“ Los cuentos de mi abuela Diana que me fascinaban más hondamente eran los que aludían a los orígenes de mi clan. Me encantaban sobre todo los que, remontando los ríos de la sangre y enlazando genealógicamente a hombres y bestias, nos vinculaba con las leyendas de los dioses,... ” Bomarzo( Manuel Mujica Lainez ) HISTORIA DE LOS GÁLVEZ DEL POSTIGO EN MÁLAGA (I) 1. Una última voluntad CAROLUS II D. G. HISPANIARUM REX AÑO DE MDCXCII “ En el nombre de Dios todo poderoso, amen. Sea notorio y manifiesto a todos los que esta presente escritura de testamento, última y postrimera voluntad viesen como yo, don Bartholomé de Escobar, vecino que soy de esta ciudad de Málaga, hijo legítimo y natural que soy de don Pedro de Escobar y de doña Marina Ruiz de Armallones, difuntos y vecinos que fueron de ésta y naturales, el dicho mi padre de la ciudad de Antequera y la dicha mi madre de la villa de Casarabonela. Estando como estoy enfermo y en mi buen juicio, memoria y entendimiento natural, el que Dios Nuestro Señor ha sido servido de darme, creyendo como primer y verdaderamente creo en el misterio de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero y en todos los demás Misterios, Artículos y Sacramentos que tiene, cree y confiesa Nuestra Santa Madre Iglesia Católica Apostólica Romana, bajo cuya fe y creencia he vivido y profeso vivir como católico y fiel cristiano. Tomando como desde luego tomo por mi intercesora y abogada a la siempre Virgen María Madre de Dios y Señora Nuestra para que interceda con su preciosísimo hijo Nuestro señor, para que perdone mis culpas y pecados y así llegue a gozar de la gloria eterna cuando de este mundo vaya, temiéndome de la muerte que es cosa justa y natural a toda criatura, de la cual ninguna puede escapar, y por encaminar mi ánima en carrera de cuya Santa invocación, otorgo que hago y ordeno mi testamento en la forma y manera siguiente. Lo primero encomiendo mi ánima a Dios Nuestro Señor que la crió y redimió por su preciosa sangre, sagrada muerte y pasión a quién suplico me perdone y la lleve a su Santo reino y la coloque entre sus escogidos, y el cuerpo, mando a la tierra de que fue formado y cuando la divina voluntad fuese servida llevarme de esta presente vida a la eterna, se me dé eclesiástica sepultura en la iglesia parroquial de Santiago de donde soy feligrés y vaya a la tierra mi cadáver amortajado con el hábito de la orden de San Francisco de Asís que para dicho entierro mando lo traigan de su convento y se pague la limosna cobrada de mis bienes, que así es mi voluntad. También mando acompañe en mi entierro la cruz de dicha parroquia, y los curas y sacristanes de ella, y se les pague lo que es costumbre de mis bienes. También mando que el día de mi entierro siendo hora de celebrar los oficios divinos se me diga misa de réquiem cantada, oficiada y ofrendada con su vigilia, y que se pague como es costumbre. Mando se me digan por mi ánima y su redención trescientas misas rezadas de las cuales sacada la cuarta parte que toca a la parroquia, las demás se digan en los conventos de Nuestra Señora de la Victoria y de Nuestra Señora de la Merced de esta ciudad de por mitad, y se pague la limosna de mis bienes, que así es mi voluntad. También mando se dé limosna a los lugares Santos de Jerusalén y para la redención de castigos, siete reales y medio por una vez por mitad. Declaro que casé según ordena Nuestra Santa Madre Iglesia, con doña Mariana Muñiz, difunta, vecina que fue de esta ciudad. Durante nuestro matrimonio tuvimos por nuestros hijos legítimos a don Juan de Escobar, soltero y a don Pedro de Escobar, el cual a tiempo de nueve años que hizo ausencia de esta vecindad, y han corrido voces de que falleció, y si acaso no fuese cierto, quiero y es mi voluntad que le llegue la parte de caudal que le tocase, perteneciendo como tal a mi hijo. Asimismo tengo por mi hija a doña Juana de Escobar, la cual está casada según ordena Nuestra Santa Madre Iglesia con don Miguel de Morales, vecino de esta ciudad, a quien se le aportó caudal ninguno de dote para la boda (...) que en dicho tiempo (...). También declaro que los herederos de Miguel del Campo, vecinos de esta ciudad, me están debiendo ciento y veinte ducados por cedidos de arrendamiento de una casa mía propia, en que vivió el susodicho, por cuya cantidad le tengo ejecutado por auto ante el presente escribano, y además de la dicha cantidad me está debiendo unos trescientos reales procedidos asimismo de la dicha casa. Mando que lo uno y otro se cobre por mis herederos para lo cual sigan y prosigan los dichos autos hasta conseguir la cobranza de todo lo referido, que así es mi voluntad. Declaro que Tomé del Pino, vecino de Iznate, me es deudor de novecientos reales como aparece en un vale que el susodicho hizo en mi favor, es mi voluntad que dicha cantidad se cobre por mis herederos. Declaro que Sebrián Bermúdez, vecino de El Borge, me es deudor de cuatrocientos y treinta y seis reales, cuya cantidad procede de la venta de unos machos que le vendí al susodicho, el cual no hizo ni escritura ni vale, por haber yo hecho confianza del susodicho y su buena correspondencia, es mi voluntad que dicha cantidad se cobre por mis herederos. También declaro que debo a Roque García, mi hermano, vecino de esta ciudad, cuatro fanegas de trigo que me prestó, mando se le paguen luego que yo fallezca. Declaro que tengo por mías propias unas casas en la calle de la Victoria, las cuales tengo arrendadas a Juan de Moraga, vecino de esta ciudad, y aunque no se ha determinado tiempo se la he dado a razón cada año de los que la habitare, de doce ducados y por cuenta del dicho arrendamiento (...) cien reales, mando se le reciban en dicho el día que diere (...). No se ha hecho escritura, ni vale, mas que ha dado su palabra por cuenta y satisfacción del susodicho. Mando se ajuste la cuenta y se cobre lo que el susodicho demore. Declaro que tengo por caudal y hacienda mía propia los bienes siguientes: Las casas en que hago mi habitación y morada que están en Las Lagunillas, lindando por una parte con casas de Salvador Rodríguez y por la otra con casas de Francisco de Molina. Sobre las cuales se pagan diez ducados y medio de diezmo y tributo en cada una, al convento y religiosas de Nuestra Señora de la Merced de esta ciudad. Asimismo, las casas referidas en la cláusula antecedente de la calle de la Victoria, que lindan por una parte con casas del convento y religiosas de Nuestra Señora de la Victoria y por otra con casas de Salvador Sánchez, vecino de esta ciudad. También una heredad de viñas con dos casas que están vecinas de esta ciudad en el partido de Jaboneros, linde con viñas y almendral de los herederos de Juan de Morales, y con viñas y almendral de la viuda de Matías Martín, vecina de esta ciudad, que en una de dichas casas tengo mi lagar y vasija. Asimismo, tengo nueve reses vacunas mayores y menores algunas de ellas, señaladas con el hierro que a (...) echar. También cuatro cabalgaduras menores y (...) y un jumento, y en las casas de (...) bienes y alhajas, las cuales de valor considerable, así lo expreso y es mi voluntad dejárselas todas ellas, como se las mando y dejo de puertas a dentro, a la dicha doña Juana de Escobar, mi hija, atendiendo a no haberle dado a la susodicha ningún caudal ni hacienda, todo lo cual le mando por vía de mejora y en aquello que le diese lugar en derecho por que así es mi determinada voluntad, sin que lo referido le perjudique en la parte que hubiese de haber y le perteneciese por razón de sus legítimas materna y paterna, lo cual no se ha de comprender en ellas. Para cumplir y pagar este mi testamento y las mandas y legados en él contenidos, dejo nombrados por mis albaceas testamentarios, cumplidores y ejecutores de él, a don Fernando de Cañas Gastelu y a don Juan Ruiz Vallejo, vecinos de esta ciudad, a los cuales juntos y a cada uno de por sí insolidum, doy y confiero poder cumplido el que de derecho se requiere y es necesario, para que después de mi fin y muerte, entren en mis bienes y los vendan y rematen en pública almoneda o fuera de ella, y de su precio y valor cumplan y paguen este mi testamento y todo lo que en él es contenido, para lo cual les prorrogo el permiso que de él se requiere. Y en el remanente que quedare y privare de todos mis bienes, títulos, derechos y acciones después de cumplido y pagado este mi testamento. Dejo, instituyo y nombro como únicos y universales herederos en todo, a los referidos don Pedro de Escobar, don Juan de Escobar y doña Juana de Escobar, mis hijos, para que todos ellos la hayan, lleven y hereden por iguales partes, tanto el uno como el otro, excepto la dicha doña Juana, mi hija, que ha de llevar además los bienes dejados de dicha mi casa de que le lleva hechas mejoras, todo lo cual hayan, lleven y hereden con la bendición de Dios y la mía, atendiendo a no tener más herederos, ascendientes ni descendientes que los susodichos y porque así es mi determinada voluntad. Por esta escritura de testamento revoco, anulo y doy por ninguno y de ningún valor ni efecto todos otros cualesquiera testamentos, mandas, codicilos y poderes para testar que antes de este hubiese hecho y otorgado por escrito, de palabra o en otra forma, para que ninguno valga ni haga efecto en juicio ni fuera de él, salvo este presente que ahora otorgo que quiero valga por mi testamento, última y final voluntad en aquella vía y forma que haya lugar en derecho. En testimonio de lo cual otorgo la presente ante escribano público y testigos, en la ciudad de Málaga, en diez y siete días del mes de julio de mil y seiscientos y noventa y dos años. El otorgante, a quien yo, el escribano don Cristóbal Martín de Castilla doy fe, conozco, no firma, que dicho no sabe, firmo yo y a su ruego los testigos, siendo los presentes don Fernando de Cárdenas, reverendo, Francisco Antonio del Millán Alarcón y Lope Ruiz Casero, vecinos de Málaga. Firmas. ” La habitación permanecía en penumbras. Juana pensaba que quizás así su padre podría descansar mejor. Llevaba varios días sin apartarse ni un instante de su lecho, atendiéndolo en todo lo que necesitaba y a la espera no ya de alguna palabra, sino de al menos una mirada lo suficientemente lúcida como para tranquilizarla. Miguel, su marido, y su hermano Juan se hallaban también en la casa, preocupados no sólo por el padre sino también por ella que apenas comía, negándose además a retirarse para reposar. El médico no había dado demasiadas esperanzas pero Juana no estaba dispuesta a rendirse, ni se resignaba ante la idea de perder a su padre mientras tuviera un soplo de vida. Bartholomé de Escobar moriría poco tiempo después de haber testado, el martes dieciocho de noviembre de ese mismo año de 1692; recibiendo sagrada sepultura acompañado del tañido oscuro y hueco de las campanas de la iglesia parroquial del apóstol Santiago y amortajado con el hábito de la orden de San Francisco de Asís, tal como había dispuesto en su última voluntad. Pedro Martín de Escobar y Marina Ruiz de Armallones, sus padres, habían contraído matrimonio en Casarabonela seis décadas antes, el veintiséis de febrero de 1634. Pedro había nacido en Antequera y era hijo de Mathías de Escobar y de Isabel Rodríguez, que se habían desposado en la iglesia de San Pedro de Antequera el siete de noviembre de 1598, cuatro años después que lo hubieran hecho sus hermanos respectivos Pedro y Ana. Ana e Isabel eran hijas de Pedro Rodríguez y de Ana de Arjona, siendo los padres de Pedro y Mathías, Pedro Martín de Escobar y Leonor Díaz que se habían casado en la iglesia de San Isidro el veinte de junio de 1574. Los padres de Marina Ruiz de Ortega y Armallones fueron Marcos Ruiz de Armallones y María Gómez, naturales de la villa de Casarabonela. Marina había nacido el diecinueve de agosto de 1613, reinaba en España Felipe III y Casarabonela contaba con una población de unos ciento ochenta vecinos. Dicha villa se encuentra aproximadamente a unos cuarenta y cinco kilómetros de Málaga, situada sobre el valle de Cártama en la parte más occidental de su hoya. El terreno es sumamente accidentado y pedregoso. Disfruta de numerosos manantiales que proporcionan agua potable, tan cálidas y amables de beber en los meses fríos de invierno como frescas durante los calurosos meses del verano. Posee pastos y alamedas, cultivándose la característica trilogía agrícola del Mediterráneo, viña, olivo y trigo. Caçarabonela proviene del nombre árabe Cars Bonaira, que al parecer deriva del latino Castra Vinaria, que significa Castillo del Vino. Situada como está en un territorio idóneo para la defensa, ofreció una tenaz resistencia frente a los Reyes Católicos, entregando finalmente la plaza el dos de junio de 1485. Pedro y Marina vivirían en estas tierras los primeros años de su matrimonio y allí nacerían Mathías y Bartolomé; trasladándose más tarde la familia a Málaga donde nacerían Francisco, Francisca y María. Tras la muerte de Marina, Pedro se volvería a casar en noviembre de 1649 con la malagueña Joana Muñiz. Para ella también suponían sus segundas nupcias, pues el doce de febrero de 1634 había contraído matrimonio con Francisco Sánchez Servillero, viudo a su vez de Ana Vázquez. Joana y Francisco habían tenido en enero de 1638 una hija que el día veintiuno sería bautizada con el nombre de Mariana. Y aunque Bartolomé y ella crecerían como hermanos, no pudieron evitar enamorarse de tal manera que al alcanzar la edad suficiente no dudarían en casarse, y así lo harían en la parroquia de Santiago el día cinco de junio de 1661. Mariana aportaría al matrimonio por parte de sus legítimas paterna y materna, una heredad de viña con su casa, lagar y vasija situada en el Arroyo de Jaboneros, valorada en ocho mil ochocientos reales; una casa en la calle de la Victoria, por la que se pagaba ciento cuarenta ducados de censo y que estaba apreciada en tres mil trescientos reales; también traería cuatrocientas cabras, que a tres ducados cada una hacían un total de trece mil doscientos reales; además de diversas joyas, como un collar de oro y perlas que junto a varios zarcillos y sortijas valían mil treinta y ocho reales, y otros enseres y ropas, todo lo cual hacía una dote de treinta y un mil ciento treinta y siete reales de vellón. A lo que el novio sumaría por honra de su esposa y de su virginidad trescientos ducados en concepto de arras. En julio de 1670 fallecería Joana Muñiz, la madre de Mariana, que sería sepultada en la parroquia de Santiago. De entre sus bienes dejaba a su hermana Ana Muñiz un manto, una saya, un jubón negro y dos camisas; a Pedro y a Juan Escobar, sus nietos, doscientos ducados a cada uno para sus estudios; y a Ambrosia Bautista, una joven de dieciséis años que tenía recogida en su casa, le dejaba dos colchones con su lana, dos sábanas y cincuenta ducados para ayudarla a tomar estado, y disponía que mientras no lo tomara se quedase con su hija Mariana. Joana Muñiz había sido bautizada en la parroquia de Santiago el diecinueve de noviembre de 1611, siendo junto a Isabel, Bernabé, Inés, Ana y Manuel, hija de Andrés Martín y de Ana Muñiz, quienes se habían desposado en esa misma iglesia el dieciocho de febrero de 1601; habiendo nacido Ana en diciembre de 1580 del matrimonio de Alonso Escudero y de Inés Muñiz. Tras el fallecimiento de Inés, Alonso volvería a casarse, y lo haría el cinco de junio de 1585 con la también viuda Inés García. De los hijos de Bartolomé de Escobar y Mariana Muñiz, Juan permaneció soltero hasta su muerte y de Pedro no llegaron a saber nunca nada más por lo que supusieron que había fallecido fuera de Málaga. Juana de Escobar, que había nacido la noche del sábado ocho de julio de 1673, se había casado a sus dieciocho años con Miguel de Morales en la iglesia de Santiago el domingo seis de enero de 1692, tan sólo unos meses antes del fallecimiento de su padre. Miguel era hijo de Juan de Morales y de Francisca Ríos, propietarios de una heredad de viña contigua a la de Bartolomé, y desde el primer momento en que vio a Juana decidió que sería su compañera para el resto de sus días. La pareja viviría un feliz matrimonio del que nacerían cinco hijos, Mariana, Petronila, Manuel Hilario, Francisco Eugenio y María, que lo haría a primero de diciembre de 1697, siendo bautizada el día dieciséis de ese mismo mes en la parroquia del apóstol Santiago recibiendo los nombres de María Francisca Bello de Morales. 