P CASA DE LOCOS CASA DE LOCOS narradores latinoamericanos que estudian un doctorado en Estados Unidos Preámbulo de Santiago Vaquera-Vásquez Epílogo de Betina González Compilación de Francisco Laguna Correa P Narrativa Latinoamericana ¡Hecho con el corazón en México! Este libro se realizó sin ningún tipo de apoyo económico o editorial externo a Editorial Paroxismo. ¡NOS DECLARAMOS UNA EDITORIAL INDEPENDIENTE! Diseño de la colección: Albán Aira Portada: FLC Primera edición: febrero, 2015 Todos los derechos reservados De los textos: ©Los autores De la edición: ©Editorial Paroxismo ISBN-10: 0692342818 Library of Congress Control Number: 2014921470 Manuel Carpio 70 Santa María la Ribera México, DF, 06400 1123 Greenfield Avenue Pittsburgh, PA USA, 15217 www.editorial-paroxismo.com Es permitida la reproducción parcial o total del contenido de esta edición sin el consentimiento del editor. All of this book may be reproduced without permission in writing of the publisher. Impreso en el Gabacho ÍNDICE [ 5 ] Nota del compilador FRANCISCO LAGUNA CORREA [ 11 ] Reflexiones de un escritor excéntrico SANTIAGO VAQUERA-VÁSQUEZ [ 21 ] Gracias, Lucas FRANCISCO ÁNGELES [ 49 ] Flores en las ventanas JOSEPH AVSKI [ 69 ] La Ola LILIANA COLANZI [ 97 ] El caso de Anna Reitman ANTONIO DÍAZ OLIVA [ 119 ] Guisantes y gasolina DAYANA FRAILE [ 153 ] Pensando en Prado ULISES GONZALES [ 179 ] And it burns, burns, burns ALEJANDRA MÁRQUEZ [ 183 ] Mantener fuera del alcance de los niños MARÍA JOSÉ NAVIA [ 201 ] Invocación JULIO CÉSAR PÉREZ MÉNDEZ [ 243 ] Obituario, la cabeza MÓNICA RÍOS [ 251 ] Llamada PEDRO PABLO SALAS CAMUS [ 259 ] Taller Literario JORGE A. TAPIA ORTIZ [ 267 ] Sobrevivientes JENNIFER THORNDIKE [ 285 ] God Fearing Country BETINA GONZÁLEZ NOTA DEL COMPILADOR Casa de locos comenzó como un experimento. La primera hipótesis fue formulada en una conversación con interlocutores cuyo nombre he olvidado: "Es común, a falta de apoyo suficiente en América Latina, que los latinoamericanos con aspiraciones literarias emigren a Estados Unidos como estudiantes de doctorado". Es claro que no todos los latinoamericanos con "aspiraciones literarias" tienen la posibilidad de solicitar admisión a un programa de doctorado en el extranjero, y podría argüirse que el grupo que emigra suele pertenecer a una élite intelectual !o asciende de una élite intelectual! en sus países de origen. Pero esa es una cuestión que pongo sobre la mesa para otro estudio o una posible antología que compile a los que se quedan en Latinoamérica mirando hacia el Norte o hacia sí mismos... ! 5 Ante esta hipótesis, y por mi propia experiencia como doctorando en Estados Unidos, propuse que las responsabilidades académicas de este híbrido (escritor y académico) se convertían en la prioridad para el latinoamericano que emigraba a estudiar al Gabacho. "El doctorado, con sus seminarios y obligaciones pedagógicas, consume gran parte del tiempo de este escritor híbrido", pensé en voz alta. Así surgió este experimento. Leí todas las biografías disponibles de estudiantes de posgrado en las páginas web de los departamentos de Lenguas Romances, Español, Estudios Hispánicos, etcétera; establecí contacto con académicos para inquirir sobre pistas para rastrear a estos híbridos confinados en programas doctorales en Estados Unidos; envié correos electrónicos y mensajes directos a través de Facebook... Las respuestas que recibí, en general, manifestaron entusiasmo. Había interés. Tanto que llegué a pensar que sería necesario hacer dos o tres antologías para poder incluir a todos los que ! 6 querían participar en Casa de locos. Sin embargo, como editor, doctorando y escritor joven radicado en Estados Unidos, tenía bastantes dudas con respecto al proceso de edición de este volumen. Sabía que las responsabilidades académicas de todos los interesados iban a interferir, en menor o mayor grado, en el desarrollo de este libro. El parámetro de inclusión en la antología era que los interesados enviaran un cuento inédito sobre un tema específico: "articular la tensión, si la hay, que surge al escribir literatura inmerso en un ámbito académico estadounidense". Recibí respuestas unánimes de aprobación; incluso Yuri Herrera !a quien consulté con propósitos logísticos! manifestó la pertinencia y necesidad de una antología como esta. El obstáculo iba a ser el tiempo, los famosos deadlines que rigen la vida del académico (y en muchos casos también del escritor profesional). Muchos de los interesados en participar en la antología expresaron que el doctorado los hacía vivir contra reloj. Que sus exámenes ! 7 doctorales, o defensas de propuestas, o de plano sus tesis ya casi terminadas, absorbían todo su tiempo. La prioridad los llamaba: el doctorado. Atrasé el deadline para la entrega de los cuentos varias veces, y terminé trabajando con base en fechas de entrega sui generis e individuales. El resultado es esta compilación, esta Casa de locos, cuyo título alude de manera indirecta a la Universidad y a nuestra dolorida Latinoamérica. De todos los autores que mostraron interés en participar, a final de cuentas !por motivos académicos o personales! "lograron" enviar sus cuentos poco más de una docena. Entre los autores que no "lograron" sumarse al índice de este volumen se contaban los pocos centroamericanos con los que pude establecer contacto. Centroamérica es, por este motivo, la ausencia más palpitante de esta antología. He afrontado la edición de estas narraciones como un aprendiz. Edité lo menos posible para preservar la variedad diastrática y estilística de los usos de nuestra lengua en ! 8 nuestro continente. La trayectoria lingüística que este volumen recorre comienza con el español/castellano fronterizo de Santiago Vaquera-Vásquez y termina en Argentina con la prosa omnímoda de Betina González. E incluye narraciones que cultivan géneros que van desde el cuento tradicional hasta incursiones transgenéricas que combinan la crónica y la autobiografía con el cuento o la novela. Mi conclusión provisional es que desde Estados Unidos se está gestando una literatura latinoamericana de academia. Híbrida. A la llamada y controvertible "fuga de cerebros", se suma la del imaginario literario, bajo pretexto de obtener un doctorado. Muchos de estos híbridos regresarán a sus países de origen a la Universidad; otros optarán por la seducción de la docencia universitaria en Estados Unidos. Cualquiera que sea el caso, permanecerán cautivos en un ámbito universitario o académico. Creo que al "autoinstalarse" en el interior de esta Casa de locos, también se ha renunciado a mirar in situ los problemas sociales más álgidos de nuestro continente. Liberarse del ! 9 chaleco académico, si es que la liberación de estos híbridos es necesaria, será una elección personal. Pongo en sus manos el resultado de este experimento: que vuele el vampiro !parafraseando a Michel Tournier! en busca de sus lectores. Híbridos lectores, tal vez... Francisco Laguna Correa Durham, NC-Pittsburgh, PA enero de 2015 ! 10 REFLEXIONES DE UN ESCRITOR EXCÉNTRICO Santiago Vaquera-Vásquez 1. Estas reflexiones empiezan con un salto. Salía de Madrid después de participar en la presentación de la antología Líneas aéreas, colección que intentaba trazar una geografía de la nueva literatura latinoamericana, incluyendo a los Estados Unidos. El libro incluye a 72 escritores jóvenes, muchos ya reconocidos a nivel hemisférico. También contiene un texto de un Chicano que debutaba como escritor: yo. Salté de ser un investigador que escribía, a un escritor que hacía investigación. 2. Hace unos meses, uno de los estudiantes del doctorado vino a verme. Quería preguntarme cómo lo hice para balancear la escritura creativa con el trabajo académico. Este estudiante ! 11 acababa su primer año de los estudios de doctorado, antes había hecho una maestría en escritura creativa y en su país había editado una revista. El trabajo que le pedían en sus seminarios !trabajo que le daría un entrenamiento para ser un excelente crítico académico de la literatura! le quitaba tiempo de escribir. No tuve respuesta fácil. En mi caso, lo de llegar a ser escritor fue un camino difícil. En principio, mi vida como escritor empezó después de terminar mi doctorado. Aunque escribí cuentos !en inglés! en mis primeros años de la universidad, dejé de hacerlo cuando se me comentaba que lo que escribía no era suficientemente Chicano. Al entrar a los estudios graduados, dejé de escribir para dedicarme a ser investigador y también para reflexionar en esta cuestión de qué era eso de ser suficientemente Chicano. Cuando empecé a escribir en español, descubrí que ya no me se hacía ese comentario y tenía más libertad para contar historias. ! 12 La pregunta de mi estudiante es válida. Ser escritor en un departamento donde se valora la investigación es una posición que requiere de un cierto malabarismo donde se tiene que poner en juego no sólo el deseo personal de crear, sino también saber lidiar con los colegas que piden que uno sea un investigador formal. Cuando trabajaba en Pennsylvania !en mis años en que trabajaba como lecturer sin posibilidad de permanencia, de tenure! un jefe de departamento me aconsejó que si quería obtener un puesto en el tenure track que lo mejor era que nunca mencionara que era escritor. Un amigo mío conocía también los riesgos de querer ser escritor en un departamento de español. Él y yo terminamos el doctorado en casi el mismo año y los dos conseguimos puestos en el tenure track. Se fue a una prestigiosa universidad en Nueva York y yo a una en Texas. Una noche en Madrid, comentó que sabía que su departamento esperaba que fuera sobre todo un investigador, ! 13 pero tenía otros planes. Quería seguir escribiendo novelas y decidió tomar el puesto como una beca de escritura de seis años. Si no le renovaban el contrato, por lo menos tendría novelas ya publicadas. Era una decisión arriesgada, pero necesaria. Ahora es uno de los escritores más reconocidos de su generación y sigue como profesor en la misma universidad. En mi caso, opté por otra ruta. Un año después de la presentación de Líneas aéreas, dejé el tenure track para aceptar un puesto de lecturer en Pennsylvania. Allá descubrí que podía seguir construyendo mi propio camino como escritor y académico. No fue fácil ya que al entrar a un puesto sin posibilidad de tenure uno se arriesga a quedarse allí toda la vida. Cuando me fui a Iowa con un puesto de tenure track, fue precisamente por mi trabajo como escritor. 3. Una de las dificultades de ser escritor creativo en un departamento de estudios hispánicos es ! 14 la cuestión de escribir en español desde los Estados Unidos. Si hubiera optado por escribir en inglés !como la mayoría de los escritores hispanos de los Estados Unidos!, tal vez me hubiera sido más fácil. Al hacer mi carrera como escritor en español, pareciera que me condenaba a la marginalización. A la vez, no me considero un escritor marginal, sino uno excéntrico. Roger Bartra propone que la mejor manera para cruzar una frontera es irse por la tangente, buscar otras maneras para saltar una barrera y en el proceso borrarla. Crear desde la excentricidad es relacionarse con un mundo donde las líneas no están totalmente claras y vemos la realidad desde una óptica en donde los fronteras se borran y la solidez de nuestras raíces se vuelven diáfanas. 4. Escribir en español cuando uno es parte de la comunidad hispana de los Estados Unidos !o sea, la comunidad Mexicoamericana/Chicana, Puertorriqueña, Cubana y Dominicana! no es fácil ya que la mayoría de esta literatura está ! 