versos del mar y otras soledades julio calvet botella

VERSOS DEL MAR Y OTRAS SOLEDADES
JULIO CALVET BOTELLA
Versos del mar y otras soledades
© Julio Calvet Botella
© Fernando Claramunt Pérez, del Prólogo para un libro de poesía.
© Ramón Fernández Palmeral, de los dibujos.
Fotografía de portada: Amanecer en playa de San Juan de Alicante, autor:
José Ángel Albert Boronat.
Fotografía de contraportada: Besando la playa, autor: Antonio Colomina
Riquelme.
ISBN: 978-84-15941-82-8
Depósito legal: A 218-2014
Edita: Editorial Club Universitario Telf.: 96 567 61 33
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Reservados todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo
fotocopia, grabación magnética o cualquier almacenamiento de información o sistema de reproducción, sin permiso previo y por escrito de los titulares del Copyright
A GABRIEL MIRÓ
Un día me puse a mirar el mar. O a la mar, que tanto vale. Y
me sentí azul. Azul marino. Y le dije, voy a probar a escribirte
como si fuera un modesto marinero.
Contaré sencillamente lo que veo, porque mirar el mar ya
es bastante. Y, claro está, lo voy a hacer en verso. En modestos
versos que digan tan solo lo que veo, porque no he navegado ni
surcado los mares bruscos o serenos.
Y me quedo sentado en una roca. Mirando el mar y el cielo.
Rimándote con esmero con mis sencillos versos.
Espero que mi mirar se comparta por aquellos que solo quieren
ver lo bello. Y el mar, o la mar, que tanto vale, no puede tener más
hermosura.
Hermosura de las olas, del color y de los soles.
Luego he añadido otros versos, que he llamado soledades. Pero
no soledades solas, sino porque son de mí sólo. Me acompaña el
sentimiento.
Desde este sentimiento, y desde mi admiración, me atrevo a
dedicar este libro a Gabriel Miró, que nos dejara dicho:
En mi ciudad, desde que nacemos, se nos llenan los ojos de
azul de las aguas
Alicante, casi en el otoño de 2013
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PRÓLOGO PARA UN LIBRO DE POESÍA
Un hombre maduro, pero no mayor, autorrealizado a carta
cabal, sabiéndose en el cénit de su vida profesional, un magistrado de muy reconocido prestigio, alguien que ha recibido muy
merecidos honores y homenajes, feliz esposo, y no menos feliz
padre y venturoso abuelo todavía joven, decide, de pronto, escribir un libro de versos. ¿Por qué? ¿Para quién? ¿Qué temas elige
y cuáles silencia? ¿Debe un prologuista, algo pariente y sobre
todo amigo, que es por muchas razones alguien muy diferente
de un crítico literario, escudriñar las motivaciones conscientes y
las subconscientes y, a continuación, adentrarse en los vínculos
existentes entre el autor y su obra?
El prólogo no debe convertirse en biografía ni en pretencioso
estudio psicológico, por más que al prologuista le apasionen los
avatares de la vida humana y los mapas del espíritu. Sería grave
falta distanciarse del texto y no menos grave dejar de dar las gracias al lector y olvidar felicitarle por tener entre manos una obra
tan hermosa y recomendable.
¿Quién lee poesías en el mundo de hoy? ¿Qué espera la persona que abre un libro de poemas? ¿Emoción estética, contacto
con una obra de arte? Es una experiencia común con el lector
de novela lírica, como la de Gabriel Miró, tan presente en este
libro.
No todos esperan lo mismo ante una colección de versos, pero
es seguro que difieren del lector de novelas policíacas o de las,
tan en boga, “novelas históricas”. Por prudencia, no diremos nada
del género que, a falta de término apropiado, seguimos llamando
en inglés best seller. El lector ideal nos comprende. Sabe que no
solo Juan Ramón Jiménez escribía para “la inmensa minoría”, la
que busca intensificación de sentimientos positivos de vida, contemplación y libertad para participar con el poeta en la creación
de belleza.
El introductor de este libro, consciente de su propio deseo de
permanecer el mayor tiempo disponible al lado del autor y del
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lector, propone detenerse en el título El mar y otras soledades,
antes de asomarnos a los poemas.
