5 20 septiembre/octubre 15 En cubierta e interior: caricaturas de Manuel COLABORADORES Los libros más recientes del poeta y editor Alfredo Zaldívar (Sojo Tres, Holguín, 1956), quien mereció el Premio Nacional de Edición, son Rasgado con las manos (Ed. Aldabón, 2014) y Cuchillos en el aire (Ed. Vigía, 2015). Al narrador y ensayista Norge Céspedes (Manzanillo, 1975), editor de Ediciones Matanzas, se debe el libro Juan Gualberto Gómez, la patria escrita (Ed. Matanzas, 2014). El narrador, ensayista, guionista y periodista Leonardo Padura Fuentes (La Habana, 1955) mereció este año por el conjunto de su obra el Premio Princesa de Asturias de las Letras. Del caricaturista Arístides Hernández –Ares– (La Habana,1963), su libro más reciente es Ares, 100 awarded cartoons, publicado en 2015 por la editorial griega Cartoonark. 2 UNA LÍNEA LLAMADA MANUEL 2 4 8 10 12 Nadie , por muy aguda que sea su imaginación... Alfredo Zaldívar M anuel: “Yo no quiero ser más que lo que soy ”. Norge Céspedes M i amigo M anuel . Leonardo Padura Fuentes M anuel y el quid de la cosa . Arístides Hernández (Ares) Voto por M anuel . Adelaida de Juan 13 Vanguardia y cambio de siglo. Graziella Pogolotti 16 Paisaje con nieve . Lázaro Zamora Jo 20 El D iccionario de obras cubanas de ensayo y crítica , segunda entrega . Zaida Capote Cruz Adelaida de Juan (La Habana, 1931), ensayista, crítica de arte y profesora titular de la Universidad de La Habana, es autora de los importantes textos críticos Pintura y diseño gráfico de la Revolución y Abriendo ventanas. 23 Ensayar la crítica; criticar el ensayo. Varios autores 32 De “Empujando la noche ”. Leymen Pérez 34 R embert Egües: todo mi tiempo soy de esta tierr a , soy de Cuba . Emir Graziella Pogolotti (París, 1932), Premio Nacional de Literatura, preside la Fundación “Alejo Carpentier” y publica una columna semanal en el periódico Juventud Rebelde. 39 El fin del mundo. Eliseo Altunaga 40 Félix Beltrán: “M is representaciones son realistas a pedazos”. El narrador y poeta Lázaro Zamora Jo (Ciego de Ávila, 1959) obtuvo el Premio “Alejo Carpentier” en 2004 con el libro de cuentos Luna Poo y el paraíso. 43 De “Bitonalidad ”. Ernesto García Alfonso 44 L a mala memoria , R aúl Ferrer , y un gr an sentido del humor . Emilio La investigadora y ensayista Zaida Capote Cruz (La Habana, 1967) tuvo a su cargo la edición crítica de Jardín. Novela lírica, de Dulce María Loynaz, que aparecerá por Letras Cubanas. Poeta y editor, Leymen Pérez (Matanzas, 1976) tiene entre sus poemarios más recientes El libro de Heráclito (Ed.Unión, 2014) y Fatigas del trópico (Ed. Letras Cubanas, 2015). Autor del volumen Hágase la timba, Emir García Meralla (La Habana, 1965) es columnista del periódico digital Cubarte y colaborador en sitios nacionales y de otros países sobre la música cubana. Guionista de cine, profesor, narrador, Eliseo Altunaga (Camagüey, 1941) es autor, entre otros títulos, de las novelas En la prisión de los sueños (Ed. Unión, 2003) y Las negras brujas no vuelan (Ed. Unión, 2007). Manuel García (Valencia, 1944), crítico de arte y curador, dirige Ediciones Vuelta del Ruiseñor y tiene entre sus últimas curadurías la dedicada a Félix Beltrán (2014). Ernesto García Alfonso (La Habana, 1974) mereció el Premio Dador 2015 y fue ganador también del Premio Pinos Nuevos 2013 con el libro Tratado del Nô, publicado por la Ed. Letras Cubanas. Desconfiemos de los amaneceres apacibles (Premio Testimonio UNEAC, 2011) y Cuarenta días que estremecieron al mundo (Ed. Extramuros, 2013) son los títulos más recientes de Emilio Comas Paret (Caibarién, 1942). Ensayista, poeta e investigador, Luis Álvarez Álvarez (Camagüey, 1950) es profesor titular de la Universidad de las Artes en Camagüey. García Meralla Manuel García Comas Paret 46 LECTURAS 46 E stelas , distopías , pos -apocalipsis: crónicas de R inaldo Acosta . Luis Álvarez Álvarez 48 De nuevo juntos : M ariano y L ezama . Ramón Vázquez 51 E scritur as del tiempo. Félix Julio Alfonso López 54 Obituario 55 CRÍTICA Una finca recreada por una niña gr ande . Virgen Gutiérrez / Denken P ensée Thought Mysl ... Desiderio Navarro nos sigue invitando a pensar en todas las lenguas posibles . Hamlet Fernández / M ás o menos de una bienal . Héctor Antón / S obre P edro de O r aá y sus contr arios complementarios II. Nancy Morejón / D e la contemplación mágica a las virtudes del marabú. (A propósito de A donis Ferro y La espina del diablo). Berta Carricarte / P ura mecánica. Maité Hernández-Lorenzo 64 EL PUNTO Elogio de un hombre común en sus 80. Rito Ramón Aroche El investigador de arte Ramón Vázquez (La Habana, 1942) ha publicado los estudios Víctor Manuel y, en coautoría,Todo sobre Portocarrero, ambos por el sello madrileño Ediciones Vanguardia Cubana. “El juego galante. Beisbol y sociedad en La Habana del siglo xix”, tesis doctoral de Félix Julio Alfonso López (Santa Clara, 1972), será publicada por Letras Cubanas este 2015 con prólogo de Roberto González Echevarría. El poeta Rito Ramón Aroche (La Habana, 1961) dio a conocer en 2013 Una vida magenta, por la Editorial Letras Cubanas. Cada autor es responsable de sus opiniones. Director: NORBERTO CODINA · Subdirector editorial: ARTURO ARANGO · Editora jefe: MAILYN MACHADO · Edición: YALEMI BARCELÓ · Sección de Crítica: NAHELA HECHAVARRÍA · Corrección: VIVIAN LECHUGA · Revisión final: TOMÁS E. PÉREZ · Directora de arte: MICHELE MIYARES · Composición: LISANDRA FERNÁNDEZ · · Consejo Editorial: MARILYN BOBES · CARLOS CELDRÁN · DAVID MATEO · REINALDO MONTERO · GRAZIELLA POGOLOTTI · PEDRO PABLO RODRÍGUEZ · ARTURO SOTTO · ROBERTO VALERA Unión de Escritores y Artistas de Cuba Fundada por Nicolás Guillén en abril de 1962 Redacción: Calle 17 # 354, e/ G y H, El Vedado, La Habana, 10400. Telf.: 832-4571 al 73, ext. 248, 838-3112, Fax: 833-3158. E-mail: [email protected] / Impresión financiada por el Fondo de Desarrollo para la Educación y la Cultura / Impreso en Ediciones Caribe / Precio: $5.00 m.n ISSN 0864-1706 > Dosier-Una línea llamada Manuel Nadie, por muy aguda que sea su imaginación, podrá adivinar que tras ese hombrecito pequeño, callado, de pelo de maíz, ojos rasgados, paso lento, vestido con discreción, que sonríe suavemente con su reconocible cara de guajiro al que no le han cortado los ariques, que baja todas las mañanas por la calle matancera de Milanés rumbo al taller donde trabaja, en las riberas del río San Juan, al que quizás alguien salude llamándolo por el común nombre de Manuel y él ni se percate, se esconde uno de los más relevantes dibujantes gráficos que ha dado este país, un notable artista de la cerámica y un singular pintor, un cubano que de tan humilde a la par que grande, es único e irrepetible. Eso mismo debió sucederles a quienes lo vieron entrar o salir a la sede de Juventud Rebelde durante veinticinco años, en los días gloriosos del tóxico Dedeté, donde confluyeron Tomy, Carlucho, Ajubel, Juan Padrón, Ares, Jape y otros, grupo en el que, a criterio de ellos mismos, la obra de Manuel sobresalía, cuando en 1985, el evento anual dedicado al humor gráfico de Lucca, Italia, el semanario fuera proclamado como la mejor publicación satírica del mundo. Difícil, tras esa imagen caricaturesca que parece salida de su propia plumilla, reconocer al infatigable cronista, agudo y mordaz, que consiguió sin ser hiriente, sin lugar a la chabacanería, una historia única de nuestra cotidianidad, la maestría en el costumbrismo, en el humor político, en la historieta. Pocos sospechan que a ese transeúnte anónimo, que nada reclama y nada pide, le fue concedido el Gran Premio Esopo de Oro, en Bulgaria; que ostenta la Medalla “Pablo Picasso”; el Premio Nacional de Periodismo “José Martí”; el Premio Nacional del Humor; que está considerado entre los cien mejores caricaturistas del mundo en el siglo xx; que en una investigación realizada por su colega Jape (José Alberto Piñera Estrada), en 2002, sobre los caricaturistas más destacados del siglo xx cubano, esté a la cabeza por encima de figuras como Conrado Massaguer, Eduardo Abela, Rafael Blanco o el popular René de la Nuez, del Loquito y el Barbudo. La narradora Laidi Fernández de Juan, en una reseña sobre el libro Manuel=Manuel, de Lis García Arango (Ediciones Matanzas, 2014), lo reconoce como el más importante caricaturista cubano de los últimos cincuenta años. Desde los años 90 Manuel trabaja con igual rigor la cerámica artística. Dibuja sobre platos, lozas, azadones y otros objetos elaborados, pero también sobre tejas originales y cuanto artefacto le sea factible a su hacer. Ha vuelto al óleo sobre lienzo para crear un mundo campesino, casi onírico, Una línea ll amada muy cercano a su temperamento. Sus caricaturas no han dejado de aparecer puntualmente en el semanario Girón, en el periódico El Artesano y otras publicaciones. La Gaceta de Cuba, quien me ha dado la posibilidad, como editor invitado, de coordinar esta suerte de “elogio a Manuel”, entrega un dosier que no solo se restringe a las páginas donde el periodista Norge Céspedes consigue una entrevista exclusiva al artista; no solo a los textos del narrador Leonardo Padura, del caricaturista Ares, quienes dan cuenta de su amistad y admiración por Manuel, de los valores de su obra, de su impronta y legado; también La Gaceta ofrece una galería con sus caricaturas, cerámicas y pinturas que colman todo este número para reafirmar con Jaime Sarusky que Manuel “es uno de los grandes cronistas de la vida cotidiana de la Isla, en la segunda mitad del siglo xx”, para coincidir con Ares en que “lo que no dice es lo notable” o con Adelaida de Juan, la principal estudiosa de la caricatura en Cuba, en “su trascendencia, en el poder evocativo y testimonial de su obra”. Este dosier viene también de algún modo a promover, así de claro, el otorgamiento del Premio Nacional de Artes Plásticas para un artista que abrió un camino en la caricatura cubana, en el arte cubano. Un camino que sigue, que siguen, imposible de obviar. Dice Carilda Oliver Labra en unas décimas que le dedicara a Manuel, que él es “cubano como la estrella” y todos pensamos en el acto que esa estrella no es otra que la solitaria en el triángulo rojo de la bandera. De ahí su axiomática universalidad. < Alfredo Zaldívar La Gaceta de Cuba 3 Manuel: “Yo no quiero ser m á M s que lo que soy” Norge Céspedes anuel Hernández Valdés (Matanzas, Limonar, 1943) está decorando un búcaro de barr o. Ya están listos el guajiro, la guajira y el caballo. Faltan las nervaduras de las hojas de una palma que traza ahora mismo con pasmosa facilidad. Está ligeramente encorvado sobre la pieza, trabajan do con el pincel. Tiene puesta su gorra roja de siempre y fuma. La puerta del taller permanecía abierta y entré en silencio, colocándome a su izquierda sin que él se perc atara. Me acaba de ver y nos saludamos. Me pide que espere, quiere dar los toques finales al búcaro. Ya son cuatro los que dejaría term inados; los dos que faltan los hará después o mañana. Me fijo en los que ya están, las decoraciones son muy distintas unas de otras aunque parten del motivo tradicional de su cerámica y su pintura: el guajiro y su entorno. El taller queda frente al río San Juan, en la ciudad de Matanzas. Pertenece al ceramista Osmany Beta ncourt (el Lolo), quien ha acogido a su “amigo y maestro” Manuel desde hace dos o tres años. Manuel permanece allí entre 8:00 a.m. y 4:00 p.m., “si las cosas están bien (si el dibujo fluye, si no hay problema s con el horno o los pigmentos), pues de lo contrario la jornada term ina antes”. Manuel me pide que arrastre una silla hast a la mesa y luego empezamos a conversar. Lo hacemos durante cuatro horas. Él fuma interminablemente y con frecuencia se mueve en el asiento para cambiar de posición. Pero llega el momento en que no aguanta más estar sentado y se levanta. Lo sigo hasta la galería del taller, donde están colocadas muchas de sus piezas. De pie frente a ellas seguimos hablando. Desde su desenfadada forma de ser, desd e su diálogo fresco y sin ningún tipo de alambicamiento ni presunci ones fatuas, Manuel proyecta una humildad y una naturalidad poco comunes y que contrastan además con la sensación de apabullamien to a la que se expone todo aquel que revise el currículo de este hombre, Premio Nacional del Humor, Premio Nacional de Periodismo y nom inado al Premio Nacional de las Artes Plásticas, entre tantos otros reco nocimientos. Me resultó paradójico oírte decir que dent ro de los campos artísticos en los que se centra tu obra, esencialmente la caricatura, la cerámica y la pintura, es el primero de estos el que te da más trabajo, el que te causa más estrés. ¿Estrés el humor…? Aunque a primera vista no lo parezca, el humor lleva un ejercicio intelectual muy agudo, que va más allá del mero chiste, de la 4 Dosier / Una línea llamada Manuel 4 Dosier / Una línea llamada Manuel Foto: Tomado del libro Manuel=Manue l mera agilidad mental. El humor desde una dimensión más cultural, más trascendente, como ejercicio de búsqueda en la naturaleza humana y en su contexto. Es hacer dian a en la raíz de las cosas, pero no para burlarse de ellas, sino para entenderlas y mejorarlas. Admiré la capacidad de Chaflán para moverse por muchos espacios sin ser banal. El humor cuesta. Implica síntesis, lleva r a trazos la esencia de un fenómeno, por lo general complejo e inflamable. Requiere informarse, tener una amplia cultura, leer , sea un libro o la prensa. Hay quienes se sorprenden cuando digo que mis caricaturas le deben más a la literatura que a la plás tica. Vengo de ahí, de los libros. En ellos me alimento, en ellos resid e mi arsenal mayor. El humorista se mantiene activo en todo momento, distingue en ciertos sucesos la vis cómica que pasa desapercibida para los demás. A mí me ocurre. Cuando leo la prensa. Compartiendo con mi familia o mis amigos. En la calle. De pronto pasa algo, veo algo, escucho algo y me digo: “¡Pero esto es un chiste!”. Algo que me preocupa: los detalles. Te salvan o mandan al abismo. No pocas veces mi esposa Sari ta ha dudado de mi cordura, al sorprenderme dramatizando una caricatura. “¡Estás hablando solo!”, ha dicho. “Yo no, mis muñ equitos”, la he rectificado, y he seguido tratando de reproducir la voz, la gestualidad de los personajes de una caricatura, en busca del matiz, del detalle. Una vez mi amigo el crítico Alejand ro Alonso me embulló para que preparara una instalación en Bellas Artes, con caricaturas; los muñecos los dibujé en cartón, a tamaño natural, y luego los recorté. En una caricatura se describí a esto: un hombre en un ataúd (era de verdad) y enfrente dos funcionarios; uno de ellos comenta: “Morirse ahora, cuando lo iban a llevar al extranjero”, y el muerto levantando la cabeza dice : “¿Y pa’ dónde?”. Gustó y fue llevada a un corto, pero allí los func ionarios no estaban bien caracterizados. No tenían la vestimenta, las maneras, el empaque de funcionarios que dan viajes. Le falta ba ese detalle y a mi juicio eso lo echaba a perder todo. El humor te ha puesto en tensión a ti pero también debe haber puesto en tensión a los editores de las publ icaciones. ¿Te han censurado muchas caricaturas? En la última sesión del Parlamento con versé con Bruno Rodríguez, actual canciller cubano, quien estu vo un tiempo como director de Juventud Rebelde. Mientras reco rdábamos anécdotas de aquella época, a inicios de los 90, Bruno me dijo que los del Dedeté éramos unos jodedores y le colábamos cosas fuertes que después generaban presión. Terminamos riendo, quizás porque eran dolores de cabeza pasados y porque él no supo de una nue va jugarreta. En la misma sesión del Parlamento hablé con Gerardo Hernández, uno de Los Cinco, quien me culpó de que en esa etapa le rechazaran en el Dedeté muchas de sus caricaturas. Le dije que yo no había sido, sino Bruno, y añadí: “Coño, es más, te juro que si hubiese sabido que tú eras quien eras, hubiese influido en él para que no fuera tan duro contigo”. A mí, la verdad, en pocas ocasiones me censuraron. Cuando las circunstancias empeoraban buscaba alternativas. Ubicaba mis caricaturas en otras épocas o países o me montaba en personajes de la literatura universal, pero trasmiti endo mensajes adaptables a nuestro contexto. Aunque a veces ni así eludía el extremi smo. En una historieta partí de las fábulas de Esopo. Un cord erito bebe en un río y llega un lobo: “Ensucias el agua que tomo; te comeré”. El cordero aclara: “El agua corre hacia mí, no es la que tomas”. El lobo insiste: “La semana pasada me encontraba del lado de allá”, y el cordero responde: “Nací hace dos días”. Entonces el lobo dice: “Entonces fue tu padre”, y se lo come. Moraleja: “Cu ando el lobo se empeña en tener razón, ¡pobres corderos!”. Según el director de entonces, el mensaje era ambiguo. “¿Quién es el lobo?”, preguntó, y él mis mo se dio la respuesta: “¡El imperialismo!”. Después añadió: “Pero ponle el sombrerito del tío Sam para que se reconozca mej or”. Como no seguí su consejo, el trabajo quedó sin publicar. En aquellos tiempos fundacionales de Juve ntud Rebelde, tanto en el suplemento humorístico Dedeté como en las publicaciones que la antecedieron: El sable y La chicharra; esta bleciste contacto con personalidades como José Luis Posada, Juan Pad rón, René de la Nuez, entre muchos otros… De la Nuez era un dibujante excelent e, con un sentido del humor muy práctico, muy efectivo. Pad roncito, por su parte, fue víctima frecuente de la censura. Quizás lo tenía merecido. Se encaprichaba con los personajes, la cogía con uno y no lo soltaba. Y qué personajes. Primero los vampiros. Vampiros y más vampiros. Le dijeron: “Está bueno ya”. Luego vini eron los verdugos: se los tumbaron también. Luego los piojos. “Coño, Padroncito, deja las cochinadas con esos bichos”, le dijeron, y adiós a los piojos. Recuerdo que entonces tenía vínculos con el ICAIC y a veces quería ir para allá. Ayús, el director artístico, no le daba permiso. Debía estar ocho horas en el periódico aunque fuera con los brazos cruzados. La venganza llegó cuando Elpi dio pasó al cine: uno de los malos se llamaba “el traidor Ayús”. Posada vivía frente a la Catedral, en un edificio donde también residía Víctor Manuel. Cuando visitaba al gallego, pasaba a saludar a Víctor Manuel y conversaba con él. Se veía abandonado. O al menos daba la impresión. Hubiese pare cido un viejito cualquiera a no ser por dos detalles: siempre estaba pintando y tenía los ojos brillantes, penetrantes. No he visto otra mirada así. El gallego Posada tenía malas pulgas pero no sé por qué yo le caía bien. Yo le decía: “Eres un asturian o, deberías ponerte a vender carbón”. Una vez en que no estaba en su casa, coloqué en la puerta un cartel: “Se venden dibujos. Llam ar a Posada”. Me quería matar. Entonces le puse otro: “No se vend en dibujos. No llamar a Posada”. No podía conmigo. Posada, director de El sable, se encontra ba ligado al dibujo, al grabado, a la litografía y quizás en rela ción directa con eso concebía un humor denso, intelectual, desd e el concepto de los chistes hasta el dibujo en sí, con una línea goye sca. Me abrió una perspectiva distinta. Resultó esencial para que me consagrara a la lucha porque mis caricaturas fueran algo más que muñequitos graciosos. Esto, por supuesto, desde mi propia mirada, más próxima a la sencillez del humor popular. Me crié en el campo, donde el humor es así, sencillo, o aparentemente sencillo, porque detrás tien e agudeza, sabiduría ancestral y poesía. Recuerdo cómo definían ese hablantín, que se las sabe todas, que despide un duelo aun que no conozca nada del finado, o a ese que llega a una casa y todo el mundo se lleva las manos a la cabeza porque no tiene cuán do irse. A uno le dicen “pico fino” y al otro “perro muerto”. ¿Pu ede haber mejor muestra de humor de altos quilates? El escritor Leonardo Padura ha lamenta do que a inicios del Período Especial abandonaras la caricatura, al menos con la intensidad con que lo habías hecho, pues, según cree , cerraste un camino al que le faltaba trecho por recorrer. ¿Sientes eso tú mismo? ¿Lamentas lo que ocurrió? La Gaceta de Cuba 5 Aquello fue mi vida por más de veinte años. ¿Cómo podría sentirme? Pero todo sobrepasaba mi voluntad. La prensa escrita se deprimió. Yo, que considero que la caricatura se hace en el fragor diario y colaboraba con más de diez publicaciones a la vez, me vi constreñido a hacer un dibujito de cuando en cuando. No tenía sentido. Por otro lado, dejé un camino pero también empecé otro. De La Habana, donde estaba albergado, regresé para Matanzas. Al principio seguí mandando caricaturas, sobre todo a Juventud Rebelde. Como se me acabó la tinta china dibujaba con lápiz y Ares tenía que pasarle con una pluma por encima. Decía: “Esto que me obligas a hacer es una aberración”. Tanto le molestaba que buscó por su cuenta un pomo y me lo envió. Luego, aunque me quedara tinta, le remitía algún dibujo a lápiz, por joder. Entonces, por una cuestión de subsistencia, en medio de las necesidades materiales por las que pasamos todos en el Período Especial, quemé por completo las naves y empecé a trabajar con mi papá en el campo. Salía para Limonar a las dos o a las tres de la mañana, y cuando llegaba allá, al pueblo, eran muchas las veces que iba a pie hasta la finca, como a cinco kilómetros. Mi padre, a pesar de su avanzada edad, no cogía un cinco ni para tomar agua y me dejaba con la lengua afuera. Estando en ese período comenzaste en el Taller de Cerámica de Varadero… El Taller fomentó un sólido movimiento de ceramistas matanceros: Sergio Roque, que era el director, Osmany Betancourt (el Lolo), Edel Arencibia, Lamelas, Zulimo y Jorge Ernesto Martínez, entre otros. También propició el vínculo con otros creadores del país como Flora Fong, Alfredo Sosabravo y Nelson Domínguez, quienes se quedaban en el Taller durante días. Estaba el CERVAR, un evento internacional organizado por el Taller. En ese ambiente comencé, en 1993. Buscando algo distinto, y a partir de una experiencia que tuve en La Habana, incursioné en la decoración, no habitual en Varadero, donde, quizás por la presencia de tantos escultores, lo importante era la pieza en sí, se hacía, se le daba esmalte y ya. Para decorar utilizaba las caricaturas pero quería un cambio y llegué al guajiro, al campo. En una de sus visitas a Varadero, Nelson Domínguez vio lo que hacía con la cerámica y me sugirió que lo trasladara a la pintura. Con óleo que pedí a Roque y un pedazo de lienzo que no recuerdo quién me resolvió, hice el primer cuadro: “Guajiro de tierra adentro”. ¿Hasta dónde fueron algunos de los integrantes de la vanguardia cubana tus precedentes en el acercamiento al tema campesino? En nuestra vanguardia están mis clásicos, a quienes vuelvo cada vez que necesito aliento. Mi apego a su obra parte del hecho de que me resulta reveladora la manera en que lograron captar la esencia de lo cubano. De manera específica me llama la atención su tratamiento del universo rural, desde las pinturas de Arístides Fernández, Víctor Manuel y Abela. Han sido para mí una fuente de inspiración, aunque nuestras representaciones del campesino y su entorno difieren. Hay una evidente distancia desde la propia cuestión técnica. Mi obra es más sencilla. Tiene muchos puntos de contacto con la caricatura. Con su síntesis. Con su esquematismo en las formas. Fíjate que las manos de mis personajes no tienen dedos definidos sino como unos racimos de plátanos, tal como hago en las caricaturas. Lo otro es que se desarrollan en un ambiente espiritual distinto. Por lo general, los vanguardistas están envueltos en penumbras y agonías, mientras los míos aparecen en circunstancias más despejadas, armoniosos. Manuel, tus guajiros se ven cubanos pero es como si se encontraran más allá de todas las épocas. ¿De qué campo estás dando testimonios? El campo ha cambiado dramáticamente. El guajiro puede tener celular, dvd, computadora y mil cosas más, pero ha perdido mucho. Ha perdido hasta su entorno en muchos casos. Ya no se ve 6 Dosier / Una línea llamada Manuel la flora y la fauna que había antes. Ha perdido costumbres. (Recuerdo los entierros, donde los vecinos acompañaban al fallecido montados a caballo, en unas caravanas impresionantes.) Ha perdido asimismo ciertos valores. Mis abuelos, de Islas Canarias, a los que no conocí, eran gente de campo. Lo era mi padre. Los canarios que arribaron a Cuba eran en su mayoría gente esforzada y dedicada a la tierra. No solo plantaron cultivos en nuestros campos sino también muchos valores. El respeto al trabajo, la ética, la honradez. Los negocios se hacían de palabra. Dabas tu palabra de que ibas a pagar y con eso bastaba. De que pagabas, pagabas. Quizás de manera inconsciente he tratado de rescatar, de revivir ese campo. Con su lirismo, con su armonía, con su saber popular, con esa picardía socarrona. Mi amigo el escultor Agustín Drake me ha echado en cara que no haya pintado un campesino negro. “¡Eres un racista!”, me ha acusado. Pero en mi entorno familiar no había negros. Drake, que es negro, se puede encargar de pintarlos. Es su experiencia vital. No la mía. Algunos han calificado de idílica la imagen que doy. Deben tener razón. No es el campo de hoy. No es siquiera la realidad del campo que viví sino el que ha quedado en mí. Un campo donde hay tranquilidad, belleza. Un campo… ¡Idílico! Está bien, idílico. Pero mi campo. ¿Qué diferencia hay entre el campo de tus cuadros y el de tus cerámicas? Es el mismo aunque con ciertas especificidades en cada caso. La cerámica lo representa con mayor espontaneidad, quizás porque la asumo con menos gravedad, como una especie de divertimento que tiene su espacio en el taller. El cuadro es más meditado, más asentado. Lo pinto en la casa, en un período de tiempo más extenso y estableciendo una relación de mucha intimidad, acaso la principal responsable de que luego me resulte tan difícil desprenderme de un lienzo. En una entrevista declaraste que en un cálculo por encima estimabas que habías hecho por lo menos cincuenta mil piezas de cerámica. Por otro lado, no son pocos los cuadros que has pintado desde que empezaste en este otro camino hace más de dos décadas. ¿No te ha estresado esta intensidad de trabajo, tal como ocurría en su momento con la caricatura? No. Esto es distinto. Lo hago sin presión, más sosegado. Preparo los materiales, me siento y voy dejándome llevar por lo que sale de mí. No tengo ninguna preocupación. No importa con quién voy a comunicarme ni cómo. Ni siquiera hago bocetos. Si en algún momento salen mal las cosas, no cojo lucha, pongo a un lado lo que estoy haciendo y vuelvo al otro día. Sé que todo saldrá nuevamente, nada más es cuestión de despejar y volver. Es un ejercicio de mucha libertad. De comunicación conmigo mismo. Has trabajado losas, tejas, platos, vasos, jarrones, porrones y otras vasijas u objetos insospechados. ¿A qué se debe esta diversidad de formatos que quizás puedan hasta complejizar tu quehacer? ¿Pura cuestión de acercamiento al mercado? ¿Algún tipo de búsqueda artística? Es una motivación de naturaleza personal. Esta diversidad hace que no me aburra. Para mí no existe nada peor que hacer algo que no me guste. Si me resulta monótono utilizar un formato determinado paso a otro y ya. Así me refresco, además de que el cambio implica también un reto, todo cambio siempre lo trae. Recuerdo aquel lavamanos que sorprendió tanto a unos amigos italianos. Los muy cabrones acabaron tumbándomelo. Me gustó hacerlo. Luego hice otro y estuve en contacto con una empresa de San José para ver si se podía montar una línea industrial. Todo quedó en planes. Hay algo más: estos objetos son muy vitales. Forman parte de nuestra cotidianidad. A través de mi intervención adquieren un nuevo significado y establezco un diálogo con los espacios más íntimos de los seres humanos. En ese sentido me provocan particular satisfacción las tejas. Tejas originales, algunas con más de un siglo. ¡Cuánta vida hay en ellas! ¡Cuánta vida en cada uno de esos objetos que salen de la tierra! Eso es algo especial que tiene la cerámica. El Lolo nunca ha olvidado que cuando él se iniciaba, Kcho le recomendó no preocuparse por los desperfectos de algunas piezas al salir del horno, pues eso daba vida. La vida, una de las búsquedas esenciales en la cerámica… Yo pienso lo mismo. Es típico de la cerámica un margen al error, a lo imprevisto, hecho que quizás la haga todavía más interesante porque deja así la posibilidad de lo inesperado. Ahora bien, ese margen es todavía mayor en el caso cubano, lo que debe estar relacionado con la precariedad de nuestros procesos de producción. Es habitual, por ejemplo, que nuestros hornos quemen como les dé la gana o que nuestros pigmentos no nos respondan como debían responder. Pero de todos modos esto tiene sus encantos y a la larga nos singulariza. Varios artistas fuimos invitados en 2003 a un curso de la UNESCO en Faenza, Italia, donde hay un polo de cerámica. El empresario en cuyas instalaciones se hizo el curso tenía más de veinte fábricas donde se empleaban materiales de primera calidad y tecnología de punta, de tal nivel que tenían contrato con la NASA para ciertas piezas de naves espaciales. Todo quedaba perfecto. A veces las máquinas apartaban automáticamente una pieza con fallos difíciles de ver a simple vista. Imagínate lo que pasó cuando supieron cómo nosotros trabajábamos. Decían que nuestra cerámica era primitiva. Pero lo cierto fue que de ir solo a recibir clases terminamos impartiéndolas también. Les trasladamos nuestras experiencias y realizamos una exposición que llamó la atención. Lo que hacemos tiene un encanto. Más azar, más sentimiento, más vida. En cierta ocasión vi un mural de cerámica de Miró. Estaba todo rajado, calcinado; parece que lo quemó con leña. Así y todo tenía su encanto. He visto platos de Rafael, con problemas, pero muy buenos, con la huella humana, y auténticas obras de arte. ¿Qué crees del mercado? Es imprescindible. El arte, en todos los lugares y épocas, de una manera u otra, se ha insertado en el mercado y gracias a este ha subsistido, ha progresado. No concibo el arte sin un mercado, como tampoco concibo al artista fuera de este espacio, que garantiza su subsistencia personal, el financiamiento y estímulo de su creación, y el intercambio, el diálogo con sus contemporáneos. ¿Qué crees de los encargos? No me molesta el encargo como tal. El encargo significa trabajo y eso, a la larga, es bueno. Lo que no soporto es que venga con ideas predeterminadas. Solo quiero hacer lo que yo quiero. No es que no puedan darme una visión general sino que si me piden una obra, es mi obra. Cuando viene alguien con un encargo le digo: “Lo hago a mi modo, y si te gusta, bien, si no me quedo yo con la pieza”. En definitiva todavía tengo espacio en mi casa para poner lo que sea. ¿Qué ocurrió con la taza de café Cubitas que aparece en el mural de la tienda Variedades, de la cadena CIMEX, aquí en Matanzas? ¿Te diste cuenta de la tacita? Hay casos y casos. Está en un centro comercial. En una cafetería. La necesitaban. En su caso todo partía de esa taza. Traté de incorporarla lo más armónicamente posible a mi pareja de guajiros con su campo detrás. Pero así y todo siempre llama la atención. No hace mucho alguien me preguntó también y le dije: “Ese fue el aporte de CIMEX al mural”. Tu amigo Alejandro Alonso ha criticado tu presencia en el mercado. Ha dicho que eres “un ganapán”. ¿Qué crees de eso? ¿Un ganapán? Óiganme, si eso dicen los amigos… Él siempre quiso que me moviera hacia otros circuitos artísticos, y le agradezco su persistencia en ese sentido, porque es señal de que se ha preocupado por mí. Como también puedo agradecerle a Abel Prieto, que trató de embullarme para que me presentara en la Bienal de La Habana. Le dije que yo sentía que no servía para la Bienal. Yo, la verdad, nunca he estado demasiado interesado en eso. De hecho, nada más que oigo hablar de una exposición, sea donde sea, me pongo mal. Lo mío es algo más tranquilo. Me siento cómodo así como estoy. No quiero ser más que lo que soy. Tengo la suerte de que mi obra funciona en un mercado amplio. Pero funciona por sí misma. Tal cual. Concibo con todo el rigor posible tanto esos ceniceros que estás viendo frente a nosotros como un mural, una instalación o un cuadro. Lucho contra las concesiones. Hay otros artistas que se han visto obligados a hacerlas o han tenido que desdoblarse, preparar una línea específica para el mercado. Yo no. Yo hago lo mío. Lo mismo que vendo en el taller o en una feria de artesanía es lo mismo que expondría, si me decidiese, en una galería significativa. Puede que esto sea bueno o sea malo. Puede que sean obras de arte o no. Es obvio que no me corresponde a mí decidir esto. Según Anatole France, solo la benevolencia del tiempo convierte obras en obras de arte. Así que es él quien lo determinará. Mientras tanto yo sigo haciendo. Yo disfruto haciendo. Eso es lo único que me interesa verdaderamente en este momento. < La Gaceta de Cuba 7 Mi amigo Manuel Leonardo Padura Fuentes A lguna vez dije que, entre los genios que había dado Cuba, uno de ellos era Manuel Hernández. Quien lea ahora esta oración, descontextualizada, comenzará a preguntarse a qué olvidado pelotero de ese nombre se está refiriendo mi atrevida aseveración o se reafirmará en su certeza de que suelo decir disparates. ¿Quién es ese tal Manuel Hernández, genio por demás? Si a mi primera oración le quito el apellido del genio, y digo solo Manuel, y si, por resultar explícito, agrego que me refiero al caricaturista que durante ni sé cuántos años (¿cuántos, Manuel?) se ha dedicado a hacer desde el humor una de las crónicas más certeras y agudas de la vida cubana contemporánea, entonces es más seguro que algunos se acordarán de Manuel y los años gloriosos del Dedeté, y hasta habrá muchos que me den la razón: Manuel Hernández es uno de los genios que ha dado Cuba. Sobre el arte y la posible genialidad de Manuel seguramente habrá varios especialistas y entendidos en la materia, admiradores y consumidores de sus obras, que podrían dar opiniones sociológicas y valoraciones estéticas a partir del estudio de una larga carrera que tuvo su clímax en las páginas de Dedeté y Juventud Rebelde en la década de 1980, pero que había comenzado varios años antes y que ha continuado, menos visible pero no menos potente, luego del quiebre socio-económico de la década de 1990, cuando Manuel regresó a Matanzas y se hizo invisible para la mayoría de sus admiradores y antiguos consumidores. En cambio, lo que muchas menos personas podrán atestiguar con la misma profundidad que me fue concedida por los destinos es la humanidad de este guajiro matancero, mordaz 8 Dosier / Una línea llamada Manuel y tímido, atrevido y conservador, el hombre al que ya conocía como individuo y admiraba como artista pero del que me hice amigo gracias a una desgracia –y no es un juego de palabras–: la que nos puso a trabajar juntos, incluso a convivir, durante los tres meses en que compartimos nuestra misión angolana allá por 1986. Al año que debí pasar en Angola trabajando como periodista de la colaboración civil cubana debo recuerdos lamentables y algunas ganancias que conservo entre mis mejores tesoros. Tal vez la más importante de esas adquisiciones fue un conocimiento doloroso e insistente de una de las esencias de la condición humana que me ha sido especialmente útil en mi aprendizaje vital: el hecho de que en coyunturas críticas o extremas del alma del hombre suele brotar lo peor… y lo mejor. En Angola vi, sufrí y disfruté por toneladas esos extremos. Pero, por fortuna, las actitudes benéficas de las personas creo que resultaron las más dispuestas a anclarse en mi memoria. Tal vez por ello nunca puedo dejar de evocar aquel año terrible –el año del miedo lo he llamado– sin recordar que gracias a él hice cuatro o cinco amigos que, aun cuando ahora nos encontramos muy esporádicamente, el solo hecho de verlos y tenerlos me reconforta y alimenta: el diseñador Villafaña, la colega María Elena y su marido, el doctor Andrés, el chofer Ortelio y… el genio Manuel Hernández. Si alguien sospechó de la validez de la oración inicial de este texto, ahora se reafirmará en su convicción: ¡claro, son socios!