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EL DÍA, domingo, 9 de agosto de 2015
DUENDES Y GENTE
del domingo
menuda, un reportaje sobre creencias
en criaturas y lugares encantados que
existían en Canarias. !6/7
revista semanal de EL DÍA
MIRADORES DE LAS CASAS EN EL
PUERTO DE LA CRUZ
!!!
Texto: José Melchor
Hernández Castilla
L
a palabra “mirador” posee,
según el diccionario de la
Real Academia Española,
tres acepciones: a) corredor,
galería, pabellón o terrado
para explayar la vista; b) balcón
cerrado de cristales o persianas y
cubierto con un tejadillo; c) lugar bien
situado para contemplar un paisaje o
acontecimiento. De alguna manera,
estos tres significados se encuentran,
en distinto grado, en los distintos miradores de las casas en el Puerto de la
Cruz.
Los miradores nacen en la ciudad
turística, en general, para divisar los
barcos que se acercan con sus mercancías, sobre todo a partir de la destrucción del puerto de Garachico, en
1706, por la erupción volcánica: “Algunos vecinos del puerto arruinado pasaron a ser moradores del nuestro (Puerto
de la Cruz), con especialidad los ejercitados en el comercio y marinería,
aumentando el número de habitantes
de uno y otro gremio que aquí había”
(1).
El incremento del tráfico portuario
en el Puerto de la Cruz del Valle de Taoro
(“llave de la Isla”) se eleva tanto que
un solo día del año 1720 se llegan a contar treinta barcos, que a cambio de productos de contrabando se llevaban malvasía (2).
Según los Sinodales del obispo
Dávila (página 521), en 1733 se construye el trozo de muelle semicircular,
según plano de don Gerónimo Mines
(3).
El 7 de mayo de 1738, Francisco García de Finestrosa, en nombre del regidor y diputado de la corte Alonso de
Fonseca, propone ante la Junta de Canarias “la Playa del Charco” como
puerto para la exportación del malvasía,
“capaz de tener cuarenta navíos de trescientas toneladas” (4).
En 1741, se construye la batería de
Santa Bárbara en el muelle semicircular, dirigiendo la obra el coronel Antonio Riviera y siendo capataz Juan
Pérez Ojeda, según escritura pública
ante Gabriel de Álamo y Viera (5).
Dos personajes son valedores de la
prosperidad del Puerto de la Cruz en
esta época: el irlandés Bernardo
Walsh, o Valois (1663-1727), y su hijo
primogénito, Nicolás Bernardo Valois
(1706-1741) (6). Bernardo compra o cons-
truye distintas propiedades en el
Puerto de la Cruz: casa La Paz, en 1704,
y reconstruida posteriormente; otra
casa en 1704 y hecha nueva en 1712
–actual hotel Marquesa–; una nueva
pequeña casa en la plaza parroquial
en 1713 –actual casa parroquial–; otra
grande en la plaza del Pozo en 1714
–actual casa Ventoso–; un molino de
viento en La Paz, en 1715; y una casa
comprada al marqués de Villanueva
del Prado en frente de la playa de desembarco, la marina, en 1717 (7). Su
hijo Nicolás Bernardo, heredero del
mayorazgo de su padre, consigue, como
personero de la ciudad, ganar las aguas
del Burgado para el puerto en 1736 y
además construye una pila y trae agua
a la plaza parroquial –actual plaza de
la Iglesia– a su costa en 1737 (8).
Álvarez Rixo hace una relación, desde
el 17 de marzo hasta el fin de diciembre
de 1788, de las naves extranjeras que
llegan a las distintas casas comerciales de la ciudad: 13 a la casa de Barry,
3 a la de Cólogan, 2 a la de Cullen, 2
a la de Commins, 2 a la de Blanco, 2
a la de Sarmiento, 2 a la de Roche (9).
En este ambiente de prosperidad mercantilista, principalmente del comercio del vino, es cuando surge en
gran medida la casona en el Puerto de
la Cruz; la cual, en muchos de los casos,
precisa de un mirador para poder ver
desde lejos los barcos que se acercan
(10). La mayoría de estos miradores
se hallan entre la calle del Castaño
(actual Nieves Ravelo), la plaza del
!!!
Distintos
miradores del
Puerto de la Cruz a
principios del siglo
XX.
Charco y la calle Santo Domingo.
Los miradores del Puerto de la Cruz
se pueden clasificar en cuatro clases:
los de estilos azotea, los más predominantes; los torreones; los tipo balcón, y el modelo de cuarto techado con
ventanas en sus cuatros lados y que,
en forma de cuna, se asienta sobre sus
pilares (11).
En 1796, el naturalista André-Pierre Ledru describe así la ciudad: “En
el Puerto de La Orotava se encuentran
las costumbres y el gusto de las buenas
sociedades de Europa. Esta ciudad, la
más comercial después de Santa Cruz,
la mejor construida y la más agradablemente situada de la isla, tenía en 1789
una población de 4.465 habitantes. Hoy
en día tiene 5.000. De siete a ocho negociantes extranjeros dominan casi todo
el comercio y hacen rápidamente una
fortuna considerable” (12).
George Macartney (McCartney),
conocido por sus dos dibujos de los
jardines, drago y casa de Franchy, hace una descripción del puerto comercial en un día de mal tiempo en 1792:
“La Rada de La Orotava está completamente descubierta; allí, el oleaje bate
la orilla con tanta violencia que raramente una lancha puede intentar
abordar. Las olas, al romper, cubren
a veces el techo de las casas que están
a poca distancia del borde del mar. Normalmente, las barricas de vino que se
embarcan en este puerto hay que
transportarlas flotando” (13).
Se establece en el Puerto de la Cruz,
en 1811, la base de la pesquería de la
costa de África (14), sustentada por los
principales comerciantes de la ciudad:
Nieves Ravelo, Ventoso, A. Little, D.
Little, T. Cullen, J. Cullen, casaña, Juan
Franchi, Monteverde, Bernardo Cólogan, O´Daly, C. Lavaggi, Barry, Bruce,
Arroyo, Gorrín, Lugo y Marqués de Villanueva del Prado (15).
En 1816, Álvarez Rixo nombra las diez
casas comerciales que trabajan al
por mayor en la ciudad: Cólogan, Pasley y Little y Cia, Hijos de Barry, Stuart
Bruce, Power, Ventoso, Cullen, Grauman y Mac-Daniel, Nieves, Lavaggi (16).
Ruiz Álvarez extiende su lista de comerciantes establecidos de principios
del siglo XIX, y diferencia a comerciantes
de apellidos de origen extranjero
(los Cólogan, los White o Blanco y hermanos, Juan O’Donavan, Tomás
Lynch, John Key, los Mahony, los Barry,
los Power, los Cullen, los O´Daly, los
Commyns, los Astrong, los Little,
los Pasley) de comerciantes de apellidos de origen español (NievesRavelo, los Ventoso, los Romero, los
Arroyo y los Domínguez, entre otros)
(17).
Según relata Elizabeth Murray en
1859, entre los años 1812 y 1815 el Puerto de la Cruz alcanza una gran actividad
comercial. Se embarcan “de 8.000 a
11.000 pipas anuales hacia Gran Bretaña, América, las Indias Orientales y
Occidentales y otros lugares” (18).
Alfred Diston hace un análisis de la
situación del vino de este periodo. En
p2
domingo, 9 de agosto de 2015, EL DÍA
1799, el precio de la pipa de vino es
de 37 pesos y en 1848 de 28, alcanzando
su máximo valor en 1811 (74 pesos la
pipa), 1812 (84 pesos), y 1813 (80 pesos),
seguido de una crisis profunda entre
1833 (13 pesos la pipa) y 1835 (15 pesos)
(19).
No obstante, el hundimiento comercial del Puerto de la Cruz se fragua en
el Tratado de París de 1815 (20); y la
primera gran consecuencia de este
hecho es “la ruina de la casa comercial titulada don Bernardo y Juan Cólogan”, además de la mengua de la población de la ciudad, en 1823 (21).
El progreso turístico del Puerto de
la Cruz de los años 60 del siglo XX hace
que se mire con codicia el espacio que
ocupan las casonas en la ciudad, y
muchas de ellas desaparecen en esa
década y en la siguiente, y con ellas
los miradores que orgullosamente mostraban. Son estos años oscuros para
el patrimonio histórico de la ciudad,
donde desaparece la urbe descrita por
los viajeros extranjeros de los siglos
XVIII, XIX y primera parte del XX: “Allí
donde el mar roza el centro del llamado
valle, se encuentra la ciudad roja y blanca
de Puerto de la Orotava o El Puerto, como
se la conoce localmente” –Charles
Edwardes, 1888– (22).
