagrada Liturgia, las inmensas
riquezas de la palabra divina.
De igual forma el Santo Concilio exhorta con vehemencia a todos los cristianos en
particular a los religiosos, a que aprendan "el sublime conocimiento de Jesucristo",
con la lectura frecuente de las divinas Escrituras. "Porque el desconocimiento de las
Escrituras es desconocimiento de Cristo". Lléguense, pues, gustosamente, al mismo
sagrado texto, ya por la Sagrada Liturgia, llena del lenguaje de Dios, ya por la lectura
espiritual, ya por instituciones aptas para ello, y por otros medios, que con la
aprobación o el cuidado de los Pastores de la Iglesia se difunden ahora
laudablemente por todas partes. Pero no olviden que debe acompañar la oración a
la lectura de la Sagrada Escritura para que se entable diálogo entre Dios y el
hombre; porque "a El hablamos cuando oramos, y a El oímos cuando leemos las
palabras divinas.
Incumbe a los prelados, "en quienes está la doctrina apostólica, instruir
oportunamente a los fieles a ellos confiados, para que usen rectamente los libros
sagrados, sobre todo el Nuevo Testamento, y especialmente los Evangelios por
medio de traducciones de los sagrados textos, que estén provistas de las
explicaciones necesarias y suficientes para que los hijos de la Iglesia se familiaricen
sin peligro y provechosamente con las Sagradas Escrituras y se penetren de su
espíritu.
Háganse, además, ediciones de la Sagrada Escritura, provistas de notas
convenientes, para uso también de los no cristianos, y acomodadas a sus
condiciones, y procuren los pastores de las almas y los cristianos de cualquier
estado divulgarlas como puedan con toda habilidad.
Epílogo
26. Así, pues, con la lectura y el estudio de los Libros Sagrados "la palabra de Dios
se difunda y resplandezca" y el tesoro de la revelación, confiado a la Iglesia, llene
más y más los corazones de los hombres. Como la vida de la Iglesia recibe su
incremento de la renovación constante del misterio Eucarístico, así es de esperar un
nuevo impulso de la vida espiritual de la acrecida veneración de la palabra de Dios
que "permanece para siempre" (Is., 40,8; cf. 1 Pe., 1,23-25).
Todas y cada una de las cosas contenidas en esta Constitución Dogmática han
obtenido el beneplácito de los Padres del Sacrosanto Concilio. Y Nos, en virtud de la
potestad apostólica recibida de Cristo, juntamente con los Venerables Padres, las
aprobamos, decretamos y establecemos en el Espíritu Santo, y mandamos que lo
así decidido conciliarmente sea promulgado para gloria de Dios.
Roma, en San Pedro, 18 de noviembre de 1965.
Yo, PABLO, Obispo de la Iglesia católica
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SOLEMNE APERTURA DEL CONCILIO VATICANO II
DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN XXIII*
(2)Jueves 11 de octubre de 1962
Venerables hermanos:
Gócese hoy la Santa Madre Iglesia porque, gracias a un regalo singular de la
Providencia Divina, ha alboreado ya el día tan deseado en que el Concilio
Ecuménico Vaticano II se inaugura solemnemente aquí, junto al sepulcro de San
Pedro, bajo la protección de la Virgen Santísima cuya Maternidad Divina se celebra
litúrgicamente en este mismo día.
Los Concilios Ecuménicos en la Iglesia
La sucesión de los diversos Concilios hasta ahora celebrados —tanto los veinte
Concilios Ecuménicos como los innumerables concilios provinciales y regionales,
también importantes— proclaman claramente la vitalidad de la Iglesia católica y se
destacan como hitos luminosos a lo largo de su historia.
El gesto del más reciente y humilde sucesor de San Pedro, que os habla, al
convocar esta solemnísima asamblea, se ha propuesto afirmar, una vez más, la
continuidad del Magisterio Eclesiástico, para presentarlo en forma excepcional a
todos los hombres de nuestro tiempo, teniendo en cuenta las desviaciones, las
exigencias y las circunstancias de la edad contemporánea.
Es muy natural que, al iniciarse el Concilio universal, Nos sea grato mirar a lo
pasado, como para recoger sus voces, cuyo eco alentador queremos escuchar de
nuevo, unido al recuerdo y méritos de nuestros predecesores más antiguos o más
recientes, los Romanos Pontífices: voces solemnes y venerables, a través del
Oriente y del Occidente, desde el siglo IV al Medievo y de aquí hasta la época
moderna, las cuales han transmitido el testimonio de aquellos Concilios; voces que
proclaman con perenne fervor el triunfo de la institución, divina y humana: la Iglesia
de Cristo, que de El toma nombre, gracia y poder.
Junto a los motivos de gozo espiritual, es cierto, sin embargo, que por encima de
esta historia se extiende también, durante más de diecinueve siglos, una nube de
tristeza y de pruebas. No sin razón el anciano Simeón dijo a María, la Madre de
Jesús, aquella profecía que ha sido y sigue siendo verdadera: "Este Niño será
puesto para ruina y para resurrección de muchos en Israel y como señal de
contradicción"[1]. Y el mismo Jesús, ya adulto, fijó muy claramente las distintas
actitudes del mundo frente a su persona, a lo largo de los siglos, en aquellas
misteriosas palabras: "Quien a vosotros escucha a mí me escucha"[2]; y con
aquellas otras, citadas por el mismo Evangelista: "Quien no está conmigo, está
contra mí; quien no recoge conmigo, desparrama"[3].
El gran problema planteado al mundo, desde hace casi dos mil años, subsiste
inmutable. Cristo, radiante siempre en el centro de la historia y de la vida; los
hombres, o están con El y con su Iglesia, y en tal caso gozan de la luz, de la bondad,
del orden y de la paz, o bien están sin El o contra El, y deliberadamente contra su
Iglesia: se tornan motivos de confusión, causando asperezas en las relaciones
humanas, y persistentes peligros de guerras fratricidas.
Los concilios Ecuménicos, siempre que se reúnen, son celebración solemne de la
unión de Cristo y de su Iglesia y por ende conducen a una universal irradiación de la
verdad, a la recta dirección de la vida individual, familiar y social, al robustecimiento
de las energías espirituales, en incesante elevación sobre los bienes verdaderos y
eternos.
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Ante nosotros están, en el sucederse de las diversas épocas de los primeros veinte
siglos de la historia cristiana, los testimonios de este Magisterio extraordinario de la
Iglesia, recogidos en numerosos e imponentes volúmenes, patrimonio sagrado en
los archivos eclesiásticos aquí en Roma, pero también en las más célebres
bibliotecas del mundo entero.
Origen y causa del Concilio Ecuménico Vaticano II
Cuanto a la iniciativa del gran acontecimiento que hoy nos congrega aquí, baste, a
simple título de orientación histórica, reafirmar una vez más nuestro humilde pero
personal testimonio de aquel primer momento en que, de improviso, brotó en nuestro
corazón y en nuestros labios la simple palabra "Concilio Ecuménico". Palabra
pronunciada ante el Sacro Colegio de los Cardenales en aquel faustísimo día 25 de
enero de 1959, fiesta de la conversión de San Pablo, en su basílica de Roma. Fue
un toque inesperado, un rayo de luz de lo alto, una gran dulzura en los ojos y en el
corazón; pero, al mismo tiempo, un fervor, un gran fervor que se despertó
repentinamente por todo el mundo, en espera de la celebración del Concilio.
Tres años de laboriosa preparación, consagrados al examen más amplio y profundo
de las modernas condiciones de fe y de práctica religiosa, de vitalidad cristiana y
católica especialmente, Nos han aparecido como una primera señal y un primer don
de gracias celestiales.
Iluminada la Iglesia por la luz de este Concilio —tal es Nuestra firme esperanza—
crecerá en espirituales riquezas y, al sacar de ellas fuerza para nuevas energías,
mirará intrépida a lo futuro. En efecto; con oportunas "actualizaciones" y con un
prudente ordenamiento de mutua colaboración, la Iglesia hará que los hombres, las
familias, los pueblos vuelvan realmente su espíritu hacia las cosas celestiales.
Así es como el Concilio se convierte en motivo de singular obligación de gran
gratitud al Supremo Dador de todo bien, celebrando con jubiloso cántico la gloria de
Cristo Señor, Rey glorioso e inmortal de los siglos y de los pueblos.
Oportunidad de la celebración del Concilio
Hay, además, otro argumento, venerables hermanos, que conviene confiar a vuestra
consideración. Para aumentar, pues, más aún Nuestro santo gozo, queremos
proponer —ante esta gran asamblea— el consolador examen de las felices
circunstancias en que comienza el Concilio Ecuménico.
En el cotidiano ejercicio de Nuestro ministerio pastoral llegan, a veces, a nuestros
oídos, hiriéndolos, ciertas insinuaciones de algunas personas que, aun en su celo
ardiente, carecen del sentido de la discreción y de la medida. Ellas no ven en los
tiempos modernos sino prevaricación y ruina; van diciendo que nuestra época,
comparada con las pasadas, ha ido empeorando; y se comportan como si nada
hubieran aprendido de la historia, que sigue siendo maestra de la vida, y como si en
tiempo de los precedentes Concilios Ecuménicos todo hubiese procedido con un
triunfo absoluto de la doctrina y de la vida cristiana, y de la justa libertad de la
Iglesia.
Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar
siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese
inminente. En el presente momento histórico, la Providencia nos está llevando a un
nuevo orden de relaciones humanas que, por obra misma de los hombres pero más
aún por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de
planes superiores e inesperados; pues todo, aun las humanas adversidades, aquélla
lo dispone para mayor bien de la Iglesia.
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Fácil es descubrir esta realidad, cuando se considera atentamente el mundo
moderno, tan ocupado en la política y en las disputas de orden económico que ya no
encuentra tiempo para atender a las cuestiones del orden espiritual, de las que se
ocupa el magisterio de la Santa Iglesia. Modo semejante de obrar no va bien, y con
razón ha de ser desaprobado; mas no se puede negar que estas nuevas
condiciones de la vida moderna tienen siquiera la ventaja de haber hecho
desaparecer todos aquellos innumerables obstáculos, con que en otros tiempos los
hijos del mundo impedían la libre acción de la Iglesia. En efecto; basta recorrer, aun
fugazmente, la historia eclesiástica, para comprobar claramente cómo aun los
mismos Concilios Ecuménicos, cuyas gestas están consignadas con áureos
caracteres en los fastos de la Iglesia Católica, frecuentemente se celebraron entre
gravísimas dificultades y amarguras, por la indebida ingerencia de los poderes
civiles. Verdad es que a veces los Príncipes seculares se proponían proteger
sinceramente a la Iglesia; pero, con mayor frecuencia, ello sucedía no sin daño y
peligro espiritual, porque se dejaban llevar por cálculos de su actuación política,
interesada y peligrosa.
A este propósito, os confesamos el muy vivo dolor que experimentamos por la
ausencia, aquí y en este momento, de tantos Pastores de almas para Nos
queridísimos, porque sufren prisión por su fidelidad a Cristo o se hallan impedidos
por otros obstáculos, y cuyo recuerdo Nos mueve a elevar por ellos ardientes
plegarias a Dios.
Pero no sin una gran esperanza y un gran consuelo vemos hoy cómo la Iglesia, libre
finalmente de tantas trabas de orden profano, tan frecuentes en otros tiempos,
puede, desde esta Basílica Vaticana, como desde un segundo Cenáculo Apostólico,
hacer sentir a través de vosotros su voz, llena de majestad y de grandeza.
Objetivo principal del Concilio: defensa y revalorización de la verdad
El supremo interés del Concilio Ecuménico es que el sagrado depósito de la doctrina
cristiana sea custodiado y enseñado en forma cada vez más eficaz. Doctrina, que
comprende al hombre entero, compuesto de alma y cuerpo; y que, a nosotros,
peregrinos sobre esta tierra, nos manda dirigirnos hacia la patria celestial. Esto
demuestra cómo ha de ordenarse nuestra vida mortal de suerte que cumplamos
nuestros deberes de ciudadanos de la tierra y del cielo, y así consigamos el fin
establecido por Dios.
Significa esto que todos los hombres, considerados tanto individual como
socialmente, tienen el deber de tender sin tregua, durante toda su vida, a la
consecución de los bienes celestiales; y el de usar, llevados por ese fin, todos los
bienes terrenales, sin que su empleo sirva de perjuicio a la felicidad eterna.
Ha dicho el Señor: "Buscad primero el reino de Dios y su justicia"[4]. Palabra
ésta "primero" que expresa en qué dirección han de moverse nuestros pensamientos
y nuestras fuerzas; mas sin olvidar las otras palabras del precepto del Señor: "... y
todo lo demás se os dará por añadidura"[5]. En realidad, siempre ha habido en la
Iglesia, y hay todavía, quienes, caminando con todas sus energías hacia la
perfección evangélica, no se olvidan de rendir una gran utilidad a la sociedad. Así es
como por sus nobles ejemplos de vida constantemente practicados, y por sus
iniciativas de caridad, recibe vigor e incremento cuanto hay de más alto y noble en la
humana sociedad.
Mas para que tal doctrina alcance a las múltiples estructuras de la actividad humana,
que atañen a los individuos, a las familias y a la vida social, ante todo es necesario
que la Iglesia no se aparte del sacro patrimonio de la verdad, recibido de los padres;
pero, al mismo tiempo, debe mirar a lo presente, a las nuevas condiciones y formas
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de vida introducidas en el mundo actual, que han abierto nuevos caminos para el
apostolado católico.
Por esta razón la Iglesia no ha asistido indiferente al admirable progreso de los
descubrimientos del ingenio humano, y nunca ha dejado de significar su justa
estimación: mas, aun siguiendo estos desarrollos, no deja de amonestar a los
hombres para que, por encima de las cosas sensibles, vuelvan sus ojos a Dios,
fuente de toda sabiduría y de toda belleza; y les recuerda que, así como se les dijo
"poblad la tierra y dominadla"[6], nunca olviden que a ellos mismos les fue dado el
gravísimo precepto: "Adorarás al Señor tu Dios y a El sólo servirás"[7], no sea que
suceda que la fascinadora atracción de las cosas visibles impida el verdadero
progreso.
Modalidad actual en la difusión de la doctrina sagrada
Después de esto, ya está claro lo que se espera del Concilio, en todo cuanto a la
doctrina se refiere. Es decir, el Concilio Ecuménico XXI —que se beneficiará de la
eficaz e importante suma de experiencias jurídicas, litúrgicas, apostólicas y
administrativas— quiere transmitir pura e íntegra, sin atenuaciones ni
deformaciones, la doctrina que durante veinte siglos, a pesar de dificultades y de
luchas, se ha convertido en patrimonio común de los hombres; patrimonio que, si no
ha sido recibido de buen grado por todos, constituye una riqueza abierta a todos los
hombres de buena voluntad.
Deber nuestro no es sólo estudiar ese precioso tesoro, como si únicamente nos
preocupara su antigüedad, sino dedicarnos también, con diligencia y sin temor, a la
labor que exige nuestro tiempo, prosiguiendo el camino que desde hace veinte siglos
recorre la Iglesia.
La tarea principal de este Concilio no es, por lo tanto, la discusión de este o aquel
tema de la doctrina fundamental de la Iglesia, repitiendo difusamente la enseñanza
de los Padres y Teólogos antiguos y modernos, que os es muy bien conocida y con
la que estáis tan familiarizados.
Para eso no era necesario un Concilio. Sin embargo, de la adhesión renovada,
serena y tranquila, a todas las enseñanzas de la Iglesia, en su integridad y precisión,
tal como resplandecen principalmente en las actas conciliares de Trento y del
Vaticano I, el espíritu cristiano y católico del mundo entero espera que se de un paso
adelante hacia una penetración doctrinal y una formación de las conciencias que
esté en correspondencia más perfecta con la fidelidad a la auténtica doctrina,
estudiando ésta y exponiéndola a través de las formas de investigación y de las
fórmulas literarias del pensamiento moderno. Una cosa es la substancia de la
antigua doctrina, del "depositum fidei", y otra la manera de formular su expresión; y
de ello ha de tenerse gran cuenta —con paciencia, si necesario fuese— ateniéndose
a las normas y exigencias de un magisterio de carácter predominantemente pastoral.
Al iniciarse el Concilio Ecuménico Vaticano II, es evidente como nunca que la verdad
del Señor permanece para siempre. Vemos, en efecto, al pasar de un tiempo a otro,
cómo las opiniones de los hombres se suceden excluyéndose mutuamente y cómo
los errores, luego de nacer, se desvanecen como la niebla ante el sol.
Cómo reprimir los errores
Siempre la Iglesia se opuso a estos errores. Frecuentemente los condenó con la
mayor severidad. En nuestro tiempo, sin embargo, la Esposa de Cristo prefiere usar
la medicina de la misericordia más que la de la severidad. Ella quiere venir al
encuentro de las necesidades actuales, mostrando la validez de su doctrina más
bien que renovando condenas. No es que falten doctrinas falaces, opiniones y
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conceptos peligrosos, que precisa prevenir y disipar; pero se hallan tan en evidente
contradicción con la recta norma de la honestidad, y han dado frutos tan perniciosos,
que ya los hombres, aun por sí solos, están propensos a condenarlos, singularmente
aquellas costumbres de vida que desprecian a Dios y a su ley, la excesiva confianza
en los progresos de la técnica, el bienestar fundado exclusivamente sobre las
comodidades de la vida. Cada día se convencen más de que la dignidad de la
persona humana, así como su perfección y las consiguientes obligaciones, es
asunto de suma importancia. Lo que mayor importancia tiene es la experiencia, que
les ha enseñado cómo la violencia causada a otros, el poder de las armas y el
predominio político de nada sirven para una feliz solución de los graves problemas
que les afligen.
En tal estado de cosas, la Iglesia Católica, al elevar por medio de este Concilio
Ecuménico la antorcha de la verdad religiosa, quiere mostrarse madre amable de
todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos
separados de ella. Así como Pedro un día, al pobre que le pedía limosna, dice ahora
ella al género humano oprimido por tantas dificultades: "No tengo oro ni plata, pero
te doy lo que tengo. En nombre de Jesús de Nazaret, levántate y anda"[viii]. La
Iglesia, pues, no ofrece riquezas caducas a los hombres de hoy, ni les promete una
felicidad sólo terrenal; los hace participantes de la gracia divina que, elevando a los
hombres a la dignidad de hijos de Dios, se convierte en poderosísima tutela y ayuda
para una vida más humana; abre la fuente de su doctrina vivificadora que permite a
los hombres, iluminados por la luz de Cristo, comprender bien lo que son realmente,
su excelsa dignidad, su fin. Además de que ella, valiéndose de sus hijos, extiende
por doquier la amplitud de la caridad cristiana, que más que ninguna otra cosa
contribuye a arrancar los gérmenes de la discordia y, con mayor eficacia que otro
medio alguno, fomenta la concordia, la justa paz y la unión fraternal de todos.
Debe promoverse la unidad de la familia cristiana y humana
La solicitud de la Iglesia en promover y defender la verdad se deriva del hecho de
que —según el designio de Dios "que quiere que todos los hombres se salven y
lleguen al conocimiento de la verdad"[9]— no pueden los hombres, sin la ayuda de
toda la doctrina revelada, conseguir una completa y firme unidad de ánimos, a la que
van unidas la verdadera paz y la eterna salvación. Desgraciadamente, la familia
humana todavía no ha conseguido, en su plenitud, esta visible unidad en la verdad.
La Iglesia católica estima, por lo tanto, como un deber suyo el trabajar con toda
actividad para que se realice el gran misterio de aquella unidad que con ardiente
plegaria invocó Jesús al Padre celestial, estando inminente su sacrificio. Goza ella
de suave paz, pues tiene conciencia de su unión íntima con dicha plegaria; y se
alegra luego grandemente cuando ve que tal invocación aumenta su eficacia con
saludables frutos, hasta entre quienes se hallan fuera de su seno. Y aún más; si se
considera esta misma unidad, impetrada por Cristo para su Iglesia, parece como
refulgir con un triple rayo de luz benéfica y celestial: la unidad de los católicos entre
sí, que ha de conservarse ejemplarmente firmísima; la unidad de oraciones y
ardientes deseos, con que los cristianos separados de esta Sede Apostólica aspiran
a estar unidos con nosotros; y, finalmente, la unidad en la estima y respeto hacia la
Iglesia católica por parte de quienes siguen religiones todavía no cristianas. En este
punto, es motivo de dolor el considerar que la mayor parte del género humano —a
pesar de que los hombres todos han sido redimidos por la Sangre de Cristo— no
participan aún de esa fuente de gracias divinas que se hallan en la Iglesia católica. A
este propósito, cuadran bien a la Iglesia, cuya luz todo lo ilumina, cuya fuerza de
unidad sobrenatural redunda en beneficio de la humanidad entera, aquellas palabras
de San Cipriano: "La Iglesia, envuelta en luz divina, extiende sus rayos sobre el
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mundo entero y, con todo, constituye una sola luz que se difunde por doquier sin que
su unidad sufra división. Extiende sus ramas por toda la tierra, para fecundarla, a la
vez que multiplica, con mayor largueza, sus arroyos; pero siempre es única la
cabeza, único el origen, ella es madre única copiosamente fecunda: de ella hemos
nacido todos, nos hemos nutrido de su leche, vivimos de su espíritu"[10].
Esto se propone el Concilio Ecuménico Vaticano II, el cual, mientras reúne
juntamente las mejores energías de la Iglesia y se esfuerza por que los hombres
acojan cada vez más favorablemente el anuncio de la salvación, prepara en cierto
modo y consolida el camino hacia aquella unidad del género humano, que constituye
el fundamento necesario para que la Ciudad terrenal se organice a semejanza de la
celestial "en la que reina la verdad, es ley la caridad y la extensión es la eternidad"
según San Agustín[11].
Conclusión
Ahora "nuestra voz se dirige a vosotros"[12], Venerables Hermanos en el
Episcopado. Henos ya reunidos aquí, en esta Basílica Vaticana, centro de la historia
de la Iglesia; donde Cielo y tierra se unen estrechamente, aquí, junto al sepulcro de
Pedro, junto a tantas tumbas de Santos Predecesores Nuestros, cuyas cenizas, en
esta solemne hora, parecen estremecerse con arcana alegría.
El Concilio que comienza aparece en la Iglesia como un día prometedor de luz
resplandeciente. Apenas si es la aurora; pero ya el primer anuncio del día que surge
¡con cuánta suavidad llena nuestro corazón! Todo aquí respira santidad, todo suscita
júbilo. Pues contemplamos las estrellas, que con su claridad aumentan la majestad
de este templo; estrellas que, según el testimonio del apóstol San Juan[13], sois
vosotros mismos; y con vosotros vemos resplandecer en torno al sepulcro del
Príncipe de los Apóstoles[14] los áureos candelabros de las Iglesias que os están
confiadas.
Al mismo tiempo vemos las dignísimas personalidades, aquí presentes, en actitud de
gran respeto y de cordial expectación, llegadas a Roma desde los cinco continentes,
representando a las Naciones del mundo.
Cielo y tierra, puede decirse, se unen en la celebración del Concilio: los Santos del
Cielo, para proteger nuestro trabajo; los fieles de la tierra, continuando en su oración
al Señor; y vosotros, secundando las inspiraciones del Espíritu Santo, para lograr
que el común trabajo corresponda a las actuales aspiraciones y necesidades de los
diversos pueblos. Todo esto pide de vosotros serenidad de ánimo, concordia
fraternal, moderación en los proyectos, dignidad en las discusiones y prudencia en
las deliberaciones.
Quiera el Cielo que todos vuestros esfuerzos y vuestros trabajos, en los que están
centrados no sólo los ojos de todos los pueblos, sino también las esperanzas del
mundo entero, satisfagan abundantemente las comunes esperanzas.
¡Oh Dios Omnipotente! En Ti ponemos toda vuestra confianza, desconfiando de
nuestras fuerzas. Mira benigno a estos Pastores de tu Iglesia. Que la luz de tu gracia
celestial nos ayude, así al tomar las decisiones como al formular las leyes; y escucha
clemente las oraciones que te elevamos con unanimidad de fe, de palabra y de
espíritu.
¡Oh María, auxilio de los cristianos, auxilio de los obispos, de cuyo amor
recientemente hemos tenido peculiar prueba en tu templo de Loreto, donde quisimos
venerar el misterio de la Encarnación! Dispón todas las cosas hacia un éxito feliz y
próspero y, junto con tu esposo San José, con los santos Apóstoles Pedro y Pablo,
con los santos Juan, el Bautista y el Evangelista, intercede por todos nosotros ante
Dios.
A Jesucristo, nuestro adorable Redentor, Rey inmortal de los pueblos y de los siglos,
sea el amor, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén
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PABLO OBISPO
SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS
JUNTAMENTE CON LOS PADRES DEL CONCILIO
PARA PERPETUO RECUERDO
CONSTITUCIÓN DOGMÁTICA SOBRE LA IGLESIA*
LUMEN GENTIUM (3)
CAPÍTULO I
EL MISTERIO DE LA IGLESIA
1. Cristo es la luz de los pueblos. Por ello este sacrosanto Sínodo, reunido en el
Espíritu Santo, desea ardientemente iluminar a todos los hombres, anunciando el
Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16,15) con la claridad de Cristo, que resplandece
sobre la faz de la Iglesia. Y porque la Iglesia es en Cristo como un sacramento, o
sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género
humano, ella se propone presentar a sus fieles y a todo el mundo con mayor
precisión su naturaleza y su misión universal, abundando en la doctrina de los
concilios precedentes. Las condiciones de nuestra época hacen más urgente este
deber de la Iglesia, a saber, el que todos los hombres, que hoy están más
íntimamente unidos por múltiples vínculos sociales técnicos y culturales, consigan
también la plena unidad en Cristo.
2. El Padre Eterno, por una disposición libérrima y arcana de su sabiduría y bondad,
creó todo el universo, decretó elevar a los hombres a participar de la vida divina, y
como ellos hubieran pecado en Adán, no los abandonó, antes bien les dispensó
siempre los auxilios para la salvación, en atención a Cristo Redentor, «que es la
imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura» (Col1,15). A todos los
elegidos, el Padre, antes de todos los siglos, «los conoció de antemano y los
predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que éste sea el
primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29). Y estableció convocar a quienes
creen en Cristo en la santa Iglesia, que ya fue prefigurada desde el origen del
mundo, preparada admirablemente en la historia del pueblo de Israel y en la Antigua
Alianza [1], constituida en los tiempos definitivos, manifestada por la efusión del
Espíritu y que se consumará gloriosamente al final de los tiempos. Entonces, como
se lee en los Santos Padres, todos los justos desde Adán, «desde el justo Abel
hasta el último elegido» [2], serán congregados en una Iglesia universal en la casa
del Padre.
3. Vino, por tanto, el Hijo, enviado por el Padre, quien nos eligió en El antes de la
creación del mundo y nos predestinó a ser hijos adoptivos, porque se complació en
restaurar en El todas las cosas (cf. Ef 1,4-5 y 10). Así, pues, Cristo, en cumplimiento
de la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el reino de los cielos, nos reveló su
misterio y con su obediencia realizó la redención. La Iglesia o reino de Cristo,
presente actualmente en misterio, por el poder de Dios crece visiblemente en el
mundo. Este comienzo y crecimiento están simbolizados en la sangre y en el agua
que manaron del costado abierto de Cristo crucificado (cf. Jn 19,34) y están
profetizados en las palabras de Cristo acerca de su muerte en la cruz: «Y yo, si fuere
levantado de la tierra, atraeré a todos a mí» (Jn 12,32 gr.). La obra de nuestra
redención se efectúa cuantas veces se celebra en el altar el sacrificio de la cruz, por
medio del cual «Cristo, que es nuestra Pascua, ha sido inmolado» (1 Co 5,7). Y, al
mismo tiempo, la unidad de los fieles, que constituyen un solo cuerpo en Cristo, está
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representada y se realiza por el sacramento del pan eucarístico (cf. 1 Co 10,17).
Todos los hombres están llamados a esta unión con Cristo, luz del mundo, de quien
procedemos, por quien vivimos y hacia quien caminamos.
4. Consumada la obra que el Padre encomendó realizar al Hijo sobre la tierra
(cf. Jn 17,4), fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés a fin de santificar
indefinidamente la Iglesia y para que de este modo los fieles tengan acceso al Padre
por medio de Cristo en un mismo Espíritu (cf. Ef 2,18). El es el Espíritu de vida o la
fuente de agua que salta hasta la vida eterna (cf. Jn 4,14; 7,38-39), por quien el
Padre vivifica a los hombres, muertos por el pecado, hasta que resucite sus cuerpos
mortales en Cristo (cf.Rm 8,10-11). El Espíritu habita en la Iglesia y en el corazón de
los fieles como en un templo (cf. 1 Co 3,16; 6,19), y en ellos ora y da testimonio de
su adopción como hijos (cf. Ga 4,6; Rm 8,15-16 y 26). Guía la Iglesia a toda la
verdad (cf. Jn 16, 13), la unifica en comunión y ministerio, la provee y gobierna con
diversos dones jerárquicos y carismáticos y la embellece con sus frutos (cf. Ef 4,1112; 1 Co 12,4; Ga 5,22). Con la fuerza del Evangelio rejuvenece la Iglesia, la
renueva incesantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo [3]. En
efecto, el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús: ¡Ven! (cf. Ap 22,17).
Y así toda la Iglesia aparece como «un pueblo reunido en virtud de la unidad del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» [4].
5. El misterio de la santa Iglesia se manifiesta en su fundación. Pues nuestro Señor
Jesús dio comienzo a la Iglesia predicando la buena nueva, es decir, la llegada del
reino de Dios prometido desde siglos en la Escritura: «Porque el tiempo está
cumplido, y se acercó el reino de Dios» (Mc 1,15; cf. Mt 4,17). Ahora bien, este reino
brilla ante los hombres en la palabra, en las obras y en la presencia de Cristo. La
palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo (cf. Mc 4,14):
quienes la oyen con fidelidad y se agregan a la pequeña grey de Cristo
(cf. Lc 12,32), ésos recibieron el reino; la semilla va después germinando poco a
poco y crece hasta el tiempo de la siega (cf. Mc 4,26-29). Los milagros de Jesús, a
su vez, confirman que el reino ya llegó a la tierra: «Si expulso los demonios por el
dedo de Dios, sin duda que el reino de Dios ha llegado a vosotros» (Lc 11,20;
cf. Mt 12,28). Pero, sobre todo, el reino se manifiesta en la persona misma de Cristo,
Hijo de Dios e Hijo del hombre, quien vino «a servir y a dar su vida para la redención
de muchos» (Mc 10,45).
Mas como Jesús, después de haber padecido muerte de cruz por los hombres,
resucitó, se presentó por ello constituido en Señor, Cristo y Sacerdote para siempre
(cf. Hch 2,36; Hb 5,6; 7,17-21) y derramó sobre sus discípulos el Espíritu prometido
por el Padre (cf.Hch 2,33). Por esto la Iglesia, enriquecida con los dones de su
Fundador y observando fielmente sus preceptos de caridad, humildad y abnegación,
recibe la misión de anunciar el reino de Cristo y de Dios e instaurarlo en todos los
pueblos, y constituye en la tierra el germen y el principio de ese reino. Y, mientras
ella paulatinamente va creciendo, anhela simultáneamente el reino consumado y con
todas sus fuerzas espera y ansia unirse con su Rey en la gloria.
6. Del mismo modo que en el Antiguo Testamento la revelación del reino se propone
frecuentemente en figuras, así ahora la naturaleza íntima de la Iglesia se nos
manifiesta también mediante diversas imágenes tomadas de la vida pastoril, de la
agricultura, de la edificación, como también de la familia y de los esponsales, las
cuales están ya insinuadas en los libros de los profetas.
Así la Iglesia es un redil, cuya única y obligada puerta es Cristo (cf. Jn 10,1-10). Es
también una grey, de la que el mismo Dios se profetizó Pastor (cf. Is 40,11; Ez 34,11
ss), y cuyas ovejas, aunque conducidas ciertamente por pastores humanos, son, no
obstante, guiadas y alimentadas continuamente por el mismo Cristo, buen Pastor y
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Príncipe de los pastores (cf. Jn 10,11; 1 P 5,4), que dio su vida por las ovejas
(cf. Jn 10,11-15).
La Iglesia es labranza, o arada de Dios (cf. 1 Co 3,9). En ese campo crece el vetusto
olivo, cuya raíz santa fueron los patriarcas, y en el cual se realizó y concluirá la
reconciliación de los judíos y gentiles (cf. Rm 11,13- 26). El celestial Agricultor la
plantó como viña escogida (cf. Mt 21,33-34 par.; cf. Is 5,1 ss). La verdadera vid es
Cristo, que comunica vida y fecundidad a los sarmientos, que somos nosotros, que
permanecemos en El por medio de la Iglesia, y sin El nada podemos hacer
(cf. Jn 15,1-5).
A veces también la Iglesia es designada como edificación de Dios (cf. 1 Co 3,9). El
mismo Señor se comparó a la piedra que rechazaron los constructores, pero que fue
puesta como piedra angular (cf. Mt 21,42 par.; Hch 4,11; 1 P 2,7; Sal 117,22). Sobre
este fundamento los Apóstoles levantan la Iglesia (cf. 1 Co 3,11) y de él recibe esta
firmeza y cohesión. Esta edificación recibe diversos nombres: casa de Dios (cf. 1
Tm 3,15), en que habita su familia; habitación de Dios en el Espíritu (cf. Ef 2,19-22),
tienda de Dios entre los hombres (Ap 21,3) y sobre todo templo santo, que los
Santos Padres celebran como representado en los templos de piedra, y la liturgia, no
sin razón, la compara a la ciudad santa, la nueva Jerusalén [5]. Efectivamente, en
este mundo servimos, cual piedras vivas, para edificarla (cf. 1 P 2,5). San Juan
contempla esta ciudad santa y bajando, en la renovación del mundo, de junto a Dios,
ataviada como esposa engalanada para su esposo (Ap 21,1 s).
La Iglesia, llamada «Jerusalén de arriba» y «madre nuestra» (Ga 4,26; cf. Ap 12,17),
es también descrita como esposa inmaculada del Cordero inmaculado (cf. Ap 19,7;
21,2 y 9; 22,17), a la que Cristo «amó y se entregó por ella para santificarla»
(Ef 5,25-26), la unió consigo en pacto indisoluble e incesantemente la «alimenta y
cuida» (Ef 5,29); a ella, libre de toda mancha, la quiso unida a sí y sumisa por el
amor y la fidelidad (cf. Ef 5,24), y, en fin, la enriqueció perpetuamente con bienes
celestiales, para que comprendiéramos la caridad de Dios y de Cristo hacia
nosotros, que supera toda ciencia (cf. Ef 3,19). Sin embargo, mientras la Iglesia
camina en esta tierra lejos del Señor (cf. 2 Co 5,6), se considera como en destierro,
buscando y saboreando las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha
de Dios, donde la vida de la Iglesia está escondida con Cristo en Dios hasta que
aparezca con su Esposo en la gloria (cf. Col 3,1-4).
7. El Hijo de Dios, en la naturaleza humana unida a sí, redimió al hombre, venciendo
la muerte con su muerte y resurrección, y lo transformó en una nueva criatura
(cf. Ga 6,15; 2 Co 5,17). Y a sus hermanos, congregados de entre todos los pueblos,
los constituyó místicamente su cuerpo, comunicándoles su espíritu.
En ese cuerpo, la vida de Cristo se comunica a los creyentes, quienes están unidos
a Cristo paciente y glorioso por los sacramentos, de un modo arcano, pero real [6].
Por el bautismo, en efecto, nos configuramos en Cristo: «porque también todos
nosotros hemos sido bautizados en un solo Espíritu» (1 Co 12,13), ya que en este
sagrado rito se representa y realiza el consorcio con la muerte y resurrección de
Cristo: «Con El fuimos sepultados por el bautismo para participar de su muerte; mas,
si hemos sido injertados en El por la semejanza de su muerte, también lo seremos
por la de su resurrección» (Rm 6,4-5). Participando realmente del Cuerpo del Señor
en la fracción del pan eucarístico, somos elevados a una comunión con El y entre
nosotros. «Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos
participamos de ese único pan» (1 Co 10,17). Así todos nosotros nos convertimos en
miembros de ese Cuerpo (cf. 1 Co 12,27) «y cada uno es miembro del otro»
(Rm 12,5).
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Y del mismo modo que todos los miembros del cuerpo humano, aun siendo muchos,
forman, no obstante, un solo cuerpo, así también los fieles en Cristo (cf. 1 Co 12,
12). También en la constitución del cuerpo de Cristo está vigente la diversidad de
miembros y oficios. Uno solo es el Espíritu, que distribuye sus variados dones para
el bien de la Iglesia según su riqueza y la diversidad de ministerios (1 Co 12,1-11).
Entre estos dones resalta la gracia de los Apóstoles, a cuya autoridad el mismo
Espíritu subordina incluso los carismáticos (cf. 1 Co 14). El mismo produce y urge la
caridad entre los fieles, unificando el cuerpo por sí y con su virtud y con la conexión
interna de los miembros. Por consiguiente, si un miembro sufre en algo, con él
sufren todos los demás; o si un miembro es honrado, gozan conjuntamente los
demás miembros (cf.1 Co 12,26).
La Cabeza de este cuerpo es Cristo. El es la imagen de Dios invisible, y en El fueron
creadas todas las cosas. El es antes que todos, y todo subsiste en El. El es la
cabeza del cuerpo, que es la Iglesia. El es el principio, el primogénito de los muertos,
de modo que tiene la primacía en todas las cosas (cf. Col 1,15-18). Con la grandeza
de su poder domina los cielos y la tierra y con su eminente perfección y acción llena
con las riquezas de su gloria todo el cuerpo (cf. Ef 1,18-23) [7].
Es necesario que todos los miembros se hagan conformes a El hasta el extremo de
que Cristo quede formado en ellos (cf. Ga 4,19). Por eso somos incorporados a los
misterios de su vida, configurados con El, muertos y resucitados con El, hasta que
con El reinemos (cf. Flp 3,21; 2 Tm 2,11; Ef 2,6; Col 2,12, etc.). Peregrinando
todavía sobre la tierra, siguiendo de cerca sus pasos en la tribulación y en la
persecución, nos asociamos a sus dolores como el cuerpo a la cabeza, padeciendo
con El a fin de ser glorificados con El (cf.Rm 8,17).
Por El «todo el cuerpo, alimentado y trabado por las coyunturas: y ligamentos, crece
en aumento divino» (Col 2, 19). El mismo conforta constantemente su cuerpo, que
es la Iglesia, con los dones de los ministerios, por los cuales, con la virtud derivada
de El, nos prestamos mutuamente los servicios para la salvación, de modo que,
viviendo la verdad en caridad, crezcamos por todos los medios en El, que es nuestra
Cabeza (cf. Ef 4,11-16 gr.).
Y para que nos renováramos incesantemente en El (cf. Ef 4,23), nos concedió
participar de su Espíritu, quien, siendo uno solo en la Cabeza y en los miembros, de
tal modo vivifica todo el cuerpo, lo une y lo mueve, que su oficio pudo ser comparado
por los Santos Padres con la función que ejerce el principio de vida o el alma en el
cuerpo humano [8].
Cristo, en verdad, ama a la Iglesia como a su esposa, convirtiéndose en ejemplo del
marido, que ama a su esposa como a su propio cuerpo (cf. Ef 5,25-28). A su vez, la
Iglesia le está sometida como a su Cabeza (ib. 23-24). «Porque en El habita
corporalmente toda la plenitud de la divinidad» (Col 2,9), colma de bienes divinos a
la Iglesia, que es su cuerpo y su plenitud (cf. Ef 1, 22-23), para que tienda y consiga
toda la plenitud de Dios (cf. Ef 3,19).
8. Cristo, el único Mediador, instituyó y mantiene continuamente en la tierra a su
Iglesia santa, comunidad de fe, esperanza y caridad, como un todo visible [9],
comunicando mediante ella la verdad y la gracia a todos. Mas la sociedad provista
de sus órganos jerárquicos y el Cuerpo místico de Cristo, la asamblea visible y la
comunidad espiritual, la Iglesia terrestre y la Iglesia enriquecida con los bienes
celestiales, no deben ser consideradas como dos cosas distintas, sino que más bien
forman una realidad compleja que está integrada de un elemento humano y otro
divino [10]. Por eso se la compara, por una notable analogía, al misterio del Verbo
encarnado, pues así como la naturaleza asumida sirve al Verbo divino como de
instrumento vivo de salvación unido indisolublemente a El, de modo semejante la
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articulación social de la Iglesia sirve al Espíritu Santo, que la vivifica, para el
acrecentamiento de su cuerpo (cf. Ef 4,16) [11].
Esta es la única Iglesia de Cristo, que en el Símbolo confesamos como una, santa,
católica y apostólica [12], y que nuestro Salvador, después de su resurrección,
encomendó a Pedro para que la apacentara (cf. Jn 21,17), confiándole a él y a los
demás Apóstoles su difusión y gobierno (cf. Mt 28,18 ss), y la erigió perpetuamente
como columna y fundamento de la verdad (cf.1 Tm 3,15). Esta Iglesia, establecida y
organizada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia católica,
gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él [13] si bien
fuera de su estructura se encuentren muchos elementos de santidad y verdad que,
como bienes propios de la Iglesia de Cristo, impelen hacia la unidad católica.
Pero como Cristo realizó la obra de la redención en pobreza y persecución, de igual
modo la Iglesia está destinada a recorrer el mismo camino a fin de comunicar los
frutos de la salvación a los hombres. Cristo Jesús, «existiendo en la forma de Dios...,
se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo» (Flp 2,6-7), y por nosotros «se
hizo pobre, siendo rico» (2 Co 8,9); así también la Iglesia, aunque necesite de
medios humanos para cumplir su misión, no fue instituida para buscar la gloria
terrena, sino para proclamar la humildad y la abnegación, también con su propio
ejemplo. Cristo fue enviado por el Padre a «evangelizar a los pobres y levantar a los
oprimidos» (Lc 4,18), «para buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,10); así
también la Iglesia abraza con su amor a todos los afligidos por la debilidad humana;
más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador
pobre y paciente, se esfuerza en remediar sus necesidades y procura servir en ellos
a Cristo. Pues mientras Cristo, «santo, inocente, inmaculado» (Hb 7,26), no conoció
el pecado (cf. 2 Co 5,21), sino que vino únicamente a expiar los pecados del pueblo
(cf. Hb2,17), la Iglesia encierra en su propio seno a pecadores, y siendo al mismo
tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la
penitencia y de la renovación.
La Iglesia «va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de
Dios» [14] anunciando la cruz del Señor hasta que venga (cf. 1 Co 11,26). Está
fortalecida, con la virtud del Señor resucitado, para triunfar con paciencia y caridad
de sus aflicciones y dificultades, tanto internas como externas, y revelar al mundo
fielmente su misterio, aunque sea entre penumbras, hasta que se manifieste en todo
el esplendor al final de los tiempos.
CAPÍTULO II
EL PUEBLO DE DIOS
9. En todo tiempo y en todo pueblo es grato a Dios quien le teme y practica la justicia
(cf. Hch 10,35). Sin embargo, fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los
hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino
constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente. Por
ello eligió al pueblo de Israel como pueblo suyo, pactó con él una alianza y le
instruyó gradualmente, revelándose a Sí mismo y los designios de su voluntad a
través de la historia de este pueblo, y santificándolo para Sí. Pero todo esto sucedió
como preparación y figura de la alianza nueva y perfecta que había de pactarse en
Cristo y de la revelación completa que había de hacerse por el mismo Verbo de Dios
hecho carne. «He aquí que llegará el tiempo, dice el Señor, y haré un nuevo pacto
con la casa de Israel y con la casa de Judá... Pondré mi ley en sus entrañas y la
escribiré en sus corazones, y seré Dios para ellos y ellos serán mi pueblo... Todos,
desde el pequeño al mayor, me conocerán, dice el Señor» (Jr 31,31-34). Ese pacto
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nuevo, a saber, el Nuevo Testamento en su sangre (cf. 1 Co 11,25), lo estableció
Cristo convocando un pueblo de judíos y gentiles, que se unificara no según la
carne, sino en el Espíritu, y constituyera el nuevo Pueblo de Dios. Pues quienes
creen en Cristo, renacidos no de un germen corruptible, sino de uno incorruptible,
mediante la palabra de Dios vivo (cf. 1 P 1,23), no de la carne, sino del agua y del
Espíritu Santo (cf. Jn 3,5-6), pasan, finalmente, a constituir «un linaje escogido,
sacerdocio regio, nación santa, pueblo de adquisición..., que en un tiempo no era
pueblo y ahora es pueblo de Dios» (1 P 2, 9-10).
Este pueblo mesiánico tiene por cabeza a Cristo, «que fue entregado por nuestros
pecados y resucitó para nuestra salvación» (Rm4,25), y teniendo ahora un nombre
que está sobre todo nombre, reina gloriosamente en los cielos. La condición de este
pueblo es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el
Espíritu Santo como en un templo. Tiene por ley el nuevo mandato de amar como el
mismo Cristo nos amó a nosotros (cf. Jn 13,34). Y tiene en último lugar, como fin, el
dilatar más y más el reino de Dios, incoado por el mismo Dios en la tierra, hasta que
al final de los tiempos El mismo también lo consume, cuando se manifieste Cristo,
vida nuestra (cf. Col 3,4), y «la misma criatura sea libertada de la servidumbre de la
corrupción para participar en la libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21). Este pueblo
mesiánico, por consiguiente, aunque no incluya a todos los hombres actualmente y
con frecuencia parezca una grey pequeña, es, sin embargo, para todo el género
humano, un germen segurísimo de unidad, de esperanza y de salvación. Cristo, que
lo instituyó para ser comunión de vida, de caridad y de verdad, se sirve también de
él como de instrumento de la redención universal y lo envía a todo el universo como
luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt 5,13-16).
Así como al pueblo de Israel, según la carne, peregrinando por el desierto, se le
designa ya como Iglesia (cf. 2 Esd 13,1; Nm 20,4;Dt 23,1 ss), así el nuevo Israel,
que caminando en el tiempo presente busca la ciudad futura y perenne
(cf. Hb 13,14), también es designado como Iglesia de Cristo (cf. Mt 16,18), porque
fue El quien la adquirió con su sangre (cf. Hch 20,28), la llenó de su Espíritu y la dotó
de los medios apropiados de unión visible y social. Dios formó una congregación de
quienes, creyendo, ven en Jesús al autor de la salvación y el principio de la unidad y
de la paz, y la constituyó Iglesia a fin de que fuera para todos y cada uno el
sacramento visible de esta unidad salutífera [15]. Debiendo difundirse en todo el
mundo, entra, por consiguiente, en la historia de la humanidad, si bien trasciende los
tiempos y las fronteras de los pueblos. Caminando, pues, la Iglesia en medio de
tentaciones y tribulaciones, se ve confortada con el poder de la gracia de Dios, que
le ha sido prometida para que no desfallezca de la fidelidad perfecta por la debilidad
de la carne, antes, al contrario, persevere como esposa digna de su Señor y, bajo la
acción del Espíritu Santo, no cese de renovarse hasta que por la cruz llegue a
aquella luz que no conoce ocaso.
10. Cristo Señor, Pontífice tomado de entre los hombres (cf. Hb 5,1-5), de su nuevo
pueblo «hizo... un reino y sacerdotes para Dios, su Padre» (Ap 1,6; cf. 5,9-10). Los
bautizados, en efecto, son consagrados por la regeneración y la unción del Espíritu
Santo como casa espiritual y sacerdocio santo, para que, por medio de toda obra del
hombre cristiano, ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien el poder de Aquel que
los llamó de las tinieblas a su admirable luz (cf. 1 P 2,4-10). Por ello todos los
discípulos de Cristo, perseverando en la oración y alabando juntos a Dios
(cf. Hch 2,42-47), ofrézcanse a sí mismos como hostia viva, santa y grata a Dios
(cf. Rm 12,1) y den testimonio por doquiera de Cristo, y a quienes lo pidan, den
también razón de la esperanza de la vida eterna que hay en ellos (cf. 1 P 3,15).
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El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque
diferentes esencialmente y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al
otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo [16]. El
sacerdocio ministerial, por la potestad sagrada de que goza, forma y dirige el pueblo
sacerdotal, confecciona el sacrificio eucarístico en la persona de Cristo y lo ofrece en
nombre de todo el pueblo a Dios. Los fieles, en cambio, en virtud de su sacerdocio
regio, concurren a la ofrenda de la Eucaristía [17] y lo ejercen en la recepción de los
sacramentos, en la oración y acción de gracias, mediante el testimonio de una vida
santa, en la abnegación y caridad operante.
11. El carácter sagrado y orgánicamente estructurado de la comunidad sacerdotal se
actualiza por los sacramentos y por las virtudes. Los fieles, incorporados a la Iglesia
por el bautismo, quedan destinados por el carácter al culto de la religión cristiana, y,
regenerados como hijos de Dios, están obligados a confesar delante de los hombres
la fe que recibieron de Dios mediante la Iglesia [18]. Por el sacramento de la
confirmación se vinculan más estrechamente a la Iglesia, se enriquecen con una
fuerza especial del Espíritu Santo, y con ello quedan obligados más estrictamente a
difundir y defender la fe, como verdaderos testigos de Cristo, por la palabra
juntamente con las obras[19]. Participando del sacrificio eucarístico, fuente y cumbre
de toda la vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y se ofrecen a sí mismos
juntamente con ella [20]. Y así, sea por la oblación o sea por la sagrada comunión,
todos tienen en la celebración litúrgica una parte propia, no confusamente, sino cada
uno de modo distinto. Más aún, confortados con el cuerpo de Cristo en la sagrada
liturgia eucarística, muestran de un modo concreto la unidad del Pueblo de Dios,
significada con propiedad y maravillosamente realizada por este augustísimo
sacramento.
Quienes se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de
Dios el perdón de la ofensa hecha a El y al mismo tiempo se reconcilian con la
Iglesia, a la que hirieron pecando, y que colabora a su conversión con la caridad,
con el ejemplo y las oraciones. Con la unción de los enfermos y la oración de los
presbíteros, toda la Iglesia encomienda los enfermos al Señor paciente y glorificado,
para que los alivie y los salve (cf. St 5,14-16), e incluso les exhorta a que,
asociándose voluntariamente a la pasión y muerte de Cristo (cf. Rm 8,17; Col 1,24; 2
Tm 2,11-12; 1 P 4,13), contribuyan así al bien del Pueblo de Dios. A su vez, aquellos
de entre los fieles que están sellados con el orden sagrado son destinados a
apacentar la Iglesia por la palabra y gracia de Dios, en nombre de Cristo.
Finalmente, los cónyuges cristianos, en virtud del sacramento del matrimonio, por el
que significan y participan el misterio de unidad y amor fecundo entre Cristo y la
Iglesia (cf. Ef 5,32), se ayudan mutuamente a santificarse en la vida conyugal y en la
procreación y educación de la prole, y por eso poseen su propio don, dentro del
Pueblo de Dios, en su estado y forma de vida [21]. De este consorcio procede la
familia, en la que nacen nuevos ciudadanos de la sociedad humana, quienes, por la
gracia del Espíritu Santo, quedan constituidos en el bautismo hijos de Dios, que
perpetuarán a través del tiempo el Pueblo de Dios. En esta especie de Iglesia
doméstica los padres deben ser para sus hijos los primeros predicadores de la fe,
mediante la palabra y el ejemplo, y deben fomentar la vocación propia de cada uno,
pero con un cuidado especial la vocación sagrada
Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y
tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su
camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre.
12. El Pueblo santo de Dios participa también de la función profética de Cristo,
difundiendo su testimonio vivo sobre todo con la vida de fe y caridad y ofreciendo a
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Dios el sacrificio de alabanza, que es fruto de los labios que confiesan su nombre
(cf. Hb 13.15). La totalidad de los fieles, que tienen la unción del Santo (cf. 1 Jn 2,20
y 27), no puede equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa peculiar suya la
manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo cuando
«desde los Obispos hasta los últimos fieles laicos» [22] presta su consentimiento
universal en las cosas de fe y costumbres. Con este sentido de la fe, que el Espíritu
de verdad suscita y mantiene, el Pueblo de Dios se adhiere indefectiblemente «a la
fe confiada de una vez para siempre a los santos» (Judas 3), penetra más
profundamente en ella con juicio certero y le da más plena aplicación en la vida,
guiado en todo por el sagrado Magisterio, sometiéndose al cual no acepta ya una
palabra de hombres, sino la verdadera palabra de Dios (cf. 1 Ts 2,13).
Además, el mismo Espíritu Santo no sólo santifica y dirige el Pueblo de Dios
mediante los sacramentos y los misterios y le adorna con virtudes, sino que también
distribuye gracias especiales entre los fieles de cualquier condición, distribuyendo a
cada uno según quiere (1 Co 12,11) sus dones, con los que les hace aptos y prontos
para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la
mayor edificación de la Iglesia, según aquellas palabras: «A cada uno... se le otorga
la manifestación del Espíritu para común utilidad» (1 Co 12,7). Estos carismas, tanto
los extraordinarios como los más comunes y difundidos, deben ser recibidos con
gratitud y consuelo, porque son muy adecuados y útiles a las necesidades de la
Iglesia. Los dones extraordinarios no deben pedirse temerariamente ni hay que
esperar de ellos con presunción los frutos del trabajo apostólico. Y, además, el juicio
de su autenticidad y de su ejercicio razonable pertenece a quienes tienen la
autoridad en la Iglesia, a los cuales compete ante todo no sofocar el Espíritu, sino
probarlo todo y retener lo que es bueno (cf. 1 Ts 5,12 y 19-21).
13. Todos los hombres están llamados a formar parte del nuevo Pueblo de Dios. Por
lo cual, este pueblo, sin dejar de ser uno y único, debe extenderse a todo el mundo y
en todos los tiempos, para así cumplir el designio de la voluntad de Dios, quien en
un principio creó una sola naturaleza humana, y a sus hijos, que estaban dispersos,
determinó luego congregarlos (cf. Jn 11,52). Para esto envió Dios a su Hijo, a quien
constituyó en heredero de todo (cf. Hb 1,2), para que sea Maestro, Rey y Sacerdote
de todos, Cabeza del pueblo nuevo y universal de los hijos de Dios. Para esto,
finalmente, envió Dios al Espíritu de su Hijo, Señor y Vivificador, quien es para toda
la Iglesia y para todos y cada uno de los creyentes el principio de asociación y
unidad en la doctrina de los Apóstoles, en la mutua unión, en la fracción del pan y en
las oraciones (cf. Hch 2,42 gr.).
Así, pues, el único Pueblo de Dios está presente en todas las razas de la tierra, pues
de todas ellas reúne sus ciudadanos, y éstos lo son de un reino no terrestre, sino
celestial. Todos los fieles dispersos por el orbe comunican con los demás en el
Espíritu Santo, y así, «quien habita en Roma sabe que los de la India son miembros
suyos» [23]. Y como el reino de Cristo no es de este mundo (cf.Jn 18,36), la Iglesia o
el Pueblo de Dios, introduciendo este reino, no disminuye el bien temporal de ningún
pueblo; antes, al contrario, fomenta y asume, y al asumirlas, las purifica, fortalece y
eleva todas las capacidades y riquezas y costumbres de los pueblos en lo que tienen
de bueno. Pues es muy consciente de que ella debe congregar en unión de aquel
Rey a quien han sido dadas en herencia todas las naciones (cf. Sal 2,8) y a cuya
ciudad ellas traen sus dones y tributos (cf. Sal 71 [72], 10; Is 60,4-7; Ap21,24). Este
carácter de universalidad que distingue al Pueblo de Dios es un don del mismo
Señor con el que la Iglesia católica tiende, eficaz y perpetuamente, a recapitular toda
la humanidad, con todos sus bienes, bajo Cristo Cabeza, en la unidad de su Espíritu
[24].
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En virtud de esta catolicidad, cada una de las partes colabora con sus dones propios
con las restantes partes y con toda la Iglesia, de tal modo que el todo y cada una de
las partes aumentan a causa de todos los que mutuamente se comunican y tienden
a la plenitud en la unidad. De donde resulta que el Pueblo de Dios no sólo reúne a
personas de pueblos diversos, sino que en sí mismo está integrado por diversos
órdenes. Hay, en efecto, entre sus miembros una diversidad, sea en cuanto a los
oficios, pues algunos desempeñan el ministerio sagrado en bien de sus hermanos,
sea en razón de la condición y estado de vida, pues muchos en el estado religioso
estimulan con su ejemplo a los hermanos al tender a la santidad por un camino más
estrecho. Además, dentro de la comunión eclesiástica, existen legítimamente
Iglesias particulares, que gozan de tradiciones propias, permaneciendo inmutable el
primado de la cátedra de Pedro, que preside la asamblea universal de la caridad
[25], protege las diferencias legítimas y simultáneamente vela para que las
divergencias sirvan a la unidad en vez de dañarla. De aquí se derivan finalmente,
entre las diversas partes de la Iglesia, unos vínculos de íntima comunión en lo que
respecta a riquezas espirituales, obreros apostólicos y ayudas temporales. Los
miembros del Pueblo de Dios son llamados a una comunicación de bienes, y las
siguientes palabras del apóstol pueden aplicarse a cada una de las Iglesias: «El don
que cada uno ha recibido, póngalo al servicio de los otros, como buenos
administradores de la multiforme gracia de Dios» (1 P 4,10).
Todos los hombres son llamados a esta unidad católica del Pueblo de Dios, que
simboliza y promueve paz universal, y a ella pertenecen o se ordenan de diversos
modos, sea los fieles católicos, sea los demás creyentes en Cristo, sea también
todos los hombres en general, por la gracia de Dios llamados a la salvación.
14. El sagrado Concilio fija su atención en primer lugar en los fieles católicos. Y
enseña, fundado en la Sagrada Escritura y en la Tradición, que esta Iglesia
peregrinante es necesaria para la salvación. El único Mediador y camino de
salvación es Cristo, quien se hace presente a todos nosotros en su Cuerpo, que es
la Iglesia. El mismo, al inculcar con palabras explícitas la necesidad de la fe y el
bautismo (cf. Mc 16,16; Jn 3,5), confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia,
en la que los hombres entran por el bautismo como por una puerta. Por lo cual no
podrían salvarse aquellos hombres que, conociendo que la Iglesia católica fue
instituida por Dios a través de Jesucristo como necesaria, sin embargo, se negasen
a entrar o a perseverar en ella.
A esta sociedad de la Iglesia están incorporados plenamente quienes, poseyendo el
Espíritu de Cristo, aceptan la totalidad de su organización y todos los medios de
salvación establecidos en ella, y en su cuerpo visible están unidos con Cristo, el cual
la rige mediante el Sumo Pontífice y los Obispos, por los vínculos de la profesión de
fe, de los sacramentos, del gobierno y comunión eclesiástica. No se salva, sin
embargo, aunque esté incorporado a la Iglesia, quien, no perseverando en la
caridad, permanece en el seno de la Iglesia «en cuerpo», mas no «en corazón» [26].
Pero no olviden todos los hijos de la Iglesia que su excelente condición no deben
atribuirla a los méritos propios, sino a una gracia singular de Cristo, a la que, si no
responden con pensamiento, palabra y obra, lejos de salvarse, serán juzgados con
mayor severidad [27].
Los catecúmenos que, movidos por el Espíritu Santo, solicitan con voluntad expresa
ser incorporados a la Iglesia, por este mismo deseo ya están vinculados a ella, y la
madre Iglesia los abraza en amor y solicitud como suyos.
15. La Iglesia se reconoce unida por muchas razones con quienes, estando
bautizados, se honran con el nombre de cristianos, pero no profesan la fe en su
totalidad o no guardan la unidad de comunión bajo el sucesor de Pedro [28]. Pues
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hay muchos que honran la Sagrada Escritura como norma de fe y vida, muestran un
sincero celo religioso, creen con amor en Dios Padre todopoderoso y en Cristo, Hijo
de Dios Salvador [29]; están sellados con el bautismo, por el que se unen a Cristo, y
además aceptan y reciben otros sacramentos en sus propias Iglesias o comunidades
eclesiásticas. Muchos de entre ellos poseen el episcopado, celebran la sagrada
Eucaristía y fomentan la piedad hacia la Virgen, Madre de Dios [30]. Añádase a esto
la comunión de oraciones y otros beneficios espirituales, e incluso cierta verdadera
unión en el Espíritu Santo, ya que El ejerce en ellos su virtud santificadora con los
dones y gracias y a algunos de entre ellos los fortaleció hasta la efusión de la
sangre. De esta forma, el Espíritu suscita en todos los discípulos de Cristo el deseo
y la actividad para que todos estén pacíficamente unidos, del modo determinado por
Cristo, en una grey y bujo un único Pastor [31]. Para conseguir esto, la Iglesia madre
no cesa de orar, esperar y trabajar, y exhorta a sus hijos a la purificación y
renovación, a fin de que la señal de Cristo resplandezca con más claridad sobre la
faz de la Iglesia.
16. Por último, quienes todavía no recibieron el Evangelio, se ordenan al Pueblo de
Dios de diversas maneras [32]. En primer lugar, aquel pueblo que recibió los
testamentos y las promesas y del que Cristo nació según la carne (cf. Rm 9,4-5). Por
causa de los padres es un pueblo amadísimo en razón de la elección, pues Dios no
se arrepiente de sus dones y de su vocación (cf. Rm 11, 28-29). Pero el designio de
salvación abarca también a los que reconocen al Creador, entre los cuales están en
primer lugar los musulmanes, que, confesando adherirse a la fe de Abraham, adoran
con nosotros a un Dios único, misericordioso, que juzgará a los hombres en el día
postrero. Ni el mismo Dios está lejos de otros que buscan en sombras e imágenes al
Dios desconocido, puesto que todos reciben de El la vida, la inspiración y todas las
cosas (cf. Hch 17,25-28), y el Salvador quiere que todos los hombres se salven (cf. 1
Tm 2,4). Pues quienes, ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia,
buscan, no obstante, a Dios con un corazón sincero y se esfuerzan, bajo el influjo de
la gracia, en cumplir con obras su voluntad, conocida mediante el juicio de la
conciencia, pueden conseguir la salvación eterna [33]. Y la divina Providencia
tampoco niega los auxilios necesarios para la salvación a quienes sin culpa no han
llegado todavía a un conocimiento expreso de Dios y se esfuerzan en llevar una vida
recta, no sin la gracia de Dios. Cuanto hay de bueno y verdadero entre ellos, la
Iglesia lo juzga como una preparación del Evangelio [34] y otorgado por quien
ilumina a todos los hombres para que al fin tengan la vida. Pero con mucha
frecuencia los hombres, engañados por el Maligno, se envilecieron con sus fantasías
y trocaron la verdad de Dios en mentira, sirviendo a la criatura más bien que al
Creador (cf. Rm 1,21 y 25), o, viviendo y muriendo sin Dios en este mundo, se
exponen a la desesperación extrema. Por lo cual la Iglesia, acordándose del
mandato del Señor, que dijo: «Predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15),
procura con gran solicitud fomentar las misiones para promover la gloria de Dios y la
salvación de todos éstos.
17. Como el Hijo fue enviado por el Padre, así también El envió a los Apóstoles
(cf. Jn 20,21) diciendo: «Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el
nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo
que os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del
mundo» (Mt 28,19- 20). Este solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad
salvadora, la Iglesia lo recibió de los Apóstoles con orden de realizarlo hasta los
confines de la tierra (cf. Hch1,8). Por eso hace suyas las palabras del Apóstol: «¡Ay
de mí si no evangelizare!» (1 Co 9,16), y sigue incesantemente enviando
evangelizadores, mientras no estén plenamente establecidas las Iglesias recién
fundadas y ellas, a su vez, continúen la obra evangelizadora. El Espíritu Santo la
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impulsa a cooperar para que se cumpla el designio de Dios, quien constituyó a
Cristo principio de salvación para todo el mundo. Predicando el Evangelio, la Iglesia
atrae a los oyentes a la fe y a la confesión de la fe, los prepara al bautismo, los libra
de la servidumbre del error y los incorpora a Cristo para que por la caridad crezcan
en El hasta la plenitud. Con su trabajo consigue que todo lo bueno que se encuentra
sembrado en el corazón y en la mente de los hombres y en los ritos y culturas de
estos pueblos, no sólo no desaparezca, sino que se purifique, se eleve y perfeccione
para la gloria de Dios, confusión del demonio y felicidad del hombre. La
responsabilidad de diseminar la fe incumbe a todo discípulo de Cristo en su parte
[35]. Pero, aunque cualquiera puede bautizar a los creyentes, es, sin embargo,
propio del sacerdote el llevar a su complemento la edificación del Cuerpo mediante
el sacrificio eucarístico, cumpliendo las palabras de Dios dichas por el profeta:
«Desde el orto del sol hasta el ocaso es grande mi nombre entre las gentes y en
todo lugar se ofrece a mi nombre una oblación pura» (Ml ,1, 11) [36]. Así, pues, la
Iglesia ora y trabaja para que la totalidad del mundo se integre en el Pueblo de Dios,
Cuerpo del Señor y templo del Espíritu Santo, y en Cristo, Cabeza de todos, se rinda
al Creador universal y Padre todo honor y gloria.
CAPÍTULO III
CONSTITUCIÓN
JERÁRQUICA
Y PARTICULARMENTE EL EPISCOPADO
DE
LA
IGLESIA,
18. Para apacentar el Pueblo de Dios y acrecentarlo siempre, Cristo Señor instituyó
en su Iglesia diversos ministerios, ordenados al bien de todo el Cuerpo. Pues los
ministros que poseen la sacra potestad están al servicio de sus hermanos, a fin de
que todos cuantos pertenecen al Pueblo de Dios y gozan, por tanto, de la verdadera
dignidad cristiana, tendiendo libre y ordenadamente a un mismo fin, alcancen la
salvación.
Este santo Sínodo, siguiendo las huellas del Concilio Vaticano I, enseña y declara
con él que Jesucristo, Pastor eterno, edificó la santa Iglesia enviando a sus
Apóstoles lo mismo que El fue enviado por el Padre (cf. Jn 20,21), y quiso que los
sucesores de aquéllos, los Obispos, fuesen los pastores en su Iglesia hasta la
consumación de los siglos. Pero para que el mismo Episcopado fuese uno solo e
indiviso, puso al frente de los demás Apóstoles al bienaventurado Pedro e instituyó
en la persona del mismo el principio y fundamento, perpetuo y visible, de la unidad
de fe y de comunión [37]. Esta doctrina sobre la institución, perpetuidad, poder y
razón de ser del sacro primado del Romano Pontífice y de su magisterio infalible, el
santo Concilio la propone nuevamente como objeto de fe inconmovible a todos los
fieles, y, prosiguiendo dentro de la misma línea, se propone, ante la faz de todos,
profesar y declarar la doctrina acerca de los Obispos, sucesores de los Apóstoles,
los cuales, junto con el sucesor de Pedro, Vicario de Cristo [38] y Cabeza visible de
toda la Iglesia, rigen la casa del Dios vivo.
19. El Señor Jesús, después de haber hecho oración al Padre, llamando a sí a los
que El quiso, eligió a doce para que viviesen con El y para enviarlos a predicar el
reino de Dios (cf. Mc 3,13-19; Mt 10,1-42); a estos Apóstoles (cf. Lc 6,13) los
instituyó a modo de colegio, es decir, de grupo estable, al frente del cual puso a
Pedro, elegido de entre ellos mismos (cf. Jn 21,15-17). Los envió primeramente a los
hijos de Israel, y después a todas las gentes (cf. Rm 1,16), para que, participando de
su potestad, hiciesen discípulos de El a todos los pueblos y los santificasen y
gobernasen (cf. Mt 28,16-20; Mc 16, 15; Le 24,45-48; Jn 20,21-23), y así
propagasen la Iglesia y la apacentasen, sirviéndola, bajo la dirección del Señor,
todos los días hasta la consumación de los siglos (Mt28,20). En esta misión fueron
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confirmados plenamente el día de Pentecostés (cf. Hch 2,1-36), según la promesa
del Señor: «Recibiréis la virtud del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y
seréis mis testigos así en Jerusalén como en toda la Judea y Samaría y hasta el
último confín de la tierra» (Hch 1,8). Los Apóstoles, pues, predicando en todas
partes el Evangelio (cf. Mc 16,20), recibido por los oyentes bajo la acción del Espíritu
Santo, congregan la Iglesia universal que el Señor fundó en los Apóstoles y edificó
sobre el bienaventurado Pedro, su cabeza, siendo el propio Cristo Jesús la piedra
angular (cf. Ap 21, 14; Mt 16, 18; Ef 2, 20) [39].
20. Esta divina misión confiada por Cristo a los Apóstoles ha de durar hasta él fin del
mundo (cf. Mt 28,20), puesto que el Evangelio que ellos deben propagar es en todo
tiempo el principio de toda la vida para la Iglesia. Por esto los Apóstoles cuidaron de
establecer sucesores en esta sociedad jerárquicamente organizada.
En efecto, no sólo tuvieron diversos colaboradores en el ministerio[40], sino que, a
fin de que la misión a ellos confiada se continuase después de su muerte, dejaron a
modo de testamento a sus colaboradores inmediatos el encargo de acabar y
consolidar la obra comenzada por ellos [41], encomendándoles que atendieran a
toda la grey, en medio de la cual el Espíritu Santo los había puesto para apacentar la
Iglesia de Dios (cf. Hch 20,28). Y así establecieron tales colaboradores y les dieron
además la orden de que, al morir ellos, otros varones probados se hicieran cargo de
su ministerio [42]. Entre los varios ministerios que desde los primeros tiempos se
vienen ejerciendo en la Iglesia, según el testimonio de la Tradición, ocupa el primer
lugar el oficio de aquellos que, ordenados Obispos por una sucesión que se remonta
a los mismos orígenes [43], conservan la semilla apostólica [44]. Así, como atestigua
San Ireneo, por medio de aquellos que fueron instituidos por los Apóstoles Obispos y
sucesores suyos hasta nosotros, se manifiesta [45] y se conserva la tradición
apostólica en todo el mundo [46].
Los Obispos, pues, recibieron el ministerio de la comunidad con sus colaboradores,
los presbíteros y diáconos [47], presidiendo en nombre de Dios la grey [48], de la
que son pastores, como maestros de doctrina, sacerdotes del culto sagrado y
ministros de gobierno [49]. Y así como permanece el oficio que Dios concedió
personalmente a Pedro; príncipe de los Apóstoles, para que fuera transmitido a sus
sucesores, así también perdura el oficio de los Apóstoles de apacentar la Iglesia,
que debe ejercer de forma permanente el orden sagrado de los Obispos [50]. Por
ello, este sagrado Sínodo enseña que los Obispos han sucedido [51], por institución
divina, a los Apóstoles como pastores de la Iglesia, de modo que quien los escucha,
escucha a Cristo, y quien los desprecia, desprecia a Cristo y a quien le envió
(cf. Lc 10,16) [52].
21. En la persona, pues, de los Obispos, a quienes asisten los presbíteros, el Señor
Jesucristo, Pontífice supremo, está presente en medio de los fieles. Porque, sentado
a la diestra del Padre, no está ausente la congregación de sus pontífices [53], sino
que, principalmente a través de su servicio eximio, predica la palabra de Dios a
todas las gentes y administra continuamente los sacramentos de la fe a los
creyentes, y por medio de su oficio paternal (cf.1 Co 4,15) va congregando nuevos
miembros a su Cuerpo con regeneración sobrenatural; finalmente, por medio de su
sabiduría y prudencia dirige y ordena al Pueblo del Nuevo Testamento en su
peregrinar hacia la eterna felicidad. Estos pastores, elegidos para apacentar la grey
del Señor, son los ministros de Cristo y los dispensadores de los misterios de Dios
(cf. 1 Co 4,1), a quienes está encomendado el testimonio del Evangelio de la gracia
de Dios (cf. Rm 15,16; Hch 20,24) y la gloriosa administración del Espíritu y de la
justicia (cf. 2 Co 3,8-9).
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Para realizar estos oficios tan excelsos, los Apóstoles fueron enriquecidos por Cristo
con una efusión especial del Espíritu Santo, que descendió sobre ellos (cf. Hch 1,8;
2,4; Jn 20,22-23), y ellos, a su vez, por la imposición de las manos, transmitieron a
sus colaboradores este don espiritual (cf. 1 Tm 4,14; 2 Tm 1,6-7), que ha llegado
hasta nosotros en la consagración episcopal [54]. Enseña, pues, este santo Sínodo
que en la consagración episcopal se confiere la plenitud del sacramento del orden,
llamada, en la práctica litúrgica de la Iglesia y en la enseñanza de los Santos
Padres, sumo sacerdocio, cumbre del ministerio sagrado [55]. La consagración
episcopal, junto con el oficio de santificar, confiere también los oficios de enseñar y
de regir, los cuales, sin embargo, por su misma naturaleza, no pueden ejercerse sino
en comunión jerárquica con la Cabeza y los miembros del Colegio. Pues según la
Tradición, que se manifiesta especialmente en los ritos litúrgicos y en el uso de la
Iglesia tanto de Oriente como de Occidente, es cosa clara que por la imposición de
las manos y las palabras de la consagración se confiere [56] la gracia del Espíritu
Santo y se imprime el sagrado carácter [57], de tal manera que los Obispos, de
modo visible y eminente, hacen las veces del mismo Cristo, Maestro, Pastor y
Pontífice, y actúan en lugar suyo [58]. Pertenece a los Obispos incorporar, por medio
del sacramento del orden, nuevos elegidos al Cuerpo episcopal.
22. Así como, por disposición del Señor, San Pedro y los demás Apóstoles forman
un solo Colegio apostólico, de igual manera se unen entre sí el Romano Pontífice,
sucesor de Pedro, y los Obispos, sucesores de los Apóstoles. Ya la más antigua
disciplina, según la cual los Obispos esparcidos por todo el orbe comunicaban entre
sí y con el Obispo de Roma en el vínculo de la unidad, de la caridad y de la paz [59],
y también los concilios convocados [60] para decidir en común las cosas más
importantes [61], sometiendo la resolución al parecer de muchos [62], manifiestan la
naturaleza y la forma colegial del orden episcopal, confirmada manifiestamente por
los concilios ecuménicos celebrados a lo largo de los siglos. Esto mismo está
indicado por la costumbre, introducida de antiguo, de llamar a varios Obispos para
tomar parte en la elevación del nuevo elegido al ministerio del sumo sacerdocio. Uno
es constituido miembro del Cuerpo episcopal en virtud de la consagración
sacramental y por la comunión jerárquica con la Cabeza y con los miembros del
Colegio.
El Colegio o Cuerpo de los Obispos, por su parte, no tiene autoridad, a no ser que se
considere en comunión con el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, como cabeza
del mismo, quedando totalmente a salvo el poder primacial de éste sobre todos,
tanto pastores como fieles. Porque el Romano Pontífice tiene sobre la Iglesia, en
virtud de su cargo, es decir, como Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, plena,
suprema y universal potestad, que puede siempre ejercer libremente. En cambio, el
Cuerpo episcopal, que sucede al Colegio de los Apóstoles en el magisterio y en el
régimen pastoral, más aún, en el que perdura continuamente el Cuerpo apostólico,
junto con su Cabeza, el Romano Pontífice, y nunca sin esta Cabeza, es también
sujeto de la suprema y plena potestad sobre la Iglesia universal [63], si bien no
puede ejercer dicha potestad sin el consentimiento del Romano Pontífice. El Señor
estableció solamente a Simón como roca y portador de las llaves de la Iglesia
(Mt 16,18-19) y le constituyó Pastor de toda su grey (cf. Jn 21, 15 ss); pero el oficio
de atar y desatar dado e Pedro (cf. Mt 16,19) consta que fue dado también al
Colegio de los Apóstoles unido a su Cabeza (cf. Mt 18, 18; 28,16-20) [64]. Este
Colegio, en cuanto compuesto de muchos, expresa la variedad y universalidad del
Pueblo de Dios; y en cuanto agrupado bajo una sola Cabeza, la unidad de la grey de
Cristo. Dentro de este Colegio los Obispos, respetando fielmente el primado y
preeminencia de su Cabeza, gozan de potestad propia para bien de sus propios
fieles, incluso para bien de toda la Iglesia porque el Espíritu Santo consolida sin
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cesar su estructura orgánica y su concordia. La potestad suprema sobre la Iglesia
universal que posee este Colegio se ejercita de modo solemne en el concilio
ecuménico. No hay concilio ecuménico si no es aprobado o, al menos, aceptado
como tal por el sucesor de Pedro. Y es prerrogativa del Romano Pontífice convocar
estos concilios ecuménicos, presidirlos y confirmarlos [65]. Esta misma potestad
colegial puede ser ejercida por los Obispos dispersos por el mundo a una con el
Papa, con tal que la Cabeza del Colegio los llame a una acción colegial o, por lo
menos, apruebe la acción unida de éstos o la acepte libremente, para que sea un
verdadero acto colegial.
23. La unión colegial se manifiesta también en las mutuas relaciones de cada
Obispo con las Iglesias particulares y con la Iglesia universal. El Romano Pontífice,
como sucesor de Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad
así de los Obispos como de la multitud de los fieles [66]. Por su parte, los Obispos
son, individualmente, el principio y fundamento visible de unidad en sus Iglesias
particulares [67], formadas a imagen de la Iglesia universal, en las cuales y a base
de las cuales se constituye la Iglesia católica, una y única [68]. Por eso, cada Obispo
representa a su Iglesia, y todos juntos con el Papa representan a toda la Iglesia en el
vínculo de la paz, del amor y de la unidad.
Cada uno de los Obispos que es puesto al frente de una Iglesia particular, ejerce su
poder pastoral sobre la porción del Pueblo de Dios a él encomendada, no sobre las
otras Iglesias ni sobre la Iglesia universal. Pero en cuanto miembros del Colegio
episcopal y como legítimos sucesores de los Apóstoles, todos y cada uno, en virtud
de la institución y precepto de Cristo [69], están obligados a tener por la Iglesia
universal aquella solicitud que, aunque no se ejerza por acto de jurisdicción,
contribuye, sin embargo, en gran manera al desarrollo de la Iglesia universal. Deben,
pues, todos los Obispos promover y defender la unidad de la fe y la disciplina común
de toda la Iglesia, instruir a los fieles en el amor de todo el Cuerpo místico de Cristo,
especialmente de los miembros pobres, de los que sufren y de los que son
perseguidos por la justicia (cf. Mt 5,10); promover, en fin, toda actividad que sea
común a toda la Iglesia, particularmente en orden a la dilatación de la fe y a la
difusión de la luz de la verdad plena entre todos los hombres. Por lo demás, es cierto
que, rigiendo bien la propia Iglesia como porción de la Iglesia universal, contribuyen
eficazmente al bien de todo el Cuerpo místico, que es también el cuerpo de las
Iglesias [70].
El cuidado de anunciar el Evangelio en todo el mundo pertenece al Cuerpo de los
Pastores, ya que a todos ellos, en común, dio Cristo el mandato, imponiéndoles un
oficio común, según explicó ya el papa Celestino a los Padres del Concilio de Efeso
[71]. Por tanto, todos los Obispos, en cuanto se lo permite el desempeño de su
propio oficio, están obligados a colaborar entre sí y con el sucesor de Pedro, a quien
particularmente le ha sido confiado el oficio excelso de propagar el nombre cristiano
[72]. Por lo cual deben socorrer con todas sus fuerzas a las misiones, ya sea con
operarios para la mies, ya con ayudas espirituales y materiales; bien directamente
por sí mismos, bien estimulando la ardiente cooperación de los fieles. Procuren,
pues, finalmente, los Obispos, según el venerable ejemplo de la antigüedad, prestar
con agrado una fraterna ayuda a las otras Iglesias, especialmente a las más vecinas
y a las más pobres, dentro de esta universal sociedad de la caridad.
La divina Providencia ha hecho que varias Iglesias fundadas en diversas regiones
por los Apóstoles y sus sucesores, al correr de los tiempos, se hayan reunido en
numerosos grupos estables, orgánicamente unidos, los cuales, quedando a salvo la
unidad de la fe y la única constitución divina de la Iglesia universal, tienen una
disciplina propia, unos ritos litúrgicos y un patrimonio teológico y espiritual propios.
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Entre las cuales, algunas, concretamente las antiguas Iglesias patriarcales, como
madres en la fe, engendraron a otras como hijas y han quedado unidas con ellas
hasta nuestros días con vínculos más estrechos de caridad en la vida sacramental y
en la mutua observancia de derechos y deberes [73]. Esta variedad de las Iglesias
locales, tendente a la unidad, manifiesta con mayor evidencia la catolicidad de la
Iglesia indivisa. De modo análogo, las Conferencias episcopales hoy en día pueden
desarrollar una obra múltiple y fecunda, a fin de que el afecto colegial tenga una
aplicación concreta.
24. Los Obispos, en cuanto sucesores de los Apóstoles, reciben del Señor, a quien
ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra, la misión de enseñar a todas las
gentes y de predicar el Evangelio a toda creatura, a fin de que todos los hombres
consigan la salvación por medio de la fe, del bautismo y del cumplimiento de los
mandamientos (cf. Mt 28,18-20; Mc 16,15-16; Hch 26, 17 s). Para el desempeño de
esta misión, Cristo Señor prometió a los Apóstoles el Espíritu Santo, y lo envió
desde el cielo el día de Pentecostés, para que, confortados con su virtud, fuesen sus
testigos hasta los confines de la tierra ante las gentes, los pueblos y los reyes
(cf. Hch 1,8; 2, 1 ss; 9,15). Este encargo que el Señor confió a los pastores de su
pueblo es un verdadero servicio, que en la Sagrada Escritura se llama con toda
propiedad diaconía, o sea ministerio (cf. Hch 1,17 y 25; 21,19; Rm 11,13; 1Tm 1,12).
La misión canónica de los Obispos puede hacerse por las legítimas costumbres que
no hayan sido revocadas por la potestad suprema y universal de la Iglesia, o por
leyes dictadas o reconocidas por la misma autoridad, o directamente por el mismo
sucesor de Pedro; y ningún Obispo puede ser elevado a tal oficio contra la voluntad
de éste, o sea cuando él niega la comunión apostólica [74].
25. Entre los principales oficios de los Obispos se destaca la predicación del
Evangelio [75]. Porque los Obispos son los pregoneros de la fe que ganan nuevos
discípulos para Cristo y son los maestros auténticos, o sea los que están dotados de
la autoridad de Cristo, que predican al pueblo que les ha sido encomendado la fe
que ha de ser creída y ha de ser aplicada a la vida, y la ilustran bajo la luz del
Espíritu Santo, extrayendo del tesoro de la Revelación cosas nuevas y viejas
(cf. Mt 13, 52), la hacen fructificar y con vigilancia apartan de su grey los errores que
la amenazan (cf. 2 Tm 4,1-4). Los Obispos, cuando enseñan en comunión con el
Romano Pontífice, deben ser respetados por todos como testigos de la verdad divina
y católica; los fieles, por su parte, en materia de fe y costumbres, deben aceptar el
juicio de su Obispo, dado en nombre de Cristo, y deben adherirse a él con religioso
respeto. Este obsequio religioso de la voluntad y del entendimiento de modo
particular ha de ser prestado al magisterio auténtico del Romano Pontífice aun
cuando no hable ex cathedra; de tal manera que se reconozca con reverencia su
magisterio supremo y con sinceridad se preste adhesión al parecer expresado por él,
según su manifiesta mente y voluntad, que se colige principalmente ya sea por la
índole de los documentos, ya sea por la frecuente proposición de la misma doctrina,
ya sea por la forma de decirlo.
Aunque cada uno de los Prelados no goce por si de la prerrogativa de la infalibilidad,
sin embargo, cuando, aun estando dispersos por el orbe, pero manteniendo el
vínculo de comunión entre sí y con el sucesor de Pedro, enseñando auténticamente
en materia de fe y costumbres, convienen en que una doctrina ha de ser tenida
como definitiva, en ese caso proponen infaliblemente la doctrina de Cristo [76]. Pero
todo esto se realiza con mayor claridad cuando, reunidos en concilio ecuménico, son
para la Iglesia universal los maestros y jueces de la fe y costumbres, a cuyas
definiciones hay que adherirse con la sumisión de la fe [77].
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Esta infalibilidad que el divino Redentor quiso que tuviese su Iglesia cuando define la
doctrina de fe y costumbres, se extiende tanto cuanto abarca el depósito de la
Revelación, que debe ser custodiado santamente y expresado con fidelidad. El
Romano Pontífice, Cabeza del Colegio episcopal, goza de esta misma infalibilidad
en razón de su oficio cuando, como supremo pastor y doctor de todos los fieles, que
confirma en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22,32), proclama de una forma definitiva la
doctrina de fe y costumbres [78]. Por esto se afirma, con razón, que sus definiciones
son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia, por haber
sido proclamadas bajo la asistencia del Espíritu Santo, prometida a él en la persona
de San Pedro, y no necesitar de ninguna aprobación de otros ni admitir tampoco
apelación a otro tribunal. Porque en esos casos, el Romano Pontífice no da una
sentencia como persona privada, sino que, en calidad de maestro supremo de la
Iglesia universal, en quien singularmente reside el carisma de la infalibilidad de la
Iglesia misma, expone o defiende la doctrina de la fe católica [79]. La infalibilidad
prometida a la Iglesia reside también en el Cuerpo de los Obispos cuando ejerce el
supremo magisterio en unión con el sucesor de Pedro. A estas definiciones nunca
puede faltar el asenso de la Iglesia por la acción del mismo Espíritu Santo, en virtud
de la cual la grey toda de Cristo se mantiene y progresa en la unidad de la fe [80].
Mas cuando el Romano Pontífice o el Cuerpo de los Obispos juntamente con él
definen una doctrina, lo hacen siempre de acuerdo con la misma Revelación, a la
cual deben atenerse y conformarse todos, y la cual es íntegramente transmitida por
escrito o por tradición a través de la sucesión legítima de los Obispos, y
especialmente por cuidado del mismo Romano Pontífice, y, bajo la luz del Espíritu
de verdad, es santamente conservada y fielmente expuesta en la Iglesia [81]. El
Romano Pontífice y los Obispos, por razón de su oficio y la importancia del asunto,
trabajan celosamente con los medios oportunos [82] para investigar adecuadamente
y para proponer de una manera apta esta Revelación; y no aceptan ninguna nueva
revelación pública como perteneciente al divino depósito de la fe [83].
26. El Obispo, por estar revestido de la plenitud del sacramento del orden, es «el
administrador de la gracia del supremo sacerdocio» [84], sobre todo en la Eucaristía,
que él mismo celebra o procura que sea celebrada [85], y mediante la cual la Iglesia
vive y crece continuamente. Esta Iglesia de Cristo está verdaderamente presente en
todas las legítimas reuniones locales de los fieles, que, unidas a sus pastores,
reciben también en el Nuevo Testamento el nombre de iglesias [86]. Ellas son, en su
lugar, el Pueblo nuevo, llamado por Dios en el Espíritu Santo y en gran plenitud (cf. 1
Ts 1,5). En ellas se congregan los fieles por la predicación del Evangelio de Cristo y
se celebra el misterio de la Cena del Señor «para que por medio del cuerpo y de la
sangre del Señor quede unida toda la fraternidad» [87]. En toda comunidad de altar,
bajo el sagrado ministerio del Obispo [88], se manifiesta el símbolo de aquella
caridad y «unidad del Cuerpo místico, sin la cual no puede haber salvación» [89]. En
estas comunidades, aunque sean frecuentemente pequeñas y pobres o vivan en la
dispersión, está presente Cristo, por cuya virtud se congrega la Iglesia una, santa,
católica y apostólica [90]. Pues «la participación del cuerpo y sangre de Cristo hace
que pasemos a ser aquello que recibimos» [91].
Ahora bien, toda legítima celebración de la Eucaristía es dirigida por el Obispo, a
quien ha sido confiado el oficio de ofrecer a la Divina Majestad el culto de la religión
cristiana y de reglamentarlo en conformidad con los preceptos del Señor y las leyes
de la Iglesia, precisadas más concretamente para su diócesis según su criterio.
Así, los Obispos, orando y trabajando por el pueblo, difunden de muchas maneras y
con abundancia la plenitud de la santidad de Cristo. Por medio del ministerio de la
palabra comunican la virtud de Dios a los creyentes para la salvación (cf. Rm 1,16), y
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por medio de los sacramentos, cuya administración legítima y fructuosa regulan ellos
con su autoridad [92], santifican a los fieles. Ellos disponen la administración del
bautismo, por medio del cual se concede la participación en el sacerdocio regio de
Cristo. Ellos son los ministros originarios de la confirmación, los dispensadores de
las sagradas órdenes y los moderadores de la disciplina penitencial; y ellos
solícitamente exhortan e instruyen a sus pueblos para que participen con fe y
reverencia en la liturgia y, sobre todo, en el santo sacrificio de la Misa. Ellos,
finalmente, deben edificar a sus súbditos con el ejemplo de su vida, guardando su
conducta de todo mal y, en la medida que puedan y con la ayuda de Dios
transformándola en bien, para llegar, juntamente con la grey que les ha sido
confiada, a la vida eterna [93].
27. Los Obispos rigen, como vicarios y legados de Cristo, las Iglesias particulares
que les han sido encomendadas [94], con sus consejos, con sus exhortaciones, con
sus ejemplos, pero también con su autoridad y sacra potestad, de la que usan
únicamente para edificar a su grey en la verdad y en la santidad, teniendo en cuenta
que el que es mayor ha de hacerse como el menor, y el que ocupa el primer puesto,
como el servidor (cf. Lc 22, 26-27). Esta potestad que personalmente ejercen en
nombre de Cristo es propia, ordinaria e inmediata, aunque su ejercicio esté regulado
en definitiva por la suprema autoridad de la Iglesia y pueda ser circunscrita dentro de
ciertos límites con miras a la utilidad de la Iglesia o de los fieles. En virtud de esta
potestad, los Obispos tienen el sagrado derecho, y ante Dios el deber, de legislar
sobre sus súbditos, de juzgarlos y de regular todo cuanto pertenece a la
organización del culto y del apostolado.
A ellos se les confía plenamente el oficio pastoral, o sea el cuidado habitual y
cotidiano de sus ovejas, y no deben considerarse como vicarios de los Romanos
Pontífices, ya que ejercen potestad propia y son, en verdad, los jefes de los pueblos
que gobiernan [95] Así, pues, su potestad no es anulada por la potestad suprema y
universal, sino que, por el contrario, es afirmada, robustecida y defendida [96],
puesto que el Espíritu Santo mantiene indefectiblemente la forma de gobierno que
Cristo Señor estableció en su Iglesia.
El Obispo, enviado por el Padre de familias a gobernar su familia, tenga siempre
ante los ojos el ejemplo del Buen Pastor, que vino no a ser servido, sino a servir
(cf. Mt 20,28; Mc 10,45) y a dar la vida por sus ovejas (cf. Jn 10,11). Tomado de
entre los hombres y rodeado él mismo de flaquezas, puede apiadarse de los
ignorantes y equivocados (Hb 5,1-2). No se niegue a oír a sus súbditos, a los que,
como a verdaderos hijos suyos, alimenta y a quienes exhorta a cooperar
animosamente con él. Consciente de que ha de dar cuenta a Dios de sus almas
(cf. Hb 13,17), trabaje con la oración, con la predicación y con todas las obras de
caridad tanto por ellos como por los que todavía no son de la única grey, a los
cuales tenga como encomendados en el Señor. El mismo, siendo, como San Pablo,
deudor para con todos, esté dispuesto a evangelizar a todos (cf. Rm 1,14-15) y a
exhortar a sus fieles a la actividad apostólica y misionera. Los fieles, por su parte,
deben estar unidos a su Obispo como la Iglesia a Jesucristo, y como Jesucristo al
Padre, para que todas las cosas se armonicen en la unidad [97] y crezcan para
gloria de Dios (cf. 2 Co 4,15).
28. Cristo, a quien el Padre santificó y envió al mundo (cf. Jn 10,36), ha hecho
partícipes de su consagración y de su misión, por medio de sus Apóstoles, a los
sucesores de éstos, es decir, a los Obispos [98], los cuales han encomendado
legítimamente el oficio de su ministerio, en distinto grado, a diversos sujetos en la
Iglesia. Así, el ministerio eclesiástico, de institución divina, es ejercido en diversos
órdenes por aquellos que ya desde antiguo vienen llamándose Obispos, presbíteros
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y diáconos [99]. Los presbíteros, aunque no tienen la cumbre del pontificado y
dependen de los Obispos en el ejercicio de su potestad, están, sin embargo, unidos
con ellos en el honor del sacerdocio[100] y, en virtud del sacramento del orden [101],
han sido consagrados como verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento [102], a
imagen de Cristo, sumo y eterno Sacerdote (cf. Hb 5,1-10; 7,24; 9,11-28), para
predicar el Evangelio y apacentar a los fieles y para celebrar el culto divino.