15 escrita en inglés. Incluso escritores de las nuevas comunidades latinas, como Daniel Alarcón (peruano) o Ernesto Quiñonez (ecuatoriano), escriben en inglés. No hay muchos espacios para publicar en español en los USA. Las editoriales grandes que entraron a finales de los noventa con la idea de capturar el mercado hispano terminaron recortando sus proyectos y en vez de nutrir a una generación de escritores hispanos que querían publicar en español, se dedicaron a publicar a los que ya eran autores de casa. En el caso de escritores latinoamericanos que ya vivían aquí, siempre podían recurrir a la publicación en sus propios países. Para nosotros, los que nacimos y crecimos aquí en comunidades bilingües, no tenemos esas mismas opciones. Entonces, ¿para qué seguir en el intento? Para mí, la respuesta está en el hecho que existió una tradición larga de escribir en español dentro de la comunidad mexicoamericana. Escribir en español !o mejor dicho en spanglish! es una manera de retomar esa tradición pero también, tal vez, es un recono- ! 16 cimiento de mi conexión con mi pasado como lector de literatura latinoamericana. 5. Para que crezca la escritura en español en los USA, se tiene que recordar la tradición hispana que existe en este país y también nutrir a sus escritores. La creación de programas de maestrías en escritura creativa en español son importantes. Por ahora existen tres en los Estados Unidos: El Paso, NYU y Iowa. El campo en la academia para la escritura en español se empieza a abrir, como también las posibilidades de publicación. Aunque las editoriales grandes en español abandonaron el mercado estadounidense, eso no quiere decir que no hay lectores. Es aquí donde la presencia de editoriales independientes que publican en español pueden hacer su impacto. No es camino fácil. Es un proyecto a largo plazo. ! 17 6. En mis cursos de escritura, siempre les pregunto a mis estudiantes ¿por qué están aprendiendo el español? Casi siempre la respuesta tiene que ver con razones de trabajo, ser bilingüe en un país que difícilmente reconoce que lo es les das más oportunidades de trabajo. Les contesto que me parece genial, pero que también hay que reconocer que el español puede tener una función creativa. Pueden llegar a emplear el idioma de otra manera, pueden crear un mundo. Para finales del semestre, casi siempre tengo varios jóvenes que les interesa practicar más con la escritura creativa. 7. Hace unos años, en un curso de verano en España dedicado a las nuevas tendencia literarias en América Latina, propuse que también se viera a los Estado Unidos como un país latinoamericano. Mis argumentos principales se enfocaron en la presencia hispana en este país, en el hecho de que en algunos esta- ! 18 dos del suroeste los hispanos ya son mayoría. Pero también se podría hablar de la presencia histórica de escritores que escribieron desde este país; de la tradición de la escritura en español por los mexicanos y chicanos a lo largo del siglo pasado; de la presencia importante de escritores latinoamericanos que viven y publican ahora desde acá. Es verdad, acá se habla y también se escribe en Español. 8. Escribir desde las fronteras puede verse como un acto de resistencia. Resistencia a la marginalización. Resistencia a la idea de que hay sólo una manera para ver las cosas. Resistencia a la noción de que una carrera debería seguir la misma ruta. Resistencia a la idea de que las fronteras sólo existen para cubrir o encajar. Una frontera puede también ser puerta que se abre, o un puente que se cruza. Lo importante, como demuestran los escritores latinoamericanos y latinos que se encuentran en la academia estadounidense, es "hacer" el salto. ! 19 GRACIAS, LUCAS1 Francisco Ángeles Mi padre se llevó una papa frita a la boca con cierta delicada elegancia, y la introdujo recta, horizontal, como un cigarro que de pronto la locura o la ansiedad juzgan comestible, y después, como si por largo rato hubiese estado pensando cómo empezar, me dijo hay algo que nunca te he contado. Lo dijo así, hay algo que nunca te he contado, y la frase me sonó rara, me sonó muy rara porque en realidad mi padre casi nunca me ha contado nada, casi no sé nada sobre su vida, no sé nada sobre su pasado y en realidad tampoco sobre su presente, y lo poco que sé no me lo ha contado él. Entendí que la frase era imprecisa y que debía referirse a algo más, algo que segura!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! 1 Fragmento de Austin, Texas 1979. Lima: Animal de Invierno, 2014. ! 21 mente no le había contado a nadie, o que en todo caso no tendría por qué contarme a mí. Y entonces me dispuse a escucharlo con atención, y mordí la hamburguesa como intentando aferrarme al presente, convencerme de que sea lo que fuere lo que iba a decirme mi padre, él y yo estábamos anclados en esa noche tranquila, y que todo lo demás no era sino relato, recuerdo, borroso fragmento de un pasado que ya no tenía por qué importar. Tú sabes, dijo mi padre, que hace años, antes de que tú nacieras, me fui a hacer una maestría a Austin. Me fui con tu madre, como tú seguramente sabes, y nos quedamos allá un par de años. Era una maestría en filosofía política, que me interesaba mucho en ese tiempo, quizá porque en mi época, cuando era joven, en el Perú a todo el mundo le interesaba la política y todos pensábamos que la revolución era una necesidad histórica. A inicios de los setenta empezaron a circular los libros de Luis de la Puente Uceda, asesinado arriba, en las alturas de Mesa Pelada, y todos leíamos sus cartas y comentábamos que había muerto por ! 22 un error conceptual. Muerto por un error conceptual, ¿entiendes? De la Puente había leído al Che Guevara y tal vez también a Regis Debray. Era entonces un lector, esencialmente un lector, pero un lector que se equivocó, que leyó mal, que no supo interpretar, y por eso en lugar de dirigir la guerrilla como aconsejaba el canon, al menos el canon cubano, que era el que en ese momento se intentaba replicar, en vez de internarse con sus hombres, atacar en la oscuridad y después replegarse y desvanecerse, De la Puente se atrincheró en Mesa Pelada y ahí murió acribillado por las balas del ejército. Un error de lectura que se paga con la muerte, ¿no es impresionante?, dijo mi padre, las papas fritas enfriándose entre los dedos. A mí me quedó dando vueltas esa idea del error conceptual, siguió él, esa idea de que uno puede morirse si no es capaz de leer bien, uno puede ser asesinado si no demuestra que es un buen lector, y esas conclusiones me llevaban a la filosofía, a la necesidad de pensar en abstracto, más allá de la coyuntura, en lugar de limitarme a seguir llamados a la acción, ! 23 llamados que por otro lado nunca supimos a qué estaban exactamente dirigidos. Y entonces empecé a leer filosofía mientras avanzaba mis estudios de Derecho, en mis ratos libres, mitad como pasatiempo y mitad con convicción, libros sueltos, sin plan que los organice, que leía de vez en cuando, en las noches, cuando tenía tiempo. Pero después la cosa se puso medio fea, no había trabajo, y nosotros, quiero decir tu madre y yo, empezamos a tenerla difícil. Y de pronto, un día, en una reunión familiar, en una de esas extrañas reuniones familiares que con sospechoso espíritu ecuménico organiza el que tiene más plata de la familia, pero que en realidad no son más que un pretexto para la ostentación, en una de esas reuniones que ocurren cada diez años y a las que invitan a todo el mundo, incluso a esos familiares de los que nunca en tu vida has escuchado ni siquiera mencionar, en una de esas reuniones llenas de supuestos tíos y supuestos primos absolutamente desconocidos, dijo mi padre, sin dejar de mirar las pistas vacías del estacionamiento del Burger ! 24 King, conocimos a un tío lejano de tu madre, el padre de un primo de tercer grado o algo así. Se llamaba Mario, dijo mi padre, y se jactaba de haberse casado siete veces, siempre con mujeres de distintas nacionalidades, ninguna peruana, todas mucho menores que él, y todas con plata y buen culo, decía, con plata y buen culo. Y lo más importante de todo, decía Mario, es que nunca he tenido un solo hijo. No quise preñar a ninguna, decía Mario, orgulloso y levemente borracho, con ese coqueto tono de embriaguez permanente que tienen quienes beben al menos un par copas todos los días. Pero ahora quiero casarme con una chilena, decía Mario. Nunca he estado con una chilena, estoy buscando una chilena con cierta desesperación. Y a esa, sobrino, me decía Mario, tomándome del brazo, la mano derecha ocupada en un vaso de whisky, dijo mi padre, a esa sí que la voy a preñar. Ya vas a ver. Mi padre se detuvo un instante y me miró de reojo, como calculando si su relato despertaba mi interés. Después levantó la mirada brevemente hacia el retrovisor, se miró ! 25 a sí mismo en el espejo oscurecido, como comprobando el tiempo transcurrido, las arrugas al lado de los ojos, la distancia entre lo que tenía en la cabeza, esos recuerdos lejanos, y esta realidad, con un hijo que se va acercando a los treinta años, arruinado, sin futuro, deprimido, separado hace un tiempo de una mujer con la que se casó a los veintiuno sin razón aparente, sin embarazo de por medio, sin planes concretos, con la que se casó contra la incredulidad de toda la familia, y con la que contra todo pronóstico había durado más de cinco años, a pesar de que finalmente las cosas le dieron tardíamente la razón al lugar común, y el hijo raro se había terminado separando de su prematura mujer. Y entonces, le dije a mi padre, como invitándolo a continuar, y él se acarició el espacio vacío donde tenía el bigote, como si los años que llevaba afeitado no fueran suficientes para erradicar la costumbre de buscar la pelambrera sobre los labios, y añadió que ese tío casado siete veces, ese tipo alcohólico o casi alcohólico, era profesor de filosofía en la Universidad de Texas, en Austin, ! 26 estaba medio retirado, y venía a Lima de vez en cuando a pasar el rato. Cómo que medio retirado, le pregunté a mi padre. Había dejado de enseñar, me explicó él, con un leve tono de hastío, como si esa aclaración lo distrajera de su objetivo. Ya no daba clases desde hacía un tiempo, pero no quería desvincularse del todo de la vida universitaria y por eso seguía a cargo de ciertas labores administrativas, como coordinador de cursos de pre-grado o algo por el estilo. Tenía más de treinta años enseñando en esa universidad, así que esencialmente podía hacer lo que le daba la gana. Tras un breve silencio en que volvió a mirarme, como calculando si su explicación me dejaba satisfecho y podía seguir moviéndose hacia el punto al que quería llegar, mi padre agregó que en una conversación con ese tío salió el tema de que a él, a mi padre, le interesaba la filosofía política. Y entonces Mario, súbitamente interesado, le dijo de inmediato que tenía que ir a hacer una maestría a Austin, y que él lo ayudaría a conseguir una beca. Supongo que estaba aquí un poco aburrido, ! 