Y, SIN EMBARGO, CONTENTO

Ita et lingua modicum quidem membrum est et magna exultat.
Ecce quantus ignis quam magnam silvam incendit.
Iacobus 3, 5
CAPÍTULO 1
I
“Lo peor de todo son esos ojos. Unos ojos de gato como los faros de un coche de luciérnaga. Unos
faros acuchillados en la diana central por una lanza de jíbaro. Unos ojos fijos, apuntando, insistentes.
–¡Joder con esos ojos! El lugar es de película de gángsters, de la mafia más mafiosa, junto al mar.
Sólo dos focos parten la oscuridad en dos reflejos paralelos, rielantes, difusos sobre la negra
superficie del siempre inquieto mar oscuro: por un lado, la luna, allá arriba, jugando al escondite
entre nubes rápidas; por otro, la solitaria luz de la esquina de un edificio del puerto, colgada al aire,
agarrada sólo por un supuesto casquillo y un paraluz con forma de boina. Montones de cajas y palés
negros, apoyados contra el opaco edificio. Y, en un recoveco, en lo hondo de una gruta de maderas
perforadas, esos ojos.
Eso es lo malo de las esperas. Que uno ya está de por sí inquieto en un paraje de película de
terror. Que uno anda un poco mosca con cualquier movimiento, ruido o cambio de luz que juega con
las sombras fantasmales. Que uno está en alerta máxima, porque el mero hecho de estar en un sitio
así, a las dos de la mañana, supone haber cometido tantos crímenes en el código civil particular de su
familia que ya da pánico todo. Y entonces, en la tensa espera, uno va y descubre esos ojos. Al
principio, se nota cómo viene el escalofrío de detrás para adelante, muy rápido, pero lo
suficientemente lento como para apreciarlo en todo su recorrido. Luego, el cosquilleo, frío, que sube
por la espalda hasta la nuca. Después, el ejercicio de contención para no salir palpitando del lugar. Y
toda una demostración de aguante, hasta que se serena el bombeo cardíaco, el palpitar del corazón,
sentido con fuerza en las sienes. Y uno se obliga a mirar a eso que lo ha puesto al borde del pánico. Y
se tranquiliza cuando comprende que son los ojos de un gato. Y es que no paran de mirar. Y, aunque
uno sabe lo que es, la presión de todas las circunstancias no termina de calmarle a uno. Y está
molesto con esos ojos romboides, y, a la vez, embriagado por la fascinación de un poder que uno no
posee.
–¡Joder con esos ojos!
Pero hay un instante de despiste, un microsegundo que uno no mira a esos ojos, y, de repente,
descubre que se han ido. Que, en un instante, han dejado de ser círculos perfectos para convertirse en
elipses. Y que se han apagado. Sin más.
Y entonces es cuando uno sabe que ha llegado la hora.”
Lucas terminó de leer su texto pero permaneció con los ojos pegados al papel. Luego, su mirada
fue tomando altura, lentamente, hasta enfocar al resto de la clase. Silencio. Muchos le miraban
directamente. Otros no, ensimismados en su nada, aburridos de ese ejercicio.
–Bueno, ¿qué os ha parecido? ¡Quiero comentarios ya! –bramó Jaime Calero, el profesor, desde su
posición elevada por la tarima crujiente. Exigió la atención de los disidentes. Sin embargo, como
siempre, la primera respuesta del auditorio fue el silencio. Lo volvió a intentar con una de sus
muletillas más recurrentes:
–¡Veeeeenga, vaaaaamos, hombre!
–Lo de “rielantes” un poco repipí, ¿no? –comentó con gesto adusto Laura Gil, una preciosidad
morena con melena de anuncio, que también se recreaba en ir por la vida de crítica culta latiniparla,
pero en plena etapa de pavo total.
–¡Tremenda tirada de la moto…! –acertó a gruñir el alumno del fondo, tras un denodado esfuerzo
por combinar las cuatro palabras de su estrecho léxico.
–Creo que la descripción del momento de pánico es buena; a mí me ha empezado a dar el
canguelillo, jiji. Menuda chorrada..., por unos ojos de gato, jiji… –se atrevió a afirmar, sonrojado, el
tímido Félix Lavares, que tenía fama de pijo y de cagueta.
Se trataba de los primeros y tímidos comentarios para que la gente se soltase. En seguida, el
profesor Calero orientaría la discusión por aspectos más interesantes. Al menos, eso era lo que
esperaba el autor del texto.
–¿”Joder con esos ojos”? Tú te obsesionas, macho. ¿Y la parida esa de “faros de coche de
luciérnaga”? ¡Menuda paliza! –seguía insistiendo el desparramado del fondo, más interesado en
montar follón que en establecer una conversación seria. Seguro que estaba allí por castigo...
–Pues a mí me estaba empezando a interesar. Me gustaría saber cómo sigue… –acertó a comentar
una alumna de primero de bachillerato, llamada Silvia Cameselle, que compartía curso con Lucas,
aunque era de otro grupo.
–Yo creo que es una mezcla de película de suspense y comedia de adolescentes, jejeje –apuntó
Félix, animado al ver que nadie le había partido la cara por haber hablado en la primera ocasión.
–A mí me mola toda la movida que has utilizado de paralelismos, tío, te lo has currao como un
poeta… ¡No sé qué pintas aquí, pringao! –terminó de apuntillar, con voz de falsete, el anormal de
siempre.
Y así hasta el infinito. Jaime Calero observaba con interés al alumno que permanecía encima de la
tarima, mirando impertérrito a sus críticos. Él sólo esperaba una opinión, la del profesor, pues el resto
de los participantes eran pura basura. Desquiciados aburridos, que estaban por obligación en el Taller,
y no por devoción como él. A todos los paquetes del colegio los castigaban con la asistencia
obligatoria a estudios y clases de refuerzo en los recreos, como este Taller de Escritura Creativa.
–¿Qué te parecen las opiniones de tus compañeros, Lucas? –le interrogó, malicioso, Jaime Calero.
–Lógicas –comentó el aprendiz de narrador, sin mover un músculo de la cara.
–¿Lógicas? ¿A qué viene eso?
–Los dos sabemos por qué están aquí –contestó Lucas al profesor, mirándolo de reojo, y de
manera sibilina.
–¿Y eso invalida sus opiniones?
–¿Usted qué cree? –le contestó, categórico, Lucas.
–Creo que lo primero que tienes que aprender es a aceptar las críticas.
–Sí, profe, pero de gente cualificada… –respondió Lucas, levantando ligeramente las cejas.
–Todas las personas están siempre cualificadas para opinar sobre algo que les propongas –
contraatacó Jaime Calero.
–No es mi público.
–Pues entonces, yo tampoco lo soy –concluyó el profesor de forma brusca, dando un manotazo
mientras cerraba su libreta–. Podéis recoger.
En ese mismo instante sonó el timbre de fin de recreo largo, o también conocido como del
comedor. Todos los participantes en el taller sonrieron de manera maligna por el inesperado fin de la
sesión. Lucas notó cómo le hervía la sangre.
Vuelta a las aulas.
Humillado, Lucas se fue encendiendo camino de su clase. ¡Anda y que le den morcilla al muy
idiota! –empezó a mascullar para sus adentros. Para un alumno que tiene interesado, encima lo acosa.
Todas las personas, aunque sean la mierda más mierdenta del mundo pueden opinar sobre lo que tú les
propongas. ¡Venga ya! Va a seguir con el taller tu padre. Así entre los dos os lo pasaréis tope guay
aguantando a ese reducto de cloaca. Con estos pensamientos, Lucas se fue haciendo mala sangre por el
pasillo.
Barullo de fin de recreo largo en colegio de pago. Hordas de alumnos, con toda la excitación de un
fin abrupto de diversión, subiendo por las escaleras entre empujones, chillidos, más empujones,
palmadas, carreras y grupitos femeninos de fin de conversación. Lucas Sendón se incorporó a la riada
del desabarajuste, que sólo empezaba a ordenarse al término de su bullicioso recorrido, cuando
alcanzaban sus respectivas clases. Miraba a la masa con desprecio. Se sintió fuera de juego entre la
chusma que hedía a sudor y vociferaba. Como la plebe romana rugía por las hediondas callejas de la
Urbs, –se dijo a sí mismo. Él ya no era así. Al menos, eso deseaba.
Él ya había madurado.
Estaba en primero de bachillerato. Ya no tenía entre sus prioridades hacer el borrego. Ya no
encontraba gozo en mezclarse con la riada impersonalizada. Él quería trascender su adolescencia por
superación, con ideales nobles, con deseos de ser alguien. Destacar del montón. Demostrar que era…
un intelectual, por ejemplo. Por eso, el despecho del profesor Calero se venía a sumar al hondo pesar
que sentía por compartir su existencia con la recua de sus compañeros de estudios. Una nube de negras
formas amenazaba rayos y truenos sobre su cabeza. ¡Ay del primero que osase invocar su ira! Como
un Zeus encendido en viscosa cólera, descargaría la más odiosa de sus artes: el relámpago de la ironía
más hiriente. La humillación con la que se sufre días enteros... ¡Hasta que se percibe todo el alcance
de la mala leche escondida entre inocentes palabras!
Entró en la clase e ignoró a todos. Sacó sus apuntes de Geografía y empezó a pintarrajear,
abstraído, el mapa mudo.
II
Gerardo Conde, más que correr, volaba hacia la clase de primero de bachillerato. Acababa de
terminar su vigilancia en el sorprendente soleado patio de octubre, y subía las escaleras de tres en tres.
De paso, había entrado como una centella en su minúsculo despacho para coger el material de la clase
y, cerrando el pestillo de la puerta desde dentro, salió a la misma velocidad. No era nuevo en el oficio
y sabía lo mucho que se jugaba llegando puntual al aula. Era prioritario hacer acto de presencia. La
fama de Gerardo Conde entre el alumnado era bastante buena, pues se le consideraba un hombre justo.
Trabajaba con pasión. Era metódico. Dominaba la clase. Tenía voz de actor de cine y atrapaba a su
público como un encantador de serpientes. Sus exámenes eran motivo de orgullo para los alumnos,
pues no regalaba ni la hora, aunque era raro que alguien le suspendiera. Era coruñés y ejercía de tal:
elegante –siempre trajeado–, con sorna fina e irónica, tenía la clase y el tono humano de un político
seductor: todas las alumnas del colegio suspiraban por él a escondidas (o no tanto). Entró en la clase
de primero con la misma velocidad que traía y saludó con un ¡buenas tardes! bastante rutinario.
Ni se imaginó el zapatiesto con el que se iba a topar.
–Saquen sus libros y abran por la página 32 –ordenó al pupilaje nada más dejar sus papeles encima
de la mesa–. Como saben, hoy vamos a trabajar con un documento estadístico de población. Vamos a
leer los datos. Vamos a ver las variables y los aspectos técnicos en los que tenemos que fijarnos.
Vamos a interpretarlos y a hacer una hermosa exposición sobre su contenido.
El alumnado protestó ligeramente. ¡Tampoco había que ir tan rápido, hombre, que no se trataba de
acabar el temario en diciembre! –pensó más de uno–. Aun así, fueron metiéndose en el trabajo.
Gerardo Conde les enseñaba a ver el gráfico, a entender qué mostraba, a saber dónde buscar lo
relevante para luego comentarlo. Casi todos los alumnos le seguían, aunque sudando, y no pocos con
la lengua fuera.
–Bien. Ya sabéis lo que hay que hacer y cómo –se concedió el tuteo Gerardo, tras el esfuerzo
expositivo–. Ahora os toca trabajar a vosotros, en absoluto silencio. Lo corrijo con nota en diez
minutos.
Tras los breves suspiros de siempre, los futuros analistas de índices de población se enfrascaron
en el análisis. Ruidos secos de hojas que van y vienen, buscando información y teoría, y ruidos sordos
de piruetas de bolígrafos sobre manos tensas de estudiantes con los cerebros echando humo. Gerardo
Conde se sentó en la silla del profesor y repasó su propio ejercicio. Levantó la vista y observó, justo
por el hueco que dejaban el límite de sus gafas y sus propias cejas. A pesar del desenfoque de la
miopía, tenía nitidez suficiente para verificar que todo el grupo estaba entregado a la tarea. ¿Todo?
Evidentemente, no. Siempre, al igual que la vieja conocida aldea gala de sus tebeos de infancia, había
quien se resistía una y otra vez ante el invasor. Las Tres Gracias (nombre con el que se designaba a los
tres repetidores de curso) ignoraban un trabajo que ya conocían del año anterior y cuchicheaban entre
ellos, de manera tan imperceptible que asustaba su dominio en ese arte; Estefanía y Julio disimulaban
de mala manera su recién estrenado amor de inicio de curso, más pendientes de guiñarse sonrisitas que
de trabajar; y Berto, otro clásico, que a esas alturas de la vida ya estaba perdido, mirando sorprendido
cómo los demás trabajaban, sin comprender qué resortes les impulsaban a hacer una tarea como
aquella. O sea, lo de siempre –concluyó Gerardo Conde–.
Al volver la mirada al libro, vio el tenue reflejo de algo que no cuadraba en su organizada
perspectiva de la clase. Levantó la cabeza entera y se fijó en Lucas Sendón. Era evidente que algo
fallaba. Estaba ido, pintarrajeando un mapa de ayer y de siempre, y no estaba trabajando. Se levantó y
se dirigió con pasos mudos hacia la segunda mesa de la segunda fila. Lucas lo vio venir y un chispazo
de furia iluminó por un instante sus ojos lejanos. Sin embargo, no se movió. Gerardo le hizo un gesto
interrogatorio con la cabeza, mirándolo de nuevo por la ranura miope de su ángulo visual. Lucas hizo
un gesto feo con los labios. Un gesto que parecía de desprecio –pasa de mí, tío, que no tengo ganas de
seguirte el rollo– pero que parecía significar otra cosa. Conde se dirigió en voz baja al chico, como no
queriendo alertar a nadie. Cosa que, evidentemente, no consiguió.
–¿Qué pasa, Lucas? –le preguntó casi sin mover los labios.
–No me encuentro bien – le respondió con mala cara.
–¿Estás mal?
–Sí.
–¿Te puedo ayudar en algo?
–¿Qué tal dejándome en paz? –dijo ahora Lucas con un rostro nuevo, como de furia.
–No me parece una respuesta muy adecuada, ¿no te parece? –preguntó sorprendido Gerardo,
alzando lo suficiente la voz como para que toda la clase se enterase (de hecho, afloraron varias
cabezas entre un mar de hombros).
–Es que hoy no me parece estar para dar contestaciones adecuadas –contestó con suficiencia
Lucas, haciendo un malabarismo mental que no le hizo gracia a Conde.
–¿Cómo? ¿No sólo no hace su trabajo sino que encima se molesta porque me intereso por usted? –
replicó Gerardo Conde, alzando ya demasiado la voz.
Lucas advirtió el cambio del tuteo al tratamiento de cortesía: mal asunto, pero sonrió. Lo estaba
esperando para descargar su veneno. Es que Lucas, en aquel martes 18 de octubre, a las 15:10 h., ya le
daba todo igual. Había dado la guerra por perdida. Estaba dispuesto a autodestruirse. Por lo tanto, la
última batalla iba a ser serena, sin agobios, sin molestarse ni a parecer nervioso.
–¿Y a cuál de sus dos naturalezas pronominales le debo su interés? ¿Al colega cómplice tuteador,
Dr. Jekyll, o al ilustre y frío tratador de cortesía, Mr. Hyde? –interrogó con una sonrisa hiriente y
babosa, sabiendo que había disparado su última bala, mientras oía el revuelo de sonrisas mal
contenidas del resto del grupo. La broma con respecto a Conde era vieja, pero las circunstancias eran
óptimas. A Gerardo le entró la erupción.
–¿Tú chaval estás idiota o qué? ¡Fuera de clase! ¡Es intolerable esta falta de respeto! ¡Váyase
directamente al despacho del Subdirector! –impetró Gerardo Conde, rojo como la grana.
Lucas se levantó. Cogió su mochila y se fue de la clase con aire de cansado. A sus espaldas, sonó
un “¡pero qué pringao!” del subnormal del Berto, por lo que no tardó en seguir a Lucas al pasillo. Se
fue entre risas e intentos de Conde por mantener el orden. Lucas lo esperaba en el pasillo con la
caldera a cien. Berto, al cerrar la puerta, ni lo vio. La primera bofetada no la sintió hasta que una onda
expansiva de picor recorrió toda su mejilla en círculos concéntricos. Su cerebro captó entonces lo
ocurrido, cuando aún resonaba el eco del golpe. Percibió el olor del enemigo en su lateral y se volvió
rugiendo, dispuesto a matar.
Pelearon como dos gallos de corral, porque cuando dos quinceañeros se pegan con rabia se dan a
muerte. Centran toda su energía en hacer daño. Elevan hasta lo impensable su umbral del dolor para
aguantar y seguir sacudiendo. Casi todos sus movimientos son espasmódicos, irracionales, autómatas.
Por eso se yerran tantos golpes, cada uno de ellos fatal para el contrario si lo alcanzara, y no se matan
porque Dios no quiere. El cerebro se atasca y sólo transmite una orden: tumbar al contrario,
derrumbarlo, quitárselo de encima. Derrotarlo. Luego…, luego ya se verá. Si no cae uno pronto,
terminan los dos reventados por los suelos, o bamboleándose en precario equilibrio sobre sus dos
patas traseras, respirando entre estertores de sangre y sofoco, desorden de ropa rota y pelo
enmarañado. En esa posición se encontraban Lucas y Berto, tras los vanos intentos de Conde por
separarlos.
Al ruido de la pelea, y el barullo de los compañeros de clase, fueron acudiendo profesores y más
alumnos de otras aulas del mismo pasillo. Lucas y Berto se tentaron con mirada torva, en silencio, una
última vez, y finalmente decidieron dejarlo en tablas. Sus cerebros volvían ya a emitir señales a sus
respectivas inteligencias. Se hizo el silencio total en el pasillo, con todas las miradas yendo y viniendo
de uno a otro combatiente. Se oyeron unos pasos al final del pasillo, unos tacones agudos aunque
bajos.
Unos tacones de respeto.
La gente se hizo a ambos lados del pasillo y todas las cabezas se giraron hacia la menuda figura de
la directora del colegio.
–¡Virgen Santa! –fue lo único que llegó a decir, con cara de espanto, al contemplar el final del
primer acto de la grotesca tragedia.
III
A los dos alumnos les cayó una semana de expulsión temporal y un mes de trabajos en beneficio
de la comunidad escolar. Mal rollo lo de “beneficio de la comunidad escolar”; a ver en qué lo
concretaban luego –pensó Lucas–. La decisión la tomó la Dirección del Colegio El Olivo junto con el
Consejo Escolar del centro, en una minúscula y contundente reunión en la que todas las partes
estuvieron de rápido y mutuo acuerdo. Hasta el punto de que apenas llegó el representante de Personal
No Docente, le pasaron la hoja para que firmase y punto final. También acordaron informar a las
familias “para que promoviesen un diálogo con sus hijos sobre la inutilidad de la violencia” y
advertirles, de paso, que la gravedad de los sucesos no era tan grave, salvo que volviera a repetirse,
“en cuyo caso, se informaría a la Autoridad Competente, y se abriría un Expediente Sancionador”.
Eso, de manera oficial.
Pero, de manera extraoficial, la cosa era mucho más seria. El Olivo era un colegio con un prestigio
más que notable en la ciudad de Vigo. No sólo por sus más de cuarenta años de vida pegado a las
faldas del alto de Puxeiros, sino porque sus miles de antiguos alumnos ocupaban muchos de los
puestos más relevantes de la localidad. Decir El Olivo en Vigo era hablar de la industria naval y
pesquera, de la industria del automóvil, de la empresa privada y de los ejes técnicos que hacían mover
el engranaje industrial y comercial de la ciudad. Era hablar del Círculo Mercantil, de la Cámara de
Comercio y del Puerto. Era hablar, finalmente, de política y de cargos oficiales.
Y ese prestigio se lo había ganado a pulso. No se lo había regalado nadie. Nacido, como casi todo
en Vigo, por iniciativa de un grupo particular de familias emprendedoras, había sido el primer colegio
de la ciudad que había implantado una nueva metodología, basada en el trato personalizado de
alumnos y padres. Y toda esa historia y ese prestigio estaban encarnados en la figura de su actual
directora, Laura Jáudenes, que llevaba más de 30 años al pie del cañón.
–Tenemos un protocolo y lo aplicaremos –le dijo Laura Jáudenes al Subdirector de Bachillerato en
el amplio despacho de la comandante en jefe.
–Por supuesto, Laura. Esperemos que todo quede en una anécdota más…
–¿Cómo hemos llegado a esto, José Luis? –interrogó con ojos preocupados al Subdirector,
buscando una explicación y pasando al coloquio más personal con el que era su mano derecha desde
hacía más de una década.
–Como sabes, los tiempos cambian, y, por desgracia, hoy no es un hecho tan extraordinario…
–¡No en nuestro colegio! –respondió con enfado Laura–. Tenemos, y me aseguro personalmente de
que se aplican, todos los medios para evitar un enfrentamiento como el de hoy: hablamos con las
familias, hablamos con los alumnos, los atendemos uno a uno, les hacemos planes personales de
mejora, nuestros compañeros se desloman a hacer cursos de asesoramiento y orientación, tienen
tutores grupales, tienen tutor personal… –Laura paró a coger aire y seguir con su dura queja que
ganaba en volumen y dolor conforme avanzaba–. ¡Y sé que se hace bien! ¡Por Dios, José Luis! ¿Cómo
se pueden reventar la cara dos niñatos después de todo lo que hacemos para que sean personas
decentes? ¿En qué estamos fallando?
José Luis Valeiras sonrió, tratando de tranquilizar la excesiva preocupación de Laura Jáudenes.
Siempre ha habido peleas en un colegio, tampoco es para tanto –se dijo Valeiras. ¿No se estaría
volviendo demasiado mayor?
–No les fallamos en nada. No somos nosotros los culpables y tú lo sabes tan bien como yo. No
carguemos con más parte de culpa que la que nos corresponde.
–Está bien. Aplicaremos el protocolo y esperemos que no trascienda mucho el incidente. ¿A qué
hora vienen las familias de esos chicos? Quiero encargarme personalmente.
–Ni se te ocurra –le cortó de manera brusca José Luis Valeiras–. El protocolo dice que soy yo
quien habla con ellos…
–¡Dichoso protocolo! Sabes que para mí los problemas del colegio son demasiado míos y…
–…para eso está el protocolo. Para que la directora no se tome como algo personal lo que no lo es.
Lo siento. Lo haré yo. ¡Y no admito réplicas! –concluyó José Luis con una sonrisa pacificadora,
mientras negaba con su larga mano.
–Habla con sus tutores personales, José Luis, por lo que más quieras.
–Eso también lo contempla el protocolo. No te olvides de que el noventa y cinco por cien del
protocolo lo escribiste tú –dio por zanjada la cuestión el Subdirector–. Anda, vamos, que tenemos que
seguir con lo de los horarios de los becarios. Olvida esta historia.
IV
Elvira Gutiérrez estaba tomando un café con su secretaria personal en la Sala de Juntas del
despacho cuando le sonó el móvil. Lo cogió molesta por esa intromisión en su breve descanso, antes
de arremeter contra una dura tarde de trabajo. Deslizó su mano de revista de manicura en el bolso de
piel y sacó su teléfono. Vio el nombre del colegio El Olivo en la pantalla y tuvo un ligero sobresalto.
Descolgó con rapidez.
–¿Sí? –dijo al auricular, con voz clara y rápida.
–¿Elvira? Soy José Luis Valeiras, del colegio de Lucas…
–¡Hombre José Luis! ¿Qué tal estás? –sonrió Elvira a nadie presente en la sala.
–Muy bien… Verás, te llamo porque no he encontrado a Alberto y…
–¿Ha pasado algo? –preguntó Elvira preocupada por el tono del Subdirector y por la ausencia
telefónica de su marido.
Valeiras le explicó lo sucedido. Elvira estaba atónita.
–No me creo lo que me cuentas, José Luis, de verdad, es que me estás dejando a cuadros. ¿Dónde
está Lucas?
–Tranquila. Está conmigo. Lo ha visto el médico y no tiene nada. Unos arañazos y los nudillos
despellejados…
–¡Dios mío, por favor, José Luis…! ¡No sé qué decir!
–No digas nada. Son cosas de chavales. Mira… tenéis que venir al colegio y hablamos con
calma… Lucas te espera aquí. Está ya tranquilo.
–Vale, vale. Un millón de gracias, José Luis. A ver si encuentro a Alberto y vamos para allá –
propuso Elvira mientras caía en la cuenta de que su intensa tarde de trabajo saltaba por la borda.
Elvira Gutiérrez se puso en marcha como una máquina gestora limpia y eficaz. Localizó en un
minuto a su marido Alberto, lo desembarazó de otra tarde similar a la suya en el mismo despacho de
abogados, y condujo el cuatro por cuatro con suavidad pero con firmeza por la Avenida de Madrid. Su
marido tampoco entendía cómo había hecho su hijo lo que decían que había hecho, y trataba de
encontrar una lógica mientras repetía “no entiendo nada”. En realidad, Alberto no hablaba más que
para sí mismo.
Cuando entraron en el despacho de Valeiras, las miradas de padres e hijo se cruzaron. Su madre
advirtió la preocupación de Lucas en un milisegundo. Intuyó la consternación de su hijo, más
preocupado por lo que se avecinaba que por los golpes que había recibido. Ella quiso tranquilizarlo
con una mirada de pena y calma. Su padre lo miró más inquisitivo que severo y con una sonrisa a
modo de mueca. Valeiras les volvió a relatar el suceso y las medidas adoptadas.
–¿Una semana? Por Dios, Valeiras, ¿cómo que una semana? –saltó Elvira como una tigresa–. No
estoy de acuerdo, José Luis, me parece ridículo. No. No puede ser… ¿Qué hago con mi hijo una
semana en casa? Me trasladas el problema a mí. Te lavas las manos, y me complicas la vida. ¿Te
parece educativo apartarlo una semana? ¿Cuándo te ha dado mi hijo un problema?
El dulce rostro de Elvira se había contraído en un gesto feo de enfado, tras haber estado tensa
durante el relato más pormenorizado de las hazañas de su hijo. Lucas intervino y cortó de raíz la inútil
protesta.
–¡Déjalo, mamá! Tiene razón. Yo empecé y merezco el castigo. Luego lo hablamos –le dijo con
voz segura Lucas a su madre.
V
–¡Expulsado una semana! –gritó, sañudo, el padre de Berto, media hora más tarde, cuando le tocó
el turno de comparecencia–. ¡No estoy de acuerdo! ¡No señor! ¿Qué quiere usted que haga yo con mi
hijo una semana en casa? Mire usted, yo me encargo de castigarlo como se debe, pero no me lo mande
una semana para casa porque eso es darle vacaciones, ¿me entiende usted? O si no, me lo puede
castigar aquí por las tardes, por ejemplo hasta las ocho de la tarde, y darle un escarmiento… Cualquier
cosa menos enviármelo para casa de vacaciones, ¡manda carallo!
–Lo que usted quiere es que yo castigue a los profesores del colegio hasta las ocho de la tarde para
que vigilen a su hijo, después de haber hecho lo que ha hecho. Eso es lo que quiere usted. Usted es su
padre. Usted lo matriculó en este colegio. Y usted estuvo de acuerdo con la normativa de convivencia
que le dimos en su día. No tengo nada más que decir.
A José Luis no le había tocado una papeleta fácil aquel martes 18 de octubre. Nunca lo era cuando
había que mandar a alguien para casa, ¡manda carallo! Era de carácter abierto y amable, pero no
consentía que nadie se le subiese a las barbas. Y el padre de Berto le había tocado las narices más de
lo que soportaba su paciente educación. La entrevista concluyó con miradas hoscas pero inflexibles. Y
a buen, pocas… ¡manda carallo!
VI
–Venga, dímelo. Soy tu madre. ¿Ha sido por una niña, verdad Luc?
–¡Te he dicho ochenta veces que no, mamá! ¡Y no me llames Luc! ¡Sabes que lo odio!
–Pero, entonces ¿por qué ha sido? ¡Es que no lo entiendo!
–Te lo contaré un día, ¿cuántas veces quieres que te lo repita? Ahora déjame en paz. Me duele
todo.
Alberto, desde el salón, llamó a su mujer con la voz agotada por la insistencia:
–¡Deja en paz a Lucas y ven a cenar de una veeeeeeeez!
Elvira quiso besar a su Luc, pero el chaval evitó el amor de madre. ¿Es que no se daba cuenta de
que lo que necesitaba ahora era sentirse mal? –se gritó a sí mismo Lucas mientras se giraba indignado
hacia el otro lado de la cama. Elvira salió de la habitación y acompañó en silencio a Alberto. Cenaron
apagados y desconcertados. Pero, tras recoger la loza, camino de su habitación, Alberto le pasó un
brazo por el cuello a Elvira, mientras le susurraba con tranquilidad:
–Vamos, déjalo ya. Todos tuvimos nuestras historias a los 16 años.
–Tú sólo has tenido las historias que yo te permití –le respondió Elvira con una sonrisa, mitad
pícara, mitad agradecida.
VII
–¿Así que es un pijochuloputas y que te cae mal? ¡Pues te jodes, imbécil! ¡Expulsado una semana!
¡Yo es que no sé cómo me contengo y no te parto la cara, so idiota! ¿Tú sabes lo que me cuesta
pagarte ese colegio, so anormal?
Visto desde fuera, el ambiente en casa de Berto pintaba una situación próxima al delito, con
detención del supuesto parricida por vejaciones y maltrato infantil. Pero los cuatro que estaban
sentados a la mesa de la cena estaban muy tranquilos. Sabían que todo era postureo, puro teatrillo,
chaparrón de verano, mucho ruido y nueces ninguna. De hecho, Blanca, la madre de Berto, cerró la
tragicomedia apremiando a su marido en voz baja:
–¡Deja de gritar y come antes de que se te enfríen los champiñones!
Y Ángel Lavilla se calló. Y empezó a comer con furia la tortilla de gambas y los champiñones.
Berto sonrió con los ojos entrecerrados a su madre, mientras su hermana Clara le daba toques con su
pie por debajo de la mesa, al mismo tiempo que –muy servicial y amable ella– le llenaba de agua el
vaso al padre. Sin embargo, ya en la cama, Berto se sorprendió al oír una risotada apagada en la
habitación de sus padres. ¿Qué estaría tramando ese? –se preguntó mosqueado Berto, antes de intentar
dormir con los moratones de la pelea.
CAPÍTULO 2
I
Una semana de expulsión eran unas vacaciones extra, una vez superados los interrogatorios
paternos de rigor, el aviso de severas medidas de castigo, la exhortación a la madurez y a la edad y la
representación teatral de sincera compunción, con juramento incluido de “tranquilos, nunca más”. Si
Berto no se equivocó aquella noche con sus aciagos presagios por la sonrisa de hiena de su padre,
Lucas había hecho de tripas corazón y había logrado convencer a sus padres para pasar la semana en la
casa de Playa América. Quería estar solo. Pensar. Vagar (nunca mejor dicho). Tomar
determinaciones…, si se terciaba. Allí vivía su abuela, una anciana de otros tiempos, que estaría
encantada de la compañía del nieto, y él, gracias a la intensa vida social de ella, podría disfrutar de la
suficiente soledad y libertad de movimientos que todo bachiller puede desear. De esta manera, al día
siguiente, Lucas cogía el ATSA 1 en la Gran Vía, junto a la mítica tienda de muebles de nombre
francés, con billete para Panxón.
Berto Lavilla tuvo menos suerte. Su padre era un hombre hecho a sí mismo a la viguesa, es decir,
trabajando como un animal desde que era un crío, aprendiendo un oficio los fines de semana. Había
logrado una posición acomodada con el tiempo, gracias a la modesta empresa que había fundado
donde tenía ya empleados a otros diez fontaneros. Si algo le sobraba a su padre, eran contactos en el
desagradable mundo de las cañerías y cloacas de la ciudad. Por eso, su padre lo levantó a las siete de
la mañana, su padre le hizo desayunar con él y su padre se lo llevó a la oficina donde se incorporaría a
uno de los equipos de la empresa fontanera, que en aquellos días andaban ocupados con una reforma
criminal de sanitarios y desagües en una de las colmenas de la calle Travesía de Vigo. De nada
sirvieron sus lamentos, sus ayes y dolores ni otro tipo de tretas. Su padre las venció todas con un
silogismo irónico y cruel: –mi hijo ya es un hombre pues da puñetazos; mi hijo no quiere estudiar; así
pues, invirtamos su fuerza bruta en algo provechoso, aunque sea quitando la mierda de los demás, –
replicaba, risueño, a su Bertiño del alma–. De nuevo, Ángel Lavilla, el padre de Berto, cometiendo
delitos con su hijo y mandando la Ley de Protección del Menor al carallo. O sea, amor de padre en
estado puro: rudo pero eficaz.
II
Jaime Calero solía mirar el e-mail nada más llegar al colegio. Era algo obligado para todos los
profesores desde que en El Olivo se había implantado la estrategia comunicativa de “papel cero”.
Abrió su cuenta de gmail, a donde redirigía todas sus correos y vio la carpeta de entrada. Vació las mil
y una basuras electrónicas –siempre el puñetero Viagra, a pesar del detector de spam– y se quedó con
los dos correos del Subdirector. El primero se dirigía a todo el claustro de bachillerato, avisando de la
expulsión y las otras medidas adoptadas con los dos alumnos. El segundo era personal:
“Jaime: me gustaría hablar contigo sobre lo que pasó ayer con los dos alumnos expulsados. A las
doce, me paso por la biblioteca y hablamos. Un saludo.”
Jaime Calero comprobó que, efectivamente, a las doce de ese día tenía guardia en la biblioteca del
colegio. Se quedó mirando la pantalla pensativo. Malo, malo. Mal asunto –empezó a intuir con
semblante sombrío–.
Jaime Calero hizo un repaso mental de lo acontecido en el final del taller del día anterior,
preparando su defensa. Era cierto que el módulo penitente que dirigía en horario de recreo estaba
llegando a su fin. De hecho, sonó el timbre nada más concluirlo a golpe de libreta. También era cierto
que Lucas era de los pocos que asistían voluntariamente. Y que el chaval se había esforzado en crear
un texto que estaba a años luz del resto… Lo que ocurría era que el crío se había convertido en un
niñato creidillo al que había que bajar los humos con demasiada frecuencia –se justificó Calero–. Y
parece que se encendió con la forma de corrección. Quizá debió ser más prudente con él… –se
lamentó con desgana–. De todas formas, su corrección no podía provocar una pelea de gallos así. Era
algo desproporcionado… Todo el mundo sabía cuál fue el verdadero motivo de la lucha, lo que le
proporcionaba un verdadero contexto a la furia incontenida… –concluyó su razonamiento, mucho más
tranquilo.
Efectivamente, el avispero de los murmullos se había desatado tan pronto como terminó el asunto
en el pasillo, tras entrar todo el mundo en sus clases. De hecho, los profesores tuvieron que imponerse
con malas formas para volver a la normalidad del trabajo y apagar los últimos chisporroteos. Pero fue
sólo un intermedio. Al finalizar las clases, ya no eran murmullos sino discusiones y comentarios
altisonantes a grito pelado, entre risotadas histriónicas. Esa tarde los chats echaron humo, y los
corrillos de alumnos y madres se dispararon como un cañón de confeti. Luego vendría la normalidad y
el aire barrería los rescoldos de la fiesta, pero, mientras tanto, ¡qué escándalo tan fenomenal!
–Estamos tratando de comprender qué pasó ayer entre Berto y Lucas, Jaime. Me han dicho que la
salida de Sendón de tu taller fue fea, y que se enfadó con tus formas –le inquirió José Luis Valeiras al
profesor vigilante de la biblioteca.
–Creo que fui un poco brusco, y el chaval pudo sentirse herido… Pero, piensa, que lo que aquí
tenemos es mar de otro fondo.
–Lo que no quita para que echemos más leña al fuego –respondió, seco, Valeiras, que no quería
que le despejaran balones fuera–. Además, ¿qué necesidad tenías de humillar a tu único alumno
interesado? Lo conoces bien, sabes que se esforzó y no te costaba tanto haber valorado algo su
trabajo…
–Es que es un creído, un chuleta, un crío demasiado orgulloso para no recibir bien otra cosa que no
sean alabanzas. Me puso de los nervios con tanta altanería y desprecio al resto de sus compañeros…
Le venía bien una cura de humildad… Además, insisto, se sacudieron por esa chica. Lo que ocurrió en
mi taller fue sólo la última gota que desbordó los muros flacos de contención de dos arrebatados…
–Bueno… Como excusa, te libera… Pero como profesor has sido responsable, voluntaria o
involuntariamente. Nadie en ese curso es ajeno a las disputas de Lucas y Berto por la chica, pero me
parece un riesgo grande jugar con ellas, tensar la cuerda de unas hormonas al rojo vivo, y temo, –y eso
es lo que te vengo a aclarar–, que hayas jugado sucio, dándole cuerda a Berto en sus comentarios
babosos sobre el trabajo de Lucas…
–Venga, hombre, no lo dirás en serio… ¿Estás juzgando mis intenciones?
–Yo no juzgo nada, Jaime. Sólo te exijo que reflexiones sobre lo que pasó para que tengas las
ideas claras, no vaya a ser que hayas sido culpable y vuelvas a pifiarla en el futuro…
Valeiras estaba empeñado en cargarle el paquete. No sabía muy bien cómo escurrir el bulto.
–Bueno, eso habría que verlo con más calma. ¿O es que buscas un chivo expiatorio que presentar
ante la opinión pública en caso de que el escándalo llegue muy lejos? Como mucho, hablaré con los
dos cuando regresen y trataré de arreglarlo…
–Va a ser muy difícil que arregles nada.
–¿Por qué? Creo que tengo suficiente confianza con los dos y…
–Con uno la has perdido de golpe.
–¿Con Lucas? Que no, que hablaré con él y me lo sabré ganar otra vez…
–No. No querrá.
–¿Estás seguro? No hay mal que cien años dure…
–Lucas no quiere volver a tu taller. Me dijo que tiene gente de sobra para que le ayuden, tanto aquí
en el colegio, como fuera…
–Insisto… Se le pasará el rebote y volverá a ser todo igual… –dijo Calero, cada vez menos
convencido. Percibió la tensión en el Subdirector, dispuesto a dar el toque de gracia.
–No, Jaime –insistió Valeiras, y concluyó la conversación mirando con ojos duros al profesor–.
Me lo dijo con una mirada de odio, con luz de rabia que se levanta de las tripas. Él te hace culpable. Y
ese odio tú y yo sabemos que no se cura en un chaval de un día para otro. Tiene que cerrar y cicatrizar
la peor herida que puede sufrir un adolescente: la de la confianza traicionada. Él te estimaba, nunca
esperaría que fueses tú quien colmase el vaso de la irritación. Buscaba en ti un refugio a sus luchas
internas, y lo vendiste… Vas a tener que olvidarte de él por una buena temporada, ¿te enteras?
III
El origen de todos los males se llamaba Andrea Freire, un bellezón de mujer que más que quitar el
hipo lo provocaba. Andrea Freire llevaba sólo unos pocos años en El Olivo, pero su entrada en las
aulas del prestigioso centro provocó una auténtica conmoción, tanto en el evidente bando masculino
como en el sufridor femenino. Era una chica de portada de revista, de anuncio, una joven con rostro de
modelo y proporciones escultóricas. No había canon de belleza que no cumpliese a rajatabla. Rubia
rubísima, con melena suelta a medias, ojos primaverales, nariz respingona, labios suaves, cuello alto y
erguido y talle de espectáculo festivo, Andrea era ya toda una mujer, muy segura de sí misma, con las
ideas claras y conocedora del amplio potencial de su magnífica artillería. Era concienzuda,
simpatiquísima con todos y, al mismo tiempo, reservada hasta el misterio. Dotada de una inteligencia
práctica vivísima, anteponía intereses a sentimientos, algo que la convertía en una aventajada en el
marasmo adolescente que pululaba por los dominios de El Olivo. Pero no terminaba de calcular del
todo su intensa actividad de juego a cuatro bandas. En eso se le notaba la excesiva juventud y la poca
experiencia para mover todos los hilos de las complicadas tramas que pretendía articular.
Por ejemplo, era consciente de haber sido una pieza clave en la toma de una decisión terrible para
los alumnos y muy celebrada por las familias: la implantación del uniforme escolar a todos los
escolares de El Olivo. No fue la única causante, pero las otras chicas, temiendo perder terreno en el
sector masculino, empezaron a imitarla en el arte de la provocación con escotes de mareo, minifaldas
muy minis, depravados tangas multicolores y vestidos demasiado sueltos o ceñidos. El claustro y la
dirección de El Olivo, viendo el despropósito carnicero al que se estaba llegando, tomó la decisión de
poner a todos uniforme, y en esta tierra paz y en la otra gloria. Si los padres y profesores se
congratularon con la medida, los alumnos montaron en cólera, pusieron el grito en el cielo, y dijeron
que era una imposición reaccionaria y de épocas retrógradas. Como no consiguieron el apoyo de nadie,
tuvieron que tragar, pero se vengaban todos los días dando el cante con el uniforme: que si la camisa
por fuera, que si el jersey atado a la cintura, que si los zapatos negros estaban todos los días en el
zapatero porque se me rompieron ayer, que si el cinturón de tachuelas metálicas, que si pulseras y
colgantes y que si te vas a desgañitar a todas horas exigiéndome que vaya bien vestido, puñetero
reaccionario. Al final, tras dos años de forcejeos, el uniforme dejó de ser motivo de lucha de clases, y
las críticas se dirigieron a los propios alumnos, que se acusaban entre sí de haber provocado el
desaguisado.
Tampoco calculó bien Andrea su juego afectivo con los dos únicos chicos que tenían alguna
opción temporal de ganársela. Desde el principio, se dio cuenta de que Lucas era un hombre guapo,
refinado, elegante y sensible; lo suficientemente listo y de buenas notas como para ser un importante
recurso en las Matemáticas, la Economía o la Lengua. Sus delicadas proporciones no iban en
detrimento de un cuerpo bien tallado. Y su rostro melancólico, sus ojos de canela, y su cresta de rubio
sucio le proporcionaban una estampa atractiva, habitualmente caracterizada con el epíteto de “es muy
riquiño”. Pero, también desde el principio, captó que el líder carismático era Berto, deportista
excelente, bromista hasta el dolor de pecho, muy creativo e inesperado, con el que la vida se
disfrutaba de una manera más sorprendente y divertida. Su físico era de galán dulce de anuncio de
perfume, muy masculino y muy suspirado por el colectivo femenino.
Andrea jugaba sus bazas, según se terciase lo que le apetecía. Y pasó todo el curso de cuarto de
ESO yendo y viniendo de un extremo a otro, oyendo las palabras más sentidas de aterciopelada belleza
de Lucas y riendo como una loca las ocurrencias de un Berto, inspirado e imparable en el arte de hacer
bravatas por su primer amor, hondo hasta la médula. En el inicio de primero de bachillerato, tras un
veraneo de intermitentes escarceos con ambas partes, había intentado mantener el mismo juego,
sabiendo que la partida se acababa el año siguiente, con la selectividad y un futuro seguro fuera de
Vigo. Y, con un poco de suerte, mucho antes. Ahora, con el espectáculo de la pelea, se había asustado.
Lejos de estar encantada porque dos machos cabríos se la disputaran a cabezazo limpio, le preocupaba
no haber sido capaz de intuir el cataclismo del escándalo. No había calculado bien el complejo mundo
desquiciado de los celos entre ambos pretendientes, a pesar de que Berto los mostrara a gritos con
palabras y gestos tenebrosos, con el color de la bilis en la mirada. Tampoco imaginó, ni de lejos, que
un hombre tan equilibrado y sereno como Lucas era capaz de ocultar una tensión que lo tenía
agarrotado por la furia y la disputa de batallas imaginarias. Y ese desconcierto la turbó sobremanera,
pues comprendió que no dominaba, ni un poco, el difícil juego del tonteo amatorio. Ahora, había
quedado a la vista de todos su ambiguo proceder. Desde luego, aquella pelea no se le olvidaría en
muchos años, pues fue un paso importante en su conocimiento sobre el alma de los hombres. Tenía
que desarrollar la suficiente prudencia como para superar esta nueva lección.
Por otro lado, todas las miradas femeninas, –ya de por sí hostiles–, la reprochaban como a la
harpía más grande del universo. No era la única alumna que optaba por cualquiera de los dos partidos,
y muchas la tildaban de perro del hortelano, que ni come, ni deja comer. El vacío absoluto fue la
respuesta del total mujerío de su curso ante lo ocurrido: ni una palabra. Ni una mirada más, ni siquiera
de desprecio. A Andrea no le importó excesivamente. Sabía que no tardarían las aguas en volver a su
cauce, sobre todo, cuando volviesen los dos pollitos arrestados en casa.
IV
La llegada, a media mañana, a la casa de la abuela en Playa América fue cualquier cosa menos lo
que esperaba Lucas. En el viaje preparó la posible entrevista con su abuela, que si bien era cierto que
tenía un cariño loco por su nieto preferido, no era menos cierto que tenía un carácter exigente y
persuasivo que habría que atender con cuidado esmero.
La abuela Romina era una mujer nada común. Viuda ni se sabía desde cuándo –Lucas no llegó a
conocer de manera racional a su abuelo materno–, era una mujer que desplegaba una incesante
actividad en su zona de residencia. Desde muy joven, cuando estudió en la Universidad Central de
Madrid, se movió por los ambientes y corrillos culturales de la capital. Amante de las letras, había
hecho sus pinitos en el teatro y en la poesía de salón de los años sesenta. Viajó con su marido,
directivo de una conservera de siempre en Vigo, por medio mundo. Tuvo sus contactos políticos con
algunos miembros de la disidencia española en Francia y Sudamérica, aunque lo dejó, a instancias de
su esposo, que no quería líos con las autoridades del momento. Desde que se trasladó a Galicia, en el
final de la década de los años 60, se había hecho de la tierra, encantada por la sencillez de sus gentes,
su musical modo de hablar y la ternura de unas amistades sinceras y abnegadas. Aprendió la lengua de
sus vecinos, instrumento imprescindible para negociar de tú a tú en el mercado y la plaza, y en la
conversación íntima y confiada. Se enamoró de los poetas gallegos, sobre todo de los más antiguos.
Era querida y admirada por todos, pues siendo una señora se hizo una más del pueblo. Congeniaba con
unos y otros, y acompañarla por la calle era un martirio ante los mil y un requerimientos de paisanas y
amigas. Trabajaba con interés en las labores asistenciales de la parroquia de San Félix, especialmente
en Cáritas, una vez que consiguió superar sus conflictos entre política y religión. Todos los años
montaba un buen par de marimorenas para conseguir fondos y ropa de los lugareños y de los miles de
turistas que aparecían por el verano. La abuela Romina estaba a punto de cumplir los setenta años,
pero aparentaba diez o veinte menos por su vitalismo y sus buenos haceres con la cosmética, la moda
y el buen gusto. Siempre comía acompañada, y en su casa las reuniones de mujeres tenían horario fijo
semanal. Nadie que quisiese hacer algo importante en el municipio podía prescindir de su consejo
sabio o de su simple apoyo, como bien sabían alcaldes, asociaciones de vecinos o promotores varios.
Desde la parada del ATSA hasta la casa de la abuela había que andar un trecho breve. Al llegar al
despampanante chalé, Lucas se encontró con que no le esperaba nadie. La empleada del hogar de toda
la vida, Rosina, lo recibió con un par de besos y le dijo que le tendría preparada la comida para las dos
y media, y que la señora no volvería hasta las cinco, cuando esperaba hablar con su nieto. Lucas subió
a su habitación preferida, la que fue de su tío Carlos en otros tiempos de vida en común, y deshizo la
pequeña mochila con sus pocas pertenencias. Luego, como aún no eran ni las doce, salió a dar una
vuelta por el paseo marítimo hasta el muelle de Panxón.
Se sentía extraño. Desubicado.
Totalmente fuera de juego, por la rutina escolar rota. Mientras paseaba y contemplaba abstraído el
tenue oleaje del alto mar, se le fue la cabeza a su clase, a sus compañeros, a su actividad ordinaria.
Estarían a punto de entrar en el segundo módulo de la mañana, tras un extenuante recreo de alta
competición, bien en la lucha de sexos, bien en el apasionado combate deportivo. Luego, tocaba clase
de inglés, con la Señorita Pepis y su encantadora ayudante nativa, a la que le tomarían el pelo y de la
que se reirían por su ingenuidad. Se vio sonriendo a nadie, en sus recuerdos, manifestando
abiertamente sus pensamientos, al no tener más público que las gaviotas de la playa.
Se dio cuenta de que, en el fondo, estaba triste. Muy triste.
Herido en su orgullo de hijo modélico, de alumno sobresaliente y de todas sus muchas cualidades
aumentadas por su engreimiento e imaginación. Lo que más le dolía, sin embargo, no era nada de eso.
Lo que le dolía de verdad, hasta el escozor nervioso, era haberse fallado a sí mismo, haberse puesto al
descubierto por su falta de contención, mostrar su miseria. Haberse alejado tanto de lo que deseaba
mostrar y que todos lo apreciasen: su notable madurez personal. Esa misma que ahora había quedado
en entredicho y que sólo se podría caracterizar como idealizada y falsa.
V
Berto fue un hombre, sí señor. Viendo la probabilidad cero de escaquearse de la tarea impuesta
por el delincuente de su padre, le puso buena cara al mal tiempo, le echó arrestos al asunto y se
comportó y trabajó como un hombre. Se alegró de que su padre lo adjudicase al equipo del Patillas, un
currante divertido y negro-agitanado del trabajo de sol a sol en tierra, mar y aire, que respondía al
nombre de Marcos. En cuanto se subió a la furgoneta rotulada de la empresa, Berto ya había calzado
un CD de música en el equipo del coche, que el Patillas llevaba tiempo tuneando por dentro. Los
graves eran una maravilla, y los leds, brillando a juego con el sonido del bajo, le daban un aire de
discoteca de pueblo de lo más molón.
–¡Eeeesssse Patillas, métele caña que nos vamos, que nos vamos, a darle el matarile a los
cagódromos de Vigo! –chilló Berto, nada más subir al puesto de piloto el Patillas. Luego, fue llevando
durante todo el camino el compás de la música, dando manotazos en la chapa de la puerta de la
furgoneta. El Patillas se reía, mientras intentaba prevenirlo:
–Bien, bien. Así me gusta, concho, que vayas al curro alegre, porque a la media hora de destripar
cañerías y váteres te vas a cagar en todos tus muertos.
–¡Venga ya, Patillas! ¿A que te gano a currelo y saco más cagaderos que tú, tronco?
–Por mí como si te los quieres comer con mantequilla –respondió Patillas sin entrar al juego.
Lo cierto es que Berto se lo tomó como un reto personal, y trabajó con tanto ahínco y maestría que
dejó boquiabierto al resto del equipo.
–Quillo, ¿por qué no te viés toh loh díah, mi arma. Que zólo con verte, uno paga entrada pa
disfrutá der ezpertáculo? –le dijo el tercer componente de la cuadrilla, un andaluz de risa permanente
en una boca en deconstrucción.
Total, que en el descanso de la media mañana, mientras echaban el pitillo del placentero vicio, el
proceder de Berto era ya noticia. Y no defraudó en lo que restaba de jornada, tanto por su animosidad
como por el número de ocurrencias divertidas con las que se despachaba a gusto, entre mazo, escoplo
y llave inglesa. Cuando al mediodía le relataron a Ángel Lavilla su proceder, el padre pareció
contrariado, pero reía para sus adentros con la coña marinera de su Bertiño. Y es que Ángel, so capa de
duro de película, babeaba con su hijo.
VI
Casi sin querer, llegó hasta el final de la playa, junto al puerto de Panxón. Recortada en el azul del
cielo, se distinguía una silueta tan familiar como querida. Antón, con caballete, pincel, boina y pipa
daba rápidos brochazos sobre un supuesto lienzo. Estaba mirando fijamente al agua y no percibió la
llegada de su viejo discípulo de clases veraniegas de dibujo artístico. Antón Freijanes era casi de la
familia, desde los años en que la abuela Romina lo acogió bajo su patrocinio, y lo puso como maestro
de dibujo de dos generaciones de la familia. Antón y Lucas estaban extrañamente unidos por
misteriosos lazos de afinidad.
–¡Salve, magister del pincel de la mar! –saludó Lucas, como tenía por costumbre.
–¡Hola Lucas! ¡Espera! ¡Espera un segundo, que ahora estoy contigo! –respondió Antón sin
dirigirle ni la mirada. Lucas miró lo que hacía: con trazos enérgicos, embadurnaba de ocres distintas
zonas de papel.
–¡Sí!… ¡Sí, esto es!… Ya lo voy cogiendo… –murmullaba en voz alta para sí–. ¿Sabes lo difícil
que es pintar la mar en movimiento, Lucas? Pues creo que lo estoy consiguiendo, jeje. Había que
aprovechar el tiempo de sol para coger esas tonalidades, Lucas. Pensé que ya no las volvería a ver
hasta el verano que viene… Bueno, creo que ya está. ¿Qué te parece? –interrogó a Lucas mostrando
unos apuntes incomprensibles de acuarela.
–Pues… no sé qué decirte, la verdad.
–Claro, claro… Es que no lo comprendes. Cuando vengas a casa lo entenderás mejor. Por cierto,
¿no tienes hoy colegio? –cayó en la cuenta el pintor.
–Me han dado billete para una semana.
–¡Conchos, Lucas! ¿Qué has hecho, filliño?
–Una de gladiadores en el circo.
–¿De gladiadores? ¡Ah, sí! Comprendo… Tienes todavía restos de la arena en el rostro, hercúleo
amigo… Y dime… ¿merece la pena tu Penélope hasta el punto de conseguir un viaje de regreso a
Ítaca?
–No es una Penélope. Es Afrodita vestida con el uniforme de El Olivo.
–Sin embargo, no percibo las huellas del amor en tu rostro…
–No es fácil de explicar, Antón.
–Si me lo cuentas, pintaré un cuadro mitológico.
–Quizá otro día, magister. A lo mejor con unas cañas, unos aparejos, buenas miñocas 2 y tiempo
por delante.
–Me parece bien. Te monto el plan.
–Vale, Antón. Me voy que me esperan en la casa grande para comer.
–¡Salve, amigo!
Lucas se despidió con un movimiento sonriente de manos y rostro, y enfiló a marchas forzadas el
regreso a la casa de Playa América.
CAPÍTULO 3
I
La abuela Romina, sentada en su amplio escritorio-secreter de marqueterías nobles, leía con suma
atención el arrugado papel rescatado de la mochila del día de autos. Llevaba puestas sus puntiagudas
gafas para ver de cerca, de cuyas patillas pendía un cordel de rojo cuero. Lucas estaba en frente,
esperando con aparente calma. Miraba de soslayo el severo rostro de la anciana, concentrado por
entero en la lectura. La abuela Romina era experta en leer en diagonal y sorprendía a todos por su
rapidez. Sin embargo, en aquella soleada tarde del tercer día de arresto en Playa América, Lucas
comprobó que leía despacio, captando todos los detalles de su relato sobre los famosos ojos del gato.
Sin levantar la cabeza del papel, comentó:
–¿Y por qué ese “¡joder con esos ojos!”? ¿Tienes que ser grosero para parecer espontáneo?
Lucas no respondió porque la abuela no lo esperaba. Tan sólo se arremolinó en la amplia butaca.
Romina continuaba con su corrección de inquisidora de estilo y sintaxis.
–¿“La presión de todas las circunstancias no termina de calmarle a uno”? –se preguntó con
extrañeza Romina–. ¿Cómo te va a calmar la presión, filliño?
Terminó de leer el misterioso relato inconcluso. Todavía le dio un repaso más, sólo por encima,
antes de dictar sentencia.
–Me gusta, Luquiñas. Tiene fuerza. Está muy bien escrito…
Lucas agradeció con una sonrisa sincera el veredicto. La verdad es que sabía que a la abuela le iba
a agradar e incluso sorprender, pero no las tenía todas consigo.
–¿Y ahora qué? ¿Cómo continúa el asunto?
–No lo sé, abuela. Tuve un arranque de inspiración la otra noche y me salió eso.
–Pero, ¿quieres seguir o no?
–¡Claro que quiero! Si no, no te lo habría enseñado…
–¿Y por qué crees que yo te puedo ayudar mejor que tu profesor del colegio?
–¡Ya te lo conté el primer día! Ese tío ha sido borrado de mi disco duro: Delete files? Yes! No
quiero verlo ni en pintura.
–Bien, pero comprenderás que, por mucho que te enfadases con él, tenía razón. Si quieres escribir
para el público de andar por casa, tienes que saber que todo el mundo opinará sobre lo que les
propones… –retomó Romina la argumentación de Jaime Calero, cortada por el timbre de fin de recreo.
–A mí lo que diga la gente de la calle me importa tres bledos. Lo que me interesa de verdad es que
le guste a los entendidos.
–¡Ah! ¡Ya comprendo! Quieres escribir para los críticos e iniciados, no para el vulgo.
La abuela le contó que conocía a unos cuantos escritores, y por cierto muy afamados, que hacían
precisamente eso. Y a otros que escribían sólo para ganar premios. ¡Y lo hacían muy bien: ganan casi
todos! Aunque le advirtió de que había que tener en cuenta que, al final, unos y otros eran una panda
de amiguetes que se autoincensaban. Sin embargo, a pesar de los laureles, apenas ningún mortal los
leía, ni incluso los que, engañados por la publicidad grandilocuente de los medios de comunicación,
los compraron.
–¿Eso es lo que quieres? ¿Ser un autor de estantería?
–¡Abuela, joé, que sólo es un cuento!
–¡Luquiñas, joé, que no te enteras!… –sonrieron ambos por la inesperada réplica burlesca de la
anciana señora–. Vamos a ver, filliño, no es normal que un joven de tu edad escriba así. Tú eso lo
captas, ¿no? Creo que sabes escribir porque te encanta leer. Y creo que además te gusta y sabes
hacerlo… Pero también creo que no sabes por qué escribes…
–¡Ah! ¿Pero es que hay que escribir por algún motivo? ¿No puede ser una afición, un
entretenimiento, una forma de pasar el rato?
–¡Vamos, Luquiñas! Tú y yo sabemos mil maneras mucho mejores de pasar el rato con dieciséis
años –sonrió, picarona, la abuela Micalea–. Tú tienes talento. Tienes un don. Y ese regalo no lo has
conseguido sólo tú con tu esfuerzo. Se ve que tienes facilidad para hacer algo muy complejo. Es una
cualidad que sólo te pertenece en cuanto que se te ha regalado… Y, como todos los dones que se nos
entregan a cada uno, queda supeditado al libre albedrío, a la caprichosa libertad del uso que queramos
hacer con él. Puedes enterrarlo en un cofre en tu mísero rincón, y cavar y descavar cada vez que
quieras recrearte con tu tesoro. Pero también puedes correr el riesgo de hacerlo público,
mostrándoselo a otros, aunque algún patán te diga que es una porquería. Entonces, muchos podrán
disfrutar de él, admirarlo y desearlo. Tú perderás una parte importante de ese tesoro tan tuyo porque
ya no te pertenecerá en exclusiva, pero a cambio ganarás la riqueza de ser alguien en muchos, de
formar parte importante de sus vidas.
–¡Muy hermosas palabras, abuelita, aunque un poco difíciles de seguir con tanta metáfora! No
sé… No sé si quiero escribir para la gente… Quizá sea más fácil verlo desde el punto de vista de… ¿la
fama?… Pero tú me lo planteas como una forma de servir a los demás…, sí… como una especie de
darse… Nunca había imaginado esa posibilidad…, ni esa responsabilidad…
–¿Responsabilidad? No lo veas sólo como una carga, Lucas, sino también como una satisfacción.
Te insisto en la misma idea de que, lo que has recibido gratis, puedes compartirlo con quien lo quiera
disfrutar contigo, aunque no gratis, evidentemente –sonrió Romina ante su extraño vericueto mental.
Lucas prometió a su abuela que lo pensaría. Que le daría un par de vueltas para ver si lograba
alcanzar el sentido completo a su denso coloquio. El lunes se iba con Antón a probar la suerte de la
pesca, y tendría tiempo para reflexionar. Su abuela se levantó, decidida, y le dio un besazo sonoro en
la mejilla, justo antes de salir con urgencia para la reunión del club social de amas de casa, perfecta
tapadera para la partida de tapete y licores suaves de mujer.
Por su parte, el nieto aprovechó lo que restaba de tarde para lagartear en la cercana playa, mientras
pensaba sobre su anhelada Andrea, su extraña situación de expulsado y martirizarse, de paso, por su
comportamiento tan infantil como despreciable.
II
Berto había llegado sano y salvo al sábado. No sólo eso, sino que se había endurecido con el
esfuerzo del trabajo, y estaba ya en paz con su conciencia. Creía haber pagado con creces el enfado
paterno. El sábado no había destripe de cañerías, así que habló con su padre para que le diese algo de
vuelo durante el fin de semana. Ángel Lavilla no encontró fuerzas ni argumentos para negarse. Incluso
le soltó un billete de cincuenta euros sacado directamente de su cartera, mientras le decía con una
media sonrisa:
–Cógelo. Te lo has ganado.
Berto se quedó desconcertado porque era la primera vez que su padre le aflojaba la mosca. Luego,
a solas en su cuarto, su mente se puso a enredar y empezó a quejarse por dentro como si le hubieran
estafado. ¡Qué cabrón explotador infantil! –se empezó a gritar a sí mismo–. ¡Curro como una mala
bestia y me da una propina para pipas! ¡Y encima yo doy botes de alegría!… Hombre, es verdad que
cincuenta eurazos caídos del cielo son un desmadre, pero es que yo soy medio gilipollas, tío. Tendría
que haberlos rechazado y, cuando terminase este suplicio, negociar con ese negrero. ¡Es que soy lelo,
tío, un burro del carallo!… Bueno, para, para, para. Que estás castigado, Bertito, y que podía haberte
puteado toda la semana, y encima, de gratis, y si te gusta bien, y si no que te den. Bueno, vale, es
cierto, pero si fuese un currito de su negocio, le tendría que haber pagado un pastonazo, sin contar con
los contratos, seguridad social y toda la leche esa. Bueno, sí, pero coño, ¿qué le quieres? Es tu viejo,
no tu jefe. Y además, majete, es la primera vez que se afloja la billetera, incluso parecía que con
gusto, que eso también hay que valorarlo, no vaya a ser que empiece a aficionarse, el muy cabrón…
Así estuvo un buen rato Berto, haciendo de Gollum, y montándose un lío soberbio por un billete de
cincuenta euros. Lo cierto es que le dieron cancha libre y pista despejada con una fortuna en sus
siempre arruinados bolsillos. Cuando se cansó de discutir consigo mismo, planeó el día. Ya tendría
tiempo luego de arrepentirse –e incluso de sentirse mal– por haber puesto a parir a su padre, pero
ahora tocaba montárselo bien: a las cuatro, pachanguita de fútbol con los colegas en Samil, bañito
incluido. Vuelta a casa, arreglarse y salir con los mismos colegas y otros que aparecerían, seguro.
Llamadita a Andrea para quedar a las seis en la Puerta del Sol, debajo del Sireno. Marcha, marcha y
más marcha. Algún estimulante de más si se ofrecía, y unirse al botellón de El Castro, a golpe de
billete. Hoy paga el nene, que es millonario. Y si estamos lo suficientemente bien… Si pudiéramos
rematar a gol… ¡Joder, macho, eso sería demasié p’al body!
Cumplió el plan a rajatabla. Efectivamente, tras el deporte playero y chapuzón, cogió el bus
Circular y se bajó en la Puerta del Sol. Debajo del Sireno –espectro sardíneo de espanto elevado un
porrón de metros por dos pilastras de mármol negro–, estaba Andrea. Y con ella, un buen grupete de
gente de clase. No le hizo mucha gracia a Berto tanta comuna. Prefería un estar a solas con Andrea,
pero ¿qué le quieres, macho? Saludó a todos con las manos y una sonrisa lejanas. El grupo empezó a
vitorearlo también desde la distancia –“¡Eeeesse Bertooooo!”–, y a aplaudirle mientras reían como
unos sátiros.
Andrea se adelantó y se lanzó en sus brazos con un ternísimo “¡Bertiiiiiiiiño!”, mientras se lo
comía a besos. El resto del rebaño empezó a corear un “¡Ooooooh, queeeé boooniiiitooo, queeeé
boooniiiitooo!”, entre risas y envidias. A Berto se le aceleró la maquinaria. Percibió el cálido contacto
del cuerpo de Andrea que lo rodeaba como una pulpesa. Y pensó estar en la gloria, aspirando el
conocido perfume exótico que le embriagó una vez más… El tiempo, el espacio y el sonido ambiente
se detuvieron. Y vivió con tal intensidad ese milisegundo de felicidad que le pareció toda una vida,
mientras volvía en sí mismo con la algarabía del encuentro.
En el grupo estaban las Tres Gracias, como los llamaba Conde, es decir, Iago, David y Gonzalo,
con más ganas de juerga que el mismo Berto. Otras parejitas, que sonreían con mirada bobalicona,
como Estefanía y Julito, Ana y Pedrito, o Claudia y Andrés. El resto lo formaban el compacto grupo
de las Gorgonas –llamadas así porque siempre iban juntas y a su rollo, aunque no se perdieran una
fiesta–, y el acostumbrado cagueta y pijo Félix Lavares, que, desquiciado por el súbito follón
callejero, hacía locuras estúpidas como dar botes con las manos en alto, gritando aquello de
¡oeéoéoéoeeeeeéoeeeéoé! Nadie entendía por qué lo hacía.
La gente que paseaba por la zona miraba al grupo con gestos contradictorios: desde la mala cara
de señoras mayores suspirando por una juventud perdida, hasta el contagio alegre de otros congéneres
de especie similar. El rebaño se dirigió, bajando por la calle Carral, a la zona de marcha. De local a
local y tiro porque me toca, fueron haciendo la ruta de la perdición, cada vez más exaltados por
brebajes ignotos y por lo atestado de los locales, donde el cagueta Félix –al igual que los demás
desparejados– se estaban poniendo las botas a practicar el “perdón”: no había un buen culo ni buena
delantera femeninos que no se sobaran al grito de “¡perdón, perdón! ¡Paso! ¡Gracias!”, con el vaso del
cubata en la mano, a la altura convenida, y llevando recuento de las fechorías.
El grupo fue creciendo con algunos de otras clases de primero de bachillerato y de otros cursos del
colegio. Aquello parecía un recreo, vamos. Lo cual no estaba nada bien, porque luego todo el mundo
comenta por aquí y por allá, y con la cantidad de bocazas que hay se entera hasta el apuntador. Eso era
de lo peor que tenía el colegio. Que todo el mundo cotilleaba de todo el mundo –se lamentó Berto–.
Por eso, tras un rato de bailes simiescos, de botes tribales y gritos de manada al ritmo de una música
más ruidosa que melódica, la recua se fue desbaratando y reduciendo, entre adioses de miradas
turbias, risas idiotas y emociones en erupción.
Ya era de noche cuando enfilaron las largas cuestas del monte-parque de El Castro. Se agradecía
el fresquito tras el sofoco del apretamiento en los tugurios. Quedaba aún la etapa final de la fiesta, con
los últimos zambombazos alcohólicos y las primeras derrotas estomacales, todo ello en medio de un
maremágnum de campamento de desmadre hippy. Perdidas las Gorgonas, escandalizadas por tanta
promiscuidad –y en el fondo felices por tener material para despotricar durante una semana al
menos–, y las Tres Gracias, que ya estaban en otros rollos alternativos, quedaron las parejitas y el
pringao del Félix Lavares, que ya no sabía ni cómo se llamaba, ni dónde estaba, ni con quién iba, a
pesar de que montaba mucha escandalera con una voz rota y una lengua arrastrada, ingobernable por la
desajustada actividad cerebral. Cuando llegaron a la falda del parque, a la altura del Ayuntamiento de
la ciudad, Claudia y Andrés, que se iban ya de retirada, se lo llevaron a casa en un acto de extraña
solidaridad, sabiendo que Félix iba a ir dejando un reguero de vomitonas y que iba a ser un largo
trayecto de tembleques, fríos y mareos. O sea, lo de todos los sábados.
Berto y Andrea, tras hacerse con nuevas bebidas, en vasos-pozales de tamaño sorprendente, pronto
se quedaron decididamente solos. Ocultos en una zona de plantas de jardinería, estaban muy juntos,
muy encariñados, muy sonrientes y… ambos muy lúcidos. Berto tenía que rematar la faena y pasar de
nivel. Andrea se mantenía alerta, y a la expectativa.
III
La tarde del sábado 22 de octubre fue una tarde de sorpresas para Elvira Gutiérrez, la madre de
Lucas. Recibió en su casa la visita de Gloria Carrera, madre del tímido pijo y cagueta Félix Lavares.
Eran amigas desde tiempos de juventud cuando ambas estudiaron en El Olivo, el mismo colegio de sus
hijos. Tras los inevitables rencores de dos chicas demasiado iguales en la apariencia, que fueron
superados por la vida misma, mantuvieron una sincera amistad a lo largo de los años. El hecho de
tener hijos de la misma edad en el mismo colegio las unió aún más, y su cercanía ganó un grado de
intimidad hasta llegar a lo confidencial. Juntas se lamentaban y se animaban, juntas se alegraban y lo
celebraban, y juntas se complementaban en el extraño placer del cotilleo social, aportando cada una
sus propios datos pacientemente recolectados de lunes a viernes. Se sentaron en el amplio salón con
ventanales a la Plaza de España.
–Elvira, guapa, tienes que ayudarme –se arrancó sin más preámbulos Gloria, mientras removía el
azúcar moreno en la taza de porcelana con medio café denso y aromático.
–¿Qué pasa, chica?
–Es sobre Félix. Empiezo a estar preocupada por él.
–¿Preocupada, Gloria? Pero si es un encanto de niño…
–Nadie lo niega. Pero es que no lo veo centrado… Lo veo acobardado, muy introvertido, con
mucha timidez. Antes no era así…
–Tranquila, mujer. Son las típicas cosas de los niños a esta edad. Están en pleno pavo y tan
desorientados…
–Sí, querida, pero yo veo a tu Lucas y se me cae la baba, guapa. Porque me fijo en mi Félix y lo
veo a años luz…
–Pero no te preocupes, mujer, que ya verás cómo va cambiando poco a poco. Es verdad que Lucas
es un niño muy tranquilo, pero espera a que empiece a despertar… ¡Vamos, con la que nos ha hecho
esta semana, ya te digo que le empiezan a salir los cuernecillos!
–Bueno, chica, tranquila… Una pelea de críos… Al menos, demuestra que tiene sangre en las
venas, Elvirita, pero es que yo al mío no le veo ni eso…
–Pero… ¿tan preocupante te parece?
–No sé… Estamos un poco desconcertadas… Mi madre y yo hemos hablado a ver si nos
convendría que lo viese un psicólogo…
–¡Hala! ¡Un psicólogo! Que exageras, mujer. Pero… pero, ¿qué os ha llevado a pensar en eso?
–Elvira, guapa, es muy fuerte esto que te voy a contar… –mientras la miraba fijamente con ojos
ensombrecidos.
–¿Qué pasa? –preguntó Elvira, a la que se le dispararon los mecanismos de alarma.
–Sé que bebe como un descosido, Elvira, cariño… Estamos en casa destrozadas…
–¿Que bebe como un descosido? ¿Quieres decir que se ha convertido en alcohólico con sólo
dieciséis años?
–No es a diario… Es sólo cuando sale con los otros chicos. Yo creo que lo hace para desinhibirse y
no parecer tan poquita cosa…
–Mujer, todas hemos salido de marcha y hemos bebido algo, quizá alguna vez nos mareamos un
poco, pero poca cosa más… ¿Estás segura de que se emborracha, en plan emborracharse en serio?
–¡Y tan en serio! Yo creo que es que no se controla –gimió Gloria–. Me llega a casa descolorido,
tembloroso, muerto de frío, con el estómago revuelto, siempre mascando ese odioso chicle de menta,
y, al día siguiente, con un resacón de caballo… Elvira, por Dios, ¿qué se te ocurre? ¿Qué podemos
hacer?… Hoy ha vuelto a salir… ¡A saber cómo nos llega hoy!… He dejado a mi madre rezándole a
todos los santos…
–¿Le has castigado sin salir? ¿Habéis hablado con él?
–Hasta el agotamiento. Siempre dice que se siente avergonzado, que tratará de evitarlo. Le hemos
dado confianza para que lo intente, para que se supere y sea fuerte… Pero es inútil… Además,
tampoco puedes pretender que se quede encerrado todos los findes en casa…
–Ya. Ya veo. Pues chica, si es así, efectivamente igual necesitáis asesoramiento médico… No
sé… Quizá sea una reacción tardía a… –Elvira no se atrevió a decir lo que hubiera querido decir.
Todavía estaba a flor de piel el abandono del sinvergüenza del marido de Gloria, fugado con una
neumática verbenera, y eso que hacía ya más de dos años largos de lloros, lamentos y consuelos. Sin
embargo, Gloria no quiso tocar el tema y siguió centrada en el hijo.
–Yo sé de qué van estas cosas, Elvira. Félix va a necesitar mucho apoyo, y creo que si se pegase a
la rueda de Lucas…, no sé, se me ocurría…, a lo mejor es una buena ayuda… ¿Qué te parece?
–Hombre, chica, tú sabes que Lucas es muy independiente… No sé si querrá estar atado a algo o a
alguien. Yo puedo hablar con él y ver si le puede echar una mano…
–Elvira, por Dios, no sabes cómo te lo agradezco… Yo creo que le podría ayudar un montón
¿sabes, guapa? Y, sobre todo, podrían hacer planes distintos a la dichosa salida de los fines de
semana…
–Vale, cuenta con ello, Gloria. ¡Qué peniña me dan estas cosas, querida! ¡Es que los niños, –que
mira que son buenos, los pobres–, pero es que se ponen a hacer el idiota y nos vuelven locas, y nos
matan a disgustos como ni se imaginan! Trataré de convencer a Lucas el martes, que es cuando vuelve
de Playa América.
–Por cierto, ¿qué tal está?
–Hablé ayer con mi madre. Lo ve tranquilo y arrepentido… Ella no duda de que se peleó con ese
otro niño por una chica…
–¡Pues claro, mujer! ¿No me digas que no sabes de qué va la historia?
–Yo lo intuí, pero es que se me cerró en banda. Para que luego te quejes de tu Félix… No ha
querido ni tocar el tema con nosotros…
–¡Pero si lo sabe medio Vigo, mujer! Yo sé lo que me dijo Félix, pero me lo han corroborado mil
fuentes distintas…
–¿Que lo sabe medio Vigo? –preguntó con gesto feo Elvira–. ¡Me dejas turulata, Gloria! ¿Cómo
no me lo has dicho antes? ¿A qué esperas? ¡Mira que saberlo todos menos nosotros…! Me parece una
broma fea, chica.
–Pero, mujer, yo pensé que lo sabías todo… A ver si soy capaz de contártelo de manera
ordenada…
IV
Lucas cenó en compañía de la abuela y de Rosina. Fue una cena para agradar al niño, a base de
comida basura, delicadamente seleccionada con lo mejor de la carnicería de Nigrán. Lucas, que no era
ni estereotipado ni tonto, disfrutó de unas hamburguesas de ternera gallega, con denominación de
origen, y con unas patatas fritas de las de verdad, minuciosamente cortadas en grosor milimétrico y
onduladas en una fritura de aceite de oliva.
–¡Esto sí que son burguers, Rosina, y no la basura de las de la tele! ¡Y las patatillas, crujientes y
ricas, ricas!
–¡Como siempre se hicieron, Lucas, como siempre se hicieron! –respondió agradecida Rosina.
Al término del banquete, abuela y nieto se sentaron en el salón de estar. Romina miró
intensamente a los ojos canela de su nieto que, sabiendo lo que buscaban, apartó la vista.
–¡Mírame a los ojos, Luquitas! –ordenó amablemente la abuela. Lucas los volvió poco a poco y
sintió respeto por esos ojos escrutadores, en un intento vano de ocultar lo que estaban gritando.
–Filliño, ¿por qué estás tan molesto contigo mismo?
–Abuela, estoy defraudado conmigo mismo. ¿Acaso no has visto estos ojos antes, abuela?
–Sí, muchas veces. Son ojos de desconcierto, de duda, de pasiones ardientes mal contenidas… y
también ojos de falsedad, de querer aparentar lo que no se tiene… ¿Por qué te martirizas, filliño? No
eres feliz.
–Tengo un problema que no sé cómo abordar ni resolver.
–¿Ese problema tiene nombre de chica guapa?
–Eso es sólo una parte del problema…
–Efectivamente, Luquiñas. Veo que eres más espabilado que la mayoría de los chicos.
–Abuela, me da palo hablar contigo de esto… No te lo tomes a mal, pero es que preferiría
aclararme yo primero…
–¡Claro que sí, hijo mío! Sólo hablaremos de lo que tú quieras. Pero te voy a dar un consejo…
Mañana, que te vas con Freijanes a la mar, habla con él.
–¿De qué?
–De los dolores que llevas en el alma.
–¿Tú crees que él sabrá deshacer la madeja?
–No creo que toda. Pero sí algunos de sus nudos más gordos, porque son los más fáciles de
deshacer, y van despejando el camino…
–¿Y por dónde empiezo?
–No te preocupes. Él ya lo ha intuido. Tú sólo tienes que arrancar, y él ya mete la primera.
Lucas meditó un breve instante sobre lo que le decía su abuela. Puestos a confiar, no era mala baza
para salir del atolladero. Pero Lucas tenía una pregunta interesada que hacerle a su abuela.
–Abuela, ¿qué es la intuición? –preguntó como asustado por su atrevimiento.
–Un conocimiento que tenemos casi todas las mujeres y apenas ningún hombre…
–¿Tiene que ver con la mirada…? ¿Con lo que ven vuestros ojos?
–Tiene mucho que ver, aunque, no lo es todo.
–Debe de ser muy chulo… Os envidio por esa forma tan misteriosa de conocer. Me gustaría
tenerlo, o al menos, conocerlo un poco…
–¿Quieres que te enseñe una muestra? –preguntó con ocurrencia Romina, pues tuvo una idea
clarividente y repentina–. ¡Ven conmigo!
Romina se levantó rápida y llevó a su nieto a la sala de los espejos, una estancia de otros tiempos
en las que se celebraron bailes de salón. En la pared del fondo había dos retratos de cuerpo entero de
sus abuelos, en sus tiempos de vida plena. Romina le puso una silla delante del cuadro del abuelo.
–¡Sube, Lucas!
Al hacerlo, sus ojos quedaron a la altura de los ojos del retrato del abuelo. Los miró con atención,
sorprendido por su fuerte viveza.
–¿Qué ves en esos ojos, Lucas?
–Veo vida. Veo un brillo de extraordinaria fuerza… Nunca me había fijado, y eso que he visto mil
veces este cuadro…
–¿Qué más ves, Luquiñas? –insistió Romina.
–No sé… Veo muchas cosas… –contestó con un cierto escalofrío, desconcertado–. No lo sabría
decir… Determinación, riesgo, aventura…
–Baja, Lucas. Has visto mucho para ser la primera vez…
–¿Tú ves todo lo que tienen esos ojos, abuela?
–¡Claro que lo veo! Lo vi mil veces en vida de tu abuelo y quedó ahí, en el cuadro, perfectamente
reflejado…
–¡Joé, abuela! ¿Y tú crees que el que lo pintó sabía todo eso?
–No. No lo sabía todo. Pero intuyó mucho y lo dejó ahí plasmado.
–¿Era el pintor uno de esos “apenas ningún hombre”?
–¡Ya lo creo! Y tú lo conoces mucho, Luquiñas… Te vas mañana de pesca con él.
V
Andrea se sacudió de forma brusca a Berto. El querido “Bertiiiiiiño” no era más que un manojo de
nervios mal contenidos, que había empezado a trabajarse la faena con delicadeza cero. Andrea detectó
que la maquinaria del chaval se había puesto en marcha y ya no habría manera de que se parara por sí
misma. Y es que no estaba segura. No.
No lo estaba.
Era cierto que le gustaba Berto, tanto como otros muchos antes. Pero no tenía la seguridad
completa de que fuese él el elegido. Para poder acceder a sus pretensiones tenía que tener una
seguridad tal que no podría quedar ningún resquicio para la duda. Y como no era el caso, decidió
frenar al autómata que se iba acelerando solo. Era el momento de cortar en seco, antes de que ella
misma se descontrolase y de que él empezase a cruzar terrenos vedados.
–¡Estate quieto, animal, que me haces daño! –le dijo con fuerza Andrea…
–Perdona, es que no me controlo… –respondió sorprendido Berto, excusándose con cara de pena,
pero volviendo a insistir. Andrea se apartó de sus manos desquiciadas y se puso de pie, rápida. Berto
se vio palpando la hierba de la loma de El Castro. Indignado, le gritó:
–¿Pero qué haces, tía? ¡Que se me va a cortar el rollo!
–¡Por mí como si se te corta la respiración, so cerdo! –respondió Andrea con un enfado muy bien
disimulado.
–¡A ver, Andrea, mujer! ¡Ven, anda!
–¡Que te den, capullo! –y se fue, con paso rápido, con cara de enfado, y bajando a toda máquina
hacia el asfalto, camino de casa, indignadísima.
–¡Espera, Andrea, espera! ¡Que te acompaño…!
–¡Ni se te ocurra! ¡Anda y que te zurzan, so pedorro! –respondió ya lejos Andrea, inalcanzable. Al
menos, esta vez ella había calculado bien.
Berto se quedó idiotizado, alelado, fuera del mundo. No entendía nada. Empezó a dar vueltas por
la zona sin sentido. Cogió el vaso-pozal medio lleno de mejunje halitoso, y se lo bebió de penalti.
Luego, lo tiró a sus espaldas y se fue a casa, mientras murmullaba un eterno “manda huevos, joder,
manda huevos” que le duró toda la noche.
CAPÍTULO 4
I
El lunes fue el gran día de la estancia de Lucas en Playa América. A las ocho de la mañana estaba
montado en el coche de Antón Freijanes, camino de San Adrián de Cobres, en el interior de la ría de
Vigo, más allá del puente de Rande. El coche de Freijanes era una especie de caótico almacén de
restos contradictorios: los aparejos de pesca se entremezclaban con las pinturas y la ropa, y uno se
podía encontrar un pincel en el bote de las rapalas3, o un tubo de óleo en la caja de los plomos. Había
libretas diseminadas por todo el coche con viejos apuntes de inspiración inútil, de las que podían
pender sin ningún problema una potera4, un trozo de sedal mal guardado o los restos aplastados de una
miñoca entre dos láminas de papel. Lo más curioso de todo es que Freijanes tenía, dentro de ese caos,
una especie de orden; mejor habría que decir que tenía un mapa mental y una memoria prodigiosa del
habitáculo del coche.
Al llegar al muelle, les esperaba un amigo de Freijanes que salía con otros dos marinos en un
mejillonero. Iban a pasar la mañana en una batea, propiedad del cultivador, y les recogería a la vuelta
de faenar, al final de la mañana. Andar por una batea no es fácil para el novel: compuesta por varios
flotadores enormes de metal, la estructura se extiende con vigas grandes de madera y otras finas
transversales. Siempre hay que pisar en las intersecciones de las finas con las más anchas, pero hay
que hacerlo con decisión para no dedicarse a hacer equilibrios. El verdín del moho, o las mismas
cagadas de gaviota, la hacen a veces resbaladiza de derrape y susto, pero no hay problema si uno se
mueve con voluntad. El agua queda un metro más abajo y caerse es hacerse fijo una avería de dolor
indescriptible, además del frío remojón, claro. Ni Antón ni Lucas tenían problemas con los
desplazamientos por el inestable armazón, pero todo cuidado era poco. Se dirigieron a la zona de uno
de los flotadores de metal coloreado de azul, y fueron descargando el material de pesca, apoyando
cañas, aparejos, cubos y mochillas en las maderas altas. Se fueron al inicio de la batea. Como el día
iba despejado y el agua estaba nítida, vieron la cadena, florecida de algas, que sujetaba la estructura,
hundiéndose en el verde del fondo. Habría unos veinte metros de profundidad.
–Hoy vamos a ir con camarón, Lucas, que me da buena espina –comentó Antón. Y dicho esto, sacó
un pequeño cubo con agua de mar lleno de quisquillas.
–¿A qué hora es la pleamar, tiburón? –empezó con las bromas Lucas.
–Nos queda hora y media de subida, pezqueñín. Luego, pocas posibilidades… De retirada casi.
–¿Y estás seguro con el camarón, viejo lobo? ¿No te habrá comido el tarro algún guasón que se
reserva para él lo que no quiere que cojas tú?
–Es posible, pero llevan una semana a muerte con la bicha transparente. ¿Sabes cómo se mete el
anzuelo?
–Espero no haberlo olvidado… El sedal tiene que salir por detrás, en medio de la cola ¿no?
–Es lo básico, chaval. Si no pasa bien, no trabaja nada y pierdes el tiempo como un capirote.
Armadas las dos cañas con el cebo y un plomo del uno, soltaron lastre al fondo de la mar, a ambos
lados de la cadena. Se sentaron en las maderas, con los pies colgando, separados unos dos metros. A
Lucas le parecía mucha distancia para hablar, pero, en medio de la ría, no importaba andar a gritos. Le
gustaba bailar el cebo, porque le faltaba paciencia, hecho que sorprendía a Freijanes, mucho más
inmóvil. Lucas decidió arrancar la conversación.
–Antón –dijo en una voz imposible para la confidencia– ¿quieres que te cuente por qué estoy de
baja escolar o no?
–Concéntrate en la pesca, Lucas. Tenemos hora y media para hacer algo. Luego ya me cuentas tus
batallas de Tirios y Troyanos.
Lucas se quedó un poco trastornado. ¿Hora y media? Más le valía que empezasen a picar porque si
no… no sabía si iba a ser capaz de contenerse tanto tiempo.
–¡Ah! ¿Tenéis hambre, eh guapas? –dijo Freijanes al notar unos tímidos tironcillos de vibración
en la caña.
–¿Qué pasa, te pican ya?
–¡Por ahí andan, de desayuno!
–Pues a mí ni las ganas…
–Levanta el sedal para ver si tienes bien el camarón. Si están ahí abajo, y tienen hambre, no le
hacen ascos a nada.
Lucas recogió el sedal con rapidez. Le fastidiaba que estuviesen allí y no sacase nada.
Efectivamente, el anzuelo y el hilo se habían movido. Recolocó la trampa carnicera y volvió a echar a
fondo. Aún no había notado que el plomo llegaba a la arena cuando Antón gimió de contento.
–Ven con papá, guapa, ven. ¡Lucas, aquí viene la primera!
Lucas la vio tirando y forcejeando mucho antes de salir del agua. Cuando llegó a la superficie dio
dos o tres buenos coletazos, y subió campaneando. Freijanes la sostuvo en la axila, la desembarazó del
aparejo y la metió en una bolsa grande de malla. Era un buen ejemplar de lubina, plateada y ancha
como una delicia. Pero no era una robaliza5, que eran los trofeos a los que aspiraba Lucas. Si la lubina
de Antón había tonteado antes de morder, la pieza que le tocó en suerte a Lucas fue súbita y violenta.