2. Un poco de genealogía En la fría mañana del diez de diciembre de 1663 Cristóbal de Aguilera y Ana de Padilla Villarreal se casaban en la villa de Comares de donde eran naturales. Él, un joven de veintiún años que había nacido el martes cinco de febrero de 1641, era hijo de Pedro de Aguilera y de Ana de Villatoro. Ella, recién cumplidos los diecinueve el mes anterior, dejó la casa de sus padres, Francisco de Padilla Villarreal y María Jiménez de la Concepción, para vivir en la de su marido. Pedro de Aguilera, padre de Cristóbal, nacería durante el último año del reinado de su Majestad Felipe II, el ocho de agosto de 1597. Era hijo de Pedro de Aguilar y de Isabel Machuca, ambos naturales también de Comares. Pedro se desposaría con Ana de Villatoro el domingo dieciséis de enero de 1622, en la parroquia de Nuestra Señora de la Encarnación, templo que había sido erigido en 1505 tras la reconquista. Francisco de Padilla se había casado en esa misma población de la Axarquía malagueña el diecinueve de enero de 1643 con María Jiménez. Francisco había nacido el veinte de mayo de 1609 y era hijo de Alonso de Padilla Villarreal y de Ana María, quienes habían contraído matrimonio el dos de agosto de 1606. Miguel de Cervantes acababa de publicar El Quijote. En dicha obra aparece en el capítulo tercero de la primera parte, sin duda inspirado en su visita a Málaga realizada en 1594 como recaudador de los tributos reales, una magistral descripción del ambiente, entre pendenciero, picaresco y aventurero, que se respiraba en la urbe dada su condición de ciudad portuaria. Cervantes contaba como en los Percheles malagueños y en la “isla de Arriarán”, vagabundos y vividores pululaban entre la población provocando más de un desorden y continuos delitos en su inquebrantable afán de vivir sin trabajar. El barrio del Perchel, barrio de pescadores, había recibido su nombre de las perchas que utilizaban éstos para colgar a secar el pescado y va a ser escenario de señalados acontecimientos a lo largo de la historia de la ciudad. Diego Granados era mellizo con su hermano Pedro. Ambos habían nacido en Málaga una tarde de cielo agrisado, el jueves dieciocho de noviembre de 1666 y eran hijos de Juan Gómez Granados y de Lucía del Olmo. Juan y Lucía además de padres de los temibles mellizos lo eran también de María, Isabel, Cathalina, Juan Antonio, Francisca, Manuel, Juana y el pequeño Rodrigo. Era a María y a Isabel a las que les correspondía con frecuencia la trabajosa tarea de cuidar a los inquietos pequeños. Aunque para inquietantes, aquellos días en los que sufrieron la gran riada que asoló Málaga en 1661, una de las más virulentas que padecería la ciudad en toda su historia. El río Guadalmedina nace en El Realengo, en el término de Antequera entre las Sierras Prieta y El Dormillo. Tiene un recorrido de cincuenta y un kilómetros hasta su desembocadura, transcurriendo el final de su itinerario dentro de la ciudad a la que divide en dos, separando el centro de sus barrios. A finales del siglo XV el río traía aún permanentemente, tanto en invierno como en verano, aguas limpias con las que se abastecía el pueblo para sus necesidades. Esto se debía a que conservaba su madre y su cauce era amplio y profundo, cerca de tres metros y medio por debajo del nivel de las calles, encontrándose además despejado y libre. Tras la reconquista, la constante tala y deforestación de los Montes de Málaga hizo que en los decenios siguientes el cauce se fuera aterrando, perdiendo profundidad y llegando a quedarse prácticamente seco hasta la mayor parte del año. A partir de esos momentos comienza la ciudad a sufrir repetidas inundaciones en las épocas de lluvias. 1544 sería el año de la primera inundación de la que se tiene noticia; después, entre 1548 y 1635, se sufrirían periódicamente otras siete que ocasionaron daños considerables. La más violenta que conoció el siglo XVII fue la que asoló nuestra ciudad el martes veintidós de septiembre de 1661. La lluvia que duró siete horas ininterrumpidas, desde las ocho de la mañana hasta las tres de la tarde, provocó la crecida incontrolada del río inundando más de mil casas y derrumbando centenares de ellas. A causa de la riada quedó prácticamente paralizada la actividad portuaria impidiendo casi todo el tráfico mercantil malacitano, pues coincidió con la época de la vendeja y los navíos estaban en el puerto a la espera de cargar las mercancías depositadas en los almacenes. Todos los productos que habían sido traídos a la ciudad para su venta, la mayor parte de las cosechas de vino y pasa, el aceite recogido para el suministro de la ciudad, el trigo y la cebada, hasta el ganado y todo tipo de mercaderías y enseres, fueron arrastrados por las aguas y sepultados en el mar. Aunque la consecuencia más trágica fue la pérdida de cuatrocientas vidas humanas, entre mayores y niños. Juan y Lucía daban gracias a Dios pues, aunque la inundación se había llevado muchas de sus posesiones, había respetado la vida de sus hijos. Otra consecuencia de esta tremenda riada fue la desaparición del puente de Santo Domingo. Parece ser que en el siglo XIII, en plena época nazarita, se había construido El Puente de Piedra, pagado por uno de los ciudadanos ricos y principales de la Málaga musulmana. Se hallaba levantado sobre cuatro arcos y tenía dos torres, cada una en un extremo, que servían de fortalezas defensivas. Tras la reconquista se establece en la ciudad la Orden de Predicadores fundada por Santo Domingo de Guzmán, levantando su convento en la margen derecha del río Guadalmedina, frente al Puente de Piedra, que desde entonces pasó a ser conocido como Puente de Santo Domingo. A lo largo de la historia, cuando el puente ha tenido que ser sustituido por otro, normalmente a causa de su destrucción por alguna riada, como había ocurrido en 1661, sus sucesores hasta nuestros días han seguido conservando dicho nombre. Juan Gómez Granados y Lucía del Olmo se habían casado el veintiuno de noviembre de 1649 en una hermosa ceremonia celebrada en la iglesia parroquial del apóstol Santiago. Ese mismo año, en enero, el pintor Diego de Silva Velázquez había embarcado en Málaga hacia Génova y Roma, enviado por Felipe IV para pintar al Papa Inocencio X. Para los recién casados, el paso del famoso pintor por nuestra ciudad había sido inadvertido. En cambio no les había pasado desapercibido a sus padres la visita que un cuarto de siglo antes nos hiciera su Majestad. Lucía era hija de Pedro del Olmo y de Ana Robles, ambos malagueños. Juan había nacido también en Málaga, y era hijo de Diego Martín Granados y de Quiteria Montesdeoca. Diego y Quiteria, poco después de su matrimonio, pudieron presenciar el extraordinario acontecimiento que viviera Málaga en 1624, siendo testigos de la visita que el rey Felipe IV realizó a la ciudad. Llegó a Málaga la noche del sábado treinta de marzo entre las aclamaciones y vítores de la muchedumbre. La escena les pareció a ambos llena de emoción, pues su Majestad iba precedido de los más distinguidos caballeros e hidalgos de la ciudad, que portaban no menos de trescientas hachas de cera, y sobre este río de luces volaba el sonoro tañido de las campanas malagueñas. La ciudad donó veinte mil ducados para gastos de viajes y durante los dos días que duró su estancia, Felipe IV fue agasajado con grandes festejos que ocasionaron considerables gastos para las arcas municipales. Ya desde varios días antes, y sabiendo la gran afición del monarca por las corridas de toros, se había transformado la plaza de las Cuatro Calles en coso taurino. Desaparecieron de ella los puestos, el pavimento se apisonó e igualó y fue cubierto de arena. Alrededor de la fuente que había en el centro de la misma, se dispuso una empalizada para defenderla de cualquier posible deterioro. Los carpinteros construyeron una barrera y cerraron las calles de Especerías, Granada, Santa María y San Sebastián, pero dejando varias puertas transitables, y en un ángulo de la plaza acondicionaron el toril. También levantaron andamios y tablados en los que se dispusieron gradas. El día de la corrida Diego y Quiteria, ataviados con sus mejores galas, contemplaron desde sus asientos todo el deslumbrante espectáculo. La plaza presentaba un aspecto magnífico con sus ventanas y balcones engalanados con ricas telas de vistosos colores, destacando en los del Ayuntamiento, la Casa del Corregidor y la Cárcel, sus escudos de armas. Durante toda la celebración de la corrida el público no paró de comer y beber, tanto en la gradería como en los aposentos de los edificios, donde el Corregidor y sus invitados agasajaban al rey mientras contemplaban los festejos. Una vez finalizados, ya en las primera horas del crepúsculo, poco a poco la gente fue desalojando la plaza manchada de sangre, marchando algo cansada pero llena de entusiasmo, comentado los distintos incidentes de la lidia y con temas de conversación para mucho tiempo. Diego Granados se había desposado en primeras nupcias con Francisca de la Torre en el otoño de 1689, pero ésta fallecería en julio del año siguiente como consecuencia de las dificultades sufridas durante el parto de su hijo. El seis de febrero de 1691, apenas seis meses después, Diego se volvía a casar. El nuevo matrimonio se celebraría en la iglesia de Santiago con la joven malagueña Isabel Benítez, aportando ella unos mil seiscientos cincuenta reales de vellón entre la dote y las arras, que incluían los quince mil maravedís que le habían sido asignados por el Deán y el Cabildo de la Santa Iglesia Catedral correspondientes al Patronato fundado por don Diego de Villanueva Zapata por haber quedado ella huérfana desde muy pequeña. Sus padres habían sido el sevillano Diego García y Margarita Benítez. El primero había nacido del matrimonio de Diego Díaz y de Isabel de Saavedra. El muchacho había llegado a Málaga en la segunda mitad del siglo XVII y pronto conocería a la señorita con la que se casaría el once de enero de 1671 en la parroquia de Santiago, donde también sería bautizada su primera hija el nueve de octubre de 1673 con los nombres de Isabel Francisca. La niña había visto la luz en el mes de septiembre anterior la tormentosa noche del jueves veintiuno. Por su parte, Margarita era hija del matrimonio de Jacinto de Ortega y Catalina Benítez, boda celebrada en la parroquia de San Juan Bautista de Coín el domingo diecinueve de febrero de 1640, de donde era natural Catalina; transcurriendo la infancia de Margarita entre Málaga y Coín. Jacinto, el padre de Margarita, había nacido en Casarabonela una tórrida tarde de finales de agosto de 1614. Era hijo de Francisco Ortega y de Francisca de la Torre, cuyos esponsales habían tenido lugar en esa misma villa el veintidós de septiembre de 1608 en la iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación y Santiago; erigida en 1489, cuatro años después de ser reconquistada la plaza. Catalina, la madre, era hija de Fernando Benítez, natural de Gaucín, y de María Clara, que lo era de Coín. Fernando, cuyos padres eran Juan García y Joana de Mesa, había abandonado su pequeño pueblo buscando nuevos horizontes y esperando encontrar mejores oportunidades en las fértiles tierras de la campiña coína. Allí se casaría con María el dieciocho de mayo de 1614. Ésta era hija de Germán Ruiz y de Quiteria López, ambos de esa misma población, en la que habían contraído matrimonio el siete de mayo de 1587 en la parroquia de San Juan Bautista. Diego Granados e Isabel Benítez tendrían en su matrimonio nueve hijos, que nacerían en Málaga y de los que vivirían Joana Theresa, Isabel Isidra, Josepha Teodora, Pedro Pasqual, Diego, Agustina y María Lucía. Esta última había nacido a mediados de diciembre de 1692, año en que se finalizaría la remodelación del Ayuntamiento de la ciudad, situado, como ya he mencionado antes, en la Plaza de las Cuatro Calles entre la calle de la Compañía y la de Especerías; lo que supondría la renovación de ciertas cargas a imponer sobre las mercancías de mayor consumo, indispensables para la subsistencia. Esto produjo graves disturbios en la ciudad, que atravesaba una época de hambre y malas cosechas, difícilmente solucionables, pues en plena guerra de Sucesión, los continuos conflictos y contiendas impedían el suministro normal de la ciudad. Para la familia todo esto suponía considerables inconvenientes; pues ya les resultaba bastante dificultoso sacar adelante el lagar de viñas que poseían en el Arroyo de Chaperas, superando los obstáculos con los abastecedores y los problemas con los especuladores, con un redoblado esfuerzo por parte de todos sus miembros. Pedro y Diego, sus hijos varones, ya de pequeños comenzaron a ayudar a su padre a cuidar la hacienda, y con los años, cuando éste envejeció, terminaron llevándola entre los dos dedicándole ambos toda su vida pues amaban esa tierra donde habían crecido. HISTORIA DE LOS GÁLVEZ DEL POSTIGO EN MÁLAGA (II) 3. Un paseo por la Alameda Había ido apareciendo poco a poco. Luisa contaba siempre que de manera milagrosa y afortunada. Casi sin que nadie se hubiese dado cuenta, en la convergencia del río Guadalmedina con la costa y debido a los frecuentes aluviones torrenciales, que aquí en Málaga se llaman “riá”, se fue acumulando con el tiempo grandes cantidades de materiales procedentes de su recorrido, esencialmente piedras y arena, que acabaron por aterrar la playa existente en la margen izquierda de la desembocadura. Ese terreno, creado por las sucesivas inundaciones, estaba situado entre la ribera este y el castillo de San Lorenzo, baluarte defensivo de la ciudad que con sus baterías de cañones la protegían de todo peligro procedente del mar. Antes de que naciera Andrés se habían iniciado los primeros replantes para ganar terreno al agua entre el Castillo y Puerta del Mar, habiéndose construido en 1709, entre ésta y las Atarazanas, la vieja Aduana del Mar. Él no recordaba desde cuando eran utilizados estos terrenos por las gentes del pueblo, que empujados por la necesidad de sacar fuera de la muralla la actividad comercial, celebraban allí mercadillos domingueros y baratos ocasionales con distintos puestos donde se vendían alimentos y otros tipos de mercancías, a los que se accedían desde el interior de la medina a través de la Puerta de Espartería. Luisa y Andrés se habían conocido uno de esos días de mercado. Él, un joven apuesto de repeinado cabello, paseaba con unos amigos una soleada y festiva mañana cuando vio a una guapa jovencita comprando en uno de los puestos, acompañada de una elegante señora mayor que luego resultó ser su madre ya viuda. Luisa había nacido en Málaga en 1730, hija de Cristóbal Ramírez de Aguilera, natural de Comares, y de la malagueña María Lucía Granados. Cristóbal, el padre de Luisa, había nacido el domingo dieciséis de septiembre de 1668 en Comares. Era el segundo hijo, tras su hermano Juan, de Cristóbal de Aguilera y de Ana de Padilla Villarreal. Se había casado en primeras nupcias el veintiocho de febrero de 1695 con Juana de Arjona; volviendo a contraer matrimonio tras el fallecimiento de ésta una plomiza mañana de diciembre de 1726, con una hermosa dama mucho más joven que él. María Lucía, que así se llamaba la muchacha, había nacido a mediados de diciembre de 1692 y era la hija mayor de los ocho vástagos que habían tenido los malagueños Diego Granados e Isabel Benítez. María, catorce años después de su boda, quedaría viuda al fallecer Cristóbal el veintisiete de diciembre de 1740. Andrés Sebastián había nacido también en Málaga la tarde del martes diecinueve de enero de 1724, y era hijo de Miguel del Postigo y Gálvez y de María Francisca Bello de Morales. Miguel y María habían celebrado sus esponsales el día diecisiete de octubre de 1715, naciendo de esta unión además de Andrés, Francisco, Salvador y tres hermosas niñas llamadas Juana, Cristobalina y María Michaela. Miguel era hijo de