LA PERSPECTIVA DE GÉNERO Y EL PERSONALISMO

LA PERSPECTIVA DE GÉNERO Y EL PERSONALISMO Jesús Antonio Serrano Sánchez
Profesor Universidad Anáhuac México Norte
[email protected]
HUMANO, HOMBRE Y MUJER, PERSONA b
El concepto de desarrollo puede resultar tan claro o esquivo como se quiera
ver. Este concepto es inevitablemente cualitativo y por lo tanto implica la
necesidad de establecer qué puede ser mejor. Por razones de simplificación se
tiende a reducir a alguna de las posibles dimensiones que puede tener.
Si hablamos de desarrollo económico aparece de inmediato la necesidad de
reflexionar sobre las posibilidades de la expansión de la producción y del
consumo, del aprovechamiento y la conservación de los recursos naturales.
Recurrentemente en la historia del pensamiento económico se ha atado la
cuestión de la creación de riqueza con la de su distribución y
aprovechamiento. Como mencionaré más adelante también comporta la situación
de la distribución de cierto tipo de recursos más abstractos como lo son el
disfrute y garantía de derechos, las oportunidades de mejora individual y del
uso del tiempo, etcétera.
Si hablamos de desarrollo humano, aunque intuitivamente pueda resultar
obvia la respuesta. De hecho afrontamos el problema más complejo. Ya
tenemos que esclarecer qué es el ser humano y esa, como bien sabemos, es
tarea inagotable. Del ser humano se puede generar una imagen ideal,
embargo el que se desarrolla no es el ideal, sino el humano concreto.
más
que
una
sin
Por eso nos parece tan importante comenzar nuestra reflexión a partir de la
noción de ser humano como ideal y como realidad antropológica y existencial,
para establecer entonces qué puede ser su desarrollo como mejora cualitativa
y por lo tanto en el ideal humano al que está destinado. La reflexión sobre
el concepto de lo humano debe ir acompañando nuestra reflexión sobre el
desarrollo1.
Como sabemos, la palabra “hombre” proviene del latín homo y su acusativo
hominem. Con los mismos significados que les aplicamos en la actualidad
género humano y varón. Sus orígenes se remontan a la lengua indoeuropea ghomon y dhghom-on que significa literalmente terrestre por oposición a celeste,
dhghem es el suelo o la tierra, designa al ser humano. De tal manera que si
atendemos a su origen etimológico lo que prevalece no es un modo de ser
humano, a saber, como varón, sino la tierra original que es sustancia y
cualidad de la condición de ser humano. Quiero insistir
en que la palabra
hombre por su significado original alude a un modo de ser propio de la
condición tanto de hembra y varón, y no a la de este último, lo que ocurriría
si, por ejemplo, la palabra hiciera referencia a la genitalidad o a la
función paterna.
Todavía más, la palabra humano que no es otra que hombre, como adjetivo, es
decir dhghom-on es la misma raíz de la palabra camomila, que significa
manzana del suelo, que como sabemos es la manzanilla. Igual origen comparten
humilde, humillar e inhumar.
En cambio la palabra Mujer sí incorpora aspectos más propiamente de género,
pues tanto significa hembra humana como esposa y de acuerdo a su origen
latino mulier y a su vez mollis, significan suave y flexible.
En cuanto a la categoría persona, los expertos debaten la complejidad y
profundidad de su significado, pero aquí me limitaré a destacar algunas
líneas que permitan entender la aplicación del personalismo a la agenda de
género.
El personalismo es una característica transversal al desarrollo de la
filosofía y antropología cristiana, los autores coinciden en situar sus
principios en el mismo Severino Boecio, quien dio la primera definición
antropológica de la persona cuando postuló que se trataba de una individua
substancia rationalis natura. Una sustancia individual de naturaleza
racional. Conjuga en la definición ambos aspectos esencia e hipóstasis que
poseen un profundo en el sistema aristotélico.
Personalismo es más específicamente un movimiento filosófico que floreció en
torno a las dos guerras mundiales del siglo XX y que articuló los esfuerzos
de humanistas cristianos resueltos a defender, lo que es muy importante
subrayar- un concepto de ser humano, de la realidad y de las relaciones
sociales contrapuesto al positivismo y materialismo imperantes. En el sistema
personalista Dios ocupa el lugar central como fundamento de origen y sentido,
y como dimensión de trascendencia para el ser humano, sin el cual se
11
En algún punto nuestra reflexión dará luz sobre la conveniencia y límites
del uso de un lenguaje denominado “sensible a las diferencias de género”.
encuentra absurdo. Entre los grandes autores del personalismo se destacan,
entre otros: Emanuel Mounier, Jacques Maritain, Max Scheler y Karol Wojtyla.
