Raquel G. Otero - Granite & Rainbow

STAFF 32
DIRECCIÓN
Edición y maquetación
Ainize Salaberri
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SUBDIRECCIÓN
Verónica Lorenzo
veronicalorenzo@
graniteandrainbow.com
Pedro Larrañaga
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Diseño logo y portada
Inge Conde
[email protected]
REDACTORES
Fusa Díaz
José Braulio Fernández
Yolanda Izard
Alejandro Larrañaga
Pedro Larrañaga
Verónica Lorenzo
Daniel Lucas
Begoña Martínez
Raquel G. Otero
Ainize Salaberri
Salvador J. Tamayo
Elena Triana
Queridos graniteros, graniteras, y demás familia:
Un número más pero, como siempre, no un número cualquiera. Y, por fin, un
número dedicado a un género en alza, que tiene cada vez más presencia en librerías, bibliotecas, mesas de novedades y estanterías privadas: las novelas gráficas.
Sin ser grandes expertos, nos acercamos a ellas desde el respeto que merecen.
¿Son literatura? Sí. Porque, al igual que ocurre con el cine, las imágenes también
pueden ser literatura; el arte de poder expresar, sin necesidad de palabras, todos
los sentimientos del mundo y condensarlos, de una forma brillante (al menos en
las novelas incluidas en este número), no sólo no es fácil sino que es admirable.
No hay más que echar un vistazo a las imágenes que ilustran los artículos para
entender que una imagen, a veces, vale más que cien palabras. Porque allí donde
las palabras no llegan llega el poder, innegable, de una secuencia, de un gesto,
de una composición gráfica.
Por ello, en este número nos entregamos a este género y lo honramos como se
merece. Os invitamos a descubrir estas novelas, sí, pero también todas las que os
podáis encontrar. No os olvidéis de echar un vistazo a la sección de recomendaciones y novedades porque, también, hay auténticas maravillas.
Bienvenidos de vuelta, graniteros. Y gracias por volver a G&R.
Sumario #32
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40
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Columnas de opinión
NOVELAS GRÁFICAS
Recomendaciones
Novedades
Tablón de anuncios
Reuters
Opinión
Los últimos días de... los buenos modales
Pedro Larrañaga
Las pasiones no mueren. No, es imposible.
Son inmortales, como las musas, el
instinto de supervivencia o la estupidez
humana. Las pasiones no mueren,
son como la energía, ni se crean, ni se
destruyen, se transforman y permanecen
entre nosotros, en nuestras vidas, para
mantener el universo en movimiento.
Las pasiones no mueren, sólo se
transforman.
Esa
sentencia,
tan
evidente, tan irrefutable, tanto en su
planteamiento como en su significado,
tan clara que podríamos etiquetarla
como una “perogrullada”, me costó una
eternidad entenderla. Tanto tiempo
como el que me ha costado poner en
pie este texto, pequeño, modesto en su
alcance, pero que para mí ha supuesto
el mismo esfuerzo que levantar la Gran
Muralla China sólo con mis manos.
Yo creía que sí, que las pasiones morían.
Y que lo hacían lentamente, agonizando,
yéndose cada día un poco más, como
los buenos recuerdos, para terminar
bajo una lápida triste donde las flores
no pueden, ni podrán nunca, hacerles
justicia. Tan convencido estaba que
la muerte se metía también por mis
venas y a cada minuto las veía perder
su fuerza y llevarse la mía con ellas.
Llegué a estar convencido, a llorar por
la noche, antes de acostarme, cuando la
actividad de la vida real, esa en la que las
pasiones sufren por mantenerse a flote,
cuando todos los demás ya duermen,
a llorar por esa pasión que ya no era
mía. Esa pasión que se había llevado las
letras, las sílabas y las palabras, haciendo
que esculpir palabras en una página en
blanco no fuera ya uno de los motivos
por los que era capaz de alejar la locura.
Miraba las estanterías, los libros, los
cuadernos (los escritos y los por escribir),
las revistas, los recortes de periódico...
lo miraba y todo parecía formar parte de
un funeral, los adornos de esa habitación
en la que vivía ese alguien que ya no
está, ese que ha muerto pero que nos
ha dejado su fantasma para que nos
haga una cruel compañía. Esa memoria
que nos obliga a mentir, a recurrir al
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tópico de esa cosa molesta que se nos
ha metido en el ojo cada vez que una
lágrima se fuga de nuestros párpados.
Estuve cerca, a un paso, a una décima
de segundo de aceptar que era así, que
ya no estaban, que las pasiones eran
algo de otro tiempo, que todo aquello
no tenía lugar, que no iba a dedicarles
ni uno más de esos 1.440 minutos que
derrochamos (o echamos a perder) cada
día. Estuve a punto incluso de aceptar
que mi travesía por G&R había llegado
a su fin. Por suerte, una musa, la mía
particular, me susurró al oído, puede
que incluso me besara, para hacer que
me viera a mí mismo desde fuera, desde
lo alto y, por suerte, me reconociera.
Es cierto, los cuadernos ya no son
prioritarios, para los libros no tenemos
tiempo y soñar que vamos a cambiar la
historia de la literatura (al menos nuestra
historia de la literatura) es como seguir
creyendo que vas a ganar una Champions
cuando tu contacto con un balón se reduce
a la pachanga con los amigos cada quince
días. Todo eso es verdad, pero no significa
que la pasión haya muerto. Esa sigue ahí,
porque la pasión no es más que el modo
de hacer las cosas de alguien apasionado.
Alguien a quien la musa le recordó que
inventar en una habitación en penumbras,
antes de que su hija se quede dormida, las
historias de “Martita y Roque Ropete”,
de “Sandra y Coquito”, “Los hermanos
Pin y Pan” o del “Parque de los árboles de
hojas rojas” no es alguien que haya dejado
de tener pasión. Es tan solo un iluso que
creyó que las pasiones podían morir.
Por suerte no lo hacen, sólo se transforman
y yo lo descubrí a tiempo, a tiempo para
encender el ordenador, abrir el procesador
de textos y escribir esta perogrullada que,
como tantas otras obviedades, hemos
dejado de entender en un día a día que
prefiere que no entendamos los principios
elementales que rigen nuestra existencia.
Una en la que siempre estaremos
acompañados por nuestras pasiones.
Es lógico, al fin y al cabo, no son otra cosa
que una expresión de nosotros mismos.
Opinión
Diario de una escritora en promoción
Fusa Díaz
Me levanto y corro las cortinas, subo las
persianas, dejo que la luz del sol toque a
todas las plantas de interior, abro un poco la
ventana para que la casa se airee. Recojo los
platos que dejé la noche anterior secándose
sobre una bayeta al lado de la pila de la
cocina. Hago nuestra cama, hago la cama de
la niña. Mientras, el café que Marido me ha
preparado ya está a la temperatura ideal —
me lo tomo. Riego las plantas, que ya están
todas dispuestas en el alféizar de la ventana
con más claridad. Miro cuánta ropa hay
en el cesto de la ropa sucia y calculo si hay
suficiente para una lavadora. Si la hay, bajo al
garaje y la pongo. Si hay de color, la de color.
Si hay de blanco, la de blanco —con un poco
de lejía para blanquear. La taza de café está
vacía y llena de agua en el fregadero. Ya son,
aproximadamente, las diez y media o las once.
Subo al estudio, en una hora bajaré de nuevo
al garaje y tenderé la ropa. Una vez frente al
escritorio, enciendo el ordenador y abro mi
correo.
factura pendiente, miro la cuenta del banco,
acabo de escribir y entregar un cuento para
niños sobre la vida de Picasso, hablo con la
posible ilustradora de la portada de Madre
e hija, empiezo un nuevo cuaderno y escribo
la primera página de mi próxima novela que
quizá se publique en 2017, elijo la cita que
irá al principio, le mando un poema a María
Mercromina, escribo una reseña de Natalia
Ginzburg para FRIDA. Miro la agenda,
compruebo que lo tengo todo anotado. Desde
hoy, además, voy a la autoescuela por la
mañana.
Contesto los e-mails más importantes:
alguno de mi editora, Izaskun, contándome
novedades; alguno de Roser, jefa de
marketing, organizando la agenda de
presentaciones y entrevistas; alguno de Anna,
mi nueva editora de Destino, hablando de
mi próxima publicación, de la traducción al
castellano de la última novela. Cierro el correo
y abro un navegador: miro si hay alguna cosa
nueva, una entrevista, una reseña, alguna
noticia destacable, y la comparto en mis redes
sociales. Miro un poco las noticias, lo más
escandaloso, lo que de verdad me interesa,
algún vídeo tonto. Aproximadamente son las
once y media, la lavadora ya debe de haber
acabado. Bajo al garaje, tiendo la ropa.
Vuelvo al estudio. De la lista de cosas
pendientes, priorizo: escribo un cuento para
el magazín Catorze.cat, acabo de ver una
serie para escribir sobre ella en Jot Down,
pregunto cuándo será mi próxima columna
en El Periódico, hablo con Siruela sobre mi
prólogo a El libro de la fiebre, envío alguna
Éste es el diario de una escritora en promoción:
hay días de presentaciones y de entrevistas,
días de radio y días para ir a comprar el
periódico porque apareces en alguna página.
Pero la mayoría de las veces no hay nada salvo
trabajo y más trabajo. Con las redes sociales
acalladas, el escritor es sólo un escritor —
nadie, o casi.
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No, no soy idiota. No me he vuelto estúpida.
No tengo el mayor interés en hacerle saber a
nadie la absoluta normalidad en la que vivo.
De vez en cuando salgo al jardín y miro las
flores —cuáles se han secado, cuáles son cada
día más hermosas. Es lo más excepcional, lo
único que podría diferenciarme de otros: los
que no tienen jardín. El resto del tiempo hay
silencio, un silencio que nadie imagina.
Cuando una vez hablé de la inseguridad que
se siente al escribir, el entrevistador me dijo
que en mis redes sociales todo el mundo me
estaba diciendo lo bien que hago todo, y que
eso debe conseguir que se trabaje instalada en
el sosiego, con la tranquilidad de que a todo el
mundo le gustas. Bien, ahí están las horas de
una mañana cualquiera. Cuando intento hacer
lo que quiero hacer, cuando acabo de hacer
la cama, recoger los platos, tender la ropa y
airear la casa... vosotros, los que me habláis
a través de internet, no sois de gran ayuda —
invisibles.
Opinión
Emigrantes
José Braulio Fernández
Si pudiéramos elegir la novela en la que pasar
la vida, quizá evitaríamos aquella en la que sus
personajes sufrieran. No nos gusta sufrir. Y es
muy humano. Por la misma razón por la que no
nos gusta sufrir, no sentimos una especial dicha
cuando otros sufren. A grandes rasgos, ser humano
es esto, evitar nuestro sufrimiento y apiadarse del
ajeno. Podríamos añadir infinidad de cualidades
que creemos nos hacen humanos, pero ninguna nos
diferenciaría de otros animales. La inteligencia la
que menos, desde luego.
Es por eso que una novela para vivir podría ser
aquella en la que se transitaría por sus páginas
en una zona de confort, sin demasiados vaivenes
y mullida. Una novela de esas que reposa junto a
la cabecera de la cama con una página, la misma,
eternamente marcada, paciente y dispuesta, que
un día se exhibe frente a nuestro cerebro agotado
y, sin queja, permite que nos deslicemos sobre
ella durante diez plácidos minutos de narcótica
duermevela con la atención dispersa. Y no se queja.
Esa podría ser una novela para vivir, una que no
llame demasiado la atención.
Durante este verano hemos sido testigos de
espectáculos que tenían más de atroces que de
humanos. Ríos de personas atravesando fronteras
en las que eran recibidos con displicencia, cuando
no con violencia. Secuencias repetidas una y otra
vez que escarbaban en conciencias y disparaban
una de las características más humanas, la codicia.
Y me preguntaba en qué novela querría vivir toda
esa gente desamparada. Y me sonrojaba cuando me
sorprendía cuestionándome una frivolidad de ese
tamaño. En qué novela querría vivir esa gente...
La vida es demasiado seria para ser albergada en
una novela, me decía. Pero, no. La vida es un asunto
tan serio que debería estar impresa en una novela,
para permanecer, indeleble. Que las desgracias de
nuestro transcurso no pudieran borrar, no ya una
página, sino una palabra, la más insignificante. Ni
una coma. Ni siquiera ser perturbado el espacio más
prescindible con un lunar.
Esos ríos de personas no distaban de las migraciones
que los herbívoros realizan, acompañados de cerca
de las fieras hambrientas, en la fascinante sabana
africana. No podía evitar la comparación (¡quién
ha podido evitar esa tentación!). En seguida me
ruborizaba de nuevo. Esta vez imaginando que, por
un instante, esos animales adquirieran conciencia.
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No podríamos sostener su mirada. Sería incapaz,
en nombre de la humanidad, de sostener la mirada
de una gacela o cualesquiera otras especies con
plena conciencia. “¡Perdón, perdón!”, acertaría
a decirle con la voz entrecortada. Mientras, ella,
probablemente, preguntaría retóricamente: “¿Y nos
llamáis animales?”, para mi completa vergüenza y
la de toda mi especie.
Dijo Anton Chejov que un hombre honesto llega a
sentir vergüenza, a veces, delante de un perro. Y ese
hombre, que no puede ser cualquiera, sentiría la
misma vergüenza ante una gacela, ante un elefante,
ante un ñu, ante una cebra... Sentiría vergüenza
ante cualquier animal que se le pusiese delante,
bastaría con ser consciente de su condición, la de ser
humano, para comprobar cómo el rostro se contrae
y las palabras se nos resisten. ¿Y qué sentir ante esos
ríos de personas que son tratadas poco menos que
como animales? Vergüenza es poco, si se es honesto.
Pertenecer a la misma especie agrava el sentimiento
de vergüenza. Lo multiplica. Convierte la vergüenza
es una losa que pone en jaque nuestra condición.
Una losa que nos amenaza a todos, implicados
directa o indirectamente. Nuestra responsabilidad
es prácticamente la misma, como ejecutores, como
consentidores, como dueños de nuestra vida plácida
protegida por fronteras infames.
Aylan, el niño más emblemático de este luctuoso
peregrinaje, no conoció lo suficiente la vida para
desear vivirla en una novela. La suya sería un cuento
cuando el mar se la arrebató. Un cuento lleno de
fantasía y de bombas, de niños y de balas, de sueños
y de destrucción. ¡Qué diferentes son sus cuentos
de los que nos contaron! Cuántas conciencias sacó
a relucir Aylan. Y cuántas novelas se han dejado
de escribir en ese camino y en esos de los que
no hemos querido saber ni hemos querido ver.
¡Cuántas novelas son necesarias para hacer honor
a tanta humanidad! Y cuántas conciencias debemos
a todos esos sacrificios. No sé si habrá tanta vida
para la gratitud que debemos. Lo que sí es cierto
es que alguien debería escribir todas esas novelas
sustraídas en las que esa gente querría vivir. Pero
pronto, antes de que la sangre estropee las páginas
en blanco que nos quedan libres.