Notó el tirón seco y la confirmación de que había entrado hasta el fondo casi a la vez. Lucas gritó,
porque sabía que venía algo grande.
–¡Antón! ¡Asesino de alevines! ¡Aquí sí que viene la madre de todas las lubinas! ¡Ostras, cómo
tira, la muy bestia! ¡Paaaaaraaaa, que me revientas todo! ¿Qué es esto, Antón, que hace más fuerza
que un cachalote?
–¡Espera, Lucas, no fuerces! ¡Déjame ver! –y Antón le cogió la caña de las manos temblorosas–.
¡Está haciendo vela! ¡Hay que conseguir que no se vaya a las cuerdas! ¡Saca la caña para afuera…, así,
así, eso es…, ya se va hacia afuera! ¡Toda tuya, rapaz!
Lucas cogió la caña con ansiedad. De vez en cuando, daba un tirón hacía arriba, y después la
dejaba ir. Desde luego, había picado bien. Siguió forcejeando con la pieza un buen rato, y el pez
empezó a agotarse. Siguió subiendo y empezó a intuir una forma plana y redondeada. Parecía una
choupa6, pero bastante grande. Cuando logró sacarlo, Antón se lo confirmó:
–¡Bien, Lucas! ¡Tú dedícate a las choupas, que yo sigo con las lubinas! –ironizó Freijanes.
–¡Vale, por mí te puedes dedicar a las lorchas 7, bufón! –respondió con sorna similar Lucas–.
Además, que sepas que los lomos de una choupa, y más de este calibre, no te las cambio por ninguna
sardinilla de esas que pescas tú.
Lo cierto es que Antón se hinchó a sacar lubinas, con alguna que otra choupa entremezclada, y que
Lucas sólo cobró otra pieza, una lubina de tamaño medio. A la hora, los peces se cansaron de jugar al
ratón y al gato y seguir ahí era perder el tiempo. Freijanes se movió por el perímetro de la batea, pero
fue pasear en vano. En esa hora fructífera se habían levantado una docena de piezas grandes y otras
tantas que, por no dar el tamaño, devolvieron a las aguas. No es que tuvieran una especial conciencia
ecologista. Simplemente, sabían y respetaban la mar y sus frutos, aunque, antes de devolverlas al
agua, Freijanes les daba un beso y las despedía con palabras de cariño depredador:
–¡Un besiño, guapa! Come, crece, multiplícate, y cuando seas un robalizón de los de foto nos
volvemos a ver en esta misma batea, dentro de un año.
Pasado un rato, Antón decidió cambiar de estrategia.
–¡Marinero! ¡Cambiamos a la rica miñoca!
Recogieron los aparejos y pusieron los nuevos, con unas hermosas lombrices marinas que tragaron
el anzuelo la mar de bien, pues eran carnosas y duras. Las echaron con cascabel8 en dos huecos de la
malla de madera, y se sentaron apoyados en el flotador azul a la espera de la suerte y de la estúpida
voracidad de algún pez despistado. Freijanes sacó las viandas. La pesca abre un apetito animal porque
se ha estado faenando con tensión en el instintivo drama de la vida y la lucha por la muerte. Comieron
un generoso trozo de empanada de zamburiñas, mientras bebían agua. Luego, se sentaron juntos en la
cara de la batea que daba a Rande. Lucas supo que, ahora sí, iban a hablar.
II
Clara, la hermana de Berto tenía la cualidad de estar siempre pendiente de los demás. Desde muy
pequeña, se sintió alegremente atraída por atender a los suyos, por ayudar a su madre en las tareas del
hogar, por mantener el orden y la limpieza en la casa de los Lavilla, por que todos estuviesen a gusto.
Siempre era la más rápida en coger lo que se cayese, en ir a abrir la puerta, en poner la mesa o en
coger el teléfono. Al principio, parecía que se comportaba así por la vanidad de los mil cumplidos que
le hacían todos, desde el simple “gracias, guapa”, hasta el superlativo de “eres la niña más buena del
mundo”. Sin embargo, Clara Lavilla sentía ese impulso desde lo más profundo de sus entrañas, y
disfrutaba sinceramente ejerciendo de criada de todos. Era, sencillamente, su forma de ser. Clara era
probablemente el principal elemento de cohesión de la familia de Berto.
Tenía tres años más que él y, con el paso del tiempo, esas disposiciones se habían consolidado y
fortalecido por la experiencia y por una conciencia madura que daba sentido de felicidad a su vida. No
cambiaría las alegrías que le proporcionaban esta forma de ser por nada del mundo.
Menos alta que su hermano, era como él morena y simpática. Quizá demasiado delgada, pero bien
formada y con rostro alegre de paz. A su hermano le parecía que le faltaba un poco más de carne
estratégica para entrar en el grupo de las mazizorras, pero esas apreciaciones le traían sin cuidado y le
servían para llamarlo “charcutero machista”. Estaba en la universidad, en el CUVI9, estudiando
segundo de Filología Inglesa. Se agobiaba sobremanera con los exámenes, a pesar de sus excelentes
calificaciones, y su madre creía que el estrés le venía a su hija por no darles ningún disgusto con una
mala calificación. Se equivocaba Blanca. Desde segundo de bachillerato, Clara había advertido que
podía canalizar sus deseos de ayuda a otros en el campo de la docencia, por lo que se determinó a
realizar unos estudios que la dirigían a esa meta y para los que no estaba especialmente dotada. Eso le
llevaba a suplir con horas de estudio y trabajo personal sus carencias.
Clara estaba preocupada con Berto y compartía lo que detectaba en la vida de su hermano con su
madre, mientras planchaban la ropa el domingo por la tarde.
–Mamá, Berto está fatal. Está ido. ¿No lo has visto en la comida? Tenía una cara de desterrado que
no es normal. Él siempre ha sido muy fiestero y extrovertido, y ahora está en la pola10 más absoluta,
zombi perdido…
–¿Será por lo de la pelea y la expulsión?
–Será, porque desde hace tiempo ha desconectado los chips de la realidad.
–¡Bueno, mujer, tú tranquila, que ya se le pasará! –respondió Blanca sin darle importancia,
mientras doblaba una camisa.
–¡Ya me lo dirás cuando lleguen las primeras notas! ¡Oirás los juramentos en arameo de papá y tu
propio disgusto! Entonces, me dices que no me preocupe…
–¡Bueno! –dijo con resignación Blanca–. ¿Y qué quieres que haga yo? ¡No podemos estudiar por
él!
–He pensado que lo de Berto quizá no sea estudiar… ¿Viste con qué ganas y alegría se iba a
trabajar con los de la cuadrilla esta semana?
–¡Yo lo tengo claro, chica! Pero tu padre dice que hoy, sin el bachillerato no vas a ningún sitio…
Una vez que lo acabe, que haga una FP o que trabaje en la empresa… Tanto me da.
–El problema de papá es que es de piñón fijo. Y se le ha metido en la mollera que Berto tiene que
hacer el bachillerato por narices. No me parece justo que ni le pidiese su opinión a Berto ni que le
preguntara qué quería hacer.
–¡Ah, claro, ya salió la juventud revolucionaria! ¿Crees que tu padre es injusto por pedirle a Berto
que aguante un par de años, que luego se le abren mil puertas con los ciclos de formación profesional?
Aunque no lo parezca, es amor sincero de padre que quiere lo mejor para su hijo, no de viejo gruñón
oxidado…
–¿Cuánto de sincero tiene ese amor sin contar con el parecer de Berto? ¿Se puede asesorar a
alguien imponiéndole algo? ¿No podemos estudiar por él, decías? Mucho me temo que no os va a
quedar otra opción…
–¡Vamos, Clara! –alzó el tono, Blanca, sin indignarse–. ¡Hablas de tu hermano como si lo
tuviésemos en trabajos forzados! Él tiene capacidad de sobra para hacer bachillerato y lo que se
proponga. ¡Lo que no se puede consentir es que no lo haga por vagancia o porque le cueste! Luego,
con el paso de los años, nos lo echaría en cara… nos preguntaría que por qué no le obligamos a
estudiar y ser alguien con una vida con más oportunidades… ¿Sabes lo que le costó a tu padre hacer lo
que ha hecho en su vida? ¡Se pasa el día lamentándose de no haber podido estudiar! ¡Yo no quiero que
Berto pueda decir eso nunca! Y, si para conseguirlo, tengo que forzarle, lo haré sin caer en la pena
tonta de que le hago sufrir. ¡Eso sólo es blandenguería de madres tontas!
Clara se quedó pensativa. No imaginaba que sus padres actuaran con tanta perspectiva, viendo el
futuro desde las exigencias y la realidad del presente. Quizás tuvieran razón, porque lo que estaba
claro es que Berto había sacado la ESO sin despeinarse, y el bachillerato no era para tanto. El
planteamiento del ciclo superior de formación profesional era un destino óptimo para su hermano.
Clara entrevió también lo duro que tendría que ser para su madre obligar a Berto, hacerle sufrir, por su
bien. Tendría que reflexionar sobre esta nueva lección de la escuela pedagógica de la vida.
–¡Es probable que tengas razón, mamá! Pero algo tenemos que hacer con Berto porque así, como
va, no saca el bachillerato ni aunque le toque en una tómbola –apuntó Clara, implicándose tanto con
Berto como con la postura de sus padres.
III
Alberto y Elvira estaban en el sofá grande de la sala de estar, con la televisión encendida pero
ignorada, y hablando de las revelaciones de Gloria de la tarde anterior.
–¡Tenemos que tener cuidado con estas cosas, Alberto! ¡No podemos ser los últimos en
enterarnos!
–¡Bueno! A veces pasa… Lo importante es que no nos vuelva a ocurrir.
–¿Has visto esta mañana cómo nos miraban todos los conocidos? ¿No has visto el cinismo en sus
rostros alegres cuando nos saludaban tan corteses?
–La gente es feliz con estas cosas por la envidia, cariño. En el fondo, les molesta que nuestra vida
sea tan… ¿deslumbrante? Somos gente respetable… Y tenemos un hijo que ellos no lo tendrían ni en
sueños. Por eso se alegran tanto de verle caer una vez. Son unos hipócritas, ven la mota en nuestra ojo
y no advierten el estiércol en el que se rebozan sus hijos…
–Bueno, Tito, tampoco te pases… Sé que estás tan dolido como yo… Es verdad que muchos nos
envidian, pero no todos los niños son tan… tan así…
–¡Tienes razón! No hay que ser extremo. Lo que me sorprende es que no advirtieses que Lucas
estaba enzarzado con esa chica, tú que te las das de…
–¡No tiene nada que ver, Alberto, por Dios! ¡Sabes que nuestro hijo sabe tapar sus emociones
cuando quiere! Y luego… que una se engaña, ¿sabes? Puedes percibir algo, pero no te encaja en
absoluto con tu esquema mental y lo desechas como una percepción equivocada.
–Pues ya ves. A partir de ahora tendrás que andar más atenta…
–Tenemos que ver lo que hablamos con él el martes, cuando vuelva. ¡Y nada de que no quiere
hablar! Hay que tirarle de la lengua y aclararse. Por mi parte, ya tengo algo…
–¿Algo de qué?
–De esa chica. Andrea se llama.
–¿Y qué sabes?
–¡Buff! –resopló Elvira antes de hacer un resumen rápido de sus averiguaciones–. Por lo que he
visto, es muy guapa y va de misteriosa. Notas normalitas y familia sin datos. Tiene embobados a todos
los chicos de El Olivo, aunque sólo tienen opciones nuestro Lucas y el niño con el que se peleó.
También me he enterado de que el tal Bertito es un chico indolente, amante de la juerga y con una vida
poco recomendable… Lo último más comentado es que ayer, después de salir por la zona de vinos, se
fueron solos al botellón de El Castro. Así que imagínate con la niña de marras… A ver si ahora vamos
a tener un problema, después de dieciséis años de paz, con esa pelandusca.
–Me asombra tu capacidad de conseguir información. ¿Todo eso te dijo Gloria ayer?
Elvira sonrió ante la inocencia de su marido.
–¡Tengo muchos canales, Alberto! Lo más efectivo hoy para saber todo lo que quieras de quien
quieras no está en la conversación con las amigas. Prueba a escribir tu nombre en Google, guapo, y
verás tu vida, obras y milagros a la vista de todos…
–¿Has escrito el nombre de Lucas en Google? –preguntó extrañado Alberto.
–El primer enlace es a su perfil de Facebook…
–¿Y tiene acceso todo el mundo? –se fue alarmando, cada vez más, el padre de Lucas.
–Al perfil sí, pero si quieres adentrarte en el submundo de las redes sociales, necesitas tener el
nombre de usuario y la contraseña…
–¡Ah, comprendo! Te los dio Lucas.
–¡Qué va! ¡No hacen falta! Como hice toda la operación desde su ordenador, al tener las
contraseñas guardadas automáticamente, te da acceso inmediato…
Alberto hizo un gesto feo con la cara. Sabía que su mujer era demasiado obsesiva con lo suyo y lo
que consideraba de su propiedad. Estaba espiando a Lucas y no le pareció bien. Alberto presentó sus
objeciones.
–No me parece bien que lo espíes, Elvira. Tiene derecho a su intimidad.
–¡Y nosotros a la nuestra! –replicó con fuerza Elvira–. No es una persona sola en esta vida. Vive
en familia y todo lo suyo es nuestro. No puede ir por ahí contando cosas que no tienen por qué saberse,
ni hacer algo de lo que ni tú ni yo nos enteramos. ¡Así que no pienses que lo espío! Llámalo prudencia
de madre que no se chupa el dedo.
–Me parece muy peligroso. Si se entera, se enfadaría mucho. Tiene a gala ser noble con
nosotros… Y nosotros con él. Si le miras el ordenador, no jugamos limpio…
–¡Déjate de tonterías! Si lo hubiésemos mirado antes, no nos habría estallado este asunto sin
enterarnos.
–No sé, Elvira. Creo que no está bien –dijo Alberto vencido, con corazón de Judas.
–Espera que empiece a leerte los e-mails que se ha escrito con esa chica… y ya verás cómo
cambias de opinión.
IV
Berto estaba buceando en lo profundo de su desconcierto. La verdad es que había rozado con la
punta de los dedos su mayor victoria y hacer de aquella malograda trade-noche un hito para su historia
personal. Tan embebido estaba en los prolegómenos y tan seguro de llegar a buen puerto, que la
violenta huida de Andrea lo había dejado alelado. Llegó a casa arrastrando los pies, tras una larga
caminata desde El Castro hasta el popular barrio de Coia. En su andar perdido, se cruzó con todo tipo
de gentes que no le hicieron ni caso, a pesar de llevar la mirada perdida y moverse como un muñeco
rígido. Sólo reaccionó algo cuando pasó por la Plaza de América, junto al centro comercial Camelias,
donde vio a varias parejitas de niños haciendo teatro de adultos, y a los que miró con envidia.
Nada más llegar a su casa, se quitó los pantalones y las zapatillas y se echó a dormir la medio
mona que llevaba encima. Durmió mal y se despertó peor, allá cerca de las dos de la tarde, cuando se
vistió la misma ropa y fue a comer en hermetismo absoluto. Después de una comida muy ligera, se
volvió a su cuarto donde se tumbó otra vez en la cama. A media tarde, escuchó a su hermana y a su
madre hablar en la habitación de al lado, y tuvo la impresión de que discutían sobre él. Cogió el móvil
y empezó a escribir una serie de sms a Andrea que, de puro repetidos, parecían convulsivos, obra de
un enfermo mental. Berto, sin respuestas de Andrea, empezó a enfadarse con furia primitiva.
–¡Contesta, tía, contesta!
Y se tumbaba con fuerza en la deshecha cama. Hasta quince veces le envió el mismo mensaje. Una
hora y media más tarde, le llegó por fin la respuesta:
“¡Mndam un mnsaj + y te dnuncio x intnto d violacn i akoso! olvdm kbrn”
Berto se estuvo quieto con la maquinita. “¡Hay que jorobarse con las tías!” –pensó para sus
adentros–, en un nuevo cúmulo de rabia y de desesperación. Tiró el móvil al suelo que se salvó del
destrozo gracias a la moqueta. Se levantó de mala manera, echó el pestillo a la puerta y encendió el
ordenador, dispuesto a saciar sus fracasos hundiéndose en la más burda charcutería de la web.
V
–Entonces, ¿qué, Lucas? –empezó a la gallega, Antón.
–¿Qué de qué? –respondió Lucas con tanta ansia como irreflexivamente.
–Tu abuela llora a escondidas tu amargura.
–Es muy preocupona, Antón. ¡Qué te voy a contar yo…!
–Es realista. Ha visto tu infelicidad con ojos de bruja y eso le duele.
–No me lo ha parecido…
–Claro que no. ¡Tú ni sabes mirar, ni ver, ni comprender!
–Nones, Antón. Sé lo uno, lo otro y lo de más allá.
–Si fuera cierto, te tiraba ahora a la mar, por canalla…
–¿No me crees, Antón? Vi los ojos del abuelo que pintaste, y vi cosas…
–Entonces no viste nada, filliño –aseveró Freijanes, negando con la cabeza.
–De acuerdo, Antón, vi poco e imaginé mucho en esos ojos…
–¿Merece la pena tu Afrodita? –atacó, directo, Freijanes.
–No se puede hacer otra cosa, Antón. Es verla y quedarse tieso hasta la médula.
–¿Y si la miras?
–Si te fijas en los detalles… ¡Entonces estás perdido sin remedio!
–¿Tanto? Será que han vuelto a bajar los dioses de paseo por la tierra.
–Esta, por lo menos, se les ha escapado del Olimpo…
–¿Y qué dicen sus ojos?
–Son especialmente hermosos, con tonalidades que van del verde oscuro al naranja…
–¿Y qué dicen sus ojos? –volvió a insistir Antón.
–Creo que hablan de amor.
–¿No tienes la seguridad? ¡Malo! Porque los ojos de una mujer enamorada claman amor a gritos.
–Quizá no sepa entenderlos…
–¡Quizá tengas miedo a escuchar lo que de verdad dicen!
–¿Miedo?… Quizá sí.
–¡Si le tienes miedo a la verdad, no hay nada que hacer, filliño!
–¡Seguro que hablan de afecto y de proximidad real! –dijo Lucas, agarrándose a un clavo ardiente.
–Díselo a tu púgil, con el que comparte seguramente más que afecto y proximidad…
–¡Eso lo dices para picarme! ¡Cuidado, magister, no vayas a ser tú ahora quien salude a las
lubinas!
–¿Y los tuyos? Tus ojos… ¿qué dicen? –cambió el tercio Freijanes.
–¿Los míos? ¿Qué van a decir?
–¿Por qué no eres feliz con tu vida?
–¿Eso crees que dicen mis ojos?
–Tus ojos, tu rostro y hasta las uñas de los pies…
–Me las cortaré esta noche.
–¿No te tendrás miedo también, Lucas?
–Querría ser una persona adulta, con carácter firme y sin oscilaciones.
–¿Con dieciséis años? Eso ni tu abuelo, que era gente seria…
–¿Desisto entonces?
–¡Persevera, amigo mío! Los deseos no se hacen realidad en un instante más que en los cuentos.
No puedes alcanzar lo que quieres sin aceptar de dónde partes.
–¿Y de dónde parto?
–De una situación de inmadurez de la que no se sale sólo con voluntad. El cuerpo juega sus bazas,
y la naturaleza está terminando en ti su proceso cíclico de etapas.
–¿Y qué hago, espero a que se me asienten las hormonas y las neuronas?
–Puedes ayudarle al proceso. Quedarse parado es de amorfos. Para eso tienes la inteligencia, la
voluntad y el camino de la virtud…
–No me vendrás ahora a lo Marco Aurelio con lo de la templanza, justicia y todo ese rollo…
–Yo no hablo de cine. Hablo de que te pongas metas de mejora en lo concreto, que forjes un
carácter en el que lo racional domine sobre las pasiones…
–¡Bueno, carallo! ¡Ya empezamos con el auriga de Platón…
–¡Déjate de platones y piensa por ti mismo! Pensar y vivir no es citar a filósofos, Luquiñas. Y
tienes que hacer dos cosas más…
–¡Tú dirás, magister!
–Todas las noches mírate en un espejo a los ojos. Y escucha lo que te dicen: si avanzas o
retrocedes.
–¡Me van a tomar por loco, Antón!
–¡Ya lo hacen, no te preocupes! Y luego, para saber qué dicen unos ojos, un rostro, un ambiente
donde vive una persona, debes hacer otra cosa…
Lucas tensó sus sentidos. Estaba convencido de que iba a recibir una revelación de un dios, cuyo
contenido estaba vedado a la mayoría de los mortales.
–¿El qué?
–Si quieres comprender a los demás, no los mires con tus ojos. Ponte en su situación, en su lugar,
y mira con los suyos. Entonces, empezarás a ver de verdad.
CAPÍTULO 5
I
José Luis Valeiras ocupaba el trono de Subdirector en su impresionante despacho de El Olivo. Una
multitud de títulos, participaciones en congresos y otros méritos apenas dejaban entrever que las
paredes eran de un color melocotón, que le daba un tono de hogar a la estancia y le quitaba la frialdad
de otros colores más oficiales. La amplia sala disponía de un ventanal enorme desde el que se veía la
ciudad, el mar y, más allá, las islas Cíes. Tan espacioso era el despacho que tenía distintos ambientes
en la misma habitación: la zona de trabajo personal, con una amplia mesa repleta de papeles y con una
extensión perpendicular donde se situaban el ordenador portátil, una pantalla supletoria y una
impresora láser; una zona de recibir, en el lateral derecho, amueblada como una sala de estar, con dos
butacones verdes, un sofá de cuero a juego y una mesita baja de cristal; y allá, al fondo, junto a la
ventana, una larga mesa de reuniones en la que cabían a su alrededor doce personas sentadas. El resto
de la decoración eran estanterías apelmazadas de libros, y algunas fotografías de gran valor emotivo,
enmarcadas en plata.
Enfrente de Valeiras estaban de pie Roberto Lavilla y Lucas Sendón, ambos uniformados con rigor
y con las mochilas de los libros colgadas en la espalda. Atendían en silencio el discurso de bienvenida,
tras una semana apartados del oficio.
–Supongo que habréis tenido tiempo para reflexionar en casa, hablar con vuestras conciencias y,
espero, que con vuestros padres. Sé que hay disputas personales entre vosotros dos, como lo sabe todo
hijo de vecina… ¡Bien! Os recuerdo que no venís al colegio a resolver esas diferencias sino a trabajar.
Fuera del recinto escolar, como si os queréis batir a duelo. ¿Alguna duda?
Ninguno de los dos dijo esta boca es mía, pero ambos negaron con las miradas y, levemente, casi
sin movimiento, con la cabeza.
–Espero que no vuelva a repetirse algo parecido. Yo entiendo muchas cosas y soy muy
comprensivo, pero el que vuelva a confundir las aulas con un ring, que vaya haciendo las maletas, que
se va a su casita y no vuelve por aquí –les amenazó Valeiras con una mirada fija y dura–. Como
sabéis, no os necesitamos en el colegio para nada, que tenemos lista de espera para ocupar vuestros
puestos y los de cien más… Y si lo que queréis es dedicaros a hacer el verraco, lo sentiré mucho…
¡Bien! ¿No hay dudas, no? ¡Venga, podéis ir a clase!
Lucas evitó la salida conjunta del despacho con su rival. No quería verse en la tesitura de dirigirse
a clase por dos largos pasillos vacíos, ni entrar en su aula a la vez que Berto.
–Don José Luis, ¿podría hablar un minuto con usted? –preguntó con cierto titubeo.
–Lo que quieras, Lucas… Berto, ¿tú necesitas algo?
–No, gracias –respondió con la mirada ida y aprovechando que el cielo le daba una oportunidad de
oro para hacer también el camino hacia la clase en solitario.
Tras quedar a solas Valeiras y Lucas, la atmósfera cambió en un santiamén. Pasó de ser el
despacho de la autoridad a una estancia de confianza. Lucas había tenido todo un día en Playa América
para analizar su actitud y preparar esta conversación. Había practicado no poco rato mirándose en el
espejo de la puerta del armario de la habitación de su tío Carlos. José Luis le invitó a sentarse en el
cómodo sillón.
–Verá… yo quería pedirle disculpas por la pelea… Sé que me comporté como un crío idiota y me
dejé llevar por el enfado… Todo ello fue una estupidez que… que le habrá causado molestias, que ha
preocupado a mis padres, y… Bueno, que lamento lo ocurrido –dijo, balbuceante, el alumno que hasta
hacía muy poco era un engreído de bofetada.
José Luis Valeiras advirtió el cambio para bien con una sonrisa que aceptaba las disculpas.
–Tendrías que hablar también con Gerardo Conde. Él lo pasó bastante mal con el incidente, le
faltaste al respeto y tuvo que soportar mucha tensión…
–Yo, don José Luis, si usted me lo pide, me cuelgo un cartel de hombre anuncio con la palabra
“perdón” y me paseo por todo el colegio anunciando mi arrepentimiento.
–No creo que haga falta tanto –sonrió la exageración Valeiras–. ¡En fin!… ¿Qué tal estás, Lucas?
¿Qué has pensado sobre lo que me dijiste la tarde aquella, antes de que llegasen tus padres?
–Lo he meditado mucho… Estoy absolutamente seguro de que él no me puede ayudar en estas
condiciones, y querría solicitar cambio de tutor personal…
–¿Absolutamente seguro? Te recuerdo que hasta ayer Jaime Calero y tú erais uña y carne…
–Él ha roto la baraja… Permitió comentarios que en una clase normal no permitiría ni Mary Pitty
from London… Eh… Disculpe, la señorita Pitty, quería decir –se corrigió azorado.
–¿Y quién no te dice que en dos semanas todo vuelva a ser como antes, Lucas? ¿No te arrepentirás
de cambiar?
–No –dijo, rotundo, el alumno.
–¿Esa firmeza tan clara es porque estás dolido por una confianza rota? Insisto. No quiero que me
vengas dentro de unos días con que todo está ya solucionado, y que quieres volver con él…
–No –insistió, Lucas, con sequedad.
–¿Por qué estás tan seguro?
–Esta mañana, antes de venir aquí, a su despacho, me lo he encontrado en el pasillo. Vino a
saludarme y a interesarse por mí, muy sonriente, aunque su proceder era cínico…, no era sincero…,
venía a quedar bien.
–O sea, que te va a saludar, se interesa por ti y tú piensas que es un falso… ¿Cómo puedes juzgar
así a tu tan querido ex tutor?
–No juzgo nada. Lo vi claramente en sus ojos.
II
Berto llamó a la puerta antes de entrar en el aula, aunque no esperó el permiso para abrir y entrar.
Tenía curiosidad por ver cómo era recibido por el grupo, y, muy especialmente, por la furiosa Andrea.
Estaban a media clase del primer módulo, con el siempre sorprendente profesor de Lengua y
Literatura que, además, le había tocado en sufridora suerte la papeleta de ser el tutor del grupo de 1º B.
–¡Hombre, bienvenido, Don Juan! ¡Ante vos inclino mi espinazo! –e hizo una reverencia burlesca
que sólo buscaba provocar las risas, dado que el docente tenía una ligera joroba que hacía fácil su
mote –“el maceto”–, conocido y coreado por todos. Berto lo miró desconcertado, sin entender nada,
aunque luego cayó en la cuenta y le hizo gracia. Andrea ignoró a Berto en su corto paseíllo hasta el
pupitre, como si hubiese entrado el hombre invisible.
Lo malo del profesor de Lengua, Fernando Adrio, era que superaba a todos sus alumnos en espíritu
gamberro, y se reía de sí mismo más que de ellos. Tenía una lengua bífida con la que no daba puntadas
sin hilo, y sacudía siempre donde más dolía. Cuando les empezó a dar clase el año anterior, los
alumnos no entendían nada y no sabían si reírse o presentar las más airadas protestas a la dirección del
colegio por ese energúmeno animal. Pero, en pocas semanas, advirtieron que todo era teatro cómico, y
que sus clases eran un show por el que merecía la pena pagar la entrada.
No obstante, había enseñado a sus pupilos a distinguir los momentos de broma de los que estaba
en serio, y en su asignatura se trabajaba a conciencia, porque, si no, no le temblaba la mano a la hora
de hacer una escabechina con las notas. Aunque aparentaba ser un tipo duro, todo el mundo sabía que
no era para tanto, porque daba siempre mil oportunidades para aprobar o para subir nota al que se lo
propusiese en serio. Entre sus manías estaba la de no poner nunca diez en el boletín de las notas. Quizá
algún afortunado lo conseguía en la calificación final y el mismo Adrio consideraba este hecho como
una señal de que se estaba ablandando. Esto indignaba al sector femenino, mucho mejor dotado para la
asignatura, y cuyas representantes más aventajadas, –“las megacrakis”–, siempre se quedaban en el
nueve por unas décimas. Como es lógico, era el preferido por los varones, quizá por ese toque de
locura y genialidad insólitas que los unía con el profesor en una misma especie.
En esos momentos, estaban metidos de lleno en una discusión provocada por el mismo profesor.
Les había dado la palabra a los alumnos para que expresasen su opinión sobre la finalidad de la
sintaxis y si merecía la pena estudiarla. Iba concediendo el turno de respuestas por riguroso orden de
alzado de mano, y aquello estaba siendo un combate entre ambos sectores de desigual madurez: las
chicas, muy serias, dando atinadísimas respuestas, y los chavales intentando ser recurrentes con
contestaciones del tipo de “una forma intelectual de tortura”, “un método de complicarse la vida”, o
“un invento para justificar el sueldo de un profesor de Lengua”. Adrio se cansó de escuchar
inexactitudes y concluyó:
–La sintaxis es la mejor herramienta para hacer un derramamiento inútil de ceros.
Y se quedó tan ancho.
Con lo que todo el mundo río la frase al principio, pero quedó perplejo después. El grupo de las
Gorgonas tomó nota de la declaración, con la idea de sacarla de contexto y aprovecharla con malicia
algún día.
–A ver, mis hermosos jabalíes –epíteto con el que se refería cariñosamente al grupo–, que no os
enteráis, hombre, que no os enteráis… La sintaxis teórica es un horror, pero los primeros que la
sistematizaron lo hicieron con la idea de tener un método de estudio para alcanzar las más elevadas
cumbres de la retórica… Por cierto, pongo un diez al que me diga cómo se define retórica. ¿Alguien?
Varias manos de las sufridas competidoras del diez levantaron la mano con un resorte de bala.
Fernando Adrio señaló a la megacraki Uxía.
–El arte del correcto hablar y escribir.
–¡Eso es! Ars recte loquendi, decían en latín los muy cerdos… ¡Mira que usar una lengua muerta,
que ya no conoce casi nadie! ¡Puagg, qué poco gusto! Luego añadieron lo de “y escribir”. ¡Uxía, muy
bien! Quizá el día de mañana te ponga un diez, pero como sea de tarde ni lo sueñes…
Los juegos de palabras malos eran una excusa para que los alumnos protestasen y se desahogasen
un poco, diciendo aquello de “¡Dios mío, qué malo!” o “¡Pero, por favor!”. Estos momentos los tenía
perfectamente coordinados Adrio, aunque los alumnos pensaban que eran espontáneos. Algunos, como
el pijo y cagueta Félix Lavares ni los olían y se los tenían que explicar, luego, en el recreo.
En ese momento entró Lucas repitiendo el mismo ritual de Berto. Andrea seguía viendo hombres
invisibles, aunque disimulara muy mal. Adrio no quiso cortar una explicación que le parecía
importante (no en vano, intentaba argumentar a favor del estudio de la sintaxis), por lo que sólo lo
saludó con la mirada, sin cometer un nuevo exceso.
–En el fondo, como todo lo que hace referencia al uso del lenguaje, es una cuestión de dignidad.
Todo el mundo está más o menos de acuerdo con que la persona es la que ostenta esa primacía
dignataria, pues es capaz de razonar y actuar reflexivamente de manera libre. Pero, por muy dotada
que esté, si no es capaz de expresar su razonamiento, su dignidad queda accidentalmente maltrecha y
manifiesta. Si uno quiere expresar una argumentación en defensa de algo de lo que está convencido,
deberá saber ordenar su discurso con estructuras causales, consecutivas o finales; si quiere
contraargumentar a los que opinen lo contrario, tendrá que hacer uso de formas adversativas o
concesivas. Y así, con todo el razonamiento verbal. Si os dais cuenta, pasa lo mismo con la
adquisición del vocabulario. No estudiéis teoría de la sintaxis, que es un horror, sino usadla como una
herramienta para expresaros como seres de la raza humana, y no como hermosos jabalíes. ¿Me seguís?
La gente entendió la idea principal, aunque no calaron la profundidad de todo lo expuesto. Con eso
le llegaba a Adrio para empezar a justificar su sueldo como profesor de Lengua y comenzar a torturar
intelectualmente a sus queridos y hermosos jabalíes. Luego, ya vendría la vida misma en la que la
emplearían con hábito eficiente en su expresión escrita.
Tras la clase de Lengua le tocó el turno a la asignatura de Filosofía, con toda una profesional del
enredo lógico y con un temario pelmazo, según el parecer de la clase. Aurora Pozo se desgañitaba en
cada sesión por que sus alumnos comprendiesen la enorme cantidad de interesantes opciones que les
abría el conocimiento de la sabiduría, pero la tradición primero, y las pocas ganas de poner en marcha
el uso de las neuronas después, hacían que sus clases fueran las más interesantes para desconectar y
montarse unas películas imaginarias de primer orden. De esa manera, iban en rebaño al despeñadero.
Salvo las megacrakis, claro.
En el tercer módulo de clase, el grupo estaba ya frito. Para colmo, los miércoles tocaba con
Gerardo Conde, con lo que la gente se sacudió como pudo las ganas de no hacer nada, y se dispusieron
a trabajar de lo lindo. Cuando sonó el timbre, anunciando el recreo de la mañana, todo el mundo salió
afuera con ganas de airearse y echar la bestia, tras ese titánico esfuerzo matutino. Lucas se entretuvo
un minuto con el profesor de Geografía, resolviendo sus cuentas pendientes.
III
A Jaime Calero no le hizo ni pizca de gracia los malos gestos de su querido Lucas cuando fue a
saludarlo por la mañana. Pero, cuando Valeiras le confirmó en el recreo que era rechazado como tutor
personal y que se iba a encargar el propio José Luis de asesorar al chico, se enfadó de veras y su
palidez de ira no disimuló en absoluto sus pensamientos. Tras contestar con un manido “¡Bueno! ¡Qué
le vamos a hacer!”, se retiró a sus cuarteles de invierno donde dio rienda suelta a su contradicción. Su
pensamiento destilaba hiel a gritos insonoros, con razonamientos de furia que iban desde el
lamadrequeloparió hasta el quetedeninsolentedemierda. Ni él sabía si con semejantes exabruptos
internos se refería a Lucas, a Valeiras o, incluso, a sí mismo.
Jaime Calero se había hecho un experto en el arte de la disimulación y del buen parecer. Hasta tal
punto dominaba su estrategia, que casi todos le comían en la mano. Por supuesto, todos los alumnos,
aunque ellos no fuesen más que un camino cierto para alcanzar su verdadero objetivo: los padres. Era
el profesor profidén, el más interesado en ayudar a los estudiantes, a los que les dedicaba sus mejores
sonrisas y dedicación más exclusiva. En el inicio de curso, los alumnos de bachillerato podían elegir
al profesor que ejerciese la tarea de tutor personal del alumno y de la familia. Calero tenía una miríada
de candidatos, por lo que la dirección le concedió el privilegio de que eligiese él entre los que le
habían seleccionado. Calero no era idiota, y en el ejercicio de su privilegio sabía aparentar
generosidad con el resto del claustro, eligiendo a los que más le interesaban, sí, pero también a unos
pocos que iban a ser fuente segura de problemas académicos, y que nadie cogería por su propia
voluntad. Este gesto le valía el reconocimiento sincero de sus compañeros, y era muy bien visto por la
dirección de El Olivo.
Los padres, a los que Calero llegaba en primer lugar gracias a las exaltadas referencias que
cantaban sus retoños, comprobaban personalmente tales excelencias en las entrevistas de
asesoramiento o en las reuniones generales, donde Calero desplegaba todo su aroma hipnotizador.
Ellos lo tenían en gran estima, y todos los que habían sido elegidos por el taimado personaje creían
que les había tocado el premio gordo de la lotería.
El motivo por el que Jaime Calero se dedicaba a unas relaciones públicas tan intensas era su deseo
de ambición. No estaba dispuesto a pasarse toda la vida perdiendo el tiempo con criaturas
repugnantes, tan exasperadamente dependientes de uno, impartiéndoles clases de Historia del Arte o
de Ciencias Sociales. Sus ansias de ascender en la escala social le habían hecho dirigir sus esfuerzos
hacia dos posibles metas: por un lado, lograr un puesto brillante en la dirección del prestigioso
colegio; por otro, acercarse a las familias mejor posicionadas empresarialmente en la ciudad, para
tener una puerta de escape en cuanto se presentase la mínima ocasión. Cerrada la primera vía por un
perspicaz Valeiras, que le intuía la jugada, llevaba ya cinco años y medio trabajándose la amistad más
exquisita con las mejores familias. Y una de ellas era la familia de Lucas. Ahora, el incidente ocurrido
con el imbécil engreído del niño, y por su falta de cálculo y contención, había echado a perder un
concienzudo trabajo, hilado con sedal del más fino oro; un roto en una red que la hacía inservible para
sus propósitos.
–¡A tomar viento! –concluyó su amargo razonar.
IV
Curiosamente, el trío amoroso se encontraba aislado en el recreo. Por una parte, Andrea seguía
sometida al ostracismo más cerril de las chicas. Berto, desbaratado emocionalmente, no había tenido
fuerzas ni para jugar la pachanguita de todos los recreos, y deambulaba sin orden ni concierto por la
zona de deportes. Y Lucas era, de por sí, un llanero solitario que no admitía cualquier compañía.
Estando así las cosas, a Andrea le faltó tiempo de arrimarse a buen árbol, y fue al encuentro de Lucas,
apoyado en la puerta exterior del colegio, echando un pitillo, norma que permitía el centro con los
alumnos de bachillerato que tuviesen permiso paterno.
–¡Hola, Lucas! ¿Cómo estás, guapo? –le saludó, muy sonriente, Andrea.
–¡Corroído por los celos. Ahora bien lo sabes! –respondió Lucas de una forma un tanto brusca
para ser Andrea su interlocutora.
–¡Qué tontería! Pensaba que eras más maduro…
–Puede que no lo sea, ricura, pero lo que se comenta por ahí me revuelve las tripas…
–¿Lo dices por lo de la noche en El Castro? Bien sabes que lo dejé con un palmo de narices…
–No viniste a darme ningún beso ni a gritarme Bertiiiiiño, como se habla por ahí…
–¡Ya! Querías que fuese a Playa América a darte ánimos…
–Mira, Andrea, creo que esta situación es un poco absurda. Deja de tontear y decídete por uno de
los dos. Yo te prometo que respetaré tu decisión y no me interpondré si no soy el elegido.
–¡Qué caballeroso! ¡Lucanor, mi doncel de blasonado escudo! ¿No puedo ser amiga de los dos? –
le contestó, haciendo mucha burla.
–¡Yo no llamaría amiga a ninguna mujer que me morrease! –soltó con desprecio Lucas a una
Andrea que no dejaba de sonreír.
–¡Pero qué radicales sois los hombres! ¡Lo queréis todo en exclusiva!
–En cosas del corazón, es exigencia legítima, Andrea.
–¿Me citas a Lope de Vega ahora, Lucanor? No seas tan culto conmigo, que soy más llana que
todo ese artificio –le siguió el juego del diálogo teatral.
–Yo lo que te quiero decir es que tu actitud me saca de quicio. Creo que soy razonable… pero tu
comportamiento me llevó a actuar de manera irracional, y eso me indigna.
–¡Está bien, Lucas! Te pido perdón por si te he causado daño. Yo te quiero de verdad, te lo digo
sinceramente, y creo que eres una persona excelente, pero…
–¡Pero prefieres alguien que te haga reír, que desborde tu sentido del humor y que haga payasadas
y locuras por ti! ¡Yo no soy capaz de hacerlo, y eso lo sabes! Si no aceptas esta carencia, es que te
importo bien poco…
–¡Claro que me importas! Pero somos muy jóvenes aún. Yo he leído libros y publicaciones… y sé
que todo ligue con dieciséis años no es más que un inicio en la larguísima carrera del amor, un ensayo
de lo que será mucho más adelante. Vamos, que no se puede ir en serio a esta edad, ¿no crees?
–No. Yo también he leído libros y revistas. En ellos se dice que el amor sincero de un tío,
enamorado hasta las cachas de su primer amor, es único, irrepetible y tan profundo que deja una huella
que lo marcará para el resto de su existencia. Y yo lo creo. He pensado mucho al respecto. Andrea,
quizá yo no me case nunca contigo, soy consciente de que es lo más probable. Pero no me pidas que te
abra el corazón con esa premisa. Es que lo desnaturaliza todo. No sería amor, sería… Eso, lo que tú
dices, un ensayo…
Andrea entendió el razonar de Lucas. De todas formas, se asombró de que a esas alturas de la vida
todavía hubiese alguien tan ingenuo.
–¿Tan grave es la cosa? No sabía que las mujeres teníamos tanto poder con tan poca edad…
–Lo sabes perfectamente, Andrea, aunque no lo quieras reconocer…
–¡Lucas, no te precipites ni me exijas un absolutismo que no puedo concederte aún! Dame tiempo
para pensar y déjame que me aclare. Pero no me rechaces en el proceso, y no me juzgues mal por lo
que comenten las Gorgonas… Déjame que me acerque de nuevo a ti, sin prisas, pero sin exigencias…
Y cuando quieras hablamos de cómo veo la situación, tú y yo a solas, sin Tuenti ni Facebook de por
medio. Entonces, aprovecha y convénceme de lo que me has dicho. ¿Me vas a conceder esa
oportunidad?
–Tienes la puerta abierta, Andrea…
Andrea le sonrió con ojos de agradecimiento. Lo abrazó, y le dio un sentido beso en la mejilla,
hecho que confirmó a Lucas las buenas disposiciones de ella. Un beso apasionado no habría tenido
sentido después de lo hablado, y lo hubiera rechazado con enfado. Andrea, que seguía abrazando a
Lucas, le dijo en un susurro a su oído.
–¡Gracias, Lucanor!
–¡Bienvenida de nuevo, Andrea! –respondió Lucas con toda la emoción chorreando de contento
por los poros de su piel, pero con toda la inseguridad de la esquiva Andrea rondándole por su cerebro.
V
Después de comer, unos tenían vigilancia de patio y los demás descansaban en el recreo largo del
comedor. La sala de profesores se llenaba de estómagos saciados y la gente comentaba la actualidad.
Como en el resto del país, la política, el fútbol y las tendencias dominaban las discusiones y los
grupos de conversación. Los profesores se encendían pronto en el debate, mientras que las mujeres
trajinaban en conversaciones más bajas. En general, había buen ambiente en el claustro, aunque a
veces, más por el cansancio que por la mala gaita, algunos se enzarzaban con palabras gruesas y
enfados de venticuatro horas. Donde no había grupos era cuando alguien sacaba a colación el tema
educativo, lo mal que andamos, y las vergüenzas de una política rutilante, continuamente cambiando,
y exigiendo hacer malabarismos pedagógicos a los docentes. Todos se apiñaban en un coro de
desdichas, de enfados y de quejas estériles por ineficaces. Pero, al menos, les quedaba el derecho al
pataleo. En estas estaban cuando Fernando Adrio, uno de los más ácidos atacantes del sistema, recibió
una llamada telefónica que le pasaron desde Secretaría, justo cuando estaba proclamando, a voz en
grito, que él había suspendido a gente del antiguo COU, que hoy serían catedráticos de Universidad.
Dejó las exageraciones y atendió la llamada.
–¿Fernando? –Sonó la clara voz de Carmen, la recepcionista de El Olivo.
–El mismo que habla, viste y calza. ¿Quién me llama?
–Es Clara, la hermana de Berto.
–¿Y qué quiere nuestra querida Clara?
–Creo que solicitarle una reunión…
–Vale, pásame a la salita de al lado, que aquí está la gente a gritos arreglando la educación
española.
Adrio cogió el teléfono en una silenciosa sala, próxima a la de profesores.
–Hola, aquí Fernando Adrio para servir y complacer a la antigua alumna y futura colega filóloga
más aplicada del mundo. ¿Cómo estás, guapa?
–Muy bien, don Fernando –sonrió telefónicamente la hermana de Berto a su viejo profesor–. Verá,
querría pedirle si nos puede recibir una día de estos para hablar sobre Roberto…
–¿Cómo? ¿Te han nombrado ahora tutora legal de ese bicho? Son los padres quienes solicitan
entrevistas, no las hermanas…
–Por supuesto, don Fernando. Lo que ocurre es que me gustaría estar en la entrevista con mis
padres, porque quiero enterarme bien y poder echarle una mano…
–¡Ah, la buena samaritana! Es una pena que no tenga veinte años menos, Clara, porque si no te
pedía en matrimonio…
–¡Pero qué ocurrencias tiene usted, don Fernando! –exclamó Clara riendo.
–Por mí no hay problema con la reunión. Además, estando tú, seguro que me ayudas a aplacar al
viejo gruñón de Ángel Lavilla, jeje. ¿Cuándo os viene bien?
–Ya sabe que, para que pueda estar mi padre, tiene que ser a partir de las ocho de la tarde. Sé que
es un abuso, pero no lo perpetraremos muchas veces más.
–¿Qué tal el viernes, en la cafetería Baviera?
–¡Perfecto! ¿A las ocho y cuarto?
–¡Correcto, Clara! Allí nos vemos… y piénsate lo del matrimonio, guapa…
–El viernes le doy una respuesta definitiva, don Fernando. Gracias por todo.
–Gracias a ti.
Fernando Adrio sacó su teléfono-PDA y anotó la cita. Con un poco de suerte, a las nueve y media
de la noche podría mantener su plan de cervezas con el grupo de amantes de la Guiness de El Olivo,
una cita ineludible para quien quisiera desconectar de la estresante semana en las aulas, y para reírse
de la estupidez humana. Reunión tan consolidada que incluso era aprobada por las celosas mujeres de
los participantes. ¡Qué remedio les quedaba!
VI
–¡Hola, José Luis! ¿Cómo estás? ¿No habrá habido otra pelea, no? –respondió a la llamada Elvira,
después de ver con cierto susto en la pantalla del móvil el nombre de El Olivo, el mismo día en que su
Lucas regresaba a las aulas.
–No, mujer, tranquila. Te llamaba porque tu marido no me coge el teléfono… Verás, es sobre la
decisión de Lucas de que sea yo el tutor personal este año… No sé qué os parece, o si lo habéis visto
ahí en casa…
–¡Vamos, José Luis! Por nosotros, encantados de la vida. Es una pena que Lucas haya sido tan
tajante con lo de rechazar a Jaime… ¡Si es una delicia de profesor! ¡Además, nos conocíamos ya
tanto…! ¡En fin! Cosas de niños, ¿no crees?
–Bueno… sí. Muchas veces son impredecibles. Os llamaba para confirmaros este asunto, y deciros
que cuando queráis os paséis por aquí para charlar…
–Bien, José Luis. Lo hablo con Alberto y te decimos un día por el niño. Tenemos muchas cosas de
las que hablar, y deseo escuchar tus opiniones…
–Vale, pues quedamos así. Un saludo a Alberto, y me decís.
Cuando colgó Valeiras la llamada, Elvira llamó por el teléfono interno del despacho a su marido.
–Ha llamado Valeiras, Alberto. Quiere una cita para quedar. Vete buscando hueco en la agenda,
porque tenemos que ir con el plan cerrado.
–Vale. Lo vemos esta noche –respondió Alberto sin cortar la atención del monitor, donde estaba
repasando la declaración de un perito sobre una demanda de un cliente suyo.
CAPÍTULO 6
I
Silvia Cameselle se enteró el viernes de que Lucas no iba a volver al Taller de Escritura Creativa.
No lo había echado aún en falta por la ausencia forzosa del elegido de sus deseos, pero ahora, con la
confirmación oficial por vía de los hechos, decidió sumarse al abandono. ¿Qué sentido tenía participar
en esa actividad, si no se encontraba el que inspiraba e impulsaba su creatividad? Era una auténtica
pena, porque en esas tres sesiones semanales disfrutaba de Lucas en exclusividad, sin interferencias de
Andrea ni otras posibles rivales.
Silvia Cameselle se sintió atraída por aquel espigado y atractivo muchacho, tras observarlo con
detenimiento durante bastante tiempo. Había comprobado que era mucho más serio y maduro que el
resto de los compañeros de curso, únicamente interesados en hacer de machotes, provocar risas de
alboroto, y exponer musculitos. Nada de ello le hacía el más mínimo tilín a Silvia. Lo que la atrajo de
una manera más decisiva fue escuchar los acertados comentarios de texto de Lucas, en los que no sólo
se mostraba un trabajo muy elaborado, sino que se evidenciaba una profundidad de pensamiento de
hondo calado, así como una delicada expresión de los sentimientos. Hasta la propia voz del chico
parecía vibrar con tonos más graves cuando ella lo escuchaba. Silvia había seguido con devoción esas
intervenciones durante los dos últimos cursos de la ESO. Ahora, en bachillerato, el uno de letras, la
otra de ciencias, les había tocado en clases distintas, y el destierro la llenó de zozobra. Quedaba
aislada de Lucas, además de dejarlo a merced absoluta de Andrea, sin capacidad para contrarrestar
ningún pegajoso hilo de esa peligrosa Aracne.
Silvia sabía que no podía competir con la belleza de Andrea. Era una chica alta, de tez morena en
la que resaltaban el blanco de sus ojazos latinos y sus dientes en la sonrisa. Ondulaba su melena
castaña con la gracia y naturalidad de quien la usa para aportar expresividad a sus palabras. Estaba
muy arriba en el ranking de preferencias masculinas, pero no tenía ni las artes ni la espectacularidad
de modelo de la rubia belleza. Sin embargo, tenía el don de la oportunidad y se creía capacitada para
contentar y comprender un corazón como el de Lucas. La alegría natural y la frescura de Silvia se
complementaría perfectamente con la excesiva seriedad de él, y más sabiendo, como ella sabía, que
era una pantalla tras la que el chico escondía su timidez. Además, Silvia apenas le exigiría hacer
locuras ni tonterías para corresponderle, como obligaba Andrea a todos sus pretendientes.
Ella creía que a Lucas había que cazarlo por los vericuetos de su inteligencia y de su timidez. Y
creía que esto era muy importante, porque Silvia buscaba aportar en las carencias de Lucas, y
enriquecerse con sus cualidades, y como él no era tonto, tarde o temprano se daría cuenta. Para
comprobar todo esto, necesitaba de contacto, de tiempo de coloquio, de espacio para bucear en el alma
del chico.
Desde la distancia, Silvia Cameselle siguió con atención el reencuentro de Lucas y Andrea en la
verja de acceso a El Olivo, mientras echaban el pitillo reglamentario. Cuando los vio abrazados, señal
inequívoca de reconciliación, Silvia supo que comenzaba su particular calvario por un periodo de
tiempo tan indefinido como insoportable. Hasta que Andrea volviese a echar los dados del amor y la
suerte recayese otra vez en Berto. Ella, una vez más, tendría que esperar.
O quizás no tanto. Porque como no se aclarasen pronto las cosas, no le iba a quedar más remedio
que pasar a la acción, y dejar de lado su pasiva espera.
II
Félix Lavares estaba idiotizado, contemplando un par de herrerillos que parloteaban en la rama de
un viejo sauce del colegio. Como de costumbre, estaba más solo que la una, y nadie osaba molestarle,
no fuera a ser que despertara y quisiera enrollarse con uno. Tan embebido estaba, que ni oyó los pasos
de Lucas a sus espaldas.
–¡Eh, pijo cagueta! –trató de llamar su atención el educado compañero.
Félix salió del embobamiento en un microsegundo, y sin volverse, mirando ahora la lengua de mar
y las Cíes al fondo, le contestó.
–Tu, quoque? Pensé que, al menos tú, no me llamarías así…
–¡Tranqui, tío, que lo decía por decir! No te chamusques…
–Quisiera no hacerlo, pero uno ya empieza a estar harto de lo mismo…
–Félix, venga, que tenemos que hablar.
Félix miró de reojo a Lucas, extrañado de que le solicitasen audiencia. Era cierto que Lucas era un
tipo legal, aunque sólo fuese por la vieja amistad de la infancia.
–¿Hablar? ¿De qué puede querer hablar el Conde Lucanor con el pijo cagueta?
–Déjate de condes y patronios, Félix. Parece que tu mami le pidió socorro a la mía, y ahora me
está dando la paliza para que me haga cargo de ti…
–¿Que te hagas cargo de mí? ¿Como si fuese una mascota?
–Más o menos.
–Ya le diré a mi madre que te deje en paz. Su mascota no necesita guardián.
–¡Félix, mírame a la cara, que te estoy hablando!
Félix se sorprendió por la extraña orden. Lucas le estaba mirando fijamente a los ojos, de una
forma tan penetradora que le produjo sonrojo y vergüenza.
–¿Qué me miras, Lucas? ¡Pareces un truchón!
–Verás Félix –prosiguió Lucas bajando la vista–, tú estás más perdido que un pulpo en un garaje.
Yo creo que te vendría bien que empezases a organizar algo tu caótica vida. Y, aunque me lo pidió mi
madre, he pensado al respecto y creo que tiene razón.
–¡Bienvenidos a El Olivo, el lugar donde la vida de alguien es tan privada como las páginas de las
revistas del corazón! ¿Y a quién más se lo ha dicho? A mi vecina del cuarto derecha y a mi cuñada que
es muy simpática… –empezó a desbarrar Lavares.
–Mira, cagueta, no te confundas conmigo. Ya sé que te mueves entre las Gorgonas y gentuza de
mal vivir, y que ellos funcionan así, pero yo no soy de los voceadores.
Félix guardó silencio unos instantes. Le estaban ofreciendo una guinda por la que llevaba tiempo
suspirando: una vida social normal, con gente normal, sin tener que ir por ahí haciendo el anormal.
Pero tenía que dárselas de duro, no fuera que se notase mucho que lo deseaba como agua de mayo.
–¿Y se puede saber en qué quiere mi madre que te hagas cargo de mí?
–¡Yo qué sé! Supongo que lo típico: estudiar, salir juntos y todo ese rollo…
–¡Ya! Supongo que incluidos los sábados…
–Hombre, Félix, es que lo tuyo con los sábados es patético… Das más pena que Tarzán en una
disco, macho.
–¿Y tú, Lucanor? ¿Vas a empeñar tus sábados con Andrea para cuidar del caniche?… Sí. Ya se ha
corrido por todo el solar que os habéis reconciliado… ¿O me vas a dejar atado a una farola mientras le
recitas poemas a la escultórica y le comes la oreja? Lo mío será patético, pero lo tuyo con Andrea es
como para hacer vomitar a una cabra, de relamido y cursi…
–¡Cuidado, cagueta, no pises terreno fangoso, no vayas a hundirte en tu propia mierda! –reaccionó
con enfado más que manifiesto Lucas. Las Gorgonas eran las responsables de haber transmitido una
imagen suya de encuentros amorosos con Andrea rozando el ridículo poético, con escenas de teatro
modernista en verso, esperpentizadas por el grupo al modo del astracán.
–Es lo que comentan…
–¿Y sabes lo que murmuran de ti, cacho carne con ojos?
–¡Bien que me lo tengo que comer, día sí, día también! ¿O qué te crees, que sólo tú eres víctima
de esa gente? Tienes razón en que mi vida es un caos, pero es un caos que yo me lo guiso y yo me lo
monto; es una alternativa de disfrute… En eso engaño a todo el mundo…
–Eso no te lo crees ni en sueños, Félix. Es el argumento que te has buscado para tener una vía de
escape a una vida patética. Y no necesito ni medio minuto para demostrártelo. ¿Quieres que lo pruebe?
–¡Déjalo!… Con algo hay que engañarse ¿no?… Si no, ¿qué esperanzas puede tener un pijo
cagueta?
Lucas pensó en la postura de Félix. La verdad es que no le quedaban muchas opciones de vida. Sin
ser especialmente cachas, ni un Adonis, con una inteligencia demasiado frecuentemente trabada, y con
una vida doméstica rodeada de mujeres mayores que lo llevaban en palmitas, la opción de ir por ahí
dando el cante y hacerse el gracioso con salidas de tono de loco parecía una opción razonable para casi
cualquiera. Era comprensible, pero Lucas sabía que esa forma de vivir era destructiva, suponía
machacarse la autoestima y ser el bufón de un grupo de gente que no lloraría por él ni lágrimas de
cocodrilo. Estaba bien claro a la vista de sus ojos perdidos y desorientados. Sin embargo, Lucas atacó
por el flanco correcto.
–¡Félix, tú vales mucho más que una esperanza de vida de muñeco roto! Tú siempre has sido un
tío alegre, y recuerdo que tenías un genio de mil puñetas cuando algo te enfadaba. Eras un idealista…
¿Recuerdas cómo te indignabas con las injusticias del mundo? Era un poco de tebeo si quieres, pero
todos vibrábamos con tus soflamas sobre la distribución de la riqueza en el mundo… ¿Recuerdas
cuando quisimos organizar una manifa al respecto? Tú nos encendías los corazones, enardecías a las
masas, las ponías en movimiento… Tampoco hace tanto tiempo… Y ahora… Ahora te has convertido
en un payaso, en un idiota al que la gente lo soporta para reírse de él cuando se aburre…
Los viejos recuerdos aceleraron el corazón de Félix, y una sonrisa apenas dibujada apareció en su
rostro conforme avanzaba el discurso de Lucas. La emoción acompañó de forma brusca al episodio, y
cuando terminó Lucas su perorata, tenía los ojos empañados y un gesto de rabia.
–Está bien, Lucanor. Seré tu Patronio. ¡Por los viejos tiempos!
III
José Luis Valeiras repartió destinos, tal y como se había prometido a los infractores. La misión de
los trabajos en beneficio de la comunidad escolar pretendía no ser un castigo, sino más bien una
medida educativa de reparación ante una injusticia cometida con los demás. El subdirector le dio
vueltas a las opciones y pensó en cómo podría aplicar esta doctrina con sus muchachos. A Berto y a
Lucas les convenía ponérselo fácil, para que lo tomasen con gusto y no como castigo fastidiador,
aunque supusiese un esfuerzo personal. Al atlético y as de los deportes Bertiño, le vendría bien
organizar una liguilla de futbito con los niños de primaria, en el recreo largo del comedor. De esa
manera, estaría ocupado, podría enseñar a los más pequeños y pondría toda la carne en el asador en
algo que le apasionaba.
Sin embargo, el caso de Lucas era más complejo. Tras mirar y remirar papeles, no encontraba algo
que se adecuase a Sendón. Lo de ponerlo como guía o profesor de refuerzo en alguna asignatura ya lo
había intentado en alguna ocasión y no había salido bien. Le faltaba paciencia y la propia autonomía
de Lucas le hacía muy difícil entender que otros necesitasen la dependencia de alguien para salir
adelante. No consiguió encontrar nada, y el tiempo se agotaba porque se tenían que ir a casa ese
viernes con el trabajo asignado. Valeiras decidió ir a tomar un café para ver si se le despejaba la
cabeza, o si encontraba a alguien que le echase una mano. Al salir al pasillo, se cruzó con Silvia
Cameselle, que lo saludó con una sonrisa y a la que le devolvió la cortesía. Y, unos pasos más
adelante, se le encendió la luz.
–¡Silvia! ¡Un momento, por favor! ¿Tienes un minuto?
Silvia giró sobre sus tacones y atendió los requerimientos de Valeiras.
–Silvia, ¿cómo te va con lo del teatro de guiñol en infantil?
–¡Bueno…! Hacemos lo que podemos. Nos faltan ideas para sacar todas las semanas una obrita, y
eso que los peques son felices con cualquier historieta…
–¿Qué tal os iría un refuerzo?
–¡Hombre, todo lo que sea aportar, nos vendría muy bien…!
–¿Crees que Lucas Sendón podría ser un buen fichaje para el equipo?
Silvia pensó que se estaba mareando, como si todo le diese vueltas, aunque reaccionó con
prontitud.
–¡Don José Luis, el Conde Lucanor no sería un fichaje, sería un pleno al quince!
–Se lo voy a proponer… En principio, cuenta con el señor… Conde –sonrió Valeiras con el apodo
en sus propios labios.
Silvia sonrió para sus adentros, aunque mantuvo la compostura. Valeiras le leyó el contento en los
ojos.
–¡Muchas gracias, señor subdirector!
–A ti, Silvia –contestó Valeiras con otra sonrisa sin disimular.
IV
A las ocho y cuarto de aquel viernes, en el café Baviera de la Plaza de América, se dieron cita el
profesor Adrio y la familia de Berto. En torno a la mesa, pidieron refrescos variados que fluctuaron
desde las fresquitas cañas hasta los productos de dieta. Se habían saludado con la cordialidad de
quienes llevan años sufriendo juntos por conseguir una meta común. Adrio tonteó con Clara haciendo
mucho teatro y todos se lo pasaron muy bien. Al terminar la función entraron en materia.
–Bueno, señores, entonces… ¿cómo veis al bicho? –se arrancó Fernando Adrio por la directa,
después de un asombroso trago largo a su caña que la dejó maltrecha.
La respuesta fue un silencio conocido por Adrio. No se decidía nadie a iniciar los cañonazos. Al
final, fue Clara quien agarró el toro por los cuernos.
–Don Fernando, Berto está ido. Desde que conoció a Andrea, deambula como un enajenado. No es
capaz de ocupar dos segundos seguidos la cabeza en algo que no sea esa chica. Está montándose a
todas horas películas en su imaginación con su novia, y pasa horas delante de los libros sin leer una
palabra ni pasar una hoja.
–¿Está enamorada de verdad la bestia, entonces? Es un alivio comprobar que tiene corazón y
sentimientos –intervino Adrio.
–¡Menuda chorrada eso de estar enamorado! Que le guste una chica, lo comprendo, que a todos
nos gustan, ¡pero no tanto como para estar todo el día idiota perdido! –intervino Ángel Lavilla, que ya
se estaba irritando. Su mujer le lanzó rayos y culebras con la mirada.
–Estupidez o no, esta es la realidad, amigo Ángel. Hoy no es como en su época, en la que lo
primero era ser formal, lo segundo tener trabajo y lo tercero ejercer de marido. Ahora los chavales van
por la directa…
–Eso es porque los padres somos medio idiotas, Fernando, porque les damos todo lo que piden y
aún más. A este zángano lo pilla mi padre y lo pone a andar en dos patadas…
–Hoy no, Ángel. Tú no eres muy diferente a tu padre, y mira lo que te está pasando con Berto.
Blanca decidió intervenir para centrar la conversación.
–Fernando, ¿tú crees que el bachillerato le queda grande a Berto?
–Blanca, eso te lo diré el día que empiece a estudiar. Por ahora es pura incógnita. A ver…, él hizo
la ESO con el sobaquillo, y puede tener alguna dificultad, pero no como para que le quede grande el
bachillerato…
–¿Y cómo podemos hacer algo, don Fernando? –preguntó, ansiosa, Clara.
–¡Amiga mía! Si tuviera el secreto, sería millonario… Podríamos desterrarlo a un país sin
Andreas, pero no funcionaría porque la chica tiene vida propia en su imaginación. Podríamos
arrancarle el corazón y que fuese un robot, lo cual no parece muy ético, aunque quedase muy estético.
Podríamos aplicarle unos electroshocks, pero igual se quedaba definitivamente idiota… Sin embargo,
creo que es tiempo de construir.
Con ese final, despertó las expectativas de sus sufridos compañeros.
–De construir… ¿el qué? –preguntó Clara.
–A ver si me explico. La adolescencia tiene hoy sólo mala prensa, pero esa forma de verla es
propia del burgués acomodado que no quiere problemas, ni implicarse, ni que nadie le toque los
píndaros…, no sé si me explico…, y disculpen las damas.
–Siga, siga, –le animó Blanca, aunque su marido empezaba a poner caras raras.
–Yo digo que es la mejor etapa en la vida de un chaval… Y que además despliega tal cantidad de
protones que le lleva a pensar que es capaz de comerse el mundo. Ante esta euforia, cada quien tira
por un lado o por otro… En general, casi todos tiran para el mismo sitio, de eso ya se encarga la tele y
el cine, pero es un derroche, un desperdicio… El Berto de turno tiene tal potencial, que destinar toda
su energía a un único foco es echar a perder la mitad…
–¿Quiere decir que se puede centrar esa energía en varios objetivos?
–Quiero decir, Clarita, que no es que se pueda, sino que se debe. Berto ahora está eligiendo los
focos a donde quiere destinar sus ganas de ser un supermán. Y, con dieciséis años, buen panorama por
delante, y una vida acomodada, los mil posibles focos quedan reducidos a los dos o tres caprichos del
nene. Dicho de otra manera, que con una Andrea por delante, su cerebro se traslada a sus partes
pudendas; su fuerza bruta se dirige al apasionado deporte futbolero, y sus ansias autonómicas se
concentran en el egocentrismo introspectivo, viviendo para sí y a los demás que les den morcilla…
Ángel estaba más perdido que Abundio, nada dado a teorías pedagógicas ni psicológicas.
Empezaba a sudar y estaba incómodo porque había percibido que Adrio no hablaba para él, sino para
quienes podrían seguirle. A ver si por la noche, Blanca le aclaraba algo.
–Don Fernando, ¿cómo le cambiamos los focos? –preguntó Clara tras la estrambótica exposición.
–No se le pueden cambiar. Ninguno de ellos es metafísicamente malo, sólo hay que ordenarlas. Lo
que habría que intentar es proporcionarle otras metas, otros objetivos, otras aspiraciones posibles que
le ilusionen y en las que sea él el verdadero protagonista. En mi parecer, eso sería, en el caso de Berto,
ordenar sus focos. Y luego, experiencia, tiempo, alguna que otra morrada…, y cuatro toneladas de
paciencia familiar.
De nuevo vino a hacerse el silencio a pesar del bullicio del local. El enfoque era interesante, pero
todos tenían clara la siguiente pregunta, aunque supiesen que no hubiese una fórmula mágica. Al final,
Clara, hizo lo inevitable.
–¿Y cómo lo conseguimos, don Fernando?
–Tenéis que poner en marcha la creatividad familiar, Clarita. A mí se me ocurre que hay que darle
responsabilidades en casa, que se gane la paga semanal currando con su padre, que aproveche el mes
de trabajos en beneficio de la comunidad escolar, que es algo que le va a gustar y donde puede aportar
mucho. Que no vea el estudio como un problema de todos menos suyo, que se meta de lleno en las
asignaturas que más le gustan, que comprenda los porqués de sus obligaciones y los haga propios, no
algo que le viene de fuera. En definitiva, que sea él y que haga las cosas por propia voluntad. Que
tenga motor propio, vamos.
Adrio se dirigió especialmente a los padres, mirándoles a los ojos.
–Hay que respetar mucho sus decisiones, dejar hacer mucho aunque se la pegue, y hay que
proponer, no imponer, Ángel y Blanca. No tenéis en casa a un cucaracho botarate, sino a un pobre
hombre que intenta aclararse sobre cómo debe ser. Yo voy a trabajar en esa línea con él, pero en casa
tenéis que apoyar la jugada, detectando esos focos que pueden sacar de él lo mejor de sí mismo.
Ardua tarea por delante, pensó Clara, que veía lo que se le venía encima. Desde luego, mira que
los chicos son raros. Ella había tenido su pavo idiota también, pero había sido más interno que
externo, y en el fondo había procedido en solitario de una manera más o menos similar a como había
propuesto Adrio. A ver cómo se digería la teoría de los focos y los protones.
–Así que, si os parece bien, quedamos así…
Todos le agradecieron el esfuerzo a Adrio. Se despidieron con la ilusión de que algo habían
avanzado, y de que había una ruta que poder recorrer. No era poco tal y como estaban las cosas.
Adrio se dirigió a la calle Alfonso X el Sabio, donde se encontraba, haciendo esquina, la
cervecería Griffone, pegada al patio del colegio de las Jesuitinas. Allí le esperaban, en torno a una
mesa cargada de Guiness, varios compañeros de oficio y beneficio.
–¡Hombre, Adrio, pensábamos que ya no venías! –le saludó uno de los contertulios.
–¡Sí claro, para beberte tú solo la manguera del elixir de regaliz! ¡A ver, morena, una pinta como
Dios manda!
La simpática y pequeñita camarera le guiñó un ojo mientras le sonreía, mostrándole el vaso
especial del 250 aniversario de la mítica stout.
–¿De dónde vienes, Adrio? –le interrogó otro.
–De intentar salvar al mundo de otra mala bestia.
CAPÍTULO 7
I
Berto se levantó el sábado más despejado que nunca. Tenía esa mañana partido de fútbol con el
equipo del colegio e iban a jugar contra uno de sus rivales más enconados. El año pasado les habían
ganado fuera y en el de casa no pasaron del empate. Los retos deportivos transformaban al apático
Berto en una máquina demoledora, y había planificado con el entrenador hasta el último detalle del
partido contra el Cíes. Le preocupaba a Berto la banda derecha, en la que su principal figura era Félix,
un tío rápido pero miedoso en las entradas. Su pánico era conocido por todos los equipos de la liga
estudiantil, y todos intentaban atacar por sus dominios. Muchos trataban de amedrentarlo en la
primera jugada para luego tener vía libre. Berto, que jugaba de central, acababa reventado la mitad de
los partidos por tener que tapar lo que no frenaba el cagueta. Pero como era veloz si tenía campo por
delante, compensaba sus defectos. Ese sábado iban a cambiar de táctica y lo subirían unos metros para
poner a Julito cerrando la banda atrás del todo. A ver si funcionaba.
Las admiradoras de ambos colegios, junto a los padres, constituían el cien por cien del público en
estos encuentros, nada amables, por cierto. Cada vez más, entre los padres de los jugadores, había
surgido una especie nefasta que se dedicaba a animar sólo a su hijo, a darle orientaciones precisas
sobre cómo ejecutar las jugadas, y a montarle broncas al árbitro cada vez que alguien tocaba la pierna
a su nene. Querían, más que sus propios hijos, hacer de ellos una estrella futbolera. Para conseguirlo,
trajinaban, especulaban, hacían contactos con equipos mejor posicionados, intentaban que su roro
fuera subiendo peldaños y su meta se dirigía al R. C. Celta por lo menos. Los entrenadores estaban
hasta el moño, siempre recibiendo indicaciones de unos padres obsesos, especialistas en táctica
futbolística y más pesados que una vaca en brazos. Pero les iba en el sueldo, así que tenían que
templar gaitas y contentar a todos. Y si los papás eran unos plastas, las mamás eran de lo peor: un
rebaño de ultras, agrupadas en corrillos con la única finalidad de insultar a los contrarios y de poner a
caldo al árbitro con gritos de grulla histérica, mientras mascaban chicle o comían pipas, poniéndolo
todo perdido.
Berto quería ahogar sus desalientos interiores echando la mala gaita en el campo. Esa mañana
jugaban en casa y se las iba a pelar para conseguir la victoria. Cuando llegó al vestuario, fue recibido
como siempre con aclamaciones y ánimos voluntariosos. Entre el numeroso público femenino, le
extrañó ver a Andrea, que lo exhortó con un "¡Bertiño, cómetelos a todos!", mientras alzaba la bufanda
con los colores del colegio y le dedicaba la más brillante de sus sonrisas.
Berto quedó desconcertado.
¿Pero alguien podía entender a las pavas? Tras una semana en el dique seco, con la vuelta a los
brazos de Lucas, y con los morros y el vacío absoluto para él, ahora lo animaba como si nada hubiese
pasado entre ellos, como si hubiese habido un salto en el tiempo y la semana de negros días no hubiese
existido. Berto no sabía si estar feliz o agarrarse un rebote del quince. Lo decidiría después del
partido, que ahora se tenía que concentrar en lo verdaderamente importante.
Habría sido un partido más de la liga si no hubiese sido por dos hechos que fueron noticia durante
mucho tiempo. El partido era de máxima rivalidad, pues el ganador cogería la cabecera de la liga y los
dos equipos estaban muy igualados. Se conocían bien de otros encuentros, en cursos pasados, así como
sus puntos fuertes y débiles. A Félix le tocó en mala hora un jugador bronco que tenía a su padre
dándole ánimos desde la lustrosa barandilla. Antes de tocar bola alguna, ya estaba el papaíto de las
narices metiéndose con Félix, ladrándole con un "¡guauguau, cuidado cagueta que te muerden!" Félix
hizo oídos sordos pero se le fue calentando el orgullo. Cuando cogía la pelota, su marcador rival le
coreaba el ladrido de papá, o le entraba con fuerza, y solía perderla ante las risotadas del adulto
espectador. Los de su equipo ya ni se atrevían a pasarle, porque era balón perdido seguro.
Tras un primer tiempo duro, de patio de colegio, y de toma y daca, nadie había logrado ni una
jugada de las que encienden los ánimos. Nicolás, profesor de Educación Física y entrenador del
equipo, les aclaró la situación con rostro serio:
–¡Tenéis que jugar por las bandas, hombre! Si no, vamos directos a las tablas. Tú, Félix, eres
mucho más rápido que ese armario que te marca, tienes que superarlo y correr como una centella para
dar el pase a los que vengan por el centro.
–¡Olvídese, profe, ese se pone pálido con el maromo y con su padre! –sentenció Julito, que había
presenciado de cerca la pésima actuación del pijo y cagueta Lavares.
–Mire, don Nicolás, yo es que me aturullo con ese pavo y el subnormal de su padre, pero le juro
por mi madre que si me puedo ir yo le hago la jugada –respondió, a la desesperada, Félix.
–¡Estamos buenos! –remató Berto, que no tenía ninguna fe en Lavares.
Nicolás mandó a todos al campo, pero retuvo a Félix un momento. Algunos comentaron después
que el chico salió con otro talante. Vamos, que no era el de siempre. La segunda mitad prosiguió con
igual aburrimiento bronco. Parecía que a los del Cíes les valía el empate. Pero a los quince minutos,
en un rebote, la bola cayó en la zona de Félix y se vio algo sorprendente. Padre e hijo empezaron a
ladrar, pero Félix era ya otro. Hizo un regate corto y dejó seca a la familia de cánidos. Entonces corrió
como alma que lleva el diablo. Los defensas, desconcertados por la inesperada huida del lateral, se
quedaron clavados, más tiesos que un bloque de granito. Nicolás le gritó a Félix:
-¡Féliiiiiiiiiix, mira a Bertoooooo!
Y Félix lo vio de reojo antes de que se le echara encima un defensa que venía con ganas de tumbar
a quien fuese. Entonces, hizo un pase de rosca por delante de toda la defensa, clavándosela a media
altura a Berto que venía como un huracán. Enganchó una volea criminal, un trabucazo de gozo que
sonó a golpe seco. El cañonazo dio de perfil al portero en su costado, tumbándolo. Cancerbero y balón
entraron juntos en la portería. A pesar del poco público, se escuchó un rugido de gol que atronó en
todo el estadio. Félix fue aupado y manteado en medio del campo, como el gran héroe del día.
Pero el partido aún no había terminado.
El pijo y cagueta Lavares le echó todos los arrestos que le quedaban, y dejó plantado otras tres
veces al caniche armario y a su papá ladrador, corriendo como una fiera, y haciendo siempre el mítico
pase. Pero la defensa ya se conocía la jugada y cerraban sin problema a los atacantes que subían
dispuestos al gol. Lavares ya no sabía muy bien qué hacer. El papi y el chimpancé laterales se habían
enfadado mucho con la nueva sistemática del cagueta, así que decidieron pasar a la acción y a Félix le
cayeron patadas dolorosas por todos lados. A cada una de ellas, Lavares le gritaba con cara de loco al
colegiado, pidiendo tarjetas de todos los colores para su agresor, pero este siempre le decía que menos
lobos, Caperucita, que no fuese niña y que se levantase. Félix se fue calentando y elaboró una
estrategia de persona retorcida y resabiada. Esperó la ocasión propicia, cuando por centésima vez, el
caniche iba a por él. Se pegó a la banda, junto al padre del arrollador, e intuyó cuándo su marcador le
iba a clavar los tacos de nuevo en los gemelos. Félix saltó a tiempo y el hijo, con las botas por delante,
arrolló al odioso padre, marcándole las espinillas y derribándolo, con tan mala suerte que cayó hacia
adelante contra la barandilla, donde dejó las huellas de un labio roto, con sangre suficiente para
hacerle un análisis hematológico completo. Félix, que con el inocente saltito se había llevado la
pelota, corrió de nuevo la banda. Vio cómo la defensa, e incluso el portero, se replegaban en el centro
del borde del área pequeña, a la espera del consabido centro. Félix no quiso hacer de nuevo la
fracasada jugada por lo que siguió corriendo con la bota pegada a los pies.
Y, de repente, lo vio claro. Defensa y portero le habían dejado un pasillo diáfano hasta la portería,
sin obstáculo alguno. Y, sin pensarlo media vez, le pegó a la bola con todo el odio acumulado durante
más de tres años de furia contenida.
¡Se acabó el cagueta!
El balón entró limpio ajustado al palo, dejando a todos con cara de idiotas. De nuevo el rugido, el
manteo y la gloria definitiva hasta la próxima jornada.
El caniche, después de ayudar en lo que pudo a su dolorido padre, se puso loco. Corrió como un
animal hacia el nuevo héroe que estaba despistado con las bromas de su celebrado gol. Berto lo vio
venir como un toro enfurecido y comprendió lo que iba a pasar. Fue a blocarlo, pero no lo consiguió
porque venía con la fuerza de un loco dispuesto a matar a Félix. Hizo un salto de karateka y le metió
los tacos en la espalda, lanzándolo hacia adelante. Se oyó un chasquido espantoso y Félix cayó como
un monigote descontrolado. Su grito de dolor se ahogó en el susto cuando fue consciente de lo que
había sucedido, y se desmayó lívido como la cal de las líneas del campo.
Lo que podía haber sido una bronca de telediario se quedó en nada, gracias al resto de los
componentes del Cíes. Ante los gritos desaforados de los locales, el capitán del Cíes puso orden. Sus
propios compañeros recriminaron al salvaje su actitud, lo llamaron de imbécil para arriba, y si no
llegan a detener al portero dos veces batido le parte la cara al caniche, que ahora lloraba desconsolado
de orgullo roto y furor. El capitán del Cíes habló con el árbitro para que quedara la sanción por escrito
en el acta, y que se le abriera expediente en la Federación. Los jugadores de El Olivo aplaudieron el
gesto, y, aunque quedaban cinco minutos de encuentro, decidieron entre todos, árbitro incluido, que se
había acabado el partido.
Las grullas histéricas abandonaron el campo, muy reconfortadas por la nobleza de sus chavales.
Mientras tanto, un padre del público que era médico, atendió a Félix que, nada más volver a la
consciencia, sintió un dolor de escalofríos en la espalda, una punzada que le daba tembleque y que
curiosamente le provocaba una risa histérica y tonta. El médico se llevó a Lavares a urgencias para
hacerle unas placas, y salió del campo muy despacio y en una posición erguida muy extraña, con el
tórax hacia delante y la espalda arqueada. Todo el mundo le aplaudió y le gritó sus ánimos. El médico
advirtió a las extasiadas admiradoras que ni se atreviesen a tocarlo. El pijo y cagueta Félix Lavares era
el nuevo héroe. Incluso entre las Gorgonas hubo sollozos y corazones tiernos, que chorrearon por
primera vez en varios años por ese simpático compañero, al que ellas mismas habían masacrado tantas
veces con su iracundo veneno. Ahora, al menos durante un tiempo largo, iba a ser un intocable.
II
Lucas, como todos los fines de semana que podía, se había exiliado a su verdadera patria. La ruta
del ATSA le dejó otra vez en Panxón, a pie de playa y, tras andar diez minutos, se plantó en la casa
familiar. Dejó sus cosas en la habitación del tío Carlos, y se fue de paseo hasta la casa de Antón
Freijanes, ante la ausencia de la abuela. Habían quedado por teléfono para charlar, y el artista iba a
pasar la mañana en el estudio casero que tenía en el amplio garaje de su casa.
La vivienda se encontraba muy próxima a la de abuela, en la Calle de la Telleira. La casa de Antón
era mitad museo, mitad chalé, mitad explotación agropecuaria. Los tres usos compartían el mismo
espacio, salvo las habitaciones privadas del segundo piso. Nada más entrar, se accedía a un enorme
salón tapizado de madera y atiborrado de cuadros y experimentos de Freijanes. De las vigas del techo
pendían todo tipo de extraños colgantes, desde una lámpara de araña con velones de plástico y tuerta
en lámparas, hasta un farol rojo de minero. Había también carbureras, de la época espeleológica de
Freijanes por las Cuevas del Rey Cintolo, y más cuadros sin enmarcar, colgados con alambres
enganchados en los bastidores. A Lucas le encantaba pasarse horas descubriendo novedades en unas
pinturas mil veces observadas. Casi todo eran acuarelas marinas, género en el que Freijanes se había
hecho con una reputación sonora.
Lucas avanzó hacia la parte de atrás de la casa, cruzó el pequeño jardín–huerta, donde le recibió
muy contento Joker, el viejo pastor alemán de Antón. Tras acariciarlo y hacerle cucamonas, asustó a
un par de gallinas que picoteaban por la hierba, y oyó la recia voz del pintor que lo reclamaba desde el
garaje. Freijanes estaba vestido de faena, con bata azul de dependiente de ultramarinos de posguerra,
la boina calada y ladeada, y perfumando el ambiente con el denso humo de una pipa de largo recorrido
en la fumada.
–¡Luquiñas, ven a ver esto, a ver si lo reconoces!
Lucas se acercó a ver el cuadro que le daba la espalda a la entrada. Al principio, no lo distinguió,
pero enseguida cayó en la cuenta del agua viva del puerto de Panxón. Era un cuadro extraño porque
nadie pintaría un agua de mar en tonos ocres y amarillos, salvo que lo hubiese respirado en muchas
horas de contemplación de un mar con suelo arenoso y marea baja. Además, la acuarela parecía
desenfocada, salvo en único punto, una parte concreta del agua a la altura de los ojos, en el centro de
la lámina. Se trataba de un truco óptico, un efecto que engañaba al ojo, y mientras lo que enfocaba la
retina permanecía inmóvil, el resto de la visión captaba el agua circundante que parecía moverse en
mil destellos de sol. Lucas suspiró admirado.
–¡Antón, es increíble! ¿Cómo lo logras, viejo bribón?
–Fijándome en los detalles en que no se fija el ojo, –respondió Freijanes muy solemne.
–¡Ostras, tío, pero es que esa agua se está moviendo! ¡Yo lo flipo!
–¿Ves como lo entenderías? ¡Hay que ver el cuadro, no los estudios ni bocetos, bergantín! Anda,
vamos a la casa a tomar un refresco.
Se dirigieron al cuerpo principal del hogar y entraron en la cocina. De una nevera de los tiempos
del Pleistoceno, sacó Freijanes una lata de limón y otra de cerveza para hacer una clara. Las mezcló
con precisión milimétrica, y brindaron.
–¡Por el arte, Antón!
–¡Por la pasta que genera el arte! –respondió éste con sorna. Rieron y bebieron un trago largo del
fresco mejunje. En dos sorbos más, la clara fue historia y salieron a la sombra del jardín, donde se
sentaron en tumbonas de playa. Antón empezó a disparar con bala gorda, mientras acariciaba a Joker.
–¿Qué tal te va con la oftalmología, rapaz?
–Produce dolor de cabeza, Antón.
–¿Tanta intensidad pones en tus rayos X?
–No me parece fácil eso de meterse en la piel del otro y ver con sus ojos.
–No me extraña, chavalín. No es arte de media hora.
–¿Y merece la pena el esfuerzo?
–Depende de tu intención.
–Uno puede ser muy servicial sin hacer cosas raras, Antón.
–Cierto, pero ¿puede amar?
–¿Amar? –respondió, extrañado Lucas–. ¡Claro que puede amar! El mismo servicio es una forma
de querer.
–Sí, muy bien, Luquiñas. Pero, dime, ¿qué buscas en esos ojos que miras?
–No te negaré que lo primero es la curiosidad…
–Efectivamente, el morbo y el vicio, desnudar a los demás, tener dominio de mente superior.
–Pues ni eso consigo…
–Claro. Empiezas mal y no vas a puerto, sino contra las piedras. El arte de mirar es para
comprender, no para ir de listillo.
–Es casi imposible…
–Eso es porque miras sin querer, no amas a los que miras, y eres un golfo.
–No con todos, Antón.
–Entonces, ¿lo has conseguido alguna vez?
–En un par de ocasiones, pero no me ha gustado lo que he visto.
–¡Cuenta, rapaz!
–Lo que he visto me ha producido dolor, viejo Homero.
–¡Ah! Ya lo decía algún literato eso, ya.
–¿Alguno?
–Muchos. De otras épocas. Decían que conocer la verdad provocaba el dolor, porque la gente se
empeña en ocultarla para que no se desencadene la tragedia.
–¿Tan fea es la verdad, Antón?
–Eran otros tiempos. Momentos de disidencia y de lucha… La verdad no es fea, Lucas, es la que
es. Lo importante es conocerla y luchar por encontrarla, aunque desenterrarla sea doloroso. Al menos,
se sabe con qué se enfrenta uno. ¿Qué verdades han visto tus ojos de miel?
–Sólo ha sido en un par de ocasiones, y porque me interesó mucho…
–¿En querer o en morbear?
–Un poco de cada. La primera vez fue casi inconscientemente, pero se me mostró clara. Se trataba
de un profesor admirado, de alguien al que quería como a un amigo de verdad… Fue el que provocó
mis vacaciones forzadas…
–¿El famoso Calero?
–El mismo. Tras la expulsión, quiso hablar conmigo, pero yo no tenía ningún interés. Entonces me
fijé en sus ojos y fue… no sé cómo decirlo… algo como instantáneo. Me vi a mí mismo con ojos de
codicia, con ojos interesados de presa, con mirada de deseo. Y me asusté. Salí corriendo de esos ojos y
huí sabiendo que no podría confiar nunca más en ellos…
–¡Qué curioso! Tu idolatrado Calero, ante quien los demás éramos poco más que unos chalados…
–Le di vueltas y vueltas sobre qué podía significar eso. No sé…
–¡Hum! ¡Raro, raro! ¿No será que busca otra cosa que sólo puede acceder a ella a través de ti?
–¿Otra cosa como qué?
–Algo que tú tengas y él no. Quizá sea prestigio, fama, hacer de ti una persona de éxito y estar
agazapado a tu sombra para recibir su parte… La gente es endiabladamente retorcida.
Lo único que tenía claro Lucas es que no tenía nada claro. Era cierto que había intuido algo en los
ojos de Calero, pero no sabía interpretarlo bien.
–¿Cómo lo puedo llegar a saber?