27 siguió mi padre, un poco hastiado. Tú sabes, dijo, mirándome directamente, uno llega a los treinta, siente que todo se acaba, que todo se va a la mierda. Eso está mejor, me dijo mi padre, uno siente que todo se va a la mierda, que dejó de ser joven, que solo falta seguir una línea ya trazada, durar, permanecer. Y por eso me motivó la idea, el deseo de cambiar de vida, de ser otra persona, de jugar al menos por un tiempo en otro papel. Y le dije a Mario que sí, que haría todo lo necesario, que podía estar seguro que daría lo mejor de mí para conseguir la beca. Hablé con tu madre, intenté convencerla de que era lo mejor, que cambiar de ambiente nos haría bien. Ella se sentía bastante cercana a su familia, un lazo que yo nunca comprendí del todo, un lazo hasta cierto punto indeseable o al menos innecesario, pero la fui convenciendo de que no estaba nada mal pasar por la experiencia de una sociedad desarrollada, mirar el Perú a la distancia, desvincularse un poco de este ambiente, de la gente de aquí, buscar alternativas. Teníamos cinco años casados, nos llevábamos bien, no ! 28 teníamos hijos, era una buena oportunidad para cambiar de vida. Tu madre tenía aquí un trabajo menor, no parecía que hubiesen mayores perspectivas, quizá allá podríamos comenzar otra vez, de cero, intentar quedarnos, hacer una nueva vida, tener hijos allá, que no conozcan Perú, que no se sientan peruanos. Como quitarles ese estigma, ¿me entiendes?, dijo mi padre, y yo dije que sí, que sí lo entendía, aunque en el fondo mi comprensión era sobre todo interpretativa, cargada de suposiciones, luz propia sobre oscuridad ajena. Prendí un cigarro como quien remarca que ese será su único movimiento, fumar y echar humo mientras espera y escucha, a la expectativa. No fue tan difícil lo de la beca, dijo mi padre. Mario nos ayudó mucho con los trámites, pero en realidad las cosas se simplificaban porque allá necesitaban profesores de español, gente con educación que enseñe la lengua, mano de obra calificada y barata. Y también por una cuestión de minorías, me imagino, mantener un porcentaje de hispanos becados, manejar con corrección ! 29 política los fondos del gobierno, quién sabe cómo se movían esos temas, especialmente durante la Guerra Fría. El asunto es que me dieron la beca para hacer mi maestría en filosofía política. Nos íbamos por dos años, tenía que tomar tres cursos cada semestre y enseñar uno de español, y estudiaba gratis y recibía un dinero que era suficiente para vivir tu madre y yo con razonable decencia, al menos para los pobres estándares a los que estábamos acostumbrados aquí desde la época de Velasco. Con eso se instalan por allá, decía Mario, y después se quedan. A la mierda con Perú, decía Mario, a la mierda para siempre, dijo mi padre que los animaba Mario, comiendo las papas fritas que ya terminaban de enfriar. Yo era entonces un poco mayor que tú, me dijo, dos o tres años más, estaba casado, pero cuando al fin partimos, invierno del 78, estaba motivado, sentía que algo nuevo iba a ocurrir. Aterrizamos en Houston sin problemas, al amanecer, mucha luz a pesar del frío. Arrastramos las maletas, subimos a un bus y tres horas después llegamos a Austin. Y ahí, en ! 30 la época en que Jimmy Carter liberó los insumos con que se elaboraba la cerveza y los Talking Heads empezaban a sonar en todas las radios texanas, comenzó nuestra nueva historia. El primer año fue todo perfecto, nos acomodamos bien, Mario ayudó a tu madre a conseguir un puesto como asistente del Graduate Chair del departamento, y de esa manera empezamos a organizar una vida nueva, una vida mejor. Todo marchaba perfecto. En pocos meses el Perú se iba desdibujando como un mal recuerdo. Algo lejano que de pronto parecía que ya no importaba más. Y así fue, dijo él, cambiando repentinamente el tono, hasta que unos meses después, al iniciar el segundo semestre, pasó algo. Y eso es lo que hoy quería contarte. Mi padre se quedó un momento en silencio, mientras aplastaba el recipiente de cartón de las papas fritas hasta formar una bolita. Lo aplastó con los dedos, sin mayor énfasis, sin especial energía, y después deslizó la cajita contraída en la bolsa de papel donde nos habían entregado las hamburguesas. Ese ! 31 semestre, dijo mi padre, tuve en mi clase de español a una estudiante que me llamó la atención desde el primer día. No me llamó la atención porque fuera especialmente bonita, aunque seguramente lo era. Quiero decir, no era necesariamente la típica más linda del salón. Había como diez chicas en la clase, y ella debía estar entre las dos o tres mejores, pero no era indiscutible que fuera la mejor. Pero bonita sí era. ¿Entiendes lo que quiero decir?, me preguntó mi padre, buscándome los ojos en la oscuridad, la voz de pronto impaciente, como si quisiera evitar cualquier añadido de mi parte, cualquier exceso de interpretación, como si quisiera reducir mi papel a simple decodificación de un mensaje transparente, mera interpretación de signos de contenido irrefutable. Y por eso le dije que sí, que lo entendía, y él continuó y dijo que esa chica, la chica de la que seguramente quería hablarme, la chica que ahora me doy cuenta era el verdadero objetivo de su historia, esa chica, dijo mi padre, tenía algo que me llamó la atención desde el primer día. Lo que distinguía a esa ! 32 chica, continuó él, era que tenía un entusiasmo desmedido que se le notaba en los ojos. Un entusiasmo desmedido, dijo mi padre, lento, como buscando las palabras adecuadas para lo que quería describir. Y ese entusiasmo se le notaba en la mirada. Miraba siempre con los ojos muy abiertos, como permanentemente sorprendida, como permanentemente maravillada ante todo lo que iba ocurriendo, por mínimo que pareciera. Una especie de deslumbramiento constante ante el mundo, dijo mi padre. Y en esa clase el mundo era mi cuerpo, mi voz, mis palabras, allí, de pie en medio del salón, delante de todos esos estudiantes que querían aprender español. Y ella se sentaba adelante, en la primera fila, en esa fila en la que uno, por una cuestión de perspectiva, usualmente no repara. Se sentaba allí, muy cerca de mí, y yo hablaba mirando al centro de la clase, los ojos enfocados en la parte central del aula, y entonces por ratos, no sé si porque de alguna manera sentía la fuerza de su mirada, me desplazaba visualmente hasta la primera fila y la encontraba mirándome, ! 33 directamente, claramente, con esos ojos deslumbrados, inmensos, brillantes, refulgentes. Eso, refulgentes, dijo mi padre, de pronto con cierta emoción, como si hubiera buscado la palabra por largo tiempo y que ahora, hablando conmigo en el estacionamiento vacío de un Burger King, tantos años después, hubiese por fin encontrado el término exacto para describir lo que en ese momento no había sabido explicar. Sus ojos refulgían, repitió mi padre, concentrado, las manos en el timón. Sus ojos me miraban como nunca nadie me había mirado. Y entonces mi respuesta, mi respuesta interna, era sobre todo de agradecimiento. Agradecimiento porque sabía que esa era una mirada como de bondad, una mirada que demostraba que valía la pena seguir vivo, que aunque todo el mundo se fuera a la mierda, había ahí una persona en la que se podía confiar, una chica de veinte años que mantenía una especie de pureza con la que yo me sentía cómodo, con la que de alguna manera, dijo mi padre, yo me sentía gratificado. No pensaba que esa chica me gustaba, no pensaba que me ! 34 entraban ganas de meterme un buen polvo con ella. Ni siquiera se me ocurría esperar que, al final de la clase, se levantara de su carpeta para mirarle el culo. Solo agradecía que me mirara así, con esos ojos inmensos, la postura firme, la sonrisa medio tímida, un poco nerviosa cuando se daba cuenta de que por unos segundos yo también la quedaba observando. Mi padre hizo una pausa. Y yo miré al estacionamiento vacío y traté de imaginar la escena. Un profesor de treinta años, aire juvenil, amable, sonriente, cierta languidez oculta tras su visible entusiasmo; una chica de veinte, los ojos grandes, la mirada abierta, sentada en la primera fila de un salón de clases en Austin, Texas, en 1979, mirándolo. La imagen no enfoca del todo: aparece mi madre, aparezco yo de niño, en los brazos de mi madre, a pesar de la perturbadora certeza de que yo, en ese tiempo, aún no existía. Y así pasaron dos semanas de clase, siguió mi padre, un par de semanas en que me acostumbré a reconocerla, lejana, sonriente, entusiasmada. Ella casi no hablaba en clase, casi nunca ! 35 intervenía, había dicho que porque estaba nerviosa, me lo había dicho en unos formularios que entregué en la primera clase, donde les preguntaba a mis alumnos por su experiencia anterior con el español, y ella escribió que estaba nerviosa. Lo dijo con una sola frase, con esa misma frase escrita en español, entre signos de admiración. ¡Estoy nerviosa!, había escrito, y cuando me miraba podía parecer que sí, que no sentía suficiente confianza con su nivel de español y entonces prefería callar y mirar, callar y mirarme, y por eso casi nunca la había escuchado hablar. Pero un día, después de dos semanas, se me acercó al final de la clase y me dijo que quería conversar conmigo en la oficina. Y yo le dije que sí y le di una fecha, un viernes por la tarde. Recuerdo que por alguna razón ese viernes por la tarde estaba yo un poco nervioso, o más precisamente un poco inquieto, inquieto por su visita, como si percibiera que algo iba a cambiar al hablar directamente con ella, sin la segura mediación de la clase de español. Llegué puntual a mi oficina, que estaba en el ! 36 tercer piso del edificio, y pasaron cinco minutos y ella no llegaba, y yo decidí bajar a mirar, pensando que tal vez andaba por ahí perdida, y pisé la planta baja y justo en ese momento la vi entrando al edificio. Venía con ropa deportiva, una casaca deportiva, un pantalón de buzo negro, una vestimenta distinta a la que usaba en clase. Pero sobre todo tenía distinta la actitud. Llevaba audífonos en los oídos, dispositivo que veía multiplicarse en Austin desde que, pocos meses antes, los walkman habían empezado a venderse y los estudiantes más aficionados a la música, o con más ganas de demostrar su sincronía con los nuevos tiempos, utilizaban. Ella venía entonces con los auriculares puestos, y al verme a la distancia me saludó moviendo las manos, y después se quitó los audífonos, sin prisa, uno tras otro, como si a través de ese movimiento no solo se estuviera desprendiendo de un objeto sino también de una canción, de una música de fondo que la mantenía en otro clima, en otra atmósfera. Pero no dejó de sonreír mientras se acercaba, lento, ! 37 como en tiempo detenido, mirándome con los mismos ojos de las clases. Y yo sentí algo raro, algo sobre todo como sorpresa. La mirada de la chica era exactamente la que tenía en clase, pero su postura corporal, la manera cómo avanzaba, la manera cómo sonreía, habían adquirido una firmeza mayor, una seguridad que en clase se mantenía oculta. Era como si hubiera asumido un rol más activo, dijo mi padre, los ojos clavados al frente, como si la contemplación pasiva de clase, dijo él, el deslumbramiento que mostraba durante las clases se hubieran transformado en una fuerza activa, una luz de la cual me costaba protegerme. Y yo la saludé, la saludé diciéndole simplemente hola, y le señalé las escaleras para indicarle que debíamos subir a la oficina. Y mientras trepábamos los escalones le pregunté en español cómo estaba. Y ella, con inusual alegría, dijo muy bien, muy bien, lo dijo así, dos veces, ampliamente, sin atropellarse, con breve pausa al medio, sonriendo, como si no fuera una simple formalidad, como si en verdad estuviera muy bien, como si ! 