STAFF 32 DIRECCIÓN Edición y maquetación Ainize Salaberri [email protected] SUBDIRECCIÓN Verónica Lorenzo veronicalorenzo@ graniteandrainbow.com Pedro Larrañaga [email protected] Diseño logo y portada Inge Conde [email protected] REDACTORES Fusa Díaz José Braulio Fernández Yolanda Izard Alejandro Larrañaga Pedro Larrañaga Verónica Lorenzo Daniel Lucas Begoña Martínez Raquel G. Otero Ainize Salaberri Salvador J. Tamayo Elena Triana Queridos graniteros, graniteras, y demás familia: Un número más pero, como siempre, no un número cualquiera. Y, por fin, un número dedicado a un género en alza, que tiene cada vez más presencia en librerías, bibliotecas, mesas de novedades y estanterías privadas: las novelas gráficas. Sin ser grandes expertos, nos acercamos a ellas desde el respeto que merecen. ¿Son literatura? Sí. Porque, al igual que ocurre con el cine, las imágenes también pueden ser literatura; el arte de poder expresar, sin necesidad de palabras, todos los sentimientos del mundo y condensarlos, de una forma brillante (al menos en las novelas incluidas en este número), no sólo no es fácil sino que es admirable. No hay más que echar un vistazo a las imágenes que ilustran los artículos para entender que una imagen, a veces, vale más que cien palabras. Porque allí donde las palabras no llegan llega el poder, innegable, de una secuencia, de un gesto, de una composición gráfica. Por ello, en este número nos entregamos a este género y lo honramos como se merece. Os invitamos a descubrir estas novelas, sí, pero también todas las que os podáis encontrar. No os olvidéis de echar un vistazo a la sección de recomendaciones y novedades porque, también, hay auténticas maravillas. Bienvenidos de vuelta, graniteros. Y gracias por volver a G&R. Sumario #32 4 9 37 40 42 Columnas de opinión NOVELAS GRÁFICAS Recomendaciones Novedades Tablón de anuncios Reuters Opinión Los últimos días de... los buenos modales Pedro Larrañaga Las pasiones no mueren. No, es imposible. Son inmortales, como las musas, el instinto de supervivencia o la estupidez humana. Las pasiones no mueren, son como la energía, ni se crean, ni se destruyen, se transforman y permanecen entre nosotros, en nuestras vidas, para mantener el universo en movimiento. Las pasiones no mueren, sólo se transforman. Esa sentencia, tan evidente, tan irrefutable, tanto en su planteamiento como en su significado, tan clara que podríamos etiquetarla como una “perogrullada”, me costó una eternidad entenderla. Tanto tiempo como el que me ha costado poner en pie este texto, pequeño, modesto en su alcance, pero que para mí ha supuesto el mismo esfuerzo que levantar la Gran Muralla China sólo con mis manos. Yo creía que sí, que las pasiones morían. Y que lo hacían lentamente, agonizando, yéndose cada día un poco más, como los buenos recuerdos, para terminar bajo una lápida triste donde las flores no pueden, ni podrán nunca, hacerles justicia. Tan convencido estaba que la muerte se metía también por mis venas y a cada minuto las veía perder su fuerza y llevarse la mía con ellas. Llegué a estar convencido, a llorar por la noche, antes de acostarme, cuando la actividad de la vida real, esa en la que las pasiones sufren por mantenerse a flote, cuando todos los demás ya duermen, a llorar por esa pasión que ya no era mía. Esa pasión que se había llevado las letras, las sílabas y las palabras, haciendo que esculpir palabras en una página en blanco no fuera ya uno de los motivos por los que era capaz de alejar la locura. Miraba las estanterías, los libros, los cuadernos (los escritos y los por escribir), las revistas, los recortes de periódico... lo miraba y todo parecía formar parte de un funeral, los adornos de esa habitación en la que vivía ese alguien que ya no está, ese que ha muerto pero que nos ha dejado su fantasma para que nos haga una cruel compañía. Esa memoria que nos obliga a mentir, a recurrir al 4 tópico de esa cosa molesta que se nos ha metido en el ojo cada vez que una lágrima se fuga de nuestros párpados. Estuve cerca, a un paso, a una décima de segundo de aceptar que era así, que ya no estaban, que las pasiones eran algo de otro tiempo, que todo aquello no tenía lugar, que no iba a dedicarles ni uno más de esos 1.440 minutos que derrochamos (o echamos a perder) cada día. Estuve a punto incluso de aceptar que mi travesía por G&R había llegado a su fin. Por suerte, una musa, la mía particular, me susurró al oído, puede que incluso me besara, para hacer que me viera a mí mismo desde fuera, desde lo alto y, por suerte, me reconociera. Es cierto, los cuadernos ya no son prioritarios, para los libros no tenemos tiempo y soñar que vamos a cambiar la historia de la literatura (al menos nuestra historia de la literatura) es como seguir creyendo que vas a ganar una Champions cuando tu contacto con un balón se reduce a la pachanga con los amigos cada quince días. Todo eso es verdad, pero no significa que la pasión haya muerto. Esa sigue ahí, porque la pasión no es más que el modo de hacer las cosas de alguien apasionado. Alguien a quien la musa le recordó que inventar en una habitación en penumbras, antes de que su hija se quede dormida, las historias de “Martita y Roque Ropete”, de “Sandra y Coquito”, “Los hermanos Pin y Pan” o del “Parque de los árboles de hojas rojas” no es alguien que haya dejado de tener pasión. Es tan solo un iluso que creyó que las pasiones podían morir. Por suerte no lo hacen, sólo se transforman y yo lo descubrí a tiempo, a tiempo para encender el ordenador, abrir el procesador de textos y escribir esta perogrullada que, como tantas otras obviedades, hemos dejado de entender en un día a día que prefiere que no entendamos los principios elementales que rigen nuestra existencia. Una en la que siempre estaremos acompañados por nuestras pasiones. Es lógico, al fin y al cabo, no son otra cosa que una expresión de nosotros mismos. Opinión Diario de una escritora en promoción Fusa Díaz Me levanto y corro las cortinas, subo las persianas, dejo que la luz del sol toque a todas las plantas de interior, abro un poco la ventana para que la casa se airee. Recojo los platos que dejé la noche anterior secándose sobre una bayeta al lado de la pila de la cocina. Hago nuestra cama, hago la cama de la niña. Mientras, el café que Marido me ha preparado ya está a la temperatura ideal — me lo tomo. Riego las plantas, que ya están todas dispuestas en el alféizar de la ventana con más claridad. Miro cuánta ropa hay en el cesto de la ropa sucia y calculo si hay suficiente para una lavadora. Si la hay, bajo al garaje y la pongo. Si hay de color, la de color. Si hay de blanco, la de blanco —con un poco de lejía para blanquear. La taza de café está vacía y llena de agua en el fregadero. Ya son, aproximadamente, las diez y media o las once. Subo al estudio, en una hora bajaré de nuevo al garaje y tenderé la ropa. Una vez frente al escritorio, enciendo el ordenador y abro mi correo. factura pendiente, miro la cuenta del banco, acabo de escribir y entregar un cuento para niños sobre la vida de Picasso, hablo con la posible ilustradora de la portada de Madre e hija, empiezo un nuevo cuaderno y escribo la primera página de mi próxima novela que quizá se publique en 2017, elijo la cita que irá al principio, le mando un poema a María Mercromina, escribo una reseña de Natalia Ginzburg para FRIDA. Miro la agenda, compruebo que lo tengo todo anotado. Desde hoy, además, voy a la autoescuela por la mañana. Contesto los e-mails más importantes: alguno de mi editora, Izaskun, contándome novedades; alguno de Roser, jefa de marketing, organizando la agenda de presentaciones y entrevistas; alguno de Anna, mi nueva editora de Destino, hablando de mi próxima publicación, de la traducción al castellano de la última novela. Cierro el correo y abro un navegador: miro si hay alguna cosa nueva, una entrevista, una reseña, alguna noticia destacable, y la comparto en mis redes sociales. Miro un poco las noticias, lo más escandaloso, lo que de verdad me interesa, algún vídeo tonto. Aproximadamente son las once y media, la lavadora ya debe de haber acabado. Bajo al garaje, tiendo la ropa. Vuelvo al estudio. De la lista de cosas pendientes, priorizo: escribo un cuento para el magazín Catorze.cat, acabo de ver una serie para escribir sobre ella en Jot Down, pregunto cuándo será mi próxima columna en El Periódico, hablo con Siruela sobre mi prólogo a El libro de la fiebre, envío alguna Éste es el diario de una escritora en promoción: hay días de presentaciones y de entrevistas, días de radio y días para ir a comprar el periódico porque apareces en alguna página. Pero la mayoría de las veces no hay nada salvo trabajo y más trabajo. Con las redes sociales acalladas, el escritor es sólo un escritor — nadie, o casi. 5 No, no soy idiota. No me he vuelto estúpida. No tengo el mayor interés en hacerle saber a nadie la absoluta normalidad en la que vivo. De vez en cuando salgo al jardín y miro las flores —cuáles se han secado, cuáles son cada día más hermosas. Es lo más excepcional, lo único que podría diferenciarme de otros: los que no tienen jardín. El resto del tiempo hay silencio, un silencio que nadie imagina. Cuando una vez hablé de la inseguridad que se siente al escribir, el entrevistador me dijo que en mis redes sociales todo el mundo me estaba diciendo lo bien que hago todo, y que eso debe conseguir que se trabaje instalada en el sosiego, con la tranquilidad de que a todo el mundo le gustas. Bien, ahí están las horas de una mañana cualquiera. Cuando intento hacer lo que quiero hacer, cuando acabo de hacer la cama, recoger los platos, tender la ropa y airear la casa... vosotros, los que me habláis a través de internet, no sois de gran ayuda — invisibles. Opinión Emigrantes José Braulio Fernández Si pudiéramos elegir la novela en la que pasar la vida, quizá evitaríamos aquella en la que sus personajes sufrieran. No nos gusta sufrir. Y es muy humano. Por la misma razón por la que no nos gusta sufrir, no sentimos una especial dicha cuando otros sufren. A grandes rasgos, ser humano es esto, evitar nuestro sufrimiento y apiadarse del ajeno. Podríamos añadir infinidad de cualidades que creemos nos hacen humanos, pero ninguna nos diferenciaría de otros animales. La inteligencia la que menos, desde luego. Es por eso que una novela para vivir podría ser aquella en la que se transitaría por sus páginas en una zona de confort, sin demasiados vaivenes y mullida. Una novela de esas que reposa junto a la cabecera de la cama con una página, la misma, eternamente marcada, paciente y dispuesta, que un día se exhibe frente a nuestro cerebro agotado y, sin queja, permite que nos deslicemos sobre ella durante diez plácidos minutos de narcótica duermevela con la atención dispersa. Y no se queja. Esa podría ser una novela para vivir, una que no llame demasiado la atención. Durante este verano hemos sido testigos de espectáculos que tenían más de atroces que de humanos. Ríos de personas atravesando fronteras en las que eran recibidos con displicencia, cuando no con violencia. Secuencias repetidas una y otra vez que escarbaban en conciencias y disparaban una de las características más humanas, la codicia. Y me preguntaba en qué novela querría vivir toda esa gente desamparada. Y me sonrojaba cuando me sorprendía cuestionándome una frivolidad de ese tamaño. En qué novela querría vivir esa gente... La vida es demasiado seria para ser albergada en una novela, me decía. Pero, no. La vida es un asunto tan serio que debería estar impresa en una novela, para permanecer, indeleble. Que las desgracias de nuestro transcurso no pudieran borrar, no ya una página, sino una palabra, la más insignificante. Ni una coma. Ni siquiera ser perturbado el espacio más prescindible con un lunar. Esos ríos de personas no distaban de las migraciones que los herbívoros realizan, acompañados de cerca de las fieras hambrientas, en la fascinante sabana africana. No podía evitar la comparación (¡quién ha podido evitar esa tentación!). En seguida me ruborizaba de nuevo. Esta vez imaginando que, por un instante, esos animales adquirieran conciencia. 6 No podríamos sostener su mirada. Sería incapaz, en nombre de la humanidad, de sostener la mirada de una gacela o cualesquiera otras especies con plena conciencia. “¡Perdón, perdón!”, acertaría a decirle con la voz entrecortada. Mientras, ella, probablemente, preguntaría retóricamente: “¿Y nos llamáis animales?”, para mi completa vergüenza y la de toda mi especie. Dijo Anton Chejov que un hombre honesto llega a sentir vergüenza, a veces, delante de un perro. Y ese hombre, que no puede ser cualquiera, sentiría la misma vergüenza ante una gacela, ante un elefante, ante un ñu, ante una cebra... Sentiría vergüenza ante cualquier animal que se le pusiese delante, bastaría con ser consciente de su condición, la de ser humano, para comprobar cómo el rostro se contrae y las palabras se nos resisten. ¿Y qué sentir ante esos ríos de personas que son tratadas poco menos que como animales? Vergüenza es poco, si se es honesto. Pertenecer a la misma especie agrava el sentimiento de vergüenza. Lo multiplica. Convierte la vergüenza es una losa que pone en jaque nuestra condición. Una losa que nos amenaza a todos, implicados directa o indirectamente. Nuestra responsabilidad es prácticamente la misma, como ejecutores, como consentidores, como dueños de nuestra vida plácida protegida por fronteras infames. Aylan, el niño más emblemático de este luctuoso peregrinaje, no conoció lo suficiente la vida para desear vivirla en una novela. La suya sería un cuento cuando el mar se la arrebató. Un cuento lleno de fantasía y de bombas, de niños y de balas, de sueños y de destrucción. ¡Qué diferentes son sus cuentos de los que nos contaron! Cuántas conciencias sacó a relucir Aylan. Y cuántas novelas se han dejado de escribir en ese camino y en esos de los que no hemos querido saber ni hemos querido ver. ¡Cuántas novelas son necesarias para hacer honor a tanta humanidad! Y cuántas conciencias debemos a todos esos sacrificios. No sé si habrá tanta vida para la gratitud que debemos. Lo que sí es cierto es que alguien debería escribir todas esas novelas sustraídas en las que esa gente querría vivir. Pero pronto, antes de que la sangre estropee las páginas en blanco que nos quedan libres. Opinión Manoliño