Participando, en el grado propio de su ministerio, del oficio del único Mediador,
Cristo (cf. 1 Tm 2,5), anuncian a todos la divina palabra. Pero su oficio sagrado lo
ejercen, sobre todo, en el culto o asamblea eucarística, donde, obrando en nombre
de Cristo [103]y proclamando su misterio, unen las oraciones de los fieles al
sacrificio de su Cabeza y representan y aplican [104] en el sacrificio de la Misa,
hasta la venida del Señor (cf. 1 Co 11,26), el único sacrificio del Nuevo Testamento,
a saber: el de Cristo, que se ofrece a sí mismo al Padre, una vez por todas, como
hostia inmaculada (cf. Hb 9,11-28). Para con los fieles arrepentidos o enfermos
desempeñan principalmente el ministerio de la reconciliación y del alivio, y presentan
a Dios Padre las necesidades y súplicas de los fieles (cf. Hb 5,1-13). Ejerciendo, en
la medida de su autoridad, el oficio de Cristo, Pastor y Cabeza [105], reúnen la
familia de Dios como una fraternidad, animada con espíritu de unidad [106], y la
conducen a Dios Padre por medio de Cristo en el Espíritu. En medio de la grey le
adoran en espíritu y en verdad (cf. Jn 4,24). Se afanan, finalmente, en la palabra y
en la enseñanza (cf. 1 Tm 5,17), creyendo aquello que leen cuando meditan la ley
del Señor, enseñando aquello que creen, imitando lo que enseñan [107].
Los presbíteros, próvidos cooperadores del Orden episcopal [108] y ayuda e
instrumento suyo, llamados para servir al Pueblo de Dios, forman, junto con su
Obispo, un solo presbiterio [109], dedicado a diversas ocupaciones. En cada una de
las congregaciones locales de fieles representan al Obispo, con el que están
confiada y animosamente unidos, y toman sobre sí una parte de la carga y solicitud
pastoral y la ejercen en el diario trabajo. Ellos, bajo la autoridad del Obispo,
santifican y rigen la porción de la grey del Señor a ellos encomendada, hacen visible
en cada lugar a la Iglesia universal y prestan eficaz ayuda en la edificación de todo
el Cuerpo de Cristo (cf. Ef 4,12), Preocupados siempre por el bien de los hijos de
Dios, procuren cooperar en el trabajo pastoral de toda la diócesis e incluso de toda
la Iglesia. Por esta participación en el sacerdocio y en la misión, los presbíteros
reconozcan verdaderamente al Obispo como a padre suyo y obedézcanle
reverentemente. El Obispo, por su parte, considere a los sacerdotes, sus
cooperadores, como hijos y amigos, a la manera en que Cristo a sus discípulos no
los llama ya siervos, sino amigos (cf. Jn15,15). Todos los sacerdotes, tanto
diocesanos como religiosos, están, pues, adscritos al Cuerpo episcopal, por razón
del orden y del ministerio, y sirven al bien de toda la Iglesia según vocación y gracia
de cada cual.
En virtud de la común ordenación sagrada y de la común misión, todos los
presbíteros se unen entre sí en íntima fraternidad, que debe manifestarse en
espontánea y gustosa ayuda mutua, tanto espiritual como material, tanto pastoral
como personal, en las reuniones, en la comunión de vida, de trabajo y de caridad.
Respecto de los fieles, a quienes han engendrado espiritualmente por el bautismo y
la doctrina (cf. 1 Co 4,15; 1 P 1,23), tengan la solicitud de padres en Cristo.
Haciéndose de buena gana modelos de la grey (cf. 1 P 5,3), gobiernen y sirvan a su
comunidad local de tal manera, que ésta merezca ser llamada con el nombre que es
gala del único y total Pueblo de Dios, es decir, Iglesia de Dios (cf. 1 Co 1,2; 2 Co 1,1
y passim). Acuérdense de que, con su conducta de cada día y con su solicitud,
deben mostrar a los fieles e infieles, a los católicos y no católicos, la imagen del
verdadero ministerio sacerdotal y pastoral, y de que están obligados a dar a todos el
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testimonio de verdad y de vida, y de que, como buenos pastores, han de buscar
también a aquellos (cf. Lc 15,4- 7) que, bautizados en la Iglesia católica,
abandonaron la práctica de los sacramentos o incluso han perdido la fe.
Como el mundo entero cada día tiende más a la unidad civil, económica y social,
conviene tanto más que los sacerdotes, uniendo sus esfuerzos y cuidados bajo la
guía de los Obispos y del Sumo Pontífice, eviten toda causa de dispersión, para que
todo el género humano venga a la unidad de la familia de Dios.
29. En el grado inferior de la Jerarquía están los diáconos, que reciben la imposición
de las manos «no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio»[110]. Así,
confortados con la gracia sacramental, en comunión con el Obispo y su presbiterio,
sirven al Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad.
Es oficio propio del diácono, según le fuere asignado por la autoridad competente,
administrar solemnemente el bautismo, reservar y distribuir la Eucaristía, asistir al
matrimonio y bendecirlo en nombre de la Iglesia, llevar el viático a los moribundos,
leer la Sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y
oración de los fieles, administrar los sacramentales, presidir el rito de los funerales y
sepultura. Dedicados a los oficios de la caridad y de la administración, recuerden los
diáconos el aviso del bienaventurado Policarpo: «Misericordiosos, diligentes,
procediendo conforme a la verdad del Señor, que se hizo servidor de todos» [111].
Ahora bien, como estos oficios, necesarios en gran manera a la vida de la Iglesia,
según la disciplina actualmente vigente de la Iglesia latina, difícilmente pueden ser
desempeñados en muchas regiones, se podrá restablecer en adelante el diaconado
como grado propio y permanente de la Jerarquía. Corresponde a las distintas
Conferencias territoriales de Obispos, de acuerdo con el mismo Sumo Pontífice,
decidir si se cree oportuno y en dónde el establecer estos diáconos para la atención
de los fieles. Con el consentimiento del Romano Pontífice, este diaconado podrá ser
conferido a varones de edad madura, aunque estén casados, y también a jóvenes
idóneos, para quienes debe mantenerse firme la ley del celibato.
CAPÍTULO IV
LOS LAICOS
30. El santo Concilio, una vez que ha declarado las funciones de la Jerarquía, vuelve
gozoso su atención al estado de aquellos fieles cristianos que se llaman laicos.
Porque, si todo lo que se ha dicho sobre el Pueblo de Dios se dirige por igual a
laicos, religiosos y clérigos, sin embargo, a los laicos, hombres y mujeres, por razón
de su condición y misión, les atañen particularmente ciertas cosas, cuyos
fundamentos han de ser considerados con mayor cuidado a causa de las especiales
circunstancias de nuestro tiempo. Los sagrados Pastores conocen perfectamente
cuánto contribuyen los laicos al bien de la Iglesia entera. Saben los Pastores que no
han sido instituidos por Cristo para asumir por sí solos toda la misión salvífica de la
Iglesia en el mundo, sino que su eminente función consiste en apacentar a los fieles
y reconocer sus servicios y carismas de tal suerte que todos, a su modo, cooperen
unánimemente en la obra común. Pues es necesario que todos, «abrazados a la
verdad en todo crezcamos en caridad, llegándonos a Aquel que es nuestra cabeza,
Cristo, de quien todo el cuerpo, trabado y unido por todos los ligamentos que lo unen
y nutren para la operación propia de cada miembro, crece y se perfecciona en la
caridad» (Ef 4.15-16).
31. Con el nombre de laicos se designan aquí todos los fieles cristianos, a excepción
de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso aprobado por la Iglesia.
Es decir, los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados
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al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética
y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo
cristiano en la parte que a ellos corresponde.
El carácter secular es propio y peculiar de los laicos. Pues los miembros del orden
sagrado, aun cuando alguna vez pueden ocuparse de los asuntos seculares incluso
ejerciendo una profesión secular, están destinados principal y expresamente al
sagrado ministerio por razón de su particular vocación. En tanto que los religiosos,
en virtud de su estado, proporcionan un preclaro e inestimable testimonio de que el
mundo no puede ser transformado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las
bienaventuranzas. A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el
reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven
en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y
en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia
está como entretejida. Allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su
propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del
mundo como desde dentro, a modo de fermento. Y así hagan manifiesto a Cristo
ante los demás, primordialmente mediante el testimonio de su vida, por la irradiación
de la fe, la esperanza y la caridad. Por tanto, de manera singular, a ellos
corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están
estrechamente vinculados, de tal modo que sin cesar se realicen y progresen
conforme a Cristo y sean para la gloria del Creador y del Redentor.
32. Por designio divino, la santa Iglesia está organizada y se gobierna sobre la base
de una admirable variedad. «Pues a la manera que en un solo cuerpo tenemos
muchos miembros, y todos los miembros no tienen la misma función, así nosotros,
siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio
de los otros miembros» (Rm 12,4-5).
Por tanto, el Pueblo de Dios, por El elegido, es uno: «un Señor, una fe, un bautismo»
(Ef 4,5). Es común la dignidad de los miembros, que deriva de su regeneración en
Cristo; común la gracia de la filiación; común la llamada a la perfección: una sola
salvación, única la esperanza e indivisa la caridad. No hay, de consiguiente, en
Cristo y en la Iglesia ninguna desigualdad por razón de la raza o de la nacionalidad,
de la condición social o del sexo, porque «no hay judío ni griego, no hay siervo o
libre, no hay varón ni mujer. Pues todos vosotros sois "uno" en Cristo Jesús»
(Ga 3,28 gr.; cf. Col 3,11).
Si bien en la Iglesia no todos van por el mismo camino, sin embargo, todos están
llamados a la santidad y han alcanzado idéntica fe por la justicia de Dios (cf. 2
P 1,1). Aun cuando algunos, por voluntad de Cristo, han sido constituidos doctores,
dispensadores de los misterios y pastores para los demás, existe una auténtica
igualdad entre todos en cuanto a la dignidad y a la acción común a todos los fieles
en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo. Pues la distinción que el Señor
estableció entre los sagrados ministros y el resto del Pueblo de Dios lleva consigo la
solidaridad, ya que los Pastores y los demás fieles están vinculados entre sí por
recíproca necesidad. Los Pastores de la Iglesia, siguiendo el ejemplo del Señor,
pónganse al servicio los unos de los otros y al de los restantes fieles; éstos, a su
vez, asocien gozosamente su trabajo al de los Pastores y doctores. De esta manera,
todos rendirán un múltiple testimonio de admirable unidad en el Cuerpo de Cristo.
Pues la misma diversidad de gracias, servicio y funciones congrega en la unidad a
los hijos de Dios, porque «todas... estas cosas son obra del único e idéntico
Espíritu» (1 Co 12,11).
Los laicos, del mismo modo que por la benevolencia divina tienen como hermano a
Cristo, quien, siendo Señor de todo, no vino a ser servido, sino a servir
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(cf. Mt 20,28), también tienen por hermanos a los que, constituidos en el sagrado
ministerio, enseñando, santificando y gobernando con la autoridad de Cristo,
apacientan a la familia de Dios, de tal suerte que sea cumplido por todos el nuevo
mandamiento de la caridad. A cuyo propósito dice bellamente San Agustín: «Si me
asusta lo que soy para vosotros, también me consuela lo que soy con vosotros. Para
vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano. Aquel nombre expresa un deber,
éste una gracia; aquél indica un peligro, éste la salvación» [112].
33. Los laicos congregados en el Pueblo de Dios e integrados en el único Cuerpo de
Cristo bajo una sola Cabeza, cualesquiera que sean, están llamados, a fuer de
miembros vivos, a contribuir con todas sus fuerzas, las recibidas por el beneficio del
Creador y las otorgadas por la gracia del Redentor, al crecimiento de la Iglesia y a su
continua santificación.
Ahora bien, el apostolado de los laicos es participación en la misma misión salvífica
de la Iglesia, apostolado al que todos están destinados por el Señor mismo en virtud
del bautismo y de la confirmación. Y los sacramentos, especialmente la sagrada
Eucaristía, comunican y alimentan aquel amor hacia Dios y hacia los hombres que
es el alma de todo apostolado. Los laicos están especialmente llamados a hacer
presente y operante a la Iglesia en aquellos lugares y circunstancias en que sólo
puede llegar a ser sal de la tierra a través de ellos [113]. Así, todo laico, en virtud de
los dones que le han sido otorgados, se convierte en testigo y simultáneamente en
vivo instrumento de la misión de la misma Iglesia en la medida del don de Cristo
(Ef 4,7).
Además de este apostolado, que incumbe absolutamente a todos los cristianos, los
laicos también puede ser llamados de diversos modos a una colaboración más
inmediata con el apostolado de la Jerarquía [114], al igual que aquellos hombres y
mujeres que ayudaban al apóstol Pablo en la evangelización, trabajando mucho en
el Señor (cf. Flp 4,3; Rm 16,3ss). Por lo demás, poseen aptitud de ser asumidos por
la Jerarquía para ciertos cargos eclesiásticos, que habrán de desempeñar con una
finalidad espiritual.
Así, pues, incumbe a todos los laicos la preclara empresa de colaborar para que el
divino designio de salvación alcance más y más a todos los hombres de todos los
tiempos y en todas las partes de la tierra. De consiguiente, ábraseles por doquier el
camino para que, conforme a sus posibilidades y según las necesidades de los
tiempos, también ellos participen celosamente en la obra salvífica de la Iglesia.
34. Dado que Cristo Jesús, supremo y eterno Sacerdote, quiere continuar su
testimonio y su servicio por medio de los laicos, los vivifica con su Espíritu y los
impulsa sin cesar a toda obra buena y perfecta.
Pues a quienes asocia íntimamente a su vida y a su misión, también les hace
partícipes de su oficio sacerdotal con el fin de que ejerzan el culto espiritual para
gloria de Dios y salvación de los hombres. Por lo cual los laicos, en cuanto
consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, son admirablemente llamados
y dotados, para que en ellos se produzcan siempre los más ubérrimos frutos del
Espíritu. Pues todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida
conyugal y familiar, el cotidiano trabajo, el descanso de alma y de cuerpo, si son
hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si se sobrellevan
pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales, aceptables a Dios por
Jesucristo (cf. 1 P 2, 5), que en la celebración de la Eucaristía se ofrecen
piadosísimamente al Padre junto con la oblación del cuerpo del Señor. De este
modo, también los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente,
consagran el mundo mismo a Dios.
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35. Cristo, el gran Profeta, que proclamó el reino del Padre con el testimonio de la
vida y con el poder de la palabra, cumple su misión profética hasta la plena
manifestación de la gloria, no sólo a través de la Jerarquía, que enseña en su
nombre y con su poder, sino también por medio de los laicos, a quienes,
consiguientemente, constituye en testigos y les dota del sentido de la fe y de la
gracia de la palabra (cf. Hch 2, 17-18; Ap 19, 10) para que la virtud del Evangelio
brille en la vida diaria, familiar y social. Se manifiestan como hijos de la promesa en
la medida en que, fuertes en la fe y en la esperanza, aprovechan el tiempo presente
(Ef 5, 16; Col 4, 5) y esperan con paciencia la gloria futura (cf. Rm 8, 25). Pero no
escondan esta esperanza en el interior de su alma, antes bien manifiéstenla, incluso
a través de las estructuras de la vida secular, en una constante renovación y en un
forcejeo «con los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus
malignos» (Ef 6, 12).
Al igual que los sacramentos de la Nueva Ley, con los que se alimenta la vida y el
apostolado de los fieles, prefiguran el cielo nuevo y la tierra nueva (cf. Ap 21, 1), así
los laicos quedan constituidos en poderosos pregoneros de la fe en la cosas que
esperamos (cf.Hb 11, 1) cuando, sin vacilación, unen a la vida según la fe la
profesión de esa fe. Tal evangelización, es decir, el anuncio de Cristo pregonado por
el testimonio de la vida y por la palabra, adquiere una característica específica y una
eficacia singular por el hecho de que se lleva a cabo en las condiciones comunes del
mundo.
En esta tarea resalta el gran valor de aquel estado de vida santificado por un
especial sacramento, a saber, la vida matrimonial y familiar. En ella el apostolado de
los laicos halla una ocasión de ejercicio y una escuela preclara si la religión cristiana
penetra toda la organización de la vida y la transforma más cada día. Aquí los
cónyuges tienen su propia vocación: el ser mutuamente y para sus hijos testigos de
la fe y del amor de Cristo. La familia cristiana proclama en voz muy alta tanto las
presentes virtudes del reino de Dios como la esperanza de la vida bienaventurada.
De tal manera, con su ejemplo y su testimonio arguye al mundo de pecado e ilumina
a los que buscan la verdad.
Por consiguiente, los laicos, incluso cuando están ocupados en los cuidados
temporales, pueden y deben desplegar una actividad muy valiosa en orden a la
evangelización del mundo. Ya que si algunos de ellos, cuando faltan los sagrados
ministros o cuando éstos se ven impedidos por un régimen de persecución, les
suplen en ciertas funciones sagradas, según sus posibilidades, y si otros muchos
agotan todas sus energías en la acción apostólica, es necesario, sin embargo, que
todos contribuyan a la dilatación y al crecimiento del reino de Dios en el mundo. Por
ello, dedíquense los laicos a un conocimiento más profundo de la verdad revelada y
pidan a Dios con instancia el don de la sabiduría.
36. Cristo, habiéndose hecho obediente hasta la muerte y habiendo sido por ello
exaltado por el Padre (cf. Flp 2, 8-9), entró en la gloria de su reino. A El están
sometidas todas las cosas, hasta que El se someta a Sí mismo y todo lo creado al
Padre, a fin de que Dios sea todo en todas las cosas (cf. 1 Co 15, 27-28). Este poder
lo comunicó a sus discípulos, para que también ellos queden constituidos en
soberana libertad, y por su abnegación y santa vida venzan en sí mismos el reino del
pecado (cf. Rm 6, 12). Más aún, para que, sirviendo a Cristo también en los demás,
conduzcan en humildad y paciencia a sus hermanos al Rey, cuyo servicio equivale a
reinar. También por medio de los fieles laicos el Señor desea dilatar su reino: «reino
de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de
paz» [115]. Un reino en el cual la misma creación será liberada de la servidumbre de
la corrupción para participar la libertad de la gloria de los hijos de Dios (cf. Rm 8, 21).
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Grande, en verdad, es la promesa, y excelso el mandato dado a los discípulos:
«Todas las cosas son vuestras, pero vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios» (1
Co 3, 23).
Deben, por tanto, los fieles conocer la íntima naturaleza de todas las criaturas, su
valor y su ordenación a la gloria de Dios. Incluso en las ocupaciones seculares
deben ayudarse mutuamente a una vida más santa, de tal manera que el mundo se
impregne del espíritu de Cristo y alcance su fin con mayor eficacia en la justicia, en
la caridad y en la paz. En el cumplimiento de este deber universal corresponde a los
laicos el lugar más destacado. Por ello, con su competencia en los asuntos profanos
y con su actividad elevada desde dentro por la gracia de Cristo, contribuyan
eficazmente a que los bienes creados, de acuerdo con el designio del Creador y la
iluminación de su Verbo, sean promovidos, mediante el trabajo humano, la técnica y
la cultura civil, para utilidad de todos los hombres sin excepción; sean más
convenientemente distribuidos entre ellos y, a su manera, conduzcan al progreso
universal en la libertad humana y cristiana. Así Cristo, a través de los miembros de la
Iglesia, iluminará más y más con su luz salvadora a toda la sociedad humana.
Igualmente coordinen los laicos sus fuerzas para sanear las estructuras y los
ambientes del mundo cuando inciten al pecado, de manera que todas estas cosas
sean conformes a las normas de la justicia y más bien favorezcan que obstaculicen
la práctica de las virtudes. Obrando de este modo, impregnarán de valor moral la
cultura y las realizaciones humanas. Con este proceder simultáneamente se prepara
mejor el campo del mundo para la siembra de la palabra divina, y a la Iglesia se le
abren más de par en par las puertas por las que introducir en el mundo el mensaje
de la paz.
Conforme lo exige la misma economía de la salvación, los fieles aprendan a
distinguir con cuidado los derechos y deberes que les conciernen por su pertenencia
a la Iglesia y los que les competen en cuanto miembros de la sociedad humana.
Esfuércense en conciliarlos entre sí, teniendo presente que en cualquier asunto
temporal deben guiarse por la conciencia cristiana, dado que ninguna actividad
humana, ni siquiera en el dominio temporal, puede substraerse al imperio de Dios.
En nuestro tiempo es sumamente necesario que esta distinción y simultánea
armonía resalte con suma claridad en la actuación de los fieles, a fin de que la
misión de la Iglesia pueda responder con mayor plenitud a los peculiares
condicionamientos del mundo actual. Porque así como ha de reconocerse que la
ciudad terrena, justamente entregada a las preocupaciones del siglo, se rige por
principios propios, con la misma razón se debe rechazar la funesta doctrina que
pretende construir la sociedad prescindiendo en absoluto de la religión y que ataca y
elimina la libertad religiosa de los ciudadanos [116].
37. Los laicos, al igual que todos los fieles cristianos, tienen el derecho de recibir con
abundancia [117] de los sagrados Pastores los auxilios de los bienes espirituales de
la Iglesia, en particular la palabra de Dios y les sacramentos. Y manifiéstenles sus
necesidades y sus deseos con aquella libertad y confianza que conviene a los hijos
de Dios y a los hermanos en Cristo. Conforme a la ciencia, la competencia y el
prestigio que poseen, tienen la facultad, más aún, a veces el deber, de exponer su
parecer acerca de los asuntos concernientes al bien de la Iglesia [118]. Esto hágase,
si las circunstancias lo requieren, a través de instituciones establecidas para ello por
la Iglesia, y siempre en veracidad, fortaleza y prudencia, con reverencia y caridad
hacia aquellos que, por razón de su sagrado ministerio, personifican a Cristo.
Los laicos, como los demás fieles, siguiendo el ejemplo de Cristo, que con su
obediencia hasta la muerte abrió a todos los hombres el dichoso camino de la
libertad de los hijos de Dios, acepten con prontitud de obediencia cristiana aquello
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que los Pastores sagrados, en cuanto representantes de Cristo, establecen en la
Iglesia en su calidad de maestros y gobernantes. Ni dejen de encomendar a Dios en
la oración a sus Prelados, que vigilan cuidadosamente como quienes deben rendir
cuenta por nuestras almas, a fin de que hagan esto con gozo y no con gemidos
(cf. Hb 13,17).
Por su parte, los sagrados Pastores reconozcan y promuevan la dignidad y
responsabilidad de los laicos en la Iglesia. Recurran gustosamente a su prudente
consejo, encomiéndenles con confianza cargos en servicio de la Iglesia y denles
libertad y oportunidad para actuar; más aún, anímenles incluso a emprender obras
por propia iniciativa. Consideren atentamente ante Cristo, con paterno amor, las
iniciativas, los ruegos y los deseos provenientes de los laicos [119]. En cuanto a la
justa libertad que a todos corresponde en la sociedad civil, los Pastores la acatarán
respetuosamente.
Son de esperar muchísimos bienes para la Iglesia de este trato familiar entre los
laicos y los Pastores; así se robustece en los seglares el sentido de la propia
responsabilidad, se fomenta su entusiasmo y se asocian más fácilmente las fuerzas
de los laicos al trabajo de los Pastores. Estos, a su vez, ayudados por la experiencia
de los seglares, están en condiciones de juzgar con más precisión y objetividad tanto
los asuntos espirituales como los temporales, de forma que la Iglesia entera,
robustecida por todos sus miembros, cumpla con mayor eficacia su misión en favor
de la vida del mundo.
38. Cada laico debe ser ante el mundo un testigo de la resurrección y de la vida del
Señor Jesús y una señal del Dios vivo. Todos juntos y cada uno de por sí deben
alimentar al mundo con frutos espirituales (cf. Ga 5, 22) y difundir en él el espíritu de
que están animados aquellos pobres, mansos y pacíficos, a quienes el Señor en el
Evangelio proclamó bienaventurados (cf. Mt 5, 3-9). En una palabra, «lo que el alma
es en el cuerpo, esto han de ser los cristianos en el mundo» [120].
CAPÍTULO V
UNIVERSAL
EN LA IGLESIA
VOCACIÓN
A
LA
SANTIDAD
39. La Iglesia, cuyo misterio está exponiendo el sagrado Concilio, creemos que es
indefectiblemente santa. Pues Cristo, el Hijo de Dios, quien con el Padre y el Espíritu
Santo es proclamado «el único Santo» [121], amó a la Iglesia como a su esposa,
entregándose a Sí mismo por ella para santificarla (cf. Ef 5,25-26), la unió a Sí como
su propio cuerpo y la enriqueció con el don del Espíritu Santo para gloria de Dios.
Por ello, en la Iglesia, todos, lo mismo quienes pertenecen a la Jerarquía que los
apacentados por ella, están llamados a la santidad, según aquello del Apóstol:
«Porgue ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación» (1 Ts 4, 3; cf. Ef 1, 4).
Esta santidad de la Iglesia se manifiesta y sin cesar debe manifestarse en los frutos
de gracia que el Espíritu produce en los fieles. Se expresa multiformemente en cada
uno de los que, con edificación de los demás, se acercan a la perfección de la
caridad en su propio género de vida; de manera singular aparece en la práctica de
los comúnmente llamados consejos evangélicos. Esta práctica de los consejos, que,
por impulso del Espíritu Santo, muchos cristianos han abrazado tanto en privado
como en una condición o estado aceptado por la Iglesia, proporciona al mundo y
debe proporcionarle un espléndido testimonio y ejemplo de esa santidad.
40. El divino Maestro y Modelo de toda perfección, el Señor Jesús, predicó a todos y
cada uno de sus discípulos, cualquiera que fuese su condición, la santidad de vida,
de la que El es iniciador y consumador: «Sed, pues, vosotros perfectos, como
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vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48) [122]. Envió a todos el Espíritu Santo
para que los mueva interiormente a amar a Dios con todo el corazón, con toda el
alma, con toda la mente y con todas las fuerzas (cf. Mt 12,30) y a amarse
mutuamente como Cristo les amó (cf. Jn 13,34; 15,12). Los seguidores de Cristo,
llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia
divinos y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el bautismo,
sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y,
por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesario que con la ayuda de
Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron. El Apóstol
les amonesta a vivir «como conviene a los santos» (Ef 5, 3) y que como «elegidos
de Dios, santos y amados, se revistan de entrañas de misericordia, benignidad,
humildad, modestia, paciencia» (Col3, 12) y produzcan los frutos del Espíritu para la
santificación (cf. Ga 5, 22; Rm 6, 22). Pero como todos caemos en muchas faltas
(cf. St 3,2), continuamente necesitamos la misericordia de Dios y todos los días
debemos orar: «Perdónanos nuestras deudas» (Mt6, 12) [123].
Es, pues, completamente claro que todos los fieles, de cualquier estado o condición,
están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad [124],
y esta santidad suscita un nivel de vida más humano incluso en la sociedad terrena.
En el logro de esta perfección empeñen los fieles las fuerzas recibidas según la
medida de la donación de Cristo, a fin de que, siguiendo sus huellas y hechos
conformes a su imagen, obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, se entreguen
con toda su alma a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Así, la santidad del
Pueblo de Dios producirá abundantes frutos, como brillantemente lo demuestra la
historia de la Iglesia con la vida de tantos santos.
41. Una misma es la santidad que cultivan, en los múltiples géneros de vida y
ocupaciones, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, y obedientes a la
voz del Padre, adorándole en espíritu y verdad, siguen a Cristo pobre, humilde y
cargado con la cruz, a fin de merecer ser hechos partícipes de su gloria. Pero cada
uno debe caminar sin vacilación por el camino de la fe viva, que engendra la
esperanza y obra por la caridad, según los dones y funciones que le son propios.
En primer lugar es necesario que los Pastores de la grey de Cristo, a imagen del
sumo y eterno Sacerdote, Pastor y Obispo de nuestras almas, desempeñen su
ministerio santamente y con entusiasmo, humildemente y con fortaleza. Así
cumplido, ese ministerio será también para ellos un magnífico medio de
santificación. Los elegidos para la plenitud del sacerdocio son dotados de la gracia
sacramental, con la que, orando, ofreciendo el sacrificio y predicando, por medio de
todo tipo de preocupación episcopal y de servicio, puedan cumplir perfectamente el
cargo de la caridad pastoral [125]. No teman entregar su vida por las ovejas, y,
hechos modelo para la grey (cf.1 P 5,3), estimulen a la Iglesia, con su ejemplo, a una
santidad cada día mayor.
Los presbíteros, a semejanza del orden de los Obispos, cuya corona espiritual
forman [126] al participar de su gracia ministerial por Cristo, eterno y único Mediador,
crezcan en el amor de Dios y del prójimo por el diario desempeño de su oficio.
Conserven el vínculo de la comunión sacerdotal, abunden en todo bien espiritual y
sean para todos un vivo testimonio de Dios [127], émulos de aquellos sacerdotes
que en el decurso de los siglos, con frecuencia en un servicio humilde y oculto,
dejaron un preclaro ejemplo de santidad, cuya alabanza se difunde en la Iglesia de
Dios. Mientras oran y ofrecen el sacrificio, como es su deber, por los propios fieles y
por todo el Pueblo de Dios, sean conscientes de lo que hacen e imiten lo que traen
entre manos [128]; las preocupaciones apostólicas, los peligros y contratiempos, no
sólo no les sean un obstáculo, antes bien asciendan por ellos a una más alta
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santidad, alimentando y fomentando su acción en la abundancia de la contemplación
para consuelo de toda la Iglesia de Dios. Todos los presbíteros y en especial
aquellos que por el peculiar título de su ordenación son llamados sacerdotes
diocesanos, tengan presente cuánto favorece a su santificación la fiel unión y
generosa cooperación con su propio Obispo.
También son partícipes de la misión y gracia del supremo Sacerdote, de un modo
particular, los ministros de orden inferior. Ante todo, los diáconos, quienes, sirviendo
a los misterios de Cristo y de la Iglesia [129] deben conservarse inmunes de todo
vicio, agradar a Dios y hacer acopio de todo bien ante los hombres (cf. 1 Tm 3,8-10 y
12-13). Los. clérigos, que, llamados por el Señor y destinados a su servicio, se
preparan, bajo la vigilancia de los Pastores, para los deberes del ministerio, están
obligados a ir adaptando su mentalidad y sus corazones a tan excelsa elección:
asiduos en la oración, fervorosos en el amor, preocupados de continuo por todo lo
que es verdadero, justo y decoroso, realizando todo para gloria y honor de Dios. A
los cuales se añaden aquellos laicos elegidos por Dios que son llamados por el
Obispo para que se entreguen por completo a las tareas apostólicas, y trabajan en el
campo del Señor con fruto abundante [130].
Los esposos y padres cristianos, siguiendo su propio camino, mediante la fidelidad
en el amor, deben sostenerse mutuamente en la gracia a lo largo de toda la vida e
inculcar la doctrina cristiana y las virtudes evangélicas a los hijos amorosamente
recibidos de Dios. De esta manera ofrecen a todos el ejemplo de un incansable y
generoso amor, contribuyen al establecimiento de la fraternidad en la caridad y se
constituyen en testigos y colaboradores de la fecundidad de la madre Iglesia, como
símbolo y participación de aquel amor con que Cristo amó a su Esposa y se entregó
a Sí mismo por ella [131]. Ejemplo parecido lo proporcionan, de otro modo, quienes
viven en estado de viudez o de celibato, los cuales también pueden contribuir no
poco a la santidad y a la actividad de la Iglesia. Aquellos que están dedicados a
trabajos muchas veces fatigosos deben encontrar en esas ocupaciones humanas su
propio perfeccionamiento, el medio de ayudar a sus conciudadanos y de contribuir a
elevar el nivel de la sociedad entera y de la creación. Pero también es necesario que
imiten en su activa caridad a Cristo, cuyas manos se ejercitaron en los trabajos
manuales y que continúan trabajando en unión con el Padre para la salvación de
todos. Gozosos en la esperanza, ayudándose unos a otros a llevar sus cargas,
asciendan mediante su mismo trabajo diario, a una más alta santidad, incluso con
proyección apostólica.
Sepan también que están especialmente unidos a Cristo, paciente por la salvación
del mundo, aquellos que se encuentran oprimidos por la pobreza, la enfermedad, los
achaques y otros muchos sufrimientos, o los que padecen persecución por la
justicia. A ellos el Señor, en el Evangelio, les proclamó bienaventurados, y «el Dios
de toda gracia, que nos llamó a su eterna gloria en Cristo Jesús, después de un
breve padecer, los perfeccionará y afirmará, los fortalecerá y consolidará» (1 P 5,
10).
Por tanto, todos los fieles cristianos, en las condiciones, ocupaciones o
circunstancias de su vida, y a través de todo eso, se santificarán más cada día si lo
aceptan todo con fe de la mano del Padre celestial y colaboran con la voluntad
divina, haciendo manifiesta a todos, incluso en su dedicación a las tareas
temporales, la caridad con que Dios amó al mundo.
42. «Dios es caridad, y el que permanece en la caridad permanece en Dios y Dios
en él» (1 Jn 4, 16). Y Dios difundió su caridad en nuestros corazones por el Espíritu
Santo, que se nos ha dado (cf. Rm 5, 5). Por consiguiente, el primero y más
imprescindible don es la caridad, con la que amamos a Dios sobre todas las cosas y
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al prójimo por El. Pero, a fin de que la caridad crezca en el alma como una buena
semilla y fructifique, todo fiel debe escuchar de buena gana la palabra de Dios y
poner por obra su voluntad con la ayuda de la gracia. Participar frecuentemente en
los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, y en las funciones sagradas. Aplicarse
asiduamente a la oración, a la abnegación de sí mismo, al solícito servicio de los
hermanos y al ejercicio de todas las virtudes. Pues la caridad, como vínculo de
perfección y plenitud de la ley (cf. Col 3, 14; Rm 3, 10), rige todos los medios de
santificación, los informa y los conduce a su fin [132]. De ahí que la caridad para con
Dios y para con el prójimo sea el signo distintivo del verdadero discípulo de Cristo.
Dado que Jesús, el Hijo de Dios, manifestó su amor entregando su vida por
nosotros, nadie tiene mayor amor que el que entrega su vida por El y por sus
hermanos (cf. 1 Jn 3,16; Jn 15,13). Pues bien: algunos cristianos, ya desde los
primeros tiempos, fueron llamados, y seguirán siéndolo siempre, a dar este supremo
testimonio de amor ante todos, especialmente ante los perseguidores. Por tanto, el
martirio, en el que el discípulo se asemeja al Maestro, que aceptó libremente la
muerte por la salvación del mundo, y se conforma a El en la efusión de su sangre, es
estimado por la Iglesia como un don eximio y la suprema prueba de amor, Y, si es
don concedido a pocos, sin embargo, todos deben estar prestos a confesar a Cristo
delante de los hombres y a seguirle, por el camino de la cruz, en medio de las
persecuciones que nunca faltan a la Iglesia.
La santidad de la Iglesia también se fomenta de una manera especial con los
múltiples consejos que el Señor propone en el Evangelio para que los observen sus
discípulos [133]. Entre ellos destaca el precioso don de la divina gracia, concedido a
algunos por el Padre (cf. Mt 19, 11; 1 Co 7, 7) para que se consagren a solo Dios
con un corazón que en la virginidad o en el celibato se mantiene más fácilmente
indiviso (cf. 1 Co 7, 32-34) [134]. Esta perfecta continencia por el reino de los cielos
siempre ha sido tenida en la más alta estima por la Iglesia, como señal y estímulo de
la caridad y como un manantial extraordinario de espiritual fecundidad en el mundo.
La Iglesia medita la advertencia del Apóstol, quien, estimulando a los fieles a la
caridad, les exhorta a que tengan en sí los mismos sentimientos que tuvo Cristo, el
cual «se anonadó a sí mismo tomando la forma de esclavo..., hecho obediente hasta
la muerte» (Flp2, 7-8), y por nosotros «se hizo pobre, siendo rico» (2 Co 8, 9). Y
como es necesario que los discípulos den siempre testimonio de esta caridad y
humildad de Cristo imitándola, la madre Iglesia goza de que en su seno se hallen
muchos varones v mujeres que siguen más de cerca el anonadamiento del Salvador
y dan un testimonio más evidente de él al abrazar la pobreza en la libertad de los
hijos de Dios y al renunciar a su propia voluntad. A saber: aquellos que, en materia
de perfección, se someten a un hombre por Dios más allá de lo mandado, a fin de
hacerse más plenamente conformes a Cristo obediente [135].
Quedan, pues, invitados y aun obligados todos los fieles cristianos a buscar
insistentemente la santidad y la perfección dentro del propio estado. Estén todos
atentos a encauzar rectamente sus afectos, no sea que el uso de las cosas del
mundo y un apego a las riquezas contrario al espíritu de pobreza evangélica les
impida la prosecución de la caridad perfecta. Acordándose de la advertencia del
Apóstol: Los que usan de este mundo no se detengan en eso, porque los atractivos
de este mundo pasan (cf. 1 Co 7, 31 gr.) [136].
CAPÍTULO VI
LOS RELIGIOSOS
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43. Los consejos evangélicos de castidad consagrada a Dios, de pobreza y de
obediencia, como fundados en las palabras y ejemplos del Señor, y recomendados
por los Apóstoles y Padres, así como por los doctores y pastores de la Iglesia, son
un don divino que la Iglesia recibió de su Señor y que con su gracia conserva
siempre La autoridad de la Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo, se preocupó de
interpretar estos consejos, de regular su práctica e incluso de fijar formas estables
de vivirlos. Esta es la causa de que, como en árbol que se ramifica espléndido y
pujante en el campo del Señor partiendo de una semilla puesta por Dios, se hayan
desarrollado formas diversas de vida solitaria o comunitaria y variedad de familias
que acrecientan los recursos ya para provecho de los propios miembros, ya para
bien de todo el Cuerpo de Cristo [137]. Y es que esas familias ofrecen a sus
miembros las ventajas de una mayor estabilidad en el género de vida, una doctrina
experimentada para conseguir la perfección, una comunión fraterna en el servicio de
Cristo y una libertad robustecida por la obediencia, de tal manera que puedan
cumplir con seguridad y guardar fielmente su profesión y avancen con espíritu alegre
por la senda de la caridad [138].
Este estado, si se atiende a la constitución divina y jerárquica de la Iglesia, no es
intermedio entre el de los clérigos y el de los laicos, sino que de uno y otro algunos
cristianos son llamados por Dios para poseer un don particular en la vida de la
Iglesia y para que contribuyan a la misión salvífica de ésta, cada uno según su modo
[139].
44. El cristiano, mediante los votos u otros vínculos sagrados —por su propia
naturaleza semejantes a los votos—, con los cuales se obliga a la práctica de los
tres susodichos consejos evangélicos, hace una total consagración de sí mismo a
Dios, amado sobre todas las cosas, de manera que se ordena al servicio de Dios y a
su gloria por un título nuevo y especial. Ya por el bautismo había muerto al pecado y
estaba consagrado a Dios; sin embargo, para traer de la gracia bautismal fruto
copioso, pretende, por la profesión de los consejos evangélicos, liberarse de los
impedimentos que podrían apartarle del fervor de la caridad y de la perfección del
culto divino y se consagra más íntimamente al servicio de Dios [140]. La
consagración será tanto más perfecta cuanto, por vínculos más firmes y más
estables, represente mejor a Cristo, unido con vínculo indisoluble a su Iglesia.
Pero como los consejos evangélicos, mediante la caridad hacia la que impulsan
[141], unen especialmente con la Iglesia y con su misterio a quienes los practican, es
necesario que la vida espiritual de éstos se consagre también al provecho de toda la
Iglesia. De aquí nace el deber de trabajar según las fuerzas y según la forma de la
propia vocación, sea con la oración, sea también con el ministerio apostólico, para
que el reino de Cristo se asiente y consolide en las almas y para dilatarlo por todo el
mundo. Por lo cual la Iglesia protege y favorece la índole propia de los diversos
institutos religiosos.
Así, pues, la profesión de los consejos evangélicos aparece como un símbolo que
puede y debe atraer eficazmente a todos los miembros de la Iglesia a cumplir sin
desfallecimiento los deberes de la vida cristiana. Y como el Pueblo de Dios no tiene
aquí ciudad permanente, sino que busca la futura, el estado religioso, por librar
mejor a sus seguidores de las preocupaciones terrenas, cumple también mejor, sea
la función de manifestar ante todos los fieles que los bienes celestiales se hallan ya
presentes en este mundo, sea la de testimoniar la vida nueva y eterna conquistada
por la redención de Cristo, sea la de prefigurar la futura resurrección y la gloria del
reino celestial. El mismo estado imita más de cerca y representa perennemente en la
Iglesia el género de vida que el Hijo de Dios tomó cuando vino a este mundo para
cumplir la voluntad del Padre, y que propuso a los discípulos que le seguían.
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Finalmente, proclama de modo especial la elevación del reino de Dios sobre todo lo
terreno y sus exigencias supremas; muestra también ante todos los hombres la
soberana grandeza del poder de Cristo glorioso y la potencia infinita del Espíritu
Santo, que obra maravillas en la Iglesia.
Por consiguiente, el estado constituido por la profesión de los consejos evangélicos,
aunque no pertenece a la estructura jerárquica de la Iglesia, pertenece, sin embargo
de manera indiscutible, a su vida y santidad.
45. Siendo deber de la Jerarquía eclesiástica apacentar al Pueblo de Dios y
conducirlo a los mejores pastos (cf. Ez 34, 14), a ella compete dirigir sabiamente con
sus leyes la práctica de los consejos evangélicos [142], mediante los cuales se
fomenta singularmente la caridad para con Dios y para con el prójimo. La misma
Jerarquía, siguiendo dócilmente el impulso del Espíritu Santo, admite las reglas
propuestas por varones y mujeres ilustres, las aprueba auténticamente después de
haberlas revisado y asiste con su autoridad vigilante y protectora a los Institutos
erigidos por todas partes para edificación del Cuerpo de Cristo, con el fin de que en
todo caso crezcan y florezcan según el espíritu de los fundadores.
Para mejor proveer a las necesidades de toda la grey del Señor, el Romano
Pontífice, en virtud de su primado sobre la Iglesia universal, puede eximir a cualquier
Instituto de perfección y a cada uno de sus miembros de la jurisdicción de los
Ordinarios de lugar y someterlos a su sola autoridad con vistas a la utilidad común
[143]. Análogamente pueden ser puestos bajo las propias autoridades patriarcales o
encomendados a ellas. Los miembros de tales Institutos, en el cumplimiento de los
deberes que tienen para con la Iglesia según su peculiar forma de vida, deben
prestar a los Obispos reverencia y obediencia en conformidad con las leyes
canónicas, por razón de su autoridad pastoral en las Iglesias particulares y por la
necesaria unidad y concordia en el trabajo apostólico [144].
La Iglesia no sólo eleva mediante su sanción la profesión religiosa a la dignidad de
estado canónico, sino que, además, con su acción litúrgica, la presenta como un
estado consagrado a Dios. Ya que la Iglesia misma, con la autoridad que Dios le
confió, recibe los votos de quienes la profesan, les alcanza de Dios, mediante su
oración pública, los auxilios y la gracia, los encomienda a Dios y les imparte la
bendición espiritual, asociando su oblación al sacrificio eucarístico.
46. Los religiosos cuiden con atenta solicitud de que, por su medio, la Iglesia
muestre de hecho mejor cada día ante fieles e infieles a Cristo, ya entregado a la
contemplación en el monte, ya anunciando el reino de Dios a las multitudes, o
curando a los enfermos y pacientes y convirtiendo a los pecadores al buen camino, o
bendiciendo a los niños y haciendo bien a todos, siempre, sin embargo, obediente a
la voluntad del Padre que lo envió [145]
Tengan todos bien entendido que la profesión de los consejos evangélicos, aunque
implica la renuncia de bienes que indudablemente han de ser estimados en mucho,
no es, sin embargo, un impedimento para el verdadero desarrollo de la persona
humana, antes por su propia naturaleza lo favorece en gran medida. Porque los
consejos, abrazados voluntariamente según la personal vocación de cada uno,
contribuyen no poco a la purificación del corazón y a la libertad espiritual, estimulan
continuamente el fervor de la caridad y, sobre todo, como demuestra el ejemplo de
tantos santos fundadores, son capaces de asemejar más al cristiano con el género
de vida virginal y pobre que- Cristo Señor escogió para si y que abrazó su Madre, la
Virgen. Y nadie piense que los religiosos, por su consagración, se hacen extraños a
los hombres o inútiles para la sociedad terrena. Porque, si bien en algunos casos no
sirven directamente a sus contemporáneos, los tienen, sin embargo, presentes de
manera más íntima en las entrañas de Cristo y cooperan espiritualmente con ellos,
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para que la edificación de la ciudad terrena se funde siempre en el Señor y se
ordene a El, no sea que trabajen en vano quienes la edifican [146].
Por lo cual, finalmente, el sagrado Sínodo confirma y alaba a los varones y mujeres,
a los Hermanos y Hermanas que en los monasterios, o en las escuelas y hospitales,
o en las misiones, hermosean a la Esposa de Cristo con la perseverante y humilde
fidelidad en la susodicha consagración y prestan a todos los hombres los más
generosos y variados servicios.
47. Todo el que ha sido llamado a la profesión de los consejos esmérese por
perseverar y aventajarse en la vocación a la que fue llamado por Dios, para una más
abundante santidad de la Iglesia y para mayor gloria de la Trinidad, una e indivisible,
que en Cristo y por Cristo es la fuente y origen de toda santidad.
CAPÍTULO VII
ÍNDOLE
ESCATOLÓGICA
DE
LA
Y SU UNIÓN CON LA IGLESIA CELESTIAL
IGLESIA
PEREGRINANTE
48. La Iglesia, a la que todos estamos llamados en Cristo Jesús y en la cual
conseguimos la santidad por la gracia de Dios, no alcanzará su consumada plenitud
sino en la gloria celeste, cuando llegue el tiempo de la restauración de todas las
cosas (cf. Hch 3, 21) y cuando, junto con el género humano, también la creación
entera, que está íntimamente unida con el hombre y por él alcanza su fin, será
perfectamente renovada en Cristo (cf. Ef 1, 10; Col 1,20; 2 P 3, 10-13).
Porque Cristo, levantado sobre la tierra, atrajo hacia sí a todos (cf. Jn 12, 32 gr.);
habiendo resucitado de entre los muertos (Rm 6, 9), envió sobre los discípulos a su
Espíritu vivificador, y por El hizo a su Cuerpo, que es la Iglesia, sacramento universal
de salvación; estando sentado a la derecha del Padre, actúa sin cesar en el mundo
para conducir a los hombres a la Iglesia y, por medio de ella, unirlos a sí más
estrechamente y para hacerlos partícipes de su vida gloriosa alimentándolos con su
cuerpo y sangre. Así que la restauración prometida que esperamos, ya comenzó en
Cristo, es impulsada con la misión del Espíritu Santo y por El continúa en la Iglesia,
en la cual por la fe somos instruidos también acerca del sentido de nuestra vida
temporal, mientras que con la esperanza de los bienes futuros llevamos a cabo la
obra que el Padre nos encomendó en el mundo y labramos nuestra salvación
(cf. Flp 2, 12).
La plenitud de los tiempos ha llegado, pues, a nosotros (cf. 1 Co 10, 11), y la
renovación del mundo está irrevocablemente decretada y en cierta manera se
anticipa realmente en este siglo, pues la Iglesia, ya aquí en la tierra, está adornada
de verdadera santidad, aunque todavía imperfecta. Pero mientras no lleguen los
cielos nuevos y la tierra nueva, donde mora la justicia (cf. 2 P 3, 13), la Iglesia
peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, pertenecientes a este tiempo, la
imagen de este siglo que pasa, y ella misma vive entre las criaturas, que gimen con
dolores de parto al presente en espera de la manifestación de los hijos de Dios
(cf. Rm 8, 19-22).
Unidos, pues, a Cristo en la Iglesia y sellados con el Espíritu Santo, que es prenda
de nuestra herencia (Ef 1, 14), con verdad recibimos el nombre de hijos de Dios y lo
somos (cf. 1 Jn 3, 1), pero todavía no se ha realizado nuestra manifestación con
Cristo en la gloria (cf. Col 3,4), en la cual seremos semejantes a Dios, porque lo
veremos tal como es (cf. 1 Jn 3,2). Por tanto, «mientras moramos en este cuerpo,
vivimos en el destierro, lejos del Señor» (2 Co 5, 6), y aunque poseemos las
primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior (cf. Rm 8, 23) y ansiamos estar
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con Cristo (cf. Flp 1, 23). Ese mismo amor nos apremia a vivir más y más para Aquel
que murió y resucitó por nosotros (cf. 2 Co 5, 15). Por eso procuramos agradar en
todo al Señor (cf. 2 Co 5, 9) y nos revestimos de la armadura de Dios para
permanecer firmes contra las asechanzas del demonio y resistir en el día malo
(cf, Ef 6, 11-13). Y como no sabemos el día ni la hora, es necesario, según la
amonestación del Señor, que velemos constantemente, para que, terminado el único
plazo de nuestra vida terrena (cf. Hb 9, 27), merezcamos entrar con El a las bodas y
ser contados entre los elegidos (cf. Mt 25, 31-46), y no se nos mande, como a
siervos malos y perezosos (cf. Mt 25, 26), ir al fuego eterno (cf. Mt 25, 41), a las
tinieblas exteriores, donde «habrá llanto y rechinar de dientes» (Mt 22, 13 y 25, 30).
Pues antes de reinar con Cristo glorioso, todos debemos comparecer «ante el
tribunal de Cristo para dar cuenta cada uno de las obras buenas o malas que haya
hecho en su vida mortal» (2 Co 5, 10); y al fin del mundo «saldrán los que obraron el
bien para la resurrección de vida; los que obraron el mal, para la resurrección de
condenación» (Jn 5, 29; cf. Mt 25, 46). Teniendo, pues, por cierto que «los
padecimientos de esta vida son nada en comparación con la gloria futura que se ha
de revelar en nosotros» (Rm 8, 18; cf. 2 Tm 2, 11- 12), con fe firme aguardamos «la
esperanza bienaventurada y la llegada de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro
Jesucristo» (Tit 2, 13), «quien transfigurará nuestro abyecto cuerpo en cuerpo
glorioso semejante al suyo» (Flp 3, 12) y vendrá «para ser glorificado en sus santos
y mostrarse admirable en todos los que creyeron» (2 Ts 1,10).
49. Así, pues, hasta que el Señor venga revestido de majestad y acompañado de
sus ángeles (cf. Mt 25, 31) y, destruida la muerte, le sean sometidas todas las cosas
(cf. 1 Co 15, 26-27), de sus discípulos, unos peregrinan en la tierra; otros, ya
difuntos, se purifican; otros, finalmente, gozan de la gloria, contemplando
«claramente a Dios mismo, Uno y Trino, tal como es» [147]; mas todos, en forma y
grado diverso, vivimos unidos en una misma caridad para con Dios y para con el
prójimo y cantamos idéntico himno de gloria a nuestro Dios. Pues todos los que son
de Cristo por poseer su Espíritu, constituyen una misma Iglesia y mutuamente se
unen en El (cf. Ef 4, 16). La unión de los viadores con los hermanos que se
durmieron en la paz de Cristo, de ninguna manera se interrumpe, antes bien, según
la constante fe de la Iglesia, se robustece con la comunicación de bienes espirituales
[148]. Por lo mismo que los bienaventurados están más íntimamente unidos a Cristo,
consolidan más eficazmente a toda la Iglesia en la santidad, ennoblecen el culto que
ella ofrece a Dios aquí en la tierra y contribuyen de múltiples maneras a su más
dilatada edificación (cf. 1 Co 12, 12-27) [149]. Porque ellos, habiendo llegado a la
patria y estando «en presencia del Señor» (cf. 2 Co 5, 8), no cesan de interceder por
El, con El y en El a favor nuestro ante el Padre [147], ofreciéndole los méritos que en
la tierra consiguieron por el «Mediador único entre Dios y los hombres, Cristo Jesús»
(cf. 1Tm 2, 5), como fruto de haber servido al Señor en todas las cosas y de haber
completado en su carne lo que falta a los padecimientos de Cristo en favor de su
Cuerpo, que es la Iglesia (cf. Col 1,24) [151]. Su fraterna solicitud contribuye, pues,
mucho a remediar nuestra debilidad.
50. La Iglesia de los viadores, teniendo perfecta conciencia de la comunión que reina
en todo el Cuerpo místico de Jesucristo, ya desde los primeros tiempos de la religión
cristiana guardó con gran piedad la memoria de los difuntos [152] y ofreció sufragios
por ellos, «porque santo y saludable es el pensamiento de orar por los difuntos para
que queden libres de sus pecados» (2 M 12, 46). Siempre creyó la Iglesia que los
Apóstoles y mártires de Cristo, por haber dado el supremo testimonio de fe y de
caridad con el derramamiento de su sangre, nos están más íntimamente unidos en
Cristo; les profesó especial veneración junto con la Bienaventurada Virgen y los
santos ángeles [153] e imploró piadosamente el auxilio de su intercesión. A éstos
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pronto fueron agregados también quienes habían imitado más de cerca la virginidad
y pobreza de Cristo [154] y, finalmente, todos los demás, cuyo preclaro ejercicio de
virtudes cristianas [155] y cuyos carismas divinos los hacían recomendables a la
piadosa devoción e imitación de los fieles [156].
Mirando la vida de quienes siguieron fielmente a Cristo, nuevos motivos nos
impulsan a buscar la ciudad futura (cf. Hb 13, 14 y 11, 10) y al mismo tiempo
aprendemos el camino más seguro por el que, entre las vicisitudes mundanas,
podremos llegar a la perfecta unión con Cristo o santidad, según el estado y
condición de cada uno [157]. En la vida de aquellos que, siendo hombres como
nosotros, se transforman con mayor perfección en imagen de Cristo (cf. 2 Co 3,18),
Dios manifiesta al vivo ante los hombres su presencia y su rostro. En ellos El mismo
nos habla y nos ofrece un signo de su reino [158], hacia el cual somos atraídos
poderosamente con tan gran nube de testigos que nos envuelve (cf. Hb 12, 1) y con
tan gran testimonio de la verdad del Evangelio.
Veneramos la memoria de los santos del cielo por su ejemplaridad, pero más aún
con el fin de que la unión de toda la Iglesia en el Espíritu se vigorice por el ejercicio
de la caridad fraterna (cf. Ef 4, 1-6). Porque así como la comunión cristiana entre los
viadores nos acerca más a Cristo, así el consorcio con los santos nos une a Cristo,
de quien, como de Fuente y Cabeza, dimana toda la gracia y la vida del mismo
Pueblo de Dios [159]. Es, por tanto, sumamente conveniente que amemos a «¡tos
amigos y coherederos de Cristo, hermanos también y eximios bienhechores
nuestros; que rindamos a Dios las gracias que le debemos por ellos [160]; que «los
invoquemos humildemente y que, para impetrar de Dios beneficios por medio de su
Hijo Jesucristo, nuestro Señor, que es el único Redentor y Salvador nuestro,
acudamos a sus oraciones, protección y socorro» [161]. Todo genuino testimonio de
amor que ofrezcamos a los bienaventurados se dirige, por su propia naturaleza, a
Cristo y termina en El, que es «la corona de todos los santos» [162], y por El va a
Dios, que es admirable en sus santos y en ellos es glorificado [163].
La más excelente manera de unirnos a la Iglesia celestial tiene lugar cuando —
especialmente en la sagrada liturgia, en la cual «la virtud del Espíritu Santo actúa
sobre nosotros por medio de los signos sacramentales»— celebramos juntos con
gozo común las alabanzas de la Divina Majestad [164], y todos, de cualquier tribu, y
lengua, y pueblo, y nación, redimidos por la sangre de Cristo (cf. Ap 5, 9) y
congregados en una sola Iglesia, ensalzamos con un mismo cántico de alabanza a
Dios Uno y Trino. Así, pues, al celebrar el sacrificio eucarístico es cuando mejor nos
unirnos al culto de la Iglesia celestial, entrando en comunión y venerando la
memoria. primeramente, de la gloriosa siempre Virgen María, mas también del
bienaventurado José, de los bienaventurados Apóstoles, de los mártires y de todos
los santos [165].
51. Este sagrado Sínodo recibe con gran piedad la venerable fe de nuestros
antepasados acerca del consorcio vital con nuestros hermanos que se hallan en la
gloria celeste o que aún están purificándose después de la muerte, y de nuevo
confirma los decretos de los sagrados Concilios Niceno II [166], Florentino [167] y
Tridentino [168]. Al mismo tiempo, en fuerza de su solicitud pastoral, exhorta a todos
aquellos a quienes corresponde para que, si acá o allá se hubiesen introducido
abusos por exceso o por defecto, procuren eliminarlos y corregirlos, restaurándolo
todo de manera conducente a una más perfecta alabanza de Cristo y de Dios.
Enseñen, pues, a los fieles que el verdadero culto a los santos no consiste tanto en
la multiplicidad de actos exteriores cuanto en la intensidad de un amor activo, por el
cual, para mayor bien nuestro y de la Iglesia, buscamos en los santos «el ejemplo de
su vida, la participación de su intimidad y la ayuda de su intercesión» [169]. Pero
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también hagan comprender a los fieles que nuestro trato con los bienaventurados, si
se lo considera bajo la plena luz de la fe, de ninguna manera rebaja el culto
latréutico tributado a Dios Padre por medio de Cristo en el Espíritu, sino que más
bien lo enriquece copiosamente [170].
Porque todos los que somos hijos de Dios y constituimos una sola familia en Cristo
(cf. Hb 3,6), al unirnos en mutua caridad y en la misma alabanza de la Trinidad,
secundamos la íntima vocación de la Iglesia y participamos, pregustándola, en la
liturgia de la gloria consumada [171]. Cuando Cristo se manifieste y tenga lugar la
gloriosa resurrección de los muertos, la gloria de Dios iluminará la ciudad celeste, y
su lumbrera será el Cordero (cf. Ap 21,23). Entonces toda la Iglesia de los santos, en
la felicidad suprema del amor, adorará a Dios y «al Cordero que fue inmolado»
(Ap 5, 12), proclamando con una sola voz: «Al que está sentado en el trono y al
Cordero, alabanza, gloria, imperio por los siglos de los siglos» (Ap 5, 13).
CAPÍTULO VIII
LA
SANTÍSIMA
VIRGEN
MARÍA,
EN EL MISTERIO DE CRISTO Y DE LA IGLESIA
MADRE
DE
DIOS,
I. Introducción
52. Queriendo Dios, infinitamente sabio y misericordioso, llevar a cabo la redención
del mundo, «al llegar la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo, nacido de mujer, ...
para que recibiésemos la adopción de hijos» (Ga 4, 4-5). «El cual, por nosotros los
hombres y por nuestra salvación, descendió de los cielos y por obra del Espíritu
Santo se encarnó de la Virgen María» [172]. Este misterio divino de la salvación nos
es revelado y se continúa en la Iglesia, que fue fundada por el Señor como cuerpo
suyo, y en la que los fieles, unidos a Cristo Cabeza y en comunión con todos sus
santos, deben venerar también la memoria «en primer lugar de la gloriosa siempre
Virgen María, Madre de nuestro Dios y Señor Jesucristo» [173]
53. Efectivamente, la Virgen María, que al anuncio del ángel recibió al Verbo de Dios
en su alma y en su cuerpo y dio la Vida al mundo, es reconocida y venerada como
verdadera Madre de Dios y del Redentor. Redimida de modo eminente, en previsión
de los méritos de su Hijo, y unida a El con un vínculo estrecho e indisoluble, está
enriquecida con la suma prerrogativa y dignidad de ser la Madre de Dios Hijo, y por
eso hija predilecta del Padre y sagrario del Espíritu Santo; con el don de una gracia
tan extraordinaria aventaja con creces a todas las otras criaturas, celestiales y
terrenas. Pero a la vez está unida, en la estirpe de Adán, con todos los hombres que
necesitan de la salvación; y no sólo eso, «sino que es verdadera madre de los
miembros (de Cristo)..., por haber cooperado con su amor a que naciesen en la
Iglesia los fieles, que son miembros de aquella Cabeza» [174]. Por ese motivo es
también proclamada como miembro excelentísimo y enteramente singular de la
Iglesia y como tipo y ejemplar acabadísimo de la misma en la fe y en la caridad, y a
quien la Iglesia católica, instruida por el Espíritu Santo, venera, como a madre
amantísima, con afecto de piedad filial,
54. Por eso, el sagrado Concilio, al exponer la doctrina sobre la Iglesia, en la que el
divino Redentor obra la salvación, se propone explicar cuidadosamente tanto la
función de la Santísima Virgen en el misterio del Verbo encarnado y del Cuerpo
místico cuanto los deberes de los hombres redimidos para con la Madre de Dios,
Madre de Cristo y Madre de los hombres, especialmente de los fieles, sin tener la
intención de proponer una doctrina completa sobre María ni resolver las cuestiones
que aún no ha dilucidado plenamente la investigación de los teólogos. Así, pues,
siguen conservando sus derechos las opiniones que en las escuelas católicas se
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proponen libremente acerca de aquella que, después de Cristo, ocupa en la santa
Iglesia el lugar más alto y a la vez el más próximo a nosotros [175].
II. Función de la Santísima Virgen en la economía de la salvación
55. Los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento y la Tradición venerable
manifiestan de un modo cada vez más claro la función de la Madre del Salvador en
la economía de la salvación y vienen como a ponerla delante de los ojos. En efecto,
los libros del Antiguo Testamento narran la historia de la salvación, en la que paso a
paso se prepara la venida de Cristo al mundo Estos primeros documentos, tal como
se leen en la Iglesia y tal como se interpretan a la luz de una revelación ulterior y
plena, evidencian poco a poco, de una forma cada vez más clara, la figura de la
mujer Madre del Redentor. Bajo esta luz aparece ya proféticamente bosquejada en
la promesa de victoria sobre la serpiente, hecha a los primeros padres caídos en
pecado (cf. Gen 3, 15). Asimismo, ella es la Virgen que concebirá y dará a luz un
Hijo, que se llamará Emmanuel (cf. Is 7,14; comp. con Mi 5, 2-3; Mt 1, 22-23). Ella
sobresale entre los humildes y pobres del Señor, que confiadamente esperan y
reciben de El la salvación. Finalmente, con ella misma, Hija excelsa de Sión, tras la
prolongada espera de la promesa, se cumple la plenitud de los tiempos y se instaura
la nueva economía, al tomar de ella la naturaleza humana el Hijo de Dios, a fin de
librar al hombre del pecado mediante los misterios de su humanidad.
56. Pero el Padre de la misericordia quiso que precediera a la encarnación la
aceptación de la Madre predestinada, para que de esta manera, así como la mujer
contribuyó a la muerte, también la mujer contribuyese a la vida. Lo cual se cumple
de modo eminentísimo en la Madre de Jesús por haber dado al mundo la Vida
misma que renueva todas las cosas y por haber sido adornada por Dios con los
dones dignos de un oficio tan grande. Por lo que nada tiene de extraño que entre los
Santos Padres prevaleciera la costumbre de llamar a la Madre de Dios totalmente
santa e inmune de toda mancha de pecado, como plasmada y hecha una nueva
criatura por el Espíritu Santo [176]. Enriquecida desde el primer instante de su
concepción con el resplandor de una santidad enteramente singular, la Virgen
Nazarena, por orden de Dios, es saludada por el ángel de la Anunciación como
«llena de gracia» (cf. Lc 1, 28), a la vez que ella responde al mensajero celestial:
«He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38).
Así María, hija de Adán, al aceptar el mensaje divino, se convirtió en Madre de
Jesús, y al abrazar de todo corazón y sin entorpecimiento de pecado alguno la
voluntad salvífica de Dios, se consagró totalmente como esclava del Señor a la
persona y a la obra de su Hijo, sirviendo con diligencia al misterio de la redención
con El y bajo El, con la gracia de Dios omnipotente. Con razón, pues, piensan los
Santos Padres que María no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de
Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres.
Como dice San Ireneo, «obedeciendo, se convirtió en causa de salvación para sí
misma y para todo el género humano» [177]. Por eso no pocos Padres antiguos
afirman gustosamente con él en su predicación que «el nudo de la desobediencia de
Eva fue desatado por la obediencia de María; que lo atado por la virgen Eva con su
incredulidad, fue desatado por la virgen María mediante su fe» [178]; y
comparándola con Eva, llaman a María «Madre de los vivientes»[179], afirmando
aún con mayor frecuencia que «la muerte vino por Eva, la vida por María» [180].
57. Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde
el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte. En primer lugar,
cuando María, poniéndose con presteza en camino para visitar a Isabel, fue
proclamada por ésta bienaventurada a causa de su fe en la salvación prometida, a la
vez que el Precursor saltó de gozo en el seno de su madre (cf. Lc1, 41-45); y en el
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nacimiento, cuando la Madre de Dios, llena de gozo, presentó a los pastores y a los
Magos a su Hijo primogénito, que, lejos de menoscabar, consagró su integridad
virginal [181]. Y cuando hecha la ofrenda propia de los pobres lo presentó al Señor
en el templo y oyó profetizar a Simeón que el Hijo sería signo de contradicción y que
una espada atravesaría el alma de la Madre, para que se descubran los
pensamientos de muchos corazones (cf. Lc 2, 34-35). Después de haber perdido al
Niño Jesús y haberlo buscado con angustia, sus padres lo encontraron en el templo,
ocupado en las cosas de su Padre, y no entendieron la respuesta del Hijo. Pero su
Madre conservaba todo esto en su corazón para meditarlo (cf. Lc 2, 41-51).
58. En la vida pública de Jesús aparece reveladoramente su Madre ya desde el
principio, cuando en las bodas de Caná de Galilea, movida a misericordia, suscitó
con su intercesión el comienzo de los milagros de Jesús Mesías (cf. Jn 2, 1-11). A lo
largo de su predicación acogió las palabras con que su Hijo, exaltando el reino por
encima de las condiciones y lazos de la carne y de la sangre, proclamó
bienaventurados (cf. Mc 3, 35; Lc 11, 27-28) a los que escuchan y guardan la
palabra de Dios, como ella lo hacía fielmente (cf. Lc 2, 29 y 51). Así avanzó también
la Santísima Virgen en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el
Hijo hasta la cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida
(cf. Jn 19, 25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con
entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de
la víctima que ella misma había engendrado; y, finalmente, fue dada por el mismo
Cristo Jesús agonizante en la cruz como madre al discípulo con estas palabras:
«Mujer, he ahí a tu hijo» (cf. Jn 19,26-27) [182].
59. Por no haber querido Dios manifestar solemnemente el misterio de la salvación
humana antes de derramar el Espíritu prometido por Cristo, vemos que los
Apóstoles, antes del día de Pentecostés, «perseveraban unánimes en la oración con
algunas mujeres, con María, la Madre de Jesús, y con los hermanos de éste»
(Hch 1, 14), y que también María imploraba con sus oraciones el don del Espíritu,
que en la Anunciación ya la había cubierto a ella con su sombra. Finalmente, la
Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original [183],
terminado el decurso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria
celestial [184] y fue ensalzada por el Señor como Reina universal con el fin de que
se asemejase de forma más plena a su Hijo, Señor de señores (cf. Ap 19, 16) y
vencedor del pecado y de la muerte [185].
III. La Santísima Virgen y la Iglesia
60. Uno solo es nuestro Mediador según las palabra del Apóstol: «Porque uno es
Dios, y uno también el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús,
que se entregó a sí mismo para redención de todos» (1 Tm 2, 5-6). Sin embargo, la
misión maternal de María para con los hombres no oscurece ni disminuye en modo
alguno esta mediación única de Cristo, antes bien sirve para demostrar su poder.
Pues todo el influjo salvífico de la Santísima Virgen sobre los hombres no dimana de
una necesidad ineludible, sino del divino beneplácito y de la superabundancia de los
méritos de Cristo; se apoya en la mediación de éste, depende totalmente de ella y
de la misma saca todo su poder. Y, lejos de impedir la unión inmediata de los
creyentes con Cristo, la fomenta.
61. La Santísima Virgen, predestinada desde toda la eternidad como Madre de Dios
juntamente con la encarnación del Verbo, por disposición de la divina Providencia,
fue en la tierra la Madre excelsa del divino Redentor, compañera singularmente
generosa entre todas las demás criaturas y humilde esclava del Señor. Concibiendo
a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo,
padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó en forma enteramente
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impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente
caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra
madre en el orden de la gracia.
62. Esta maternidad de María en la economía de gracia perdura sin cesar desde el
momento del asentimiento que prestó fielmente en la Anunciación, y que mantuvo
sin vacilar al pie de la cruz hasta la consumación perpetua de todos los elegidos.
Pues, asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su
múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna [186].
Con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y
hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada.
Por este motivo, la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de
Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora [187]. Lo cual, embargo, ha de
entenderse de tal manera que no reste ni añada a la dignidad y eficacia de Cristo,
único Mediador [188].
Jamás podrá compararse criatura alguna con el Verbo encarnado y Redentor; pero
así como el sacerdocio Cristo es participado tanto por los ministros sagrados cuanto
por el pueblo fiel de formas diversas, y como la bondad de Dios se difunde de
distintas maneras sobre las criaturas, así también la mediación única del Redentor
no excluye, sino que suscita en las criaturas diversas clases de cooperación,
participada de la única fuente.
La Iglesia no duda en confesar esta función subordinada de María, la experimenta
continuamente y la recomienda a la piedad de los fieles, para que, apoyados en esta
protección maternal, se unan con mayor intimidad al Mediador y Salvador.
63. La Virgen Santísima, por el don y la prerrogativa de la maternidad divina, que la
une con el Hijo Redentor, y por sus gracias y dones singulares, está también
íntimamente unida con la Iglesia. Como ya enseñó San Ambrosio, la Madre de Dios
es tipo de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la unión perfecta con
Cristo [189]. Pues en el misterio de la Iglesia, que con razón es llamada también
madre y virgen, precedió la Santísima Virgen, presentándose de forma eminente y
singular como modelo tanto de la virgen como de la madre [190]. Creyendo y
obedeciendo, engendró en la tierra al mismo Hijo del Padre, y sin conocer varón,
cubierta con la sombra del Espíritu Santo, como una nueva Eva, que presta su fe
exenta de toda duda, no a la antigua serpiente, sino al mensajero de Dios, dio a luz
al Hijo, a quien Dios constituyó primogénito entre muchos hermanos (cf. Rm 8,29),
esto es, los fieles, a cuya generación y educación coopera con amor materno.
64. La Iglesia, contemplando su profunda santidad e imitando su caridad y
cumpliendo fielmente la voluntad del Padre, se hace también madre mediante la
palabra de Dios aceptada con fidelidad, pues por la predicación y el bautismo
engendra a una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por obra del Espíritu
Santo y nacidos de Dios. Y es igualmente virgen, que guarda pura e íntegramente la
fe prometida al Esposo, y a imitación de la Madre de su Señor, por la virtud del
Espíritu Santo, conserva virginalmente una fe íntegra, una esperanza sólida y una
caridad sincera [191].
65. Mientas la Iglesia ha alcanzado en la Santísima Virgen la perfección, en virtud de
la cual no tiene mancha ni arruga (cf. Ef 5, 27), los fieles luchan todavía por crecer
en santidad, venciendo enteramente al pecado, y por eso levantan sus ojos a María,
que resplandece como modelo de virtudes para toda la comunidad de los elegidos.
La Iglesia, meditando piadosamente sobre ella y contemplándola a la luz del Verbo
hecho hombre, llena de reverencia, entra más a fondo en el soberano misterio de la
encarnación y se asemeja cada día más a su Esposo. Pues María, que por su íntima
participación en la historia de la salvación reúne en sí y refleja en cierto modo las
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supremas verdades de la fe, cuando es anunciada y venerada, atrae a los creyentes
a su Hijo, a su sacrificio y al amor del Padre. La Iglesia, a su vez, glorificando a
Cristo, se hace más semejante a su excelso Modelo, progresando continuamente en
la fe, en la esperanza y en la caridad y buscando y obedeciendo en todo la voluntad
divina. Por eso también la Iglesia, en su labor apostólica, se fija con razón en aquella
que engendró a Cristo, concebido del Espíritu Santo y nacido de la Virgen, para que
también nazca y crezca por medio de la Iglesia en las almas de los fieles. La Virgen
fue en su vida ejemplo de aquel amor maternal con que es necesario que estén
animados todos aquellos que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a la
regeneración de los hombres.
IV. El culto de la Santísima Virgen en la Iglesia
66. María, ensalzada, por gracia de Dios, después de su Hijo, por encima de todos
los ángeles y de todos los hombres, por ser Madre santísima de Dios, que tomó
parte en los misterios de Cristo, es justamente honrada por la Iglesia con un culto
especial. Y, ciertamente, desde los tiempos más antiguos, la Santísima Virgen es
venerada con el título de «Madre de Dios», a cuyo amparo los fieles suplicantes se
acogen en todos sus peligros y necesidades [192]. Por este motivo, principalmente a
partir del Concilio de Efeso, ha crecido maravillosamente el culto del Pueblo de Dios
hacia María en veneración y en amor, en la invocación e imitación, de acuerdo con
sus proféticas palabras: «Todas las generaciones me llamarán bienaventurada,
porque ha hecho en mi maravillas el Poderoso» (Lc 1, 48-49). Este culto, tal como
existió siempre en la Iglesia., a pesar de ser enteramente singular, se distingue
esencialmente del culto de adoración tributado al Verbo encarnado, lo mismo que al
Padre y al Espíritu Santo, y lo favorece eficazmente, ya que las diversas formas de
piedad hacia la Madre de Dios que la Iglesia ha venido aprobando dentro de los
limites de la doctrina sana y ortodoxa, de acuerdo con las condiciones de tiempos y
lugares y teniendo en cuenta el temperamento y manera de ser de los fieles, hacen
que, al ser honrada la Madre, el Hijo, por razón del cual son todas las cosas
(cf. Col 1, 15-16) y en el que plugo al Padre eterno «que habitase toda la plenitud»
(Col 1,19), sea mejor conocido, amado, glorificado, y que, a la vez, sean mejor
cumplidos sus mandamientos.
67. El santo Concilio enseña de propósito esta doctrina católica y amonesta a la vez
a todos los hijos de la Iglesia que fomenten con generosidad el culto a la Santísima
Virgen, particularmente el litúrgico; que estimen en mucho las prácticas y los
ejercicios de piedad hacia ella recomendados por el Magisterio en el curso de los
siglos y que observen escrupulosamente cuanto en los tiempos pasados fue
decretado acerca del culto a las imágenes de Cristo, de la Santísima Virgen y de los
santos[193]. Y exhorta encarecidamente a los teólogos y a los predicadores de la
palabra divina a que se abstengan con cuidado tanto de toda falsa exageración
cuanto de una excesiva mezquindad de alma al tratar de la singular dignidad de la
Madre de Dios [194]. Cultivando el estudio de la Sagrada Escritura, de los Santos
Padres y Doctores y de las liturgias de la Iglesia bajo la dirección del Magisterio,
expliquen rectamente los oficios y los privilegios de la Santísima Virgen, que siempre
tienen por fin a Cristo, origen de toda verdad, santidad y piedad. En las expresiones
o en las palabras eviten cuidadosamente todo aquello que pueda inducir a error a los
hermanos separados o a cualesquiera otras personas acerca de la verdadera
doctrina de la Iglesia. Recuerden, finalmente, los fieles que la verdadera devoción no
consiste ni en un sentimentalismo estéril y transitorio ni en una vana credulidad, sino
que procede de la fe auténtica, que nos induce a reconocer la excelencia de la
Madre de Dios, que nos impulsa a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación
de sus virtudes.
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V. María, signo de esperanza cierta y de consuelo para el Pueblo peregrinante
de Dios
68. Mientras tanto, la Madre de Jesús, de la misma manera que, glorificada ya en los
cielos en cuerpo y en alma, es imagen y principio de la Iglesia que habrá de tener su
cumplimiento en la vida futura, así en la tierra precede con su luz al peregrinante
Pueblo de Dios como signo de esperanza cierta y de consuelo hasta que llegue el
día del Señor (cf. 2 P 3,10).
69. Es motivo de gran gozo y consuelo para este santo Concilio el que también entre
los hermanos separados no falten quienes tributan el debido honor a la Madre del
Señor y Salvador, especialmente entre los Orientales, que concurren con impulso
ferviente y ánimo devoto al culto de la siempre Virgen Madre de Dios [195]. Ofrezcan
todos los fieles súplicas apremiantes a la Madre de Dios y Madre de los hombres
para que ella, que ayudó con sus oraciones a la Iglesia naciente, también ahora,
ensalzada en el cielo por encima de todos los ángeles y bienaventurados, interceda
en la comunión de todos los santos ante su Hijo hasta que todas las familias de los
pueblos, tanto los que se honran con el título de cristianos como los que todavía
desconocen a su Salvador, lleguen a reunirse felizmente, en paz y concordia, en un
solo Pueblo de Dios, para gloria de la Santísima e indivisible Trinidad.
Todas y cada una de las cosas establecidas en esta Constitución dogmática han
obtenido el beneplácito de los Padres del Sacrosanto Concilio. Y Nos, con la
potestad apostólica que nos ha sido conferida por Cristo, juntamente con los
venerables Padres, las aprobamos,
decretamos y estatuimos en el Espíritu Santo, y ordenamos que lo así decretado
conciliarmente sea promulgado para gloria de Dios.
Roma, en San Pedro, día 21 de noviembre de 1964.
Yo, Pablo, Obispo de la Iglesia católica.
DE LAS ACTAS DEL SANTO CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II
NOTIFICACIONES
hechas
por
el
excelentísimo
secretario
general
en la congregación general 123, del día 16 de noviembre de 1964
del
concilio
Se ha preguntado cuál debe ser la calificación teológica de la doctrina expuesta en
el esquema De Ecclesia que se somete a votación.
La Comisión Doctrinal ha respondido a la pregunta, al examinar
los Modos referentes al capítulo tercero del esquema De Ecclesia, con estas
palabras:
«Como salta a la vista, el texto del Concilio debe interpretarse siempre de acuerdo
con las normas generales de todos conocidas».
En esta ocasión, la Comisión Doctrinal remite a su Declaración del 6 de marzo de
1964, cuyo texto transcribimos aquí:
«Teniendo en cuenta la práctica conciliar y el fin pastoral del presente Concilio, este
santo Sínodo precisa que en la Iglesia solamente han de mantenerse como materias
de fe o costumbres aquellas cosas que él declare manifiestamente como tales.
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Todo lo demás que el santo Sínodo propone, por ser doctrina del Magisterio
supremo de la Iglesia, debe ser recibido y aceptado por todos y cada uno de los
fieles de acuerdo con la mente del santo Sínodo, la cual se conoce, bien por el tema
tratado, bien por el tenor de la expresión verbal, de acuerdo con las reglas de la
interpretación teológica».
Por mandato de la autoridad superior se comunica a los Padres una nota explicativa
previa a los Modos referentes al capítulo tercero del esquema De Ecclesia. De
acuerdo con la mente y el sentido de esa nota debe explicarse e interpretarse la
doctrina expuesta en ese misino capítulo tercero.
NOTA EXPLICATIVA PREVIA
«La Comisión ha decidido poner al frente del examen de los Modos las siguientes
observaciones generales:
1.ª El término Colegio no se entiende en sentido estrictamente jurídico, es decir,
como una asamblea de iguales que delegan su potestad en su propio presidente,
sino como una asamblea estable, cuya estructura y autoridad deben deducirse de la
Revelación. Por este motivo, en la respuesta al Modo 12 se dice explícitamente de
los Doce que el Señor los constituyó «a manera de colegio oasamblea estable».
Véase también el Modo 53, c.—PoR la misma razón se aplican también con
frecuencia al Colegio de los Obispos las palabras Orden o Cuerpo. El paralelismo
entre Pedro y los demás Apóstoles, por una parte, y el Sumo Pontífice y los Obispos,
por otra, no implica la transmisión de la potestad extraordinaria de los Apóstoles a
sus sucesores, ni, como es evidente, la igualdad entre la Cabeza y los miembros del
Colegio, sino sólo la proporcionalidad entre la primera relación (Pedro-Apóstoles) y
la segunda (Papa-Obispos). Por esto, la Comisión determinó escribir en el n.22: no
por la misma, sino por semejante razón. Cf. Modo 57.
2.a Uno se convierte en miembro del Colegio en virtud de la consagración episcopal
y por la comunión jerárquica con la Cabeza y con los miembros del Colegio. Cf. n.22
§ 1 al final.
En la consagración se da una participación ontológica de los ministerios sagrados,
como consta, sin duda alguna, por la Tradición, incluso la litúrgica. Se emplea
intencionadamente el término ministerios y no la palabra potestades, porque esta
última palabra podría entenderse como potestad expedita para el ejercicio. Mas para
que de hecho se tenga tal potestad expedita es necesario que se añada
la determinación canónica o jurídica por parte de la autoridad jerárquica. Esta
determinación de la potestad puede consistir en la concesión de un oficio particular o
en la asignación de súbditos, y se confiere de acuerdo con las normas aprobadas
por la suprema autoridad. Esta ulterior norma está exigida por la misma naturaleza
de la materia, porque se trata de oficios que deben ser ejercidos por muchos sujetos,
que cooperan jerárquicamente por voluntad de Cristo. Es evidente que esta
«comunión» en la vida de la Iglesia fue aplicada, según las circunstancias de los
tiempos, antes de que fuese como codificada en el derecho.
Por esto se dice expresamente que se requiere la comunión jerárquica con la
Cabeza y con los miembros de la Iglesia. La comuniónes una noción muy estimada
en la Iglesia antigua (como sucede también hoy particularmente en el Oriente). Su
sentido no es el de un afecto indefinido, sino el de una realidad orgánica, que exige
una forma jurídica y que, a la vez, está animada por la caridad. Por esto la Comisión
determinó, casi por unanimidad, que debía escribirse «en comunión jerárquica». Cf.
Modo 40, y también lo que se dice sobre la misión canónica en el n.24.
Los documentos de los Sumos Pontífices contemporáneos sobre la jurisdicción de
los Obispos deben interpretarse de esta necesaria determinación de potestades.
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3.a Del Colegio, que no existe sin la Cabeza, se afirma que «es también sujeto de la
suprema y plena potestad sobre la Iglesia universal». Lo cual debe admitirse
necesariamente para no poner en peligro la plenitud de la potestad del Romano
Pontífice. Porque el Colegio comprende siempre y necesariamente a su Cabeza, la
cual conserva en el Colegio íntegramente su oficio de Vicario de Cristo y de Pastor
de la Iglesia universal. En otras palabras: la distinción no se establece entre el
Romano Pontífice y los Obispos colectivamente considerados, sino entre el Romano
Pontífice separadamente y el Romano Pontífice junto con los Obispos. Por ser el
Sumo Pontífice la Cabeza del Colegio, puede realizar por sí solo algunos actos que
de ningún modo competen a los Obispos; por ejemplo, convocar y dirigir el Colegio,
aprobar las normas de acción, etc. Cf. Modo 81. Pertenece al juicio del Sumo
Pontífice, por haberle sido confiado el cuidado de todo el rebaño de Cristo, de
acuerdo con las necesidades de la Iglesia, que varían en el transcurso de los
tiempos, determinar el modo conveniente de actualizar ese cuidado, sea de modo
personal, sea de manera colegial. El Romano Pontífice, para ordenar, promover,
aprobar el ejercicio colegial, con la mirada puesta en el bien de la Iglesia, procede
según su propia prudencia.
4.a El Sumo Pontífice, como Pastor supremo de la Iglesia, puede ejercer libremente
su potestad en todo tiempo, como lo exige su propio ministerio. En cambio, el
Colegio, aunque exista siempre, no por eso actúa de forma permanente con
acción estrictamentecolegial, como consta por la Tradición de la Iglesia. En otras
palabras: no siempre se halla «en plenitud de ejercicio». Es más: actúa con acción
estrictamente colegial sólo a intervalos y con el consentimiento de su Cabeza. Y se
dice «con el consentimiento de su Cabeza», para que no se piense en una
dependencia, por así decirlo, de un extraño; el término «consentimiento» evoca, por
el contrario, la comunión entre la Cabeza y los miembros e incluye la necesidad
del acto, que compete propiamente a la Cabeza. Se afirma esto explícitamente en el
n.22 § 2, y se explica allí mismo, al final. La fórmula negativa «sólo» abarca todos
los casos; por lo que es evidente que las normas aprobadas por la autoridad
suprema deben observarse siempre. Cf. Modo 84.
Es claro en todos los casos que se trata de la unión de los Obispos con su Cabeza,
y nunca de la acción de los Obisposindependientemente del Papa. En este caso, al
faltar la acción de la Cabeza, los Obispos no pueden actuar a modo de Colegio,
como es manifiesto por la noción de «Colegio». Esta comunión jerárquica de todos
los Obispos con el Sumo Pontífice es cosa ciertamente indiscutible en la Tradición».
N. B.—Sin la comunión jerárquica no puede ejercerse el ministerio sacramentalontológico, que debe distinguirse del aspecto canónico-jurídico. Sin embargo, la
Comisión ha juzgado que no debía ocuparse de las cuestiones acerca de la licitud y
la validez, que se dejan a la discusión de los teólogos, en particular lo referente a la
potestad que de hecho se ejerce entre los Orientales separados, y sobre cuya
explicación existen diversas opiniones
Pericles Felici
Arzobispo titular de Samosata,
Secretario general del S. Concilio ecuménico Vaticano II
•
Constitución promulgada en la sesión pública del 21 de noviembre de 1964.
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CONSTITUCIÓN PASTORAL
GAUDIUM ET SPES (4)
SOBRE LA IGLESIA EN EL MUNDO ACTUAL
PROEMIO
Unión íntima de la Iglesia con la familia humana universal
1. Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de
nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y
esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay
verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad
cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el
Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena
nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y
realmente solidaria del genero humano y de su historia.
Destinatarios de la palabra conciliar
2. Por ello, el Concilio Vaticano II, tras haber profundizado en el misterio de la
Iglesia, se dirige ahora no sólo a los hijos de la Iglesia católica y a cuantos invocan a
Cristo, sino a todos los hombres, con el deseo de anunciar a todos cómo entiende la
presencia y la acción de la Iglesia en el mundo actual.
Tiene pues, ante sí la Iglesia al mundo, esto es, la entera familia humana con el
conjunto universal de las realidades entre las que ésta vive; el mundo, teatro de la
historia humana, con sus afanes, fracasos y victorias; el mundo, que los cristianos
creen fundado y conservado por el amor del Creador, esclavizado bajo la
servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo, crucificado y resucitado, roto el
poder del demonio, para que el mundo se transforme según el propósito divino y
llegue a su consumación.
Al servicio del hombre
3. En nuestros días, el género humano, admirado de sus propios descubrimientos y
de su propio poder, se formula con frecuencia preguntas angustiosas sobre la
evolución presente del mundo, sobre el puesto y la misión del hombre en el
universo, sobre el sentido de sus esfuerzos individuales y colectivos, sobre el
destino último de las cosas y de la humanidad. El Concilio, testigo y expositor de la
fe de todo el Pueblo de Dios congregado por Cristo, no puede dar prueba mayor de
solidaridad, respeto y amor a toda la familia humana que la de dialogar con ella
acerca de todos estos problemas, aclarárselos a la luz del Evangelio y poner a
disposición del género humano el poder salvador que la Iglesia, conducida por el
Espíritu Santo, ha recibido de su Fundador. Es la persona del hombre la que hay
que salvar. Es la sociedad humana la que hay que renovar. Es, por consiguiente, el
hombre; pero el hombre todo entero, cuerpo y alma, corazón y conciencia,
inteligencia y voluntad, quien será el objeto central de las explicaciones que van a
seguir.
Al proclamar el Concilio la altísima vocación del hombre y la divina semilla que en
éste se oculta, ofrece al género humano la sincera colaboración de la Iglesia para
lograr la fraternidad universal que responda a esa vocación. No impulsa a la Iglesia
ambición terrena alguna. Sólo desea una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu, la
obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para
salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido.
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EXPOSICIÓN PRELIMINAR
SITUACIÓN DEL HOMBRE EN EL MUNDO DE HOY
Esperanzas y temores
4. Para cumplir esta misión es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los
signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que,
acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes
interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura
y sobre la mutua relación de ambas. Es necesario por ello conocer y comprender el
mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo dramático que
con frecuencia le caracteriza. He aquí algunos rasgos fundamentales del mundo
moderno.
El género humano se halla en un período nuevo de su historia, caracterizado por
cambios profundos y acelerados, que progresivamente se extienden al universo
entero. Los provoca el hombre con su inteligencia y su dinamismo creador; pero
recaen luego sobre el hombre, sobre sus juicios y deseos individuales y colectivos,
sobre sus modos de pensar y sobre su comportamiento para con las realidades y los
hombres con quienes convive. Tan es así esto, que se puede ya hablar de una
verdadera metamorfosis social y cultural, que redunda también en la vida religiosa.
Como ocurre en toda crisis de crecimiento, esta transformación trae consigo no leves
dificultades. Así mientras el hombre amplía extraordinariamente su poder, no
siempre consigue someterlo a su servicio. Quiere conocer con profundidad creciente
su intimidad espiritual, y con frecuencia se siente más incierto que nunca de sí
mismo. Descubre paulatinamente las leyes de la vida social, y duda sobre la
orientación que a ésta se debe dar.
Jamás el género humano tuvo a su disposición tantas riquezas, tantas posibilidades,
tanto poder económico. Y, sin embargo, una gran parte de la humanidad sufre
hambre y miseria y son muchedumbre los que no saben leer ni escribir. Nunca ha
tenido el hombre un sentido tan agudo de su libertad, y entretanto surgen nuevas
formas de esclavitud social y psicológica. Mientras el mundo siente con tanta viveza
su propia unidad y la mutua interdependencia en ineludible solidaridad, se ve, sin
embargo, gravísimamente dividido por la presencia de fuerzas contrapuestas.
Persisten, en efecto, todavía agudas tensiones políticas, sociales, económicas,
raciales e ideológicas, y ni siquiera falta el peligro de una guerra que amenaza con
destruirlo todo. Se aumenta la comunicación de las ideas; sin embargo, aun las
palabras definidoras de los conceptos más fundamentales revisten sentidos harto
diversos en las distintas ideologías. Por último, se busca con insistencia un orden
temporal más perfecto, sin que avance paralelamente el mejoramiento de los
espíritus.
Afectados por tan compleja situación, muchos de nuestros contemporáneos
difícilmente llegan a conocer los valores permanentes y a compaginarlos con
exactitud al mismo tiempo con los nuevos descubrimientos. La inquietud los
atormenta, y se preguntan, entre angustias y esperanzas, sobre la actual evolución
del mundo. El curso de la historia presente en un desafío al hombre que le obliga a
responder.
Cambios profundos
5. La turbación actual de los espíritus y la transformación de las condiciones de vida
están vinculadas a una revolución global más amplia, que da creciente importancia,
en la formación del pensamiento, a las ciencias matemáticas y naturales y a las que
tratan del propio hombre; y, en el orden práctico, a la técnica y a las ciencias de ella
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derivadas. El espíritu científico modifica profundamente el ambiente cultural y las
maneras de pensar. La técnica con sus avances está transformando la faz de la
tierra e intenta ya la conquista de los espacios interplanetarios.
También sobre el tiempo aumenta su imperio la inteligencia humana, ya en cuanto al
pasado, por el conocimiento de la historia; ya en cuanto al futuro, por la técnica
prospectiva y la planificación. Los progresos de las ciencias biológicas, psicológicas
y sociales permiten al hombre no sólo conocerse mejor, sino aun influir directamente
sobre la vida de las sociedades por medio de métodos técnicos. Al mismo tiempo, la
humanidad presta cada vez mayor atención a la previsión y ordenación de la
expansión demográfica.
La propia historia está sometida a un proceso tal de aceleración, que apenas es
posible al hombre seguirla. El género humano corre una misma suerte y no se
diversifica ya en varias historias dispersas. La humanidad pasa así de una
concepción más bien estática de la realidad a otra más dinámica y evolutiva, de
donde surge un nuevo conjunto de problemas que exige nuevos análisis y nuevas
síntesis.
Cambios en el orden social
6. Por todo ello, son cada día más profundos los cambios que experimentan las
comunidades locales tradicionales, como la familia patriarcal, el clan, la tribu, la
aldea, otros diferentes grupos, y las mismas relaciones de la convivencia social.
El tipo de sociedad industrial se extiende paulatinamente, llevando a algunos países
a una economía de opulencia y transformando profundamente concepciones y
condiciones milenarias de la vida social. La civilización urbana tiende a un
predominio análogo por el aumento de las ciudades y de su población y por la
tendencia a la urbanización, que se extiende a las zonas rurales.
Nuevos y mejores medios de comunicación social contribuyen al conocimiento de los
hechos y a difundir con rapidez y expansión máximas los modos de pensar y de
sentir, provocando con ello muchas repercusiones simultáneas.
Y no debe subestimarse el que tantos hombres, obligados a emigrar por varios
motivos, cambien su manera de vida.