Torreón de la casa del Casino
Miguel de Vera, contador de la Real
Aduana, natural de Gran Canaria, construye la casa del Casino en el siglo XVIII
(35), casa de dos plantas hacia la calle
Iriarte y tres hacia la calle Blanco (36).
El torreón es de “mampostería y
posee una pequeña disminución en su
cuarto y último piso. Posee un pequeño
balcón de madera cubierto” (37).
Descripción de los miradores
Exponemos el inventario de miradores realizado en 1981 en el Puerto
de la Cruz (23), habiendo otros que no
aparecen en esta clasificación:
1. Torreón de Blanco o Ventoso, plaza
Concejil.
2. Torreón de la casa de los Hermanos
de la Cruz Blanca o Colegio Pureza de
María, esquina calle Iriarte-Las Damas.
3. Torreón de la casa del Casino,
esquina calle Iriarte con calle Blanco.
4. Mirador de la casa Fernández Montañés, esquina calle Iriarte con calle
Agustín de Betancourt.
5. Mirador de la casa de Luis Lavaggi
o de Álvarez Rixo, esquina calle Blanco con calle Valois.
6. Mirador de la casa de la calle Blanco
16 o Hernández Hermanos.
7. Mirador de la casa Rincón del
Puerto, oeste de la plaza del Charco.
8. Mirador de La Casona, oeste de
la plaza del Charco.
9. Mirador de la casa Miranda, en
la calle Santo Domingo.
10. Mirador de la casa de la Real
Aduana, calle Las Lonjas.
11. Mirador del Sitio Lavaggi, en la
avenida Familia Betancourt y Molina.
Torreón de Blanco o Ventoso
“El inmueble en el que se inscribe el
torreón (de Blanco o Ventoso) es de
mediados del siglo XVIII, articulado en
dos plantas organizadas en torno a un
patio central, con un cuerpo de tres alturas (que contiene el antiguo granero)
y que da al traspatio, en el que se erige
el torreón. El torreón de Ventoso es la
denominación con la que se conoce el
esbelto mirador que remata la imponente vivienda de la familia homónima,
anteriormente perteneciente a la
familia Blanco y, antes, a Bernardo de
Valois. Se ubica en la calle Valois, en
EN PORTADA
Mirador de la casa Fernández
Montañés
Casa de los siglos XVIII-XIX, perteneciente a la familia Fernández
Montañés, de dos plantas hacia la calle
Iriarte y de tres hacia la calle Agustín
de Betancourt (38). Su mirador es del
tipo azotea, es decir, sobre un único
piso se alza una terraza que permite
una buena visualización; el mirador
“es amplio y su entrada se sitúa por
detrás, a través de una escalera y un
pasillo cubiertos; este piso alto se
encuentra en la parte trasera del patio
principal” (39)
la base de la ladera norte de la Montaña de la Miseria (hoy, Montaña del
Taoro). En el traspatio de la vivienda
se eleva el gran torreón de cinco plantas y sótano, con base cuadrada” (24).
La entrada del torreón “presenta
una escalera adosada al lado derecho
que consta de dos cuerpos y que desemboca en una especie de espacioso
mirador. De aquí, parte otra pequeña
escalera con cubierta de teja que lleva a la tercera planta. Cada piso presenta dos ventanas afrontadas con pequeños asientos. La escalera lleva
balaustres barrocos. Los pequeños
balcones que coronan el torreón también son de balaustres, y constan de
un solo cuerpo. Posee un traspatio, al
que da un balcón de tres cuerpos. La
azotea es de planta cuadrada” (25).
Al igual que la familia Valois (26),
la familia Blanco o White proceden de
Waterford, Irlanda, y además son
parientes (27). El cronista portuense
Álvarez Rixo los nombra por primera
vez en 1742: “Pero para nombrar
encargados que cuidasen del agua se
recibió orden de la Real Audiencia
fechada del año próximo pasado y lo
fueron don Bernardo Blanco y Jerónimo
Martín” (28).
La familia Blanco posee como pri-
!!!
Arriba, Mirador de
la Casa Miranda.
Sobre estas líneas,
mirador del Sitio
Lavaggi. Fotos José
Melchor Hdez.
Castilla.
mera vivienda la del Pozo Concejil (la
casa del Torreón de Blanco o Ventoso)
y como segunda residencia la Casona
de San Antonio o Casa Tolosa (29), comprada en 1772 por Nicolás Blanco a dos
nietas de los fundadores de la hacienda,
el alférez Antonio José Borges Temudo,
guarda menor de la Real Aduana, y su
esposa, María Perera Gorvalán (30). Posteriormente, la casa del torréon de
Blanco es vendida a la casa comercial
Ventoso (31).
Torreón de la casa de los Hermanos
de la Cruz Blanca
El antiguo colegio Pureza de María
se construye en el siglo XVIII, de dos
plantas, y muestra un torreón y un patio
cerrado con ventanas de guillotinas
(32). Antes de ser colegio, pertenecía
a Alonso del Hoyo (33).
Posee “un mirador de cuatro cuerpos acabado en azotea que se sitúa detrás
de la casa; su grosor disminuye con la
altura mostrando en su lado oeste cuatro vanos y dos desagües tipo culebrina.
En el último cuerpo destacan dos piedras labradas, situadas unas sobre la
otra a cierta distancia, la superior con
un gran agujero y la inferior con uno
pequeño, cuyo fin pudiera sostener un
mástil” (34).
Mirador de la casa de Luis Lavaggi o
de Álvarez Rixo
Casa del siglo XVIII y XIX, de dos
plantas y entresuelo; antes de la
misma existía una pequeña casa
terrera donde nacía el historiador portuense José Agustín Álvarez Rixo en
1796 (40). Luis Lavaggi, que reside en
la calle Venus (Iriarte) esquina con Oposición (Cólogan) –actual hospital La
Inmaculada– (41) era un genovés rico
y escribiente de la casa Cólogan, y construye una casa mediante el maestro
de carpintería José Acosta Acevedo,
en 1804, donde antes existía la casa
de Manuel José Álvarez, padre de José
Agustín Álvarez Rixo (42).
Posee un mirador tipo cuna. Se halla
situado en la fachada trasera del
patio principal, a una altura de un cuarto
piso, formando conjunto con una terraza que refuerza sus esquinas con
tronco de madera y que está parcialmente cubierto por él, y se enlazan a
través de cuatro pilares de mampostería y dos columnas de madera; el mirador, de madera, se halla conformado
por una baranda que rodea una plataforma, y se accede al mismo por una
escalera de madera situada en la
parte inferior (43).
Mirador de la casa de la calle Blanco
16 o Hernández Hermanos
Casa del siglo XVIII de tres plantas,
en la calle Blanco 16, conocida por ser
propiedad de Hernández Hermanos
(44). Presenta “un pequeño mirador
en forma de habitación cubierta por dos
ventanas a cada lado y colocado a una
altura de un cuarto piso, en un lateral
de la casa, en el patio principal” (45).
Mirador de la casa Rincón del Puerto
La casona canaria de dos plantas a
la que nos referimos, según plano de
la plaza del Charco, es propiedad de
Thomas Lynch en 1775 (46). Es una casa
del siglo XVIII de dos plantas y entresuelo (47). Posee un pequeño torreón
en el último piso, “con ventanas de guillotina y su mampostería reforzada en
p3
EL DÍA, domingo, 9 de agosto de 2015
EN PORTADA
!!!
Arriba, mirador
desaparecido de La
Casona, en los años
80 del siglo XX. A la
izquierda, el del
Rincón del Puerto, en
la plaza del Charco.
Fotos: José Melchor
Hernández Castilla.
sus esquinas con madera, y se accede
al mismo por una escalera exterior en
la parte trasera”. (48).
Mirador de La Casona, oeste de la plaza
del Charco
Casa de dos plantas y entresuelo que
da al patio, de principios del siglo XIX,
con azotea sobre la crujía y un
pequeño mirador rectangular con
balaustres (49). Este mirador desaparece
con la reforma de la casa después de
los años 80 del siglo XX.