38 estuviera realmente muy bien, y entonces me preguntó cómo estaba yo, y yo le dije que estaba bien, que todo estaba bien. Y en ese momento me sentí incómodo, muy incómodo e incluso derrotado, ya que su insólita seguridad me aplastaba, no correspondía a la chica contemplativa de la clase y por eso no estaba preparado para enfrentarla. Inconscientemente aceleré el paso para llegar pronto a la oficina y empezar con los temas académicos, que era la razón por la cual venía a buscarme. Y por eso un minuto después, cuando entramos a la oficina, sentí la tranquilidad de quien vuelve a pisar territorio seguro. Me acomodé en la silla, esperé que ella se sentara frente a mí, y después seguramente hablamos de las clases, seguramente le expliqué alguna regla gramatical que no estaba clara, seguramente intenté ser preciso en enseñarle cuándo utilizar por y cuándo utilizar para, y más probablemente le pregunté cómo iban las cosas en el curso, cómo se sentía ella en clase y qué sugerencias tenía para mejorarla, que era lo que usualmente le preguntaba a todos los estudiantes que pasa- ! 39 ban a buscarme a la oficina. No tengo mayor recuerdo de esa conversación, dijo mi padre, no conservo su imagen sentada en la oficina, ese día, con ropa deportiva, frente a mí. Pero sí recuerdo que después de esa reunión, de esos quince o veinte minutos que pasamos juntos, percibí en ella cierto cambio de actitud durante las clases. Su nerviosismo parecía haber desaparecido, se le veía más segura, por ratos no parecía una simple estudiante, sino una oyente atenta que juzga, que da su aprobación con un gesto, que motiva a seguir por la misma vía o sugiere un cambio de dirección en el rumbo de la clase. Empezó a intervenir más, no demasiado, pero sí un poco más. De cualquier manera, dijo mi padre, enfatizando levemente, como si esa frase no solo fuera una simple transición sino que implicara un sentido adicional, una dirección desconocida sobre la que yo no estaba dispuesto a aventurar opinión, de cualquier manera no le hice mucho caso. Ni siquiera pensaba que esa chica me gustaba. Andaba muy concentrado en mis clases de la maestría, la relación con tu madre ! 40 iba mejor que nunca, como si nuestro vínculo se hubiese revitalizado en el exilio, palabra coqueta que sonaba excesiva, pero igual le decíamos así, nos va muy bien en el exilio. Y era cierto: las cosas parecían marchar a la perfección. Y así hasta que dos semanas más tarde, antes de un examen, la chica volvió a aparecer por la oficina. Y esta segunda vez sí llegué a sentir, no demasiado violento, no demasiado visible, pero sí alcancé a percibir que algo se desmoronaba y empezaba a adquirir una forma imprevista. Lo percibí de a pocos, primero desde que entró a la oficina y me saludó con una apertura y una naturalidad que esta vez no me cogieron con la guardia baja, sino que me gustaron, y entonces respondí con similar desenvoltura, y después, durante los treinta o cuarenta minutos que pasamos juntos esa tarde, yo saqué un par de copias de sus ejercicios de escritura, le entregué una y me quedé con la otra, como para evitar la cercanía excesiva de mirar los dos de un mismo papel, y leímos en voz alta sus escritos. Le fui señalando los errores ! 41 gramaticales o las imprecisiones de vocabulario, pero especialmente le comentaba el contenido, párrafos en los que ella contaba que le gustaba la pintura y le gustaba también escribir, pero sobre todo pensar, detenerse sobre lo que va ocurriendo. Y que escuchaba música que definió como melancólica, y que en general esa música la hacía sentir un poco triste, solo un poco, dijo ella, de pronto cambiando al inglés, solo un poco como para sentir que estoy viva, pero después sigo así, contenta, optimista, bien. Y entonces seguíamos leyendo su trabajo y por ratos hacíamos bromas y nos reíamos y cruzábamos las miradas, y en una de esas, ella reclinada con la hoja impresa en la mano, atenta y sonriente, pasándola bien, pasándola demasiado bien, quizá tan bien como yo, le miré directamente las tetas. Y recuerdo que pensé qué ricas tetas carajo, lo pensé así, con esas palabras, qué ricas tetas carajo, y me pregunté cómo había sido posible que en cuatro semanas que llevábamos de clase nunca se las había mirado, no me había dado cuenta de que las tenía duras, bien ! 42 formadas, erguidas, y ahora estaban ahí, a un metro de distancia, y entonces algo empezó a correr en esa oficina, algo tan invisible como claramente perceptible empezó a inundar esa oficina, algo que para ahorrar mayor explicación podría definirse como deseo sexual. Deseo sexual, no solo ganas, calentura, arrechura, sino deseo sexual, puro, intenso, una forma de amor que solo aparece de vez en cuando, que al menos yo no he conocido más que un puñado de veces en toda mi vida, dijo mi padre. Dejé de mirarle las tetas, sabiendo que podía perturbarme demasiado, y evité también mirarla más abajo, donde por primera vez intuí una forma más o menos voluptuosa, una redondez que adivinaba a ciegas, los ojos evitando la revelación directa, revelación que acaso habría producido consecuencias catastróficas, si no a mi futuro inmediato por lo menos a mi equilibrio espiritual, y me forcé a concentrarme en nuestra charla. Seguimos conversando de música un buen rato, pasando con soltura al inglés, lo que yo entendía como un tímido gesto de ruptura con lo profesional, ! 43 un leve alejamiento de lo que supuestamente nos convocaba, una entrada sutil en un terreno donde como mínimo acechaba la ambigüedad, hasta que de pronto, en medio de nuestras risas distendidas, apareció en la puerta abierta de la oficina otra alumna, una chica seria, que se puso de pie en el umbral para anunciar su presencia, y de esa manera acabó violentamente con un chorro constante que fluía bien, que fluía demasiado bien para ser la oficina de un profesor en reunión con una alumna. Saludé a esa otra chica en voz alta, la saludé con fingida alegría, como para ocultar lo indeseable que me había resultado su aparición, y después miré a Alessa, que así se llamaba la chica de la que vengo hablando, Alessa, abrí los brazos al aire y le dije gracias por venir, Alessa, conversamos otro día. Y ella también me agradeció, cogió sus cosas, se levantó de la silla, saludó a la otra chica, un saludo breve, impersonal, el saludo que se le da a un compañero de clase con el que no se tiene ninguna relación cuando se le encuentra fuera del aula, y después se fue. La otra chica, ! 44 la chica seria, entró a la oficina y pasó a ocupar el mismo asiento que un minuto antes había disfrutado las sentaderas de Alessa, y de pronto la diferencia me golpeó como una ráfaga, la inmensa diferencia del cambio que se había producido, la energía de lo intempestivamente perdido, la química, el olor del cuerpo deseado, y tenía a cambio, en contraste, a la recién llegada que, el gesto ceñudo, abría su libro para hacerme algunas aburridas preguntas que seguramente había preparado de antemano. Y entonces, súbitamente deprimido, volteé los ojos hacia la mesa que tenía a mi lado, la mesa donde apoyaba mi codo derecho, como un intento desesperado por prolongar la visita anterior, de sentir sus vibraciones en ausencia, de mantenerme vivo en ese clima tan agradable, y me di cuenta de que Alessa se había olvidado su lápiz en la oficina. Fue como sin un chorro de electricidad me hubiera atravesado el cuerpo. Me puse de pie sin pensarlo, dijo mi padre, me puse de pie como un autómata, de un brinco, pura reacción, puro instinto, me puse de pie como ! 45 quien ha perdido todo rastro de lucidez, y dije a voz en cuello Alessa se ha olvidado su lápiz. Y ante la sorpresa de la otra chica, de la alumna seria, salí de la oficina a la carrera gritando el nombre de Alessa, dos veces, tres veces, cuatro veces, voz clara, voz decidida, voz que convoca lo que no quiere perder, lo que no quiere que se desvanezca, y avancé a paso firme por el pasillo y al dar vuelta a la esquina comprobé que ella me había oído y me esperaba, el rostro curioso, de pie al lado del ascensor. Y yo me iba acercando a ella, lápiz en la mano, lápiz cortando el aire de la tarde tranquila, lápiz como un símbolo de entrega, y fui hacia ella con el lápiz desenvainado a la altura del pecho, y ella me miraba sonriente y sorprendida mientras me veía aproximarme, cuatro metros, tres metros, dos metros, y de pronto estoy a un paso y estiro el brazo y le extiendo el lápiz. Le alcanzo el lápiz y siento la vibración en su mano, la energía contenida en ese objeto que ella recibe entre los dedos y a través del cual por un momento siento que hacemos contacto, verdadero contacto, y de ! 46 inmediato me golpea un crepitar interno que me cuesta explicar. Y ella, cuando recibió su lápiz, inclinó un poco la cabeza, coqueta, y me dijo gracias, Lucas, así, con mi nombre y con pronunciación anglosajona, gracias, Lucas. ¿Te imaginas eso?, preguntó mi padre, por primera vez sonriente, sentado a mi lado, en el auto. No esperaba que dijera mi nombre, nunca lo había pronunciado. No me acuerdo si me decía profesor o si se dirigía a mí sin apelativo previo, pero en ese momento dijo, por primera vez, gracias, Lucas. ! 47 FLORES EN LAS VENTANAS Joseph Avski The meaning of life is that it stops Kafka Me tomó por sorpresa saber que no era yo, que era otro. Yo, o quien yo creía ser, caminaba por un pasillo de una universidad con la intención de salir a fumar. Afuera la nieve caía en silencio y se acumulaba en las ramas de los árboles y en las cuencas de las hojas. La plazoleta que separaba el edificio de la biblioteca estaba blanca y vacía como una postal de Moscú. Un animal bajó corriendo por las ramas secas de un árbol que alcanzaba el quinto piso de la biblioteca y recorrió a toda carrera la plazoleta como corriendo sobre una nube. Parecía perdido, como si siempre hubiera sido un perro y ahora se descubriera de pronto transformado en ardilla. Saqué el tabaco y el papel de armar y empecé la honesta ! 49 artesanía del fumador sin dejar de caminar hacia la puerta, entonces un alumno me paró y me pidió una firma. !¿Qué? !Profesor, por favor, una firma frente a su nombre, para poder presentar el examen una semana antes. No tenía ni idea de qué estaba hablando. Me mostró el documento y el lugar donde debía firmar: Joseph Avski _________________________ Quise explicarle que yo no era Joseph Avski, que me confundía con alguien más. !Me llamo José Palacios !intenté explicarle!. Creo que me está confund… !Profesor, por favor, necesito llevar esto a la oficina a las cinco, antes de que cierren. Pobre muchacho, sólo faltaban cinco para las cinco y aún tendría que encontrar a su profesor y correr a la oficina. Pensé en ayudarlo pero no sabía cómo firmaba Joseph Avski. Volví a tomar impulso para explicarle su error. ! 50 !Lo que pasa… !Profesor, firme con cualquier nombre. Firmar era la manera más rápida para escabullirme de la situación y salir a fumar. En mis manos tenía uno de los cigarrillos de artesanía más delicada que había logrado durante mis años de armador. Tomé la hoja y frente al nombre estampé mi firma: Joseph Avski !Gracias, profesor. Nos vemos el martes. !De nada !respondí pensando que sin duda no nos veríamos el martes. Por fin salí del edificio y encendí mi cigarrillo. Mientras fumaba inventaba historias a partir de las huellas de pisadas en la nieve. Hacia la derecha había caminado una pareja. Él, grande y pesado, a juzgar por las huellas. Ella pequeña, rubia, con un abrigo largo que daba la impresión de haber sido confeccionado a partir de los restos de un módulo lunar, detrás del cual podía esconder su timidez. En realidad él quería hablar de hockey pero fingía ! 