Un traje a plazos Ana Belén Caminero 112 Durante mucho tiempo se le veía deambular con frecuencia por las calles de la ciudad. Se convirtió en un ritual verle entrar en una casa de la calle Telares, intramuros, donde vivía un sastre, D. Sepelio. Los primeros tiempos de aquellas furtivas visitas, entraba por el Lienzo Este de la ciudad. Dicen los que le veían que caminaba erguido y con marcha ligera, y que solía atravesar la Puerta de San Vicente, en dirección hacia la Catedral; y dado su gusto por la arquitectura, se paraba a admirar los palacios e iglesias que encontraba a su paso. Los jardines rebosaban de flores. Meses después, cambió su ruta. Accedía al interior de la muralla por la Puerta del Carmen, o por la del Mariscal, en el Lienzo Norte de la ciudad. Le gustaba aquella espadaña, único reducto del antiguo convento carmelita, y las piedras cargadas de historia del Palacio de Bracamonte o el de los Verdugo. Hacía calor, pero aún su paso era ágil y en su pelo algunas canas clareaban su rostro moreno. Con la llegada del otoño perdió el pelo como los árboles perdían la hoja, caminaba encorvado y fluían lágrimas de sus ojos, mientras paseaba por los puentes del Adaja y accedía a la ciudad amurallada por la Puerta del Puente, en el Lienzo Oeste. Los días se iban acortando y las brumas aún ocultaban lo que el futuro escondía. Cuando el frío helaba la sangre en sus venas, cuando las calles desiertas desarmaban su alma, cuando la desnudez de los árboles le resultó obscena y hasta le permitió ver su destino, cambió nuevamente de ruta. Eligió la Puerta de la Santa, en el Lienzo Sur, ya con la desvanecida esperanza de que alguien pudiera ayudarlo, ni hombres ni santos. Su paso era lento, su piel arrugada, sus ojos ya secos de tanto llorar. El último día de sus paseos, salió con su traje nuevo y no entró intramuros. Tenía una cita, la última, la definitiva, una cita con la Muerte. La profecía Abel Caro 111 Yo vivía en un pequeño pueblo de la provincia de Ávila. Era un adolescente de 15 años cuando empezaron a suceder acontecimientos que, hasta entonces, consideraba inusuales. Un buen día, mi tío Jerónimo fue encontrado muerto en el río. Y no es porque no supiera nadar, porque mi tío nadaba muy bien. Era quien me llevaba a la piscina del pueblo cuando yo era niño. La policía estaba investigando el caso, pero no encontraron indicios de muerte violenta. Dos semanas después, el autobús de la línea regular que iba todos los días desde mi pueblo a Ávila, chocó con un camión cuando éste adelantaba a otro camión, y de los 25 viajeros que iban, seis fallecieron y los otros 19 resultaron con heridas de distinta gravedad. Los seis fallecidos eran dos primos míos, hijos de mi tío Jerónimo; mi abuela, la madre de mi padre, con quien me había criado yo desde pequeñito y tres amigos íntimos de la familia. Hubo dos días de luto en mi pueblo, nadie salía a las calles, se cerró la escuela, se pusieron esquelas en todas las esquinas; la conmoción fue general y el desconsuelo tiñó el ambiente de un gris amargo y sombrío. Al mes siguiente, enfermó mi padre de unas fiebres muy virulentas. El médico del pueblo le dio antibióticos y pastillas para bajarle la fiebre. Un buen día, empezó a delirar, y le llevaron al hospital. Dos días después falleció, aunque nunca llegamos a saber la causa de su rara enfermedad. Mi madre se vistió de luto y solo salía de casa cuando tenía que hacer la compra, o ir a la iglesia para rezar el rosario o para la misa de los domingos. Quince años atrás de todos estos sucesos, mi tío Jerónimo, sus dos hijos, mi abuela, mi padre, y nuestros tres amigos, estaban en casa cuando yo nací. En aquel momento una voz susurró que ‘quien viera nacer al diablo moriría trágicamente’. Y se cumplió la profecía. Cuando ruge la marabunta Belén Rodríguez y Clemente Blázquez 110 Aquella tarde de verano, tras un garbeo alrededor del pantano de Fuentes Claras, buscamos un sitio para descansar. El, con su habitual buen gusto para elegir los sitios, se sentó encima de un hormiguero. Y como llevaba pantalón corto, no tardó en notar las consecuencias de su error. Cientos de diminutos seres, con poderosas mandíbulas, empezaron a corretear por sus piernas, mordisqueándole y adentrándose hasta sus zona íntimas. Sopesando que una actitud poco activa hubiera conducido a un resultado fatal (se lo hubieran comido vivo), saltó como un resorte y trató de alejar de sus partes nobles a tan minúsculos seres. No satisfecho con esto, la emprendió contra el hormiguero, intentado matar a todos sus habitantes. Mientras esto sucedía, las hormigas que habían conseguido invadir su intimidad, cayeron en la cuenta de que ‘habían topado con un dios’; alguien superior a ellas con propósito de exterminarlas. Las que trabajaban afanosamente en el hormiguero sintieron que un tsunami se apoderaba de ellas, de su casa, su alimento, viendo cómo su reina y sus compañeras de trabajo morían igualmente sepultadas por aquella ola de tierra que las asfixiaba. ¿Quién provocaba aquella masacre?; ¿cuál era la razón para que una fuerza tan inequívocamente superior a ellas, quisiera destrozarlas, someterlas a la penuria de tanta pérdida? Sentí lástima por aquellas inocentes hormigas que, ingenuamente, habían salido a explorar el mundo de alrededor y que en el momento álgido del ataque, sólo intentaban defenderse. Pero la respuesta de ese dios todopoderoso que desplegó su cólera, no fue otra que: ‘estos bichos insignificantes están por todas partes y lo único que hacen es molestar’. Es ‘justo’ que yo las ataque. Recuerda que ‘mi plan’ era pasar una tarde agradable contigo. Me quedé pensando en nuestras vidas, las de los hombres que poblamos La Tierra, que trabajamos, exploramos el mundo y buscamos la felicidad. Y por toda respuesta, le dije ‘tal vez estés haciendo lo mismo que otros dioses hacen con nosotros’. La pérdida Ana Isabel Díaz García 109 Camino del cementerio municipal, el pueblo abulense, unido por una vez cual icónica Fuenteovejuna en tiempos de los Reyes Católicos, avanza, descorazonado, arrastrando los pies. Allá va Tomás Luis de Victoria, poniendo su voz y su alma a tan lamentable acontecimiento. Allá van aquellos que jamás salieron de la ciudad amurallada, allá Eugenio de Tapia con unas cuartillas bajo el brazo, recién salido de la cárcel; allá los que perdieron sus casas, allá los emigrantes. Allá José Zahonero, zigzagueando para evitar a los clérigos de turno; allá los abatidos funcionarios. Allá Jorge Santayana y Claudio Sánchez Albornoz. Allá los flamantes empresarios. Allá Suárez. Allá van los pocos estudiantes con José Luis López Aranguren, allá los que dejaron de estudiar; allá los trabajadores y los que jamás trabajaron. Allá Agustín Rodríguez Sahagún, retornado de Bilbao al enterarse de la trágica noticia; allá van los que tuvieron que marchar y volvieron para asistir al drama de su muerte. Allá va Larra, que un día decidió salir de Madrid y pasear por Ávila, y enamorarse de sus riscos, que encierran historia y leyendas. Allá, en el cementerio, contemplan en sepulcral silencio los abulenses la bajada del nuevo ataúd a la fosa donde yacen ya la Libertad, la Justicia y la Igualdad, pensando si alguna vez pudieron hacer algo para evitar la muerte de Esperanza. Volar Ana Isabel Díaz García 108 Siempre nos gustaron las alturas, siempre sentir el aire en nuestros rostros, siempre contemplar nuestra emblemática ciudad, tan recia, tan pétrea, pero tan tierna a la vez... Hoy, como cada sábado, al atardecer, intentamos reconquistarnos en lo alto del emblemático muro; hoy, como cada sábado al atardecer, comprendo que no hay mejor forma de sentir el viento que volar; hoy, como cada sábado tras la caída del sol, remuevo lentamente mi cortado en mi cafetería favorita, en la nuestra… ¡Cuántas vueltas se le pueden dar a un café! Hoy, como cada sábado, estoy aquí, mirándote fijamente. Y removiendo. Y tú inmóvil. Detrás de ti, esos estúpidos rosales donde los novios van a hacerse fotos. Y yo mirándote, esperando que hagas algún gesto, sin poder entender aún en qué momento dejaste de hacerme el amor y empezaste a hacerme la cama. Hoy eres tú quien puede decirme si has sentido el viento en las mejillas. Yo hoy tan solo puedo decirte que, de haber sabido que las cámaras de seguridad de la muralla no eran simplemente atrezo, hubiera dejado de menear estúpidamente el café y me hubiera marchado antes de que llegara la policía. Hoy resuena en mis oídos la voz queda de mi madre: “Jimenita, hija, eres una mujer de armas tomar.” Fuga Parcharique 107 Me llamo Santiago Cortés y soy comerciante en arte y antigüedades. Les voy a contar lo que me sucedió el otro día. Estaba privando pañicarí en un bar del Mercado chico cuando de pronto entró un andoba de la pestañí que me daba mal bají porque ya me había perseguido otras veces, por lo que sentí canguelo y en cuanto pude salí de naja y corrí por la Rua de Zapateros abajo. Al dejar la muralla la jindama me hizo descolgarme en un lado del puente Adaja sujetándome con las manos al borde del pretil y apoyando un pinré en una piedra. Estaba de esta manera sin hacer ruido, cuando sentí que el busnó me endiñaba con un casté en las manos, el dolor me hizo caer al rio. Como consecuencia de la caída sentí un fuerte dolor en el pinré y el traje mojado aunque había poca agua. Todo venía de antiguo, y empezó cuando un sobrino suyo que se llama Carlos quería venderme un lorampió diciéndome que era de oro, que había pertenecido a su padre, y ponía cara triste alegando que se deshacía de un recuerdo de familia, cuando era de similor. Pretendía dármela como si yo no chanelara de mi curriel. Aunque me había pretendido meter un jonjanó, yo no lo traté mal porque tenía buena presencia. En esto llegó el busnó diciendo que era tío suyo y dándome voces me echó y se lo llevó con él. Desde entonces no me miraba con buenos clisos. Permita undivé que llegue un día en que los demás nos traten como personas y seamos todos iguales, aunque sea uno calé y bujandí Diccionario de palabras gitanas Andoba - éste Bají – suerte, presentimiento Bujandí- marica Busnó- individuo Canguelo- miedo Calé – gitano Casté – bastón, palo Chanelar- entender Clisos- ojos Curriel- oficio endiñar- pegar, golpear jindama- miedo jonjanó- engaño Lorampió- reloj Naja- huida, escape Pañicarí - aguardiente Persecución Parcharique 106 En su trabajo siempre ponía algo de odio como componente de interés. En este caso con más motivo porque el asunto le afectaba a la familia. Ya que, al parecer, el vigilado rondaba a un sobrino suyo. Y aunque su sobrino no era ningún dije quería evitar que otro lo maleara más de lo que está. El inspector Jiménez de la secreta perseguía a un homosexual, que para más inri además era gitano, y al que finalmente encontró en un bar del Chico. El sujeto, en cuanto lo vio, salió a escape. El policía, al salir del bar, preguntó a una mujer que vendía castañas, por donde había tirado el gitano, y ella le indicó que por calle Vallespín abajo, con lo que inició la persecución. Esta gente no debería vivir, por el daño que causan, es una aberración zoológica y social, y encima un gitano chamarilero que vive de engañar a la gente, hasta puede que se dedique a la compra de objetos robados, lo que constituye delito de receptación. Habría que exterminarlos. Al llegar a la puerta de la muralla que da al rio Adaja se sintió despistado y optó por tirar hacia el puente. La luna llena le descubrió unos dedos de ambas manos que se aferraban al pretil, probablemente tenía los pies en un saliente o en un tajamar. Con un bastón de caña que llevaba arreó al perseguido un bastonazo en los dedos que le hizo caer al rio y pegar un grito. Satisfecho se volvió e inició el regreso a su casa. No creo que se atreva a denunciarme por agresión, sabe que en este momento y con la dictadura de Don Miguel no tiene nada que hacer. Todo el mundo los desprecia y hace chistes de ellos. Cuando llegó a su casa, para afirmar su virilidad y acallar su conciencia, despertó a su mujer que por cierto era más joven que él e hizo el amor con ella. Y un necio pensó Josué Lovió 105 Ella era así, como dos mujeres en una, la dama y la sierva a la vez. Como una de esas complejas mujeres que eligen a los hombres a plazos y siempre requieren que alguno les lleve las riendas. Era atractiva y vulgar a la par; inteligente pero las más de las veces sin confianza en sí misma, como tantas otras mujeres. Necesitaba salir a buscar -por evitar la monotonía, decíapero siempre acababa convertida en esclava en los brazos del mismo. La noche había sido apoteósica y, por esta vez, el de siempre no pudo gustar de su miel. Aunque a veces lo olvidaba, era ella quien siempre elegía, pero esta noche tenía las cosas más claras. Había descubierto que ese patán no la merecía, que una vez conquistada y saciada su sed, la olvidaba hasta el siguiente requiebro. Aún así, ningún otro la pretendía con ese denuedo, aunque luego le causara dolor. Acabada la fiesta sintió un dulce amargor y no volvió a pensar en ninguno. — ¡Que por esta vez elijan ellos! —se dijo—. Si alguno me quiere, que venga a buscarme. Y quedó dormida. A la mañana siguiente volvería la rutina: el trabajo, las compras, la casa… era lo que le esperaba hasta un nuevo cortejo. Para los rivales del guaperas fue su noche de gloria. Lo vieron marchar cabizbajo y eso saciaba su ego. Pero tampoco gozaron los besos de ella. Podrían haberla mimado entre todos, podrían haberla querido, haberla llevado en volandas hasta el séptimo cielo. Podrían haber disfrutado con ella, pero pactaron acabar con la dama y arrojar a la sierva en los brazos del chulo. Detrás de la Santa la gente encontró un vestido elegante convertido en jirones y una inscripción con letras de sangre… alguien había decidido dedicarle esa calle a la Dama. Y un necio pensó: «El 24 de mayo todo pudo cambiar, pero esos mediocres nunca lograron ponerse de acuerdo». 18:00 Sergio Chico Candil 104 Seis de la mañana, con el primer cigarro del día en la boca, ¿por qué empezaría con esta mierda?, el frío de esta ciudad y el tabaco van a acabar conmigo antes que cualquier cabrón de los que mancillan estos muros. Seis de la mañana, sin nada en el estómago más que un whisky tengo que ver esto, creía que estaba acostumbrado. Arco del rastro, varón, quemado, un golpe en el cráneo, parece que el arma es un farol que hay junto al cadáver. En el arco en letras rojas “MANQUEOSPESE”. Otra vez se ríe de mí. Seis de la mañana, hace tres días, un pintor apuñalado en la cruz vieja, “No hay vida sin muerte”, no entiendo nada hasta hace dos mañanas, una pareja en la catedral, una mujer acuchillada al lado de un hombre ahogado con la frase “Hoy el pozo esta cegado”. La mañana de ayer fue peor, una joven mercader violada hasta morir con una peluca y una barba postiza en San Segundo, “Una barba no puede salvarte siempre”. Seis de la mañana, ¿Qué perturbada mente está haciendo esto? ¿Por qué motivo? ¿Qué voy a hacer para detenerlo? Sólo sé que va a ser un día largo y que esta noche volverá a atacar, cuatro noches, cuatro muertes, ¿por qué iba a cambiar ahora? Seis de la mañana, el teléfono me despierta sobresaltado, no recuerdo nada, como cada mañana tras una borrachera pensando en este caso, al final me llevará a la tumba. Busco la botella de whisky y en marcha. Seis de la mañana, San Vicente, un judío ha sido envenenado, “Esta serpiente no perdona”; pero lo que me llama la atención es una llave, es mía, ¿me están inculpando? Hace días que no duermo en casa. Seis de la tarde, ¿cómo que hoy llego antes? El portero estará equivocado, hace días que no vengo. Abro la puerta, un diario, mi letra, “Está ciudad ha acabado conmigo, yo muriendo mientras velo por ella, los finales felices deben acabar”. Novela negra Ernesto Ortega Garrido 103 Tal como había planificado, en el primer capítulo el protagonista comenzó a beber y a frecuentar los ambientes más sórdidos de la ciudad. Había muerto su mujer y estaba destrozado. Pero en el primer punto de giro, se me fue de las manos y en una pelea en un bar de la calle Vallespín se cargó a un camello de poca monta. Lo que tenía que ser un texto introspectivo se fue convirtiendo en una novela negra y en la página 200 acumulaba ya 4 asesinatos. He colocado numerosas pruebas por todo Ávila para que lo cojan y he puesto a toda la academia de policía tras él, pero siempre va un paso por delante. He intentado que le remuerda la conciencia y se entregue; le he incitado al suicidio, pero siempre vuelve a matar. Ya no puedo controlarlo. Entre líneas he logrado leerle el pensamiento, al fin y al cabo nadie lo conoce como yo. Tiene razón. Esto debemos resolverlo cara a cara. Sentado delante del ordenador, acaricio la pistola mientras espero a que suene el timbre. Vuelta a la vida Arogüix 102 Todo pasó muy rápido. Tras el ruido ensordecedor del disparo de la pistola, el actor principal cayó al suelo inerte. Pronto se dieron cuenta de que no era una sobreactuación; sino que era muy real. La sangre manaba de su pecho y teñía de rojo los adoquines de la plaza. El público comenzó a correr por todos lados. A los pocos minutos, comenzaban a oírse las sirenas de los coches de policía. —Se supone que nada iba a salir así –murmuraba una y otra vez el director de escena- solo eran balas de fogueo, totalmente inofensivas… no entiendo qué ha pasado. El comisario Vila llegó al lugar y observó, con ojos muy abiertos, la escena. Eran las fiestas patronales y por todos los rincones tenían lugar representaciones teatrales. El decorado, había que reconocer que estaba muy cuidado. En el centro del escenario se alzaba un castillo que hacía juego con el recinto amurallado, real, que estaba situado detrás. Tres de los actores, lloraban desconsolados abrazados entre ellos. Un cuarto, el que había disparado, estaba siendo esposado por un policía sin oponer resistencia; no parecía dar crédito a lo que había ocurrido. —Recoged la pistola. Es la prueba del delito –dijo con voz ronca Vila. —¡¡Cooooorteeeeen!! Se oyó de pronto al otro lado de la calle. La toma es perfecta. No hay que repetirla. Un aplauso para todos. Gracias, señor comisario. Puede retirar a todos sus agentes cuando quiera. Vila se gira en redondo hacia donde se encontraba la víctima y comprueba, asombrado, como se levanta y agradece los aplausos de sus compañeros. — ¿Pero qué se ha pensado usted que es esto? –dice muy fuerte. —Lo siento, no se enfade. Todo está perfecto –afirma el director —No puede utilizar a las fuerzas del orden para hacer simulacros de este tipo. ¿Dónde tiene el cerebro? ¡Todos a comisaría, esta broma les costará cara! Orgullosos de su hazaña, fueron entrando uno a uno en los coches oficiales. ¡Había merecido la pena! La sierpe y la tarasca Casi abulense 101 Dos grandes monstruos custodiaban las entradas y salidas de la Ciudad de Ávila, a la par que atacaban a sus habitantes y los despedazaban sin piedad. La Sierpe dominaba lo que era entonces el bosque de San Antonio. Realizaba incursiones en la zona de la Ermita del Cristo de la Luz y del tristemente desaparecido Arco de la Luna, en la actual Plaza de Santa Ana. Dicho arco obstaculizaba sus tropelías por lo que, de varios empellones y coletazos, lo derribó. Ya se sabe que, puestos a destruir monumentos, los monstruos son imparables. Por su parte la Tarasca habitaba en El Soto y mataba y aplastaba cuanto encontraba en los alrededores: La Fábrica de Harina; el Cementerio Musulmán… Cuentan que se salvó, de milagro la Ermita de San Segundo, posiblemente porque Santa Barbada vigilaba la puerta y como quiera que su aspecto era horrible, espantó al propio animal. Cansados los abulenses de tanta muerte y de tanto destrozo, construyeron una magnífica muralla. Los nobles quedaron dentro, doblemente protegidos en sus casonas, pero los siervos tenían que salir para cubrir su sustento y el de sus señores. Unas covachuelas les servían de refugio cuando los feroces animales agredían, pero los hombres eran más numerosos que las casas y se aplastaban unos a otros tratando de ponerse a salvo. Un grupo de valientes lecheras, procedentes de El Fresno, viendo que no podían atravesar El Soto con sus asnos, cargados de cántaros, valiéndose de sabios arcanos, acabaron con La Tarasca, cuyo cuerpo depositaron en el vecino Santuario de Sonsoles, donde cualquiera puede comprobar la veracidad de este relato y además pueden ver una reproducción, en cartón piedra, que sale en las fiestas patronales y cuyo recuerdo perdura en la memoria de los que un día fueron niños. La Sierpe sucumbió bajo los efectos de un brebaje, preparado por un afamado taxidermista que la convirtió en granítica fuente. Pasado el miedo, los abulenses se olvidaron de ella. Geografía imprecisa Vic Malloy 100 La melodía que todo hombre debería escuchar en el momento de su muerte tendría que ser como ésta, piensa, apretándose la herida, la del terciopelo áspero de un saxo tocando “Blue Moon” que llega desde lejos, cobijando cada pliegue del alma que se extingue en su derrota; todo hombre debería tener derecho a acompasar sus latidos que se apagan a la luz violeta del neón del motel que recorre con dedos temblorosos la penumbra, deteniéndose apenas un instante en la botella de “Four Roses” volcada en la mesa, con un gesto de íntimo reconocimiento; debería sentir vibrar en su venas el sonido de unos tacones que se alejan mientras el perfume de un cuerpo en el que una vez extinguió su cansancio sigue adherido a la culata de la pistola abandonada en la moqueta. Fuma despacio, dejando que el humo del cigarrillo se mezcle con el del disparo, pero entonces comienza a escuchar el sonido de una dulzaina que va creciendo sobre el de las sirenas que se acercan; “La entradilla castellana”, sonríe extrañado, precisamente ahora en esta calle olvidada, después de tantos años, y el minucioso temblor de las cosas perdidas le atraviesa como una fiebre cuando mira hacia la calle y no ve los carteles del almacén del edificio de enfrente, sino a gente aplaudiendo en balcones engalanados con banderas, y hay globos infantiles ascendiendo hacia un cielo tan azul que le asombra en su pureza, y siente como los límites del dolor se desvanecen en el tañido de las campanas tocando a rebato. Hay carreras y gritos en el pasillo, y entra en la habitación un policía que se arrodilla junto a su cuerpo tendido, buscándole el pulso, pero ahora ya no es más que un niño asustado que mira fijamente con ojos muy abiertos a un gigante barbudo vestido con ropajes multicolores que se inclina bailando sobre él, extendiendo sus brazos para protegerle del miedo y la nostalgia, del aire sofocante de esta medianoche en L.A. Sus ojos azules me miraban penetrantemente Laura Jiménez Jiménez 99 Una llamada intempestiva, rompiendo la serenidad de la noche abulense, fue el comienzo de aquel insólito caso que, debido a la baja de algún que otro abogado reconocido, acabo estableciéndose en mi cartera. Yo, acostumbrado