Verónica Lorenzo Recientemente he reestrenado mi carnet de conductora. Por reestrenar he reestrenado un montón de actividades, lugares y perfumes. He vuelto al norte, a casa madre; he vuelto a una de las primeras bibliotecas en las que trabajé, y esto me ha obligado, en mi resistencia por volver a vivir en esta otra ciudad, a volver a poner las manos al coche para recorrer 110 kilómetros de lunes a viernes. A mi coche lo he bautizado como Manoliño porque lleva como símbolo de conquista un peluche que no siempre fue mío. En realidad Manoliño es el peluche y no el coche, pero una cosa lleva a la otra. Cuando pude reestrenar un coche heredado lo primero que decidí respecto a él fue situar en algún lugar el peluche. Hoy me vigila desde la bandeja del maletero, con su lazo rojo atado al cuello y medio recostado, porque ni él se mantiene en vertical ni el coche en movimiento se lo permite. El pobre cumple su función de guardián custodio, o eso me hace pensar salvándome de las cafradas que no comunico al resto de la población de la Tierra por su bien. El peluche de por sí, claro, no es nada, sólo una funda de pelos rellenada de algo que le da forma de oso (o algo que se cree un oso). Pero es todo un símbolo, perdido durante más de diez años, reencontrado entre bolsas de basura que guardaban más peluches. No es símbolo de reencuentro, sino de recuerdo. Vamos a ver si nos vamos entendiendo... Las ausencias son duras, las vas coleccionando mientras sobrevives viendo cómo se deshacen los nudos que te atan a la vida. Dentro de poco no quedarán nada más que los recuerdos y el tormento de guardar las palabras, los olores, los sonidos, todos los detalles que rodean a una persona y la hacen ser como es. O como era. El peluche es un recuerdo hoy lo que ayer fue un regalo, el peluche ocupa hoy un lugar en otro coche distinto y sé que con la misma pena que nos saludamos todos los días y canturreamos por lo bajini las canciones que nos sabemos cuando suenan por la radio, con esta misma pena extrañamos las carcajadas de nuestro amigo en común. Hace tiempo escribí en otro hogar literario un sentimentalismo de horas bajas más cerca de la verdad que de la ficción: 7 En su día no acudí a los cementerios para despedirme de quien no me había despedido. Acudí al tuyo también, pero no pude, porque aún te siento vivo. Sueño contigo y vives conmigo caminando. A veces pareces tan real que dudo cuál es la realidad, qué vida tengo que vivir. Me llevas de la mano, salvándome, sonriendo, animando. Me tengo que convencer de eres lo que eres, una pérdida, una ausencia, dolorosa. Un imperdible. Son tus sonidos, tus olores, tus gestos los que protagonizan mis sueños; allí donde yo me veo siempre como una niña pequeña, sentada en esa silla de comedor, jugando, y tú me hablas como si de aquel día a hoy hubieran pasado los años que pasaron y lo supieras todo, incluso el futuro. Y lo dices sonriendo y yo entretenida con el juguete. Y eres tú quien me abraza y me despierta y en la oscuridad de la habitación intento descubrir si estoy o no en mi lano. Me obligo a levantarme de la cama (¿o eres tú quien me obliga?) y en la rutina busco las respuestas a mis inquietudes. Era solamente un sueño pero el camino que retomo ya ha cambiado de paisaje. Sin embargo, no puedo despedirme; el imperdible está ahí, clavado en la piel, profundamente, y necesita mucha fuerza para arrancarlo. Arrancarlo y dejarse sangrar. Llorar, en definitiva. Manoliño, el peluche, me acompaña en mis días de conductora, me hace compañía porque siempre me toca ir sola. Siempre es de noche, y ésta bien podría ser una metáfora más, pero mi horario laboral, mi ruta de viaje vuelve literal esta afirmación. A una le dicen que cuanto más conduzca, más le gusta. Pero a mí me pasa todo lo contrario: me confirma que, lo que no me gustaba, me sigue sin gustar, y menos lo hará en el tiempo. Oigan, mi testarudez me ha regresado al volante siete años después y sobrevivimos. Tarde o temprano sabíamos que íbamos a retomar esta actividad, con todos sus miedos y odios infinitos. Hoy, aunque caiga una tormenta (a.k.a., ciclogénesis explosiva) nos marcamos un A Coruña – Ferrol – A Coruña sin que se nos caigan los anillos. Uno de los primeros objetivos marcados de nueva vieja conductora era volver a ese cementerio a intentar despedirme de Manolo, el primer dueño de Manoliño. Seguimos trabajando en ello. De bibliotecaria también. Opinión Mercadillo de letras Ainize Salaberri Llevo trabajando como profesora desde el 2007. Y siempre, desde el primer día que me puse delante de una clase, entre las primeras preguntas que les hago para conocerles está esta: ¿Te gusta leer? Algunos han negado, con total y absoluta rotundidad, con cierto regodeo en el movimiento de la cabeza, y han respondido bien alto: ¡no! Otros, ni fu ni fa. Otros no entendían el verbo y tenía que traducirlo (enseño inglés, por cierto). Otros, los que menos, decían que a veces. La gran minoría, podréis imaginar, decían que sí con la boca pequeña. El entusiasmo de que te guste leer, al parecer, es una deshonra entre los compañeros. Te conviertes, por definición, en rarita, en «esa a la que le gusta estar sola, ahí, con un libro». Si te ven leyendo en el recreo, incluso, podrían hacerse los graciosos quitándote el libros. Todas las generaciones albergan abortos intelectualas e intolerantes. El hecho es que, entre esos pocos alumnos que me han dicho que sí, que le gusta leer, se encontraba una que devoraba los libros. Me daba cierta envidia: yo de pqueñas leía muy poco, lo obligatorio del colegio y poco más, pese a que mi casa ha estado siempre llena, llenísima, de libros. En mi habitación, de hecho, había una gran estantería negra, anclada a la pared, colgando de ella, que contenía algunas de las grandes obras de la literatura: Tolstoi, Dostoievski, Julio Verne. Ver los enormes tomos de “Guerra y paz”, era el antídoto, así lo creo ahora, para que no me atrajese leer. Pura estupidez, sí. Esta alumna, sin embargo, lo devoraba todo sin importarle el tamaño: le bastaba con leer lo que acababa de leer su madre, o su padre, fuese o no para su edad, entendiese o no el mensaje del libro, el por qué de contarlo, la historia que subyace, latente, en toda obra narrativa. No siempre, como nos ocurre a todos, aquello que leía era digno de lectura, pero no seré yo quien juzgue lo que lee una niña con esa avidez cultural, con ese deseo irrefrenable de aprender, de saber. Leer es estar en el mundo, y ella lo estaba. Y, cuando se es niña, además, leer impulsa a la imaginación a crecer de una forma que, de adultos, apenas vuelve a darse. Escribiendo una obra de teatro a final de curso, ella destacó por tener no solo más ideas que el resto, que le surgían de forma natural, una detrás de otra, sino de mayor calidad y calado. Pues bien, esta alumna mía, que lleva siéndolo alrededor de cuatro años, sigue leyendo como si se le fuera la vida en ello. Siempre que viene a clase tiene un libro en la mano. Y el otro día llegó, totalmente entusiasmada, y me recomendó un libro que, según sus palabras, «no podía dejar de leer». Ese libro, que según me enteré después se lo había recomendado su profesor de lengua, es uno de esos libros que, de estar en la situación de que la literatura fuese a desaparecer y este fuese el último libro que quedase en la tierra y que, por tanto, salvaría la destrucción total y definitiva de 8 la literatura, sería mejor quemar, despedazar y arramplar con todo, y aquí paz y después gloria. Le pedí más datos. Fue entonces cuando descubrí que el profesor en cuestión se lo había recomendado a toda la clase, que ella no era la única que lo estaba leyendo sino que todas las chicas lo estaban haciendo, y que era «teacher, súper guay, léelo, te va a encantar». ¿De qué más me enteré? De que el profesor había recomendado el libro sin leerlo. A ellos —a mis alumnos, me refiero— esto no les pareció grave en absoluto. A mí sí me lo parece. Primero porque cada edad tiene sus estadios, para todo. Para la lectura también. Si bien es cierto que los chavales son educados, a día de hoy, bajo una sospechosa y un poco alarmante libertad de información, sigo creyendo que cada edad tiene sus necesidades, sus derechos y sus obligaciones. Y este libro, por el vistazo que pude echarle, no les convenía. ¿Por qué? Porque en la vida no se puede correr, no se puede acelerar demasiado. Y, además, porque si ya les queda poca inocencia, perderla toda sería peligroso. El tema es que un profesor, una figura que tiene cierto poder, que puede ser un referente en la educación y en el desarrollo personal de un alumno, se tome ciertas libertades que no le competen. Si un alumno te pide una recomendación para leer, lo lógico es recomendarle, creo yo, algo que pueda anclarle para siempre a la lectura. Hay miles de libros aptos para todas las edades que pueden llevar a un ávido lector a convertirse, poco a poco, en un lector decente, inteligente, en uno que sepa discernir. Este profesor no lo sabía, desde luego. En mi colegio teníamos dos profesores a los que les pedíamos recomendaciones —ya en bachiller, que fue el momento en el que mi necesidad lectora explotó... y hasta hoy. Y nos recomendaban a Kafka, a García Márquez, a Baricco, a Chejov. Nos recomendaban literatura, no un mercadillo de letras, no pájaros en la cabeza. Nos hacían soñar, nos hacían pensar, nos hacían querer más. Otra alumna, perteneciente a ese mismo grupo del que os hablaba, al exponerles mi opinión y después de que la clase expusiese las suyas, me dijo: «teacher, a mí esos libros me parecen peligrosos, por eso yo no los leo». No sé si la palabra es «peligroso» pero sí «inconveniente». Hay, y ahora lo constato más firmemente, una carencia enorme a la hora de enseñar literatura. ¿Se enseña con la misma seriedad que se enseñan las matemáticas, la física o las ciencias sociales? No. Y ahí está el error. No se forman lectores, se intenta complacer a los niños —¿para que te hagan caso en clase cuando les hablas de novelas, poemas o rimas?. Pero los lectores, potenciales o no, han de formarse, hay que enseñarles a leer, guiarles, hacerles pensar, crearles ganas de buscar, de entender, de vivir. Todo está en los libros. Y hay que recomendar con cabeza, habiendo leído, analizado. Siendo lector. Punto. Novelas gráficas 10 22 12 25 Verónica Lorenzo MIGUELANXO PRADO Raquel G. Otero JACOBO FDEZ. SERRANO Elena Triana CHLOÉ CRUCHAUDET José Braulio Fernández ANTONIO ALTARRIBA y KIM 14 28 17 31 Salvador J. Tamayo PACO ROCA Sergio Sancor TOMMI MUSTURI 19 Daniel Lucas VITTORIO GIARDINO Begoña Martínez SHAUN TAN Verónica Lorenzo LI KUNWU 34 Alejandro Larrañaga VV.AA. Sopla Ardalén esta tarde Verónica Lorenzo Sar http://pantuflasdecor.blogspot.com.es @pantuflasdecor n Verónica Lorenzo Sar En la película Big Fish decían que “un hombre cuenta sus historias tantas veces que al final él mismo se convierte en esas historias. Siguen viviendo cuando él ya no está. De esta forma, el hombre se hace inmortal”. Ardalén habla de esto mismo a través de la memoria y de los recuerdos que nos hacen lo que somos. Buscas en el viento el medio de transporte que te lleve al tiempo y lugar que necesitas hoy. Aquí, frente al mar, dispuesta a contar sobre la novela gráfica que recién acabo de terminar de leer, veo que el Atlántico sigue siendo aquel océano plagado de historias y leyendas, de naufragios y tesoros escondidos, de mujeres marinos y hombres peces. Las gaviotas continúan sobrevolando las corrientes que nos conectan con otras costas, llevando con ellas las voces de los que buscan cómo regresar a casa, calentar los huesos junto a la lareira, tomar los últimos vinos con sus compadres y disfrutar un último tiempo con los suyos. Son estas las historias que inspira este océano que nos baña y moldea nuestro carácter. Y buscas en el viento el medio de transporte que te lleve al tiempo y lugar que necesitas hoy. Más lejos o más cerca, pero tu corazón dicta fuerte, a golpe de tambores en el pecho, la dirección en la que desembarcar. “Hay vientos que traen nostalgias, que dejan en el alma un poso melancólico... otros parecen limpiar la vida, y después de soplar dejan el día siguiente más claro y luminoso... y este viento, el Ardalén, que viene del otro lado del océano, llega cargado de recuerdos de otras vidas... de otras muertes.” Miguelanxo Prado firma estos vientos cargados de nostalgia marítima, donde las ballenas guían, cantan y llegan al fondo de un pasado escurridizo. Cuando abres la caja de música y oyes su sonido quieres saberlo todo, dar respuesta a todas las preguntas que te surgen y buscar en los daños colaterales. Buscas mudar tu alrededor para resituarte en el mundo, blanco sin trampas. Cuando las cosas van mal, cuando los reveses te golpean más de lo que puedas resistir, necesitas, lo sabes así, parar, respirar y buscar la lentitud en la circulación sanguínea. La memoria, la historia que viene antes de nosotros, sobre ésta nos hablan en Ardalén. Sabela trata de reconstruir el pasado que viene antes del suyo propio, en el que se acaba de divorciar, ha perdido su trabajo y vive pendiente de una entrevista de trabajo. Busca a su abuelo Francisco Lamas en un pueblo donde, supuestamente, encontrará a alguien que compartió jornadas de emigración en Cuba, al otro lado del océano. Allí está Fidel para hablarle del mar, de las caracolas, de las ballenas que cruzan los cielos, de Rosalía... fragmentos de vida que vienen y van según sople el viento Ardalén, aquel viento que, en la imaginación de Miguelanxo Prado, sopla desde el otro lado del océano Atlántico, desde el Caribe, hasta las costas del sur de Europa. Los fragmentos que tiene Sabela de su abuelo (unas pocas cartas y fotos, recuerdos de su tía, y el deseo de saber de él) se van completando con los que recoge de Fidel, una mente anciana y trastornada por los años. La esperanza de entender el mundo y entenderse ellos, de hilar finamente sus memorias y las memorias ajenas, los hacen cómplices en la vida hasta sentirse familia. Y ellos se mezclan con otros personajes de aquel pueblo como Celia, la regente de la taberna, y Tomás, el cacique del pueblo. Sus memorias también se hilarán con las de Fidel y Sabela, precipitándose en el final de esta historia. “Los recuerdos, que son muchos, van y vienen, sin que yo consiga colocarlos. Nunca estoy