51 interés en su historia. En silencio pensaba que era un poco tonta por más que fueran de camino a la biblioteca. Quizá era cierto que las rubias eran más tontas, quizá sólo ésta fuera más tonta. Él se tenía a sí mismo en gran estima intelectual. Hacía pocos días había demostrado su poderío mental. En una fiesta de fraternidad, ya un poco borracho, había abordado a un estudiante de matemáticas al cual conocía poco, pero que tenía fama de pequeño genio, y le había explicado que su decisión de estudiar negocios demostraba que era más inteligente; por un lado tendría que hacer un esfuerzo mucho menor, mientras por el otro tendría un salario mucho mayor al momento de graduarse. En realidad no recordaba nada de esa fiesta a partir de su intervención, a lo mejor el matemático había respondido con algo ingenioso, no lo recordaba, pero estaba seguro que todos habían quedado impresionados con su sagacidad. Recordó que su compañera había estado en la fiesta y le pareció que la biblioteca era un buen lugar para preguntarle si recordaba el inci- ! 52 dente. Quizá ella quedó muy impresionada por sus argumentos esa noche y por eso le pidió que la acompañara a la biblioteca, después de todo era rubia y fácil de impresionar. Junto a los pasos de la pareja había huellas de bicicleta. Un estudiante ecuatoriano nacido en Estados Unidos cuando, treinta y dos años antes, su padre hacía el doctorado. En sus últimas vacaciones en Loja había hecho planes para que su novia viniera a vivir con él. En realidad imaginaba un paralelismo temporal por el cual su hijo también nacía en otro país mientras estudiaba el doctorado, y volvía a Loja con dos o tres años. Esos anillos concéntricos, esas formas cerradas pero elusivas siempre lo habían fascinado. Una vez, cuando niño… !Aquí estás, Joseph Avski !me interrumpió una mujer de unos treinta años. !¿Qué? !Llevo buscándote un buen rato. !No, lo que… ! 53 !También había un alumno tuyo buscándote con mucho afán. Necesitaba una firma o algo así, ¿lo viste? !Sí, ya firmé. !No sé cómo te aguantas este frío, me voy para la casa a darme un baño caliente. Muchas gracias por prestarme el carro, aquí están las llaves !me extendió un llavero!. Está en el parqueadero RU31, detrás del edificio de química !me gritó ya alejándose y desapareció sin darme tiempo para explicarle su error. * * * Antes de ser Joseph Avski yo era un estudiante de física que nada entendía de ser profesor de una universidad en los Estados Unidos o un escritor ganador de premios. Por esos días mis novelas no eran prohibidas ni otros escritores se sentían amenazados por mi éxito. Yo vivía en una casa de pensión paupérrima donde me llamaban Kafka, me visitaba mi novia a diario y sólo me daban carne los viernes al almuerzo. Por las mañanas, después de ducharme, salía a ! 54 tomar el desayuno. Tenía que comer apresuradamente porque la demora aumentaba las probabilidades de que el gato de la pensión, desnutrido y vagabundo como todos nosotros, saltara al plato a tomar su parte de los huevos. A pesar de que todas las sillas de la mesa del comedor estaban cojas me quedaba ahí leyendo poesía, o escribiendo unas pocas líneas antes de irme a la universidad; era el único lugar de la casa al que le daba el sol y donde había buena luz para leer. Intenté volver a ser quien era pero mi mundo había desaparecido. Volví a la pensión donde vivía y no la encontré. Según me dijeron, hacía años que la habían transformado en un gigantesco salón de belleza. Mis amigos no me recordaban, los números telefónicos de mi familia no existían, en la universidad no había ningún registro mío, mi perfil de Facebook había no existía. Yo había desaparecido completamente. No tuve más opción que ser Joseph Avski. Esa primera tarde llegué a su casa sin saber qué hacer, sin saber qué iba a encontrar. ! 55 Me paré bajo la nieve que caía pero parecía no tocarme, se acumulaba frente a la puerta y sobre el dintel de la ventana. Por todas partes había unas huellas diminutas de otro animal desorientado, quizá otra ardilla, otro perro. Podía haber una esposa diligente detrás de la puerta, o una loca obsesionada con las postales de carros y el color amarillo. Podía encontrar dos niños que brincaran sobre mí y me llamaran papá, o que me ignoraran por estar jugando video juegos. Decidí llamar a la puerta y esperé sin éxito un ruido, una señal. Volví a llamar una segunda, una tercera y hasta una cuarta vez pero no hubo respuesta. Entonces abrí la puerta y entré en su mundo. * * * Joseph Avski tenía planeado desaparecer y dejarme en su lugar. Al entrar a su apartamento encontré una nota suya en la que me explicaba su proyecto. Había abandonado la física y había llegado a los Estados Unidos con la única idea de ser escritor, me explicaba en la ! 56 nota, pero no todo había salido como pensaba. Hablaba en especial de uno sus proyectos: intentaba escribir una novela ambientada en el departamento de física de la universidad de la cual yo era el protagonista. En ella iban a aparecer todos esos seres alucinantes con los que compartimos esos años, las noches, las drogas, las ideas, las matemáticas, el café negro con cigarrillo por las tardes, la cerveza con cocaína en los callejones cercanos a la universidad por las noches, la honesta dulzura de los amores tortuosos, el humo de mariguana de las lecturas filosóficas, las complejidades delirantes de la mecánica cuántica discutidas con fervor de enamorados. En particular allí debía quedar consignado el amor, la admiración y la gratitud inmensa que había sentido por la mujer con la que compartió esos años, pero no había encontrado lugar para ponerlo. Todo lo que vivimos debía ser parte de esa novela pero después de años de intentarlo, de cambiar el tono, de quitar y poner personajes, de variar el punto de vista, no había logrado nada. Una tarde, después de ! 57 que la magia apareció en una línea, se extendió a un párrafo, se pavoneó por una escena completa, Joseph Avski la sintió desaparecer con la certeza de que lo hacía para nunca más volver. Por siempre sería incapaz de escribir la novela que tenía en la cabeza. Esa inspiración lo convenció de abandonar el proyecto y desaparecer. Fue entonces cuando tomó la decisión de que yo lo suplantara, seguro de que yo podría terminar su novela, de la que ya yo no, sino él sería el protagonista. La nota terminaba con una súplica dirigida a mí: “Escríbeme, por favor”. En ese momento empezó la tarea de volverme Joseph Avski para escribirlo. Me aficioné por sus preferencias. Devoré la prosa furiosa de Henry Miller y agoté la obra de Fernando González, a quien había leído como estudiante de física en la universidad, y sobre quien Avski había escrito su tesis doctoral. Reemplacé a Leibnitz por John Dewey y William James, las horas tocando guitarra por la lectura de biografías de físicos, el azar de los casinos por las oscuras lealtades de la acade- ! 58 mia, las películas dobladas por las voces originales. Descubrí el porno, los excesos macilentos de Charles Mingus, y la comida mexicana. Visité Irlanda y cada uno de sus pubs. Viví en lugares que nunca me propuse conocer y me despedí de amigos que nunca volveré a ver. Un día ya no era yo. La tarea de pensar en la novela me consumió. Como Hamlet, me imaginaba una broma que pusiera a la obra dentro de la obra para burlarme tanto de los que estamos dentro de sus palabras maltrechas, como de los que estamos fuera en la realidad marchita. Imaginaba a Don Quijote aturdido después de la publicación del Quijote de Avellaneda, confundido, triste, incapaz de levantar su lanza contra ningún molino, contemplando el suicidio al igual que Hamlet. Lo imaginaba borracho, faltando a su honor de caballero andante, buscando pleitos de taverna y piropeando verduleras con su prosa de amante casto. Y una noche lo imaginé levantarse con una resaca portentosa en una posada oscura de La ! 59 Mancha, dispuesto a acabarlo todo ahí mismo. Con la daga a un lado, hambrienta de muerte, tomó papel y pluma y le escribió a Cervantes para pedirle que lo escribiera y lo librara de la maldición de ser otro. No tengo duda de que Don Quijote murió ahí mismo pidiéndole perdón a Sancho por las promesas incumplidas, cantándole a Dulcinea y maldiciendo a Avellaneda. Esa muerte permitió la novela de verdad, es decir el segundo tomo. El primero era apenas una crónica lograda con buena pluma y humor de circo. La obra de verdad era esa comedia tramada para vengar a un muerto triste. Ese era mi modelo: la gran tragicomedia. Desde luego, no se trataba de plasmar mis ideas, o las de Avski. Todos sabemos que sólo las malas novelas y el periodismo se pueden leer de esa manera. La riqueza de la novela está en que el autor en realidad no llega a controlar el mundo que describe: su descripción del paisaje va mucho más lejos de lo que sus ojos pueden ver. ! 60 * * * Adaptarme fue fácil. Desde que entré a un salón de clase por primera vez sentí como si hubiera enseñado por años. Todo me parecía natural. No sé qué clase de profesor fue Avski, pero mi modelo como educador fue Don Quijote desde el primer momento. Lo otro fue más difícil. Nunca me pude adaptar a la oscura red de fidelidades de la vida académica. Nunca me acostumbré a medirlo todo en números, a que importe más competir que aprender, a sentir más compromiso con la empresa privada que con la sociedad, a educar conformes y a permitir que la educación reduzca al mundo a unas escasas verdades útiles para unos pocos. Don Quijote siempre salió de casa dispuesto a pelear contra molinos de viento para que el mundo no fuera reducido a la verdad de otros. Siempre quise tenerlo en mente al entrar al salón de clase. Quizá Avski nunca pensó así. Con el tiempo empecé a tener pistas del paradero de Avski. Un día recibí un correo insultándome por mis opiniones sobre un ! 61 asunto de política local. Yo no entendía qué tenía que ver ese tema conmigo, en especial porque se trataba de un lugar que apenas conocía. Entonces me enteré de que alguien escribía una columna semanal en un diario de esa región y la firmaba con mi nombre, es decir, su nombre. Fue fácil llegar al autor, que desde luego resultó ser Avski. Había abandonado la escritura casi por completo, con la única excepción de esa columna que firmaba con un nombre que ya no usaba. También había abandonado cualquier relación con la academia y la enseñanza. Vivía en una casa campesina junto a una quebrada de aguas frías y cristalinas que serpenteaba sobre la llanura. Se dedicaba por completo a las curas milagrosas, la santería y la prestidigitación. Todo esto lo hacía con mi nombre, el suyo sólo lo usaba para firmar la columna. Al parecer mi nombre, ahora suyo, era respetado en toda la región. Su palabra curaba las plagas del ganado y espantaba las pestes de los cultivos. Era consultado para decidir los días de siembra y recolecta. Las familias poderosas pedían su ! 62 bendición antes que la del cura o del político de turno cuando pactaban matrimonios. Los domingos, mujeres de toda la región traían a sus hijos para que los tocara en la frente. Decían que este rito simple los hacía resistentes a las enfermedades e inmunes a la picadura de culebra. Avski ya no era él, no era la persona que conocía como a mí mismo. Primero organicé el estudio. Cambié el escritorio de lugar y lo acerqué a la ventana para recibir luz natural mientras escribía. Compré papel nuevo, marcadores de colores, y tarjetas de cartulina para armar la estructura. Cambié la silla por una ergonómica que me protegiera la espalda. Estaba seguro de que con disciplina podía terminar la novela. El primer borrador quedó mucho mejor de lo que esperaba y ese buen comienzo me llenó de ánimos. Les pedí a algunos amigos de Avski que leyeran el manuscrito y me dieran su opinión. Las respuestas de optimismo y apoyo fueron desbordantes. Con el viento a favor empecé el segundo borrador, y lo terminé en unas pocas semanas. El resultado ! 