LA TRANSMISIÓN ORAL ENTRE LOS MAPUCHE Resumen

José Luis González Llamas
Universidad de Valladolid
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Correo: [email protected]
LA TRANSMISIÓN ORAL ENTRE LOS MAPUCHE
Resumen
Para el pueblo mapuche, al igual que para diversos grupos indígenas, la
oralidad ha sido el modo básico de transmisión cultural. A través de su lengua, el
mapudungún1 –“hablar de la Tierra”–, han venido manifestando las peculiaridades
de su cosmovisión, vinculada estrechamente con la naturaleza. Tanto en la vida
cotidiana como en los actos rituales utilizan ciertas expresiones orales con las que
se ha conseguido formar a las nuevas generaciones, contactar con las fuerzas
sobrenaturales,
convivir
en
sociedad
bajo
los
preceptos
del
derecho
consuetudinario y al az mapu –la manera correcta de vivir en la tierra–. Entre estas
formas específicas, acompañadas de un lenguaje gestual, se puede distinguir el
epew –cuento–, el nütxam –diálogo–, el ül –canto–, el pentukun –saludo
protocolario– o el ngülam –consejo–.
Los procesos migratorios hacia el ámbito urbano a partir de las primeras
décadas del siglo XX supusieron el inicio de la decadencia en referencia al uso de
los testimonios verbales. En la actualidad los procesos globalizadores y la tendencia
a la homogeneización suponen un desafío para la continuidad de las especificidades
de los pueblos. Como se señala desde la UNESCO, las tradiciones y expresiones
orales en lengua materna se consideran uno de los ámbitos donde se manifiesta el
patrimonio cultural inmaterial. Por este motivo se insta a su reconocimiento,
salvaguardia y recuperación en aras del mantenimiento de la diversidad cultural.
1
Se ha optado por utilizar esta grafía, no obstante puede aparece con otras como mapudungun,
mapudungu o mapuchedungun.
1
La revitalización de su lengua propia puede contribuir decisivamente a la
cohesión desde el interior de la sociedad mapuche y es una excepcional
herramienta de resistencia contra el poder. La memoria compartida, el repertorio de
referentes de pertenencia, se configura como un buen acicate para la persistencia
de su propia identidad étnica que los proyecte hacia el futuro.
Palabras Clave: oralidad mapuche, patrimonio cultural inmaterial, diversidad
cultural, identidad étnica.
Introducción
La oralidad, que se puede definir a grandes rasgos como la expresión de la
palabra hablada o las manifestaciones de carácter oral del lenguaje, es la forma
elemental de comunicación humana. De acuerdo con Ong (1987: 17) la escritura,
considerada como una estructura secundaria, no hubiera sido posible si
previamente no hubiera existido algún tipo de testimonio verbal.
Durante un largo tiempo, las culturas indígenas han contado como único
medio de comunicación con el habla, siendo este el modo de reproducción y
transmisión de sus costumbres, creencias, experiencias o conocimientos. La
verbalización, en consecuencia, ha venido formando parte de un repertorio cultural
específico que configura de forma manifiesta los rasgos de identidad particular y
compartida, determinando o delimitando una entidad única.
De acuerdo a lo anterior, los términos auditivos propios de un grupo humano
han sido los únicos a través de los cuales se ha podido transferir de forma fidedigna
el mensaje deseado, que de otro modo no hubiera sido factible. Para que adquieran
los significados en plenitud es necesario, como señalan Caniguan y Villarroel (2011:
17), que se utilicen en un determinado contexto, de acuerdo a los parámetros que
estructuran su cosmovisión.
2
Considerando que la comunicación oral es un eje fundamental de las
interacciones sociales, es evidente que tanto hablante como oyente-es deben
mantener cierta “sintonía”, de modo que quienes escuchan entienden y son
partícipes de los modos en que se producen los diversos tonos, cambios de
entonación, las distintas intensidades, repeticiones, pausas o movimientos
corporales. Es necesario señalar, además, que las variaciones en la forma de
comunicar a través del acto verbal depende del momento –actos cotidianos o
ceremoniales– o de los interlocutores –familiares, miembros de comunidades
cercanas o visitantes de otras tierras–.
El ámbito de la oralidad comprende una amplia serie de manifestaciones,
como pueden ser, adivinanzas, cuentos, mitos, poemas o cantos, que cada
sociedad utiliza como para formar, fortalecer o dar continuidad a una memoria
colectiva, y en definitiva mantener viva su cultura.