Opinión
Manoliño
Verónica Lorenzo
Recientemente he reestrenado mi carnet de
conductora. Por reestrenar he reestrenado un
montón de actividades, lugares y perfumes. He
vuelto al norte, a casa madre; he vuelto a una
de las primeras bibliotecas en las que trabajé,
y esto me ha obligado, en mi resistencia por
volver a vivir en esta otra ciudad, a volver a
poner las manos al coche para recorrer 110
kilómetros de lunes a viernes.
A mi coche lo he bautizado como Manoliño
porque lleva como símbolo de conquista un
peluche que no siempre fue mío. En realidad
Manoliño es el peluche y no el coche, pero una
cosa lleva a la otra.
Cuando pude reestrenar un coche heredado lo
primero que decidí respecto a él fue situar en
algún lugar el peluche. Hoy me vigila desde la
bandeja del maletero, con su lazo rojo atado
al cuello y medio recostado, porque ni él se
mantiene en vertical ni el coche en movimiento
se lo permite. El pobre cumple su función
de guardián custodio, o eso me hace pensar
salvándome de las cafradas que no comunico
al resto de la población de la Tierra por su
bien. El peluche de por sí, claro, no es nada,
sólo una funda de pelos rellenada de algo que
le da forma de oso (o algo que se cree un oso).
Pero es todo un símbolo, perdido durante
más de diez años, reencontrado entre bolsas
de basura que guardaban más peluches. No
es símbolo de reencuentro, sino de recuerdo.
Vamos a ver si nos vamos entendiendo...
Las ausencias son duras, las vas coleccionando
mientras sobrevives viendo cómo se deshacen
los nudos que te atan a la vida. Dentro de poco
no quedarán nada más que los recuerdos y el
tormento de guardar las palabras, los olores,
los sonidos, todos los detalles que rodean a
una persona y la hacen ser como es. O como
era. El peluche es un recuerdo hoy lo que ayer
fue un regalo, el peluche ocupa hoy un lugar
en otro coche distinto y sé que con la misma
pena que nos saludamos todos los días y
canturreamos por lo bajini las canciones que
nos sabemos cuando suenan por la radio, con
esta misma pena extrañamos las carcajadas de
nuestro amigo en común.
Hace tiempo escribí en otro hogar literario un
sentimentalismo de horas bajas más cerca de
la verdad que de la ficción:
7
En su día no acudí a los cementerios para
despedirme de quien no me había despedido.
Acudí al tuyo también, pero no pude, porque
aún te siento vivo. Sueño contigo y vives
conmigo caminando. A veces pareces tan real
que dudo cuál es la realidad, qué vida tengo
que vivir. Me llevas de la mano, salvándome,
sonriendo, animando. Me tengo que convencer
de eres lo que eres, una pérdida, una ausencia,
dolorosa. Un imperdible. Son tus sonidos, tus
olores, tus gestos los que protagonizan mis
sueños; allí donde yo me veo siempre como
una niña pequeña, sentada en esa silla de
comedor, jugando, y tú me hablas como si
de aquel día a hoy hubieran pasado los años
que pasaron y lo supieras todo, incluso el
futuro. Y lo dices sonriendo y yo entretenida
con el juguete. Y eres tú quien me abraza y me
despierta y en la oscuridad de la habitación
intento descubrir si estoy o no en mi lano.
Me obligo a levantarme de la cama (¿o eres
tú quien me obliga?) y en la rutina busco las
respuestas a mis inquietudes. Era solamente
un sueño pero el camino que retomo ya ha
cambiado de paisaje. Sin embargo, no puedo
despedirme; el imperdible está ahí, clavado
en la piel, profundamente, y necesita mucha
fuerza para arrancarlo. Arrancarlo y dejarse
sangrar. Llorar, en definitiva.
Manoliño, el peluche, me acompaña en mis
días de conductora, me hace compañía porque
siempre me toca ir sola. Siempre es de noche,
y ésta bien podría ser una metáfora más, pero
mi horario laboral, mi ruta de viaje vuelve
literal esta afirmación. A una le dicen que
cuanto más conduzca, más le gusta. Pero a
mí me pasa todo lo contrario: me confirma
que, lo que no me gustaba, me sigue sin
gustar, y menos lo hará en el tiempo. Oigan,
mi testarudez me ha regresado al volante
siete años después y sobrevivimos. Tarde o
temprano sabíamos que íbamos a retomar
esta actividad, con todos sus miedos y odios
infinitos. Hoy, aunque caiga una tormenta
(a.k.a., ciclogénesis explosiva) nos marcamos
un A Coruña – Ferrol – A Coruña sin que se
nos caigan los anillos.
Uno de los primeros objetivos marcados
de nueva vieja conductora era volver a ese
cementerio a intentar despedirme de Manolo,
el primer dueño de Manoliño. Seguimos
trabajando en ello. De bibliotecaria también.
Opinión
Mercadillo de letras
Ainize Salaberri
Llevo trabajando como profesora desde el 2007. Y
siempre, desde el primer día que me puse delante de
una clase, entre las primeras preguntas que les hago
para conocerles está esta: ¿Te gusta leer? Algunos
han negado, con total y absoluta rotundidad, con
cierto regodeo en el movimiento de la cabeza, y han
respondido bien alto: ¡no! Otros, ni fu ni fa. Otros
no entendían el verbo y tenía que traducirlo (enseño
inglés, por cierto). Otros, los que menos, decían
que a veces. La gran minoría, podréis imaginar,
decían que sí con la boca pequeña. El entusiasmo
de que te guste leer, al parecer, es una deshonra
entre los compañeros. Te conviertes, por definición,
en rarita, en «esa a la que le gusta estar sola,
ahí, con un libro». Si te ven leyendo en el recreo,
incluso, podrían hacerse los graciosos quitándote
el libros. Todas las generaciones albergan abortos
intelectualas e intolerantes. El hecho es que, entre
esos pocos alumnos que me han dicho que sí, que
le gusta leer, se encontraba una que devoraba los
libros. Me daba cierta envidia: yo de pqueñas leía
muy poco, lo obligatorio del colegio y poco más, pese
a que mi casa ha estado siempre llena, llenísima, de
libros. En mi habitación, de hecho, había una gran
estantería negra, anclada a la pared, colgando de
ella, que contenía algunas de las grandes obras de la
literatura: Tolstoi, Dostoievski, Julio Verne. Ver los
enormes tomos de “Guerra y paz”, era el antídoto,
así lo creo ahora, para que no me atrajese leer.
Pura estupidez, sí. Esta alumna, sin embargo, lo
devoraba todo sin importarle el tamaño: le bastaba
con leer lo que acababa de leer su madre, o su
padre, fuese o no para su edad, entendiese o no el
mensaje del libro, el por qué de contarlo, la historia
que subyace, latente, en toda obra narrativa. No
siempre, como nos ocurre a todos, aquello que leía
era digno de lectura, pero no seré yo quien juzgue
lo que lee una niña con esa avidez cultural, con ese
deseo irrefrenable de aprender, de saber. Leer es
estar en el mundo, y ella lo estaba. Y, cuando se es
niña, además, leer impulsa a la imaginación a crecer
de una forma que, de adultos, apenas vuelve a darse.
Escribiendo una obra de teatro a final de curso, ella
destacó por tener no solo más ideas que el resto, que
le surgían de forma natural, una detrás de otra, sino
de mayor calidad y calado.
Pues bien, esta alumna mía, que lleva siéndolo
alrededor de cuatro años, sigue leyendo como
si se le fuera la vida en ello. Siempre que viene a
clase tiene un libro en la mano. Y el otro día llegó,
totalmente entusiasmada, y me recomendó un
libro que, según sus palabras, «no podía dejar de
leer». Ese libro, que según me enteré después se
lo había recomendado su profesor de lengua, es
uno de esos libros que, de estar en la situación de
que la literatura fuese a desaparecer y este fuese
el último libro que quedase en la tierra y que, por
tanto, salvaría la destrucción total y definitiva de
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la literatura, sería mejor quemar, despedazar y
arramplar con todo, y aquí paz y después gloria. Le
pedí más datos. Fue entonces cuando descubrí que
el profesor en cuestión se lo había recomendado
a toda la clase, que ella no era la única que lo
estaba leyendo sino que todas las chicas lo estaban
haciendo, y que era «teacher, súper guay, léelo, te
va a encantar». ¿De qué más me enteré? De que
el profesor había recomendado el libro sin leerlo.
A ellos —a mis alumnos, me refiero— esto no les
pareció grave en absoluto. A mí sí me lo parece.
Primero porque cada edad tiene sus estadios, para
todo. Para la lectura también. Si bien es cierto
que los chavales son educados, a día de hoy, bajo
una sospechosa y un poco alarmante libertad de
información, sigo creyendo que cada edad tiene
sus necesidades, sus derechos y sus obligaciones. Y
este libro, por el vistazo que pude echarle, no les
convenía. ¿Por qué? Porque en la vida no se puede
correr, no se puede acelerar demasiado. Y, además,
porque si ya les queda poca inocencia, perderla
toda sería peligroso. El tema es que un profesor,
una figura que tiene cierto poder, que puede ser un
referente en la educación y en el desarrollo personal
de un alumno, se tome ciertas libertades que no le
competen. Si un alumno te pide una recomendación
para leer, lo lógico es recomendarle, creo yo, algo
que pueda anclarle para siempre a la lectura.
Hay miles de libros aptos para todas las edades
que pueden llevar a un ávido lector a convertirse,
poco a poco, en un lector decente, inteligente, en
uno que sepa discernir. Este profesor no lo sabía,
desde luego. En mi colegio teníamos dos profesores
a los que les pedíamos recomendaciones —ya en
bachiller, que fue el momento en el que mi necesidad
lectora explotó... y hasta hoy. Y nos recomendaban
a Kafka, a García Márquez, a Baricco, a Chejov.
Nos recomendaban literatura, no un mercadillo de
letras, no pájaros en la cabeza. Nos hacían soñar,
nos hacían pensar, nos hacían querer más. Otra
alumna, perteneciente a ese mismo grupo del que
os hablaba, al exponerles mi opinión y después de
que la clase expusiese las suyas, me dijo: «teacher,
a mí esos libros me parecen peligrosos, por eso
yo no los leo». No sé si la palabra es «peligroso»
pero sí «inconveniente». Hay, y ahora lo constato
más firmemente, una carencia enorme a la hora
de enseñar literatura. ¿Se enseña con la misma
seriedad que se enseñan las matemáticas, la física
o las ciencias sociales? No. Y ahí está el error.
No se forman lectores, se intenta complacer a los
niños —¿para que te hagan caso en clase cuando
les hablas de novelas, poemas o rimas?. Pero los
lectores, potenciales o no, han de formarse, hay que
enseñarles a leer, guiarles, hacerles pensar, crearles
ganas de buscar, de entender, de vivir. Todo está
en los libros. Y hay que recomendar con cabeza,
habiendo leído, analizado. Siendo lector. Punto.
Novelas gráficas
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Verónica Lorenzo
MIGUELANXO PRADO
Raquel G. Otero
JACOBO FDEZ. SERRANO
Elena Triana
CHLOÉ CRUCHAUDET
José Braulio Fernández
ANTONIO ALTARRIBA y KIM
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Salvador J. Tamayo
PACO ROCA
Sergio Sancor
TOMMI MUSTURI
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Daniel Lucas
VITTORIO GIARDINO
Begoña Martínez
SHAUN TAN
Verónica Lorenzo
LI KUNWU
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Alejandro Larrañaga
VV.AA.
Sopla Ardalén
esta tarde
Verónica Lorenzo Sar
http://pantuflasdecor.blogspot.com.es
@pantuflasdecor
n Verónica Lorenzo Sar
En la película Big Fish decían que “un hombre cuenta sus historias
tantas veces que al final él mismo se convierte en esas historias.
Siguen viviendo cuando él ya no está. De esta forma, el hombre
se hace inmortal”. Ardalén habla de esto mismo a través de la
memoria y de los recuerdos que nos hacen lo que somos.
Buscas en el viento el medio de transporte que te lleve al tiempo
y lugar que necesitas hoy. Aquí, frente al mar, dispuesta a contar
sobre la novela gráfica que recién acabo de terminar de leer, veo
que el Atlántico sigue siendo aquel océano plagado de historias y
leyendas, de naufragios y tesoros escondidos, de mujeres marinos
y hombres peces. Las gaviotas continúan sobrevolando las
corrientes que nos conectan con otras costas, llevando con ellas las
voces de los que buscan cómo regresar a casa, calentar los huesos
junto a la lareira, tomar los últimos vinos con sus compadres y
disfrutar un último tiempo con los suyos.
Son estas las historias que inspira este océano que nos baña
y moldea nuestro carácter. Y buscas en el viento el medio de
transporte que te lleve al tiempo y lugar que necesitas hoy. Más
lejos o más cerca, pero tu corazón dicta fuerte, a golpe de tambores
en el pecho, la dirección en la que desembarcar.
“Hay vientos que traen nostalgias, que dejan en el alma un
poso melancólico... otros parecen limpiar la vida, y después
de soplar dejan el día siguiente más claro y luminoso... y
este viento, el Ardalén, que viene del otro lado del océano,
llega cargado de recuerdos de otras vidas... de otras
muertes.”
Miguelanxo Prado firma estos vientos cargados de nostalgia
marítima, donde las ballenas guían, cantan y llegan al fondo de
un pasado escurridizo. Cuando abres la caja de música y oyes su
sonido quieres saberlo todo, dar respuesta a todas las preguntas
que te surgen y buscar en los daños colaterales. Buscas mudar
tu alrededor para resituarte en el mundo, blanco sin trampas.
Cuando las cosas van mal, cuando los reveses te golpean más de lo
que puedas resistir, necesitas, lo sabes así, parar, respirar y buscar
la lentitud en la circulación sanguínea.
La memoria, la historia que viene antes de nosotros, sobre ésta nos
hablan en Ardalén. Sabela trata de reconstruir el pasado que viene
antes del suyo propio, en el que se acaba de divorciar, ha perdido
su trabajo y vive pendiente de una entrevista de trabajo. Busca a
su abuelo Francisco Lamas en un pueblo donde, supuestamente,
encontrará a alguien que compartió jornadas de emigración en
Cuba, al otro lado del océano. Allí está Fidel para hablarle del mar,
de las caracolas, de las ballenas que cruzan los cielos, de Rosalía...
fragmentos de vida que vienen y van según sople el viento Ardalén,
aquel viento que, en la imaginación de Miguelanxo Prado, sopla
desde el otro lado del océano Atlántico, desde el Caribe, hasta las
costas del sur de Europa. Los fragmentos que tiene Sabela de su
abuelo (unas pocas cartas y fotos, recuerdos de su tía, y el deseo
de saber de él) se van completando con los que recoge de Fidel,
una mente anciana y trastornada por los años. La esperanza de
entender el mundo y entenderse ellos, de hilar finamente sus
memorias y las memorias ajenas, los hacen cómplices en la vida
hasta sentirse familia. Y ellos se mezclan con otros personajes
de aquel pueblo como Celia, la regente de la taberna, y Tomás, el
cacique del pueblo. Sus memorias también se hilarán con las de
Fidel y Sabela, precipitándose en el final de esta historia.