Mirador de la casa Miranda
Casa del siglo XVIII, de dos plantas hacia la calle Santo Domingo y de
tres pisos hacia la de Las Lonjas (50).
BIBLIOGRAFÍA
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La Orotava. Edita Cabildo Insular de Tenerife y Patronato de Cultura del
Ayuntamiento del Puerto de la Cruz, Santa Cruz de Tenerife. Página 13.
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3. Ídem. Página 600.
4. Bethencourt Massieu, Antonio (1956).- Canarias e Inglaterra: El comercio de vinos, 1650-1800.- Anuario de Estudios Atlánticos (AEA), 2, p. 195308.- Madrid – Las Palmas de Gran Canaria. Páginas 292-293.
5. Ruiz Álvarez, Antonio (1970). El Puerto de la Cruz: La Batería de Santa
Bárbara o del Muelle y la Casa de la Real Aduana. Anuario de Estudios
Atlánticos (AEA), 16, p. 597-607.- Madrid – Las Palmas de Gran Canaria.
Página 600.
6. Guimerá Ravina, Agustín (2005). Las Memorias del comerciante irlandés Bernardo Valois. Gobierno de Canarias, San Cristóbal de La Laguna.
7. Ídem.
8. Álvarez Rixo, José Agustín (1994). Anales del Puerto de la Cruz de
La Orotava. Editan Cabildo Insular de Tenerife y Patronato de Cultura
del Ayuntamiento del Puerto de la Cruz, Santa Cruz de Tenerife. Páginas 51, 52.
9. Álvarez Rixo, José Agustín (1994). Anales del Puerto de la Cruz de
La Orotava. Edita Cabildo Insular de Tenerife y Patronato de Cultura del
Ayuntamiento del Puerto de la Cruz, Santa Cruz de Tenerife. Página 259.
10. Hdez. Hdez., Juan; Pérez Dorta, Máximo Tomás; Hdez. Glez., María
Carmen; Richter Carrillo, Ricardo G. (1988). “Miradores en el Puerto de
la Cruz”. Programa de Fiestas de Julio 1988. Puerto de la Cruz.
11. Ídem.
12. Ledru, André-Pierre (1810; 1982). Viaje a la isla de Tenerife (1796).
Edita José A. Delgado Luis. La Orotava, Tenerife. Página 70.
13. Ídem. Página 71.
14. Álvarez Rixo, José Agustín (1994). Anales del Puerto de la Cruz de
La Orotava. Edita Cabildo Insular de Tenerife y Patronato de Cultura del
Ayuntamiento del Puerto de la Cruz, Santa Cruz de Tenerife. Páginas 233,
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15. Noreña Salto, Teresa (1994) en Álvarez Rixo, José Agustín. Anales
del Puerto de la Cruz de La Orotava. Edita Cabildo Insular de Tenerife
y Patronato de Cultura del Ayuntamiento del Puerto de la Cruz, Santa
Cruz de Tenerife. Página 272.
16. Álvarez Rixo, José Agustín (1994). Anales del Puerto de la Cruz de
La Orotava. Edita Cabildo Insular de Tenerife y Patronato de Cultura del
Ayuntamiento del Puerto de la Cruz, Santa Cruz de Tenerife. Página 259.
17. Ruiz Álvarez, Antonio (1973). “El Muelle del Puerto de la Cruz” en
Anuario de Estudios Atlánticos, 19, p. 403-431. Las Palmas de Gran Canaria. Página 423.
18. Murray, Elizabeth (1859, 2004). Recuerdos de Tenerife. Ediciones
Idea. Islas Canarias. Página 152.
19. Bethencourt Massieu, Antonio (1956).- Canarias e Inglaterra: El comercio de vinos, 1650-1800.- Anuario de Estudios Atlánticos (AEA), 2, p. 195308.- Madrid – Las Palmas de Gran Canaria. Páginas 307, 308.
20. Murray, Elizabeth (1859, 2004). Recuerdos de Tenerife. Ediciones
Idea. Islas Canarias. Página 152.
21. Álvarez Rixo, José Agustín (1994). Anales del Puerto de la Cruz
de La Orotava. Edita Cabildo Insular de Tenerife y Patronato de Cultura
del Ayuntamiento del Puerto de la Cruz, Santa Cruz de Tenerife. Página
283.
22. Edwardes, Charles (1888; 1998). Excursiones y estudios en las Islas
Canarias. Ediciones del Cabildo Insular de Gran Canaria. Las Palmas de
Gran Canaria. Página 45.
23. Martín Rodríguez, Fernando Gabriel; Calero Ruiz, Clementina; Hernández Díaz, Patricio; Guerra Pérez, José Alberto (1981). Inventario del
Patrimonio Histórico del Puerto de la Cruz. Archivo Histórico Municipal del Puerto de la Cruz. Julio de 1981.
24. Boletín Oficial de Canarias, 18 de julio de 2014. DECRETO
80/2014, de 10 de julio, por el que se declara Bien de Interés Cultural,
con categoría de Monumento, “El Torreón de Ventoso”, situado en el término municipal de Puerto de la Cruz, isla de Tenerife, delimitando su
entorno de protección.
25. Martín Rodríguez, Fernando Gabriel; Calero Ruiz, Clementina; Hernández Díaz, Patricio; Guerra Pérez, José Alberto (1981). Inventario del
Patrimonio Histórico del Puerto de la Cruz. Archivo Histórico Municipal del Puerto de la Cruz. Julio de 1981.
26. Guimerá Ravina, Agustín (2005). Las Memorias del comerciante
irlandés Bernardo Valois. Gobierno de Canarias, San Cristóbal de La Laguna.
Página 17.
27. Ídem. Página 18.
28. Álvarez Rixo, José Agustín (1994). Anales del Puerto de la Cruz de
La Orotava. Edita Cabildo Insular de Tenerife y Patronato de Cultura del
Ayuntamiento del Puerto de la Cruz, Santa Cruz de Tenerife. Página 60.
29. Boletín Oficial de Canarias, 9 de junio de 2006. DECRETO
65/2006, de 23 de mayo, por el que se declara Bien de Interés Cultural,
con categoría de Conjunto Histórico “El Puerto de la Cruz”, situado en
el término municipal.
30. Hernández Castilla, José Melchor (2011). “El corazón de San Antonio (Puerto de la Cruz) se quiebra. EL DIA. Santa Cruz de Tenerife, 22 de
noviembre de 2011.
31. Hernández García, José Javier (1993). “El Torreón de Blanco”. Programas de las fiestas de julio del Puerto de la Cruz de 1993.
32. Boletín Oficial de Canarias, 9 de junio de 2006. DECRETO
65/2006, de 23 de mayo, por el que se declara Bien de Interés Cultural,
con categoría de Conjunto Histórico “El Puerto de la Cruz”, situado en
el término municipal.
33. Hernández Martín, Jesús (1992). “Pregón de la Semana Santa en
el Puerto de la Cruz 1992”.
34. Hdez. Hdez., Juan; Pérez Dorta, Máximo Tomás; Hdez. Glez., María
Carmen; Richter Carrillo, Ricardo G. (1988). “Miradores en el Puerto de
la Cruz”. Programa de Fiestas de Julio 1988. Puerto de la Cruz.
35. Álvarez Rixo, José Agustín (1994). Anales del Puerto de la Cruz
de La Orotava. Editan Cabildo Insular de Tenerife y Patronato de Cultura del Ayuntamiento del Puerto de la Cruz, Santa Cruz de Tenerife. Página
92.
36. Martín Rodríguez, Fernando Gabriel; Calero Ruiz, Clementina; Hernández Díaz, Patricio; Guerra Pérez, José Alberto (1981). Inventario del
Patrimonio Histórico del Puerto de la Cruz. Archivo Histórico Municipal del Puerto de la Cruz. Julio de 1981.
37. Hdez. Hdez., Juan; Pérez Dorta, Máximo Tomás; Hdez. Glez., María
Carmen; Richter Carrillo, Ricardo G. (1988). “Miradores en el Puerto de
la Cruz”. Programa de Fiestas de Julio 1988. Puerto de la Cruz.
38. Martín Rodríguez, Fernando Gabriel; Calero Ruiz, Clementina; Hernández Díaz, Patricio; Guerra Pérez, José Alberto (1981). Inventario del
Muestra “varios
miradores en su
fachada marítima;
en su lado este,
tiene una pequeña
terraza, y todo el
lado norte está
recorrido por un
balcón al que se le
superpone otro en
el costado noroeste;
y el conjunto está
rematado por azotea de barandas
en madera y mampostería” (51).