… pero se equivocaría dos veces: primero en la apreciación estética de la genialidad que le concedo a Manuel, pues con su obra Manuel ha demostrado con creces ser lo que es, y luego en la calificación de nuestra relación, pues más que socios somos amigos, con una confraternidad sellada en un momento arduo de nuestras existencias. Los ya mentados tres meses que conviví con Manuel en Luanda fueron, como podría haber dicho Martí, algo así como “un baile extraño”. Porque aunque los dos estábamos en un sitio en el cual no queríamos estar, rodeados de algunas gentes que no queríamos ver, atacados con la artera lentitud con que pasa el tiempo cuando se desea que vuele, Manuel hizo más llevadera esa temporada en el infierno para los que estuvimos cerca de él; tanto, que a veces fue una fiesta. Su implacable sentido del humor, su sabia mirada de la realidad adquirida por su condición genética de guajiro lépero (en la acepción cubana del adjetivo, la que Manuel comparte de modo ejemplar con otros dos amigos como Senel Paz y Miguel Mejides), su capacidad infinita de adaptación al medio más adverso, cayeron como un alivio durante esos meses en los que compartimos comidas (cocinadas por él), negociaciones en todas las candongas de Luanda, interminables juegos de dominó, programadas y militantes celebraciones con cerveza (desde que regresé de Angola no he vuelto a tomar cerveza ni a jugar dominó) y deseos de regresar a lo nuestro. Manuel había vuelto a Luanda y a la redacción del semanario Verde Olivo en Misión Internacionalista para cumplir los tres meses de estancia en Angola que le faltaban para poder aspirar a la condición de Trabajador Internacionalista. Su primer período angolano se interrumpió porque había sido invitado a participar en el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, pero se consideró que nueve meses no es un año (a veces es más), plazo indispensable para alcanzar la dichosa condición honorífica. Y debió volver a Angola a… no hacer nada. Solo a ver pasar noventa días. Por desgracia para él y para suerte del resto de sus compañeros de labor… A falta de contenido de trabajo específico, Manuel se dedicó entonces a ayudarnos a sobrevivir, mientras él sobrevivía. Como no se llevaba nada bien con los moradores del apartamento en que lo habían ubicado (unos personajes a los que la soledad y la distancia los obsesionó con la limpieza y el orden), Manuel se hizo morador diurno del piso 4A del Predio Transporte, donde vivíamos otros cuatro trabajadores del periódico muchos menos preocupados por formalidades y salubridades, y se encargó, por ejemplo, de hacer el almuerzo de aquel grupo. En esa tarea Manuel creó un estilo: cortó carne congelada con un serrucho, inventó el congrí de frijoles blancos y cocinó arroz sobre la raspa del día anterior, pues el fregador de turno había dejado la cazuela sucia. A la hora del baño, para no tener que ir a buscar su toalla (siempre la olvidaba en el que era su apartamento y si la usaba, decía, alguna vez tendría que lavarla), Manuel se secaba el cuerpo con papel de los llamados “picos” de bobina que traíamos del establecimiento donde se imprimía el periódico. Además, asumió la tarea de dibujar una caricatura personal de cada uno de los integrantes del colectivo (nunca me hizo la mía), verdaderos retratos físicos y espirituales de sus colegas, y de hacernos algunas de sus bromas –que no me permito reproducir aquí. Gracias a ese carácter y filosofía de la vida, Manuel fue, durante aquellos tres meses, el alma de un colectivo abigarrado y alterado, la persona encargada de hacernos reír incluso en los días que queríamos llorar, de hacernos superar las cíclicas crisis que genera la convivencia forzada. Y de conocidos, nos hicimos amigos. Entre chistes y lamentos comenzamos a forjar una relación que sobrevivió a aquellos tres meses tensos y lentos, y que se solidificó sobre lecturas compartidas, convergencias estéticas, caracteres complementarios (el humor es propiedad de Manuel; la ironía es mía) y una afinidad espiritual que fue creciendo con los años y las alegrías y tribulaciones compartidas… y más que amigos, creo que en cierta forma hemos terminado siendo hermanos. No sé tú, Manuel, pero yo lo siento así, aunque haga un montón de tiempo que no nos sentemos en tu casa de Matanzas a meternos mentiras, tomar ron y fumar como unos locos. Aunque tú seas un genio. < < Mantilla, julio de 2015. La Gaceta de Cuba 9 y el quid de la cosa Manuel Arístides Hernández (Ares) –¿Cómo vamos a responder a la crítica que nos hicieron por el mal trabajo de la empresa? –Con una buena consigna… –responde el otro personaje de la caricatura dibujada por Manuel. C ursaba yo, en 1984, el tercer año de la carrera de Medicina cuando comencé a dibujar mis primeras caricaturas. Para esa fecha la publicación humorística Dedeté tenía su oficina en el mezanine que ahora ocupa la revista El Caimán Barbudo, en la esquina de Prado y Teniente Rey. En esos años aquel pequeño espacio tenía una baranda y desde allí se podía ver con claridad la vida que trascurría en La Habana frente al Capitolio. Desde arriba los caricaturistas observaban el paso de las personas que transitaban a diario por esa zona y a través de los cristales de la fachada del edificio interactuaban con ellos, a veces incluso con imágenes humorísticas articuladas que maniobraban desde arriba mientras pasaban los transeúntes. Eran tiempos sin ordenadores, ni Internet y las páginas de la publicación se armaban en grandes cartulinas en las que se pegaban los dibujos originales. La propuesta del próximo número y las caricaturas que irían se discutía entre todos, muchas veces con una botella de ron en el centro de la mesa. 10 Dosier / Una línea llamada Manuel A mis veinte años, el Dedeté se convirtió en el arquetipo del humor gráfico que yo quería hacer, allí estaban reunidos Carlucho, Tomy, Ardión, Torres, Ajubel, René, Manuel… a ellos se sumaban un buen grupo de colaboradores habituales como Lázaro Fernández, Simanca, Tonel, Félix Ronda, y de todos ellos bebí los principios que me llevaron a buscar y tratar de encontrar una manera propia de decir en el humor gráfico. Manuel fue desde entonces uno de mis ídolos de la caricatura cubana, con sus trabajos había contribuido de manera intensa a crear, junto al resto del equipo, lo que fue la estética del Dedeté de los 80, un quincenario de humor que llegaría a obtener en el año 1985 el Premio Forte dei Marmi a la mejor publicación de sátira política del mundo. Ya conocía y admiraba desde antes los dibujos de Manuel que inundaban toda la prensa nacional pero fue en aquel espacio, de Prado y Teniente Rey, donde conocí al hombre que estaba detrás de aquellos dibujos: sencillo, observador, siempre de buen humor, ingenioso, irónico, jodedor y muy laborioso. A partir de entonces coincidimos en muchas ocasiones, allí en el Dedeté, en exposiciones, en encuentros de humoristas, en las bienales del humor, en los salones nacionales y entre nuestros intereses comunes y nuestra manera de ver la vida, semejante en muchísimos matices, surgió una amistad de la cual me regocijo hasta el día de hoy. Para ser un buen caricaturista se necesita dominar el dibujo, se precisa de ese sentido del humor que estoy convencido es innato, pero además se necesita inteligencia, cultura, una voluntad inevitable de escudriñar a las gentes y a su mundo, vivir, admirar y crear todos los días… Manuel tiene todas esas virtudes y muchas más. Debe ser por ello que no se le escapa ningún tema, ni los cotidianos, ni aquellos inmensos que nos afectan de manera global. Por eso logra moverse con una increíble soltura en el humor costumbrista, en el humor general, en la caricatura política, en la historieta, en la cerámica y la pintura. Mientras que al resto de los caricaturistas cubanos puede criticársenos por el dibujo a algunos, por las ideas a otros o por el facilismo y lo panfletario o por los mensajes difíciles de comprender, Manuel queda libre de ataques, él es esa clase escasa de caricaturista al que todos admiran y al que nadie puede negarle el alcance y la trascendencia de su obra. Él se ha convertido desde hace muchos años en un paradigma para los caricaturistas cubanos. A comienzos de este siglo xxi; Jorge Alberto Piñero (Jape), el actual redactor de la publicación humorística Dedeté, llevó a cabo su proyecto “Los veinte del siglo xx”, una encuesta mediante la cual entrevistó a numerosos humoristas gráficos cubanos, periodistas y conocedores de la caricatura de nuestro país, con la intención de que propusieran a los dibujantes más relevantes del pasado siglo en nuestra Isla. Según los resultados de este trabajo realizado por Jape, Manuel resultó ser el dibujante más votado. Pero ese nivel de reconocimiento no es solo patrimonio de los cubanos, hace muchos años, en otra encuesta realizada por el Museo del Humor de Gabrovo, en Bulgaria, a Manuel también se le consideró entre los cien mejores caricaturistas del mundo. Hoy resulta imposible llegar a su provincia natal sin encontrarle por todas partes, en el Café Manuel, en el taller del Lolo, extendiendo incansablemente sus obras sobre la cerámica, en las paredes de esa ciudad, en las galerías, en la librerías, en el periódico provincial, en la palabra de todos sus amigos y la gente común que le menciona a diario, y es que Manuel se ha ganado un merecido reconocimiento por su obra artística, pero también un amor inmenso de toda la gente que ha estado en contacto con él porque además de ser el gran creador que es, ha sabido ser un gran hombre. Hoy se hace muy difícil hacerlo salir de Matanzas, tal vez solo cuando debe asistir a las sesiones de la Asamblea Nacional se le ve por acá. Uno de esos días apareció en casa sin previo aviso e improvisamos una comida con varios amigos y luego partimos a tomarnos unas cervezas en la Habana Vieja donde en una discusión de política salpicada de alcohol nos dijo “Caballero no le den más vueltas al asunto, Martí no dijo que quería echar su suerte con los ricos ni con los poderosos, dijo: ‘Con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar, y si Martí lo dijo ahí está el quid de la cosa’”. < La Gaceta de Cuba 11 < Dosier-Una línea llamada Manuel Voto por Manuel Vanguardia y cambio de siglo Graziella Pogolotti Adelaida de Juan 12 Dosier / Una línea llamada Manuel H ace varias décadas, coincidí con Manuel en un encuentro de la UNEAC en Matanzas. Fuimos todos a merendar, no me queda claro por qué, en una azotea. Después de reiterarle mi admiración por su obra, le comenté a Manuel que estaba leyendo sobre la visita de Frederika Bremer a Matanzas en el siglo xix. Para mi sorpresa, Manuel se animó a conversar largamente sobre ella y sus dibujos, y, además, me señaló un barrio que se veía desde donde estábamos, asegurándome que por ahí había vivido la pintora. Fue solo un ejemplo de las extrañas sabidurías que atesora nuestro Manuel. Tiempo después, al inicio de lo que eufemísticamente hemos dado en llamar un período especial, y cuando ya no existía el Dedeté, nos encontramos Roberto y yo con Manuel, en el Taller de Cerámica de Varadero. Un tanto extrañados, le preguntamos qué hacía allí. Con esa sonrisa pícara que le ilumina la cara, nos dijo sencillamente “Aquí, en la alternativa”. Y, más tiempo después, cuando me habían convocado para integrar el Jurado que determina anualmente, sobre la base de las nominaciones de distintas instituciones, el Premio Nacional de Artes Plásticas, encontré que Alejandro Alonso, director del Museo de la Cerámica, había propuesto a Manuel. Voté inmediatamente por él, razonando mi voto. Pero no fui secundada. ¿Será que aún persiste la equivocada noción de que el dibujo humorístico no pertenece a las artes plásticas? Porque no puede negársele el derecho y el mérito a quien ha dibujado, como nadie en su época, la esencia y la profundidad de la cubanía. En otro tiempo, yo hubiera votado por Rafael Blanco; hubiera votado por Abela; voté, en su momento, por Nuez. Manuel está en esa línea, la gran línea que nos ha dado obras imborrables que nos hacen sonreír, nos placen y, al mismo tiempo, nos hacen pensar. Mantengo mi voto por Manuel. < L legada la hora, Simone de Beauvoir emprendió una larga reflexión sobre la vejez. Llevó a cabo un recorrido históricoantropológico para dilucidar el papel del anciano en las sociedades primitivas. Hizo un intento por acercarse a la perspectiva subjetiva de personalidades que alcanzaron edad provecta, aunque esta vertiente no logró trascender algunos apuntes descriptivos. El modo de asumir pérdidas y ganancias del tiempo trascurrido corresponde con las expectativas que alguna vez determinaron conductas y valores. Para algunos, la vida constituye carrera hacia el éxito en feria de vanidades. Otros, como ciertos personajes recurrentes en la obra de Flaubert, se dejan arrastrar por falsas ilusiones y conservan, al final, un triste mechón de cabellos grises. Para mí, el tránsito resulta vía de aprendizaje, un ascender a la cima de un volcán, colocarme en ese promontorio y contemplar el paisaje difuso del hoy y el ayer, antes de caer en las fauces sulfurosas que nos esperan. Cargo el peso de la memoria en una contemporaneidad que me empeño en descifrar. En medio de una posmodernidad descalificadora de los grandes relatos, como Penélope, tejo y destejo para encontrar el sentido integrador de los procesos históricos, porque sufrí una trasformación definitiva por un acontecimiento ocurrido en la frontera de un lugar llamado Polonia cuando aún era una niña. Quizás sea por esas razones que la historia y la cultura del siglo xx me obsesionan. Fue una época en que guerras, revoluciones, descubrimientos científicos y tecnológicos, junto a inéditas aventuras en la creación se sucedieron con ritmo trepidante. Los futuristas no se equivocaron al rendir culto a la velocidad. A la sombra de grandes tragedias fue, con todo, una era de optimismo y de extrema confianza en la capacidad humana de tomar el cielo por asalto en todos los órdenes de la vida. A pesar del achicamiento del planeta, no pretendo abarcar un mundo demasiado extenso; aspiro, tan solo, a compartir algunas coordenadas de la isla que me pertenece por libérrima decisión. Desde la reinauguración del Museo Nacional, me acompaña un sentimiento de inconformidad con el trazado histórico de su curaduría. Me refiero a la denominación de “cambio de siglo” aplicada a un conjunto de obras con evidente signo de continuidad. Modo de introducir cierto orden en la información, la división del tiempo en centurias, a la manera racionalista del sistema métrico decimal, es La Gaceta de Cuba 13 un recurso útil para fijar un calendario común partiendo de premisas establecidas por la cultura occidental, mediterránea, greco-latina y judeo-cristiana, para mayor precisión. Los historiadores concuerdan en la existencia de siglos largos y cortos. Muchos coinciden en la extrema brevedad del xx. Tal ha sido, a mi entender, el caso de Cuba. La bandera nacional se izó en el año dos, tránsito del estatuto colonial al neocolonial en un país devastado, con significativo descenso demográfico, desconcertado por la imposición de la Enmienda Platt y desamparado literariamente por la temprana muerte de Casal y Martí, ícono de la independencia, portador de un inmenso legado, todavía desconocido por aquel entonces. No fue tiempo inerte, ninguno lo es. Semejante al trigo, permanece, aparentemente aletargado bajo el manto húmedo y protector de la nieve hasta irrumpir maduro al calor de la primavera. El cambio de siglo se produjo en Cuba en la década del 20. Quedaron atrás el hiato, el escepticismo y la atomización. Aparecía una generación que optaba por mirar hacia adelante, favorecida por la convergencia de factores de diversa naturaleza. Las vacas gordas se derrumbaron. Reaparecía la certidumbre de la inminencia de crisis cíclicas. El panorama social era dramático. Los partidos políticos, fuentes de corrupción y sinecuras, carecían de crédito. Las personas decentes optaban por no ensuciarse las manos. Había llegado la hora de reaccionar. Los distintos sectores buscaban formas de agrupamiento. Así ocurrió con las mujeres, los obreros, los estudiantes. También, de manera sesgada, lo hicieron los intelectuales. La cercana revolución agraria mexicana despertó el interés de todos. Algo similar ocurrió con la más distante Revolución de Octubre. El fermento revitalizador de ideas se multiplicó. De Europa habían llegado los códigos de la renovación artística. La América Latina rediseñaba su perfil y reverdecían sus relaciones dialógicas. Inconforme con una poesía que no lograba desprenderse de las fórmulas modernistas, los jóvenes bohemios del café Martí, cercanos a las redacciones periodísticas, sentían el apremio por conquistar visibilidad para trascender el espacio limitado de una interlocución elitista. Anticonvencionales, rechazaban prejuicios burgueses y falsas jerarquías. Las insatisfacciones artísticas se entrelazaban con el repudio a los males de la República, sentimiento que también gravitó en la conciencia de la generación precedente de la que Boti y Poveda fueron representantes conspicuos, cons14 La Gaceta de Cuba tructores de una isla dentro de una isla mayor. Los nuevos, en cambio, procuraban amplia proyección social, matizada por un espíritu crítico que atravesaba las instancias políticas y culturales de su tiempo. Para lograr estos propósitos, hicieron de la búsqueda de formas de agrupamiento una línea de conducta. Poco importaba la heterogeneidad de los componentes, las rupturas internas a lo largo del camino. Primaba la voluntad de juntar fuerzas, definir posiciones en cada coyuntura y brindar apoyo colectivo a los pronunciamientos de mayor significado. Ante cada conflicto de relieve, actuaban como un clan, al decir de Carpentier. Así, en eslabones sucesivos cristalizó el Grupo Minorista. La aplicación mecánica de un determinismo que absolutiza el factor económico en el análisis de la historia prescindiendo de especificidades culturales y regionales y la consecuente subestimación de la dialéctica que rige el peso relativo de la dimensión objetiva y las subjetividades de distinta naturaleza, ha tenido serias repercusiones en el diseño de la acción política. La crisis de las vacas gordas acrecentó el desempleo y la pobreza en el campo y en la ciudad. Impuso la necesidad apremiante de repensar el país, amplió el debate de ideas y redefinió el papel de los intelectuales. El antinjerencismo antiplattista se estaba trasformando en antimperialismo. Los testigos de la época sintetizan en la voz y en la mirada el poder carismático de Rubén Martínez Villena. En sus años precursores y durante su brevísima acción militante, de sus ojos y de su palabra dimanaba su capacidad convocante de conductor apto para nuclear elementos dispersos. Su presencia entre los poetas bohemios en el tránsito de la Protesta de los Trece al Grupo Minorista tuvo impacto en la conducta y el pensamiento de sus amigos. En términos de actitud ante la vida, el vanguardismo implicó la ruptura radical, a veces pueril, con los códigos dominantes de los lenguajes artísticos. A diferencia de lo sucedido en la Europa de entonces, la Isla necesitaba romper las costras del coloniaje, tumor maligno proliferante en metástasis que afectaba todos los órganos de la nación: la política, la economía, la sociedad, la educación y la cultura. Para comprender la complejidad del fenómeno, había que fortalecer los vasos comunicantes con las ciencias sociales. En el campo de la historia y de la naciente etnología, los escritores y artistas establecieron una relación fecunda con algunos hermanos mayores. Abogado con bufete propio, Emilio Roig entendió la urgencia de conquistar un espacio público mediante el empleo oportuno de los medios de comunicación. Su autoridad intelectual le proporcionaba numerosos interlocutores. El destaque popular de su figura ofrecía un escudo protector ante posibles represalias. Carteles y Social apelaron a públicos diferentes. Además de costumbrista, Emilio Roig siguió la marcha de los acontecimientos con sólidos artículos de opinión. De origen antiplattista, sus estudios históricos se asociaron a un nacionalismo influyente en el clima cultural de la República neocolonial. Bajo el manto del positivismo, los pensadores utilizaron el apego a la observación de los hechos como herramienta eficaz para introducir nuevas aristas en el conocimiento de Cuba. El apego a una eticidad esencial les permitió superar sus propias premisas iniciales empañadas por prejuicios o por posturas ideológicas. Contaminado con el machadismo, Ramiro Guerra influyó con Azúcar y población en las Antillas en el modo de entender la historia. Conocido antes de convertirse en libro, el texto, difundido a través de artículos para el Diario de la Marina, dejó una impronta decisiva en la generación emergente. Desde París, en pleno proceso de escritura de Écue-Yamba-Ó, Alejo Carpentier solicitaba a su madre el envío de un ejemplar de la obra. La contribución sustantiva de la vanguardia a la refundación de la cultura cubana debió mucho a las búsquedas experimentales venidas de Europa, al clima político e ideológico de una América Latina sojuzgada por dictaduras con la mirada puesta en la revolución mexicana, atenta también al devenir de Sandino en Nicaragua, pero encontró su identidad con la contribución de un Ramiro Guerra complementada por la incesante labor de Fernando Ortiz. La honestidad y el rigor investigativo lo llevaron a descubrir la cara oculta de la nación, una realidad viviente subestimada por la obsesión del blanqueamiento heredada del siglo xix. El legado africano permeaba la sociedad y traspasaba las fronteras impuestas por el color de la piel. Penetraba el habla, la danza, la música y, sobre todo, el imaginario popular. El problema de la visión europea no se centra en la introducción de la rueda y en el pensamiento iluminista. Reside en la instauración de un modelo asociado a la idea de progreso que contrapone civilización y barbarie. El tema adquirió visibilidad en tiempos de conformación de nuestras repúblicas. Los criollos optaron por Andrés Bello antes que por Simón Rodríguez, por Sarmiento antes que por el nuestroamericanismo martiano. La polémica tardaría mucho en volver a la superficie. Olvidada entonces, la obra de Fernando Ortiz abrió en la práctica la posibilidad de cortar el nudo gordiano. El cambio se produjo en la cultura, aunque la contradicción subsistió incólume en la sociedad y en la educación, al no poder desatar la poderosa trama de intereses creados. En los barrios seguían calentando los tambores y pudo recuperarse la legitimidad de las comparsas. Manuel Moreno Fraginals afirmó en alguna parte que en la música se expresó primero el proyecto emancipatorio. Considerada su práctica oficio degradante en el siglo xix, los bailadores requerían en los centros de recreación y en los salones más empingorotados la presencia de conjuntos formados por negros y mulatos. Algunos visitantes de otros países se sorprendían ante la sensualidad contrastante con la pacatería generalizada de las damas de la alta sociedad en su manera de bailar. En los conciertos primaba, en cambio, la tradición europea, evidencia de la separación entre alta y baja cultura. Con el oído entrenado en estudio de la obra de Stravinski, la tríada RoldánCaturla-Carpentier aceptó el desafío de integrar ambas tradiciones. Lograron vencer lógicas prevenciones y franquear la puerta entreabierta de unos pocos rituales. Quisieron complementar la aparición de la rítmica con la elaboración de espectáculos danzarios inspirados en el imaginario popular. Faltos de respaldo financiero, La rebambaramba y El milagro de Anaquillé se estrenaron después del triunfo de la Revolución, de la mano del coreógrafo Ramiro Guerra. En una zona de la poesía, el ritmo tomado de la música popular señaló un punto de giro. Antes de llegar a la plenitud de los Motivos del son de Nicolás Guillén, José Z. Tallet se acercó a la rumba. Este poeta, sumido en el silencio después del machadato, es uno de los más singulares personajes de la época. Su obra dispersa tendría que esperar por un libro hasta que Raúl Roa asumiera la Dirección de Cultura durante el gobierno de Carlos Prío Socarrás. Después del Triunfo de la Revolución, los conversacionalistas le rindieron homenaje. Tallet se había situado en el extremo más radical del vanguardismo en el rechazo a las convenciones heredadas. En lo político, ocupó el espacio dejado por su cuñado Rubén. Se enganchó en Atuei, barriendo con las leyes ortográficas de la Academia. Convocó a sus amigos a firmar cuanto manifiesto solidario tomara la defensa de los perseguidos de América. La vanguardia minorista obtuvo en poco tiempo la visibilidad deseada. Tanto fue el éxito en esta empresa que Machado percibió el rumor. Al enfrentar la creciente oposición a la prórroga de poderes un año antes de la celebración en Cuba de la Conferencia Panamericana, desplegó una ofensiva represivo-publicitaria a resultas de una supuesta conspiración comunista. La campaña, con sostenida cobertura de prensa, arrancó en enero del 27. Se dictó orden de detención contra un extenso número de personas: estudiantes de la Universidad Popular “José Martí”, universitarios, minoristas, exiliados venezolanos y peruanos y hasta algún miembro del Club Rotario, además de obreros de San Antonio de los Baños. Martí Casanovas, colaborador de la Revista de Avance y patrocinador de la exposición de arte nuevo, sufrió prisión y fue deportado. Al salir del bufete de Emilio Roig, José Antonio Fernández de Castro y Alejo Carpentier cayeron en la redada. 1927 había comenzado con sombríos presagios. La Revista de Avance aparecía animada por el entusiasmo y la voluntad de hacer. La correspondencia de sus editores revela el tesón de quienes atendían, a la vez, las labores de redacción, se ocupaban de ampliar los contactos con numerosos corresponsales, atendían la distribución y el precio de venta para mantener la precaria contabilidad. Más cautelosos que sus coetáneos situados en el polo más extremo del radicalismo, tomaron el modelo de la Revista de Occidente, fascinados por la prosa seductora de José Ortega y Gasset y deseosos de seguir la tarea de desprovincianizar el país. Respaldaron a los artistas plásticos que tomaban distancia del academicismo, ansiosos por conocer de cerca los aportes de la vanguardia europea asentada en París. Su programa incluía la solidaridad con la independencia de Puerto Rico, con la Nicaragua de Sandino y tomaban nota de los trabajos del peruano Mariátegui. No lo sabían, pero la publicación realizada con tanto esmero, colocada luego en alto sitial por nuestra memoria cultural, entonaba el canto del cisne. La ruptura con Lamar Schweyer por insalvables contradicciones ideológicas preludiaba la dispersión de los fundadores. La política construía un lindero entre caminos bifurcantes. La dictadura de Machado favoreció el repliegue de algunos y el compromiso directo con la oposición coloreada en verde para los abecedarios y en rojo para los antimperialistas más consecuentes. A pesar de sus discrepancias, el grupo de Avance se mantuvo fiel a un proyecto de gran envergadura, decisivo para la refundación de la cultura cubana. Fueron activos participantes en el rescate de la obra de José Martí, ícono de la nación inde- pendiente más por tradición oral que por conocimiento real de un pensamiento disperso en periódicos de todo el continente. No me gusta hablar de raíces. Hundidas en la tierra absorben los nutrientes primarios que ya no son lo que fueron en los días de la conquista, en el siglo xix o en el despertar de la década crítica. Han pasado lluvias y sequías. Las hojas caídas se trasforman en humus revitalizador. Pienso en la savia que recorre el tronco hacia los ramajes florecidos, en la palma enhiesta, en la ceiba solitaria y en la fulgurante sombrilla protectora del flamboyán, eterno retorno de una creación renovada. En la década crítica brotó, irreversible, un cambio centrado en el redescubrimiento de lo que somos. La producción intelectual que terminaba en aquel momento dio a conocer su obra madura en las décadas subsiguientes. Las generaciones definen su perfil en un clima epocal determinado. Confluyen y coexisten en el tiempo con las que habrán de desafiarlos, negarlos en ocasiones, para rescatarlos más tarde. A este modo particular de convivir responde el despliegue artístico y literario de los 40 y 50 del pasado siglo. Los años vividos me otorgan el privilegio de haber conocido en carne y hueso, como seres humanos, en su soledad, en su penuria, a los protagonistas de esta historia antes que sus nombres se congelaran, debidamente etiquetados y clasificados, en manuales y museos. Mi percepción vacila entre el recuerdo sensible y el análisis objetivo. Mientras sigo tecleando en mi renqueante máquina, siento a mi alrededor síntomas de pereza intelectual. No todos callan. Algunos parecen atrapados en un círculo vicioso y otros se acomodan a los recetarios de moda. En esta hora, más que en ningún otro momento, urge repensarnos, romper compartimentos estancos de las disciplinas particulares, apelar a los múltiples modos de abordar presente y pasado, recurriendo siempre a la ética intelectual que garantizó la utilidad inmediata y futura de los textos de Ramiro Guerra y Fernando Ortiz. < La Gaceta de Cuba 15 > Cuento Paisaje con nieve Lázaro Zamora Jo T enía traza de pinguero con aquella ropa, de los que apuntan y banquean. Se pavoneaba ante el espejo de la sala en pose narcisista, tensando los bíceps y enseñando sus dientes conejunos con una sonrisa de autocomplacencia. Por lo visto acababa de inflar sus molleros a golpe de mancuernas y se preparaba a salir para exhibirlos en público, a mariposear seguramente por los alrededores del Palermo, de ser verdad lo que rumoraba la gente. Me vio llegar y disimuló: hizo como si se alisara el pulóver, o si le quitara una basurita. Balbuceó un rápido saludo sin dejar de contemplarse en el espejo y me dijo que entrara, que el Rafa estaba en su cuarto. Gracias, Migue, dije y le di una palmadita en la espalda. Avancé por el pasillo con esa impresión que me invadía en los últimos tiempos cada vez que estaba allí, la de encontrarme en una casa deshabitada –una casa enorme, por cierto, otrora imponente y hermosa, la envidia del barrio– y un tanto fantasmal también: sus moradores, con excepción de Miguelito, parecían espectros, zombis. O no lo parecían, lo eran. Luisa, la madre, había dejado de vivir muchos años atrás, cuando se murió su marido de un infarto, o un poco antes de eso, cuando el marido perdió su encumbrado puesto en no sé cuál ministerio y comenzaron las desgracias. Se dedicó a empastillarse, a pasar la mayor parte del día y de la noche en estado de coma –es decir, de cama–, en otra galaxia, en un universo a mil años luz del nuestro. Durante mis visitas, en esos años de sueño eterno, me topé con ella tres o cuatro veces y no me reconoció. Creo que ni me veía. Mirna, la hermana de Rafa, no llevaba una existencia muy diferente que digamos: vivía encuevada en su cuarto, atontándose toda la noche con telenovelas –y tragando rositas de maíz y chicoticos–, para luego pasarse el día entero durmiendo como un oso hormiguero. Rafa andaba también en otro mundo, pero el suyo, hay que decirlo, era muy distinto, era su laberíntico mundo interior, el de sus meditaciones, los libros y la música clásica. Antes de entrar al cuarto del Rafa, me asomé a la ventana abierta frente a su puerta y observé las casas bajas con techos de tejas al otro lado de la avenida. Allí empezaba Rocafort, el barrio de mi primo Edgar. Pensar en Edgar me hizo dudar nuevamente, volver a preguntarme si el Rafa recibiría bien la noticia, si le vería la parte positiva. ¿Por qué no?, me dije más por deseo que por convicción y decidí entrar. El Rafa estaba parapetado tras un grueso volumen de tapas duras, nada más y nada menos que El mundo como voluntad y representación, de Schopenhauer. ¡Uf, el hombre anda con el filósofo montado!, pensé sospechando que quizás el ambiente no fuera muy propicio para la conversación que deseaba tener con él. De todos modos decidí hablarle 16 Cuento sin rodeos y le dije que quería darle una noticia. Alzó la vista hacia mí con aire ausente. Tenía una barba de varios días, la melena desgreñada, la apariencia de no haberse bañado en meses, las bermudas churrupientas de siempre. En fin, el mismo aspecto de aquellos sujetos zarrapastrosos que buceaban a diario en los contenedores de basura. Colocó el mamotreto de Schopenhauer sobre su regazo y movió el sillón hacia mí. ¡Hace días que no venías, cabrón!, me reprochó tendiéndome la mano y ahí se me cortó el impulso, se me formó un nudo en la garganta. Me unía al Rafa una larga amistad, desde octavo grado. Teníamos unos trece años a la sazón, y ya nos acercábamos a los cuarenta. Del grupo de amigos de entonces, del clan –así lo llamábamos–, solo quedábamos él y yo. Los demás se habían desperdigado por los cuatro puntos cardinales: uno vivía en Ecuador, otro en México, dos en los Estados Unidos, dos en España. Así que no podía ser una situación cómoda para mí. He estado ocupadísimo, le contesté, la vida me lleva aprisa, de problema en problema. El Rafa movió el sillón para cederme el paso. Ignóralos, réstales importancia, me aconsejó como un sabio tibetano y al advertir mi cara de perplejidad añadió: Al fin y al cabo los problemas existen únicamente aquí –se llevó el índice a la cabeza como si se apuntara con un revólver–, nos inventamos no solo los problemas sino la propia realidad. ¡Sí, sí, cómo no!, le dije sin saber si tomarlo en serio o no y fui a sentarme en el borde de la cama. Miré el libraco de Schopenhauer y creí entender de dónde salía la bazofia que rumiaba el Rafa. La vida es un espejismo, puro sueño, prosiguió él deseoso de compartir conmigo lo que había leído. Sin embargo, no estaba ese día para sus sesudeces, de modo que se lo tiré a jarana, le dije que sueño era el que tenía yo, qué coño, que no había podido dormir bien en toda la puñetera noche por culpa de la recholata en casa de la italiana, mi vecina. El Rafa sonrió y se puso a limpiar los cristales de sus espejuelos. Traté entonces de soltarle a qué había venido, mientras más rápido mejor. Rafa, el domingo…, empecé a decirle, pero antes de que pudiera proferir una palabra más –a lo mejor no me habría escuchado–, enfiló el sillón hacia el piano y exclamó: ¡Mira esto, brother, te estaba esperando para que lo oyeras! Los dedos del Rafa comenzaron a golpear las teclas con sorprendente fluidez, difícil de concebir en alguien que nunca ha puesto un pie en un conservatorio ni recibido lecciones de piano. Talento innato, supongo, herencia de la madre, que sí estudió música y fue pianista profesional antes de casarse. Sí, y también dedicación, desde luego, muchas horas empeñado en buscar a oído la nota exacta, en atormentar a sus vecinos, que soportaban mejor a los salseros y raperos nacionales que a Beethoven, Mozart o Saint-Saëns. Aquello se había repetido infinidad de veces desde el descubrimiento de su hobby musical: se aprendía un fragmento y aguardaba a que yo apareciera para hacerme una demostración. ¿Conoces esto, no?, quiso saber Rafa ahora, repentinamente contento, con un contagioso regocijo infantil. Pensé un segundo y le respondí que me era familiar, pero que no recordaba de quién era. Mozart, creo que me dijo, o tal vez Saint-Saëns, no estoy seguro ya, pues hubo un momento en que mencionó a los dos. Nombró una sonata y me pidió que cerrara los ojos y le dijera qué me evocaba, porque también eso formaba parte de la liturgia. Obedecí mientras él volvía a interpretar el fragmento aprendido, traté de imaginar algo poético, una cascada, una manada de búfalos corriendo en cámara lenta por las sabanas africanas, pero mi imaginación no estaba a la altura de las musas del Rafa y terminé embelesado, no sé por qué, con las hermosísimas nalgas de mi vecina italiana, a quien había pillado esa mañana dorándose en hilo dental en la terraza de su casa. No le hablé de eso al Rafa, por supuesto, para no romper la atmósfera poética, sino de los búfalos. ¿Y a ti?, me interesé yo. Las pupilas del Rafa se iluminaron, parecieron sonreír. La nieve, dijo sin dejar de tocar, copos de nieve cayendo despacio en un bosque de abedules o sobre los tejados de una vieja ciudad nórdica. La llegada de Migue deshizo de golpe el paisaje invernal con los copos de nieve, los abedules y hasta con los cuervos que probablemente imaginaba el Rafa. Estábamos de nuevo en el La Gaceta de Cuba 17 Cuento < tórrido trópico, con un desquiciante calor de treintaitrés grados a la sombra por lo menos y un solazo bárbaro en la calle. Se paró en la puerta del cuarto, tieso igual que un maniquí, los músculos contraídos –la costumbre de posar, je–, la risita un poco zonzona, más bien estúpida, el perfume chillón, y le pidió al hermano que le prestara la llave, la suya se le ponía perretuda a veces. Lo miré procurando reconocer en él al muchachito flacucho con cara de bitongo que había sido gran parte de su vida y no lo conseguí. Lo único que quedaba de aquella imagen eran sus dientes de conejo. Cuando se fue, las musas ya no estaban con el Rafa. Se había desvanecido su fervor musical y había adoptado el aire ausente de un rato atrás. Quise aprovechar el momento para dispararle por fin la noticia. Comencé con un rodeo esta vez: le hablé de mi primo Edgar, de sus peripecias en Canadá, de lo bien que le iba por aquellos lares después de haber pasado las de Caín en Europa, y me extendí demasiado en esa parte de la historia sin atreverme a ir al grano. El Rafa me cortó al rato para dedicarle una sarta de elogios a la naturaleza de ese país, a su cultura –habló como si hubiera estado allí, lo cual no era de sorprender, pues desde que había quedado inválido leía de todo, hasta guías de turismo, creo–, nombró sitios que yo jamás había oído mencionar, alabó los bajos índices de criminalidad de sus ciudades, fantaseó un poco sobre la bondad de su gente, y cuando vine a darme cuenta me hablaba de nuestros amigos del clan, diseminados cual judíos por el mundo, y se preguntaba qué sería de la vida del Hobbit, cómo estaría Leticia ahora con eso que ocurría en México… Ya casi no nos escribían: sus mensajes, extensos y frecuentes al principio, se habían vuelto esporádicos y anémicos. A menudo eran solo brevísimos saludos o felicitaciones un tanto impersonales. De modo que lo que sabíamos de ellos –muy poco en realidad– pertenecía fundamentalmente a los primeros años de cada uno en sus respectivos países de residencia. Lo último que habíamos sabido de Fabio, por ejemplo, fue que no le iba bien en Madrid, que le estaba dando a la bebida en la misma costura y seguía trabajando en el chinchalito mierdero de siempre a pesar de su enjundioso currículo académico. De Sanabria las cartas más recientes tenían cerca de tres años: para sorpresa nuestra, había recibido una maestría en cierta universidad de Ecuador –¡él, que había terminado la carrera por los pelos, que no había querido que le mencionaran ni un posgrado ni nada semejante por el resto de su vida!– y hasta amenazaba con convertirse en catedrático. Leticia nos había escrito una sola vez, para contarnos que se había casado con un mexicano y vivía en una pequeña ciudad en el estado de Jalisco, tranquila y bonita, donde no sucede nada, o casi nada, decía, solo algún que otro tiroteo sin importancia, algún secuestro, dos o tres linchamientos por semana, minucias, je, cosas de narcos aburridos. Respecto al Moro y Juan Carlos, nos habíamos enterado de que habían coincidido un tiempo en New Jersey, pero luego tomaron rumbos diferentes: uno hacia San Francisco y el otro hacia New York. Del Hobbit jamás habíamos tenido noticias desde su llegada a España. Virtualmente se había esfumado. Y al Rafa lo obsesionaba ese distanciamiento de nuestros amigos. Habíamos hablado de ello con frecuencia y siempre me decía –en un tono que no mostraba visos de queja sino simple curiosidad– que era un misterio, que no se le podía explicar con esas razones que se esgrimen al tocar el asunto: la falsedad de ciertas amistades, la dificultad de las comunicaciones en ese lado del mundo, el vértigo de la vida en el otro. Y lo dijo también ahora, aseguró que debía de haber algo más, razones ocultas, porque sucedía con todos sin excepción, con los amigos, los hermanos, los hijos, los padres, y lo repitió varias veces con la compulsión de un científico en cuya hipótesis algo no encaja. Yo intenté bromear aludiendo a una mutación, cambios en el 18 Cuento código genético, pero el Rafa me ignoró. Pensativo, con la mirada dirigida a la ventana del pasillo, se puso a especular sobre la posibilidad de que la identidad de cada ser humano dependiera mucho más del entorno de lo que se suponía, de que cambiara más drásticamente bajo el influjo de las circunstancias de lo que se aceptaba. A lo mejor la comida, volví a jaranear yo, o la bebida, la Coca-Cola del olvido, ja. Tampoco esta vez el Rafa me prestó atención. Continuó con su idea como si hablara en voz alta consigo mismo, dijo que en propiedad era igual a lo que le ocurría a la gente con los años, solo que con mayor rapidez, y dicho esto se interrumpió para mirarme con cara de quien ha hecho un gran descubrimiento y exclamó: ¡Es curioso, eh! Luego, rascándose con saña ambas pantorrillas –me di cuenta en ese momento de que tenía las piernas llenas de ñáñaras, como picadas infectadas–, se preguntó qué parte del adolescente que había sido sobrevivía aún en él y enseguida se contestó con visible asombro: ¡Nada, somos dos personas completamente distintas! Me sorprendió aquella coincidencia de ideas entre nosotros –yo acababa de pensar casi lo mismo al ver a Miguelito– y constaté para mis adentros que era cierto, la trasformación del Rafa también era total: el rubio pecoso y todavía imberbe, jaranero y avispado, adicto al futbol y a las jevitas que yo había conocido en la secundaria ni por asomo se asemejaba al Rafa actual. Pensé también en la metamorfosis de Mirna, antes tan alegre, tan sexy con aquellas piernas esbeltas que me recordaban las de Julia Roberts, tan fogosa en la cama –a espaldas del Rafa, ella y yo habíamos tenido en la época del pre una relación informal, puro sexo–, y ahora convertida en una mujer sosa que engordaba por días y renunciaba a todos los placeres de la vida, menos al de comer rositas de maíz y chicoticos y ver telenovelas. Y sospeché que, si ellos habían cambiado tanto y para mal, yo no tenía por qué ser la excepción. Pero no quise analizar mi caso: podría ser deprimente. ¡Es eso quizás lo que ocurre cuando uno cambia de país, de clima, de medio social, remachó el Rafa! Me limité a asentir sin énfasis, para no atizar aquel arrebato oratorio que parecía ser el preludio de una perorata sin fin, de un tedioso discurso científico-filosófico digno de Platón, ¡uf! El Rafa siguió tomándose muy en serio esa idea que exculpaba a nuestros amigos ausentes –resultaba ahora que ninguno de ellos se olvidaba de nosotros por caradura, ¡vaya cosa!, sino por una especie de perturbación de la identidad, comprensible y hasta justificable–, dejó de verla como una conjetura para otorgarle el crédito de una teoría que no resistía cuestionamientos, y se empeñó durante un rato en apuntalarla con ejemplos traídos por los pelos. Yo lo escuchaba cazando sus gestos, procurando averiguar si se burlaba de mí, o si estaría aludiendo con ironía a algo que se me escapaba, ¿acaso a lo que yo quería decirle?, ¿lo sabría ya? No, era difícil que estuviera enterado, aun cuando ese tipo de noticias se regaba por el barrio más rápido que cualquier otra, pues al Rafa nadie lo visitaba ni llamaba ya, excepto yo. ¿Adivinaba mis pensamientos? Confieso que más de una vez tuve esa impresión al hablar con él, pero aquel día no, no me pasaba por la mente. Me lancé a rebatirle su opinión, le dije que no todo el mundo se comportaba de esa forma, que mi primo Edgar, por ejemplo, no se había olvidado de mí y siempre estaba dispuesto a ayudarme. El Rafa no consideró que el ejemplo echara abajo sus argumentos. Una golondrina no hace verano, sentenció y volvió a mirar a la ventana, al cielo abrasador de la tarde como si buscara allí a la solitaria golondrina del refrán, para luego recordar que todavía a Edgar le faltaba vencer la prueba del tiempo. Repliqué que había gente que no cambiaba aunque viviera veinte años en Japón sin ver a los suyos –realmente no me sentía muy convencido de ello– y le aseguré que yo sería una de esas personas si estuviera en tal situación. Por primera vez el Rafa abandonó su expresión de serena curiosidad para observarme divertido, con una mueca socarrona que terminó en risotada. Me inquietó aquella explosiva hilaridad, muy extraña en él, o, para decirlo con mayor exactitud, muy extraña en Rafa 2, el que había sobrevivido al accidente, el de los últimos veinte años, pues el anterior, el de la época de estudiante, había sido un jodedor de primera. Un momento después había regresado al piano y se entregaba de nuevo a su sonata. ¿Cuántas veces la habría tocado ese día? Supuse que Luisa y Mirna tendrían taponeados los oídos, de lo contrario habrían saltado de su limbo para pedirle que tocara otra melodía. Pero al Rafa no parecía importarle eso. Entrecerraba los párpados para concentrarse mejor, para inspirarse, y sonreía. ¿Estaría contemplando la nieve? Lo imité, entorné los míos y quise imaginar en ese orden una nevada, un bosque, una vieja ciudad de casas bajas y calles adoquinadas. Sin embargo, tampoco en esa oportunidad mi imaginación consiguió levantar vuelo: las imágenes fulguraban un segundo en mi mente y se escurrían de inmediato hacia asuntos más terrenales. No era ya el hermoso culo de la italiana lo que las alejaba, no, sino otra cosa: acababa de caer en la cuenta de que para el domingo no faltaba mucho –mediaban solo cinco días– y que aún no había llegado el dinero prometido por Edgar para la muda de ropa y un maletín decente. El Rafa sospechó que yo andaba muy lejos de su paisaje nevado y detuvo la música para preguntarme si de verdad no veía la nieve. Le dije que no comprendía por qué tenía yo que ver lo mismo que él. Convino en que no teníamos por qué coincidir, que no era eso lo importante, incluso no era importante lo que uno veía, sino lo que sentía, pero de todos modos le resultaba curioso saber lo que cada melodía me inspiraba. Luego citó a Proust, me soltó una larga parrafada sobre sus opiniones en esa materia –algo sobre los cien universos que cada obra musical es o que cada autor ve, no me quedó claro, lo que hubiera podido ser la comunicación a través de la música de no haberse inventado las palabras– y habló de aquella sonata de Vinteuil que tanto había obsesionado al personaje de su saga. Por suerte llegó la hora de las pastillas –el Rafa llevaba un tratamiento contra la alergia causante de su rasquera– y fui a buscárselas a la cocina. El deterioro era allí más visible que en el resto de la casa: afloraban las cabillas en el techo, los azulejos estaban agrietados y sucios, las persianas habían perdido buena parte de las tablillas. Y para acentuar el aire de abandono, gruesas telarañas colgaban de cada rincón cual lianas en un bosque. Aquello se asemejaba a un sitio olvidado, al palacio de la Bella Durmiente después de muchos años de sueño. Nada que ver con el lugar siempre aséptico y radiante de antaño donde habíamos merendado a menudo, donde en más de una ocasión habíamos celebrado el cumpleaños del Rafa con golosinas exquisitas y donde Mirna me había iniciado en el arte del sexo con una felación inolvidable –muy profesional, dicho sea de paso– y otras osadías. A propósito de Mirna, mientras salía yo de la cocina con las pastillas del Rafa, tuve la impresión de que atravesaba la sala. Para ser sincero, fue solo una sombra lo que creí distinguir con el rabillo del ojo, pero tenía que ser Mirna, por la rapidez con que cruzó. Hola, dije dos veces y no hubo respuesta. Cuando regresé al cuarto, encontré al Rafa empecinado aún en sostener una charla de altura, culta, inteligente, como las que muy pocas veces había conseguido conmigo. Se tomó las pastillas y siguió hablando de Proust y de música. Pero, al ver que hablar conmigo de Proust era tiempo perdido, regresó a Schopenhauer. Abrió de nuevo el libro –se me pareció en ese momento a un monje mendicante, a un anacoreta, a uno de aquellos filósofos cínicos que vivían en la pobreza por voluntad propia, ¡qué masoquistas!