“Los recuerdos, que son muchos, van y vienen, sin que
yo consiga colocarlos. Nunca estoy seguro de qué sucedió
antes o después, me bailan los nombres, las caras... Es como
si el libro de mi vida allá se hubiese deshecho y me quedara
en las manos un puñado de hojas que no consigo ordenar
de nuevo. A veces, incluso, es como si esos recuerdos no
fuesen míos... Ni siquiera estoy seguro de diferenciar lo que
he vivido y lo que he imaginado.”
La génesis de Ardalén está en la idea de que somos lo que
recordamos y lo que los demás recuerdan. Teñido del color del
océano y poniendo mucho cuidado en los detalles de esta historia
de la memoria, Miguelanxo Prado nos transporta a ese tiempo y a
ese lugar tal y como nos dicta el corazón. Y tan malo el resultado no
ha sido pues, gracias a esta obra que le llevó tres años completarla,
Miguelanxo Prado obtuvo el Premio Nacional de Cómic en el año
2013 al destacar el “carácter poético de su obra, que mezcla la
realidad con el sueño, la memoria y el olvido, y su maestría técnica
en el uso del color”. Se ha reconocido así su trabajo y su trayecto
polifacético en el mundo de la ilustración nacional e internacional,
además de otros premios, postulándose Ardalén como una de
sus obras maestras, junto con Trazo de Tiza o el largometraje De
Profundis.
Esto último no importa, ésta es la verdad. En Miguelanxo Prado
vale cada página todo el reconocimiento, y de forma especial
en Ardalén. Quien más quien menos ha sufrido la angustia de
recordar, el deseo de reconstruir, la necesidad de reubicarse en el
mundo. Nos reconocemos en Sabela, que viaja con los recuerdos
de Fidel y se reconcilia con el pasado que le fue ocultado por su
familia y consigo misma, aliviando el dolor de saberse perdida
y no conocer el remedio que todo lo cura. Y ella se reconoce en
las mareas que traen ese viento que sopla, como le explicó Fidel,
entre los grandes árboles de aquel pueblo al que sólo se puede
llegar queriendo. No vienes de paso a recordar. Te quedas para
hilar retales y crear la sábana que te cubrirá el resto de tus días.
Los nombres, los olores, los sonidos, todo está allí, todo lo trae
el viento que cruza un océano entero y lo impregna todo. Son los
recuerdos que recuperas los que se quedarán contigo. Y aún así,
claro, ya lo dice Fidel casi al final del libro:
“...no todos los recuerdos duelen... sólo algunos... otros son
bonitos.”
Desde la superficie de un
nuevo e imprevisto
salvamento:
Lois Pereiro. Breve encontro
Raquel G. Otero
Qué difícil acercarnos a una biografía, obra y latido, a golpe
de viñeta. Qué difícil para un autor, digo, porque como lectora
recorrer Lois Pereiro. Breve encontro. Un achegamento
comiqueiro á biografía e á obra do poeta de Jacobo Fernández
Serrano (XERAIS, 2011) es revivir a saltos Poemas 1981-1991,
Conversa Ultramarina, Poesía última de amor e enfermidade
1992-1995, el Lois Pereiro. Vida e obra de Iago Martínez, o
Contra a morte, ese bendito documental de Iago y Alexandre
Cancelo. Todos os Lois. Todos los Lois, que diga.
Breve encontro es también Breve encuentro, en la opción en
castellano publicada por Sins Entido. Para quienes no tengan
el gusto, de Lois Pereiro se ha dicho que es el clásico que tenía
la poesía gallega sin saberlo. Se le ha llamado poeta de culto,
poeta maldito, punk amable, gótico. Por lo demás, tristemente
convivimos con su ausencia.
Este dietario, carta atlántica, se compone como un enorme
poema gráfico de los rastros de todas las claves coetáneas, los
referentes artísticos y vivenciales (Bernhard, Valery, Lean,
Yeats, Jarry, Corto Maltés, Manuel María, Joy Division, Eliot,
Lou Reed, Cohen, etc.) y de todas las cartografías (Monforte,
Edimburgo, Madrid, Berlín, A Coruña, O Incio...), buscando
el pulso en la muñeca del poeta: «onde estivo sempre a boa
poesía. Na relación entre a mirada e a expresión, alí onde
palpita sen mentir a vida, o teu tempo e o teu mundo [donde
estuvo siempre la buena poesía. En la relación entre la mirada
y la expresión, allí donde palpita sin mentir la vida, tu tiempo
y tu mundo]». Como novela gráfica es una antología, un
documental, la puesta en escena de un trayecto vital con la
muerte -impasible, compañera y prematura- como antagonista.
El trazo y la mirada de Jacobo Fernández consiguen dar toda
su forma y fondo a la eterna silueta de Pereiro. Añadiré, si me
permitís, que una de las partes más maravillosas de este tebeo
de Lois es el bonus track gráfico que nos regala el autor: la
sesión de retrato en estudio del ilustrador con su protagonista.
Cuenta Iago Martínez (y dibuja aquí Jacobo) que Pereiro
preparó a conciencia su último recital, en el Moka de A Coruña,
a pesar de ser de los que piensan (entre los que me cuento)
que la poesía es para ser leída y no escuchada. Allí habló a sus
amigos de la muerte, la suya; de su Ártico carveriano. Y les leyó
su epitafio: «Cuspídeme enriba cando pasedes/ por diante do
lugar no que eu repouse/ enviándome una húmida mensaxe/
de vida e de furia necesaria [Escupidme encima cuando paséis/
por delante del lugar donde yo repose/enviándome un húmedo
mensaje/ de vida y de furia necesaria]».
«Pero non a morte como una perda, como un fracaso, como una
derrota... senón quizais a morte como unha partida de xadrez,
é dicir, como un compañeiro que se asume. [Pero no la muerte
como una pérdida, como un fracaso, como una derrota... sino
quizás la muerte como una partida de ajedrez, es decir, como
un compañero que se asume.]»
La muerte viste de negro Baudelaire. Escupid con ganas.
¿Por qué llaman
caminos
a los surcos
del azar?
Salvador J. Tamayo
http://salvadorjtamayo.com
@salvadorjtamayo
n Salvador J. Tamayo
Pero queda el blasón tan diferente
que sus águilas siempre están de espaldas,
y éstas han de mirarse eternamente.
Lope de Vega.
Si el espacio es una cosa caprichosa, la patria lo es aún más. Mi
patria es la misma que la que defendieron los protagonistas de esta
historia que, con gran acierto y en tono de comic-documental, cuenta
Paco Roca. Sin ningún tipo de complejo: Mi patria es cada bala que
dispararon los hombres de La Nueve desde el año 36 hasta agosto
de 1944.
El navío inglés Stanbrook entra en el puerto de Alicante y recoge a
miles de refugiados españoles que huyen de la guerra, del hambre
y del fascismo. Situación parecida a los refugiados a los que Europa
ahora les niega asilo. Los mismos que son contenidos en las fronteras
de Hungría y que los herederos actuales del modelo de pensamiento
que defendían canallas como Hitler, Göering, Francisco Franco
o Manuel Fraga Iribarne, tachan de plaga. Paco Roca reivindica la
memoria de los republicanos españoles que fueron los primeros en
entrar en París montados en carros de combate con nombres como
Teruel, Guadalajara, Guernica, Belchite, Ebro o Don Quijote. Carros
de combate con nombres de batallas de la Guerra Civil Española. Los
primeros en recibir abrazos de los parisinos y besos de las parisinas
tras cuatro años de ocupación y colaboracionismo de Vichy. Los que
recelaban del llamado De Gaulle desde Inglaterra, pero siguieron
al general Leclerc hasta la derrota del fascismo. ¿Por qué llamar
caminos a los surcos del azar?, decía Machado, que aparece
fugazmente en un par de viñetas, a punto de morir y de ser enterrado
envuelto en una sábana blanca, con una bandera republicana sobre
el ataúd y un puñado de tierra española. Ojalá Machado hubiera
podido brindar con Hemingway, el Capitán Dronne, y los soldados
de La Nueve tras llegar hasta la puerta del Hôtel de Ville. ¿París
era un fiesta?, pregunta el Paco Roca protagonista, en uno de sus
encuentros a Miguel Ruiz, el combatiente que cuenta la historia. Para
los franceses sí, para los españoles la fiesta vendría cuando los carros
de combate atravesaran los Pirineos y llegaran a Barcelona, Valencia,
Madrid, Sevilla y Cádiz. Tras la II Guerra Mundial los fascistas se
convirtieron en un mal menor y la amenaza a combatir eran los rojos;
de matar rojos Francisco Franco sabía bastante. El régimen aguantó
algunos años de autarquía hasta que finalmente la patria, una grande
libre e indivisible de Franco, cedió soberanía y hasta cinco mil acres
de tierra a los Estados Unidos de América para construir una base
militar en Rota, al norte de la Bahía de Cádiz. Hay quien cambió
la cruz de Hierro de su abuelo por un encendedor Zippo. No. No
bajaron por los Pirineos.
Los surcos del azar cuenta la historia de los 144 republicanos que
habían combatido en la Guerra de España, como la llamaban Dos
Passos o el enorme poeta de Harlem, también ex brigadista de la
Lincoln, Langston Hughes, y que tras ser llevados a un campo de
trabajo forzoso en el norte de África, se unieron al ejército francés
para combatir a los alemanes. Además de la pericia técnica de Paco
Roca –sus dibujos, a pesar de tener una simplicidad apabullante,
emocionan de una manera increíble- el gran valor de esta novela
gráfica es el guión, perfectamente documentado, y unos diálogos
dignos de la mejor producción cinematográfica. El autor es un
personaje más que va en busca de Miguel Ruiz y muestra cómo se
realizaron los encuentros dentro de la cotidianidad del anciano
soldado. El lector descubre la historia del mismo modo en la que lo
hizo el autor, al menos eso se intenta. El lector acompaña a Miguel
desde el puerto de Alicante a bordo del Stanbrook hasta el desierto
del Sáhara y París; aunque en el cómic no aparezca, tras liberar
París siguieron luchando hasta llegar al Nido de Águilas de Hitler.
El personaje tipo, Miguel Ríos, historia que cuenta uno pero en la
que hablan todos y cada uno de los combatientes de La Nueve. El
personaje tiene toda la complejidad que puede tener un ser humano
con un pasado como ese: has liberado a Europa del nazismo pero te
has llevado doce años sin comunicarte con tu mujer o con tu hijo.
No, no eres un monstruo; los falangistas podrían haber interceptado
la carta y hubiera sido terrible para ellos. Nadie juzga al personaje
de Miguel, salvo el lector, y el lector, si realmente tampoco es un
monstruo, sólo siente gratitud ante la generosidad de estos hombres,
altamente motivados, que tuvieron la desgracia de ver la bandera
franquista al pasar por la embajada española cuando entraron en
París, antes incluso que los americanos.
De Gaulle obvió, de forma deliberada, a estos españoles, para que
el mérito fuera únicamente de Francia. Y fue de Francia, al menos
de parte de Francia, de la que hablaba Hemingway en una carta a
John Steinbeck en 1945: «Franquistas, nazis, fachas. No le veo
salida a este siglo. Pero entonces entramos a París, y los malditos
franceses seguían ahí, sentados muy orondos en sus cafés, fumando
sus cigarritos y comiendo sus baguettes.» En su discurso triunfal, De
Gaulle, el 25 de agosto de 1944 dijo: «París fue liberado por el mismo
París, con la ayuda de los ejércitos franceses que lucharon por la
liberación de la Francia única y de la Francia eterna». Eso dijo, el hijo
de la grandísima puta. No fue hasta el año 2010 cuando recibieran un
reconocimiento institucional por parte de la ciudad de París y en el
2012 la bandera de la república española ondeó por primera vez junto
a la francesa y la estadounidense en el aniversario de la Liberación.
El pasado junio de este año, 2015, el rey Felipe VI participó en un
homenaje a La Nueve inaugurando un pequeño jardín detrás del
ayuntamiento de París llamado: Jardin des combattants de La
Nueve. Año 2015. Inaugurado por el rey Felipe VI. Sin la presencia de
ninguno de los combatientes de La Nueve –los únicos supervivientes
Rafael Gómez y Luís Royo no asistieron por problemas de salud-. Ni
una palabra de dictadura, exilio o fascismo por parte de su Majestad
Felipe VI. Todo demasiado terrible. ¿Qué se podía esperar también
de un Borbón? El discurso de Anne Hidalgo, alcaldesa de París,
nacida en San Fernando de Cádiz, como yo mismo, sin embargo,
tuvo otro cariz: «Su Majestad, no es solamente la Alcaldesa de París
quien os lo dice, sino la republicana educada en el recuerdo de los
republicanos». Honró a los republicanos españoles que “junto a sus
delgadas maletas y su mano de obra, trajeron a Francia el alma de
España” y emocionó a todos al recordar las memorias del Capitán
Dronne –gran protagonista en el trabajo de Paco Roca- en las que
cuenta la sorpresa de los parisinos al ver que los soldados que iban
sobre los carros de combate con nombres españoles no hablaban
inglés sino español. La Nueve demostró al mundo que la libertad
no era negociable y muchos de ellos murieron sin que ni siquiera
sus vecinos supieran que el anciano que había vivido más de media
vida junto a ellos en la casa de al lado era el responsable de que
continuaran hablando francés y no alemán.
Un país vale lo que vale su memoria y con estos héroes hemos
fracasado como país. Frente a los gurús de la Transición que se
acostaron franquistas y se despertaron demócratas, La Nueve siempre
supo quién era el enemigo. Hay que dejar a un lado el pasado, decían.
Hemos superado todo eso, decían. Son batallitas de viejo que ya no
interesan a nadie, decían. Todo eso decían los canallas. Y, frente a
eso, sólo queda no olvidar, ni mucho menos dejar que olviden.
Sergio Sancor
Sr. Esperanza
La vida de la novela gráfica ha pasado desapercibida en
nuestro país. Mucho más la del mundo underground.
Novelas, ensayos, cuentos o relatos breves son los géneros
más consumidos, dejando de lado a un medio como éste
que, combinando imagen y texto, deforma la realidad o
nos la presenta en su formato más cruda. Es como si, al
igual que sucede con la vejez en la sociedad, se mirara
para otro lado y se pensara que la existencia de la novela
gráfica importa poco. La encontramos, de hecho, alejada
de las luces de las librerías y escondida en las sombras
de cualquier estantería por la que es casi imposible
pasear si no la hemos buscado de antemano. En esos
viajes, en ese ir y venir, encontraremos títulos que nos
sorprenderán, que en su unión perfecta entre ilustración
y grafía, dejarán en evidencia lo que ya presuponía: que
la novela gráfica vive sus mejores momentos.