seguro de qué sucedió antes o después, me bailan los nombres, las caras... Es como si el libro de mi vida allá se hubiese deshecho y me quedara en las manos un puñado de hojas que no consigo ordenar de nuevo. A veces, incluso, es como si esos recuerdos no fuesen míos... Ni siquiera estoy seguro de diferenciar lo que he vivido y lo que he imaginado.” La génesis de Ardalén está en la idea de que somos lo que recordamos y lo que los demás recuerdan. Teñido del color del océano y poniendo mucho cuidado en los detalles de esta historia de la memoria, Miguelanxo Prado nos transporta a ese tiempo y a ese lugar tal y como nos dicta el corazón. Y tan malo el resultado no ha sido pues, gracias a esta obra que le llevó tres años completarla, Miguelanxo Prado obtuvo el Premio Nacional de Cómic en el año 2013 al destacar el “carácter poético de su obra, que mezcla la realidad con el sueño, la memoria y el olvido, y su maestría técnica en el uso del color”. Se ha reconocido así su trabajo y su trayecto polifacético en el mundo de la ilustración nacional e internacional, además de otros premios, postulándose Ardalén como una de sus obras maestras, junto con Trazo de Tiza o el largometraje De Profundis. Esto último no importa, ésta es la verdad. En Miguelanxo Prado vale cada página todo el reconocimiento, y de forma especial en Ardalén. Quien más quien menos ha sufrido la angustia de recordar, el deseo de reconstruir, la necesidad de reubicarse en el mundo. Nos reconocemos en Sabela, que viaja con los recuerdos de Fidel y se reconcilia con el pasado que le fue ocultado por su familia y consigo misma, aliviando el dolor de saberse perdida y no conocer el remedio que todo lo cura. Y ella se reconoce en las mareas que traen ese viento que sopla, como le explicó Fidel, entre los grandes árboles de aquel pueblo al que sólo se puede llegar queriendo. No vienes de paso a recordar. Te quedas para hilar retales y crear la sábana que te cubrirá el resto de tus días. Los nombres, los olores, los sonidos, todo está allí, todo lo trae el viento que cruza un océano entero y lo impregna todo. Son los recuerdos que recuperas los que se quedarán contigo. Y aún así, claro, ya lo dice Fidel casi al final del libro: “...no todos los recuerdos duelen... sólo algunos... otros son bonitos.” Desde la superficie de un nuevo e imprevisto salvamento: Lois Pereiro. Breve encontro Raquel G. Otero Qué difícil acercarnos a una biografía, obra y latido, a golpe de viñeta. Qué difícil para un autor, digo, porque como lectora recorrer Lois Pereiro. Breve encontro. Un achegamento comiqueiro á biografía e á obra do poeta de Jacobo Fernández Serrano (XERAIS, 2011) es revivir a saltos Poemas 1981-1991, Conversa Ultramarina, Poesía última de amor e enfermidade 1992-1995, el Lois Pereiro. Vida e obra de Iago Martínez, o Contra a morte, ese bendito documental de Iago y Alexandre Cancelo. Todos os Lois. Todos los Lois, que diga. Breve encontro es también Breve encuentro, en la opción en castellano publicada por Sins Entido. Para quienes no tengan el gusto, de Lois Pereiro se ha dicho que es el clásico que tenía la poesía gallega sin saberlo. Se le ha llamado poeta de culto, poeta maldito, punk amable, gótico. Por lo demás, tristemente convivimos con su ausencia. Este dietario, carta atlántica, se compone como un enorme poema gráfico de los rastros de todas las claves coetáneas, los referentes artísticos y vivenciales (Bernhard, Valery, Lean, Yeats, Jarry, Corto Maltés, Manuel María, Joy Division, Eliot, Lou Reed, Cohen, etc.) y de todas las cartografías (Monforte, Edimburgo, Madrid, Berlín, A Coruña, O Incio...), buscando el pulso en la muñeca del poeta: «onde estivo sempre a boa poesía. Na relación entre a mirada e a expresión, alí onde palpita sen mentir a vida, o teu tempo e o teu mundo [donde estuvo siempre la buena poesía. En la relación entre la mirada y la expresión, allí donde palpita sin mentir la vida, tu tiempo y tu mundo]». Como novela gráfica es una antología, un documental, la puesta en escena de un trayecto vital con la muerte -impasible, compañera y prematura- como antagonista. El trazo y la mirada de Jacobo Fernández consiguen dar toda su forma y fondo a la eterna silueta de Pereiro. Añadiré, si me permitís, que una de las partes más maravillosas de este tebeo de Lois es el bonus track gráfico que nos regala el autor: la sesión de retrato en estudio del ilustrador con su protagonista. Cuenta Iago Martínez (y dibuja aquí Jacobo) que Pereiro preparó a conciencia su último recital, en el Moka de A Coruña, a pesar de ser de los que piensan (entre los que me cuento) que la poesía es para ser leída y no escuchada. Allí habló a sus amigos de la muerte, la suya; de su Ártico carveriano. Y les leyó su epitafio: «Cuspídeme enriba cando pasedes/ por diante do lugar no que eu repouse/ enviándome una húmida mensaxe/ de vida e de furia necesaria [Escupidme encima cuando paséis/ por delante del lugar donde yo repose/enviándome un húmedo mensaje/ de vida y de furia necesaria]». «Pero non a morte como una perda, como un fracaso, como una derrota... senón quizais a morte como unha partida de xadrez, é dicir, como un compañeiro que se asume. [Pero no la muerte como una pérdida, como un fracaso, como una derrota... sino quizás la muerte como una partida de ajedrez, es decir, como un compañero que se asume.]» La muerte viste de negro Baudelaire. Escupid con ganas. ¿Por qué llaman caminos a los surcos del azar? Salvador J. Tamayo http://salvadorjtamayo.com @salvadorjtamayo n Salvador J. Tamayo Pero queda el blasón tan diferente que sus águilas siempre están de espaldas, y éstas han de mirarse eternamente. Lope de Vega. Si el espacio es una cosa caprichosa, la patria lo es aún más. Mi patria es la misma que la que defendieron los protagonistas de esta historia que, con gran acierto y en tono de comic-documental, cuenta Paco Roca. Sin ningún tipo de complejo: Mi patria es cada bala que dispararon los hombres de La Nueve desde el año 36 hasta agosto de 1944. El navío inglés Stanbrook entra en el puerto de Alicante y recoge a miles de refugiados españoles que huyen de la guerra, del hambre y del fascismo. Situación parecida a los refugiados a los que Europa ahora les niega asilo. Los mismos que son contenidos en las fronteras de Hungría y que los herederos actuales del modelo de pensamiento que defendían canallas como Hitler, Göering, Francisco Franco o Manuel Fraga Iribarne, tachan de plaga. Paco Roca reivindica la memoria de los republicanos españoles que fueron los primeros en entrar en París montados en carros de combate con nombres como Teruel, Guadalajara, Guernica, Belchite, Ebro o Don Quijote. Carros de combate con nombres de batallas de la Guerra Civil Española. Los primeros en recibir abrazos de los parisinos y besos de las parisinas tras cuatro años de ocupación y colaboracionismo de Vichy. Los que recelaban del llamado De Gaulle desde Inglaterra, pero siguieron al general Leclerc hasta la derrota del fascismo. ¿Por qué llamar caminos a los surcos del azar?, decía Machado, que aparece fugazmente en un par de viñetas, a punto de morir y de ser enterrado envuelto en una sábana blanca, con una bandera republicana sobre el ataúd y un puñado de tierra española. Ojalá Machado hubiera podido brindar con Hemingway, el Capitán Dronne, y los soldados de La Nueve tras llegar hasta la puerta del Hôtel de Ville. ¿París era un fiesta?, pregunta el Paco Roca protagonista, en uno de sus encuentros a Miguel Ruiz, el combatiente que cuenta la historia. Para los franceses sí, para los españoles la fiesta vendría cuando los carros de combate atravesaran los Pirineos y llegaran a Barcelona, Valencia, Madrid, Sevilla y Cádiz. Tras la II Guerra Mundial los fascistas se convirtieron en un mal menor y la amenaza a combatir eran los rojos; de matar rojos Francisco Franco sabía bastante. El régimen aguantó algunos años de autarquía hasta que finalmente la patria, una grande libre e indivisible de Franco, cedió soberanía y hasta cinco mil acres de tierra a los Estados Unidos de América para construir una base militar en Rota, al norte de la Bahía de Cádiz. Hay quien cambió la cruz de Hierro de su abuelo por un encendedor Zippo. No. No bajaron por los Pirineos. Los surcos del azar cuenta la historia de los 144 republicanos que habían combatido en la Guerra de España, como la llamaban Dos Passos o el enorme poeta de Harlem, también ex brigadista de la Lincoln, Langston Hughes, y que tras ser llevados a un campo de trabajo forzoso en el norte de África, se unieron al ejército francés para combatir a los alemanes. Además de la pericia técnica de Paco Roca –sus dibujos, a pesar de tener una simplicidad apabullante, emocionan de una manera increíble- el gran valor de esta novela gráfica es el guión, perfectamente documentado, y unos diálogos dignos de la mejor producción cinematográfica. El autor es un personaje más que va en busca de Miguel Ruiz y muestra cómo se realizaron los encuentros dentro de la cotidianidad del anciano soldado. El lector descubre la historia del mismo modo en la que lo hizo el autor, al menos eso se intenta. El lector acompaña a Miguel desde el puerto de Alicante a bordo del Stanbrook hasta el desierto del Sáhara y París; aunque en el cómic no aparezca, tras liberar París siguieron luchando hasta llegar al Nido de Águilas de Hitler. El personaje tipo, Miguel Ríos, historia que cuenta uno pero en la que hablan todos y cada uno de los combatientes de La Nueve. El personaje tiene toda la complejidad que puede tener un ser humano con un pasado como ese: has liberado a Europa del nazismo pero te has llevado doce años sin comunicarte con tu mujer o con tu hijo. No, no eres un monstruo; los falangistas podrían haber interceptado la carta y hubiera sido terrible para ellos. Nadie juzga al personaje de Miguel, salvo el lector, y el lector, si realmente tampoco es un monstruo, sólo siente gratitud ante la generosidad de estos hombres, altamente motivados, que tuvieron la desgracia de ver la bandera franquista al pasar por la embajada española cuando entraron en París, antes incluso que los americanos. De Gaulle obvió, de forma deliberada, a estos españoles, para que el mérito fuera únicamente de Francia. Y fue de Francia, al menos de parte de Francia, de la que hablaba Hemingway en una carta a John Steinbeck en 1945: «Franquistas, nazis, fachas. No le veo salida a este siglo. Pero entonces entramos a París, y los malditos franceses seguían ahí, sentados muy orondos en sus cafés, fumando sus cigarritos y comiendo sus baguettes.» En su discurso triunfal, De Gaulle, el 25 de agosto de 1944 dijo: «París fue liberado por el mismo París, con la ayuda de los ejércitos franceses que lucharon por la liberación de la Francia única y de la Francia eterna». Eso dijo, el hijo de la grandísima puta. No fue hasta el año 2010 cuando recibieran un reconocimiento institucional por parte de la ciudad de París y en el 2012 la bandera de la república española ondeó por primera vez junto a la francesa y la estadounidense en el aniversario de la Liberación. El pasado junio de este año, 2015, el rey Felipe VI participó en un homenaje a La Nueve inaugurando un pequeño jardín detrás del ayuntamiento de París llamado: Jardin des combattants de La Nueve. Año 2015. Inaugurado por el rey Felipe VI. Sin la presencia de ninguno de los combatientes de La Nueve –los únicos supervivientes Rafael Gómez y Luís Royo no asistieron por problemas de salud-. Ni una palabra de dictadura, exilio o fascismo por parte de su Majestad Felipe VI. Todo demasiado terrible. ¿Qué se podía esperar también de un Borbón? El discurso de Anne Hidalgo, alcaldesa de París, nacida en San Fernando de Cádiz, como yo mismo, sin embargo, tuvo otro cariz: «Su Majestad, no es solamente la Alcaldesa de París quien os lo dice, sino la republicana educada en el recuerdo de los republicanos». Honró a los republicanos españoles que “junto a sus delgadas maletas y su mano de obra, trajeron a Francia el alma de España” y emocionó a todos al recordar las memorias del Capitán Dronne –gran protagonista en el trabajo de Paco Roca- en las que cuenta la sorpresa de los parisinos al ver que los soldados que iban sobre los carros de combate con nombres españoles no hablaban inglés sino español. La Nueve demostró al mundo que la libertad no era negociable y muchos de ellos murieron sin que ni siquiera sus vecinos supieran que el anciano que había vivido más de media vida junto a ellos en la casa de al lado era el responsable de que continuaran hablando francés y no alemán. Un país vale lo que vale su memoria y con estos héroes hemos fracasado como país. Frente a los gurús de la Transición que se acostaron franquistas y se despertaron demócratas, La Nueve siempre supo quién era el enemigo. Hay que dejar a un lado el pasado, decían. Hemos superado todo eso, decían. Son batallitas de viejo que ya no interesan a nadie, decían. Todo eso decían los canallas. Y, frente a eso, sólo queda no olvidar, ni mucho menos dejar que olviden. Sergio Sancor Sr. Esperanza La vida de la novela gráfica ha pasado desapercibida en nuestro país. Mucho más la del mundo underground. Novelas, ensayos, cuentos o relatos breves son los géneros más consumidos, dejando de lado a un medio como éste que, combinando imagen y texto, deforma la realidad o nos la presenta en su formato más cruda. Es como si, al igual que sucede con la vejez en la sociedad, se mirara para otro lado y se pensara que la existencia de la novela gráfica importa poco. La encontramos, de hecho, alejada de las luces de las librerías y escondida en las sombras de cualquier estantería por la que es casi imposible pasear si no la hemos buscado de antemano. En esos viajes, en ese ir y venir, encontraremos títulos que nos sorprenderán, que en su unión perfecta entre ilustración y grafía, dejarán en evidencia lo que ya presuponía: que la novela gráfica vive sus mejores momentos. “Treinta personas muertas en un accidente en la central nuclear de...”