– y me leyó un párrafo que no entendí. Luego se dedicó durante buen rato a explicarme conceptos e ideas de Schopenhauer que eran para mí igual que si me hablaran en copto o arameo, que si trataran de explicarme las ecuaciones de la relatividad o de la teoría cuántica. Apartó por fin el libro y me confesó que le interesaban de Schopenhauer sus coincidencias con el budismo y el hinduismo –el Rafa era adicto a todo lo que oliera a filosofía y religión oriental–, sus ideas sobre el arte, lo que decía de la intuición y el razonamiento. Pero hay una cosa que no comparto con él, ¿sabes?, dijo de pronto mirándome a los ojos. ¿Qué cosa?, quise saber yo por pura educación, sin el menor deseo de que siguiera con su monserga filosófica. Según Schopenhauer el hombre es siempre el mismo desde su nacimiento hasta la muerte, respondió él, es esclavo de su carácter, y no es así, todo cambia, absolutamente todo, incluso el carácter de la gente, como decía Proust. Las palabras del Rafa mantenían en apariencia un tono tranquilo, pero yo comenzaba a notarles un dejo de queja, de inconformidad. Pensé otra vez en la brusca trasformación que habían experimentado su vida y su carácter desde el accidente y me entró una pena tremenda y se me quitaron las ganas de darle la noticia. Para no caer en sentimentalismos a esa hora, me lancé a buscar un tema de conversación más agradable y empecé a hablarle de mujeres –uno de los temas preferidos de Rafa 1–, de las hembritas que habíamos ligado en la secundaria y en el pre, de lo requetebuenas que estaban fulana y mengana, de aquella lagartija reflaca que se le había encarnado de mala manera en décimo grado y lo llamaba por teléfono a toda hora. El Rafa me oyó hablar sin mostrar entusiasmo, como si el pasado fuera cosa muerta para él, pero cuando le conté lo de la italiana, cuando le describí la impudicia con que se había acostado a dorarse en la terraza, sin ajustador, con un hilo dental que era un descaro, algo de Rafa 1 despertó en él y la cara le cambió por completo, los ojos le brillaron, una sonrisa morbosa se instaló en sus labios y creo que hasta tuvo una erección, je. A partir de allí no cesó de reír ni de jaranear, igual que en los buenos tiempos, incluso se animó a hacerme una confesión insólita: había estado con Claudia, una de mis conquistas del pre, después de que ella y yo termináramos la relación, claro. No me lo había dicho nunca para no disgustarme, pero había pasado bastante ya, ¿no? Y añadió con una sonrisa malévola –¿le daría gracia acaso?– que era el único secreto que me había guardado en tantos años de amistad. ¡Ah, so cabrón!, le espeté propinándole un golpecito con el puño y sentí una mezcla de asombro y perplejidad. Sí y también un poco de roña, pues yo había hecho el ridículo al querer reconquistar a Claudia tiempo después y porque jamás ella me había permitido ir más allá de los besos, ni tocarle una tetica siquiera, ¡del carajo! ¿Habría llegado más lejos el Rafa? En un impulso malsano, me pregunté si debía reciprocar su sinceridad confesándole mi único secreto hacia él, diciéndole que me había acostado con su querida hermanita muchas veces, ¡muchísimas! Pero me atajé a tiempo, porque una confesión de esa naturaleza sería harina de otro costal, no me lo perdonaría, lo conozco, y porque a fin de cuentas, bien mirado el asunto, no había nada reprochable en lo que había hecho. Sonreí también, libre ya de enojo, y aproveché aquel momento de buen ánimo del Rafa para despedirme. Quería recordarlo así, risueño, jodedor, gatillo alegre, igual que antes. Le di un abrazo, tal vez demasiado efusivo, y me fui de prisa preguntándome si yo también me empinaría la Coca-Cola del olvido algún día, como los demás, como todos, si llegaría a ser tan mal amigo que dejaría de escribirle. Pero cuando recorría el último tramo del pasillo, invadido aún por el escandaloso perfume dejado por Miguelito, escuché al Rafa de nuevo en el piano, las notas de la dichosa sonata de Saint-Saëns, o de quien fuera, y tuve que detenerme. Entonces miré por la ventana que se alzaba a mi lado y, ahora sí, vi la nieve, copiosa, blanquísima. Caía lentamente, casi ingrávida, sobre los tejados de Rocafort. < La Gaceta de Cuba 19 El Diccionario de obras cubanas de ensayo y crítica, segunda entrega Cuando el Instituto de Literatura y Lingüística anunció la publicación del primer volumen del Diccionario de obras cubanas de ensayo y crítica1 todavía no confiábamos del todo en poder llevar a cabo la tarea que nos habíamos impuesto. El ensayo y la crítica no gozan hoy (no han gozado nunca) de similar atención que el cuento, la poesía o el teatro, y a menudo se olvida, se ignora o menosprecia su grado de intervención en la creación de un canon, en la fundación y el mantenimiento de una tradición literaria tanto como su necesaria vitalidad para la mejor pervivencia de la creación en otros ámbitos. Pero los cubanos, dicen algunos, no estamos hechos para la discusión; sí para la charlatanería. Por eso muchos se mofan de quienes cultivamos la crítica o el ensayo y hubo, por supuesto, quien tildó la publicación de este libro de empresa inútil. Vaya tarea, ocuparse de pensar, cuando vivir es tan sabroso… nos repetían. ¿A quién puede interesarle un proyecto como ese?, ¿para qué?, ¿para que 20 La Gaceta de Cuba los estudiantes copien y los ignorantes puedan darse un ligero barniz cultural? No tenía sentido. Bueno, para nosotros sí lo tiene. Hay gente para la cual pensar todavía es importante, y no por eso evitamos la vida con su goce y sus males. Y siempre valdrá la pena compartir con alguien la huella del pensamiento literario y cultural en la forja de un modo de ser y de entender el mundo que solemos postular y enarbolar como propio. A explorar ese magma, su huella en la literatura cubana, se dedica nuestro Diccionario. La idea de hacerlo surgió hace casi una década, mientras proyectábamos colectivamente cómo celebrar los cuatro siglos de literatura cubana. Trabajamos primero en un diccionario de obras y personajes de la literatura cubana –que dirigió Virgilio López Lemus y debe estar a punto de aparecer bajo el sello Letras Cubanas– y luego, con un equipo más reducido, le hicimos frente a la redacción del Diccionario de obras cubanas de ensayo y crítica, de cuyo segundo tomo, en proceso de edición, se ofrece aquí un adelanto. Si el primero incluía cien artículos sobre igual número de obras, este segundo tiene más de ciento setenta entradas. Evidentemente, en la República creció la labor crítica y ensayística con respecto a la etapa colonial. Por esos años, además del progreso y el asentamiento de saberes, la situación política estimuló muchísimo la discusión sobre literatura. La sed de cambio de Boti y Poveda a principios de siglo; la protesta de los minoristas; la discusión sobre el meridiano intelectual; la asunción del legado nuestramericano de Martí; la trasculturación pensada por Ortiz; el enaltecimiento de lo negro llevado a cabo, entre otros, por Fernández de Castro o Nicolás Guillén; las polémicas sobre cómo entender la literatura y su utilidad práctica, si la tuviera, o sobre la necesidad del compromiso (que Portuondo llamara “heroísmo intelectual”) dominaron las discusiones de esos años, cuando también floreció una práctica de investigación fundamental para indagaciones posteriores claves (Chacón y Calvo, Poncet, Marinello, Medardo Vitier). El pasado de la nación, la imaginación de su futuro, se discernían a menudo en una seria disputa sobre métodos de análisis o estilos de escritura. Lo comprueba también el variopinto registro de aquel primer tomo –donde serios estudios críticos conviven con bromas literarias–, merecedor de elogiosas reseñas.2 Apenas bocetos, aquellos retratos privados, ya en compañía, dibujaban la foto colectiva del proceso de formación del campo literario cubano desde la aparición de los primeros textos normativos en el Papel Periódico de la Havana hasta 1898, complementados además por las ediciones localizadas de cada obra y una breve bibliografía pasiva. Algo similar pretendemos ofrecer ahora con el segundo tomo del Diccionario, mucho más voluminoso (tanto, que deberá salir en dos volúmenes por manes de la imprenta cubana, cuya tradición traiciona sin sonrojo su presente conducta empresarial). Como dije en la presentación de aquella primera entrega, no tenemos noticia de proyectos similares en el ámbito hispanoamericano ni aun en otros y, aunque desconfiamos del alcance de nuestra información (cuesta dudar de la tradición filológica francesa, por ejemplo), tampoco hemos sabido de algo semejante en otras lenguas. Siempre mucho más privilegiado que la crítica, del ensayo se editan compilaciones y antologías; pero hay poca crítica sobre el género. Por eso, elegir cuáles obras reseñar en nuestro Diccionario nos llevó largas sesiones de discusión. Creemos, sin embargo, que la selección es lo bastante amplia y relevante como para ilustrar la vida viva de aquellas contribuciones en su ámbito y su hora. Como recordaba en aquel primer tomo: “Optamos por el análisis casuístico de los textos a la hora de decidir su inclusión, pues la experiencia nos demostró que para cada decisión, ante cada regla recién creada, aparecían varias excepciones y se nos planteaban nuevos problemas y desacuerdos que debimos resolver sobre la marcha. Este inventario –decía entonces– es fruto de esa tensión entre posibilidad y ejecución práctica”. Y lo mismo ocurre con el segundo tomo, dedicado al lapso temporal 1901-1958. Aquí también compartirán lugar nuestras reseñas de textos notables por su influencia, su calidad literaria, su condición de referentes epocales o aquellos, menos importantes, que contribuyeron a darle un perfil propio al campo literario cubano. En su reseña del primer tomo, que aprovecho para agradecer aquí públicamente –lo mismo que la atenta lectura de Rigoberto Rodríguez Entenza–, Jesús David Curbelo comentaba la dificultad de “unificar en un proyecto diversos estilos y líneas de investigación y ofrecer a los lectores un conjunto de artículos sobre buena parte de los textos capitales del ensayo y la crítica cubanos del siglo xix, en los cuales se anteponen los principios a las personalidades y se sostiene un modo similar de abordar y comentar el contenido sin traicionar los intereses particulares de cada investigador”. Ese ha sido, pudiera decirse, nuestro mayor reto. ¿Cómo reseñar cada obra de modo que el diccionario mostrara cierta unidad, incluso estilística, sin anular del todo los gestos de escritura de los participantes? Cada quien, por otra parte, tiene sus preferencias, y en ocasiones debimos comentar textos poco atractivos, cuyas cualidades formales o conceptuales distaban mucho de nuestros intereses, pero, una vez puestos a la labor, descubríamos de repente un sentido inadvertido o una conexión hasta entonces oculta con los debates en curso en su época y, puedo dar fe de ello en nombre de todos, terminábamos disfrutando el trabajo. La tradición cubana, tan necesaria siempre, resulta menos inaccesible una vez que se dispone de ese registro amplio y comentado de obras sobresalientes. Sin embargo, como notaba Curbelo, quedaron fuera algunas obras de innegable significación, y algunas hubieran podido estar –como sus recomendadas “Heredia, Plácido y Avellaneda”, de Rafael Montoro, y Vidas de poetas cubanos, de Pedro José Guiteras–, y otras que, aun habiendo tenido amplia influencia, pertenecen a otros campos: la economía, la política o La Gaceta de Cuba 21 la historiografía. Estas últimas, aunque se filtraran alguna vez en textos sobre la cultura o la literatura,3 no han sido –no podían serlo– documentadas por nosotros en este Diccionario. Confío en que nuestros colegas de otras disciplinas emprendan una labor semejante, y puedo afirmar que ha sido tarea grata, aunque muy compleja, no solo en términos profesionales, sino también humanos. Sin embargo, podría decir sin temor a traicionar a mis compañeros de labor que en este proyecto todos salimos ganando. En los comienzos, la mayoría solo tenía escasas o ninguna referencia de los textos menos conocidos y tuvimos que bucear en muchas obras panorámicas y publicaciones periódicas para encontrar menciones de interés o polémicas casi olvidadas. Como comentaba en la nota de presentación del Diccionario: Establecer cuáles textos incluir a partir de la pesquisa en viejos periódicos, revistas y libros, algunos verdaderas rarezas bibliográficas, y releer sin descanso a quienes exploraron esos mundos antes que nosotros ha sido un trabajo arduo, pero muy placentero. No solo porque descubrimos enlaces y coincidencias entre algunos autores, constantes en el pensamiento de una época, o batallas –a veces subterráneas, otras desembozadas– por imponer estilos e ideologías, sino también porque nos permitió abrigarnos día a día en la obra de quienes inauguraron el camino, aquellos que no se dejaron vencer por las circunstancias adversas, por la incultura del medio, por la bilis más o menos corrosiva de sus enemigos: el ejemplo de todos nos sirve hoy para seguir trabajando, inspirados en que Cuba lo merece ahora tanto como entonces y en que esta dedicación y este esfuerzo serán parte de nuestro legado a las generaciones futuras. También la dedicación y el esfuerzo de quienes nos precedieron, su pasión, sus trucos y estrategias para defender, muchas veces en un medio hostil, ideas renovadoras, están aquí. Este primer tomo del diccionario puede leerse como el registro de las huellas de una cultura en pleno crecimiento, de sus adelantos y retrasos.4 Una de las virtudes de llevar a término semejante faena es que, como deja saber la cita precedente, se pierde la vergüenza. En el proceso hemos ganado confianza en la labor crítica, hecho a un lado cualquier duda acerca de la utilidad de nuestra investigación –alentada por algunos criticastros–, hemos soñado con servir a Cuba haciendo lo que mejor sabemos hacer, aprendido de nuestros antecesores que solo la voluntad y el trabajo consiguen frutos, y agradecido los gestos de apoyo que tanto necesitábamos para perseverar: el consejo generoso de admirados intelectuales mucho más sabios que nosotros, las reseñas de Curbelo y Rodríguez Entenza, esta invitación de La Gaceta. Los artículos que reunimos en este avance del segundo tomo del Diccionario de obras cubanas de ensayo y crítica fueron redactados por Zaida Capote Cruz (Z.C.C.), Antonio Cardentey Levin (A.C.L.), Cira Romero (C.R.), Cristhian Frías Rangel (C.F.R.), Marta Lesmes Albis (M.L.A.), Pablo Argüelles Acosta (P.A.A.), Raiza Rodríguez Domínguez (R.R.D.), Arianna Rodríguez Domínguez (A.R.D.) y Roberto Rodríguez Reyes (R.R.R.). Este tomo se halla en estos momentos 22 La Gaceta de Cuba en proceso de edición por Ediciones Unión, a cuya dirección agradezco asimismo el compromiso con el destino de un libro como este. Espero que la lectura de esta brevísima selección resulte en nuevos alientos para dar por terminado el tercer tomo (1959 hasta el presente) ya casi a punto, pero aún en ciernes, como suele ocurrir con trabajos de este tipo, que cuesta dar por terminados. Doy ahora, sin embargo, por terminada esta presentación, que se suponía breve y se ha extendido más de la cuenta. < Zaida Capote Cruz 1 Instituto de Literatura y Lingüística “José Antonio Portuondo y Valdor”: Diccionario de obras cubanas de ensayo y crítica, La Habana, Ed. Unión, 2013, 335 p. 2 Jesús David Curbelo: “Viaje a la(s) semilla(s)”, La Gaceta de Cuba, La Habana, enerofebrero 2014, p. 38-40, y Rigoberto Rodríguez Entenza: “Una lectura sostenida de las obras cubanas de ensayo y crítica del siglo xix cubano”, La Letra del Escriba, La Habana, n. 130, noviembre 2014, p. 14. 3 Pienso por ejemplo en “Literatura. ¿Es opuesta la gloria del escritor a la remuneración del trabajo literario?” (1847), de Manuel Costales y Govantes, y, de Ramón de Palma, “De la literatura considerada como un medio de industria” (1838) en el t. i, o, en el t. ii, “El insoluble problema del intelectual”, de Juan Marinello (1927) y “Un comentario a La zafra, de Agustín Acosta”, de Julio Antonio Mella, publicado póstumamente en 1934. 4 Tomo i, ob. cit., p. 5-6. Ensayar la crítica; criticar el ensayo “Alrededores de una antología” (1952) Reseña de José Lezama Lima (1910-1976) en defensa de Cincuenta años de poesía cubana (1902-1952), de Cintio Vitier. Apareció en la sección “Señales”, de Orígenes. Aunque la respuesta crítica a la antología de Vitier fue amplísima –opinaron, entre otros, Ángel Augier, Emilio Ballagas, Salvador Bueno, Julio Ángel Carreras, Ricardo Gullón, Félix Lizaso, Rafael Marquina, Carlos Rafael Rodríguez y Loló de la Torriente–, el título parece espejear el de “Alrededor de una antología”, comentario de Rafael Enrique Marrero publicado en Mañana el 17 de agosto de ese año; presunción comprobable en el airado tono de Lezama. En el citado comentario, entre otras lindezas, se condenaba “la mala intención del coleccionista”, sus “gustos y preferencias escolásticos, […] amiguismos y condescendencias de intereses creados” y se mencionaba incluso cómo Batista había ordenado imprimir un apéndice para incluir a “uno de sus poetas favoritos, el doctor Andrés de Piedra-Bueno”. Lezama, sin citar nombres, la emprende contra los críticos descontentos, a quienes injuria de mil modos; “quejosos barbados de encefalitis letárgica”, “contumaces letargíricos” se le antojan quienes no alcanzan a reco- nocer la valía de la selección emprendida por Vitier. Alude a Diez poetas cubanos como antecedente digno de encomio y atención, preparador de esa “súmula” que pretende “participar en el proceso creador de la nación”, afán revelado, por ejemplo, en su inclusión de jóvenes poetas. Defiende el comentarista el derecho del antólogo a ejercer su juicio personal, y define el grupo Orígenes como “un estado de concurrencia” donde la coincidencia no ha sido nunca obligatoria, al tiempo que explica cómo el impulso principal de sus miembros había sido, siempre, “que toda obra nuestra debería tender a ser un producto universal, y no mostrada con fingidos localismos de humildad y pintarrajeos”. Cita, en defensa de Vitier y de Orígenes, las alabanzas de Octavio Paz, Vicente Aleixandre e incluso Alejo Carpentier –“para que vuestro resentimiento muerda ya en definitiva la almohada caliente”– y se entrega a disertar acerca de los propósitos del grupo y de sus hallazgos, tanto en su poder de convocar a creadores contemporáneos de todo el mundo, como en su definición del “concepto de la imago como una fuerza tan creadora como la semilla”. Entregado ya a la defensa de la poética origenista, equipara la metáfora con la metamorfosis, la imagen que desdeña la claridad que ella misma crea para volver a la oscuridad previa, saboreándola como cosa suya. La diatriba inicial da pie a una argumentación extensa no solo a favor de la labor antológica de Vitier, sino La Gaceta de Cuba 23 de la poética de Orígenes y de su visión de lo localista y folclórico como desdeñable. Lezama se vale del argumento inicial para exponer su propio ideario estético y defender, así, la preeminencia de Orígenes en la tradición intelectual cubana. (Z.C.C.) Lezama Lima, José, “Alrededores de una antología”, Orígenes. La Habana, a. ix, n. 31, 1952, p. 63-68.|| “Señales. Alrededores de una antología”, en José Lezama Lima, Imagen y posibilidad. Selección y prólogo Ciro Bianchi Ross, La Habana, Ed. Letras Cubanas, 1981, p. 171-179. Arcos, Jorge Luis, “Los ensayistas del Grupo Orígenes: Lezama Lima, Vitier y García Marruz”, en Instituto de Literatura y Lingüística “José Antonio Portuondo Valdor”, Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, Historia de la literatura cubana. Tomo II. La literatura cubana entre 1899 y 1958. La República, La Habana, Ed. Letras Cubanas, 2003, p. 702.|| Ballagas, Emilio, “De las antologías”, Diario de la Marina, La Habana, a. 120, n. 177; julio 25, 1952, p. 4.|| Carreras, Julio Ángel, “Poetas olvidados”, Mañana, La Habana, 2ª época, n. 200, agosto 24, 1952, p. 2.|| Gullón, Ricardo, “Vivan las antologías”, Cuadernos Hispanoamericanos, Madrid, n. 36, diciembre, 1952, p. 284-285.|| Rodríguez, Carlos Rafael, “La opinión de Carlos Rafael Rodríguez”, La Última Hora, La Habana, a. 2, n. 33, septiembre 18, 1953, p. 4. “Apunte sobre el ritmo poético (Al margen de un folleto de Boti)” (1928) Artículo de Rubén Martínez Villena (1899-1934) a propósito de la salida en folleto de “Tres temas sobre la nueva poesía”*, de Regino E. Boti. Le concede “todas las excelencias: prosa impecable, plan y desarrollo perfectos y riguroso análisis investigador. Sus conclusiones son preciosas”. Defensor de la libertad en métrica y rima, Villena coincide con Boti en la esencialidad indeclinable del ritmo, y expone sus propias convicciones acerca de la necesidad de romper moldes arcaicos, a fin de ilustrar en esa verdad a “aquellos que más necesitan conocerla y respetarla, nuestros cultivadores de la poesía de vanguardia”. Sorprende tal aceptación explícita de su labor propagandística y la intención declarada de formar a los poetas en el gusto por lo nuevo. El pretexto didáctico se realizará en las secciones posteriores, referidas a la musicalidad, el ritmo verbal, la relación entre prosa y verso y el ritmo poético, res24 La Gaceta de Cuba pectivamente, para arribar a una conclusión que es más una advertencia, o, como él mismo admite, “una aclaración final: no somos opuestos a la liberación del verso, aunque sí nos resulta inadmisible la arritmia poética o la poesía arrítmica […]. El metrolibrismo es una conquista poética dentro de la cual, usando el verso blanco o sin rima, hay campo ilimitado. Pero el ritmo-librismo, amigos vanguardistas… es una conquista muy vieja: es la prosa misma, a la cual es inútil presentar disfrazada tipográfica y temáticamente como verso”. La renovación poética posmodernista, precursora de la vanguardia, trajo aparejado el estudio de las formas y la exploración de los límites y fronteras del verso; por tanto, era frecuente el entusiasmo por lo nuevo en la crítica ejercida por los poetas. El mismo Boti había publicado, a propósito de Liberación, de Juan Marinello, su reflexión sobre “La nueva poesía en Cuba”*, y el empeño compartido afloraba en un diálogo permanente entre los poetas y sus textos. Martínez Villena, sin embargo, avista los peligros que la libertad absoluta puede traer a la poesía, convirtiéndola en prosa. El verso, explica, nació con la música, y renunciar a esa “cualidad de origen” le haría perder “su personalidad misma como ente de belleza” y, puesto que la métrica no es la única fuente de ritmo sino también la acentuación, si se desecha una debe conservarse la otra, so pena de sacrificar la esencia del verso. Tal consecución del ritmo por la acentuación se demuestra con versos de Darío. La vuelta al ritmo interno del verso, emancipado ya de la opresión de las formas métricas tradicionales no es, a su juicio, otra cosa que la vuelta al origen: a la irrenunciable necesidad del ritmo poético, con cuyo análisis Villena esclarecerá la necesidad de un “pie rítmico” repetido, en combinaciones disímiles, en una especie de métrica interior inexpresada por la “consonancia ni la tipografía versal”. Para exponer otro elemento indispensable a “los vanguardistas antimartianos del patio”, la puntuación; invoca “Sueño con claustros de mármol…”, en un reconocimiento pleno de la necesidad de leer e imitar a los clásicos antes de intentar la experimentación, a riesgo de que esta resulte completamente huera. Concluye Villena la irreductible necesidad del ritmo, pues evitarlo no hace más libre la poesía, sino que la reduce y mata. Flotan en esta disquisición dos problemas de gran relieve en la época: la discusión acerca de la especificidad poética y los límites de la renovación, si debía tenerlos. Martínez Villena entra plenamente en la discusión y advierte los escollos y los retos, indicando la perentoriedad de un élan poético incluso en la poesía más inno- vadora. Su preocupación por la forma, por la sobrevivencia de lo poético específico, sorprende en el intelectual comunista que, decidido a enfrentar otras luchas, poco antes declaraba en su célebre polémica con Jorge Mañach: “Yo destrozo mis versos, los desprecio, los regalo, los olvido: me interesan tanto como a la mayor parte de nuestros escritores interesa la justicia social”, y lo mismo resulta inesperada tanta preocupación por la pervivencia y cultivo de lo original poético. La reflexión sobre los problemas de la creación acompañó estrechamente cada experimento de los poetas enfrascados en propiciar un cambio de sensibilidad; este texto, junto con aquellos debidos a Boti y Poveda, expresa aquel desvelo cuya solución habrá de encontrarse en el desempeño poético, más que en las argumentaciones teóricas, de esos creadores. (Z.C.C.) Martínez Villena, Rubén, “Apunte sobre el ritmo poético (Al margen de un folleto de Boti)”, Excelsior, La Habana, a. 1, n. 171, octubre 6, 1928, p. 5.|| El Nuevo Mundo, edición dominical de El Mundo, La Habana, a. II, n. LXXI, abril, 6, 1941, s.p.|| En Órbita de Rubén Martínez Villena, esbozo biográfico de Raúl Roa, selección y nota final de Roberto Fernández Retamar, La Habana, Ed. Unión (Órbita), 1964, p. 142-148.|| “Apunte sobre el ritmo poético. Al margen de un folleto de Regino Boti”, en Poesía y prosa, “Una semilla en un surco de fuego”, por Raúl Roa, La Habana, Ed. Letras Cubanas, 1978, t. i, p. 309-315. López Lemus, Virgilio, “El ensayo y la crítica marxistas en su primer momento: Mella, Martínez Villena, Foncueva. El ensayo y la crítica marxistas en su desarrollo posterior: Roa, Augier, Portuondo, M. Aguirre y C. R. Rodríguez”, en Instituto de Literatura y Lingüística “José Antonio Portuondo Valdor”. Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, Historia de la literatura cubana. t. ii. La literatura cubana entre 1899 y 1958. La República, La Habana, Ed. Letras Cubanas, 2003, p. 680-681. “El arcano de cierta poesía nueva. Carta abierta al poeta José Lezama Lima” (1949) Artículo de Jorge Mañach (1898-1961) publicado en Bohemia a propósito de La fijeza, de Lezama, y de El hogar y el olvido, de Cintio Vitier. Mañach acusa recibo de ambos y del reproche que percibe en la dedicatoria del primero: “Para el Dr. Jorge Mañach, a quien Orígenes desearía ver más cerca de su trabajo poético –con la admiración de José Lezama Lima”. Mañach justifica servirse de una carta abierta como gesto de franqueza y sinceridad, faltas a la crítica al uso y, al tiempo que alaba la labor de Orígenes, se declara ajeno a su modo de entender lo literario. Para explicarse, hace un poco de historia, refiriendo cómo sus correligionarios de Avance exaltaron la poesía pura, lo ininteligible, y aborrecieron lo representativo, lo descriptivo; sin embargo, confiesa, haber añorado cierto orden, y alguna belleza, por esa sed de “profundidad y claridad” que no lograba saciar la experimentación vanguardista. Su renuencia a conceder nada a quienes no cultivan su línea estética es precisamente, dice Mañach, la que lleva a Lezama a reprocharle su silencio crítico. A su vez, él podría recriminar a los miembros de Orígenes por desconocer la paternidad de la generación previa, la del propio Mañach, en sus gestos actuales. Sin embargo, el centro de su invectiva contra la poesía origenista proviene de su probada “incapacidad de fruición” al leerla. Cita del propio libro de Lezama para afirmar: “no entiendo ni la gramática siquiera” y concluye sobre la poesía de Orígenes, “la admiro a trechos; pero no la entiendo”. A esa “limitación” –como la llama– suya, opone, sin embargo, cierta “extralimitación de ustedes”, unos “excesos de expresión sibilina, en que el poeta se queda ya casi solo con su misterio”. Su lenguaje hermético, solo para entendidos, para poetas de la propia “capilla”, le parece negador de la razón misma de la poesía: la “expresión, en símbolos inteligibles, de la más honda experiencia humana” y el responsable último del aislamiento de los poetas de Orígenes. Consumiéndose en un ensimismamiento frustrante, esa poesía le resulta a Mañach totalmente negada a la interpretación y al disfrute y, no sin ironía (la misma que recorre todo el artículo de principio a fin), termina solicitando a Lezama una explicación de la poética de Orígenes, pero, cuidado, una explicación que se entienda. Así, dice, “le agradecería que nos ilustrase a todos un poco en un lenguaje que podamos entender –y digo esto, con perdón, porque demasiado a menudo ocurre que al tratar de explicarnos estas cosas resulta que la explicación necesita a su vez ser explicada”. La despedida misma retoma el asunto (y el choteo): aquel amigo “que le admira muy sinceramente más por lo que le adivina que por lo que le entiende” merecía una respuesta demoledora, no había posibilidad de evitarlo, y Lezama aceptó el reto y contestó enseguida. Su “Respuesta y nuevas interrogaciones. Carta abierta a Jorge Mañach”*, defiende el derecho de los origenistas a la singularidad sin conceder a la crítica o a los lectores soberanía alguna sobre sus obras. (Z.C.C.) Mañach, Jorge, “El arcano de cierta poesía nueva. Carta abierta al poeta José Lezama Lima”, Bohemia, La Habana, a. 41, n. 39, septiembre 25, 1949, p. 78 y 90.|| En Martí, Jorge L., El periodismo literario de Jorge Mañach, San Juan, Editorial University, 1977, p. 221-227.|| Revista de la Biblioteca Nacional José Martí. La Habana, a. 92, n. 1-2, enero-junio, 2001, p. 97-103. Cairo, Ana, “La polémica Mañach- Lezama-VitierOrtega”, Revista de la Biblioteca Nacional José Martí, La Habana, a. 92, n. 1-2, enero-junio, 2001, p. 91-130.|| Lezama Lima, José, “Respuesta y nuevas interrogaciones. Carta abierta a Jorge Mañach”, Bohemia, La Habana, a. 41, n. 40, octubre 2, 1949, p. 77.|| Mañach, Jorge, “Reacciones a un diálogo literario (Algo más sobre poesía vieja y nueva)”, Bohemia, La Habana, a. 41, n. 41, octubre 16, 1949, p. 63 y 107.|| “Final sobre la comunicación poética”, Bohemia, La Habana, a. 41, n. 42, octubre 23, 1949, p. 56 y 112.|| “Breve réplica a Cintio Vitier”, Diario de la Marina, La Habana, octubre 28, 1949.|| Ortega, Luis, “Una generación que se rinde”, Prensa libre, La Habana, n. 2 444, octubre 2, 1948, p. 1 y 3.|| Uribe, Marcelo, “Introducción”, en Orígenes. Edición facsimilar, México-Madrid, Ediciones del Equilibrista/ Turner Libros, 1989, t. i, p. xlix-lvi.|| Vitier, Cintio, “Jorge Mañach y nuestra poesía”, Diario de la Marina, La Habana, octubre 26, 1949, p. 4.|| “Jorge Mañach y nuestra poesía II”, Diario de la Marina, La Habana, octubre 30, 1949, p. 34. Los contemporáneos (Ensayos sobre literatura cubana del siglo) (1921) Ensayo crítico de Alberto Lamar Schweyer (1902-1942), con una exposición sumamente crítica y polémica de la situación de la poesía cubana en las dos primeras décadas de la República, desde el origen y desarrollo del modernismo hasta la emergencia de las corrientes vanguardistas. Ese tema general es abordado en el capítulo introductorio “La evolución modernista”, para volcarse a continuación en el análisis de las figuras que él considera, a la sazón, puntales de la lírica nacional: Agustín Acosta, Sergio La Villa, Gustavo Sánchez Galarraga, Miguel Galliano Cancio, Federico de Ibarzábal y Paulino G. Báez, a cada uno de los cuales dedica un capítulo. Para Lamar, Darío no fue realmente un escritor original sino un epígono en español del francés Jean Moréas, de ahí que sitúe el origen del Modernismo en Francia, faro estético de Europa en opinión del autor, y tanto, que una vez más la lengua castellana sucumbe a la influencia cultural gala. En breve recorrido por los países hispanoamericanos, menciona los principales exponentes de dicha orientación literaria, la cual no constituye una escuela, comenta Lamar, sino más bien la confluencia de varias: el decadentismo, el simbolismo, el parnasianismo y la escuela romana. Al referirse al arte social en oposición al individualismo, alude al surgimiento de los diversos ismos artístico-literarios, sobre todo a raíz de la Primera Guerra Mundial, cuya impronta en el cambio de sensibilidad estética trae a colación. En cuanto a Cuba, afirma que en aquel momento no había un gran poeta de amplia popularidad, ni prevalecía una forma determinada pese a la existencia de varios bardos valiosos quienes, sin embargo, carecían de sentido artístico por tender al efectismo. En consecuencia, conmina a los poetas a explorar los nuevos senderos de la cultura contemporánea, exigente de otro paradigma, de una trasformación radical para transitar de la complejidad a la sencillez demandada por el público, es decir, para retornar a la naturaleza, a sus estadios primigenios. Critica varias veces la exaltación recurrente del dolor, la angustia o la melancolía; los autores comentados se distinguen justamente, a los ojos de Lamar, por su capacidad de trascender el pesimismo reinante con autenticidad. En este sentido generaliza: “la mayoría de los poetas que nacen en las islas son intensamente tristes”, y asegura que dicha tristeza es mayor en Cuba que en otras partes del mundo, lo cual cree contradictorio, pues las condiciones físico-geográficas cubanas deberían suscitar un sentimiento contrario; sin embargo, los poetas insulares aspiran a conocer nuevos horizontes que no se limiten al paisaje habitual circunscrito por el mar y, en consecuencia, conciben y poetizan la insularidad como drama; juicio este que podría constituir un antecedente de la posterior visión existencialista de Virgilio Piñera en su antológico La isla en peso. El ensayista define la más alta cuestión teleológica de los grandes hombres: proyectar su talento más allá de sí mismos, o sea, en función de las problemáticas de su tiempo, de su patria, embelleciendo la vida de los demás. Para ello reclama La Gaceta de Cuba 25 sinceridad al trasmitir la emoción como elemento central de la vida; en otras palabras: la emoción está en la poesía y debe ser genuina si se quiere lograr versos que muevan las fibras de los lectores, como en el caso “raro” de Sergio La Villa, por ejemplo, que lograra trascender el dolor por él experimentado, o Agustín Acosta, quien pudo sustraerse de ese dolor preponderante del cual –aduce una y otra vez– es preciso huir. Siguiendo la concepción moderna del equilibrio entre la sinceridad del sentimiento y la belleza de la expresión, preceptúa Lamar que la poesía debe ser agradable tanto en su forma como en su contenido, sin términos medios, pues solo existen buenos o malos versos. El verdadero poeta, opina, discurre ajeno a toda escuela “porque el sentimiento, que es la verdadera poesía, no puede seguir rumbos ya trazados”, y ejemplifica con Galliano. De hecho, el modernismo propicia, a su modo de ver, que rimadores carentes de imaginación se autotitulen poetas; mientras aquellos “entretienen”, estos “cautivan”. Propone a los poetas cubanos aprender de sus homólogos franceses cómo bruñir sus versos, saber crecer, evolucionar, si realmente poseen un temperamento lírico capaz de convertirlos en espíritus enérgicos. Al hacerse menos íntima la poesía, explica Lamar, la emoción ha dejado de ser personal para adquirir visos sociales. La mayoría de los poetas en Cuba no ha asimilado del todo esa esencia de la contemporaneidad y apenas algunos casos aislados, como Ibarzábal y Báez, han podido interpretar sabiamente la poesía moderna. Este último incluso ha generado debate, algo a su juicio muy llamativo, dada la usual apatía ante el arte del contexto nacional. Finalmente, Lamar avizora una revolución espiritual entre los poetas cubanos de la nueva hornada –cuyos puntos de referencia han de ser D’Annunzio (neopaganismo) y Maeterlinck (misticismo)–, de modo que devendrán guías de la lírica en América Latina al liberarse de las ataduras del derrotismo moderno: “hay que ser optimistas”, concluye. Algunas ideas de Lamar resultan en verdad muy controversiales, como aquella donde formula la adecuación del gusto de los autores al gusto del público, lo cual desdice del sentido de evolución tan añorado. Sus predicciones hiperbólicas en cuanto a la trascendencia de los poetas estudiados resultaron casi siempre erróneas, pues solo algunos de los atendidos ocupan un sitial de honor en nuestro canon poético, mientras otros, imprescindibles en el proceso de renovación lírica de principios del siglo xx como Regino Boti y José Manuel Poveda, fueron 26 La Gaceta de Cuba totalmente ignorados. Si bien adoleció de errores de perspectiva al trazar las rutas futuras de la poesía cubana y, por otro lado, debió esmerarse más en su prosa, es justo admitir que, analizando tanto los méritos como los excesos e insuficiencias de la poesía de sus contemporáneos, Lamar nos lega una obra inquietante y una atendible muestra del alto sentido de la responsabilidad social de la crítica cubana. (A.C.L.) Lamar Schweyer, Alberto, Los contemporáneos (Ensayos sobre literatura cubana del siglo), La Habana, Imprenta “Los Rayos x”, 1921, 119 p. Valdés de la Paz, Osvaldo, “Los Contemporáneos (Libro de crítica sobre poetas cubanos, por Alberto Lamar Schweyer)”, La Nación, La Habana, a. vi, n. 1644, julio 4, 1921, p. 2. “Cuba y la literatura” (1955) Conferencia de Virgilio Piñera (19121979) leída en mayo de 1952 en Buenos Aires en un acto organizado por Jorge Luis Borges. Fue la conferencia inaugural –ofrecida el 27 de febrero de 1955 en los salones del Lyceum y Lawn Tennis Club– de la Sociedad de Conferencias de la revista Ciclón, proyecto que, al parecer, no llegó a prosperar. Apareció en la sección “Barómetro” de esa publicación. Desde las primeras frases adopta un tono marcadamente pesimista; con su proverbial claridad expositiva y no obstante declarar “No quiero ser sentencioso”, sus valoraciones denotan ese rasgo, latente también en otros ensayos suyos como “Ballagas en persona”* y “Gertrudis Gómez de Avellaneda: revisión de su poesía”*. Aunque objeta el título elegido, pues “es todo lo feo que puede ser un título feo”, considera que “expresa la verdadera relación que existe entre mi país y la literatura”. Sentada esa convicción, intenta demostrar sus puntos de vista valiéndose de un par de entes de ficción: un escritor siempre discrepante de su oponente y un profesor, personificación de un manual de literatura cubana, el cual, dice, “está a mil leguas de la verdad”. La voz del escritor, visiblemente cercana a la suya, argumenta la inexistencia de la realidad a la que alude tal apelativo, pues él mismo “sufre la peor de todas las muertes: la muerte civil [la de quien] no tiene una verdadera literatura que lo respalde” y sufre “porque todo se conjura para de- mostrarme que estoy muy lejos de ser un escritor” y porque ese profesor “es incapaz de demostrarme si soy un triste loco o un magnífico escritor”. Niega que exista una literatura en Cuba “porque no veo en parte alguna ese áureo entrelazado que forman los escritores que nos precedieron en su sólida gloria, las voces de universal reconocimiento, el verdadero vivir literario con sus paraísos y sus infiernos”. Y subraya: “No, señor profesor, tomado en rigor no existe por el momento literatura cubana […], o sí existe, pero… solo en los manuales”, donde solo se anotan nombres y aún peor, los nombres de quienes escriben para figurar en ellos y sentirse hommes de lettres. Declara nula la relación entre la literatura y Cuba y, a manera de ejemplo, subraya la inexistencia en la isla de “un solo novelista capital, presente o pasado”. De “fatum” califica la literatura nacional, que ha carecido, al contrario de otras, como la francesa o la italiana, de momentos de “aceleración” marcados por obras capitales como la Divina comedia, que sellara, además, el surgimiento de una lengua propia. Por el contrario, Cuba va “en una discreta marcha tortugal”, con “poetas medianos, prosistas medianos, dramaturgos medianos”. Observa que el escritor del patio –aludiendo quizás a Lezama– “cada vez se arrellana en su trono de la divinidad” y se hace “misterio”, pero no aquel que impulsa a un autor a crear una gran obra, sino el “misterio” de no poder acompañar a un amigo a tomar una simple taza de café. Así se crea un mito inexistente, como ocurrió con la Revista de Avance, cuyos redactores, con el tiempo, “han devenido políticos, profesores, periodistas, o libretistas radiales”; y aunque reconoce que sus “intenciones fueron plausibles”, no lograron gran cosa por carecer de pensamiento propio y escribir artificiosamente. Arremete también contra la falta de una “crítica inteligente” y la copiosidad de otra complaciente, cuyo fin se reduce a evitar enemistades. Cifra sus