A continuación quiero articular el concepto de persona con el de hombre y
mujer en el sistema del personalismo y la teoría de género.
Recordemos que la época de san Agustín se llama helenista porque se daba la
prolongación de la cultura griega en el imperio Romano y por lo tanto viejos
conceptos adquirían nuevas connotaciones, como la palabra pros-opón que
designaba la máscara que empleaban los actores
en el teatro griego. San
Agustín interpretaba el término en latín como per-sonar, es decir, sonar a
través de. Ya que la máscara servía también como bocina. Desde los inicios de
Roma se había establecido el censo, al que acudían los caput, es decir los
cabezas de familia a registrar el número de hijos varones, el valor de sus
propiedades y producción, el valor de los esclavos. No se contaba a las
mujeres. En ese contexto, el concepto griego de persona se transformó
asimilándose al de caput por lo que de ahora en adelante ser entendió como
persona a los varones libres de Roma en plena posesión de derechos como
ciudadanos, su rasgo característico es el ser autónomos, a diferencia de
todas
las
otras
categorías
mujeres,
hijos,
esclavos
y
extranjeros
colonizados, que no poseían autodeterminación sino que requerían de otro que
los gobernara.
La antropología bíblica arranca desde la creación del hombre a imagen
Dios. En su interpretación a Génesis 1, 26-28 San Basilio Magno, Padre de
Iglesia, se pregunta en qué será el hombre imagen de Dios. Concluye que
puede ser en aquella parte corruptible sino en la incorruptible y que si
creador dio al hombre el poder de dominar a los animales no fue por
cuerpo, sino por la razón2.
de
la
no
el
el
Para el personalismo clásico lo más importante a revelar es la naturaleza
propia y auténtica del ser. Por eso, en los debates que sostuvieron los
Padres de la Iglesia para precisar el concepto de la Trinidad como un
único Dios en tres personas, fue necesario aclarar primero cómo entender
la substancia divina. Es en este punto donde entra en contacto uno de los
aspectos más polémicos de la teoría de género que pide “desnaturalizar” la
noción de género esto es, la conclusión de que hombres y mujeres se
distinguen no por un factor físico biológico sino por unos roles
construidos y adquiridos a partir de la cultura y la historia –por lo
tanto no naturales sino convencionales y susceptibles de transformación.
En los debates que sostuvo Orígenes de Alejandría contra los herejes fue
necesario emplear el concepto hipóstasis, que bien puede traducirse por
substancia, y que significa “estar debajo”, que en términos aristotélicos
es el ser particular del que existe. Si por una parte está la ousía, es
decir, la esencia del ser genérico, humano, por otra debe estar la
2
San Basilio Magno, “Sobre el Origen del Hombre. primera homilía: el ser a la imagen”, Caps. 6 y 7. Traducción propia, en Curso de Filosofía Patrística y San Agustín, México, 2008. particularidad hipostática de Jesús Serrano. La época postmetafísica en la
que habitamos, declara la irrealidad de “la naturaleza humana” y en su
lugar sólo queda un vacío. Existe el ser particular de cada sujeto
individual, pero no un género humano. A veces me pregunto si el ejercicio
de “desnaturalización” del género al que llaman algunos sectores no
implica también el vaciamiento de la misma dimensión física además de la
metafísica. Si sólo queda un significado sin referente biológico ni
espiritual, el género se predica de una expresión cultural sin sujeto,
entonces ¿qué denominamos? Es una mera entelequia vacía. Una ingenua
vuelta al idealismo.
Por el contrario, nuestra posición es radicalmente realista. Nada más real
que la persona, entendida esta como una realidad particular y no un
concepto general sino como realidad del acto de ser concreto, por eso, el
personalismo moderno expuesto entre otros por Mounier y por Scheler
insisten en que la persona es indefinible, queriendo con ello denotar que
para cada ser humano hay una propia existencia digna, espiritual, no
reductible ni objetivable, sino misterio por su riqueza e inagotabilidad
de contenido. También porque el ser humano no está acabado, siempre nos
encontramos en proceso de terminación y no somos ni siquiera definibles de
manera individual para nosotros mismos. De ahí que se ha resumido con
propiedad la persona no es un objeto, es un sujeto.
