2 20 marzo/abril 15 COLABORADORES De la ensayista y dramaturga Esther Suárez Durán (La Habana, 1955) la Editorial Gente Nueva en el 2013 publicó Breve estudios en torno a la soledad. Nelson Simón (Pinar del Río, 1965) mereció por quinta ocasión el Premio de la Crítica Literaria en 2013 por su poemario Finas hebras (Editorial Cauce, 2012). En 2014 Abel González Melo (La Habana, 1980) obtuvo el Premio de Dramaturgia “Virgilio Piñera”, con “Epopeya”, y una mención en el Premio Casa de las Américas con “Sistema”; ambas, junto a “Mecánica”, conforman la trilogía Verano deluxe. Autor del volumen Hágase la timba, Emir García Meralla (La Habana, 1965) es columnista del periódico digital Cubarte y autor de textos sobre la música cubana aparecidos en sitios cubanos y de otros países. Asesora dramática de Teatro El Público, la teatróloga Martha Luisa Hernández Cadenas (Guantánamo, 1991) ha publicado críticas y ensayos sobre teatro en revistas culturales cubanas y extranjeras. Martica Minipunto (Polonia, 1991), doctora en Ciencias sobre las Pragmáticas del yo, ha colaborado con El Ciervo Encantado y El Público, y sus trabajos como performer y traductora al español de Elfriede Jelinek fueron divulgados por Rogelio Orizondo en Mahmud no me va a obligar a ponerme el pañuelo y si me obliga yo me lo quito. El poeta y narrador Alberto Rodríguez Tosca (Artemisa, 1962) reside en Bogotá, donde en 2013 apareció su poemario más reciente, Antología personal (Ediciones Doblefondo). Ernesto Pérez Castillo (La Habana, 1968) recibió en 2009 el Premio de Novela “Cirilo Villaverde” de la UNEAC por Haciendo las cosas mal. Directora de cine y periodista, Rebeca Chávez (Santiago de Cuba, 1944) estrenó en el año 2012 el documental Luneta n. 1. Pedro Juan Gutiérrez (Matanzas, 1950) ha publicado últimamente el poemario El sendero de las fieras (Editorial Hermanos Loynaz, 2014), y los libros de cuento Viejo loco (Editorial Oriente, 2014) y El insaciable hombre araña (Ediciones Unión, 2014). El poeta y narrador Ricardo Alberto Pérez (La Habana, 1963) es autor, entre otros títulos, de Oral B (Premio de Poesía “Nicolás Guillén”) y Vengan a ver las palomas de Varsovia (2013). Waldo Leyva (Remates de Ariosa, 1943) tiene entre sus poemarios más recientes El rumbo de los días (X Premio Casa de América de Poesía Americana, Madrid, 2010), y Cuando el cristal no reproduce (IV Premio Internacional “Víctor Valera Mora”, Caracas, 2013). El poeta Rito Ramón Aroche (La Habana, 1961) publicó en 2013 Una vida magenta, por la Editorial Letras Cubanas. En cubierta e interior: dibujos de Carlos Quintana 2 PREMIO UNEAC DE LITERATURA 2014 2 3 7 9 Adelantamos en este número fragmentos de los tres libros... Los 12: las sorpresas de la memoria. Esther Suárez Durán E l humano ejercicio de las conversaciones. Nelson Simón Mecánica. Abel González Melo 12 Manolito Simonet: Marcando la distancia. Emir García Meralla 17 ¿Dónde está Peer Gynt? Teatro El Público hacia un teatro de la fragilidad. Martha Luisa Hernández Cadenas y Martica Minipunto 20 Dos Josés. Las cinco en sombra. Alberto Rodríguez Tosca 24 EDICIÓN LIMITADA 24 E duardo Heras León: La extrañeza del miedo. Ernesto Pérez Castillo 26 N agüe, ¿qué tú haces por aquí? (¡Cumplo cien años!). Rebeca Chávez 30 Un bosque de noche / Solo ese momento / Nutrición de los poetas / Comienza el último rito. Pedro Juan Gutiérrez 32 Carlos Quintana. La obsesión de hacer peregrinar las sustancias. Ricardo Alberto Pérez 34 Luis García Montero: Suprimir el pasado es borrar el futuro. Waldo Leyva 41 44 50 54 Kenoma: los argumentos. Rito Ramón Aroche Lincon la Voz. Alberto Guerra Naranjo Ser posmoderno y/o ser feliz. Frei Betto Obituario 55 CRÍTICA Más allá de las palabras. Frank Padrón / Fátima y Rosa E lena: Las otras mujeres del cine cubano. Antonio Enrique González / ¿Halo - Mecha 3 o parafernalia para la incongruencia ? Lays Lexis Díaz / E l árbol que no me pudieron nombrar . María de Lourdes Mariño / I nconclusos en su devenir hacia la tierra ... L a estética de la muerte de R odney Batista. Hamlet Fernández / Larry, los Osos y el estado poético de las tribus urbanas . Mytil Font Martínez / B reve ensayo para un largo adiós . Javier L. Mora / Nakara o el infierno según N guyen P eña . Anele Arnautó Trillo Profesor y escritor, Alberto Guerra Naranjo (La Habana, 1963) tiene inédito el libro de cuentos “El pianista de cine mudo” y es presidente de la Sección de Narrativa de la UNEAC. Frei Betto (Belo Horizonte, 1944), escritor y teólogo, autor de numerosos títulos, mereció en 2013 el Premio Internacional “José Martí” de la UNESCO. Cada autor es responsable de sus opiniones. Director: NORBERTO CODINA · Subdirector editorial: ARTURO ARANGO · Editora jefe: MAILYN MACHADO · Edición: YALEMI BARCELÓ · Sección de Crítica: NAHELA HECHAVARRÍA · Corrección: VIVIAN LECHUGA · Revisión final: TOMÁS E. PÉREZ · Directora de arte: MICHELE MIYARES · Diseño: MARLA CRUZ · Composición: LISANDRA FERNÁNDEZ · Consejo Editorial: MARILYN BOBES · CARLOS CELDRÁN · DAVID MATEO · REINALDO MONTERO · GRAZIELLA POGOLOTTI · PEDRO PABLO RODRÍGUEZ · ARTURO SOTTO · ROBERTO VALERA Unión de Escritores y Artistas de Cuba Fundada por Nicolás Guillén en abril de 1962 Redacción: Calle 17 # 354, e/ G y H, El Vedado, La Habana, 10400. Telf.: 832-4571 al 73, ext. 248, 838-3112. E-mail: [email protected] / Impresión financiada por el Fondo de Desarrollo para la Educación y la Cultura / Impreso en Ediciones Caribe / Precio: $5.00 m.n ISSN 0864-1706 > Dosier-Premio UNEAC de Literatura 2014 Los 12: las sorpresas de la memoria Esther Suárez Durán Adelantamos en este número fragmentos de los tres libros que merecieron, a fines del pasado año, los premios UNEAC de Literatura: “Los 12: las sorpresas de la memoria”, de la investigadora y dramaturga Esther Suárez Durán, que obtuvo el “Pablo de la Torriente Brau” de testimonio; “El humano ejercicio de las conversaciones”, del poeta y editor Nelson Simón, el “Julián del Casal” de poesía, y “Mecánica”, del dramaturgo y narrador Abel González Melo, el “José Antonio Ramos” de teatro. Los jurados que otorgaron los galardones estuvieron integrados, respectivamente, por Alfredo Prieto, Danerys Fernández Fonseca y Miguel Terry Valdespino; Waldo Leyva, Basilia Papastamatíu y Ricardo Riverón, y Fernando Quiñones, Frank Padrón y Ulises Rodríguez Febles. 2 Dosier / Premio UNEAC de Literatura 2014 El Premio UNEAC de Literatura es, junto con el David (también convocado por la Asociación de Escritores), uno de los más antiguos del país, y Ediciones Unión ha venido publicando, con sistematicidad y puntualidad admirables, cada uno de los títulos seleccionados. Para este 2015 están ya convocados los premios Ismaelillo, de literatura para niños y adolescentes; “Juan Pérez de la Riva”, de ensayo histórico-social; “Luis Felipe Rodríguez”, de cuento, y “Cirilo Villaverde”, de novela. Las obras podrán presentarse hasta el 26 de junio. < E Un testimonio personal n los albores de los 90 desarrollé, por espacio de varios meses, una serie de entrevistas con el reconocido actor y director teatral Vicente Revuelta que conformaron, luego, El juego de mi vida. Vicente Revuelta en escena.1 Entre las secuencias de su vida a las cuales mi entrevistado se refirió incluyó la relacionada con el Grupo Los 12. No fue esta la vez primera en que tuve noticia de dicho grupo; perdido ha quedado en el tiempo el instante del primer comentario, que sí recuerdo hecho con un cierto matiz de misterio y búsqueda de complicidad, porque tal tono caracterizó toda y cualquier alusión a dicha experiencia, pero era esta la primera ocasión en que alguien se extendía sobre ella y recibía yo una versión más o menos íntegra, procedente, además, de una persona tan definitoria en su ejecución y, también, como más tarde sabría, en su destino. En los estudios que venía realizando sobre el teatro cubano, una y otra vez parecía faltar alguna escena, algún paisaje en su geografía. Cómo explicarse, si no, algo como La conquista de América en la trayectoria de Vicente, título desaparecido hasta de las cronologías de la institución que lo albergó; su reconocimiento tácito como Maestro por parte de jóvenes iconoclastas recién ingresados en el teatro durante los 80 y 90, mientras la escena cambiaba aceleradamente de rostro, y su ascendencia sobre los más inquietos y provocadores; las búsquedas de Pepe Santos, que se suponían no inéditas, en Jueguespacio; el peculiar modo de trabajar con los actores y los sorprendentes y no menos curiosos resultados escénicos obtenidos por Tomás González en el fin de los 80; el fenómeno Víctor Varela en 1988; los procesos y resultados de Buendía, de El Ciervo Encantado… El conocimiento en Cuba del quehacer de Eugenio Barba y el Odin Teatret2 no resultaba suficiente para explicarlo, tal vez porque, aunque sutiles, las diferencias en las producciones de sentido emergentes en una zona de la escena nacional resultaban perceptibles. En 2008 detuve el proceso de indagación que estaba llevando a cabo en otra vertiente del teatro cubano y coloqué en la mira la experiencia de Los 12, decidida a conocer todo lo que fuese posible acerca de ella. Los pasos inmediatos serían identificar a cada uno de quienes tomaron parte y ponerse en contacto con ellos; definir y afinar los instrumentos de investigación y precisar los diferentes objetos de esta. Agradezco desde estas páginas la acogida que me brindaron todos ellos, la generosidad, humildad y el sentido crítico que caracterizó cada uno de estos intercambios, que involucraron, nada menos, que a cuatro Premios Nacionales de Teatro. Desde las primeras pláticas se fue definiendo el papel de cada quien. En la trayectoria del grupo Los 12 se marcaban dos momentos: el primero, la conformación del grupo; el segundo, el arribo de Vicente a él y sus consecuencias en variados órdenes; uno de los cuales era la propia organización del conjunto, su estructura, pues la inclusión de Vicente implicó la salida de algunos miembros fundadores y la entrada de nuevos integrantes, lo cual tenía un valor para la indagación que ya estaba desarrollando. Decidí usar la entrevista como instrumento de recolección de información y entrevisté cara a cara o mediante el correo electrónico,3 en función de su residencia o no en la Isla, a todos los participantes de la primera etapa, a excepción de quienes ya no nos acompañaban: René Ariza (1940-1994), Tomás González (1938-2008), el doctor Antonio Roselló y la actriz Ada La Gaceta de Cuba 3 Nocetti, quien envió su currículo y prometió, en 2009, responder las preguntas de la entrevista más adelante; y a dos de los actores que intervinieron en la segunda fase y que se habían mantenido ejerciendo el oficio. Un antecedente imprescindible Aunque todas las fuentes coinciden en definir como fecha fundacional de Los 12 el mes de octubre de 1968, la travesía no comenzó en aquella fecha convulsa. Ni tan siquiera en diciembre del 67, al regreso de la exitosa gira de Teatro Estudio por Europa. El origen se halla un poco antes. Posiblemente en aquel 27 de noviembre de 1966, cuando se inició la construcción del nuevo mito en la historia de nuestra escena con el estreno, tras meses de intensa labor, de La noche de los asesinos, firmada por el dramaturgo José Triana, en el panorama del VI Festival de Teatro Latinoamericano; evento auspiciado por la Casa de las Américas que desde 1961 se celebraba anualmente. La edición se distinguió por acoger el II Encuentro Internacional de Teatristas –con motivo del cual se dieron cita en La Habana figuras tales como Yuri Liubímov, Román Chalbaud, Adolfo Marsillach, Antonio Eceiza, Simone Benmussa, Darío Fo, Carlos José Reyes, Isidora Aguirre, entre otros– y establecer una jerarquía en la muestra teatral participante al instituir El Gallo de La Habana (una pieza de bronce de nueve pulgadas de alto, obra del escultor Tomás Oliva) como el Premio al mejor espectáculo presentado. La muestra teatral contó con nueve estrenos (obras concursantes) y cuatro reposiciones. A tono con el espíritu de la época, de proyectar socialmente cuanto se hacía en el ánimo de involucrar a las amplias masas en todas las áreas vitales (puesto que de eso precisamente trataba el proyecto revolucionario), el evento se planteó el redimensionamiento de su ámbito más allá de los sectores especializados. Al despliegue que se observó en la prensa nacional durante las semanas previas al encuentro4 se unió la decoración de las principales tiendas de la capital con los afiches y el programa del acontecimiento y el lanzamiento de productos gastronómicos especiales. La propaganda gráfica del cónclave se extendió hasta las cajas de fósforos, el papel de envolver empleado en el comercio y los matasellos de correo.5 Durante la celebración de la fiesta teatral, el Pabellón Cuba –principal recinto expositivo del país en el período– albergó una abarcadora exposición, nombrada Primera Muestra de la Cultura Cubana, mientras se realizaba un notable concier4 Dosier / Premio UNEAC de Literatura 2014 to de música cubana contemporánea que incluía obras de compositores de vanguardia como Leo Brouwer, Juan Blanco y Carlos Fariñas. En este clima de máxima espectacularidad La noche de los asesinos obtuvo el principal galardón del certamen. También dio lugar al más arduo debate entre los teatristas participantes en el coloquio que acompañaba al festival. Los representantes de la RAU y Viet Nam destacaron, con matices diferenciadores, la falta de correspondencia entre la obra y su contexto social.6 La mayor expectativa que traían las personalidades extranjeras relacionadas con el arte era hallar una correspondencia entre la dimensión político social de la Revolución Cubana y la creación artística que se realizaba en el país, que para muchos debía ser de nuevo tipo. En la esfera teatral tal expectativa parece haber funcionado en planos distintos a lo largo de esta particular etapa; mientras para unos este “nuevo teatro” se resolvía en el eje formal, y se vinculaba a las nuevas tendencias estéticas en el ámbito escénico internacional, para otros el principal elemento diferenciador se expresaba en el eje temático y el punto de vista. Tal vez una de las primeras señales al respecto se encuentre, precisamente, en las reacciones que provocó la controvertida pieza de José Triana.7 En realidad, para el mundo teatral capitalino el espectáculo se convirtió en el suceso del año y, posteriormente, en un hecho inolvidable. No parece haber existido espectador que quedara indiferente. Entre tanto unos recibieron el espectáculo “como una perversa comedia de odios y locuras, pero también de burlas y diversiones”,8 otros lo asumieron como un experimento sicoanalítico freudiano que los enfrentaba con sus propias vivencias y particular estructura de valores y prejuicios, y no faltaron quienes lo vieran como un ataque a las ideas que preconizaba la Revolución. Vicente expresó: Con la obra había algunos prejuicios, una serie de preocupaciones, porque se iba a presentar en el contexto del VI Festival de Teatro Latinoamericano que celebraba la Casa de las Américas y este país se iba a llenar de extranjeros y se temía que la obra podía derivar hacia una serie de cosas que no venían al caso y entonces qué imagen podían recibir los extranjeros. Yo creo que el problema, sobre todas las cosas, era que se quería mostrar un arte de un compromiso político directo, claro, y, por supuesto, no era esa la obra. Aunque yo consideraba, y considero, que era una obra que revolucionaba cosas, como por ejemplo todas esas ideas alrededor de la familia, de las relaciones padres e hijos. Desde ese punto de vista era una obra tremenda…9 Los resultados artísticos conseguidos correspondieron a un riguroso proceso que involucró a todo el equipo.10 Durante la primera fase de laboreo sobre el texto cada quien aportó una lectura distinta y todas parecían válidas. Esto determinó al director a estructurar una puesta en escena de visiones plurivalentes, en concordancia con esa porosidad extrema revelada por los caracteres que llevan adelante la trama, los cuales se prefiguran y disuelven; se trasvasan unos en otros, con el consecuente desplazamiento de los significados. La clave para la exitosa realización escénica la encontraron en el teatro de la crueldad mediante la documentación que en torno a este les ofreció Wanda Garatti.11 La construcción de esa imagen múltiple les impuso un proceso de liberación. El propio Vicente lo explicó así: “empezamos como a liberar cosas, a romper cosas que habíamos respetado siempre. Rompíamos los propios textos que, a veces, se hacían ininteligibles; la continuidad de la obra, porque la fragmentamos”.12 No será hasta los años 90 en que recurso expresivo semejante se halle en la escena europea occidental. Durante el espectáculo los actores no tenían descanso; interpretaban a las tres criaturas principales y al resto de las entidades del mundo familiar, vecinal e institucional que pueblan la realidad ficcional a la par que intervenían en el perenne cambio físico del escenario; continuamente quebraban el orden de los objetos para establecer cada vez uno diferente. El trabajo con el sonido llamó la atención de la crítica.13 En la partitura sonora, a la clave verbal se añadió la clave de los ruidos producidos por muebles, vasijas y utensilios de todo tipo. La noche… constituyó una de las producciones que sintonizó la escena cubana con las más novedosas poéticas de la escena internacional del momento; sobre todo a partir de su inscripción en el teatro de la crueldad, principal fuente de las praxis teatrales más significativas de la época (pienso en el Living Theater,14 en Jerzy Grotowski15 y en Peter Brook16). Colaboró en dar a conocer, en cierta medida, esta fuente inspiradora17 entre nosotros, en específico desde la perspectiva de los resultados prácticos, tanto en la dimensión actoral como la espectacular y de relación con el espectador. Representó un poderoso estímulo para el desarrollo de la investigación y la experimentación artística; de hecho funcionó como referente para una amplia zona del medio teatral cubano y su repercusión se puede reconocer en la labor de algunos artistas y agrupaciones y en las características de ciertas búsquedas y productos.18 La puesta resultó invitada a participar en el Festival del Teatro de las Naciones, en Francia. La primera función se realizó en París, en el Teatro Odeón, donde obtuvo una excelente acogida de crítica y de público.19 Luego, se presentó en Avignon, Bélgica, Ginebra, en el contexto de la Biennale de Venecia, y continuó la gira por varias ciudades de Italia, donde hicieron funciones que resultaron muy exitosas. Antes de realizar el programa de presentaciones en Italia permanecieron un tiempo en París. Allí tuvo lugar el encuentro de Vicente con el Living Theater. El sesgo político de la actividad del Living lo había convertido en una entidad no grata para el gobierno de los Estados Unidos y, en aquel momento, la compañía se hallaba desarrollando justamente la gira europea más famosa en su trayectoria (culminaría con la presentación de Paradise Now en la edición de 1968 del Festival de Avignon, en medio de la polémica y el escándalo). El Living era una agrupación artística de gran notoriedad en aquellos momentos y alrededor de ella se tejían no pocas leyendas. El director pudo presenciar Misterios y pequeñas piezas (1964), compuesto por una serie de performances y un homenaje a La peste (Antonin Artaud), que permitían comprobar el dominio de los actores sobre sus cuerpos, el grado de libertad de sus relaciones, la inusual capacidad expresiva. Las imágenes resultaban reveladoras y sugerentes. Para Vicente el conocimiento directo del Living tuvo un impacto determinante. si yo hubiera sido coherente conmigo mismo, me hubiera ido con aquella gente, porque sentía que aquello era lo que yo realmente quería, lo que yo había pensado, durante toda la vida, que era el teatro. Toda la teoría encerrada, en cuarenta libros, sobre lo que es el teatro de grupo, estaba allí. Pero, además, aquellas gentes eran extracotidianas totalmente, y estaban en un plano que era el de la utopía, o sea que ellos estaban como en el comunismo, porque uno percibía que se amaban todos, y de que allí no había nada que tuviera que ver con el tipo de vida que uno estaba acostumbrado a vivir, llena de restricciones, temores, inhibiciones, celos. No me fui con ellos, porque fui idiota, porque, además, aceptaban a todo el mundo […] Toda la teoría, la filosofía de Grotowski estaba allí.20 Por esa época el teatro de grupo (también conocido como teatro independiente) se reafirmaba como una opción de singular significado frente a la existencia de las tradicionales compañías teatrales. Simultáneamente, en regiones diferentes del planeta se producían experiencias interesantes en tal sentido (Le Théâtre du Soleil, el Open Theater, Comediants, Els Joglars, El Teatro Experimental de Cali –TEC– representan a algunas de ellas), caracterizadas por la búsqueda de una relación diferente entre el teatro y su contexto cultural y político, y entre el espectáculo y el público. Las producciones colocaban en el centro la creación del texto espectacular, el cuerpo todo del actor ganaba protagonismo expresivo; mostraban un uso nada convencional del espacio y una vocación por la máxima expresividad a partir del empleo de escasos recursos. El Living Theater es una de las entidades más destacadas de este movimiento. Tras la presentación por cuatro países europeos, cuatro festivales y numerosas ciudades el equipo de La noche de los asesinos obtuvo en Cuba un recibimiento apoteósico en la mañana del 9 de diciembre de 1967. La gira había sido un éxito. Vicente venía lleno de ideas, compartió con todo el que quiso escucharlo sus impresiones del Living Theater.21 “Algunos pensaron que yo estaba loco, a otros les parecía algo más interesante, sobre todo a los más jóvenes, pero yo estaba ingenuamente convencido de que el grupo completo iba a estar de acuerdo, porque me parecía algo muy evidente, algo indiscutible. Pensaba que había que hacer seminarios y cambiar completamente todo aquello, las relaciones, los ejercicios, el entrenamiento, y crear un grupo que, en realidad, fuera eso: un grupo de verdad.” Por este tiempo llegaron a sus manos los ejercicios de Peter Brook correspondientes a la etapa anterior al Marat/Sade22 y algunos otros escasos materiales. Auxiliándose de ellos, Revuelta propuso de inmediato efectuar un taller con la convicción de que debían replantearse el entrenamiento y las relaciones al interior del colectivo como vía para llegar a constituir un grupo teatral en toda la verdadera extensión del término. En cierto sentido el momento no podía ser mejor, la puesta de La noche… y su favorable acogida en Europa había despertado extraordinarias inquietudes entre los actores de Teatro Estudio y del resto de las agrupaciones artísticas. Por otra parte, en el mes de marzo de ese año, 1968, Revuelta había sido restablecido en el cargo de Director General del conjunto, de donde había sido removido por decisión arbitraria del Consejo Nacional de Cultura en 1965.23 Se iniciaron las jornadas de ejercicios y experimentación. En medio del desconcierto de algunos, Teatro Estudio detuvo los ensayos y las funciones. Pronto se anunciaron posiciones diversas en las filas del grupo, puesto que lo que se pretendía realizar era algo muy complejo que suponía una ruptura con todos los cánones ya conocidos en medio de una orfandad teórica al respecto. Comenzaron las discusiones. En realidad, el asunto revelaba mayor importancia. Tras una década de labor, Revuelta quería retomar el rumbo del período fundacional, cuando la institución constituía un espacio expreso de experimentación y estudio; sin embargo, la institucionalización al uso en la época, que ya va mostrando las primeras señales de rigidez que veinte años más tarde aconsejarán una radical trasformación estructural dentro del sistema teatral, no lo posibilitó. Una de las variantes elaboradas en la negociación, que consistía en que, quienes lo desearan, pudiesen armar tienda aparte pero bajo la propia sombrilla de Teatro Estudio como entidad y funcionar como el laboratorio experimental de esta, tampoco resultó aceptada. < 1 Esther Suárez Durán: El juego de mi vida. Vicente Revuelta en escena, La Habana, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, 2001. 2 Autor, director de teatro e investigador. Creador, junto con Nicole Savarese y Ferdinando Taviani, del concepto de antropología teatral. Fundador del Odin Teatret, en la ciudad de Holstebro (Dinamarca), en 1964; una de las compañías más influyentes en la evolución del teatro europeo de finales del siglo xx. Fundador, también, en 1979, del ISTA (International School of Theatre Anthropology) Como resultado de tres décadas de investigaciones conjuntas la Universidad de Aarhus y el Odin Teatret decidieron crear el Centre for Theatre Laboratory Studies (CTLS), en 2002, con sede en el Odin Teatret. Alumno y amigo de Jerzy Grotowski, es considerado, junto con Peter Brook, como uno de los últimos grandes maestros vivos del teatro occidental. Ha impartido diversos talleres de teatro alrededor del mundo. Ha visitado Cuba en varias ocasiones. 3 La entrevista a la actriz y directora Flora Lauten tuvo que ser por vía telefónica, además de su tradicional timidez y reticencia a conceder entrevistas, no hubo nunca oportunidad de hacerlo de otro modo en medio de sus múltiples compromisos. 4 Los periódicos Granma, El Mundo y Juventud Rebelde se hicieron eco del certamen, al igual que la revista Bohemia, que le dedicó la portada de su edición del 25 de noviembre. 5 “El Festival parece que va a inundarlo todo [...] es la primera vez en Cuba que un evento cultural provoca una reacción de tal magnitud”, Bohemia, 18 de noviembre de 1966, p. 37. 6 Esther Suárez Durán: “Otro largo viaje hacia la noche”, boletín Indagación, n. 6, 2002, La Habana, Centro Nacional de Investigaciones de las Artes Escénicas. 7 El texto había obtenido el Premio de Teatro del Concurso Casa de las Américas en la edición correspondiente a 1965. Según Vicente Revuelta, existieron disensiones en el jurado encargado de otorgar el premio. La Gaceta de Cuba 5 Poesía < 8 “La acción es tan delirante [...] que deja de ser verdadera.” Nati González Freire: “Del asesinato como un juego”, Granma, martes 29 de noviembre de 1966, p. 8. 9 El juego de mi vida. Vicente Revuelta en escena, ob. cit., p. 120-121. 10 En el caso de Vicente Revuelta, el trabajo en equipo es una de las premisas de su metódica como director. 11 A la sazón, una de las asesoras de Teatro Estudio. Se trataba de una mujer al tanto de las novedades internacionales en materia artística. Su presencia en Teatro Estudio, en particular su admiración por Vicente, la relación estrecha de colaboración que sostuvieron parece haber resultado de suma importancia para la trayectoria del director y el grupo, sobre todo en cuanto a ponerlos al corriente de las nuevas tendencias de la escena internacional. Me refiero en particular al teatro del absurdo y al teatro de la crueldad. Su actividad fue decisiva en el conocimiento en Cuba de Edward Albee y el inicio en 1964 de las jornadas de Teatro Experimental en las noches de martes y miércoles, en cuyo contexto fueron estrenadas El cuento del zoológico y La muerte de Bessie Smith, dirigidas por Revuelta, quien, además, actuaba en la primera. 12 El juego de mi vida. Vicente Revuelta en escena, ob. cit., p. 119. 13 “Quiero hacer una mención especial por la utilización de los objetos y del ruido de esta obra [...] lo encuentro extraordinario, una cosa completamente nueva.” Simone Benmussa (Francia, crítica teatral, ejecutiva de la revista Cahier du Théâtre): Conjunto, n. 4, 1967, p. 65. 14 Grupo de teatro experimental fundado en 1947 en la ciudad de Nueva York por el pintor, escenógrafo y poeta Julian Beck y la actriz y directora Judith Malina. Se movió inicialmente en la escena off Broadway, pero al inicio de los 60 desplazó su labor hacia Europa, sobre todo a Italia, con giras y largas estancias. Su estética proponía la eliminación de los límites entre arte y vida y entre actores y espectadores. Priorizaba el lenguaje del cuerpo y la significación del gesto. Su labor se basaba en la experimentación artística y en el concepto de la creación teatral como momento colectivo de expresión de una comunidad. (“Il teatro è un esercizio in pura comunità”, Julian Beck: Meditazione. New York City, 1961). Se trata de un teatro político, de participación social y compromiso. En 1999 fue creado el Centro Living Europa, que tuvo su sede en la provincia de Alessandria, al noroeste de Italia, en la región de Piamonte, hasta 2004, y a partir de este momento esta rama del Living practica el nomadismo por Italia y Europa. En 2007 el Living Theater New York inauguró un nuevo espacio en el número 21 de la calle Clinton, entre Houston y Stanton en el Lower East Side de Manhattan, que constituye la primera sede permanente de la agrupación desde el cierre en 1993 de sus instalaciones en Third Street y Avenue C. 15 Jerzy Grotowski, de origen polaco, nacido en 1933, estudiante de teatro en Cracovia y en Moscú, estudioso de Stanislavsky, Meyerhold, Vagtangov, había fundado en 1959 su propio grupo, el Teatro Laboratorio de las 13 Filas, en Opole, ciudad al sur del país. Había hecho algunos viajes a China interesado en conocer de cerca el arte de los actores de la reconocida Ópera de Pekín. Luego, en 1965, se había radicado con su compañía, el Teatro Laboratorio, en Wroclaw, una de las ciudades más importantes de Polonia, de acuerdo con su desarrollo y número de habitantes. También había examinado otras formas teatrales orientales como el kathakali hindú y el Teatro Noh de Japón. Se había destacado como director escénico a partir de sus adaptaciones libres de los clásicos. El texto era un pretexto para explorar el arte del actor, sus posibilidades y la relación actor-espectador. Se había centrado en ello puesto que consideraba que era lo verdaderamente esencial en el teatro. Con similares preocupaciones que Artaud había formulado, en cierto sentido, otra conclusión. El teatro necesitaba prescindir de todo lo prestado y volver a su esencia, a lo que lo diferencia y caracteriza. Exigiendo lo mismo que Artaud de sus oficiantes, Grotowski cambió el término crueldad por pobreza. Un teatro esencial e irradiante. 6 Dosier / Premio UNEAC de Literatura 2014 Puesto que era el actor el eje del espectáculo, sería preciso dedicarse a estudiar su labor y establecer una estrategia que desarrollara sus recursos al máximo, esto es: el cuerpo y la voz. Para la mayor parte de los grupos experimentales, carentes de medios y recursos financieros y materiales, la propuesta resultó seductora también por otras razones. De hecho hoy buena parte de los teatristas la han hecho propia, al menos en cuanto a reconocer el protagonismo del actor y prescindir de lo demás. 16 Director de teatro y cine británico, reconocido por sus aportaciones al desarrollo del teatro del siglo xx. Director de la Royal Shakespeare Company en 1962. Ha empleado las propuestas y programas teatrales de los reformadores contemporáneos tales como el dramaturgo y director alemán Bertolt Brecht, del director ruso Vsiévolod Meyerhold y del director polaco Jerzy Grotowski, entre otros, además del concepto de teatro de la crueldad del escritor y actor francés Antonin Artaud. Una de sus producciones paradigmáticas fue Marat/ Sade (1964). En 1970 fundó el Centro Internacional para la Investigación Teatral en París, que en 1973 se convirtió en Centro Internacional para la Creación Teatral, con el objeto de explorar los fundamentos del teatro en su historia y a través del mundo. Con esta compañía internacional presentó las producciones experimentales Ubú rey, Los Iks y La conferencia de los pájaros, en los 70, y en 2002 una versión sintetizada de Hamlet. Su libro más conocido es El espacio vacío (1968), una obra que resume sus ideas acerca del arte teatral. 17 Creo que esta es la principal significación de Antonin Artaud, de su alerta y sus provocaciones, sobre todo en la medida de lo aún no realizado entre sus prefiguraciones. 18 El paisaje teatral supone el diálogo, la interinfluencia entre las obras que lo componen, cuyos cuerpos no anuncian contornos bien delimitados sino, más bien, una cierta localización en dedeterminadas características en este paisaje in extenso. En 1967 Guido González del Valle realiza Juegos para actores, a partir de un guion de Virgilio Piñera, con el Conjunto de Arte Teatral La Rueda, en el Museo de Artes Decorativas, en 17 y E, en El Vedado, y tienen lugar varios happenings en otras agrupaciones. En 1969 Pepe Santos presenta un discurso escénico como Collage USA. En 1970 estrena Los juegos santos, una réplica (en el sentido geológico) del estremecimiento que significó para la vida teatral cubana La noche de los asesinos de Triana-Revuelta en 1966, y resultó un nuevo suceso escénico. En 1968 Milián estrena Otra vez Jehová con el cuento de Sodoma y Piñera da a conocer Dos viejos pánicos cuando obtiene con ella el Premio de Teatro en el Concurso Literario de la Casa de las Américas. Aun cuando de modo expreso el dramaturgo se haya declarado emulador del texto de Triana, en este caso no parece sencilla la separación –a nivel del imaginario– entre escritura dramática y versión espectacular. 19 La ovación del público duró quince minutos, y la prensa francesa la consideró entre las tres mejores producciones presentadas ese año al Festival de Teatro de las Naciones junto a Los gigantes de la montaña (Pirandello/ Streheler) y un espectáculo danzario procedente de la India. 20 El juego de mi vida. Vicente Revuelta en escena, ob. cit., p. 130-131. 21 Ibídem, p. 131. 22 En 1964 Brook hace Marat/Sade, del dramaturgo alemán Peter Weiss, con la Royal Shakespeare Company. Según sus estudiosos, en ella está la impronta de la perspectiva artaudiana. Vicente Revuelta ubica estos ejercicios en la etapa que precede a este espectáculo, aunque el propio Brook, en una entrevista con Faynia Williams a propósito del Premio Guild que le ha sido otorgado, parece referirse a estos mismos ejercicios y los sitúa (no con mucha determinación) en el período posterior al Marat… Véase Faynia Williams: www.elcultural.es, en la sección de teatro. http://www.remiendoteatro.com/Notas/El%20 Mundo%20-%20Peter%20Brook.htm (El Mundo, Madrid, 26 de junio de 2002). 23 En junio de 1965 el Consejo Nacional de Cultura (CNC) –órgano de la administración estatal creado a inicios de 1961 como una entidad adjunta al Consejo de Ministros con la misión de llevar a cabo la gestión cultural en todo el país y al cual estaban subordinadas todas las agrupaciones teatrales de carácter estatal– decidió suspender a Vicente Revuelta de su cargo como Director General de Teatro Estudio; maniobra que simultáneamente fue llevada a cabo en otras instituciones escénicas y que constituyó el inicio del aquelarre que ha pasado a la historia con el nombre de “parametración artística” y de la etapa calificada como Quinquenio Gris. A diferencia de otros grupos teatrales, donde la división interna permitió la aceptación por sus integrantes de dicha arbitrariedad, aquí el resto asumió una postura vertical de rechazo a tal imposición. En respuesta, todos son recesados de sus funciones artísticas y se les prohíbe hacer uso de las instalaciones propias. Comenzaron las discusiones entre los artistas y los directivos del CNC. Como fruto de las negociaciones, el colectivo regresó a su sede en febrero de 1966 y reanudó las actividades, ahora con un funcionario (Dagoberto Casañas) como Director General. Nótese que apenas dos meses más tarde estrenan El alma buena de Se Chuan y, en noviembre, La noche de los asesinos. Véase Esther Suárez Durán: “Teatro Estudio; la espiral infinita”, en Tablas, n. 1, 2006. El humano ejercicio de las conversaciones Nelson Simón (El tiempo, Borges, nosotros...) El tiempo todo lo corroe, dijo Borges con mejores palabras y junto a su ceguera (orgánica) fue su obsesión. También yo he padecido una ceguera (mediocre) hacia el mundo. He mirado sin mirar. He recorrido todos estos años sin ver cómo los días se desprendían de nosotros. (Volver el rostro nos hubiera convertido en figuras de sal, mas era preferible. Al menos no sonaríamos ahora tan vacíos al nombrarnos y la verdad fuera menos negociable). Por algún sitio de la casa, el tiempo fundó su llaga corrosiva, esa úlcera que se alimenta del asco de quien pasa a nuestro lado. Todo fue envejeciendo: los objetos, los sueños, las palabras. Como árboles cansados también envejecieron nuestros cuerpos, incluso hasta el modo de mirarnos. Y aquella filosofía hedonista con que entrábamos a la falsa eternidad de los cuerpos jóvenes, ha sido reducida a la nada igual a esos papeles que Borges, con su ceguera, lanzaba (despreocupadamente) al fuego. (Carnicerías) Contemplaba la res: Los ojos de la res se veían extraviados. Detenidos en algún punto de la muerte. Ausentes de todo el ajetreo y escándalo del amanecer. Era una de esas mañanas en que las madres se vuelven más domésticas. Las manos del hombre, de una lividez láctea, más hermosas ahora en el contacto con la sangre, se movían con soltura, con la maestría de un verdugo. Todos disimulábamos nuestro temor, lo enmascaramos bajo una mueca que bien podía confundirse con una sonrisa mientras el cuchillo continuaba su recorrido hacia la vulgar intimidad de la articulación. Aún era temprano para la gota de sudor que se escurría por sus sienes y caía en la tarima. “El mundo pesa demasiado” –pensé cuando pedía mi ración y el hueso limpio de la res era apartado y la carne legal se balanceaba colgada de unos ganchos oxidados. Un perro se detuvo olfateando entre las piernas de una mujer como si su olor le fuera conocido. Los autos, lujosos y modernos, apagaban la voz del carnicero que saludaba a todos con sospechosa y viril amabilidad. Sus palabras sonaban tan frías como la mirada del animal. Cuando puse las monedas en su mano, alcancé a ver su singularidad en el contraste de su brutal blancura y la sangre que empezaba a secarse. El relieve de sus venas lo hacían más deseado. De vuelta a casa pude sentir sus dedos presionando mi cuello. “Entre la muerte y el placer no hay límites” –pensé e introduje la llave en la cerradura. (Danzoncito) Rubalcaba ya no toca el cadete constitucional. Ya no vuelve los domingos al parque de La Independencia, a lo que fuera un parque luminoso donde cada cual lucía su traje de dril cien y su jipi japa y las conversaciones eran sosegadas y la gente venía con su tabaco de Las Vegas de Monterrey o el abanico de penca para sofocar el calor fatigoso que acumulaba la nación. La colonia barata de vetiver perfumaba el aire en aquellas mañanas memoriosas y Rubalcaba tocaba su danzoncito, para deleite de todos, cuando todavía la paz era posible y un músico componía un inolvidable danzón sin otras ambiciones. (Ventanillas) Como el enfermo que va a morir. Como el enfermo en la cama blanca del hospital. Como el enfermo que en silencio ofrece su vena. Como el enfermo al que prolongan su agonía. Como el enfermo que exhala un rancio olor y suena hueco al respirar. Como el enfermo que vemos corromperse detrás de los cristales. Como el enfermo. Así somos. La Gaceta de Cuba 7 > Poesía (Topos) He entrado y salido de mí devorando tejidos, sentimientos, materia orgánica que no vuelve a regenerarse. Me he alimentado, no de otros, sino de mí mismo (algo que al menos considero éticamente correcto). Si me derrumbo. Si me vengo abajo, nadie será culpable. Soy el resultado de esos pequeños túneles con que vacié mi vida. (Mutilaciones) He amputado algunas partes de mi vida que creí imprescindibles. Lo he hecho sin rencor como quien aparta algo que no le pertenece, lo deposita amablemente a un lado del camino y continúa. He dejado que el cuchillo (igual decir palabra, decepción, bofetada) entrara a mis días rebanándolos, separando lo enfermo y lo salvable. Escuchaba canciones mientras todo sucedía más rápido que en una novela cursi. Fui la res que se enfriaba a la vista de todos, mi tuétano servido a moscas y otros bichos; pero logré mirar con dignidad, salvar el todo por la parte aunque lo perdido no fuera regenerable. No logro comprender cómo puedo traducir ciertos episodios tranquilamente: he amputado algunas partes de mi vida que creí imprescindibles, lo he hecho con dolor como quien aparta la carne podrida y se resigna a vivir con un muñón. 8 Dosier / Premio UNEAC de Literatura 2014 Mecánica (Noche de sábado) para Víctor y Peraza A esta distancia, la flor que acaricia la soprano parece artificial. Como su sonrisa. Como los árboles y betún de los rostros/ carabalí, mandinga, lucumí por dos horas/ Así se suceden las simulaciones, los aplausos, los violines de la contradanza en la ciudad municipal. Así las flores de papel crepé pasan de una mano a otra de la joven mientras da un Mi sostenido, parece que se agarrara a ellas para no caer para no agarrarse del aire frío, del vacío que afuera y adentro es el mismo, de todo lo invisible que la gente arrastra. Escuché con atención cada ingenua palabra dicha con gravedad o ligereza hasta llegar al final (cursi final) de la zarzuela: No pienses en aquello que afuera acontece, me dije. Que pasen de largo los autos clandestinos de alquiler, el machetero millonario que no va a resistir el doble juego y la energía eólica que ahora ensayan al centro de la isla. Deja las noticias fluir por la pantalla del televisor y a los jóvenes pasar en su indiferencia, ceñidos y hermosos, rapados y distantes como en una parada militar. No intentes traducir este trasiego, búsqueda, fiebre diferente a los setenta, vida que vi escapar en la noche del sábado por las cuatro calles del tramo iluminado de la Calle Real, sin remediarlo, enfatizando la frustración de la gente que entra y sale de la pobreza como si nada. La soprano acaricia, por última vez, la flor con un gesto poco convincente. Es de papel me digo, de papel crepé cuando la huele y engaña a todos los que aplauden la última nota y salimos a encontrarnos en la ciudad municipal /que también nos engaña/ buscando qué espacios inexistentes para el bolero y el humano ejercicio de las conversaciones. Abel González Melo Legesmotusostensione I Primera Ley de Newton o Ley de la Inercia Corpus omneperseverare in statusuoquiescendivelmovendiuniformiter in directum, nisi quatenusillud a viribusimpressiscogiturstatumsuummutare. (Viernes / Mañana) La suite aparece muy iluminada por la luz del sol que se filtra a través de los ventanales. Hay cierto desorden. Osvaldo entra por la puerta del pasillo con varias bolsas y las coloca sobre el sofá. Va al escritorio, abre su laptop y empieza a leer. Osvaldo. (Grita.) ¡Marina! ¿Me traes una coca cola? Pasan unos segundos. Él continúa leyendo y anota algo en una libretica. Osvaldo. (Grita.) ¡Marina! Nara. (Entrando desde el despacho.) No vino hoy. Tiene al hijo con fiebre. Osvaldo. (Interrumpe su trabajo.) ¿Cuándo llegaste? Pensé que te ibas a demorar. Nara. No salí. Estuvimos reunidos hasta ahora mismo en el despacho. (Se le acerca y le da un beso en la cabeza.) Osvaldo. Le estás cogiendo el gusto a vivir en una suite, ¿eh? Nara. Sí, sí, sobre todo lo mucho que la disfruto… ¿No ves como me sobra el tiempo para estar como tú, metida en Internet todo el día? (Se sienta en el sofá, coge el mando y enciende el televisor.) Osvaldo. Bueno, me callo, me callo… Nara. Si nos hubiéramos quedado viviendo en Cárdenas… Osvaldo. Desde Cárdenas no se puede ser gerente de los hoteles Gran Cuba en Varadero. Nara. Por lo menos allí estábamos tranquilos. Hacía el viaje hasta aquí por la mañana y volvía por la tarde. (Hace zapping.) Osvaldo. Le pudiste haber dicho a papá entonces que no diera tu nombre para esto. Lo hizo porque confiaba en ti… Nara. Sí, confiaba. Osvaldo. Para que no se fuera todo a la mierda ni se quedara el negocio en manos de unos desconocidos. Para hacernos la vida más fácil, no para que vivieras con esa cara de tranca. Nara. Osva, me encanta esto. Sin embargo… Osvaldo. Paso a paso. Lo estás haciendo bien, cariño. Me da rabia que no te des cuenta. Nara. El Partido nos tiene mucho más fichados si estamos en Varadero que si… Osvaldo. Pero si fue el Partido el que nos autorizó a mudarnos aquí con los niños. Nara. Yo sé lo que te digo. Cuando tu papá estaba vivo era diferente. Sentía su mano, era imposible que surgiera un lío. Ahora los alemanes tienen más exigencias, se meten más a fondo en todo, y por el lado de acá, cada día ponen más trabas, hay más inspecciones… Tu papá era una barrera que contenía la corriente. Ahora es como si todo fuera a estallar en cualquier momento. Osvaldo. Salió bien la auditoría, ¿verdad? Ella afirma. Osvaldo. ¿Todo el traspaso no fluyó perfecto? Nara. Perfecto. Osvaldo. Entonces relájate. Nara. Yo me relajo, sí… Pero la atmósfera no. Osvaldo. No vuelvas con la cantaleta… (Coge el mando y apaga el televisor.) ¿Por qué te molesta tanto vivir en un hotel? Nara. No es el hotel, es la comidilla… Osvaldo. ¿Qué comidilla?