–Tendrás que seguir practicando, Lucas… Pero yo no te lo aconsejo. Has huido y has hecho bien.
Déjalo como está. ¿Y tu segunda visión?
–¡Esa es más chunga, Antón!
–¿Se refiere a tu Afrodita? Si no quieres, no me la cuentes.
–Claro que te la cuento, abuelo. ¿A quién se lo podría confiar si no?
–Como quieras…
–Andrea vino a reconciliarse conmigo. Parecía sincera cuando me lo pidió, o quizá por la emoción
no fui capaz de pensar en otra cosa…
–¡Ajá!
–Aunque luego, en otros momentos sí he intentado mirar con esos ojos… Los esconde muy bien.
–Es que pretendes jugar en su campo, y te lleva dieciséis años de ventaja –sonrió para sí el viejo
pintor.
–Aun así, algo conseguí ver: que no estaba segura…, que, efectivamente, ha decidido que no voy a
ser yo el elegido… porque ese llegará dentro de unos cuantos años y yo no estaré allí. De hecho,
hablando con ella, sus palabras me lo confirmaron. Así que aquí me tienes, reducido a un
entretenimiento, o a un método de aprendizaje… ¿Crees que esto es así, Antón, que no tengo ninguna
posibilidad?
–¡Humm!… ¿Qué dice su cuerpo cuando está en tus brazos?
–Yo no he notado nada, quizá porque sólo he querido disfrutar del momento…
–Si estuviese loca por ti, no sólo lo habrías notado, Luquiñas. ¡Lo habrías respirado! ¡Tendrías que
haberlo sentido con todos sus sentidos!
–Entonces, eso corrobora que no…
–¿Es que aún no lo has captado?
–¡Hombre…! La verdad es que Andrea no ofrece mucho… Tan sólo un poco y con fecha de
caducidad… Hasta que aparezca el otro…
–¡Y tú en medio, como el jueves!
–¿Qué hacer, Antón? Yo nunca imaginé que podía desempeñar el papel de un fascículo en el libro
del amor.
–Pues esto es lo que hay, Luquiñas. Tú decides.
–Con ella delante no tengo opción de elegir, Antón.
–Usa más la cabeza que el corazón… Es tiempo de decisiones. ¿Cómo vas a querer en serio a una
mujer que te trata como una página más de su diario? ¿No te das cuenta de que tú mismo has intuido
que no tiene sentido una entrega así, por un espacio corto de tiempo?
–Claro que lo he intuido, bribón. Y sé que lo que me ofrece Andrea no colma ni un ápice lo que yo
considero… Pero, Antón, cuando la tienes delante… Cuando te abraza, te olvidas de todo…, y vives la
ilusión de que quizá sí podría conquistarla por entero, de hacerle cambiar de opinión…
–¡Ella no cambiará de opinión, Lucas! –se puso serio Antón en la voz y en la mirada–.
–¿Estás seguro, Antón? ¿Sí?
–¡Y tanto, Lucas de mi almiña! Porque ella conce tu insatisfacción, tu negativa a contentarte con
un poco… Y ella no ha hecho nada por remediarlo. Eso confirma tus posibilidades nulas de que
cambie. Y ahora lo sabes, Luquiñas. Y ella lo va a intuir a la primera, nada más verte. Tus ojos le
dirán que, en el fondo, ya no la puedes amar.
CAPÍTULO 8
I
Aquel sábado fue un día extraño en la vida de la pandilla habitual porque no hubo salida nocturna.
Muchos de los compañeros de Félix Lavares, tan pronto como pudieron, se acercaron al Hospital Xeral
para interesarse por el sonoro chasquido, mientras hacían apuestas sobre el alcance de la lesión: que si
dos costillas rotas, que si cuatro, que si ninguna pero fajín para un mes… El trayecto en el bus urbano,
que por cierto coparon, fue un canto monocorde de lamentos y laudatorias del nuevo héroe, unidos a
los más hoscos insultos a la actitud salvaje del arrollador. Algunos jugadores del Cíes, incluido su
capitán –que decididamente era un tipo de una pieza–, se habían subido al carro con gesto adusto y
fraternal con sus rivales. Algunas Gorgonas, aprovechando que había público nuevo, hicieron alguna
intentona de tonteo con ellos, pero, al ver que el horno no estaba para bollos, desistieron. Al llegar a la
Plaza de España, bajó la marabunta en bloque para ir, por la calle Pizarro, hacia las urgencias del
Xeral. Reconocieron pronto a la abuela de Félix, a la que todos saludaron muy amables, y a la que
interrogaron. Se hizo un notable y apretujado corro en torno a la venerable anciana, a la que todos
observaban en silencio.
–No sabemos nada aún. Ha entrado con su madre y ese médico tan majo que nos ha traído a Félix,
y a ver… ¿Y todos vosotros? ¿Qué sois, compañeros de mi nieto?
Todos afirmaron con la cabeza, incluidos los extranjeros del Cíes, porque eran todos una piña.
–¡Ya veo que mi nieto es muy popular! –sonrió la anciana señora, aunque a una idiota de las de
siempre se le escapó un carraspeo sonoro, que fue respondido con miradas de odio y le provocó un
sonrojo de metedura de pata.
–¿Sabe cuándo le van a dar algún pronóstico? –preguntó con voz de gacetillera otra Gorgona, que
hizo que todos dirigiesen sus miradas ansiosas a la abuela de Lavares.
–¡No sé, filliña! Unos diez minutos…
Entonces, Berto y compañía le empezaron a contar a la abuela de Félix las hazañas de su nieto,
con tanta pasión y energía, que parecía que la anciana rejuvenecía de emoción y orgullo.
–¿Seguro que hablas de mi Félix, rapaciño? –le preguntó con enorme contento la abuela a un Berto
emocionado.
–¡Félix Lavares, señora! ¡Alumno de 1º B de El Olivo y el más grande lateral derecho del equipo!
–aseveró Berto con solemnidad.
Entre unas cosas y otras, habían transcurrido quince minutos de cantares de gesta, momento en el
que aparecieron Gloria y el magullado héroe. Toda la piña se trasladó al unísono a rodearle. Félix,
aguantando el dolor, sonrió a los suyos, y la madre comentó una primera valoración: parecía que no
había huesos rotos, aunque sí las suficientes fisuras de costillas como para celebrar un churrasco. La
pobre abuela de Félix, que había quedado desplazada por la curiosidad de los asistentes, preguntó que
qué había dicho. La información viajó en círculos concéntricos hasta que llegó a la anciana. Berto
apartó a la gente y la hizo pasar junto a su hija y su nieto.
La noticia de cuatro fisuras fue acogida con educados suspiros y chasquidos de dientes, aunque
también se escucharon expresiones poco apropiadas para una señora de esa edad. Al oírlas, a la abuela
se le levantó el gesto e hizo un ademán negativo de desaprobación, provocando varios “lo siento”.
Total, que al bueno del Lavares le iban a poner un corsé del quince, algo de reposo, ausencia
futbolera total y justificación perfecta para alcanzar todos los caprichos y mimos de mujeres y
compañeras, –pensó Berto–. Tras el parte de guerra, todo el mundo se fue haciendo mutis por el foro y
abandonaron poco a poco el hospital. Berto quiso permanecer junto a Félix porque tenía que hablar a
solas con él. Y para lograrlo, iba a tener que pasarse un buen rato en las siniestras urgencias del Xeral.
II
La abuela Romina, después de una comida frugal, ampliada con diversos complementos para el
voraz nieto, quiso pasar al salón con Lucas para tener un rato de conversación.
–Luquitas, estoy esperando la continuación de los ojos del gato…
–Ya me gustaría haber podido escribirte algo, pero no ha sido fácil –respondió mintiendo Lucas.
–¡Claro, querido, habrás estado muy ocupado mirándote el acné!
La broma no le hizo gracia a Lucas, más porque la trola no había colado que por la impertinencia
sobre los cráteres en el rostro del chaval.
–Aunque no te lo creas, no he podido estar centrado para continuar con esa historia. Además, voy
a tener que cambiar de rumbo durante un mes… Me han pedido que escriba obritas de teatro de guiñol
para los enanos.
–¿Quién te lo ha pedido, Lucas?
–Los del cole. Bueno, más que pedírmelo me han obligado a hacerlo… Es por lo de la expulsión
¿sabes?… Pero yo sé que más que obligarme, me lo han pedido.
–¿Porque eres bueno escribiendo?
–Puede… O porque son muy malos los que hay… Bueno, las que hay… Un par de tías de
ciencias…
–¿Y qué vas a escribirles?
–¡Ya se me ocurrirá algo, abuela! Me han dicho que tampoco hay que romperse la cabeza…
–¿Son de infantil? ¡Ah, Lucas, te lo vas a pasar muy bien!
–¿Tú crees? –respondió con un gesto incrédulo.
–Son infantes, Luquiñas. Almas simples e inocentes. Fíjate en sus ojos, y verás los sentimientos
en estado puro, sin haberse manchado todavía por lo grotesco de la vida.
–¿Y eso me garantiza que lo voy a pasar bien?
–No sólo eso, sino que vas a aprender mucho.
–¿Qué me puede enseñar un niño de tres años, abuela?
–Un mundo feliz que tú viviste y del que no recuerdas casi absolutamente nada. A ver, relátame un
recuerdo de cuando tuviste esa edad…
Lucas guardó silencio, tratando de recordar.
–¿Sabes la de veces que he intentado recordar más cosas que las dos o tres que me han quedado en
las neuronas? –respondió con impotencia Lucas.
–¡Pues persiste en el intento, porque cuanto más viejo te hagas, más ganas tendrás de recobrar
esos recuerdos… y más difícil te resultará.
–Recuerdo tres o cuatro cosas… quizá impactos emocionales… Son muy vivos.
–¿No me cuentas ninguno?
–Nones, abuelita. Son materia reservada…
–Bien, Lucas. Los míos hablan de una niña juguetona, vestida de blanco y adornada con un lazo de
seda roja. Y de unos padres jóvenes, tan lejanos como próximos, en cuyos hombros río y lloro.
–¿Eso son recuerdos o sueños, abuela?
–Lo he soñado muchas veces también… Pero en los sueños aparecen cosas distintas, como el
vestido de seda gris de mi madre, que en los recuerdos siempre es perfectamente blanco, o los
consuelos de mi padre, en los que ya no soy una niña, sino mucho mayor…
–¡Qué curioso! Yo aún no sueño con mis recuerdos infantiles…
–¡Ya te llegará, Luquiñas, ya!
Lucas se quedó pensativo con un breve silencio y la mirada perdida.
–¿Qué historias les escribo a los niños, abuela?
–Historias de niños…
–¡Vale! ¿Y alguna idea más, o me busco la vida en Internet?
–¡Te lo digo en serio, Luquitas! Cuéntales historias muy facilitas, –nada de argumentos retorcidos
o complicados–, de personajes muy sencillos, que siempre acaben bien, con el héroe besando a la
princesa y siendo felices, y con el malo recibiendo unos buenos estacazos… –sonrió la abuela, como
recordando–. Además, las marionetas te permiten usar cualquier tipo de personaje… Animales,
monstruos, lo que quieras…
–A ver si antes de que me vaya el domingo te enseño la primera obra.
–¡Vale! Pero te voy a pedir un favor…
–¿Cuál?
–Consérvalas. Algún día servirán para otros.
III
Jaime Calero desplegaba los fines de semana una intensísima agenda de compromisos sociales,
que previamente había amañado durante los días lectivos. Raro era el fin de semana que no se
introducía en dos o tres casas de selectas familias de su pupilaje, invitado a comer, a tomar café, o
simplemente a una ligera merienda de tertulia compartida. Aquella misma tarde del sábado, a las seis
y media, celebraba su segundo encuentro familiar del día, tras el aperitivo del mediodía con los Viña.
Se trataba ahora de la familia de su tutelado Telmo Cortés, unos encantadores cuasi ancianos a los que
les había venido un hijo en etapa tardía, y que más que padres eran sus abuelos. Los Cortés, aunque
fueran campechanos, eran gente bien posicionada, con plaza y asiento en el Círculo Mercantil de Vigo,
y dirigiendo una red de empresas auxiliares del sector naval. Ni que decir tiene que representaban un
excelente partido para las intenciones de Calero, porque, además, estaba convencido de que se había
ganado la confianza plena del empresario.
El anciano y buen hombre ya le fiaba hasta los proyectos que planeaba poner en marcha, y no daba
un paso sin escuchar antes el asesoramiento del encantador Calero, entre otros. En más de una de sus
conversaciones frívolas, el padre de Telmo bajaba repentinamente el tono de la voz y le espetaba al
profesor aquello de “mira, Jaime, me gustaría saber qué piensas de una idea que me está rondando por
la cabeza esta semana…”. A Jaime se le erizaban los pelos de la nuca cada vez que eso ocurría, y
siempre tenía una respuesta ponderada, sin correr el mínimo riesgo, y animando al viejo empresario a
la iniciativa pero, eso sí, con mucha cautela.
En esta ocasión, se quedó a solas con el matrimonio en la sala de estar, tras la jovial despedida de
Telmo que salía con los amigos. A Pepe Cortés, se le veía especialmente contento esa tarde.
–Mira, Jaime, qué bien hice en seguir un consejo tuyo… Bueno es de hace ya un tiempo y a lo
mejor ni te acuerdas…
–Pues no sé, Pepe… Tú dirás –contestó como sin importancia Calero, aunque con todos los
sentidos en tensión.
–Sí, hombre, sí. Era aquello que te pregunté sobre si contratar a la chica esta que nos está haciendo
una auditoría interna sin que se entere nadie… Que yo me temía que se estaba yendo el dinero por
algún saco roto…
–¡Ah, sí, ya recuerdo! ¿No me dirás que tu intuición resultó cierta…?
–¡Buf! ¡Ni te puedes imaginar, oye! ¡Bendita la hora en que se me ocurrió la idea! ¡Y gracias a
Dios que tú me la confirmaste, Jaime!
–¿Pues? ¿Qué has encontrado?
–¡Huuuuu! ¡Nos hemos llevado un disgusto enorme, Jaime! –contestó con feliz pesar Pepe Cortés.
–Vamos, que es que ni te lo imaginas, Jaime, hijo –corroboró su mujer.
–Resulta que uno de mis hombres de confianza me la estaba jugando… Una cosa muy compleja,
no te creas, pura ingeniería financiera… Vamos, ¿quién me lo iba a decir a mí?
–¿Y el montante?
–Bastante dinero, Jaime, bastante. Pero es tan complejo que ni yo mismo me he terminado de
aclarar de cómo era el proceso… algo de desvíos temporales de fondos y cobros de intereses a cuentas
de la propia empresa, pero gestionadas desde dentro, nada escandaloso… En fin, que había un
movimiento no muy grande, pero fijo y semanal, ¿me oyes? Al final, después de más de diez años…
Un pastón.
–¡Es increíble, Jaime –intervino ahora la esposa–! ¡Y una persona tan cercana a Pepe, que lleva
toda la vida trabajando con nosotros…! ¡Qué chascos nos da la vida, Jaime! Yo es que estoy muy
apenada… Mira, cuando Pepe me lo confirmó esta semana… ¡Vamos! ¡Que no me lo creía, Jaime, por
Dios! ¡Qué peniña, qué peniña, Jaime! Es que, cuando hay dinero por medio, no valen ni amistades, ni
familia, ni nada de nada… Anda, pues mira que no lo invitamos veces a comer aquí, en la casa de la
playa, y…
–Déjalo, Lucía, que el pobre Jaime no tiene por qué soportar que estemos tan chafados –le replicó
Pepe a su mujer con una sonrisa.
–La verdad es que es increíble los desengaños que produce la vida… –intervino Calero, en un
ejercicio teatral de excelente cinismo–. Y total, por cuatro perras gordas… ¿De qué le valen ahora a
ese desgraciado? Yo es que no entiendo cómo la gente puede ser tan falsa, cómo no se dan cuenta de
que se coge antes a un mentiroso que a un cojo… ¿Y la amistad, Pepe? ¿Y los valores? ¿Y todo eso
que se ha dado gratis: las oportunidades, el trabajo, el respeto…? ¡Todo por la borda en un instante! Se
descorre el velo, y ¡plaf! El hundimiento total.
–Di que sí, Jaime. ¡Tú lo has dicho muy bien! ¿Dónde quedan los valores, la lealtad, la confianza?
Vamos, Jaime, yo te digo que ese personaje a mí me dice que no está a gusto en la empresa por lo que
sea, que quiere cobrar más… ¡yo qué sé! Que se quiere comprar un yate, o que se quiere ir de crucero
a las Bahamas con la mujer y los niños… ¡Vamos! Me lo insinúa, y con el aprecio que yo le tenía, se
lo pago de mi bolsillo, ¿oyes? Pero esto… Esta falta total de honradez… ¡Vamos! Que ahora se queda
sin nada, y ya veremos si no termina en la cárcel… Porque a mí…, un amigo mío… ¡Ese se viene
conmigo a donde sea, tú lo sabes bien, Jaime! Pero traicionarte así… ¡Qué horror!
–¡Bueno, Pepe, me alegro un montón de que el consejo fuera acertado! –le recordó Calero.
–Vamos, que no sabes lo agradecidos que te estamos, ¿oyes? No, por esto…, por todo lo que haces
con el chico, y por la suerte que tenemos de contar con tu ayuda.
–¡No, hombre, no! Yo sólo hago mi trabajo, y estoy encantadísimo con una familia tan afable
como vosotros, que me honráis con vuestra amistad… –siguió dando coba Calero.
–Yo, muchas veces lo he pensado… Y me digo: ¡Qué pena que Jaime tenga ya ese trabajo de
profesor! Si estuviese libre, ¡qué a gusto me lo llevaba yo a mi empresa! ¡Qué buena mano derecha me
he perdido! Pero, claro, no se puede tener todo en esta vida…
Jaime Calero burbujeó de gozo. ¡Tanto tiempo esperando un momento como ese! ¡Por fin! Pero,
bueno, había que seguir interpretando el papel… Le respondió con una risa teatral.
–¡Qué exagerado eres, Pepe! ¿Qué iba a poder hacer un pobre profesor como yo en tu empresa?
–¡Hombre, Jaime! Yo te pongo a mi vera, y tú te haces con el control en un plisplás. Vamos,
cuento yo con un tío como tú, y yo duermo tranquilo todas las noches, sabiendo que tengo a un amigo
al frente, ¿oyes? Mira, sólo con el tiempo que nos dedicas, lo bien que nos atiendes a Telmo, lo bien
que lo orientas, lo que se dice de ti en el colegio… y también fuera del colegio… ¡Vamos, tú no eres
un pobre profesor! ¡Tú eres de lo mejor que nos ha podido pasar en esta vida!
–Gracias, Pepe, gracias. Bueno, pues yo te tomo la palabra, ¿eh? La verdad es que soy feliz en una
institución tan prestigiosa como El Olivo. Y, además, aunque muchos digan lo contrario, el trabajo de
profesor es de los más agradecidos que hay. Tú, Pepe, fíjate en esta conversación que hemos tenido
hoy… ¿Qué puede haber mejor para un profesional como yo que lo consideréis un amigo eficaz, una
persona que os sirve lo mejor que puede, y que ahí están los frutos? ¡Dime si eso no agrada a
cualquiera!
–¡Vamos! ¡Que sí! Que no sabes la de veces que Pili y yo hablamos de esto…
–¡Hay, Jaime, no te lo puedes ni imaginar! Y, porque allá arriba tienen esa política tan restrictiva
con los regalos, que si no, ya habrías comprobado lo mucho que te apreciamos, Jaime –apuntó la
mujer de Pepe, buscando la aquiescencia de su marido. Ahora…, el día que el niño termine en el
colegio…, ese día vas a saber lo que te apreciamos… Que de eso Pepe y yo también hemos hablado
mucho…
–¡Vamos, mujer, que no! Que si os pasáis luego vienen los dimes y los diretes, y las envidias y
que si la falta de rectitud y todas esas historias que conocéis tan bien.
–¡Por nosotros no quedará, Jaime! ¡Nos importan tres pepinos lo que diga la gente! Para nosotros
eres como de la familia, Jaime, ¿oyes?
IV
Berto había tardado lo suyo en encontrar un momento de soledad con Félix. Aprovechando que la
madre y la abuela atendían las precisas indicaciones de los traumatólogos, Berto se aproximó a la
nueva estrella del equipo y le hizo la pregunta que le estaba corroyendo desde que Félix había saltado
al campo en la segunda mitad.
–Félix, macho, ¿qué te dijo el míster antes de salir, cuando os quedasteis a solas?
–¿Por qué?
–Porque fuiste otro, como casi ya no te recordábamos los viejos del lugar.
–Nada. Me dijo que regatease al animal ese y que hiciese la jugada famosa…
–¡Que no, Félix! ¿Qué te dijo? Tú saliste con otra cara del vestuario…
–Lo que me dijo es personal, no para irlo comentando por ahí…
–¡Te juro por mis muertos que no lo quiero saber para ir por ahí largando! ¡Me interesa para mí!
–¿Para ti? No entiendo para qué te puede servir… ¡Si tú eres el megacrack del equipo!
–No es para jugar al fútbol, es para… la vida…
–¿Para la vida? Te veo muy metafísico…
Berto se estaba impacientando porque veía que la familia de Félix iba terminando con los
médicos, y el muy lelo no soltaba prenda.
–¡Que sí, hombre! A ver, yo te lo explico… Pero me lo tienes que contar, ¿eh?
–¡Vale! Suelta –aceptó la propuesta, Félix.
–Lo que te ha dicho el míster me puede servir para cambiar mi actitud ante lo que me cuesta,
como a ti te costaba enfrentarte a esa mala bestia y a su padre…
–¡Ah, ya! ¿En tu caso…, sería el estudio por ejemplo…?
–Por ejemplo y mil historias más. ¿Qué te dijo don Nico? –exigió ya, con poca paciencia, Berto.
–Pues, verás… ¡Me metió una bronca de la leche, tío! Me dijo que no me enteraba, que iba a mi
bola. Que no era capaz de entender que formaba parte de un todo, y que, si yo no funcionaba, no es que
no hiciese nada malo, es que perjudicaba al resto… Que era un egoísta y que no tenía corazón para
pensar en los demás, que sólo me preocupaba por mí mismo y que así no merecía la pena seguir
jugando. Que no era solidario y que la responsabilidad todavía no se había cruzado conmigo. Que tenía
dos opciones, o que cambiara o que me fuese a la puta calle a jugar a las canicas…, y no sé cuántos
rollos más, pero todos por el estilo.
–Ya… Pero de todo eso…, de todo lo que te dijo, ¿qué te hizo cambiar?
–A mí lo que más me reventó fue lo de que perjudicaba al resto y que no tenía corazón para pensar
en los demás. ¿Sabes por qué? Porque yo siempre he creído que soy un poco mierdas en muchas cosas,
pero si de algo estaba contento conmigo mismo era con que siempre me preocupo por los demás. Y
creía que era así hasta que me soltó el rollo. El tío me dejó tieso con aquello de que, si no me la juego,
perjudico al resto… ¿Y sabes por qué? ¡Porque encima tenía razón, macho! ¡Esa es la pura verdad, tío!
–Sí, sí… Y ahí tienes el resultado: la espalda hecha un puzle…
–¡Joé, tío, no lo sabes bien! Me duele hasta el respirar, Berto, pero no te imaginas lo feliz que me
hace cada vez que me duele. Porque ahora sí que tiene sentido… Ahora tengo este dolor porque lo he
dado todo por el equipo… ¡Y estoy jodido, sí, pero feliz, macho!
–¡Éeeese Féeelix! ¡Éste es mi hombre, sí señor! –y Berto quiso abrazarlo, pero fue rechazado con
violencia de susto en los ojos de Félix.
–¡No me toques, animal! ¡A ver si me vas a despachurrar!
Tras abandonar a Félix, Berto se dijo a sí mismo que tenía que pensar sobre lo que le había dicho
Lavares. Trató de retener, con nerviosismo, todo lo que le había oído, sin perder un solo detalle,
porque todos podían ser relevantes si los iba a aplicar en otro contexto. ¿Estaría en esa respuesta la
solución a sus males? Él intuía que quizá no toda, pero sí lo suficiente como para empezar a moverse.
El problema de Berto lo señalaría hoy un pedagogo teórico como falta de motivación. Es la mítica
respuesta que les ha servido a tantos para justificar unos números de fracaso escolar más propios de
otra especie que de la humana. Y también la han argumentado para lavarse las manos, echando las
culpas siempre a los demás, o a lo demás. El propio Berto Lavilla sabía que su verdadero problema no
era la falta de motivación, ni que le faltasen razones para hacer bien las cosas, ni motivos por los que
hacerlas. Berto Lavilla se dio cuenta de que lo que le pasaba era que había renunciado.
Sí. Había renunciado a ser él mismo.
Lo había intuido en un chispazo de la inteligencia, tan breve y fulgurante que sólo quedaba de él la
impresión producida y un mundo por descubrir, que existía realmente. Estaba haciendo un esfuerzo de
memorización como no había hecho nunca: por un lado, quería preservar las palabras, los gestos, las
miradas, la expresión y hasta el timbre de la voz de Lavares; por otro, quería mantener en la memoria
los anchos campos y valles que habían sido iluminados en ese fugaz instante… Mucho contenido, para
tan poco entrenamiento.
Bajó las escaleras a saltos, salió por la entrada de las ambulancias, y acercándose a la parada de
taxis de enfrente, pidió al taxista un bolígrafo y una hoja para anotarlo todo. El taxista, que lo había
visto llegar como un torpedo, y viendo la determinación del chaval en su petición, no dudó en
prestarle ayuda, casi más exigido que exhortado. Aquel extraño chico se había tumbado sobre el capó
blanco inmaculado del taxi y escribía con verdadero ahínco. Llenó hasta dos hojas enteras de la libreta
con una caligrafía que le causó espanto –aun en la distancia– al asombrado taxista. Sólo después de
garabatear como un poseso, adoptó su postura erguida y le volvió la educación, aunque no antes de
haber releído varias veces sus notas y estar conforme. Berto le devolvió los trastos al taxista.
–Tenga. Muchas gracias. ¿Le debo algo?
El taxista no tuvo tiempo de decir ni pío. Cuando levantó la mirada, después de recoger el
bolígrafo y la libreta del asiento del copiloto, Berto ya se había alejado cuatro metros, andando rápido
por la calle Pizarro, bajo los soportales y releyendo sus notas. El taxista, relajado al fin, sólo tuvo
tiempo de gritarle a lo lejos:
–¡De nada, chaval!
Y Berto acusó el recibo, levantando la mano, pero sin volver la cabeza.
CAPÍTULO 9
I
El domingo la familia Sendón Gutiérrez se reunió en la casa familiar de Playa América. Invitados
por la abuela Romina, comerían en intimidad los cuatro, tras el oficio en el Templo Votivo del Mar,
como tenía por costumbre la abuela. Una vez al mes, como mínimo, exigía la matrona ser acompañada
por la única familia que le quedaba en Vigo. En esta ocasión, el plato fuerte del banquete serían las
lubinas pescadas la semana pasada por el nieto y el sagaz Antón. El trayecto desde San Xoán hasta la
casa materna fue acompañado de un agradable paseo por la línea de costa, donde ya se apreciaba el
cambio de tiempo. Un vientecillo cálido del suroeste anunciaba la irremediable presencia de lluvias, y
el cielo estaba tomando posiciones para hacer honor al parte meteorológico del telediario de toda la
vida para Galicia.
El trayecto fue de charla compartida, con las mujeres cogidas del brazo por delante, y los hombres
detrás, interviniendo de manera entrecortada en los diálogos.
–Mamá, ¿qué tal se porta Lucas los fines de semana? ¿Estudia?
–Se porta como un hombre, y si estudia o no debes preguntárselo a él. Sabes que nunca os he
vigilado a ninguno.
–Lucas, ¿has estudiado el fin de semana? –preguntó Elvira a su hijo, volviendo la cabeza.
–Aún no ha terminado el fin de semana, mamá.
–O sea, que no has dado un palo al agua…
–He estado escribiendo…
–¡Muy bien, Lucas! Tú escribe que eso es lo importante, hijo mío. Y estudiar… ya estudiarás
cuando haya exámenes, ¿verdad cariño?
Las ironías de su madre sacaban de quicio a Lucas y ello le provocaba respuestas con retranca
hiriente.
–¡Claro, mamá! Pero no te preocupes: no bajaré del diez para que nadie te pueda criticar o reírse
de ti porque tienes un hijo sólo notable.
Alberto miró con mala cara a su hijo y le hizo un gesto reprobatorio. Lucas le gesticuló que lo
dejase pasar, sin darle importancia. Elvira provocó un rictus de enfado por la ironía de un hijo, cada
día más borde con todos, pero especialmente con ella. Sin embargo, la abuela tuvo que contener la
sonrisa. Cuando lo consiguió, reprochó al nieto:
–¡Lucas, no seas malo! Nadie se quiere meter contigo si apela a tu responsabilidad.
–Sí, abuela –concedió Lucas, sabiendo que había logrado callar a su madre.
–Además, Elvira, tu hijo te dice la verdad, porque ahora en el colegio tiene el deber de escribir.
–Nadie le va a poner un sobresaliente por ese deber –siguió, terca, la madre de Lucas.
–¿Y para qué quieres tanto sobresaliente, mujer? Con la de cosas buenas que se pueden hacer sin
sacarlos…
–Vayavayavaya. Mira ahora a la tierna abuelita, justificando en el nieto lo que nunca consintió en
sus hijos. ¿O ya no te acuerdas, mamá, de lo que suponía en esta casa una mala nota?
–Jajaja, ¡Claro que me acuerdo, Elvirita! Pero cuando seas abuela lo entenderás.
–La vejez os ablanda el corazón a los abuelos. Y malcriáis a los nietos pasando por encima de sus
padres…
–¡Claro, Elvira, cariño! Es que es una pena que vosotros, los padres, apenas tengáis tiempo para
hablar con ellos, para pasar tiempo juntos. Es la vida moderna, supongo… –respondió Romina, tirando
a dar.
–Ahí te equivocas, mamá. Nosotros hablamos y pasamos todo el tiempo que podemos juntos. Y
nos interesamos por sus cosas, ¿o no es así, Lucas?
–A veces habláis y preguntáis demasiado, mamá.
La queja era normal en un chico que atravesaba la edad, pensaron Elvira y Alberto, y no le dieron
importancia. Pero sí la abuela, que había intuido un tono amargo en las palabras de su nieto.
–¡No te quejes, Luc, cariño! Tendrías que ver a tu abuelo preguntando… Eso sí era un
interrogatorio en toda regla. Lo nuestro es el más amable interés…
Lucas no soportaba las excusas ni el argumentario de su madre, y menos cuando apocopaba su
nombre con el maldito “Luc”. No obstante, rechazó la réplica que tenía en la punta de la lengua y que
era demasiado mordaz para que sus padres soportasen dos desaires tan seguidos. El mismo Lucas se
sorprendió luego por ese ejercicio de contención, y vio en ello una prueba más de que su madurez se
iba consolidando.
–¡Bueno! Ya está bien de paseo y cháchara. Vamos a casa a comer –ordenó Romina, sin
proporcionar alternativa alguna a la caravana.
II
Silvia Cameselle llevaba varias horas encerrada en su habitación, haciendo que estudiaba. Sin
embargo, su madre, que veía a través de las paredes, sabía que estaba inquieta, nerviosa, con ansias de
concentrarse en algo muy importante, y que, probablemente, eso que descomponía la habitual
serenidad de su hija no podía ser otra cosa que el amor.
¡Por fin!, –pensó la madre.
Ya iba siendo hora de que el corazón de su hija se viese conmovido por alguien. No es que le
disgustase la inocente alegría de la chica –que parecía disfrutar con cualquier cosa–, ni el que nunca
hubiese roto un plato, ni muchísimo menos el que fuese una estudiante bastante responsable para lo
que se estilaba hoy en día. Pero tanto bálsamo y mar tranquila no podía ser sino una poderosa capa de
aceite tras la que se escondía la natural marejada.
Durante la comida, Silvia le había transmitido su estado con mil y un gestos, ante los que se hizo
la inadvertida, para no preocupar a nadie en la mesa y para que nadie se metiese donde no le llamaban.
No. No había perdido detalle y la turbación de su hija había sido analizada gesto por gesto, expresión
por expresión, incoherencia por incoherencia. Y la madre estaba feliz, porque ambas disfrutaban de
toneladas de confianza recíproca –con las lógicas reservas familiares–, y porque se había preparado
con tesón e interés para ese momento. En la etapa más hermosa de la vida –pensaba la madre–, cuando
aparece el amor, se llena de horizontes multicolores el alma de la mujer. También de desconcierto, de
angustia y de temor. Pero, para esos males, conocía ella buenos remedios.
Silvia, sentada encima de la cama, con varios papeles rodeándola, y con su diario abierto y
marcado en varias localizaciones precisas, se frotaba las sienes mientras intentaba concentrarse con
los ojos cerrados. Había bajado al mínimo la música del MP3 para que fuese un tapiz de fondo y no un
obstáculo a los borboteantes impulsos de su cerebro alterado.
Era consciente de que, al día siguiente, se iniciaba su auténtica milla de oro, y no podía dejar pasar
la oportunidad de hacerse notar ante Lucas. Su cabeza trataba de planificar todos los momentos en
que, necesariamente, iban a estar muy próximos: las lecturas de las obras, los ensayos leídos y, sobre
todo, la estancia en el cajón, nombre con el que denominaban al pequeño mueble que hacía de
parapeto a los actores para las representaciones del guiñol. Allí habría contacto físico, agobios,
sudor… y teatro. Mucho teatro. Ocasión, por lo tanto, de que lo extraño pareciese normal, lo ruboroso
fuese muestra de sencillez, y los afectos desatados no pareciesen antinaturales. Sin embargo, a pesar
de tener todo esto tan claro, Silvia no era capaz de dar más pasos en su estrategia porque se veía
continuamente asaltada por una imaginación en estado de gracia, que chorreaba todo tipo de
situaciones ficticias en las que ella se entretenía, embelesada, recreando posibilidades muy remotas.
Le costaba Dios y ayuda deshacerse de esos atractivos pensamientos, de esas miradas dulces y de ese
tronar de las palabras de Lucas a la vera de su oído. Haciendo un esfuerzo más que notable, luchaba
por desterrarlas de su cabeza e intentar seguir trazando un plan. Porque, además, se le acababa el
tiempo.
En estas batallas internas se encontraba sumida Silvia, cuando unos golpecitos en la puerta la
trajeron a la realidad. A la verdadera vida real. Desconcertada, recogió como pudo los papeles y otras
intimidades abiertas, y concedió el permiso a la mano interruptora.
–Silvia, ¿me dejas pasar? Quiero hablar contigo…
–¡Ah, mamá! Claro que sí.
Entró Alicia en el cuarto de su hija y se sentó en el butacón de la habitación, lugar preferido de
Silvia en sus momentos de lectura, y ocupado en otras muchas ocasiones por la madre.
–¿Qué tal estás, Silvy? Te veo nerviosa, como excitada…
–Sí, mamá. Un poco descentrada nada más. Es que… me tengo que organizar con todo lo que llevo
encima: que si los deberes, las obritas de guiñol, los turnos de comedor con los peques…
–Claro, cariño. Asumes tantas responsabilidades que una tiene que estar muy bien organizada. ¿Te
puedo ayudar?
–No es fácil, mamá. Hay que ponerse en situación…
–No me digas que no soy capaz de ponerme en tu situación –sonrió Alicia, mientras le guiñaba un
ojo a su hija.
Silvia decidió que había llegado el momento de poner las cartas boca arriba. La entrada de su
madre, las palabras huecas de su diálogo y el guiño eran señales inequívocas de que estaba en el ajo, y
de que no podría mantener por más tiempo el secreto.
–Está bien, mamá. Es un chico precioso, por el que se me acelera el corazón, me sube la
temperatura y me arde la cara… Y me derrito por él en mis comeduras de tarro… ¿Me sigues?
–Como la seda, Silvia. ¡Descríbemelo, anda…!
–Es Lucas Sendón, no sé si te acuerdas de él…
–¡Hum! Sí que lo recuerdo, guapa, pero más como un niño que como lo que se habrá convertido
ahora, ¿eh? –le respondió con una sonrisa de complicidad.
–¡Uh! Se ha hecho grande, muy grande… Es más alto que yo, tiene un tipo de tío cachas, aunque
no lo sea especialmente… Es muy elegante y serio…, aunque lo de serio creo que es timidez. Un poco
creído de más, pero no con los que considera a su altura. Tiene una voz preciosa, vibrante, con tonos
ya muy graves… y por su boca salen palabras que enamoran, mamá, porque es muy delicado en el uso
del lenguaje, y le gustan la precisión y los conceptos. Creo que es muy cerebral, aunque quizá sea
también pura fachada… Y sus ojos… Bueno, es que me voy a poner toda colorada si te hablo de sus
ojos, ¿sabes?
–¡Déjalos para más adelante…! Caray, Silvy… Se ve que apuntas alto… Y, dime, ¿hace mucho
que estáis saliendo?
Silvia suspiró sonriendo con ojos de ansiedad desilusionada. La madre lo captó al instante.
–¿Te lo digo o ya te lo han gritado mis ojos? –le respondió Silvia con voz rota.
–¿Y a qué esperas para hablar con él, Silvia? Tú eres una chica muy buena y eres muy guapa… Si
él no se anima, tendrás que ponerle el arco, la flecha y gritarle que dispare…
–¡Hay obstáculos, mamita! –y puso ojos de rabia e impotencia.
–¡Ah, bueno! Está ya cazado, ¿verdad, corazón?
–Y ante esa, no hay nada que hacer, mamá. Tú vas con tu velita y aparece ella con el faro de
Finisterre en la mano…
–¿Y eso es lo que te desasosiega? Supongo que todo esto no es flor de un día, y hasta ahora no te
había visto así…
–Es que ahora tengo una oportunidad, mamá… No de apagar el gran farol, claro, pero sí de
acercarme a él en solitario…
–¿Cómo es eso, mujer?
–Tiene que estar un mes con nosotras, las del guiñol, escribiéndonos y representando obritas para
los niños del infantil.
–¡Ajá! ¿Y tienes ya un plan de conquista, Silvia?
–Sólo se me ocurre que la actividad le atraiga… No es complicado que pudiera ser, por su gusto
por la literatura y porque creo que las sonrisas y las miradas de los niños le van a robar el alma… Voy
a intentar que no se quede sólo un mes, sino que siga todo el año…
–¿Y sólo en eso consiste tu plan? –preguntó, admirada, Alicia.
–Sí. Lucas va a requerir una pesca lenta, suave, sin forzar, atrayéndolo sin que apenas lo note, y
cuando se dé cuenta… es que estará ya pescado…
–Pero eso relega tu postura a actriz secundaria, Silvia. A la espera de que la otra te deje el camino
libre…
–Así es, mamá. Yo no puedo rivalizar con ella. Pero a Lucas sí le puedo hacer ver que soy mejor
que ella…, y que, conmigo, él sí puede ser feliz…
Alicia miró con ojos preocupados a Silvia.
–Pero, hija mía, ¿estás dispuesta a sufrir ese calvario? –le preguntó con cara de pena.
–¡Mamá! Ya llevo casi dos años sufriéndolo.
–¿Casi dos años, cariño? No me habías dicho nada. Ni me había dado cuenta…
–¡Claro, mami! Es que hasta ahora no había tenido ninguna oportunidad.
III
Andrea estaba padeciendo un extraño tranquilo fin de semana que se había ido al garete por culpa
de ese animal que casi desmonta a coces al pobre Félix. Es cierto que ella se había emocionado como
todos al ver la resurgida figura del cagueta, y que con el segundo tanto del cada vez más deseado mozo
había gritado y dado botes como la primera. Pero, luego, no había sido capaz de involucrarse en la
trifulca de la defensa del compañero, ni se había sentido con fuerzas para acompañarlo al hospital, un
lugar que detestaba y del que huía por una disimulada aprensión.
El sábado por la tarde había intentado ponerse en contacto con Berto, con la excusa de interesarse
por Lavares, y, de paso, iniciar una primera conversación de aproximación, que podría haber
concluido en una íntima salida los dos juntos y solos, hablando y contemplando la luna desde el
mirador del Paseo Alfonso, al lado del olivo que representaba a la ciudad. Berto había hecho oídos
sordos a los mensajes de ella, incluido el rechazo de una llamada perdida, algo inaudito en un Berto en
condiciones normales.
¿Estaría excesivamente molesto por la reconciliación con Lucas, quizá demasiado afectuosa para
un tío corroído por los celos? Ya había sucedido en otras ocasiones y Berto había regresado como un
perrillo faldero, dispuesto a tragar con carros y carretas, con tal de disfrutar de su compañía. O, a lo
mejor, se había vuelto medio idiota con el suceso de Félix y ahora iba de solidario por la vida con un
compañero al que calificaba de “pringao” en sus momentos más caritativos.
No lo sabía, porque, a estas edades, los tíos ya empiezan a hacer cosas raras y no siguen el
conocido patrón de domesticaje de las mujeres, tan eficiente hasta la fecha. A los muy idiotas se les
meten ideas en la sesera y empiezan a discurrir por otros senderos ya no tan accesibles. Y eso era un
fastidio para Andrea, porque se había quedado descompuesta y sin novio en un fin de semana que
tendría que haber sido como todos los demás.
El cambio de programa había dejado fuera de juego a Andrea, hasta el punto de que se dio cuenta
de que no tenía planes alternativos, en caso de que le fallase lo previsto. Y eso no estaba nada bien.
¿Acaso su vida era tan pobre que pendía sólo del delicado hilo de un grupo de compañeros que, en el
fondo, ni le iba ni le venía? Comprobó con rabia que, efectivamente, era así. Es cierto que tenía la
iniciativa y la soltura como para montárselo por su cuenta. A cualquier sitio donde fuese a mover el
esqueleto, con medio contorneo, tendría una legión de zánganos dispuestos a robotizarse bajo sus
órdenes. Sí. ¿Y qué? A ella eso no le decía nada. Era un esfuerzo idiota, una pérdida de tiempo sin
oficio ni beneficio, y correr riesgos inútiles con el típico pasado de vueltas. ¿Con qué amigas podía
quedar un domingo como aquel?… ¿Amigas? Como mucho seguidoras, o las típicas plastas que se
arriman a buen árbol, a ver si en río revuelto pescan algo.
¿Cuál era la clave de esa soledad? Andrea le dio vueltas al asunto y llegó a dos conclusiones: la
primera, por ese exceso de organizar planes de futuro que la llevarían fuera de la ciudad, con una meta
de éxito muy probable, y que le impedía tejer vínculos sólidos en su entorno; la segunda, por haber
descuidado las viejas y leales amistades de sus amigas de toda la vida, cuando decidió jugar a las
bazas del amor, y rodearse de los más apetitosos dulces de su caprichoso interés. Y Andrea, la
autosuficiente Andrea, la triunfadora y envidiada por todas, se sintió triste.
Muy triste.
Hasta el punto de que se concedió unas lagrimillas de emoción dolorosa, y mucho más de orgullo
herido. ¿Cómo una chica como ella podía decir, a ciencia cierta, que no tenía amigas de verdad? Lo
cierto era que no sabía cuándo iba a ser llamada para salir de esa ciudad que la oprimía, en la que
sentía que mil ojos la estaban vigilando siempre, desde los púlpitos de la murmuración… Era cierto
que le habían dado algo más que esperanzas en la agencia donde había depositado sus ilusiones. Era
cierto que, desde el verano, todo parecía haberse precipitado en una actividad frenética de llamadas,
entrevistas, fotos y grabaciones. Pero había pasado casi un mes y medio y nadie daba señales de vida.
Desde entonces, cada vez que sonaba su móvil, lo cogía con tantos deseos como desilusión, al
comprobar que no era lo que tanto ansiaba.
Y, la verdad, estando así…, a ver quién era la guapa que se tomaba el curso en serio, y mucho
menos cualquier otra estupidez secundaria, como el mantener las supuestas viejas amistades o
ilusionarse con el amor de un pipiolo, por muy inocente que fuese.
Andrea optó por la vía de escape segura. Encendió su ordenador y repasó todas sus cuentas de
redes sociales en las que participaba de manera muy activa. Allí, buceando en los muros de sus
compañeros de fatigas, se enteró del alcance de la lesión de Félix. Comprobó con envidia algo que ya
había intuido en el terreno de juego: todas las tías de la clase suspiraban por él y se derretían como
unas degeneradas con unos comentarios que daba grima leerlos. Todo ese afecto por el chico le supo
mal, la enervó y las tachaba a todas de estúpidas niñatas sentimentaloides y de enfermas mentales.
Luego se sumergió en los microblogs, y allí se encontró con un post de Berto, que sólo podría
calificarse como de sorprendente: “Creo que he visto la luz”.
–¿La luz? –se preguntó Andrea–. Este ya va medio pedo y se pone a escribir chorradas, a ver si
alguna imbécil pica… La luz… ¡Yo sí que te voy a dar luz, gilipollas!
Y Andrea le contestó con un comentario inocente sólo en apariencia, pero que destilaba mala baba
por doquier: “¿No será el mechero, trompetero?”.
Y Andrea, por fin, se rió en aquella espantosa tarde de amargas reflexiones.
IV
Berto amaneció el domingo a una hora tardía, y eso que la noche anterior no se había ido de
marcha, ante la extrañeza de su familia, que se preocupó de veras por si estaba enfermo. ¡Claro que lo
estaba! Había rechazado el fuerte impulso de responder a los mensajes insinuantes de Andrea para
salir, y eso era una señal más que evidente de que al chaval le pasaba algo raro. Él despejó dudas
familiares casi gritando, diciendo que estaba bien y que tenía que pensar.
A su padre sólo le dio la situación para acrecentar sus dudas sobre la cordura de su propio hijo. Su
madre intuyó que algo le había afectado, pero estaba nerviosa porque no sabía si para bien o para mal.
Y Clara despejó la situación, con un pensamiento irónico: “Hombre, si tiene que pensar, puede que
hasta sea de la familia”. Total, que lo dejaron en paz. No obstante, su familia permaneció alerta al ver
la energía con que saltó de la cama a la ducha, la rapidez con la que desayunaba y ni el buenos días
con besos para todos, tan propio de él los domingos. Y volvió a encerrarse en su habitación, donde le
seguía dando vueltas a varias hojas escritas y esparcidas por todo el cuarto. Por supuesto, no dedicó ni
un minuto a hacerse la cama, ni a recoger la ropa ni a vestirse decentemente. En un rasgo de
generosidad, hizo el esfuerzo de abrir la ventana para ventilar una habitación que acumulaba hedores
de oso, perceptibles incluso por el propietario de la cueva.
No había conseguido dormirse hasta muy tarde, trajinando con sus deshabituadas neuronas al
ejercicio reflexivo, y tratando de ver. Él intuía que, entre todos aquellos papelotes –los famosos del
taxi y otros que había escrito después– tenía las claves para encontrar el tesoro. Sólo había que
ordenarlos, releerlos y profundizar en ellos para lograrlo. En ese primer momento de la mañana del
domingo, Berto hizo su primer ejercicio intelectual consciente, al reflexionar sobre lo que había
reflexionado el día anterior. Semejante novedad le atrajo, a pesar de lo extraño del ejercicio. ¿Lo
estaba enfocando bien? ¿Debía pedir ayuda? ¿Cómo unir los luminosos trazos desenterrados sin errar
el camino y acabar peor que de donde había salido? Repasó lo que había vislumbrado con nitidez, y
que eran pasos seguros.
–Vamos a ver, vamos a ver –se dijo para reafirmar su determinación y su propia seguridad. Al
escuchar las palabras de Félix en el hospital, Berto había sentido el revolcón interno y el chispazo de
un paisaje tan ignoto por un lado y tan transitado por otro. ¿Pero qué era eso que había vislumbrado?
Tras no pocos esfuerzos, se dio cuenta de que, en realidad, llevaba tiempo explorándolo sin caer en
qué era. Y ahora lo había visto claro.
Era su mundo interior a medio formar, su personalidad inconclusa.
Allí vio las grandes contradicciones de su vida, la oposición entre las ideas que le venían de fuera
y las que él asimilaba y admitía, sus sentimientos más ocultos, sus tanteos para determinar lo que
había de ser identificado con el bien o con el mal, su contradictoria voluntad capaz del heroísmo y de
la ruindad a la vez, y una más o menos delimitada personalidad, incompleta por el esfuerzo que
suponía levantarla según sus ideales. Hasta la fecha se había refugiado muy a gusto en su mundo
interior, ignorando al resto, y buscando una aparente soledad para recrearse en ese mundo tan suyo
como de nadie más. Pero había pasado el tiempo y Berto se dio cuenta de que se había abandonado.
Que esa tarea de ser él y no otro, la había supeditado a lo fácil, al gusto, al capricho. En definitiva, que
llevaba demasiado tiempo sin ser él.
O, mejor dicho, sin ser el que deseaba ser.
Y ahora veía, como una necesidad perentoria, acabar y perfeccionar su forma de ser, hacerla tan
diferente y atractiva que la pudiese mostrar en público con orgullo a los demás, y que fuese
reconocida y querida por todo lo que aportaba.
¡Ya estaba! ¡Por fin sabía lo que había visto en el hospital Xeral!
–Poco a poco, empiezas a ver claro, Bertiño, empiezas a veeer claaaaaroooo –empezó a canturrear
a grito pelado de la forma más estrambótica que nunca se había escuchado. El canto becerril fue
escuchado por Blanca y Clara desde la cocina, y sin saber por qué les dio la risa tonta. Ambas mujeres
se miraron con confianza. Parecía, pues, que Berto se estaba aclarando.
Pero ahora venía lo difícil de verdad. No tardó Berto en darse cuenta de que esa tarea inconclusa
se había agarrotado porque había dejado de luchar. Porque se había cansado de darse morrones él solo
contra los muros infranqueables que oponían el ideal a la cruel realidad. Y tenía que tener cuidado,
porque el mismo peligro de dejarse llevar por lo fácil estaba allí, y podía verse dentro de diez años
volviendo a psicoanalizarse para reemprender la tarea abandonada.
Debía contar con un apoyo firme y externo, que le guiase con mano severa y cariñosa a la vez.
Pensó en quién podría ayudarle así. Fue escribiendo nombres y descartando modelos. Al final, le
quedaron apenas tres personas en quien podría confiar de veras: su madre, a la que tachó enseguida sin
saber por qué pero intuyendo que no, que no podía ser; su hermana Clara –aunque fuese una chica–,
por la extrema confianza que tenía con ella; y Fernando Adrio, porque, a pesar de sus payasadas, era
un tío legal que estaba dispuesto a ayudar a la gente sin pedir nada a cambio, y confiaba en él
precisamente por esa abnegación.
Berto siguió canturreando el resto de la mañana, ante el jolgorio femenino de la familia, que
vislumbraba que los razonamientos del imberbe iban por buen camino.
–Sólo se canta cuando se tiene la conciencia limpia –apuntó Blanca mientras rehogaba con un
Albariño casero la compacta masa de carne del roti de ternera. A Clara le pareció bien el dicho, pero
pensó que no terminaba de encajar con su hermano. Tras la excelente comida, Berto volvió a hacer
historia en su casa. Le exigió a su madre que se quedase en el salón con su padre charlando, mientras
él y Clara fregaban el campo de batalla del asado. A Blanca casi le da un aire, motivo que le sirvió de
excusa para tomarse con Ángel un buen copazo de aguardiente de hierbas, como hacía años que no se
tomaba. En la cocina, mientras tanto, se disputaba otro encuentro.
–¡Muy bien, Bertiño! Es toda una sorpresa ese arranque de amor por el fregoteo.
–De eso nada, monada. Lo que quiero es hablar contigo, sin que nos den la paliza los viejos.
–¿Es sobre tus nuevas aficiones a la ópera? –preguntó con buen talante Clara, a pesar de que
hiciera sonrojar a su hermano.
–¿Se ha oído mucho? Apenas me he dado cuenta.
–Sólo ha faltado la vecina del quinto, echándote claveles…
–¡A esa le iba a dar yo en los claveles! –respondió Berto con mala intención, pues eran admirados
el buen tipo y figura de la del quinto en toda la comunidad de vecinos.
–¡No seas salido, Berto! ¡Aún te tendré que fregar la boca…! –le corrigió, molesta y divertida a la
vez, su hermana–. ¿Es que no podéis pensar en otra cosa los hombres?
–Bueno, vale, deja en paz a la macizorra. Necesito tu ayuda fraternal, amparándome en el cuarto
mandamiento.
–¿En el cuarto mandamiento? ¿A qué viene esa chorrada ahora, Berto?
–A que me tienes que ayudar a ser una persona decente, hombre, antes de que a papá le dé un
berrinche y se nos vaya a la tumba sin haberle honrado lo más mínimo…
Clara rió la ocurrencia de su creativo hermano. La verdad es que Berto tenía cada salida que la
rompía a una por la mitad. Cuando estaba de ese humor, a Clara le parecía el más encantador de los
chicos.
–¿Y por qué no le pides ayuda a tu Andrea, esa creadora de felicidades?
–¡Déjate de Andreas, Clara! Necesito alguien que me comprenda de verdad para salir de un
atasque mental en el que estoy metido… Y, aunque no te lo creas, tú eres de los pocos en quien
confío…
–¡Qué bonito, Berto! No sé si echarme a llorar…
–Como te suelte una leche, vas a llorar con gusto…
–¡Hala, ya salió el cromañón oculto bajo la piel del civilizado hermano!
–¡Bueno, vale! ¡No me desquicies, tía!… Entonces, ¿qué? ¿Cuento contigo o me tiro por la
ventana?
–¡Si va a servir de algo…! ¡Claro que puedes contar, tonto!
–¡Gracias, maja! –Y Berto le estampó un sonoro besazo a su hermana en la mejilla, que le provocó
cosquilleo en sus oídos y unas risas escandalosas. En medio de tan buen ambiente, se oyó la voz
desgarradora de su madre.
–¡Arrrrg! ¡Berto, desgraciao! ¿Has visto como tienes tu habitación? ¡Mucho yo ayudo a fregar, y
tu cuarto como una pocilga, so guarro! ¡Ven aquí inmediatamente!
Berto bajó las orejas, se secó las manos y aguantó el chaparrón.
–¡Tranqui, mami, que lo recojo después de fregar!
–¿De fregar el qué, gorrino de primera? Recoge la ropa, hazte la cama, pon bien la colcha y limpia
esas asquerosas botas de fútbol. ¡Vamos! ¡La ropa sucia a la lavadora, y no te meto a ti porque me la
atascas, pedazo de mala bestia!
Berto obedeció sin decir esta boca es mía. Si algo desquiciaba a su madre, eso era tener la
habitación descuidada. Y la verdad es que Berto comprobó que su cuarto parecía más que una osera,
una pocilga.
CAPÍTULO 10
I
Tal y como estaba previsto, el lunes 31 de octubre salió un día gris y lluvioso que reducía la paleta
de colores de la ciudad a los fríos tonos húmedos de la acuarela. La luminosidad de los días anteriores
se había fugado ante la amenazadora presencia de las nubes. El ordinario caos circulatorio de la ciudad
se incrementó hasta lo exasperante, especialmente en la atestada Avenida de Madrid, donde, para
colmo de los colmos, siempre había un golpe de chapa y faros, que inutilizaba un carril del cajón
central de la arteria principal de escape, mientras los implicados hacían partes amistosos.
Llovía con toda la alegría de una vieja conocida que vuelve a casa, como sólo llueve en Vigo. A la
acuosa estampa, vino a sumarse unas nubes bajas que entraban por el mar, y que dejaban ocultas a la
vista todas las zonas con menos altura, mientras que las elevadas parecían flotar en una bruma que
apenas perfilaba sus contornos.
Los alumnos varones, especialmente sensibles a estos cambios de horario –y no tanto a los
meteorológicos–, definían su estado con el término de “sobao”: “¡Pavo, no grites que estoy sobao!,
“Pero qué sobe llevo encima, tronco”, “Hoy en Filo me voy a pegar la sobada padre”, “No seas paliza,
que estoy más sobao que la marmota”, y otras expresiones similares. Sin embargo, las alumnas
presentaban un activismo fuera de toda regla. Charlaban, parloteaban, reían y discutían a gritos como
si fuesen parlamentarios en pleno extraordinario de batalla campal. Semejante cháchara, provocaba las
iras de los chicos en el corto trayecto del autobús escolar. No se podían estar quietas, ni sentarse bien,
levantándose continuamente, y golpeando a sus compañeros, “sobaos” en cualquier postura, y que
gruñían como osos molestos, a pesar del “¡perdón, perdón!” de las eléctricas mozas.
En las tres primeras horas de clase se mantuvo la misma tónica por los opuestos bandos. Algunos
profesores agradecían la paz temporal de los más aguerridos guerreros, aunque supiesen que no las
aprovechaban. Otros titulares de cátedra, mucho más malvados, aprovechaban para espabilar al
personal con inesperados sustos, que desentontecían por unos instantes al aludido, que no tardaba en
regresar al plácido duermevela. Pero, cuando sonaba el timbre del recreo, se acababa la tregua, y se
desataban los impulsos atávicos de los bellos durmientes, que dejaban a las chicas muy atrás en ruido
y follón.
Los recreos lluviosos delimitaban las áreas de esparcimiento de los colegiales, a los que no les
quedaba más remedio que agruparse en patios, pabellones cubiertos o zonas bajo protección. Ello
limitaba los movimientos de las parejas, y se hacían corrillos de necesidad en los que las Gorgonas
estaban en su salsa. A los fumadores empedernidos les importaba un pepino la lluvia y, desdeñando
coger una pulmonía, se empapaban con tal de darle unos “tiros” al pitillo del consuelo. La mayoría se
medio refugiaba en un tejadillo de chapa que cubría la entrada de El Olivo, y parecían una
concentración de indios haciendo humo y jurando en arameo.
Andrea salió a por Lucas, que intentaba hacer aritos con el humo, y trataron de hacer un imposible
aparte. Ella le miraba intensamente a los ojos, y él decidió mantener una conversación de miradas, a
pesar de la turbación que le provocaban sus iris verde-oscuro con gotitas de naranja y canela.
Acompañaron el diálogo con gestos. Ella, muy sonriente, le preguntó por el fin de semana, y él puso
cara de circunstancias. Andrea se dio cuenta enseguida de que le mentía. La mirada de Lucas estaba
filtrada por un visillo de fina tela, que le impedía ver claro en sus ojos asustadizos. Le interrogó con
sus hombros y abriendo mucho los ojos, indicando que qué le pasaba. A lo que él respondió que ya
hablarían cuando tuviesen campo despejado. Andrea, ante las excusas, decidió pasar al ataque, y
enmarcó una mirada del más tierno cariño apasionado por Lucas, que casi lo hace caer. Tuvo que
apartar esos ojos para no soñar diez mil años con ellos, a pesar de saber lo que sabía. Lucas bizqueó un
poco, pero ella insistía con una fuerza arrolladora. Lucas tuvo que alzar la mano y tapar esos ojos de
bruja que lo estaban descomponiendo. No le gustó la interrupción a Andrea, que puso mirada de fiera
herida, y contraatacó con pupilas burlescas, de niña mala y gamberra. Volvió a insistir para saber qué
lo apartaba de unos ojos nunca, hasta ahora, rechazados; y él respondió echando nuevas cortinas, con
miradas nerviosas y oscilantes de Este a Oeste, sin fijar la atención en los de ella.
Andrea supo que estaba huyendo…, pero ¿por qué? Lo miró con calma y una cierta curiosidad que
tranquilizó a Lucas. Ello le permitió al chico ahora mirar más allá de los ojos de ella, como si
traspasasen su nuca y se perdieran en los edificios de enfrente. Y ella advirtió la apertura gradual de su
pupila hasta que se vio reflejada en el negro brillante. Y se metio en aquella cueva para mirar por esos
ojos, ver a dónde miraban y qué trataban de ocultar.
Sin pensarla, se encontró con una pregunta en los labios que no era suya: “¿Sí o no?” Ahora el
diálogo fluía con fuerza esencial, sin palabra ni gesto alguno.
–¿Sí o no qué, Lucas?
–¿Tengo alguna posibilidad?
–¿De exclusividad? Sabes que no, Lucas.
–Entonces, adiós. No me vuelvas a mirar a los ojos.
–¿Podrás soportarlo, cariño?
–Es cuestión de recordar tu “sabes que no, Lucas”.
–Todavía nos queda tiempo.
–El no es el final.
Y Andrea se vio expulsada de aquella negrura con una violencia inusitada. Aún le dio tiempo, sin
embargo, de ver cómo se cerraba una última cortina en los ojos de Lucas, tan recia y opaca que los
suyos nunca podrían volver a traspasar. Vería muchas veces más aquellos ojos, pero ya no podría
mirar nunca en ellos. Andrea abandonó a Lucas. Notó que estaba empapada por dentro y por fuera, y
que había pasado mucho tiempo. Estaban casi al final del recreo. Lucas contempló su cigarrillo
consumido. Lo tiró con maestría a la alcantarilla próxima a la acera y se quedó pensativo.
No estaba desilusionado. Había confirmado los presagios de Antón y su propia intuición. La
última respuesta a Andrea el supuso un esfuerzo titánico para no dejarse llevar por aquel tentador
“todavía”. Pero el rotundo “sabes que no, Lucas”, había echado el cerrojo definitivo a su corazón para
Andrea. Había girado la llave y la había lanzado en mar abierta, mucho más allá de las Cíes. Se sintió
profundamente liberado y disfrutó del poder que acababa de ejercitar, no sin notable esfuerzo.
Lucas había comprendido, por primera vez en su vida, lo que significaba ser libre con todas sus
consecuencias.
II
En la primera clase después del recreo, apareció Fernando Adrio y mandó a todo el mundo que se
sentase en silencio. Cuando lo logró, comenzó a hablar de esa extraña manera que tenía él, que
levantaba la expectación de sus alumnos incluso hasta el punto de que todos le atendiesen.
–Desde el principio del curso, yo les dije a ustedes que los milagros eran posibles. Es cierto que la
gente hoy ha perdido la fe en los milagros, como han perdido la fe en la lotería o en las quinielas.
Ahora, quizá por esta terrible crisis que nos subyuga, creo que esa fe en los milagros se va a revitalizar
porque son creencias de tiempos de angustia. Sin embargo, los que nos dedicamos a la educación,
nunca la hemos perdido, créanme, porque todos los años vemos milagros.
Los alumnos se miraron entre sí, con gestos interrogatorios sobre el porqué del discurso de Adrio,
pero nadie tenía ni idea.
–Y yo hoy quiero presentarles un milagro y de los gordos. De los del tipo de un tullido sin piernas
que anda, o de los de un ciego que ve, o incluso del que estaba muerto y ha resucitado –Adrio miró de
reojo a la ventanilla de cristal de la puerta de la clase e hizo un gesto con la mano, apenas percibido
por dos o tres alumnos.
–Yo quiero hoy que ustedes se pongan de pie, y reciban con un fuerte aplauso a una persona que
demostró hace un par de días que siguen existiendo los milagros. ¡Con todos ustedes, Féeeeeeelix
Lavaaaaaares!
En ese momento, se abrió la puerta y entró el héroe del partido del sábado. Lo hizo acompañado
de su madre, Gloria, que lo traía del médico, y de José Luis Valeiras. Un estruendo de artillería
rompió el silencio general de los pasillos de aulas. Los vítores, los silbidos cosquilleantes de oídos,
los aplausos y demás vivas se oyeron en todo el recinto escolar. No faltaron curiosos –profesores,
alumnos e incluso personal no docente– que, ajenos a la noticia, acudieron con rapidez a asomar la
cabeza al aula para ver qué nuevo escándalo habían organizado los de 1º B de bachillerato. Durante
casi cinco largos minutos se alargó el follón, ampliado por un grupo numeroso que no desaprovechó la
ocasión de poder ponerlo en práctica de una manera legal. Gloria no cabía en sí de gozo por la
bienvenida otorgada a su Félix, que ya empezaba a mostrar que tenía sangre en las venas. Al final,
entre Valeiras y Adrio, consiguieron reducir a las hordas y contener a las huestes en sus asientos. Les
dieron a todos los avisos sobre cómo tratar a un herido de guerra –nada de achuchones, besos sí pero
sólo de chicas guapas, ni empujones, abrazos o palmadas en la espalda–. Al final del entremés, Adrio
volvió a tomar la palabra…, y ahora tocaba la mala:
–Como bien sabéis, estamos a finales –muy finales, por cierto– del mes de octubre, es decir,
tiempo de exámenes…
Suspiros, gritos de susto, “yas” interrogativos, “qués” y “venga yas”. Derrumbes sonoros de
brazos en mesas y cabezazos sobre los libros le proporcionaron la certeza a Adrio de que sus pupilos
habían comprendido el mensaje. Cuando los lamentos se redujeron a la mínima expresión silabeante,
Adrio continuó haciendo mucho teatro.
– ¡Así me gusta, chicos! ¡Eso es valor, altura de miras, frenesí responsable! Con ustedes, uno se
siente realizado, sí señor. ¡Qué gusto de gente, aplicada y trabajadora, que enarbola sus más delicadas
expresiones de entusiasmo para dar cuentas de un trabajo sublime que…!
–¡Bueno, vale ya! ¡Déjelo! –le gritó una de las megacrakis de primera fila, con cara de enfado, que
realmente no tenía ganas de teatro y sí le había preocupado el anuncio del profesor. Adrio se quedó tan
sorprendido que tartamudeó un instante y luego se calló. Se hizo un silencio duro en la clase. ¿Cómo
reaccionaría el imprevisible “maceto”? Todos esperaban o su arranque de ira –mal asunto–, o un misil
envenenado contra la aplicada alumna –buena señal–. Pero Adrio no hizo ni lo uno ni lo otro. Tan sólo
se sentó en su mesa y prosiguió en un tono normal, como de telediario.
–Bien, por lo que me han comunicado sus profesores, el calendario de exámenes queda de la
siguiente manera: durante esta semana, podrán aprovechar las clases para resolver dudas, y a partir del
próximo lunes comenzarán las pruebas. Les cuelgo en la corchera las fechas, y luego toman nota. Y
ahora, pueden abrir el libro por la página 168, donde continúa el estudio que estamos haciendo de las
Coplas de Jorge Manrique.
La clase transcurrió con normalidad, y Adrio no hizo referencia alguna al corte que le había dado
la megacraki, hecho que sorprendió al conjunto. La misma chica, estaba hecha un manojo de nervios,
esperando que el “maceto” hiciese una interrupción en la explicación, y le soltase un revés dialéctico
que la dejase grogui durante unas cuantas semanas. Trataba de concentrarse en lo que estaban
trabajando, pero no era capaz de fijar la atención, y apenas se atrevía a mirar al profesor. Pensó que el
muy cabrón estaba esperando a que se relajase, para pillarla desprevenida y hacer más pupa. Acabó la
clase. Adrio recogió sus papeles, y se despidió muy correcto. Al pasar al lado de la interruptora, se
detuvo y le preguntó:
–¿Se encuentra usted bien, señorita?
Y todo el mundo guardó silencio, porque sabía que había llegado el momento.
–Un poco nerviosa, don Fernando. Disculpe usted que le haya interrumpido… No ha sido
correcto…
–¡Oh, sí, querida! Ha sido muy correcto, un poco brusco, quizás…
–¡Lo siento, don Fernando!
–¡Que no, mujer! Tranquilícese. ¿Está usted ya más tranquila?
–Sí, gracias.
–Es que, efectivamente, usted y tres o cuatro personas más no tenían derecho a recibir esas
palabras. Entiendo que se indignase, pero debe comprender que hablaba para el rebaño…
–No tiene que disculparse, don Fernando…
–¡Que sí, mujer! ¡Deje usted darme el gozo de ennoblecerme!
–¿Cómo? No entiendo…
–¿Cómo? Pues pidiéndole perdón, señorita. Pidiéndole perdón.
Y Adrio se fue, dejando a la megacraki pensativa y con ella al resto de la clase. Las mismas
Gorgonas, preparadas con papel y bolígrafo para recoger el ataque, se sintieron avergonzadas y
desistieron en su propósito. Con gestos como este, Adrio se humanizaba y aumentaba en sus alumnos,
sin quererlo, su poderosa imagen de hombre decente. Y muchos intuían que, cuando no lo aparentaba,
era porque hacía teatro con el fin de hacerles menos aburrida la existencia.
III
A la hora del recreo largo del mediodía, Silvia estaba con el corazón en un puño, intentando
aparentar normalidad, tratando de hacer correr los larguísimos minutos de la espera haciendo
carantoñas a los niños, y dejando medio turulata a Marisa, su compañera de actividad, que nunca la
había visto en esas condiciones.
–¿Estás bien, Silvy? –se interesó medio preocupada, medio curiosa.
–Yo sí, ¿y tú? –respondió con cierta tensión.
A Marisa, amiga sincera de Silvia, le bastó con ver la figura del Conde Lucanor, andando medio
perdido por los pabellones de infantil, y observar el derretimiento de fusibles de su amiga, para atar
cabos y no necesitar más revueltas para deshacer la madeja.
–¡Hola, señor literato! Es para nosotros un honor contar con la nobleza de su pluma… –saludó
Silvia, siguiendo un guión que había memorizado de sobra. Lucas sonrió ante el recibimiento.
–¡Menos bromas, doncellas! En cuanto termine mi castigo, adiós y buenas noches.
–Esperamos convencer a usía para que entienda aquesta prisión como dulce entretenimiento, y
perdure muchos meses en su buen quehacer de tejedor de historias para dar gran contento a aquestos
infantes –intervino, muy astutamente, Marisa ante la extrañeza de la propia Silvia, que creyó que se le
abrían los cielos por el oportunismo de su compañera.
–Ya sé que lo nuestro va a ir de guiñol, pero espero que no habléis así siempre.
–Bueno, un poco de humor nunca viene mal. Ten en cuenta, Lucas, que aquí estamos más solas
que la una –añadió Silvia, con una sonrisa que dejaba opaca a la del anuncio del Profidén.
–Bueno, a ver qué se tercia… ¿Dónde nos ponemos?
–¡Ven por aquí, Lucas! –le dijo Marisa mientras le agarraba por el brazo y despertaba las
suspicacias de Silvia, que nunca se habría atrevido a esas confianzas.
Fueron al pequeño despacho que usaban habitualmente. En torno a una mesa camilla, se sentaron y
las chicas le explicaron el manejo del teatrillo. Lucas atendió las instrucciones, e interpretó que
aquella actividad se sostenía por los pelos, fruto del esfuerzo de las generosas compañeras, y
amparado por algún dios favorable a los niños. Ante tal inestable equilibrio, Lucas decidió hacerse
cargo y tomar las riendas del asunto.
–¿Tenéis alguna obrita por ahí?
Silvia cogió de una estantería una carpeta donde archivaban los textos de las representaciones.
Eligió una que había escrito ella y que le parecía de las más hermosas. Se la dio a Lucas con un cierto
tembleque en el folio, advertido por el chico, ante el que la tranquilizó.
–¡No te preocupes, Silvia, seguro que es muy buena!
Silvia pensó, aliviada, que Lucas había advertido su nerviosismo y lo habría achacado a su temor
de que, literariamente, no tuviese mucha valor. Lo que no sabía ella era que Lucas ya le había leído la
mirada, y comprendido que su nerviosismo escondía otros intereses. Ya habría tiempo para
profundizar en ellos.
IV
Alberto y Elvira habían concertado un encuentro con José Luis Valeiras en el colegio, al final del
día. Aunque ambos aparecieron de sport, mantenían una elegancia de anuncio de grandes almacenes.
Los saludos fueron familiares y José Luis fue directo al grano, ya que habían solicitado con cierta
urgencia la entrevista. Nada más acomodarse todos, mientras se mesaba la canosa y recortada barba,
les preguntó:
–¡Bueno! ¿Qué tal veis a Lucas?
Elvira no dio opción a Alberto, que se tendría que resignar a hacer de apoyo logístico de su mujer.
–Pues ya te puedes imaginar, José Luis…, con demasiadas novedades para lo que pensábamos que
iba a ser un curso tan apacible como todos los demás…
–No, mujer, no. No me digas que aún te preocupa lo de la pelea…
–¡Qué va! La pelea me da la risa al lado de lo que nos vamos enterando… Es sobre esa chica,
Andrea, creo que se llama, ¿no? –le preguntó a un Alberto sereno y cabeceante en afirmación.
–¿Os preocupa que a Lucas le guste ese bombón? Lo extraño es que no le gustase…
–Me parece lógico que le guste una niña guapa, José Luis, pero de ahí a estar obsesionado con ella
me parece más preocupante.
–¿Qué quieres decir con “obsesionado”? ¿Te refieres a la pelea otra vez?
–¡Que no, José Luis! Que tenemos a Lucas más enganchado que una pinza. Y además, todos
sabemos que esa niña está jugando con los donjuanes, y los está sacando de quicio. Esta semana voy
contigo, mañana con el fontanero…
–¿Eso es lo que te preocupa? ¿Que sea fontanero? –comentó Valeiras con risa desdramatizadora.
Laura le ignoró el gesto y siguió con el plan.
–¿Habéis hablado con ella, José Luis? ¿Estáis haciendo algo para que no siga esta situación?
–Estamos en ello, Elvira. Pero es un tema delicado… Hay que saber distinguir bien entre lo que es
estrictamente personal de lo que atiende a la vida colegial.
–¡Bueno! Espero que la hagáis entrar en razones, José Luis. No se puede permitir que en un
colegio como el nuestro haya gente sólo pensando en desquiciar a los niños.
–Vamos, vamos, que estás exagerando, Elvira.
–¿Exagerando? Perdona, pero creo que a mi edad ya sé muy bien si debo exagerar o no –le replicó
Elvira con un resplandor de enfado en la mirada, que no pasó desapercibido a Valeiras–. ¿Tú sabes lo
que comentan vuestros alumnos en Tuenti y en Facebook? Parecen una jauría en celo, José Luis.
–En el colegio no tenemos por norma meternos a espiar la vida privada de la gente, Elvira…
–Pues no sé yo si es una buena decisión, no vaya a ser que os llevéis una sorpresa…
–¿Y todo esto que me cuentas, te lo ha dicho alguien o lo has descubierto tú sola? –preguntó
Valeiras de manera nada inocente.
–Tengo mis fuentes, como todos… Además, en este colegio nuestro se mantiene esa odiosa
tradición del chismorreo con el que todo el mundo sabe lo de todos.
–En eso estoy contigo, Elvira. Es una lacra que tendríamos que conseguir erradicar de este lugar.
Pero, ¿crees que podré contar con la colaboración de los padres? ¿Con vosotros mismos, por ejemplo?
Alberto intervino por primera vez.
–¡Eso ni lo dudes, José Luis! Pero volvamos al tema que nos importa… Nos preguntábamos si
Lucas no verá perjudicado su rendimiento académico mientras esté esa chica danzando por medio…
–¡Eso ni lo dudes, Alberto! –jugó Valeiras con el mismo tono que Alberto. Ambos sonrieron,
aunque a Elvira no le hizo gracia–. Los chavales pasan por estas cosas, hombre. Durante un tiempo
estará tonteando y descentrado, pero Lucas tiene un potencial tan grande que dudo que le afecte al
expediente.
–¿Y si te digo, José Luis, que no nos gusta en absoluto la presencia de esa niña en la clase de
Lucas? –intervino Elvira, decidida.
–No se me ocurre qué pueda hacer el colegio… ¿Quieres que la expulsemos por ser guapa?
–No porque es guapa, sino porque es un bicho y provoca altercados entre los alumnos y los vuelve
tontos. Mira, José Luis, esto que te estamos diciendo lo podemos hablar con unas cuantas familias
más, y estamos dispuestos a meteros presión aquí arriba…
–¿No me estarás amenazando, verdad Elvira? –preguntó ahora Valeiras con un casi bisbiseo que
indicaba enfado súbito con consecuencias inmediatas e imprevisibles.
–¡Vamos, José Luis! ¡Que estás exagerando! –le replicó Alberto con una sonrisa malvada al
peligroso Valeiras, y tratando de suavizar el farol del motín.
–Aunque también hay otras posibilidades, claro –prosiguió Elvira–.
–¿Ah sí? Me gustaría conocerlas.
–Quizá no podamos deshacernos de la niña… pero sí que podemos poner tierra de por medio…
–¿Os queréis llevar a Lucas?
–¿Por qué no me cuentas ese plan tan estupendo que anunciáis aquí para hacer un curso en Estados
Unidos?
Elvira acababa de lanzar el segundo farol de la tarde.
–¿Quieres mandar a Lucas allá a hacer bachillerato? Sabes que no lo aconsejamos a estas edades.
Es un programa para alumnos de la ESO… Luego vienen los problemas del nivel, la dificultad para
aprobar la selectividad… Sabéis que no es una buena idea.
–Efectivamente, lo sabemos muy bien. Así que piensa tú en algo, José Luis. Para eso estamos
aquí, para que nos ayudes con este problema. Porque queremos a esa pelandusca lejos de nuestro
Lucas –concluyó Elvira, determinada.
–Es que no queremos que se nos despiste y que, por ejemplo, bajase las notas… –concluyó, a
modo de disculpa, Alberto.
“Por ejemplo”. Mensaje recibido. O sea, lo de siempre –captó José Luis sin gran esfuerzo.
–Mirad, yo creo que este asunto no lo tenéis bien enfocado… A ver si me explico. Lo primero, esa
chica no es un pendón tal y como suponéis; no al menos en el colegio. Decís que no, que el tema de la
pelea es ya historia, y creo que no lo es. Lo que pasa es que os ha pillado con el pie cambiado, y os ha
molestado mucho ser la comidilla de los rumores. Yo lo entiendo, no creáis… A nadie le gusta estar
en boca de todos para ser despellejado. Y lo digo por propia experiencia.
Elvira intervino, tras estar un rato pintando gestos de pocos amigos.
–José Luis, no nos repitas lo que ya sabemos. Dinos qué hacer para salir de este embrollo, y que
todo vuelva a la normalidad.
–Lo segundo, Lucas –siguió Valeiras como un Panzer–. Sus problemas sentimentales, y más si se
derivan hacia hechos como el de la pelea, deben ser motivo de una conversación pausada entre los
tres, donde podáis hablar con calma, y con serenidad. Exponedle abiertamente lo que pensáis, y tratad
de llegar a acuerdos. ¿Me equivoco si imagino que vuestra conversación con él sobre el incidente no
pasó de un conjunto de advertencias y de regañinas? –le preguntó a Elvira con la mirada fija en ella.
–¡Más o menos! Lucas no facilita profundizar mucho en sus cosas. Al menos le sacamos el
compromiso de que no volvería a suceder… –respondió ella con cierto fastidio.
–Ello nos lleva al tercer punto. No podéis seguir tratándolo como a un niño grande. Él no lo es.
Elvira, cada vez que te refieres a él o a sus compañeros los calificas de niño o de niña. No lo son. Y
además les molesta mucho. También parece que habéis reducido vuestros compromisos como padres a
que Lucas lleve un expediente inmaculado y, a estas edades, eso no es serio. Creo que tendríais que
hacer el esfuerzo de respetar su autonomía, y poder hablar con él tratando temas intrascendentes para
vosotros, pero que a él le importan mucho.
–Es una valoración un poco dura, ¿no crees José Luis? –intervino ahora Alberto–. ¿Acaso crees
que no hablamos con él, que no nos interesamos por sus cosas? No es cierto que sólo nos preocupen
sus notas… Comprobamos que es un chico que sabe estar, que se preocupa por los demás, que es
servicial…
–Pero no habéis tendido lazos de confianza para hablar de lo que a él le interesa, además de todo
eso que has dicho, que está muy bien.
–Te equivocas, José Luis, insistimos –remachó ahora Elvira.
–¿Sabéis dónde tenéis la prueba del algodón de que no me equivoco? Si fuese cierto lo que decís,
no os habría cogido por sorpresa sus disputas amorosas.
La prueba no tenía refutación posible. Alberto y Elvira, cruzaron miradas rápidas de inteligencia.
–Vale, está bien. Ya se ve que tienes razón, José Luis. Tendremos que sentarnos Elvira y yo a
hablar para ver cómo enfocamos esto que nos has dicho.
–Bien, por mi parte, pensaré en algo que le pueda ayudar de verdad. Pero, como padres suyos que
sois, no podéis esperar que otro os saque las castañas de este fuego. Quizá podría hacerlo por vosotros,
y probablemente tendría más opciones, precisamente porque yo no soy su padre. ¡Ya sabéis cómo son
los adolescentes! Pero también os advierto de que todo lo que ganaría de respeto y prestigio ante él, lo
perderías vosotros. Además, si dejáis pasar la oportunidad, Lucas nunca llegará a comprender por qué
no sois capaces de poneros en su lugar, y poder tratar precisamente con sus padres lo que más le
importa. ¿Y en qué más os puedo ayudar yo? Pues puedo allanaros el camino para que él confíe en
vosotros, en lugar de en terceros. O que no se os cierre en banda cuando le queráis sacar el tema. ¿Os
parece bien?
Alberto y Elvira se mostraron conformes con afirmaciones de sonrisa. ¡Qué remedio les quedaba!
Elvira no acabó el encuentro contenta, aunque lo disimuló bastante bien. Esperaba que Valeiras se
hubiese rendido a sus pretensiones sin rechistar. No es que no tuviese razón en lo que les había dicho,
pero la evidencia de no haber quedado bien como padres la irritaba en extremo. Y lo de hablar con
Lucas… eso no era tan fácil… y menos sin que se descubriese el tomate…, habría que andarse con
pies de plomo. Alberto, por su parte, se las veía venir, porque conocía mucho mejor a José Luis que su
mujer, y sabía que no iba a entrar a un juego de dimes y diretes. También estaba molesto por las
reconvenciones de José Luis, pero no cabía duda de que el buen hombre era honesto, y les había
advertido por el bien de todos. Ahora tendría que convencer a su mujer para elaborar un plan, y
conseguir que su irritación no durase demasiado.
CAPÍTULO 11
I
El lunes por la tarde habían quedado Lucas y Félix para estudiar juntos, tal y como deseaban las
madres. Lucas impuso que Félix se trasladase, a pesar de las heridas, hasta la casa de la Plaza de
España, donde habilitó una zona del tercer piso para el trabajo en común. Llegó el dolorido haciendo
mucho teatro por el esfuerzo, para que se le valorase en su justa mediada su notable sacrificio. Lucas
no se anduvo con muchas ternuras y lo llevó al piso superior.
–¡A ver, Félix, que vamos justos de tiempo!
–¡Ya te digo, tío! Mira que avisar de los exámenes así, de sopetón…
–No te excuses, Félix, que el calendario nos lo dieron ya en septiembre.
–¡Sí, pero eso se va avisando poco a poco, concho!
–A ver. Mañana tenemos clase con Conde, Inglés con la Pitty y Economía. Tenemos ejercicios de
los tres, ¿sabes?
–¿Por dónde empezamos?
–Tú empieza por donde quieras, que yo voy a mi bola.
–¡Joé, tío! ¿A eso le llamas estudiar juntos?
–Hombre, si lo que esperabas es que te diese clases particulares, vas de ala, macho. Como mucho,
te apoyo con alguna duda.
–Bueeeeno, vale. Venga, pero vamos a la par, por ejemplo con Economía…
–¿Economía?… Esa es la que más te gusta, ¿verdad?
–Sí. Yo creo que…
–Si es la que más te gusta, déjala para el final, Félix –le cortó la cháchara Lucas.
–¿Y eso? –contestó sorprendido Félix.
–Es mera estrategia, hombre. Empieza por lo que más te cueste, ahora que estás fresco. Y lo otro,
como te gusta… Ya sabes, sarna con gusto, no pica.
Para llevar apenas diez minutos, Félix ya había recibido la primera lección. Nunca había visto a
nadie que ese consejo, mil y una veces repetido, lo llevase a la práctica. Y, mire usted por dónde, ahí
estaba Lucas que trabajaba así. Cogió el libro de Conde, de mala gana, dispuesto a inmolarse con algo
que no le apetecía.
–¿Y tú siempre lo haces así, tronco?
–Verás, Félix, mi caso es muy distinto. Yo no tengo problemas con ninguna asignatura –le
respondió con unos aires de suficiencia, que le dieron asco a Félix por la envidia.
Consiguieron trabajar bastante en silencio, aunque Lucas percibió los continuos movimientos en
la dura silla de su compañero de trabajo. Se dio cuenta de que el pobre hombre, más que sentirse
incómodo por el fajín y los dolores, lo estaba por la falta de hábito. Al terminar los deberes, casi una
hora más tarde, Félix plegó los libros mientras suspiraba de satisfacción.
–¡Bueno, Lucas, hoy sí que ha cundido el estudio!
–¿Qué dices, pringao? ¿Ya has terminado? –preguntó extrañado Lucas.
–¡Hombre, pues claro! ¿Qué más quieres? –respondió Félix, muy rotundo.
–¡Pues que empieces a estudiar, hombre! Has terminado las tareas. Ahora, a chapar… Lo duro de
verdad, tío.
–¿Pero qué dices? A mí no me piden sacar todo dieces –le espetó Félix, medio rebotado, medio
hiriente.
–¡Tampoco te piden que sigas con la media de cuatro pencos por evaluación, como sueles hacer,
subnormal! Además, ¿ya no te acuerdas de que la semana que viene tenemos todos los exámenes?
–¡Sí, tío! Pero, bueno, tampoco hay que exagerar, que esta primera sólo es una evaluación
informativa…
–¡…y tú quieres informar de que sigues siendo un zángano zopenco! ¿No eres el nuevo héroe de
El Olivo, ejemplo de esfuerzo y entrega por los demás, modelo que todas las generaciones de alumnos
tendrán que emular?
–Una cosa es el fútbol y otra las notas, lo sabes bien.
–Lo que veo es que no sabes que son lo mismo, porque el héroe lo es en todo o no lo es en nada.
No te busques excusas, y ponte a chapar, que en esta ocasión no vas a suspender ni una. De eso me
encargo yo.
–¡Bueno, ya lo que faltaba! ¡Que me tratases como mi madre! ¿Sabes que tienes el mismo mal
rollo que ella?
–¿Y no te da el cerebro para intuir que no tiene nada que ver los malos rollos de los padres con tu
responsabilidad personal? El estudio, machote, o lo haces tuyo o vas a ir siempre de lado, arrastrado
perdido. ¿Quién quiere hacer bachillerato, atontao, tu madre o tú? Parece mentira que no lo cojas…
Félix lo había entendido siempre. Como siempre le había faltado fuerza de voluntad para llevar a
cabo tan buen propósito. En fin, le concedió la razón al Conde Lucanor, más intratable que nunca, y
decidió aprovechar la fuerza de la obligación de un amigo, mucho más poderosa que todos los
discursos de una madre. Y volvió a abrir los libros, dispuesto a estudiar. Pero lo cortó Lucas de nuevo,
con aire cansado.
–Félix, así no se estudia. Necesitas un plan.
–¿Un plan de qué, pavo? ¿Vas a monitorizar mi vida o qué? –contestó medio irritado.
–¡No seas crío, anda! Un plan de estudio es otra estrategia para optimizar recursos. Antes de
ponerte a estudiar a lo bestia, párate a pensar en cómo lo llevas y trázate el plan. Escríbelo en un papel
y no te deshagas de él hasta que termines los exámenes.