Con esto quiero dejar clara la afirmación de la dignidad de la mujer que
no es cosa nueva, ni ajena al pensamiento cristiano, como difunden muchos
por ignorancia o mala intención.
GENERONOMÍA Voy a valerme de una palabra inventada para referirme
género de carácter postmetafísico, la que propone
“desnaturalización”: le denominaré “generonomía” ya que
un dictado normativo sin la debida consideración por
aquello que se propone desnaturalizar.
a la ideología de
la ya mencionada
se establece como
la hipóstasis de
Si consideramos que género denomina algo, entonces debe presuponerse la
existencia de ese algo. Existen sólo dos grandes modos de ser: el primero
es como objeto con realidad ontológica propia, por ejemplo un planeta, un
árbol o un vaso. El segundo es como algo que sólo posee realidad en otra
cosa, como por ejemplo el rosa que es el color que sólo existe si hay una
falda que pueda ser rosa o blanca, corta, abierta, etc. ¿El género qué
tipo de ser es? Claramente podemos concluir que no posee realidad en sí
mismo. No puede consistir con la entidad propia del ser humano. Es en
cambio una modalidad del ser humano y por lo tanto corresponde a este
segundo tipo de entidades que son perfectamente reales, no son
imaginaciones, ni meras palabras atribuidas a capricho a ideas. Estas
realidades se les denomina desde Aristóteles “accidentes”. Reciben este
nombre porque especifican, particularizan y son dependientes de la
realidad prioritaria de un sujeto. Son, por así decirlo, adjetivos. Pero
no adjetivos gramaticales sino realidades derivadas, no hay substancia
material que no posea accidentes, pero su existencia no depende de la
existencia de sus accidentes. Una falda puede existir aunque no sea rosa.
El rosa no existe en sí mismo sino como el color de un objeto. Pero
claramente la falda no es falda por ser rosa.
Esta reflexión es necesaria para entrar a la discusión de cuál es la
naturaleza humana y qué se puede o no se puede desnaturalizar, y si hay
algo a lo que indebidamente se le ha tomado como natural sin serlo.
El ser humano como realidad ontológica no recibe su esencia del ser varón
o hembra, hablar de hombre no es sinónimo de varón, ni de hembra. La
humanidad es toda una realidad genérica en sí misma, de esta realidad como
hecho metafísico se desprende la dignidad fundamental de la persona como
fuente de derechos inalienables y absolutos. Pero nuestro ser no existe
sin el accidente igualmente real del ser mujer u hombre y por lo tanto al
ser concreto, al individuo –nuestra hipóstasis- le es propia una
existencia sexuada, corporal, espiritual, consciente y voluntaria.
Para Jean Guitton frente al enigma de la persona “no hay más que dos
actitudes: una nos conduce al absurdo; la otra al misterio. La elección
final de una u otra es, en sentido filosófico, la más alta de las
decisiones”3.
Por ejemplo nuestro color de piel no es en absoluto motivo para determinar
una mayor o menor dignidad y derecho, sin embargo, nuestra raza y color
condicionan nuestra existencia poderosamente, no sólo considerando
factores fisiológicos probados como una mayor o menor propensión a
enfermedades o a la mayor probabilidad de desarrollar cierto tipo de
aptitudes. Sino también por los condicionamientos sociales, culturales y
económicos que inciden en que una persona negra o indígena posee un
hándicap en su contra para acceder a oportunidades de educación y empleo
respecto a otra persona de raza blanca. Algo semejante ocurre por la
discriminación basada en el sexo.
HACIA UNA JUSTICIA DE GÉNERO El personalismo según fue tematizado por Karol Wojtyla, en su etapa como
estudiante y como pastor en Polonia, centra su reflexión en el hecho de que
el ser humano es capaz de acción.
Wojtyla elabora una completa antropología en su libro La persona y la Acción
(1969).
En el sistema de Wojtyla la autodeterminación ocupa un puesto central.