Mirador de la Casa de la Real Aduana
Casa de los siglos XVII y XVIII, de
dos plantas y entresuelo (52). Expone
“dos tipos de miradores, ambos hacia
la zona del mar; una terraza retranqueada en el último piso, y balcón en
la parte noble” (53).
Mirador del Sitio Lavaggi, avenida Familia Betancourt y Molina
Casa construida por Luis Lavaggi (54);
de estética neoclásica, de dos plantas
y del siglo XIX; en la azotea, y sobre
la caja saliente de la escalera, se halla
un pequeño mirador con balaustrada
(55).
Patrimonio Histórico del Puerto de la Cruz. Archivo Histórico Municipal del Puerto de la Cruz. Julio de 1981.
39. Hdez. Hdez., Juan; Pérez Dorta, Máximo Tomás; Hdez. Glez., María
Carmen; Richter Carrillo, Ricardo G. (1988). “Miradores en el Puerto de
la Cruz”. Programa de Fiestas de Julio 1988. Puerto de la Cruz.
40. Martín Rodríguez, Fernando Gabriel; Calero Ruiz, Clementina; Hernández Díaz, Patricio; Guerra Pérez, José Alberto (1981). Inventario del
Patrimonio Histórico del Puerto de la Cruz. Archivo Histórico Municipal del Puerto de la Cruz. Julio de 1981.
41. Álvarez Rixo, José Agustín (1994). Anales del Puerto de la Cruz de
La Orotava. Edita Cabildo Insular de Tenerife y Patronato de Cultura del
Ayuntamiento del Puerto de la Cruz, Santa Cruz de Tenerife. Página 176.
42. Ídem. Página 183.
43. Hdez. Hdez., Juan; Pérez Dorta, Máximo Tomás; Hdez. Glez., María
Carmen; Richter Carrillo, Ricardo G. (1988). “Miradores en el Puerto de
la Cruz”. Programa de Fiestas de Julio 1988. Puerto de la Cruz.
44. Martín Rodríguez, Fernando Gabriel; Calero Ruiz, Clementina; Hernández Díaz, Patricio; Guerra Pérez, José Alberto (1981). Inventario del
Patrimonio Histórico del Puerto de la Cruz. Archivo Histórico Municipal del Puerto de la Cruz. Julio de 1981.
45. Hdez. Hdez., Juan; Pérez Dorta, Máximo Tomás; Hdez. Glez., María
Carmen; Richter Carrillo, Ricardo G. (1988). “Miradores en el Puerto de
la Cruz”. Programa de Fiestas de Julio 1988. Puerto de la Cruz.
46. Brito Galindo, Antonio (2005). El asesinato de Mister Morris. Asociación de Vecinos La Peñita. Páginas 10, 11.
47. Martín Rodríguez, Fernando Gabriel; Calero Ruiz, Clementina; Hernández Díaz, Patricio; Guerra Pérez, José Alberto (1981). Inventario del
Patrimonio Histórico del Puerto de la Cruz. Archivo Histórico Municipal del Puerto de la Cruz. Julio de 1981.
48. Hdez. Hdez., Juan; Pérez Dorta, Máximo Tomás; Hdez. Glez., María
Carmen; Richter Carrillo, Ricardo G. (1988). “Miradores en el Puerto de
la Cruz”. Programa de Fiestas de Julio 1988. Puerto de la Cruz.
49. Martín Rodríguez, Fernando Gabriel; Calero Ruiz, Clementina; Hernández Díaz, Patricio; Guerra Pérez, José Alberto (1981). Inventario del
Patrimonio Histórico del Puerto de la Cruz. Archivo Histórico Municipal del Puerto de la Cruz. Julio de 1981.
50. Ídem.
51. Hdez. Hdez., Juan; Pérez Dorta, Máximo Tomás; Hdez. Glez.,
María Carmen; Richter Carrillo, Ricardo G. (1988). “Miradores en el
Puerto de la Cruz”. Programa de Fiestas de Julio 1988. Puerto de la
Cruz.
52. Martín Rodríguez, Fernando Gabriel; Calero Ruiz, Clementina; Hernández Díaz, Patricio; Guerra Pérez, José Alberto (1981). Inventario del
Patrimonio Histórico del Puerto de la Cruz. Archivo Histórico Municipal del Puerto de la Cruz. Julio de 1981.
53. Hdez. Hdez., Juan; Pérez Dorta, Máximo Tomás; Hdez. Glez., María
Carmen; Richter Carrillo, Ricardo G. (1988). “Miradores en el Puerto de
la Cruz”. Programa de Fiestas de Julio 1988. Puerto de la Cruz.
54. Boletín Oficial de Canarias, 9 de junio de 2006. DECRETO
65/2006, de 23 de mayo, por el que se declara Bien de Interés Cultural,
con categoría de Conjunto Histórico “El Puerto de la Cruz”, situado en
el término municipal.
55. Martín Rodríguez, Fernando Gabriel; Calero Ruiz, Clementina; Hernández Díaz, Patricio; Guerra Pérez, José Alberto (1981). Inventario del
Patrimonio Histórico del Puerto de la Cruz. Archivo Histórico Municipal del Puerto de la Cruz. Julio de 1981.
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domingo, 9 de agosto de 2015, EL DÍA
LA ARTILLERÍA Y EL HUNDIMIENTO
DEL CÚTER FOX (Y II)
!!!
Texto: Juan Tous Meliá
(de la Tertulia Amigos
del 25 de Julio)
M
Alarma: “lanchas al muelle”
iller siempre tan preciso dice que era una
noche estrellada, pero
no una noche clara,
con poco viento y
una marea que se hizo considerable
al acercarnos a tierra, lo que concuerda
con el cuadro de mareas que hemos
confeccionado. Miller concluye: “Al
estar los botes muy pesadamente cargados, y habiendo una corriente adversa,
tardamos en acercarnos y fuimos descubiertos a media milla completa
antes de desembarcar” (Adenda, p. 139).
“A la 1 y media de la mañana estábamos a medio tiro de cañón de la cabeza del muelle, sin haber sido descubiertos, cuando las campanas de alarma sonaron y 30 ó 40 piezas de cañón
con fusilería de un extremo de la
población al otro se dispararon sobre
nosotros” (Fuentes, Diario Theseus, p.
330). “A la una y media se dio la alarma
en el bando enemigo, que abrió un intenso
fuego de cañón y fusilería. Se ordenó
a las lanchas que se separaran unas de
otras y tocaran tierra donde fuera conveniente, debido al enorme oleaje y a
la playa rocosa había muy pocas posibilidades de que las lanchas no se destrozaran por lo que el desembarco acarreó grandes dificultades y muchos hombres” (Adenda, Waller, p. 149).
Miller relata ese momento así: “Al
estar los botes muy pesadamente cargados, y habiendo una corriente adversa,
tardamos en acercarnos y fuimos descubiertos a media milla completa antes de desembarcar. Sonó la campana de alarma y los hornillos funcionaron en algunas baterías, etc.
etc. Era tal la oscuridad cerca de la orilla que sin acercarse mucho a los objetos no se podían descubrir con alguna
precisión, por lo que las lanchas pasaron de largo el muelle, pero el capitán
Bowen, yendo próximo con su bote, lo
descubrió. El almirante entonces
ordenó soltarse a los botes, y avanzar
hacia tierra cuando sería la una y media
de la mañana; y aquí acaba mi conocimiento personal de los botes en
general” (Adenda, p. 139).
Sobre ese momento dice Nelson: “La
noche era tan excesivamente oscura que
sólo yo, los capitanes Thompson, Fremantle y Bowen, con 4 ó 5 botes del total,
encontramos el muelle, que fue instantáneamente asaltado y tomado, aunque defendido aparentemente por
400 ó 500 hombres, y los cañones, 6
de 24 libras, clavados, pero era tal el
fuego de fusilería y metralla que se man-
tenía desde la ciudadela y casas sobre
la cabeza del muelle que no pudimos
avanzar y casi todos fuimos heridos o
muertos” (Fuentes, Diario Theseus, p.
330).