… ¿Qué pasa? Nara. Querrás decir qué no pasa. Osvaldo. ¿Me cuentas? Nara. Olvídalo. Es lo mismo. Osvaldo. … Nara. Lo mismo de siempre. La Gaceta de Cuba 9 Dosier-Premio UNEAC de Literatura 2014 < Osvaldo. Lo mismo de siempre lo tienes bajo control. Nara. (Recibe un mensaje al móvil. Lo lee.) Acaban de entrar a la clínica dos franceses intoxicados con langosta. Osvaldo. ¿La del bufet? Nara. Katia viene en cinco minutos. Osvaldo. Anoche comimos langosta. Nara. Yo no. Me está subiendo el ácido úrico. Osvaldo. Todo sigue en su lugar. Nara. Ya lo sé. Osvaldo. El equipo sabe lo que hace. Están entrenados en la época dura, conocen cómo actuar, cómo resolver. Viven para cubrirte las espaldas. Katia la primera. Ella suspira. Osvaldo. ¿Te preparo un trago? Nara. Katia está al llegar. Osvaldo. Te preparo un trago. Va hacia la cocina americana donde se encuentra el minibar y empieza a preparar dos tragos. Osvaldo. Ay, no te puedes imaginar la pastelería que acaban de abrir en la 17, todo en naranja. Nara. Mira que eres goloso… Osvaldo. Merengues, pasteles, cakes… Nara. Y no engordas ni media libra. Osvaldo. Se llama… ¿La Butifarra? Nara. ¿Cómo se va a llamar La Butifarra una dulcería? Osvaldo. Podríamos ir con los niños mañana… Nara. No me gusta llevar a los niños a comer dulces. Osvaldo. ¡Pero si es un día nada más! Nara. ¡No me gusta, Osvaldo! (Enciende el televisor de nuevo.) Como si pudiéramos darnos esa vida… Osvaldo. Lo normal sería seguir disfrutando como antes: cenar en La Alondra, salir de noche… Eso no es botar el dinero. Nara. No es bueno que nos vean en esos sitios. Osvaldo. ¿Porque son caros? Nara. Porque no todo el mundo puede entrar. Osvaldo. ¿Y esa bandera solidaria en que te estás envolviendo? Nara. Es diferente, tengo un cargo. Osvaldo. Tenías un cargo, ahora tienes otro. Nara. No hay que ostentar. Osvaldo. (Trayendo los tragos.) Papá estuvo al frente de esto por más de treinta años y nunca nos faltó nada. Nadie dijo jamás nada de nada. ¿A quién le importa? Vivimos en otra galaxia. Nara. ¿Tengo que repetirte que ya no está tu papá? Osvaldo. ¿Y porque no está debemos morirnos de hambre? Nara. ¡Osvaldo, por favor! ¿Cuándo dije eso? La nevera está llena. ¡Basta ya! Él regresa a trabajar en su laptop. Ella bebe. Nara. ¿Terminaste el informe? Osvaldo. Solo me faltan dos datos que no cuadran. Iba a llamar temprano a Finanzas pero me demoré en las clases de buceo. Nara. Mejor espera a que yo te lo pase todo. Finanzas va a moverse. Osvaldo. ¿Moverse? Nara. Cambia la estructura. La gente. Osvaldo. (La mira.) ¿Vas a botar gente? Nara. Empezando por ese imbécil de Carlos Rogbar. Osvaldo. ¿Botas a Rogbar? 10 Dosier / Premio UNEAC de Literatura 2014 Nara. No confío en él. Puede hacer cualquier disparate… No voy a aguantarle una equivocación a nadie, ni una metedura de pata. Ha sido muy duro llegar hasta aquí. Osvaldo. Pero ahora ya llegamos. Nara. ¿Llegamos? Osvaldo. ¿Por qué a Rogbar? Nara. (Ve las bolsas.) ¿Compraste todo esto? Silencio. Osvaldo. Pasé por El Palmar y cogí unas cositas para los niños. Mira, para la playa… (Se sienta junto a ella y empieza a sacar la ropa de las bolsas.) Nara. ¿Y para ti? Osvaldo. No te preocupes… No quiero gastar en mí. Nara. Osva, no es eso, no cojas por ahí lo que te digo del gasto… Osvaldo. Es la verdad, no me hace falta nada. Nara. Escucha: no te prives de lo que te gusta. Hay que tener cuidado, es solo eso. No quiero parecer una tacaña peleona. Osvaldo. (Le sonríe.) No lo eres. Se besan. Suena el móvil de Nara. Rogbar. (Entrando.) Hola. Osvaldo. (Se vuelve.) ¿Qué haces aquí? Rogbar. Vi la puerta entornada y pasé. Osvaldo. Todavía no estamos a inicios de mes, el 1 de agosto… Rogbar. No es eso. Solo quería saber si puedo reunirme con tu mujer. Osvaldo. Su despacho es por el pasillo. Rogbar. ¿Podrá atenderme? Osvaldo. Toca antes de entrar. Durante unos instantes se miran en silencio. Osvaldo. El pasillo. Rogbar. Ah, sí. (Va a salir, de pronto se detiene.) Esta es la suite imperial, ¿no? ¿Cuándo se mudaron? Como todavía veo esto medio vacío… Osvaldo. Nara está resolviendo un asunto urgente ahora mismo. Rogbar. No importa. Esperaré. Sale. Osvaldo cierra la puerta y se apoya en ella unos segundos. Busca su trago, se lo apresura, se sirve más. Suena el timbre. Él abre. < Nara. (Contesta.) Sí, voy enseguida. (Cuelga. Apaga el televisor. Se levanta.) Ya Katia pasó al despacho. Osvaldo. ¿Por dónde? Nara. Mandé a habilitar la puerta al final del pasillo exterior. No tiene que molestarte la gente que viene a verme. Osvaldo. No es molestia, trabajamos juntos… Nara. Nadie tiene que ver cómo vivimos. Osvaldo. Pero de todas formas… Nara. Se queda así. La puerta por fuera. ¿Okey? Él vuelve a la laptop. Ella va a salir, al oírlo se detiene. Osvaldo. Cuando termines con Katia pregúntale si puede llevarme a El Tricornio. Hay que comprar cosas para el desayuno, se me olvidó recordárselo a Marina. Nara. ¿Y tu carro? Osvaldo. Lo dejé en el chapista. Lo mandé a pintar, ya le hacía falta. Tuve que volver en taxi. El taxista no paraba de fumar, por poco vomito. Nara. Puedo llevarte a El Tricornio en mi carro. Osvaldo. Katia seguro va en esa dirección. Así aprovecho y recojo a los niños. Por cierto, la tarjeta se desmagnetizó otra vez. Nara. (Saca la chequera.) ¿Te alcanza con trescientos hasta el lunes? Osvaldo asiente, sin dejar de mirar a la laptop. Nara. Para pagar el chapista también, digo. Osvaldo. Lo que te parezca. Ella rellena y firma el cheque, se lo acerca a la mesa. Lo observa unos instantes mientras él trabaja y finalmente sale hacia el despacho. Osvaldo se levanta, va junto a los ventanales, mira hacia afuera. Suena el teléfono de la habitación. Osvaldo. (Contesta.) ¿Sí? ¿Linda Kristín?… No… Ah, sí, por Dios, claro, Linda… Dígale que suba, por supuesto. Sí, sí, directamente a la habitación. Abre la puerta del pasillo y la deja entornada. Recoge los vasos donde han bebido y los lleva a la cocina. La Gaceta de Cuba 11 > Entrevista Marcando la distancia Confesiones de Manolito Simonet mientras limpia su Trabuco Emir García Meralla N 12 Dosier Entrevista / El malestar en el teatro Foto: Michael Cárdenas Valdés os presentó el finado Luis Duvalón una tarde de invierno a comienzos de los años 90. Fue en el café que está en G y 23 y para ese entonces el café, el té y una infusión de caña santa podían calentar el cuerpo, muy a pesar de que los efectos secundarios no son dignos de contar. Hablamos por lo menos una hora y encontramos algunos amigos comunes; era la primera vez que escuchaba su nombre, Manuel Simonet, pero todos le llaman Manolito. Acababa de llegar de Camagüey y soñaba con tener una orquesta aquí en La Habana. Pasaron los años –unos primeros veinte– y esta entrevista se fue tejiendo bien en su casa tras un café o un buen trago de ron; ora al terminar un concierto, en la sala de espera del González Coro mientras esperábamos el nacimiento de mi segundo hijo; o colgando globos para el cumpleaños de su hija. Al final de un día X nos sentamos en su estudio y obligamos a Emilio Vega y a Germán Velazco a ser testigos de esta charla. Ellos perdieron un turno de grabación. Yo gané al menos una buena historia. Quisiera comenzar este diálogo con una afirmación de Ernán López-Nussa aparecida en las páginas de La Gaceta hace algunos años: “La academia es fundamental en la formación de un músico”. ¿En tu caso cuánto debes a la academia? Déjame comenzar por decirte que admiro mucho el trabajo y la creatividad de Ernán, un gran pianista, de su hermano y de sus sobrinos. En mi caso, no soy músico de academia propiamente, lo que no quita el haber cursado estudios alguna vez. Mi familia me presentó dos veces en la escuela de arte de Camagüey y dos veces le dijeron que yo no reunía las condiciones musicales, que estaban perdiendo el tiempo. Te confieso que desde niño yo no quería ser otra cosa que músico. Tal era mi pasión por la música que tenía una batería en la casa hecha de cubos, latas y cuanta cosa pudiera sonar y lo complementaba siendo parte de un grupo musical que había en la escuela. Era un aficionado con una sed insaciable de aprender y de tocar a toda costa, todo eso sin dejar de ser un niño normal. En mi familia siempre hubo alguna tradición musical. Tengo unas primas con unas voces impresionantes que después no las desarrollaron, y a eso súmale que en mi casa vivía un tío que era tresero, Ramón Hernández, conocido por Sunsito, quien tocó en los conjuntos Siboney y Sublime, que es un gran conocedor de la música tradicional cubana y del son, sobre todo del son. Soy un caso parecido al de Formell y otros directores históricos de la música cubana: autodidacta. Pero para llegar a donde estoy hoy, me fui superando en la medida en que pasó el tiempo. Hasta hoy no he dejado de estudiar, pero no dentro de la academia. ¿Cuántos instrumentos dominas? El primer instrumento que me llamó la atención fue la batería; el tres lo tuve siempre a mi alcance en la casa y como el instrumento estaba ahí yo lo cogía a espaldas de ese tío mío y hacía barbaridades, hasta un día en que me sorprendieron y pensé que “el pase a palos” que vendría después sería histórico, pero no. Él comenzó a enseñarme los rudimentos del instrumento pero yo pasaba un trabajo del demonio para aprender por mi condición de zurdo, hasta que le cogí el paso. Aunque no soy un buen tresero, con ese instrumento comencé a escribir mis primeras cosas. Siempre como aficionado. Con el tres aprendí los rudimentos de la música tradicional cubana, sobre todo del son, que te aclaro que son muy difíciles. Al piano llegué por medio de un amigo de la escuela. No sé si aún existe, pero cuando estudiaba en la secundaria había un piano y a la hora del recreo nos sentábamos al piano a tocar cosas y quedé tan fascinado que comencé a dar clases con una maestra que vivía por mi casa. A veces me aventuro con el bajo, pero eso es en privado. Lo mío es el piano, aunque le paso la mano a la guitarra. Al piano llegué, pienso ahora mientras hablamos, por la búsqueda de una combinación armónica que me permitiera expresarme. Pero sin esos rudimentos hubiera tardado en desarrollarme, o a lo mejor me hubiera quedado en el camino, como le ha ocurrido a muchas personas. ¿Cuán interesante o decepcionante puede tener la vida como aficionado? El aficionado es una persona con vocación y talento que está a expensas de un golpe de suerte, y hay historias de gente con mucho talento a la que la suerte no le sonríe, ese es el gran riesgo del aficionado. La suerte le puede cambiar la vida, para bien o para mal, pero se la cambia. En mi caso tuve suerte, y lo agradezco. Pero recuerda que hay que ayudarla con estudio y perseverancia. Mi vida como aficionado fue bastante interesante. Mi debut en grande fue con un grupo llamado Safari, como pianista. El director necesitaba un pianista y confió en mí (qué clase de loco), y yo de osado me arriesgué, pero al momento salí a pedir ayuda a pianistas reconocidos en Camagüey. Tocaba el piano con una gran dificultad por mi poco conocimiento del instrumento. Con el paso del tiempo el grupo se volvió popular, todo Camagüey lo seguía y un buen día me vi dirigiéndolo, cuando el único que no estaba estudiando música en la Escuela de Superación Profesional era yo. Safari hacía música pop y luego pasó a hacer música netamente cubana –te aclaro que aquel pop inicial era imitación del español. Aquí funcionó la ley de la suerte, pues el director decidió irse y me quedé al frente del grupo. Fue cambiando y comenzamos a hacer música popular bailable. Después el grupo se desintegró y me vi haciendo una suplencia en la orquesta Inspiración, que luego se llamó Tínima. Era el pianista suplente de una importante orquesta. Antes te hablé de la suerte y la ayuda que uno debe darle. La mía se completó allí, en mi tierra, cuando los músicos comenzaron a fijarse en mi trabajo y en mi sed de aprender. Mi vida estaba por cambiar radicalmente. ¿Y La Habana, cuándo llega a tu vida musical? Tú sabes que para la gente de provincia –los habaneros le dicen del campo– La Habana es el ombligo del mundo. Entonces te imaginarás cómo me sentí en mi primer viaje a la capital en el año 1978, cuando el Festival de la Juventud (yo creo que nadie se acuerda de eso).Vine con Safari y aquellas presentaciones fueron mi despedida de la vida como aficionado. En ese viaje descubrí que estaba en el camino correcto de la música. Lo más importante fue la oportunidad de ver en vivo a las orquestas populares de aquellos años: al Conjunto de Roberto Faz, al Rumbavana con Joseíto González, a la orquesta 440, a la misma Revé, a Irakere, a Los Van Van, y otros tantos. Aquello fue una inyección de vida para mis estudios y mi carrera. Y para completarlo, cuando regresé me llamaron para ser suplente de una orquesta profesional, una de las mejores orquestas camagüeyanas de aquellos años y de mucho antes. Sin embargo, parecía que no era el momento para que yo ocupara una banqueta de pianista oficialmente. Me cogió “el verde”, como le decían al Servicio Militar en aquella época, y me asignaron a La Habana. Entonces se interrumpió tu carrera musical por esos tres años. Para nada. Yo creo que mi carrera musical debe mucho al paso por el ejército y a que estuviera en La Habana. Me asignaron a los almacenes centrales y qué tú crees que pasó: Manolito Simonet se integró a cuanto grupo de aficionados hubiera en las FAR en aquellos años donde había muy buenos músicos y, para mi suerte, la vida me permitió hacer una gran amistad con el pianista del Conjunto de Roberto Faz. No había presentación de esa orquesta en la que yo no tocara el piano. Olvidé un detalle de mi formación, y fue mi paso por el grupo Dahomey. Donde aprendí a leer cifrado y completé mi primera etapa como estudiante de piano. Se lo debo a Humberto Soler, su director. Con el Conjunto de Roberto Faz debuté además como compositor: ellos grabaron mi primer éxito, titulado “Candela te va a quemar”. Aquello me animó a escribir más temas para algunas orquestas como La 440 y fueron temas que la gente bailó –en aquel momento había muchos lugares para bailar en La Habana, te hablo del comienzo de los años 80–, y que me dieron a conocer como compositor. Tuve la comprensión de quienes me dirigían en las FAR. Fueron bastante flexibles (otro paso en mi suerte), pues era más el tiempo que estaba en función de la música que el que permanecía en la Unidad. Y ese tiempo comenzó a rendir sus primeros frutos cuando me llamaron a tocar con el Conjunto de Senén Suárez, después de fallecer su pianista titular. Era suplente, pero La Gaceta de Cuba 13 estaba haciendo lo que me gustaba: tocar el piano. Con Senén seguí aprendiendo y profundizando mi formación como pianista. Era un semiprofesional del instrumento, hasta que un buen día me llaman para ser suplente de la orquesta Maravilla de Florida. Para aquel entonces ya era un pianista de música popular. Terminé el Servicio Militar como pianista suplente de la Maravilla y ese fue mi primer paso por una de las orquestas más populares de Cuba, porque la Maravilla siempre fue popular. Y regresé a ella años después. La primera vez que llegué a la Maravilla me aprendí todos los temas con el tres, porque no tenía un piano en mi casa. Era un pianista sin piano tocando en un grupo popular, mira qué clase de contradicción. Tuve la suerte –de nuevo– de que el bajista de la orquesta, Eduardo Mora, me ayudara en ese momento. Ahí nació una amistad que duró hasta su muerte, siendo parte del Trabuco. Él dedicó tiempo a que yo dominara aquel repertorio, que era bastante difícil y extenso. Aunque en general todos los músicos me ayudaron. Esos cinco meses me dieron una escuela tremenda, que terminó cuando me proponen sustituir en Son 14 a Adalberto Álvarez, que había venido para La Habana. Pero debía volver para la Unidad y aquella oportunidad se frustró y creo que fue para mi bien. ¿Y cómo llegas a dirigir Maravilla de Florida? No fue tan sencillo. Cuando me desmovilizo regreso a Camagüey y estoy un tiempo con un grupo llamado Lágrimas Negras, hasta que oficialmente me llaman para ser el pianista titular de la Maravilla, y me exigen –todos los músicos– que debo superarme, y es cuando entro en la Escuela de Superación Profesional, donde tenía como profesores a muchos de los mismos compañeros de orquesta, que me exigían muchísimo. Pasó el tiempo y ellos mismos me nombraron administrador de la orquesta y luego no sé en qué momento me nombraron director. En lo personal creo que me tuvieron una gran confianza desde el primer día, y esta vez no fue suerte, fue el fruto de mi esfuerzo y de mis estudios. Volviendo a tu primera pregunta. La academia me daba el visto bueno para ser músico, pero yo había avanzado de modo autodidacta lo suficiente como para sentirme realizado. Soy resultado del tesón y mi sed de vivir la música, y de los estudios profesionales, tardíos, pero estudios que completaron mi aprendizaje. Dirigir la Maravilla de Florida por algunos años ha sido una de las experiencias más importantes y gratificantes de mi carrera. Cuando llegaron los años 90 yo estaba listo para empeños mayores y la vida me puso en una encrucijada. Si dirigir esa orquesta te era gratificante, ¿por qué la dejaste entonces? ¿Qué causas te motivaron a venir para La Habana? La Maravilla era un orquesta popular en toda Cuba en los años 80. Trabajaba en todas las plazas bailables del país, de oriente a occidente, y alternaba con las mejores orquestas del momento. Ser su director me permitió conocer a una parte de los músicos que fueron surgiendo o que ya estaban establecidos. Pero los años 90 cambiaron el país y ese cambio influyó en el desestímulo de muchos músicos. Si las reglas del juego cambiaron en La Habana, te podrás imaginar que en las provincias las cosas fueron muy duras. Se acabaron las giras por provincias y eso eliminó la posibilidad de mantener una popularidad; si no te ven, si no te escuchan, no existes. A eso nos tuvimos que enfrentar los músicos del “campo”. Si miras fríamente esos años, verás que desaparecieron muchas de las buenas orquestas de todas las provincias, como la Aliamén o Los Taínos de Mayarí, incluso algunas de La Habana, como el conjunto de Roberto Faz o Los Latinos –para ponerte dos ejemplos que me son cercanos. Eso fue desastroso para la 14 Entrevista música y los músicos. En las nuevas condiciones económicas que se establecieron, las orquestas de provincia estaban en desventaja. Las que lograron sobrevivir lo hicieron pagando un alto precio. En mi caso pasaron dos cosas. Una fue que Elio Revé me propuso ser el pianista y director musical de su orquesta. Mientras tomaba una decisión, vengo a La Habana a ver cómo estaban las cosas. De regreso, más que responderle decido arriesgarme a convencer a un grupo de músicos de la Maravilla de correr el riesgo de emigrar para acá y hacer una orquesta. Decidí correr un riesgo y tentar a mi buena suerte y un grupo de músicos confió en mí y lo dejaron todo para lanzarse a la aventura. Revé me apoyó cuando le respondí y le dije que prefería hacer una orquesta aquí en vez de trabajar con él y me dio un apoyo tremendo. Después el puntillazo lo dio Juan Formell cuando me dijo que viniera para La Habana que él me daba sus instrumentos para trabajar. Contaba con el apoyo de dos figuras importantes de la música popular cubana para lanzarme al futuro y además con la confianza de una parte importante de mis compañeros de orquesta. Pero las cosas no serían tan fáciles como parecían. Lo económico y lo profesional influyeron en mi decisión futura. Ya te hablé de lo económico. Lo profesional tiene que ver con otras inquietudes. Recuerda que comencé parte de mi vida profesional (si se puede decir así) haciendo pininos con un conjunto; por lo que el sonido de los metales me fascinó desde siempre. Pero mi trabajo profesional se desarrolla fundamentalmente en una charanga, donde predominan las cuerdas, para las que aprendí a escribir –cosa que no es fácil. Entonces me propuse combinar esos dos formatos. Búsqueda profesional y razones económicas son razones más que suficientes para correr todo tipo de riesgo. Camagüey no era el lugar adecuado para ello. La Habana me estaba llamando. No vayas a pensar que fue fácil establecernos aquí. Primero había que conseguir dónde vivir toda la gente, éramos como quince personas, menos Laíto, que vivía en casa del padre. Después había que conseguir una plantilla en una empresa y aquí vino el primer problema grave. De Camagüey mandaron tantos emisarios que pudieron torpedearnos el camino, al punto de que ninguna empresa quería aceptarnos, se decían que habíamos abandonado la orquesta, cosa que no era cierta pues habíamos pedido la baja todos, pero éramos parte importante de la Maravilla, la orquesta insignia de la provincia. Así estuvimos ensayando en 11 y Paseo casi un año hasta que nos invitan a tocar a una actividad en el Ministerio de Cultura y alguien pregunta por la empresa y todo el mundo se desayuna con que éramos los músicos camagüeyanos “castigados” por venir para La Habana a buscar un futuro. Resumen, alguien gestionó y nos mandaron a ubicarnos en la empresa “Benny Moré” y de allí salió el nombre de la orquesta: El Trabuco. Se lo puso Regla Giménez, la hija de Generoso. Y en esa empresa ya estaba todo listo para contratarnos desde mucho antes. Teníamos empresa y contrato de trabajo, ya existíamos para la música cubana. Y debutamos con Los Van Van en La Tropical un 24 de febrero del año 1993. El nombre de Trabuco en un comienzo a mí no me gustó mucho, pero no quería cuestionar a la gente de la empresa –no te mencioné que el nombre también lo puso Dulce María, que trabajaba junto a Regla. Con el paso del tiempo fuimos descubriendo que funcionaba entre los bailadores y la gente lo asumió con mucha naturalidad. Siempre he pensado que los nombres en una orquesta o agrupación definen su sonido –a mí no me gusta mucho usar la palabra estética cuando hablo de estos temas–, y me alegro de no haberlo rechazado. Sonamos como un trabuco y en música, sobre todo en la bailable, ese sonido es macho, viril y por sobre todo convincente. Ya tenías empresa, nombre para la orquesta. ¿Entonces qué vino después? Trabajar muchísimo. Nos llamaron para ser la orquesta base de un programa de TV, Mi salsa, ¿te acuerdas?, cuando organizaron aquello de “Buscando un sonero”. Estar en la tele todos los domingos permitió que se ajustara el sonido de la orquesta y agregar dos buenos soneros a los cantantes que ya tenía: Carlos Manuel Calunga y el Gayo. Mis primeros cantantes fueron Laíto hijo, que venía de la Maravilla y después se fue a trabajar con su padre, y Alexander, que se enamoró y se fue a vivir a Europa. Algo que aprendí desde siempre en este asunto de lo bailable es la importancia del cantante. No siempre se trata de que tenga una buena presencia, eso ayuda, debe ser alguien capaz de atraer y conmover al público, al bailador –además de lo que debe cantar, que también es importante, y yo he tenido la suerte de que desde el primero hasta el último cantante del Trabuco han cumplido esa norma. Ya que tocas ese tema. Una mirada a tu discografía, la de tu orquesta, deja ver tu respeto por quienes te antecedieron. ¿Qué sentiste cuando un tema como “Sabrosona”, un éxito de la Aragón de los 50, la gente lo bailaba como si acabara de ser estrenado? Tengo una debilidad por la buena música cubana, por eso me esfuerzo mucho en estudiarla y en informarme. “Sabrosona”, lo mismo que “El martes” (un hit de Formell con Revé en los 60), son temas fundamentales para probar la intemporalidad –no le dicen así ustedes los críticos y los periodistas a esas cosas– de la buena música. Y está el hecho de que a mí la Aragón me fascina, y por otra parte estuve a punto de formar parte de la orquesta de Revé. Acuérdate de que dirigí una charanga, la Maravilla. Con esos temas saldé dos deudas, o debo decir tres. Dos con Formell, pues además de la música le debía un piano que nos prestó para trabajar y se rompió y él lo único que me pidió a cambio fue que hiciera buena música. Creo que se ha pagado y se lo pagaré siempre. Y la otra con Revé, que era un sabio. Si revisas la discografía de la orquesta verás que siempre hay buena música cubana. Hemos puesto a bailar a la gente de hoy con un chachachá: “Esta noche se rompieron los termómetros”, y también con un danzón. No creo que esa música haya pasado de moda, simplemente hay que apostar por ella pero también saber dosificársela al bailador de hoy. La gente en Cuba ha bailado hasta vallenato hecho por el Trabuco. ¿Te acuerdas de “El Parrandero?”. Aquí no hay cultura de esa música pero el tema me gustó, le hice el arreglo y fue un hit tremendo de la orquesta incluso en Colombia. Como se dice, bailamos en casa del trompo aquel. Fíjate si hacer buena música tiene su valor que en una gira por Europa, tocando en una discoteca, había una joven que no paraba de bailar; bailaba muchísimo y fue como a tres presentaciones de la orquesta. Te confieso que para nosotros era una fanática más de la música cubana, que sabes que en Europa hay muchos. En resumen, un buen día nos mandan a buscar porque aquella muchacha quería que Manolito Simonet y su Orquesta, es decir el Trabuco, tocaran en su boda. Nosotros estábamos en Cuba y mandaron un avión para que fuéramos dos días. Era una boda de la realeza europea. Te cuento otra anécdota, no sé si es interesante, sobre hasta dónde la música cubana puede llegar a ser un puente. En otra gira europea estuvimos en Noruega y aquellos conciertos abrieron las puertas a las relaciones culturales entre aquel país y Cuba. Además de a músicos, embajadores. Todavía hay quien no valora lo que podemos hacer y a dónde podemos llegar. Hablemos de la discografía de Manolito Simonet, antes de pasar a otros temas que me parecen más complicados. Discográficamente me siento afortunado. El primer disco de la orquesta lo hicimos con la EGREM, cuando estábamos en el programa Mi salsa, como premio a ser la Orquesta Novel del año. Fue en 1994 y se llamó Directo al corazón. Después trabajamos con una casa discográfica canaria llamada EuroTropical y el sello Manzana, que internacionalizó la orquesta. Nuestro primer disco con ellos, titulado Contra todos los pronósticos, le dio la vuelta al mundo prácticamente y le debo grandes alegrías, entre ellos el Premio de la Asociación de Cronistas del Espectáculo de Nueva York y que un tema como “El águila” llegara a ser de los más versionados por los salseros de Estados Unidos y Puerto Rico. Pero eso pasó con el tercer disco, Marcando la distancia, y se vincula con el segundo. Además de EuroTropical, he grabado mis últimos discos con Bis Music y han funcionado en el mercado, tanto que hicimos hasta un disco con algunos temas de jazz, cosa que sorprendió a muchas personas que no se imaginaban al Trabuco en ese género. De alguna forma también soy jazzista. Hablemos de cosas más terrenales; ¿se baila en Cuba hoy? Esa es la pregunta que nos hacemos hoy muchos directores de orquesta. Bailes como tal, como aquellos de los años 70 y 80, incluso de comienzos de los 90, no hay ya. Hoy, por una realidad económica, las orquestas tocan más que todo en sitios como las Casas de la Música y otros espacios a los que no accede la mayoría del público bailador. Son lugares donde la gente paga en divisa y se diseñaron para servir a la industria turística. Francamente al público que va allí, en su mayoría, no le interesa para nada qué orquesta toca ni qué música hace. Pero eso garantiza para el músico ingresos para vivir, aunque no creo que le dé toda la satisfacción que necesita. Están los bailes populares, que cada vez son menos. Queda en La Habana solo La Tropical, y en provincias los carnavales o alguna presentación. Las giras ya no son como antes, todo por los cambios económicos, y eso hace que muchos cubanos hayan bailado muy pocas veces con Los Van Van o con Adalberto, o con Manolito y su Trabuco. Para ese público, que es mayoría, estamos haciendo algunas presentaciones en los barrios en la capital y pensamos en algún momento llevarlos a provincias – ARTEX se ha tomado esta idea en serio–, donde más que economía prima el placer de que la gente baile. Estamos a la espera de que las autoridades entiendan que el baile es una de las pasiones de los cubanos. Que la gente puede fajarse, de acuerdo, pero para eso están las autoridades correspondientes. Lo nuestro es hacer la música. La culpa de la indisciplina de las personas no es nuestra. Esa razón ha hecho que cierren La Tropical más de una vez. Están los círculos sociales cerrados. A quién corresponde ocuparse de abrirlos para que la gente baile y las orquestas toquen. Nosotros hemos hecho hasta lo imposible, digo los músicos, pero hemos chocado con un muro de indiferencia. En pocas palabras, creo que a nadie le importa el tema; o que no saben bailar… será eso… ¿Existe el sonido del Trabuco, propiamente dicho? Permíteme terminarte la anterior idea. Hasta el día de hoy a ese reclamo de nosotros los músicos nadie ha respondido y además se nos acusa de ser los padres de males sociales conocidos como la prostitución y el jineterismo. Eso no es cierto y ha generado un pensamiento dañino para la música y la cultura en general. Nadie ha explicado por qué las orquestas no pueden tocar en los salones de baile de los hoteles. ¿No son cubanos los hoteles, no son músicos cubanos los que van a tocar? Entonces, ¿por qué no puede ser? Aquí tienes un ejemplo de cómo se daña la música y la cultura en general. Sin embargo, fuera de Cuba La Gaceta de Cuba 15 > Entrevista tocamos en cuanto hotel existe. Candil de la calle y oscuridad en la casa. Gracias. Te respondo tu pregunta. Hemos trabajado durante años para lograr un sonido Trabuco y ya está. El bailador al primer compás, o a la primera nota, reconoce que es Manolito y su Trabuco.Te repito, costó años encontrar un sello y eso nos define en todas partes. También está el trabajo de todos los músicos, la voz de Amaray, que nos identifica, y otras sutilezas que conocen los músicos propiamente. Ese sonido es la combinación de metales y cuerdas. Que fue siempre el sueño que me animó un día a dejarlo todo y venir a La Habana a trabajar. Se habla de agotamiento en la música popular cubana, de que por momentos es aburrida. ¿Qué piensa Manolito Simonet de estas afirmaciones? Que hay de todo como en botica. No creo que toda la música que se haga hoy sea de calidad. Eso es una gran verdad. Que hay facilismo sí; que hay monotonía, también; pero no son todas las orquestas ni todos los músicos. Si un músico debe tocar cinco o seis días para satisfacer sus necesidades económicas, llega un momento en que el público se agota de escuchar lo mismo –recuerda que estamos obligados muchas veces a tocar en los mismos lugares– y el músico toca con desgano. Eso no da tiempo a modificar un repertorio. Ah, pero si cada concierto rinde sus frutos, entonces hay tiempo de analizar un repertorio, de incluso hacer versiones de temas conocidos y famosos. Yo espero que eso ocurra un día, y el músico llegará al concierto o al baile con una energía tremenda. Lo de monótona no es tan así. Tú eres seguidor de las orquestas y de la música en general y alguna que otra vez te veo bailando y chismeando con nosotros (no te pongas bravo por eso). Sabes que por norma general las orquestas tienen una versión del tema para discos y otra para las presentaciones en vivo. Un tema para un disco debe durar como máximo cinco minutos; en un concierto en vivo dura mientras la gente lo disfrute y aquí viene la bueno de este asunto. Nosotros no hacemos música pop, que –para que lo entiendas– tiene una estructura A/B/C y se acabó. La música cubana, la bailable, admite el A/B/C, pero lleva un D, que es el montuno, y en un disco cuando llega la hora del montuno uno debe parar o acortarlo. Pero en vivo uno le da al bailador el abecedario completo. De la A a la Z. Ahí es donde funcionan fenómenos como la comunicación del cantante con el público y la habilidad de saber conectar con él. Hay que tener buenos mambos o montunos, buenas improvisaciones y sobre todo ángel para que el bailador no se aburra. Hay también otra circunstancia. Hubo épocas en que en un baile había lo mismo dos que tres orquestas, eso le daba carácter. Lo mismo podía tocar una charanga y un conjunto que dos charangas o dos orquestas, para no ser tan técnico. Ahora no. La razón puede ser económica, que no alcanza el presupuesto, o puede ser de otra índole. Pero la gente se divertía y los músicos confraternizaban. Así muchas veces se intercambiaron músicos, se generaron repertorios comunes y temas que el bailador repetía hasta el cansancio. Mirar al pasado puede a veces ayudar a entender el futuro. Ese principio de combinar dos o tres orquestas en una noche es lo que estamos intentando en las giras por los barrios, y la gente lo disfruta. Queremos que la gente salga de su casa a bailar y que regrese feliz de haberlo hecho. Antes de que me lo preguntes, está el asunto de las letras. Hay de todo. Está quien piensa que todo lo que escribe y canta es bueno; está el que hace un buen tema y no pasa nada, y está lo que la gente impone. 16 16 Entrevista Entrevista Premio Nacional de Teatro 2014 Cuidar las letras es responsabilidad de todos. Ah, que Formell haya uno es cierto; lo mismo pasa con otros compositores. Yo respeto al bailador y trabajo las letras con cuidado, pero creo que hasta hoy las letras de las canciones de Manolito Simonet, de quienes escriben para mi orquesta, responden a un respeto por el público y por la música. Yo soy responsable de eso. Esto es para todos los géneros de la música cubana, no solo la bailable. Y hay otro mal, que es la mala calidad de muchos cantantes. Ese es un tema que habrá que tratar. ¿Cuáles son tus gustos musicales y literarios? En música te comento que soy seguidor de David Blanco. Es un sonero tremendo, aunque no lo haga. Pero tiene un swing para la música cubana tremendo. Siendo cantante de rock, le sabe al son montuno. Está la música de Carlos Varela, que es muy buena. Y así pasa con otros. Está el reguetón. A mí me gusta mucho el trabajo de Los 4, y Kola Loca, o el caso de Gente de Zona, que tiene un trabajo interesante, tal vez no a la hora de cantar pero sí en lo melódico, muy interesante. Pero hay muchas cosas malas. También disfruto la música de Rumbavana. En general oigo toda la música que se hace hoy en Cuba para estar informado. Gustos literarios. Estoy leyendo una novela de Leonardo Padura que me regaló un amigo, El hombre que amaba a los perros. Una vez coincidimos en un aeropuerto y conversamos un par de minutos. Me gusta leer sus cosas. Pero tengo muy poco tiempo para leer, pues cuando no estoy escribiendo música estoy produciendo un disco o ensayando con la orquesta. Espero cuando me retire dedicar muchas horas a leer. Me hablabas de producir discos. ¿Qué representa esa parte de tu carrera? Producir discos es muy placentero. Requiere de mucha energía, dedicación y sobre todo una gran paciencia. Un disco es todo un rompecabezas porque tienes que saber combinar el estilo del cantante, los músicos adecuados, el repertorio y los intereses de la disquera, los tuyos musicales y los de la persona a quien se lo produces. En lo personal estoy satisfecho con los discos que he producido, tantos los de la orquesta como los de otras figuras, y parece que ellos también, porque algunos me han llamado una vez más. Hemos hablado de música y me gustaría saber qué es un buen sonero para Manolito Simonet. Lo primero que te digo es que los soneros de hoy no tienen nada que ver con los de ayer, los tiempos han cambiado y por ende los conceptos también. Para mí un buen sonero es aquel que no desafina, puede no tener buena voz, pero no desafina, que sabe comunicarse con el público y que improvisa bien; esto último no es nada sencillo y es importante. Encontrar un buen sonero a veces es difícil y muchas veces priman el facilismo y otros fenómenos extramusicales. Hay buenos soneros, lo que pasa es que hay que trabajar para encontrarlos y después saberles hacer un buen repertorio, que también es importante. Sueños… el futuro. Me gustaría hacer música para una gran orquesta de cuerdas. Sueño con dar un concierto con la Sinfónica, pero no acompañando al Trabuco, sino escribir temas para ella y que el Trabuco forme parte de ese formato. Espero hacer música para el cine, sé que va a llegar. Pero el sueño más grande es que la gente siga bailando con mi música y que dentro de cien años o más se recuerde al Trabuco. Ese es mi gran deseo. El futuro más cercano es el disco que estamos terminando. Lo demás llegará a su tiempo. < ¿Dónde está Peer Gynt? Teatro El Público hacia un teatro de la fragilidad Martha Luisa Hernández Cadenas y Martica Minipunto La historia de un país no es más auténtica que la historia personal de cualquiera de sus hijos. J. W. Goethe “¿Dónde está Peer Gynt?”, pregunta. Está pa’ pira está pa’ faster. Me preguntas dónde está, lo buscas, tú no lo encontraste. Y qué pasó, desertó. A ese chamaco luchar lo fundió. Partió de la tierra un día pa’ ser millonario, un joven novísimo, revolucionario. Esto no lo digo yo, pipo, lo dijo Ibsen. Era allá, no aquí, donde to’s querían irse. No estamos hablando de Cuba, sino de la pobre y triste Noruega, del joven Peer Gynt, que quiso viajar, y ponerse a prueba. Fragmento del rap ¿Dónde está Peer Gynt?, Martica Minipunto y Kiko Faxas < Premio Nacional de Teatro 2014 C Habla Martica Minipunto arlos Díaz me invitó a rapear en su última obra. Le pregunté: “¿Rapear?”, me dijo: “Tienes que escribir una canción para que la gente conozca que Peer Gynt miente, que Peer Gynt es fula”, le respondí: “¿Por qué?”, me dijo: “Porque tu generación es Peer Gynt”. Escribí algunas estrofas sin saber bien de métricas, porque lo mío es improvisar las PRAGMÁTICAS DEL YO. Kiko Faxas trabajó sobre la base de la música de Edward Grieg y compuso un rap. El día del estreno, el primer día de las únicas tres funciones, mi amiga Celia Ledón me probó el vestuario, inspirado en los trajes de novia de Noruega. No sé si sea crítica o rapera o asesora. Ahora solo pienso en Peer Gynt cuando me aburro del teatro, cuando me asusta, cuando me enamora. Habla Martha Luisa Hernández Cadenas Pese a que Peer Gynt (1867) fue escrita por el dramaturgo noruego Henrik Ibsen (1828-1906) para no ser representada, su estreno en 1876 con la música incidental del compositor Edward Grieg le convertiría en la pieza más insólita de la dramaturgia ibseniana y en fuente para extravagantes adaptaciones cinematográficas y escénicas. Las escenificaciones de Peer Gynt en Cuba no se desligan de la renovación teatral, la subversión de modelos o estrategias de representación, el tratamiento libre sobre un material textual para el acto performativo y, sobre todo, responden a la perturbación que generan las obras de arte, casi siempre desviadas de las pretendidas por el autor. No pocos recordarán o conocerán del trasgresor acercamiento a Peer Gynt que de la mano de Vicente Revuelta protagonizara el grupo Los 12. El texto de Ibsen tomaría cuerpo en un proceso de experimentación, enfocado principalmente en las técnicas del actor, a partir del trabajo de Jerzy Grotowski. Años después Carlos Díaz retoma la pieza, y nos descubre una indagación sobre el teatro cuya marca es lo autorreferencial,1 condición definida por tratarse de un work in progress. Si el trabajo de Los 12 inauguraba un camino investigativo en el ámbito de la actuación, la dirección teatral y el trabajo de grupo, Teatro El Público presenta el nacimiento de un montaje próxi18 La Gaceta de Cuba mo, a partir de cuestionarse ¿hacia cuál teatro?, ¿desde qué cuerpos?, ¿desde qué historias? El soporte para repensar las interrogantes en la escena es el homenaje al primer encuentro con Peer Gynt producido en los escenarios cubanos, huella de un pasado teatral de revoluciones, incomprensiones y verdad creativa, eso parece decirnos con su reciente estreno en el marco de la Semana de Teatro Noruego 2014, Espacios Ibsen. Peer Gynt contiene grandes atractivos en la alegoría del emigrado, desde tal singularidad compromete al lector-espectador con la infatigable necesidad de Peer por hallar fama y fortuna fuera de su país natal. Registra con no poco misticismo el folclor de un país y el extrañamiento del personaje ante nuevas culturas, asimismo, no desaprovecha ningún pasaje para mostrar una reflexión sobre la moral, la ética y el deseo. El deseo de fortuna, poder y libertad moverá al adolescente en una búsqueda interminable que le devolverá al amor de su juventud, Solveig. Luego de su recorrido por África, la tortuosa vuelta a casa traerá su autodescubrimiento como un hombre hecho historia, viéndose convertido en el héroe cuya vida se vende cual souvenir. Últimos sucesos claves en el desconcierto que genera la ficción imaginada por Ibsen, y que fuerzan a descubrir al Peer trotamundos en la diáspora, en el deseo de partida, en el retorno tardío. El dramaturgo Norge Espinosa, en su versión a partir del original, se sintió atraído por dos zonas esenciales en el texto. Primero, la máxima que legan los duendes a Peer Gynt cuando visita el reino de Drove: “Bástate a ti mismo”, en la que encuentra el saber que le (per)seguirá durante su largo viaje. El otro énfasis apunta a la relación de Peer con Asa, su madre. Esto último determina que su versión inédita se titule Cartas a Peer Gynt, y cuya concepción epistolar sostendrá la ficción dramática de la puesta en escena en lo que respecta a las líneas temáticas del texto. Ambas zonas bordean los diálogos y cartas escritas por Espinosa para recrear el viaje de Peer, un viaje al país natal, al hogar, al amor de juventud, a su propia muerte. El carácter de work in progress resalta como uno de los signos trasgresores de la propuesta. Un perfil investigativo dentro de la agrupación que puede rastrearse desde los continuos remontajes de El Público de Federico García Lorca, María Antonieta o la maldita circunstancia del agua por todas partes y Antigonón: un contingente épico. En el trabajo de Teatro El Público las tipologías procesuales se caracterizan por la constante reinvención o recolocación del paradigma, en este caso, su naturaleza rizomática.2 No se trata de un material terminado, se muestra un cuerpo imperfecto, tendente a la equivocación, a la fragilidad de su presentación inconclusa. Conviven en Peer Gynt diferentes estrategias de construcción que buscan responder desde el teatro: ¿qué es el teatro? Por tanto, la denominación del trabajo como work in progress evidencia lo autorreferencial del proyecto. Entre las apropiaciones, Carlos Díaz conforma un amplio elenco, en el que varios actores traducirán un mismo personaje según sus individualidades. Elección que podría parecer caótica, pero cuya estructuración coral sostiene todo el montaje, además de aportar un