Consideremos que la acción implica una relación existencial dinámica. El
esencialismo puede verse en cambio como una observación limitada en la que el
ser es entendido como estático y sin ejercicio. Por eso, la dignidad humana
no se limita al ser, sino también al actuar humano. A través de la acción nos
3
Citado por Moreno Villa, El hombre como persona, Caparrós, 1995, p. 31. humanizamos, nos comprometemos, trascendemos y finalmente realizamos nuestro
destino vital:
“Toda acción confirma y al mismo tiempo hace más concreta la relación en la
cual la voluntad se manifiesta en cuanto propiedad de la persona y la persona
se manifiesta en cuanto realidad con relación a su dinamismo, que lo
constituye por medio de la voluntad. Es esta relación lo que denominamos
autodeterminación” (PA 123, 198)
La autodeterminación es entonces tanto la dimensión más propiamente humana
por cuanto implica el ejercicio libre y consciente de todas las facultades,
como su condición. Esto debe ser subrayado, ya que sólo mediante el ejercicio
autodeterminado de las propias opciones y elecciones es que se puede
desarrollar moralmente la persona, crear virtud y completar su proyecto
vital.
Dice Karol Wojtyla: “Como [todo] ‘yo quiero’ es un acto de autodeterminación
en un momento determinado, presupone la autoposesión. Sólo las cosas que son
posesión del hombre pueden estar determinadas por aquél que las posee.
Estando en posesión de sí mismo, el hombre puede autodeterminarse. Al mismo
tiempo, la voluntad, todo ‘yo quiero’ auténtico, revela, confirma y realiza
la autoposesión, que es adecuada únicamente para la persona” (PA 124, 200).
Este concepto de autoposesión tiene al menos tres implicaciones una
metafísica que pone al ente persona como vuelto sobre sí mismo y
caracterizado esencialmente por ser autoposesivo, en virtud de lo cual puede
ser causa eficiente como productor y causa final como destino de su propia
acción. Ambos polos unen y articulan la existencia y realización del ser
humano. En segundo lugar tiene una implicación psicológica como condición a
priori del amor propio, de la seguridad personal y de la convicción de que es
posible elegir y tender al objeto elegido. Sin esta condición de seguridad
nos confundimos y quedamos empantanados en la inacción. Finalmente tiene una
implicación sociopolítica, pues sólo un régimen que garantice la libertad
individual y el respeto a la consciencia es capaz de respetar a la persona y
poner condiciones para su realización.
Dice el Papa Juan Pablo II: “Sin amor nadie puede vivir, crecer y
perfeccionarse como comunidad de personas (…) Sin el amor el hombre permanece
para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido, si no
le es revelado el amor, si no se encuentra con él, si no lo experimenta y
hace propio, si no participa en él vivamente” (Familiaris Consortio 18,
citado por FRANQUET 305).
Uno de los más reconocidos pensadores cristianos y destacado personalista,
Jacques Maritain en su libro Humanismo Integral dedicado a la que debía ser
la función histórica del cristianismo en la construcción de un orden
temporal, dedica 3 de unas 230 páginas de la obra a reflexionar el papel de
la mujer, que interpreta de una manera bastante convencional.
Hay sin duda, un interesante contrapunto entre reconocimiento y menoscabo.
Por una parte sostiene que el cristianismo contribuyó al sentido de dignidad
y de libertad personal de la mujer en Oriente, donde se le trataba como
propiedad. Con la llegada de la modernidad, sostiene Maritain, “la familia de
tipo burgués, es decir, fundada única o principalmente en la asociación
material de intereses económicos perecederos, es como la caricatura y el
escarnio […] de la familia cristiana, fundada en la unión primeramente
espiritual y sacramental de dos personas que engendran para un destino eterno
otros seres vivos, dotados de un alma imperecedera”4.
Continúa nuestro autor, con singular actualidad: “En la crisis actual del
matrimonio y de la familia, crisis principalmente debida a causas económicas,
mas también a cierta ideología moral, […] aquel pseudo-individualismo
destructor de la sociedad doméstica, por el cual la mujer reivindica una
igualdad con el hombre, en cierto modo cuantitativa y material, comprensible
como reacción contra la concepción no cristiana sino burguesa de la familia”.
Se refiere principalmente al marxismo
que anuncia la transformación de la
familia y el matrimonio “en la que la igualdad de condiciones económicas
entre el hombre y la mujer dará a sus relaciones efectivas una dignidad y una
libertad propiamente paradisiacas”5.