esperanzas en “nuestra generación”, a la que “le ha tocado esa pauta en que se experimenta la necesidad de dar un paso al frente para eludir definitivamente la confusa postura del que acabando de despertar no sabe si sueña todavía o está de verdad frente a las cosas de este mundo”. Texto valedero en la mayoría de sus consideraciones, a pesar de la tabula rasa con que enfrenta el fenómeno literario cubano, peca quizás de cierta ingenua ambición al considerar a su propia generación capaz de llevar a cabo el vuelco reclamado. (C.R.) Piñera, Virgilio, “Cuba y la literatura”, Ciclón, La Habana, a. 1, n. 2, marzo, 1955, p. 51-55. Anderson, Thomas F., Everything in its place. The life and works of Virgilio Piñera, Lewisburg, Bucknell University Press, 2006, p. 64. “El fruto después de las vísperas” (1956) Artículo sobre la poesía de Cintio Vitier publicado por Antón Arrufat (1935) en Ciclón. Con categórica vehemencia y la arbitraria presunción de predecir las intenciones del poeta (“Vitier intenta abandonar todo preciosismo” y “entregarnos […] una actitud vital, una posición fenomenológica”), Arrufat manifiesta mordazmente cómo no siempre corresponde el anhelo al efecto alcanzado. Determinado por esa conclusión a priori, el texto indaga las posibles causas de semejante fracaso literario: saber poético banal, ausencia de emoción y de una eficaz comprensión de la filosofía como vivencia lírica, “incorrecciones en la rima”, pobreza de lenguaje. Siguiendo los juicios de Bergson (“creación es, ante todo, emoción”), el autor le reprocha su imposibilidad de convertir sus lecturas filosóficas en sustancia poética. “Todo en Vitier –dice– es método” y, presume, hay siempre en su literatura una desaparición de la verdadera personalidad, un poético carácter impostado que busca los modos de hacer poesía “desde una posición deliberada, teórica”, sin conseguirlo. Referidos a su poemario Canto llano, tales juicios se extienden a toda la poesía de Vitier, pues el crítico declara que la aparición de Vísperas, una recopilación poética editada unos años antes, motivó esta “nota”. Aunque elogia la ensayística de Vitier, ese volumen evidencia, dice el comentarista, un escaso sentido crítico y una infructuosa trayectoria poética (solo rescata “Palabras del hijo pródigo”). Impresionista y sumamente polémico, este artículo revela una pugna generacional y estética: Arrufat entiende la poesía desde una perspectiva vital que niega los libros de Vitier y desautoriza su poética por no “extraer su sustancia de la sensibilidad, sino de lo estudiado y leído”. La desmesura crítica de este comentario ofrece un útil testimonio para la comprensión del conflicto entre Orígenes y Ciclón y las discrepancias, no solo estéticas, entre ambos grupos, y remite a la perspectiva vitalista con que Piñera enfrentara también a Vitier en su memorable “Ballagas en persona”*. Del mismo modo, anuncia las posiciones de rechazo a la cosmovisión de Orígenes, sobrevivientes en Lunes de Revolución y perceptibles, por ejemplo, en las críticas dedicadas allí a Lo cubano en la poesía*. Esta muestra de la incipiente labor crítica de Arrufat exhibe el arrojo crítico típico de Ciclón. (C.F.R.) Arrufat, Antón, “El fruto después de las vísperas”, Ciclón, La Habana, vol. 2, n. 3, mayo, 1956, p. 53-55. “Llamamiento a la juventud” (1913) Documento redactado y firmado por José Manuel Poveda (1888-1926), suscrito además por Regino E. Boti, Alberto Giraudy, Fernando Torralva, Luis Vázquez de Cuberos, Luis Felipe Rodríguez, Armando Leyva, Miguel Galliano Cancio, Juan Jerez Villarreal, Pascual Guerrero y Juan F. Sariol. Apareció en El Cubano Libre, de Santiago de Cuba. Aunque acusa cierto carácter programático en torno a la necesidad de ir en pos de nuevos rumbos en la poesía, –llega a afirmar: “La hora actual es […] una aurora”–, no añade postulados teóricos de consideración a sus dos comunicaciones anteriores: “Palabras, a los efusivos”* y “Pequeño raconteur literario. El manifiesto de los modernistas”*; y aunque Poveda anunciaba en “El manifiesto…” que este “Llamamiento…” sería la más notoria declaración de principios de su promoción –la llamada posmodernista– Alberto Rocasolano le otorga primacía a aquel documento. Las palabras de Poveda, de tono más esperanzador aquí, insisten en la metáfora auroral: “El camino está abierto. No solo por el esfuerzo personal, por la abnegación de unos pocos, por la decisión revolucionaria de un grupo, sino principalmente por virtud del espíritu de la época, de la evolución natural del pensamiento patrio […] Sobre las alturas soñadas, irrumpen los nuevos soles”. Como testimonio de que “la luz está en todas las almas”, Poveda reclama un sitio para “el divino Julián del Casal” al cumplirse veinte años de su muerte e incita, al considerarlo el verdadero guía de la nueva generación, a recordarlo no solamente con conferencias, actos públicos y veladas, sino con un gesto ingenuamente simbólico: erigir en Santiago de Cuba un busto –en otro lugar habla de un monumento– a la memoria de quien fuera, a un tiempo, innovador, iniciador y precursor, con el concurso de “todos los elementos intelectuales de la sociedad cubana, sin distingos de ninguna especie, ya que se trata de una obra reparatoria, de un bello y justo homenaje al augusto poeta que, gigantesco como un dios en el Pretérito, puede guiar los pasos de la juventud actual con la eficacia de un maestro”. En la noticia “El homenaje a Julián del Casal. Extraordinaria actividad en los círculos literarios”, aparecida en El Cubano Libre el 18 de junio de 1913, referiría Poveda cómo fue “admirable la respuesta al llamamiento de los poetas orientales” y enumera las publicaciones donde fue reproducido, entre ellas Letras, El Triunfo y Bohemia, de La Habana, Yucayo y El Moderado, de Matanzas, La Correspondencia, de Cienfuegos, Orto, de Manzanillo y La Razón, de Holguín, entre otras citadas. Consistente con su afán de recolocar la poesía cubana en el lugar merecido y anhelado, este “Llamamiento…”, aunque no alcanza el rango de proyecto estético de otros textos de Poveda, sí participa de la voluntad unificadora y de la ambición meliorativa que animaran sus gestos más frecuentes, en el páramo poético de esos primeros años del siglo xx. (C.R.) Poveda, José Manuel, “Llamamiento a la juventud”, El Cubano Libre, Santiago de Cuba, a. 19, n. 151, junio 3, 1913, p. [2].|| En Prosa, compilación, prólogo y notas de Alberto Rocasolano, La Habana, Ed. Letras Cubanas, Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba, 1981, t. ii, p. 101-102. Rocasolano, Alberto, “Estudio preliminar”, en José Manuel Poveda, Obra poética. Edición crítica, selección, prólogo y notas de Alberto Rocasolano, La Habana, Ed. Letras Cubanas, 1988, p. 27-28. La más fermosa (historia de un soneto) (1917) Compilación que documenta, con prólogo y notas de José Manuel Carbonell (1880-1968), la polémica en torno a la autenticidad del célebre soneto de Enrique Hernández Miyares escrito en el Senado el 28 de marzo de 1903, poco después de que Manuel Sanguily pronunciara su discurso contra la aprobación del Tratado de Reciprocidad Comercial con los Estados Unidos, una de cuyas frases incorporó Hernández Miyares a su poema. Dicho discurso inicia el volumen, seguido del pronunciado por Antonio Sánchez de Bustamante a favor del convenio. A continuación –de la autoría La Gaceta de Cuba 27 de Crisóstomo, seudónimo del propio Hernández Miyares– un comentario que había aparecido, junto al poema, en El Mundo. Luego una nota firmada por Ruy Díaz, seudónimo del español Enrique Corzo y Príncipe, publicada por el Diario de la Marina, que atribuye el texto, sin más referencias, a su coterráneo Francisco Rodríguez Marín, acusando de plagio a Hernández Miyares, algo que le había reprochado antes José Iñigo Romero. Agravios y apologías, publicados antes y después del establecimiento de la autenticidad del texto, se alternan en estas páginas, que incluyen además notas, crónicas y artículos periodísticos y hasta pequeñas piezas dramáticas. Figuran también juicios de Hernán de Enríquez, del propio José Manuel Carbonell, José Iñigo Romero, Jesús Castellanos, Manuel Márquez Sterling, Eduardo Ferrer Picabia, Eduardo Varela Zequeira, Pedro Guiral Alemany, César Cancio, Rafael P. Conte, Mario Muñoz Bustamante, José María Collantes, Fermín Valdés Domínguez y el Conde Kostia, entre otros de los involucrados en el debate, que habían visto la luz en las páginas de La Discusión, El Comercio, El Fígaro, La Lucha, y Azul y Rojo. Una vez demostrada la falsedad de la impugnación, Hernández Miyares fue públicamente desagraviado mediante lo que se conoce como el Banquete de “La más fermosa”. La compilación se acompaña de fotos, facsímiles del original y un “Apéndice” con cartas de apoyo a Hernández Miyares. De nulo fundamento literario, esta polémica ilustra el cariz político que menudeaba en nuestra historia literaria, dada la rivalidad que entre cubanos y españoles persistía aún en las primeras décadas del siglo xx, cuando ya España había perdido su hegemonía sobre la isla. (M.L.A.) Carbonell, José Manuel, La más fermosa (historia de un soneto), compilación, prólogo y notas por José Manuel Carbonell, La Habana, Imprenta El Siglo xx, 1917, 384 p. Carbonell, José Manuel, “Prólogo”, en La más fermosa (historia de un soneto), La Habana, Imprenta El Siglo xx, 1917, p. 5-10.|| Henríquez Ureña, Max, Panorama histórico de la literatura cubana (1492-1952), La Habana, Edición Revolucionaria, 1967, t. II, p. 204. “Notas para un libro sobre Cervantes” (1949) Reseña de Fina García Marruz (1923) aparecida en Orígenes en el último nú28 La Gaceta de Cuba mero de 1949, aunque ostente 1950 como fecha de su escritura. A propósito de Un hombre a través de su obra: Miguel de Cervantes y Saavedra*, de Mirta Aguirre, alaba García Marruz “la sobriedad de su estilo […], la rigurosa ordenación de la materia hacia su implacable tesis y […] su seria documentación”. Tras establecer su vínculo con otras exploraciones del cervantismo en Cuba, elogia como características de la crítica hispanoamericana cierta mesura y vocación de servicio y alude a las diferentes (e incluso opuestas) interpretaciones del Quijote para recurrir entonces al centro de su argumentación: a Cervantes no debe buscársele “a través de su obra”, sino en su estilo. El autor comparte muy poco con su personaje: “es −dice García Marruz− lo contrario del Quijote. La obra del Quijote es la de un loco iluso, la de Cervantes la de un cuerdo desengañado”. Tampoco tiene mucho en común con España, por eso supo expresarla tan bien; con aquella “lejanía melancólica, una ironía que es como una especie de amor indulgente”, clave de su capacidad para entender y expresar a España mejor que nadie. Entonces introduce, así, la diferencia entre la obra de tesis y la obra de arte y de cómo a su juicio en la confusión de una con otra está el primer error del libro, pues Cervantes “ve las cosas como ellas no se ven a sí mismas. Va al fondo común de lo humano, a su margen de imprevisible misterio. Por eso no tiene parte en el fanatismo que mide al hombre por sus ideas y sopla toda guerra”, y aunque concede a Aguirre la certeza de su mirada al descubrir en Quijote a un “héroe individualista” y ver cómo Sancho lo sigue más por nobleza que por cordura, le parece más digna de atención la agudeza cervantina para ver “las máscaras del hombre”. Con su estilo, inagotable precisamente por su excesiva claridad, Cervantes nunca se muestra, hay una distancia entre el hombre y la obra cuya negación por el libro de Mirta Aguirre le parece a García Marruz el gran yerro inicial de su tesis, pues pareciera aquella haber olvidado “la naturaleza misma del acto creador”. La infinitud de la poesía, su misterio, no es otro que “el misterio de la encarnación, misterio cristiano por excelencia, del verbo que se hace carne”, con lo cual está afirmando la imposibilidad de interpretar cabalmente la novela de Cervantes en tanto obra de arte, si se entiende que lo perdurable es su mensaje ideológico y no su forma. Para García Marruz, “un mensaje elevado puede dar lugar a una obra mediocre. Pero un sentimiento puro de la belleza puede y tiene siempre fuerzas para descender a cualquier mensaje y sal- varlo para el arte”; la permanencia de la novela estaría, por tanto, en ese “algo no sucesivo, no histórico” que es su misterio, su cualidad de arte. Pedirle al poeta que escriba poesía social sería solicitarle pensamiento en lugar de arte; pero la poesía, en tanto arte, es variable y múltiple, y carece de función o sentido únicos. Si Cervantes hace crítica, no se trata de crítica social, si habla veladamente, no es, como afirma Mirta Aguirre, por temor a la Iglesia, sino “una característica constante de su estilo”. Cervantes no es un “reformador doctrinario”, dice García Marruz, aludiendo seguramente a la imagen que ella misma elegiría para describir a la autora cuyo libro reseña; la clave de su humor es el exceso, no la crítica, y la de su realismo, no el retrato de la realidad, sino “el salto imprevisto que da toda realidad hacia un imposible”. Si el Cid, héroe popular, se opone al Quijote es precisamente porque el héroe cervantino no tiene un propósito, cualquier reto sirve a su desmesura, a su “sed eterna”, no lo mueve la injusticia, sino la necesidad de llenar el vacío de su alma; por eso sus metas son inmensas e imposibles, no solo difíciles, como las del Campeador. Su batalla es eterna, no episódica. Aunque reconoce en la prosa de la ensayista una tensión mantenida y un estilo eficaz, García Marruz le reprocha su incapacidad para despojarse del lente de la historia y palpar lo esencial del espíritu. Su interpretación de Sancho como promesa del futuro, como encarnación del pueblo, también le parece errada, y lo mismo la percepción de una “aurora” social en el final de la novela, asaz melancólico, que la propia Aguirre comparara con “un crepúsculo”; allí “Don Quijote vuelve de la historia, va a su alma”, una solución “cristiana” a los ojos de la comentarista, porque “lo cristiano es partir de la persona, creer en la salvación personal, no en la salvación social. […] La revolución social va a los efectos, la renovación cristiana a las causas, o a lo que es más profundo que las causas, el origen”. La lección cervantina, de todos modos, no le parece legible en términos históricos, materialistas, sino solo presente “en ese margen de misterio que todo fanatismo tiende a borrar” y gracias al cual escapa Cervantes de hacer un realismo mecánico, que hubiera sido “lo único triste de veras”. Esa “zona del alma” cuya existencia Mirta Aguirre ignora en su libro, que “en otros aspectos nos ha enseñado y conmovido tanto”, dice su lectora, “es el sitio eterno”. La belleza estilística de la valoración de Fina García Marruz no alcanza a sofocar la intención peleadora de su lectura, su apasionada oposición a la interpretación social de la obra cervantina y al llamado a la acción colectiva para cambiar el curso de la historia. Esta reseña testimonia otro de los escenarios de la vivísima polémica entre los intelectuales cubanos acerca del modo mejor para lidiar con el destino histórico de la nación, perceptible en las lecturas divergentes propuestas en otros textos previos y posteriores como El heroísmo intelectual*, de José Antonio Portuondo, Martí, escritor americano*, de Juan Marinello o Lo cubano en la poesía*, de Cintio Vitier. (Z.C.C.) García Marruz, Fina, “Notas para un libro sobre Cervantes”, Orígenes, La Habana, a. vi, n. 24, invierno, 1949, p. 41-52.|| En Del donoso y grande escrutinio del cervantismo en Cuba, a cargo de José Antonio Baujín, Julián Ramil, Haydée Arango y Leonardo Sarría, “De la cabalgata cervantina por los caminos de la cultura cubana”, por José Antonio Baujín, La Habana, Ed. Letras Cubanas, 2005, p. 791805. Aguirre, Mirta, Palabras en Juan Cristóbal, La Habana, Imprenta El Siglo XX, 1940, 61 p. El pan de los muertos (1958) Colección de ensayos de Enrique Labrador Ruiz (1902-1991) dedicados a diferentes personalidades literarias y artísticas ya fallecidas, con la mayoría de las cuales había tenido una relación de amistad o cierta cercanía personal: “Deteniéndome cerca de estos amigos que duermen para siempre, o que vigilan, ¡quién sabe!, a fin de alimentarles con el único pan que aceptan los muertos, el recuerdo, pongo también paz en mi alma deudora de bienes”. En las treintaicuatro semblanzas de título homónimo o alusivo a la personalidad tratada el autor combina sus recuerdos personales con la etopeya y la exégesis de las obras respectivas. La mitad de los ensayos se ocupa de personajes cubanos, respecto de los cuales mediaba, casi siempre, un conocimiento más o menos cercano. Los consagrados a autores foráneos suceden a estos y entre ellos se encuentran homenajes a personalidades con las que Labrador no había tenido vínculo personal directo como Miguel Hernández, Alfonsina Storni o Walt Whitman. Si bien la mayoría de las figuras tienen un vínculo con las letras (poetas como José Manuel Poveda, narradores como Luis Felipe Rodríguez o Miguel de Marcos, periodistas como Mi- guel Ángel de la Torre, críticos como Guy Pérez Cisneros o José Antonio Fernández de Castro, por solo mencionar algunos ejemplos cubanos), también trata sobre algunos artistas (Fidelio Ponce, Carlos Enríquez o Rafael Moreno) o destaca actividades no vinculadas directamente con sus carreras artísticas (de Marco Fidel Suárez, que fuera presidente de Colombia, resalta su ejecutoria política, si bien fija la atención en su posterior labor periodística: “voy a decir el no frecuente caso de un gobernante americano que al abandonar el Poder escribe cientos de páginas magníficas”). El tono dominante, prevaleciente ante una eventual censura, es el del elogio, muchas veces teñido de conmiseración por la suerte fatal de la muerte, experimentada no en su repercusión pública, sino desde la intimidad o la admiración personal. Los lazos de amistad, el vínculo privilegiado con un autor o su obra, la confesa intención encomiástica, se expresan en un discurso crítico marcadamente impresionista, atento a una particular coyuntura biográfica y a la excepcionalidad de cada legado, sin recurrir a categorías o taxonomías estéticas al uso ni referirse a tendencias históricas o corrientes artísticas. Lo más cercano a un método crítico en estos textos, impuesto quizás por la búsqueda tácita de una coherencia dramática en el discurso, lo constituye la frecuente homogenización sicológica e intelectual del personaje histórico analizado y el sujeto autor de sus obras en una única cosmovisión; una conformidad espiritual (y no una evidente correspondencia positiva) supuesta en la unidad de la persona y avalada a veces por el conocimiento directo. Fundado así el criterio, Labrador puede llegar a sostenerlo frente a visiones tradicionales de la crítica sobre un autor: “Ese criollo que era siempre Luis Felipe Rodríguez, cazurro un tanto, tenía gran interés que no se le escapase el criollo total, mezcla de vanidoso e inocentón, que él sabía por dónde y cómo andaba. Lo fijó con buenos trazos, y el que viera en eso sátira, vio poco y mal”. Tal cercanía entre el individuo y su obra suele ser intensa en los casos en que la afinidad o la admiración intelectual es mayor, notable en aquellos ensayos dedicados a figuras con las cuales no medió una relación personal (aunque es frecuente que aluda a alguna anécdota biográfica a partir de una tercera voz, fuente de unidad estilística o dramática entre los ensayos) y cuya inclusión en el volumen no la justifica una necesidad de correspondencia directamente personal; así, dice de Miguel Hernández: “se llevó a la tumba el secreto de su alma henchi- do como estaba de poesía independiente, jarifa y solitaria; poesía de poderosa galvanización, extraña y sin pareja, porque este volcán no pudo tolerar códigos ni cerrojos preceptistas, convencionales, de este o del otro mundo beligerante”. En ocasiones, a pesar de la dominante atención a las particularidades del tema tratado, Labrador se permite una cita o elabora un criterio estético de valor más o menos trascendente: “La prosa es un cristal de transparencia nítida: cuando ese cristal se veta de la menos insólita efimeridad bruscamente se viene abajo. El gran fin de la prosa es cohonestar los complejos amasijos del alma y de la carne literarios”. A menudo sus caracterizaciones consiguen momentos de notable penetración crítica en pasajes de gran carga tropológica: “Y pintó a Martí en la yema de un deseo, azulenco, terebrante, como quien mira por el brocal de un pozo la imagen que no se ha de recobrar”, dice de Carlos Enríquez; o de Fidelio Ponce: “La poesía del amargo existir sí que es de la buena escuela eterna y él sorbió en esas linfas sus buenos buches de infinito”. Sobre todo en los acercamientos a las figuras nacionales es posible encontrar caracterizaciones de algún momento del devenir cultural o artístico, como cuando evalúa, rememorando un diálogo con Armando Leyva, la novelística de principios del siglo xx: “Lo que pasó con esa novelística de comienzos de la República no es difícil [de] comprender; la guerra todavía con sus resplandores de fondo, la paz sin sosiego, todo confuso, y una hebra de romanticismo palúdico atragantando el puro discurrir del asunto”. Si bien el libro no se autoriza en criterios trascendentes, ni establece explícitamente un credo estético personal, este se sospecha parcialmente en la elección que las semblanzas suponen, y, con total vigencia, en la agudeza y la calidad del estilo de Labrador, y queda inscrito en la lengua que maneja, en su reescritura crítica de la obra y en la personalidad de los autores comentados. (P.A.A.) Labrador Ruiz, Enrique, El pan de los muertos, La Habana, Universidad Central de las Villas, Departamento de Relaciones Culturales, 1958, 226 p.|| Miami, Ediciones Universal (Clásicos Cubanos), 1988, 226 p. Arrufat, Antón, “Saldo de una editorial”, Lunes de Revolución, La Habana, n. 64, junio 20, 1960, p. 20-21.|| Iduarte, Andrés, “[Reseña de El pan de los muertos]”, Revista Hispánica Moderna, vol. 25, n. 4, octubre, 1959, p. 343-344.|| W[apnir], S[alomón], “El pan de los muertos”, Universidad. Publicación de la Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, n. 39, 1959, p. 275. La Gaceta de Cuba 29 “Prefacio” a Ensayistas contemporáneos (1900-1920) (1938) Prólogo de Félix Lizaso (1891-1967) a esa antología comentada. En él aclara cuestiones en torno a la génesis, estructura y aspiraciones de la obra y esclarece los criterios de la selección, ceñida a las dos primeras décadas del siglo xx. Aunque breves, sus palabras preliminares poseen profundidad y carácter; no solo destacan la relevancia de aquellas figuras incluidas en la compilación cuyas ideas delinearon el movimiento cultural de esa época, sino que abordan temas importantes para el estudio del ensayo, concernientes a su definición, sus modalidades y su espíritu. Nacida del empeño de presentar un grupo de ensayistas cubanos en la hora semanal de radio de la Secretaría de Educación, esta antología se consagra a “señalar la significación de nuestros escritores de más auténtica representación” y a corroborar tales juicios con una selección de sus obras. Así se perfilaron las líneas generales de este volumen, cuya máxima aspiración es “reflejar el movimiento cultural de una época por medio de las figuras que han tenido una mayor significación en la misma”. Entre los autores antologados descuellan los nombres de Jesús Castellanos, Fernando Ortiz, José Antonio Ramos, Alfonso Hernández Catá, Regino E. Boti, José M. Poveda, Ramiro Guerra, Emilio Roig, José María Chacón y Calvo y Juan J. Remos y se echa de menos, por ejemplo, el de Juan Marinello. Lizaso maneja un concepto amplio del género, a su juicio de muy difícil definición y cuyo alcance, cada vez mayor, aumenta constantemente su complejidad. Afirma su esencia no en lo externo, sino por “la sustancia y el espíritu que lo anima”. Se refiere a sus diversas e innumerables modalidades y a cómo en él “la subjetividad está en función de lo objetivo” y señala su preponderancia entre los escritores cubanos, quienes –habiendo advertido su naturaleza proteica– lo han utilizado para recoger “la inquietud creciente de una época y las mil formas del pensamiento moderno”. Aclaradas algunas nociones fundamentales, reconoce que si bien, siguiendo una caracterización rigurosa y estrecha, no todos los autores incluidos resultan propiamente ensayistas, tampoco puede negarse que los trabajos representados correspondan a ese género, puesto que sus autores “lo han utilizado en alguna de sus variedades”. Basándose en ello, establece dos criterios fundamentales que 30 La Gaceta de Cuba guiarán su selección: incluir a quienes han tenido mayor influencia en el movimiento cultural y a aquellos cuyos ensayos hayan alcanzado las máximas realizaciones. En cuanto al orden adoptado en la presentación de las figuras no es ni cronológico ni alfabético: Lizaso elige colocarlas según su aparición en el campo literario, puesto que este orden “es sin duda el más lógico y más cercano a la realidad histórica”. Revela que su intención al confeccionar este compendio de veinticuatro ensayistas cubanos no ha sido tanto la de hacer una obra crítica, como una de valoración espiritual. Sin embargo, en ocasiones, la valoración propiamente dicha se ve desbordada y entra en el más complejo campo conceptual de la crítica filosófico-literaria. En estas páginas los intelectuales parecen vivir y actuar, enfrentándose a las contingencias de un medio hostil para lograr el afianzamiento definitivo de la cubanidad. Los penetrantes juicios de Lizaso, escritos con profunda admiración, consiguen ofrecernos el retrato vivo de estos grandes cultores del género en Cuba, cuyas obras pugnaran por conquistar la libertad política y cultural de la Isla. Sus lúcidos comentarios críticos otorgan valor incalculable a esta obra, fundamental para el conocimiento de nuestro movimiento intelectual durante las dos primeras décadas del siglo xx. (R.R.D.) Lizaso, Félix, “Prefacio”, en Ensayistas contemporáneos (1900-1920), selección, prólogo y fichas biobibliográficas de Félix Lizaso, La Habana, Ed. Trópico, 1938, p. 9-13. Díaz Infante, Duanel, “Comentarios a una antología”, Encuentro de la Cultura Cubana, n. 30-31, otoñoinvierno, 2003-2004, p. 265-266.|| Englekirk, John E., “Ensayistas Contemporáneos, 1900-1920, por Félix Lizaso”, Revista Iberoamericana, México, D.F, vol. ii, n. 3, abril, 1940, p. 219-221.|| “Lizaso, Félix: Ensayistas contemporáneos, 1900-1920”, América, La Habana, vol. 3, n. 2, agosto, 1939, p. 94-95.|| Vitier, Medardo, “Ensayistas contemporáneos”, El Espectador Habanero, La Habana, a. 12, n. 72, junio, 1939, p. 256-257. “Sobre los movimientos por una poesía cubana hasta 1856” (1949) Ensayo de Samuel Feijóo (1914-1992). Su aproximación a la poesía cubana no se traduce en un amplio y representativo panorama del género en la isla, pues solo comprende aquellas manifestaciones exponentes de las dos flechas de “mayor fuerza en la poética cubana”, durante el siglo xix: “plantas y yerbas criollas, y el Indio, por los aires”. Se divide en tres partes: “De Balboa a Pobeda”, “La Escuela Siboneísta” y “El Cucalambé”. La presencia en Espejo de paciencia de rasgos autóctonos o de insularidad le permite vislumbrar motivos y temáticas que recorrerán la creación poética posterior y contribuirán al asentamiento de rasgos definitorios de la más genuina poesía cubana. Con ese criterio estudia a Manuel de Zequeira, Manuel Justo de Rubalcava, Francisco Iturrondo (Delio), Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido) y Francisco Pobeda, entre otros. En términos generales distingue en ellos, sin obviar sus especificidades, el interés por plasmar en sus versos lo cubano, aunque signifique en muchos casos –tal como sucede en el Espejo…– que la incorporación de modelos importados de la lírica peninsular no logre resolverse felizmente en la descripción, a veces reducida a una simple enumeración de la naturaleza isleña o al uso de vocablos puramente cubanos. Feijóo destaca los esfuerzos de Silvestre de Balboa por retratar la Isla y sus elementos típicos al detallar su flora y su fauna –a la vez que incorpora las figuras del negro y del indio– amparadas por expresiones de estilo renacentista. De aquella intención se nutren Zequeira y Rubalcava; por eso en ambos los moldes neoclásicos devienen afirmación de lo autóctono. El primero inicia –en palabras de Feijóo– “la letrada estatuaria del indio azteca”, una variante de lo criollo, que se asentaría en nuestra literatura hasta la “Escuela Siboneísta”: al indio “fastuoso” se une la alabanza exagerada de lo insular, esencialmente de su flora, a fin de sublimar lo nuestro; mientras, en “Silva Cubana” Rubalcava plasma un paisaje como “fácil decorado”, aunque en su poesía, evocadora de la naturaleza pastoril, prima la sensualidad de la tierra cubana. El ensayo advierte además la continuidad de “la línea Balboa, Zequeira, Rubalcaba (sic)” en Delio, cuya tendencia a nombrar los árboles autóctonos y a cubanizar la poesía, le hicieron introducir ninfas y náyades “a la sombra del cubano coco”. Tampoco escapa Plácido a la convergencia entre matices clásicos y la presentación de lo nacional, mas sus versos se enriquecen y flexibilizan con el énfasis en los contrastes y colores y en la búsqueda de la sonoridad. Culmina esta primera parte un breve repaso de la poética de Francisco Pobeda, según Feijóo, muy cercana al folclor por su retrato del guajiro y de la vida y el paisaje campestres. El segundo apartado estudia la “Escuela Siboneísta”, notable empeño por encontrar una expresión específica de lo cubano con diversos medios y recursos: vuelta al ambiente insular y al tema del indio, esta vez recreado en los delicados romances de José Fornaris o Ramón Vélez Herrera y también en los de guajiros. Miguel Teurbe Tolón, “miembro ocasional” de esa escuela, aporta “la resonancia aborigen” y la evocación nostálgica del paisaje cubano desde el exilio. El último acápite está dedicado al “discípulo más notable” de los siboneístas: Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, El Cucalambé, en quien confluyen armónicamente rasgos que fueron perfilando y otorgándole consistencia a la poesía cubana. En opinión de Feijóo, Nápoles Fajardo supera la idealización de la vida campesina o del universo del indio como símbolo y encarnación de lo criollo; con él el poeta se convierte en “alma del pueblo”. Apela a la sencillez de sus versos –huérfanos de metáforas y profusos adornos literarios– y a la elección de la décima –despojada de todo acento peninsular, en pos de su cubanización– para sus creaciones. El tratamiento de “temas y objetos populares”: el indio, la descripción del paisaje, el universo referencial y lingüístico del guajiro y el tono satírico, completan la estética cucalambeana. En este ambicioso ensayo de estilo llano Feijóo se sujeta a lo meramente expositivo, sin juicios reflexivos agudos. Podría cuestionársele tanto su análisis superficial de importantes poetas de nuestra historia literaria como la exclusión de las vertientes política y civil de la poesía cubana; así, el estudio de Plácido se limita a los dos aspectos enunciados en el epígrafe correspondiente: “flores e indio azteca” y los breves comentarios a la lírica de José Jacinto Milanés apenas alcanzan a subrayar su tono de rebeldía contra el régimen colonial opresor. Asimismo, la poesía de José María Heredia se aborda a partir de la exaltación del paisaje incorporado por el poeta a “su riqueza sentimental”. Pondera los motivos insulares que empleara, aunque, sugiere, constituyen pretextos para sus cantos pletóricos de sufrimiento a causa del exilio y de la vergüenza por las vejaciones a su patria. Sin embargo, no ahonda Feijóo en tales ejemplos de patriotismo; no es su intención: persevera en todo momento en la idea, más bien simplista, esbozada desde el inicio, de asumir como “poesía cubana” aquella cuyos impulsos capitales sean la flora, la fauna, el indio, el negro, el campesino y la lengua criolla. A pesar de tales limitaciones, este podría considerarse un antecedente de Lo cubano en la poesía*, en tanto ambos estudios se plantean la búsqueda de expresiones líricas de la cubanidad. En su edición independiente incluye el apéndice “Poética cubana de los sonidos en el siglo xix”, donde Feijóo profundiza en la alusión a los sonidos, naturales o artificiales, y en la “filiación de rumores criollos” de la poesía cubana decimonónica. (A.R.D.) Feijóo, Samuel, “Sobre los movimientos por una poesía cubana hasta 1856”, Revista Cubana, La Habana, vol. xxv, julio-diciembre, 1949, p. 64-176.|| Sobre los movimientos por una poesía cubana hasta 1856 (1947-1949), La Habana, Universidad Central de Las Villas, Dirección de Publicaciones, 1961, 193 p. Augier, Ángel, “Sobre los movimientos por una poesía cubana hasta 1856, por Samuel Feijóo”, Vida Universitaria, La Habana, a. xiii, n. 139, marzo, 1962, p. 12-14. “Teatro 1955” (1955) Artículo de Rine Leal (1930-1996) publicado en Ciclón. La interrogante “¿Qué puede decirse del teatro en Cuba si nos disponemos a hablar sinceramente…?” introduce su análisis. Sin intención de historiar el género ni abrumar con un exhaustivo catálogo de autores y puestas en escena, repasa los altibajos de la producción teatral a partir de tres momentos cenitales: el primero se remonta al esplendor cultural de nuestras plazas en la colonia, interrumpido a raíz de las contiendas independentistas y durante los primeros años de la República, pero retomado luego con la fundación en 1917 de la Sociedad de Fomento del Teatro, dirigida por Salvador Salazar, cuya voluntad de “dotar a nuestra capital de una escena de calidad y categoría, estimulando la creación propia” no halló más éxito que la de extirpar de los libretos y el gusto colectivo las sicalípticas expresiones del género bufo. Tras otro período de esterilidad, la creación en 1936 del Teatro La Cueva por Luis A. Baralt inauguró una era dorada que reunió a directores, actores, escenógrafos, críticos y agrupaciones (ADAD, Academia Municipal, Teatro Universitario, Patronado del Teatro, Prometeo) en la denominada tercera generación, que Leal considera “el más puro, honrado, y bien intencionado movimiento escénico que hayamos poseído en época alguna”, aunque le reprocha su incapacidad para “levantar un público”. Convencido de que la actitud de este era, para el momento, condición de la posibilidad de hacer teatro, culpa a la indiferencia popular de la decadencia de aquella “golden age” y de la carestía de representaciones y concursos durante los primeros años de la década del 50, antes de adjudicar el auge consiguiente, en el período en que escribe este trabajo, a la preocupación de autores y teatristas por “la creación de un público estable que nutra el teatro y que salga satisfecho de haber pagado su entrada”. No obstante, sin discriminar el llamado “teatro comercial” frente a un presunto “arte puro” (“toda expresión artística que no sea comercial […] que no sea mercancía capaz de cambiarse por dinero no tarda en desaparecer”), alerta Leal sobre el peligro de incurrir en artificios vulgares o efectismos de dudable calidad dramática a expensas de garantizar permanencia y representatividad escénica; lo ideal sería, dice, “depender cada vez menos de esos factores y dar un mejor producto según el gusto del público se depura y acepta un repertorio de más calidad”. Ningún resultado sería satisfactorio en este sentido si, además, no se contara con autores competentes que logren impulsar un teatro cabalmente nacional. Leal clama por la restitución de los concursos y “la creación en nuestros centros de enseñanza de estudios de dramaturgia” que permitan a los creadores emergentes facultarse en el análisis y comprensión de los modelos foráneos y universales. La situación resulta aún más desoladora cuando advierte las limitaciones de la crítica –“encerrada en el amiguismo, el compromiso, la incapacidad […] y la gacetilla”, si bien “es siempre proporcional al arte que se enjuicia”– y la inoperancia de las academias, carentes de apoyo estatal y de un profesorado competente. Finaliza con la demanda de una postura crítica y sincera ante “el mal teatro que padecemos”, en virtud de conseguir el establecimiento y consolidación de una dramaturgia nacional. Instalado en el dilema tradicional de la crítica dramática cubana, Leal añora un público instruido y trabaja en función de propiciar dicha educación. Tanto el presente trabajo como su conferencia panorámica sobre “40 años de teatro moderno (1873-1914). Del naturalismo al expresionismo”* dan fe de esa voluntad que acaso también justifique el empleo de un estilo coloquial abundante en proverbios y fraseología populares, empleado luego en La selva oscura*. (R.R.R.) < Leal, R ine, “Teatro 1955”, Ciclón, La Habana, vol. 1, n. 6, septiembre, 1955, p. 61-64. La Gaceta de Cuba 31 > Poesía De “Empujando la noche” Leymen Pérez La muerte de los objetos En el boulevard de Obispo pobres almas hombres-hilos que no entran por el hueco de la aguja costuras descosidas remiendos mentes descosidas almas muertas que se cosen la boca para que no salga oscuridad –diría Dostoievski mientras se arrastra por el subsuelo mordiéndose la lengua caminando en círculos mordiéndose las ausencias en la primera está el tirano padre hacha en la frente hormiga en la boca antes de llover y después que la sequía llegó a la casa que no tiene por qué parecerse al sol materia que falta como en un trapecio mudo para el hombre sin piernas que luchó en las guerras de otros y ahora es un fragmento de metralla olvidado enterrado en sí mismo almas muertas que piden permiso para respirar luz falta luz en todo en la última ausencia era un invidente y ponía los dedos sobre el dolor bajo la tierra que da frutos podridos robados con miedo tragados con miedo 32 Poesía ¿quién será entonces el fruto y el gusano que ve el mundo moverse a su alrededor? Afuera: silencio. Adentro: en silencio avanzo y retrocedo. Arriba: ruido que golpea. Abajo: silencio eres, ¿soy? Soy el que empuja la noche. La noche dice: amanece. El amanecer dice: empuja la noche. Como un viejo carro americano tirado por William Carlos Williams y el recogedor de latas de L y 23 la noche se contrae, expande, enferma y cura. Como el agua agrietada bajo el sol agrietado, como el sol deshojándose cuando alguien se despide con las manos entretejidas con hilos invisibles, como el mármol ciego que recobra la vista. Entro y salgo de la noche que recobra la vista, el tacto, el gusto, el olfato y el oído. La noche dice: yo cargo mis días –ausentes de luz– como tú cargas la opacidad que imaginas. ¿Hasta dónde?, ¿hasta dónde la noche dice su verdad? Los brazos de mármol han aprendido a ser brazos de muertos y empujan la noche contra la ceniza que desechan en los crematorios. Salgo de la ceniza que ya no duele y entro a tocar el corazón de la ceniza, empujando, levantando, cosiendo adentro y afuera de la noche donde se apaga una luz. en el boulevard de Obispo almas muertas gusanos de seda lana de ovejas plantas de algodón ¿qué he dicho que no tenga ausencias? objetos sin vida –diría Dostoievski Empujando la noche Entro y salgo de la noche. El mármol extiende sus brazos de mármol. Los muertos extienden sus brazos de muertos. Yo cargo a mis muertos como tú cargas una piedra. La piedra sangra y se fragmenta cuando toca el suelo. Mis muertos sangran y taponeamos a los cuerpos para que no escapen todos sus silencios. Los cuerpos dicen: no me dejen morir otra vez. Cuando la piedra toca el suelo se vuelve semilla, tallo, racimo, fruto podándose sobre la mesa de disección. ¿Qué dirá el fruto cuando sepa que volverá a inclinarse y caer?, Todos los silencios caben en una piedra. Todos los muertos caben en uno solo. Estoy quieto. La noche es quien empuja. debajo de la tela llena de insectos el mundo se organiza según los órficos como una mina o prisión donde los hombres tienen derecho a respirar / pensar / cavar / ¿pensar? abajo algunos hombres nunca terminan de morir hacia abajo el mundo se organiza por racimos verdes maduros tejidos destejidos vivos o muertos según el limpiador de almas que corta y junta los enfermos abismos que después te volverán a vender como si fueran los tamalitos de Olga ácidos o dulces llenos de dolor narrando tapiando desmoronando el canto y la cal el guijarro y el bagazo del cuerpo vestido o desnudo por hilos de tierra mi pantalón está cosido con un estilo duro sobreviviendo a los discursos de los nuevos sastres Sastres Ya no son como El sastre de Giovanni Battista ni como los de la calle Obispo del siglo xix ahora los sastres cortan la enfermedad que después te volverán a vender cortan el tejido sin importarles el tejido vegetal mineral o animal en descomposición picando o no picando como los tamalitos que vende Olga sin permiso del gobierno sin que cambie la ley que dice como es arriba es abajo La Gaceta de Cuba 33 > Entrevista número cuatrocientos cincuentaicinco de este espectáculo; pero ninguna ha sido en la ciudad donde se gestó ni en el país al que se deben la música y la historia. Es Cuba lejos de Cuba. Podemos conversar camino al aeropuerto y en el avión si no me duermo… todo el elenco está contento; es la tercera vez que nos presentamos en esta ciudad y el público sigue respondiendo. Emir García Meralla eling Ke ivera vo R a t s : Gu Foto Rembert Egües: todo mi tiempo soy de esta tierra, soy de Cuba C ae el telón. Aplausos prolongados. Las cortinas se vuelven a abrir y todo el elenco ocupa el lugar previamente ensayado para este momento. El director, como siempre, queda en el centro del escenario flanqueado por los protagonistas. Para