“Treinta personas muertas en un accidente en la central
nuclear de...”. Estas son las primeras palabras que
nos despiertan en Sr. Esperanza, como si al amanecer
lo único posible fueran las malas noticias, las que nos
devuelven a la realidad tras el sueño que repara. Pero
he dicho palabras, no sensaciones. Ese continuo viaje
que, recorriendo el cuerpo, consigue reflejar en nuestros
ojos emociones que aquí vienen de la mano de los golpes
de color que Tommi Musturi impregna en sus viñetas.
Emociones, decía, que como las estaciones azotan el
cuerpo. Emociones, me reitero, que en una cabaña de
una zona islandesa cualquiera, nos mostrarán la vida de
un matrimonio que, ya en la vejez, en esa edad olvidada
y tendente a la autocompasión, parecen haberse perdido
el uno al otro. Dos personas que seremos nosotros algún
día. Un hombre y una mujer, aunque acompañados,
vivirán el aislamiento, el paso del tiempo, el reloj que
agota el tiempo que puede encerrarse en un pensamiento.
No en vano, las primeras palabras que observamos en el
protagonista son “Qué vacío me siento” mientras en el
periódico las páginas pasan y la vida, tras la ventana, va
dejando su estela de vida desaprovechada.
Pero el pesimismo se agota entre las arrugas de la vejez.
Cuando todo está hecho, ya nada importa. Sólo el pasar.
Sólo el permanecer. Sólo el día a día que no tiene un
sentido. Y el disfrutar de lo que queda, mientras la verdad
se nos aparece de diferentes formas. Porque no es cierto
que en los sueños no se esconda la realidad. Lo hace
aunque disfrazada. Aquí lo hace. Sí. En metamorfosis, en
vidas pasadas, en dibujos que con su color ya implican un
significado, en juegos de cartas con la muerte que se ríe
de nosotros. Y a pesar de todo, aunque al despertarnos lo
único que sintamos sean unas ganas de mear terribles,
lo que habremos vivido con esta historia, en los ojos de
este matrimonio, será la revelación absoluta de que la
vida, tan puñetera y llena de olvidos, ha sido vivida pese
a todo. O, precisamente, por todo.
“Mañana, tarde, día, noche / llegar y partir / estar
continuamente / en algún lugar, siendo algo, de alguna
manera”. Observamos el paso del tiempo. Un juego
infantil divertido a veces, macabro otras, entre lo onírico
–plagado del deseo de los recuerdos– y lo que podemos
tocar –sin llegar a ser la verdad completa– mientras
en el suceder de las páginas el color se convierte en un
protagonista principal, al igual que la naturaleza, como
en un rectángulo. La interacción de sus lados, unidos
por los vértices, convierten a Sr. Esperanza en vida y
muerte, en esperar o actuar, en batalla y paz, mientras
nuestros ojos se convierten en espectadores del ocaso
de la vida. La vejez en sus infinita formas, que en cada
pliegue, conservan las grietas que han ido quebrando,
más todavía, los aires gélidos del paisaje. Una mezcla
fortuita y llena de una potencia que no he observado en
muchas novelas gráficas. Ese poso que se queda cuando,
en un fundido en negro, recuperamos cada uno de los
momentos que hemos vivido al lado de alguien.
El amor no es abstracto aquí. Se esconde en el transistor
que escucha nuestro hombre, en el colchón que comparte
con su mujer, en el sonido de una hoja que cruje al pisarla, o
en mirar el paisaje. La vida contemplativa, tan denostada
pero necesaria. Como un Thoreau de los viejos tiempos,
pero actualizado. Aunque el tiempo sea implacable y
no devuelva más que en forma de pasado lo que ya no
se puede recuperar. Viajamos, lo hacemos sin parar en
esta historia. Y lo hacemos sin pretenderlo, abriendo los
ojos, captando cada uno de los matices. Porque como ya
dijera Sartre, el ser humano está condenado a ser libre
y, en esa libertad, escogeremos existir o simplemente
dejarnos llevar. O quizás simplemente encadenarnos a
una realidad tan viva como lo está esta obra.
No pasarán
Daniel Lucas
n Daniel Lucas
Mi historia de amor con Giardino viene de lejos. De hace casi 30
años, de la sobrehormonada adolescencia, que es cuando los amores
son a todo o nada, y cuando uno debe enamorarse más a menudo, si
es que está sano. Desde entonces amo a Vittorio Giardino y soy capaz
de perdonarle cualquier cosa.
En los años 80, esa década horrorosa y maravillosa a partes iguales,
apareció el concepto “línea clara”. Tras décadas de evolución de la
historieta de posguerra hacia temáticas más “adultas” y hacia una
mayor complicación estética y argumental, un puñado de jóvenes
(entonces), abogan por un retorno a la definición exacta de la línea,
así como por el cultivo de la narrativa clásica.
Y allí estaba yo, dibujante aficionado y devorador de cómics
compulsivo, con mis 17 años recién cumplidos, dispuesto a tragármelo
como un dogma de fe. Una militancia estética que iba pareja con una
militancia musical. El rock y cualquier cosa que oliese a setentero
para mí había muerto y me sentía en mi fuero interno a años luz de
mis compañeros de instituto que leían “metal hurlant” y escuchaban
a Whitesnake.
Yo no. Yo esperaba con impaciencia el inicio del mes para comprar
“Cairo” y escuchaba a los Smiths y a Depeche Mode.
La barrera invisible entre la línea clara de “Cairo” y la línea “chunga”
de “El Víbora” era entonces una enorme zanja insalvable. Era, en
aquella Barcelona de los 80, algo más definitorio que votar al PSUC o
a CIU, o ser del Barça o del Espanyol.
En “Cairo” es dónde a los ojos del lector español aparecieron
Giardino (y su alterego Fridman) por primera vez. Recuerdo devorar
su “Rapsodia húngara” con voracidad juvenil (soportando con
estoicismo el CONTINUARÁ de los tebeos mensuales) y, asimismo,
con el convencimiento de que aquello era lo mejor que había visto en
muchísimo tiempo.
Aquello era más que cómic. Tenía la fuerza visual de las ilustraciones
japonesas del XVIII, el cuidado en cada detalle del vestuario y la
ambientación de una película de James Ivory, y la agilidad narrativa
y la capacidad de engancharte a la trama de Dashiell Hammett. Una
puta bomba que te estallaba en la cara.
Uno de los grandes logros de Giardino es su personaje, Max Fridman.
Para empezar, Giardino hace con Fridman lo mismo que los grandes
de la época dorada de la historieta hicieron con los suyos. Ponerle
su jeta. Tintin era Hergé de joven, Rip Kirby era pastado a Alex
Raymond, Li’l Abner era la viva imagen de Al Capp, Corto Maltés es
el rostro de Pratt en su mejor epóca....Y Giardino es, desde su barba,
pasando por su nariz de gancho, hasta su incipiente calva, Max
Fridman.
Y Fridman es, al mismo tiempo, la esencia del antihéroe. Pero en un
sentido no trillado hasta aquel momento. No estamos hablando de
un cowboy rebelde y solitario como el Blueberry de Giraud, o de un
anarquista o de un librepensador, al estilo de Corto Maltés, marino
viajero sin ataduras... No. Fridman es un honrado y diligente padre
de familia judío francés que se gana la vida holgadamente como
comerciante de tabaco pero que, al mismo tiempo, trabaja para
“la firma” (eufemismo usado para designar al servicio secreto de la
República Francesa), a la que odia porque le aleja de su tranquila
existencia burguesa y de su hija pequeña, que es lo que más adora en
el mundo. Las aventuras de Fridman tienen todo el oscuro encanto
y las dosis de acción de la mejor narrativa negra o de espionaje, pero
Max Fridman es un agente secreto “malgré lui”.
“La firma” le sitúa en destinos tensos. En diferentes escenarios de
la Europa de la segunda mitad de los años 30, cociéndose a fuego
vivo en la tensión prebélica, y allí es donde vemos que Fridman
no es más que un tipo corriente que se asusta de los bombardeos,
reacio a utilizar la violencia, que sacrificará el éxito de misiones por
razones sentimentales... Una auténtica metáfora de la debilidad
de las democracias occidentales ante la irrefrenable pujanza de
los totalitarismos nazi y stalinista que, literalmente, les estaban
comiendo la tostada.
Los dos primeros álbumes de Max Fridman, “Rapsodia hungara”
situado en Budapest y “La Puerta de Oriente” situado en Estambul,
son en los que Fridman prestará sus servicios a “la Firma”. Fueron
ambos publicados en la década de los 80 ( Norma Editorial en
España, por entregas en la revista “Cairo”)
Los ochenta y la juventud se acabaron. Igual que mi maduración
como ser humano me alejó de militancias estéticas y éticas: las
americanas dejaron de tener hombreras, el rock’nroll volvió a mi
vida, y los artistas de la línea chunga merecieron mi respeto. Llegó un
nuevo siglo y, con él, la vuelta de Fridman. Pero ya no como agente de
“la Firma” sino como amigo que se siente en deuda con alguien que le
salvó la vida. La última aventura de Fridman comienza con el ruego
desesperado de Ada Treves, esposa de Guido Treves, compañero de
Fridman en las Brigadas Internacionales.
“NO PASARÁN” es una trilogía que recoge lo último de Max Fridman.
Tres capítulos lo integran, que fueron publicados en forma de tres
álbumes independientes por Norma Editorial entre los años 2000 y
2008, y recogidos por fin en una magnifica edición integral en tapa
dura en el año 2009.
“NO PASARÁN”, para el lector local, tiene el añadido excepcional que
de que la muy cuidada ambientación y el gusto por el mas mínimo
detalle ya no suceden en lejanos escenarios sino que están aquí. Una
persecución a punta de pistola en el Parc Guell, un bombardeo en
pleno Paseo de Gracia, o un reencuentro con viejos amigos en un
Hotel de la Rambla y en garitos del Raval (que entonces era el barrio
chino) añaden una vuelta de tuerca a lo sentimental, en mi caso.
Lo primero que la obra desprende al lector es una enorme sensación
de tristeza. La amargura, la inevitabilidad del desastre, están
presentes en cada una de las viñetas.
De tristeza por la necesidad de volver a España de Fridman para buscar
a Guido Treves, un excompañero de las brigadas internacionales
desaparecido en extrañas circunstancias; de tristeza por la sensación
de inminente derrota de la República ante la pasividad de las
democracias occidentales (el cómic, repleto de flashbacks, se inicia
en el año 1938 en el que están teniendo lugar la ofensiva del Ebro y
el pacto de Munich, que servirá Checoslovaquia a manos de Hitler);
de tristeza porque la causa republicana ha caído en manos de Stalin,
su único aliado, y en la España leal a la República mandan más los
agentes de la NKVD que el propio Gobierno .
En una obra en que la temática central es la lucha contra el fascismo,
los fascistas casi no aparecen. Y cuando lo hacen no tienen rostro
prácticamente. Un oficial que en la esquina de una viñeta ordena
fuego o los aviones lejanos que vuelan constantemente, para
bombardear o ametrallar...
La tensión de la acción está entre otros dos bandos que,
aparentemente, están del mismo lado.
La acción está situada tras los sucesos ocurridos en Cataluña en mayo
de 1937. El Gobierno de la República se ve amenazado por una guerra
interna entre trotskistas y anarquistas por un lado, y seguidores de
la ortodoxia de Stalin en Moscú por otro. La sangrienta toma del
control por parte de estos últimos y la represión contra los primeros,
siendo eliminados sistemáticamente, aparece fielmente reflejada en
la acción.
La metáfora final del libro es la vuelta, cargado de amargura y de
derrota, de Fridman a su vida en Ginebra, con su niña, a tiempo de
verla en el festival de fin de curso. España ya queda lejos. Pero solo
es un balón de oxígeno. Pronto, muy pronto, en toda Europa, las
sirenas de los bombardeos rugirán para todos. Como decía un cartel
de enganche de las brigadas internacionales... “Si toleras esto, tus
hijos serán los próximos”.
El
género
equivocado
Elena Triana
n Elena Triana
Es un bolígrafo con propaganda de una caja de ahorros. Mi
amiga lo desliza sobre la servilleta del bar. Traza líneas azules que
componen mi cara, mi pelo. Aparezco yo en la servilleta. Ella me lo
acerca: te he hecho un retrato, dice, sin darle importancia, pero yo
estoy fascinada. Aún guardo esa servilleta. Tomábamos cervezas
de botellín. No recuerdo qué hicimos después, aquella noche: ir
a otros bares, supongo. Consumir bebidas baratas hasta que se
agotara el presupuesto y luego entrar sin más, a estar entre la
música y el humo (entonces había humo), y esperar a que ocurriera
algo que nos hiciera cambiar de ruta, o volver a casa. Es por el frío,
le digo a mi mano, que hace temblar la llave en la cerradura de
casa de mis padres. Llego a mi habitación y dejo la servilleta con
mi retrato sobre el cuaderno abierto que hay en la mesa. Escribo:
me gusta ver dibujar a la gente. Tacho. Escribo: me gusta la gente
que sabe dibujar.
En francés no tiene esa connotación negativa, dice Clara. Se titula
Mauvais Genre y el nombre de la autora no lo recuerda, lo tiene
que buscar, o preguntar. Que es bonito, los dibujos son bonitos,
dice, a ella le gustó, lo leyó en francés, se lo regaló a un amigo. Le
he dicho a ella, lo de la novela gráfica, o cómic, o como se diga,
porque yo no lo domino, no tengo ni idea, le digo, recomiéndame
algo. Necesito la recomendación, pero también la excusa para
hablar con ella, para tener más hilos entre las dos, sujetando esto
tan fino, lo de la amistad a pesar de la distancia, del tiempo. Ya sé,
me dice, la autora es Chloé Cruchaudet.
(Que nació en Lyon en 1976, que sus padres eran anticuarios, que
ilustró fábulas de La Fontaine, que ha ganado premios importantes,
como el de Angouleme.)
En las librerías de mi ciudad no encuentro Mauvais Genre,
pero me lo traen, me dice una de las empleadas, que puedo
encargarlo. Lo hago, y dos días después recibo un mensaje de
texto en el teléfono móvil. Dice: puede pasar a recoger su pedido
DEGENERADO. Sin comas, con las mayúsculas. Lo enseño
a todo el mundo, nos reímos. Quiero contestar: vale, pero sin
faltar. Hago chistes malos todo el camino. Recojo el libro: en la
portada, miro el ojo de la mujer (se sabe que es de la mujer) y la
espalda del hombre (se sabe que es el hombre). El hombre es Paul
Grappe, y su historia es conocida: es un desertor de la primera
gran guerra. Escapa del frente y Louise Landy, con quien se
había casado antes del reclutamiento, le esconde. Los dibujos de
Cruchaudet son como fotografías antiguas. Retratos de la época
que retrata. El movimiento de las imágenes es espectacular: la
forma en la que Paul y Louise se cortejan, se enamoran. Paul en
las trincheras, el horror de la guerra, la muerte. El miedo como
derecho, como sentimiento legítimo, y, creo yo, valiente: negarse
a seguir buscando la muerte. Querer seguir vivo. Cómo va a ser
delito querer seguir vivo.