a nimios percances automovilísticos o a triviales cuestiones sobre herencias, quede gratamente sorprendido de la magnitud que se me avecinaba. Como había aprendido a hacer tiempo atrás en aquella facultad, fui a la escena del crimen. Es para mi importante no dejarme llevar por la subjetividad de la información de mis clientes. Atravesando un enjambre de curiosos, pude llegar al edificio, atestado de policías y otras fuerzas del orden, que trataban de recabar datos. Como era normal sin acreditación la entrada estaba vetada. -Yo lo vi todo. -¿Perdona? – me gire hacia mi derecha donde una figura agazapada entre las sombras me miraba penetrantemente con sus ojos azules. -Te harán creer que él lo mató. Pero nunca lo haría, él lo amaba profundamente tienes que decírselo. -¿Y qué me dices del dinero de la herencia? El es cazador, tenía un montón de cuchillos a su disposición. -Precisamente esa es su coartada. Cuando accedas a las pruebas, observa bien la pared. Un cazador es perfecto para matar sin dolor, sabe como hacerlo sin apenas ensuciarse las manos. Suponiendo que la víctima estaba durmiendo plácidamente, El nunca haría un estropicio como aquel en la pared. –dijo señalando el edificio. Me gire para comprobar si desde nuestro ángulo podríamos ver la escena. No era posible. Volví la vista. La figura se había ido. Al día siguiente, puntual, estaba en la casa de la persona a la que iba a defender. El sospechoso no quiso verme y en su lugar hablé con su madre. -Él nunca haría algo así, se querían mucho. Mire hacia donde me señalaba. Una fotografía aparentemente actual me mostraba una pareja. Los ojos azules de la figura más pequeña me miraron penetrantemente. Sofoque un grito. Tenía muy claro cómo iba a ganar este caso Testigo de piedra María B. Herranz 98 Aún veo su cara, sus ojos decían “lo siento”, peros sus labios no fueron capaces de pronunciar ni una sola palabra. Fijo en mi memoria, permanece ese frío día de febrero cuando en la pequeña iglesia de San Andrés, junto a nuestros amigos y familia, nos juramos amor eterno. Cómo añoro esos primeros días de amor, paseando por El Rastro, sentí sus enormes ojos verdes en mi espalda y unas ganas enormes de conocerle, de tenerle cerca, se apoderaron de mí. Comenzó a llover. Ricardo se acercó a mí y me ofreció su chaqueta, fue la excusa perfecta, la puso sobre mis hombros y no hicieron falta presentaciones, supe que él era mi principio y mi final. Yo vivía en una pequeña casa de piedra muy cerca de la ermita de San Segundo, junto al río. Mi padre trabajaba en un pequeño almacén de pieles. Cada mañana atravesaba el puente de piedra para ir al colegio. Mi madre limpiaba las aulas, zurcía los hábitos de las hermanas e incluso compraba sus medicinas. A cambio, ellas se encargaban de educarme y prepararme para hacer de mí una “señorita”. Quién iba a decirme que, ese precioso puente de piedra, cómplice de nuestros primeros besos cuando Ricardo me acompañaba a casa los domingos por la tarde, fuera a ser, de manera tan cruel, la peor de mis pesadillas. Han pasado veinte años, ya nada queda de mi casita de piedra, mis padres murieron ya, tan sólo el doloroso recuerdo de aquella tarde, Ricardo en brazos de mi mejor amiga, mis sueños rotos en pedazos y mi arranque de locura, y su ojos, sus grandes ojos verdes mirándome incrédulos, suplicantes… Y después nada, tan sólo un hilito de sangre que salía por su boca, esa boca tan deseada, ese cuerpo adorado tendido sobre las piedras, casi sumergido en el escaso cauce del Adaja…. Cumplí mi condena y ahora sólo me queda arrastrar mi pena hasta este lugar, sólo deseo reunirme con él, cumplir mi sueño… La nota JARH 97 Había llegado hacía poco, por motivo de trabajo. Tenía todavía cajas sin abrir en el pequeño apartamento recién alquilado. Venía solo y con la decisión de no compartir piso; aquella iba a ser su entrada en el mundo laboral, o adulto, como quiera verse, y consideraba que podía permitírselo. Más allá de sus compañeros, de momento apenas conocía a nadie y gastaba el tiempo en ir instalándose y en dar paseos para conocer la ciudad y ubicarse. Por eso le extrañó tanto encontrar aquella nota. Al llegar un día, vio que le habían dejado un sobre por debajo de la puerta. Contenía la referencia a un lugar y una hora y sonrió al ver que alguien se había entretenido en componerla recortando y pegando letras de periódicos. Puros trabajos manuales. Más allá de eso, le llamó la atención aquella intriga en un lugar que le habían presentado de lo más tranquilo. Acudió a aquel café frente al cimorro de la catedral con unos minutos de adelanto. Dudó si sentarse en la terraza, pero las tardes ya se iban acortando y empezaba a refrescar, así que prefirió esperar dentro. El local estaba prácticamente vacío, sonaba música que hacía tiempo no escuchaba y la camarera se acercó desde el fondo a preguntar qué quería tomar. Pasado un rato, pensó que la espera estaba siendo vana. Nadie llegaba y ya era el único cliente. Se estaba despidiendo cuando un niño de unos cinco o seis años le tocó la pierna y le tendió la mano con otro sobre. Lo cogió y antes de darse cuenta el niño había desaparecido. Una nueva nota decía: ‘Y llega el invierno. Prepárate, amiguito’. Sin entender si aquello era una advertencia, un consejo, una amenaza o mera información, indicó divertido a la camarera que le sirviese otra. Solo tiempo después comprendió el sentido de aquellas palabras. Mal que os pese será mía Benito 96 Tumbado en el suelo, viendo como la sangre cubría la fría piedra, arrastrando su última gota de vida. “No quiero morir, la amo” Gritó desesperadamente. Un noble no iba dejar a su hija en manos de un simple soldaducho. La calavera que domina el callejón de la muerte y la vida esbozó una ligera sonrisa. ¿Quieres vivir? Le preguntó ella, es sencillo, solo abre los ojos porque ya he solucionado tus problemas. Con la única compañía de la luna llena y el hilo de plata que tomó prestado de su cuarto la primera noche que pasaron juntos, esperaba todas las noches a que su amada diera esquinazo al ayuda de cámara y se reuniera con él. Esa noche, Guiomar cruzó el arco del palacio acompañada de su padre Don Diego. Cuando sus miradas se cruzaron, el frío recorrió su cuerpo. El cordón plateado caía delicadamente por su cuello. La locura se hizo dueña de su cuerpo, una gota de sudor recorrió su frente. ¡Maldita seas!, ahora seré yo quien se encargue de mis problemas, pensó. Tumbado en el suelo, viendo como su sangre cubría la fría piedra. En su mano derecha una daga, en la izquierda un cordón de plata. La calavera del callejón de la muerte y la vida sonreía sobre él iluminada por la fría luz de la luna. El practicante Jesús Cadarso Díez 95 Cada primavera y cada otoño, a instancias de mi querida madre, para quien no tener ni un médico en la familia era una de sus más grandes frustraciones, llegaba para ponernos una tanda de inyecciones; alternando calcio é hígado. Largas, transparentes y dolorosas ó cortas, oscuras y asesinas. Más que cuello parecía un muslo, tan apretado por la corbata, que sus saltones ojos más que inyectados en sangre, parecían reventados de violencia, cuando apuraba de un trago ese vino, que debían servirle en cada casa de Ávila, mientras realizaba el parsimonioso servicio de ir transmitiendo las más diversas enfermedades con esa metódica impunidad con que encendía el alcohol, para hervir las jeringuillas en el agua de sus metálicas cajitas ovaladas. Lo descubrí pasados los años, por un médico en la Seguridad Social, no mucho más profesional que él, cuando yo tenía cincuenta años y ya no había remedio para nada. En mi quinto centenario Fluorita 94 Hace poco, el 28 de marzo, cumplí quince años. Nací junto al convento de la Santa, y mis padres (Alonso y Beatriz) me pusieron el nombre de Teresa. En realidad, soy Santa Teresa, reencarnada en nuestros tiempos. Los que me oyen decir esto creen que padezco desarreglos psicológicos. Pero se equivocan. Tengo diversas pruebas. Por ejemplo, escribo mi vida, y quiero ir al Estado Islámico a que me descabecen. También a veces tengo visiones misteriosas. Aún no consigo levitar, pero sigo practicando. Eso sí, si alguien me lleva la contraria, me pongo furiosa, incluso violenta. El otro día, mis padres llamaron a Ángel, un amigo psicólogo, para que charlara conmigo. Él les dijo que se encargaría de todo, y les recomendó que pasaran fuera el fin de semana. Para descansar, les dijo. Pero no sé de qué. Anoche Ángel y yo tuvimos una charla a solas, en la cocina. Cuando me dijo claramente que no creía que yo fuera Santa Teresa cogí un cuchillo para castigarle. Luego me fui a dormir. Esta mañana, al despertarme, he recordado que he tenido una transverberación, aunque no era Ángel quien me atravesaba el corazón a mí, sino al contrario. Pero ¿había sido sueño o realidad? Fui a la cocina a comprobarlo. Lo que vi me sacó de dudas. Después, me he puesto a escribir el episodio en el libro de mi vida. Como me he enterado de que hay un concurso de microrrelatos coincidiendo con mi quinto centenario, he decidido participar para que los abulenses me vayan conociendo mejor. Acéptate Laura Jiménez Jiménez 93 Estaba muerto. Todos lo estaban. Como si de un sueño se tratara, comenzaron a entrelazarse imágenes aparentemente inconexas turbándole el sentido y amargándole la realidad. Yo no pude ser. Yo no he sido. “Todo asesino, psicópata, criminal, tiene detrás de sus actos una historia digna de ser tenida en cuenta” reflexionó. “Un ajuste de cuentas, carencias afectivas en su más tierna infancia, el pago por sus servicios, la necesidad de que dicha persona desapareciera de la faz de la tierra, el placer de matar…” En el momento de que ese pensamiento aparece en su cabeza, una sombra fugaz de lucidez lo acompaña. Ese deleite que acompañaba al poder de arrebatar una vida a golpe de cuchillo… Ese no era él. No podía serlo. Y sin embargo las evidencias estaban ante sus propios ojos. “Acéptate tal y como eres y solo entonces serás feliz” el recuerdo de las sabias palabras de su abuela le lleno de una oleada de calidez. Si, así era él, aunque había tardado en descubrirlo. Por fin podría aspirar a esa felicidad que siempre le había sido arrebatada. Y se dejó llevar. La pista del séptimo poni Ricardo J. Gómez Tovar. 92 I. Todo ocurrió de noche, a principios de septiembre. Aquella antigua ciudad de santos y de cantos se despertó con una notable ausencia en su patrimonio artístico. ¿Dónde habría ido a parar el verraco vetón que, tras su férrea verja, evocaba el misterio de la Edad del Hierro? El primero en descubrirlo fue un basurero, que puso el grito en el cielo al cruzar la Puerta del Alcázar. Tras su denuncia, las fuerzas vivas abulenses acudieron a constatar por sí mismas la desaparición de su emblemática escultura. Para tomar cartas en el asunto, se pidió la colaboración de Hércules Poirot, el célebre detective belga, quien, sacudiéndose el bigotillo de las migas dejadas por uno de los mojicones que había ingerido, comenzó a inspeccionar el lugar del delito. –No han salido de la ciudad –murmuró el sabueso para sus adentros, mientras se agachaba a olfatear una pista que, a los demás concurrentes, parecía invisible–. Incienso, romero y… –repitió en voz casi inaudible Poirot, como si se tratase de una cantinela privada. – ¿Hay alguna feria activa en estos momentos? –inquirió con gesto serio. –El mercado medieval que se celebra todos los años, señor Poirot. El detective volvió a olisquear la escena del crimen y luego añadió: –Llévenme allí. No hay tiempo que perder. II. El puesto de ponis se hallaba ubicado junto a otro estante que vendía productos como incienso o aceites esenciales. Tras exclamar enigmáticamente “¡¡Especias!!”, Poirot pidió a los agentes de policía que averiguaran cuántos caballitos enanos figuraban inscritos en el registro de aquella atracción de feria. Estos no tardaron en regresar con los datos requeridos. –Très bien. Caballeros, si este documento sólo menciona seis petits chevaux, ¿pueden ustedes explicarme qué hace un séptimo poni estático y tapado completamente con una manta? Hércules Poirot se alejó canturreando en dirección a la egregia muralla que custodiaba la ciudad. Sería un delito mucho más grave que el que acababa de resolver no probar aquel dulce de yema del cual le habían hablado auténticas maravillas. Johan Olaf Sodemark Martín Vilches 91 Estaba a punto de tirar la toalla. No podía más. Acababa de salir con mi hija del comedor social entre deprimida y avergonzada y, por más que la miraba, no encontraba tampoco en ella fuerzas para continuar. Mentalmente me repetía que mis sentimientos no eran propios de una madre. Ya me daba igual. Continué sacando mis últimas cosas de la casa; cajas con vinilos de Satie, las suites para violonchelo de Bach o un directo de los Maiden y, entre ellas, bajo la vieja manta de Rodrigo, la escopeta que se empeñó en dejarme el abuelo en herencia. Subí todo a la furgoneta. Fui bajando por la Avenida de Madrid hasta detenerme en un paso de cebra frente al restaurante chino. Por la ventanilla vi a parte de la corporación municipal inaugurando en la rotonda el simpar monumento de la glorieta de las teresas. Estaban radiantes, encantados ¡iban a pasar a la posteridad! No pude soportar sus gestos de autocomplacencia, su indisimulada ramplonería, su falsedad. Cogí la escopeta de perrillos, que resultó estar cargada. Apunté por la ventanilla sin acabar de decidirme por el primer objetivo… ya está. No sé por qué lo elegí, pero lo hice. Apreté las mandíbulas. Cerré los ojos. Tensé la mano… Pasado lo que me pareció un siglo miré de nuevo y vi que habían caído todos, uno a uno, desplomados. Víctimas del síndrome de Stendhal. Otro centenario Lope de Bernuy 90 A última hora del 18 de junio de 1815, Napoleón Bonaparte ordenó en Waterloo a su doble (un primo suyo que cumplía muy ufano esta función), que le sustituyera al mando de lo que quedaba de la Grand Armée. Disfrazado de campesino logró llegar a España y se fue a Ávila a reclutar un centenar de sus famosos guerreros avileses, con los cuales proyectaba recuperar el trono. En Ávila se puso en contacto con un canónigo, antiguo afrancesado, al que contó su proyecto. Pero todo se truncó de raíz porque el clérigo le envenenó durante una merienda con picatostes y limonada (a la que añadió zumo de cicuta). En realidad no pretendía asesinar al emperador sino provocarle un doloroso retortijón de tripas como venganza porque durante la francesada los soldados que saquearon Ávila le robaron una docena de salchichones que tenía reservados para - durante la inacabable Cuaresma que se acercabamerendar, en la misma mesa camilla que con el francés, con una retozona moza de Mingorría que trabajaba como limpiadora en la catedral. El asunto pasó desapercibido porque Napoleón vino de incógnito. Pero, pasados los años, el canónigo confesó in articulo mortis el asesinato a un sevillano que se hacía pasar por un joven presbítero que iba en peregrinación a Santiago. El falso clérigo escribió al llegar a su posada este suceso en una carta que pensaba mandar a uno de sus amigos de Sevilla. Pero, después de quitarse la sotana, esa misma noche se fue a tomar unas jarras de tinto en un figón del barrio de las vacas. Para su desgracia se cruzó con un mozo de Solosancho que llevaba embarcadas tantas o más jarras que él y que le metió por la boca una navaja de Albacete, cuya puntita salía por el colodrillo. “Nunca vi cosa tal”, escribió el juez que levantó acta del suceso. Precisamente ayer, 18-VI-2015, en un legajo del AHPAv titulado “Varios”, encontré, mezclado con otros asuntos de menor interés, el expediente que trata sobre este asunto. El abrecartas Francisco Corrales Fernández 89 El abrecartas con que Víctor acaba de partir el corazón de la vieja Ana reposaba hace unos minutos en una caja de latón. Ahora sus cachas de nácar están manchadas de óxido y sangre, porque su filo acaba de seccionar un cuerpo. Pero cinco atrás años ese abrecartas aún rasgaba unas misivas con requerimientos del juzgado, que hace diez fueron cartas de rechazo de las editoriales, y hace veinte, cálidas epístolas de amor en las que ella le recordaba su promesa mientras paseaban bajo las murallas de Ávila; yo seré tu escritor, Ana, claro que sí, Víctor, tú será mi san Juan y yo tu santa Teresa. Precisamente hace un cuarto de siglo, el destello lunar de esas cachas en el escaparate de una tienda de antigüedades de la plaza Mercado Chino fue lo que animó a la joven Ana a regalar a su prometedor novelista tan aristocrático objeto. En una de esas cachas hizo grabar la cita, ahora ilegible por culpa de su sangre tan espesa: Amar es vivir. El atraco Desigual 88 Observaba distraído la mañana lluviosa de Ávila a través de la cristalera cuando sonó un disparo. En segundos todo el mundo estaba en el suelo intentando escudarse tras el cuerpo de al lado. La entidad bancaria se convirtió en una jungla de mudas preguntas y miradas ocultas tras los ojos. Nadie hizo el menor movimiento ni dijo una sola palabra, y el terror afloró como un campo en primavera. Él ni se inmutó. Siguió de pie esperando su turno para actualizar la libreta como si en su cabeza no hubiera más objetivo que ese. Y de pronto la vio. Allí estaba ella, la mujer que noche tras noche pernoctaba en sus sueños de suicida deteniendo sus pasos por el viaducto hasta hacerle ver lo inútil del intento. Cada noche lo envolvía en su piel de enredadera, por donde trepaba a los muros de los sueños prohibidos, hasta hacerle olvidar su rencor por la vida. Era Laura, sin duda, la reconoció por la luna azul en el tobillo, el amuleto de cuentas de cristal, la determinación prendida en cada gesto. Apuntaba al director del banco con un arma absurdamente pequeña, que le hizo cosquillas en la memoria y derritió sus miedos. Con determinación se dirigió hacia ella: “Eres tú —susurró al antifaz que cubría la mitad de su cara—, Laura, eres tú”. La mujer lo miró sorprendida durante unos segundos, después su risa ácida goteó por techos y paredes como si fuera llanto. “Al fin te encuentro —siguió él— al fin eres una realidad”. Ella le apuntó a la cara con el revólver y lo miró con la satisfacción de quien consigue algo esperado mucho tiempo: “Sí, al fin la vida te pone en mi realidad, al fin termina mi condena de salvarte cada noche para luego ser utilizada como antídoto a tus fracasos, al fin dejaré de ser la heroína de tus sueños y la marioneta de mis pesadillas”. El disparo desparramó sus sesos por el elegante alicatado de la sucursal bancaria. El asesino y yo Voynich 87 Me sentí perdido en mitad de la noche, atrapado en aquel callejón de Ávila en el que ya habían muerto siete turistas despistados. Habría podido jurar en ese momento que aún se escuchaban sus gritos flotando en el aire, retorciéndose junto a los contenedores como promesas en las comisuras de los labios, perdiéndose entre las ratas más allá de las alcantarillas. Con la punta de mis dedos rozaba los restos de la sangre ajena, y la mía, veloz y palpitante, me impulsaba a correr, a escapar. Entonces apareció. Su silueta recortándose contra la luz de una farola, la sonrisa metálica y rutinaria, los pasos profundos, como clavos penetrando en un ataúd. El terror me dominaba, no era capaz de hacer otra cosa que verlo avanzar hacia la víctima número ocho, y cuando por fin se abrió el gabán y asomó en su puño el filo de un machete, no pude más, cerré el libro y dejé de leer. Caso insólito Javier Rodríguez Arroyo 86 Ayer apareció otra nueva víctima. Esta vez junto a uno de los leones de la Plaza de la Catedral. Y ya van tres: la primera dentro de la fuente de la Sierpe de San Antonio, la segunda sobre el verraco de la plaza de Adolfo Suárez y esta última a los pies del león. Algunos graciosos andan comentando que la próxima será arrojada al cocodrilo del santuario de la Virgen de Sonsoles y que éste dará pronta cuenta de ella, pues lleva varios siglos sin comer. Pero la gente de bien está cabreada y demanda más implicación a las fuerzas del orden que, según parece, no hacen más que lavarse las manos: la policía nacional aduce no ser competente, los municipales que debe encargarse la Guardia Civil y éstos, que los municipales. Es tal la indignación de la ciudadanía, que se acaba de constituir una asociación de víctimas bajo el lema de “Que curren los maderos, culpable al matadero”. Como medida de presión, dos de sus miembros han iniciado una huelga de hambre amarrados al pedestal de la estatua de la Palomilla. Al fin, la prensa nacional y la televisión se han hecho eco de este caso tan insólito. No hay precedentes en los anales de esta vieja y santa ciudad de la presencia de un asesino en serie, y menos aún, de perros. Una chica lista Roberto Guillén Alonso 85 Sus propósitos de enmienda solían durar apenas unas horas. El abogado lo sabía. Pese a su corta edad, tenía ya un buen historial, aunque nunca nada demasiado grave. No se contentaba con prostituirse; una chica tan joven y tan hermosa podía sacar mucho dinero dedicando un poco de tiempo a ese oficio. Pero ella además drogaba a sus clientes y les robaba. Esta vez la habían cogido en un buen hotel del casco viejo de Ávila. Era lista y no repetía hoteles. Se movía por varias ciudades. El abogado también sabía que no había malicia en ella. Contempló sus ojos azules, húmedos y suplicantes. Incluso en aquella fría sala de entrevistas de la prisión estaba preciosa. Su pelo cuidadosamente desordenado, sus labios brillantes... Sabía cómo reclamar su atención. Pero él no era un mal abogado. No podía cometer perjurio para salvarla sólo porque se hubiera enamorado de ella. Abatido en su silla, manoseaba nerviosamente un pequeño calendario, calculando fechas para el recurso. Ella le acarició el pelo. Buscó su mirada. Le besó. Al diablo. Era un pésimo abogado. Cuco Cristian Berga Celma 84 Desde niño le llamaron “Cuco”. No pasaba de ser el muchacho sin sustancia que aprendió a medrar aprovechándose de la posición preeminente de su familia, de sus amigos siempre más graciosos y de las asociaciones juveniles que le uniformaron y le abrieron la ciudad a sus correrías consentidas. Cuando nos conocimos yo acababa de descubrir las formidables explosiones que producían las piedras de carburo arrojándolas desde el puente viejo al Adaja, sobresaltando a los pocos trabajadores que restaban en la harinera. Aquellos fuertes muros fueron testigo de nuestro primer encuentro y marcaron el devenir de nuestra relación, y las aguas que los atravesaban vieron su estrella correr aguas abajo y mi destino siempre a contracorriente. Mientras pasaba del carburo a la gasolina, a los alcoholes y parafinas él se arrimaba a los círculos que en cada momento más influían, entraba en el partido y se casaba bien. El “Cuco” volaba alto. Éramos jóvenes cuando me necesitó por primera vez, debía quemar el edificio y unas cajas con documentos de una gran empresa que había