Joan del Postigo y de Joana López, que se habían casado una mañana de mediados de febrero de 1683 en la iglesia de San Juan Bautista. Joana era hija de Sebastián Barranquero y Lucía de Ávila, y Joan había nacido de la unión de Francisco del Postigo y Francisca de Rueda. Éste, tras enviudar de Francisca, se volvería a casar en 1652 con Isabel Maldonado. Francisco había sido bautizado en la iglesia de Santiago a finales de mayo de 1617 y era hijo de Antón del Postigo y de doña Flor de Rueda. María de Morales había nacido a primeros de diciembre de 1697 y era hija de Miguel de Morales y de Joana de Escobar. Estos últimos vivían en la calle del Postigo de Juan Boyero y ambos morirían poco tiempo antes de la boda de su hija. Primero Joana, un triste día de verano de 1709 y tres años más tarde lo haría Miguel, enfermo en el convento de San Francisco de Asís, el veinticinco de octubre de 1712. Pocos meses después y en Madrid se fundaría la Real Academia Española de la Lengua. Luisa y Andrés, tras el correspondiente y vigilado noviazgo al uso de la época, se vinieron a casar en la iglesia de Santiago el tres de noviembre de 1749. Luisa había traído al matrimonio una heredad de viña con su casa, lagar y vasija, situada en el partido del Cerro del Moro, lindando con el arroyo de las cañas, y compuesta de unas dieciséis obradas. A lo largo de su matrimonio, y a medida que la familia fue prosperando, habían ido adquiriendo otras porciones de viñas contiguas a la suya, además de otras casas en la misma Málaga. No sólo aumentaban con el tiempo las posesiones sino que también fue creciendo la familia con el nacimiento de doce hijos. Francisca, Antonio, Gerónimo, Miguel, Joseph, Andrés, Cristóbal, Francisco, Juan, María, Ana y Josepha serían el fruto de este bien avenido matrimonio. Esta segunda mitad del siglo que estaban viviendo aparecía como positiva y con alentadoras expectativas de futuro para la ciudad. Aunque en 1755 las clases altas se llevaron un buen susto cuando se empezó a efectuar un recuento de personas y bienes, que tenía por misión la confección del Catastro del Marqués de la Ensenada dentro de un proyecto para lograr la unificación de las distintas contribuciones en una. Pero ocurrió como con todo lo que apunta a renovación o privación de prerrogativas, que fue rápidamente combatido por la nobleza y el resto de las clases privilegiadas, quedando al final las cosas en el terreno fiscal tal y como estaban. Así pudieron respirar tranquilos, preferentemente nobles y eclesiásticos, como propietarios y arrendatarios de las viviendas de las calles céntricas de la ciudad, como la calle Nueva, una de las más importantes de ésta, centro de su comercio minorista y verdadero termómetro de la actividad empresarial de Málaga. En estos años la familia repartía su tiempo entre la ciudad y el campo. El trabajo en este último era duro y sufrido pero iban obteniendo un buen rendimiento de sus propiedades. Sólo en 1780, debido a la pertinaz sequía que se padeció ese año, pasaron grandes apuros pues los precios de los artículos de primera necesidad subieron alarmantemente. En la ciudad les correspondió ser testigos de unos cambios trascendentales que marcarían su imagen para el futuro. Habían pasado gran parte de su vida en una población rodeada por las sólidas murallas árabes que abrazaban protectoramente al núcleo urbano y ahora, en 1786, contemplaban, unos divertidos, otros indignados, pero todos asombrados, como éste se abría completamente al mar con el inicio de la demolición de las murallas. La Alameda, tercera de España tras la de Aranjuez y Madrid, había sido un proyecto de Carlos III, que sería también potenciado por su hijo Carlos IV al subir éste al trono en 1788. En este año el censo de población de la ciudad era de unos cuarenta y nueve mil vecinos, al tiempo que de ochocientos a mil buques recalaban anualmente en las aguas de su bahía, lo que da muestra de su gran actividad comercial. En la Alameda, en los años anteriores se había comenzado la plantación de árboles, formándose un paseo con una doble hilera de arbustos dejando en el centro un ensanche en forma de plazoleta. Los terrenos resultantes del derribo de la muralla fueron adjudicados mediante venta o subasta, y en ellos irían apareciendo las primeras edificaciones que con el tiempo convertirían a la Alameda en la zona residencial de la burguesía malagueña. Se fueron levantando mansiones y palacetes. Se colocaron dos fuentes en los extremos, asientos de piedra, sillas y canapés de hierro colado, bustos de alabastro y luminarias, siendo las primeras de aceite. Se completó así un diseño tan romántico como adecuado al gusto tanto de la burguesía residente como al de las clases populares, que pronto la convirtieron en un incomparable escenario para sus ocios, fiestas y reuniones. Joseph Juan de la Mata Gálvez del Postigo y Ramírez de Aguilera, el hijo de Andrés y Luisa, había nacido el ocho de febrero de 1760. Cinco años más tarde lo haría Theresa Laso de la Vega. Theresa era la primogénita de los ocho hijos habidos del matrimonio de Juan de la Vega y Cárdenas e Isabel Rosalía Gómez de la Cerda. Éstos habían contraído matrimonio el día veintinueve de agosto de 1763, en una doble ceremonia en la que se casarían Juan e Isabel y sus hermanos María y Cristóbal. Juan y María eran hijos de Pedro de la Vega y de Mariana de Cárdenas, e Isabel había sido la cuarta hija, tras María, Francisco y Cristóbal, de Thomás Gómez y María de la Cerda. Juan había aportado como capital en el momento de la boda ocho mil reales de vellón, de ellos, unos seis mil en dinero en efectivo correspondientes a su legítima paterna y el resto en varios efectos y ropa. Isabel, por su parte, aportó una dote que ascendía a once mil reales de vellón, de los cuales más de cuatro mil quinientos eran en alhajas, ropa y diversos enseres, a los que había que añadir unos seis mil cuatrocientos reales de vellón en dinero por parte de su legítima materna, pero como en esos momentos su padre no disponía de dicha cantidad en efectivo, acordaron que la recibirían a finales de diciembre de 1764, además de otros tres mil reales en concepto de arras, lo que hizo que su dote ascendiera a un total de catorce mil reales de vellón. Thomás Gómez había nacido en la villa sevillana de Osuna y era hijo de Francisco Gómez Cárdeno y de Francisca de Morales, él de Cumbres Bajas y ella de Osuna, ambos pueblos pertenecientes al arzobispado de Sevilla. Thomás y su hermano Francisco se habían casado también con dos hermanas, María y Juana de la Cerda, hijas de Pedro de la Cerda y de Gerónima Bernarda de Anaia. Éstos habían contraído matrimonio a finales de julio de 1712 en la iglesia parroquial de San Pedro de la ciudad de Antequera de donde era natural Gerónima, siendo los padrinos de la velación Joseph de la Cerda y Theresa de Anaia, hermanos de los contrayentes. Para ella eran sus segundas nupcias, pues en 1705 se había casado con Antonio Pérez Barbeito Padrón y Moscoso. Hasta su primera boda había vivido con sus padres, Blas Pérez e Isabel de Anaia, en la calle de la Tinajería de la ciudad antequerana. Pedro era natural de la villa de Cártama e hijo de Luis de la Cerda Rodríguez y de María Martín de Torre. Tras su boda con Gerónima se trasladaría a vivir a la huerta que llamaban de Alarcón. Thomás Gómez y María de la Cerda habían contraído matrimonio en 1735, aportando ella como dote unos cuatrocientos ducados y él un capital de seiscientos. Tenían en arrendamiento la huerta del Molinillo, propiedad del marqués de Rivas, con la que ganaban unos mil seiscientos reales de vellón al año. Pero María fallecería el día seis de junio de 1749 y Thomás volvería enseguida a casarse en segundas nupcias con Josefa Burguillos Landines, con la que no tendría descendencia. Por el fallecimiento de María sus hijos no recibirían su legítima materna, quedando ésta como caudal familiar junto a la herencia obtenida de su abuelo Pedro de la Cerda, consistente en una casa y otros efectos, todo valorado en unos ciento once mil reales de vellón. A lo largo de sus dos matrimonios, Thomás había ido adquiriendo varias posesiones. En primer lugar habían comprado una heredad de viña, con casa, largar y vasija, llamada de la Vela y situada en los partidos de Vuelta Grande, Arroyo de las Cañas y Majadas Escudero. Dicha finca, que poseía ciento tres obradas de viña y dos fanegas de tierra y monte alto y bajo, estaba valorada en ciento veintisiete mil novecientos setenta y cuatro reales de vellón con diecisiete maravedís y se hallaba libre de todo censo y gravamen. Al año siguiente adquirirían otra heredad también con su casa, lagar y vasija, situada en el partido de Humaina. Con cuarenta y nueve obradas de viña y treinta y nueve fanegas de tierra con diferentes árboles, tenía un valor de cuarenta y ocho mil trescientos veintidós reales de vellón con veintiséis maravedís libres de gravámenes. Más adelante comprarían dos haciendas en el partido del Cerro del Moro, ambas con su casa, lagar y vasija. La primera llamada de los Frayles, lindaba con viñas de Andrés del Postigo y se hallaba cargada con tres censos, uno de dos mil ochocientos reales en favor del convento y religiosas de Santa Cathalina de la ciudad de Antequera, otro de cuatro mil ciento treinta y seis reales perteneciente a los Beneficiados de la iglesia parroquial de Santiago y el último, de cuarenta y un mil cuatrocientos sesenta y cuatro reales a favor del convento y religiosos mínimos de Nuestra Señora de la Victoria, y una vez rebajados estos capitales de censos quedaba la hacienda valorada en cincuenta y tres mil novecientos treinta y dos reales de vellón. Junto a ésta se encontraba la segunda hacienda, conocida como la de Torres, con cincuenta y cinco obradas de varios viduños que linda con el arroyo de la Cañas y sobre la que se pagaba un censo de once mil reales a los señores Deán y Cabildo de la Santa Iglesia Catedral, quedando valorada la finca una vez reducido el censo, en cuarenta y ocho mil novecientos ochenta y seis reales de vellón y ocho maravedís. Por último adquirirían otra heredad de viña en el partido del Arroyo de las Vacas, llamada de Burgos y con el cargo de tres censos redimideros, uno de dos mil trescientos diez reales perteneciente al convento y religiosos de San Agustín, otro de seiscientos sesenta y un reales a favor del convento y religiosas de Santa Clara y el último de tres mil trescientos reales a favor de doña Nicolasa Navarro. En total la hacienda se valoró en noventa y siete mil cuatrocientos treinta y ocho reales y veintiséis maravedís de los cuales bajados los capitales de censos que radican sobre ella y otros gravámenes queda apreciada en ochenta y dos mil trescientos cincuenta y cinco reales de vellón y dieciocho maravedís. La vida de los hombres de la familia transcurría en la vigilancia de estas haciendas que tenían arrendadas a distintos agricultores en régimen de medianería, por la que percibían la mitad del valor de sus frutos, mientras las mujeres se ocupaban de la supervisión de la casa donde generalmente residían. Como la finca se hallaba alejada de la ciudad tenía su propia capillita en la que todas las tardes, delante del pequeño altar, rezaban y leían vidas de santos, en especial los nueve libros que tenían sobre la obra de la madre Águeda. Thomás moriría el dos de enero de 1787. En su primer testamento de abril de 1783, había establecido que se le enterrara con el hábito de San Francisco de Asís y en la bóveda de la Hermandad del Santísimo Sacramento de la parroquia del Señor Santiago, de la que era hermano; pero en un codicilo posterior fechado en 1786 declaraba que, en lugar de ser enterrado en dicha bóveda, se le diese sepultura en la de los Padres Capuchinos y vestido con el hábito que usan dichos religiosos. Tras el funeral, que entre el entierro y las numerosas mandas costaría unos ocho mil seiscientos reales de vellón y que pagaría su yerno Juan de la Vega, se procedió a la tasación de todas sus posesiones con el fin de llevarse a cabo la partición de sus bienes entre sus herederos, sus cuatro hijos y su mujer. Además de las casas y haciendas, destacaban por su valor la gran cantidad de animales; muebles, como arcas, escritorios y mesas de maderas nobles; e innumerables joyas de gran valor que incluían un aderezo de diamantes, una cruz de oro, unos zarcillos de botón guarnecido con treinta y seis diamantes, tres pares de pendientes engarzados en oro, otros zarcillos adornados con ocho perlas, dos anillos de oro, uno con seis esmeraldas y el otro con dos, varias gargantillas de perlas, un relicario de plata y varias alhajas más. Todas las casas y haciendas, con sus animales, muebles, enseres, efectos, ajuares y joyas, más el caudal de las deudas que le debían, sumaban un valor total de seiscientos cincuenta y dos mil setecientos cuarenta y un reales de vellón y cinco maravedís. Habiendo declarado que de los once mil reales de vellón que guardaba en un arca en su casa, seis mil quinientos eran de su sobrino Rafael Gómez que lo había dejado en depósito. En representación de su hijo Francisco, y en calidad de defensor y curador de los hijos de éste, fue nombrado el procurador Miguel de Riaño y Calderón. Francisco llevaba ausente varios años, pues había tenido un disgusto con otro joven por lo que se hallaba perseguido por la Real Justicia, ignorándose por esa causa su paradero. En 1788 fallecería Josefa Burguillos dejando por herederos a su sobrino Pedro Meléndez y a Josefa del Fierro, su mujer. A Isabel Rosalía, y en su nombre a su marido Juan de la Vega, le correspondió en el reparto la heredad de viña situada el partido del Cerro del Moro llamada de Torres. Se trataba de un fértil terreno regado por un caudaloso arroyo, donde además de encinas, olivos y alcornoques, tenían cierta extensión de viñas de Pedro Ximén y de otras viduñas, y junto a la hermosa casa, un lagar de pisar y viga y su vasija. Además, recibirían diversos muebles, enseres, ropa y alhajas; cobrando once mil reales de vellón en dinero efectivo y otros seis mil novecientos, que correspondían a las pueblas de la Huerta del Molinillo que había tenido arrendada su padre; además, recibieron los ocho mil seiscientos reales que había pagado Juan de la Vega por el funeral de su suegro; y por último, cuatro mil ochocientos cuarenta y cuatro reales de vellón como parte de los veinte mil cuatrocientos que don Esteban Ardison debía a Thomás. Lo que importaba en total una cantidad de ochenta mil ciento diecinueve reales de vellón y veintitrés más y media y un tercio de otro. Juan de la Vega por su parte poseía diez obradas de viñas con algunos árboles, y parte de una casa con lagar y vasija situada también en el partido del Cerro del Moro, lindando con viñas de su suegro y que había heredado a la muerte de su madre Mariana de Cárdenas. Ésta había fallecido el día dos de abril 1774, recibiendo sepultura junto a su marido en el Real Convento de los Trinitarios Calzados, en la capilla titular de Nuestra Señora de la Concepción, cuya bóveda era de su propiedad como pariente de don Diego Fernández Carrillo, fundador de dicho Patronato para su enterramiento y el de sus descendientes. Tras los funerales comenzarán entre sus hijos y herederos una serie de disputas, desencuentros y litigios que durarían cuatro años. Todo los problemas tuvieron su origen en 1772, cuando su hijo Francisco, presbítero religioso de la orden de mínimos de San Francisco de Paula conventual en la Fuensanta, tramita una solicitud de recurso a la corte de Roma con el fin de obtener una bula de secularización y conseguir con ella pasarse al estado de presbítero secular. Para ello Francisco debía acreditar una renta anual propia de cien ducados y entonces Mariana le cede la casa que poseía en la calle de la Santísima Trinidad Calzada y que tenían arrendada en ciento sesenta y cinco reales de vellón y, además, una parte de la heredad de viña familiar. Cuando al morir Mariana sus albaceas testamentarios se disponen a realizar inventario con el objeto de hacer luego la repartición de sus bienes, Francisco no está de acuerdo en incluir en