. Estas son las primeras palabras que nos despiertan en Sr. Esperanza, como si al amanecer lo único posible fueran las malas noticias, las que nos devuelven a la realidad tras el sueño que repara. Pero he dicho palabras, no sensaciones. Ese continuo viaje que, recorriendo el cuerpo, consigue reflejar en nuestros ojos emociones que aquí vienen de la mano de los golpes de color que Tommi Musturi impregna en sus viñetas. Emociones, decía, que como las estaciones azotan el cuerpo. Emociones, me reitero, que en una cabaña de una zona islandesa cualquiera, nos mostrarán la vida de un matrimonio que, ya en la vejez, en esa edad olvidada y tendente a la autocompasión, parecen haberse perdido el uno al otro. Dos personas que seremos nosotros algún día. Un hombre y una mujer, aunque acompañados, vivirán el aislamiento, el paso del tiempo, el reloj que agota el tiempo que puede encerrarse en un pensamiento. No en vano, las primeras palabras que observamos en el protagonista son “Qué vacío me siento” mientras en el periódico las páginas pasan y la vida, tras la ventana, va dejando su estela de vida desaprovechada. Pero el pesimismo se agota entre las arrugas de la vejez. Cuando todo está hecho, ya nada importa. Sólo el pasar. Sólo el permanecer. Sólo el día a día que no tiene un sentido. Y el disfrutar de lo que queda, mientras la verdad se nos aparece de diferentes formas. Porque no es cierto que en los sueños no se esconda la realidad. Lo hace aunque disfrazada. Aquí lo hace. Sí. En metamorfosis, en vidas pasadas, en dibujos que con su color ya implican un significado, en juegos de cartas con la muerte que se ríe de nosotros. Y a pesar de todo, aunque al despertarnos lo único que sintamos sean unas ganas de mear terribles, lo que habremos vivido con esta historia, en los ojos de este matrimonio, será la revelación absoluta de que la vida, tan puñetera y llena de olvidos, ha sido vivida pese a todo. O, precisamente, por todo. “Mañana, tarde, día, noche / llegar y partir / estar continuamente / en algún lugar, siendo algo, de alguna manera”. Observamos el paso del tiempo. Un juego infantil divertido a veces, macabro otras, entre lo onírico –plagado del deseo de los recuerdos– y lo que podemos tocar –sin llegar a ser la verdad completa– mientras en el suceder de las páginas el color se convierte en un protagonista principal, al igual que la naturaleza, como en un rectángulo. La interacción de sus lados, unidos por los vértices, convierten a Sr. Esperanza en vida y muerte, en esperar o actuar, en batalla y paz, mientras nuestros ojos se convierten en espectadores del ocaso de la vida. La vejez en sus infinita formas, que en cada pliegue, conservan las grietas que han ido quebrando, más todavía, los aires gélidos del paisaje. Una mezcla fortuita y llena de una potencia que no he observado en muchas novelas gráficas. Ese poso que se queda cuando, en un fundido en negro, recuperamos cada uno de los momentos que hemos vivido al lado de alguien. El amor no es abstracto aquí. Se esconde en el transistor que escucha nuestro hombre, en el colchón que comparte con su mujer, en el sonido de una hoja que cruje al pisarla, o en mirar el paisaje. La vida contemplativa, tan denostada pero necesaria. Como un Thoreau de los viejos tiempos, pero actualizado. Aunque el tiempo sea implacable y no devuelva más que en forma de pasado lo que ya no se puede recuperar. Viajamos, lo hacemos sin parar en esta historia. Y lo hacemos sin pretenderlo, abriendo los ojos, captando cada uno de los matices. Porque como ya dijera Sartre, el ser humano está condenado a ser libre y, en esa libertad, escogeremos existir o simplemente dejarnos llevar. O quizás simplemente encadenarnos a una realidad tan viva como lo está esta obra. No pasarán Daniel Lucas n Daniel Lucas Mi historia de amor con Giardino viene de lejos. De hace casi 30 años, de la sobrehormonada adolescencia, que es cuando los amores son a todo o nada, y cuando uno debe enamorarse más a menudo, si es que está sano. Desde entonces amo a Vittorio Giardino y soy capaz de perdonarle cualquier cosa. En los años 80, esa década horrorosa y maravillosa a partes iguales, apareció el concepto “línea clara”. Tras décadas de evolución de la historieta de posguerra hacia temáticas más “adultas” y hacia una mayor complicación estética y argumental, un puñado de jóvenes (entonces), abogan por un retorno a la definición exacta de la línea, así como por el cultivo de la narrativa clásica. Y allí estaba yo, dibujante aficionado y devorador de cómics compulsivo, con mis 17 años recién cumplidos, dispuesto a tragármelo como un dogma de fe. Una militancia estética que iba pareja con una militancia musical. El rock y cualquier cosa que oliese a setentero para mí había muerto y me sentía en mi fuero interno a años luz de mis compañeros de instituto que leían “metal hurlant” y escuchaban a Whitesnake. Yo no. Yo esperaba con impaciencia el inicio del mes para comprar “Cairo” y escuchaba a los Smiths y a Depeche Mode. La barrera invisible entre la línea clara de “Cairo” y la línea “chunga” de “El Víbora” era entonces una enorme zanja insalvable. Era, en aquella Barcelona de los 80, algo más definitorio que votar al PSUC o a CIU, o ser del Barça o del Espanyol. En “Cairo” es dónde a los ojos del lector español aparecieron Giardino (y su alterego Fridman) por primera vez. Recuerdo devorar su “Rapsodia húngara” con voracidad juvenil (soportando con estoicismo el CONTINUARÁ de los tebeos mensuales) y, asimismo, con el convencimiento de que aquello era lo mejor que había visto en muchísimo tiempo. Aquello era más que cómic. Tenía la fuerza visual de las ilustraciones japonesas del XVIII, el cuidado en cada detalle del vestuario y la ambientación de una película de James Ivory, y la agilidad narrativa y la capacidad de engancharte a la trama de Dashiell Hammett. Una puta bomba que te estallaba en la cara. Uno de los grandes logros de Giardino es su personaje, Max Fridman. Para empezar, Giardino hace con Fridman lo mismo que los grandes de la época dorada de la historieta hicieron con los suyos. Ponerle su jeta. Tintin era Hergé de joven, Rip Kirby era pastado a Alex Raymond, Li’l Abner era la viva imagen de Al Capp, Corto Maltés es el rostro de Pratt en su mejor epóca....Y Giardino es, desde su barba, pasando por su nariz de gancho, hasta su incipiente calva, Max Fridman. Y Fridman es, al mismo tiempo, la esencia del antihéroe. Pero en un sentido no trillado hasta aquel momento. No estamos hablando de un cowboy rebelde y solitario como el Blueberry de Giraud, o de un anarquista o de un librepensador, al estilo de Corto Maltés, marino viajero sin ataduras... No. Fridman es un honrado y diligente padre de familia judío francés que se gana la vida holgadamente como comerciante de tabaco pero que, al mismo tiempo, trabaja para “la firma” (eufemismo usado para designar al servicio secreto de la República Francesa), a la que odia porque le aleja de su tranquila existencia burguesa y de su hija pequeña, que es lo que más adora en el mundo. Las aventuras de Fridman tienen todo el oscuro encanto y las dosis de acción de la mejor narrativa negra o de espionaje, pero Max Fridman es un agente secreto “malgré lui”. “La firma” le sitúa en destinos tensos. En diferentes escenarios de la Europa de la segunda mitad de los años 30, cociéndose a fuego vivo en la tensión prebélica, y allí es donde vemos que Fridman no es más que un tipo corriente que se asusta de los bombardeos, reacio a utilizar la violencia, que sacrificará el éxito de misiones por razones sentimentales... Una auténtica metáfora de la debilidad de las democracias occidentales ante la irrefrenable pujanza de los totalitarismos nazi y stalinista que, literalmente, les estaban comiendo la tostada. Los dos primeros álbumes de Max Fridman, “Rapsodia hungara” situado en Budapest y “La Puerta de Oriente” situado en Estambul, son en los que Fridman prestará sus servicios a “la Firma”. Fueron ambos publicados en la década de los 80 ( Norma Editorial en España, por entregas en la revista “Cairo”) Los ochenta y la juventud se acabaron. Igual que mi maduración como ser humano me alejó de militancias estéticas y éticas: las americanas dejaron de tener hombreras, el rock’nroll volvió a mi vida, y los artistas de la línea chunga merecieron mi respeto. Llegó un nuevo siglo y, con él, la vuelta de Fridman. Pero ya no como agente de “la Firma” sino como amigo que se siente en deuda con alguien que le salvó la vida. La última aventura de Fridman comienza con el ruego desesperado de Ada Treves, esposa de Guido Treves, compañero de Fridman en las Brigadas Internacionales. “NO PASARÁN” es una trilogía que recoge lo último de Max Fridman. Tres capítulos lo integran, que fueron publicados en forma de tres álbumes independientes por Norma Editorial entre los años 2000 y 2008, y recogidos por fin en una magnifica edición integral en tapa dura en el año 2009. “NO PASARÁN”, para el lector local, tiene el añadido excepcional que de que la muy cuidada ambientación y el gusto por el mas mínimo detalle ya no suceden en lejanos escenarios sino que están aquí. Una persecución a punta de pistola en el Parc Guell, un bombardeo en pleno Paseo de Gracia, o un reencuentro con viejos amigos en un Hotel de la Rambla y en garitos del Raval (que entonces era el barrio chino) añaden una vuelta de tuerca a lo sentimental, en mi caso. Lo primero que la obra desprende al lector es una enorme sensación de tristeza. La amargura, la inevitabilidad del desastre, están presentes en cada una de las viñetas. De tristeza por la necesidad de volver a España de Fridman para buscar a Guido Treves, un excompañero de las brigadas internacionales desaparecido en extrañas circunstancias; de tristeza por la sensación de inminente derrota de la República ante la pasividad de las democracias occidentales (el cómic, repleto de flashbacks, se inicia en el año 1938 en el que están teniendo lugar la ofensiva del Ebro y el pacto de Munich, que servirá Checoslovaquia a manos de Hitler); de tristeza porque la causa republicana ha caído en manos de Stalin, su único aliado, y en la España leal a la República mandan más los agentes de la NKVD que el propio Gobierno . En una obra en que la temática central es la lucha contra el fascismo, los fascistas casi no aparecen. Y cuando lo hacen no tienen rostro prácticamente. Un oficial que en la esquina de una viñeta ordena fuego o los aviones lejanos que vuelan constantemente, para bombardear o ametrallar... La tensión de la acción está entre otros dos bandos que, aparentemente, están del mismo lado. La acción está situada tras los sucesos ocurridos en Cataluña en mayo de 1937. El Gobierno de la República se ve amenazado por una guerra interna entre trotskistas y anarquistas por un lado, y seguidores de la ortodoxia de Stalin en Moscú por otro. La sangrienta toma del control por parte de estos últimos y la represión contra los primeros, siendo eliminados sistemáticamente, aparece fielmente reflejada en la acción. La metáfora final del libro es la vuelta, cargado de amargura y de derrota, de Fridman a su vida en Ginebra, con su niña, a tiempo de verla en el festival de fin de curso. España ya queda lejos. Pero solo es un balón de oxígeno. Pronto, muy pronto, en toda Europa, las sirenas de los bombardeos rugirán para todos. Como decía un cartel de enganche de las brigadas internacionales... “Si toleras esto, tus hijos serán los próximos”. El género equivocado Elena Triana n Elena Triana Es un bolígrafo con propaganda de una caja de ahorros. Mi amiga lo desliza sobre la servilleta del bar. Traza líneas azules que componen mi cara, mi pelo. Aparezco yo en la servilleta. Ella me lo acerca: te he hecho un retrato, dice, sin darle importancia, pero yo estoy fascinada. Aún guardo esa servilleta. Tomábamos cervezas de botellín. No recuerdo qué hicimos después, aquella noche: ir a otros bares, supongo. Consumir bebidas baratas hasta que se agotara el presupuesto y luego entrar sin más, a estar entre la música y el humo (entonces había humo), y esperar a que ocurriera algo que nos hiciera cambiar de ruta, o volver a casa. Es por el frío, le digo a mi mano, que hace temblar la llave en la cerradura de casa de mis padres. Llego a mi habitación y dejo la servilleta con mi retrato sobre el cuaderno abierto que hay en la mesa. Escribo: me gusta ver dibujar a la gente. Tacho. Escribo: me gusta la gente que sabe dibujar. En francés no tiene esa connotación negativa, dice Clara. Se titula Mauvais Genre y el nombre de la autora no lo recuerda, lo tiene que buscar, o preguntar. Que es bonito, los dibujos son bonitos, dice, a ella le gustó, lo leyó en francés, se lo regaló a un amigo. Le he dicho a ella, lo de la novela gráfica, o cómic, o como se diga, porque yo no lo domino, no tengo ni idea, le digo, recomiéndame algo. Necesito la recomendación, pero también la excusa para hablar con ella, para tener más hilos entre las dos, sujetando esto tan fino, lo de la amistad a pesar de la distancia, del tiempo. Ya sé, me dice, la autora es Chloé Cruchaudet. (Que nació en Lyon en 1976, que sus padres eran anticuarios, que ilustró fábulas de La Fontaine, que ha ganado premios importantes, como el de Angouleme.) En las librerías de mi ciudad no encuentro Mauvais Genre, pero me lo traen, me dice una de las empleadas, que puedo encargarlo. Lo hago, y dos días después recibo un mensaje de texto en el teléfono móvil. Dice: puede pasar a recoger su pedido DEGENERADO. Sin comas, con las mayúsculas. Lo enseño a todo el mundo, nos reímos. Quiero contestar: vale, pero sin faltar. Hago chistes malos todo el camino. Recojo el libro: en la portada, miro el ojo de la mujer (se sabe que es de la mujer) y la espalda del hombre (se sabe que es el hombre). El hombre es Paul Grappe, y su historia es conocida: es un desertor de la primera gran guerra. Escapa del frente y Louise Landy, con quien se había casado antes del reclutamiento, le esconde. Los dibujos de Cruchaudet son como fotografías antiguas. Retratos de la época que retrata. El movimiento de las imágenes es espectacular: la forma en la que Paul y Louise se cortejan, se enamoran. Paul en las trincheras, el horror de la guerra, la muerte. El miedo como derecho, como sentimiento legítimo, y, creo yo, valiente: negarse a seguir buscando la muerte. Querer seguir vivo. Cómo va a ser delito querer seguir vivo. A Paul no le basta la supervivencia: necesita salir del escondite, ser uno más ahí fuera. Las viñetas le muestran ahogado, buscando evadirse con alcohol, angustiado. No es posible, piensa, que después de escapar del horror más absoluto, no pueda salir a