quebrado, me traspasaba el encargo, debía, ante todo, mantener las manos limpias como le habían enseñado. Y me buscó, me buscó, me buscó… El edificio iba a ser derribado esa noche, debía llevar al inmueble todo lo de la caja fuerte y dejar que el zumbido trepidante de las máquinas envolvieran en cascotes las historias que convenía ocultar. Cada vez que lo veía en las noticias de la noche volvía a oír el canto del cuco, incansable, rítmico, incansable, premonitorio. Supo mantener su promesa hasta la pasada semana. Su último aliento Alberto Martín del Pozo 83 La solitaria bombilla que pendía del techo apenas iluminaba el centro de la estancia. Allí, un hombre se debatía contra las cuerdas que le mantenían maniatado. Un portazo rompió el silencio a sus espaldas. Pasos. Hacía mucho calor y el sudor que le corría por la frente le hacía llorar. Intentó secarse la cara con el hombro, pero al forzar el brazo las cuerdas que le ataban a la silla le recordaron dolorosamente su presencia. Una figura encapuchada -una mujerapareció de la nada delante de él. Vaqueros, camiseta, brazos musculosos, manos delicadas y un enorme cuchillo en una de ellas. Se acercó a él, apoyó el cuchillo en su cuello y le retiró la mordaza de la boca. -Ha llegado el momento -dijo ella -Lo supongo -contesto él. -Si nos contases lo que queremos saber... El hombre sonrió y fijó su mirada en los ojos negros que se entreveían bajo la capucha. -No. -Tú mismo. Desapareció en la oscuridad de la sala y regresó pasados unos minutos con un maletín del que extrajo un diminuto bisturí. -¿Vas a matarme o a torturarme? -preguntó. -Ambas cosas. Acercó poco a poco el bisturí a los ojos de su rehén. Cuando apenas unos milímetros separaban el metal de la sudorosa piel, un silbido prácticamente inaudible rompió el silencio. Se miraron fijamente durante unos segundos. -¡Cabrón! -gritó ella dando un salto hacia atrás tapándose la nariz. -Yo... -¡Corten! -un tipo con una gorra de béisbol, camisa de cuadros y vaqueros usados salió de entre las sombras- ¿Qué cojones pasa aquí? -El tío este y sus putas ventosidades. -¿No me jodas que te has tirado un pedo? - preguntó el de la gorra. -El chuletón, las judías del Barco... -¡Te dije que comieras ligero! -¡Pero es que estamos en Ávila! -Joder, Jorge. ¡Qué peste! ¡Abrid unas puertas para ventilar esto y volvemos a rodar! Hay que acabar esta toma -Yo… lo siento. -Tú calla y controla tus esfínteres. Venga ¡a sus posiciones! ¡rodando! Historias de la mafia Silvia Asensio García 82 El chófer recorrió la Avenida Madrid, luego tomó el primer desvío a la izquierda en dirección al casco antiguo. Llovía a cántaros y el limpiaparabrisas se movía rítmicamente mientras sonaba en la radio una canción de Toto Cutugno. Salvatore vestía traje mil rayas hecho a medida y zapatos impolutos. Se entreabrió la gabardina, sacó el arma y le colocó el silenciador, el mismo gesto repitieron los dos hombres que lo acompañaban. Se bajaron del coche, entraron en el local y sin mediar palabra dispararon vaciando sus cargadores por completo. Volvieron al vehículo sin levantar sospechas. La deuda había sido saldada. Utopía Augusto Casaubón 81 Los ojos de mis hijos espejaban su ilusión al encontrar los regalos de los Reyes Magos. Su miraba desfilaba de un paquete a otro, sin decidir cuál debían abrir primero. Desde la privilegiada vista que ofrecía la ventana del salón, el cimorro de la catedral del Cristo Salvador recortaba el precioso arrebol con que habíamos amanecido. A una distancia prudencial de nuestros hijos, Marta capturaba el momento con la cámara de fotos de su teléfono móvil. Los dedos de su mano libre buscaron los míos cerrándose a su alrededor, completando el eslabón de una cadena invisible. Los restos del postre y zanahorias eran testigos del paso de los Reyes y sus camellos; y ni siquiera las evidentes manchas bermellonas en el parqué, debido a la rotura de una botella de vino, y las serpentinas sembradas por el suelo desentonaban con la escena… Así que, contestando a su pregunta, diría que sí. Mi vida se podría calificar de idílica. —Entonces, ¿por qué lo hizo? Su Señoría rozaba con los dedos los hilos de las puñetas de su garnacha como si afinase un instrumento musical. Parecía absorto en ello, pero su pregunta pilló por sorpresa a la audiencia y dejó un denso silencio flotando por toda la sala. Se irguió sobre el lujoso sillón de cuero y me escrutó intentando adivinar unos motivos que se le escapaban. Levanté los ojos y en su faz se reflejó incredulidad. Él debía esperar la mirada de un Alfonso el Batallador implacable y ávido de sangre; mas yo sólo pude obsequiarle con pesadumbre y resignación. —Supongo que hay personas que no sabemos ser felices. Fatales despropósitos Ziortza Moya Milo 80 La muerte accidental de mi abuelo, nos dejó a todos en el estupor más absoluto. Ocurrió el día que volvía a Ávila, su tierra natal, en tren nocturno. El carácter absurdo y estúpido de su fallecimiento, me obligó, como no podía ser de otra manera, a hacer una serie de pesquisas que la policía, por desidia o ineficacia se negó a realizar. De tales averiguaciones saqué ciertas conclusiones: A las 20.30 horas del día D, se producía una pelea entre hermanos en el piso contiguo al de mi abuelo. Él, a sabiendas que eran chicos jóvenes, que discutían diariamente y por cualquier motivo, dejó la cosa estar. De repente alguien llamó a su puerta: era uno de los hermanos cubierto de sangre, pidiendo auxilio y comentando que había sido acuchillado en el vientre. Tenía un bate en la mano. Mi abuelo sin saber muy bien que hacer, le tumbó en la cama y llamó al 112. Cual fue su sorpresa, que al presionarle la herida, un olor que no era sangre acudió a su nariz. Era tomate y había sido objeto de una broma. El "herido" salió corriendo. Poco después, escuchaba las carcajadas de los granujas al otro lado. A todo esto, la ambulancia y la policía llegaron. Mi abuelo intentó explicarles lo ocurrido, pero viendo que era un anciano, pensaron que padecía demencia senil. Al ver que nadie le comprendía, se puso cada vez más nervioso. Al verle así, los auxiliares pretendieron tranquilizarle administrándole un ansiolítico. Se equivocaron de blister y le administraron morfina. Acto seguido, mi abuelo comenzó a marearse por sus efectos, y un policía intentó llevarle a la cama, con tan mala fortuna que tropezó con el bate del chico y los dos cayeron al suelo. Mi abuelo se pegó tal golpe con la esquina de la cama, que poco después entró en coma por traumatismo craneoencefálico, del cual no salió. Su última frase antes de entrar en la oscuridad absoluta fue: "yo solo quería volver a Ávila". Amarillo Atticus 79 El bar era de madera. Allí, en algún lugar de la AP-51 que unía Ávila con Madrid pasaban un programa de pesca y una chica pelirroja con cara de puta intentaba poner cachondo a un camionero. –Entendido. –Masculló, y le pasé una nota– Aquí está la clave de la caja de seguridad en la que depositaré los tres mil restantes. Por un momento notó su tacto frío de serpiente. Ni siquiera asintió, se levantó, guardó el papel en el bolsillo izquierdo de sus desmadejados jeans y se fue a mear. La situación era absurda, allí solo con aquella Gredos a medio apurar y rodeado de toda esa gentuza, él, flamante empleado de banca con traje de Tucci. Miró su teléfono móvil y comprobó las seis llamadas perdidas de su esposa. No esperó a que su “socio” saliera del baño, emprendió la ruta de vuelta, le aguardaba una importante reunión de trabajo. Durante el trayecto ensayaba caras de sorpresa y consternación cuando le comunicaran la noticia. La nieve caía con parsimonia. Pensó que todo era relativo, que no solucionaría nada, pero ya no había marcha atrás. De repente, una lucecita amarilla saltó en el manos libres, era ella. Se retiró hacia una vía de servicio, “ya terminé, todo bien, cariño”, la tranquilizó. Ella le notó triste, y eso la enfureció. Estaba cabizbajo y lleno de remordimientos, al fin y al cabo era su mujer y a esa misma hora al día siguiente sería un fiambre. Aun así, sacó toda su cólera para preguntarle si pensaba que el mundo era gratis y el dinero caía del cielo. Su esposa siguió gritando, y sus palabras formaban un puré de difícil digestión. Para entonces la mente del tipo se perdía en la imagen del nuevo conjunto de lencería amarilla de Pamela. Trancó el celular con una sonrisa tonta dibujada en su cara mientras se extraviaba hacia un incierto camino de baldosas amarillas. El asesino de las murallas Agustín García Delestal 78 El comisario Bermúdez, sentado a su mesa de trabajo, leía con voz carrasposa una noticia publicada en primera página del “Diario de Ávila”. Su ayudante, Ginarte, escuchaba: “Anoche actuó de nuevo el asesino en serie de las murallas. Arrojó el cuerpo de una prostituta estrangulada en las escaleras de La Malaventura. Al parecer, el dispositivo policial camuflado en la zona detuvo una persona sospechosa. Este crimen pudo evitarse si se hubiese detenido hace días a cierto sospechoso, pero el juez tachó de ridículos los indicios presentados por el comisario. Esperamos con ansiedad la resolución de los asesinatos y el final de la psicosis colectiva en nuestra ciudad, aterrorizada por la muerte de cuatro mujeres cuyos cuerpos fueron encontrados en otras tantas puertas de las murallas en el transcurso de las últimas semanas. Seguiremos informando”. —Ginarte, refréscame la memoria. El juez me lo preguntará y… ¿Cómo dedujiste que encontraríamos el cuarto cadáver en La Malaventura? —Hace años, resolví una “sopa de letras” del Diario. Para solucionarlo, tuve que localizar el nombre de las nueve puertas —respondió este—. Me costó lo suyo; investigué los nombres originales, no los actuales. Tras los primeros asesinatos, lo recordé, realicé un listado de las denominaciones, comprobé que el asesino utilizó las tres primeras por orden alfabético y deduje cuál sería la cuarta. —¿Y la fecha? —De casualidad. Cavilé muchísimo ante una maqueta de las murallas. Cotejé las fechas de las muertes precedentes. Realicé muchos cálculos. Cuando ya desesperaba, conté las almenas existentes entre las puertas en que se cometieron y estas coincidían con los intervalos de tiempo. —Por fin, ¿cómo averiguaste el nombre? —Debía ser una persona que amara las murallas y odiara las mujeres. En una ciudad pequeña, resultó sencillo. Segundo, feo como una blasfemia, fue autor del pasatiempo del Diario y, por su físico, se mofaron de él las prostitutas del burdel del barrio abajo. Ellas lo desnudaron y lo obligaron a regresar a su casa sin ropas. — ¡Bingo, Martín! ¡Eres un genio! —exclamó el comisario. Un suceso patético y cruento El Juglar 77 • Un suceso aconteció en Ávila, considerado jocoso, ruin y cruento, consecuencia de una infame venganza sobre amor truncado, odio y celos. • Doña Madrona fue noble dama, enamorada estaba del doncel Ximeno, sus familias el idilio repudiaban, en apagar su pasión harto empeño. • Residían en colindantes moradas, una tapia separaba sus huertos, ambos, con pozos de abundante agua y jardines para el solaz esparcimiento. • Por encima de aquella tapia le envió una carta el caballero, leyéndola quedó Madrona horrorizada, la inminente desgracia presintiendo. • “Madrona, mi decisión está tomada, que si a vos, no os tengo, y del dolor ajeno soy la causa, hoy mismo me hallaréis muerto.” • La dama sollozando le gritaba: “No lo hagas Ximeno, Santo cielo, que también a mí me matas, y vivir sin ti no puedo”. • Raudo Ximeno al pozo se arrojaba, y nadando vio un extraño reflejo, la luz del más allá consideraba, por distinto pozo emergiendo. • A su dama contemplaba asustada, ¡no tengas miedo, te lo ruego, ni me tomes por un fantasma, soy Ximeno vivo y no muerto! • La experiencia supieron aprovecharla, pues nadando tan corto trecho de su pasión, bien se gozaban, confiando en no ser descubiertos. • Madrona lágrimas de sangre derramaba si con retraso llegaba Ximeno, mas sus familias fueron alertadas de aquellos acuáticos encuentros. • De zanjarlos, un pariente se encargaba, y viendo a Ximeno del pozo saliendo, cortó la cuerda por donde trepaba el osado doncel, al fondo cayendo. • A Madrona se acercó iracundo amenazándola, ¡como vuestro amante, moriréis presto, por mancillar nuestra honra y fama, ve a llorar sangre al infierno! • Aquellas dos vidas fueron segadas siendo víctimas del orgullo necio, de la absurda y recta intransigencia imperante en aquellos tiempos recios. • Después, afirmaron gentes de Ávila, las almas de Madrona y Ximeno en los pozos ambas se citaban, oyéndose suspiros y requiebros. • Este juglar su narración acaba, dejando constancia de aquel suceso del que se burlaron las malas lenguas, considerándolo divertido y patético. A tierra de moros Tiatoribia 76 Los arqueólogos hallaron en las inmediaciones de los Cuatro Postes los restos de lo que parecían ser dos niños descabezados, varón y hembra de unos siete u ocho años. Al parecer, los agentes del Ministerio del Tiempo llegaron tarde a su misión y no pudieron impedir que el tío de los dos muchachos muertos se entretuviera más de lo normal en el camino. Junto a los restos humanos se halló también una cimitarra de grandes dimensiones. Nunca se pudo celebrar el V centenario. Desesperación de una madre Tommy 75 Juanita era una viuda de apenas veinticinco años. A su marido Alfonso, lo mataron unos meses antes de terminar la guerra civil, pocos días después de enterarse que su mujer estaba embarazada. Vivía en la calle empedrada, con su hija Leonor, en un cuartucho que a duras penas podía pagar haciendo algún encargo de costura. Leonor tenía apenas tres meses. El hambre la hacía llorar a todas horas, la leche de Juanita se había secado por no poder alimentarse. Las vecinas la daban lo poco que podían. Le habían dado un poco azúcar, que disolvió en agua para dárselo mojado en un trapito, como si fuera un chupete. Juanita cogía la niña en brazos y mientras la mecía le cantaba una nana. Mojaba el trapito en agua con azúcar y la niña parecía que se calmaba... se dormía un ratito y después despertaba y lloraba más fuerte. Juana ya no sabía qué hacer. Para robar no valía y además a quien, si todo el barrio estaba igual. Al amanecer mientras la acurrucaba en sus brazos, la desesperación y el hambre la nublaron la mente. Acostó a la niña, se vistió con la ropa más decente que tenia, se peino en el espejo y se acerco a la niña, ella no quería... Pero con la almohada aplasto su pequeña cabeza y la niña dejo de llorar. La envolvió en su blanca y suave toquilla, y por un instante, antes de cerrar la puerta miró aquel cuartucho como con desprecio. Y con su hija en brazos ya muerta, subió la cuesta hasta el arco de La Santa. Bajó por Vallespín hasta el puente Adaja. Allí rezó una oración y besó el cadáver de su hija. La apretó con fuerza. Y se tiró al rio. Obsesión Javier Rodríguez Arroyo 74 La muralla me impedía hacerlo. Al principio, bastaba con barruntarla a la vuelta de la esquina para sentir su pétrea y protectora presencia. Mi cuerpo se relajaba, mi voluntad se acurrucaba plácida contra el lienzo. Pero en cuanto escuchaba aquél sonido que me vibraba por dentro, mi obsesión volvía, con más fuerza si cabe. Cada vez me costaba más dominarme. Una noche en que me acosté temprano, cansado tras un largo día de trabajo, me desperté sobresaltado. Todo estaba en silencio. Ni siquiera se oía el roce del viento sobre la vieja ventana de la habitación. Intenté dormir pero fue en vano. Cogí un libro pero las letras se volvían borrosas al tratar de leer. Al fin me levanté y me asomé al balcón. Una luna desvaída y enfermiza sobresalía del campanario de la iglesia de San Pedro. Y entonces volvió a ocurrir; aquel golpeteo metálico en mi pecho, aquella voluntad extraña que me tomaba para sí. Traté de girar la cabeza hacia la muralla; en solo un segundo contemplaría la puerta del Alcázar y su torre inexpugnable y salvadora. No fui capaz. Estaba perdido. Dicen que fui yo. Que soy un asesino. Que tengo las manos manchadas de sangre inocente. Que no merezco vivir en este mundo de Dios. Pero yo no sé nada, no recuerdo nada. Solo sé que aquella mañana me desperté junto al Adaja, dolorido, ensangrentado y con una suerte de resaca. Y apenas unos metros más allá, en el río, un cuerpo menudo e inerte, enrollado en una túnica blanca, cuyo brazo desnudo y lampiño se mecía a merced de la corriente, tintineante. Semianalfabeto Armando Aravena 73 Se jactaba diciendo que nunca había entrado a una biblioteca y que no por ello la sociedad le había cerrado las puertas. Pero ocurrió una vez que habiendo entrado a media noche a robar a una joyería en pleno centro de Ávila, se encontró con aquello de: SON – RÍA, leyó con la dificultad habitual. Al instante –y como siempre– le vino el recuerdo de su maestra reprendiéndolo por sus habituales ausencias a clases. Siguió después introduciendo relojes y joyas en su mochila. LO ES–TA–MOS, leyó después cuando volvió de nuevo su vista al cartel. Luego se agachó para sacar las herramientas requeridas para abrir la vitrina. GRA–BAN–DO, leyó después y desganado dejó caer la poderosa maceta sobre el piso. Cogió entonces su mochila guardó sus herramientas y salió raudo perdiéndose por el oscuro pasillo. BURRO Los riesgos de ocultarle un secreto a la persona equivocada Silvia Gabriela Vázquez 72 Azuzada por la seguridad de que nadie podría interesarse en nada que ocurriera en este sótano oscuro, sin ventanas ni estrellas, salgo de mi escondite de palabras. Dos pasos más tarde oigo mi nombre escapándose estridente de tu boca, trepándose a mi nuca. Entonces, sin hacer ruido, busco dónde esfumarme. Lo presiento…descubriste que guardaba un secreto. Comenzaste a sospechar en el momento exacto del desembarco, aún antes de abrir las valijas o desplomarnos -tú sobre aquel sillón, yo en el borde de la cama- agotados por el viaje. Callamos, recurriendo al encantamiento sutil de los silencios inventados, para no provocarnos una herida verbal irreparable. Desde entonces, sin embargo, tu comportamiento ha sido absurdo. Ayer, por ejemplo, te negaste a probar un sorbo del café que luego me obligaste a beber sin quitarme los ojos de encima, como esperando algo… ¿Y el domingo? ¿Recuerdas? Se te volcó un vaso de agua en la escalera y olvidaste avisarme. ¡Fue una suerte que hayas estado allí, en el descanso! Me hubiese caído desde el último peldaño si no fuera porque tironeaste con fuerza de mi bufanda ¡todavía tengo marcas en mi cuello! Te he notado así, ansioso y distraído, desde que llegamos a Ávila. Al principio supuse que te sentías ajeno en esta ciudad bellísima pero amurallada. Tan diferente al bullicioso centro en el que decidimos asociarnos cuando no imaginabas siquiera que, mucho tiempo después, te ocultaría algo lo suficientemente importante como para que mataras por ello. Ahora un hilo de luz se mete a empujones por la claraboya y me miras como quien pregunta. Quisiera avisarte que estoy muerta, aunque no vas a creerme. Jamás crees lo que digo. Me acostumbré a que me trates como una niña ingenua y mentirosa. Sabes que sigo escondiendo un secreto. También eso, el ocultamiento, era parte del misterio y no tendrías que haberte dado cuenta. Estoy perdida. Desde aquí veo los guantes de cuero negro que has dejado sobre la mesa. Es extraño. Estamos en plena primavera… Ávila en la eternidad Isidro Hidalgo Gasch 71 En un día claro y frio, sentado sobre una piedra de granito gris, solo se podía soportar ese índice climatológico por el calor que desprendía la piedra que previamente se había calentado bajo el sol. Así transcurría el pensamiento de la mañana, tan clara que dañaba a la vista, y mi mente despejada se trasladaba de nuevo a la oscuridad, tan oscura. Aquellas tardes que la convertía en una ciudad fantasma. Nadie pasaba por las calles, sin vida, de repente era una ciudad muerta. No nos gustan los humos de las fábricas ni los ruidos de las máquinas, preferimos este aire puro, tan puro que pudre el alma, preferimos este terrible silencio, tan mudo que se convierte en llaga, impidiendo el libre pensamiento. Y de repente aparece el embozado por una de las calles estrechas con ruido de sables que provocan el deseo del duelo y hasta la sangre es oscura, un rojo rondando el negro. ¿Cómo era posible que un día tan brillante me trasladara a una sensación mental de penumbra? Ni una nube, ni augurios climatológicos adversos podían haberme llevado a tal situación, entonces quizás se trate de recuerdos. No; era una realidad, tan real que podía sentirla en mis dientes, tan cercana que me abrigaba entre sus telarañas grises, tan grises como el granito y me abrazaba con tanta fuerza que me impedía el movimiento. Sensaciones basadas en hechos reales que se van alojando en mi mente y en total desorden provocan la soledad cuando te encuentras acompañado, te hacen sentir escalofríos con un sol brillante, te gritan en silencio, y en total desorden te hacen sentir pequeño, delante de un poder extraño e irreal, tan irreal que lo desconoces. Ese poder intrascendente que solo existe en tu pensamiento y que desaparecerá en cuanto le contestes y saldrá espantado de tu alrededor con un leve soplido al conocer la claridad de tu mente, de ese día soleado, de la altitud, de la cercanía al cielo, la claridad de la amistad. El sueño oscuro Isidro Hidalgo Gasch 70 Los gélidos días producen un desierto en las calles, el viento dejó mi rostro escarchado, tras la escuela, madre me había preparado la merienda y padre, me llamó a voces: “baja corriendo a ayudarme” me gritó, y sin terminar el trozo de pan con tocino bajé al instante para evitarme una paliza. “Tienes que llevar el pan de hoy al tío Bartolomé que no ha podido venir”. El tío Bartolomé se pasaba el día en la cantina bebiendo, no soportaba tener que llevarle el pan, ya que tenía que pasar por aquel barrio oscuro, vacio y de calles estrechas. Al acercarme a la calle de los duelos se podían oír los ruidos que producían los sables de dos batientes. Empecé a gritar llamando a los guardias pero nadie contestaba. Caminando y mirando atrás oía el sonido que producía el viento en un lugar plagado de tanto silencio, era ensordecedor, detrás de cada puerta cerrada podría encontrarse la sorpresa del ataque. Fue en este último pensamiento cuando se oyó el crujir de un cerrojo que abriéndose bruscamente y posteriormente la puerta, saliendo de ella un brazo que me agarró y me introdujo dentro del patio de la casa a oscuras y me dijo: “Ya era hora, creí que nunca llegaría mi pan ”. Había sufrido unos segundos tan intensos que me había quedado sin respiración, cuando por fin reconocí que era el tío Bartolomé, aspiré con tanta fuerza que creí desmayarme. De regreso, a pocos metros de la plazuela que existe al final de la calle cuando ya se divisaba algún claror procedente de la plaza, mi talante empezaba a calmarse y comenzaban a desaparecer los temblores, de repente, de la propia pared salió un personaje oscuro