De esta manera, las relaciones humanas se multiplican sin cesar y el mismo tiempo
la propia socialización crea nuevas relaciones, sin que ello promueva siempre, sin
embargo, el adecuado proceso de maduración de la persona y las relaciones
auténticamente personales (personalización).
Esta evolución se manifiesta sobre todo en las naciones que se benefician ya de los
progresos económicos y técnicos; pero también actúa en los pueblos en vías de
desarrollo, que aspiran a obtener para sí las ventajas de la industrialización y de la
urbanización. Estos últimos, sobre todo los que poseen tradiciones más antiguas,
sienten también la tendencia a un ejercicio más perfecto y personal de la libertad.
Cambios psicológicos, morales y religiosos
7. El cambio de mentalidad y de estructuras somete con frecuencia a discusión las
ideas recibidas. Esto se nota particularmente entre jóvenes, cuya impaciencia e
incluso a veces angustia, les lleva a rebelarse. Conscientes de su propia función en
la vida social, desean participar rápidamente en ella. Por lo cual no rara vez los
padres y los educadores experimentan dificultades cada día mayores en el
cumplimiento de sus tareas.
Las instituciones, las leyes, las maneras de pensar y de sentir, heredadas del
pasado, no siempre se adaptan bien al estado actual de cosas. De ahí una grave
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perturbación en el comportamiento y aun en las mismas normas reguladoras de
éste.
Las nuevas condiciones ejercen influjo también sobre la vida religiosa. Por una
parte, el espíritu crítico más agudizado la purifica de un concepto mágico del mundo
y de residuos supersticiosos y exige cada vez más una adhesión verdaderamente
personal y operante a la fe, lo cual hace que muchos alcancen un sentido más vivo
de lo divino. Por otra parte, muchedumbres cada vez más numerosas se alejan
prácticamente de la religión. La negación de Dios o de la religión no constituye,
como en épocas pasadas, un hecho insólito e individual; hoy día, en efecto, se
presenta no rara vez como exigencia del progreso científico y de un cierto
humanismo nuevo. En muchas regiones esa negación se encuentra expresada no
sólo en niveles filosóficos, sino que inspira ampliamente la literatura, el arte, la
interpretación de las ciencias humanas y de la historia y la misma legislación civil. Es
lo que explica la perturbación de muchos.
Los desequilibrios del mundo moderno
8. Una tan rápida mutación, realizada con frecuencia bajo el signo del desorden, y la
misma conciencia agudizada de las antinomias existentes hoy en el mundo,
engendran o aumentan contradicciones y desequilibrios.
Surgen muchas veces en el propio hombre el desequilibrio entre la inteligencia
práctica moderna y una forma de conocimiento teórico que no llega a dominar y
ordenar la suma de sus conocimientos en síntesis satisfactoria. Brota también el
desequilibrio entre el afán por la eficacia práctica y las exigencias de la conciencia
moral, y no pocas veces entre las condiciones de la vida colectiva y a las exigencias
de un pensamiento personal y de la misma contemplación. Surge, finalmente, el
desequilibrio entre la especialización profesional y la visión general de las cosas.
Aparecen discrepancias en la familia, debidas ya al peso de las condiciones
demográficas, económicas y sociales, ya a los conflictos que surgen entre las
generaciones que se van sucediendo, ya a las nuevas relaciones sociales entre los
dos sexos.
Nacen también grandes discrepancias raciales y sociales de todo género.
Discrepancias entre los países ricos, los menos ricos y los pobres. Discrepancias,
por último, entre las instituciones internacionales, nacidas de la aspiración de los
pueblos a la paz, y las ambiciones puestas al servicio de la expansión de la propia
ideología o los egoísmos colectivos existentes en las naciones y en otras entidades
sociales.
Todo ello alimenta la mutua desconfianza y la hostilidad, los conflictos y las
desgracias, de los que el hombre es, a la vez, causa y víctima.
Aspiraciones más universales de la humanidad
9. Entre tanto, se afianza la convicción de que el género humano puede y debe no
sólo perfeccionar su dominio sobre las cosas creadas, sino que le corresponde
además establecer un orden político, económico y social que esté más al servicio del
hombre y permita a cada uno y a cada grupo afirmar y cultivar su propia dignidad.
De aquí las instantes reivindicaciones económicas de muchísimos, que tienen viva
conciencia de que la carencia de bienes que sufren se debe a la injusticia o a una no
equitativa distribución. Las naciones en vía de desarrollo, como son las
independizadas recientemente, desean participar en los bienes de la civilización
moderna, no sólo en el plano político, sino también en el orden económico, y
desempeñar libremente su función en el mundo. Sin embargo, está aumentando a
diario la distancia que las separa de las naciones más ricas y la dependencia incluso
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económica que respecto de éstas padecen. Los pueblos hambrientos interpelan a
los pueblos opulentos.
La mujer, allí donde todavía no lo ha logrado, reclama la igualdad de derecho y de
hecho con el hombre. Los trabajadores y los agricultores no sólo quieren ganarse lo
necesario para la vida, sino que quieren también desarrollar por medio del trabajo
sus dotes personales y participar activamente en la ordenación de la vida
económica, social, política y cultural. Por primera vez en la historia, todos los
pueblos están convencidos de que los beneficios de la cultura pueden y deben
extenderse realmente a todas las naciones.
Pero bajo todas estas reivindicaciones se oculta una aspiración más profunda y más
universal: las personas y los grupos sociales están sedientos de una vida plena y de
una vida libre, digna del hombre, poniendo a su servicio las inmensas posibilidades
que les ofrece el mundo actual. Las naciones, por otra parte, se esfuerzan cada vez
más por formar una comunidad universal.
De esta forma, el mundo moderno aparece a la vez poderoso y débil, capaz de lo
mejor y de lo peor, pues tiene abierto el camino para optar entre la libertad o la
esclavitud, entre el progreso o el retroceso, entre la fraternidad o el odio. El hombre
sabe muy bien que está en su mano el dirigir correctamente las fuerzas que él ha
desencadenado, y que pueden aplastarle o servirle. Por ello se interroga a sí mismo.
Los interrogantes más profundos del hombre
10. En realidad de verdad, los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están
conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el
corazón humano. Son muchos los elementos que se combaten en el propio interior
del hombre. A fuer de criatura, el hombre experimenta múltiples limitaciones; se
siente, sin embargo, ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior. Atraído
por muchas solicitaciones, tiene que elegir y que renunciar. Más aún, como enfermo
y pecador, no raramente hace lo que no quiere y deja de hacer lo que querría llevar
a cabo. Por ello siente en sí mismo la división, que tantas y tan graves discordias
provoca en la sociedad. Son muchísimos los que, tarados en su vida por el
materialismo práctico, no quieren saber nada de la clara percepción de este
dramático estado, o bien, oprimidos por la miseria, no tienen tiempo para ponerse a
considerarlo. Otros esperan del solo esfuerzo humano la verdadera y plena
liberación de la humanidad y abrigan el convencimiento de que el futuro del hombre
sobre la tierra saciará plenamente todos sus deseos. Y no faltan, por otra parte,
quienes, desesperando de poder dar a la vida un sentido exacto, alaban la
insolencia de quienes piensan que la existencia carece de toda significación propia y
se esfuerzan por darle un sentido puramente subjetivo. Sin embargo, ante la actual
evolución del mundo, son cada día más numerosos los que se plantean o los que
acometen con nueva penetración las cuestiones más fundamentales: ¿Qué es el
hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de tantos
progresos hechos, subsisten todavía? ¿Qué valor tienen las victorias logradas a tan
caro precio? ¿Qué puede dar el hombre a la sociedad? ¿Qué puede esperar de
ella? ¿Qué hay después de esta vida temporal?.
Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su luz y su
fuerza por el Espíritu Santo a fin de que pueda responder a su máxima vocación y
que no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en el que sea
necesario salvarse. Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia
humana se halla en su Señor y Maestro. Afirma además la Iglesia que bajo la
superficie de lo cambiante hay muchas cosas permanentes, que tienen su último
fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y para siempre. Bajo la luz de Cristo,
imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación, el Concilio habla a todos
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para esclarecer el misterio del hombre y para cooperar en el hallazgo de soluciones
que respondan a los principales problemas de nuestra época.
PRIMERA PARTE
LA IGLESIA Y LA VOCACIÓN DEL HOMBRE
Hay que responder a las mociones del Espíritu
11. El Pueblo de Dios, movido por la fe, que le impulsa a creer que quien lo conduce
es el Espíritu del Señor, que llena el universo, procura discernir en los
acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa juntamente con sus
contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes de Dios. La
fe todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la entera vocación
del hombre. Por ello orienta la menta hacia soluciones plenamente humanas.
El Concilio se propone, ante todo, juzgar bajo esta luz los valores que hoy disfrutan
la máxima consideración y enlazarlos de nuevo con su fuente divina. Estos valores,
por proceder de la inteligencia que Dios ha dado al hombre, poseen una bondad
extraordinaria; pero, a causa de la corrupción del corazón humano, sufren con
frecuencia desviaciones contrarias a su debida ordenación. Por ello necesitan
purificación.
¿Qué piensa del hombre la Iglesia? ¿Qué criterios fundamentales deben
recomendarse para levantar el edificio de la sociedad actual? ¿Qué sentido último
tiene la acción humana en el universo? He aquí las preguntas que aguardan
respuesta. Esta hará ver con claridad que el Pueblo de Dios y la humanidad, de la
que aquél forma parte, se prestan mutuo servicio, lo cual demuestra que la misión de
la Iglesia es religiosa y, por lo mismo, plenamente humana.
CAPÍTULO I
LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA
El hombre, imagen de Dios
12. Creyentes y no creyentes están generalmente de acuerdo en este punto: todos
los bienes de la tierra deben ordenarse en función del hombre, centro y cima de
todos ellos.
Pero, ¿qué es el hombre? Muchas son las opiniones que el hombre se ha dado y se
da sobre sí mismo. Diversas e incluso contradictorias. Exaltándose a sí mismo como
regla absoluta o hundiéndose hasta la desesperación. La duda y la ansiedad se
siguen en consecuencia. La Iglesia siente profundamente estas dificultades, y,
aleccionada por la Revelación divina, puede darles la respuesta que perfile la
verdadera situación del hombre, dé explicación a sus enfermedades y permita
conocer simultáneamente y con acierto la dignidad y la vocación propias del hombre.
La Biblia nos enseña que el hombre ha sido creado "a imagen de Dios", con
capacidad para conocer y amar a su Creador, y que por Dios ha sido constituido
señor de la entera creación visible para gobernarla y usarla glorificando a Dios.
¿Qué es el hombre para que tú te acuerdes de él? ¿O el hijo del hombre para que te
cuides de él? Apenas lo has hecho inferior a los ángeles al coronarlo de gloria y
esplendor. Tú lo pusiste sobre la obra de tus manos. Todo fue puesto por ti debajo
de sus pies (Ps 8, 5-7).
Pero Dios no creó al hombre en solitario. Desde el principio los hizo hombre y mujer
(Gen l,27). Esta sociedad de hombre y mujer es la expresión primera de la comunión
de personas humanas. El hombre es, en efecto, por su íntima naturaleza, un ser
social, y no puede vivir ni desplegar sus cualidades sin relacionarse con los demás.
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Dios, pues, nos dice también la Biblia, miró cuanto había hecho, y lo juzgó muy
bueno (Gen 1,31).
El pecado
13. Creado por Dios en la justicia, el hombre, sin embargo, por instigación del
demonio, en el propio exordio de la historia, abusó de su libertad, levantándose
contra Dios y pretendiendo alcanzar su propio fin al margen de Dios. Conocieron a
Dios, pero no le glorificaron como a Dios. Obscurecieron su estúpido corazón y
prefirieron servir a la criatura, no al Creador. Lo que la Revelación divina nos dice
coincide con la experiencia. El hombre, en efecto, cuando examina su corazón,
comprueba su inclinación al mal y se siente anegado por muchos males, que no
pueden tener origen en su santo Creador. Al negarse con frecuencia a reconocer a
Dios como su principio, rompe el hombre la debida subordinación a su fin último, y
también toda su ordenación tanto por lo que toca a su propia persona como a las
relaciones con los demás y con el resto de la creación.
Es esto lo que explica la división íntima del hombre. Toda la vida humana, la
individual y la colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el bien
y el mal, entre la luz y las tinieblas. Más todavía, el hombre se nota incapaz de
domeñar con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto de sentirse
como aherrojado entre cadenas. Pero el Señor vino en persona para liberar y
vigorizar al hombre, renovándole interiormente y expulsando al príncipe de este
mundo (cf. Io 12,31), que le retenía en la esclavitud del pecado. El pecado rebaja al
hombre, impidiéndole lograr su propia plenitud.
A la luz de esta Revelación, la sublime vocación y la miseria profunda que el hombre
experimenta hallan simultáneamente su última explicación.
Constitución del hombre
14. En la unidad de cuerpo y alma, el hombre, por su misma condición corporal, es
una síntesis del universo material, el cual alcanza por medio del hombre su más alta
cima y alza la voz para la libre alabanza del Creador. No debe, por tanto, despreciar
la vida corporal, sino que, por el contrario, debe tener por bueno y honrar a su propio
cuerpo, como criatura de Dios que ha de resucitar en el último día. Herido por el
pecado, experimenta, sin embargo, la rebelión del cuerpo. La propia dignidad
humana pide, pues, que glorifique a Dios en su cuerpo y no permita que lo
esclavicen las inclinaciones depravadas de su corazón.
No se equivoca el hombre al afirmar su superioridad sobre el universo material y al
considerarse no ya como partícula de la naturaleza o como elemento anónimo de la
ciudad humana. Por su interioridad es, en efecto, superior al universo entero; a esta
profunda interioridad retorna cuando entra dentro de su corazón, donde Dios le
aguarda, escrutador de los corazones, y donde él personalmente, bajo la mirada de
Dios, decide su propio destino. Al afirmar, por tanto, en sí mismo la espiritualidad y la
inmortalidad de su alma, no es el hombre juguete de un espejismo ilusorio
provocado solamente por las condiciones físicas y sociales exteriores, sino que toca,
por el contrario, la verdad más profunda de la realidad.
Dignidad de la inteligencia, verdad y sabiduría
15. Tiene razón el hombre, participante de la luz de la inteligencia divina, cuando
afirma que por virtud de su inteligencia es superior al universo material. Con el
ejercicio infatigable de su ingenio a lo largo de los siglos, la humanidad ha realizado
grandes avances en las ciencias positivas, en el campo de la técnica y en la esfera
de las artes liberales. Pero en nuestra época ha obtenido éxitos extraordinarios en la
investigación y en el dominio del mundo material. Siempre, sin embargo, ha buscado
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y ha encontrado una verdad más profunda. La inteligencia no se ciñe solamente a
los fenómenos. Tiene capacidad para alcanzar la realidad inteligible con verdadera
certeza, aunque a consecuencia del pecado esté parcialmente oscurecida y
debilitada.
Finalmente, la naturaleza intelectual de la persona humana se perfecciona y debe
perfeccionarse por medio de la sabiduría, la cual atrae con suavidad la mente del
hombre a la búsqueda y al amor de la verdad y del bien. Imbuido por ella, el hombre
se alza por medio de lo visible hacia lo invisible.
Nuestra época, más que ninguna otra, tiene necesidad de esta sabiduría para
humanizar todos los nuevos descubrimientos de la humanidad. El destino futuro del
mundo corre peligro si no forman hombres más instruidos en esta sabiduría. Debe
advertirse a este respecto que muchas naciones económicamente pobres, pero ricas
en esta sabiduría, pueden ofrecer a las demás una extraordinaria aportación.
Con el don del Espíritu Santo, el hombre llega por la fe a contemplar y saborear el
misterio del plan divino.
Dignidad de la conciencia moral
16. En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una
ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena,
cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y
practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre
tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad
humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más
secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz
resuena en el recinto más íntimo de aquélla. Es la conciencia la que de modo
admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del
prójimo. La fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con los demás hombres
para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales que
se presentan al individuo y a la sociedad. Cuanto mayor es el predominio de la recta
conciencia, tanto mayor seguridad tienen las personas y las sociedades para
apartarse del ciego capricho y para someterse a las normas objetivas de la
moralidad. No rara vez, sin embargo, ocurre que yerra la conciencia por ignorancia
invencible, sin que ello suponga la pérdida de su dignidad. Cosa que no puede
afirmarse cuando el hombre se despreocupa de buscar la verdad y el bien y la
conciencia se va progresivamente entenebreciendo por el hábito del pecado.
Grandeza de la libertad
17. La orientación del hombre hacia el bien sólo se logra con el uso de la libertad, la
cual posee un valor que nuestros contemporáneos ensalzan con entusiasmo. Y con
toda razón. Con frecuencia, sin embargo, la fomentan de forma depravada, como si
fuera pura licencia para hacer cualquier cosa, con tal que deleite, aunque sea mala.
La verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre. Dios ha
querido dejar al hombre en manos de su propia decisión para que así busque
espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose libremente a éste, alcance la plena y
bienaventurada perfección. La dignidad humana requiere, por tanto, que el hombre
actúe según su conciencia y libre elección, es decir, movido e inducido por
convicción interna personal y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la
mera coacción externa. El hombre logra esta dignidad cuando, liberado totalmente
de la cautividad de las pasiones, tiende a su fin con la libre elección del bien y se
procura medios adecuados para ello con eficacia y esfuerzo crecientes. La libertad
humana, herida por el pecado, para dar la máxima eficacia a esta ordenación a Dios,
ha de apoyarse necesariamente en la gracia de Dios. Cada cual tendrá que dar
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cuanta de su vida ante el tribunal de Dios según la conducta buena o mala que haya
observado.
El misterio de la muerte
18. El máximo enigma de la vida humana es la muerte. El hombre sufre con el dolor
y con la disolución progresiva del cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por
la desaparición perpetua. Juzga con instinto certero cuando se resiste a aceptar la
perspectiva de la ruina total y del adiós definitivo. La semilla de eternidad que en sí
lleva, por se irreducible a la sola materia, se levanta contra la muerte. Todos los
esfuerzos de la técnica moderna, por muy útiles que sea, no pueden calmar esta
ansiedad del hombre: la prórroga de la longevidad que hoy proporciona la biología
no puede satisfacer ese deseo del más allá que surge ineluctablemente del corazón
humano.
Mientras toda imaginación fracasa ante la muerte, la Iglesia, aleccionada por la
Revelación divina, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino
feliz situado más allá de las fronteras de la miseria terrestre. La fe cristiana enseña
que la muerte corporal, que entró en la historia a consecuencia del pecado, será
vencida cuando el omnipotente y misericordioso Salvador restituya al hombre en la
salvación perdida por el pecado. Dios ha llamado y llama al hombre a adherirse a El
con la total plenitud de su ser en la perpetua comunión de la incorruptible vida divina.
Ha sido Cristo resucitado el que ha ganado esta victoria para el hombre, liberándolo
de la muerte con su propia muerte. Para todo hombre que reflexione, la fe, apoyada
en sólidos argumentos, responde satisfactoriamente al interrogante angustioso sobre
el destino futuro del hombre y al mismo tiempo ofrece la posibilidad de una
comunión con nuestros mismos queridos hermanos arrebatados por la muerte,
dándonos la esperanza de que poseen ya en Dios la vida verdadera.
Formas y raíces del ateísmo
19. La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a
la unión con Dios. Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con
Dios. Existe pura y simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y por el amor de
Dios, que lo conserva. Y sólo se puede decir que vive en la plenitud de la verdad
cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su Creador. Muchos
son, sin embargo, los que hoy día se desentienden del todo de esta íntima y vital
unión con Dios o la niegan en forma explícita. Es este ateísmo uno de los
fenómenos más graves de nuestro tiempo. Y debe ser examinado con toda atención.
La palabra "ateísmo" designa realidades muy diversas. Unos niegan a Dios
expresamente. Otros afirman que nada puede decirse acerca de Dios. Los hay que
someten la cuestión teológica a un análisis metodológico tal, que reputa como inútil
el propio planteamiento de la cuestión. Muchos, rebasando indebidamente los límites
sobre esta base puramente científica o, por el contrario, rechazan sin excepción toda
verdad absoluta. Hay quienes exaltan tanto al hombre, que dejan sin contenido la fe
en Dios, ya que les interesa más, a lo que parece, la afirmación del hombre que la
negación de Dios. Hay quienes imaginan un Dios por ellos rechazado, que nada
tiene que ver con el Dios del Evangelio. Otros ni siquiera se plantean la cuestión de
la existencia de Dios, porque, al parecer, no sienten inquietud religiosa alguna y no
perciben el motivo de preocuparse por el hecho religiosos. Además, el ateísmo nace
a veces como violenta protesta contra la existencia del mal en el mundo o como
adjudicación indebida del carácter absoluto a ciertos bienes humanos que son
considerados prácticamente como sucedáneos de Dios. La misma civilización actual,
no en sí misma, pero sí por su sobrecarga de apego a la tierra, puede dificultar en
grado notable el acceso del hombre a Dios.
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Quienes voluntariamente pretenden apartar de su corazón a Dios y soslayar las
cuestiones religiosas, desoyen el dictamen de su conciencia y, por tanto, no carecen
de culpa. Sin embargo, también los creyentes tienen en esto su parte de
responsabilidad. Porque el ateísmo, considerado en su total integridad, no es un
fenómeno originario, sino un fenómeno derivado de varias causas, entre las que se
debe contar también la reacción crítica contra las religiones, y, ciertamente en
algunas zonas del mundo, sobre todo contra la religión cristiana. Por lo cual, en esta
génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en
cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición
inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y
social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión.
El ateísmo sistemático
20. Con frecuencia, el ateísmo moderno reviste también la forma sistemática, la cual,
dejando ahora otras causas, lleva el afán de autonomía humana hasta negar toda
dependencia del hombre respecto de Dios. Los que profesan este ateísmo afirman
que la esencia de la libertad consiste en que el hombre es el fin de sí mismo, el
único artífice y creador de su propia historia. Lo cual no puede conciliarse, según
ellos, con el reconocimiento del Señor, autor y fin de todo, o por lo menos tal
afirmación de Dios es completamente superflua. El sentido de poder que el progreso
técnico actual da al hombre puede favorecer esta doctrina.
Entre las formas del ateísmo moderno debe mencionarse la que pone la liberación
del hombre principalmente en su liberación económica y social. Pretende este
ateísmo que la religión, por su propia naturaleza, es un obstáculo para esta
liberación, porque, al orientar el espíritu humano hacia una vida futura ilusoria,
apartaría al hombre del esfuerzo por levantar la ciudad temporal. Por eso, cuando
los defensores de esta doctrina logran alcanzar el dominio político del Estado,
atacan violentamente a la religión, difundiendo el ateísmo, sobre todo en materia
educativa, con el uso de todos los medios de presión que tiene a su alcance el poder
público.
Actitud de la Iglesia ante el ateísmo
21. La Iglesia, fiel a Dios y fiel a los hombres, no puede dejar de reprobar con dolor,
pero con firmeza, como hasta ahora ha reprobado, esas perniciosas doctrinas y
conductas, que son contrarias a la razón y a la experiencia humana universal y
privan al hombre de su innata grandeza.
Quiere, sin embargo, conocer las causas de la negación de Dios que se esconden
en la mente del hombre ateo. Consciente de la gravedad de los problemas
planteados por el ateísmo y movida por el amor que siente a todos los hombres, la
Iglesia juzga que los motivos del ateísmo deben ser objeto de serio y más profundo
examen.
La Iglesia afirma que el reconocimiento de Dios no se opone en modo alguno a la
dignidad humana, ya que esta dignidad tiene en el mismo Dios su fundamento y
perfección. Es Dios creador el que constituye al hombre inteligente y libre en la
sociedad. Y, sobre todo, el hombre es llamado, como hijo, a la unión con Dios y a la
participación de su felicidad. Enseña además la Iglesia que la esperanza
escatológica no merma la importancia de las tareas temporales, sino que más bien
proporciona nuevos motivos de apoyo para su ejercicio. Cuando, por el contrario,
faltan ese fundamento divino y esa esperanza de la vida eterna, la dignidad humana
sufre lesiones gravísimas -es lo que hoy con frecuencia sucede-, y los enigmas de la
vida y de la muerte, de la culpa y del dolor, quedan sin solucionar, llevando no
raramente al hombre a la desesperación.
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Todo hombre resulta para sí mismo un problema no resuelto, percibido con cierta
obscuridad. Nadie en ciertos momentos, sobre todo en los acontecimientos más
importantes de la vida, puede huir del todo el interrogante referido. A este problema
sólo Dios da respuesta plena y totalmente cierta; Dios, que llama al hombre a
pensamientos más altos y a una búsqueda más humilde de la verdad.
El remedio del ateísmo hay que buscarlo en la exposición adecuada de la doctrina y
en la integridad de vida de la Iglesia y de sus miembros. A la Iglesia toca hacer
presentes y como visibles a Dios Padre y a su Hijo encarnado con la continua
renovación y purificación propias bajo la guía del Espíritu Santo. Esto se logra
principalmente con el testimonio de una fe viva y adulta, educada para poder percibir
con lucidez las dificultades y poderlas vencer. Numerosos mártires dieron y dan
preclaro testimonio de esta fe, la cual debe manifestar su fecundidad imbuyendo
toda la vida, incluso la profana, de los creyentes, e impulsándolos a la justicia y al
amor, sobre todo respecto del necesitado. Mucho contribuye, finalmente, a esta
afirmación de la presencia de Dios el amor fraterno de los fieles, que con espíritu
unánime colaboran en la fe del Evangelio y se alzan como signo de unidad.
La Iglesia, aunque rechaza en forma absoluta el ateísmo, reconoce sinceramente
que todos los hombres, creyentes y no creyentes, deben colaborar en la edificación
de este mundo, en el que viven en común. Esto no puede hacerse sin un prudente y
sincero diálogo. Lamenta, pues, la Iglesia la discriminación entre creyentes y no
creyentes que algunas autoridades políticas, negando los derechos fundamentales
de la persona humana, establecen injustamente. Pide para los creyentes libertad
activa para que puedan levantar en este mundo también un templo a Dios. E invita
cortésmente a los ateos a que consideren sin prejuicios el Evangelio de Cristo.
La Iglesia sabe perfectamente que su mensaje está de acuerdo con los deseos más
profundos del corazón humano cuando reivindica la dignidad de la vocación del
hombre, devolviendo la esperanza a quienes desesperan ya de sus destinos más
altos. Su mensaje, lejos de empequeñecer al hombre, difunde luz, vida y libertad
para el progreso humano. Lo único que puede llenar el corazón del hombre es
aquello que "nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que
descanse en ti".
Cristo, el Hombre nuevo
22. En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo
encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es
decir, Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del
misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre
y le descubre la sublimidad de su vocación. Nada extraño, pues, que todas las
verdades hasta aquí expuestas encuentren en Cristo su fuente y su corona.
El que es imagen de Dios invisible (Col 1,15) es también el hombre perfecto, que ha
devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer
pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada
también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación se ha
unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con
inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre.
Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejantes
en todo a nosotros, excepto en el pecado.
Cordero inocente, con la entrega libérrima de su sangre nos mereció la vida. En El
Dios nos reconcilió consigo y con nosotros y nos liberó de la esclavitud del diablo y
del pecado, por lo que cualquiera de nosotros puede decir con el Apóstol: El Hijo de
Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gal 2,20). Padeciendo por nosotros,
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nos dio ejemplo para seguir sus pasos y, además abrió el camino, con cuyo
seguimiento la vida y la muerte se santifican y adquieren nuevo sentido.
El hombre cristiano, conformado con la imagen del Hijo, que es el Primogénito entre
muchos hermanos, recibe las primicias del Espíritu (Rom 8,23), las cuales le
capacitan para cumplir la ley nueva del amor. Por medio de este Espíritu, que
es prenda de la herencia (Eph 1,14), se restaura internamente todo el hombre hasta
que llegue la redención del cuerpo (Rom 8,23). Si el Espíritu de Aquel que resucitó a
Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús de
entre los muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales por virtud de su
Espíritu que habita en vosotros (Rom 8,11). Urgen al cristiano la necesidad y el
deber de luchar, con muchas tribulaciones, contra el demonio, e incluso de padecer
la muerte. Pero, asociado al misterio pascual, configurado con la muerte de Cristo,
llegará, corroborado por la esperanza, a la resurrección.
Esto vale no solamente para los cristianos, sino también para todos los hombres de
buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por
todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina.
En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad
de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual.
Este es el gran misterio del hombre que la Revelación cristiana esclarece a los
fieles. Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera
del Evangelio nos envuelve en absoluta obscuridad. Cristo resucitó; con su muerte
destruyó la muerte y nos dio la vida, para que, hijos en el Hijo, clamemos en el
Espíritu: Abba!,¡Padre!
CAPÍTULO II
LA COMUNIDAD HUMANA
Propósito del Concilio
23. Entre los principales aspectos del mundo actual hay que señalar la multiplicación
de las relaciones mutuas entre los hombres. Contribuye sobremanera a este
desarrollo el moderno progreso técnico. Sin embargo, la perfección del coloquio
fraterno no está en ese progreso, sino más hondamente en la comunidad que entre
las personas se establece, la cual exige el mutuo respeto de su plena dignidad
espiritual. La Revelación cristiana presta gran ayuda para fomentar esta comunión
interpersonal y al mismo tiempo nos lleva a una más profunda comprensión de las
leyes que regulan la vida social, y que el Creador grabó en la naturaleza espiritual y
moral del hombre.
Como el Magisterio de la Iglesia en recientes documentos ha expuesto ampliamente
la doctrina cristiana sobre la sociedad humana, el Concilio se limita a recordar tan
sólo algunas verdades fundamentales y exponer sus fundamentos a la luz de la
Revelación. A continuación subraya ciertas consecuencias que de aquéllas fluyen, y
que tienen extraordinaria importancia en nuestros días.
Índole comunitaria de la vocación humana según el plan de Dios
24. Dios, que cuida de todos con paterna solicitud, ha querido que los hombres
constituyan una sola familia y se traten entre sí con espíritu de hermanos. Todos han
sido creados a imagen y semejanza de Dios, quien hizo de uno todo el linaje
humano y para poblar toda la haz de la tierra (Act 17,26), y todos son llamados a un
solo e idéntico fin, esto es, Dios mismo.
Por lo cual, el amor de Dios y del prójimo es el primero y el mayor mandamiento. La
Sagrada Escritura nos enseña que el amor de Dios no puede separarse del amor del
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prójimo: ... cualquier otro precepto en esta sentencia se resume : Amarás al prójimo
como a ti mismo ... El amor es el cumplimiento de la ley (Rom 13,9-10; cf. 1 Io 4,20).
Esta doctrina posee hoy extraordinaria importancia a causa de dos hechos: la
creciente interdependencia mutua de los hombres y la unificación asimismo
creciente del mundo.
Más aún, el Señor, cuando ruega al Padre que todos sean uno, como nosotros
también somos uno (Io 17,21-22), abriendo perspectivas cerradas a la razón
humana, sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la
unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demuestra
que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no
puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los
demás.
Interdependencia entre la persona humana y la sociedad
25. La índole social del hombre demuestra que el desarrollo de la persona humana y
el crecimiento de la propia sociedad están mutuamente condicionados. porque el
principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona
humana, la cual, por su misma naturaleza, tiene absoluta necesidad de la vida
social. La vida social no es, pues, para el hombre sobrecarga accidental. Por ello, a
través del trato con los demás, de la reciprocidad de servicios, del diálogo con los
hermanos, la vida social engrandece al hombre en todas sus cualidades y le
capacita para responder a su vocación.
De los vínculos sociales que son necesarios para el cultivo del hombre, unos, como
la familia y la comunidad política, responden más inmediatamente a su naturaleza
profunda; otros, proceden más bien de su libre voluntad. En nuestra época, por
varias causas, se multiplican sin cesar las conexiones mutuas y las
interdependencias; de aquí nacen diversas asociaciones e instituciones tanto de
derecho público como de derecho privado. Este fenómeno, que recibe el nombre de
socialización, aunque encierra algunos peligros, ofrece, sin embargo, muchas
ventajas para consolidar y desarrollar las cualidades de la persona humana y para
garantizar sus derechos.
Mas si la persona humana, en lo tocante al cumplimiento de su vocación, incluida la
religiosa, recibe mucho de esta vida en sociedad, no se puede, sin embargo, negar
que las circunstancias sociales en que vive y en que está como inmersa desde su
infancia, con frecuencia le apartan del bien y le inducen al mal. Es cierto que las
perturbaciones que tan frecuentemente agitan la realidad social proceden en parte
de las tensiones propias de las estructuras económicas, políticas y sociales. Pero
proceden, sobre todo, de la soberbia y del egoísmo humanos, que trastornan
también el ambiente social. Y cuando la realidad social se ve viciada por las
consecuencias del pecado, el hombre, inclinado ya al mal desde su nacimiento,
encuentra nuevos estímulos para el pecado, los cuales sólo pueden vencerse con
denodado esfuerzo ayudado por la gracia.
La promoción del bien común
26. La interdependencia, cada vez más estrecha, y su progresiva universalización
hacen que el bien común -esto es, el conjunto de condiciones de la vida social que
hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y
más fácil de la propia perfección- se universalice cada vez más, e implique por ello
derechos y obligaciones que miran a todo el género humano. Todo grupo social
debe tener en cuenta las necesidades y las legítimas aspiraciones de los demás
grupos; más aún, debe tener muy en cuenta el bien común de toda la familia
humana.
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Crece al mismo tiempo la conciencia de la excelsa dignidad de la persona humana,
de su superioridad sobre las cosas y de sus derechos y deberes universales e
inviolables. Es, pues, necesario que se facilite al hombre todo lo que éste necesita
para vivir una vida verdaderamente humana, como son el alimento, el vestido, la
vivienda, el derecho a la libre elección de estado ya fundar una familia, a la
educación, al trabajo, a la buena fama, al respeto, a una adecuada información, a
obrar de acuerdo con la norma recta de su conciencia, a la protección de la vida
privada y a la justa libertad también en materia religiosa.
El orden social, pues, y su progresivo desarrollo deben en todo momento
subordinarse al bien de la persona, ya que el orden real debe someterse al orden
personal, y no al contrario. El propio Señor lo advirtió cuando dijo que el sábado
había sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. El orden social hay
que desarrollarlo a diario, fundarlo en la verdad, edificarlo sobre la justicia, vivificarlo
por el amor. Pero debe encontrar en la libertad un equilibrio cada día más humano.
Para cumplir todos estos objetivos hay que proceder a una renovación de los
espíritus y a profundas reformas de la sociedad.
El Espíritu de Dios, que con admirable providencia guía el curso de los tiempos y
renueva la faz de la tierra, no es ajeno a esta evolución. Y, por su parte, el fermento
evangélico ha despertado y despierta en el corazón del hombre esta irrefrenable
exigencia de la dignidad.
El respeto a la persona humana
27. Descendiendo a consecuencias prácticas de máxima urgencia, el Concilio
inculca el respeto al hombre, de forma de cada uno, sin excepción de nadie, debe
considerar al prójimo como otro yo, cuidando en primer lugar de su vida y de los
medios necesarios para vivirla dignamente, no sea que imitemos a aquel rico que se
despreocupó por completo del pobre Lázaro.
En nuestra época principalmente urge la obligación de acercarnos a todos y de
servirlos con eficacia cuando llegue el caso, ya se trate de ese anciano abandonado
de todos, o de ese trabajador extranjero despreciado injustamente, o de ese
desterrado, o de ese hijo ilegítimo que debe aguantar sin razón el pecado que él no
cometió, o de ese hambriento que recrimina nuestra conciencia recordando la
palabra del Señor: Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos
menores, a mi me lo hicisteis. (Mt25,40).
No sólo esto. Cuanto atenta contra la vida -homicidios de cualquier clase,
genocidios, aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado-; cuanto viola la
integridad de la persona humana, como, por ejemplo, las mutilaciones, las torturas
morales o físicas, los conatos sistemáticos para dominar la mente ajena; cuanto
ofende a la dignidad humana, como son las condiciones infrahumanas de vida, las
detenciones arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de
blancas y de jóvenes; o las condiciones laborales degradantes, que reducen al
operario al rango de mero instrumento de lucro, sin respeto a la libertad y a la
responsabilidad de la persona humana: todas estas prácticas y otras parecidas son
en sí mismas infamantes, degradan la civilización humana, deshonran más a sus
autores que a sus víctimas y son totalmente contrarias al honor debido al Creador.
Respeto y amor a los adversarios
28. Quienes sienten u obran de modo distinto al nuestro en materia social, política e
incluso religiosa, deben ser también objeto de nuestro respeto y amor. Cuanto más
humana y caritativa sea nuestra comprensión íntima de su manera de sentir, mayor
será la facilidad para establecer con ellos el diálogo.
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Esta caridad y esta benignidad en modo alguno deben convertirse en indiferencia
ante la verdad y el bien. Más aún, la propia caridad exige el anuncio a todos los
hombres de la verdad saludable. Pero es necesario distinguir entre el error, que
siempre debe ser rechazado, y el hombre que yerra, el cual conserva la dignidad de
la persona incluso cuando está desviado por ideas falsas o insuficientes en materia
religiosa. Dios es el único juez y escrutador del corazón humano. Por ello, nos
prohíbe juzgar la culpabilidad interna de los demás.
La doctrina de Cristo pide también que perdonemos las injurias. El precepto del
amor se extiende a todos los enemigos. Es el mandamiento de la Nueva Ley:
«Habéis oído que se dijo: "Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo". Pero yo
os digo : "Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian y orad por lo
que os persiguen y calumnian"» (Mt 5,43-44).
La igualdad esencial entre los hombres y la justicia social
29. La igualdad fundamental entre todos los hombres exige un reconocimiento cada
vez mayor. Porque todos ellos, dotados de alma racional y creados a imagen de
Dios, tienen la misma naturaleza y el mismo origen. Y porque, redimidos por Cristo,
disfrutan de la misma vocación y de idéntico destino.
Es evidente que no todos los hombres son iguales en lo que toca a la capacidad
física y a las cualidades intelectuales y morales. Sin embargo, toda forma de
discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o
cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, debe
ser vencida y eliminada por ser contraria al plan divino. En verdad, es lamentable
que los derechos fundamentales de la persona no estén todavía protegidos en la
forma debida por todas partes. Es lo que sucede cuando se niega a la mujer el
derecho de escoger libremente esposo y de abrazar el estado de vida que prefiera o
se le impide tener acceso a una educación y a una cultura iguales a las que se
conceden al hombre.
Más aún, aunque existen desigualdades justas entre los hombres, sin embargo, la
igual dignidad de la persona exige que se llegue a una situación social más humana
y más justa. Resulta escandaloso el hecho de las excesivas desigualdades
económicas y sociales que se dan entre los miembros y los pueblos de una misma
familia humana. Son contrarias a la justicia social, a la equidad, a la dignidad de la
persona humana y a la paz social e internacional.
Las instituciones humanas, privadas o públicas, esfuércense por ponerse al servicio
de la dignidad y del fin del hombre. Luchen con energía contra cualquier esclavitud
social o política y respeten, bajo cualquier régimen político, los derechos
fundamentales del hombre. Más aún, estas instituciones deben ir respondiendo cada
vez más a las realidades espirituales, que son las más profundas de todas, aunque
es necesario todavía largo plazo de tiempo para llegar al final deseado.
Hay que superar la ética individualista
30. La profunda y rápida transformación de la vida exige con suma urgencia que no
haya nadie que, por despreocupación frente a la realidad o por pura inercia, se
conforme con una ética meramente individualista. El deber de justicia y caridad se
cumple cada vez más contribuyendo cada uno al bien común según la propia
capacidad y la necesidad ajena, promoviendo y ayudando a las instituciones, así
públicas como privadas, que sirven para mejorar las condiciones de vida del hombre.
Hay quienes profesan amplias y generosas opiniones, pero en realidad viven
siempre como si nunca tuvieran cuidado alguno de las necesidades sociales. No
sólo esto; en varios países son muchos los que menosprecian las leyes y las normas
sociales. No pocos, con diversos subterfugios y fraudes, no tienen reparo en
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soslayar los impuestos justos u otros deberes para con la sociedad. Algunos
subestiman ciertas normas de la vida social; por ejemplo, las referentes a la higiene
o las normas de la circulación, sin preocuparse de que su descuido pone en peligro
la vida propia y la vida del prójimo.
La aceptación de las relaciones sociales y su observancia deben ser consideradas
por todos como uno de los principales deberes del hombre contemporáneo. Porque
cuanto más se unifica el mundo, tanto más los deberes del hombre rebasan los
límites de los grupos particulares y se extiende poco a poco al universo entero. Ello
es imposible si los individuos y los grupos sociales no cultivan en sí mismo y
difunden en la sociedad las virtudes morales y sociales, de forma que se conviertan
verdaderamente en hombres nuevos y en creadores de una nueva humanidad con el
auxilio necesario de la divina gracia.
Responsabilidad y participación
31. Para que cada uno pueda cultivar con mayor cuidado el sentido de su
responsabilidad tanto respecto a sí mismo como de los varios grupos sociales de los
que es miembro, hay que procurar con suma diligencia una más amplia cultura
espiritual, valiéndose para ello de los extraordinarios medios de que el género
humano dispone hoy día. Particularmente la educación de los jóvenes, sea el que
sea el origen social de éstos, debe orientarse de tal modo, que forme hombres y
mujeres que no sólo sean personas cultas, sino también de generoso corazón, de
acuerdo con las exigencias perentorias de nuestra época.
Pero no puede llegarse a este sentido de la responsabilidad si no se facilitan al
hombre condiciones de vida que le permitan tener conciencia de su propia dignidad
y respondan a su vocación, entregándose a Dios ya los demás. La libertad humana
con frecuencia se debilita cuando el hombre cae en extrema necesidad, de la misma
manera que se envilece cuando el hombre, satisfecho por una vida demasiado fácil,
se encierra como en una dorada soledad. Por el contrario, la libertad se vigoriza
cuando el hombre acepta las inevitables obligaciones de la vida social, toma sobre sí
las multiformes exigencias de la convivencia humana y se obliga al servicio de la
comunidad en que vive.
Es necesario por ello estimular en todos la voluntad de participar en los esfuerzos
comunes. Merece alabanza la conducta de aquellas naciones en las que la mayor
parte de los ciudadanos participa con verdadera libertad en la vida pública. Debe
tenerse en cuenta, sin embargo, la situación real de cada país y el necesario vigor
de la autoridad pública. Para que todos los ciudadanos se sientan impulsados a
participar en la vida de los diferentes grupos de integran el cuerpo social, es
necesario que encuentren en dichos grupos valores que los atraigan y los dispongan
a ponerse al servicio de los demás. Se puede pensar con toda razón que el porvenir
de la humanidad está en manos de quienes sepan dar a las generaciones venideras
razones para vivir y razones para esperar.
El Verbo encarnado y la solidaridad humana
32. Dios creó al hombre no para vivir aisladamente, sino para formar sociedad. De la
misma manera, Dios "ha querido santificar y salvar a los hombres no aisladamente,
sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo que le
confesara en verdad y le sirviera santamente". Desde el comienzo de la historia de la
salvación, Dios ha elegido a los hombres no solamente en cuanto individuos, sino
también a cuanto miembros de una determinada comunidad. A los que eligió Dios
manifestando su propósito, denominó pueblo suyo (Ex 3,7-12), con el que además
estableció un pacto en el monte Sinaí.
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Esta índole comunitaria se perfecciona y se consuma en la obra de Jesucristo. El
propio Verbo encarnado quiso participar de la vida social humana. Asistió a las
bodas de Caná, bajó a la casa de Zaqueo, comió con publicanos y pecadores.
Reveló el amor del Padre y la excelsa vocación del hombre evocando las relaciones
más comunes de la vida social y sirviéndose del lenguaje y de las imágenes de la
vida diaria corriente. Sometiéndose voluntariamente a las leyes de su patria,
santificó los vínculos humanos, sobre todo los de la familia, fuente de la vida social.
Eligió la vida propia de un trabajador de su tiempo y de su tierra.
En su predicación mandó claramente a los hijos de Dios que se trataran como
hermanos. Pidió en su oración que todos sus discípulos fuesen uno. Más todavía, se
ofreció hasta la muerte por todos, como Redentor de todos. Nadie tiene mayor amor
que este de dar uno la vida por sus amigos (Io 15,13). Y ordenó a los Apóstoles
predicar a todas las gentes la nueva angélica, para que la humanidad se hiciera
familia de Dios, en la que la plenitud de la ley sea el amor.
Primogénito entre muchos hermanos, constituye, con el don de su Espíritu, una
nueva comunidad fraterna entre todos los que con fe y caridad le reciben después
de su muerte y resurrección, esto es, en su Cuerpo, que es la Iglesia, en la que
todos, miembros los unos de los otros, deben ayudarse mutuamente según la
variedad de dones que se les hayan conferido.
Esta solidaridad debe aumentarse siempre hasta aquel día en que llegue su
consumación y en que los hombres, salvador por la gracia, como familia amada de
Dios y de Cristo hermano, darán a Dios gloria perfecta.
CAPÍTULO III:
LA ACTIVIDAD HUMANA EN EL MUNDO
Planteamiento del problema
33. Siempre se ha esforzado el hombre con su trabajo y con su ingenio en
perfeccionar su vida; pero en nuestros días, gracias a la ciencia y la técnica, ha
logrado dilatar y sigue dilatando el campo de su dominio sobre casi toda la
naturaleza, y, con ayuda sobre todo el aumento experimentado por los diversos
medios de intercambio entre las naciones, la familia humana se va sintiendo y
haciendo una única comunidad en el mundo. De lo que resulta que gran número de
bienes que antes el hombre esperaba alcanzar sobre todo de las fuerzas superiores,
hoy los obtiene por sí mismo.
Ante este gigantesco esfuerzo que afecta ya a todo el género humano, surgen entre
los hombres muchas preguntas. ¿Qué sentido y valor tiene esa actividad? ¿Cuál es
el uso que hay que hacer de todas estas cosas? ¿A qué fin deben tender los
esfuerzos de individuos y colectividades? La Iglesia, custodio del depósito de la
palabra de Dios, del que manan los principios en el orden religioso y moral, sin que
siempre tenga a manos respuesta adecuada a cada cuestión, desea unir la luz de la
Revelación al saber humano para iluminar el camino recientemente emprendido por
la humanidad.
Valor de la actividad humana
34. Una cosa hay cierta para los creyentes: la actividad humana individual y
colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de
los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo,
responde a la voluntad de Dios. Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el
mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí la tierra y
cuanto en ella se contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo
entero, reconociendo a Dios como Creador de todo, de modo que con el
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sometimiento de todas las cosas al hombre sea admirable el nombre de Dios en el
mundo.
Esta enseñanza vale igualmente para los quehaceres más ordinarios. Porque los
hombres y mujeres que, mientras procuran el sustento para sí y su familia, realizan
su trabajo de forma que resulte provechoso y en servicio de la sociedad, con razón
pueden pensar que con su trabajo desarrollan la obra del Creador, sirven al bien de
sus hermanos y contribuyen de modo personal a que se cumplan los designios de
Dios en la historia.
Los cristianos, lejos de pensar que las conquistas logradas por el hombre se oponen
al poder de Dios y que la criatura racional pretende rivalizar con el Creador, están,
por el contrario, persuadidos de que las victorias del hombre son signo de la
grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio. Cuanto más se acrecienta
el poder del hombre, más amplia es su responsabilidad individual y colectiva. De
donde se sigue que el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la edificación
del mundo si los lleva a despreocuparse del bien ajeno, sino que, al contrario, les
impone como deber el hacerlo.
Ordenación de la actividad humana
35. La actividad humana, así como procede del hombre, así también se ordena al
hombre. Pues éste con su acción no sólo transforma las cosas y la sociedad, sino
que se perfecciona a sí mismo. Aprende mucho, cultiva sus facultades, se supera y
se trasciende. Tal superación, rectamente entendida, es más importante que las
riquezas exteriores que puedan acumularse. El hombre vale más por lo que es que
por lo que tiene. Asimismo, cuanto llevan a cabo los hombres para lograr más
justicia, mayor fraternidad y un más humano planteamiento en los problemas
sociales, vale más que los progresos técnicos. Pues dichos progresos pueden
ofrecer, como si dijéramos, el material para la promoción humana, pero por sí solos
no pueden llevarla a cabo.
Por tanto, está es la norma de la actividad humana: que, de acuerdo con los
designios y voluntad divinos, sea conforme al auténtico bien del género humano y
permita al hombre, como individuo y como miembro de la sociedad, cultivar y realizar
íntegramente su plena vocación.
La justa autonomía de la realidad terrena
36. Muchos de nuestros contemporáneos parecen temer que, por una
excesivamente estrecha vinculación entre la actividad humana y la religión, sufra
trabas la autonomía del hombre, de la sociedad o de la ciencia.
Si por autonomía de la realidad se quiere decir que las cosas creadas y la sociedad
misma gozan de propias leyes y valores, que el hombre ha de descubrir, emplear y
ordenar poco a poco, es absolutamente legítima esta exigencia de autonomía. No es
sólo que la reclamen imperiosamente los hombres de nuestro tiempo. Es que
además responde a la voluntad del Creador. Pues, por la propia naturaleza de la
creación, todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad propias y
de un propio orden regulado, que el hombre debe respetar con el reconocimiento de
la metodología particular de cada ciencia o arte. Por ello, la investigación metódica
en todos los campos del saber, si está realizada de una forma auténticamente
científica y conforme a las normas morales, nunca será en realidad contraria a la fe,
porque las realidades profanas y las de la fe tienen su origen en un mismo Dios. Más
aún, quien con perseverancia y humildad se esfuerza por penetrar en los secretos
de la realidad, está llevado, aun sin saberlo, como por la mano de Dios, quien,
sosteniendo todas las cosas, da a todas ellas el ser. Son, a este respecto, de
deplorar ciertas actitudes que, por no comprender bien el sentido de la legítima
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autonomía de la ciencia, se han dado algunas veces entre los propios cristianos;
actitudes que, seguidas de agrias polémicas, indujeron a muchos a establecer una
oposición entre la ciencia y la fe.
Pero si autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada es
independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador,
no hay creyente alguno a quien se le oculte la falsedad envuelta en tales palabras.
La criatura sin el Creador desaparece. Por lo demás, cuantos creen en Dios, sea
cual fuere su religión, escucharon siempre la manifestación de la voz de Dios en el
lenguaje de la creación. Más aún, por el olvido de Dios la propia criatura queda
oscurecida.
Deformación de la actividad humana por el pecado
37. La Sagrada Escritura, con la que está de acuerdo la experiencia de los siglos,
enseña a la familia humana que el progreso altamente beneficioso para el hombre
también encierra, sin embargo, gran tentación, pues los individuos y las
colectividades, subvertida la jerarquía de los valores y mezclado el bien con el mal,
no miran más que a lo suyo, olvidando lo ajeno. Lo que hace que el mundo no sea
ya ámbito de una auténtica fraternidad, mientras el poder acrecido de la humanidad
está amenazando con destruir al propio género humano.
A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las
tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta
el día final. Enzarzado en esta pelea, el hombre ha de luchar continuamente para
acatar el bien, y sólo a costa de grandes esfuerzos, con la ayuda de la gracia de
Dios, es capaz de establecer la unidad en sí mismo.
Por ello, la Iglesia de Cristo, confiando en el designio del Creador, a la vez que
reconoce que el progreso puede servir a la verdadera felicidad humana, no puede
dejar de hacer oír la voz del Apóstol cuando dice: No queráis vivir conforme a este
mundo (Rom 12,2); es decir, conforme a aquel espíritu de vanidad y de malicia que
transforma en instrumento de pecado la actividad humana, ordenada al servicio de
Dios y de los hombres.
A la hora de saber cómo es posible superar tan deplorable miseria, la norma
cristiana es que hay que purificar por la cruz y la resurrección de Cristo y encauzar
por caminos de perfección todas las actividades humanas, las cuales, a causa de la
soberbia y el egoísmo, corren diario peligro. El hombre, redimido por Cristo y hecho,
en el Espíritu Santo, nueva criatura, puede y debe amar las cosas creadas por Dios.
Pues de Dios las recibe y las mira y respeta como objetos salidos de las manos de
Dios. Dándole gracias por ellas al Bienhechor y usando y gozando de las criaturas
en pobreza y con libertad de espíritu, entra de veras en posesión del mundo como
quien nada tiene y es dueño de todo: Todo es vuestro; vosotros sois de Cristo, y
Cristo es de Dios (I Cor 3,22-23).
Perfección de la actividad humana en el misterio pascual
38. El Verbo de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas, hecho El mismo
carne y habitando en la tierra, entró como hombre perfecto en la historia del mundo,
asumiéndola y recapitulándola en sí mismo. El es quien nos revela que Dios es
amor (1 Io 4,8), a la vez que nos enseña que la ley fundamental de la perfección
humana, es el mandamiento nuevo del amor. Así, pues, a los que creen en la
caridad divina les da la certeza de que abrir a todos los hombres los caminos del
amor y esforzarse por instaurar la fraternidad universal no son cosas inútiles. Al
mismo tiempo advierte que esta caridad no hay que buscarla únicamente en los
acontecimientos importantes, sino, ante todo, en la vida ordinaria. El, sufriendo la
muerte por todos nosotros, pecadores, nos enseña con su ejemplo a llevar la cruz
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que la carne y el mundo echan sobre los hombros de los que buscan la paz y la
justicia. Constituido Señor por su resurrección, Cristo, al que le ha sido dada toda
potestad en el cielo y en la tierra, obra ya por la virtud de su Espíritu en el corazón
del hombre, no sólo despertando el anhelo del siglo futuro, sino alentando,
purificando y robusteciendo también con ese deseo aquellos generosos propósitos
con los que la familia humana intenta hacer más llevadera su propia vida y someter
la tierra a este fin. Mas los dones del Espíritu Santo son diversos: si a unos llama a
dar testimonio manifiesto con el anhelo de la morada celestial y a mantenerlo vivo en
la familia humana, a otros los llama para que se entreguen al servicio temporal de
los hombres, y así preparen la materia del reino de los cielos. Pero a todos les libera,
para que, con la abnegación propia y el empleo de todas las energías terrenas en
pro de la vida, se proyecten hacia las realidades futuras, cuando la propia
humanidad se convertirán en oblación acepta a Dios.
El Señor dejó a los suyos prenda de tal esperanza y alimento para el camino en
aquel sacramento de la fe en el que los elementos de la naturaleza, cultivados por el
hombre, se convierten en el cuerpo y sangre gloriosos con la cena de la comunión
fraterna y la degustación del banquete celestial.
Tierra nueva y cielo nuevo
39. Ignoramos el tiempo en que se hará la consumación de la tierra y de la
humanidad. Tampoco conocemos de qué manera se transformará el universo. La
figura de este mundo, afeada por el pecado, pasa, pero Dios nos enseña que nos
prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia, y cuya
bienaventuranza es capaz de saciar y rebasar todos los anhelos de paz que surgen
en el corazón humano. Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios resucitarán en
Cristo, y lo que fue sembrado bajo el signo de la debilidad y de la corrupción, se
revestirá de incorruptibilidad, y, permaneciendo la caridad y sus obras, se verán
libres de la servidumbre de la vanidad todas las criaturas, que Dios creó pensando
en el hombre.
Se nos advierte que de nada le sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde a sí
mismo. No obstante, la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más
bien aliviar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la
nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del
siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal
y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir
a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios.
Pues los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna y la libertad; en una
palabra, todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después
de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su
mandato, volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y
trasfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal: "reino de
verdad y de vida; reino de santidad y gracia; reino de justicia, de amor y de paz". El
reino está ya misteriosamente presente en nuestra tierra; cuando venga el Señor, se
consumará su perfección.
CAPÍTULO IV
MISIÓN DE LA IGLESIA EN EL MUNDO CONTEMPORÁNEO
Relación mutua entre la Iglesia y el mundo
40. Todo lo que llevamos dicho sobre la dignidad de la persona, sobre la comunidad
humana, sobre el sentido profundo de la actividad del hombre, constituye el
fundamento de la relación entre la Iglesia y el mundo, y también la base para el
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mutuo diálogo. Por tanto, en este capítulo, presupuesto todo lo que ya ha dicho el
Concilio sobre el misterio de la Iglesia, va a ser objeto de consideración la misma
Iglesia en cuanto que existe en este mundo y vive y actúa con él.
Nacida del amor del Padre Eterno, fundada en el tiempo por Cristo Redentor,
reunida en el Espíritu Santo, la Iglesia tiene una finalidad escatológica y de
salvación, que sólo en el mundo futuro podrá alcanzar plenamente. Está presente ya
aquí en la tierra, formada por hombres, es decir, por miembros de la ciudad terrena
que tienen la vocación de formar en la propia historia del género humano la familia
de los hijos de Dios, que ha de ir aumentando sin cesar hasta la venida del Señor.
Unida ciertamente por razones de los bienes eternos y enriquecida por ellos, esta
familia ha sido "constituida y organizada por Cristo como sociedad en este mundo" y
está dotada de "los medios adecuados propios de una unión visible y social". De
esta forma, la Iglesia, "entidad social visible y comunidad espiritual", avanza
juntamente con toda la humanidad, experimenta la suerte terrena del mundo, y su
razón de ser es actuar como fermento y como alma de la sociedad, que debe
renovarse en Cristo y transformarse en familia de Dios.
Esta compenetración de la ciudad terrena y de la ciudad eterna sólo puede
percibirse por la fe; más aún, es un misterio permanente de la historia humana que
se ve perturbado por el pecado hasta la plena revelación de la claridad de los hijos
de Dios. Al buscar su propio fin de salvación, la Iglesia no sólo comunica la vida
divina al hombre, sino que además difunde sobre el universo mundo, en cierto modo,
el reflejo de su luz, sobre todo curando y elevando la dignidad de la persona,
consolidando la firmeza de la sociedad y dotando a la actividad diaria de la
humanidad de un sentido y de una significación mucho más profundos. Cree la
Iglesia que de esta manera, por medio de sus hijos y por medio de su entera
comunidad, puede ofrecer gran ayuda para dar un sentido más humano al hombre a
su historia.
La Iglesia católica de buen grado estima mucho todo lo que en este orden han hecho
y hacen las demás Iglesias cristianas o comunidades eclesiásticas con su obra de
colaboración. Tiene asimismo la firme persuasión de que el mundo, a través de las
personas individuales y de toda la sociedad humana, con sus cualidades y
actividades, puede ayudarla mucho y de múltiples maneras en la preparación del
Evangelio. Expónense a continuación algunos principios generales para promover
acertadamente este mutuo intercambio y esta mutua ayuda en todo aquello que en
cierta manera es común a la Iglesia y al mundo.
Ayuda que la Iglesia procura prestar a cada hombre
41. El hombre contemporáneo camina hoy hacia el desarrollo pleno de su
personalidad y hacia el descubrimiento y afirmación crecientes de sus derechos.
Como a la Iglesia se ha confiado la manifestación del misterio de Dios, que es el fin
último del hombre, la Iglesia descubre con ello al hombre el sentido de la propia
existencia, es decir, la verdad más profunda acerca del ser humano. Bien sabe la
Iglesia que sólo Dios, al que ella sirve, responde a las aspiraciones más profundas
del corazón humano, el cual nunca se sacia plenamente con solos los alimentos
terrenos. Sabe también que el hombre, atraído sin cesar por el Espíritu de Dios,
nunca jamás será del todo indiferente ante el problema religioso, como los prueban
no sólo la experiencia de los siglos pasados, sino también múltiples testimonios de
nuestra época. Siempre deseará el hombre saber, al menos confusamente, el
sentido de su vida, de su acción y de su muerte. La presencia misma de la Iglesia le
recuerda al hombre tales problemas; pero es sólo Dios, quien creó al hombre a su
imagen y lo redimió del pecado, el que puede dar respuesta cabal a estas preguntas,
y ello por medio de la Revelación en su Hijo, que se hizo hombre. El que sigue a
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Cristo, Hombre perfecto, se perfecciona cada vez más en su propia dignidad de
hombre.
Apoyada en esta fe, la Iglesia puede rescatar la dignidad humana del incesante
cambio de opiniones que, por ejemplo, deprimen excesivamente o exaltan sin
moderación alguna el cuerpo humano. No hay ley humana que pueda garantizar la
dignidad personal y la libertad del hombre con la seguridad que comunica el
Evangelio de Cristo, confiado a la Iglesia. El Evangelio enuncia y proclama la libertad
de los hijos de Dios, rechaza todas las esclavitudes, que derivan, en última instancia,
del pecado; respeta santamente la dignidad de la conciencia y su libre decisión;
advierte sin cesar que todo talento humano debe redundar en servicio de Dios y bien
de la humanidad; encomienda, finalmente, a todos a la caridad de todos. Esto
corresponde a la ley fundamental de la economía cristiana. Porque, aunque el
mismo Dios es Salvador y Creador, e igualmente, también Señor de la historia
humana y de la historia de la salvación, sin embargo, en esta misma ordenación
divina, la justa autonomía de lo creado, y sobre todo del hombre, no se suprime, sino
que más bien se restituye a su propia dignidad y se ve en ella consolidada.
La Iglesia, pues, en virtud del Evangelio que se le ha confiado, proclama los
derechos del hombre y reconoce y estima en mucho el dinamismo de la época
actual, que está promoviendo por todas partes tales derechos. Debe, sin embargo,
lograrse que este movimiento quede imbuido del espíritu evangélico y garantizado
frente a cualquier apariencia de falsa autonomía. Acecha, en efecto, la tentación de
juzgar que nuestros derechos personales solamente son salvados en su plenitud
cuando nos vemos libres de toda norma divina. Por ese camino, la dignidad humano
no se salva; por el contrario, perece.
Ayuda que la Iglesia procura dar a la sociedad humana
42. La unión de la familia humana cobra sumo vigor y se completa con la unidad,
fundada en Cristo, de la familia constituida por los hijos de Dios.
La misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o
social. El fin que le asignó es de orden religioso. Pero precisamente de esta misma
misión religiosa derivan funciones, luces y energías que pueden servir para
establecer y consolidar la comunidad humana según la ley divina. Más aún, donde
sea necesario, según las circunstancias de tiempo y de lugar, la misión de la Iglesia
puede crear, mejor dicho, debe crear, obras al servicio de todos, particularmente de
los necesitados, como son, por ejemplo, las obras de misericordia u otras
semejantes.
La Iglesia reconoce, además, cuanto de bueno se halla en el actual dinamismo
social: sobre todo la evolución hacia la unidad, el proceso de una sana socialización
civil y económica. La promoción de la unidad concuerda con la misión íntima de la
Iglesia, ya que ella es "en Cristo como sacramento, o sea signo e instrumento de la
unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano". Enseña así al
mundo que la genuina unión social exterior procede de la unión de los espíritus y de
los corazones, esto es, de la fe y de la caridad, que constituyen el fundamento
indisoluble de su unidad en el Espíritu Santo. Las energías que la Iglesia puede
comunicar a la actual sociedad humana radican en esa fe y en esa caridad aplicadas
a la vida práctica. No radican en el mero dominio exterior ejercido con medios
puramente humanos.
Como, por otra parte, en virtud de su misión y naturaleza, no está ligada a ninguna
forma particular de civilización humana ni a sistema alguno político, económico y
social, la Iglesia, por esta su universalidad, puede constituir un vínculo estrechísimo
entre las diferentes naciones y comunidades humanas, con tal que éstas tengan
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confianza en ella y reconozcan efectivamente su verdadera libertad para cumplir tal
misión. Por esto, la Iglesia advierte a sus hijos, y también a todos los hombres, a que
con este familiar espíritu de hijos de Dios superen todas las desavenencias entre
naciones y razas y den firmeza interna a las justas asociaciones humanas.
El Concilio aprecia con el mayor respeto cuanto de verdadero, de bueno y de justo
se encuentra en las variadísimas instituciones fundadas ya o que incesantemente se
fundan en la humanidad. Declara, además, que la Iglesia quiere ayudar y fomentar
tales instituciones en lo que de ella dependa y puede conciliarse con su misión
propia. Nada desea tanto como desarrollarse libremente, en servicio de todos, bajo
cualquier régimen político que reconozca los derechos fundamentales de la persona
y de la familia y los imperativos del bien común.
Ayuda que la Iglesia, a través de sus hijos, procura prestar al dinamismo
humano
43. El Concilio exhorta a los cristianos, ciudadanos de la ciudad temporal y de la
ciudad eterna, a cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por
el espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos
aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden
descuidar las tareas temporales, sin darse cuanta que la propia fe es un motivo que
les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la vocación personal de
cada uno. Pero no es menos grave el error de quienes, por el contrario, piensan que
pueden entregarse totalmente del todo a la vida religiosa, pensando que ésta se
reduce meramente a ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinadas
obligaciones morales. El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser
considerado como uno de los más graves errores de nuestra época. Ya en el
Antiguo Testamento los profetas reprendían con vehemencia semejante escándalo.
Y en el Nuevo Testamento sobre todo, Jesucristo personalmente conminaba graves
penas contra él. No se creen, por consiguiente, oposiciones artificiales entre las
ocupaciones profesionales y sociales, por una parte, y la vida religiosa por otra. El
cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo;
falta, sobre todo, a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna
salvación. Siguiendo el ejemplo de Cristo, quien ejerció el artesanado, alégrense los
cristianos de poder ejercer todas sus actividades temporales haciendo una síntesis
vital del esfuerzo humano, familiar, profesional, científico o técnico, con los valores
religiosos, bajo cuya altísima jerarquía todo coopera a la gloria de Dios.
Competen a los laicos propiamente, aunque no exclusivamente, las tareas y el
dinamismo seculares. Cuando actúan, individual o colectivamente, como ciudadanos
del mundo, no solamente deben cumplir las leyes propias de cada disciplina, sino
que deben esforzarse por adquirir verdadera competencia en todos los campos.
Gustosos colaboren con quienes buscan idénticos fines. Conscientes de las
exigencias de la fe y vigorizados con sus energías, acometan sin vacilar, cuando sea
necesario, nuevas iniciativas y llévenlas a buen término. A la conciencia bien
formada del seglar toca lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena.
De los sacerdotes, los laicos pueden esperar orientación e impulso espiritual,. Pero
no piensen que sus pastores están siempre en condiciones de poderles dar
inmediatamente solución concreta en todas las cuestiones, aun graves, que surjan.
No es ésta su misión. Cumplen más bien los laicos su propia función con la luz de la
sabiduría cristiana y con la observancia atenta de la doctrina del Magisterio.
Muchas veces sucederá que la propia concepción cristiana de la vida les inclinará en
ciertos casos a elegir una determinada solución. Pero podrá suceder, como sucede
frecuentemente y con todo derecho, que otros fieles, guiados por una no menor
sinceridad, juzguen del mismo asunto de distinta manera. En estos casos de
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soluciones divergentes aun al margen de la intención de ambas partes, muchos
tienen fácilmente a vincular su solución con el mensaje evangélico. Entiendan todos
que en tales casos a nadie le está permitido reivindicar en exclusiva a favor de su
parecer la autoridad de la Iglesia. Procuren siempre hacerse luz mutuamente con un
diálogo sincero, guardando la mutua caridad y la solicitud primordial pro el bien
común.
Los laicos, que desempeñan parte activa en toda la vida de la Iglesia, no solamente
están obligados a cristianizar el mundo, sino que además su vocación se extiende a
ser testigos de Cristo en todo momento en medio de la sociedad humana.
Los Obispos, que han recibido la misión de gobernar a la Iglesia de Dios, prediquen,
juntamente con sus sacerdotes, el mensaje de Cristo, de tal manera que toda la
actividad temporal de los fieles quede como inundada por la luz del Evangelio.
Recuerden todos los pastores, además, que son ellos los que con su trato y su
trabajo pastoral diario exponen al mundo el rostro de la Iglesia, que es el que sirve a
los hombres para juzgar la verdadera eficacia del mensaje cristiano. Con su vida y
con sus palabras, ayudados por los religiosos y por sus fieles, demuestren que la
Iglesia, aun por su sola presencia, portadora de todos sus dones, es fuente
inagotable de las virtudes de que tan necesitado anda el mundo de hoy.
Capacítense con insistente afán para participar en el diálogo que hay que entablar
con el mundo y con los hombres de cualquier opinión. Tengan sobre todo muy en el
corazón las palabras del Concilio: "Como el mundo entero tiende cada día más a la
unidad civil, económica y social, conviene tanto más que los sacerdotes, uniendo
sus esfuerzos y cuidados bajo la guía de los Obispos y del Sumo Pontífice, eviten
toda causa de dispersión, para que todo el género humano venga a la unidad de la
familia de Dios".
Aunque la Iglesia, pro la virtud del Espíritu Santo, se ha mantenido como esposa fiel
de su Señor y nunca ha cesado de ser signo de salvación en el mundo, sabe, sin
embargo, muy bien que no siempre, a lo largo de su prolongada historia, fueron
todos sus miembros, clérigos o laicos, fieles al espíritu de Dios. Sabe también la
Iglesia que aún hoy día es mucha la distancia que se da entre el mensaje que ella
anuncia y la fragilidad humana de los mensajeros a quienes está confiado el
Evangelio. Dejando a un lado el juicio de la historia sobre estas deficiencias,
debemos, sin embargo, tener conciencia de ellas y combatirlas con máxima energía
para que no dañen a la difusión del Evangelio. De igual manera comprende la Iglesia
cuánto le queda aún por madurar, por su experiencia de siglos, en la relación que
debe mantener con el mundo. Dirigida por el Espíritu Santo, la Iglesia, como madre,
no cesa de "exhortar a sus hijos a la purificación y a la renovación para que brille con
mayor claridad la señal de Cristo en el rostro de la Iglesia".
Ayuda que la Iglesia recibe del mundo moderno
44. Interesa al mundo reconocer a la Iglesia como realidad social y fermento de la
historia. De igual manera, la Iglesia reconoce los muchos beneficios que ha recibido
de la evolución histórica del género humano.
La experiencia del pasado, el progreso científico, los tesoros escondidos en las
diversas culturas, permiten conocer más a fondo la naturaleza humana, abren
nuevos caminos para la verdad y aprovechan también a la Iglesia. Esta, desde el
comienzo de su historia, aprendió a expresar el mensaje cristiano con los conceptos
y en la lengua de cada pueblo y procuró ilustrarlo además con el saber filosófico.
Procedió así a fin de adaptar el Evangelio a nivel del saber popular y a las
exigencias de los sabios en cuanto era posible. Esta adaptación de la predicación de
la palabra revelada debe mantenerse como ley de toda la evangelización. Porque
así en todos los pueblos se hace posible expresar el mensaje cristiano de modo
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apropiado a cada uno de ellos y al mismo tiempo se fomenta un vivo intercambio
entre la Iglesia y las diversas culturas. Para aumentar este trato sobre todo en
tiempos como los nuestros, en que las cosas cambian tan rápidamente y tanto
varían los modos de pensar, la Iglesia necesita de modo muy peculiar la ayuda de
quienes por vivir en el mundo, sean o no sean creyentes, conocen a fondo las
diversas instituciones y disciplinas y comprenden con claridad la razón íntima de
todas ellas. Es propio de todo el Pueblo de Dios, pero principalmente de los pastores
y de los teólogos, auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo,
las múltiples voces de nuestro tiempo y valorarlas a la luz de la palabra divina, a fin
de que la Verdad revelada pueda ser mejor percibida, mejor entendida y expresada
en forma más adecuada.
La Iglesia, por disponer de una estructura social visible, señal de su unidad en
Cristo, puede enriquecerse, y de hecho se enriquece también, con la evolución de la
vida social, no porque le falte en la constitución que Cristo le dio elemento alguno,
sino para conocer con mayor profundidad esta misma constitución, para expresarla
de forma más perfecta y para adaptarla con mayor acierto a nuestros tiempos. La
Iglesia reconoce agradecida que tanto en el conjunto de su comunidad como en
cada uno de sus hijos recibe ayuda variada de parte de los hombres de toda clase o
condición. Porque todo el que promueve la comunidad humana en el orden de la
familia, de la cultura, de la vida económico-social, de la vida política, así nacional
como internacional, proporciona no pequeña ayuda, según el plan divino, también a
la comunidad eclesial, ya que ésta depende asimismo de las realidades externas.
Más aún, la Iglesia confiesa que le han sido de mucho provecho y le pueden ser
todavía de provecho la oposición y aun la persecución de sus contrarios.
Cristo, alfa y omega
45. La Iglesia, al prestar ayuda al mundo y al recibir del mundo múltiple ayuda, sólo
pretende una cosa: el advenimiento del reino de Dios y la salvación de toda la
humanidad. Todo el bien que el Pueblo de Dios puede dar a la familia humana al
tiempo de su peregrinación en la tierra, deriva del hecho de que la Iglesia es
"sacramento universal de salvación", que manifiesta y al mismo tiempo realiza el
misterio del amor de Dios al hombre.
El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para que, Hombre perfecto,
salvará a todos y recapitulara todas las cosas. El Señor es el fin de la historia
humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de
la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de
sus aspiraciones. El es aquel a quien el Padre resucitó, exaltó y colocó a su
derecha, constituyéndolo juez de vivos y de muertos. Vivificados y reunidos en su
Espíritu, caminamos como peregrinos hacia la consumación de la historia humana,
la cual coincide plenamente con su amoroso designio: "Restaurar en Cristo todo lo
que hay en el cielo y en la tierra" (Eph 1,10).
He aquí que dice el Señor: "Vengo presto, y conmigo mi recompensa, para dar a
cada uno según sus obra. Yo soy el alfa y la omega, el primero y el último, el
principio y el fin" (Apoc 22,12-13).
SEGUNDA PARTE
ALGUNOS PROBLEMAS MÁS URGENTES
Introducción
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46. Después de haber expuesto la gran dignidad de la persona humana y la misión,
tanto individual como social, a la que ha sido llamada en el mundo entero, el
Concilio, a la luz del Evangelio y de la experiencia humana, llama ahora la atención
de todos sobre algunos problemas actuales más urgentes que afectan
profundamente al género humano.
Entre las numerosas cuestiones que preocupan a todos, haya que mencionar
principalmente las que siguen: el matrimonio y la familia, la cultura humana, la vida
económico-social y política, la solidaridad de la familia de los pueblos y la paz. Sobre
cada una de ellas debe resplandecer la luz de los principios que brota de Cristo,
para guiar a los cristianos e iluminar a todos los hombres en la búsqueda de solución
a tantos y tan complejos problemas.
CAPÍTULO I
DIGNIDAD DEL MATRIMONIO Y DE LA FAMILIA
El matrimonio y la familia en el mundo actual
47. El bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana está
estrechamente ligado a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar. Por eso
los cristianos, junto con todos lo que tienen en gran estima a esta comunidad, se
alegran sinceramente de los varios medios que permiten hoy a los hombres avanzar
en el fomento de esta comunidad de amor y en el respeto a la vida y que ayudan a
los esposos y padres en el cumplimiento de su excelsa misión; de ellos esperan,
además, los mejores resultados y se afanan por promoverlos.
Sin embargo, la dignidad de esta institución no brilla en todas partes con el mismo
esplendor, puesto que está oscurecida por la poligamia, la epidemia del divorcio, el
llamado amor libre y otras deformaciones; es más, el amor matrimonial queda
frecuentemente profanado por el egoísmo, el hedonismo y los usos ilícitos contra la
generación. Por otra parte, la actual situación económico, social-psicológica y civil
son origen de fuertes perturbaciones para la familia. En determinadas regiones del
universo, finalmente, se observan con preocupación los problemas nacidos del
incremento demográfico. Todo lo cual suscita angustia en las conciencias. Y, sin
embargo, un hecho muestra bien el vigor y la solidez de la institución matrimonial y
familiar: las profundas transformaciones de la sociedad contemporánea, a pesar de
las dificultades a que han dado origen, con muchísima frecuencia manifiestan, de
varios modos, la verdadera naturaleza de tal institución.
Por tanto el Concilio, con la exposición más clara de algunos puntos capitales de la
doctrina de la Iglesia, pretende iluminar y fortalecer a los cristianos y a todos los
hombres que se esfuerzan por garantizar y promover la intrínseca dignidad del
estado matrimonial y su valor eximio.
El carácter sagrado del matrimonio y de la familia
48. Fundada por el Creador y en posesión de sus propias leyes, la íntima comunidad
conyugal de vida y amor se establece sobre la alianza de los cónyuges, es decir,
sobre su consentimiento personal e irrevocable. Así, del acto humano por el cual los
esposos se dan y se reciben mutuamente, nace, aun ante la sociedad, una
institución confirmada por la ley divina. Este vínculo sagrado, en atención al bien
tanto de los esposos y de la prole como de la sociedad, no depende de la decisión
humana. Pues es el mismo Dios el autor del matrimonio, al cual ha dotado con
bienes y fines varios, todo lo cual es de suma importancia para la continuación del
género humano, para el provecho personal de cada miembro de la familia y su
suerte eterna, para la dignidad, estabilidad, paz y prosperidad de la misma familia y
de toda la sociedad humana. Por su índole natural, la institución del matrimonio y el
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amor conyugal están ordenados por sí mismos a la procreación y a la educación de
la prole, con las que se ciñen como con su corona propia. De esta manera, el marido
y la mujer, que por el pacto conyugal ya no son dos, sino una sola carne (Mt 19,6),
con la unión íntima de sus personas y actividades se ayudan y se sostienen
mutuamente, adquieren conciencia de su unidad y la logran cada vez más
plenamente. Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que
el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad.
Cristo nuestro Señor bendijo abundantemente este amor multiforme, nacido de la
fuente divina de la caridad y que está formado a semejanza de su unión con la
Iglesia. Porque así como Dios antiguamente se adelantó a unirse a su pueblo por
una alianza de amor y de fidelidad, así ahora el Salvador de los hombres y Esposo
de la Iglesia sale al encuentro de los esposos cristianos por medio del sacramento
del matrimonio. Además, permanece con ellos para que los esposos, con su mutua
entrega, se amen con perpetua fidelidad, como El mismo amó a la Iglesia y se
entregó por ella. El genuino amor conyugal es asumido en el amor divino y se rige y
enriquece por la virtud redentora de Cristo y la acción salvífica de la Iglesia para
conducir eficazmente a los cónyuges a Dios y ayudarlos y fortalecerlos en la sublime
misión de la paternidad y la maternidad. Por ello los esposos cristianos, para cumplir
dignamente sus deberes de estado, están fortificados y como consagrados por un
sacramento especial, con cuya virtud, al cumplir su misión conyugal y familiar,
imbuidos del espíritu de Cristo, que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad,
llegan cada vez más a su propia perfección y a su mutua santificación, y , por tanto,
conjuntamente, a la glorificación de Dios.
Gracias precisamente a los padres, que precederán con el ejemplo y la oración en
familia, los hijos y aun los demás que viven en el círculo familiar encontrarán más
fácilmente el camino del sentido humano, de la salvación y de la santidad. En cuanto
a los esposos, ennoblecidos por la dignidad y la función de padre y de madre,
realizarán concienzudamente el deber de la educación, principalmente religiosa, que
a ellos, sobre todo, compete.
Los hijos, como miembros vivos de la familia, contribuyen, a su manera, a la
santificación de los padres. Pues con el agradecimiento, la piedad filial y la confianza
corresponderán a los beneficios recibidos de sus padres y, como hijos, los asistirán
en las dificultades de la existencia y en la soledad, aceptada con fortaleza de ánimo,
será honrada por todos. La familia hará partícipes a otras familias, generosamente,
de sus riquezas espirituales. Así es como la familia cristiana, cuyo origen está en el
matrimonio, que es imagen y participación de la alianza de amor entre Cristo y la
Iglesia, manifestará a todos la presencia viva del Salvador en el mundo y la auténtica
naturaleza de la Iglesia, ya por el amor, la generosa fecundidad, la unidad y fidelidad
de los esposos, ya por la cooperación amorosa de todos sus miembros.
Del amor conyugal
49. Muchas veces a los novios y a los casados les invita la palabra divina a que
alimenten y fomenten el noviazgo con un casto afecto, y el matrimonio con un amor
único. Muchos contemporáneos nuestros exaltan también el amor auténtico entre
marido y mujer, manifestado de varias maneras según las costumbres honestas de
los pueblos y las épocas. Este amor, por ser eminentemente humano, ya que va de
persona a persona con el afecto de la voluntad, abarca el bien de toda la persona, y
, por tanto, es capaz de enriquecer con una dignidad especial las expresiones del
cuerpo y del espíritu y de ennoblecerlas como elementos y señales específicas de la
amistad conyugal. El Señor se ha dignado sanar este amor, perfeccionarlo y elevarlo
con el don especial de la gracia y la caridad. Un tal amor, asociando a la vez lo
humano y lo divino, lleva a los esposos a un don libre y mutuo de sí mismos,
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comprobado por sentimientos y actos de ternura, e impregna toda su vida; más aún,
por su misma generosa actividad crece y se perfecciona. Supera, por tanto, con
mucho la inclinación puramente erótica, que, por ser cultivo del egoísmo, se
desvanece rápida y lamentablemente.
Esta amor se expresa y perfecciona singularmente con la acción propia del
matrimonio. Por ello los actos con los que los esposos se unen íntima y castamente
entre sí son honestos y dignos, y, ejecutados de manera verdaderamente humana,
significan y favorecen el don recíproco, con el que se enriquecen mutuamente en un
clima de gozosa gratitud. Este amor, ratificado por la mutua fidelidad y, sobre todo,
por el sacramento de Cristo, es indisolublemente fiel, en cuerpo y mente, en la
prosperidad y en la adversidad, y, por tanto, queda excluido de él todo adulterio y
divorcio. El reconocimiento obligatorio de la igual dignidad personal del hombre y de
la mujer en el mutuo y pleno amor evidencia también claramente la unidad del
matrimonio confirmada por el Señor. Para hacer frente con constancia a las
obligaciones de esta vocación cristiana se requiere una insigne virtud; por eso los
esposos, vigorizados por la gracia para la vida de santidad, cultivarán la firmeza en
el amor, la magnanimidad de corazón y el espíritu de sacrificio, pidiéndolos
asiduamente en la oración.
Se apreciará más hondamente el genuino amor conyugal y se formará una opinión
pública sana acerca de él si los esposos cristianos sobresalen con el testimonio de
su fidelidad y armonía en el mutuo amor y en el cuidado por la educación de sus
hijos y si participan en la necesaria renovación cultural, psicológica y social en favor
del matrimonio y de la familia. Hay que formar a los jóvenes, a tiempo y
convenientemente, sobre la dignidad, función y ejercicio del amor conyugal, y esto
preferentemente en el seno de la misma familia. Así, educados en el culto de la
castidad, podrán pasar, a la edad conveniente, de un honesto noviazgo al
matrimonio.
Fecundidad del matrimonio
50. El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la
procreación y educación de la prole. Los hijos son, sin duda, el don más excelente
del matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios padres. El mismo
Dios, que dijo: "No es bueno que el hombre esté solo" (Gen 2,18), y que "desde el
principio ... hizo al hombre varón y mujer" (Mt 19,4), queriendo comunicarle una
participación especial en su propia obra creadora, bendijo al varón y a la mujer
diciendo: "Creced y multiplicaos" (Gen 1,28). De aquí que el cultivo auténtico del
amor conyugal y toda la estructura de la vida familiar que de él deriva, sin dejar de
lado los demás fines del matrimonio, tienden a capacitar a los esposos para
cooperar con fortaleza de espíritu con el amor del Creador y del Salvador, quien por
medio de ellos aumenta y enriquece diariamente a su propia familia.
En el deber de transmitir la vida humana y de educarla, lo cual hay que considerar
como su propia misión, los cónyuges saben que son cooperadores del amor de Dios
Creador y como sus intérpretes. Por eso, con responsabilidad humana y cristiana
cumplirán su misión y con dócil reverencia hacia Dios se esforzarán ambos, de
común acuerdo y común esfuerzo, por formarse un juicio recto, atendiendo tanto a
su propio bien personal como al bien de los hijos, ya nacidos o todavía por venir,
discerniendo las circunstancias de los tiempos y del estado de vida tanto materiales
como espirituales, y, finalmente, teniendo en cuanta el bien de la comunidad familiar,
de la sociedad temporal y de la propia Iglesia. Este juicio, en último término, deben
formarlo ante Dios los esposos personalmente. En su modo de obrar, los esposos
cristianos sean conscientes de que no pueden proceder a su antojo, sino que
siempre deben regirse por la conciencia, lo cual ha de ajustarse a la ley divina
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misma, dóciles al Magisterio de la Iglesia, que interpreta auténticamente esta ley a la
luz del Evangelio. Dicha ley divina muestra el pleno sentido del amor conyugal, lo
protege e impulsa a la perfección genuinamente humana del mismo. Así, los
esposos cristianos, confiados en la divina Providencia cultivando el espíritu de
sacrificio, glorifican al Creador y tienden a la perfección en Cristo cuando con
generosa, humana y cristiana responsabilidad cumplen su misión procreadora. Entre
los cónyuges que cumplen de este modo la misión que Dios les ha confiado, son
dignos de mención muy especial los que de común acuerdo, bien ponderado,
aceptan con magnanimidad una prole más numerosa para educarla dignamente.
Pero el matrimonio no ha sido instituido solamente para la procreación, sino que la
propia naturaleza del vínculo indisoluble entre las personas y el bien de la prole
requieren que también el amor mutuo de los esposos mismos se manifieste,
progrese y vaya madurando ordenadamente. Por eso, aunque la descendencia, tan
deseada muchas veces, falte, sigue en pie el matrimonio como intimidad y comunión
total de la vida y conserva su valor e indisolubilidad.
El amor conyugal debe compaginarse con el respeto a la vida humana
51. El Concilio sabe que los esposos, al ordenar armoniosamente su vida conyugal,
con frecuencia se encuentran impedidos por algunas circunstancias actuales de la
vida, y pueden hallarse en situaciones en las que el número de hijos, al manos por
ciento tiempo, no puede aumentarse, y el cultivo del amor fiel y la plena intimidad de
vida tienen sus dificultades para mantenerse. Cuando la intimidad conyugal se
interrumpe, puede no raras veces correr riesgos la fidelidad y quedar comprometido
el bien de la prole, porque entonces la educación de los hijos y la fortaleza necesaria
para aceptar los que vengan quedan en peligro.
Hay quienes se atreven a dar soluciones inmorales a estos problemas; más aún, ni
siquiera retroceden ante el homicidio; la Iglesia, sin embargo, recuerda que no
puede hacer contradicción verdadera entre las leyes divinas de la transmisión
obligatoria de la vida y del fomento del genuino amor conyugal.
Pues Dios, Señor de la vida, ha confiado a los hombres la insigne misión de
conservar la vida, misión que ha de llevarse a cabo de modo digno del hombre. Por
tanto, la vida desde su concepción ha de ser salvaguardada con el máximo cuidado;
el aborto y el infanticidio son crímenes abominables. La índole sexual del hombre y
la facultad generativa humana superan admirablemente lo que de esto existe en los
grados inferiores de vida; por tanto, los mismos actos propios de la vida conyugal,
ordenados según la genuina dignidad humana, deben ser respetados con gran
reverencia. Cuando se trata, pues, de conjugar el amor conyugal con la responsable
transmisión de la vida, la índole moral de la conducta no depende solamente de la
sincera intención y apreciación de los motivos, sino que debe determinarse con
criterios objetivos tomados de la naturaleza de la persona y de sus actos, criterios
que mantienen íntegro el sentido de la mutua entrega y de la humana procreación,
entretejidos con el amor verdadero; esto es imposible sin cultivar sinceramente la
virtud de la castidad conyugal. No es lícito a los hijos de la Iglesia, fundados en estos
principios, ir por caminos que el Magisterio, al explicar la ley divina reprueba sobre la
regulación de la natalidad.
Tengan todos entendido que la vida de los hombres y la misión de transmitirla no se
limita a este mundo, ni puede ser conmensurada y entendida a este solo nivel, sino
que siempre mira el destino eterno de los hombres.
El progreso del matrimonio y de la familia, obra de todos
52. La familia es escuela del más rico humanismo. Para que pueda lograr la plenitud
de su vida y misión se requieren un clima de benévola comunicación y unión de
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propósitos entre los cónyuges y una cuidadosa cooperación de los padres en la
educación de los hijos. La activa presencia del padre contribuye sobremanera a la
formación de los hijos; pero también debe asegurarse el cuidado de la madre en el
hogar, que necesitan principalmente los niños menores, sin dejar por eso a un lado
la legítima promoción social de la mujer. La educación de los hijos ha de ser tal, que
al llegar a la edad adulta puedan, con pleno sentido de la responsabilidad, seguir la
vocación, aun la sagrada, y escoger estado de vida; y si éste es el matrimonio,
puedan fundar una familia propia en condiciones morales, sociales y económicas
adecuadas. Es propio de los padres o de los tutores guiar a los jóvenes con
prudentes consejos, que ellos deben oír con gusto, al tratar de fundar una familia,
evitando, sin embargo, toda coacción directa o indirecta que les lleve a casarse o a
elegir determinada persona.
Así, la familia, en la que distintas generaciones coinciden y se ayudan mutuamente a
lograr una mayor sabiduría y a armonizar los derechos de las personas con las
demás exigencias de la vida social, constituye el fundamente de la sociedad. Por ello
todos los que influyen en las comunidades y grupos sociales deben contribuir
eficazmente al progreso del matrimonio y de la familia. El poder civil ha de
considerar obligación suya sagrada reconocer la verdadera naturaleza del
matrimonio y de la familia, protegerla y ayudarla, asegurar la moralidad pública y
favorecer la prosperidad doméstica. Hay que salvaguardar el derecho de los padres
a procrear y a educar en el seno de la familia a sus hijos. Se debe proteger con
legislación adecuada y diversas instituciones y ayudar de forma suficiente a aquellos
que desgraciadamente carecen del bien de una familia propia.
Los cristianos, rescatando el tiempo presente y distinguiendo lo eterno de lo
pasajero, promuevan con diligencia los bienes del matrimonio y de la familia así con
el testimonio de la propia vida como con la acción concorde con los hombres de
buena voluntad, y de esta forma, suprimidas las dificultades, satisfarán las
necesidades de la familia y las ventajas adecuadas a los nuevos tiempos. Para
obtener este fin ayudarán mucho el sentido cristiano de los fieles, la recta conciencia
moral de los hombres y la sabiduría y competencia de las personas versadas en las
ciencias sagradas.
Los científicos, principalmente los biólogos, los médicos, los sociólogos y los
psicólogos, pueden contribuir mucho al bien del matrimonio y de la familia y a la paz
de las conciencias si se esfuerzan por aclarar más a fondo, con estudios
convergentes, las diversas circunstancias favorables a la honesta ordenación de la
procreación humana.
Pertenece a los sacerdotes, debidamente preparados en el tema de la familia,
fomentar la vocación de los esposos en la vida conyugal y familiar con distintos
medios pastorales, con la predicación de la palabra de Dios, con el culto litúrgico y
otras ayudas espirituales; fortalecerlos humana y pacientemente en las dificultades y
confortarlos en la caridad para que formen familias realmente espléndidas.
Las diversas obras, especialmente las asociaciones familiares, pondrán todo el
empeño posible en instruir a los jóvenes y a los cónyuges mismos, principalmente a
los recién casados, en la doctrina y en la acción y en formarlos para la vida familiar,
social y apostólica.
Los propios cónyuges, finalmente, hechos a imagen de Dios vivo y constituidos en el
verdadero orden de personas, vivan unidos, con el mismo cariño, modo de pensar
idéntico y mutua santidad, para que, habiendo seguido a Cristo, principio de vida, en
los gozos y sacrificios de su vocación por medio de su fiel amor, sean testigos de
aquel misterio de amor que el Señor con su muerte y resurrección reveló al mundo.
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CAPÍTULO II
EL SANO FOMENTO DEL PROGRESO CULTURAL
Introducción
53. Es propio de la persona humana el no llegar a un nivel verdadera y plenamente
humano si no es mediante la cultura, es decir, cultivando los bienes y los valores
naturales. Siempre, pues, que se trata de la vida humana, naturaleza y cultura se
hallen unidas estrechísimamente.
Con la palabra cultura se indica, en sentido general, todo aquello con lo que el
hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales;
procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo; hace más
humana la vida social, tanto en la familia como en toda la sociedad civil, mediante el
progreso de las costumbres e instituciones; finalmente, a través del tiempo expresa,
comunica y conserva en sus obras grandes experiencias espirituales y aspiraciones
para que sirvan de provecho a muchos, e incluso a todo el género humano.
De aquí se sigue que la cultura humana presenta necesariamente un aspecto
histórico y social y que la palabra cultura asume con frecuencia un sentido
sociológico y etnológico. En este sentido se habla de la pluralidad de culturas.
Estilos de vida común diversos y escala de valor diferentes encuentran su origen en
la distinta manera de servirse de las cosas, de trabajar, de expresarse, de practicar
la religión, de comportarse, de establecer leyes e instituciones jurídicas, de
desarrollar las ciencias, las artes y de cultivar la belleza. Así, las costumbres
recibidas forman el patrimonio propio de cada comunidad humana. Así también es
como se constituye un medio histórico determinado, en el cual se inserta el hombre
de cada nación o tiempo y del que recibe los valores para promover la civilización
humana.