celebrarlo. Vemos a Grappe desvestirse de hombre y vestirse de mujer. Pero Louise le advierte: no es sólo ropa. Le explica los detalles externos que se le suponen a una chica de verdad (los que hacen que cualquiera te mire extrañado, si no los tienes). Lo sutil que es el género. Dónde está la frontera. La vulnerabilidad que debes mostrar, querido Paul. La superioridad que debes concederle al posible interlocutor masculino. El hombre transformado sale a la calle del brazo de su mujer. Ríen, son libres. A Louise, Paul le sigue gustando. A Louise, Paul le apetece, incluso con falda. A Paul le apetece todo, ha escapado de la muerte, ha escapado de la obligación de matar, quiere vivir y follar, vivir. La manera en la que Cruchaudet define la personalidad profunda de los dos protagonistas en cada viñeta es escalofriante. Captura el gesto que refleja el sentimiento de ese momento, sin abandonar la línea general de carácter que ha trazado previamente. Veo a Louise disfrutar depilando a su marido: qué secreta satisfacción íntima. Paul se la devolverá, por descontado, multiplicada por diez. La violencia que hay en “Degenerado” te sacude exactamente igual que una hostia a mano abierta: ¿no querías ver esto? Pues mira: lo que hay dentro de uno es así de estremecedor, a veces. Acabo las 160 páginas de madrugada: Landy ha vencido, pero creo que Grappe también. “Degenerado” no se refiere al sexo, pienso. Se refiere a la degradación interna que nos hace odiarnos y vomitar violencia con quien más se acerca a ver nuestros adentros. Las ruinas, tras la fachada impecable. Eso creo. Me duermo viendo a Cruchaudet dibujando en una servilleta, con un bolígrafo azul. El arte de volar José Braulio Fernández Riesgo @JoseBrauliofr n José Braulio Fernández Riesgo Bajo los grandes acontecimientos de la historia, esos que dicen estar escritos, por su trascendencia y rimbombancia, con letras de oro, un oro que tiende al escarlata, languidecen otros sin los cuales aquellos jamás habrían existido. Estos, insignificantes, a la sombra de tantas sombras que los eclipsan, en ocasiones adquieren autonomía y se resisten a perecer. Hay en esta lucha desigual un orgullo solapado que pertenece a las causas perdidas y a las vivencias anónimas que esgrimen con dignidad para que su voz sea oída. “El arte de volar” (Antonio Altarriba, Zaragoza, 1.952; Kim, Barcelona, 1.941) es el periplo vital de Antonio Altarriba Lope, el padre de Antonio Altarriba, cuya trayectoria está plagada de continuos desencantos, desde sus primeros años en el pueblo, que se le quedaba pequeño, hasta su trágico final en una residencia para ancianos en La Rioja, pasando por sus huidas, devaneos amorosos, amistades, algún hueco para la felicidad, decepción, mucha decepción, y fracaso, mucho fracaso. Pero todo ello relatado desde una óptica muy personal, la óptica de un padre a través de la mirada del hijo que lo contenía, erigiéndose a la vez en narrador y experimentador, culpable e inocente. Sumergirse en la lectura de una novela gráfica después de tanto tiempo y de la forma minuciosa que requería la tarea no resulta sencillo. Acostumbrados a ejercitar la imaginación a la vez que se efectúa la lectura de la novela tradicional, nos enfrentamos a una modalidad diferente en la que la lectura viene acompañada de la ilustración que la contextualiza. Con lo que, a lo sumo, el ejercicio que nos resta es el de aplicar movimiento a la imagen fija, atisbar cada detalle, disfrutar con el arte que Kim, con gran maestría, ha derramado a lo largo de las páginas, y sobrevolar, como el protagonista pretendía hacer en su vida, a vista de pájaro, como si de espectadores presenciales se tratara, la vida del protagonista, vislumbrando cada rictus, cada angustia, cada pasión, cada planta y, por fin, con dolorosa nitidez, la progresiva proximidad del suelo. “Medraban aquellos días bandas de falangistas que invadían bares cines y lugares públicos cometiendo todo tipo de tropelías... Señores de mierda que reinaban sobre una ciudad amedrentada. -¿Por qué no estás en el frente defendiendo a tu patria de los comunistas? -Es que aún no han movilizado a mi quinta... -¿Y no sabes presentarte voluntario? -¡A ver, canta el “Cara al sol”! -Es que no me la sé... -¡No se la sabe! -Nosotros te la enseñaremos...” Desde el inicio se percibe la desazón que se incrementará con el transcurso del relato. La desgana del protagonista, a veces en rebeldía por la situación que le ha tocado en suerte, otras por la incapacidad de emerger en medio de un entorno propicio, aunque despiadado, atraviesa cada viñeta de la novela como un hilo conductor que en este caso es la propia mentalidad del protagonista, la psique vertebradora. La desgana, constante, fluctúa debido a factores externos más que a una verdadera superación de las adversidades; evoluciona, o involuciona, según la perspectiva con la que se observe, y se cubre de matices que ahora la anulan en beneficio de una amistad, después la ilusión y los sueños la invitan a palidecer, más tarde un amor fugaz que cura, incluso, males que no existen, el nacimiento de su hijo, acontecimientos, estos, que ayudan a salir a flote en una época de miseria y más miseria, una época en la que la vida se limitaba a sobrevivir sin importar los gramos de dignidad que quedaran en el trayecto. La vida eran parcelas y, como estas, para protegerla de aquellas que pudieran amenazar su integridad, se delimitaba con muros. Muros que, en un campo abierto por el que merodeaba a sus anchas tanto el viento como el hombre, comenzaron a alzarse impidiendo la visión del más próximo, cortando la relación con su vecino, anulando el roce y el calor. Antes de los muros, Zaragoza se vislumbraba con la imaginación, después, Zaragoza también se llenó de muros. Estos no eran de piedra ni delimitaban propiedad alguna, eran muros de celo, los muros que el hombre construye para defender lo intangible, sus debilidades, sus vergüenzas, su nada en absoluto. Incomprensión, maldad, miedo, inseguridad. Y cada muro que se elevaba era más alto que el anterior. Y cada intento por superarlo era impulsado con más combustible que el posterior. “La pérdida de Hipólito y Restituto ahondó en mi tristeza. Como en la residencia no tenía con quién relacionarme, daba largos paseos hasta Logroño... Para ocupar el día... Para agotarme... La doctora aumentó mi medicación. Pero lejos de notar alivio, me sentí más torpe de movimientos y con menos ganas de hablar. Solo quería que me dejaran en paz. Ya nada me interesaba. Hasta mi último motivo de preocupación dejó de existir. -Mamá ha muerto...” Más allá de la vida conocida, donde el valor de una persona no se mide por su condición de tal, las expectativas se demostraron excesivas. El valor de una persona era una cifra en otro idioma, las huidas se sucedían, la búsqueda de una oportunidad se perseguía por lodazales, por noches gélidas, entre la incomprensión, la maldad, el miedo o la inseguridad. La vida más allá era la misma que la de más acá, un sinfín de penalidades con el aliciente del hambre como único motor y la esperanza como carburante. Todo era lo mismo, todo eran zancadillas, todo malas caras, todo muros y más muros, muros altos y gruesos que se elevaban hasta el firmamento. La amistad sin condiciones era el único salvoconducto, que tampoco servía de nada. Las penalidades, siempre penalidades, con algún destello de esperanza en forma de amor fugaz o amistad pasajera, quizá algún ideal todavía no enterrado bajo los restos de la dignidad que se iban perdiendo persistiera para dar algo de luz, muy tímida, imperceptible incluso en la más oscura noche. Todo era lo mismo. Quedaba, al fin, un único resuello. Para regresar. Porque la historia es la historia de un regreso por el camino más largo, hacia el origen, en busca de la esencia que el itinerario fue recogiendo para no devolver. En el fondo, regresar es lo que todo ser humano persigue, aunque el tiempo le cambie, aunque la vida, la responsabilidad, el deber, la existencia misma, pugne por retener a cada sensibilidad. Pero la fuerza de atracción del origen es tan poderosa que ningún muro resiste la bravura de las embestidas. El regreso sin objetivos, la retirada, por ser más precisos, es una culminación donde la andadura ha estado jalonada por “el fracaso, la frustración y la humillación”. Una existencia que nunca tendió la mano. Las novelas gráficas han ido ganándose un espacio merecido en el mundo literario, además del respeto por el trabajo bien hecho y los galones de los que las dotan nombres de tanto prestigio como los que han dado vida a la que nos ocupa. La lectura de esta novela gráfica es una experiencia sensitiva nueva, es gratificante y a la vez sobrecogedora. Los prejuicios, como casi siempre, no aportan ningún elemento que facilite la entrada del neófito a esta forma de narrar. Desde luego, es evidente que contar una historia con viñetas no es menos serio ni menos interesante que contarla a renglón seguido. Y esta novela lo demuestra con creces, cualquiera que se anime podrá corroborarlo en primera persona. La información que se acumula en la mente al sumar a las palabras la imagen que las contextualiza, o tan solo que las acompaña para deslizarlas sobre ella, es, casi siempre, tan poderosa que los surcos de esos rostros ajados se antojan relieves sobre las páginas, es tan vívida la experiencia del relato que los momentos de angustia hieren, las lágrimas de sus protagonistas empañan las hojas, la suciedad apesta. Y el descenso... El descenso es también el arte de volar. Emigrantes, de Shaun Tan Begoña Martínez n Begoña Martínez Irse del papel. Desaparecer de tu lugar. Ya. Sin más. Dejarlo sin mácula, la nada con un halo gris desdibujado. Emigrar, aunque sin la exótica belleza de las bandadas de aves volando hacia las promesas del trópico del sur. Solo. Con la maleta a tus pies de plomo... ¿cómo seguir dejando atrás lo que hasta ahora saboreabas con sencillez, inconscientemente, tu vida, como si nada? Imagina el roce del lápiz sobre tu piel de papel, es tu rostro, rasgado, y el de otros cientos, ahí atrapados, en la cubierta del vapor; el iris, redondo, redondo y ansioso, de tus ojos, el grafito del número 3 descendiendo con suavidad por una de las aletas de tu nariz; la línea de la barbilla acercándose a tu oreja izquierda, semioculta por un mechón de pelo gris; los pómulos anchos, quietos, afrontando el envite de la vida, pareciera que no hay ni un rasguño, que tu historia es lisa, sin fisuras. Tu boca, tan bien dibujada, sólo un ligero matiz, un susurro apagado, acallada por la erosión de la distancia del amor, del tacto de su mano, de la media voz en las noches de frío y mantas; sólo te resta una fotografía, cálida y sepia... y es que tus palabras se han quedado prendidas aún de las raíces de la cuna que te vio nacer a ti y a tu hija: el tiempo se te presenta infinito, inabarcable. Y ya no hay marcha atrás. Vives en la antesala del silencio. Arrastrando la despedida aún, todo te produce extrañeza, sus voces, las calles, los medios de transporte... buscas un punto de anclaje al que aferrarte, soltar la maleta y desnudarte para descansar, masticando el silencio, hasta volverlo recuerdos de tanto rumiar. Cierras los ojos y vuelves a casa, aunque sabes que ya no es lo que fue, que aunque volvieses tampoco podrías caminar descalzo entre la hierba, ni refrescarte del sol al atardecer bajo el tilo del jardín a medio hacer, ni fabricar un futuro, ni siquiera, hablar por hablar, conversar en paz. Te revuelves hasta encontrar la manera de salvar algo, de todo lo que fue. En tu memoria cada vez quedan menos recuerdos, tan solo la fotografía, que cubre de sueños y futuro tus pensamientos, a la espera de que llegue el momento del reencuentro. Llega la mañana y con ella la monotonía y la ausencia, un hueco que pide comida y para el que no encuentras alimento con que llenarlo. El desarraigo aún hiere tanto que no puedes contárselo a nadie, decirlo en voz alta es agrandar la herida. No hablar de eso, ni a esa cría, a la que has conocido y que te ha tendido su mano y encendido tu sonrisa cuando ha iluminado su rostro con la suya. Vas camino de su casa, en la que compartes pan y vino con su padre. Notas que aunque hay cosas de las que aún no puedes hablar, desahogarte con ellos te sienta bien. Su historia es también la tuya. Empiezas a comprender que hay millones de rostros y que si bien son todos diferentes, se parecen mucho al tuyo, pues las líneas que los moldean tienen el mismo origen, parten de los mismos lápices: el mismo trazo y grosor, el mismo gris, el mismo efecto apagado sobre el papel. ¿Dónde se ha ido el color? Te acompaña, te has fijado, y te resulta curioso, por qué no decirlo, te gusta, un ser vivo extraño; hay muchos así, uno para cada persona. Has decidido llamarlo memoria, siempre va contigo y te recuerda que estás ligado a otras personas a las que quieres sentir cerca de nuevo, aunque para eso tengas que sobrevivir, durante un tiempo, de alienación y silencio. Tu ser vivo extraño, en cierta forma, te recuerda también que la cercanía de quien amas y por quien eres amado, te da fuerza, aunque de momento sólo sea una pequeña luz pardusca de esperanza. Está ahí, es pequeña, pero late en algún punto del universo; la ves allí, al otro lado de la ventana, cada noche, todas las noches, en las que por el frío te acercas a cerrarla, y por mantenerla más cerca, pese a la helada, dejas la ventana entreabierta, imaginando que así allanas su llegada. Estás seguro de que tiene que haber muchos más tipos de lápices, si no, ¿de dónde sale esa luz cada vez más blanca y febril, sagaz y vibrante? Crees que es cuestión de tiempo. Quieres que vuele, pero se empeña en paladear segundos eternos que no se arrancan a acortar distancias, y te puede la desesperación, que sólo acallas cuando fijas la mirada más allá de la ventana, entreabierta, al abrigo del manto de la noche. Ya en la cama, desgranas uno a uno los recuerdos que te empeñas en rememorar cada noche, convenciéndote de que la distancia no es real, que su fotografía, sus letras, su voz escrita, te las devuelve y casi les respondes en el momento, cuando te preguntan si el cielo que ellas ven es el mismo que el que tú ves. Sí. Lo es. Casi... Pero guardas la carta en la mesilla e intentas dormir. Sabes que la esperanza vendrá a