JLUSTRACIOJSC ESPAÑOLA Y jfo podia ser de otra suerte. La sociedad que tiene escritas en las santas tablas de su religión el Amaos unos á otros, y en el Código de sus leyes la prohibición Y el castigo del robo y del asesinato cometido por el individuo; la sociedad que pena al padre desvalido de trabajo, que hurta para alimentar á sus hijos, y mata al asesino, tal vez desesperado, inocente ó mártir, no puede robar territorios, incendiar campos y ciudades y Resinar pueblos de niños, de mujeres y de ancianos, ó n 0 es una sociedad cristiana, ni siquiera una sociedad moral y autorizada donde impera la razón y la justicia. Y cuando el sacerdote bendice las banderas que guian á los ejércitos camino de la muerte; cuando la Iglesia, en sus'majestuosos templos, donde predica el No matarás eleva con la mayor pompa religiosa preces al Altísimo por las victorias que ha conseguido el pillaje y el asesinato; cuando, como decia Byron, cuatro ejércitos en o-uerra entonan Te Deum al mismo Dios, en acción ¿e gracias por el fuego y la sangre de exterminio, pregúntase el espíritu verdaderamente cristiano si la imaginación más depravada puede idear sacrilegios más cínicos y abominables. El invencible Non possumus de la Iglesia católica ha de oponerse un dia á estimular esa lucha fratricida, cuyo bárbaro triunfo no hizo nunca duradero el destino de la fuerza; que, á merced de las veleidades del destino, la historia marca la hora de la muerte y de la desaparición de pueblos, que tiempos atrás fueron por su vitalidad y poderío el terror del mundo, desplomándose desde el Capitolio á la Roca Tarpeya. ¿Qué ha dejado el Dios de las batallas de aquellos colosales imperios en Oriente y en Occidente? ¿Qué dominio tienen hoy en el mundo la Persia, la Asiría, la India? ¿Qué leyes nos dictan las ruinas deNínive y de Babilonia, de Palmyra y de Memphis, de Atenas y de Roma ? ¿ Dónde brilla hoy la agonizante Media Luna, que se enseñoreó durante largos siglos en Europa, en África y en Asia? ¿Y qué fue de aquella España, en cuyos dominios no se ocultaba el sol ? ¿ No hemos leido que en pocos lustros voló audaz el águila francesa desde Hércules hasta Moscow para ser aprisionada en Waterlóo y morir solitaria en una roca del Océano? ¿No hemos visto estos dias subyugada y señora la Alemania, y la Francia vencedora y vencida ? Id á Oriente, y, entre las inmensas moles de las Pirámides de Egipto, preguntaos qué ha quedado del omnímodo poder de aquellos tiranos, sino la piedra de sus monumentos. Pasad al Pireo; subid á las alturas del acrópolis que domina á la capital de Grecia, é inspiraos en los misterios del Parthenon, de los Propyleos y el Erechtheion de Atenas, de aquellos monumentos levantados hace veintidós siglos, que no respetaron los bárbaros. Mirad á Roma desde las Siete Colinas, desde el monte Aventino, y pasead la vista triste sobre la Ciudad Eterna que, no el tiempo, no las lavas de algún volcan ha cubierto de cenizas, sino la impía mano del hombre exterminador ha convertido en lúgubres ruinas, que no las ilumina cual á Pompeya volcánica luz, como para ocultar en la noche crímenes de lesa humanidad. Viajad por Europa, y de uno á otro confín encontraréis las milliarias de las calzadas romanas, los acueductos, los baños y los circos de aquel pueblo, que colonizó la Europa y que posteriormente ha necesitado que una nación extranjera, provincia suya en otro tiempo, le ayudase á recabar su independencia y libertad. El género humano, que se extermina á sí mismo, que, cual las olas del Océano, hace, deshace y rehace mundos, ofendiendo á la religión y mintiendo humanidad sin más ley ni más freno, como el bruto, que la ley y el freno de la fuerza, no ha dejado de sus gloriosos tiempos en aquellos pueblos reyes, hoy quizás pueblos esclavos, mas que el sol, que, como decia Byron, era lo único que no se había extinguido en Grecia; el sol, eterno testigo é inapelable juez de la barbarie é impiedad humana, que con su esplendorosa luz muestra las ruinas de la pasada y efímera grandeza, y descubre