él es la batería más fuerte y prolongada. Esa ha sido una regla inviolable; se puede afirmar que es un dogma del espectáculo. La compañía debe hacer las maletas pues en horas estarán presentando el mismo show en otra ciudad. Son cerca de cinco horas en avión, y luego hay que hacer una conexión. Esta es la presentación 34 Entrevista Dosier / Una línea llamada Manuel Son treinta minutos del teatro al aeropuerto. Hay mal tiempo y muchos vuelos están retrasados y/o cancelados. Es pasada la media noche y algunos niños no se dan por enterado y corretean seguidos de sus padres que tratan de controlarles; los adolescentes se concentran en sus dispositivos electrónicos. Son los hijos de la red de redes; no existen socialmente sin la conexión, el chat y las redes sociales; deben estar contando a un amigo lo aburrido que es estar en la sala de espera de un aeropuerto. Es como lo cuentan en las películas. La inmediatez de la red crea una comprobada adicción por lo que estar conectado es importante en estos tiempos; navegamos y en el principal periódico de la ciudad aparece una crítica al espectáculo; sigue siendo tan buena como la primera vez –ahora firma otro redactor−; en algunos blogs se habla del acontecimiento; fueron tres noches a teatro lleno. Alguien manda un trino recomendando no solo la obra sino que agrega el enlace a una agencia de viajes que ofrece buenos precios para visitar Cuba. He pasado la mitad de mi vida profesional y personal en Francia, llegué en 1989 para cumplir un contrato de trabajo y he vivido a caballo entre París y La Habana fundamentalmente, pues desde la primera he podido desplazarme lo mismo a España que a Nueva York, que a otras capitales del mundo, unas veces en calidad de director musical y otras con este show. Y la segunda sigue siendo mi fuente de inspiración. Vamos a hacer algo. Yo te cuento la historia de mi vida y tú escribes lo que te parezca interesante. Dos cosas nada más te pido: la primera que no me interrumpas; la segunda es que me acompañes con un trago de ron cubano, tengo guardada una botella de Santiago que me regaló mi hermana Gladys antes de salir de La Habana y aún no la he abierto, es muy triste beber solo en este espacio tan grande. Al fin encontramos un lugar donde acomodarnos y en el que todas aquellas personas agolpadas en ese largo salón molestaran lo menos posible. Servimos el ron en dos vasos plásticos largos y saturados de hielo; él reparte una ronda entre algunos miembros de su staff. Todos funcionan como una gran familia después de cinco años de trabajo. Estamos en la zona de fumadores, por lo que el humo de algún cigarrillo molesta una que otra vez. Esta es la historia de su vida. Nací el 4 de febrero de 1949 en La Habana y me pusieron por nombre Rembert Egües Cantero; viví parte de mi infancia con una familia amiga de mis mayores, parece que era un niño gracioso porque estuve con ellos de modo intermitente hasta que cerca de los nueve años comencé a vivir con mi papá. Mi familia era un poco nómada, mi abuela vivía mudándose constantemente lo mismo de ciudad que de casa. Recuerdo haber vivido en Matanzas, en Bolondrón, en Agramonte… y aunque mis padres estaban divorciados te puedo decir que tuve una familia hermosa. Mi madre se fue a vivir a los Estados Unidos siendo yo un niño. Yo tenía que ser músico, mi primer profesor fue mi abuelo Eduardo, él fue quien enseñó a mi papá y a mi tío Blas, con el que luego aprendí a tocar la flauta y el piano, y que además de músico y profesor, era lo mismo barbero, que panadero o que sastre; se metía en cuanto oficio le ayudara a poder mantener a su familia cuando no estuviera contratado para tocar con la banda o con alguna orquesta. Volviendo a mi historia, empecé en la música tarde, estudiando piano, y flauta que es el instrumento familiar, yo tenía diez años, y decían los profesores que poseía grandes condiciones como ejecutante, lo que no me asombraba, sin falsa modestia, yo volqué todas mis energías a los estudios de música. Recuerdo que en primer año estudiaba “El claro de luna” de Debussy que era de cuarto; era tanta mi sed de estudiar y aprender que mi abuelo se sorprendía de mis avances y mi papá se preocupaba por la cantidad de horas que estudiaba. Más que ser un buen instrumentista quería aprender para componer, los instrumentos para mí eran un medio para lograr un fin mayor que era ser compositor; quería escribir música con esa misma fuerza que depositaba en aquellos estudios. Para el resto de las lecciones casi era un desastre. Esto que te voy a decir es un secreto de familia y es que nunca terminé los estudios ni de piano ni de flauta. Pocas veces hablo de la relación con mi papá; era mi amigo y además una persona recta pero muy cariñoso, siempre pendiente de mis estudios y de mis hermanos. Lo más importante fue el amor que nos dio una vez que mi mamá no pudo venir más a Cuba cuando se rompieron las relaciones con Estados Unidos. Mi debut profesional, si ello alude a cuando uno gana dinero, fue con un cuarteto llamado Los Chicos del Jazz, éramos Amadito Valdés, Fabián García, Paquito D’Rivera y este servidor. Después el cuarteto creció pues entraron Nicolás Reinoso, Carlitos Godínez, Sergio Vitier; ese cuarteto lo anunciaron alguna vez con bombo y platillo, incluso tocamos en un par de lugares. Por qué el jazz, bueno, a nosotros nos influenció un norteamericano que vivía en Cuba llamado Mario Lagarde que nos enseñó los secretos del blues y nos pareció interesante. Si se me olvida algo podemos preguntarle a Amadito, que él tiene guardado todos esos papeles y su memoria es prodigiosa, creo que él nació viejo, por esa manía de guardar papeles y cosas, pero esa es la historia. Otro trabajo profesional de esa época fue en unos carnavales que un sujeto al que le decían Cara de Gallo, percusionista por cierto, nos consiguió para tocar en la carroza de la Construcción con la banda de Pello el Afrokán y yo iba tocando el triángulo, que en una carroza nada tenía que ver con el momento pero uno es músico… qué manera de divertirnos. Así fue hasta que un día me llamó Felipe Dulzaides para hacerme una prueba para su grupo Los Armónicos, en ese mismo momento yo había solicitado entrar a la ENA becado y me habían aprobado, pero fui a hacer la prueba, que era para tocar vibráfono y para Felipe si tocaba piano podía tocar el vibráfono, así de sencillo. No había terminado de tocar lo que me marcó cuando me dijo que estaba en la plantilla del grupo. Felipe era un hombre increíble, dominaba un repertorio musical envidiable sobre todo de jazz y del cine norteamericano, tanto que cada día yo montaba hasta diez temas musicales en los ensayos y los tocaba ese mismo día, y así llegué al salón Internacional del Hotel Riviera y la beca de la ENA pasó a mejor vida. Ahora que te hablo de esa etapa de mi carrera profesional me acuerdo de un show que había en el cabaret Copa Room llamado La cueva de Luis Candela donde estaban Juana Bacallao y Dandy Crawford, personaje del que nadie habla, pero que era un tremendo cantante, y al jazz le sabía un mundo, ellos hacían una pareja simpática y eran jóvenes. Con Felipe no se paraba de trabajar y de aprender, después entraron en el grupo Changuito y posteriormente Carlos del Puerto, por ahí hay fotos de esa época. Cuando llegue a La Habana te las enseño, estamos todos sin bigote… Sergio estuvo poco tiempo pues se fue a acompañar a Ruth Dubois, una mujer de una belleza increíble y enloquecedora, entonces es cuando entra Ahmed Barroso. Todos comenzamos siendo adolescentes con quince o dieciséis años. Luego de un tiempo con Felipe me fui a hacer un grupo al que le pusimos Sonorama 6, donde estaban Martín Rojas, Eduardo Ramos, Carlos Averoff, Changuito y empezamos a trabajar en el restaurante La Torre hasta que me tuve que ir para el Servicio Militar, a donde llegué con cuello y La Gaceta de Cuba 35 corbata, un recluta con cuello y corbata, y me ubicaron en la Marina en una unidad en la playa El Salado para hacer la escuela de reclutas. Como era músico fui un recluta distinto pues terminé como segundo responsable de cultura de ese cuerpo hasta que me mandaron para la banda del Estado Mayor General. Te comenté de mis clases con Federico Smith… qué locura, las dábamos en el bar Elegante del Riviera donde trabajaba con Felipe, y siempre antes de empezar la clase nos tomábamos un Alexander, sí porque allí hacían los mejores Alexanders de toda Cuba, y lo repetíamos cuando terminaba, si no me falla la memoria en aquellas clases con Smith coincidimos cuatro alumnos, estaban los Carlos, Malcon y Álvarez Sanabria hoy importantes compositores, René González del que nunca más supe, y yo. Hoy, cincuenta años después de haber tenido esa experiencia, te puedo decir que mi trabajo con Felipe fue determinante en mi vida futura; gracias a él yo aprendí realmente la armonía… y en aquel momento definí mis preferencias musicales, que he enriquecido y que se nutren de aprender cada día con quienes me rodean. Mi formación académica se define en el aprendizaje familiar –mi papá y mi abuelo−; mi paso por el conservatorio y como cierre, Felipe y Federico. Sin ánimo de establecer comparaciones, porque cada tiempo tiene sus particularidades, mis comienzos en los 60 coinciden con la existencia de grandes orquestas y músicos geniales, yo vi cantar a Benny Moré, a Carlos Embale, a Tito Gómez con la Riverside; conocí a grandes orquestadores y compositores de los que hoy nadie habla pero que fueron importantes; fueron años en que se hizo una música encantadora y también se vivieron momentos difíciles como cuando alguien dijo que el platillo de la batería era una expresión de debilidad y de penetración ideológica y se suprimió su uso; fueron años de aciertos y errores, y de los errores se aprende, o se repiten o se corrigen, como se está haciendo ahora. En esos años también hice locuras como traducir canciones del inglés sin saber nada de ese idioma, me presenté al conservatorio y cuando me pidieron que tocara un tema les toqué uno que había escrito y no el que el jurado quería escuchar y sobre todo debuté como compositor al escribir “La baquiana”, un tema que pudo haber cantado Alina Sánchez pero Felipe se lo propuso a Luisa María Güell quien finalmente lo cantó y grabó con la orquesta dirigida por Tony Taño y con Chucho Valdés en el clavicémbalo; era la primera vez que se incluía música de Bach en una canción cubana. Escribí música para un documental, no tan conocido, En la otra isla, de Sara Gómez, que tocó el grupo de Felipe, e interpretó Omara Portuondo; tuve mucha suerte en esos años, tengo algunas de esas grabaciones en casa y te puedo dar una copia. Estoy haciendo un ejercicio de memoria grande con esta conversación… tú sabes que pasar una noche en un aeropuerto es muy estresante y si además hay un frío de esos que ponen al mono triste que ni chifla ni sopla es más duro aún… está bueno el ron este… Cuando terminé en la Marina, entré a trabajar en el Centro Nacional de la Música que dirigía Julio Bidopia, lo que marca el inicio de mi carrera como compositor exitoso en los festivales musicales de Cuba y de la antigua Europa socialista. Aquellos festivales los coordinaban y dirigían Rafael Somavilla o Valdés Arnau, dos profesionales de prestigio en la música, amigos de mi papá y con los que también había estudiado; pero con sus características y sus enfoques sobre la vida y la música distintos a los míos. Al primer festival que va un tema mío es al de Sopot que era un evento de mucho renombre, y lo cantó Beatriz Márquez, se llama “Perdóname este adiós”, la canción ya la habíamos presentado fuera de concurso en el Festival del Creador Musical de ese año, en el 75. Con ese tema Cuba ganó por primera vez un premio en orquestación, y me enteré en la calle porque una persona me felicitó, yo estaba ajeno a la noticia. Dos meses después estuve en el Festival de Dresde donde volví a ganar el premio en orquestación y Argelia Fragoso ganó el premio en interpretación; dos premios en tres meses. Al año siguiente participé en el Festival Orfeo de Oro con Farah María que ganó el gran premio. Llevé a ese festival un arreglo complicado pues era para gran orquesta y coro, y además de eso iba Irakere, te imaginas todo el escenario lleno de músicos, el tema se llama “Concierto en tres temas” y está escrito por Chucho Valdés, Juan Almeida y yo. Entonces alguna gente decía si quieres ganar un premio en esos festivales dale la tarea a Rembert, eso me convirtió en el “músico cubano del socialismo”. Los premios fueron en varios festivales del mundo, hasta el último que lo recibí nuevamente en Sopot, donde fui el único ganador de dos galardones en la misma categoría de orquestación. Esos festivales se acabaron junto con el campo socialista y yo seguí mi camino en la música, ganando otros premios y discos de oro y platino en la misma Europa, eso me dio la medida de lo centrado que estaba en mi trabajo como músico y como orquestador. El último reconocimiento que percibí en Cuba fue en un Guzmán, también con Beatriz como cantante. Para esa fecha ya estaba designado como director de la orquesta del Gran Teatro de La Habana, lo que me enfrentó a empeños mayores, como escribir y dirigir música para el Ballet Nacional de Cuba, y los premios siguieron persiguiéndome. No es falsa vanidad, escribir música para ballet es muy complicado, exige grandes recursos creativos y una amplia cultura artística, porque el ballet combina muchas disciplinas. De los ballets que he escrito vivo orgulloso de Muñecos que tiene coreografía de Alberto Méndez y que además de haber sido premiado en Tokio en el año 78, está en el repertorio de grandes compañías del mundo. También gracias al ballet volví a ver a mi madre casi veinte años después cuando fuimos a Washington. Hay otros ballets para los que escribí la música pero ninguno ha sido tan exitoso como Muñecos. Estaba trabajando con la orquesta del Gran Teatro y el ballet cuando Manuel Octavio Gómez me pidió que escribiera la música del filme Patakin, primero, y para El señor presidente después, lo que me devolvió al cine luego del debut con Sara Gómez. Escribir música para cine tiene sus encantos y sus complejidades, aunque es una música por encargo no limita la creatividad, pero tiene exigencias y códigos y aquí regresa a mi vida el haber trabajado con Felipe Dulzaides, quien dominaba el repertorio de los temas clásicos del cine norteamericano; en esa memoria musical y el buen gusto que me había formado encontré los primeros recursos. Más tarde vino la zaga de Vampiros en La Habana donde me divertí muchísimo. Tú sabes que yo he aparecido en todas las películas en las que he trabajado, siempre como músico, incluso hasta hay una caricatura mía en Vampiros. En esos mismos años dirigí reconocidas orquestas del mundo como la del Lincoln Center o la del teatro Bolshoi, que fueron algunas de las más importantes. Estaba logrando el sueño que me propuse cuando comencé a estudiar música: orquestar, componer y dirigir; y así un buen día llegué a París con Mayra Caridad Valdés para hacer algo que siempre me ha gustado también, aunque no ha sido mi fuerte: ser pianista acompañante y repertorista, que son dos tareas tan difíciles como las anteriores para las que tenía la preparación de la escuela del maestro Dulzaides. Les Trois Maillez, alguna vez has escuchado ese nombre ¿no?…, es una sala de París de las más relevantes, allí comenzó mi carrera parisina en la música y la segunda mitad de mi vida personal y profesional, te hablo de 1989 cuando cumplía cuarenta años y veinticinco de haber tocado por vez primera como profesional. Te sirvo otro trago, aquí queda otro vaso con hielo. Esa sala me contrató como director musical para sus espectáculos y sus artistas, por lo que debía establecerme en París a trabajar y a vivir sin dejar mi puesto como titular de la Orquesta del Gran Teatro y te puedo decir que conté con toda la comprensión posible de las autoridades cubanas que me permitieron asumir esas funciones sin contratiempos ni suspicacias y así estuve trabajando hasta que sucedió el accidente que me tuvo al borde de la muerte. Con el accidente vinieron algunas acciones poco profesionales y hasta dolorosas que me dañaron más que las operaciones que tuve que enfrentar. Sin dar una explicación me cesaron como director de la Orquesta del Gran Teatro sin respetar la ley, pues yo estaba mal de salud y con todas las garantías de que estaba representando la cultura cubana en aquel lugar. Así pasó con muchas cosas. Yo estaba en una gran disyuntiva, si regresaba a recuperarme en Cuba perdía los derechos judiciales. Hay una alegría que llevo dentro y es que mi familia sintió siempre el apoyo de la gente cuando ocurrió el accidente y durante todo el proceso que vivimos, a esas personas que fueron muchas, nunca he podido agradecerles de otra manera que no sea haciendo más y mejor música. Tú sabes que yo soy francés y no fue porque yo lo pedí, un buen día el gobierno francés me hizo francés por su libre decisión y yo se lo agradezco porque en mi persona reconocen la cultura de mi país. La mitad de mi vida profesional ha sido aquí en Europa, en París fundamentalmente y me ha ido bien, honestamente he escrito la música que he querido, he ganado premios significativos en el mundo discográfico con discos de oro y platino y he producido discos de cantantes que han alcanzado la fama más allá de Francia, y desde allí he expandido mi trabajo a otros lugares, he seguido haciendo música para el cine francés… en eso soy afortunado, muy afortunado. Los Armónicos de Felipe Dulzaides Foto: Archivo Estaba logrando el sueño que me propuse cuando comencé a estudiar música: orquestar, componer y dirigir; y así un buen día llegué a París con Mayra Caridad Valdés 36 Entrevista La Gaceta de Cuba 37 Narrativa < < Entrevista Hasta que una importante productora de shows y musicales llamada Índigo Productions me pidió hacer una obra basada en la música cubana y que contara su historia, o una historia a través de la música. Así nació Soy de Cuba y mi regreso por temporadas más largas a mi casa de la Habana Vieja. Es curioso porque nunca me fui del país; pero había gente que me veía en la calle, gente buena y gente mala, y me preguntaba cosas increíblemente absurdas, conclusión: que no te ven, y te asumen como emigrado. En esas temporadas vi que todo había cambiado y que era un desconocido para muchos músicos y para una parte del público, tanto yo como mi obra profesional; así que necesitaba reinsertarme nuevamente, que es más difícil que comenzar una carrera. No creo haberlo logrado y realmente estoy concentrado en este espectáculo donde todo es cubano de verdad, sí, porque he visto muchísimo en el mundo referido a Cuba, pero es siempre un desastre en todos los sentidos. Desde hace cinco años estamos presentándonos en varias ciudades y parece que lo hemos hecho bien pues la gente no se aburre. Te decía que quiero reinsertarme en la vida musical cubana y alguna cosa he logrado pues entre ensayos y presentaciones estoy escribiendo y produciendo la música para una película cubana que dirige Arturo Santana, lo que me ha dado mucha alegría pues me ha permitido recrear música cubana de los primeros cincuenta años del siglo pasado, y además salgo en una escena… En la próxima que haga seguro me dan un papel más importante que el de músico. Además estoy conversando con algunas discográficas cubanas para hacer un disco con mi música. Hace casi treinta años que no hago un disco en Cuba con mi música, aunque he grabado para cantantes de otras partes, en el estudio de la calle San Miguel, el que tiene goteras pero un sonido que envidiarían algunos de los mejores estudios del mundo. Hablo de magia sonora. También estamos intentado poner el show en La Habana, sería un gran sueño, pero hasta el presente se ha quedado en la voluntad nuestra y de los productores. Al mundo del disco llegué también por Felipe, con él debuté arreglando y produciendo. He llevado al disco música de Amadeo Roldán cuando rescaté su ópera Manita en el suelo, que se había perdido, produje discos para muchos cantantes en los años 80, pero ahora estoy fuera de ese mundo en mi país y me interesa que conozcan mi música otros compatriotas. Hacer discos es una caja de sorpresas, puede ser que lo hagas con mucho amor y no resulte o que resulte y se convierta en un suceso, como me ocurrió con los discos de Danny Brillant que alcanzaron ventas astronómicas, sobre todo Havana que llegó a ser Disco de Platino. Danny me agradece haber conocido La Habana y los estudios de la calle San Miguel, pero sobre todo la música que escribí para él y su orquesta. También está la música que compuse para figuras como Brigitte Bardot. París ha sido una buena experiencia, al menos en mi caso, pero creo que lo es también para otros compatriotas que andan por allá, no importa que triunfen o no; la vivencia cultural y humana enriquece a todo artista. Me acaba de entrar un mensaje de Nicolás nuestro productor con noticias de la siguiente ciudad… esta cosa de la tecnología es increíble y tiene unas posibilidades enormes, pero también tiene sus riesgos, yo me he vuelto un devoto de la tecnología y de sus beneficios, lo ha cambiado todo, la forma de ver y hacer la música, sus dinámicas. Cuando comencé mi carrera profesional necesitaba además del piano grandes cantidades de papel para trabajar, ahora se trata de tener la computadora y los programas adecuados y a componer. Que cualquiera con dominio de la tecnología puede intentar hacer música, es posible y probable, pero hay principios, herramientas como la armonía y la forma que si no las dominas no haces nada trascendente. Puede ocurrir una excepción pero no es la media, eso hace que coexista buena música y mala música, y que por momentos la mala se imponga en 38 Entrevista el gusto de la gente. Siempre han existido estos extremos, lo que ahora hay otros resortes que hacen que se deforme el gusto de la gente, y es muy fácil deformar, en tanto formar lleva tiempo, energía y esfuerzos. Me parece que estamos en un período de transición en la industria de la música; mira el disco, antes había que esperar a que saliera de la fábrica, llegara a la tienda o a la victrola, ahora no, la informática hace que ese proceso se simplifique, se graba en la mañana y en la tarde ya está listo para difundir y vender. Pero muchas veces esa música, o seudomúsica es la que se impone. Asimismo, hay quienes trabajan y elaboran su música y corren la misma suerte, la informática también ha cambiado la cadena de difusión, pues todo se difunde indiscriminadamente, el criterio de selección es anárquico totalmente y eso se refleja en las preferencias de las personas, yo espero que en algún momento el orden regrese y con él figuras necesarias a la música como los repertoristas y los orquestadores. Esa anarquía hace que lo efímero se imponga sobre lo que muchas veces tiene valores, pero te reitero, pienso que estamos en una etapa de tránsito. Por cierto que debo revisar los temas que escribí para la película de Santana. Componer tiene su magia, uno no sabe exactamente cuál es la fórmula para lograr el éxito. Estoy escribiendo música cubana de verdad, un mambo, un danzón y un par de boleros, más otras cosas que me pidió, es una música muy noble y que bien hecha no pasa de moda. Yo no soy un compositor en el sentido exacto de la palabra, conceptualmente hago canciones cuando me las encargan, no siempre estoy de ánimo o tengo la inspiración cuando me piden un trabajo así, a veces las musas se toman su tiempo, hay momentos en que han sido semanas, otras veces van a una velocidad que me sorprendo. También se trata de tener presente para quién se escribe, cuáles son sus posibilidades vocales y un sinnúmero de cosas que se deben considerar. He visto cantantes con excelentes voces y un repertorio pésimo y eso es fatal para su carrera. Eso fue lo que sentí cuando comencé a escribir este espectáculo que has visto, quería hacer una postal de mi país sin caer en actitudes chovinistas, quería hacer música cubana agradable a la gente y alejándome de los patrones que alguna vez se han impuesto. Tampoco quería que sonara a música de museo, quería un sonido de Cuba y que cubriera algo más que el son y la rumba; la música cubana es más que eso. Creo que lo he logrado, es mi postal de Cuba sin caer en cliché de negros, miserias y otras carencias. Somos un pueblo que tiene historias comunes al resto del mundo y queríamos enseñar otra postal, cada ciudad y cada país vende su imagen y su postal, yo soy cubano en todo momento, no importa que algunas personas no entiendan que una postal tiene un gran valor humano. Me gustaría definirme como un artesano de los sonidos, alguien a quien le quedan por escribir cuartetos, alguna que otra sinfonía, dirigir nuevamente ballet y por qué no escribir algunas canciones. Mi vanidad me permite aceptar que algunos premios se me escapen, pero no me permite asumir otra identidad que no sea la cubana, mi orgullo de cubano está por encima de los premios que me pueden faltar o que crea merecer, de que para algunas personas en mi país no exista o simplemente ignoren mi trabajo. Vivo orgulloso de poder decir que la música ha sido siempre mi fuente de alimentación y que me ha permitido algunos placeres, entre ellos tener una familia hermosa que siempre me apoya, la confianza de los que son mis amigos y por encima de todo ser cubano. Yo soy de Cuba desde que me levanto hasta que mi día termina y así actúo en cada lugar. Están llamando para nuestro vuelo… las preguntas, cuando termine la función de mañana con lo que quede de este roncito… tienes mi palabra… Mañana volverá a caer el telón. < París/La Habana, junio de 2015. El fin del mundo* Eliseo Altunaga C ientos de predicadores que habían llegado a la Isla durante la primera intervención norteamericana aparecieron de repente en valles y montañas para predecir el fin del mundo. Durante las noches del 18 y 19 de mayo de 1910 chocaría contra la tierra la enorme sucia bola de nieve ya recogida cientos de años atrás por los cronistas chinos, babilónicos y europeos medievales. El cometa, grande y brillante, que orbita alrededor del sol cada setentaiséis años como promedio, chocaría con la Tierra. El temor fue corroborado por algunos periódicos, el cometa Halley a su paso sobre Cuba provocaría consecuencias sobrenaturales; entre ellas un posible cataclismo racial sobre los cubanos blancos. Antes de que llegara el brillante cometa de “período corto”, visible desde la Tierra, los hombres y mujeres también podrían ver la imagen de Lucifer encarnado en miles de negros. Cerca de la Sierra Maestra, un predicador pelirrojo, posiblemente nieto de bacaladeros finlandeses, vestido con una raída casaca del ejército norteamericano, aseguraba que datos científicos establecían que al entrar en el interior del sistema solar y aproximarse al perihelio, el Sol haría arder la superficie del cometa, causando la sublimación de su materia, que pasaría directamente del estado sólido al gaseoso, y emitiría una gran cantidad de gas volátil desde su oscura superficie, lo que semejaría la imagen del infierno El desconocido profeta científico desmontaba las verdaderas causas de desgracias anteriores recogidas en anónimos manuscritos. El paso del cometa produjo las diez plagas de Egipto, abrió las aguas del Mar Rojo e hizo tronar su voz en el Sinaí, dándole la certeza ilusoria a Moisés de que Dios le sentenciaba los Diez Mandamientos. Cuando el pueblo judío atravesaba el desierto hubo una precipitación de carbohidratos de la cola del cometa, que pasó a la historia con el nombre de “maná”. Los muros de Jericó cayeron gracias a las vigorosas vibraciones que emitía el cometa y el Sol pareció detenerse ante Josué porque el cometa había desviado el eje terrestre. Todo volvió a la normalidad cuando, tras chocar con Marte y esquivar a otro cometa, detuvo su loca marcha y pasó a ser Venus, justo a tiempo para que los sumerios lo llamaran Astarté. En Cuba la desgracia serían los negros endiablados. Según el Diario de la Marina, un participante negro de un almuerzo de veteranos en Guantánamo, en 1908, había manifestado su anhelo de “beber la sangre de las blancas”. Según el diario, en la misma zona durante un almuerzo, el cabecilla Evaristo Estenoz había brindado por el día cuando la raza de color se vengase y controlara a Cuba. Los predicadores advertían que tampoco podían confiar en las negras, brujas como la conocida Andrea de la Cruz Santísi- ma podrían revivir haitianos con la cabeza y las patas de macho cabrío y los senos y los brazos de mujer, que sodomizaban a los hombres y violaban a las blancas. En la base naval de Guantánamo todas las fuerzas estaban en alerta para defender los intereses y las personas norteamericanas que pudiesen temer. En la ciudad de Pinar del Río, el alcalde ordenó que toda la dinamita destinada a la construcción de carreteras fuese almacenada en los edificios municipales para evitar que los negros y mulatos la robasen. Esta prevención resultó fatal, pues almacenada sin la seguridad necesaria, la dinamita explotó “en el día en que Cuba entró en la cola del cometa Halley”, matando alrededor de cincuenta personas e hiriendo a muchas más. Pero no hubo que lamentar alzamientos de negros. Al paso del cometa los liberales en La Habana habían encerrado a cientos de miembros del Partido Independiente, brujos y ñáñigos. < *Fragmento de una novela en proceso. La Gaceta de Cuba 39 > Entrevista Manuel García A l cabo de varias décadas fuera de Cuba regresa a La Habana a dar un curso en el Instituto Superior de Diseño Gráfico el artista y diseñador Félix Beltrán (La Habana, 1938). Actualmente, es profesor de diseño gráfico en la Universidad Autónoma Metropolitana de Azcapotzalco en la Ciudad de México. Este artista nacido y formado en Cuba viajó a Nueva York en 1956 y tras una estancia en esa ciudad, decidió incorporarse a las tareas de propaganda de la Revolución cubana con una significativa contribución al cartel. En la Isla quedaron plasmadas, en aquellos años, sus reflexiones teóricas sobre arte en los libros Desde el diseño (1970), Letragrafía (1973) y Acerca del diseño (1975). En los 80, se trasladó a México donde vive y trabaja desde entonces. Acaba de publicarse el libro Félix Beltrán: Diseñador gráfico (Valencia, 2014) con textos, entre otros, del propio artista, Joan Costa y Enric Satué. La entrevista en cuestión se realizó en la Ciudad de México antes del viaje de Félix Beltrán a Cuba. Foto: Norma Patiño “Mis representaciones son realistas a pedazos” Entrevista con el diseñador gráfico Félix Beltrán 40 Entrevista Dosier / Una línea llamada Manuel A lo largo de un rato ha estado evocando los precedentes de su formación artística en los años de juventud y lo que supuso, en un momento de su trayectoria, conocer la obra de Paul Klee y en un viaje a Rusia, descubrir la obra de Kazimir Malévich y, más tarde, la de Piet Mondrian. Estuve muy cerca de todos esos artistas y sus respectivas obras. He de confesar que conocí a la viuda de El Lisitski. Me refiero a Sofía Lisitski Cooper. Para mí, aquellos primeros juegos de la infancia con los cubos que tenía para hacer estructuras, para construir, destruir y para, en definitiva, entretenerme, fueron los que comenzaron a proyectar mis perspectivas plásticas. Más tarde, desde mi curiosidad juvenil por aprender, encontré libros donde aparecían representaciones bizantinas. El arte bizantino. Y eso fue bastante impactante, tanto como las diversas escenas sustentadas en el catolicismo. Se trataba de interpretaciones realistas derivadas de las creencias de la historia y de ciertas decoraciones de la época. Me refiero a los mosaicos. También fueron fuente de inspiración los planos arquitectónicos vistos desde arriba. Todo esto en un contexto en el que no había tantas publicaciones como ahora, y la expansión de lo que con cierta imprecisión se considera el arte moderno europeo −sobre todo del este− no era tan accesible entonces. Luego de esta reflexión sobre el acervo artístico bizantino y la importancia que tuvo para su formación artística, el creador continúa comentando sobre sus influencias. Después están mis relaciones fraternales, en mi juventud, con diversos pintores. Entre ellos, la experiencia de haber conocido al pintor cubano José Mijares fue determinante para mi formación plástica. Con él tuve infinidad de coincidencias. Era una persona sensible, obsesiva e hijo único. Además habíamos nacido el mismo día, el 23 de junio de 1938. Mijares era muy estudioso y luchó toda la vida por vivir de la pintura. Era uno de los artistas más destacados de su época. Fue un pionero en lo que era la llamada abstracción e integró el grupo 10 Pintores Concretos. También coincidí bastante con el escultor Francisco Antigua, que trabajaba cerca de donde yo vivía. Hablé mucho de arte con Pancho Antigua. También estudió en San Alejandro y fundó el grupo Los Once (1953-1955). Dio clases en La Habana y en Camagüey. Fue el primero que me mostró la obra de Vincent Van Gogh. Era un admirador ferviente, asimismo, del escultor Henry Moore. Pancho Antigua era un artista reflexivo de origen pobre que me ilustró sobre el arte contemporáneo cubano y mundial. Me reveló a Wifredo Lam. También me hablaba de la Escuela de Bellas Artes de San Alejandro y de cómo Lam abandonaría los estudios para no someterse a las disciplinas académicas de entonces y huir de la tradición de la pintura realista cubana. ¿En esa tradición podría incluirse a Carlos Enríquez? Aunque, en el caso de Carlos Enríquez, era un pintor al que el surrealismo se le escapaba y terminaba con trasparencias y el movimiento de los caballos como si cabalgaran, en cuadros históricos como “El rapto de las mulatas”. Antes se ha referido al peso para su obra del pintor Piet Mondrian. Piet Mondrian me sorprendió mucho. Hacía una pintura de líneas y espacios coloreados muy sugestivos. ¿Y del artista rumano cubano Sandú Darié, qué nos puede develar? Lo conocí de una manera casual y fue crucial para mí. Sandú Darié era un artista con una vasta cultura universal que hablaba de literatura, de música, que había conocido en París al escultor Constantin Brancusi. Su trabajo, al inicio, me parecía algo simple, pero con el tiempo fui valorando su contribución al arte cubano. Todas estas experiencias que te he comentado fueron esenciales en mi formación personal de aquellos años. Eran momentos donde los principios geométricos aparecían en la pintura cubana como formas básicas de la expresión plástica. Conceptos atribuidos a Vasili Kandinski, cuando estaba en la Bauhaus en los años 20. ¿Qué significaron para usted las obras que siguieron esta línea de trazos geométricos hechas desde Buenos Aires y desde Caracas por artistas latinoamericanos como Julio Le Parc, Carlos Cruz-Diez, Jesús Soto, etc.? Con Cruz-Diez me inicié, casualmente, en la empresa de publicidad MacErison. Él en Caracas, yo en La Habana. Además, estuve en contacto con otros artistas que desarrollaban esa línea que luego se perfiló en arte cinético, arte óptico u Op-Art. Fue definitivo el impulso que le dio a esa opción artística la galerista parisina Denise René. Que respaldó también a Víctor Vasarely y luego a Eusebio Sempere, representante español del movimiento cinético. A manera de digresión, recuerdo que en una conversación que tuve más tarde con Herbert Bayer, exponente de la Bauhaus, noté a este artista dubitativo acerca de la figura de Vasarely. No sé si había discrepancias, pero no mostraba su entusiasmo por este artista. En 1956, decidió marcharse a Nueva York, ¿cuál fue el motivo por el que tomó tal resolución? Decidí marcharme a Nueva York por diversas causas. Sobre todo porque tanto yo como muchos artistas que trabajaban en la Agencia MacErison teníamos un enorme interés en la cultura y en las artes visuales. En la cultura no de una manera ostentadora, sino como el deseo de adentrarse en aquello que podía propiciar satisfacciones espirituales. Para volver al tema de las influencias, en esa etapa pude tratar a alguien que fue decisivo para mí: José Antonio Reguera, arquitecto, un hombre de una gran formación musical, quien no aceptaba fácilmente la pintura moderna. Su admisión del arte llegaba hasta ciertos impresionistas, como Manet. Él me introdujo en la música culta: Bach, Mozart y Vivaldi. Las dinámicas urbanas y culturales han sido abordadas por varios artistas, René Portocarrero lo hace desde La Habana con énfasis particular. ¿Qué piensa de su trabajo? La Gaceta de Cuba 41 Poesía < < Entrevista El pintor y dibujante René Portocarrero era mi amigo. Conversaba muy a menudo con él en su estudio habanero, y admiro su obra. Al llegar a este punto habría que citar, asimismo, a su compañero el pintor Raúl Milián, del cual Ígor Stravinski escribió un texto elogioso sobre sus piezas. En esa estancia en Nueva York conoció al curador de arte Alfred H. Barr Jr., ¿cuáles fueron las circunstancias? Sí, recuerdo que Alfred H. Barr Jr., con la colaboración de María Luisa Gómez Mena, preparó una exposición de pintura cubana en el Museum of Modern Art de Nueva York (1944), del que fuera su director. Allí incluyó a Raúl Milián. Y así fue como lo conocí. Frente al “Guernica” de Picasso y los bocetos previos que se exhibían en el Museum of Modern Art pude conversar con Alfred H. Barr Jr. Nos acompañaba, en esa ocasión, el filósofo y profesor exiliado José Ferrater Mora y el pintor Ponce de León. ¿Qué implicaba estar en la ciudad de Nueva York en los años 50? Era una ciudad de una ebullición cultural tremenda. Mi apetito era ir cuando podía a los museos neoyorquinos. Fui miembro de los Amigos del Museo del Moma. Cada sábado iba al Moma, al Metropolitan, al Whitney, etc. Allí llegó a conocer a diversos artistas norteamericanos. Una de las personalidades con las que me relacioné en Nueva York fue con el fotógrafo Edward Steichen, curador, en aquellos años, de la célebre exposición The Family of Men presentada en el Moma. Allí conocí a Mark Rothko. En la parte sur de Nueva York te podías encontrar a Willem de Kooning; o coincidir con Franz Kline, quien podía hacer, a brochazos, lienzos de un par de metros. Me refiero al Action Painting. En latas de aceite vacías ponía diversos colores en fila, para hacer sus cuadros. Pintaba con brochas gordas y a veces unía un par de brochas para los grandes trazos. En esa época conocí, asimismo, a Andy Warhol, antes de su éxito. ¿Fue en ese período que descubriría la obra de Kazimir Malévich? Sí, por esos años ya tenía noticia de la obra de Malévich. Aunque la definición del suprematismo concerniente a este artista nunca me ha resultado del todo clara, considero sensacional su idea de colocar un cuadro blanco sobre otro blanco. Para mí es la pieza más representativa del arte moderno. Si el arte moderno es ante todo la ruptura de la realidad más evidente, puede entenderse que ese cuadro inicia una nueva etapa del arte del siglo xix. Esto me hace incurrir en una contradicción: el arte moderno no existe a plenitud como el arte concreto no existe a plenitud. Lo que existe es trasladar ciertas representaciones a otras representaciones. Es lo que ocurrió con Malévich y su “Cuadro negro”. Lo vi en la Galería Tretiakov de Moscú, y me impresionó. Se trataba de un cuadro pintado con técnicas tradicionales, es decir, óleo sobre lienzo. Poco a poco me fui adentrando en lo que es la representación en cierta medida ambivalente y experimental de hacer dibujos de tendencias realistas y hacer dibujos de tendencias abstractas, por emplear clasificaciones ya establecidas. En ese período descubriría también a Paul Klee. Estuve a punto de comprarme un dibujo suyo. Pintores estrictamente abstractos no pude conocer en Nueva York. Pero intercambié correspondencia con algunos de ellos: Richard Paul Lohse, Anton Stankowski. Todo esto me permitió experimentar con la retícula, lo cual era muy importante. Los suizos lo sabían bien, entre ellos Josef Müller-Brockmann. Ese movimiento que fui descubriendo poco a poco me llevó a Max Bill y a Herbert Bayer con los que mantuve correspondencia desde Cuba. Y sobre los que he comentado en varios libros publicados. ¿Cómo fue su experiencia como diseñador gráfico en Cuba? En Cuba era muy difícil imprimir con calidad por las condiciones del bloqueo −un auténtico acoso a la Isla− lo que unido 42 Entrevista Dosier / Una línea llamada Manuel a la falta de materiales me llevó a asumir lo simple no como una carencia, sino como una convicción personal ante la representación plástica. De este modo, empecé a trabajar con cuadritos de papel, compraba papeles de colores, los recortaba, pegaba, rompía, etc. Esto fue así. A partir de 1967 me pidieron que trabajara para la Comisión de Orientación Revolucionaria y me solicitaron algunos murales para la Plaza de la Revolución. Ello me obligó a utilizar los recursos de la retícula, recurrir a los cuadrados, para elevarlos a otra escala. De estas concepciones partió el vitral que hice con las figuras de Fidel, Raúl y otros con los fusiles en alto. Asimismo, apliqué estas soluciones a otras escenas de la Revolución. ¿Desarrolló esta técnica desde otros temas más personales? Recuerdo haber comentado con Sandú Darié al respecto, quien me insistió en que utilizara esos recursos con otros contenidos. Pero yo le advertí que tenía que dar respuesta a los encargos de la Comisión. La temática era la Revolución. En otro sentido, me inspiraban los viajes que hice a Rusia en diversas ocasiones, pues me percataba de que Moscú vista desde arriba del hotel tenía una textura específica, que me atraía representar. ¿Esa sensación no la ha tenido al llegar de noche a la Ciudad de México? Claro. Es increíble ver esta ciudad de noche. Pero fui descubriendo que mucha gente no apreciaba esos