dormir contigo esta noche y cierras los ojos, sin ser vista, se acerca, deslizándose entre las sábanas. Duerme a tu lado. Sueñas con dos cigüeñas que vuelan majestuosas. Y la emoción vuelve, la vida regresa, aunque no vas a deshacer el camino, no puedes, no debes, ya no es, ese lugar, tu hogar. Lo han arrancado. Te han arrancado de allí. Y sin embargo... Abres la ventana y el viento te susurra que es un día de espera, que vendrán más, sí, y que el viaje es largo, sí, el mismo que tú hiciste, quizá vengan en la misma cubierta quejumbrosa en la que tú llegaste. Sí. ¿Y? Están en camino. Por primera vez sientes que al ir a trabajar tus pies van ligeros, y es curioso, porque la noche anterior soñaste que tus zapatos empezaban a encontrar su sitio en la habitación, al lado de memoria, junto a los pies de la cama. Su cercanía te acerca a todo lo demás, hasta memoria te lo ha notado, cuando llegas a casa, él salta, tú sonríes y acaricias su lomo; antes sólo le mirabas, quiere compartir contigo la espera y formar parte de lo que venga. No te habías dado cuenta hasta ese momento de lo mucho que también te importa memoria, ni de lo mucho que te ha ayudado todas estas semanas; ya lo has decidido, pase lo que pase, quieres que también forme parte de tu futuro, por eso iréis los dos al encuentro de tu mujer y tu hija. Van a llegar en breve, ya está todo listo, la casa ordenada y caldeada, el puesto de trabajo asegurado, no es el mejor pagado, pero da para cubrir las necesidades de la familia, a tu hija le gustará el barrio, y memoria, y a tu mujer quisieras que no le cueste tanto como a ti adaptarse a un nuevo futuro lejos de todo lo conocido; la ayudarás a que sus tiempos sean más cómodos. Sabes que, cogidos de la mano, vuestra fuerza es mayor y quieres acercarla ya hacia ti, salvando el tiempo que os ha distanciado, sentir de nuevo que formas parte de algo que lleva mucho tiempo latente, como con nostalgia, y que o se aviva o se apaga, y no hay opción a lo segundo. Corres, llegan. Memoria ya va delante. Las miradas vuelan primero, las sonrisas se besan, las manos cálidas se reconocen, tiemblan. Vuelven las miradas. Comenzáis a caminar juntos, entrelazados. Ahora sí que es el mismo cielo. Los tres miráis alrededor. Sus miradas son preguntas. Tú les dices que ya habrá tiempo para explicaciones: ahora quieres que sean ellas las que te cuenten cómo ha sido el viaje. Lleváis poco equipaje. Ligeros. Os vais, camino a casa. Memoria os acompaña. Los pies vendados Verónica Lorenzo Sar http://pantuflasdecor.blogspot.com.es @pantuflasdecor n Verónica Lorenzo Sar Una tradición divide los tiempos de una sociedad, lo que hoy es moderno mañana es un arcaísmo. En medio de esta bipolaridad, Li Kunwu nos dibuja la historia de su cuidadora Chunxiu y sus pies de loto. Los lugares se nos hacen distantes y el mundo parece mucho más grande. Nos cuentan grandes historias, pero son las de otras protagonistas, en esa distancia geográfica y cronológica. Nos hablan de las mujeres que se cortan el pelo cuando casan, de las únicas que se atrevían a pintarse los labios de color rojo, de las que se quedan en casa alargando las rutinas en los días que le siguen a los otros días. Nos hablan y nos parece lejano en el tiempo, aunque sean mujeres de hoy, mujeres que son madres, abuelas. Lejano. Como el Oriente. Esta historia que nos cuenta Li Kunwu habla de estas mujeres del Oriente, que podrían ser del Occidente con otras “costumbres”, otras “imposiciones”, pero que no vemos. Rechazamos a la mujer sumisa del pasado en esta nuestra posición superior de mujer moderna blanca occidental hija del siglo XXI. Li Kunwu recuerda que no hace tanto fuimos sumisas, que en verdad somos hijas de aquellas. Son las mujeres de los pies vendados. El fin del verano de San Miguel me recoge en este estado, sobrecogida, asustada, provocada. Mis pies se solidarizan, mi cuerpo ha dejado de ser mío para recrear los dolores de la protagonista de esta novela gráfica. Tan lejana pero tan presente esta mañana. “Los pies vendados deben cumplir los criterios siguientes: ¡menudos, delgados, puntiagudos, perfumados y flexibles! Menudos, es decir, que han de ser una preciosidad; delgados, pero bien proporcionados; puntiagudos, pero con un ángulo encantador; perfumados, con un olor embriagador, y flexibles... ¿veis mi dedo meñique? Exactamente así han de ser.” Chunxiu es la protagonista de esta historia, resistiéndose a la tradición, resistiéndose a la revolución que criminaliza la tradición, resistiéndose a los contratiempos. Sobrevivir. Ella encarna las malas prácticas de una sociedad, de todas las sociedades, que imponen reglas en contra de sí misma. ¿Quién podría sobrevivir y seguir luchando? La niña Chunxiu no quiere que se le venden los pies. Adivina el dolor y lo sufre. Pero es necesario para conseguir un buen matrimonio, esa es la fama, esa es la excusa. Son adultos quienes deciden por el bien de la niña. Ella no sabe, ella no opina, ella se debe dejar guiar por el consejo, casi imposición, de los mayores. Ellos saben, ellos opinan. Es por su bien, por el bien de la familia: “Chunxiu debe vendarse los pies para casarse con un muchacho de buena familia y poder vivir tan bien como usted” Los pies vendados, flor de loto, es una tradición china que se venía practicando desde el siglo X y volviéndose común en el XIX como prerrequisito para concertar un buen matrimonio que hiciese prosperar a la familia. Con la llegada al poder de Mao, esta práctica fue prohibida de forma definitiva y lo que antes era atractivo se volvió deforme. De nuevo, ellos saben, ellos opinan y es por el bien de las mujeres, por el bien del país. Deshacerse de los “arcaísmos feudales”. Chunxiu y sus pies de loto se vuelve al pueblo para que no la encuentren, pero la desgracia se ceba con ella. Ni con la protección de viejas amistades puede entrar la tranquilidad y la calma de la madurez en casa de Chunxiu. Es la exclusión social, la pobreza, el silencio que la aíslan y se hace aislar. Por protegerse, por proteger a los suyos, los pocos que con ella se quedan. Ya anciana, en los años 50, llega a la casa de la familia Li, que busca niñera para sus dos hijos pequeños. Uno de ellos es Li Kunwu, el dibujante que nos trae esta historia, este pedazo de historia de China. Se inspira en parte en su niñera, en parte en las mujeres que sufrieron sus mismas circunstancias. Busca rescatar su memoria y reivindicar la dureza de crecer en un mundo de imposiciones sociales que se esconden bajo frases hechas “por el bien de...”. No importa el sufrimiento de una, es prioritario conseguir el objetivo. Al fin y al cabo, y esto nos lo sabemos de carretilla, la mujer sólo vive para casarse y tener hijos, cuidar de la familia y de la casa, no desviarse del camino, pues hacerlo sería peligroso y la marcaría de por vida. Expulsada del hogar, nómada sin nombre, voz sin fuerza. Cierras el libro y se queda en ti el dolor de saber las últimas noticias sobre el paradero de Chunxiu, muchos años después de abandonar a su familia. El dibujante ya no es aquel niño pero la niñera de los pies de loto nunca había dejado de ser aquella niña que intuía los sufrimientos que la iban a alcanzar. No importa cómo, no importa cuándo, pero tienes la necesidad de observar a las mujeres mayores de tu alrededor y preguntarte de qué manera, distinta en forma y dolor, ellas sufrieron lo mismo de la niña Chunxiu. Li Kunwu nos habla de aquello, ¿quién lo hará sobre esto? ¿Cuánto tiempo más las vamos a ignorar? No hay ya lugar para el silencio y la indiferencia, sino para denunciar y recoger los pedazos de nuestra historia para recordar cómo no debemos actuar más con nosotras mismas y con las mujeres de nuestro alrededor. Las viñetas que se descubren en este pequeño libro de Li Kunwu dejan ver el dolor, el peso de las tradiciones y la letalidad de la desobediencia a las contradicciones del tiempo. Lo que hoy es lo mejor mañana será denostado. La singularidad de esta sociedad no la hace distinta a las occidentales, caemos en los mismos errores, pero amparados en el supuesto progreso, modernidad o en la democracia, según el gusto del momento. Esta pequeña muestra de China que nos dibuja Li Kunwu funciona como aperitivo de su otra obra ambiciosa, La vida en China, en tres tomos y publicado en España en la misma editorial. Os invito a su lectura y a la reflexión. No hay lugar a comparaciones; no es la mejor manera de enfrentarse a estas obras, no cometamos el error de sentirnos superior en nada. Encefalograma plano hasta que algo nos engrase la máquina de pensar y veamos los errores y los aciertos de esta y de otra, de nosotros como seres sociales. Animales víricos que arrasan con todo una y otra vez, nunca satisfechos, insaciables y ávidos de poder. ¿Qué poder? ¿Qué bien común? Mis novelas gráficas en G&R Alejandro Larrañaga http://www.basketblog.es http://lectorbajito.wordpress.com n Alejandro Larrañaga Este es el número 32 de G&R y llevo aquí desde el 6. Pues bien, puedo decir que en estos 27 números he recurrido a novelas gráficas en 19 ocasiones, ya fuera para el tema central (solas, en compañías de otras o mezcladas con, mayormente, novelas), textos cortos o recomendaciones. Ahora que, finalmente, las novelas gráficas se han colado como protagonistas únicas del tema central, me siento como el alumno que tiene sus deberes hechos con antelación y puede dedicarse a reflexionar sobre sí mismo. Un tiempo aprovechado para repasar estos 4 años y ver cómo ha ido esa colaboración. Un ejercicio curioso en el que puedo hasta apreciar relaciones entre lo escrito y mi propia vida (detalles que ahorraremos al lector), pero que dejan alguna que otra aportación interesante y permiten ver, incluso, cierta evolución sino en el estilo (las limitaciones también existen), sí al menos en el tono. Por supuesto, no todas fueron elecciones brillantes, pero sí me ayudaron a decir, en cada momento, aquello que intentaba de la mejor manera posible. ¡Adelante con el repaso! G&R 6 (septiembre de 2011): Sopa fría de Charles Masson Tema central: Tragedia Presenta un panorama sin víctimas ni culpables o, lo que es más probable, donde todos tienen algo de culpa. ¿Es el vagabundo responsable de su propia suerte, de su adicción al alcohol? ¿Hasta qué punto podríamos señalar al personal sanitario del futuro de sus enfermos más allá de sus enfermedades? ¿Disponen estas personas de los medios necesarios? ¿Hacen, o hacemos, todo lo posible? ¿Nos merece la pena, siquiera, pensar en ello? La intención es despertar la conciencia colectiva ante situaciones que ocurren a la puerta de nuestras casas. Realidades cotidianas de personas que han dejado de ser consideradas como tales por sus semejantes. “Joder, la voy a palmar. Voy a morir como un perro. Vivo como un perro, soy un perro… No le pido mucho a esta vida… Quiero que me consideren más que un perro.” G&R15 (agosto de 2011): The surrogates de Vendetti y Weldele Tema central: Pereza La definición del hombre como un ser brillante, creador, parasitario, depredador y colonizador, demasiado preocupado por sí mismo como para ser considerado con su entorno. Como trasfondo de “The surrogates”, los autores deslizan sutiles críticas al mundo actual: el culto al cuerpo y a la imagen, la desnaturalización de las relaciones personales y la preferencia por experimentar la vida de lugar de vivirla. En medio del ambiente apocalíptico planteado, la humanidad se ha dejado devorar por sus ansias de sentir por encima de todo, como una orgía de placer inmediato, de triunfo sin sacrificio y de experimentación sin trabajo. Las miserias del cuerpo de cada uno quedan relegadas a la intimidad de cada dormitorio, donde las verdaderas vidas de cada persona se consumen mientras el intercambio de datos no se detiene. G&R16 (octubre de 2011): Asterios Polyp de David Mazzucchelli Recomendación Nada mejor que recomendar una recomendación. Es un pequeño intento de transmitir aquello que nos ha sido transmitido. Aquí, un autor reconocido, se embarca en un proyecto personal, al margen de su trabajo habitual. Básicamente porque puede y quiere, la mejor pareja de motivos para hacer algo que existe. G&R17 (diciembre de 2011): El vecino de Santiago García y Pepo Pérez Recomendación Un regalo es una ocasión de oro para demostrar que conoces a alguien y te importa. Aspectos que te motivan, pero también obligan a estar a la altura. G&R18 (febrero de 2012): Rubia de verano de Adrian Tomine Tema central: Envidia Porque ahí es donde radica el germen envidioso. Es a mi vecino, a mi compañera de trabajo, a mi amigo, incluso a mi pareja, a quien voy a envidiar de un modo dañino. Será malo porque, en la mayor parte de los casos, veré sus éxitos no como el resultado de sus esfuerzos y su dedicación, sino como la injusticia de que haya sido elegido, elegida, beneficiado, beneficiada, premiado, premiada, por delante de mí. Es un sentimiento mezquino y, por mucho que nos duela, más si la víctima de nuestro rencor es alguien cercano o, incluso, querido; un sentimiento que vamos a intentar mantener bien guardado y protegido. Por supuesto, como siempre, lo difícil es ponerse en el lugar del envidiado, que tendrá sus propios problemas y envidiará, a su vez, a otras personas. G&R19 (febrero de 2012): El negocio de los negocios de Denis Robert y Laurent Astier Tema central: Avaricia “¿Por qué haces esto? No sé, me ayuda a seguir viviendo.” Todos en algún momento de nuestra vida hemos tenido la ilusión de cambiar el mundo, de pelear contra los malos, conseguir transformar las cosas para equilibrar la balanza. La sensación tras pararse a leer (y disfrutar y sufrir) “El negocio de los negocios” es que el futuro pinta muy mal. El sistema capitalista sólo tiene un rival a su altura: la avaricia de los seres humanos. Dos que parecían los mejores aliados posibles, pueden acabar condenándose el uno al otro. Las personas encargadas de gestionar ese sistema capitalista son eso, personas; con sus virtudes y sus defectos. Un ciudadano común (yo mismo, por ejemplo) se considera absolutamente inocente de todo aquello que es achacable a la sociedad como conjunto. G&R20 (julio de 2012): Némesis de Mark Millar y Steve McNiven Tema central: Soberbia Aquel que sea definido como soberbio, en el buen sentido, puede caer en la tentación de la autocomplacencia, viéndose como un ser