la verdad á futuras generaciones; porque si los hombres pueden matarse, son pequeños éimpotentes para exterminar lo que es superior á ellos, la verdad religiosa que inspira y anima álos Amigos de la Paz. ARTURO DE MARCOARTTJ. París, 6 de Noviembre do 1878. LA CATARATA Y EL RUISEÑOR. i. Desplómase la rauda catarata, Envuelta en luz y plata,_ Rompiendo en mil pedazos su diadema; Al abismo se lanza y precipita, Y ruge, canta, grita, Formando con sus ritmos un poema. Al ver sus vestiduras y cendales Cubiertos de cristales Y de resplandeciente pedrería, Un ruiseñor contémplala extasiado, Y canta, entusiasmado, Sublime y amorosa melodía. Anterior Y en torno del torrente que flamea, El pájaro aletea; Moja en el agua límpida su pluma, Y por la catarata arrebatado, El pájaro, asfixiado, En el abismo rueda entre la espuma. II. El vicio es una hirviente catarata, Que rauda se desata Y en el oscuro abismo se despeña; Y al mirar su diadema de brillantes, Su luz y sus cambiantes, El alma alguna vez suspira y sueña. Y el alma clava su pupila ardiente En el claro torrente, Y agita en torno de él sus niveas alas, Y henchida por el gozo resplandece, Y canta y se estremece Al mirar tanta luz y tantas galas. .¡ Ay del alma ligera y atrevida, Que ciega y seducida Por el brillo y rumor de la cascada, En ella bañe su ligera pluma ! Envuelta entre la espuma Rodará en el abismo destrozada. MANUEL REINA. DESCUBRIMIENTO DE LAS MINAS DE HIENDELAENCINA. Nadie ignora que la mayor parte de los grandes acontecimientos que han causado una verdadera revolución, así en el orden científico como en el orden material, han debido el origen de su descubrimiento á meros hechos casuales, que el hombre pensador ha desarrollado después, dando por resultado el asombro y la admiración de la humanidad. La celebridad que las minas de Hiendelaencina han conseguido en todo el mundo, por las masas enormes de plata con que aquéllas han contribuido á aumentar la riqueza pública, extrayéndolas de uno de los territorios menos fértiles y más miserables de España, nos ha sugerido la idea de dar á conocer á nuestros lectores la historia, ciertamente novelesca, de este riquísimo hallazgo, origen de fortunas ni siquiera soñadas, y origen también de ruinas hijas de ambiciones desmedidas. Perdidas en la oscuridad de los remotos siglos, ignoradas de la codicia fenicia, de la romana, de la goda, de la árabe y de la española, era necesario que aquel terreno que tal masa de riquezas encerraba le pisaran cientos de generaciones ignorantes, y que la Providencia, de una manera desconocida, permitiere que un hecho criminal, cometido por un hombre, revelara el gran tesoro que guardaba aquel mísero país, quedando de este modo acreditado el antiguo refrán que dice: No hay mal que por bien no venga. A diez leguas al Norte de Guadalajara, en el partido de Atienza, donde hoy se halla establecida una población moderna, aunque en visible decadencia, y donde, desde antes de llegar á ella, se ven desde lejos ¡as espirales que produce el humo del carbón de piedra, alimento de las máquinas de vapor que en distintos puntos funcionan, existia hace unos cuarenta años una miserable aldea, formada de unas treinta casas cubiertas de pizarras, que, más bien que casas, parecían raquíticas barracas, donde vivían confundidos los dueños y los animales. La miseria parecía que había elegido aquel punto para su morada, y no tenía nada de particular, porque la miseria muchas veces es inseparable del que disfruta las riquezas, y siempre está en guardia de su custodia. Cubiertos sus habitantes de toscos y remendados vestidos de sayal, sin más alimento que pan de centeno y la grasa de las reses que algunas1 veces mataban, desconocían toda comodidad, y más parecía aquel pueblo una colonia de mendigos refugiados en barrancos, que un pueblo organizado. Y, sin embargo, sus ganados, dentro de los rediles, descansaban sobre masas de plata, tan manifiesta, que no habia más trabajo que bajarse y cogerla. Por los años 1830 al 1837 frecuentaba aquellos pueblos