Sección I.- La situación de la cultura en el mundo actual
Nuevos estilos de vida
54. Las circunstancia de vida del hombre moderno en el aspecto social y cultural han
cambiado profundamente, tanto que se puede hablar con razón de una nueva época
de la historia humana. Por ello, nuevos caminos se han abierto para perfeccionar la
cultura y darle una mayor expansión. Caminos que han sido preparados por el
ingente progreso de las ciencias naturales y de las humanas, incluidas las sociales;
por el desarrollo de la técnica, y también por los avances en el uso y recta
organización de los medios que ponen al hombre en comunicación con los demás.
De aquí provienen ciertas notas características de la cultura actual: Las ciencias
exactas cultivan al máximo el juicio crítico; los más recientes estudios de la
psicología explican con mayor profundidad la actividad humana; las ciencias
históricas contribuyen mucho a que las cosas se vean bajo el aspecto de su
mutabilidad y evolución; los hábitos de vid ay las costumbres tienden a uniformarse
más y más; la industrialización, la urbanización y los demás agentes que promueven
la vida comunitaria crean nuevas formas de cultura (cultura de masas), de las que
nacen nuevos modos de sentir, actuar y descansar; al mismo tiempo, el creciente
intercambio entre las diversas naciones y grupos sociales descubre a todos y a cada
uno con creciente amplitud los tesoros de las diferentes formas de cultura, y así
poco a poco se va gestando una forma más universal de cultura, que tanto más
promueve y expresa la unidad del género humano cuanto mejor sabe respetar las
particularidades de las diversas culturas.
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El hombre, autor de la cultura
55. Cada día es mayor el número de los hombres y mujeres, de todo grupo o nación,
que tienen conciencia de que son ellos los autores y promotores de la cultura de su
comunidad. En todo el mundo crece más y más el sentido de la autonomía y al
mismo tiempo de la responsabilidad, lo cual tiene enorme importancia para la
madurez espiritual y moral del género humano. Esto se ve más claro si fijamos la
mirada en la unificación del mundo y en la tarea que se nos impone de edificar un
mundo mejor en la verdad y en la justicia. De esta manera somos testigos de que
está naciendo un nuevo humanismo, en el que el hombre queda definido
principalmente por la responsabilidad hacia sus hermanos y ante la historia.
Dificultades y tareas actuales en este campo
56. En esta situación no hay que extrañarse de que el hombre, que siente su
responsabilidad en orden al progreso de la cultura, alimente una más profunda
esperanza, pero al mismo tiempo note con ansiedad las múltiples antinomias
existentes, que él mismo debe resolver:
¿Qué debe hacerse para que la intensificación de las relaciones entre las culturas,
que debería llevar a un verdadero y fructuoso diálogo entre los diferentes grupos y
naciones, no perturbe la vida de las comunidades, no eche por tierra la sabiduría de
los antepasados ni ponga en peligro el genio propio de los pueblos?
¿De qué forma hay que favorecer el dinamismo y la expansión de la nueva cultura
sin que perezca la fidelidad viva a la herencia de las tradiciones? Esto es
especialmente urgente allí donde la cultura, nacida del enorme progreso de la
ciencia y de la técnica se ha de compaginar con el cultivo del espíritu, que se
alimenta, según diversas tradiciones, de los estudios clásicos.
¿Cómo la tan rápida y progresiva dispersión de las disciplinas científicas puede
armonizarse con la necesidad de formar su síntesis y de conservar en los hombres
la facultades de la contemplación y de la admiración, que llevan a la sabiduría?
¿Qué hay que hacer para que todos los hombres participen de los bienes culturales
en el mundo, si al mismo tiempo la cultura de los especialistas se hace cada vez
más inaccesible y compleja?
¿De qué manera, finalmente, hay que reconocer como legítima la autonomía que
reclama para sí la cultura, sin llegar a un humanismo meramente terrestre o incluso
contrario a la misma religión?
En medio de estas antinomias se ha de desarrollar hoy la cultura humana, de tal
manera que cultive equilibradamente a la persona humana íntegra y ayude a los
hombres en las tareas a cuyo cumplimiento todos, y de modo principal los cristianos,
están llamados, unidos fraternalmente en una sola familia humana.
Sección 2.- Algunos principios para la sana promoción de la cultura
La fe y la cultura
57. Los cristianos, en marcha hacia la ciudad celeste, deben buscar y gustar las
cosas de arriba, lo cual en nada disminuye, antes por el contrario, aumenta, la
importancia de la misión que les incumbe de trabajar con todos los hombres en la
edificación de un mundo más humano. En realidad, el misterio de la fe cristiana
ofrece a los cristianos valiosos estímulos y ayudas para cumplir con más intensidad
su misión y, sobre todo, para descubrir el sentido pleno de esa actividad que sitúa a
la cultura en el puesto eminente que le corresponde en la entera vocación del
hombre.
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El hombre, en efecto, cuando con el trabajo de sus manos o con ayuda de los
recursos técnicos cultiva la tierra para que produzca frutos y llegue a ser morada
digna de toda la familia humana y cuando conscientemente asume su parte en la
vida de los grupos sociales, cumple personalmente el plan mismo de Dios,
manifestado a la humanidad al comienzo de los tiempos, de someter la tierra y
perfeccionar la creación, y al mismo tiempo se perfecciona a sí mismo; más aún,
obedece al gran mandamiento de Cristo de entregarse al servicio de los hermanos.
Además, el hombre, cuando se entrega a las diferentes disciplinas de la filosofía, la
historia, las matemáticas y las ciencias naturales y se dedica a las artes, puede
contribuir sobremanera a que la familia humana se eleve a los conceptos más altos
de la verdad, el bien y la belleza y al juicio del valor universal, y así sea iluminada
mejor por la maravillosa Sabiduría, que desde siempre estaba con Dios disponiendo
todas las cosas con El, jugando en el orbe de la tierra y encontrando sus delicias en
estar entre los hijos de los hombres.
Con todo lo cual es espíritu humano, más libre de la esclavitud de las cosas, puede
ser elevado con mayor facilidad al culto mismo y a la contemplación del Creador.
Más todavía, con el impulso de la gracia se dispone a reconocer al Verbo de Dios,
que antes de hacerse carne para salvarlo todo y recapitular todo en El, estaba en el
mundo como luz verdadera que ilumina a todo hombre (Io 1,9).
Es cierto que el progreso actual de las ciencias y de la técnica, las cuales, debido a
su método, no pueden penetrar hasta las íntimas esencias de las cosas, puede
favorecer cierto fenomenismo y agnosticismo cuando el método de investigación
usado por estas disciplinas se considera sin razón como la regla suprema para hallar
toda la verdad. Es más, hay el peligro de que el hombre, confiado con exceso en los
inventos actuales, crea que se basta a sí mismo y deje de buscar ya cosas más
altas.
Sin embargo, estas lamentables consecuencias no son efectos necesarios de la
cultura contemporánea ni deben hacernos caer en la tentación de no reconocer los
valores positivos de ésta. Entre tales valores se cuentan: el estudio de las ciencias y
la exacta fidelidad a la verdad en las investigaciones científicas, la necesidad de
trabajar conjuntamente en equipos técnicos, el sentido de la solidaridad
internacional, la conciencia cada vez más intensa de la responsabilidad de los
peritos para la ayuda y la protección de los hombres, la voluntad de lograr
condiciones de vida más aceptables para todos, singularmente para los que
padecen privación de responsabilidad o indigencia cultural. Todo lo cual puede
aportar alguna preparación para recibir el mensaje del Evangelio, la cual puede ser
informada con la caridad divina por Aquel que vino a salvar el mundo.
Múltiples conexiones entre la buena nueva de Cristo y la cultura
58. Múltiples son los vínculos que existen entre el mensaje de salvación y la cultura
humana. Dios, en efecto, al revelarse a su pueblo hasta la plena manifestación de sí
mismo en el Hijo encarnado, habló según los tipos de cultura propios de cada época.
De igual manera, la Iglesia, al vivir durante el transcurso de la historia en variedad de
circunstancias, ha empleado los hallazgos de las diversas culturas para difundir y
explicar el mensaje de Cristo en su predicación a todas las gentes, para investigarlo
y comprenderlo con mayor profundidad, para expresarlo mejor en la celebración
litúrgica y en la vida de la multiforme comunidad de los fieles.
Pero al mismo tiempo, la Iglesia, enviada a todos los pueblos sin distinción de
épocas y regiones, no está ligada de manera exclusiva e indisoluble a raza o nación
alguna, a algún sistema particular de vida, a costumbre alguna antigua o reciente.
Fiel a su propia tradición y consciente a la vez de la universalidad de su misión,
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puede entrar en comunión con las diversas formas de cultura; comunión que
enriquece al mismo tiempo a la propia Iglesia y las diferentes culturas.
La buena nueva de Cristo renueva constantemente la vida y la cultura del hombre,
caído, combate y elimina los errores y males que provienen de la seducción
permanente del pecado. Purifica y eleva incesantemente la moral de los pueblos.
Con las riquezas de lo alto fecunda como desde sus entrañas las cualidades
espirituales y las tradiciones de cada pueblo y de cada edad, las consolida,
perfecciona y restaura en Cristo. Así, la Iglesia, cumpliendo su misión propia,
contribuye, por lo mismo, a la cultura humana y la impulsa, y con su actividad,
incluida la litúrgica, educa al hombre en la libertad interior.
Hay que armonizar diferentes valores en el seno de las culturas
59. Por las razones expuestas, la Iglesia recuerda a todos que la cultura debe estar
subordinada a la perfección integral de la persona humana, al bien de la comunidad
y de la sociedad humana entera. Por lo cual es preciso cultivar el espíritu de tal
manera que se promueva la capacidad de admiración, de intuición, de
contemplación y de formarse un juicio personal, así como el poder cultivar el sentido
religioso, moral y social.
Porque la cultura, por dimanar inmediatamente de la naturaleza racional y social del
hombre, tiene siempre necesidad de una justa libertad para desarrollarse y de una
legítima autonomía en el obrar según sus propios principios. Tiene, por tanto,
derecho al respeto y goza de una cierta inviolabilidad, quedando evidentemente a
salvo los derechos de la persona y de la sociedad, particular o mundial, dentro de los
límites del bien común.
El sagrado Sínodo, recordando lo que enseñó el Concilio Vaticano I, declara que
"existen dos órdenes de conocimiento" distintos, el de la fe y el de la razón; y que la
Iglesia no prohíbe que "las artes y las disciplinas humanas gocen de sus propios
principios y de su propio método..., cada una en su propio campo", por lo cual,
"reconociendo esta justa libertad", la Iglesia afirma la autonomía legítima de la
cultura humana, y especialmente la de las ciencias.
Todo esto pide también que el hombre, salvados el orden moral y la común utilidad,
pueda investigar libremente la verdad y manifestar y propagar su opinión, lo mismo
que practicar cualquier ocupación, y, por último, que se le informe verazmente
acerca de los sucesos públicos.
A la autoridad pública compete no el determinar el carácter propio de cada cultura,
sino el fomentar las condiciones y los medios para promover la vida cultural entre
todos aun dentro de las minorías de alguna nación. Por ello hay que insistir sobre
todo en que la cultura, apartada de su propio fin, no sea forzada a servir al poder
político o económico.
Sección 3.- Algunas obligaciones más urgentes de los cristianos respecto a la
cultura
El reconocimiento y ejercicio efectivo del derecho personal a la cultura
60. Hoy día es posible liberar a muchísimos hombres de la miseria de la ignorancia.
Por ello, uno de los deberes más propios de nuestra época, sobre todo de los
cristianos, es el de trabajar con ahínco para que tanto en la economía como en la
política, así en el campo nacional como en el internacional, se den las normas
fundamentales para que se reconozca en todas partes y se haga efectivo el derecho
a todos a la cultura, exigido por la dignidad de la persona, sin distinción de raza,
sexo, nacionalidad, religión o condición social. Es preciso, por lo mismo, procurar a
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todos una cantidad suficiente de bienes culturales, principalmente de los que
constituyen la llamada cultura "básica", a fin de evitar que un gran número de
hombres se vea impedido, por su ignorancia y por su falta de iniciativa, de prestar su
cooperación auténticamente humana al bien común.
Se debe tender a que quienes están bien dotados intelectualmente tengan la
posibilidad de llegar a los estudios superiores; y ello de tal forma que, en la medida
de lo posible, puedan desempeñar en la sociedad las funciones, tareas y servicios
que correspondan a su aptitud natural y a la competencia adquirida. Así podrán
todos los hombres y todos los grupos sociales de cada pueblo alcanzar el pleno
desarrollo de su vida cultural de acuerdo con sus cualidades y sus propias
tradiciones.
Es preciso, además, hacer todo lo posible para que cada cual adquiera conciencia
del derecho que tiene a la cultura y del deber que sobre él pesa de cultivarse a sí
mismo y de ayudar a los demás. Hay a veces situaciones en la vida laboral que
impiden el esfuerzo de superación cultural del hombre y destruyen en éste el afán
por la cultura. Esto se aplica de modo especial a los agricultores y a los obreros, a
los cuales es preciso procurar tales condiciones de trabajo, que, lejos de impedir su
cultura humana, la fomenten. Las mujeres ya actúan en casi todos los campos de la
vida, pero es conveniente que puedan asumir con plenitud su papel según su propia
naturaleza. Todos deben contribuir a que se reconozca y promueva la propia y
necesaria participación de la mujer en la vida cultural.
La educación para la cultura íntegra del hombre
61. Hoy día es más difícil que antes sintetizar las varias disciplinas y ramas del
saber. Porque, al crecer el acervo y la diversidad de elementos que constituyen la
cultura, disminuye al mismo tiempo la capacidad de cada hombre para captarlos y
armonizarlos orgánicamente, de forma que cada vez se va desdibujando más la
imagen del hombre universal. Sin embargo, queda en pie para cada hombre el deber
de conservar la estructura de toda la persona humana, en la que destacan los
valores de la inteligencia, voluntad, conciencia y fraternidad; todos los cuales se
basan en Dios Creador y han sido sanados y elevados maravillosamente en Cristo.
La madre nutricia de esta educación es ante todo la familia: en ella los hijos, en un
clima de amor, aprenden juntos con mayor facilidad la recta jerarquía de las cosas,
al mismo tiempo que se imprimen de modo como natural en el alma de los
adolescentes formas probadas de cultura a medida que van creciendo.
Para esta misma educación las sociedades contemporáneas disponen de recursos
que pueden favorecer la cultura universal, sobre todo dada la creciente difusión del
libro y los nuevos medios de comunicación cultural y social. Pues con la disminución
ya generalizada del tiempo de trabajo aumentan para muchos hombres las
posibilidades. Empléense los descansos oportunamente para distracción del ánimo y
para consolidar la salud del espíritu y del cuerpo, ya sea entregándose a actividades
o a estudios libres, ya a viajes por otras regiones (turismo), con los que se afina el
espíritu y los hombres se enriquecen con el mutuo conocimiento; ya con ejercicios y
manifestaciones deportivas, que ayudan a conservar el equilibrio espiritual, incluso
en la comunidad, y a establecer relaciones fraternas entre los hombres de todas las
clases, naciones y razas. Cooperen los cristianos también para que las
manifestaciones y actividades culturales colectivas, propias de nuestro tiempo, se
humanicen y se impregnen de espíritu cristiano.
Todas estas posibilidades no pueden llevar la educación del hombre al pleno
desarrollo cultural de sí mismo, si al mismo tiempo se descuida el preguntarse a
fondo por el sentido de la cultura y de la ciencia para la persona humana.
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Acuerdo entre la cultura humana y la educación cristiana
62. Aunque la Iglesia ha contribuido mucho al progreso de la cultura, consta, sin
embargo, por experiencia que por causas contingentes no siempre se ve libre de
dificultades al compaginar la cultura con la educación cristiana.
Estas dificultades no dañan necesariamente a la vida de fe; por el contrario, pueden
estimular la mente a una más cuidadosa y profunda inteligencia de aquélla. Puesto
que los más recientes estudios y los nuevos hallazgos de las ciencias, de la historia
y de la filosofía suscitan problemas nuevos que traen consigo consecuencias
prácticas e incluso reclaman nuevas investigaciones teológicas. Por otra parte, los
teólogos, guardando los métodos y las exigencias propias de la ciencia sagrada,
están invitados a buscar siempre un modo más apropiado de comunicar la doctrina a
los hombres de su época; porque una cosa es el depósito mismo de la fe, o sea, sus
verdades, y otra cosa es el modo de formularlas conservando el mismo sentido y el
mismo significado. Hay que reconocer y emplear suficientemente en el trabajo
pastoral no sólo los principios teológicos, sino también los descubrimientos de las
ciencias profanas, sobre todo en psicología y en sociología, llevando así a los fieles
y una más pura y madura vida de fe.
También la literatura y el arte son, a su modo, de gran importancia para la vida de la
Iglesia. En efecto, se proponen expresar la naturaleza propia del hombre, sus
problemas y sus experiencias en el intento de conocerse mejor a sí mismo y al
mundo y de superarse; se esfuerzan por descubrir la situación del hombre en la
historia y en el universo, por presentar claramente las miserias y las alegrías de los
hombres, sus necesidades y sus recurso, y por bosquejar un mejor porvenir a la
humanidad. Así tienen el poder de elevar la vida humana en las múltiples formas que
ésta reviste según los tiempos y las regiones.
Por tanto, hay que esforzarse para los artistas se sientan comprendidos por la
Iglesia en sus actividades y, gozando de una ordenada libertad, establezcan
contactos más fáciles con la comunidad cristiana. También las nuevas formas
artísticas, que convienen a nuestros contemporáneos según la índole de cada
nación o región, sean reconocidas por la Iglesia. Recíbanse en el santuario, cuando
elevan la mente a Dios, con expresiones acomodadas y conforme a las exigencias
de la liturgia.
De esta forma, el conocimiento de Dios se manifiesta mejor y la predicación del
Evangelio resulta más transparente a la inteligencia humana y aparece como
embebida en las condiciones de su vida.
Vivan los fieles en muy estrecha unión con los demás hombres de su tiempo y
esfuércense por comprender su manera de pensar y de sentir, cuya expresión es la
cultura. Compaginen los conocimientos de las nuevas ciencias y doctrinas y de los
más recientes descubrimientos con la moral cristiana y con la enseñanza de la
doctrina cristiana, para que la cultura religiosa y la rectitud de espíritu de las ciencias
y de los diarios progresos de la técnica; así se capacitarán para examinar e
interpretar todas las cosas con íntegro sentido cristiano.
Los que se dedican a las ciencias teológicas en los seminarios y universidades,
empéñense en colaborar con los hombres versados en las otras materias, poniendo
en común sus energías y puntos de vista. la investigación teológica siga
profundizando en la verdad revelada sin perder contacto con su tiempo, a fin de
facilitar a los hombres cultos en los diversos ramos del saber un más pleno
conocimiento de la fe. Esta colaboración será muy provechosa para la formación de
los ministros sagrados, quienes podrán presentar a nuestros contemporáneos la
doctrina de la Iglesia acerca de Dios, del hombre y del mundo, de forma más
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adaptada al hombre contemporáneo y a la vez más gustosamente aceptable por
parte de ellos. Más aún, es de desear que numerosos laicos reciban una buena
formación en las ciencias sagradas, y que no pocos de ellos se dediquen ex
profeso a estos estudios y profundicen en ellos. Pero para que puedan llevar a buen
término su tarea debe reconocerse a los fieles, clérigos o laicos, la justa libertad de
investigación, de pensamiento y de hacer conocer humilde y valerosamente su
manera de ver en los ampos que son de su competencia.
CAPÍTULO III
LA VIDA ECONÓMICO-SOCIAL
Algunos aspectos de la vida económica
63. También en la vida económico-social deben respetarse y promoverse la dignidad
de la persona humana, su entera vocación y el bien de toda la sociedad. Porque el
hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico- social.
La economía moderna, como los restantes sectores de la vida social, se caracteriza
por una creciente dominación del hombre sobre la naturaleza, por la multiplicación e
intensificación de las relaciones sociales y por la interdependencia entre ciudadanos,
asociaciones y pueblos, así como también por la cada vez más frecuente
intervención del poder público. Por otra parte, el progreso en las técnicas de la
producción y en la organización del comercio y de los servicios han convertido a la
economía en instrumento capaz de satisfacer mejor las nuevas necesidades
acrecentada de la familia humana.
Sin embargo, no faltan motivos de inquietud. Muchos hombres, sobre todo en
regiones económicamente desarrolladas, parecen garza por la economía, de tal
manera que casi toda su vida personal y social está como teñida de cierto espíritu
economista tanto en las naciones de economía colectivizada como en las otras. En
un momento en que el desarrollo de la vida económica, con tal que se le dirija y
ordene de manera racional y humana, podría mitigar las desigualdades sociales, con
demasiada frecuencia trae consigo un endurecimiento de ellas y a veces hasta un
retroceso en las condiciones de vida de los más débiles y un desprecio de los
pobres. Mientras muchedumbres inmensas carecen de lo estrictamente necesario,
algunos, aun en los países menos desarrollados, viven en la opulencia y malgastan
sin consideración. El lujo pulula junto a la miseria. Y mientras unos pocos disponen
de un poder amplísimo de decisión, muchos carecen de toda iniciativa y de toda
responsabilidad, viviendo con frecuencia en condiciones de vida y de trabajo
indignas de la persona humana.
Tales desequilibrios económicos y sociales se producen tanto entre los sectores de
la agricultura, la industria y los servicios, por un parte, como entre las diversas
regiones dentro de un mismo país. Cada día se agudiza más la oposición entre las
naciones económicamente desarrolladas y las restantes, lo cual puede poner en
peligro la misma paz mundial.
Los hombres de nuestro tiempo son cada día más sensibles a estas disparidades,
porque están plenamente convencidos de que la amplitud de las posibilidades
técnicas y económicas que tiene en sus manos el mundo moderno puede y debe
corregir este lamentable estado de cosas. Por ello son necesarias muchas reformas
en la vida económico-social y un cambio de mentalidad y de costumbres en todos. A
este fin, la Iglesia, en el transcurso de los siglos, a la luz del Evangelio, ha
concretado los principios de justicia y equidad, exigidos por la recta razón, tanto en
orden a la vida individual y social como en orden a la vida internacional, y los ha
manifestado especialmente en estos últimos tiempos. El Concilio quiere robustecer
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estos principios de acuerdo con las circunstancias actuales y dar algunas
orientaciones, referentes sobre todo a las exigencias del desarrollo económico.
Sección I.- El desarrollo económico
Ley fundamental del desarrollo: el servicio del hombre
64. Hoy más que nunca, para hacer frente al aumento de población y responder a
las aspiraciones más amplias del género humano, se tiende con razón a un aumento
en la producción agrícola e industrial y en la prestación de los servicios. Por ello hay
que favorecer el progreso técnico, el espíritu de innovación, el afán por crear y
ampliar nuevas empresas, la adaptación de los métodos productivos, el esfuerzo
sostenido de cuantos participan en la producción; en una palabra, todo cuanto puede
contribuir a dicho progreso. La finalidad fundamental de esta producción no es el
mero incremento de los productos, ni el beneficio, ni el poder, sino el servicio del
hombre, del hombre integral, teniendo en cuanta sus necesidades materiales y sus
exigencias intelectuales, morales, espirituales y religiosas; de todo hombre, decimos,
de todo grupo de hombres, sin distinción de raza o continente. De esta forma, la
actividad económica debe ejercerse siguiendo sus métodos y leyes propias, dentro
del ámbito del orden moral, para que se cumplan así los designios de Dios sobre el
hombre.
El desarrollo económico, bajo el control humano
65. El desarrollo debe permanecer bajo el control del hombre. No debe quedar en
manos de unos pocos o de grupos económicamente poderosos en exceso, ni
tampoco en manos de una sola comunidad política o de ciertas naciones más
poderosas. Es preciso, por el contrario, que en todo nivel, el mayor número posible
de hombres, y en el plano internacional el conjunto de las naciones, puedan tomar
parte activa en la dirección del desarrollo. Asimismo es necesario que las iniciativas
espontáneas de los individuos y de sus asociaciones libres colaboren con los
esfuerzos de las autoridades públicas y se coordinen con éstos de forma eficaz y
coherente.
No se puede confiar el desarrollo ni al solo proceso casi mecánico de la acción
económica de los individuos ni a la sola decisión de la autoridad pública. Por este
motivo hay que calificar de falsas tanto las doctrinas que se oponen a las reformas
indispensables en nombre de una falsa libertad como las que sacrifican los derechos
fundamentales de la persona y de los grupos en aras de la organización colectiva de
la producción.
Recuerden, por otra parte, todos los ciudadanos el deber y el derecho que tienen, y
que el poder civil ha de reconocer, de contribuir, según sus posibilidades, al
progreso de la propia comunidad. En los países menos desarrollados, donde se
impone el empleo urgente de todos los recursos, ponen en grave peligro el bien
común los que retienen sus riquezas improductivamente o los que -salvado el
derecho personal de emigración- privan a su comunidad de los medios materiales y
espirituales que ésta necesita.
Han de eliminarse las enormes desigualdades económico-sociales
66. Para satisfacer las exigencias de la justicia y de la equidad hay que hacer todos
los esfuerzos posibles para que, dentro del respeto a los derechos de las personas y
a las características de cada pueblo, desaparezcan lo más rápidamente posible las
enormes diferencias económicas que existen hoy, y frecuentemente aumentan,
vinculadas a discriminaciones individuales y sociales. De igual manera, en muchas
regiones, teniendo en cuanta las peculiares dificultades de la agricultura tanto en la
producción como en la venta de sus bienes, hay que ayudar a los labradores para
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que aumenten su capacidad productiva y comercial, introduzcan los necesarios
cambios e innovaciones, consigan una justa ganancia y no queden reducidos, como
sucede con frecuencia, a la situación de ciudadanos de inferior categoría. Los
propios agricultores, especialmente los jóvenes, aplíquense con afán a perfeccionar
su técnica profesional, sin la que no puede darse el desarrollo de la agricultura.
La justicia y la equidad exigen también que la movilidad, la cual es necesaria en una
economía progresiva, se ordene de manera que se eviten la inseguridad y la
estrechez de vida del individuo y de su familia. Con respecto a los trabajadores que,
procedentes de otros países o de otras regiones, cooperan en el crecimiento
económico de una nación o de una provincia, se ha de evitar con sumo cuidado toda
discriminación en materia de remuneración o de condiciones de trabajo. Además, la
sociedad entera, en particular los poderes públicos, deben considerarlos como
personas, no simplemente como meros instrumentos de producción; deben
ayudarlos para que traigan junto a sí a sus familiares, se procuren un alojamiento
decente, y a favorecer su incorporación a la vida social del país o de la región que
los acoge. Sin embargo, en cuanto sea posible, deben crearse fuentes de trabajo en
las propias regiones.
En las economías en período de transición, como sucede en las formas nuevas de la
sociedad industrial, en las que, v.gr., se desarrolla la autonomía, en necesario
asegurar a cada uno empleo suficiente y adecuado: y al mismo tiempo la posibilidad
de una formación técnica y profesional congruente. Débense garantizar la
subsistencia y la dignidad humana de los que, sobre todo por razón de enfermedad
o de edad, se ven aquejados por graves dificultades.
Sección 2.- Algunos principios reguladores del conjunto de la vida económicosocial
Trabajo, condiciones de trabajo, descanso
67. El trabajo humano que se ejerce en la producción y en el comercio o en los
servicios es muy superior a los restantes elementos de la vida económico, pues
estos últimos no tienen otro papel que el de instrumentos.
Pues el trabajo humano, autónomo o dirigido, procede inmediatamente de la
persona, la cual marca con su impronta la materia sobre la que trabaja y la somete a
su voluntad. Es para el trabajador y para su familia el medio ordinario de
subsistencia; por él el hombre se une a sus hermanos y les hace un servicio, puede
practicar la verdadera caridad y cooperar al perfeccionamiento de la creación
divina. No sólo esto. Sabemos que, con la oblación de su trabajo a Dios, los
hombres se asocian a la propia obra redentora de Jesucristo, quien dio al trabajo
una dignidad sobre eminente laborando con sus propias manos en Nazaret. De aquí
se deriva para todo hombre el deber de trabajar fielmente, así como también el
derecho al trabajo. Y es deber de la sociedad, por su parte, ayudar, según sus
propias circunstancias, a los ciudadanos para que puedan encontrar la oportunidad
de un trabajo suficiente. Por último, la remuneración del trabajo debe ser tal que
permita al hombre y a su familia una vida digna en el plano material, social, cultural y
espiritual, teniendo presentes el puesto de trabajo y la productividad de cada uno,
así como las condiciones de la empresa y el bien común.
La actividad económica es de ordinario fruto del trabajo asociado de los hombres;
por ello es injusto e inhumano organizarlo y regularlo con daño de algunos
trabajadores. Es, sin embargo, demasiado frecuente también hoy día que los
trabajadores resulten en cierto sentido esclavos de su propio trabajo. Lo cual de
ningún modo está justificado por las llamadas leyes económicas. El conjunto del
proceso de la producción debe, pues, ajustarse a las necesidades de la persona y a
la manera de vida de cada uno en particular, de su vida familiar, principalmente por
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lo que toca a las madres de familia, teniendo siempre en cuanta el sexo y la edad.
Ofrézcase, además, a los trabajadores la posibilidad de desarrollar sus cualidades y
su personalidad en el ámbito mismo del trabajo. Al aplicar, con la debida
responsabilidad, a este trabajo su tiempo y sus fuerzas, disfruten todos de un tiempo
de reposo y descanso suficiente que les permita cultivar la vida familiar, cultural,
social y religiosa. Más aún, tengan la posibilidad de desarrollar libremente las
energías y las cualidades que tal vez en su trabajo profesional apenas pueden
cultivar.
Participación en la empresa y en la organización general de la economía.
Conflictos laborales
68. En las empresas económicas son personas las que se asocian, es decir,
hombres libres y autónomos, creados a imagen de Dios. Por ello, teniendo en cuanta
las funciones de cada uno, propietarios, administradores, técnicos, trabajadores, y
quedando a salvo la unidad necesaria en la dirección, se ha de promover la activa
participación de todos en la gestión de la empresa, según formas que habrá que
determinar con acierto. Con todo, como en muchos casos no es a nivel de empresa,
sino en niveles institucionales superiores, donde se toman las decisiones
económicas y sociales de las que depende el porvenir de los trabajadores y de sus
hijos, deben los trabajadores participar también en semejantes decisiones por sí
mismos o por medio de representantes libremente elegidos.
Entre los derechos fundamentales de la persona humana debe contarse el derecho
de los obreros a fundar libremente asociaciones que representen auténticamente al
trabajador y puedan colaborar en la recta ordenación de la vida económica, así
como también el derecho de participar libremente en las actividades de las
asociaciones sin riesgo de represalias. Por medio de esta ordenada participación,
que está unida al progreso en la formación económica y social, crecerá más y más
entre todos el sentido de la responsabilidad propia, el cual les llevará a sentirse
colaboradores, según sus medios y aptitudes propias, en la tarea total del desarrollo
económico y social y del logro del bien común universal.
En caso de conflictos económico-sociales, hay que esforzarse por encontrarles
soluciones pacíficas. Aunque se ha de recurrir siempre primero a un sincero diálogo
entre las partes, sin embargo, en la situación presente, la huelga puede seguir
siendo medio necesario, aunque extremo, para la defensa de los derechos y el logro
de las aspiraciones justas de los trabajadores. Búsquense, con todo, cuanto antes,
caminos para negociar y para reanudar el diálogo conciliatorio.
Los bienes de la tierra están destinados a todos los hombres
69. Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres
y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en forma
equitativa bajo la égida de la justicia y con la compañía de la caridad. Sean las que
sean las formas de la propiedad, adaptadas a las instituciones legítimas de los
pueblos según las circunstancias diversas y variables, jamás debe perderse de vista
este destino universal de los bienes. Por tanto, el hombre, al usarlos, no debe tener
las cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino
también como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a él solamente, sino
también a los demás. Por lo demás, el derecho a poseer una parte de bienes
suficiente para sí mismos y para sus familias es un derecho que a todos
corresponde. Es éste el sentir de los Padres y de los doctores de la Iglesia, quienes
enseñaron que los hombres están obligados a ayudar a los pobres, y por cierto no
sólo con los bienes superfluos. Quien se halla en situación de necesidad extrema
tiene derecho a tomar de la riqueza ajena lo necesario para sí. Habiendo como hay
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tantos oprimidos actualmente por el hambre en el mundo, el sacro Concilio urge a
todos, particulares y autoridades, a que, acordándose de aquella frase de los
Padres: Alimenta al que muere de hambre, porque, si no lo alimentas, lo matas,
según las propias posibilidades, comuniquen y ofrezcan realmente sus bienes,
ayudando en primer lugar a los pobres, tanto individuos como pueblos, a que
puedan ayudarse y desarrollarse por sí mismos.
En sociedades económicamente menos desarrolladas, el destino común de los
bienes está a veces en parte logrado por un conjunto de costumbres y tradiciones
comunitarias que aseguran a cada miembro los bienes absolutamente necesarios.
Sin embargo, elimínese el criterio de considerar como en absoluto inmutables ciertas
costumbres si no responden ya a las nuevas exigencias de la época presente; pero,
por otra parte, conviene no atentar imprudentemente contra costumbres honestas
que, adaptadas a las circunstancias actuales, pueden resultar muy útiles. De igual
manera, en las naciones de economía muy desarrollada, el conjunto de instituciones
consagradas a la previsión y a la seguridad social puede contribuir, por su parte, al
destino común de los bienes. Es necesario también continuar el desarrollo de los
servicios familiares y sociales, principalmente de los que tienen por fin la cultura y la
educación. Al organizar todas estas instituciones debe cuidarse de que los
ciudadanos no vayan cayendo en una actitud de pasividad con respecto a la
sociedad o de irresponsabilidad y egoísmo.
Inversiones y política monetaria
70. Las inversiones deben orientarse a asegurar posibilidades de trabajo y
beneficios suficientes a la población presente y futura. Los responsables de las
inversiones y de la organización de la vida económica, tanto los particulares como
los grupos o las autoridades públicas, deben tener muy presentes estos fines y
reconocer su grave obligación de vigilar, por una parte, a fin de que se provea de lo
necesario para una vida decente tanto a los individuos como a toda la comunidad, y,
por otra parte, de prever el futuro y establecer un justo equilibrio entre las
necesidades actuales del consumo individual y colectivo y las exigencias de
inversión para la generación futura. Ténganse, además, siempre presentes las
urgentes necesidades de las naciones o de las regiones menos desarrolladas
económicamente. En materia de política monetaria cuídese no dañar al bien de la
propia nación o de las ajenas. Tómense precauciones para que los económicamente
débiles no queden afectados injustamente por los cambios de valor de la moneda.
Acceso a la propiedad y dominio de los bienes.
Problema de los latifundios
71. La propiedad, como las demás formas de dominio privado sobre los bienes
exteriores, contribuye a la expresión de la persona y le ofrece ocasión de ejercer su
función responsable en la sociedad y en la economía. Es por ello muy importante
fomentar el acceso de todos, individuos y comunidades, a algún dominio sobre los
bienes externos.
La propiedad privada o un cierto dominio sobre los bienes externos aseguran a cada
cual una zona absolutamente necesaria para la autonomía personal y familiar y
deben ser considerados como ampliación de la libertad humana. Por último, al
estimular el ejercicio de la tarea y de la responsabilidad, constituyen una de las
condiciones de las libertades civiles.
Las formas de este dominio o propiedad son hoy diversas y se diversifican cada día
más. Todas ellas, sin embargo, continúan siendo elemento de seguridad no
despreciable aun contando con los fondos sociales, derechos y servicios procurados
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por la sociedad. Esto debe afirmarse no sólo de las propiedades materiales, sino
también de los bienes inmateriales, como es la capacidad profesional.
El derecho de propiedad privada no es incompatible con las diversas formas de
propiedad pública existentes. El paso de bienes a la propiedad pública sólo puede
ser hecha por la autoridad competente de acuerdo con las exigencias del bien
común y dentro de los límites de este último, supuesta la compensación adecuada.
A la autoridad pública toca, además, impedir que se abuse de la propiedad privada
en contra del bien común.
La misma propiedad privada tiene también, por su misma naturaleza, una índole
social, cuyo fundamento reside en el destino común de los bienes. Cuando esta
índole social es descuidada, la propiedad muchas veces se convierte en ocasión de
ambiciones y graves desórdenes, hasta el punto de que se da pretexto a sus
impugnadores para negar el derecho mismo.
En muchas regiones económicamente menos desarrolladas existen posesiones
rurales extensas y aun extensísimas mediocremente cultivadas o reservadas sin
cultivo para especular con ellas, mientras la mayor parte de la población carece de
tierras o posee sólo parcelas irrisorias y el desarrollo de la producción agrícola
presenta caracteres de urgencia. No raras veces los braceros o los arrendatarios de
alguna parte de esas posesiones reciben un salario o beneficio indigno del hombre,
carecen de alojamiento decente y son explotados por los intermediarios. Viven en la
más total inseguridad y en tal situación de inferioridad personal, que apenas tienen
ocasión de actuar libre y responsablemente, de promover su nivel de vida y de
participar en la vida social y política. Son, pues, necesarias las reformas que tengan
por fin, según los casos, el incremento de las remuneraciones, la mejora de las
condiciones laborales, el aumento de la seguridad en el empleo, el estímulo para la
iniciativa en el trabajo; más todavía, el reparto de las propiedades insuficientemente
cultivadas a favor de quienes sean capaces de hacerlas valer. En este caso deben
asegurárseles los elementos y servicios indispensables, en particular los medios de
educación y las posibilidades que ofrece una justa ordenación de tipo cooperativo.
Siempre que el bien común exija una expropiación, debe valorarse la indemnización
según equidad, teniendo en cuanta todo el conjunto de las circunstancias.
La actividad económico-social y el reino de Cristo
72. Los cristianos que toman parte activa en el movimiento económico-social de
nuestro tiempo y luchan por la justicia y caridad, convénzanse de que pueden
contribuir mucho al bienestar de la humanidad y a la paz del mundo. Individual y
colectivamente den ejemplo en este campo. Adquirida la competencia profesional y
la experiencia que son absolutamente necesarias, respeten en la acción temporal la
justa jerarquía de valores, con fidelidad a Cristo y a su Evangelio, a fin de que toda
su vida, así la individual como la social, quede saturada con el espíritu de las
bienaventuranzas, y particularmente con el espíritu de la pobreza.
Quien con obediencia a Cristo busca ante todo el reino de Dios, encuentra en éste
un amor más fuerte y más puro para ayudar a todos sus hermanos y para realizar la
obra de la justicia bajo la inspiración de la caridad.
CAPÍTULO IV
LA VIDA EN LA COMUNIDAD POLÍTICA
La vida pública en nuestros días
73. En nuestra época se advierten profundas transformaciones también en las
estructuras y en las instituciones de los pueblos como consecuencia de la evolución
cultural, económica y social de estos últimos. Estas transformaciones ejercen gran
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influjo en la vida de la comunidad política principalmente en lo que se refiere a los
derechos y deberes de todos en el ejercicio de la libertad política y en el logro del
bien común y en lo que toca a las relaciones de los ciudadanos entre sí y con la
autoridad pública.
La conciencia más viva de la dignidad humana ha hecho que en diversas regiones
del mundo surja el propósito de establecer un orden político-jurídico que proteja
mejor en la vida pública los derechos de la persona, como son el derecho de libre
reunión, de libre asociación, de expresar las propias opiniones y de profesar privada
y públicamente la religión. Porque la garantía de los derechos de la persona es
condición necesaria para que los ciudadanos, como individuos o como miembros de
asociaciones, puedan participar activamente en la vida y en el gobierno de la cosa
pública.
Con el desarrollo cultural, económico y social se consolida en la mayoría el deseo de
participar más plenamente en la ordenación de la comunidad política. En la
conciencia de muchos se intensifica el afán por respetar los derechos de las
minorías, sin descuidar los deberes de éstas para con la comunidad política; además
crece por días el respeto hacia los hombres que profesan opinión o religión distintas;
al mismo tiempos e establece una mayor colaboración a fin de que todos los
ciudadanos, y no solamente algunos privilegiados, puedan hacer uso efectivo de los
derechos personales.
Se reprueban también todas las formas políticas, vigentes en ciertas regiones, que
obstaculizan la libertad civil o religiosa, multiplican las víctimas de las pasiones y de
los crímenes políticos y desvían el ejercicio de la autoridad en la prosecución del
bien común, para ponerla al servicio de un grupo o de los propios gobernantes.
La mejor manera de llagar a una política auténticamente humana es fomentar el
sentido interior de la justicia, de la benevolencia y del servicio al bien común y
robustecer las convicciones fundamentales en lo que toca a la naturaleza verdadera
de la comunidad política y al fin, recto ejercicio y límites de los poderes públicos.
Naturaleza y fin de la comunidad política
74. Los hombres, las familias y los diversos grupos que constituyen la comunidad
civil son conscientes de su propia insuficiencia para lograr una vida plenamente
humana y perciben la necesidad de una comunidad más amplia, en la cual todos
conjuguen a diario sus energías en orden a una mejor procuración del bien común.
Por ello forman comunidad política según tipos institucionales varios. La comunidad
política nace, pues, para buscar el bien común, en el que encuentra su justificación
plena y su sentido y del que deriva su legitimidad primigenia y propia. El bien común
abarca el conjunto de aquellas condiciones de vida social con las cuales los
hombres, las familias y las asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad
su propia perfección.
Pero son muchos y diferentes los hombres que se encuentran en una comunidad
política, y pueden con todo derecho inclinarse hacia soluciones diferentes. A fin de
que, por la pluralidad de pareceres, no perezca la comunidad política, es
indispensable una autoridad que dirija la acción de todos hacia el bien común no
mecánica o despóticamente, sino obrando principalmente como una fuerza moral,
que se basa en la libertad y en el sentido de responsabilidad de cada uno.
Es, pues, evidente que la comunidad política y la autoridad pública se fundan en la
naturaleza humana, y, por lo mismo, pertenecen al orden previsto por Dios, aun
cuando la determinación del régimen político y la designación de los gobernantes se
dejen a la libre designación de los ciudadanos.
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Síguese también que el ejercicio de la autoridad política, así en la comunidad en
cuanto tal como en las instituciones representativas, debe realizarse siempre dentro
de los límites del orden moral para procurar el bien común -concebido
dinámicamente- según el orden jurídico legítimamente establecido o por establecer.
Es entonces cuando los ciudadanos están obligados en conciencia a obedecer. De
todo lo cual se deducen la responsabilidad, la dignidad y la importancia de los
gobernantes.
Pero cuando la autoridad pública, rebasando su competencia, oprime a los
ciudadanos, éstos no deben rehuir las exigencias objetivas del bien común; les es
lícito, sin embargo, defender sus derechos y los de sus conciudadanos contra el
abuso de tal autoridad, guardando los límites que señala la ley natural y evangélica.
Las modalidades concretas por las que la comunidad política organiza su estructura
fundamental y el equilibrio de los poderes públicos pueden ser diferentes, según el
genio de cada pueblo y la marcha de su historia. Pero deben tender siempre a
formar un tipo de hombre culto, pacífico y benévolo respecto de los demás para
provecho de toda la familia humana.
Colaboración de todos en la vida pública
75. Es perfectamente conforme con la naturaleza humana que se constituyan
estructuras político-jurídicas que ofrezcan a todos los ciudadanos, sin discriminación
alguna y con perfección creciente, posibilidades efectivas de tomar parte libre y
activamente en la fijación de los fundamentos jurídicos de la comunidad política, en
el gobierno de la cosa pública, en la determinación de los campos de acción y de los
límites de las diferentes instituciones y en la elección de los gobernantes.
Recuerden, por tanto, todos los ciudadanos el derecho y al mismo tiempo el deber
que tienen de votar con libertad para promover el bien común. La Iglesia alaba y
estima la labor de quienes, al servicio del hombre, se consagran al bien de la cosa
pública y aceptan las cargas de este oficio.
Para que la cooperación ciudadana responsable pueda lograr resultados felices en
el curso diario de la vida pública, es necesario un orden jurídico positivo que
establezca la adecuada división de las funciones institucionales de la autoridad
política, así como también la protección eficaz e independiente de los derechos.
Reconózcanse, respétense y promuévanse los derechos de las personas, de las
familias y de las asociaciones, así como su ejercicio, no menos que los deberes
cívicos de cada uno. Entre estos últimos es necesario mencionar el deber de aportar
a la vida pública el concurso material y personal requerido por el bien común. Cuiden
los gobernantes de no entorpecer las asociaciones familiares, sociales o culturales,
los cuerpos o las instituciones intermedias, y de no privarlos de su legítima y
constructiva acción, que más bien deben promover con libertad y de manera
ordenada. Los ciudadanos por su parte, individual o colectivamente, eviten atribuir a
la autoridad política todo poder excesivo y no pidan al Estado de manera inoportuna
ventajas o favores excesivos, con riesgo de disminuir la responsabilidad de las
personas, de las familias y de las agrupaciones sociales.
A consecuencia de la complejidad de nuestra época, los poderes públicos se ven
obligados a intervenir con más frecuencia en materia social, económica y cultural
para crear condiciones más favorables, que ayuden con mayor eficacia a los
ciudadanos y a los grupos en la búsqueda libre del bien completo del hombre. Según
las diversas regiones y la evolución de los pueblos, pueden entenderse de diverso
modo las relaciones entre la socialización y la autonomía y el desarrollo de la
persona. Esto no obstante, allí donde por razones de bien común se restrinja
temporalmente el ejercicio de los derechos, restablézcase la libertad cuanto antes
una vez que hayan cambiado las circunstancias. De todos modos, es inhumano que
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la autoridad política caiga en formas totalitarias o en formas dictatoriales que
lesionen los derechos de la persona o de los grupos sociales.
Cultiven los ciudadanos con magnanimidad y lealtad el amor a la patria, pero sin
estrechez de espíritu, de suerte que miren siempre al mismo tiempo por el bien de
toda la familia humana, unida por toda clase de vínculos entre las razas, pueblos y
naciones.
Los cristianos todos deben tener conciencia de la vocación particular y propia que
tienen en la comunidad política; en virtud de esta vocación están obligados a dar
ejemplo de sentido de responsabilidad y de servicio al bien común, así demostrarán
también con los hechos cómo pueden armonizarse la autoridad y la libertad, la
iniciativa personal y la necesaria solidaridad del cuerpo social, las ventajas de la
unidad combinada con la provechosa diversidad. El cristiano debe reconocer la
legítima pluralidad de opiniones temporales discrepantes y debe respetar a los
ciudadanos que, aun agrupados, defienden lealmente su manera de ver. Los
partidos políticos deben promover todo lo que a su juicio exige el bien común; nunca,
sin embargo, está permitido anteponer intereses propios al bien común.
Hay que prestar gran atención a la educación cívica y política, que hoy día es
particularmente necesaria para el pueblo, y, sobre todo para la juventud, a fin de que
todos los ciudadanos puedan cumplir su misión en la vida de la comunidad política.
Quienes son o pueden llegar a ser capaces de ejercer este arte tan difícil y tan noble
que es la política, prepárense para ella y procuren ejercitarla con olvido del propio
interés y de toda ganancia venal. Luchen con integridad moral y con prudencia
contra la injusticia y la opresión, contra la intolerancia y el absolutismo de un solo
hombre o de un solo partido político; conságrense con sinceridad y rectitud, más
aún, con caridad y fortaleza política, al servicio de todos.
La comunidad política y la Iglesia
76. Es de suma importancia, sobre todo allí donde existe una sociedad pluralística,
tener un recto concepto de las relaciones entre la comunidad política y la Iglesia y
distinguir netamente entre la acción que los cristianos, aislada o asociadamente,
llevan a cabo a título personal, como ciudadanos de acuerdo con su conciencia
cristiana, y la acción que realizan, en nombre de la Iglesia, en comunión con sus
pastores.
La Iglesia, que por razón de su misión y de su competencia no se confunde en modo
alguno con la comunidad política ni está ligada a sistema político alguno, es a la vez
signo y salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana.
La comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su
propio terreno. Ambas, sin embargo, aunque por diverso título, están al servicio de la
vocación personal y social del hombre. Este servicio lo realizarán con tanta mayor
eficacia, para bien de todos, cuanto más sana y mejor sea la cooperación entre
ellas, habida cuesta de las circunstancias de lugar y tiempo. El hombre, en efecto,
no se limita al solo horizonte temporal, sino que, sujeto de la historia humana,
mantiene íntegramente su vocación eterna. La Iglesia, por su parte, fundada en el
amor del Redentor, contribuye a difundir cada vez más el reino de la justicia y de la
caridad en el seno de cada nación y entre las naciones. Predicando la verdad
evangélica e iluminando todos los sectores de la acción humana con su doctrina y
con el testimonio de los cristianos, respeta y promueve también la libertad y la
responsabilidad políticas del ciudadano.
Cuando los apóstoles y sus sucesores y los cooperadores de éstos son enviados
para anunciar a los hombres a Cristo, Salvador del mundo, en el ejercicio de su
apostolado se apoyan sobre el poder de Dios, el cual muchas veces manifiesta la
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fuerza del Evangelio en la debilidad de sus testigos. Es preciso que cuantos se
consagran al ministerio de la palabra de Dios utilicen los caminos y medios propios
del Evangelio, los cuales se diferencian en muchas cosas de los medios que la
ciudad terrena utiliza.
Ciertamente, las realidades temporales y las realidades sobrenaturales están
estrechamente unidas entre sí, y la misma Iglesia se sirve de medios temporales en
cuanto su propia misión lo exige. No pone, sin embargo, su esperanza en privilegios
dados por el poder civil; más aún, renunciará al ejercicio de ciertos derechos
legítimamente adquiridos tan pronto como conste que su uso puede empañar la
pureza de su testimonio o las nuevas condiciones de vida exijan otra disposición. Es
de justicia que pueda la Iglesia en todo momento y en todas partes predicar la fe con
auténtica libertad, enseñar su doctrina social, ejercer su misión entre los hombres sin
traba alguna y dar su juicio moral, incluso sobre materias referentes al orden político,
cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las
almas, utilizando todos y solos aquellos medios que sean conformes al Evangelio y
al bien de todos según la diversidad de tiempos y de situaciones.
Con su fiel adhesión al Evangelio y el ejercicio de su misión en el mundo, la Iglesia,
cuya misión es fomentar y elevar todo cuanto de verdadero, de bueno y de bello hay
en la comunidad humana, consolida la paz en la humanidad para gloria de Dios
CAPÍTULO V
EL FOMENTO DE LA PAZ Y LA PROMOCIÓN DE LA COMUNIDAD DE LOS
PUEBLOS
Introducción
77. En estos últimos años, en los que aún perduran entre los hombres la aflicción y
las angustias nacidas de la realidad o de la amenaza de una guerra, la universal
familia humana ha llegado en su proceso de madurez a un momento de suprema
crisis. Unificada paulatinamente y ya más consciente en todo lugar de su unidad, no
puede llevar a cabo la tarea que tiene ante sí, es decir, construir un mundo más
humano para todos los hombres en toda la extensión de la tierra, sin que todos se
conviertan con espíritu renovado a la verdad de la paz. De aquí proviene que el
mensaje evangélico, coincidente con los más profundos anhelos y deseos del
género humano, luzca en nuestros días con nuevo resplandor al proclamar
bienaventurados a los constructores de la paz, porque serán llamados hijos de Dios
(Mt 5,9).
Por esto el Concilio, al tratar de la nobilísima y auténtica noción de la paz, después
de condenar la crueldad de la guerra, pretende hacer un ardiente llamamiento a los
cristianos para que con el auxilio de Cristo, autor de la paz, cooperen con todos los
hombres a cimentar la paz en la justicia y el amor y a aportar los medios de la paz.
Naturaleza de la paz
78. La paz no es la mera ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las
fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica, sino que con toda
exactitud y propiedad se llama obra de la justicia (Is 32, 7). Es el fruto del orden
plantado en la sociedad humana por su divino Fundador, y que los hombres,
sedientos siempre de una más perfecta justicia, han de llevar a cabo. El bien común
del género humano se rige primariamente por la ley eterna, pero en sus exigencias
concretas, durante el transcurso del tiempo, está cometido a continuos cambios; por
eso la paz jamás es una cosa del todo hecha, sino un perpetuo quehacer. Dada la
fragilidad de la voluntad humana, herida por el pecado, el cuidado por la paz reclama
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de cada uno constante dominio de sí mismo y vigilancia por parte de la autoridad
legítima.
Esto, sin embargo, no basta. Esta paz en la tierra no se puede lograr si no se
asegura el bien de las personas y la comunicación espontánea entre los hombres de
sus riquezas de orden intelectual y espiritual. Es absolutamente necesario el firme
propósito de respetar a los demás hombres y pueblos, así como su dignidad, y el
apasionado ejercicio de la fraternidad en orden a construir la paz. Así, la paz es
también fruto del amor, el cual sobrepasa todo lo que la justicia puede realizar.
La paz sobre la tierra, nacida del amor al prójimo, es imagen y efecto de la paz de
Cristo, que procede de Dios Padre. En efecto, el propio Hijo encarnado, Príncipe de
la paz, ha reconciliado con Dios a todos los hombres por medio de su cruz, y,
reconstituyendo en un solo pueblo y en un solo cuerpo la unidad del género humano,
ha dado muerte al odio en su propia carne y, después del triunfo de su resurrección,
ha infundido el Espíritu de amor en el corazón de los hombres.
Por lo cual, se llama insistentemente la atención de todos los cristianos para que,
viviendo con sinceridad en la caridad (Eph 4,15), se unan con los hombres
realmente pacíficos para implorar y establecer la paz.
Movidos por el mismo Espíritu, no podemos dejar de alabar a aquellos que,
renunciando a la violencia en la exigencia de sus derechos, recurren a los medios de
defensa, que, por otra parte, están al alcance incluso de los más débiles, con tal que
esto sea posible sin lesión de los derechos y obligaciones de otros o de la sociedad.
En la medida en que el hombre es pecador, amenaza y amenazará el peligro de
guerra hasta el retorno de Cristo; pero en la medida en que los hombres, unidos por
la caridad, triunfen del pecado, pueden también reportar la victoria sobre la violencia
hasta la realización de aquella palabra: De sus espadas forjarán arados, y de sus
lanzas hoces. Las naciones no levantarán ya más la espada una contra otra y jamás
se llevará a cabo la guerra (Is 2,4).
Sección I.- Obligación de evitar la guerra
Hay que frenar la crueldad de las guerras
79. A pesar de que las guerras recientes han traído a nuestro mundo daños
gravísimos materiales y morales, todavía a diario en algunas zonas del mundo la
guerra continúa sus devastaciones. Es más, al emplear en la guerra armas
científicas de todo género, su crueldad intrínseca amenaza llevar a los que luchan a
tal barbarie, que supere, enormemente la de los tiempos pasados. La complejidad
de la situación actual y el laberinto de las relaciones internaciones permiten
prolongar guerras disfrazadas con nuevos métodos insidiosos y subversivos. En
muchos casos se admite como nuevo sistema de guerra el uso de los métodos del
terrorismo.
Teniendo presente esta postración de la humanidad el Concilio pretende recordar
ante todo la vigencia permanente del derecho natural de gentes y de sus principios
universales. La misma conciencia del género humano proclama con firmeza, cada
vez más, estos principios. Los actos, pues, que se oponen deliberadamente a tales
principios y las órdenes que mandan tales actos, son criminales y la obediencia
ciega no puede excusar a quienes las acatan. Entre estos actos hay que enumerar
ante todo aquellos con los que metódicamente se extermina a todo un pueblo, raza o
minoría étnica: hay que condenar con energía tales actos como crímenes horrendos;
se ha de encomiar, en cambio, al máximo la valentía de los que no temen oponerse
abiertamente a los que ordenan semejantes cosas.
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Existen sobre la guerra y sus problemas varios tratados internacionales, suscritos
por muchas naciones, para que las operaciones militares y sus consecuencias sean
menos inhumanas; tales son los que tratan del destino de los combatientes heridos o
prisioneros y otros por el estilo. Hay que cumplir estos tratados; es más, están
obligados todos, especialmente las autoridades públicas y los técnicos en estas
materias, a procurar cuanto puedan su perfeccionamiento, para que así se consiga
mejor y más eficazmente atenuar la crueldad de las guerras. También parece
razonable que las leyes tengan en cuenta, con sentido humano, el caso de los que
se niegan a tomar las armas por motivo de conciencia y aceptan al mismo tiempo
servir a la comunidad humana de otra forma.
Desde luego, la guerra no ha sido desarraigada de la humanidad. Mientras exista el
riesgo de guerra y falte una autoridad internacional competente y provista de medios
eficaces, una vez agotados todos los recursos pacíficos de la diplomacia, no se
podrá negar el derecho de legítima defensa a los gobiernos. A los jefes de Estado y
a cuantos participan en los cargos de gobierno les incumbe el deber de proteger la
seguridad de los pueblos a ellos confiados, actuando con suma responsabilidad en
asunto tan grave. Pero una cosa es utilizar la fuerza militar para defenderse con
justicia y otra muy distinta querer someter a otras naciones. La potencia bélica no
legitima cualquier uso militar o político de ella. Y una vez estallada lamentablemente
la guerra, no por eso todo es lícito entre los beligerantes.
Los que, al servicio de la patria, se hallan en el ejercicio, considérense instrumentos
de la seguridad y libertad de los pueblos, pues desempeñando bien esta función
contribuyen realmente a estabilizar la paz.
La guerra total
80. El horror y la maldad de la guerra se acrecientan inmensamente con el
incremento de las armas científicas. Con tales armas, las operaciones bélicas
pueden producir destrucciones enormes e indiscriminadas, las cuales, por tanto,
sobrepasan excesivamente los límites de la legítima defensa. Es más, si se
empleasen a fondo estos medios, que ya se encuentran en los depósitos de armas
de las grandes naciones, sobrevendría la matanza casi plena y totalmente recíproca
de parte a parte enemiga, sin tener en cuanta las mil devastaciones que parecerían
en el mundo y los perniciosos efectos nacidos del uso de tales armas.
Todo esto nos obliga a examinar la guerra con mentalidad totalmente nueva. Sepan
los hombres de hoy que habrán de dar muy seria cuanta de sus acciones bélicas.
Pues de sus determinaciones presentes dependerá en gran parte el curso de los
tiempos venideros.
Teniendo esto es cuenta, este Concilio, haciendo suyas las condenaciones de la
guerra mundial expresadas por los últimos Sumos Pontífices, declara:
Toda acción bélica que tienda indiscriminadamente a la destrucción de ciudades
enteras o de extensas regiones junto con sus habitantes, es un crimen contra Dios y
la humanidad que hay que condenar con firmeza y sin vacilaciones.
El riesgo característico de la guerra contemporánea está en que da ocasión a los
que poseen las recientes armas científicas para cometer tales delitos y con cierta
inexorable conexión puede empujar las voluntades humanas a determinaciones
verdaderamente horribles. Para que esto jamás suceda en el futuro, los obispos de
toda la tierra reunidos aquí piden con insistencia a todos, principalmente a los jefes
de Estado y a los altos jefes del ejército, que consideren incesantemente tan gran
responsabilidad ante Dios y ante toda la humanidad.
La carrera de armamentos
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81. Las armas científicas no se acumulan exclusivamente para el tiempo de guerra.
Puesto que la seguridad de la defensa se juzga que depende de la capacidad
fulminante de rechazar al adversario, esta acumulación de armas, que se agrava por
años, sirve de manera insólita para aterrar a posibles adversarios. Muchos la
consideran como el más eficaz de todos los medios para asentar firmemente la paz
entre las naciones.
Sea lo que fuere de este sistema de disuasión, convénzanse los hombres de que la
carrera de armamentos, a la que acuden tantas naciones, no es camino seguro para
conservar firmemente la paz, y que el llamado equilibrio de que ella proviene no es
la paz segura y auténtica. De ahí que no sólo no se eliminan las causas de conflicto,
sino que más bien se corre el riesgo de agravarlas poco a poco. Al gastar inmensas
cantidades en tener siempre a punto nuevas armas, no se pueden remediar
suficientemente tantas miserias del mundo entero. En vez de restañar verdadera y
radicalmente las disensiones entre las naciones, otras zonas del mundo quedan
afectadas por ellas. Hay que elegir nuevas rutas que partan de una renovación de la
mentalidad para eliminar este escándalo y poder restablecer la verdadera paz,
quedando el mundo liberado de la ansiedad que le oprime.
Por lo tanto, hay que declarar de nuevo: la carrera de armamentos es la plaga más
grave de la humanidad y perjudica a los pobres de manera intolerable. Hay que
temer seriamente que, si perdura, engendre todos los estragos funestos cuyos
medios ya prepara.
Advertidos de las calamidades que el género humano ha hecho posibles,
empleemos la pausa de que gozamos, concedida de lo Alto, para, con mayor
conciencia de la propia responsabilidad, encontrar caminos que solucionen nuestras
diferencias de un modo más digno del hombre. La Providencia divina nos pide
insistentemente que nos liberemos de la antigua esclavitud de la guerra. Si
renunciáramos a este intento, no sabemos a dónde nos llevará este mal camino por
el que hemos entrado.
Prohibición absoluta de la guerra.
La acción internacional para evitar la guerra
82. Bien claro queda, por tanto, que debemos procurar con todas nuestras fuerzas
preparar un época en que, por acuerdo de las naciones, pueda ser absolutamente
prohibida cualquier guerra. Esto requiere el establecimiento de una autoridad pública
universal reconocida por todos, con poder eficaz para garantizar la seguridad, el
cumplimiento de la justicia y el respeto de los derechos. Pero antes de que se pueda
establecer tan deseada autoridad es necesario que las actuales asociaciones
internacionales supremas se dediquen de lleno a estudiar los medios más aptos
para la seguridad común. La paz ha de nacer de la mutua confianza de los pueblos y
no debe ser impuesta a las naciones por el terror de las armas; por ello, todos han
de trabajar para que la carrera de armamentos cese finalmente, para que comience
ya en realidad la reducción de armamentos, no unilateral, sino simultánea, de mutuo
acuerdo, con auténticas y eficaces garantías.
No hay que despreciar, entretanto, los intentos ya realizados y que aún se llevan a
cabo para alejar el peligro de la guerra. Más bien hay que ayudar la buena voluntad
de muchísimos que, aun agobiados por las enormes preocupaciones de sus altos
cargos, movidos por el gravísimo deber que les acucia, se esfuerzan, por eliminar la
guerra, que aborrecen, aunque no pueden prescindir de la complejidad inevitable de
las cosas. Hay que pedir con insistencia a Dios que les dé fuerzas para perseverar
en su intento y llevar a cabo con fortaleza esta tarea de sumo amor a los hombres,
con la que se construye virilmente la paz. Lo cual hoy exige de ellos con toda
certeza que amplíen su mente más allá de las fronteras de la propia nación,
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renuncien al egoísmo nacional ya a la ambición de dominar a otras naciones,
alimenten un profundo respeto por toda la humanidad, que corre ya, aunque tan
laboriosamente, hacia su mayor unidad.
Acerca de los problemas de la paz y del desarme, los sondeos y conversaciones
diligente e ininterrumpidamente celebrados y los congresos internacionales que han
tratado de este asunto deben ser considerados como los primeros pasos para
solventar temas tan espinosos y serios, y hay que promoverlos con mayor urgencia
en el futuro para obtener resultados prácticos. Sin embargo, hay que evitar el
confiarse sólo en los conatos de unos pocos, sin preocuparse de la reforma en la
propia mentalidad. Pues los que gobiernan a los pueblos, que son garantes del bien
común de la propia nación y al mismo tiempo promotores del bien de todo el mundo,
dependen enormemente de las opiniones y de los sentimientos de las multitudes.
Nada les aprovecha trabajar en la construcción de la paz mientras los sentimientos
de hostilidad, de menos precio y de desconfianza, los odios raciales y las ideologías
obstinadas, dividen a los hombres y los enfrentan entre sí. Es de suma urgencia
proceder a una renovación en la educación de la mentalidad y a una nueva
orientación en la opinión pública. Los que se entregan a la tarea de la educación,
principalmente de la juventud, o forman la opinión pública, tengan como gravísima
obligación la preocupación de formar las mentes de todos en nuevos sentimientos
pacíficos. Tenemos todos que cambiar nuestros corazones, con los ojos puestos en
el orbe entero y en aquellos trabajos que toso juntos podemos llevar a cabo para
que nuestra generación mejore.
Que no nos engañe una falsa esperanza. Pues, si no se establecen en el futuro
tratados firmes y honestos sobre la paz universal una vez depuestos los odios y las
enemistades, la humanidad, que ya está en grave peligro, aun a pesar de su ciencia
admirable, quizá sea arrastrada funestamente a aquella hora en la que no habrá otra
paz que la paz horrenda de la muerte. Pero, mientras dice todo esto, la Iglesia de
Cristo, colocada en medio de la ansiedad de hoy, no cesa de esperar firmemente. A
nuestra época, una y otra vez, oportuna e importunamente, quiere proponer el
mensaje apostólico: Este es el tiempo aceptable para que cambien los
corazones, éste es el día de la salvación.
Sección 2.- Edificar la comunidad internacional
Causas y remedios de las discordias
83. Para edificar la paz se requiere ante todo que se desarraiguen las causas de
discordia entre los hombres, que son las que alimentan las guerras. Entre esas
causas deben desaparecer principalmente las injusticias. No pocas de éstas
provienen de las excesivas desigualdades económicas y de la lentitud en la
aplicación de las soluciones necesarias. Otras nacen del deseo de dominio y del
desprecio por las personas, y, si ahondamos en los motivos más profundos, brotan
de la envidia, de la desconfianza, de la soberbia y demás pasiones egoístas. Como
el hombre no puede soportar tantas deficiencias en el orden, éstas hacen que, aun
sin haber guerras, el mundo esté plagado sin cesar de luchas y violencias entre los
hombres. Como, además, existen los mismos males en las relaciones
internacionales, es totalmente necesario que, para vencer y prevenir semejantes
males y para reprimir las violencias desenfrenadas, las instituciones internacionales
cooperen y se coordinen mejor y más firmemente y se estimule sin descanso la
creación de organismos que promuevan la paz.
La comunidad de las naciones y las instituciones internacionales
84. Dados los lazos tan estrechos y recientes de mutua dependencia que hoy se dan
entre todos los ciudadanos y entre todos los pueblos de la tierra, la búsqueda certera
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y la realización eficaz del bien común universal exigen que la comunidad de las
naciones se dé a sí misma un ordenamiento que responda a sus obligaciones
actuales, teniendo particularmente en cuanta las numerosas regiones que se
encuentran aún hoy en estado de miseria intolerable.
Para lograr estos fines, las instituciones de la comunidad internacional deben, cada
una por su parte, proveer a las diversas necesidades de los hombres tanto en el
campo de la vida social, alimentación, higiene, educación, trabajo, como en múltiples
circunstancias particulares que surgen acá y allá; por ejemplo, la necesidad general
que las naciones en vías de desarrollo sienten de fomentar el progreso, de remediar
en todo el mundo la triste situación de los refugiados o ayudar a los emigrantes y a
sus familias.
Las instituciones internacionales, mundiales o regionales ya existentes son
beneméritas del género humano. Son los primeros conatos de echar los cimientos
internaciones de toda la comunidad humana para solucionar los gravísimos
problemas de hoy, señaladamente para promover el progreso en todas partes y
evitar la guerra en cualquiera de sus formas. En todos estos campos, la Iglesia se
goza del espíritu de auténtica fraternidad que actualmente florece entre los cristianos
y los no cristianos, y que se esfuerza por intensificar continuamente los intentos de
prestar ayuda para suprimir ingentes calamidades.
La cooperación internacional en el orden económico
85. La actual unión del género humano exige que se establezca también una mayor
cooperación internacional en el orden económico. Pues la realidad es que, aunque
casi todos los pueblos han alcanzado la independencia, distan mucho de verse libres
de excesivas desigualdades y de toda suerte de inadmisibles dependencias, así
como de alejar de sí el peligro de las dificultades internas.
El progreso de un país depende de los medios humanos y financieros de que
dispone. Los ciudadanos deben prepararse, pro medio de la educación y de la
formación profesional, al ejercicio de las diversas funciones de la vida económica y
social. Para esto se requiere la colaboración de expertos extranjeros que en su
actuación se comporten no como dominadores, sino como auxiliares y
cooperadores. La ayuda material a los países en vías de desarrollo no podrá
prestarse si no se operan profundos cambios en las estructuras actuales del
comercio mundial. Los países desarrollados deberán prestar otros tipos de ayuda,
en forma de donativos, préstamos o inversión de capitales; todo lo cual ha de
hacerse con generosidad y sin ambición por parte del que ayuda y con absoluta
honradez por parte del que recibe tal ayuda.
Para establecer un auténtico orden económico universal hay que acabar con las
pretensiones de lucro excesivo, las ambiciones nacionalistas, el afán de dominación
política, los cálculos de carácter militarista y las maquinaciones para difundir e
imponer las ideologías. Son muchos los sistemas económicos y sociales que hoy se
proponen; es de desear que los expertos sepan encontrar en ellos los principios
básicos comunes de un sano comercio mundial. Ello será fácil si todos y cada uno
deponen sus prejuicios y se muestran dispuestos a un diálogo sincero.
Algunas normas oportunas
86.
Para
esta
cooperación
parecen
oportunas
las
normas
siguientes:
a) Los pueblos que están en vías de desarrollo entiendan bien que han de buscar
expresa y firmemente, como fin propio del progreso, la plena perfección humana de
sus ciudadanos. Tengan presente que el progreso surge y se acrecienta
principalmente por medio del trabajo y la preparación de los propios pueblos,
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progreso que debe ser impulsado no sólo con las ayudas exteriores, sino ante todo
con el desenvolvimiento de las propias fuerzas y el cultivo de las dotes y tradiciones
propias. En esta tarea deben sobresalir quienes ejercen mayor influjo sobre sus
conciudadanos.
b) Por su parte, los pueblos ya desarrollados tienen la obligación gravísima de
ayudar a los países en vías de desarrollo a cumplir tales cometidos. Por lo cual han
de someterse a las reformas psicológicas y materiales que se requieren para crear
esta cooperación internacional. Busquen así, con sumo cuidado en las relaciones
comerciales con los países más débiles y pobres, el bien de estos últimos, porque
tales pueblos necesitan para su propia sustentación los beneficios que logran con la
venta de sus mercancías.
c) Es deber de la comunidad internacional regular y estimular el desarrollo de forma
que los bienes a este fin destinados sean invertidos con la mayor eficacia y equidad.
Pertenece también a dicha comunidad, salvado el principio de la acción subsidiaria,
ordenar las relaciones económicas en todo el mundo para que se ajusten a la
justicia. Fúndense instituciones capaces de promover y de ordenar el comercio
internacional, en particular con las naciones menos desarrolladas, y de compensar
los desequilibrios que proceden de la excesiva desigualdad de poder entre las
naciones. Esta ordenación, unida a otras ayudas de tipo técnico, cultural o
monetario, debe ofrecer los recursos necesarios a los países que caminan hacia el
progreso, de forma que puedan lograr convenientemente el desarrollo de su propia
economía.
d) En muchas ocasiones urge la necesidad de revisar las estructuras económicas y
sociales; pero hay que prevenirse frente a soluciones técnicas poco ponderadas y
sobre todo aquellas que ofrecen al hombre ventajas materiales, pero se oponen a la
naturaleza y al perfeccionamiento espiritual del hombre. Pues no sólo de pan vive el
hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt 4,4). Cualquier parcela
de la familia humana, tanto en sí misma como en sus mejores tradiciones, lleva
consigo algo del tesoro espiritual confiado por Dios a la humanidad, aunque muchos
desconocen su origen.
Cooperación internacional en lo tocante al crecimiento demográfico
87. Es sobremanera necesaria la cooperación internacional en favor de aquellos
pueblos que actualmente con harta frecuencia, aparte de otras muchas dificultades,
se ven agobiados por la que proviene del rápido aumento de su población. Urge la
necesidad de que, por medio de una plena e intensa cooperación de todos los
países, pero especialmente de los más ricos, se halle el modo de disponer y de
facilitar a toda la comunidad humana aquellos bienes que son necesarios para el
sustento y para la conveniente educación del hombre. Son varios los países que
podrían mejorar mucho sus condiciones de vida si pasaran, dotados de la
conveniente enseñanza, de métodos agrícolas arcaicos al empleo de las nuevas
técnicas, aplicándolas con la debida prudencia a sus condiciones particulares una
vez que se haya establecido un mejor orden social y se haya distribuido más
equitativamente la propiedad de las tierras.
Los gobiernos respectivos tienen derechos y obligaciones, en lo que toca a los
problemas de su propia población, dentro de los límites de su específica
competencia. Tales son, por ejemplo, la legislación social y la familiar, la emigración
del campo a la ciudad, la información sobre la situación y necesidades del país.
Como hoy la agitación que en torno a este problema sucede a los espíritus es tan
intensa, es de desear que los católicos expertos en todas estas materias,
particularmente en las universidades, continúen con intensidad los estudios
comenzados y los desarrollen cada vez más.
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Dado que muchos afirman que el crecimiento de la población mundial, o al menos el
de algunos países, debe frenarse por todos los medios y con cualquier tipo de
intervención de la autoridad pública, el Concilio exhorta a todos a que se prevenga
frente a las soluciones, propuestas en privado o en público y a veces impuestas, que
contradicen a la moral. Porque, conforme al inalienable derecho del hombre al
matrimonio y a la procreación, la decisión sobre el número de hijos depende del
recto juicio de los padres, y de ningún modo puede someterse al criterio de la
autoridad pública. Y como el juicio de los padres requiere como presupuesto una
conciencia rectamente formada, es de gran importancia que todos puedan cultivar
una recta y auténticamente humana responsabilidad que tenga en cuanta la ley
divina, consideradas las circunstancias de la realidad y de la época. Pero esto exige
que se mejoren en todas partes las condiciones pedagógicas y sociales y sobre todo
que se dé una formación religiosa o, al menos, una íntegra educación moral. Dése al
hombre también conocimiento sabiamente cierto de los progresos científicos con el
estudio de los métodos que pueden ayudar a los cónyuges en la determinación del
número de hijos, métodos cuya seguridad haya sido bien comprobada y cuya
concordancia con el orden moral esté demostrada.
Misión de los cristianos en la cooperación internacional
88. Cooperen gustosamente y de corazón los cristianos en la edificación del orden
internacional con la observancia auténtica de las legítimas libertades y la amistosa
fraternidad con todos, tanto más cuanto que la mayor parte de la humanidad sufre
todavía tan grandes necesidades, que con razón puede decirse que es el propio
Cristo quien en los pobres levanta su voz para despertar la caridad de sus
discípulos. Que no sirva de escándalo a la humanidad el que algunos países,
generalmente los que tienen una población cristiana sensiblemente mayoritaria,
disfrutan de la opulencia, mientras otros se ven privados de lo necesario para la vida
y viven atormentados por el hambre, las enfermedades y toda clase de miserias. El
espíritu de pobreza y de caridad son gloria y testimonio de la Iglesia de Cristo.
Merecen, pues, alabanza y ayuda aquellos cristianos, en especial jóvenes, que se
ofrecen voluntariamente para auxiliar a los demás hombres y pueblos. Más aún, es
deber del Pueblo de Dios, y los primeros los Obispos, con su palabra y ejemplo, el
socorrer, en la medida de sus fuerzas, las miserias de nuestro tiempo y hacerlo,
como era ante costumbre en la Iglesia, no sólo con los bienes superfluos, sino
también con los necesarios.
El modo concreto de las colectas y de los repartos, sin que tenga que ser regulado
de manera rígida y uniforme, ha de establecerse, sin embargo, de modo conveniente
en los niveles diocesano, nacional y mundial, unida, siempre que parezca oportuno,
la acción de los católicos con la de los demás hermanos cristianos. Porque el
espíritu de caridad en modo alguno prohíbe el ejercicio fecundo y organizado de la
acción social caritativa, sino que lo impone obligatoriamente. Por eso es necesario
que quienes quieren consagrarse al servicio de los pueblos en vías de desarrollo se
formen en instituciones adecuadas.
Presencia eficaz de la Iglesia en la comunidad internacional
89. La Iglesia, cuando predica, basada en su misión divina, el Evangelio a todos los
hombres y ofrece los tesoros de la gracia, contribuye a la consolidación de la paz en
todas partes y al establecimiento de la base firme de la convivencia fraterna entre los
hombres y los pueblos, esto es, el conocimiento de la ley divina y natural. Es éste el
motivo de la absolutamente necesaria presencia de la Iglesia en la comunidad de los
pueblos para fomentar e incrementar la cooperación de todos, y ello tanto por sus
instituciones públicas como por la plena y sincera colaboración de los cristianos,
inspirada pura y exclusivamente por el deseo de servir a todos.
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Este objetivo podrá alcanzarse con mayor eficacia si los fieles, conscientes de su
responsabilidad humana y cristiana, se esfuerzan por despertar en su ámbito
personal de vida la pronta voluntad de cooperar con la comunidad internacional. En
esta materia préstese especial cuidado a la formación de la juventud tanto en la
educación religiosa como en la civil.
Participación del cristiano en las instituciones internacionales
90. Forma excelente de la actividad internacional de los cristianos es, sin duda, la
colaboración que individual o colectivamente prestan en las instituciones fundadas o
por fundar para fomentar la cooperación entre las naciones. A la creación pacífica y
fraterna de la comunidad de los pueblos pueden servir también de múltiples maneras
las varias asociaciones católicas internacionales, que hay que consolidar
aumentando el número de sus miembros bien formados, los medios que necesitan y
la adecuada coordinación de energías. La eficacia en la acción y la necesidad del
diálogo piden en nuestra época iniciativas de equipo. Estas asociaciones
contribuyen además no poco al desarrollo del sentido universal, sin duda muy
apropiado para el católico, y a la formación de una conciencia de la genuina
solidaridad y responsabilidad universales.
Es de desear, finalmente, que los católicos, para ejercer como es debido su función
en la comunidad internacional, procuren cooperar activa y positivamente con los
hermanos separados que juntamente con ellos practican la caridad evangélica, y
también con todos los hombres que tienen sed de auténtica paz.
El Concilio, considerando las inmensas calamidades que oprimen todavía a la
mayoría de la humanidad, para fomentar en todas partes la obra de la justicia y el
amor de Cristo a los pobres juzga muy oportuno que se cree un organismo universal
de la Iglesia que tenga como función estimular a la comunidad católica para
promover el desarrollo a los países pobres y la justicia social internacional.
CONCLUSIÓN
Tarea de cada fiel y de las Iglesias particulares
91. Todo lo que, extraído del tesoro doctrinal de la Iglesia, ha propuesto el Concilio,
pretende ayudar a todos los hombres de nuestros días, a los que creen en Dios y a
los que no creen en El de forma explícita, a fin de que, con la más clara percepción
de su entera vocación, ajusten mejor el mundo a la superior dignidad del hombre,
tiendan a una fraternidad universal más profundamente arraigada y, bajo el impulso
del amor, con esfuerzo generoso y unido, respondan a las urgentes exigencias de
nuestra edad.
Ante la inmensa diversidad de situaciones y de formas culturales que existen hoy en
el mundo, esta exposición, en la mayoría de sus partes, presenta deliberadamente
una forma genérica; más aún, aunque reitera la doctrina recibida en la Iglesia, como
más de una vez trata de materias sometidas a incesante evolución, deberá ser
continuada y aplicada en el futuro. Confiamos, sin embargo, que muchas de las
cosas que hemos dicho, apoyados en la palabra de Dios y en el espíritu del
Evangelio, podrán prestar a todos valiosa ayuda, sobre todo una vez que la
adaptación a cada pueblo y a cada mentalidad haya sido llevada a cabo por los
cristianos bajo la dirección de los pastores.
El diálogo entre todos los hombres
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92. La Iglesia, en virtud de la misión que tiene de iluminar a todo el orbe con el
mensaje evangélico y de reunir en un solo Espíritu a todos los hombres de cualquier
nación, raza o cultura, se convierte en señal de la fraternidad que permite y
consolida el diálogo sincero.
Lo cual requiere, en primer lugar, que se promueva en el seno de la Iglesia la mutua
estima, respeto y concordia, reconociendo todas las legítimas diversidades, para
abrir, con fecundidad siempre creciente, el diálogo entre todos los que integran el
único Pueblo de Dios, tanto los pastores como los demás fieles. Los lazos de unión
de los fieles son mucho más fuertes que los motivos de división entre ellos. Haya
unidad en lo necesario, libertad en lo dudoso, caridad en todo.
Nuestro espíritu abraza al mismo tiempo a los hermanos que todavía no viven
unidos a nosotros en la plenitud de comunión y abraza también a sus comunidades.
Con todos ellos nos sentimos unidos por la confesión del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo y por el vínculo de la caridad, conscientes de que la unidad de los
cristianos es objeto de esperanzas y de deseos hoy incluso por muchos que no
creen en Cristo. Los avances que esta unidad realice en la verdad y en la caridad
bajo la poderosa virtud y la paz para el universo mundo. Por ello, con unión de
energías y en formas cada vez más adecuadas para lograr hoy con eficacia este
importante propósito, procuremos que, ajustándonos cada vez más al Evangelio,
cooperemos fraternalmente para servir a la familia humana, que está llamada en
Cristo Jesús a ser la familia de los hijos de Dios.
Nos dirigimos también por la misma razón a todos los que creen en Dios y
conservan en el legado de sus tradiciones preciados elementos religiosos y
humanos, deseando que el coloquio abierto nos mueva a todos a recibir fielmente
los impulsos del Espíritu y a ejecutarlos con ánimo alacre.
El deseo de este coloquio, que se siente movido hacia la verdad por impulso
exclusivo de la caridad, salvando siempre la necesaria prudencia, no excluye a nadie
por parte nuestra, ni siquiera a los que cultivan los bienes esclarecidos del espíritu
humano, pero no reconocen todavía al Autor de todos ellos. Ni tampoco excluye a
aquellos que se oponen a la Iglesia y la persiguen de varias maneras. Dios Padre es
el principio y el fin de todos. Por ello, todos estamos llamados a ser hermanos. En
consecuencia, con esta común vocación humana y divina, podemos y debemos
cooperar, sin violencias, sin engaños, en verdadera paz, a la edificación del mundo.
Edificación del mundo y orientación de éste a Dios
93. Los cristianos recordando la palabra del Señor: En esto conocerán todos que
sois mis discípulos, en el amor mutuo que os tengáis (Io 13,35), no pueden tener
otro anhelo mayor que el de servir con creciente generosidad y con suma eficacia a
los hombres de hoy. Por consiguiente, con la fiel adhesión al Evangelio y con el uso
de las energías propias de éste, unidos a todos los que aman y practican la justicia,
han tomado sobre sí una tarea ingente que han de cumplir en la tierra, y de la cual
deberán responder ante Aquel que juzgará a todos en el último día. No todos los que
dicen: "¡Señor, Señor!", entrarán en el reino de los cielos, sino aquellos que hacen la
voluntad del Padre y ponen manos a la obra. Quiere el Padre que reconozcamos y
amemos efectivamente a Cristo, nuestro hermano, en todos los hombres, con la
palabra y con las obras, dando así testimonio de la Verdad, y que comuniquemos
con los demás el misterio del amor del Padre celestial. Por esta vía, en todo el
mundo los hombres se sentirán despertados a una viva esperanza, que es don del
Espíritu Santo, para que, por fin, llegada la hora, sean recibidos en la paz y en la
suma bienaventuranza en la patria que brillará con la gloria del Señor.
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"Al que es poderoso para hacer que copiosamente abundemos más de lo que
pedimos o pensamos, en virtud del poder que actúa en nosotros, a El sea la gloria
en la Iglesia y en Cristo Jesús, en todas las generaciones, por los siglos de los
siglos. Amén." (Eph3,20-21).
Todas y cada una de las cosas que en esta Constitución pastoral se incluyen han
obtenido el beneplácito de los Padres del sacrosanto Concilio. Y Nos, en virtud de la
autoridad apostólica a Nos confiada por Cristo, todo ello, juntamente con los
venerables Padres, lo aprobamos en el Espíritu Santo, decretamos y establecemos,
y ordenamos que se promulgue, para gloria de Dios, todo los aprobado
conciliarmente.
Roma, en San Pedro, 7 de diciembre de 1965.
Yo, PABLO, Obispo de la Iglesia católica.
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SUMA TEOLÓGICA - PARTE II-IIae - Cuestión 30 (5)
Artículo 1: ¿Es el mal el motivo propio de la misericordia?lat
Objeciones por las que parece que el mal no es el motivo propio de la
misericordia:
1. Como queda expuesto (q.19 a.1; 1 q.48 a.6), la culpa es mayor mal que la pena.
Ahora bien, la culpa no incita a la misericordia, antes bien provoca indignación. Por
tanto, el mal no es incentivo de la misericordia.
2. Lo cruel y despiadado parece que implica la cumbre del mal. Pues bien, dice el
Filósofo en II Rhet. que lo inhumano es distinto de lo lastimoso e impide la
misericordia. Luego el mal, en cuanto tal, no es motivo de misericordia.
3. Los indicios de males no son verdaderos males. Ahora bien, los indicios de mal
excitan la misericordia, según el Filósofo en II Rhet. Por tanto, el mal, en cuanto tal,
no incita a la misericordia.
Contra esto: está el testimonio del Damasceno en el II libro de que la misericordia
es una especie de tristeza. Ahora bien, el mal es ocasión de tristeza. Luego es
también motivo de misericordia.
Respondo: Según San Agustín en IX De civ. Dei, la misericordia es la compasión
que experimenta nuestro corazón ante la miseria de otro, sentimiento que nos
compele, en realidad, a socorrer, si podemos. La palabra misericordia significa,
efectivamente, tener el corazón compasivo por la miseria de otro. Pues bien, la
miseria se opone a la felicidad, y es esencia de la bienaventuranza o felicidad tener
lo que se desea, ya que, en expresión de San Agustín, en XIII De Trin., es
bienaventurado el que posee lo que quiere y nada malo quiere.La miseria, empero,
consiste en sufrir lo que no se quiere. Pero hay tres maneras de querer alguna cosa.
Primera: por deseo natural, como el hombre quiere ser y vivir. Segunda: desear algo
por elección premeditada. Tercera: querer una cosa no directamente en sí misma,
sino en su causa, como de quien apetece ingerir cosas nocivas decimos que, en
cierta manera, quiere enfermar. Así, pues, desde el punto de vista de la miseria, el
motivo específico de la misericordia es, en primer lugar, lo que contraría al apetito
natural del que desea, es decir, los males que arruinan y contrastan, y cuyo objeto
contrario desea el hombre. Por eso dice el Filósofo en Rhet., la misericordia es una
tristeza por el mal presente, que arruina y entristece. En segundo lugar, los males de
que acabamos de hablar incitan más a misericordia si se oponen a una elección
voluntaria libre. Por eso afirma allí mismo el Filósofo que son más dignos de
compasión los males cuya causa es la fortuna, por ejemplo, cuando sobreviene un
mal donde se esperaba un bien. Finalmente, son aún más dignos de compasión los
males que contradicen en todo a la voluntad. Es el caso de quien buscó siempre el
bien y sólo le sobrevienen males. Por eso dice también el Filósofo en el mismo libro
que la misericordia llega a su extremo en los males que alguien sufre sin merecerlo.
A las objeciones:
1. La culpa es, por su propia naturaleza, voluntaria. En ese sentido es objeto no de
misericordia, sino de castigo. Mas dado que la culpa puede ser, en cierto modo,
pena, o sea, en cuanto lleva anejo algo que es contra la voluntad del pecador, en
ese sentido puede inspirar también misericordia. Bajo este aspecto tenemos
sentimientos de piedad y compasión hacia los pecadores, como escribe San
Gregorio en una homilía: la verdadera justicia no provoca desdén, sino compasión, y
en San Mateo 9,36 leemos que viendo Jesús las turbas, tuvo misericordia de ellas,
porque estaban fatigados y decaídos, como ovejas sin pastor.
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2. Dado que la misericordia es compasión de la miseria ajena, en el sentido propio
de la palabra se tiene en relación con los demás, no consigo mismo, a no ser por
cierta analogía, como ocurre también con la justicia, y en tanto se consideren en el
hombre diversas partes como consta en V Ethic. En este sentido leemos en Eclo
30,24: tú que agradas a Dios, ten misericordia de tu alma. Por tanto, así como,
propiamente hablando, en relación con nosotros mismos no se da misericordia, sino
dolor, por ejemplo, si padecemos algo cruel, así también, si hay personas tan
íntimamente unidas a nosotros que son como algo nuestro, cuales son hijos o
parientes, no les tenemos misericordia en sus desgracias, sino que más bien nos
condolemos de sus infortunios como si fueran propios. En este sentido hay que
interponer las palabras del Filósofo: lo cruel ahuyenta la misericordia.
3. Así como la esperanza y el recuerdo de bienes producen deleite en nosotros,
del mismo modo entristece la expectación y el recuerdo de males, aunque no tanto
como la sensación de los presentes. De aquí que las señales de males, por el hecho
de evocar como presentes males universales, nos mueven a conmiseración.
Artículo 2: ¿La razón de ser misericordioso son los defectos de quien se
compadece?
Objeciones por las que parece que los defectos de quien se compadece no son la
causa de ser misericordioso:
1. Tener misericordia es propio de Dios, y por eso leemos en la Escritura (Sal
144,9): Sus misericordias campean entre todas sus obras. Ahora bien, en Dios no
hay en absoluto defecto. Luego los defectos no pueden ser el motivo de la
misericordia.
2. Si el motivo de ser misericordioso fueran los defectos, los más misericordiosos
deberían ser los más necesitados, y no es así. El Filósofo, en efecto, escribe en
II Rhet. que quienes han perdido todo no tienen compasión. Parece, pues, que la
misericordia no se explica por los defectos de quien es misericordioso.
3. Sufrir un ultraje acusa defecto. Pues bien, escribe allí mismo el Filósofo
que quienes están afrentados no tienen misericordia. Por tanto, no es causa de la
misericordia el defecto de quien se compadece.
Contra esto: está el hecho de que la misericordia es cierto tipo de tristeza. Ahora
bien, el defecto es motivo de tristeza, y por esa razón, quienes con más frecuencia
caen en ella son los débiles, como queda expuesto (1-2 q.47 a.3). Luego la razón de
ser misericordioso son los defectos propios.
Respondo: Siendo la misericordia compasión de la miseria ajena, como queda
dicho (a.1), siente misericordia quien se duele de la miseria de otro. Ahora bien, lo
que nos entristece y hace sufrir es el mal que nos afecta a nosotros mismos, y en
tanto nos entristecemos y sufrimos por la miseria ajena en cuanto la consideramos
como nuestra. Esto acaece de dos modos. Primero: por la unión afectiva producida
por el amor. Efectivamente, quien ama considera al amigo como a sí mismo y hace
suyo el mal que él padece. Por eso se duele del mal del amigo cual si fuera propio.
Por esa razón, en IX Ethic., destaca el Filósofo, entre los sentimientos de
amistad, condolerse del amigo, y el Apóstol por su parte, exhorta en Rom 12,15
a gozar con los que se gozan, llorar con los que lloran. Otro modo es la unión real
que hace que el dolor que afecta a los demás esté tan cerca que de él pase a
nosotros. Por eso escribe el Filósofo en II Rhet. que los hombres se compadecen de
sus semejantes y allegados, por pensar que también ellos pueden padecer esos
males. Ocurre igualmente que los más inclinados a la misericordia son los ancianos
y los sabios, que piensan en los males que se ciernen sobre ellos, lo mismo que los
asustadizos y los débiles. A la inversa, no tienen tanta misericordia quienes se creen
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felices y tan fuertes como para pensar que no pueden ser víctimas de mal alguno.
En consecuencia, el defecto es siempre el motivo de la misericordia, sea que por la
unión se considere como propio el defecto ajeno, sea por la posibilidad de padecer
lo mismo.
A las objeciones:
1. Dios no tiene misericordia sino por amor, al amarnos como algo suyo.
2. Quienes han llegado a males extremos no temen sufrir aún más, y por eso no
tienen misericordia. Algo semejante les ocurre a quienes son víctimas de un temor
excesivo: la ansiedad les absorbe hasta el extremo de no prestar atención a la
miseria ajena.
3. Quienes están dispuestos al ultraje, o por haber recibido afrenta o por estar
dispuesto a inferirla, se sienten impulsados a la ira y a la audacia, pasiones viriles
que exaltan el ánimo de los hombres hacia lo difícil. Por eso se desvanece en el
hombre la idea de que pueda padecer nada en el futuro. De ahí que esos tales,
mientras están con ese temple, no tienen misericordia, conforme a lo que leemos en
Prov 27,4: No saben de misericordia ni la ira ni el arrebatado furor. Por la misma
razón, tampoco tienen misericordia los soberbios, que desprecian a los demás y les
tienen por malos. Por eso juzgan que justamente sufren lo que están pasando. Y así
dice también San Gregorio, en una homilía, que la falsa justicia, es decir, la de los
soberbios, no tiene compasión, sino desdén.