superior. Llegados a este punto ya da igual que tenga motivos o no porque en su mente estarán clarísimos. Hasta este momento no había comprendido porque, en este repaso a los pecados capitales realizado por G&R, la soberbia había quedado para el último lugar y llegaba justo después de la avaricia. Probablemente sea porque son los dos que tenemos más interiorizados como personas y como especie. Siempre queremos más y nos consideramos con derecho a ello. Némesis, al menos, lo tiene claro. G&R23 (abril de 2013): Donde nadie puede llegar de David Rubín Texto corto Triste destino el que nos espera si nuestra tendencia a la fatalidad es la que toma las decisiones. G&R24 (julio de 2013): El arte de volar de Antonio Altarriba Tema central: Biografías Un recorrido por dos países de un hombre consciente de que lo único que tiene es la dignidad y que te ha tenido que renunciar a ella en demasiadas ocasiones por las circunstancias o por su propia debilidad. Llegados a este punto, no se trata de hacer una apología del suicidio como final de la vida de nadie, pero en el caso de Antonio Altarriba padre, el proceso que le llevó a tomar esa decisión estaba totalmente justificado en su mente. Había pasado por todo lo necesario en este mundo y su historia merecía acabar a su modo. Él creyó que noventa años eran suficientes y, gracias al trabajo de su propio hijo, nosotros, con un nudo en la garganta, solo podemos respetar su deseo. G&R25 (octubre de 2013): El arte. Conversaciones imaginarias con mi madre Recomendación Un ejemplo de lo que intentamos hacer, desde nuestra humilde posición, en esta revista; explicar a nuestra manera aquello que nos apasiona. G&R26 (enero de 2014): Las sinfonías congeladas de David Rubín Tema central: Música En “Las sinfonías congeladas”, ante unas circunstancias extremas, Ella no deja de intentar que la trompeta suene. Es su empeño el que provoca las lágrimas de Él, que solo oye su tos enferma, que ve como su vida se le escurre entre los dedos deseando escuchar. Logra percibir su dolor, pero solo para que se le grabe a fuego en su alma la culpa. Un error o una desgracia deben ser tenidos en cuenta pero no pueden provocar que nos paremos. Porque entonces un accidente se convierte no solo en un hecho puntual más o menos dañino, sino en el inicio de una cuesta abajo donde es fácil estrellarse sin remedio. G&R27 (abril de 2014): La muchacha salvaje de Mireia Pérez Tema central: Literatura de mujeres (también aparecen Wassalon de Clara-Tanit, Vida de una niña de Phoebe Gloeckner y Fun home de Alison Bechdel) Juego de roles, una de las cuestiones principales de toda reclamación. Papel del hombre, de la mujer, el protagonismo de unos, la pasividad de otras. Se entiende que un punto de vista distinto podría subvertir ciertos tópicos, pero estos no se asientan solamente sobre el género, sino sobre la sociedad. Esta muchacha salvaje desconfía, comparte pero no se entrega y, por supuesto, es la protagonista de las acciones aunque reciba ayuda. No espera. Ello provoca algún que otro problema o reacciones cuya comprensión está fuera del entendimiento de mi cerebro masculino. Cuando sale de la casa y ve al hombre tirado, muerto, se marcha. Me asusta un poco ser el hombre muerto por el patetismo que emana de sus acciones. Cree merecer un reconocimiento por parte de la muchacha y solo recibe una buena dosis del poder del más fuerte. Según su lógica, sus actos provocarán, sin ningún esfuerzo por su parte, las reacciones por él esperadas. Es el primero en morir. G&R28 (julio de 2014): Comedia sentimental pornográfica de Jimmy Beaulieu, El condón asesino de Ralf Köning y El azul es un color cálido de Julie Maroh Tema central: Sexo La más brillante es la de ese panadero, auténtica bomba sexual, voluptuoso, muy jugoso. Años después, siempre podrás recordar el día gastado en la cama, entre polvo y polvo. Difícilmente recordarás un paseo, por muy romántico que fuera. Secuencias explícitas pero limitadas. La intención, más que un curso de anatomía, es la representación de la pasión, de la necesidad corporal que uno siente por el otro. Un deseo destinado a romper las barreras personales y sociales. Este cambio de papeles propuesto para las tres obras deja bien claro que el género condiciona demasiado a según qué autores y autoras. La perspectiva es importante y ciertas barreras todavía están lejos de haberse superado. Por otro lado, la libertad no se busca, las elecciones no son tan propias como creemos y, a menudo, dejarse los prejuicios en la puerta no están fácil como queremos hacernos creer a nosotros mismos. G&R30 (abril de 2015): Victorian Undead de Ian Edington y Davide Fabri Tema central: Libros que no nos gustan El debate se plantea entre el rechazo a la burda utilización de un mito para sustentar una moda y la curiosidad por saber si esa utilización se limita a los nombres o se van a respetar ciertas líneas rojas. Recomendaciones LIBRO Fariña AUTOR Nacho Carretero RECOMENDADO POR Verónica Lorenzo RESEÑA BREVE Global Personajes Historia Estilo Ritmo Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Hay estereotipos ligados a Galicia, a los habitantes de su costa, que parece difícil de desprenderse de ellos. En algún momento de nuestra vida se hará referencia al contrabando, al narcotráfico y se nos hermanará con la costa andaluza. Somos amigos, hermanos y nos pierde el hambre. Antes era el hambre de verdad, la necesidad, ahí estaba ella, atormentando; mientras nuestros vecinos portugueses gozaban de mayores riquezas (igual no mayores, mayores, pero si vivían más mejor). Pero esa hambre se cubrió pero nacieron otros, con más riesgo, más que perder pero más que ganar si todo salía bien. Llegan las planeadoras, las descargas en la noche, las mansiones, los cochazos, los susurros y el silencio. Un silencio que se busca derribar pero se multiplica y muta, se esconde y cambia. Nacho Carretero, como otros antes, recoge en este libro la historia de cómo ha llegado ser la costa de Galicia en la puerta del mundo del narcotráfico. Misión arriesgada ésta, la de contar una historia que es como un cuento que cambia según quien lo cuente, pincelada en novelas como Todo é silencio (Todo es silencio) de Manuel Rivas o en películas como Heroína, y que, con todo lo recorrido, le vio las orejas al lobo tras la archiconocida Operación Nécora (con juez estrella incluida). Tenemos que agradecer el esfuerzo, no sólo en la forma de contar los datos, sino de reflejar la actitud de la población respecto a ello y de hilar todos los niveles que participaron en la potenciación de este gremio particular, desde quien guarda hasta quien se deja untar. Ustedes me entienden. Ustedes me entenderán. Somos buena gente. Ya dijo un ex alcalde de A Guarda que “los contrabandistas son la gente más honrada que existe”. ¿Qué más se puede decir? Global Personajes Historia Estilo Ritmo Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q LIBRO Wooden. A lifetime of observations and reflections on and off the court AUTOR Coach John Wooden with James Jamison RECOMENDADO POR Alejandro Larrañaga RESEÑA BREVE Pertenezco a ese grupo de personas que en su currículum definiría su nivel de inglés como “medio”, es decir, entiendo más o menos cuando me hablan, tengo un acento atroz que convierte en una aventura cualquier intercambio como un anglosajón y puedo leer con relativa fluidez un texto, especialmente si el tema me es familiar. Por tanto, un aficionado al baloncesto no puede desaprovechar la oportunidad de practicar idiomas cuando lo que lee procede de una leyenda de ese deporte. Un libro lleno de reflexiones que van mucho más allá de la pista de juego, auténticas lecciones extrapolables a cualquier ámbito, que no se va por las ramas y nos pone cara a cara con esas excusas, esos miedos, esas dudas, tan habituales en nuestro día a día; verdaderas enemigos en nuestro camino hacia el desarrollo de nuestro potencial. LIBRO Sidecar AUTOR Nerea Pallares RECOMENDADO POR Salvador J. Tamayo RESEÑA BREVE Global Personajes Historia Estilo Ritmo Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Nerea Pallares nos presenta una delicia literaria. Trece relatos breves, pero intensos, donde el gran acierto es mostrar a los recuerdos como un gran personaje que atraviesa el libro a la manera de una sombra o un fantasma: la vieja se concede recuerdos, nunca nostalgias. Los relatos muestran una madurez asombrosa y escenas con una violencia extrema que recuerdan lo mejor de la literatura: Intento tragar el primer bocado pero no puedo, tengo un pájaro atascado en la garganta. Algunos relatos recuerdan a Cortázar: La casa-río y Los desaparecidos, donde conecta lo cotidiano con lo fantástico. En Cork y las burbujas, sin duda, Nerea Pallares narra con maestría el ambiente de expatriados, de generación perdida que termina en tierra extraña, sin perder ese ápice de frescura que evita que los que están, estamos, fuera, perdamos la esperanza. Aún así, amarga. Mi favorito es Desde el catre de tijeras, no sólo por el trepidante monólogo, la manera tan elegantemente española de escribir “güisqui” o la forma en la que ironiza con la poética de la sociedad contemporánea, si no también porque hace que los que tenemos problemas con definir la realidad, no nos sintamos tan solos, ni tan ajenos. Sidecar es una ópera prima que estoy convencido el tiempo, a pesar de ser caprichoso, le hará justicia. __ Recomendaciones LIBRO Lady Ofelia y otros microrrelatos AUTOR Atilano Sevillano RECOMENDADO POR Yolanda Izard RESEÑA BREVE Global Personajes Historia Estilo Ritmo Perfectamente organizada en torno a dioses y mitos, la literatura y la metaliteratura o los personajes de cuentos infantiles, el zamorano Atilano Sevillano ha pergeñado con su última colección de microcuentos, Lady Ofelia y otros microrrelatos, todo un universo al revés creado a partir de una valiente deconstrucción de personajes, creencias y tópicos y convenciones culturales y sociales. La deconstrucción se realiza por medio de un radical extrañamiento, una vuelta de tuerca que redefine los ángulos de la mirada, llegando hasta el punto de desterrarlos de sus propias coordenadas para traerlos hasta la nuestras. De ello resulta una lectura sorprendente, que tiene como consecuencia una sustancial rebaja de su antigua solemnidad, sustituida por la ironía y el humor. A fin de cuentas, de lo que se trata es de que dioses y personajes literarios se dignen bajar a convivir con nosotros, con nuestros problemas más pedestres, consignas urbanas o futilidades varias: Desencuentros Adán perseguía a Eva por el jardín edénico, pero no le dio alcance. Se encontraba posando para otro lienzo. Caín perseguía a su hermano Abel por el páramo, pero no le dio alcance. Se encontraba protagonizando otra película. Dentro de esta relectura crítica y lúdica de mitos, también los literarios (Emma Bovary, la Karenina, Ofelia…), y de los topoi o lugares comunes sociales, la deconstrucción es más activa en los microcuentos que reflexionan sobre las características o recursos de algunos géneros, especialmente el negro, alguno de los cuales adquieren visos fantástico-surrealistas, sin perder esa ironía que define la escritura de Atilano: Fuga El cadáver yace en posición decúbito supino, al pie de uno de los estantes de la biblioteca. Junto a su cabeza se halló, aunque cueste creerlo, un grueso libro con todas las hojas en blanco. El comisario tuvo que remover la montaña de palabras que sepultaban el cuerpo. Otros constituyen una apología del libro a través de ingeniosos giros con ecos líricos, como Maná: Obligados por la crisis hemos tenido que empeñar el televisor de plasma. Desde entonces vemos, con los ojos cerrados, caravanas de sueños sin despertares y la aprobación de muchos héroes desde todos los puntos de vista de la pared. En definitiva, una crítica sin acidez, que descodifica temas, asuntos y personajes y los despoja de su trascendencia y de sus lugares de confort en un juego imaginativo en el que se erige como un demiurgo que defenestra los símbolos culturales y sociales. Con este libro, Atilano Sevillano ha decidido ponerse sus zapatos al revés, como hace su personaje en su nanocuento Honestidad: Después de un largo camino, un hombre honesto miró a sus alrededor y vio el mundo tal cual es. Entonces tomó una decisión. Se puso los zapatos al revés. Global Personajes Historia Estilo Ritmo Q Q Q Q Q LIBRO Contos da Coruña AUTOR Xurco Souto RECOMENDADO POR Verónica Lorenzo Q Q Q Q Q Q Q Q RESEÑA BREVE Si hay algo que me gusta mucho más que la Historia, así, en letras capitales, es la historia local. La de barrio me chifla. Soy una chica de pueblo y los barrios en una ciudad es lo más parecido que tenemos. Aquí donde yo vivo hubo un río, un lavadero, un mercado que todavía persiste, en un portal aún se puede leer en el escalón de entrada la palabra colegio,… Un pueblo engullido por la ciudad. Y después está la gente que recopila esas historias de barrios, de aldeas urbanas. Las historias coruñas las recopila aquí Xurxo Souto, miembro de Los Diplomáticos de Monte-Alto y amador de Coruña y su historia. Habla de tabernas, de mariñeiros y percebeiros, de músicos, de mujeres guerrilleras… Mención especial a Pucho Boedo, Los Tamara y Los Satélites; las cigarreras; las tabernas; y los barrios históricos, el cómo eran y el cómo son. Lectura apta para personas nostálgicas y ávidas de conocimiento, curiosas de las calles que pisan y defensoras de la memoria histórica. También se permite el acompañamiento musical de Pucho Boedo en el tocadiscos, nuestro particular crooner, como Frank Sinatra, pero menos mafioso. Recomendaciones LIBRO Oso AUTOR Marian Engel RECOMENDADO POR Ainize Salaberri Global Personajes Historia Estilo Ritmo Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q RESEÑA BREVE Lo más impresionante, recomendable, inolvidable, apasionado y alucinante que he leído últimamente (por no decir este año o en varios años —la primera afirmación, sin embargo, va camino de convertirse en verdad) ha sido “Oso”, de Marian Engel, publicado en Impedimenta. Recuerdo la tarde en la que empecé a leerlo: dos capítulos y tuve que cerrar el libro. Porque todos sabemos que la intuición, cuando a libros se refiere, pocas veces falla, y yo sabía que ese libro requería unos tiempos, un estado concreto, cierta paz que comulgase