Cierto es que la palabra dicha, al contrario de la escrita, desaparece una vez
acaba el periodo sonoro. No obstante, en la memoria de los oyentes permanece el
momento en que se produjo, los gestos de los que fue acompañada y los
significados que todo ello encierra.
Las tradiciones y expresiones orales, como se recoge en la Convención de
para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO (2003), están
consideradas parte esencial del patrimonio inmaterial de los grupos humanos, el
sustrato fundamental de la cultura propia a través de la cual se transmite la cultura.
Son, además, un eje esencial de la diversidad cultural que en la actualidad está
amenazada por la paulatina urbanización, la emigración o la industrialización, y en
último término –como se indica en la Convención sobre la Protección y la Promoción
de la Diversidad de las Expresiones Culturales de la UNESCO (2005)– por la
globalización, que produce cierta estandarización.
3
En los procesos mundializadores se producen, sin embargo, dos
tendencias: homogeneización y heterogeneización que conviven en una pugna
permanente. Según Appadurai (2001: 30), las interacciones globales no están
causando un problema de uniformización porque no están desapareciendo los
particularismos culturales. Así lo señala García Canclini (2006: 6), para quien
la globalización no es lo opuesto a las culturas locales, es decir, que no hay un
auténtico antagonismo, sino –utilizando las palabras de Roland Robertson–
“constante glocalización”, es decir una tensión y coexistencia entre los
fenómenos transnacionales y locales.
La palabra en la cultura mapuche y sus manifestaciones
El pueblo mapuche se ha caracterizado tradicionalmente por la oralidad,
o como señala Golluscio (2006: 31) “es una cultura centrada en la palabra”. A
la llegada de los conquistadores, en el siglo XVI, en el extenso territorio que va
del río Choapa –en la actualidad la Región IV– hasta el golfo de Reloncaví –isla
de Chiloé–, de lo que es hoy Chile, existiría cierta unidad lingüística por medio
del mapudungún –mapu, tierra; dungú(n), lengua, habla–.
Como pueblo ágrafo, la comunicación oral ha estado presente en todos
los ámbitos de la vida tradicional, tanto en los actos cotidianos como en aquellos
considerados como especiales. A través de la palabra hablada se ha venido
transmitiendo su propio repertorio cultural. Las técnicas de producción verbal
están asociadas, indica Painequeo (2012: 208), a la forma en que los indígenas
conciben el mundo, por lo tanto, tienen una estrecha relación con la lógica
propia, en la que se prefigura un espacio singular simbólico. Éste sólo alcanza
su valor de significación plena en su contexto específico, vinculado a un lugar,
un momento, una estética y lenguaje gestual.
4
El habla de los mapuche en la sociedad tradicional ha estado muy
vinculada a la educación de los jóvenes, con la que se ha tratado de ejercitar su
memoria. Por esta razón la acción verbal se caracteriza, como afirma Bengoa
(1996: 66), por su riqueza descriptiva y por el culto por los detalles. De un modo
similar lo considera Guevara (1913: 312-313) al afirmar:
Cada tipo de mentalidad funciona con su lengua peculiar. Por lo tanto, al
mecanismo mental del araucano de tiempos pasados correspondían formas
propias de espresión (sic). Nótase en la lengua araucana la característica de
espresarse (sic) los detalles concretos que en las indo-europeas se callan. El
rasgo saliente de la lengua era antes, como lo es todavía, la precisión minuciosa
de los detalles. Describía con exactitud admirable la situación, los movimientos,
las distancias, las formas i (sic) los contornos de los objetos i (sic) de los seres.
El lenguaje por jestos (sic), complementario del oral, estaba mui (sic) esparcido
en la antigüedad. Aún no han olvidado algunos viejos el movimiento espresivo
(sic) i variado de las manos, que acompaña al lenguaje oral o se usa
separadamente como especificación de un pensamiento entero. En las danzas
de índole relijiosa (sic) se emplea todavía este lenguaje mímico, bien
comprensible para el indio. Había también una acción májica (sic) en
innumerables palabras (…).
En la vida cotidiana o en momentos especiales, es decir, bajo
circunstancias variadas –entre los familiares, los miembros de la comunidad o
ante la llegada de extranjeros–, la comunicación oral ha servido para “entretener,
enseñar, valorar, despedir, formar, fortalecer, saludar, sanar, conquistar,
entregar un mensaje, etc.” (Painequeo, 2012: 210).