y sin mediar palabra clavó su cuchillo en mi costado dejándome caído en tierra. La caída fue tan súbita que del golpe me levante en mi cama sobresaltado y me dije: “nunca más te irás a dormir después de comerte un trozo de pan con tocino”. Coartada para una venganza Jesús Cadarso Díez 69 Como dulce es la venganza, si se sirve en frío… La supuesta puñalada falsa en el corazón de Elías, fue grabada y observada por todo el equipo de filmación junto a la muralla. La cámara así lo mostró, según exigía el guión, elevándose a través de los títulos de crédito; mientras la oscuridad lo ganaba; viscosa, caliente y roja. Temblando, ya casi inerte, aún distinguía la mueca helada de su antagonista, la misma expresión de aquel crío, aterrorizado entre las camas del dormitorio escolar, con el pantalón bajado. La noche en que creyó conocerle, salvo un saludo inicial, cruzaron sólo miradas. – ¡Quédate!, –le había pedido; su vanidad creció viéndole despedir a sus últimos invitados. Ya en el sofá, la penumbra impuso su intimidad. –¡Enhorabuena!. Una velada realmente entretenida, si señor. –Con gente tan simpática como tú, no es difícil que salga bien. –Bueno uno está acostumbrado a muchas cosas dada mi profesión. Soy actor. --Qué interesante, y expuesto al mismo tiempo… --Más expuesto que interesante diría yo, sobre todo cuando estás empezando. –Si, sé que no se puede rechazar algo cuando se te presenta. –Así es; carpe diem, siempre a disposición de quien te contrata. – ¿Y qué tal te va? –No me puedo quejar de como me fue hasta ahora, pero de repente un parón que te atemoriza. Nunca sabes hasta cuando puede durar; eso lo hace insufrible. –Si, sé que es vivir sobre la cuerda floja todo el tiempo. Que rara vez se encadenan unos proyectos con otros. –Juraría que te conozco. –Puede ser, la vida da tantas vueltas. –Soy realmente despistado pero las caras no se me despintan. –Suele pasar, si, otra cosa son los nombres. Se requiere más atención que estudiar un guión. – ¿Quién eres? –preguntó con coquetería, extendiendo los brazos sobre el respaldo. –Otro actor; que puede ayudarte… te propongo un proyecto ya en marcha… con un final aún incierto. Lúdico final Jesús Cadarso Díez 68 Planas y afiladas, como tres espátulas asesinas, vigilan estáticas mi sueño, a no más de metro y medio sobre la cama. Todavía con la película del ciclo de cine alemán que vi anoche en la cabeza, me oigo maldecir por la poca agua fría que llega siempre a la ducha de este desesperante ático, orientado al este, sin ninguna corriente de aire, en el que hace calor y en especial estos dos días de mayo, que anticipan en mi imaginación el tormento por el que tengo que pasar cada verano. De mal humor ya, sin acabar de ducharme, me imagino sudando aun antes de secarme el agua; con este lumbago crónico, del que he acabado por hacer responsable al viejísimo colchón que hoy por fin retirarán cuando me traigan el nuevo. Compacto y muy pesado, es de un visco-látex revolucionario, que me aseguran acabará con mis problemas de insomnio y espalda al mismo tiempo. Parece ridículo tener que recurrir en mayo y en Ávila al aire acondicionado, que desde el salón, llegaría a duras penas a la habitación. Me viene a la cabeza de repente, cómo remover el aire y evitar casi marearme mientras me afeito, pongo crema y me visto. Están al caer los de la tienda y en un rapto de nostalgia, me imagino cómo despedirme de mi colchón; cómplice de lo vivido juntos y con cuantas personas admitimos a nuestra intimidad en estos últimos años. Recuerdo que el verano pasado, contaba la mujer de un amigo, que cuando saltamos sobre una superficie elástica se establece una sincronía específica; como un reglaje o puesta a punto muy saludable, entre los dos hemisferios del cerebro. Por ello reímos cuando saltamos, de manera automática. Mi última oportunidad de saltar sobre uno. En los nuevos materiales, según pude comprobar al elegirlo, te quedas atrapado como un mosquito que cayese en la superficie de una tarta de yema. Divertido, sonriendo por anticipado, voy para el dormitorio. Hinco en él mi pie de un salto, impulsssssssshhhaaaaaaggggrrrrrrrrrrrrrr. Aquel día era gélido Francisco J. Barata Bausach 67 Los médicos estaban equivocados, no soy esquizofrénico, desde que no sigo el tratamiento estoy bien. Hace un día negro, gélido. Apetece pasear ahora que no ha amanecido. Daré vueltas por el centro de Ávila, compraré yemas. En la calle el frio enfada, mi amigo está aterido y cada vez más cabreado. Sugiere que deberíamos hacer una hoguera. Procuro no hacerle caso, muchas veces dice tonterías, me ha hecho matar gente porque olía mal. Voy a intentar no hacerle caso. Creo que será el frio porque no para de hablarme, quiere quemar a una persona, está gilipollas. Estoy dispuesto a hacerle caso si me parecen sugerentes sus ideas, pero quemar a una persona me parece fuera de lugar. Consigo convencerle, como mucho le podría cortar el cuello a alguno, de quemar, nada. Que tenga cojones, salga de mi cabeza y lo churrasque él. Cada vez el frio es más amenazante, necesito entrar en calor. Veo un asqueroso barrendero. No hay derecho a que ese estúpido esté limpiando con tanto frio, mi amigo es muy pesado, insiste en que ese cenutrio merece que lo achicharre. Chico, ¿pero te crees que llevo un lanzallamas?, como mucho le corto el cuello y me dejas en paz. Si tomara las pastillas no podría hablar con mi amigo, los médicos no tienen ni puta idea. Con mi cuchillo de caza, alcanzo al basurero, le digo buenos días y le rebano el cuello, para asegurarme de que no sufra le abro las tripas. Oigo tras de mi gritos, es la policía. Estoy tranquilo, no he hecho nada malo, ese hombre merecía morir. Me resisto, ¿cómo me detienen ahora?, llevo muchos muertos y no les ha molestado nunca. Con cara de crispación me ponen las esposas, yo solo hago lo que me dice mi amigo, no tengo ninguna culpa. Llevo tres años en este Psiquiátrico. Evito tomar pastillas, estoy con él. Cuando quiera, mataré, aquí hay muchos que lo merecen. Mi amigo no para de machacarme, dice que he perdido facultades. Demonios Sergio Chico Candil 66 Corría calle abajo, el frío de la noche se hundía en mis huesos impidiéndome ir más rápido, esta ciudad mágica se convertía en lúgubre con la luna. Mientras esquivaba borrachos, prostitutas y demás gentuza que agonizaba buscando algo que hiciera sus míseras vidas desaparecer, intentaba no tropezar con los adoquines, impidiéndome despistar a mis demonios, que me seguían por lo que había hecho, oscuras y alargadas sombras que avanzaban por los muros de la muralla. Aún olía su olor, esa chica sola y atormentada buscaba consuelo, me sentía igual que ella y quise ayudarla, compartimos penas y acabamos en aquel rincón asqueroso, el hedor de vómitos y orines no me importaba al acariciar su pecho desnudo, pero cuando empezó a desnudarme aparecieron mis demonios, la fuerza se apoderó de mí y apreté su cuello hasta que dejó de resistirse, con una botella rota comencé a destrozar su sexo y entonces se acabó. Recordando había llegado a mi calle, ahí estaba la andariega, mi Teresa, tras ella había guardado mis ropas, con ellas parecía mayor de lo que era, pero yo había decidido llevarlas y con ellas me sentía mejor. No pude dormir, desde mi ventana podía ver la estatua de Teresa recriminándome. La mañana no tardó en llegar y con ella las noticias. EL IMPOTENTE ATACA. No pude moverme de la cama, pero con la luna deseé volver, salí a hurtadillas y cambié mi ropa en busca del calor de una mujer, la encontré llorando y sentí su dolor, cuando se desnudó frente a mí y empezó a bajar mis pantalones, los demonios me hicieron recordar el día en que todo empezó. “Madre, me enamoré de una mujer” ”Pero hija mía, tu educación fue buena, rezaremos y te ayudará”. Rezos, golpes, nada funcionó. Sentí la fuerza otra vez y comencé a estrangularla. Un cristal me atravesó las entrañas y se acabó. Desperté en una celda maloliente y me sentí feliz. Resultó que Dios estaba en una celda diferente a la que había elegido. Matanza Tiatoribia 65 Todavía, algunas veces, creo percibir ese olor dulzón de la sangre cuando paso por la plazuela de La Feria. Vivíamos entonces en una casilla baja, junto a lo que hoy es la biblioteca, que derribaron para construir unos bloques de pisos feos e impersonales. No queda apenas nadie que recuerde aquello, pero cuando veo a los viejos sentados en un banco al sol, con las cabezas bajas y pensativos, regresa a mi memoria aquel día en el que, al alba, con un frío seco, me despertaron las voces y los golpes en la puerta. Todo el mundo corría y, de pronto, los gritos desgarradores inundaron el amanecer. Las vísceras humeaban, los cuchillos brillaban y todo se tiñó de sangre. Sin embargo, un ambiente de regocijo y fiesta flotaba en el aire. Yo tenía 8 años y era San Martín. El asesino Lázaro de Adaja 64 Cuando Pablo nos invitó a cinco amigos a pasar la tarde en su casa, un chalé en la urbanización de Las Hervencias, no sospechamos lo que iba a ocurrir. Todos nos sobrecogimos al encontrar muerta a Laura. Parecía una novela de Agatha Christie, pues la reunión comenzó con un asesinato, y nadie sabía cómo iba a terminar la velada. Aquello fue realmente trágico, pues ella era la más inteligente de todos nosotros. Yo me quise marchar inmediatamente, pero no me dejaron. Había que descubrir al asesino que, sin duda, era uno de los allí presentes, así que no podríamos irnos ninguno hasta que todo se esclareciera. Debíamos delatar al homicida antes de que hubiera más muertes o perecer todos. Menos uno, claro. Nos miramos con recelo y nos vigilamos estrechamente. Casi ni respirábamos, pues no nos perdíamos ojo, observándonos mutuamente por si aparecía en nuestros rostros el menor indicio de culpabilidad. Poco después acabó todo para mí, pues fui yo el siguiente. En un momento de descuido en el que nadie nos observaba, Ana me guiñó el ojo y tuve que descubrir mi carta. Fui el segundo en salir del juego. Éxtasis Tiatoribia 63 ¡Ay señor agente! Que yo no vi nada, que yo sólo escuché los gritos y como suele ser lo normal, pues no le di importancia. Ya estamos acostumbrados todos los vecinos. Si digo que suele ser lo normal es porque todas las mujeres que se trae a casa gritan como locas. Vamos que se lo deben pasar bien, digo yo. No, no vi nada raro. Bueno es que el tío es raro en sí. A cada mujer que viene le hace disfrazarse de una cosa, de María Antonieta, de Caperucita Roja, de Isabel la Católica…incluso un día vino una disfrazada de Beti la Fea, ¡imagínese! Que no, que no me extrañó nada que entrara una vestida de Santa Teresa. ¿Y dice usted que tenía clavado un dardo en el pecho?. ¡Bendito sea Dios! Ya le dije yo a mi marido que estos jueguecitos eróticos del vecino no podían acabar bien. Mala reputación Begoña Ruiz Hernández 62 Vivían en Ávila y toda su provincia. Eran prerromanos, nómadas, excelentes cazadores, veloces, y organizados. Carecían de codiciosas ambiciones, mataban sólo para comer. Se agrupaban en clanes dirigidos por un líder sabio. Habitaban donde se olía el cielo azul y bajaban al valle persiguiendo a sus presas. Convivieron con los vetones, romanos, visigodos, árabes y judíos, con todas las culturas y religiones, y son recordados en numerosas narraciones y crónicas. De pronto la mala reputación se cebó con ellos, pregonando noticias llenas de lágrimas y sangre. Incluso se decía que se comían a los niños vivos, cuando, en realidad, todavía quedan pruebas indelebles de que aquellos huérfanos con los que se toparon fueron amamantados como hijos y tratados como reyes y a cambio sólo recibieron torturas, la más típica era desollarlos. Con los vaivenes del progreso y la economía estuvieron a punto de desaparecer. El año pasado fueron asesinados algunos en una dehesa mientras intentaban cazar una ternera para sobrevivir. “Ávila me mata” aullaron al viento, sin embargo, lo que salió en los periódicos fue: “los ataques de lobos se multiplican en Ávila”. Sombras Jaime Calatayud Ventura 61 Era la última visita de la policía. Una vez el agente que le acompañaba había tomado nota de una serie de datos para hacerlos constar en el dossier definitivo del caso, el inspector le dijo que ya podía marcharse. Cuando se quedó solo, dio una última ojeada a la habitación. Deformaciones profesionales, llaman a esa clase de hábitos: en el caso de él, repasar siempre aún una vez más, buscar siempre aún otro detalle. Después, apagó la luz. Fuera, la incipiente noche se hacía cada vez más arisca en la ciudad de cantos y santos. Empezaba a lloviznar aguanieve. Y, a través del vidrio de la ventana, le atrapó la mirada un recorte de sombra claramente perfilado en la acera: como una figura humana que parecía estar al acecho de lo que pudiese pasar dentro de la casa, o esperando el momento oportuno para colarse en ella. El veterano escudriñador, después de observar durante unos segundos, conturbado, la insinuante silueta, se fijó en el farol... y en el árbol de mediana altura que le modelaba capciosamente la luz proyectada; esbozó una sonrisa cínica y suficiente, soltó la cortina, se abrigó con la trinchera y salió. Y cuando apenas había caminado una decena de metros le pareció que, de pronto, la calle había quedado un poco más oscura. Aminoró el paso hasta casi detenerse, examinó el entorno, y al darse cuenta de que el equívoco perfil que antes se dibujaba en el suelo había desaparecido no pudo evitar un sobresalto… antes de echar un vistazo al farol y ver que una de las dos cabezas de luz se había apagado. “¡Claro, gilipollas! –remugó– ¡Naturalmente!…”, y dejó ir un bufido cavernoso y avergonzado. Encendió un cigarrillo y, mientras soltaba el humo de la primera calada, el frío acero de la navaja le segó la yugular. Inocencia. Miedo Watson 60 Ávila es una ciudad de una belleza especial, pero también tiene una parte de misterio. Este relato sucedía en mis años de niña: las mañanas de invierno eran frías acompañadas de esas nieblas de Londres. Una mañana me empezó a llamar la atención un personaje bajito y mal aliñado, ¡qué miedo!. Le veía todas las mañanas a la misma hora por la acera de mi casa cuando bajaba a recoger la leche que nos dejaba el lechero. Después de atar una borriquilla a la verja de la casa de enfrente, se acercaba con su cantarilla y me dejaba un cuartillo y medio de leche de cabra. Pensé que aquella intriga y miedo tenían que terminar. Decidí llenarme de valentía y empezar el interrogatorio; al día siguiente, al verle, le pregunté: --señor, ¿cómo se llama? --Narciso. --¿vive aquí? --Sí, soy de Ávila y llevo observando que huyes de mi cuando me ves. --¿usted es un buen hombre? --Sí, no tengas miedo, que me encantan los niños y nunca os haría daño. Le miré de arriba a abajo. Su ropa era antigua, de las de entonces de Ávila, pero muy deteriorada. En nuestros cortos encuentros, matinales, yo era quien le miraba cuando pasaba a mi lado...pero todo cambió cuando me miró a los ojos y vi en los suyos la limpieza más humilde y bondadosa en el hombre, que tanto miedo me daba. Esa fue la primera enseñanza de mi vida. Fin del caso. Nos olvidamos que las apariencias engañan. Una admiradora y seguidora de Sherlock Holmes. La lección Otero 59 El padre Adolfo se derrumbó con estrépito y la cabeza reventada en perpendicular a la muralla, frente a la basílica de San Vicente. Pensé que pudo ser solo una coincidencia, que esa calle se llamase Humilladero. Yo estaba al tanto de lo que iba a pasar. Sabía el dónde, el cómo, el quién y, sobre todo, sabía el porqué. Tal vez debí habérselo advertido. Pero, de niño, sus manos blancas, regordetas y siempre húmedas, me habían enseñado demasiado bien la lección. Constantemente cruzaba un índice sobre los labios: debía mantener la boca cerrada. Y así lo hice. El hooligan Setarcos 58 Él obeso turista persigue con la mirada a dos sombras caminando en medio de la penumbra sepia del cine Estrella Ávila, en la carretera de Villacastín. La pareja elige dos butacones íntimos. Él se instala dos filas detrás. Oye murmullos: “La película La Dama de Hierro es una bazofia. La intérprete caracterizada en Margaret Thatcher, aunque ganara un Oscar…, es una… mieeer-da”. El hooligan de la Thatcher quiebra el rictus al oír la vituperable desmesura del improperio. El voyeur británico intuye cómo la muchachasombra que le precede se agacha hacia la bragueta de su acompañante… Avanza subrepticiamente una fila más para sorprenderlos. Cuando está justo detrás de sus butacas ve algo largo y fino, algo que, en la entrepierna, despide luz propia. La pareja umbría, ajena a todo, desbloquea el iPad y observa en la diminuta pantalla una obra maestra: Citizen Kane (1941). “Esto sí es una ignominia a la antigua Primer Ministro británica”, susurra para sus adentros, y al cabo, hunde sus dos navajas plateadas en el respaldo de las butacas delanteras. El asesino diletante sale del cine vanidoso como un pavo real, silbando sin disimulo el himno nacional. El misterio de la casa SPAR Palimpsesto 57 Había pasado tiempo desde que se decidió tirar la casa que afeaba las vistas a la muralla, y por fin llegó el día de su derribo. Un equipo formado por barrenderos, camionero, peones y conductor de excavadora supervisados por guardias municipales, se juntaron alrededor de la casa. Esta era modesta, de dos alturas situada a unos cincuenta pasos de la muralla, y en su fachada todavía se podía leer “Spar”. A las nueve en punto de la mañana la excavadora de un golpe certero derribó una de las cuatro paredes y lo mismo sucedió con el resto. La excavadora empezó a cargar los escombros en el camión, todo fue muy rápido, solamente quedaban cascotes pequeños que los peones empezaron a echar a la pala, cuando de repente se escuchó un grito pidiendo ayuda. Efraín, uno de los peones inmigrante, se había hundido hasta la cintura, todos corrieron en su ayuda, por suerte solamente se había hecho unos rasguños; el grupo miró al orificio con aspecto de interrogación y fastidio por inesperado, se preguntaron qué hacer, unos decían que taparlo otros que mejor averiguar de qué se trataba, por fin el más decidido dijo que él bajaba; le descendieron con una cuerda y una linterna, se encontró con un túnel estrecho, caminó por él unos veinte pasos y en seguida se dio cuenta que se ensanchaba. En un pequeño habitáculo algo había rozado su pie, así que dirigió la linterna y su sorpresa fue mayúscula. Era un esqueleto. Rápidamente miró por todos los lados y vio en el otro rincón dos más; estos estaban juntos como si se abrazasen. Salió corriendo y los compañeros tiraron de él para subirle, tenía la cara pálida y cuando pasaron unos minutos les dijo lo que había visto. La noticia corrió por toda la ciudad, unos decían que si eran unos amantes emparedados como castigo, otros que si se habían refugiado durante alguna guerra y habían quedado sepultados para siempre. Lactancia Emilio de Nacatali 56 Era hábito suyo caminar por los jardines del Centro Residencial Infantas Elena y Cristina en Ávila. La paciente, una figura vagabunda y silenciosa, siempre llevaba en sus brazos un bebé de juguete de los que llaman “Reborn”, artesanal copia tan fiel de la naturaleza que pareciera un bebé de carne y hueso. En una etiqueta plastificada se podía leer en inglés: cabello humano. El muñeco simulaba tener un labio leporino, y a la luz del día, unas ligeras manchas violáceas asemejaban las venas bajo la piel. En la habitación de la paciente había una vieja cuna con un cabezal biselado azul y recortes decorativos. Los listones, mal ensartados, tenían ribetes de cola. Teresa, una de las celadoras más veteranas, solía estar muy pendiente de que el resto de internos no la molestaran con pesadas bromas. En la Residencia, los celadores están acostumbrados a llevar la corriente a los internos en sus delirios. Teresa, mejor que nadie, había comprendido el refugio que aquella paciente hallaba en aquel juguete que creía vivo. Hasta le daba el biberón: una costra lactosa ribeteaba el labio leporino del muñeco. Una tarde en que el resplandor del otoño bañaba calles y aceras en la ciudad y convertía en bronce las piedras de la muralla, la paciente apareció muerta en su habitación. Entre sus enseres nadie echó de menos, al principio, la cuna y el bebé de plástico. El policía judicial insistió −Se trata de pesquisas policiales necesarias… Teresa, hasta el momento con la cabeza baja en ademán de tristeza, se levantó de un sobresalto del sofá como si hubiese oído algo ante la sorpresa de los policías. La siguieron. Ya en la otra habitación, una cuna de aspecto antiguo con los listones manchados de cola. Dentro, un bebé de juguete. Teresa, tomó un biberón –la hora de su toma − dijo. Derramó su leche sobre la costra lactosa que ribeteaba el labio leporino del muñeco. Los policías miraron a Teresa. Estremecía la expresión de gravedad soñadora de su rostro. Juro que yo no maté al alcalde Román Teflón 55 No hacía más que repetir la misma frase, desde que había sido detenido unas horas antes. En realidad solo había pruebas circunstanciales que lo relacionaran con los hechos, pero de momento era la única pista que teníamos. En comisaría ya nadie creíamos que ese concejal, de su mismo partido, hubiese sido capaz de disparar un solo tiro en su vida; además el disparo había sido hecho por un francotirador desde 90 metros. Sin duda un profesional contratado. La verdad es que hubo gente a quien no le sorprendió la muerte del alcalde. Después de más de treinta años de gobiernos de derechas, la reciente elección de un alcalde que había prometido acabar con la corrupción no había sentado bien a ciertos estamentos de ésta, nuestra pequeña ciudad de provincias. –Pero a quien se le ocurre prometer esas cosas –pensábamos los ciudadanos de bien. Las cuarenta familias que gobernaban la ciudad, incluido el periódico local, daban por sentado que no iba a durar mucho en el puesto. Sin embargo aquello se entendió por la gente como su posible renuncia, sin imaginar su trágico asesinato. Pero desde que me hice cargo del caso todo habían sido obstrucciones. Tras varios días de pesquisas supe que me iba a ser muy difícil llegar a alguna conclusión; las puertas se cerraban en cuanto se hacían preguntas inoportunas, todos parecían protegerse. Incluso creo que vigilaban mis pasos. Por fin me decidí a pedir ciertos contratos municipales: las recalificaciones de terrenos, la concesión del alumbrado público, las deudas del nuevo palacio de congresos, el saqueo de la antigua caja de ahorros... Allí estaban todos los nombres. Intenté limpiarme las gafas para ver detenidamente aquellos documentos. Debían estar sucias pues tan apenas veía por ellas; sentí un cosquilleo en los brazos que me dificultaba el moverlos y a la vez una presión en la cabeza que no me dejaba pensar con claridad. En ese momento tuve la certeza de que lo que acababa de oír había sido un disparo. Teresa Sofía Confía 54 Teresa es peluquera en Ávila y lleva marcando