extrañamiento visual sustancial. Dieciocho jóvenes serán Peer Gynt, serán cuatro las madres y seis Solveig permanecerán observando las escenas. Lo primero que sobresale es la ausencia del decorado o escenografía. Se ha descubierto al público la arquitectura de la sala teatral, lo que denota lo procesual del acontecimiento. En Peer Gynt se prescinde de la artificialidad de los telones de fondo y se trabaja con los recursos mínimos. Los propios camerinos servirán de casa para las madres de Peer. El reino de los duendes y su preludio a una discoteca se adapta a los dispositivos estructurales y como consecuencia, se (re) descubre el escenario oculto. Ello tiene que ver con lo novedoso del espacio por sí mismo, que pasa a ser observado desde otra perspectiva. El teatro se exhibe de profundis, por lo tanto, más que el apoyo en los recursos objetuales e instalativos, lo que narra en Peer Gynt es la invención de un nuevo espacio tras cruzar una frontera ideológica, cuyo hallazgo significa mirar a trasfondo. La mirada de profundis no solo afecta la visualidad del work in progress, radica también en el trabajo del actor. Los testimonios personales de varios actores com- prometerán la versión de Norge Espinosa en la dramaturgia total de la puesta en escena. No son confesiones articuladas del todo con la versión textual, pero son generadoras del espacio de intimidad clave del work in progress. En las voces de Ysmercy Salomón, Yailene Sierra, César Domínguez, Yaikenis Rojas, Yanier Palmero, Freddy Maragotto, León Arkadi Vathke, Fernando Hechavarría, Osvaldo Doimeadiós y Alexis Díaz de Villegas se comparten hermosísimas y conmovedoras visiones sobre el actor, el teatro y la decisión de vivir en Cuba. Yailene Sierra y Alexis Díaz de Villegas insistían en el riesgo que implicaba hablar al público sin el escudo de un texto premeditado o la existencia de un personaje. Fuera de escena, un poco antes de iniciar la función, conversaban sobre el otro tipo de compromiso que les exigía hablar en primera persona. Y esa mezcla de fragilidades (riesgo, error, temor, intimidad) posibilitó un diálogo de sensaciones reales, medidas por la voluntad de un arte muy cercano al sentido del happening, el performance, los events, la action painting, el accionismo vienés y el arte procesual. Quienes atravesaban el proceso confesional en la puesta en escena comprendían que se actuaría desde la frontera, desde un límite corredizo entre lo ficcional y lo real. El espectador descubre un discurso que va tomando cuerpo ante sus ojos, a un actor que está en condición de performer, y ya no de intérprete. Lo importante es cómo su presencia en el escenario no es la usual, la reconocible, se trata de un nuevo modo de (re)presentación que expone al actor en extremo. Claro está que esa confesión pública presupone la conciencia de exhibición e incluso responde a una premisa, sin embargo, además de generar una extrañeza como recurso dentro del drama que le atraviesa, permite un tipo de reconocimiento hacia el actor, diferente del que conoce el receptor. Un componente que se sostiene por la búsqueda documental que implica y, especialmente, por el modo en el que se generan homenajes a figuras como Vicente Revuelta, Armando Suárez del Villar, Víctor Varela y al propio Carlos Díaz. No es un componente tangencial al trabajo el hecho de que en Peer Gynt se unan diferentes generaciones de actores. El indicio bizarro que le otorga esta decisión al montaje provoca extraordinarias vías para el acercamiento a la esencia del drama ibseniano. Peer Gynt busca diferenciarse en los cuerpos jóvenes de actores recién graduados de la Escuela Nacional de Artes, ENA, y la Universi- dad de las Artes, ISA, distinguirse en las maneras que encuentran de ser Peer Gynt. Ello no basta con pensarlo como un collage de actores luchando por un mismo personaje, o como un desdibujo de la idea o “desarrollo” del personaje: se trata de la construcción desde diferentes energías y presencias de la visión sobre un Peer, que refiere a la sensibilidad de toda una generación de jóvenes cubanos nacidos a finales de los 80 o en los perentorios 90. Y en esa representación también se incluye el rap “¿Dónde está Peer Gynt?”, de Martica Minipunto, búsqueda anárquica del Peer subversivo, hastiado, novísimo, posdramático, cuya lengua underground significa trasgresión. La simultaneidad, la superposición y la parodia sostienen la variación autorreferencial por la cual se ha construido Peer Gynt. La plataforma abierta creada permite que no molesten tanto las conciliaciones formales entre los niveles dramático y performativo, y su centro permanece entre dos instancias siempre: ficcional/ real, dramático/ posdramático, juventud/ vejez, teatro/ vida. En estos tiempos cabría preguntarse: ¿cuál es el teatro revolucionario?, ¿cuál es el teatro que deja sus huellas en el cuerpo de sus protagonistas, en el receptor?, ¿cuál es el teatro urgente, y cuál es el teatro necesario? No creo que Ibsen haya imaginado, siquiera sospechado, cuán políticas podrían ser hoy las líneas temáticas de su obra, cuánto interesan a nuestra educación sentimental, o cuánto puede decir al teatro. Compartir un espacio de intimidad, sostener la complejidad de escenas dialogadas, la arbitrariedad de las confesiones, la inclusión de un rap y la permanencia en el escenario de la gran mayoría de sus actores, consigue perturbar la mirada. No im- porta cuán comunes o hirientes sean las confesiones de los actores, es un trabajo consciente de las propias resistencias internas, y sus puntos endebles son parte de las fragilidades con las que nos topamos a diario, sean ellas patrióticas, revolucionarias, malditas. Y en ese espacio de la fragilidad, encuentro a un teatro cubano que se presenta en un gesto, un gesto que en palabras de Osvaldo Doimeadiós debiera ser: “verdad y belleza”. En esos pares encuentro las respuestas para pensar Peer Gynt. Habla Martica Minipunto Y varias personas me dijeron que el rap era lo que más les había gustado. Y recuerdo a la familia de Fernando Hechavarría a la salida del teatro. Rogelio, el peluquero, se burló de la tiara que me hizo Celia con trozos de lápices, y me dio un ataque de llanto justo antes de comenzar la función. Lo que más me gustó de la obra fueron las confesiones. Aún creo que Carlos Díaz debió escribir unas notas al programa en las que hablara sobre su madre. Recuerdo que en un ensayo de Peer Gynt se fue la luz, y algunos nos sentamos en la oscuridad para hablar. Hablábamos de este país. No sé de lo que hablábamos mientras esperábamos en la oscuridad, no sé exactamente qué decíamos, pero estábamos juntos. Me asomo al balcón más hermoso de esta ciudad, la ciudad se sacude con un rap imaginario, y creo que puedo escucharlos. Todo lo que dicen es mi historia. < 1 Cfr. Luis Álvarez Falcón: “La ‘autorreferencialidad’ de la experiencia estética”, Fedro. Revista de estética y teoría de las artes, Sevilla, n. 9, abril de 2010. 2 Sobre todo por el sentido de que: “Un rizoma no empieza ni acaba, siempre está en el medio, entre las cosas, inter-ser, intermezzo.” Gilles Deleuze; Félix Guattari: Rizoma. 2ª Edición, Valencia, Pre-textos, 1997, p. 56. La Gaceta de Cuba 19 < > Narrativa Dos Josés*Las cinco en sombra N adie está esperando al poeta colombiano José Asunción Salustiano Facundo Silva Gómez la mañana en que, trastabillando, desciende por las escalerillas del vapor que lo trae de París. El largo viaje, algún que otro borgoña, los agridulces cigarrillos turcos y el constante bamboleo del Saint Quentin, provocan el mareo. Lo apaciguan otro cigarrillo y otra copa. Vapores, veleros, trasatlánticos, barcos de todo tipo, se refocilan en las corrientes del Hudson. El ajetreo comercial, el barullo de la muchedumbre, los gritos de los vendedores, la desorientación de los inmigrantes, la acelerada construcción de la Estatua de la Libertad, aturden a los recién llegados. Le incomoda a Silva la compañía de Eugenio Dalose –nuevo ministro plenipotenciario de Francia en Colombia–, pero lo disimula. Deja que los sirvientes lo ayuden con el equipaje. Los potentes garfios de las grúas y los fornidos ganapanes del puerto se encargan de las valijas grandes. Las mercancías que lleva a Bogotá (muebles, tapices, telas, cuadros, joyas, porcelanas, cristalería, un piano) aliviarán las tristezas de su padre, y los libros que lleva (El mundo como voluntad y representación, Las flores del mal, La tarde de un fauno, Así hablaba Zaratustra, Germinal, A rebours) acentuarán las suyas. Sin embargo ambas cargas, a su pesar, lo animan. Y lo anima el temprano alboroto del barrio en donde deciden pernoctar. Su habitación es pequeña, pero acogedora. Aprovechará la breve estancia en Nueva York para, entre otras ineludibles diligencias, visitar a su amigo Santiago Pérez Triana en la redacción de la revista La América y, a través de él, conocer a su antiguo director, el poeta cubano José Julián Martí Pérez, quien por estos días sobrelleva las malaventuranzas de otro de sus tantos exilios. Nadie está esperando en la calle al poeta cubano cuando, tras escuchar atentamente los consejos de precaución que cada mañana le repite su casera y amiga María del Carmen Millares Peoli, viuda de don Manuel Sabas de la Caridad Mantilla Sorzano, baja las escaleras de 49 E. 29 Street para dirigirse a su pequeña Alberto Rodríguez Tosca oficina de la 120 Front Street, n. 13, donde tendrá que remontar los treintainueve escalones que otra vez lo dejarán exhausto. Las aceras de Manhattan lo reciben con un fuerte coletazo de aire frío. Se aferra a su gastada gabardina marrón, la misma que diez años más tarde dejará abandonada para siempre en el apartamento de la familia Baralt, apenas a unas cuadras de la casa de los Mantilla, en donde ahora se hospeda provisionalmente. Como todos los días, tropieza en el camino con señores ataviados de claveles rojos en el ojal de sus gabanes claros, comerciantes de recio bastón golpeando suavemente las paredes, jovencitos que exageran su elegancia con botines de charol, polainas amarillas y corbatines de seda, jovencitas frotadas por sus guantes atados a finos brazaletes y cadenas de plata asidas fuertemente a sus cinturas, damas de bonetillo y fastuosa pasamanería, acompañadas de sus respectivos mayordomos, haciendo fila frente a los escaparates de la tienda Ladies’ Mile para comprar los últimos arbolitos de Navidad. La Navidad de 1885 espanta a los caballos, y aunque todas las navidades espantan, esta en particular espanta más, pues Estados Unidos se está volviendo loco y los cubanos de Nueva York no se dan cuenta de la hecatombe que se avecina. Nadie me está esperando en la Biblioteca Nacional José Martí cuando, ciento veintiocho años después, lunes 28 de enero de 2013, llego en busca de alguna información sobre el posible encuentro de José Martí y José Asunción Silva en algún cafetín, esquina u hostal de la Gran Ciudad. Nadie en la Biblioteca, sombras mortales, la gente ya no lee. Busco a Ana Elvira entre los pocos empleados que mitigan su aburrimiento paseando de un lugar a otro de las salas vacías. Ni Ana, ni Elvira, están. Ambas se habían comprometido a acompañarme en la ociosa aventura. Ni Silva ni Martí aparecen en la lista de mis poetas favoritos, pero sus vidas sí. Ya no se viven vidas como esas, pienso. Ya no se viven vidas, vuelvo a pensar.Y como “es hora de pensar/ pensar espanta/ cuando se tiene el alma en la garganta”, pienso con Martí a la hora en punto en que el poeta cubano baja por la 59 Street de la Novena Avenida y el poeta colombiano se dispone a deshacer la maleta en donde trae los más de treinta libros que compró en París. En París, por intermediación de los hermanos Cuervo, José Asunción Silva visita a Stéphane Mallarmé. Se convierte en uno de los miembros ocasionales de los famosos “martes literarios” en el número 87 de la rue de Rome, a orillas del Sena. A orillas del Sena, en el cuarto piso del número 7 de la rue Jean-Baptiste Pigalle, a pocas cuadras de la Iglesia de Sainte-Trinité, se instala Silva a su llegada a la Ciudad Luz. A los cuarentaitrés años Mallarmé está a punto de convertirse en una celebridad, a los diecinueve Silva se deja cautivar por los encantos del poeta. De las paredes de la pequeña antecámara que conduce a la sala cuelgan lienzos de pintores famosos. Sobre una mesa Luis XVI reposa un jarrón chino repleto de tabaco y papel de liar. Por la única ventana que da a la Gare de Saint Lazare se escurren el trote moroso de los carruajes y los escandalosos resoplidos del tren. Entre los invitados de esa tarde se encuentran Paul Claudel, André Gide, Guy de Maupassant, los hermanos Goun- *Fragmentos de Dos sombras tengo yo. 20 Narrativa Dosier / Premio UNEAC de Literatura 2014 La Gaceta de Cuba 21 Narrativa < curt y Joris-Karl Huysmans, a quienes Silva no conoce. El martes que le corresponde transcurre un tanto ensombrecido por el reciente fallecimiento de Víctor Hugo. No oculta el rostro del anfitrión la pena que aún le produce esa muerte. No obstante cuenta que cuando recibió la noticia, a manera de homenaje, se encerró en su estudio y pasó toda la madrugada hojeando una y otra vez La leyenda de los siglos. Ahora lee en voz alta un fragmento, de pie junto a la chimenea, paseando su llameante pipa de la mano a la boca. Ceci est le combat du jour et de la nuit… Je vois de la lumière noire (“Es el combate del día y la noche… Veo la luz negra”), dicen que esas fueron las últimas palabras del “abuelo de Francia”, como lo llamaban. Silva, quien ya lo había traducido en Bogotá, estuvo en las exequias, multitudinaria como nunca antes había visto otra, más de dos millones de admiradores venidos de todas partes se tomaron las calles de París, el Arco del Triunfo parecía una gran mancha de betún de Judea, una manta de pavimento humano lloraba la tragedia, entre crespones y banderas fuliginosas, coraceros a caballo custodiaron toda la madrugada el catafalco, y parecía que hasta los caballos lloraban, le cuenta, emocionado, a Mallarmé, y este se emociona y asiente con un rítmico movimiento de cabeza. Masculla algo que el joven poeta no alcanza a escuchar, como no alcanza a escuchar Martí cuando tocan a la puerta, pues está concentrado en ponerle punto final a la traducción al español de la novela Called Back, de Hugh Conway, en la que ha estado trabajando los últimos días. El muchacho de siempre llega con los periódicos de siempre, entre ellos La Nación de Buenos Aires, en el que colabora desde hace varios años. Martí lo hojea con desgano y se detiene en su columna semanal o Carta al Director, dedicada esta vez a la exhibición del famoso cuadro “Cristo ante Pilatos”, del pintor húngaro Michael Munkacsy, ahora de visita en Nueva York. “Ese es su Cristo –lee en voz baja un fragmento, mientras se pasea por el angosto corredor de la oficina. Esa es su extraña concepción de Cristo. No lo ve como la caridad que vence, como la resignación que cautiva, como el perdón inmaculado y absoluto que no cabe, no cabe, en la naturaleza humana…” Se fatiga, abandona la lectura, deja el periódico sobre la mesa y se pierde en las cortinas de nieve que empañan el cristal de la ventana. Aunque Munkacsy vive en París, casado con una viuda rica, en un suntuoso palacio cerca de la casa de los Cuervo y del número 87 de la rue de Rome, Silva no lo conoce. Martí no conoce a Mallarmé, aunque lo ha leído. Yo no conozco ni a Mallarmé ni a Munkacsy, ni a Martí ni a 22 Narrativa Silva, y por eso requiero de los buenos oficios de Ana Elvira, que los conoce a todos. No sé si fue buena idea haberme dejado obsesionar por estos dos últimos mohicanos cuyos libros nunca han pasado por las paupérrimas estanterías de mi casa. Me interesan sus vidas, sí, pero no puede el impertinente desparpajo de una obsesión dinamitar esas fronteras que los críticos se han empeñado en compartimentar en Vida y Obra. Una de las empleadas de la Biblioteca se acerca y me pregunta si necesito algo, pues desde hace rato estoy acodado en una mesa sin ningún libro en mano. No, gracias, le digo, estoy esperando a una amiga. Las piernas largas de la empleada se alejan sin pronunciar palabras y yo vuelvo a mis ojos en blanco empotrados en las blancas paredes sin pintar. Pintar París, contar París, cantar París, era lo que se proponía Joris-Karl Huysmans en A rebours, la novela que le regaló el autor de Igitur en su segunda visita al número 87 de la rue de Rome. Recuerda esa visita y recuerda la frustración que le produjo no haber encontrado entre los distinguidos contertulios los enormes ojos verdes de la hija de Mallarmé. Luego de darse un baño caliente, tomar un jugo de tamarindo y comer algunas frutas, Silva se encierra en su habitación y pasa toda la mañana leyendo. No sabe por qué reconoce el olor de una piyama rosada y el torpe andar de las pantuflas de tafilete de uno de los ayudantes de Eugenio Dalose –nuevo ministro plenipotenciario de Francia en Colombia– haciendo crujir las podridas maderas de los estrechos corredores del Hostal. Lo distrae el bufido del primer tranvía que pasa y el ladrido de los perros lo transporta al día parisino en que el doctor Louis Pasteur anunció su descubrimiento de la vacuna antirrábica. Los voceadores de periódicos salen corriendo de los sótanos de la Casa de Correos y se desgañitan con sus ¡Extra, extra! y los santos y señas de los ¡Herald, Times, World, Tribune, Sun!, para luego dirigirse a las bancas del Central Park y al Park Row, donde a primera hora se reúnen los ancianos en espera de las malas nuevas que siempre llegan con la algarabía de los muchachos. Desde una ventana del edificio de al lado irrumpe la grave, suave melodía de una trompeta, Silva se pierde en ella y el descuidado tejido de una araña en el techo interrumpe la lectura justo en la página en que Joris-Karl Huysmans lamenta haber admitido “entre las plantas que poseía, esta orquídea…”¿Esta, esa orquídea? Orquídeas, magnolias, heliconias, geranios, cravinas, cubren los anchurosos jardines del Père Lachaise, por donde un lunes de enero de 1875 se pasea el poeta cubano José Martí. Acaba de salir del Teatro de la Ópera y le pareció tan triste su arquitectura que decidió refugiarse entre las penumbras del viejo cementerio. El Teatro de la Ópera es una maqueta en miniatura de París, piensa, y París una operática puesta en escena de sí mismo. La velocidad con que sus vanos se dejan aturdir por los fastuosos edificios no ha hecho otra cosa que poblar con fachadas de oro lo que antes era un tranquilo remanso por donde se paseaba la gente y tranquilamente se escanciaba el frío. La belle époque no es época ni es bella, sino el confuso corolario de las penas de la guerra y de las glorias de la Comuna. Los muros del bulevar de Ménilmontant se pavonean al paso de los sobrevivientes que contemplan el legendario paredón donde recibieron sus respectivos tiros de gracia los últimos comuneros. Muy poco se asemeja la Ciudad Luz a la capital sombría que había imaginado. Yo imagino el rostro descompuesto de José Asunción Silva cuando regresa a la página en donde Joris-Karl Huysmans lamenta haber admitido “entre las plantas que poseía, esta orquídea”, esa orquídea que resultó ser nada más y nada menos que la catleya de su Nueva Granada.“Esta orquídea”, repite en voz baja y cierra el libro. Como por arte de magia ha desaparecido el descuidado tejido de la araña en el techo. Mientras se mesa su barba galilea intenta reconcentrarse en la lectura. “Esta orquídea, de la que emanaban los recuerdos más desagradables.” Desagradables los insultos que continúa leyendo el joven poeta colombiano sobre su catleya trianae. “Campanilla alada, lila borroso, aroma de pino lacado, cajón de juguetes, malva casi desvanecido… Piensa que haría bien en desconfiar de ella.” ¿Desconfiar de una orquídea? A quién se le hubiera podido ocurrir semejante barbaridad sino a monsieur Huysmans. Mallarmé tenía razón, le gustaría la novela de su amigo, pero no lo que en ella se dice sobre su catleya.“Se aproxima, coloca sobre ella su nariz y retrocede bruscamente”, pues dizque evoca “los horrores de un día del año”. Creo que ese día del año monsieur Huysmans “colocó” sus decadentes y parnasianas narices de papel sobre la orquídea que no era. Definitivamente no era esa la mañana de Silva, no era esa la tarde de Martí, no eran esas la tarde y la mañana de dos hombres que entreabren sus ventanas para dejarse arrastrar por las tremebundas intemperies de un impetuoso Nueva York y las extravagancias fúnebres de un remoto París. Silva abandona la lectura y piensa que algún día escribirá una novela, y aunque aún no sabe qué pintará, qué contará o qué cantará en ella, de lo que sí está segu- ro es de que defenderá a capa y espada a su catleya de la Nueva Granada, la catleya trianae, en cuerpo y alma colombiana, la gran epífita, la más sensual, agraciada e inteligente de las flores, la misma que con tanto ensañamiento aborreció monseiur Huysmans en A rebours. Ahora comerá algo más que frutas y jugos de tamarindo, hará una pequeña siesta y en la tarde saldrá a dar un paseo por las gélidas avenidas de Nueva York. José Asunción Silva no conoce Nueva York. Ignora que cuarentaiún años más tarde un poeta español, granadino él, escribirá un libro llamado Poeta en Nueva York. Silva también es poeta, pero aún no lo sabe y por eso se lee en De sobremesa, la novela que escribirá diez años después: “Llamarme a mí con el mismo nombre con que los hombres han llamado a Esquilo, a Homero, al Dante, a Shakespeare, a Shelley… ¡Qué profanación y qué horror!” Federico García Lorca sí aparece en la lista de mis poetas favoritos, pero no es su vida la que por estos días me quita el sueño sino las de mis dos Josés. Ya no se viven vidas como esas, pienso. Ya no se viven vidas, vuelvo a pensar y, dada la consuetudinaria informalidad de Elvira y el entusiasta incumplimiento de Ana, abandono la postración inútil y me dispongo a buscar esas vidas entre los anaqueles llenos de las salas vacías de la Biblioteca Nacional, a la misma hora y con la misma nerviosa parsimonia con que Martí baja los treintainueve escalones de su pequeña oficina de la 120 Front Street, n. 13, para regresar al 49 E. 29 Street, la casa de los Millares-Mantilla. Los cuatro pisos se le hacen eternos. Un poco antes de las cinco empieza a caer la noche sobre la claridad de Nueva York. Las nieves pascuales cubren su gastada gabardina marrón, la misma que diez años más tarde, luego de una inesperada y fugaz visita al apartamento de la familia Baralt, encontraría abandonada Blanche Zacharie en el mueble de la entrada, aún sin comprender cómo pudo el amigo, sin gabardina, lanzarse a las inclemencias de ese invernal enero de 1895. Ahora, las mangas en la espalda, avanza muy despacio la gabardina por la Avenida Octava, contigua al Central Park. Mañana le dará el último visto bueno a la traducción de la novela de Hugh Conway pero, aunque la editorial Appleton lo hostiga, no es esa ahora su prioridad, sino Cuba. Cuba es ahora su prioridad. Dos patrias tiene él, Cuba y la noche, pero esta noche no sabe si son una las dos, pues no le sabe a patria la fría noche neoyorkina que siempre se las arregla para desordenarle las ideas. Meses antes de su llegada había escrito en Camagüey: “Voy con las carnes sanas y los huesos fuertes, pero con el corazón muy bien –y muy bien en lo hondo– herido”. Muy bien herido en lo hondo el corazón, entre otras silenciosas picaduras, porque los generales no se ponen de acuerdo, los mandos militares se pelean por las malas las geografías de la Isla y la continuidad de la guerra está en peligro. La Guerra Chiquita les quedó grande a los cubanos y ahora les está quedando grande la guerra, piensa. Y piensa que la inconveniente intromisión de la soberbia de los hombres en los asuntos de la guerra está poniendo en riesgo los más nobles destinos del país. A José Asunción Silva le interesan los países, y hasta los hombres, pero no tanto como los enormes ojos verdes de la hija de Stéphane Mallarmé, quien irrumpe en la sala y detiene la respiración de los jóvenes contertulios, incluida la del poeta colombiano. La hermosa Geneviève, un año mayor que él, esbelta y rubia, tímida y vaporosa, haciendo gala del pálido talante de cualquiera de las heroínas de Edgar Allan Poe, luego de preparar los grogs y frotar sus manos sobre las tenues llamas de la chimenea, se acerca calmosamente a Silva, con pasos de reojo, y le pregunta sobre unas flores de las que siempre le habla su padre y que, según él, vienen de Colombia. ¿Porque usted es el colombiano, verdad?, pregunta Geneviève, y a Silva se le hace un nudo de arena en la garganta. Reintenta respirar, pero no puede. Geneviève Mallarmé se da cuenta del atolondramiento y Mi padre ama las flores, dice. Y dice que las orquídeas son sus favoritas, las de ella y las de su padre. Saltan las chispas de la chimenea e iluminan la santa humanidad de la muchacha, saltan las chispas y se incendia en ellas una barba galilea esparcida en un rostro de diecinueve años que ahora corretea por una sala llena de gente que habla de sociología y de Zola, de Hugo y del decadentismo, del hipérbaton y de Valéry, de Baudelaire y de las brumosas e inconstantes estaciones de la Ciudad Luz, siempre a la sombra en flor de ese árbol sagrado que se llama Stéphane Mallarmé. Sí, yo soy el colombiano, responde por fin, ya en tierra firme, el colombiano… Perdone, mi nombre es José Asunción, José Asunción Silva, e inclinándose un poco besa la mano aún caliente de Geneviève. Recién llegado, meses antes de ese martes providencial, José Asunción visita a los hermanos Cuervo Urisarri, Rufino José y Ángel, radicados desde hace nueve años en París. Lleva una carta de afecto y recomendación de Rafael Pombo, quien les ruega acojan al joven poeta como a un hijo, pues es un muchacho simpático y culto, primogénito de una de las familias más prestantes de Bogotá. La bienvenida fue espléndida. Pato a la ruanesa, trucha al ajillo, ancas de rana, queso, caviar, sorbetes helados a la rusa, café y cigarrillos egipcios, suculenta cena aderezada por una muy avivada charla en torno a los conocidos comunes, el clima, la continuidad de El Mosaico, comentarios efusivos del poeta en torno a libros de los Cuervo como Curiosidades de la vida americana en París, Apuntaciones críticas al lenguaje bogotano, Estudios gramaticales y filológicos, Diccionario de Construcción y Régimen… Querido poeta, lo interrumpe, como susurrando, Rufino José, nos resultan muy halagadoras sus soflamas, pero más que nuestros libros y otras menudencias de lesa cotidianidad en las que se ha repartido esta conversación, nos interesan, a Ángel y a mí, las noticias graves. Silva, sin pensarlo dos veces, luego de servirse el último jerez, les da el gusto y se explaya en pormenores. Se recrudece la guerra entre liberales y conservadores, se vuelven cada vez más sanguinarias las ofensivas de ambos bandos, se intensifican las masacres y los fusilamientos, el reelegido presidente Rafael Núñez y vuestro amigo Miguel Antonio Caro no saben cómo manejar el ambiente hostil y el país se desmorona a pedacitos. La crisis en la Bolsa de Nueva York al parecer instaló sucursal en Colombia y cunde el pánico entre los comerciantes, la economía se va a pique y mi familia ya no sabe qué hacer, dice. Y dice, algo desanimado, que la guerra, ora económica, ora política, apenas comienza. Martí recibe la noticia del desembarco del general Calixto García con apenas seis expedicionarios en el Aserradero, cerca de Santiago de Cuba, y eso lo anima un poco. Lo desanima la noticia de que el general Antonio Maceo continúa varado en Haití por falta de recursos para viajar. Y lo desaniman las noticias que llegan de la Isla. Malas noticias llegan. El resto de los generales ya no sabe qué hacer para levantar el ánimo de sus tropas. Todo es desánimo en Martí, todo es desánimo entre los mambises de los campos cubanos y todo es desánimo en los inmigrantes de Nueva York, que ya han empezado a perder la esperanza y la fe. Las tantas veces prometida independencia se prolonga más de lo debido y a ellos se les acaban la paciencia, y el dinero. “Aquí los hombres no mueren, sino que se derrumban: no son organismos que se desgastan, sino Ícaros que caen”, escribe el poeta cubano. Ya no se viven vidas como esas, pienso. Ya no se viven vidas, vuelvo a pensar, mientras cae la bulliciosa noche neoyorkina, con la misma icárica celeridad con que cae la silenciosa tarde habanera sobre las salas vacías del edificio<republicaLa Gaceta de Cuba 23 SO BA TO S CON A N TE N DE TE X > Edición limitada BR C U LT U E LA RA CU Eduardo Heras León: La extrañeza del miedo Ernesto Pérez Castillo ¿ De qué hablan los escritores cuando hablan de la guerra? La pregunta, en su cuestionamiento esencial, implica al menos, entre muchas dudas, una certeza que deslumbra: o hablan de la guerra, hablan de otra cosa, de cualquier otra cosa, por más disparos, ráfagas, explosiones, órdenes, gritos, cañonazos y malas palabras con que se empeñen en disimular su mala leche sobre la cuartilla. Muchos años atrás, frente al pelotón de fusilamiento que entonces conformaba aquella triada terrible de Amir Valle, Francisco López Sacha y Eduardo Heras León, me tocó descubrir el agua fría. A mis treinta inviernos, yo no era nadie –tibia realidad que me sostiene con fortuna hasta el sol de hoy– y ahí estaba ante los escritores de verdad, en carne y hueso, mirándolos bien de cerca por primera vez. Ciertamente, eran unos tipos cualquiera y no me daban miedo ninguno. Quizá por eso me atreví a acercarme a Eduardo, preguntarle si él era él y, tras su afirmativa respuesta, señalarle con total desparpajo que en uno de sus cuentos, con tres o cuatro párrafos de distancia, el sol se ponía dos veces seguidas en el mismo atardecer. CCI Ó ÁN POR IÓN LIMITAD ALE 24 Edición limitada A DIC E - y ahora lo hago por escrito, sin escozor al trascribir su título: “La noche del capitán”. Ese es un cuento raro. Por eso lo he frecuentado tantas veces. Al principio no me daba cuenta, pero notaba algo en él, y era algo que se me escapaba siempre, y en la búsqueda de ese algo, de ese no sé qué, me he desgastado por años. Dejarlo en paz, olvidarlo por meses y por años, hasta que la carcoma de la intriga me tienta de nuevo, ha sido la estrategia para enfrentarlo, y si bien no revelarlo, al menos entrever su misterio. En esas ando en este minuto, desde hace un par de semanas cuando, sin que a primera vista viniera a cuento, recordé unas líneas de Stendhal en La cartuja de Parma, donde en medio de la guerra y por encima del estallido de las balas de cañón, al joven Fabricio: “Lo que le pareció horrible fue un caballo ensangrentado que se revolcaba en la tierra labrada, pisándose sus propios intestinos.” Ahí percibí una luz, ahí me estaban dando también, con disimulo y mala saña, el tigre en vez del gato. Es una guerra, truenan a lo lejos las piezas de la artillería, las explosiones levantan columnas de tierra, CO E Eduardo me miró un instante, como quien mira una pared desnuda, sin brillo ni color, y me sonrió con esa expresión tan suya, ausente, lejana y puntiaguda. No dijo una palabra, o mi memoria del suceso falla, pero yo sentí que había perdido una tremendísima oportunidad de mantener cerrada mi bocaza. De entonces acá he debido leerme una y cientos de veces los cuentos de Heras, pero siempre con el buen cuidado de nunca volver a releer aquel dichoso cuento, cuyo título no mencionaré en estas líneas. Algo me dice que no sería buena idea, pues no me resultará en modo alguno de provecho confirmar si aquel mediodía yo tenía razón, o lo que sería peor, tropezarme con la vergüenza de haberme equivocado tan disparatadamente. En todo caso, y a estas alturas del torneo, maldita sea la falta que me hace lo uno o lo otro, teniendo a la mano tantos otros cuentos del Chino donde su maestría me apachurra. Uno hay, entre todos ellos, al que vuelvo de cuando en cuando, ese caballo herido llevaba antes en su lomo a algún jinete que no se menciona, un húsar gallardo que debe yacer muerto o mal herido muy cerca sobre la tierra requemada, pero se le omite, no se escuchan sus gritos, y todo el horror, todo el suplicio de la estúpida carnicería se concentra y se sintetiza en el vientre abierto de aquel animal desesperado que intenta huir y se pisotea las entrañas que le cuelgan. Lo mismo, copia al carbón, ocurre en otra novela, escrita casi cien años después, después de la guerra con que se estrenó de veras el siglo xx, nuevamente en la línea del frente franco-germano, pero la escena es contada desde el otro lado, ahora por un alemán que, a diferencia de Stendhal, sí estuvo hasta el cuello entre el lodo de las trincheras: Erich María Remarque. Él anota, descarnada y puntillosamente: “Vemos vivir hombres a quienes un obús les ha llevado la cabeza; vemos correr soldados a quienes una explosión les ha arrancado los pies; siguen corriendo a trompicones, destrozándose los sangrientos muñones, hasta el embudo más cercano; un soldado de primera marcha dos kilómetros apoyándose tan solo en las manos porque tiene deshechas las rodillas; otro se va hacia la ambulancia y por encima de las manos, que aprieta contra su vientre, le cuelgan los intestinos; vemos gente sin boca, sin mandíbula inferior, sin rostro.” Pero nada de ello le es suficiente, pues para Remarque “la desolación del mundo, es la criatura martirizada”, y por eso lo más terrible: “Son los caballos heridos. Pero no todos. Algunos intentan galopar, caen y vuelven a correr. Hay uno con el vientre abierto del que le cuelgan las entrañas. Tropieza con ellas y cae, pero se levanta de nuevo.” El francés y el alemán –quién puede afirmar o denegar que este haya o no copiado a aquel– condensan toda la maldad humana en una misma imagen, la de los animales torturados. Ambos precisan contar el horror de la noble bestia herida para establecer en blanco y negro, sin dejar un resquicio de refutación posible, lo inexcusable de la guerra, cualquier guerra. No hace menos Heras León, que en “La noche del capitán”, y a lo largo de todo el texto, se la pasa desdibujando, escamoteando los detalles que comprometerían esa historia con tal o más cuál circunstancia específica y lo hace como es debido, sin que uno se dé cuenta: llevándonos a creer que hace lo contrario. Quizá han tenido que pasar décadas tras su escritura, y leerlo ahora nuevamente, cuando es otro el contexto y mucho el olvido, para comenzar tal vez a adivinarle, a sospecharle las ganas soterradas, las intenciones últimas. Si se entra en el texto propiamente, terminará uno por aceptar que no tiene nada entre las manos: donde parece que todo está dicho, no se ha dicho nada. Apenas se citan dos escenarios: uno es “la escuela”, así, sin más detalle. ¿De qué escuela se trata? Vaya usted y pregúntele a cualquiera de los adolescentes tardíos que colman hoy las noches de la Fábrica de Arte Cubano y, me apuesto los mil dólares que ahora mismo me hacen tanta falta, ninguno tiene la más mínima idea. El otro escenario es algún lugar frente al mar, y siendo esta una isla como todas, rodeada de agua por los cuatro costados, ese lugar puede estar en cualquier parte. En ambos escenarios morirá alguien, y nunca sabremos, siguiendo el texto, quiénes son. Uno de ellos es un condenado a muerte. ¿Por qué le van a fusilar, qué hizo para merecer tal fin? No nos enteraremos. En el escenario costero morirán otros dos, en una emboscada. ¿Quiénes eran? ¿Por qué llegaron allí?¿Qué buscaban? Tampoco lo sabremos. Lo único cierto que se reporta una y otra vez a lo largo del cuento, y hasta su final, será el miedo, el simple miedo. Entonces, es obvio, si no se informa quiénes morirán ni quiénes serán sus verdugos, y si lo que se nos deja ver es que quien teme es justo el capitán, y luego teme también el subordinado que le acompaña, entonces de eso, de ese sentimiento, el más puro miedo que atraviesa verticalmente el cuento, es de lo que está queriendo hablar Heras León en esta historia. Escrito en 1969, cuando para los intelectuales, artistas y escritores cubanos las relaciones con el poder revolucionario comenzaban a ponerse color de hormiga, puede especularse, puedo especular, sobre cuál era el motivo de ese miedo que Eduardo plasmó en blanco y negro en aquel cuento, y que de hecho le costó muchos años de su vida alejado de las instituciones culturales, inmerso en el “cálido” ambiente de una fundición de acero. Con este cuento, el miedo, el tema terrible del miedo, camuflado entre acciones militares, entra en la literatura cubana de finales de los 60, y será el miedo, en la literatura y en el día a día, quien primará para los siguientes años, modulando lo que se dice y lo que se escribe, lo que se publicará aquí y lo que por años quedará engavetado, lo que cruzará las aduanas de trasmano para salir a la luz allende los mares. Y este, ya lo dije, es un cuento –y uno bien breve– que no hablaba de nada, ni siquiera corre en él una gota de sangre, muy a la manera antigua y griega de ocultar lo más terrible, buscando conseguir, y lográndolo, el efecto del peor horror. Un cuento que no cuestionaba la justeza, la pertinencia o la necesidad de las acciones que narra (la muerte por fusilamiento, la lucha a muerte), sino que apenas reporta la presencia del miedo, y su mala compañera, la duda, entre los combatientes. Pasados los años, aquel cuento sigue ahí. Los jóvenes que hoy lo lean, salvo que sean estudiantes de Historia o de Literatura, probablemente desconozcan el contexto en que fue escrito e ignoren, porque de eso no se habla, o no se habla demasiado, las contradicciones profundas con que aquellos años fueron vividos y las injusticias que se cometieron. Pero una cosa verán, y esa cosa será el miedo, y la extrañeza de descubrir el miedo, aquel miedo, les arderá por dentro. < La Gaceta de Cuba 25 Nagüe, ¿qué tu haces por aquí? (¡Cumplo cien años!) Rebeca Chávez D ice Fernando Ortiz: “Fue un revolucionario entre los tamboreros de jazz, su influjo fue directo, inmediato, eléctrico […] por el tambor de Chano hablaban sus abuelos, pero también hablaba toda Cuba”, y es que desde su llegada a la banda de Gillespie en 1947 el jazz fue otro, se había producido el más fructífero encuentro de la música popular cubana con el jazz norteamericano. Una sonoridad desconocida y buscada por Gillespie llegaba de las manos de Chano. Mario Bauzá no se había equivocado al proponérselo. El bebob fue impactado y esta banda sería –desde ese instante– “otra” banda y “Manteca”, su carta de presentación más trascendente. Dizzy Gillespie: Recuerdo que una tarde llegó temprano al ensayo, venía sobrecogido por una sugerente idea. Con la ayuda del pianista Walter Phillips nos pusimos a trabajar, así surge “Manteca”, su obra inmortal que revoluciona el jazz y la música popular norteamericana. En su cortísima vida –nació en 1915 y murió en 1948– logró construir una crónica de su entorno social y la vida callejera de Belén, Jesús María, la playa de Marianao o de cuantos tugurios, casas de vecindad y solares frecuentó y vivió. Las convulsiones sociales de la época no parecen importarle. Son los años 30, el machadato, la irrupción de los estudiantes en sus tánganas y también el pandillerismo, y en este caos que no llega a Revolución, siempre la música, como esta: 26 La Gaceta de Cuba En esta Habana maldita Se acabaron las bachatas, No hay más que incondicionales prorroguistas y guatacas1 Todas las músicas sonando en las revueltas calles habaneras. ¿Cómo vio o vivió esos cruciales años? No hay una sola referencia en su música a un contexto más amplio que su entorno inmediato o vivencia cotidiana. El contagioso “pin pin cayó Berlín…”cantando y bailando en las calles el fin de la Segunda Guerra Mundial expresa o lo acerca un poquito al ámbito social a su manera, a través de un pegajoso estribillo. ¿Por qué ya no se puede rumbear en el África? En este tema está hablando de su solar de la calle Zanja –uno de los tantos que conocía–, expresa otra vez desde su inmediatez un asunto ¿social? ¿Por qué ya no se podía rumbear, a qué se refería? Niño Rivera: De acuerdo con él ambiente donde él se movía, pues así actuaba. En el año 35 viene para La Habana con el septeto Caridad, que era de Pinar del Río. Fuimos a parar a la playa de Marianao y nos poníamos a tocar y nos cogía la madrugada tocando y cantando, este era el ambiente de la época, y conocí a Choricera (el Chori), para mí el mejor timbalero; era genial, un tipo de música que hacía con las baquetas. ¡Qué artista! La gente que iba allí le hacía coro. Una noche se apareció Chano Pozo y nos presentaron, así lo conocí. Toca la casualidad de que Choricera tocaba una rumba y Chano salta para el salón donde estaba tocando y empieza a bailar. Para mí Chori era el mejor timbalero y Chano el mejor rumbero. Había veces que llegaba a un lugar, un café, por ejemplo, cogía y se ponía a tocar, a dar palmaditas y ahí mismo inventaba una rumba, era un individuo con un sentido creativo y lo mismo bailaba que cantaba y el público lo coreaba. Si le preguntaban: ¿Chano, cuál es lo último?, empezaba a cantar “Blen, blen, blen” o cualquiera de sus rumbas de aquella época. Vocablos que no significan nada: blen blen blen, paf paf, pin pin, pon pon, bobo bobo, tin tindeo, onomatopeyas que alcanzan en su incesante repetición un ritmo y sobre todo una contagiosa musicalidad, su toque personal. Ya había tocado y bailado en comparsas como El Barracón, La Jardinera… y formaba parte de la famosa Orquesta Azul. Jesús Blanco: En el año 38 comienza sus quehaceres en la vida musical y para 1940 ya es famoso Chano Pozo, ya en el medio musical cubano se producía a toda intensidad su nombre. Ya tenía números que eran todo un éxito pero seguía viviendo como él quería y seguía pensando como él quería lo que él quería ser, y fue lo que quiso ser, era lo que quería ser. Mamita los Dandys tienen Lo que yo andaba buscando Y ahora que lo encontré Ya yo me estoy embullando Este canto era de Chano, del Chano de la comparsa de Los Dandys, pero antes había pasado por la comparsa La Sultana, donde yo lo conocí. Era feísimo, un negro feísimo, tenía los hombros muy caídos y unas manos muy grandes y como yo era chiquito, cuando lo veía me daba miedo verlo… después no. Y tocaba y bailaba, estaba metido en todas esas comparsas, y ya Miguelito Valdés grababa sus cosas y María Antonieta Pons, en el cine mexicano, lo bailaba y cantaba… en todos los solares. Su medio era ese, lo vivía y lo recreaba en su mente, era su mundo, el que él quería y no concibió nunca la idea de mudarse de los solares. Hay una foto de Chano y Rita Montaner desfilando en esta comparsa. Es una de las pocas constancias gráficas de una relación que para muchos tenía connotaciones eróticas. Un día, años después, Antonia Fernández, nieta de Rita, niega rotundamente esta relación. “Si mi abuela hubiera sido amante de Chano no lo hubiera ocultado y mucho menos negado. Cartel: Fabián Muñoz Eran amigos de religión, mi abuela Rita era hija de Obatalá y Chano era abakuá, compartían esas creencias. Mi abuela encargó a una pintora un retrato de Chano (me lo muestra, me lo deja), que estuvo hasta que murió colgado en su casa de la Avenida 31.” Rita ya era muy popular y todos conocían su personalidad trasgresora, al desfilar con Chano en una de las más notables comparsas habaneras a pesar de que desde antes se hacían “esfuerzos por descalificar las manifestaciones culturales de origen africano y se prohibía tanto el toque de tambores africanos e instrumentos de similar origen, como los movimientos corporales ofensivos para la moral en actividades de carácter público”.2 Cómo no imaginar entonces la complicidad y el reto asumido por Rita Montaner (que ya era la Única) y por un Chano Pozo que en 47-48 iba a revolucionar las sonoridades del bop como nunca antes y como nunca después. Desde 1916 –cuando Chano tenía un año de nacido– ya existía una “supresión casi La Gaceta de Cuba 27 comparsas, una identidad a la que Chano le aportaba