dicha tasación su parte ya recibida, por lo que se enfrentará a sus hermanos Juan, Juana, y en su representación su marido Manuel Roldán, y la joven Ana, que tras el fallecimiento de su madre se había ido a vivir con Juan, al que su madre había nombrado como su tutor, además de señalarlo como administrador de la hacienda mientras se resolviesen los problemas hereditarios. Poco a poco irían cediendo unos y otros sobre la manera de realizar el reparto de la heredad, de sus muebles, ropas de casa y demás enseres, hasta que por fin en junio de 1778 pudieron disponer cada uno de su herencia. Recibiendo Juan su parte de finca apreciada en unos catorce mil cuatrocientos diecinueve reales de vellón, además de unos dos mil reales en efectivo. Mariana era hija de Francisco de Cárdenas y de Beatriz García de Mesa. La familia Cárdenas era originaria de la puebla de Riogordo, una pequeña localidad cercana a Colmenar conocida por las curiosas hornacinas que adornan las fachadas de sus casas y por que en ella se escenifica desde muy antiguo El Paso. En la parroquia de Nuestra Señora de Gracia y a la sombra de su torre mudéjar se casarían en febrero de 1656 Antonio de Cárdenas y María Theresa Ximénez, y allí mismo sería bautizado Francisco el veintinueve de abril de 1672. Antonio había nacido en junio de 1632 y era hijo, junto a Mathías y María, de Bartholomé de Cárdenas y de Mencía Rodríguez, que habían contraído matrimonio en esa misma población a mediados de agosto de 1616. Él, hijo de Mathías Sánchez, que era natural de Loja, y de María de Cárdenas, había sido bautizado la fría mañana del día dos de diciembre de 1589; naciendo Mencía diez años más tarde fruto de la unión de Francisco de Prados y Leonor de la Cruz. Theresa Ximénez había sido la primera hija de Francisco Maese y Jacinta Pérez. Jacinta tenía dieciséis años cuando se había casado en el verano de 1629 con Francisco, siendo éste hijo de Miguel Maese y Ana Ximénez, que en marzo de 1603 habían contraído matrimonio también en Riogordo; aunque Ana había nacido en la hermosa villa de Archidona de donde eran naturales sus padres Bartholomé de Carrión y Antonia Ximénez. Mariana de Cárdenas se casaría en 1740 con Pedro de la Vega, que, junto a sus hermanos Felipe y María Manuela, era hijo de Ambrosio de la Vega y de Juana de Arjona Espinosa y Haro. Éste había nacido en Málaga, siendo hijo del sevillano Alonso de la Vega que se había casado con la malagueña María de Ávila. Ambrosio y Juana se casarían en 1706, y eran propietarios de una hacienda con su lagar y vasija en el partido de la Peña del Gallo y Cerro del Moro, formada por unas trece obradas de viña y majuelo, dieciocho fanegas de tierra con sus encinas, almendros, chaperas y olivos, y una casa de ocho varas de largo por cuatro de ancho. Poseían además otra casa situada en la Cruz del Molinillo, en el barrio de los Capuchinos, de unas ciento veinticinco varas superficiales. Ambrosio fallecería a finales de mayo de 1737, siendo sepultado en la iglesia parroquial de los Santos Mártires de la que era feligrés. Para entonces su hijo Felipe llevaba casado dos años con Francisca de Llanes, habiendo nacido de esta unión dos pequeños, Antonio e Isabel, que se quedarían huérfanos en 1741 cuando en un trágico accidente mueren repentinamente sus padres. Desde ese momento serían criados por su abuela Juana, que se encargaría de cuidarlos, alimentarlos y vestirlos, pagarles la escuela y las curaciones de sus enfermedades y, en general, de proporcionarles todo lo necesario para su buena educación y enseñanza. Por su parte, Pedro de la Vega guardaba para sus sobrinos la dote aportada por su cuñada y que ascendía a unos doscientos ducados, además de varias alhajas como un collar de oro y perlas; cinco cintillas, una de ellas de diamantes; una caja de plata y una cruz de oro. Cuando fallece Juana a mediados de enero de 1755, recibirá sepultura junto a su marido, al pie de la pila bautismal de la parroquia de los Mártires, emprendiéndose a continuación todos los trámites para realizar la repartición de sus bienes entre sus dos hijos vivos y sus nietos, cuidando tanto Pedro como Manuela de que sus sobrinos, aún menores de edad, no saliesen perjudicados en ningún momento. Pedro de la Vega fallecería poco después que su madre siendo sepultado en el Real Convento de los Trinitarios Calzados; disponiéndose la repartición de sus bienes entre sus hijos Francisco José, Juan, María, Juana, Ana y la pequeña Rosalía que moriría antes incluso de efectuarse dicha división. Por su parte, Juan de la Vega y su esposa Isabel, tras haber recibido ambos tanto sus legítimas paternas como maternas, habían adquirido además otra heredad de viña, llamada de Rengel, en el mismo partido del Cerro del Moro, con su casa, lagar y vasija y dos fanegas de tierra, valorada en cuarenta mil seiscientos treinta y tres reales de vellón. Las tres haciendas que detentaban con los diversos muebles, enseres, ropa y alhajas que contienen, más el fruto de la venta de sus productos, sumaban un valor aproximado de doscientos seis mil cuatrocientos ocho reales de vellón y veintitrés maravedís. Isabel disfrutaba de su vida en el campo, y siempre que podía salía a cabalgar con su caballo, al que había llamado Riñones, afición que iría inculcando en sus hijos, Theresa, Juan, Pedro, Josefa, Miguel, Rafael, Francisco y sobre todo en Gabriel, el menor, de salud más delicada y que ella pretendía que practicara ejercicio convencida de que así se fortalecería. Como la hacienda de Torres que poseían Juan e Isabel Rosalía, lindaba con otra propiedad de la familia Gálvez del Postigo, no fue extraño que Joseph y Theresa se conocieran y que con el tiempo pensaran en casarse. La mañana del lunes diecisiete de Junio de 1782, y estando ya próximo a celebrarse el matrimonio de ambos jóvenes, las familias se reunieron en la notaria del escribano Miguel Martínez de Valdivia para que diese fe e hiciese constar la dote que aportaba la novia, así como el capital con el que iba a contribuir el novio. Ella traía además de diversos vestidos, joyas y otras ropas para la casa, dos arcones nuevos y una mesa, aunque lo que más le gustaba a la novia era un elegante abanico de seda negra pintado a mano y un bellísimo rosario engarzado en plata. La dote importaba una cantidad de siete mil quinientos cuarenta reales de vellón y un cuartillo. Además, Juan de la Vega, el padre de Theresa, se comprometió a aumentarla en mil treinta y tres reales y tres cuartillos para el día de Pascua. Y su tío Francisco, que era presbítero, ofreció darle mil reales más en el mes de marzo de 1783. El novio, por su parte, aportaba algunos vestidos, varias capas y otras botonaduras de plata, además del fruto pendiente de la heredad de viña del Cerro del Moro y un mulo. El capital total ascendía a cuatro mil trescientos sesenta y cuatro reales de vellón y medio, y al que su padre aportaría mil quinientos reales más en el mes de diciembre. La boda se celebraría algunos días más tarde en la iglesia de los Santos Mártires, llevándose a cabo la ceremonia con gran suntuosidad y elegancia. Tras el enlace, el joven matrimonio iría a vivir al número once de la calle del Cobertizo del Conde, que había recibido Joseph como adelanto de su legítima materna, pues Luisa había decidido voluntariamente repartir antes de tiempo su caudal entre sus hijos. Para esto tuvo Joseph que pagar a su hermana Francisca la parte de casa que a ella le correspondía, valorada en unos diez mil reales de vellón, que ésta invertiría en arreglar una casa que tenía en la calle de Álamos, quedándose a vivir ella y su madre con su hermano Joseph. Con los años Joseph Gálvez del Postigo y Theresa Laso de la Vega tendrían varios hijos de los que sólo les sobrevivirían cuatro, Manuel, Juan, Joseph y Theresa. Joseph era un hombre severo, curtido en los negocios, pero cariñoso con sus hijos y su esposa. Theresa pasaba la mayor parte del tiempo atendiendo a sus hijos y al cuidado del hogar, pues aunque tenían una sirvienta para llevar a cabo las tareas domésticas siempre había que estar encima de ella. Las tardes las dedicaba a las labores de costura o a hacer alguna visita y los domingos la familia entera se dirigía a la iglesia. Ambos eran profundamente religiosos y pertenecían a la hermandad de la Vela. Para ellos, como para el resto de la sociedad malagueña, la religiosidad, aunque teñida muchas veces de superstición, y la sumisión a las directrices de la Iglesia, eran la norma predominante. A nadie se le ocurría discutir la obligación de conseguir el certificado de cumplimiento pascual, siendo masiva la asistencia a las funciones religiosas. Tras salir de los oficios todos se encaminaban a dar un paseo por la Cortina del Muelle; donde, entre saludo y saludo a conocidos y amigos, podían respirar las suaves brisas del estrecho; disfrutar del sonido y la contemplación del vaivén de las olas y de las monturas, con su reiterado pisar de herraduras y el frecuente piafar de los caballos; y de la vista que ofrecían tanto los bajeles fondeados en el puerto como el imponente castillo de Gibralfaro que se elevaba sobre sus cabezas. El nueve de noviembre de 1789 fallecería Isabel Rosalía Gómez de la Cerda, apenas cuatro días antes que su hijo Gabriel, pero la vida debía continuar. Aunque ésta no era fácil para nadie, seguía transcurriendo entre el trabajo tenaz en las tierras de la heredad, y las amables relaciones sociales; aprovechando además siempre todas las ocasiones que se les brindaba para que la numerosa familia se reuniera a celebrarlo, y cada vez con mayor frecuencia en esos últimos años lo hacían en el nuevo paseo de la Alameda. Así cuando a finales de 1791 nació Joseph Gálvez del Postigo y Laso de la Vega, segundo de sus hijos, todos los hermanos, tíos y por supuesto los abuelos se reunieron para presenciar como recibía los nombres de Joseph Rafael Eugenio en la iglesia parroquial del apóstol Santiago el diecisiete de noviembre, siendo sus padrinos su feliz abuelo Andrés y su tía Josefa del Postigo, que en ese momento aún permanecía en estado honesto. La parroquia del apóstol Santiago fue una de las cuatro primeras que se instauraron en Málaga tras la Reconquista, junto a la de San Juan Bautista, la de los Santos Mártires Ciriaco y Paula y la del Sagrario de la Catedral. Esta última, situada aneja a la Santa Iglesia Basílica Catedral, fue la primera erigiéndose en 1488. Las otras tres fueron fundadas dos años más tarde, instituyéndose como parroquias en 1505. Todas levantadas sobre antiguas mezquitas, de las veinte que existieron dentro del casco urbano, tras un proceso de adaptación de los edificios islámicos. Eran iglesias de construcción muy sencilla con armazones de madera de técnica mudéjar que durante los siglos posteriores soportaron ampliaciones, añadiéndoles nuevas naves laterales, y diversas reformas en su estructura y ornamentación, adaptándolas a los estilos propios de cada época. Durante la primavera de 1792 Juan de la Vega y Gómez, hermano de Theresa, contraerá matrimonio con Rosalía Estudillo y Moreno. Él era soldado de la segunda compañía de granaderos del regimiento provincial de infantería y para su boda tendría que pedir licencia a su coronel, declarando además que seguiría asegurando su alimentación en cualquier campaña o destacamento al que fuese destinado para servir a su majestad. En Málaga, otros cambios urbanísticos acompañaron a la Alameda en este final de siglo. Se remodela la Plaza del Obispo en función de la fachada de la Catedral, cerrándose con otro edificio de carácter religioso, el palacio episcopal. En 1791 se comienza la construcción de una nueva Aduana, ésta de estilo neoclásico. Dos años después se termina el teatro Principal construido en la plazuela situada junto a la calle de los Álamos, decidiéndose en 1794 levantar también una plaza de toros en los terrenos ganados al mar cerca de la desembocadura del río en su margen derecha. La que sería conocida por todos como la Plaza de Toros del Carmen. A partir de 1800, con el comienzo del siglo, la Alameda va a sufrir una nueva transformación. Entonces sólo llegaba hasta la Torregorda, que se encontraba unida por medio de un murallón con el edificio de las Atarazanas, quedando interrumpida la avenida por el castillo de San Lorenzo. Es en ese año cuando comienza la demolición del histórico baluarte militar, derribándose también la Torre, permitiéndose así la prolongación del paseo hasta casi el mismo murallón del Guadalmedina. Este hecho desconcertó a gran parte del pueblo malagueño, puesto que, encontrándonos en guerra contra los ingleses, desproteger a la ciudad parecía algo irresponsable. Sin embargo lo que pretendían las autoridades militares era liberarse de las construcciones más inoperantes conservando las más eficaces y monumentales, el castillo de Gibralfaro, la Alcazaba y el Real Edificio de Atarazanas. Éste último, obra nazarí del siglo XIV, había sido utilizado desde entonces como astillero, hasta que en 1774 se decide su reconversión en cuartel, empleándose como principal alojamiento de las tropas residentes en la ciudad. No obstante, Joseph, como el resto de los ciudadanos, veía con inquietud todos estos derribos que de alguna manera consideraban los desprotegía. Fue principal tema de conversación durante esos días en las tertulias de los cafés, donde habitualmente Joseph, sus hermanos y amigos pasaban parte de la tarde leyendo el periódico y discutiendo preocupados por la situación. Quizá preveían el desastre que iba a suponer en 1805 la batalla de Trafalgar, que dejaría de pronto a España sin escuadra, hasta entonces la segunda del mundo, y que provocaría que las comunicaciones con las colonias quedaran prácticamente cortadas. Aunque para la familia la mayor tragedia ocurriría en 1803, cuando el jueves diecisiete de noviembre, la epidemia de fiebre amarilla que se extendía por la ciudad se llevó a Andrés Gálvez del Postigo. Esta epidemia causó entre 1803 y 1804 más de once mil víctimas de un total de cincuenta y un mil setecientos habitantes que tenía Málaga, lo que supuso perder la tercera parte de la población. La realidad era que se daban en Málaga las condiciones necesarias para que se desarrollara este tipo de contagio; pues se comerciaba a través del puerto con ciudades americanas que eran focos permanentes, además, su población estaba masificada y era constante la presencia de mosquitos transmisores, cuyas larvas se formaban dentro de las orzas en las que el pueblo conservaban el agua que traían de las fuentes públicas. Coincidió asimismo con un verano excesivamente caluroso, debido a la frecuencia con que sopló el terral. Para solventar el problema que suponía inhumar tantos muertos, la gente sacaba al anochecer los cadáveres de sus casas y los ponían en la calle para que una carreta se los llevara a enterrarlos en fosas colectivas a las afueras de la ciudad. En otro sentido, la epidemia ocasionó un auténtico caos económico al presentarse en los meses de mayor actividad comercial. Pues al verse afectados los labradores por la enfermedad durante las tareas de recolección, se perdieron cosechas y aumentaron seguidamente los precios de los productos. Durante las cuarentenas estuvo cerrado el puerto al tráfico comercial, trayendo como consecuencia paro y hambre para los trabajadores, siendo estos los más afectados por la enfermedad al no recibir un tratamiento médico adecuado y no disponer de fincas en el campo donde refugiarse, como hicieron las familias más acomodadas durante este tiempo. Además, entre enero y agosto de ese último año se sucedieron continuos terremotos. Los más violentos fueron una serie de temblores de tierra que se prolongaron por espacio de diez días seguidos, del trece al veintitrés de enero, que causaron serios daños en la ciudad. A los que hubo que sumar incluso, los producidos el veintitrés de mayo a consecuencia de una tremenda inundación. Unido todo esto a la falta de alimentos, la subida de los precios en productos de primera necesidad como el trigo, y a la depresión generalizada provocada por el desastre de Trafalgar, hace que el comienzo del siglo en la ciudad esté marcado por un sino trágico y desalentador, que incluso empeoraría, pocos años después, con la llegada de la invasión francesa. En un principio al ser el de Málaga uno de los pocos puertos que aún no habían caído en poder de los franceses, acaparó buena parte del tráfico que antes se canalizaba por otros puntos. Pero se trató sólo de un respiro momentáneo, puesto que en los años siguientes se produjo una nueva interrupción de los intercambios comerciales como consecuencia del inicio del movimiento de emancipación de nuestras colonias americanas. En cualquier caso, todos los grupos sociales se vieron afectados de una u otra manera por la crisis, aunque la mayor incidencia de ésta se dejó sentir sobre todo en la clase mercantil que varió substancialmente su composición. Numerosas compañías se hundieron al no poder remontar tan ingentes dificultades. Y como resultado, el control del comercio pasó de manos extranjeras a manos españolas, produciéndose un relevo en el floreciente grupo de comerciantes capitalistas. En esos años críticos contrajo matrimonio Manuel Gálvez del Postigo, el hijo mayor de Joseph y Theresa. Lo hizo en 1805 con su prima hermana Josefa del Postigo, recibiendo como dote y por cuenta de legítima la cantidad de cuatro mil reales. Durante el otoño de 1807 caerá enfermo Joseph del Postigo y Aguilera, y dada la gravedad de su estado, él y Theresa deciden hacer testamento por si ocurriera lo peor. Gracias a Dios Joseph superará esta crisis y podrá ver como algunos años más tarde se casaría su hija Theresa con José del Nido, a la que otorgará como dote varios bienes e intereses. Pero también tendría que sufrir la pérdida de su hijo Juan que fallecería antes que ellos. 