63 me decepcionó. Igual pasó con el tercer borrador. Decidí dejar descansar el proyecto. Dejar que se decantara y se rearmara en lo profundo de mi cerebro. Allí la novela se seguiría escribiendo sin los obstáculos de mi intelectualización excesiva. Volví al bar y a jugar fútbol los sábados. Volví a las lecturas desinteresadas, que son las mejores. Terminé por fin En busca del tiempo perdido y las 4142 páginas de los primeros cinco tomos de A Song of Ice and Fire. Empecé a ir a cine todos los martes y los jueves, y a acampar los domingos. Descubrí nuevos restaurantes y empecé a ver viejas series de televisión. Seguía la Premier League, la Liga española, la Champions League y la Copa Libertadores de América. Al menos seis días de fútbol a la semana. Casi olvidé la novela por un tiempo. Poco a poco la novela empezó a recuperar espacio. Me descubría pensando escenas mientras caminaba, o resolviendo líneas narrativas mientras veía un capítulo de Treme. Unos días sentía que la tenía completa ! 64 en la cabeza, palabra por palabra, como una canción de cuna que vuelve desde la niñez. Sin embargo, cuando intentaba escribirla parecía un sueño que se desfigura. Era como el tiempo para San Agustín. Aún no estaba preparado para volver a retomarla. Pensé en escribir unos cuentos, tal vez intentar una traducción, algo que me mantuviera ocupado mientras encontraba la novela. No tenía dudas de que la escribiría, de que me esperaba como una amante juguetona escondida en algún rincón de la casa. No era más que tener paciencia. Por esos días una editorial mexicana me propuso traducir a Bukowski. Empecé: “Tú sabes, yo he tenido la familia, o el trabajo, algo siempre ha estado en medio pero ahora vendí la casa, encontré este lugar, un estudio amplio, deberías ver el espacio y ! 65 la luz. Por primera vez en mi vida voy a tener el lugar y el tiempo para escribir” no, querido, si vas a escribir vas a escribir trabajando 16 horas por día en una mina de carbón o vas a escribir en un cuartico con tres niños mientras vives del subsidio estatal, vas a escribir aunque parte de tu mente y de tu cuerpo hayan volado, vas a escribir ciego tullido enloquecido, vas a escribir con un gato trepando por tu espalda mientras la ciudad entera se estremece por terremotos, bombardeos inundaciones y fuego. ! 66 querido, aire y luz y tiempo y espacio no tienen nada que ver y no crean nada excepto quizás una vida más larga para encontrar nuevas excusas. Entendí que nunca iba a escribir. Tenía que irme lejos, dejar todo esto, cambiar de vida. Pensé en el campo y las curas milagrosas. En un río de aguas diáfanas y frescas que serpentea sobre la llanura. En los cielos abiertos, el café por las tardes para acompañar la lectura de viejos tomos de filosofía griega, el olor a tierra mojada, las notas escritas los miércoles por la noche para un periódico local. Recordé un camino entre la arboleda, una casa pequeña de puerta roja, una mujer intentando leer mientras espera bajo la luz intermitente, unas manos gruesas por el trabajo del campo, unos labios delgados y unos ojos siniestros. También pensé en Irlanda, en el cielo bruñido en mármol gris de Dublín, en una calle ciega de Rathmines, en una puerta azul, una casa ! 67 pequeña con flores en las ventanas, una mujer tierna, unos ojos grandes y unas manos suaves. Entonces comenzó mi plan para que Avski, sin darse cuenta, tomara mi lugar. ! 68 LA OLA Liliana Colanzi La Ola regresó durante uno de los inviernos más feroces de la Costa Este. Ese año se suicidaron siete estudiantes entre noviembre y abril: cuatro se arrojaron a los barrancos desde los puentes de Ithaca, los otros recurrieron al sueño borroso de los fármacos. Era mi segundo año en Cornell y me quedaban todavía otros tres o cuatro, o puede que cinco o seis. Pero daba igual. En Ithaca todos los días se fundían en el mismo día. La Ola llegaba siempre de la misma manera: sin anunciarse. Las parejas se peleaban, los psicópatas esperaban en los callejones, los estudiantes más jóvenes se dejaban arrastrar por las voces que les susurraban espirales en los oídos. ¿Qué les dirían? “No estarás nunca a la altura de este ! 69 lugar. Serás la vergüenza de tu familia”. Ese tipo de cosas. La ciudad estaba poseída por una vibración extraña. Por las mañanas me ponía las botas de astronauta para salir a apalear la nieve, que crecía como un castillo encima de otro, de manera que el cartero pudiera llegar a mi puerta. Desde el porche podía ver la Ola abrazando a la ciudad con sus largos brazos pálidos. La blancura refractaba todas las visiones, amplificaba las voces de los muertos, las huellas de los ciervos migrando hacia la falsa seguridad de los bosques. El viejo Sueño había vuelto a visitarme varias noches, imágenes del infierno sobre las que no pienso decir una sola palabra más. Lloraba todos los días. No podía leer, no podía escribir, apenas conseguía salir de la cama. Había llegado la Ola y yo, que había pasado los últimos años de un país a otro huyendo de ella !como si alguien pudiera esconderse de su abrazo helado!, me detuve frente al espejo para recordar por última vez que la realidad es el reflejo del cristal y no lo otro, lo que se esconde detrás. “Esto soy yo”, ! 70 me dije, todavía de este lado de las cosas, afinando los sentidos, invadida por la sensación inminente de algo que ya había vivido muchas veces. Y me senté a esperar. !¿Siente cosas fuera de lo normal?, preguntó el médico del seguro universitario, a quien le habían asignado la tarea de registrar la persistencia de la melancolía entre los estudiantes. !No sé de qué me está hablando, dije. Esa mañana me había despertado la estridencia de miles de pájaros aterrados sobrevolando el techo de la casa. ¡Cómo chillaban! Cuando corrí a buscarlos, tiritando dentro de mis pantuflas húmedas, solo quedaban finas volutas de plumas cenicientas manchando la nieve. La Ola se los había llevado también a ellos. Pero, ¿cómo contarles a los demás sobre la Ola? En Cornell nadie cree en nada. Se gastan muchas horas discutiendo ideas, teorizando sobre la ética y la estética, caminando deprisa para evitar el flash de las miradas, ! 71 organizando simposios y coloquios, pero no pueden reconocer a un ángel cuando les sopla en la cara. Así son. Llega la Ola al campus y arrastra de noche, de puntillas, a siete estudiantes, y lo único que se les ocurre es llenarte los bolsillos de Trazodone o regalarte una lámpara de luz ultravioleta. Y pese a todo, creo sinceramente que debe haber un modo de mantenerla a raya a ella, a la Ola. A veces, como chispazos, intuyo que me asomo a ese misterio, solo para perderlo de inmediato en la oscuridad. Una vez !solamente una! estuve a punto de rozarlo. El asunto tiene que ver con la antena y se los voy a contar tal como lo recuerdo. Sucedió durante los primeros días de la temporada de los suicidios. Me sentía sola y extrañaba mi casa, la casa de mi infancia. Me senté a escribir. Cuando llegué a Ithaca, antes de enterarme de Rancière y de Lyotard y de las tribulaciones de la ética y estética, creía ingenuamente que los estudios literarios servían para mantener encendida la antena. Así ! 72 que alguna que otra noche, después de leer cien o doscientas páginas de un tema que no me interesaba, todavía me quedaban fuerzas para intentar escribir algo que fuera mío. El cuento que quería escribir iba del achachairú, que suena a nombre de monstruo pero se trata, en realidad, de la fruta más deliciosa del mundo: por fuera es de un anaranjado violento y por dentro es carnosa, blanca, dulce, ligeramente ácida, y por alguna razón incomprensible se da únicamente en Santa Cruz. Deseaba poder decir algo sobre esta fruta, algo tan poderoso y definitivo que fuera capaz de devolverme a casa. En mi cuento había achachai- ruses, pero también un chico y una chica, y padres y hermanos y una infancia lejana en una casa de campo que ya no existía sino en mi historia, y había odio y dolor, y la agonía de la felicidad y el frío de la muerte misma. Estuve sentada hasta muy tarde tratando de sintonizar con los conflictos imaginarios de estos personajes imaginarios que luchaban por llegar hasta mí. ! 73 En un determinado momento sentí hambre y fui en busca de un vaso de leche. Me senté junto a la ventana mirando cómo la ligera nieve caía y se desintegraba antes de tocar la tierra congelada donde dormían escondidas las semillas y las larvas. De pronto tuve una sensación muy peculiar: me vi viajando en dirección opuesta a la nieve, hacia las nubes, contemplando en lo alto mi propia figura acodada a la ventana en esa noche de invierno. Desde arriba, suspendida en la oscuridad y el silencio, podía entender los intentos de ese ser de abajo !yo misma! por alcanzar algo que me sobrepasaba, como una antena solitaria que se esfuerza por sintonizar una música lejana y desconocida. Mi antena estaba abierta, cente- lleante, llamando, y pude contemplar a los personajes de mis cuentos como lo que en verdad eran: seres que a su vez luchaban a ciegas por llegar hasta mí desde todas las direcciones. Los vi caminando, perdiéndose, viviendo: entregados, en fin, a sus propios asuntos incluso cuando yo no estaba ahí para escribirlos. Descendían por mi ! 74 antena mientras yo, distraída con otros pensamientos, bebía el vaso de leche fría en esa noche también fría de noviembre o diciembre, cuando la Ola todavía no hacía otra cosa que acariciarnos. De tanto en tanto algunas de las figuras !un hombre de bigote que leía el periódico, un adolescente fumando al borde de un edificio, una mujer vestida de rojo que empañaba el vidrio con su aliento alcohólico! intuían mi presencia y hacían un alto para percibirme con una mezcla de anhelo y estupor. Tenían tanto miedo de mí como yo de la Ola, y ese descubrimiento fue suficiente para traerme de regreso a la silla y al vaso de leche junto a la ventana, al cuerpo que respiraba y que pensaba y que otra vez era mío, y empecé a reír con el alivio de alguien a quien le ha sido entregada su vida entera y algo más. Quise hablar con las criaturas, decirles que no se preocuparan o algo por el estilo, pero sabía que no podían escucharme en medio del alboroto de sus propias vidas ficticias. Me fui a dormir arrastrada por el ! 75 murmullo de las figuritas, dispuesta a darles toda mi atención luego de haber descansado. Pero al día siguiente las voces de las criaturas me evadían, sus contornos se esfumaban, las palabras se desbarrancaban en el momento en que las escribía: no había forma de encontrar a esos seres ni de averiguar quiénes eran. Durante la noche mi antena les había perdido el rastro. Ya no me pertenecían. De chica, cuando la Ola me encontraba por las noches, corría a meterme a la cama de mis padres. Dormían en un colchón enorme con muchas almohadas y yo podía deslizarme entre los dos sin despertarlos. Me daba miedo quedarme dormida y ver lo que se escondía detrás de la oscuridad de los ojos. La Ola también vivía ahí, en el límite del sueño, y tenía las caras de un caleidoscopio del horror. La estática de la televisión, que permanecía encendida hasta el amanecer, zumbaba y parpadeaba como un escudo diseñado para protegerme. Me quedaba inmóvil en la inmensa cama donde persistían, divididos, los olores ! 