Según Waller, las lanchas, al haber
navegado demasiado hacia el oeste,
sobrepasaron el muelle y la mayor parte
desembarcó cerca de algunos barcos
naufragados [se refiere a la Bella Angélica] en una muy mala playa [el barranquillo del Aceite], en lugar de hacerlo
en el muelle, como era la intención
original (Adenda, p. 150). El relato de
Nelson continúa así: “Alrededor de las
dos y cuarto los capitanes Troubridge,
Hood, Miller y Waller desembarcaron
con parte de los botes justo al sur de
la ciudadela, pasando a través de un
furioso oleaje, que destrozó todos los
botes, y mojó todas las municiones, a
pesar de las dificultades avanzaron sobre
la muralla y batería enemiga, y formaron
en la plaza mayor de la población casi
80 infantes de marina, 80 piqueros, y
180 marineros armados, donde tomaron posesión de un convento, desde el
cual marcharon contra la ciudadela,
aunque lo encontraron lejos de su
alcance” (Fuentes, D. Theseus, p.
330).
Los 24 botes que sobrepasaron el
muelle derivaron hacia el sur, uno varó
en la caleta de la Aduana, 3 en el barranquillo del Aceite y 20 intentaron desembarcar en el barranco de Santos,
en la llamada playa de las Carnicería,
pero, “debido a lo pedregoso de las rompientes y al fuego que recibían desde
tierra, se desviaron bogando como 225
pasos a la derecha y fueron a desembarcar en el barranquillo citado” [el del
Aceite] (Fuentes, p. 139).
¿Qué ocurrió con el resto del convoy? La Pinaza [Pinnace] sobrepasó
el muelle siguiendo a los botes desembarcando a los marines seguramente en el barranco de Santos y partió
hacia alta mar con su tripulación.
La Yola [Yawl], al llegar cerca de la
cabeza del muelle y de acuerdo con
las órdenes generales, partió inmediatamente hacia alta mar con su tripulación, desembarcando el teniente
Wetherhead con 20 hombres de su compañía (Adenda, p. 139-140).
Quechemarín [Large Spanish Boat
or Launch] sobrepasó el muelle siguiendo a los botes desembarcando
a los marines, seguramente, en el barranco de Santos y partió hacia alta mar
con su tripulación. Iba al mando de
Thomas Oldfield, del cual el Diccionario de Oxford dice: “En la noche del
24 de julio fue capaz de llevar a los infantes de marina en el valiente pero desastroso ataque de Nelson a Santa Cruz
de Tenerife. Al tratar de desembarcar,
su lancha fue hundida, pero él nadó
hacia la costa, y al alcanzarla se
lesionó”. No hay constancia de que fuera
hundida la embarcación de Oldfield.
¿Y con el cúter Fox? Quizás la baza
más importante para el desenlace favorable hacia nuestras tropas fue el haber
hecho la Artillería blanco sobre el cúter.
Terminado el combate una pregunta
quedó en el aire: ¿quién hundió el cúter?
Tres castillos se disputaron el honor:
Paso Alto, San Miguel y San Pedro.
En los prolegómenos de la conmemoración del segundo centenario de
la Gesta, en 1995, la Tertulia inició una
línea de investigación para dar respuesta
a la pregunta ¿dónde se encuentra actualmente el cúter? Por falta de medios económicos se paralizó el proyecto.
Cuando escribí el artículo ya citado dije:
“De la lectura de las distintas relaciones
se puede afirmar, con ciertas dudas,
que el disparo salió de la Artillería asentada a la izquierda de línea, esto permitiría indicar que el cañón estuviera
emplazado en la batería de San Pedro”.
Debo revisar esta afirmación. Para
ello hay que acudir al croquis que he
preparado con toda la información disponible: situación de los castillos y baterías, sectores de tiro y alcances,
situación de los barcos mercantes fondeados y, sobre todo, la organización
del convoy con el que Nelson ideó atacar la Plaza [ver primera parte de este
trabajo, publicada el 2 de agosto].
Hemos dibujado el derrotero que presuntamente siguió Nelson, de acuerdo
principalmente con las Relaciones de
Miller y de Waller, cuando estaba a una
milla del muelle. La longitud del convoy no está a escala, podría suponerse
!!!
El cañón “El Tigre”,
según versión del
pintor y decorador
Francisco Bonnín.
que fueran unos 200 metros, ya que
iban sujetos formando un rosario. Sólo
hemos situado al Zealous navío más
cercano a Paso Alto. El resto de la escuadra está fuera del dibujo y estaría distribuida a lo largo de una milla, con
el Theseus cerca de San Andrés. Consideramos que el espacio que debió
recorrer el convoy fue de dos millas
entre las 11 de la noche y la 1 y media
(dos horas y media) a una velocidad
de 30 metros por minuto. La alarma
se produce cuando los botes son detectados por la San José, a media milla
del muelle. En ese momento, el Fox
podría estar bajo el fuego de Paso Alto,
con interferencias con la goleta La Delicia y el bergantín La Estrella. A las dos
podría estar bajo el fuego de San Miguel,
que pudo disparar entre el bergantín
La Estrella y la fragata Dinamarquesa. A los pocos minutos de darse la alarma, el Fox pudo estar bajo el fuego de
San Pedro, según figura en el mapa.
En resumen, es posible, siguiendo
a Francisco Tolosa, jefe de la artillería de San Pedro, que fueran las
baterías de Paso Alto, San Miguel, San
Antonio y San Pedro “las que lo
hecharan a pique porque un solo cañonazo, dos, tres, o cuatro de una batería no podían haberlo destruido y anagado con tanta prontitud” (Fuente, p.
225). No parece posible que interviniera la batería de San Antonio por ser
obstaculizada por los barcos fondeados. El marinero Oliver Davis, sirviente
personal de Miller, cita que el cúter
Fox fue hundido por una batería de
seis cañones (Adenda, Oliver Davis,
p. 155).
El fuego artillero duró alrededor de
una hora y media, por lo que el hundimiento del cúter fue entre la una y
media y las tres de la madrugada. El
guardiamarina William Hoste dice al
respecto: “A las 4, muchos de los botes
regresaron a bordo sin haber podido
desembarcar debido al fuego mantenido por el enemigo. Nos dieron la desagradable noticia de que un cañón de
24 libras había alcanzado al Fox y que
éste se había hundido con rapidez, con
150 almas a bordo, la mayor parte de
los cuales se había ahogado” (Fuentes,
p. 343). La versión de Miller dice: “Inmediatamente después de él [se refiere
a Nelson] fue herido Fremantle en el
brazo, y Thompson, recién desembarcado, hizo que su bote lo transportarse
al barco; en su trayecto hizo un buen
servicio, salvando al teniente Davis y
mucha gente del cúter Fox, que había
sido hundido por un disparo de un cañón
de 24 libras que le atravesó ambos costados bajo la línea de flotación”
(Adenda, p. 139). Esta afirmación
adelantaría la hora del hundimiento,
que sería entre las dos y cuarto y las
dos y media de la madrugada.
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EL DÍA, domingo, 9 de agosto de 2015
INVESTIGACIÓN
EN PORTADA
TURISMO
Un gran
muralista
!!! José Aguiar (Vueltas de Santa Clara, 1898 - Madrid, 1976) por circunstancia de la migración masiva,
nació en Cuba en el seno de una familia de emigrantes gomeros. Se
trasladó al año de nacer con su familia
a Agulo. A los 18 años viajó a Madrid
para estudiar Derecho y Filosofía y Letras aunque al final se matriculó en
la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, donde recibió clases de José
Pinazo.
Gracias a una beca concedida por
el Cabildo Insular de La Gomera, tras
su primera exposición en el Museo de
Arte Moderno de Madrid (1935), viajó
por Italia, donde recibió la influencia de la pintura renacentista y en especial de Masaccio, así como de la pintura pompeyana, cuyos reflejos permanecen en su obra. Luego viajó a
México, donde recibió gran influencia de los muralistas mexicanos.
La obra de José Aguiar se caracteriza por el uso de figuras gigantescas,
con una expresión exagerada de los
estados de ánimo, tocando temáticas
locales en la que se muestran pescadores y campesinos canarios. En
sus últimos años se centró en el paisaje, calificado por él de apocalíptico.