4. Unos franceses en Málaga En enero de 1809 José Gálvez del Postigo y Laso de la Vega había ingresado en el Regimiento de Infantería de Línea de la ciudad de Málaga, en el que aspiraba a obtener la gracia de cadete y para lo que era indispensable asegurar con antelación la sustentación correspondiente a tan distinguida carrera. Para ello recibiría por parte de su padre la cantidad de ocho reales de vellón diarios que se haría efectiva desde el día que alcanzara los cordones de cadete hasta la fecha en que ascendiera a oficial, disponiéndose que dicha cuota fuese depositada cada seis meses y por anticipado. El trabajo y la vida en general en el regimiento eran agotadores, sobre todo al principio, pero pronto José se acostumbró a la disciplina del cuartel, disfrutando de la camaradería que enseguida se creó entre los jóvenes compañeros. Todos en la ciudad, y particularmente ellos, vivían entre exaltados y preocupados por la situación que se estaba viviendo en España desde los días inmediatamente posteriores al dos de mayo de 1808, tras la invasión de las tropas francesas y con la guerra expandiéndose por todo el país. Ya a comienzos de 1810 se extendían por Málaga los rumores de que los franceses intentarían de nuevo la conquista de Andalucía. Desde esos momentos, se produjeron fuertes divergencias en la capital malagueña sobre la actitud a seguir en caso de que los ejércitos de Napoleón se presentaran ante la ciudad. Mientras los burgueses, intelectuales y funcionarios, quizás más realistas, aconsejaban someterse dada la abrumadora superioridad militar del invasor, un grupo de entusiastas patriotas, militares, frailes y artesanos, se mostraban partidarios de la resistencia a ultranza arengando al pueblo para que la ofreciera a toda costa. Estos últimos depusieron a las autoridades y organizaron un cuerpo armado que salió al encuentro de los franceses. En el paraje antequerano denominado “boca del asno” tuvo lugar, el cuatro de febrero, una refriega que puso de manifiesto la incapacidad de este improvisado ejército para detener la invasión. Las consecuencias fueron desastrosas. Al día siguiente, Sebastiani llegó con sus tropas a las puertas de Málaga, derroto a los restos de las fuerzas resistentes e irritado por estos conatos de oposición, sometió a la ciudad a un intenso saqueo que se prolongaría durante toda la noche y sólo cesaría tras insistentes súplicas y el compromiso de pagar una contribución de doce millones de reales. La ocupación comenzó el cinco de febrero de 1810 y se extendería durante dos años y medio, que serían de esfuerzos continuos por parte de los franceses para establecer firmemente su dominio, y de enconada lucha, unas veces abierta y otras soterrada, por parte de los malagueños para expulsar a los extranjeros. Fue un período duro para la capital y sus habitantes. Hubo encarcelaciones y ejecuciones, confiscaciones de bienes, e incluso intentos de atracción. Durante este tiempo la resistencia más persistente y eficaz se desarrollaría fuera de la ciudad, y sería llevada a cabo por las guerrillas en las zonas montañosas de la serranía de Ronda y los montes orientales. La Alameda siguió siendo el centro social en Málaga, e incluso acogió en el mes de mayo de 1810 a José I, hermano de Napoleón y rey intruso de España, que se alojó en la casa que en ella tenía el comerciante francés Jean Maury. Los festejos que se organizaron para su recepción enfadaron mucho a los malagueños de las clases populares cuando comprobaron el número de ciudadanos afrancesados que acudieron a rendir pleitesía a Pepe Botella, sobrenombre con el que el pueblo español había bautizado a tan singular personaje. José, que tras la ocupación tuvo que abandonar el regimiento, se incorporó a la difícil y poco menos que complicada vida de paisano en esta Málaga invadida, contrayendo poco después matrimonio con la señorita María del Carmen Riaño y Caravaca. María del Carmen había nacido en Málaga en 1793, y era hija del malagueño Miguel de Riaño y Calderón, ya fallecido, y de Gertrudis Caravaca, una distinguida sevillana de Utrera. Miguel de Riaño y Calderón fue uno de los cuatro hijos que el procurador Fernando de Riaño y Mobellán había tenido con la malagueña María Juana Calderón de la Cerda. Fernando había nacido en Palencia y más tarde se había trasladado a Málaga donde conocería a su mujer. De este matrimonio celebrado en 1750 nacerían, además de Miguel, Antonio, Julián y Mariana. Miguel y Antonio, siguiendo los pasos de su padre, serían también procuradores de número de esta ciudad. María Juana había nacido en 1727 y era hija de José Félix Calderón que había contraído matrimonio el día dos de julio de 1719 en la iglesia del apóstol Santiago con la señorita Ana María de la Cerda. Él era hijo de Francisco Calderón y de Petronila Fernández que se habían desposado en la parroquia de San Juan el cinco de julio de 1677. Ana María, que había nacido a mediados de mayo de 1701, fue la tercera de los once hijos que tuvieron Diego de la Cerda y Josepha de Almagro. Éstos se habían casado en la iglesia de Santiago el cinco de febrero de 1696. Ella era hija de Joseph de Almagro, maestro capotero, y de María de Hoces, que vivían en la calle Alcazabilla. Diego había nacido el seis de julio de 1674 pero con grandes dificultades, por lo que temiendo lo peor fue bautizado ese mismo día por el arcipreste de la iglesia del Sagrario recibiendo los nombres de Diego Vicente. Dos meses después, el diez de octubre, en un intento de combatir su grave estado, sería exorcizado y ungido con los Santos Óleos en la parroquia de Santiago. Gracias a Dios, poco a poco Diego iría mejorando y disfrutaría de una larga vida, pues no fallecería hasta la edad de setenta y un años; siendo sepultado el día cinco de agosto de 1745 en la bóveda de Ánimas de iglesia de Santiago con el hábito de Nuestro Padre de San Pedro de Alcántara, con la única pena de no haber podido volver a ver a su hijo fray Francisco de Paula, religioso capuchino que hacía muchos años había marchado a desarrollar su apostolado a las Indias. Diego sobreviviría a Josepha, que había fallecido en diciembre de 1731, volviendo a contraer matrimonio con la señorita Juana García, celebrándose la ceremonia en la villa de Espejo. De estas segundas nupcias nacería otro niño que recibiría el nombre de Juan. Los padres de Diego, Pedro de la Cerda que era natural de Alcalá la Real y la malagueña Francisca de Paula Hidalgo, se habían desposado en la parroquia de Santiago el día ocho de septiembre de 1670. Ella aportaría al matrimonio una dote de dos mil ciento noventa reales de vellón, que incluía una variada cantidad de ropas y enseres como una cama de pino con su barandilla; un arcón y un bufetillo, ambos también de pino; dos colchones nuevos, cuatro sábanas, otras tantas camisas de bramante, un manto de seda, dos docenas de platos y de tazas, una tinaja, dos lebrillos, una caldera de cobre de cuatro libras de peso, una sartén de hierro y dos candiles. Además aportaría cuarenta ducados que debía recibir del patronato para doncellas, y ochocientos veinticinco reales que debía cobrar de la renta de una casa situada extramuros en la calle de Gaona, que ganaba cincuenta ducados cada año y que pertenecía a su hermana Cathalina que se la cedía graciosamente para su dote. Pedro y Francisca habían tenido antes que a Diego a dos hermosas niñas, Theresa y Sebastiana, aumentando la familia más tarde con los nacimientos de Lázaro y de Ana María, que sería bautizada el veintiséis de abril de 1676 siendo su padrino Antonio de Castro, pagador de Armadas y Fronteras. Francisca Paula había nacido el diecinueve de abril de 1651 y era hija, junto a Bernarda, Cathalina de San Pedro, Gerónimo, Sebastiana, Thomasa, María, Gaspar y Clara, de Gaspar Ruiz Hidalgo y María Ximénez Baena; siendo el padrino de Thomasa el arcediano Baltasar de Salazar y el de la pequeña Clara, el capitán Baltasar Cisneros, regidor perpetuo de la ciudad. Miguel Riaño se casaría con la joven Clara Gori y Escobar. Ésta era hija de Vicente Gori, natural de Pisa, en la Toscana, y de Josepha Escobar. Clara, antes de casarse, había estado un tiempo en el Convento de la Encarnación junto a su hermana sor Mariana, pero pronto descubriría que esta no iba a ser su vocación, contrayendo matrimonio con Miguel el uno de febrero de 1779. Pero este matrimonio estaba llamado a durar poco, pues pronto ella caerá enferma muriendo apenas cuatro meses después de casarse, el día veintiuno de mayo de ese mismo año, y pocas semanas antes de que falleciera su madre. Miguel vendería una casa de la calle San Jacinto, en el barrio del Perchel, con cuyo importe costearía las mandas y los funerales de su mujer. Tras la muerte de su suegra y la repartición de sus bienes, a Miguel, como heredero de Clara, le correspondieron algo más de diecisiete mil reales de vellón, que recibiría, por una parte, en una casa situada en el número quince de la calle Jaboneros del barrio de la Santísima Trinidad. Por otra parte debía recibir dos mil doscientos reales de vellón, cantidad que cedería a su cuñada sor Mariana; además cobraría unos seiscientos reales que correspondían a deudas por arrendamientos de un par de inmuebles familiares; recibiendo, por último, varios muebles y enseres con los que se completarían los diecisiete mil reales de vellón de su herencia. Algunos años más tarde, en 1784, Miguel conseguiría rehacer su vida volviéndose a casar en segundas nupcias con la joven sevillana Gertrudis Caravaca. De este matrimonio nacerían dos hermosas niñas, María del Carmen y María de los Ángeles, que estarían destinadas a casarse con el mismo hombre. María del Carmen Riaño y Caravaca contraería matrimonio con José Gálvez del Postigo y Laso de la Vega en la iglesia de los Santos Mártires, ceremonia que se celebraría el día uno de abril de 1810. José aportaría en el momento de su boda varios efectos y ropa valorados en unos dos mil reales de vellón y otros mil trescientos reales en dinero efectivo. María del Carmen aportaría a su matrimonio una casa, varios muebles, alhajas y otros bienes raíces. El joven matrimonio poseía una casa en el barrio del Perchel, aunque generalmente vivía entre la residencia de la calle Cobertizo del Conde y la hacienda de campo, denominada de Villanueva, situada en el partido de Chapera la baja que habían arrendado a su madre política, por dos mil doscientos reales al año. La finca comprendía más de cien fanegas de tierra, parte poblada de viñas y la restante de manchón, con una casa de teja, lagar de pasas, vasija, arboleda de olivar, higueras, almendros y otros frutales. José, con varios jornaleros a su cargo, se dedicó al cultivo y mantenimiento de dicha hacienda, a vendimiar con ilusión cuando llegaba la época y por último, a convertir en los lagares una parte de sus uvas en vino, colocando el resto a secar en los paseros. Trabajando todo el año duramente con la esperanza de conseguir un buen precio de la venta de los excelentes vinos de sus tierras, sus exquisitas pasas así como de los otros frutos obtenidos, lo que, por otra parte, resultaba bastante difícil en esa hostil situación. No obstante confiaban en la venida de tiempos mejores, aunque siempre temiendo la llegada de la época del año en que debían pagar a los proveedores, pues estos no aceptaban ningún tipo de excusa cuando llegaba el momento de cobrar, y si admitían algún retraso lo hacían aumentando en gran medida los intereses de sus créditos, y esto a la larga suponía una carga mayor que iba aumentando la presión sobre la economía familiar. José y María del Carmen tenían algo más de suerte, pues sus familias disfrutaban de una posición si no excelente, sí al menos desahogada, recibiendo el apoyo de éstas cuando lo necesitaban. Sobre todo por parte de Gertrudis, ya que su marido la había dejado en una situación bastante acomodada. Ésta detentaba, además de las posesiones ya mencionados, varias casas, una de ellas situada en la Alameda, cerca de la fuente de Génova, que desde 1807 presidía el extremo occidental de ésta, tras haber sido trasladada desde su antiguo enclave en la Plaza Mayor donde había permanecido desde el siglo XVI. En la casa de la Alameda acostumbraba Gertrudis a realizar, durante las largas tardes de invierno, las conocidas como tertulias de confianza, pues con dos hijas casaderas le era frecuente recibir la visita de otras familias con hijos solteros. En una de éstas se habían conocido José y María del Carmen, comenzando éste a cortejarla con el beneplácito de ambas familias. Al principio, mientras sus madres se dedicaban a hablar sobre los últimos cotilleos de la ciudad tomando una taza de café o a jugar a las cartas, los jóvenes, él de dieciocho años y ella con dieciséis, se intercambiaban apenas indecisas miradas o tímidas sonrisas. Otras tardes, cuando María del Carmen interpretaba al piano, más que discretamente pues todo hay que decirlo, alguna conocida pieza, Joseph atento le ayudaba pasando las hojas de la partitura, provocando casualmente algún roce accidental de sus manos. Con el tiempo, entre tertulias y paseos, siempre bajo la atenta mirada de sus madres o hermanas, fueron conociéndose a medida que conversaban, contándose sus vidas, refiriéndose sus gustos y aficiones, y en fin, comenzando a planificar su futuro. Cuando los franceses comprendieron que su situación en Andalucía era insostenible, comenzaron los preparativos para su retirada. Pocos días después de la batalla de los Arapiles, se ordenó que las guarniciones de la costa occidental malagueña, en peligro de quedar aisladas entre las vanguardias del ejército español y el bloqueo de los navíos ingleses, hicieran los preparativos para concentrarse en Málaga. La operación se inició el día veintisiete con la llegada a la ciudad de los efectivos de la costa y se consumó el veintiocho de agosto de 1812, cuando las tropas napoleónicas abandonaron la capital malagueña después de destruir fortificaciones e inutilizar el armamento pesado. En los años siguientes a la liberación, María del Carmen y José tuvieron tres preciosas hijas. La primera, Josepha, nacería en octubre de 1811, siendo su madrina su tía María de los Ángeles que le concedería en su bautizo los nombres de Josepha María del Pilar Michaela Juana Nepomucena, pero la pequeña moriría poco tiempo después. La segunda vendría al mundo un miércoles. Su limpio llanto despertó a todos