En la actualidad, desde una perspectiva diacrónica, se tiende a continuar
con la división en etapas que estableció Walter J. Ong (1996) en relación al
tránsito de la palabra hablada a la escrita. Así lo consideran Iván Carrasco (1990)
y Hugo Carrasco (2002) en el caso de la sociedad mapuche, quienes distinguen
tres fases: una primera denominada “oralidad absoluta”, correspondiente al
periodo prehispánico, previo a la imposición del castellano, momento en el que
la lengua es eminentemente oral, sin la existencia de ningún sistema de escritura.
5
La segunda, definida como de “oralidad inscrita”, donde la cultura dominante
impone la letra impresa, se transcribe el mapudungún y posteriormente se traslada
al castellano. Para Carrasco (2002: 84), es entonces cuando la cultura mayoritaria
influye en la etnoliteratura mapuche y ésta empieza a adecuar sus posibilidades a
la escritura. Se trata de un traspaso en los límites culturales, donde coexiste lo oral
con lo manuscrito.
Una tercera, que llega a la actualidad, es la de ”escritura propia”, en la que
los propios autores mapuche generan textos de manera autónoma a la narración
oral, es decir, codifican su pensamiento en letra impresa.
La escritura, que comenzó a ponerse en práctica en el territorio mapuche tras
iniciarse la evangelización relegó en parte a la expresión oral, sin embargo, afirma
Montecino (2007: 24), nunca consiguió que ésta dejara de mantenerse como “fuente
constante, cotidiana y privilegiada de comunicación entre las personas”. En
consecuencia, la práctica verbal no desapareció en su función de transmisora del
saber y la memoria. Según Contreras (2007: 3), de las diversas adquisiciones
culturales tomadas de los españoles, la sociedad mapuche nunca adoptó la
escritura como algo propio, relegándola a espacio secundario. Esta afirmación
vendría a poner en duda que haya existido un tránsito pleno desde la oralidad al
documento escrito.
Es en este sentido como se pronuncian dos de los creadores mapuche
actuales: el distinguido poeta Elicura Chihuailaf y el polifacético Lorenzo Ayllapán2.
Ambos afirman que sus obras están concebidas bajo los parámetros de la oralidad
–a pesar de que se encuentren impresas– para ser relatadas o cantadas, no leídas.
En el caso de ambos citados se ponen de manifiesto, desde un contexto naturalista,
los conceptos que configuran la cosmovisión mapuche –la noción dual o la su
concepción sobre la tetrapartición– remitiendo a la memoria, al pensamiento mítico,
recreando una simbiosis entre lo terrenal y lo espiritual.
Conocido como üñunche –hombre pájaro–. Reside en la comuna de Puerto Saavedra en la región
de La Araucanía. Fue declarado Tesoro Humano Vivo por la UNESCO en el año 2012.
2
6
En la cultura tradicional mapuche han existido, y hoy no han desaparecido
por completo, especialistas en el manejo de la palabra; personas con ciertas
cualidades en la práctica del “saber decir”. Así, los weupifes, son los que transmiten
los saberes a través de historias dentro de la comunidad; los werkenes –voceros,
mensajeros– encargados de trasladar mensajes a otras comunidades; o los
negenpine –dueños de la palabra– que dirigen las oraciones en las diversas
rogativas y, por sus conocimientos, son estimados asesores filosóficos y
espirituales.
En general se pueden distinguir dos modalidades de expresiones orales, las
que se pueden considerar poéticas y las que no; las que tienen una melodía o
carecen de ella. En cualquier caso, en mayor o menor medida, se acompañan de
variaciones en la entonación de la voz, de ciertos gestos, onomatopeyas, miradas
o exclamaciones. Las más singulares manifestaciones –caracterizadas por su
minuciosidad descriptiva– con las que el mapuche de vida tradicional ha venido
expresando y transmitiendo su particular cultura son:
 Epew: definido como cuento o relato sobre mitos y leyendas –fenyentun–, en
los
que
aparecen
personajes
humanos,
animales,
–también
animales
personificados– o entes superiores, con gran dosis de fantasía, donde es común
hacer constantes menciones a un contexto natural. Se caracterizan porque han sido
el método utilizado por los mayores, generalmente alrededor del kütralwe –fogón–,
para entretener y enseñar a los más jóvenes a través de metáforas. El objetivo final
es que los niños aprendan su historia, a comportarse, a ser respetuosos y
respetados, honrados y leales –a ser Che– y puedan ellos transmitir los
conocimientos en el futuro. En las comunidades solían existir especialistas, dotados
de extraordinarias cualidades para esta función. En la actualidad apenas quedan
algunos, entre los que hay que mencionar a la señora Paula Painén3.