peinados cuatro años. Dejó sus estudios para cuidar de su padre y cuando éste se recuperó, buscó un trabajo que le permitiera llevar algo de carne a casa. Se sientan en la mesa de la cocina y sin mediar palabra saborean una tierna ternera mojada en lo que parece una salsa tártara. Brindan con vino de la casa, él no le pregunta por su vida, ella le pregunta por su día sin obtener contestación. Levanta su copa y chocan miradas brillantes. Teresa recoge las huellas del almuerzo feliz y regresa a la peluquería. Los sábados son los peores, arreglos de última hora, cubrir canas, cortes que dibujarán tendencias, melenas de revista. Mira la agenda y sabe que no saldrá antes de las diez. A las nueve y treinta y tres, entra una señora de abrigo de piel y mirando de arriba a abajo a Teresa le dice llamarse Cayetana de las Heras, quiere un cambio de look que no altere su estado elegante, exactamente que lo realce. La envuelven en una bata blanca y la llevan a zona de lavado. Teresa prepara tijeras, cepillos y secador mientras escucha las quejas de la señora sobre la temperatura del agua, lo ajustada que le han puesto la bata y los dedos punzantes de quién le lava el pelo. Entre disculpas le acompañan donde Teresa sonríe. Pregunta al reflejo de la señora en el espejo si quiere una revista, ella responde que no. Dice que el secador le quema y aún no lo ha enchufado. No te pases con las tijeras, tápame las orejas. Y Teresa ya no escucha, sólo ve un reflejo que grita, una boca moviéndose sin sonido en el espejo. Todo sucede muy rápido. Siente calor, arde el aire y sus maniobras de corte se truncan al llegar a la oreja, tiene miedo de no gustar. Abre la navaja y arranca las orejas, una a una, de la cabeza de Cayetana de las Heras. El postre Jim Lawley 53 --¡Ávila me mata! --dijo Pedro, levantando su copa. --¡Ávila me mata! --asintió Pablo, levantando la suya. Y los gemelos juntaron sus copas en el brindis favorito de su padre que cuatro días antes había muerto después de toda una vida fraguando una fortuna en tierras abulenses. --Cuando el viejo decía eso de “Ávila me mata”, lo decía con cariño, --comentó Pedro. --Así fue --asintió Pablo-- Ávila le costó mucho trabajo. Mucho. Pero también se le dio todo. --Todo --dijo Pedro, y volvieron a juntar sus copas y a pronunciar el brindis familiar. Los hermanos querían mucho a su padre. Le querían mucho pero, al ver cómo se alargaba su vida y cómo iban pasando las suyas, habían tomado juntos la decisión de administrarle la sustancia que le provocara una muerte rápida y sin dolor. Los gemelos querían a su padre, pero veían que los mejores años de su vida habían pasado; él ya no acertaba tanto en sus decisiones empresariales, y ellos tenían muchas ganas de heredar antes de que fuera demasiado tarde. --¡Ávila me mata! --dijo Pablo. --¡Ávila me mata! --confirmó Pedro. Comiendo solos en la casa familiar, ya iban por el postre. Aunque compartían bastantes gustos, Pedro siempre comía yemas de la Santa, mientras que Pablo siempre tomaba tarta monjil… Ahora bien, si no eran idénticos, los gemelos se parecían mucho y la verdad es que los dos preferían heredar en solitario. Y como todo es más fácil la segunda vez que la primera, Pablo había introducido la misma sustancia que mató a su padre en las yemas de Pedro y Pedro había hecho otro tanto en la tarta de Pablo. Y mientras cada gemelo miraba anhelante al otro, brindaron por última vez: --¡Ávila me mata! --dijo Pedro. --¡Ávila me mata! --asintió Pablo. A veces los medios de comunicación se equivocan, y El Diario de Ávila se equivocó bastante cuando dijo que “unidos en el duelo por su padre pactaron suicidarse juntos.” Pero acertó al sentenciar: “Nacieron y murieron juntos.” Insoportable Teresa 52 Las piedras de las murallas, supuraban sangre. Las campanas de la iglesia de san Juan Bautista, plañían con inmensa pena. La catedral de El Salvador, guardaba silencio. Unos finos copos de nieve, empezaban a caer. Desde la calle de la muerte y la vida, se oyó llegar una queja, un lamento, un grito de dolor: “Te juro que yo te quería”. Nada se supo hasta el amanecer, cuando la ciudad de Ávila se vistió de un sol helado y las sombras empezaron a desvanecer. Había aparecido un hombre muerto, con siete puñaladas en el pecho, a su lado, ella lloraba. Te juro que yo te quería... pero me engañaste, desde el principio me engañaste, decías que yo era la mejor, que nadie me superaría, que solo yo podría ganar. Y no fue así, no fui yo, fuiste tú el que ganó, no lo pude soportar, me robaste mi historia, te llevaste el primer premio de micro-relatos de avilabierta .y no lo pude soportar. Le maté, si fui yo, pero les juro... que le quería Muerte en el regional Dendrita 51 La rubia miraba por la ventanilla como si pudiera ver en la oscuridad. Faltaba casi una hora para Ávila. Tenía sus zapatones negros sobre el asiento libre frente a ella. Ulrico solo podía verle el cabello, crespo y algo despeinado. Suéter largo y grueso, bufanda azul con dos vueltas al cuello. Restregaba sus manos. Poco importaba que fuera hermosa o no. Estaba sola, en un vagón semivacío –se había roto la calefacción apenas partieran. Eso bastaba. Ulrico extrajo una papelina de su chaqueta y un tubillo del bolsillo de su pantalón. Esnifó en el mismo asiento, sobre el billete. La chica continuaba absorta. Se colocó los guantes y aguardó. Pronto apagarían las luces. Aprovechó la claridad para dar un nuevo vistazo; cuatro pasajeros, ubicados lejos. En el vagón siguiente la gente se había amontonado, viajaba incluso de pie. El desperfecto era un regalo inesperado, no sería necesario complicarse en la ciudad de las famosas murallas medievales, esperando por una víctima acorde. Las nueve. Sus dedos se movieron, entrando en calor. Mantendría oculto el cable de acero hasta el último instante. Pasó una lengua por sus labios. Las lámparas se apagaron. Ulrico controló su respiración. Se puso de pie. El sonido del tren, aunque suave, apagaba cualquier otro que causaran sus zapatos con suela de goma. Sacó el cable, lo tomó con ambas manos. No gritaría, nunca tenían tiempo para hacerlo. Se ubicó detrás del asiento de la rubia. Oscuridad por fuera y por delante. Sintió la excitación ente las piernas y ya no pudo contenerse. Extendió las manos, las pasó sobre el asiento y tiró hacia atrás. –Pensé que ya no vendrías. –dijo la voz a sus espaldas; un instante después, sintió una punta afilada penetrándole la nuca. La sorpresa no le permitió gritar. La joven sostuvo el cuerpo y lo acomodó sobre el asiento. Se apoyó contra el marco de la puerta hasta que cesó su orgasmo y, con paso calmo, se quitó la bufanda y se introdujo en el vagón posterior. La muerte prevista Ingrid Blum 50 (En Ávila). La voy a matar porque es mi cuñada. ¿Hay alguna razón más poderosa? El último milagro Cuca Camorra 49 Por fin se decidieron a exhumar el cadáver. Después de más de 500 años se procedió a abrir el sepulcro. Las autoridades eclesiásticas habían considerado que era ya necesario poner un poco de orden en el exagerado número de reliquias que habían ido apareciendo con el paso del tiempo: un corazón, tres brazos, cinco manos y hasta cuatro pechos, uno de los cuales guardaba secretamente, en un relicario, la misma Portavoz del Gobierno. Pero sobre todo se quería averiguar cuál había sido el último milagro de la santa. Por un lado estaban los que aseguraban que éste consistía en que el cuerpo se habría mantenido incorrupto durante todos estos siglos, y por otro los que defendían la tesis de que el cuerpo había regenerado los órganos amputados como reliquias, y se hallaba íntegro. Era una singular pelea entre las distintas facciones de los organizadores abulenses del V Centenario Para tan delicada operación, algunos expertos de la Administración y de la Iglesia se hicieron cargo de la investigación: ver los restos que contenía el sepulcro y, sobre todo, determinar el estado del cuerpo para ver quien tenía razón. El día señalado para la exhumación había una gran expectación. Solo ocho personas tuvieron acceso a la sala. Una pequeña grúa sobre el techo fue elevando con sumo cuidado la pesada tapa de piedra que cubría la urna. Se hizo un silencio total. Por entre las rendijas de la piedra al desplazarse surgió un dorado resplandor. Emoción contenida. Al irse elevando la tapa apareció un cuerpo joven, incorrupto, y con todos sus órganos intactos. Extasiados, todos parecían tener razón en sus afirmaciones que acaloradamente intentaron demostrar a los demás en torno al cadáver que seguía en el interior En un descuido se quebró la trócola y la tapa de 400 kg se precipitó de nuevo sobre la urna sepulcral cercenado las ocho cabezas que cayeron en su interior. Las cabezas todavía tuvieron tiempo de seguir discutiendo durante breves segundos, antes de enmudecer por el último milagro. Impotencia Sandra Monteverde 48 Ávila es una ciudad pequeña y allí todos se conocen, por tanto cuando llega algún desconocido llama la atención de inmediato. Desde que la nueva vecina se trasladara a la casa de enfrente hacía exactamente una semana, el veterinario no tuvo ocasión de intercambiar siquiera un saludo con ella, pero solía atisbarla tras la ventana recreándose la vista con sus bellas piernas o sus requiebros de cintura, mientras reflexionaba que esa dama era capaz de hacerle perder la cabeza al más cuerdo. Y ¿qué decir de su perro? Que era un ejemplar magnífico, digno de su ama. Por eso al verles a ambos aquel mediodía cruzar la calle con resolución y entrar en su consultorio, se quedó prácticamente patitieso. – Buenos días. Soy la vecina de enfrente, seguramente no me conoce porque me he mudado hace unos pocos días. El perro que me dejó la policía para protegerme de mi ex marido no para de lloriquear y no entiendo qué le pasa. Nunca tuve ningún animal así que no sé nada de perros. Se lo dejo; revíselo y en cuanto sepa lo que tiene, llámeme por favor. Sin esperar respuesta, la mujer casi tiró una tarjeta sobre el mostrador y desapareció por la puerta dejando tras de sí una tenue vaharada de perfume de los caros. El veterinario entre azorado y perplejo llevó al enorme y gimiente rottweiler al consultorio y tras abrirle la boca y quitarle lo que encontró, se lanzó sobre el teléfono como un poseso, tarjeta en mano. Los cuatro timbrazos se le hicieron eternos. – Salga de ahí de inmediato, ahora mismo – rugió desesperado en cuanto descolgaron el tubo. Le contestó un disparo y luego otro y otro. Antes de llamar a la policía miró con impotencia infinita primero al perro, que se había quedado dormido en un rincón del consultorio seguramente con la satisfacción del deber cumplido y luego al recipiente donde depositara el contenido de la boca del can: un trozo de mano izquierda con tres dedos humanos. Ávila, futuro perfecto. Llunt i Prop 47 Solo pienso, huelo y oigo. Estoy totalmente inmóvil e incapaz de abrir los parpados. Además esta mañana los dos hijos de puta de la funeraria, después de beberse varias cervezas, al cambiarme a la definitiva caja de enterramiento me han colocado al revés, de tal manera que ahora me encuentro en el ataúd sobre un túmulo inclinado unos 30º junto al altar de la capilla del cementerio, con la cabeza hacia abajo y los pies hacia arriba. En su plática el Padre Bruno muestra su cariño hacia mí en esta despedida. Hemos sido muy amigos. Bruno, es un hombre bueno. Detecto cerca, seguramente en la primera fila, a mi sobrina Nieves y a su marido Segundo, ambos administradores de la droga que ha conseguido que en la madrugada de ayer, un medico certificara “mi muerte” por parada cardiaca espontanea. Nieves, sabía que era la única heredera de mi importante patrimonio inmobiliario, la ambición por poseerlo, ha sido determinante y el método sencillo para ambos, químicos altamente cualificados. Yo les aconsejé trasladarse a Ávila dado el renombre que había adquirido a nivel europeo la ciudad tras instalarse importantísimas Empresas y Organismos de investigación. Inés se sentía plenamente dichosa en esta fría noche abulense mientras recibía entre sus piernas el calor de Bruno, su marido, amigo, amante y fuente de su felicidad. Mañana desayunarían con sus hijas y Bruno empezaría el día oficiando el entierro de un buen amigo. Abrazados en la semioscuridad…sonreían. Nieves y Segundo aceptaran la herencia y cuando descubran que mis recientes deudas bancarias superan el valor del patrimonio íntegramente embargado, ya no habrá solución y quedaran endeudados de por vida. Estoy pensando…luego no me han hecho la autopsia. La lectura por Bruno del último responso me ha aterrorizado. Oigo espantado el estrepito de las primeras paletadas de tierra. Huelo a humedad. ¿Cómo sabré que me he muerto? No, no quiero pensar más… pero no puedo… El concurso Vengador Enmascarado 46 Llevaba el cuchillo de cocina escondido en la cazadora, envuelto en papel de periódico. Cruzó la ciudad de Ávila entera, hasta llegar a la sede de la asociación, donde preguntó al portero por el encargado del concurso. Éste le abrió la puerta de dicho individuo, el cual, en ese momento estaba tomando un café, cuyo penetrante olor colmaba toda la estancia. –Buenas, ¿qué desea? –le dijo desde detrás de la mesa, atusándose el bigote–. Yo le conozco, ¿no se llama usted “Fulano Nosequehostias”? El recién llegado, sin pronunciar palabra, se abalanzó sobre el otro sin desenvolver el cuchillo y se lo clavó en el pecho, sacando la hoja ensangrentada, ya sin papel. Posteriormente, encerrado en un centro psiquiátrico, el asesino no dejaba de repetir a todo aquel que quisiera escucharlo: –Lo tenía que matar, no se me ocurría nada que escribir para el jodido concurso de microrrelatos de crímenes. La vida es un caos Adolfo Vercingetorix 45 Manuel estaba casado con Sonsoles hacía diez años, pero vivía enamorado de su cuñada Dolores, hermana de Sonsoles. Dolores siempre amó en secreto a Mario, un novio de la adolescencia que la paseaba en moto haciendo que su pelo volara al viento en el atardecer del verano. Mario vivía en Fuenlabrada atribulado porque de repente se sentía atraído por un colombiano mulato que colocaba paquetes en el almacén, y eso le estaba afectando a su autoestima. El colombiano Max tenía una novia en Ávila a la que visitaba los fines de semana. La novia de Max era 10 años mayor y no se fiaba de los colombianos con buen cuerpo, por ello, dado su atractivo todavía, distraía sus obsesiones celosas de los días laborables con Miguel, el encargado del supermercado donde trabajaba. Miguel había encontrado el equilibrio amoroso con su mujer compartiendo momentos furtivos con María, separada desde hacía cinco años, que desesperadamente no sabía estar sola. María se había separado de Samuel porque había dejado de ser el que mereció todas sus pasiones en otro tiempo y aborrecía los sucedáneos en el amor conyugal. La realidad de Samuel era que se había enamorado hasta la obsesión de Nuria, una vecinita de 18 años. Nuria había planeado (en serio) matar a su profesor de literatura porque dentro de sus pasiones desbordadas de adolescente le había propuesto tener un hijo y éste naturalmente se había negado, tratándola como a una niña enferma de edad problemática. Rodrigo, el profesor de Nuria era un soltero irreductible por razones nunca explicadas, que se acostaba con la catedrática de Química cuando iban a examinar de selectividad. Mariló, la catedrática de Química deseaba con ansiedad que llegara el momento de aquello con Rodrigo para salir de la monotonía vital que toda la vida había tenido entregada a las fórmulas y a su marido, otro empollón de tiempo completo que no le había enseñado nada, ni ella a él, solo les habían unido las ambiciones equivocadas con el tiempo… El vizconde Bringas 44 El Jardín del Recreo lucía esplendoroso esa mañana de Mayo en la que Ávila olía a resarcimiento. El señor del Ojo, paradójicamente, salió de la consulta del oncólogo sonriendo a la peor mano de su vida. En cuanto oyó que su metástasis era irreversible, la caja de Pandora que albergaba dentro de sí, se destapó para liberar esa tormenta que llevaba tanto tiempo gestándose. Por fin, había llegado la hora. Este honorable ciudadano frisaba los ochenta años y de cara a la galería, siempre había sido un modelo de urbanidad, pero en su fuero interno alimentaba un odio ciclópeo hacia su vecino, un tragaldabas violento, mal encarado, zafio y hosco, amén de soez, chocarrero y procaz. Una bola de sebo andante conocido por todos como “El Ácido”, porque donde caía, comía. Este dechado de virtudes, solía soltar perlas de este jaez al señor del Ojo, cada vez que se cruzaban en la escalera: --¡A ver si miras por dónde vas tonto baba! ¡Vaya ínfulas que se gasta “El Vizconde”! El señor del Ojo no ostentaba ningún título nobiliario ni pertenecía a ninguna familia de rancio abolengo, únicamente padecía un acusado estrabismo y de ahí las continuas burlas de “El Ácido”, que fiel a su mezquino carácter, solía hacer sangre con las taras físicas de los demás. Como decía la vecina del quinto: ¡Se conoce que no tiene espejos en casa! A lo que respondía la del tercero: ¡Es que no cabe en ninguno! El señor del Ojo limpió y lubricó, rescatando del olvido, la vieja pistola que su padre había usado en la Guerra Civil. La poca salud que le quedaba la empleó para tomar cumplida venganza. Esa misma tarde y contradiciendo la máxima, donde puso el ojo no puso la bala y le descerrajó un tiro en el vientre, propiciando que el relleno se desangrara en el rellano. Nadie vertió una lágrima por “El Ácido”. Cuñadas Angileptol 43 A las 6 de la mañana un jubilado insomne encontró en el descansillo del olmo del paseo del Rastro el cadáver de S.L.S. con una aguja de punto atravesándole el corazón de lado a lado. La noticia causó gran impacto por sí misma y porque era la esposa del futuro flamante teniente de alcalde. Como suele ser habitual, circularon por la ciudad multitud de hipótesis, algunas de lo más estrambóticas. A las 9 de la mañana el comisario de policía le comentó al Sr. Juez en el momento del levantamiento del cadáver: No hubo ensañamiento. Parece que solo fue el deseo frio de matarla. Y añadió: Tiene que haber sido por algo. El Sr. Juez, que había dormido mal por una discusión con su mujer a última hora de la noche y en esos casos se volvía bastante borde, sacándole punta a todo, pensó para sí: Claro, todo es por algo, ¡notejode! El marido de la víctima se vio tan afectado durante la campaña electoral que decidieron apartarle de los mítines porque parecía pusilánime y así no se ganan las elecciones, y menos en un momento delicado. Incluso en el partido empezó a hablarse en las altas esferas locales de que, visto lo visto, de teniente alcalde nada. En el entierro se vio llorar desconsoladamente como nunca a RPS, cuñada de la víctima, del brazo de su marido, todavía depresivo después de que se le hubieran apartado por sorpresa de las listas municipales, siendo como era un animal político. Fuera de servicio José Miguel Rubio Polo 42 La administración había comprobado que el sujeto era un ciudadano abulense de tercera clase y que llevaba varios años defraudando a la Seguridad Social, puesto que se permitía el lujo de malgastar los recursos públicos una vez sobrepasada la edad legal, ocupando un precioso espacio intramuros, y no constaba que hubiera presentado recurso extraordinario de utilidad social, el cual le hubiera permitido, en caso de ser apreciado, una prórroga vital de un año, reiterable hasta el tope legal de los 75 de ancianidad, edad en la que sólo cabe indulto gubernamental excepcional. El funcionario inutilizador, estresado por el tráfico, pensaba en cómo todavía no habían derribado esas viejas murallas de Ávila, sus casas bajitas con sus calles estrechas, donde no había modo de aparcar el vehículo. Pulsó el timbre, el ciudadano de tercera clase vivía solo, pues constaba que era soltero o viudo y sin hijos, por lo mismo le abrió la puerta el propio viejo. El gris empleado leyó rutinariamente los artículos de la norma según era de rigor, mientras el anciano inmóvil le oía sin escucharle, indiferente. Seguidamente el funcionario abrió su maletín de trabajo, extrajo el aparato oficial y aplicó el silenciador sobre la vieja mente, disparando al ciudadano en la cabeza, y el sujeto quedó inutilizado conforme a las normas de la gobernación, tal y como disponía un viejo Real Decreto de 2.037, por el cual el Estado procedía a la eutanasia obligatoria de los sujetos inútiles. Según la exposición de motivos de la norma, era el único modo legal de invertir la pirámide de crecimiento poblacional, dado el nacimiento de no más de un hijo de media por cada pareja heterosexual legalizada. El inutilizador anotó en su mini ordenador portátil una baja más del Estado por sobrepaso de edad y echó una ojeada a su reloj. Eran ya más tres de la tarde, él vivía extramuros, su mujer le esperaba en casa y si llegaba tarde, la comida se enfriaría y ella lo abroncaría de lo lindo. Las pastitas María Díaz 41 Una a una, la hija fue machacando todas las pastillas que venían en la caja. Le dijo: Mamá, te he traído unas pastitas de Marisol para que te las tomes con el café después de comer. Su madre era muy golosa, siempre lo había sido. Empezó a concebir el plan una semana antes, cuando reaccionó después del susto de su vida. Había bajado a hacer la compra al Mercado de Abastos, donde a su madre le gustaba que se comprara. Al entrar en casa, se quedó estupefacta; su madre estaba andando perfectamente, comiendo incluso las pastas que estaban colocadas en lo alto del aparador. No se atrevió a interrumpirla, estuvo observándola. Salió y entró de nuevo. Continuamente quejándose de lo mal que estaba...”Me duele todo”....”Ya sé que estás harta de mí, pero no te preocupes que ya no duraré mucho”….Hace muchos años que se sentó en la silla de ruedas y desde entonces había estado allí. Era dificultoso acostarla, vestirla, levantarla, llevarla al servicio pero no....sus piernas no le respondían…Ella lo intentaba pero no….Pobrecita no podía moverse. Su madre le había llamado lloriqueando, que una hija estaría siempre al lado de su madre, que se viniera para Ávila de nuevo, que vivirían en su casita con su pensión, que sería solo hasta que mejorase. Había intentado escapar de ella pero no pudo soportar sus llantos. Sabía lo exigente y mandona que era, incluso ahora ya vieja, seguía igual. Se lo dijo al novio, dejó el trabajo de secretaria en la capital y volvió. Él vino a verle algunos fines de semana al principio pero su madre se ponía mucho peor cuando venía y dejó de venir... Su juventud se había apolillado en esta casa; la amargura y tristeza contenida todos estos años, se habían convertido en un odio torrencial y feroz. Y ahí estaba su madre ahora, relamiéndose mientras mojaba las pastitas, cuando se tomó el último trago del café bien azucarado, le dijo: “Ahora mamá; duérmete y descansa que te lo mereces....” Al otro lado Ángel Silvelo Gabriel 