Así que era eso, pensó Félix. Advirtió que, efectivamente, nunca había realizado un plan de esos, a
pesar de que se lo hubiesen dicho millones de veces. ¿Resultaba ahora que también eso funcionaba?
¡Ostras, es que como funcione, soy medio lelo, macho! –pensó para sus adentros el cada vez más
sorprendido Félix. Estuvo pensando, quizá por primera vez en su vida, sobre cómo llevaba las
asignaturas para planificarse: Mate, de pena; Inglés, si había suerte, copiando; Geo e Historia, no
había estudiado nada, sólo ejercicios; Economía, bastante bien; Filo, la daba por perdida; Lengua, sin
chapar la teoría, y la gramática a medias; TIC, sobrao… Y el resto, las marías. Félix escribió sus
pensamientos y luego se atascó de nuevo. ¿Y ahora, qué? –pensó el pobre iniciado. Pidió ayuda al
experto compañero de salvación.
–Ahora, pones por escrito todo lo que te entra en cada examen, y repasas lo que te sabes, lo que te
suena, y lo que ni te imaginabas. En las de chapar, te haces esquemas muy básicos y te los metes en la
cabeza a martillazos. Luego lo rellenas con la paja. Te lo preguntas mentalmente, y cuando veas que te
lo sabes lo escribes. Compruebas que todo va niquelado, y a otra cosa, mariposa.
–¡Hala, tío! Para hacer eso hay que echarle tres o cuatro horas mínimo a cada asignatura…
–¡Y da gracias, que estamos al principio, chaval! ¡Ya verás en los trimestrales de diciembre!
¡Como no empieces ahora, no te va a llegar la meada ni al suelo, colgao!
II
Si Félix Lavares estaba siendo sometido a un marcaje de cerca por Lucas, no le iba en la zaga
Berto, que tenía a su lado a Clara, intentando organizarle la vida estudiantil al caótico muchacho.
Bertiño había aparecido en casa con cara de susto, y había sacado casi en volandas a su hermana de sus
estudios para avisarle de que habían anunciado las fechas de exámenes, y mecagonlamar, Clarita,
questavezsí, queyomemeto ylasapruebotóas yalosviejoslesdaunsubidóndelaleche. Clara, asustada por
la impulsiva reacción de su hermano, tardó en comprender el complejo y acelerado mensaje, y no tuvo
otra opción que seguirle la corriente, calmarlo, echarle una bronca por lo impulsivo de su actitud y
asegurar esa acometida positiva, fruto de no se sabía qué milagro, para que Bertiño se pusiese a
estudiar.
Tras lograr hacer todo eso, ambos trazaron un plan de trabajo bastante similar al que le planteaba
Lucas en esos momentos a Félix, y provocando en Berto pensamientos casi gemelos a los del
lastimado lateral. Berto tuvo un momento de bajón cuando comprendió el sacrificio que le iba a
suponer superar esa prueba, pero la firmeza y la voz tranquilizadora de su hermana amarraban en él
los cabos de la buena esperanza en conseguirlo. Él tenía ahora ganas, una fuerza de voluntad motivada
por sus pensamientos interiores que lo dirigían a metas concretas, siguiendo las marcas de un mapa
del tesoro que tenía en la cabeza. Semejantes cambios sólo podían estar relacionados con los extraños
acontecimientos del fin de semana –pensó para sí Clara. Aún no habían hablado y no sabía si, al
solicitar su ayuda el domingo en el fregoteo, se refería a eso que estaba haciendo con él o a otras
cosas. Pero la buena de Clara no iba a desaprovechar una oportunidad como aquella.
–¿Te queda claro, entonces?
–¡Me queda, tía, me queda!
–Bueno, pues yo sigo con lo mío que también tengo que estudiar.
Berto pasó una hora larga solo en su habitación, en silencio, y –¡oh novedad!– con la puerta
abierta. Blanca sólo se dio cuenta de este detalle cuando fue a su habitación y advirtió que su hijo
estaba concentrado en libros y libretas. Fue tal la impresión que se llevó, que se encerró en su cuarto
matrimonial para sofocar el lagrimeo de emoción de contento que le había sobrevenido. Cuando salió,
unos minutos más tarde, con las huellas eliminadas del rostro, volvió a mirar a su hijo con
detenimiento, retardando un poco el familiar andar para disfrutar de más tiempo del espectáculo. Se
metió en la cocina, con la puerta entornada, y con todos los sentidos pendientes del nuevo silencio que
había decidido instalarse en su hogar.
Al poco, Berto se levantó con furia y jurando en arameo. “¡Pero cómo cuesta esta mierdaaaa!”
escucharon las mujeres con intranquilidad, comprobando las luchas de un deshabituado a los lances de
la concentración estudiosa. Ambas escucharon sus pasos y sus bufidos, camino de la habitación de
Clara, a la que iba a pedir auxilio.
–Clara, tía, no soy capaz de concentrarme. He leído cien veces el primer párrafo, este de Historia,
y no soy capaz de metérmelo en la cabeza. ¿Qué pasa? ¿Soy anormal perdido o qué?
Clara sonrió muy tranquila y apaciguó al desconcertado guerrero.
–Mira que eres cabezón, Berto. ¿No te he dicho que lo estudies por esquemas?
–¡Y dale, tía! Que si me pongo a hacer esquemas no me da tiempo a nada…!
–Eso es lo que tú crees. Inténtalo, hombre, y verás cómo te da tiempo de sobra. ¿No te das cuenta
de que el mismo proceso del esquema es un estudio buenísimo? Tienes que leer, comprender,
discriminar y escribir. Anda, ponte aquí conmigo y los vas haciendo. ¡Ya verás, tonto!
Clara le hizo un hueco generoso en su amplia mesa de universitaria. Berto accedió con mala cara
pero, dispuesto a todo como estaba, se cogió su silla de oficina, la arrastró con furia por el pasillo, y
entró en la luminosa habitación de Clara golpeando todo lo golpeable con las patas giratorias. Pronto
Berto se dio cuenta de que se encontraba muy a gusto estudiando con su hermana. Al fin y al cabo, los
dos compartían martirio de oficio, y ante el cansancio o el desánimo, el ejemplo del otro –más bien el
ejemplo casi exclusivo de la otra– ayudaba a seguir en el empeño.
Así estuvo Berto tres horas seguidas, haciendo esquemas con una caligrafía que causaba espanto
en su hermana, ya de por sí horrorizada por las animaladas ortográficas que intuía. Y luego,
estudiándolos. Clara advirtió las extrañas correspondencias de las fases del estudio con los
movimientos corporales del hermano: cuando hacía esquemas, sólo movía manos y brazos para
escribir con una presión del bolígrafo sobre el papel que podría taladrar un bloque de granito; y
cuando intentaba memorizarlos, le daban todo tipo de tics nerviosos como picores en la espalda,
movimientos continuados de toda la pierna izquierda impulsada por un tacón que bailaba el baile de
San Vito, restregamientos del rostro, y contabilización numérica de ideas con unas manos movidas por
duros resortes que sacudían toda la mesa.
Clara, a las dos horas de estar en su compañía, ya había terminado sus quehaceres, pero tuvo la
generosidad de aguantar mucho más tiempo para que su hermano siguiese. En esos momentos,
haciendo como que leía un voluminoso tratado de literatura inglesa, se dedicaba en realidad a explorar
a Berto y llegar a conclusiones evidentes de lo muy distintos que eran los dos hermanos.
Clara recordó también sus inicios conscientes de estudio en serio. No tuvieron nada de impulsivo
ni de cortes bruscos en su forma habitual de trabajo hasta ese momento. Más bien fue una lógica
transición en una chica trabajadora, que entendió al principio el estudio como una tarea más, y que
luego fue cogiendo cuerpo hasta convertirse en un amplio y profundo lago. Nada que ver con el
hermano, cuyo interés por el estudio semejaba un chorro a presión de una boca de agua, demasiado
tiempo entelarañada y oxidada por la falta de uso.
A eso de las ocho y cuarto de la tarde, la hermana decidió que por ese día ya le llegaba al pobre
Berto. Como sabía que había estudiado bien y que se sabía con cierta firmeza lo adquirido, quiso la
buena mujer estimular la habitualmente depauperada autoestima de su hermano.
–Bueno, Berto. Basta por hoy, guapo. Ahora te voy a preguntar.
–¿Qué? –casi gritó sorprendido Berto–. No, tía, el examen en su día.
–¡Que no, hombre! Ya verás cómo te lo sabes. A ver, empieza con el rollo este de las Coplas de
Jorge Manrique.
–¿Las Coplas del pringao del Manrique, tía? ¿Me preguntas por las Coplas, tronca? ¿Quieres que
te las cante o que te las baile? –empezó a hacer teatrillo de farsa Berto. Pero, al punto, empezó a
escupir la introducción, siguió con datos precisos sobre los contenidos temáticos, los tópicos, la
estructura métrica de la sextilla manriqueña, y fulminó la pregunta con las características del estilo,
sin saltarse ni los más retorcidos nombres de los recursos literarios presentes en la grandiosa elegía
“inmediatamente anterior a la aparición del Renacimiento” –puntualizó Berto. Lo mismo hizo con el
primer tema de Geografía e Historia, y con un listado no pequeño de vocabulario de Inglés. La
hermana aplaudía los éxitos de su hermano, y acabó la sesión con un “éste es mi Berto, sí señor”, que
al novel estudiante le supo tan bien como las campanas de plata repicando a gloria que sentía cada vez
que metía un gol en el fútbol.
A Blanca, que no se había perdido detalle auditivo del fenómeno, le bailó el corazón de contento,
y preparó un tortillón de patatas con cebolla –plato preferido de su querido Berto– como no la había
hecho de grande nunca antes. El chico se merecía el regalo.
III
La semana seguía plomiza, con una humedad del 90%, lloviendo intermitentemente pero con furia
contumaz. Para los alumnos se estaba haciendo agotadora por el brusco cambio de costumbres, el
inesperado reclutamiento, cada cual en su casa, apretando en el estudio. Y por una maquinaria cerebral
que chirriaba como una pesada locomotora, tras haberse oxidado por llevar demasiado tiempo
abandonada.
El martes 1 de noviembre era festivo desde siempre en Galicia11. El día de los difuntiños exigía
visita obligada a los camposantos, poner en orden y limpiar tumbas y nichos, oraciones breves para los
más piadosos y sentimientos de pérdida y dolor por la ausencia de seres queridos para todos,
especialmente por los más recientes. Fue una mañana de respiro para los agobiados alumnos, que ni se
plantearon planes alternativos para por la tarde. El miércoles se volvió a la rutina, que cada vez lo era
menos porque se veía envuelta en el nerviosismo creciente. Era fruto de una responsabilidad bastante
irresponsable, de un sólo acordarse de Santa Bárbara cuando truena, de una tradición multisecular en
la vida de los estudiantes.
Los equipos educadores de El Olivo trataban de que la gente estudiase al día, metiéndoles presión
con trabajo diario calificado, con alguna que otra prueba oral sorpresa y con otros recursos que sólo
conseguían una eficacia muy regular. Por eso, desde hacía años, habían implantado baterías de
exámenes en medio de los periodos largos de cada trimestre. La medida aseguraba que los siempre
indolentes alumnos tuvieran que sacudirse los estragos de una vida demasiado acomodada, ponerse las
pilas y hacer lo mejor posible esas pruebas. Porque, además, los resultados eran recogidos en un
boletín que llegaba a casa, cuyo contenido había que justificar en todos los casos ante los padres.
Esta medida había sido discutida con encono de posturas enfrentadas por parte de los profesores
de bachillerato, pues muchos eran partidarios de no realizar estas evaluaciones informativas, apelando
a que así no se le facilitaba al alumnado la necesaria madurez. El contraargumento de consolidar los
hábitos de estudio y la conveniencia de los exámenes regulares se impuso al final por la vía del
sentido común y la fuerza de los hechos, al ver que sin ese esfuerzo obligado los alumnos lo dejaban
todo para el final, no llegaban y obtenían unos resultados docentes catastróficos. La dirección había
optado, no obstante, por una solución un tanto salomónica, al decidir que hubiese boletín de
calificaciones y que, al mismo tiempo, los exámenes parciales no liberaran materia de cara al
trimestral. De esta manera, se obligaba a estudiar en serio a los alumnos en periodos más cortos y no
se restaba volumen a los trimestrales, que eran unos exámenes exigentes de aúpa, con mucho
contenido teórico y práctico.
Los padres, muchas veces desbordados por los desmanes propios de la edad de sus hijos, y
habiendo agotado sus escasos recursos de presión para meterlos en vereda, esperaban encontrar en
esos boletines nuevos argumentos para cortar los desmadres filiales. Sus nenes lo sabían bien, y por
eso se dejaban las pestañas. Nadie quería ver peligrar sus salidas de fines de semana, el recorte
semanal de ingresos e, incluso, en los casos más graves, el quedar incomunicados digitalmente, tras el
cierre cautelar de internetes, móviles, consolas y demás parafernalia. Sin embargo, en El Olivo, como
en todos lados, ya se empezaba a apreciar diferencias entre los dos clásicos grupos: los que actuaban
al vaivén de las circunstancias y sólo se movían por el miedo al castigo, y los que habían ya decidido
coger el toro por lo cuernos, tener motor propio y trabajar por sí solos, al margen del mercadeo
paternal con las notas como moneda de cambio. Si Félix y Lucas eran dos buenos ejemplos de ambas
posturas, el caso de Berto se podría calificar de estado de transición: si bien la amenazadora presencia
de los cercanos exámenes le había disparado todos los muelles, no era menos cierto que el pobre
hombre ya estaba barruntando que tenía que ser autónomo en su vida y dirigirla él, y no ser arrastrado
por las olas como la barquilla del famoso poema de Lope de Vega.
Silvia Cameselle se vio imbuida en esta espiral de violencia estudiadora como todos los demás, y
viendo peligrar el teatrillo de guiñol y su melodrama personal, movió fichas para salvar una y otra
necesidades, pues, aunque el estudio fuese el estudio, también había un compromiso con los recreos
del infantil que su sentido de responsabilidad no estaba dispuesto a ignorar. Por esto, en la reunión del
grupo del mediodía del miércoles, puso en alerta a sus dos compañeros de oficio y les advirtió de que
el jueves y viernes actuaban y, que ella supiese, no tenían ni planteamiento, ni nudo ni desenlace. La
tan suspirada ayuda del Conde Lucanor estaba resultando un poco chasco porque pasaban los días y el
autor no presentaba nada. Presionado por Marisa y Silvia, acordaron resolverlo aquel mismo
miércoles 2 de noviembre, quedando todos juntos en casa de Lucas a estudiar y, a su término,
comenzar la redacción de la obra. Lucas no sabía muy bien qué le iba a parecer a su madre ese
incremento de estudiantes en el chalé de Plaza de España, ni tampoco si, encima, se iba a molestar por
la presencia de las dos chicas, que junto con Lavares y el propio Lucas podrían parecer un juego
amañado de parejas.
El compromiso de Berto con sus obligaciones en beneficio de la comunidad le resultaba menos
preocupante porque no tenía que preparar nada, lo resolvía todo en horario escolar, y él mismo no
estaba dispuesto a perderse ningún recreo por culpa de un agobio de exámenes al que ya le dedicaba la
tarde entera. Desde el primer día, había dispuesto los equipos de cinco jugadores de cada clase,
tratando de seleccionarlos para que fuesen equilibrados, y jugaban al rey de pista: gol marcado, equipo
a la calle y entra otro. Berto hacía de árbitro y revivía escenas de su infancia futbolera con los
movimientos torpes de los pequeños, con los piques de niños que apuntaban maneras de líder, con la
enorme alegría de una idiotez tan grande como un gol de recreo. En esos miniarbitrajes vino a retomar
sus viejas consideraciones sobre la justicia, la equidad, el valor de la entrega, la oposición entre
individualismo y trabajo en equipo, la ilusión compartida y el orgullo del éxito. Pensamientos estos
que, al término de la breve competición, lo ensimismaban para ver cómo los aplicaba él en su vida y
con qué marcas del plano del tesoro se correspondían. De hecho, Berto, el líder carismático, amigo del
follón y de la juerga, el primero en apuntarse a un bombardeo, se estaba haciendo más reflexivo, más
introspectivo y deseaba estar más a solas para pensar y seguir con su labor de reconstrucción interior.
Si muchos lo advirtieron, pocos alcanzaron a ver en qué consistía realmente ese proceso. La
mayoría pensaba que había retrocedido en el tiempo y que se había idiotizado como un crío en la edad
del pavo incipiente. No se equivocó sin embargo Andrea, que intuyó perfectamente lo que le estaba
ocurriendo. A ver si a este le da también por hacerse un hombre ahora, y me quedo con las ganas –
reflexionó la chica al final del recreo del miércoles, después de haberlo estado estudiando con sumo
cuidado desde la distancia.
CAPÍTULO 12
I
Andrea no terminaba de dar crédito a lo que le había sucedido con Lucas. Todo había sido
demasiado rápido y demasiado contundente. Apenas unos días después de haberle dado entrada a
Lucas, este le respondía con una negativa brusca, dolorosísima para él, pero tan firme como
inesperada. Andrea sabía que lo que más le inquietaba del suceso era su propio orgullo de mujer
despedida. Nunca antes nadie la había rechazado. Y ahora ya conocía al menos a una persona que
había encontrado motivos lo suficientemente importantes como para anteponerlos a ella, la auténtica
belleza ante la que se rendían todos. Y eso era muy, pero que muy peligroso, según el entender de
Andrea. Porque, en cuanto se corriese la noticia, iba a haber marejada profunda: sin duda, iba a perder
su condición de intocable.
Andrea era capaz de comprender el rechazo de Lucas por su negativa a un amor en exclusiva. El
chico era idealista y serio, y se creía esas estupideces del amor romántico, duradero de por vida y
trascendente más allá de la muerte. Vale. Pero, hasta la fecha, siempre había vuelto a sus faldas,
siempre se había arrastrado de nuevo ante su imponente figura, a pesar de saber que nunca la iba a
poseer en su totalidad. Y lo cierto es que casi lo consigue una vez más en aquel diálogo de ojos, si no
hubiese sido por aquella salvadora mano que levantó y que deshizo el hechizo.
Sí. ¡La odiosa mano de Lucas!
Pero no se podía olvidar tampoco que la levantó conscientemente y con firmeza. Y que desde
aquel momento fue él quien gobernó por entero la situación. Andrea se había visto en aquellos ojos
ridículamente pequeña ante la grandiosa figura de él. Creía que aquella diferencia podría haber estado
motivada por la falsedad de su comportamiento ante la nobleza de Lucas, que hablaba con el corazón
en la mano. También su orgullo se vio sacudido por esta consideración. ¿Realmente compensaba
comportarse como lo estaba haciendo? ¿Acaso no confiaba demasiado en unas esperanzas que podrían
ser ciertas en un grado tan pobre de probabilidad de éxito? ¿Y si fracasaba? ¿Iba a encontrar a un
chico mejor que Lucas?
Ahora se daba cuenta de que había sido poco prudente. Era lo malo de creer firmemente en una
ilusión que podría quedarse en humo y papel mojado. Ahora bien, si se hacía realidad, daba por bien
empleado todo el sacrificio de haber vivido montada en el caballo de la inestabilidad emocional
durante tanto tiempo. Andrea determinó que a lo hecho, pecho. Era prácticamente imposible recuperar
al Conde Lucanor.
Ahora sólo le quedaba Berto. Un perfecto monigote mientras alguien le traía noticias que
corroborasen las esperanzas. Berto estaba bien para pasarlo bien, para echarse unas risas, para ver
cómo su bronce de líder se licuaba en sus brazos, para provocar la envidia. Pero para poco más. Si no
salían adelante sus proyectos, le podría valer como recurso de entretenimiento hasta acabar el
bachillerato y, una vez en la universidad, podría elegir al predilecto de sus opciones.
Eso era lo malo.
Que ya estaba pensando en las alternativas a una ilusión rota. Quizá fuese lo más inteligente. Pero
también era, al mismo tiempo, una inteligencia de amargura. Así que Andrea, con todo ese pesar en su
corazón, decidió ponerse a estudiar y preparar, aunque fuese mínimamente, los exámenes que se
avecinaban. Había que salvar por lo menos la cara.
II
Jaime Calero estaba exprimiendo sus dos horas de tutoría del miércoles por la tarde para seguir
abriéndose horizontes. Era momento de dar un rápido repaso a todos sus tutelados para quedar bien
con todos. Primero con las familias, claro. En aquellas dos horas pasaron todos sus alumnos por su
exiguo despacho, donde fueron advertidos de que había que echar el resto en los exámenes, con
expresiones del tipo de “¿estarás chapando en serio, no, machote?” O “¿no me dejarás mal delante de
tus padres, verdad?” Porque, para Calero, los resultados de sus tutelados formaban una parte
importante de su éxito con las familias. Su obstinado proceder le obligaba a unir irremediablemente
las calificaciones de sus alumnos a sus probabilidades de acceso a sus intereses. Por eso, cada
evaluación, aunque fuese sólo informativa, ponía en acción al preocupado y amabilísimo profesor, que
tenía que hacer importantes esfuerzos para que no se notase su implicación rastrera y verse
traicionado por los nervios.
Era cierto que, en caso de que alguno no obtuviese las calificaciones previstas, tenía bien
preparado el discurso de la madurez para tranquilizar a los preocupados padres. Pero siempre era
mucho más conveniente que todo saliese según lo convenido, y venderles el humo del optimismo de
que, partiendo de unas buenas notas iniciales, las metas de los chicos se podían dirigir a la búsqueda
de la excelencia. A los padres, semejante afirmación los elevaba un palmo del suelo y soñaban con
novelas desorbitadas. Ese era el estado que necesitaba Calero para meter el rejón bien metido.
Cuando le llegó el turno a Telmo Cortés, le estalló el petardo en las manos. El chaval entró en el
despacho un poco cabizbajo, con cara triste y alicaído.
–¿Qué te pasa, campeón? –le preguntó Jaime con una amplia sonrisa que invitaba a la confidencia.
–Don Jaime, tenemos un problema… –le espetó a Calero el acobardado campeón que no se atrevió
ni a mirarle a la cara.
–¿Un problema? ¿Qué problema? ¡A ver, mírame a la cara, hombre! –sonrió Calero, pensando que
se trataba de una tontería.
–A ver cómo lo arreglamos… –siguió, titubeante. A Calero esa primera persona del plural,
repetida ya en dos ocasiones en el mínimo diálogo no le gustó ni un poco. Bien sabía él que los
alumnos cuando triunfaban sólo usaban la primera persona del singular. La del plural le exigía una
implicación personal para salir de un atolladero.
–Venga, hombre, cuéntame.
–Don Jaime, me he despistado totalmente. He estado a por uvas desde el mes de septiembre, y veo
que no me da tiempo a estudiar los exámenes. Prepárese porque va a ser una debacle…
–¡Venga, no exageres, Telmo! Tienes buena cabeza y, a poco que te pongas, los sacas. Quizá con
no muy buenas notas, pero de ahí a una debacle… Me parece una exageración.
–Pues no lo es, ¿sabe? ¿Por qué cree que le digo esto? Me he puesto estos días a estudiar y no soy
capaz de concentrarme. Pasan las horas y no avanzo. ¡No lo logro, profe!
A Calero le hervía la sesera. Doscientas preguntas se entrecruzaban de manera simultánea en sus
neuronas a mil por hora: ¿Pero qué decía el payaso este? ¿Qué van a decir sus padres? ¿Estará
enamorado? ¿Cómo no te has dado cuenta? ¿Cómo te ha engañado si siempre decía que estaba
chapando? ¿Por qué no lo verificaste preguntando a sus profesores? ¿Le digo que hable con sus padres
o hablo yo con ellos?
–¿Crees que necesitas ayuda? ¿Con un plan intenso, crees que lo sacarías? –ametralló Calero al
angustiado alumno.
–¡Ya he hecho un plan intenso! Se me va la cabeza…, no soy capaz de tenerla quieta…
–¿A dónde se te va, Telmo? –preguntó con interés Calero para ver si encontraba un hilo.
–¡A mil rollos, profe! A todas las chorradas con las que me monto películas…
–¿Qué hay en tus pelis, Telmo? ¿Chicas hermosas, triunfos, dinero, vida a lo grande?
–Sí y no… Porque se dan todas a la vez, al mismo tiempo, sin detenerme en ninguna de ellas, una
detrás de otra y sin acabar ninguna, sin coherencia, todo en un revoltijo…
Calero lo vio claro, con un susto en el cuerpo. La cosa iba de mal en peor.
–¿Cuántos porros fumas, Telmo?
–¿Eh? ¿Cree que es por eso?
–¡Claro que sí, idiota! ¿Cuántos? –preguntó con cara de pocos amigos, previendo que acababa de
levantar un agujero que no se tapaba en dos días.
–Eh… Bastantes.
–¿Cuántos, atontao, cuántos? ¡Dímelo!
–Pero no se lo dirá a nadie, ¿verdad?
–¡Claro que no!
–Unos dos o tres…
–¿A la semana?
–Al día…
–¡Joder, Telmo! ¿Pero con qué tortilla de patatas me vienes ahora? ¿Desde cuándo estás
enganchado?
–Desde el verano para aquí.
–¿Y la pasta? ¿Tus padres te dan para tanto? No me suena…
–Yo me la consigo…
–¡No me digas que también te has convertido en camello, animal!
–Hombre, eso no es ser camello. Vendo a los demás para tener para mí. Sólo unas piedras, nada en
plan industrial…
Nada en plan industrial, decía… Pero no es posible, hombre, no es posible esta mala suerte,
precisamente con el hijo de Pepe, la mejor opción de vía de escape –se lamentaba Jaime Calero,
tapándose la cara con las manos.
–¿Qué hacemos, profe? –preguntó Telmo, ahora que ya había metido en el problema a Calero. Y
no sabía hasta qué punto.
III
Fernando Adrio también tenía la última hora del miércoles asignada a la tutoría con alumnos.
Como no disponía de despacho, hablaba con su gente en la biblioteca del colegio, donde había
asentado sus reales desde hacía años, y donde se comportaba como un señor feudal, administrador de
la ciencia y el saber contenidos en las ordenadas estanterías. Aunque la sala era de uso común, Adrio
había tomado posesión de la mesa del profesor, disponía de un armario atestado de libros para su uso
personal, e incluso un archivador metálico, cerrado a cal y canto con una llave que sólo él disfrutaba.
Las horas de tutoría estaban en el horario escolar del centro, por lo que habitualmente disponía de la
biblioteca en solitario, a modo de despacho. Allí se encontró con Berto durante los últimos cuarenta y
cinco minutos del día, antes de salir pitando para su casa en el bus del colegio.
–¡Hola, Berto! ¿Cómo te va la vida, mala bestia?
–Pues, aunque no se lo crea, mucho mejor de lo que se imagina…
–¿Y eso? ¿Te ha tocado la lotería o qué?
–Mucho mejor, don Fernando. Creo que he visto la luz…
–Y al ver la cantidad de mierda que te rodea, la has apagado, ¿verdad?
–¡Que no, hombre, que es de verdad…! Que creo que ya me voy aclarando…
–¿Y qué has visto, Bertiño? Ahora en serio. A ver, dime…
–¡Estoy enfrascado con el mapa del tesoro! –le comentó con unos ojos sinceros de ilusión a Adrio,
que no se atrevió a ironizar porque entendió que lo del mapa del tesoro era importante para la pobre
bestezuela.
–A ver, aclárate… Primero dime qué es el tesoro y luego explícame qué es lo del mapa…
–Verá, no es tan fácil de explicar como de verlo. Yo lo he visto claro, pero aún me queda bastante
por aclarar…
–¡Jopé, Bertiño, que me estás mandando de paseo el principio de no contradicción!
–Sí, sí, le explico… Bueno, más o menos… A ver si soy capaz… Bueno, le advierto…, esto se lo
cuento porque usted es como de la familia… ¡Pero no me vaya por ahí luego pregonándolo…!
–¡Que sí, pesado, palabrita del Niño Jesús! –le respondió con cierto cansancio Adrio, mientras
hacía una cruz con los dedos pulgar e índice de su mano derecha y los besaba.
–Verá, me di cuenta de que no estaba siendo yo… Que había dejado de ser el que tenía que ser…
Que no había acabado de desenterrar el tesoro.
Adrió sonrió.
–¡Mira que eres tozudo, Berto! ¿Cuántas veces no se te habrá dicho eso, chaval?
–Da lo mismo, don Fernando. Tenía que verlo yo.
–¿Y eso es la luz que has visto?
–Esa es la conclusión. El tesoro todavía no sé en qué consiste, aunque sí algunos trazos…
–¿Cuáles son?
–Verá… Creo que soy un tío legal, amigo de mis amigos, que tiene fuerza de voluntad para hacer
lo que quiere, a pesar de los pesares. Creo que también soy alegre y espabilado por naturaleza, amigo
de la juerga y de pasarlo bien con los colegas. También soy servicial, por lo menos en lo que me
interesa, y quiero de verdad a la gente, a los míos. Pero estaba atascado, todo tirado, inmóvil, sin
avanzar…
–O sea, que tenías muchas cosas claras, viste más o menos una meta, pero te tumbaste a la bartola
por medio del camino…
–¡Eso es! –respondió con alegría Berto, al comprobar que se había explicado bien, al menos para
su interlocutor.
–¿Y por qué te atascaste, mala bestia?
–Yo creo que no fue por mala voluntad… Vamos, que no lo hice a propósito aunque luego sí que
lo hiciese…
–¡Hala! Otra vez de paseo el principio de no contradicción.
–Me explico, espere… Yo siempre vi, más o menos claras, las marcas del camino del tesoro. Y
quería seguirlas, pero es que el esfuerzo era mucho… Que, además, tampoco había que tener prisa…
Que, bueno…, poco a poco, con mucho relajo…, total ¿para qué correr? Además, tampoco se estaba
nada mal sin avanzar…, ahí apalancado, durmiendo la mona… Y me quedé ahí tumbado, a la fresca, la
mar de contento, aunque un poco fastidiado…
–¡Ya! La maldita conciencia, ¿eh?… –le sonrió con mala idea Adrio.
–Sí. Pero era fácil taparle la boca. Lo malo es que fue pasando el tiempo y advertí que, bueno, que
no se estaba mal, pero que ya la cosa se empezaba a poner chunga… Mis padres y mi hermana,
agobiatas perdidos por ver si me enderezaba, ¿sabe? Y a mí, verlos tan preocupados me ponía de mala
leche, ¿sabe? Me excusaba diciendo que se olvidasen de mí. Luego, vi que los colegas sólo te buscan
para ir de fiesta, pero cuando necesitas a uno que te eche una mano, pasan de ti cantidad… Como no te
preocupas en serio por ellos, sino que los usas de excusa sólo para montártelo guay, la gente se da
cuenta y pasa de uno… Luego, también vi que era el tío más guay del mundo con todos menos con los
míos… Y eso te va machacando por dentro, ¿sabe? Y llega un día en que te agobias porque te has ido
tan lejos de cómo querías ser, que hasta te das asco y todo… ¿Me sigue?
–¡Como una moto, Berto! –dijo Adrio, que estaba viviendo el relato con pasión ya conocida de
otros casos.
–Y estando en estas, con las tripas revueltas, vas un día a jugar un partido de máxima rivalidad, en
el que te juegas el primer puesto de la liga, y aparece un soplamoscas que no tiene ni media bofetada,
y el míster le suelta una homilía que lo transforma, y el tío le echa unos arrestos que no parece él. Y
yo lo flipo, porque en ese momento, vi la luz, don Fernando. Yo le juro que la vi, porque me vi
reflejado en el cagueta Lavares y vi que se podía cambiar… Vamos, que era posible el milagro, como
usted dijo luego…
–¡Y ya está! Te pusiste en marcha otra vez, ¿no?
–Eso es. Bueno… primero me levanté del suelo, y vi que no había completado el camino. Si el
Lavares era capaz de cambiar, yo soy Tarzán y esto lo cambio yo aunque me quede sin pestañas… ¡Y
aquí me tiene! ¡Caminando otra vez! Aunque un poco desorientado a veces…
–¿Ah sí? ¿Y en qué has avanzado, Berto?
–Me he puesto a estudiar como un cerdo… Yo solito, ¿sabe? Es que se me echaron encima los
exámenes… Pero ahí le estoy dando duro porque quiero, no porque me dé la brasa mi madre o mi
hermana. Y quiero volver a ser un tío legal, alguien en quien la peña pueda confiar… Quiero volver a
ser yo mismo.
A Adrio le interesaba saber hasta dónde había llegado en sus investigaciones.
–¿Y ya sabes por qué te tumbaste?
–Por comodidad. Porque hacía lo que me apetecía y no lo que debía. Porque no tenía casi nada
propio… Toda mi vida y mis ideas se las debía a alguien… Y ninguna era mía. Yo tenía claro que eso
no podía seguir así… ¡Pero no sabe lo que cuesta, don Fernando!
–¡Ya lo creo que lo sé! Todas las mañanas, cuando suena el despertador lo sé, ¡hombre! –le sonrió,
animante– Y cuando no te apetece corregir, y cuando tienes dolor de cabeza y vas a clase con una
sonrisa… ¿Crees que los demás no hemos pasado y estamos pasando todos los días por ahí? Esa es la
vida. ¡Vivir! A pesar de uno mismo. Y a pesar de que ya hace muchos años que desenterramos nuestro
tesoro particular, Berto.
–Ya me imaginaba yo que el tesoro de las narices no arreglaba el asunto…
–¡Claro que lo arregla, chaval! Tu tesoro te dirá cuál es tu ideal de vida, tu perfección… Tu meta.
Dará respuesta al sentido de tu vida y de tu trabajo, de tu amor y de tu odio, de tu lucha por la vida…
Lo verás todo claro, pero también verás que no se te va a ahorrar ningún esfuerzo, que te vas a caer
mil veces, aunque mil veces te levantes, que lo importante es avanzar, no conformarse nunca, es decir,
no volver a tumbarse. Y en ese proceso de vivir, será cuando disfrutes de verdad de tu tesoro.
–¡Joder, don Fernando! ¿Y usted sabía todo eso y no me lo dijo?
–¡Bertiño… Empezaba a estar hasta los mismísimos de decírtelo! Pero, bueno, como buen asno
que estás hecho, tenías que verlo tú mismo para convencerte… ¡Bien! Has progresado un poco…
–¿Sólo un poco? –preguntó Berto con cierta desilusión.
–Sólo un poco. Pero ya has dado el cambio esencial, has empezado a caminar. Ahora, sigue tu
intuición, revisa las marcas de tu camino, y alcanza de una dichosa vez tu tesoro, Bertiño.
–¡Veeeeeenga! –gritó, Berto, emocionado con la ilusión.
–Pero ahora es el momento de concretar, bestia peluda. Tenemos que hacer un plan para que no te
desmoralices, para que avances todos los días, y para que llegues a ver clara y nítida tu meta. ¿Tienes
papel y bolígrafo para anotar?
IV
Cuando llegó Félix Lavares al tercer piso del chalé de Lucas, ya estaban los tres metiéndole prisas
a las neuronas. La presencia de las dos guapas en la sala le fue apenas advertida a Lavares mientras
Lucas le abría la puerta y subían por las escaleras. Félix notó que se le aceleraba el corazón, y no
precisamente por el esfuerzo de escalar peldaños, aunque fuese una buena excusa en caso de que se
notase mucho. El saludo de Félix a las chicas fue de sonrojo y hola tímido, pero apenas lo notaron
porque sólo respondieron con gestos y minúsculas miradas. Le quedaba un hueco al lado de Silvia para
estar emparejados, y todo el nerviosismo de Félix se manifestó en tres mil torpezas seguidas: se le
cayó la silla al colgar la mochila en ella; al levantarla, se dio un golpe en la cabeza con la mesa, en
donde bailaron bolígrafos y estuches; al sentarse se apoyó mal y se escurrió por el lateral, ante un
imprevisto tirón de las maltrechas costillas, y en su tambaleo se abrazó a Silvia y su silla, a las que
cogió por la cintura y casi acaban los dos en el suelo, en plan foto de revista para lelos.
–¡Pero, Félix! ¿Qué carallo haces? –le reconvino Lucas que no podía aguantar la risa. Lo cierto es
que todos menos él se estaban partiendo el hígado. Rojo como un tomate, sacó su cabeza de las
profundidades, y trató de disimularlo con ayes de dolor espaldar. No coló. Pero el muy aprovechado,
aún le echó cuento y para levantarse se apoyó en la pierna de Silvia, mientras suplicaba el “perdón”.
Todos volvieron a reír por el descaro y la fama que tenía en el citado arte. Al fin, encontró el
equilibrio estable y se puso a hacer que estudiaba, mientras observaba el sonriente rostro de Marisa,
que miraba abajo, al libro, y no podía verle. Y se le pasó a Félix el sonrojo. Y se tranquilizó. Y,
curiosamente, se encontró muy a gusto estudiando con esa gente: su amigo Lucas y las dos pavas,
gente buena, normal, currante, y bien considerados. Le pareció encontrarse, después de muchos años
de soledad, como un miembro perteneciente a un grupo social de élite, fuera de las cutres compañías
de necesidad que había tenido que mendigar hasta la fecha. Estas consideraciones y la presencia de las
dos bien dotadas compañeras lo estimularon a trabajar con la misma seriedad que el resto.
Cuando, a la hora y media, hicieron un receso, comentaron brevemente la accidentada llegada de
Félix, donde volvieron a reír, pero esta vez los cuatro, con un Lavares plenamente integrado en el
grupo. Después comentaron otros asuntos relacionados con los exámenes, y Félix pidió a Lucas ayuda
en Matemáticas. Lo dejaron para otro día en que estuviesen solos, y no molestasen a las chicas que
eran de Ciencias y estudiaban otro temario. Tras unos refrescos, generosidad de la nevera de la familia
Sendón Gutiérrez, se volvieron al estudio silencioso e intenso.
Lucas tenía en frente a Silvia, pero le llamó la atención más, en ese momento, la mirada de Félix.
Estaba claro que se estaba autopreguntando un rollo teórico –parecía que de Filosofía– y el chico le
miraba fijamente con ojos ciegos, sin verle, porque estaba mirando hacia adentro, a su excelente
memoria gráfica en la que había aprendido a apoyarse cuando se quedaba atascado. Y le estaba
funcionando relativamente bien, porque las preguntas de Filosofía eran perfectas para atascarse. Lucas
también se estaba autoexaminando, pero ello no le impedía mirar a su amigo y observar esos extraños
ojos inexpresivos. Se daba cuenta de que Lavares se desatascaba en la memoria por otros gestos del
rostro, y por los movimientos autónomos de sus manos. La sonrisa acompañaba a unos labios
bisbiseantes y mudos, que daban otro tirón largo hasta que se le volvía a calar el discurso. Lucas pensó
en lo diferente que eran él y Félix. No entendía ese modo de estudiar a golpe de leñazo memorístico,
sin entender lo que se memorizaba. Bien comprobado tenía él que eso era pan para hoy y hambre para
mañana, porque con ese método, al pasar el examen, se borraba el disco duro y apenas quedaban
restos, salvo fragmentos aislados e inconexos que, por inútiles, el cerebro terminaba por desechar.
A eso de las ocho dieron por bien aprovechada la tarde, y pasaron a resolver el motivo que había
hecho duplicar la asistencia en la sala. Lucas advirtió a Félix, de que ya se podía largar, porque allí no
se estudiaba más: se iban a meter en el guiñol.
–Oye, y eso del guiñol, ¿de qué va? ¿Puedo apuntarme?
–Ni de broma, Félix. Esto no es un circo –le negó con firmeza Lucas. Pero Marisa no le dejó
proseguir porque creía que era mejor un Félix sumando poco, que nadie sumando nada.
–¿Por qué no, Lucas? Después del festival que se ha montado él solo hoy aquí, tenemos resuelta la
sección cómica –le dijo a Lucas, buscando la aquiescencia de Silvia, que enseguida apoyó a la amiga
con una sonriente afirmación de cabeza. Así es como Félix entró a formar parte del grupo teatral.
Silvia sólo presentó una objeción:
–Félix, me parece bien que te unas al grupo, pero tienes que ser un tío legal…
–¿Y no lo soy, tía? ¿Qué quieres decir?
–Que si estás con nosotros, estás con nosotros. Tienes que comprometerte. No vale eso de hoy sí,
mañana no me apetece… ¿Lo entiendes?
–Yo me comprometo, Silvia. Al menos, mientras esté Lucas en la movida.
–Bien. Entonces, bienvenido al grupo.
–¡Gracias! –y lo dijo Félix con el corazón sonriente, porque se sintió aceptado. Sin embargo
Marisa le dejó claro algo más:
–Por cierto, Félix, majete… Ser legal también quiere decir que no te vas a dedicar al “perdón” con
nosotras… Eso lo entiendes, ¿no?
–¡Por supuesto! Vosotras no sois unas guarras… quiero decir…, que las tías a las que les gusta el
“perdón” están más salidas que los pavos que se lo hacen… No sé si me explico…
–¡Vale, macho! Eres un sol dando razones –le contestó un poco indignado Lucas.
–Bien, Félix. Es importante que lo comprendas porque en el teatrillo el espacio no era muy grande
para nosotras dos, y ahora con vosotros vamos a estar como sardinas en lata –le explicó Silvia.
–Palabra de honor. ¿Somos colegas, no? –se conjuramentó con la decencia Félix.
Estando así las cosas, se pusieron a pergeñar una historia. Silvia advirtió de las marionetas que
tenían: un lobo, tres cerditos, dos personajes femeninos, dos masculinos y una última que se movía
con palos y que representaba un minirebaño de ovejas. Como Félix era manitas, se comprometió a
ampliar los personajes, pero no había tiempo para esta ocasión. Lucas puso su poderosa maquinaria a
trabajar.
–A ver… Supongo que el cuento de los tres cerditos ya lo habéis hecho…
–Hasta el aburrimiento, Lucanor –le contestó con la misma cara Marisa.
–Y el de Pedrito y el lobo, también…
–También, maese. Olvídate de los clásicos, porque ya los hemos quemado todos. Hay que crear
algo nuevo, Lucas –le animó Silvia, bastante esperanzada.
Lucas empezó a pensar despacio, vislumbrando en su imaginación historias en estado embrionario
pero completas, y buscando algo que pudiese funcionar. Mientras tanto, Félix intentaba hacer lo
propio pero en voz alta, diciendo memeces que, al principio hicieron gracia, y luego cansaron. Lucas
le obligó a comerse el tarro en silencio, tal y como hacían las chicas. Pasaron diez minutos y el
silencio empezó a hacerse incómodo. Silvia presintió que el Conde Lucanor estaba con la olla a
presión pero atascado, así que echó mano de su carácter práctico y empezó a escribir una obra bastante
cutre, pero que se podría adornar en las revisiones. Marisa se apuntó al juego de Silvia,
complementando lo que escribía la amiga. Félix estaba desquiciado. Y Lucas… lo estaba entreviendo.
–¡Ya está! ¡Lo tengo! –y todas las miradas se dirigieron a él, donde Lucas leyó la esperanza en
forma de ansiedad–. ¡Vamos a usar la didáctica! –exclamó Lucas, provocando rostros interrogativos
de las chicas, y de zozobra total en Félix, que no sabía ni intuía qué podría significar ese palabrejo.
–¡Venga, suelta! –le exigió Silvia, ansiosa.
–Veréis, es una historia que nos puede dar juego y enseñar algo a los críos, sobre todo con el tema
de los caprichos en las comidas…
Nadie le seguía.
–¡Bien! ¡Sí! ¡Yo creo que daremos la campanada! –confirmó Lucas, mientras hacía gestos que a
Félix le recordaron los suyos de cuando marcó el gol.
CAPÍTULO 13
I
Laura Jáudenes había quedado con su tutelada Marisa Ruibal en el módulo de lectura-estudio. La
chica pidió permiso para entrar y la directora se lo concedió con una afirmación suave y rotunda a la
vez.
–Buenas, doña Laura –saludó con una sonrisa.
–Hola Marisa, espera un segundo. Siéntate donde estés más a gusto –le dijo Jáudenes, mientras
terminaba de responder a un correo electrónico.
Marisa eligió la zona de recepción del despacho de la comandante en jefe. Pero no se sentó en el
sofá, sino en una de las dos amplias y cómodas butacas de cuero rojo. Jáudenes terminó y se acercó a
la chica.
–Bueno, Marisa, ¿cómo te va la vida?
–Aquí estamos. He traído la agenda para repasar los puntos en los que habíamos quedado…
–¡Ah, muy bien! ¿Qué tal te han ido, mujer? ¿Los has podido afrontar todos? –le preguntó por el
hueco de las gafas apoyadas en la punta de la nariz. A Marisa esa imagen de la directora no le gustaba
mucho. Lo recordó Jáudenes y se las quitó rápidamente.
–Sí y no… ¿Qué quiere que le diga? Algunos objetivos son demasiado ambiciosos para
despacharlos en quince días, ¿no cree?
–Ya lo creo, Marisa. Algunos son metas de una vida entera. Pero no te preocupes, vamos poco a
poco. Dime.
Marisa examinó sus papeles.
–Lo de echar una mano en casa en serio va bastante mejor. Lo he vuelto a hablar con mi madre y
hemos cambiado de táctica. Hemos preferido actuar juntas en lugar de ir por separado. Así, mientras
ponemos la mesa o secamos los platos hablamos de nuestras cosas…
–Bueno, está bien. Yo creo que os ayudará porque tengo la sensación de que allá, en Nigrán, estás
un poco aislada, ¿no?
–Tengo mis amigos, no se crea… Pero es verdad que los del colegio están casi todos aquí, en
Vigo.
–¿Crees que tus padres valoran bien tu ayuda?
–Sí, por supuesto. Hombre, al principio eran más agradecidos con las palabras, por aquello de la
sorpresa inicial. Ahora no hablan tanto pero sus caras lo dicen todo.
–¿Y qué tal el segundo punto?
–¿El orden? En mis cosas creo que está ya casi consolidado. El problema me viene cuando tengo
que ordenar lo que otros desordenan, como mis hermanos, o a veces incluso mi padre. Me sigo
torturando mentalmente con que si ya son mayores, con que cuándo aprenderán a recoger las cosas,
que de qué van… Las típicas quejas, vamos. Y, cuando lo hago, no pongo buena cara, además de meter
alguna que otra bronca al causante, claro.
–¿Tan complejo te resulta dulcificar esos pequeños servicios? Si total, los vas a hacer igual…
–Me sale el carácter brusco, doña Laura. Y quizá el orgullo de no querer ser una sirvienta para los
demás. Es triste, y sé que lo hemos hablado muchas veces, pero lo llevo muy dentro… De hecho, caigo
en el absurdo de no ser una criada en casa y aquí en el cole me dedico a cuidar los pequeños. ¿No le
parece?
–Sí, pero aquí lo haces por gusto. Si consiguieras hacerlo por ese mismo motivo en casa… Bien.
Lo importante es que lo tienes perfectamente detectado, mujer. Poco a poco lo irás consiguiendo.
Además, si lo haces con una sonrisa, moverás a los demás a que se impliquen contigo. ¡Pruébalo y me
dices!
–OK. Lo sigo intentando. Pero es que no quiero que me tomen por tonta… Bueno ya sabe… las
tonterías que se le pasan a una por la cabeza.
–¿El estudio?
–La Física este año está pegando duro, ¿sabe? Me está costando más que el año pasado, pero no
me preocupa. Oiga, yo creo que este año se están pasando un poco, ¿no?
–¿Con el estudio?
–Con la exigencia en general. Yo noto mucho el cambio, y veo que la gente también va más
asfixiada. De momento, creo que voy bien, pero me está ya dando un poco de canguelo con los
trimestrales…
–Tenéis más capacidad. No te preocupes por eso. Tú sigue el plan y el método que concretamos, y
ya verás cómo funciona.
–Sí, pero no se olvide de que yo luego tengo que atender a mis hermanos pequeños, ayudarles con
sus estudios, jugar un rato con ellos, ayudarles a cenar… Me tengo que quedar ya por las noches,
¿sabe?
–Espero que no mucho tiempo, ¿no?
–No, una hora nada más.
–¿Y te diviertes? ¿Tienes tiempo para ti, Marisa?
–Lo voy buscando. Ahora con los exámenes está más crudo… Sí que salgo, con Silvia y otras
chicas, además de cuando vamos toda la familia al cine o de excursión, claro. Además, ahora que se
nos han apuntado dos chicos a lo del guiñol, la cosa empieza a ponerse interesante… –dijo, con cierta
malicia divertida, la chica.
–¿Dos? Que yo sepa sólo estaba Lucas…
–Se ha apuntado también Félix, si no le parece mal, claro. Creo que podemos echarle una mano
para ayudarle, ¿no cree?
–Esa ayuda al chico es absolutamente desinteresada, ¿verdad? –le preguntó Jáudenes con mucha
malicia socarrona. A Marisa le dio la risa de labios y rubor.
–Verá, a mí me gusta… Desde hace tiempo, ¿eh? No desde que es el nuevo héroe. Pero lo veo
demasiado perdido o traumatizado. No sé, quizá me atraiga por eso mismo…
–Espero que te haga tilín por algo más, mujer, porque si no vas a sufrir mucho…
–Sí, sí. No por algo más… ¡Por mucho más! Pero eso, si no le importa, se lo cuento mejor en otra
reunión…, o no…
–Por supuesto, chica. Bueno, pues concretando…
–Sí, vale. Que ponga la sonrisa en los detalles de servicio en casa, que siga el plan de trabajo y
pedir auxilio si veo que no llego a todo, ¿no?
–Eso es, Marisa. En la siguiente entrevista abordaremos otros asuntos que hay que empezar a ir
afrontando. ¡Ah! Y que no te olvides de Félix –le concluyó Jáudenes, con un gesto de picardía alegre.
II
Mientras medio claustro se dedicaba a tareas de vigilancia en el recreo, Jaime Calero quiso hacer
una visita rápida y desesperada al orientador del colegio, Pedro Aranda, un hombre con simpatía
congénita, recurrente hasta dar vueltas de tuerca con cualquier asunto, y un hombre feliz, a pesar de
que tenía un horario de estrés y trabajo para dar y regalar. Calero se fiaba de él, porque era buen
colega, absolutamente discreto por su profesión, y un tío inteligente al que una advertencia de ceja o
de labios le valían para situarse.
–Pedrito, tengo un problema con un tutelado…
–¿Tú problemas con un alumno? ¡Menuda novedad!
–Verás, es un chaval de dieciséis años, que siempre ha ido bien con los estudios, pero desde el
verano se ha desmadrado un poco y se ha metido en lo de los porros…
–¡Eso ya no es tanta novedad, Jaime! ¿Qué le pasa? ¿Se han separado sus padres, malas
compañías, pavo de pasotismo, desconcentración y pérdida de memoria…? Son todos igual.
–Este no tiene problemas de familia, pero se ha abandonado, se ha metido con amiguetes de mal
vivir en el barrio, cartera ancha y problema repentino.
–Ya. ¿Y te lo ha contado para salir del rollo?
–Me lo ha contado de puñetera casualidad, Pedro. Con los exámenes, se ha puesto a estudiar y se
ha dado cuenta de que no fija nada, que no se concentra y que no da pie con bola… Y todo esto de
repente. Así que ya te imaginas, porque me ha pillado el asunto en babia y ahora se va a montar un
follón de no te menees con sus padres.
–¿Y qué quieres que haga yo, que te calme? Hoy en día hay muy buenos ansiolíticos…
Calero no entró a la broma.
–Tengo una duda… ¿Los porros no crean adicción, verdad?
–No física, pero sí psíquica.
–¿Y eso?
–Que el chaval no va a tener el mono de la necesidad imperiosa del síndrome de abstinencia, pero
sí que deseará la euforia artificial que provoca la resina; el buen rollo, la aparente seguridad que
proporciona, que le hace vivir en un mundo de ensueño. ¿Me sigues?
–Sí, bastante bien. ¿Y lo de no ser capaz de memorizar o concentrarse?
–Eso es la típica manifestación del porretas a esas edades. En cuanto lo deje, volverá a despejarse,
y en esta tierra paz y en la otra gloria.
–¿Y cuánto tiempo necesita para despejarse la cabeza?
–Depende, Jaime… ¿Cuánto fuma?
–Me ha dicho que dos o tres al día…
–¡Uff! ¡Jaime, ese va bueno! El problema no es lo que pueda tardar en despejar la cabeza… El
problema es no salir del grupo, del ambiente en el que se mueve y en el que seguirá circulando el
porreo como marca de la casa.
–¿Y si lo aíslo? ¿Cuánto tardamos en que tenga la cabeza lista?
–Si consigues eso, –que lo dudo, salvo que te lo lleves en barco a alta mar–, con ese nivel de
consumo…, podría estar medianamente bien en un par de semanas a lo sumo…
–¡Me cagüen…! ¡La pifiamos pero bien!
–¿Quiénes la habéis pifiado, Jaime?
–El crío, que va a suspender hasta el recreo; y yo, porque me he visto unas cuantas veces con sus
padres y no les he dicho nada…
–¿Unas cuantas veces? ¡Ostras, Jaime, eres todo un ejemplo de tutor! Yo aún no he visto a
ninguno.
–¡Qué ejemplo ni qué leches! ¿Y ahora qué hago, Pedrito?
–Pues comerte el marrón, guapo. ¡Además, tú no tienes la culpa, hombre! No entiendo por qué te
preocupas tanto. Habla con el chaval y anímale a que se sincere con sus padres… Ofrécete tú para
ayudarles a cambiar el hábito… No sé… Lo típico de estos casos. El problema es suyo, Jaime. Me
parece que te implicas demasiado con la gente… ¿No será que lo que te fastidia es que vas a quedar
mal con ellos por no haberlo advertido antes?
–¿Y a ti no te fastidiaría?
–Hombre, no es plato de buen gusto para nadie, pero de ahí a hacerlo un problema personal, me
parece que lo tienes desenfocado, macho.
–Su familia y yo somos amigos, ¿es que no lo entiendes?
–Mayor motivo para que hagas como te he dicho. Y si quieres que intervenga yo con el chaval, me
lo mandas.
–¡Bueno, gracias, Pedrito!
–¡No te estreses, Jaime, que hay que llegar a viejos!
A Calero se le fundieron las últimas esperanzas. La había pifiado pero a base de bien con el
retrasado del Telmo –razonaba para sí Jaime. Le empezó a dar vueltas y revueltas a su torturada mente
para ver qué partido jugar. En realidad ya lo sabía, pero después de la confirmación del orientador,
había que pasar a la acción y representar el papel del desconcierto, el rostro del disgusto sorprendente
y de la conmiseración, la representación de víctima engañada por su excesiva buena fe en un chico
malo que había engañado a todos. Tenía que coger por banda al niñato, encerrarlo en el despacho hasta
que le jurase por sus muertos que se lo iba a cantar todo a papá y a mamá, y asegurarse de que lo iba a
hacer con él presente en la conversación.
Luego, tras el disgusto, la preocupación de Pepe y los lloros de la buena mujer, tendría que
dejarles flotando una tabla de salvación próxima, una esperanza de que no se volvería a repetir, una
implicación tan personal con el chico y sus padres, que no le cabría a la familia Cortés otra postura
que su agradecimiento más sincero y la exculpación del pobre profesor y amigo de la familia, que
estaba tan dolido como ellos. A ver si colaba y mantenía incólumes sus garantías.
III
Lo más peligroso de las Gorgonas era que, más que un grupo concreto de personas, se trataba más
bien de un concepto. Un nombre genérico que tenía mil caras distintas, la mayoría de ellas ocultas, al
igual que las mil y una serpientes que hacían las veces de cabellera del mitológico bicho. Si los
clásicos atribuían todo tipo de males a las tres hermanas, el más temido de todos ellos era el de quedar
convertido en estatua de piedra cuando se miraba a la Gorgona a la cara. El nombre le venía al pelo al
concepto pues toda víctima de las Gorgonas de El Olivo, cuando se topaba con el mar de los
murmullos, se quedaba petrificada y con la procesión por dentro.
El peligro de ser un concepto sin identificar del todo en personas concretas, era que despertaba las
suspicacias, y se generaba un clima incómodo de falta de confianza, salvo que la persona se hubiese
probado y comprobado por la fuerza de los hechos de la amistad sincera. Todo el mundo había
identificado a algunos de sus miembros más destacados, como era el grupo de chicas de la clase de
Berto y Lucas. Sin embargo, todo el mundo sabía también que había Gorgonas en segundo de
bachillerato, en toda la ESO y, sobre todo, en muchas casas de los alumnos, en formas de madres
ociosas y adictas al cotilleo.
El nombre del concepto se lo había adjudicado el inefable Adrio, en una de sus clases, hacía ya
unos años, y los alumnos lo recibieron con agrado. Bajo la apariencia de una inocente explicación
sobre la mitología presente en la poesía del Barroco, Adrio les explicó varios mitos clásicos cuyo
latente significado perduraba a través de las generaciones de los hombres, sin perder un ápice de su
rica expresión. Que si Dafne y Apolo, que si Deucalión y Pirra, que si Aracne y Palas, que si Narciso y
Venus. Y, en su repaso de los inframundos, les explicó el significado del cancerbero, del lago Estigia
por el que juraban los dioses, y las divinidades del Hades con Proserpina, Hipnos y Tánatos y demás
protagonistas de película de terror. Las Gorgonas aparecieron al final de la erudita exposición, y Adrio
la vinculó en la actualidad a la peste del arte de la murmuración. Como el tema era viejo en el colegio,
y como cada quien había padecido ese mal en mayor o menor medida, gustó el término y se adjudicó
de manera inmediata a los correveidiles y a todo hijo de vecino sospechoso de dedicarse al maldito
empeño.
Las famosas Gorgonas de la clase de 1º B no perdían detalle de los extraños movimientos que se
estaban produciendo de una manera tan discreta. La última noticia que habían expandido a bombo y
platillo era la reconciliación de Lucas y la peligrosa Andrea, y apenas advirtieron la ruptura, que tan
sólo intuyeron ante la ausencia de tiernas escenas entre los dos pipiolos. Las Gorgonas estaban
desconcertadas porque no se habían dado cuenta de qué había sucedido y, sobre todo, cuándo había
pasado. Cierto que investigaron sus fuentes, y que recogieron la información de que la última vez que
se les había visto juntos fue en la reja de entrada al colegio, pero los testigos sólo pudieron relatar lo
que vieron: que ambos gilís, tía, se estuvieron mirando como diciéndome cómeme, y no se derritieron
allí mismo porque había gente haciendo de escopeta, ¿me sigues, tía? Y claro, las investigadoras les
seguían en sus declaraciones, a pesar de la retórica tabernaria.
No le dieron importancia tampoco las Gorgonas al hecho de que el Conde Lucanor anduviese de
paseo con las chicas del guiñol. Era necesidad y no amor al arte, concluyeron, por lo que no
despejaban la ecuación ni entendían el porqué de la ruptura de tan dichosa pareja. Era un gran fastidio,
sin duda. Sus conclusiones, no obstante, las fueron haciendo públicas, pero con tanto retraso que ya
todo el mundo las intuía. El fracaso de la ausencia de sorpresa llevó a las Gorgonas a un estado de
desánimo y de descrédito. Incluso algunos, animados por la hora mala de las bichas, se atrevió a
plantarles cara, a ponerlas a caer de un burro, y a ser víctimas de sí mismas en el arte del desquicie.
Semejante falta de respeto las picó y se revolvieron silabeando como locas. Crearon historias
demasiado verosímiles como para despertar las dudas, y poco a poco recuperaron su maltrecho
prestigio y el temor de casi todos. Propagaron contenidos inventados de una supuesta conversación de
Andrea con la directora, dejando entrever que la comandante en jefe le había impuesto el cinturón de
castidad a sus peligrosos juegos de tonteo, so capa de expulsión. Que la chica se había achantado y que
andaba solitaria en desanimante deambular, bien escocida; que, a saber qué tramaba la muy taimada
fuera de las aulas para contentar a dos gallos dispuestos a romperse la cara por ella; que el Conde
Lucanor estaba haciendo teatro de despiste para no perjudicarla, pero que se desmontaba por dentro
con la sola presencia de la rubia cabellera; que el cagueta Lavares se había pegado a la rueda del
Conde para hacer el trabajo de escopeta y coartada perfecta del juego; que Berto no se comía una
rosca, porque el muy infantil estaba emocionado jugando con los enanos… Y demás historias por el
estilo.
Tal empeño pusieron en rehacerse, que usaron de todos los medios a su alcance para hacer llegar
hasta los últimos rincones del planeta sus supercherías. Y así, llegaron, como era previsible, al mundo
de las redes sociales, donde se debatía con pasión –bajo la cara del anonimato para quien no estuviese
en la salsa– los amores prohibidos de los nuevos Adán y Eva.
Semejante proceder provocó la derrota de los ingenuos e ignorantes.
Y a Elvira Gutiérrez, madre del protagonista masculino, esas disputas y comentarios la sacaban de
sí misma, la ponían de muy mal carácter, y le daban ganas de intervenir en los debates, poniendo de
vuelta y media a los críos idiotas. Pero nunca lo hizo, porque tocar el teclado de Lucas y escribir algo
era ponerse al descubierto. Así que optó por lo más sensato, y le exigió a Alberto una fecha pronta
para entrar en conversaciones con Lucas, y atajar este problema desde su misma raíz.
IV
No tuvieron casi tiempo para ensayar, aunque al final del día anterior ya habían cerrado la
historia, decidido qué papeles iba a representar cada uno de los cuatro componentes, y se habían hecho
a la idea de cómo debían moverse por el escenario del guiñol. A las dos y media de la tarde del jueves,
en medio del recreo del comedor, los cuatro alumnos de bachillerato se acomodaron como pudieron en
el estrecho cajón, hombro con hombro, pierna con pierna, etc. con etc. Colgaron las copias del texto en
el tablero que los ocultaba, se repartieron los dos micrófonos por parejas, y empezaron a sudar la gota
gorda, en medio de sofocados eructos por la comida rápida, y contención nerviosa de otros
movimientos reflejos de los tensos cuerpos, sobre todo los de los varones, que se estrenaban en la
palestra. Los chicos se pusieron en los extremos, y las féminas quedaron muy apretujadas en el medio,
contenidas por las fuerzas de presión varonil. Por un ventanuco de respiro y de espionaje, Lucas pudo
contemplar cómo el enorme vestíbulo del edificio enmoquetado del infantil se iba llenando de
minúsculos espectadores, sentándose con un orden ejemplar, y manteniendo más o menos la calma
ante la presencia maternal de las profesoras de sus cursos. Lucas se acordó de las palabras de su
abuela en Playa América, y comprobó cómo efectivamente los más pequeños de El Olivo rezumaban
expectación ante la obra de monigotes, que iba a ser para ellos la más cierta y real historia jamás
contada, como se decía el Quijote a sí mismo.
La historieta pedagógica que interpretaron fue un notable éxito. Los niños interactuaron con los
guiñoles como no lo habían hecho hasta la fecha, respondiendo a coro a las preguntas de los
personajillos que exigían síes o noes. Incluso hubo un niño lanzado, rubito y de ojos enormes, que se
puso a discutir con el lobo en medio de la representación, lo que le llevó a improvisar a Félix sobre la
marcha, y a salir con gracia del apuro, mientras la profesora de turno ponía las cosas otra vez en
orden.
La historia que había visto Lucas consistía en un niño al que no le gustaban las judías que le
habían puesto para comer ese día. Lucas confirmó con Silvia y con las profesoras, que ese era el plato
menos apreciado por los pequeños. La madre del nene le pedía y le suplicaba que se las comiese,
porque tenían no se sabía cuántas vitaminas y las necesitaba para hacerse una persona mayor y fuerte.
El hijo no hacía caso a razones, y se negaba a comer las asquerosas judías verdes. Sólo quería comer
chuches. En estas estaban cuando la madre ve a un cazador que pasaba por ahí, y le pide ayuda con su
hijo. Entonces el cazador, le narra al pequeño un cuento de unos niños como él, caprichosos y mal
comedores, que sólo le daban al diente a lo que les apetecía. Además, como les gustaba tanto se fueron
poniendo muy gordos, y como eran tan egoístas adquirieron la forma de cerditos. Un lobo que vivía en
el bosque cercano, los capturó y, como tenía mucha hambre, los cebó a base de chuches, de bollos y
chocolates, hasta que se convirtieron en unos auténticos gorrinazos pletóricos de tocino. Entonces sí
que se los iba a zampar y quedar bien a gusto… Pero llegaba el cazador y hacía escapar al lobo y
salvaba a los niños-cerditos, que se pusieron a régimen y se hicieron normales. Después de esta
historia, el niño le dijo al cazador que no se la creía…, hasta que el cazador le enseñaba la cabeza del
lobo. Con el susto, el niño creyó y comió no sólo las judías sino todo lo que le pusiesen delante. Final
con soliloquio de moraleja por parte del cazador.
Aplausos a rabiar. Ovaciones y risas. Y satisfacción. Los actores salieron del cajón chorreando por
el esfuerzo. Saludaron al público y se escabulleron al patio, rápidos, para aprovechar los diez minutos
que restaban de recreo y comentar las jugadas más interesantes.
–Sólo te ha faltado el pareado final para ser un enxiemplo perfecto, Lucanor –le comentó Marisa,
muy feliz por el desarrollo de la representación.
Todos lo hablaron. Se detuvieron en la discusión entre el lobo y el audaz alumno, tan metido en la
historia que no podía quedarse quieto sin decirle al lobo que era un “apestoso” y un “malísimo” y que,
porque no tenía a mano la pistola de rayos láser, que si no “te mato y te remato con dos tiros que te
evaporan, idiota de lobo, caca de lobo”.
Lucas se había fijado en los enormes ojos del pequeño mientras discutía con Félix, metido en la
piel del lobo. Le había impresionado la fuerza del odio en aquellos ojazos por aquel lobo tan malo. Y
comprendió que tenía que tener mucho cuidado con lo que escribía, porque las pasiones en los
pequeños no admitían escalas ni gradaciones, aunque durasen poco. Si ese niño hubiese tenido a mano
su pistola láser, no habría dudado en matar y rematar al malvado lobo, al menos con el láser de su
mirada. Esta consideración le llevó a poner un semblante de preocupación y de prudencia.
–¿Qué te pasa, Lucas? Se te ha borrado la felicidad de repente –le preguntó Silvia que estaba más
que feliz.
–Nada, rollos míos. Tengo que madurarlos –despejó Lucas el interés de la chica, con la que no iba
a compartir confidencias.
–Pero Lucas, ¿no has visto sus caras al final de la obra? ¿Puedes describir mejor los conceptos de
agradecimiento, contento, alegría, amor…? –insistió Silvia, tratando de encontrarle los ojos, mientras
su castaño pelo volaba ligeramente por la brisa del mediodía.
–Sí. Sí que las he visto, Silvia. Y tendré también que analizarlas para comprender su significado.
Pero también he visto otras caras y debo reflexionar antes de hablar por hablar con vosotros –le
respondió Lucas, pero sin mirarla.
Y fue una pena –pensó Silvia– que no la hubiese mirado porque estaba radiante de contento, y esa
era la imagen en la que quería que se fijase su anhelado Lucas.
–Y mañana otra vez, ¿no? –preguntó Félix, imaginando una nueva ovación.
–A la misma hora, pero mañana son los mayores… –le contestó Marisa, con la mirada puesta en el
espléndido rostro de Silvia y haciéndose elucubraciones.
–¿Los mayores? ¿No serán los de la universidad, no? –bromeó Félix.
–Sí, Félix, cariño. Los de la universidad de tontolandia, ese país de donde procedes –le reprochó
Lucas, ya más despejado de sus complicaciones mentales.
–¡A ver, concho! Que era una parida… No hacía falta insultar… –se quejó Lavares.
–¡Claro que no, lobo malo! –le respondió Lucas y le intentó abrazar y palmear jugando con buen
humor, olvidando las fisuras del costillar.
–¡Ahaaaaaaahhah! ¡Quieto, quieto, joé, que me duele un huevo! –se quejó Félix, mitad en serio,
mitad exagerando.
–¡A ver, chicos, ese vocabulario! ¡Que estamos en el patio de infantil! ¿Es que no os dais cuenta?
–les reprochó Marisa, con gesto de señora mayor amonestando a dos niños, que ponían cara de
derrotados por el descuido, mientras seguían sonriendo por dentro.
CAPÍTULO 14
I
El viernes 4 de noviembre a Berto le faltaban pocos segundos de mecha para que su cabeza hiciese
un big bang más poderoso que el original. A pesar de la presencia consoladora y animante del pedazo
de pan de su hermana, semejante empeño en el estudio lo estaba dejando agotado por un lado, y con
los nervios de punta por otro. A todo el caos de datos, fechas, esquemas, mapas conceptuales,
fórmulas y demás conocimientos, se vino a sumar su propio ejercicio del pensamiento abstracto sobre
su personalidad. Berto trataba de que no interfiriese un asunto con el otro, pero eso exigía una
disciplina que él apenas había ejercitado en su maltrecha vida intelectual. Por si fuera poco, los
atinados consejos recibidos en la sesión de tutoría con Adrio, venían a aumentar la presión de unas
neuronas epilépticas, al borde del colapso. Berto no se sentía bien con tanta agitación interior, y quería
que pasasen los exámenes como quien se sacude una carga insoportable. A él le parecía mucho más
importante ir siguiendo las marcas del mapa, pero la cuesta de los exámenes era un repecho que había
que superar antes de empezar a correr hacia la meta. La evaluación para él tenía la fuerza evidente del
cambio, era una señal para los demás de que el viejo Berto, zascandil y maromo, gamberro y
libertario, era historia.
Berto recordó las concreciones que le había hecho apuntar Adrio en un papel, que doblado y
calzado en el bolsillo de su camisa de uniforme siempre llevaba consigo. Lo abría y releía veinte
veces cada hora, porque Berto intuyó que el astuto tutor no andaba de nuevas por la senda de la
madurez –dada su abultada experiencia–, y que en ese papelote se encontraban muchos puntos no
advertidos todavía por el propio Berto. Antes de entrar en su gustoso oficio de míster deportivo en el
recreo, volvió a sacar el papelón y releyó las ideas allí escritas:
“1º.-Horario fijo de estudio y de encargos en casa. Cumplirlo porque me da la gana, sin esperar a
que nadie me lo exija. Porque me viene bien a mí.
2º.-Conocerme mejor: ver qué hago mal y qué bien. Saber por qué la pifio y arreglarlo al día
siguiente para mejorar.
3º.-No ser chapuzas: acabar siempre bien lo que haga.
4º.-Pensar en mis rollos después de hacer lo que tengo que hacer, no antes”.
Berto comprobó que la primera advertencia le estaba siendo dada por la fuerza de los hechos,
gracias a los inevitables exámenes. Mira tú por dónde, no hay mal que por bien no venga –se consoló.
El segundo ahí estaba… Adrio le recomendó que lo hiciese en momentos en que estuviese tranquilo.
El tercero era más difícil de conseguir por una mala costumbre que tenía que acabar todo cuanto antes
mejor, para dedicarse en exclusiva a lo peor de sí mismo. Lo cual le llevaba directamente al cuarto
punto, que se retorcía de manera un poco indomable.
A base de darle vueltas y revueltas a sus cosas, uno acababa un poco tarumba, agotado y con ganas
de despejar la cabeza. Por ejemplo, ahora mismo, iba a dedicar todo su tiempo libre del recreo a
atender a los críos de primaria. Era cierto que no había sido iniciativa suya, pero sí que se lo había
tomado a pecho como algo propio, y le daba vueltas en su cabeza para que cada día saliese mejor. Y
ese tiempo dedicado a la organización, a compensar los equipos, a distribuir mejor los tiempos, era un
tiempo de gozo y satisfacción.
Viendo que ya pasaba casi un minuto de la hora prevista, Berto echó a correr a los patios de
primaria. Como ya era un personaje habitual, cada vez era reconocido por más alumnos que lo
saludaban, sonrientes, y le aplicaban el título de “míster”. Esos saludos mostraban la confianza de los
pequeñajos, y a Berto se le enternecía el corazón, además de subirse un peldaño más en su autoestima.
Cuando llegó al campo, ya le esperaban los dos cursos enteros de cuarto, listos para la disputa del rey
de pista. Fue recibido con alborozo y algún que otro reproche por la tardanza. Al hacer sonar el
silbato, reinó el silencio entre los enanos y Berto se dispuso al sorteo de campos y orden de equipos.
Les tocó, en primer lugar, a los dos mejores y comenzó la competición, que era radiada desde la banda
por los que estaban a la espera, imitando los gritos de exageración de los locutores profesionales. Se
metieron con el árbitro, aunque de manera simpática, y él se volvió a los comentaristas para saludar,
detalle que se aplaudió mucho. Avanzaba el tiempo, y la disputa no se decantaba por ninguno de los
dos, así que Berto interrumpió el juego y determinó el desempate a penaltis. El primero lo metieron, el
segundo fue fallo y a la calle.
Los capitanes se picaron de muy malas maneras, y azuzaron a los compañeros del equipo a
apoyarles en sus discusiones. Al medio segundo, cuando Berto trataba de desenganchar a los dos
gallitos, empezaron a aporrearse a empujones y patadas. Berto los paró en seco de un empujón, quizá
demasiado brusco, que consiguió que los dos niños se volviesen contra él a gritos, con lloros, con
insultos y demás espectáculo de alta competición profesional. Berto hizo sonar su silbato y todos
respondieron al toque de queda, menos los dos pollitos que seguían enzarzados. Berto estuvo a punto
de perder los estribos y liarse a bofetadas con los críos, pero se contuvo y ordenó silencio a gritos, con
cara de loco, de las que asustan de verdad. Ordenó a los otros dos equipos que saliesen a jugar y él
llamó en un aparte a los dos capitanes.
–¡A ver! ¿Qué os pasa a vosotros? –les gritó con cara de pocos amigos.
Los dos capitanes le respondieron a la vez dando también gritos. Vale, vale, valeeeee; primera ley
del pupilaje, no esperes que nadie te responda con mejores modales que los tuyos, –pensó para sí
mismo Berto. Levantó las palmas de las manos y ambos se callaron. Puso un orden de actuación:
–¡Es que eres un paquete de árbitro! –comenzó el capitán perdedor–. Cuando iba a tirar a gol, este
me hizo penalti, entrando por detrás y sin dejarme chutar, que era gol seguro porque su portero es un
paquete también.
Berto le preguntó al capitán ganador si eso era cierto.
–Bueno, un poco sí, pero luego él se vengó en la siguiente jugada y, cuando no mirabas, me dio
una patada en el culo, el muy guarro…
–Bueno, vale, vale… ¡Ya está! Vamos a ver, vosotros ¿para qué jugáis, machotes?
–¡Para ganar, no te fastidia! ¿O tú juegas en el equipo del cole para perder, idiota? –le contestó
con mucha determinación el capitán perdedor.
–¡Andrés! ¿Qué forma es esa de hablar, con esos insultos?
–No, don míster, perdón… Pero reconoce, Berto, que te equivocaste.
–¡Vale, Andrés, majete! Lo reconozco. Pero eso no te da derecho a liarte a patadas con un
compañero de curso.
–¡Eso, abusón, eso! –replicó el vencedor.
–¡Te callas tú, que ahora voy contigo! –le miró con ojos de furia. ¡Muy mal, muy mal! Entre
compañeros no puede uno pelearse por una chorrada como un partido de fútbol. Hay que ser
deportivos, y no unos guarros, ¿queda claro?
Los dos microfutbolistas afirmaron con la cabeza. Berto les obligó a darse la mano, y a hacer las
paces. Dentro de cinco minutos, ya habrían olvidado el encontronazo, y ancha es Castilla. Pero antes
de volver al segundo encuentro, el tal Andresito le espetó a Berto:
–Por cierto, ¿no fue a ti a quien expulsaron una semana del cole por pelearte con otro mayor?
A Berto le dieron ganas de darle un patadón en el culo y mandarlo a la Plaza de España. Pero,
haciendo un nuevo ejercicio de contención, apartó el pensamiento y buscó una respuesta que calmase
al mal perdedor.
–Sí, así fue. Y estoy muy arrepentido de ello. ¿No ves cómo ahora, en lugar de pelearme con otros,
me dedico a que no os peleéis vosotros? Pues por eso lo hago, chaval.
Y el tal Andrés pareció entenderlo con un simple “¡Aaaah, vale!”, que lo tranquilizó del todo. Al
acabar el recreo, todos se despidieron de Berto, y Andrés le dio las gracias y todo, y le dijo que era un
tío guay, y que nunca más se pelearía con nadie por un partido de fútbol, y que no consentiría que
otros compañeros lo hicieran. Berto se fue a su pabellón de bachillerato con el rostro del niño grabado
en su cerebro, agradeciendo al cielo que todo hubiese acabado bien.
Y le vino una pregunta a la cabeza. Una más para rumiar cuando acabasen los dichosos exámenes:
¿Por qué él nunca tuvo a un Berto que le explicase las cosas como acababa de hacer con Andrés? Con
esta idea, entró en su pabellón, sin acordarse ni del big bang, ni del agobio, ni de que la mecha se
había apagado antes de llegar a la carga explosiva.
II
Alberto Sendón y Elvira Gutiérrez estaban esperando la llegada del hijo a la casa paterna. Habían
decidido esperarlo en la sala de estar para hablar sobre lo que tanto preocupaba a su madre, y quizás
no tanto a su padre. Había que aprovechar aquella tarde, antes de que se fuese a casa de la abuela,
porque si no, adiós, hasta luego, y una semana más en blanco sin solucionar nada. Tan importante le
parecía a Elvira el asunto, que se había permitido el lujo de no ir a trabajar aquella tarde al
omnipresente despacho de su vida. A pesar de todo, se respiraba un cierto tufillo a tensión, que se
acrecentaba con el paso del tiempo, conforme se acercaba a la hora prevista de regreso del hijo.
Lucas llegó con la cabeza ocupada en los exámenes, en el plan que tendría que hacer con sus
compañeros la tarde del sábado en casa de la abuela para preparar otra guiñolada, y saboreando las
nuevas mieles del éxito de la representación con los mayores. Al cerrar la puerta, se encontró de
sopetón a la pareja en la sala de estar. Se extrañó por la hora, y por las caras, y porque iban de punta en
blanco, pues no se habían cambiado la ropa del trabajo.
–¿Qué tal? –saludó Lucas, con el gesto de la sorpresa. Se quedó a la entrada del salón, bajo el vano
de la puerta.
–Lucas, pasa y siéntate con nosotros. Queremos hablar contigo de varios asuntos, porque ya hace
un tiempo que no charlamos con calma… –se arrancó la madre, que mostraba un verdadero interés.
Lucas intuía que la charla pintaba en bastos, y se puso un poco a la defensiva. Intentó leer en los ojos
de su madre, pero esta lo advirtió y cerró las cortinas. Lo que le preocupaba no lo tendría que buscar
en mis ojos, sino en sus oídos porque se lo iba a decir alto y claro. Sí, muy clarito –se reafirmó Elvira.
–¿Es algo de lo que hablasteis con Valeiras el otro día? –preguntó, extrañado Lucas, mientras se
sentaba en el sofá. Sus padres estaban cada uno en una butaca, en su frente.
–Sí y no, un poco de todo. Por ejemplo, ese pequeño vicio, que ha aparecido también de repente,
de invitar a gente a casa sin que nosotros sepamos nada…
–¿Lo dices por Marisa y Silvia? Sabes que es por lo del guiñol… Y además estuvimos toda la
tarde estudiando a lo bestia… Si no me crees, pregúntale a la madre de Félix…
–Sí, tuve que preguntarle. Y es extraño que me tenga que enterar por ella de quién ha vaciado la
nevera de refrescos… No es que me parezca mal, Lucas, son dos niñas encantadoras, y sé que
estudiasteis mucho. Me parece fenomenal.
–Lucas –intervino, Alberto–, no nos importa el hecho en sí, ¿entiendes? Yo creo que hubiese sido
bueno que nos lo hubieses contado…
–¿Y a qué hora os lo iba a contar, papi? Os recuerdo que aquel día os fuisteis a cenar a no se sabe
dónde, sin pasar por casa. Y cuando llegasteis yo ya estaba en el séptimo sueño… –respondió, un poco
airado de más.
–Es verdad, Luc, pero al día siguiente…, o en el desayuno… ¡Yo qué sé!
–Mira mamá, yo no le di importancia porque, además, como van a volver por aquí, ya os lo diría.
No quise ocultaros nada… Y por cierto, mami, yo te lo suplico como hijito tuyo que soy: ¡no me
llames Luc, aaanda! –y puso una carita muy inocente, como de niño suplicante, que le recordó a Elvira
las palabras de Valeiras.
–Bueno, Lucas, vale. Perdóname, sabes que lo hago sin querer, cariño…
–A ver, Lucas, dinos cómo te van las cosas por el cole –le preguntó Alberto.
–Pues van… Como siempre. Chapando a lo bestia porque el lunes empezamos los exámenes, bien
lo sabéis… ¡Ah, por cierto, mañana he quedado en casa de la abuela con los del teatro para preparar
otra obra… Lo digo para que lo sepáis ya…
–Sí, cariño, ya lo sabemos. Nos lo dijo ella esta mañana.
–¡Vaya! ¡Pues sí que estáis bien informados! No sé para qué preguntáis nada, si ya lo sabéis
todo… –contestó con tono elevado, de protesta, Lucas.
–Vamos, Lucas, no seas niño. Sabes que hablo todos los viernes con mamá, y ella me lo comentó,
como de pasada… No es otra cosa, ¿sabes?
–Lucas, el motivo de tu pelea con ese chico… –introdujo Alberto el tema.
–Eso ya lo hablamos, papá… Es historia.
–¿También la chica, cariño? –preguntó Elvira sin sonrojo.
–¿Andrea? ¿Estáis mosqueados por lo mío con Andrea? –preguntó Lucas con aires de
incredulidad.
–Claro, hombre. No nos han llegado muy buenas referencias de ella… –apuntó Alberto, ante la
aquiescencia de su mujer.
–¿Y se puede saber de dónde habéis sacado esas referencias?
–¡Vamos, Lucas, que no somos tontos! Todo el mundo ha estado hablando de vosotros y
comentando… Y todos pasándoselo bomba, mientras nosotros, a dos velas…, cariño. Y, por lo que me
sigo enterando, sigue la fiesta y nosotros seguimos sin comernos un rosco, guapo –le replicó su madre
con aires de empezar a estar molesta.
–¿Que sigue la fiesta? ¿Qué fiesta? No os sigo… Me parece que alguien os informa sin saber
mucho de qué habla.
–¿Tus compañeros de curso no saben de lo que hablan? –preguntó con mucho cinismo Elvira, pero
se le borró la sonrisa de la boca al darse cuenta de que había dado un paso en falso. Alberto la miró de
reojo con cara de advertencia, y no ocultó su disgusto por la pifia.
–¿Mis compañeros? No sabía que hablases con ellos para informarte sobre lo que hago por ahí.
Pero me resulta extraño que haya uno solo en mi clase, Gorgonas incluidas, que te informen a ti de
nada, ¿sabes, mamá? Hay una especie de código de conducta entre nosotros, que dice que a los padres,
ni la hora… Así, que ya me explicarás cómo mis compañeros te han dicho que sigue no sé qué fiesta…
–y Lucas se lo preguntó a su madre con unos ojos duros, de rabia contenida. Si a sus padres les
molestaba enterarse por otros sobre sus actividades, a él le exasperaba que le fueran con dimes y
diretes.
La madre no supo qué responder. Ella sola se había metido en la madriguera del lobo, e irse por
las ramas quedaría demasiado artificial. Elvira presintió la tormenta que se iba a desatar, pero
entendió que no le quedaba más remedio que contarle la verdad. Se quedó con ojos de pena, con el
corazón roto por lo que le iba a comunicar a su hijo, y porque, a lo peor, no se lo perdonaba nunca…
–Lucas, hijo mío. Nuestra deseo siempre ha sido el de darte lo mejor que pudiésemos darte. Eres
el sentido de nuestras vidas, y quizá por un amor de madre demasiado celoso haya cruzado una barrera
que no debería haberlo hecho sin tu consentimiento.
Elvira hizo una pausa para tragar saliva, coger aire y poder recitar de un tirón lo que le tenía que
decir. A Lucas, el proemio de su madre lo puso en alerta. No. No podía ser cierto… ¿Su madre
espiándole? ¿No se habría atrevido a tanto? ¡Más le valía, porque si no era capaz de una barbaridad!
¿Le andaría preguntando a las madres de los otros? ¿De qué iba ese rollo de lo de Andrea? A Lucas se
le amontonaban las preguntas en la mente, a pesar de lo breve de la pausa.
–Lucas, tengo que decirte que lo que te digo de esa chica y tú lo sé por boca de tus compañeros,
pues no se comenta otra cosa en tuenti y en facebook… –se sinceró la madre con ojos temblorosos.
Pues sí. Lo había hecho. Pero ¡qué degenerada! Toda la confianza… ¡a la mierda! –se torturaba
Lucas.
–¿Cómo? ¿Que me habéis estado espiando? ¿Has mirado en mi ordenador? ¿Es eso cierto?
–Lucas, he sido yo. Tu padre no ha hecho nada –quiso exculpar Elvira al padre y cargarse toda la
porquería encima. Lucas respondió rápido, como una centella iracunda.
–¡Es tan falso como tú. Calló, luego otorgó!
–Tienes que comprendernos, Lucas… Las malas lenguas nos llevaron a la desesperación. No nos
quedó otro remedio, cariño… –intentaba dar razones su madre.
A Lucas se le vino el mundo encima. ¡Espiado por sus propios padres!
El sarcófago de su intimidad, resguardado de ojos extraños y de próximos, había sido violado por
un celo de madre más preocupada por su imagen que por el valor inmenso de la propia vida privada.
Sus sentimientos, sus reflexiones escritas en forma de prosa crítica de artículos de costumbres, sus
amores con Andrea, sus chats idiotas con compañeros de clase que quizás dejaban al descubierto
facetas ocultas de su vida. Y el horrísono delito de ponerlo a la luz cuado él siempre quiso mantenerlo
cerrado a cal y canto.
Lucas se sintió expoliado y la furia le creció de lo más hondo de su estómago, la bilis encabritó un
carácter moderado pero inclinado al salvajismo como ni hubiese imaginado, y la fuerza de la razón de
que sus padres no tenían ningún derecho a hacer lo que habían hecho, fueron creando una mezcla de
humores y fluidos que le estallaron en la cabeza y que reventó como una presa que se desmoronaba
por la presión de un agua arrolladora, bestial, que arrasaba todo a su paso.
–¡Pero qué cariño, ni qué cariño…! Eres una jodida egoíiiiiiiiiistaaa, y te odioooooo. ¡Sólo piensas
en tu puta reputación de mierdaaa, y en el qué dirán…! ¡Que os den morcilla a todos, y a vosotros los
primeros, hijoooos de puuuuuta! –Lucas, que se había levantado del sofá, se sintió arder. Como el día
en que se pegó con Berto, con el odio chorreando por los poros.
Alberto, desquiciado por los gritos del odio, se levantó y le dio una bofetada de humillación y
violencia. No estaba dispuesto a soportar una escena así. El golpe hizo callar a Lucas, cuyos ojos
manaban cascadas de dolor moral y de espíritu traicionado, casi a la par que las lágrimas de su madre,
que nunca pensó en escuchar las más odiosas palabras en boca de su hijo, mientras hacía gestos de
piedad y misericordia.