violencia, marginalidad, picardía y cierta dosis de “manteca”, tambores y bailes… Jesús Blanco: Cuentan que un día se le apareció a Luis Casas a la Emisora CMCO y Chano no le dio a Casas la imagen de un músico y Luis Casas le dijo que no. Chano no proyectaba la imagen del músico, eso era verdad, su verdadera imagen, la que daba, era de guapo, era guaposo, violento, pero músico, era artista, tenía esa personalidad y la proyectaba. Chano insistió y a los cinco o seis días volvió y esta vez Fernando Collazo le dijo que sí. Entonces empezó a tocar y cantar “Nagüe”, “Paf, paf, paf te maté”, números que ya había hecho en esa época. Rafael Ortiz: Era simpático, aparte de ser buen músico y buen bailador, era simpático y en los tambores había que contar con él. Las composiciones de Chano llegaron rápidamente al pueblo a pesar de las letras. Llegaban porque gustaban, él tenía la gracia de poner una música que era pegajosa y la tocaba todo el mundo: “Dicen que pin pin y que pon pon no hacen ná/ Pin pin cayó Berlín, pon pon cayó Japón…” absoluta de las comparsas habaneras”.3 Chano y Rita se sabían diferentes y lo demostraban al desfilar en la comparsa de Los Dandys, que Jesús Blanco ve de niño en el Prado habanero. Isolina Carrillo: Decían que Chano Pozo era guapo, yo pienso que no era guapo porque si para reclamar tus derechos se tiene que ser guapo, entonces imagínate. Iba a cobrar sus derechos y le daban como a mí o a la mayoría dos o tres pesos. Figúrate que no pude tener nunca en la mano ni cien pesos juntos por mis “Dos gardenias” y él protestaba, protestaba, protestaba hasta que un día se puso bravo y dio un escándalo y entonces para el otro cobro lo esperaron y cuando subía la escalera desde arriba le dieron tres tiros. Ojalá hubiera tenido yo el valor que tuvo él de subir a cobrar sus derechos. Cuando empecé a “buscar a Chano Pozo” visité a Isolina varias veces. Habían estado en la Orquesta Azul y compartido en la radio de Amado Trinidad, esperaba encontrar el ámbito musical de Chano, pero Isolina contaba por encima de cualquier otro recuerdo las protestas de Chano que reclamaba sus derechos de autor al extremo de jugarse la vida. Un día me preguntó si estaba “castigada” y si se me “imponía” hacer esta película, en su lógica ella ponía en primer plano al “guapo” marginal y no al músico, y no me hizo ningún comentario a la reconocida maestría de Chano con los tambores. Fue la primera señal de prejuicio y descalificación que alcanzó en la pre-vista del ICAIC la categoría de inquietud ante el plano final del documental: la recreación de una “foto” inspirada en las reales de Chano-Changuito enfundado en su dril cien y fumando ¿manteca? en la puerta del solar La California. Por fortuna no quité el plano. “Todos los que fuman ‘manteca’ antes o ahora no tocan las congas como Chano.” Isolina simplemente no me habló de ese Chano, tampoco abordó o se refirió a los prejuicios raciales, a la influencia o presencia de las raíces africanas, a la religiosidad o creencias de Chano como factores presentes en sus creaciones. Eso sí, para ella, estaba claro y sin discusión que Chano era músico. Y se iba conformando el retrato de un músico que representaba o podía encarnar ciertas zonas de la cultura popular presente en las 28 La Dosier Gaceta / Premio de Cuba UNEAC de Literatura 2014 Tata Güines: “Blen, blen, blen” parte de la clave del son, y también “Por tu cara de parampampín”, que dice: “yo te he visto con María en la puerta del solar”. Quiero decir que él tenía mucha inspiración. Después lo vi en la orquesta de Dizzy Gillespie, independientemente de su número “Manteca”. Él introdujo la tumbadora en el jazz en los 40 y yo seguí en el 50 la misma línea que él. Dizzy Gillespie: Yo tuve la suerte de que Chano Pozo me enseñara lo fundamental y después de que has aprendido el a b c lo demás llega y, pase lo que pase, termina por salir bien. Hasta ese momento –1947– no había habido ninguna influencia cubana en nuestra música. Al menos no mucha, quizás un poco con Duke Ellington y “Conga Brava” o “Caravan”, algo así más o menos pero nunca un esfuerzo organizado por integrar la música afrocubana. Jesús Blanco: Tenía de las raíces africanas que componen la música cubana. Las dominaba a la perfección y las trató con elegancia, con belleza y sobre todo con respeto religioso, porque era un hombre religioso. Chano era abakuá, muñanga efó desde casi niño. Dizzy Gillespie: Creo que la música cubana, entre todas las músicas de este hemisferio que se han integrado al jazz, es la que ha causado mayor impacto. José Ramón Brene: Yo conocí de pasada a Chano Pozo un año antes de su muerte. No tuve amistad con Chano ni con el Cabito. En realidad Chano me caía mal, me era antipático, no porque yo tuviera razones para ello, sino por esa cosa natural de que una persona te cae mal. Ese día –3 de diciembre del 48– estoy en la barra del Río Café, entre Chano y yo hay una persona, no sé quién es, tal vez otro latino, entonces entra el Cabito (se llamaba Eusebio Muñoz y era marine) y le toca el hombro. “Ah, Cabito ¿cómo estás?” El Cabito pregunta: “¿Conseguiste la manteca?” (Días antes yo había presenciado cómo el Cabito le daba dinero.) Chano le dice: “Salí a buscarla (la manteca, mariguana) y me encontré con una muchacha y me fui con ella.” “¿Y el dinero que te di?” “Me lo tuve que gastar.” “Entonces tampoco tienes la manteca.” “No, no la tengo.” “Está bien.” El Cabito se retira como dos o tres pasos, Chano sigue ahí bebiendo y de pronto el Cabito dice: “¡Chano!” Cuando Chano se vira ve que el Cabito ya tiene el arma en la mano. Recuerdo que Chano hace un gesto como para pararse, irle p’arriba y ahí es cuando le tira. Chano estaba muy engreído por su fama pero al Cabito le importaba tres pepinos que él fuera el mejor tocador de tambores. Todo eso pasó en ese Bar de la calle Lenox. Nunca juzgaron al Cabito, que era de Puerto Rico. Litico Rodríguez creo que también fue testigo de esto, andaba por allí pero estaba ilegal en Nueva York. El caso es que el Cabito se fue antes de que llegara la policía. Encontramos menos de diez fotos, todas posadas o con grupos musicales, y la última con Miguelito Valdés (quien más y mejor lo cantó) parado frente al féretro. Fue de verdad un “Triste y solitario final”.4 Constantino Arias es el autor de las más conocidas fotos de Chano. Es evidente que pasó o contrató al fotógrafo, incluso recuerdo que alguien nos contó que Chano lo vio en la calle, lo llamó, y en su cuarto del solar se hizo las fotos. Lo creo. Constantino, fotógrafo de la revista Bohemia, tenía el más completo archivo de La Habana de esos años, pero no aceptó ser entrevistado y no pude saber con exactitud estos y otros detalles. ¿Era verdad que tapizaba su cama con dinero y se acostaba sobre este? ¿Era real que se iba de fiesta con el dinero que se quedaba pegado a su espalda? Y entonces exclamaba recogiendo el dinero: “Ustedes son los que van a salir hoy.” Natacha Tolón5 localizó en un solar de Centro Habana a una mujer que –nos dijeron– era la única familia de Chano que quedaba viva. Era bajita, gorda, debía andar cerca de los ochenta años, no lograba entendernos, parecía estar más cerca de la enajenación que de la realidad que la rodeaba. Además de su vejez, el ambiente del solar era opresivo, oscuro, un cuarto lleno de trastos, pero nos recibió e intentamos saber si era o no familia de Chano. No logramos conversar pero repetía una idea: “Me van a pagar lo que me deben, quiero el dinero de la música, el dinero…” Enseguida recordé los encuentros con Isolina Carrillo y los reclamos de Chano. ¿Cómo sabía este episodio esta mujer? ¿Quién se lo puso en la cabeza? No obtuvimos nada y allí nadie sabía nada. ¿Qué iban a saber de un hombre asesinado en la calle Lenox del barrio de Harlem cuarenta años atrás? Mucho menos de una música que nadie tocaba. Sin embargo hay una línea invisible que une a Changuito, Gonzalito Rubalcava, Ernán López-Nussa, con Chano. El día en que José Luis Quintana, Changuito, se puso el traje de dril recién sacado de los roperos de Cubanacán dijo que él ya era Chano Pozo, volvió y filmó como Chano, posó para las fotos, bailó y en un solar calentó los cueros de sus tumbas. Gonzalito conocía la obra de Chano, sobre todo “Manteca”, por su cercanía a Gillespie, y ahora con su piano mágico y su grupo Proyecto nos regaló una versión más corta para Buscando a Chano Pozo, versión que se empastó muy bien con una filmada pero incompleta de “Manteca” que teníamos de su primer intérprete, Gillespie, tocada en uno de sus habituales conciertos del Jazz Plaza. El mito Chano sigue vivo. Años después Ernán incluye en uno de sus conciertos “Tin tindeo”, versión espléndida, llena de esas sonoridades y búsquedas que lo caracterizan. Con “Tin tindeo” Ernán traía al presente al músico Chano y no al mito o la referencia literaria. Ni Ernán, ni Changuito, Angá, Tata Güines o Yaroldis Abreu, herederos directos de su legado, pudieron disfrutar “Es día o noche de Town Hall”, tampoco Isolina ni Rafael Ortiz vivieron ese éxito y hay que conformarse con la crónica: Marshall Stearns: Invierno de 1947. Dizzy Gillespie contrató al tamborero cubano Chano Pozo para un concierto en el Town Hall. Respaldado por el metal acre de una banda joven y hambrienta, Pozo se agachó en el centro del escenario y batió un tambor conga de muchas voces con sus manos encallecidas de ampollas. Mantuvo al público en un silencio de sobrecogido respeto durante treinta minutos, cantando en un dialecto del África Occidental, mientras lo subía y bajaba de un murmullo al alarido y volvía a su punto de partida. Y concluye Joachin E. Berendt: “El poder rítmico de este misterioso músico cubano de conga queda iluminado por el hecho de que Gillespie, aunque a menudo empleara en algún momento varios percusionistas latinoamericanos, nunca pudo lograr los efectos que había alcanzado con Chano Pozo solo”. < 1 Jesús Blanco: 80 años del son y soneros en el Caribe, Caracas, Fondo Editorial Tropykos, 1992. 2 Zuleica Romay: Elogio de la altea o paradojas de la racialidad, La Habana, Fondo Editorial Casa de las Américas, 2014. 3 Ídem. 4 Leonardo Padura, en crónica publicada a finales de los 80 en Juventud Rebelde. Es el responsable inmediato y fuente inicial para que realizara el documental Buscando a Chano Pozo. 5 Asistente de dirección del documental. La Gaceta de Cuba 29 > Poesía Un bosque de noche Comienza el último rito Cuando mi padre murió mi madre dejó de dormir en la cama. Se fue a dormir en el sofá, en la sala. Un día me lo dijo, en voz baja, como un secreto bien guardado. Vivía sola, en su casita pequeña, alejada de sus hijos y sus nietos. Yo vivía con prisa. Tenía muchas cosas que hacer y me faltaba el tiempo. No tenía unos minutos para quedarme tranquilo y pensar que mi madre se sentía sola, muy sola, y que no éramos amables. Después enfermó. Cáncer de pulmón. Dejó de fumar, pero ya era tarde. Lo soportó con dignidad. Hasta el último minuto. Murió y algo me bloqueó por dentro. Algo macizo. No sé cómo. Un bosque oscuro. Un bosque de noche. Y yo perdido, como un conejo tembloroso. Demoró en amanecer. Ahora abandono la prisa. Intento ir despacio. Me emociono porque en el silencio comprendo. En mi soledad de ahora comprendo. Y sigo flotando en el bosque de noche. Que me ilumina. Lentamente. Puedes nacer en una tribu nómada, en las montañas de PapúaNueva Guinea. Quedamos pocos. Apenas somos diez personas y no conseguimos comida. Cada noche llueve copiosamente. Con rayos y truenos. La cueva sagrada guarda los cráneos de los antepasados. Luces rojas salen de las órbitas de sus ojos. Estamos tristes. Todos mueren de tuberculosis y neumonía. Desaparecemos. Desnudos. No hay peces en los ríos. Apenas un poco de sagú y de yuca tostada al fuego. En la cueva de la creación marcamos nuestras manos con tintes vegetales sobre las rocas. Comienza el último rito: Lanzar puñados de azufre al fuego, dejar nuestras huellas sobre la piedra y cubrir nuestro cuerpo con arcilla roja y plumas de colores alegres, mientras la cueva se llena de humo y de chispas del azufre. Entonces deja de llover. La noche oscura y silenciosa. Solo la cueva está seca. El leve resplandor de la fogata. Hace años unos pocos sobrevivimos a los cazadores de cabezas y a los caníbales. Y ahora desaparecemos. Ya sin remedio. La dispersión. La ley implacable que nos persigue y que siempre llega. Estamos extenuados. Nos separamos en pequeños bandos y perdimos nuestra historia. Quedamos sin memoria y llegó el hambre. Después las enfermedades y el Demonio del Exterminio. El más viejo se sienta, agotado, en un rincón, en lo más profundo y oscuro de la cueva. Apenas le quedan fuerzas, pero concentra su energía para cumplir el rito. Comienza a entrechocar rítmicamente dos piedras y a lamentar la despedida. Muy bajo. Es un zumbido lento y triste. Ya nada lo detendrá. Solo ese triste lamento durante días y noches. Sin comer ni beber. Los antepasados escucharán su canción y lo ayudarán a pasar al otro lado del Gran Río que Fluye. Después me tocará a mí. No tengo prisa. Cada cosa en su momento. Nuestro mundo infinito abre otras puertas. Nada tiene comienzo. Nunca llegamos al final. Pedro Juan Gutiérrez Solo ese momento El tiempo pasa. Nada nos dice. Envejecemos. Sepamos, casi con malicia, sentirnos ir. No vale la pena siquiera un gesto. No se puede resistir al dios atroz que sus propios hijos devora siempre, escribe Ricardo Reis, oculto, agónico, tras Pessoa. Y al leer esto recuerdo esos lugares lentos, oscuros, silenciosos. Nunca el Caribe, tan desesperado y agobiante. Viena. Está nevando. Navidad de 1998. Subo a un tranvía y me siento. Las caldeadas sillas de los ancianos. Para mantener tibio el culo de los viejitos. Que no se resfríen. La soledad perfecta de esos viejos solitarios y silenciosos. Miran al frente, como robots, para evitar un contacto visual que erosione y les trastorne el día. El tranvía apenas traquetea. Nieva con más fuerza. Tengo una botella de vodka en mi mochila. Entonces de nuevo aparece mi vida anterior. Todo. Hasta los mínimos detalles del final. En la madrugada del 6 de junio 1944. Normandía. Apenas pisé la arena una ráfaga de ametralladora me destrozó el pecho. Caí de bruces sobre la arena y me desangré lentamente. Ese instante se repite ante mí. Solo ese momento. Una y otra vez. Y huelo el humo, la metralla y la pólvora quemada. Ahora sigo adelante con el vodka. Intento dilucidar fragmentos del porvenir. Como el pagano lanza las entrañas de un pato, mientras se acercan los bárbaros al Muro de Adriano. Apestan a mugre y sudor. Terrible olor que les precede y nos advierte. Un olor nauseabundo a testosterona y a crimen. Siempre la sangre. Servidumbre y esclavitud. Insaciables. Las entrañas del pato lo revelan claramente: masacre total. Los bárbaros arrasan, incendian, asesinan, roban. Se emborrachan, violan los cadáveres de las jóvenes, bailan como demonios. Y seguimos en un ciclo infinito. Todo coherente. En La Habana, destruida y sucia, tengo una visión brutal sobre los escombros. Solo el mar permanece inmutable. Olvido los tranvías y la nieve y leo a Czeslaw Milosz: “No ames país alguno: los países perecen fácilmente. No ames ciudad alguna: fácilmente se desploman en ruinas. No conserves recuerdos porque de tu memoria rezumará el humo capaz de asfixiarte.” 30 Poesía Nutrición de los poetas Ya no hay héroes. Todos quedaron, gloriosos y brillantes, alrededor de Ulises, en la eternidad. Ahora todo es efímero. La vida simple y pragmática. Vulgar y caótica. Sin desmesuras ni oradores eternos y lapidarios. Los poetas viven en medio de ráfagas violentas. Huracanes que arrasan con todo cada cierto tiempo. Y se empieza desde cero, una y otra vez. Los poetas se nutren de cosas simples, sin heroísmos, por favor, pedía Carver. Yo intento no recordar con demasiada fuerza. Tantas noches intensas, con alcohol y lujuria. Y los carnavales y los tambores. A veces alguna mujer me escribe. Las más dulces. Quedaron marcadas por el fuego y el desenfreno. Y me envían una foto y una postal de Navidad, con palabras discretas y un beso. Las corrosivas siguen con el odio y la sed de venganza. Yo cojo la pequeña pelota y salgo al patio a tirarla contra la pared. Me gusta hacer rebotar la pelota y dejar que todo pase. Los pájaros en la ventana, las tardes grises, los cementerios con árboles frondosos, el mar inmenso donde a simple vista está la curvatura de la Tierra. Y eso es fundamental en un poema. La curvatura del planeta. Un hecho objetivo y simple. A veces también hay soledad mientras cocino lentejas con vegetales. Después, por la tarde, una mujer interrumpe desnuda, de espalda, y con su belleza clava una estaca en el corazón del Drácula que me habita. Con los años –te digo– los héroes desaparecen. O más bien se disuelven en el gris y ya no. Se disuelven en el gris. Y quedamos en paz. Una botella de vino, el silencio, y los fugaces instantes de frenesí que ya quedaron atrás. Encuentro amigos. Difíciles, imperfectos. Viejos y nuevos amigos que sedimentan y perduran. Una señora se asombra de mi sonrisa ante los contratiempos. Y me pregunta: ¿Estás iluminado? Creo que no. Pero en estos días cumplo 65 años. Y todo es diferente. Ya no hay frenesí ni locura. La serenidad. La lentitud avanza sobre el terreno. Y lo cubre todo. La Gaceta de Cuba 31 Carlos Quintana La obsesión de hacer peregrinar las sustancias Ricardo Alberto Pérez H ace un poco más de veinticinco años que conocí a Carlos Quintana (nacido en El Vedado habanero en 1966). Al reencontrarlo después de trascurrido todo ese tiempo he experimentado la certeza de que nada esencial ha cambiado en él, y con ello la confirmación de que toda su obra es parte del proceso natural que le ha tocado vivir. Para los que creímos en sus energías, desde el comienzo, nada de lo sucedido ha sido motivo de sorpresa. Inclusive cuando me detengo desde este presente ante algunos de sus lienzos más notables; tampoco puedo dejar de evocar aquellos dibujos suyos en la década de los 80 que ilustraban algunas de las páginas de la revista cultural El Caimán Barbudo. Vivir con intensidad, y sin máscaras, nos ayuda en ocasiones a retornar al punto de partida, sin que nada en nuestra mente esté adulterado, y nos produzca falsas sensaciones. Por eso creo entrever que muchas de las ceremonias que copan los lienzos de Quintana son momentos cotidianos recopilados y reciclados a través de casi toda una vida. Todo raso, arrasado y rasante se dispone a no dar tregua. Nada de comodidad, un trasiego indetenible; un descoyunte inesperado que nos recuerde que el tono en que algunos fenómenos reconocen la normalidad tiene que estar permeado por un toque de crisis e inestabilidad. Esa inestabilidad es encerrada finalmente en una suerte de cosmogonía, de densidad visual, que a la vez no cesa de mutar, e ir encontrando nuevos laberintos encargados de sumar vértigos y fascinaciones. Ha venido sitiando a los espectadores, minando un territorio al que estos siempre 32 La Gaceta de Cuba pueden acceder con esa sensación tentadora que parece indicar un peligro. El tema de la libertad expresiva, sin desprenderse un solo instante de una de las marcas personales más abrasivas que ha conocido la pintura cubana, es otro de los aspectos que contribuye a la consagración de un universo atomizado por una naturaleza inquietante, y atrevida; capaz de desempeñarse con mucho acierto en las llamadas situaciones límites. Hablemos de una descongestión de lo trascendental, lo sagrado que se inserta en esa extraña festividad donde la percepción de las cosas se adultera. Quintana exagera con eficiencia cuestiones esenciales dentro de la naturaleza misma de la existencia. Entre las que destaca ese principio de la vida a través del cual somos sorprendidos reiteradamente; muchas veces transformándonos de manera radical el curso de nuestra realidad. El acto de exagerar para obtener peculiares metáforas apuntala la fuerza de las imágenes, y coloca estas obras en un campo un tanto surreal, pero muy auténtico, que no deja pensar en herencias claras, o flujos de aquel surrealismo tantas veces llevado y traído. Lo humano en sus piezas es superado por lo viviente (sobre todo una zoología descomunal y abyecta) que entra sin pudor a enriquecer una serie de acontecimientos que van convirtiéndose en intervalos narrativos, a través de los cuales se encuentra un nuevo modo de percibir el trascurso de eventos conocidos; que se refieren al ser, al entorno que este enfrenta, a la cercanía de los otros, y por supuesto a la nación. Animales, plantas, flores, espíritus; deidades a lo Quintana; vasijas que tendrán que soportar la densidad de lo que tiene memoria y ha quedado desactivado por la violencia del tiempo que trascurre (“Almacén”, 2009) conforman esta feria. Extrañas comuniones, zonas privadas, en las que con un poco de astucia y lucidez será posible entrar y detenerse un tiempo. Animales que a veces parecen heridos, enfermos, enloquecidos, y en ocasiones trastornados por la malsana influencia de los seres racionales. Pero, como no nos quedan dudas de que estamos ante un artista de rupturas, que prefiere las inclemencias difíciles, dichos animales pueden tonarse sorprendentes, comportarse desde el acecho y jugarles una mala pasada a esos seres mencionados. La complejidad que se va gestando en su pintura no interrumpe, ni interfiere una felicidad visual que por varias vías atrapa a los espectadores. Son imágenes que conservan una especie de estado de gracia. Para muchos estamos ante un maestro del color, que define a través de este innúmeros estados de ánimo y disímiles circunstancias, y gana de ese modo un terreno cuya obtención suele ser poco usual entre sus contemporáneos. A través del color hace desaparecer ciertos límites entre luto y alegría, e instaura un ambiente un tanto melancólico que no deja de estar permeado por una enigmática heroicidad. Por otro lado creo que Quintana se ha atrevido a esbozar una extensa crónica sobre las dependencias que en gran medida van signando los vínculos entre los seres humanos (si te suelto caes, sonso). Estas dependencias generan relaciones de poder, y nos introducen por un camino poco trillado a lo que representa El Poder en sí. Secuencias en las que la parodia y la ironía alcanzan la plenitud fundiéndose con las atmósferas sin ningún exabrupto (“El equipo nacional”). En pocas obras, como en esta, he visto poner en crisis las apariencias. Ellas suelen ser dinamitadas a partir de una distorsión de las estructuras. Las cosas se desenvuelven como si siempre interviniera algo proveniente de la magia negra. Algo capaz de trastocar la identidad de animales y humanos (sin fracturas visibles), y que a la vez se vuelve creíble dentro del marco de la representación. Esas cabezas que no paran de trasegar en sus lienzos no siempre se asientan sobre los hombros de sus propietarios; muchas veces han alcanzado un nuevo registro, una capacidad de intrigar e inyectarle misterios a los escenarios. “Cuánto tiempo algo se puede mantener intacto.” Esta parece ser una de las interrogantes claves dentro del trabajo de Carlos Quintana. El conocimiento sobre el carácter vulnerable de casi todo lo que nos rodea, incluidos nosotros mismos, aporta aún más intensidad a cada una de sus secuencias. Digamos que hay un principio de incertidumbre que reina por encima de todo; un viento que bate en todas direcciones, y cuando logra ser remolino recupera zonas casi inaccesibles de la realidad. Allí es que se establece una relación entre entidades-identidades, con la que robustece la subjetividad contenida en las obras. Para un artista cubano de la generación a la que él pertenece (los 80) el tema de la resistencia está prácticamente incorporado al metabolismo; pero lo que en esta oportunidad convierte a ese conflicto en un hecho artístico es la forma sutil de abordarlo. Ese estilo tan propio del que ha conseguido hacer algo, y apenas se ha percatado de lo que ha hecho; con esa magia ha logrado resumir sus opiniones sobre la resistencia en obras como: “La mujer cubana es gigante”, y “Todos los cubanos son gigantes.” Quienes participamos de los orígenes de la obra de Carlos Quintana podemos tener una idea más clara de lo que representó y representa el dibujo para él, ahora integrándose con mucha gallardía al resto de la actividad pictórica. En algunos casos, protagonizando momentos de exquisita factura que aprovechan espacios que aparentemente han quedado vacantes, y sirven para congratular jinetes que portan como equipaje la elegancia. Un detalle que no se puede obviar es el uso de la textualidad dentro del lienzo. Primero por la naturaleza del lenguaje que ha ido construyendo, que denota una unidad, o coherencia, que es capaz de hablar del espíritu de toda la obra en general. Después por el tino de haber captado una alta dosis de sabiduría popular; un dejo al decir del cubano, que en pocas ocasiones tenemos la oportunidad de encontrarlo tan bien ilustrado. Aquí creo que tiene un peso fundamental el aspecto de su caligrafía, que va describiendo un gesto desinhibido, potenciado por algo muy poderoso que se suele llamar intuición. Antes de concluir quiero darme el gusto de comentar muy brevemente su cuadro “Muchos monjes en la campiña cubana” (2001-2003). Una obra donde se resumen muchos de sus conceptos y obsesiones de una manera sencilla. Autenticada por las relaciones que se establecen entre los espacios y la gracia de hacer coexistir lo antagónico hasta el límite de diluir las asperezas. El lienzo exhibe un núcleo, un centro de gravitación, con detalles que conectan lo sagrado con exageraciones bucólicas (el pico del pájaro carpintero); de pronto un sentimiento de profundidad visual nos secuestra, y la misión parece haber sido cumplida. < > Entrevista Fotos: Roberto Arizmendi L Suprimir el pasado es borrar el futuro Waldo Leyva (Entrevista con Luis García Montero) 34 Entrevista uis, como te había comentado, Norberto Codina me pidió que te solicitara esta entrevista para incluirla en La Gaceta. Acepté la encomienda del amigo común, entre otras razones, porque quiero agregarla, si tú estás de acuerdo, a un libro que estoy preparando, donde compilo diversas entrevistas a poetas, novelistas, dramaturgos, periodistas y otras personas de la cultura. Lo primero que quería preguntarte está relacionado con la edición de la Antología consultada de la poesía española, publicada por Visor en 1999, donde se incluyen poetas que se dieron a conocer en el último tercio del siglo xx. Tú eras uno de los más jóvenes en ese momento y, sin embargo, fuiste el más votado para integrar esa selección. ¿Cómo tomaste esa noticia, qué sentiste en ese momento? Sentí alegría, sin duda alguna. Yo no creo en la modestia falsa. Cuando uno se pone alegre no hay por qué ocultarlo. Aunque, tengo la conciencia de que si esa votación se hace un año antes, o varios años después, el resultado podría ser distinto. Estoy de acuerdo, Luis, pero de todos modos, y eso lo quiero subrayar, desde muy temprano tu voz empezó a ser reconocida como una de las más significativas de la poesía española contemporánea. Claro que la circunstancia de un premio, o un reconocimiento de esta naturaleza, no podía menos que alegrarte. Se agradece mucho. ¿Y cuando te dan un palo?… …pues sienta mal. Yo no creo en esos escritores que dicen: ha salido una reseña mala sobre mi libro pero yo no tengo en cuenta la crítica. En tu libro Un velero bergantín, recién publicado, nos dices: “La cita del poema pone en juego […] claves históricas y también algunas estrategias literarias […]”. Esta antología comentada de Visor de alguna manera pretende recoger no solo la poesía, sus estrategias literarias, sino el ambiente histórico de ese último tercio de siglo que, en España, resulta muy particular. El primer poeta incluido, Antonio Martínez Sarrión, nace en 1939 y publica su primer libro en 1967. Tú naces en 1958 y perteneces a una promoción poética que publica en los 80. Yo publico Y ahora eres dueño del puente de Brooklyn, mi primer libro, en 1980. Este primer libro tuyo revela cierta apertura, una nueva manera de mirar en la poesía española. Ya desde la década anterior es evidente esa apertura y, sobre todo, un aire de diversidad que se acentúa, como en tu caso y el de otros autores, después de la muerte de Franco y el inicio de un proceso tan complejo como la transición. Te cuento como yo lo viví. La dictadura afectó a la poesía como a cualquier otra parte de la vida, y la afectó de muchas maneras. Por ejemplo, no se podía discutir de política en los periódicos, ni en ninguno de los ámbitos públicos. Había una situación social muy injusta que reclamaba el compromiso y por ello la poesía se politizó bastante y se acercó a la realidad. Desde luego, como sabemos, este tipo de poemas siempre provoca diversas lecturas y no todas favorables. ¿Qué opinas al respecto? Uno puede encontrar buena y mala poesía en los diferentes géneros. Yo creo que una parte fundamental de la historia de la poesía española, la que se escribe en la segunda mitad del siglo xx, está hecha por poetas de primera categoría que no temieron vincular su voz a la realidad de la España que les tocó vivir. Blas de Otero, Ángel González, José Hierro, Jaime Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo, son poetas, te repito, de primera categoría. Luego, cuando se va acercando el final de la dictadura hay mucha gente que se cansa de la poesía de tono realista, comprometido, y apuesta por la renovación formal. Se cumple la ley del péndulo, se pasa al otro extremo. Así es. Comenzó a surgir una generación de poetas que se llamó la de los Novísimos, que empiezan a publicar en los años 60 y creen que todos los poetas anteriores eran malísimos, que acercarse a la realidad y a la política es signo de mala poesía. Con este modo de pensar, acaban decretando el silencio, en la poesía española, desde la generación del 27 hasta su aparición. Pienso que la lectura que hacen los Novísimos es una lectura ingenua, aunque no por ello menos peligrosa, porque como tú has dicho: “suprimir el pasado supone también un modo de borrar el futuro”. Es una lectura muy ingenua, pero también muy injusta, porque había grandísimos poetas que se acercaron, en su momento, a la política con mucho valor humano y literario. Efectivamente, como decías, se cumplió la ley del péndulo y empezó a dominar el esteticismo, el experimentalismo formal. Escribir una poesía que se entendiera no era bien visto, había que utilizar un lenguaje ajeno completamente al de la sociedad y de la gente. Era un gremio de poetas con una jerga para poetas. Lo que importaba, lo “trascendente”, era la tecnocracia del oficio. No escribían para los lectores, escribían para ellos. El grupo de poetas de Granada, del que tú formas parte, postula una mirada distinta, tanto de la realidad como de la historia. También, en el caso de ustedes, se nota un respeto por la tradición poética, no aceptan esa idea de borrón y cuenta nueva propuesta por los Novísimos. Cuando nosotros empezamos a escribir estaba en pleno auge esta poesía esteticista, ajena a la realidad y negadora de la tradición poética. Frente a eso sentimos la necesidad de decir que aquella era una lectura equivocada de la tradición y un sendero que llevaba a la poesía hacia un lugar cerrado, irrespirable, lleno de formalismo. Como consecuencia de esta preocupación nuestra, y asumiendo una responsabilidad que iba más allá de nuestra propia obra como poetas, decidimos escribir, y dar a conocer, desde Granada, el manifiesto que firmamos Álvaro Salvador, Javier Egea y yo, bajo el título de “La otra sentimentalidad”, nombre con el que empezaron a identificarnos. ¿Qué otras circunstancias influyen en la formación de “La otra sentimentalidad”? En la formación de “La otra sentimentalidad” coincidieron dos cosas: por una parte las lecciones que, en la Universidad de Granada, daba el profesor Juan Carlos Rodríguez, uno de los grandes teóricos de la literatura y del marxismo en la España de esos años, y, por otra parte, nuestra lectura de Antonio Machado. En la época de las vanguardias más radicales, Machado publicó unas consideraciones sobre la poesía diciendo que esta, a lo largo de la historia, cambiaba no por piruetas o rupturas formales, sino por ser capaz de contar la trasformación de la sentimentalidad humana. Los sentimientos, nos recuerda en esos textos, son tan históricos como una batalla o un acontecimiento político. Los seres humanos, a lo largo del tiempo, cambiamos nuestra manera de pensar el amor, el modo de relacionarnos con el sexo, la forma de vincularnos con los otros. La historia no solo pasa por una batalla, o por una constitución; pasa por los sentimientos de la gente. Machado veía el trabajo del poeta como una emancipación de los sentimientos; sitúa allí su labor más importante. Yo creo que es esta, sin duda, una de las grandes aportaciones de todo el siglo xx. La poesía forma parte de la emancipación humana, eso lo has repetido en más de una ocasión y yo concuerdo totalmente contigo. Así es, Waldo, porque nos ha enseñado que las grandes causas públicas son inseparables de la trasformación de los sentimientos privados y de la vida privada. Si las causas públicas carecen de una emancipación en la vida cotidiana, en el quehacer diario de la gente, al final se convierten en pies de barro que se deshacen. Y ahí es donde aparece la poesía, trasformando los sentimientos de la gente, hablando a la conciencia de la gente. Ese modo de asumir el trabajo del poeta nos hizo descartar la pelea entre poesía realista y poesía esteticista, entender que es La Gaceta de Cuba 35 un disparate decir que lo subjetivo se enfrenta a la política. No hay ideas que no encarnen en un sentimiento humano. Empezamos a trabajar revindicando un tipo de poesía cercana a la gente y a la realidad, sin olvidar que eso tenía su correspondencia en la realización formal del poema. Si yo quería ejercitar mi conciencia y hacer un análisis de mis sentimientos, no podía dedicarme a elaborar piruetas con un lenguaje raro, sino a buscar la música de una conversación, ese diálogo, por ejemplo, que nace cuando uno se sienta, con una copa de vino en la mano, a hablar con un amigo o una amiga sobre lo que pasa y nos pasa. Yo pienso que este modo nuestro de abordar la poesía buscó la reivindicación de los grandes poetas anteriores que estaban ninguneados. Eso es algo que me gustaría subrayar, ustedes no rompen con la Generación del 50 y además se acercan a poetas anteriores. Me has hablado de Machado, que viene de la Generación del 98, pero sé que Lorca, Cernuda y el resto de los grandes del 27 también están alimentando el quehacer tuyo y de los demás… … y Quevedo y Góngora y toda la gran tradición de la poesía. Nosotros de quien nos separamos es de la generación anterior, esa que había dicho: rompemos con todo. Entendimos, desde muy temprano, que no podíamos romper con todo, por respeto y por admiración a una gran literatura fundadora de una tradición, sin la cual no habría continuidad. Buscar ser original a toda costa, como propósito último, es peligroso; irresponsable. Yo creo mucho más en la personalidad que en la originalidad. La originalidad es propia de la gente que cree que está inventando el mar Pacífico. La personalidad, por el contrario, define a quien se acerca, de manera natural, a una tradición literaria y aporta su propia visión, su propio tiempo, su forma particular de sentir, sin olvidar que está recogiendo una identidad que viene de muy lejos y que es la que, de algún modo, contribuye a la realización de su propia obra. En ese sentido, cuando yo me acerqué a la literatura, iba con ojos de admiración… … claro, tú naciste en Granada y eso no es poca cosa para un poeta. Desde luego, nacer en Granada ya lleva lo suyo. Para mí, García Lorca fue fundamental. También tu cercanía a Rafael Alberti fue esencial. Es cierto. Yo tuve la oportunidad de tener una relación muy estrecha con Rafael Alberti, y esa proximidad me dio muchas lecciones, entre otras, me enseñó a tratar con respeto a los jóvenes, y lo que yo más le agradezco es que me impulsó a disfrutar de todo. Él decía: “no hay que escoger entre Juan Ramón y Machado, los dos son estupendos; no hay que escoger entre la poesía pura y la política; hay poemas puros a una rosa que son muy buenos, y poemas de compromiso político que son estupendos. Qué tontería esa de escoger entre Quevedo y Góngora. Por qué tengo yo que romper con Garcilaso por amor a Maiacovski y a la Vanguardia. Un lector desprejuiciado puede disfrutar de esa cosa maravillosa, rica, que es la variedad de la poesía”. Yo admiro Sobre los ángeles y Marinero en tierra, sus libros más conocidos en la época, pero descubrí, de pronto, unos poemas escritos por él en plena guerra civil, de un libro que se llama De un momento a otro, donde emplea un lenguaje cotidiano, muy sencillo, para hacer un examen de la educación que había tenido en el seno de su familia y de la recibida en el colegio San Luis Gonzaga, de los jesuitas. Ambas, nos dice en esos versos, contribuyeron a conformar su conciencia. ¿Qué diferenciaba esta poesía de la que ya conocías de Alberti? Esta, la de esos poemas, era una poesía de indagación personal. Rafael utiliza aquí el lenguaje de la meditación y de la conversación con un amigo. Eso deslumbró al joven poeta que era yo entonces. De manera que buena parte de lo que reivindiqué en ese tiempo fue a ese Rafael Alberti. 