El en aquel entonces bipolarismo político e ideológico se ofrecía a la
generación de Maritain rica en ofertas seductoras respecto a la posibilidad
de constituir una sociedad diferente a partir de una humanidad nueva,
especialmente enfática era, en ese sentido la retórica comunista. Pero, tanto
el comunismo como el marxismo compartían un mismo punto de partida: una
antropología en la que las condiciones materiales se anteponen y se vuelven
vocación de ser y realización para la humanidad. De ahí que nuestro autor
reaccionara con razón, pues esa antropología además de que implica la
negación del factor más auténtico, se opone frontalmente a la visión
cristiana del ser humano. Pero en el camino defensivo frente a este discurso,
Maritain deja de lado importantes temas relativos a la personalidad de la
mujer.
Me refiero a qué tanto se asegura en esta visión general, la personalidad de
la mujer caracterizada como nos explicaba Karol Wojtyla por los atributos de
autodeterminación, relacionalidad, consciencia, voluntad.
Una de las grandes aportaciones personalistas y críticas de los movimientos
reivindicatorios de la mujer, es que no se puede asumir cómodamente que el
lugar y rol actual de la mujer es el adecuado y que las cosas como están van
por buen camino, que la mujer es feliz cumpliendo la tarea que le ha sido
encomendada y que con ello se realiza. Porque hay que revelar si no se está
legitimando una condición de subordinación como “natural” y si será posible
la realización de la mujer cuando su punto de partida es desventajoso,
carente de muchas oportunidades abiertas a los varones y sobre la marcha
lleno de obstáculos puestos para preservar su secundariedad.
MARITAIN J., Humanismo Integral, Carlos Lohlé, Buenos Aires, p. 148. 4
5
Ibid. p. 149 Permítanme seguir la exposición de Maritain. En la concepción del Evangelio –
como él la ve- “encontramos una igualdad cualitativa y de proporción, la
mujer casada no tiene, salvo casos excepcionales, las mismas funciones
económicas que el hombre: tiene el cuidado del `humilde reino de la casa’ y
ejerce su primacía en el orden de la vida privada, en todo lo que el dominio
de las relaciones entre personas implica de humanidad, de vigilancia y de
firmeza y de tonalidad afectiva”6.
La “igualdad cualitativa” comporta problemas severos. Se trata en primera
instancia de la igualdad en dignidad, en valor y derecho implícito en la
categoría persona que ha sido una postura sustantiva del pensamiento
cristiano desde los primeros siglos. Como han visto todos los autores citados
hasta ahora, no existe distinción entre el valor de la persona entre unas y
otras personas. No entre mujeres y hombres. Sin embargo, el primer problema
consiste en el disfrute y garantía de esa dignidad. Cuando se nos presenta
una dignidad nominal o formal, sin la garantía de su disfrute, corremos el
riesgo de ser manipulados. Hablar de la dignidad humana sólo se justifica por
su potencial reivindicatorio y emancipador, capaz de servir como catalizador
por la conservación, defensa y recuperación de la condición digna. Pero,
hablar de esa dignidad sin que se desencadene un proceso de desarrollo, si
la mujer es vendida y comprada, si es forzada a permanecer en su casa, si se
le niega la oportunidad de estudiar porque no requiere mayor preparación para
las funciones domésticas; en esos casos es muy hueco hablar de dignidad si se
supone que las cosas están sencillamente bien porque secularmente han sido
así.
¿Qué decir, por último, a la noción de que las funciones de la
mujer
corresponde al `humilde reino de la casa’ donde la mujer posee primacía en el
orden de la vida privada? Lejos de la calle, lejos de la escena pública que
no le corresponde, puede ser reina de la casa, pero no del ámbito público.
¿No es esa la “reina” que celebramos obsequiándole para el día de las madres
una licuadora o una plancha?
Es entonces que para mayor sobresalto resulta que la definición del `humilde
reino de la casa’ es obra de la esposa de nuestro autor, la también escritora
y filósofa Raissa Maritain. Raissa elabora una interesante pero convencional
lectura del libro del Génesis en su artículo Histoire d’Abraham7 (resumo el
texto): observamos que “la mujer ha subido un peldaño. No fue tomada de la
tierra, no fue `formada del suelo’ como el hombre […] fue hecha de una carne
humana, fue hecha en el interior del paraíso, mientras que el hombre entró en
él después de su creación. Así, según la Biblia, el origen físico de la mujer
es más noble que el del hombre”. Aquí viene la parte más polémica: “El precio
de este privilegio es que las exigencias de Dios y de los hombres sean más
grandes respecto a ella [… y dado que por Eva, quien responsablemente, como
Idem. 6
7
MARITAIN R., “Histoire d’Abraham” en Nova et Vetera, no. 3, 1935, Friburdo Suiza. Citado por MARITAIN J., Op. Cit. p. 150. adulto, determinó con su acción la suerte de la humanidad]. “Por la misma
razón Dios permitirá que todas las leyes que hagan los hombres, por sí solos
o bajo su inspiración, exijan siempre de la mujer más abnegación y pureza,
más humanidad”.