Lucas salió corriendo del salón, saltó por encima de la mesita de cristal, cerró de un golpe la
puerta, rompiendo muchos de los cristalitos de su enrejado de madera. Subió a su habitación y se tiró
encima de la cama, con el ánimo roto por las indignas palabras, la humillación hirviéndole en la
sangre y con fuerzas de sobra para seguir vomitando locuras de furia. Cogió el ordenador de su
habitación y lo desmontó a golpes contra la pared, tiró la unidad central escaleras abajo, con un
estruendo de lata y chasquido de plásticos rotos; la pantalla siguió una parábola similar, antes de
reventarse contra la barandilla, mientras les gritaba a sus padres, locos perdidos por el arrebato de su
hijo:
–¡Ahí tenéis el puto ordenador de los cojones! ¡Mirad ahora el correo, y mis cuentas y lo que
queráis, ¡cabrones de mieeeeeerdaaaaa!
Se encerró en la habitación con un golpe de puerta que produjo eco. Aún pasó mucho tiempo antes
de que lograra calmarse lo mínimo. Tuvo gestos de locura para volcar la cama, dar patadas a las
puertas del armario y hundirlas, y despellejarse los nudillos a puñetazos contra los cajones de una
cómoda. Su padre le exigió que abriese la puerta o la tiraría abajo, y Lucas le respondió que lo hiciese,
y que llamaba a la policía para denunciarlo por maltrato. Alberto lo dejó estar, viendo que todavía se
sulfuraba más.
Al final, tras media hora de chillidos apagados, animaladas y lloros, se agotó la fiera y se hizo el
silencio. Su cerebro volvía a trabajar, entre chispazos verdes de odio, y vio que tenía que salir de esa
casa, antes de que se volviese loco, asfixiado por el malestar. Necesitaba tiempo para pensar y
reflexionar. Vagaría por el náutico y cogería un ATSA, el último del día, camino de Panxón.
III
Pepe y Lucía Cortés habían sido citados de urgencia por Calero para hablar de un asunto
especialmente importante. Pepe quiso dejarlo para el sábado por la mañana, pero Jaime se había
negado y les exigió presencia inmediata en una salita del colegio, a las cinco de la tarde.
Llegaron un poco molestos por la premura y rotura de planes de trabajo del padre, y al llegar a la
salita se encontraron con su querido Telmo sollozante y a Calero con una cara de disgusto que daba
pena. Lucía se conmovió ante la trágica estampa, e interrogó a Jaime con la mirada. Pepe fue más
directo:
–¡Jaime, por Dios! ¿Qué ha pasado?
–¡Aquí tenéis al alumno que me ha dado el mayor disgusto de mi vida profesional! ¡Mirad que he
visto de todo y uno está curado de espanto, pero cuando un alumno, al que quieres como a un hijo,
sobre el que has puesto toda la confianza del mundo, que te engañe así…, comportándose como un
crío, sin dejarse ayudar, es que te revuelve el estómago…!
Pepe no daba crédito a la desilusión y el agravio de Calero, al que veía dolido de veras, con
expresiones desesperadas.
–Telmo, dinos a tu madre ya mí qué ha pasado.
Telmo Cortés seguía sollozando, con los ojos enramados, mirando al suelo. A última hora del
viernes, había sido sacado de la clase al despacho de su tutor y Calero le había metido caña hasta que
reventó y le prometió que cantaría todo como un pajarito a sus papás.
–Ha sido sin querer, papá, yo no soy mala persona…
–Eso ya lo sabemos, pero cuéntanos exactamente lo que ha sucedido –le requirió muy serio su
padre.
–Yo… –y no pudo continuar. Le volvieron a brotar las lágrimas en torrentes y movimientos
hiposos, mal contenidos.
–A ver, tranquilo Telmo. Deja que se te pase y sé hombre. ¿No te da vergüenza llorar así como un
niño?
Poco a poco se fue calmando, aunque Lucía estaba a punto de explotar por la tensión mal
contenida.
–Soy un porrero –dijo con la boca más pequeña que jamás usó.
–¿Puedes repetir eso que has dicho, alto y claro, Telmo? –preguntó el serio rostro de Pepe que
quería la confirmación del hijo.
–Que soy un porrero, que fumo jachís, y que no lo volveré a hacer…
Pepe levantó la mirada a Calero, que le confirmó con un gesto el notición. Lucía lloraba en
silencio para sus adentros.
–A ver, machote, Telmo, hijo mío. Explícale a tu padre cómo es eso.
–Empecé este verano, en la playa, cuando salíamos todos los amigos juntos… Un día Toño se trajo
una china y nos enseñó cómo se hacía. Nos lo fumamos a caladas para probarlo. A mí me mareó un
poco, pero me dio un subidón que me puso muy contento… Luego, un rato más tarde, nos hicimos uno
cada uno, y el colocón fue una pasada. No sabes lo feliz que te sientes. Y luego seguimos, siempre que
nos juntábamos.
–Ya. ¿Y estás enganchado ahora, Telmo?
–No está enganchado, Pepe. El porro no produce adicción. Así que esto lo cortamos ya, sin
tratamiento ni puñetas. De eso ya me he informado yo… –le contestó Calero, que tenía que empezar a
intervenir como salvador de la familia.
–¿Desde cuándo lo sabes, Jaime? –preguntó Pepe con mosqueo.
–Desde ayer por la tarde, Pepe. Tendrías que ver el disgusto que me llevé.
–Bueno, Jaime, esto no deja de ser desconcertante. No entiendo cómo no pudiste intuirlo y
advertirlo antes… Esas cosas se notan, ¿no?
–Pepe, ¿lo advertisteis vosotros en casa? Yo tampoco. La alarma saltó cuando le pregunté a Telmo
por sus estudios y me dijo que no era capaz de concentrarse ni de estudiar. Ese es el principal
problema ahora, y luego otros que hablaremos.
–Ya, Jaime. O sea, que nos ha engañado a todos. ¿Te parece bonito, Telmo?
–No papá. No lo volveré a hacer.
–Claro que no, hijo. De eso ya me encargaré yo –le contestó Pepe de una manera un tanto
misteriosa, pero claramente amenazadora.
–Bueno, Pepe y Lucía, ya está el mal localizado. Ahora hay que ponerse en marcha para salir de
esta.
–Telmo, espéranos a tu madre y a mí fuera, en el coche –ordenó Pepe Cortés.
Telmo salió cabizbajo aunque con cierta dignidad. En cuanto se quedaron los tres a solas, el
ambiente fue otro. Sin duda, no el que esperaba Calero.
–Jaime, no te voy a ocultar que hoy me habéis dado un disgusto tremendo, ¿oyes? Yo, por lo poco
que sé, me imagino que esto no pasa de una chiquillada, pero no van a quedar las cosas así, porque el
rapaz tiene que aprender la lección, ¿no crees, Jaime?
–Estoy contigo, Pepe.
–Y, dime, Jaime. ¿Qué repercusiones tiene esto que ha hecho?
Jaime habló con claridad sobre los problemas de concentración y de memoria del chico. Lo más
urgente era conseguir aislar a Telmo del grupo de porreros, porque mientras los tuviera a su alcance
seguirá metido en el asunto. Les animó a hablar con él desde el disgusto y la pena por la confianza
traicionada, y que charlaran con más frecuencia sobre sus asuntos. Calero lo hizo bastante bien,
transmitiendo esperanza y seguridad en el éxito.
–Entiendo, Jaime. Yo te agradezco que hayas levantado esta liebre. Es una pena que no haya sido
antes, y eso es lo que más me preocupa de esta historia.
–¿Qué es lo que más te preocupa, Pepe? –preguntó Jaime con voz firme.
–Pues, hombre, que no lo advirtieses antes. Mira, Jaime, si el chico se presenta dentro de una
semana con un boletín de notas cargado de suspensos, todos nos habríamos enterado de que algo
pasaba, y tirando de la madeja lo habríamos descubierto, ¿o no, Jaime? –Calero le confirmó con la
cabeza–. Bien, pues eso es lo que no me encaja, que un profesor tan próximo al chico como tú no haya
advertido nada. Ni tú ni otros profesores, Jaime, ¿me sigues?
–Entiendo vuestro desconcierto, Pepe.
–Yo es que, al ir hablando tú, le he dado vueltas al coco y me he hecho preguntas que tienen difícil
respuesta. A lo mejor me las puedes aclarar tú, Jaime… –insinuó con inocencia Pepe Cortés,
engañando a Calero.
–Si te las puedo contestar, yo encantado, Pepe.
–Pues ahí va la primera. ¿No te comentó ningún profesor que Telmo estaba raro, o que había
bajado su rendimiento, o que no estaba dando pie con bola?
–Pues no recuerdo, quizá el típico comentario de pasillo al que no le das más importancia…
Luego le preguntaba al chico y me decía que sí, que bueno, que lo habían pillado sin los deberes, pero
que ya lo estaba solucionando… No es fácil, Pepe. Si el chaval te quiere engañar, lo puede hacer, al
menos por un corto periodo de tiempo…
–Pues no me cuadra eso, Jaime, ¿oyes? Porque aquí tenéis a gala que hacéis un seguimiento
personalizado de los alumnos, y me extrañaría que se le hubiese pasado por alto a tanta gente el
rendimiento nulo de Telmo…
–Una cosa no quita a la otra. Tampoco tienes por qué desconfiar de un chaval que siempre ha ido
bien, ¿no?
–Ya me perdonarás, Jaime, pero me siento… no sé… como engañado. No me cuadra que nadie lo
advirtiese. Mira, en las empresas nuestras trabaja mucha gente, y es cierto que alguno nos puede tomar
por tontos, pero no es lo habitual, eso lo sabes bien, Jaime, ¿no? ¿Recuerdas lo que hablamos el
sábado pasado?
–Efectivamente. En ese sentido, os tengo que pedir disculpas y entono el mea culpa. Ha sido un
error no haberlo advertido, aunque tenéis que reconocer que no era fácil…
–En la vida hay pocas cosas fáciles, Jaime. Pero es que yo creo que no has sido sincero con
nosotros, porque yo ya estaba con la mosca detrás de la oreja, ¿me sigues?
–No. No sé a qué te refieres –y puso gesto de desconcierto.
–Verás, te cuento. Este mismo lunes subimos aquí al colegio para arreglar unos papeles en
secretaría. Nos atendieron tan bien como siempre, y salíamos encantados, cuando en el vestíbulo nos
encontramos con Gerardo Conde, el profe de Historia, ¿sabes? Y va y nos suelta, así, a bocajarro, que
si tenemos un minuto. Y nos sentamos en unos sillones y nos dijo que estaba muy preocupado con
Telmo. Que si no dormía por las noches, que en clase estaba ido, que le habían dicho otros profesores
que lo veían fatal, que no traía nunca los deberes y que si sabíamos algo. A nosotros nos extrañó
mucho, pero claro, Conde es el encargado del grupo y algo sabría para decirnos esas cosas. Aunque
nos inquietamos un poco, le dijimos que lo íbamos a hablar contigo, precisamente mañana, sábado,
cuando quedamos para comentar nuestras cosas… A él le extrañó que no nos hubieses dicho nada aún,
porque ellos habían puesto anotaciones en el sistema informático. Y fue un momento a secretaría y
sacó una copia de todas las anotaciones, que pasaba de los dos folios, Jaime.
A Calero le bailaba la rabia en las tripas. ¡Touché! El muy imbécil del Gerardo Conde ya se podría
haber metido en sus cosas y dejar a los Cortés en paz. ¡Maldito imbécil!
–Pues me parece muy mal, Pepe. Es cierto que este año no he mirado mucho el sistema de
anotaciones, pero si Conde sabía eso me lo tendría que haber comunicado, en lugar de iros a vosotros
con el cuento.
–¡No, hombre! Si él lo hizo de buena fe. De hecho comenzó su conversación diciendo algo así
como “ya os habrá dicho Jaime que Telmo no termina de arrancar este año…”. Estaba verdaderamente
sorprendido de que no nos hubieses dicho nada. Y eso sólo puede indicar que estabas a por uvas,
Jaime. Que mucho colegueo con Telmo, pero que te la estaba colando por la escuadra, ¿oyes? Que, si
hubieses tenido un mínimo de interés, habrías mirado esas anotaciones, y no nos vendrías ahora con
esta historia de los porros, de los exámenes, y disimulando un enorme disgusto, ¿me oyes?
–Pepe, yo te aseguro que…
–¡Tú no me aseguras nada, Jaime! –le cortó seco Pepe, con la fuerza de la razón–. Y, entonces, yo
me tengo que hacer otras preguntas, ¿sabes? Por ejemplo, si no nos habrás estado engañando más
tiempo, si lo que hacías al venir por casa era buscar otros intereses distintos a los de Telmo, o qué sé
yo, ¿sabes? Me he quedado totalmente chafado contigo.
–Jaime, es que es muy fuerte, no habernos dicho nada, ¿entiendes a Pepe, verdad? –intervino
Lucía desde el fondo del sillón.
–Sí, hombre, yo os entiendo, pero creo que sacáis las cosas de quicio. Es cierto que tengo parte de
culpa por no haber sido más diligente, pero no he sido yo quien le ha liado los porros a vuestro hijo,
como tampoco vosotros, claro. Nos ha engañado a todos.
–Tienes razón, Jaime. Pero unos teníais más medios para haberos dado cuenta del engaño y
nosotros no. Además, no has respondido a mis inquietudes, Jaime. Vamos, tenemos confianza, somos
amigos, ¿no es así?
–Yo creía que sí, Pepe. Pero, por lo que veo, has acudido a esta reunión con cartas en la manga y
con la escopeta cargada. Además, dime, qué otros intereses podría tener yo con vosotros. Si tú mismo
me ofreciste la posibilidad de nombrarme tu mano derecha en la empresa. ¿Acaso acepté? ¿Aproveché
la mano para agarrar hasta el codo? Ya te dije que era un pobre profesor, y por lo que veis bastante
descuidado. ¿En qué me he aprovechado de vosotros, eh, Pepe? ¿En daros consejos? ¿Cuánto os he
cobrado por ellos?
Pepe advirtió que el razonamiento de Calero era más una escapatoria que buenas razones.
–Lo sentimos mucho, Jaime. Pero estamos defraudados contigo. Vamos a pedir una entrevista con
el subdirector para que nos busque otro tutor para Telmo. Ya no nos fiamos de ti. Es verdad que no sé
muy bien por qué, pero tengo la sensación de que nos estabas engañando…, no sé con qué motivos.
Jaime, no sabes el disgusto que nos hemos llevado con lo de los porros, pero eso no es nada con la
impresión con que nos quedamos contigo, como de que algo no está claro, ¿me oyes? Y yo así, con
una sombra de duda no me quedo tranquilo. Exijo claridad total, Jaime, a ti y a todos los que tienen
que ver conmigo. Te agradecemos lo que has hecho de bueno con Telmo y con nosotros, pero tienes
que comprender que nuestra relación termina aquí.
Jaime volvió a excusarse y les dijo la pena que sentía por perder a los que consideraba unos
amigos sinceros. Que el tiempo pondría a cada uno en su sitio, y que ya tendrían ocasión de comprobar
que se trataba de un error.
Cuando se fueron, Calero echaba espumarajos por la boca y maldecía su mala suerte y toda su
impotencia. A este paso, se iba a quedar a dos velas. Además, a ver cómo se lo tomaba el cabrón de
Valeiras, y si no le complicaba del todo la vida.
IV
–Silvia, hija, cuéntame cómo te va la vida, que llevas una semana sin decir ni pío –le preguntó la
madre en la cocina, después de la cena en familia, mientras recogían la vajilla.
–Pues va achuchada, mami. Con todo el rollo de los exámenes, ya te imaginas…
–¿Y con el Conde Lucanor?
–¡Eh, eh, mami, que te estás haciendo muy curiosona… –le contestó con una sonrisa de
confidente, mientras secaba un plato con un paño.
–Pero mujer, es que me tienes en vilo, y no me dices nada…
–Valeee, te cuento pero, por favor, sé discreta ¿eh?
–Como una tumba, chica.
–¿Eso incluye al que comparte cama contigo? –preguntó interesada Silvia.
–Vamos, chica, sabes que tu padre y yo somos una sola cosa…
–Sí, sí, hasta que la muerte os separe…
–Además, él de estas historias no entiende. Se fía totalmente de mí y, aunque no lo creas, de ti.
¡De eso ya me encargo yo! –le sonrió con picardía Alicia.
–Pues, verás… Estuve en su casa el otro día, ¿recuerdas? Estaba también Félix que es un tío con
salero y que se terminó apuntando. Después de estudiar nos metimos con la obra y fue increíble…
–¿El qué fue increíble?
–Cómo se la sacó de la manga, así, ¡plaf! Sobre la marcha… Tiene una cabeza prodigiosa. La
redactó en diez minutos mientras nosotras la pasábamos al ordenador. ¡Qué diálogos, qué gracia, qué
expresividad…! Luego, la ves desde fuera y te das cuenta de que no es para tanto, pero así, en vivo y
en directo, me dejó sorprendida…
–Ya… Y él contigo, ¿qué?
–Agua total, mamá. Estamos en tratos y roces iniciales. De hecho, todavía no ha mostrado el más
mínimo interés por mí. Yo creo que no tiene ojos para otra que no sea su Andrea.
–¡Tú no desesperes y sigue! Creo que por ahí vas bien encaminada. Y, sobre todo, sé muy
natural… Creo que Lucas es bastante noble y si advierte que le estás haciendo teatro… igual se
mosquea.
–Yo no he hecho nada raro. Hombre, sí que le lancé destellos de ojos y sonrisa de felicidad, pero
él no los vio porque estaba muy ensimismado, dándole vueltas a no sé qué problemas de la obra que
había escrito…
–¿Y los niños? ¿Le ganaron el corazón? Sabes que tu principal baza es que continúe todo el año
con vosotras…
–Eso es lo que más me angustió porque vi que se fijaba con detenimiento en sus reacciones y lo
noté más preocupado que contento. Tengo que tirarle de la lengua para ver qué le pasó.
–¿Y Félix? –no quería dejar un cabo suelto Alicia.
–Félix es un show. En el colegio todo el mundo ha pasado a respetarle mucho. Es que verás,
mamá, a la mayoría, la historia de lo de su padre nos daba mucha pena y había como un deseo general
de que lo superase y de que triunfase en algo. Ahora se le ve mucho más feliz. Y con nosotras… Con
nosotras está encantado. Según él, nunca se hubiera imaginado tener tratos con dos macizas como
Marisa y yo, jaja.
–¿Macizas? ¿Te gusta ese adjetivo tan machista y obsceno?
–Es como hablan ellos, ya sabes… Es una forma de hablar, una chorrada. Félix no tiene un pelo de
tonto aunque le cuesten algunas cosas. Yo creo que aún no se ha sacado la espina de lo de su padre,
pero con Lucas y nosotras está feliz. Se le ve en la cara, y este sí que mira a los ojos, ¿sabes? Y lanza
mensajes bien claros…
–¿Y?
–Y yo lo tengo muy claro, pero él no va a desaprovechar la oportunidad, ¿entiendes? Creo que ha
intuido que conmigo no tiene nada que hacer, y se ha lanzado a por Marisa que, de momento, le hace
mucha gracia.
–Ya veo. Bueno, chica, pues hay que seguir allí, ¿no?
–¡Buff! Ya lo creo, mami. A ver qué pasa este fin de semana que hemos quedado en casa de la
abuela de Lucas para escribir otra obra. Se comenta que allí el chico es feliz, que se encuentra en su
verdadera salsa, con la abuela y ese amigo suyo tan raro, el pintor.
–Bueno, Silvy, pues ya me contarás el domingo, ¿vale?
–Pensé que estarías más preocupada por los exámenes –le hizo el quiebro a la madre.
–¿Por los exámenes? Nunca me he preocupado por tus exámenes…
–Pues bien que lo disimulas, mamá…
–Es que me llega con verte estudiar, ¿sabes? ¿Para qué me voy a preocupar por una cosa en la que
pones toda la carne en el asador? –le confió su madre a Silvia, con toda la razón del mundo.
CAPÍTULO 15
I
Lucas apareció en el portalón del chalé de Playa América a las nueve y cuarto de la noche, bajo
una oscuridad bastante densa y cortinas de agua brillante en los resplandores de las farolas de la calle.
Estaba chorreante de lluvia y con el alma anegada en el infortunio. Su paseo bajo la llovizna en la
zona del náutico de Vigo le había devuelto la calma y la reflexión y sólo tuvo fuerzas para aumentar
los charcos de la ciudad con sus lágrimas. Se había pasado dieciocho pueblos con sus padres, había
destrozado su habitación, había reventado media casa a ordenadorazo limpio… ¡Qué desmadre! ¡Qué
comportamiento tan poco maduro, tan falto de contención y racionalidad! ¡Qué retroceso a la
mentalidad de niño pequeño, caprichoso y gruñón! ¡Qué vergüenza, Dios, qué vergüenza!
Dos cosas le dolían en el cuerpo y otras dos en el alma. El bofetón de su padre fue humillante pero
violento. Todavía le picaba el moflete y el ruido del palmetazo lo tenía grabado a fuego en sus
tímpanos. Y luego las manos. Los despellejones en los nudillos y la violencia de los golpes empezaban
a resentirse ahora que había pasado la calentura. Su alma lloraba por los insultos del desquicie y por la
intimidad violada. Si bien esta última era la que había desatado todo lo demás, ¡qué lamentables los
resultados de la ira! A la media hora larga de pasear por el Arenal, recordaba los hechos como si
fuesen muy lejanos, deseando que sólo fueran producto de una pesadilla o de una historia ya superada.
Los dolores corporales se empeñaban en recordarle la realidad de su proceder.
Pensó en sus padres. Era cierto que nunca les habría dicho lo que les dijo, estando sereno, porque
además era falso cuanto les gritó. No lo sintió entonces, ni ahora, ni nunca. Pero fue su arma
arrojadiza de la venganza, como un eructo involuntario que a uno mismo sorprende en una recepción
de alto copete.
¿Quién hubiera sido capaz de contener aquella violencia interna? ¿Acaso el mismo hecho de que
saltase la rabia de esa manera no le indicaba mucho sobre lo que ni él mismo había intuido sobre su
propia vida? Tendría que aclararlo con Freijanes, porque él tenía el presentimiento de que esa ira la
había estado almacenando hasta que una grieta la despidiese en una erupción de bestialismo. Su madre
llorando… ¡Bien que se lo había ganado a pulso por ser como era y por tratarme como a un crío! No.
No. Es tu madre, tío, es tu madre, la que te parió con dolores, la que te dio de tetar de sus pechos, la
que suspiró contigo y pasó en vela media vida para que fueses feliz. Y su padre, roto… Obligado a
usar la violencia con él, por primera vez en su vida. El muy cabrón…, Te pilló desprevenido, fue muy
zorro, porque si no, de qué te iba a meter la mano encima, que le sacas una cabeza al muy… ¡Que no,
coño, que no! ¡Que ojalá me hubiese roto la cara! Ojalá… Así habría evitado el vandalismo del
destrozo… Lucas dialogaba consigo mismo sin poder apartar los sentimientos contradictorios hacia
sus padres. Sí.
Su madre y su padre.
Tan queridos como odiados en un instante, dejando a la luz, abierto a todos, algo que sus padres no
encontrarían nunca, por mucho que hubiesen rebuscado en su ordenador o en sus diarios. Algo que ni
él mismo había podido imaginar que fuese capaz de concentrarse en un único punto y estallar como
una supernova. Es como si todos los malos momentos de su vida se hubiesen concentrado en esa
micropartícula, tan ridícula que daba la risa al verla, pero con la potencia de un cataclismo nuclear…
Estaba profundamente arrepentido de todo ello. Se arrastraba, llorando, como suplicando perdón a
la gente por el mero hecho de existir, de vivir y de haber cometido una tropelía de ese calibre.
Era cierto que se habían entrometido en campo ajeno sin pedir permiso, y que esa falta de respeto
le parecía que era grave. Pero, ¿acaso no eran sus padres? ¿Tan importante era su intimidad como para
no compartirla con ellos, ni aunque fuese de una manera incompleta? ¿Es que habría alguien mejor en
este mundo, con quien hablar sobre sus interioridades? Le parecía una idiotez que eso hubiese sido la
espoleta del terremoto…
Aquellas palabras a sus padres… Eran ciertamente insoportables. Cómo deseaba en esos
momentos haber disfrutado con ellos de esa mínima confianza para hablarles de su pena, de su
corazón roto, de ver si entre todos encontraban un camino para la redención.
Y luego estaba su regresión al mundo infantil. El maduro Lucas, el Conde Lucanor, modelo de
estudiante y de hijo, el serio y reflexivo muchacho que despertaba un halo de misterio entre sus
compañeras, y regueros de envidia entre sus compañeros… ¡Qué pufo, Dios, qué pufo!
Entró en el porche del chalé y llamó al timbre. Salió su abuela a abrir, y lo recibió con un abrazo,
mientras el chaval se deshacía en sollozos.
–Abuela, vengo a pedir asilo político durante no sé cuánto tiempo… –se le logró medio entender a
Lucas.
–¡Dios mío, Lucas! ¡Estás empapado! Pasa, sécate y ponte cómodo. No me tienes que decir nada
ahora, ni me tienes que dar explicaciones, ¿vale? Estás en mi casa, y aquí mando yo, ¿está claro,
filliño?
La abuela estaba al corriente y agobiada por una perturbadora llamada de su hija Elvira. Si el
chico acudía a la casa madre, ella se haría cargo… a su manera. Lucas se fue tranquilizando poco a
poco. Su abuela le obligó a cambiarse de ropa y a tomarse una taza de caldo de cocido, de esas que
resucitan a un muerto. Vio las manos de Lucas, despellejadas y amoratadas, y mandó a Rosina a por
yodo y una pomada para los golpes, que le untó con cariño materno. Y luego le dio las buenas noches
y lo dejó solo. Romina cogió su móvil y mandó un corto mensaje a su hija: “Está aquí. Yo me ocupo.
Tranquilos”.
Lucas durmió mucho pero no descansó casi nada. Se ahogaba en sus pesadillas. Se despertaba con
la misma violencia de aquella tarde, y sufría como nunca lo había padecido antes. Así una vez y otra.
Al final, a eso de las cinco de la mañana, se quedó tranquilo y durmió plácidamente. Amaneció a las
once y media. Tras un paso rápido por ducha y lavabo, se vistió y bajó a la cocina donde le esperaba
Rosina con el café, las tostadas y las galletas de siempre. Apenas hablaron y fue un desayuno violento
para la buena mujer. Lucas se dio cuenta y se sintió culpable por hacer sufrir a otra persona más. Salió
al porche cubierto, donde la abuela leía una revista en un sillón de enea, acomodada entre abundantes
cojines. No llovía, pero había nubes a ras de suelo y el paisaje era invernal. A Lucas le impresionó el
silencio del paraje.
–¿Qué tal dormiste Lucas? –le preguntó la abuela mirándole a los ojos.
–¡Más o menos! Hubiera seguido en la cama todo el día… –le respondió, mirando al suelo, Lucas.
–¿Y quién te lo impidió? ¡Haberte quedado, hombre! ¿No te habrás acatarrado?
–Tranquila, abuela. Y si me he acatarrado, ¿qué más da? Quería levantarme para pensar. Eso es lo
más importante.
–¿A pensar… tú solo?
–¡Pues claro! ¿Cómo voy a pensar acompañado?
–Mediante el diálogo, Luquiñas.
Lucas meditó las palabras de la abuela.
–¿Quieres que piense contigo, abuela?
–Piensa contigo mismo, con las gaviotas o con quien te dé la gana, filliño.
–Prefiero meditar primero, y luego hablamos, ¿te parece bien?
–¿Cómo no me va a parecer bien?
Lucas se fue a la playa. La recorrió entera, hasta el muelle de Panxón, ida y vuelta. Al final, se
sentó en la fría arena, mirando al invisible mar. Por su parte, lo tenía claro con respecto a sus padres.
Estaba avergonzado hasta necesitar pedir perdón por respirar. Había sido un salvaje y sólo suplicaría
su perdón. No tenía derecho a montar el pollo que había montado, aunque todos tendrían que rebajarse
a la imperfección de su hijo y comprender que su brutal reacción no había sido libre ni deliberada. No
la contuvo porque no tuvo opción. Seguro que lo entendían.
En segundo lugar, tenían que tratar lo del espionaje. Les aclararía dos cosas: una, que él tenía ese
derecho y era inquebrantable como reconoció su propia madre; pero, como muestra de buena voluntad,
no les guardaría nunca más secretos en los que su buena fama quedara a merced de la chusma. No
tenía ningún problema en hablar con ellos, pero sin presiones.
En tercer lugar, tenían que abordar el problema de la confianza. Era cierto que le dedicaban poco
tiempo, pero era el que había y él tenía que poner más de su parte por intimar con ellos. Finalmente, él
había causado los destrozos en el hogar y pagaría de sus ahorros los arreglos.
Estando sereno, el cerebro de Lucas era una apisonadora de lógica y de sentido común. Su
principal problema personal se centraba en esa falta de contención que le disparaba la violencia desde
las tripas a los puños. Creyó que era una señal de falta de madurez. También se vio a sí mismo siendo
demasiado chulo con todos, su desprecio por sus iguales, sus comentarios irónicos. Percibió
claramente que esa actitud no era, en contra de lo que un día pensó, una señal de madurez, sino de todo
lo contrario. Además, era injusta, porque él no había hecho nada para merecer ser más inteligente,
mejor dotado para la escritura o ser un tío con buena planta. Se dio cuenta de que no era muy capaz de
ponerse en el lugar de los demás. Si fuese corto, contrahecho, feo o paticorto, seguro que estaba todo
el día quejándose de que nadie le entendía, de que nadie se ponía en su lugar… Y también se dio
cuenta de la baba cínica con la que trataba a sus padres, auténticos dardos envenenados que no tenían
que padecer por su mal carácter de niño engreído. Y vio mil errores más, con una clarividencia que lo
soliviantaba y que le dolían en el orgullo. ¿Cómo no había caído en ellos? ¿Cómo es que siendo tan
reflexivo, tan crítico con todo, tan hábil para analizar a los demás, no los había advertido en sí mismo?
Era una auténtica piltrafa de tío. Se sintió como un auténtico cerdo, quizá por el exceso de
compunción y un poco también por el gusto a martirizarse, propio de la edad. Era buen estudiante,
correcto en las formas, pero una auténtica basura de persona. Sí, tío…, eres un montón de mierda con
una fachada de anuncio, Lucas –se dijo a sí mismo, a modo de conclusión.
II
Berto volvió del partido hecho una furia. Nunca corrió tanto en un partido con un resultado tan
inútil. La gente del equipo ese sábado por la mañana estaba “sobada” perdida, y no se enteraba de qué
iba la fiesta. Lograron empatar de milagro en el descuento, después de que el míster don Nico les
metiese una bronca del trece y los calificase como abotargados y coleccionistas de miserias humanas.
El orgullo sale caliente al campo y se rehace lo perdido… Pero esta vez no dio para más que el
empate. Los muy pringaos del Cíes seguro que ganaban y los de El Olivo mantendrían el liderato por
un miserable punto de asfixie –se lamentaba el capitán.
Después de regresar a casa, se tumbó encima de la cama y trató de organizarse. Por la tarde iba a
estudiar un rato con Clara y, a eso de las siete, igual se iba a dar un paseo para refrescar el “tarro”.
Antes de comer, le llegó un mensaje de Andrea, invitándolo a salir por la tarde. A Berto se le
encendieron los ánimos. Le respondió que sí, pero con la condición de salir sólo ellos dos, sin
Gorgonas, ni más testigos. La respuesta del OK, lo puso en vena. Comió con un exceso de humor que
sus mayores interpretaron correctamente: seguro que el niño tenía plan con chica de buen ver. Al
acabar la comida, se escaqueó del fregoteo con la excusa del estudio. Nunca fue tan bien recibida una
excusa así en casa de Berto. A la media hora, llegó su hermana Clara y le acompañó. Pero Berto tenía
la cabeza en otros asuntos, y no se concentraba.
–Clara, ¿qué sentís las pavas cuando estáis coladitas por un tío? –le soltó en medio del silencio,
como una pedrada en un cristal.
–¡Déjate de pavas y estudia, alcornoque! –le respondió Clara sin dirigirle la mirada. Berto le lanzó
el pique.
–Me dices eso porque tú a los tíos ni los hueles, ¿verdad?
El patadón directo a la espinilla le hizo ver estrellas a Berto y gimió como una niña mientras se
frotaba el escozor y cogía mucho aire de manera rápida.
–¡Joé, tía, te has pasado tres pueblos!
–¡Eso para que aprendas a tenerle respeto a tu hermana mayor, atontao!
Volvió Berto a estudiar pero no podía. Le obsesionaba la curiosidad.
–Anda, Clarita, ¿dime qué sentís las chicas guapas cuando os ronda un príncipe azul?
A la hermana le dio la risa floja, porque su hermano era un pesado, pero un chaval que le robaba
siempre el corazón con su ingenio.
–¿No me vas a dejar estudiar, verdad cabezón?
–No hasta que me lo cuentes.
Clara reflexionó unos minutos, para ver si era capaz de resumirle la respuesta y poder seguir
estudiando.
–Verás, Bertiño, no puedes ir a saco con ella. Si te lanzas y avasallas, si te haces pesado y
cargante, a las chicas nos agobia, nos enfada y nos sentimos utilizadas. Tienes que jugar a hacerte el
interesante…, a despertar en ella el interés de que tienes mucho por mostrar todavía, a practicar el sí
pero no…, para que ella tenga que intervenir y no sea pura pasividad. Fíjate en cómo te recibe: si es
con una sonrisa –le imitó el gesto–, la cosa va bien porque se encuentra a gusto contigo. Si te rehúye la
mirada o si se siente tensa o desdeñosa, haz una retirada a tiempo antes de que quemes el campo. El
amor tiene sus tiempos, Bertiño. Primero, es la atracción… Luego el estar a gusto y, finalmente, la
correspondencia. Los tíos sois unos animales y tenéis la sensibilidad en los mocos. Una chica que esté
colada por ti te hará ver que ella vale mucho más que tú, lo cual supondrá un reto para ti, y tendrá
conciencia de que ella es el premio, no que tú lo seas para ella. ¿Lo has entendido?
Berto tenía que hacer esfuerzos para seguir a su hermana. Intentó tomar notas de la lección, pero
ella no se lo permitió. Tras darle un par de vueltas, llegó a sus conclusiones simplistas y primitivas.
–¡Qué raras sois las tías, macho! ¿No sería más fácil decir: tía me gustas y yo te gusto, vamos
allá?
–Hombre, si estuvieses en la época de las cavernas, todavía te sería más fácil. Le dabas un
garrotazo y la arrastrabas de los pelos a la cueva.
Berto se detuvo unos momentos pensando.
–Bueno, a ver qué pasa hoy…
–¿Qué vas, con Andrea?
–No, con Scarlett Johansson, ¿no te joroba? ¿Con quién voy a salir?
–Pero si ya llevas tiempo con esa chica… ¿Qué dice ella?
–Es que no me aclaro. Tan pronto pasa del sí quiero al que te den, guarro de mierda.
–Ninguna chica le dice eso a nadie si no se lo merece, Bertito…
–¡Bueeee! Ya salió la moralista… Si hay rollo, hay rollo, y si no, ajo y agua…
–Berto, si tus pensamientos y sentimientos hacia esa chica los pudiera ver yo, ¿te darían
vergüenza y a mí asco?
–No sólo pienso en esas cosas cuando estoy con ella, ¿sabes? –intentó excusarse Berto, bastante
sonrojado.
–¿Me repugnarían o no? –insistió Clara.
–Muchos sí, otros no porque verías que es amor del bueno, de verdad.
–Pues si muchos sí, hace bien en llamarte guarro, cerdo y salido. Porque lo eres y porque la
instrumentalizas. Sólo quieres desfogarte tú y a ella que le den, sin rechistar, y encima que esté
contenta y te aplauda. ¿Cómo te sentirías si un chico me tratase así, a tu hermana?
–Me entrarían ganas de romperle las piernas… Bueno, tienes razón. Ya lo voy pillando, pero no te
creas que es tan fácil de contenerse uno mismo…
–Por eso no te preocupes. Nosotras siempre llevamos los mandos.
III
Alberto y Elvira seguían conmocionados por el espanto vivido. Elvira, sintiéndose culpable de la
escena, estaba derrumbada y no cesaba de suspirar, a pesar de los intentos de Alberto. Habían cenado
unas tonterías para calmar el fuero de las tripas y volvieron a caer en estado catatónico, sólo
interrumpido por el mensaje de Romina que, sin ser mucho, algo aliviaba la situación.
–Tito, ¿por qué nos ha pasado esto? –preguntó desde el agujero de su desolación Elvira.
–Ya te dije que no era buena idea meternos a ver sus cosas sin su consentimiento. De todas
formas, me parece que ha sido una reacción demasiado desproporcionada para ser normal, ¿no crees?
–Yo ya no creo nada, Tito… ¿Por qué no pudimos hablar como personas normales?
–Porque él dejó de estar normal… Era imposible dialogar con una fiera…
–No. Yo te digo antes de que estallase…
–Yo creo que se sintió acorralado, me pareció entender que estaba tenso y a la defensiva…
–¿Por qué, Tito, por qué? –preguntaba Elvira a nadie.
–Lo que tengo claro es que no es nada normal. No se ha tratado de una chiquillada… Quiero decir,
que esa violencia no es propia de un chico, aunque esté alterado… Parecía un desequilibrado…
–¿Qué quieres decir, Tito? –preguntó con miedo Elvira.
–Quiero decir que estoy muy preocupado, Elvira. Verás, hace menos de un mes, se desató a
bofetada limpia con ese otro chico. Parece que fue una lucha de una violencia desmedida, una
alteración desproporcionada. Y hoy otra vez lo mismo, Elvira. ¿No tendrá alguna neurona fundida?
–¿Quieres decir que…? –seguía Elvira con el temor.
–No. No quiero decirlo. ¿No compensaría llevarlo al médico del seguro y que lo mirase
despacio…? Esas alteraciones tan súbitas, esa violencia incontenible… No me digas que no son
preocupantes. Y dos veces casi seguidas, en menos de un mes… Ya no se trata de un hecho aislado,
Elvira. No digo que le pase nada, pero tenemos que desechar todas las dudas, ¿no?
–¿Y no podría ser todo más sencillo? Por ejemplo, que estuviese sobrecargado de trabajo, o su
inestable relación con esa desgracia de chica, o la presión de los cuchicheos de todos, o el dolor por
haberle mirado sus cosas privadas… Todo eso, Tito, ¿no le podría haber llevado a explotar? Quizás
haya sido sólo eso. La verdad es que hablamos tan poco con él, que no terminamos de saber qué le
pasa.
–No te digo que no, Elvira. Pero una visita al médico no hace daño a nadie…
–¿Recuerdas lo que nos dijo Valeiras? Hablar con él, desarrollar cauces de confianza, no tratarlo
como a un niño, interesarnos por sus cosas. Desde que hablamos con el profesor, no hemos hecho nada
de eso…
–¡Y para una vez que lo intentamos, nos explota el berrinche! No hay quién lo entienda. Que si lo
dejamos, porque lo dejamos; que si nos interesamos, porque le metemos presión…
–Es inaudito que no conozcamos a nuestro propio hijo, ¿no te parece? ¿Por qué no fuimos capaces
de intuir la que se estaba montando, Tito? Porque no me digas que esto ha sido un arranque de furia
porque le dio una ventolera… Yo creo que estuvo acumulando historias y, por lo que sea, quizá por lo
de su ordenador, se disparó todo.
–Algo tiene que dar explicación a unas reacciones tan desproporcionadas, Elvira. Y yo no me
apeo. Creo que no pasa nada porque lo vea el médico –concluyó con muchas dudas. Se hizo un breve
silencio.
–¿Y ahora qué hacemos? –preguntó Elvira con ansia y desconcierto.
–Mucho me temo que esperar a que Lucas se normalice. A ver si tu madre lo consigue y, después,
tendremos que hablar con él… No nos queda otra…
–¿Y la bofetada, Tito? ¿Ya no te acuerdas de ella?
–Nunca imaginé tener que hacer algo así, y menos a estas alturas, Elvira. Creo que pesará sobre mí
mucho tiempo, y que cada vez que hablemos, cada vez que paseemos juntos, cada vez que nos
miremos, estará en medio esa bofetada.
–¿No crees en el perdón, Tito? ¿No confías en que Lucas nos perdone algún día?… Yo espero que
sí, Tito.
–Yo también lo espero, Elvira. Pero temo más a su orgullo herido que a su capacidad de perdonar.
–Es muy duro eso, Tito… Es nuestro hijo…
–Puede… Pero quizá también hoy haya dejado de serlo como era hasta ahora. Quizá, con todo lo
vivido, sigamos teniendo un hijo llamado Lucas, pero ya no será ni tu Luc, ni mi Lucas, ni el Luquiñas
de tu madre…
–¿Pero qué otra forma de ser hijo nuestro puede ser, Tito?
–No lo sé. Con lo que ha pasado hoy, creo que tenemos que enterrar nuestra visión del Lucas niño,
para pasar a comprender al Lucas hombre… Hay que pensarlo muy bien, porque quizá sea la única
manera de seguir teniéndolo…
–¿Tú crees? ¿No exageras, Tito? –comentó Elvira con cierta desilusión.
–Mira, Elvira, ponte en su lugar. Trata de comprenderlo desde su punto de vista. Un chico educado
para quedar bien, estudioso y ordenado para contentar a los demás. Un hijo aparente pero que quizá
quisiera ser de otra manera y no puede. Un chaval creído porque vive rodeado de nuestro orgullo.
Todo eso lo ha mamado aquí, en su casa. De su madre y de su padre. Y eso ha entrado en oposición
con lo que le gustaría ser. Quizás querría liberarse de la pantalla que muestra, y sacar a relucir su
verdadero yo… Pero en esta casa y en esta vida que le hemos hecho vivir, se hace imposible su deseo.
Eso provoca frustración, se va quemando por dentro aunque no se manifieste al exterior… Y llega un
momento en que explota. No sé cómo lo verás tú, Elvira, pero me parece que su reacción violenta no
ha sido buscada ni querida… Ha sido irracional, totalmente descontrolada. ¿Lo entiendes?
–Pero, Tito, ¿cómo no lo hemos advertido?
–Si hubiésemos estado atentos, lo habríamos percibido, creo yo, Elvira. Él probablemente iba
dejando pistas, quizá de manera inconsciente porque eran involuntarias… Por ejemplo, las ironías del
paseo del domingo pasado… ¿No las recuerdas? “Tú hijo mío, escribe, que eso es lo importante”, le
dijiste. ¿Y qué te contestó? Aquello tan feo de que no te preocupases que no ibas a quedar mal por sus
notas… ¿No caes en la cuenta? Lucas entiende que para ti sus notas tienen el único valor de que tú
puedas seguir mirando con la cabeza alta a las demás madres, y que te puedas pavonear de que tu niño
sea un Einstein. Y eso con todo. Mira su gran madurez, su saber comportarse en público, ser envidiado
por todos. ¿Esa es la forma de ser que quiere Lucas? ¿O se la hemos impuesto nosotros?
–¿Crees que somos unos hipócritas, Tito? ¿Que nuestra vida es pura fachada?
–No lo es porque nuestros logros y éxitos son reales, nuestro trabajo no es ficción ni mentira, ni
sus sobresalientes son regalos. No es pura fachada, pero creo que… hemos estado muy preocupados de
que todo ello se notase excesivamente. Que hemos sido orgullosos de más…, y que Lucas se ha visto
forzado a ser coherente con la familia de donde procede. Dicho de otra manera, que nos hemos
equivocado no sólo con él, sino con nuestra forma de vivir la vida. Si lo queremos recuperar, nosotros
tendremos que ir por delante y cambiar también.
–¿Quieres decir que tendremos que ser más… normales? ¿Quieres decir que no se note nuestra
vida feliz?
–Quiero decir que seamos más naturales. Más auténticos, como Lucas quiere ser, sin tener tanto
en cuenta a los demás… ¿Recuerdas lo que te ha gritado hoy, Elvira? ¿Acaso no tenía razón cuando te
echó en cara que sólo pensabas en tu reputación y en el qué dirán…? Hombre, estaba medio ido y
exageraba, pero eso fue lo único que nos echó en cara… Que él no tenía vida propia, que era un adorno
más en el éxito de la vida de sus padres. Él lo cree así, y quizá no le falten razones para pensarlo, pues
no ha visto otra cosa en su vida…
–Pero, cariño, entonces ahora todo tiene mucha más lógica. Es fácil comprenderlo desde ese punto
de vista. La culpa ha sido nuestra y totalmente nuestra… Y eso quiere decir otra cosa, Tito…
–¿El qué?
–Que no tienes que llevar a tu hijo a ningún médico. Que no ha hecho nada raro que ni tú, ni yo, ni
nadie en sus circunstancias no hubiese hecho.
–¿Qué es lo que no hubiésemos hecho?
–¡Explotar, Tito! Explotar como un arsenal que se lleva todo por delante –exclamó con pena y
alivio a la vez.
IV
Ángel y Blanca, después de comer, decidieron irse a dar un paseo, ya que la lluvia estaba dando
una breve tregua el sábado. Blanca siempre había defendido esa media tarde del sábado para pasarla
con su marido. Le encantaba hablar y discutir con él, que le contase cómo iban los negocios, y ella le
hablaba de las cosas del hogar, de los chicos y de las noticias de la familia, desperdigada por todo el
sur de Galicia. Desde Coia, cogían un bus urbano que los dejaba en la zona del centro, y empezaban a
dar vueltas sin un rumbo muy fijo. Urzáiz, Príncipe, Gran Vía… Zonas de tiendas, de barullo de gente,
de compras. A Ángel lo de las tiendas le ponía enfermo, pero se hacía el interesado porque era una de
las pasiones de su mujer. Mira, Ángel, ¿has visto cómo viene la moda este invierno? Mira los zapatos
de hombre, qué cómodos son ahora, ¿quieres que entremos y te los pruebas? ¿No me digas que ese
conjunto no es una preciosidad para Clarita? ¿Y cómo vamos a adornar la casa estas navidades,
Ángel? ¿No ves que ya empiezan a ponerlo en todos los sitios?
Y Ángel sonreía, afirmaba, y se admiraba de la capacidad de atención de su mujer, algo muy
propio de quien no tiene ningún interés y le coge todo por sorpresa. Tras la concesión a los grandes
almacenes y las tiendas de la moda, se dirigían a algún café próximo o a Bonilla, a tomarse un
chocolate con churros. Cuando se sentaron en una mesa de una cafetería de Gran Vía, casi al lado del
cruce con Urzáiz, empezaron a charlar de sus cosas.
–¿Estarás contento con tu hijo, Ángel, verdad? –le comentó Blanca, muy interesada en que su
marido advirtiese los progresos de Berto.
–¡Bueno, mujer! Esto es por los exámenes… Para que no le cortemos las alas. Ya verás en cuanto
pasen, cómo no vuelve a rascarla…
–¡Que noooo, hombre, que no! Que el crío está cambiando de verdad.
A Ángel le dio la risa burlona.
–¡Cómo sois las mujeres! Os agarráis a un clavo ardiente con tal de no perder las esperanzas. No,
Blanca, a mí ese no me la cuela más veces…
–¿Pero no te acuerdas de lo que nos dijo Fernando Adrio? ¿No has visto cómo está estudiando con
Clara? ¿Cuántas veces le hemos tenido que pedir que estudie para estos exámenes? ¿O no te acuerdas
de otras veces, que en media hora ya lo había estudiado todo? Ayer mismo, y eso que era viernes, se
metió entre ojos y nuca tres horitas largas…
–Bueno, vale, esta vez se ha puesto él solo, pero seguro que nos pasa factura…
–¿Factura? ¿A qué te refieres?
–Como las notas sean medio buenas, ya verás cómo nos viene con que si le aumentemos la paga,
con que las salidas hasta las cuatro de la mañana, con que si la moto o con lo que sea. Ese no se mata
por amor al arte, que te lo digo yo…
–¡Y dale! ¡Qué cabezón eres, Ángel! Tendrías que estar dando gracias al cielo por el cambio, y
aquí estás rompiéndote el coco con que si te va a cobrar… Cualquier cosa menos aceptar que el pobre
crío esté madurando de verdad.
–¡Bueno, mujer, bueno! Ya te diré dentro de quince días, y ese día me reiré de tu inocencia…
–Yo te apuesto una mariscada de las gordas a que estás equivocado.
–Mira, Blanca, si el chaval me cambia y empieza a ser responsable, yo te meto una mariscada que
no la olvidas en lo que te quede de vida. ¡Como si quieres hacer un crucero por el mar Báltico! Yo más
feliz que la puñeta, fíjate…
–¡Habla bien, que no estás en casa! –le amonestó Blanca con cara de seriedad.
Permanecieron unos instantes en silencio, observando a la gente de la cafetería.
–Mira, Blanca, a mí lo que me preocupa ahora es Clara…
–¿Clara? ¿Qué le pasa a Clara? Pero si esa hija tuya no nos la merecemos nadie en esta casa…
–Es verdad, Blanquita. Pero tiene ya veintidós años y yo la veo muy encerrada en casa, que sale
poco, que no parezca que tenga novio… ¿No te resulta extraño?
–¡Vaya, hombre, ahora resulta que tienes prisas por casarla!
–¡Hala, ya estás exagerando, mujer!
–Clara tiene un millón de amigas, y sí que sale con una pandilla de la facultad. ¿Que no sale tanto
como otras? Ella sabrá por qué. ¿No te das cuenta de lo que estudia para sacar la carrera y tener más
oportunidades? Otras igual van más sobradas o son más vagas, pero ella… ¡Erre que erre! ¡Y un
disgusto, cuando no lleva matrícula de honor en un examen!
–¡Eso ya lo sé, chica! Pero me parece que está un poco recluida de más. Creo que se divierte
poco… No sé, la veo con poca marcha encima. A ver si se nos va a convertir en un ratón de biblioteca
y le pasan los años y…
–¡Tú eres medio idiota, Ángel! Desde luego, a los hombres os encanta buscaros problemas para no
aburriros… ¿Qué ratón de biblioteca ni qué puñetas, hombre?
–¡Habla bien, que no estás en casa! –le recordó Ángel con muy mala leche y con sonrisa cínica.
Blanca lo miró con ojos de que te sacudo.
–No, en serio, Ángel. ¿Te preocupa lo de Clara? ¿De verdad?
–Hombre, lo he pensado alguna vez, Blanca. No es que quiera que vaya todo el día colgada de un
pelanas de esos que no han dado un palo al agua en su vida, pero tanta sobriedad de vida… No sé… A
veces me parece que es demasiado buena, tan responsable que se agobia por los demás, y seguro que la
gente se aprovecha de ella… También es muy insegura, Blanquita, y a estas edades y con su
currículum no lo tendría que ser, ¿me sigues por dónde van los tiros?
–Te sigo, Lavilla, te sigo. Me parece que exageras de más, pero para que estés tranquilo hablaré
con ella, a ver qué me dice.
Se levantaron, pagaron los cafés, y se volvieron hasta la Puerta del Sol para coger el autobús de
vuelta, mientras seguían con su cháchara distendida, camino del hogar. Blanca pensó en qué haría de
cena, y se lo preguntó a Ángel.
–Haz cualquier cosa, mujer, que todo te queda muy rico –le contestó a Blanca sin resolverle la
duda de qué plato preparar. O sea, como siempre.
CAPÍTULO 16
I
La sobremesa en casa de la abuela parecía el guión de una telenovela sudamericana, de esas en las
que el sentimentalismo es tan empalagoso que hastía. Es que el chaval no era capaz de explicar de otra
manera sus reflexiones, su dolor por lo sucedido y sus deseos de perdón. Romina lo advirtió pero no
quería cortarle el efluvio de emociones al nieto, no se fuera a atascar y ni una cosa ni otra. Mañana,
antes de comer, ya le explicaría ella cómo habla un hombre cuando reconoce que se ha equivocado, o
cómo ser sencillo sin parecer ñoño y algún que otro recurso más para la vida de adulto que acababa de
estrenar Lucas, a grito limpio y cortando las amarras del sometimiento paterno.
Romina le habló con severidad. Era su nieto y lo quería más que a sí misma, pero Lucas se había
comportado como un salvaje, y tenía que sacar consecuencias. No tenía ni edad ni mentalidad de
niñato estúpido montabroncas y berrinchero.
–Tienes que demostrar que eres un hombre, Lucas, y dejar la niñez para los recuerdos de tus
padres –le aclaró la abuela con mirada seria.
Lucas estaba apesadumbrado por la bronca de la abuela, porque ella disparaba a donde más le
dolía, al sentido de la responsabilidad disimulado y teatral que lo convertía en un falso. La abuela
apeló a su hombría, a su inteligencia y a su humanidad, demostrando que era una persona capaz de
amar en serio a los suyos y no por lo que dictase el guión. Que si sus padres no lo habían hecho bien,
él se había comportado como un idiota, porque tenía capacidad sobrada para haberlo advertido. Y, no
haberlo hecho, era de niño acomodado que espera a que los demás le hagan un hombre sin él poner
nada de su parte.
Duras palabras de la abuela que fueron admitidas con resignación por Lucas, en el idóneo marco
de autoflagelo por el que pasaba el chico, denostándose como imberbe, inmaduro e irresponsable. Sin
embargo, la abuela le dejó también claro este punto.
–No me digas que ahora, encima, pretenderás dar pena, haciendo teatrillo barato de
automachaque… Eso sería tan patético como toda tu historia reciente. ¡Sé hombre, Lucas, que ya va
siendo hora! –y se lo dijo con un énfasis y una mirada que no le daban muchas opciones a no
tomárselo en serio.
–¡Tienes razón, abuela! Ya me estaba martirizando en plan inválido sufriente. Es que me tira
mucho eso, ¿sabes?
–¡Pues te me vas olvidando de todas esas tonterías! Has cruzado una línea y no vas a volver ahora
la mirada atrás, anhelando tu niñería infantil.
–Vale, abuela, un millón de gracias –le agradeció el nuevo consejo con cara seria.
–Y con una sonrisa en la cara siempre, ¿eh, Lucas? Tienes que empezar a poner rostro a tu vida.
Demasiado difíciles están ya las cosas para tanta gente como para que tú, que lo tienes todo, vayas con
gesto de mártir desvalido e incomprendido. ¿Quieres que te ponga ejemplos de verdad para dejarte
triste el corazón por motivos serios?
–Que no, abuela. Que ya sé que la vida está muy difícil, con la crisis y todo eso…
–¡Tú qué vas a saber, Luquitas! Para que lo aprendas de una vez por todas: lo importante no es
decir que uno ya sabe que las cosas están mal; lo importante es saberlo de verdad, padeciéndolo junto
al que sufre, hombro con hombro. Hacerte una misma cosa con ellos y condoliéndote con lo mismo
con lo que ellos sufren. Vente un día a Cáritas conmigo, y sabrás de qué te hablo. Eso te vendría muy
bien, ¿sabes? Quizá el lunes te lleve ahí y vas a empezar a saber lo difícil que es la vida.
–Como quieras, abuela. Pero… ya no estás enfadada conmigo, ¿verdad? –le robó el sentimiento a
Romina.
–¡Claro que no, hijo mío! Yo nunca he estado enfadada contigo. Te lo digo por tu bien, y te lo digo
en este tono porque con ciertas cosas no se juega ya, a tu edad. Hay que poder hablarte como a un
adulto.
–¿Cuándo crees que debo hablar con mis padres, abuela? –preguntó, confiado y deseoso.
–Aún no estás preparado, Lucas. Creo que tienes que meditar un poco más, tomar decisiones, tener
claro qué les vas a proponer. Sí. Tú querrías que viniesen esta tarde, que os perdonarais y seguir tan
felices como si aquí no hubiese pasado nada. ¿Y sabes lo que harías, Lucas? Otra comedia patética
como la que acabas de hacer ahora conmigo. No… Tienes que proponerte y explicarte. Será una
conversación de gente seria. Nada de lloriqueos y de bobaliconadas. Y… también creo que tendrías
que hacerle una visita a Antón. Es un consejo de abuela que sabe a quién te manda.
En ese momento, sonó el timbre de la casa. Les cogió desprevenidos porque no esperaban visitas.
En realidad, sí. Pero Lucas lo había olvidado. Entraron, muy amables, Silvia, Félix y Marisa.
Saludaron muy cortésmente a la sorprendida abuela y a Lucas, que se golpeó la frente, mientras
suplicaba perdón con la mirada a su abuela. Ella se lo concedió, gracias a las circunstancias que hacían
comprensible el olvido, pero quiso enterarse de qué iba la fiesta.
–¿Cómo? ¿No le ha dicho nada su nieto? –preguntó, extrañada Silvia.
–Hemos estado muy ocupados resolviendo algunos asuntos familiares, guapa. Así que vosotros
sois los del guiñol… –se situó Romina.
–Sí, señora, y salvadas por la campana gracias a su nieto –le comentó Marisa.
–Sí. Últimamente está un poco sonado de más… –miró de reojo a su nieto, tras el zambombazo–.
Bueno, Lucas, te recuerdo que me prometiste que me las ibas a guardar, ¿no?
–Sí, abuela. No te preocupes. La tengo en la carpeta…
Y entonces Lucas se dio cuenta de que el mundo había seguido avanzando mientras él se había
bajado un momento. Recordó que no tenía ni la carpeta, ni los libros para los exámenes, ni la obra de
guiñol, ni nada. Que tampoco tenía ropa para afrontar unos días más en Playa América. Y que había
sido un idiota precipitado sin querer saber nada más que de sus problemas.
–¡Eh, tíos! Empezamos a chapar, y después nos metemos con el teatro. Abuela, por favor, ¿puedo
hablar contigo un momento en tu despacho? –le preguntó mientras se apartaba del grupo y le exponía
su situación menesterosa. La abuela le sonrió.
–¡Menos mal que tienes una madre y una abuela, Lucas! Te lo han traído todo esta mañana, muy
de mañana.
–¿Qué dices? ¿Han estado aquí? –preguntó con ansiedad.
–Claro que han estado. Tu madre ha caído en la cuenta de que en un momento dado despertarías a
la realidad. Están todas tus cosas en el ropero. Y por la noche me cuentas quiénes son estos chicos y
me lees las obras, ¿vale?
Lucas respiró, aliviado. Así que, en medio de todo el caos, su madre había tenido encima la
preocupación de pensar en él, de prever sus necesidades del futuro. Se dijo que eso no podía ser un
detalle aislado. Que, probablemente, siempre habría sido así; pero, en su ceguera, no lo había captado
nunca.
Cogió sus libros y fue al salón donde tenían una espaciosa mesa de comedor con sillas altas. Esta
vez Silvia se sentó a su lado, a su izquierda. Estaba trabajando las mates y resolvía ejercicios. Lucas
apenas se dio cuenta, pero el codo de ella le rozaba su brazo con los movimientos de las cuentas, y eso
le produjo un extraño placer de suave cosquilleo. No apartó el brazo y se dejó rozar. En diez minutos,
estaba totalmente dormido.
Un cuarto de hora más tarde se despertó de manera brusca por el ruido de las risas apagadas. Eran
Silvia y Marisa, pues Félix también había caído tieso como un pajarito, usando la misma técnica.
–¡A ver, bellos durmientes! –comentó Marisa mientras se tapaba la boca.
Despejados por el sonrojo y azorados por lo descarado de su proceder, siguieron estudiando en
absoluto silencio, hasta a eso de las siete y media de la tarde. Dos horas y media para la tarde de un
sábado, no estaba tan mal, a fin de cuentas. La abuela no perdía detalle de todo lo que se vivía en su
salón. Cuando cerraban los libros, les tenía ya preparada una merienda en condiciones. Las chicas se
desvivieron en agradecimientos y enseguida le echaron una mano a Rosina para prepararlo todo. El
gesto no pasó desapercibido a la abuela, que vio que eran buena gente, chicos serios que habían
estudiado a conciencia.
A la experta Romina le sobraron cinco minutos de deglución para intuir las relaciones afectivas
del grupo. Silvia intentaba captar la atención de la mirada de Lucas, pero este nunca se había mostrado
tan esquivo. La joven intuyó su preocupación. Romina también vio el dubitativo estado de Marisa con
respecto a Félix, que estaba como en su casa, a pesar del velo turbio de sus ojos claros.
–Bueno, ¿qué? ¿Empezamos con la obrita? –se lanzó Marisa.
II
Berto estaba con todos los sentidos al loro para ver si se cumplían algunas de las pistas que le
había dado su hermana. Cuando apareció Andrea, andando por la calle Pí y Margall, la saludó desde el
quiosco del Paseo Alfonso, donde la estaba esperando desde hacía más de un cuarto de hora. Ella
respondió con una sonrisa dental espectacular, mientras aceleraba el paso para el encuentro con Berto.
Bueno, mira, esto empieza como Dios manda –se dijo Berto mientras ponía cara de babeo. Se
saludaron con un abrazo y un par de roces mejilleros que quedaron muy elegantes pero que indicaban
las distancias. Avanzaron unos metros, hasta que llegaron a la zona central del mirador, apoyados en
la barandilla de hierro, con el olivo que representa a la ciudad a su derecha. Miraron el gris
espectáculo de la ría cubierta de nubes bajas y un mar de color aluminio, absolutamente inmóvil,
como un plato.
–¿Todavía sigues con el pringao ese del Lucanor, Andrea? –le preguntó sin mirarla.
–Parece que tiene cosas más importantes que yo, Bertiño. Lo he mandado a freír espárragos –salvó
la situación la chica desde el gris del cielo.
–Ya. Y ahora te aburres y vienes conmigo, ¿no?
–Por lo que veo, no pareces estar muy contento, Bertiño. Ahora tienes una oportunidad guay. Sólo
quedas tú. ¿Me convencerás?
–¿Y cómo quieres que lo haga, Andrea? Quizá pienses que soy un animal, un guarro y un salido,
pero no lo soy. Soy una persona mucho más interesante que todo eso… –le dijo Berto, haciendo el
ridículo más espantoso, al tratar de seguir los pasos de la estereotipada respuesta que le había dado su
hermana.
–¿Así que te vas a hacer el interesante ahora? ¿Para que yo me sienta atraída hacia esos misterios
que escondes, Berto? Y luego, ¿qué? ¿Seguirás con el manual del perfecto seductor, invitándome a no
ser mero objeto pasivo, y a pasar a la etapa del encuentro? ¡Por Dios, Bertiño, que eres más inocente
que un canario!
¡Hala, qué pillada! –se dijo Berto–. Cuando llegue a casa, le voy a decir a la subnormal de Clara
que es tonta del bote. Desbordado por el saber de la belleza rubia, Berto se quedó todo azorado, en
silencio, sin saber qué decir.
–Mira, Berto, que no te engañe nadie. Las chicas hoy no somos nada convencionales. Cada una es
como es y al que se la quiera ganar se la tiene que currar. Por ejemplo, supongo que te habrás fijado
también en mi sonrisa de llegada. Habrás dicho: ¡Bien! ¡Me sonríe, así que está a gusto conmigo!…
Que sepas que esa misma sonrisa se la he puesto al busero mientras me cobraba, a la señora que me ha
cedido el asiento porque se bajaba en la parada y a un pringao vestido con mono azul que me ha
lanzado un piropo. Así que nada de recetas precocinadas, ¿entiendes, mamón? –le dijo con muchos
aires de superioridad.
–Entonces, ¿es todo falso, Andrea? ¿No estás a gusto conmigo?
–¡Claro que sí, Berto! Pero yo lo que te quiero decir es que no te fíes ni de tu padre, y que seas
natural.
–¡Ya! –exlamó Berto, ofendido ante la lección.
–Y… dime, Berto. ¿A qué te dedicas ahora, que no se te ve el pelo?
–Ya sabes que ahora estoy con los de primaria en los recreos…
–Sí, pero no en el recreo de la mañana. No es fácil encontrarte dispuesto a pegar la hebra…
–¡Ah, bueno! ¡Sí, es verdad! Es que le estoy dando vueltas ahí a varios asuntos y no es fácil
aclararse…
–¿Asuntos? ¿Cuáles, Bertiño? A lo mejor te puedo echar una mano… –se interesó Andrea.
–Es sobre mi futuro, sobre las posibilidades que tengo… Son cosas muy personales, Andrea. Te
parecerían un rollo patatero y… seguro que te reirías…
–¡Que no, hombre! Dime, porfa, ya verás como no me río…
–Verás, ¿tú has descubierto tu tesoro?
–¿Mi tessssoro, Gollum? ¡Ellos nos lo robaron, sucios y asquerosos hobbits! –tonteó Andrea–.
¿Qué tesoro, Berto? –le sonrió a un Berto mosqueado por las bromas.
–El tuyo. Seguro que lo has descubierto ya. Que lo has destapado y lo has visto brillar ante tus
ojos… ¿No es cierto? Además, las chicas en eso vais muy por delante de nosotros.
–No sé de qué me hablas con lo del tesoro. ¿Te refieres al sentido de tu vida, a lo que quieres ser
de mayor, o algo así?
–Mmm, sí…, más o menos.
–¿Y ese rollo de dónde lo has sacado ahora, Bertito? ¿Te dedicas a jugar a los piratas del Caribe?
–¡No, hombre, te lo digo en serio! Yo voy siguiendo las marcas en el mapa y sé que me estoy
acercando a la solución, a aquello que, cuando lo vea, lo reconoceré y me diré: ¡claro, idiota! ¡Siempre
lo tenías allí, y no te dabas cuenta!
–¡Ah, ya! ¿Te refieres a la personalidad?
–Bueno… Sí… También a la personalidad.
–¿Y qué pistas has encontrado ya, Bertito?
–¡Uff! ¡Muchas, Andrea! Por ejemplo, que soy absolutamente distinto de los demás.
–Hombre, claro. Vaya chorrada de pista. ¿Y te has roto mucho la cabeza para llegar a esa pista?
–No es tan evidente, ¿sabes? La tele, el cine, la publicidad, tu familia, tu equipo de fútbol… Todos
quieren que seas como ellos te dicen. No te quieren como tú seas, sino como ellos quieren que seas.
De esa manera, uno deja de ser uno mismo para pasar a ser del montón. Y a eso lo llamamos aficiones,
relaciones familiares, modas, lo guay… ¡Ya! ¿Y uno dónde queda? ¿Qué pasa, no puedo ser del
Madrid y que me guste cómo juega el Barça? ¿Soy un borrego porque mi padre es fontanero, y qué va
a dar de sí el hijo de un fontanero? ¿No puedo querer a mi hermana y darle una patada en la espinilla?
–¡Ostras, Berto, te estás haciendo un filósofo! Sigue, sigue, que esto se pone muy interesante…
–¡A ver, tía! ¡Que luego te vas de la lengua y anda todo el mundo con el cuento en la fiambrera!
–¡Que no, Berto, te lo juro! Dime qué más puntos del mapa has descubierto.
Berto se dio cuenta de que, a pesar de la desilusión con la que había empezado su diálogo con
Andrea, el viejo sistema que le había contado su hermana era infalible. Él se había hecho el
interesante y ella había mordido el anzuelo. ¿Curiosidad? ¿Mujeres? Por mucho que uno sepa, parece
como que no puede huir de su condición.
–¡No, guapa! ¡Ahora te toca a ti! ¡Dime una pista de tu tesoro! –le exigió a Andrea.
–Pues, ¡yo qué sé! Lo vi hace tanto tiempo que casi no lo recuerdo, ¿sabes?
¡Ya! –pensó Berto para sí mismo–. ¡Tocado! O lo sabe y lo oculta por lo que sea, o es más corta
que el rabo de una mosca.
–Mira, Andrea, que no cuela. Que sueltes la lengua o yo soy una tumba.
–¿Me estás presionando, Berto? Sabes que no me hace gracia…
–Sin embargo, tú sí que te permites el lujo de presionarme… ¿Quién avasalla a quién?
¡Vaya con el anormal del Berto! Ahora resultaba que el muy idiota razonaba y todo –se molestó
Andrea.
–¡Bueno, vale, te cuento! Yo, lo primero que vi fue algo parecido a lo tuyo, que era absolutamente
distinta a todas las demás…
–¡Eheheh! ¡Eso no vale! Estás copiando…
–¡No, hombre, espera y verás! Yo me di cuenta de que atraía a todos por mi simpatía y porque
todo el mundo decía que era muy guapa. He seguido creciendo y, por lo que se ve, sigo siéndolo.
Entonces entendí que mi belleza me hacía poseedora de un don del que podría sacar mucho partido…
–¿Eso es lo que viste? ¿No es un poco utilitarista, tía? Digo… un poco así como de zorra de alto
standing…
Andrea le sacudió un manotazo en el hombro por la desconsideración. Él respondió haciendo
teatro de dolores y bastabasta, perdonaperdona, ja ja ja ja.
–¡Mira que sois cerdos los pavos, tío! No me has dejado acabar… Yo entendí ese día que con lo
buena que estoy podía hacer más dulce la vida a los demás, sólo con mi presencia, ¿entiendes, animal?
–¡Hombre, sí! Pero es que alegras la vista demasiado a todos, y eso trae problemas cuando hay
más de un gallo en el corral…
–¡Sí majo! Pero eso fue la siguiente pista. Y no te la voy a contar hasta que no largues tú otra.
Empezó a lloviznar. Nada. Cuatro gotas. Pero lo suficiente como para encerrar a los piratas en un
bar próximo. Allí siguieron con sus interioridades. Berto se dio cuenta de que era la primera vez que
estaba con Andrea –y ya llevaban un buen rato–, sin que pensase en ella en términos que le darían asco
a su hermana. Y que, además, se lo estaban pasando bomba, conociéndose para comprenderse. Estaban
los dos muy a gusto. O sea, en el segundo paso del ciclo del amor de Clara: estar a gusto. Así de
simple. Estar.
III
El cuento del teatrillo del guiñol se lo dio resuelto Romina, cuando propuso que probasen con las
fábulas de Samaniego, o mejor aún, con las de Esopo. Buscaron en la vieja biblioteca una edición de la
época de Matusalén, pero que mantenía el texto fresco, con una delicada traducción que preservaba
todo el espíritu del griego clásico original. Allí encontraron varias historias muy conocidas, como la
de la zorra y el cuervo o el lobo y el cordero en el río. Pero tenían el problema de que todos los
personajes eran animales y no tenían casi ninguna marioneta de ese tipo. Félix dijo que él se hacía
cargo, que se iría a un chino y que allí había figuras de animales de todos los tamaños y gustos.
Quedaron así, y optaron por la fábula de las ranas que querían tener un rey. Había que adaptarla
mucho, para que los pequeños lo entendiesen, pero para eso estaba el Conde Lucanor. Mientras lo
hacía, observó despacio a Silvia. Más bien, habría que decir que la detectó. Su figura, sus
movimientos naturales, su hablar relajado y tranquilo.
Sus ojos.
Los observó despacio cuando no le miraban a él. Pero no era fácil, porque todo lo que hacía y
decía, mientras preparaban el texto, parecía consultárselo a él con aquellos ojazos, mientras él bajaba
los suyos, azorado. No tenía los ánimos para bucear en aquellos ojos oscuros y sonrientes. Pero sí se
atrevía a mirarlos cuando fijaban la atención en algo distinto a él. Eran unos ojos demasiado francos
para la debilidad en la que se creía encontrar Lucas. Demasiado poderosos para hacerles frente. Y
demasiado limpios para acceder a ellos con su turbia mirada. E intuyó que, un día, cuando estuviese
más compuesto, los miraría a fondo para ver qué miraban y lo que le decían.
A las ocho y media, las chicas se fueron y Félix fue retenido por Lucas y la abuela, cuando esta
fue advertida de los problemas del chaval con las salidas alcohólicas. Llamaron a su madre y recibió
el permiso para pasar la noche en Playa América.
Después de cenar, Lucas le dijo a su abuela que se iban a dar una vuelta por la playa, que iban a
charlar de sus cosas, y a ella le pareció sólo a medias bien, por el mal tiempo y la noche.
Enchubasquerados, con capucha y todo, salieron a la playa, iluminada con las farolas del paseo.
–Félix, tío, ¿cómo estás? –empezó Lucas que quería hablar largo y tendido con el amigo.
–¡Yo dabuten, tío…! No, de verdad, desde que me he metido en esto del guiñol y desde que
estudio contigo, me ha cambiado la vida, macho.
–Y, a pesar de tan favorables circunstancias, ¿cómo estás tú por dentro?
–¿Te refieres a mi vida? Todo va mejorando… También lo del partido y el costillazo del perruno
me echó una mano. Desde ese día, me mira todo el mundo bien.
–Efectivamente… Desde ese día. Todo el mundo se alegró de que por fin triunfases en algo. Había
varias tías, Gorgonas incluidas, que se deshacían por ti.
–¡Ya lo noté, ya! ¡Menudas harpías, tío! Primero me destrozan con lo de mi padre y ahora que qué
guay, Félix, ven aquí guapo que te mato a besos. ¡Anda y que las zurzan!
–Por cierto, ¿cómo llevas lo de tu padre? –ese era el principal interés de Lucas.
–¡Joé, tío! No quiero hablar de esa mierda, ¿sabes? ¡Es muy jodido, tío, muy chungo!
–Yo creo, Félix, que estás traumatizado con eso, y hasta que no lo superes no te desatascarás…
Digo yo, vamos…
–Es posible, Lucanor. Pero no te puedes hacer a la idea de lo que es eso. ¿Cómo lo vas a entender
con unos padres como los que tú tienes, Lucas?
A Lucas se le ensombreció el rostro, y Félix lo advirtió a pesar de la penumbra. Lucas fue sincero
con su amigo y le contó su historia, su despropósito, sus pensamientos y sus ansias de comenzar una
nueva vida. Félix no daba crédito a sus oídos, y sufrió con su amigo el pesar. Estando en tiempos de
confidencias, Félix se animó a contarle cómo se sentía de verdad.
–Lucas, lo que me has dicho es muy fuerte. Nadie lo supondría, de verdad, es que ni de coña, tío.
Pero, a pesar de todo, no tiene ni punto de comparación con lo que nos ha pasado a nosotros, macho.
Tú no sabes lo que es que, de repente, tu madre te diga, con catorce años, que tu padre se va de casa.
¿Y por qué, mami? Porque nos lo ha robado un putón verbenero. ¡Joder, Lucas! Es que te cagas en
todo… Yo quise hablar con él pero no me dejaron. Luego el rollo del divorcio… Las disputas por lo
que tú te quedas, por lo que yo me llevo. La pensión. El pavo que renuncia a disfrutar de los tiempos
establecidos por la ley para que yo los pase con él. Vamos, que no me quería ver ni en pintura. ¡Anda y
que te dé por culo el chulo de la zorra con que te vas, hijo de puta!
Y Félix le dio un patadón de primera a una lata de refresco, para pasar a los dolores de la espalda
provocados por la reacción.
–Y luego, tu madre, tío. Todo el santo día llorando, a pesar de que disimule. Las noches entre
sollozos… La llegada de la abuela al hogar porque la madre está tan hecha mierda que no es capaz ni
de hacerte una sopa de esas de sobre… Y dos años larguísimos, Lucas, hasta que la cosa se va
normalizando en casa. Y, mientras tanto, las muy impresentables de las Gorgonas pasándoselo a tope
con la historia, y las madres de tus amigos que te miran con cara de pena y te dicen que no te
preocupes, y algunos y algunas que te empiezan a insultar con lo de tu padre… ¿Recuerdas los motes,
Lucas, el de barragano, el don Juan de Austria, el bastardo, el penalti? Hay que ser cabrones, Lucas…
Félix se detuvo para ahogar su rabia. Y para pasar a un tono más intimista si cabía, bajo la atenta
mirada de Lucas.
–Yo no me maté porque Dios no quiso, ¿sabes? Estuve a punto de suicidarme varias veces. Pero es
que no tengo huevos para hacerlo. Me justificaba con que mi madre se volvería loca, pero en el fondo
era que no me atrevía. Cada vez que me vienen con el rollo, me lo vuelvo a plantear, tío. Es que… no
hay lo que hay para tirarse desde la ventana, o para cortarte las venas con un cutter, o ahorcarte,
¿sabes? Se te ponen de corbata y te da la sensación de que vas a hacer una gilipollez absoluta. Y, otras
veces, el deseo de que te compadezcan, te lleva a intentarlo otra vez… En fin, que es todo una
verdadera mierda.
Lucas le apoyó una mano en el hombro, mientras Félix bajaba la cabeza unos instantes. Pero se
animó de nuevo.
–¿Te puedes hacer cargo de lo que ha sido mi vida en los últimos años? ¿Entiendes por qué ahora
estoy más feliz que un tonto con una pajarita?
–Es muy fuerte, Félix. Perdóname por no haberte ayudado antes, ¿sabes? Iba demasiado a mi rollo
para llegar a comprenderte, para pensar un solo instante en tu desgracia. Tranquilizaba mi conciencia
intentando sentir pena por ti, pero nunca arrimé el hombro. ¡Y eso que siempre fuimos amigos!…
¿Sabes por qué no lo hice? Porque me dabas miedo, porque pensaba que tu desgracia me salpicaría, y
que yo también tendría problemas con mis padres… y huevadas de ese estilo. En el fondo, ahora lo
veo claro, eran justificaciones para no salir de mi rollo, de mi supuesta vida perfecta. Yo, Félix, te
tengo que pedir perdón de verdad, porque fui un cerdo… Un hijo puta más de esos, que llegó incluso a
esbozar una sonrisa cuando alguien mencionaba el barragano o el penalti.
Lucas le suplicó con gestos de tragedia clásica.
–¡Yo te lo pido por lo que más quieras, Félix! ¡Perdóname! –y estaba realmente emocionado,
quizá más por sí mismo que por su amigo. A Félix le bailó la voz, aunque fue cogiendo fuerza poco a
poco.
–Bueno, tío, no exageres. Ya sabía yo que durante algún tiempo les seguías el juego a los demás.
Con los que te son indiferentes, duele menos, ¿sabes Lucas? ¡Venga, yo te perdono, y te absuelvo, tío!
Se abrazaron en un gesto de dolor compartido. Tras la apretura, en la que Félix no sintió las
fisuras, hubo risas, bromas y arenazos.
–Te lo tenía que pedir, ¿sabes?
–¡Y yo lo necesitaba! ¡Gracias, Lucas! ¡Eres un tío noble, todo un señor conde!
Luego, más relajados, Lucas le comentó sus planes de madurez. Le invitó a que hiciese lo mismo,
sobre todo, para vencer ese mal rollo de la bebida compulsiva.
Malo. No debía haberlo hecho.
El pobre Félix, con tanto discurso y tanta emoción, había olvidado su deriva alcohólica. Y se le
despertaron los instintos. Y, cuando se fueron a la cama, Félix bajó al salón de la casa, se agarró una
de las botellas de aguardiente blanca que tenía la abuela para el café de los amigos, y se emborrachó
sin sentido, mientras sonreía con risa artificial y estúpida. Rosina oyó ruidos, y se levantó. Ayudó al
chico a devolver en el cuarto de baño, y le hizo una manzanilla. Le prometió que no se lo diría a nadie,
y que ella justificaría la ausencia del aguardiente. Pero también le hizo jurar al pálido Félix que era la
primera y última vez que le cubría las espaldas, y que buscase ayuda en su casa para vencer la
adicción. Así lo hizo Félix, entre sonrojos de vergüenza y mareos de desequilibrio.
CAPÍTULO 17
I
Silvia y Marisa salieron esa noche juntas de paseo. Estaban cansadas de tanto trajín y querían
despejar la cabeza de matemáticas, teatros y otras mil responsabilidades. Su intención era ir a un par
de pubs, tomarse unos refrescos o alguna copichuela y charlar. Marisa vivía en el propio Nigrán, y
Silvia pasaría la noche en su casa. Entraron en un bar tranquilo, con música de fondo y luz tenue.
Buscaron un rincón solitario, iluminado por una lamparita de corte victoriano, y pidieron unos
combinados a un camarero que parecía muy fresco y contento por la presencia de las chicas.
–Silvia, tú vas lanzada a por Lucas…
–¿Qué? ¿Tú crees…? ¿Tanto se me nota? –respondió un poco azorada.
–Vamos, a poco que te fijes…, vas dando la nota cantidubi, chica.
–Parece que se da cuenta todo el mundo menos él –respondió con la mirada ida.
–¡Vamos! La abuela te cachó en un minuto, que de eso ya me di cuenta yo. Y él no es tonto, y
acabará por percibirlo… Esta tarde parecía más ido que nunca. No había forma de encontrarle los
ojos…
–¿También tú se los buscabas, Marisa? –le preguntó con cierta preocupación a la amiga.
–Yo le tenía ganas, Silvia, pero viendo lo que veo, te dejaré el paso libre… Al fin y al cabo, no
estoy segura de que sea de los míos…
–¿Y cuáles son los tuyos, Marisa?
–Necesito gente más desprotegida, menos autónoma. Tíos que me necesiten realmente, no sé si me
sigues…
–Un tipo Félix, vamos –le ejemplificó Silvia con una sonrisa apenas dibujada.
–Pues…, sí. Un tipo Félix. Me he dado cuenta de que él sí que necesitaría de alguien como yo…
–Hace unas semanas parecía que te reías de él, Marisa…
–Hace una semana parecía que nos reíamos todas, Silvia… A mí siempre me dio pena… y siempre
me interesó…
–¿Tú crees que con eso te llega para enamorarte de un tío?
–¿Que me dé pena? No, guapa. Tiene que tener buena planta, ser simpático e impulsivo…, un
gatito al que domar.
–O sea, un Félix en estado eufórico…
–Por ejemplo… ¿Así que quieres ser Condesa, Silvia? –le cambió el rumbo a la preguntona Silvia.
–¿Qué te parece, Marisa, lo ves posible?
–La gente habla de que sigue liado con Andrea a escondidas…
–La gente dice muchas paridas, tía. También comentan que Félix está haciendo el papel de
coartada o de avisador… ¿Tú te crees eso? Yo no, con lo que he visto esta semana…
–Habría que enterarse de si la guapa rubia sigue tonteando con Lucanor… Mientras ande ella por
medio, tú no tienes nada que rascar.
–¿Y si las habladurías no fuesen ciertas, Marisa? ¿Sería tiempo de ponerse a tiro?
–Si está sin compromiso, habrá que tener cuidado… Podría ser que tu Lucas lleve un par de días
ido por haber cortado con Andrea… Eso siempre quema a los pavos, y están un tiempo con la
desilusión. Por tanto, ir al ataque podría ser contraproducente, Silvia. Ningún tío que acaba de salir del
fuego quiere echarse en las llamas…
–¿Y entonces…? Imagina que realmente es así, que han cortado. ¿Qué tendría que hacer?
–Yo creo que estar ahí, nada más. Hasta que os encontréis a gusto juntos, sin ningún otro motivo
más que el del compañerismo de estar metidos en lo mismo. Cuando se le pasen los humos de la otra,
despejará la mirada… Y lo primero con lo que se tiene que encontrar entonces es con tus ojitos… Que
le digan algo así como ¡eeeh, Luuucas, estoy aquíiii, cuchicuuuchi!
–¿Y cuánto tiempo hará falta para eso?
–¡Yo qué sé, Silvita! No parece Lucas un frívolo de esos de hoy corto contigo, mañana me busco
otra y a seguir la fiesta… Parece mucho más sensible, y las huellas le tardarán en cicatrizar.
–Así que paciencia, ¿no?
–¡Ya te digo, guapa! Además, creo que es lo mejor para los dos.
–¡Sí, claro! Me gustaría verte en mi situación, a ver si decías lo mismo.
–Si estuviese en tu situación, me alegraría de tener una amiga que me dijese lo que te he dicho,
porque, Silvia, yo te he hablado con la razón y con el sentido común. Precisamente, por estar fuera del
asunto, lo veo con más claridad que tú.
–¡En fin! Ya se ve que en esta historia con Lucas me toca hacer de guardameta…
–¿De guardameta? ¿Qué dices, tía? –preguntó extrañada Marisa.
–Sí, de estar a la espera. Dependiendo siempre de lo que hagan los demás, y actuar sólo si es
imprescindible y cuando se presente la ocasión.
–Bueno, chica, si lo quieres ver así… Lo importante es que nadie te meta un gol –le sonrió con
complicidad Marisa.
II
El domingo por la mañana el tiempo dio una tregua y se animó con un poco de alegría. Las nubes
se subieron unos metros, dejando algún jirón por el que se veía un cielo azul espléndido, que la gente
empezaba ya a añorar.
Félix se levantó como pudo, tras un sueño nada reparador y un despertar a martillazos secos en la
nuca. Se fue rápido a su casa, intentando que no se notase mucho la memez nocturna. En el desayuno,
cada sonrisa le costaba Dios y ayuda, y decidió salir de terreno ajeno antes de que se le cayese el
mundo encima.
Lucas pasó la mañana encerrado, estudiando hasta que su abuela lo requirió para acompañarla al
templo votivo. Tan pronto como terminaron, se volvió rápido a la casa para seguir con los exámenes, y
dejó a solas a Romina, que tenía compañía de sobra para el regreso.
A eso de las dos de la tarde, Lucas decidió que estaba todo amarrado y bien amarrado. Cerró los
libros y ayudó a Rosina a montar la mesa. No estuvo muy animada la comida, así que Lucas respetó el
tono apagado de lo que habitualmente era una reunión alegre.
–¿Ya pensaste, filliño? –le preguntó, compasiva, Romina, en los cafés.
–Sí, abuela…
–¿Y a qué llegaste?
–A todo, menos a una cosa.
–¿Cuál?
–El por qué así.
Romina no lo pensó ni un instante.
–Te espera Antón esta tarde.
–¿Y qué le digo?
–El por qué así.
–¿Él tiene la respuesta?
–La tienes tú, Lucas. Pero no le has hecho caso.
Se hizo otro silencio. A Lucas le volvió la curiosidad por algo que llevaba tiempo barruntando
pero que no se atrevía a preguntarle a su abuela. Ella lo leyó todo en sus ojos marrones.
–¿Te preguntas por qué me fío tanto de Antón?
La curiosidad de Lucas era más atrevida. No supo qué responder.
–Puedes preguntárselo a él, si lo prefieres –le dijo la abuela, con cierta desilusión.
Lucas decidió sincerarse.
–Abuela Romina. Sé que no debería preguntarte esto, pero es que lo presiento desde hace tiempo
y…
–Soy tu abuela, Lucas. Y el hecho de que estos días te haya hablado en otro tono no quiere decir
que no tengamos la misma confianza de siempre.
–¿Hay algo entre ti y Antón, abuela?
–Sí.
Y otro silencio… Lo rompió Romina.
–No es lo que piensas, Lucas. Nos queremos…, no sé cómo decirte para que lo entiendas… Si te
digo que como algo parecido a viejos amigos íntimos, ¿lo comprenderías?
–Abuela, esta mañana, antes de que llegases a casa, he estado en el salón de baile, viendo tu
retrato. Sólo había visto el del abuelo, ¿recuerdas?
–Sí, Lucas. ¿Y que viste?
–Vi una fuerza en tus ojos del retrato que me arrolló. Eran ojos de amor, abuela, ¿no es cierto?