3
Afincada en la comuna de Padre Las Casas, región de La Araucanía, fue reconocida como Tesoro
Humano Vivo por la UNESCO en el año 2010.
7
El más conocido de entre los epew es el del mito de su creación, en el que,
representando el bien y el mal, las culebras Cai-Cai y Tren-Tren mantienen una
lucha:
Allá en el mar, en lo más profundo, vivía una gran culebra que se
llamaba Cai Cai. Las aguas obedecían las órdenes del culebrón y un día
comenzaron a cubrir la tierra. Había otra culebra tan poderosa como la
anterior que vivía en la cumbre de los cerros. El Ten Ten aconsejó a los
mapuches que se subieran a un cerro cuando comenzaran a subir las aguas.
Muchos mapuches no logaron subir al cerro y murieron, transformándose en
peces. El agua subía y subía, y el cerro flotaba y también subía y subía; los
mapuches se ponían los cantaritos para protegerse de la lluvia y el sol; y
decían: Cai, Cai, Cai; y respondían: Ten, Ten, Ten; hicieron sacrificios y se
calmó el agua, y los que se salvaron bajaron del cerro y poblaron la tierra.
Así nacieron los mapuches (Bengoa, 1996: 9)4.
Escultura de madera que representa
a las serpientes Cai-Cai y TrenTren. Plaza de Nueva Imperial.
4
Existe una gran variedad de interpretaciones sobre este mito. El presentado corresponde a un
relato recogido cerca de Purén, en la provincia de Malleco. Afirma Bengoa que una parte del relato
se acompaña con movimientos de las manos y sonidos como de lluvia que cae sobre el techo.
8
 Ül: se trata, según Caniguan y Villarroel (2011: 36) de un discurso poético
expresado a través del canto. Se configura, por tanto, como un tipo de alocución
artística-melódica que los mapuche han desarrollado desde tiempos inmemoriales.
A través de la acción, el ülkantufe –cantor, poeta–, con su destreza en la
improvisación y memoria, transmite sus emociones a los oyentes. Se realiza en
forma lírica, acompañada de una melodía que evoca sentimientos como alegría,
dolor, esperanza. No son necesarios instrumentos musicales, sin embargo en
ocasiones se acompaña con el sonido acompasado del cultrún –tambor–. Su
práctica se lleva a cabo en momentos cotidianos, como puede ser en los trabajos
comunales –por ejemplo en la construcción de una ruka (vivienda tradicional)– o en
las labores del hogar; especiales o ceremoniales, como un mafün –rito de
casamiento–, la práctica del palín –deporte de carácter religioso de origen
ancestral–, entierros, o la celebración de un nguillatún –rogativa más importante en
la cultura mapuche–.
A pesar de que el protagonista es el intérprete a través de la construcción y
ejecución de su propia obra, los oyentes se convierten también en actores, que
comparten, dice Painequeo (2012: 210), el repertorio de significaciones que
representa, de acuerdo a las costumbres del az mapu5 en el sector.
Con su práctica se rememoran retazos de la historia de la familia o la
comunidad, recordando a los antepasados. Se trata además de una importante
herramienta pedagógica, un recurso útil en la educación de los menores, a través
del cual se transmiten, de un modo lúdico, normas y valores.
A través del ül, la machi –autoridad religiosa– se pone en contacto con los
seres del más allá para que influyan en la sanación de enfermos o la propiciación
de buenas cosechas
5
Esta expresión se utiliza para definir el conjunto de comportamientos de acuerdo a las
características socio-culturales, espirituales y geo-espaciales de un territorio. Se utiliza también
aludir a una serie de normas que conforman las leyes naturales –asimilable al derecho
consuetudinario– a modo de un código ancestral de carácter ético-jurídico.
9
 Nüxam: significa conversación o diálogo. Se trata de una expresión verbal en
la caben las narraciones de historias, relatos –vividos o conocidos porque alguien
los contó–. En la cultura tradicional mapuche los más pequeños son instruidos para
ser buenos en esta práctica.
 Ngülam: se puede definir como consejo, enseñanza, educación. Relacionado
con la transmisión de conocimientos. Según Golluscio (2006: 96), se trata de una
expresión discursiva estructurada en la que “el enunciador, a partir de ciertas
condiciones y del cumplimiento por parte del destinatario de las conductas, las
actitudes o los estados personales “aconsejados”, enuncia –y anuncia–
consecuencias positivas para aquél, predicciones construidas como enunciados
aseverativos y, en general, evaluativos”.