76 tan distintos de papá y mamá. “Si viene la Ola”, pensaba, “mis padres me van a agarrar fuerte”. Bastaba con que dijera algo para que uno de los dos abriera los ojos. “Y vos, ¿qué hacés aquí?”, me decían, aturdidos, y me pasaban la almohada pequeña, la mía. Mi padre dormía de espaldas, vestido solo con calzoncillos. La panza velluda subía y bajaba al ritmo de la cascada pacífica de sus ronquidos y esa cadencia, la de los ronquidos en el cuarto apenas sostenido por el resplandor nuclear de la pantalla, era la más dulce de la tierra. Estaba segura de que él no experimentaba eso, la soledad infinita de un universo desquiciado y sin propósito. Aunque todavía no pudiera darle un nombre, Eso, lo otro, estaba reservado para los seres fallados como yo. Papá era diferente. Papá era un asesino. Había matado a un hombre años antes de conocer a mamá, cuando era joven y extranjero y trabajaba de fotógrafo en un pueblo en la frontera con Brasil. Fue un accidente estúpido. Una noche, mientras cerraba el estudio, fue a ! 77 buscarlo su mejor amigo. Era un conocido peleador y un mujeriego, un verdadero hombre de mundo, y papá lo reverenciaba. El tipo intentó venderle un revólver robado y papá, que no sabía nada de armas, apretó el gatillo sin querer: su amigo murió camino al hospital. Después no sé muy bien lo que pasó. Me enteré de todo esto el día en que detuvieron a papá por ese asunto de la estafa. Me lo contó mamá mientras la pila de papeles ardía en una fogata improvisada en el patio; las virutas de papel quemado viajaban en remolinos que arrastraba el viento. Mamá juraba que la policía estaba a punto de allanar la casa en cualquier momento y quería deshacerse de cualquier vestigio de nuestra historia familiar. Su figura contra el fuego, abrazándose a sí misma y maldiciendo a Dios, era tan hermosa que me hacía daño. En resumen: la policía nunca allanó nuestra casa, el juicio por estafa no prosperó y mi padre regresó esa madrugada sin dar explicaciones. Mamá no volvió a mencionar el tema. Pero yo, milagrosamente, empecé a ! 78 mejorar. Permanecía quieta en la oscuridad de mi cuarto, atenta a los latidos regulares de mi propio corazón. “Mi padre ha matado a alguien”, pensaba cada noche, golpeada por la enormidad de ese secreto. “Soy la hija de un asesino”, repetía, inmersa en un sentimiento nuevo que se aproximaba al consuelo o a la felicidad. Y me dormía de inmediato. Años más tarde emprendí la huida. Era la Nochebuena y papá se quedó dormido después de la primera copa de vino. Al principio parecía muy alegre. Mamá se había pasado la tarde en el salón de belleza. Papá, desde su silla, la seguía con ojos asombrados, como si la viera por primera vez. !¿Me queda bien?, preguntó mamá tocándose el pelo, consciente de que estaba gloriosa con los tacos altos y el peinado nuevo. !¿Y ella quién es?, me susurró papá. !Es tu mujer, le dije. ! 79 Mamá se quedó inmóvil. Nos miramos iluminadas por los fuegos artificiales que rasgaban el cielo. !¿Por qué está llorando?, me dijo papá al oído. !Papá, imploré. !Es una bonita mujer, insistió papá. Decile que no llore. Vamos a brindar. !Ya basta, dijo mamá, y se metió en la casa. En el patio el aire olía a pólvora y a lluvia. Cacé un mosquito con la mano: estalló la sangre. Papá contempló la mesa con el chancho, la ensalada de choclo y la bandeja con los dulces, y frunció la cara como un niño pequeño y contrariado. !Esta es una fiesta, ¿no? ¿Dónde está la música? ¿Por qué nadie baila? Me invadió un calor sofocante. !Salud por los que…, llegó a decir papá, con la copa en alto, y la cabeza se le derrumbó sobre el pecho en medio de la frase. Nos costó muchísimo cargarlo hasta el cuarto, desvestirlo y acomodarlo sobre la cama. Intentamos terminar la cena, pero no ! 80 teníamos nada de qué hablar, o quizás evitábamos decir cosas que nos devolvieran a la nueva versión de papá. Juntas limpiamos la mesa, guardamos los restos del chancho y apagamos las luces del arbolito !un árbol grande y caro en una casa donde no existían niños ni regalos! y nos fuimos a acostar antes de la medianoche. Más tarde unos aullidos se colaron en mis sueños. Parecían los gemidos de un perro colgado por el cuello en sus momentos finales en este planeta. Era un sonido obsceno, capaz de intoxicarte de pura soledad. Dormida, creí que peleaba otra vez con el Viejo Sueño. Pero no. Despierta, yo todavía era yo y el aullido también persistía, saliendo en estampida del cuarto contiguo. Encontré a papá tirado en el piso, a medio camino entre la cama y el baño, peleando a ciegas en un charco de su propio pis. !Teresa, Teresa, amor mío, lloraba, y volvía a gritar y a retorcerse. Mamá ya estaba sobre él. ! 81 !¿Vos conocés a alguna Teresa?, me preguntó. !No, le dije, y era verdad. La cara contorsionada de papá, entregada al terror sin dignidad alguna, revelaba todo el desconsuelo de nuestro paso por el mundo: él no podía contarnos lo que veía y mamá y yo no podíamos hacer nada para contrarrestar nuestro desamparo. Recuerdo la rabia subiendo por el estómago, anegando mis pulmones, luchando por salir. Mi padre no era un asesino: era apenas un hombre, un cobarde y un traidor. Mientras yo trapeaba el pis mamá metió a papá bajo la ducha; él continuaba durmiendo y balbuceando. Al día siguiente despertó tranquilo. Estaba dócil y extrañado, tocado por la gracia. No recordaba nada. Sin embargo, algo malo debió habérseme metido esa noche, porque desde entonces comencé a sentir que mi cuerpo no estaba bien plantado sobre la tierra. ¿Y si la ley de la gravedad se revertía y terminábamos disparados hacia el espacio? ¿Y si algún meteorito caía sobre el ! 82 planeta? ¿Qué sentido tenía todo? No me interesaba acercarme a ningún misterio. Quería clavar los pies en este horrible mundo porque no podía soportar la idea de ningún otro. Poco después, temerosa de la Ola y de mí misma, inicié la fuga. La llamada llegó durante una tormenta tan espectacular en que, por primera vez en muchos años, la universidad canceló las clases. Llegabas a perder la conciencia de toda civilización, de toda frontera más allá de esa blancura cegadora. La tarde se mezclaba con la noche, los ángeles bajaban sollozando del cielo y yo esperaba la llegada de un mesías, pero lo único que llegó esa tarde fue la llamada de mamá. Llevaba días esperando que sucediera algo, cualquier cosa. No puedo decir que me sorprendió. Casi me alegré de escuchar su voz cargada de rencor. !Tu padre se ha vuelto a caer. Un golpe en la cabeza, me informó. !¿Es grave? !Sigue vivo. ! 83 !No hay necesidad de ponerse sarcástica, le dije, pero mamá ya había colgado. Compré el pasaje de inmediato. El agente de la aerolínea me advirtió que todos los vuelos estaban retrasados por causa de la tormenta. En el avión no pude dormir. No era la turbulencia lo que me mantenía despierta. Era la certeza de que, si mi padre no llegaba a tener una muerte digna, entonces yo estaba condenada a vivir una vida miserable. No sé si esto tiene algún sentido. Treinta y seis horas más tarde, y aún sin poder creerlo del todo, había aterrizado en Santa Cruz y un taxi me llevaba a la casa mis padres. Acababa de llover y la humedad se desprendía como niebla caliente del asfalto. El conductor que me recogió esa madrugada manejaba un Toyota reciclado, una especie de collage de varios autos que mostraba sus tripas de cobre y aluminio. El taxista era un tipo conversador. Estaba al tanto de las noticias. Me habló del reciente tsunami en el Japón, del descongelamiento del Illimani, de la boa que ! 84 habían encontrado en el Beni con una pierna humana adentro. !Grave nomás había sido el mundo, ¿no, señorita?, dijo, mirándome por el espejo retrovisor, un espejo chiquito y descolgado sobre el que se enroscaba un rosario. Mi padre había pedido morir en casa. Hacía años que había comprado un mausoleo en el Jardín de los Recuerdos, un monumento funerario con lápidas de granito que llevaban nuestros nombres, las fechas de nuestros nacimientos contiguas a una raya que señalaba el momento incierto de nuestras muertes. !Allá donde usted vive, ¿es igual?, preguntó el taxista. !¿Qué cosa?, dije, distraída. !La vida, pues, qué más. !Cuando aquí hace calor, allá hace frío, y cuando aquí hace frío, allá hace calor, le dije para sacármelo de encima. El taxista no se dio por vencido. !Yo no he salido nunca de Bolivia, dijo. Pero gracias al Sputnik conozco todo el país. ! 85 !¿El Sputnik? !La flota para la que trabajaba. A los dieciséis años dejó embarazada a una chica de su pueblo. El padre de ella era chofer del Sputnik y lo ayudó a encontrar trabajo en la misma compañía. Él conducía casi siempre en el turno de la noche. De Santa Cruz a Cochabamba, de Cochabamba a La Paz, de La Paz a Oruro, y así. En los pueblos conseguía mujeres; a veces las compartía con el otro chofer de turno. !Perdone que le cuente esto, me dijo el taxista, pero esa es la vida de carretera. Un día, mientras partía de Sorata a un pueblo cuyo nombre no recuerdo, una cholita suplicó que le permitieran viajar gratis. !La chola se plantó frente a los pasajeros. La mayoría comía naranjas, dormía, se tiraba pedos o miraba una película de Jackie Chan. Se presentó. Se llamaba Rosa Damiana Cuajira. Nadie le prestó atención aparte de un hombre mayor, un yatiri viejo que llevaba una bolsa de coca abierta sobre las rodillas. ! 86 Su historia era sencilla y a la vez extraordinaria. Era la hija de un minero. Su padre consiguió un permiso para trabajar en una mina de cobre en Chile, en Atacama, pero ella tuvo que quedarse con su madre y sus hermanos en la frontera, en un lugar tan olvidado que no tenía nombre. Había sido pastora de llamas toda su vida. Un día su madre enfermó. De un momento a otro no pudo salir de la cama. Rosa Damiana fue en busca del curandero que vivía al otro lado de la montaña, pero cuando llegó la vieja mujer del curandero le contó que lo acababan de enterrar. Cuando la chica volvió su madre yacía en la litera, en la misma posición en la que la había dejado, respirando con la boca abierta. “Mamá”, la llamó, pero su madre ya no la escuchaba. Preparó el almuerzo para sus hermanos, encerró a las llamas en el establo y corrió a buscar a su padre al otro lado del desierto. Cruzó la frontera electrizada por el temor de que la encontraran los chilenos. ! 87 Había escuchado todo tipo de historias sobre ellos. Algunas eran ciertas. Por ejemplo, que habían escondido explosivos debajo de la tierra. Bastaba con pisar uno y tu cuerpo estallaba en un chorro de sangre y vísceras. ¿Qué más había en el desierto? Rosa Damiana no lo sabía. Tenía doce años y la voluntad de encontrar a su padre antes de que la alcanzara la oscuridad. Caminó hasta que el sol de los Andes le nubló la vista. Finalmente se sentó al pie de un cerro a descansar y a contemplar la soledad de Dios. Sabía que era el fin. No podía caminar más, sus pies estaban congelados. Las últimas luces ardían detrás de los contornos de las cosas. Un grupo de cactus crecía cerca del cerro con sus brazos de ocho puntas estirados hacia el cielo. Rosa Damiana arrancó un pedazo de uno de ellos. Comió todo lo que pudo, ahogándose en su propio vómito, y pidió morir. Cuando abrió los ojos creyó que había resucitado en un lugar fulgurante. Era todavía de noche !lo advertía por la presencia de la luna!, pero su vista captaba las líneas más ! 