A Paul no le basta la supervivencia: necesita salir del escondite, ser
uno más ahí fuera. Las viñetas le muestran ahogado, buscando
evadirse con alcohol, angustiado. No es posible, piensa, que
después de escapar del horror más absoluto, no pueda salir a
celebrarlo. Vemos a Grappe desvestirse de hombre y vestirse de
mujer. Pero Louise le advierte: no es sólo ropa. Le explica los
detalles externos que se le suponen a una chica de verdad (los que
hacen que cualquiera te mire extrañado, si no los tienes). Lo sutil
que es el género. Dónde está la frontera. La vulnerabilidad que
debes mostrar, querido Paul. La superioridad que debes concederle
al posible interlocutor masculino. El hombre transformado sale
a la calle del brazo de su mujer. Ríen, son libres. A Louise, Paul
le sigue gustando. A Louise, Paul le apetece, incluso con falda. A
Paul le apetece todo, ha escapado de la muerte, ha escapado de la
obligación de matar, quiere vivir y follar, vivir.
La manera en la que Cruchaudet define la personalidad profunda
de los dos protagonistas en cada viñeta es escalofriante. Captura
el gesto que refleja el sentimiento de ese momento, sin abandonar
la línea general de carácter que ha trazado previamente. Veo a
Louise disfrutar depilando a su marido: qué secreta satisfacción
íntima. Paul se la devolverá, por descontado, multiplicada por
diez. La violencia que hay en “Degenerado” te sacude exactamente
igual que una hostia a mano abierta: ¿no querías ver esto? Pues
mira: lo que hay dentro de uno es así de estremecedor, a veces.
Acabo las 160 páginas de madrugada: Landy ha vencido, pero
creo que Grappe también. “Degenerado” no se refiere al sexo,
pienso. Se refiere a la degradación interna que nos hace odiarnos y
vomitar violencia con quien más se acerca a ver nuestros adentros.
Las ruinas, tras la fachada impecable. Eso creo.
Me duermo viendo a Cruchaudet dibujando en una servilleta, con
un bolígrafo azul.
El arte de volar
José Braulio Fernández Riesgo
@JoseBrauliofr
n José Braulio Fernández Riesgo
Bajo los grandes acontecimientos de la historia, esos que dicen
estar escritos, por su trascendencia y rimbombancia, con letras
de oro, un oro que tiende al escarlata, languidecen otros sin los
cuales aquellos jamás habrían existido. Estos, insignificantes,
a la sombra de tantas sombras que los eclipsan, en ocasiones
adquieren autonomía y se resisten a perecer. Hay en esta
lucha desigual un orgullo solapado que pertenece a las causas
perdidas y a las vivencias anónimas que esgrimen con dignidad
para que su voz sea oída.
“El arte de volar” (Antonio Altarriba, Zaragoza, 1.952; Kim,
Barcelona, 1.941) es el periplo vital de Antonio Altarriba Lope,
el padre de Antonio Altarriba, cuya trayectoria está plagada de
continuos desencantos, desde sus primeros años en el pueblo,
que se le quedaba pequeño, hasta su trágico final en una
residencia para ancianos en La Rioja, pasando por sus huidas,
devaneos amorosos, amistades, algún hueco para la felicidad,
decepción, mucha decepción, y fracaso, mucho fracaso. Pero
todo ello relatado desde una óptica muy personal, la óptica
de un padre a través de la mirada del hijo que lo contenía,
erigiéndose a la vez en narrador y experimentador, culpable e
inocente.
Sumergirse en la lectura de una novela gráfica después de tanto
tiempo y de la forma minuciosa que requería la tarea no resulta
sencillo. Acostumbrados a ejercitar la imaginación a la vez que
se efectúa la lectura de la novela tradicional, nos enfrentamos a
una modalidad diferente en la que la lectura viene acompañada
de la ilustración que la contextualiza. Con lo que, a lo sumo, el
ejercicio que nos resta es el de aplicar movimiento a la imagen
fija, atisbar cada detalle, disfrutar con el arte que Kim, con gran
maestría, ha derramado a lo largo de las páginas, y sobrevolar,
como el protagonista pretendía hacer en su vida, a vista de
pájaro, como si de espectadores presenciales se tratara, la vida
del protagonista, vislumbrando cada rictus, cada angustia,
cada pasión, cada planta y, por fin, con dolorosa nitidez, la
progresiva proximidad del suelo.
“Medraban aquellos días bandas de falangistas que invadían
bares cines y lugares públicos cometiendo todo tipo de
tropelías... Señores de mierda que reinaban sobre una ciudad
amedrentada.
-¿Por qué no estás en el frente defendiendo a tu patria de los
comunistas?
-Es que aún no han movilizado a mi quinta...
-¿Y no sabes presentarte voluntario?
-¡A ver, canta el “Cara al sol”!
-Es que no me la sé...
-¡No se la sabe!
-Nosotros te la enseñaremos...”
Desde el inicio se percibe la desazón que se incrementará con
el transcurso del relato. La desgana del protagonista, a veces en
rebeldía por la situación que le ha tocado en suerte, otras por
la incapacidad de emerger en medio de un entorno propicio,
aunque despiadado, atraviesa cada viñeta de la novela como
un hilo conductor que en este caso es la propia mentalidad del
protagonista, la psique vertebradora. La desgana, constante,
fluctúa debido a factores externos más que a una verdadera
superación de las adversidades; evoluciona, o involuciona,
según la perspectiva con la que se observe, y se cubre de matices
que ahora la anulan en beneficio de una amistad, después la
ilusión y los sueños la invitan a palidecer, más tarde un amor
fugaz que cura, incluso, males que no existen, el nacimiento de
su hijo, acontecimientos, estos, que ayudan a salir a flote en
una época de miseria y más miseria, una época en la que la vida
se limitaba a sobrevivir sin importar los gramos de dignidad
que quedaran en el trayecto.
La vida eran parcelas y, como estas, para protegerla de aquellas
que pudieran amenazar su integridad, se delimitaba con
muros. Muros que, en un campo abierto por el que merodeaba
a sus anchas tanto el viento como el hombre, comenzaron a
alzarse impidiendo la visión del más próximo, cortando la
relación con su vecino, anulando el roce y el calor. Antes de los
muros, Zaragoza se vislumbraba con la imaginación, después,
Zaragoza también se llenó de muros. Estos no eran de piedra
ni delimitaban propiedad alguna, eran muros de celo, los
muros que el hombre construye para defender lo intangible,
sus debilidades, sus vergüenzas, su nada en absoluto.
Incomprensión, maldad, miedo, inseguridad. Y cada muro
que se elevaba era más alto que el anterior. Y cada intento por
superarlo era impulsado con más combustible que el posterior.
“La pérdida de Hipólito y Restituto ahondó en mi tristeza.
Como en la residencia no tenía con quién relacionarme, daba
largos paseos hasta Logroño... Para ocupar el día... Para
agotarme... La doctora aumentó mi medicación. Pero lejos de
notar alivio, me sentí más torpe de movimientos y con menos
ganas de hablar. Solo quería que me dejaran en paz. Ya nada
me interesaba. Hasta mi último motivo de preocupación dejó
de existir.
-Mamá ha muerto...”
Más allá de la vida conocida, donde el valor de una persona
no se mide por su condición de tal, las expectativas se
demostraron excesivas. El valor de una persona era una cifra
en otro idioma, las huidas se sucedían, la búsqueda de una
oportunidad se perseguía por lodazales, por noches gélidas,
entre la incomprensión, la maldad, el miedo o la inseguridad.
La vida más allá era la misma que la de más acá, un sinfín de
penalidades con el aliciente del hambre como único motor y
la esperanza como carburante. Todo era lo mismo, todo eran
zancadillas, todo malas caras, todo muros y más muros, muros
altos y gruesos que se elevaban hasta el firmamento. La amistad
sin condiciones era el único salvoconducto, que tampoco
servía de nada. Las penalidades, siempre penalidades, con
algún destello de esperanza en forma de amor fugaz o amistad
pasajera, quizá algún ideal todavía no enterrado bajo los restos
de la dignidad que se iban perdiendo persistiera para dar algo
de luz, muy tímida, imperceptible incluso en la más oscura
noche. Todo era lo mismo.
Quedaba, al fin, un único resuello. Para regresar. Porque la
historia es la historia de un regreso por el camino más largo,
hacia el origen, en busca de la esencia que el itinerario fue
recogiendo para no devolver. En el fondo, regresar es lo que
todo ser humano persigue, aunque el tiempo le cambie, aunque
la vida, la responsabilidad, el deber, la existencia misma, pugne
por retener a cada sensibilidad. Pero la fuerza de atracción del
origen es tan poderosa que ningún muro resiste la bravura de
las embestidas. El regreso sin objetivos, la retirada, por ser
más precisos, es una culminación donde la andadura ha estado
jalonada por “el fracaso, la frustración y la humillación”. Una
existencia que nunca tendió la mano.
Las novelas gráficas han ido ganándose un espacio merecido
en el mundo literario, además del respeto por el trabajo bien
hecho y los galones de los que las dotan nombres de tanto
prestigio como los que han dado vida a la que nos ocupa. La
lectura de esta novela gráfica es una experiencia sensitiva
nueva, es gratificante y a la vez sobrecogedora. Los prejuicios,
como casi siempre, no aportan ningún elemento que facilite
la entrada del neófito a esta forma de narrar. Desde luego,
es evidente que contar una historia con viñetas no es menos
serio ni menos interesante que contarla a renglón seguido. Y
esta novela lo demuestra con creces, cualquiera que se anime
podrá corroborarlo en primera persona. La información que
se acumula en la mente al sumar a las palabras la imagen que
las contextualiza, o tan solo que las acompaña para deslizarlas
sobre ella, es, casi siempre, tan poderosa que los surcos de
esos rostros ajados se antojan relieves sobre las páginas, es tan
vívida la experiencia del relato que los momentos de angustia
hieren, las lágrimas de sus protagonistas empañan las hojas,
la suciedad apesta. Y el descenso... El descenso es también el
arte de volar.
Emigrantes,
de Shaun Tan
Begoña Martínez
n Begoña Martínez
Irse del papel. Desaparecer de tu lugar. Ya. Sin más. Dejarlo sin
mácula, la nada con un halo gris desdibujado. Emigrar, aunque
sin la exótica belleza de las bandadas de aves volando hacia las
promesas del trópico del sur. Solo.
Con la maleta a tus pies de plomo... ¿cómo seguir dejando atrás
lo que hasta ahora saboreabas con sencillez, inconscientemente,
tu vida, como si nada? Imagina el roce del lápiz sobre tu
piel de papel, es tu rostro, rasgado, y el de otros cientos, ahí
atrapados, en la cubierta del vapor; el iris, redondo, redondo
y ansioso, de tus ojos, el grafito del número 3 descendiendo
con suavidad por una de las aletas de tu nariz; la línea de la
barbilla acercándose a tu oreja izquierda, semioculta por un
mechón de pelo gris; los pómulos anchos, quietos, afrontando
el envite de la vida, pareciera que no hay ni un rasguño, que tu
historia es lisa, sin fisuras. Tu boca, tan bien dibujada, sólo un
ligero matiz, un susurro apagado, acallada por la erosión de la
distancia del amor, del tacto de su mano, de la media voz en las
noches de frío y mantas; sólo te resta una fotografía, cálida y
sepia... y es que tus palabras se han quedado prendidas aún de
las raíces de la cuna que te vio nacer a ti y a tu hija: el tiempo
se te presenta infinito, inabarcable. Y ya no hay marcha atrás.
Vives en la antesala del silencio. Arrastrando la despedida aún,
todo te produce extrañeza, sus voces, las calles, los medios
de transporte... buscas un punto de anclaje al que aferrarte,
soltar la maleta y desnudarte para descansar, masticando el
silencio, hasta volverlo recuerdos de tanto rumiar. Cierras los
ojos y vuelves a casa, aunque sabes que ya no es lo que fue,
que aunque volvieses tampoco podrías caminar descalzo entre
la hierba, ni refrescarte del sol al atardecer bajo el tilo del
jardín a medio hacer, ni fabricar un futuro, ni siquiera, hablar
por hablar, conversar en paz. Te revuelves hasta encontrar la
manera de salvar algo, de todo lo que fue.
En tu memoria cada vez quedan menos recuerdos, tan solo la
fotografía, que cubre de sueños y futuro tus pensamientos, a
la espera de que llegue el momento del reencuentro. Llega la
mañana y con ella la monotonía y la ausencia, un hueco que pide
comida y para el que no encuentras alimento con que llenarlo.
El desarraigo aún hiere tanto que no puedes contárselo a nadie,
decirlo en voz alta es agrandar la herida. No hablar de eso, ni
a esa cría, a la que has conocido y que te ha tendido su mano
y encendido tu sonrisa cuando ha iluminado su rostro con la
suya. Vas camino de su casa, en la que compartes pan y vino
con su padre. Notas que aunque hay cosas de las que aún no
puedes hablar, desahogarte con ellos te sienta bien. Su historia
es también la tuya. Empiezas a comprender que hay millones
de rostros y que si bien son todos diferentes, se parecen mucho
al tuyo, pues las líneas que los moldean tienen el mismo origen,
parten de los mismos lápices: el mismo trazo y grosor, el mismo
gris, el mismo efecto apagado sobre el papel. ¿Dónde se ha ido
el color?
Te acompaña, te has fijado, y te resulta curioso, por qué no
decirlo, te gusta, un ser vivo extraño; hay muchos así, uno
para cada persona. Has decidido llamarlo memoria, siempre
va contigo y te recuerda que estás ligado a otras personas a
las que quieres sentir cerca de nuevo, aunque para eso tengas
que sobrevivir, durante un tiempo, de alienación y silencio. Tu
ser vivo extraño, en cierta forma, te recuerda también que la
cercanía de quien amas y por quien eres amado, te da fuerza,
aunque de momento sólo sea una pequeña luz pardusca de
esperanza. Está ahí, es pequeña, pero late en algún punto del
universo; la ves allí, al otro lado de la ventana, cada noche,
todas las noches, en las que por el frío te acercas a cerrarla, y
por mantenerla más cerca, pese a la helada, dejas la ventana
entreabierta, imaginando que así allanas su llegada. Estás
seguro de que tiene que haber muchos más tipos de lápices,
si no, ¿de dónde sale esa luz cada vez más blanca y febril,
sagaz y vibrante? Crees que es cuestión de tiempo. Quieres que
vuele, pero se empeña en paladear segundos eternos que no
se arrancan a acortar distancias, y te puede la desesperación,
que sólo acallas cuando fijas la mirada más allá de la ventana,
entreabierta, al abrigo del manto de la noche.