–Sí. Los mejores ojos que he visto pintados en mi vida.
–¿Y posaste para él, evidentemente?
–¡Pues claro!
–¿Eran ojos para él, abuela? ¿Para Antón?
–Claro que no. Eran para tu abuelo. Siempre que posábamos nos situábamos al lado de Freijanes y
nos mirábamos intensamente. Él quería pintar ojos sinceros.
Lucas se sintió avergonzado por sus pensamientos retorcidos. Le pidió perdón a su abuela con la
mirada, que se lo concedió con alegría.
–¿Así que amigos íntimos, entonces…?
–La respuesta la tienes en ese cuadro, Lucas. Es una historia vieja, de personas hechas y derechas,
que habla de afectos honestos y de lealtad.
Lucas estaba interesado en ella.
–¿Me la quieres contar, abuela?
–¿Estarás preparado para comprender el corazón humano, Lucas?
Él creía que sí, pero no se fiaba de sí mismo, dadas las circunstancias. La abuela intuyó que, a
pesar de los pesares, el chico era de naturaleza noble y estaba capacitado para entenderla.
–Hubo un día, después de los retratos, y cuando sus visitas a esta casa fueron más frecuentes, en
que Antón me confesó que se había enamorado perdidamente de mí. También me confió que no podía
traicionar la vieja amistad con tu abuelo ni conmigo, y que él comprendía que el suyo era un amor
imposible, porque mi marido y yo nos amábamos de verdad. Lo había advertido a la hora de hacer los
retratos, y se desgarró por dentro. Decidió poner tierra de por medio y viajó por todo el mundo: estuvo
en París, Nueva York, Buenos Aires, Praga… Sólo cuando se le curó el mal de amores regresó.
Entonces pudo volver a mirarme con los ojos limpios, y regresó a Playa América donde seguimos en
contacto los tres.
Lucas escuchaba sorprendido el relato de los viejos tiempos. Le conmovió la hombría de Antón,
tan sincera como dolorosa, y su huida para no hacer daño.
–¿Nunca amó a otra mujer, abuela?
–Eso se lo tendrás que preguntar a él, Lucas. Yo no soy de las que andan ventoleando la vida de
los demás.
–Pero tú lo sabes, ¿verdad?
–¡Claro, filliño, claro! ¿O es que crees que no tengo ojos en la cara? –le respondió con una sonrisa
de complicidad.
III
Por primera vez en muchos años, Calero tuvo un fin de semana sin visitas ni empeños. Le resultó
tan raro que empezaba a aburrirse. En momentos como ese, añoraba la vieja posibilidad de haber
tenido una mujer e hijos, no haberse atrevido en las muchas ocasiones que la vida le había presentado.
Se dio cuenta de que no podía tener la cabeza desocupada y decidió darse una vuelta por la ciudad, a
ver si ponía un poco de orden en sus preocupaciones. Subió al parque de El Castro, paseando
lentamente entre pinos, abetos y jardinería de ciudad. El aire seguía soplando del sur, húmedo y
anuncio de nuevas lluvias, aunque no para esa mañana.
Jaime Calero le daba vueltas a la entrevista con los Cortés, y presagiaba sus posibles
consecuencias. El padre siempre le había parecido más ingenuo de lo que resultó ser. Tendría que
haberse dado cuenta, en sus encuentros sabatinos, de que era un hombre de natural desconfiado,
incluso con aquellos con los que parecía que más confiaba. Allí pecó Calero de poco prudente, aunque
Pepe nunca lo habría cazado si no hubiese sido por el mortífero inoportunismo de Conde. ¡Puñetero
idiota! –se lamentaba con febril enfado.
¿Qué le diría Valeiras? De nuevo, en menos de un mes, otra familia salía pitando de su prestigioso
círculo de influencias, malencarados, disgustados por los desaciertos de su quehacer profesional.
Tanto barullo seguro que encendía las alarmas del subdirector, que iría acumulando información y
podría llegar a conclusiones muy ciertas. Si eso ocurriese, estaría en un verdadero peligro. De seguro
que esa semana era requerido al despacho de Valeiras a dar su versión de los hechos. Sería puro
formalismo, pura teoría de honestidad, del tipo de “mira lo que nos han dicho, a ver, Jaime, cuéntame
cómo lo ves tú porque me resulta extraño”. Pero, en el fondo, sabía que, o tenía muy buenos
argumentos, o sus razones serían puestas en solfa. ¿Y con qué se iba a defender? Desde luego no con
los argumentos que les expuso a los Cortés. Con unos padres podrían haber colado, pero no con el
astuto y experimentado zorro de Valeiras.
Llegó a la parte más elevada del montecillo de la ciudad, junto al mirador. Desde allí, se
desplegaba el mar de ladrillos de la ciudad en cuesta, cayendo hacia el mar.
¿Inadvertencia? ¿En un profesor que tenía fama de lo contrario? ¿Indolencia? No cuela.
¿Descentrado momentáneamente por algún problema? ¿Cuál, Jaime, cuál, si no lo ha notado nadie?…
¿Y ser sincero? El escándalo, la rumorología, el descrédito, el desprecio, el abandono… ¿Volver a
empezar? ¿Dónde?
Se mirase por donde se mirase, Jaime no terminaba de encontrar una excusa lo suficientemente
buena para él mismo, en su papel de abogado del diablo.
¿Hacerse el loco y pasar una temporada ejerciendo sólo de profesor, para que no se detectaran sus
movimientos? Había abierto demasiadas vías de escape para abandonarlas todas de sopetón sin
levantar más sospechas. Piensa, hombre, piensa –se gritaba a sí mismo, cayendo en la ansiedad de una
imposible solución.
Anduvo unos pasos más y se dirigió a la cafetería. Pidió un gin tonic con mucho hielo en vaso
ancho y alto. Con el dedo, iba hundiendo los hielos que volvían a ascender entre remolinos gaseosos y
salpicaduras diminutas del gas de la tónica.
¿Y ganar tiempo? ¿Pedir una excedencia? Con el curso comenzado, imposible. ¿Ocultarse bajo
una depresión? Hombre, no le resultaría difícil conseguir una baja médica… Pero sería sólo otra
forma de retrasar el problema. Pero algo era ya. Calero le pegó un trago corto a la mezcla. El gas saltó
sobre su lengua y le hizo cosquilleos que le llegaron hasta la nariz. Siguió golpeando los hielos, que se
empeñaban en seguir su trayectoria ascendente. Sólo caerían cuando no quedase líquido en el que
flotar. Claro. Era evidente. Entonces, en un suspiro, intuyó la solución. Extraña manera de proceder
del cerebro. ¿Cómo sería capaz de poner en relación unos signos con unas ideas tan lejanas? –se
preguntó mientras sonreía satisfecho.
Salió de la cafetería y volvió al mirador. Cogió el teléfono móvil y buscó en la agenda de
contactos. Llamó a un número conocido y habló con suma amabilidad. Su interlocutor necesitaba
ayuda, y él se la iba a prestar generosamente. Sólo le tenía que confirmar una fecha. Y era muy buena
para Calero. Demasiado buena por lo próxima. En apenas nueve días. Colgó y contempló el paisaje.
Vigo a sus pies o Vigo como despeñadero. Eran las dos opciones que le quedaban al astuto
profesor. Una marcha poco honrosa de El Olivo le cerraría prácticamente todas las puertas de la
ciudad. Sí.
Salvo que no pudiesen hundirlo, claro. Por mucho que quisiesen.
IV
Berto estaba siendo interrogado, a petición propia, por Clara ante sus padres. Quiso hacer una
demostración de lo mucho que había estudiado y de lo bien que se sabía las materias de los exámenes
que empezaban al día siguiente.
Ángel Lavilla comprobó que su Bertiño tenía un memorión de primera, y terminó de convencerse
de que no era un animal sin cerebro. Sobre todo, porque el crío nunca antes había querido ponerse en
una situación así, dando la cara y demostrando que era un hombre.
Su madre, Blanca, le atendió sólo en las primeras preguntas, y llegó a la conclusión de que había
acertado en mover a su marido para que obligase al chaval a hacer el bachillerato. Más le valía que no
se enterase Clara de que ella había sido la promotora del chaval en la sombra. Ahora ya se estaba
planteando metas más altas, por ejemplo la universidad.
Al terminar el recital de tenor, todos le aplaudieron. Entonces, pidió tregua el cantante para
demostrar el agradecimiento, para lo cual sacó un papel donde tenía escritas las palabras.
–Gracias, gracias. Espero que los miembros de esta familia, con esta elemental demostración,
hayan comprendido, de una vez por todas, que ya no soy el mismo de siempre. Hoy ha nacido el nuevo
Berto, hijo responsable, padre de mis trabajos, y hombre de bien.
Más aplausos. Mientras seguían la bufonada, Ángel le susurró a su mujer al oído, aquello de que
ahora verás cómo nos pide la moto o el aumento de paga. Ella le miró, recordándole la mariscada. El
chico prosiguió su discurso.
–Y, puesto que un nuevo Berto ha nacido, debemos felicitar a sus padres y hermana por todo el
esfuerzo y ayudas concedidas. Yo os lo agradezco de corazón.
Y les empezó a aplaudir, mientras el resto se unían a las ovaciones.
–Pero no querría dejar pasar la ocasión sin hacer algunas advertencias y exigir un nuevo trato por
los que tanto me han ayudado a hacerme un hombre. Como estaréis todos de acuerdo conmigo, a un
hombre no se le puede seguir tratando como a un crío. Un hombre hecho y derecho debe tener
verdadera autonomía, poder gestionar sus intereses y deseos, y ser al mismo tiempo responsable y
libre. Por eso, quiero pediros a todos que hagáis el esfuerzo de concederme las siguientes peticiones
que os quiero hacer.
Momentos de expectación y mosqueos. Ángel le miró riendo a Blanca, mientras Clara estaba
bastante desconcertada por el morro de su hermano.
–En primer lugar, quiero pedir a mis padres y hermana que no me eviten ningún trabajo que yo
mismo pueda realizar por mis propios medios.
Desconcierto por parte de la audiencia.
–En segundo lugar, que como ya soy mayorcito nadie me imponga horarios en mis
responsabilidades. Yo sabré el tiempo que tengo que dedicar a cada cosa, y los días en que estaré más
libre u ocupado. Así que nada de eso de estudiar dos horas y media porque lo dice mamá…, etc. Mis
estudios son mi problema, y yo me encargaré de sacarlos adelante como mejor pueda.
Blanca, le miró a Ángel y le dijo con la mirada: “Ahora te chinchas, viejo gruñón”. A lo que le
respondió con un gesto de que tuviese paciencia.
–En tercer lugar, y como consecuencia de los dos primeros, creo que mi familia tiene que hacer un
gesto por su parte. He pensado que ello podría ser no tener tampoco horarios fijos de entrada y salida
de la casa familiar, y un aumento generoso de la atribución semanal, de la que el nuevo hombre hará
un uso responsable. Fin de la petición. ¿Qué? ¿Os parece bien? –les dijo mientras doblaba el discurso
y se lo metía en el bolsillo del pantalón.
Follón. Risas de Ángel. Enfado de Blanca. Gestos de negación de Clara, y mucho más teatro de
revista. Todos hablando y chillando a la vez, a ver a quién se le oía más. El padre felicitó al hijo con
unas palmadas en la espalda, y las mujeres se pusieron en contra de ellos. Al final, Blanca se impuso y
mandó a todos callar.
–¡Berto, desgraciado, eres peor que tu padre! No das un palo al agua en tu vida, y el día que
mueves un dedo pides más que la reina de Saba. Mientras quieras vivir en esta casa, cumplirás las
normas que te digamos, y si no te gustan ya sabes dónde está la puerta, so descarado.
–¡Alto ahí, mujer! –intervino Ángel–. Yo estoy de acuerdo con Berto en muchas de las cosas que
ha dicho. Él dice que se ha convertido en un hombre nuevo y nos ha hecho tres peticiones. Que cumpla
con creces la primera, luego la segunda, y, cuando veamos que es así, nosotros concederemos la
tercera. ¿Vale, Berto?
De nuevo el follón. Que ni de coña, que o todas a la vez o nada. Que sí, sí, vas bueno. Que o
cumples o nanai de la China. Que mira que me reboto y que os den. Etc.
Fue una comida de discusiones y de mucha risa, porque los comensales se lanzaban auténticos
pepinazos de ironía, y acabaron todos muy contentos con la partida en tablas, pero con grandes
progresos, porque todos habían ganado en sus intereses. En la tarde dominical de sofá y televisión de
Ángel y Blanca, continuaron hablando sobre el tema.
–Mira, Blanquita, yo sólo con lo que ha estudiado, me da para reconocer que he perdido y te
pagaré la mariscada. Pero reconoce que yo también tenía razón.
–Lo importante, Ángel es que está cambiando para bien, ¿sabes? ¿Viste ayer lo contento que llegó
del paseo con esa chica? ¿Y cuando nos contó lo que habían estado haciendo? ¿Recuerdas que tu hijo
te haya contado alguna vez lo que hacía en una salida del sábado por la tarde, y más lo que hacía con
las chicas?
–Que síiii, que tienes razóoon. Pero baja la cabeza y reconoce que yo también la tengo, anda
guapa…
–Bueeeeno, vale lo reconozco. ¡Cómo sois los hombres!
–¡Cómo sois las mujeres! –le sonrió, Ángel.
–¿Y qué hacemos ahora, majo?
–Lo dicho. Que cumpla las condiciones, y le vamos soltando cuerda…
–Vale, Angelito. Por cierto…, ¿cómo estabas tan seguro de que iba a pedir eso?
–Mujer, pareces tonta… Tú lo habrás parido, pero yo sé cómo son los de mi especie –dijo, como si
fuese muy evidente la ordinariez que le había soltado a su mujer.
–Ya veo… Sois todos unos señores muy delicados y elegantes, que andáis de árbol en árbol,
haciendo el animal, y diciendo a vuestras hembras que sólo saben parir la mar de bien…
–Pero, mujer, cómo eres…
–¡Que te zurzan, Angelito, cariño!
V
–¡Hola, rompecorazones! ¿Cómo te va? –le saludó Freijanes a Lucas desde la ventana del salónmuseo.
–Lo de rompecorazones es muy equívoco, ¿no crees, viejo? –le respondió Lucas mientras
acariciaba a Joker que le había plantado sus patas en el pecho.
–¡Pasa y ponte cómodo, escritor! He consultado el vuelo de las aves y sólo he visto grajos y
cuervos…
Lucas entró con Joker en la casa. Se puso cómodo en un butacón de cuero con orejeras, en frente
de Antón, mientras Joker se tumbaba a los pies del amo.
–Me han dicho que venga a verte, como los griegos acudían al oráculo de Delfos. ¿No te habrás
convertido en una sacerdotisa de Apolo que entra en trance, viejo lobo?
–¡Eso quisieras tú! Que fuese una guapa griega para ligártela, bergantín.
–¿A tu edad? Eso no funcionaría, anciano.
–Sin embargo, no es mala la metáfora que has usado con lo del oráculo de Delfos…
–¿Y eso? ¿A qué viene ahora lo del oráculo?
–¿Sabes cómo funcionaba el asunto o no?
–Sí, más o menos. Lo suficiente como para no perder ahora el tiempo con eso.
–¡Ah, Lucas, no es cierto! No perdemos el tiempo en Delfos, lo ganamos.
–¡Venga, sacerdotiso, aclárame el destino! –le instó con cierta urgencia.
–¿Sabes qué significa el famoso gnose se autón?
–¿El “conócete a ti mismo”? Sí que lo conozco… Ah, bueno, ya caigo…
–Efectivamente, Lucas, conócete a ti mismo y te evitarás muchas tragedias en esta vida.
–¡A ver, oh vate, enséñame los oscuros caminos del corazón del hombre!
–Déjate de vaticinios y otros rollos… Me han dicho que te dedicas a hacer de Terminator y no
comprendes por qué…
–Supongo que la abuela te habrá ido con el cuento…
–Sí, sí. Pero ya me lo estaba esperando yo ese cuento.
–¿Ah sí? ¿Y por qué no me avisaste, truhán?
–¡Pero si yo te avisé, calabacín, yo te lo advertí!
–¿Qué me advertiste, hombre?
–Lo que pasa es que no te interesó un pepino, Lucas. Estabas tan pendiente de mirar en los ojos de
los demás, que el otro consejo lo pasaste por alto. ¡Quizá porque creíste que no te hacía falta, don
Perfecto!
–No lo recuerdo. ¿Me echas un cable?
–Al cuello habría que echártelo, malandrín. Te está bien empleado por cabezón y por chulo.
–¡Pero qué! ¿Qué era, Antón?
–Te lo dije el día de los ojos. ¡A ver, recuerda, mente privilegiada!
–¿El día de los ojos? Me dijiste que mirara con los ojos de la gente para ponerme en su lugar y
comprender el porqué de su actuar…
–¿Y qué más te dije, rapaz?
–No me dijiste más… Espera, a ver si me acuerdo… No sé, tío, ¿qué más me dijiste?
–¡Que mirases todas las noches a los tuyos en un espejo, hombre!
–¡Ah, sí! Ya me acuerdo… Pero… Sí, es cierto… lo olvidé por completo, Antón.
–¡Eso te pasa por la curiosidad, bergante! Descubriste un nuevo mundo y te olvidaste de mirar el
tuyo.
–¡Venga ya! ¡Eso no explica nada! –comentó, defraudado, Lucas.
–Eso lo explica todo, hombre…, ¡todo lo explica! Si te hubieses mirado frecuentemente en tus
propios ojos te habrías visto y conocido como realmente eres. Y no te sorprenderías de hacer las
bestialidades que haces. Habrías visto, en el día a día, que eras un creído, que a este o a aquel lo habías
despreciado, que te creías mejor que el resto de los mortales, que tu madurez era pura apariencia –
fariseísmo del fetén–.
Antón, paró para coger aire y comprobar que los ojos asustados de Lucas le seguían la exposición.
–Que te molestaban cosas de tus padres y que no te rebajabas a hablarlas con ellos porque estaban
muy por debajo de tu grandeza, que tenías muy mala baba porque estabas todo el día enfadado contigo
mismo… Que eras un zoquete, que lo sabías y que estaba en tu mano dejar de serlo. Pero no quisiste
mirarte a los ojos, ponerte en tu lugar y ver por esos ojos para entender lo que te pasaba… No sé si por
miedo, por puro egoísmo o por simple descuido… Te di un consejo esencial para tu vida de marinero
recién enrolado, y ni te quisiste acordar de ella. Estabas a lo tuyo, a satisfacer lo que te interesaba, esa
chica, la Afrodita en la tierra, y al resto que le den aire…
El soliloquio de Freijanes fue concluyente y deprimiría a un optimista nato, de no ser porque
Lucas ya había pensado en todo eso y había llegado a las mismas conclusiones.
–Pero, eso, Antón, ¿hubiese evitado lo que pasó?
–¡Claro que lo hubiese evitado! Salvo que seas una mala bestia sin entrañas, y tú y yo sabemos
que no eres así. Lo habrías visto un día y otro, y otro, y otro más… Habrías tomado cartas en el
asunto, habrías actuado. Cambiarías, más tarde o más temprano, pero evitarías transformarte en un
bicharraco con dos vidas paralelas y contrapuestas. Y, si lo hubieses hecho, no te preguntarías nunca
“¿por qué así?” ¡Qué memez, Lucas, por Dios! ¡Por qué así!
A Lucas le dolió la falta de lealtad que había tenido con Antón por no haber seguido sus consejos,
un error más que lo había precipitado al desgarro. Pero se repuso enseguida porque vio al viejo
sonreír.
–¿Aprenderás de una vez, bergante?
–¡Claro que sí, viejo tunante! Lo tenía ahí… y no lo seguí, Antón. Yo te juro que fue por puro
despiste, no porque no quisiese seguir tus consejos…
–No jures tan rápido, Lucas. Te despistaste porque te interesaba mucho más seguir siendo como
eras que hacerte un hombre.
–¿Cómo? ¿Qué dices? Te aseguro que no…
–¡Que sí, hombre, que sí! Olvidaste lo que te dije porque querías ser superior a los demás,
conocerles de una forma que ellos no pueden conocer, y así estar mejor posicionado ante ellos… Ese
fue el verdadero motivo por el que olvidaste el segundo consejo, Lucas. Siempre anteponiéndote a los
demás.
Lucas aprendió aquella tarde que no podía hablar con tanta ligereza como lo hacía habitualmente,
no al menos hasta que se conociese lo suficientemente bien como para saber que lo que decía era
cierto o no.
–¿Y ahora qué?
–Ahora lo mismo, Lucas. Hasta que te caigas de viejo, sigue mirándote en ese espejo y analiza el
porqué de tu vida. Corrige, mejora, sé persona. No vuelvas a caer en el error de que la madurez es el
objetivo de la vida.
Antón, abrió los brazos, como un viejo maestro filósofo.
–La madurez, la responsabilidad, la bondad, la grandeza del hombre se consiguen en las pequeñas
batallas de toda nuestra vida, no en los grandes virajes de timón. Esos hay que reservarlos a
situaciones extremas de peligro. Lo importante es corregir el rumbo a diario, grado a grado en la
estrella de los vientos, y llegar así a buen puerto, chaval.
–Ya. Ya entiendo. Así que… me hablabas de la vida entera… ¡Joé, Antón, qué imbécil he sido!
–¡Y tanto! Pero de nada valen lamentaciones de niño tonto. ¡Ponte a trabajar ya! He visto
demasiadas vidas naufragadas como para deseárselo a nadie, y mucho menos a una persona querida
como tú, Lucas.
Lucas lloró, para sus adentros, de agradecimiento al viejo. Se juró a sí mismo –aunque
matizándose el juramento, como acababa de aprender– que seguiría el consejo del viejo filósofo todos
los días de su vida. Que tendría que aprender a llevar el timón, a corregir el rumbo a diario. Que tenía
que pedir perdón a mucha gente.
Antón, tras las conmociones, le concluyó a Lucas:
–Ahora sí. Dile a la abuela que ya pueden venir tus padres.
–¿Y qué y cómo les digo todo lo que les tengo que decir, Antón?
–Se te da bien escribir. Mejor que hablar, rapaz. Escribe un texto con las ideas, floréalo todo lo
que quieras, pero quédate con las ideas principales. Eso te ayudará a no pasar nada por alto.
CAPÍTULO 18
I
El lunes 7 de noviembre empezaron con Matemáticas y Economía la tanda de los exámenes. Berto
vivió las pruebas con una seguridad que no acostumbraba, y cuando vio el primer examen casi le da la
risa.
¿Para eso me he pegado la matada padre? ¿Para esta parida de examen? –se preguntaba mientras
devoraba las resoluciones.
Lucas también conocía de sobra el planteamiento y desarrollo de las cuestiones, y sólo tuvo que
repasar al final para estar totalmente convencido de que su examen iba perfecto.
Félix estaba como un flan, porque nunca estaba seguro de nada, a pesar del estudio y de la
aparente confianza de los momentos previos. Empezó con muchas dudas el primer ejercicio, sabiendo
que no lo estaba haciendo bien. Pasó al segundo donde no había dudas y el tercero que lo tenía claro.
En el cuarto se atascó en un par de pasos pero salió pronto del bache y lo arregló sin problemas. Le
quedaba más de la mitad del tiempo fijado –algo inaudito en su experiencia– y volvió a la primera
pregunta. No había manera de salir del embrollo.
A ver, Félix, recuerda. ¿Cuándo estudiamos esto de las operaciones con radicales? ¿Fue en casa de
la abuela de Lucas o el día en que me apunté al guiñol? Poco a poco se le fueron desvelando las
cortinas del recuerdo hasta que lo vislumbró claramente. ¡Bó, qué chorrada! ¡Ya me acuerdo! Lo
resolvió con la firmeza de la seguridad y lo entregó.
No le faltó tiempo a media clase para pensar que tanto Félix como Berto habrían dejado el examen
medio en blanco y que no tendrían ni idea, dada la prontitud con que entregaron sus papeles.
El segundo encuentro con los exámenes fue mucho más distendido porque allí había algunos
problemas y operaciones que resolver, pero eran fáciles, y el mayor peso se lo llevaba la teoría. Los
tres lo bordaron.
¡Vamos, Berto, vamos! ¡Que nos salimos! –comentó en voz alta el chaval, ante las risas de los
compañeros más próximos.
De nuevo, les sobró más de un cuarto de hora del tiempo establecido.
En el recreo, Félix comprobó con Lucas lo que había respondido. Todo bien, menos el retorcido
ejercicio cuarto de matemáticas, ese en el que se había trabucado y lo había resuelto tan rápido. La
había pifiado en colores. ¡A tomar viento el diez! –se lamentó Félix. Lucas advirtió el notable cambio
de Félix. Antes daba botes de alegría con un cinquillo raspado, y ahora se enfurruñaba por un siete y
medio en mates. ¡Quién lo diría! Para él, sin embargo, los exámenes no dejaban de ser un mero
trámite ante el que ni se inmutaba. Él tenía la cabeza puesta en otros asuntos, y cuando resolvió las
dudas a Félix se retiró de los corrillos y se ensimismó en lo suyo.
Andrea estaba hablando con Berto, viendo todas las pifiadas que había cometido por su
tambaleante e indeciso estudio. Berto no entendía cómo había podido cometer esos errores tan idiotas.
–Pero tía, ¿cómo has fallado en eso? ¡Si era súper fácil!
–Mira, Berto, no me toques las narices, que para un examen que te sale bien no te vas a poner
ahora todo chulo conmigo…
–¿Para uno? Que no, Andrea, que el de Economía también lo he fusilado…
–¿No habrás hecho un cambiazo y te las das ahora de guay? –preguntó con cierto rencor la chica.
–¡Que no, tía, que no! ¡Que esta vez me lo llevaba bien chapao todito!
–No sé, no sé… No me fío un pelo de los tíos como tú, ¿sabes?
–Pero Andrea, ¿es que no me crees capaz de estudiar? Te juro por mis muertos que me lo sabía al
dedillo. ¿Quieres que te lo cante para que te convenzas, mujer?
–¡Anda y que te den, so pedante! –le respondió con gesto de desprecio la rubia belleza, que ya le
daba la espalda y se largaba con males aires. ¡El muy mamón! ¡Ahora le da por estudiar al muy
anormal! –se fue rumiando Andrea, hacia a la máquina de refrescos para sacarse una bebida isotónica.
Berto la vio irse y no entendía por qué se había mosqueado con él. ¿Porque le habían salido bien
los exámenes? Nunca le había parecido mal a ella que aprobase aunque fuese copiando. ¿Por envidia?
Igual resultaba que ahora se sentía ofendida porque él sacaba mejores notas que ella. ¿Había alguien
que entendiese a las pavas? –se preguntaba el desconcertado Berto por la actitud de Andrea. Vamos,
que casi ni disfrutó de sus éxitos académicos y las victorias se las tendría que reservar para cantarlas
en su casa.
II
Laura Jáudenes escuchaba atenta el relato de Valeiras sobre lo que le había contado el padre de
Telmo Cortés a primera hora de la mañana. Jáudenes seguía la conversación con el cerebro trabajando
a toda máquina. Al terminar el relato de los hechos, Valeiras pasó a las consideraciones personales, a
su interpretación de lo sucedido.
–Mira, Laura, a mí lo de este hombre cada vez me gusta menos.
–¿Qué es lo que te gusta menos, José Luis? ¿El hecho de que haya tenido problemas con dos
tutelados?
–El hecho es extraño, tratándose de Jaime…
–¿Y qué te preocupa? Quitando estas dos excepciones, Calero es el favorito de todo el mundo…
–¿Es el favorito o se hace el favorito, Laura?
–Pregunta a las familias y los chavales y verás…
–Eso ya lo sé. ¿No será todo fruto de una operación de marketing?
–Yo te aseguro que no, José Luis. Conozco a mi gente y no suelo juzgar intenciones sino que me
quedo con los hechos. Jaime le dedica tiempo de verdad a sus chicos, empeño y dedicación. Y todo lo
que me llega de las familias, salvo esto último, confirma todo lo que te he dicho.
–Yo no digo que no trabaje, Laura. De hecho, todo lo que has dicho lo vemos todos. Pero a mí me
resultan chocantes algunas noticias.
–¿Por ejemplo?
–Que haya determinadas familias con las que pasa mucho tiempo fuera del colegio, sobre todo los
fines de semana. Además, son familias concretas, no lo hace con todas, y allí sé que echa el resto.
–¿Lo dices porque crees que se implica demasiado personalmente?
–Con unos más que con otros. Lo de los Cortés, por ejemplo. Llevaba casi un año quedando
habitualmente los sábados con ellos. ¿A ti te parece normal?
–Hay gente que se encariña y él les corresponde. Quizá sea excesivo, como tú dices, pero lo que
haga cada uno el fin de semana no es competencia nuestra…
–¡Alto ahí, Laura! Yo no lo tengo tan claro. Si uno tiene una relación tan estrecha con una familia,
eso puede ser una fuente de problemas. Por ejemplo, en caso de tener un conflicto con el colegio, ¿de
qué parte te vas a poner?
–Estoy contigo, José Luis. De todas formas, ojalá el problema que tuviésemos con todos los
profesores es que se implicaran demasiado…
–Ahora bien, Laura, ¿no crees que esas amistades particulares, tan celosamente cuidadas y
escondidas, no pueden esconder otros propósitos?
–¿Me hablas de poder, de influencia, de codearse con la jet, estar con los top?
–Es evidente. Si tiraras de la manga, probablemente lo confirmarías. Pero hay algo más…
–¿Algo más…? –y Laura entendió que Valeiras aún tenía munición para rato.
–Lo más curioso es que un profesor que le dedique tanto esfuerzo y atenciones a sus alumnos y
familias cometa errores de bulto… Por ejemplo, con los Cortés… Que no haya mirado desde principio
de curso las anotaciones del chaval que indicaban claramente su situación. O en el caso de Lucas, que
no hubiese comprendido que jugar al pique entre los dos gallitos le podía salir caro. Son como
descuidos impropios de alguien que se preocupa tanto por su gente, como tú dices.
–¿Qué insinúas? –le preguntó Laura, con cierto cansancio.
–Que todo indica que los alumnos no son el centro de atención de Calero, y sí parece más claro
que lo son sus padres.
La directora empezó a zanjar la discusión.
–¿No tendrás algo personal contra él, verdad?
Valeiras estaba defraudado por la oposición presentada por la comandanta en jefe.
–¿Personal? Puede que sí…
–¿Y eso?
–Ha habido información que ha alimentado rumores y chismorreos sobre mí que sólo pueden
proceder de gente de nuestro bando. Podría ser que Calero haya estado metido en el ajo…
–¿Estás acusándole de darle al pico? Me parece un poco fuerte, ¿no crees? Necesitas aportar datos
concretos para afirmar tales cosas.
–Ya lo sé. Estoy detrás de ello, y más le vale que no los encuentre porque, si no, vamos a tener un
problema.
Laura Jáudenes recordó viejas rencillas entre ambos en el pasado.
–¿Le tienes envidia a Calero, José Luis?
–¿Se la tienes tú?
–No desvíes la pregunta. Responde.
–Ni que decir tiene que tuvimos nuestros enfrentamientos a la hora de optar al puesto que ocupo…
–Pero si le ganaste en las elecciones por goleada… –le respondió con suficiencia.
–Porque se retiró a tiempo. En cuanto supo que no le salían las cuentas. Tampoco es envidia.
Quizá, sí desconfianza.
–No me parece correcto. No se ajusta a tu puesto.
–O sea, que todo lo que te he dicho no te parece relevante…
–Me parece relevante en su justa medida, José Luis. ¿Que una familia se pone a mil por hora
porque descubre que su hijo es un porrero? No lo saquemos de quicio, porque sólo ellos son los que se
han estado chupando el dedo. Además, todo empezó y se consolidó en el verano. Y si sus padres están
en la luna de Valencia, ello no les exime de su primera responsabilidad. Que luego Jaime la pifia al
despistarse… Bien, es cierto, pero es un error pequeño y apenas importante, teniendo en cuenta que
estamos en noviembre. Creo que exageran, y que el tal Pepe Cortés anda todo el día buscando cabezas
de turco. No debemos entrarle a la jugada. Y de los Sendón ¿qué me dices? ¿También tiene la culpa
Jaime de que los dos críos se estampen a bofetadas por una chica? ¿Tiene él la culpa de que Lucas sea
un engreído y Berto un desaforado? No. Me niego, José Luis.
–¿Y te parecen lógicos esos despistes en un tío con la fama que tiene? –insistió el subdirector, sin
querer darse por vencido. A Laura aquella machaconería le irritó.
–¿Tú no te equivocas nunca, verdad Valeiras?
Malo. Cuando Laura Jáudenes lo llamaba por el apellido, el horno no estaba para bollos.
–Yo no te digo eso, Jáudenes. Te comento lo que me parece relevante –respondió un poco altivo
de más.
–Creo que, habitualmente, es así. Pero hoy no. Si quieres poner en tela de juicio a un profesor de
este colegio, dame datos y no impresiones. Y no trates de atraerme a tu bando emocional. Soy la
directora de todos, ¿entiendes? Creo que es lo que debo hacer. La verdad no enfrenta a nadie y menos
a las personas próximas, por dura que resulte.
–De acuerdo, señora directora. La próxima vez vendré con pruebas inequívocas.
–No habrá próxima vez, José Luis. No insistas. Tu papel es de coordinar, no de dividir. Tienes que
ser capaz de entender que eres una misma persona, aunque tú separes al José Luis hombre del Valeiras
subdirector. La gente no distingue y tu puesto está al servicio de todos ellos, sin enturbiarse por
rencillas o viejas historias, que sólo pueden provocar injusticias. ¿Me entiendes?
–¡Qué remedio, señora directora!
–Bien, José Luis. Hablaré yo con Jaime sobre este asunto. ¿Te parece bien?
–Mucho.
¡Qué remedio, señora directora! En frío, más adelante, Valeiras estará totalmente de acuerdo con
lo que le había hecho ver Laura. Pero en caliente, tal y como estaba al salir del despacho, se montó un
enfado solemne en su interior.
¿Así que quieres pruebas? ¡Pruebas te daré yo! Y entonces te comerás toda tu inocencia y
buenismo. A partir de hoy mismo me dedico a buscar pruebas de que lo que intuyo es verdad, y me
voy a morder la lengua para no reírme mientras reculas –se iba diciendo Valeiras en su interior. Y es
que no hay peor cosa en un hombre que ir a por lana y salir trasquilado.
III
Por la tarde, Lucas y Marisa quedaron en casa de ella para seguir estudiando, aprovechando que
estaban cerca. El día siguiente era el turno para la Lengua y Literatura Española y la Geografía e
Historia. Ella cambiaba la asignatura de letras por la Química. Estudiaron hasta media tarde. Sólo lo
necesario para terminar de fijar los conceptos, amarrar alguna parte más floja, o jugar a detectives
para ver qué les podría caer. La madre de Marisa les preparó una merienda muy de chicas, con café
con leche y unas pastas. Lucas añoró el bocadillo de regimiento que le solía preparar Rosina, pero
puso buena cara. Al terminar, decidieron darse un paseo hasta la casa de la abuela Romina,
acompañados de los hermanos pequeños de la chica.
–Lucas, quiero darte las gracias por lo del teatro, creo que aún no te lo había dicho –le dijo
sonriendo y mirándolo de reojo.
–¡Es lo que hay, chica! Sabes que es más obligación que devoción…
–Ya lo sé, hombre. Pero sería buenísimo que continuaras tras el arresto…
–¡Vamos! No hagas teatro conmigo, que no cuela.
–¡Te lo digo en serio, Lucas! No es peloteo. ¡De verdad! No sabes los agobios que nos daban a
Silvia y a mí.
Lucas recordó a la chica ausente. Y sus turbadores ojos de alegría. Un oasis en medio de tanta
reflexión y desorientación.
Pasearon un rato en silencio, atendiendo a los curiosos diálogos de los pequeños.
–¿Sabes que ella y yo somos amigas de toda la vida? Un día, si me prometes no decirle nada, te
enseñaré fotos de cuando éramos niñas. ¡Ya verás cómo te ríes!
–Pues yo apenas os conocía y eso que llevamos juntos ni se sabe cuánto tiempo.
–Ha sido una pena… –suspiró sin querer Marisa.
–¿Una pena? ¿No me digas que suspiráis por mí?
–¡Míralo, qué creído el Conde Lucanor! Yo no, Lucas. Tú no eres mi tipo.
Lucas se sintió molesto al ser rechazado tan abiertamente.
–¡Ya! Tu tipo es Rambo o algo así, ¿no? –le largó con poca gracia.
–Mi tipo es problema mío, Lucas. Igual que el tuyo tirará hacia el rubio de póster de moda –le
lanzó el anzuelo envenenado.
–¿Estás segura? Yo creo que los póster están muy bien para admirarlos, para entretenerse un rato,
pero para poco más…
–¿Me estás diciendo que tú y Andrea…?
–Sí. Te estoy diciendo… Lo hago porque me fío de ti. Más te vale que no se corra la voz por ahí o
te tacharé de la lista.
–¿Crees que me parezco en algo a las Gorgonas? –le respondió ofendida.
–Mira, no te enfades, Marisa, pero creo que todas las mujeres sois un poco Gorgonas…
–¿Y dices que no me enfade? No sé cómo puedes ser tan misógino…
¿Misógino? Él creía que no lo era.
–Además, toda afirmación que generalice es injusta, como bien sabes –prosiguió ella.
–Es verdad. Pero no era una declaración de intenciones, ¿sabes? Era un comentario chorras. Nada
más.
–En ese tipo de chorradas es donde se os ve el machismo que ni vosotros mismos detectáis.
–Mira, no voy a discutir eso. Lo que quiero decir es que no se puede tomar al pie de la letra
cualquier expresión. Para mí, lo verdadero se muestra en los ojos de la gente…
–¿Y eso? ¿Te las das ahora de poeta?
–Dime si no es verdad, tú que eres mujer, que ves sin ver, hueles sin oler, reconoces sin tocar,
adviertes sin estar presente… La intuición, ¿sabes a qué me refiero?
Marisa guardó silencio, sorprendida. No se imaginaba que Lucanor se hubiese adentrado por esos
vericuetos del alma. Entraron en el arenal de Playa América, con gran contento de los niños, y
pasearon por la zona oscura de la playa, la que había quedado apelmazada por la marea en retirada.
–Dime, Lucas, ¿de dónde has sacado esos datos sobre la intuición? –preguntó Marisa, interesada.
–De muchos sitios, chica… Yo creo que todo empezó con unos ojos pintados en un cuadro…
–¿En un cuadro? Tiene pinta de historia romántica.
–Lo es, pero de otros tiempos.
–¿Y ya has comprobado que los hombres no tenéis ni pizca de intuición?
A Lucas le dio la risa floja.
–Te diré un secreto, Marisa. Tenemos mucha más de la que os imagináis. Lo que pasa es que no la
advertimos y no la desarrollamos apenas. También es cierto que vosotras tenéis un disco duro mejor
fabricado que el nuestro, y eso os pone a casi años luz de nosotros…
–Ya. Y, dime, Lucas, sólo por curiosidad, ¿qué has intuido en mí? –preguntó risueña y curiosa.
–Si no te enfadas… –le respondió Lucas con prevención.
–Que no…
–Tus ojos buscan y dudan, guapa. Entiendo que tu corazón no las tenga todas consigo.
–¿Qué chorrada es esa, Lucas? ¿Ahora adoptas el papel de adivino charlatán conmigo?
–Me refiero a Félix –y se paró en seco y le miró fijamente a los ojos de la chica.
Marisa guardó silencio, como un respeto especial por la certera estocada. Se sintió un poco
desconcertada, se ruborizó rápidamente y se agarró al fuerte brazo del chico.
–¿Quién te lo ha dicho, Lucas? No me creo que lo hayas intuido.
–Tus ojos, Marisa.
–¿Mis ojos? Los he tapado con siete velos.
–No para quien ha cruzado barreras de cemento.
Marisa le empezó a apretar el brazo y Lucas se sintió incómodo.
–¿Te importa soltar mi brazo, Marisa? No vaya a ser que nos vea alguien y le vaya con el cuento a
Félix. Se enfadaría mucho.
–¿Y en los de Silvia…? ¿No has leído nada en sus ojos?
–Ya estamos otra vez, con la Gorgona husmeando… –le dijo Lucas en tono de broma.
–¡Vale, vale! Déjalo. No me lo digas. De acuerdo, es cosa tuya…
Aquella noche, después de cenar, Marisa envió un mensaje a Silvia que era la bomba. La amiga, al
recibir el sms, no pudo resistirse y la llamó al móvil, a pesar de la política de ahorro que había
decidido emprender con el aparatejo, tras un buen susto en forma de factura telefónica y una cara fea
de su padre.
–¿Es verdad, Marisa? ¿Es cierto que ha dejado a Andrea?
–Palabrita del Niño Jesús, tía.
–Bueno, es que me haces feliz, feliz y feliz. Vía libre, ¡qué pasada!
–Cuidado, Silvia. No te descuides que este tío es más listo que el hambre. Con decirte que me ha
cachado lo mío con Félix…
–¿Qué dices? ¿Cómo lo ha adivinando?
–Me dijo que se lo cantaron mis ojos, ¿tú te crees algo?
–Eso quiere decir que es bueno mirando, el tío. Tendré que tenerlo en cuenta.
–Ya te digo. Bueno, mañana hablamos, que si no tu padre te va a volver a mirar con cara de
Corleone.
–Un beso, guapa. Feliz me voy a la cama.
–Chao, anda, pesada, que eres una pesada, ja ja.
CAPÍTULO 19
I
Berto disfrutaba de una incómoda sesión de lingüística con la pseudo filóloga de su hermana
Clara. Le estaba trayendo por la calle de la amargura porque la chica se había empeñado en que
entendiese algunas cuestiones básicas de la sintaxis, contenido inevitable del examen con el profesor
Adrio.
–A ver, animal, ¿te sabes ya los nexos clave?
–¡Que sí, tía, que no me ralles más!
–Dime de qué tipo son los correlativos “tan que” y “tal que”.
–Introducen subordinadas adverbiales impropias consecutivas intensivas; por ejemplo, “daba tales
gritos que se enteró todo el vecindario”. ¡Como la tronca del quinto cuando la visita su maromo, que
yo los oigo!
¡Zas! Bofetón en toda la boca.
–¡Cerdo! ¡Que eres un cerdo! –le gritó indignada Clara, incapaz de entender que su hermano
relacionase la sintaxis con algo así. A Berto la bofetada le pilló de improviso y se molestó mucho.
–Mira, tía, como vuelvas a meterme la mano encima te meto una leche que te reconocen por las
huellas dentales, ¿te enteras hijaputa? –le dijo, muy alterado.
–¡A mí no me insultes, ¿eh? ¡Guarro de mierda! ¡Un cochino! ¡Eso es lo que eres! Vete a la
pocilga de tu habitación y déjame en paz. Encima que me preocupo por él, se cabrea el muy imbécil.
¡Anda y que te den, so animal! –le contestó, roja de ira, la buena de Clara que se había desquiciado
con el insulto fraterno.
Al ruido de los gritos, acudió la madre a la sala donde, en teoría, estudiaban los hijos.
–¿Pero qué os pasa que andáis todo el día a gritos? ¿No podéis estudiar como personas normales?
¡Ay Dios mío! ¡Ya decía yo que todo iba muy bien en esta casa de desgracias!
–¡Dile a este hijo tuyo que me deje en paz! ¡Le digo que se estudie los nexos, y no quiere, le digo
que practique el análisis y me manda a freír espárragos, le digo…! –chillaba Clara muy enfadada.
–¡Que te calles! –la cortó el chico– ¡Pesada de los huevos, que llevas un día insoportable!
¡Puñetera filóloga del carallo!
La madre puso orden y paz, al más puro estilo familiar.
–¡Os vais callando los dos o ya podéis ir buscando un sitio para pasar la noche, so escandalosos!
–¡Este que se vaya con la vecina del quinto, que es lo único que quiere!
–¡Lo que te pasa es que te jode, porque tú eso no lo vas a ver ni en películas de alquiler, so tía
infeliz!
Y ya estaban a punto de pasar a las manos. La madre intervino de nuevo, con formas y gestos más
propios de su marido.
–¡Se acabó de hacer el payaso! ¡Berto, a tu habitación! ¡No te quiero volver a oír esa boca tuya
llena de porquería, que sólo sabe vomitar animaladas! ¡Y tú, Clara! ¡Te me vas callando y no lo
desquicies más! ¡Demuestra un poco de sentido común!
Cada uno se enfurruñó consigo mismo y con el rival. Berto se metió en su pocilga con un portazo,
mientras la chica cerraba la puerta y murmuraba un ¡estoy hasta las narices de ese imbécil!, que a su
madre le dolió. Blanca pensó que todo era fruto de la tensión de los exámenes, y de las excesivas
cargas con que se torturaba su hija.
Al poco, Berto empezó a cantar a grito pelado, montando una escandalera de primera. Lo hizo sólo
por fastidiar, por dar la nota, por demostrar que a él no le ganaba nadie. A los cinco o seis minutos se
cansó de hacer el becerro y se calmó por fin. Estudió como pudo. Más bien, se contentó con ir a
asegurar la teoría con la que esperaba llegar al aprobado.
La cena fue de silencio y de miradas de trabuco. Ángel Lavilla, que había sido advertido de las
desavenencias de los hermanos, intentó tener una cena normal y empezó contando un chiste:
–Va un tío de Porriño con una cabra atada con una cuerda por la calle y…
–…le dice la cabra que ha sacado de paseo al animal. ¡Venga, macho, que es más viejo que
Tarzán! –le cortó Berto.
Ángel no se lo tomó bien, y empezó el festival.
–¡Mira, idiota, como vuelvas a llamar “macho” a tu padre, te meto un fogonazo que te desgracio!
¿Te enteras, payaso? –le dijo, haciendo el gesto con el codo hacia delante y el puño cerrado vuelto
hacia su cuello.
–¡Eheheh, bajando marchas, papaíto, que a fogones habría que vérselas! –le dijo Berto un poco
enrojecido por el pique. A Clara le dio la risa de rasgueo de nariz, y la buena de Blanca tuvo que
volver a gobernar la casa.
–¡Por Dios bendito! ¿Podremos cenar en paz? ¿Por qué no dejáis todos de comportaros como
malas bestias?
Se levantó Berto y se fue a la habitación. No quería más bronca por aquel día. El resto cenó un
rato en silencio.
–Mamá, es que está insoportable… –dijo en voz bajita Clara.
–¡Bueno, dejadlo en paz ya! Yo creo que está histérico perdido con los exámenes –intentó
justificarlo su madre.
–¡Y además se las busca él! Sabe cómo desquiciarnos a todos y se emplea de lo lindo… –insistió
Clara.
–Pero ¿no os dais cuenta de que lo que busca es llamar la atención? Hoy ha venido feliz del cole
diciendo que va a sacar no sé qué notazas y no le habéis hecho ni caso… ¡Con lo importante que era
para él!
–Bueno, mujer, bueno. Ni que hubiese sacado la cátedra en Filosofía y Letras por Sevilla –le restó
importancia el padre.
–¡Papá, que eso ya no existe…!
–¡Hala! ¡Otra que siempre tiene algo que decir! –le respondió con fastidio Ángel.
Y Clara se levantó de la mesa, harta también de tanta discusión, y se quedó el matrimonio a solas,
bastante cariacontecidos.
–Hay días en los que es mejor no levantarse uno, ¡manda carallo! –fue todo lo que pudo expresar
el agotado señor de Lavilla. La madre sólo suspiró. La cena que le había costado un trabajo de mérito
se había quedado sin comer. ¿Había mayor agravio para una excelente cocinera? Blanca se comió
también aquel postre amargo en silencio.
II
“Comente las ideas del texto, centrándose, por ejemplo, en si está de acuerdo con la idea de que el
uso masivo de las nuevas tecnologías por parte de las actuales generaciones tendrá un factor
peyorativo para el desarrollo del idioma; o, por el contrario, si cree que no tendrá incidencia alguna
con respecto a otros usos de la lengua”.
La pregunta del comentario crítico del examen le pareció un tema aburrido a Lucas, por haber
discutido mucho sobre ese asunto consigo mismo; a Félix le pareció estupendo porque sabía lo
indecible sobre el tema y era usuario compulsivo de la comunicación en los nuevos medios; y a Berto
le resultó un fastidio considerable, sobre todo, porque no sabía qué significaba “peyorativo”. Alzó la
mano y Adrio respondió con un gesto de no hay dudas. Al final, se lo dijo, con mucho riesgo, una de
las Gorgonas que estaba a su izquierda.
El problema de Berto es que no había hecho, a esas alturas del curso, ni una sola práctica del
ejercicio, y, con el nivel de su expresión escrita, se podrían tumbar las escasas posibilidades de
aprobar que aún le quedaban.
–¡Venga, Berto, que tú puedes! –se dijo a sí mismo y lo oyó toda la clase. Se estaba haciendo una
costumbre y quizá adquiriera el rango de ritual. Berto empezó con su introducción:
“Yo creo que si, es decir, que no afectará para el desarrollo posterior de la lengua el uso de los
cachibaches de tecnolojia dijital. Por que una cosa es que lo usas para comunicarte con tus colegas y
otra bien distinta andar con royos de estos de clase en los que uno no puede ir por la vida diciendo:
tío, m das 1 folio, bs. Que ba a pensar el tío si le dices eso. Vamos, que no cuela.”
No es que Berto estuviese muy orgulloso del inicio, pero algo era algo. Prosiguió su comentario,
haciendo un esfuerzo ímprobo. Había dejado lo más difícil de su examen para el final. Lo que estaba
escribiendo era una auténtica animalada de comentario crítico, pero, a lo mejor, al profesor Adrio le
hacía gracia y no se cebaba demasiado con el pobre hombre. Cuando lo entregó –esta vez fue de los
últimos–, le dijo a Fernando que tuviese piedad, que se fijase en la literatura y en la sintaxis que iban
de película, y que el comentario era para que se echase unas risas el profesor, y así no se aburriría
tanto en la corrección.
Seguro que, una vez corregidos, leía su comentario al resto de la clase para divertimento de las
masas. Esa era una costumbre que tenía el Maceto y que ayudaba a desdramatizar un poco los errores
personales, al mismo tiempo que advertía de que a la siguiente, uno estaba finiquitado. Los alumnos
se lo pasaban bien cuando leía las más absurdas de las respuestas, salvo cuando les tocaba el turno a
uno de ellos, o se reconocían en la bestialidad. Por suerte, solía contar el pecado y no el pecador,
aunque todo el mundo sabía quién podía haber sido el autor que había perpetrado semejante
lingüisticidio.
En el recreo, todo el mundo comentaba sus miles de ejemplos de lenguaje de sms, sus ocurrentes
ideas y sus argumentaciones. De alguna manera, el comentario crítico siguió en el recreo con férreos
defensores del lenguaje simplificado y los acérrimos salvadores del idioma.
–Yo te digo que cada situación requiere un uso apropiado, y en el de los móviles y el chat, lo
lógico es escribir así, además del problema de la pasta, claro –defendía Félix Lavares.
–Y te acostumbras, y luego cometes todo tipo de pifias en el uso normal –le respondió Marisa.
–Hombre, yo creo que tampoco hay que exagerar, cada cosa tiene su momento, y no tendrían por
qué interferir tanto. De hecho yo lo uso y no me afecta… –trató de conciliar ambas posturas Silvia.
–¿Que no interfiere? ¡Venga, hombre! ¿Estáis de coña? Es evidente que sí –aportó leña al fuego un
seguro Lucas.
–¿A ti te afecta? ¿Quieres que te lea el último sms que me mandaste? ¿Has escrito algo así en tu
vida en un examen? –le respondió Silvia con mirada severa. Lucas advirtió la fuerza con la que
defendía un argumento evidente. Un dato más. Segura y firme, mientras que él se movía por las
balbuceantes ciénagas de la vida.
–Lo importante ahora es que llega el examen de Conde, y quiero repasar, así que dejad el asunto
para mejor ocasión –concluyó Félix, que ya estaba hojeando el libro de Geografía e Historia.
Tras el recreo, el ansiado examen de Gerardo Conde, para quitárselo de encima cuanto antes, más
que nada. Tenían todos ganas de vaciar el montón de contenidos, mal retenidos en sus memorias
frágiles, y liberar así presiones. La prueba exigió poner toda la carne en el asador. Berto, como casi
todos los que habían estudiado, soltó primero el contenido teórico. A él le beneficiaba especialmente,
porque allí no tenía que improvisar nada y la redacción le venía dada por el libro. La práctica exigía
poner en juego demasiados conceptos distintos y aplicar la técnica de combinación adecuada.
Finalmente, llegaba la redacción final de la respuesta, un verdadero suplicio para un Berto escaso de
recursos, una floreada respuesta para un Félix con menos datos objetivos pero muy bien adornados, y
una auténtica exposición de manual de Geografía para un Lucas de contundente cabeza.
Mañana, Inglés y Filosofía. Y vuelta a empezar con la misma historia.
III
Después del recreo, Laura Jáudenes se reunió con Jaime Calero, en el despacho de la dirección.
–Jaime, querría que me explicases cómo fue lo de los Cortés.
Jaime Calero estaba con toda la prevención del mundo y con todas sus artes preparadas. No
imaginaba que el asunto fuese a llegar hasta la institucional directora y lo interpretó como una
situación especialmente grave para él. Le contó la historia del desencuentro con los Cortés y de cómo
le quisieron cargar la responsabilidad del desaguisado. Fue breve en sus palabras, pero mostró
desconcierto, pena, dolor e incomprensión. Nadie que lo hubiese visto actuar dudaría de que sus
palabras eran profundamente rectas y sinceras.
–Por mi parte, Jaime, tengo que decirte que no debes preocuparte. Creo que tú mismo has descrito
muy bien la situación. Y nadie te va a pedir responsabilidades de una gente así.
–Muchas gracias, Laura. De verdad que supone para mí un alivio enorme el que me lo digas. Fíjate
que yo estaba preocupado porque la mismísima Jáudenes quería hablar sobre el asunto conmigo…
–Ya te he visto, ya. Mira, Jaime, para mí es muy importante que todos los profesores del colegio
os identifiquéis al máximo con el proyecto educativo. Y entender la atención personalizada de la gente
sé que requiere un esfuerzo plus de todos, y además gratuito. En ese sentido, puedo asegurarte que
siempre te he visto con muy buenos ojos, Jaime.
–Verás, Laura, en mi caso, no es sólo porque trabaje aquí. Es, sobre todo, porque creo que es el
mejor sistema educativo de entre los que disponemos. Sacar lo mejor de cada alumno, según sus
posibilidades, sigue siendo un poco utópico, pero trabajando con esa meta, se llega mucho más lejos
que de otra forma. ¿Me entiendes, Laura?
–Perfectamente, Jaime.
–Y lo de las familias es algo básico. Todos sabemos que si a los padres se les deja de lado en esto
de la escuela, no hay nada que hacer. Por eso mismo, creo que lo lógico es dedicarles las mejores
energías a ellos. También estoy convencido de que ese es el mejor camino para llegar antes, más y
mejor con cada uno, tal y como nos recuerdas siempre, Laura.
–No hace falta que me lo digas, Jaime. Todos comprobamos tu empeño y tú mismo sabes que eres
el preferido por la mayoría… Sin embargo, Jaime, me preocupa algo que no termino de entender…
Calero tensó las neuronas.
–Tú dirás…
–A pesar de que esas ideas las tratamos de encarnar todos, y me consta que la gente se esfuerza
por hacerlo así, y a pesar de que tú vas muy por encima de la media, no veo que tus compañeros te
admiren por ello. ¿A qué crees que puede deberse eso, Jaime?
–Me preguntas algo que yo no te sé responder, Laura. Quizá tendrías que preguntarles a ellos…
–Es que me resulta curioso que seas el preferido por padres y alumnos, y bastante ignorado por los
profesores… Cómo te diría yo… Por ejemplo, cuando salimos en los primeros puestos del ranking de
selectividad, todo el colegio se alegra, nos felicitamos y agradecemos de manera especial a los que
dan clases en segundo de bachillerato. Algo parecido ocurre con los exámenes externos de inglés,
alemán y francés, o en las competiciones deportivas. Sin embargo, en los logros de nuestro modelo
educativo nadie se felicita, ni lo hace con quien mejores resultados obtiene…
–Yo creo que eso es porque la gente piensa que esos logros forman parte de lo que se espera de
ellos por su trabajo normal, mientras que los éxitos que le dan relumbrón al colegio son fruto de
esfuerzos extras, de ilusión añadida que no figura en el contrato. ¿Podría ser?
–Podría ser, Jaime. Sin embargo, es lo que sustenta todo… No sé, tengo que pensarlo mejor. Yo
creo que un profesional como tú tendría que ser el de mayor prestigio entre sus compañeros,
precisamente por hacer lo ordinario de manera extraordinaria.
–¡Vamos, Laura, no exageres, que me vas a ruborizar! –expresó, feliz, su aparente turbación por el
elogio.
–Te lo digo en serio, Jaime. La verdad es como es –le respondió con una sonrisa de
agradecimiento.
–Mira, Laura, eso quizá lo podamos arreglar un poco ahora. Como sabes, la semana que viene son
las elecciones sindicales a comité de empresa. Quizá no lo sepas, pero me voy a presentar en una de
las candidaturas. Allí se verá si la gente me apoya o no…
A Laura la noticia le cogió por sorpresa, porque nunca Jaime Calero había mostrado interés por
estar en el comité de empresa. Es más, con frecuencia criticaba a los sindicalistas con tono velado
pero contundente. En El Olivo había una lucha sin cuartel entre dos facciones opuestas –tan sólo
aparentemente–, que se echaban los cacharros a la cabeza, medio en serio, medio en broma. La que
siempre solía ganar era la que llevaba las siglas de el SIP (Sindicato Independiente de Profesores), que
sacaba cinco o seis de sus listas; y el PED (Profesores para una Educación Digna), que también
siempre lograba entre dos y tres representantes. La dirección del centro se encontraba más a gusto con
los primeros, quizá más comprensivos con las tomas de decisión de la empresa gestora del colegio.
–¿Y con quién te presentas, Jaime?
–Verás, le he estado dando muchas vueltas, y al final creo que al colegio le interesa más que vaya
con el PED. Ya sé que te gustan menos que los del SIP, pero si saco mi representación habrás metido
una pica en Flandes.
–¿Cómo es eso, Jaime?
–Pues lo que te he dicho. Que, si salgo elegido, tendrás en el PED un amigo. Lo cual puede
ayudarte a la hora de algunas votaciones complicadas.
–¿Y eso te lo va a permitir el PED?
–Mi independencia es la condición que les he puesto para entrar en sus listas. Y han aceptado,
claro. ¿No te das cuenta de que conmigo sus esperanzas de obtener mejores resultados empiezan a
tener una base sólida?
IV
Después de una comida de colegio, rápida y desganada, el grupo del guiñol vino a reunirse en el
local del infantil. Félix apareció con ocho ranas de peluche, conseguidas en los chinos. Les había
hecho aberturas en las partes traseras y brazos, y la mano pasaba perfectamente para mover las patas
delanteras y la cabeza. Compró cuatro verdes y cuatro rosas, estas últimas con grandes pestañas y los
labios pintados. Los cuatro rieron la jugada porque eran muy simpáticos los bichos. También se había
fabricado una serpiente verde con una media a la que le había pegado dos bolas de ping-pong como
ojos.
La fábula de Esopo de las ranas que querían un rey había sido reescrita íntegramente por Lucas y
corregida por Silvia y Marisa, pues el Conde Lucanor tendía a elevarse demasiado para los cerebros de
los pequeñines. Pasaron todo el recreo ensayando, con el convencimiento de que daría resultado. A
Silvia le parecía la obra más divertida de cuantas se habían representado, y así se lo hizo saber a sus
compañeros.
Lucas pensó sobre el contenido de la fábula, mientras salían al patio del infantil. Unas ranas que
siempre estaban a disgusto con lo que tenían, pedían más y más y no se contentaban con nada. Cuando
Zeus las castiga con una serpiente que se las comía, aprendieron la lección, pero ya era tarde para
ellas.
¿También era tarde para él?
Había empezado a auscultar sus ojos de miel en el espejo de la habitación del tío Carlos. Y no le
gustaba lo que veía de sí mismo. Demasiados errores, demasiadas equivocaciones, siempre con las
mismas dificultades, sin superarse, sin avanzar un pobre paso de tortuga.
Mirar esos ojos suyos sólo le provocaba malestar, descontento consigo mismo. Porque se daba
cuenta de que no estaba siendo como querría, y cambiar esas tendencias tan arraigadas en su vida era
un trabajo ímprobo. Nunca se había fijado en que sus defectos eran tan propios de él como sus
méritos, y había querido vivir al margen de los primeros, despreciándolos o justificándose con
cualquier excusa para que no le torturase la conciencia. Pero ahora, que había empezado a levantar la
alfombra de su vida, y que era capaz de intuir la basura persistentemente escondida allí, no se veía con
fuerzas para acometer la limpieza, porque pensaba que era una tarea para un titán.
¿Sería ya demasiado tarde, por haber dejado arraigar demasiado sus vergüenzas?
Al principio, con los humores elevados por la evidencia de lo nuevo, tras la charla última con
Freijanes, se había empeñado con ilusión y ganas. Pronto se dio cuenta de que la capacidad de
sacrificio que exigía esa tarea no la alcanzaba ni de cerca. Poco a poco, le había dicho Antón. Sí, poco
a poco, pero ni aún así. Además, su alma era como una gusanera. En cuanto tapaba un agujero, se abría
otro simultáneamente en otro aspecto de su vida.
No obstante, se había marcado líneas preferentes de corrección del rumbo, y ahí sí que trataba de
mantenerse firme: no maltratar a nadie, no ir de sobrado, tener voluntad de ayudar de verdad a los
demás, ser más sociable, tener sensibilidad ante el sufrimiento ajeno y saber acercarse a los problemas
de la gente, aunque sólo fuese para dar ánimos. Había visto que no necesitaba irse a ninguna zona
desastrada del mundo para poner en práctica esas disposiciones. A su lado, entre sus compañeros,
amigos y familiares, en su propia ciudad, podía desarrollarlas de una manera real y eficaz.
¿Cómo persistir en el intento, a pesar de la evidencia del renovado fracaso? ¿De dónde sacar
fuerzas para mantener el ánimo en la lucha consigo mismo? ¿Es que iba a necesitar siempre de un
apoyo externo que lo sostuviese, de un Freijanes o de una abuela? ¿Por qué la ilusión de ser mejor y la
voluntad del cambio no le eran suficientes para avanzar en su vida sin desanimarse? Lucas se hacía
estas preguntas con sincero dramatismo, con mentalidad de tragedia clásica, buscando una solución a
sus enigmas.
En esos momentos, observó cómo uno de los niños de infantil corría jugueteando y riendo con
otro. En un momento dado, se le trabó un pie y cayó en plancha sobre las duras baldosas del terrazo.
Los pequeños son un poco de goma, y al caer dio la impresión de que rebotaba una vez más sobre el
suelo. En cuanto terminó de aterrizar, surgió el lloro escandaloso. Silvia, que salía en ese momento del
pabellón, vio toda la escena. Sin preocuparse demasiado, atendió al niño, lo abrazó, lo calmó y lo echó
de nuevo a correr con una sonrisa, todavía con los regueros de las lágrimas frescos.
–Los niños son increíbles, ¿verdad, Lucas? Les haces dos cariñitos y aquí no ha pasado nada –le
comentó con una sonrisa Silvia.
–¿Cómo lo hacéis? –preguntó intrigado Lucas.
–¿Cómo hacemos el qué?
–Saber cómo atenderlos…
–¿Consolarlos? Es cuestión de quitarle importancia a lo que ha pasado. Lloran enseguida porque
se asustan, ¿sabes? Más que por el dolor. Como son tan simples, reaccionan así, sin darle importancia,
y vuelven a sus juegos. Cuando se hacen daño de verdad, son otros los lloros y los gestos…
Lucas volvió a su interior con lo que acababa de escuchar. ¿Acaso él no era un poco como un
enano que estaba dando sus primeros e inseguros pasos por la nueva vida, y no paraba de darse
castañazos? Sin embargo, él no se levantaba con la prontitud de los irracionales seres. Cada vez
tardaba más en alzarse… y además se desanimaba.
Quizá a él le faltaba la simplicidad de los pequeños, el no darse tanta importancia cada vez que se
caía con todo el equipo… Y volver a sus juegos como si nada hubiese ocurrido… Al fin y al cabo, lo
importante no era tanto caerse y levantarse como llegar al final de la carrera, al final del día, con un
montón de espacio recorrido.
Pensó que tendría que rumiarlo despacio y hablarlo con Freijanes.
V
Berto estaba terminando sus encuentros futboleros con los de primaria, y en esas circunstancias
era el Berto de siempre. Disfrutaba como un loco, animaba a los jugadores, les quitaba importancia a
lo que, deportivamente hablando, no la tenía, y era querido y admirado por todos los chavales. Al
terminar el último encuentro, se le acercó Andresito y lo miró con cara de emoción.
–¿Sabes don míster que esta semana ya he parado tres peleas? –y le señalaba con tres dedos la
cantidad, con una mirada de alegría de fondo.
–¡Muy bien, Andrés! ¿A que te has sentido mucho mejor?
–Muchísimo mejor que ellos. Ahora me quieren nombrar árbitro de las peleas, je, je.
–Oye, Andrés, ¿por qué haces eso? ¿Por lo que yo te dije? –le preguntó Berto con tono intimista.
–En parte sí…, en parte no.
–¡A ver, explícate, hombre!
–En parte sí porque no nos debemos pelear, y en parte no porque a mi equipo de clase nos dan
puntos extra cada vez que hago que no se sacudan…
–¡Ah…! ¡Ya! ¿O sea, que comercias con las peleas? ¿Te parece bonito? –le preguntó poniendo las
manos en jarras. Aunque le tuvo que explicar qué significaba comerciar con las peleas.
–¡No es por eso, no! Es aprovecharlas. De paso que hago algo bueno, si me dan puntos extra, pues
mucho mejor, ¿no?
–¡Bueno, si es así, me parece bien!
–¡Claro, hombre! Aunque yo pienso que cuantas más peleas mejor, porque así saco más puntos…
–Ya, ya veo. Bueno, pero no puedes desear que haya más peleas, Andrés, porque si no, lo estropeas
todo.
–¡Que noooo! Pero lo bueno es que yo me siento bien y encima nos dan puntos. Parece que va a
compensar ser bueno, ¿no crees míster?
–Eso siempre compensa, Andrés.
–Bueno, chao, míster Berto.
A Berto le hizo gracia la picaresca del enano. Míralo. Y parecía tonto cuando lo compramos.
Estuvo un rato riéndose solo, con cara de embobado, como si fuese un bobalicón. Entonces, no sabía
por qué, el cerebro se le puso en marcha, mientras iba camino de su edificio.
¿Y por qué no hacía él lo mismo? Si estaba estudiando, se estaba portando como un hombre en sus
responsabilidades, si estaba decidido a encontrar el tesoro, ¿por qué hacía el animal, como el día
anterior en su casa, desquiciando a todos y queriendo ser el centro de atención? ¿Por qué retrocedía a
su condición infantil? ¿No era eso tirar el mapa por la ventana? ¿O lo que él andaba buscando era
siempre que alguien le diese puntos extra…? ¡Toma ya, pues claro! –se dijo, dándose una palmada en
la frente.
Berto dio con otro rastro en su búsqueda particular aquella tarde. Decididamente, tenía que
empezar a asumir sus responsabilidades sin pedir a cambio ningún punto extra. Porque eran sus
asuntos. Y punto. La vida misma.
CAPÍTULO 20
I
La semana de los exámenes iba transcurriendo lentamente, aunque ya se veía la luz al final del
túnel.
Esa esperanza siempre resultaba algo catastrófica para algunos estudiantes que, sin hábitos ni
costumbres, llegaban a la conclusión de que, por esta vez, ya habían hecho suficiente. Ello originaba
que los últimos exámenes de una semana así obtuviesen unos resultados más bajos que en los
primeros. Era una realidad estadística, que aumentaba su porcentaje cuanto más jóvenes fuesen los
pupilos.
Berto y Félix tuvieron que hacerse una violencia de autodominio especial para no ceder a esa
agradable y sinuosa tentación. El primero lo tenía más fácil porque la motivación era interior, y
porque pretendía demostrarse a sí mismo que era un hombre de palabra cuando le lanzó el discursito a
la familia. Para Félix, sin embargo, el asunto era mucho más difícil porque sus ánimos personales no
sentían la urgencia de Berto y porque, efectivamente, ya había dado mucho más de sí de lo que su
madre y abuela podían esperar.
A Félix le quebraba la voluntad el huir hacia adelante. Le encantaba engañarse a sí mismo, más o
menos conscientemente, con la idea de que tenía tiempo de sobra para recuperar el desaguisado en la
siguiente oportunidad. ¡Y venga, que ahora sí me meto! ¡De verdad, confía en mí! ¡No te preocupes
que esto lo arreglo desde ya!
En la ESO lo había ido consiguiendo y ahora, en el bachillerato, nada le indicaba que no pudiese
volver a hacerlo. Por eso, tras los exámenes del miércoles, se dedicaba ya a jugar con el engaño de
siempre, y su rendimiento cayó hasta la sima de su Atapuerca particular. En el recreo del tercer día de
la semana, Félix se lo comentaba a Lucas.
–Oye, Lucas, ¿a ti no te ocurre que, cuando pasan varios días de exámenes, te dan ganas de
mandarlo todo a freír monas y tumbarte a la bartola?
–Hace años que no me pasa, tío. Eso te ocurre porque no estás acostumbrado… –le respondió
Lucas con intención didáctica.
–Está claro, Lucanor, no todos somos tan guays como tú, ¿sabes? Pero podrías bajar del pedestal y
ponerte al nivel del pueblo llano, es decir de la gente normal.
La respuesta le picó en el ánimo a Lucas. Estaba especialmente sensible con todo lo que hiciera
referencia a sus privilegiadas dotes y a ser considerado un creído.
–Mira, Félix, no existe la gente normal. Lo que existen son muchos anormales… El hecho de que
sean mayoría no les quita un ápice de deformidad, ¿me sigues?
–Como buen anormal que soy, con dificultad –le ironizó Félix.
–Si eres anormal es porque quieres o porque crees que te conviene eso de hacerte del rebaño,
despersonalizarte, mezclarte con el resto de la marabunta. Es que no te esfuerzas para quitarte de
encima lo que no te deja ser como quieres ser.
–¡Pues por eso te lo pregunto, hombre!
–¡Qué va! Tú me lo preguntas para ver si tengo una solución mágica, que te permita dejar de ser
una mala bestia y convertirte en una persona decente sin esfuerzo. Y eso sabes que no existe, guapo.
–¿Pero es que en esta vida todo exige esfuerzo, Lucanor? –protestó con cierto desánimo Félix.
–No todo. Pero sí lo que es importante de verdad, Félix. Un trabajo, una posición social, tener
relaciones normales, amar a una mujer, sacar adelante una familia…, todo lo típico vamos… Nada de
eso se hace sin esfuerzo y sin entrenamiento.
Félix se quedó en silencio, intentando calcular cuánto esfuerzo le quedaba por realizar en esta
vida. Le dio una congoja tremenda.
–Me estás hundiendo la vida, Lucanor –fue la conclusión a la que llegó.
–No seas quejica, ni te me vuelvas otra vez un cagueta, Félix. No se trata de afrontarlo todo a la
vez, hombre. Se trata de hacer cada cosa en su momento. A fin de cuentas, ¿de qué me estás hablando?
¿De arrojar la toalla porque ya has hecho mucho? No has hecho casi nada, majo. Estamos empezando
el curso y todo lo que puedas hacer ahora es un peligro dejarlo para después. Pero no porque se te vaya
a acumular mucho para el examen trimestral, ¿entiendes? –Félix afirmó con un gesto–. Se trata de
hacerlo bien porque a ti te interesa, por nada más.
–Lucas, tú sabes perfectamente que yo no necesito razonamientos. Los míos, que son mucho
peores que los tuyos, me sirven para entenderlo. Mi problema no es convencerme… Es vencerme.
Quitarme estas pocas ganas de encima.
1. –Perdona que te niegue la mayor, Félix. Los razonamientos no sirven sólo para entenderlo. Los
razonamientos y los motivos por los que se hacen las cosas hay que hacerlos tuyos, ¿sabes? Si sólo
buscas entender, eso tiene poca fuerza y no te moverá. Lo que te pondrá en marcha es que eso que
has entendido lo hagas algo tuyo. Lo que tiene que importarte es que tú quieras hacerlo porque es
tuyo, porque forma parte de ti y eso te hace mejor… No des más razón de lo que haces que la de
satisfacerte a ti mismo.
–Eso suena a egoísmo brutal, tío, ¿no?
–No lo es. Porque estamos hablando de hacer propio aquello que nos mejora. ¿Es que no lo pillas?
Si tú eres responsable con tu trabajo, o te haces más generoso con los demás, primero te perfeccionas
tú, sí. Pero luego, como consecuencia de ser quien has decidido ser, beneficias a los demás con tu
generosidad o con tu ser responsable, ¿me sigues?
–Más o menos… Creo que lo voy pillando. De todas formas, lo que te preguntaba al principio veo
que tiene la misma respuesta. Para lograrlo hay que dejarse la piel…
–O no. Depende de cómo quieras vivir tu vida. Si quieres ser un parásito social, no tienes que
hacer apenas esfuerzos.
Lo del parásito social era un dardo envenenado, lanzado con el fin de suscitar una reacción que
fuese lógica con lo que estaba exponiendo Lucas. Félix se dio cuenta y no entró al trapo, lo cual
defraudó un poco al previsor Conde.
–O sea, que quien algo quiere algo le cuesta, ¿no? Y no hay más tu tía.
–Estamos hechos así, Félix. Pero yo no me creo que seas tan burro de querer algo y no conseguirlo
por el esfuerzo que te cueste. Eso no es una persona, es un desecho, una basura de tío.
–Pues me parece que el mundo está lleno de basura, Lucanor.
–No, Félix. Yo creo que el tiempo pone a cada uno en su sitio, y a fuerza de golpes se van
asentando en la vida… Lo que es un rollo es que, al final, uno termine siendo lo que no le queda más
remedio que ser. Eso es un poco terminar con una vida perra. ¿Lo entiendes? ¿Te he aclarado algo que
te convenza?
–Tú lo has dicho antes, Lucanor. No necesito tanto convencimientos como pasar a la acción. Me lo
tendré que repetir muchas veces esta tarde: siempre que me dé el bajón o que la olla se me quiera ir de
excursión.
–No es mala técnica para comenzar.
–¿Sabes lo que me pasa, Lucas? Estos días sin ti son un poco martirio. Estudiar contigo me da más
ánimos.
–Sí, entiendo que sea una ayuda, y que juntos siempre se chapa mejor. Pero creo que eso son sólo
circunstancias que nos ayudan a hacer lo que debemos. Es decir, que lo tenemos que hacer aunque no
tengamos esas ayudas. Y si ahora te has quedado sin ellas, más que suspirar, lo que tienes que hacer es
apechugar y tomar la iniciativa. Es el mejor entrenamiento, macho.
–Bueno. Ya veremos qué pasa mañana.
–¡Sé tú mismo, Félix!
A Félix le conmovió la claridad de ideas de Lucas. ¿Cómo un tío llegaba a esas conclusiones tan
firmes? ¿De dónde obtenía Lucanor la luz para ver tan claro y tan hondo, si él era un auténtico cegato,
incapaz de ver más allá de dos pasos por delante? Vale que el Lucanor es un tío con un cabezón de
piruleta enorme, vale que es un tío que se raya mucho, y que está dotado como ninguno de nosotros en
clase. Pero de ahí a ver tan claro, a interpretar tan correctamente los mecanismos de la edad…–se
asombraba Félix.
Estaba claro que hasta hacía casi nada él nunca le había dado vueltas a su vida, ni había intentado
comprender los porqués de su proceder ni el sentido de su actuar. No se había planteado más metas
que las de ir saltando obstáculos sin dejarse los dientes en el intento. Y, desde que estaba con Lucas,
arrimado a su razonable proceder, había comenzado a imitarle en la reflexión. Empezaba a sentir la
urgencia de avanzar en su proceso de madurez, más que nada para no quedarse descolgado de las
nuevas amistades con las que se trataba ahora, que le llevaban mucha ventaja.
¿Él podría llegar a interpretar así su vida? ¿Podría llegar a los escondidos recovecos de su alma
para iluminarlos, desenterrarlos y encontrar los motivos suficientes para moverse por sí mismo, sin
ayudas –como le decía Lucas–, siendo autónomo? De momento, lo urgente era seguir el consejo del
amigo, no abandonar y acabar bien el trabajo. Hasta el final. Aunque en el intento se dejase el pellejo.
II
Andrea estudiaba a solas en su habitación, con los cascos puestos, siguiendo el ritmillo de la suave
música con el pie derecho. Al lado de los apuntes y libros, tenía el ordenador encendido con la página
de Tuenti abierta, y cada poco tiempo miraba con una cierta ansiedad a los que se iban conectando, en
la barra de estado de la aplicación. Recibió varias ofertas de su abultadísima lista de amigos para
iniciar un chat, pero no respondió a ninguno. En realidad, sólo le interesaba una conversación y, en el
mejor de los casos, se permitiría además darle vía a Berto para comentar algunas tonterías. Pero a
nadie más.
Los exámenes que había ido haciendo no eran una maravilla, aunque tampoco iban a ser un
desastre. Sabía que en Lengua y Literatura e Inglés iba a sacar buenas notas. En Economía y Filosofía,
así, así. En Geografía le iba a meter Conde un cate como una catedral y, en Matemáticas, pensaba
aprobar por los puntos de trabajo en casa. Los que tenía al día siguiente eran mucho más fáciles –
TIC12 y Ciencias Medioambientales y de la Salud–, al margen de las marías –Educación Física y
Religión– que no pensaba dedicarles ni cinco minutos. La traca gorda se había celebrado los primeros
días.
Al cabo de casi una hora, decidió que ya estaba todo el pescado vendido. Subió el volumen de la
música y decidió dedicarse a perder el tiempo en la web. Visitó varias revistas de tendencias y de
moda, otros tantos blogs de belleza y todo el recorrido de sus favoritos. Abrió el correo electrónico y
miró con ansiedad la carpeta de mensajes nuevos, totalmente vacía. Le dio al botón de actualizar
varias veces seguidas, con tic nervioso, a pesar de la seguridad de que no iba a entrar nada nuevo…
Esa espera era un poco tortuosa de más.
¿Cuándo llegaría la deseada respuesta? ¡Dios, cómo lo ansiaba! Y un día, y otro, y otro… y los
muy torturadores, nada…
Andrea se preguntaba qué pasaría cuando llegase el feliz correo. Sólo las afortunadas recibirían el
sonido de pato en su altavoz y el anuncio de que tienes un nuevo e-mail. Y ella sólo podía pertenecer
al grupo de las afortunadas. Pero no llegaba. El día que apareciese le daría un revolcón de primera.
Gritaría. Lloraría de emoción. Lo leería una y mil veces. Besaría la pantalla. Y saldría como una
centella hacia sus padres para que se preparasen para un viaje sin retorno.
En ese momento, advirtió en la ventana en segundo plano que se había conectado Berto. Decidió
matar el rato con él.
–K tl, Brt? Chapnd much x examns?
En el recuadrito del chat apareció el mensaje de “Berto está escribiendo”.
–Andrea, titi, k tl? Yakab d studiar. T mndo uns bss (;-)
–K tl con t hermn? T puteao mch?
–K b! echo pzes.
–Salims virerns?
–Síiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii (:-p)
–Solos?
–Yes!!!!!!!
–M tiens k dar + pists d tu mpa… :-o) jejeje
–Mi tsoro eres tu (:-ooooooo), jaja
–Pro no sbes l mio, jeje
–Kual es? S yama Brto?
–xq el ¿?
–T kro mch, tía!
–L virns t lo digo!!!!
–Guai!!!! Bssssssssssssssss
–Too
Berto seguía amarrado y bien amarrado, no como ese idiota de Lucas, niñato creído que se había
atrevido a cortar amarras. Él se lo perdía. Igual no la lloraba mucho, pero ella sabía que el corazón de
él había quedado tocado de por vida. ¡Cuántas veces me añorarás, niñito chulito! –se dijo Andrea con
encono.
Todavía no era muy capaz de entender por qué un tío como Lucas, que estaba hasta los tuétanos
por ella, había tenido esa prodigiosa fuerza para rechazarla por una idea absurda, por una especie de
ideal de otras épocas… Semejante proeza había provocado que en su cabeza y corazón empezase a
desear de verdad a Lucas.
Un tío que se jugaba el todo por el todo de esa manera era un pavo con principios, sí, señor. Un tío
de una pieza. No era una joya más que adornase su figura. Era el auténtico brillante de quinientos mil
quilates que coronaba de manera majestuosa su imponente figura. Una pena de hombre… Con que
tuviese un poco más de salero y buena coña, no tendría rival en su corazón siempre insatisfecho.
¿No pedía demasiado? ¿No buscaba a una persona tan perfecta para ella que no fuese real? ¿Era un
deseo infantil que todavía perduraba en su vida deseosa de ser ya, de una vez por todas, adulta? Si le
llegaba el correo electrónico que esperaba, multiplicaría por mil las posibilidades de encontrar a su
hombre ideal. Si entonces no lo hallaba, sería que no existía. Y siempre sabría a dónde volver para
conceder lo que Lucas pedía.
Estuvo un tiempo Andrea sin darle más trabajo al cerebro que el de seguir la música de sus cascos.
Era increíble cómo se había apagado esa música mientras razonaba. Decidió bajar un poco el volumen
y seguir con sus enredos.
Le intrigaba especialmente el rollo aquel del mapa del tesoro de Berto. Estaba claro que hablaba
de su personalidad. Pero eso era muy peligroso porque a saber qué le decía su tesoro, cuando lo
hallase, al muy idiota. A ver si resultaba que se encontraba con que tenía que cambiar, hacerse
responsable, o cualquier otra locura de esas que les dan a los tíos cuando caen de la burra. Igual le
venía con las mismas que el Lucanor, o le daba por hacerse ermitaño, o decidía que ella era un estorbo
para su vida.
Por suerte, el muy tonto confiaba plenamente en ella, y ya se encargaría Andrea de aclararle bien,
de interpretarle correctamente el significado de su tesoro. No fuera a ser que, encima, también
perdiera a la única posibilidad medio aceptable que le quedaba en sus dominios. No. Jamás lo
permitiría.
Hasta que llegase el mensaje, claro.
III
La mañana del jueves se pasó corta. Los exámenes del día eran para disfrutar y echarse unas risas
por los estúpidos errores que cometía la gente por descuido, equívoco o atolondramiento. Los tres
habían sido tipo test, y habían ideado un sistema viejo para copiar todos como monstruos.
Lucas había pedido permiso, a primera hora, para ponerse en la fila de delante, con la excusa de
que todo el mundo le quería fastidiar preguntándole respuestas o copiándole el “a b c d” que tachara.
Además, lo pidió con cara de verdadero tío repelente que repudia a los demás, y que no quiere que
nadie saque mejor nota que él, y so capa de ello, aparecer como honesto ante el profesorado. No era
muy difícil que la bufonada colase, porque hasta hacía bien poco el chico tenía fama bien ganada de
ser así, y algunos profesores del Reino de Babia todavía no habían advertido cambio alguno en el
chaval.
La profesora de Ciencias Medioambientales y de la Salud, la Chari –una ingenua que creía en la
bondad natural del hombre y férrea partidaria de la escuela constructivista– vio con buenos ojos las
disposiciones del excelente alumno. Y no sólo se lo permitió, sino que le alabó en público la
integridad.
Lucas estaba un poco nervioso porque era la primera vez que se prestaba a un juego así. Le había
dado vueltas, por si hacer aquello no supondría caer en una contradicción con sus planteamientos
nuevos de la vida. Y, de entrada, le parecía una aberración. Sin embargo, su viejo espíritu crítico le
advirtió de lo estúpido de la existencia de esa asignatura cuya utilidad era más que cuestionable para
una persona que tuviese un dedo y medio de frente. Animado por estos pensamientos, optó por echar
el resto y presentar de esa manera su propia lucha contra el sistema. Rebeldía propia de todo espíritu
joven que se precie de serlo.
Ante la laudatoria pública de la Chari, el resto de la clase protestó e hizo mohínes de desprecio.
Toda una representación teatral, demasiado evidente para cualquier profesor que no fuese la buena de
la Chari. Comenzó el examen, y Lucas desde la primera fila, a la vista de todos, empezó a cantar las
respuestas correctas: un rascarse en la espalda, la a; un tocarse la oreja izquierda, la b; un apoyar la
mano en la nuca, la c; y darse con el bolígrafo en la sien derecha, la d.
La Chari, ajena a todo amaño, –impropio de la bondadosa naturaleza humana–, se puso a leer muy
pronto una revista de no se sabía qué, pero que la tuvo totalmente despistada. Sólo había dejado en
alerta el sentido del oído, y ¡ay de aquel que dijese esta boca es mía! Le aplicaría un sermón en el
despacho y le quitaría un punto del examen! Total, que el bueno de Lucas parecía un epiléptico
maniático, que no paraba de repetir tics, mientras toda la clase anotaba el resultado.
Al acabar el examen, algunos poco previsores delincuentes lo hicieron realmente mal, y a punto
estuvo de fastidiarse el invento. Cuando cantó Lucas la última pregunta, se levantaron de golpe diez
alumnos al mismo tiempo, en distintas partes del aula, y con enorme sorpresa de la Chari, que no
entendía la simultaneidad y precisión de tiempos de los participantes. A pesar de todo, coló la broma,
y viendo que los otros dos exámenes del día también seguían el mismo método, decidieron por
unanimidad que Lucas siguiese mostrando su repugnante manera de ser, su honestidad vomitiva y sus
tics recientemente adquiridos.
TIC y Religión pasaron como agua de mayo entre el alumnado de 1º B. En el recreo, el nuevo
héroe nunca había recibido tantas palmadas, parabienes y besos de todas las tías, desde las menos
favorecidas hasta la más favorecida del conjunto, una Andrea que se quedó con las ganas de besarle en
los labios y se tuvo que contentar con un mejilleo de necesidad. Pero bien fuerte, eso sí. Aunque a
Lucas no le tembló el corazón ni lo más mínimo.
Era jueves y tocaba representación tras la comida. Las chicas les estaban esperando en el cajón,
con todas las ranas dispuestas y la serpiente de Félix. El muy bocazas, llegó gritándoles a Silvia y
Marisa la hazaña del Conde y ellas le miraron con cara de reproche. En el fondo, molestas por no
haber estado en clase de Lucanor y habérselo pasado pipa con la fiesta. Pero había que representar el
papel de mujeres maduras y Marisa comentó un “bueno, es lo que faltaba, Lucas, ¿no te da
vergüenza?”, ante las risas de Félix y del propio desvergonzado.