destalles. Porque, o cerraban las ventanillas durante el viaje o no miraban por temor a la altura. Entonces reparé también en las variables referidas a la hora, al clima. Todo esto afectaba mi visión de las ciudades desde las alturas. Así como mis representaciones son realistas a pedazos. Cuadrados alterados según mis necesidades. ¿Qué piensa de las imágenes de esta ciudad realizadas desde las alturas por la fotógrafa Melanie Smith? Yo trato de no trabajar con la fotografía. Hoy sería más fácil recurrir a la fotografía aérea utilizando Google. Pero prefiero que mis propuestas tengan la imprecisión de los recuerdos. Si el arte moderno se define en la alteración de los contenidos de la pintura, en la conversión en arte de lo que no es arte, estos paisajes ¿qué serían? El concepto de paisaje se inició prácticamente en la Edad Media y tenía un rol de ambientación. Incluso se le pedía a un pintor que hiciera paisajes según las estaciones. A veces ese rol del pintor se percibía despectivamente. Era una práctica de la pintura menos apreciada. Una pintura menor. Sin embargo, todos los artistas han recurrido al paisaje y generalmente han chocado con un esquema que reproduce siempre lo mismo: árboles, flores, hombres, etc. En mi caso he venido desarrollando paisajes con cuadritos de colores y en algunas ocasiones los he hecho con colaboradores. Sobre estas propuestas he de advertir que yo he trabajado más desde el arte óptico y no tanto desde el arte cinético, porque no aparece en mis piezas el movimiento que encontramos en la obra de Jesús Soto o en la del propio Julio Le Parc. Me siento más cerca del movimiento virtual de Carlos Cruz-Diez. También Yaacov Agam es extraordinario. ¿Cuándo empieza a experimentar con estas propuestas geometrizantes? En los años 70 comencé a hacer un arte de rayitas para generar movimiento y estas soluciones las fui aplicando a los cuadrados de color. En conclusión mezclo un concepto del paisaje inédito, un concepto del urbanismo interpretado, y el movimiento y el cromatismo que antes había desarrollado hasta la saciedad Carlos Cruz-Diez. Todo esto sin renunciar al concepto plástico de la multiplicidad. < Ciudad de México, 4 de abril de 2015. De “Bitonalidad” Ernesto García Alfonso dudas el hecho de no estar permeado por ninguna teoría académica (me refiero a aquella que sirve para nombrar y saber pero no para entender) quizás me permita el surgimiento de una dimensión nueva no saber diferenciar a ciencia cierta si es verdadera o falsa el grado percibido una parte del conocimiento entre las que destacan el objetivismo nos distraen en el arte no hay ausencia de naturaleza combinación de ambas con ellas no tendría que girar el timón de repente utilizar una suma llena de colorines de manera predecible que al final oscurecen en la búsqueda de un final más efectivo más arriba exageración la fuerza creadora se atiene a determinadas leyes naturales que descartan lo excéntrico presta una mayor brevedad y precisión la forma pura tampoco el hecho simple debe subestimarse también conocer por mi cuenta significaría avanzar en un período más corto alcanzar un alto grado depurar es difícil de creer como algunos letrados pueden pasarse horas sin decir nada no quiero no me refiero a lo explícito memorizar también forma parte de la musculatura. minero a janett r. denis debemos hallar el punto más bajo se correlaciona con el pensamiento tanto una como el otro viven una existencia doble la normalidad también es una cuestión de fondo los cuerpos se superponen ácidos y naturales desmaterializados acercarse al origen sería acercarse a la muerte a un bajo nivel de asentamiento debemos hallar el punto más bajo la altitud se alcanza de forma indirecta los buenos perforadores son esos que saben ubicarse vida muy baja o nula horadar. punta-punto el primer paso debe ser inconforme después sabrás lo demás si acabara de nacer mi teoría sería empezar con el más difícil porque a lo mejor después no me alcanza la vida el cruzamiento entre las especies voladora y terrestre recobró mi naturaleza sin tener la más mínima necesidad de agitación que nadie entienda ni tan siquiera mi madre algo que sobresale ese otro sentir que nada tiene que ver con el deseo entre tirada y tirada releo la pobreza no me permite sacar las manos de la congeladora no hay progreso que pueda condicionarme siempre mantuve una cierta tranquilidad en una época donde todos querían hacerse ricos ya yo estaba como era la realidad no es la presencia sino la memoria producto de la rotación no suelen representarse juntas. connotaciones la naturaleza le ofrece a unos pocos un verdadero estado sensitivo el don de la metamorfosis es la fase donde el hombre es cónico y presenta un cerebro elástico capaz de moverse y de cambiar su forma sin ningún tipo de influencia adquirir una forma ovalada cuando las neuronas se solidifican sustancia inerte no desde el punto de vista farmacológico pero el elegido después no quiere imaginar no sabe priorizar le tiene terror a sufrir y al final se pasará la vida padeciendo como algo primitivo que le impedirá creer en sí mismo que le negará la posibilidad de liberación de pasar a la página siguiente. agrimensor la necedad también dejó una huella física en la forma de nuestro cráneo signos evidentes de reducción características como la anchura del imaginario son las que determinan la altura la profundidad en formas tridimensionales específicas menos visibles que el triángulo de la cara douglas crimp: debajo de todo cuadro hay siempre un cuadro mancha que no quiere salir? La Gaceta de Cuba 43 Foto: Archivo dejaran los zapatos fuera de la escuela y caminaran sobre el piso de tierra. Los maestros también se descalzaron. Y así se solucionó el problema. Otra historia de Bello se refería a un conocido poema de Raúl y la manera original como había sido creado. Contaba que seguramente era la década del 40, y Raúl andaba embarcado en un tren por el centro del país quizás en sus tareas sindicales. Entonces sucedió que uno de los pasajeros se le acercó y le dijo que le gustaría que no escribiera tanta poesía social, que, a ver, ¿por qué no le dedicaba un poema a Guaracabulla?; y era que el tren se había detenido en ese momento en la estación de dicho pueblo. Entonces Raúl, quien además era un improvisador asombroso, le compuso el siguiente texto: Parada en Guaracabulla ¡Qué dulce debe ser vivir aquí en Guaracabulla! ¡Junto al guajiro que a los trenes viene con esa ingenua transparencia suya! Las lomas azuladas en la tarde, noche que con los astros se encocuya, mansa quietud del pueblecito aislado. ¡Sueño sin bulla! Un día sacaré mi boletín hasta Guaracabulla. ¡Quiero entrar a vivir el sol tranquilo que al crucero del tren tanto me embulla! ¡Ojalá no me digan que en las lomas o en el palmar donde la brisa arrulla, no tienen los muchachos una escuela ni permite un señor que se construya! ¡Ojalá no me encuentre campesinos trabajando la tierra que no es suya, logrando su cosecha de sudores para que venga el amo y se la engulla! La mala memoria, Raúl Ferrer, y un gran sentido del humor Emilio Comas Paret S ería el año 69 o el 70 del siglo pasado y quizás yo era ya el director municipal de Educación de Caibarién, lo que sí recuerdo bien es que un día llegó la noticia de que Raúl Ferrer, entonces viceministro de Educación, vendría de visita y me tocaba atenderlo y acompañarlo en un recorrido por la ciudad. Ya conocía de Raúl Ferrer, había escuchado las historias de Antonio Hernández Pérez cuando se reunía el “taller literario” en el parque La Libertad de Caibarién, donde participaban Raúl, el propio Antonio, Pancho de Oraá, Galindo Lena, Machina y otros poetas. En algún Taller Literario de los de mi época, el viejo Bello, un hombre sabio de Yaguajay, nos había contado de cuando las 44 La Gaceta de Cuba circunstancias de entonces hizo juntar a dos grandes de la literatura cubana, a Onelio Jorge Cardoso y al propio Raúl, como maestros de una escuelita rural, con “muchos alumnos, pocos lápices y libretas, y unos sueños más grandes que el sol”. La escuela estaba enclavada en un central azucarero de la costa norte del municipio de Yaguajay que tenía nombre de vieja: “Narcisa”. Bello contaba que los maestros se dieron cuenta de que no todos los niños asistían puntualmente a la escuela, y cuando investigaron, sucedía que los muchachos no asistían porque no tenían zapatos, y pasaban pena ante los otros alumnos calzados. Entonces se les ocurrió hablar de ciertas fuerzas telúricas que facilitaban la enseñanza y el conocimiento de los educandos, y lograron que todos los niños Denunciaré esa paz de ruda cáscara vista con ojo de furtiva grulla, romperé la quietud del pueblecito, en el café se formará la bulla. ¡Dormiré en el cuartel, y al día siguiente saldré amarrado de Guaracabulla! Mi papá contaba también que Raúl era su cliente, cada vez que venía al pueblo almorzaba o comía en su fonda, y eran amigos. Conocía que Raúl había llevado una vida de militancia revolucionaria y en aras del beneficio social de los desposeídos. Que además era un maestro de larga data, graduado de la Escuela Normal de Maestros de Santa Clara y de bachiller en ciencias, que había trabajado treinta años como maestro en escuelas primarias y secundarias, llegando a ocupar diversos cargos en el movimiento sindical de los educadores. Ya luego del triunfo de la Revolución, Raúl era subdirector nacional de la Campaña de Alfabetización, y en su estilo de viejo luchador social acompañado del gracejo que siempre le caracterizó, nos había regalado este poema de circunstancia que se apoya en el humor para convocar: Alfabetización Voy a aprender a escribir, guajirita desdeñosa, para ponerte una cosa que me da pena decir. Qué doloroso es sentir que llevo dentro un jilguero cantándome: —Compañero, toma lápiz y papel y escribe: Guajira cruel, si no me quieres me muero. Bueno, pues una mañana llegó Raúl. Yo estaba un poco tenso por el encuentro, pero en cuanto intercambiamos saludos me dijo a la cara: ¿Tú eres el hijo de Emilio Comas, verdad? Y al asentirle con la cabeza me volvió a decir: Es un cocinero de primera, cocina la mejor langosta de Cuba. Después de eso ya éramos amigos. No recuerdo a qué centros escolares fuimos, pero como Raúl atendía Educación Obrera y Campesina tuvimos que haber hecho alguna visita a un centro nocturno, pero lo que sí no olvido es que me dijo que quería tomarse un batido en la cafetería El Españolito, y allá fuimos. El centro había cambiado algo, ya no era el españolito quien atendía, pues la cafetería había sido intervenida, pero seguía haciendo buenos batidos. Después caminamos calle arriba a otra cafetería famosa en Caibarién, La Riqueza, donde volvió a tomar otro batido, ahora de mamey. Y en eso me preguntó, ¿dónde tú vives? En Faife y Jiménez, le dije. Por ahí vive Gabriel Huerta, ¿no? Sí, le respondí, en la misma esquina de casa. Entonces se sentó en una de las banquetas y me dijo: Te voy a hacer una historia graciosa, Gabriel Huerta siempre fue muy amigo mío. Cuando eso yo vivía en Yaguajay, quería mandarle una carta y no tenía la dirección, nadie tenía su dirección, y se me ocurrió hacer la carta y poner en el sobre la siguiente cuarteta: “A mi amigo Gabriel Huerta/ que es dueño de una botica/ lejísimo, chiquitica/ y con una sola puerta”. Y lo más gracioso fue que la carta llegó sin contratiempos. Luego pasó el tiempo y la ya famosa águila por la mar y era el 14 de febrero de 1988. Estaba en Bejucal junto al Indio Naborí y el propio Raúl Ferrer, celebrando el cumpleaños ochenta de Félix Pita, nuestro amigo. Después de unos tragos y recordar cosas bien risueñas, a Félix se le ocurrió que todos los poetas le regaláramos una décima improvisada.Yo me aterré, aunque algo hice, pero Raúl tomó una servilleta y escribió sin pensarlo: ¿Quién llevó la melodía al árbol de las estrellas? ¿Cuándo las rosas más bellas se revuelven en poesía…? ¿Dónde han nacido y que día se rompe en flores la loa…? Y con la luz en la proa dijo desde su canoa una iguana de cristal: Félix Pita en Bejucal y el Indio en Guanabacoa. El cuatro de mayo de 2015 Raúl llegó a su centenario, y lo hace con una obra detrás que lo inmortaliza, y no me refiero solo a su obra literaria, que vive más plena después que el cantautor Pedro Luis Ferrer, su sobrino, musicalizara y popularizara algunos de su más conocidos poemas; vive también en el recuerdo de su acción social y política en beneficio de los más menesterosos. Por todo ello es que Raúl hoy sigue con nosotros en el bregar cotidiano y diario. < La Gaceta de Cuba 45 > Dosier-Lecturas Estelas, distopías, pos-apocalipsis: crónicas de Rinaldo Acosta Luis Álvarez Álvarez E n verdad, Crónicas de lo ajeno y lo lejano, de Rinaldo Acosta –libro inusitado en el magro panorama de la reflexión cubana sobre las corrientes de la literatura más allá de la Isla–, me ha resultado por completo impactante desde que lo leí. No es condición suficiente el hecho de haber yo visto una treintena de veces el filme Solaris, de Tarkovski, y estar dispuesto a verlo otras tantas: al fin y al cabo, entre Fahrenheit 451 y El vino del estío, siempre me fue más grato releer el segundo, antes que el primero. No, no soy un fanático de la ciencia ficción, y la afinidad con el tema no explica para nada mi total entusiasmo frente al libro de Acosta. En busca de razones para lo que, subrayo, es ante todo admiración cabal, la primera cuestión está ya esbozada antes: es uno de los poquísimos ensayos que, en las décadas últimas, se ocupa con absoluta seriedad intelectual de calibrar tendencias de la creación literaria fuera de Cuba –y de su entorno más inmediato, Latinoamérica–. Es un riesgo, en un planeta cada vez más pequeño, permanecer encuadrado en un perímetro demasiado local: esto impide no tanto comprender la amplitud de lo que nos rodea, cuanto penetrar en la propia identidad. Es, mal que les pese a algunos, una regla dorada Crónicas de lo ajeno y lo lejano nos abre un punto de mira hacia un sector de la creación literaria mundial, con muchos años de existencia además, que ha recibido muy poca atención crítica e investigativa en nuestro país, aun cuando, como del saber cultural. En tal sentido, 46 Dosier / Lecturas Rinaldo Acosta recuerda a lo largo de su estudio, puede hablarse de una ciencia ficción cubana desde hace bastante tiempo. El libro, pues, en primera instancia, y particularmente en la sección “Todos los caminos conducen a Trántor”, realiza una valoración histórica de extraordinario valor acerca del surgimiento –y las polémicas al respecto–, fases del desarrollo y avatares generales de la literatura de ciencia ficción. Por ello, y porque el autor nos habla desde una capacidad integradora, una voluntad de investigación y una curiosidad impenitente y minuciosa, la ciencia ficción es presentada tanto en sus etapas cruciales como en sus modalidades más peraltadas, desde los pulps, la ópera espacial, la ciencia ficción blanda y la dura, el astro-futurismo, y otras modalidades históricas, caracterizadas y evaluadas con un conocimiento realmen- te erudito, pero desde una actitud valorativa marcada por el sentido humano y la sensibilidad. Esta voluntad historiadora entrañaba ya una serie de riesgos, en particular porque Acosta debía enfrentar más bien la evolución específica ni siquiera de un género, sino de una zona de alta complejidad en la producción literaria de la Modernidad, considerada por él, además, no en los límites de una literatura nacional, sino en su más difícil dimensión del quehacer creativo de la etapa moderna de la cultura hasta el presente en curso. En una aspiración de tal magnitud, es inevitable que aparezca una interrogante crucial, que, a mi parecer, tiene su formulación más nítida en Henryk Markiewicz: “¿ha de concentrar el historiador literario toda su atención exclusivamente en los rasgos de literariedad de las obras investigadas, o ha de abarcar con ella también otros rasgos, por ejemplo, las características cognoscitivas o de ideas?”.1 Estriba aquí uno de las cuestiones de mayor relevancia y seriedad intelectual en estas crónicas de Acosta: el panorama de desarrollo de la ciencia ficción, conformado con minuciosidad erudita y con máxima sustentación en autores, obras, revistas y polémicas, aparece jalonado una y otra vez con una meditación –por momentos de alto calibre– acerca de las relaciones múltiples entre la ciencia ficción y la cultura de la modernidad y la posmodernidad. Aunque podrían señalarse muy numerosos momentos de este proceder del ensayista, elijo uno que, en particular, me resulta brillante enlace entre la perspectiva necesaria para un estudio intragenérico, y la meditación sobre el engarce de un tipo de producción artística en el marco mayor de la cultura. En la segunda parte del libro, titulada “‘Posibilidades extrañas’: ciencia ficción o fantasía en la fantasía”, Acosta se extiende más en una perspectiva teórico-literaria –la cual, si bien recorre toda la primera sección del libro, en esta está mucho más inclinada hacia el punto de vista histórico-literario en sí–; de acuerdo con ello, dedica todo un epígrafe a la cuestión del extrañamiento, categoría que –derivada de la ostranienie de los formalistas rusos– se considera como una de las caracterizadoras de la ciencia ficción. Al detenerse en este punto, Acosta trasciende los límites de lo estrictamente literario para comprender su objeto de estudio desde una amplitud cultural tanto más reveladora, cuanto ha venido siendo preparada, gradualmente, En la cf [Nota: es la abreviatura que emplea Acosta para referirse a ciencia ficción] son extremadamente frecuentes –tanto como para ver en esto un rasgo regular del género– los casos en que el autor recurre al procedimiento de describir lo habitual desde una perspectiva ajena, desde otro sistema, internamente coherente y dotado de sentido, de coordenadas culturales, de tal modo que lo familiar, lo que damos por sentado, resalte de pronto como un caso particular, como una elección cultural. Nuestra propia posición cultural queda así relativizada y lo habitual deviene “extraño”.2 construcción simbólica”, en el cual Acosta analiza con percepción de largo alcance el significado último de ese futuro que, en general, constituye el ámbito temporal de buena parte de la ciencia ficción: es, en realidad, una dimensión simbólica en la cual se está representando una fractura profunda en la evolución misma de lo humano, una re-catalogación de las culturas de acuerdo con el significado posible que el futuro adquiere dentro de ellas. Pero, al mismo tiempo, el examen cuidadoso de Acosta nos revela, de manera tácita, pero demoledora, que el futuro diseñado en las culturas adoradoras del tiempo férreamente lineal como sendero prodigioso hacia la perfección total de la sociedad, es no un absoluto, sino una modelación simbólica que, en cuanto tal, resulta tan frágil y aterradoramente efímera como cualquier otra. Este ensayo, por tanto, no queda encerrado en la temática de la ciencia ficción –por sí misma apasionante en tanto serie cultural evolutiva–, sino que acarrea una reflexión paralela de altos quilates: nos enfrenta al hecho de que la ciencia ficción también ha venido siendo, en las mejores de sus obras sobre todo, pero no solo en ellas, una manifestación de inquietudes, fantasmas y opresiones del hombre contemporáneo frente a la sombría realidad actual, donde el desarrollo tecnológico a ultranza hace mucho tiempo que ha perdido aquel relumbre de panacea universal de que el positivismo y otros discursos totalizadores triunfalistas lo dotaran desde la segunda mitad del siglo xix. De aquí que Acosta subraye con énfasis lo que él denomina –en consonancia con otros autores como Rosemary Jackson– la naturaleza oximorónica3 de la ciencia ficción, que “nos está diciendo algo importante acerca de este género: su propensión a desafiar, cuestionar o subvertir las formas habituales, lógicas, de pensamiento”.4 En efecto, una y otra vez, Acosta pone al lector sobre un hecho que trasciende lo estrictamente literario: la ciencia ficción, en las zonas de intensa calidad y cuestionamiento de la realidad que forman su médula reflexiva y artística más valiosa, tiene una consecuencia de vital importancia: por una parte, pone en crisis el cada vez más maltrecho pensamiento logicista de la modernidad, con su pretensión de verdades inefables y sistemas impertérritos, y por otra parte nos llama, con la intensidad de que solo son capaces el arte y la ciencia, a reactivar el pensamiento paradójico.5 De aquí, por ejemplo, el valor conceptual penetrante del epígrafe “El futuro como Crónicas de lo ajeno y lo lejano, pues, aborda mucho más allá que la ciencia ficción en sí misma: nos habla de nuestro tiempo, de vibraciones de la cultura actual que es imposible desconocer. No quiere ello decir que la ciencia ficción sea un mero pretexto en el libro: al contrario, este tema es abordado con un verdadero saber. Por ello mismo es inevitable pensar, pensar en paradoja y alternatividad. Acosta, por ejemplo, nos habla del slipstream, que alude a obras de arte que, sin ser propiamente ciencia ficción, están marcadas por ella, como por estelas. Pues bien, ¿ocurre esto solo en el arte actual? ¿No empezamos a ver nuestra cultura marcada también por estelas que, proviniendo de una forma relativamente reciente de arte, forman parte de desde la sección inicial del libro, en apariencia concentrada solo en los avatares de la evolución de la ciencia ficción. Señala el ensayista: La Gaceta de Cuba 47 una sensibilidad y una perspectiva que nos obliga a enfrentar la paradoja, el horror de la linealidad, la necesidad de una actitud más responsable ante un mundo en el cual ya no enfrentamos hechos estrictos, sino, también, anti-hechos –contrafactuales me pediría escribir Acosta– que penden cada vez más en un horizonte ambiguo? La ciencia ficción nos recuerda, a su modo artístico –cuando es su marca fundamental– o divulgativo, o incluso comercial y aventurero –en sus zonas de menor estatura, que existen en todas las formas de arte–, que el apocalipsis debe ser previsto y detenido, en vez de acomodarnos a la blanda y maligna miopía que impidió a muchos percibir las humaredas de Auschwitz o Treblinka. El apocalipsis, como en el texto bíblico, no se produce de golpe, sino por fases. La ciencia ficción, tal como nos es mos- trada por un investigador y un hombre de cultura real como Acosta, nos alerta contra la ingenuidad de pensar que no han ocurrido ya algunas de sus fases, y es preciso pensar nuestro presente, en ciertas esferas, como pos-apocalíptico. Pero ello exige una trasformación cabal, a que el autor de Crónicas de lo ajeno y lo lejano nos convoca en tanto lectores: una vez más, hay que mirar estos textos tan marcados, claro que sí, de fantasía, aventura, prodigio, incertidumbre, tecnología y angustia, como mero entretenimiento vacío, narrativa de pésimo papel gaceta para pasar un breve rato. No, la ciencia ficción, síntoma de un tiempo en crisis profunda, es un reto y un alerta de cultura para enfrentar nuestro presente como un sitio que debe ser cambiado, y que, distópico como es, no nos puede cegar ni convertirnos en autómatas sin posible destino. Es esta la médula de las crónicas de Acosta. Que haya obtenido el Premio de la Crítica Literaria en 2011, es cosa accesoria y de simple justicia. Lo esencial es su resonancia y su fuerza, como brillante ejercicio del saber, pero, sobre todo, como palabra responsable de cultura. < 1 Henryk Markiewicz: Los estudios literarios, conceptos, problemas, dilemas, selección y trad. de Desiderio Navarro, La Habana, Centro Teórico-Cultural Criterios, 2010, p. 8216. 2 Rinaldo Acosta: Crónicas de lo ajeno y lo lejano, La Habana, Ed. Letras Cubanas, 2010, p. 335. 3 El oxímoron es una integración, en una misma frase o estructura sintáctica, de dos palabras cuyo significado resultaría de otro modo incompatible y aun opuesto, tal como “silencio atronador”, y otras por el estilo. El oxímoron es una estructura tal –en su esencia semántica–, que la contradicción resulta reveladora. 4 Rinaldo Acosta: ob. cit., p. 325. 5 Cfr. ídem. De nuevo juntos: Mariano y Lezama* Ramón Vázquez *Lápiz a su nube. Mariano y Lezama, edición de Beatriz Gago Rodríguez y José Veigas Zamora, Madrid, Ediciones Vanguardia Cubana, 2014. 48 Dosier / Lecturas N o es un secreto la singular y prolífica relación de confraternidad, de afecto, de trabajo y de creación que durante cuarenta años unió a pintor y poeta. Lápiz a su nube es un verso de un poema de Lezama ilustrado por Mariano. Y es también el título de un libro recién publicado que nos invita a repensar, a retomar esa relación, a recorrer los caminos trazados por la más memorable aventura de la cultura cubana del siglo xx, los caminos que llevan a Orígenes, desde sus primeros trechos hasta su travesía final. Pero en su lectura, no seremos solo guiados por la imaginación, la documentación o el estudio, pues como se dice en la contraportada su “cualidad esencial es la de ser narrado por sus propios protagonistas, recreando una especie de diálogo entre dos gigantes de la cultura cubana”. Con esta publicación las Ediciones Vanguardia Cubana siguen cumpliendo, a los diez años de creada, con uno de sus propósitos iniciales: ir documentando, en la medida de sus posibilidades, el desarrollo de nuestros artistas mayores y de algunos episodios importantes en la más reciente historia artística de Cuba. Habitualmente, quienes se interesan sobre estos temas se encuentran con un notable vacío documental o, aun peor, con la repetición infinita de errores, que, a partir de la más sencilla cronología, por ejemplo, pueden generar tergiversaciones de la historia e interpretaciones arbitrarias. Así se han establecido, incluso, dudosas jerarquías. El libro agrupa las fuentes más importantes que documentan esa relación: la palabra viva de Mariano hablando en 1986 de Lezama y de la experiencia de Orígenes; la totalidad de los textos del poeta sobre el pintor y una valiosa correspondencia a y de Mariano, o sobre él, especialmente durante sus estancias en Nueva York en los años 40 y en la India en los 60. Algunas de estas cartas, provenientes del archivo del pintor, se publican por primera vez. Están así recogidas las impresiones de Mariano frente a la sala de Rembrandt, o frente al “Paisaje de Toledo” del Greco en el Metropolitan; también el enfrentamiento “con mi primer Cézanne, magnífico”. (Por cierto, mencionado como un mito desde los tiempos de Romañach en “San Alejandro”, aunque desconocido, en Cuba, Cézanne no pudo ser asumido en toda su grandeza quizás hasta que Mariano lo estudiara en profundidad.) No ha sido hábito de nuestros artistas –salvo excepciones– llevar un archivo estricto de sus trabajos profesionales. Muchos de ellos, sin embargo, dejaron una elemental recopilación de sus vidas y sus obras en aquellos grandes scrap-books destinados sobre todo a bodas y bautizos. Eran las versiones caseras de los archivos, casi siempre tarea de alguno de los familiares. Ellos guardan, con poco orden, recortes de prensa, fotos personales o de obras no localizadas, documentos originales, catálogos muy raros, alguna que otra joya bibliográfica. Recortes de periódicos únicos, que ya no existen en ningún lugar, o que no pueden ser consultados, a punto de desintegrarse en alguna hemeroteca o archivo particular. Hicieron estos álbumes Enríquez, Abela, Ravenet, Amelia, Peñita y otros. Gracias a esas compilaciones caóticas, llenas de sorpresas y rectificaciones, podemos ir reconstruyendo el devenir del arte moderno en Cuba. Mariano fue, sin dudas, más cuidadoso con sus papeles, de manera tal que hoy podemos sacar a la luz apuntes o documentos inéditos, que aparecen por primera vez en este libro. Lápiz a su nube se beneficia no solo de todos estos hallazgos sino de la abundante bibliografía y de los numerosos estudios de años recientes sobre Lezama, el otro interlocutor importante en este diálogo. El libro se sitúa en ese punto de inflexión en que los autores –Alberto Garrandés y Luisa Campuzano– han disfrutado ya de un corpus extenso de imágenes y textos, fuentes primarias que incrementan la posibilidad de establecer relaciones y correspondencias hasta ahora no imaginadas. En sus reflexiones, los autores se han nutrido desde ensayos trascendentales hasta minucias anecdóticas. Y han consultado, finalmente, esos libros de lectura interminable que son los cuadros mismos, generosamente reproducidos. Alberto Garrandés se ocupa en su “Levantamiento de la fábula” de las obras de Mariano en la Colección José Lezama Lima. Enfatiza con una mayúscula la palabra “colección”. Un estudioso del tema del coleccionismo –ligado no solo a la historia del arte sino a tantas otras disciplinas o prácticas– discutiría el término, pues en este agrupamiento ha faltado lo que, con lenguaje profesional, tal estudioso llamaría “intencionalidad selectiva”, es decir, la acción de escoger ejecutada por el coleccionista. Lezama no lo era, aunque hoy pueda seguirse viendo en su casa-museo pinturas y dibujos muy importantes, como el “Malecón”, de Portocarrero, el retrato de Arche o “Los novios”, de Arístides Fernández. Lezama recibía las obras como parte de los rituales de la amistad, de las fechas canónicas de cumpleaños y santos establecidos por (o impuestos a) su círculo de amigos. Mariano regalaba un cuadro o pintaba un retrato con la misma delicada cortesía con la que Lezama escribía un soneto para un amigo, introducía una exposición u ofrecía un libro recién salido de la imprenta, con alguna de sus dedicatorias antológicas. Este comportamiento grupal estaba regido no solo por la comunidad de propósitos sino por la amistad cohesiva. Una vez colgada en las húmedas paredes, la obra cambiaba de cierto modo su significado. En una ocasión Mariano olvida el día de san José, el santo de su amigo, y pinta con prisa una obra. La llama “Pelea de gallos”. A partir de la entrada en el espacio lezamiano será “El gallo japonés”. No encuentro la palabra adecuada para calificar un conjunto de obras que ha ido creciendo al paso de los años de manera azarosa, si es que le discutimos, como los puristas, la categoría de colección. Sin dudas este agrupamiento, con su historia anecdótica a cuestas y con sus valores intrínsecos, ha formado una nueva unidad de significación. De ella, Garrandés toma la obra de Mariano –la mejor representada– y se propone buscar “una ordenación secreta, como si de un relato se tratara”, como escribe en la primera línea. Lo que ha ido conformándose en el tiempo es –dice el autor– una “serie”, una “sucesión” que debe reconfigurarse en “proceso” o en “sistema”. Garrandés se aplica a este propósito. Establece “instancias” o agrupamientos de obras a partir de determinadas confluencias no evidentes o francamente “inventadas” –en su sentido etimológico de “encontradas” o “descubiertas”: el gallo japonés junto al Carnaval de Santiago; o “La mujer de la playa” junto a “El pelador de papas”, que puede ser además un avatar del gallo japonés… Para terminar, el retrato mismo de Lezama, en todas sus variaciones, está incluido en el relato de Garrandés como “el observador supremo, el vigilante que registra, y participa, el veedor, y es así como ingresa en las formas y los paisajes de estas obras”. Debo pasar ahora al comentario del otro texto. El resto de este estimulante acercamiento a partir de obras de Mariano queda para el que Cervantes llamaba, con bastante razón, “desocupado lector”. Cito: “Paseaban por La Habana en tiempos en que todos los termómetros del mundo registraban un grado menos de calor…”. Al final de la cita estamos de inmediato dentro de la atmósfera de la cual no saldremos hasta el punto final. Así comienza el texto de Luisa Campuzano –“Paseos, papeles, pinceles”– dedicado a las relaciones entre Mariano y Lezama, tema inagotable, si los hay, entre los muchos de esta época espléndida de la cultura cubana. Sentimos como si en la frente comenzaran a aparecer pequeñas gotas de sudor. Caminamos a paso lento por La Habana y acompañamos a dos jóvenes aún sin nombrar. Se llaman, por ahora, el poeta y el pintor. Carpentier les hubiera concedido las mayúsculas. ¿Pero qué manera es esta de iniciar un ensayo? ¿Es este realmente un ensayo? ¿De qué tratan en realidad estas líneas? Afortunadamente su autora ha preferido eludir (o esconder) la erudición y el lenguaje solemne, y contarnos, con la desenvoltura, la inteligencia, la claridad y la La Gaceta de Cuba 49 gracia que son suyas, un relato, el de una relación ejemplar, narrado en un tono que parece como el esquema, algo desarrollado, de una posible novela biográfica. Ha comenzado con una oración de impacto, como si recordara el decálogo del viejo Quiroga. (Más bien, se diría que impacta el párrafo completo, en que nos presenta a sus personajes, el espacio en el que se mueven, el ritmo de esas caminatas y el tono de las conversaciones: las salvadas, las imaginadas, las perdidas. Paseos, plazas, calles de adoquines, y también el naranja de los flamboyanes y la brisa de Casablanca…) No es el retrato de dos artistas adolescentes, pues ambos pasaron ya por esa etapa, aunque es, sin dudas, el testimonio de un aprendizaje. Curiosamente Lezama, solo dos años mayor que Mariano, juega muchas veces el papel de tutor, aconsejando, regañando, elogiando… La progresión es lineal. Para nuestro provecho, todo fluye como fluyó en la vida real, con todos sus recovecos. En ese trayecto se entrecruzan varias voces: la de Lezama dirigiéndose a Mariano o viceversa, o la de Rodríguez Feo, testigo activo de esta relación amistosa, hablándole a Lezama del que llamaban el Flaco, Cyrano o el Pintor. Conocemos las preguntas y las respuestas; algunos comentarios jocosos o de cariñosa ironía de Lezama, quien se impacienta por la prolongación de la estancia de Mariano en Nueva York o se preocupa de que Rodríguez Feo llegue a convertirse en un scholar de universidad yanqui, al estilo de don Américo Castro… El escenario central de la acción es la parte más antigua y activa de La Habana, como se llamaba entonces a toda una zona específica de la ciudad, extendida más allá de lo que hoy es la Habana Vieja. Los polos de la narración no estaban lejanos entre sí. Uno, la casa-estudio, alta, luminosa y ventilada de la calle Empedrado, desde cuyas ventanas se veían las azoteas y el Morro. Allí posiblemente hayan surgido los retratos de Lezama. El otro polo, la casa oscura y cavernosa de Trocadero, a un paso del Prado. Entre ambos, muchas escalas intermedias detuvieron a los caminantes. Imagino a Luisa frente a un mapa de la Habana Vieja desplegado ante su vista, reconstruyendo, casi arqueológicamente, los itinerarios posibles de los paseantes: las calles de los bancos y las librerías, las esquinas por donde torcían el camino y por qué lo hacían, las aceras de la sombra, las pausas para una cerveza fría en La Lluvia de Oro, felizmente intacta, los saludos a los amigos libreros… Solo así nos explicamos la recreación de un ambiente que incluye desde los largos mostradores de caoba, derramados de cerveza, hasta el 50 Dosier / Lecturas territorio mismo, todavía centro comercial y financiero de la ciudad. Largas caminatas, demoradas y hasta detenidas, para hablar de arte y de literatura, para encontrarse con amigos, entre ellos Víctor Manuel, nuestro Sócrates callejero. La brisa en el Paseo del Prado era otra buena pausa antes de Trocadero. El mismo Prado, que unos años antes había sido también punto de encuentro y disensión de los entonces jóvenes propulsores del “arte nuevo”, al salir airados de la Asociación de Pintores y Escultores, que Carpentier llamaba “el club de dominó de Prado 44”. Paseos, papeles, pinceles, en efecto. Al mismo tiempo, entre tantos paseos creadores, en medio de tantas conversaciones y discusiones definitorias en Empedrado o Trocadero, entre tanta creación bullendo en sus imaginaciones, y, por qué no, entre tanta befa, iban surgiendo como una respuesta, en aquella Habana indiferente, los libros y los cuadernos, las revistas, las pinturas, que se enfrentan, como dice Luisa, no solo a una academia rutinaria, aún con poder, sino a la generación precedente, en un proceso dialéctico de asunción y rechazo, que Lezama manejó con mucha sabiduría. Una ciudad indiferente, aunque profundamente amada, sentida y explorada en sus entrañas, a la que quisieron dedicar una revista que se llamaría Consagración de La Habana y que finalmente cuajará en Orígenes. Casi todos hemos leído, una o más veces, los textos de Lezama sobre Mariano, los epistolarios de Lezama, Rodríguez Feo o Piñera; el diario del poeta, las entrevistas al pintor… Los asumimos cada uno en su singularidad, como textos aislados, que no hemos confrontado entre sí más que en el breve instante de la lectura, remitidos a la fugaz memoria. En mis años universitarios un profesor español, Federico Álvarez, nos enseñó a “despiezar” una obra literaria como instrumento para analizarla en su estructura y su coherencia. Así, estuvimos creo que un semestre “despiezando” El Siglo de las Luces. Contra toda suposición, fue para mí un ejercicio revelador. Esto viene a colación porque tengo la impresión de que Luisa “despiezó” todos los documentos que pudo allegar; que inclusive llegó a incorporar tradiciones orales o comentarios entre jocosos y serios, escuchados en la sala de una casa viboreña. A la familiaridad de una carta personal, al comentario risueño, a la ironía o a la burla cariñosas extraídas de estas cartas cruzadas y a todos los testimonios de quienes compartieron ese pedazo de espacio y de tiempo, debe este trabajo su frescura de vida fluyente, de sucesos contingentes, que se intercalan con textos trascendentales divulgados en Orígenes u otras publicaciones. Después del despiezo, viene la recomposición. La autora ha trazado así una imagen dinámica de la relación entre Mariano y Lezama, con la eventual participación de Rodríguez Feo. El pintor ha dejado de ser una figura plana y ha adquirido, gracias a estas otras dimensiones, un carácter orgánico, de ser más integral. Un pintor que, además, nos sorprende por la agudeza de sus razonamientos, por la disciplina, por la seguridad de sus metas y por la claridad con que las expone, cosa que es poco frecuente entre nosotros. Nunca he tenido una visión tan coherente de Mariano como la que resulta de este texto: un pintor que es algo más que una mano prodigiosa. No puedo extenderme más sobre un texto que invita a la glosa y al comentario. No obstante, quiero antes de terminar referirme al último regalo que se hicieron mutuamente Mariano y Lezama. En 1960 Mariano viaja a la India como diplomático durante año y medio. Las cartas desde Nueva Delhi encendieron la imaginación del poeta, conocedor a fondo de una cultura “que comienza por regalar once sentidos”. Es, para Lezama, el viaje de un americano que retoma la ruta de la seda y, conociendo el mango trasplantado, quiso conocer –según Lezama– “el árbol plantado en su nacimiento”. A su regreso, Mariano expone a mediados de 1962 óleos y tintas en la Galería de La Habana. Lezama escribe, a petición de Mariano, unas palabras deslumbrantes, iniciadas con una frase ya famosa: “Dichoso Mariano que ha podido ver los cuatro grandes ríos:/ El Ganges, el Sena, el Amazonas y el Almendares…” Palabras que provocan sorpresa y alegría enormes, y después incitan a la búsqueda de su sentido, pues Lezama no haría una boutade o una frase ingeniosa a partir de un tema tan importante para él: la incorporación de Cuba al universo, del mismo modo que en 1939 quería “convertir el majá en sierpe, o por lo menos en serpiente”. Mariano le ha regalado a Lezama la oportunidad de cerrar un círculo. El suave Almendares con sus aguas tranquilas, lodosas y verdes, discurre ahora, reunido en la imagen lezamiana, mezclando sus tintes junto a los de las grandes corrientes de la cultura universal. < Abril 2014 Escrituras del tiempo Las alas son velas. El viento, que sopla desde el Paraíso, está en ellas. Walter Benjamin, Interpretación del Angelus Novus de Paul Klee. Félix Julio Alfonso López E l primer libro que leí del doctor Oscar Zanetti Lecuona, hace más de veinte años, cuando estudiaba el segundo curso de la licenciatura en Historia en la Universidad de La Habana, me atrajo en primera instancia por el título, de indudable sabor literario, pues parecía el rótulo de una novela de aventuras: Los cautivos de la reciprocidad. Conocer quiénes eran aquellos cautivos y qué extraña reciprocidad los sujetaba, me introdujo de manera seria en un tema particularmente sensible para la naciente república cubana, me refiero al Primer Tratado de Reciprocidad Comercial con Estados Unidos, cuyos nefastos corolarios en el orden de la dependencia y el subdesarrollo lastraron la economía insular durante décadas. Aquel libro, deplorablemente impreso,1 tenía su origen en la tesis doctoral de Zanetti y estaba muy bien escrito, con una prosa elegante y precisa, superior a los estándares narrativos con que habitualmente se hacía, y en buena medida todavía se hace, la historia económica en nuestro país. Al año siguiente frecuenté las páginas de un manual de metodología de la investigación histórica escrito por Zanetti, Aleida Plasencia y Alejandro García,2 muy sugerente por la manera diáfana en que nos enseñaba las artes de la pesquisa historiográfica a los bisoños estudiantes, en particular el capítulo siete (uno de los escritos por Zanetti) dedicado al proceso de la investigación histórica. Aunque después he leído muchos otros manuales de metodología, no dejo de recordar con cariño aquel volumen, que todavía conservo con numerosas anotaciones en mi biblioteca. Ambos campos han marcado la mayor parte de la carrera profesional de Zanetti: de un lado, el cultivo de