Artículo 3: ¿Es virtud la misericordia?
Objeciones por las que parece que la misericordia no es virtud:
1. Lo principal de la virtud es la elección, como demuestra el Filósofo en el
libro Ethic., y ésta es el deseo de lo que ha sido objeto de deliberación, como él
mismo dice. No puede, pues, llamarse virtud lo que impide la deliberación. Ahora
bien, la misericordia impide la deliberación, a tenor de lo que escribe Salustio: Los
hombres que se ocupan de asuntos dudosos no deben estar influidos ni por la ira ni
por la misericordia. No dan fácilmente con la verdad cuando intervienen esas
pasiones. Por tanto, la misericordia no es virtud.
2. Nada contrario a la virtud es laudable. Pues bien, la némesis es contraria a la
misericordia, como escribe el Filósofo en el II Rhet., afirmando, por otra parte, en
II Rhet.que es pasión laudable. En conclusión, la misericordia no es virtud.
3. El gozo y la paz son virtudes especiales, porque se siguen de la caridad, como
queda expuesto (q.28 a.4; q.29 a.4). Pero la misericordia se sigue también de la
caridad, ya que por ella lloramos con quienes lloran y gozamos con quienes
gozan (Rom 12,15). Por tanto, la misericordia no es virtud especial.
4. Finalmente, la misericordia, por pertenecer a la potencia apetitiva, no es virtud
intelectual. No es virtud teologal, ya que no tiene a Dios por objeto. Tampoco es
virtud moral, ya que no versa sobre actos que atañen a la justicia, ni sobre las
pasiones, ya que no figura entre los doce medios justos de que habla el Filósofo en
II Ethic. Por tanto, no es virtud.
Contra esto: está la afirmación de San Agustín en IX De civ. Dei: Nunca mejor
habló Cicerón, ni más humanamente, ni mejor acomodado al sentir de los piadosos,
que cuando en alabanza de César dijo: Ninguna de tus virtudes es ni más grata ni
más admirable que tu misericordia. Luego la misericordia es virtud.
Respondo: La misericordia entraña dolor por la miseria ajena. Pero a este dolor
se le puede denominar, por una parte, movimiento del apetito sensitivo, en cuyo
caso la misericordia es pasión, no virtud. Se le puede denominar también
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movimiento del apetito intelectivo, en cuanto siente repulsión por el infortunio ajeno.
Tal afección puede ser regida por la razón, y, regida por la razón, puede quedar
encauzado, a su vez, el movimiento del apetito inferior. Por eso escribe San Agustín
en IX De civ. Dei: Este movimiento del alma —es decir, la misericordia— sirve a la
razón cuando de tal modo se practica la misericordia que queda a salvo la justicia,
sea socorriendo al indigente, sea perdonando al arrepentido. Y dado que la esencia
de la virtud está en regular los movimientos del alma por la razón, como queda
expuesto (1-2 q.56 a.4; q.59 a.4; q.60 a.5; q.66 a.4), hay que afirmar que la
misericordia es virtud.
A las objeciones:
1. Las palabras de Salustio hay que entenderlas en el sentido de la misericordia en
cuanto pasión no regida por la razón. En ese sentido pone, en efecto, obstáculos a
la deliberación de la razón, haciéndola desviarse de la justicia.
2. El Filósofo habla allí de la misericordia y de la némesis como pasiones. Como
tales, una y otra, en efecto, son contrarias por el modo de enjuiciar los males ajenos.
El misericordioso se duele por creer que no se merecen esos males; el nemésico,
por su parte, se complace porque considera que son sufrimientos merecidos, y se
contrista si a los indignos les salen las cosas bien. Y ambas cosas son laudables y
proceden de la misma raiz, dice allí mismo el Filósofo. Pero hablando con propiedad,
lo contrario a la misericordia es la envidia, según veremos en otro lugar (q.36 a.3 ad
3).
3. El gozo y la paz no añaden nada a la razón de bien, objeto de la caridad; por
eso no requieren otras virtudes que ella. Pero la misericordia implica una razón
especial de bien, o sea, la miseria de aquel a quien compadece.
4. La misericordia, en cuanto virtud, es virtud que versa sobre las pasiones y se
reduce al justo medio llamado némesis, porque —se dice— proceden del mismo
sentimiento. Sin embargo, para el Filósofo estos medios no son virtudes, sino
pasiones, porque incluso en cuanto pasiones son laudables. Con todo, nada impide
que provengan de algún hábito electivo, y en este sentido merecen el nombre de
virtud.
Artículo 4: ¿Es la misericordia la mayor de las virtudes?
Objeciones por las que parece que la misericordia es la mayor de las virtudes:
1. Parece que a la virtud corresponde sobre todo el culto divino. Pues bien, la
misericordia es preferida al culto, a tenor de las palabras de Oseas (6,6) referidas en
San Mateo 12,7:Misericordia quiero y no sacrificio. Luego la misericordia es la mayor
de las virtudes.
2. Sobre el texto del Apóstol en 1 Tim 4,8: la piedad es útil para todo, comenta
la Glosa: La doctrina cristiana en su totalidad se resume en estas palabras:
misericordia y piedad. Ahora bien, la doctrina cristiana abarca toda virtud. Por tanto,
la misericordia es la suma de toda virtud.
3. La virtud hace bueno al que la tiene. Por eso tanto mejor será la virtud cuanto
más semejante a Dios hace al hombre, dado que el hombre es mejor por ser más
semejante a Dios. Pues bien, esto lo hace de forma excelente la misericordia, ya que
la Escritura, en el Sal 144,9, afirma de Dios que sus misericordias campean entre
todas sus obras. Por eso en San Lucas 6,36 dice también el Señor: Sed
misericordiosos como misericordioso es vuestro Padre. En consecuencia, la
misericordia es la mayor de las virtudes.
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Contra esto: está el testimonio del Apóstol en Col 3,12: Revestios, como amados
de Dios, de entrañas de misericordia, añadiendo luego (v.14): sobre todo tened
caridad. Luego la misericordia no es la mayor de las virtudes.
Respondo: Una virtud es suprema de dos maneras. La primera, en sí misma; la
segunda, en relación con quien la tiene. En sí misma, la misericordia es,
ciertamente, la mayor. A ella, en efecto, le compete volcarse en los otros, y, lo que
es más aún, socorrer sus deficiencias; esto, en realidad, es lo peculiar del superior.
Por eso se señala también como propio de Dios tener misericordia, y se dice que en
ella se manifiesta de manera extraordinaria su omnipotencia.
Con relación al sujeto, la misericordia no es la máxima, a no ser que sea máximo
quien la posee, no teniendo a nadie sobre sí y a todos por debajo. Para quien tiene a
otro por encima, le es cosa mayor y mejor unirse a él que socorrer las deficiencias
del inferior. Por tanto, con relación al hombre, que tiene a Dios por encima de sí, la
caridad, uniéndole a El, es más excelente que la misericordia con que socorre al
prójimo. Pero entre todas las virtudes que hacen referencia al prójimo, la más
excelente es la misericordia, y su acto es también el mejor. Efectivamente, atender a
las necesidades de otro es, al menos bajo ese aspecto, lo peculiar del superior y
mejor.
A las objeciones:
1. Los sacrificios y ofrendas, que forman parte del culto divino, no son para Dios
en sí mismo, sino para nosotros y para el prójimo. Dios, en efecto, no tiene
necesidad de ellos, y quiere que se los ofrezcamos por nuestra devoción y la utilidad
del prójimo. Por eso, la misericordia, que acude en ayuda de las necesidades del
prójimo, es un sacrificio más acepto a Dios, en cuanto que presta una utilidad más
inmediata al prójimo, a tenor de lo que leemos en la Escritura en Heb 13,16: No os
olvidéis de hacer el bien y de ayudaros mutuamente; ésos son los sacrificios que
agradan a Dios.
2. Toda la vida cristiana se resume en la misericordia en cuanto a las obras
exteriores. Pero el sentimiento interno de la caridad que nos une a Dios está por
encima tanto del amor como de la misericordia hacia el prójimo.
3. La caridad nos hace semejantes a Dios uniéndonos a El por el afecto. Por eso
es mejor que la misericordia, que nos hace semejantes a El en el plano del obrar.
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EVANGELII GAUDIUM (6)
DEL SANTO PADRE
FRANCISCO
A LOS OBISPOS
A LOS PRESBÍTEROS Y DIÁCONOS
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A LOS FIELES LAICOS
SOBRE
EL ANUNCIO DEL EVANGELIO
EN EL MUNDO ACTUAL
ÍNDICE
La alegría del Evangelio
I. Alegría que se renueva y se comunica [2-8]
II. La dulce y confortadora alegría de evangelizar [9-13]
Una eterna novedad [11-13]
III. La nueva evangelización para la transmisión de la fe [14-18]
Propuesta y límites de esta Exhortación [16-18]
Capítulo primero
La transformación misionera de la Iglesia
I. Una Iglesia en salida [20-24]
Primerear, involucrarse, acompañar, fructificar y festejar [24]
II. Pastoral en conversión [25-33]
Una impostergable renovación eclesial [27-33]
III. Desde el corazón del Evangelio [34-39]
IV. La misión que se encarna en los límites humanos [40-45]
V. Una madre de corazón abierto [46-49]
Capítulo segundo
En la crisis del compromiso comunitario
I. Algunos desafíos del mundo actual [52-75]
No a una economía de la exclusión [53-54]
No a la nueva idolatría del dinero [55-56]
No a un dinero que gobierna en lugar de servir [57-58]
No a la inequidad que genera violencia [59-60]
Algunos desafíos culturales [61-67]
Desafíos de la inculturación de la fe [68-70]
Desafíos de las culturas urbanas [71-75]
II. Tentaciones de los agentes pastorales [76-109]
Sí al desafío de una espiritualidad misionera [78-80]
No a la acedia egoísta [81-83]
No al pesimismo estéril [84-86]
Sí a las relaciones nuevas que genera Jesucristo [87-92]
No a la mundanidad espiritual [93-97]
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No a la guerra entre nosotros [98-101]
Otros desafíos eclesiales [102-109]
Capítulo tercero
El anuncio del Evangelio
I. Todo el Pueblo de Dios anuncia el Evangelio [111-134]
Un pueblo para todos [112-114]
Un pueblo con muchos rostros [115-118]
Todos somos discípulos misioneros [119-121]
La fuerza evangelizadora de la piedad popular [122-126]
Persona a persona [127-129]
Carismas al servicio de la comunión evangelizadora [130-131]
Cultura, pensamiento y educación [132-134]
II. La homilía [135-144]
El contexto litúrgico [137-138]
La conversación de la madre [139-141]
Palabras que hacen arder los corazones [142-144]
III. La preparación de la predicación [145-159]
El culto a la verdad [146-148]
La personalización de la Palabra [149-151]
La lectura espiritual [152-153]
Un oído en el pueblo [154-155]
Recursos pedagógicos [156-159]
IV. Una evangelización para la profundización del kerygma [160-175]
Una catequesis kerygmática y mistagógica [163-168]
El acompañamiento personal de los procesos de crecimiento [169-173]
En torno a la Palabra de Dios [174-175]
Capítulo cuarto
La dimensión social de la evangelización
I. Las repercusiones comunitarias y sociales del kerygma [177-185]
Confesión de la fe y compromiso social [178-179]
El Reino que nos reclama [180-181]
La enseñanza de la Iglesia sobre cuestiones sociales [182-185]
II. La inclusión social de los pobres [186-216]
Unidos a Dios escuchamos un clamor [187-192]
Fidelidad al Evangelio para no correr en vano [193-196]
El lugar privilegiado de los pobres en el pueblo de Dios [197-201]
Economía y distribución del ingreso [202-208]
Cuidar la fragilidad [209-216]
III. El bien común y la paz social [217-237]
El tiempo es superior al espacio [222-225]
La unidad prevalece sobre el conflicto [226-230]
La realidad es más importante que la idea [231-233]
El todo es superior a la parte [234-237]
IV. El diálogo social como contribución a la paz [238-258]
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El diálogo entre la fe, la razón y las ciencias [242-243]
El diálogo ecuménico [244-246]
Las relaciones con el Judaísmo [247-249]
El diálogo interreligioso [250-254]
El diálogo social en un contexto de libertad religiosa [255-258]
Capítulo quinto
Evangelizadores con Espíritu
I. Motivaciones para un renovado impulso misionero [262-283]
El encuentro personal con el amor de Jesús que nos salva [264-267]
El gusto espiritual de ser pueblo [268-274]
La acción misteriosa del Resucitado y de su Espíritu [275-280]
La fuerza misionera de la intercesión [281-283]
II. María, la Madre de la evangelización [284-288]
El regalo de Jesús a su pueblo [285-286]
La Estrella de la nueva evangelización [287-288]
1. La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran
con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza,
del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría.
En esta Exhortación quiero dirigirme a los fieles cristianos para invitarlos a una
nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría, e indicar caminos para la
marcha de la Iglesia en los próximos años.
I. Alegría que se renueva y se comunica
2. El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo,
es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda
enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior
se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no
entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría
de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también
corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres
resentidos, quejosos, sin vida. Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no
es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del
corazón de Cristo resucitado.
3. Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a
renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la
decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay
razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie
queda excluido de la alegría reportada por el Señor»[1]. Al que arriesga, el Señor no
lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya
esperaba su llegada con los brazos abiertos. Éste es el momento para decirle a
Jesucristo: «Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero
aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de
nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores». ¡Nos hace tanto
bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa
nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su
misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar «setenta veces siete» (Mt 18,22) nos
da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros
una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e
inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una
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ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No
huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que
pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!
4. Los libros del Antiguo Testamento habían preanunciado la alegría de la salvación,
que se volvería desbordante en los tiempos mesiánicos. El profeta Isaías se dirige al
Mesías esperado saludándolo con regocijo: «Tú multiplicaste la alegría, acrecentaste
el gozo» (9,2). Y anima a los habitantes de Sión a recibirlo entre cantos: «¡Dad gritos
de gozo y de júbilo!» (12,6). A quien ya lo ha visto en el horizonte, el profeta lo invita
a convertirse en mensajero para los demás: «Súbete a un alto monte, alegre
mensajero para Sión; clama con voz poderosa, alegre mensajero para Jerusalén»
(40,9). La creación entera participa de esta alegría de la salvación: «¡Aclamad,
cielos, y exulta, tierra! ¡Prorrumpid, montes, en cantos de alegría! Porque el Señor
ha consolado a su pueblo, y de sus pobres se ha compadecido» (49,13).
Zacarías, viendo el día del Señor, invita a dar vítores al Rey que llega «pobre y
montado en un borrico»: «¡Exulta sin freno, Sión, grita de alegría, Jerusalén, que
viene a ti tu Rey, justo y victorioso!» (9,9).
Pero quizás la invitación más contagiosa sea la del profeta Sofonías, quien nos
muestra al mismo Dios como un centro luminoso de fiesta y de alegría que quiere
comunicar a su pueblo ese gozo salvífico. Me llena de vida releer este texto: «Tu
Dios está en medio de ti, poderoso salvador. Él exulta de gozo por ti, te renueva con
su amor, y baila por ti con gritos de júbilo» (3,17).
Es la alegría que se vive en medio de las pequeñas cosas de la vida cotidiana, como
respuesta a la afectuosa invitación de nuestro Padre Dios: «Hijo, en la medida de tus
posibilidades trátate bien […] No te prives de pasar un buen día» (Si 14,11.14).
¡Cuánta ternura paterna se intuye detrás de estas palabras!
5. El Evangelio, donde deslumbra gloriosa la Cruz de Cristo, invita insistentemente a
la alegría. Bastan algunos ejemplos: «Alégrate» es el saludo del ángel a María
(Lc 1,28). La visita de María a Isabel hace que Juan salte de alegría en el seno de su
madre (cf. Lc 1,41). En su canto María proclama: «Mi espíritu se estremece de
alegría en Dios, mi salvador» (Lc 1,47). Cuando Jesús comienza su ministerio, Juan
exclama: «Ésta es mi alegría, que ha llegado a su plenitud» (Jn 3,29). Jesús mismo
«se llenó de alegría en el Espíritu Santo» (Lc 10,21). Su mensaje es fuente de gozo:
«Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría
sea plena» (Jn 15,11). Nuestra alegría cristiana bebe de la fuente de su corazón
rebosante. Él promete a los discípulos: «Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se
convertirá en alegría» (Jn 16,20). E insiste: «Volveré a veros y se alegrará vuestro
corazón, y nadie os podrá quitar vuestra alegría» (Jn 16,22). Después ellos, al verlo
resucitado, «se alegraron» (Jn 20,20). El libro de los Hechos de los Apóstoles cuenta
que en la primera comunidad «tomaban el alimento con alegría» (2,46). Por donde
los discípulos pasaban, había «una gran alegría» (8,8), y ellos, en medio de la
persecución, «se llenaban de gozo» (13,52). Un eunuco, apenas bautizado, «siguió
gozoso su camino» (8,39), y el carcelero «se alegró con toda su familia por haber
creído en Dios» (16,34). ¿Por qué no entrar también nosotros en ese río de alegría?
6. Hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua. Pero
reconozco que la alegría no se vive del mismo modo en todas las etapas y
circunstancias de la vida, a veces muy duras. Se adapta y se transforma, y siempre
permanece al menos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser
infinitamente amado, más allá de todo. Comprendo a las personas que tienden a la
tristeza por las graves dificultades que tienen que sufrir, pero poco a poco hay que
permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta pero firme
confianza, aun en medio de las peores angustias: «Me encuentro lejos de la paz, he
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olvidado la dicha […] Pero algo traigo a la memoria, algo que me hace esperar. Que
el amor del Señor no se ha acabado, no se ha agotado su ternura. Mañana tras
mañana se renuevan. ¡Grande es su fidelidad! […] Bueno es esperar en silencio la
salvación del Señor» (Lm 3,17.21-23.26).
7. La tentación aparece frecuentemente bajo forma de excusas y reclamos, como si
debieran darse innumerables condiciones para que sea posible la alegría. Esto suele
suceder porque «la sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de
placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría»[2]. Puedo decir que los
gozos más bellos y espontáneos que he visto en mis años de vida son los de
personas muy pobres que tienen poco a qué aferrarse. También recuerdo la genuina
alegría de aquellos que, aun en medio de grandes compromisos profesionales, han
sabido conservar un corazón creyente, desprendido y sencillo. De maneras variadas,
esas alegrías beben en la fuente del amor siempre más grande de Dios que se nos
manifestó en Jesucristo. No me cansaré de repetir aquellas palabras de Benedicto
XVI que nos llevan al centro del Evangelio: «No se comienza a ser cristiano por una
decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una
Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación
decisiva»[3].
8. Sólo gracias a ese encuentro —o reencuentro— con el amor de Dios, que se
convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la
autorreferencialidad. Llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más que
humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos
para alcanzar nuestro ser más verdadero. Allí está el manantial de la acción
evangelizadora. Porque, si alguien ha acogido ese amor que le devuelve el sentido
de la vida, ¿cómo puede contener el deseo de comunicarlo a otros?
II. La dulce y confortadora alegría de evangelizar
9. El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y de
belleza busca por sí misma su expansión, y cualquier persona que viva una profunda
liberación adquiere mayor sensibilidad ante las necesidades de los demás.
Comunicándolo, el bien se arraiga y se desarrolla. Por eso, quien quiera vivir con
dignidad y plenitud no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien.
No deberían asombrarnos entonces algunas expresiones de san Pablo: «El amor de
Cristo nos apremia» (2 Co 5,14); «¡Ay de mí si no anunciara el Evangelio!» (1
Co 9,16).
10. La propuesta es vivir en un nivel superior, pero no con menor intensidad: «La
vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad. De hecho,
los que más disfrutan de la vida son los que dejan la seguridad de la orilla y se
apasionan en la misión de comunicar vida a los demás»[4]. Cuando la Iglesia
convoca a la tarea evangelizadora, no hace más que indicar a los cristianos el
verdadero dinamismo de la realización personal: «Aquí descubrimos otra ley
profunda de la realidad: que la vida se alcanza y madura a medida que se la entrega
para dar vida a los otros. Eso es en definitiva la misión»[5]. Por consiguiente, un
evangelizador no debería tener permanentemente cara de funeral. Recobremos y
acrecentemos el fervor, «la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso
cuando hay que sembrar entre lágrimas […] Y ojalá el mundo actual —que busca a
veces con angustia, a veces con esperanza— pueda así recibir la Buena Nueva, no
a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a
través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido,
ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo»[6].
Una eterna novedad
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11. Un anuncio renovado ofrece a los creyentes, también a los tibios o no
practicantes, una nueva alegría en la fe y una fecundidad evangelizadora. En
realidad, su centro y esencia es siempre el mismo: el Dios que manifestó su amor
inmenso en Cristo muerto y resucitado. Él hace a sus fieles siempre nuevos; aunque
sean ancianos, «les renovará el vigor, subirán con alas como de águila, correrán sin
fatigarse y andarán sin cansarse» (Is 40,31). Cristo es el «Evangelio eterno»
(Ap 14,6), y es «el mismo ayer y hoy y para siempre» (Hb 13,8), pero su riqueza y su
hermosura son inagotables. Él es siempre joven y fuente constante de novedad. La
Iglesia no deja de asombrarse por «la profundidad de la riqueza, de la sabiduría y
del conocimiento de Dios» (Rm 11,33). Decía san Juan de la Cruz: «Esta espesura
de sabiduría y ciencia de Dios es tan profunda e inmensa, que, aunque más el alma
sepa de ella, siempre puede entrar más adentro»[7]. O bien, como afirmaba san
Ireneo: «[Cristo], en su venida, ha traído consigo toda novedad»[8]. Él siempre
puede, con su novedad, renovar nuestra vida y nuestra comunidad y, aunque
atraviese épocas oscuras y debilidades eclesiales, la propuesta cristiana nunca
envejece. Jesucristo también puede romper los esquemas aburridos en los cuales
pretendemos encerrarlo y nos sorprende con su constante creatividad divina. Cada
vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio,
brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más
elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual. En
realidad, toda auténtica acción evangelizadora es siempre «nueva».
12. Si bien esta misión nos reclama una entrega generosa, sería un error entenderla
como una heroica tarea personal, ya que la obra es ante todo de Él, más allá de lo
que podamos descubrir y entender. Jesús es «el primero y el más grande
evangelizador»[9]. En cualquier forma de evangelización el primado es siempre de
Dios, que quiso llamarnos a colaborar con Él e impulsarnos con la fuerza de su
Espíritu. La verdadera novedad es la que Dios mismo misteriosamente quiere
producir, la que Él inspira, la que Él provoca, la que Él orienta y acompaña de mil
maneras. En toda la vida de la Iglesia debe manifestarse siempre que la iniciativa es
de Dios, que «Él nos amó primero» (1 Jn 4,19) y que «es Dios quien hace crecer» (1
Co 3,7). Esta convicción nos permite conservar la alegría en medio de una tarea tan
exigente y desafiante que toma nuestra vida por entero. Nos pide todo, pero al
mismo tiempo nos ofrece todo.
13. Tampoco deberíamos entender la novedad de esta misión como un desarraigo,
como un olvido de la historia viva que nos acoge y nos lanza hacia adelante. La
memoria es una dimensión de nuestra fe que podríamos llamar «deuteronómica», en
analogía con la memoria de Israel. Jesús nos deja la Eucaristía como memoria
cotidiana de la Iglesia, que nos introduce cada vez más en la Pascua (cf. Lc 22,19).
La alegría evangelizadora siempre brilla sobre el trasfondo de la memoria
agradecida: es una gracia que necesitamos pedir. Los Apóstoles jamás olvidaron el
momento en que Jesús les tocó el corazón: «Era alrededor de las cuatro de la tarde»
(Jn 1,39). Junto con Jesús, la memoria nos hace presente «una verdadera nube de
testigos» (Hb 12,1). Entre ellos, se destacan algunas personas que incidieron de
manera especial para hacer brotar nuestro gozo creyente: «Acordaos de aquellos
dirigentes que os anunciaron la Palabra de Dios» (Hb 13,7). A veces se trata de
personas sencillas y cercanas que nos iniciaron en la vida de la fe: «Tengo presente
la sinceridad de tu fe, esa fe que tuvieron tu abuela Loide y tu madre Eunice»
(2 Tm1,5). El creyente es fundamentalmente «memorioso».
III. La nueva evangelización para la transmisión de la fe
14. En la escucha del Espíritu, que nos ayuda a reconocer comunitariamente los
signos de los tiempos, del 7 al 28 de octubre de 2012 se celebró la XIII Asamblea
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General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema La nueva evangelización
para la transmisión de la fe cristiana. Allí se recordó que la nueva evangelización
convoca a todos y se realiza fundamentalmente en tres ámbitos[10]. En primer lugar,
mencionemos el ámbito de la pastoral ordinaria, «animada por el fuego del Espíritu,
para encender los corazones de los fieles que regularmente frecuentan la
comunidad y que se reúnen en el día del Señor para nutrirse de su Palabra y del
Pan de vida eterna»[11]. También se incluyen en este ámbito los fieles que
conservan una fe católica intensa y sincera, expresándola de diversas maneras,
aunque no participen frecuentemente del culto. Esta pastoral se orienta al
crecimiento de los creyentes, de manera que respondan cada vez mejor y con toda
su vida al amor de Dios.
En segundo lugar, recordemos el ámbito de «las personas bautizadas que no viven
las exigencias del Bautismo»[12], no tienen una pertenencia cordial a la Iglesia y ya
no experimentan el consuelo de la fe. La Iglesia, como madre siempre atenta, se
empeña para que vivan una conversión que les devuelva la alegría de la fe y el
deseo de comprometerse con el Evangelio.
Finalmente, remarquemos que la evangelización está esencialmente conectada con
la proclamación del Evangelio a quienes no conocen a Jesucristo o siempre lo han
rechazado. Muchos de ellos buscan a Dios secretamente, movidos por la nostalgia
de su rostro, aun en países de antigua tradición cristiana. Todos tienen el derecho
de recibir el Evangelio. Los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin excluir a
nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una
alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable. La Iglesia no crece
por proselitismo sino «por atracción»[13].
15. Juan Pablo II nos invitó a reconocer que «es necesario mantener viva la solicitud
por el anuncio» a los que están alejados de Cristo, «porque ésta es la tarea
primordial de la Iglesia»[14]. La actividad misionera «representa aún hoy día el
mayor desafío para la Iglesia»[15] y «la causa misionera debe ser la primera»[16].
¿Qué sucedería si nos tomáramos realmente en serio esas palabras? Simplemente
reconoceríamos que la salida misionera es el paradigma de toda obra de la Iglesia.
En esta línea, los Obispos latinoamericanos afirmaron que ya «no podemos
quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos»[17] y que hace falta
pasar «de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente
misionera»[18]. Esta tarea sigue siendo la fuente de las mayores alegrías para la
Iglesia: «Habrá más gozo en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por
noventa y nueve justos que no necesitan convertirse» (Lc 15,7).
Propuesta y límites de esta Exhortación
16. Acepté con gusto el pedido de los Padres sinodales de redactar esta
Exhortación[19]. Al hacerlo, recojo la riqueza de los trabajos del Sínodo. También he
consultado a diversas personas, y procuro además expresar las preocupaciones que
me mueven en este momento concreto de la obra evangelizadora de la Iglesia. Son
innumerables los temas relacionados con la evangelización en el mundo actual que
podrían desarrollarse aquí. Pero he renunciado a tratar detenidamente esas
múltiples cuestiones que deben ser objeto de estudio y cuidadosa profundización.
Tampoco creo que deba esperarse del magisterio papal una palabra definitiva o
completa sobre todas las cuestiones que afectan a la Iglesia y al mundo. No es
conveniente que el Papa reemplace a los episcopados locales en el discernimiento
de todas las problemáticas que se plantean en sus territorios. En este sentido,
percibo la necesidad de avanzar en una saludable «descentralización».
17. Aquí he optado por proponer algunas líneas que puedan alentar y orientar en
toda la Iglesia una nueva etapa evangelizadora, llena de fervor y dinamismo. Dentro
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de ese marco, y en base a la doctrina de la Constitución dogmática Lumen
gentium, decidí, entre otros temas, detenerme largamente en las siguientes
cuestiones:
a) La reforma de la Iglesia en salida misionera.
b) Las tentaciones de los agentes pastorales.
c) La Iglesia entendida como la totalidad del Pueblo de Dios que evangeliza.
d) La homilía y su preparación.
e) La inclusión social de los pobres.
f) La paz y el diálogo social.
g) Las motivaciones espirituales para la tarea misionera.
18. Me extendí en esos temas con un desarrollo que quizá podrá pareceros
excesivo. Pero no lo hice con la intención de ofrecer un tratado, sino sólo para
mostrar la importante incidencia práctica de esos asuntos en la tarea actual de la
Iglesia. Todos ellos ayudan a perfilar un determinado estilo evangelizador que invito
a asumir en cualquier actividad que se realice. Y así, de esta manera, podamos
acoger, en medio de nuestro compromiso diario, la exhortación de la Palabra de
Dios: «Alegraos siempre en el Señor. Os lo repito, ¡alegraos!» (Flp 4,4).
CAPÍTULO PRIMERO
LA TRANSFORMACIÓN MISIONERA DE LA IGLESIA
19. La evangelización obedece al mandato misionero de Jesús: «Id y haced que
todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo lo que os he mandado»
(Mt28,19-20). En estos versículos se presenta el momento en el cual el Resucitado
envía a los suyos a predicar el Evangelio en todo tiempo y por todas partes, de
manera que la fe en Él se difunda en cada rincón de la tierra.
I. Una Iglesia en salida
20. En la Palabra de Dios aparece permanentemente este dinamismo de «salida»
que Dios quiere provocar en los creyentes. Abraham aceptó el llamado a salir hacia
una tierra nueva (cf. Gn 12,1-3). Moisés escuchó el llamado de Dios: «Ve, yo te
envío» (Ex 3,10), e hizo salir al pueblo hacia la tierra de la promesa (cf. Ex 3,17). A
Jeremías le dijo: «Adondequiera que yo te envíe irás» (Jr 1,7). Hoy, en este «id» de
Jesús, están presentes los escenarios y los desafíos siempre nuevos de la misión
evangelizadora de la Iglesia, y todos somos llamados a esta nueva «salida»
misionera. Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el
Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia
comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del
Evangelio.
21. La alegría del Evangelio que llena la vida de la comunidad de los discípulos es
una alegría misionera. La experimentan los setenta y dos discípulos, que regresan
de la misión llenos de gozo (cf. Lc 10,17). La vive Jesús, que se estremece de gozo
en el Espíritu Santo y alaba al Padre porque su revelación alcanza a los pobres y
pequeñitos (cf. Lc 10,21). La sienten llenos de admiración los primeros que se
convierten al escuchar predicar a los Apóstoles «cada uno en su propia lengua»
(Hch 2,6) en Pentecostés. Esa alegría es un signo de que el Evangelio ha sido
anunciado y está dando fruto. Pero siempre tiene la dinámica del éxodo y del don,
del salir de sí, del caminar y sembrar siempre de nuevo, siempre más allá. El Señor
dice: «Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque
para eso he salido» (Mc 1,38). Cuando está sembrada la semilla en un lugar, ya no
se detiene para explicar mejor o para hacer más signos allí, sino que el Espíritu lo
mueve a salir hacia otros pueblos.
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22. La Palabra tiene en sí una potencialidad que no podemos predecir. El Evangelio
habla de una semilla que, una vez sembrada, crece por sí sola también cuando el
agricultor duerme (cf. Mc 4,26-29). La Iglesia debe aceptar esa libertad inaferrable
de la Palabra, que es eficaz a su manera, y de formas muy diversas que suelen
superar nuestras previsiones y romper nuestros esquemas.
23. La intimidad de la Iglesia con Jesús es una intimidad itinerante, y la comunión
«esencialmente se configura como comunión misionera».[20] Fiel al modelo del
Maestro, es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos
los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo. La alegría del
Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie. Así se lo anuncia el
ángel a los pastores de Belén: «No temáis, porque os traigo una Buena Noticia, una
gran alegría para todo el pueblo» (Lc 2,10). El Apocalipsis se refiere a «una Buena
Noticia, la eterna, la que él debía anunciar a los habitantes de la tierra, a toda
nación, familia, lengua y pueblo» (Ap 14,6).
Primerear, involucrarse, acompañar, fructificar y festejar
24. La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean,
que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan. «Primerear»: sepan
disculpar este neologismo. La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor
tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1 Jn 4,10); y, por eso, ella sabe
adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y
llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo
inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita
misericordia del Padre y su fuerza difusiva. ¡Atrevámonos un poco más a primerear!
Como consecuencia, la Iglesia sabe «involucrarse». Jesús lavó los pies a sus
discípulos. El Señor se involucra e involucra a los suyos, poniéndose de rodillas ante
los demás para lavarlos. Pero luego dice a los discípulos: «Seréis felices si hacéis
esto» (Jn 13,17). La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la
vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es
necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el
pueblo. Los evangelizadores tienen así «olor a oveja» y éstas escuchan su voz.
Luego, la comunidad evangelizadora se dispone a «acompañar». Acompaña a la
humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean. Sabe de
esperas largas y de aguante apostólico. La evangelización tiene mucho de
paciencia, y evita maltratar límites. Fiel al don del Señor, también sabe «fructificar».
La comunidad evangelizadora siempre está atenta a los frutos, porque el Señor la
quiere fecunda. Cuida el trigo y no pierde la paz por la cizaña. El sembrador, cuando
ve despuntar la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones quejosas ni
alarmistas. Encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación
concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o
inacabados. El discípulo sabe dar la vida entera y jugarla hasta el martirio como
testimonio de Jesucristo, pero su sueño no es llenarse de enemigos, sino que la
Palabra sea acogida y manifieste su potencia liberadora y renovadora. Por último, la
comunidad evangelizadora gozosa siempre sabe «festejar». Celebra y festeja cada
pequeña victoria, cada paso adelante en la evangelización. La evangelización
gozosa se vuelve belleza en la liturgia en medio de la exigencia diaria de extender el
bien. La Iglesia evangeliza y se evangeliza a sí misma con la belleza de la liturgia, la
cual también es celebración de la actividad evangelizadora y fuente de un renovado
impulso donativo.
II. Pastoral en conversión
25. No ignoro que hoy los documentos no despiertan el mismo interés que en otras
épocas, y son rápidamente olvidados. No obstante, destaco que lo que trataré de
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expresar aquí tiene un sentido programático y consecuencias importantes. Espero
que todas las comunidades procuren poner los medios necesarios para avanzar en
el camino de una conversión pastoral y misionera, que no puede dejar las cosas
como están. Ya no nos sirve una «simple administración»[21]. Constituyámonos en
todas las regiones de la tierra en un «estado permanente de misión»[22].
26. Pablo VI invitó a ampliar el llamado a la renovación, para expresar con fuerza
que no se dirige sólo a los individuos aislados, sino a la Iglesia entera. Recordemos
este memorable texto que no ha perdido su fuerza interpelante: «La Iglesia debe
profundizar en la conciencia de sí misma, debe meditar sobre el misterio que le es
propio […] De esta iluminada y operante conciencia brota un espontáneo deseo de
comparar la imagen ideal de la Iglesia —tal como Cristo la vio, la quiso y la amó
como Esposa suya santa e inmaculada (cf. Ef 5,27)— y el rostro real que hoy la
Iglesia presenta […] Brota, por lo tanto, un anhelo generoso y casi impaciente de
renovación, es decir, de enmienda de los defectos que denuncia y refleja la
conciencia, a modo de examen interior, frente al espejo del modelo que Cristo nos
dejó de sí»[23].
El Concilio Vaticano II presentó la conversión eclesial como la apertura a una
permanente reforma de sí por fidelidad a Jesucristo: «Toda la renovación de la
Iglesia consiste esencialmente en el aumento de la fidelidad a su vocación […] Cristo
llama a la Iglesia peregrinante hacia una perenne reforma, de la que la Iglesia
misma, en cuanto institución humana y terrena, tiene siempre necesidad»[24].
Hay estructuras eclesiales que pueden llegar a condicionar un dinamismo
evangelizador; igualmente las buenas estructuras sirven cuando hay una vida que
las anima, las sostiene y las juzga. Sin vida nueva y auténtico espíritu evangélico,
sin «fidelidad de la Iglesia a la propia vocación», cualquier estructura nueva se
corrompe en poco tiempo.
Una impostergable renovación eclesial
27. Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las
costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se
convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que
para la autopreservación. La reforma de estructuras que exige la conversión pastoral
sólo puede entenderse en este sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más
misioneras, que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y
abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida y
favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a su
amistad. Como decía Juan Pablo II a los Obispos de Oceanía, «toda renovación en
el seno de la Iglesia debe tender a la misión como objetivo para no caer presa de
una especie de introversión eclesial»[25].
28. La parroquia no es una estructura caduca; precisamente porque tiene una gran
plasticidad, puede tomar formas muy diversas que requieren la docilidad y la
creatividad misionera del Pastor y de la comunidad. Aunque ciertamente no es la
única institución evangelizadora, si es capaz de reformarse y adaptarse
continuamente, seguirá siendo «la misma Iglesia que vive entre las casas de sus
hijos y de sus hijas»[26]. Esto supone que realmente esté en contacto con los
hogares y con la vida del pueblo, y no se convierta en una prolija estructura
separada de la gente o en un grupo de selectos que se miran a sí mismos. La
parroquia es presencia eclesial en el territorio, ámbito de la escucha de la Palabra,
del crecimiento de la vida cristiana, del diálogo, del anuncio, de la caridad generosa,
de la adoración y la celebración[27]. A través de todas sus actividades, la parroquia
alienta y forma a sus miembros para que sean agentes de evangelización[28]. Es
comunidad de comunidades, santuario donde los sedientos van a beber para seguir
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caminando, y centro de constante envío misionero. Pero tenemos que reconocer que
el llamado a la revisión y renovación de las parroquias todavía no ha dado
suficientes frutos en orden a que estén todavía más cerca de la gente, que sean
ámbitos de viva comunión y participación, y se orienten completamente a la misión.
29. Las demás instituciones eclesiales, comunidades de base y pequeñas
comunidades, movimientos y otras formas de asociación, son una riqueza de la
Iglesia que el Espíritu suscita para evangelizar todos los ambientes y sectores.
Muchas veces aportan un nuevo fervor evangelizador y una capacidad de diálogo
con el mundo que renuevan a la Iglesia. Pero es muy sano que no pierdan el
contacto con esa realidad tan rica de la parroquia del lugar, y que se integren
gustosamente en la pastoral orgánica de la Iglesia particular[29]. Esta integración
evitará que se queden sólo con una parte del Evangelio y de la Iglesia, o que se
conviertan en nómadas sin raíces.
30. Cada Iglesia particular, porción de la Iglesia católica bajo la guía de su obispo,
también está llamada a la conversión misionera. Ella es el sujeto primario de la
evangelización[30], ya que es la manifestación concreta de la única Iglesia en un
lugar del mundo, y en ella «verdaderamente está y obra la Iglesia de Cristo, que es
Una, Santa, Católica y Apostólica»[31]. Es la Iglesia encarnada en un espacio
determinado, provista de todos los medios de salvación dados por Cristo, pero con
un rostro local. Su alegría de comunicar a Jesucristo se expresa tanto en su
preocupación por anunciarlo en otros lugares más necesitados como en una salida
constante hacia las periferias de su propio territorio o hacia los nuevos ámbitos
socioculturales[32]. Procura estar siempre allí donde hace más falta la luz y la vida
del Resucitado[33]. En orden a que este impulso misionero sea cada vez más
intenso, generoso y fecundo, exhorto también a cada Iglesia particular a entrar en un
proceso decidido de discernimiento, purificación y reforma.
31. El obispo siempre debe fomentar la comunión misionera en su Iglesia diocesana
siguiendo el ideal de las primeras comunidades cristianas, donde los creyentes
tenían un solo corazón y una sola alma (cf. Hch 4,32). Para eso, a veces estará
delante para indicar el camino y cuidar la esperanza del pueblo, otras veces estará
simplemente en medio de todos con su cercanía sencilla y misericordiosa, y en
ocasiones deberá caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados y, sobre
todo, porque el rebaño mismo tiene su olfato para encontrar nuevos caminos. En su
misión de fomentar una comunión dinámica, abierta y misionera, tendrá que alentar
y procurar la maduración de los mecanismos de participación que propone el Código
de Derecho Canónico[34] y otras formas de diálogo pastoral, con el deseo de
escuchar a todos y no sólo a algunos que le acaricien los oídos. Pero el objetivo de
estos procesos participativos no será principalmente la organización eclesial, sino el
sueño misionero de llegar a todos.
32. Dado que estoy llamado a vivir lo que pido a los demás, también debo pensar en
una conversión del papado. Me corresponde, como Obispo de Roma, estar abierto a
las sugerencias que se orienten a un ejercicio de mi ministerio que lo vuelva más fiel
al sentido que Jesucristo quiso darle y a las necesidades actuales de la
evangelización. El Papa Juan Pablo II pidió que se le ayudara a encontrar «una
forma del ejercicio del primado que, sin renunciar de ningún modo a lo esencial de
su misión, se abra a una situación nueva»[35]. Hemos avanzado poco en ese
sentido. También el papado y las estructuras centrales de la Iglesia universal
necesitan escuchar el llamado a una conversión pastoral. El Concilio Vaticano II
expresó que, de modo análogo a las antiguas Iglesias patriarcales, las Conferencias
episcopales pueden «desarrollar una obra múltiple y fecunda, a fin de que el afecto
colegial tenga una aplicación concreta»[36]. Pero este deseo no se realizó
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plenamente, por cuanto todavía no se ha explicitado suficientemente un estatuto de
las Conferencias episcopales que las conciba como sujetos de atribuciones
concretas, incluyendo también alguna auténtica autoridad doctrinal[37]. Una
excesiva centralización, más que ayudar, complica la vida de la Iglesia y su dinámica
misionera.
33. La pastoral en clave de misión pretende abandonar el cómodo criterio pastoral
del «siempre se ha hecho así». Invito a todos a ser audaces y creativos en esta
tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos
evangelizadores de las propias comunidades. Una postulación de los fines sin una
adecuada búsqueda comunitaria de los medios para alcanzarlos está condenada a
convertirse en mera fantasía. Exhorto a todos a aplicar con generosidad y valentía
las orientaciones de este documento, sin prohibiciones ni miedos. Lo importante es
no caminar solos, contar siempre con los hermanos y especialmente con la guía de
los obispos, en un sabio y realista discernimiento pastoral.
III. Desde el corazón del Evangelio
34. Si pretendemos poner todo en clave misionera, esto también vale para el modo
de comunicar el mensaje. En el mundo de hoy, con la velocidad de las
comunicaciones y la selección interesada de contenidos que realizan los medios, el
mensaje que anunciamos corre más que nunca el riesgo de aparecer mutilado y
reducido a algunos de sus aspectos secundarios. De ahí que algunas cuestiones
que forman parte de la enseñanza moral de la Iglesia queden fuera del contexto que
les da sentido. El problema mayor se produce cuando el mensaje que anunciamos
aparece entonces identificado con esos aspectos secundarios que, sin dejar de ser
importantes, por sí solos no manifiestan el corazón del mensaje de Jesucristo.
Entonces conviene ser realistas y no dar por supuesto que nuestros interlocutores
conocen el trasfondo completo de lo que decimos o que pueden conectar nuestro
discurso con el núcleo esencial del Evangelio que le otorga sentido, hermosura y
atractivo.
35. Una pastoral en clave misionera no se obsesiona por la transmisión
desarticulada de una multitud de doctrinas que se intenta imponer a fuerza de
insistencia. Cuando se asume un objetivo pastoral y un estilo misionero, que
realmente llegue a todos sin excepciones ni exclusiones, el anuncio se concentra en
lo esencial, que es lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y al mismo tiempo lo
más necesario. La propuesta se simplifica, sin perder por ello profundidad y verdad,
y así se vuelve más contundente y radiante.
36. Todas las verdades reveladas proceden de la misma fuente divina y son creídas
con la misma fe, pero algunas de ellas son más importantes por expresar más
directamente el corazón del Evangelio. En este núcleo fundamental lo que
resplandece es la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo
muerto y resucitado. En este sentido, el Concilio Vaticano II explicó que «hay un
orden o “jerarquía” en las verdades en la doctrina católica, por ser diversa su
conexión con el fundamento de la fe cristiana»[38]. Esto vale tanto para los dogmas
de fe como para el conjunto de las enseñanzas de la Iglesia, e incluso para la
enseñanza moral.
37. Santo Tomás de Aquino enseñaba que en el mensaje moral de la Iglesia también
hay una jerarquía, en las virtudes y en los actos que de ellas proceden[39]. Allí lo
que cuenta es ante todo «la fe que se hace activa por la caridad» (Ga 5,6). Las
obras de amor al prójimo son la manifestación externa más perfecta de la gracia
interior del Espíritu: «La principalidad de la ley nueva está en la gracia del Espíritu
Santo, que se manifiesta en la fe que obra por el amor»[40]. Por ello explica que, en
cuanto al obrar exterior, la misericordia es la mayor de todas las virtudes: «En sí
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misma la misericordia es la más grande de las virtudes, ya que a ella pertenece
volcarse en otros y, más aún, socorrer sus deficiencias. Esto es peculiar del superior,
y por eso se tiene como propio de Dios tener misericordia, en la cual resplandece su
omnipotencia de modo máximo»[41].
38. Es importante sacar las consecuencias pastorales de la enseñanza conciliar, que
recoge una antigua convicción de la Iglesia. Ante todo hay que decir que en el
anuncio del Evangelio es necesario que haya una adecuada proporción. Ésta se
advierte en la frecuencia con la cual se mencionan algunos temas y en los acentos
que se ponen en la predicación. Por ejemplo, si un párroco a lo largo de un año
litúrgico habla diez veces sobre la templanza y sólo dos o tres veces sobre la caridad
o la justicia, se produce una desproporción donde las que se ensombrecen son
precisamente aquellas virtudes que deberían estar más presentes en la predicación
y en la catequesis. Lo mismo sucede cuando se habla más de la ley que de la
gracia, más de la Iglesia que de Jesucristo, más del Papa que de la Palabra de Dios.
39. Así como la organicidad entre las virtudes impide excluir alguna de ellas del ideal
cristiano, ninguna verdad es negada. No hay que mutilar la integralidad del mensaje
del Evangelio. Es más, cada verdad se comprende mejor si se la pone en relación
con la armoniosa totalidad del mensaje cristiano, y en ese contexto todas las
verdades tienen su importancia y se iluminan unas a otras. Cuando la predicación es
fiel al Evangelio, se manifiesta con claridad la centralidad de algunas verdades y
queda claro que la predicación moral cristiana no es una ética estoica, es más que
una ascesis, no es una mera filosofía práctica ni un catálogo de pecados y errores.
El Evangelio invita ante todo a responder al Dios amante que nos salva,
reconociéndolo en los demás y saliendo de nosotros mismos para buscar el bien de
todos. ¡Esa invitación en ninguna circunstancia se debe ensombrecer! Todas las
virtudes están al servicio de esta respuesta de amor. Si esa invitación no brilla con
fuerza y atractivo, el edificio moral de la Iglesia corre el riesgo de convertirse en un
castillo de naipes, y allí está nuestro peor peligro. Porque no será propiamente el
Evangelio lo que se anuncie, sino algunos acentos doctrinales o morales que
proceden de determinadas opciones ideológicas. El mensaje correrá el riesgo de
perder su frescura y dejará de tener «olor a Evangelio».
IV. La misión que se encarna en los límites humanos
40. La Iglesia, que es discípula misionera, necesita crecer en su interpretación de la
Palabra revelada y en su comprensión de la verdad. La tarea de los exégetas y de
los teólogos ayuda a «madurar el juicio de la Iglesia»[42]. De otro modo también lo
hacen las demás ciencias. Refiriéndose a las ciencias sociales, por ejemplo, Juan
Pablo II ha dicho que la Iglesia presta atención a sus aportes «para sacar
indicaciones concretas que le ayuden a desempeñar su misión de Magisterio»[43].
Además, en el seno de la Iglesia hay innumerables cuestiones acerca de las cuales
se investiga y se reflexiona con amplia libertad. Las distintas líneas de pensamiento
filosófico, teológico y pastoral, si se dejan armonizar por el Espíritu en el respeto y el
amor, también pueden hacer crecer a la Iglesia, ya que ayudan a explicitar mejor el
riquísimo tesoro de la Palabra. A quienes sueñan con una doctrina monolítica
defendida por todos sin matices, esto puede parecerles una imperfecta dispersión.
Pero la realidad es que esa variedad ayuda a que se manifiesten y desarrollen mejor
los diversos aspectos de la inagotable riqueza del Evangelio[44].
41. Al mismo tiempo, los enormes y veloces cambios culturales requieren que
prestemos una constante atención para intentar expresar las verdades de siempre
en un lenguaje que permita advertir su permanente novedad. Pues en el depósito de
la doctrina cristiana «una cosa es la substancia […] y otra la manera de formular su
expresión»[45]. A veces, escuchando un lenguaje completamente ortodoxo, lo que
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los fieles reciben, debido al lenguaje que ellos utilizan y comprenden, es algo que no
responde al verdadero Evangelio de Jesucristo. Con la santa intención de
comunicarles la verdad sobre Dios y sobre el ser humano, en algunas ocasiones les
damos un falso dios o un ideal humano que no es verdaderamente cristiano. De ese
modo, somos fieles a una formulación, pero no entregamos la substancia. Ése es el
riesgo más grave. Recordemos que «la expresión de la verdad puede ser
multiforme, y la renovación de las formas de expresión se hace necesaria para
transmitir al hombre de hoy el mensaje evangélico en su inmutable significado»[46].
42. Esto tiene una gran incidencia en el anuncio del Evangelio si de verdad tenemos
el propósito de que su belleza pueda ser mejor percibida y acogida por todos. De
cualquier modo, nunca podremos convertir las enseñanzas de la Iglesia en algo
fácilmente comprendido y felizmente valorado por todos. La fe siempre conserva un
aspecto de cruz, alguna oscuridad que no le quita la firmeza de su adhesión. Hay
cosas que sólo se comprenden y valoran desde esa adhesión que es hermana del
amor, más allá de la claridad con que puedan percibirse las razones y argumentos.
Por ello, cabe recordar que todo adoctrinamiento ha de situarse en la actitud
evangelizadora que despierte la adhesión del corazón con la cercanía, el amor y el
testimonio.
43. En su constante discernimiento, la Iglesia también puede llegar a reconocer
costumbres propias no directamente ligadas al núcleo del Evangelio, algunas muy
arraigadas a lo largo de la historia, que hoy ya no son interpretadas de la misma
manera y cuyo mensaje no suele ser percibido adecuadamente. Pueden ser bellas,
pero ahora no prestan el mismo servicio en orden a la transmisión del Evangelio. No
tengamos miedo de revisarlas. Del mismo modo, hay normas o preceptos eclesiales
que pueden haber sido muy eficaces en otras épocas pero que ya no tienen la
misma fuerza educativa como cauces de vida. Santo Tomás de Aquino destacaba
que los preceptos dados por Cristo y los Apóstoles al Pueblo de Dios «son
poquísimos»[47]. Citando a san Agustín, advertía que los preceptos añadidos por la
Iglesia posteriormente deben exigirse con moderación «para no hacer pesada la vida
a los fieles» y convertir nuestra religión en una esclavitud, cuando «la misericordia
de Dios quiso que fuera libre»[48]. Esta advertencia, hecha varios siglos atrás, tiene
una tremenda actualidad. Debería ser uno de los criterios a considerar a la hora de
pensar una reforma de la Iglesia y de su predicación que permita realmente llegar a
todos.
44. Por otra parte, tanto los Pastores como todos los fieles que acompañen a sus
hermanos en la fe o en un camino de apertura a Dios, no pueden olvidar lo que con
tanta claridad enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: «La imputabilidad y la
responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas e incluso suprimidas a
causa de la ignorancia, la inadvertencia, la violencia, el temor, los hábitos, los
afectos desordenados y otros factores psíquicos o sociales»[49].
Por lo tanto, sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con
misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se
van construyendo día a día[50]. A los sacerdotes les recuerdo que el confesionario
no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor que nos
estimula a hacer el bien posible. Un pequeño paso, en medio de grandes límites
humanos, puede ser más agradable a Dios que la vida exteriormente correcta de
quien transcurre sus días sin enfrentar importantes dificultades. A todos debe llegar
el consuelo y el estímulo del amor salvífico de Dios, que obra misteriosamente en
cada persona, más allá de sus defectos y caídas.
45. Vemos así que la tarea evangelizadora se mueve entre los límites del lenguaje y
de las circunstancias. Procura siempre comunicar mejor la verdad del Evangelio en
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un contexto determinado, sin renunciar a la verdad, al bien y a la luz que pueda
aportar cuando la perfección no es posible. Un corazón misionero sabe de esos
límites y se hace «débil con los débiles […] todo para todos» (1 Co 9,22). Nunca se
encierra, nunca se repliega en sus seguridades, nunca opta por la rigidez
autodefensiva. Sabe que él mismo tiene que crecer en la comprensión del Evangelio
y en el discernimiento de los senderos del Espíritu, y entonces no renuncia al bien
posible, aunque corra el riesgo de mancharse con el barro del camino.
V. Una madre de corazón abierto
46. La Iglesia «en salida» es una Iglesia con las puertas abiertas. Salir hacia los
demás para llegar a las periferias humanas no implica correr hacia el mundo sin
rumbo y sin sentido. Muchas veces es más bien detener el paso, dejar de lado la
ansiedad para mirar a los ojos y escuchar, o renunciar a las urgencias para
acompañar al que se quedó al costado del camino. A veces es como el padre del
hijo pródigo, que se queda con las puertas abiertas para que, cuando regrese, pueda
entrar sin dificultad.
47. La Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre. Uno de los
signos concretos de esa apertura es tener templos con las puertas abiertas en todas
partes. De ese modo, si alguien quiere seguir una moción del Espíritu y se acerca
buscando a Dios, no se encontrará con la frialdad de unas puertas cerradas. Pero
hay otras puertas que tampoco se deben cerrar. Todos pueden participar de alguna
manera en la vida eclesial, todos pueden integrar la comunidad, y tampoco las
puertas de los sacramentos deberían cerrarse por una razón cualquiera. Esto vale
sobre todo cuando se trata de ese sacramento que es «la puerta», el Bautismo. La
Eucaristía, si bien constituye la plenitud de la vida sacramental, no es un premio
para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles[51].
Estas convicciones también tienen consecuencias pastorales que estamos llamados
a considerar con prudencia y audacia. A menudo nos comportamos como
controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana,
es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas.
48. Si la Iglesia entera asume este dinamismo misionero, debe llegar a todos, sin
excepciones. Pero ¿a quiénes debería privilegiar? Cuando uno lee el Evangelio, se
encuentra con una orientación contundente: no tanto a los amigos y vecinos ricos
sino sobre todo a los pobres y enfermos, a esos que suelen ser despreciados y
olvidados, a aquellos que «no tienen con qué recompensarte» (Lc14,14). No deben
quedar dudas ni caben explicaciones que debiliten este mensaje tan claro. Hoy y
siempre, «los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio»[52], y la
evangelización dirigida gratuitamente a ellos es signo del Reino que Jesús vino a
traer. Hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y
los pobres. Nunca los dejemos solos.
49. Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo. Repito aquí para
toda la Iglesia lo que muchas veces he dicho a los sacerdotes y laicos de Buenos
Aires: prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes
que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias
seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine
clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. Si algo debe
inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos
nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin
una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida. Más
que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las
estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces
implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay
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una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: «¡Dadles vosotros de
comer!» (Mc 6,37).
CAPÍTULO SEGUNDO
EN LA CRISIS DEL COMPROMISO COMUNITARIO
50. Antes de hablar acerca de algunas cuestiones fundamentales relacionadas con
la acción evangelizadora, conviene recordar brevemente cuál es el contexto en el
cual nos toca vivir y actuar. Hoy suele hablarse de un «exceso de diagnóstico» que
no siempre está acompañado de propuestas superadoras y realmente aplicables.
Por otra parte, tampoco nos serviría una mirada puramente sociológica, que podría
tener pretensiones de abarcar toda la realidad con su metodología de una manera
supuestamente neutra y aséptica. Lo que quiero ofrecer va más bien en la línea de
un discernimiento evangélico. Es la mirada del discípulo misionero, que se «alimenta
a la luz y con la fuerza del Espíritu Santo»[53].
51. No es función del Papa ofrecer un análisis detallado y completo sobre la realidad
contemporánea, pero aliento a todas las comunidades a una «siempre vigilante
capacidad de estudiar los signos de los tiempos»[54]. Se trata de una
responsabilidad grave, ya que algunas realidades del presente, si no son bien
resueltas, pueden desencadenar procesos de deshumanización difíciles de revertir
más adelante. Es preciso esclarecer aquello que pueda ser un fruto del Reino y
también aquello que atenta contra el proyecto de Dios. Esto implica no sólo
reconocer e interpretar las mociones del buen espíritu y del malo, sino —y aquí
radica lo decisivo— elegir las del buen espíritu y rechazar las del malo. Doy por
supuestos los diversos análisis que ofrecieron otros documentos del Magisterio
universal, así como los que han propuesto los episcopados regionales y nacionales.
En esta Exhortación sólo pretendo detenerme brevemente, con una mirada pastoral,
en algunos aspectos de la realidad que pueden detener o debilitar los dinamismos
de renovación misionera de la Iglesia, sea porque afectan a la vida y a la dignidad
del Pueblo de Dios, sea porque inciden también en los sujetos que participan de un
modo más directo en las instituciones eclesiales y en tareas evangelizadoras.
I. Algunos desafíos del mundo actual
52. La humanidad vive en este momento un giro histórico, que podemos ver en los
adelantos que se producen en diversos campos. Son de alabar los avances que
contribuyen al bienestar de la gente, como, por ejemplo, en el ámbito de la salud, de
la educación y de la comunicación. Sin embargo, no podemos olvidar que la mayoría
de los hombres y mujeres de nuestro tiempo vive precariamente el día a día, con
consecuencias funestas. Algunas patologías van en aumento. El miedo y la
desesperación se apoderan del corazón de numerosas personas, incluso en los
llamados países ricos. La alegría de vivir frecuentemente se apaga, la falta de
respeto y la violencia crecen, la inequidad es cada vez más patente. Hay que luchar
para vivir y, a menudo, para vivir con poca dignidad. Este cambio de época se ha
generado por los enormes saltos cualitativos, cuantitativos, acelerados y
acumulativos que se dan en el desarrollo científico, en las innovaciones tecnológicas
y en sus veloces aplicaciones en distintos campos de la naturaleza y de la vida.
Estamos en la era del conocimiento y la información, fuente de nuevas formas de un
poder muchas veces anónimo.
No a una economía de la exclusión
53. Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el
valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión
y la inequidad». Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de
frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la
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bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay
gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la
competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil.
Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven
excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser
humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar.
Hemos dado inicio a la cultura del «descarte» que, además, se promueve. Ya no se
trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo
nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la
sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin
poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desechos,
«sobrantes».
54. En este contexto, algunos todavía defienden las teorías del «derrame», que
suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado,
logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta
opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda
e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los
mecanismos sacralizados del sistema económico imperante. Mientras tanto, los
excluidos siguen esperando. Para poder sostener un estilo de vida que excluye a
otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una
globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de
compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los
demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que
no nos incumbe. La cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el
mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas
truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de
ninguna manera nos altera.
No a la nueva idolatría del dinero
55. Una de las causas de esta situación se encuentra en la relación que hemos
establecido con el dinero, ya que aceptamos pacíficamente su predominio sobre
nosotros y nuestras sociedades. La crisis financiera que atravesamos nos hace
olvidar que en su origen hay una profunda crisis antropológica: ¡la negación de la
primacía del ser humano! Hemos creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo
becerro de oro (cf. Ex 32,1-35) ha encontrado una versión nueva y despiadada en el
fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo
verdaderamente humano. La crisis mundial, que afecta a las finanzas y a la
economía, pone de manifiesto sus desequilibrios y, sobre todo, la grave carencia de
su orientación antropológica que reduce al ser humano a una sola de sus
necesidades: el consumo.
56. Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la
mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz. Este
desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los
mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de
los Estados, encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía
invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y
sus reglas. Además, la deuda y sus intereses alejan a los países de las posibilidades
viables de su economía y a los ciudadanos de su poder adquisitivo real. A todo ello
se añade una corrupción ramificada y una evasión fiscal egoísta, que han asumido
dimensiones mundiales. El afán de poder y de tener no conoce límites. En este
sistema, que tiende a fagocitarlo todo en orden a acrecentar beneficios, cualquier
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cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del
mercado divinizado, convertidos en regla absoluta.
No a un dinero que gobierna en lugar de servir
57. Tras esta actitud se esconde el rechazo de la ética y el rechazo de Dios. La ética
suele ser mirada con cierto desprecio burlón. Se considera contraproducente,
demasiado humana, porque relativiza el dinero y el poder. Se la siente como una
amenaza, pues condena la manipulación y la degradación de la persona. En
definitiva, la ética lleva a un Dios que espera una respuesta comprometida que está
fuera de las categorías del mercado. Para éstas, si son absolutizadas, Dios es
incontrolable, inmanejable, incluso peligroso, por llamar al ser humano a su plena
realización y a la independencia de cualquier tipo de esclavitud. La ética —una ética
no ideologizada— permite crear un equilibrio y un orden social más humano. En este
sentido, animo a los expertos financieros y a los gobernantes de los países a
considerar las palabras de un sabio de la antigüedad: «No compartir con los pobres
los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que
tenemos, sino suyos»[55].
58. Una reforma financiera que no ignore la ética requeriría un cambio de actitud
enérgico por parte de los dirigentes políticos, a quienes exhorto a afrontar este reto
con determinación y visión de futuro, sin ignorar, por supuesto, la especificidad de
cada contexto. ¡El dinero debe servir y no gobernar! El Papa ama a todos, ricos y
pobres, pero tiene la obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos
deben ayudar a los pobres, respetarlos, promocionarlos. Os exhorto a la solidaridad
desinteresada y a una vuelta de la economía y las finanzas a una ética en favor del
ser humano.
No a la inequidad que genera violencia
59. Hoy en muchas partes se reclama mayor seguridad. Pero hasta que no se
reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos
pueblos será imposible erradicar la violencia. Se acusa de la violencia a los pobres y
a los pueblos pobres pero, sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de
agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano
provocará su explosión. Cuando la sociedad —local, nacional o mundial— abandona
en la periferia una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos
policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad.
Esto no sucede solamente porque la inequidad provoca la reacción violenta de los
excluidos del sistema, sino porque el sistema social y económico es injusto en su
raíz. Así como el bien tiende a comunicarse, el mal consentido, que es la injusticia,
tiende a expandir su potencia dañina y a socavar silenciosamente las bases de
cualquier sistema político y social por más sólido que parezca. Si cada acción tiene
consecuencias, un mal enquistado en las estructuras de una sociedad tiene siempre
un potencial de disolución y de muerte. Es el mal cristalizado en estructuras sociales
injustas, a partir del cual no puede esperarse un futuro mejor. Estamos lejos del
llamado «fin de la historia», ya que las condiciones de un desarrollo sostenible y en
paz todavía no están adecuadamente planteadas y realizadas.
60. Los mecanismos de la economía actual promueven una exacerbación del
consumo, pero resulta que el consumismo desenfrenado unido a la inequidad es
doblemente dañino del tejido social. Así la inequidad genera tarde o temprano una
violencia que las carreras armamentistas no resuelven ni resolverán jamás. Sólo
sirven para pretender engañar a los que reclaman mayor seguridad, como si hoy no
supiéramos que las armas y la represión violenta, más que aportar soluciones, crean
nuevos y peores conflictos. Algunos simplemente se regodean culpando a los
pobres y a los países pobres de sus propios males, con indebidas generalizaciones,
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y pretenden encontrar la solución en una «educación» que los tranquilice y los
convierta en seres domesticados e inofensivos. Esto se vuelve todavía más irritante
si los excluidos ven crecer ese cáncer social que es la corrupción profundamente
arraigada en muchos países —en sus gobiernos, empresarios e instituciones—
cualquiera que sea la ideología política de los gobernantes.
Algunos desafíos culturales
61. Evangelizamos también cuando tratamos de afrontar los diversos desafíos que
puedan presentarse[56]. A veces éstos se manifiestan en verdaderos ataques a la
libertad religiosa o en nuevas situaciones de persecución a los cristianos, las cuales
en algunos países han alcanzado niveles alarmantes de odio y violencia. En muchos
lugares se trata más bien de una difusa indiferencia relativista, relacionada con el
desencanto y la crisis de las ideologías que se provocó como reacción contra todo lo
que parezca totalitario. Esto no perjudica sólo a la Iglesia, sino a la vida social en
general. Reconozcamos que una cultura, en la cual cada uno quiere ser el portador
de una propia verdad subjetiva, vuelve difícil que los ciudadanos deseen integrar un
proyecto común más allá de los beneficios y deseos personales.
62. En la cultura predominante, el primer lugar está ocupado por lo exterior, lo
inmediato, lo visible, lo rápido, lo superficial, lo provisorio. Lo real cede el lugar a la
apariencia. En muchos países, la globalización ha significado un acelerado deterioro
de las raíces culturales con la invasión de tendencias pertenecientes a otras
culturas, económicamente desarrolladas pero éticamente debilitadas. Así lo han
manifestado en distintos Sínodos los Obispos de varios continentes. Los Obispos
africanos, por ejemplo, retomando la Encíclica Sollicitudo rei socialis, señalaron años
atrás que muchas veces se quiere convertir a los países de África en simples
«piezas de un mecanismo y de un engranaje gigantesco. Esto sucede a menudo en
el campo de los medios de comunicación social, los cuales, al estar dirigidos
mayormente por centros de la parte Norte del mundo, no siempre tienen en la debida
consideración las prioridades y los problemas propios de estos países, ni respetan
su fisonomía cultural»[57]. Igualmente, los Obispos de Asia «subrayaron los influjos
que desde el exterior se ejercen sobre las culturas asiáticas. Están apareciendo
nuevas formas de conducta, que son resultado de una excesiva exposición a los
medios de comunicación social […] Eso tiene como consecuencia que los aspectos
negativos de las industrias de los medios de comunicación y de entretenimiento
ponen en peligro los valores tradicionales»[58].
63. La fe católica de muchos pueblos se enfrenta hoy con el desafío de la
proliferación de nuevos movimientos religiosos, algunos tendientes al
fundamentalismo y otros que parecen proponer una espiritualidad sin Dios. Esto es,
por una parte, el resultado de una reacción humana frente a la sociedad materialista,
consumista e individualista y, por otra parte, un aprovechamiento de las carencias de
la población que vive en las periferias y zonas empobrecidas, que sobrevive en
medio de grandes dolores humanos y busca soluciones inmediatas para sus
necesidades. Estos movimientos religiosos, que se caracterizan por su sutil
penetración, vienen a llenar, dentro del individualismo imperante, un vacío dejado
por el racionalismo secularista. Además, es necesario que reconozcamos que, si
parte de nuestro pueblo bautizado no experimenta su pertenencia a la Iglesia, se
debe también a la existencia de unas estructuras y a un clima poco acogedores en
algunas de nuestras parroquias y comunidades, o a una actitud burocrática para dar
respuesta a los problemas, simples o complejos, de la vida de nuestros pueblos. En
muchas partes hay un predominio de lo administrativo sobre lo pastoral, así como
una sacramentalización sin otras formas de evangelización.
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64. El proceso de secularización tiende a reducir la fe y la Iglesia al ámbito de lo
privado y de lo íntimo. Además, al negar toda trascendencia, ha producido una
creciente deformación ética, un debilitamiento del sentido del pecado personal y
social y un progresivo aumento del relativismo, que ocasionan una desorientación
generalizada, especialmente en la etapa de la adolescencia y la juventud, tan
vulnerable a los cambios. Como bien indican los Obispos de Estados Unidos de
América, mientras la Iglesia insiste en la existencia de normas morales objetivas,
válidas para todos, «hay quienes presentan esta enseñanza como injusta, esto es,
como opuesta a los derechos humanos básicos. Tales alegatos suelen provenir de
una forma de relativismo moral que está unida, no sin inconsistencia, a una creencia
en los derechos absolutos de los individuos. En este punto de vista se percibe a la
Iglesia como si promoviera un prejuicio particular y como si interfiriera con la libertad
individual»[59]. Vivimos en una sociedad de la información que nos satura
indiscriminadamente de datos, todos en el mismo nivel, y termina llevándonos a una
tremenda superficialidad a la hora de plantear las cuestiones morales. Por
consiguiente, se vuelve necesaria una educación que enseñe a pensar críticamente
y que ofrezca un camino de maduración en valores.
65. A pesar de toda la corriente secularista que invade las sociedades, en muchos
países —aun donde el cristianismo es minoría— la Iglesia católica es una institución
creíble ante la opinión pública, confiable en lo que respecta al ámbito de la
solidaridad y de la preocupación por los más carenciados. En repetidas ocasiones
ha servido de mediadora en favor de la solución de problemas que afectan a la paz,
la concordia, la tierra, la defensa de la vida, los derechos humanos y ciudadanos,
etc. ¡Y cuánto aportan las escuelas y universidades católicas en todo el mundo! Es
muy bueno que así sea. Pero nos cuesta mostrar que, cuando planteamos otras
cuestiones que despiertan menor aceptación pública, lo hacemos por fidelidad a las
mismas convicciones sobre la dignidad humana y el bien común.
66. La familia atraviesa una crisis cultural profunda, como todas las comunidades y
vínculos sociales. En el caso de la familia, la fragilidad de los vínculos se vuelve
especialmente grave porque se trata de la célula básica de la sociedad, el lugar
donde se aprende a convivir en la diferencia y a pertenecer a otros, y donde los
padres transmiten la fe a sus hijos. El matrimonio tiende a ser visto como una mera
forma de gratificación afectiva que puede constituirse de cualquier manera y
modificarse de acuerdo con la sensibilidad de cada uno. Pero el aporte
indispensable del matrimonio a la sociedad supera el nivel de la emotividad y el de
las necesidades circunstanciales de la pareja. Como enseñan los Obispos
franceses, no procede «del sentimiento amoroso, efímero por definición, sino de la
profundidad del compromiso asumido por los esposos que aceptan entrar en una
unión de vida total»[60].
67. El individualismo posmoderno y globalizado favorece un estilo de vida que
debilita el desarrollo y la estabilidad de los vínculos entre las personas, y que
desnaturaliza los vínculos familiares. La acción pastoral debe mostrar mejor todavía
que la relación con nuestro Padre exige y alienta una comunión que sane, promueva
y afiance los vínculos interpersonales. Mientras en el mundo, especialmente en
algunos países, reaparecen diversas formas de guerras y enfrentamientos, los
cristianos insistimos en nuestra propuesta de reconocer al otro, de sanar las heridas,
de construir puentes, de estrechar lazos y de ayudarnos «mutuamente a llevar las
cargas» (Ga 6,2). Por otra parte, hoy surgen muchas formas de asociación para la
defensa de derechos y para la consecución de nobles objetivos. Así se manifiesta
una sed de participación de numerosos ciudadanos que quieren ser constructores
del desarrollo social y cultural.
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Desafíos de la inculturación de la fe
68. El substrato cristiano de algunos pueblos —sobre todo occidentales— es una
realidad viva. Allí encontramos, especialmente en los más necesitados, una reserva
moral que guarda valores de auténtico humanismo cristiano. Una mirada de fe sobre
la realidad no puede dejar de reconocer lo que siembra el Espíritu Santo. Sería
desconfiar de su acción libre y generosa pensar que no hay auténticos valores
cristianos donde una gran parte de la población ha recibido el Bautismo y expresa su
fe y su solidaridad fraterna de múltiples maneras. Allí hay que reconocer mucho más
que unas «semillas del Verbo», ya que se trata de una auténtica fe católica con
modos propios de expresión y de pertenencia a la Iglesia. No conviene ignorar la
tremenda importancia que tiene una cultura marcada por la fe, porque esa cultura
evangelizada, más allá de sus límites, tiene muchos más recursos que una mera
suma de creyentes frente a los embates del secularismo actual. Una cultura popular
evangelizada contiene valores de fe y de solidaridad que pueden provocar el
desarrollo de una sociedad más justa y creyente, y posee una sabiduría peculiar que
hay que saber reconocer con una mirada agradecida.
69. Es imperiosa la necesidad de evangelizar las culturas para inculturar el
Evangelio. En los países de tradición católica se tratará de acompañar, cuidar y
fortalecer la riqueza que ya existe, y en los países de otras tradiciones religiosas o
profundamente secularizados se tratará de procurar nuevos procesos de
evangelización de la cultura, aunque supongan proyectos a muy largo plazo. No
podemos, sin embargo, desconocer que siempre hay un llamado al crecimiento.
Toda cultura y todo grupo social necesitan purificación y maduración. En el caso de
las culturas populares de pueblos católicos, podemos reconocer algunas debilidades
que todavía deben ser sanadas por el Evangelio: el machismo, el alcoholismo, la
violencia doméstica, una escasa participación en la Eucaristía, creencias fatalistas o
supersticiosas que hacen recurrir a la brujería, etc. Pero es precisamente la piedad
popular el mejor punto de partida para sanarlas y liberarlas.
70. También es cierto que a veces el acento, más que en el impulso de la piedad
cristiana, se coloca en formas exteriores de tradiciones de ciertos grupos, o en
supuestas revelaciones privadas que se absolutizan. Hay cierto cristianismo de
devociones, propio de una vivencia individual y sentimental de la fe, que en realidad
no responde a una auténtica «piedad popular». Algunos promueven estas
expresiones sin preocuparse por la promoción social y la formación de los fieles, y
en ciertos casos lo hacen para obtener beneficios económicos o algún poder sobre
los demás. Tampoco podemos ignorar que en las últimas décadas se ha producido
una ruptura en la transmisión generacional de la fe cristiana en el pueblo católico. Es
innegable que muchos se sienten desencantados y dejan de identificarse con la
tradición católica, que son más los padres que no bautizan a sus hijos y no les
enseñan a rezar, y que hay un cierto éxodo hacia otras comunidades de fe. Algunas
causas de esta ruptura son: la falta de espacios de diálogo familiar, la influencia de
los medios de comunicación, el subjetivismo relativista, el consumismo
desenfrenado que alienta el mercado, la falta de acompañamiento pastoral a los más
pobres, la ausencia de una acogida cordial en nuestras instituciones, y nuestra
dificultad para recrear la adhesión mística de la fe en un escenario religioso plural.
Desafíos de las culturas urbanas
71. La nueva Jerusalén, la Ciudad santa (cf. Ap 21,2-4), es el destino hacia donde
peregrina toda la humanidad. Es llamativo que la revelación nos diga que la plenitud
de la humanidad y de la historia se realiza en una ciudad. Necesitamos reconocer la
ciudad desde una mirada contemplativa, esto es, una mirada de fe que descubra al
Dios que habita en sus hogares, en sus calles, en sus plazas. La presencia de Dios
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acompaña las búsquedas sinceras que personas y grupos realizan para encontrar
apoyo y sentido a sus vidas. Él vive entre los ciudadanos promoviendo la
solidaridad, la fraternidad, el deseo de bien, de verdad, de justicia. Esa presencia no
debe ser fabricada sino descubierta, develada. Dios no se oculta a aquellos que lo
buscan con un corazón sincero, aunque lo hagan a tientas, de manera imprecisa y
difusa.
72. En la ciudad, lo religioso está mediado por diferentes estilos de vida, por
costumbres asociadas a un sentido de lo temporal, de lo territorial y de las
relaciones, que difiere del estilo de los habitantes rurales. En sus vidas cotidianas los
ciudadanos muchas veces luchan por sobrevivir, y en esas luchas se esconde un
sentido profundo de la existencia que suele entrañar también un hondo sentido
religioso. Necesitamos contemplarlo para lograr un diálogo como el que el Señor
desarrolló con la samaritana, junto al pozo, donde ella buscaba saciar su sed
(cf. Jn 4,7-26).
73. Nuevas culturas continúan gestándose en estas enormes geografías humanas
en las que el cristiano ya no suele ser promotor o generador de sentido, sino que
recibe de ellas otros lenguajes, símbolos, mensajes y paradigmas que ofrecen
nuevas orientaciones de vida, frecuentemente en contraste con el Evangelio de
Jesús. Una cultura inédita late y se elabora en la ciudad. El Sínodo ha constatado
que hoy las transformaciones de esas grandes áreas y la cultura que expresan son
un lugar privilegiado de la nueva evangelización.[61] Esto requiere imaginar
espacios de oración y de comunión con características novedosas, más atractivas y
significativas para los habitantes urbanos. Los ambientes rurales, por la influencia de
los medios de comunicación de masas, no están ajenos a estas transformaciones
culturales que también operan cambios significativos en sus modos de vida.
74. Se impone una evangelización que ilumine los nuevos modos de relación con
Dios, con los otros y con el espacio, y que suscite los valores fundamentales. Es
necesario llegar allí donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas, alcanzar con
la Palabra de Jesús los núcleos más profundos del alma de las ciudades. No hay
que olvidar que la ciudad es un ámbito multicultural. En las grandes urbes puede
observarse un entramado en el que grupos de personas comparten las mismas
formas de soñar la vida y similares imaginarios y se constituyen en nuevos sectores
humanos, en territorios culturales, en ciudades invisibles. Variadas formas culturales
conviven de hecho, pero ejercen muchas veces prácticas de segregación y de
violencia. La Iglesia está llamada a ser servidora de un difícil diálogo. Por otra parte,
aunque hay ciudadanos que consiguen los medios adecuados para el desarrollo de
la vida personal y familiar, son muchísimos los «no ciudadanos», los «ciudadanos a
medias» o los «sobrantes urbanos». La ciudad produce una suerte de permanente
ambivalencia, porque, al mismo tiempo que ofrece a sus ciudadanos infinitas
posibilidades, también aparecen numerosas dificultades para el pleno desarrollo de
la vida de muchos. Esta contradicción provoca sufrimientos lacerantes. En muchos
lugares del mundo, las ciudades son escenarios de protestas masivas donde miles
de habitantes reclaman libertad, participación, justicia y diversas reivindicaciones
que, si no son adecuadamente interpretadas, no podrán acallarse por la fuerza.
75. No podemos ignorar que en las ciudades fácilmente se desarrollan el tráfico de
drogas y de personas, el abuso y la explotación de menores, el abandono de
ancianos y enfermos, varias formas de corrupción y de crimen. Al mismo tiempo, lo
que podría ser un precioso espacio de encuentro y solidaridad, frecuentemente se
convierte en el lugar de la huida y de la desconfianza mutua. Las casas y los barrios
se construyen más para aislar y proteger que para conectar e integrar. La
proclamación del Evangelio será una base para restaurar la dignidad de la vida
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humana en esos contextos, porque Jesús quiere derramar en las ciudades vida en
abundancia (cf. Jn 10,10). El sentido unitario y completo de la vida humana que
propone el Evangelio es el mejor remedio para los males urbanos, aunque debamos
advertir que un programa y un estilo uniforme e inflexible de evangelización no son
aptos para esta realidad. Pero vivir a fondo lo humano e introducirse en el corazón
de los desafíos como fermento testimonial, en cualquier cultura, en cualquier ciudad,
mejora al cristiano y fecunda la ciudad.
II. Tentaciones de los agentes pastorales
76. Siento una enorme gratitud por la tarea de todos los que trabajan en la Iglesia.
No quiero detenerme ahora a exponer las actividades de los diversos agentes
pastorales, desde los obispos hasta el más sencillo y desconocido de los servicios
eclesiales. Me gustaría más bien reflexionar acerca de los desafíos que todos ellos
enfrentan en medio de la actual cultura globalizada. Pero tengo que decir, en primer
lugar y como deber de justicia, que el aporte de la Iglesia en el mundo actual es
enorme. Nuestro dolor y nuestra vergüenza por los pecados de algunos miembros
de la Iglesia, y por los propios, no deben hacer olvidar cuántos cristianos dan la vida
por amor: ayudan a tanta gente a curarse o a morir en paz en precarios hospitales, o
acompañan personas esclavizadas por diversas adicciones en los lugares más
pobres de la tierra, o se desgastan en la educación de niños y jóvenes, o cuidan
ancianos abandonados por todos, o tratan de comunicar valores en ambientes
hostiles, o se entregan de muchas otras maneras que muestran ese inmenso amor a
la humanidad que nos ha inspirado el Dios hecho hombre. Agradezco el hermoso
ejemplo que me dan tantos cristianos que ofrecen su vida y su tiempo con alegría.
Ese testimonio me hace mucho bien y me sostiene en mi propio deseo de superar el
egoísmo para entregarme más.
77. No obstante, como hijos de esta época, todos nos vemos afectados de algún
modo por la cultura globalizada actual que, sin dejar de mostrarnos valores y nuevas
posibilidades, también puede limitarnos, condicionarnos e incluso enfermarnos.
Reconozco que necesitamos crear espacios motivadores y sanadores para los
agentes pastorales, «lugares donde regenerar la propia fe en Jesús crucificado y
resucitado, donde compartir las propias preguntas más profundas y las
preocupaciones cotidianas, donde discernir en profundidad con criterios evangélicos
sobre la propia existencia y experiencia, con la finalidad de orientar al bien y a la
belleza las propias elecciones individuales y sociales»[62]. Al mismo tiempo, quiero
llamar la atención sobre algunas tentaciones que particularmente hoy afectan a los
agentes pastorales.
Sí al desafío de una espiritualidad misionera
78. Hoy se puede advertir en muchos agentes pastorales, incluso en personas
consagradas, una preocupación exacerbada por los espacios personales de
autonomía y de distensión, que lleva a vivir las tareas como un mero apéndice de la
vida, como si no fueran parte de la propia identidad. Al mismo tiempo, la vida
espiritual se confunde con algunos momentos religiosos que brindan cierto alivio
pero que no alimentan el encuentro con los demás, el compromiso en el mundo, la
pasión evangelizadora. Así, pueden advertirse en muchos agentes evangelizadores,
aunque oren, una acentuación del individualismo, una crisis de identidad y unacaída
del fervor. Son tres males que se alimentan entre sí.
79. La cultura mediática y algunos ambientes intelectuales a veces transmiten una
marcada desconfianza hacia el mensaje de la Iglesia y un cierto desencanto. Como
consecuencia, aunque recen, muchos agentes pastorales desarrollan una especie
de complejo de inferioridad que les lleva a relativizar u ocultar su identidad cristiana
y sus convicciones. Se produce entonces un círculo vicioso, porque así no son
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felices con lo que son y con lo que hacen, no se sienten identificados con su misión
evangelizadora, y esto debilita la entrega. Terminan ahogando su alegría misionera
en una especie de obsesión por ser como todos y por tener lo que poseen los
demás. Así, las tareas evangelizadoras se vuelven forzadas y se dedican a ellas
pocos esfuerzos y un tiempo muy limitado.
80. Se desarrolla en los agentes pastorales, más allá del estilo espiritual o la línea de
pensamiento que puedan tener, un relativismo todavía más peligroso que el
doctrinal. Tiene que ver con las opciones más profundas y sinceras que determinan
una forma de vida. Este relativismo práctico es actuar como si Dios no existiera,
decidir como si los pobres no existieran, soñar como si los demás no existieran,
trabajar como si quienes no recibieron el anuncio no existieran. Llama la atención
que aun quienes aparentemente poseen sólidas convicciones doctrinales y
espirituales suelen caer en un estilo de vida que los lleva a aferrarse a seguridades
económicas, o a espacios de poder y de gloria humana que se procuran por
cualquier medio, en lugar de dar la vida por los demás en la misión. ¡No nos
dejemos robar el entusiasmo misionero!
No a la acedia egoísta
81. Cuando más necesitamos un dinamismo misionero que lleve sal y luz al mundo,
muchos laicos sienten el temor de que alguien les invite a realizar alguna tarea
apostólica, y tratan de escapar de cualquier compromiso que les pueda quitar su
tiempo libre. Hoy se ha vuelto muy difícil, por ejemplo, conseguir catequistas
capacitados para las parroquias y que perseveren en la tarea durante varios años.
Pero algo semejante sucede con los sacerdotes, que cuidan con obsesión su tiempo
personal. Esto frecuentemente se debe a que las personas necesitan
imperiosamente preservar sus espacios de autonomía, como si una tarea
evangelizadora fuera un veneno peligroso y no una alegre respuesta al amor de Dios
que nos convoca a la misión y nos vuelve plenos y fecundos. Algunos se resisten a
probar hasta el fondo el gusto de la misión y quedan sumidos en una acedia
paralizante.
82. El problema no es siempre el exceso de actividades, sino sobre todo las
actividades mal vividas, sin las motivaciones adecuadas, sin una espiritualidad que
impregne la acción y la haga deseable. De ahí que las tareas cansen más de lo
razonable, y a veces enfermen. No se trata de un cansancio feliz, sino tenso,
pesado, insatisfecho y, en definitiva, no aceptado. Esta acedia pastoral puede tener
diversos orígenes. Algunos caen en ella por sostener proyectos irrealizables y no
vivir con ganas lo que buenamente podrían hacer. Otros, por no aceptar la costosa
evolución de los procesos y querer que todo caiga del cielo. Otros, por apegarse a
algunos proyectos o a sueños de éxitos imaginados por su vanidad. Otros, por
perder el contacto real con el pueblo, en una despersonalización de la pastoral que
lleva a prestar más atención a la organización que a las personas, y entonces les
entusiasma más la «hoja de ruta» que la ruta misma. Otros caen en la acedia por no
saber esperar y querer dominar el ritmo de la vida. El inmediatismo ansioso de estos
tiempos hace que los agentes pastorales no toleren fácilmente lo que signifique
alguna contradicción, un aparente fracaso, una crítica, una cruz.
83. Así se gesta la mayor amenaza, que «es el gris pragmatismo de la vida cotidiana
de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en
realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad»[63]. Se desarrolla
la psicología de la tumba, que poco a poco convierte a los cristianos en momias de
museo. Desilusionados con la realidad, con la Iglesia o consigo mismos, viven la
constante tentación de apegarse a una tristeza dulzona, sin esperanza, que se
apodera del corazón como «el más preciado de los elixires del demonio»[64].
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Llamados a iluminar y a comunicar vida, finalmente se dejan cautivar por cosas que
sólo generan oscuridad y cansancio interior, y que apolillan el dinamismo apostólico.
Por todo esto, me permito insistir: ¡No nos dejemos robar la alegría evangelizadora!
No al pesimismo estéril
84. La alegría del Evangelio es esa que nada ni nadie nos podrá quitar (cf. Jn 16,22).
Los males de nuestro mundo —y los de la Iglesia— no deberían ser excusas para
reducir nuestra entrega y nuestro fervor. Mirémoslos como desafíos para crecer.
Además, la mirada creyente es capaz de reconocer la luz que siempre derrama el
Espíritu Santo en medio de la oscuridad, sin olvidar que «donde abundó el pecado
sobreabundó la gracia» (Rm 5,20). Nuestra fe es desafiada a vislumbrar el vino en
que puede convertirse el agua y a descubrir el trigo que crece en medio de la cizaña.
A cincuenta años del Concilio Vaticano II, aunque nos duelan las miserias de nuestra
época y estemos lejos de optimismos ingenuos, el mayor realismo no debe significar
menor confianza en el Espíritu ni menor generosidad. En ese sentido, podemos
volver a escuchar las palabras del beato Juan XXIII en aquella admirable jornada del
11 de octubre de 1962: «Llegan, a veces, a nuestros oídos, hiriéndolos, ciertas
insinuaciones de algunas personas que, aun en su celo ardiente, carecen del sentido
de la discreción y de la medida. Ellas no ven en los tiempos modernos sino
prevaricación y ruina […] Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades,
avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los
tiempos estuviese inminente. En el presente momento histórico, la Providencia nos
está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas que, por obra misma de los
hombres pero más aún por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al
cumplimiento de planes superiores e inesperados; pues todo, aun las humanas
adversidades, aquélla lo dispone para mayor bien de la Iglesia»[65].
85. Una de las tentaciones más serias que ahogan el fervor y la audacia es la
conciencia de derrota que nos convierte en pesimistas quejosos y desencantados
con cara de vinagre. Nadie puede emprender una lucha si de antemano no confía
plenamente en el triunfo. El que comienza sin confiar perdió de antemano la mitad
de la batalla y entierra sus talentos. Aun con la dolorosa conciencia de las propias
fragilidades, hay que seguir adelante sin declararse vencidos, y recordar lo que el
Señor dijo a san Pablo: «Te basta mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta en la
debilidad» (2 Co 12,9). El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al
mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante
los embates del mal. El mal espíritu de la derrota es hermano de la tentación de
separar antes de tiempo el trigo de la cizaña, producto de una desconfianza ansiosa
y egocéntrica.
86. Es cierto que en algunos lugares se produjo una «desertificación» espiritual, fruto
del proyecto de sociedades que quieren construirse sin Dios o que destruyen sus
raíces cristianas. Allí «el mundo cristiano se está haciendo estéril, y se agota como
una tierra sobreexplotada, que se convierte en arena»[66]. En otros países, la
resistencia violenta al cristianismo obliga a los cristianos a vivir su fe casi a
escondidas en el país que aman. Ésta es otra forma muy dolorosa de desierto.
También la propia familia o el propio lugar de trabajo puede ser ese ambiente árido
donde hay que conservar la fe y tratar de irradiarla. Pero «precisamente a partir de la
experiencia de este desierto, de este vacío, es como podemos descubrir
nuevamente la alegría de creer, su importancia vital para nosotros, hombres y
mujeres. En el desierto se vuelve a descubrir el valor de lo que es esencial para vivir;
así, en el mundo contemporáneo, son muchos los signos de la sed de Dios, del
sentido último de la vida, a menudo manifestados de forma implícita o negativa. Y en
el desierto se necesitan sobre todo personas de fe que, con su propia vida, indiquen
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el camino hacia la Tierra prometida y de esta forma mantengan viva la
esperanza»[67]. En todo caso, allí estamos llamados a ser personas-cántaros para
dar de beber a los demás. A veces el cántaro se convierte en una pesada cruz, pero
fue precisamente en la cruz donde, traspasado, el Señor se nos entregó como
fuente de agua viva. ¡No nos dejemos robar la esperanza!
Sí a las relaciones nuevas que genera Jesucristo
87. Hoy, que las redes y los instrumentos de la comunicación humana han
alcanzado desarrollos inauditos, sentimos el desafío de descubrir y transmitir la
mística de vivir juntos, de mezclarnos, de encontrarnos, de tomarnos de los brazos,
de apoyarnos, de participar de esa marea algo caótica que puede convertirse en una
verdadera experiencia de fraternidad, en una caravana solidaria, en una santa
peregrinación. De este modo, las mayores posibilidades de comunicación se
traducirán en más posibilidades de encuentro y de solidaridad entre todos. Si
pudiéramos seguir ese camino, ¡sería algo tan bueno, tan sanador, tan liberador, tan
esperanzador! Salir de sí mismo para unirse a otros hace bien. Encerrarse en sí
mismo es probar el amargo veneno de la inmanencia, y la humanidad saldrá
perdiendo con cada opción egoísta que hagamos.
88. El ideal cristiano siempre invitará a superar la sospecha, la desconfianza
permanente, el temor a ser invadidos, las actitudes defensivas que nos impone el
mundo actual. Muchos tratan de escapar de los demás hacia la privacidad cómoda o
hacia el reducido círculo de los más íntimos, y renuncian al realismo de la dimensión
social del Evangelio. Porque, así como algunos quisieran un Cristo puramente
espiritual, sin carne y sin cruz, también se pretenden relaciones interpersonales sólo
mediadas por aparatos sofisticados, por pantallas y sistemas que se puedan
encender y apagar a voluntad. Mientras tanto, el Evangelio nos invita siempre a
correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su presencia física que
interpela, con su dolor y sus reclamos, con su alegría que contagia en un constante
cuerpo a cuerpo. La verdadera fe en el Hijo de Dios hecho carne es inseparable del
don de sí, de la pertenencia a la comunidad, del servicio, de la reconciliación con la
carne de los otros. El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la
ternura.
89. El aislamiento, que es una traducción del inmanentismo, puede expresarse en
una falsa autonomía que excluye a Dios, pero puede también encontrar en lo
religioso una forma de consumismo espiritual a la medida de su individualismo
enfermizo. La vuelta a lo sagrado y las búsquedas espirituales que caracterizan a
nuestra época son fenómenos ambiguos. Más que el ateísmo, hoy se nos plantea el
desafío de responder adecuadamente a la sed de Dios de mucha gente, para que no
busquen apagarla en propuestas alienantes o en un Jesucristo sin carne y sin
compromiso con el otro. Si no encuentran en la Iglesia una espiritualidad que los
sane, los libere, los llene de vida y de paz al mismo tiempo que los convoque a la
comunión solidaria y a la fecundidad misionera, terminarán engañados por
propuestas que no humanizan ni dan gloria a Dios.