los vecinos la lluviosa madrugada del treinta de octubre de 1816. La niña fue bautizada en la iglesia de Santiago el tres de noviembre, recibiendo los nombres de Theresa Josepha Damiana Michaela y siendo los padrinos sus abuelos Joseph y Theresa. La última de sus hijas nacería tres años después, a mediados de junio de 1819, y sería llamada como su madre, María del Carmen. Tras estos felices acontecimientos, la muerte pasaría tres veces seguidas por la familia. Primero, la noche del día veinticinco de julio de 1818, en la que se llevó plácidamente a la abuela Luisa que contaba ya con ochenta y siete años y que vivía con ellos. Luego, el veintidós de marzo de 1819, fallecería también la nonagenaria abuela María Calderón en el Hospital de Inválidos donde estaba ingresada. La familia entera lamentó profundamente ambas muertes pero comprendieron que esa era la ley de la vida. Pero cuando apenas un mes más tarde de haber nacido su hija, la muerte sorprendía, el infortunado domingo once de julio de 1819, prematura y cruelmente a María del Carmen Riaño, con tan solo veintiséis años, todos se quedaron hundidos y desesperados sin llegar a entenderlo. José ese día no se sintió avergonzado cuando sin poder contenerse, comenzaron a caerle, como espesos goterones, unas lágrimas tozudas y cortantes, que le rodaban lentamente por sus mejillas para ir a morir en la comisura de los labios; aunque cuando se le acercaron sus pequeñas hijas intentó ocultarlas entre sus rubios cabellos estrechándolas en un desesperado abrazo. La familia vio pronto como mejor solución para José, que era aún joven y que se encontraba de repente solo con dos hijas pequeñas, una de ellas recién nacida, que volviera a contraer matrimonio. Lo que hizo con su cuñada María de los Ángeles Riaño, hermana menor de su mujer, remedio por otra parte muy frecuente para estos casos en aquellos tiempos. HISTORIA DE LOS GÁLVEZ DEL POSTIGO EN MÁLAGA (III) 5. Una cierta Málaga del XIX Tras la retirada de los franceses y después de varios años de una guerra devastadora, todo el país en general se encontraba sumido en un caos administrativo y con una ruinosa situación en la hacienda pública. En un primer momento y en estas circunstancias, el pueblo español recibiría con esperanza la llegada del rey Fernando VII. Pero cuando, en un verdadero golpe de Estado, el monarca derogó la Constitución de 1812, los enfrentamientos en el ámbito político, que se habían puesto de manifiesto ya en las Cortes de Cádiz, pronto se convirtieron en violentas luchas entre los partidarios de las ideas liberales y los absolutistas. Empezaron entonces diversos periodos de alternancia entre las dos tendencias, que se caracterizaron por las implacables persecuciones y la fuerte represión que sufrieron los liberales por parte de los realistas, por las que muchos de aquellos acabaron en las cárceles mientras que otros se veían obligados a marchar al exilio. En esta época de incertidumbre y crisis la familia de José Gálvez del Postigo y Laso de la Vega y de María de los Ángeles Riaño, como la de la mayoría de los malagueños, debía proseguir con la lucha diaria en su intento por subsistir en estos difíciles momentos por los que atravesaba la ciudad. Toda la familia colaboraba unida trabajando muy duro. Los abuelos, Joseph y Theresa, compartían su vida entre la casa que tenían en la calle de la Cruz Verde y las que ocupaban sus hijos José, Manuel y Theresa en la de Cobertizo del Conde. Disponía la familia del servicio de dos criadas, Ana Pinazo y María González, que se ocupaban de las labores de la casa y de cuidar a los más pequeños. José seguía llevando la hacienda de Villanueva en los Montes, ahora de su propiedad tras el fallecimiento de Nicolasa, su madre política. Pero la situación de verdadera decadencia económica, sobre todo en lo que respecta al comercio, con los sistemas de producción todavía deficientes y los precios cada vez más bajos, hacía que todos sus esfuerzos no se vieran recompensados con el adecuado rendimiento y el justo beneficio. En el aspecto personal, en 1825, a las dos niñas Theresa y María del Carmen se uniría un hijo varón al que llamaron José, como su padre y su abuelo. A todos les pareció que con la llegada del niño se iniciaba una cierta mejora en su situación pues coincidió con unos años en que la economía malagueña comenzó a mostrar los primeros indicios de recuperación. La noche del jueves cinco de julio de 1832 sería muy triste para la familia Gálvez del Postigo pues fallece en la casa de Cobertizo del Conde, Theresa Laso de la Vega, a la edad de sesenta y cinco años. Joseph, que siempre había pensado que moriría antes que su esposa, quedó profundamente afligido a pesar de contar con el cariño de sus tres hijos y de veintiún nietos, doce por parte de Manuel, seis de Theresa y los tres de su hijo José. Theresa, tal como determinaba en su segundo testamento que había dispuesto junto a su marido en abril de 1829, recibió sepultura con el hábito de Nuestra Señora del Carmen y asistiendo al sepelio la hermandad de la Vela de la que era hermana. A la hora del entierro le pareció a Joseph que las calles de Málaga asumían una quietud demasiado estática, como agarrotada por el frío de la muerte a pesar de ser verano. Fue un luto largo. En esas fechas todavía la ciudad seguía conmocionada por un acontecimiento ocurrido unos meses antes y que había convulsionado la vida de todo el pueblo malagueño. José María de Torrijos había sido un militar destacado durante la guerra de la Independencia. Liberal convencido desde los primeros años del absolutismo, tras la conclusión del trienio liberal y con la llegada del auxilio de las tropas francesas convertidas por la historia en los Cien mil hijos de San Luis, hubo de marchar al exilio como tantos otros compañeros suyos. Refugiado en Inglaterra, preparó un alzamiento contra el régimen de Fernando VII, trasladándose desde este país a Gibraltar de donde partiría su expedición el treinta de noviembre de 1831 con destino a las costas malagueñas. Tras diversos incidentes sus componentes fueron capturados en la madrugada del cuatro al cinco de diciembre, en una emboscada que el gobernador de Málaga había preparado para atraparlos. Este intento falló no sólo por la falta de medios y la débil organización, sino fundamentalmente por la traición de quienes desde tierra le habían facilitado informes falsos, ofreciéndole apoyo y asegurándole el éxito de la empresa. Una semana después de ser apresados, el tiempo indispensable para recibir la orden real, Torrijos junto a sus compañeros de armas, algunos paisanos y un grumete de quince años, fueron fusilados en la mañana del domingo once de diciembre, en las playas de San Andrés en el Bulto, tras haber pasado su última noche en el convento franciscano del Carmen, en el Perchel. Los cuerpos amontonados de los fusilados fueron trasladados en carros, en un siniestro paseo por las calles de Málaga, hasta el cementerio de San Miguel; excepto el del joven irlandés Robert Boyd, que sería enterrado en el cementerio inglés. En el año 1833 moriría Fernando VII dejando como sucesora a su hija Isabel, que tenía sólo tres años de edad, bajo la regencia de su madre María Cristina. Los realistas más intransigentes no aceptaron esta resolución y proclamaron como rey a Carlos, hermano de Fernando, dando comienzo las denominadas guerras carlistas. En Málaga, tras la muerte del monarca se implantó de forma decidida el liberalismo y con éste se abrió en la vida de la ciudad una etapa brillante, plena de realizaciones en el terreno económico y de gran dinamismo social y político. Son años en los que Málaga va a adquirir un evidente protagonismo en la vida nacional, llegando a convertirse, en las décadas siguientes, en la segunda provincia a nivel industrial de todo el país detrás de Barcelona. Durante este tiempo la familia Gálvez vive momentos de recuperación a la par de lo que ocurría en la provincia. En un principio habían tenido algunas dificultades en la venta de la pasa debido a la excesiva ansia de beneficios de los comerciantes, que estaban pidiendo precios muy elevados en el extranjero lo que había provocado cierto retraimiento en los mercados. Pero a partir de 1834 la situación se estabilizó llegando a mejorar notablemente. Theresa, la hija de José Gálvez del Postigo y de María del Carmen Riaño, conocería en esta época a Ildefonso, hijo de José de Ocaña y de María Solecio. Los dos jóvenes, él de veintiún años y ella de diecinueve, se casarían en la parroquia de San Juan la luminosa tarde del sábado dieciséis de julio de 1836, siendo los padrinos el padre de ella y María de los Ángeles, su tía y madrastra. Cuatro años más tarde, Joseph Gálvez del Postigo, sufriría una congestión cerebral que provocaría su fallecimiento el día seis de julio de 1840. Contaba con la considerable edad, al menos para esa época, de ochenta años, siendo sepultado en la cripta de la capilla del desaparecido Hospital Real de San Lázaro, que había sido fundado en 1492. La iglesia de estilo mudéjar tiene una sola nave, junto a la cual se encuentra una gran cruz de piedra, que señala la primera estación del Vía Crucis que sube hasta el cercano monte Calvario. El veintisiete de noviembre de 1837, su nieta María del Carmen, hija de José, había contraído matrimonio en la iglesia de San Juan con el marbellí Antonio Crespo y Guillén. En un principio permanecerán viviendo en la casa de la calle Cobertizo del Conde, donde a finales de 1838 nacerá su primer hijo al que llamarán Eduardo. En julio de 1840 nacería Eloisa, que morirá en octubre de 1841, un mes después de que naciera su hermano Antonio. El último día de octubre de 1842 nacerá en la calle de La Grama Joaquín, y en junio de 1844 moriría el pequeño Antonio; naciendo días más tarde Emilio, que fallecería cuatro meses después. Ildefonso y Theresa se trasladarían a vivir al partido de Jotrón donde poseían el lagar llamado de don Sancho. En 1838 y 1840 habían nacido su dos primeros hijos, José y Francisco, en diciembre de 1841 lo haría Ildefonso y en marzo de 1844 nacería Rafael. En 1841 se había abierto en Málaga el Círculo Malagueño y al año siguiente se levantaría un monumento a la memoria de Torrijos en la plaza de Riego, nombre que recibirá durante algunas décadas del siglo XIX la plaza de la Merced, hasta entonces adornada con una fuente, colocándose, además, en el Bulto una cruz en el lugar del fusilamiento. Corrían tiempos en el país de gran inestabilidad política con continuas revueltas y sublevaciones. También fue la época de las grandes desamortizaciones. Ya en 1767, con la expulsión de los jesuitas, había comenzado el largo proceso desamortizador, siendo ocupada su sede veinte años más tarde por el Colegio Náutico de San Telmo. Tras la invasión se estableció un decreto por el que quedaban suprimidas las órdenes monacales, mendicantes y clericales. A raíz de éste desaparecerían en Málaga los enormes conventos de la Merced y de San Francisco, este último situado entre la calle Carretería y el río. En 1835 Mendizábal concedió al ejército, para su transformación en cuarteles, los claustros y habitaciones de los conventos de la Trinidad, la Merced y Capuchinos, convirtiéndose en hospital militar el de la Victoria. Sus iglesias se hicieron parroquias y el resto de los terrenos, en su mayoría huertas, se transformarían en espacios urbanos. Sobre el solar del convento franciscano se construiría una hermosa plaza de toros llamada de Álvarez, por ser Antonio Álvarez quien compró dichos terrenos cuando, tras la desamortización, salieron a subasta, y que sería inaugurada en el verano de 1840, siendo desgraciadamente derribada en 1864. Ocupando una gran parte del terreno de esta misma huerta se abrirían en 1844 los Baños de Álvarez que más tarde se denominarían Baños de las Delicias. En el edificio de este antiguo convento de San Francisco, situado en la plaza del mismo nombre, se había fundado un par de años antes, en 1842, el más importante lugar de recreo y ocio destinado a la clase media malacitana de mediados de siglo, El Liceo. Esta institución animaría la vida cultural de la ciudad, encargándose de organizar numerosos concursos literarios; exposiciones de pintura, manufacturas y artesanías y también juegos florales; produciendo asimismo frecuentes representaciones de óperas y conciertos llevadas a cabo por su Academia Dramática. En ese mismo inmueble se situaría en un principio la Escuela Normal de Magisterio, que pasaría en 1847 al edificio del convento de San Felipe Neri, en la calle Gaona, donde desde septiembre de 1846 también se encontraba el primer Instituto Provincial de Segunda Enseñanza. Por esas fechas quedaría establecido de manera definitiva el que será uno de los emblemas nacionales. Ya en 1785 Carlos III había decretado como obligatoria para la marina española la bandera roja y amarilla, derivada de la aragonesa, mientras que el resto del ejército conservaría como enseña la bandera blanca tradicional. Pero no sería hasta 1843 que dicho estandarte se convertiría de manera oficial en la bandera nacional llevando además el escudo español en el centro. Para entonces, Málaga contaba ya con algo más de setenta mil habitantes. Uno más nacería a las tres de la madrugada del miércoles dieciséis de julio de 1845 en la casa de Cobertizo del Conde. Toda la familia se reuniría en la parroquia de lo que fue el convento de la Merced alrededor de una preciosa niña para que recibiera los nombres de María del Carmen Teresa Josefa Ocaña Gálvez del Postigo al ser bautizada el día veintinueve de ese mismo mes. Tras ella nacería María de la Salud, en mayo de 1847. María del Carmen y Salud se convirtieron en el suplicio de sus padres y hermanos mayores. Las dos pequeñas rebosaban vitalidad y no paraban ni un solo instante volviendo locos a quienes se pusieran a su alcance. Lo peor era que nadie se podía enfadar durante mucho tiempo con ellas pues poseían una tierna e irresistible sonrisa que sabían emplear en los momentos oportunos para conseguir su perdón. Ildefonso Ocaña y su familia proseguía dedicándose a las labores del campo en el lagar de su hacienda de los montes. Eran buenos tiempos para la vid y el trabajo producía buenos frutos, aunque los grandes beneficios continuaban siendo para los comerciantes más que para los agricultores propietarios. A sus jóvenes hijos no les atraía demasiado la fatigosa y pesada labor que suponía el mantenimiento de la heredad, pues siempre había algo que hacer. Así, en los fríos meses de enero y febrero, para que la temperatura evitara que la savia se derramara, tenían que podar las cepas. Cuando comenzaban a caerse las hojas debían cortar los sarmientos no productivos, lo que hacían descargando un golpe seco con una hoz o piqueta sobre los que decidían extirpar; de esta forma se evitaba que la planta creciera demasiado ayudándola a fortalecerse. Cuando con el final del verano se marchaban los calores, llegaba la época que a los mozos más les gustaba y con ella la vendimia. Entonces el lagar se llenaba de animación y todos, jóvenes y mayores, hombres y mujeres, se disponían a recoger los frutos de toda una temporada de duro trabajo. Cada cual se disponía con su navaja de podar a cortar los racimos y no era raro ver con frecuencia que los muchachos se picaran y convirtieran la faena en una sana pero implacable competición para ver quién llenaba más capachos y en menos tiempo. Cuando los cestos se llenaban a rebosar los vaciaban en los serones de las sufridas monturas que tenían que trasladarlos por las veredas hasta el lagar. Cuando no había más bestias o éstas caían exhaustas, algunos hombres se colocaban los capachos sobre sus cabezas y emprendían cargados el camino de regreso. En esta época como en las anteriores, el puerto seguía marcando el ritmo mercantil de la ciudad manteniendo un tráfico constante de mercancías. A través del puerto llegaban a Málaga, además de las materias primas para la industria, manufacturas inglesas, cereales, bacalao, mantequilla y otros productos; y se exportaban los frutos típicos de la tierra, vinos, pasas, limones, aceite y las manufacturas locales. En 1845, Manuel Agustín Heredia creó la Sociedad de Vapores de Málaga, cubriendo la ruta de Cádiz a Marsella, con una flota compuesta de dieciocho buques. Al año siguiente las familias Heredia y Larios fundarían la Industria Malagueña, destinada a la fabricación de hilados y tejidos, ubicándola en unos terrenos colindantes a la ferrería La Constancia. En un principio las instalaciones se compusieron de dos fábricas independientes, una para la fabricación de tejidos de algodón y otra para los de lino y cáñamo, dotándolas con las más modernas instalaciones y maquinarias de la época. Mientras tanto, 1848 va a ser un año muy duro para Theresa e Ildefonso. José Gálvez del Postigo, el padre de Theresa, va caer gravemente enfermo, y parecía tan inminente su muerte que a primeros de enero tuvo que otorgar incluso un poder para testar, intentando además dejar resuelto en esos días cualquier cuestión que pudiera estar pendiente. Gracias a Dios saldría de esa, aunque con la salud muy delicada. No obstante, la familia va a vivir en 1848 dos trágicas e inesperadas pérdidas familiares separadas, a pesar de las circunstancias, por un feliz alumbramiento. El día seis de abril fallecería a causa de una hepatitis crónica José Gálvez del Postigo, único hijo varón de José y María de los Ángeles y hermano de Theresa, contaba escasamente con veintitrés años, estaba soltero y vivía con sus padres. Ocho meses después, el trece de diciembre, Theresa daría a luz un niño varón al que llamarían Antonio. 