con el contenido de la historia. “Oso” es... No, yo no sé lo que es “Oso”, sólo sé que es muy bestia, muy brutal. La naturaleza, los libros, el ronroneo del agua, la soledad —la inmensa y solitaria, y aún así tremendamente acogedora, soledad—, la presencia, salvajemente tierna, de ese ser que se mueve despacio, que ignora, al principio, y pide, necesita, vive por y para, después, del calor humano, es absolutamente inspiradora. El frío, de fuera, en contraposición con el ardiente interior: de la protagonista, que se deja llevar por el vaivén de esa nueva forma de vida, que la atrapa, y del oso, que descubre que su existencia, quién sabe si por primera vez o por última, es estrictamente necesaria; que sus existencias, las de ambos, chica y oso, oso y chica, están en comunión porque deben estarlo. “Oso” te quita la respiración. Te mece, te atrapa. Es de esos libros que, a medida que avanzas en su lectura, sabes que no podrás olvidar jamás. En un panorama editorial en el que parece, si acaso no es así, que todo merece ser publicado y de lo que, con suerte, sólo se salvaría un treinta por ciento (creo que estoy siendo demasiado optimista), encontrarte con una novela de semejante calidad (bien escrito, sí, pero no sólo eso; calidad, me refiero, en cuanto a capacidad de emocionar, de pertenecer a un entorno cuya tierra mojada ni tan siquiera conocemos; capacidad de empatizar, capacidad de sentir más allá de prejuicios y de estereotipos; capacidad de ir más allá del miedo, más allá de lo grotesco, de lo establecido; capacidad para crear un mundo nuevo, inimaginable, y que resulte tan acogedor, que se sienta tan como estar en casa, tan hogar) es una pequeña salvación. “Oso” sólo puede sentirse, pero hay que dejarse hacer. Seguir el rastro de los libros, de las pisadas hojas amarillas y rojas del otoño; seguir el rastro de olor a cabaña, a madera ardiendo, a oso expectante, amoroso, buscando una respuesta a sus propias entrañas que tanto, tantísimo, se parecen a las nuestras. No dejéis de acercaros a la novela, a la magnífica, suprema y soberbia novela, de Marian Engel. Por favor. Global Personajes Historia Estilo Ritmo Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q Q LIBRO Azaría AUTOR Anabel Rodríguez RECOMENDADO POR Elena Triana RESEÑA BREVE Se puso muy de moda lo de la novela histórica y me regalaron varias bastante malas y empecé a odiar el género, todo, sin distinción. Así que a santo de qué me voy a ir yo a Azaría, un pueblo de otra época, a enredarme en un crimen. Pero Inés no es cualquiera. No es la chica de la película. No es la novia del prota. Inés te convence y te enreda, y al final ahí estás, a mitad de fregado, con un montón de interrogantes y una historia de amor quemándote por dentro. Anabel Rodriguez (Badajoz, 1973), coge el cabo de la historia y no deja de tirar hasta que la madeja está deshecha: hay lana por toda la casa, pero ni un solo enredón. “Azaría” es una novela de aventuras. Y terminas la última página como quien sale del cine, tras una buena película de acción: feliz. Novedades narrativa LIBRO: Rip van Winkle AUTOR: Washington Irving EDITORIAL: Nórdica PRECIO: 16,50€ Publicado en 1819, este relato es considerado el primer cuento de la literatura norteamericana. Está ambientado en los días previos a la Guerra de Independencia de los Estados Unidos y narra la historia de un aldeano de ascendencia holandesa que escapa de su esposa, que lo regañaba continuamente por irse al bosque. Tras varias aventuras, se sienta bajo la sombra de un árbol y se queda dormido. Al depertar el mundo que conocía había cambiado por completo... Este relato sigue muy presente en la cultura de Estados Unidos y, de hecho, la historia se sigue contando entre los niños, que aún disfrutan con la leyenda del viejo Rip van Winkle. HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH LIBRO: Una chica en invierno AUTOR: Philip Larkin EDITORIAL: Impedimenta PRECIO: 22,95€ Precisa, elegante, concisa, Una chica en invierno es la última de las grandes obras de Larkin que quedaba por publicar en castellano. Una historia de invierno y de verano, de guerra y de paz, de exilio y de hogar, y también una de sus piezas más sinceras, en la que se entrelazan huellas de su propia biografía. El autor nos sumerge magistralmente en la opresiva atmósfera del crudo invierno inglés en plena Segunda Guerra Mundial. Katherine es una joven refugiada que trabaja como bibliotecaria en una gris ciudad inglesa. Hastiada de su trabajo y de la vida en general, lo único que le hace mantener la esperanza es la perspectiva de un reencuentro con el que fue su primer amor. Así, en las horas previas a su cita, Katherine revivirá las idílicas vacaciones que supusieron para ella la pérdida de la inocencia y el paso a la edad adulta. Ahora Robin, el protagonista de aquel crucial verano, tan glorioso como mortificante, tan radiante como precozmente crepuscular, podría poner fin a su monótona vida y arrancarla para siempre de las garras de la frustración. HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH LIBRO: Quien así te ama AUTOR: Edith Bruck EDITORIAL: Ardicia PRECIO: 16,50€ En 1944, Edith Bruck, judía de origen húngaro, fue deportada a Auschwitz junto con sus padres y tres de sus hermanos. A pesar de su corta edad, su hermana Eliz y ella lograron sobrevivir y fueron trasladadas sucesivamente a Dachau, Christianstadt y Bergen-Belsen, donde las tropas estadounidenses las liberaron por fin en 1945. Edith volvió a Hungría para reunirse con los pocos familiares que le quedaban y a continuación, tras una temporada en Checoslovaquia, embarcaría hacia el recién creado estado de Israel. Este testimonio pertenece a la 2ª generación de memorias sobre el Holocausto. A diferencia de sus predecesoras, la narración no se limita al confinamiento en el lager, sino que rememora también su infancia en los años anteriores a la deportación y se adentra en la devastada Europa de posguerra, en la que aún pervive una feroz hostilidad. A partir de Quien así te ama (1959), Bruck adoptó la lengua italiana como un medio de expresión que le proporcionaba el distanciamiento emocional necesario para poder escribir sobre su terrible experiencia. HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH LIBRO: Rashomon y otros relatos históricos AUTOR: Akutagawa Ryunosuke EDITORIAL: Satori PRECIO: 19,00€ «Rashomon», llevada a la gran pantalla por Akira Kurosawa, nos traslada al Japón del siglo XII, un país asolado por las guerras, el hambre y la desesperación, un escenario perfecto en el que las turbadoras complejidades de la existencia humana se muestran ante el lector con una brutalidad no exenta de belleza. Akutagawa ha trascendido las fronteras del tiempo y del espacio y se ha situado por derecho propio en la historia de la literatura universal como uno de los grandes maestros del relato. Su brillante talento narrativo, su estilo sofisticado y elegante, su sensibilidad extrema y su capacidad para desentrañar los aspectos más oscuros y complejos de la naturaleza humana hacen de sus obras verdaderas joyas atemporales y elevan a su autor a la categoría genio de las letras. HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH LIBRO: La tierra de los abetos puntiagudos AUTOR: Sarah Orne Jewett EDITORIAL: Dos Bigotes PRECIO: 18,95€ El verano acaba de empezar y a la localidad costera de Dunnet Landing llega una escritora en busca de un lugar tranquilo donde refugiarse del ajetreo de la ciudad y poner punto final a su libro. Allí alquila una habitación en casa de la señora Todd, una experta botánica que vende remedios caseros preparados con las plantas de su jardín y con la que entablará una profunda amistad. Ella será la encargada de introducirla en la vida social de una comunidad que parece discurrir aislada bajo la imponente presencia de los abetos a los que alude el título. Sarah Orne Jewett construye una magnífica novela que retrata con sensibilidad y nostalgia un mundo en vías de desaparición, y nos presenta una memorable galería de personajes femeninos: mujeres independientes y de gran entereza que defienden su derecho a la soledad y que conforman una sólida red de cuidados y afectos. Novedades narrativa LIBRO: Pequeño fracaso AUTOR: Gary Shteyngart EDITORIAL: Libros del Asteroide PRECIO: 22,95€ A finales de los setenta, los cambios en la política mundial tendrán una influencia decisiva en la vida de Igor, un niño enclenque y asmático de Leningrado. Jimmy Carter y Leonid Brézhnev han acordado intercambiar cereales entre sus dos países; a cambio, la URSS aceptará que judíos soviéticos puedan emigrar a EE. UU. La familia de Igor será una de las que se aprovecharán de ese acuerdo. Ya en EE. UU. —sempiterno enemigo para cualquier niño soviético— a Igor no le quedará más remedio que convertirse en Gary para ahorrarse problemas (y alguna que otra paliza). El cambio de vida es tan radical que Gary siente haber despegado de un mundo en blanco y negro para aterrizar en otro en tecnicolor; dos mundos tan contradictorios harán de su adaptación una tarea ímproba. Sus dificultades para encajar en el nuevo país son tales que su madre, decepcionada, acuñará el apodo «pequeño fracaso» para referirse al que hasta entonces había sido su hijo predilecto. HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH LIBRO: Carpas para la Wehrmacht AUTOR: Ota Pavel EDITORIAL: Sajalín PRECIO: 14,00€ Ota Pavel enloqueció en Innsbruck, en 1964, mientras cubría las Olimpiadas de invierno como cronista deportivo. La enfermedad truncó una carrera periodística en la que ya había comenzado a despuntar, pero la gente no se olvidó de él. Los lectores hacían cola en la calle para comprar su primer libro, una selección de reportajes sobre deportistas checos, y los médicos del psiquiátrico se ocuparon de que a Pavel le llegaran fotos del gentío que se agolpaba en las librerías. También le dieron un cuaderno y un bolígrafo, y así nació Carpas para la Wehrmacht, una preciosa colección de relatos autobiográficos con un protagonista indiscutible: Leo Popper, el padre de Ota. El soñador Leo, enamorado de la pesca y de la belleza femenina, supo vivir su vida como una fiesta en la Checoslovaquia de los años treinta. Plusmarquista mundial de la venta puerta a puerta, era capaz de vender atrapamoscas que no atrapaban moscas, o aspiradoras en aldeas sin electricidad. Más tarde, la invasión nazi de Checoslovaquia obligaría a Leo a usar todo su ingenio y audacia para garantizar la supervivencia y el buen ánimo de su familia. Algo tuvo que ver la guerra con la enfermedad de Pavel. Pero Carpas para la Wehrmacht no es el libro de un enfermo. Tampoco es triste, sino todo lo contrario. HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH LIBRO: Nuestras calles AUTOR: Alessandra Lavagnino EDITORIAL: errata naturae PRECIO: 15,50€ Ésta no es sólo la historia de la niña, y luego joven, Marzia en la Roma de los años treinta y cuarenta; no es sólo la historia de su madre, una abogada viuda que dedica su vida a luchar contra el fascismo o a pleitear con energía cada juicio: es la historia (que nos hace recordar aquellas maravillosas páginas de Natalia Ginzburg sobre la familia) de todas las madres e hijas que, a lo largo de los siglos y durante una parte de su existencia al menos, no han logrado comprenderse del todo y han vivido, de algún modo, enfrentadas, siempre de espaldas a los sinsabores y propósitos ajenos (aunque cercanos en realidad). Hay en estas páginas emociones y certezas, amor y miedo. La culpa, la orfandad, la madurez, la esperanza… resuenan también aquí. Hay, además, una ciudad bellísima y humilde al mismo tiempo, Roma, cuyas calles recorre Marzia en largos paseos que parecen no tener fin y que cifran parte de su existencia: ella es tanto esperar como perderse. HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH LIBRO: El hueco de la mano AUTOR: PJ Harvey, Seamus Murphy EDITORIAL: Sexto Piso PRECIO: 25,00€ Entre 2011 y 2014 PJ Harvey y Seamus Murphy emprendieron una serie de viajes a Kosovo, Afganistán y Washington D. C. Murphy tenía una amplia experiencia fotografiando conflictos y la vida cotidiana durante muchos años en Kosovo y Afganistán; hacía mucho que Harvey sentía fascinación por ambos países. Washington D. C. representaba la última potencia mundial que vivía con su propio desasosiego. Compartiendo un anhelo y un propósito comunes, Harvey coleccionó palabras y Murphy coleccionó imágenes. El hueco de la mano es el primer poemario que publica PJ Harvey y se trata de una colaboración única con Seamus Murphy, donde se combinan fotografías que éste tomó durante más de dos décadas con el trabajo creado en los viajes que la pareja realizó junta. HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH LIBRO: Judith Fürste AUTOR: Adda Ravnkilde EDITORIAL: Alba PRECIO: 17,90€ «Y ¿de qué ha servido tanto orgullo?», le pregunta su padrastro a la heroína de esta novela ya en la primera página. Judith Fürste, desposeída mediante argucias legales de su herencia paterna por el hombre que se ha casado con su madre, una mujer acomodaticia y convencional, vive en una situación de dependencia y desamparo en una casa que ya no es su casa. Desea educarse, trabajar, valerse por sí misma, pero el orden familiar no tiene previsto para ella más que el matrimonio. Cuando Johann Banner, el noble más ilustre de la región, pone sus ojos en ella, la joven lo acepta como una tabla de salvación. Pero el matrimonio entre el orgullo de una joven desesperada y el orgullo de un aristócrata celoso de sus privilegios no es precisamente fácil. La propia institución tiene sus normas; y cada contrayente sus prejuicios y su carácter. Adda Ravnkilde escribió Judith Fürste poco antes de quitarse la vida en 1883, a los veintiún años, y en ella parece que condensó una experiencia autobiográfica. Es ésta una novela profunda y tormentosa sobre el amor y la generosidad, y el auténtico via crucis de errores, vanidades y humillaciones que hay que vencer para conseguirlos. Un clásico de la literatura danesa. Tablón de anuncios AQUÍ PODRÍAIS ESTAR TÚ Y TU LOGO Y tu trabajo O AQUÍ, SI TE GUSTA MÁS PUBLICÍTATE CON NOSOTROS Tu espacio en Granite & Rainbow Desde G&R queremos ofreceros, en cada uno de nuestros números, un tablón de anuncios. 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