la historia económico-social de los períodos colonial y republicano, con énfasis en los procesos relacionados con la producción y lo que pudiéramos llamar la civilización azucarera en las Antillas hispanas;3 y del otro, sus reflexiones de orden teórico y epistemológico sobre la ciencia histórica, y en particular sobre la historiografía, entendida como discurso, es decir, las diferentes maneras y modos de investigar y escribir la historia a lo largo del tiempo, por sucesivas generaciones de historiadores. Una incursión sistematizada del autor en este último asunto –al que por lo general los historiadores profesionales no suelen prestar suficiente atención, pues lo consideran un ejercicio erudito o que los La Gaceta de Cuba 51 Dosier-Lecturas< desvía de sus investigaciones específicas–, fue el libro titulado Isla en la historia. La historiografía de Cuba en el siglo xx, publicado por Ediciones Unión en su Colección Clío en 2005.4 Allí Zanetti demostró, en apenas noventa cuartillas, su profundo dominio de la producción escrita por los más relevantes historiógrafos de la pasada centuria, y en una síntesis magistral nos ofreció una exhaustiva cartografía, no solo de los valores e insuficiencias de los textos y autores analizados, sino que también ilustró sus circunstancias particulares de producción intelectual, dentro de los complejos procesos sociales, políticos y culturales de Cuba en aquel siglo preñado de acontecimientos. A diferencia del volumen citado, estructurado de manera orgánica como libro, este que comento titulado La escritura del tiempo. Historia e historiadores en Cuba contemporánea, nuevamente publicado por Unión en su colección de obras históricas, es una antología de ensayos, conferencias y entrevistas con reflexiones comunes al quehacer historiográfico, y que su autor ha publicado en revistas o pronunciado en eventos científicos durante los últimos años. Pese al origen diverso de los textos, estos logran una admirable unicidad dentro del corpus del libro, y su lectura es posible realizarla de manera coherente y holística. En un panorama editorial donde las ilustraciones de los libros no suelen ser muy apreciables, es de agradecer la imagen seleccionada para la cubierta, el Ángelus Novus del pintor suizo Paul Klee, una obra que perte52 Dosier / Lecturas neció al filósofo y crítico literario alemán de origen judío Walter Benjamin (1892-1940), y sobre la cual construyó su teoría sobre el “Ángel de la historia” en su célebre ensayo Tesis sobre la filosofía de la historia.5 La obra se divide en tres secciones, agrupadas bajo las denominaciones genéricas de El Tiempo, Las Palabras y Los Hombres, en cuyos apartados reúne trece textos relacionados con el tiempo como categoría epistémica para el conocimiento de la historia, el ensayo y sus problemáticas como género historiográfico, los avatares de la historia social y económica en Cuba y Latinoamérica, una revisión de la historiografía nacional en la etapa posterior a 1959 y un conjunto de ensayos dedicados a figuras cimeras del oficio de historiador en Cuba: Julio Le Riverend (1912-1998), Raúl Cepero Bonilla (1920-1962), Manuel Moreno Fraginals (1920-2001), Juan Pérez de la Riva (1913-1976) y Francisco Pérez Guzmán (1940-2006). Se trata de nombres imprescindibles de nuestra historiografía contemporánea, y sus obras son examinadas con objetividad y rigor, valorando sus numerosos aportes y enseñanzas, y señalando también sus limitaciones y objeciones, siempre con el acertado juicio de considerar sus méritos mucho más trascendentes que sus faltas. Valga como ejemplo esta perspicaz opinión sobre la creación intelectual del autor de El ingenio: “el perenne cuestionamiento que la caracteriza, la propuesta a veces rotunda de sus hipótesis, sus calificativos de tono irreverente, harán que la obra de Moreno ofrezca por mucho tiempo materia para la controversia, única manera de mantenerla viva”.6 Quisiera referirme de manera breve, a algunas de las trascendentes cuestiones que Zanetti aborda, y que remiten directamente al corazón de la historia como ejercicio intelectual. La cuestión del tiempo histórico en absoluto es un asunto menor, y ello ha provocado dilatados debates y querellas entre historiadores, antropólogos y sociólogos, y quizás el más formidable de sus expositores fue el gran historiador francés Fernand Braudel (1902-1985) con su famosa teoría de las duraciones históricas: la del tiempo breve, el de la vida de los individuos; el tiempo intermedio de la coyuntura o tiempo oscilante y el tiempo largo de las estructuras profundas, no sujetas a los cambios que suelen ocurrir en la superficie de los hechos.7 Zanetti participa en la polémica desde una postura más sosegada, con la convicción de que el tiempo es una de las dimensiones claves de la creación historiográfica, distanciándose de interpretaciones mecanicistas, esencialistas o anacrónicas, y desde una perspectiva integradora de la cronología, los procesos de cambio y la periodización, postula que: “Estamos condicionados por el tiempo vivido y por las experiencias adquiridas en una sociedad organizada sobre pautas temporales, pero somos también constructores del tiempo, tanto al aceptar los valores temporales impuestos como cuando optamos por proyectar futuros distintos”.8 Las reflexiones de Zanetti sobre el tiempo, incluyendo las del estudio titulado con reminiscencia proustiana “Recobrar el tiempo, pensar históricamente”, me hicieron evocar aquel hermoso ensayo de la escritora belga Marguerite Yourcenar titulado “El tiempo, gran escultor”, donde la autora de las célebres Memorias de Adriano nos recuerda el fatum que parece marcar el devenir de los hombres y de las sociedades, esa duración creadora y devastadora a la vez: El día en que una estatua está terminada, su vida, en cierto sentido, empieza. Se ha salvado la primera etapa que, mediante los cuidados del escultor, la ha llevado desde el bloque hasta la forma humana. Una segunda etapa, en el trascurso de los siglos, a través de alternativas de adoración, de admiración, de amor, de desprecio o de indiferencia, por grados sucesivos de erosión o desgaste, la irá devolviendo poco a poco al estado de mineral informe al que la había sustraído su escultor […] Estos duros objetos […] han padecido a su manera lo equivalente al cansancio, al envejecimiento, a la desgracia. Han cambiado igual que el tiempo nos cambia a nosotros.9 científicos, es decir, como nos apunta Zanetti: “El historiador expone los resultados de su indagación mediante una expresión organizada, articulada en partes y jerarquizada, con la cual trasmite una proposición sobre los acontecimientos o procesos históricos, una explicación de estos o, simplemente, su descripción. Se trata de una representación por medio de un lenguaje que, en el caso de la ciencia, da No puedo entrar aquí en cuenta de forma comprobalos detalles de la polémica ble del aspecto de la realientre “narrativistas” y “anti dad que se estudia”.12 narrativistas”, positivistas Termino con una cita del historiador británico Eric Hobsbawm (1917-2012), y neopositivistas lógicos, certeramente estudiado en este libro por pero sí puedo afirmar que Zanetti, en su doble sentido de historiaesta creación historiográ- dor y hombre universal. Hobsbawm ha sido considerado el más trascendente de fica no tiene nada que ver los historiadores marxistas del siglo xx, con explicaciones ficti- es autor de una prolífica y monumental obra de síntesis sobre la historia modercias, idealistas o nihilistas na y contemporánea del mundo occidental, del hecho histórico, como y uno de los ensayistas más exquisitos e inteligentes de su generación. En una la sustentada por Roland penetrante charla titulada “El sentido Barthes cuando aseveró del pasado y la historia”, organizada en por la prestigiosa revista británica que no existía nada que 1970 Past and Present y publicada dos años más pudiéramos llamar pasa- tarde, el autor de Rebeldes primitivos con“Cuesta menos formular preguntas do fuera del discurso.11 En cluía: que dar respuestas […]sin embargo, quiotras palabras, la histo- zás el hecho de hacer preguntas […] no una ocupación inútil. Estamos inria se construye y expresa resulte mersos en el pasado como un pez lo está con lenguajes formales y en al agua, y no podemos escapar de él. nuestra forma de vivir y movernos adopta representaciones Pero en este medio hacen necesario el análisis narrativas diversas, pero y el debate”. Creo que este nuevo texto de Zanetti, en el que como todo buen sus límites, a diferencia Oscar libro, he aprendido muchas cosas que ande las obras de ficción, no tes no sabía, cumple a cabalidad ambos son los de la increduli- propósitos. < Mayo de 2015 dad, sino al contrario. Sus afirmaciones todas deben Afortunadamente existe una edición posterior, notabley pueden ser verificadas y mente mejor impresa, revisada por el autor y publicada contrastadas por métodos por la Ed. de Ciencias Sociales en 2003. historia y su capacidad para evocar o reconstruir en un texto versiones del pasado. No podemos olvidar que el historiador es también un arquitecto de los hechos que selecciona, analiza o describe, y que de esa manera los trae al conocimiento social bajo la forma de narraciones históricas. Son estos relatos, (re) construidos por el historiador sobre numerosas fuentes, los que en buena medida nos explican y nos permiten comprender el pasado, que de otro modo permanecería ignorado, excepto por vagas y azarosas informaciones conservadas por la memoria o la tradición. En ese sentido coincido con el historiador polaco Jerzy Topolsky, uno de los clásicos estudiosos de la metodología de la historia, cuando afirma que: “Todo trabajo histórico, tanto si reconstruye hechos históricos que eran desconocidos, como si arroja una luz nueva y diferente sobre hechos que ya se conocen, no solo describe el pasado, sino que lo crea”.10 13 1 Otro asunto de gran interés radica en el sustrato o fundamento narrativo de la 2 Metodología de la investigación histórica, La Habana, ENPSES, s/f, aquí Zanetti es el autor de dos secciones del capítulo 1 y de los capítulos 6 y 7. 3 Las manos en el dulce, La Habana, Ed. de Ciencias Sociales, 2004; Economía azucarera cubana. Estudios históricos, La Habana, Ed. de Ciencias Sociales, 2009 y Esplendor y decadencia del azúcar en las Antillas hispanas, La Habana, Ed. de Ciencias Sociales y Ruth Casa Ed., 2012. 4 Isla en la historia. La historiografía de Cuba en el siglo xx, La Habana, Ed. Unión, 2005. 5 “Hay un cuadro de Klee que se titula Angelus Novus. Se ve en él un ángel, al parecer en el momento de alejarse de algo sobre lo cual clava la mirada. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y las alas tendidas. El ángel de la historia debe tener ese aspecto. Su rostro está vuelto hacia el pasado. En lo que para nosotros aparece como una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única, que arroja a sus pies ruina sobre ruina, amontonándolas sin cesar. El ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destruido. Pero un huracán sopla desde el paraíso y se arremolina en sus alas, y es tan fuerte que el ángel ya no puede plegarlas. Este huracán lo arrastra irresistiblemente hacia el futuro, al cual vuelve las espaldas, mientras el cúmulo de ruinas crece ante él hasta el cielo. Este huracán es lo que nosotros llamamos progreso”. Tesis sobre la historia y otros fragmentos, edición electrónica y traducción de Bolívar Echeverría, disponible en: http://www.bolivare.unam.mx/traducciones.html 6 La escritura del tiempo. Historia e historiadores en Cuba contemporánea, La Habana, Ed. Unión, 2014, p. 174-175. 7 Fernand Braudel: Las ambiciones de la historia, Barcelona, Crítica, 2002, cap. V “La larga duración”. 8 La escritura del tiempo. Historia e historiadores en Cuba contemporánea, p. 19-20. 9 Marguerite Yourcenar: El tiempo, gran escultor [1983], Barcelona, Alfaguara, 1999. 10 Jerzy Topolski: Metodología de la historia, Madrid, Cátedra, 1992, p. 465 y ss. 11 “El discurso de la historia”, ensayo publicado originalmente por Roland Barthes en Information sur les sciences sociales (1967), se propuso deconstruir las tipologías tradicionales de los discursos, haciendo énfasis en la difuminación de las fronteras entre el relato ficticio y el relato histórico. 12 La escritura del tiempo. Historia e historiadores en Cuba contemporánea, p. 63. 13 Eric Hobsbawm: Sobre la historia, Barcelona, Crítica, 2014, p. 37. La Gaceta de Cuba 53 20 septiembre/octubre15 esponsable de es r su so p rítica ©} es a tor au Obituario ion in ca d 54 Obituario Dosier / Una línea llamada Manuel libros 55 El reino del abuelo, de Josefina de Diego. 56 libros proyectos como el Léxico activo funcional del escolar cubano (Premio Academia de Ciencias de Cuba, 1997), el Diccionario básico del español caribeño (2004), y el Diccionario básico escolar (cuatro ediciones de 2005 a la actualidad). Por su trayectoria recibió el Premio Nacional de Pedagogía y fue investida como Doctora Honoris Causa en Ciencias Sociales de la UO, así como acreedora de la Orden “Carlos J. Finlay”, otorgada por el Consejo de Estado de la República de Cuba. El 27 de julio, las artes escénicas cubanas supieron de la muerte, a los sesentaitrés años, de la reconocida actriz Alina Rodríguez, cuya última aparición en el cine fuera su personaje de Carmela en la película Conducta, de Ernesto Daranas, por el que recibió el premio a la Mejor Actriz en el Havana Film Festival de Nueva York en 2014. Su fructífera carrera la llevó al teatro, la televisión y a diversas producciones cinematográficas como Otra mujer, de Daniel Díaz Torres (1986), María Antonia, de Sergio Giral (1989), Lista de espera, de Juan Carlos Tabío, y Contigo, pan y cebolla, de Juan Carlos Cremata (2014). El 2 de agosto, a los ochentaicuatro años, falleció la destacada actriz, declamadora y locutora Alicia Fernán, quien desde inicios de los 50 incursionó de forma paralela en la radio, la televisión y el teatro. Hasta 2012, Alicia actuó en diversos programas de Radio Progreso como Agente especial, La novela de las dos, Clave 8.30, El cuento, El teatro… Graduada de Filosofía y Letras por la Universidad de La Habana, fue reconocida desde 1958 por la crítica radial y televisiva que la seleccionó como la locutora más destacada de ese año. Más recientemente, en 2006, recibió el Premio Nacional de Radio. Asimismo, el 12 de agosto, conocimos la pérdida de otra relevante actriz y locutora, Yolanda Pujols. Santiaguera de nacimiento, Pujols sería una de las primeras locutoras de esa ciudad como como parte del elenco en la emisora Cadena Oriental de Radio, y figuró en novelas de Radio Progreso, Unión Radio y CMQ hasta 1952, cuando comenzó en la televisión, llevando en paralelo su trabajo de actriz con el de locutora comercial. Fue fundadora en 1968 de Tele-Rebelde, en su ciudad natal. Se le recordará entre otras actuaciones por la que realizó hace unos años junto a su esposo Salvador Wood en la telenovela Lo que me queda por vivir, de Mayté Vera. Fue merecedora de la Distinción por la Cultura Nacional, el Premio Nacional de Radio y la Distinción “Raúl Gómez García”. < © E l 20 de julio, la música cubana conoció la pérdida, a los setentaitrés años de edad, de una leyenda de la rumba en Cuba: Mario Papo Angarica. Su larga trayectoria, que comenzó a los cuatro años cuando recibió de su padre su primer tambor, lo llevó más tarde a dirigir el grupo Son Yoruba y a trabajar de asesor de varios conjuntos folclóricos nacionales y latinoamericanos, en la enseñanza de toques y cantos rituales yorubas. Entre sus fonogramas más significativos destaca el álbum Osun Lozun. El 21 de julio falleció, a los setenta años, el destacado documentalista Guillermo Centeno, quien también fuera corresponsal de guerra en diversos países como Vietnam, Angola, Etiopía y Nicaragua. Con más de ochenta obras documentales y de ficción, trabajó como camarógrafo y director de fotografía en filmes como Mamá se va a la guerra (1984), Sueño tangos (1993), Montaña de luz (2005), Cartas de amor (2012), entre otros. Entre sus principales reconocimientos cuentan el Premio CEDALC en Trento, Italia; el Premio Tatú de Oro en el Festival de Bahía, Brasil; además de, en dos ocasiones, el Premio Coral del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. El 23 de julio, murió a los noventaiún años una de las grandes voces cubanas, Ángel Adriano Rodríguez. Nacido en Guanabacoa y proveniente de una familia de músicos, formó parte del elenco que Gonzalo Roig presentó en el ayuntamiento de La Habana, con Rita Montaner como solista, en 1946; con Rita trabajaría también en la radio de la época. Fue fundador del Coro Polifónico Nacional, hoy Coro Nacional de Cuba, y del grupo Trovadores Cubanos. Reconocido con el Premio Nacional de Música (2013), tras retirarse de la vida artística se dedicó a entrenar cantantes y realizó dúos ocasionales con personalidades como Barbarito Diez, Laíto Sureda, Pablo Milanés y Edesio Alejandro, entre otros. El pasado año La Gaceta publicó una entrevista suya con motivo de su noventa aniversario. Días después, el 26 de julio, se supo de la muerte, a los ochentaiséis años, de la lingüista e investigadora santiaguera Eloína Miyares Bermúdez. Graduada de Maestra Normal en 1947 y como Licenciada en Letras en 1971 de la Universidad de Oriente (UO), fundó ese mismo año el reconocido Centro de Lingüística Aplicada de esa ciudad, principal impulsor de estudios sistemáticos sobre comunicación, lingüística y lexicografía. Tuvo a su cargo la realización de diversos Denken Pensée Thought Myśl…, de Desiderio Navarro. Una finca recreada por una niña grande comentario 58 Sobre la XII Bienal de La Habana. plástica 59 Contrarios Complementarios II, de Pedro de Oraá. 60 La espina del diablo, de Adonis Ferro. teatro 62 Celdrán. Mecánica, de Carlos A cabo de leer un hermoso libro escrito por Josefina de Diego, Fefé para todos, cuyo título El reino del abuelo1 recibí de sus propias manos. Lo he disfrutado tanto que decidí escribir estas líneas en agradecimiento a tan delicado regalo. Ella lo escribió, me cuenta, para los niños. En realidad es, como dicen los créditos de las películas: “Para todas las edades”. Aunque reconozco que al leerlo me sentí como la niña que fue Fefé viviendo en aquella casa de ensueños. El reino del abuelo es la finca que perteneció al matrimonio conformado por Constante de Diego y González y Berta Fernández-Cuervo, los padres de Eliseo Diego, el padre de Fefé. En su libro, la nieta evoca su infancia en aquella casa, su jardín, sus cuartos, el piano, las visitas de los amigos, a algunos de los cuales decían tío, a los amados padres: Eliseo Diego y Bella García-Marruz, y por supuesto, a sus dos hermanos Rapi y Lichi, como se dieron a conocer no solo en el ámbito familiar sino en el de todos sus amigos. Allí están también recreadas, recordadas, descritas en pinceladas maravillosas, en palabras sencillas y emocionadas, las fiestas de cumpleaños, los regalos de reyes, el árbol de la navidad, las tardes de lluvia, los juegos de los tres hermanos. Están los sitios que rodeaban aquella casa: el puente, la gasolinera, la ferretería, la iglesia, el estruendo de los trenes que cruzaban tan cerca… La escalera de madera de la casa, “que crujía cuando alguien subía”. El pozo “húmedo, oscuro, peligroso”, que construyó el abuelo, las rejas que guardaban el nombre de la finca: Villa Berta. Los animales queridos: el perrito Tobi, la gallina Quiquiriquí, las palomas silvestres susurrando en el jardín. El libro, de apenas setentainueve páginas, está estructurado en cuarentaicinco capitulillos o como dice su autora, viñetas, sin títulos, solo identificados con números romanos desde el I hasta el XLIV y el “Último”, así nombrado. De todos ellos solamente cuatro ocupan una cuartilla completa y dos la sobrepasan, los restantes varían entre media y hasta un cuarto de cuartilla. A veces bastan cinco líneas para trasmitir una idea, un lugar, un sentimiento. Uno de ellos llama la atención por estar integrado solo por nombres propios de personas. Una cuartilla compuesta solo por una línea: “Pasan las sombras de los nombres” y a continuación trece líneas con los nombres de toda su familia, sus amigos y una última línea: “nombres que son mi compañía”. Tiene, además de todo lo anterior, la presencia tangible de sus dos hermanos: la cubierta es un precioso dibujo, que recrea la entrada de aquella casa tan amada, realizado por Constante (Rapi) Diego, en tanto, a manera de prólogo, hay una “Presentación” escrita por Eliseo (Lichi) Alberto. Y en esta edición que tanto he disfrutado, la publicada por la Editorial Verbum de España, hay fotos familiares. La primera, la del abuelo Constante de Diego González; una de la abuela materna, Josefina Badía, la pianista; nueve de los tres niños, entre ellas la mayoría juntos y alguna de cada uno individual. Una de la abuela paterna: Berta Fernández con su hijo Eliseo. Otra de los progenitores cuando eran muy jóvenes: Bella y Eliseo. Y especifico lo de la casa editorial porque supe por Fefé que hay otras dos ediciones: una en Colombia y la otra en México. Increíblemente, ninguna editorial lo ha publicado en Cuba. Su título lo escoge Fefé de unos versos escritos por su tía Fina que ella pone a la entrada de la obra, después de la dedicatoria a sus seres más La Gaceta de Cuba 55 allegados y de la foto del abuelo: “Los que engendran para siempre la poesía/ no son los que la hacen. Hizo el reino el abuelo/ que hoy duerme”. Y luego del poema de Fina, la cita de su padre Eliseo: “Y nombraré las cosas, tan despacio/ que cuando pierda el Paraíso de mi calle/ Y mis olvidos me la vuelvan sueño/ pueda llamarlas cuando despierto con el alba”, verso con que la hija amantísima termina el último capitulillo, una suerte de resumen de toda esa hermosa recreación que anida en sus recuerdos: “Nunca los perdí, y seguirán existiendo y me seguirán acompañando, mientras pueda llamarlos de pronto con el alba”. Creo ver en la prosa de Fefé, la delicada poesía de Eliseo, la alegría con- tagiosa de su Bella madre, el piano de su abuela, el amor por la tierra de su abuelo asturiano Constante Diego. Un hermoso homenaje que todos los cubanos, niñas y niños, muchachas y muchachos, hombres y mujeres de este país debían guardar como un tesoro luego de su lectura, para crecerse en el amor y la belleza de una infancia atrapada en esas pocas páginas inolvidables. Virgen Gutiérrez (Holguín, 1945). Escritora y editora. 1 Libro publicado por la Editorial Verbum, Madrid, 2012. libros } C Denken Pensée Thought Myśl… Desiderio Navarro nos sigue invitando a pensar en todas las lenguas posibles on el boletín bimensual Denken Pensée Thought Myśl… E-zine de Pensamiento Cultural Europeo, Desiderio Navarro, a tono con los tiempos, comienza la segunda década del siglo en curso con una nueva estrategia editorial: hacer circular vía e-mail un servicio informativo altamente especializado. De esta forma, durante cuatro años redondos, el saldo ha sido la entrada gratuita a nuestros correos electrónicos de más de setenta textos teóricos sobre disímiles temáticas y problemáticas culturales y artísticas, traducidos directamente de sus lenguas originales por Desiderio, Orestes Sandoval y Rinaldo Acosta. Del total de envíos efectuados 56 Crítica / septiembre-octubre 2015 hasta la fecha, hasta el número cincuenta han quedado compilados en dos volúmenes físicos que tuvieron su primera presentación oficial en la pasada XXIV Feria Internacional del Libro de La Habana. Ahora bien, cabe preguntarse, ¿por qué Desiderio ha invertido la lógica editorial tradicional, poniendo a circular primero los textos de manera gratuita y sistemática en el medio digital, para después, a manera de epílogo, recoger y juntar la cosecha en el libro físico? Pueden existir varias razones que avalen tal estrategia, pero me interesa centrarme aquí en la que considero más importante. En los últimos años hemos podido observar cómo tanto revistas en so- porte tradicional, como publicaciones que solo existen en la red, han comenzado a utilizar el correo electrónico para hacerle llegar a un núcleo potencial de interesados parte de los contenidos que se publican. Muchos blogs de manera automática envían a su mailing list las últimas novedades. Además de los boletines, que están pensados para circular específicamente a través del e-mail. De esta manera se pone el contenido delante de los ojos al lector, este ya no tiene necesidad de salir a peregrinar en su búsqueda a través de la marejada caótica de la red, lo cual es muy cómodo en verdad. Más en un contexto de precario acceso a Internet como el nuestro. Por tanto, con sus pro y sus contra, como todo, en el ámbito de los medios digitales de información, el correo electrónico se ha convertido en la herramienta clave para penetrar en la intimidad del ordenador de los lectores potenciales, de la misma manera en que la televisión se convirtió en el medio moderno por excelencia para entrar a la intimidad de los hogares y retener la atención de la familia. Pienso que con su boletín bimensual de Pensamiento Cultural Europeo, Desiderio, durante estos cuatro años, además de socializar de manera gratuita y democrática todo este capital de conocimiento contemporáneo, lo cual es ya más que apreciable, también ha logrado intervenir, de forma cuasi subliminal, en los principales debates culturales que se han ido sucediendo en el país. Ha sido su manera sistemática, inmediata, oportuna, de contribuir a esos debates, lo cual no dudo en definir como un sagaz ejercicio de política cultural. A diferencia de las cuatro entregas de los mil y un textos, con Denken… Desiderio ha podido desarrollar un trabajo más riguroso de selección y traducción de los textos que ha considerado más adecuados; aquellos de temática más oportuna en correspondencia con lo que se esté debatiendo con cierta visibilidad en la palestra pública nacional, o aquellos que nos proveen de un horizonte epistemológico actualizado sobre problemáticas artísticas, culturales, sociales, políticas, que se discuten en el mundo y de las que no debemos estar ajenos. En su inmensa mayoría son textos de rigor académico, en los que la argumentación que valida las tesis expuestas está precedida o acompañada por una sistematización teórica en la que se discuten y definen conceptos, categorías y nociones conceptuales sin las cuales sería imposible pensar, con cierta seriedad, fenómenos de considerable complejidad. En los trabajos de corte más historiográfico, de igual manera es regla general el rigor y la exhaustividad investigativa de los autores. Además, aun cuando se trata de académicos, teóricos, investigadores y filósofos de veintitantos países europeos, y que proyectan sus ideas desde diversas corrientes del pensamiento contemporáneo, se percibe también como generalidad que estamos ante una producción de conocimiento progresista, de rigor ético y de compromiso intelectual con la realidad que se discute. De modo que la academia cubana tiene en estos dos volúmenes de pensamiento cultural, entendido el término en el sentido más global, un referente extraordinario de la manera en que la producción teórica resulta fundamental para comprender la compleja realidad contemporánea; comprensión que pasa ineludiblemente por la creación de cartografías y agendas cognitivas que nos permitan articular nuestros proyectos de acción individual y con organicidad, de acuerdo con los imperativos de nuestro presente histórico. En lo concerniente a los textos que abordan problemáticas de las artes visuales contemporáneas, en ambos volúmenes podrá encontrar el lector ensayos de excelente calidad, con enfoques actualizados tanto sobre la conceptualización y valoración de diferentes procedimientos artísticos; la relación entre el campo del arte y otros ámbitos de la cultura y la sociedad; textos que discuten temas más específicos como el papel jugado por figuras que han ganado gran visibilidad en el mundo del arte como lo es el curador independiente o el curador autor; así como problemáticas propiamente estéticas que atraviesan todo el horizonte de la modernidad y que siguen siendo puntos cardinales de debate en la posmodernidad. Del último tipo es el ensayo del célebre semiota estonio Iuri Lotman, el cual recomiendo no dejar de leer. En este estimulante texto, titulado “Sobre la naturaleza del arte”, Lotman comienza afirmando que “El arte es una forma de pensamiento sin la cual la conciencia humana no existe, como no existe conciencia con un solo hemisferio”. Pero a diferencia de la ciencia, que se ocupa de regularidades, o de la Historia, que organiza y textualiza lo ocurrido, solo lo ocurrido, el arte, nos advierte Lotman, se puede mover con total libertad en el ámbito de lo posible, de lo casual, puede fabular sobre lo no ocurrido, puede imaginar lo que podría ocurrir, puede crear mundos autónomos, intencionales, que emulan la vida, pero que no son la vida. La fuerza moral y cognoscitiva del arte radica precisamente en que “nos da una opción donde la vida no la da”. Sabia lección la de Lotman, un juicio de validez general sobre la naturaleza del arte, sobre su especificidad cultural y cognoscitiva, que sobrevue- la la historia y es tan actual y lo seguirá siendo en tanto exista eso que llamamos arte. Para el campo artístico cubano resulta de gran interés un texto como “Venecia o La Habana: Una polémica sobre la génesis de la bienal contemporánea”, de Rafal Niemojewski (Reino Unido). Se trata de un análisis, historiográfico y teórico, sobre la génesis y proliferación del tipo de mega exposición internacional denominada bienal de artes visuales. En su análisis, el autor reevalúa el lugar central que se le suele otorgar a la Bienal de Venecia como principal punto de referencia en el origen de este tipo de evento, y destaca el papel desempeñado por la Bienal de La Habana en el surgimiento de un nuevo tipo de evento que tiene como uno de sus fundamentos esenciales una vocación de crítica inmanente no solo de ese modelo de bienal hegemónica que simboliza la cita de Venecia, sino también de la lógica cultural inherente a la institución-arte moderna occidental. En su momento, con el envío de este texto Desiderio suministró una buena dosis de combustible al debate que acompañó la celebración del 30 Aniversario de nuestra Bienal. Sobre la tan discutida figura del curador, y su rol dentro del campo artístico actual, el lector podrá encontrar dos visiones diferentes. “El curador como iconoclasta”, del filósofo alemán Boris Groys (de quien recomiendo otro provocador texto: “El totalitarismo del carnaval”); y “¿Qué es un curador? El ascenso (¿y caída?) del curador auteur”, de Claire Bishop (Reino Unido). Boris Groys en su peculiar estilo desenfadado que combina especulación filosófica con análisis histórico, argumentaciones laberínticas y paradójicas, pone en perspectiva histórica el surgimiento de la figura del curador como especialista de museo a finales del siglo xviii y principios del xix, su caída en desgracia en la alta modernidad (dígase el contexto de la vanguardia), y su resurgimiento espectacular como curador independiente a finales de los 60 del siglo xx con el advenimiento de la apoteosis de la posmodernidad. El curador es pensado por Groys como un iconoclasta, pero que al mismo tiempo con su influyente gestión contribuye a la iconofilia de las imágenes consideradas artísticas. “El curador –dice el autor– es un agente de la profanación, de la secularización, del abuso profanador del arte. Sin embargo, puede afirmarse que el independent curator, al igual que el curador de museo antes que él, no puede evitar ser dependiente del mercado del arte y trabajar al mismo tiempo para este. Mediante la presentación de una obra de arte en el museo o de la aparición frecuente de este en diversas exposiciones transitorias organizadas por independent curators, se eleva el valor de mercado de dicha obra, y de esa manera se sigue sirviendo a la iconofilia dominante”. Otro grupo de textos discuten problemáticas tales como: las relaciones de préstamos y entrecruzamientos entre el campo del arte y el campo de la moda (“El último grito: Sobre el arte con forma de moda y la moda con forma de arte”, de Isabelle Graw, Alemania); las estrategias artísticas que se proyectan fuera de los marcos institucionales del campo artístico, como las acciones performáticas o las intervenciones públicas (“El arte de performance en el espacio público”, de Iana Stefanova, Rusia-Bulgaria); el procedimiento denominado arte de apropiación, y su eficacia o ineficacia crítica para desenmascarar o revertir los procesos de mitificación cultural que son codificados por los medios de comunicación y la industria cultural en general (“La mitología de la apropiación”, de Sven Lütticken, Alemania); los proyectos que surgen como iniciativas del ámbito artístico, pero pretenden generar espacios y contextos de sociabilidad en los que se puedan producir o estimular relaciones comunicativas, emocionales, comunales, entre individuos (“El arte participativo: Un cambio de paradigma, de los objetos a los sujetos”, Suzana Milevska, Macedonia); la multidimensionalidad de las prácticas artísticas contemporáneas, en las que la imagen se ve articulada, complementada o suplantada por textos verbales, objetos, sonido y toda clase de materia semiótica (“El arte en los límites de lo visible”, de Igor Zabel, Eslovenia). Con relación a la temática artística en general, en ambos volúmenes hay otros muchos textos que nos informan sobre problemáticas que se discuten en el campo de la literatura, la música, el teatro, la danza, el cine, la arquitectura y el urbanismo; pero esos son temas que exceden el espacio de una reseña, además de mis competencias culturales, por supuesto. Agradezcámosle una vez más a Desiderio Navarro por esta nueva entrega del Centro Teórico-Cultural Criterios, y por todas las que de seguro aún tendremos la posibilidad de degustar. Hamlet Fernández (Cabaiguán, 1984). Profesor y crítico de arte. En la 43 edición del Festival de Cine de Gramado de Brasil (agosto, 2015), Venecia, filme más reciente del director cubano Kiki Álvarez, logró alzarse con tres de los premios de ese certamen cinematográfico, únicamente igualado en dicha cantidad por la producción mexicana En la estancia. Venecia, una producción nacional independiente, recibió el “Kikito” al mejor director y al mejor fotógrafo –el colombiano Nicolás Ordóñez–, mientras que las tres actrices protagonistas –Claudia Muñiz, Marianela Pupo y Maribel García Garzón– compartieron el premio a mejor actriz protagonista. La película, que tuvo su estreno mundial en septiembre de 2014 en el Festival de Toronto, había recibido uno de los premios de posproducción Nuestra América Primera Copia del Festival de Cine habanero de 2013. Luego, al participar de la sección oficial del Festival de Cine de Guadalajara (México, marzo, 2015) alcanzaría también el premio a mejor actuación femenina. Algo curioso es que también otra cinta premiada en Primera Copia del festival cubano, La Salada (dir. Juan Martin Hsu), fue seleccionada como mejor película extranjera del festival brasileño de Gramado, reconocida tanto por el jurado como por críticos y periodistas La Gaceta de Cuba 57 comentario Más o menos de una bienal M 58 Crítica / septiembre-octubre 2015 Improvisar una discusión acerca de un fastidioso e inabarcable tópico sin abandonar el campo teóricoespeculativo se antoja un capricho delirante en el mundo actual. Esto es intercambio (2013) implicó un gesto tan desechable como pretencioso de esa cuota de fantasía que derrochan propuestas de este tipo en el corazón de la periferia. Si la obra de Tino Sehgal “está en manos del espectador”, la terapia de solución al conflicto global que esbozó ni siquiera estimuló una preocupación local. Salvar la calidez extinguida del arte contemporáneo puede ser un chorro de agua fría en el desierto tropical creciente en apatía y frivolidad. Lejos del mainstream y anclando en tierra, el también invitado a la muestra oficial Lázaro Saavedra (Cuba, 1964) escogió otra forma de emancipación cult, a solo unos metros del reputado conceptualista ausente: “Una habitación azul, tenuemente iluminada por la luz que desprende una bella pecera (con agua y vegetación, pero sin peces) ubicada en su centro, es la invitación seductora inicial que culmina con la salida del local, casi una escapatoria, producto del mal olor de materia orgánica en descomposición”. “Pez Peo”, de la serie Solidificando lo que se desvanece en el aire (2015) articuló pues una “paradoja del vacío” a través de un proceso de identificacióndistanciamiento: operación brechtiana absurdamente teatral. Jugando a ser el posminimalista perverso que no ha sido ni será, Lázaro configuró un arquetipo del emblema concreto gracias a su propia abstracción. Así todo parece quedar bajo control del artista, cuando en realidad se intenta amplificar el dosier a costa de una sintética desfachatez. la única y sencilla razón de que eran más rentables que el FCBC. La 12 Bienal de La Habana terminó por validarse como una plataforma gigante, donde los tentáculos de la ambición mediática rebasaron a la materia gris curatorial, mucho antes de comenzar el desafío de un pulseo inadmisible. Más que extender sus fronteras territoriales con guiños comunitarios embrionarios, los especialistas del Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam deberán E l fenómeno espacio, desde tiempos remotos, suele determinar, al menos en la segunda mitad del siglo xx, el estilo y las formas de una obra de arte. Tan antiguo como la existencia misma de los géneros es el debate, en este campo, acerca de tan ingenua afirmación. Las vanguardias artísticas del siglo pasado se definían a su alrededor; el concepto del espacio y el empleo de las formas caracterizaban los nuevos lenguajes de la plástica. No por azar, ya a mediados de los 60, fue para nosotros imprescindible un volumen, hoy en el olvido, del escritor Ernest Fischer consagrado al estudio de aquellas vanguardias que integrara el catálogo de Ediciones Unión gracias a la preclara gestión del poeta y pintor Fayad Jamís. Desde entonces, Cuba fue no solo un receptor sino más bien –mucho más allá de las polémicas que ganaban terreno en aquella época– y sobre todo: un centro creador, diríamos hoy, en plena efervescencia de un movimiento pictórico plural y, por eso mismo, rico, lo que equivale a decir también: un surtidor espontáneo de arte, en dos vertientes indiscutibles, nunca enfrentadas: 1) en la que predomina el autor, 2) en donde la categoría “público” se torna hacedora del milagro artístico. La obra plástica de Pedro de Oraá, que emerge en la Isla durante los años 50, se produjo en medio de la naciente eclosión de las todavía inclasificables expresiones de vanguardia, alentadas sin embargo por la producción de sus cultivadores iniciales alrededor de 1927, aunque muy distinta. Y, casi al unísono, junto a su hermano Francisco, exploraba una estética de la poesía al amparo de los hallazgos ya palpables de José Lezama Lima. De modo que plástica y escritura, con ingeniárselas para evitar la pregunta repetida por espectadores del performance rodante sin mapa en mano: ¿dónde está la Bienal? Ya es hora de que “un espacio para la utopía” recupere la concentración espacial, discursiva y promocional que gozó cuando aún no era una matrioska del refrito colectivo e inmediato. Héctor Antón (Camagüey, 1963). Periodista y crítico de arte. perceptible gracia, fueron siempre de la mano en los presupuestos de Oraá. Cualquier espectador de la exquisita muestra Contrarios Complementarios II1 quedará atrapado por el tratamiento de la luz y el espacio así como su conjugación porque estas piezas nos adentran, en su cartografía silenciosa, en un mundo fantástico en donde cada objeto nos demuestra su gravedad y, al mismo tiempo, su ingrávido esplendor. Realizadas en grandes formatos, dominados sus cuerpos por figuras geométricas y una distribución a veces mondrianesca de su naturaleza, estallan sus volúmenes entre dos colores maestros: el blanco y el negro, creándose así un juego lúdico de formas de gran dinámica que hubiera significado la realización más certera de aquella propuesta que, a inicios de los años 70, nos ofreciera Loló Soldevilla al frente sin dudas de un significativo gremio de artistas que se autotituló el Grupo Espacio. Aquel equilibrio entre la forma y los colores en favor del culto a los espacios múltiples tuvo en Loló un ejercicio único y una experiencia que la condujo a convertirse, junto a Sandú Darié, en una de las iniciadoras del cultivo del arte cinético insular, ese que en nuestros días, sin mucha conciencia, aplauden los más jóvenes, pues fue su derrotero encontrar las infinitas equivalencias entre materia y sueño, sin apelar al recurso de la figuración como advertimos en la obra singularísima, por ejemplo, de otro preclaro e inmenso oficiante de esta estética, el “villaclareño” Ernesto González Puig. Asimiladas de alguna manera por las indagaciones formales del Grupo de Los Once, el abstraccionismo ganó innegable terreno en creadores como el propio Oraá o, como sabemos, en la expresión más depurada de un Antonio Vidal. No obstante, esta antípoda establecida entre blanco y negro va moviéndonos por un cordial mapa de opciones que relajan la mirada del espectador pues así Oraá nos toma de la mano para invitarnos a un paseo –quizás al suculento viaje primario de Charles Baudelaire– en donde nuestro ojo surca infinitas proporciones que bailan sobre su marco propio, convertidas en versos luminosos que, a su vez, acometen una danza sin fin. Oraá, de pronto, a través de ese viaje tan poético nos sorprende y azora con breves circunferencias que se alzan, en su cándida ingravidez, sobre ciertos paisajes circunvalados por líneas fugaces o intensas, como volutas de una supuesta arbitrariedad. Sobre Pedro de Oraá y sus contrarios complementarios II Beatriz Gago, en sus reveladoras palabras al catálogo, alaba la capacidad del artista para contener y maniobrar ese movimiento que marca universos contrarios y complementarios, sin estridencia, con esa mesurada cadencia que los define. El catálogo, de hecho, es como una pieza del rompecabezas, es decir, se integra al ámbito creador de Contrarios complementarios II. La pieza Estáticos, de 2010 –eje temático de la muestra–, devela la sagaz eficacia de una curaduría que se ha asentado en el estudio y la observación precisas de la poética de su autor. Una poética circundante, afincada en el silencio que, como un estupefaciente importado, va recorriendo blancos y negros y ese espacio asaltado por colores descollantes habilitados a lo largo de esas circunferencias infantiles, por eso mismo, juguetonas. Como una espada volátil en manos de un sabio samurái, estos frescos rebozan vitalidad, alegría existencial y esa belleza indescriptible que los vuelve irrepetibles, únicos, como muchos de los versos del Conde de Lautréamont que amaran sin olvido posible tanto el propio Pedro como sus hermanos Rolando y Francisco. Contrarios, como las aguas fluyendo en los confines del planeta; contrarios como los puentes complementarios que las aguardan en su contemplación tridimensional, así veremos para siempre estas ingeniosas creaciones de nuestro poeta y pintor Pedro de Oraá, vástago de Odiseo, fijo en el vórtice de sus naves y la trasparencia de los planetas. Nancy Morejón (La Habana, 1944). Poeta y ensayista. 