Como becario de la Fundación
Juan March, realizó su obra más conocida, el cuadro “Los ángeles y los monstruos”, donde se aleja de su temática
habitual, de carácter religioso y regionalista, y empieza a mostrar los rasgos expresionistas que caracterizan
toda su obra de los últimos años. Además de pintura de caballete, realizó
pinturas murales, como la realizada
para el Casino de Santa Cruz de Tenerife.
Sin perder los lazos con Canarias,
Madrid se convirtió en su lugar de residencia habitual desde 1924, salvo los
paréntesis de sus numerosos viajes
y del periodo sevillano, cuando, en
1933, ganó la plaza de profesor de dibujo
en la Escuela de Artes y Oficios de Sevilla, estableciendo definitivamente su
estudio en Pozuelo de Alarcón (Madrid) en 1947.
Recibió el encargo de decorar el Salón
Noble del Cabildo Insular de Tenerife
en 1951, mural en el que invirtió nueve
años de trabajo. Su obra se conserva
en colecciones particulares y en numerosas instituciones, entre otras, además de las citadas, el Museo Municipal de Bellas Artes de Santa Cruz de
Tenerife, el Museo de Arte Moderno
de Barcelona, el Centro de Arte Moderno Reina Sofía, en Madrid, el Ministerio de Justicia, las antiguas Cajas de
Ahorros Confederadas, el Ayuntamiento
de Madrid y la Basílica de Candelaria.
Serie “Pintores Canarios”, cuadro Nº 24
(técnica mixta sobre papel de acuarela)
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domingo, 9 de agosto de 2015, EL DÍA
CLAVES DEL CAMINO
DUENDES Y GENTE MENUDA
Criaturas imposibles y lugares encantados en Canarias
El apasionante mundo de la gente menuda, esa raza de seres pertenecientes a una presunta realidad paralela, popularmente conocidos
bajo los términos genéricos de duendes, hadas y gnomos, tiene un pequeño hueco en la fenomenología misteriosa de nuestras islas. Se
trata, qué duda cabe, de unas creencias y un folclore mágico que hoy se nos antoja anacrónico, pero que perduró con solvente vitalidad
hasta hace escasas décadas. Desapasionadamente, sin entrar en estériles debates sobre la objetividad o no de su existencia, repasamos
algunas de las interesantes referencias con las que contamos en Canarias.
!!!
Texto: José Gregorio González
L
a creencia popular canaria en
los duendes se haya ligada
indiscutiblemente a la existencia de la vida después de
la muerte y a la creencia en
un limbo o dimensión de tránsito entre el Cielo y el Infierno, en el que habitarían estas criaturas. Se hace evidente
que esta creencia nos acerca mucho más
de lo que algunos están dispuestos a aceptar a la visión religiosa de los antiguos
indígenas canarios, en la medida en la
que, según algunas referencias, existían
entes o deidades en la naturaleza, o manifestacionesinmortalesdelalma,queencajarían con lo que la tradición denomina
bajos esos términos de duendes o hadas. Aunque sobrepasa el objetivo de
este artículo, el fenómeno que llamamos “luces populares” en Canarias, tipo
Luz de Mafasca, y que asociamos con
leyendas de almas en pena, en otras partes del mundo se interpreta como manifestaciones de entidades élficas, del
tipo de las hadas.
Recurriendo a la tradición y a la fuentes etnográficas que la recogen, como
los trabajos del médico chasnero Juan
Bethencourt Alfonso, en Canarias los
duendes “son los niños que mueren sin
bautizar y son enterrados fuera de lo sagrado”, manifestando su existencia porque acostumbran “a quitar cosas de su
sitio (algodón, dedales, tijeras,...)”, a llorar “y se entretienen en hacer ruiditos,
mudar los objetos...”. Su naturaleza en
principio es benigna y lo único que quieren“es molestar un poco”, manifestándose
incluso a través del sonido que hace una
gota de agua al caer, según la creencia
que perduraba hasta el primer cuarto
del siglo XX en El Escobonal. En esta
zona también se decía que “cuando llegue el fin del mundo se van a una oscuridad muy profunda, por eternidades”,
tradición que coincide con la recogida
en tierras herreñas, donde a estos seres se les oía decir “fin, fin,” porque será
al final cuando encuentren la gloria.
Aunque ahora parecen haber desaparecido, en San Juan de la Rambla hubo
una época en la que se creía que existían muchísimos duendes, a los que sólo
se les podía ver una vez y de forma muy
rápida y fugaz. Nuestros duendes, visibles muchas veces “en la frontera del
parpadeo”, como diría nuestro buen amigo y gran especialista en folklore mágico Jesús Callejo, se aparecían en ocasiones por El Hierro en forma de “pe-
!!!
Juan Bethencourt
Alfonso recopiló en
su obra abundante
tradición de
creencias en
duendes.
rrito blanco o gato”, en los montes, siendo
una creencia común que atrapar a uno
atraía la fortuna. En este sentido es significativa la historia recogida hace casiunsigloenIngenio,GranCanaria,donde
se contaba cómo un pastor tenía un duende a su servicio. Un día dos cambalachistas fueron a comprarle unas cabras
y se quedaron pasmados al ver cómo
los animales salían y se metían solos en
el corral sin que el pastor les diese ninguna orden o señal. Los asombrados testigos escuchaban al pastor hablar solo,
dando órdenes a un ser invisible, quedándose pasmado al ver que ordeñaba
una buena cantidad de leche que desaparecía del recipiente ante los ojos de
los citados testigos. No cabe la menor
duda que éstos se fueron convencidos
de que un duende invisible cumplía las
ordenes del cabrero, llevando el rebaño
a pastar o encerrándolo según las indicaciones que éste le daba.
Entre los duendes más benéficos se
encontraban los segadores, que se hallaban en el campo dispuestos a colaborar con los humanos. “Bastaba dejar
un vecino en el campo provisiones, etc.,
para que al día siguiente amaneciera
segada la propiedad”. De uno de ellos
conocemos hasta el nombre: Gesnal.
Por su parte, Francisco Fajardo Spínola, en su imprescindible obra “Hechicería y brujería en Canarias en la Edad
Moderna”, nos aporta datos de sumo
interés rescatados de los archivos del
Santo Oficio conservados en Gran Canaria. Del estudio de los documentos
se deduce la existencia, o al menos la
creencia, en una serie de extrañas criaturas que hoy en día no dudaríamos en
llamar duendes, aunque en aquella época,
y en el contexto en el que fueron recogidos los testimonios, se usara el término diablos para referirse a ellos. El
comentario de Fajardo nos ayudará a
situar la cuestión:“En los varios centenares
de testificaciones de 1524 no se emplea
ni una vez el término demonio, sino diablo, y más a menudo diablos, en plural.
Parece haber una jeraquización y unos
caudillos principales –Satanás, Belzebú,
Lucifer, Barrabás, «el diablo mayor»–,
así como unos diablos diferenciados –del
cantillo, de las encrucijadas, el diablo
Cojuelo...–; pero en conjunto forman una
caterva de espíritus malos: no se trata
de un Demonio en singular, personificación
del principio teológico del mal”.
El uso del término “diablos”, en plural, nos hace sospechar de la existencia de un supuesto grupo de seres elementales que cooperaban con las hechiceras, o claramente estaban a su servicio, y que desde el ámbito religioso
tenían un origen maligno, aunque no
necesariamente tenía que ser así. De hecho, los demonios parecen en algunas
ocasionesauténticossirvientesdelahechicera, a quien proporcionan sus favores
al ser convocados y amansados con determinados conjuros, contrarrestando
los favores mágicos con, curiosamente,
objetos de un uso cotidiano y muy humano: “¿Vos pensáis que yo no les doy
nada? Doyles seda y lienzo para camisas y zapatos, para que hagan lo que yo
quiero”.
Resulta significativo que con el paso
de los siglos estos demonios, transformados casi por completo en duendes
por la tradición popular, siguiesen sintiendo predilección por objetos de
costura: “Acostumbraban a quitar cosas
de su sitio (algodón, dedales, tijeras...)”.
Nuestros demonios tenían en ocasiones
nombre propio: Añasco, diablo Cojuelo,
María de Padilla, Marta, Perro Grande,
Juan de la Vega, el Mudo..., aunque los
más interesantes y fácilmente relacionables con el universo de los duendes
sean los conocidos como “familiares”. “Si con otros se hace un pacto que
parece feudal –afirma Fajardo Spínola
en su estudio– la relación que con éstos
se mantiene es la del amo con el esclavo,
a quien se ha capturado y que, por supuesto, puede escapar.” Después de casi
cuatro siglos, esa creencia aún persistía en Canarias e iba unida a la idea de
prosperidad en el caso de los duendes
segadores.