 Pentukun: saludo protocolario. Se trata de un tipo de alocución utilizado para
conseguir establecer o mantener relaciones entre personas o grupos. Se configura
en forma de ritual entre dos personas o más donde se establece un tipo de diálogo
consistente en preguntar y responder, con la finalidad de conocer o anunciar. Así,
por ejemplo, se informa sobre el estado en el que se encuentran los interlocutores,
sus familias o comunidades y los acontecimientos que se han producido desde la
última vez que se vieron. Va acompañado de un contacto físico a través de
apretones de manos o de abrazos. La conversación está repleta de calificativos,
descripciones intercaladas, con variadas entonaciones –que pueden denotar
disgusto, alegría o resignación– y gestos. Para cumplir el protocolo, realzado por el
ambiente de solemnidad que se crea, se toma el tiempo necesario, lo que suele
producir disertaciones muy largas.
10
Desafíos en un contexto globalizado: las expresiones orales, un instrumento
de resistencia
A partir de la llegada de los conquistadores hispanos al territorio que ellos
denominaron como el de los araucanos, se produjo una progresiva transformación
cultural. En referencia a la lengua, el mapudungún comenzó a ponerse por escrito
y además conocieron una lengua nueva, el castellano, que hoy hablan y entienden
todos los habitantes de Chile.
El declive de la comunicación oral comenzó en el momento en que una parte
de la población mapuche se ve obligada a emigrar a las ciudades, a inicios del siglo
XX, debido al empobrecimiento por la tenencia de la tierra –las causas de esta
decadencia hay que buscarlas en lo que aconteció tras la Pacificación de La
Araucanía, que terminó en 1883–. La vida en la urbe no fue fácil para los nuevos
residentes, quienes sufren el desprecio y la marginación, viéndose obligados a
hacer desaparecer los rastros que los “delatan”, entre ellos su lengua materna. El
porcentaje de población que habita en el medio urbano hoy supera el 63%, según
señalan Irarrázaval y Morandé (2007: 39).
En el ámbito rural no persiste la vigencia del sistema de expresiones verbales
propios de otras épocas, no obstante existen aún, señalan Caniguan y Villarroel
(2011: 23), ciertos espacios –básicamente en tierras ancestrales de La Araucanía–
donde se han mantenido prácticas relacionadas con la tradición oral. Esto viene a
corroborar lo que indica Painaqueo (2012: 209), que en algunas comunidades no
ha arraigado la escritura, y se ha dado continuidad a la palabra hablada como
sistema de comunicación.
Por otro lado, existe un alto porcentaje de población mapuche,
fundamentalmente de jóvenes, que no sabe hablar la lengua de sus antepasados,
a pesar de lo cual, se considera ésta, según señalan Irarrázaval y Morandé (2007:
42), el segundo elemento más relevante de su cultura.
11
En la actualidad, abocados a vivir bajo los códigos que impone la
globalización, se viven momentos de incertidumbre en lo que tiene que ver con el
uso del mapudungún, y más concretamente en sus manifestaciones orales. Los
procesos mundializadores llevan aparejada una tendencia hacia la estandarización,
lo que conlleva un menoscabo de los particularismos culturales. En la confrontación
entre lo global y lo local se manifiestan dos dinámicas con orientaciones distintas:
tendencia a la uniformidad e interés inusitado por diferenciarse.
Lo indicado se constata en lo que está sucediendo en el interior de la
sociedad mapuche. Quienes se consideran pertenecientes a este pueblo originario
tienen cada vez más semejanzas en sus modos de vida con los habitantes de otros
lugares del planeta. A pesar de ello se perciben a sí mismos como distintos, dotados
de cualidades singulares que conforman su identidad étnica. El arraigo a lo propio
se ha ido acrecentando en contacto con aquellos desemejantes, por los cuales se
sienten dominados. Tratando de sobreponerse a una situación de subordinación se
ha ido generando un progresivo apego a los repertorios que configuran su
patrimonio cultural, de tal modo que éste es utilizado ahora como símbolo de
resistencia identitaria. Es preciso apuntar que patrimonio e identidad van
íntimamente unidos, ambos conceptos remiten a un “nosotros” que cobra significado
en contraste con un “ellos” y conforma una frontera cultural que construye el ethos
del pueblo.