90. Las formas propias de la religiosidad popular son encarnadas, porque han
brotado de la encarnación de la fe cristiana en una cultura popular. Por eso mismo
incluyen una relación personal, no con energías armonizadoras sino con Dios,
Jesucristo, María, un santo. Tienen carne, tienen rostros. Son aptas para alimentar
potencialidades relacionales y no tanto fugas individualistas. En otros sectores de
nuestras sociedades crece el aprecio por diversas formas de «espiritualidad del
bienestar» sin comunidad, por una «teología de la prosperidad» sin compromisos
fraternos o por experiencias subjetivas sin rostros, que se reducen a una búsqueda
interior inmanentista.
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91. Un desafío importante es mostrar que la solución nunca consistirá en escapar de
una relación personal y comprometida con Dios que al mismo tiempo nos
comprometa con los otros. Eso es lo que hoy sucede cuando los creyentes procuran
esconderse y quitarse de encima a los demás, y cuando sutilmente escapan de un
lugar a otro o de una tarea a otra, quedándose sin vínculos profundos y
estables: «Imaginatio locorum et mutatio multos fefellit»[68]. Es un falso remedio que
enferma el corazón, y a veces el cuerpo. Hace falta ayudar a reconocer que el único
camino consiste en aprender a encontrarse con los demás con la actitud adecuada,
que es valorarlos y aceptarlos como compañeros de camino, sin resistencias
internas. Mejor todavía, se trata de aprender a descubrir a Jesús en el rostro de los
demás, en su voz, en sus reclamos. También es aprender a sufrir en un abrazo con
Jesús crucificado cuando recibimos agresiones injustas o ingratitudes, sin cansarnos
jamás de optar por la fraternidad[69].
92. Allí está la verdadera sanación, ya que el modo de relacionarnos con los demás
que realmente nos sana en lugar de enfermarnos es una fraternidad mística,
contemplativa, que sabe mirar la grandeza sagrada del prójimo, que sabe descubrir
a Dios en cada ser humano, que sabe tolerar las molestias de la convivencia
aferrándose al amor de Dios, que sabe abrir el corazón al amor divino para buscar la
felicidad de los demás como la busca su Padre bueno. Precisamente en esta época,
y también allí donde son un «pequeño rebaño» (Lc 12,32), los discípulos del Señor
son llamados a vivir como comunidad que sea sal de la tierra y luz del mundo
(cf. Mt 5,13-16). Son llamados a dar testimonio de una pertenencia evangelizadora
de manera siempre nueva.[70]¡No nos dejemos robar la comunidad!
No a la mundanidad espiritual
93. La mundanidad espiritual, que se esconde detrás de apariencias de religiosidad
e incluso de amor a la Iglesia, es buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria
humana y el bienestar personal. Es lo que el Señor reprochaba a los fariseos:
«¿Cómo es posible que creáis, vosotros que os glorificáis unos a otros y no os
preocupáis por la gloria que sólo viene de Dios?» (Jn 5,44). Es un modo sutil de
buscar «sus propios intereses y no los de Cristo Jesús» (Flp 2,21). Toma muchas
formas, de acuerdo con el tipo de personas y con los estamentos en los que se
enquista. Por estar relacionada con el cuidado de la apariencia, no siempre se
conecta con pecados públicos, y por fuera todo parece correcto. Pero, si invadiera la
Iglesia, «sería infinitamente más desastrosa que cualquiera otra mundanidad
simplemente moral»[71].
94. Esta mundanidad puede alimentarse especialmente de dos maneras
profundamente emparentadas. Una es la fascinación del gnosticismo, una fe
encerrada en el subjetivismo, donde sólo interesa una determinada experiencia o
una serie de razonamientos y conocimientos que supuestamente reconfortan e
iluminan, pero en definitiva el sujeto queda clausurado en la inmanencia de su propia
razón o de sus sentimientos. La otra es el neopelagianismo autorreferencial y
prometeico de quienes en el fondo sólo confían en sus propias fuerzas y se sienten
superiores a otros por cumplir determinadas normas o por ser inquebrantablemente
fieles a cierto estilo católico propio del pasado. Es una supuesta seguridad doctrinal
o disciplinaria que da lugar a un elitismo narcisista y autoritario, donde en lugar de
evangelizar lo que se hace es analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar
el acceso a la gracia se gastan las energías en controlar. En los dos casos, ni
Jesucristo ni los demás interesan verdaderamente. Son manifestaciones de un
inmanentismo antropocéntrico. No es posible imaginar que de estas formas
desvirtuadas de cristianismo pueda brotar un auténtico dinamismo evangelizador.
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95. Esta oscura mundanidad se manifiesta en muchas actitudes aparentemente
opuestas pero con la misma pretensión de «dominar el espacio de la Iglesia». En
algunos hay un cuidado ostentoso de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la
Iglesia, pero sin preocuparles que el Evangelio tenga una real inserción en el Pueblo
fiel de Dios y en las necesidades concretas de la historia. Así, la vida de la Iglesia se
convierte en una pieza de museo o en una posesión de pocos. En otros, la misma
mundanidad espiritual se esconde detrás de una fascinación por mostrar conquistas
sociales y políticas, o en una vanagloria ligada a la gestión de asuntos prácticos, o
en un embeleso por las dinámicas de autoayuda y de realización autorreferencial.
También puede traducirse en diversas formas de mostrarse a sí mismo en una
densa vida social llena de salidas, reuniones, cenas, recepciones. O bien se
despliega en un funcionalismo empresarial, cargado de estadísticas, planificaciones
y evaluaciones, donde el principal beneficiario no es el Pueblo de Dios sino la Iglesia
como organización. En todos los casos, no lleva el sello de Cristo
encarnado, crucificado y resucitado, se encierra en grupos elitistas, no sale
realmente a buscar a los perdidos ni a las inmensas multitudes sedientas de Cristo.
Ya no hay fervor evangélico, sino el disfrute espurio de una autocomplacencia
egocéntrica.
96. En este contexto, se alimenta la vanagloria de quienes se conforman con tener
algún poder y prefieren ser generales de ejércitos derrotados antes que simples
soldados de un escuadrón que sigue luchando. ¡Cuántas veces soñamos con planes
apostólicos expansionistas, meticulosos y bien dibujados, propios de generales
derrotados! Así negamos nuestra historia de Iglesia, que es gloriosa por ser historia
de sacrificios, de esperanza, de lucha cotidiana, de vida deshilachada en el servicio,
de constancia en el trabajo que cansa, porque todo trabajo es «sudor de nuestra
frente». En cambio, nos entretenemos vanidosos hablando sobre «lo que habría que
hacer» —el pecado del «habriaqueísmo»— como maestros espirituales y sabios
pastorales que señalan desde afuera. Cultivamos nuestra imaginación sin límites y
perdemos contacto con la realidad sufrida de nuestro pueblo fiel.
97. Quien ha caído en esta mundanidad mira de arriba y de lejos, rechaza la
profecía de los hermanos, descalifica a quien lo cuestione, destaca constantemente
los errores ajenos y se obsesiona por la apariencia. Ha replegado la referencia del
corazón al horizonte cerrado de su inmanencia y sus intereses y, como
consecuencia de esto, no aprende de sus pecados ni está auténticamente abierto al
perdón. Es una tremenda corrupción con apariencia de bien. Hay que evitarla
poniendo a la Iglesia en movimiento de salida de sí, de misión centrada en
Jesucristo, de entrega a los pobres. ¡Dios nos libre de una Iglesia mundana bajo
ropajes espirituales o pastorales! Esta mundanidad asfixiante se sana tomándole el
gusto al aire puro del Espíritu Santo, que nos libera de estar centrados en nosotros
mismos, escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios. ¡No nos dejemos
robar el Evangelio!
No a la guerra entre nosotros
98. Dentro del Pueblo de Dios y en las distintas comunidades, ¡cuántas guerras! En
el barrio, en el puesto de trabajo, ¡cuántas guerras por envidias y celos, también
entre cristianos! La mundanidad espiritual lleva a algunos cristianos a estar en
guerra con otros cristianos que se interponen en su búsqueda de poder, prestigio,
placer o seguridad económica. Además, algunos dejan de vivir una pertenencia
cordial a la Iglesia por alimentar un espíritu de «internas». Más que pertenecer a la
Iglesia toda, con su rica diversidad, pertenecen a tal o cual grupo que se siente
diferente o especial.
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99. El mundo está lacerado por las guerras y la violencia, o herido por un difuso
individualismo que divide a los seres humanos y los enfrenta unos contra otros en
pos del propio bienestar. En diversos países resurgen enfrentamientos y viejas
divisiones que se creían en parte superadas. A los cristianos de todas las
comunidades del mundo, quiero pediros especialmente un testimonio de comunión
fraterna que se vuelva atractivo y resplandeciente. Que todos puedan admirar cómo
os cuidáis unos a otros, cómo os dais aliento mutuamente y cómo os acompañáis:
«En esto reconocerán que sois mis discípulos, en el amor que os tengáis unos a
otros» (Jn 13,35). Es lo que con tantos deseos pedía Jesús al Padre: «Que sean uno
en nosotros […] para que el mundo crea» (Jn17,21). ¡Atención a la tentación de la
envidia! ¡Estamos en la misma barca y vamos hacia el mismo puerto! Pidamos la
gracia de alegrarnos con los frutos ajenos, que son de todos.
100. A los que están heridos por divisiones históricas, les resulta difícil aceptar que
los exhortemos al perdón y la reconciliación, ya que interpretan que ignoramos su
dolor, o que pretendemos hacerles perder la memoria y los ideales. Pero si ven el
testimonio de comunidades auténticamente fraternas y reconciliadas, eso es siempre
una luz que atrae. Por ello me duele tanto comprobar cómo en algunas comunidades
cristianas, y aun entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odio,
divisiones, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las
propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una
implacable caza de brujas. ¿A quién vamos a evangelizar con esos
comportamientos?
101. Pidamos al Señor que nos haga entender la ley del amor. ¡Qué bueno es tener
esta ley! ¡Cuánto bien nos hace amarnos los unos a los otros en contra de todo! Sí,
¡en contra de todo! A cada uno de nosotros se dirige la exhortación paulina: «No te
dejes vencer por el mal, antes bien vence al mal con el bien» (Rm 12,21). Y también:
«¡No nos cansemos de hacer el bien!» (Ga 6,9). Todos tenemos simpatías y
antipatías, y quizás ahora mismo estamos enojados con alguno. Al menos digamos
al Señor: «Señor, yo estoy enojado con éste, con aquélla. Yo te pido por él y por
ella». Rezar por aquel con el que estamos irritados es un hermoso paso en el amor,
y es un acto evangelizador. ¡Hagámoslo hoy! ¡No nos dejemos robar el ideal del
amor fraterno!
Otros desafíos eclesiales
102. Los laicos son simplemente la inmensa mayoría del Pueblo de Dios. A su
servicio está la minoría de los ministros ordenados. Ha crecido la conciencia de la
identidad y la misión del laico en la Iglesia. Se cuenta con un numeroso laicado,
aunque no suficiente, con arraigado sentido de comunidad y una gran fidelidad en el
compromiso de la caridad, la catequesis, la celebración de la fe. Pero la toma de
conciencia de esta responsabilidad laical que nace del Bautismo y de la
Confirmación no se manifiesta de la misma manera en todas partes. En algunos
casos porque no se formaron para asumir responsabilidades importantes, en otros
por no encontrar espacio en sus Iglesias particulares para poder expresarse y
actuar, a raíz de un excesivo clericalismo que los mantiene al margen de las
decisiones. Si bien se percibe una mayor participación de muchos en los ministerios
laicales, este compromiso no se refleja en la penetración de los valores cristianos en
el mundo social, político y económico. Se limita muchas veces a las tareas
intraeclesiales sin un compromiso real por la aplicación del Evangelio a la
transformación de la sociedad. La formación de laicos y la evangelización de los
grupos profesionales e intelectuales constituyen un desafío pastoral importante.
103. La Iglesia reconoce el indispensable aporte de la mujer en la sociedad, con una
sensibilidad, una intuición y unas capacidades peculiares que suelen ser más
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propias de las mujeres que de los varones. Por ejemplo, la especial atención
femenina hacia los otros, que se expresa de un modo particular, aunque no
exclusivo, en la maternidad. Reconozco con gusto cómo muchas mujeres comparten
responsabilidades pastorales junto con los sacerdotes, contribuyen al
acompañamiento de personas, de familias o de grupos y brindan nuevos aportes a la
reflexión teológica. Pero todavía es necesario ampliar los espacios para una
presencia femenina más incisiva en la Iglesia. Porque «el genio femenino es
necesario en todas las expresiones de la vida social; por ello, se ha de garantizar la
presencia de las mujeres también en el ámbito laboral»[72] y en los diversos lugares
donde se toman las decisiones importantes, tanto en la Iglesia como en las
estructuras sociales.
104. Las reivindicaciones de los legítimos derechos de las mujeres, a partir de la
firme convicción de que varón y mujer tienen la misma dignidad, plantean a la Iglesia
profundas preguntas que la desafían y que no se pueden eludir superficialmente. El
sacerdocio reservado a los varones, como signo de Cristo Esposo que se entrega en
la Eucaristía, es una cuestión que no se pone en discusión, pero puede volverse
particularmente conflictiva si se identifica demasiado la potestad sacramental con el
poder. No hay que olvidar que cuando hablamos de la potestad sacerdotal «nos
encontramos en el ámbito de la función, no de la dignidad ni de la santidad»[73]. El
sacerdocio ministerial es uno de los medios que Jesús utiliza al servicio de su
pueblo, pero la gran dignidad viene del Bautismo, que es accesible a todos. La
configuración del sacerdote con Cristo Cabeza —es decir, como fuente capital de la
gracia— no implica una exaltación que lo coloque por encima del resto. En la Iglesia
las funciones «no dan lugar a la superioridad de los unos sobre los otros»[74]. De
hecho, una mujer, María, es más importante que los obispos. Aun cuando la función
del sacerdocio ministerial se considere «jerárquica», hay que tener bien presente
que «está ordenada totalmente a la santidad de los miembros del Cuerpo místico de
Cristo»[75]. Su clave y su eje no son el poder entendido como dominio, sino la
potestad de administrar el sacramento de la Eucaristía; de aquí deriva su autoridad,
que es siempre un servicio al pueblo. Aquí hay un gran desafío para los pastores y
para los teólogos, que podrían ayudar a reconocer mejor lo que esto implica con
respecto al posible lugar de la mujer allí donde se toman decisiones importantes, en
los diversos ámbitos de la Iglesia.
105. La pastoral juvenil, tal como estábamos acostumbrados a desarrollarla, ha
sufrido el embate de los cambios sociales. Los jóvenes, en las estructuras
habituales, no suelen encontrar respuestas a sus inquietudes, necesidades,
problemáticas y heridas. A los adultos nos cuesta escucharlos con paciencia,
comprender sus inquietudes o sus reclamos, y aprender a hablarles en el lenguaje
que ellos comprenden. Por esa misma razón, las propuestas educativas no
producen los frutos esperados. La proliferación y crecimiento de asociaciones y
movimientos predominantemente juveniles pueden interpretarse como una acción
del Espíritu que abre caminos nuevos acordes a sus expectativas y búsquedas de
espiritualidad profunda y de un sentido de pertenencia más concreto. Se hace
necesario, sin embargo, ahondar en la participación de éstos en la pastoral de
conjunto de la Iglesia[76].
106. Aunque no siempre es fácil abordar a los jóvenes, se creció en dos aspectos: la
conciencia de que toda la comunidad los evangeliza y educa, y la urgencia de que
ellos tengan un protagonismo mayor. Cabe reconocer que, en el contexto actual de
crisis del compromiso y de los lazos comunitarios, son muchos los jóvenes que se
solidarizan ante los males del mundo y se embarcan en diversas formas de
militancia y voluntariado. Algunos participan en la vida de la Iglesia, integran grupos
de servicio y diversas iniciativas misioneras en sus propias diócesis o en otros
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lugares. ¡Qué bueno es que los jóvenes sean «callejeros de la fe», felices de llevar a
Jesucristo a cada esquina, a cada plaza, a cada rincón de la tierra!
107. En muchos lugares escasean las vocaciones al sacerdocio y a la vida
consagrada. Frecuentemente esto se debe a la ausencia en las comunidades de un
fervor apostólico contagioso, lo cual no entusiasma ni suscita atractivo. Donde hay
vida, fervor, ganas de llevar a Cristo a los demás, surgen vocaciones genuinas. Aun
en parroquias donde los sacerdotes son poco entregados y alegres, es la vida
fraterna y fervorosa de la comunidad la que despierta el deseo de consagrarse
enteramente a Dios y a la evangelización, sobre todo si esa comunidad viva ora
insistentemente por las vocaciones y se atreve a proponer a sus jóvenes un camino
de especial consagración. Por otra parte, a pesar de la escasez vocacional, hoy se
tiene más clara conciencia de la necesidad de una mejor selección de los candidatos
al sacerdocio. No se pueden llenar los seminarios con cualquier tipo de
motivaciones, y menos si éstas se relacionan con inseguridades afectivas,
búsquedas de formas de poder, glorias humanas o bienestar económico.
108. Como ya dije, no he intentado ofrecer un diagnóstico completo, pero invito a las
comunidades a completar y enriquecer estas perspectivas a partir de la conciencia
de sus desafíos propios y cercanos. Espero que, cuando lo hagan, tengan en cuenta
que, cada vez que intentamos leer en la realidad actual los signos de los tiempos, es
conveniente escuchar a los jóvenes y a los ancianos. Ambos son la esperanza de
los pueblos. Los ancianos aportan la memoria y la sabiduría de la experiencia, que
invita a no repetir tontamente los mismos errores del pasado. Los jóvenes nos
llaman a despertar y acrecentar la esperanza, porque llevan en sí las nuevas
tendencias de la humanidad y nos abren al futuro, de manera que no nos quedemos
anclados en la nostalgia de estructuras y costumbres que ya no son cauces de vida
en el mundo actual.
109. Los desafíos están para superarlos. Seamos realistas, pero sin perder la
alegría, la audacia y la entrega esperanzada. ¡No nos dejemos robar la fuerza
misionera!
CAPÍTULO TERCERO
EL ANUNCIO DEL EVANGELIO
110. Después de tomar en cuenta algunos desafíos de la realidad actual, quiero
recordar ahora la tarea que nos apremia en cualquier época y lugar, porque «no
puede haber auténtica evangelización sin la proclamación explícita de que Jesús es
el Señor», y sin que exista un «primado de la proclamación de Jesucristo en
cualquier actividad de evangelización»[77]. Recogiendo las inquietudes de los
Obispos asiáticos, Juan Pablo II expresó que, si la Iglesia «debe cumplir su destino
providencial, la evangelización, como predicación alegre, paciente y progresiva de la
muerte y resurrección salvífica de Jesucristo, debe ser vuestra prioridad
absoluta».[78] Esto vale para todos.
I. Todo el Pueblo de Dios anuncia el Evangelio
111. La evangelización es tarea de la Iglesia. Pero este sujeto de la evangelización
es más que una institución orgánica y jerárquica, porque es ante todo un pueblo que
peregrina hacia Dios. Es ciertamente un misterio que hunde sus raíces en la
Trinidad, pero tiene su concreción histórica en un pueblo peregrino y evangelizador,
lo cual siempre trasciende toda necesaria expresión institucional. Propongo
detenernos un poco en esta forma de entender la Iglesia, que tiene su fundamento
último en la libre y gratuita iniciativa de Dios.
Un pueblo para todos
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112. La salvación que Dios nos ofrece es obra de su misericordia. No hay acciones
humanas, por más buenas que sean, que nos hagan merecer un don tan grande.
Dios, por pura gracia, nos atrae para unirnos a sí.[79] Él envía su Espíritu a nuestros
corazones para hacernos sus hijos, para transformarnos y para volvernos capaces
de responder con nuestra vida a ese amor. La Iglesia es enviada por Jesucristo
como sacramento de la salvación ofrecida por Dios[80]. Ella, a través de sus
acciones evangelizadoras, colabora como instrumento de la gracia divina que actúa
incesantemente más allá de toda posible supervisión. Bien lo expresaba Benedicto
XVI al abrir las reflexiones del Sínodo: «Es importante saber que la primera palabra,
la iniciativa verdadera, la actividad verdadera viene de Dios y sólo si entramos en
esta iniciativa divina, sólo si imploramos esta iniciativa divina, podremos también ser
—con Él y en Él— evangelizadores»[81]. El principio de la primacía de la
gracia debe ser un faro que alumbre permanentemente nuestras reflexiones sobre la
evangelización.
113. Esta salvación, que realiza Dios y anuncia gozosamente la Iglesia, es para
todos[82], y Dios ha gestado un camino para unirse a cada uno de los seres
humanos de todos los tiempos. Ha elegido convocarlos como pueblo y no como
seres aislados.[83]Nadie se salva solo, esto es, ni como individuo aislado ni por sus
propias fuerzas. Dios nos atrae teniendo en cuenta la compleja trama de relaciones
interpersonales que supone la vida en una comunidad humana. Este pueblo que
Dios se ha elegido y convocado es la Iglesia. Jesús no dice a los Apóstoles que
formen un grupo exclusivo, un grupo de élite. Jesús dice: «Id y haced que todos los
pueblos sean mis discípulos» (Mt 28,19). San Pablo afirma que en el Pueblo de
Dios, en la Iglesia, «no hay ni judío ni griego [...] porque todos vosotros sois uno en
Cristo Jesús» (Ga 3,28). Me gustaría decir a aquellos que se sienten lejos de Dios y
de la Iglesia, a los que son temerosos o a los indiferentes: ¡El Señor también te
llama a ser parte de su pueblo y lo hace con gran respeto y amor!
114. Ser Iglesia es ser Pueblo de Dios, de acuerdo con el gran proyecto de amor del
Padre. Esto implica ser el fermento de Dios en medio de la humanidad. Quiere decir
anunciar y llevar la salvación de Dios en este mundo nuestro, que a menudo se
pierde, necesitado de tener respuestas que alienten, que den esperanza, que den
nuevo vigor en el camino. La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita,
donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir
según la vida buena del Evangelio.
Un pueblo con muchos rostros
115. Este Pueblo de Dios se encarna en los pueblos de la tierra, cada uno de los
cuales tiene su cultura propia. La noción de cultura es una valiosa herramienta para
entender las diversas expresiones de la vida cristiana que se dan en el Pueblo de
Dios. Se trata del estilo de vida que tiene una sociedad determinada, del modo
propio que tienen sus miembros de relacionarse entre sí, con las demás criaturas y
con Dios. Así entendida, la cultura abarca la totalidad de la vida de un pueblo[84].
Cada pueblo, en su devenir histórico, desarrolla su propia cultura con legítima
autonomía[85]. Esto se debe a que la persona humana «por su misma naturaleza,
tiene absoluta necesidad de la vida social»[86], y está siempre referida a la
sociedad, donde vive un modo concreto de relacionarse con la realidad. El ser
humano está siempre culturalmente situado: «naturaleza y cultura se hallan unidas
estrechísimamente»[87]. La gracia supone la cultura, y el don de Dios se encarna en
la cultura de quien lo recibe.
116. En estos dos milenios de cristianismo, innumerable cantidad de pueblos han
recibido la gracia de la fe, la han hecho florecer en su vida cotidiana y la han
transmitido según sus modos culturales propios. Cuando una comunidad acoge el
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anuncio de la salvación, el Espíritu Santo fecunda su cultura con la fuerza
transformadora del Evangelio. De modo que, como podemos ver en la historia de la
Iglesia, el cristianismo no tiene un único modo cultural, sino que, «permaneciendo
plenamente uno mismo, en total fidelidad al anuncio evangélico y a la tradición
eclesial, llevará consigo también el rostro de tantas culturas y de tantos pueblos en
que ha sido acogido y arraigado»[88]. En los distintos pueblos, que experimentan el
don de Dios según su propia cultura, la Iglesia expresa su genuina catolicidad y
muestra «la belleza de este rostro pluriforme»[89]. En las manifestaciones cristianas
de un pueblo evangelizado, el Espíritu Santo embellece a la Iglesia, mostrándole
nuevos aspectos de la Revelación y regalándole un nuevo rostro. En la inculturación,
la Iglesia «introduce a los pueblos con sus culturas en su misma comunidad»[90],
porque «toda cultura propone valores y formas positivas que pueden enriquecer la
manera de anunciar, concebir y vivir el Evangelio»[91], Así, «la Iglesia, asumiendo
los valores de las diversas culturas, se hace “sponsa ornata monilibus suis”, “la novia
que se adorna con sus joyas” (cf. Is 61,10)»[92].
117. Bien entendida, la diversidad cultural no amenaza la unidad de la Iglesia. Es el
Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo, quien transforma nuestros corazones y
nos hace capaces de entrar en la comunión perfecta de la Santísima Trinidad, donde
todo encuentra su unidad. Él construye la comunión y la armonía del Pueblo de Dios.
El mismo Espíritu Santo es la armonía, así como es el vínculo de amor entre el
Padre y el Hijo[93]. Él es quien suscita una múltiple y diversa riqueza de dones y al
mismo tiempo construye una unidad que nunca es uniformidad sino multiforme
armonía que atrae. La evangelización reconoce gozosamente estas múltiples
riquezas que el Espíritu engendra en la Iglesia. No haría justicia a la lógica de la
encarnación pensar en un cristianismo monocultural y monocorde. Si bien es verdad
que algunas culturas han estado estrechamente ligadas a la predicación del
Evangelio y al desarrollo de un pensamiento cristiano, el mensaje revelado no se
identifica con ninguna de ellas y tiene un contenido transcultural. Por ello, en la
evangelización de nuevas culturas o de culturas que no han acogido la predicación
cristiana, no es indispensable imponer una determinada forma cultural, por más bella
y antigua que sea, junto con la propuesta del Evangelio. El mensaje que anunciamos
siempre tiene algún ropaje cultural, pero a veces en la Iglesia caemos en la vanidosa
sacralización de la propia cultura, con lo cual podemos mostrar más fanatismo que
auténtico fervor evangelizador.
118. Los Obispos de Oceanía pidieron que allí la Iglesia «desarrolle una
comprensión y una presentación de la verdad de Cristo que arranque de las
tradiciones y culturas de la región», e instaron «a todos los misioneros a operar en
armonía con los cristianos indígenas para asegurar que la fe y la vida de la Iglesia se
expresen en formas legítimas adecuadas a cada cultura»[94]. No podemos
pretender que los pueblos de todos los continentes, al expresar la fe cristiana, imiten
los modos que encontraron los pueblos europeos en un determinado momento de la
historia, porque la fe no puede encerrarse dentro de los confines de la comprensión
y de la expresión de una cultura[95]. Es indiscutible que una sola cultura no agota el
misterio de la redención de Cristo.
Todos somos discípulos misioneros
119. En todos los bautizados, desde el primero hasta el último, actúa la fuerza
santificadora del Espíritu que impulsa a evangelizar. El Pueblo de Dios es santo por
esta unción que lo hace infalible «in credendo». Esto significa que cuando cree no se
equivoca, aunque no encuentre palabras para explicar su fe. El Espíritu lo guía en la
verdad y lo conduce a la salvación[96]. Como parte de su misterio de amor hacia la
humanidad, Dios dota a la totalidad de los fieles de un instinto de la fe —el sensus
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fidei— que los ayuda a discernir lo que viene realmente de Dios. La presencia del
Espíritu otorga a los cristianos una cierta connaturalidad con las realidades divinas y
una sabiduría que los permite captarlas intuitivamente, aunque no tengan el
instrumental adecuado para expresarlas con precisión.
120. En virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha
convertido en discípulo misionero (cf. Mt 28,19). Cada uno de los bautizados,
cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un
agente evangelizador, y sería inadecuado pensar en un esquema de evangelización
llevado adelante por actores calificados donde el resto del pueblo fiel sea sólo
receptivo de sus acciones. La nueva evangelización debe implicar un nuevo
protagonismo de cada uno de los bautizados. Esta convicción se convierte en un
llamado dirigido a cada cristiano, para que nadie postergue su compromiso con la
evangelización, pues si uno de verdad ha hecho una experiencia del amor de Dios
que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anunciarlo, no
puede esperar que le den muchos cursos o largas instrucciones. Todo cristiano es
misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo
Jesús; ya no decimos que somos «discípulos» y «misioneros», sino que somos
siempre «discípulos misioneros». Si no nos convencemos, miremos a los primeros
discípulos, quienes inmediatamente después de conocer la mirada de Jesús, salían
a proclamarlo gozosos: «¡Hemos encontrado al Mesías!» (Jn 1,41). La samaritana,
apenas salió de su diálogo con Jesús, se convirtió en misionera, y muchos
samaritanos creyeron en Jesús «por la palabra de la mujer» (Jn 4,39). También san
Pablo, a partir de su encuentro con Jesucristo, «enseguida se puso a predicar que
Jesús era el Hijo de Dios» (Hch 9,20). ¿A qué esperamos nosotros?
121. Por supuesto que todos estamos llamados a crecer como evangelizadores.
Procuramos al mismo tiempo una mejor formación, una profundización de nuestro
amor y un testimonio más claro del Evangelio. En ese sentido, todos tenemos que
dejar que los demás nos evangelicen constantemente; pero eso no significa que
debamos postergar la misión evangelizadora, sino que encontremos el modo de
comunicar a Jesús que corresponda a la situación en que nos hallemos. En
cualquier caso, todos somos llamados a ofrecer a los demás el testimonio explícito
del amor salvífico del Señor, que más allá de nuestras imperfecciones nos ofrece su
cercanía, su Palabra, su fuerza, y le da un sentido a nuestra vida. Tu corazón sabe
que no es lo mismo la vida sin Él; entonces eso que has descubierto, eso que te
ayuda a vivir y que te da una esperanza, eso es lo que necesitas comunicar a los
otros. Nuestra imperfección no debe ser una excusa; al contrario, la misión es un
estímulo constante para no quedarse en la mediocridad y para seguir creciendo. El
testimonio de fe que todo cristiano está llamado a ofrecer implica decir como san
Pablo: «No es que lo tenga ya conseguido o que ya sea perfecto, sino que continúo
mi carrera [...] y me lanzo a lo que está por delante» (Flp 3,12-13).
La fuerza evangelizadora de la piedad popular
122. Del mismo modo, podemos pensar que los distintos pueblos en los que ha sido
inculturado el Evangelio son sujetos colectivos activos, agentes de la evangelización.
Esto es así porque cada pueblo es el creador de su cultura y el protagonista de su
historia. La cultura es algo dinámico, que un pueblo recrea permanentemente, y
cada generación le transmite a la siguiente un sistema de actitudes ante las distintas
situaciones existenciales, que ésta debe reformular frente a sus propios desafíos. El
ser humano «es al mismo tiempo hijo y padre de la cultura a la que pertenece»[97].
Cuando en un pueblo se ha inculturado el Evangelio, en su proceso de transmisión
cultural también transmite la fe de maneras siempre nuevas; de aquí la importancia
de la evangelización entendida como inculturación. Cada porción del Pueblo de
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Dios, al traducir en su vida el don de Dios según su genio propio, da testimonio de la
fe recibida y la enriquece con nuevas expresiones que son elocuentes. Puede
decirse que «el pueblo se evangeliza continuamente a sí mismo»[98]. Aquí toma
importancia la piedad popular, verdadera expresión de la acción misionera
espontánea del Pueblo de Dios. Se trata de una realidad en permanente desarrollo,
donde el Espíritu Santo es el agente principal[99].
123. En la piedad popular puede percibirse el modo en que la fe recibida se encarnó
en una cultura y se sigue transmitiendo. En algún tiempo mirada con desconfianza,
ha sido objeto de revalorización en las décadas posteriores al Concilio. Fue Pablo VI
en su Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi quien dio un impulso decisivo en
ese sentido. Allí explica que la piedad popular «refleja una sed de Dios que
solamente los pobres y sencillos pueden conocer»[100] y que «hace capaz de
generosidad y sacrificio hasta el heroísmo, cuando se trata de manifestar la fe»[101].
Más cerca de nuestros días, Benedicto XVI, en América Latina, señaló que se trata
de un «precioso tesoro de la Iglesia católica» y que en ella «aparece el alma de los
pueblos latinoamericanos»[102].
124. En el Documento de Aparecida se describen las riquezas que el Espíritu Santo
despliega en la piedad popular con su iniciativa gratuita. En ese amado continente,
donde gran cantidad de cristianos expresan su fe a través de la piedad popular, los
Obispos la llaman también «espiritualidad popular» o «mística popular»[103]. Se
trata de una verdadera «espiritualidad encarnada en la cultura de los sencillos»[104].
No está vacía de contenidos, sino que los descubre y expresa más por la vía
simbólica que por el uso de la razón instrumental, y en el acto de fe se acentúa más
el credere in Deum que el credere Deum[105]. Es «una manera legítima de vivir la
fe, un modo de sentirse parte de la Iglesia, y una forma de ser misioneros»[106];
conlleva la gracia de la misionariedad, del salir de sí y del peregrinar: «El caminar
juntos hacia los santuarios y el participar en otras manifestaciones de la piedad
popular, también llevando a los hijos o invitando a otros, es en sí mismo un gesto
evangelizador»[107]. ¡No coartemos ni pretendamos controlar esa fuerza misionera!
125. Para entender esta realidad hace falta acercarse a ella con la mirada del Buen
Pastor, que no busca juzgar sino amar. Sólo desde la connaturalidad afectiva que da
el amor podemos apreciar la vida teologal presente en la piedad de los pueblos
cristianos, especialmente en sus pobres. Pienso en la fe firme de esas madres al pie
del lecho del hijo enfermo que se aferran a un rosario aunque no sepan hilvanar las
proposiciones del Credo, o en tanta carga de esperanza derramada en una vela que
se enciende en un humilde hogar para pedir ayuda a María, o en esas miradas de
amor entrañable al Cristo crucificado. Quien ama al santo Pueblo fiel de Dios no
puede ver estas acciones sólo como una búsqueda natural de la divinidad. Son la
manifestación de una vida teologal animada por la acción del Espíritu Santo que ha
sido derramado en nuestros corazones (cf. Rm 5,5).
126. En la piedad popular, por ser fruto del Evangelio inculturado, subyace una
fuerza activamente evangelizadora que no podemos menospreciar: sería
desconocer la obra del Espíritu Santo. Más bien estamos llamados a alentarla y
fortalecerla para profundizar el proceso de inculturación que es una realidad nunca
acabada. Las expresiones de la piedad popular tienen mucho que enseñarnos y,
para quien sabe leerlas, son un lugar teológico al que debemos prestar atención,
particularmente a la hora de pensar la nueva evangelización.
Persona a persona
127. Hoy que la Iglesia quiere vivir una profunda renovación misionera, hay una
forma de predicación que nos compete a todos como tarea cotidiana. Se trata de
llevar el Evangelio a las personas que cada uno trata, tanto a los más cercanos
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como a los desconocidos. Es la predicación informal que se puede realizar en medio
de una conversación y también es la que realiza un misionero cuando visita un
hogar. Ser discípulo es tener la disposición permanente de llevar a otros el amor de
Jesús y eso se produce espontáneamente en cualquier lugar: en la calle, en la plaza,
en el trabajo, en un camino.
128. En esta predicación, siempre respetuosa y amable, el primer momento es un
diálogo personal, donde la otra persona se expresa y comparte sus alegrías, sus
esperanzas, las inquietudes por sus seres queridos y tantas cosas que llenan el
corazón. Sólo después de esta conversación es posible presentarle la Palabra, sea
con la lectura de algún versículo o de un modo narrativo, pero siempre recordando el
anuncio fundamental: el amor personal de Dios que se hizo hombre, se entregó por
nosotros y está vivo ofreciendo su salvación y su amistad. Es el anuncio que se
comparte con una actitud humilde y testimonial de quien siempre sabe aprender, con
la conciencia de que ese mensaje es tan rico y tan profundo que siempre nos
supera. A veces se expresa de manera más directa, otras veces a través de un
testimonio personal, de un relato, de un gesto o de la forma que el mismo Espíritu
Santo pueda suscitar en una circunstancia concreta. Si parece prudente y se dan las
condiciones, es bueno que este encuentro fraterno y misionero termine con una
breve oración que se conecte con las inquietudes que la persona ha manifestado.
Así, percibirá mejor que ha sido escuchada e interpretada, que su situación queda
en la presencia de Dios, y reconocerá que la Palabra de Dios realmente le habla a
su propia existencia.
129. No hay que pensar que el anuncio evangélico deba transmitirse siempre con
determinadas fórmulas aprendidas, o con palabras precisas que expresen un
contenido absolutamente invariable. Se transmite de formas tan diversas que sería
imposible describirlas o catalogarlas, donde el Pueblo de Dios, con sus
innumerables gestos y signos, es sujeto colectivo. Por consiguiente, si el Evangelio
se ha encarnado en una cultura, ya no se comunica sólo a través del anuncio
persona a persona. Esto debe hacernos pensar que, en aquellos países donde el
cristianismo es minoría, además de alentar a cada bautizado a anunciar el
Evangelio, las Iglesias particulares deben fomentar activamente formas, al menos
incipientes, de inculturación. Lo que debe procurarse, en definitiva, es que la
predicación del Evangelio, expresada con categorías propias de la cultura donde es
anunciado, provoque una nueva síntesis con esa cultura. Aunque estos procesos
son siempre lentos, a veces el miedo nos paraliza demasiado. Si dejamos que las
dudas y temores sofoquen toda audacia, es posible que, en lugar de ser creativos,
simplemente nos quedemos cómodos y no provoquemos avance alguno y, en ese
caso, no seremos partícipes de procesos históricos con nuestra cooperación, sino
simplemente espectadores de un estancamiento infecundo de la Iglesia.
Carismas al servicio de la comunión evangelizadora
130. El Espíritu Santo también enriquece a toda la Iglesia evangelizadora con
distintos carismas. Son dones para renovar y edificar la Iglesia[108]. No son un
patrimonio cerrado, entregado a un grupo para que lo custodie; más bien son
regalos del Espíritu integrados en el cuerpo eclesial, atraídos hacia el centro que es
Cristo, desde donde se encauzan en un impulso evangelizador. Un signo claro de la
autenticidad de un carisma es su eclesialidad, su capacidad para integrarse
armónicamente en la vida del santo Pueblo fiel de Dios para el bien de todos. Una
verdadera novedad suscitada por el Espíritu no necesita arrojar sombras sobre otras
espiritualidades y dones para afirmarse a sí misma. En la medida en que un carisma
dirija mejor su mirada al corazón del Evangelio, más eclesial será su ejercicio. En la
comunión, aunque duela, es donde un carisma se vuelve auténtica y
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misteriosamente fecundo. Si vive este desafío, la Iglesia puede ser un modelo para
la paz en el mundo.
131. Las diferencias entre las personas y comunidades a veces son incómodas, pero
el Espíritu Santo, que suscita esa diversidad, puede sacar de todo algo bueno y
convertirlo en un dinamismo evangelizador que actúa por atracción. La diversidad
tiene que ser siempre reconciliada con la ayuda del Espíritu Santo; sólo Él puede
suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la
unidad. En cambio, cuando somos nosotros los que pretendemos la diversidad y nos
encerramos en nuestros particularismos, en nuestros exclusivismos, provocamos la
división y, por otra parte, cuando somos nosotros quienes queremos construir la
unidad con nuestros planes humanos, terminamos por imponer la uniformidad, la
homologación. Esto no ayuda a la misión de la Iglesia.
Cultura, pensamiento y educación
132. El anuncio a la cultura implica también un anuncio a las culturas profesionales,
científicas y académicas. Se trata del encuentro entre la fe, la razón y las ciencias,
que procura desarrollar un nuevo discurso de la credibilidad, una original
apologética[109] que ayude a crear las disposiciones para que el Evangelio sea
escuchado por todos. Cuando algunas categorías de la razón y de las ciencias son
acogidas en el anuncio del mensaje, esas mismas categorías se convierten en
instrumentos de evangelización; es el agua convertida en vino. Es aquello que,
asumido, no sólo es redimido sino que se vuelve instrumento del Espíritu para
iluminar y renovar el mundo.
133. Ya que no basta la preocupación del evangelizador por llegar a cada persona, y
el Evangelio también se anuncia a las culturas en su conjunto, la teología —no sólo
la teología pastoral— en diálogo con otras ciencias y experiencias humanas, tiene
gran importancia para pensar cómo hacer llegar la propuesta del Evangelio a la
diversidad de contextos culturales y de destinatarios[110]. La Iglesia, empeñada en
la evangelización, aprecia y alienta el carisma de los teólogos y su esfuerzo por la
investigación teológica, que promueve el diálogo con el mundo de las culturas y de
las ciencias. Convoco a los teólogos a cumplir este servicio como parte de la misión
salvífica de la Iglesia. Pero es necesario que, para tal propósito, lleven en el corazón
la finalidad evangelizadora de la Iglesia y también de la teología, y no se contenten
con una teología de escritorio.
134. Las Universidades son un ámbito privilegiado para pensar y desarrollar este
empeño evangelizador de un modo interdisciplinario e integrador. Las escuelas
católicas, que intentan siempre conjugar la tarea educativa con el anuncio explícito
del Evangelio, constituyen un aporte muy valioso a la evangelización de la cultura,
aun en los países y ciudades donde una situación adversa nos estimule a usar
nuestra creatividad para encontrar los caminos adecuados[111].
II. La homilía
135. Consideremos ahora la predicación dentro de la liturgia, que requiere una seria
evaluación de parte de los Pastores. Me detendré particularmente, y hasta con cierta
meticulosidad, en la homilía y su preparación, porque son muchos los reclamos que
se dirigen en relación con este gran ministerio y no podemos hacer oídos sordos. La
homilía es la piedra de toque para evaluar la cercanía y la capacidad de encuentro
de un Pastor con su pueblo. De hecho, sabemos que los fieles le dan mucha
importancia; y ellos, como los mismos ministros ordenados, muchas veces sufren,
unos al escuchar y otros al predicar. Es triste que así sea. La homilía puede ser
realmente una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro
con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento.
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136. Renovemos nuestra confianza en la predicación, que se funda en la convicción
de que es Dios quien quiere llegar a los demás a través del predicador y de que Él
despliega su poder a través de la palabra humana. San Pablo habla con fuerza
sobre la necesidad de predicar, porque el Señor ha querido llegar a los demás
también mediante nuestra palabra (cf. Rm 10,14-17). Con la palabra, nuestro Señor
se ganó el corazón de la gente. Venían a escucharlo de todas partes (cf. Mc 1,45).
Se quedaban maravillados bebiendo sus enseñanzas (cf. Mc 6,2). Sentían que les
hablaba como quien tiene autoridad (cf. Mc 1,27). Con la palabra, los Apóstoles, a
los que instituyó «para que estuvieran con Él, y para enviarlos a predicar» (Mc 3,14),
atrajeron al seno de la Iglesia a todos los pueblos (cf. Mc 16,15.20).
El contexto litúrgico
137. Cabe recordar ahora que «la proclamación litúrgica de la Palabra de Dios,
sobre todo en el contexto de la asamblea eucarística, no es tanto un momento de
meditación y de catequesis, sino que es el diálogo de Dios con su pueblo, en el cual
son proclamadas las maravillas de la salvación y propuestas siempre de nuevo las
exigencias de la alianza»[112]. Hay una valoración especial de la homilía que
proviene de su contexto eucarístico, que supera a toda catequesis por ser el
momento más alto del diálogo entre Dios y su pueblo, antes de la comunión
sacramental. La homilía es un retomar ese diálogo que ya está entablado entre el
Señor y su pueblo. El que predica debe reconocer el corazón de su comunidad para
buscar dónde está vivo y ardiente el deseo de Dios, y también dónde ese diálogo,
que era amoroso, fue sofocado o no pudo dar fruto.
138. La homilía no puede ser un espectáculo entretenido, no responde a la lógica de
los recursos mediáticos, pero debe darle el fervor y el sentido a la celebración. Es un
género peculiar, ya que se trata de una predicación dentro del marco de una
celebraciónlitúrgica; por consiguiente, debe ser breve y evitar parecerse a una charla
o una clase. El predicador puede ser capaz de mantener el interés de la gente
durante una hora, pero así su palabra se vuelve más importante que la celebración
de la fe. Si la homilía se prolongara demasiado, afectaría dos características de la
celebración litúrgica: la armonía entre sus partes y el ritmo. Cuando la predicación se
realiza dentro del contexto de la liturgia, se incorpora como parte de la ofrenda que
se entrega al Padre y como mediación de la gracia que Cristo derrama en la
celebración. Este mismo contexto exige que la predicación oriente a la asamblea, y
también al predicador, a una comunión con Cristo en la Eucaristía que transforme la
vida. Esto reclama que la palabra del predicador no ocupe un lugar excesivo, de
manera que el Señor brille más que el ministro.
La conversación de la madre
139. Dijimos que el Pueblo de Dios, por la constante acción del Espíritu en él, se
evangeliza continuamente a sí mismo. ¿Qué implica esta convicción para el
predicador? Nos recuerda que la Iglesia es madre y predica al pueblo como una
madre que le habla a su hijo, sabiendo que el hijo confía que todo lo que se le
enseñe será para bien porque se sabe amado. Además, la buena madre sabe
reconocer todo lo que Dios ha sembrado en su hijo, escucha sus inquietudes y
aprende de él. El espíritu de amor que reina en una familia guía tanto a la madre
como al hijo en sus diálogos, donde se enseña y aprende, se corrige y se valora lo
bueno; así también ocurre en la homilía. El Espíritu, que inspiró los Evangelios y que
actúa en el Pueblo de Dios, inspira también cómo hay que escuchar la fe del pueblo
y cómo hay que predicar en cada Eucaristía. La prédica cristiana, por tanto,
encuentra en el corazón cultural del pueblo una fuente de agua viva para saber lo
que tiene que decir y para encontrar el modo como tiene que decirlo. Así como a
todos nos gusta que se nos hable en nuestra lengua materna, así también en la fe
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nos gusta que se nos hable en clave de «cultura materna», en clave de dialecto
materno (cf. 2 M 7,21.27), y el corazón se dispone a escuchar mejor. Esta lengua es
un tono que transmite ánimo, aliento, fuerza, impulso.
140. Este ámbito materno-eclesial en el que se desarrolla el diálogo del Señor con
su pueblo debe favorecerse y cultivarse mediante la cercanía cordial del predicador,
la calidez de su tono de voz, la mansedumbre del estilo de sus frases, la alegría de
sus gestos. Aun las veces que la homilía resulte algo aburrida, si está presente este
espíritu materno-eclesial, siempre será fecunda, así como los aburridos consejos de
una madre dan fruto con el tiempo en el corazón de los hijos.
141. Uno se admira de los recursos que tenía el Señor para dialogar con su pueblo,
para revelar su misterio a todos, para cautivar a gente común con enseñanzas tan
elevadas y de tanta exigencia. Creo que el secreto se esconde en esa mirada de
Jesús hacia el pueblo, más allá de sus debilidades y caídas: «No temas, pequeño
rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros el Reino» (Lc 12,32);
Jesús predica con ese espíritu. Bendice lleno de gozo en el Espíritu al Padre que le
atrae a los pequeños: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque
habiendo ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, se las has revelado a
pequeños» (Lc 10,21). El Señor se complace de verdad en dialogar con su pueblo y
al predicador le toca hacerle sentir este gusto del Señor a su gente.
Palabras que hacen arder los corazones
142. Un diálogo es mucho más que la comunicación de una verdad. Se realiza por el
gusto de hablar y por el bien concreto que se comunica entre los que se aman por
medio de las palabras. Es un bien que no consiste en cosas, sino en las personas
mismas que mutuamente se dan en el diálogo. La predicación puramente moralista o
adoctrinadora, y también la que se convierte en una clase de exégesis, reducen esta
comunicación entre corazones que se da en la homilía y que tiene que tener un
carácter cuasi sacramental: «La fe viene de la predicación, y la predicación, por la
Palabra de Cristo» (Rm 10,17). En la homilía, la verdad va de la mano de la belleza
y del bien. No se trata de verdades abstractas o de fríos silogismos, porque se
comunica también la belleza de las imágenes que el Señor utilizaba para estimular a
la práctica del bien. La memoria del pueblo fiel, como la de María, debe quedar
rebosante de las maravillas de Dios. Su corazón, esperanzado en la práctica alegre
y posible del amor que se le comunicó, siente que toda palabra en la Escritura es
primero don antes que exigencia.
143. El desafío de una prédica inculturada está en evangelizar la síntesis, no ideas o
valores sueltos. Donde está tu síntesis, allí está tu corazón. La diferencia entre
iluminar el lugar de síntesis e iluminar ideas sueltas es la misma que hay entre el
aburrimiento y el ardor del corazón. El predicador tiene la hermosísima y difícil
misión de aunar los corazones que se aman, el del Señor y los de su pueblo. El
diálogo entre Dios y su pueblo afianza más la alianza entre ambos y estrecha el
vínculo de la caridad. Durante el tiempo que dura la homilía, los corazones de los
creyentes hacen silencio y lo dejan hablar a Él. El Señor y su pueblo se hablan de
mil maneras directamente, sin intermediarios. Pero en la homilía quieren que alguien
haga de instrumento y exprese los sentimientos, de manera tal que después cada
uno elija por dónde sigue su conversación. La palabra es esencialmente mediadora
y requiere no sólo de los dos que dialogan sino de un predicador que la represente
como tal, convencido de que «no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo
Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús» (2 Co 4,5).
144. Hablar de corazón implica tenerlo no sólo ardiente, sino iluminado por la
integridad de la Revelación y por el camino que esa Palabra ha recorrido en el
corazón de la Iglesia y de nuestro pueblo fiel a lo largo de su historia. La identidad
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cristiana, que es ese abrazo bautismal que nos dio de pequeños el Padre, nos hace
anhelar, como hijos pródigos —y predilectos en María—, el otro abrazo, el del Padre
misericordioso que nos espera en la gloria. Hacer que nuestro pueblo se sienta
como en medio de estos dos abrazos es la dura pero hermosa tarea del que predica
el Evangelio.
III. La preparación de la predicación
145. La preparación de la predicación es una tarea tan importante que conviene
dedicarle un tiempo prolongado de estudio, oración, reflexión y creatividad pastoral.
Con mucho cariño quiero detenerme a proponer un camino de preparación de la
homilía. Son indicaciones que para algunos podrán parecer obvias, pero considero
conveniente sugerirlas para recordar la necesidad de dedicar un tiempo de calidad a
este precioso ministerio. Algunos párrocos suelen plantear que esto no es posible
debido a la multitud de tareas que deben realizar; sin embargo, me atrevo a pedir
que todas las semanas se dedique a esta tarea un tiempo personal y comunitario
suficientemente prolongado, aunque deba darse menos tiempo a otras tareas
también importantes. La confianza en el Espíritu Santo que actúa en la predicación
no es meramente pasiva, sino activa y creativa. Implica ofrecerse como instrumento
(cf. Rm 12,1), con todas las propias capacidades, para que puedan ser utilizadas por
Dios. Un predicador que no se prepara no es «espiritual»; es deshonesto e
irresponsable con los dones que ha recibido.
El culto a la verdad
146. El primer paso, después de invocar al Espíritu Santo, es prestar toda la
atención al texto bíblico, que debe ser el fundamento de la predicación. Cuando uno
se detiene a tratar de comprender cuál es el mensaje de un texto, ejercita el «culto a
la verdad»[113]. Es la humildad del corazón que reconoce que la Palabra siempre
nos trasciende, que no somos «ni los dueños, ni los árbitros, sino los depositarios,
los heraldos, los servidores»[114]. Esa actitud de humilde y asombrada veneración
de la Palabra se expresa deteniéndose a estudiarla con sumo cuidado y con un
santo temor de manipularla. Para poder interpretar un texto bíblico hace falta
paciencia, abandonar toda ansiedad y darle tiempo, interés y dedicación gratuita.
Hay que dejar de lado cualquier preocupación que nos domine para entrar en otro
ámbito de serena atención. No vale la pena dedicarse a leer un texto bíblico si uno
quiere obtener resultados rápidos, fáciles o inmediatos. Por eso, la preparación de la
predicación requiere amor. Uno sólo le dedica un tiempo gratuito y sin prisa a las
cosas o a las personas que ama; y aquí se trata de amar a Dios que ha
querido hablar. A partir de ese amor, uno puede detenerse todo el tiempo que sea
necesario, con una actitud de discípulo: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1
S 3,9).
147. Ante todo conviene estar seguros de comprender adecuadamente el significado
de las palabras que leemos. Quiero insistir en algo que parece evidente pero que no
siempre es tenido en cuenta: el texto bíblico que estudiamos tiene dos mil o tres mil
años, su lenguaje es muy distinto del que utilizamos ahora. Por más que nos
parezca entender las palabras, que están traducidas a nuestra lengua, eso no
significa que comprendemos correctamente cuanto quería expresar el escritor
sagrado. Son conocidos los diversos recursos que ofrece el análisis literario: prestar
atención a las palabras que se repiten o se destacan, reconocer la estructura y el
dinamismo propio de un texto, considerar el lugar que ocupan los personajes, etc.
Pero la tarea no apunta a entender todos los pequeños detalles de un texto, lo más
importante es descubrir cuál es el mensaje principal, el que estructura el texto y le da
unidad. Si el predicador no realiza este esfuerzo, es posible que su predicación
tampoco tenga unidad ni orden; su discurso será sólo una suma de diversas ideas
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desarticuladas que no terminarán de movilizar a los demás. El mensaje central es
aquello que el autor en primer lugar ha querido transmitir, lo cual implica no sólo
reconocer una idea, sino también el efecto que ese autor ha querido producir. Si un
texto fue escrito para consolar, no debería ser utilizado para corregir errores; si fue
escrito para exhortar, no debería ser utilizado para adoctrinar; si fue escrito para
enseñar algo sobre Dios, no debería ser utilizado para explicar diversas opiniones
teológicas; si fue escrito para motivar la alabanza o la tarea misionera, no lo
utilicemos para informar acerca de las últimas noticias.
148. Es verdad que, para entender adecuadamente el sentido del mensaje central
de un texto, es necesario ponerlo en conexión con la enseñanza de toda la Biblia,
transmitida por la Iglesia. Éste es un principio importante de la interpretación bíblica,
que tiene en cuenta que el Espíritu Santo no inspiró sólo una parte, sino la Biblia
entera, y que en algunas cuestiones el pueblo ha crecido en su comprensión de la
voluntad de Dios a partir de la experiencia vivida. Así se evitan interpretaciones
equivocadas o parciales, que nieguen otras enseñanzas de las mismas Escrituras.
Pero esto no significa debilitar el acento propio y específico del texto que
corresponde predicar. Uno de los defectos de una predicación tediosa e ineficaz es
precisamente no poder transmitir la fuerza propia del texto que se ha proclamado.
La personalización de la Palabra
149. El predicador «debe ser el primero en tener una gran familiaridad personal con
la Palabra de Dios: no le basta conocer su aspecto lingüístico o exegético, que es
también necesario; necesita acercarse a la Palabra con un corazón dócil y orante,
para que ella penetre a fondo en sus pensamientos y sentimientos y engendre
dentro de sí una mentalidad nueva»[115]. Nos hace bien renovar cada día, cada
domingo, nuestro fervor al preparar la homilía, y verificar si en nosotros mismos
crece el amor por la Palabra que predicamos. No es bueno olvidar que «en
particular, la mayor o menor santidad del ministro influye realmente en el anuncio de
la Palabra»[116]. Como dice san Pablo, «predicamos no buscando agradar a los
hombres, sino a Dios, que examina nuestros corazones» (1 Ts 2,4). Si está vivo este
deseo de escuchar primero nosotros la Palabra que tenemos que predicar, ésta se
transmitirá de una manera u otra al Pueblo fiel de Dios: «de la abundancia del
corazón habla la boca» (Mt 12,34). Las lecturas del domingo resonarán con todo su
esplendor en el corazón del pueblo si primero resonaron así en el corazón del
Pastor.
150. Jesús se irritaba frente a esos pretendidos maestros, muy exigentes con los
demás, que enseñaban la Palabra de Dios, pero no se dejaban iluminar por ella:
«Atan cargas pesadas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras ellos
no quieren moverlas ni siquiera con el dedo» (Mt 23,4). El Apóstol Santiago
exhortaba: «No os hagáis maestros muchos de vosotros, hermanos míos, sabiendo
que tendremos un juicio más severo» (3,1). Quien quiera predicar, primero debe
estar dispuesto a dejarse conmover por la Palabra y a hacerla carne en su existencia
concreta. De esta manera, la predicación consistirá en esa actividad tan intensa y
fecunda que es «comunicar a otros lo que uno ha contemplado»[117]. Por todo esto,
antes de preparar concretamente lo que uno va a decir en la predicación, primero
tiene que aceptar ser herido por esa Palabra que herirá a los demás, porque es una
Palabra viva y eficaz, que como una espada, «penetra hasta la división del alma y el
espíritu, articulaciones y médulas, y escruta los sentimientos y pensamientos del
corazón» (Hb 4,12). Esto tiene un valor pastoral. También en esta época la gente
prefiere escuchar a los testigos: «tiene sed de autenticidad […] Exige a los
evangelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos conocen y tratan
familiarmente como si lo estuvieran viendo»[118].
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151. No se nos pide que seamos inmaculados, pero sí que estemos siempre en
crecimiento, que vivamos el deseo profundo de crecer en el camino del Evangelio, y
no bajemos los brazos. Lo indispensable es que el predicador tenga la seguridad de
que Dios lo ama, de que Jesucristo lo ha salvado, de que su amor tiene siempre la
última palabra. Ante tanta belleza, muchas veces sentirá que su vida no le da gloria
plenamente y deseará sinceramente responder mejor a un amor tan grande. Pero si
no se detiene a escuchar esa Palabra con apertura sincera, si no deja que toque su
propia vida, que le reclame, que lo exhorte, que lo movilice, si no dedica un tiempo
para orar con esa Palabra, entonces sí será un falso profeta, un estafador o un
charlatán vacío. En todo caso, desde el reconocimiento de su pobreza y con el
deseo de comprometerse más, siempre podrá entregar a Jesucristo, diciendo como
Pedro: «No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te lo doy» (Hch 3,6). El Señor
quiere usarnos como seres vivos, libres y creativos, que se dejan penetrar por su
Palabra antes de transmitirla; su mensaje debe pasar realmente a través del
predicador, pero no sólo por su razón, sino tomando posesión de todo su ser. El
Espíritu Santo, que inspiró la Palabra, es quien «hoy, igual que en los comienzos de
la Iglesia, actúa en cada evangelizador que se deja poseer y conducir por Él, y pone
en sus labios las palabras que por sí solo no podría hallar»[119].
La lectura espiritual
152. Hay una forma concreta de escuchar lo que el Señor nos quiere decir en su
Palabra y de dejarnos transformar por el Espíritu. Es lo que llamamos «lectio divina».
Consiste en la lectura de la Palabra de Dios en un momento de oración para
permitirle que nos ilumine y nos renueve. Esta lectura orante de la Biblia no está
separada del estudio que realiza el predicador para descubrir el mensaje central del
texto; al contrario, debe partir de allí, para tratar de descubrir qué le dice ese mismo
mensaje a la propia vida. La lectura espiritual de un texto debe partir de su sentido
literal. De otra manera, uno fácilmente le hará decir a ese texto lo que le conviene, lo
que le sirva para confirmar sus propias decisiones, lo que se adapta a sus propios
esquemas mentales. Esto, en definitiva, será utilizar algo sagrado para el propio
beneficio y trasladar esa confusión al Pueblo de Dios. Nunca hay que olvidar que a
veces «el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz» (2 Co 11,14).
153. En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar,
por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi
vida con este mensaje? ¿Qué me molesta en este texto? ¿Por qué esto no me
interesa?», o bien: «¿Qué me agrada? ¿Qué me estimula de esta Palabra? ¿Qué
me atrae? ¿Por qué me atrae?». Cuando uno intenta escuchar al Señor, suele haber
tentaciones. Una de ellas es simplemente sentirse molesto o abrumado y cerrarse;
otra tentación muy común es comenzar a pensar lo que el texto dice a otros, para
evitar aplicarlo a la propia vida. También sucede que uno comienza a buscar
excusas que le permitan diluir el mensaje específico de un texto. Otras veces
pensamos que Dios nos exige una decisión demasiado grande, que no estamos
todavía en condiciones de tomar. Esto lleva a muchas personas a perder el gozo en
su encuentro con la Palabra, pero sería olvidar que nadie es más paciente que el
Padre Dios, que nadie comprende y espera como Él. Invita siempre a dar un paso
más, pero no exige una respuesta plena si todavía no hemos recorrido el camino
que la hace posible. Simplemente quiere que miremos con sinceridad la propia
existencia y la presentemos sin mentiras ante sus ojos, que estemos dispuestos a
seguir creciendo, y que le pidamos a Él lo que todavía no podemos lograr.
Un oído en el pueblo
154. El predicador necesita también poner un oído en el pueblo, para descubrir lo
que los fieles necesitan escuchar. Un predicador es un contemplativo de la Palabra y
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también un contemplativo del pueblo. De esa manera, descubre «las aspiraciones,
las riquezas y los límites, las maneras de orar, de amar, de considerar la vida y el
mundo, que distinguen a tal o cual conjunto humano», prestando atención «al
pueblo concreto con sus signos y símbolos, y respondiendo a las cuestiones que
plantea»[120]. Se trata de conectar el mensaje del texto bíblico con una situación
humana, con algo que ellos viven, con una experiencia que necesite la luz de la
Palabra. Esta preocupación no responde a una actitud oportunista o diplomática,
sino que es profundamente religiosa y pastoral. En el fondo es una «sensibilidad
espiritual para leer en los acontecimientos el mensaje de Dios»[121] y esto es
mucho más que encontrar algo interesante para decir. Lo que se procura descubrir
es «lo que el Señor desea decir en una determinada circunstancia»[122]. Entonces,
la preparación de la predicación se convierte en un ejercicio de discernimiento
evangélico, donde se intenta reconocer —a la luz del Espíritu— «una llamada que
Dios hace oír en una situación histórica determinada; en ella y por medio de ella
Dios llama al creyente»[123].
155. En esta búsqueda es posible acudir simplemente a alguna experiencia humana
frecuente, como la alegría de un reencuentro, las desilusiones, el miedo a la
soledad, la compasión por el dolor ajeno, la inseguridad ante el futuro, la
preocupación por un ser querido, etc.; pero hace falta ampliar la sensibilidad para
reconocer lo que tenga que ver realmente con la vida de ellos. Recordemos que
nunca hay que responder preguntas que nadie se hace; tampoco conviene ofrecer
crónicas de la actualidad para despertar interés: para eso ya están los programas
televisivos. En todo caso, es posible partir de algún hecho para que la Palabra
pueda resonar con fuerza en su invitación a la conversión, a la adoración, a
actitudes concretas de fraternidad y de servicio, etc., porque a veces algunas
personas disfrutan escuchando comentarios sobre la realidad en la predicación, pero
no por ello se dejan interpelar personalmente.
Recursos pedagógicos
156. Algunos creen que pueden ser buenos predicadores por saber lo que tienen
que decir, pero descuidan el cómo, la forma concreta de desarrollar una predicación.
Se quejan cuando los demás no los escuchan o no los valoran, pero quizás no se
han empeñado en buscar la forma adecuada de presentar el mensaje. Recordemos
que «la evidente importancia del contenido no debe hacer olvidar la importancia de
los métodos y medios de la evangelización»[124]. La preocupación por la forma de
predicar también es una actitud profundamente espiritual. Es responder al amor de
Dios, entregándonos con todas nuestras capacidades y nuestra creatividad a la
misión que Él nos confía; pero también es un ejercicio exquisito de amor al prójimo,
porque no queremos ofrecer a los demás algo de escasa calidad. En la Biblia, por
ejemplo, encontramos la recomendación de preparar la predicación en orden a
asegurar una extensión adecuada: «Resume tu discurso. Di mucho en pocas
palabras» (Si 32,8).
157. Sólo para ejemplificar, recordemos algunos recursos prácticos, que pueden
enriquecer una predicación y volverla más atractiva. Uno de los esfuerzos más
necesarios es aprender a usar imágenes en la predicación, es decir, a hablar con
imágenes. A veces se utilizan ejemplos para hacer más comprensible algo que se
quiere explicar, pero esos ejemplos suelen apuntar sólo al entendimiento; las
imágenes, en cambio, ayudan a valorar y aceptar el mensaje que se quiere
transmitir. Una imagen atractiva hace que el mensaje se sienta como algo familiar,
cercano, posible, conectado con la propia vida. Una imagen bien lograda puede
llevar a gustar el mensaje que se quiere transmitir, despierta un deseo y motiva a la
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voluntad en la dirección del Evangelio. Una buena homilía, como me decía un viejo
maestro, debe contener «una idea, un sentimiento, una imagen».
158. Ya decía Pablo VI que los fieles «esperan mucho de esta predicación y sacan
fruto de ella con tal que sea sencilla, clara, directa, acomodada»[125]. La sencillez
tiene que ver con el lenguaje utilizado. Debe ser el lenguaje que comprenden los
destinatarios para no correr el riesgo de hablar al vacío. Frecuentemente sucede que
los predicadores usan palabras que aprendieron en sus estudios y en determinados
ambientes, pero que no son parte del lenguaje común de las personas que los
escuchan. Hay palabras propias de la teología o de la catequesis, cuyo sentido no
es comprensible para la mayoría de los cristianos. El mayor riesgo para un
predicador es acostumbrarse a su propio lenguaje y pensar que todos los demás lo
usan y lo comprenden espontáneamente. Si uno quiere adaptarse al lenguaje de los
demás para poder llegar a ellos con la Palabra, tiene que escuchar mucho, necesita
compartir la vida de la gente y prestarle una gustosa atención. La sencillez y la
claridad son dos cosas diferentes. El lenguaje puede ser muy sencillo, pero la
prédica puede ser poco clara. Se puede volver incomprensible por el desorden, por
su falta de lógica, o porque trata varios temas al mismo tiempo. Por lo tanto, otra
tarea necesaria es procurar que la predicación tenga unidad temática, un orden claro
y una conexión entre las frases, de manera que las personas puedan seguir
fácilmente al predicador y captar la lógica de lo que les dice.
159. Otra característica es el lenguaje positivo. No dice tanto lo que no hay que
hacer sino que propone lo que podemos hacer mejor. En todo caso, si indica algo
negativo, siempre intenta mostrar también un valor positivo que atraiga, para no
quedarse en la queja, el lamento, la crítica o el remordimiento. Además, una
predicación positiva siempre da esperanza, orienta hacia el futuro, no nos deja
encerrados en la negatividad. ¡Qué bueno que sacerdotes, diáconos y laicos se
reúnan periódicamente para encontrar juntos los recursos que hacen más atractiva
la predicación!
IV. Una evangelización para la profundización del kerygma
160. El envío misionero del Señor incluye el llamado al crecimiento de la fe cuando
indica: «enseñándoles a observar todo lo que os he mandado» (Mt 28,20). Así
queda claro que el primer anuncio debe provocar también un camino de formación y
de maduración. La evangelización también busca el crecimiento, que implica
tomarse muy en serio a cada persona y el proyecto que Dios tiene sobre ella. Cada
ser humano necesita más y más de Cristo, y la evangelización no debería consentir
que alguien se conforme con poco, sino que pueda decir plenamente: «Ya no vivo
yo, sino que Cristo vive en mí» (Ga 2,20).
161. No sería correcto interpretar este llamado al crecimiento exclusiva o
prioritariamente como una formación doctrinal. Se trata de «observar» lo que el
Señor nos ha indicado, como respuesta a su amor, donde se destaca, junto con
todas las virtudes, aquel mandamiento nuevo que es el primero, el más grande, el
que mejor nos identifica como discípulos: «Éste es mi mandamiento, que os améis
unos a otros como yo os he amado» (Jn 15,12). Es evidente que cuando los autores
del Nuevo Testamento quieren reducir a una última síntesis, a lo más esencial, el
mensaje moral cristiano, nos presentan la exigencia ineludible del amor al prójimo:
«Quien ama al prójimo ya ha cumplido la ley [...] De modo que amar es cumplir la ley
entera» (Rm 13,8.10). Así san Pablo, para quien el precepto del amor no sólo
resume la ley sino que constituye su corazón y razón de ser: «Toda la ley alcanza su
plenitud en este solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Ga 5,14). Y
presenta a sus comunidades la vida cristiana como un camino de crecimiento en el
amor: «Que el Señor os haga progresar y sobreabundar en el amor de unos con
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otros, y en el amor para con todos» (1 Ts 3,12). También Santiago exhorta a los
cristianos a cumplir «la ley real según la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti
mismo» (2,8), para no fallar en ningún precepto.
162. Por otra parte, este camino de respuesta y de crecimiento está siempre
precedido por el don, porque lo antecede aquel otro pedido del Señor:
«bautizándolos en el nombre…» (Mt 28,19). La filiación que el Padre regala
gratuitamente y la iniciativa del don de su gracia (cf. Ef 2,8-9; 1 Co 4,7) son la
condición de posibilidad de esta santificación constante que agrada a Dios y le da
gloria. Se trata de dejarse transformar en Cristo por una progresiva vida «según el
Espíritu» (Rm 8,5).
Una catequesis kerygmática y mistagógica
163. La educación y la catequesis están al servicio de este crecimiento. Ya
contamos con varios textos magisteriales y subsidios sobre la catequesis ofrecidos
por la Santa Sede y por diversos episcopados. Recuerdo la Exhortación
apostólica Catechesi
Tradendae (1979),
el Directorio
general
para
la
catequesis (1997) y otros documentos cuyo contenido actual no es necesario repetir
aquí. Quisiera detenerme sólo en algunas consideraciones que me parece
conveniente destacar.
164. Hemos redescubierto que también en la catequesis tiene un rol fundamental el
primer anuncio o «kerygma», que debe ocupar el centro de la actividad
evangelizadora y de todo intento de renovación eclesial. El kerygma es trinitario. Es
el fuego del Espíritu que se dona en forma de lenguas y nos hace creer en
Jesucristo, que con su muerte y resurrección nos revela y nos comunica la
misericordia infinita del Padre. En la boca del catequista vuelve a resonar siempre el
primer anuncio: «Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu
lado cada día, para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte». Cuando a este
primer anuncio se le llama «primero», eso no significa que está al comienzo y
después se olvida o se reemplaza por otros contenidos que lo superan. Es el
primero en un sentido cualitativo, porque es el anuncio principal, ese que siempre
hay que volver a escuchar de diversas maneras y ese que siempre hay que volver a
anunciar de una forma o de otra a lo largo de la catequesis, en todas sus etapas y
momentos[126]. Por ello, también «el sacerdote, como la Iglesia, debe crecer en la
conciencia de su permanente necesidad de ser evangelizado»[127].
165. No hay que pensar que en la catequesis el kerygma es abandonado en pos de
una formación supuestamente más «sólida». Nada hay más sólido, más profundo,
más seguro, más denso y más sabio que ese anuncio. Toda formación cristiana es
ante todo la profundización del kerygma que se va haciendo carne cada vez más y
mejor, que nunca deja de iluminar la tarea catequística, y que permite comprender
adecuadamente el sentido de cualquier tema que se desarrolle en la catequesis. Es
el anuncio que responde al anhelo de infinito que hay en todo corazón humano. La
centralidad del kerygma demanda ciertas características del anuncio que hoy son
necesarias en todas partes: que exprese el amor salvífico de Dios previo a la
obligación moral y religiosa, que no imponga la verdad y que apele a la libertad, que
posea unas notas de alegría, estímulo, vitalidad, y una integralidad armoniosa que
no reduzca la predicación a unas pocas doctrinas a veces más filosóficas que
evangélicas. Esto exige al evangelizador ciertas actitudes que ayudan a acoger
mejor el anuncio: cercanía, apertura al diálogo, paciencia, acogida cordial que no
condena.
166. Otra característica de la catequesis, que se ha desarrollado en las últimas
décadas, es la de una iniciación mistagógica[128], que significa básicamente dos
cosas: la necesaria progresividad de la experiencia formativa donde interviene toda
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la comunidad y una renovada valoración de los signos litúrgicos de la iniciación
cristiana. Muchos manuales y planificaciones todavía no se han dejado interpelar por
la necesidad de una renovación mistagógica, que podría tomar formas muy diversas
de acuerdo con el discernimiento de cada comunidad educativa. El encuentro
catequístico es un anuncio de la Palabra y está centrado en ella, pero siempre
necesita una adecuada ambientación y una atractiva motivación, el uso de símbolos
elocuentes, su inserción en un amplio proceso de crecimiento y la integración de
todas las dimensiones de la persona en un camino comunitario de escucha y de
respuesta.
167. Es bueno que toda catequesis preste una especial atención al «camino de la
belleza» (via pulchritudinis)[129]. Anunciar a Cristo significa mostrar que creer en Él
y seguirlo no es sólo algo verdadero y justo, sino también bello, capaz de colmar la
vida de un nuevo resplandor y de un gozo profundo, aun en medio de las pruebas.
En esta línea, todas las expresiones de verdadera belleza pueden ser reconocidas
como un sendero que ayuda a encontrarse con el Señor Jesús. No se trata de
fomentar un relativismo estético[130], que pueda oscurecer el lazo inseparable entre
verdad, bondad y belleza, sino de recuperar la estima de la belleza para poder llegar
al corazón humano y hacer resplandecer en él la verdad y la bondad del Resucitado.
Si, como dice san Agustín, nosotros no amamos sino lo que es bello[131], el Hijo
hecho hombre, revelación de la infinita belleza, es sumamente amable, y nos atrae
hacia sí con lazos de amor. Entonces se vuelve necesario que la formación en la via
pulchritudinis esté inserta en la transmisión de la fe. Es deseable que cada Iglesia
particular aliente el uso de las artes en su tarea evangelizadora, en continuidad con
la riqueza del pasado, pero también en la vastedad de sus múltiples expresiones
actuales, en orden a transmitir la fe en un nuevo «lenguaje parabólico»[132]. Hay
que atreverse a encontrar los nuevos signos, los nuevos símbolos, una nueva carne
para la transmisión de la Palabra, las formas diversas de belleza que se valoran en
diferentes ámbitos culturales, e incluso aquellos modos no convencionales de
belleza, que pueden ser poco significativos para los evangelizadores, pero que se
han vuelto particularmente atractivos para otros.
168. En lo que se refiere a la propuesta moral de la catequesis, que invita a crecer
en fidelidad al estilo de vida del Evangelio, conviene manifestar siempre el bien
deseable, la propuesta de vida, de madurez, de realización, de fecundidad, bajo
cuya luz puede comprenderse nuestra denuncia de los males que pueden
oscurecerla. Más que como expertos en diagnósticos apocalípticos u oscuros jueces
que se ufanan en detectar todo peligro o desviación, es bueno que puedan vernos
como alegres mensajeros de propuestas superadoras, custodios del bien y la belleza
que resplandecen en una vida fiel al Evangelio.
El acompañamiento personal de los procesos de crecimiento
169. En una civilización paradójicamente herida de anonimato y, a la vez
obsesionada por los detalles de la vida de los demás, impudorosamente enferma de
curiosidad malsana, la Iglesia necesita la mirada cercana para contemplar,
conmoverse y detenerse ante el otro cuantas veces sea necesario. En este mundo
los ministros ordenados y los demás agentes pastorales pueden hacer presente la
fragancia de la presencia cercana de Jesús y su mirada personal. La Iglesia tendrá
que iniciar a sus hermanos —sacerdotes, religiosos y laicos— en este «arte del
acompañamiento», para que todos aprendan siempre a quitarse las sandalias ante
la tierra sagrada del otro (cf. Ex 3,5). Tenemos que darle a nuestro caminar el ritmo
sanador de projimidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al
mismo tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana.
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170. Aunque suene obvio, el acompañamiento espiritual debe llevar más y más a
Dios, en quien podemos alcanzar la verdadera libertad. Algunos se creen libres
cuando caminan al margen de Dios, sin advertir que se quedan existencialmente
huérfanos, desamparados, sin un hogar donde retornar siempre. Dejan de ser
peregrinos y se convierten en errantes, que giran siempre en torno a sí mismos sin
llegar a ninguna parte. El acompañamiento sería contraproducente si se convirtiera
en una suerte de terapia que fomente este encierro de las personas en su
inmanencia y deje de ser una peregrinación con Cristo hacia el Padre.
171. Más que nunca necesitamos de hombres y mujeres que, desde su experiencia
de acompañamiento, conozcan los procesos donde campea la prudencia, la
capacidad de comprensión, el arte de esperar, la docilidad al Espíritu, para cuidar
entre todos a las ovejas que se nos confían de los lobos que intentan disgregar el
rebaño. Necesitamos ejercitarnos en el arte de escuchar, que es más que oír. Lo
primero, en la comunicación con el otro, es la capacidad del corazón que hace
posible la proximidad, sin la cual no existe un verdadero encuentro espiritual. La
escucha nos ayuda a encontrar el gesto y la palabra oportuna que nos desinstala de
la tranquila condición de espectadores. Sólo a partir de esta escucha respetuosa y
compasiva se pueden encontrar los caminos de un genuino crecimiento, despertar el
deseo del ideal cristiano, las ansias de responder plenamente al amor de Dios y el
anhelo de desarrollar lo mejor que Dios ha sembrado en la propia vida. Pero siempre
con la paciencia de quien sabe aquello que enseñaba santo Tomás de Aquino: que
alguien puede tener la gracia y la caridad, pero no ejercitar bien alguna de las
virtudes «a causa de algunas inclinaciones contrarias» que persisten[133]. Es decir,
la organicidad de las virtudes se da siempre y necesariamente «in habitu», aunque
los condicionamientos puedan dificultar las operaciones de esos hábitos virtuosos.
De ahí que haga falta «una pedagogía que lleve a las personas, paso a paso, a la
plena asimilación del misterio»[134]. Para llegar a un punto de madurez, es decir,
para que las personas sean capaces de decisiones verdaderamente libres y
responsables, es preciso dar tiempo, con una inmensa paciencia. Como decía el
beato Pedro Fabro: «El tiempo es el mensajero de Dios».
172. El acompañante sabe reconocer que la situación de cada sujeto ante Dios y su
vida en gracia es un misterio que nadie puede conocer plenamente desde afuera. El
Evangelio nos propone corregir y ayudar a crecer a una persona a partir del
reconocimiento de la maldad objetiva de sus acciones (cf. Mt 18,15), pero sin emitir
juicios sobre su responsabilidad y su culpabilidad (cf. Mt 7,1;Lc 6,37). De todos
modos, un buen acompañante no consiente los fatalismos o la pusilanimidad.
Siempre invita a querer curarse, a cargar la camilla, a abrazar la cruz, a dejarlo todo,
a salir siempre de nuevo a anunciar el Evangelio. La propia experiencia de dejarnos
acompañar y curar, capaces de expresar con total sinceridad nuestra vida ante quien
nos acompaña, nos enseña a ser pacientes y compasivos con los demás y nos
capacita para encontrar las maneras de despertar su confianza, su apertura y su
disposición para crecer.
173. El auténtico acompañamiento espiritual siempre se inicia y se lleva adelante en
el ámbito del servicio a la misión evangelizadora. La relación de Pablo con Timoteo y
Tito es ejemplo de este acompañamiento y formación en medio de la acción
apostólica. Al mismo tiempo que les confía la misión de quedarse en cada ciudad
para «terminar de organizarlo todo» (Tt 1,5; cf. 1 Tm 1,3-5), les da criterios para la
vida personal y para la acción pastoral. Esto se distingue claramente de todo tipo de
acompañamiento intimista, de autorrealización aislada. Los discípulos misioneros
acompañan a los discípulos misioneros.
En torno a la Palabra de Dios
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174. No sólo la homilía debe alimentarse de la Palabra de Dios. Toda la
evangelización está fundada sobre ella, escuchada, meditada, vivida, celebrada y
testimoniada. Las Sagradas Escrituras son fuente de la evangelización. Por lo tanto,
hace falta formarse continuamente en la escucha de la Palabra. La Iglesia no
evangeliza si no se deja continuamente evangelizar. Es indispensable que la Palabra
de Dios «sea cada vez más el corazón de toda actividad eclesial»[135]. La Palabra
de Dios escuchada y celebrada, sobre todo en la Eucaristía, alimenta y refuerza
interiormente a los cristianos y los vuelve capaces de un auténtico testimonio
evangélico en la vida cotidiana. Ya hemos superado aquella vieja contraposición
entre Palabra y Sacramento. La Palabra proclamada, viva y eficaz, prepara la
recepción del Sacramento, y en el Sacramento esa Palabra alcanza su máxima
eficacia.
175. El estudio de las Sagradas Escrituras debe ser una puerta abierta a todos los
creyentes[136]. Es fundamental que la Palabra revelada fecunde radicalmente la
catequesis y todos los esfuerzos por transmitir la fe[137]. La evangelización requiere
la familiaridad con la Palabra de Dios y esto exige a las diócesis, parroquias y a
todas las agrupaciones católicas, proponer un estudio serio y perseverante de la
Biblia, así como promover su lectura orante personal y comunitaria.[138] Nosotros
no buscamos a tientas ni necesitamos esperar que Dios nos dirija la palabra, porque
realmente «Dios ha hablado, ya no es el gran desconocido sino que se ha
mostrado»[139]. Acojamos el sublime tesoro de la Palabra revelada.
CAPÍTULO CUARTO
LA DIMENSIÓN SOCIAL DE LA EVANGELIZACIÓN
176. Evangelizar es hacer presente en el mundo el Reino de Dios. Pero «ninguna
definición parcial o fragmentaria refleja la realidad rica, compleja y dinámica que
comporta la evangelización, si no es con el riesgo de empobrecerla e incluso
mutilarla»[140]. Ahora quisiera compartir mis inquietudes acerca de la dimensión
social de la evangelización precisamente porque, si esta dimensión no está
debidamente explicitada, siempre se corre el riesgo de desfigurar el sentido
auténtico e integral que tiene la misión evangelizadora.
I. Las repercusiones comunitarias y sociales del kerygma
177. El kerygma tiene un contenido ineludiblemente social: en el corazón mismo del
Evangelio está la vida comunitaria y el compromiso con los otros. El contenido del
primer anuncio tiene una inmediata repercusión moral cuyo centro es la caridad.
Confesión de la fe y compromiso social
178. Confesar a un Padre que ama infinitamente a cada ser humano implica
descubrir que «con ello le confiere una dignidad infinita»[141]. Confesar que el Hijo
de Dios asumió nuestra carne humana significa que cada persona humana ha sido
elevada al corazón mismo de Dios. Confesar que Jesús dio su sangre por nosotros
nos impide conservar alguna duda acerca del amor sin límites que ennoblece a todo
ser humano. Su redención tiene un sentido social porque «Dios, en Cristo, no redime
solamente la persona individual, sino también las relaciones sociales entre los
hombres»[142]. Confesar que el Espíritu Santo actúa en todos implica reconocer que
Él procura penetrar toda situación humana y todos los vínculos sociales: «El Espíritu
Santo posee una inventiva infinita, propia de una mente divina, que provee a desatar
los nudos de los sucesos humanos, incluso los más complejos e
impenetrables»[143]. La evangelización procura cooperar también con esa acción
liberadora del Espíritu. El misterio mismo de la Trinidad nos recuerda que fuimos
hechos a imagen de esa comunión divina, por lo cual no podemos realizarnos ni
salvarnos solos. Desde el corazón del Evangelio reconocemos la íntima conexión
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que existe entre evangelización y promoción humana, que necesariamente debe
expresarse y desarrollarse en toda acción evangelizadora. La aceptación del primer
anuncio, que invita a dejarse amar por Dios y a amarlo con el amor que Él mismo
nos comunica, provoca en la vida de la persona y en sus acciones una primera y
fundamental reacción: desear, buscar y cuidar el bien de los demás.
179. Esta inseparable conexión entre la recepción del anuncio salvífico y un efectivo
amor fraterno está expresada en algunos textos de las Escrituras que conviene
considerar y meditar detenidamente para extraer de ellos todas sus consecuencias.
Es un mensaje al cual frecuentemente nos acostumbramos, lo repetimos casi
mecánicamente, pero no nos aseguramos de que tenga una real incidencia en
nuestras vidas y en nuestras comunidades. ¡Qué peligroso y qué dañino es este
acostumbramiento que nos lleva a perder el asombro, la cautivación, el entusiasmo
por vivir el Evangelio de la fraternidad y la justicia! La Palabra de Dios enseña que
en el hermano está la permanente prolongación de la Encarnación para cada uno de
nosotros: «Lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, lo
hicisteis a mí» (Mt 25,40). Lo que hagamos con los demás tiene una dimensión
trascendente: «Con la medida con que midáis, se os medirá» (Mt 7,2); y responde a
la misericordia divina con nosotros: «Sed compasivos como vuestro Padre es
compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados;
perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará […] Con la medida con que midáis,
se os medirá» (Lc 6,36-38). Lo que expresan estos textos es la absoluta prioridad de
la «salida de sí hacia el hermano» como uno de los dos mandamientos principales
que fundan toda norma moral y como el signo más claro para discernir acerca del
camino de crecimiento espiritual en respuesta a la donación absolutamente gratuita
de Dios. Por eso mismo «el servicio de la caridad es también una dimensión
constitutiva de la misión de la Iglesia y expresión irrenunciable de su propia
esencia».[144] Así como la Iglesia es misionera por naturaleza, también brota
ineludiblemente de esa naturaleza la caridad efectiva con el prójimo, la compasión
que comprende, asiste y promueve.
El Reino que nos reclama
180. Leyendo las Escrituras queda por demás claro que la propuesta del Evangelio
no es sólo la de una relación personal con Dios. Nuestra respuesta de amor
tampoco debería entenderse como una mera suma de pequeños gestos personales
dirigidos a algunos individuos necesitados, lo cual podría constituir una «caridad a la
carta», una serie de acciones tendentes sólo a tranquilizar la propia conciencia. La
propuesta es el Reino de Dios (cf. Lc 4,43); se trata de amar a Dios que reina en el
mundo. En la medida en que Él logre reinar entre nosotros, la vida social será ámbito
de fraternidad, de justicia, de paz, de dignidad para todos. Entonces, tanto el
anuncio como la experiencia cristiana tienden a provocar consecuencias sociales.
Buscamos su Reino: «Buscad ante todo el Reino de Dios y su justicia, y todo lo
demás vendrá por añadidura» (Mt 6,33). El proyecto de Jesús es instaurar el Reino
de su Padre; Él pide a sus discípulos: «¡Proclamad que está llegando el Reino de los
cielos!» (Mt 10,7).
181. El Reino que se anticipa y crece entre nosotros lo toca todo y nos recuerda
aquel principio de discernimiento que Pablo VI proponía con relación al verdadero
desarrollo: «Todos los hombres y todo el hombre»[145]. Sabemos que «la
evangelización no sería completa si no tuviera en cuenta la interpelación recíproca
que en el curso de los tiempos se establece entre el Evangelio y la vida concreta,
personal y social del hombre»[146]. Se trata del criterio de universalidad, propio de
la dinámica del Evangelio, ya que el Padre desea que todos los hombres se salven y
su plan de salvación consiste en «recapitular todas las cosas, las del cielo y las de la
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tierra, bajo un solo jefe, que es Cristo» (Ef 1,10). El mandato es: «Id por todo el
mundo, anunciad la Buena Noticia a toda la creación» (Mc 16,15), porque «toda la
creación espera ansiosamente esta revelación de los hijos de Dios» (Rm 8,19). Toda
la creación quiere decir también todos los aspectos de la vida humana, de manera
que «la misión del anuncio de la Buena Nueva de Jesucristo tiene una destinación
universal. Su mandato de caridad abraza todas las dimensiones de la existencia,
todas las personas, todos los ambientes de la convivencia y todos los pueblos. Nada
de lo humano le puede resultar extraño»[147]. La verdadera esperanza cristiana,
que busca el Reino escatológico, siempre genera historia.
La enseñanza de la Iglesia sobre cuestiones sociales
182. Las enseñanzas de la Iglesia sobre situaciones contingentes están sujetas a
mayores o nuevos desarrollos y pueden ser objeto de discusión, pero no podemos
evitar ser concretos —sin pretender entrar en detalles— para que los grandes
principios sociales no se queden en meras generalidades que no interpelan a nadie.
Hace falta sacar sus consecuencias prácticas para que «puedan incidir eficazmente
también en las complejas situaciones actuales»[148]. Los Pastores, acogiendo los
aportes de las distintas ciencias, tienen derecho a emitir opiniones sobre todo
aquello que afecte a la vida de las personas, ya que la tarea evangelizadora implica
y exige una promoción integral de cada ser humano. Ya no se puede decir que la
religión debe recluirse en el ámbito privado y que está sólo para preparar las almas
para el cielo. Sabemos que Dios quiere la felicidad de sus hijos también en esta
tierra, aunque estén llamados a la plenitud eterna, porque Él creó todas las cosas
«para que las disfrutemos» (1 Tm 6,17), para que todos puedan disfrutarlas. De ahí
que la conversión cristiana exija revisar «especialmente todo lo que pertenece al
orden social y a la obtención del bien común»[149].
183. Por consiguiente, nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la
intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional,
sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar
sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos. ¿Quién pretendería
encerrar en un templo y acallar el mensaje de san Francisco de Asís y de la beata
Teresa de Calcuta? Ellos no podrían aceptarlo. Una auténtica fe —que nunca es
cómoda e individualista— siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo,
de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra.
Amamos este magnífico planeta donde Dios nos ha puesto, y amamos a la
humanidad que lo habita, con todos sus dramas y cansancios, con sus anhelos y
esperanzas, con sus valores y fragilidades. La tierra es nuestra casa común y todos
somos hermanos. Si bien «el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea
principal de la política», la Iglesia «no puede ni debe quedarse al margen en la lucha
por la justicia»[150]. Todos los cristianos, también los Pastores, están llamados a
preocuparse por la construcción de un mundo mejor. De eso se trata, porque el
pensamiento social de la Iglesia es ante todo positivo y propositivo, orienta una
acción transformadora, y en ese sentido no deja de ser un signo de esperanza que
brota del corazón amante de Jesucristo. Al mismo tiempo, une «el propio
compromiso al que ya llevan a cabo en el campo social las demás Iglesias y
Comunidades eclesiales, tanto en el ámbito de la reflexión doctrinal como en el
ámbito práctico»[151].
184. No es el momento para desarrollar aquí todas las graves cuestiones sociales
que afectan al mundo actual, algunas de las cuales comenté en el capítulo segundo.
Éste no es un documento social, y para reflexionar acerca de esos diversos temas
tenemos un instrumento muy adecuado en el Compendio de la Doctrina Social de la
Iglesia, cuyo uso y estudio recomiendo vivamente. Además, ni el Papa ni la Iglesia
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tienen el monopolio en la interpretación de la realidad social o en la propuesta de
soluciones para los problemas contemporáneos. Puedo repetir aquí lo que
lúcidamente indicaba Pablo VI: «Frente a situaciones tan diversas, nos es difícil
pronunciar una palabra única, como también proponer una solución con valor
universal. No es éste nuestro propósito ni tampoco nuestra misión. Incumbe a las
comunidades cristianas analizar con objetividad la situación propia de su país»[152].
185. A continuación procuraré concentrarme en dos grandes cuestiones que me
parecen fundamentales en este momento de la historia. Las desarrollaré con
bastante amplitud porque considero que determinarán el futuro de la humanidad. Se
trata, en primer lugar, de la inclusión social de los pobres y, luego, de la paz y el
diálogo social.
II. La inclusión social de los pobres
186. De nuestra fe en Cristo hecho pobre, y siempre cercano a los pobres y
excluidos, brota la preocupación por el desarrollo integral de los más abandonados
de la sociedad.
Unidos a Dios escuchamos un clamor
187. Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios
para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse
plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para
escuchar el clamor del pobre y socorrerlo. Basta recorrer las Escrituras para
descubrir cómo el Padre bueno quiere escuchar el clamor de los pobres: «He visto la
aflicción de mi pueblo en Egipto, he escuchado su clamor ante sus opresores y
conozco sus sufrimientos. He bajado para librarlo […] Ahora, pues, ve, yo te
envío…» (Ex 3,7-8.10), y se muestra solícito con sus necesidades: «Entonces los
israelitas clamaron al Señor y Él les suscitó un libertador» (Jc 3,15). Hacer oídos
sordos a ese clamor, cuando nosotros somos los instrumentos de Dios para
escuchar al pobre, nos sitúa fuera de la voluntad del Padre y de su proyecto, porque
ese pobre «clamaría al Señor contra ti y tú te cargarías con un pecado» (Dt 15,9). Y
la falta de solidaridad en sus necesidades afecta directamente a nuestra relación con
Dios: «Si te maldice lleno de amargura, su Creador escuchará su imprecación»
(Si 4,6). Vuelve siempre la vieja pregunta: «Si alguno que posee bienes del mundo
ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede
permanecer en él el amor de Dios?» (1 Jn 3,17). Recordemos también con cuánta
contundencia el Apóstol Santiago retomaba la figura del clamor de los oprimidos: «El
salario de los obreros que segaron vuestros campos, y que no habéis pagado, está
gritando. Y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los
ejércitos» (5,4).