inmediatos un italiano llamado Fortuni, cuyo apellido enorgullece hoy, por distintos conceptos, al pueblo español. Fortuni debía de haber tenido una instrucción superior á la que necesita un hojalatero, con cuyo oficio se proporcionaba la subsistencia, como muchos de su Inicio 819 país, andando de un pueblo en otro, y entre los habitantes gozaba de mucha simpatía. Un dia llegó á Hiendelaencina, y hablando como amigo al Alcalde, le preguntó: —¿Cuándo va V. á ir á pagar la contribución, señor Alcalde ? —Probablemente mañana, le contestó. —De manera que ya tendrá V. reunido el dinero. El Alcalde se sorprendió un poco; pero conociendo Fortuni el efecto que su pregunta habia causado en él, continuó: —No se sorprenda V.; se reduce sólo mi pregunta á pedirle un favor. —Lo haré, si puedo, con mucho gusto. —Es muy sencillo, mejor dicho, insignificante; que me cambie V. estos veinte duros en plata menuda. —Yo creí que era otra cosa, contestó el Alcalde, y abriendo una vieja arca de pino, sacó una bolsa de piel de gato; contó cien pesetas y se las dio á Fortuni, quien puso en manos del Alcalde los veinte duros. —Supongo que serán buenos, dijo mirándolos uno por uno el Alcalde, porque yo no los conozco. —De mejor ley no han venido de Méjico ; respondo de ellos. —Allá lo veremos, porque el Tesorero de Guadalajara es tan minucioso, que no hay moneda que no sobe y huela, y haga todo género de pruebas con ella. —Nada, nada; en su vida ha cogido él en su mano moneda de esta plata. Y decia la verdad. Y Fortuni enlazó la suya con la mano callosa del Alcalde, y dándole gracias se despidió de él. Apenas se hubo separado un poco, se dirigió á su mujer el Alcalde, y la dijo : —Este Fortuni va á hacer una fortuna, María; debe de vender mucho; hace cuatro dias, también sé que en Congostrina cambió otros veinte duros; era un alhaja para yerno; todo el mundo le quiere, y nadie puede decir nada de él; ¡ quiera Dios que no salgamos con algún misterio inculto! Eran los duros que Fortuni dio al Alcalde de aquellos que, teniendo su nacimiento en Méjico, todas las naciones querían prohijarlos, y de los que el que hoy obtiene uno solo, le conserva como una reliquia, y como muestra viva de la riqueza de nuestra moneda antigua. Al dia siguiente el Alcalde aparejó su borrico, y colocando en las tradicionales alforjas su bolsa, se puso en camino de la capital á pagar sus tributos. Al siguiente dia el Alcalde se presentó en la Tesorería de Guadalajara á hacer su pago. —Ya está aquí Hiendelaencina, dijo el Tesorero; regularmente traerá V. como siempre su dinero en cuartos y ochavos. —Por esta vez se equivoca V., pues no traigo más que plata, y mejor no la coge V. en su mano. — Hombre, hombre, me alegro mucho; y la verdad, estos duros parecen recien salidos del troquel, y me choca mucho, porque ninguno de esta clase y del año que son conservan un estado tan brillante. — De manera, Sr. Tesoiero, dijo el Alcalde, que si son viejos le parecen malos, y si son nuevos le parecen malos; otra vez voy á traerlos verdaderamente malos á ver si le parecen buenos. —Nada, nada, Cajero, vea V. estoE duros á ver qué le parecen. Cogió el Cajero los duros, los probó al agua fuerte, y dijo: —¡Magníficos! — Sin embargo, dijo el Tesorero, este brillo me choca: ¡si parece que acaban de salir del sello! —De modo, señor Tesorero, dijo el Alcalde, que no tienen otro defecto para V. que están muy limpios; pues entonces, yo que traigo mi camisa muy sucia, debo de ser menos sospechoso que V., que tiene muy limpia la suya. El Tesorero se mordió los labios, y cogiendo los veinte duros, fue á dar parte al Intendente. —¿Qué tiene de particular, dijo esta autoridad, que estén nuevos ? Los habrán tenido guardados; no obstante, para que V. se tranquilice, que llamen á un platero. Efectivamente, puestos en manos del artífice, éste declaró que eran de mayor peso, y de mejor ley que los legítimos, pero que no eran de cuño Real, sino vaciados con mucha inteligencia. Siguiente
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