No cabe duda, a tenor de lo dicho, de que el acervo patrimonial es un
instrumento de gran utilidad, aunque esté modelado a través de la reconstrucción
idealizada de un pasado histórico. Si bien supone una resignificación de referentes
ancestrales proporciona una conciencia colectiva.
12
La utilización de la lengua original –donde están incluidas sus diferentes
manifestaciones orales– como parte integrante del patrimonio inmaterial es, como
afirma Golluscio (2006: 41), un medio privilegiado a través del cual se pueden tejer
los sentidos de pertenencia y devenir. En este sentido, el uso de la palabra hablada
en lengua propia se percibe como un hecho significativo, el de ser partícipes en la
revitalización cultural puesta en marcha. Es por ello que en los últimos años se está
rescatando el uso del mapudungún, a lo que han contribuido las iniciativas de
profesionales de diversas disciplinas –historiadores, antropólogos o lingüistas–,
acompañado, evidentemente, de una disposición por parte de la población mapuche
por aprenderlo.
En relación con lo anterior, es pertinente señalar que desde la década de los
noventa se viene promoviendo un proceso de retradicionalización, que lleva
aparejado un interés por recuperar prácticas rituales de carácter tradicional. Está
constatado que en los últimos años, en diversas comunidades, se están volviendo
a celebrar ceremonias, como el nguillatun –la rogativa más significativa– o el we
tripantu –año nuevo–, que estaban en riesgo de desaparecer o ya no existían.
Asimismo, en relación a lo anterior, algunas personas se han interesado por rescatar
saberes y técnicas de oficios tradicionales, como el textil, la platería o la alfarería.
En este sentido hay que indicar que los objetos creados son utilizados en actos
ceremoniales como los anteriormente citados.
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A modo de conclusión
Actualmente, inmersos en un sistema globalizado homogeneizador, las
particularidades culturales de los pueblos se sienten amenazadas, lo que equivale
a decir que está en riesgo la diversidad cultural. Así lo advierten desde la UNESCO,
donde se muestra gran preocupación por la desaparición de ciertos repertorios que
configuran el patrimonio cultural inmaterial, especialmente en lo referente a las
expresiones orales en lengua materna.
La oralidad en mapudungún ha venido actuando en la sociedad tradicional
como soporte de la memoria colectiva, sirviendo de mecanismo con el que
reformular los fundamentos de su cultura ancestral. Ha sido el sustento de una base
de pensamiento que remite a contextos históricos, un canal a través del cual se ha
expresado y comprendido su particular cosmovisión. Con ella se han determinado
las cualidades específicas que conforman su sistema simbólico y marcan las
fronteras de su identidad social.
Ciertamente las representaciones verbales particulares del pueblo mapuche
se encuentran amenazadas por los nuevos modos de vida. No obstante se está
produciendo un esperanzador resurgimiento. El interés por diferenciarse está
provocando que una parte de la población muestre deseos de revalorizar su cultura
propia. Esta dinámica se percibe como un ejercicio de reafirmación identitaria ante
una sociedad dominante en la que viven subsumidos. En ese sentido sirve como un
instrumento reetnificador y, en tanto, reivindicativo.
Una auténtica revitalización de repertorios del patrimonio cultural hoy puede
ser un recurso útil para impulsar el desarrollo local. El incremento de hablantes de
mapudungún, tiene un efecto favorable en el aumento progresivo de celebraciones
tradicionales y es un estímulo para la recuperación de oficios tradicionales, cuyos
objetos creados son utilizados, a su vez, en los diversos rituales.
14
Lo antedicho desencadena una serie de resultados positivos por cuanto
cohesiona a la sociedad, proporciona ingresos e invita al mapuche urbano a
acercarse a su comunidad de origen. Todo ello puede evitar la despoblación del
ámbito rural puesto que los que están asentados en él no se ven obligados a
marcharse y alienta a los de la ciudad a que regresen para quedarse en las tierras
que fueron de sus antepasados.
La utilización de expresiones orales propias actualmente se concibe
significativamente como un puente desde un ayer a un hoy, que constituye un juego
de permanencias, una manera de comprender el mundo. Se entiende, por tanto,
como referente de pertenencia y recurso de persistencia, puesto que contribuye a
dar continuidad a aquellos mitos primordiales que configuran su ethos.
El conocimiento de valores ancestrales, donde la lengua tiene un espacio
privilegiado, estimula la memoria. Se escenifica el pasado en el presente evocando
un sentido de la trascendencia que dignifica, redefine, reactualiza y proyecta hacia
el futuro.
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