40 Soy un amante de las librerías, pero más allá del placer de la lectura, llevo una temporada que busco nuevas sensaciones a la hora de perderme entre los libros. Su tacto, su olor, el color de sus portadas... ya no me dicen nada. Soy como un psicópata que se ha cansado de ver y oler la sangre de sus víctimas y solo necesita pisotear sus cenizas. No sé por qué, pero siempre quise saber qué se siente al otro lado, sin la necesidad de que el agente de seguridad me llevara cogido del brazo. «Excusatio non petita, accusatio manifesta», pienso, y me dejo llevar una vez más cual bogavante que abandona su ecosistema para acabar en una cacerola llena de arroz. Sin embargo, enseguida concluyo: «vini, vidi, vinci», pues esta vez mi plan no ha salido como imaginé, mientras con una mano acaricio el lomo de la voluminosa novela que llevo dentro del abrigo y la otra la tengo esposada. Al llegar al despacho del inspector Alejandro Arralongo, este me pregunta: «¿por qué sigue robando libros en esa librería?». «Solicito inmediatamente un hábeas corpus», es mi mejor respuesta a su interrogante. «Mejor sería que hubiese argumentado la fórmula non bis in ídem, señor juez —me dice el susodicho, y añade—, porque aunque la primera vez me explicó que lo suyo era un capricho pasajero, ya nadie se va a creer en la Audiencia Provincial de Ávila que hace todo esto por el simple hecho de argumentar mejor sus sentencias», sobre todo, porque siempre acaba quemando los libros en las almenas de nuestra magnífica muralla. Igual que si fuese un perfecto asesino que no quiere dejar huella de sus crímenes. Y mirándole fijamente a la cara, le respondo: «pocas novelas policiacas ha leído usted, ¿no?, porque de eso se trata». Santos negocios Manuel Moreno Conde 39 La penumbra se había apoderado de un vértice del patio de aquel palacio renacentista. Allí se hallaban, en la terraza, cuatro clones ataviados con corbata, americana y Rolex apurando sendos gin tonics después de un pantagruélico menú abulense. --Todo está arreglado. Tenemos el O.K. del Partido y del Ayuntamiento. --La cuestión es que no ocurra lo de Valencia. --No os preocupéis, esto es Ávila, la Santa y la muralla nos protegen, je, je… --En resumen, ¿el 30%? --De acuerdo, pero queremos controlar todos los eventos, incluidos los tenderetes de banderines y medallitas… --Sin problemas, totus tuus, ja, ja, ja… --De la cuenta me encargo yo, que tengo esta tarjetita… La Catedral ya había cerrado sus puertas a los turistas hacía una hora. Era casi de noche, pero dos espectros deambulaban lentamente por el frío claustro, cerca de la tumba de los Duques de Suárez. --Entonces, ¿todavía no han recibido la confirmación oficial? --El señor Obispo ha contactado con las más altas instancias de los dicasterios vaticanos, aunque no ha conseguido el placet definitivo. --Faltan ya pocos meses y nos jugamos demasiado. También ustedes… ¡Necesitamos una respuesta inmediata! Gente importante ha invertido mucho dinero en este negocio y no les podemos fallar. Así que presionen más, arrástrense ante la curia, hagan algo, ¡hostias! --Por favor, caballero, que estamos en la casa de Dios… --Perdón, padre… Un fuerte viento azotaba con saña los Cuatro Postes, que se mantenían impertérritos ante las continuas embestidas. En el aparcamiento, acomodado en su coche oficial, uno de esos entes disfrazado de ejecutivo y con exceso de gomina en el cabello, hablaba por teléfono móvil con un personaje de las alturas oligárquicas. --Estás acabado. Eres un cadáver político. Todo se ha ido a la mierda… --No es posible, ¿cuándo se ha hecho público? Me juraron que… --¡Imbécil! Me cago en tu… Era su fin. Adiós al coche, a los viajes, a las tarjetas… Aunque siempre podría afiliarse a un nuevo partido político. Debía encomendarse a la Virgen. --A Sonsoles, Pepe. Un rato de sosiego Jorge Curiel 38 Debo, o mejor dicho, debía mucho dinero a unos cuantos prestamistas, sin contar el dinero que debo o debía también a otros muchos bancos. Un verdadero desastre, sí, lo sé. Lo que sucede es que nunca me hubiera esperado que quienes acabaran conmigo, dejándome aquí tirado en esta calle empedrada, desierta y húmeda de Ávila, en esta noche congeladora de finales de enero, fueran otras personas, que nunca imaginé. A media tarde me dio por venirme a cenar y a pasear un rato, para despejarme y olvidarme aunque fuera por unas horas, por la ciudad que siempre consigue tranquilizarme y maravillarme siempre que estoy en ella. Así que dejé la intoxicada Madrid, y conduje hasta Ávila como quien se dirige a un pabellón de reposo. Nunca imaginé que las cosas en mi casa estuvieran tan mal. Nunca supuse que mi mujer me tenía ya tan poca consideración. Es verdad que últimamente, o mejor dicho, desde hace mucho tiempo, he estado insoportable, que no he sido un buen compañero, ni siquiera un compañero, pero no me esperaba lo que ha sucedido. De todos modos, tarde o temprano, iba a acabar como estoy ahora, eso ya lo sabía. Pero uno no está nunca preparado para ello. Ahora que la sangre de mi cabeza va formando un riachuelo imparable, y que mi hermano gira deprisa la calle intentando ocultar en el abrigo la enorme llave inglesa, siento que no tengo rencor alguno contra ellos. No les culpo. Solo les deseo, a él y a mi mujer, que sean felices juntos, que él sepa hacerlo mejor que yo, y que Carmen consiga esa felicidad que yo no supe darle. Al menos he dado de lado a la gente de los prestamistas, que ya muy temprano, seguramente, iban a golpear con sus nudillos en mi puerta. La noche oscura Esteban Belén 37 Caía la noche oscura. Cuando me desperté me dolía la cabeza. Sobre el suelo, un hilo de sangre atestiguaba el golpe, pero al ponerme de pie no recordaba nada. Ni donde estaba, ni siquiera quien era. Me puse a caminar por aquella ciudad desconocida. –Señora, ¿le ayudo a bajar?, ¡mire que lo mismo se cae del chirimbolo ese de piedra! No pareció hacerme caso, seguía con la mirada perdida en el horizonte. Me fije en el cartel donde ponía su nombre –Jimena, –le dije–. ¿Qué hace ahí arriba? Me miró. –Siga su camino joven, y déjeme que tengo la sagrada misión de vigilar sobre el torreón por si se acerca el infiel. –¡Gensanta!, ¿a qué extraño lugar he llegado? Seguí caminando. Atravesé una gran plaza donde había una persona subida a una columna. –¡Vaya tropa que habita estos lugares! Su cara me resultaba familiar, pero antes de poder hablar con ella me fijé que, milagrosamente, estaba a la vez sentada al fondo de la plaza, a los pies de una gran muralla. La reconocí al instante por el hábito y la mirada transverberada. –¡Teresa!, ¡Teresa de Jesús! Abandonó la actitud de mística inspiración. –Buen día hermano, ¿acaso te conozco para que perturbes mi arrebato deleitoso? No quise molestarla. Dejé a la Santa sumida en su escritura. Atravesé el arco... y lo vi junto a una fuente. –¡Adolfo! ¿Tú también aquí? Ya no tenía duda que estaba en Ávila. Me miró y pareció alegrarse de verme. –Por fin alguien que me reconoce –pensé. –No recuerdo quien eres –dijo-- He perdido la memoria. Alzheimer, creo que lo llaman. Pero ya no tiene mucha importancia, ahora dicen que soy una estatua. Me quedé pasmado. De repente lo comprendí, desde que había despertado, solo había estado hablando con estatuas. Adolfo Suárez me miró. –No te preocupes, seas quien seas, también estás al otro lado. Fue entonces cuando recordé como un hijo de puta me había atropellado en un paso de cebra, en aquella noche oscura. Buscando la salida María Jesús Carrera Redondo 36 Miró el cuchillo casi con sorpresa pese a que lo llevaba sosteniendo en sus manos bastantes minutos. Someramente paseó su dedo índice por el filo del acero. Tal vez ese contacto con la fría hoja le hizo volver a la realidad. Al recorrer su mirada por la estancia reparó en la presencia del cadáver. Arrojó lejos de sí el arma que parecía ser el culpable de que aquel desconocido le mirara desde el suelo con ojos vidriosos y sin vida. Huyó. La fría mañana acogió sus pasos presurosos que lo alejaban del lugar del crimen. No pensaba, actuaba inconscientemente, su sentido de la supervivencia le decía que tenía que irse rápido. Pero su huida acabó repentinamente cuando un inmenso paredón se interpuso en su camino y no encontró puerta que franquear. Buscando una salida, comenzó a bordear la muralla mientras lentamente sus piedras iban iluminándose a medida que el sol se levantaba sobre los tejados de la ciudad. Aquella muralla que durante siglos encerró entre sus muros los anhelos e ilusiones de los moradores de Ávila, ahora encerraba también el alma atormentada de un hombre que ahogó sus propios sueños en la sangre de otro hombre. La policía lo encontró tres días después, muerto, con sus pies destrozados de andar. Muchos dijeron que habían visto a una persona que deambulaba como en sueños por las calles de la ciudad. Alguien aseguró también que le oyó preguntar por la salida. Nunca la encontró. Mátame Ávila Gabriel Cano 35 Juventud envuelta en amistad, fantasía y buenas intenciones, naturaleza que va cambiando con la vida… Salir de la Ciudad de Piedra… Respirar el aroma de otras culturas y gentes, abrir los poros del cerebro y… experimentar nuevas sensaciones, ricas experiencias cargadas de curiosidad… Regresar ciertamente transformado e ilusionado. Luchar para aguantar el acoso, nuevamente… de antiguas formas y costumbres ancladas en el pasado… resistentes al pensamiento libre. Dulce ciudad, bella y tranquila… Atrapada en lo estético. Sin necesidades nuevas… Vieja ciudad de espíritu viejo. Como piedra de tu estructura, rígida, rígida y dura… Quiero ser como el agua que circula por tus calles, cuando llueve… Suavizar tus poliédricas aristas, arrastrar impropias impurezas… Lavar y lavar… Hasta brillar nuevamente bajo el sol, plateada, reluciente… Vuelta y empezar… Salir para recobrar el porvenir, es largo… Volver con la mente cargada, recargada de nuevas ilusiones… disfrutar la Ciudad de Piedra tan luminosa, tan bella, tan fría, tan dura… Boto y reboto contra tus magníficas murallas, cada golpe me desgasta, lentamente. Al ritmo de la vida… Quiero ser como el agua que te moja cuando llueve… acariciarte , empaparte y recorrerte lentamente, hasta mi muerte… La historia se repite Carlos Montes 34 Aurora pensaba que no volvería a enamorarse cuando terminó con aquel impresentable, gruñón y machista novio que, además, tenía una relación paralela con una chica más joven. Se quedó tan afectada que decidió poner tierra por medio. Pidió el traslado ya que los tres eran compañeros de trabajo. Le ofrecieron irse a Ávila y le pareció bien. Estaba lo suficiente lejos para poder olvidarse de él más fácilmente. Al poco tiempo de llegar, en una exposición de pintura, alguien se acercó a explicarle un cuadro porque Aurora llevaba un buen rato contemplándolo con expresión de extrañeza. Era un hombre joven y hablaba con acento italiano. Le contó que llevaba dos meses en Ávila colaborando en una investigación. A ella le gustó, se vieron varias veces y no tardaron en emparejarse ¡Qué distinto era del otro, tan tierno, divertido y siempre dispuesto a complacerla! Hasta el nombre, Paolo, le sonaba dulce y musical. Era feliz, y ya había superado todo lo anterior. Una noche estaba especialmente cariñoso. Acababa de llegar de Italia donde había ido unos días por un asunto familiar –le dijo él. Entre bromas y caricias Paolo le susurró al oído: –Si algún día me dejas te mato. Aurora, por supuesto, no lo tomó en serio y se echó a reír. Lo olvidó. Pero unos días después leyó una noticia. Hablaba de una mujer que había sido asesinada en una ciudad italiana. Contaba que alrededor de dos meses antes había tenido una fuerte discusión con su novio. Ella quería romper la relación porque se había enamorado de otro. Después, el novio desapareció. La policía sospecha de él, y está investigando su paradero. Creen que se encuentra en alguna ciudad española. La camarera Inés Ruiz 33 Cuando me acordé, ya había anochecido. Debía entregar un paquete por encargo de la empresa. Miré la dirección: era una calle oscura y solitaria por la que nunca me había gustado pasar. Hecho el encargo, salí de la casa y a poca distancia de la puerta vi un bulto en la acera. Juraría que no estaba allí cuando llegué. Me acerqué y con la poca luz de una farola cercana distinguí el cuerpo de una mujer y... ¡estaba muerta! Los ojos entreabiertos y sangre por la cara. Estuve a punto de salir corriendo, pero entonces la reconocí. Era la camarera de un bar del Mercado Chico donde algunas veces iba a tomar café. Apenas había hablado con ella, pero siempre me llamó la atención un mechón blanco que contrastaba con su pelo oscuro. Seguía allí absorto, contemplándola. No me atrevía a llamar a la policía, me harían miles de preguntas. Tampoco se lo podía contar a mis amigos, no me creerían o se reirían de mí, sabiendo lo miedoso que soy. Por fin me fui, y cuando llegué al centro entré en un bar de la calle San Segundo. Pedí una caña sin mirar a nadie, pero cuando me sirvieron, me quedé espantado. Era ella, la camarera, la misma a la que minutos antes vi muerta en la calle. Me pellizqué la mano por si estaba soñando, pero, ahí estaba, con su mechón blanco. Desconcertado, me bebí la cerveza sin respirar. Entonces alguien a mi lado comentó: –¡Julia! ¡Cuánto tiempo sin verte! Por cierto, has cambiado de bar ¿no? La camarera, titubeando, contestó: –Bueno... si... es que... he estado fuera una temporada y cuando volví ya no tenía trabajo en el bar del Chico. No sé qué cara se me pondría. Debí quedarme pálido porque un cliente me dijo: –¿Se encuentra mal?¿Le pasa algo? –No, gracias, estoy bien –contesté de forma evasiva. Dejé un billete de cinco euros sobre el mostrador, y sin esperar la vuelta, salí lo más rápido que pude. El relato Enriqueta 32 Llevaba un buen rato intentándolo pero no estaba inspirado. Tenía que escribir un relato para una revista con la que colaboraba. Andrés pensó que era mejor dejarlo de momento e ir a dar un paseo. Al pasar por la iglesia de San Vicente vio salir un grupo de turistas. Uno de ellos llevaba una pequeña imagen algo tapada con una gabardina. Aunque le pareció un poco raro, pensó que podrían haberla comprado en la tienda de un museo. Los turistas se subieron a un autobús que les esperaba frente a la iglesia. Este encuentro le serviría para su relato. Se fue a casa y se puso a escribir sobre ello. Por supuesto, añadió algunos elementos que le dieran más interés: el robo de la imagen por unos falsos turistas, la implicación del guía, sobornos a los vigilantes... Lo releyó y se sintió satisfecho. Estaba a punto de mandarlo cuando sonó el móvil. –Andrés, estoy frente a tu casa, ¿vienes a tomar un café? –Si –contestó– ya bajo. –Andrés apagó el ordenador y salió de casa. –Siento si estabas trabajando, pero tenía ganas de contarte algo –su amigo estaba impaciente por compartir la noticia–. En Ávila parece que nunca pasa nada –prosiguió– pero vas a alucinar. –Andrés sonrió, siempre le pareció que su amigo era bastante exagerado–. Pues resulta que un grupo de turistas han robado una imagen de una iglesia. Había allí una pareja de personas mayores, que debían notar algo extraño. Al salir vieron cómo se llevaban una imagen que estaba en un altar. Una de esas personas que lo vio les increpó y dijo que iba a llamar a la policía. Entonces, uno de los turistas se acercó, sacó una navaja y se la clavó al viejo. El pobre ya no lo cuenta, porque se le cargó. Andrés no comentó a su amigo lo que había visto en San Vicente. Sólo pensó que su relato ya no valía. La realidad había superado a la ficción. Pero... ¿cuál era la realidad? ¡Gamberros, puñeta! Kimi 31 Habíamos quedado en Pepillo para dar el golpe pero al pasar por el Oro del Rhin me encontré a Olga radiante, con su melena y sus ojos negros. Tomamos una caña y quedamos para ir una tarde al campo los dos solos, sin el pesado de Quique que siempre nos corta el rollo. Cuando estoy con Olga me olvido de todo lo demás, de pronto recordé mi cita, perdona tengo que irme, quedamos el sábado, salí corriendo, joder, perdona, Juan, me he encontrado con Olga y se me ha ido el santo al cielo ¡Tú estás colgado con Olga, te lo dije el primer día! Bueno... pues estoy colgado con Olga ¿pasa algo? No, joder, no pasa nada, bueno vamos a lo nuestro, lo primero es buscar a la víctima. Fuimos caminando entre las mesas, a la izquierda, según se entra en Pepillo, están los que toman cañas y patatas con salsa y a la derecha, junto a las ventanas que dan a San Pedro, los jugadores de ajedrez, unos señores muy serios y concentrados en el tablero como si se jugaran la vida en cada movimiento. Son el paradigma del régimen, la cultura y el orden. Sus sombreros y sus abrigos cuelgan en las perchas como una sombra altiva, la armadura de la cruzada que libran ante el enemigo, el avance de sus alfiles, el salto de sus caballos y el asalto final de sus torres y de sus reinas. Juan y yo ya hemos elegido nuestro objetivo, aquel, el de las gafas, nos acercamos con cuidado, uno de nosotros pasará a la acción mientras el otro, yo en este caso, se ocupará de estudiar el terreno para permitirnos una rápida escapada: “¡Ahora!”, grito. Juan se agacha y, en un movimiento insospechado, da la vuelta al tablero, pregunta: “¿esto tiene por debajo parchís?”, las piezas ruedan por el suelo, los jugadores reaccionan, corremos hacia el Mercado Grande. Muertos de risa. Escuchamos los improperios: ¡Gamberros, puñeta!, que era lo más fuerte que entonces se decía. Cuestión de negocios Alfredo Rodríguez Blázquez 30 La noche era cálida en Ávila, la ciudad del juego por excelencia. Toni había abierto de par en par las ventanas que daban al jardín delantero de su casa, situada en la exclusiva urbanización de Prado Sancho. En aquel momento hojeaba el ejemplar del diario de Ávila disfrutando de una cerveza fría, cuando un silbido sordo entró en la sala; dos segundos después caía al suelo desplomado. Una bala le había saltado su ojo derecho. Instantes después, tres balas más, se alojaban en su cuerpo y en la pared que estaba tras él. A la misma hora, dos hombres enviados por don Bienvenido Galo pisaban la moqueta de entrada al Gran Hotel Casino Abulense. Caminaron con paso decidido hasta las oficinas, y uno de ellos dijo al responsable que desde ese mismo momento tomaban el control del negocio. El oficinista llamó por el móvil a Toni –director-gerente– pero nadie respondió al otro lado de la línea. Los dos hombres tomaron en ese momento la dirección del Gran Hotel. Ambos habían aprendido todo lo que sabían sobre el juego y la gerencia de un Hotel Casino de Toni, el hombre que yacía muerto en su magnífico chalet de la urbanización más elitista de la ciudad amurallada. La primera tarea que se les encomendó era convertir los tres millones de euros de pérdidas –esquilmados por Toni y su mujer– en beneficios. En poco tiempo el Gran Hotel Casino Abulense floreció, convirtiéndose en un rentable negocio para don Bienvenido. El crimen de Toni nunca pudo esclarecerse judicialmente, pero para el auténtico don de la ciudad abulense, aún quedaban flecos que resolver y no dudó en encargarse de ellos: “Presionad a su mujer hasta que entregue el último euro que nos ha robado, pero no tenéis un contrato sobre ella”. Cuando ésta repuso hasta el último céntimo, don Bienvenido, dictó su sentencia definitiva sobre el caso: “Que nunca más pise tierra abulense quién arruinó la vida de mi mejor hombre” Puntada sin hilo Dana Reinholder 29 El cadáver del ahorcado apareció cerca de los Cuatro Postes. Para la policía estaba claro que había sido un suicidio, a pesar de que la destrozada familia insistía en que era un joven lleno de proyectos de futuro que había empezado a salir con una hermosa chica de la que estaba profundamente enamorado. Poco después se presentó el comisario, al que no le convenció la teoría del suicidio. Y no solo por lo que contaba la familia, sino por algunos leves detalles que le hacían sospechar que había alguien detrás interesado en que pareciese que el chico se había quitado la vida. En primer lugar, el joven se había supuestamente enviado un correo a sí mismo a modo de nota de despedida, algo que el inspector encontró bastante inconsistente, pues, a pesar de que insistía en que estaba deprimido por haber sido despedido, se descubrió que no era feliz en su trabajo y planeaba dejarlo, por lo que la destitución habría resultado hasta liberadora. La otra falacia era su supuesta inseguridad sentimental hacia su novia: la misiva alegaba que quería encontrar la forma de dejarla sin lastimarla. Esto en cuanto a las pruebas psicológicas: las evidencias físicas eran, si cabía, aún más contundentes. Como dato central, la postura del cuerpo no era la típica de los ahorcados, además de que el nudo no estaba lo suficientemente apretado como para producir la estrangulación. Lógicamente habría que esperar a la autopsia para comprobar si el joven se había arrepentido en el último momento y había querido escapar de su suerte. Pero la prueba definitiva que reveló la pantomima fue el descubrimiento de una punción bajo la nuez que habían querido disimular con los daños de la cuerda. Era tan sutil que pasaba desapercibida. Esto condujo al inspector directamente al hermano de la novia del finado, de procedencia asiática. El acupuntor tuvo que confesar avergonzado que su hermana ya estaba comprometida con otro hombre, y que la familia no veía la inesperada relación con buenos ojos. Ávila, año 1498 Ángel Roba Rodríguez 28 El traqueteo de un carromato sobre el pavimento empedrado sobresalta el sueño intranquilo del Gran Inquisidor. Su retiro en el convento de Santo Tomás de Ávila no ha logrado el pretendido descanso espiritual ni la mejora en su precario estado de salud y a pesar de los desvelos de su médico y de la ingesta de todo tipo de pócimas y remedios curativos, sus pesadillas se repiten cada noche y sus gritos hacen temblar a los vecinos del lugar sabedores de la presencia del temido Tomás de Torquemada. El amanecer no resulta un alivio; el frío de los aposentos conventuales no respeta jerarquías y los huesos del fraile dominico parecen cubrirse de escarcha. Mientras tanto el médico maldice en silencio y prepara su pócima definitiva. Tras años de sacrificios, de penurias, de ocultar su identidad de hijo de condenados por el Santo Oficio y por lo tanto incapacitado para ejercer de médico, sangrador o boticario, de controlar sus ansias de venganza, por fin aquel día contemplará la muerte del monstruo, del demonio de Torquemada. Quince años viendo cuerpos inocentes sufriendo sus últimos instantes de vida en las hogueras de las plazas públicas, de torturas inimaginables, de sangre y dolor. Quince años recordando los aullidos de su padre entre las llamas, de su madre con los pechos desgarrados, del olor a carne quemada que nunca podrá olvidar… Volvió a coger el Libro de los Venenos de Magister Santes de Ardoynis y leyó: Aconitina, planta fanerógama venenosa, también denominada Luparia, Matalobos o Rapé del Diablo, que nombre más apropiado para la ocasión, pensó. Conocía sus efectos letales y especialmente sabía que el desgraciado que ingería la dosis apropiada mantenía plenamente su lucidez y sus horribles padecimientos hasta su último estertor. Vertió la dosis en una copa de vino dulce (único vicio gastronómico confesable del inquisidor), accedió a su habitación y permaneció en ella hasta que, pasado el mínimo deleite del licor, disfrutó hasta el final de la agonía y muerte del Gran Inquisidor. La extraña muerte del obispo Cañizares Ángel Bernal 27 Hacía ya muchos años que había abandonado aquella ciudad. Uno de los recuerdos que conservaba era cuando, siendo niño, salí con mi padre a volar una cometa. Era un día de mucho viento, la cuerda se partió y salió volando. Mi padre me consoló: –Algún día, hijo, cuando menos te lo esperes la cometa regresará. Fue quizá por eso que, cuando me llamaron del arzobispado para investigar la muerte del cardenal Cañizares (el que fuera obispo de Ávila), me acordé de la ciudad donde había pasado mi infancia. Necesitaban un hombre de confianza, de la “casa”, al margen de las investigaciones policiales; alguien que conociera los entresijos de la curia y que supiera guardar la necesaria discreción. Hacía un par de días que me había enterado del caso, por la prensa, donde había sido portada de todos los diarios –“El cardenal Cañizares, aparece muerto en su residencia...” No parecía un caso fácil. El cuerpo sin vida había sido encontrado en el jardín, bajo la galería. No había signos de violencia, excepto los propios del golpe de la caída a más de 12 m. Aunque el último Papa lo había relegado, no parecía probable que se hubiese suicidado. Las puertas no presentaban signos de haber sido forzadas y las cámaras de seguridad descartaban la implicación de sus ayudantes. Además había algo extraño; el cuerpo estaba algo alejado de la casa. Pasé un par de días analizando todos los detalles de tan extraño caso, hasta que caí en la cuenta de que era lo que no encajaba. Faltaba la gran capa magna de más de 10 m. que había usado ese día. De repente lo vi claro: Cañizares había salido volando, a modo de parapente, arrastrado por el fuerte viento que comprobé había hecho. Es probable que cuando consiguiera desasirse de la capa estuviera ya fuera de la balconada, precipitándose al vacío. En el crepúsculo de la tarde me pareció ver el tono rojizo de la capa volando libre, como la cometa de mi infancia. El pergamino Lázaro de Adaja 26 Pensábamos que no lo iban a hacer, pero al final ocurrió. No sirvieron de nada las movilizaciones ciudadanas, ni tan siquiera la oposición explicitada en un manifiesto de los historiadores del arte más prestigiosos internacionalmente. Se salieron con la suya de nuevo y construyeron un centro comercial en lo que antes era la iglesia de San Pedro. Ciertamente el conjunto, por lo menos, así concuerda ahora urbanísticamente con el edificio de Moneo cercano. Lo próximo, ya está en proyecto, será derribar las murallas, que afean este “bonito” espacio postmoderno de la plaza del Mercado Grande. Al menos ocurrió un suceso curioso, digno de reseñar, que salió a la luz con las obras. Aparecieron enterrados en los cimientos de la iglesia unos huesos humanos y, entre ellos, un trozo de pergamino, dentro de una ampolla de vidrio, que según la transcripción rezaba lo siguiente: “Sepan vuestras mercedes de los siglos venideros, que Alonso de la Puente, siendo alarife de estas obras, mató y enterró al perro de su enemigo, Sebastián Corcobado, y que se deshizo del cuerpo bajo esta santa iglesia de San Pero, para librarse de la soga de los corchetes. En el infierno nos vemos, Sebastián”. La cúpula Chimo 25 En Eran las doce de la noche, los habitantes de la calle Vallespín notaron un fuerte ruido, no lo dieron importancia, estaban acostumbrados a los habituales ruidos de los diversos tomacopas. Minutos después el camión de la basura cuando, lentamente, fue a pasar por el arco, se golpeó con una invisible barrera de cristal que cubría toda la puerta. Extrañados llamaron a los municipales con el fin de que fuese lo que fuese que habían colocado lo señalizasen debidamente, cualquiera que baje la cuesta a cierta velocidad podría romperlo o lo que era peor si el cristal era muy compacto tener un grava accidente. Los municipales desconocedores de la novedad, señalizaron debidamente, intentaron con sus porras y las cachas de sus pistolas romper la trasparente masa de vidrio a través de la que se veía claramente el puente Adaja, ni siquiera pudieron rayarlo. Al amanecer se oyó claramente otro ruido, se habían cerrado los arcos de San Vicente y El Rastro. Reunidos en los arcos las autoridades y una vez aclarado que ninguna era la responsable de colocar los tapones de vidrio, intentaron derribarlos sin ningún resultado, crearon un gabinete de crisis con sede en el ayuntamiento donde fueron convocados absolutamente todos los responsables de las administraciones. En el chico las fuerzas de seguridad debidamente uniformadas estaban en formación esperando órdenes. Enterados en el obispado del posible milagro, para demostrar el origen divino de tan sobrenatural suceso, por medio de las campanas llamaron a los párrocos de sus iglesias. A las doce volvió el ruido esta vez mas fuerte y claro, el resto de las puertas menos la del grande lucieron el invisible vidrio macizo. Con la máxima rapidez la población asustada salió al exterior de la muralla. Mientras las autoridades civiles, militares y eclesiásticas seguían reunidas buscando culpables, la puerta del Alcázar quedó tapiada, está vez se produjo un ruido tal que a los Abulenses, que incrédulos desde el grande vigilaban el arco, les pareció oír una sonora carcajada. Moneo Chimo 24 En la terraza del Barbacana estaban solamente ellos dos. –No sé por qué he accedido a tener esta conversación –dijo ella–, lo que estoy segura, es que es la única que vamos a mantener, estoy harta de tus intromisiones, vamos al grano, ¿desde cuándo me sigues? –Desde hace un año y medio. –¡Qué! ¡Eres un puto psicópata! ¿Todas las desgracias que me han pasado en el último año las has organizado tú? –Todas. –¿Eres el culpable de mi depresión? –Y de tu esquizofrenia. –¿Pero porqué?, dame una razón. –Mataste a mi madre, la odiabas. –Sí, la odiaba con toda mi alma, me alegré de su muerte, lo celebré, era una hija de puta, era mala, déspota, inútil, todos pensamos que se había tirado desde esa ventana del edificio de Moneo, lo odiaba como odiaba a todo y a todos, compró allí su casa porque era el único sitio desde donde no veía la horrible fachada. –Tengo fotos. –Enséñamelas –Joder, así que la empujaron, ¿pero quién es esta? te juro que no soy yo. –Las he visto millones de veces, no hay duda, eres tú. –Gracias a matarla has ascendido. –Ya te digo que no la maté, no soy yo, su puesto siempre debería haber sido mío, si esas fotos no son un montaje, entrégalas a la policía para que hagan su trabajo. –Era mi madre. –Que te odiaba, gracias a ella toda tu vida ha sido un infierno, solo quería a tu hermana. Durante unos segundos se hizo un silencio sepulcral, ella observaba la colección de fotografías, en ninguna se veía la cara de la mujer que la empujaba al vacío. –Eres igual de inútil que tu madre –dijo ella–, ¿me has estado jodiendo la vida creyendo que la asesina de la foto era yo? ¡Mira, fíjate bien en el brazo que la empuja! ¿Te suena familiar? Adiós, espero que nunca más nos volvamos a ver, ahora si conservas algo de honradez y cojones haz ahora lo que tienes que hacer. El ángel Flor del Carmen Rodríguez Segura 23 Las mariposas liban el dulce néctar de las flores del camino, los pajarillos cantan, donde se registran mis huellas. Arrastro los pies como si fuera una anciana o un animal herido. El aire es tibio y camino con los ojos cuajados de lágrimas. Sobre mi espalda llevo un saco con todo lo que tengo: trapos viejos, raídos y una olla teñida de hollín, un tarro de metal para tomar agua y unas chancletas reventadas. Mi madre ha fallecido y me han echado de la casa donde vivía, porque no puedo pagar. Soy casi una niña de escasos catorce años, mal comidos y peor vividos. Un perrillo negro y feo, me acompaña sin chistar. Ladra de vez en cuando. Otras veces corre detrás de algún insecto para no morirse de hambre. El cielo empieza a teñirse de gris. El viento se arremolina sobre el valle y las nubes corren con mucha prisa. El Río Chico tiene poca agua en este tiempo y yo camino por sus orillas. Cada vez el cielo está más oscuro y comienza a encenderse con una rayería espantosa. Mis ojos miran al cielo y suplico al Señor que tenga compasión de mí. Llueve… Llueve a cántaros. La lluvia viene de todos lados. Me he refugiado debajo de un olivo, como algunos frutos. Mi lira palpita y mis alas baten como golondrina. Tengo miedo… Estoy tumbada entre las florecillas silvestres, debajo del árbol. Me hago un puño para protegerme, como un conejito asustado. Escucho un ruido… No sé qué es… No acato a huir… Pochi se fuga, ladrando espantado… De repente, la cabeza de agua asoma por el cauce del río. Carga enormes troncos, piedras y un borbollón de agua se me echa encima. No me da tiempo, ni siquiera de levantarme. El río me envuelve entre sus brazos espumantes, tumultuosos y me lleva al paraíso. El ángel del río me acuna y me da besos de amor, como una madre. Los pajarillos cantan. El sol brilla de nuevo y sonríe. La tía Sonsoles Plácido Romero Sanjuán 22 La tía Sonsoles tiene un piso en la calle Reyes Católicos, un piso enorme, gigantesco. Allí me fui a vivir cuando tía Sonsoles tuvo el ataque de flebitis. Siempre me ha dicho que yo, aunque un poco tonta, soy su sobrina favorita. Bueno, también escuché una vez que lo decía a mi hermana Cristina (que era su favorita, no que fuera tonta). Llevo años viviendo con la tía Sonsoles, largos años. He sido y soy su criada. Le cocino, le limpio, le masajeo las piernas, le zurzo la ropa, pero la tía Sonsoles nunca me dedica una palabra cariñosa o amable. Sólo a veces, cuando me ve muy cansada, me dice que todo será mío, su piso de la calle Reyes Católicos y las tierras del pueblo. Por las noches, las manos me duelen; cuando las miro, pienso que son manos de vieja. Mi tía Sonsoles, sin embargo, sigue teniendo el mismo aspecto de siempre. El tiempo no pasa por ella. ¿He mencionado que tiene mi tía Sonsoles un piso en la calle Reyes Católicos? Sí, un piso antiguo, de doscientos metros cuadrados, cuatro habitaciones, cocina, comedor y salón, dos cuartos de baño, un trastero, una despensa. Todo amueblado. Sí, también tiene una buhardilla minúscula, obscura, a la que ella no subía nunca y que me dejó para que yo durmiera. Maldita buhardilla. En invierno me hielo de frío y en verano, bueno, al menos los veranos de Ávila no son demasiado calurosos. Barrer y fregar el piso me cuesta un mundo. Hay dieciocho ventanas. ¡Qué agotador resulta limpiarlas todas! Mi único consuelo es que el piso será alguna vez mío. Cuando la tía Sonsoles se toma un jerez me cuenta la historia de la tía Águeda. El piso era de ella. Se quedó viuda durante la guerra. Tía Sonsoles vino del pueblo para cuidarla. Una vez me dijo que la tía Águeda murió una noche, de repente. Mientras cuenta la historia me hace extraños guiños. No entiendo lo que me quiere decir. Saltar Juan Herminio García-Zeballos 21 En la mañana del 15 de octubre, un cadáver envuelto en una sábana negra fue hallado frente a la Basílica de San Vicente. La víctima, un hombre joven, presentaba una profunda lesión craneana, como si se hubiera golpeado contra algo plano, un golpe seco que le produjo una hendidura en la cabeza y le hizo perder masa encefálica. La muerte había sido instantánea. Los investigadores trataron de encontrar rastros, huellas digitales en el cuerpo, marcas de ADN de terceros, signos de pelea, pero las respuestas negativas se fueron sucediendo unas tras otras. Nadie había visto nada, sólo una mujer mayor que pasaba por allí fue testigo circunstancial, según relató, de cómo desde un coche azul arrojaron un bulto que ella creyó una bolsa de basura. Nada más. Quedaba claro que el occiso había sido llevado a la Iglesia, pero que no había muerto en ese lugar. La escena del crimen “había sido movida”. Quizás había sido lanzado al vacío desde una altura que le provocó la muerte, sin descartar la hipótesis del suicidio y el posterior traslado del cuerpo por desconocidos. ¿Desde dónde había sido arrojado? o ¿desde dónde había saltado? Casas de varias plantas, edificios de considerable altura y por supuesto la histórica muralla medieval eran sitios posibles. Las pistas eras pocas y desconcertantes al momento de buscar responsables, más todavía cuando se conoció la identidad del fallecido: un habitante reciente de Toledana, sin familia ni amigos y sin nadie que se hiciese cargo de sus restos. Además, faltaba averiguar el móvil del ¿crimen? “Ajuste de cuentas; cuestiones de faldas; deudas que lo condujeron a este triste final”, decían varios, y no faltó quien, en una ciudad llena de misticismo, dijera que había sido empujado de lo alto por algún espíritu del mal. Especulaciones, solamente especulaciones, sobre un suceso que sigue irresuelto y que ya nadie recuerda, pero que cada vez que es relatado resurge con la fuerza de una flecha en medio del espacio. Una historia más de aquella ciudad multicultural. La muerte y la calma Flor Martínez Díez 20 Después del crimen se sentó en una silla del patio con una sensación de paz como no había tenido desde su infancia cuando en la playa miraba el mar mientras removía distraídamente la arena a su alrededor. El sonido del tráfico en la plaza de San Nicolás debió parecerle el batir de las olas, entonando con su nueva actitud de evocadora y silenciosa placidez. Nadie pudo sacarla de su mutismo para obtener una explicación razonable. Ni su nieta pequeña, que había aprendido a llamarla cada 5 o 10 minutos con el móvil de su hija o de su yerno para gritarle ¡abuelita cuanto te quiero! con aquella picuda vocecita. O su hijo pequeño, recién aterrizado en California para un brillante doctorado en la UCLA, cuya irritante melodía de Skype sonaba puntualmente a las 3 de la madrugada de cada día (hora de Ávila) cuando al salir de la universidad llamaba reclamando consuelo para su nostalgia y su ansiedad antes de salir de cervezas con sus nuevos amigos. Tampoco su marido, con el que llevaba cuarenta y un años de feliz unión y que continuamente le reclamaba a gritos desde su cuarto de herramientas en el sótano para solicitarle opinión sobre sus esculturas de piedra que pulía con aquel ingenio de su propia invención acoplado al motor de la taladradora. La noticia salió en la prensa local con una foto que mostraba cierta belleza. No podía ser menos dado su sentido estético y su carácter minucioso y tenaz. Lo cierto es que había recogido absolutamente todos los aparatos de la casa con capacidad para emitir sonido, aunque fuera el más tímido pitido avisador, y los había arrojado al patio desde la mansarda del tejado siguiendo un orden riguroso para asegurar su silencio definitivo a la par que su lugar correcto en la escultura final. Finalmente la ingresaron en el psiquiátrico y permaneció allí, silenciosa y risueña, hasta una mañana en que no despertó. El fin de la crisis César Díez Serrano 19 Dos hombres se citaron en el punto exacto que dividía el puente sobre el río Adaja en dos. Eran de los de chaqueta a medida, frente arrugada y olor a alcanfor. Tan grises y marchitos como el día que se había dibujado sobre a la muralla. –El trabajo ya está terminado, tal y como dijimos –señaló uno de ellos tras sobrevivir al viento helado que azotaba su garganta. Estaba tan poco acostumbrado a dejarse ver en público, que tan solo unas profundas ojeras rompían su blanquecino color de piel. –Tal y como dijimos –se regocijó el otro individuo, con una de esas sonrisas forzadas del que no las suele utilizar. Miraron a su alrededor. Todo estaba en calma, no había coches, ni personas y únicamente se escuchaba el pequeño caudal del río perdiéndose hacia el norte. La vegetación se había marchitado y apenas se mantenían en píe algunas resecas cañas en su orilla. Aquella ciudad se había convertido en un páramo de adoquines grises. Todo estaba arrasado. –¿Y ahora qué hacemos? Porque desde luego yo quiero mi parte –reclamó orgulloso el primero, que agarraba las solapas de su chaqueta con aires de grandeza. –El contrato dejaba perfectamente claro que cuando acabáramos con todos, el que menos muescas tuviera en su cuenta, tendría que saltar al vacío desde aquí. –Efectivamente, así se escribió –asintió desviando su vista hacia el cielo. Se mantuvieron en silencio durante unos instantes, hasta que perfectamente coordinados, lanzaron al agua sus ostentosas carpetas de piel. Se miraron a los ojos y proyectaron una oscura carcajada, que resonó en los confines de la ciudad. –Después de todo, creo que ha llegado el momento de resucitarlos. Nos lo hemos pasado genial, pero… –Sí, lo de la crisis ha estado bien, pero sin ellos esto no tiene mucho sentido. Ávila, ciudad solitaria, asesina y trágica Diego Hernández Gil 18 Son las 07:00 horas de una triste mañana de noviembre, en la que, como era habitual, no tenía ganas de levantarme. El ruido del despertador se me hace monótono, después de la pasada noche. De hecho, el dolor de cabeza que siento tiene su origen en unos cuantos litros de más. Nadie entiende la vida de este viejo detective, al que la vida ha abandonado. Recuerdo la hora en la que mi mujer me pedía el divorcio. Mis hijos al unísono decían que querían cambiarse hasta de apellido. Difícil pasar página con esas dolorosas sensaciones. Tantos años dejándose la piel en esta ciudad solitaria, donde dicen que nunca pasa nada. Ellos no viven en la noche despiadada, en la que un par de copas de más en los bares de “fiebre del sábado noche” pueden arruinar todo. Dicen “es Ávila”, pero no viven en esta locura de profesión. Sin embargo, minutos después, reacciono y decido dirigirme a prepararme para ir a ver al señor comisario, valorando el caso que se me asigne o incluso, un posible cambio de lares. La vida aquí tan inmóvil me agota. No hay ruido, aunque el silencio tenue de la noche suela traer alguna pobre víctima. Los años me pesan y esta vida me agota. Quizá debí hacer caso a mi padre y haber escogido otra profesión más tranquila, que sólo proporcionara dinero a mis vástagos y a mí. En fin, dejémonos de lamentos, que ya oigo disparos por la calle de la muerte y del destino, cercana a la catedral. Será mejor que me acerque a ver qué pasa, realizando el rutinario informe y recogiendo las correspondientes pruebas. No soy del FBI, soy sólo un simple detective de ciudad solitaria, en la que también se cometen crímenes. Si bien, en el sitio del crimen, encuentro una joven muchacha de cabellos inmaculados, que me es muy familiar. No sé de qué la recuerdo. Mi cabeza ya no está para estos trotes. La difícil independencia Macarena Rodríguez 17 19 años y se va de casa. Empieza la universidad mañana. No se iba muy lejos pero para David era una experiencia difícil. Su madre y él siempre habían estado muy unidos y aunque le emocionaba esta nueva aventura, también le asustaba. Llevaba un par de años trabajando por las noches para poder mudarse y así estar más cerca de la Escuela Politécnica Superior de Ávila ya que ahora vivían en la otra punta de la ciudad. Su madre aún no había dicho nada respecto a su proyecto de independencia. –Deja que te ayude con esas cajas –había estado observándole toda la mañana. –¡Claro! Gracias, mamá. ¿Puedo utilizar tu coche para llevarlo todo? –Por supuesto, hijo, claro que puedes. –Le contestó con tanta frialdad que hasta le hizo temblar. –Como vas a acabar muy tarde te he hecho la cena. Hay suficiente también para tus compañeros. Te acompaño para ayudarte a descargar las cajas. Sus compañeros de piso ya estaban allí instalándose. Le recibieron a voces, contentos de conocer a su nuevo compañero, hasta que entró su madre. Entonces moderaron su tono. No es un buen comienzo para alguien que quiere independizarse llevar a su madre a la mudanza, pero todo cambió cuando vieron la cena. Se sentaron en la mesa del comedor y esperaron a que la madre de David sirviera la cena. Sin embargo él no recibió la comida puesto que su madre le indicó que había cosas delicadas que tenía que sacar de las cajas antes de cenar porque, según ella, "no fueran a romperse y ahora tenía fresco donde estaba todo". Cuando volvió al comedor se encontró a sus dos compañeros inconscientes con la cara encima del plato. Se acercó a ellos e intentó reanimarlos pero ya era demasiado tarde. –¡Están muertos! Su madre se dirigió hacia él y le dijo: –Ahora ya podemos volver a casa. No te preocupes te dejaré el coche para que vengas a clase. El enemigo estaba allí Jack el encofrador 16 Ávila 5:55 h. Abrí los ojos y el enemigo estaba allí. Permanecía inmóvil, mirándome, preparando su ataque. Sentí pánico pero respiré despacio. Me incorporé muy lentamente. Di un pequeño salto y me quedé agarrado a la superficie de la pared junto a la cama. No se había movido. De otro impulso me lancé hacia el techo en cuya superficie quedé adherido. Sin hacer ruido avancé con brazos y piernas muy despacio hasta situarme encima de él. Con furia me dejé caer. Mientras mi mano derecha le asestaba un golpe mortal, la izquierda trataba de bloquear el botón de la alarma antes de que sonara el puto despertador. Piso compartido Gael Soriano 15 No había día en que no acabáramos discutiendo, y eso que ni siquiera era mi marido. En realidad era un primo del pueblo que se había venido a vivir, por alguna extraña decisión familiar, al piso alquilado que yo tenía en Ávila. Pero todos los días era la misma bronca, peleando por todo. La culpa, sin duda, la tenía aquel apartamento en el que vivíamos: era demasiado pequeño. Lo había alquilado mi familia, en la zona norte de la ciudad, cerca del Polígono, con unas vistas excelentes de la muralla y de San Vicente. Rodeado de una amplia zona verde, era un sitio muy tranquilo... ¡hasta que vino Rufino! Yo procuraba dedicarme a mis asuntos, llevar mi propia vida, pero en cuanto me daba la vuelta allí estaba él hablando de esto y de lo otro, de lo que había que hacer o de lo que no, de cómo debía comportarme. Se pasaba el día criticando a los vecinos, y ocupando la totalidad de mi tiempo libre, que, he de reconocer, en esa época era casi todo. Organizaba mis cosas como si lo de compartir vivienda, le diese derecho a ello. Desde que había llegado allí (todavía no sé porqué se vino a vivir conmigo), aquello era un infierno. Pero sobre todo, lo que no soportaba, era que por las noches se acostara a mi lado y me tocara, haciéndose el dormido. Sus manos sobre mis partes más íntimas me producían escalofríos. Un día ya no pude más