Ya en la cama, desgranas uno a uno los recuerdos que te
empeñas en rememorar cada noche, convenciéndote de que la
distancia no es real, que su fotografía, sus letras, su voz escrita,
te las devuelve y casi les respondes en el momento, cuando te
preguntan si el cielo que ellas ven es el mismo que el que tú ves.
Sí. Lo es. Casi... Pero guardas la carta en la mesilla e intentas
dormir. Sabes que la esperanza vendrá a dormir contigo esta
noche y cierras los ojos, sin ser vista, se acerca, deslizándose
entre las sábanas. Duerme a tu lado.
Sueñas con dos cigüeñas que vuelan majestuosas.
Y la emoción vuelve, la vida regresa, aunque no vas a deshacer
el camino, no puedes, no debes, ya no es, ese lugar, tu hogar.
Lo han arrancado. Te han arrancado de allí. Y sin embargo...
Abres la ventana y el viento te susurra que es un día de espera,
que vendrán más, sí, y que el viaje es largo, sí, el mismo que tú
hiciste, quizá vengan en la misma cubierta quejumbrosa en la
que tú llegaste. Sí. ¿Y?
Están en camino. Por primera vez sientes que al ir a trabajar
tus pies van ligeros, y es curioso, porque la noche anterior
soñaste que tus zapatos empezaban a encontrar su sitio en la
habitación, al lado de memoria, junto a los pies de la cama.
Su cercanía te acerca a todo lo demás, hasta memoria te lo ha
notado, cuando llegas a casa, él salta, tú sonríes y acaricias su
lomo; antes sólo le mirabas, quiere compartir contigo la espera
y formar parte de lo que venga. No te habías dado cuenta hasta
ese momento de lo mucho que también te importa memoria, ni
de lo mucho que te ha ayudado todas estas semanas; ya lo has
decidido, pase lo que pase, quieres que también forme parte
de tu futuro, por eso iréis los dos al encuentro de tu mujer y tu
hija. Van a llegar en breve, ya está todo listo, la casa ordenada y
caldeada, el puesto de trabajo asegurado, no es el mejor pagado,
pero da para cubrir las necesidades de la familia, a tu hija le
gustará el barrio, y memoria, y a tu mujer quisieras que no le
cueste tanto como a ti adaptarse a un nuevo futuro lejos de todo
lo conocido; la ayudarás a que sus tiempos sean más cómodos.
Sabes que, cogidos de la mano, vuestra fuerza es mayor y
quieres acercarla ya hacia ti, salvando el tiempo que os ha
distanciado, sentir de nuevo que formas parte de algo que lleva
mucho tiempo latente, como con nostalgia, y que o se aviva o se
apaga, y no hay opción a lo segundo. Corres, llegan. Memoria
ya va delante. Las miradas vuelan primero, las sonrisas se
besan, las manos cálidas se reconocen, tiemblan. Vuelven las
miradas. Comenzáis a caminar juntos, entrelazados. Ahora sí
que es el mismo cielo.
Los tres miráis alrededor. Sus miradas son preguntas. Tú les
dices que ya habrá tiempo para explicaciones: ahora quieres
que sean ellas las que te cuenten cómo ha sido el viaje. Lleváis
poco equipaje. Ligeros. Os vais, camino a casa. Memoria os
acompaña.
Los pies vendados
Verónica Lorenzo Sar
http://pantuflasdecor.blogspot.com.es
@pantuflasdecor
n Verónica Lorenzo Sar
Una tradición divide los tiempos de una sociedad, lo que hoy es
moderno mañana es un arcaísmo. En medio de esta bipolaridad,
Li Kunwu nos dibuja la historia de su cuidadora Chunxiu y sus
pies de loto.
Los lugares se nos hacen distantes y el mundo parece mucho
más grande. Nos cuentan grandes historias, pero son las de otras
protagonistas, en esa distancia geográfica y cronológica. Nos
hablan de las mujeres que se cortan el pelo cuando casan, de las
únicas que se atrevían a pintarse los labios de color rojo, de las que
se quedan en casa alargando las rutinas en los días que le siguen a
los otros días. Nos hablan y nos parece lejano en el tiempo, aunque
sean mujeres de hoy, mujeres que son madres, abuelas. Lejano.
Como el Oriente.
Esta historia que nos cuenta Li Kunwu habla de estas mujeres del
Oriente, que podrían ser del Occidente con otras “costumbres”,
otras “imposiciones”, pero que no vemos. Rechazamos a la mujer
sumisa del pasado en esta nuestra posición superior de mujer
moderna blanca occidental hija del siglo XXI. Li Kunwu recuerda
que no hace tanto fuimos sumisas, que en verdad somos hijas de
aquellas. Son las mujeres de los pies vendados.
El fin del verano de San Miguel me recoge en este estado,
sobrecogida, asustada, provocada. Mis pies se solidarizan,
mi cuerpo ha dejado de ser mío para recrear los dolores de la
protagonista de esta novela gráfica. Tan lejana pero tan presente
esta mañana.
“Los pies vendados deben cumplir los criterios siguientes:
¡menudos, delgados, puntiagudos, perfumados y flexibles!
Menudos, es decir, que han de ser una preciosidad;
delgados, pero bien proporcionados; puntiagudos,
pero con un ángulo encantador; perfumados, con un
olor embriagador, y flexibles... ¿veis mi dedo meñique?
Exactamente así han de ser.”
Chunxiu es la protagonista de esta historia, resistiéndose a la
tradición, resistiéndose a la revolución que criminaliza la tradición,
resistiéndose a los contratiempos. Sobrevivir. Ella encarna las
malas prácticas de una sociedad, de todas las sociedades,
que imponen reglas en contra de sí misma. ¿Quién podría
sobrevivir y seguir luchando?
La niña Chunxiu no quiere que se le venden los pies. Adivina
el dolor y lo sufre. Pero es necesario para conseguir un buen
matrimonio, esa es la fama, esa es la excusa. Son adultos
quienes deciden por el bien de la niña. Ella no sabe, ella no
opina, ella se debe dejar guiar por el consejo, casi imposición,
de los mayores. Ellos saben, ellos opinan. Es por su bien, por el
bien de la familia:
“Chunxiu debe vendarse los pies para casarse con un
muchacho de buena familia y poder vivir tan bien como
usted”
Los pies vendados, flor de loto, es una tradición china que se
venía practicando desde el siglo X y volviéndose común en el
XIX como prerrequisito para concertar un buen matrimonio
que hiciese prosperar a la familia. Con la llegada al poder de
Mao, esta práctica fue prohibida de forma definitiva y lo que
antes era atractivo se volvió deforme. De nuevo, ellos saben,
ellos opinan y es por el bien de las mujeres, por el bien del país.
Deshacerse de los “arcaísmos feudales”.
Chunxiu y sus pies de loto se vuelve al pueblo para que no
la encuentren, pero la desgracia se ceba con ella. Ni con la
protección de viejas amistades puede entrar la tranquilidad
y la calma de la madurez en casa de Chunxiu. Es la exclusión
social, la pobreza, el silencio que la aíslan y se hace aislar. Por
protegerse, por proteger a los suyos, los pocos que con ella se
quedan.
Ya anciana, en los años 50, llega a la casa de la familia Li, que
busca niñera para sus dos hijos pequeños. Uno de ellos es Li
Kunwu, el dibujante que nos trae esta historia, este pedazo de
historia de China. Se inspira en parte en su niñera, en parte
en las mujeres que sufrieron sus mismas circunstancias. Busca
rescatar su memoria y reivindicar la dureza de crecer en un
mundo de imposiciones sociales que se esconden bajo frases
hechas “por el bien de...”. No importa el sufrimiento de una,
es prioritario conseguir el objetivo. Al fin y al cabo, y esto nos
lo sabemos de carretilla, la mujer sólo vive para casarse y
tener hijos, cuidar de la familia y de la casa, no desviarse del
camino, pues hacerlo sería peligroso y la marcaría de por vida.
Expulsada del hogar, nómada sin nombre, voz sin fuerza.
Cierras el libro y se queda en ti el dolor de saber las últimas
noticias sobre el paradero de Chunxiu, muchos años después
de abandonar a su familia. El dibujante ya no es aquel niño pero
la niñera de los pies de loto nunca había dejado de ser aquella
niña que intuía los sufrimientos que la iban a alcanzar. No
importa cómo, no importa cuándo, pero tienes la necesidad de
observar a las mujeres mayores de tu alrededor y preguntarte
de qué manera, distinta en forma y dolor, ellas sufrieron lo
mismo de la niña Chunxiu. Li Kunwu nos habla de aquello,
¿quién lo hará sobre esto? ¿Cuánto tiempo más las vamos a
ignorar? No hay ya lugar para el silencio y la indiferencia, sino
para denunciar y recoger los pedazos de nuestra historia para
recordar cómo no debemos actuar más con nosotras mismas y
con las mujeres de nuestro alrededor.
Las viñetas que se descubren en este pequeño libro de Li Kunwu
dejan ver el dolor, el peso de las tradiciones y la letalidad de
la desobediencia a las contradicciones del tiempo. Lo que hoy
es lo mejor mañana será denostado. La singularidad de esta
sociedad no la hace distinta a las occidentales, caemos en los
mismos errores, pero amparados en el supuesto progreso,
modernidad o en la democracia, según el gusto del momento.
Esta pequeña muestra de China que nos dibuja Li Kunwu
funciona como aperitivo de su otra obra ambiciosa, La vida
en China, en tres tomos y publicado en España en la misma
editorial. Os invito a su lectura y a la reflexión. No hay lugar a
comparaciones; no es la mejor manera de enfrentarse a estas
obras, no cometamos el error de sentirnos superior en nada.
Encefalograma plano hasta que algo nos engrase la máquina
de pensar y veamos los errores y los aciertos de esta y de otra,
de nosotros como seres sociales. Animales víricos que arrasan
con todo una y otra vez, nunca satisfechos, insaciables y ávidos
de poder.
¿Qué poder? ¿Qué bien común?
Mis novelas gráficas
en G&R
Alejandro Larrañaga
http://www.basketblog.es
http://lectorbajito.wordpress.com
n Alejandro Larrañaga
Este es el número 32 de G&R y llevo aquí desde el 6. Pues bien,
puedo decir que en estos 27 números he recurrido a novelas
gráficas en 19 ocasiones, ya fuera para el tema central (solas,
en compañías de otras o mezcladas con, mayormente, novelas),
textos cortos o recomendaciones. Ahora que, finalmente, las
novelas gráficas se han colado como protagonistas únicas del
tema central, me siento como el alumno que tiene sus deberes
hechos con antelación y puede dedicarse a reflexionar sobre sí
mismo. Un tiempo aprovechado para repasar estos 4 años y
ver cómo ha ido esa colaboración. Un ejercicio curioso en el
que puedo hasta apreciar relaciones entre lo escrito y mi propia
vida (detalles que ahorraremos al lector), pero que dejan alguna
que otra aportación interesante y permiten ver, incluso, cierta
evolución sino en el estilo (las limitaciones también existen), sí
al menos en el tono. Por supuesto, no todas fueron elecciones
brillantes, pero sí me ayudaron a decir, en cada momento,
aquello que intentaba de la mejor manera posible. ¡Adelante
con el repaso!
G&R 6 (septiembre de 2011): Sopa fría de Charles Masson
Tema central: Tragedia
Presenta un panorama sin víctimas ni culpables o, lo que es más
probable, donde todos tienen algo de culpa. ¿Es el vagabundo
responsable de su propia suerte, de su adicción al alcohol?
¿Hasta qué punto podríamos señalar al personal sanitario
del futuro de sus enfermos más allá de sus enfermedades?
¿Disponen estas personas de los medios necesarios? ¿Hacen,
o hacemos, todo lo posible? ¿Nos merece la pena, siquiera,
pensar en ello? La intención es despertar la conciencia
colectiva ante situaciones que ocurren a la puerta de nuestras
casas. Realidades cotidianas de personas que han dejado de ser
consideradas como tales por sus semejantes.
“Joder, la voy a palmar. Voy a morir como un perro. Vivo como
un perro, soy un perro… No le pido mucho a esta vida… Quiero
que me consideren más que un perro.”
G&R15 (agosto de 2011): The surrogates de Vendetti y Weldele
Tema central: Pereza
La definición del hombre como un ser brillante, creador,
parasitario, depredador y colonizador, demasiado preocupado
por sí mismo como para ser considerado con su entorno.
Como trasfondo de “The surrogates”, los autores deslizan sutiles
críticas al mundo actual: el culto al cuerpo y a la imagen, la
desnaturalización de las relaciones personales y la preferencia
por experimentar la vida de lugar de vivirla.
En medio del ambiente apocalíptico planteado, la humanidad
se ha dejado devorar por sus ansias de sentir por encima
de todo, como una orgía de placer inmediato, de triunfo sin
sacrificio y de experimentación sin trabajo. Las miserias del
cuerpo de cada uno quedan relegadas a la intimidad de cada
dormitorio, donde las verdaderas vidas de cada persona se
consumen mientras el intercambio de datos no se detiene.
G&R16 (octubre de 2011): Asterios Polyp de David Mazzucchelli
Recomendación
Nada mejor que recomendar una recomendación. Es un pequeño
intento de transmitir aquello que nos ha sido transmitido. Aquí,
un autor reconocido, se embarca en un proyecto personal, al
margen de su trabajo habitual. Básicamente porque puede y
quiere, la mejor pareja de motivos para hacer algo que existe.
G&R17 (diciembre de 2011): El vecino de Santiago García y
Pepo Pérez
Recomendación
Un regalo es una ocasión de oro para demostrar que conoces
a alguien y te importa. Aspectos que te motivan, pero también
obligan a estar a la altura.
G&R18 (febrero de 2012): Rubia de verano de Adrian Tomine
Tema central: Envidia
Porque ahí es donde radica el germen envidioso. Es a mi vecino,
a mi compañera de trabajo, a mi amigo, incluso a mi pareja, a
quien voy a envidiar de un modo dañino. Será malo porque, en
la mayor parte de los casos, veré sus éxitos no como el resultado
de sus esfuerzos y su dedicación, sino como la injusticia de que
haya sido elegido, elegida, beneficiado, beneficiada, premiado,
premiada, por delante de mí. Es un sentimiento mezquino y,
por mucho que nos duela, más si la víctima de nuestro rencor
es alguien cercano o, incluso, querido; un sentimiento que
vamos a intentar mantener bien guardado y protegido.
Por supuesto, como siempre, lo difícil es ponerse en el lugar del
envidiado, que tendrá sus propios problemas y envidiará, a su
vez, a otras personas.