188. La Iglesia ha reconocido que la exigencia de escuchar este clamor brota de la
misma obra liberadora de la gracia en cada uno de nosotros, por lo cual no se trata
de una misión reservada sólo a algunos: «La Iglesia, guiada por el Evangelio de la
misericordia y por el amor al hombre, escucha el clamor por la justicia y quiere
responder a él con todas sus fuerzas»[153]. En este marco se comprende el pedido
de Jesús a sus discípulos: «¡Dadles vosotros de comer!» (Mc 6,37), lo cual implica
tanto la cooperación para resolver las causas estructurales de la pobreza y para
promover el desarrollo integral de los pobres, como los gestos más simples y
cotidianos de solidaridad ante las miserias muy concretas que encontramos. La
palabra «solidaridad» está un poco desgastada y a veces se la interpreta mal, pero
es mucho más que algunos actos esporádicos de generosidad. Supone crear una
nueva mentalidad que piense en términos de comunidad, de prioridad de la vida de
todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos.
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189. La solidaridad es una reacción espontánea de quien reconoce la función social
de la propiedad y el destino universal de los bienes como realidades anteriores a la
propiedad privada. La posesión privada de los bienes se justifica para cuidarlos y
acrecentarlos de manera que sirvan mejor al bien común, por lo cual la solidaridad
debe vivirse como la decisión de devolverle al pobre lo que le corresponde. Estas
convicciones y hábitos de solidaridad, cuando se hacen carne, abren camino a otras
transformaciones estructurales y las vuelven posibles. Un cambio en las estructuras
sin generar nuevas convicciones y actitudes dará lugar a que esas mismas
estructuras tarde o temprano se vuelvan corruptas, pesadas e ineficaces.
190. A veces se trata de escuchar el clamor de pueblos enteros, de los pueblos más
pobres de la tierra, porque «la paz se funda no sólo en el respeto de los derechos
del hombre, sino también en el de los derechos de los pueblos»[154].
Lamentablemente, aun los derechos humanos pueden ser utilizados como
justificación de una defensa exacerbada de los derechos individuales o de los
derechos de los pueblos más ricos. Respetando la independencia y la cultura de
cada nación, hay que recordar siempre que el planeta es de toda la humanidad y
para toda la humanidad, y que el solo hecho de haber nacido en un lugar con
menores recursos o menor desarrollo no justifica que algunas personas vivan con
menor dignidad. Hay que repetir que «los más favorecidos deben renunciar a
algunos de sus derechos para poner con mayor liberalidad sus bienes al servicio de
los demás»[155]. Para hablar adecuadamente de nuestros derechos necesitamos
ampliar más la mirada y abrir los oídos al clamor de otros pueblos o de otras
regiones del propio país. Necesitamos crecer en una solidaridad que «debe permitir
a todos los pueblos llegar a ser por sí mismos artífices de su destino»[156], así como
«cada hombre está llamado a desarrollarse»[157].
191. En cada lugar y circunstancia, los cristianos, alentados por sus Pastores, están
llamados a escuchar el clamor de los pobres, como tan bien expresaron los Obispos
de Brasil: «Deseamos asumir, cada día, las alegrías y esperanzas, las angustias y
tristezas del pueblo brasileño, especialmente de las poblaciones de las periferias
urbanas y de las zonas rurales —sin tierra, sin techo, sin pan, sin salud— lesionadas
en sus derechos. Viendo sus miserias, escuchando sus clamores y conociendo su
sufrimiento, nos escandaliza el hecho de saber que existe alimento suficiente para
todos y que el hambre se debe a la mala distribución de los bienes y de la renta. El
problema se agrava con la práctica generalizada del desperdicio»[158].
192. Pero queremos más todavía, nuestro sueño vuela más alto. No hablamos sólo
de asegurar a todos la comida, o un «decoroso sustento», sino de que tengan
«prosperidad sin exceptuar bien alguno»[159]. Esto implica educación, acceso al
cuidado de la salud y especialmente trabajo, porque en el trabajo libre, creativo,
participativo y solidario, el ser humano expresa y acrecienta la dignidad de su vida.
El salario justo permite el acceso adecuado a los demás bienes que están
destinados al uso común.
Fidelidad al Evangelio para no correr en vano
193. El imperativo de escuchar el clamor de los pobres se hace carne en nosotros
cuando se nos estremecen las entrañas ante el dolor ajeno. Releamos algunas
enseñanzas de la Palabra de Dios sobre la misericordia, para que resuenen con
fuerza en la vida de la Iglesia. El Evangelio proclama: «Felices los misericordiosos,
porque obtendrán misericordia» (Mt 5,7). El Apóstol Santiago enseña que la
misericordia con los demás nos permite salir triunfantes en el juicio divino: «Hablad y
obrad como corresponde a quienes serán juzgados por una ley de libertad. Porque
tendrá un juicio sin misericordia el que no tuvo misericordia; pero la misericordia
triunfa en el juicio» (2,12-13). En este texto, Santiago se muestra como heredero de
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lo más rico de la espiritualidad judía del postexilio, que atribuía a la misericordia un
especial valor salvífico: «Rompe tus pecados con obras de justicia, y tus iniquidades
con misericordia para con los pobres, para que tu ventura sea larga» (Dn 4,24). En
esta misma línea, la literatura sapiencial habla de la limosna como ejercicio concreto
de la misericordia con los necesitados: «La limosna libra de la muerte y purifica de
todo pecado» (Tb 12,9). Más gráficamente aún lo expresa el Eclesiástico: «Como el
agua apaga el fuego llameante, la limosna perdona los pecados» (3,30). La misma
síntesis aparece recogida en el Nuevo Testamento: «Tened ardiente caridad unos
por otros, porque la caridad cubrirá la multitud de los pecados» (1 Pe 4,8). Esta
verdad penetró profundamente la mentalidad de los Padres de la Iglesia y ejerció
una resistencia profética contracultural ante el individualismo hedonista pagano.
Recordemos sólo un ejemplo: «Así como, en peligro de incendio, correríamos a
buscar agua para apagarlo […] del mismo modo, si de nuestra paja surgiera la llama
del pecado, y por eso nos turbamos, una vez que se nos ofrezca la ocasión de una
obra llena de misericordia, alegrémonos de ella como si fuera una fuente que se nos
ofrezca en la que podamos sofocar el incendio»[160].
194. Es un mensaje tan claro, tan directo, tan simple y elocuente, que ninguna
hermenéutica eclesial tiene derecho a relativizarlo. La reflexión de la Iglesia sobre
estos textos no debería oscurecer o debilitar su sentido exhortativo, sino más bien
ayudar a asumirlos con valentía y fervor. ¿Para qué complicar lo que es tan simple?
Los aparatos conceptuales están para favorecer el contacto con la realidad que
pretenden explicar, y no para alejarnos de ella. Esto vale sobre todo para las
exhortaciones bíblicas que invitan con tanta contundencia al amor fraterno, al
servicio humilde y generoso, a la justicia, a la misericordia con el pobre. Jesús nos
enseñó este camino de reconocimiento del otro con sus palabras y con sus gestos.
¿Para qué oscurecer lo que es tan claro? No nos preocupemos sólo por no caer en
errores doctrinales, sino también por ser fieles a este camino luminoso de vida y de
sabiduría. Porque «a los defensores de “la ortodoxia” se dirige a veces el reproche
de pasividad, de indulgencia o de complicidad culpables respecto a situaciones de
injusticia intolerables y a los regímenes políticos que las mantienen»[161].
195. Cuando san Pablo se acercó a los Apóstoles de Jerusalén para discernir «si
corría o había corrido en vano» (Ga 2,2), el criterio clave de autenticidad que le
indicaron fue que no se olvidara de los pobres (cf. Ga 2,10). Este gran criterio, para
que las comunidades paulinas no se dejaran devorar por el estilo de vida
individualista de los paganos, tiene una gran actualidad en el contexto presente,
donde tiende a desarrollarse un nuevo paganismo individualista. La belleza misma
del Evangelio no siempre puede ser adecuadamente manifestada por nosotros, pero
hay un signo que no debe faltar jamás: la opción por los últimos, por aquellos que la
sociedad descarta y desecha.
196. A veces somos duros de corazón y de mente, nos olvidamos, nos
entretenemos, nos extasiamos con las inmensas posibilidades de consumo y de
distracción que ofrece esta sociedad. Así se produce una especie de alienación que
nos afecta a todos, ya que «está alienada una sociedad que, en sus formas de
organización social, de producción y de consumo, hace más difícil la realización de
esta donación y la formación de esa solidaridad interhumana».[162]
El lugar privilegiado de los pobres en el Pueblo de Dios
197. El corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres, tanto que hasta
Él mismo «se hizo pobre» (2 Co 8,9). Todo el camino de nuestra redención está
signado por los pobres. Esta salvación vino a nosotros a través del «sí» de una
humilde muchacha de un pequeño pueblo perdido en la periferia de un gran imperio.
El Salvador nació en un pesebre, entre animales, como lo hacían los hijos de los
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más pobres; fue presentado en el Templo junto con dos pichones, la ofrenda de
quienes no podían permitirse pagar un cordero (cf. Lc 2,24; Lv 5,7); creció en un
hogar de sencillos trabajadores y trabajó con sus manos para ganarse el pan.
Cuando comenzó a anunciar el Reino, lo seguían multitudes de desposeídos, y así
manifestó lo que Él mismo dijo: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha
ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres» (Lc 4,18). A los que
estaban cargados de dolor, agobiados de pobreza, les aseguró que Dios los tenía en
el centro de su corazón: «¡Felices vosotros, los pobres, porque el Reino de Dios os
pertenece!» (Lc 6,20); con ellos se identificó: «Tuve hambre y me disteis de comer»,
y enseñó que la misericordia hacia ellos es la llave del cielo (cf. Mt 25,35s).
198. Para la Iglesia la opción por los pobres es una categoría teológica antes que
cultural, sociológica, política o filosófica. Dios les otorga «su primera
misericordia»[163]. Esta preferencia divina tiene consecuencias en la vida de fe de
todos los cristianos, llamados a tener «los mismos sentimientos de Jesucristo»
(Flp 2,5). Inspirada en ella, la Iglesia hizo una opción por los pobresentendida como
una «forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da
testimonio toda la tradición de la Iglesia»[164]. Esta opción —enseñaba Benedicto
XVI— «está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por
nosotros, para enriquecernos con su pobreza»[165]. Por eso quiero una Iglesia
pobre para los pobres. Ellos tienen mucho que enseñarnos. Además de participar
del sensus fidei, en sus propios dolores conocen al Cristo sufriente. Es necesario
que todos nos dejemos evangelizar por ellos. La nueva evangelización es una
invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y a ponerlos en el centro del
camino de la Iglesia. Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles
nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a
interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a
través de ellos.
199. Nuestro compromiso no consiste exclusivamente en acciones o en programas
de promoción y asistencia; lo que el Espíritu moviliza no es un desborde activista,
sino ante todo una atención puesta en el otro «considerándolo como uno
consigo»[166]. Esta atención amante es el inicio de una verdadera preocupación por
su persona, a partir de la cual deseo buscar efectivamente su bien. Esto implica
valorar al pobre en su bondad propia, con su forma de ser, con su cultura, con su
modo de vivir la fe. El verdadero amor siempre es contemplativo, nos permite servir
al otro no por necesidad o por vanidad, sino porque él es bello, más allá de su
apariencia: «Del amor por el cual a uno le es grata la otra persona depende que le
dé algo gratis»[167]. El pobre, cuando es amado, «es estimado como de alto
valor»[168], y esto diferencia la auténtica opción por los pobres de cualquier
ideología, de cualquier intento de utilizar a los pobres al servicio de intereses
personales o políticos. Sólo desde esta cercanía real y cordial podemos
acompañarlos adecuadamente en su camino de liberación. Únicamente esto hará
posible que «los pobres, en cada comunidad cristiana, se sientan como en su casa.
¿No sería este estilo la más grande y eficaz presentación de la Buena Nueva del
Reino?»[169]. Sin la opción preferencial por los más pobres, «el anuncio del
Evangelio, aun siendo la primera caridad, corre el riesgo de ser incomprendido o de
ahogarse en el mar de palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos
somete cada día»[170].
200. Puesto que esta Exhortación se dirige a los miembros de la Iglesia católica
quiero expresar con dolor que la peor discriminación que sufren los pobres es la falta
de atención espiritual. La inmensa mayoría de los pobres tiene una especial apertura
a la fe; necesitan a Dios y no podemos dejar de ofrecerles su amistad, su bendición,
su Palabra, la celebración de los Sacramentos y la propuesta de un camino de
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crecimiento y de maduración en la fe. La opción preferencial por los pobres debe
traducirse principalmente en una atención religiosa privilegiada y prioritaria.
201. Nadie debería decir que se mantiene lejos de los pobres porque sus opciones
de vida implican prestar más atención a otros asuntos. Ésta es una excusa frecuente
en ambientes académicos, empresariales o profesionales, e incluso eclesiales. Si
bien puede decirse en general que la vocación y la misión propia de los fieles laicos
es la transformación de las distintas realidades terrenas para que toda actividad
humana sea transformada por el Evangelio[171], nadie puede sentirse exceptuado
de la preocupación por los pobres y por la justicia social: «La conversión espiritual, la
intensidad del amor a Dios y al prójimo, el celo por la justicia y la paz, el sentido
evangélico de los pobres y de la pobreza, son requeridos a todos»[172]. Temo que
también estas palabras sólo sean objeto de algunos comentarios sin una verdadera
incidencia práctica. No obstante, confío en la apertura y las buenas disposiciones de
los cristianos, y os pido que busquéis comunitariamente nuevos caminos para
acoger esta renovada propuesta.
Economía y distribución del ingreso
202. La necesidad de resolver las causas estructurales de la pobreza no puede
esperar, no sólo por una exigencia pragmática de obtener resultados y de ordenar la
sociedad, sino para sanarla de una enfermedad que la vuelve frágil e indigna y que
sólo podrá llevarla a nuevas crisis. Los planes asistenciales, que atienden ciertas
urgencias, sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras. Mientras no se
resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía
absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas
estructurales de la inequidad[173], no se resolverán los problemas del mundo y en
definitiva ningún problema. La inequidad es raíz de los males sociales.
203. La dignidad de cada persona humana y el bien común son cuestiones que
deberían estructurar toda política económica, pero a veces parecen sólo apéndices
agregados desde fuera para completar un discurso político sin perspectivas ni
programas de verdadero desarrollo integral. ¡Cuántas palabras se han vuelto
molestas para este sistema! Molesta que se hable de ética, molesta que se hable de
solidaridad mundial, molesta que se hable de distribución de los bienes, molesta que
se hable de preservar las fuentes de trabajo, molesta que se hable de la dignidad de
los débiles, molesta que se hable de un Dios que exige un compromiso por la
justicia. Otras veces sucede que estas palabras se vuelven objeto de un manoseo
oportunista que las deshonra. La cómoda indiferencia ante estas cuestiones vacía
nuestra vida y nuestras palabras de todo significado. La vocación de un empresario
es una noble tarea, siempre que se deje interpelar por un sentido más amplio de la
vida; esto le permite servir verdaderamente al bien común, con su esfuerzo por
multiplicar y volver más accesibles para todos los bienes de este mundo.
204. Ya no podemos confiar en las fuerzas ciegas y en la mano invisible del
mercado. El crecimiento en equidad exige algo más que el crecimiento económico,
aunque lo supone, requiere decisiones, programas, mecanismos y procesos
específicamente orientados a una mejor distribución del ingreso, a una creación de
fuentes de trabajo, a una promoción integral de los pobres que supere el mero
asistencialismo. Estoy lejos de proponer un populismo irresponsable, pero la
economía ya no puede recurrir a remedios que son un nuevo veneno, como cuando
se pretende aumentar la rentabilidad reduciendo el mercado laboral y creando así
nuevos excluidos.
205. ¡Pido a Dios que crezca el número de políticos capaces de entrar en un
auténtico diálogo que se oriente eficazmente a sanar las raíces profundas y no la
apariencia de los males de nuestro mundo! La política, tan denigrada, es una
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altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca
el bien común[174]. Tenemos que convencernos de que la caridad «no es sólo el
principio de las micro-relaciones, como en las amistades, la familia, el pequeño
grupo, sino también de las macro-relaciones, como las relaciones sociales,
económicas y políticas»[175]. ¡Ruego al Señor que nos regale más políticos a
quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres! Es
imperioso que los gobernantes y los poderes financieros levanten la mirada y
amplíen sus perspectivas, que procuren que haya trabajo digno, educación y
cuidado de la salud para todos los ciudadanos. ¿Y por qué no acudir a Dios para
que inspire sus planes? Estoy convencido de que a partir de una apertura a la
trascendencia podría formarse una nueva mentalidad política y económica que
ayudaría a superar la dicotomía absoluta entre la economía y el bien común social.
206. La economía, como la misma palabra indica, debería ser el arte de alcanzar
una adecuada administración de la casa común, que es el mundo entero. Todo acto
económico de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en el todo;
por ello ningún gobierno puede actuar al margen de una responsabilidad común. De
hecho, cada vez se vuelve más difícil encontrar soluciones locales para las enormes
contradicciones globales, por lo cual la política local se satura de problemas a
resolver. Si realmente queremos alcanzar una sana economía mundial, hace falta en
estos momentos de la historia un modo más eficiente de interacción que, dejando a
salvo la soberanía de las naciones, asegure el bienestar económico de todos los
países y no sólo de unos pocos.
207. Cualquier comunidad de la Iglesia, en la medida en que pretenda subsistir
tranquila sin ocuparse creativamente y cooperar con eficiencia para que los pobres
vivan con dignidad y para incluir a todos, también correrá el riesgo de la disolución,
aunque hable de temas sociales o critique a los gobiernos. Fácilmente terminará
sumida en la mundanidad espiritual, disimulada con prácticas religiosas, con
reuniones infecundas o con discursos vacíos.
208. Si alguien se siente ofendido por mis palabras, le digo que las expreso con
afecto y con la mejor de las intenciones, lejos de cualquier interés personal o
ideología política. Mi palabra no es la de un enemigo ni la de un opositor. Sólo me
interesa procurar que aquellos que están esclavizados por una mentalidad
individualista, indiferente y egoísta, puedan liberarse de esas cadenas indignas y
alcancen un estilo de vida y de pensamiento más humano, más noble, más fecundo,
que dignifique su paso por esta tierra.
Cuidar la fragilidad
209. Jesús, el evangelizador por excelencia y el Evangelio en persona, se identifica
especialmente con los más pequeños (cf. Mt25,40). Esto nos recuerda que todos los
cristianos estamos llamados a cuidar a los más frágiles de la tierra. Pero en el
vigente modelo «exitista» y «privatista» no parece tener sentido invertir para que los
lentos, débiles o menos dotados puedan abrirse camino en la vida.
210. Es indispensable prestar atención para estar cerca de nuevas formas de
pobreza y fragilidad donde estamos llamados a reconocer a Cristo sufriente, aunque
eso aparentemente no nos aporte beneficios tangibles e inmediatos: los sin techo,
los toxicodependientes, los refugiados, los pueblos indígenas, los ancianos cada vez
más solos y abandonados, etc. Los migrantes me plantean un desafío particular por
ser Pastor de una Iglesia sin fronteras que se siente madre de todos. Por ello,
exhorto a los países a una generosa apertura, que en lugar de temer la destrucción
de la identidad local sea capaz de crear nuevas síntesis culturales. ¡Qué hermosas
son las ciudades que superan la desconfianza enfermiza e integran a los diferentes,
y que hacen de esa integración un nuevo factor de desarrollo! ¡Qué lindas son las
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ciudades que, aun en su diseño arquitectónico, están llenas de espacios que
conectan, relacionan, favorecen el reconocimiento del otro!
211. Siempre me angustió la situación de los que son objeto de las diversas formas
de trata de personas. Quisiera que se escuchara el grito de Dios preguntándonos a
todos: «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9). ¿Dónde está tu hermano esclavo?
¿Dónde está ese que estás matando cada día en el taller clandestino, en la red de
prostitución, en los niños que utilizas para mendicidad, en aquel que tiene que
trabajar a escondidas porque no ha sido formalizado? No nos hagamos los
distraídos. Hay mucho de complicidad. ¡La pregunta es para todos! En nuestras
ciudades está instalado este crimen mafioso y aberrante, y muchos tienen las manos
preñadas de sangre debido a la complicidad cómoda y muda.
212. Doblemente pobres son las mujeres que sufren situaciones de exclusión,
maltrato y violencia, porque frecuentemente se encuentran con menores
posibilidades de defender sus derechos. Sin embargo, también entre ellas
encontramos constantemente los más admirables gestos de heroísmo cotidiano en
la defensa y el cuidado de la fragilidad de sus familias.
213. Entre esos débiles, que la Iglesia quiere cuidar con predilección, están también
los niños por nacer, que son los más indefensos e inocentes de todos, a quienes hoy
se les quiere negar su dignidad humana en orden a hacer con ellos lo que se quiera,
quitándoles la vida y promoviendo legislaciones para que nadie pueda impedirlo.
Frecuentemente, para ridiculizar alegremente la defensa que la Iglesia hace de sus
vidas, se procura presentar su postura como algo ideológico, oscurantista y
conservador. Sin embargo, esta defensa de la vida por nacer está íntimamente
ligada a la defensa de cualquier derecho humano. Supone la convicción de que un
ser humano es siempre sagrado e inviolable, en cualquier situación y en cada etapa
de su desarrollo. Es un fin en sí mismo y nunca un medio para resolver otras
dificultades. Si esta convicción cae, no quedan fundamentos sólidos y permanentes
para defender los derechos humanos, que siempre estarían sometidos a
conveniencias circunstanciales de los poderosos de turno. La sola razón es
suficiente para reconocer el valor inviolable de cualquier vida humana, pero si
además la miramos desde la fe, «toda violación de la dignidad personal del ser
humano grita venganza delante de Dios y se configura como ofensa al Creador del
hombre»[176].
214. Precisamente porque es una cuestión que hace a la coherencia interna de
nuestro mensaje sobre el valor de la persona humana, no debe esperarse que la
Iglesia cambie su postura sobre esta cuestión. Quiero ser completamente honesto al
respecto. Éste no es un asunto sujeto a supuestas reformas o «modernizaciones».
No es progresista pretender resolver los problemas eliminando una vida humana.
Pero también es verdad que hemos hecho poco para acompañar adecuadamente a
las mujeres que se encuentran en situaciones muy duras, donde el aborto se les
presenta como una rápida solución a sus profundas angustias, particularmente
cuando la vida que crece en ellas ha surgido como producto de una violación o en
un contexto de extrema pobreza. ¿Quién puede dejar de comprender esas
situaciones de tanto dolor?
215. Hay otros seres frágiles e indefensos, que muchas veces quedan a merced de
los intereses económicos o de un uso indiscriminado. Me refiero al conjunto de la
creación. Los seres humanos no somos meros beneficiarios, sino custodios de las
demás criaturas. Por nuestra realidad corpórea, Dios nos ha unido tan
estrechamente al mundo que nos rodea, que la desertificación del suelo es como
una enfermedad para cada uno, y podemos lamentar la extinción de una especie
como si fuera una mutilación. No dejemos que a nuestro paso queden signos de
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destrucción y de muerte que afecten nuestra vida y la de las futuras
generaciones[177]. En este sentido, hago propio el bello y profético lamento que
hace varios años expresaron los Obispos de Filipinas: «Una increíble variedad de
insectos vivían en el bosque y estaban ocupados con todo tipo de tareas […] Los
pájaros volaban por el aire, sus plumas brillantes y sus diferentes cantos añadían
color y melodía al verde de los bosques [...] Dios quiso esta tierra para nosotros, sus
criaturas especiales, pero no para que pudiéramos destruirla y convertirla en un
páramo [...] Después de una sola noche de lluvia, mira hacia los ríos de marrón
chocolate de tu localidad, y recuerda que se llevan la sangre viva de la tierra hacia el
mar [...] ¿Cómo van a poder nadar los peces en alcantarillas como el río Pasig y
tantos otros ríos que hemos contaminado? ¿Quién ha convertido el maravilloso
mundo marino en cementerios subacuáticos despojados de vida y de color?»[178].
216. Pequeños pero fuertes en el amor de Dios, como san Francisco de Asís, todos
los cristianos estamos llamados a cuidar la fragilidad del pueblo y del mundo en que
vivimos.
III. El bien común y la paz social
217. Hemos hablado mucho sobre la alegría y sobre el amor, pero la Palabra de
Dios menciona también el fruto de la paz (cf. Ga5,22).
218. La paz social no puede entenderse como un irenismo o como una mera
ausencia de violencia lograda por la imposición de un sector sobre los otros.
También sería una falsa paz aquella que sirva como excusa para justificar una
organización social que silencie o tranquilice a los más pobres, de manera que
aquellos que gozan de los mayores beneficios puedan sostener su estilo de vida sin
sobresaltos mientras los demás sobreviven como pueden. Las reivindicaciones
sociales, que tienen que ver con la distribución del ingreso, la inclusión social de los
pobres y los derechos humanos, no pueden ser sofocadas con el pretexto de
construir un consenso de escritorio o una efímera paz para una minoría feliz. La
dignidad de la persona humana y el bien común están por encima de la tranquilidad
de algunos que no quieren renunciar a sus privilegios. Cuando estos valores se ven
afectados, es necesaria una voz profética.
219. La paz tampoco «se reduce a una ausencia de guerra, fruto del equilibrio
siempre precario de las fuerzas. La paz se construye día a día, en la instauración de
un orden querido por Dios, que comporta una justicia más perfecta entre los
hombres»[179]. En definitiva, una paz que no surja como fruto del desarrollo integral
de todos, tampoco tendrá futuro y siempre será semilla de nuevos conflictos y de
variadas formas de violencia.
220. En cada nación, los habitantes desarrollan la dimensión social de sus vidas
configurándose como ciudadanos responsables en el seno de un pueblo, no como
masa arrastrada por las fuerzas dominantes. Recordemos que «el ser ciudadano fiel
es una virtud y la participación en la vida política es una obligación moral»[180]. Pero
convertirse en pueblo es todavía más, y requiere un proceso constante en el cual
cada nueva generación se ve involucrada. Es un trabajo lento y arduo que exige
querer integrarse y aprender a hacerlo hasta desarrollar una cultura del encuentro en
una pluriforme armonía.
221. Para avanzar en esta construcción de un pueblo en paz, justicia y fraternidad,
hay cuatro principios relacionados con tensiones bipolares propias de toda realidad
social. Brotan de los grandes postulados de la Doctrina Social de la Iglesia, los
cuales constituyen «el primer y fundamental parámetro de referencia para la
interpretación y la valoración de los fenómenos sociales»[181]. A la luz de ellos,
quiero proponer ahora estos cuatro principios que orientan específicamente el
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desarrollo de la convivencia social y la construcción de un pueblo donde las
diferencias se armonicen en un proyecto común. Lo hago con la convicción de que
su aplicación puede ser un genuino camino hacia la paz dentro de cada nación y en
el mundo entero.
El tiempo es superior al espacio
222. Hay una tensión bipolar entre la plenitud y el límite. La plenitud provoca la
voluntad de poseerlo todo, y el límite es la pared que se nos pone delante. El
«tiempo», ampliamente considerado, hace referencia a la plenitud como expresión
del horizonte que se nos abre, y el momento es expresión del límite que se vive en
un espacio acotado. Los ciudadanos viven en tensión entre la coyuntura del
momento y la luz del tiempo, del horizonte mayor, de la utopía que nos abre al futuro
como causa final que atrae. De aquí surge un primer principio para avanzar en la
construcción de un pueblo: el tiempo es superior al espacio.
223. Este principio permite trabajar a largo plazo, sin obsesionarse por resultados
inmediatos. Ayuda a soportar con paciencia situaciones difíciles y adversas, o los
cambios de planes que impone el dinamismo de la realidad. Es una invitación a
asumir la tensión entre plenitud y límite, otorgando prioridad al tiempo. Uno de los
pecados que a veces se advierten en la actividad sociopolítica consiste en privilegiar
los espacios de poder en lugar de los tiempos de los procesos. Darle prioridad al
espacio lleva a enloquecerse para tener todo resuelto en el presente, para intentar
tomar posesión de todos los espacios de poder y autoafirmación. Es cristalizar los
procesos y pretender detenerlos. Darle prioridad al tiempo es ocuparse de iniciar
procesos más que de poseer espacios. El tiempo rige los espacios, los ilumina y los
transforma en eslabones de una cadena en constante crecimiento, sin caminos de
retorno. Se trata de privilegiar las acciones que generan dinamismos nuevos en la
sociedad e involucran a otras personas y grupos que las desarrollarán, hasta que
fructifiquen en importantes acontecimientos históricos. Nada de ansiedad, pero sí
convicciones claras y tenacidad.
224. A veces me pregunto quiénes son los que en el mundo actual se preocupan
realmente por generar procesos que construyan pueblo, más que por obtener
resultados inmediatos que producen un rédito político fácil, rápido y efímero, pero
que no construyen la plenitud humana. La historia los juzgará quizás con aquel
criterio que enunciaba Romano Guardini: «El único patrón para valorar con acierto
una época es preguntar hasta qué punto se desarrolla en ella y alcanza una
auténtica razón de ser la plenitud de la existencia humana, de acuerdo con el
carácter peculiar y las posibilidades de dicha época»[182].
225. Este criterio también es muy propio de la evangelización, que requiere tener
presente el horizonte, asumir los procesos posibles y el camino largo. El Señor
mismo en su vida mortal dio a entender muchas veces a sus discípulos que había
cosas que no podían comprender todavía y que era necesario esperar al Espíritu
Santo
(cf. Jn 16,12-13). La parábola del trigo y la cizaña (cf. Mt 13,24-30) grafica un
aspecto importante de la evangelización que consiste en mostrar cómo el enemigo
puede ocupar el espacio del Reino y causar daño con la cizaña, pero es vencido por
la bondad del trigo que se manifiesta con el tiempo.
La unidad prevalece sobre el conflicto
226. El conflicto no puede ser ignorado o disimulado. Ha de ser asumido. Pero si
quedamos atrapados en él, perdemos perspectivas, los horizontes se limitan y la
realidad misma queda fragmentada. Cuando nos detenemos en la coyuntura
conflictiva, perdemos el sentido de la unidad profunda de la realidad.
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227. Ante el conflicto, algunos simplemente lo miran y siguen adelante como si nada
pasara, se lavan las manos para poder continuar con su vida. Otros entran de tal
manera en el conflicto que quedan prisioneros, pierden horizontes, proyectan en las
instituciones las propias confusiones e insatisfacciones y así la unidad se vuelve
imposible. Pero hay una tercera manera, la más adecuada, de situarse ante el
conflicto. Es aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un
nuevo proceso. «¡Felices los que trabajan por la paz!» (Mt 5,9).
228. De este modo, se hace posible desarrollar una comunión en las diferencias,
que sólo pueden facilitar esas grandes personas que se animan a ir más allá de la
superficie conflictiva y miran a los demás en su dignidad más profunda. Por eso
hace falta postular un principio que es indispensable para construir la amistad social:
la unidad es superior al conflicto. La solidaridad, entendida en su sentido más hondo
y desafiante, se convierte así en un modo de hacer la historia, en un ámbito viviente
donde los conflictos, las tensiones y los opuestos pueden alcanzar una unidad
pluriforme que engendra nueva vida. No es apostar por un sincretismo ni por la
absorción de uno en el otro, sino por la resolución en un plano superior que
conserva en sí las virtualidades valiosas de las polaridades en pugna.
229. Este criterio evangélico nos recuerda que Cristo ha unificado todo en sí: cielo y
tierra, Dios y hombre, tiempo y eternidad, carne y espíritu, persona y sociedad. La
señal de esta unidad y reconciliación de todo en sí es la paz. Cristo «es nuestra
paz» (Ef2,14). El anuncio evangélico comienza siempre con el saludo de paz, y la
paz corona y cohesiona en cada momento las relaciones entre los discípulos. La paz
es posible porque el Señor ha vencido al mundo y a su conflictividad permanente
«haciendo la paz mediante la sangre de su cruz» (Col 1,20). Pero si vamos al fondo
de estos textos bíblicos, tenemos que llegar a descubrir que el primer ámbito donde
estamos llamados a lograr esta pacificación en las diferencias es la propia
interioridad, la propia vida siempre amenazada por la dispersión dialéctica.[183] Con
corazones rotos en miles de fragmentos será difícil construir una auténtica paz
social.
230. El anuncio de paz no es el de una paz negociada, sino la convicción de que la
unidad del Espíritu armoniza todas las diversidades. Supera cualquier conflicto en
una nueva y prometedora síntesis. La diversidad es bella cuando acepta entrar
constantemente en un proceso de reconciliación, hasta sellar una especie de pacto
cultural que haga emerger una «diversidad reconciliada», como bien enseñaron los
Obispos del Congo: «La diversidad de nuestras etnias es una riqueza [...] Sólo con la
unidad, con la conversión de los corazones y con la reconciliación podremos hacer
avanzar nuestro país»[184].
La realidad es más importante que la idea
231. Existe también una tensión bipolar entre la idea y la realidad. La realidad
simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo
constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad. Es peligroso
vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma. De ahí que haya que
postular un tercer principio: la realidad es superior a la idea. Esto supone evitar
diversas formas de ocultar la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo
relativo, los nominalismos declaracionistas, los proyectos más formales que reales,
los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismos sin
sabiduría.
232. La idea —las elaboraciones conceptuales— está en función de la captación, la
comprensión y la conducción de la realidad. La idea desconectada de la realidad
origina idealismos y nominalismos ineficaces, que a lo sumo clasifican o definen,
pero no convocan. Lo que convoca es la realidad iluminada por el razonamiento.
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Hay que pasar del nominalismo formal a la objetividad armoniosa. De otro modo, se
manipula la verdad, así como se suplanta la gimnasia por la cosmética[185]. Hay
políticos —e incluso dirigentes religiosos— que se preguntan por qué el pueblo no
los comprende y no los sigue, si sus propuestas son tan lógicas y claras.
Posiblemente sea porque se instalaron en el reino de la pura idea y redujeron la
política o la fe a la retórica. Otros olvidaron la sencillez e importaron desde fuera una
racionalidad ajena a la gente.
233. La realidad es superior a la idea. Este criterio hace a la encarnación de la
Palabra y a su puesta en práctica: «En esto conoceréis el Espíritu de Dios: todo
espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne es de Dios»
(1 Jn 4,2). El criterio de realidad, de una Palabra ya encarnada y siempre buscando
encarnarse, es esencial a la evangelización. Nos lleva, por un lado, a valorar la
historia de la Iglesia como historia de salvación, a recordar a nuestros santos que
inculturaron el Evangelio en la vida de nuestros pueblos, a recoger la rica tradición
bimilenaria de la Iglesia, sin pretender elaborar un pensamiento desconectado de
ese tesoro, como si quisiéramos inventar el Evangelio. Por otro lado, este criterio
nos impulsa a poner en práctica la Palabra, a realizar obras de justicia y caridad en
las que esa Palabra sea fecunda. No poner en práctica, no llevar a la realidad la
Palabra, es edificar sobre arena, permanecer en la pura idea y degenerar en
intimismos y gnosticismos que no dan fruto, que esterilizan su dinamismo.
El todo es superior a la parte
234. Entre la globalización y la localización también se produce una tensión. Hace
falta prestar atención a lo global para no caer en una mezquindad cotidiana. Al
mismo tiempo, no conviene perder de vista lo local, que nos hace caminar con los
pies sobre la tierra. Las dos cosas unidas impiden caer en alguno de estos dos
extremos: uno, que los ciudadanos vivan en un universalismo abstracto y
globalizante, miméticos pasajeros del furgón de cola, admirando los fuegos
artificiales del mundo, que es de otros, con la boca abierta y aplausos programados;
otro, que se conviertan en un museo folklórico de ermitaños localistas, condenados a
repetir siempre lo mismo, incapaces de dejarse interpelar por el diferente y de
valorar la belleza que Dios derrama fuera de sus límites.
235. El todo es más que la parte, y también es más que la mera suma de
ellas. Entonces, no hay que obsesionarse demasiado por cuestiones limitadas y
particulares. Siempre hay que ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que
nos beneficiará a todos. Pero hay que hacerlo sin evadirse, sin desarraigos. Es
necesario hundir las raíces en la tierra fértil y en la historia del propio lugar, que es
un don de Dios. Se trabaja en lo pequeño, en lo cercano, pero con una perspectiva
más amplia. Del mismo modo, una persona que conserva su peculiaridad personal y
no esconde su identidad, cuando integra cordialmente una comunidad, no se anula
sino que recibe siempre nuevos estímulos para su propio desarrollo. No es ni la
esfera global que anula ni la parcialidad aislada que esteriliza.
236. El modelo no es la esfera, que no es superior a las partes, donde cada punto es
equidistante del centro y no hay diferencias entre unos y otros. El modelo es el
poliedro, que refleja la confluencia de todas las parcialidades que en él conservan su
originalidad. Tanto la acción pastoral como la acción política procuran recoger en
ese poliedro lo mejor de cada uno. Allí entran los pobres con su cultura, sus
proyectos y sus propias potencialidades. Aun las personas que puedan ser
cuestionadas por sus errores, tienen algo que aportar que no debe perderse. Es la
conjunción de los pueblos que, en el orden universal, conservan su propia
peculiaridad; es la totalidad de las personas en una sociedad que busca un bien
común que verdaderamente incorpora a todos.
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237. A los cristianos, este principio nos habla también de la totalidad o integridad del
Evangelio que la Iglesia nos transmite y nos envía a predicar. Su riqueza plena
incorpora a los académicos y a los obreros, a los empresarios y a los artistas, a
todos. La mística popular acoge a su modo el Evangelio entero, y lo encarna en
expresiones de oración, de fraternidad, de justicia, de lucha y de fiesta. La Buena
Noticia es la alegría de un Padre que no quiere que se pierda ninguno de sus
pequeñitos. Así brota la alegría en el Buen Pastor que encuentra la oveja perdida y
la reintegra a su rebaño. El Evangelio es levadura que fermenta toda la masa y
ciudad que brilla en lo alto del monte iluminando a todos los pueblos. El Evangelio
tiene un criterio de totalidad que le es inherente: no termina de ser Buena Noticia
hasta que no es anunciado a todos, hasta que no fecunda y sana todas las
dimensiones del hombre, y hasta que no integra a todos los hombres en la mesa del
Reino. El todo es superior a la parte.
IV. El diálogo social como contribución a la paz
238. La evangelización también implica un camino de diálogo. Para la Iglesia, en
este tiempo hay particularmente tres campos de diálogo en los cuales debe estar
presente, para cumplir un servicio a favor del pleno desarrollo del ser humano y
procurar el bien común: el diálogo con los Estados, con la sociedad —que incluye el
diálogo con las culturas y con las ciencias— y con otros creyentes que no forman
parte de la Iglesia católica. En todos los casos «la Iglesia habla desde la luz que le
ofrece la fe»,[186]aporta su experiencia de dos mil años y conserva siempre en la
memoria las vidas y sufrimientos de los seres humanos. Esto va más allá de la razón
humana, pero también tiene un significado que puede enriquecer a los que no creen
e invita a la razón a ampliar sus perspectivas.
239. La Iglesia proclama «el evangelio de la paz» (Ef 6,15) y está abierta a la
colaboración con todas las autoridades nacionales e internacionales para cuidar este
bien universal tan grande. Al anunciar a Jesucristo, que es la paz en persona
(cf. Ef 2,14), la nueva evangelización anima a todo bautizado a ser instrumento de
pacificación y testimonio creíble de una vida reconciliada[187]. Es hora de saber
cómo diseñar, en una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuentro, la
búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarla de la preocupación por una
sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones. El autor principal, el sujeto histórico de
este proceso, es la gente y su cultura, no es una clase, una fracción, un grupo, una
élite. No necesitamos un proyecto de unos pocos para unos pocos, o una minoría
ilustrada o testimonial que se apropie de un sentimiento colectivo. Se trata de un
acuerdo para vivir juntos, de un pacto social y cultural.
240. Al Estado compete el cuidado y la promoción del bien común de la
sociedad[188]. Sobre la base de los principios de subsidiariedad y solidaridad, y con
un gran esfuerzo de diálogo político y creación de consensos, desempeña un papel
fundamental, que no puede ser delegado, en la búsqueda del desarrollo integral de
todos. Este papel, en las circunstancias actuales, exige una profunda humildad
social.
241. En el diálogo con el Estado y con la sociedad, la Iglesia no tiene soluciones
para todas las cuestiones particulares. Pero junto con las diversas fuerzas sociales,
acompaña las propuestas que mejor respondan a la dignidad de la persona humana
y al bien común. Al hacerlo, siempre propone con claridad los valores fundamentales
de la existencia humana, para transmitir convicciones que luego puedan traducirse
en acciones políticas.
El diálogo entre la fe, la razón y las ciencias
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242. El diálogo entre ciencia y fe también es parte de la acción evangelizadora que
pacifica.[189] El cientismo y el positivismo se rehúsan a «admitir como válidas las
formas de conocimiento diversas de las propias de las ciencias positivas»[190]. La
Iglesia propone otro camino, que exige una síntesis entre un uso responsable de las
metodologías propias de las ciencias empíricas y otros saberes como la filosofía, la
teología, y la misma fe, que eleva al ser humano hasta el misterio que trasciende la
naturaleza y la inteligencia humana. La fe no le tiene miedo a la razón; al contrario,
la busca y confía en ella, porque «la luz de la razón y la de la fe provienen ambas de
Dios»[191], y no pueden contradecirse entre sí. La evangelización está atenta a los
avances científicos para iluminarlos con la luz de la fe y de la ley natural, en orden a
procurar que respeten siempre la centralidad y el valor supremo de la persona
humana en todas las fases de su existencia. Toda la sociedad puede verse
enriquecida gracias a este diálogo que abre nuevos horizontes al pensamiento y
amplía las posibilidades de la razón. También éste es un camino de armonía y de
pacificación.
243. La Iglesia no pretende detener el admirable progreso de las ciencias. Al
contrario, se alegra e incluso disfruta reconociendo el enorme potencial que Dios ha
dado a la mente humana. Cuando el desarrollo de las ciencias, manteniéndose con
rigor académico en el campo de su objeto específico, vuelve evidente una
determinada conclusión que la razón no puede negar, la fe no la contradice. Los
creyentes tampoco pueden pretender que una opinión científica que les agrada, y
que ni siquiera ha sido suficientemente comprobada, adquiera el peso de un dogma
de fe. Pero, en ocasiones, algunos científicos van más allá del objeto formal de su
disciplina y se extralimitan con afirmaciones o conclusiones que exceden el campo
de la propia ciencia. En ese caso, no es la razón lo que se propone, sino una
determinada ideología que cierra el camino a un diálogo auténtico, pacífico y
fructífero.
El diálogo ecuménico
244. El empeño ecuménico responde a la oración del Señor Jesús que pide «que
todos sean uno» (Jn 17,21). La credibilidad del anuncio cristiano sería mucho mayor
si los cristianos superaran sus divisiones y la Iglesia realizara «la plenitud de
catolicidad que le es propia, en aquellos hijos que, incorporados a ella ciertamente
por el Bautismo, están, sin embargo, separados de su plena comunión»[192].
Tenemos que recordar siempre que somos peregrinos, y peregrinamos juntos. Para
eso, hay que confiar el corazón al compañero de camino sin recelos, sin
desconfianzas, y mirar ante todo lo que buscamos: la paz en el rostro del único Dios.
Confiarse al otro es algo artesanal, la paz es artesanal. Jesús nos dijo: «¡Felices los
que trabajan por la paz!» (Mt 5,9). En este empeño, también entre nosotros, se
cumple la antigua profecía: «De sus espadas forjarán arados» (Is 2,4).
245. Bajo esta luz, el ecumenismo es un aporte a la unidad de la familia humana. La
presencia, en el Sínodo, del Patriarca de Constantinopla, Su Santidad Bartolomé I, y
del Arzobispo de Canterbury, Su Gracia Rowan Douglas Williams, fue un verdadero
don de Dios y un precioso testimonio cristiano[193].
246. Dada la gravedad del antitestimonio de la división entre cristianos,
particularmente en Asia y en África, la búsqueda de caminos de unidad se vuelve
urgente. Los misioneros en esos continentes mencionan reiteradamente las críticas,
quejas y burlas que reciben debido al escándalo de los cristianos divididos. Si nos
concentramos en las convicciones que nos unen y recordamos el principio de la
jerarquía de verdades, podremos caminar decididamente hacia expresiones
comunes de anuncio, de servicio y de testimonio. La inmensa multitud que no ha
acogido el anuncio de Jesucristo no puede dejarnos indiferentes. Por lo tanto, el
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empeño por una unidad que facilite la acogida de Jesucristo deja de ser mera
diplomacia o cumplimiento forzado, para convertirse en un camino ineludible de la
evangelización. Los signos de división entre los cristianos en países que ya están
destrozados por la violencia agregan más motivos de conflicto por parte de quienes
deberíamos ser un atractivo fermento de paz. ¡Son tantas y tan valiosas las cosas
que nos unen! Y si realmente creemos en la libre y generosa acción del Espíritu,
¡cuántas cosas podemos aprender unos de otros! No se trata sólo de recibir
información sobre los demás para conocerlos mejor, sino de recoger lo que el
Espíritu ha sembrado en ellos como un don también para nosotros. Sólo para dar un
ejemplo, en el diálogo con los hermanos ortodoxos, los católicos tenemos la
posibilidad de aprender algo más sobre el sentido de la colegialidad episcopal y
sobre su experiencia de la sinodalidad. A través de un intercambio de dones, el
Espíritu puede llevarnos cada vez más a la verdad y al bien.
Las relaciones con el Judaísmo
247. Una mirada muy especial se dirige al pueblo judío, cuya Alianza con Dios jamás
ha sido revocada, porque «los dones y el llamado de Dios son irrevocables»
(Rm 11,29). La Iglesia, que comparte con el Judaísmo una parte importante de las
Sagradas Escrituras, considera al pueblo de la Alianza y su fe como una raíz
sagrada de la propia identidad cristiana (cf. Rm 11,16-18). Los cristianos no
podemos considerar al Judaísmo como una religión ajena, ni incluimos a los judíos
entre aquellos llamados a dejar los ídolos para convertirse al verdadero Dios (cf. 1
Ts 1,9). Creemos junto con ellos en el único Dios que actúa en la historia, y
acogemos con ellos la común Palabra revelada.
248. El diálogo y la amistad con los hijos de Israel son parte de la vida de los
discípulos de Jesús. El afecto que se ha desarrollado nos lleva a lamentar sincera y
amargamente las terribles persecuciones de las que fueron y son objeto,
particularmente aquellas que involucran o involucraron a cristianos.
249. Dios sigue obrando en el pueblo de la Antigua Alianza y provoca tesoros de
sabiduría que brotan de su encuentro con la Palabra divina. Por eso, la Iglesia
también se enriquece cuando recoge los valores del Judaísmo. Si bien algunas
convicciones cristianas son inaceptables para el Judaísmo, y la Iglesia no puede
dejar de anunciar a Jesús como Señor y Mesías, existe una rica complementación
que nos permite leer juntos los textos de la Biblia hebrea y ayudarnos mutuamente a
desentrañar las riquezas de la Palabra, así como compartir muchas convicciones
éticas y la común preocupación por la justicia y el desarrollo de los pueblos.
El diálogo interreligioso
250. Una actitud de apertura en la verdad y en el amor debe caracterizar el diálogo
con los creyentes de las religiones no cristianas, a pesar de los varios obstáculos y
dificultades, particularmente los fundamentalismos de ambas partes. Este diálogo
interreligioso es una condición necesaria para la paz en el mundo, y por lo tanto es
un deber para los cristianos, así como para otras comunidades religiosas. Este
diálogo es, en primer lugar, una conversación sobre la vida humana o simplemente,
como proponen los Obispos de la India, «estar abiertos a ellos, compartiendo sus
alegrías y penas»[194]. Así aprendemos a aceptar a los otros en su modo diferente
de ser, de pensar y de expresarse. De esta forma, podremos asumir juntos el deber
de servir a la justicia y la paz, que deberá convertirse en un criterio básico de todo
intercambio. Un diálogo en el que se busquen la paz social y la justicia es en sí
mismo, más allá de lo meramente pragmático, un compromiso ético que crea nuevas
condiciones sociales. Los esfuerzos en torno a un tema específico pueden
convertirse en un proceso en el que, a través de la escucha del otro, ambas partes
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encuentren purificación y enriquecimiento. Por lo tanto, estos esfuerzos también
pueden tener el significado del amor a la verdad.
251. En este dialogo, siempre amable y cordial, nunca se debe descuidar el vínculo
esencial entre diálogo y anuncio, que lleva a la Iglesia a mantener y a intensificar las
relaciones con los no cristianos[195]. Un sincretismo conciliador sería en el fondo un
totalitarismo de quienes pretenden conciliar prescindiendo de valores que los
trascienden y de los cuales no son dueños. La verdadera apertura implica
mantenerse firme en las propias convicciones más hondas, con una identidad clara y
gozosa, pero «abierto a comprender las del otro» y «sabiendo que el diálogo
realmente puede enriquecer a cada uno»[196]. No nos sirve una apertura
diplomática, que dice que sí a todo para evitar problemas, porque sería un modo de
engañar al otro y de negarle el bien que uno ha recibido como un don para compartir
generosamente. La evangelización y el diálogo interreligioso, lejos de oponerse, se
sostienen y se alimentan recíprocamente[197].
252. En esta época adquiere gran importancia la relación con los creyentes del
Islam, hoy particularmente presentes en muchos países de tradición cristiana donde
pueden celebrar libremente su culto y vivir integrados en la sociedad. Nunca hay que
olvidar que ellos, «confesando adherirse a la fe de Abraham, adoran con nosotros a
un Dios único, misericordioso, que juzgará a los hombres en el día final»[198]. Los
escritos sagrados del Islam conservan parte de las enseñanzas cristianas; Jesucristo
y María son objeto de profunda veneración, y es admirable ver cómo jóvenes y
ancianos, mujeres y varones del Islam son capaces de dedicar tiempo diariamente a
la oración y de participar fielmente de sus ritos religiosos. Al mismo tiempo, muchos
de ellos tienen una profunda convicción de que la propia vida, en su totalidad, es de
Dios y para Él. También reconocen la necesidad de responderle con un compromiso
ético y con la misericordia hacia los más pobres.
253. Para sostener el diálogo con el Islam es indispensable la adecuada formación
de los interlocutores, no sólo para que estén sólida y gozosamente radicados en su
propia identidad, sino para que sean capaces de reconocer los valores de los
demás, de comprender las inquietudes que subyacen a sus reclamos y de sacar a
luz las convicciones comunes. Los cristianos deberíamos acoger con afecto y
respeto a los inmigrantes del Islam que llegan a nuestros países, del mismo modo
que esperamos y rogamos ser acogidos y respetados en los países de tradición
islámica. ¡Ruego, imploro humildemente a esos países que den libertad a los
cristianos para poder celebrar su culto y vivir su fe, teniendo en cuenta la libertad
que los creyentes del Islam gozan en los países occidentales! Frente a episodios de
fundamentalismo violento que nos inquietan, el afecto hacia los verdaderos
creyentes del Islam debe llevarnos a evitar odiosas generalizaciones, porque el
verdadero Islam y una adecuada interpretación del Corán se oponen a toda
violencia.
254. Los no cristianos, por la gratuita iniciativa divina, y fieles a su conciencia,
pueden vivir «justificados mediante la gracia de Dios»[199], y así «asociados al
misterio pascual de Jesucristo»[200]. Pero, debido a la dimensión sacramental de la
gracia santificante, la acción divina en ellos tiende a producir signos, ritos,
expresiones sagradas que a su vez acercan a otros a una experiencia comunitaria
de camino hacia Dios[201]. No tienen el sentido y la eficacia de los Sacramentos
instituidos por Cristo, pero pueden ser cauces que el mismo Espíritu suscite para
liberar a los no cristianos del inmanentismo ateo o de experiencias religiosas
meramente individuales. El mismo Espíritu suscita en todas partes diversas formas
de sabiduría práctica que ayudan a sobrellevar las penurias de la existencia y a vivir
con más paz y armonía. Los cristianos también podemos aprovechar esa riqueza
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consolidada a lo largo de los siglos, que puede ayudarnos a vivir mejor nuestras
propias convicciones.
El diálogo social en un contexto de libertad religiosa
255. Los Padres sinodales recordaron la importancia del respeto a la libertad
religiosa, considerada como un derecho humano fundamental[202]. Incluye «la
libertad de elegir la religión que se estima verdadera y de manifestar públicamente la
propia creencia»[203]. Un sano pluralismo, que de verdad respete a los diferentes y
los valore como tales, no implica una privatización de las religiones, con la
pretensión de reducirlas al silencio y la oscuridad de la conciencia de cada uno, o a
la marginalidad del recinto cerrado de los templos, sinagogas o mezquitas. Se
trataría, en definitiva, de una nueva forma de discriminación y de autoritarismo. El
debido respeto a las minorías de agnósticos o no creyentes no debe imponerse de
un modo arbitrario que silencie las convicciones de mayorías creyentes o ignore la
riqueza de las tradiciones religiosas. Eso a la larga fomentaría más el resentimiento
que la tolerancia y la paz.
256. A la hora de preguntarse por la incidencia pública de la religión, hay que
distinguir diversas formas de vivirla. Tanto los intelectuales como las notas
periodísticas frecuentemente caen en groseras y poco académicas generalizaciones
cuando hablan de los defectos de las religiones y muchas veces no son capaces de
distinguir que no todos los creyentes —ni todas las autoridades religiosas— son
iguales. Algunos políticos aprovechan esta confusión para justificar acciones
discriminatorias. Otras veces se desprecian los escritos que han surgido en el
ámbito de una convicción creyente, olvidando que los textos religiosos clásicos
pueden ofrecer un significado para todas las épocas, tienen una fuerza motivadora
que abre siempre nuevos horizontes, estimula el pensamiento, amplía la mente y la
sensibilidad. Son despreciados por la cortedad de vista de los racionalismos. ¿Es
razonable y culto relegarlos a la oscuridad, sólo por haber surgido en el contexto de
una creencia religiosa? Incluyen principios profundamente humanistas que tienen un
valor racional aunque estén teñidos por símbolos y doctrinas religiosas.
257. Los creyentes nos sentimos cerca también de quienes, no reconociéndose
parte de alguna tradición religiosa, buscan sinceramente la verdad, la bondad y la
belleza, que para nosotros tienen su máxima expresión y su fuente en Dios. Los
percibimos como preciosos aliados en el empeño por la defensa de la dignidad
humana, en la construcción de una convivencia pacífica entre los pueblos y en la
custodia de lo creado. Un espacio peculiar es el de los llamados nuevos Areópagos,
como el «Atrio de los Gentiles», donde «creyentes y no creyentes pueden dialogar
sobre los temas fundamentales de la ética, del arte y de la ciencia, y sobre la
búsqueda de la trascendencia»[204]. Éste también es un camino de paz para
nuestro mundo herido.
258. A partir de algunos temas sociales, importantes en orden al futuro de la
humanidad, procuré explicitar una vez más la ineludible dimensión social del anuncio
del Evangelio, para alentar a todos los cristianos a manifestarla siempre en sus
palabras, actitudes y acciones.
CAPÍTULO
EVANGELIZADORES CON ESPÍRITU
QUINTO
259. Evangelizadores con Espíritu quiere decir evangelizadores que se abren sin
temor a la acción del Espíritu Santo. En Pentecostés, el Espíritu hace salir de sí
mismos a los Apóstoles y los transforma en anunciadores de las grandezas de Dios,
que cada uno comienza a entender en su propia lengua. El Espíritu Santo, además,
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infunde la fuerza para anunciar la novedad del Evangelio con audacia (parresía), en
voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente. Invoquémoslo hoy, bien
apoyados en la oración, sin la cual toda acción corre el riesgo de quedarse vacía y el
anuncio finalmente carece de alma. Jesús quiere evangelizadores que anuncien la
Buena Noticia no sólo con palabras sino sobre todo con una vida que se ha
transfigurado en la presencia de Dios.
260. En este último capítulo no ofreceré una síntesis de la espiritualidad cristiana, ni
desarrollaré grandes temas como la oración, la adoración eucarística o la
celebración de la fe, sobre los cuales tenemos ya valiosos textos magisteriales y
célebres escritos de grandes autores. No pretendo reemplazar ni superar tanta
riqueza. Simplemente propondré algunas reflexiones acerca del espíritu de la nueva
evangelización.
261. Cuando se dice que algo tiene «espíritu», esto suele indicar unos móviles
interiores que impulsan, motivan, alientan y dan sentido a la acción personal y
comunitaria. Una evangelización con espíritu es muy diferente de un conjunto de
tareas vividas como una obligación pesada que simplemente se tolera, o se
sobrelleva como algo que contradice las propias inclinaciones y deseos. ¡Cómo
quisiera encontrar las palabras para alentar una etapa evangelizadora más
fervorosa, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin y de vida contagiosa!
Pero sé que ninguna motivación será suficiente si no arde en los corazones el fuego
del Espíritu. En definitiva, una evangelización con espíritu es una evangelización con
Espíritu Santo, ya que Él es el alma de la Iglesia evangelizadora. Antes de
proponeros algunas motivaciones y sugerencias espirituales, invoco una vez más al
Espíritu Santo; le ruego que venga a renovar, a sacudir, a impulsar a la Iglesia en
una audaz salida fuera de sí para evangelizar a todos los pueblos.
I. Motivaciones para un renovado impulso misionero
262. Evangelizadores con Espíritu quiere decir evangelizadores que oran y trabajan.
Desde el punto de vista de la evangelización, no sirven ni las propuestas místicas sin
un fuerte compromiso social y misionero, ni los discursos y praxis sociales o
pastorales sin una espiritualidad que transforme el corazón. Esas propuestas
parciales y desintegradoras sólo llegan a grupos reducidos y no tienen fuerza de
amplia penetración, porque mutilan el Evangelio. Siempre hace falta cultivar un
espacio interior que otorgue sentido cristiano al compromiso y a la actividad[205].
Sin momentos detenidos de adoración, de encuentro orante con la Palabra, de
diálogo sincero con el Señor, las tareas fácilmente se vacían de sentido, nos
debilitamos por el cansancio y las dificultades, y el fervor se apaga. La Iglesia
necesita imperiosamente el pulmón de la oración, y me alegra enormemente que se
multipliquen en todas las instituciones eclesiales los grupos de oración, de
intercesión, de lectura orante de la Palabra, las adoraciones perpetuas de la
Eucaristía. Al mismo tiempo, «se debe rechazar la tentación de una espiritualidad
oculta e individualista, que poco tiene que ver con las exigencias de la caridad y con
la lógica de la Encarnación»[206]. Existe el riesgo de que algunos momentos de
oración se conviertan en excusa para no entregar la vida en la misión, porque la
privatización del estilo de vida puede llevar a los cristianos a refugiarse en alguna
falsa espiritualidad.
263. Es sano acordarse de los primeros cristianos y de tantos hermanos a lo largo
de la historia que estuvieron cargados de alegría, llenos de coraje, incansables en el
anuncio y capaces de una gran resistencia activa. Hay quienes se consuelan
diciendo que hoy es más difícil; sin embargo, reconozcamos que las circunstancias
del Imperio romano no eran favorables al anuncio del Evangelio, ni a la lucha por la
justicia, ni a la defensa de la dignidad humana. En todos los momentos de la historia
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están presentes la debilidad humana, la búsqueda enfermiza de sí mismo, el
egoísmo cómodo y, en definitiva, la concupiscencia que nos acecha a todos. Eso
está siempre, con un ropaje o con otro; viene del límite humano más que de las
circunstancias. Entonces, no digamos que hoy es más difícil; es distinto. Pero
aprendamos de los santos que nos han precedido y enfrentaron las dificultades
propias de su época. Para ello, os propongo que nos detengamos a recuperar
algunas motivaciones que nos ayuden a imitarlos hoy[207].
El encuentro personal con el amor de Jesús que nos salva
264. La primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos
recibido, esa experiencia de ser salvados por Él que nos mueve a amarlo siempre
más. Pero ¿qué amor es ese que no siente la necesidad de hablar del ser amado,
de mostrarlo, de hacerlo conocer? Si no sentimos el intenso deseo de comunicarlo,
necesitamos detenernos en oración para pedirle a Él que vuelva a cautivarnos. Nos
hace falta clamar cada día, pedir su gracia para que nos abra el corazón frío y
sacuda nuestra vida tibia y superficial. Puestos ante Él con el corazón abierto,
dejando que Él nos contemple, reconocemos esa mirada de amor que descubrió
Natanael el día que Jesús se hizo presente y le dijo: «Cuando estabas debajo de la
higuera, te vi» (Jn 1,48). ¡Qué dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas
delante del Santísimo, y simplemente ser ante sus ojos! ¡Cuánto bien nos hace dejar
que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance a comunicar su vida nueva!
Entonces, lo que ocurre es que, en definitiva, «lo que hemos visto y oído es lo que
anunciamos» (1 Jn 1,3). La mejor motivación para decidirse a comunicar el
Evangelio es contemplarlo con amor, es detenerse en sus páginas y leerlo con el
corazón. Si lo abordamos de esa manera, su belleza nos asombra, vuelve a
cautivarnos una y otra vez. Para eso urge recobrar un espíritu contemplativo, que
nos permita redescubrir cada día que somos depositarios de un bien que humaniza,
que ayuda a llevar una vida nueva. No hay nada mejor para transmitir a los demás.
265. Toda la vida de Jesús, su forma de tratar a los pobres, sus gestos, su
coherencia, su generosidad cotidiana y sencilla, y finalmente su entrega total, todo
es precioso y le habla a la propia vida. Cada vez que uno vuelve a descubrirlo, se
convence de que eso mismo es lo que los demás necesitan, aunque no lo
reconozcan: «Lo que vosotros adoráis sin conocer es lo que os vengo a anunciar»
(Hch 17,23). A veces perdemos el entusiasmo por la misión al olvidar que el
Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas, porque todos
hemos sido creados para lo que el Evangelio nos propone: la amistad con Jesús y el
amor fraterno. Cuando se logra expresar adecuadamente y con belleza el contenido
esencial del Evangelio, seguramente ese mensaje hablará a las búsquedas más
hondas de los corazones: «El misionero está convencido de que existe ya en las
personas y en los pueblos, por la acción del Espíritu, una espera, aunque sea
inconsciente, por conocer la verdad sobre Dios, sobre el hombre, sobre el camino
que lleva a la liberación del pecado y de la muerte. El entusiasmo por anunciar a
Cristo deriva de la convicción de responder a esta esperanza»[208].
El entusiasmo evangelizador se fundamenta en esta convicción. Tenemos un tesoro
de vida y de amor que es lo que no puede engañar, el mensaje que no puede
manipular ni desilusionar. Es una respuesta que cae en lo más hondo del ser
humano y que puede sostenerlo y elevarlo. Es la verdad que no pasa de moda
porque es capaz de penetrar allí donde nada más puede llegar. Nuestra tristeza
infinita sólo se cura con un infinito amor.
266. Pero esa convicción se sostiene con la propia experiencia, constantemente
renovada, de gustar su amistad y su mensaje. No se puede perseverar en una
evangelización fervorosa si uno no sigue convencido, por experiencia propia, de que
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no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar
con Él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su
Palabra, no es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en Él, que no
poder hacerlo. No es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que
hacerlo sólo con la propia razón. Sabemos bien que la vida con Él se vuelve mucho
más plena y que con Él es más fácil encontrarle un sentido a todo. Por eso
evangelizamos. El verdadero misionero, que nunca deja de ser discípulo, sabe que
Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él. Percibe a Jesús
vivo con él en medio de la tarea misionera. Si uno no lo descubre a Él presente en el
corazón mismo de la entrega misionera, pronto pierde el entusiasmo y deja de estar
seguro de lo que transmite, le falta fuerza y pasión. Y una persona que no está
convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie.
267. Unidos a Jesús, buscamos lo que Él busca, amamos lo que Él ama. En
definitiva, lo que buscamos es la gloria del Padre; vivimos y actuamos «para
alabanza de la gloria de su gracia» (Ef 1,6). Si queremos entregarnos a fondo y con
constancia, tenemos que ir más allá de cualquier otra motivación. Éste es el móvil
definitivo, el más profundo, el más grande, la razón y el sentido final de todo lo
demás. Se trata de la gloria del Padre que Jesús buscó durante toda su existencia.
Él es el Hijo eternamente feliz con todo su ser «hacia el seno del Padre» (Jn 1,18).
Si somos misioneros, es ante todo porque Jesús nos ha dicho: «La gloria de mi
Padre consiste en que deis fruto abundante» (Jn 15,8). Más allá de que nos
convenga o no, nos interese o no, nos sirva o no, más allá de los límites pequeños
de nuestros deseos, nuestra comprensión y nuestras motivaciones, evangelizamos
para la mayor gloria del Padre que nos ama.
El gusto espiritual de ser pueblo
268. La Palabra de Dios también nos invita a reconocer que somos pueblo:
«Vosotros, que en otro tiempo no erais pueblo, ahora sois pueblo de Dios» (1
Pe 2,10). Para ser evangelizadores de alma también hace falta desarrollar el gusto
espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso
es fuente de un gozo superior. La misión es una pasión por Jesús pero, al mismo
tiempo, una pasión por su pueblo. Cuando nos detenemos ante Jesús crucificado,
reconocemos todo su amor que nos dignifica y nos sostiene, pero allí mismo, si no
somos ciegos, empezamos a percibir que esa mirada de Jesús se amplía y se dirige
llena de cariño y de ardor hacia todo su pueblo. Así redescubrimos que Él nos quiere
tomar como instrumentos para llegar cada vez más cerca de su pueblo amado. Nos
toma de en medio del pueblo y nos envía al pueblo, de tal modo que nuestra
identidad no se entiende sin esta pertenencia.
269. Jesús mismo es el modelo de esta opción evangelizadora que nos introduce en
el corazón del pueblo. ¡Qué bien nos hace mirarlo cercano a todos! Si hablaba con
alguien, miraba sus ojos con una profunda atención amorosa: «Jesús lo miró con
cariño» (Mc 10,21). Lo vemos accesible cuando se acerca al ciego del camino
(cf. Mc 10,46-52) y cuando come y bebe con los pecadores (cf. Mc 2,16), sin
importarle que lo traten de comilón y borracho (cf. Mt 11,19). Lo vemos disponible
cuando deja que una mujer prostituta unja sus pies (cf. Lc 7,36-50) o cuando recibe
de noche a Nicodemo (cf. Jn 3,1-15). La entrega de Jesús en la cruz no es más que
la culminación de ese estilo que marcó toda su existencia. Cautivados por ese
modelo, deseamos integrarnos a fondo en la sociedad, compartimos la vida con
todos, escuchamos sus inquietudes, colaboramos material y espiritualmente con
ellos en sus necesidades, nos alegramos con los que están alegres, lloramos con los
que lloran y nos comprometemos en la construcción de un mundo nuevo, codo a
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codo con los demás. Pero no por obligación, no como un peso que nos desgasta,
sino como una opción personal que nos llena de alegría y nos otorga identidad.
270. A veces sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente
distancia de las llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toquemos la miseria
humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a
buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a
distancia del nudo de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad entrar en
contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la
ternura. Cuando lo hacemos, la vida siempre se nos complica maravillosamente y
vivimos la intensa experiencia de ser pueblo, la experiencia de pertenecer a un
pueblo.
271. Es verdad que, en nuestra relación con el mundo, se nos invita a dar razón de
nuestra esperanza, pero no como enemigos que señalan y condenan. Se nos
advierte muy claramente: «Hacedlo con dulzura y respeto» (1 Pe 3,16), y «en lo
posible y en cuanto de vosotros dependa, en paz con todos los hombres»
(Rm 12,18). También se nos exhorta a tratar de vencer «el mal con el bien»
(Rm 12,21), sin cansarnos «de hacer el bien» (Ga 6,9) y sin pretender aparecer
como superiores, sino «considerando a los demás como superiores a uno mismo»
(Flp 2,3). De hecho, los Apóstoles del Señor gozaban de «la simpatía de todo el
pueblo» (Hch 2,47; 4,21.33; 5,13). Queda claro que Jesucristo no nos quiere
príncipes que miran despectivamente, sino hombres y mujeres de pueblo. Ésta no es
la opinión de un Papa ni una opción pastoral entre otras posibles; son indicaciones
de la Palabra de Dios tan claras, directas y contundentes que no necesitan
interpretaciones que les quiten fuerza interpelante. Vivámoslas «sine glossa», sin
comentarios. De ese modo, experimentaremos el gozo misionero de compartir la
vida con el pueblo fiel a Dios tratando de encender el fuego en el corazón del
mundo.
272. El amor a la gente es una fuerza espiritual que facilita el encuentro pleno con
Dios hasta el punto de que quien no ama al hermano «camina en las tinieblas» (1
Jn 2,11), «permanece en la muerte» (1 Jn 3,14) y «no ha conocido a Dios» (1
Jn 4,8). Benedicto XVI ha dicho que «cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte
también en ciegos ante Dios»,[209] y que el amor es en el fondo la única luz que
«ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y
actuar»[210]. Por lo tanto, cuando vivimos la mística de acercarnos a los demás y de
buscar su bien, ampliamos nuestro interior para recibir los más hermosos regalos del
Señor. Cada vez que nos encontramos con un ser humano en el amor, quedamos
capacitados para descubrir algo nuevo de Dios. Cada vez que se nos abren los ojos
para reconocer al otro, se nos ilumina más la fe para reconocer a Dios. Como
consecuencia de esto, si queremos crecer en la vida espiritual, no podemos dejar de
ser misioneros. La tarea evangelizadora enriquece la mente y el corazón, nos abre
horizontes espirituales, nos hace más sensibles para reconocer la acción del
Espíritu, nos saca de nuestros esquemas espirituales limitados. Simultáneamente,
un misionero entregado experimenta el gusto de ser un manantial, que desborda y
refresca a los demás. Sólo puede ser misionero alguien que se sienta bien buscando
el bien de los demás, deseando la felicidad de los otros. Esa apertura del corazón es
fuente de felicidad, porque «hay más alegría en dar que en recibir» (Hch 20,35). Uno
no vive mejor si escapa de los demás, si se esconde, si se niega a compartir, si se
resiste a dar, si se encierra en la comodidad. Eso no es más que un lento suicidio.
273. La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que
me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo
que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en
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esta tierra, y para eso estoy en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como
marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar,
liberar. Allí aparece la enfermera de alma, el docente de alma, el político de alma,
esos que han decidido a fondo ser con los demás y para los demás. Pero si uno
separa la tarea por una parte y la propia privacidad por otra, todo se vuelve gris y
estará permanentemente buscando reconocimientos o defendiendo sus propias
necesidades. Dejará de ser pueblo.
274. Para compartir la vida con la gente y entregarnos generosamente, necesitamos
reconocer también que cada persona es digna de nuestra entrega. No por su
aspecto físico, por sus capacidades, por su lenguaje, por su mentalidad o por las
satisfacciones que nos brinde, sino porque es obra de Dios, criatura suya. Él la creó
a su imagen, y refleja algo de su gloria. Todo ser humano es objeto de la ternura
infinita del Señor, y Él mismo habita en su vida. Jesucristo dio su preciosa sangre en
la cruz por esa persona. Más allá de toda apariencia, cada uno es inmensamente
sagrado y merece nuestro cariño y nuestra entrega. Por ello, si logro ayudar a una
sola persona a vivir mejor, eso ya justifica la entrega de mi vida. Es lindo ser pueblo
fiel de Dios. ¡Y alcanzamos plenitud cuando rompemos las paredes y el corazón se
nos llena de rostros y de nombres!
La acción misteriosa del Resucitado y de su Espíritu
275. En el capítulo segundo reflexionábamos sobre esa falta de espiritualidad
profunda que se traduce en el pesimismo, el fatalismo, la desconfianza. Algunas
personas no se entregan a la misión, pues creen que nada puede cambiar y
entonces para ellos es inútil esforzarse. Piensan así: «¿Para qué me voy a privar de
mis comodidades y placeres si no voy a ver ningún resultado importante?». Con esa
actitud se vuelve imposible ser misioneros. Tal actitud es precisamente una excusa
maligna para quedarse encerrados en la comodidad, la flojera, la tristeza
insatisfecha, el vacío egoísta. Se trata de una actitud autodestructiva porque «el
hombre no puede vivir sin esperanza: su vida, condenada a la insignificancia, se
volvería insoportable»[211]. Si pensamos que las cosas no van a cambiar,
recordemos que Jesucristo ha triunfado sobre el pecado y la muerte y está lleno de
poder. Jesucristo verdaderamente vive. De otro modo, «si Cristo no resucitó, nuestra
predicación está vacía» (1 Co 15,14). El Evangelio nos relata que cuando los
primeros discípulos salieron a predicar, «el Señor colaboraba con ellos y confirmaba
la Palabra» (Mc 16,20). Eso también sucede hoy. Se nos invita a descubrirlo, a
vivirlo. Cristo resucitado y glorioso es la fuente profunda de nuestra esperanza, y no
nos faltará su ayuda para cumplir la misión que nos encomienda.
276. Su resurrección no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha
penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a
aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable. Verdad que muchas
veces parece que Dios no existiera: vemos injusticias, maldades, indiferencias y
crueldades que no ceden. Pero también es cierto que en medio de la oscuridad
siempre comienza a brotar algo nuevo, que tarde o temprano produce un fruto. En
un campo arrasado vuelve a aparecer la vida, tozuda e invencible. Habrá muchas
cosas negras, pero el bien siempre tiende a volver a brotar y a difundirse. Cada día
en el mundo renace la belleza, que resucita transformada a través de las tormentas
de la historia. Los valores tienden siempre a reaparecer de nuevas maneras, y de
hecho el ser humano ha renacido muchas veces de lo que parecía irreversible. Ésa
es la fuerza de la resurrección y cada evangelizador es un instrumento de ese
dinamismo.
277. También aparecen constantemente nuevas dificultades, la experiencia del
fracaso, las pequeñeces humanas que tanto duelen. Todos sabemos por experiencia
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que a veces una tarea no brinda las satisfacciones que desearíamos, los frutos son
reducidos y los cambios son lentos, y uno tiene la tentación de cansarse. Sin
embargo, no es lo mismo cuando uno, por cansancio, baja momentáneamente los
brazos que cuando los baja definitivamente dominado por un descontento crónico,
por una acedia que le seca el alma. Puede suceder que el corazón se canse de
luchar porque en definitiva se busca a sí mismo en un carrerismo sediento de
reconocimientos, aplausos, premios, puestos; entonces, uno no baja los brazos,
pero ya no tiene garra, le falta resurrección. Así, el Evangelio, que es el mensaje
más hermoso que tiene este mundo, queda sepultado debajo de muchas excusas.
278. La fe es también creerle a Él, creer que es verdad que nos ama, que vive, que
es capaz de intervenir misteriosamente, que no nos abandona, que saca bien del
mal con su poder y con su infinita creatividad. Es creer que Él marcha victorioso en
la historia «en unión con los suyos, los llamados, los elegidos y los fieles»
(Ap 17,14). Creámosle al Evangelio que dice que el Reino de Dios ya está presente
en el mundo, y está desarrollándose aquí y allá, de diversas maneras: como la
semilla pequeña que puede llegar a convertirse en un gran árbol (cf. Mt 13,31-32),
como el puñado de levadura, que fermenta una gran masa (cf. Mt 13,33), y como la
buena semilla que crece en medio de la cizaña (cf. Mt 13,24-30), y siempre puede
sorprendernos gratamente. Ahí está, viene otra vez, lucha por florecer de nuevo. La
resurrección de Cristo provoca por todas partes gérmenes de ese mundo nuevo; y
aunque se los corte, vuelven a surgir, porque la resurrección del Señor ya ha
penetrado la trama oculta de esta historia, porque Jesús no ha resucitado en vano.
¡No nos quedemos al margen de esa marcha de la esperanza viva!
279. Como no siempre vemos esos brotes, nos hace falta una certeza interior y es la
convicción de que Dios puede actuar en cualquier circunstancia, también en medio
de aparentes fracasos, porque «llevamos este tesoro en recipientes de barro» (2
Co4,7). Esta certeza es lo que se llama «sentido de misterio». Es saber con certeza
que quien se ofrece y se entrega a Dios por amor seguramente será fecundo
(cf. Jn 15,5). Tal fecundidad es muchas veces invisible, inaferrable, no puede ser
contabilizada. Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo,
ni dónde, ni cuándo. Tiene la seguridad de que no se pierde ninguno de sus trabajos
realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los
demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio
generoso, no se pierde ninguna dolorosa paciencia. Todo eso da vueltas por el
mundo como una fuerza de vida. A veces nos parece que nuestra tarea no ha
logrado ningún resultado, pero la misión no es un negocio ni un proyecto
empresarial, no es tampoco una organización humanitaria, no es un espectáculo
para contar cuánta gente asistió gracias a nuestra propaganda; es algo mucho más
profundo, que escapa a toda medida. Quizás el Señor toma nuestra entrega para
derramar bendiciones en otro lugar del mundo donde nosotros nunca iremos. El
Espíritu Santo obra como quiere, cuando quiere y donde quiere; nosotros nos
entregamos pero sin pretender ver resultados llamativos. Sólo sabemos que nuestra
entrega es necesaria. Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del
Padre en medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo,
pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le
parezca.
280. Para mantener vivo el ardor misionero hace falta una decidida confianza en el
Espíritu Santo, porque Él «viene en ayuda de nuestra debilidad» (Rm 8,26). Pero
esa confianza generosa tiene que alimentarse y para eso necesitamos invocarlo
constantemente. Él puede sanar todo lo que nos debilita en el empeño misionero. Es
verdad que esta confianza en lo invisible puede producirnos cierto vértigo: es como
sumergirse en un mar donde no sabemos qué vamos a encontrar. Yo mismo lo
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experimenté tantas veces. Pero no hay mayor libertad que la de dejarse llevar por el
Espíritu, renunciar a calcularlo y controlarlo todo, y permitir que Él nos ilumine, nos
guíe, nos oriente, nos impulse hacia donde Él quiera. Él sabe bien lo que hace falta
en cada época y en cada momento. ¡Esto se llama ser misteriosamente fecundos!
La fuerza misionera de la intercesión
281. Hay una forma de oración que nos estimula particularmente a la entrega
evangelizadora y nos motiva a buscar el bien de los demás: es la intercesión.
Miremos por un momento el interior de un gran evangelizador como san Pablo, para
percibir cómo era su oración. Esa oración estaba llena de seres humanos: «En todas
mis oraciones siempre pido con alegría por todos vosotros [...] porque os llevo dentro
de mi corazón» (Flp 1,4.7). Así descubrimos que interceder no nos aparta de la
verdadera contemplación, porque la contemplación que deja fuera a los demás es un
engaño.
282. Esta actitud se convierte también en agradecimiento a Dios por los demás:
«Ante todo, doy gracias a mi Dios por medio de Jesucristo por todos vosotros»
(Rm 1,8). Es un agradecimiento constante: «Doy gracias a Dios sin cesar por todos
vosotros a causa de la gracia de Dios que os ha sido otorgada en Cristo Jesús» (1
Co 1,4); «Doy gracias a mi Dios todas las veces que me acuerdo de vosotros»
(Flp 1,3). No es una mirada incrédula, negativa y desesperanzada, sino una mirada
espiritual, de profunda fe, que reconoce lo que Dios mismo hace en ellos. Al mismo
tiempo, es la gratitud que brota de un corazón verdaderamente atento a los demás.
De esa forma, cuando un evangelizador sale de la oración, el corazón se le ha vuelto
más generoso, se ha liberado de la conciencia aislada y está deseoso de hacer el
bien y de compartir la vida con los demás.
283. Los grandes hombres y mujeres de Dios fueron grandes intercesores. La
intercesión es como «levadura» en el seno de la Trinidad. Es un adentrarnos en el
Padre y descubrir nuevas dimensiones que iluminan las situaciones concretas y las
cambian. Podemos decir que el corazón de Dios se conmueve por la intercesión,
pero en realidad Él siempre nos gana de mano, y lo que posibilitamos con nuestra
intercesión es que su poder, su amor y su lealtad se manifiesten con mayor nitidez
en el pueblo.
II. María, la Madre de la evangelización
284. Con el Espíritu Santo, en medio del pueblo siempre está María. Ella reunía a
los discípulos para invocarlo (Hch 1,14), y así hizo posible la explosión misionera
que se produjo en Pentecostés. Ella es la Madre de la Iglesia evangelizadora y sin
ella no terminamos de comprender el espíritu de la nueva evangelización.
El regalo de Jesús a su pueblo
285. En la cruz, cuando Cristo sufría en su carne el dramático encuentro entre el
pecado del mundo y la misericordia divina, pudo ver a sus pies la consoladora
presencia de la Madre y del amigo. En ese crucial instante, antes de dar por
consumada la obra que el Padre le había encargado, Jesús le dijo a María: «Mujer,
ahí tienes a tu hijo». Luego le dijo al amigo amado: «Ahí tienes a tu madre»
(Jn 19,26-27). Estas palabras de Jesús al borde de la muerte no expresan
primeramente una preocupación piadosa hacia su madre, sino que son más bien
una fórmula de revelación que manifiesta el misterio de una especial misión salvífica.
Jesús nos dejaba a su madre como madre nuestra. Sólo después de hacer esto
Jesús pudo sentir que «todo está cumplido» (Jn 19,28). Al pie de la cruz, en la hora
suprema de la nueva creación, Cristo nos lleva a María. Él nos lleva a ella, porque
no quiere que caminemos sin una madre, y el pueblo lee en esa imagen materna
todos los misterios del Evangelio. Al Señor no le agrada que falte a su Iglesia el
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icono femenino. Ella, que lo engendró con tanta fe, también acompaña «al resto de
sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de
Jesús» (Ap 12,17). La íntima conexión entre María, la Iglesia y cada fiel, en cuanto
que, de diversas maneras, engendran a Cristo, ha sido bellamente expresada por el
beato Isaac de Stella: «En las Escrituras divinamente inspiradas, lo que se entiende
en general de la Iglesia, virgen y madre, se entiende en particular de la Virgen María
[…] También se puede decir que cada alma fiel es esposa del Verbo de Dios, madre
de Cristo, hija y hermana, virgen y madre fecunda […] Cristo permaneció nueve
meses en el seno de María; permanecerá en el tabernáculo de la fe de la Iglesia
hasta la consumación de los siglos; y en el conocimiento y en el amor del alma fiel
por los siglos de los siglos»[212].
286. María es la que sabe transformar una cueva de animales en la casa de Jesús,
con unos pobres pañales y una montaña de ternura. Ella es la esclavita del Padre
que se estremece en la alabanza. Ella es la amiga siempre atenta para que no falte
el vino en nuestras vidas. Ella es la del corazón abierto por la espada, que
comprende todas las penas. Como madre de todos, es signo de esperanza para los
pueblos que sufren dolores de parto hasta que brote la justicia. Ella es la misionera
que se acerca a nosotros para acompañarnos por la vida, abriendo los corazones a
la fe con su cariño materno. Como una verdadera madre, ella camina con nosotros,
lucha con nosotros, y derrama incesantemente la cercanía del amor de Dios. A
través de las distintas advocaciones marianas, ligadas generalmente a los
santuarios, comparte las historias de cada pueblo que ha recibido el Evangelio, y
entra a formar parte de su identidad histórica. Muchos padres cristianos piden el
Bautismo para sus hijos en un santuario mariano, con lo cual manifiestan la fe en la
acción maternal de María que engendra nuevos hijos para Dios. Es allí, en los
santuarios, donde puede percibirse cómo María reúne a su alrededor a los hijos que
peregrinan con mucho esfuerzo para mirarla y dejarse mirar por ella. Allí encuentran
la fuerza de Dios para sobrellevar los sufrimientos y cansancios de la vida. Como a
san Juan Diego, María les da la caricia de su consuelo maternal y les dice al oído:
«No se turbe tu corazón […] ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?»[213].
La Estrella de la nueva evangelización
287. A la Madre del Evangelio viviente le pedimos que interceda para que esta
invitación a una nueva etapa evangelizadora sea acogida por toda la comunidad
eclesial. Ella es la mujer de fe, que vive y camina en la fe[214], y «su excepcional
peregrinación de la fe representa un punto de referencia constante para la
Iglesia»[215]. Ella se dejó conducir por el Espíritu, en un itinerario de fe, hacia un
destino de servicio y fecundidad. Nos-otros hoy fijamos en ella la mirada, para que
nos ayude a anunciar a todos el mensaje de salvación, y para que los nuevos
discípulos se conviertan en agentes evangelizadores[216]. En esta peregrinación
evangelizadora no faltan las etapas de aridez, ocultamiento, y hasta cierta fatiga,
como la que vivió María en los años de Nazaret, mientras Jesús crecía: «Éste es el
comienzo del Evangelio, o sea de la buena y agradable nueva. No es difícil, pues,
notar en este inicio una particular fatiga del corazón, unida a una especie de “noche
de la fe” —usando una expresión de san Juan de la Cruz—, como un “velo” a través
del cual hay que acercarse al Invisible y vivir en intimidad con el misterio. Pues de
este modo María, durante muchos años, permaneció en intimidad con el misterio de
su Hijo, y avanzaba en su itinerario de fe»[217].
288. Hay un estilo mariano en la actividad evangelizadora de la Iglesia. Porque cada
vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del
cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino
de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes.
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Mirándola descubrimos que la misma que alababa a Dios porque «derribó de su
trono a los poderosos» y «despidió vacíos a los ricos» (Lc 1,52.53) es la que pone
calidez de hogar en nuestra búsqueda de justicia. Es también la que conserva
cuidadosamente «todas las cosas meditándolas en su corazón» (Lc2,19). María
sabe reconocer las huellas del Espíritu de Dios en los grandes acontecimientos y
también en aquellos que parecen imperceptibles. Es contemplativa del misterio de
Dios en el mundo, en la historia y en la vida cotidiana de cada uno y de todos. Es la
mujer orante y trabajadora en Nazaret, y también es nuestra Señora de la prontitud,
la que sale de su pueblo para auxiliar a los demás «sin demora» (Lc 1,39). Esta
dinámica de justicia y ternura, de contemplar y caminar hacia los demás, es lo que
hace de ella un modelo eclesial para la evangelización. Le rogamos que con su
oración maternal nos ayude para que la Iglesia llegue a ser una casa para muchos,
una madre para todos los pueblos, y haga posible el nacimiento de un mundo nuevo.
Es el Resucitado quien nos dice, con una potencia que nos llena de inmensa
confianza y de firmísima esperanza: «Yo hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5).
Con María avanzamos confiados hacia esta promesa, y le decimos:
Virgen y Madre María, tú que, movida por el Espíritu,
acogiste al Verbo de la vida en la profundidad de tu humilde fe,
totalmente entregada al Eterno, ayúdanos a decir nuestro «sí»
ante la urgencia, más imperiosa que nunca,
de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús.
Tú, llena de la presencia de Cristo, llevaste la alegría a Juan el Bautista,
haciéndolo exultar en el seno de su madre.
Tú, estremecida de gozo, cantaste las maravillas del Señor.
Tú, que estuviste plantada ante la cruz con una fe inquebrantable
y recibiste el alegre consuelo de la resurrección,
recogiste a los discípulos en la espera del Espíritu
para que naciera la Iglesia evangelizadora.
Consíguenos ahora un nuevo ardor de resucitados
para llevar a todos el Evangelio de la vida que vence a la muerte.
Danos la santa audacia de buscar nuevos caminos para que llegue a todos
el don de la belleza que no se apaga.
Tú, Virgen de la escucha y la contemplación,
madre del amor, esposa de las bodas eternas,
intercede por la Iglesia, de la cual eres el icono purísimo,
para que ella nunca se encierre ni se detenga en su pasión por instaurar el Reino.
Estrella de la nueva evangelización,
ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión,
del servicio, de la fe ardiente y generosa, de la justicia y el amor a los pobres,
para que la alegría del Evangelio llegue hasta los confines de la tierra
y ninguna periferia se prive de su luz.
Madre del Evangelio viviente, manantial de alegría para los pequeños,
ruega por nosotros.
Amén. Aleluya.
Dado en Roma, junto a San Pedro, en la clausura del Año de la fe, el 24 de
noviembre, Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, del año 2013, primero de
mi Pontificado.
FRANCISCUS
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CARTA ENCÍCLICA
DI VES I N M I SER I CORDI A (7)
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
SOBRE LA MISERICORDIA DIVINA
Venerables Hermanos, amadísimos Hijos e Hijas:
¡salud y Bendición Apostólica!
I. QUIEN ME VE A MI, VE AL PADRE (cfr. Jn 14, 9)
1. Revelación de la misericordia
« Dios rico en misericordia » 1 es el que Jesucristo nos ha revelado como Padre;
cabalmente su Hijo, en sí mismo, nos lo ha manifestado y nos lo ha hecho
conocer.2 A este respecto, es digno de recordar aquel momento en que Felipe, uno
de los doce apóstoles, dirigiéndose a Cristo, le dijo: « Señor, muéstranos al Padre y
nos basta »; Jesús le respondió: « ¿Tanto tiempo ha que estoy con vosotros y no me
habéis conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre ».3 Estas palabras fueron
pronunciadas en el discurso de despedida, al final de la cena pascual, a la que
siguieron los acontecimientos de aquellos días santos, en que debía quedar
corroborado de una vez para siempre el hecho de que « Dios, que es rico en
misericordia, por el gran amor con que nos amó, y estando nosotros muertos por
nuestros delitos, nos dio vida por Cristo ».4
Siguiendo las enseñanzas del Concilio Vaticano II y en correspondencia con las
necesidades particulares de los tiempos en que vivimos, he dedicado la
Encíclica Redemptor Hominis a la verdad sobre el hombre, verdad que nos es
revelada en Cristo, en toda su plenitud y profundidad. Una exigencia de no menor
importancia, en estos tiempos críticos y nada fáciles, me impulsa a descubrir una vez
más en el mismo Cristo el rostro del Padre, que es « misericordioso y Dios de todo
consuelo ».5 Efectivamente, en la Constitución Gaudium et Spes leemos: « Cristo, el
nuevo Adán..., manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la
sublimidad de su vocación »: y esto lo hace « en la misma revelación del misterio del
Padre y de su amor ».6 Las palabras citadas son un claro testimonio de que la
manifestación del hombre en la plena dignidad de su naturaleza no puede tener
lugar sin la referencia —no sólo conceptual, sino también íntegramente existencial—
a Dios. El hombre y su vocación suprema se desvelan en Cristo mediante la
revelación del misterio del Padre y de su amor.
Por esto mismo, es conveniente ahora que volvamos la mirada a este misterio: lo
están sugiriendo múltiples experiencias de la Iglesia y del hombre contemporáneo; lo
exigen también las invocaciones de tantos corazones humanos, con sus sufrimientos
y esperanzas, sus angustias y expectación. Si es verdad que todo hombre es en
cierto sentido la vía de la Iglesia —como dije en la encíclica Redemptor Hominis—
, al mismo tiempo el Evangelio y toda la Tradición nos están indicando
constantemente que hemos de recorrer esta vía con todo hombre, tal como Cristo la
ha trazado, revelando en sí mismo al Padre junto con su amor.7 En Cristo Jesús,
toda vía hacia el hombre, cual le ha sido confiado de una vez para siempre a la
Iglesia en el mutable contexto de los tiempos, es simultáneamente un caminar al
encuentro con el Padre y su amor. El Concilio Vaticano II ha confirmado esta verdad
según las exigencias de nuestros tiempos.
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Cuanto más se centre en el hombre la misión desarrollada por la Iglesia; cuanto más
sea, por decirlo así, antropocéntrica, tanto más debe corroborarse y realizarse
teocéntricamente, esto es, orientarse al Padre en Cristo Jesús. Mientras las diversas
corrientes del pasado y presente del pensamiento humano han sido y siguen siendo
propensas a dividir e incluso contraponer el teocentrismo y el antropocentrismo, la
Iglesia en cambio, siguiendo a Cristo, trata de unirlas en la historia del hombre de
manera orgánica y profunda. Este es también uno de los principios fundamentales, y
quizás el más importante, del Magisterio del último Concilio. Si pues en la actual fase
de la historia de la Iglesia nos proponemos como cometido preeminente actuar la
doctrina del gran Concilio, debemos en consecuencia volver sobre este principio con
fe, con mente abierta y con el corazón. Ya en mi citada encíclica he tratado de poner
de relieve que el ahondar y enriquecer de múltiples formas la conciencia de la
Iglesia, fruto del mismo Concilio, debe abrir más ampliamente nuestra inteligencia y
nuestro corazón a Cristo mismo. Hoy quiero añadir que la apertura a Cristo, que en
cuanto Redentor del mundo « revela plenamente el hombre al mismo hombre », no
puede llevarse a efecto más que a través de una referencia cada vez más madura al
Padre y a su amor.