De nuevo, el vestíbulo lleno a reventar. De nuevo, Lucas fijándose en los niños por el pequeño
mirador. De nuevo, Félix buscando al pequeño que se encaró con él para tenerlo localizado. Las
apreturas, calor y presión, de nuevo. Las ranas atrajeron toda la atención del minúsculo público. Les
entraba mucho mejor la representación que la de la semana pasada, cuyo recuerdo ahora al novel autor
le provocaba vergüenza ajena. Los niños seguían con pasión la historia de los bichejos divertidos, que
no paraban de quejarse.
Cuando apareció el culebrón –gracias al brazo de Félix– y empezó a zamparse a las ranas lloricas,
los rostros de los pequeños cambiaron. ¡No les gustaba que esa asquerosa serpiente se comiese a sus
simpáticas ranitas! ¡Mierda! ¡La estamos cagando! –se dijo Lucas, mientras el lelo del Félix ponía
todo su empeño en zamparse ranas, absolutamente ajeno al descontento del público. Lucas les advirtió
a las chicas.
–Tenemos que arreglarlo, Silvia. Los críos están cabreados con que la serpiente se esté zampando
a las ranas. ¿Qué hacemos?
–De momento, mientras pensamos algo, que sigan saliendo ranas, y que Félix se las siga
comiendo, y tú, Lucas, di que la serpiente se tiró diez años comiendo ranas.
Así lo hicieron. Y se empezaron a escuchar los primeros lamentos infantiles, y los primeros gritos
de “¡fuera serpiente!”, “¡serpiente mala!”, y a advertir a las pobres ranas a las que la serpiente las
atacaba por detrás.
–¡Ya sé! –dijo Lucas–. ¿Qué tal si aparece un ejército de ranas que se cargan a la serpiente? ¿O,
mejor aún, una súper rana que las salva a todas?
–Hombre, se nos va totalmente del guión, pero creo que es lo mejor, –apuntó Silvia, angustiada.
–Necesito algo que haga de capa para el súper ranón –pidió Lucas, agobiado.
Y el resto se lo guisó y se lo comió el propio Lucas. Con su voz grave de locutor, anunció que
Súper Ranón, el defensor de las ranas, iría en su ayuda. Cuando apareció en escena la transformada
rana, con la mayor cutrez de capa de la historia del teatro de guiñol, hecha con un pañuelo asqueroso,
lleno de restos humanoides, propiedad todo ello de Félix, el público rompió a gritar y a aplaudir de
entusiasmo, con “¡Bieeeeeeeen!” “¡Mata a la culebra antes de que se cargue a todas las ranas, Súper
Ranón!” y cosas por el estilo. Lucas lo hizo volar y empezó a darle una buena tunda a la serpiente,
que, finalmente, quedó desvanecida, colgando del escenario. Aplausos a rabiar, y todas las ranas de
nuevo en el escenario, entre el entusiasmo de un público enfervorizado como nunca.
Cuando acabaron, Lucas resopló. Y todos se unieron en un extraño abrazo en línea, con las dos
chicas en medio y Félix siendo un caballero, a pesar de la estrechez del recinto. Al salir, fueron de
nuevo muy aplaudidos. Saludaron y se dirigieron al patio a coger aire. Ahí comentaron entre grandes
risas, y esta vez con parabienes normales, la sorprendente resolución de la obra.
–Se ve que lo que les tira es la acción –comentó Silvia, con unos ojos y una sonrisa
extraordinariamente grandes.
–Yo creo, Excelencia, que hay que olvidarse de rollos patateros, de fábulas y de intenciones
didácticas, y dedicarse a lo de siempre: personajes simpáticos, mucho bollo y unas buenas tortas al
final para los malos –apuntó Félix.
–¡Joder, es que soy medio idiota, tíos! Todo esto ya me lo había avisado mi abuela… Cuando se lo
cuente esta tarde, me va a meter una señora bronca por ir de listo.
–Bueno, al menos ya lo tenemos resuelto para mañana. Ahora sólo hay que conseguir una capa un
poco decente, o que Félix cambie de pañuelo con más frecuencia –aclaró Marisa, que ponía cara de
asco, mientras sostenía por una punta la recuperada capa de Súper Ranón.
Antes de salir cada pareja para su aula, quedaron para volver a reunirse en el fin de semana en la
casa de la abuela de Lucas, repitiendo el plan del fin de semana anterior, salvo la panzada de estudio.
IV
Berto se aproximó con bastante cautela a la habitación donde estudiaba Clara. Entró sin pedir
permiso y muy despacio, muy en silencio… Bastante temeroso, vamos, sabiendo que iba a
desencadenarse la tormenta.
–¡Un paso más, y te arranco los ojos! –le advirtió Clara, sin levantar la vista de sus folios y con
una voz muy baja pero nítida y fría como el hielo.
–Clarita, please, que…
–¡Que te den por saco, animal! –levantó un poco el tono aunque no la mirada.
–Venga, tía, que es Gallego…
–Por mí como si es Japonés, anormal… ¡Larga de aquí!
Pero esta vez cometió el error de mirarlo. Y Berto ponía tal gesto de arrepentimiento, de dolor
sumiso, de agobio desvalido borreguil, que le movió las entrañas a su hermana.
–¡Discúlpate primero, primate! –le exigió con mirada dura.
–¡Ostras, tía, si no me humillas, no estás contenta!
–¡Pues claro que no, atontao! ¿Crees que puedes ir por ahí pisando callos y luego poner cara de
bueno como si nada? El que la hace, que la pague.
–Bueeeno, vale. Perdón. ¿Te vale así?
–¡Ah nononono! ¡De rodillas y prometiendo que serás bueno!
–¡No fastidies! ¿De rodillas y todo? Ni de coña, tía, que te den aire… –e hizo ademán de irse, pero
su hermana no reaccionaba. ¡Pero qué gente, joder, qué gente! ¡Hay que joderse! –dijo en voz baja,
aunque perfectamente audible.
–Tú sigue hablando como un carretero, que así llegarás lejos, patán… –le siguió reprochando
Clara sin levantar ahora la cabeza.
–¡Bueno, vale, tú ganas, tía! –y se arrodilló en el suelo con una pierna y, abriendo los brazos
mucho, le dijo a grito pelado:
–¡Yoooooo, Bertooo Lavilla, en pleno uso de mis facultades mentales, le pido perdón a la patética
de mi hermana Claaaaara, para que me ayude con el Galleeeegooo!
La chica se vio sorprendida por los gritos y el show, y se apresuró a detener a su hermano,
dispuesto a hacer toda una declaración jurídica de armisticio de fin de guerras intestinas y familiares.
Le dio la risa tonta, una vez más.
–¡Pero, qué haces, so voceras! ¡Venga, vaaaale, vale, ya está bien!
–¡Por fin! A ver si me explicas el rollo este del lle, te, che y todo lo de los pronombres, tía –le
exigió a su hermana.
–¡Alto, alto, Bertiño! No me desmontes mi plan de estudio. Dime qué quieres que te explique, y
luego harás lo que yo te diga.
Berto le planteó de corrido todas las mil dudas que tenía. Clara le organizó el plan y le exigió
silencio mortal hasta que se lo hubiese metido en la cabeza.
El pobre hombre echaba humo por todos los agujeros de su cuerpo. Si en castellano, haciendo
esfuerzos titánicos, se acercaba de lejos al uso vulgar de la lengua, en el idioma autonómico era una
desgracia catastrófica. Sus escritos eran ininteligibles por muchos motivos habituales, a los que se
añadían una ortografía más propia del etrusco o del sánscrito, un léxico de dudoso origen, y un
peculiar uso de la sintaxis, que hacía dudar del ordenamiento lógico de las estructuras cerebrales del
chico. Con la teoría lo resolvía sin problemas, por la redacción dada por el libro, como en todas las
asignaturas. Pero cada vez que tenía que componer algo similar a un apaño de oración, deshacía todo
lo que había adquirido con tanto esfuerzo.
La hermana sufría con él sus movimientos espasmódicos, su inquietud, su nerviosismo y
desesperación por introducir los conceptos en su cabeza, como cuando se rellena un embutido
cualquiera, sea chorizo, morcilla o salchichón. Le conmovía la fuerza de voluntad que se estaba
forjando a golpe de intentos y favorecida por el mínimo apoyo moral y cariñoso de ella. Pero, por
Dios, ¿cómo se puede ser tan zoquete, Señor? ¿Por qué lo has hecho tan corto y tan animal? –suplicaba
Clara a la divinidad.
Al final, dejó a un lado sus obligaciones –¡qué remedio!– y se decidió a echarle una mano,
tratando de explicarle algo. Tuvo que armarse de valor porque el intento fue como hacer rodar un
coche cuesta arriba con ruedas triangulares. Al final, hicieron lo que pudieron, y Clara creía que, con
un poco de suerte y mucha misericordia docente, igual superaba el amargo trance.
Berto tenía que cambiar muchas cosas, pero una de ellas que a Clara le parecía clave era el atender
en clase en aquellas asignaturas que su hermano rechazaba por considerarse incapaz. Y luego, trabajo
diario. De eso, ya se encargaría ella, pero más adelante, cuando no existiese la urgencia de los
exámenes ni el compromiso idiota del orador familiar. Cuando dieron por finalizada la tarea, llegó la
cena que, sorprendentemente, resultó entrañable y simpática, tras la pax romana celebrada en la sala
de estudio.
Aquel día, Clara empezó a estudiar sus asignaturas a las diez y media de la noche. Lo dejó pasada
la una de la madrugada, porque se caía de sueño y no era capaz de avanzar más. Cuando se acostó fue
muy discreta, aunque no tanto como para que lo advirtiese su madre Blanca desde su habitación que,
preocupada, comprobó la hora.
–¡Dios mío, ayúdala! ¡A mi pobre niña, que es tan buena! –suspiró para sí.
Ángel se medio despertó y le preguntó:
–¿Qué dices, mujer?
–Sigue durmiendo, anda. Aún pensarás que estoy rumiando…
–Sí… –le contestó Ángel más dormido que despierto, y tardó unos ocho segundos en volver a la
tierna serenata de ronquidos de hombre necesitado de descanso, ante la satisfacción de Blanca.
–Duerme, grandullón, duerme. Que para velar ya estoy yo… –se dijo antes de caer en un profundo
sueño, lleno de alegrías y temores, de confianza y de conciencia tranquila, tal y como a ella le gustaba
dormir.
CAPÍTULO 21
I
El viernes 11 de noviembre el día salió de nuevo con ganas de batalla. Carreras de nubes bajas con
otras más altas, y, en las tristes oquedades entre unas y otras, más nubes. Distintos grises, desde el
blanco sucio al gris plomo, no auguraban más que una cortina detrás de otra, aguaceros de festival,
riadas de tonos marrones por la ciudad, tráfico embotado, poesía social en boca de obreros.
En el colegio eso suponía la vuelta del montón a los patios cubiertos, a carreras inútiles contra las
trombas, vahos en los cristales, ansias mal contenidas, aumento de incidencias, nerviosismo creciente,
sopores mal contenidos… Examen de Gallego. Si era poca la humedad reinante, vinieron a sumarse
los efluvios de los sudores en manos, espaldas y piernas. Preguntas de carrerilla, tachones de ira
última. Incluso los mejores, escribieron con desgana.
Berto tenía que obtener siete puntos, porque dos los perdía fijos en presentación, ortografía,
expresión y demás perrerías de los amargados de los filólogos, se decía. La teoría la había calcado,
pero ya se vería. Lucas se quitó el examen de encima por la vía sintética, produciendo unas respuestas
concentradas y breves, que al corrector le producirían dolor de cabeza. Andrea deambulaba por las
preguntas, respondiendo por fascículos a varias a la vez, señal de que la cosa no iba nada bien. Félix se
amarró también a la teoría y fulminó la práctica que sabía. Luego se puso a la caza y captura de lo que
pudiese caer. Las chicas del guiñol, por su parte, se habían desenvuelto bastante bien en su prueba,
más dadas a las lenguas y jugando la baza de la expresión lógica, que ejercieron con poderío y
precisión ortográfica.
El último examen fue un acto de rebeldía, de despecho para casi todos los que aún quedaban vivos
en la guerra de las notas. La cuestión era terminar lo mejor posible aunque ya no estuviesen presentes
la pasión ni el deseo de méritos.
Tras la tortuosa prueba, el bajón, después del minúsculo espejismo de los vítores por el fin de los
exámenes. Estaban cansados, un poco agarrotados de más. Efectivamente el bachillerato no era como
la ESO, pensaron casi todos. Aquí la cosa va en serio. Hubo más silencio en las restantes horas de
clase que en medio de los exámenes, como también hubo una atención nula, de cerebro frito, de
desconexión permitida. La mayoría sólo quería dormir. Por reducirse, se redujo hasta las ganas
habituales de discusión, e incluso las ansiadas muestras de afecto entre parejitas parecían fuera de
contexto y ni se buscaban ni se proponían.
Los chicos del guiñol nunca fueron con tantas pocas ganas al cajón. Allí el calor era espantoso y la
comida reciente no facilitaba sino el sopor generalizado. Las chicas, más puestas en su papel de
salvadoras del espectáculo, y, en el fondo, verdaderamente preocupadas por que el público disfrutase,
tuvieron que dar codazos y ánimos a los dos chicos, que parecían maromos a punto de desplomarse.
Súper Ranón estrenaba capa y escudo a lo Supermán, con traje azul y botas rojas. Marisa se los
había fabricado por la tarde, aburrida del Gallego. Los aplausos y agradecimientos de los pequeños fue
lo único que les devolvió a la realidad a Lucas y Félix. Las caras de los niños siempre son agradecidas
con aquellos que se ocupan de ellos. ¿De dónde sacarán esa espontaneidad? ¿Será que a ellos no les
dará el bajonazo? –se preguntó Lucas.
Adrio los cogió por la tarde y, viendo el panorama, les hizo una propuesta distendida de cine en la
sala de audiovisuales. Todos se lo agradecieron y no fueron pocos –incluido el mismo Adrio– los que
se dejaron llevar por las susurrantes invitaciones de Hipnós, Morfeo, la Bella Durmiente y demás
compañeros mártires del placentero sueño. El timbre de final de las clases los despertó a casi todos y,
de manera apresurada, recogieron todo lo que pudieron y salieron con paso cansino hacia los
autobuses del transporte escolar, donde más de uno llegó hasta el final del recorrido busero por seguir
durmiendo en el traqueteante y plácido viaje.
II
Lucas regresó a la casa de la abuela con la idea clara de recuperarse. Olvidarse un poco de todo lo
contingente y, ahora sí, dedicarse por entero durante unos cuantos días a terminar de poner las bases
mínimas de acción. Sin embargo, al chico le habían organizado la tarde sin él saberlo. Al llegar a la
casa de Playa América, Rosina le dio el mensaje de parte de la abuela. Que descansase un rato, que se
echase la siesta si tenía ganas o que se diese una vuelta, pero que a las ocho de la tarde llegarían sus
padres y tendría concilio con toda la familia.
Lucas recibió con alegría la noticia; de hecho, hacía tiempo que quería poner en orden las
relaciones con sus padres, y no le había dedicado poco tiempo en su cabeza a imaginar cómo se
desarrollaría ese reencuentro. Había pensado los pesares, los perdones, los dolores, arrepentimientos
sinceros desnudos de toda representación teatral, propósitos de enmienda, desconfiados en sí mismo
pero con la disposición de confiar en sus mayores, sinceridad de afectos y deseos de reincorporarse a
la vida familiar, el espacio del que tan violentamente había desertado.
Y, a pesar de tenerlo todo imaginado una y mil veces, incluso redactado y puesto por escrito,
siguiendo el consejo de Freijanes, la noticia lo puso nervioso. No sabía hasta dónde llegaría el enfado
o el desconcierto de sus padres, hasta dónde estarían dispuestos a admitir, si vendrían en son guerrero
o a fumar la pipa de la paz. Sea como fuere, el incidente había marcado un antes y un después en la
vida familiar de los Sendón. Ya nada volvería a ser igual. Y eso también le producía un cierto miedo –
quizá sólo fuese añoranza– por la pérdida de una vida demasiado conocida y previsible, ante la que se
había hecho y controlaba demasiado bien.
Se fue a la habitación del tío Carlos. Quería dar una última vuelta a sus argumentaciones, al
contenido de sus diálogos. Se sentó en la alta y mullida cama, con el espejo de la puerta del armario en
frente. Y se miró a la cara. Advirtió al instante que tenía cara de agotado, de víctima, de pena. No. No
quería ese gesto. Se dio cuenta de que el mismo hecho de pensar en lo que había de venir aquella tarde
le forzaba la interpretación gestual y –como tal actuación– le resultó falsa, insincera, teatral, de
máscara. Tenía que borrar de su expresividad toda huella de teatro, toda marca de querer dar pena,
todo gesto de conmiseración.
Trató de recuperar su cara normal, y se dio cuenta de que no sabía cuál era el rostro de la
naturalidad. Toda una vida actuando para los demás le dejaba sin cara propia, sin una expresión en la
que se encontrase a sí mismo.
Pensó en cómo sería su rostro cuando hablaba con los que se sentía a gusto: Freijanes, la compañía
del guiñol, su abuela cuando trataban asuntos de interés compartido, Rosina… ¡Rosina! La tenía ahí
abajo, en sus dominios del servicio. Pero cortó bruscamente el impulso de saltar las escaleras y
gritarle una petición impropia de una persona en sus cabales. Intentó parecer normal. Se veía reflejado
y seguía sin reconocerse. Nunca había caído en ello. Al final, decidió animarse con la vieja criada.
–Rosina, ¿cuál es mi cara normal? –le dijo desde la espalda a una mujer que estaba afanada en la
elaboración de la cena.
–Lucas, a veces dices unas cosas muy raras, ¿sabes? –le respondió sin desatender el sofrito que
tenía en la sartén.
–A ver, ya sé que suena raro, pero es que esta tarde, con mis padres, no quiero disimular, quiero
parecer todo lo sincero que pueda ser.
–¿No te das cuenta, guapo? Ese es tu problema, Lucas. Que ahora te has empeñado en parecer –y
recalcó cada sílaba del verbo parecer– sincero. Lo que tienes que hacer es no parecerlo sino serlo, y la
cara se te pondrá sola.
Lucas no le dedicó ni medio segundo a pensar lo que le había dicho Rosina. Quería una solución
práctica y ¡ya!, no un concepto. A pesar de que la vieja criada le había dado todas las claves en su
breve respuesta.
–No me entiendes, Rosina, no quiero parecer nada, quiero ser yo mismo, sin parecer nada… ¿Lo
entiendes?
Rosina se volvió y en su giro se trajo la sartén donde crepitaban en el aceite el ajo cortado muy
fino, las cebolletas, y los tacos de pimiento rojo. Se estaban dorando demasiado rápido y quiso
alejarlos un momento de las llamas.
–Entonces, sé tú mismo, Lucas.
–¿Y eso cómo lo hago? Es que me he estado mirando arriba y he visto que no hay nada que haga o
piense sin actuar, sin poner caras o gestos…
Rosina guardó un instante silencio mientras observaba la sartén verbenera.
–¿Recuerdas las patatas fritas, doradas, retorcidas en giros suaves, crujientes por la parte de fuera,
blanditas y jugosas en el centro, con las escamas de la sal?
–¡Claro que las recuerdo! ¿Las vas a hacer para esta noche? ¿Y qué tienen que ver con lo que
estamos hablando?
–Pues eso… Esa es la cara tuya que más me gusta, la que me parece más auténtica de ti…
Mientras las saboreas.
–¿Y cómo es ese rostro, Rosina? –preguntó con ansiedad Lucas.
–Es espléndido, sonriente sin reír, amable y agradecido por el regalo de las patatiñas, de sumo
placer al estallarlas en la boca con la lengua y el paladar.
–Pero, ¿tú crees que esa es mi auténtica cara? ¿Voy a poner cara de degustación patatónica con
mis padres? –preguntó Lucas como algo que le parecía absurdo.
–Verás, meniño, esa es la cara que más me gusta de ti. No por las patatas. Sino por la expresión,
porque es la que más me recuerda a cuando eras niño, cuando eras feliz sólo con llegar a esta casa,
corretear por el arenal o jugar con los perros en el jardín, Luquiñas.
–Ya… Ya entiendo. Una especie de Mr. Potato y de crío feliz, sin preocupaciones.
–No sé quién es Mr. Potato, pero lo de crío feliz, sin preocupaciones, creo que responde bastante
bien a lo que andas buscando.
Lucas volvió a la habitación, después de agradecerle a Rosina la ayuda. Le parecía un poco
increíble y, en el fondo, estaba defraudado. Lucas pensaba que ese rostro del que le hablaba Rosina era
un salto al pasado, una vuelta al mundo infantil, una etapa en la que aún no había tenido que aprender
a actuar. En el fondo, buscar su rostro auténtico suponía rechazar todos aquellos años de supuesta
seriedad y de logro de la madurez; de lo que él consideraba su personalidad. Rechazarlos todos,
anularlos, por falsos.
¡Qué fuerte!, se dijo a sí mismo. Tuvo sensación de años perdidos, de haber errado sin ton ni son,
al pairo. Se agobió un poco por querer recuperar cuanto antes el tiempo perdido. Un nuevo tema para
discutir y hablar con Antón.
A este paso, iba a resultar que no sabía ni quién era Lucas Sendón Gutiérrez.
Cogió los papeles del texto reconciliador que había elaborado y los plegó para introducirlos en un
sobre. En su cara delantera, escribió “Para el viejo truhán Antón F. No lo abras hasta las ocho en
punto. Lucas”. Y se lo llevó a la casa de Freijanes. Ante la ausencia del propietario y de Joker, se la
dejó encima de la mesa de la cocina.
III
–“¡Cuack! ¡Tienes seis mensajes nuevos!”
Escuchó la voz sintética del ordenador, mientras Andrea se cambiaba el uniforme y se ponía
cómoda. Nada más entrar en la habitación, tras llegar a la casa desierta, lo había encendido para que
fuese arrancando mientras se ponía un vestido ligero, todo de una pieza, por el que se introdujo como
una funda en un paraguas. Se acomodó los pliegues, evitando tirones de arrugas y mala colocación,
mientras sentía un hormigueo en la zona de su ombligo.
Se forzó a no girarse rápidamente hacia la pantalla, a pesar de las ganas, e incluso se tomó con
calma el sacarse bien las medias, no de un tirón, masajearse un poquito los pies que estaban fríos de
más, y calzarse unas sandalias con tiras doradas. Luego recogió la ropa, alisó la cama, y se dirigió con
aparente calma al escritorio. Abrió el programa de correo y de un golpe de vista lo vio.
¡Ahí estaba!
MAS&BOTH Escuela de Modelos y Azafatas. Barcelona.
En segunda posición, tras un primer correo idiota de Facebook y otros cuatro de no se sabía qué.
Sin dejar de mirar a la pantalla, tanteó por encima de la mesa con la mano derecha y localizó al tacto
el ratón. Lo acercó al segundo correo e hizo click.
Pantalla en blanco dos segundos, reinicio de la carga de toda la parafernalia exterior del programa
de correo electrónico, la publicidad y los banners de locura psicodélica, “Espere… Cargando nuevo
mensaje…”. ¡Venga, vengaaaa! ¡Dichoso ordenador, más lento que la madre que lo parió! –se gritaba
a sí misma. Y en un pestañear, de golpe y porrazo, el mensaje entero, encabezado por el logotipo de la
agencia y el “Estimada Andrea”.
Le dio a la ruedecilla del ratón con histerismo y comprobó que era largo, muy largo. ¡Bien!
¡Ahora, a leer despacio!
“Estimada Andrea:
Después de haber estudiado el catálogo de vídeos y fotografías que te hicieron nuestros directores
de arte, en la sesión celebrada en el Pazo Los Escudos en el mes de octubre, tengo el placer de
comunicarte que para MAS&BOTH ESCUELA DE MODELOS Y AZAFATAS sería un honor contar con
tus servicios para esta Escuela-Agencia, tal y como nos solicitaste en el mes de julio pasado.
Como sabes, nuestra Escuela forma parte de una red internacional de preparación y formación de
las mejores profesionales que quieren dedicar su vida al mundo del estilismo, la belleza, la moda o la
atención del servicio de grandes eventos. En este sentido, has tenido la suerte de haber sido
seleccionada entre las chicas con más opciones de nuestro país, haciéndote con un puesto
privilegiado en nuestra exclusiva Agencia.
En el próximo mes de enero se dará comienzo al inicio de una nueva promoción de alumnas de
nuestra Escuela-Agencia, a la que esperamos que te puedas incorporar. Tal y como nos comunicaste,
estás interesada en finalizar tus estudios de Bachillerato, deseo que será posible gracias a los
numerosos contactos con las más prestigiosas instituciones académicas y educativas de Barcelona.
Tendrás que optar por una de las ofertas que te propongamos. No obstante, como bien se te comunicó
en el momento del casting, te recuerdo que se considera que tu formación en nuestra Escuela es
prioritaria a cualquier otro módulo educativo, y que, desde el primer momento de tu incorporación a
la Agencia, puedes ser requerida para hacer prácticas en alguno de los muchos eventos para los que
somos seleccionados.
Supongo que eres consciente de que se abren ante ti las puertas a una nueva vida marcada por los
cánones de la excelencia, la profesionalidad y el éxito. Estamos encantados de que ese camino lo
quieras recorrer con nosotros, para lo cual pondremos todos los recursos de promoción, tecnológicos
y de oportunidades con los que contamos.
En los ficheros adjuntos a este correo, te indicamos la documentación que debes presentar antes
del 20 de diciembre del presente año. También te enviamos toda la información necesaria sobre
nuestra Escuela, impresos para realizar la matrícula, precios de las mensualidades, y el modelo de
contrato que tendrás que entregar firmado con el resto de la documentación.
Esperamos que te decidas a venirte con nosotros a Barcelona, para lo que esperamos tu respuesta
a este correo. Deseamos que nos confirmes la reserva de plaza cuanto antes, pues lo necesitamos para
la organización académica y el plan de estudios de tu promoción, cuyo impreso se encuentra también
entre los archivos adjuntos.
Sin otro particular, recibe un cordial saludo.
Jaume Blond Carrer
Director de RRHH de MAS&BOTH”
Andrea leyó y releyó el mensaje doscientas veces, deteniéndose en los párrafos más farragosos del
texto, intentando comprender todos los aspectos y significados de su contenido.
Después de la tensa lectura, le entró un tembleque que arrancó del vientre, subió a su estómago,
llegó en forma de cosquilleo a toda su cabeza, y, finalmente, cayó de forma brusca a sus piernas,
rodillas, y tobillos donde se frenó de golpe, dejando los pies rígidos y más fríos que nunca. Con las
convulsiones, se le vino a disparar la emoción, se introdujo el hipo, y las lágrimas florecieron
autónomas, mientras con sus palmas ponía forma de proa para dejar libre el trabajo a los ojos llorosos.
Así estuvo dos, cinco, diez minutos…, quién sabe. Sin poder gritar, ni dar saltos, ni exteriorizar su
satisfacción, en la soledad de la casa silenciosa, musitando tan sólo un “Dios, gracias, Dios”.
Se le abrían las puertas del éxito, sí, y ella no iba a defraudarles. Pondría toda la carne en el asador
–en ese momento aún no imaginaba hasta qué punto– para encabezar su promoción, su curso, su
década, la historia completa de MAS&BOTH de la que sería su referente para las generaciones
venideras. Desde ahí, el salto a la publicidad, la televisión, el cine, las pasarelas, y, con el paso de los
años –¡era tan joven aún!–, la imagen de marca de los más exclusivos productos.
Mujer famosa, deseada por los más apuestos galanes y por los más millonarios herederos de las
casas más envidiadas, número uno en los rankings de ofertas y cachés, portadas exclusivas de revistas
exclusivas, invitada de honor a la troupe del glamour y del papel cuché. Toda su vida imaginada,
ansiada en sueños despiertos, desfilaba de nuevo ante la aturdida y hermosa joven, con la fuerza que
proporcionaba el matiz de lo posible. Le dio una risa histérica, mezclada con lloros y mocos, una
sensación de placentero poder que la convertía en la dama del universo, la diosa de la tierra, la
todopoderosa Andrea.
Sería duro el camino y áspera la refriega, pero teniendo una posibilidad en sus manos, por muy
remota que fuese, ello le daba alas para que su imaginación se deleitase con todo lo que cupiera en su
cabeza. Sintió una felicidad intensísima, como nunca había sacudido ni su mente ni su cuerpo. Pero
también la fiereza de la tigresa que no permitiría a nadie soltar su presa.
¿Cuándo llegarían sus padres? ¿Se alegrarían con la noticia? ¿Desearían que su hija, su única hija,
se convirtiese en una estrella de fama mundial? ¿Cómo se haría su traslado a Barcelona? ¿Se irían
ellos a vivir con ella? Si así fuese, en cuanto empezase a obtener sus primeros ingresos, tendría que
corresponderles por su generosa entrega y el amor a su hija.
¿Qué diría su madre? ¿Tendría que enfrentarla a su padre, siempre más atento a los
requerimientos de la niña de sus ojos? Nada la detendría, y mucho menos una madre demasiado severa
que no le dejaba siempre volar con sueños de fantasía. Demasiado pegada al terreno como para tener
más ilusión que solventar el día a día del hogar familiar o satisfacer a un pobre marido asalariado.
Tenía que preparar la escenita del regreso de sus padres, calculando todas las reacciones posibles,
entendiendo que no cediesen inmediatamente a sus prisas por dar el consentimiento legal para una
menor que firmaba su primer contrato hacia la gloria. ¿Cómo iban a negarse? ¿Cómo iban ellos, sus
queridísimos y amantísimos padres, a arruinar su futuro tan prometedor?
Ella nunca les permitiría hacerlo, claro. ¡Hasta ahí podríamos llegar!
IV
Antes de marcharse a su casa, José Luis Valeiras se dirigió al despacho de Laura para resolver un
par de cuestiones técnicas y para limar asperezas tras el desencuentro por culpa de Jaime Calero.
–Elvira, te dejo los informes de los alumnos de la ESO a los que se van a aplicar adaptaciones
curriculares. A ver si están listos para el lunes, que el martes tienen que salir para la Consellería de
Educación.
–¿Los has revisado tú, José Luis? –preguntó Laura desde su mesa de dirección, atiborrada como
siempre de cien mil papeles, sin levantarle la mirada y con el rostro sereno.
–Sí, sí. Como siempre…
–Entonces no tengo nada que añadir. Dámelos que te los firmo y se los dejas tú ya a los de
Secretaría.
Valeiras le acercó los papeles oficiales y Laura estampó todas las firmas requeridas.
–¿Te marchas ya? ¿No podemos charlar cinco minutos? –le miró por encima de sus lentes Laura.
–Todo lo que quieras, pero a las seis de la tarde tengo que estar en casa, con Sonia y los niños.
Laura cerró los asuntos en los que trabajaba. Despejó un minúsculo espacio de su mesa, tras la que
se adivinó la madera del mueble. Se echó para atrás en su silla de dirección e invitó a Valeiras a tomar
asiento en frente de ella.
–Hablé con Calero, ¿sabes?
–Me imagino…, después de lo que me dijiste el otro día –le respondió con mirada baja, Valeiras.
–Me sorprendió lo nervioso que estaba y, en cuanto lo tranquilicé, se expresó con mucha
naturalidad. Me comentó algo sorprendente…
–Que se va a presentar a las elecciones sindicales… Sí. A mí también me parece extraño.
A Laura, el hecho de que Valeiras se hubiese enterado por su cuenta, no le sorprendió en absoluto.
–Se hizo el cuco, advirtiéndome de que va a ir en la lista del PED, pero para echar una mano…
–¿Una mano? No te sigo.
–Yo tampoco le seguí hasta que me explicó que si salía elegido tendríamos un amigo en territorio
hostil. ¿Qué te dice esto, José Luis?
–Si no te enfadas, te diré mis impresiones y lo que sé.
–Soy toda oídos –y se acomodó todavía más en la silla, quitando los codos de la mesa y
desplazándose hacia atrás.
–Me ha contado un pajarito que no fue iniciativa del PED el ficharlo sino que él mismo se
propuso. Este dato me parece relevante en una persona a la que nunca le ha dicho nada el aparato
sindical.
–¡Ya! Sigue, por favor.
–Yo me pregunto, Laura, lo siguiente: ¿Por qué? O mejor dicho, ¿para qué hace eso Calero?
–¿Y?
–Si uno está metido en la movida del comité de empresa, en el rollo de los sindicatos, y todo eso,
parece lógico que quiera figurar. Pero no en el caso de un Calero al que todos le hemos oído alguna
palabra más alta que otra sobre ese tipo de organizaciones…
–¿Y has concluido algo?
–Sólo se me ocurre una respuesta. Se está protegiendo. De nosotros, claro. Nadie puede echar de
un trabajo a un tío que esté en el comité de empresa.
–Ya. Te entiendo. Pero lo que no alcanzo a ver es por qué necesita protegerse de nosotros. Algo
muy grave tendría que ocurrir para que tuviese sensación de peligro en su puesto de trabajo.
–Eso es lo que más pánico me da. Se protege para salvar su puesto de trabajo. Ello quiere decir
que hay algo que puede ponerlo en peligro. ¿Qué es? Habría que preguntárselo a él… ¿Tú confías en
Calero, Elvira?
–No tanto como en ti, pero mucho más que tú en él.
–Ya. Tengo malos presentimientos con este asunto, Laura, porque desde que hemos empezado este
curso todo lo que gira en torno a Calero es un poco desconcertante… Sinceramente, ¿tú crees que los
del PED le van a dejar ir por libre, incluso votando en contra de lo que decida el grupo?
–Él me aseguró que sí… ¿Y qué más te ha dicho tu pajarito?
–No mucho más. Que los del PED confían en que, con Calero en sus listas, sus resultados se
pueden disparar. Sinceramente, yo no lo creo.
–Él me habló de que estaba seguro de tener a muchos seguidores ocultos entre el profesorado, y
que, de ser así, demostraría que en el colegio se valora mucho a quien mejor encarna nuestro proyecto
educativo.
–Eso se lo dirías tú, Elvira. Él no arriesga tanto cuando habla. ¿No te envolvería en su cháchara
mareante?
–En todo lo que dijo, estoy de acuerdo con él. Creo que en nuestro colegio no se valora
especialmente a quien mejor cumple con su función asesora y tutorial de familias y alumnos…
Valeiras mantuvo la calma, no sin cierto esfuerzo.
–Sabes que no comparto en absoluto esa opinión contigo. Porque todo el mundo trabaja igual de
bien aunque no se le note, ni hagan teatro de vedettes. ¿Acaso piensas que no le echan tiempo,
dedicación y esfuerzo profesores como Conde, Adrio, Chari, Tomás, Nico o incluso la misma Señorita
Pepis? ¿Y cuánto se les valora a ellos?
–Las elecciones nos despejarán este asunto, creo.
–Las elecciones no te despejarán nada, salvo que el PED arrase. Y lo sabes bien. Habrá que estar
atento a su cara los próximos días.
Laura hizo una pausa premeditada. Le clavó los ojos en los de José Luis.
–Sinceramente, ¿no crees que tienes demasiados prejuicios con él? No te lo digo para
molestarte… Me resulta extraño que tú, precisamente tú, lo tengas enfilado. No me cabe en la cabeza
que…
–¿Lo hubieras preferido a él como subdirector, Laura?
–Sabes que ahí no podía decidir mucho…
–¿Lo hubieras preferido? Dímelo. Necesito saberlo.
–En absoluto, José Luis. Eso ni lo dudes.
Valeiras cogió aire, tras una pausa mínima.
–¿Crees que soy subdirector, aguantando el tipo desde hace tanto tiempo, con la esperanza de que
un día ocupe tu trono, Laura?
–Hmm. Creo estar bastante segura de que, a pesar de lo apetecible del puesto, ese no es tu
principal interés.
–¿Y cuál crees que es mi principal interés?
–Creo que te importa mucho más que El Olivo sea una máquina perfectamente engrasada, que
funcione con la precisión de un reloj.
–Caliente, caliente. Y ahora, Laura, respóndeme con toda sinceridad. ¿Crees que Calero tendría
ese mismo interés si fuese subdirector?
Laura tardó en responder.
–Todo es posible. No sé las cualidades directivas que posee. Probablemente, no de una forma tan
clara como tú.
–¿Admites, al menos, la posibilidad de duda?
–En efecto, José Luis.
–Querida Laura, creo que va siendo hora de que te enteres bien de una historia de la que sólo
conoces una parte.
–¿Una historia? ¿Qué dices?
–La historia de por qué yo soy tu subdirector, por qué me presenté a las elecciones y por qué puse
todos los medios a mi alcance para alzarme con una victoria honesta.
–Es una historia bien conocida. No entiendo qué puedas añadir ahora que yo no sepa.
Valeiras cambió la postura. Se apoyó con los codos en la mesa y cerró los puños delante de su
cara. Cerró los ojos recordando, y habló sin parar. Le contó a la directora cómo pertenecía a una de las
familias fundadoras del colegio, cómo vivió con intensidad el empeño de sus padres por sacar adelante
aquel absurdo proyecto de poner en marcha un centro escolar, en una época en la que se encargaba de
todo el muy centralista estado. Las luchas, las noches sin dormir, los agobios para afrontar los
créditos, las reuniones en casa de sus padres con los otros promotores, y todo lo que hizo posible que
El Olivo fuese lo que hoy era.
Él mismo y sus hermanos fueron alumnos del colegio. Allí descubrió, de manos de excelentes
profesionales, su vocación docente, su pasión por las Ciencias Exactas. Le animaron a estudiar la
carrera con intención docente, y concretaron con acertados consejos su ilusión por pertenecer a ese
claustro de eminencias al que tanto admiraba. Cómo lo fue consiguiendo todo, poco a poco.
Con su puesto de profesor tenía colmadas todas sus aspiraciones. Todo su camino profesional lo
había recorrido bajo la batuta de ella, a la que le debía casi todo cuanto era. Nunca deseó ser algo más
de lo que ya era. ¿Por qué se presentó, entonces, a la elección de subdirector?
Un día, sin querer, le llegó el cuento de alguien de fiar que escuchó una conversación solapada de
varios profesores, entre los que no se encontraba Calero, por cierto. Por lo que le advirtieron, esa gente
hablaba de tretas, planes de asalto, y disgusto con una dirección demasiado rígida y con mentalidad
poco aperturista. Un camino próximo para lograrlo era accediendo a la subdirección y torpedearla
desde las alturas. Entendió que el asunto pintaba feo. No estaba dispuesto a consentir esa tropelía con
ella.
–Hablé con los viejos fundadores que quedaban vivos para pedirles consejo –prosiguió Valeiras,
mirando ahora a los papeles de la mesa–. Ellos lo vieron claro y me animaron a plantar cara a los
ocultos conspiradores, presentándome a las elecciones. Ellos lo moverían por detrás. También me
indicaron que a ti no te dijese nada, salvo que no alcanzase el puesto. Ahora, ya es tiempo de que lo
sepas.
José Luis, se arrellanó en la amplia butaca, bajo la atenta mirada de Elvira.
–No sabíamos qué candidatura iban a presentar, Laura. Cuál fue mi sorpresa, imagino que igual
que la tuya, cuando apareció Calero como opción visible. Me caía bien ese profesor, tan diplomático y
con tanto don de gentes. Sin embargo, era él el tapado. Ellos lo movieron, lo auparon, lo apoyaron, lo
defendieron. Calero estaba metido en el ajo, aunque no fuese más que un títere movido por otras
manos. No sé hasta qué punto era consciente de su misión derrocadora. Pero lo cierto es que allí
estuvo, luchando a cara de perro contra mi candidatura.
Valeiras miró directamente a los ojos de Jáudenes.
–Un día que nos quedamos solos en la sala de profesores me advirtió de que lo mejor era que
renunciase, que a él le apoyaba la vieja guardia, la más prestigiosa, y que yo no tendría opción alguna.
Que no quería enemistarse conmigo por esa lucha. Yo le dije que no me apeaba y que ganase el mejor.
El resto ya lo conoces. Mi victoria supuso su caída en desgracia, se le retiraron los apoyos y tuvo que
replegarse en las familias. ¿Sabías algo de esto, Laura?
–Te mentiría si te dijera que no. Yo también tengo mis pajaritos y fui advertida de lo que se
jugaba en esas elecciones. Cuando ganaste tú, respiré aliviada. Comprendo que para ti, Calero sea
siempre motivo de sospecha, de temor a un nuevo Idus de Marzo. Pero te olvidas de que yo soy la jefa.
Que si tú tienes pajaritos, yo tengo un palomar entero… Son gente leal, no te preocupes. No conmigo,
sino con el colegio y los valores que representa.
A Valeiras aquella información le sorprendió tan sólo un poco. Siempre intuyó que Elvira sabía
mucho más de lo que aparentaba.
–Entonces, ¿por qué confías en Calero? ¿Por qué no eres suspicaz con él? –le preguntó con gesto
extrañado, Valeiras.
–Verás, José Luis, en este negocio llevo muchos años como bien sabes. Yo creo que Jaime es una
excelente baza mientras represente su papel de preferido de alumnos y familias. Yo lo recogí cuando
todos le retiraron la confianza. Traté de quitarle hierro al asunto de la pérdida de las elecciones, y le
animé a que aprovechase sus facultades de relaciones públicas para atender bien a la gente, para que se
implicase en la ayuda personalizada de la gente. Y me lo ha agradecido toda la vida, una vez y otra.
Valeiras estaba desconcertado. No sabía si era Elvira o Calero quien controlaba los hilos de sus
relaciones. Laura prosiguió su parte de la historia.
–Me enteré por terceros, una vez más, de que a Jaime no le interesaba dedicarse a la enseñanza,
aguantando a críos el resto de sus días. Que intimaba con las familias para hacerse un hueco en algún
puesto de mayor relevancia social… Ya sabes a qué me refiero. Lo seguí de cerca, y comprobé que,
efectivamente, podría ser cierto el chisme. Pero también advertí que, para lograr su propósito, Jaime
echaba el resto con la gente. Y eso beneficiaba al colegio. ¿Lo entiendes?
Valeiras afirmó, aunque sin ceder.
–Laura, ¿no te parece muy peligroso ese juego?
–No si lo tengo bajo control, José Luis. Comprendí al instante lo que había ocurrido con los
Cortés. La propia mujer de Pepe no paraba de cantarme las excelencias de Jaime, su amistad con ellos,
el consejo que le pedía su marido a Calero, lo atinado de sus propuestas. Pensé que, por fin, lo estaba
consiguiendo. Me alegré por él. Pero tuvo mala suerte. Se descuidó en mal momento y el desconfiado
padre se amoscó. Le retiró la confianza y todo por la borda.
–¿Te alegraste por él, has dicho? –preguntó, sorprendido, José Luis.
–¡Claro que sí! ¿No te das cuenta de que su empeño se dirige hacia allí? No puedo desearle que
acabe dando clases, amargado, incapaz de haber conseguido su objetivo. El día que lo logre y se vaya
ganaremos un poco y perderemos otro tanto. ¿Lo entiendes?
–Pero, Laura, eso es puro teatro. Es tener a un tío disimulando todo el día. ¿Ese es el beneficio del
que me hablas? No se puede ser buen profesor así…
–Él lo está siendo. De momento. Con otra finalidad, si quieres, pero Calero trabaja como el que
más y tan bien como todos esos profesores que me has citado antes. ¿Que sus propósitos son otros?
¡Bueno! Ya los conocemos. Mientras siga haciendo bien su trabajo, y se siga excediendo, no tenemos
derecho a quitarle la ilusión.
–Es que… No soy capaz de entender a una persona así…
–Porque tienes la enorme suerte de trabajar en aquello que te gusta y que te apasiona. ¿No eres
capaz de entender que hoy hay demasiada gente que trabaja en donde puede, que tiene que subsistir
donde sea, mientras no alcance aquello que le gustaría? Primum vivere…, José Luis.
–Soy perfectamente capaz de entenderlo. Pero tienes que comprender que, sin la información que
me has dado, no era como para estar mosqueado… Ahora bien, si tiene el placet de la comandante en
jefe, no tengo nada que decir. A pesar de que me parezca excesiva tu generosidad con uno que quiso
ser traidor.
–Ponte en su piel y dime si no te gustaría que te tratasen así.
Valeiras no tuvo nada que objetar. Seguía sin parecerle del todo bien el proceder de la directora.
–Entonces, señora directora, supongo que me podrás explicar también lo del sindicato.
–Aún no tengo respuestas para eso. Pero mucho me temo que ya lo hayamos resuelto con lo que
sabemos. Jaime cree que tú vas a ir a por él, y aún no ha conseguido su propósito de saltar hacia la
fama. Está buscando ganar tiempo. Si sale elegido, será intocable durante unos cuantos años más…
–¡Ya!… Dime, Laura, ¿y si no consigue su propósito de obtener ese puesto? ¿Lo vamos a tener
toda la vida haciendo teatro?
–Toda nuestra profesión se basa en el teatro, ¿no crees? ¿Qué hace un profesor para captar la
atención de los chicos? ¿Cómo se mantiene la disciplina en una clase? ¿Cómo ilusionamos a la gente?
¿Nos enfadamos realmente cuando echamos una bronca a un alumno o a un grupo?
–Eso son recursos, Laura, lo sabes bien. Sólo medios para conseguir un objetivo mayor. No
equivalen a la falsedad.
–Pero son medios efectivos, José Luis. Nos ayudan en nuestro propósito. La finalidad de Jaime
está más allá de educar, pero para lograrlo es imprescindible que pase por esa etapa. No lo logrará si
no es un excelente educador, una persona en la que las familias confíen por la fuerza y la evidencia de
los hechos.
Valeiras guardó silencio unos instantes.
–¿Crees que lo conseguirá algún día? –preguntó, deseándolo, sobre todo para perderlo de vista de
una vez.
–Espero que sí. Me he dado este curso de plazo. Si no lo logra, yo misma me moveré para buscarle
un sitio.
–¿Y eso? ¿No te pasas de la raya?
–En absoluto. Será puro y simple agradecimiento.
CAPÍTULO 22
I
Lucas escuchó cómo entraba el motor en el jardín de la casa. Era el coche grande de sus padres. La
abuela, a la que habían recogido en el club social de Nigrán, venía con ellos. Eran las ocho en punto de
la tarde. Y la lluvia en ese momento estaba dando un respiro. Vaya usted a saber por qué.
Volvió a mirarse en el espejo y pensó en las patatillas. Le salió la cara pero muy forzada. ¡Menuda
chorrada! Saldré con la cara que tenga, sin hacer teatro –se propuso. Escuchó la entrada de sus padres
en la casa. Los saludos a Rosina. Y cómo pasaban al salón. A la zona de los sofás y butacones con
orejeras. Rechazaron la invitación de la abuela a tomar o beber algo. Escuchó los pasos de Romina que
se acercaban al pie de la escalera y escuchó su nombre. Ni muy alto, ni muy bajo. Normal. Todo el
mundo sabía que estaba esperando a ser requerido.
Lucas salió de la habitación con un paso que quiso aparentar firme. Bajó las escaleras rápido,
aunque deseaba ir más lento. ¡A ver, tío, deja de fingir! –se exigió antes de llegar al rellano. Luego
prosiguió el descenso de manera más pausada, más suave, como queriendo no ser advertido. Llegó a la
puerta del salón y entró. Sus padres lo miraban en silencio. A su madre le temblaba ligeramente el
labio inferior. Había llorado sus penas en la ausencia. Lo supo al ver sus ojos. Su padre mantenía un
rostro severo, inmutable, sin expresar nada más. La abuela, lo observaba con confianza.
Se puso en frente de ellos. El silencio era demasiado denso. Quiso comenzar a hablar y no pudo.
Pero no lloró. Se había contenido. Y tenía muy claro todo lo que tenía que decir. Cogió aire con
fuerza. Aun así, al arrancar su discurso, le bailaba en la voz un vaivén emotivo. Una desgracia de voz
para quien podría pasar por locutor de radio.
–Abuela, ¿me dejas a solas con papá y mamá? –le preguntó sin mirarla.
Romina sabía que eso iba a ocurrir. Al menos lo había intentado. Le hubiese gustado escuchar de
viva voz la conversación. Pero no tenía derecho a permanecer allí. Se levantó con pausa, y, al pasar
por detrás de Lucas, le dio unas palmaditas en el hombro. A él le dio tiempo para coger su mano y
besársela. La abuela estuvo a punto de caramelo. Pero también se contuvo. Cerró la puerta.
II
Antón regresó de su paseo vespertino por campos, playas y carreteras en compañía de Joker. Al
entrar en la cocina, vio el sobre de Lucas. Consultó su reloj de muñeca y rasgó el sobre. Se sentó en el
salón, en su butaca de orejeras, para leer las palabras de Lucas:
“Estoy desolado. Y, sin embargo, contento. Mi cabeza y corazón han explotado en cien ocasiones
con el dolor sincero, verdadero, de mal hijo que ha hecho sufrir a sus padres. Pero, al mismo tiempo,
doy gracias por lo que ha sucedido”.
III
Le estaba costando Dios y ayuda el discursito. Todavía le bailaba la voz pero había arrancado ya, y
él sabía que iba a ganar en confianza poco a poco, hasta recuperar su espléndida voz de graves
diversos. A pesar de que las palabras salían en perfecto orden desde su memoria, no eran de
compromiso. Eran las más sinceras que encontró.
Elvira y Alberto escuchaban con suma tensión, aunque extrañados por la expresión adversativa. El
“y, sin embargo, contento” les sorprendía sobremanera. No se lo esperaban. Ambos lo advirtieron a la
vez y ambos comprendieron que lo había advertido la otra parte contratante.
IV
“Soy vuestro hijo y me siento orgulloso de serlo. A vosotros os debo la existencia; a vosotros, una
vida acomodada; a vosotros, una familia donde he crecido rodeado del cariño, de las atenciones y de
las preocupaciones de dos personas que lo han dado todo por mí. Sólo por esto, debería mil veces
daros infinitas gracias, como infinito es el paso que me concedisteis de la no existencia a la vida. Mil
infinitas gracias por todo el amor paterno y materno, tan mal correspondido por unos deberes filiales
tan pobremente ejercidos. Mil infinitas gracias, también, por haberme insertado en la familia de los
hombres, ocupando una posición de privilegio en la sociedad en la que vivo”.
Antón apreció el estilo directo del chaval escribiendo, aunque le pareció literario en exceso.
V
Alberto y Elvira escuchaban reflexivamente, en silencio, las palabras de su hijo. Ella había
esperado una explosión sentimental de lloros, arrepentimientos, abrazos y besos. Y lo que estaba
escuchando, a pesar de no parecerse en nada a lo que imaginó, le agradaba. Quizá por la sinceridad con
la que hablaba Lucas, o por la hermosura de sus palabras, nunca antes escuchadas.
Alberto, como era más cerebral, se encontraba más cómodo con el discurso, aunque le parecía
demasiado poético, como si lo hubiese copiado de algún libro. No obstante, tuvo la seguridad de que
Lucas hablaba con el corazón en la mano. Salvo que fuese un esquizofrénico o un excelente actor,
claro. Pero ninguna de las dos opciones le encajaban, dadas las circunstancias.
VI
“Os debo –proseguían las letras de Lucas– incluso lo que no es mérito de nadie: vuestra
inteligencia sobresaliente ha recaído en mí por arte de la genética de mil generaciones. Y creo que os
sentiríais todavía más orgullosos de mí si en esto os superase. Es tal la grandeza de los padres, que se
alegran con que sus hijos sean mejores que ellos mismos; incomprensible misterio para una persona
que no entienda lo que es el amor.
Y, con la inteligencia, la educación. El valor de las cosas grandes y pequeñas, el respeto a las
costumbres y a la tradición familiar; una forma de ser concreta dentro del amplísimo elenco de
posibilidades que ofrece la existencia humana; una vida tan distinta a las mil vidas del resto de los
hombres, y tan privilegiada que me situó en el escasísimo tanto por cien de la élite de los hombres,
que disfrutan de una vida resuelta en lo material, sobreabundante en lo afectivo, y en la excelencia de
lo intelectual. ¿Qué más puede desear un hombre? ¿Si hubiesen podido elegir quiénes habían de ser,
no es cierto que casi todos los hombres hubiesen elegido sin pestañear ser un “yo”, ser un Lucas
Sendón Gutiérrez?”
Antón se imaginó la escena, con un Lucas interpretando su papel de orador, gesticulando
mínimamente, pero lo suficiente como para añadir expresividad a sus palabras. Prosiguió la lectura.
“¿He sabido estar a la altura de la vida que me habéis dado? No. Es evidente. Estoy desolado por
las aberraciones acumuladas, y, sin embargo, contento. Mil veces que os pidiera perdón no resolvería
la proporción de la injusticia que he cometido con vosotros. Y no hablo sólo de los últimos y
detestables actos con los que salí de mi casa, rechazando un hogar y una familia nunca valorados en
su justa medida. Me refiero a un largo periodo de tiempo, de muchos años, en los que he querido vivir
al margen de vosotros, en los que no me he encontrado a gusto en mi propia casa, en los que he
renegado de mi familia.
Con un espíritu crítico voraz, os he puesto en tela de juicio, os he criticado en mis pensamientos,
sólo he querido ver vuestros defectos y me he rechazado a mí mismo por lo mucho en común que tenía
con vosotros. Por ser, en definitiva, hijo vuestro. Hasta allí llegó mi idiotez de persona autosuficiente,
deseosa de ser distinta de todo lo que había heredado, ansiando ser mucho mejor que vosotros, y
acabando por ser un monstruo aislado, desarraigado, soberbio y amargado, viviendo en las tinieblas
del malestar y del odio.
Sí. Yo he odiado cuanto en mi vida me recordaba a vosotros, cada vez que en el espejo de mi
pensamiento advertía que tal actitud o cual proceder tenían su origen en mi padre o en mi madre. Por
eso mismo, debería ser desterrado de esta familia, expulsado de su matriz, arrancado como mala
hierba de la huerta.”
VII
Elvira ya no se pudo contener más. La dureza de las palabras de su hijo, a la par que la
contundencia de su argumentación, la estaban destrozando. ¿Cómo contener ese impulso maternal, ese
resorte de la naturaleza más instintiva, de saltar sobre su hijo, de cubrirlo de besos, de explicarle que
le daba todo lo mismo, que lo perdonaba, que era su hijo al que querría por muchas veces que la
matase a dolores? Las lágrimas de unos ojos que gritaban el amor de madre, que perdonaban lo que
fuese, que expulsaban del interior de su alma tanta congoja acumulada, que pensaban ya que su hijo,
su queridísimo Lucas, estaba exagerando, que no había nada que no fuese capaz de perdonar su
corazón de mujer, volcaban su emoción al alma de Elvira.
Fue una lluvia silenciosa, apenas advertida gracias a la penumbra en que se encontraba, pero
respirada por Lucas desde sus primeros regueros.
Alberto estaba oyendo verdades que desearía no haber escuchado nunca de labios de su propio
hijo. En él se acentuó el sentido de culpa por haber hecho –bien es cierto que involuntariamente– que
su hijo hubiese llegado a sentirse así en su propia casa, con su propia familia. Ya no miraba a Lucas,
sino al suelo, con la mirada perdida pero sin perderse una sola palabra de su hijo.
VIII
–¡Uff! –suspiró Antón por la violenta sinceridad de Lucas. Así que ¿hasta ahí llegaba su
resquemor con los padres? Antón pensó que no lo debían estar pasando bien en la casa de Romina.
Continuó leyendo, con el pesar de la congoja.
“Y, sin embargo, estoy contento. He tenido que explotar para advertir todo lo que os he dicho. He
tenido que hacer el salvaje, insultaros, destrozar la habitación que me pusisteis a mi gusto, escaparme
de una casa donde me sentía un extraño, incapaz de poder ser un yo mucho mejor que vosotros, para
darme cuenta de que todo es mentira.
He aprendido muchas cosas en estos días por la vía de la ausencia. Algunas tan sencillas como
añorar la presencia silenciosa de mis padres. Silenciosa, sí, pero presencia. He añorado la seguridad
de un padre que, un día, me enseñó a montar en bicicleta y que me sostuvo hasta que me fui solo. He
deseado volver a seguir el rastro de un andar familiar, el de mi madre, que siempre se movía inquieta
preocupándose por las tareas de la casa. He ansiado volver a escuchar los susurros de unos padres
que hablaban de mí, aunque en su momento me pareciesen insoportables. He echado en falta
precisamente todo aquello de lo que había renegado…
Por eso estoy contento. Porque he adquirido conciencia de quién soy. Porque ahora sé cómo debo
ser. Porque he comprendido que sin mi familia, mi vida no tiene sentido. Porque he aprendido a
distinguir lo que son los defectos y los errores de mis padres con lo que ellos son realmente. Porque
he comprendido que mis defectos y errores, aun siendo míos, no muestran mi verdadero ser. Que
hablan más de mí y de vosotros nuestras virtudes y cosas buenas, y que esas son las que nos hacen de
verdad personas. Y que los defectos que tenemos sólo indican nuestro afán de lucha por mostrar
nuestro verdadero rostro. Porque he comprendido que la perfección no existe en este mundo, y que
moriré con muchos defectos, aunque oponga toda mi fuerza de voluntad a su imperio. ¡Qué ingenuo he
sido! Hasta en eso se advierte lo poco que merezco, a pesar de la alta consideración en que siempre
me he tenido.
Sí. Y, a pesar de todo, estoy contento. Creo que necesitaba estallar para razonar y rehacerme;
explotar para rechazar los pedazos extrados a mi vida y renacer con lo mejor que tengo, que es todo
lo que me habéis dado. Ha sido una bajada a los infiernos para purificarme, para olvidar una etapa,
para comenzar una nueva vida. Entiendo que no soy merecedor de vuestro perdón. Pero una sola cosa
me anima la esperanza de pedíroslo una vez más y la de volver a ser aceptado por vosotros como hijo:
el amor. Lo he aprendido en esta casa, gracias a la abuela, a Romina, a Antón y a vosotros mismos.”
Antón tuvo que sacar su pañuelo de mil usos para sonarse la emoción que lo estaba turbando.
IX
Lucas estaba terminando sus palabras. Sólo necesitaba un impulso más para concluir y dar paso a
los gestos.
–Es el amor, el cariño que nos tenemos, esa fuerza que nos puede volver a unir, a pesar de los
añicos en que he convertido mi vida. Y confío en ella porque he comprendido que siempre… eh…
siempre la hemos tenido…
No pudo acabar. Ahora sí. La explosión. Elvira, manando a chorros, se levantó presurosa y agarró
a su hijo en un abrazo, evitando que se desplomase por el esfuerzo y la emoción, mientras se tapaba la
cara con las manos. Alberto apuntaló el conjunto.
Hablaron mucho más aquella tarde, aquella noche y hasta bien entrada aquella madrugada. Todos
se sinceraron. Todos estuvieron de acuerdo en que tenían que cambiar, y en quitar importancias. Había
hablado de manera muy hermosa, como lo es la verdad, pero sus padres insistían en que se había
juzgado con dureza excesiva. Ellos habían llegado a conclusiones parecidas en sus conversaciones de
salón en la casa de Plaza de España.
Y, cuando se fueron a dormir, Lucas abrazó, una vez más a sus padres. Cuando lo hizo con su
madre, recordó un sueño tantas veces repetido –de esos que no quiso comentarle a la abuela– y
reconoció al fin a qué mujer pertenecía ese aroma de perfume floral, ese cuello que abrazaba tan
fuerte en su sueño y a cuya propietaria no conseguía identificar. Ese perfume estaba allí, en el cuello y
en la espalda de Elvira. Se dio cuenta entonces Lucas, de que llevaba muchos años sin estar en los
brazos de su madre, y que en su sueño él era un niño. Un bebé. Nunca había caído en ello. Y la abrazó
más fuerte, y ella se dejó querer. Y en esa fuerza, Elvira comprendió que su niño Luc había muerto, y
que abrazaba al nuevo hombre Lucas.
Romina, en cuanto había salido del salón, había usado una técnica vieja. Llevaba años sin ponerla
en práctica pero la ocasión la pintaban calva y bajo ningún concepto estaba dispuesta a perdérselo.
Antes de irse al club social, había girado la manecilla oculta del ropero que lindaba con el salón. La
maniobra dejaba al descubierto una rejilla más que amplia para seguir las conversaciones, que en el
salón quedaba oculta por uno de los cuadros de la pared.
Rosina quiso enterarse también de la fiesta, y la abuela de Lucas se lo permitió. Acabaron ambas
llorando como Magdalenas, también abrazadas y sudando por lo estrecho del cuartucho. En los
momentos de los abrazos finales, dieron por bien completada la historia, y salieron con cuidado hacia
el despacho de Romina donde disimularon una excitante lectura. Al salir del salón, se hicieron las
encontradizas y protestaron mucho por la hora que era. Lucas encontró los ojos de su abuela hablando
con los de su hija, y comprendió que no se había perdido detalle.
Al apagar las luces, Lucas y la abuela escucharon sonrisas en la habitación de Alberto y Elvira.
Lucas tuvo que superar el recelo inicial al que estaba acostumbrado. La abuela suspiró:
–¡Al fin, menos mal! Mira tú por dónde, ya hacía tiempo que no se oían risas en esta casa. ¡Y ya
iba siendo hora!
X
El sábado 12 amaneció con las mismas intenciones aviesas que el día anterior. En Vigo, el sábado
era distinto, con el optimismo de un fin de semana por delante, en el que podrían llevarse a cabo
tantos planes como se añorarían el espeso domingo por la trade-noche. Es la vida. El lunes todo el
mundo pondría la mala sangre en el claxon del coche, juramentos en idiomas variados, gestos de
italianos y legañas en los ojos. Pero eso sería el lunes. Hoy tocaba hacer planes. La mitad de los que
habían ideado los vigueses se fueron al garete al comprobar la persistencia del goteo incesante de las
nubes. Cada uno se acomodó como pudo y pensó en no amargarse demasiado la vida por una tontería
como esa del tiempo.
Berto no jugaba esa semana. Menos mal, porque tenía las mismas ganas de jugar al fútbol que de
iniciar clases de solfeo de música pakistaní, se dijo a sí mismo. Con lo bien que se estaba en el
calorcillo de la cama. Pero claro, en casa de los Lavilla, pretender levantarse tarde era como que te
tocase la lotería.
La buena de Clara solía madrugar y le fastidiaba el gusto de practicar la hibernación y, como la
ducha estaba pared con pared junto a su cuarto, en cuanto inició el chorreo, a Berto le dieron ganas de
cortar el agua. Ya lo hizo una vez, pero la escandalera que montó su hermana, y el follón de toda la
familia viendo qué ocurría, le quitaban las ganas de tan mal remedio. A Clara, le dio por el canturreo
bajito, muy caritativo con todos los de la casa, salvo con el vecino Berto, al que le llegaba con total
nitidez la musiquilla fraterna. ¡Mecagonlaleche, la tía esta del carallo!, gruñó, y empezó a aporrear la
pared para ver si cogía la indirecta la hermana. Se calló un momento, pero insistió, ahora con suaves
silbidos. Berto se levantó hecho una furia y, diciéndose animaladas, llegó a la puerta del baño, y le
metió cuatro palmadas de furia, ¡blam, blam, blam y blam! mientras le gritaba:
–¡¡Pero deja de armar ruido, so pedorra!!
Clara se calló al instante, y cuando Berto se giró para volver a su habitación, se encontró con sus
padres en el pasillo, con caras de pocos amigos, y vestimentas fantasmales.
–¿Pero que follón es este? –preguntó irritada Blanca.
–¡Dile a la colgada esa que baje el volumen, que no hay quién coño duerma! ¡Jodé con la tía de los
huevos, todos los putos sábados igual!
Su madre avanzó con cara de cansancio, aparentemente para advertir a Clara, pero al llegar a la
altura de Berto, le soltó un soplamocos la mar de sonoro.
–¡Te he dicho mil veces que hables bien, so desgraciado! ¿Tú crees que puedes decir tantas
animaladas juntas, cuatro tacazos de cada tres palabras, animal de bellota?
Berto sólo dijo un ¡Ostras, qué leche, qué leche madao! Y se volvió a la habitación picado por el
bofetón. Se metió con violencia en la cama, mientras su hermana se movía en silencio.
–¡Clara! –escuchó que le gritaba su madre a la hermana–, ¡deja dormir a tu hermano! ¿Cuántas
veces te lo tengo que repetir?
Clara salió del baño, con una toalla anudada en la cabeza, y pidiendo mil perdones. Total, ya
estaba despierta toda la casa. ¡Qué mas da! –se dijo Ángel, antes de emitir un bostezo de campeonato.
En el desayuno siguió la discusión del problema de los ruidos. Berto, molesto por haber recibido, le
echó en cara a su hermana todo tipo de sapos y culebras. Ella se reía.
Al terminar el desayuno, la madre anunció el plan del sábado por la mañana. Todo el mundo al
supermercado a por material para dos semanas. ¡Lo que faltaba! –se dijo Berto. Primero no dejan
dormir y ahora a hacer de chacha. Lanzó una pregunta envenenada.
–¿Y después del maravilloso plan, qué nos vas a montar, mamuchi, una sesión especial de
limpieza de cristales o de fregoteo de techos?
–¿A qué viene esa ironía, majo? –le preguntó con enfado su padre, ante los gestos de
desesperación de Blanca.
–No, por nada. Porque si no se os ocurren ideas para joderme el sábado os puedo dar unas cuantas.
A Clara le volvió a dar la risa tonta. Su padre se puso hecho un energúmeno, gritando y
gesticulando mucho, tirando el café y la tostada con mantequilla, mientras Blanca dudaba entre irse a
vivir debajo de un puente o mandarlos a todos al cuerno y meterse a monja. Tras arreglar el estropicio
paterno sobre manteles y suelos, obligaron a Berto al fregoteo del desayuno mientras se acicalaban las
mujeres, como si ir a Alcampo fuese lo mismo que ir a una fiesta de gala. El padre se desesperaba por
la tardanza.
–¿Vamos a ir hoy o lo dejamos para mañana? –comentó a las mujeres encerradas en el gineceo.
–No, si ya te digo que las tías son de lo peor… –le comentó Berto a su padre, en plan de colegueo.
Ángel no estaba para humores.
–¡Como vuelvas a llamar tía a tu madre, te meto un castañazo que se te pasa la tontería de golpe!
¿Te enteras, payaso?
En ese momento salían las mujeres con mucha compostura. Blanca puso paz.
–¿Pero ya estáis otra vez igual? Es que no se os puede dejar solos. Anda, vamos.
Bajaron al garaje y allí se montó otra discusión. Ángel quería ir en la furgoneta rotulada del taller
y las mujeres dijeron que nones. Y Ángel que así cabían mejor las compras, y ellas que el fontanero
era él y que no fuese guarro, que estaba la furgoneta llena de mierda. Y él, que no había cogido las
llaves del coche grande; y ellas, que si le decían dónde estaba el ascensor. Y Berto, en medio del
rifirrafe, partiéndose el costillar pero poniendo expresión de marroquí, de mi no entender.
Jurando en vaya usted a saber qué idioma, Ángel Lavilla subió al piso a por las llaves del coche de
los viajes, mientras Berto se preguntaba cómo se las arreglarían las tías para que todos hiciesen lo que
ellas querían. Al final, apareció el chofer, que tuvo tiempo en el ascensor para quitarse el enfado y
vino con bríos de ironía.
–¿A dónde quieren ir las señoras? ¿Al Rincón del Gourmet o al Harrods?
–¿Qué tal a esos grandes almacenes de lujo a donde nos acostumbra a llevar el señor, no vaya a ser
que un día se gaste un euro de más y haya que hacerle ocho by-pass? –le respondió Blanca, con tan
mala cara que ninguno de los dos hijos se atrevió a reír, a pesar de las ganas que tenían. Ángel entró en
el sedán y arrancó el coche. Abrió las puertas y se montaron todos.
A Berto le sonó el pitido de un nuevo mensaje. Abrió el móvil y vio que era de Andrea,
solicitándolo para una tarde de mutuo conocimiento. Le respondió de inmediato con un of course, tía.
El resto del trayecto lo hizo en silencio, a pesar de los comentarios ruidosos del resto de la familia.
Escuchó una voz en su conciencia: ¡Eh, Berto! ¡Despierta! ¡Estás volviendo a ir como los cangrejos,
de culo! ¡No estás siguiendo las marcas! Bueeeno, vaaaale –se autorrespondió ante la sorpresa de
todos..
XI
Silvia habló con Félix y Marisa para quedar juntos en el centro comercial de Gran Vía, donde las
chicas querían hacer unas compras y, cuando llegase Félix, podrían comer en uno de los variados
chiringuitos de picoteo con que cuenta el lugar. Después, a coger el ATSA, y a casa de Lucanor a
preparar un nuevo show.
Marisa, a la que habían traído sus padres a Vigo por hacer también otras compras, se encontró con
Silvia en el acceso de las escaleras mecánicas. Tras los saludos, iniciaron el descenso mientras se
quitaban chubasqueros empapados y sacudían molestos paraguas en recinto cerrado. En la segunda
planta pasearon por los escaparates de modas variadas, y al final se decidieron por uno. Silvia buscaba
un jersey y unos vaqueros y Marisa una bufanda a juego con todas las prendas que tenía de invierno.
Las atendió un dependiente la mar de simpático, acostumbrado a tratar con todo tipo de pelajes
jóvenes.
–¡Hola chicas! ¿En qué os puedo ayudar? –les preguntó solícito.
–Primero déjanos ver y luego ya veremos si te necesitamos –le respondió, brusca, Marisa. Silvia
se extrañó por el tono.
–¿Qué te pasa, mujer? ¿Te ha hecho algo el chaval? –le preguntó en un susurro.
–¡Ese es mal bicho, Silvy! No te fíes de él ni le hagas concesión alguna.
–¿Y eso?
–Eso es que hace un par de semanas vine con mi prima a probarse unos pantalones y el muy cerdo,
con aquello de te queda un poco ajustado en el culete, te subo un poco el dobladillo y no sé qué más, le
metió una sobada que me río yo del perdón. Mira, si mi prima es medio lela o si le gusta que la
toqueteen es su problema, pero conmigo la lleva clara.
–Pero mujer, si te vas a comprar una bufanda. ¿Qué te va a toquetear?
–A mí nada, pero a ti con los vaqueros, ya te contaré…
Efectivamente, apareció muy interesado el tocón cuando salió Silvia del probador con unos
vaqueros lavados.
–Déjame verte, guapa, a ver, gírate. ¿Te aprietan o te los notas justos?
–Yo creo que me van bien… –respondió Silvia, un poco azorada.
–Espera, guapa, déjame que te diga –y se dirigió rápidamente hacia ella, con las manos por
delante. Pero se cruzó Marisa y le dio el alto ahí, majo. No hay que tocar nada, ¿sabes? Que le quedan
muy bien.
–¡Ah, claro, claro! Lo importante es que estés cómoda con ellos –respondió el lanzado
dependiente.
–Te quedan guay, chica, ¿a que sí? –le preguntó Marisa a Silvia, guiñándole un ojo.
–Pues no sé. Creo que me van un poco justos, –dijo, mientras se palpaba las costuras y nalgas.
–Ten en cuenta, que al lavar siempre encoge un poco el algodón, así que si no estás segura te
traigo otra talla –le dijo el chaval tras la barrera de Marisa.
–Sí. Yo creo que sí.
Al final se llevó los de una talla mayor. El jersey no lo encontró. Marisa volvió loco al
dependiente con un no tendrás una con un poco más de verde, no, no tanto, o si no, un poco más de
rojo, ¿esta?, uff, yo creo que es mucho, y una de marca quizás, ¿pero es que no tienes más bufandas?
–Mira, guapa, te he sacado doce modelos distintos de bufandas. Y no. No tengo más. Creo que lo
que quieres es una que te pegue con todo, y eso es absurdo, ¿me entiendes?
–A lo mejor te entiendo o a lo mejor no. Eso no es tu problema. Tu problema es que me busques
una bufanda como la que yo quiero y, si no la tenéis, me voy al comercio de al lado y punto pelota,
¿me entiendes tú? –le soltó Marisa con una bordería que a Silvia le parecía excesiva.
–Oye, maja, si lo que quieres es tomarme el pelo, te estás pasando de lista, ¿sabes? Las bufandas
que tenemos son las que hay. Si te gustan, bien. Y si no, ajo y agua, guapa –le respondió, cansado e
irritado el mozo.
La respuesta le pareció intolerable a Marisa que, si no la disuade Silvia, le monta una catástrofe de
gritos, le pide el libro de reclamaciones, y le canta las cuarenta sin cartas y todo.
–Pero, mujer, tranquila –le dijo Silvia ya fuera del comercio.
–¡Anda y que le den al soplagaitas ese! ¡Capullo impresentable!
–Venga, déjalo. Vamos a seguir viendo.
No lo consiguieron. En la cuarta tienda en la que entraron, una chica un poco cínica de más le dijo
que no se iba a arruinar si se compraba dos bufandas, ya que tenía tanta ropa y tan variada. Si tuviera
menos ropa, como el resto de la gente, seguro que encontraba una adecuada. A Marisa la tuvo que
sacar otra vez Silvia, antes de que se disparase.
–Tienes que comprenderlos, chica. Quieres una bufanda que combine con cinco colores distintos.
No es fácil.
–Yo, querida Silvia, comprenderé lo que haga falta, pero la pelandusca fracasada esa que no me
largue ningún sermón sociológico de la ropa porque esa no es manera de atender a la gente.
A Silvia se le iba agotando la paciencia.
–¿Pero, se puede saber qué te pasa, tía? –le preguntó ya enfadada.
–¿Que qué me pasa? –repitió irritada y a gritos.
Y se calló. Se sentó, muy despacio, en un banco del pasillo y se tapó la cara con las manos, casi
llorando.
–¡Me pasa que soy imbécil, tía! Que me he enamorado de un payaso, de un alcohólico perdido, de
un enfermo crónico, sin fuerza de voluntad, sin palabra y sin dos dedos de frente. ¡Y que me está
poniendo de los nervios!
–¿De Félix?
–¡No, de tu padre, tontaina! ¡Pues claro que de Félix!
Silvia comprendió su sufrimiento porque era tarea en la que llevaba tiempo empeñada.
–¿Qué ha hecho esta vez? –le preguntó Silvia, sentándose a su lado.
–Me llamó al móvil esta madrugada, tía. Eras las dos y media, ¿me oyes, Silvia? ¡Las dos y
media! ¡Borracho como una cuba! Y me empezó a decir ordinarieces, obscenidades, bestialidades…
Unas cosas que si las oyeses te harían vomitar aquí mismo, Silvia. ¡Qué horror! Me puse dura con él
pero, claro, con la melopea que llevaba encima, hasta le hizo gracia…
Silvia la abrazó y le tapó la boca, mientras Marisa sollozaba. Eran las doce y media de la mañana.
Tenían que salir de ese pasillo, donde llamaban excesivamente la atención, y se metieron en un bar
que tenía una zona reservada donde no había nadie. Silvia pidió un par de refrescos, y se dispuso a
hablar con su amiga para ver cómo afrontaban ese problema. Al menos, antes de que apareciese el
pobre de Félix y Marisa le montara un concierto del quince y lo amenazara con el libro de
reclamaciones.
CAPÍTULO 23
I
Félix se levantó con un resacón tremebundo, medio mareado, con la boca ácida por el maltrato
estomacal. Estaba molido. Apenas recordaba qué había pasado la noche anterior, salvo la evidencia de
que se había dejado llevar otra vez por el cubateo salvaje, por los deseos de furia y desquite, tras los
esfuerzos de los exámenes. Poco a poco iba volviendo a la realidad. Miró el reloj y comprobó que eran
ya las once y media de la mañana. Cerró los ojos para ver si conseguía mitigar el dolor.
Estando en esa posición, le vinieron a la memoria poco a poco los recuerdos de la noche loca.
Había salido solo, pensando que malo sería que no se encontrase con nadie conocido. Y fue bastante
malo, porque aquellos conocidos con los que se cruzó no eran santos de su devoción, así que se
organizó un recorrido rápido por sus antros de perdición preferidos, pidiendo una copa en cada uno de
ellos, y practicando el perdón con un descaro que ahora le resultaba vergonzoso y obsceno.
¿Cuánto bebió? No lo recordaba. Seis, siete… Ni idea. Al menos echó una vez la pota, aunque
creía que antes de llegar a su casa, tambaleante y helado de frío, con sudores febriles, había dejado
algún que otro pastelito por la acera. Recordó, finalmente, que también se había sentido muy solo,
muy abandonado, muy tirado. Y que, en algún momento de la noche, en uno de aquellos momentos de
euforia alcohólica, alguien le había llamado, y le había contado todas las hazañas logradas en la noche,
inventando mucho y exagerando más… ¿Le habían llamado o había llamado él? Ya no lo recordaba,
pero qué más daba. El otro se daría cuenta de que estaba pedo perdido y se habría reído a su costa…
¡Bah! ¡Que le den!
Siguió un rato más con los ojos cerrados, intentando soportar los mazazos en la nuca. De repente,
tuvo un escalofrío. ¿Quién le habría llamado? Se medio incorporó como pudo, entre ayes, y se arrastró
hasta la cómoda donde debería estar el móvil. Lo encontró tirado en la alfombra, junto al revoltijo
irreconocible de sus pantalones, y tras tropezar con una zapatilla. Abriendo un ojo para no
deslumbrarse por la potente luminaria de la pantalla del aparato, se fue al menú de llamadas recibidas.
La última era de su madre, de hacía dos días. Con nuevos sudores, logró acertar con las teclas para
llegar al menú de llamadas realizadas. ¡Joder, joder, jodeeeeeeeer, qué cagadaaaaaa! –se gritó a sí
mismo. Y, cuando observó la hora de la llamada, le dio el bajón total.
Se levantó y comprobó que se había acostado en calzoncillos. Se puso el pijama para salir de la
habitación, camino del baño donde estaba el botiquín a donde fue a por toda una caja de analgésicos.
Se tomó dos pastillas granates con forma de misil, con un poco de agua. Se aseó de mala manera,
medio dormido, medio atontado. Se obligó a una ducha fría, gélida, en parte como remedio, en parte
como castigo por anormal. Estaba un poco más despejado pero las pastillas aún no habían comenzado
su acción. Félix era un cúmulo de torpezas y desvaríos, tropezando con mucho, tirando casi todo, y
quejándose por todo. Al salir, su madre lo esperaba en el pasillo.
–¿Cómo estás, Félix? –le preguntó con ojos de pena. Él aparentó normalidad, y respondió con un
bien, bien. Se le trababa la lengua, empastada y sin reflejos. Con todo, fue capaz de explicarle a su
madre que tenía plan con las chicas y tarde con Lucas. La madre medio sonrió y le dijo que fuese a la
cocina a desayunar.
Félix recogió malamente su habitación, hizo la cama a la francesa, sin muchos escrúpulos, y la
camisa, cazadora, ropa interior y pantalones los hizo una bola para mandarlos a la lavadora. En la
cocina le esperaba su madre que le preparaba el desayuno.
–¿Qué tal ayer, Félix? ¿Lo pasasteis bien? –le preguntó Gloria con la mirada perdida.
–Sí, muy bien. Buen rollo. Y hoy, a disfrutar del fin de semana, con buena gente y a hacer otra
obrita que…
–¿Cuánto bebiste, Félix? –le cortó, con mala cara, su madre.
–Nada, mamá… Bueno, una copita al final. Es que las chicas no toman alcohol. De verdad, que me
estoy reformando.
–¿Estaban Silvia y Marisa contigo, Félix? –siguió el interrogatorio la madre.
–Que síiiii. ¿No te lo dije ayer? –comentó el chico con aires de cansado, mientras quitaba el
envoltorio a una magdalena.
–¡Qué raro! –comentó, haciendo teatro, Gloria.
–¿Raro? ¿Por qué? ¿No me crees? Llama a la madre de Silvia y dile si no vamos a comer hoy
juntos y luego nos vamos a Playa América…
–¿A la madre de Silvia? No. Ya no hace falta llamarla a ella.
Félix advirtió el peligro. Algo había sucedido y su madre sabía que estaba mintiendo.
–¿Qué quieres decir? ¡A ver, no me ralles! –se exculpó con un gesto de desdén.
–He estado esta mañana con la madre de Marisa. Nos hemos encontrado por la calle. Es que han
venido a Vigo de compras, ¿sabes?
Félix se estaba atragantando con la magdalena, el café con leche y con el embrollo.
–Me ha dicho que ayer Marisa no salió. ¿Tú lo comprendes, Félix? Mira que es extraño –prosiguió
Gloria con un toque de cinismo insoportable.
Félix bajó los brazos. Dejó caer el último bocado de la magdalena en el café, salpicando la mesa.
Hizo gestos de disgusto, de qué le quieres, vale me has pillado.
–Félix, ¿con quién saliste ayer y cuánto bebiste? –le preguntó ahora la madre con voz
amenazadora.
–No salí con nadie. Y me tomé un par de copas.
–¡Mientes!
–¿Por qué estás tan segura? ¿No me vas a creer nunca?
–¡De momento, no, guapo! O sea, que sales de diez de la noche a cuatro de la madrugada, vas solo
y te tomas un par de copas. ¿Crees que soy idiota o qué? Antes de salir, me cogiste dinero de la
cartera, por lo menos veinte euros. ¿Cuánto te queda? No. No me lo digas. No te queda ni un duro
porque te lo gastaste todo en garrafón asqueroso, ¿me oyes? ¡A mí me vas a mentir a estas horas!
Félix callaba otorgando. No tenía nada que decir, salvo aguantar el chaparrón.
–¿Hasta cuándo, Félix? ¿Hasta cuándo vas a seguir así? ¿Crees que puedes emborracharte
siempre? ¿Lo hacen tus nuevos y queridos amigos, esos que tú llamas gente de bien? ¿No te estabas
pegando a su rueda para cambiar? ¿No parecía que estabas bien encaminado, que te habías metido a
estudiar, que eras el nuevo héroe del colegio? ¿Que se había acabado el pijo y cagueta Lavares? –lo
masacró la destrozada madre, decepcionada por la vuelta a las andadas de su hijo. Sin embargo,
recordarle lo del pijo y cagueta Lavares, fue mentarle la bicha a Félix, y se encendió de ira, a pesar de
las maltrechas fuerzas.
–¡No me recuerdes un mote del que sólo tú eres la culpable! ¡Sabes tan bien como yo que si me
llamaban así, también me llamaron penalti, bastardo y otras lindezas por culpa de un padre al que tú
echaste de esta casa! ¿Lo recuerdas? Sí, hola bastardo, ¿cómo está tu nueva madrastra, el putón
verbenero?, me decían. ¿Tuviste que tragar tú con eso? ¿Y ahora me llamas pijo y cagueta? ¿Elegí yo
a mi padre como tú elegiste a tu marido, a ese hijo de puta? ¿Por qué no vas a su casa y le llamas y le
dices que tiene un hijo que es un pijo y un cagueta? ¿Por qué no me llevas de feria en feria con un
cartel que ponga: aquí está mi hijo, el pijo y cagueta Lavares, cuyo padre se marchó con una puta
bananera porque yo no le gustaba?
Félix fue subiendo poco a poco el tono de su voz. Ante la pelea, entró la abuela en la cocina en
silencio. Gloria estaba asustada, con la boca y los ojos muy abiertos y las manos intentando tapar el
rostro del horror. Cuando calló Félix, se echó a llorar en silencio. Félix se levantó con la intención de
marcharse. Antes de salir de la cocina, se volvió y remató a la madre, con un tono frío y distante.
–Sí que quiero cambiar, ¿sabes? Pero no soy capaz. Creo que he mejorado mucho, me he portado
bien durante dos semanas, he estudiado como nunca, tengo amigos que me aprecian y con los que hago
cosas buenas por los demás. ¿Me lo has agradecido una sola vez en este tiempo? ¿Por qué no me has
dicho nada? Que, por ejemplo, estabas contenta con lo que estudiaba, con lo del teatro guiñol, con
pasar las tardes con Lucas… ¿Por qué sólo hablas conmigo cuando hago el idiota, cuando fracaso?
Respóndeme a esto y, quizá, empiece a encontrar motivos para dejar de beber. Sabes que me voy todo
el fin de semana. Tienes tiempo para pensarlo. Ya me cuentas a la vuelta.
II
La mañana en la casa de Playa América amaneció tarde. Salvo Rosina, el resto fue saliendo de las
habitaciones en torno a las doce de la mañana. Seguía lloviendo fuera, pero daba lo mismo. El sol se
llevaba en el corazón. Elvira apareció con esplendor y una alegría que la rejuvenecieron diez años.
Alberto bromeaba también. Y Lucas y la abuela callaban, con rostros serenos y alegres, mirando a la
pareja de tórtolos. Tras varios comentarios intrascendentes, Romina les pidió que se quedasen el fin de
semana entero toda la familia. Total, para lo que había que hacer en Vigo… Confirmaron la propuesta.
Ello les daría más tiempo para disfrutar del momento.
Lucas les comentó el plan de la tarde con los del teatro. Les contó a todos cómo estaban
desarrollándose las interpretaciones, las anécdotas y sucedidos, como Súper Ranón. Todos rieron y
compartieron ilusiones y empeños. Elvira quería conocer a las chicas. Ahora, una vez resuelto su
principal problema, tenía cabeza y corazón para los demás, especialmente para Félix, por el que se
sentía conmovida. Al terminar, las mujeres se encerraron en la cocina y los hombres decidieron dar un
paseo por el arenal, a pesar de la lluvia. Iban bien protegidos y con ropas deportivas.
–¿Sabes, Lucas, lo que te tengo que agradecer? –le preguntó Alberto a Lucas.
–¡No me digas que no fue un buen discurso! Pero te aseguro, papá, que fue sincero, no una
chirigota.
–Eso ya lo sé yo, hombre, a pesar del dramatismo… ¿No te gustaría dedicarte al Derecho? Con esa
oratoria, te comerías a cualquier juez –le sonrió a nadie su padre.
–Bueno, no sé aún. Ya lo veremos con calma, cuando acabe este año. ¿Qué te tengo que agradecer?
–le retomó la pregunta Lucas, estimulado por la curiosidad.
–Yo no me expreso tan bien como tú, pero creo que me sabré explicar… Verás, ayer, mientras
hablabas, tuve una sacudida interior, ¿sabes? Me di cuenta de que, gracias a tus palabras, se me daba
una nueva oportunidad de ejercer de padre tuyo, ¿me entiendes?
–Más o menos. Sigue, sigue.
–Es fácil. Reconociste los hechos y fuiste humilde, quizá por primera vez en mucho tiempo. Pero
también me enfrentaste a mis errores y, aunque nosotros ya los habíamos admitido por nuestra cuenta,
me impresionó mucho escuchártelo a ti, de tu propia boca. Y comprendí que, a pesar de todo, me
ofrecías una nueva oportunidad de volver a cumplir contigo mi papel de padre, evitando todo lo que
nos había alejado tanto.
Lucas callaba, mirando a la arena oscura, mientras seguía la exposición de Alberto.
–Hubo un momento de tus palabras ayer, Lucas, que no se me olvidará en la vida. Y fue cuando
comentaste cómo había anidado el odio en tu corazón. En ese momento, se me partió el alma,
¿entiendes? Sentí un dolor, que llegó a ser físico, y que me resultó casi insoportable. En ese momento
me di cuenta de dos cosas muy importantes, ¿sabes cuáles?
–Sí. Que no te creías capaz de hacer daño a nadie y que me lo habías hecho precisamente a mí.
Y… que no te lo perdonarías nunca, salvo que pudieses reparar el daño hecho.