G&R19 (febrero de 2012): El negocio de los negocios de Denis
Robert y Laurent Astier
Tema central: Avaricia
“¿Por qué haces esto? No sé, me ayuda a seguir viviendo.”
Todos en algún momento de nuestra vida hemos tenido la
ilusión de cambiar el mundo, de pelear contra los malos,
conseguir transformar las cosas para equilibrar la balanza.
La sensación tras pararse a leer (y disfrutar y sufrir) “El
negocio de los negocios” es que el futuro pinta muy mal. El
sistema capitalista sólo tiene un rival a su altura: la avaricia
de los seres humanos. Dos que parecían los mejores aliados
posibles, pueden acabar condenándose el uno al otro. Las
personas encargadas de gestionar ese sistema capitalista son
eso, personas; con sus virtudes y sus defectos.
Un ciudadano común (yo mismo, por ejemplo) se considera
absolutamente inocente de todo aquello que es achacable a la
sociedad como conjunto.
G&R20 (julio de 2012): Némesis de Mark Millar y Steve
McNiven
Tema central: Soberbia
Aquel que sea definido como soberbio, en el buen sentido,
puede caer en la tentación de la autocomplacencia, viéndose
como un ser superior. Llegados a este punto ya da igual que
tenga motivos o no porque en su mente estarán clarísimos.
Hasta este momento no había comprendido porque, en este
repaso a los pecados capitales realizado por G&R, la soberbia
había quedado para el último lugar y llegaba justo después de
la avaricia. Probablemente sea porque son los dos que tenemos
más interiorizados como personas y como especie. Siempre
queremos más y nos consideramos con derecho a ello. Némesis,
al menos, lo tiene claro.
G&R23 (abril de 2013): Donde nadie puede llegar de David
Rubín
Texto corto
Triste destino el que nos espera si nuestra tendencia a la
fatalidad es la que toma las decisiones.
G&R24 (julio de 2013): El arte de volar de Antonio Altarriba
Tema central: Biografías
Un recorrido por dos países de un hombre consciente de que lo
único que tiene es la dignidad y que te ha tenido que renunciar
a ella en demasiadas ocasiones por las circunstancias o por su
propia debilidad.
Llegados a este punto, no se trata de hacer una apología del
suicidio como final de la vida de nadie, pero en el caso de
Antonio Altarriba padre, el proceso que le llevó a tomar esa
decisión estaba totalmente justificado en su mente. Había
pasado por todo lo necesario en este mundo y su historia
merecía acabar a su modo. Él creyó que noventa años eran
suficientes y, gracias al trabajo de su propio hijo, nosotros, con
un nudo en la garganta, solo podemos respetar su deseo.
G&R25 (octubre de 2013): El arte. Conversaciones imaginarias
con mi madre
Recomendación
Un ejemplo de lo que intentamos hacer, desde nuestra humilde
posición, en esta revista; explicar a nuestra manera aquello que
nos apasiona.
G&R26 (enero de 2014): Las sinfonías congeladas de David
Rubín
Tema central: Música
En “Las sinfonías congeladas”, ante unas circunstancias
extremas, Ella no deja de intentar que la trompeta suene. Es
su empeño el que provoca las lágrimas de Él, que solo oye su
tos enferma, que ve como su vida se le escurre entre los dedos
deseando escuchar. Logra percibir su dolor, pero solo para que
se le grabe a fuego en su alma la culpa.
Un error o una desgracia deben ser tenidos en cuenta pero
no pueden provocar que nos paremos. Porque entonces un
accidente se convierte no solo en un hecho puntual más o
menos dañino, sino en el inicio de una cuesta abajo donde es
fácil estrellarse sin remedio.
G&R27 (abril de 2014): La muchacha salvaje de Mireia Pérez
Tema central: Literatura de mujeres (también aparecen
Wassalon de Clara-Tanit, Vida de una niña de Phoebe
Gloeckner y Fun home de Alison Bechdel)
Juego de roles, una de las cuestiones principales de toda
reclamación. Papel del hombre, de la mujer, el protagonismo
de unos, la pasividad de otras. Se entiende que un punto de
vista distinto podría subvertir ciertos tópicos, pero estos no
se asientan solamente sobre el género, sino sobre la sociedad.
Esta muchacha salvaje desconfía, comparte pero no se entrega
y, por supuesto, es la protagonista de las acciones aunque
reciba ayuda. No espera. Ello provoca algún que otro problema
o reacciones cuya comprensión está fuera del entendimiento de
mi cerebro masculino.
Cuando sale de la casa y ve al hombre tirado, muerto, se marcha.
Me asusta un poco ser el hombre muerto por el patetismo que
emana de sus acciones. Cree merecer un reconocimiento por
parte de la muchacha y solo recibe una buena dosis del poder
del más fuerte. Según su lógica, sus actos provocarán, sin
ningún esfuerzo por su parte, las reacciones por él esperadas.
Es el primero en morir.
G&R28 (julio de 2014): Comedia sentimental pornográfica de
Jimmy Beaulieu, El condón asesino de Ralf Köning y El azul es
un color cálido de Julie Maroh
Tema central: Sexo
La más brillante es la de ese panadero, auténtica bomba
sexual, voluptuoso, muy jugoso. Años después, siempre
podrás recordar el día gastado en la cama, entre polvo y polvo.
Difícilmente recordarás un paseo, por muy romántico que
fuera.
Secuencias explícitas pero limitadas. La intención, más que
un curso de anatomía, es la representación de la pasión, de
la necesidad corporal que uno siente por el otro. Un deseo
destinado a romper las barreras personales y sociales.
Este cambio de papeles propuesto para las tres obras deja bien
claro que el género condiciona demasiado a según qué autores y
autoras. La perspectiva es importante y ciertas barreras todavía
están lejos de haberse superado. Por otro lado, la libertad no
se busca, las elecciones no son tan propias como creemos y, a
menudo, dejarse los prejuicios en la puerta no están fácil como
queremos hacernos creer a nosotros mismos.
G&R30 (abril de 2015): Victorian Undead de Ian Edington y
Davide Fabri
Tema central: Libros que no nos gustan
El debate se plantea entre el rechazo a la burda utilización de
un mito para sustentar una moda y la curiosidad por saber
si esa utilización se limita a los nombres o se van a respetar
ciertas líneas rojas.
Recomendaciones
LIBRO Fariña
AUTOR Nacho Carretero
RECOMENDADO POR Verónica
Lorenzo
RESEÑA BREVE
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Personajes
Historia
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Ritmo
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Hay estereotipos ligados a Galicia, a los habitantes de su costa, que parece difícil de desprenderse de ellos.
En algún momento de nuestra vida se hará referencia al contrabando, al narcotráfico y se nos hermanará
con la costa andaluza. Somos amigos, hermanos y nos pierde el hambre. Antes era el hambre de verdad,
la necesidad, ahí estaba ella, atormentando; mientras nuestros vecinos portugueses gozaban de mayores
riquezas (igual no mayores, mayores, pero si vivían más mejor). Pero esa hambre se cubrió pero nacieron
otros, con más riesgo, más que perder pero más que ganar si todo salía bien. Llegan las planeadoras, las
descargas en la noche, las mansiones, los cochazos, los susurros y el silencio. Un silencio que se busca
derribar pero se multiplica y muta, se esconde y cambia.
Nacho Carretero, como otros antes, recoge en este libro la historia de cómo ha llegado ser la costa de Galicia
en la puerta del mundo del narcotráfico. Misión arriesgada ésta, la de contar una historia que es como un
cuento que cambia según quien lo cuente, pincelada en novelas como Todo é silencio (Todo es silencio)
de Manuel Rivas o en películas como Heroína, y que, con todo lo recorrido, le vio las orejas al lobo tras la
archiconocida Operación Nécora (con juez estrella incluida). Tenemos que agradecer el esfuerzo, no sólo
en la forma de contar los datos, sino de reflejar la actitud de la población respecto a ello y de hilar todos los
niveles que participaron en la potenciación de este gremio particular, desde quien guarda hasta quien se
deja untar. Ustedes me entienden. Ustedes me entenderán. Somos buena gente. Ya dijo un ex alcalde de A
Guarda que “los contrabandistas son la gente más honrada que existe”. ¿Qué más se puede decir?
Global
Personajes
Historia
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Ritmo
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LIBRO Wooden. A lifetime of observations and
reflections on and off the court
AUTOR Coach John Wooden with James
Jamison
RECOMENDADO POR Alejandro Larrañaga
RESEÑA BREVE
Pertenezco a ese grupo de personas que en su currículum definiría su nivel de inglés como “medio”, es
decir, entiendo más o menos cuando me hablan, tengo un acento atroz que convierte en una aventura
cualquier intercambio como un anglosajón y puedo leer con relativa fluidez un texto, especialmente si el
tema me es familiar. Por tanto, un aficionado al baloncesto no puede desaprovechar la oportunidad de
practicar idiomas cuando lo que lee procede de una leyenda de ese deporte. Un libro lleno de reflexiones
que van mucho más allá de la pista de juego, auténticas lecciones extrapolables a cualquier ámbito, que
no se va por las ramas y nos pone cara a cara con esas excusas, esos miedos, esas dudas, tan habituales
en nuestro día a día; verdaderas enemigos en nuestro camino hacia el desarrollo de nuestro potencial.
LIBRO Sidecar
AUTOR Nerea Pallares
RECOMENDADO POR Salvador J.
Tamayo
RESEÑA BREVE
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Personajes
Historia
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Nerea Pallares nos presenta una delicia literaria. Trece relatos breves, pero intensos, donde
el gran acierto es mostrar a los recuerdos como un gran personaje que atraviesa el libro a la
manera de una sombra o un fantasma: la vieja se concede recuerdos, nunca nostalgias. Los
relatos muestran una madurez asombrosa y escenas con una violencia extrema que recuerdan
lo mejor de la literatura: Intento tragar el primer bocado pero no puedo, tengo un pájaro
atascado en la garganta. Algunos relatos recuerdan a Cortázar: La casa-río y Los desaparecidos,
donde conecta lo cotidiano con lo fantástico. En Cork y las burbujas, sin duda, Nerea Pallares
narra con maestría el ambiente de expatriados, de generación perdida que termina en tierra
extraña, sin perder ese ápice de frescura que evita que los que están, estamos, fuera, perdamos
la esperanza. Aún así, amarga. Mi favorito es Desde el catre de tijeras, no sólo por el trepidante
monólogo, la manera tan elegantemente española de escribir “güisqui” o la forma en la que
ironiza con la poética de la sociedad contemporánea, si no también porque hace que los que
tenemos problemas con definir la realidad, no nos sintamos tan solos, ni tan ajenos. Sidecar
es una ópera prima que estoy convencido el tiempo, a pesar de ser caprichoso, le hará justicia.
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Recomendaciones
LIBRO Lady Ofelia y otros microrrelatos
AUTOR Atilano Sevillano
RECOMENDADO POR Yolanda Izard
RESEÑA BREVE
Global
Personajes
Historia
Estilo
Ritmo
Perfectamente organizada en torno a dioses y mitos, la literatura y la metaliteratura o los personajes de
cuentos infantiles, el zamorano Atilano Sevillano ha pergeñado con su última colección de microcuentos,
Lady Ofelia y otros microrrelatos, todo un universo al revés creado a partir de una valiente deconstrucción
de personajes, creencias y tópicos y convenciones culturales y sociales.
La deconstrucción se realiza por medio de un radical extrañamiento, una vuelta de tuerca que redefine los
ángulos de la mirada, llegando hasta el punto de desterrarlos de sus propias coordenadas para traerlos hasta la nuestras. De ello resulta una
lectura sorprendente, que tiene como consecuencia una sustancial rebaja de su antigua solemnidad, sustituida por la ironía y el humor. A
fin de cuentas, de lo que se trata es de que dioses y personajes literarios se dignen bajar a convivir con nosotros, con nuestros problemas más
pedestres, consignas urbanas o futilidades varias:
Desencuentros
Adán perseguía a Eva por el jardín edénico, pero no le dio alcance. Se encontraba posando para otro lienzo.
Caín perseguía a su hermano Abel por el páramo, pero no le dio alcance. Se encontraba protagonizando otra película.
Dentro de esta relectura crítica y lúdica de mitos, también los literarios (Emma Bovary, la Karenina, Ofelia…), y de los topoi o lugares
comunes sociales, la deconstrucción es más activa en los microcuentos que reflexionan sobre las características o recursos de algunos géneros,
especialmente el negro, alguno de los cuales adquieren visos fantástico-surrealistas, sin perder esa ironía que define la escritura de Atilano:
Fuga
El cadáver yace en posición decúbito supino, al pie de uno de los estantes de la biblioteca. Junto a su cabeza se halló, aunque cueste creerlo,
un grueso libro con todas las hojas en blanco. El comisario tuvo que remover la montaña de palabras que sepultaban el cuerpo.
Otros constituyen una apología del libro a través de ingeniosos giros con ecos líricos, como Maná: Obligados por la crisis hemos tenido que
empeñar el televisor de plasma. Desde entonces vemos, con los ojos cerrados, caravanas de sueños sin despertares y la aprobación de
muchos héroes desde todos los puntos de vista de la pared.
En definitiva, una crítica sin acidez, que descodifica temas, asuntos y personajes y los despoja de su trascendencia y de sus lugares de confort
en un juego imaginativo en el que se erige como un demiurgo que defenestra los símbolos culturales y sociales. Con este libro, Atilano Sevillano
ha decidido ponerse sus zapatos al revés, como hace su personaje en su nanocuento Honestidad: Después de un largo camino, un hombre
honesto miró a sus alrededor y vio el mundo tal cual es. Entonces tomó una decisión. Se puso los zapatos al revés.
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Personajes
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LIBRO Contos da Coruña
AUTOR Xurco Souto
RECOMENDADO POR Verónica Lorenzo
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RESEÑA BREVE
Si hay algo que me gusta mucho más que la Historia, así, en letras capitales, es
la historia local. La de barrio me chifla. Soy una chica de pueblo y los barrios en
una ciudad es lo más parecido que tenemos. Aquí donde yo vivo hubo un río,
un lavadero, un mercado que todavía persiste, en un portal aún se puede leer en
el escalón de entrada la palabra colegio,… Un pueblo engullido por la ciudad. Y
después está la gente que recopila esas historias de barrios, de aldeas urbanas. Las
historias coruñas las recopila aquí Xurxo Souto, miembro de Los Diplomáticos de
Monte-Alto y amador de Coruña y su historia. Habla de tabernas, de mariñeiros
y percebeiros, de músicos, de mujeres guerrilleras… Mención especial a Pucho
Boedo, Los Tamara y Los Satélites; las cigarreras; las tabernas; y los barrios
históricos, el cómo eran y el cómo son.
Lectura apta para personas nostálgicas y ávidas de conocimiento, curiosas de
las calles que pisan y defensoras de la memoria histórica. También se permite el
acompañamiento musical de Pucho Boedo en el tocadiscos, nuestro particular
crooner, como Frank Sinatra, pero menos mafioso.