36 Entrevista Me resulta curioso que reivindicaras a ese Rafael y no al de Marinero en Tierra o al de Sobre los ángeles, sabiendo tu interés por su poesía de vanguardia… Yo me di cuenta al estudiar a Rafael, a quien le dediqué mi tesis doctoral, de que el mal poeta hace mala poesía, hable de lo que hable, y de que el buen poeta necesita, por todos los medios, hacer buena poesía. Te explico. Alberti se había comprometido políticamente, de manera muy clara. En los años 30 había entrado a formar parte del partido comunista, y había empezado a escribir poemas políticos. Enseguida percibió, sin embargo, que él, como poeta, no podía justificarse solo por decir lo que le mandaba el partido; necesitaba hacer buena poesía con aquello que quería decir y se dedicó entonces a investigar, a indagar en la tradición, hasta encontrar un tono de poesía política de extrema calidad. Puede parecer una contradicción, pero su acercamiento a la política, más que un impedimento frente a la poesía pura, lo que le dio fue curiosidad y recursos para hacer aportaciones a esa gran obra poética a la que pertenecemos. Para lograr lo que nos entregó, tuvo que indagar sobre las posibilidades del lenguaje cotidiano, sobre las posibilidades de la poesía de tono coloquial. Se dio cuenta, al acercarse a este modo de usar la palabra, de que allí había una retórica, había recursos literarios atendibles. Luego, esto ha servido para que la poesía hable del amor, o del sentimiento religioso, o de un paseo por la ciudad, o de cualquier cosa. Al fin y al cabo, Waldo, la poesía, y el relato de los poetas, ha tenido siempre mucho que ver con la gente y la sociedad y la colectividad en donde viven. En ese sentido la tradición oral de la poesía es fundamental. Así como las sociedades van cambiando, también los juegos de la oralidad cambian, y eso que llaman poesía coloquial no es sino un intento de traer al siglo xx y al siglo xxi lo más puro del origen de la poesía, que es su oralidad. ¿Qué te parece si hablamos ahora de la cercanía de ustedes, la tuya en particular, con los poetas de la Generación del 50? Mi relación con Rafael Alberti era una relación de padre e hijo. Con los poetas del 50 fue distinta, en este caso era un vínculo de hermano menor con sus hermanos mayores. Para mí eran eso, hermanos mayores. Esto no es poca cosa y tú lo sabes. Mi propio mundo se fue forjando más en la onda de autores como Ángel González, Jaime Gil de Biedma, Francisco Brines, que en la de autores como Rafael Alberti, por los cuales, sin duda, sentía mucha admiración, pero que no estaban tan cerca de la España que yo vivía, como sí lo estaban aquellos que eran más jóvenes. Por ello, me sentía más próximo a los poetas de esa generación. El primer acercamiento fue a Jaime Gil de Biedma y, después, de manera más profunda, a Ángel González. La imagen del poeta, que no va de poeta sino de ciudadano, para quien la escritura no es la invención de un lenguaje poético, sino el tratamiento, lo más riguroso posible, del lenguaje de todos; esa imagen, que es muy cara para mí, yo la descubrí en los autores de la Generación del 50. Son autores que asumieron la herencia del compromiso antifranquista que habían defendido Gabriel Celaya o Blas de Otero, y lo llevaron a un territorio donde primaban la indagación personal, la educación sentimental. Eso estaba mucho más cercano a ustedes, y a ti en particular, sobre todo por lo que estaban intentando demostrar en ese momento con la defensa de “La otra sentimentalidad”. Desde luego ese modo de relacionarse con la realidad y con la historia era muy cercano a los jóvenes poetas de Granada que estábamos intentando situar el discurso poético al alcance del lector, pensando en él. ¿El núcleo básico de “La otra sentimentalidad” lo constituyen los firmantes del manifiesto? Sí, pero también estaban Ángeles Mora y otros amigos. Los poetas de los 50 se convirtieron para nosotros en referentes inexcusables. Yo guardo mucha admiración por autores como Ángel González, que hacían de la imaginación poética una mirada individual sobre la realidad. Ahora los consideramos clásicos, pero en 1980 estaban ninguneados. Era como si no existieran, como si su poesía no tuviera nada que decir a la generación que empieza a publicar en los 60… Ustedes, en oposición a esto, deciden reivindicar a esos poetas condenados al silencio. Lo primero que hicimos, y lo recuerdo con mucha emoción, fue un homenaje a Jaime Gil de Biedma, que preparamos, con la revista Litoral, Álvaro Salvador, Antonio Jiménez Millán y yo. Ese evento fue el primer reconocimiento serio a este poeta. Después, en la revista Olvidos de Granada organizamos, en el año 85, otro homenaje, “Palabras para un tiempo de silencio”, donde reunimos a los poetas y novelistas de la Generación del 50 con la intención de subrayar cómo, a pesar de esa pretensión de borrar el pasado, la poesía había encontrado palabras en un tiempo muy triste de silencio para España. Para el cierre del homenaje logramos publicar un libro monográfico del encuentro. Bueno, Luis, ya hemos hablado de la poesía como una referencia a la conversación, al diálogo íntimo entre dos amigos. Esa es la atmósfera que tú necesitas para encontrar, como decía Vallejo: el tono del poema. Según has dicho, rechazas “el tono de la iluminación o la retórica manifiesta” y, en su lugar, prefieres “el que se elabora en el truco de la sencilla confesión amistosa”. Pero hay otro aspecto de tu poesía que me gustaría destacar y es el vínculo con la ciudad, la urbe como tema y como escenario donde ejerces el oficio del poeta y el compromiso del ciudadano. Tú eres un poeta de la ciudad, sin duda alguna. ¿Es allí donde te encuentras más a gusto? Yo creo que la poesía urbana, en general, es la poesía propia de la cultura contemporánea… … ya era esencial para los modernistas que rechazan la vuelta a la naturaleza propuesta por los románticos y vuelven los ojos a la ciudad… … sí, pero lo es desde antes, desde Baudelaire. La poesía urbana no es la que habla de los rascacielos y los semáforos, sino aquella que responde a una cultura, esa que Baudelaire descubrió y comprendió en el París donde le tocó vivir. La ciudad es un diálogo con la velocidad. No solo con la velocidad exterior, que es la más visible, sino también con la interior. En la cultura rural las cosas demoran en cambiar. En una ciudad, el entorno cambia constantemente. Baudelaire veía cómo los palacios seculares y los barrios viejísimos de París eran derribados y, en su lugar, se abría un bulevar. Tuvo esa experiencia y la convirtió en una reflexión sobre las ideas. Es muy difícil creer en dogmas intocables cuando estamos viendo que todo nace y se deshace al mismo tiempo, o como se dice en el Manifiesto Comunista, “todo lo sólido se desvanece en el aire”. Baudelaire lleva esto a su poesía como una constatación de lo que está ocurriendo con la nueva cultura de la modernidad. Ahí está el origen de esa cultura que a mí me interesa. Desde luego, mi manera de acercarme a ella es distinta a la de los que me precedieron. A mí me gusta que la ciudad, en la cual me muevo como tradición cultural, sea la mía, no la que vivió Baudelaire. Me gusta hablar de lo contemporáneo, porque creo que la poesía no ha hecho otra cosa desde siempre. Cuando Garcilaso, en sus Églogas, hablaba de sus viajes a caballo por Europa, no estaba haciendo culturalismo, es que entonces se viajaba a caballo. Cuando Jorge Manrique hablaba de una mujer a la que quería seducir, como si fuera un castillo que hay que tomar, es porque, en su tiempo, el trabajo de Jorge Manrique era tomar castillos. Entonces, Waldo, ahora, en este tiempo nuestro, si yo quiero ir a trabajar, o si quiero hacer un poema de amor para conquistar a una chica, pues lo lógico es que vaya en coche a mi despacho en la Universidad y le hable a la mujer que quiero conquistar con las palabras de hoy. Pero fíjate, cuando yo estoy hablando de taxis, o de despachos, puede parecer muy distante del discurso de esos poetas, pero con ello estoy haciendo, de algún modo, un homenaje a Garcilaso, porque hablo de taxis lo mismo que él hablaba de caballos para ir de un sitio a otro. Con ello no haces otra cosa sino darle contemporaneidad al hecho poético. La lectura ha de ser siempre contemporánea, eso lo sabemos. Ahora bien, es importante saber que la contemporaneidad se va matizando a lo largo del tiempo. La idea de ir en un taxi tiene que ver también con una determinada situación del amor, donde ya no está la dama ideal esperando para ser conquistada, sino una mujer de carne y hueso; no aquella que resultaba una suerte de modelo para reflejar los méritos del caballero, sino esta de ahora que hay que tomar muy en serio, por ella misma. ¿A eso es a lo que tú te refieres cuando hablas de la emancipación de la intimidad a través de la poesía? Efectivamente. La poesía es el ámbito donde puede lograrse plenamente la emancipación de la intimidad. Desde luego, en todo esto hay una concepción de la poesía que, en mí, fue cobrando cada vez más fuerza. Me refiero a la poesía como hospitalidad. Sin duda es un espacio de hospitalidad necesario, sobre todo en un mundo marcado por la cultura neoliberal, donde impera la ley del más fuerte, donde el individuo se define por su egoísmo, donde se constata la pérdida de esa dimensión social que debe tener la palabra libertad. Te repito, yo entiendo la poesía como hospitalidad. ¿Esa dimensión de hospitalidad está relacionada con el concepto que tú tienes de la relación que debe existir entre el autor y el lector? Para mí el lector es muy importante. Cuando trabajo lo tengo muy presente. Y tenerlo presente no es pensar, desde luego, en ese lector que va a la librería a comprar mi libro, es pensar en mí mismo con un libro en las manos, sintiéndome deslumbrado por Pablo Neruda, García Lorca, Antonio Machado, Rafael Alberti, Eliseo Diego o Waldo Leyva; es pensar que aquello que se cuenta en esa obra, ese poema habitable que está bajo mis ojos, está hablando de mí, tiene que ver conmigo. Es que el lector, Luis, de alguna manera es el otro autor del poema. Siempre he defendido ese concepto. El poema solo se completa en los ojos del lector y de los lectores sucesivos. Es mejor, más útil, en la medida en que ese lector sea diverso, incluso en el tiempo. Esto nos lleva a una concepción donde el hecho literario necesita tanto del autor como del lector. El poeta tiene que estar en sus versos pero, al mismo tiempo, debe borrarse. Cuando alguien lea uno de mis poemas de amor debe estar pensando en su propia vida. Eso habla de la utilidad de la poesía. Me impresionó, por ejemplo, algo que me comentó un amigo sacerdote, que presenció cómo una mujer se despedía de su marido muerto con mis versos: aquí/ no es diaria ni justa la existencia./ Bésame y resucita/ si es posible. Son los versos finales de “Homenaje”, texto que forma parte de los Poemas de tristia, si no recuerdo mal. Exacto. Ese poema lo escribí yo en 1982 y, en el año 2014, una señora, que acaba de perder a su compañero, encuentra consuelo para aceptar la situación y despedirse en esos versos. Esa es la utilidad de la poesía, no hay otro premio más importante que ese. Así lo entiendo, Waldo. Porque qué otra cosa puede ser sino un premio estupendo el hecho de que la gente que se enamora, o dialoga con la muerte, o piensa en la libertad o el miedo, busque, como la mejor compañía, los versos de un poeta. Eso se consigue solo haciendo que la poesía sea un género hospitalario. En el Velero Bergantín, hablando de los aportes de Cernuda a la poesía española, tú dices: “[…] el poema es un espacio público, objetivo y su dimensión depende de que sea habitado y vivido por el lector”. Es decir, lo importante es que el lector, como también indicas, haga suya la experiencia. La Gaceta de Cuba 37 El lector tiene que participar, hacer suyo el poema, y entonces me pongo, me borro, intento crear con las palabras un espacio que sea habitable y que permita recibir al lector. En el fondo, pensar en el lector es pensar en ti mismo, en tu propia conciencia y en cómo funcionas cuando lees un poema. Porque, Waldo, eso de buscar las palabas para lograr un efecto en el otro te ayuda mucho a encontrar las palabras para entenderte a ti mismo. Pero, Luis, también es increíble cuando ese otro hace una lectura de tu poema que nada o poco tiene que ver con tu propia lectura. Estoy recordando ahora lo que ocurrió, por ejemplo, con tu poema “Sonata triste para la luna de Granada”. Es un poema donde hablo de mi abuelo y sin embargo algunos lectores entendieron que el personaje al que hacía referencia el texto era García Lorca. Lo que ocurre es que el lector es activo, hace suyo el poema, lo habita. Tú sabes que a ti te corresponde poner la hora de la cita y el lugar, como autor; pero el lector acudirá a esa cita con su propio ojo, con su propia experiencia… … y con las coordenadas de su propio tiempo. Exacto. Por eso uno sabe que el poema que escribe no va a ser nunca entendido por el lector teniendo en cuenta las mismas expectativas que tuvimos al escribirlo, sino a partir de sus propias motivaciones. Recuerdo aquel cuento de ciencia ficción donde se le da a Shakespeare la posibilidad de estar presente en un evento universitario dedicado al estudio de su obra, con la condición de que no puede decir que es él. Luego de una interpretación del Rey Lear que a él le indigna interviene para defender su tesis, pero un profesor le interrumpe y le dice que, evidentemente, no ha sabido leer a Shakespeare y le recomienda volver sobre sus obras. En realidad las tres visiones son válidas. Claro que no está equivocado ninguno de los tres. Mientras me contabas esa historia estaba pensando en un maravilloso cuento de Jorge Luis Borges, “Pierre Menard, autor del Quijote”. Este Pierre, según cuenta Borges, copia El Quijote palabra por palabra y resulta que, cuando acaba de copiarlo, lo que él ha hecho ya no es lo mismo que hizo Cervantes. Una de las condiciones de la buena literatura es ofrecer muchas lecturas y crear ámbitos de efectos permanentes… … y siempre contemporáneos. Así es. La capacidad de ofrecer siempre una lectura contemporánea es esencial. Solo la obra verdadera ofrece esa posibilidad. Por eso avanza la historia. Cuando la Generación del 27 se reúne a homenajear a Góngora no está haciendo un análisis objetivo de lo que fue Góngora, está leyendo con los ojos de la poesía moderna, y en particular de Mallarmé, lo que significaba Góngora para ellos. Las ideas de Eliot y de Borges sobre la tradición no resultan algo inmóvil sino, por el contrario, es algo que sometemos a una continua relectura. Es un proceso que se enriquece permanentemente. Cuando yo leo a Góngora, no solo lo leo a él, sino que estoy leyendo con los ojos de Rafael Alberti cuando leyó a Góngora. De esa misma manera, cuando vuelvo sobre Garcilaso, estoy leyendo a Petrarca; pero lo estoy leyendo con los ojos que tenía Garcilaso cuando leyó a Petrarca. Y cuando lees a Eliot sin duda estás pensando en Gil de Biedma. Desde luego. Esa lectura mía es inseparable de la que hizo de Eliot Gil de Biedma… … y cuando te acercas a la rosa cantada por Ronsard, o Garcilaso, estás leyendo todas las rosas, desde la nombrada por primera vez por el poeta latino Ausonio, hasta las que fueron cantadas después y las que aún serán cantadas... Exacto. Ya no son solo Ronsard o Garcilaso, es toda la tradición que existe. Desde luego, y esto es bueno dejarlo claro, una cosa es la admiración y el amor a la tradición y otra muy distinta el tradicionalismo. El tradicionalismo es querer utilizar la tradición como algo muerto, considerar que no puede aportar nada. 38 Entrevista La tradición, por el contrario, es saber que su razón de ser es la continua relectura; que podemos, con nuestros propios ojos, seguir enriqueciendo. Luis, tenía pensado preguntarte sobre el placer que sientes por la poesía donde el ritmo es protagónico, donde la música es imprescindible, apoyada en ese verso nuestro, español, tan sonoro, que tú manejas con real maestría. Pero creo que en lo que hemos hablado hasta este momento queda clara tu cercanía a la tradición lírica de nuestra lengua; tradición que has contribuido a enriquecer y a la que seguirás aportando tu voz imprescindible. Prefiero que ahora me hables un poco del Luis García Montero novelista. Hay críticos que dicen que ya en tu poesía, donde hay cierto gusto por lo narrativo, por lo anecdótico, está el narrador. ¿Qué piensas de ello? Mira, Waldo, te voy a ser absolutamente honrado en este asunto. Por el tipo de poesía que yo hago, y de la que te he estado hablando, a veces me asalta el miedo a la repetición. Yo, como tú bien sabes, no voy saltando de estilo en estilo y es por ello que me da miedo estar escribiendo siempre el mismo poema o acabar utilizando recetas para escribir. Por esa razón, a medida que voy cumpliendo años voy cada vez escribiendo más lentamente; considero a la poesía con más precaución. No sé si a ti te ocurre. Yo me he puesto a pintar. Estando en esas tesituras, decidí escribir un libro sobre Ángel González. Ángel tenía un pasado maravilloso y terrible al mismo tiempo; lleno de cosas emocionantes y de cosas muy duras. Él había vivido la revolución de Asturias, la dictadura de Primo de Rivera, la Guerra Civil, la represión desatada antes y después del triunfo de Franco; su hermano comunista había sido fusilado, su otro hermano socialista partió al exilio; la madre, maestra republicana; el padre, concejal republicano del Ayuntamiento de Oviedo y catedrático de magisterio. Su familia fue muy reprimida. Para mí era muy conmovedor ver que cuando Ángel contaba, a los ochenta años, las cosas que le habían pasado con seis, siete, doce años; las seguía narrando con una emoción muy viva. Yo le insistía que escribiera esas memorias, pero me decía que era muy duro para él. Decidí entonces ponerme a grabar mis conversaciones con Ángel. La idea inicial era hacer un libro, una suerte de biografía de esa época de Ángel que yo no quería que se perdiera. Después, entendí que lo verdaderamente interesante sería hacer partícipe al lector, que compartiera con Ángel esas emociones. Y entonces empecé a utilizar ciertos recursos narrativos hasta que al final desembocó en una biografía novelada. Después de esta experiencia, a mí me entró el veneno de la narración, algo que antes solo lo había sentido con la poesía. Me refiero a esa emoción incomparable que uno siente al descubrir el adjetivo adecuado, el ritmo preciso, la imagen o la música perfecta. Esa misma sensación la descubrí también en la narrativa. ¿Qué tipo de novela prefieres? ¿Cuál te gustaría escribir? A mí me gusta una novela de calidad literaria, no el bestseller que renuncia a la literatura. En ese sentido me gusta cuidar la prosa y cuidar la dignidad de la narrativa. Desde luego, también me he dado cuenta de que no es lo mismo escribir una narración que escribir un poema. Cuando un novelista escribe un poema y cree que solo basta narrar, falla; porque la poesía, por mucho que cuente, tiene que cantar. Eso es lo que ha pasado con mucha poesía que deja de serlo porque el poeta se olvida de cantar. Y la poesía no puede dejar de cantar. La poesía puede acercarse a la realidad, pero no puede perder la pulsión poética, ni la intensidad poética. Hay mala poesía coloquial, de un realismo burdo, porque se olvidan precisamente de cantar. Bueno, pues el mismo peligro corres cuando tú quieres hacer una novela y lo único que haces es cantar y cantar; a la cuarta página el lector está hasta las narices. No es igual contagiar una mirada, una tensión de mundo propio, en treinta, cincuenta versos, con una condensación que conmueve, que contar una historia a lo largo de trescientas páginas donde, además, no solo está tu mundo propio, sino que tienes que crear personajes de otro sexo, de edades distintas, de concepciones políticas y costumbres diversas. Las estrategias tienen que ser diferentes. En la narrativa tienes que intentar consolidar una trama argumental, definir bien a los personajes, crear una sensación de paso del tiempo que se implique en el argumento y en la trama; todo eso exige unas estrategias narrativas muy poderosas que no son las de la poesía. ¿Te sientes cómodo en la narrativa? En realidad voy aprendiendo. Yo en la poesía me siento muy seguro. A veces hago un poema y, aunque no le guste a nadie, me siento tan convencido de él que puedo decir “a mí me gusta, eso es lo que quería hacer y creo que lo he logrado”. En la poesía tengo esa seguridad que me la da los años que llevo dedicado a ella. En una novela, por el contrario, si hay algo que no me funciona yo no tengo seguridad ninguna. Después del libro sobre Ángel González, que resultó muy bien, seguiste intentando la narrativa. Sí, he estado trabajando después de ese libro, que resultó mi primera novela y que salió bien, como tú dices, entre otras cosas, porque fue una declaración de amor a Ángel González y porque estaba basada en muchos acontecimientos históricos que para mí, para muchos escritores de mi generación, resultan muy significativos. Creo que Ángel muere antes de que tú terminaras el libro. Murió cuando iba por la mitad del libro. Durante toda la primera parte, cuando yo acababa un capítulo se lo daba y él me daba sus consideraciones. Ángel era muy especial. En más de una ocasión me dijo: “en las situaciones más difíciles, como las que provoca una guerra, se pueden producir momentos hermosísimos. La gente resiste porque junto al dolor más radical hay también emoción y hay momentos para reírse y para enamorarse. En medio de una tragedia surge de pronto la flor”. Ese era Ángel González, y yo quise, al contar su vida, que no todo tuviera el peso tremendo de la realidad que le tocó vivir. No quería que esa realidad, presente en el libro, ocultara la flor. Entender esto es saber de dónde nace su poesía, con esa mezcla de amor y crítica, de imaginación y lucidez, de pesimismo y esperanza. Uno de sus La Gaceta de Cuba 39 > Entrevista libros se llama Sin esperanza, con convencimiento. Cuando crees que no hay posibilidad ninguna de que triunfen los tuyos, para mantenerte te queda el convencimiento, la certeza de que la justicia pertenece a los tuyos. Esto me recuerda lo que tú has dicho en más de una ocasión: “no hay alma sino conciencia”. Eso lo he aprendido, entre otros, de Ángel González y por eso en la “Poética” de Completamente viernes acabo diciendo será que tienen alma./ Yo me conformo con tenerte a ti/ y con tener conciencia. Está muy bien que me lo recordaras, nunca lo había relacionado, pero tiene que ver con lo que estamos hablando. Este libro sobre Ángel hizo que me atreviera con una segunda novela, No me cuentes tu vida, que me sirvió de formación. Realmente fue un poco tostonazo, porque no sabía cómo manejar bien los ritmos de la narrativa. Es una autobiografía de mi formación sentimental en Granada y en esa España de la transición, donde todos los sueños de la democracia española acabaron desembocando en el consumismo más pragmático. Soy consciente de que, como producto literario, tiene deficiencias. Ahora acabo de publicar una tercera novela que se llama Alguien dice tu nombre. Con esta estoy contento, y me he percatado de la alegría con la que muchos amigos me dicen que les ha gustado. Bueno, Luis, nos va quedando poco tiempo, pero me gustaría saber cómo valoras tú el vínculo de tu generación y el tuyo propio con la poesía latinoamericana. ¿Cómo ha sido para ti, y qué ha representado, ese diálogo? La poesía española contemporánea tiene como referentes de magisterio a los poetas latinoamericanos. El Modernismo, en España, no se entiende sin Rubén Darío, la Vanguardia no se entiende sin Huidobro, la rehumanización de la poesía española no se entiende sin César Vallejo y Pablo Neruda. No podemos olvidar, porque fue muy significativa, la revista Caballo verde para la poesía, que Neruda puso en marcha, con sus amigos de la Generación del 27, en aquella España convulsa. El diálogo siempre fue intenso. Federico García Lorca escribe el “Poema del cante jondo”, en 1922, como parte de un homenaje que se hizo al cante jondo en Granada, pero no se publica hasta años después porque Lorca, en ese momento, no se siente cómodo con un tipo de poesía llena de imágenes de vanguardia pero que conectaba con las tradiciones folclóricas. Sabemos que él vivió en Nueva York, y escribió allí un libro fundamental, Poeta en Nueva York. Pero cuando va a regresar a España decide pasar por Cuba y allí descubrió un tipo de poesía como la de Nicolás Guillén; una poesía donde se intenta renovar pero a través de un diálogo con las tradiciones folclóricas de Cuba. Lorca ve allí una manera estupenda de lograr una versión culta de lo popular conectada con la Vanguardia, no solo con la tradición que él había estudiado en Juan Ramón Jiménez, y esto lo anima a decir, “yo tengo también mi folclor, mi tradición étnica que se expresa en el cante jondo”. Qué curioso, Luis, porque nosotros hacemos la lectura al revés. Es decir, Lorca y el Neopopularismo influyendo en los poetas cubanos. No te olvides de que todo es un constante viaje de ida y vuelta. Recuerda que Unamuno, cuando hace el prólogo al libro de Nicolás Guillén, no deja de tener bien presente cuál había sido la lectura de lo popular y de lo nacional en la Generación del 98. Es un diálogo de ida y vuelta, Waldo, un diálogo que ha existido siempre entre la poesía española y los poetas latinoamericanos. Diálogo que se intentó interrumpir durante el franquismo. Pero está ahí y siempre estuvo ahí. Yo mismo lo he vivido, soy parte de ese vínculo entrañable, porque me he formado, como lector, en Neruda, en César Vallejo; he admirado profundamen40 Entrevista te a Borges, a Eliseo Diego, Juan Gelman, José Emilio Pacheco, el chileno Jorge Teillier… … y a otros poetas. Sé que, en el caso de Cuba, tu relación con la tradición poética es significativa. En Cuba hay una de las mejores tradiciones de poesía latinoamericana. Yo empecé a fijarme en ella, claro, por la relación que tuvieron con la Isla Lorca y Alberti. Además de Nicolás Guillén, y Eliseo Diego, al que vuelvo con frecuencia, he leído a Fina García Marruz, a Retamar, César López, Antón Arrufat, y a ti, a Guillermo Rodríguez, y a Alexis Díaz Pimienta, a Reina María. Me interesa también cómo consigue buena parte de la poesía cubana unir el canto y el cuento en los tonos coloquiales. El año pasado se publicó una antología de poemas míos en inglés, traducida por otro poeta cubano que leo y admiro: Víctor Rodríguez Núñez. Y, claro, luego está la novela. Alejo Carpentier, sobre todo en El Siglo de las Luces y La consagración de la primavera, es un autor que forma parte de mi educación sentimental. Y mantengo relación de amistad y lectura con Leonardo Padura y Abilio Estévez. Creo en la cultura cubana. Y le deseo la mejor suerte. En los últimos años tu vínculo con Latinoamérica ha sido realmente intenso. Eres uno de los colaboradores más cercanos de la Casa de América y has sido jurado en diversas ocasiones de su Premio Internacional de Poesía Americana. Así es, en estos años, he tenido la posibilidad de ser uno de los directores de la revista La estafeta del viento, de la Casa de América que difunde en España la poesía latinoamericana. También he colaborado con Visor en una serie de antologías de la poesía de la región. En todo ello no solo he estado muy cerca de los poetas de México, de Cuba, de Argentina, de Colombia o de Chile, sino que he aprendido en la lectura que he hecho de ellos. Lo que pasa, Luis, es que estamos usando una lengua común, una tradición poética común que, aunque tiene muchos matices y puede provocar –y qué bueno– lecturas diversas e interpretaciones múltiples, el tronco es invariablemente el mismo. Yo pienso igual. Nuestro idioma es un bien que compartimos todos y la poesía es la capital de un idioma, porque te ayuda a comprender la singularidad de cada uno, al tiempo que te permite comprender que es un lenguaje común. Bueno, ya para terminar, me gustaría que habláramos de ese otro Luis, del articulista de opinión, del ciudadano comprometido que pone su palabra al servicio de las causas más justas. Waldo, yo pienso que la figura del intelectual, en su mejor tradición, es aquella cuya conciencia cívica está íntimamente implicada con su sociedad; y la creación, que no deja de ser nunca un ajuste de cuentas con la realidad, tiene una dimensión social también importante. A la hora de opinar políticamente, a mí me son útiles los artículos que escribo, en los que hablo, de manera directa, sobre las cosas que me afectan como ciudadano. El tipo de poesía que yo hago busca la trasformación de los sentimientos; una tarea de emancipación humana a largo plazo, de conciencia a conciencia. Para el corto plazo es mucho más eficaz la prensa de opinión y hay que atreverse a opinar, aunque solo sea para vencer el miedo. No se puede olvidar que vivimos en sociedades donde se castiga la opinión que defiende el pensamiento no dominante; y frente a esa realidad uno a veces dice “no me atrevo a opinar porque van a ir a por mí”. Después piensas que si no lo haces, si no opinas, si no vences ese miedo, luego, cuando te pongas a escribir cosas más profundas, estarás marcado por el mismo temor, seguirás asustado, miedoso. Por eso, para defender la impertinencia, o la pertinencia de la poesía, la obediencia o la desobediencia de la poesía; para sentirte libre como poeta, tienes que trabajar tu libertad como ciudadano. < Kenoma: los argumentos Rito Ramón Aroche I No se consigue hablar de lo que se ama. Roland Barthes Siempre me ha llamado la atención la dedicatoria que T.S. Eliot hiciera a su amigo y consejero mayor en mucho tiempo, Ezra Pound. Reproduzcámoslo: Para Ezra Pound, il miglior fabro. Fabro, para los griegos, artesano. Idea que se tenía (y todavía aún muchos tenemos) del poeta y por extensión del orfebre. El poeta da sencilla y llanamente, el poeta recibe; orfebre entonces, deviene su expresión en suerte, en magia. O en suerte de una especie de magia. Igual nos dice, el poeta, he aquí el resultado, aquí, y a través de la palabra, los inauditos hechos. Épicos, mitológicos… incluso, cotidianos. Es decir que el poeta devela para muchos aquello que creíamos saber y lo que no: una realidad otra. Y me pregunto ¿ha leído alguien la obra de Charles Simic? De Charles es este aforismo: “El poema que quiero escribir es imposible. Una piedra que flota.” Por todo ello es que ¿recibe? Sí, pero también es cierto que reside en él la capacidad de ser depositario primero que nada y, luego, de dar. Dador en toda su extensión, el médium y en algunos lugares el brujo, el griot, el maestro, el médico, el curandero, el consejero y, hasta se ha dicho, copero del rey. Entre los dioses y tú todo lo demás, y solo la palabra bendecida, cargada la palabra, ajustado el verbo, ajustado como si fueran un mecanismo de relojería los distintos engranajes con que se compone un discurso […] cargado, bendecido el verbo, tal como veníamos diciendo, es que el poeta lo absorbe ¿le ha venido del caos?, le insufla el neuma, su propio élan y al resultado es a lo que posiblemente otros llaman, y hasta donde sabemos, poesía, sí, pero como quería el maestro, en moldes nuevos. II Entro en el libro, leo, viajo de una página a otra, leo en sus versos, llego al final, regreso al centro, voy al principio, avanzo, lentamente a veces, a veces con premura. Gano en libertad ¿el libro gana? Me detengo en ocasiones y, trato de pensar, pienso ¿debí decir degustar? Sus mejores poemas sé que lo merecen, dan, me hacen pensar en el trazado de sus referencias, en sus (ya que se trata de un libro de poesía1 y de su autor2) distintos referentes, los que niega, los que busca y no encuentra, o disimula, los que nos distraen hacia rumbo incierto, pierde (?) con lo que busca decir, gana con lo que no logra aclarar. Borges, al hablar de la poesía de T.S. Eliot, fue que dijo: una sabia oscuridad. Y uno: su dominio. Esto, si lo concebimos así, posiblemente sea la lectura, el mapa, que propone el viejo Bloom, el diálogo que hace un mal lector cuando se embulle en/ entre páginas de un libro –viendo– qué lo desasosiega. III Había visto Solaris, filmada en 1972. ¿Cuántas veces? A saber. Y sabíamos que Tarkovsky era el autor de Andrei Rublev (1969) y La infancia de Iván (1962).Y sé, pude saber, que esto fue preparado para Andrei: ¿Se siente satisfecho con lo logrado? Responde Tarkovsky: — En cualquier profesión, especialmente en la dirección de cine, nunca puedes estar seguro de que estás realizando tus objetivos hasta su último límite. Hasta donde nos pudieran inquietar las ya citadas palabras ha de tener que ver, es lo que imagino, con el tipo de obra a la cual estaríamos dispuestos a aspirar con arreglo al lavoro si se quiere […], con arreglo al talento. IV Tal opinión podría ser refrendada por Monsieur D., aun cuando lo creamos avanzar por otro camino, en tanto afirmaba que lo que se valora en una obra de arte es la cantidad de trabajo empleado. Y para Bourdieu las obras maestras se hacen lentamente. En Kenoma habría que destacar la forma en que Antonio Armenteros (A.A.) (no olvidar: A.A. también es narrador) arma su discurso. Leído (el libro) lo imagino como una suerte de armazón tan sólido en su estructura como en sus cimientos. A.A. lo ha dividido en cuatro secciones. ¿Quieren verlo?: La fisura persa, El universo de las hormigas, Implosión oculta y Ejes de referencia. ¿Ven? Lo que les decía. Y es que con todo ello se busca un contrapunteo entre lo que puede ser con (contra) aquello (aquel) que no parece haber estado muy seguro a la hora de componerlo o, digamos, a la hora de su creación. Pienso en el principio: lugar donde A.A. ha de colocar su Nota bene, momento al que seguro sospecho que regresaré. Cuatro divisiones, de eso venía tratando, desde un enunciado prestado, pedido, a Dino Campana, al Dino de los Cantiorfici: “Una vez fui escritor, pero tuve que dejarlo porque tenía la mente debilitada. No conecto las ideas, no sigo… Ahora es preciso que me ocupe de asuntos más importantes.” Sí, lo sabíamos, todo por la posición de un sujeto transido de subjetividades líricas, en cualquier caso, el punto donde se cuece la nostalgia, la rotura, el deslizamiento de una erosión a otra, el extravío… óptimas posiciones, o posibilidades, para cualquier buen lector de literatura (permítaseme subrayarlo: literatura) y no perdamos de vista que no reduzco el tema a un asunto tan específico con La Gaceta de Cuba 41 el que tenemos (y muchos creemos tener) debidas pretensiones: la poesía. Y sí, porque se trata de un cuaderno donde se viaja en direcciones visibles, distintas, posiblemente, y discontinuas: se busca en los contemporáneos, en los clásicos se busca. Literatura descentrada, típica, como la que corre y para bien seduce, siendo como no parece ser la tónica de estos tiempos, productiva. Literatura del descentramiento como le gustaría hacerla llamar en sus enjundiosos ensayos (de igual título) de 1980, Dagmar Phillips, época como las anteriores y esta que también bulle (ebulle) sin plenos augurios ni poderes plenos. Literatura asida al margen, al marco de las referencialidades. Urgida de rigor, de erudición y fe (siempre algo de fe) en su valía, aun cuando habría que pensar en el enunciado de un grupo de Postales (p. 42) recibidas. Como un acto de placer al aire ella me envía treinta postales, yo las he barajado sobre la mesa cual si fueran cartas, y probada mi tarot en la belleza de esos semblantes coloridos que nos penetran. Y en su sección cinco: Postales que expandidas sobre la mesa crean el mapa de lo irreal. Imágenes de Jan Vermeer ahora cantadas. Diseminadas, desplegadas, entonces a lo largo de todo el cuaderno (?). Es curioso, pero a lo que se alude en los cantos no es a las dedicatorias (¿en verdad habrían sido dedicadas?) sino a lo que en ellas viene reproducido. No se canta (encanta) a lo real per se sino a lo que pudiera encontrarse y de hecho se encuentra en una reproducción. Lo sabemos: los originales son otra cosa y puede que nos defraudemos cuando los tengamos delante. ¿Cantarle a una reproducción? “Bah –como diría alguien– Dios mío, estos poetas.” Disimula su reacción el hablante; sabe que en el fondo, su discurso va dirigido al gesto de quien ha enviado las postales. De ahí su tangencialidad con la realidad misma. Por tanto, en Kenoma, ocurre aquello que pensaba Roland Barthes: No se consigue hablar de lo que se ama. Con toda efusión es muy probable; con algo de renuevo. Nada extraño en el autor de Nastraienie (2000) empresa desde donde, y desde ya, nos venía alertando –igual que en sus múltiples y variados cuadernos: llámese La cortadura y el signo (2003), Los estados crepusculares (2002) y demás. Es curioso cómo (y cuánto) se ve obligado Armenteros a tener que explicar (aunque prefiero el término exponer) el significado de algunos de sus títulos, asociados casi siempre a un estado particular del alma. Un caso es Nastraienie, o este, que ahora nos ocupa. En el primero el poeta va en busca de la ayuda del otro (Ismael González Castañer), el mismo que comete la nota de contracubierta. Solo un fragmento (de la nota) y la traigo a cola42 La Gaceta de Cuba ción: “NASTRAIENIE morriña saudade gorrión, de la misma manera con que inscribimos cualquier anotación, en la orilla: como escolios que impliquen un llamado a la ATENCIÓN, una incomodidad, una inquietud del lenguaje.” Si Roland Barthes ha de tener razón, entonces reparemos en un texto en particular, “Máscaras africanas” (p. 29), y la complejidad del discurso armenteriano: Splen, tedio, saudade […] el tratamiento de un amor que va a ser arrastrado (llevado) hasta el fondo de sus posibilidades se le creerá frágil o fugaz. Intensa ha de ser la palabra tanto como la emoción. Lo sabe el hablante: Ella penetró las ciencias astutas del espíritu Yo iniciaba este proceso lento/ virtuoso hasta el suicidio Se lo explicaba en la orilla báltica: “Tener que separarnos, alzar muros/ profundidades” (p. 30). Un texto (ya es hora de que lo digamos) donde el sujeto lírico no solo proclama su tigritud sino que además salta, viola las reglas, omite unas, crea otras, puede que no de un modo mejor, tigre al fin, pero sí en el mejor de los momentos, dando como veremos rotundidad al deseo sádico si se quiere: Cuando te admiraba dormir como naturaleza imprecisa,/ mientras dormías, salté el marco de madera (p. 29). Deseante al fin la oportunidad es única. El tránsito se ha consumado. Lo hemos visto: de voyeur a la posición de amante irredimido. A fuerza de ser condenado ¿por quién, quiénes? No lo sabemos. Eso sí, la oportunidad es esta y no se cree que pueda haber otra. ¿Importa el fin y no los medios? Es Lezama: la perfección que muere de rodilla. Aun así puede que sea solamente desde el dolor la vía irremplazable para evitar toda pérdida: Nos salvamos. Nos salva: la belleza fiel del sufrimiento (p. 31). Como decir: después de todo… Disfruto “Máscaras africanas” por aquello que se dice y no,3 que está pero que no se ha dicho, la sensación de espectros, de vacío, de sombras, la impudicia del hablante ante la bochornosa belleza del cuerpo dormido al que nos fuerza tener que imaginar desnudo o muy poco cubierto, estrategia del texto que opera por insuficiencia o habilidad del autor, es el Roland Barthes citado ya una y otra vez… me temo para este momento que in extremis. Antonio Armenteros reconstruye por instantes la expresión de un lírico, si tenemos en cuenta las veces que utiliza el vocablo belleza a lo largo de casi todo el cuaderno y que este no aparece reproducido como habría preferido desde su Arte poética Vicente Huidobro: Por qué cantáis la rosa, ¡oh poetas!/ Hacedla florecer en el poema. Marcas de cortes filosóficos donde a su modo trata de dejar plasmada, siempre que puede, una experiencia. “Transeúntes” (p. 14): En la calle cien el muchacho y yo nos miramos con cierta extrañeza, cierta familiaridad mientras intentamos hacer el Auto Stop. Me ha visto en la televisión y no se explica mi presencia, mi actitud de supuesto aventurero/ viajero, allí, entre los rostros y las texturas excluidas. Ni qué decir del poema “La maldición en la cueva” (p. 41): Vino a explicarnos con sencillez que esa blanca no creía en nadie –suponíamos que se refería a una mujer–, fue solo a ingresarse entre camas atestadas de rostros fríos solicitando la próxima ración. ¿Los paraísos artificiales, Relatos de un comedor de opio, Los límites de la percepción, o es Carlos Castaneda? Pienso de igual modo en Antonin Artaud. Y en tantos otros… Obsérvese la apoyatura de su narratividad, mezcla básicamente de una especie de prosaísmo intencionado con verso blanco, entremezclados ellos, como en casi todos los poemas del cuaderno. V De Kenoma habría que deplorar rotundas porosidades (Octubre otoñal…), gratuitos quebrantos de sintaxis que terminan por coactar el ritmo, la respiración del verso, además de extraños inventos o construcciones estériles, verbigratia: En el fragmento el pájaro escanciaba las cabezas (p. 20). Algo que no terminaríamos de entender si es que estamos cerca del barroco o de una expresión lindona. Llamo la atención sobre el verbo escanciaba que nos hace pensar en una búsqueda a pasos forzados de la poesía. No se trata de recabar la presencia del poeta con los ojos en vilo a la espera de la caída de un verso que lo ilumine. Pound no deja de ser claro cuando afirma que la poesía es lenguaje cargado intensamente de sentido. Me refiero, es Pound quien se refiere, a la griega enunciación de la tecné. VI ¿No había dicho ya al principio que en algún momento aludiría a esa especie de epígrafe, pórtico o, como prefiere llamarle su autor: Nota bene? ¿Y qué se exponía allí? En lo esencial la evasiva con que A.A. parece responder (crítica implícita) a la pregunta de una periodista en televisión sobre el actual panorama del universo literario cubano. Ante el cual el entrevistado pretende responder de dos singularísimas maneras: en la primera busca apoyarse en esa inquietante línea final con que Pavese cuelga o deja colgado su diario: “Nada de palabras. Un ademán. No escribiré más.” La segunda no puede o no deja de ser significativa. Luego de dos puntos y seguidos, o dos puntos y aparte, un verdadero ademán: silencio y como tal, un vacío. ¿Otorga el que calla? ¿Respuestas salomónicas? Tal ingreso de esa nota al inicio de un libro supone que este que se nos ofrece contiene en sí un desafío, la différance con sus contemporáneos, un gozo, una alteridad otra o, si es como quería Dagmar Phillips, una alternancia. Y decir que el peor de los daños que podría concebir (y de hecho todos los días concibe) la poesía moderna es justamente eso, la poesía moderna en sí misma. Que en su búsqueda de un más allá, sin duda alguna reactiva, puede ser presa tal como está ocurriendo hoy, tal como ha ocurrido siempre, de una especie de ingesta de los contenidos. Se engolosinan unos con las formas (los años noventa dejaron pruebas de ello), otros con los contenidos. ¿Se sabe que puede ser mejor/ peor? Revisito a Oscar Wilde: “Nada tan peligroso como ser demasiado moderno. Corre uno el peligro de quedarse rápidamente anticuado.” Hay que regresar una y otra vez a los clásicos. No para ser o parecer modernos sino para ver si podríamos llevar las cosas al menos un paso más allá de donde las dejaron aquellos que nos interesan hoy. Lo intentó Carpentier, Lezama lo intentó. en el libro, prefiere que sea él quien lo devele al final, allí, en ese lugar que le tenía previamente destinado: “Testimoniales” (p. 79): “KENOMA –sostiene el poeta– es aquello que los antiguos filósofos…” ¿Eh? ¿Pero qué estoy diciendo? ¿No acababa de apuntar que el autor había preferido que fuera el lector quien lo develara al final? Y si es así ¿por qué habría de hacerlo yo? Un yo tan precario en sí que para nada puede constituir, tal como ya sabemos, todos los yo. Yo es nadie. Pas- cal lo anatematiza: “El yo es siempre despreciable. Habría que ser Martí. El suyo es plural.” Que cada cual busque y encuentre, tal vez dentro de sí, su propio y decidido Kenoma. Va y este que se les ofrece hoy, desde la perspectiva de A.A., podría ayudarlos. Va y va. < Los Quemados, 2014 1 Antonio Armenteros: Kenoma, La Habana, Ed. Letras Cubanas, 2012. 2 Antonio Armenteros (La Habana, 1963). Crítico además, incluso ensayista. 3 Especulo: ¿se trata de dos estudiantes negros en un lugar lejano de vuelta cada uno a su país tratando de consumarlo todo a bordo del barco de regreso? ¿Ella que terminaba una carrera, él de vacaciones? Repárese en la segunda parte del poema (p. 30) aquí citado. VII ¿Nos extendemos? Hablas con un sujeto que no conoces, hablas y hablas, con ese mismo sujeto, incluso, de subjetividades. Luego vendría el consabido adiós justo para darme cuenta de que siempre hubo algo en que no había reparado, nos ocurre a todos a menudo, nos ocurre que mucho menos podríamos decir que, si nos ha quedado algo de tal encuentro, a eso podríamos llamarle celebración. Mi gusto opta por la reminiscencia. He aquí el título en sí mismo, Kenoma; vocablo como aquel, de Nastraienie, a develar. Solo que el autor prefiere en este caso que el lector entre La Gaceta de Cuba 43 > Cuento Lincon la Voz A las diez de la mañana del catorce de octubre pasado, después de treinta años sin ningún tipo de relación, tropezó frente al banco de Línea y Paseo, el pianista Cuqui Sierra, director de una famosa orquesta de música popular, con otro anciano, Lincon la Voz, quien trató de apartarse ofreciendo disculpas, aunque no fuera culpable, pues su jabita de nylon, con cuatro guayabas maduras, le había manchado el pantalón. Discúlpame, hermano. Cuqui Sierra no llegó a mirar el rostro de Lincon la Voz; dijo, No hay de qué, mi socio, sin apenas contrariarse. Luego, hizo un gesto con los hombros como si explicara que quien se había interpuesto en el camino era él, quien estaba apuradísimo era él, y a quien esperaban en un carro mal parqueado era a él. Cuqui Sierra sacudió tres semillas de guayaba de su pantalón de marca, caminó con pasos de niño hacia el cajero automático y solo pareció desearse éxito en la extracción de billetes que haría, con la tarjeta magnética que sacó de su cartera. Nada más. Lincon la Voz, en cambio, quedó impactado con el encontronazo. Su rostro adquirió una palidez semejante a cuando le subía la presión arterial en plena calle y recostado al muro de turno colocaba la pastilla de turno bajo la lengua, con los ojos en blanco y la mano en el bolsillo del resguardo, resignado a los caprichos de Oshún. 