Lógicamente se puede esperar que si la mujer posee mayor nobleza como se
afirma, de eso mismo se derive para ella una mayor exigencia. Como lo sería
para cualquiera con mayor nobleza. ¿Tiene lo que se afirma implicaciones de
nobleza? Realmente el significado de la creación de Eva, la primera mujer, de
la carne de Adán implica mayor importancia para ella o simplemente
dependencia de respecto del varón como cosa suya? Me parece que la
interpretación que se propone choca con una larga tradición entre los pueblos
de oriente y occidente en los que la mujer no es en sí y por sí, sino
dependiente del varón. ¿Por qué de la nobleza de la mujer se ha de seguir que
las leyes de los hombres le exijan más abnegación y pureza? ¿Por qué no se le
exige mayor despliegue de sus capacidades, por qué la negación? ¿Cómo puede
justificarse la dialéctica que pone el desarrollo y progreso de los miembros
del hogar: hijos e hijas, esposo, a costa de la negación y pureza de la
mujer? ¿No hay en ello una contradicción a nuestros ideales personalistas que
exigen tratar a la persona siempre como un fin y nunca como un simple medio?
Por ello es tan importante para el personalismo superar los determinismos que
hacen del ser humano una marioneta programada o por lo genes o por factores
psíquicos o materiales e incluso los culturales sobre los cuales es mero
instrumento. En ello podemos encontrar un importante punto de convergencia
con la teoría de género, pues al afirmar la potencialidad y necesidad de que
mujeres y varones desarrollen sus propias capacidades, realicen sus propios
planes de vida y tengan posibilidad de tomar sus propias decisiones sin estar
predeterminados por condicionamientos socialmente creados e impuestos.
El ideal de autodeterminación que reclama el personalismo choca con los
hábitos de una sociedad patriarcal donde existen roles y obligaciones
asignados a la mujer, que hacen muy estrecho el margen en el que ella puede
tomar sus decisiones. Esto tiene la mayor trascendencia si consideramos que,
como menciona Raissa Maritain -sólo como exponente de una extensísima
tradición ideológica- en ese predeterminado papel está presente una función
abnegada –valga recordar su etimología: negación del propio interés, ab negat
io, negación del yo-. Muchas veces se han puesto las cosas de modo tal que la
obligación de la mujer sea atender al esposo, criar a los hijos y apoyar a su
padre y a su madre y hermanos a costa de la propia autopostergación.
Muchas veces se oculta el peso de la responsabilidad que el varón tiene para
hacer posible que goce de mayores recursos y oportunidades, que no tendría en
condiciones de igualdad de responsabilidades y de prioridad. La mayor nobleza
y pureza de la mujer no le merece a ella mayores, ni siquiera las mismas
oportunidades sino por el contrario, mayores cargas en beneficio del elemento
menos noble –refutando a Maritain-.
PERSPECTIVA DE GÉNERO, PERSONALISMO Y VARÓN No obstante hay que hacer un análisis más sutil. La familia como primera
escuela de humanidad tiene que ser autoelegida, tanto para la mujer como para
el varón. En el seno de una familia humanista cada miembro debe sentirse
responsable y obligado a procurar el reconocimiento y realización de los
demás, así, es igualmente exigente la demanda de abnegación para el esposo
respecto a la esposa y de los hijos respecto a los padres, cada uno en su
papel subsidiario. El varón tiene responsabilidad y una aportación
insustituible en beneficio de la personalización de la mujer que, siguiendo
con la propuesta de Wojtyla, se mide por la creación de condiciones de
autodeterminación.