Alberto se quedó asombrado por la respuesta de su hijo.
–¡Increíble, Lucas, yo no lo habría dicho mejor! ¿Cómo lo has sabido?
–Es que ¿sabes qué pasó, papá? Para entender bien lo que me estaba pasando, me tuve que meter
en vuestra piel. Me metí en vuestros ojos y me vi a mí mismo siendo como era. Por eso comprendí lo
espantoso de mi forma de ser. Entendí todo lo que me pasaba y os comprendí muy bien. Cuando eres
capaz de eso, cuando lo has practicado unas cuantas veces, no te resulta muy difícil volver a entrar en
esos ojos en los que ya has estado. Te sientes cómodo allí, ¿sabes? Y cuando bajaste la mirada a la
alfombra, volví a entrar en esos ojos y supe qué estaban viendo.
–¿Fuiste capaz de decirnos todo aquello y entrar al mismo tiempo en mis ojos? –preguntó más
asombrado todavía Alberto.
–Hombre, el rollo me lo sabía bastante bien y no ocupaba mucho cerebro… –dijo Lucas, con aire
pícaro.
–¡Qué sinvergüenza, Lucas! Usaste la intuición a la vieja usanza. Jugabas con cartas marcadas. Es
cierto que me pillaste desprevenido, que si no… Y, por cierto, ¿también viste los ojos de tu madre? –
preguntó, interesado.
–¡Pues claro! Pero lo que vi en ellos no te lo contaré a ti. Se lo diré a ella. Ya sé que luego lo
chismorreáis todo, pero que sea ella la que te lo diga.
Caminaron un rato en silencio, mientras la arena seguía inundándose de microcráteres.
–¿Y ahora, qué, Lucas? ¿Has pensado también en cómo seguir?
–Yo creo que empezando por ser claros. Tenemos que dedicarnos tiempo, ¿no crees, papá? Sin ese
espacio no os podré hablar de nada, ni vosotros a mí de vuestras cosas… Bueno, quizá no tendría que
decirlo, pero creo que ya estoy capacitado para… hacerme responsable de algunas cosas de la casa o
de la familia. Que puedo apoyar más en lo que veáis conveniente. No sé si me explico…
–¡Claro que sí! Lo del tiempo, habrá que buscarlo… Ya sabes cómo es nuestro trabajo… Quizá
podría ser en las cenas…, intentar estar todos… Al menos de manera más habitual. Creo que sí que
podría ser.
–Papá, creo que también necesitamos pasarlo bien juntos… Hace tanto que vivimos tan a nuestro
aire que añoro disfrutar juntos de un viaje, de una película, de una obra de teatro… No sé.
–Habrá que intentarlo los fines de semana.
–Espero que sea algo más que intentos… –advirtió Lucas.
–Ya no todo depende de nosotros, como bien sabes. Pero soy el primero en reconocer que
necesitamos de esos momentos, así que no pienses que tus peticiones van a caer en saco roto…
Lucas guardó unos instantes de silencio.
–¿Qué pasará cuando nos volvamos a enfadar, papá?
–No pongas la venda antes de la herida, Lucas. Seamos razonables, hablemos, comprendámonos, y
no tendría por qué llegar la sangre al río.
Lucas volvió a sus silencios. Hacía tiempo que quería hacerle una pregunta a su padre, pero no
había encontrado la oportunidad hasta ese momento. Paró su caminar, e hizo que su padre se frenase.
Mirándole fijamente se atrevió:
–Papá, siempre me he preguntado cómo os conocisteis, cómo os enamorasteis, cómo supisteis que
debíais casaros. Sé que son preguntas muy personales y que no debo hacértelas, pero como me afectan
totalmente, son para mí muy importantes. ¿Has pensado alguna vez en que si los abuelos no se
hubiesen conocido, ni tú ni yo existiríamos? ¿No te parece que somos demasiado fruto del azar?
Alberto no se esperaba ese giro tan filosófico.
–¿Eso es lo que te preocupa, Lucas? ¿Crees que somos fruto del azar? ¿No te parece demasiado
rebuscado?
–Quizá sea demasiado simple, tanto como las leyes de la lógica… Me hago otras preguntas
difíciles, ¿sabes? Por ejemplo, por qué soy hijo único… Si me hubieseis dado un hermano… ¿No
habría sido nuestra vida absolutamente distinta? Son planteamientos ante los que me da vueltas la
cabeza…
Alberto meditó unos instantes antes de responder.
–Lucas, no todo está al mismo nivel. No es lo mismo el matrimonio de tus abuelos a que seas hijo
único. Como tampoco están en el mismo plano la realidad o la idea del destino ciego. Por no hablar de
conceptos como la libertad, el mal o la respuesta personal del hombre ante la pregunta del más allá…
Por decirlo de otra manera, con ejemplos, es muy distinto plantearse la cuestión de que si tu madre y
yo nos conocimos por capricho del destino, a la otra pregunta de por qué eres hijo único. ¿Me
entiendes?
–Sé que son planos distintos de abstracción.
–Sí. Sí que lo son. Es muy distinto creer que lo que nos sucede en la vida tiene una causa o que sea
fruto de la casualidad… Eso determina a la persona, su manera de pensar o de vivir, ¿sabes? Ha sido la
gran pregunta del hombre durante toda su historia. ¿Es que te la estás haciendo ya, Lucas?
–Sí y no. Tengo mis dudas y mis certezas. Quizá trate de razonarlo todo demasiado…, y, a lo
mejor, no todo es razonable…
–Lucas, creo que ha llegado la hora de que empieces a leer, a estudiar, a meditar y a sacar tus
propias conclusiones. Yo te diré que hace mucho tiempo me hice las mismas preguntas y tomé una
postura… Quizá, luego, no haya sido muy coherente con ella, pero eso no le quita un punto de su
fuerza. Siempre hay tiempo de rectificar y de recomenzar.
Alberto hizo una pausa más. Dudó sobre si decirle lo que le iba a comentar o no a su hijo. Decidió
que ya tenía madurez suficiente para comprenderlo.
–Mira, Lucas, me preguntabas por qué eres hijo único. Te aseguro que no fue nuestra voluntad que
lo fueras. Pero no pudimos tener más hijos. Por mucho que lo deseáramos tu madre y yo, no podíamos
hacer nada para solucionarlo. Ese fue el gran momento para mí… Ahí es donde más vueltas le di a ese
tipo de preguntas que tú te haces. Esa fue mi gran prueba, porque me negué a aceptar la resignación, a
conformarme con un “qué le vamos a hacer”. Necesitaba respuestas que le diesen sentido a todo lo que
sucedía en mi vida…
–¿Y llegaste a buen puerto, es decir, lo viste claro? –preguntó, intrigado, Lucas.
–No fue algo rápido ni inminente. Me llevó su tiempo… Pero puedo asegurarte que hice una
elección libre, razonada y coherente. Sólo me he arrepentido en mi vida cuando no he sido
consecuente con aquello que vi tan nítido.
Lucas, por lo que conocía de la vida de su padre, creyó saber a qué baza jugó.
–¿Encontraste la respuesta fuera de ti, verdad?
–No. La encontré en mí mismo… Por ahora, no te diré más. ¿Sabes por qué?
Lucas negó con la cabeza.
–Porque esa respuesta es personal e intransferible. Yo te podré aconsejar y explicarte cómo
procedí yo. Y creo que deberías hacerlo también con aquellos en quienes confías de verdad. Eres muy
joven, y los consejos te pueden ayudar mucho. Pero no olvides que, al final, sólo tú puedes optar, sólo
tú decidir. La búsqueda de la verdad de tu vida, Lucas, es tan personal, tan tuya que no puedes
esquivarla. Ni echarle la culpa a nadie por seguir unos consejos u otros. Será totalmente tuya.
–Entonces, ¿mi verdad puede ser diferente a la tuya? ¿No es eso relativismo puro y duro?
–La verdad ha de ser necesariamente una. La lógica nos dice que, si fuese muchas y distintas, eso
no sería la verdad, porque nada puede ser y no ser al mismo tiempo. Pero has de ser tú quien la
descubra, la comprenda, la asimile, la quiera y la hagas tuya. Nadie te la puede imponer. ¿Me sigues?
–Entiendo lo básico. No estoy preparado para profundizar tanto… Todavía.
–Vete poco a poco. Pero yo te animo a que te empeñes cuanto antes en dilucidarla. No esperes a
sufrir un cataclismo interior para resolverlo…, para llegar a tal estado de desesperación que no te
quede más remedio que optar por la vía de urgencia, tal y como le ha sucedido a tantas personas. Las
prisas son malas compañeras en este viaje.
Siguieron deambulando por el arenal en silencio. A Lucas le parecía que se le había abierto un
mundo nuevo de perspectivas con su reconciliación. Sin embargo, la charla con su padre volvía a
dejarlo todo un poco en el aire. Tenía que seguir profundizando, ahondar en la dirección hacia la que
dar un nuevo paso. Llegar a la verdad de su vida. Verla clara y luchar por ser coherente con ella.
Comprobarla. Verificarla.
Lucas comprendió que todavía estaba muy lejos de alcanzar esa meta. Que estaba todavía muy
retrasado en aquel viaje. Pero ya tenía lo básico para avanzar, desplegar el velamen, y apuntar la proa
cortando el mar. Salir de aquella borrasca. Superar las nieblas y nubes, y navegar viento en popa a
toda vela.
III
Félix apareció en el centro comercial de la Gran Vía de Vigo con unas bolsas de tienda de chinos,
cara de despistado y con el paso no muy firme. Marisa y Silvia lo vieron llegar desde la cristalera del
local donde llevaban un buen rato.
–¡Ahí está el muy patético! –suspiró Marisa–. Espero que, encima, no venga en plan de víctima y
con perdones de mentirijillas…
–¡Déjale tranquilo, Marisa! Dale una oportunidad.
Félix las localizó al pasar junto a la cristalera. Casi se pegó un susto al verse observado y volvió
sobre sus pasos para acceder al local, poniendo sonrisa de bobo. Entró con grandes voces, haciéndose
el loco, como si no hubiese sucedido nada.
–¡Qué tal, titis! ¿A que no sabéis de dónde vengo? Es que se me ocurrió una idea genial, dándole
vueltas a la cabeza. Mirad lo que he comprado.
Y puso las bolsas encima de la mesa, de donde empezó a sacar calcetines de punto de colores
chillones, hebras de lana y pelotas de ping-pong.
–Con un poco de maña –prosiguió–, nos vamos a hacer unas marionetas de lo más chulas. Como la
serpiente de la semana pasada, pero mucho más simpáticas…
Félix se dio cuenta de que no colaba.
–¿Qué pasa? –preguntó, a la desesperada, disimulando extrañeza sin mucha convicción.
–Pasa, Félix, que no vas a hacer más teatro de guiñol –le espetó en la cara Silvia.
–¿Cómo dices? No entiendo…
–¡Claro que entiendes, cerdo borracho! ¿Sabes a quién vas a llamar a partir de ahora a las dos de la
madrugada? –Marisa echaba rayos por los ojos y el rostro era de bruja furiosa.
–Yo… Este… Verás, perdona…
–¡Ni perdona ni perdono, so guarro! ¡Ahora coges tus mierdas compradas en los chinos y te vas a
tu puñetera casa, y nos dejas en paz! ¿Por qué no le dices a tu madre las lindezas que me vomitaste por
teléfono, eh, asqueroso?
Félix lo estaba pasando mal. Se tiró en la butaca pegada a la pared. Y empezó a poner gestos de
apesadumbrado.
–Marisa, yo…
–¡Qué Marisa ni qué Marisa! ¡Vete a tomar viento, animal!
–Pero, déjame pedirte perdón por lo menos… –suplicó Félix, levantando los brazos.
–¡De eso, nada! ¿Hasta cuándo, Félix, vas a estar pidiendo perdón? ¿Hasta que te cojas otro
cebollón y te dé por hacer el indio?
–Pero, pero, espera, es que necesito ayuda, estoy colgado, yo…
–¡Pues si necesitas ayuda, vete al psiquiatra, payaso! ¡Y deja de molestar a la gente de bien! ¡Que
me tienes frita con tus memeces! –le sacudió Marisa con ojos de dragona.
Félix no sabía salir del atolladero. Estaba rodeado y a punto de irse a pique.
–¡Silvia, yo te pido que no me larguéis del teatro! ¡Házselo ver a esta fiera, por favor!
Hasta el momento, Silvia había permanecido callada. Tan sólo mirando con ojos y gestos duros a
Félix. Ahora que estaba zozobrando, decidió echarle un cabo.
–Félix, guapo, tienes que darte cuenta de que lo que has hecho con Marisa está muy mal. Es muy
feo… ¿Estás de acuerdo conmigo?
–¡Totalmente, Silvia! –respondió, esperanzado y dispuesto a tragarse todo lo que le pidiesen.
–Verás, Félix, lo hemos estado hablando y creemos que no puedes seguir en esta actividad, porque
has pasado al terreno personal y además has atacado a una persona del grupo. ¿Lo entiendes?
–Sí que lo entiendo, pero yo os pido, os suplico, que me dejéis seguir…
–No. No podemos. La has cagado, tío. A menos que…, bueno no creo que funcione, pero… –Silvia
se hizo la dubitativa desesperanzada.
–A menos que qué, Silvia. Lo que me pidáis, lo que quieras… –boqueaba el chaval.
–¿Por qué te emborrachas de esa manera, Félix? –le preguntó, directa, Silvia y advirtió el suspiro
pesaroso de Marisa, limitada a mirar con las peores poses que se le ocurrían.
–¡Venga, tía, no fastidies! ¡Sabes por qué lo hago! ¿Quieres humillarme contándote otra vez la
mierda esa? –le respondió airado y mandándola a paseo con un gesto de su brazo.
–¡Mientes, Félix! –le dijo muy serena y muy fría Silvia–. ¡Te estás excusando con el rollo ese de
tu padre para justificar tus animaladas! ¡Y además pretendes dar pena! ¡Qué patético eres, Félix!
–¡Que no me justifico nada, jodé! ¿Qué sabrás tú de qué se siente en esa situación? ¡A mí me
gustaría veros a todos en mi piel, a ver qué hacíais!
–Ya lo hemos hecho, Félix. Nos hemos puesto en tu situación y sabemos que te sigues
justificando… ¿Pretendes engañar a dos tías listas como nosotras?
–¡Qué leches os vais a poner en mi situación! ¿Cuánto os habéis puesto: cinco minutos, diez? Lo
mío no se entiende con una miseria de piadosa preocupación. Hay que vivir con esto, guapas, no
dormir…, tener miedo a salir a la calle…, ser el hazmerreír de todo el mundo, estar…
–¡Pero qué pesado que eres! ¡Cállate, anda, pesado! –intervino ahora Marisa. ¡Y responde de una
vez a lo que te ha preguntado Silvia! ¿Por qué te coges una borrachera padre cada vez que sales?
Félix estuvo un rato en silencio, haciendo que pensaba. En realidad no lo necesitaba porque ya lo
había hecho antes muchas otras veces y sabía por qué se mantenía en su propósito.
–¿De verdad queréis saberlo? ¿Queréis saberlo en serio? Yo, si queréis, os lo digo, pero será
firmar mi sentencia de muerte… Os debo una explicación, sí… Pero yo os pido que os lo guardéis, que
no salga de aquí, porque, si no, sólo me dejaréis la opción de cortarme las venas.
–¡Menos patetismo, Félix! Con nosotras no tienes que disimular, que ya te vamos conociendo –le
advirtió Silvia.
–Prometedme por lo más sagrado que esto no sale de aquí –les exigió Félix.
–Mira, majo, yo no te prometo nada porque te lo voy a cantar yo sola todito, todo, ¿sabes? –se le
encaró Marisa–. Tú no dejas de beber porque te has refugiado en el teatro de la compasión, majo. Tú
sólo buscas dar pena a los demás para que, al menos, la gente al verte pueda decir ¡pobre chico, qué
mal lo está pasando, claro, con su drama!… Tú abusas de los buenos sentimientos de la gente normal,
como nosotras, porque es cierto que a veces das pena. Pero insistir tanto se hace pesado, ¿sabes? Y a
las que nos da por pensar, comprendemos enseguida que eres un payaso que sólo busca que los demás
lo compadezcan. Y ahí, enquistado como estás, eres feliz… Y de lo que no te das cuenta es que más
que pena empiezas a dar rabia y asco, ¿sabes, guapo? Porque hay gente que está intentando ayudarte y
tú nos mandas a tomar viento con tu infantilismo y tu niñería de crío idiota. Así que a ver si reconoces
de una vez tus tonterías y empiezas a comportarte como un adulto. Y ahora, querido Félix, si eres
hombre, dime si me he equivocado en algo. ¡Dímelo si te atreves!
Félix estaba con la sangre hirviendo. Sus ojos rezumaban odio. Ya no vio a dos compañeras y
amigas enfrente. Vio a dos rivales, a dos enemigos que lo iban a masacrar. No tenía capacidad de
contención y, tal y como le había advertido Marisa, sus deseos de despertar la compasión en los demás
le estaban tirando fuerte. Imposible oponerse a esa fuerza tan tentadora que le abriría, además, las
puertas a un nuevo episodio de verdadero sufrimiento.
¡Pobre, Félix, mirad qué colgado está! ¡Parecía que se había vuelto normal, pero no…, miradle
cómo anda solo, con la mirada perdida, desechado de todos! ¡Pobre Félix! ¿Quién se apiadará de él?
El chaval sufría mucho en sus imaginarias escenas, aunque supiese que eran mentira.
¡Si me dejaran tirado…! ¡Si me volviese a quedar más solo que la una! ¡Qué penoso y verdadero
cuelgue! Entonces sí. Entonces sí que intentaría llamar la atención de una vez por todas. Ser noticia
pública de desgracias, de incomprensión, de abandono total. Ahí… Colgando, como un monigote roto,
de una cuerda atada al techo… Con una carta para el juez cantando sus penas… Su entierro, su
funeral…, rodeado de lágrimas juveniles que suspiraban perdón al cadáver del pobre Félix.
Sin embargo, una mano amiga lo rescató de la agradable espiral de autodestrucción masoquista.
Silvia vio en sus ojos lo que estaba ocurriendo en la cabeza de Félix y corrió en su ayuda. No le dejó
seguir con el juego, pues lo interrumpió con la mejor de sus sonrisas.
–¡Félix! Somos tus amigas. De verdad. Nos importas en serio, ¿sabes? Nosotras te queremos, y
queremos que seas feliz, chico. No queremos torturarte sino ayudarte. Sólo tienes que dejarte
ayudar… No nos desprecies a nosotras ni a Lucas, Félix –y lo dijo con la voz más dulce de su
repertorio.
El chaval volvió a la realidad con sus palabras.
–Que no os desprecie… No, no entiendo…
–Si vuelves a las andadas, nos ignoras, pasas de nosotros, nos desprecias. Haces inútiles nuestros
deseos de bien para ti. ¿Me sigues?
–Que no os desprecie… Yo nunca os despreciaría aunque hiciese lo que no os guste. No tenéis
derecho a ser maltratadas por nadie… Igual que Lucas… Yo sólo desprecio a mi padre, a ese hijo de…
–Si te alejas de nosotros –le cortó Silvia–, cediendo al gusto de tus caprichos, nos desprecias, te
repito, Félix. ¿Quién te ha dicho alguna vez lo que te hemos dicho nosotras ahora? ¿Sabes lo que le
preocupas a Lucas? No te tenemos en el grupo de guiñol por misericordia, ¿sabes? Fuiste tú el que se
quiso apuntar.
–¡Y no nos arrepentimos, Félix, te lo digo yo! –intervino, finalmente, Marisa que había percibido
la batalla que estaba disputando a solas Silvia con su querido Félix. Su abatimiento por las duras
palabras que le había dirigido, la habían despistado.
Félix se paró en seco y liberó la presión con un manotazo de la inteligencia: ¡alto, quieto parao! A
estas no las engañas y mira lo que te están diciendo, tío, no seas idiota. Baja la cabeza y déjate ayudar
por gente de bien, como siempre has querido, y que te echa un cable gratis, encima.
A Félix le vinieron a la memoria unas palabras de un comentario de texto de Lucanor. Comenzaba
citando a Cicerón, en una de sus magistrales intervenciones ante el Senado de Roma. ¿Cómo eran?
Había dicho algo parecido Marisa antes… Hasta su madre se lo había dicho también… ¡Si se las había
aprendido de memoria!… Quousque tandem, Catilina, abutere patientia nostra? ¿Hasta cuándo,
Catilina, abusarás de nuestra paciencia…? ¡Eso es! El colgao de Catilina. ¿Hasta cuándo, Félix, vas a
seguir haciendo el gilipollas?… ¿Cómo se dirá gilipollas en latín?
Las chicas advirtieron los esfuerzos de Félix en su razonar. Al final, intervino Silvia.
–¿Qué? ¿Qué dices? ¿Te has quedado alelado?
–Que… que ¡tenéis razón! ¡Soy un imbécil como la copa de un pino! ¡Perdonadme las dos! ¡Ya
veis qué poca cosa soy! Iba a mandarlo todo a la mierda otra vez. ¡Gracias a las dos de nuevo!
Silvia apreció en los ojos la sinceridad de Félix. Cuando este le miró a los suyos, le hizo un gesto
dirigiéndolos a Marisa sin girar la cabeza.
–Ma… Marisa…, yo… Verás, estoy avergonzado. Sólo estando borracho podía haberte dicho eso
que te dije por teléfono. ¿Me perdonas de verdad, guapa? Digo, ya que estamos en plan de buen rollo.
–¡Claro que sí, idiota! ¡Cómo no te voy a perdonar, ya que tú también estás en plan de buen rollo!
Pero vuelve a las andadas y conocerás a una Marisa que ni sospechas.
Tras un rato más de chácharas, risas recuperadas, interés por los nuevos personajes hechos con
medias, y demás historias, abandonaron el local para meterse en otro muy próximo, con un extraño
respaldo mullido de color blanco brillante, donde comieron.
Cuando les atendió una amable camarera, les preguntó por las bebidas. Las chicas siguieron en su
línea.
–¿Y para el caballero?
–Una cervecita bien fría –pidió Lucas–, pero sin alcohol, ¿tenéis?
–Mira Félix, no te engañes, ¿quieres? –le dijo con cara sañuda Marisa.
–A ver, ¡que era broma! Tráigame un agua bien fría.
CAPÍTULO 24
I
A media tarde, de nuevo en el Paseo de Alfonso, junto al quiosco, Berto soportaba mal la lluvia de
un día que se estaba oscureciendo a marchas forzadas. Andrea apareció resplandeciente desde Pi y
Margall, con un chubasquero de charol granate, encapuchada, unos vaqueros ajustados y botas altas de
caña marrones. Cruzaron la calle y se metieron en el bar de las confidencias. Saludaron a la tabernera,
una mujer amplia en todos los sentidos, incluyendo la sonrisa, y les guiñó un ojo al reconocerlos.
Era un bar pequeño pero muy bien puesto. Todo el mobiliario era de madera, incluido el forrado
de las paredes hasta un metro y medio. La barra era de granito gris oscuro pulido, y hacía un extraño
giro hacia el fondo, en una zona que se ampliaba en anchura. Los chicos se quedaron en una mesita
redonda próxima a la puerta. Colgaron sus ropas de agua en la percha, y se sentaron muy juntos, para
rozarse bien, sentir el calor del otro, y hablar en volumen de confidencia, si se terciaba en el derrotero
de la discusión.
A Berto le pareció que Andrea estaba especialmente radiante. Muy pronto se dio cuenta de que iba
maquillada. Sin exagerar, pero perceptible de cerca. ¿Se habrá pintado por mí? Berto se hacía
ilusiones. Ella se frotaba las manos para hacerlas entrar en calor. Pidieron unos capuchinos a la oronda
propietaria y se metieron en faena.
–¿Cómo estás, Bertiño? ¿Ya se te ha pasado el mosqueo del Alcampo? –le preguntó ella muy
risueña.
–Poco a poco lo vamos consiguiendo. ¿Y tú? –Berto le cogió las manos a Andrea y se las calentó
en las suyas. Ella se dejó hacer y se arrimó muy sonriente.
–Yo súper requetebién, Bertiño, después de la paliza de los exámenes.
–¿Te van a salir bien?
–No todos. Pero eso poco importa ahora. Ya habrá tiempo de solucionarlo.
–Yo he preferido solucionarlo ahora. Gracias a la pesada de Clara.
–¡Clara…! ¿Qué tal está? Ya casi ni la recuerdo…
–Chapando como una cosaca y tratando de hacer conmigo alguien de provecho.
–¿Te está echando una mano con las marcas, eh Bertiño? –preguntó interesada Andrea, que quería
ir centrándose en lo importante.
–¡Nooo, qué va! Eso es personal. Ella no sabe nada de mapas de tesoros, aunque me está ayudando
a desvelar algunos puntos. Está siendo una buena guía a ciegas…
–A ver, ¿por dónde íbamos, guapo?
–Yo te había dicho ya muchas cosas, tía. Te tocaba desembuchar a ti. ¿Cuándo lo descubriste?
Dime, que eso me interesa mucho.
–Ya te dije que hacía mucho tiempo. Y lo he ido confirmando. Como tú dijiste, Berto: ¡Claro! ¡Era
eso! ¿Cómo no me di cuenta antes?
–¿Y qué sentiste en ese momento? –preguntó él, apretando las manos de ambos.
–Fue muy especial. Como una especie de luz, de claridad, ¿sabes? Y una enorme ilusión. Luego
está la parte del reto, claro.
–¿El reto? ¿A qué te refieres?
–Al tesoro, tonto Gollum. El tesoro es un reto, una meta, un deseo posible por el que hay que
luchar. No es el final de una meta, es el inicio de la carrera de la vida.
–¡Ya! ¡Comprendo! Yo no sé qué aparecerá allí. Llevo unos días descentrado con todo el rollo de
los exámenes, y lo he dejado de lado un poco…
–¡Claro! Es que los tíos sois… tan inútiles… No sois capaces de hacer dos cosas a la vez, como
nosotras.
–¡Hombre, no me lo pongas a huevo, Andrea, que yo soy muy capaz de hacerte dos, tres y hasta
cuatro cosas a la vez! –propuso Berto en plan pícaro. Ella se soltó de sus manos y le dio un
manoplazo.
–Los tíos sois un poco monotemáticos, ¿no? ¿No eres capaz de pensar en otra cosa?
–Ja, ja.¡Qué poco sentido del humor tenéis las tías, Andrea! Anda, dame las manos otra vez, tonta,
que aún las tienes frías.
–A las tías nos va el sentido del humor inteligente, ¿sabes? No ese de pocilga en el que os
revolcáis todo el día los tíos.
–Venga, mujer, no te despistes. Dime cómo lo ves, cómo lo reconoces…
–¿El tesoro? Ya te lo he dicho, hombre. Además, te ves a ti mismo proyectado en el tiempo…
–¿Qué? Cuéntame cómo es eso, Andrea. ¿Qué es, como una máquina del tiempo? No me lo creo,
tía.
–No pienses en ningún artefacto electrónico… Es… como una visión.
–¡Bueno, lo que faltaba! ¡Ahora me vienes con visiones, Andrea!
–Que sí, hombre. No tienes por qué pensar en cosas raras. Simplemente, lo ves.
–¡Lo ves! ¿Así de fácil, no? –preguntó Berto, incrédulo.
–Bueno, ya me contarás cuando lo descubras… A veces pareces medio corto, Berto.
–Sí, bueno, pero ¿me lo vas a decir? ¿Qué viste tú, Andrea? –preguntó el chaval con unos ojos
muy grandes.
–Si piensas que te lo voy a decir, estás majara, tío.
–Veeeengaaaa, please, cuéntaselo al corto de tu Berto, no vaya a ser que lo vea y no me dé cuenta
de que lo ha visto. Anda porfiiii.
–¿Me prometes que no se lo dirás a nadie? –le preguntó Andrea, mirándolo muy fijamente, con
sus impresionantes ojazos verde marina con puntitos de calabaza.
–¡Por mis muertos, Andrea!
Y la chica vio que sus ojos eran sinceros. A pesar de todo, pensaba que era un peligro confiarle a
un tío algo importante. En un momento de desquicie, se le podría ir la lengua de excursión y hacerlo
público. Pero, en este caso, ¿qué más daba? Si, total, se iba a hacer público más tarde o más
temprano… Además, por mucho que hablase no había quién frenase al piloto ganador.
–Vi que mi vida estaba rodeada de luces, de flashes de estudio, de aromas exclusivos. Palpé el
satén de las sedas más delicadas, aspiré el rosa más voluptuoso, y me vi ansiada por muchos, poderosa
sobre todos, convertida en una reina. Una vida gloriosa de esplendor sobre todos, para elegir a quien
quisiera, y con el tiempo suficiente para vivir en la memoria de varias generaciones…
–¿Qué dices, tía? ¿Me tomas el pelo? ¿O es que ibas fumada de más? ¡Yo te lo preguntaba en
serio…!
–¿No me crees? –le preguntó con cierto fastidio Andrea, preambulando las iras y las furias sobre
el pobre Berto, y más después de haberle contado la verdad.
–¿Crees que soy imbécil o qué? Venga, tía, dime qué es lo que viste, andaaa, je, je.
A Andrea le resultaba intolerable la incredulidad de Berto sobre sus sueños. Se puso muy seria,
con cara de enfado asesino. Le respondió babeando en verde, muy cínica:
–¡Claro, Berto! ¿Cómo iba a ser posible una maravilla así? La vida es más cutre que todo eso,
¿verdad? En realidad, lo que vi fue una mierda de casa, desportillada, con ventanas a un patio interior
por el que subían aromas de repollo y callos de cerdo. Me vi gorda, afeada por dieciocho partos
consecutivos, todo el día esclava de la casa ridícula y de los mamones que me había hecho un cerdo
fontanero que estaba mañana, tarde y noche viendo el fútbol, gordo como una vaca, bebiendo cerveza
y echando eructos, mientras todo el mundo chillaba como locos y yo lloraba de felicidad. ¿A que es
una maravilla, Bertiño?
A Bertiño no le hizo ni pizca de gracia lo que acababa de oír de labios de la enfadada Andrea. Un
esperpento en el que él era el protagonista del cuento de terror, pensando todo el día en comer, beber y
hacer el animal. Y además fontanero, claro. No podía ser otra cosa… ¡Tenía que ser un puñetero
fontanero! No podía ser un tío normal, un buen esposo, una vida feliz. No. La vida al lado del
fontanero era una asquerosa miseria, un asco de vida, en la que él era el culpable de todo. Berto se
quedó tocado, dolido. Hundido. ¿Por qué eran tan crueles las tías?
Sintió que se le rompía la maquinaria por dentro. Había cosas con las que no se puede jugar. Le
soltó las manos y se dirigió a Andrea con la rabia de un desesperado. No lo supo expresar mejor ni de
una manera más fría.
–¿Eres un poco víbora para decirme eso, no crees? ¿Qué has pretendido, molestarme? No lo has
conseguido, guapa. Yo no seré el cerdo ese del que hablas. Seré un señor, ¿sabes? Y los señores… Los
señores no se andan con zorras como tú. Ahí te quedas, Andrea. ¡Vete con tu mierda a tumbarle la
moral a quien te lo consienta, petarda de los cojones!
Dicho y hecho. Se levantó. Cogió el chubasquero mientras ella aún intentaba recuperarse de lo que
había oído. Tiró un billete de diez euros encima de la mesa, con mucho desprecio peliculero, y salió a
la calle donde luchó contra la lluvia, tratando de contener la furia y la rabia, y dando por buen pecho lo
hecho.
Berto estaba a punto de explotar.
¡Contente, tío, contente!, se autoanimaba. Le dio un patadón de gol a un container de la basura que
protestó de manera hueca. ¡Contente, jodé, Berto! ¡El puto fontanero! ¡Hay que ser zorra para decirme
eso! ¿Esa es tu forma de divertirte, Andrea? Pues te pueden ir dando morcilla. ¿Eso es lo que piensas
de lo que puede ser tu vida conmigo? ¡Porque es una pava, y no tiene media vuelta, que si no le inflaba
la cara, ahí mismo, a fogonazo limpio! ¡Lo que te merecerías sería un tío que te joda viva hasta que
deseases tirarte por la ventana en la caldera del repollo! ¡O, mejor, en la de los callos! ¡Así estarías en
tu salsa, so guarra! Y tu fontanero de mierda lo grabaría todo en vídeo y lo colgaría en Internet para
que el mundo se descojonase de lo lela que eres. Si tu penosa vida la vas a vivir con un fontanero, ahí
te la comas, maja, porque yo… ¡Vamos, antes me hago ingeniero, aunque sea sólo por joderte y
amargarte la existencia! ¡Búscate a un fontanero, sí…! ¡Es lo que más te conviene, tía imbécil, callosa
y repollosa!
La chica necesitó tiempo para reaccionar. ¡Ostras con el Berto! ¿Por qué se había sulfatado así, de
esa manera, hasta el punto de insultarla y dejarla allí tirada, en un bareto de mala muerte? ¡Quizá se
hubiese pasado con la ironía, pero la brusquedad del cambio en Berto, que llegó al desprecio de la
chica de sus sueños, indicaba algo más. ¿Qué tecla había desafinado esta vez?
Pagó los cafés intactos y salió del bar con la impresión de que no volvería a entrar en él nunca
más.
Los tíos son una panda de animales. Y su delicadeza está tan diluida en su afán por hacer el
salvaje que apenas es reconocible. Entonces, ¿cómo es que Berto se había sentido tan ofendido? –se
preguntaba Andrea, más sorprendida aún que enfadada por el rechazo. ¿Por llamarle fontanero? ¿Por
el hecho de que todos los fontaneros tienen una vida como le dije? Igual lo he herido de forma
gremial… Vale, su padre es fontanero y ellos no son como le dije, pero, tía, si se lo dije sólo para
tocarle la moral, no para desquiciarlo.
Andrea andaba bajo la lluvia, con la intermitencia de las farolas y la oscuridad de unas calles
habitualmente mal iluminadas.
¿Cómo no la había creído? ¿Tan ilusorio e irreal le parecía lo que vio en su tesoro particular?
¡Espérate un mes y ya verás si es ilusorio, atontao! –se gritó a sí misma Andrea–. Le seguía dando
vueltas para intentar comprender qué había sucedido. A fin de cuentas, seguía en la etapa de
aprendizaje y comprender sus errores era fundamental para no volver a cometerlos en el futuro,
cuando ella fuese la que de verdad apostase por alguien.
Tras mucho cavilar, llegó a la conclusión de que le había tocado el alma a Berto. No una caricia o
una palmadita. No. Le había soltado un buen zarpazo, dejándole un roto considerable y grietas de uñas
de pantera. Había mezclado la idea de un futuro juntos, –que para él era una verdadera ilusión de
felicidad–, con un concepto de fracaso vital, con una negación de aspirar a ser alguien respetable en la
vida. Y junto a todo eso, mentarle los orígenes y predeterminarlo al fracaso. ¡Menudo follón en un
sólo instante! Ya dilucidaba Andrea que con las ilusiones, las aspiraciones, y el resto de adláteres que
configuran el concepto de felicidad para un hombre era mejor no jugar. Bien a las claras se lo había
hecho ver el muchacho.
¿Y ahora? ¿Merecía la pena el esfuerzo de volver a recuperarlo para un mes escaso que le quedaba
en la ciudad? Andrea llegó a la conclusión de que no. Como mucho, que volviese el chaval pidiendo
papas y ya se vería…
II
Aprovechando que en la casa de la abuela había una cocina de leña, y siendo tiempo propicio para
ello, Rosina y el resto de las mujeres decidieron preparar un magosto de castañas asadas y la otra
variedad, las cocidas con leche y anís. Sería la base de una merienda para todos, chicos incluidos, y
preámbulo del cocido del domingo. Rosina había conseguido un excelente lacón, grelos, cachelos,
repollo, garbanzos –que ya llevaban un rato a remojo– y chorizos de buena madre para la comida del
día siguiente… y para toda la semana.
Eran cerca de las cuatro cuando llegó el grupo de los titiriteros. Ninguno pensó que aquella tarde
del sábado iba a estar tan repleta la casa de Lucas. Se hicieron las presentaciones, los saludos, los
“pero cuánto has crecido chica”, los “pero qué guapas estáis”, y los saludos de ayuda humanitaria
internacional para Félix. Rosina le dirigió unas miradas al pobre Lavares que tuvo la sensación de que
le estaba echando el mal de ojo, el meigallo y no sabía qué más maldiciones. Él respondió con sus ojos
que tranquilidad, pero Rosina no se fiaba un pelo. Se encerraron en el salón a trabajar.
Romina, Elvira y Rosina se quedaron solas en la cocina, mientras Alberto leía el periódico en el
despacho de la abuela.
–¿Mamá, has visto a Silvia? –le preguntó sin levantar la vista de la bandeja de galletas.
–¡Claro que la he visto! ¡Ya es la segunda vez que la miro! ¿Qué te crees, que con los años he
perdido facultades?
–No, señora Romina –intervino Rosina–. No hay que tener muchas facultades para apreciarlo. Yo,
que no veo tres encima de un burro, lo he visto así que…
–¡Así que sigue preparando el chocolate, vieja alcahueta! –la cortó Romina. Y las tres se echaron a
reír. Sí. Definitivamente, era tiempo de risas en la casa de Playa América.
–Y eso que ha cerrado rápida cortinas y telares –prosiguió Elvira.
–Es espabilada la chica, ¿verdad Rosina? A nosotras nos cae muy bien. Pero el atontado de tu hijo
aún no se ha enterado de la fiesta.
–Quizá aún siga dolido por lo de Andrea… –suspiró Elvira.
–¡Qué va, mujer! ¡Ni Andrea ni tres cuartos! Ha estado en donde tenía que estar. Por eso no se ha
enterado. Pero ya verás como lo intuye pronto… A ver qué dice él… Podría ocurrir que no le diga ni
fu ni fa, –comentó Romina.
–¡De eso nada, señora! ¡Ya lo creo que va a decir! Espérese usted unos días y ya verá si no los ve
de paseo por la playa con las manos cogidas! –siguió la novela Rosina.
–¡Sí, mujer, sí! ¡Tú grita bien alto, a ver si hay algún vecino que no se entere de lo que pasa en
esta casa! –le gritó con voz baja Romina.
Apareció Alberto en la cocina.
–¿Qué estáis tramando? Se oyen las discusiones hasta en el despacho.
–Espero que no lo hayan oído los chicos –dijo Rosina, toda apenada por su indiscreción. Pero no
había ningún problema. En el salón reinaba un alboroto más que notable, entre historias posibles,
nuevos personajes de calcetín y risas variadas.
–¿Y esta, Elvira? ¿Te parecerá bien esta chica? –le preguntó con sorna la abuela.
–¿Y por qué me habría de parecer mal? ¡Con lo maja que es! Además, estamos poniendo cotos en
casa… No se trata de que a mí me guste, sino que se entiendan bien… y todo eso…
–¡Qué enternecedor! ¡Aquí está la tiburona de mi hija cediendo terreno! ¡Ay, madres, qué fácil se
os compra hoy! –prosiguió en son de guerra Romina, y provocó otro altercado de discusiones. La
típica tontería de si cualquier tiempo pasado fue mejor o no.
A la hora de la merienda –los chavales ya habían percibido el olor de las castañas y la tarta de
galletas y chocolate–, no hubo muchas sorpresas, pero todos recibieron con igual ilusión la fiesta.
Mientras devoraban castañas, en torno a la mesa, comenzó el interrogatorio.
–¿Entonces, Lucas, de qué va esta vez la representación? –preguntó Romina.
–Félix te lo explica.
Y Félix sacó de debajo de la mesa un muñeco recién estrenado. Tenía el cuerpo de color rojo con
bandas naranjas y violetas. Dos enormes ojos encima de la boca, y unas hebras de lana de color azul
oscuro. Saludó a la concurrencia, mostrando Lavares sus dotes de ventrílocuo.
–¡Señoras y señores, con todos ustedes, procedente de las selvas de la Amazonia, Fran Cisco, el
rey de los calcetudos!
–¿Calcetudos? –preguntó Alberto–. ¿Y ese nombre?
–Se le ha ocurrido a su hijo Lucanor, mente privilegiada en el arte de decir chorradas, je, je, je.
Pero nadie le rió la gracia. ¡Jodé qué pavos más cortos! –se comió Félix para sus adentros.
–¿No le gusta el nombre, señor Sendón? –preguntó Marisa intrigada.
–¡Hombre, mira que es feo! ¡Calcetudos! Suena a cabezudos. Habría que buscar algo más
divertido y original… ¿Cómo podría ser? ¿Calcetillo? No, suena a calzoncillo, Cal… Cal…
–¿Qué tal Calcetiñecos, señor? –insinuó Rosina, con cierta timidez.
–¿Calcetiñecos? ¡Es buenísimo! –apoyó Lucas.
Y acuerdo general, tras diez minutos de parabienes entre todos por lo logrado del nombre y la
ocurrencia de la criada.
Conforme avanzaba la merienda, Lucas volvió a observar a Silvia de manera disimulada. No le
interesaban tanto sus ojos como el resto de la chica. Tranquila, confiada, desenvuelta… Sólo se
azoraba cuando lo buscaba con la mirada, siempre muy sonriente. Tranquilizaba con sus ojos a Elvira,
a Alberto, a la abuela… Era una chica normal, feliz de compartir parte de su historia y de su vida con
los seres cercanos.
En un momento dado, sus ojos se encontraron accidentalmente. Lucas echó las cortinas, rápido.
No quería que ella lo viese en aquel calamitoso estado, con toda la casa revuelta y el edificio por
levantar. Ella insistió. Pero él levantó muros de hormigón. Se sintió un poco defraudada. Lucas, le
hizo un gesto con las manos de tranquilidad. Piano, piano. Ya habrá tiempo.
III
–¿Pero qué te pasa, desgracia con patas? –le preguntó Clara a Berto esa misma tarde-noche. Le
había sorprendido que regresara tan pronto de su encuentro con Dulcinea.
–¡No me pasa nada! ¡Déjame en paz, que quiero pensar! –le respondió Berto desde la cama, donde
se había tumbado sin quitar ni siquiera la colcha.
–Pero, hombre, cómo vas a pensar tú solo, si no hay ambulancias en la zona –le lanzó el pique
Clara.
–¡Venga, Clarita, no me fastidies que estoy quemao de verdad!
Clara lo advirtió. Se acercó a la cama del chico y se sentó en el borde, en plan muy maternal.
–A ver, dime qué te pasa. ¿Te has vuelto a pelear con Andrea?
–¡Qué va! La he mandado a freír espárragos.
–¡Hala! Eso si que es una novedad. ¿No era ella la que llevaba la batuta?
–No sé si era ella o no, pero ahora se ha quedado sin orquesta.
–Pero ¿qué os ha pasado? A ver, Bertito, cuéntame, que seré buena y te intentaré ayudar.
Berto le relató a grandes rasgos el encuentro.
–¡Es muy fuerte, Berto! Creo que has hecho bien en mandarla a paseo…
–Lo malo es que en ese momento muy bien, pero ahora ya estoy otra vez…, querría estar a su lado
de nuevo…
–¡Ya! Te resistes a dar el carpetazo. Pues yo lo haría, ¿sabes? Una tía que te trata así, que nos ha
insultado a todos, dicho sea de paso, y que te humilla de esa manera es que no te quiere… Seguro,
Berto. Pasa de ti.
–Siempre ha pasado de mí, Clarita. ¿No merece la pena que siga intentándolo?
–Ni de coña, ¿me oyes? Esa sabe que no te necesita para nada, y que cuando le dé la gana te
cambia por otro, como un cromo. Piénsalo en serio, y tú mismo te darás cuenta.
–¿Y qué hago? ¿Me busco una novia entre las Gorgonas? –preguntó al techo Berto.
–Hombre, chico, entre un diamante y la bazofia hay bastantes grados para elegir. No eres un tío
idiota. Tienes carácter, eres líder de fútbol, tienes gracia y salero, mucho músculo, eres guapo y no
eres un corto mental. Creo que puedes apuntar mucho más alto que a un cagallón de chucho.
Ambos rieron. Berto agradecía la ayuda y los ánimos de la hermana. Al menos, le estaba haciendo
pasar el mal trago.
–¿Sabes lo que pasa, Clara? Que yo creo que es que estoy descentrado… Como no tengo resuelto
lo del mapa y todo ese rollo, no tengo la cabeza para nada más. De hecho, me interesa mucho más
descubrir lo mío que cien Andreas. Ahora lo veo claro.
Tuvo que poner al día a Clara sobre sus elucubraciones acerca del sentido de su vida, la búsqueda
de su personalidad, el querer ser alguien útil, las marcas del mapa. Ahí la hermana sólo podía
aconsejar, porque sabía que era bocado de un solo plato, y que su hermano Berto se lo tenía que guisar
y comer él solo.
–¿Comprendes que allí poco te puedo ayudar, Berto? –le dijo con cara de resignación.
–Sí, Clara. Pero, sólo por probar, ¿tú por dónde crees que van los tiros?
Lo cierto es que la hermana lo había pensado muchas veces, pero como el chaval daba tantos
bandazos ya no lo tenía muy claro.
–Verás, Berto, antes del día en que empezaste a canturrear aquello de “ya me voy aclarando”, yo
lo tenía bastante nítido. Después de verte el empeño y el interés que le has puesto, todo se transforma.
Hombre, tienes que ser constante, y trabajar así todos los días. ¿Ir a la universidad? ¿Hacer un ciclo?
¿Ponerte a trabajar con papá? Son retos que tú tienes que querer afrontar y no acometerlos solo,
deberías apoyarte en buenos amigos y lo que podamos hacer desde aquí.
–No es que me estés concretando mucho, ¿no?
–Ya lo sé. Si lo que quieres es que te dé una respuesta, la llevas clara, majo. Eso es lo que tienes
que ver tú, y luego considerar qué tienes a favor y qué en contra. La fuerza tiene que salir de ti,
Bertiño, no de los demás, ¿me entiendes? Es tu tesoro, tus ansias, tus ilusiones. Creo que tienes que
madurar todavía mucho, pero tienes tiempo de sobra para hacerlo…
–¿Y qué pasaría si lo que descubriese fuese un imposible? –le preguntó preocupado.
–Si fuese un imposible, no sería una válido para ti. Tus aspiraciones, tus ilusiones, Berto, tienen
que influir en tu conducta, ¿sabes? Si no te mueves por ellos, ciegas el caño de la fuente. Nunca
llenarás la balsa. Será sólo un ilusión tonta de niño caprichoso. Yo creo que tú estás más bien en otra
fase, más de fondo, que cuando despierte brotará con una fuerza arrolladora… ¿Conoces el poema de
Bécquer sobre el arpa olvidada, Berto?
–¿A qué viene ahora Bécquer, tía? ¿Te vas a poner romántica?
–Recoge la idea que te estaba tratando de explicar, pero como tu cerebro está reducido a un
ganglio nervioso, no ves más allá de las cuatro simplezas a las que reduces el mundo.
–¡Bueeee! ¡Ya estamos faltando! ¿De qué va el rollo ese del arpa? ¿Ese pavo no se dedicaba al
amor romántico? No sé qué tiene que ver con lo que estamos hablando.
–El día que estudies algo sabrás que Bécquer no habló sólo del amor. Tiene rimas dedicadas a la
poesía, al arte, al genio creador que duerme en todo hombre. Y, aunque te parezca una exageración,
también en ti hay ese genio creador, esa pasión por salir del estado catatónico en el que te encuentras,
de búsqueda entre las nieblas, como decía Machado.
–¿Ahora Machado también? ¡Tú lo que quieres es que yo sea filólogo, una rata de biblioteca como
tú! ¿Qué tiene que ver la poesía con la vida, tía?
–Lo tiene que ver todo, lo que pasa es que eres un ignorante. Los hombres sois unos animales y
confundís arte con inutilidad. Sois tan utilitaristas que parecéis muñecos de cuerda, danzando de un
lado para otro, chocando con todo y siguiendo vuestra ruta sin rumbo… Los poetas, para que te
enteres, son los que más han hablado sobre el ser humano. En ellos tienes muy buenos guías, Berto.
Pero para entenderlos hay que estudiar algo, y no ser un animal de bellota sin pulir como tú.
–¡Bueno, vale! A ver, dime qué dice el Bécquer ese.
–Es una de sus rimas más conocidas. Trata de un arpa olvidada en un ángulo oscuro de una sala,
llena de polvo, abandonada. Y es una pena, porque es un instrumento que puede expresar las notas más
elevadas del arte y del corazón del hombre. Pero mantiene la esperanza de que la mano de su dueña
vuelva a tocarla, y así sacar a la luz todas sus maravillas. Verás, al final, dice así:
“¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,
como el pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!
¡Ay! –pensé–. ¡Cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma,
y una voz, como Lázaro, espera
que le diga: ¡Levántate y anda!”
Berto se quedó pensativo. Con cierto esfuerzo, consiguió establecer paralelismos entre el pájaro
dormido, el arpa dormida y el Lázaro dormido. Cuando despertase, arrancaría el vuelo, la música y su
caminar. ¡Toma ya! Ahora resulta que la poesía sí que decía cosas interesantes, –se sorprendió el
propio Berto.
–¿Y qué hago? ¿Sigo aquí tumbado hasta que se me despierte el genio?
–Tú mismo estás ya moviéndote para despertarlo. Pero lo que te quiero decir es que el día que lo
veas, Bertito, ese día, ya no tendrás que esperar más. Ya nadie te tendría que empujar. Tú mismo
tendrás vida propia. Nadie tendrá que tirar de ti. ¿Lo entiendes, cabezón?
En esas estaban, cuando escucharon la llave en la puerta, y comprendieron que sus padres volvían
de su paseo sabatino vespertino.
CAPÍTULO 25
I
Mientras seguía chorreando el cielo el domingo por la mañana, Lucas se acercó a la casa de
Freijanes. Joker lo saludó con dos ladridos desde dentro, y Antón supo que era Lucas por la forma en
que el chucho movía el rabo.
–¡Pasa, bergante, y sacúdete el agua de encima! –le gritó desde dentro.
Lucas accedió a la cocina, acompañado de un Joker loco de alegría. Antón estaba limpiando unas
botellas de vino que había subido de la bodega.
–Os estoy preparando los caldos, Luquiñas. Albariño del mejor. De casa de un amigo de confianza.
–¿Seguro que es bueno? ¿No será de esos vinazos caseros más ácidos que la lejía que bebéis con
tanto orgullo? –lanzó el envite Lucas.
–¡Ya lo probarás, tunante! Y ya me dirás si no es una delicia… Es de lo mejor que guardan las
entrañas de esta casa.
–¿Es un vino parturiento, entonces?
–Recién salido de madre. Fresquiño como sólo se mantiene en la bodega. ¿Quieres probarlo?
–¿A estas horas? Quizá un compañero que está conmigo en la casa te lo probaría, pero yo no.
–Tú te lo pierdes… ¿Qué tal los acuerdos de paz por ahí abajo, con tu “y sin embargo, contento? –
le recordó con risa amable.
–Casi nos matamos a besos, Antón.
–No está mal tener a alguien a quien dárselos, rapaz…
Lucas entendió que era una queja velada de Freijanes.
–Antón, ¿por qué no te casaste? –le preguntó, muy cuco.
–Porque no pude, –respondió, esquivo.
–¿Nada más, viejo truhán?
–Ya te lo he dicho todo. Y no insistas.
Lucas dio por perdida la partida. Al final, se centró en lo que le importaba.
–A ver, viejo tunante, tenemos que hablar.
–¿Y de qué, si se puede saber? Cualquier día te cobro por el mucho trabajo que me das.
–¡Ya te pagaré en especie…! Por cierto, ¿no te han invitado hoy a un cocido?
–No lo pagas tú, que nos invita la abuela. Llevo oliendo el lacón desde antes de desayunar, je, je.
Lucas volvió a lo que le importaba.
–Pues de qué voy a querer hablar sino de mí mismo. Tengo algunas dudas.
–Entonces, espera un momento, que termino con los vinos y nos tomamos un aperitivo.
Antón dejó inmaculadas las dos verdes botellas, cuyo interior era tan brillante que aclaraba su
verde oscuro. Las metió en la nevera y sacó un refresco para Lucas y una cerveza para él. Se fueron al
salon-museo, donde ocuparon los habituales puestos de charla. Antón silbaba de contento, y Joker se
hacía ilusiones de que algo podía caer, viendo los refrescos del amo en su mano.
–¿Y qué tripa se te ha roto ahora? –le preguntó Antón antes de besar la boca del botellín marrón.
–Verás, es que estoy un poco atascado… No sé cómo decirte…
–Pues como no me des más pistas, vamos aviados.
–Es sobre lo que veo en mis ojos por las noches.
–¿Qué? ¿No te gusta lo que ves?
–No mucho, la verdad, pero eso no es lo que me preocupa. Lo malo es que toda meta de mejora
que me propongo me cuesta un montonazo conseguirla.
–¿No serán muy altas esas metas, Lucas?
–Te explico. Me doy cuenta de que voy muy de sobrado por la vida con mucha gente, o que
desprecio a todos los de clase, salvo dos o tres… O que le doy muchas vueltas a las cosas y que me
monto unas películas de odio y violencia que parezco Rambo… Rollos así, ¿lo pillas?
Antón reflexionó unos momentos, mientras contemplaba el marrón del cristal de la cerveza.
–¿Y qué te propones? ¿Qué metas te marcas?
–Pues mejorar en ellas… A ver, me digo: hoy no voy a despreciar a nadie en clase, por ejemplo. Y
así un día, y otro y otro… Nada, macho, no hay forma.
–Eso te indica lo arraigado que tenías el vicio, chavalín. Tú dale caña hasta que venzas la
tendencia… Lo que te preocupa es que ves que no mejoras, ¿no?
–Exacto, Antón.
–¿Y te has preguntado por qué no mejoras?
–No consigo entenderlo. En cuanto me doy cuenta de que estoy poniendo a parir a alguien, rechazo
el comportamiento… Pero no te creas que lo advierto pronto. A veces tardo horas, y otras ni me
entero.
–¿Y luego lo pasas mal en el espejo?
–¡Hombre, es que es desanimante! ¿No crees?
–Lo desanimante era lo mal que lo hacías antes, no ahora que lo intentas hacer bien. Al final, lo
irás consiguiendo… Con más esfuerzo y, poco a poco, se te allanará el camino.
Lucas trajo un recuerdo a la conversación.
–El otro día vi cómo caía un enano de infantil y se echaba a llorar. Le hacían tres mimos y el tío se
levantaba y seguía jugando, como si nada. Yo veo que me cuesta un riñón levantarme con esa
agilidad…
–Interesante ejemplo, Lucas. ¿Sabes por qué tardas tanto en levantarte, por qué no se te pasan las
rabietas pronto, y luego te desanimas?
–Le he dado vueltas, pero no caigo…
Antón no sabía si decírselo o no. Más tarde o más temprano, el chico se daría cuenta, así que
prefirió adelantarle la solución para ir ganando terreno y evitarle dolores.
–Porque sigues actuando, –dijo Antón y le metió otro beso largo al botellín.
–¿Que sigo actuando? ¿Qué chorrada es esa? Explícate, anda, viejo lobo, que cada vez que hablo
contigo me rompes los esquemas.
–Porque sigues actuando. ¡Razónamelo, hombre!
–No entiendo. Dame más pistas, please!
–No piensas en los demás cuando te intentas corregir.
–¡Pero qué dices, tío! Si todo esto lo hago por los demás…
–No. Piensa, Lucas.
Lucas no sabía qué hacer, cómo roer ese hueso. Luego, se lo aclararía Antón y se daría palmadas
en la frente por lo evidente de la respuesta. Pero ahora estaba absolutamente fuera de juego.
–Nada, chico… Más pistas o me rindo.
Antón acabó la cerveza y la depositó en la mesita del salón. Hizo gestos de cansancio, de no
entender cómo una lumbrera como Lucas no caía en el asunto.
–Mira, botarate, a ver si me explico bien. Tú, ¿en qué piensas cuando te quieres corregir en alguna
de esas cosas feas que ves en el espejo? ¿Quién recibe el daño o el provecho de tus intentos? ¿Lo haces
por los demás, o por quedar tú bien contigo mismo?
–Quedar bien conmigo mismo… Hombre, eso también se consigue si lo haces por los demás, ¿no?
–Sí, siempre y cuando no inviertas el orden, rapaz. Si primero buscas el decirte a ti mismo: mira
qué tío más bueno soy, mira cómo progreso, mira qué bien que ya me estoy portando como un
hombre, sí señor, estoy feliz con este éxito que tanto me ha costado y con el que tanto me he
engrandecido… ¡Y mira qué bien le viene a los demás que ahora se benefician de mi grandeza! Y
cosas por el estilo, mal invento, chavalín. Primero y únicamente, hazlo por los demás y tu premio
vendrá después. Mientras sólo busques mejorar tú, y a los demás lo que les toque en suerte, como de
regalo, mal asunto, berzotas. Porque estás intentando deshacer una madeja enrollando otra peor.
–¿Otra? ¿Cómo es eso?
–Te sigues envaneciendo… Te sigues inflando en tus logros. Te sigues encerrando en ti mismo.
Hasta que seas un orgulloso tan rematadamente gordo que dé asco estar a tu lado. Y llegará un
momento en que volverás a explotar como la semana pasada. Porque, en el fondo, a pesar de las
buenas intenciones, seguirás siendo igual de engreído que ahora, habrás puesto otra vez la meta en ti
mismo.
Lucas pensó rápidamente en lo que acababa de escuchar. No quería perder el hilo de la exposición.
–¿Crees que no me levanto pronto porque me humillan mis fracasos?
–A todos nos humillan. La clave es la importancia que nos damos a nosotros mismos y lo muy alto
o bajo que nos consideremos. Si partes desde abajo, sabiendo que lo normal es que cometas burradas,
no te extrañarás tanto cuando las hagas… Lo importante no es cometer errores, sino situarlos en el
contexto adecuado. Y cuando reacciones, porque has provocado dolor, porque has fastidiado al vecino,
porque has sido tan injusto con aquel y el de más allá…, en lugar de cabrearte por lo mal que has
quedado con ellos y contigo mismo, con tu representación teatral, piensa en el daño cometido y
arréglalo. Hazte un juramento personal de que no volverás a hacerlo más y pide perdón. Así te
ennoblecerás. Ayudando de verdad a los demás. No quedando tú bien. Eso es pura falsedad. Teatro
barato. De guiñol.
–¿De guiñol? –preguntó sorprendido Lucas. No podía ser una casualidad.
–Sí, Luquiñas, de guiñol. Una apariencia de teatro que sólo vale para recordar que existe un
auténtico teatro, que es el bueno de verdad. ¿Lo coges?
–¿Crees que me he portado como un muñeco de guiñol, Antón?
–Mientras no cambies en lo que te he dicho, seguirás convirtiendo tu vida en una bufonada, en un
recuerdo de una vida real, la buena de verdad.
Lucas se quedó pensativo. Tenía mucho que procesar. Antón le dio tiempo para que ajustase las
ideas.
–Es curioso, ¿no Antón?
–¿El qué, bergante?
–Que uno se ennoblezca gracias a sus errores.
–Sólo si los reparas, majo.
–Bueno, eso, si los arreglas. Pero no me digas que no es paradójico.
–Es la vida misma, chaval. Así estamos hechos.
–¿Entonces? –preguntó, ansioso, Lucas.
–Entonces, a luchar, marinero. Que fracasas, levántate rápido y arréglalo. Que mejoras, no lo
prediques a los cuatro vientos. Deja que esos vientos te lo canten, cuando hayan recogido los
murmullos de aprobación de la gente por ti. Y entonces, alégrate, porque sabrás que has triunfado y
has sido el último en enterarte.
II
La semana escolar arrancó con las emociones de las notas. Los profesores iban entregando las
pruebas corregidas, entre emocionados “¡vivas!”, juramentos, “¡increíbles!” y frustraciones
adivinadas. Miss Josefina y Mary Pitty from London no se quemaron mucho y Berto superó el
obstáculo con un estrechísimo margen de quince décimas. Resopló, mientras se autoanimaba con un
“¡vamos, Berto, vamos!” Las inglesas se cebaron con el pobre Félix que no llegó al dos.
Adrio dedicó una de sus clases a corregir el examen y a comentar las burradas más destacadas con
las que se topó. El comentario de Berto fue leído entero, para cachondeo de toda la clase. Aún así,
llegó al cinco y medio, todo un mérito, teniendo en cuenta que había perdido los dos puntos de rigor.
Economía, Matemáticas, Geografía… fueron desfilando en los dos primeros días de la semana. En
general, notas bastante aceptables. El desmadre se produjo con las calificaciones de TIC y de Religión,
en donde todo el mundo sacó un diez. Advirtieron las profas que vale, que lo habían entendido, y que
nunca más un examen tipo test. ¿Pero cómo lo hicisteis?, preguntó la Chari, ante las risas de público y
crítica.
Al final, Lucanor –por no hacer mudanza en su costumbre– salió pletórico de dieces, Félix
suspendió el Inglés, Berto el Gallego, y las chicas del guiñol con una media que se acercaba al nueve.
Andrea se llevó cuatro paquetes de regalo para casa: Matemáticas, Geografía, Economía y Filosofía.
No se le quedó muy buena cara, no… Pasaba al furgón de cola de la clase.
El martes por la tarde, se reunió el claustro para evaluar a los alumnos. Una tarde espantosa de
cursos, cada loco con su tema, cantando las glorias y desdichas de la ajetreada vida del profesor. Adrio
dirigió y cerró la sesión de su curso.
–Bueno, pues, analizando en general los resultados, resulta que tenemos un grupo bastante bueno,
con gente que se ha puesto las pilas y el curso ha empezado a rodar definitivamente –concluyó un
exultante Adrio con sus pupilos.
–Sin embargo, perdona que diga un par de cosas, Fernando –quiso apuntar la directora, que
presidió la tarde en la sala de profesores.
–Tú dirás, Elvira.
–Me parece bien el análisis que has hecho del grupo, sin embargo creo que es bueno aclarar un par
de detalles que me parecen interesantes. En primer lugar, recordad a la gente que los trimestrales están
a tiro de piedra, en menos de un mes. Así que no se confíen. En segundo lugar, ya que los chavales han
respondido bien, aprovechad la oportunidad para meter más caña y subir el nivel. Todo lo que se
pueda avanzar ahora es tiempo ganado para el final. ¿Os parece bien?
–A mí me parece perfecto. Ahora que han cogido el ritmillo, a ver si conseguimos que lo
mantengan, –apuntó Adrio, junto al resto del profesorado que confirmó la iniciativa.
–Y un asunto más, Fernando. Esto que voy a decir no afecta sólo a primero de bachillerato sino a
muchos cursos del colegio. Tenemos que poner los medios para intentar, de una vez por todas,
cargarnos el ambiente de chismorreo, murmullaje y dimes y diretes que está tan metido entre nuestra
gente. Y lo digo ahora, Fernando, porque en tu clase el problema alcanza cotas preocupantes…
–Las Gorgonas… –musitó, el encargado del grupo.
–Exacto. Las Gorgonas. Empieza tú mismo por olvidar ese nombre y no vuelvas a usarlo más ni
permitas que tus chicos lo hagan. Y el resto lo mismo. No se puede dar carácter de oficialidad, por
muy en broma que sea, a algo que es detestable. Todos los tutores personales me vais a hablar con los
alumnos y sus padres y lo vais a tratar específicamente. Indicadles que estamos hartos –todos lo están,
incluidos ellos– de este asunto. Y que vamos a ir a por él. Os pasaré un correo electrónico con las
medidas que se van a tomar, que lo está ultimando José Luis. Creo que ha llegado la hora de afrontar
de una vez por todas esta persistente desgracia. ¿Cómo lo veis?
–Sería un alivio, Elvira. Poder vivir sin la presión de que te estén siguiendo doscientos radares
para cogerte en un renuncio… –apuntó Jaime Calero, seguido por todo el claustro.
–Pues entonces, hemos terminado. Os recuerdo que, si alguien aún no lo ha hecho, hoy son las
elecciones a comité de empresa, y que votéis los que queráis antes de iros. Muchas gracias a todos y
hasta mañana.
Todo el mundo recogió, aliviado por el fin de la prolongada sesión. Elvira reclamó a Jaime.
–Jaime, ¿cómo va la cosa? ¿Qué impresiones tienes?
–Pues la verdad, no sé muy bien. La gente no dice nada, salvo los de siempre que animan a voz en
grito. Es una incógnita para mí estos resultados.
–¿Pero nadie te ha dicho nada? ¿No percibes en el ambiente que te apoyan?
–La gente se ha vuelto muy tímida, así, de repente.
–Bueno, chico, suerte.
–Gracias, Elvira.
A Jaime Calero le quedaba todavía una hora larga de espera, hasta que se abriesen las urnas. Las
pasó a solas en su despacho, haciendo que trabajaba, que leía, que investigaba… Todo un enredo de
actividad para evitar pensar en el resultado. Su tercer puesto en la lista del PED prácticamente le daba
seguro una plaza, pero había que confirmarlo.
A las ocho de la tarde, se cerró la votación con una participación bastante elevada. Casi el ochenta
y cinco por cien del censo emitió una papeleta en la urna. ¡Mejor! Cuanto más votos, más opciones, se
dijo Calero. A las ocho y diez la abrieron, en presencia de los representantes de los dos sindicatos, y
de la presidente de la mesa, que le tocó en suerte a la Chari. SIP, SIP, PED, PED, SIP, PED, SIP.
Comenzó el recuento. Punto final. El SIP ganó las elecciones por un margen no muy abultado. Calero
consiguió su plaza. El PED sacó su máximo histórico, con tres representantes en el comité de empresa
de El Olivo.
Calero arrancó el coche y salió aparentemente tranquilo del colegio. La procesión iba por dentro, y
no variaba mucho de las otras ocasiones en las que algo le salía bien. José Luis Valeiras recibió en un
sms el resultado de las elecciones. Aunque Elvira se lo reprochara, se lamentó para sus adentros. Y en
un minuto, ya le estaba enviando otro mensaje a Elvira: “Calero está dentro.”. Elvira leyó el mensaje
que confirmaba sus intuiciones y sonrió. ¡Bueno, qué se le va a hacer! Quizá sea lo mejor para todos,
se dijo a sí misma.
III
–Bueno, Berto, al final, sólo el Gallego, –le animó Adrio.
–Pues ya me fastidia, don Fernando. Porque le eché lo mejor de mí mismo.
–Lo importante es que no cambies de actitud. Y que trabajes en clase y en casa todos los días. Así
los agobios serán menos, y no pondrás histérica a toda la familia.
–¿Ya le ha ido alguien con el cuento? –le contestó con gesto de sorpresa.
–Me crucé el sábado con tus papis. En la calle Príncipe. Y tomamos un café rápido, casi de
penalti.
Berto afrontó el problema que le roía la sesera.
–¿Sabe que no termino de ver claro? –le preguntó un poco desanimado.
–¿Vas a ingresar en la ONCE? –respondió sardónico el inefable Adrio. Ambos rieron la tontería.
–No sé cómo seguir. Veo que me cuesta todo un montón, ¿sabe? A pesar del propósito de mejorar,
de retomar la búsqueda del mapa.
–¿Y qué esperabas, que una sirena te lo desenterrase mientras tú te tomabas un cubata a la sombra,
abanicado por dos bellezas polinesias?
–Hombre, pues no estaría mal, je, je… No, en serio… Lo de los chavales del fútbol en los recreos,
¿sabe? Me está comiendo el tarro.
–¿Y eso? Cuenta, hombre, –lo animó a proseguir Adrio, mientras se recostaba en su sillón de
profesor.
–Veo que con cuatro tonterías los hago felices. Que me respetan. Incluso me he permitido el
lujazo de dar consejos a algunos… ¿Quién lo diría, eh? El desastre del Berto dando lecciones a los
pequeñines…
–¿Y esos consejos que das, Berto, están bien, son buenos?
–Sí.
–¿Por qué estás tan seguro?
–Pues verá, porque, si fuese yo el crío, me gustaría que me los dieran así, como los doy yo… Y
porque tengo la experiencia de que esos consejos, si los pones en práctica, funcionan… Te evitan
mucho mal rollo vital.
–¡Ajá! Realmente interesante, Berto.
–¿Y eso? ¿Le dice algo a usted?
–Me dice mucho… Pero me da un poco de impresión, así de entrada, no te creas…
–Dígame. Soy todo oídos.
–No majo. Creo que tienes que ingresar en la ONCE, ¿sabes?
–¿A qué viene esa parida ahora, otra vez?
–Por dos motivos: uno porque lo tocas y no lo ves. Y dos, porque si yo te parezco una sirena, no
sólo tienes mal la vista, es que rozas el desequilibrio mental… Y un consejo, Bertiño. Hazme caso.
Ponte en serio con la ortografía y la expresión, porque así no vas a ningún lado, ¿me entiendes?
–Eso ya lo sé… ¿Pero qué quiere decir con lo de la sirena y lo de que lo estoy tocando y no lo veo?
–Sigue hurgando, Berto. Estás caliente, caliente. ¿Me harás caso?
–Porque me lo pide usted, que si no… Y ¿quiere que se lo diga cuando lo encuentre?
–No hará falta, porque se te va a poner tal cara de susto… que la gente te va a hacer fotos.
Berto salió del despacho de Adrio, donde había comunicado también que le gustaría seguir
entrenando y ocupándose de los recreos de primaria. Al menos una temporada más, hasta las
Navidades. Luego ya se vería.
–Es que ahí me siento respetado, querido, valioso… Y útil, porque veo que les puedo ayudar y
que, cuando me hacen caso, mejoran. No sólo el Andresito guasón, sino todos. Aprenden a jugar en
equipo, piensan en los demás y no se dedican a ir de chupones por la vida, se acostumbran a jugar con
orden, manteniendo las líneas. Y cómo atienden cuando hacemos una piña para explicarles algo
colectivo, algo que les afecta a todos. Y el agradecimiento de los chavales… que me llaman don
míster. Y veo que se fían de mí más que de nadie y eso me agobió al principio porque me di cuenta de
que tenía que ser responsable, de que mi ejemplo era básico para que comprendan que lo que yo les
pido he de ser yo también el primero en hacerlo. Y todo eso hace que, cuando estoy con ellos, sea el
mejor Berto de todos los Bertos que conozco.
Le seguía dando vueltas al tema, hablando consigo mismo, imaginando que aún estaba con Adrio
en el despacho. Mientras tanto, se dirigía al pabellón cubierto, donde seguiría con los críos,
dirigiéndoles la vida.
En uno de los descansos obligados de uno de los equipos, se sentó con los eliminados en la banda,
mientras seguía arbitrando desde lejos. Uno de los enanos, animaba a los dos equipos para que
metiesen el gol que le daría entrada a la pista. Entre “¡uuuuys!” y “¡pero qué malo eres!”, el chavalín,
que respondía al nombre de Brais, le dijo:
–Oye, don míster, ¿tú nos vas a dar clase algún año?
–Pero qué dices, hombre, si yo soy un alumno, como tú –sonrió Berto por la ocurrencia.
–¿En qué curso estás? –le preguntó el chaval curioso.
–En bachillerato.
–Entonces, sí puedes. Porque estoy en cuarto de primaria, y hasta el bachillerato me quedan –y se
puso a contar con los dedos– seis o siete años…
–¿Y qué? ¿Quién te ha dicho que yo voy a ser profesor? –le respondió casi sin atenderle, más
pendiente del partido que de la conversación.
–Pues sería guay que fueses profe, don míster.
Y, en ese momento, uno de los equipos metió gol. Gritos de alegría y cambio de equipos en la
pista.
–¡Venga, don míster, pita el inicio del partido, que se acaba el tiempo! –le gritó Brais desde el
centro del campo.
Pero Berto no estaba para pitidos. Se le había caído el silbato de la boca. Y se le había puesto una
cara muy extraña, mitad de feliz, mitad de idiota, mitad de susto, mitad de lelo. Cara de espasmo.
Babeando. Y fueron todos los niños a ver qué le pasaba. Intentaron reanimarle pero no reaccionaba.
Los chavales se asustaron porque se había quedado como una estatua. Algunos avisaron a los
profesores que vigilaban en el recreo para que lo viesen.
–Pero Berto, ¿qué te pasa? –le preguntó una profesora de primaria de toda la vida.
Berto empezó a salir del coma, y abandonó el patio, musitando para sus adentros, de manera tan
repetida que parecía un mantra: ¡Jodeeeer, pero qué fuerte, tío, jodeeeer!
IV
Los Calcetiñecos supusieron la confirmación del éxito del novel grupo de actores. Incluso se
atrevieron con la música y cantaron una canción pegadiza, ante la que se unió un coro de cientos de
palmas minúsculas. Los dos únicos personajes que se salvaron de la quema de las anteriores ediciones
fueron la serpiente, que seguía en su papel de mala, y Súper Ranón, que cada vez que aparecía
levantaba tal expectación que se convirtió en el auténtico héroe de toda la sección de infantil. El
viernes 18, en la sesión con los mayores, se añadió un poco más de dramatismo y mucha más acción,
con un aumento proporcional a la edad en aplausos y vivas.
Lucas se fijó en los cientos de caras, cuando salieron a saludar. Eran unas caras que alegraban el
alma, el corazón y ponían sonrisas sinceras en las bocas de los actores. Lucas pensó que ese
agradecimiento, esos pequeños momentos de felicidad en esas caras, le enganchaban a uno. No por el
éxito. Sino por el agradecimiento tan ingenuo como sincero de los niños. Y comprendió que esa
satisfacción interior que estaba viviendo, acompañada de algún que otro escalofrío, no tenía precio en
este mundo. No se podía cambiar por nada. Y que, si no era la felicidad, se le acercaba mucho.
También fue consciente de que debía aprovechar ese momento de alegría interior para hacer acopio de
lotes de felicidad, que sirviesen de consuelo para los malos tragos de la vida.
Al terminar la función, todos los actores rieron el éxito de la obra, y le agradecieron de verdad a
Félix la ocurrencia de la invención de los Calcetiñecos. Salieron rápido para las últimas horas de
clase. Al terminarlas, cuando subían a los buses, Lucas le dijo a Silvia que quería hablar con ella.
Quedaron en la Plaza de España, a las cinco y media de la tarde y darían una vuelta por ahí. A la chica
le bailó el corazón y las tripas le cosquillearon.
Lucas entró en su casa vacía. Dejó las cosas del colegio en su habitación. Miró con lástima las
huellas de su acto vandálico que aún permanecían, y recordó que había quedado al día siguiente con su
padre para arreglar el armario y comprar un nuevo ordenador.
Se cambió de ropa. Zapatos por deportivas, camisa por polo de rugby, tergal por vaqueros,
cazadora por náutica. Se miró en el espejo del baño, y comprobó, una vez más, que el proceso de
cambio seguía siendo doloroso, que le costaba mejorar. Pero vio reflejados en sus ojos los cientos de
caras sonriéndole, que le provocaron una sonrisa. Ahí, dentro del cajón, se perdía muchas de esas caras
durante el desarrollo de las obras. Pero sabía que había triunfado cuando los vientos le traían los ecos
del éxito. Y descubrió que Antón tenía razón. Que, entonces, venía la alegría, la tranquilidad, el gozo
por haber hecho el bien. Y la serenidad, porque esa alegría tapaba todo rastro de miseria personal en el
resto de las batallas fracasadas.
Sin embargo, pensó que Antón se había equivocado en una cosa, aunque él lo hubiese citado como
ejemplo. El guiñol no era un simulacro del teatro real, del bueno de verdad. No. El guiñol era un
auténtico y verdadero teatro, donde también afloraban la pasión y el sentimiento, la victoria y la
derrota, la entrega y el egoísmo. Y esos grandes temas se adaptaban a un lenguaje y a unos personajes
apropiados para una mente sencilla como las de los niños. Quizá Antón lo hubiese olvidado ya. Si es
verdad, como dicen, que los ancianos se parecen cada vez más a los niños, le haría una demostración a
él y a la abuela para que lo comprobasen.
El timbre que anunciaba a Silvia lo sacó de sus pensamientos. Bajó rápido, sin disimular, las
escaleras. Esa tarde no tenía el discurso preparado. Sólo la idea. No necesitaría actuar. Cogió las llaves
de casa y dejó una nota a sus padres.
En el portal se saludaron con sonrisas y cogieron camino del parque de El Castro. Había dejado de
llover el jueves por la mañana y el sol luchaba por hacerse paso entre los jirones de nubes que
insistían en hacerse las remolonas en la ciudad. Ella estrenaba vaqueros, llevaba una camisa clara de
un estampado suave y un tres cuartos de tela de gabardina muy blanco.
–Lucas, la semana que viene terminas oficialmente con tus obligaciones en el teatro… –comenzó
ella.
–¿A que es una pena? Con lo bien que nos lo pasamos…, respondió, haciendo teatro bufo de
gestos, indicando pesar.
–¿No vas a seguir? –le preguntó ella con cara de susto.
–¿Merece la pena, Silvia?
–¡Claro que merece la pena, Lucas! ¿No has visto las caras de tu público hoy?
Pasearon un rato en silencio, mientras ascendían por las empinadas cuestas del parque. Silvia
entendió que su chico estaba pensando en la decisión y no quiso interrumpirlo. Llegaron al mirador.
–¿Y Félix, Silvia? ¿También lo queréis a él?
–Por supuesto, Lucas. Sólo por lo de los Calcetiñecos se merecería un puesto de honor. ¿No crees?
–Supongo que Marisa estará feliz, –le comentó en tono pícaro.
–Sí. Aunque tiene un largo recorrido que hacer con él. Está todavía bastante fuera de juego…
–Debemos ayudarle entre todos. Él tiene un problema más grave que todas nuestras tonterías
juntas, Silvia.
–¿Lo de su padre, no?
–No. Lo suyo. Tiene que ser capaz de superar ese trauma y comprender que su vida puede ser
como él quiera que sea, absolutamente al margen de lo que hizo su padre o su vecino o su abuela. Yo
creo que él se martiriza porque fue rechazado, ¿recuerdas? No quiso ni aceptar las visitas del hijo a las
que tenía derecho. Es… ¿Cómo decirlo…? Es el hijo rechazado.
–Con nosotros ha pasado a ser el compañero acogido…, musitó Silvia.
–Por eso está tan feliz en el grupo, Silvia. Hasta que lo supere, no lo podemos abandonar. El día
que sea independiente, que elija él.
–¿Y tú, Lucas? ¿No te has sentido nunca como un hijo rechazado? Lo digo por la que tuviste con
tus padres.
–No, Silvia. Fui yo el que los rechazó. Pero fue un error. Gracias a Dios, estuve muy bien
asesorado por mucha gente. Si hubiese estado solo podría haber hecho cualquier bestialidad.
Habían llegado al mirador. Contemplaron en silencio la ciudad a sus pies.
Lucas cogió de la mano a Silvia y a ella casi le da un patatús. Se volvieron y se miraron a los ojos
muy fijamente.
–Silvia, debes darme tiempo, –dijo Lucas en un susurro.
–El tiempo no es problema, Lucanor, –le respondió entre nervios y ansias, temblando como un
flan.
Lucas entró en el negro de los ojos de Silvia y hablaron sin palabras.
–¿Sabes lo que veo en tus ojos, guapa?
–Sí.
–¿Seguro?
–Confírmamelo.
–Me veo a mí mismo. Querido y amado sin reproches. Tal y como soy.
–¡Bingo!
–¿Y qué ves en los míos, Silvia?
–Lamento no ver tan claro, Lucas. Tienes echadas las cortinas.
–Por eso te pido un poco más de tiempo.
Se rompió el momento. Lucas le soltó la mano, y se apoyó en la barandilla. Ella le cogió el brazo.
–¿Tan feo es lo que escondes en esos ojos que no me lo dejas ver, Lucas? –le preguntó ella un
poco defraudada.
–No es que sea feo. Es como una casa patas arriba. Todo un revoltijo.
–Pero yo he visto que es una casa muy hermosa…
Siguió otro pausado silencio.
–¿Cuándo supiste que estaba… enamorada de ti?
–La primera o segunda vez en que me fijé en tus ojos. Lo gritabas en estéreo. Luego, todo lo
demás hablaba de lo mismo. Y me lo confirmaron tus sonrisas cuando peor lo estaba pasando. Tú lo
intuiste, y preferiste ocuparte de mí a dejarme solo con mis problemas.
–¿Por qué has tardado tanto en dar este paso? –le preguntó ella, mirando a la ciudad.
–Necesitaba tiempo para estar un poco más… presentable… Y para despejar mi cabeza. Así, como
estaba, no podía atenderte como te mereces, Silvia. Ahora ya lo voy teniendo más claro y creo que
podré empezar a dar pasos… ¿Lo pillas?
–Creo que sí. Pero… si me dejases ver claro… si me dejases intervenir a mí, irías más rápido. ¿O
crees que te querría menos por subir juntos ese obstáculo?
–Aunque no lo creas, es un obstáculo que yo debo superar en solitario… Pero tranquila… Creo
que es necesario que lo haga así para que luego, juntos, la cosa funcione…
–Lo que quieras, Lucanor. Pero, aunque no me dejes entrar del todo en tus ojos, déjame que al
menos te acompañe desde fuera. No me quiero perder el momento en que consideres que ya estás listo
para descorrer los velos.
Lucas se volvió a la chica y le cogió las manos. Se las besó. De momento, no se creía con derecho
a besar nada más. Ella lo abrazó muy suavemente, y el la cubrió con sus brazos, pero respetó la
suavidad y no apretó.
–Silvia, ¿te gusta Playa América? –le dijo en un susurro al oído.
–Me encanta.
–Te lo digo porque ese tiempo que necesito lo voy a tener que pasar por aquellas tierras. Todavía
ando mal, con muchas muletas…, y necesitaré la ayuda de la abuela y de Antón. Pero las tardes nos las
podemos reservar para pasear por el arenal.
–¿Podré acompañarte?
–Eso espero, Silvia. Es lo que más deseo.
V
A la vuelta de las vacaciones de las Navidades, se anunció al curso la baja de Andrea. De nuevo, la
marea de los murmullos amenazó con levantarse en la propia clase, con Adrio tratando de frenarla.
–Antes de que empecéis a chismorrear, que sepáis que se traslada por motivos profesionales de la
familia. Y punto. Y ahora, a lo nuestro.
El aviso de Adrio fue bastante eficaz, porque apenas se comentó nada de la partida de Andrea en
los foros sociales de la web. Tan sólo cuatro desesperados que suplicaban por la belleza perdida,
aunque cuando la tuvieron delante no se atrevían ni a acercarse a ella. El más dolido de todos era
Berto. Le hubiese gustado despedirse de la chica y quedar, al menos, como amigos. Pero no tuvo
oportunidad.
Unas semanas más tarde, mucha gente se lanzó a la caza y captura de Andrea por la red. Había
borrado sus perfiles públicos y privados de todas las cuentas conocidas por todos. Ni rastro. El juego
duró otro par de semanas, y la chica y el asunto de su huida perdió interés.
Un día de finales de enero de ese mismo curso, Berto se acercó, por primera vez desde la pelea, a
Lucas. Fue en un intermedio de clases.
–¡Eh, pringao! ¿Sabes algo de la pava?
–Nones. Ni me interesa. Lo sabes bien.
Hubo un silencio. Se habían hablado sin mirarse a la cara.
–Oye, tú y yo tenemos un asunto por acabar, no sé si recuerdas…
–Lo recuerdo, y por mí eres el campeón. Yo te corono.
–¡Que no te enteras, pringao! Que no quiero continuar la pelea. Sólo quiero pedirte que… me
perdones, aunque seas un pringao… –y se lo dijo mirando a los ojos a Lucas y con una sonrisa. Lucas
le dio la mano.
–¡Lo mismo digo, pringao!
Algunos comentaron que habían visto a Andrea por la televisión, en una competición de coches o
de motos. Que iba embutida en un mini traje de modelo de una firma comercial y que sostenía un
paraguas para darle sombra a un piloto.
Cuando acababan el curso, Lucas se acercó al pringao y le dijo a bocajarro:
–Plaza de Independencia. Perfumería Unibel.
Allí se plantó esa misma tarde Berto. En el escaparate, un enorme póster de no se sabía qué
producto de belleza, mostraba una fotografía enorme de una tía que quitaba el hipo. O que lo
provocaba, más bien.
Vestida apenas con un salto de cama, con botas rojas de caña y un sombrero de paja, Andrea ponía
rostro al producto en cuestión. Berto lo miró fijamente. ¿Era ella? Estaba tan maquillada que apenas
era reconocible. Y se fijó en sus ojos y verificó que eran de ella, de su Andrea. Sus ojos verde-marina
con puntitas naranjas eran inconfundibles para quien los había mirado tantas veces de cerca.
Parecía feliz… ¿O no?
Tras un rato, Berto llegó a la conclusión de que, más que feliz, Andrea parecía orgullosa.
Orgullosa de sí misma. No sabría explicar por qué.
Había sido un idiota cuando ella le contó –quizá por primera y última vez– la verdad. La verdad de
lo que vio en su tesoro. Que aquello que había visto, poco a poco, se iba cumpliendo. Pero, ¿quién se
lo podía imaginar?
–¡Bueno! Lo cierto es que lo mío casi es peor que lo de ella. Si en aquel momento le digo qué iba
a decirme a mí el mapa, habría reaccionado igual…, ¿verdad Andrea? –se dijo a sí mismo, reflejado
en el escaparate.
Deseó que triunfase.
Al fin y al cabo, Berto siempre supo que una chica como ella nunca se contentaría con alguien tan
poca cosa como él. Ni el propio Lucanor tenía posibilidad alguna…
Ellos eran gente normal. De la vida real. Gente discreta. Cada uno luchando por hacer bien sus
cosas, pero nada del otro mundo. No personajes de anuncio, ni estrellas de televisión, ni gente de
portadas de revista. Ellos no podían permitirse el lujo de sonreír a una cámara de fotos para que los
demás envidiasen su felicidad.
A ellos les llegaba con sonreír a una cámara familiar, o amistosa. Con una sonrisa natural y
sincera, para recordar con los suyos sus pequeños momentos de felicidad, en la típica tarde invernal de
aguaceros y esperanzas.
FIN
1 ATSA: Asociación de Transportistas, SA (autobuses de rutas interurbanas del área metropolitana de
Vigo).
2 Miñoca: lombriz empleada en el arte de pesca deportiva.
3 Rapala: arte de pesca con forma de pez del que penden anzuelos de tres púas.
4 Potera: arte de pesca del choco y calamar con forma de pez y cola con corona de púas.
5 Robaliza: lubina grande.
6 Choupa: pez similar a la dorada.
7 Lorcha: pez de fondo feo, pequeño y despreciado.
8 Cascabel: alarma sonora que se fija a la punta de la caña y que avisa cuando vibra.
9 CUVI: Siglas del Campus de la Universidad de Vigo.
10 Estar en la pola: localismo que significa no enterarse de nada, estar abstraído o despistado.
11 En realidad, el festivo que se celebra es el de “todos los santos”, y la conmemoración de “todos los
fieles difuntos” es el día 2 de noviembre, pero la costumbre de visitar los cementerios se trasladó al
festivo, que es conocido popularmente en Galicia como el día de “los difuntiños”.
12
TIC: siglas de Tecnologías de la Información y de la Comunicación.