2. Encarnación de la misericordia
Dios, que « habita una luz inaccesible »,8 habla a la vez al hombre con el lenguaje
de todo el cosmos: « en efecto, desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su
eterno poder y divinidad, son conocidos mediante las obras ».9 Este conocimiento
indirecto e imperfecto, obra del entendimiento que busca a Dios por medio de las
criaturas a través del mundo visible, no es aún « visión del Padre ». « A Dios nadie
lo ha visto », escribe San Juan para dar mayor relieve a la verdad, según la cual «
precisamente el Hijo unigénito que está en el seno del Padre, ése le ha dado a
conocer ».10 Esta « revelación » manifiesta a Dios en el insondable misterio de su
ser —uno y trino— rodeado de « luz inaccesible ».11 No obstante, mediante esta «
revelación » de Cristo conocemos a Dios, sobre todo en su relación de amor hacia el
hombre: en su « filantropía ».12 Es justamente ahí donde « sus perfecciones
invisibles » se hacen de modo especial « visibles », incomparablemente más visibles
que a través de todas las demás « obras realizadas por él »: tales perfecciones se
hacen visibles en Cristo y por Cristo, a través de sus acciones y palabras y,
finalmente, mediante su muerte en la cruz y su resurrección.
De este modo en Cristo y por Cristo, se hace también particularmente visible Dios en
su misericordia, esto es, se pone de relieve el atributo de la divinidad, que ya el
Antiguo Testamento, sirviéndose de diversos conceptos y términos, definió
« misericordia ».Cristo confiere un significado definitivo a toda la tradición
veterotestamentaria de la misericordia divina. No sólo habla de ella y la explica
usando semejanzas y parábolas, sino que además, y ante todo, él mismo la encarna
y personifica. El mismo es, en cierto sentido, la misericordia. A quien la ve y la
encuentra en él, Dios se hace concretamente « visible » como Padre « rico en
misericordia ».13
La mentalidad contemporánea, quizás en mayor medida que la del hombre del
pasado, parece oponerse al Dios de la misericordia y tiende además a orillar de la
vida y arrancar del corazón humano la idea misma de la misericordia. La palabra y el
concepto de « misericordia » parecen producir una cierta desazón en el hombre,
quien, gracias a los adelantos tan enormes de la ciencia y de la técnica, como nunca
fueron conocidos antes en la historia, se ha hecho dueño y ha dominado la tierra
mucho más que en el pasado.14 Tal dominio sobre la tierra, entendido tal vez
unilateral y superficialmente, parece no dejar espacio a la misericordia. A este
respecto, podemos sin embargo recurrir de manera provechosa a la imagen « de la
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condición del hombre en el mundo contemporáneo », tal cual es delineada al
comienzo de la Constitución Gaudium et Spes. Entre otras, leemos allí las siguientes
frases: « De esta forma, el mundo moderno aparece a la vez poderoso y débil, capaz
de lo mejor y lo peor, pues tiene abierto el camino para optar por la libertad y la
esclavitud, entre el progreso o el retroceso, entre la fraternidad o el odio. El hombre
sabe muy bien que está en su mano el dirigir correctamente las fuerzas que él ha
desencadenado , y que pueden aplastarle o salvarle ».15
La situación del mundo contemporáneo pone de manifiesto no sólo transformaciones
tales que hacen esperar en un futuro mejor del hombre sobre la tierra, sino que
revela también múltiples amenazas, que sobrepasan con mucho las hasta ahora
conocidas. Sin cesar de denunciar tales amenazas en diversas circunstancias (como
en las intervenciones ante la ONU, la UNESCO, la FAO y en otras partes) la Iglesia
debe examinarlas al mismo tiempo a la luz de la verdad recibida de Dios.
Revelada en Cristo, la verdad acerca de Dios como « Padre de la misericordia
»,16 nos permite « verlo » especialmente cercano al hombre, sobre todo cuando
sufre, cuando está amenazado en el núcleo mismo de su existencia y de su
dignidad. Debido a esto, en la situación actual de la Iglesia y del mundo, muchos
hombres y muchos ambientes guiados por un vivo sentido de fe se dirigen, yo diría
casi espontáneamente, a la misericordia de Dios. Ellos son ciertamente impulsados
a hacerlo por Cristo mismo, el cual, mediante su Espíritu, actúa en lo íntimo de los
corazones humanos. En efecto, revelado por El, el misterio de Dios « Padre de la
misericordia » constituye, en el contexto de las actuales amenazas contra el hombre,
como una llamada singular dirigida a la Iglesia.
En la presente Encíclica deseo acoger esta llamada; deseo recurrir al lenguaje
eterno —y al mismo tiempo incomparable por su sencillez y profundidad— de la
revelación y de la fe, para expresar precisamente con él una vez más, ante Dios y
ante los hombres, las grandes preocupaciones de nuestro tiempo.
En efecto, la revelación y la fe nos enseñan no tanto a meditar en abstracto el
misterio de Dios, como « Padre de la misericordia », cuanto a recurrir a esta misma
misericordia en el nombre de Cristo y en unión con El ¿No ha dicho quizá Cristo que
nuestro Padre, que « ve en secreto »,17 espera, se diría que continuamente, que
nosotros, recurriendo a El en toda necesidad, escrutemos cada vez más su misterio:
el misterio del Padre y de su amor? 18
Deseo pues que estas consideraciones hagan más cercano a todos tal misterio y
que sean al mismo tiempo una vibrante llamada de la Iglesia a la misericordia, de la
que el hombre y el mundo contemporáneo tienen tanta necesidad. Y tienen
necesidad, aunque con frecuencia no lo saben.
II. MENSAJE MESIÁNICO
3. Cuando Cristo comenzó a obrar y enseñar
Ante sus conciudadanos en Nazaret, Cristo hace alusión a las palabras del profeta
Isaías: « El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió para evangelizar a los
pobres; me envió a predicar a los cautivos la libertad, a los ciegos la recuperación de
la vista; para poner en libertad a los oprimidos, para anunciar un año de gracia del
Señor ».19 Estas frases, según san Lucas, son su primera declaración mesiánica, a
la que siguen los hechos y palabras conocidos a través del Evangelio. Mediante
tales hechos y palabras, Cristo hace presente al Padre entre los hombres. Es
altamente significativo que estos hombres sean en primer lugar los pobres, carentes
de medios de subsistencia, los privados de libertad, los ciegos que no ven la belleza
de la creación, los que viven en aflicción de corazón o sufren a causa de la injusticia
social, y finalmente los pecadores. Con relación a éstos especialmente, Cristo se
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convierte sobre todo en signo legible de Dios que es amor; se hace signo del Padre.
En tal signo visible, al igual que los hombres de aquel entonces, también los
hombres de nuestros tiempos pueden ver al Padre.
Es significativo que, cuando los mensajeros enviados por Juan Bautista llegaron
donde estaba Jesús para preguntarle: « ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que
esperar a otro? »,20 El, recordando el mismo testimonio con que había inaugurado
sus enseñanzas en Nazaret, haya respondido: « Id y comunicad a Juan lo que
habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los
sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados », para concluir
diciendo: « y bienaventurado quien no se escandaliza de mí ».21
Jesús, sobre todo con su estilo de vida y con sus acciones, ha demostrado cómo en
el mundo en que vivimos está presente el amor, el amor operante, el amor que se
dirige al hombre y abraza todo lo que forma su humanidad. Este amor se hace notar
particularmente en el contacto con el sufrimiento, la injusticia, la pobreza; en
contacto con toda la « condición humana » histórica, que de distintos modos
manifiesta la limitación y la fragilidad del hombre, bien sea física, bien sea moral.
Cabalmente el modo y el ámbito en que se manifiesta el amor es llamado «
misericordia » en el lenguaje bíblico.
Cristo pues revela a Dios que es Padre, que es « amor », como dirá san Juan en su
primera Carta;22 revela a Dios « rico de misericordia », como leemos en san
Pablo.23 Esta verdad, más que tema de enseñanza, constituye una realidad que
Cristo nos ha hecho presente. Hacer presente al Padre en cuanto amor y
misericordia es en la conciencia de Cristo mismo la prueba fundamental de su
misión de Mesías; lo corroboran las palabras pronunciadas por El primeramente en
la sinagoga de Nazaret y más tarde ante sus discípulos y antes los enviados por
Juan Bautista.
En base a tal modo de manifestar la presencia de Dios que es padre, amor y
misericordia, Jesús hace de la misma misericordia uno de los temas principales de
su predicación. Como de costumbre, también aquí enseña preferentemente « en
parábolas », debido a que éstas expresan mejor la esencia misma de las cosas.
Baste recordar la parábola del hijo pródigo 24 o la del buen Samaritano 25 y también
—como contraste— la parábola del siervo inicuo.26 Son muchos los pasos de las
enseñanzas de Cristo que ponen de manifiesto el amor-misericordia bajo un aspecto
siempre nuevo. Basta tener ante los ojos al Buen Pastor en busca de la oveja
extraviada 27 o la mujer que barre la casa buscando la dracma perdida.28 El
evangelista que trata con detalle estos temas en las enseñanzas de Cristo es san
Lucas, cuyo evangelio ha merecido ser llamado « el evangelio de la misericordia ».
Cuando se habla de la predicación, se plantea un problema de capital importancia
por lo que se refiere al significado de los términos y al contenido del concepto, sobre
todo del concepto de «misericordia » (en su relación con el concepto de «amor »).
Comprender esos contenidos es la clave para entender la realidad misma de la
misericordia. Y es esto lo que realmente nos importa. No obstante, antes de dedicar
ulteriormente una parte de nuestras consideraciones a este tema, es decir, antes de
establecer el significado de los vocablos y el contenido propio del concepto de «
misericordia », es necesario constatar que Cristo, al revelar el amor-misericordia de
Dios, exigía al mismo tiempo a los hombres que a su vez se dejasen guiar en su vida
por el amor y la misericordia. Esta exigencia forma parte del núcleo mismo del
mensaje mesiánico y constituye la esencia del ethos evangélico. El Maestro lo
expresa bien sea a través del mandamiento definido por él como « el más grande
»,29 bien en forma de bendición, cuando en el discurso de la montaña proclama: «
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia ».30
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De este modo, el mensaje mesiánico acerca de la misericordia conserva una
particular dimensión divino-humana. Cristo —en cuanto cumplimiento de las
profecías mesiánicas—, al convertirse en la encarnación del amor que se manifiesta
con peculiar fuerza respecto a los que sufren, a los infelices y a los pecadores, hace
presente y revela de este modo más plenamente al Padre, que es Dios « rico en
misericordia ». Asimismo, al convertirse para los hombres en modelo del amor
misericordioso hacia los demás, Cristo proclama con las obras, más que con las
palabras, la apelación a la misericordia que es una de las componentes esenciales
del ethos evangélico. En este caso no se trata sólo de cumplir un mandamiento o
una exigencia de naturaleza ética, sino también de satisfacer una condición de
capital importancia, a fin de que Dios pueda revelarse en su misericordia hacia el
hombre: ...los misericordiosos... alcanzarán misericordia.
III. EL ANTIGUO TESTAMENTO
4. El concepto de « misericordia » en el Antiguo Testamento
El concepto de « misericordia » tiene en el Antiguo Testamento una larga y rica
historia. Debemos remontarnos hasta ella para que resplandezca más plenamente la
misericordia revelada por Cristo. Al revelarla con sus obras y sus enseñanzas, El se
estaba dirigiendo a hombres, que no sólo conocían el concepto de misericordia, sino
que además, en cuanto pueblo de Dios de la Antigua Alianza, habían sacado de su
historia plurisecular una experiencia peculiar de la misericordia de Dios. Esta
experiencia era social y comunitaria, como también individual e interior.
Efectivamente, Israel fue el pueblo de la alianza con Dios, alianza que rompió
muchas veces. Cuando a su vez adquiría conciencia de la propia infidelidad —y a lo
largo de la historia de Israel no faltan profetas y hombres que despiertan tal
conciencia— se apelaba a la misericordia. A este respecto los Libros del Antiguo
Testamento nos ofrecen muchísimos testimonios. Entre los hechos y textos de
mayor relieve se pueden recordar: el comienzo de la historia de los Jueces,31 la
oración de Salomón al inaugurar el Templo,32 una parte de la intervención profética
de Miqueas,33 las consoladoras garantías ofrecidas por Isaías,34 la súplica de los
hebreos desterrados,35 la renovación de la alianza después de la vuelta del exilio.36
Es significativo que los profetas en su predicación pongan la misericordia, a la que
recurren con frecuencia debido a los pecados del pueblo, en conexión con la imagen
incisiva del amor por parte de Dios. El Señor ama a Israel con el amor de una
peculiar elección, semejante al amor de un esposo,37 y por esto perdona sus culpas
e incluso sus infidelidades y traiciones. Cuando se ve de cara a la penitencia, a la
conversión auténtica, devuelve de nuevo la gracia a su pueblo.38 En la predicación
de los profetas la misericordia significa una potencia especial del
amor, que prevalece sobre el pecado y la infidelidad del pueblo elegido.
En este amplio contexto « social », la misericordia aparece como elemento
correlativo de la experiencia interior de las personas en particular, que versan en
estado de culpa o padecen toda clase de sufrimientos y desventuras. Tanto el mal
físico como el mal moral o pecado hacen que los hijos e hijas de Israel se dirijan al
Señor recurriendo a su misericordia. Así lo hace David, con la conciencia de la
gravedad de su culpa.39 Y así lo hace también Job, después de sus rebeliones, en
medio de su tremenda desventura.40 A él se dirige igualmente Ester, consciente de
la amenaza mortal a su pueblo.41 En los Libros del Antiguo Testamento podemos ver
otros muchos ejemplos.42
En el origen de esta multiforme convicción comunitaria y personal, como puede
comprobarse por todo el Antiguo Testamento a lo largo de los siglos, se coloca la
experiencia fundamental del pueblo elegido, vivida en tiempos del éxodo: el Señor
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vio la miseria de su pueblo, reducido a la esclavitud, oyó su grito, conoció sus
angustias y decidió liberarlo.43 En este acto de salvación llevado a cabo por el Señor,
el profeta supo individuar su amor y compasión.44 Es aquí precisamente donde
radica la seguridad que abriga todo el pueblo y cada uno de sus miembros en la
misericordia divina, que se puede invocar en circunstancias dramáticas.
A esto se añade el hecho de que la miseria del hombre es también su pecado. El
pueblo de la Antigua Alianza conoció esta miseria desde los tiempos del éxodo,
cuando levantó el becerro de oro. Sobre este gesto de ruptura de la alianza, triunfó
el Señor mismo, manifestándose solemnemente a Moisés como « Dios de ternura y
de gracia, lento a la ira y rico en misericordia y fidelidad ».45 Es en esta revelación
central donde el pueblo elegido y cada uno de sus miembros encontrarán, después
de toda culpa, la fuerza y la razón para dirigirse al Señor con el fin de recordarle lo
que El había revelado de sí mismo 46 y para implorar su perdón.
Y así, tanto en sus hechos como en sus palabras, el Señor ha revelado su
misericordia desde los comienzos del pueblo que escogió para sí y, a lo largo de la
historia, este pueblo se ha confiado continuamente, tanto en las desgracias como en
la toma de conciencia de su pecado, al Dios de las misericordias. Todos los matices
del amor se manifiestan en la misericordia del Señor para con los suyos: él es su
padre,47 ya que Israel es su hijo primogénito;48 él es también esposo de la que el
profeta anuncia con un nombre nuevo, ruhama, «muy amada », porque será tratada
con misericordia.49
Incluso cuando, exasperado por la infidelidad de su pueblo, el Señor decide acabar
con él, siguen siendo la ternura y el amor generoso para con el mismo lo que le hace
superar su cólera.50 Es fácil entonces comprender por qué los Salmistas, cuando
desean cantar las alabanzas más sublimes del Señor, entonan himnos al Dios del
amor, de la ternura, de la misericordia y de la fidelidad.51
De todo esto se deduce que la misericordia no pertenece únicamente al concepto de
Dios, sino que es algo que caracteriza la vida de todo el pueblo de Israel y también
de sus propios hijos e hijas: es el contenido de la intimidad con su Señor, el
contenido de su diálogo con El. Bajo este aspecto precisamente la misericordia es
expresada en los Libros del Antiguo Testamento con una gran riqueza de
expresiones. Sería quizá difícil buscar en estos Libros una respuesta puramente
teórica a la pregunta sobre en qué consiste la misericordia en sí misma. No
obstante, ya la terminología que en ellos se utiliza, puede decirnos mucho a tal
respecto.52
El Antiguo Testamento proclama la misericordia del Señor sirviéndose de múltiples
términos de significado afín entre ellos; se diferencian en su contenido peculiar, pero
tienden —podríamos decir— desde angulaciones diversas hacia un único contenido
fundamental para expresar su riqueza trascendental y al mismo tiempo acercarla al
hombre bajo distintos aspectos. El Antiguo Testamento anima a los hombres
desventurados, en primer lugar a quienes versan bajo el peso del pecado —al igual
que a todo Israel que se había adherido a la alianza con Dios— a recurrir a la
misericordia y les concede contar con ella: la recuerda en los momentos de caída y
de desconfianza. Seguidamente, de gracias y gloria cada vez que se ha manifestado
y cumplido, bien sea en la vida del pueblo, bien en la vida de cada individuo.
De este modo, la misericordia se contrapone en cierto sentido a la justicia divina y se
revela en multitud de casos no sólo más poderosa, sino también más profunda que
ella. Ya el Antiguo Testamento enseña que, si bien la justicia es auténtica virtud en
el hombre y, en Dios, significa la más « grande » que ella: es superior en el sentido
de que es primario y fundamental. El amor, por así decirlo, condiciona a la justicia y
en definitiva la justicia es servidora de la caridad. La primacía y la superioridad del
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amor respecto a la justicia (lo cual es característico de toda la revelación) se
manifiestan precisamente a través de la misericordia. Esto pareció tan claro a los
Salmistas y a los Profetas que el término mismo de justicia terminó por significar la
salvación llevada a cabo por el Señor y su misericordia.53 La misericordia difiere de
la justicia pero no está en contraste con ella, siempre que admitamos en la historia
del hombre —como lo hace el Antiguo Testamento— la presencia de Dios, el cual ya
en cuanto creador se ha vinculado con especial amor a su criatura. El amor, por su
naturaleza, excluye el odio y el deseo de mal, respecto a aquel que una vez ha
hecho donación de sí mismo: nihil odisti eorum quae fecisti: « nada aborreces de lo
que has hecho ».54 Estas palabras indican el fundamento profundo de la relación
entre la justicia y la misericordia en Dios, en sus relaciones con el hombre y con el
mundo. Nos están diciendo que debemos buscar las raíces vivificantes y las razones
íntimas de esta relación, remontándonos al « principio », en el misterio mismo de la
creación. Ya en el contexto de la Antigua Alianza anuncian de antemano la plena
revelación de Dios que « es amor ».55
Con el misterio de la creación está vinculado el misterio de la elección, que ha
plasmado de manera peculiar la historia del pueblo, cuyo padre espiritual es
Abraham en virtud de su fe. Sin embargo, mediante este pueblo que camina a lo
largo de la historia, tanto de la Antigua como de la Nueva Alianza, ese misterio de la
elección se refiere a cada hombre, a toda la gran familia humana: « Con amor eterno
te amé, por eso te he mantenido mi favor ».56 « Aunque se retiren los montes..., no
se apartará de ti mi amor, ni mi alianza de paz vacilará ».57 Esta verdad, anunciada
un día a Israel, lleva dentro de sí la perspectiva de la historia entera del
hombre: perspectiva que es a la vez temporal y escatológica.58 Cristo revela al Padre
en la misma perspectiva y sobre un terreno ya preparado, como lo demuestran
amplias páginas de los escritos del Antiguo Testamento. Al final de tal revelación, en
la víspera de su muerte, dijo El al apóstol Felipe estas memorables palabras: «
¿Tanto tiempo ha que estoy con vosotros y no me habéis conocido? El que me ha
visto a mí, ha visto al Padre ».59
IV. LA PARÁBOLA DEL HIJO PRODIGO
5. Analogía
Ya en los umbrales del Nuevo Testamento resuena en el evangelio de san Lucas
una correspondencia singular entre dos términos referentes a la misericordia divina,
en los que se refleja intensamente toda la tradición veterotestamentaria. Aquí hallan
expresión aquellos contenidos semánticos vinculados a la terminología diferenciada
de los Libros Antiguos. He ahí a María que, entrando en casa de
Zacarías, proclama con toda su alma la grandeza del Señor « por su
misericordia », de la que « de generación en generación » se hacen partícipes los
hombres que viven en el temor de Dios. Poco después, recordando la elección de
Israel, ella proclama la misericordia, de la que « se recuerda » desde siempre el que
la escogió a ella.60 Sucesivamente, al nacer Juan Bautista, en la misma casa su
padre Zacarías, bendiciendo al Dios de Israel, glorifica la misericordia que ha
concedido « a nuestros padres y se ha recordado de su santa alianza ».61 En las
enseñanzas de Cristo mismo, esta imagen heredada del Antiguo Testamento se
simplifica y a la vez se profundiza. Esto se ve quizá con más evidencia en la
parábola del hijo pródigo,62 donde la esencia de la misericordia divina, aunque la
palabra « misericordia » no se encuentre allí, es expresada de manera
particularmente límpida. A ello contribuye no sólo la terminología, como en los libros
veterotestamentarios, sino la analogía que permite comprender más plenamente el
misterio mismo de la misericordia en cuanto drama profundo, que se desarrolla entre
el amor del padre y la prodigalidad y el pecado del hijo.
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Aquel hijo, que recibe del padre la parte de patrimonio que le corresponde y
abandona la casa para malgastarla en un país lejano, « viviendo disolutamente », es
en cierto sentido el hombre de todos los tiempos, comenzando por aquél que
primeramente perdió la herencia de la gracia y de la justicia original. La analogía en
este punto es muy amplia. La parábola toca indirectamente toda clase de rupturas
de la alianza de amor, toda pérdida de la gracia, todo pecado. En esta analogía se
pone menos de relieve la infidelidad del pueblo de Israel, respecto a cuanto ocurría
en la tradición profética, aunque también a esa infidelidad se puede aplicar
la analogía del hijo pródigo. Aquel hijo, « cuando hubo gastado todo..., comenzó a
sentir necesidad », tanto más cuanto que sobrevino una gran carestía « en el país »,
al que había emigrado después de abandonar la casa paterna. En este estado de
cosas « hubiera querido saciarse » con algo, incluso « con las bellotas que comían
los puercos » que él mismo pastoreaba por cuenta de « uno de los habitantes de
aquella región ». Pero también esto le estaba prohibido.
La analogía se desplaza claramente hacia el interior del hombre. El patrimonio que
aquel tal había recibido de su padre era un recurso de bienes materiales, pero más
importante que estos bienes materiales era su dignidad de hijo en la casa
paterna. La situación en que llegó a encontrarse cuando ya había perdido los bienes
materiales, le debía hacer consciente, por necesidad, de la pérdida de esa dignidad.
El no había pensado en ello anteriormente, cuando pidió a su padre que le diese la
parte de patrimonio que le correspondía, con el fin de marcharse. Y parece que
tampoco sea consciente ahora, cuando se dice a sí mismo: « ¡Cuántos asalariados
en casa de mi padre tienen pan en abundancia y yo aquí me muero de hambre! ». El
se mide a sí mismo con el metro de los bienes que había perdido y que ya « no
posee », mientras que los asalariados en casa de su padre los « poseen ». Estas
palabras se refieren ante todo a una relación con los bienes materiales. No obstante,
bajo estas palabras se esconde el drama de la dignidad perdida, la conciencia de la
filiación echada a perder.
Es entonces cuando toma la decisión: « Me levantaré e iré a mi padre y le diré:
Padre, he pecado, contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo
tuyo. Trátame como a uno de tus jornaleros ».63 Palabras, éstas, que revelan más a
fondo el problema central. A través de la compleja situación material, en que el hijo
pródigo había llegado a encontrarse debido a su ligereza, a causa del pecado, había
ido madurando el sentido de la dignidad perdida. Cuando él decide volver a la casa
paterna y pedir a su padre que lo acoja —no ya en virtud del derecho de hijo, sino en
condiciones de mercenario— parece externamente que obra por razones del hambre
y de la miseria en que ha caído; pero este motivo está impregnado por la conciencia
de una pérdida más profunda: ser un jornalero en la casa del propio padre es
ciertamente una gran humillación y vergüenza. No obstante, el hijo pródigo está
dispuesto a afrontar tal humillación y vergüenza. Se da cuenta de que ya no tiene
ningún otro derecho, sino el de ser mercenario en la casa de su padre. Su decisión
es tomada en plena conciencia de lo que merece y de aquello a lo que puede aún
tener derecho según las normas de la justicia. Precisamente este razonamiento
demuestra que, en el centro de la conciencia del hijo pródigo, emerge el sentido de
la dignidad perdida, de aquella dignidad que brota de la relación del hijo con el
padre. Con esta decisión emprende el camino.
En la parábola del hijo pródigo no se utiliza, ni siquiera una sola vez, el término «
justicia »; como tampoco, en el texto original, se usa la palabra « misericordia »; sin
embargo, la relación de la justicia con el amor, que se manifiesta como
misericordia está inscrito con gran precisión en el contenido de la parábola
evangélica. Se hace más obvio que el amor se transforma en misericordia, cuando
hay que superar la norma precisa de la justicia: precisa y a veces demasiado
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estrecha. El hijo pródigo, consumadas las riquezas recibidas de su padre, merece —
a su vuelta— ganarse la vida trabajando como jornalero en la casa paterna y
eventualmente conseguir poco a poco una cierta provisión de bienes materiales;
pero quizá nunca en tanta cantidad como había malgastado. Tales serían las
exigencias del orden de la justicia; tanto más cuanto que aquel hijo no sólo había
disipado la parte de patrimonio que le correspondía, sino que además había tocado
en lo más vivo y había ofendido a su padre con su conducta. Esta, que a su juicio le
había desposeído de la dignidad filial, no podía ser indiferente a su padre; debía
hacerle sufrir y en algún modo incluso implicarlo. Pero en fin de cuentas se trataba
del propio hijo y tal relación no podía ser alienada, ni destruida por ningún
comportamiento. El hijo pródigo era consciente de ello y es precisamente tal
conciencia lo que le muestra con claridad la dignidad perdida y lo que le hace valorar
con rectitud el puesto que podía corresponderle aún en casa de su padre.
6. Reflexión particular sobre la dignidad humana
Esta imagen concreta del estado de ánimo del hijo pródigo nos permite
comprender con exactitud en qué consiste la misericordia divina. No hay lugar a
dudas de que en esa analogía sencilla pero penetrante la figura del progenitor nos
revela a Dios como Padre. El comportamiento del padre de la parábola, su modo de
obrar que pone de manifiesto su actitud interior, nos permite hallar cada uno de los
hilos de la visión veterotestamentaria de la misericordia, en una síntesis
completamente nueva, llena de sencillez y de profundidad. El padre del hijo
pródigo es fiel a su paternidad, fiel al amor que desde siempre sentía por su hijo. Tal
fidelidad se expresa en la parábola no sólo con la inmediata prontitud en acogerlo
cuando vuelve a casa después de haber malgastado el patrimonio; se expresa aún
más plenamente con aquella alegría, con aquel aire festivo tan generoso respecto al
disipador después de su vuelta, de tal manera que suscita contrariedad y envidia en
el hermano mayor, quien no se había alejado nunca del padre ni había abandonado
la casa.
La fidelidad a sí mismo por parte del padre —un comportamiento ya conocido por el
término veterotestamentario « hesed »— es expresada al mismo tiempo de manera
singularmente impregnada de amor. Leemos en efecto que cuando el padre divisó
de lejos al hijo pródigo que volvía a casa, « le salió conmovido al encuentro, le echó
los brazos al cuello y lo besó ».64 Está obrando ciertamente a impulsos de un
profundo afecto, lo cual explica también su generosidad hacia el hijo, aquella
generosidad que indignará tanto al hijo mayor. Sin embargo las causas de la
conmoción hay que buscarlas más en profundidad. Sí, el padre es consciente de que
se ha salvado un bien fundamental: el bien de la humanidad de su hijo. Si bien éste
había malgastado el patrimonio, no obstante ha quedado a salvo su humanidad.
Es más, ésta ha sido de algún modo encontrada de nuevo. Lo dicen las palabras
dirigidas por el padre al hijo mayor: « Había que hacer fiesta y alegrarse porque este
hermano tuyo había muerto y ha resucitado, se había perdido y ha sido hallado
».65 En el mismo capítulo XV del evangelio de san Lucas, leemos la parábola de la
oveja extraviada 66 y sucesivamente de la dracma perdida.67 Se pone siempre de
relieve la misma alegría, presente en el caso del hijo pródigo. La fidelidad del padre
a sí mismo está totalmente centrada en la humanidad del hijo perdido, en su
dignidad. Así se explica ante todo la alegre conmoción por su vuelta a casa.
Prosiguiendo, se puede decir por tanto que el amor hacia el hijo, el amor que brota
de la esencia misma de la paternidad, obliga en cierto sentido al padre a tener
solicitud por la dignidad del hijo. Esta solicitud constituye la medida de su amor,
como escribirá san Pablo: « La caridad es paciente, es benigna..., no es interesada,
no se irrita..., no se alegra de la injusticia, se complace en la verdad..., todo lo
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espera, todo lo tolera » y « no pasa jamás ».68 La misericordia —tal como Cristo nos
la ha presentado en la parábola del hijo pródigo— tiene la forma interior del
amor, que en el Nuevo Testamento se llama agapé. Tal amor es capaz de inclinarse
hacia todo hijo pródigo, toda miseria humana y singularmente hacia toda miseria
moral o pecado. Cuando esto ocurre, el que es objeto de misericordia no se siente
humillado, sino como hallado de nuevo y « revalorizado ». El padre le manifiesta,
particularmente, su alegría por haber sido « hallado de nuevo » y por « haber
resucitado ». Esta alegría indica un bien inviolado: un hijo, por más que sea pródigo,
no deja de ser hijo real de su padre; indica además un bien hallado de nuevo, que en
el caso del hijo pródigo fue la vuelta a la verdad de sí mismo.
Lo que ha ocurrido en la relación del padre con el hijo, en la parábola de Cristo, no
se puede valorar « desde fuera ». Nuestros prejuicios en torno al tema de la
misericordia son a lo más el resultado de una valoración exterior. Ocurre a veces
que, siguiendo tal sistema de valoración, percibimos principalmente en la
misericordia una relación de desigualdad entre el que la ofrece y el que la recibe.
Consiguientemente estamos dispuestos a deducir que la misericordia difama a quien
la recibe y ofende la dignidad del hombre. La parábola del hijo pródigo demuestra
cuán diversa es la realidad: la relación de misericordia se funda en la común
experiencia de aquel bien que es el hombre, sobre la común experiencia de la
dignidad que le es propia. Esta experiencia común hace que el hijo pródigo
comience a verse a sí mismo y sus acciones con toda verdad (semejante visión en la
verdad es auténtica humildad); en cambio para el padre, y precisamente por esto, el
hijo se convierte en un bien particular: el padre ve el bien que se ha realizado con
una claridad tan límpida, gracias a una irradiación misteriosa de la verdad y del
amor, que parece olvidarse de todo el mal que el hijo había cometido.
La parábola del hijo pródigo expresa de manera sencilla, pero profunda la realidad
de la conversión. Esta es la expresión más concreta de la obra del amor y de la
presencia de la misericordia en el mundo humano. El significado verdadero y propio
de la misericordia en el mundo no consiste únicamente en la mirada, aunque sea la
más penetrante y compasiva, dirigida al mal moral, físico o material: la misericordia
se manifiesta en su aspecto verdadero y propio, cuando revalida, promueve y extrae
el bien de todas las formas de mal existentes en el mundo y en el hombre. Así
entendida, constituye el contenido fundamental del mensaje mesiánico de Cristo y la
fuerza constitutiva de su misión. Así entendían también y practicaban la misericordia
sus discípulos y seguidores. Ella no cesó nunca de revelarse en sus corazones y en
sus acciones, como una prueba singularmente creadora del amor que no se deja «
vencer por el mal », sino que « vence con el bien al mal »,69
Es necesario que el rostro genuino de la misericordia sea siempre desvelado de
nuevo. No obstante múltiples prejuicios, ella se presenta particularmente necesaria
en nuestros tiempos.
V. EL MISTERIO PASCUAL
7. Misericordia revelada en la cruz y en la resurrección
El mensaje mesiánico de Cristo y su actividad entre los hombres terminan con la
cruz y la resurrección. Debemos penetrar hasta lo hondo en este acontecimiento
final que, de modo especial en el lenguaje conciliar, es definido mysterium
paschale, si queremos expresar profundamente la verdad de la misericordia, tal
como ha sido hondamente revelada en la historia de nuestra salvación. En este
punto de nuestras consideraciones, tendremos que acercarnos más aún al contenido
de la Encíclica Redemptor Hominis. En efecto, si la realidad de la redención, en su
dimensión humana desvela la grandeza inaudita del hombre, que mereció tener tan
gran Redentor,70 al mismo tiempo yo diría que la dimensión divina de la
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redención nos permite, en el momento más empírico e « histórico », desvelar la
profundidad de aquel amor que no se echa atrás ante el extraordinario sacrificio del
Hijo, para colmar la fidelidad del Creador y Padre respecto a los hombres creados a
su imagen y ya desde el « principio » elegidos, en este Hijo, para la gracia y la gloria.
Los acontecimientos del Viernes Santo y, aun antes, la oración en Getsemaní,
introducen en todo el curso de la revelación del amor y de la misericordia, en la
misión mesiánica de Cristo, un cambio fundamental. El que « pasó haciendo el bien
y sanando »,71« curando toda clase de dolencias y enfermedades »,72 él mismo
parece merecer ahora la más grande misericordia y apelarse a la
misericordia cuando es arrestado, ultrajado, condenado, flagelado, coronado de
espinas; cuando es clavado en la cruz y expira entre terribles tormentos.73 Es
entonces cuando merece de modo particular la misericordia de los hombres, a
quienes ha hecho el bien, y no la recibe. Incluso aquellos que están más cercanos a
El, no saben protegerlo y arrancarlo de las manos de los opresores. En esta etapa
final de la función mesiánica se cumplen en Cristo las palabras pronunciadas por los
profetas, sobre todo Isaías, acerca del Siervo de Yahvé: « por sus llagas hemos sido
curados ».74
Cristo, en cuanto hombre que sufre realmente y de modo terrible en el Huerto de los
Olivos y en el Calvario, se dirige al Padre, a aquel Padre, cuyo amor ha predicado a
los hombres, cuya misericordia ha testimoniado con todas sus obras. Pero no le es
ahorrado —precisamente a él— el tremendo sufrimiento de la muerte en cruz:
« a quien no conoció el pecado, Dios le hizo pecado por nosotros »,75 escribía san
Pablo, resumiendo en pocas palabras toda la profundidad del misterio de la cruz y a
la vez la dimensión divina de la realidad de la redención. Justamente esta redención
es la revelación última y definitiva de la santidad de Dios, que es la plenitud absoluta
de la perfección: plenitud de la justicia y del amor, ya que la justicia se funda sobre el
amor, mana de él y tiende hacia él. En la pasión y muerte de Cristo —en el hecho de
que el Padre no perdonó la vida a su Hijo, sino que lo « hizo pecado por nosotros
» 76— se expresa la justicia absoluta, porque Cristo sufre la pasión y la cruz a causa
de los pecados de la humanidad. Esto es incluso una « sobreabundancia » de la
justicia, ya que los pecados del hombre son « compensados » por el sacrificio del
Hombre-Dios. Sin embargo, tal justicia, que es propiamente justicia « a medida » de
Dios, nace toda ella del amor: del amor del Padre y del Hijo, y fructifica toda ella en
el amor. Precisamente por esto la justicia divina, revelada en la cruz de Cristo, es « a
medida » de Dios, porque nace del amor y se completa en el amor, generando frutos
de salvación. La dimensión divina de la redención no se actúa solamente haciendo
justicia del pecado, sino restituyendo al amor su fuerza creadora en el interior del
hombre, gracias a la cual él tiene acceso de nuevo a la plenitud de vida y de
santidad, que viene de Dios. De este modo la redención comporta la revelación de la
misericordia en su plenitud
El misterio pascual es el culmen de esta revelación y actuación de la misericordia,
que es capaz de justificar al hombre, de restablecer la justicia en el sentido del orden
salvífico querido por Dios desde el principio para el hombre y, mediante el hombre,
en el mundo. Cristo que sufre, habla sobre todo al hombre, y no solamente al
creyente. También el hombre no creyente podrá descubrir en El la elocuencia de la
solidaridad con la suerte humana, como también la armoniosa plenitud de una
dedicación desinteresada a la causa del hombre, a la verdad y al amor. La
dimensión divina del misterio pascual llega sin embargo a mayor profundidad
aún. La cruz colocada sobre el Calvario, donde Cristo tiene su último diálogo con el
Padre, emerge del núcleo mismo de aquel amor, del que el hombre, creado a
imagen y semejanza de Dios, ha sido gratificado según el eterno designio divino.
Dios, tal como Cristo ha revelado, no permanece solamente en estrecha vinculación
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con el mundo, en cuanto Creador y fuente última de la existencia. El es además
Padre: con el hombre, llamado por El a la existencia en el mundo visible, está unido
por un vínculo más profundo aún que el de Creador. Es el amor, que no sólo crea el
bien, sino que hace participar en la vida misma de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
En efecto el que ama desea darse a sí mismo.
La Cruz de Cristo sobre el Calvario surge en el camino de aquel admirabile
commercium, de aquel admirable comunicarse de Dios al hombre en el que está
contenida a su vez la llamada dirigida al hombre, a fin de que, donándose a sí
mismo a Dios y donando consigo mismo todo el mundo visible, participe en la vida
divina, y para que como hijo adoptivo se haga partícipe de la verdad y del amor que
está en Dios y proviene de Dios. Justamente en el camino de la elección eterna del
hombre a la dignidad de hijo adoptivo de Dios, se alza en la historia la Cruz de
Cristo, Hijo unigénito que, en cuanto « luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero
»,77 ha venido para dar el testimonio último de la admirable alianza de Dios con la
humanidad, de Dios con el hombre,con todo hombre. Esta alianza tan antigua como
el hombre —se remonta al misterio mismo de la creación— restablecida
posteriormente en varias ocasiones con un único pueblo elegido, es asimismo la
alianza nueva y definitiva, establecida allí, en el Calvario, y no limitada ya a un único
pueblo, a Israel, sino abierta a todos y cada uno.
¿Qué nos está diciendo pues la cruz de Cristo, que es en cierto sentido la última
palabra de su mensaje y de su misión mesiánica? Y sin embargo ésta no es aún la
última palabra del Dios de la alianza: esa palabra será pronunciada en aquella
alborada, cuando las mujeres primero y los Apóstoles después, venidos al sepulcro
de Cristo crucificado, verán la tumba vacía y proclamarán por vez primera: « Ha
resucitado ». Ellos lo repetirán a los otros y serán testigos de Cristo resucitado. No
obstante, también en esta glorificación del hijo de Dios sigue estando presente la
cruz, la cual —a través de todo el testimonio mesiánico del Hombre-Hijo— que sufrió
en ella la muerte, habla y no cesa nunca de decir que Dios-Padre, que es
absolutamente fiel a su eterno amor por el hombre, ya que « tanto amó al mundo —
por tanto al hombre en el mundo— que le dio a su Hijo unigénito, para que quien
crea en él no muera, sino que tenga la vida eterna ».78 Creer en el Hijo crucificado
significa « ver al Padre »,79 significa creer que el amor está presente en el mundo y
que este amor es más fuerte que toda clase de mal, en que el hombre, la
humanidad, el mundo están metidos. Creer en ese amor significa creer en la
misericordia. En efecto, es ésta la dimensión indispensable del amor, es como su
segundo nombre y a la vez el modo específico de su revelación y actuación respecto
a la realidad del mal presente en el mundo que afecta al hombre y lo asedia, que se
insinúa asimismo en su corazón y puede hacerle « perecer en la gehenna ».80
8. Amor mas fuerte que la muerte mas fuerte que el pecado
La cruz de Cristo en el Calvario es asimismo testimonio de la fuerza del mal contra el
mismo Hijo de Dios, contra aquél que, único entre los hijos de los hombres, era por
su naturaleza absolutamente inocente y libre de pecado, y cuya venida al mundo
estuvo exenta de la desobediencia de Adán y de la herencia del pecado original. Y
he ahí que, precisamente en El, en Cristo, se hace justicia del pecado a precio de su
sacrificio, de su obediencia « hasta la muerte »,81 Al que estaba sin pecado, « Dios
lo hizo pecado en favor nuestro ».82 Se hace también justicia de la muerte que,
desde los comienzos de la historia del hombre, se había aliado con el pecado. Este
hacer justicia de la muerte se lleva a cabo bajo el precio de la muerte del que estaba
sin pecado y del único que podía —mediante la propia muerte— infligir la muerte a la
misma muerte.83 De este modo la cruz de Cristo, sobre la cual el Hijo,
consubstancial al Padre, hace plena justicia a Dios, es también una revelación
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radical de la misericordia, es decir, del amor que sale al encuentro de lo que
constituye la raíz misma del mal en la historia del hombre: al encuentro del pecado y
de la muerte.
La cruz es la inclinación más profunda de la Divinidad hacia el hombre y todo lo que
el hombre —de modo especial en los momentos difíciles y dolorosos— llama su
infeliz destino. La cruz es como un toque del amor eterno sobre las heridas más
dolorosas de la existencia terrena del hombre, es el cumplimiento, hasta el final, del
programa mesiánico que Cristo formuló una vez en la sinagoga de Nazaret 84 y
repitió más tarde ante los enviados de Juan Bautista.85 Según las palabras ya
escritas en la profecía de Isaías,86 tal programa consistía en la revelación del amor
misericordioso a los pobres, los que sufren, los prisioneros, los ciegos, los oprimidos
y los pecadores. En el misterio pascual es superado el límite del mal múltiple, del
que se hace partícipe el hombre en su existencia terrena: la cruz de Cristo, en
efecto, nos hace comprender las raíces más profundas del mal que ahondan en el
pecado y en la muerte; y así la cruz se convierte en un signo escatológico
Solamente en el cumplimiento escatológico y en la renovación definitiva del
mundo, el amor vencerá en todos los elegidos las fuentes más profundas del
mal, dando como fruto plenamente maduro el reino de la vida, de la santidad y de la
inmortalidad gloriosa. El fundamento de tal cumplimiento escatológico está
encerrado ya en la cruz de Cristo y en su muerte. El hecho de que Cristo « ha
resucitado al tercer día » 87 constituye el signo final de la misión mesiánica, signo
que corona la entera revelación del amor misericordioso en el mundo sujeto al mal.
Esto constituye a la vez el signo que preanuncia « un cielo nuevo y una tierra nueva
»,88 cuando Dios « enjugará las lágrimas de nuestros ojos; no habrá ya muerte, ni
luto, ni llanto, ni afán, porque las cosas de antes han pasado ».89
En el cumplimiento escatológico, la misericordia se revelará como amor, mientras
que en la temporalidad, en la historia del hombre —que es a la vez historia de
pecado y de muerte— el amor debe revelarse ante todo como misericordia y
actuarse en cuanto tal. El programa mesiánico de Cristo, —programa de
misericordia— se convierte en el programa de su pueblo, el de su Iglesia. Al centro
del mismo está siempre la cruz, ya que en ella la revelación del amor misericordioso
alcanza su punto culminante. Mientras « las cosas de antes no hayan pasado »,90 la
cruz permanecerá como ese « lugar », al que aún podrían referirse otras palabras
del Apocalipsis de Juan: « Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi
voz y abre la puerta, yo entraré a él y cenaré con él y él conmigo ».91 De manera
particular Dios revela asimismo su misericordia, cuando invita al hombre a
la « misericordia »hacia su Hijo, hacia el Crucificado.
Cristo, en cuanto crucificado, es el Verbo que no pasa;92 es el que está a la puerta y
llama al corazón de todo hombre,93 sin coartar su libertad, tratando de sacar de esa
misma libertad el amor que es no solamente un acto de solidaridad con el Hijo del
Hombre que sufre, sino también, en cierto modo, « misericordia » manifestada por
cada uno de nosotros al Hijo del Padre eterno. En este programa mesiánico de
Cristo, en toda la revelación de la misericordia mediante la cruz, ¿cabe quizá la
posibilidad de que sea mayormente respetada y elevada la dignidad del hombre,
dado que él, experimentando la misericordia, es también en cierto sentido el que «
manifiesta contemporáneamente la misericordia »?
En definitiva, ¿no toma quizá Cristo tal posición respecto al hombre, cuando dice: «
cada vez que habéis hecho estas cosas a uno de éstos..., lo habéis hecho a mí
»?94 Las palabras del sermón de la montaña: « Bienaventurados los misericordiosos
porque alcanzarán misericordia »,95 ¿no constituyen en cierto sentido una síntesis de
toda la Buena Nueva, de todo el « cambio admirable » (admirabile commercium) en
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ella encerrado, que es una ley sencilla, fuerte y « dulce » a la vez de la misma
economía de la salvación? Estas palabras del sermón de la montaña, al hacer ver
las posibilidades del « corazón humano » en su punto de partida (« ser
misericordiosos »), ¿no revelan quizá, dentro de la misma perspectiva, el misterio
profundo de Dios: la inescrutable unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, en
la que el amor, conteniendo la justicia, abre el camino a la misericordia, que a su vez
revela la perfección de la justicia?
El misterio pascual es Cristo en el culmen de la revelación del inescrutable misterio
de Dios. Precisamente entonces se cumplen hasta lo último las palabras
pronunciadas en el Cenáculo: « Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre
».96 Efectivamente, Cristo, a quien el Padre « no perdonó » 97 en bien del hombre y
que en su pasión así como en el suplicio de la cruz no encontró misericordia
humana, en su resurrección ha revelado la plenitud del amor que el Padre nutre por
El y, en El, por todos los hombres. « No es un Dios de muertos, sino de vivos ».98 En
su resurrección Cristo ha revelado al Dios de amor misericordioso, precisamente
porque ha aceptado la cruz como vía hacia la resurrección. Por esto —cuando
recordamos la cruz de Cristo, su pasión y su muerte— nuestra fe y nuestra
esperanza se centran en el Resucitado: en Cristo que « la tarde de aquel mismo día,
el primero después del sábado... se presentó en medio de ellos » en el Cenáculo, «
donde estaban los discípulos,... alentó sobre ellos y les dijo: recibid el Espíritu Santo;
a quienes perdonéis los pecados les serán perdonados y a quienes los retengáis les
serán retenidos ».99
Este es el Hijo de Dios que en su resurrección ha experimentado de manera radical
en sí mismo la misericordia, es decir, el amor del Padre que es más fuerte que la
muerte. Y es también el mismo Cristo, Hijo de Dios, quien al término —y en cierto
sentido, más allá del término— de su misión mesiánica, se revela a sí mismo como
fuente inagotable de la misericordia, del mismo amor que, en la perspectiva ulterior
de la historia de la salvación en la Iglesia, debe confirmarse perennemente más
fuerte que el pecado. El Cristo pascual es la encarnación definitiva de la
misericordia, su signo viviente: histórico-salvífico y a la vez escatológico. En el
mismo espíritu, la liturgia del tiempo pascual pone en nuestros labios las palabras
del salmo: « Cantaré eternamente las misericordias del Señor ».100
9. La Madre de la Misericordia
En estas palabras pascuales de la Iglesia resuenan en la plenitud de su contenido
profético las ya pronunciadas por María durante la visita hecha a Isabel, mujer de
Zacarías: « Su misericordia de generación en generación ».101 Ellas, ya desde el
momento de la encarnación, abren una nueva perspectiva en la historia de la
salvación. Después de la resurrección de Cristo, esta perspectiva se hace nueva en
el aspecto histórico y, a la vez, lo es en sentido escatológico. Desde entonces se van
sucediendo siempre nuevas generaciones de hombres dentro de la inmensa familia
humana, en dimensiones crecientes; se van sucediendo además nuevas
generaciones del Pueblo de Dios, marcadas por el estigma de la cruz y de la
resurrección, « selladas » 102 a su vez con el signo del misterio pascual de Cristo,
revelación absoluta de la misericordia proclamada por María en el umbral de la casa
de su pariente: « su misericordia de generación en generación ».103
Además María es la que de manera singular y excepcional ha experimentado —
como nadie— la misericordia y, también de manera excepcional, ha hecho posible
con el sacrificio de su corazón la propia participación en la revelación de la
misericordia divina. Tal sacrificio está estrechamente vinculado con la cruz de su
Hijo, a cuyos pies ella se encontraría en el Calvario. Este sacrificio suyo es una
participación singular en la revelación de la misericordia, es decir, en la absoluta
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fidelidad de Dios al propio amor, a la alianza querida por El desde la eternidad y
concluida en el tiempo con el hombre, con el pueblo, con la humanidad; es la
participación en la revelación definitivamente cumplida a través de la cruz. Nadie ha
experimentado, como la Madre del Crucificadoel misterio de la cruz, el pasmoso
encuentro de la trascendente justicia divina con el amor: el « beso » dado por la
misericordia a la justicia.104 Nadie como ella, María, ha acogido de corazón ese
misterio: aquella dimensión verdaderamente divina de la redención, llevada a efecto
en el Calvario mediante la muerte de su Hijo, junto con el sacrificio de su corazón de
madre, junto con su « fiat » definitivo.
María pues es la que conoce más a fondo el misterio de la misericordia divina. Sabe
su precio y sabe cuán alto es. En este sentido la llamamos también Madre de la
misericordia: Virgen de la misericordia o Madre de la divina misericordia; en cada
uno de estos títulos se encierra un profundo significado teológico, porque expresan
la preparación particular de su alma, de toda su personalidad, sabiendo ver
primeramente a través de los complicados acontecimientos de Israel, y de todo
hombre y de la humanidad entera después, aquella misericordia de la que « por
todas la generaciones » 105 nos hacemos partícipes según el eterno designio de la
Santísima Trinidad.
Los susodichos títulos que atribuimos a la Madre de Dios nos hablan no obstante de
ella, por encima de todo, como Madre del Crucificado y del Resucitado; como
de aquella
que,
habiendo
experimentado
la
misericordia
de
modo
excepcional, « merece » de igual manera tal misericordia a lo largo de toda su vida
terrena, en particular a los pies de la cruz de su Hijo; finalmente, como de aquella
que a través de la participación escondida y, al mismo tiempo, incomparable en la
misión mesiánica de su Hijo ha sido llamada singularmente a acercar los hombres al
amor que El había venido a revelar: amor que halla su expresión más concreta en
aquellos que sufren, en los pobres, los prisioneros, los que no ven, los oprimidos y
los pecadores, tal como habló de ellos Cristo, siguiendo la profecía de Isaías,
primero en la sinagoga de Nazaret 106 y más tarde en respuesta a la pregunta hecha
por los enviados de Juan Bautista.107
Precisamente, en este amor « misericordioso », manifestado ante todo en contacto
con el mal moral y físico, participaba de manera singular y excepcional el corazón de
la que fue Madre del Crucificado y del Resucitado —participaba María—. En ella y
por ella, tal amor no cesa de revelarse en la historia de la Iglesia y de la humanidad.
Tal revelación es especialmente fructuosa, porque se funda, por parte de la Madre
de Dios, sobre el tacto singular de su corazón materno, sobre su sensibilidad
particular, sobre su especial aptitud para llegar a todos aquellos que aceptan más
fácilmente el amor misericordioso de parte de una madre.Es éste uno de los
misterios más grandes y vivificantes del cristianismo, tan íntimamente vinculado con
el misterio de la encarnación.
« Esta maternidad de María en la economía de la gracia —tal como se expresa el
Concilio Vaticano II— perdura sin cesar desde el momento del asentimiento que
prestó fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz hasta
la consumación perpetua de todos los elegidos. Pues asunta a los cielos, no ha
dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa
obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno cuida a los
hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad
hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada ».108
VI. « MISERICORDIA... DE GENERACIÓN EN GENERACIÓN »
10. Imagen de nuestra generación
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Tenemos pleno derecho a creer que también nuestra generación está comprendida
en las palabras de la Madre de Dios, cuando glorificaba la misericordia, de la que «
de generación en generación » son partícipes cuantos se dejan guiar por el temor de
Dios. Las palabras del Magnificat mariano tienen un contenido profético, que afecta
no sólo al pasado de Israel, sino también al futuro del Pueblo de Dios sobre la
tierra. Somos en efecto todos nosotros, los que vivimos hoy en la tierra, la
generación que es consciente del aproximarse del tercer milenio y
que siente profundamente el cambio que se está verificando en la historia.
La presente generación se siente privilegiada porque el progreso le ofrece tantas
posibilidades, insospechadas hace solamente unos decenios. La actividad creadora
del hombre, su inteligencia y su trabajo, han provocado cambios profundos, tanto en
el dominio de la ciencia y de la técnica como en la vida social y cultural. El hombre
ha extendido su poder sobre la naturaleza; ha adquirido un conocimiento más
profundo de las leyes de su comportamiento social. Ha visto derrumbarse o
atenuarse los obstáculos y distancias que separan hombres y naciones por un
sentido acrecentado de lo universal, por una conciencia más clara de la unidad del
género humano, por la aceptación de la dependencia recíproca dentro de una
solidaridad auténtica, finalmente por el deseo —y la posibilidad— de entrar en
contacto con sus hermanos y hermanas por encima de las divisiones artificiales de la
geografía o las fronteras nacionales o raciales. Los jóvenes de hoy día, sobre todo,
saben que los progresos de la ciencia y de la técnica son capaces de aportar no sólo
nuevos bienes materiales, sino también una participación más amplia a su
conocimiento.
El desarrollo de la informática, por ejemplo, multiplicará la capacidad creadora del
hombre y le permitirá el acceso a las riquezas intelectuales y culturales de otros
pueblos. Las nuevas técnicas de la comunicación favorecerán una mayor
participación en los acontecimientos y un intercambio creciente de las ideas. Las
adquisiciones de la ciencia biológica, psicológica o social ayudarán al hombre a
penetrar mejor en la riqueza de su propio ser. Y si es verdad que ese progreso sigue
siendo todavía muy a menudo el privilegio de los países industrializados, no se
puede negar que la perspectiva de hacer beneficiarios a todos los pueblos y a todos
los países no es ya una simple utopía, dado que existe una real voluntad política a
este respecto.
Pero al lado de todo esto —o más bien en todo esto— existen al mismo tiempo
dificultades que se manifiestan en todo crecimiento. Existen inquietudes e
imposibilidades que atañen a la respuesta profunda que el hombre sabe que debe
dar. El panorama del mundo contemporáneo presenta también sombras y
desequilibrios no siempre superficiales. La Constitución pastoralGaudium et
Spes del Concilio Vaticano II no es ciertamente el único documento que trata de la
vida de la generación contemporánea, pero es un documento de particular
importancia. « En verdad, los desequilibrios que sufre el mundo moderno —leemos
en ella— están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus
raíces en el corazón humano. Son muchos los elementos que se combaten en el
propio interior del hombre. A fuer de criatura, el hombre experimenta múltiples
limitaciones; se siente sin embargo ilimitado en sus deseos y llamado a una vida
superior. Atraído por muchas solicitaciones tiene que elegir y renunciar. Más aún,
como enfermo y pecador, no raramente hace lo que no quiere y deja de hacer lo que
querría llevar a cabo. Por ello siente en sí mismo la división que tantas y tan graves
discordias provoca en la sociedad ».109
Hacia el final de la exposición introductoria de la misma, leemos: « ... ante la actual
evolución del mundo, son cada día más numerosos los que se plantean o los que
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acometen con nueva penetración las cuestiones más fundamentales: ¿qué es el
hombre?¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de tantos
progresos hechos, subsisten todavía? ¿Qué valor tienen las victorias logradas a tan
caro precio? ».110
En el marco de estos quince años, a partir de la conclusión del Concilio Vaticano II,
¿se ha hecho quizá menos inquietante aquel cuadro de tensiones y de amenazas
propias de nuestra época? Parece que no. Al contrario, las tensiones y amenazas
que en el documento conciliar parecían solamente delinearse y no manifestar hasta
el fondo todo el peligro que escondían dentro de sí, en el espacio de estos años se
han ido revelando mayormente, han confirmado aquel peligro y no permiten nutrir las
ilusiones de un tiempo.
11. Fuentes de inquietud
De ahí que aumente en nuestro mundo la sensación de amenaza. Aumenta el temor
existencial ligado sobre todo —como ya insinué en la Encíclica Redemptor
Hominis— a la perspectiva de un conflicto que, teniendo en cuenta los actuales
arsenales atómicos, podría significar la autodestrucción parcial de la humanidad. Sin
embargo, la amenaza no concierne únicamente a lo que los hombres pueden hacer
a los hombres, valiéndose de los medios de la técnica militar; afecta también a otros
muchos peligros, que son el producto de una civilización materialística, la cual —no
obstante declaraciones « humanísticas »— acepta la primacía de las cosas sobre la
persona. El hombre contemporáneo tiene pues miedo de que con el uso de los
medios inventados por este tipo de civilización, cada individuo, lo mismo que los
ambientes, las comunidades, las sociedades, las naciones, pueda ser víctima
delatropello de otros individuos, ambientes, sociedades. La historia de nuestro siglo
ofrece abundantes ejemplos. A pesar de todas las declaraciones sobre los derechos
del hombre en su dimensión integral, esto es, en su existencial corporal y espiritual,
no podemos decir que estos ejemplos sean solamente cosa del pasado.
El hombre tiene precisamente miedo de ser víctima de una opresión que lo prive de
la libertad interior, de la posibilidad de manifestar exteriormente la verdad de la que
está convencido, de la fe que profesa, de la facultad de obedecer a la voz de la
conciencia que le indica la recta vía a seguir. Los medios técnicos a disposición de la
civilización actual, ocultan, en efecto, no sólo la posibilidad de una auto-destrucción
por vía de un conflicto militar, sino también la posibilidad de una subyugación «
pacífica » de los individuos, de los ambientes de vida, de sociedades enteras y de
naciones, que por cualquier motivo pueden resultar incómodos a quienes disponen
de medios suficientes y están dispuestos a servirse de ellos sin escrúpulos. Se
piense también en la tortura, todavía existente en el mundo, ejercida
sistemáticamente por la autoridad como instrumento de dominio y de atropello
político, y practicada impunemente por los subalternos.
Así pues, junto a la conciencia de la amenaza biológica, crece la conciencia de otra
amenaza, que destruye aún más lo que es esencialmente humano, lo que está en
conexión íntima con la dignidad de la persona, con su derecho a la verdad y a la
libertad.
Todo esto se desarrolla sobre el fondo de un gigantesco remordimiento constituido
por el hecho de que, al lado de los hombres y de las sociedades bien acomodadas y
saciadas, que viven en la abundancia, sujetas al consumismo y al disfrute, no faltan
dentro de la misma familia humana individuos ni grupos sociales que sufren el
hambre. No faltan niños que mueren de hambre a la vista de sus madres. No faltan
en diversas partes del mundo, en diversos sistemas socioeconómicos, áreas enteras
de miseria, de deficiencia y de subdesarrollo. Este hecho es universalmente
conocido. El estado de desigualdad entre hombres y pueblos no sólo perdura, sino
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que va en aumento. Sucede todavía que, al lado de los que viven acomodados y en
la abundancia, existen otros que viven en la indigencia, sufren la miseria y con
frecuencia mueren incluso de hambre; y su número alcanza decenas y centenares
de millones. Por esto, la inquietud moral está destinada a hacerse más profunda.
Evidentemente, un defecto fundamental o más bien un conjunto de defectos, más
aún, un mecanismo defectuoso está en la base de la economía contemporánea y de
la civilización materialista, que no permite a la familia humana alejarse, yo diría, de
situaciones tan radicalmente injustas
Esta imagen del mundo de hoy, donde existe tanto mal físico y moral como para
hacer de él un mundo enredado en contradicciones y tensiones y, al mismo tiempo,
lleno de amenazas dirigidas contra la libertad humana, la conciencia y la religión,
explica la inquietud a la que está sujeto el hombre contemporáneo Tal inquietud es
experimentada no sólo por quienes son marginados u oprimidos, sino también por
quienes disfrutan de los privilegios de la riqueza, del progreso, del poder. Y. si bien
no faltan tampoco quienes buscan poner al descubierto las causas de tales
inquietudes o reaccionar con medios inmediatos puestos a su alcance por la técnica,
la riqueza o el poder, sin embargo en lo más profundo del ánimo humano esa
inquietud supera todos los medios provisionales. Afecta —como han puesto
justamente de relieve los análisis del Concilio Vaticano II— los problemas
fundamentales de toda la existencia humana Esta inquietud está vinculada con el
sentido mismo de la existencia del hombre en el mundo; es inquietud para el futuro
del hombre y de toda la humanidad, y exige resoluciones decisivas que ya parecen
imponerse al género humano
12. ¿ Basta la justicia ?
No es difícil constatar que el sentido de la justicia se ha despertado a gran escala en
el mundo contemporáneo; sin duda, ello pone mayormente de relieve lo que está en
contraste con la justicia tanto en las relaciones entre los hombres, los grupos
sociales o las « clases », como entre cada uno de los pueblos y estados, y entre los
sistemas políticos, más aún, entre los diversos mundos Esta corriente profunda y
multiforme, en cuya base la conciencia humana contemporánea ha situado la
justicia, atestigua el carácter ético de las tensiones y de las luchas que invaden el
mundo
La Iglesia comparte con los hombres de nuestro tiempo este profundo y ardiente
deseo de una vida justa bajo todos los aspectos y no se abstiene ni siquiera de
someter a reflexión los diversos aspectos de la justicia, tal como lo exige la vida de
los hombres y de las sociedades Prueba de ello es el campo de la doctrina social
católica ampliamente desarrollada en el arco del último siglo. Siguiendo las huellas
de tal enseñanza procede la educación y la formación de las conciencias humanas
en el espíritu de la justicia, lo mismo que las iniciativas concretas, sobre todo en el
ámbito del apostolado de los seglares, que se van desarrollando en tal sentido
No obstante, sería difícil no darse uno cuenta de que no raras veces los programas
que parten de la idea de justicia y que deben servir a ponerla en práctica en la
convivencia de los hombres, de los grupos y de las sociedades humanas, en la
práctica sufren deformaciones. Por más que sucesivamente recurran a la misma
idea de justicia, sin embargo la experiencia demuestra que otras fuerzas negativas,
como son el rencor, el odio e incluso la crueldad han tomado la delantera a la
justicia. En tal caso el ansia de aniquilar al enemigo, de limitar su libertad y hasta de
imponerle una dependencia total, se convierte en el motivo fundamental de la
acción; esto contrasta con la esencia de la justicia, la cual tiende por naturaleza a
establecer la igualdad y la equiparación entre las partes en conflicto. Esta especie de
abuso de la idea de justicia y la alteración práctica de ella atestiguan hasta qué
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punto la acción humana puede alejarse de la misma justicia, por más que se haya
emprendido en su nombre. No en vano Cristo contestaba a sus oyentes, fieles a la
doctrina del Antiguo Testamento, la actitud que ponían de manifiesto las palabras: «
Ojo por ojo y diente por diente ».111 Tal era la forma de alteración de la justicia en
aquellos tiempos; las formas de hoy día siguen teniendo en ella su modelo. En
efecto, es obvio que, en nombre de una presunta justicia (histórica o de clase, por
ejemplo), tal vez se aniquila al prójimo, se le mata, se le priva de la libertad, se le
despoja de los elementales derechos humanos. La experiencia del pasado y de
nuestros tiempos demuestra que la justicia por si sola no es suficiente y que, más
aún, puede conducir a la negación y al aniquilamiento de sí misma, si no se le
permite a esa forma más profunda que es el amor plasmar la vida humana en sus
diversas dimensiones. Ha sido ni más ni menos la experiencia histórica la que entre
otras cosas ha llevado a formular esta aserción:summum ius, summa iniuria. Tal
afirmación no disminuye el valor de la justicia ni atenúa el significado del orden
instaurado sobre ella; indica solamente, en otro aspecto, la necesidad de recurrir a
las fuerzas del espíritu, más profundas aún, que condicionan el orden mismo de la
justicia.
Teniendo a la vista la imagen de la generación a la que pertenecemos, la Iglesia
comparte la inquietud de tantos hombres contemporáneos. Por otra parte, debemos
preocuparnos también por el ocaso de tantos valores fundamentales que constituyen
un bien indiscutible no sólo de la moral cristiana, sino simplemente de la moral
humana, de la cultura moral, como el respeto a la vida humana desde el momento
de la concepción, el respeto al matrimonio en su unidad indisoluble, el respeto a la
estabilidad de la familia. El permisivismo moral afecta sobre todo a este ámbito más
sensible de la vida y de la convivencia humana. A él van unidas la crisis de la verdad
en las relaciones interhumanas, la falta de responsabilidad al hablar, la relación
meramente utilitaria del hombre con el hombre, la disminución del sentido del
auténtico bien común y la facilidad con que éste es enajenado. Finalmente, existe la
desacralización que a veces se transforma en « deshumanización »: el hombre y la
sociedad para quienes nada es « sacro » van decayendo moralmente, a pesar de las
apariencias.
VII. LA MISERICORDIA DE DIOS EN LA MISIÓN DE LA IGLESIA
En relación con esta imagen de nuestra generación, que no deja de suscitar una
profunda inquietud, vienen a la mente las palabras que, con motivo de la
encarnación del Hijo de Dios, resonaron en el Magnificat de María y que cantan la
misericordia... de generación en generación ». Conservando siempre en el corazón
la elocuencia de estas palabras inspiradas y aplicándolas a las experiencias y
sufrimientos propios de la gran familia humana, es menester que la Iglesia de
nuestro tiempo adquiera conciencia más honda y concreta de la necesidad de dar
testimonio de la misericordia de Dios en toda su misión, siguiendo las huellas de la
tradición de la Antigua y Nueva Alianza, en primer lugar del mismo Cristo y de sus
Apóstoles. La Iglesia debe dar testimonio de la misericordia de Dios revelada en
Cristo, en toda su misión de Mesías, profesándola principalmente como verdad
salvífica de fe necesaria para una vida coherente con la misma fe, tratando después
de introducirla y encarnarla en la vida bien sea de sus fieles, bien sea—en cuanto
posible—en la de todos los hombres de buena voluntad. Finalmente, la Iglesia—
profesando la misericordia y permaneciendo siempre fiel a ella—tiene el derecho y el
deber de recurrir a la misericordia de Dios, implorándola frente a todos los
fenómenos del mal físico y moral, ante todas las amenazas que pesan sobre el
entero horizonte de la vida de la humanidad contemporánea.
13. La Iglesia profesa la misericordia de Dios y la proclama
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La Iglesia debe profesar y proclamar la misericordia divina en toda su verdad, cual
nos ha sido transmitida por la revelación. En las páginas precedentes de este
documento hemos tratado de delinear al menos el perfil de esta verdad que
encuentra tan rica expresión en toda la Sagrada Escritura y en la Tradición. En la
vida cotidiana de la Iglesia la verdad acerca de la misericordia de Dios, expresada
en la Biblia, resuena cual eco perenne a través de numerosas lecturas de la Sagrada
Liturgia. La percibe el auténtico sentido de la fe del Pueblo de Dios, como atestiguan
varias expresiones de la piedad personal y comunitaria. Sería ciertamente difícil
enumerarlas y resumirlas todas, ya que la mayor parte de ellas están vivamente
inscritas en lo íntimo de los corazones y de las conciencias humanas. Si algunos
teólogos afirman que la misericordia es el más grande entre los atributos y las
perfecciones de Dios, la Biblia, la Tradición y toda la vida de fe del Pueblo de Dios
dan testimonios exhaustivos de ello. No se trata aquí de la perfección de la
inescrutable esencia de Dios dentro del misterio de la misma divinidad, sino de la
perfección y del atributo con que el hombre, en la verdad intima de su existencia, se
encuentra particularmente cerca y no raras veces con el Dios vivo. Conforme a las
palabras dirigidas por Cristo a Felipe,112 « la visión del Padre »—visión de Dios
mediante la fe—halla precisamente en el encuentro con su misericordia un momento
singular de sencillez interior y de verdad, semejante a la que encontramos en la
parábola del hijo pródigo.
« Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre ».113 La Iglesia profesa la misericordia de
Dios, la Iglesia vive de ella en su amplia experiencia de fe y también en sus
enseñanzas, contemplando constantemente a Cristo, concentrándose en EL, en su
vida y en su evangelio, en su cruz y en su resurrección, en su misterio entero. Todo
esto que forma la « visión » de Cristo en la fe viva y en la enseñanza de la Iglesia
nos acerca a la « visión del Padre » en la santidad de su misericordia. La Iglesia
parece profesar de manera particular la misericordia de Dios y venerarla dirigiéndose
al corazón de Cristo. En efecto, precisamente el acercarnos a Cristo en el misterio
de su corazón, nos permite detenernos en este punto en un cierto sentido y al mismo
tiempo accesible en el plano humano—de la revelación del amor misericordioso del
Padre, que ha constituido el núcleo central de la misión mesiánica del Hijo del
Hombre.
La Iglesia vive una vida auténtica, cuando profesa y proclama la misericordia—el
atributo más estupendo del Creador y del Redentor—y cuando acerca a los hombres
a las fuentes de la misericordia del Salvador, de las que es depositaria y
dispensadora. En este ámbito tiene un gran significado la meditación constante de la
palabra de Dios, y sobre todo la participación consciente y madura en la Eucaristía y
en el sacramento de la penitencia o reconciliación. La Eucaristía nos acerca siempre
a aquel amor que es más fuerte que la muerte: en efecto, « cada vez que comemos
de este pan o bebemos de este cáliz », no sólo anunciamos la muerte del Redentor,
sino que además proclamamos su resurrección, mientras esperamos su venida en la
gloria.114 El mismo rito eucarístico, celebrado en memoria de quien en su misión
mesiánica nos ha revelado al Padre, por medio de la palabra y de la cruz, atestigua
el amor inagotable, en virtud del cual desea siempre El unirse e identificarse con
nosotros, saliendo al encuentro de todos los corazones humanos. Es el sacramento
de la penitencia o reconciliación el que allana el camino a cada uno, incluso cuando
se siente bajo el peso de grandes culpas. En este sacramento cada hombre puede
experimentar de manera singular la misericordia, es decir, el amor que es más fuerte
que el pecado. Se ha hablado ya de ello en la encíclica Redemptor
Hominis;convendrá sin embargo volver una vez más sobre este tema fundamental.
Precisamente porque existe el pecado en el mundo, al que « Dios amó tanto.. que lo
dio su Hijo unigénito »,115 Dios que « es amor » 116 no puede revelarse de otro modo
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si no es como misericordia. Esta corresponde no sólo con la verdad más profunda
de ese amor que es Dios, sino también con la verdad interior del hombre y del
mundo que es su patria temporal.
La misericordia en sí misma, en cuanto perfección de Dios infinito es también infinita.
Infinita pues e inagotable es la prontitud del Padre en acoger a los hijos pródigos que
vuelven a casa. Son infinitas la prontitud y la fuerza del perdón que brotan
continuamente del valor admirable del sacrificio de su Hijo. No hay pecado humano
que prevalezca por encima de esta fuerza y ni siquiera que la limite. Por parte del
hombre puede limitarla únicamente la falta de buena voluntad, la falta de prontitud
en la conversión y en la penitencia, es decir, su perdurar en la obstinación,
oponiéndose a la gracia y a la verdad especialmente frente al testimonio de la cruz y
de la resurrección de Cristo.
Por tanto, la Iglesia profesa y proclama la conversión. La conversión a Dios consiste
siempre en descubrir su misericordia, es decir, ese amor que es paciente y
benigno 117 a medida del Creador y Padre: el amor, al que « Dios, Padre de nuestro
Señor Jesucristo » 118 es fiel hasta las últimas consecuencias en la historia de la
alianza con el hombre: hasta la cruz, hasta la muerte y la resurrección de su Hijo. La
conversión a Dios es siempre fruto del « reencuentro » de este Padre, rico en
misericordia.
El auténtico conocimiento de Dios, Dios de la misericordia y del amor benigno, es
una constante e inagotable fuente de conversión, no solamente como momentáneo
acto interior, sino también como disposición estable, como estado de ánimo.
Quienes llegan a conocer de este modo a Dios, quienes lo « ven » así, no pueden
vivir sino convirtiéndose sin cesar a El. Viven pues in statu conversionis; es este
estado el que traza la componente más profunda de la peregrinación de todo
hombre por la tierra in statu viatoris. Es evidente que la Iglesia profesa la
misericordia de Dios, revelada en Cristo crucificado y resucitado, no sólo con la
palabra de sus enseñanzas, sino, por encima de todo, con la más profunda
pulsación de la vida de todo el Pueblo de Dios. Mediante este testimonio de vida, la
Iglesia cumple la propia misión del Pueblo de Dios, misión que es participación y, en
cierto sentido, continuación de la misión mesiánica del mismo Cristo.
La Iglesia contemporánea es altamente consciente de que únicamente sobre la base
de la misericordia de Dios podrá hacer realidad los cometidos que brotan de la
doctrina del Concilio Vaticano II, en primer lugar el cometido ecuménico que tiende a
unir a todos los que confiesan a Cristo. Iniciando múltiples esfuerzos en tal dirección,
la Iglesia confiesa con humildad que solo ese amor,más fuerte que la debilidad de
las divisiones humanas, puede realizar definitivamente la unidad por la que oraba
Cristo al Padre y que el Espíritu no cesa de pedir para nosotros « con gemidos
inenarrables ».119
14. La Iglesia trata de practicar la misericordia
Jesucristo ha enseñado que el hombre no sólo recibe y experimenta la misericordia
de Dios, sino que está llamado a « usar misericordia » con los demás: «
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia ».120 La
Iglesia ve en estas palabras una llamada a la acción y se esfuerza por practicar la
misericordia. Si todas las bienaventuranzas del sermón de la montaña indican el
camino de la conversión y del cambio de vida, la que se refiere a los misericordiosos
es a este respecto particularmente elocuente. El hombre alcanza el amor
misericordioso de Dios, su misericordia, en cuanto él mismo interiormente se
transforma en el espíritu de tal amor hacia el prójimo.
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Este proceso auténticamente evangélico no es sólo una transformación espiritual
realizada de una vez para siempre, sino que constituye todo un estilo de vida, una
característica esencial y continua de la vocación cristiana. Consiste en el
descubrimiento constante y en la actuación perseverante del amor en cuanto fuerza
unificante y a la vez elevante: —a pesar de todas las dificultades de naturaleza
psicológica o social—se trata, en efecto, de un amor misericordioso que por su
esencia es amor creador. El amor misericordioso, en las relaciones recíprocas entre
los hombres, no es nunca un acto o un proceso unilateral. Incluso en los casos en
que todo parecería indicar que sólo una parte es la que da y ofrece, mientras la otra
sólo recibe y toma (por ejemplo, en el caso del médico que cura, del maestro que
enseña, de los padres que mantienen y educan a los hijos, del benefactor que ayuda
a los menesterosos), sin embargo en realidad, también aquel que da, queda siempre
beneficiado. En todo caso, también éste puede encontrarse fácilmente en la posición
del que recibe, obtiene un beneficio, prueba el amor misericordioso, o se encuentra
en estado de ser objeto de misericordia.
Cristo crucificado, en este sentido, es para nosotros el modelo, la inspiración y el
impulso más grande. Basándonos en estedesconcertante modelo, podemos con
toda humildad manifestar misericordia a los demás, sabiendo que la recibe como
demostrada a sí mismo.121 Sobre la base de este modelo, debemos purificar también
continuamente todas nuestras acciones y todas nuestras intenciones, allí donde la
misericordia es entendida y practicada de manera unilateral, como bien hecho a los
demás. Sólo entonces, en efecto, es realmente un acto de amor misericordioso:
cuando, practicándola, nos convencemos profundamente de que al mismo tiempo la
experimentamos por parte de quienes la aceptan de nosotros. Si falta esta
bilateralidad, esta reciprocidad, entonces nuestras acciones no son aún auténticos
actos de misericordia, ni se ha cumplido plenamente en nosotros la conversión, cuyo
camino nos ha sido manifestado por Cristo con la palabra y con el ejemplo hasta la
cruz, ni tampoco participamos completamente en la magnífica fuente del amor
misericordioso que nos ha sido revelada por El.
Así pues, el camino que Cristo nos ha manifestado en el sermón de la montaña con
la bienaventuranza de los misericordiosos, es mucho más rico de lo que podemos
observar a veces en los comunes juicios humanos sobre el tema de la misericordia.
Tales juicios consideran la misericordia como un acto o proceso unilateral que
presupone y mantiene las distancias entre el que usa misericordia y el que es
gratificado, entre el que hace el bien y el que lo recibe. Deriva de ahí la pretensión
de liberar de la misericordia las relaciones interhumanas y sociales, y basarlas
únicamente en la justicia. No obstante, tales juicios acerca de la misericordia no
descubren la vinculación fundamental entre la misericordia y la justicia, de que habla
toda la tradición bíblica, y en particular la misión mesiánica de Jesucristo. La
auténtica misericordia es por decirlo así la fuente más profunda de la justicia. Siésta
última es de por sí apta para servir de « árbitro » entre los hombres en la recíproca
repartición de los bienes objetivos según una medida adecuada el amor en cambio,
y solamente el amor, (también ese amor benigno que llamamos « misericordia ») es
capaz de restituir el hombre a sí mismo.
La misericordia auténticamente cristiana es también, en cierto sentido, la más
perfecta encarnación de la « igualdad » entre los hombres y por consiguiente
también la encarnación más perfecta de la justicia, en cuanto también ésta, dentro
de su ámbito, mira al mismo resultado. La igualdad introducida mediante la justicia
se limita, sin embargo al ámbito de los bienes objetivos y extrínsecos, mientras el
amor y la misericordia logran que los hombres se encuentren entre sí en ese valor
que es el mismo hombre, con la dignidad que le es propia. Al mismo tiempo, la «
igualdad » de los hombres mediante el amor « paciente y benigno » 122 no borra las
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diferencias: el que da se hace más generoso, cuando se siente
contemporáneamente gratificado por el que recibe su don; viceversa, el que sabe
recibir el don con la conciencia de que también él, acogiéndolo, hace el bien, sirve
por su parte a la gran causa de la dignidad de la persona y esto contribuye a unir a
los hombres entre si de manera más profunda.
Así pues, la misericordia se hace elemento indispensable para plasmar las
relaciones mutuas entre los hombres, en el espíritu del más profundo respeto de lo
que es humano y de la recíproca fraternidad. Es imposible lograr establecer este
vínculo entre los hombres si se quiere regular las mutuas relaciones únicamente con
la medida de la justicia. Esta, en todas las esferas de las relaciones interhumanas,
debe experimentar por decirlo así, una notable « corrección » por parte del amor
que—como proclama san Pablo—es « paciente » y « benigno », o dicho en otras
palabras lleva en sí los caracteres del amor misericordioso tan esenciales al
evangelio y al cristianismo. Recordemos además que el amor misericordioso indica
también esa cordial ternura y sensibilidad, de que tan elocuentemente nos habla la
parábola del hijo pródigo 123 o la de la oveja extraviada o la de la dracma
perdida.124 Por tanto, el amor misericordioso es sumamente indispensable entre
aquellos que están más cercanos: entre los esposos, entre padres e hijos, entre
amigos; es también indispensable en la educación y en la pastoral.
Su radio de acción, no obstante, no halla aquí su término. Si Pablo VI indicó en más
de una ocasión la « civilización del amor » 125como fin al que deben tender todos los
esfuerzos en campo social y cultural, lo mismo que económico y político, hay que
añadir que este fin no se conseguirá nunca, si en nuestras concepciones y
actuaciones, relativas a las amplias y complejas esferas de la convivencia humana,
nos detenemos en el criterio del « ojo por ojo, diente por diente » 126 y no tendemos
en cambio a transformarlo esencialmente, superándolo con otro espíritu.
Ciertamente, en tal dirección nos conduce también el Concilio Vaticano II cuando
hablando repetidas veces de la necesidad de hacer el mundo más
humano,127 individúa la misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo
precisamente en la realización de tal cometido. El mundo de los hombres puede
hacerse cada vez más humano, únicamente si introducimos en el ámbito pluriforme
de las relaciones humanas y sociales, junto con la justicia, el « amor misericordioso
» que constituye el mensaje mesiánico del evangelio.
El mundo de los hombres puede hacerse « cada vez más humano », solamente si
en todas las relaciones recíprocas que plasman su rostro moral introducimos el
momento del perdón, tan esencial al evangelio. El perdón atestigua que en el mundo
está presente el amor más fuerte que el pecado. El perdón es además la condición
fundamental de la reconciliación, no sólo en la relación de Dios con el nombre, sino
también en las recíprocas relaciones entre los hombres. Un mundo, del que se
eliminase el perdón, sería solamente un mundo de justicia fría e irrespetuosa, en
nombre de la cual cada uno reivindicaría sus propios derechos respecto a los
demás; así los egoísmos de distintos géneros, adormecidos en el hombre, podrían
transformar la vida y la convivencia humana en un sistema de opresión de los más
débiles por parte de los más fuertes o en una arena de lucha permanente de los
unos contra los otros.
Por esto, la Iglesia debe considerar como uno de sus deberes principales—en cada
etapa de la historia y especialmente en la edad contemporánea—el de proclamar e
introducir en la vida el misterio de la misericordia, revelado en sumo grado en Cristo
Jesús. Este misterio, no sólo para la misma Iglesia en cuanto comunidad de
creyentes, sino también en cierto sentido para todos los hombres, es fuente de una
vida diversa de la que el hombre, expuesto a las fuerzas prepotentes de la triple
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concupiscencia que obran en él,128 está en condiciones de construir. Precisamente
en nombre de este misterio Cristo nos enseña a perdonar siempre. ¡Cuántas veces
repetimos las palabras de la oración que El mismo nos enseñó, pidiendo:
« perdónanos nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores »,
es decir, a aquellos que son culpables de algo respecto a nosotros!129 Es en verdad
difícil expresar el valor profundo de la actitud que tales palabras trazan e inculcan.
¡Cuántas cosas dicen estas palabras a todo hombre acerca de su semejante y
también acerca de sí mismo! La conciencia de ser deudores unos de otros va pareja
con la llamada a la solidaridad fraterna que san Pablo ha expresado en la invitación
concisa a soportarnos « mutuamente con amor »,130 ¡Qué lección de humildad se
encierra aquí respecto del hombre, del prójimo y de sí mismo a la vez! ¡Qué escuela
de buena voluntad para la convivencia de cada día, en las diversas condiciones de
nuestra existencia! Si desatendiéramos esta lección, ¿qué quedaría de cualquier
programa « humanístico » de la vida y de la educación?
Cristo subraya con tanta insistencia la necesidad de perdonar a los demás que a
Pedro, el cual le había preguntado cuántas veces debería perdonar al prójimo, le
indicó la cifra simbólica de « setenta veces siete »,131 queriendo decir con ello que
debería saber perdonar a todos y siempre. Es obvio que una exigencia tan grande
de perdonar no anula las objetivas exigencias de la justicia. La justicia rectamente
entendida constituye por así decirlo la finalidad del perdón. En ningún paso del
mensaje evangélico el perdón, y ni siquiera la misericordia como su fuente, significan
indulgencia para con el mal, para con el escándalo, la injuria, el ultraje cometido. En
todo caso, la reparación del mal o del escándalo, el resarcimiento por la injuria, la
satisfacción del ultraje son condición del perdón.
Así pues la estructura fundamental de la justicia penetra siempre en el campo de la
misericordia. Esta, sin embargo, tiene la fuerza de conferir a la justicia un contenido
nuevo que se expresa de la manera más sencilla y plena en el perdón. Este en
efecto manifiesta que, además del proceso de « compensación » y de « tregua » que
es específico de la justicia, es necesario el amor, para que el hombre se corrobore
como tal. El cumplimiento de las condiciones de la justicia es indispensable, sobre
todo, a fin de que el amor pueda revelar el propio rostro. Al analizar la parábola del
hijo pródigo, hemos llamado ya la atención sobre el hecho de que aquél que perdona
y aquél que es perdonado se encuentran en un punto esencial, que es la dignidad,
es decir, el valor esencial del hombre que no puede dejarse perder y cuya afirmación
o cuyo reencuentro es fuente de la más grande alegría.132
La Iglesia considera justamente como propio deber, como finalidad de la propia
misión, custodiar la autenticidad del perdón, tanto en la vida y en el comportamiento
como en la educación y en la pastoral. Ella no la protege de otro modo más que
custodiando lafuente, esto es, el misterio de la misericordia de Dios mismo, revelado
en Jesucristo.
En la base de la misión de la Iglesia, en todas las esferas de que hablan numerosas
indicaciones del reciente Concilio y la plurisecular experiencia del apostolado, no hay
más que el « sacar de las fuentes del Salvador »:133 es esto lo que traza múltiples
orientaciones a la misión de la Iglesia en la vida de cada uno de los cristianos, de las
comunidades y también de todo el Pueblo de Dios. Este « sacar de las fuentes del
Salvador » no puede ser realizado de otro modo, si no es en el espíritu de aquella
pobreza a la que nos ha llamado el Señor con la palabra y el ejemplo: « lo que
habéis recibido gratuitamente, dadlo gratuitamente ».134 Así, en todos los cambios
de la vida y del ministerio de la Iglesia—a través de la pobreza evangélica de los
ministros y dispensadores, y del pueblo entero que da testimonio « de todas las
obras del Señor »—se ha manifestado aún mejor el Dios « rico en misericordia ».
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VIII. ORACIÓN DE LA IGLESIA DE NUESTROS TIEMPOS
15. La Iglesia recurre a la misericordia divina
La Iglesia proclama la verdad de la misericordia de Dios, revelada en Cristo
crucificado y resucitado, y la profesa de varios modos. Además, trata de practicar la
misericordia para con los hombres a través de los hombres, viendo en ello una
condición indispensable de la solicitud por un mundo mejor y « más humano », hoy y
mañana. Sin embargo, en ningún momento y en ningún período histórico —
especialmente en una época tan crítica como la nuestra—la Iglesia puede olvidar la
oración que es un grito a la misericordia de Dios ante las múltiples formas de mal
que pesan sobre la humanidad y la amenazan. Precisamente éste es el fundamental
derecho-deber de la Iglesia en Jesucristo: es el derecho-deber de la Iglesia para con
Dios y para con los hombres. La conciencia humana, cuanto más pierde el sentido
del significado mismo de la palabra « misericordia », sucumbiendo a la
secularización; cuanto más se distancia del misterio de la misericordia alejándose de
Dios, tanto más la Iglesia tiene el derecho y el deber de recurrir al Dios de la
misericordia « con poderosos clamores ».135 Estos poderosos clamores deben estar
presentes en la Iglesia de nuestros tiempos, dirigidos a Dios, para implorar su
misericordia, cuya manifestación ella profesa y proclama en cuanto realizada en
Jesús crucificado y resucitado, esto es, en el misterio pascual. Es este misterio el
que lleva en sí la más completa revelación de la misericordia, es decir, del amor que
es más fuerte que la muerte, más fuerte que el pecado y que todo mal, del amor que
eleva al hombre de las caídas graves y lo libera de las más grandes amenazas.
El hombre contemporáneo siente estas amenazas. Lo que, a este respecto, ha sido
dicho más arriba es solamente un simple esbozo. El hombre contemporáneo se
interroga con frecuencia, con ansia profunda, sobre la solución de las terribles
tensiones que se han acumulado sobre el mundo y que se entrelazan en medio de
los hombres. Y si tal vez no tiene la valentía de pronunciar la palabra « misericordia
», o en su conciencia privada de todo contenido religioso no encuentra su
equivalente, tanto más se hace necesario que la Iglesia pronuncie esta palabra, no
sólo en nombre propio sino también en nombre de todos los hombres
contemporáneos .
Es pues necesario que todo cuanto he dicho en el presente documento sobre la
misericordia se transforme continuamente en una ferviente plegaria: en un grito que
implore la misericordia en conformidad con las necesidades del hombre en el mundo
contemporáneo. Que este grito condense toda la verdad sobre la misericordia, que
ha hallado tan rica expresión en la Sagrada Escritura y en la Tradición, así como en
la auténtica vida de fe de tantas generaciones del Pueblo de Dios. Con tal grito nos
volvemos, como todos los escritores sagrados, al Dios que no puede despreciar
nada de lo que ha creado,136 al Dios que es fiel a sí mismo, a su paternidad y a su
amor. Y al igual que los profetas, recurramos al amor que tiene características
maternas y, a semejanza de una madre, sigue a cada uno de sus hijos, a toda oveja
extraviada, aunque hubiese millones de extraviados, aunque en el mundo la
iniquidad prevaleciese sobre la honestidad, aunque la humanidad contemporánea
mereciese por sus pecados un nuevo « diluvio », como lo mereció en su tiempo la
generación de Noé. Recurramos al amor paterno que Cristo nos ha revelado en su
misión mesiánica y que alcanza su culmen en la cruz, en su muerte y resurrección.
Recurramos a Dios mediante Cristo, recordando las palabras del Magnificat de
María, que proclama la misericordia « de generación en generación ». Imploremos la
misericordia divina para la generación contemporánea. La Iglesia que, siguiendo el
ejemplo de María, trata de ser también madre de los hombres en Dios, exprese en
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esta plegaria su materna solicitud y al mismo tiempo su amor confiado, del que nace
la más ardiente necesidad de la oración.
Elevemos nuestras súplicas, guiados por la fe, la esperanza, la caridad que Cristo ha
injertado en nuestros corazones. Esta actitud es asimismo amor hacia Dios, a quien
a veces el hombre contemporáneo ha alejado de sí ha hecho ajeno a sí,
proclamando de diversas maneras que es algo « superfluo ». Esto es pues amor a
Dios, cuya ofensa-rechazo por parte del hombre contemporáneo sentimos
profundamente, dispuestos a gritar con Cristo en la cruz: « Padre, perdónalos
porque no saben lo que hacen ».137 Esto es al mismo tiempo amor a los hombres, a
todos los hombres sin excepción y división alguna: sin diferencias de raza, cultura,
lengua, concepción del mundo, sin distinción entre amigos y enemigos. Esto es amor
a los hombres que desea todo bien verdadero a cada uno y a toda la comunidad
humana, a toda familia, nación, grupo social; a los jóvenes, los adultos, los padres,
los ancianos, los enfermos: es amor a todos, sin excepción. Esto es amor, es decir,
solicitud apremiante para garantizar a cada uno todo bien auténtico y alejar y
conjurar el mal.
Y si alguno de los contemporáneos no comparte la fe y la esperanza que me
inducen, en cuanto siervo de Cristo y ministro de los misterios de Dios,138 a implorar
en esta hora de la historia la misericordia de Dios en favor de la humanidad, que
trate al menos de comprender el motivo de esta premura. Está dictada por el amor al
hombre, a todo lo que es humano y que, según la intuición de gran parte de los
contemporáneos, está amenazado por un peligro inmenso. El misterio de Cristo que,
desvelándonos la gran vocación del hombre, me ha impulsado a confirmar en la
Encíclica Redemptor Hominis su incomparable dignidad, me obliga al mismo tiempo
a proclamar la misericordia como amor compasivo de Dios, revelado en el mismo
misterio de Cristo, Ello me obliga también a recurrir a tal misericordia y a implorarla
en esta difícil, crítica fase de la historia de la Iglesia y del mundo, mientras nos
encaminamos al final del segundo Milenio.
En el nombre de Jesucristo, crucificado y resucitado, en el espíritu de su misión
mesiánica, que permanece en la historia de la humanidad, elevemos nuestra voz y
supliquemos que en esta etapa de la historia se revele una vez más aquel Amor que
está en el Padre y que por obra del Hijo y del Espíritu Santo se haga presente en el
mundo contemporáneo como más fuerte que el mal: más fuerte que el pecado y la
muerte. Supliquemos por intercesión de Aquella que no cesa de proclamar « la
misericordia de generación en generación », y también de aquellos en quienes se
han cumplido hasta el final las palabras del sermón de la montaña: «
Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia ».139
Al continuar el gran cometido de actuar el Concilio Vaticano II, en el que podemos
ver justamente una nueva fase de la autorrealización de la Iglesia—a medida de la
época en que nos ha tocado vivir—la Iglesia misma debe guiarse por la plena
conciencia de que en esta obra no le es lícito, en modo alguno, replegarse sobre sí
misma. La razón de su ser es en efecto la derevelar a Dios, esto es, al Padre que
nos permite « verlo » en Cristo.140 Por muy fuerte que pueda ser la resistencia de la
historia humana; por muy marcada que sea la heterogeneidad de la civilización
contemporánea; por muy grande que sea la negación de Dios en el mundo, tanto
más grande debe ser la proximidad a ese misterio que, escondido desde los siglos
en Dios, ha sido después realmente participado al hombre en el tiempo mediante
Jesucristo.
Con mi Bendición Apostólica.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 30 de noviembre, primer domingo de
Adviento, del año 1980, tercero de mi Pontificado.
IOANNES PAULUS PP. II
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