44 Cuento Alberto Guerra Naranjo Pero esa palidez era distinta, se dijo, al descubrirla en el reflejo de la furgoneta TRANSVAL, recién aparecida, de donde bajaron tres uniformados corpulentos, dos de ellos con escopetas nerviosas, que conminaron al público a apartarse, mientras el tercero corría al banco, como si se tratara de alguna mala película donde estaban a punto de asaltarlos, y hubo adrenalina en el entorno, miedo acabado de traer en furgoneta, hasta que regresó el recogedor de billetes, más asustado que antes, montaron y se fueron veloces, dejando pánico colectivo, temblores en la mano con tarjeta magnética de Cuqui Sierra y más palidez en el rostro arrugado de Lincon la Voz. Distinta, se dijo, era una palidez distinta. Parecida a cuando su glicemia bajaba de repente y cubierto de sudoraciones, con nata en la lengua, con resequedad, se sentía el ser más infeliz de la calle en que estuviera, sin otro remedio que apelar al caramelo de urgencia, al buchito de agua, a la respiración pausada, a los ojos en blanco, a la mano en el bolsillo del resguardo. Pero no. Esa extraña palidez que tenía no era por causa de la furgoneta, ni por los tipos fuertes y asustados de todas las mañanas, ni por sus escopetas nerviosas, ni por la corredera que armaban, ni por la presión arterial, ni por las sorpresivas descompensaciones de su azúcar, sino por ese inesperado encontronazo. ¿Quién iba a imaginar que hoy, catorce de octubre, después de tantos años, tropezaría nada menos que con Cuqui Sierra? Por suerte, apurado como estaba por entrarle al cajero, Cuqui Sierra no se había dado cuenta de que el viejo de la dichosa jabita de nylon era él. O tal vez hubiera fingido lo contrario para despistarlo. ¿Acaso supo Cuqui Sierra que era Lincon la Voz ese viejito pálido y lo había disimulado con un No hay de qué, mi socio?, ¿qué ganaba Cuqui Sierra con detenerse, desde su altura de hombre que corre al cajero automático, a mirarlo en baja con cuatro guayabas en jabita de nylon, y saludarlo con afecto artificial, como para pasarle una cuenta en la escena obligatoria que hoy le imponían los orishas? Cuqui Sierra, tal como lo exigían sus circunstancias, andaba detrás de unas gafas oscuras de las que se usan ahora, con un pelo y unos bigotes negrísimos, tan teñidos como su realidad, aretes chillones en las dos orejas, barriga prominente y exitosa, dos o tres grandes anillos en las manos, papada de carnívoro inquieto, casquillo de oro intenso en varios dientes, prestancia de quien apela al formol y al maquillaje, en lucha sin tregua contra el paso del tiempo, frente a un cajero automático. Lincon la Voz, en cambio, con tantas arrugas como baches tenía la acera que pisaba, estuvo obligado a recostar su cuerpo pálido al murito, eructar discreto el huevo hervido del desayuno, chupar un caramelo por si acaso, poner la pastilla debajo de la lengua por si acaso, y soltar un largo pedo cálido con sumo cuidado, porque nunca se sabe. Con discreción, buscó el sitio de donde había salido Cuqui Sierra, y para su sorpresa, descubrió un lujoso carro detenido en la calle. Descubrió, además, a una despampanante veinteañera, también con gafas oscuras, que desde su asiento en el carro contemplaba al famoso pianista atareado en el cajero automático, y de paso, lo advertía a él, al viejo Lincon la Voz, pero como pura interferencia. Entonces, con remordimiento inesperado, con envidia de tipo en baja, miró a Cuqui Sierra de espaldas, miró a la joven contemplativa en el carro, movió la cabeza a ambos lados, hizo la mueca más amarga del mundo, e intentó reír junto a su jaba de nylon. Del carajo la vida, caballero, se dijo, inmerso en un inesperado ataque de risa, como si fuera un nuevo loco en la ciudad, pero de repente un nudo en la garganta le advirtió que ese catorce de octubre, a las diez de la mañana, si había tropezado con Cuqui Sierra, las cosas no estaban para risa, qué carajo. En todo caso era preferible apartarse, sacar lentamente la mano del resguardo, permitir que la joven continuara mirando hacia el cajero automático, hacia su Cuqui Sierra, hacia el temblor de la mano con tarjeta magnética, dar unos pasos como quien no quiere las cosas y quedar un rato así, contemplativo, como si estuviera en la entrada de un surco de caña y no frente a un banco. El viejo Lincon la Voz, con jabita de nylon en mano, pudo imaginar, inclinado y con mocha, al joven negro que fue Lincon la Voz, allá por los años 70, y de inmediato, como lluvia en charco de acera, se le aguaron los ojos. Nadie con potencia como la suya, maestro; qué Frank Sinatra, Aretha Franklin, ni Barry Manilow; Lincon la Voz, ¿me entendieron?, el mejor de los mejores, la música en persona en un surco, caballo, así gritaba Bustamante, después que Lincon concluía “A mi manera”, entre las cañas, y hasta los gorriones quedaban petrificados por tanto vibrato. Así, con solemnidad de amigos de una estrella en ciernes, repitieron todos en el campamento, la noche del catorce de octubre en que apareció Cuqui Sierra con su grupo, quien quiso comprobar si era cierto lo que decían aquellos locos embarrados de caña y prestó el micrófono al tal Lincon, un negro flaco que subió al estrado como si siempre hubiera sido un grande al que ya le llegaba la ocasión de demostrarse. Lincon se hizo sentir con una suavidad que incitaba a borrar de un manotazo el campamento, pero no, esa noche había mucha gente, invitados de otras partes, muchachitas, incluso, y no fue fácil que la voz se impusiera como en un campo de caña; además, era su primera experiencia con micrófono, así que el campamento fue borrado poco a poco; primero, desaparecieron maletines, mochilas y maletas con jarros, cucharas, calzoncillos, cartas, retratos, toallas, direcciones; luego tocó el turno a las incómodas literas, a las botas de trabajo, a las medias manchadas y con peste, a los sucios pantalones verde olivo y a las camisas y pulóveres sudados, a las bandejas mal fregadas y grasientas, a la cuota ordinaria de ratas, guasasas, cucarachas, moscas y mosquitos, a las planillas de oficina repletas de cronogramas y de informes, al mal sabor del agua de turbina, al listado de la emulación por brigadas, al mural con indicaciones estrictas y con fango, a los sacos de arroz y a los de chícharos, a las latas de pescado y a las de carne rusa, a los teques mañaneros del teniente y a las muelas bizcas de sus sargentos incultos, al reglamento y a las mochas, a los campos de cañas y a las cantimploras; y por último, sin mucho esfuerzo, se borraron de golpe las infernales letrinas, con sus pestes de años. Cuqui Sierra, desde la vieja pianola, escuchó una voz con un vibrato impecable, capaz de colocarlo en otra dimensión, quizás junto a un astro lejano, o en un avión de Cubana por primera vez; aquello era arte, simple beneficio de Dios posado en los pulmones de un negro flaco, con poderes trascendentes, y lo supo enseguida, al punto de no creer lo que estaba escuchando, con la potencia y la magia que lo estaba escuchando; quedó como otro gorrión en campo de caña al escuchar María, e imaginó detrás de su pianola, con la boca semiabierta, que aquella multitud emocionada, incluidas las muchachas de los otros campamentos, sobre todo la rubia alta que daba salticos eufóricos, era un grupo inmenso de gorriones, hechizados, extasiados, afiebrados, por la extraordinaria voz de ese Lincon. Cuqui Sierra, a punto de colgar los guantes con la música, había venido al chequeo de emulación de Unidades Militares a ver si escapaba; al grupo le faltaba filin, el público no los asumía ni en los cabaret de medio palo, no tenían swing; además, estaba loco por soplar al cantante, por creído, por indisciplinado, porque en asuntos de música, como en cualquier asunto, mi socio, había que ser hombre, tener principios, vaya, y como no habían encontrado a nadie cargaban con él, pero chico, tú tienes una voz tremenda, cantas como los ángeles, así que ya sabes, cuando termines aquí, búscame en esta dirección. Fue leal para los enemigos y para los amigos traidor, era el filme soviético que anunciaba el Payret la tarde en que Lincon bajó de un tren con papelito en mano, dispuesto a comerse La Habana con su voz; repitió Nikita Mijalkov varias veces, para aprenderse el nombre del director, sin soltar la caja de cartón, repleta de plátanos manzanos, que brindaría a Cuqui Sierra y a los muchachos del grupo cuando los encontrara. Primero debía rastrear con cautela la dirección del papelito, evitar jodedores que pudieran timarlo, y mientras preguntó a los viejos, una ciudad bulliciosa, ruidosa, escandalosa, diferente a la calma habitual de su pueblo, lo perturbó como nunca, al punto de provocarle un cosquilleo nervioso en la boca del estómago. Oh, La Habana, se dijo contemplativo, dispuesto a conquistarla, y con caja de plátanos en mano, se enamoró para siempre de unas calles con más Fiat, Volgas y Moscovich que Cadillac y Chevrolet; con mucha gente colgada en los estribos de las guaguas, hombres en camisas de mangas cortas iguales y quillas en los pantalones campanas iguales; mujeres en beividores iguales y peinados iguales; tipos especulando en las esquinas con radios soviéticos enormes; ómnibus de transporte escolar vacíos sin detenerse en las paradas repletas; gente cargando agua La Gaceta de Cuba 45 en tanques sobre ruidosas chivichanas; guaposos de caminar ladeado, pañuelo en mano y brillosas botas de trabajo, rebajadas en las suelas para que parecieran zapatos de vestir; pipas con mangueras apostadas en las esquinas de las calles; balcones con gotas que desgraciaban hombros; gente sudorosa aglomerada en las paradas; negros y negras con llamativos peinados estilo afro, a lo Ángela Davis y peineta en los bolsillos; carros con música vendiendo helados, gente corriéndoles detrás; jóvenes con uniformes del Destacamento Pedagógico, del servicio militar, de becados en las escuelas en el campo, de maestros primarios, de estudiantes en escuelas politécnicas; rastras enormes, repletas de hormigón prefabricado, con diseño soviético, para construir apartamentos de microbrigadas; algunos afortunados con ropas traídas en secreto por marinos mercantes: Manhattan apretadísimas de colores chillones, pitusas marca Loise, Jordache o Levi Strauss, doblados en los tobillos; mataperros con gorras de Industriales jugando al cuatro esquinas; estantes repletos de cancioneros con letras de la década prodigiosa; muchachitas uniformadas y con libros locas por perder la virginidad; albañiles, electricistas y plomeros improvisados, con cascos blancos en los camiones; vidrieras de cristales intactos con pantalones chinos de colores pálidos y tiros imposibles de ajustar, maniquíes con ropa soviética chillona: camisas de nylon, pantalones de láster, abrigos de corduroi; barberos detrás de sus asientos ofertando pelados con motas sobre orejas; choferes de manejar ladeado, camisas de guinga, pañuelo en cuello y motas sobre orejas; colas enormes por todas partes; consignas patrióticas por todas partes, máquinas de frozzen, gente con barquillos chorreantes por todas partes, policías con apretadas camisas de mangas largas muriendo de calor en las esquinas, cafeterías vendiendo fritas a diez centavos, pan con mostaza a diez centavos, pan con croquetas a diez centavos, pan con pasta a diez centavos, pan con tortilla a diez centavos. Al fin La Habana, carajo. El viejo Lincon, recostado al murito, se echó a reír cuando recordó al joven Lincon, nervioso, soltando la caja de cartón para abrazar a Cuqui Sierra y a cada músico que abandonó el ensayo, al verlo flaco, como un aparecido, en aquel cuartucho detrás del Payret. Eufóricos, no podían creer que hubiera venido tan rápido; entonces lo rodearon, destaparon una botella de aguardiente de siete pesos, echaron la ración de los santos en una esquina, brindaron por la limpieza indiscutible de su voz, por los tiempos fundadores, por el viraje que tendrían en lo adelante, por el cambio inmediato, por el punto de giro, hasta que el propio Cuqui ordenó silencio, caballero, dejen que Lincon hable, y escucharon su relato de viaje en un tren de mala muerte, la despedida de sus amigos reclutas, la fiesta que le hicieron en la unidad, la impresión de su primera vez en La Habana, la cantidad de cosas que había visto en una misma calle, y la cantidad de jevas buenas, también, qué carajo. El viejo Lincon los recordó muertos de risa metiéndoles mano a los plátanos, se recordó cantando por segunda vez detrás de un micrófono, y volvieron a salírsele las lágrimas. Qué tiempos aquellos, Lincon la Voz. Ensayaban hasta la madrugada por amor al arte; olvidaban los almuerzos y las comidas, por pasar horas montando un buen repertorio; vendían cualquier cosa útil para mejorar los gastados instrumentos; llenaban el piso de colillas de cigarros; discutían apasionadas estrategias musicales, a punto de caerse a golpes; estudiaban armonía con algunos profesores y canto con Luis Carbonell; consumían cantidades enormes de café; 46 Cuento tomaban botellas de aguardiente de siete pesos, compradas en la bodega del barrio o fiadas por el propio bodeguero; resolvían picadura en tiempos de escasez y con una cajita de madera liaban cigarros Tupamaros; tomaban guafarina y alcohol de noventa; reían, gritaban, maldecían y soñaban, sin perder las esperanzas; templaban vecinas gordas y vecinas flacas, vecinas casadas y vecinas bellas, atraídas por el nuevo estilo del grupo, por su cambio rotundo y por el swing del nuevo cantante, un tal Lincon la Voz. Pero las condiciones no mejoraban a pesar del viraje estético del grupo, y Lincon estuvo durmiendo por años en el piso del cuartucho, repleto de ratones, donde ensayaban; templaba sobresaltado en cualquier cama de admiradora que advertía, Rápido, mi amor, hoy no puedes quedarte; mal dormía en los butacones de la empresa eléctrica donde trabajaba, o en maltrechas posadas de cinco pesos por tres horas, con agujeros pendientes de su intimidad; templaba sobre mesas de oficinas con secretarias patiabiertas de placer por su voz; recorría con Cuqui Sierra y el grupo decenas de cabaret de mala muerte, o se dejaba llevar hacia pueblos extraviados en los mapas (Mango Dulce, Limonar, Ranchuelo, Calimete, Taguasco, Mayarí), hundidos entre alcoholes y sueños, que nunca llegaban. Nadie con potencia como la suya, maestro; qué Frank Sinatra, Aretha Franklin, ni Barry Manilow; Lincon la Voz, ¿me entendieron?, el mejor de los mejores, la música en persona, caballo, así gritó Bustamante, el socio de los surcos de caña, su yunta en el servicio militar, ahora mucho más gordo, qué cosas tenía la vida, carajo, desde una mesa de cabaret, las vueltas que daba, acompañado por su prima, la rubia de los salticos eufóricos en el campamento, ¿te acuerdas de Olga Lidia, caballo?, y de repente, después de ese grito, de los fuertes abrazos, de tanto llantén, y de tantos tragos, las cosas cambiaron. Ah, qué tiempos aquellos, Lincon la Voz. Bustamante habló con su prima Olga Lidia, Olga Lidia habló con su padre, Octavio Lara, pincho en Cultura, y Octavio Lara, complaciendo a su hija, habló con su amigo de infancia, Rosillo, el famoso promotor de Progreso, quien después de comprobar la calidad de esa voz en los ensayos, susurró a los miles de oyentes de Alegrías de Sobremesa, que pocos en el patio y en el mundo entero, fíjense bien, sostenían un registro tan alto, tan limpio y tan sólido como el de Lincon la Voz, un elegido que cantaba como los ángeles, si es que los ángeles podían hacerlo con semejante virtuosismo, ¿verdad, Cuqui?, porque la Voz era virtuoso en cualquier escenario, habitante de un panteón especial junto a los grandes, y la prueba eran esos rotundos aplausos. Como chasquear de dedos, del puro ostracismo en un cuartucho detrás del Payret, pasaron a las páginas de los periódicos y no faltó programa musical, de radio o de televisión, donde no los acosaran con una ensarta de preguntas; grabaron un longplay en los estudios de la EGREM y el éxito se les multiplicó gracias a la portada del disco, donde aparecían con gafas y espendrum, a lo Ángela Davis, distribuidos por las vidrieras de casi todas las tiendas; sus estribillos eran tan tarareados como los de Rumba Habana, Los Bokucos, Irakeres, Van Van, o La Ritmo Oriental; tocaban con regularidad en El Náutico, en La Punta, en La Piragua y en el Salón Mambí; ordenaban coritos desafiantes a las multitudes (“manos pa’rriba todo el mundo”, “a recogerse”, “aguacero de mayo, agua que va a llover”, “saquen los pañuelos”) que eran cumplidos en el acto y a veces sobrecumplidos con violencia (navajazos, botellazos, punzonazos, pergas al aire con orina); en los carnavales eran solicitados por casi todas las comparsas, pero ellos preferían desfilar con la carroza de la Construcción o acompañar en rumba a Los Guaracheros de Regla; en las calles los fanáticos apenas permitían que caminaran, hacían preguntas inoportunas, solicitaban firmas en discos, en hojas, en pulóveres o en las palmas de las manos, y las fanáticas los asaltaban a besos, proponiéndoles inapropiados encuentros furtivos, con la esperanza de atraparlos en el brinco y convertirlos en esposos reales; ya no podían trastabillar borrachos de aguardiente como antes, ni discutir apasionados como antes, ni continuar en el mismo cuartucho de ensayos como antes; aquello era la fama, Lincon la Voz, y les llegaba limpia. Ah, qué tiempos, carajo. Pero la vida era azarosa, impredecible, repleta de alturas y de abismos para tipos como él, destinados a jabitas de nylon; y a cargar sobre sus hombros la culpa, la pérdida, la intolerancia, el posible desajuste de otros. Lincon lloró como un niño al ver a Cuqui Sierra, de espaldas en el cajero automático, y por segunda vez en mucho tiempo, pensó en matarlo. Cuando era joven, siempre concibió ese acto apretando al pianista con suma lentitud; en sus sueños de cárcel aparecían unas manos aferradas al cuello, unos ojos fuera de órbitas, una lengua babeante. En cambio, ahora, imaginó que daba pasos en busca de una piedra, se acercaba despacio y la dejaba caer, varias veces, con fuerza, en el famoso pianista, hasta que se jodiera. La sangre de Cuqui manchaba su camisa de marca, su pantalón de marca, manchado ya por las guayabas, y lo manchaba a él, a Lincon la Voz, quien soltaba la piedra con susto, y apretaba el resguardo, como si Oshún lo increpara. Algunos curiosos, espantados, ignorarían las causas por las que un viejo en baja, sin ton ni son, en la mañana del catorce de octubre, frente a un cajero automático, ejecutaba a otro viejo con ropa de marca, aretes en las dos orejas y tarjeta magnética. La vida era azarosa, impredecible, repleta de alturas y de abismos para tipos como él, pero a Lincon ya se le había secado el odio y no contaba con fuerzas para piedras ni venganzas; prefería llorar o reír con sus recuerdos, según fuera el caso, o sacar una sucia toallita del bolsillo, limpiarse los mocos, contemplar a Cuqui en el cajero, o desviar la vista hacia el carro mal parqueado, donde la veinteañera de turno aguardaba detrás de sus gafas. Bien mirada, aunque alcanzara cierto parecido con Olga Lidia, la muchacha no era tan despampanante como había creído; pequeña, sin clase, tan raquítica como cualquier mujer de ahora. ¿Y qué carajos pasaba con las mujeres de ahora?, ¿por qué eran más menudas y sin clase que las de su tiempo? ¿Serían los drásticos cambios en la dieta nacional? Aquello daba vergüenza ajena. Casi todos los muchachones nuevos parecían liliputienses, integrantes de una peligrosa generación falta de La Gaceta de Cuba 47 fibras; ninguno llegaba a los hombros de Lincon la Voz, cuando el sentido común indicaba lo contrario. Olga Lidia era alta, fogosa, alegre, rubia con culo de negra; jamás negó la sangre africana en sus venas y esa actitud a él le encantaba. Bien pegada a la tarima, era capaz de bailar con todas sus canciones; daba salticos eufóricos como en el campamento o subía a los escenarios a moverse sabroso, hasta abajo, cuando ya no aguantaba; lloraba a moco tendido con cada bolero tierno salido de su voz; lanzaba besos apasionados al escenario, improvisaba coreografías de ocasión, con otros bailadores, que le quedaban perfectas; sudaba henchida de goce y esperaba en un rincón, como buena estudiante, a que concluyeran los conciertos; bailaba rico, pegada a él, en las oscuridades del Karachi, en La red, en el Saint John, en La Zorra y el Cuervo, en El Gato Tuerto y en cuanto club nocturno descubrieran; se dejaba besar apasionada en los bancos del parque Maceo, en los de la calle G, en Monte Barreto, y en el muro del Malecón; consentía que la amara en la posada de Once y Veinticuatro, y en casi todas las de Playa; cocinaba rico, desnudita y en delantal, espaguetis al dente con vita nova, orégano en polvo y queso parmesano; frijoles negros dormidos, arroz blanco, papas fritas, ensalada de aguacates y bistec encebollado; en el peor de los casos: arroz amarillo con chicharro, ensalada mixta de tomates, espinacas y zanahorias, sin que faltaran las cajas de cervezas, en las casas en la playa de Guanabo, Santa María, Jibacoa, resueltas por un fanático del sindicato de Cultura que nunca fallaba; Olga Lidia hacía el amor con una rabia inusitada, despacio, como si bailara horizontal en el mejor escenario; Olga Lidia se sentía feliz, con su culo de negra, dueña y señora de la voz de un cantante, en el Jagua de Cienfuegos, en el Santiago Habana de Ciego de Ávila, y en cada hotel de provincia donde el grupo era invitado. Pero un domingo de ensayos, Cuqui Sierra no aguantó más, llamó aparte a Lincon, y en la terraza, sin mirarle a los ojos, le dijo, Negro, no te me pongas bravo, en asuntos de música, como en cualquier asunto, había que ser hombre, tener principios, vaya, ser sincero, y lo de Olga Lidia y tú no procede, caballo. Lincon lo vio encender un cigarro, soltar el humo nervioso, mover las manos, continuar diciendo que los del grupo se quejaban por los privilegios, que Olga Lidia no formaba parte, pero se hospedaba en los hoteles de provincia, que tenían que soportarla entrometiéndose en todo, que no podía ser, que los demás también tenían derecho a llevar a sus mujeres, pero no había espacio, transporte, ni dinero para tanto gasto, mi hermano. Lincon escuchó en silencio, miró a los techos de una Habana ya conquistada con su voz, a las mujeres que lavaban ropas en las azoteas, a los muchachones atendiendo sus jaulas de palomas rabiches, buchonas, mensajeras; a quienes empinaban maltrechas chiringas junto a hermosos papalotes con cuchillas en los rabos; miró a las antenas de los televisores soviéticos, Krim, Electrón, en blanco y negro, por donde había logrado conquistar tantos fanáticos; miró a un viejo destupiendo con calma su cocina piquer de luz brillante; miró a las tendederas con sábanas blancas, ajustadores, calzoncillos matapasiones y anchísimos blúmeres de lastiflé; miró a los enardecidos jugadores de dominó que tomaban aguardiente y fumaban cigarros Aromas, Dorados, Vegueros, Ligeros, o Populares de uno sesenta; miró a los apartamentos con barbacoas, donde tal vez a esa hora estuvieran escuchando sus canciones; miró a una anciana recogiendo en su puerta el litro que los lecheros ponían todas las madrugadas sin fallar; miró a un avión de Aeroflot que se perdía entre las nubes, y por último, con calma de hermano menor, detuvo su mirada en Cuqui Sierra, su yunta de años, creyendo inoportuno responder a esa diatriba de domingo, descarga pasajera, berrinche, o punto alto de un malestar acumulado; y para que las cosas no pasaran de ahí, optó por abandonar el ensayo y 48 Cuento regresar al día siguiente, como si nada hubiera ocurrido. Pero se equivocaba, aquello no era una simple descarga. Te equivocaste, Lincon la Voz, se dijo triste, recostado al murito y volvieron a salírsele las lágrimas. Con pesadumbre, hecho talco, en vez de explayarse en la intimidad sobre el conflicto con su amigo, prefirió alcanzar la jarra y servirse dos vasos de agua fría, disfrutados delante del Inpud que cerró de un portazo; prendió un veguero largo, se sentó en el butacón con Olga Lidia sobre las piernas y susurró en su oído, Cuando venga de Bulgaria, mi amor, me meto a solista. Pero en casa de Bustamante fue más explícito; hilvanó la cadena de motivos que le impedían continuar con Cuqui Sierra y el grupo, estableció un balance justo de todos esos años, repitió que no le quedaba más remedio que volverse solista y en un arranque brutal terminó soltando frases de odio, interrumpidas por su yunta, muerto de risa, Deje la envolvencia, caballo, que usted es el talento en persona, para llegarse al cuarto, traer una botella de whisky y una revista; Olvide eso, aquí la bestia es usted, olvide eso, le dijo Bustamante abriendo los brazos y Lincon terminó contaminado por la alegría, puso la revista sobre la mesa, destapó la botella con calma, echó la ración de los santos en una esquina, sirvió un trago en el vaso de Bustamante, otro en el suyo, brindaron por el viaje a Bulgaria, por el Festival de la Canción de los Países Socialistas, vaciaron los vasos de un golpe, los volvieron a llenar, fumaron populares con filtros de a dos pesos, pusieron un longplay en el Arcord soviético, comentaron que los búlgaros decían no moviendo la cabeza como si dijeran sí, murieron de la risa imaginándose con búlgaras desnudas, imaginaron a Biser Kirov cantando Cuba Bulgaria, un machete y una rosa, Cuba Bulgaria, significa amistad, y se murieron de risa; imaginaron a Benchi Shiromakova cantando Cecilia Valdés como si fuera Alina Sánchez y se murieron de risa; imaginaron el trío de Alla Pugachova, Karel Got y Lincon la Voz cantando Cuba, qué linda es Cuba, y se murieron de risa; y cuando apenas quedaba whisky en la botella, Bustamante dijo, No le has echado un vistazo a mi regalo, caballo, y Lincon hojeó una brillosa revista extranjera, donde las imágenes de Frank Sinatra, Aretha Franklin, y Barry Manilow, sus cantantes preferidos, idealizados hasta el delirio, aparecían en su vida por primera vez. Llenar planillas, tirarse fotos, hacer colas para trámites de viaje, alteraba los nervios en el grupo, sobre todo los de Cuqui Sierra, quien interrumpía el ensayo a mitad de canción para advertir, controlar o exigir, como si marcara territorio, diciendo en el mejor de los casos, que había que recoger los pasaportes en Cultura, que faltaba el autorizo para comprar ropa en la tienda especial, que todo el mundo debía tener el mismo safari carmelita, las mismas gafas, el mismo estilo afro en los pelados, que compraran mocasines iguales, maletas iguales, los mismos Poljov y que debían agregar al repertorio dos canciones búlgaras y tres rusas, por si acaso. Pero si andaba de mal humor, interrumpía de golpe la canción de turno y gritaba, Cierra esa puerta, Lincon; baja el tono, Lincon, eso es La menor, compadre; yo soy el jefe aquí, qué está pasando; dice el traductor de búlgaro que no entiende nada, hay que pronunciar más claro, Lincon; caballero; pónganse pa’esto, que así no vamos a ninguna parte; y el ataque de nervios de Cuqui Sierra, con sus salidas ridículas, terminaba perdonado por el grupo, y por el propio Lincon la Voz, para que ese primer viaje al Festival de la Canción de los Países Socialistas, en Sofía, la capital de Bulgaria, se convirtiera en una inobjetable realidad. Pero la vida era azarosa, impredecible, repleta de alturas y de abismos, para tipos como Lincon la Voz, destinados a jabitas con guayabas maduras; por mucho que soñó compartir escenarios con Biser Kirov, Irina Ponarovskaya, Helena Vondrackova, con la excelente Alla Pugachova, con el grandísimo Karel Got, o con la propia Benchi Shiromakova, sus sueños no se convirtieron en una inobjetable realidad. Lincon no pudo ir al aeropuerto con safari carmelita y pelado estilo afro, ni se sentó en un avión de Aeroflot con destino a Bulgaria, ni estuvo en el Festival de la Canción de los Países Socialistas; fue sorprendido con reunión urgente, puro golpe bajo del propio Cuqui Sierra, acompañado por una comisión de última hora, quien comenzó a mover las manos nervioso, delante del grupo, argumentando que en asuntos de música, como en cualquier asunto, había que ser hombre, tener principios, vaya, y ellos entendían, nosotros entendemos, la comisión entiende, que el compañero Lincon, buen artista, con mucho camino por delante, y espero que lo comprendas, mi hermano, pero nosotros entendemos, la comisión entiende, que el compañero no contaba con requisitos suficientes para el viaje; que andaba con revistas extranjeras, que exaltaba a cantantes foráneos, a tipos como Frank Sinatra, Aretha Franklin, Barry Manilow, y eso era diversionismo ideológico, caballo. Lincon en la prisión, intentó hacerse sentir con la misma suavidad con que incitaba a borrar de un manotazo el campamento, en aquellos años de servicio militar y de zafra, cuando era un negro flaco y feliz, pero su voz ya no respondía como antes; faltaban juventud, motivación y riesgo. En los Encuentros Culturales de Reclusos, no fue capaz de convertir a sus oyentes en gorriones ni una sola vez; descreídos, desconfiados, mal sentados, los reclusos más fieles aplaudían sus esfuerzos de artista en desgracia, por cantarles La gloria eres tú, de José Antonio Méndez, Contigo en la distancia, de César Portillo, Fusil contra fusil, o La era está pariendo un corazón, de Silvio Rodríguez, pero del aplauso cortés no pasaban. Los reclusos eran tipos con marcas eternas, y él en el fondo comprendía que era uno de ellos, incapaz de borrar su pasado por más que lo intentara; incapaz de borrar aquella tarde de ensayos, la declaración de Cuqui, su puñalada pública. Lincon era un recluso, que por lo menos hubiera deseado borrar, con sus canciones, el instante en que cerró los ojos mientras escuchaba el lamentable discurso de su amigo; o el minuto en que los abrió, dispuesto a matarlo; hubiera querido borrar de un manotazo aquella manera de ponerse de pie, sin que le hubieran dicho, Compañero Lincon, póngase de pie; sobre todo, hubiera querido borrar la silla en alto, los rostros espantados de los tipos de la comisión, el brazo protector de Cuqui Sierra, el sonido metálico, el golpe. Nadie con potencia como la suya, maestro; qué Frank Sinatra, Aretha Franklin, ni Barry Manilow; Lincon la Voz, ¿me entendieron?, el mejor de los mejores, la música en persona, así decía Bustamante, cada vez que le llevaba la jaba al Combinado, todo se va a arreglar, no te preocupes, caballo. Pero vendió el Arcord con sus bocinas, la Sanyo doble casetera, la colección de discos de jazz, una vieja pianola, dos pitusas nuevos de paquete, el refrigerador Inpud, y cuando tuvo miles en el bolsillo, se fue con su prima Olga Lidia en una lancha rápida, que, según las malas lenguas, nunca había llegado a la costa convenida, porque de ellos no se supo más; Lincon, en cambio, salió de la prisión, varios años después, directo a una botella de alcohol; hundido en la miseria, olvidó cantar cuando descubrió que lo olvidaron; la voz se fue rajando para siempre, y el delirio de haber tocado el cielo alguna vez, de haber tenido fama alguna vez, lo hacía sentirse bien, solo cuando alguien de su tiempo se lo recordaba. Cuqui, por su parte, aparecía en los periódicos con frecuencia, recorría mucho mundo con otros cantantes, sustituidos según las circunstancias; cambiaba de mansión a cada rato, mejoraba el carro, se comprometía con rubias de corte similar al de Olga Lidia; se teñía, se compraba ropas de marcas, se colgaba aretes chillones en las dos orejas, anillos en casi todos los dedos, hasta llegar al banco de Línea y Paseo, un catorce de octubre, como si nunca hubiera matado una mosca. ¿Quién iba a pensar que treinta años después, frente a un cajero automático, como en escena obligatoria impuesta por orishas, tropezarían Lincon la Voz y Cuqui Sierra?, ¿quién hubiera imaginado que la aparición de una furgoneta TRANSVAL, con tres tipos corpulentos, dos de ellos con escopetas nerviosas, conminando al público a apartarse, mientras el tercero corría al banco, como si se tratara de alguna mala película, iba a ser un hecho que se reflejaría en un dictamen médico, unas horas después?, ¿quién hubiera advertido que la adrenalina en el entorno, el miedo acabado de traer en furgoneta, habrían de provocar más palidez en el rostro arrugado de Lincon la Voz, y mucho temblor en la mano con tarjeta magnética de Cuqui Sierra?, ¿acaso supo Cuqui Sierra que era Lincon la Voz ese viejito pálido y lo había disimulado con un No hay de qué, mi socio?, ¿qué ganaba Cuqui Sierra con detenerse, desde su altura de hombre que corre al cajero automático, a mirarlo en baja, con cuatro guayabas en jabita de nylon, y saludarlo con afecto artificial, como para pasarle otra cuenta? El asunto era que Cuqui Sierra tenía una tarjeta magnética en la mano, una veinteañera con gafas de las que se usan ahora, un carro de lujo mal parqueado, y una extraña sensación, remordiéndolo, desde que había descubierto al viejo Lincon, recostado al murito. Cuqui Sierra contó el dinero, sacó la tarjeta del cajero automático, se acercó al viejo amigo de antaño, puso una mano con temblores sobre el hombro, tuvo intención de obsequiar un billete de los grandes, pero la mirada de Lincon lo contuvo; entonces, entrecortado, sin atreverse a mirarlo, dijo, que en asuntos de música, como en cualquier asunto, mi socio, había que ser hombre, tener principios, vaya, que lo perdonara, que no debía remover ciertas cosas, pero por algo estaban allí, que a usted se le tenía mucha envidia, caballo, que no era fácil, la vida no era fácil, que se acordara de aquella revista, que Bustamante los había presionado, y que él, Cuqui Sierra, trataba de ayudar en la reunión, cuando vino el sillazo, ah, que tampoco lo querían con Olga Lidia, mi hermano. Lincon vio partir a Cuqui Sierra en su carro de lujo y apretó su resguardo; nervioso, muy nervioso, miró con desprecio al cajero automático, luego soltó un escupitajo, colocó la pastilla de turno debajo de la lengua, y fue sintiéndose mejor, como en sus buenos tiempos, música en persona en un muro de banco, cuando se recordó frente a un público, convertido en un millar de gorriones, gracias a sus limpios registros; no podía imaginar que dos horas después, a causa de un susto, de una fuerte impresión recibida, el famoso pianista sufriría un infarto, probablemente, por los aparatajes de una furgoneta, según dictaminaron los médicos. Lincon metió su toallita sucia en un bolsillo, pensó en Olga Lidia, en Bustamante, en una lancha rápida, y en aquella revista. Luego, se levantó del murito, hizo el signo de la cruz cerca del pecho y apuró el paso, muy pálido, con su jaba de nylon, no fueran a volarle el turno en la cola del almuerzo, como casi siempre. < La Gaceta de Cuba 49 Ser posmoderno y/o ser feliz Frei Betto S oy de la generación que tenía veinte años en la década de 1960. Una generación que vibró con el triunfo de la Revolución Cubana, la victoria del heroico pueblo vietnamita sobre la mayor potencia bélica y económica de la historia (los Estados Unidos), fue fanática de Los Beatles y, gracias a la píldora, logró la emancipación de la mujer y la revolución sexual, y redujo los prejuicios contra la homosexualidad. La generación que, en la América Latina, se movilizó en las calles y las selvas contra las dictaduras militares. La generación que tenía como ejemplos de vida a personas altruistas como Gandhi, Che Guevara, Luther King, Mandela. La generación que fue testigo de la celebración del Concilio Vaticano II, convocado por el innovador papa Juan XXIII, aprendió a respirar una fe liberadora junto a los pobres e hizo surgir las comunidades eclesiales de base y la Teología de la Liberación. En resumen, una generación que se movía inspirada por paradigmas basados sobre grandes relatos, ideas históricas y utopías libertarias. Una generación que ansiaba cambiar el mundo y soñaba con los ojos bien abiertos con un nuevo proyecto civilizatorio en el que desaparecieran la miseria, el hambre, la exclusión social, el imperialismo, la opresión, y predominaran la solidaridad y el compartir. El sueño terminó (la esperanza no). El socialismo fracasó (aunque en Cuba resiste en medio de dificultades, conquistas sociales y compromisos internacionalistas), y el mundo se volvió unipolar bajo la hegemonía del capitalismo neoliberal. Se introdujo la globocolonización (la imposición a todo el planeta del modo de vida made in USA), se incrementaron el belicismo (Iraq y Afganistán) y las guerras de baja intensidad, se arrinconó al África violada por siglos de colonización. Hoy vivimos en la frontera entre la modernidad (que termina) y la posmodernidad (que comienza). 50 La Gaceta de Cuba Lo que diferencia a la posmodernidad de las épocas anteriores es nuestra capacidad para crear y destruir, destruir y crear, siempre en busca de algo nuevo y mejor. Ya no existe la durabilidad. Han desaparecido los objetos que acompañaban a una familia durante generaciones, que pasaban de las manos de los abuelos a las de los hijos, los nietos y los bisnietos. Terminó la era de los museos de antigüedades. Ya no hay espacio para almacenar los modelos de automóviles que se suceden en meses, o las generaciones de computadoras que surgen cada semestre. Muchos lo admiten: “El mundo cambió, y yo con él. Mi idealismo también se ha vuelto obsoleto. Ya no halaga mi vanidad ni me proporciona ventajas. Se acabó el mundo en el que había héroes, proto- Por cortesía del teólogo y escritor brasileño Frei Betto, damos a conocer al lector cubano este fragmento de su libro O que a vida me ensinou (Sao Paulo, Editora Saraiva, 2013). Agradecemos a Rebeca Chávez las gestiones realizadas para la publicación, y a Esther Pérez la traducción del portugués. tipos, modelos a seguir. Hoy los paradigmas son los personajes que triunfan en el mercado, las celebridades, esas personas bonitas y ricas que hacen ostentación del lujo, irradian salud y ocupan sonrientes las páginas de las revistas de variedades. ”Ahora vivimos en un mundo nuevo en el que todo es continuamente prescriptible y descartable. Desde mi computadora hasta mi automóvil, desde el estilo de vida hasta el arte, todo lo que hoy está in, estará out mañana. Lo que me queda es mantenerme atento a ese esfuerzo permanente de actualización. ¡Y no me pidan cohe- rencia! Si hasta mi apariencia física sufre frecuentes modificaciones gracias a los tratamientos estéticos, ¿por qué tendría que continuar inmutable mi identidad? ”Sí, ayer me alineaba ideológicamente a la izquierda, asumía la causa de los oprimidos, participaba en manifestaciones de protesta, expresaba mi indignación ante este mundo injusto. ”¡Pero nadie es de hierro! Si me atrevo a cambiar mi apariencia para mantenerme eternamente joven y seductor, ¿por qué no cambiar también mi postura ideológica, mis principios e ideales de vida, para no perder el carro de la contemporaneidad? ”Afortunadamente, la vida fue generosa conmigo. Gracias a aquellos principios obsoletos alcancé posiciones de poder, me destaqué del vulgo, adquirí prestigio y visibilidad. Cambié de casa, de guardarropa y de mujer. Comencé a disponer de una cuenta bancaria que se incrementa cada mes y me permite disfrutar de placeres jamás soñados años atrás. Hoy soy amigo y hasta socio de muchos que ayer eran mis enemigos y blanco de mis críticas contundentes. ”Si pierdo mi posición social, si regreso al mundo obsoleto, ¿cómo haré para mantener mi confortable nivel de vida, la estancia, la casa de la playa, las vacaciones en el extranjero, el cambio anual de automóvil? ¿Cómo haré para proporcionarles a mis hijos y nietos las comodidades que nunca tuve en la infancia y la adolescencia? ”No debo seguir mirando hacia el pasado, donde yacen olvidados mis antiguos héroes, ni hacia el futuro, como si en él hubiera un ideal histórico. Me basta con mirar dentro de mí mismo y saber explotar al máximo lo que tengo de mejor: la astucia de mi inteligencia, la fuerza de mi voluntad y el poder para traficar influencias.” ¿Un discurso como ese es hoy por hoy realidad o ficción? La modernidad se inició con el Renacimiento, el descubrimiento de la América y Brasil, el paso de la era medieval, feudal, al mercantilismo y, rápidamente, al capitalismo. Actualmente no vivimos una época de cambios, sino un cambio de época. En el milenio que comienza ha surgido algo que llamamos de manera imprecisa posmodernidad, que se insinúa muy diferente de todo lo que lo antecedió y que propone nuevos paradigmas. En la Edad Media, la cultura giraba en torno a la idea de Dios. En la modernidad, se centró en el ser humano. En 1682 ocurrió un episodio característico de la modernidad. El señor Halley, a partir únicamente de cálculos matemáticos –pues no disponía de instrumentos–, previó que un cometa volvería a aparecer en el cielo de Londres al cabo de setentaiséis años. En ese momento muchos dijeron: “¡Está loco! ¿Cómo puede ser que encerrado en su oficina, sobre la base de cálculos hechos en un papel, pueda prever el movimiento de los astros en el cielo? ¿Quién, si no Dios, domina la bóveda celeste?” El señor Halley murió en 1742, antes de que pasaran los setentaiséis años pronosticados. No obstante, muchos se mantuvieron atentos a su previsión. Exactamente en la fecha anunciada, en 1758, el cometa que hoy lleva su nombre volvió a iluminar los cielos de Londres. ¡Era la apoteosis de la razón! “Si es así, entonces la razón resolverá todos los dramas humanos”, se dijo. “Acabará con las epidemias, las guerras, el hambre. ¡Creará un mundo de luces, de progreso, de saciedad, de alegría!” Todo muy lógico y bonito. Pasados cinco siglos, el saldo no es de los más positivos. Los datos son de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO): en el planeta hay siete mil millones de personas, la mitad de las cuales vive por debajo del umbral de la pobreza, y poco más de mil millones sobreviven con hambre crónica. Nada indica que para el año 2015 se habrán cumplido las Metas del Milenio de las Naciones Unidas, entre las cuales se encuentra la erradicación de la miseria. Hay quien afirma que la causa del problema del hambre es el exceso de bocas. En función de eso, se propone el control de la natalidad. Me opongo a ese control. Estoy a favor de la planificación familiar. El primero es obligatorio, el segundo respeta la libertad de la pareja. Y no acepto el argumento de que hay demasiadas bocas. Ni falta de alimentos. Según la FAO, el mundo produce lo suficiente para alimentar a once mil millones de personas. Lo que falta es justicia. La riqueza se concentra excesivamente en manos de unos pocos. Ahora tenemos hasta etanol para abastecer los vehículos, en vez de comida para alimentar a las personas. Antiguamente se hablaba del trabajo. Nos sentíamos orgullosos de decir: “Mi padre educó a sus hijos trabajando treinta años en los ferrocarriles”; “Mi madre fue maestra veintitantos años”. El trabajo era un factor de identidad. Alcancé a pertenecer a una generación que tenía el privilegio de hablar de la vocación. Después, esta fue sustituida por la profesión. Hoy se habla del empleo. Ya no se menciona el trabajo, porque, lamentablemente, el factor de la identidad social no es el trabajo, sino estar en el mercado. Como diría Descartes, “consumo, luego existo”. ¿Hay un futuro para la humanidad en los marcos del paradigma capitalista? La respuesta es sí, si comulgamos con esa angustia, con esa frustración de los sueños idílicos de la modernidad. ¿Quién habría dicho que la revolución rusa terminaría en gulags, la china en capitalismo de Estado, y que tantos partidos de izquierda asumirían el poder como el violinista que agarra el instrumento con la izquierda y toca con la derecha? Ningún sistema filosófico resiste la actual mercantilización de la sociedad: el arte se ha convertido en moda, la moda en improvisación, la improvisación en especialización. Las trasgresiones ya no son excepciones, sino reglas. El avance de la tecnología, la informatización, la robótica; la googlesización de la cultura y la telecelurarización de las relaciones humanas, la banalización de la violencia son factores que nos provocan actitudes y formas de pensar pesimistas y provocadoras, anárquicas y conservadoras. En la posmodernidad, lo sistemático cede su lugar a lo fragmentario, lo homogéneo a lo plural, la teoría al experimento. La razón delira, se antoja cínica, baila al ritmo de los juegos del lenguaje. En ese mar revuelto, muchos se apegan a las “irracionalidades” del pasado: la religiosidad sin teología, la xenofobia, el consumismo desenfrenado, las emociones sin perspectivas. Para los filósofos posmodernos la historia acabó, el ocio se redujo a hedonismo, la filosofía a un conjunto de preguntas sin respuesta. Lo que importa es la novedad. Ya no se percibe la diferencia entre lo urgente y lo importante, lo accidental y lo esencial, los valores y las oportunidades, lo efímero y lo permanente. La estética se hace esteticismo, la razón, racionalización: lo que importa es el adorno, la moldura, y no la profundidad y el contenido. Lo posmoderno es rehén de la exteriorización y los estereotipos. Para él, el ahora es más importante que el después. Para lo posmoderno, la razón se convierte en racionalización. Ya no hay pensamiento crítico; prefiere, en este mundo conflictivo, ser espectador y no protagonista, observador y no participante, público y no actor. Lo posmoderno duda de todo. Es cartesianamente ortodoxo. Por eso no cree en nada ni en nadie. Se distancia de la razón crítica criticándola. Como la serpiente uróboros, se muerde la cola. Se refugia en el individualismo narcisista. Se basta a sí mismo, indiferente a la dimensión social de la existencia. Lo posmoderno todo lo desconstruye. Sus postulados son ambiguos, carecen de raíces. Por ejemplo, prefiere el shownalismo al periodismo. El discurso posmoderno es laberíntico, descarta los paradigmas y los grandes relatos. No tiene memoria, abomina del ritual, de lo litúrgico, del misterio. Como considera inútil toda pasión, ni ríe ni La Gaceta de Cuba 51 llora. No tiene amor, sino empatías. Su visión del mundo se deriva de los caprichos de la subjetividad. La ética de la posmodernidad detesta los principios universales. Es la ética de la ocasión, de la oportunidad, de la conveniencia. Se adapta camaleónicamente a todas las situaciones. La posmodernidad transforma la realidad en ficción y nos remite a la caverna de Platón, donde nuestras sombras tienen más importancia que nuestro ser, y nuestras imágenes, más que la existencia real. Ahora, las nuevas tecnologías de la comunicación acortan el tiempo y el espacio y promueven la homogeneización cultural según los patrones consumistas. Los sueños ceden su lugar a las ambiciones (de poder, fama, belleza y riqueza), la búsqueda del hedonismo predomina sobre la ética del trabajo, la producción se supedita a la especulación, la relativización de los valores fragiliza las instituciones que fueron pilares de la modernidad, como la familia, la iglesia, la escuela y el Estado. La realidad se fragmenta como en el giro alucinado de un caleidoscopio. La posmodernidad hace emerger el interés individual como el parámetro prioritario. Reina el cuidado excesivo del cuerpo (fitness), la conducta del artista parece tener más importancia que su obra de arte, las religiones abrazan los criterios del mercado y prometen milagros prêt-à-porter, el fundamentalismo resucita al Señor de los Ejércitos. La muerte de las ideologías libertarias y el predominio de la óptica neoliberal como sinónimo de democracia y libertad aceleran el proceso de deshumanización. Se produce un reflujo de lo colectivo a lo privado, de lo social a lo individual, de lo histórico a lo momentáneo. Lo que era pueblo se transforma en un conglomerado de personas, las clases se destejen en intereses personales movidos por el mimetismo del comportamiento de la elite; la nación se deja recolonizar por la progresiva mercantilización de la aldea global. Frente