6. Un lagar donde vivir Tres personajes que llegarán a ser figuras destacadas en el panorama social y artístico nacional, habían nacido en la década de los cincuenta en la provincia de Málaga. En julio de 1855 lo había hecho en Casares Blas Infante, que será considerado el Padre de la Patria Andaluza. En 1857 había nacido en la aldea de Benaque el escritor Salvador Rueda, que llegaría a ser una de las grandes figuras del Modernismo; consagrándose en 1892 con la publicación de su libro de poemas “En tropel”, en el que Rubén Darío le dedicaría su maravilloso Pórtico. Y en marzo de 1858 nacería en Málaga José Moreno Carbonero, que se convertirá en uno de los pintores más significativos de nuestra ciudad. Pintor realista, se especializaría en temas históricos, aunque su mayor fama la alcanzaría con los retratos, llegando a pintar a las reinas María Cristina y Victoria Eugenia y al propio rey Alfonso XIII. En ese mismo mes de marzo de 1858, la madrugada del miércoles diecisiete, había fallecido inesperadamente Ildefonso Ocaña Solecio a la edad de cuarenta y tres años, debido a una grave infección producida por una herida. Aunque desde el primer momento la lesión presentó un aspecto nada tranquilizador, nadie pensó que pudiera tener tan funesto resultado, pues Ildefonso era un hombre sano y fuerte acostumbrado a soportar esfuerzos y fatigas. En el momento de su muerte era el alcalde del Partido de Jotrón no pudiendo finalizar su mandato. José Gálvez del Postigo, el padre de Theresa, moriría de vejez la tarde del viernes veinticuatro de septiembre de 1858 en la calle Roque García. Tras su fallecimiento María de los Ángeles Riaño, su viuda, decide arrendar la hacienda de Villanueva a José Báez. Se la alquila por seis años, en un principio a un precio de dos mil doscientos reales de vellón anuales mientras la plantación se viera afectada por la enfermedad de la ceniza que llevaba sufriendo en los últimos meses; acordando subirla a tres mil reales una vez se hubiese extinguido de las cepas. El inquilino debía realizar los pagos cada año el día de San Andrés, con dinero efectivo de plata u oro, o incluso con papel moneda, y no podía cortar ningún árbol ni dañar las viñas. Asimismo debía proporcionar a María de los Ángeles cada año media fanega de aceituna, otra media de almendra larga, seis arrobas de higos verdejos pasados, dos arrobas y media de vino, el vinagre que necesitase y dos cargas de leña. Además, la sala y la alcoba principal de la casa debían quedar reservadas para su uso particular, debiendo también facilitarle las bestias necesarias en cada ocasión que ella quisiera trasladarse a la finca. La mañana del domingo tres de noviembre de 1861, se casarían en la iglesia de la Santa Cruz y San Felipe Neri, Juan Gutiérrez Gutiérrez y María del Carmen Ocaña Gálvez del Postigo. Juan se había trasladado varios meses antes como colono al lagar de don Sancho en el partido de Jotrón. Allí conocería a María del Carmen, una preciosa zagala que contaba apenas con dieciséis años. La joven quedó rápidamente prendada de la madurez de un atractivo hombre de veintinueve y Juan no se pudo defender de la vivacidad que desbordaban sus ojos. Ambos aprovechaban cualquier momento para encontrarse a hurtadillas. Él la trataba como a una mujer y ella cayó incondicionalmente rendida en sus brazos. Fue una tentación irresistible y María del Carmen al poco tiempo quedó embarazada. Y una vez consumados los hechos a las familias no les quedó más remedio que admitirlos. Al principio, cuando lo descubrieron, lo aceptaron con disgusto, por lo repentino y dada la juventud de la muchacha. Pero luego, viéndolos tan enamorados y reconociendo a Juan como una persona buena y honrada, celebraron la boda con alegría; eso sí, en el menor tiempo posible. Apenas dos meses más tarde su madre, Theresa Gálvez del Postigo y Riaño, volvería a contraer matrimonio. El veintiuno de enero de 1862 se casaría en segundas nupcias en el mismo templo que su hija, con el riojano de Soto de Camero Martín Chaleco García, hijo del francés Jean Chaleco y de Francisca García, permaneciendo el matrimonio en el lagar de don Sancho, propiedad de Theresa. Su hermana Mª del Carmen Gálvez del Postigo acababa de quedarse viuda tras el fallecimiento de su marido Antonio Crespo. Vivía en una espaciosa casa del Pasaje de Larios, encargándose desde entonces su hijo Eduardo del comercio que tenían. En esa época su “madre” Ángeles Riaño y su sobrino Rafael Ocaña, vivían con ellos, siendo atendidos por Dolores Pérez, que era la criada de la casa. El joven Rafael, entre 1859 y 1860, se hallaba matriculado en el instituto Vicente Espinel situado en la calle Gaona, en el que realizaba los estudios de primero de bachillerato, y donde, junto a las matemáticas y la lengua, recibía clases de francés. Para entonces, Joaquín Crespo había solicitado su ingreso como cadete en la Marina Real, para lo que había presentado un expediente de Hidalguía y Limpieza de Sangre, que sería aprobado por Real Orden de 1 de junio de 1861. Joaquín se impacientaría al no recibir la adjudicación inmediata de una plaza y, posiblemente, esto unido a que las relaciones con su hermano Eduardo se habían deteriorado debido a disputas que tenían que ver con la herencia de su padre, hará que Joaquín decida abandonar España, marchándose a Argentina, donde llega cargado de ilusiones y dispuesto a conquistar los nuevos horizontes de este joven país. Se llevó con él una bolsa de pepitas de oro con las que iría pagando todos sus gastos. En un primer momento se dirige a la provincia de Entre Ríos donde comienza algunas actividades comerciales y donde va a conocer a la que se convertirá en su mujer, la joven Antonina Pons y Álvarez, contrayendo matrimonio el 7 de enero de 1870 en la ciudad de Concordia. Con el tiempo, Joaquín y Eduardo irán solucionando sus disputas, y comenzarán a mantener una cordial y periódica correspondencia, lo que hace que Joaquín elija a su hermano como padrino de boda, y en su ausencia, pues éste permanecía en España, fue representado por su madre, pues María del Carmen se había trasladado también a Argentina a vivir con su hijo. En esa época Eduardo se había convertido en una persona importante e influyente en Málaga, siendo Comendador de la Muy Noble y Militar Orden Real y Pontificia del Santo Sepulcro. Contraería matrimonio el siete de diciembre de 1871 con la jovencísima madrileña de quince años María Martín Romero Godoy, hija de la excelentísima señora doña Matilde Godoy y Crowé, condesa de Castillo-Fiel y nieta de Manuel Godoy y Álvarez de Faria, ministro de Carlos IV y favorito de la reina María Luisa, duque de Alcudia, duque de Sueca y marqués de Álvarez, honrado además con el título de Príncipe de la Paz. A finales de 1862 Juan Gutiérrez era el alcalde del partido de Jotrón. El siete de abril , cinco meses después de la boda de Juan y Carmen, nacería Waldo, su primer hijo. En ese año se crea el Círculo Mercantil y en el otoño, Málaga vivirá unos ajetreados días con la visita de la reina Isabel II. Todo el pueblo malagueño, incluidas las dos parejas, se dispuso a acoger a la reina en la dorada tarde otoñal del jueves dieciséis de octubre. Con este viaje la corona pretendía fomentar el reencuentro de la soberana con el pueblo de Málaga, que tantas discrepancias había tenido con la reina regente María Cristina desde el levantamiento de 1836. Aunque oficialmente, venía con motivo de la inauguración de la Exposición Agrícola, Industrial y Pecuaria que se iba a celebrar en Málaga. Para recibirla, la ciudad se engalanó con numerosas construcciones, aunque de carácter efímero. Se levantaron gran número de arcos triunfales construidos con madera e hierro y adornados con vistosas plantas, flores, esculturas y pinturas de signo alegórico y festivo. En medio del campo, en el límite de la provincia de Granada y para recibir al séquito real, se había levantado un monumental arco de tres vanos. Desde la villa antequerana, la carroza de la reina entraría en la ciudad bajo el arco construido en el camino de Antequera y, ya dentro de ésta, pudieron contemplar gratamente asombrados los que se encontraban en la calle de la Victoria; en la de Torrijos, que era del Liceo; en la calle Álamos, levantado por del instituto de Segunda Enseñanza y el del muelle, que era obra del Círculo Malagueño; siendo muy admirados los que se situaron delante de la Industria Malagueña y de la ferrería La Constancia; además del ubicado frente a la fábrica de gas, en la explanada de la Estación de Ferrocarril, edificio éste que también inauguraría la reina. Además de los arcos, se levantó un castillo de cartón piedra envolviendo la vieja casacuartel de carabineros y un kiosco, erigido en el puerto para el embarque de los reyes. También se colocaron fuentes y diversos adornos en la Alameda, iluminándose de forma fastuosa la fachada de la Catedral. Juan y Carmen contemplaron entre apretujones la llegada de la comitiva real a la plaza de la Merced, que se había engalanado con surtidores de agua, estatuas de mármol y elaborados cerramientos de forja. Lograron reconocer a la reina y a su esposo, pero apenas pudieron distinguir al pequeño príncipe de Asturias. Sus Majestades estuvieron en Málaga cuatro días, alojándose en la Real Aduana que para tal efecto fue convertida en una especie de palacio real en el que, por no faltar de nada, se había improvisado hasta un salón del trono con todos y cada uno de sus oportunos elementos. Durante estas jornadas, lo que a Carmen e Isabel más les gustó de lo que pudieron contemplar, fue la magnífica quema de un castillo de fuegos artificiales en el puerto. Mientras que a Miguel y a Juan lo que mayor interés les despertó, fue la visita al fabuloso pabellón, situado en el paseo de Reding, que se había levantado para la Exposición y donde se exhibían los productos típicos de Málaga. El pabellón ocupaba cerca de tres mil metros cuadrados y fue construido por la Sociedad Económica de Amigos del País. Contaba con salones para la agricultura y la industria, además de grandes tinglados para la ganadería. Tenía planta de cruz griega, compuesta de un espacio central octogonal y una cúpula cubriendo el octógono, donde se encontraban expuestos los tradicionales frutos malagueños, cereales, vinos y pasas. La reina llevó a cabo en estos días un programa muy ajustado. Además de inaugurar la Exposición, presidió el baile real que se organizó en una de las más señoriales casas de la Alameda Principal, asistió a una corrida de toros celebrada en su honor en la plaza de Álvarez y a los actos religiosos oficiados tanto en el Santuario de la Victoria como en la Santa Iglesia Basílica Catedral. Visitó la ferrería de La Constancia, varios centros benéficos y algunas escuelas y hospitales, colocando la primera piedra del Hospital de la Reina, que andando el tiempo se convertiría en el Hospital Civil Provincial; llevando a cabo además otras muchas inauguraciones. La soberana y su séquito abandonarían Málaga la tarde del domingo diecinueve, embarcados en el vapor Isabel II, al que daban escolta once buques de nuestra marina. Tras el paréntesis que supuso la visita real, la vida en la ciudad debía continuar su curso sumergiéndose de nuevo en los problemas cotidianos. El veintinueve de septiembre de 1864, nace en el barrio del Perchel el escritor Arturo Reyes; quizá el autor que mejor va a saber reflejar, tanto en su poesía como en sus cuentos y novelas, la vida y costumbres de la Málaga más popular. En septiembre de 1868, ya lejano el recuerdo de su visita, en Málaga, como en el resto de España, el pueblo se echó a la calle para destronar a Isabel II. Revolución que triunfaría al mando de los generales Serrano y Prim y del almirante Topete, pasando a la historia con el nombre de La Gloriosa. En la ciudad hubo graves disturbios, numerosos incendios y múltiples agresiones tanto a edificios públicos como privados, llegando a asaltar los obreros de la Industria Malagueña la casa de la familia Larios en la Alameda Principal; quienes, dos días después, partirían hacia Gibraltar, comenzando un exilio que continuaría más tarde en París y Londres. La reina marcharía al destierro. Poco después, el diecinueve de octubre y de mano del Gobierno Provisional, tendría lugar el nacimiento oficial de la peseta como nueva unidad monetaria. Hasta entonces habían habido en España noventa y siete clases de monedas, por lo que el gobierno ve la necesidad de unificar el patrón monetario; aprovechando además los acuerdos internacionales de la Unión Monetaria Latina, que agrupaba a Francia, Italia, Suiza y Bélgica, para intentar integrarla en este mismo sistema monetario. Propósito que nunca será conseguido. No obstante, a comienzos de 1869 verá la luz la primera moneda de peseta, en la que se representa a Hispania, una alegoría de la nación inspirada en las antiguas monedas romanas. Mientras tanto, el ambiente en la ciudad seguía encontrándose revuelto. Los distintos levantamientos derivarán en esas semanas hacia un movimiento federalista, organizándose multitudinarias manifestaciones a favor de la República y proliferando las barricadas. Las calles de Málaga se convertirán en escenario de una auténtica revolución popular que, después de varios días de luchas y tras una durísima represión, terminaría provocando sesenta y cuatro muertos y más de cien heridos. Poco después, tras la adquisición por parte del ayuntamiento del edificio de las Atarazanas y la demolición de los restos de murallas que quedaban, se iniciará en estos terrenos, respetando en gran medida el gran arco nazarí, la construcción del Mercado que sería llamado de Alfonso XII. En septiembre de 1873 se funda el Real Club Mediterráneo, el club náutico más antiguo de España, y un año después se comienza a levantar, aunque no sería inaugurada hasta el verano de 1876, una nueva plaza de toros en la Malagueta. Barrio que había surgido en la expansión de la zona industrial hacia los terrenos situados al este del puerto. 