Al parecer, nuestros familiares eran
de fácil “preparación”. Bastaba con juntar tres granos de helecho, una de las
plantas mágicas por excelencia en todo el mundo, para hacer un familiar que,
además de servir, nos hiciera compañía, según declarará Ana de la Cruz, una
mulata procesada en 1690. A estos personajes en ocasiones se les atribuía también la labor de espías, obteniendo información para su dueño hechicero de cualquier cosa que éste deseara.
En la obra ya mencionada, se cita un
caso de La Gomera, datado en el año
1570, en el que se afirma que una mujer
tenia un familiar encerrado en un anillo, mientras que otra tenía “una caja
o una redoma o un jarro en el que vio unas
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EL DÍA, domingo, 9 de agosto de 2015
CLAVES DEL CAMINO
cosas vivas que iban unas para abajo y
otras para arriba, unas prietas y otras
verdes, y que decían que eran familiares”.
Por último, de un vecino de La Laguna llamado Juan de Ascanio, se declaró ante el Santo Oficio que “tenía un
familiar dentro de una caja y que allí lo
tenía enserrado, y que (...) su mujer abrió
la caja y qu’el familiar dio un salto y se
salió”.
Si atrapar un duende era extremadamente difícil, librarse de él era relativamente fácil, al menos en Teguise,
Lanzarote, donde los duendes cantaban como perenquenes diciendo “cata,
cata, cata” y a los que se espantaba con
una fórmula ritual tan eficaz como contundente: “Vete pa la puta de tu madre”. ¿El lector se quedaría?
La Fuente del Guanche Encantado, la
montaña Micheque…
Según un documento inquisitorial
fechado en 1669 que se conserva en el
Museo Canario, existía en La Orotava
cierta fuente con fama de albergar una
entidad aparentemente no humana, cuya
existencia reveló un joven de 17 años
que respondía al nombre de Juan Donis, quien pudo heredar los servicios
de dicha criatura de una bruja. Aunque
la referencia la encontramos dentro del
contexto documental de los procesos
brujeriles, no deja de ser interesante,
pues el joven declara que una tal Juana Baptista, procesada unos años antes, le había dicho antes de morir “que
no podía morirse sin dejar heredero de
su amigo, y que el que lo fuese le avía de
dar alguna cosa en vida o en muerte, y
este confesante le ofreció dar un dedo del
pie”, y que “su amigo era un espíritu de
almas muertas que quedaron en aquella ysla”.
La entidad, lejos de ser incorpórea,
al parecer fue vista por el joven, refiriendo en su declaración que “sería algún
guanche encantado de los que dicen que
ay en una fuente donde dicen Buen Passo”.
Quien tenga ganas y paciencia puede
comprobar la existencia del documento e intentar descifrar su contenido. La
tradición de la fuente encantada habitada por espíritus guanches se mantuvo
durante siglos, y quién sabe si ya existía en tiempos aborígenes.
!!!
En la obra
“Canarias
misteriosa” se recoge
una amplia casuística
sobre este tipo de
seres mágicos, cuyo
hábitat natural
suelen ser los
bosques.
En los años noventa del siglo pasado,
Félix Rojas y Fernando Hernández lograron dar con el lugar y desvelar que
su nombre actual es Fuente Vieja. En
torno a la misma, localizada en Las Medianías y de la que todavía se surten de agua
los vecinos, se conservaba hasta hace
muy poco la tradición de su vínculo con
seres invisibles que la habitaban, al igual
que ocurre en otros enclaves similares
por todo el mundo.
La memoria colectiva ha perpetuado el recuerdo poniendo una cruz y flores en la zona, donde el musgo y la humedad contribuyen a decorar de forma evocadora el conjunto. Isabel Páez se crió
en la zona y creció con las historias asombrosas de la fuente, a la que era preferible no acudir solo, y menos de noche.
Nos contaba cómo su abuelo sufrió el
acoso de las brujas, “o de algo muy extraño, que formó un remolino en torno
a él desorientándolo e impidiendo
que avanzara en el lugar”. Otros vecinos de edad avanzada que aún vivían
en las inmediaciones del afluente hasta bien entrado este siglo, continuaban
mirando con desconfianza el manantial por entender que las brujas lo frecuentaban.
Este no es, ni de lejos, el único enclave
de estas características. En Güímar, conectado al célebre Barranco de Badajoz, se
encontraba la Fuente de los Lunos, frecuentada por personas o entes de gran
palidez, de naturaleza no humana. En
las inmediaciones de la presa de Los Valles, en Valle Tabares, también conflu-
EN BUSCA DE LOS OBJETOS DE
PODER
El periodista y director de la revista
Enigmas, Lorenzo Fernández Bueno, nos acaba de sorprender gratamente con la temática
de su libro más reciente, “Templarios, nazis y
objetos sagrados”, editado por Luciérnaga. En
este libro repasa las operaciones de búsqueda que se han puesto en marcha a lo largo de
los siglos, e incluso hoy día, para lograr juntar
objetos de poder como el Santo Grial, el Arca
de la Alianza, el Bastón de Mando, la Mesa de
Salomón… y tantos otros, en la creencia de
que quien los posea alcanzará el poder absoluto. Así pues, unidos por un hilo sutil aparecen colectivos tan dispares como los templarios, o ideologías tan disparatadas como el
nacionalsocialismo, detrás de unos objetos
revestidos del poder de Dios, pero también
de maldiciones que acabaron con quienes los tuvieron entre sus manos. Una lectura
que atrapa. Por completo recomendable.
!!!
yen historias de seres imposibles y casuística propia de lugar encantado. De hecho,
cerca de allí, en el llamado Lomo las Viñas
Juan Correa nos confiaba la desconcertante observación de la que fue testigo
hace unas décadas, cuando un grupo
de pequeños seres blanquecinos desfilaron en coro a escasos metros de distancia de él junto a un matorral.
En Santa Úrsula se localiza la llamada
montaña de Micheque, rebautizada por
el poeta local Domingo del Rosario como
Montaña Perdida o Encantada. Los mayores del pueblo coinciden al señalar que
se evitaba pasar por allí en solitario o
después de cierta hora por temor a esos
encantamientos, que podían provocar
que uno se extraviase y no encontrase
el camino de vuelta. Lamentablemente para nosotros, Del Rosario no precisa
el nombre de quienes compartieron con
él sus encuentros con el misterio. Narra en su libro “Vivencias de un pueblo”
experiencias tan curiosas como la de una
mujer que frecuentaba la montaña en
busca de leña, topándose en ella con
unos peculiares personajes. “Eran
hombres de pequeña estatura que tenían
iluminados sus rostros, dando apariencia de ángeles, dándole una paz y serenidad que jamás había sentido. Amablemente le dijeron que, si quería, ellos
colaboraban con ella. Dicha colaboración
consistía en que tendría que regresar todos
los días al mismo lugar y que siempre tendría el haz de leña preparado en el mismo
sitio, pero que jamás podría revelar el
secreto, ya que esa magia se rompería
si lo desvelara. La mujer, que siempre subía
con otras mujeres a la seis de la mañana,
recogía la leña que ya tenía preparada
y bajaba del monte rápidamente, por lo
que llegaba más temprano que las
otras”. El asunto, tal y como lo describe
Del Rosario, intrigaba a la familia de la
mujer, que de tanto presionarla logró
arrancarle el secreto al cabo de un mes.
Al final no solo no creyeron a la joven
sino que la leña dejó de aparecer tras
contar su vivencia.
Otra vecina de La Corujera contaría
su encuentro inesperado con un “soldado uniformado (no recuerda qué tipo
de uniforme), pero éste no se comunicaba
con ella, la mujer estaba cada vez más
asustada, pues a su vez empezó a azotar un fuerte viento. De repente desapareció
y, para sorpresa de la mujer, rodó como
una especie de bola incandescente hacia
el fondo del barranco y luego lanzó una
lengua de fuego hacia arriba. Según la
mujer nos dijo, dejó la leña y salió corriendo
de ese lugar despavorida”. Al parecer,
una zahorina le explicaría al poco
tiempo que aquello había sido un alma
en pena que buscaba redención.