a esa realidad fragmentada surge la pregunta: ¿Qué futuro? ¿La barbarie de un capitalismo depredador, excluyente, de represión implacable al flujo migratorio de los pobres, de calentamiento global y degradación ambiental, de imperio del narcotráfico y el entretenimiento de la imagen (televisión e Internet) desprovisto de contenido? ¿Un mundo basado sobre la competencia, la progresiva apropiación privada de la riqueza, la trasformación de los derechos sociales, como la alimentación, la salud y la educación, en meras mercancías a las cuales tienen acceso solamente quienes pueden pagar? El Foro Social Mundial propone que “otro mundo es posible”. ¿Es posible? ¿Cuáles serían los diseños y paradigmas de ese otro mundo posible? Si queremos escapar a la barbarie no nos resta otra esperanza que no sea la defensa intransigente del medio ambiente; el repudio a todos las formas de prejuicio y discriminación, fundamentalismo y segregación; el diálogo interreligioso y una espiritualidad capaz de potenciar nuestra capacidad de amar y ser solidarios. Estoy convencido de que no habrá un futuro sano si desde ahora, desde el presente, no se produce un fortalecimiento de los vínculos gregarios de movimientos sociales, asociaciones, ONG, sindicatos y partidos en función de proyectos comunitarios y derechos colectivos. Ese desafío supone el rescate del carácter histórico del tiempo, de los grandes relatos, del valor de las causas humanitarias, de una visión del mundo y de la vida que rompa los límites del aquí y el ahora para proyectarse en un futuro que recorre y, a la vez, trasciende todos los modelos de futuro: lo que Jesús llamó el Reino de Dios, que no está allá encima, sino allá al frente, y es la culminación de todos nuestros sueños y utopías. En resumen, se trata de buscar una calidad de vida más próxima a la propuesta de sumak kawsay (vida plena) de los pueblos originarios andinos que al consumismo exacerbado de los shoppings. La “Vida plena” o “Buen vivir” no coincide con la propuesta consumista de una existencia respaldada por el dinero, la posesión de bienes suntuarios, la seguridad por sobre la libertad. Sumak kawsay es considerar suficiente lo bastante, mantener una relación de alteridad con la naturaleza, disfrutar de una calidad de vida libre de estrés, de contaminación, de competencia desenfrenada. Un buen vivir enriquecido por la espiritualidad, por vínculos inquebrantables de amistad, por la celebración frecuente de los dones de la vida y los frutos del trabajo, por la fe que se hace fiesta. Si sumak kawsay merece figurar hoy como un paradigma, es necesario comprometerse con las diversas causas capaces de converger en esa dirección. Hay muchas causas sectoriales o corporativas, como la indígena, la de la mujer, la de los homosexuales, la de los negros, la de los sin tierra y sin techo, la de los migrantes y la ecológica. El desafío es cómo ampliar esas luchas para que constituyan una visión sistémica, pues pretender que se pueden alcanzar todas las conquistas de cada una de esas causas en el marco del capitalismo neoliberal es creer que se puede obtener tela nueva remendando paños viejos… Es necesario articular cada vez más las luchas de los diversos movimientos populares y sociales, de modo que el movimiento de las mujeres no sea un mero espectador de lo que le ocurre al movimiento de los sin tierra, ni que este se limite a mirar por la televisión la movilización del movimiento indígena. Sin que la lucha de uno se torne la de todos, difícilmente se hará realidad el sueño de una sociedad que favorezca la vida plena. La vida solo vale la pena cuando la mueven sentimientos y prácticas de amor, justicia, respeto a la identidad y a los derechos del otro. Solo así seremos capaces de saciar nuestra hambre de pan y aplacar nuestra sed de belleza. Recuerdo ahora la caída de Faetón, personaje de una de las narraciones paradigmáticas de la mitología griega. El joven Faetón, que era hijo del Sol, movido por la inquietud propia de su edad, se vio desafiado a probar su ascendencia divina y dirigir el carro de su padre. Al presentarse en el palacio de Helio, se aproximó al trono desde donde reinaba el dios Sol rodeado por su séquito: el Día, el Mes, el Año, el Siglo y las Horas. Cercanos se encontraban la Primavera con su corona de flores, el Verano cubierto de espigas de cereales, el Otoño con su cornucopia llena de uvas y el Invierno con los cabellos blancos como la nieve. Faetón le pidió a su padre una prueba de amor. Helio prometió complacer su petición, fuera cual fuese. Pronto se arrepintió, al oír a su hijo expresar el deseo de tomar en sus manos las riendas del carro guiado por cuatro caballos incandescentes que lanzaban llamaradas por sus narices y, con ayuda de los vientos, diseminaban la luz y el día por toda la Tierra. Helio consideró absurdo el pedido de su hijo. ¿Cómo confiarle a un joven inmaduro el carro capaz de impedir que el mundo viviera sumido en las tinieblas? Le respondió: —Hijo mío, quisiera poder volverme atrás. Me pides algo que está más allá de tus fuerzas. Eres joven y mortal; ambicionas más de lo que otros dioses logran hacer. Ninguno de ellos es capaz de mantener el equilibrio sobre el eje incandescente. Difícil es el camino de mi carruaje, solo con mucho esfuerzo consiguen recorrerlo mis caballos al amanecer. A la mitad, el camino es alto, en el centro del cielo. Y al final desciende abruptamente, exige una conducción segura para que el carro no se hunda en las profundidades del mar. Recuerda que el cielo se mueve con un ímpetu constante, y es preciso viajar en sentido contrario a ese movimiento. ¿Cómo lo lograrías? Retira tu petición. Pídeme lo que quieras, todas las riquezas del Cielo y de la Tierra, menos eso. El muchacho no cedió, convencido de que sería capaz de disipar las tinieblas que cubren al mundo. Al ver que la Aurora ya se aproximaba para inaugurar un nuevo día, Helio accedió a que su hijo lo acompañara en el carruaje. Pero Faetón insistió en guiarlo. Una de las Horas, nerviosa, alertó al dios solar. —Helio, ya es hora de enganchar al carro los corceles de fuego. Mira, la Aurora ya está en camino. Urge que tu carro flamígero la siga. Como todo padre débil de carácter, el rey dejó a un lado sus principios para no contrariar a su hijo. Ante la insistencia del joven, cedió al corazón en detrimento de la razón. Faetón subió al carro. Condujo los caballos al galope por la línea etérea que los mantenía equidistantes de la Tierra y el Cielo, para no incendiar las moradas de los hombres y los dioses. Con las riendas entre las manos se sentía el señor del mundo, cuya luz provenía de su carro flamígero. Pero el fulgor de las llamas le cegó los ojos y la mente. No logró mantener el equilibrio del carro. Los caballos tiraban con una fuerza superior a la de sus brazos. Desbocadas, se precipitaron en dirección a la Tierra. Al pasar por montañas cubiertas de nieve, el calor del carro las derritió, el aliento de los animales incendió ciudades y calcinó países, hizo arder bosques, secar ríos y mares. Zeus, indignado, lanzó uno de sus rayos, despedazó el carro y dispersó los caballos. El cuerpo de Faetón, con los cabellos llameantes, cayó como una estrella fugaz. Las náyades lo depositaron en un túmulo en cuya lápida grabaron este epitafio: “Aquí yace Faetón. Corrió en el carro de Helio; y si mucho falló, a mucho más se atrevió.” Con sus pretensiones desmedidas, la posmodernidad merece que se la llame Faeton…ta. < La Gaceta de Cuba 53 20 marzo/abril15 esponsable de es r su so p rítica ©} a cine 55 La pared de las palabras, de Fernando Pérez. 56 Fátima o el Parque de la Fraternidad, de Jorge Más allá de las palabras Perrugorría, y Vestido de Novia, de Marilyn Solaya. 58 Omega 3, de Eduardo del Llano. plástica 59 El árbol que no me pudieron nombrar, de María Cienfuegos. 60 Mundo de mi mundo, de Rodney Batista. libros 61 Osos, de Larry J. González. 62 Postdatas, de Leandro Báez . 63 Peña. 54 Obituario Dosier / Premio UNEAC de Literatura 2014 cine ca d intérprete más popular de la canción guajira, que incluyó en su repertorio canciones como “A santa Bárbara” (más conocida por su estribillo “Que viva Changó…”) o “Yo soy el punto cubano”, que viven en la memoria de todos los cubanos. En 1999 grabó el disco 50 años como una reina, nominado al Grammy Latino, y en 2002 fue distinguida con el Premio Nacional de Música. El 7 de febrero, falleció en Miami, a los sesenta años, el poeta Alejandro Fonseca. Nacido en Holguín, su obra fue difundida en diversas revistas dentro y fuera de Cuba, y publicó, entre otros, los poemarios Bajo un cielo tan amplio (1986), Juegos preferidos (1992), Anotaciones para un archivo (1999), Ínsula del cosmos (2006) y Golpe en la sombra (2014). El 9 de febrero, murió a los setentainueve años Luis Báez, reconocido periodista, fundador del periódico Granma y de la Unión de Periodistas de Cuba. Laboró también en publicaciones como Bohemia y Cuba Internacional, además de la agencia Prensa Latina. Premio Nacional de Periodismo en 2003, dejó más de una veintena de libros, entre los que destacan: Los que se fueron, Los que se quedaron, Conversaciones con Juan Marinello, Absuelto por la Historia y Secretos de generales. El 25 de febrero falleció en Galicia (España), donde residía desde 1991, la directora, guionista, asesora dramatúrgica, profesora y actriz Loly Buján. Como una de las figuras relevantes de la historia de la televisión cubana, participó en programas dramáticos (Teatro ICR, Grandes Novelas, el espacio semanal El Cuento), e incursionó en emisiones musicales (Álbum de Cuba), en programas infantiles (La alfombra mágica), y formó parte de los elencos de Radio Progreso y Radio Liberación. Finalmente, el 1ro de marzo, conocimos la pérdida del poeta y narrador José Luis Moreno del Toro (Holguín, 1943). Médico de profesión, entre otros libros publicó los poemarios: Carta (1983), Beber de la lluvia (1988), Poemas de Granada (Granada, España, 1994), Cantigas salvadas (2000), Violeta ya no vive aquí (2003) y la antología Mar de leva (2007). < © E l 19 de enero falleció el reconocido y popular actor y profesor Raúl Pomares (Las Tunas, 1934). A su debut, que tuvo lugar en 1956 con el Teatro Universitario de Santiago de Cuba, seguiría tras el triunfo de la revolución su labor dentro del Conjunto Dramático de Oriente y del elenco del canal Tele Rebelde, inicio de una larga carrera televisiva. Igualmente, trabajó en más de treinta filmes, entre los que destacan: La primera carga al machete (1969), ¡Plaff! o Demasiado miedo a la vida (1988), y La vida es silbar (1998). Dos días más tarde, el 21 de enero, murió, a los noventaicinco años, la actriz y profesora Marta Jiménez Oropesa. Premio Nacional de la Radio (2000), Marta será recordada por su interpretación como la Rita del programa Alegrías de sobremesa, de Radio Progreso. Recibió entre otras distinciones la medalla por el Ochenta Aniversario de la Radio Cubana y el Premio Nacional de Humorismo (2007). El 26 de enero, a los noventaicuatro años, falleció en Miami, donde residía desde hace medio siglo, el escultor Roberto Estopiñán (La Habana, 1921). Una extensa carrera, que va desde fines de los años 30, cuando trabajaba en el estudio del también escultor y maestro Juan José Sicre, hasta su muestra retrospectiva realizada en 2011 en el Miami Dade College, confirma el apego a lo escultórico y a la figura femenina como una de sus grandes obsesiones artísticas. Pocos días después, a los ochentaicinco años, murió la conocida cantante Marta Justiniani. Discípula de Adolfo Guzmán, y una de sus intérpretes preferidas, desde los años 50 se convirtió en una figura imprescindible dentro del feeling y la cancionística nacional. Compartió escenario y grabó con importantes músicos y compositores cubanos como Frank Domínguez; su labor autoral, aunque menos conocida, dejó frutos como “Vivirás en mí”, canción que inmortalizara la voz de Doris de la Torre. El 4 de febrero, a los ochentaiséis años, dejó de existir otra figura ineludible de la música cubana: Celina González. La es tor au Obituario ion in Nakara, de Nguyen E l cine de Fernando Pérez ha pasado a ser un referente indispensable fuera incluso del cine cubano; pertenece al imaginario social, como ocurre con todo lo que trasciende la mera expectación (del latín spectare, que generó el término castellano “espectador”) para integrarse al tejido vivencial de quienes durante hora y media o algo más establecieron previamente esa relación con la obra artística. De cualquier manera, y hablando incluso tan solo en esos términos exclusivamente estéticos, varios de sus filmes han devenido tempranos clásicos del arte y la cultura cubanos y no solo de las últimas décadas; se dijo que él había sido “el cineasta de los 90”, y ello es un verdadero axioma pero ocurre que en el tercer mileno, Pérez sigue asombrándonos con títulos que clasifican en esa condición. Pensemos en dos de ellos, Suite Habana (2003) y Martí, el ojo del canario (2010), y encontraremos una aportación enriquecedora a los tejidos de la identidad y la nación, ya sea desde el rastreo contemporáneo en los pasajes –geográficos y humanos– menos favorecidos de la capital, ya partiendo del acercamiento a un icono histórico también valorando etapas y facetas poco estudiadas, haciéndolo a su vez al contexto. Con su nuevo título, La pared de las palabras (2014), Fernando pareciera trascender límites cronotópicos en busca de una atemporalidad y una universalidad a toda prueba; sin embargo, con mucho y lo trascendentalista que hay sin dudas en su propuesta, no deja de lanzar una mirada (¿es posible lo contrario?) hacia paralelos y meridianos bien concretos que siempre están en la agenda del realizador. El filme discursa en torno al dolor, la discapacidad y la fractura afectiva en el seno de una familia, temas estos que acaecen en todas partes y en todas las épocas, pero bien sabemos que entre nosotros todo igualmente deviene microcosmos y detenta una singularidad extraordinaria. Elena es una madre que consagra todos sus esfuerzos y desvelos a un joven hijo con dificultades sicomotoras que le impiden hablar, lo cual acarrea frecuentes quejas del resto de su familia: el otro hijo, la abuela que viene de visita desde el extranjero… Entre el hospital siquiátrico donde está ingresado y el hogar en Santa Fe adonde a veces lo lleva de pase, trascurre una historia de amor y devoción, pero también de reclamos y reproches. Realizada como producción independiente y basada en un cuento de Zuzel Monné, La pared… es una película que lastima; las escenas en la instalación médica son de una brutalidad impresionante; el realismo con que la cámara ha captado las personalidades de los enfermos, sus manifestaciones, la interacción con el personal que los atiende –sobre todo la amorosa enfermera principal– actúan como una suerte de puntero tonal de un filme donde no hay “paños tibios”. Sin embargo, las verdaderas pasiones, al menos las que más interesan al realizador, ocurren fuera de allí, en la casa adonde Elena “choca” con el resto de la familia: todos de un modo u otro la emplazan por dedicarse en cuerpo y alma al hijo enfermo, descuidando la atención e incluso el cariño a ellos; también en el centro de trabajo donde Elena –bióloga marina– desatiende una investigación importante de la que en cualquier momento pudiera pasar a ocuparse una colega menos experimentada. A propósito, esta subtrama no se integra felizmente al corpus narrativo; incluso, suena ya un poco trillado la evidente relación entre el jefe y la rival de la protagonista. Pero lo principal se desarrolla con notable despegue dramático y fluye en una diégesis donde todos los procesos de comunicación se logran; Pérez, afortunadamente, no parece interesado en juzgar ni tomar partido entre la madre sacrificada y los otros; expone los hechos y las circunstancias, y uno en tanto público tampoco se atreve a emplazar ni encomiar; estamos frente a una gran historia de amor, y eso es lo importante, incluyendo las injusticias y parcialidades que pueda ello acarrear. Hay otra, muy hermosa: la que ocurre entre Luis y una colega de La Gaceta de Cuba 55 L a homosexualidad, todas sus tendencias y las conflictualidades desprendidas de sus interacciones con los prejuicios socio-políticos y culturales, está siendo reivindicada, de a poco, en la reciente contemporaneidad audiovisual cubana, desde una inicialmente desafiante e igualmente marginada fílmica –a los años 90 pertenecen los documentales underground y proscritos Ser o no ser Eduardo, Mariposas en el andamio–, hasta la incipiente eclosión temático-discursiva que en la actualidad busca saldar la gran deuda de representación y análisis, acumulada por décadas; junto a otras áreas aún silenciadas de la historia nacional reciente, como las diversas aristas de la emigración masiva, la discriminación de los intelectuales, las tristes UMAP, todo el sistema de becas escolares en el campo, y otros muchos demonios aún encadenados. Contrario a fílmicas internacionales como la argentina –con sus numerosas cintas acerca de la dictadura militar– o la estadounidense –con sus obras sobre la Guerra Civil o la Ley Seca–, que no escatiman el exorcismo de sus demonios socio-históricos, la gran acumulación en Cuba de 56 Crítica / marzo-abril 2015 ejemplo, une ambos sentimientos: se esboza tras ella una sonrisa mezclada con plenitud cercana a la belleza, que emula con lo que debió sentir la inusual pareja. Mas, volviendo a las escenas finales, considero la siembra de la semillita por parte del enfermo que se yergue de la inmovilidad para acometer este acto esperanzador y la ulterior germinación, como un símbolo un tanto baladí, sobre todo respecto a los rumbos tan serenos que venía llevando el relato, de una sobria proyección tonal, ajena a subrayados y altisonancias, que es afortunadamente lo que define el texto cinematográfico, incluyendo la situación paralela que protagonizan Orquídea y el resto de los enfermos –reordenamiento de la basura que significa una legitimación de su propio mundo, sus realidades. Por ello, el índice de este comentarista se levanta hacia arriba a la hora de evaluar La pared… Desde la efectiva linealidad aristotélica con que es contada la historia –a la que no le iban torceduras diegéticas–, Fernando Pérez nos entrega una reflexión amarga y contundente sobre ese principio que es el verbo (la palabra) y que fuera, bíblicamente hablando, del que después se privó a algunos, como al protagonista quien, sin embargo, } cine hospital,1 síndrome de down que protagonizara el –gracias a ella, en buena medida– exitoso documental Maritza nunca miente, realizado hace algunos años en la EICTV; entre momentos de ternura y humor trascurre un romance posible que deja claro algo que sabíamos pero que no hay por qué olvidar nunca: no hay fronteras en los sentimientos verdaderos, con todo y lo que a lugar común suene. Escribí ternura y humor y aprovecho la introducción de estos términos para lanzar también sendos reclamos al filme que tienen que ver con esas esferas: Orquídea (Laura de la Uz), una esquizofrénica que a todas luces ha llegado a ese estado atiborrada de consignas y de política, es sin dudas interesante; sin embargo, sentí una marcada y no precisamente afortunada tendencia al efectismo en el diseño de ese personaje, como en todo momento “preparado” para propinar (y conseguir) un golpe seguro en la risa del espectador, de modo que lo que dice, casi siempre, suena a “gag”, a chiste prefabricado. Por otra parte, en el desenlace experimenté cierto derrumbe en los eficaces senderos que lleva la ternura, tantas veces resuelta sin acudir a la peligrosa sensiblería o a recursos de melodrama. La escena que sigue al lance erótico entre Luis y Maritza, por puede también encontrar otros medios de comunicación. Una compleja edición (Julia Yip) que empalma los diferentes momentos narrativos, ayuda a encontrar el ritmo adecuado: deliberadamente lento, destinado a captar la espesura de los contenidos y a trasmitir los estados de ánimo. La fotografía (del maestro Raúl Pérez Ureta, ya “especializado” en Fernando) contrasta las penumbras del sanatorio con la luminosidad y amplitud marítima que enmarca la casa o el bullicio y colorido de las calles habaneras donde trascurre la excursión, espacios de confrontaciones entre esos mundos que dialogan –disputan con frecuencia– en el sustrato fílmico. La música (de Edesio Alejandro, también habitual colaborador de Pérez) pulsó unas cuerdas de expresiva fuerza, aplicada discretamente, como toca a una partitura que más que subrayar, sugiere y comente. Entre los valores más remarcables del filme están las actuaciones, con un nivel muy parejo, a pesar de lo cual siempre hay que resaltar algunos: Isabel Santos como la madre, logra un trabajo impecable, al concebir su personaje desde la serenidad tenaz, la convicción irrenunciable de los valores en los cuales ha sentado su Fátima y Rosa Elena: Las otras mujeres del cine cubano vida y el sentido que da a esta; Jorge Perugorría captó la personalidad y matices de su enfermo con destreza y conocimiento de causa; Laura de la Uz trasmite la rabia y la saturación de un personaje al límite; Maritza Ortega (la down) trasciende el hecho de interpretarse a sí misma bordando su desempeño con mañas de indudable actriz. Filme sobre la(s) diferencia(s), no es uno más sobre un tema recurrente en sus múltiples variantes; incluso, dentro de ilustres antecedentes que tienen a enfermos mentales o discapacitados como protagonistas (Atrapado sin salida, Hombre mirando al sudeste…) adquiere un sitio de honor. Como aquellos, habla sobre el ser humano más allá de sus peculiaridades. Y lo hace también con imágenes y sonidos –o silencios– que no pocas veces sustituyen a las palabras. Frank Padrón (Pinar del Río, 1958). Escritor y crítico. 1 En puridad, ese tipo de enfermedad no se atiende en un hospital siquiátrico, según me han confirmado expertos; tomemos esto como una licencia poética de Fernando. tales tensiones no liberadas provoca que cintas como Fátima o el Parque de la Fraternidad (Jorge Perugorría, 2014) y Vestido de novia (Marilyn Solaya, 2014) funcionen como “válvulas” aún aisladas que se lanzan a cubrir, casi desesperadamente, un amplio terreno temático-discursivo. Amén de la clara divergencia en el tono escogido para cada cinta: melodramático para Fátima… y más comedido para Vestido…, ambos guiones concentran, no pocas atmósferas, numerosas problemáticas y fenoménicas en una sola historia, en un solo personaje, y en un promedio de cien minutos de relato cinematográfico, con el consecuente autosabotaje de las diferentes líneas discursivas y tramas argumentales. 1 No está exento de valentía y hasta madurez conceptual el que para ambas resulte piedra de toque la cuestión trasgenérica y/o transexual, una de las aristas más “extremas” de una esfera tan amplia y compleja como la homosexualidad: más nítidamente perfilada y enfocada en Vestido…, más diluida en el caso de Fátima…, donde el homónimo personaje central (Manolito de nacimiento), interpretado por Carlos Enrique Almirante, deviene un tanto abigarrado y metafórico ente all-in-one, que abarca de un manotazo casi todas las problemáticas posibles… y más… Primero, el gay de visualidad masculina. Luego, el travestismo, tanto como recurso de prostitución, como de expresión artística, pues Fátima es a la vez flor nocturna y drag queen, cuyos unívocos aires de femme fatale subrayan su mística de diablesa erógena. Una cosa es ser homosexual y otra ser un iluminado, pero aquí ambas condiciones parecen (con)fundirse en una especie de desmedida epifanía. Por si fuera poco, Fátima es a la vez exaltada y mitificada como palmario icono erógeno, verdadera devoradora de hombres, que guarda connivencia con (o resulta versión contemporánea de) la versión audiovisual que de otro cuento de Miguel Barnet se hiciera décadas antes: La Bella del Alhambra (Enrique Pineda Barnet, 1989). Mientras transita por ambos senderos, el místico y el sensual, ya lo suficientemente complejos como para copar, cualquiera de los dos, todo el metraje, se abre un tercer frente que viene a recargar en exceso el ya pesado fardo conflictual que acarrea Fátima/Manolito: la del ente que se reconoce encerrado en un cuerpo no correspondiente con su verdadera identidad de género, en este caso la femenina. Algo expuesto exclusiva y didácticamente por la voz en off del propio protagónico, sin que sus orígenes se adivinen en cualquiera de los flashbacks remitentes a su infancia y adolescencia. La transición del estadio homosexual a su reconocimiento como trasgénero carece en la cinta de cualquier lógica y progresión dramatúrgica. Es impuesto, planteado de sopetón porque sí, y no como un orgánico descubrimiento de su naturaleza sicológica que redunde en una anagnórisis definitiva y definitoria; se enreda con los otros ejes conflictuales y llega a sabotearlos, para una, a la larga, poco profunda (por exceso de matices) complejización del personaje. 2 En el caso de la ópera prima de la documentalista Solaya, esta aglomeración no ocurre a escala de personaje, sino a escala de contexto sociohistórico, pues allende el axial conflicto del personaje de Rosa Elena (Laura de la Uz), suscitado al ser revelada su biología originaria al heteronormado esposo Ernesto (Luis Alberto García), la cinta resulta, quizás con más éxito, un abarcador fresco fílmico de la intolerancia y la violencia social en la Cuba contem- poránea. Y no tanto, pues el hecho de que a más de dos décadas se comience a repasar, revisar y reconstruir la década del 90 con todos sus vericuetos, ya dice mucho de lo ralentizada y retardada que está aún la brega por saldar, de a poco, las gigantescas deudas de recuento, representación y análisis, que guarda el audiovisual, que tiene el arte cubano todo, con la historia nacional del último medio siglo. En el otro plato de la balanza, Vestido… se apresura en concentrar un espectro amplísimo de circunstancias, problemáticas y conflictos apenas rozados en la filmografía nacional, desde la mismísima crisis de los balseros hasta las revueltas populares de agosto del 94, pasando por la puntual proscripción de los espectáculos Juan Carlos Tabío, 1994), como primera grieta pública en la rígida coraza puritana de la oficialidad cubana. Fundacional discurso fílmico este sobre la diferencia y la (in)tolerancia hacia la diferencia de pensamiento y de sexualidad, raramente sincrónico con su momento histórico. Va más allá Solaya –quien fuera actriz secundaria en esta cinta–, al demostrar cuán volátiles fueron en esos momentos las expectativas despertadas, cuando el abusado (más bien torturado) trasgénero Sissi/Panchito, interpretado por Isabel Santos, voltea el póster de la obra contra la pared, en plena crisis de fe, desalentado y aterrorizado. En Vestido…, todos estos acontecimientos, aunque no lleguen a trascender su connotación contextual, Recientemente, finalizando el mes de enero, el bailarín cubano Carlos Acosta fue reconocido por el Círculo de Críticos del Reino Unido con el Premio Nacional de la Danza de ese país (De Valois Award for Outstanding Achievement). Acosta, bailarín principal del Ballet Nacional de Cuba, quien también recibiera en 2011 el Premio Nacional de Danza en la Isla, desde 1998 ha desarrollado su carrera como primer bailarín invitado en el Royal Ballet de Londres, a la par que ha realizado actuaciones especiales en diversas compañías como la también londinense English National Ballet. En 2008 fue acreedor del Premio Benois de Rusia, uno de los más reputados en el universo danzario. Es conocida su labor como coreógrafo –y el espectáculo Tocororo es un ejemplo de ello–, interés que lo llevará también a versionar varios clásicos danzarios como su reciente Don Quijote para la propia compañía del Royal Ballet. Asimismo, Acosta anunció, hace unos meses, su retiro del ballet clásico para lo cual ha decidido estrenar, en septiembre próximo, una versión personal del sugestivo ballet Carmen. de transformismo en esas mismas fechas. Es la secuencia de la redada a uno de estos establecimientos clandestinos la que contiene una de las imágenes más logradas de la cinta, semiótica y expresivamente hablando: la anónima mano de un oficial del Ministerio del Interior sosteniendo las pelucas arrancadas bruscamente a los transformistas aherrojados. Tan efectivo es este plano, como fallido el montaje que, en el siguiente plano, subraya innecesariamente el mensaje con un lastimero paneo a los rostros llorosos de las víctimas apresadas en la redada. Igualmente interesante resulta la referencia a la antológica cinta Fresa y chocolate (Tomás Gutiérrez Alea y prefiguran la sociedad conservadora donde Rosa Elena volatina sobre una cuerda muy floja y quebradiza, en su apuesta definitiva por ser consecuente con sus esencias sico-genéricas. Una consecuencia que le cuesta adherirse a patrones convencionales de subordinación impuestos al género femenino una vez lo asume de lleno, renunciar a su talento artístico como coribante, y por supuesto, a “comprometer” sensiblemente la carrera y el prestigio profesional del esposo no avisado. Conflicto que a la larga coprotagoniza y matiza contundentemente la situación de Rosa Elena, cuya decisión de ser según su voluntad desata una dialéctica explosiva que involucra a Ernesto. 3 Ambas cintas vienen a comulgar en el empleo de una dramaturgia un tanto telenovelesca y artificiosa, cuyos resortes son las acciones truculentas de los maniqueos “villanos” que atentan contra unos protagonistas igualmente “buenos”, victimizados un poco en exceso, que exigen el favor del receptor… de todas, todas. Aunque Laura de la Uz, por fortuna, sustenta su papel en un minucioso y expresivo comedimiento, que compensa tal circunstancia. Mas sus contrincantes, Lázaro (Jorge Perugorría) y Roberto (asumido por el siempre carismático Mario Guerra), son colmados de conspiraciones retorcidas, perniciosas intenciones, perversión, corrupción y maldad gratuita. Sus excesos coadyuvan a connotar a Rosa Elena como frágil damisela en apuros, aunque bastante estoica también, no solo expuesta al escarnio público, sino violada y golpeada a discreción. Lo innecesario de tanta monocroma vileza en tales caracteres es demostrado por el mucho más complejo y maduro personaje de Pedro, encarnado por esa otra apuesta segura que es Manuel Porto. Este curtido obrero, acusador de Ernesto, combina principios sólidos, sinceridad y consecuencia, con prejuicios y juicios homofóbicos, propiciados por el contexto y la época en que le tocó vivir, de la cual es ineluctable emanación. Mucho menos contenida Fátima en sus ensoñaciones y sufrimientos, para asegurarle a ultranza la pureza de alma y sentimientos, los creadores se aseguraron de achacar todos sus procederes a una total devoción amorosa al Vaselina, interpretado por Tomás Cao, y a una vocación artística por el transformismo, que se desata al ver a una drag queen clandestina, curiosamente interpretada por el cantante Eduardo Antonio. Súmese el subrayado melodramático y hasta patéticamente lastimero en cuestiones de banda sonora, que tienen varias secuencias. A pesar de sus desbalances, ingenuidades y abigarramientos caracterológicos/dramatúrgicos, el audiovisual cubano ganó con Rosa Elena y Fátima dos nuevos caracteres femeninos que descollan como incipientes émulas de las más clásicas Lucía, Rachel, Amada, Teresa y otras mujeres trasparentes. Antonio Enrique González (Cienfuegos, 1981). Periodista y crítico de arte. La Gaceta de Cuba 57 cine *Halo es una multimillonaria franquicia de videojuegos de ciencia ficción propiedad de Microsoft Studios. La serie se centra en una guerra intergaláctica entre la humanidad y una alianza teocrática de alienígenas, y tiene por protagonistas a John-117, un supersoldado humano biológicamente mejorado, y su compañera Cortana, un robot de inteligencia artificial. Mecha: subgénero del anime japonés donde se recrean universos e historias cuyas características principales hacen posible su ubicación dentro del panorama de la ciencia ficción. 58 Crítica / marzo-abril 2015 US Army,1 como los efectos diegéticos seudodigitales revestidos, innegablemente, de la estética del videojuego, e incluso la recreación de ambientes que no circunscriben la historia a emplazamiento geográfico definido, son, todos, subterfugios harto repetidos en la cinematografía estadounidense de este tipo. Dos elementos podrían, tal vez, saltarse esta generalización: el planteamiento de los espacios y la utilización de secuencias en dibujos animados. En el primer caso, es la tendencia al “escalofriante” minimalismo de la gran mayoría de los espacios que se recrean, también sospechosamente, sobre la gama de verdes y negros,2 un mecanismo omnipresente en el filme. Sin embargo, tal modo de plantearlos, más allá de resultar cómodo –en términos de presupuesto–, solo logra reforzar la sensación de remedo del “canon de representación”, pues el halo pesimista y terrorífico de que se intenta dotar a la película no es sino un vago eco del que ya definieron como clásico cintas como Alien3 o Starship Troopers.4 En el segundo caso (la animación por rotoscopía) es más efectiva la estratagema, un tanto más original. El marcar el salto de temporalidad mediante un cambio de registro discursivo no es una novedad, es cierto, empero no deja de comportar un atractivo especial. En primer lugar, porque tal alteración de la visualidad funge casi como la alarma de un despertador que despereza al público obnubilado por lo sombrío del relato y le hace recentrar su atención. Además, se erige como la vía más factible para representar ese mundo futurista del que emergió la guerra, con cierta economía de elementos (y tal vez de presupuesto), pues como sabemos, el ahorro suele ser progenitor de la inventiva. Otro punto que no se debe dejar de señalar es que, como si de un story-board se tratara, muchos de los encuadres de las escenas donde se intenta caracterizar a los distintos personajes parecen extraídos de un anime. Este es un dispositivo curioso y, ¿por qué no?, gracioso, dentro de una propuesta tan made-in-USA. Lays Lexis Díaz (Placetas, 1992). Estudiante de Historia del Arte. 1 A excepción, solamente, de las escenas del hospital, la tortura-cena romántica y las que inician y cierran la película; aunque tampoco escapan al síndrome de la copia. 2 Pueden acotarse solamente como excepción las escenas del área de examen físico, cuya potente y homogénea iluminación y el trabajo sobre el blanco y el argénteo, reproduce, nuevamente, el modo tradicional de representación de los espacios dedicados al tratamiento médico en las producciones de este género, y las animadas. 3 En este caso hacemos referencia fundamentalmente a la película original, Alien, el octavo pasajero, dirigida Ridley Scott en 1979, considerada un clásico del género. 4 Película de Paul Verhoeven realizada en 1997. El árbol que no me pudieron nombrar L a reconstrucción del pasado a través del ejercicio de prácticas de la memoria, es una obsesión de nuestra cultura. De ahí que sea interesante advertir el modo en que los vestigios materiales de una actividad humana como las prácticas de laboratorio, es decir, sus elementos de archivo, hayan sido constituidos a veces en materia de intervención artística. Del mismo modo, la reconstrucción de espacios ordenados con códigos visuales altamente intelectualizados, como los científicos, que facilitan la acumulación organizada, forma parte de los usos habituales que asumen la imagen como un recurso moderno de exposición de la memoria. El instante en que el recuerdo relampaguea en medio del peligro de su perpetua desaparición, es, también en estos casos, el inicio de un pasado que solo comprenderemos si nos enfrentamos a los vestigios de los gestos cotidianos. En El árbol que no me pudieron nombrar, la última exposición de María Cienfuegos inaugurada en noviembre del pasado año en el Centro plástica E duardo del Llano vuelve a dejarme sin habla. Es la segunda ocasión en que se atreve y se queda, lastimosamente, en el intento de realizar un largometraje fuera de lo acostumbrado, dígase por tema o por factura, en la producción cinematográfica nacional. En esta oportunidad se pronuncia por la ciencia ficción en un intento de demostrar que “¡sí se puede!”, al tiempo que se reinventa como escritor del género. Sin embargo, Omega 3 deja mucho, muchísimo, que desear. En primera instancia, un elemento insoslayable salta a la vista: el esfuerzo por acercarse a los asentados y aceptados paradigmas del cine de ciencia ficción hollywoodense. Es esta una puesta en escena salpicada de casi todos los elementos que definen un filme de ciencia ficción de factura norteamericana, amén, por supuesto, del rimbombante despliegue tecnológico. Específicamente, se halla en espantosa resonancia con el denominado género postcyberpunk, un subgénero de la literatura de ciencia ficción, sucesor del movimiento cyberpunk, que ha sido traspasado al cine en exponentes tan notorios como Blade Runner (Ridley Scott, 1982). Del mismo modo, Del Llano se centra en distópicas sociedades futuras, que examinan los efectos sociales de las telecomunicaciones globales, la ingeniería genética o la nanotecnología; pero difiere al presentar personajes que actúan, para “mejorar” las condiciones de nutrición. Con este punto en claro, vale apuntar que el vestuario dominante se inspira en el uniforme militar del metarrelato que tras ellos subyace. Pero estos nunca llegan a cumplir su misión ya que, por un lado, el “cuento” que han de apuntalar carece de la potencia a la que se aspira y, por otro, se esconden tras una cortina de chistes sin sentido y mal implementados que se comportan como una burla no ya de lo que se cuenta, sino de cómo se cuenta. Y no pueden tampoco la variedad de recursos dispuestos dar profundidad a una narración que, como se aprecia, está condenada al fracaso desde su génesis. Ni el modo de narración posmoderna, presente sobre todo en las elipsis y los animados flash backs para supuestamente dinamizar el ritmo de la historia, ni los movimientos de cámara con ánimo descriptivo, logran dar cierre a esta fábula sin moraleja y con personajes tan poco delineados. No es que tal modo de plantear el relato sea desacertado, bien empleado hubiese dotado de singularidad al filme, lo hubiese afianzado como revolucionario en relación con sus congéneres. Pero sucede que al hacerlo sobre una historia no completamente definida, se hace casi imposible que pueda suscitar algo más que sensación de caos. Lo más lamentable es, en conclusión, que nos encontremos a Eduardo del Llano convertido en un moderno Dr. Frankenstein que ha creado un nuevo monstruo. En este caso, uniendo foráneos conceptos y modos de contar con un intento de reflexión universal, todo ello bajo el slogan de “película cubana de ciencia ficción”. Pero más triste aún es que, conscientemente, decidiera en esta, su nueva quimera, ignorar décadas de buena literatura de ciencia ficción con ingredientes y sabor del patio. } } ¿Halo - Mecha 3 o parafernalia para la incongruencia?