7. Un final de siglo El matrimonio de María del Carmen Ocaña y Juan Gutiérrez sería muy fecundo. Tras Waldo tendrían catorce hijos más. En febrero de 1864 nacería Carmen que sólo sobreviviría dos años, después vino José en enero de 1866 y en marzo de 1868 lo haría Ana María. Ildefonso y Teresa nacerían en noviembre de 1869 y 1871 respectivamente. La afortunada pareja residía normalmente en el lagar de Gutiérrez en el partido de Guadalmedina y Arroyo Hondo, pero vivían en una época de inestabilidad y crisis comercial. Las epidemias y la competencia de las pasas y uvas de otros lugares del país e incluso del extranjero, habían producido un descenso en las exportaciones y que los precios tendieran a bajar. En esta situación y según las necesidades, cuando surgía alguna oportunidad no la desaprovechaban y se trasladaban a otras haciendas para trabajar. De esta manera, en 1873 se encontraban en el lagar del Sargento en el partido de Roalabota, y allí nacería a las cuatro de la madrugada del sábado veintidós de noviembre Isabel Gutiérrez Ocaña, siendo bautizada días más tarde en la parroquia de San Felipe. Se trataba de una niña morena y menuda, de tan pocas carnes que sus padres siempre andaban preocupados por ella obligándola con insistencia a comer. Pero ella se escabullía siempre que podía con la complicidad de su hermano Waldo, que era con quien se llevaba mejor, siendo éste el único que, con juegos y subterfugios, lograba que la pequeña comiera algo. El once de febrero de ese año de 1873, las Cortes habían proclamado la República, al producirse la abdicación del rey Amadeo I tras haber reinado apenas dos años. Ésta duraría menos de once meses, sólo hasta el tres de enero del año siguiente, pero a pesar de su corta duración llegaría a tener hasta cuatro presidentes. Mientras tanto el ayuntamiento republicano de la ciudad había acordado el diecisiete de noviembre el derribo de seis conventos casi todos situados a un lado y otro de la calle Granada y en las proximidades de la Catedral. Eran los conventos de las Carmelitas, las Capuchinas, el Císter, la Encarnación, el Ángel y el Carmen. A los que había que sumar además, los conventos de Santa Clara y San Bernardo derribados con anterioridad. Como consecuencia del derribo de los conventos mencionados, surgirán entre otras las calles de Echegaray y del Duque de la Victoria, y se ampliarán las de Santa María y Molina Lario; trasladándose al convento de San Agustín las Casas Capitulares, pues su antiguo edificio en la plaza de la Constitución había sido demolido y sobre su solar se comenzaría a edificar una gran manzana de casas. Málaga se había convertido ya en una ciudad que contaba con más de cien mil habitantes. Mientras tanto, en Argentina, Joaquín Crespo y Antonina Pons verían el nacimiento de su hijos. Primero llegaría Eduardo, que nacería en la ciudad de Concordia a primeros de septiembre de 1871; y tras él, nacerían Antonina, Joaquín, Arturo y Carmela. Pronto la familia se va a trasladar a Buenos Aires, instalándose en una regia quinta en el barrio de Barracas, a la que llamarían Villa Gálvez. Más tarde, se volverían a mudar a otra espléndida mansión situada en el barrio de Belgrano. Joaquín era un empresario con muchas inquietudes que le llevarían a emprender negocios a gran escala. Así, ganaría la licitación para hacer las primeras pavimentaciones de las calles de Buenos Aires. En España, su hermano Eduardo Crespo también verá la llegada de sus hijos. En Málaga nacerán Eduardo y Fernando, en 1873 y 1874 respectivamente, siendo los padrinos de ambos la reina Isabel II y su hijo el rey Alfonso XII, representados por distintos nobles que acudirían en su nombre; naciendo después de trasladarse a Madrid, Luis y María. En Málaga, en el verano de 1876 nacería Juan Gutiérrez Ocaña, y después lo haría Carmen en Olías a principios de diciembre de 1877, muriendo poco tiempo después. En ese mismo año, los días dieciocho y diecinueve de marzo, la ciudad había recibido la visita de Alfonso XII, que había sido proclamado rey de España en 1874 en gran medida gracias a la labor del malagueño Antonio Cánovas del Castillo, que lo acompañaba en este viaje. El rey llegó al puerto de Málaga a bordo de la fragata Vitoria, recorriendo la Alameda, la calle Nueva, la plaza de la Constitución, la calle Santa María y la de Molina Lario hasta la Catedral montado en un precioso alazán. Esta corta estancia fue dedicada por el rey a asistir a distintos actos en su honor como un Tedéum en la Catedral y una velada musical organizada por la Sociedad Filarmónica, que había sido fundada en 1869, con una brillante interpretación por parte de Eduardo Ocón de su célebre cantata compuesta con ocasión del nacimiento del rey. Al igual que hizo su madre quince años antes, inauguró una Exposición Artístico, Industrial y Agrícola, visitando también las principales industrias de la ciudad; concluyendo las actividades reales en el por entonces famoso hipódromo malagueño. El rey y su séquito embarcó la noche del lunes diecinueve, siendo escoltado hasta el buque real por numerosas jábegas y embarcaciones de recreo cuyos tripulantes portaban luminosas antorchas. En la provincia, ya entre 1875 y 1876 se habían detectado los primeros brotes de filoxera, aunque la epidemia no sería oficialmente reconocida hasta 1878. Con la irrupción de esta plaga, en apenas una década va a desaparecer casi por completo el viñedo en los Montes de Málaga. Las consecuencias de la jaña fueron catastróficas ya desde el principio, puesto que el cultivo de la vid suponía prácticamente la única fuente de ingresos para la gran mayoría de los pequeños y medianos propietarios de esa zona. Provocando su ruina y obligándolos a tener que abandonar sus tierras al no poder hacer frente a los pagos de las elevadísimas contribuciones. La pérdida de los viñedos no sólo va a afectar a los agricultores, pues el comercio perdería uno de los principales elementos de su prosperidad ocasionando la ruina de bodegueros y criadores, y dejando sin trabajo a una gran cantidad de toneleros, arrieros y a los braceros y faeneras que se unían al trabajo estacional en la época de la vendeja. Tras esta tremenda crisis Juan Gutiérrez y su familia abandonan esa zona de los Montes y se trasladan como colonos a la hacienda del Cónsul Inglés en el partido de Almendrales, donde trabajarían y seguirían luchando por conseguir lo necesario para sobrevivir. Allí moriría la pequeña Teresa en 1879 y nacería Miguel, el diecisiete de enero de 1880, dos días después de la inauguración del Real Conservatorio de Música de María Cristina, ubicado en la plaza de San Francisco. El veintiocho de diciembre de 1881 nacería Adelaida y casi tres años más tarde, lo haría su hermana Aurelia, en junio de 1884. El veinticinco de noviembre de 1885 moriría Alfonso XII. Antes, en enero de ese mismo año, había visitado la provincia, promoviendo el auxilio de las zonas más afectadas por el terremoto ocurrido durante la Navidad anterior. Cuando muere el monarca, lo hace sin dejar sucesión masculina, pero a los pocos meses la reina María Cristina de Habsburgo, segunda esposa del rey tras el fallecimiento de María de la Mercedes, dio a luz un niño, en quien recaería la corona con el nombre de Alfonso XIII, haciéndose cargo del gobierno su madre como regente. Mientras tanto, el veintiséis de noviembre de 1884, había fallecido en Buenos Aires María del Carmen Gálvez del Postigo, siendo depositados sus restos en el panteón familiar que la familia Crespo poseía en el cementerio de la Recoleta en la capital argentina. Poco después, su nieto Eduardo viajaría a España para visitar a sus tíos Eduardo Crespo y María Romero. A su regreso a Argentina comenzará a estudiar la carrera de Derecho, montando cuando termina un bufete en Buenos Aires donde ejercerá la abogacía. Para entonces, la precaria salud de su madre Antonina la tenía postrada en una silla de ruedas, decidiéndo trasladarse con Joaquín a San Remo, para aprovechar las cualidades benéficas de su clima. En Málaga, María de los Ángeles Gutiérrez nacería en abril de 1888. Ese verano se organizaría la que podría considerarse como la primera feria de agosto. La idea surgió por el enorme éxito que había tenido el año anterior la conmemoración del IV centenario de la reconquista de la ciudad por parte de los Reyes Católicos, para la que gran parte de la sociedad malagueña se volcaría con entusiasmo. Dicha conmemoración había durado catorce días, entre el dieciocho y el treinta y uno de agosto. Incluyendo en su desarrollo un gran número de actos y festejos. Para estas celebraciones Málaga presentó su mejor cara. Se limpiaron las calles, se adornaron los balcones y se levantaron arcos triunfales, reforzándose la iluminación de los escenarios urbanos principales, así como la de las fuentes y monumentos destacados. Pero lo realmente novedoso fue el ensayo de iluminación por electricidad que efectuó la Sociedad Española de Electricidad, en la zona del muelle y en la plaza de toros. Pero pese al resultado plenamente satisfactorio de la prueba, el alumbrado eléctrico de las calles malagueñas no se haría habitual y estable hasta los últimos años del siglo XIX, cuando se van sustituyendo progresivamente el alumbrado de gas por el eléctrico. La pequeña María de los Ángeles moriría ocho meses después de su nacimiento, y el nueve de agosto de 1889 nacería su hermano Manuel. Ese mismo año la familia se trasladaría a vivir a Pedregalejos, en las casas número ciento cincuenta y siete y ciento cincuenta y nueve de la calle Málaga, aunque seguirían trabajando en la hacienda del Cónsul. Irían a vivir con ellos la abuela Theresa Gálvez del Postigo, que había enviudado por segunda vez, y el hermano de Carmen, Ildefonso Ocaña, que a pesar de tener cuarenta y ocho años permanecía soltero. Pagaban un alquiler anual de quinientos reales, disfrutando de una renta aproximada de unos mil quinientos. En estas casas de Pedregalejo nacería por último una niña el veintinueve de enero de 1892. Este feliz acontecimiento se convertiría inesperadamente en una tragedia para la familia pues tras el parto, María del Carmen Ocaña sufriría una fuerte hemorragia que no pudieron controlar y que le iba a producir la muerte. Falleció al mediodía del sábado seis de febrero en su domicilio. Contaba tan sólo cuarenta y seis años de edad. A la criatura la bautizarían algunos días más tarde con los nombres de María del Carmen Isabel Ana Candelaria. En el verano anterior había sido inaugurada la que se convertiría en la calle más importante de la ciudad y su verdadero centro neurálgico, la calle del Marqués de Larios. El proyecto era una antigua idea de la familia Larios, en busca de un acceso rápido y directo entre el puerto y la Alameda con la plaza de la Constitución, sustituyendo la complicada trama urbana existente por otra que facilitara la llegada de los cargamentos hasta sus almacenes. Las primeras negociaciones entre el Ayuntamiento y Manuel Domingo Larios se iniciaron en 1876, pero las primeras expropiaciones y derribos no se acometieron hasta varios años después, siendo inaugurada la nueva vía el veintisiete de agosto de 1891 por el alcalde Sebastián Souvirón tras once años de duro trabajo. Aunque todos los malagueños admiraron este acontecimiento, la mayor satisfacción la sintieron cuando en ese mismo año por primera vez pudieron participar en las que serían las primeras elecciones por sufragio universal que se realizaban en España. Mientras tanto Juan Gutiérrez Ocaña se trasladaba con frecuencia a trabajar como jornalero a la colonia. En estas labores coincidió en más de una ocasión con su primo Miguel Ternero Gutiérrez, encontrándose faenando ambos durante ese año en dicha finca. Ya por entonces Miguel había comenzado a mantener relaciones formales con su prima Isabel, con el visto bueno de ambas familias, aprovechando las idas y venidas que hacía con Juan para poder verla y hablar con ella. Aunque se conocían desde pequeños, para él Isabel siempre había sido esa niña flacucha y morena a la que le gustaba hacer de rabiar tirándole de las trenzas. Pero sin darse cuenta, un día, en una de las habituales reuniones familiares, la descubrió convertida en una interesante mujer que, además, parecía no hacerle mucho caso. En aquella ocasión, las dos familias se habían reunido en la hacienda de Pedregales para realizar la matanza de un cerdo. Habían comenzado a prepararlo todo desde antes de la medianoche. Los distintos utensilios, recipientes y especias, se hallaban dispuestos para comenzar la faena. Como siempre, el tajador fue Juan Gutiérrez que realizó limpiamente su tarea, apresurándose Isabel en recoger en un lebrillo la sangre que lentamente comenzaba a caer. Después, entre varios muchachos izaron con gran esfuerzo al cerdo colgándolo del techo, bien amarrado con una gruesa y resistente soga. Entre tanto, mientras comenzaban a oírse las primeras ocurrencias y risas, los dos jóvenes intercambiaban algunas esquivas miradas que, sobre todo Isabel intentaba disimular. A continuación las mujeres, reunidas en un corro y entre chismes y canciones, se dispusieron a condimentar los pedazos de carne que, a medida que Juan los iba seccionando, habían ido colocándolos en distintas fuentes, con abundante sal, pimienta, canela y clavo, molidos previamente en los desgastados almireces, para que fuesen sazonándose durante la noche y todo el día siguiente, en que comenzarían a rellenar las tripas con los embudos y a repartirse los mejores trozos de carne. Cuando al despuntar la mañana todos fueron cayendo rendidos, quedándose algunos dormidos incluso por los rincones, la pareja buscó la oportunidad de quedarse un momento a solas, que Miguel aprovecharía para contarle a su prima sus más íntimas intenciones. Y aunque en un primer momento Isabel jugó a hacerse de rogar, al final aceptó feliz la proposición de su primo, pues desde siempre le había parecido muy guapo, además de un buen hombre. Algunos años antes Waldo se había casado con Candelaria Storlese, instalando una tienda de comestibles en el número ciento cincuenta y uno de la misma calle Málaga, siendo ayudados por Antonia Cañete, una jovencísima criada de la pedanía de Olías. De sus hermanos, los varones mayores trabajaban en el campo, excepto Ildefonso que realizaba estudios superiores. Años más tarde Adelaida, que permanecería soltera, también los realizaría, llegando a ser profesora, incluso lograría una cátedra, viajando en esa época a los Estados Unidos. Mientras tanto, los pequeños aprendían a leer y escribir, dedicándose las chicas mayores a llevar la casa. En la primavera de 1895 fallecería Juan Gutiérrez Gutiérrez, lo haría en su domicilio a las dos de la tarde del jueves cuatro de abril, a causa de una lesión en el corazón que llevaba padeciendo varios años y que se había agravado tras la muerte de su mujer. En la ciudad, desde varios años antes se habían estado acometiendo diversas obras de ampliación en los muelles, por alguna de las cuales se había ganado bastante terreno al mar. En 1894 el Ayuntamiento solicita al Gobierno la entrega de estos terrenos que eran propiedad del puerto, lo que se consigue dos años más tarde con la ayuda del entonces Presidente del Gobierno Antonio Cánovas del Castillo. La real orden cedía a la ciudad estos terrenos ganados al mar para convertirlos en parque público, que un futuro no muy lejano se convertiría en la prolongación de la Alameda hasta el hospital Noble. En un principio se dispondría que el parque se denominara Alameda de Cánovas del Castillo cuyo monumento estaba destinado a ocupar un lugar destacado, ideando colocar dos grandiosas fuentes en los extremos. También se proyectó un paseo central y otros dos laterales con jardines a ambos lados, articulados con paseos peatonales, plazuelas y otras fuentes menores. En 1897 y basándose en este diseño darían comienzo las obras. Trabajos que Antonio Cánovas no vería finalizar, puesto que el ocho de agosto de ese mismo año sería asesinado, en el balneario de Santa Águeda en Guipúzcoa, a manos de un anarquista italiano. Ya en la Malagueta, a espalda del Hospital Noble, en 1896 se comenzaría a construir en estilo neomudéjar, la Fábrica de la Electricidad, cuya alta chimenea marcaría desde entonces el paisaje de este barrio. Mientras tanto Miguel Ternero Gutiérrez, de veintinueve años de edad, e Isabel Gutiérrez Ocaña, de veintidós, habían contraído matrimonio en la cálida y primaveral tarde del viernes diecisiete de abril de 1896, en la iglesia parroquial de Nuestra Señora de las Angustias situada en la barriada de El Palo, fundada cuatro años antes; comenzando para ambos una nueva y aún por escribir etapa de su vida. Málaga, julio de 1996 - noviembre de 2002
© Copyright 2026