y tomé una decisión. Cuando dormía le golpeé con fuerza en su garganta hasta escuchar cómo se partían las vertebras de su cuello. Sin embargo noté algo raro, tuve la sensación de que antes del golpe ya no respiraba. Realmente aquel nicho era demasiado pequeño para los dos. Punto final Milena Evelin Cabrera 14 ¿Moriría por ella? O ¿Ella lo mataría? Pensaba que de cualquier manera eso ya era indistinto a estas alturas; mientras en la negra, lluviosa y cerrada noche de aquella ciudad que lo vio crecer, vagaba sin rumbo queriendo olvidar todo a su paso, TODO. Estaba empapado y no era por el temporal que se había desatado… un sudor frío le recorría su cuerpo de forma lenta, frío el sudor era frío. Se sabía perseguido ¿adónde más ir? Y, además, se sentía desprotegido nada aplacaba esa sensación. Siguió, paso a paso, latido a latido: la Sentía, dolorosamente, la sentía y sabía que no habría escapatoria, era su fin. Lo presintió. Las noches en otoño, en Ávila, además de ser solitarias y taciturnas son perfectas para resultados fatales. Él no sabía cuándo había empezado su odisea pero de algo estaba seguro: así no quería seguir, ya no. El deambular sin destino lo llevó a su destino… llegó a su casa transfigurado, cansado y sin valor; sentado y con la mirada perdida se preguntó nuevamente. ¿Por qué, por qué lo hice? Pensó también ¿cuándo su vida había pasado a ser miserable, dura, nefasta… cuándo? La respuesta era clara y la sabía… y fue allí que, otra vez, como nunca la sintió: fue como una suave caricia, como una brisa primaveral pero tétrica. No luchó, ya lo había decidido: ella había ganado la batalla y se alzaba victoriosa poniéndole el punto final a su vida. Lo mató, no dejó rastros ni huellas; no dejó nada más que una mueca de dolor en él; ella lo mató de a poco y sin prisa, le ganó una batalla de antemano lograda: la Culpa ganó otra vez… La Taberna del Mate José Belmonte Dávila 13 Lo novedoso de la quinta edición de “Cuenta Cuarenta” fue que por primera vez el escenario de uno de los cuentos era la propia escena del crimen que la historia narraba. En un lienzo pintado a lápiz, detrás del narrador, se veía a un hombre mayor con gafas, pensativo, mirando un tablero de ajedrez... era aquel al que llamaban “El carnicero de la Taberna” o “El carnicero de El viajero”. El anciano –conocido ajedrecista local– fue encontrado por la policía en esa misma posición, impertérrito, analizando variantes de la última partida de Magnus Carlsen. Sin inmutarse, al parecer, de que el bar fuese a su alrededor un baño de sangre que habría firmado Tarantino. “Lo extraño”, contaba el narrador, “es que nunca lo reconoció”. “Fue ahí mismo donde se encontró la navaja”, señaló a los escuchantes. “¡Ris-Ras!, imaginaos su destreza como un caballo que se moviera dos al frente y uno a la derecha, puntada desde el estómago al corazón y giro certero hasta el pulmón”. “A lo mejor no fue él”, dijo entonces un visitante, sin duda experimentado cierto síndrome de Estocolmo de quien está sentado donde todo empezó. “Eso es lo espeluznante. Lo que toda Ávila comentaría el día siguiente fue la disposición de los cadáveres: los dos policías, chico y chica, enfrente de los concejales, también un ella y un él. El cura posicionado entre ambos, defendiendo un supuesto ángulo de llegada de los tres ediles de Podemos, colocados en diagonal como si fueran peones. ¿Acaso no lo ven ya? Era una partida sobre baldosas”. Se le habilitó en Brieva la celda que fuera de Luis Roldán. Ahí sigue; y no habla con nadie más que con el repartidor que le lleva la revista “Jaque”. En una entrevista en ÁvilaRed, éste confesó lo que el anciano le dijo en su último encuentro: “A esos peones no se les podía parar, era mate igualmente”. Diagnóstico: cáncer Ana Belén Caminero 12 Lo sospechaba, desde hacía varios días, y la biopsia nos dio el diagnóstico definitivo: ‘Sarcoma maligno’. Aquel papel escrito era como el veredicto de un jurado ante un reo, la resolución definitiva de un consejo de guerra, o una sentencia del Tribunal de la Inquisición. ¿Quién podía decir que aquello no era un crimen, lento y agónico, pero un crimen del destino? Se agolparon mil pensamientos en mi cabeza, mil ideas, mil sentimientos. Quería llorar, gritar, entristecerme, enloquecer, enfurecerme, dar patadas, puñetazos, insultar, maldecir, odiar. Toda una vida pasó por mi mente, deslizándose rápidamente cada minuto compartido con él: cada ideal diseñado, cada ilusión cumplida, cada desilusión superada, cada sueño creado, cada lucha ganada o perdida, cada momento de felicidad y tristeza, cada fracaso, cada éxito, cada consejo dado o recibido, cada palabra dicha o retenida, cada disputa y reconciliación, cada perdón concedido, cada detalle expresado, cada pasión contenida, cada sonrisa en su rostro, cada lágrima, cada mirada, cada caricia, cada beso, cada gesto, cada latido de su corazón, cada inhalación y exhalación de aire, cada borboteo de su alma, cada suspiro. ¡Qué poco había apreciado esas pequeñas cosas que componen la felicidad y que él había tratado de enseñarme toda su vida!: despertarme junto a él, un beso de despedida cada mañana, una sencilla conversación, un paseo cogidos de la mano, una película una tarde de domingo, un chocolate caliente en La Colonial, un álbum de fotos de recuerdos, organizar un viaje, amueblar una habitación, cocinar un bizcocho, colgar un cuadro, cenar con los amigos; o simplemente ver cómo transcurren las estaciones desde la terraza de nuestra casa, ver amanecer y anochecer. ¡Sólo la posibilidad de perderlo me hizo saber cuánto lo amaba! Aquella fue mi condena. Y lo amé, lo amé desesperadamente, intentando recuperar el tiempo perdido en un camino sin retorno. Lo amé, no sin errores nuevamente, no sin faltas, desaciertos y equivocaciones; lo amé amarga y dulcemente, pero tal vez por fin, supe sencillamente amarlo. Ávila cerrada Chimo 11 Hace miles de años, uno de los 43 Hércules tuvo amores con una gitana africana llamada Ávila en quien tuvo un hijo que fundó una bonita ciudad a la que dio el nombre de su madre. Tiempo después, una plaga de frio mortal exterminó a todos sus habitantes, dejando desierta la ciudad. Corría el año 1073 cuando el obispo Don Pelayo recibió la orden de su señor el rey, de repoblar las tierras de nadie entre las que se encontraba la ciudad de Ávila. Cumplida su misión dejó al mando una hueste de veinte soldados a las órdenes de un adalid, el cual como primer precepto, mandó a los recién llegados construir una gran muralla que rodease la ciudad. Terminada la construcción, se mandó a los soldados vigilar armados las nueve puertas existentes, estas además estaban dotadas de todo tipo de defensas, puentes levadizos, mensurrones de los que colgaban los cadalsos, profundos fosos, distintas troneras y canalizaciones por las que se introducirían armas y aceites candentes. –Lo ha entendido soldado –preguntó el Adalid. –Si mi señor –contestó– cualquier movimiento que se produzca en las inmediaciones de la puerta doy el aviso y cuando me den la orden pongo en marcha todas los medios ofensivos. –Exactamente, ¿alguna duda? –repitió el Adalid. –Si mi señor, ¿Entiendo que las medidas de presión se usarán solo para posibles invasores? –Se usarán siempre que se lo ordenen –contestó tajante. –¿Pero… también si alguien quiere salir? –Soldado es usted muy perspicaz, veo que lo está entendiendo. Las huestes, gracias al poder que les fue otorgado a través de los siglos, se afianzaron, consiguieron grandes privilegios, su descendencia heredó los puestos de vigías, en sus puertas construyeron sus palacios, si alguna vez las abrieron salieron muchos, entraron pocos. Los resignados y leales súbditos abulenses habían construido una preciosa muralla para acabar siendo encerrados en ella, nunca se sublevaron. Todavía hoy, las nueve puertas siguen cerradas. ¿Qué puta es esto?, dijo El Dandy kimi 10 Nos habían dicho que Ávila era una ciudad muy discreta y decidimos instalar allí nuestra base de operaciones. Alquilamos una casa grande cerca de un río pequeño. En el almacén guardamos las armas, el dinero, la droga, las joyas y un par de coches, uno de ellos de lujo. Nuestro jefe, Andrei, nos prohibió salir por la ciudad y mucho más hacer ostentación, pero el puto Salvatore, aprovechando la ausencia del jefe, dijo que estaba hasta los huevos y que se iba de putas. Intentamos convencerle, le recordamos que el fin de semana vendrían a casa las crazy horse pero se puso burro y se marchó con Pisano en el Lycan Hypersport... para pasar desapercibidos, los cabrones. Volvieron borrachos, “en esta ciudad no hay una puta puta”, decían descojonados. Cuando volvió Andrei, se cogió un cabreo de la hostia, se lió a puñetazos y terminó abriendo la cabeza a Salvatore con una barra de hierro, pegó un tiro en el pecho a Pisano y nos dijo que fuéramos a buscar unas pizzas en el megane, “¡en el megane! ¿eh? ¡en el puto megane...y de paso os deshacéis de estos dos cabrones de mierda!” Subimos los cuerpos al maletero, pensé tirarlos al río, ¿al río?, dijo el Dandy, ¿al río este más seco que pezón de monja? Ni de coña”. Encontramos un terreno excavado, lleno de hoyos. Había un cartel que decía: “Excmo. Ayuntamiento de Ávila. Excavaciones en busca de los restos de El Tostado”: ¿qué puta es esto?, dijo Dandy. No se... vamos a meterlos ahí, en ese agujero y los tapamos con un poco de tierra. Luego compramos pizzas de cuatro quesos y margaritas y coca-colas cero para Andrei. Al día siguiente, en la primera página de El diario de Ávila aparecía una foto de los políticos del PP, muy satisfechos: Mira Andrei, lee: “Aparecen los restos de Alonso Fernández de Madrigal, El Tostado. Serán trasladados para su autentificación al Arqueológico Nacional” ¿Qué puta es esto?, dijo el Dandy El anticuario Kimi 9 Se desplazó a Ávila para curiosear en la tienda de un tal Rafael Bruja, un anticuario gitano al que le iban mal las cosas por culpa de su hijo, según le confesó El Mariscal una de las autoridades en este mundillo donde se mueven piezas asombrosas: “es el momento de sacarle algo de calidad por un buen precio”. Rafael la recibió con todo tipo de atenciones, “si viene de parte del Mariscal, le dijo, todo lo que pueda ver y tocar aquí estará a su alcance”. “Yo no quiero lo que pueda ver y tocar aquí; solo me interesa lo inalcanzable”, le respondió. “Está bien, dijo, estoy pasando una mala racha por culpa de mi Miguele y voy a venderle algo casi imposible, imposible si no fuera porque yo lo tengo, en mucha estima y en mucho secreto, espere un momento”. Entró en una especie de sótano y volvió con una caja de zapatos. Estaba atada con una cuerda, cubierta de polvo. Deshizo el nudo con parsimonia como si se tratara de una ceremonia mística: “aquí están”. Sacó dos zapatillas, una especie de alpargatas muy antiguas: “Estas que aquí veis son las zapatillas de Teresa de Cepeda y Ahumada, las mismas que se sacudió en los Cuatro Postes prometiendo no volver a pisar la ciudad...”. Estaba maravillada: ¿le importa?, se las probó, le quedaban perfectas, caminó unos pasos por la tienda, salió a la calle, comenzó a levitar primero unos metros sobre el suelo de la ciudad de los cantos y los santos. Desde lo alto pudo ver el contorno completo de la muralla, creyó escuchar el adagio de Barber mecida, ondulada, ensortijada en una ensoñación, una atmósfera ajena donde ella ya no era nada. Luego contempló la escena como la secuencia de una película. Estaba en la tienda, unos hombres entraban, gritaban, reclamaban “el tesoro”, sacaban unos cuchillos y allí, en el suelo del anticuario pudo ver también los cuerpos de Rafael y el suyo, rodeados por un charco de sangre. Yo confieso Alberto Gil Blázquez 8 Pues sí, lo confieso; yo lo maté, hace apenas unos días. La situación era ya insoportable y ni mi familia ni yo podíamos aguantar más. Llevaba ya unos días, con esos gritos terribles e ininteligibles, los golpes, patadas y arañazos en las paredes. Nos estábamos volviendo locos, porque además no era la primera vez. Otros años, siempre al comienzo de la primavera, ya había hecho lo mismo, pero sin llegar a tanto. Pero, ¿qué es lo que quiere? No le hemos hecho nada, no le debemos nada, incluso hasta nos cae bien. Nos está haciendo “luz de gas”. Pero ¿por qué? El caso es que mi hija se pasaba el día llorando, no dormía, bueno, en realidad no dormíamos ninguno. Mi mujer, histérica, me miraba con cara de “algo tendrás que hacer, ¡calzonazos¡”. Sí… ¿pero qué?, ¿la policía? No, eso no, pues seguro acabarían acusándome a mí de algo. Ya no quedaba otra salida, así que terminé por decidirme. Preparé una trampa, no muy sutil, pero sí muy efectiva. Y funcionó, ¡vaya si funcionó! Cayó de cabeza y con un golpe certero, ¡¡zas¡¡ lo dejé seco. Tampoco me molesté en hacer desaparecer el cadáver, de hecho lo tiré directamente al contenedor, pues necesitaba que semejantes alimañas supieran lo que podía ocurrirles. Quería que lo encontraran. Pero nada, ni al día siguiente, ni al otro, ni ninguno, encontré noticias, ni una palabra en la tele, ni una línea en el Diario, nada. Como si no hubiera existido, nadie lo echó en falta, nadie lo encontró. Yo, al menos hubiera esperado una visita de la Policía, algún interrogatorio, alguna mirada sospechosa de algún vecino, pero nada. Mira que para una vez que cometo un crimen, parece el ‘Crimen Perfecto’. ¡Qué decepción! Pero bueno, aunque la noticia no haya corrido por la Tierra como yo hubiera querido, al menos espero que haya volado por los aires y ningún otro puto tordo se atreva a colarse por la chimenea de ventilación de mi baño la próxima primavera. Tierra de vasallos José Manuel Muñoz Hernández 7 Dicen que, a veces, conviene cambiar de aires. Pero no es agradable cuando las circunstancias obligan. Mientras se apeaba del caballo y pisaba por primera vez el empedrado de la ciudad de Ávila se preguntaba qué más podría salir mal. Al menos las noticias que llegaban de Toulouse compensaban la tristeza de abandonar la bendita tierra de los francos para servir al rey enemigo como vasallo. Él era un soldado. Debía obedecer. Aunque degradado, le permitieron mantener su condición de noble pero no terminaban de confiar en él. Le hubiera gustado participar allá de la alegría de la liberación de Francisco por su amigo Juan de Benuy. Él fue quién le animó a comprar estos solares y construcciones, dada la cercanía a la Corte de Valladolid. Un lugar donde empezar una nueva vida. También el que le facilitó los contactos necesarios con el gremio local para que le fueran construyendo, en tanto llegaba, el palacio y demás estancias. Suelta la cincha que sujeta la silla, no había terminado de quitar ésta, cuando oyó los apagados quejidos tras el muro de la que fue la nueva sinagoga. Un sentimiento de rabia se apoderó de él al volver la esquina y descubrir herido de muerte a su siervo repitiendo con insistencia que huyera, que habían sido engañados, que aquella tierra estaba maldita. Pero, dónde ir… Había invertido toda su fortuna y no cabía ya vuelta atrás. Pasados los años aseveró que tenía que haberle hecho caso. Intentó una y otra vez integrarse en aquella sociedad cerrada. Pero el hombre, a menudo, no es dueño de su destino. Un muerto en el departamento de Literatura María Jesús Carrera Redondo 6 Nunca olvidaré aquel día. Era la primera vez que yo salía de mi aldea para estudiar en otra localidad. Y ya había llorado esa ausencia dos semanas. Dos semanas en las que vertí lágrimas y más lágrimas. Pero el día tan temido había llegado. Desde el automóvil veía como se iban acercando hacia mí las murallas. Me impresionaron. Y no volví a derramar una lágrima. No sabía entonces que esa ciudad enclaustrada entre murallones de siglos, encerraba también ella terribles secretos que yo estaba llamada a descubrir. Porque ahora que ha pasado cierto tiempo, y la sensación de miedo no está tan presente, puedo ya confesar que yo fui aquella voz anónima que denunció la muerte del conserje del Instituto a manos del profesor de Literatura. Yo lo presencié todo. La cosa sucedió de la siguiente manera: después de todo un duro trimestre estudiando Literatura, el profesor consideró que mi examen no merecía un aprobado. Me presente aquella tarde presa de una santa indignación a reclamar el punto reparador, ese que yo consideraba que merecía y que me salvaría del suspenso, después de todo mi esfuerzo y pelea con los autores de la posguerra. Cuando llegué al departamento de Literatura oí voces. Me detuve. Veía a través del cristal esmerilado dos figuras que gesticulaban y les oí discutir acaloradamente. De repente algo pesado cayó sobre el parqué. Miré a través de la puerta entreabierta y vi el cuerpo del conserje en el suelo. A su lado, el profesor de Literatura sostenía en la mano derecha un ensangrentado abrecartas. Antes de salir corriendo para llamar a la policía desde una cabina, le oí murmurar entre dientes: –¡te dije que el Nobel lo hubiera merecido más Góngora que Quevedo! Ahora el profesor de Literatura languidece en una cárcel, el conserje del Instituto duerme eternamente bajo el ciprés de Delibes y yo no he vuelto jamás a reclamar una nota. La voz cautiva Ismael López Martín 5 El Inspector Vargas, sevillano destinado en Ávila desde hacía dos años, no dejaba de maldecirse por haber elegido la ciudad amurallada como un emplazamiento tranquilo. Corría el mes de junio del año 1892 y por segunda vez en una semana, su sangre se había detenido al volver a contemplar ese rictus macabro y escalofriante. El padre Melchor, al igual que el padre Gaspar tres días antes, había aparecido al despuntar el alba ocupando su sitio en el coro, con la boca abierta y sin ninguna posibilidad de entonar una nota. Dos fallecimientos, en tan extrañas circunstancias, requerían una fe inquebrantable para poder abandonarse confiadamente a la Divina Providencia. Esto pensaba Baltasar Cantalapiedra, Padre Prior del monasterio, cuando parecía escuchar las cuitas del Inspector Vargas, el cual había interrogado en vano a todos los frailes, así como a las pocas personas que habían tenido acceso al convento últimamente. Deambular por este dédalo de salida incierta condujo al Inspector hasta el Paseo del Rastro, desde cuyo palco privilegiado con vistas al Valle Amblés solía aquietar su espíritu. El no menos afligido Padre Prior fue abordado en uno de los claustros del convento por Críspulo, un zagal de unos dieciséis años, con pocas luces, huérfano y casi mudo, que había crecido en el monasterio al amparo de los frailes y que ejercía las funciones de mandadero. Desde hacía un tiempo, dicho mancebo, trataba de llamar la atención del Padre Prior, intentando cantar un casi irreconocible “Kyrie Eleison”, con tantas ganas como escaso éxito, teniendo en cuenta los apenas imperceptibles sonidos guturales que era capaz de emitir. –¡Alma cándida! ¿Cómo tengo que decirte que tú no puedes cantar en el coro? Críspulo, contrariado una vez más, se alejó corriendo y algo cayó al suelo tras de sí. El Padre Prior comprobó aterrado, que aquello era un frasco con hojas de cicuta. La primera vez José María López Gallego 4 Ávila, otoño. El joven bajó del taxi. Caminaba despacio por entre las hojas removidas, hacia su primera vez. Abrió la puerta y atravesó el pasillo con los zapatos aun mojados. Una lluvia gris tras las ventanas y las manos duras en los bolsillos. Antes se pasó por los baños. Hizo acopio de todo el coraje del que era capaz. Se aconsejó calma y humedeció la nuca. Pasó a la habitación donde ella lo esperaba tendida. Descendió sus manos sobre la frente de la muchacha, entrelazó los dedos a sus cabellos agolpados en juventud intensa. Examinó, se estremeció, no podía decidir qué buscaba exactamente. Con los suyos, dibujó los dedos pálidos de la joven, y en esa calle de arcenes duros donde cruzar de una sangre a otra sangre se convierte en una travesía imposible, se entretuvo, como esperando junto a un sepulcro que anuncia un suceso. Se recreó en la rozadura sonrosada a la altura de las ingles, la dureza extravagante de sus nalgas y sus pechos, el enigma de sus labios. Ella dejó que él abriera su frente, como ningún hombre antes lo había hecho. Intentos sucesivos se habían estrellado contra sus encajes de seda negros. Dentro halló unos zapatitos de charol y la sonrisa triste de un arlequín de nicotina y sueño. Llevó, luego, sus labios a la lisura de sus dedos, tomó su corazón, lo elevó hacia luz, examinó cada pasillo de sangre, cada latido extinguido, cada turbio paisaje. Buscaron de nuevo sus manos la sonrosada rozadura de las ingles donde tantas veces ella se estremeciera. Ya con el pulso firme, cerró su pubis, su vientre, depositó con dulcísima paciencia su corazón, clausuró las puertas de su pecho, cruzó la sombría orbita de sus pupilas y se quedó mirando como quien mira a quien ama. En un libro de formularios con pastas duras, dejó algunas anotaciones. Al pie, la fecha. Con un trazo suelto de su estilográfica, el joven firmó el informe de su primera autopsia oficial como médico forense. El crimen perfecto Lázaro de Adaja 3 Cuando descubrieron el cementerio musulmán, tuve la idea. Después del asesinato descarné sus huesos y los enterré allí. Han pasado quince años y aún no me han descubierto. Los viajeros del Tiempo Lázaro de Adaja 2 De la época de la que yo vengo todo se sabe por la Historia, pero yo nada sabía del futuro. Cuando llegaron los viajeros del Tiempo y me trasladaron al siglo XXI, hubiera deseado no conocer el devenir de los acontecimientos. Después de muerta, la descuartizamos por completo. Las extremidades por un lado, el corazón, por otro… Aquello fue una verdadera carnicería, que a nadie escandalizó. Ahora he descubierto que el verdadero crimen es que el brazo, momificado en el siglo XVI, fuera a parar al escritorio de un auténtico asesino del siglo XX. El último joven de Ávila César Díez Serrano 1 En ese momento me sorprendí a mí mismo desangrando esfuerzos sobre la tenebrosidad de la noche. Solo podía escuchar el eco con el que mis pasos subrayaban la soledad de las calles y se perdían en sus confines. Y esa maldita sensación de ansiedad, que congelaba mis pulmones con cada bocanada de aire… ¡No había nada tan frío como aquello, ni tan si quiera el hielo acumulado en las esquinas! Pude palpar por primera vez, cómo la fuerza de mis piernas se derrumbaba paulatinamente. Tanto andar acumulado y sin más, ahora, todo parecía perderse en este mar de nada que ya no me sostenía. La ciudad marchita que devoraba su propio silencio, ahora olía a muerte. Un cadalso improvisado entre los soportales, alumbraba un cadáver joven que se balanceaba entre el crujir de la cuerda. Sin aliento, contrariado y ya sin oxígeno, cedí mi voluntad al suelo. Habían matado al último joven de Ávila. Ya nunca más hubo gente por la calle. Al menos, las luces LED protegieron mi identidad…Que algo bueno tenían que tener.
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