* Quizás a Del Llano le interesara ampliar su horizonte hacia otro tipo de creación audiovisual que ha logrado establecer también un universo (este sí muy propio) de ciencia ficción autóctona; pero, desgraciadamente, no todo el mundo es George Lucas. En resumen, la “forma” de esta propuesta es resultado de un encomiable esfuerzo por dotar a la película de una factura digna de ser tomada en cuenta para próximas experiencias. No obstante, no llega a concretarse como un producto “del-llaniano”, ni siquiera como un producto nacional, sino como un reciclaje de estrategias foráneas que resultan poco novedosas al espectador cubano, tan saturado de propuestas de este tipo. Posiblemente esta falta no hubiese sido tan categórica si estuviese soportando una historia realmente enjundiosa que lograra hacer saltar a esta película al estatus de obra de arte plena, pero no es el caso. La reflexión ontológica que se nos propone es la usual para tal tipo de producción: la naturaleza humana es la causa de las desgracias de nuestros semejantes. No hay diferencia entre la xenofobia, el antisemitismo o la segregación por dietas. Todos son resultados de las bajas apetencias humanas y su necesidad de imponer una opinión superior, determinación última que es tan variada como individuos existen en el planeta. Tampoco los personajes se alejan de los estereotipos. Se nos presenta al héroe, que defiende a muerte sus convicciones hasta que es doblegado por el mucho más inteligente y suspicaz enemigo y, por supuesto, la bella mujer que representa la felicidad perdida. Es posible que un punto a su favor sea que no se enfrenten a bestias terribles o a computadoras de aterradora inteligencia artificial, mas la sucesión de largas escenas donde la batalla es verbal (con interminables diálogos de escasa importancia) es casi tan rocambolesca como las de enfrentamientos armados. A grandes rasgos puede ser esta la impresión general que nos deja un guion que, si bien peca de falta de originalidad (una vez más insisto en el regusto del reciclaje), podría ser pasable de estar concienzudamente cimentado; pero no es el caso. Omega 3 es, para menoscabo del realizador, una sucesión de noes. No logran salvarla los tópicos auxiliares que aparecen esporádicamente y se manejan a modo de relleno. Asuntos tan supuestamente provocadores como el enjuiciamiento de la guerra y del papel del soldado o las frustraciones del ser humano en su devenir social son lanzados al ruedo para humanizar la fábula e impeler al “público inteligente” a descifrar el de Desarrollo de las Artes Visuales, la restauración del recuerdo ocurre a través del ejercicio de la recolección, archivo y apropiación de las fórmulas y los códigos de organización científica decimonónicos. María Cienfuegos reconstruye para nosotros, además de una interesante lectura estética de los fragmentos de la imagen cristalizada durante el acto de investigación botánica, un espacio de interrogación sobre el verdadero sentido de una relación científica y tecnocrática con la naturaleza; espacio en cuyo centro es colocada una zona de irreductibilidad metafísica que rechaza toda forma de racionalidad y de taxonomía, y que se estructura en la particular disposición de ciertos objetos. El espacio está formado por cincuentaicinco placas petri con restos vegetales en su interior e inscripciones de nombres y códigos de clasificación que cubren la pared principal, y en el resto, placas de vidrio emulsionadas donde se traslucen formas vegetales a través de la luz que se proyecta con la claridad de la pared. Los objetos aparecen aquí como la cristalización de un instante sin vida en el tiempo, la muerte retenida para siempre. Instante cuya escritura, casi siempre incomprensible, es imagen de la historia de todo aquello que ya no podemos recordar. Los nombres se van primero y solo quedan las imágenes que nos presentan la huella de la acción humana. Enfrentados al sentimiento de la pérdida ante el paso del tiempo, el acto de coleccionar o acumular es una forma de resistencia. Frente al caos de las sensaciones y los encuentros, erigir entonces un orden, una continuidad coherente que ayude a entender, a hacer de nuestro pasado una materia que puede ser hablada, escrita, y por tanto, funcionar como el soporte mismo de la identidad. Se trata, en dicho orden, de la necesidad de una narración que articule los elementos del azar, que construya a su imagen y semejanza una historia de la razón, el relato de una continuidad legible. Los alfabetos, la escritura, los números y las imágenes constituyen –pareciera querer recordarnos María Cienfuegos– el principio mismo de la cultura según se ha entendido dentro de la geografía mnemónica occidental. Sobreviven así, junto a la materia vegetal degradada a mera clasificación enrarecida, los gestos anónimos consagrados a la institución de un orden de sentido irreconocible, casi afásico. Con la búsqueda de objetos que nos puedan guiar en el extraño paso de lo vegetal a lo inorgánico, acecha el movimiento que va de la discontinuidad a las dispersiones, y por ello la recolección de esos fragmentos dispersos de saber se revelan acá como un campo de observación privilegiado. Nunca sabremos del todo dónde empieza el trabajo de la fotografía y dónde termina la instalación. Tampoco, en verdad, importa demasiado. La artista, bióloga de formación, ha construido una relación de coexistencia entre estas pequeñas piezas que sigue un modelo ascético y eficaz. La presentación de estas formas de naturaleza muerta, hermosas en su pequeñez y disposición geométrica, aludiendo de paso a la cuestión de la especificidad de lo viviente, plantea asimismo una interrogación sobre la mirada humana, una pregunta sobre la triple articulación entre trascendencia, materialidad biológica y saber humano. El árbol que no me pudieron nombrar se sitúa por tanto en la confluencia de tres órdenes de la materia distintos, inscritos cada uno en la imagen que proyecta el conjunto: la actividad del sujeto que busca, el mundo vegetal que lo conmueve y quiere entender, y el objeto que en sí mismo guarda tanto los vestigios de la acti- vidad corruptora del hombre como ese mundo orgánico en completa descomposición, lugar donde termina la actividad vital y donde empieza la reconstrucción del propio proceso investigativo. En esta exposición se discursa más sobre los objetos que sobre los sujetos científicos. Quizás por ello, junto a las placas emulsionadas, las fotografías y las imágenes que la artista dispone siguiendo la lógica del bricolage, flota la sensación de que tales objetos solo documentan la antigüedad olvidada de un proceso de conocimiento que, paradójicamente, pareciera tan alejado de nosotros en el tiempo como una inscripción prehistórica. Por ello no se pretende aquí la completa exhumación de estos rituales visuales de la cotidianidad especular del laboratorio –la ciencia erigida como el verdadero espejo de la naturaleza–, sino aludir al momento en que, a través de la exposición de los enunciados y objetos científicos de código visual, se da cuenta de un rito de pasaje mediante el cual se derivan las imágenes del saber y de la muerte. De ese modo no es ya el laboratorio, como espacio minimalista y aséptico, el espacio de inscripción de ese posible contacto, sino la galería, donde las imágenes y enunciados, siempre colocados entre la necesidad y la contingencia, entre el azar y la necesidad, resultarán erosionados hasta su desaparición por el paso del tiempo. El recorrido es circular, y nos lleva inevitablemente a cuestionarnos sobre la acción que supone el acto de recordar en un mundo donde el olvido corrompe y el silencio cubre todo aquello que no pudimos nunca comprender. El árbol que no me pudieron nombrar sintetiza, con el último gesto de la desaparición del propio nombre, la convicción de la historia que se pierde cuando los objetos que han articulado su análisis se convierten en polvo entre las manos. El pasado no como constatación de la memoria citada, sino en la fijación por la imagen de los objetos que se disuelven sin que hayamos podido encontrar la palabra precisa que los nombre. Creemos casi institivamente que la naturaleza se comporta como una suerte de hermandad que nos permite la vida, y no reparamos en que en ella se escenifica la tragedia de la adaptación y la supervivencia, como una línea momentánea en el tiempo que precede la destrucción. El mundo vegetal se abre ante nosotros como un caos inmisericorde donde existir significa aferrarse a una imagen sin nombre. María de Lourdes Mariño (Camagüey, 1984). Curadora y crítica de arte. La Gaceta de Cuba 59 plástica } rio no era discursar conceptualmente sobre la muerte como idea, ya sea en su contenido cultural, antropológico o filosófico, sino más bien representar la consecuencia matérica del hecho concreto en el plano de lo estético. De ahí que la propuesta de Rodney me pareciera de gran novedad en el contexto cubano. Al fotografiar cadáveres que nunca han sido enterrados, esas imágenes nos muestran algo natural, pero que el ritual de la cultura se encarga de reprimir, de poner bajo tierra, o de convertir en ceniza, y por ende se trata de una visualidad prácticamente desconocida para nosotros: el estado obsceno de descomposición de la materia, el proceso –en esos cadáveres retardado, o neutralizado– a través del cual el cuerpo, un cascarón hueco despojado de vida, se va consumiendo en un desecho pestilente. Desde entonces he seguido el trabajo de Rodney, y aunque ha participado en varias exposiciones colectivas de fotografía, no había tenido hasta Inconclusos en su devenir hacia la tierra… La estética de la muerte de Rodney Batista tografía), con una muy baja dosis de manipulación digital. Rodney parecía poseer una vocación poco común entre nuestros creadores: un interés estético por la muerte; no simbólico, ni filosófico, ni científico, sino estético en primer lugar, es decir, un interés formal, matérico, por la muerte. Y un interés estético por la muerte solo se puede desarrollar documentando formalmente la muerte. Pero como la muerte es una idea abstracta, un concepto complejo –por más que la palabra designe a un hecho natural, tan natural como nacer y comer–, documentar formalmente la muerte solo resulta posible si se registra el residuo material que ese hecho concreto produce: el cadáver. Y es precisamente eso lo que comenzaba a hacer en aquel momento Rodney Batista, documentar el estadio físico de la ausencia de vida. Por eso pienso que su interés prima- 60 Crítica / marzo-abril 2015 la fecha su primera exposición personal. Pero ya era hora. De eso se encargó la doctora Magaly Espinosa, quien es una especie de madrina de los artistas jóvenes cubanos. Mundo de mi mundo, así se titula la expo que ha podido ser disfrutada en la Galería Servando durante todo el mes de octubre y la primera semana de noviembre de 2014. En esta tan merecida muestra personal, el joven artista, de la mano de su experimentada curadora, exhibe solo una pequeña porción del grueso de la obra que ha producido hasta el momento. La selección resulta coherente, aun cuando uno se quede con deseos de ver un poco más; lo cual se puede apuntar como un logro de la curaduría: no abrumar al receptor, sino dejarle hambriento, con deseos de devorar más, algo que es extremadamente difícil de lograr hoy en día, en un mundo saturado de imágenes de todo tipo. Y es que las fotos de Rodney compiten a cualquier nivel (televisión, Internet, cine, series forenses, etc.) en términos de impacto visual, logran incluso lo que se va convirtiendo en un imposible: hacer entrar en shock a nuestro repertorio visual. Carecemos de referentes iconográficos sobre los cuales juzgar o amortiguar el efecto que causan en nuestros sentidos esas imágenes de fetos, hombres y mujeres cuyos cuerpos han quedado en un estado de suspensión artificial de la descomposición, debido a la conservación en formol. De manera que ese estadio intermedio, en el que los cadáveres o porciones de ellos aún conservan algo de piel, pelo, incluso el rostro, pero mutilados al fin y al cabo, con las entrañas abiertas, hace que se active de súbito nuestra curiosidad antropológica, esa especie de morbo escatológico por lo desconocido. Entonces el vértigo y la repulsión se vuelven directamente proporcionales a la atracción contemplativa y de la contemplación pasamos sin darnos cuenta a la interpretación de esos textos visuales. Porque donde hay arte debe haber interpretación. Por eso Rodney no se limita al mero registro fotográfico. Desde su primera serie –Deidades–, intentaba establecer un diálogo entre los cadáveres que le servían de modelos, y diferentes objetos, fundamentalmente muñecas y peluches. Lo sintomático era que esos muñecos, o a veces trozos de ellos, también se encontraban mutilados, medio descompuestos. Esos objetos que pertenecen de igual modo al plano de la no-vida, son también especies de cadáveres, aunque artificiales, ya que su descomposición es producto de una muerte simbólica, consecuencia no de un proceso natural sino de la acción destructiva del propio hombre. Ambos residuos de materia, tanto el orgánico como el inorgánico, se reconocían en un estado similar de destrucción, de perecimiento postmortem, inconclusos en su devenir hacia la tierra. Según lo mostrado en Mundo de mi mundo, es posible apreciar cómo la elaboración conceptual de las obras ha ido haciéndose cada vez más sofisticada. Rodney ha estado explotando mucho más las posibilidades de manipulación digital de la imagen que brinda la tecnología. Lo cual implica que sus textos fotográficos han comenzado a correrse hacia el terreno de la estética del simulacro. En la mayoría de estas piezas, el fondo sobre el cual percibimos los cadáveres, tanto de humanos como de animales (al parecer una nueva arista de su trabajo que se quiso incluir en esta exposición), son claramente construidos de forma digital. Este proceder genera un contrapunteo semiótico que sitúa las obras en un terreno medio, híbrido, entre la fotografía documental –apegada a la veracidad del referente, de la huella irrefutable del objeto, sujeto o fragmento de realidad dejada en el dispositivo tecnológico– y la fotografía escenografiada, que produce su referente en el momento mismo en que se realiza la imagen, de modo que el acto fotográfico se hace constitutivo de realidad, y demuestra así que la fotografía también puede generar una realidad visual intencional, construida, no dada de antemano. La elaboración de simulacros de representación permite a Rodney crear ambientes, decorados, o simplemente atmósferas, en los que insertar a sus singulares modelos; en algunos casos se trata solo de fondos monocromáticos que generan un espacio indefinido, sin referencialidad, no marcados semióticamente, a no ser por el residuo semántico con que se cargan a priori los colores. Y cuando es acertada esa construcción escenográfica artificial, esas huellas sígnicas de cuerpos inertes cobran una personalidad impresionante, es como si el artista les devolviera la vida, como si la materia resucitara y le expidiera al mundo un último aliento de existencia. Todas esas obras pueden resultar polémicas, quien las mire desde la moralidad más pacata se escandalizará de seguro. Pero las que siempre me han parecido más enternecedoras son las fotos en las que Rodney trabaja con fetos y cadáveres de bebés. Por ejemplo, en una pieza, sin título, en la que vemos el cuerpo de un niño que al parecer murió a los pocos meses de haber nacido, es posible percibir la larga herida de la operación de autopsia. El cuerpo descansa, boca arriba, sobre el lomo de un caballito de madera. Detrás, un decorado de arabescos florales crea la atmósfera apacible de una habitación infantil. Y aunque la imagen repulsiva de la muerte nos estremece, tal pareciera que el niño duerme plácidamente, su rostro denota una tranquilidad pasmosa. ¿Pero, cómo es posible que un cuerpo muerto posea aún algo de expresividad? En eso radica el raro ingenio de Rodney Batista. Él logra personificar, singularizar, lo que carece de vida, lo que ha perdido su ser, también ontológicamente hablando. En otra obra, titulada “Cadeneta”, vemos a siete fetos, uno al lado del otro, cubriendo toda la horizontal de la composición, contrastando sobre un fondo rojo aterciopelado. Los fetos, sentados sobre sus endebles piernas, se tienen tomadas las manos unos a otros, y el primero de la izquierda hasta parece que aplaude. Da la impresión de que se trata de una sesión de meditación, o algún otro tipo de ritual. Pero más impresionante resulta la manera en que Rodney logra dotar de una actitud teatral específica a cada uno de esos cuerpos que apenas alcanzaron a formarse. ¿Será que estamos en presencia de una hermenéutica corporal de la muerte? Se abre aquí una disquisición filosófica: ¿somos nosotros los que aportamos alguna expresividad a esos cuerpos, o es que todo tipo de materia posee su propia carga semántica? Lo cierto es que aunque las fotos de Rodney puedan parecer repulsivas a muchos, si vamos al concepto originario de la Estética como ciencia, esta fue definida por Baumgarten en el siglo xviii como la “ciencia de la cognición sensual”, no como la ciencia de lo bello. Por tanto, toda la experiencia que aprehendemos a través de los sentidos es en esencia estética, y el arte, en principio, es una forma específica de cognición sensual. Solo } libros L a primera vez que vi el tipo de fotografía que hace Rodney Batista fue a finales del año 2008, en un Inventario de la Fundación Ludwig. Rodney, acabado de graduar en aquel entonces de la Academia de San Alejandro, mostraba tímidamente al auditorio imágenes fotográficas de cadáveres humanos semidescompuestos. ¡Escalofriante! Recuerdo que llegué a dudar incluso de la veracidad de aquellas imágenes. Pensé que se trataba de montaje, manipulación digital, artificio tecnológico; pero de eso nada, el joven se mostró a sí mismo en otras fotos en las que documentaba su proceso de trabajo: sacando cadáveres de las piscinas de formol de las morgues, creando escenografías para ellos, poniéndoles alguna prenda, ensamblando algún objeto a esos cuerpos deformados, iluminando el improvisado set... De manera que no quedaba espacio para la duda, se trataba de un hecho fotográfico real (en el sentido convencional de la fo- A que de todas las acciones humanas que comportan una función estética, la artística es quizás la que con mayor fuerza incide en el desarrollo de nuestra capacidad sensorial para la cognición, debido a que en la experiencia del arte solemos ascender desde la simple aithesis, a estadios síquicos más complejos de emoción y reflexión. Por tanto, una estética de la muerte, como la que ha venido desarrollando Rodney Batista, es sin dudas una ganancia de conocimiento, tanto sensorio-perceptual como conceptual, sobre el estado físico del no-ser. Hamlet Fernández (Cabaiguán, 1984). Profesor y crítico de arte. Larry, los Osos y el estado poético de las tribus urbanas bro el libro rosa de Larry J. González, Osos (Premio Julián del Casal UNEAC de Poesía 2012), y una mañana corre hasta la tarde-noche. Entro en el mundo poético de Larry con ansiedad, y de un tirón leo un libro entero de poesía: sin pausas, sin entenderlo todo, pero envuelta toda en esa antirrutina, espasmódica lectura, que me sacude entera. Hacía mucho tiempo que un texto sin evidentes tropos poéticos no me daba la sensación de tanta poesía; hacía siglos que un libro de poesía no me atrapaba cual novela. Atraída por este universo nuevo de actores pornos, revistas Vogue, de páginas webs sobre moda, de albañiles anodinos, de vendedores ambulantes, de carpas bermejas –sonoridad fascinante–, de discursos de tribus urbanas –Mikis, La Fraternidad–, quiero descifrar el porqué de esta atracción. Un mundo de referentes desconocidos para mí, y que con un original, desenfadado y difícil lenguaje trasmite sensaciones no solo por lo que dice, sino por el universo que va construyendo más allá de las palabras. El ritmo de un poema te lleva a otro, y como una gran novela quieres saber qué otra vida apasiona a este autor. Y si lees un solo poema no sientes ni entiendes demasiado. Solo por acumulación y repetición de frases, de ideas, de sentidos de un poema a otro logras completar los conceptos, desentrañar los personajes, imbuirte de esa insólita cosmovisión. MÚSCULOS - CRÁNEOS - VÉRTEBRAS DEL OSO Osos tiene seis divisiones, pero saber eso no aporta ni importa demasiado. Larry disecciona Osos y algunos títulos anuncian el grado de profundidad a que llegará: en ellos se pueden El 30 de enero pasado, la película La obra del siglo, segundo largometraje de Carlos M. Quintela (La Habana, 1984), con guion de Abel Arcos, fue premiado como parte de los Hivos Tiger Awards a mejor película en el Festival de Cine de Rotterdam (Holanda). Certamen que ha centrado su interés en producciones independientes con cierto hálito trasgresor o experimental tanto en factura como en tema. La dupla Quintela-Arcos repite con éxito también en esta ocasión –recuérdese su trabajo en colaboración para La piscina (2011)–, desde un cine autoral que trata de entronizar una búsqueda estético-discursiva en la cual las imágenes, los gestos, alusiones simbólicas y difíciles encuadres comunican más que las palabras. Rodada en blanco y negro con imágenes de archivo en color, La obra del siglo, una producción de Rizoma (Argentina), retrata tres generaciones de cubanos y su relación con la construcción de la primera central de energía nuclear cubana, ubicada en la localidad de Juraguá (Cienfuegos), que tras la caída de la Unión Soviética quedó sin finalizar. escoger palabras como “Músculos”, “Cráneos”, “Vértebras”.1 Tres porciones del cuerpo animal, y quizás también tres lugares que describir; tres capas que quitar. En el medio de ellas la sección “Vegas” donde se nos devela una desértica iniciación gay demasiado temprana y violenta. “Músculos” se inicia con “Ed Hardy y las gorras de carpas bermejas” y en él se resume mucho de lo que el autor desplegará: actores de porno gay, los mass media, tribus urbanas, tatuajes, asociaciones insólitas de imágenes que pocos toman por poéticas, gatos enclenques, peces raros, y un lenguaje exento de metáforas comunes y sí colmado de una gran sonoridad, de un ritmo exquisito. Leo el poema de las carpas bermejas y solo tengo deseos de recitarlo en alta voz y es que de tan sonoro la lengua se me enreda por las complejas palabras y las redes y las carpas y los salmones confusos. En este poema, como en muchos de ellos, las frases no alcanzan un sentido unívoco, ni siquiera un sentido estricto. Lo que queda en el lector es solo un estado de ánimo, una identificación con el ambiente logrado, a partir de la repetición de frases, ideas y el ritmo trepidante que logra. Al principio, sentía que Larry solo jugaba con las palabras y su sonoridad, renegando una laxa interpretación. Después supe que cada poema tiene una relación con algún personaje posterior; historias repartidas. En “Músculos” situaciones ordinarias, ambientes de pobreza, personajes que deambulan, casas a punto del desplome, son vistas con indiferencia e impotencia veladas. De la nulidad que podemos sentir ante el descalabro de las edificaciones, y la mediocridad con que se asume su reparación, sensación de que “no hay nada que podamos hacer”, se habla en “Mr. Glande”. El autor parte de una idea inicial y de allí puede saltar a otro tema y luego a otro. Casi como el propio fluir libre del pensamiento, buscando descentrar al lector, no deja que se realice la empatía, como en “Rudolph y Ralph” –sobre gatos domésticos–, que nos habla de dos gatos y luego desfilan al menos otros cuatro más como protagonistas, el último lo acarició en un club gay. ¿Todos los gatos son lo mismo? No se concentra en uno. No trasmite una imagen, sino un gesto, indiferente también, donde no prima la descripción de una imagen poética sino la narración de hechos, aparentemente estériles de poesía, pero capaces de generar estados de ánimos provocadores e intensos. Desfilan personajes citadinos: compradores callejeros de oro –que tasan a ojo–, mulas de ropa, vendedores de gorras, el mundo del gimnasio, figuras de yeso, budas, un criador de peces. Este último personaje afirma: “En la vida todo es arte”, y antes otro dijo “Reparo en todo lo que entra y sale”. Algo de esto me queda después de leer Osos: Larry filtra poesía de todo lo que pase por sus ojos: gente, cosas, animales. Todo es arte, como todo puede ser poesía. Ante sus ojos deambulan las historias y se mete en la vida de sus protagonistas. “Músculos” habla de la piel, lo que se expone, los tatuajes, las imágenes La Gaceta de Cuba 61 62 Crítica / marzo-abril 2015 Mytil Font Martínez (La Habana, 1977). Filóloga. “Músculos”, “Cráneos” y “Vértebras” son tres posibles demarcaciones que la autora propone al analizar el volumen, no corresponden a las seis divisiones que, como “Vegas”, están presentes en Osos. (N. del E.) 1 libros } varios hombres en un pueblo perdido de cualquier campo cubano: “Mi desfloración. A punto de cumplir 5 años –marzo del 80”. // “Ocurre la desfloración al aire libre: fondo seco de un vertedero... invitándome a engullir con la mano lo que ofrecían violador unos, dos y tres. Ese gesto sobre el ombligo que antes significaba chapear bajito” (“El erizo” y “El erizo (primer viaje)”). A partir de la mitad del libro se dificulta un poco más el entendimiento, si no conocemos los antecedentes, los referentes. Personajes, teatralidad que recuerda La tierra baldía de T.S. Eliot. Me pierdo un poco en los finales, pero sí lo hube de leer sin respirar, porque quería quedarme en ese mundo diferente, libre, irreverente, neurótico y poético que Larry aunó en Osos. La poeta y crítica Caridad Atencio en la nota de contracubierta advierte: “en este libro se niega la enunciación lírica, pero se predica y protege lo imaginario, que –aunque semeja un territorio de azar– también establece un orden”. A otro joven poeta y artista le hablo emocionada de la poesía que existe en Osos y me discute “pero eso no es poesía. Eso es prosa poética”. Y verdaderamente no entiendo ni veo diferencia alguna entre esos dos estilos. ¿Cómo puede no ser poesía un texto que solo te mueva sensaciones, estremecimientos? ¿No es eso lo que debería buscar la poesía? ¿Acaso solo la forma es necesaria, tener metáforas y versos? Sí, Osos tiene poemas, y tiene prosas poéticas, pero sobre todo Osos destila irreverencias, dolor, sensibilidad. Osos se adentra en la indiferencia de una generación ante su mediocre entorno y desesperanzador futuro. Osos expone sinceros y descarnados estados que agradezco me llegaran aquella tarde en que se me adormecía el alma entre tanto poco arte y mucho mercantilismo, entre tanto necesitar pasiones y encontrar solo remordimientos. Osos me devolvió el deseo de expresarme y de intentar buscar mis propias carpas bermejas en cualquier gorra vagabunda. Breve ensayo para un largo adiós E logio de la brevedad si haces un corte para encontrar que todavía hay algo nuevo y nuevo que referir… pero de otro modo. Quiero decir, con la poesía. Quiero decir, en el así llamado estilo concreto –de un concretismo cargado a trancos por lo cubano–, que arrastra, en esencia, solo lo necesario para el discurso y la intención comunicativa: la intervención poética, como en el caso del libro que nos ocupa. En tal sentido, y a modo de introducción, CERTIFICO: A la altura del paginado o folio número sesenta y cinco y finales del presente tomo. Que en las páginas cinco y seis de la sección legal del documento civil ahora a mi cargo, aparece la inscripción marcada con el rótulo “Premio David de Poesía”, y que copiada literalmente dice así: Leandro Báez Blanco: Postdatas, Ed. Unión, 2013. El estilo –repito– es el concreto, y su seguimiento está en el orden de las postdatas, de la apostilla literaria, la coletilla de carta luctuosa y poco informativa porque, bien se sabe, en el relator (adentro) hay siempre más que en el acto de su escritura. De ahí su verticalidad, de ahí su trabajo. Se trata de un modelo pulsado al ritmo de lo coloquial, pero sin contaminarse: cortes versales que disuelven cualquier rastro de facilismo comunicativo y de pereza intelectual, que no llegan a ser una caja cerrada del pensamiento, sino su filtración: “Son símbolos/ mis postdatas/ […] mensaje absurdo/ asido a mis papeles” (p. 12). El propósito es el de mostrar un decurso, una sucesión de ideas sobre la materia que lo empeña: cartas que van y vienen, de ida y vuelta,1 que ocuparán su puesto en el registro elemental de la época; crónicas en el ir y venir de ese flujo lacerante que sigue –y según parece, seguirá– siendo el problema migratorio nacional. “Es el comienzo…/ Inicios/ [también] traen despedidas” (p. 11). Y qué otra cosa hay exactamente en la misiva del “hasta pronto”, del “ya llegué”, del “todo bien, tengo trabajo” (aunque la realidad sea otra), que una despedida, una despedida cruda y definitiva, un largo adiós. En la tragedia de lo cubano –sobre todo de sus últimos cincuentaicinco años–, esta ha sido la experiencia más viva y agobiante. Una experiencia que Postdatas actualiza (quiero decir: exacerba) en grado superior: en el des-en-freno de lo poético, en el desarraigo de la pérdida y el viaje, en la ciudadanía hacialo-español, en la odisea burocrática de la salida. Eso: la odisea burocrática a la que está obligado el emigrante y que es utilizada como telón de fondo del cuaderno. “Una fotografía/ imitando el espectáculo del ser” (p. 17). Fotopoemario, se diría. ¿Como en el catalán J. Brossa? ¡No! Como en la Papelería Nacional. La papelería que se exige a todo aquel que intente salir por la escotilla para no regresar, y que junto a las notas de asunto familiar –que se envían después del Gran Salto desde el nuevo terreno a aquel abandonado y viceversa– hacen de todo el proceso un producto acabado antes de comenzar. Enfriamiento post: son las Postdatas. El proceso fue sacar, simplemente, todo ese viejo expediente de las gavetas: de las gavetas de la emoción. Tal es el riesgo: proponer como lectura lo que antes fuera destinado para oficinas de posta y cuño: estafetas, consulados, sitios de extranjería diversos. Papeles que hablan más por sí mismos que miles de páginas y versículos de la literatura y el canon nacional: “No es coloquial,/ persigo diestro/ la manera de proponer/ mis ignorancias,/ y aún no entiendes. […] Te aseguro:/ no es coloquial./ Asisto a la vergüenza/ de juntar/ lo que antes fuera/ la nada en mis papeles” (p. 5051). La nada real que son –por cierto– estos legajos: desechos de verdades y falsificaciones, de evidencias de un proyecto de fuga que no pudo ser. Pero, ¿por qué ese esfuerzo por (hacernos) repasar toda esa podredumbre y miseria económicomigratoria? ¿No hay allí también una trampa: la del fracaso frente al posible aburrimiento visual, la del supuesto abuso de la bondad del lector? Pues bien, he aquí la respuesta certera a esta dificultad: John Ashbery, poeta vivamente avant-garde, si los hay, ante el exceso vanguardista de su The tennis court oath (1962), opinaba que “el riesgo es lo que hace que el arte experimental sea hermoso”, puesto que “un poema que comunica algo que el lector ya conoce realmente no le está comunicando nada y de hecho muestra una falta de respeto hacia él”. Entonces se explican las Postdatas: el poeta que intentando ser moderno o post, halla lo antiguo: la visualidad en el archivo común del expatriado, la poética urbana de la documentación legal. Lo que llamaríamos… el gran pastiche: hacer de la farsa burocrática un exquisito collage que explique –todavía mejor que las oficinas del Registro Civil– la saga del viaje.2 Este es el fermento: la madurez que exhibe una escritura apoyada en la oficialidad migratoria, la conversión del objeto-libro en el proceso visual de ida-fuera-del-país (pasan ante el lector, cuños en la papelería reglamentaria, sellos timbrados). Sellos de varios precios, de uno incluso mayor: el precio de la espera, la ansiedad que provoca la espera. La burocracia. ¿Y qué es en todo caso la burocracia sino una llaga virulenta con la que hemos aprendido a convivir durante años? ¿Qué es sino otra asignatura kafkiana dentro de la disciplina general de lo cubano, como “una hierba/ imposible de arrancar”? (p. 17). Esto es: la llaga y la huella de la llaga. Son las Postdatas, de las que sale visible y sonriente –aunque marcado– el autor. A ello le sigue la rutina textual del poemario (o bien poema-río), que se lee de un golpe como las noticias en el periódico de la mañana o la carta que ha llegado del exterior: 1978, el nacimiento, donde los inicios también traen despedidas (quiso decir: hecho para emigrar), “como cuando jugabas/ a marcharte” (p. 51). La oposición intencional del traslado en el tiempo de dos pilares de la familia (Manuel, 1913, en la República, Leandro, cien años después, pero a la inversa). Los preparativos de la partida. La promesa que uno se hace a sí mismo de volver en el “imitar/ viajes de regreso” (p. 15), porque “no haremos/ como un asceta/ en el instante/ de negarse todo” (p. 12). La partida, al fin. La explicación entonces del proyecto de viaje (“demasiados insectos/ en la memoria,/ demasiada escasez/ alrededor”, p. 15). La correspondencia que comienza a fluir en dos direcciones (“Unos cuantos intentos/ dispersan/ la acción del matasellos./ Muerto en la marca/ llegará/ será leída”, p. 19). El testimonio de una realidad extraña (“Una bandera a cuadros/ tinta y telegramas,/ acento exótico/ desconocido para mí”, p. 30). La carta ausente, que no llega (“No hay buzones,/ nunca los hubo./ Adiós/ a la silueta del mensaje”, p. 36). El relato lineal del desarraigo (“si no entiendes,/ mira el dolor,/ no las llagas”, p. 34, “mi obsesión/ es tanto mensaje/ secando/ envejeciendo”, p. 40). Vivir y hacer vivir a toda la prole de la ilusión de bienestar en la correspondencia (“Enviemos entonces/ la vida triunfal”, p. 41). El relato de ciertos vecinos diabólicos que atentos al movimiento alrededor, hacen de las noticias del viajero un estímulo con el que paliar el tedio (“Nosotros/ no tememos al cambio,/ sino a la igualdad”, p. 38). La historia de la madre que espera. La idea del regreso (“Volver/ como si fueras a marcharte”, p. 45, “Yo espero mi regreso/ como un rey/ su propia muerte”, p. 61). El aburrimiento. La espera infernal. El aburrimiento otra vez (y aquí mientras tanto, “arrojar piedras al verano” (p. 11), como un acto de abandono a la desposesión o a la rabia). Todo es amarillo (“it is all yellow”, p. 27). Como los sellos de la correspondencia, viejos ya del trasiego antes de su arribo. Como los papeles que debes consignar para el viaje. Como nos imaginamos que sea la jornada de la partida, la que en este caso nunca fue, y la historia del libro queda trunca, y sigue siendo cierto que “un poeta/ necesita […]/ otra respiración/ para alcanzar/ alguna zona libre” (p. 13), la zona libre que es, a fin de cuentas, el resumen de todo. Nada más. Solo queda citar un último CERTIFICO: Que al parecer la firma que antecede del poeta que rubrica este documento titulado Postdatas, es auténtica por la semejanza que guarda con la que obra en el registro poético del autor ahora estudiado, y con la que el mismo acostumbra a usar en sus actos y lecturas oficiales. En fe de lo cual autorizo la presente certificación de garantía con la firma y el sello de este ministerio de lectura. [Firma:] Funcionario y leyente autorizado a refrendar autenticaciones de firmas para surtir efectos legales (y reales) en el interés general del lector. Javier L. Mora (Bayamo, 1983). Poeta y crítico. 1 Nótese que la tipografía de esta edición se presenta enteramente en cursiva, imitando el sentido de la escritura manual y no mecánica, y haciendo en el volumen la apología estilística del epistolario. 2 Debe señalarse que si bien estas Postdatas funcionarían solo con las imágenes que presenta, la información documental que el cuaderno ofrece se complementa en el simulacro de los trozos de cartas que contiene, y que recorren el libro en toda su extensión. Ambos planos (el textual y el administrativo) conforman en su superposición y conjunto, lo que llamamos el “poema-río”: texto que tiende al infinito, que en la duración problematiza su asunto en el tiempo. Nakara o el infierno según Nguyen Peña E l premio David 2013 en el género de cuento lo obtuvo en esta ocasión el joven Nguyen Peña Puig, con el volumen Nakara (Ediciones Unión, 2013), recientemente presentado en la Feria Internacional del Libro 2014 por el docente y escritor Sergio Cevedo Sosa, quien fuera su profesor en varios talleres narrativos, incluyendo al Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. El jurado estuvo compuesto por los prestigiosos autores Alberto Guerra Naranjo, Anna Lidia Vega Serova y José Miguel Sánchez (Yoss), quienes tuvieron la responsabilidad de elegir entre las obras presentadas al concurso. En cuanto a la factura del libro, hay que distinguir la impecable labor de diagramación de Onelia Silva Martínez y el sugerente diseño de cubierta de Gipsy Duque-Estrada Borges, con una ilustración de cubierta cortesía del autor del libro, mezcla de mística, raíces culturales autóctonas y cubanía. Nguyen Peña Puig (Camagüey, 1977), licenciado en Derecho y radicado en La Habana, ya había sido finalista del XV Premio La Gaceta de Cuba, había obtenido Primera Mención y Premio colateral en la XXIII edición del concurso Ernest Hemingway 2011 y el Premio La Gaveta 2013, todos en el género de cuento. Y aunque ya había publicado narra- } libros veneradas, las derruidas fachadas, las pasiones e ideas fijas de la gente de a pie –que muchas veces puede ser tremenda bobería o superficialidad–, sin que Larry los enjuicie. Sus voces vienen al autor, y este solo funciona como un mediador entre la poesía que de ellos emana y el papel. ¿Todo el mundo vale o el presentarnos estos gustos kitsch y no otros es su manera de llamar la atención sobre la parafernalia cursi que se potencia en la actualidad? Así entran los Mikis y los más elevados de La Fraternidad, en la segunda sección del libro: “Cráneo” – parte dura que protege y nos aísla del cerebro. Y pareciera que entráramos al pensamiento de estos personajes no tan profundos. Hablan los nuevos grupos urbanos, Mikis, en específico, y se desatan sus gustos, su lenguaje, sus modas de revistas, sus modelos preferidas, en fin, su mundo de techo bajito. Y esa cosmovisión es avistada a hurtadillas, por un personaje de La Fraternidad, a través de una ventana. Se contraponen dos mundos –Mikis y La Fraternidad–, no tan opuestos al fin, en que la sociedad, la política y la literatura rusas son temas de discusión en uno y otro bando. “Dondequiera me brotan las voces de estos Mikis”, escribe Larry y sentimos que estamos asistiendo al instante único en que al sujeto poético se le ha otorgado la gracia de sentir lo que otros viven. Cuántas veces no hemos querido salir de nuestra piel e ingresar en otro cuerpo y vivir esa otra vida no necesariamente mejor que la nuestra, simplemente te mata saber cómo piensa el otro; cansados de nosotros mismos, sentir el otro y develarlo es un acto muy codiciado. Larry lo hace cotidianamente en su poesía, meterse en la otra piel, o en el cráneo, y describir sus frases vacías, sus discusiones estériles, sus vidas incluso felices. De los poemas sobre los Mikis, me fascinó sobre todo cómo se logra expresar el ritmo, la gracia y la frescura de una conversación –siempre me ando quejando de lo poco creíbles de los diálogos de cualquier cuento-novela-audiovisual cubano–, Larry logra colocarme en esa ventana y participar de las discusiones sobre modelos rusas como heroínas contemporáneas, y me convence a pesar de lo inverosímil de los temas. Pero también, he de confesarlo, me hace conocer de este mundo de jóvenes subyugados por hombres y mujeres fetiches, por tenis, marcas y tatuajes que se convierten en insignias. Descarnado en adoraciones homosexuales, descarnado también cuando narra la desfloración de un niño de cinco años por ciones en libros y revista nacionales y extranjeras, es el Premio David el que le brinda la oportunidad de publicar un volumen completo de su autoría. Su segundo libro, “La lógica según Roberto”, en proceso de edición, es una noveleta que obtuvo el Premio de Narrativa Hermanos Loynaz 2013 y será presentado en la próxima Feria del Libro. Nakara contiene ocho narraciones que, según señala Sergio Cevedo en la nota de contracubierta, perfilan una especie de universo sensible a través de experiencias de corte existencial o imaginativo, a menudo contadas desde los ámbitos de la sugerencia y siempre en el cuidado de cultivar una tensión, un interés y hasta un enigma. Se aprecia en ellas una voluntad por trascender registros temporales y espaciales sin dejar de acusar una cierta noción de pertenencia. Hablar del libro en general es difícil, porque las historias son muy diversas. Encuentro, tras una primera mirada, algunos puntos en común: una excelente redacción, que fluye de una manera amena y se nutre de un lenguaje creíble, sin rebuscamientos, que se adecua a cada personaje buscando un equilibrio muy bien logrado entre narración y diálogo; una atmósfera enrarecida, casi siempre pesimis- La Gaceta de Cuba 63 ta, pero sobre todo concentrada en el ambiente y en los conflictos de los protagonistas; estos últimos son seres angustiados, inconformes, atormentados por pérdidas sensibles en sus vidas; y la muerte, como presencia o como temor. El volumen comienza con “Noche de jazz”, que recrea las últimas horas de un club de jazz que pasará a ser una discoteca: “típica disco, música electrónica y luces inteligentes” (p. 7). Esto se convierte en la pesadilla del protagonista, un músico negro que toca la trompeta, trasformado en el cuidador de los baños por haber caído en los desastres provocados por el vicio del alcohol, pero que ama profundamente la música y este local que a ella se había consagrado hasta entonces: Deja correr la vista por las paredes e imagina cómo en la mañana los obreros de mantenimiento pondrán aquello al revés, arrancarán los discos de vinilo, las fotos, los afiches; matarán ese espacio íntimo e inigualable. Sufre el destrozo, el silencio forzado hasta que lleguen la estridencia absurda y el desenfreno (p. 8-9). Y la última noche se convierte también en oportunidad para este protagonista triste y gastado, amante de la buena música, hacedor de melodías él también: En las mesas, doce personas, doce almas perdidas en este lugar perdido. Apenas doce aplausos y ese negro que ya toca como un poseso, que suda los minutos, el alcohol, que delira, que trata de recuperar la vida en cada tema que brota de su instrumento.// Y el negro, que nunca salió de este país, vuela de Nueva Orleans a Nueva York y de allí a París y de regreso para enloquecer al mundo. Lo miran como si fuera a otro a quien tuvieran delante. Nunca antes tocó así. No que alguno recuerde (p. 13). “Nakara” sigue a continuación, con un interesante paralelismo entre dos historias: una “vivida” y otra leída, dos versiones de un problema similar que se relacionan y entrecruzan ingeniosamente, dejando a descubierto traiciones familiares, conflictos generacionales y dolorosas rupturas amorosas. El autor se vale de una narración en segunda persona al estilo de Aura, de Carlos Fuentes, obra a la que se le hace un guiño desde el sugerente exergo. Y aquí aparece Naraka, el infierno según los budistas, transformado en Nakara por decisión personal: “Nakara sue- 64 Crítica / marzo-abril 2015 na hermoso. Hace sitio en tu mente. Domina. Nakara. Y te alegra la idea de tener algo definitivamente tuyo, aunque sea un lugar en el infierno” (p. 18). “Un perro en el Sena” también desprende un halo místico. En esta ocasión un muchacho huérfano, Lucas, se adentra en aguas del pensamiento oriental, de nuevo el budismo, también hinduismo, y se centra en la esencia de la reencarnación. El mundo se trasforma para este protagonista, obsesionado a la vez con la magnificencia de Francia y con esta religión, sobre la que busca información persistentemente: El libro en cuestión era casi una monografía sobre la cosmología budista del universo como una esfera cerrada, lo cíclico de la vida para el ser humano y la posibilidad de la trasmutación del alma a otro sujeto después de la muerte. No era tan fácil de entender, pero el hecho de que tuviera también dibujos y ejemplos concretos facilitaba las cosas. Entre una y otra imagen tomaba forma la idea de que la calidad de la reencarnación estaba condicionada por los méritos acumulados en vida, como efecto del actuar de cada persona. Era una perspectiva sugerente, aunque a esas alturas ya Lucas tenía algunas teorías propias que no se ajustaban del todo a ese principio, y donde lo único claro era la necesidad de escapar, de cualquier manera (p. 31-32). “El rojo permanece” explora la siquis de un joven que se nos muestra con una personalidad fragmentada, posiblemente como un mecanismo de defensa. Comienza con una atmósfera onírica nacida de los imaginativos vericuetos literarios de Cien años de soledad, para demostrar la inestabilidad sicológica del protagonista, quien se desdobla en LucasErnesto-Súper-Oklah (este último es un guerrero cherokee), se nos aparece como víctima de una madre abusiva y de un trauma horrible en su niñez a raíz del accidente de su hermano menor. Las trasformaciones rozan (y se mezclan con) lo sobrenatural: Sintió un golpe de viento, un viento extraño que se le enroscó en el cuello. Se agarró al marco de la puerta, cayó al suelo, trató de zafarse aquello que no dejaba de apretarlo. Todo se puso oscuro. Pudo ver a Lucas, que se alejaba un par de pasos y le decía, no te preocupes, tú eres más fuerte, eres Súper. Y Súper está bien. Sí, Súper está perfecto (pp. 44-45). “La ronda de las hormigas” se inserta con maestría en el drama familiar de un hombre que regresa de un viaje de trabajo para descubrirse solo, pues ha descuidado su matrimonio y su frágil estabilidad amorosa se ha desvanecido. Es de resaltar en este cuento el manejo de la tensión, del enigma, del miedo, en medio de un ambiente cómodo pero enrarecido. “Caída libre con Post-data” también se centra en problemas familiares, en el amor, en los encuentros y desencuentros que alberga su protagonista, en el trascurrir de sus tragedias humanas, sus angustias y sus espacios vitales: la calle en la que permanece, la casa que lo alberga y lo arrincona, y que es testigo de su derrumbe personal. En el caso de “No eres tú” se establece un paralelismo entre el lenguaje “oral” y el “escrito”, alrededor de una conversación, la cual es una consulta terapéutica guiada por el narradorprotagonista-sicólogo y que lleva a cabo solo por la obligación que implica su trabajo. Prueba de semejante desinterés es que va escribiendo en su cuaderno de apuntes sobre la ruptura amorosa que ha tenido con su pareja, Laura, en vez de anotar los conflictos sentimentales que su paciente le va narrando. Lo más interesante, en mi criterio, son los puntos en común que tienen los problemas del paciente y los del sicólogo, ambos angustiados por una mujer, curiosamente, de igual nombre. El último cuento se titula “Los puercos no vuelan” y se diferencia de los demás porque trabaja el submundo delincuencial a partir de la visión de dos personajes que son pareja en el amor y en el delito. Aquí se explora la dinámica familiar, las metas y necesidades afectivas y materiales, y sobre todo queda reflejada la sumisión de él, dada su incapacidad de ser un proveedor adecuado en el hogar, ante ella, que es el cerebro de las operaciones, sin dudas “la jefa” y organizadora: Recordé la noche anterior. Ella dijo que no importaba, que improvisaríamos sobre la marcha: solo tenemos que llegar, fichas a alguien con dinero y yo me encargo de lo demás, dijo. Pero ahora todo en ella me parecía profesional, como ensayado miles de veces antes de este momento. Quizá todas las veces que caí ante esa misma mirada (p. 94). Este es un libro enigmático, a veces místico, siempre sugerente, que utiliza y complementa con pericia extraordinaria los factores sociológicos y sicológicos con lo sobrenatural, elementos que a tantos pudieran pa- recerles irreconciliables. Pero la buena literatura es así. Y Nguyen Peña se ha abierto paso en ella sin novatadas, con la maestría de los autores consagrados. No hay pesimismo en este infierno, o al menos no el que pudiera deducirse de las tragedias familiares y las angustias sufridas por sus personajes, sino esa magia que desprende el talento y trasforma estas páginas en un trozo de paraíso literario en el que realismo y fantasía se unen indisolublemente en este Nakara excepcional. Anele Arnautó Trillo (La Habana, 1980). Editora.
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