Una última y sugerente historia presumiblemente ocurrida en este lugar que
queremos mencionar es la de un niño
perdido, episodio que recuerda bastante
al de la Niña de las Peras del Barranco
de Badajoz. Al parecer, una madre dejó
a su hijo de cinco años en su casa mientras acudía a Montaña Micheque a llevarle la comida a su marido. El pequeño
la siguió a escondidas, pero se extravió
en la zona estando desaparecido por tres
días. “El niño tuvo que sortear las inclemencias del tiempo y buscar un lugar
seguro; sintiéndose solo y muy agotado
encontró una pequeña cueva donde refugiarse, con tan buena suerte que se le aparece una mujer con un manto rojo, envuelta
en una luz que al mismo tiempo le daba
calor. La mujer le preguntó al niño si no
tenía frío y el niño le contestó que sí, y
también que tenía miedo porque se había
perdido. La mujer dejó caer sobre él su
precioso manto muy abrigado y le dijo:
no te preocupes, descansa que yo estaré
contigo. El niño se dejó dormir y al día
siguiente lo encontraron en el bosque, sin
signos de hipotermia y con una sonrisa
angelical, y cuando la gente le preguntaba cómo había sobrevivido, él contaba
esta tierna historia”.
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domingo, 9 de agosto de 2015, EL DÍA
www.eldia.es/laprensa
Revista semanal de EL DÍA. Segunda época, número 992
“S
eñorita, ¿sabe usted dónde está mi
señora? ¿La ha
contratado mi señora para cuidarnos?”. Estas son frases de una situación
real, y la persona interpelada de esta
manera era la propia hija de quien así
preguntaba. Es duro que en un breve
momento de locuacidad, tras un
mutismo que pudo durar días, semanas o meses, nos muestre que su realidad es otra. Recordarle que su señora ha fallecido hace tiempo ¿para
qué valdría? Aclararle que la señorita
que tiene delante no es una asistente
pagada sino su propia hija ¿ayudaría
en algo? Provocar un momento de sufrimiento a esa persona querida y con
la certeza de que no recordará las explicaciones ni la conversación en pocas
horas, ¿para qué serviría?
Son muchas, variadas y a veces contradictorias las emociones sentidas
por un familiar cuidador de una
persona con demencia. Culpabilidad,
ira, preocupación, soledad, resentimiento y pena son algunas de ellas.
Todas son una muestra de la impotencia que siente, de la incapacidad
de comprender que la persona que le
ha dado la vida o que ha compartido
su existencia como compañero
durante tantos años sea siquiera
capaz de mostrar el menor atisbo de
reconocerle. Algunas de estas emociones que frecuentemente siente el
cuidador, por el hecho de sentirlas,
dan lugar a una bajada de la autoestima y del autoconcepto.
El cuidador siente culpa por el
incumplimiento de alguno de los
“deberías” que se autoimpone: “debería tener más paciencia”, “debería cuidarlo más”, “debería visitarlo más”,
“no debería perder los estribos con
alguien tan indefenso”. Siente culpabilidad por no haber hecho las cosas
de la forma que considera correcta y
nunca estima suficiente lo que hace.
También surge, en determinados
momentos, resentimiento hacia la persona cuidada porque se siente desbordado, secuestrado por la situación,
siente que los demás (hermanos, hijos
y resto de los familiares) abusan de
él; siente que es el único que sostiene
la situación.
Aunque rara vez se enfada, en ocasiones el cuidador tiene accesos de
ira. Los motivos que la provocan pueden ser directos, como la acumuladión de contratiempos en un día, una
crítica injusta o algún momento de
capricho y cabezonería de la persona
cuidada; o puede ser causada por motivos indirectos como la falta de sueño
o percibir una falta de control sobre
la situación.
Dentro de este cóctel de sentimientos, en otros momentos, el cuidador
siente preocupación. Ésta se debe a
la necesidad de querer atender lo mejor
posible a su ser querido, pero también un poco egoístamente porque,
en un interior más profundo, teme que
se le termine su misión. En estos casos
ha asumido el “rol del cuidador”. En
otras palabras, el cuidado del ser que-
Las emociones
del familiar
cuidador
!!!
Texto: Elena Barreiro Alonso
(psicóloga experta en Gerontología y en Estrés.
[email protected])
rido se ha convertido en el trabajo que
da sentido a su vida, y teme perderlo.
A veces la emoción predominante
es la soledad. El cuidado de una persona con demencia supone mucho
tiempo de dedicación y, en muchos
casos, la persona cuidadora va abandonando a sus amigos por falta de tiempo y deseo obsesivo de cuidar al enfermo. Entonces, estos conocidos acaban dejando de llamarla ante las excusas continuas para quedar con ellos.
En el caso de que la persona con demencia sea la pareja del cuidador, el
aislamiento suele llegar a ser mucho
mayor, aumentando la probabilidad
de padecer también él o ella la
misma enfermedad en un futuro.
Por descontado, una emoción que
no deja de estar presente en muchas
ocasiones en el cuidador es la pena
por la muerte del ser querido. Vive
una pena anticipada y siente tristeza
por llorar su muerte cuando todavía
está vivo.
En muchas ocasiones, esta mezcla
de sentimientos hace que el cuidador adquiera una actitud defensiva.
Al perdurar en el tiempo los cuidados, el estrés y la inseguridad van creciendo y el oír comentarios de los
demás o leer en algún medio informaciones contrarias a su punto de vista
hace tambalear su creencia de que está
siendo el cuidador perfecto. Esta actitud lo aleja aún más de la gente de
su entorno. Contra todos estos sentimientos debe luchar el cuidador para
mantener su propia salud mental.
Así, al sentir culpa, debe plantearse
si no son demasiado rígidos los “debes” que se ha impuesto, o si no se
ha hecho una idea poco realista de sus
habilidades. Sentir culpa en algún momento es prácticamente inevitable y
es importante que el cuidador lo sepa
y lo reconozca. Es imposible hacer todo
lo que uno quisiera, la propia evolución
de la enfermedad lo va a impedir.
El resentimiento es una respuesta
común y natural en estos casos de cuidados a personas con enfermedades
de larga duración debido al desbordamiento por la excesiva responsabilidad (el enfermo, la pareja, hijos, trabajo...). Es una buena opción para aplacarlo contar con alguna persona
amiga con quien sincerarse o escribir en algún blog (en este último caso
el anonimato permite muchas veces
un mayor desahogo). El cuidador debe
saber que sentir resentimiento no le
hace ser una mala persona ni mal cuidador.
La ira puede canalizarse con algún
ejercicio de respiración profunda y
realizando un análisis de los motivos
que la han provocado. Sería incluso
adecuado que el cuidador aprendiera
a reírse de esos actos caprichosos y
absurdos del enfermo; en estos casos
la risa es una forma natural de liberación biológica del estrés acumulado.
Si la preocupación aparece e
irrumpe en el pensamiento, durante
la rutina diaria o le impide dormir bien,
hay que romper este pensamiento repetitivo, obligarse a pensar en otra cosa
cada vez que aparece y después
plantearse preguntas sobre las posibles soluciones para resolver el problema que la está ocasionando.
Para atacar el sentimiento de soledad, el cuidador debe buscar la forma de recuperar las relaciones perdidas, obligarse a llamar a los amigos
abandonados, buscar tiempos de
respiro para poder hacer actividades
que le satisfagan. Aprender a reconocer
que el tener un momento de ocio sin
cuidar del enfermo no lo hace egoísta
ni mal cuidador. También puede
ser una opción el uso de chats y otras
redes sociales.
Cuando siente pena, el dolor es tan
intenso como si el fallecimiento ya
se hubiera producido. No es bueno
esconder los sentimientos. El cuidador
debe darse permiso para sentir y expresar la tristeza ante el ser querido y las
demás personas. En estas ocasiones
es bueno tomarse un tiempo fuera del
entorno del enfermo.
Como cuidador, luche por no
adquirir una actitud defensiva ante
cualquier comentario, piense que lo
que usted interpreta como críticas o
ataques a su manera de hacer las cosas,
en la mayoría de los casos, son
acciones bienintencionadas de la
gente que lo rodea, lo aprecia y le ve
sufriendo.
Es un trabajo muy duro ser cuidador de una persona con una demencia. Pida ayuda a un profesional de
la psicología cuando se sienta desbordado. No tiene por qué sufrir más de
lo necesario.
¿Empezamos a cuidar al cuidador?