1 La muestra quedó inaugurada el 17 de julio de 2015 en la Galería Villa Manuela. Plástica ás que una trienal resistente a proclamar su nueva condición temporal o esa locura de seguirla realizando en verano, la Bienal de La Habana constituye un show que invade la ciudad y sus gentes con el ímpetu de un tsunami virtual. Habría que ser un fisgón amante del sol y las caminatas para recorrerla de punta a cabo, bajo la premisa de alabarlo o cuestionarlo todo. Sintetizar algo tan público y privado deviene masoquismo romántico. Menos mal que la 12 versión del epicentro de las artes visuales cubanas (mayo 22- junio 22 de 2015) tuvo la iniciativa de confeccionar un mapa, útil para los de adentro y de afuera. Entre la idea y la experiencia como pauta curatorial, los comisarios de la bienal insistieron en trasgredir esa filosofía del white cube primermundista, avalada por su carga histórica de solemnidad y pulcritud museográfica. Aunque el director del Centro Wifredo Lam, Jorge Fernández, acotó en sus palabras al catálogo que la ausencia de un tema específico permite quedar al nivel de un enunciado. Dicha voluntad de interacción trasdisciplinaria tuvo la opción de compensarla un “artista de culto” internacional como Tino Sehgal (Londres, 1976), ganador del León de Oro en la 55 Bienal de Venecia (2013). La desmaterialización del objeto artístico en favor de rescatar el entendimiento humano es el leitmotiv de Sehgal en sus intervenciones simbólicas. Esta vez la “situación construida” consistió en unos jóvenes (actuando como “esculturas vivientes” en el espacio vacío) dispuestos a charlar sobre economía de mercado con los visitantes interesados en debatir acerca del asunto el tiempo que fuese necesario. roica. Tramas agrupó setentaicinco obras (entre dibujos e instalaciones) adquiridas por la Fundación CIFO Europa, institución que gestionó el retorno de aquel miembro del antológico Volumen Uno, consagrado a su vocación pedagógica en el estado mexicano de Morelos. Guijarros, trozos de conchas, redes de cuerdas. Según observa Néstor Díaz de Villegas, “las manipulaciones de cifras, hilos y cantos es chamánica; lo mineral es la materia imantada que cobra vida mediante la distribución geométrica”. Muchos años después del impulso ochentiano, Pérez Monzón cautivó a quienes disfrutaron plásticamente su pensar abstraído, sin aspirar a desentrañar la melancolía conceptual de su hermética candidez. Como en otras ocasiones, persistió el interés en traer a viejos paradigmas encargados de auratizar la circunstancia con más de lo mismo en menor escala retórica. Ello motivó la presencia de Michelangelo Pistoletto (Italia, 1933); Luis Camnitzer (Alemania, 1937) y Daniel Buren (Francia, 1938). Algo distinto resultó la intervención de Joseph Kosuth (Estados Unidos, 1945) en la galería “El reino de este mundo” de la Biblioteca Nacional. El autor del manifiesto Arte después de la filosofía (1969) propuso una confluencia habanera “lingüísticamente digerible” entre Ludwig Wittgenstein y José Lezama Lima. En cambio, la nómina principal dio entrada a debutantes con mayor fortuna que los emergentes protagonistas de la oncena edición (2012). Tales son los casos de Yornel Martínez, 3stado Sólido, Levi Orta, José Fidel García, Reinier Nande, Rodolfo Peraza, Josuhe Pagliery, Luis Enrique López-Chávez y Mauricio Abad, entre otros. En un flujo inesperado de sangre joven, el muro de la institución-arte expandió su radio de acción y abrió sus puertas a los “desconocidos” como nunca antes había ocurrido. Otra generosidad institucional fue el despliegue del sello Collage Ediciones, contracandela promocional del Fondo Cubano de Bienes Culturales (FCBC) implementada en 2014 ante la falta de catálogos razonados de artistas y compendios generacionales. Parecía un sueño amasar libros de Manuel Mendive, Luis Gómez, Lázaro Saavedra o René Francisco Rodríguez financiados por una entidad disfuncional con respecto al soporte publicitario de la producción visual. Basta rememorar un sarcasmo noventiano del ocurrente Gerardo Mosquera, cuando se refería a José Bedia y Tomás Sánchez como las gallinas de los huevos de oro, por } } Contra la ilusión maximalista de hacer “más con menos”, Lázaro Saavedra opuso la distopía mínima del vaho glamouroso como profilaxis socioartística. “Pez Peo” devino un montaje primermundista de una aberración tercermundista: la carencia. Dorar la píldora valiéndose de una apariencia minimal pretende escamotear su esencia povera. He ahí el problema. Es decir, el simulacro de los peces malolientes y husmeadores del arte contemporáneo (insular y continental). Entre lo que sobra y lo que falta está la eternidad de un macro-evento que ofreció la impresión de querer ganar la partida tanto por exceso como por defecto. Semejante a la engañadora posmodernidad, la Bienal de La Habana tiende a perder el centro de su relato visual. Ya es imposible recordar aquella “mística de la bienal” glosada por Llilian Llanes durante la etapa de unificación. Quién negaría que la muestra oficial acabara relegada a un segundo plano, producto de su dispersión expositiva y esa avalancha de exhibiciones, oppening y fiestas que campearon por su respeto figurando en la pasarela veraniega. Cómo justificar que un rollo colateral más como Zona Franca (Parque Histórico Militar Morro Cabaña) tuviera un grueso y lujoso catálogo. Cualquier paseante que viera sus banderolas desplegadas por las arterias habaneras creería distinguir la otra cara de la bienal y no estaría errado en su confusión de accidentes sublimes o ridículos. Pero si de extraviar la brújula se trata, la antiselección masiva de Zona Franca se llevó las palmas. Amores mecánicos (Osmany Betancourt); Salpicada (Cuty); Gente de Cocodrilos (Kako); Sueño de caballas (Alberto Lezcay); Los códigos del Samurái (Julio Neira); Cambiar de Máscara (Manuel López Oliva). El arte visual no tiene por qué ser inclusivo en nombre de redenciones éticas, estéticas o librescas. Zona Franca mostró su rostro tal cual: aperturismo sin un margen de rigor selectivo con su “poder mágico” de morderse la cola. En materia de beneficios colaterales, el Museo Nacional de Bellas Artes brindó la nota descollante. Gustavo Pérez Monzón llegó para recobrar la memoria de su época he- La Gaceta de Cuba 59 La lista de los prenominados a la decimosexta edición de los Premios Grammy Latinos en Estados Unidos de este año revela la presencia de dos agrupaciones relevantes de la música popular cubana actual: Los Van Van y Havana D’ Primera. Seleccionados para concursar en la categoría Mejor Álbum de Salsa Tropical y en el apartado de Mejor Álbum de Salsa, respectivamente, tanto los vanvaneros lidereados ahora por Samuel Formell y el elenco que sigue a Alexander Abreu han ido ganando un reconocimiento nacional e internacional por la calidad de su trabajo. De hecho, ya en 1999, Los Van Van recibirían un Grammy por su disco Llegó Van Van. Los discos concursantes son por Havana D’ Primera: La Vuelta al Mundo, su tercer y más reciente producción; y de Los Van Van, fundados y dirigidos hasta el pasado año por el genio musical que fue Juan Formell, el fonograma La Fantasía, último que grabara el líder del Tren de la música cubana. Concedidos por la Academia de Artes y Ciencias de la Grabación, en Estados Unidos, los lauros devienen uno de los más importantes y visibles dentro del ámbito musical en el continente, por lo que ambas menciones constituyen motivo de celebración. Al decir de Samuel Formell, quien recientemente estuvo de gira por esa nación: “Este CD es un homenaje a mi padre y el solo hecho de estar nominado es una bendición, porque hemos respetado su idea original y su concepto”. Por su parte, Alexander Abreu, cuya banda apenas cuenta con ocho años de fundada, expresó su alegría a través de su perfil oficial de Facebook: “Esto es un regalo para todos los que me siguen y mis felicitaciones para Los Van Van que también están nominados; estoy feliz, lo que pueda pasar no importa, hasta aquí el camino ha sido histórico”. De la contemplación mágica a las virtudes del marabú. } plástica (A propósito de Adonis Ferro y La espina del diablo) 60 Crítica / septiembre-octubre 2015 H ace algunos años, en uno de esos pocos viajes que he hecho a provincias, iba por carretera admirando la campiña cubana, con la ignorantísima inocencia de mi condición citadina. Le digo entonces a mi compañero de ómnibus: ¡Qué bonito, eh! Y él me responde: ¡Oh, no, por Dios, eso es marabú: la plaga de los campos de Cuba! Y en aquel momento, al dolor de otros desaguisados conocidos y sufridos, añadí el de “saber” que había una mata malvada corroyendo nuestra fértil naturaleza, allí donde debiera haber cultivos que contribuyeran a satisfacer las demandas alimenticias de la gente. Tiempo después aprendí que las culturas más antiguas del mundo ya sabían que la naturaleza no produce por sí misma nada directamente dañino al ser humano, y que vivir con arreglo a sus leyes, conociendo a profundidad sus modos de manifestarse, nos da la opción de ponerla a nuestro servicio a partir de un tratamiento respetuoso y recíproco. Todo el potencial de la antiquísima medicina ayurvédica, así como del yoga, ambos contenidos en los Vedas –los tratados filosófico-religiosos más antiguos del mundo–, pasa por ese principio; toda la humanísima filosofía del yin y el yang, el i-ching (y la doctrina de los cinco elementos que lo acompaña, hace más de tres mil años) también; por solo apelar a dos de los sistemas de saberes, de dos grandes emporios culturales, India y China. De esas Biblias precursoras, Occidente conoce una mínima parte, y aplica, casi siempre de forma mutilada y sucedánea, una parte más ínfima aún. Lo mismo sucede con el acervo cultural de las civilizaciones precolombinas, y en general con el de todas las formas culturales diferentes a la manifestación del sacrosanto pensamiento científico occidental. Con la dominación colonial y poscolonial de Occidente sobre Oriente, del Norte sobre el Sur, del Primer Mundo sobre el Tercer Mundo, así como el avance indetenible de los estudios científicos, autorreputados por el propio aparato de poder que los sostiene,1 se fue sepultando el saber milenario, fruto de la inteligencia humana, de la mente, del espíritu y del pensamiento de pueblos antiguos. A ello contribuyeron concepciones como las de James Frazer, el muy famoso antropólogo británico, autor de la Rama dorada, donde dice sin ambages: “la magia es un sistema espurio de leyes naturales, una errónea guía de conducta, una falsa ciencia y un arte abortado”. Se está refiriendo a las prácticas ancestrales de –probablemente– todos los pueblos que en el mundo han existido. Sacando sus irreverentes comentarios del tipo: “mente rudimentaria”, “ciencia espuria”, “arte bastardo”, hay mucho que agradecerle a Frazer, quien sistematizó el conocimiento de un vasto número de prácticas mágico-rituales diseminadas por el mundo entero; como también puede servir de útil herramienta, su categorización de magia simpatética, dividida en homeopática y contaminante. Al propio tiempo establece un segundo modelo desmembrado en magia teórica (como seudociencia), y magia práctica (como seudoarte), este último caracterizado a su vez como magia positiva o hechicería, y magia negativa o tabú. Dejando a un lado la relación que él establece entre Magia y Poder, concentrémonos en su lectura del arte como magia. Según Frazer: Desde los tiempos más primitivos, los hombres se han empeñado en buscar leyes generales para controlar el orden de los fenómenos naturales en su propio beneficio. En esta larga búsqueda descubrieron numerosos axiomas, algunos de oro y otros pura escoria. Los verdaderos o reglas de oro, constituyen el corpus de la ciencia aplicada que nosotros llamamos artes, los otros, las reglas falsas, son la magia. De ahí su consideración acerca de que la praxis mágica es seudoarte. Completar este apotegma llevaría a entender que, desde esa lógica, toda praxis artística que se fundamentara en la magia sería falsa por antonomasia; lo cual ha sido desmentido una y otra vez por fenómenos artísticos atravesados por cuerpos teológicos concomitantes, en todas las latitudes del planeta. El canon de representación budista irradiado desde la India hacia el extremo oriente es un buen ejemplo. La propuesta de Adonis Ferro, La espina del diablo,2 consistente, a mi modo de ver, en una performance ritualista, pudiera interpretarse como un ejemplo donde magia y arte convergen sin menoscabo de sus razones. Es irrelevante cuánto simulacro y cuánta magia hay en la performance construida por Ferro. No son las virtudes cosmológicas, ni los alumbramientos místicos, si los hubiere, lo que hace relevante La espina del diablo, pues concierne en primer lugar al universo estético, con todo el rigor epistemológico merecido. No obstante, me seduce la idea de jugar con las nociones y los paradigmas enunciados por Frazer considerando que representación (como performance), mímesis y magia simpatética se cruzan en La espina del diablo, casi tan fortuitamente como el paraguas y la máquina de coser… Es más, si como afirma el incrédulo Frazer, la magia simpatética se encarga de garantizar que lo semejante provoque lo semejante, por simple efecto de homeopatía, una representación urdida desde la sensibilidad del artista, interpretada y gozada por diversos destinatarios, no puede ser menos eficiente que la danza del gurú. Adonis Ferro propuso con La espina del diablo un rito de conciliación, una ceremonia que dictara la paz entre el arbusto y el hombre, la naturaleza y la sociedad, habida cuenta de que al parecer, las bondades del marabú fueron ignoradas, despreciadas u ocultadas hasta hoy, en Cuba. El argumento queda explicado en un texto que incluye un poema, un preludio informativo, un breve drama en tres actos y una semilla de la plante maudite. Como ya es habitual en estos casos, queda el registro videográfico de la representación, ahora consistente en seis entidades astrales que abducen otros tantos cuerpos humanos para oficiar desde el interior de una gruta, la sesión de desagravio y entendimiento cordial entre el ente humano y el ente vegetal. Los espectadores oficiaron como tribu, mientras la Galería Servando se transfiguraba imaginariamente en una caverna sacra. Lo sucedido con La espina del diablo pudiera remitir a una categoría que no existe en el corpus gnoseológico de la estética occidental, se trata del rasa, noción vinculada a la tradición brahamnánica, y que señala una teoría estética aplicada en teatro, danza, música y artes plásticas, especialmente pintura y escultura de la India. Este principio aparece ya en el Natya Sastra (aproximadamente 200 años a.C.), texto atribuido a Bharata Muni, figura no probada históricamente. Natya significa danza/ teatro y Sastra, conocimiento. El Natya Sastra aborda la danza/teatro en toda su plenitud, considerando que en el escenario asiático tradicional danza, poesía y música constituyen una unidad. El rasa es el resultado de una fuerte vivencia integradora que domina actores y público en total comunión. Se distingue por una sensación progresiva que borra los márgenes entre el que hace y el que observa, y permite que se instaure entre ambos el sentimiento inducido por el acto mismo. El rasa es una metáfora. Rasa significa jugo, esencia, sabor. Implica la experiencia estética de saborear más allá de la experiencia personal. Se presenta como un estado estético trascendental. Se trata de un logro, algo que se podría alcanzar e implica involucramiento actor-receptor, a partir del consenso mutuo, la disposición total para el evento, acompañado de un entrenamiento de despersonalización y entrega tanto del actor como del espectador, que deviene degustador pleno, o sea, rásika. La performance concebida por Ferro, ni remotamente prevé una integración de esa índole; sin embargo puede estar cerca de suscitar una experiencia similar. En los intérpretes de las seis entidades etéricas pudo haber un atisbo de esa vivencia, más allá de sus virtudes o aptitudes performáticas. El nivel de concentración e involucramiento emocional, el compromiso de las diferentes sensorialidades incluido el paladar, la atmósfera sonora y lumínica construida, permitieron un crescendo dramático cercano a la sensibilidad propiciada en el rasa. En su ensayo titulado Estética India y estética Occidental, de 1958, refiriéndose al rasa indica Umberto Eco que: es esencial para el espectador advertir que está percibiendo en comunión con un auditorio de semejantes, en el ámbito del cual, sin embargo, mientras dure la percepción estética, las personalidades individuales desaparecen y los sujetos cognoscentes se hacen uno. Este estado de placer propio del rasa, llamado también camatkara, es un ininterrumpido estado de inmersión en un placer que se caracteriza por la presencia de una sensación de plenitud interior. No podemos afirmar que la exaltación de la pura conciencia, ni el éxtasis intelectual que florecen en el ánimo del rásika se hayan manifestado en La espina del diablo, ni siquiera es necesario que así fuera. Solo quiero llamar la atención sobre la enorme potencialidad expresiva y de respuesta emocional que puede motivar un fenómeno como este, partiendo de una premisa poética muy bien argumentada, y con un dispositivo de realización que pone el acento en el hecho extra-cotidiano y retórico que la anima. Ya decía Aristóteles que todas las artes son imitativas en esencia, asociándolo a la disposición imitativa que es connatural al hombre desde niño. Así mismo distingue las formas, los medios y procedimientos de la imitación, según las diferentes artes. Un principio de mímesis define también la magia simpatética, pues la representación del hecho deseado tal cual se espera y se desea, es la única garantía que puede ofrecer el chamán a sus acólitos, y el principio básico al que debe ajustar el resto de sus dispositivos. Como en la tragedia griega, a partir de la cual fija Aristóteles el canon de representación clásico, una performance puede imitar una acción preexistente (como concepto, como argumento dramático o como realidad), constituye un sistema en sí misma, se ofrece como un hecho total, al margen de su capacidad de elongación, repetición, diferimiento o apertura (en el sentido que Eco concibe la obra abierta); se enriquece mediante el lenguaje que asume, y las combinatorias de lenguaje que pueda proponer y, como dice el griego, enriquecida en el lenguaje, con adornos artísticos adecuados para las diversas partes de la obra, presentada en forma dramática, no como narración, sino con incidentes que inducen piedad y temor. La performance propuesta por Ferro roza los recursos previstos en la tragedia griega, especialmente las categorías que enlazan peripecia, anagnórisis y catarsis, con el añadido de ritmo, armonía y música. Sabemos que la tragedia griega como espectáculo, estaba bien cerca de vincular poesía y música de la forma en que lo hace el teatro asiático tradicional. Incluso, en la propia espina del diablo, hay una ordenación de los sucesos que asegura la coherencia del recorrido dramático, cuya hermeticidad está apostando por la participación intelectual y sobre todo emotiva del espectador. Para seguir jugando con las categorías de Frazer, he dejado para el final lo concerniente a la magia contaminante, aquella que preconiza el efecto de contagio a partir de la disposición de una parte del material; lo cual significa que es posible transitar hacia algo utilizando un fragmento de lo que estuvo en contacto una vez, o formó parte del fenómeno que se desea intervenir o recrear. El souvenir es una manifestación turística y solapada de ese principio, por demás omnipresente en la vida cotidiana. Volviendo al tema: el espécimen trasformado en energía, que presidió todo el ritual, es un brote de marabú. Por eso, con la misma fe patriótica con la que se le ponen flores y tarjas a los muertos llamados héroes, aclamo la continuada multiplicación de la espina del diablo, revertida en la prosperidad de mi casa donde, una vez alcanzada la fecha numerológica precisa, sembraré mi semilla de marabú. PS.: Sobre el marabú, cuya proliferación a partir de 1868 parece el resultado del endémico furor libertario, el texto que acompaña la exposición resume algunas consideraciones; por ejemplo, ninguna otra planta se ha propagado tan espontáneamente en Cuba durante los últimos ciento cincuenta años, y a pesar del rechazo público y notorio que las autoridades han manifestado en contra del mentado arbusto, hoy no son pocos los beneficios socioeconómicos, derivados de sus propiedades. Como fuente combustible, noción que el pensamiento contemporáneo puede deglutir sin dificultad, sus beneficios quedan explícitos en estos datos: “una tonelada de carbón de marabú se cotiza a 320 dólares. Desde el punto de vista empresarial este es un negocio redondo. Hay materia prima abundante, mercado seguro, precio estable y utilidades superiores al 50 por ciento.” Berta Carricarte (La Habana, 1964). Profesora y crítica de cine. 1 Se ha afirmado que la Organización Mundial de la Salud OMS fue fundada por el consorcio Rockefeller. Habría que seguir esa pista. 2 Exposición inaugurada el 11 de julio de 2015 en la Galería Servando. La Gaceta de Cuba 61 teatro } 62 Crítica / septiembre-octubre 2015 Pura mecánica E l poder es una cuestión práctica. El poder se trasforma, como la energía o la materia, no se destruye. Más o menos en esos términos se mueven las fichas de Mecánica, la puesta en escena más reciente de Argos Teatro, bajo la dirección de Carlos Celdrán.1 Nuevamente un texto de Abel González Melo se anuncia en el portal de Ayestarán y 20 de Mayo. Esta vez, su autor bebió de la archiconocida pieza Casa de muñecas de Henrik Ibsen. Pero aquí, como su título indica, la mecánica de funcionamiento es diferente, como lo es la naturaleza de su relato en el contexto del teatro cubano. Si con Chamaco, Talco o Nevada, Abel se acercaba a un mundo marginal, de nocturnidad y trapicheo emocional, en Mecánica el dramaturgo nos refiere un fresco de la no tan naciente nueva clase gerencial cubana, anclada en las empresas mixtas con extranjeros, casi siempre en conexión con los enclaves de poder real. Aquí los personajes, no menos marginales que los otros, tienen otra cadencia, buenas maneras o, sencillamente, aparentan un comportamiento que esconde los verdaderos sentimientos y motivos que mueven sus vidas. González Melo ha invertido la galería de personajes y trastocado los roles protagónicos. Nora/Nara es quien tiene el poder económico; y Torvald/Osvaldo es el cónyuge que se queda en casa ocupándose de las labores del hogar. De todas formas, algunas pautas permanecen: una falsificación de un cheque para costear un viaje de descanso para Nara; la preparación de una fiesta entorno donde se revelarán las verdades; la aparición de una amiga que tendrá un papel esencial en la solución del conflicto; la deuda con un persona- je poco confiable; una enfermedad mortal, si en la pieza ibseniana era la sífilis del Dr. Rank, aquí será el cáncer de la Dra. Katia. Y así, se van conformando los trueques y equivalencias de esta nueva pieza. Nara (Juliet Cruz) y Osvaldo Telmer (Carlos Luis González) sostienen un matrimonio a ojos vista perfecto. Ella es la gerente general de Gran Cuba, firma hotelera aliada a unos alemanes, y él es “el muñecón” de esta casa –tanto por su físico como por su aparente pasividad– que se ocupa del hogar, los niños, las compras. Nara es la portadora de un beneficio que tiene su origen en el padre de Osvaldo quien siempre calibró el poco tino de su hijo para los negocios. Él solo es un escritor, decía. Nara, sin embargo, tiene los atributos para empoderarse en un mundo de competitividad, de sangrías emocionales y morales: fortaleza de carácter, autocontrol, desconfianza, ojo para los negocios. Otras leyes de la física y del movimiento son las que hacen funcionar esta historia. El espectáculo en su conjunto permite un análisis doble. Por un lado, el traslado del original noruego al contexto cubano y las sucesivas permutaciones de sus personajes y situaciones por González Melo; y, por otro, la construcción, desde el lenguaje escénico de Celdrán, de ese perfil de interrelaciones humanas, conductas, entresijos de subjetividades, cosificado en un montaje que apuesta, como en sus anteriores espectáculos, por un realismo “trasparente”. Tanto el edificio literario como el teatral conforman una narrativa que opera e incide en los conflictos que problematizan la sociedad cubana contemporánea. Como he dicho en otra ocasión, con Argos Teatro siempre asistimos a una experiencia política, no por el tema, lo haría chato e irrelevante, sino por su capacidad para generar disenso. Un disenso productivo, fértil, provocador entre los diversos niveles de sentido, discursos, líneas semánticas que densifican cada propuesta de Celdrán y su equipo. Con Mecánica, el director reafirma su vocación por horadar en lo profundo de las heridas, grietas, ranuras de una sociedad a punto de ser otra. La experiencia política pasa por la relación, en tanto espectadores y ciudadanos culturales, con esa otra experiencia que se escribe sobre la escena. En esa peculiar ágora participamos de una discusión colectiva postergada o deformada en los espacios públicos de debate y disenso, si estos llegan a celebrarse y si son verdaderamente productivos. Tanto Abel como Carlos operan, desde sus propios lenguajes, sobre el relieve social y económico de un segmento cada vez más poderoso del perfil cubano de hoy. Aunque esa familia disfuncional, carente de vínculos emocionales férreos, también se encuentra en cualquier lugar del mundo. Se trata del poder. Ahora bien, lo que lo hace más singular es justamente el cinismo tácito en que se mueven. Ese mundo plástico no se derretirá por la corrupción, no exclusivamente, sino lo hará, en puridad, por asuntos emocionales, lo que lo hace más patético. No se trata de robar el dinero público, ni de malversar esos bienes. Ni siquiera por un procedimiento técnico indebido que pudiera resolverse quizás con una medida administrativa y que Osvaldo justifica de manera tan ingenua, pues quería “curar” a su esposa del estrés. Esas historias no nos son tan ajenas, después de todo. No hablamos aquí de blanquear grandes sumas, ni de comprarse el último modelo de auto. La familia vive en una suite con la previa autorización de ambos poderes: el económico (alemanes) y el político (el cubano). Y Nara se ocupa constantemente de señalarle a Osvaldo que debe tener cuidado, no excederse, ser discretos. Se trata de la deforme y retorcida naturaleza humana de sus personajes, esencia misma de la galería de retratos ibseniana. ¿Qué denuncia esta Mecánica. Demostración de las leyes del movimiento? No es la emergencia de esta nueva clase de élite que tira el ancla cada vez más hondo. No lo creo. Lo que pone de manifiesto es otro tipo de corrupción que tiene sus equivalentes de suciedad y marginalidad en Chamaco o Talco: la descomposición del alma, la imposibilidad de salvación en un contexto donde, gracias a las ventajas económicas quizás podrían ser otros, tomar otras decisiones, construir su vida sobre otros conceptos de moralidad, ética, convivencia y, por qué no, competitividad. Si en Chamaco esa imposibilidad se concreta con la muerte de Miguel Depás; y en Talco, con el derrumbe del cine Mégano sobre los cuerpos tan putrefactos como las paredes del inmueble; aquí tiene lugar con la exposición a/de la verdad, el destape de la materia real sobre la cual se sostienen los cimientos de la vida conyugal, familiar y profesional; se concreta en la piel desollada de Osvaldo y Nara. Osvaldo no dará el esperado “portazo de Nora”. Tomará parte en el asunto, quizás participando del cinismo social y familiar. A cambio de Nora, no quiere renunciar a ese estilo de vida que se debe justamente a su linaje. Decide quedarse y asumir la responsabilidad de la crianza de sus hijos para salvarlos de la malformación espiritual de su madre. En su caso la anagnórisis no lo lleva a salirse del círculo, sino a permanecer y tomar las riendas de su vida. Entrará en el juego sabiendo ahora quién es quién y dónde se dibuja la delgada y frágil línea que diferencia el bien del mal. Si Osvaldo abandona ese lugar sitiado faltaría una pieza imprescindible en ese tironeo de inmoralidades. En 2014 la Casa Editorial TablasAlarcos puso en circulación el volumen I de Obra Escogidas de Henrik Ibsen. Tres piezas integran el compendio: Casa de muñecas, Un enemigo del pueblo y Solness, el constructor. Es la primera aparición en Cuba de una traducción directa del noruego al español. Este sería el más notable valor de la vuelta de Ibsen a los anaqueles cubanos. Pero no es el único. En esta entrega, además de la nota de la traductora, Cristina Gómez Baggethun, también se publica el prólogo que tuvo la edición española, a cargo de Ignacio García May. En él, el autor reivindica el clásico ibseniano al atribuirle otras lecturas que no pasan por el monopolio de la cuestión de género. Para él se trata de la infantilización e irresponsabilidad de la conducta del ciudadano moderno. También algo de ello podemos encontrar en este paisaje de personajes desolados. Nuevamente el diseño escenográfico es puntal clave en el buen resultado del montaje. Alain Ortiz traza sobre el escenario una estructura que no solo ubica las piezas en el lugar debido. Con una singular visión como arquitecto y actor, Ortiz es un elemento imprescindible para conectarnos con la historia y la relación con los personajes. Un escenario blanco, impoluto nos asoma a un mundo invisiblemente sucio y manchado. El minimalismo de su composición traspira emociones y fluidos que los personajes van conteniendo durante el trascurso de la obra. Sobre ese horizonte blanquísimo, con la temperatura impostada de un aire acondicionado central, se va desarmando una maquinaria perfecta que solo flaquea por la torpe bondad del pobre Osvaldo. Celdrán ha conseguido conformar un núcleo creativo de acertado gusto y eficacia artística. Junto a Ortiz se suman la música original y banda sonora de Denis Peralta que apuntala y va marcando el ritmo de la acción; Vladimir Cuenca, atinadísimo, preciso y elocuente a la hora de vestir tanto la frialdad hierática de Nara como el desenfado juvenil e ingenuo de Osvaldo o la practicidad y sencillez de Linda Kristín (Yailín Coppola); Manolo Garriga, en el diseño de luces cuya funcionalidad se redobla en ese ambiente casi helado que sugiere la escenografía de Alain. Completan ese equipo: Yeandro Tamayo en la asistencia de dirección, quien ha creado un dueto fértil e inteligente con su maestro Celdrán. Por otra parte, el diseño gráfico de Pilar Fernández Melo. Tanto el programa de mano como el cartel componen una imagen anticipada de una maquinaria sutilmente bordada que va dibujando siluetas mezcladas, sujetas una a la otra. Y con ellos, no menos importante, la fidelidad de Jesús Darío (Chuchi) en las luces, Marvin Lee, en el sonido, Angelman Vázquez en la tramoya, Alexis Avilés en la utilería y Ania Linaya en la administración. Los actores –por primera vez Carlos Luis González sube al escenario de Argos Teatro– conforman otro asidero seguro, estable y sólido para el grupo. Con historias compartidas que son parte de una biografía colectiva, Yuliet Cruz, José Luis Hidalgo y Waldo Franco (Carlos Rogbar), así como Rachel Pastor (Dra. Katia Pérez) o Yailín Coppola (Linda Kristín) se comprometen orgánica y visceralmente con el relato de la nación que Celdrán escribe sobre la escena. Este elenco junto a otros nombres han sido garantía absoluta para el director cubano a la hora de echar andar esa nave de pensamiento e imaginación. Son actores que comparten con él sus preocupaciones, dudas, sueños y también fracasos. Algunos, compañeros de trayecto y otros, discípulos, han forjado herramientas artísticas eficaces que les permiten plantar sus pies y su alma en el aquí y ahora cubanos. Son parte imprescindible de esa experiencia seductora y descarnada, profunda y visceral que compartimos con Argos Teatro cada vez que atravesamos el portón de Ayestarán. Maité Hernández-Lorenzo (La Habana, 1970). Periodista y cronista teatral. 1 Mecánica tuvo su estreno mundial el 2 de mayo de 2015 en la sala Argos Teatro, en La Habana. Recientemente, Duke University Press publicó el volumen Haydee Santamaría, Cuban Revolutionary: She led by transgression (���������������������������������������������������������� Haydee Santamaría, revolucionaria cubana: dirigió trasgrediendo) de la poeta, traductora e investigadora norteamericana Margaret Randall (Nueva York, 1936). Haydee… consta de diez capítulos que incluyen además un conjunto de notas, la bibliografía, y un índice analítico. Desde el primer capítulo en que la autora traza la historia de Cuba en su relación con los Estados Unidos –historia por demás necesaria para el lector promedio norteamericano y su creciente interés en temas sobre la Isla, conforme las nuevas y restablecidas relaciones entre ambos países–, seguido por un segundo acápite que cuestiona por qué escoger a Haydee como figura heroica, y en el que se explica a grandes rasgos la trayectoria de esta extraordinaria mujer, la autora presenta lo que luego diseccionará en los capítulos del 3 al 9. A saber: su vida de niña y joven (C. 3), los preparativos para el Moncada (C. 4), la guerra revolucionaria posterior a 1956 (C. 5), la recopilación de un conjunto de testimonios de quienes la conocieron (C. 6), su labor al frente de la Casa de las Américas (C. 7), la relación de Haydee y Che, y cómo el legado del arte revolucionario cubano influía en el arte de los movimientos de izquierda en Estados Unidos durante los 70 y 80 fundamentalmente (C. 8), y sus conclusiones sobre la vida de esta heroína tituladas “The Woman Beneath the Myth” (“La mujer tras el mito”) en el capítulo 9. Finalmente, en el décimo, la autora inserta un largo poema suyo, como suerte de epílogo al libro. Randall, quien con anterioridad publicara Che on my mind (2013), cuenta con decenas de libros de poesía y prosa, así como la compilación de historias orales en volúmenes como When I Look into the Mirror and See You: Women, Terror, and Resistance. En 2001 vio la luz el documental The Unapologetic Life of Margaret Randall. Actualmente vive y trabaja en Albuquerque, Nuevo México (EEUU). La Gaceta de Cuba 63 el Punto Elogio de un hombre común en sus 80 Rito Ramón Aroche F ue hacia 1990 que nos resultó posible conocer la figura, que no la obra, de Domingo Alfonso (Jovellanos, Matanzas, 1935). La figura, porque ya su obra nos era familiar, sobre todo en ese resurgir que llegara a oxigenar la poesía cubana devenida de uno de los cultores de la llamada Generación del 50. ¿El libro? Esta aventura de vivir (1987), especie de resumen o sumatoria de casi toda su obra anterior, ya para esa etapa, rediviva. Habían pasado años de silencio sin que la prensa cubana llegara a hacer eco de alguna que otra novedad. Y es que en Esta aventura de vivir trazos hubo que no dejaron indiferente a más de uno de las nuevas generaciones que buscaban encontrar un lugar en el siempre complicado panorama de la literatura de la Isla. Es posible que el clímax de una obra subvalorada, me refiero a la academia de intramuros, nos llegara justo desde una más que polémica crítica aparecida en las páginas de La Gaceta de Cuba de por esos años bajo la firma no de uno de los suyos generacionalmente hablando, sino de uno de los escritores que emergía en aquel momento: Víctor Fowler. La reacción no se hizo esperar y fue una suerte que la sangre no se hubiera acercado a las llamadas márgenes del río, pero la poesía de Domingo Alfonso construida con muy pocos elementos, quiero decir, con un mínimo de recursos (utilitaria lección desatendida en nuestros días), había 64 El punto encontrado su definición mejor. La poesía, es lo que nos dijo en alguna que otra oportunidad, viaja más que nosotros mismos. Por desgracia o sin ella no suelen ser siempre los más estudiados quienes más influencian. En un infeliz ensayo escrito como a vuela pluma inmerso dentro de un Panorama de la literatura cubana se le tilda a la poesía de este hacedor como prosa versada. Como si nadie hiciera uso mejor de tal recurso en la Elegía a Jesús Menéndez, como si no hubiera sido nuestro poeta nacional Nicolás Guillén. El prosaísmo, o dígase, su dominio, según Octavio Paz fue una ganancia para el versolibrismo. Poetas de su generación hay que abusan más de ese recurso a los cuales nunca se les mienta. ¿El motivo? Me gustaría pensar, por tanto, en un medio como el nuestro, en lo que tiene que ver con la cobardía; con la miopía menos. O si se quiere: más con la cobardía y menos con el oído. En verdad, nunca su obra ha dejado indiferente a nadie que no sea a la academia de intramuros. La de extramuros le ha sido benévola. Y es que Domingo no defrauda. Se dice (decimos) que no ha necesitado que lo nombren maestro de generaciones, ni su influencia en una de las generaciones más iconoclastas: sobre todo la primera de los nacidos con la Revolución, ni que la llamada distinción por la cultura cubana lo haya alcanzado. Sería sospechoso que a sus casi ochenta años de su nacimiento tales distinciones le llegaran. Habría que pensar tal como un humorista de nuestro tiempo, cuando se le anunció que se le haría un homenaje, absolutamente deprimido desde su personaje, instó: “¿Me han encontrado algo? Si yo me siento bien”. Es curioso cómo la obra de Domingo Alfonso se ha podido producir lejos de tendencias y corrillos literarios, esos que Fina García-Marruz tildara en algún poema de enorme miseria, en franca alusión a algún título de G. K. Chesterton. De profesión arquitecto Domingo siempre ha vivido, y vivió, algo muy importante, de su trabajo. Un verso de nuestro José Martí nunca le ha venido mejor: “Ganado tengo el pan, hágase el verso”. Y fue lo que hizo y nos ha legado. Fue al menos una sorpresa para mí saber que algunos de nuestra generación, sin conocer personalmente quién podría ser ese hombre común que años después nos entregara Vida que es angustia y En la ciudad dorada… entre otros libros, supieran de memoria muchos de sus poemas. Hablo de 1989 y los primeros años de la década del 90. Con Domingo nos ha sido posible conocer no solo de su vida sino además parte de su formación, aspectos de su relación con José Ángel Buesa, su maestro, y el primero en organizarle y publicarle un cuaderno: Sueño en el papel…, consejos que le diera como el llamado uso de la tijera a la hora de despojar al poema de todo ripio. También de su único encuen- tro con Lezama y Ernesto Cardenal. Y más que nada aspectos muy humanos y hasta contradictorios, por qué no, de su personalidad. Los valores arquitectónicos de nuestra ciudad cuando no era muy común que muchos nos interesáramos, o se interesaran, por estos temas. Horas y horas de compartir y hasta disentir en su casa o en la nuestra (somos vecinos, valga aclarar) o en un parque o hasta en un evento en cualquier provincia. En el siglo xix solía llamársele a este tipo de acercamiento: medallones. Por mi parte no sé si el retrato que les he ofrecido nos muestra al hombre y al poeta. De ser así nada mejor que las palabras de otros de los suyos, generacionalmente hablando, Roberto Fernández Retamar, cuando escribiera: “De todas las mañanas del mundo me gusta recordar aquella en que Domingo Alfonso fue a enseñarme un montón de versos suyos. No sabía quién era él, así que todo iba a ser sorpresa. Y todo fue sorpresa”. O: “Creo que desde que en la década del 20 Tallet empezó a escribir sus mejores poemas, nadie entre nosotros había logrado hacer ver con tanta fortuna la sorprendente poesía de lo cotidiano”. Es cierto que hay dicha, y grande, en las valoraciones anteriores. Jorge Luis Borges, de quien nunca he reparado en decir, Borges, el bueno, el argentino, va y hubiera escrito: No sé de un elogio mayor. Los Quemados, mayo 8 de 2015.
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