Los significados del mar -o de la mar- son infinitos, tanto como
los sentimientos que inspira desde la orilla, en la cubierta de una
embarcación o a través de la ventanilla de una aeronave.
Un modo de saber lo que es el mar consiste en introducirse, a pie
primero, a nado después, para alejarse de la orilla dentro de límites
razonables. Sin este requisito no se debería escribir nada que trate
del mar. Por fortuna, el autor lo ha hecho en playas mediterráneas.
Cuesta imaginar al admirado Gabriel Miró cumpliendo el mismo
ritual marino. Sin embargo, nuestro prosista imaginó párrafos
insuperables en el último capítulo de La novela de mi amigo,
identificado con el afligido pintor que decidió desaparecer en las
aguas profundas y en la noche silenciaria.
El mar en el libro de Julio Calvet, como en la obra de Miró,
está visto casi siempre desde la costa. Uno y otro alicantino han
navegado alguna vez, pero no se consideran navegantes. Son
quietos contempladores del mar en calma, mar azul, como el de
Torrevieja: / Dulce playa de oro viejo / de liviano movimiento / Y
serenidad calmosa / en tu mar de azul sereno. /
La mirada del autor se posa en la lisa superficie de las aguas,
espejo del cielo. Sabe que en las profundidades existen seres
misteriosos y toda una vida inquieta labrada por fábulas eternas,
pero este poeta sensato no corre tras de lo ignoto. Recuerda
el aserto de Agustín de Foxá: En el océano hay delfines, en el
Mediterráneo sirenas. Puede ser. Por eso, tras meditar lo que
deba ser meditado, no descarta Julio Calvet viajar alguna vez a
las islas griegas:
/ De Ulises tras su Ítaca perdida / en su bajel de velas desplegadas / en busca de ese manto que le espera / bordado y en la
noche destejido. /
El mar es silencio y a la vez música de habaneras. Las de su
amada Torrevieja primero; luego vendrán Bizet o Albéniz. Sin
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olvidar que Oscar Esplá y Debussy han llevado nuestro mar a
las salas de concierto. Julio Calvet deja para su próximo libro a
Richard Wagner y a los nórdicos amantes Tristán e Isolda, cuyas
palabras sin esperanza tienen por fondo el rumor de las olas.
Queda Wagner para otra ocasión porque Julio prefiere que
este libro sea, como él mismo, total serenidad y paz. El poeta
Jorge Guillén también piensa que el mundo está bien hecho. Julio
en su Autorretrato declara: / Al cabo de los años que he vivido
/ me siento cada día como nuevo / lleno de un sereno y cálido
optimismo / pues nunca, nunca, me he rendido / Ni entregado mi
suerte a lo ignorado. /
Consciente de los tenebrosos misterios de las profundidades
del mar, decide conversar con un animal acuático. San Antonio
de Padua predicó a una infinidad de criaturas marinas en Rímini.
Le escucharon con la boca abierta, parecían asentir, pero luego
volvieron a sus manías y no se comportaron con mayor piedad.
Sermón en vano. El pez grande siguió comiéndose al chico y los
cangrejos continuaron marcha atrás. Julio Calvet se conforma con
entrevistar en voz baja a un plateado mújol, patricio, que le hace
caso y le sonríe agradecido en la Playa de San Juan. Otro milagro.
¿Más modesto? El peje alicantino, de distinguida familia, se ha
ganado con toda justicia el poema de Julio.
¿Y las soledades? Así las llama. Pero no son soledades solas,
sino porque son de mí sólo. Nada de soledades a la manera de
Lope, Góngora o don Antonio Machado. Nada de frustraciones.
Julio Calvet se siente bien acompañado y querido por su familia
y amigos. Canta con encendidos y sinceros versos esa felicidad
doméstica y sencilla. En los viajes a Orihuela le saludan naranjos
y limoneros. En la carretera de Alcoy alborozo revuelto de
pinares de carrascas y árboles frutales le acompañan los campos
de almendros. No se sentirá solo, aunque, por muy poco tiempo, a
veces no tenga al lado parientes o amigos. Se lo recordarán, desde
ahora, los agradecidos lectores de este libro.
Fernando Claramunt López
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A CARMEN
Con quien, cogido de su brazo, camino por la vida