También de este análisis se sigue la contribución que hace el personalismo de
Wojtyla a la valorización de la mujer a partir de los conceptos de
solidaridad, bien común y acción comunitaria. Planteados originalmente en
referencia al reino de afuera, la solidaridad es igualmente importante en el
reino doméstico, como condición para establecer lo que llamo justicia de
género: “La actitud solidaria es consecuencia del hecho de que los hombres
viven y actúan junto con otros acepta y supone que la persona que actúa junto
con otros acepta y realiza los deberes que le corresponden en cuanto miembro
de la comunidad. Sin embargo, la solidaridad no se reduce a cumplir con la
propia obligación respecto de la comunidad, sino que exige de la persona, si
fuera preciso, una disponibilidad a completar mediante su acción la actuación
de los demás miembros de la comunidad” (FRANQUET, 259) así, la solidaridad
es relevante también dentro del seno de la familia dejando a salvo que la
regla de solidaridad que pudiera atribuir mayores cargas sobre alguna de las
personas que componen la comunidad, se ve acompañada de la regla de
subsidiaridad por la que estas cargas no pueden asumirse cuando los otros
miembros de la comunidad son capaces por sí mismos, y conviene en beneficio
de su respectiva humanización y crecimiento, que asuman cargas de manera
individual.
Podemos extraer un interesante programa de acción si tomamos como referencia
el párrafo 43 de la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio que nos
explica lo siguiente: “Las relaciones entre los miembros de la comunidad
familiar están inspiradas y guiadas por la ley de la "gratuidad" que,
respetando y favoreciendo en todos y cada uno la dignidad personal como único
título de valor, se hace acogida cordial, encuentro y diálogo, disponibilidad
desinteresada, servicio generoso y solidaridad profunda!” y especialmente el
párrafo 22 que destaca cómo la familia –comunidad de personas- “encuentra en
el amor la fuente y el estímulo incesante para acoger, respetar y promover a
cada uno de sus miembros en la altísima dignidad de personas”.
Si el problema que se apunta constantemente desde los círculos de pensamiento
cristiano tiene que ver con una infundada idea de que la única forma de hacer
justicia a la mujer es colocándola en un mismo puesto con el varón. La única
forma consecuente de criticar esa ideología es problematizándonos seriamente
el papel del varón. Porque es allí donde se encuentra el problema real.
¿Por qué el abandono y desprecio del varón a la esfera doméstica? ¿Por qué ha
salido el varón de este ámbito para no regresar? Que la mujer lo abandone
también no es respuesta. Si el ámbito doméstico no es el problema, sino la
falta de valor que le hemos dado. Ese asunto del “pequeño reino de la casa”
no es más que una máscara para ocultar el desprecio de las cosas pequeñas
frente a las grandes, las que tiene que afrontar un varón, y las que se puede
dejar sin peligro en manos de una mujer. (Cfr. Familiaris Consortio No. 23)
No es igual que la mujer tenga la opción de buscar oportunidades de
realización fuera del ámbito doméstico pudiendo tenerlas también en el seno
del hogar a que sólo se pueda decir que una mujer ha cumplido un estándar de
desarrollo igualitario cuando ha ocupado un lugar en ese espacio público. No
sé hasta qué punto las cuotas paritarias de género puedan reflejar el éxito o
no del desarrollo de la mujer. Como, sin duda alguna, el ocupar un puesto en
el mundo laboral no implica por sí mismo que los varones han alcanzado alguna
meta significativa en términos de realización de vocación y proyecto de vida,
cuando el trabajo es frecuentemente una instancia de alienación y
despersonalización. El acceso al ámbito público puede significar para la
mujer sólo el acceso al sistema de explotación.
Lo que está de fondo en un sistema de justicia de género es que el equilibrio
en la vida doméstica y la participación en el ámbito público para varones y
mujeres requiere un cambio en los sistemas de distribución del trabajo, no
sólo de las oportunidades. El que los puestos de trabajo estén abiertos a la
mujer, no asegura que los varones den la vuelta al hogar, ni que compartan
las labores y responsabilidades domésticas y de crianza. En el estado en que
están las cosas, lo que se asegura es el abandono del hogar y la pérdida de
una generación que ha crecido sin referentes paterno-maternales y sin la
necesaria escuela de humanidad. Sólo a manera de hipótesis, quiero dejar
abierta esta reflexión con una pregunta: ¿no se necesitará más bien una
política de género inversa? En lo que toca a los roles, dejar de menospreciar
las esfera doméstica y orientarse a la familia, orientarse a la formación de
hogar y comunidad, orientarse a la persona y no a la función.
Esto es el beneficio que puede obtenerse del contacto entre enfoque de género
y personalismo.