Recomendaciones
LIBRO Oso
AUTOR Marian Engel
RECOMENDADO POR Ainize Salaberri
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Personajes
Historia
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RESEÑA BREVE
Lo más impresionante, recomendable, inolvidable, apasionado y alucinante que he leído
últimamente (por no decir este año o en varios años —la primera afirmación, sin embargo, va
camino de convertirse en verdad) ha sido “Oso”, de Marian Engel, publicado en Impedimenta.
Recuerdo la tarde en la que empecé a leerlo: dos capítulos y tuve que cerrar el libro. Porque todos sabemos que la intuición,
cuando a libros se refiere, pocas veces falla, y yo sabía que ese libro requería unos tiempos, un estado concreto, cierta paz que
comulgase con el contenido de la historia. “Oso” es... No, yo no sé lo que es “Oso”, sólo sé que es muy bestia, muy brutal. La
naturaleza, los libros, el ronroneo del agua, la soledad —la inmensa y solitaria, y aún así tremendamente acogedora, soledad—,
la presencia, salvajemente tierna, de ese ser que se mueve despacio, que ignora, al principio, y pide, necesita, vive por y para,
después, del calor humano, es absolutamente inspiradora. El frío, de fuera, en contraposición con el ardiente interior: de la
protagonista, que se deja llevar por el vaivén de esa nueva forma de vida, que la atrapa, y del oso, que descubre que su existencia,
quién sabe si por primera vez o por última, es estrictamente necesaria; que sus existencias, las de ambos, chica y oso, oso y
chica, están en comunión porque deben estarlo. “Oso” te quita la respiración. Te mece, te atrapa. Es de esos libros que, a medida
que avanzas en su lectura, sabes que no podrás olvidar jamás. En un panorama editorial en el que parece, si acaso no es así,
que todo merece ser publicado y de lo que, con suerte, sólo se salvaría un treinta por ciento (creo que estoy siendo demasiado
optimista), encontrarte con una novela de semejante calidad (bien escrito, sí, pero no sólo eso; calidad, me refiero, en cuanto
a capacidad de emocionar, de pertenecer a un entorno cuya tierra mojada ni tan siquiera conocemos; capacidad de empatizar,
capacidad de sentir más allá de prejuicios y de estereotipos; capacidad de ir más allá del miedo, más allá de lo grotesco, de lo
establecido; capacidad para crear un mundo nuevo, inimaginable, y que resulte tan acogedor, que se sienta tan como estar en
casa, tan hogar) es una pequeña salvación. “Oso” sólo puede sentirse, pero hay que dejarse hacer. Seguir el rastro de los libros,
de las pisadas hojas amarillas y rojas del otoño; seguir el rastro de olor a cabaña, a madera ardiendo, a oso expectante, amoroso,
buscando una respuesta a sus propias entrañas que tanto, tantísimo, se parecen a las nuestras. No dejéis de acercaros a la
novela, a la magnífica, suprema y soberbia novela, de Marian Engel. Por favor.
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Historia
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LIBRO Azaría
AUTOR Anabel Rodríguez
RECOMENDADO POR Elena Triana
RESEÑA BREVE
Se puso muy de moda lo de la novela histórica y me regalaron varias bastante malas
y empecé a odiar el género, todo, sin distinción. Así que a santo de qué me voy a ir
yo a Azaría, un pueblo de otra época, a enredarme en un crimen. Pero Inés no es
cualquiera. No es la chica de la película. No es la novia del prota. Inés te convence y
te enreda, y al final ahí estás, a mitad de fregado, con un montón de interrogantes
y una historia de amor quemándote por dentro. Anabel Rodriguez (Badajoz, 1973),
coge el cabo de la historia y no deja de tirar hasta que la madeja está deshecha: hay
lana por toda la casa, pero ni un solo enredón. “Azaría” es una novela de aventuras.
Y terminas la última página como quien sale del cine, tras una buena película de
acción: feliz.
Novedades narrativa
LIBRO: Rip van Winkle AUTOR: Washington Irving EDITORIAL: Nórdica PRECIO: 16,50€
Publicado en 1819, este relato es considerado el primer cuento de la literatura norteamericana. Está ambientado
en los días previos a la Guerra de Independencia de los Estados Unidos y narra la historia de un aldeano de
ascendencia holandesa que escapa de su esposa, que lo regañaba continuamente por irse al bosque. Tras varias
aventuras, se sienta bajo la sombra de un árbol y se queda dormido. Al depertar el mundo que conocía había
cambiado por completo...
Este relato sigue muy presente en la cultura de Estados Unidos y, de hecho, la historia se sigue contando entre los
niños, que aún disfrutan con la leyenda del viejo Rip van Winkle.
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LIBRO: Una chica en invierno AUTOR: Philip Larkin EDITORIAL: Impedimenta PRECIO: 22,95€
Precisa, elegante, concisa, Una chica en invierno es la última de las grandes obras de Larkin que quedaba por publicar
en castellano. Una historia de invierno y de verano, de guerra y de paz, de exilio y de hogar, y también una de sus
piezas más sinceras, en la que se entrelazan huellas de su propia biografía. El autor nos sumerge magistralmente en
la opresiva atmósfera del crudo invierno inglés en plena Segunda Guerra Mundial. Katherine es una joven refugiada
que trabaja como bibliotecaria en una gris ciudad inglesa. Hastiada de su trabajo y de la vida en general, lo único que
le hace mantener la esperanza es la perspectiva de un reencuentro con el que fue su primer amor. Así, en las horas
previas a su cita, Katherine revivirá las idílicas vacaciones que supusieron para ella la pérdida de la inocencia y el paso
a la edad adulta. Ahora Robin, el protagonista de aquel crucial verano, tan glorioso como mortificante, tan radiante
como precozmente crepuscular, podría poner fin a su monótona vida y arrancarla para siempre de las garras de la
frustración.
HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH
LIBRO: Quien así te ama AUTOR: Edith Bruck EDITORIAL: Ardicia PRECIO: 16,50€
En 1944, Edith Bruck, judía de origen húngaro, fue deportada a Auschwitz junto con sus padres y tres de
sus hermanos. A pesar de su corta edad, su hermana Eliz y ella lograron sobrevivir y fueron trasladadas
sucesivamente a Dachau, Christianstadt y Bergen-Belsen, donde las tropas estadounidenses las liberaron por
fin en 1945. Edith volvió a Hungría para reunirse con los pocos familiares que le quedaban y a continuación,
tras una temporada en Checoslovaquia, embarcaría hacia el recién creado estado de Israel.
Este testimonio pertenece a la 2ª generación de memorias sobre el Holocausto. A diferencia de sus predecesoras,
la narración no se limita al confinamiento en el lager, sino que rememora también su infancia en los años
anteriores a la deportación y se adentra en la devastada Europa de posguerra, en la que aún pervive una feroz
hostilidad. A partir de Quien así te ama (1959), Bruck adoptó la lengua italiana como un medio de expresión
que le proporcionaba el distanciamiento emocional necesario para poder escribir sobre su terrible experiencia.
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LIBRO: Rashomon y otros relatos históricos AUTOR: Akutagawa Ryunosuke
EDITORIAL: Satori PRECIO: 19,00€
«Rashomon», llevada a la gran pantalla por Akira Kurosawa, nos traslada al Japón del siglo XII, un país asolado
por las guerras, el hambre y la desesperación, un escenario perfecto en el que las turbadoras complejidades de la
existencia humana se muestran ante el lector con una brutalidad no exenta de belleza. Akutagawa ha trascendido las
fronteras del tiempo y del espacio y se ha situado por derecho propio en la historia de la literatura universal como
uno de los grandes maestros del relato. Su brillante talento narrativo, su estilo sofisticado y elegante, su sensibilidad
extrema y su capacidad para desentrañar los aspectos más oscuros y complejos de la naturaleza humana hacen de
sus obras verdaderas joyas atemporales y elevan a su autor a la categoría genio de las letras.
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LIBRO: La tierra de los abetos puntiagudos AUTOR: Sarah Orne Jewett
EDITORIAL: Dos Bigotes PRECIO: 18,95€
El verano acaba de empezar y a la localidad costera de Dunnet Landing llega una escritora en busca de un lugar
tranquilo donde refugiarse del ajetreo de la ciudad y poner punto final a su libro. Allí alquila una habitación
en casa de la señora Todd, una experta botánica que vende remedios caseros preparados con las plantas de su
jardín y con la que entablará una profunda amistad. Ella será la encargada de introducirla en la vida social de
una comunidad que parece discurrir aislada bajo la imponente presencia de los abetos a los que alude el título.
Sarah Orne Jewett construye una magnífica novela que retrata con sensibilidad y nostalgia un mundo en vías
de desaparición, y nos presenta una memorable galería de personajes femeninos: mujeres independientes y
de gran entereza que defienden su derecho a la soledad y que conforman una sólida red de cuidados y afectos.
Novedades narrativa
LIBRO: Pequeño fracaso AUTOR: Gary Shteyngart
EDITORIAL: Libros del Asteroide PRECIO: 22,95€
A finales de los setenta, los cambios en la política mundial tendrán una influencia decisiva en la vida de Igor, un
niño enclenque y asmático de Leningrado. Jimmy Carter y Leonid Brézhnev han acordado intercambiar cereales
entre sus dos países; a cambio, la URSS aceptará que judíos soviéticos puedan emigrar a EE. UU. La familia de
Igor será una de las que se aprovecharán de ese acuerdo. Ya en EE. UU. —sempiterno enemigo para cualquier
niño soviético— a Igor no le quedará más remedio que convertirse en Gary para ahorrarse problemas (y alguna
que otra paliza). El cambio de vida es tan radical que Gary siente haber despegado de un mundo en blanco y negro
para aterrizar en otro en tecnicolor; dos mundos tan contradictorios harán de su adaptación una tarea ímproba.
Sus dificultades para encajar en el nuevo país son tales que su madre, decepcionada, acuñará el apodo «pequeño
fracaso» para referirse al que hasta entonces había sido su hijo predilecto.
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LIBRO: Carpas para la Wehrmacht AUTOR: Ota Pavel EDITORIAL: Sajalín PRECIO: 14,00€
Ota Pavel enloqueció en Innsbruck, en 1964, mientras cubría las Olimpiadas de invierno como cronista deportivo.
La enfermedad truncó una carrera periodística en la que ya había comenzado a despuntar, pero la gente no se olvidó
de él. Los lectores hacían cola en la calle para comprar su primer libro, una selección de reportajes sobre deportistas
checos, y los médicos del psiquiátrico se ocuparon de que a Pavel le llegaran fotos del gentío que se agolpaba en las
librerías. También le dieron un cuaderno y un bolígrafo, y así nació Carpas para la Wehrmacht, una preciosa colección
de relatos autobiográficos con un protagonista indiscutible: Leo Popper, el padre de Ota. El soñador Leo, enamorado
de la pesca y de la belleza femenina, supo vivir su vida como una fiesta en la Checoslovaquia de los años treinta.
Plusmarquista mundial de la venta puerta a puerta, era capaz de vender atrapamoscas que no atrapaban moscas, o
aspiradoras en aldeas sin electricidad. Más tarde, la invasión nazi de Checoslovaquia obligaría a Leo a usar todo su
ingenio y audacia para garantizar la supervivencia y el buen ánimo de su familia.
Algo tuvo que ver la guerra con la enfermedad de Pavel. Pero Carpas para la Wehrmacht no es el libro de un enfermo.
Tampoco es triste, sino todo lo contrario.
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LIBRO: Nuestras calles AUTOR: Alessandra Lavagnino EDITORIAL: errata naturae PRECIO: 15,50€
Ésta no es sólo la historia de la niña, y luego joven, Marzia en la Roma de los años treinta y cuarenta; no es
sólo la historia de su madre, una abogada viuda que dedica su vida a luchar contra el fascismo o a pleitear con
energía cada juicio: es la historia (que nos hace recordar aquellas maravillosas páginas de Natalia Ginzburg
sobre la familia) de todas las madres e hijas que, a lo largo de los siglos y durante una parte de su existencia al
menos, no han logrado comprenderse del todo y han vivido, de algún modo, enfrentadas, siempre de espaldas
a los sinsabores y propósitos ajenos (aunque cercanos en realidad).
Hay en estas páginas emociones y certezas, amor y miedo. La culpa, la orfandad, la madurez, la esperanza…
resuenan también aquí. Hay, además, una ciudad bellísima y humilde al mismo tiempo, Roma, cuyas calles
recorre Marzia en largos paseos que parecen no tener fin y que cifran parte de su existencia: ella es tanto
esperar como perderse.
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LIBRO: El hueco de la mano AUTOR: PJ Harvey, Seamus Murphy
EDITORIAL: Sexto Piso PRECIO: 25,00€
Entre 2011 y 2014 PJ Harvey y Seamus Murphy emprendieron una serie de viajes a Kosovo, Afganistán y Washington D. C.
Murphy tenía una amplia experiencia fotografiando conflictos y la vida cotidiana durante muchos años en Kosovo y
Afganistán; hacía mucho que Harvey sentía fascinación por ambos países. Washington D. C. representaba la última
potencia mundial que vivía con su propio desasosiego. Compartiendo un anhelo y un propósito comunes, Harvey coleccionó
palabras y Murphy coleccionó imágenes.
El hueco de la mano es el primer poemario que publica PJ Harvey y se trata de una colaboración única con Seamus Murphy,
donde se combinan fotografías que éste tomó durante más de dos décadas con el trabajo creado en los viajes que la pareja
realizó junta.
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LIBRO: Judith Fürste AUTOR: Adda Ravnkilde EDITORIAL: Alba PRECIO: 17,90€
«Y ¿de qué ha servido tanto orgullo?», le pregunta su padrastro a la heroína de esta novela ya en la primera página. Judith
Fürste, desposeída mediante argucias legales de su herencia paterna por el hombre que se ha casado con su madre, una
mujer acomodaticia y convencional, vive en una situación de dependencia y desamparo en una casa que ya no es su casa.
Desea educarse, trabajar, valerse por sí misma, pero el orden familiar no tiene previsto para ella más que el matrimonio.
Cuando Johann Banner, el noble más ilustre de la región, pone sus ojos en ella, la joven lo acepta como una tabla de salvación.
Pero el matrimonio entre el orgullo de una joven desesperada y el orgullo de un aristócrata celoso de sus privilegios no es
precisamente fácil. La propia institución tiene sus normas; y cada contrayente sus prejuicios y su carácter. Adda Ravnkilde
escribió Judith Fürste poco antes de quitarse la vida en 1883, a los veintiún años, y en ella parece que condensó una
experiencia autobiográfica. Es ésta una novela profunda y tormentosa sobre el amor y la generosidad, y el auténtico via
crucis de errores, vanidades y humillaciones que hay que vencer para conseguirlos. Un clásico de la literatura danesa.
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