88 remotas del horizonte con la precisión de un zorro. Su cuerpo resplandecía en millones de partículas de luz. Al lado de su vómito, los cactus se habían transformado en pequeños hombres con sombreritos. Rosa Damiana conversó un largo rato con ellos. Eran simpáticos y reían mucho, y Rosa Damiana se doblaba de risa con ellos. No comprendía por qué había estado tan triste antes. Ya no sentía frío, sino más bien un agradable calor que la llenaba de energía. Su cuerpo estaba liviano y sereno. Rosa Damiana miró al cielo líquido y conoció a los Guardianes. Algunas eran figuras amables, ancianos con largas barbas y ojos benévolos. Había también criaturas inquietantes, lagartijas de ojos múltiples que lanzaban lengüetazos hacia ella. La chica se tiró de espaldas en la tierra. “¿Dónde estoy?”, pensó, perpleja. Las formas de las estrellas danzaban ante sus ojos. Rosa Damiana no supo cuánto tiempo permaneció así. Poco a poco fue recordando quién era y qué la había traído hasta el desierto. ! 89 Se levantó, les hizo una breve reverencia a los hombrecitos verdes, quienes a su vez inclinaron sus pequeños sombreros de ocho puntas, y prosiguió su camino. Fosforescían el desierto, las montañas, las rocas, su interior. Dejó atrás un promontorio que acababa en una larga planicie de sal. Recordó que mucho tiempo atrás todo ese territorio había sido una inmensa extensión de agua habitada por seres que ahora dormían, disecados, bajo el polvo. Rosa Damiana sintió en sus huesos el grito de todas esas criaturas olvidadas y supo, alcanzada por la revelación, que al amanecer encontraría a su padre y que su madre no iba a morir porque la tierra aún no la reclamaba. Conoció el día y la forma de su propia muerte, y también se le develó la fecha en la que el planeta y el universo y todas las cosas que existen dentro de él serían destruidas por una tremenda explosión que ahora mismo !mientras yo, con la antena encendida, imagino o convoco o recompongo la historia de un taxista, atenta a la presencia de la Ola, que de vez en cuando me cosquillea ! 90 la nuca con sus largos dedos! sigue la trayectoria de miles de millones de años, hambrienta y desenfrenada hasta que todo sea oscuridad dentro de más oscuridad. Era una visión sobrecogedora y hermosa, y Rosa Damiana se estremeció de lástima y júbilo. Poco después la flota llegó a Sorata y Rosa Damiana se bajó de inmediato entre la confusión de viajeros y comerciantes. El chofer, intuyendo que había sido testigo de algo importante que se le escapaba, la buscó con la vista. Preguntó al ayudante por el paradero del yatiri, pero el chico !“que era medio imbécil”, aclaró el taxista, o quizás lo pensé yo! estaba entretenido jugando con su celular y no había visto nada. !Pude haberlo agarrado a patadas ahí mismo, dijo. Pude haberlo matado si me daba la gana. Pero en vez de eso busqué la botella de singani y me emborraché. La historia de la cholita se le metió en la cabeza. No lo dejaba en paz. A veces dudaba. “¿Y si es verdad?”, se preguntaba una y otra vez. Había tantos charlatanes. ! 91 !Yo soy un hombre práctico, señorita, dijo el taxista. Cuando se acaba el trabajo, me duermo al tiro. Ni siquiera sueño. No soy de los que se quedan despiertos dándoles vueltas a las cosas. Eso siempre me ha parecido algo de mujeres, sin ofenderla. Pero esa vez… Esa vez fue distinto. Perdió el gusto por los viajes. Todavía continuaba persiguiendo a mujeres entre un pueblo y otro, pero ya no era lo mismo. Todo le parecía sucio, ordinario, irreal. Se pasaba noches enteras mirando a su mujer y a sus hijos, que crecían con tanta rapidez !los cinco dormían en el mismo cuarto!, y a veces se preguntaba qué hacían esos desconocidos en su casa. No sentía nada especial por ellos. Hubieran podido reemplazarlos y a él le habría dado lo mismo. Empezó a buscar el rostro de Rosa Damiana en cada viajero que subía a su flota. Preguntaba por ella en los pueblos por los que pasaba. Nadie parecía conocerla. Llegó a pensar que todo había sido un sueño, o peor aún, que él era parte de alguno de los sueños que Rosa ! 92 Damiana había abandonado en el desierto. Empezó a beber más que de costumbre. Un día se durmió al volante mientras cruzaban el Chapare. El Sputnik rebotó cinco veces antes de quedar suspendido en un barranco. Antes de desmayarse lo invadió una enorme claridad. Lo último que vio fue al ayudante. Sus ojos lo atravesaron por completo hasta que ambos fueron uno solo. Luego todo se apagó. En total murieron cinco pasajeros en el accidente, entre ellos dos niños. Pasó un tiempo en el hospital y otro en San Sebastián, pero el penal estaba tan atestado que lo dejaron salir antes de tiempo. Entonces se compró su propio taxi, ese insecto en el que transitábamos ahora la semioscuridad del cuarto anillo de esa ciudad a la que me había prometido no volver. !Así es, señorita, se acabó la época de los viajes para mí, me dijo con la tranquilidad de quien acaba de sacarse el cuerpo de encima. La humedad del trópico había dado paso a un amanecer transparente y frágil. Los comerciantes se acercaban a la carretera con ! 93 sus carretillas rebosantes de mangas, sandías y naranjas. Pensé que lo primero que me gustaría hacer al llegar a casa !y me di cuenta de que la palabra “casa” había venido a mí sin ningún esfuerzo! era probar la acidez refrescante de un achachairú, aunque probablemente ya había pasado la temporada. El taxista encendió la radio. Contra todo pronóstico, funcionaba. “Yo quiero ser un triunfador de la vida y del amor”, cantaban Los Iracundos a esa extraña hora, y el taxista llevaba el ritmo silbando mientras el aire explotaba con la proximidad del día. !¿Y para qué quería encontrarla?, le pregunté. !¿A quién?, me dijo, distraído. !A Rosa Damiana. !Ah. El hombre se encogió de hombros. “Con el saco sobre el hombro voy cruzando la ciudad, uno más de los que anhelan…”, gritaba la radio. Rosa Damiana se perdía a la distancia en una niebla metálica. O quizás era el océano. Mi padre navegaba más allá del bien ! 94 y el mal, sumergido en el gran misterio. Su cuerpo todavía respiraba, pero él ya habría abandonado este mundo con todos sus secretos. El taxista se dio la vuelta para mirarme. !Quería saber si me había embrujado, me dijo con un poco de vergüenza. Se disculpó de inmediato: !No me haga caso. Solo los indios creen en esas cosas. A veces no me doy cuenta ni de lo que estoy hablando. Puede que el taxista haya añadido algo más, pero eso es algo que nunca sabré. Ahí, bajo la luz dorada, estaba la casa de mi infancia. Las nubes que se desgajaban en lágrimas. El largo viaje. El viejo Sueño. La Ola suspendida en el horizonte, al principio y al final de todas las cosas, aguardando. Mi corazón gastado, estremecido, temblando de amor. ! 95 EL CASO DE ANNA REITMAN Antonio Díaz Oliva Por primera vez no eran los padres. Me puse a investigar el caso por un colombiano. El man había sido profesor de español de Ana Reitman y llevaba siete años haciendo el doctorado en Columbia. Él me contrató y yo lo cité en el cine de la novena avenida con Prince. Quería escuchar sus razones. El man seguía enamorado de Ana y lo atormentaba no saber de esos últimos días. Me juró que a lo largo de sus años como estudiante siguió al pie de la letra la moral ivy league, o sea, jamás respondió al coqueteo de alguna estudiante, jamás se apareció por el 1020 (“ese bar es la perdición”) y nunca cerró la puerta durante las office hours. Pero entonces, en ese último semestre, Ana. ! 97 Tampoco es que la academia le interesara. El man había decidido no hacer carrera como profesor en Estados Unidos. Lo supo, me dijo, desde que entró a Columbia y se sintió ajeno a todo; a sus compañeros, a las clases y especialmente a sus profesores. Terminó el segundo semestre y el man pidió el leave of absence. Regresó a Bogotá; quería sanarse de las lecturas de Judith Butler y Kristeva, rumbear con su gente y tantear una posible vida. Pero más allá de un par de freelanceos sueltos, en Colombia no encontró trabajo y volvió a Nueva York como quien va a la guerra: con resignación, la frente en alto y entregado. Yo lo entendía, en algún momento el man vio en la academia el plan perfecto para ser escritor. ¿Y qué podía salir mal? ¿Cinco años en que te pagan por estudiar y la posibilidad de vivir en Nueva York (y no en un pueblo universitario aislado)? Pero luego de ese año en Colombia, el man entró en un área vocacionalmente conflictiva para cualquier escritor latinoamericano inserto en la academia: la comodidad americana versus la ! 98 inestabilidad latinoamericana; que te paguen por leer versus la poca libertad con que uno se acerca a esas lecturas; y salir con una alumna versus que esa alumna aparezca muerta una noche de verano en Brooklyn. * El mismo recorrido de siempre. Serpenteaba por entre las calles como si tuviera toda la vida por delante. Caminar por Nueva York era mi terapia. Mi terapia y uno de mis pasatiempos. Casi cinco años y perderme en la ciudad todavía me reconfortaba. Entré a la sala. Era aquel momento en que los ojos se me acostumbran a la oscuridad, un estado taciturno !mental y visual! sólo posible en una sala de cine. El man miraba la pantalla. Iba de chaqueta, camisa y afeitado. Emocionalmente estaba hecho un desastre, pero la elegancia nunca la perdía. Espera, me dijo desde atrás, ¿viniste solo? Siempre que nos juntamos ando solo, le respondí. ¿Qué te pasa? ! 99 No dijo nada de vuelta. ¿Sigues con la paranoia? De nuevo no hubo respuesta. Calculé menos de diez personas en la sala. Se acabaron los preview y la película comenzó. Era sobre un astronauta varado en la luna, sin posibilidades de regresar a la tierra, que escucha David Bowie y espera que el oxigeno se le acabe. Su única compañía es la computadora central de la nave, la cual le pregunta qué se siente ser humano. El astronauta prefiere el tedio espacial y hablar con una máquina antes que suicidarse. ¿Y entonces?, preguntó el man. No le dije nada. Esa tarde, en el cine, me costó desapegarme de la oscuridad. Permanecí en estado taciturno por más tiempo de lo normal. Pensaba en la escena del departamento en Brooklyn. Ana Reitman durmiendo, sin preocuparse de que esa mañana tenía clases, con la cabeza cerca del reloj despertador (once y cuarto de la mañana). Alguien !uno de los vecinos! golpea la puerta para alegar por el ruido. Es un puertorriqueño que apenas ! 100 pudo dormir la noche anterior. ¡La música y los gritos, carajo!, ¡la gente decente que trabaja! En la pieza donde Ana Reitman duerme hay rastros de un hombre. Tiene que haberlos. ¿Y entonces?, me preguntó de nuevo el man. Disculpa… la oscuridad me… Sentí que perdía el aire. Era como si alguien me pusiera una cabeza de plástico en la bolsa. Sucedía al involucrarme demasiado en el caso que investigaba. ¿Qué? No te escucho, me dijo. No, nada, respondí. Me calmé un poco más. Habla un poco más fuerte. Ambos callamos. Respiré hondo una, dos, tres veces y hablé. Sus amigas, le dije, no fueron a clases en toda la semana. Pero igual se reunieron con el grupo de español. Fue donde siempre, en ese restaurante de noodles donde le gustaba almorzar sola los martes. Después camina... ¿Pero hablaron de ella? ! 101 La verdad no mucho. Fue un momento en que recordaban un partido, cuando Ana metió un gol, pero nada más. El man se acomodó en la butaca. Después, seguí hablando, las tres del grupo, Cara, Tess y Gabriela, caminaron unas cuadras y se juntaron con dos tipos mayores. Tomaron cervezas en el 1020. Más tarde uno de esos tipos las acompañó a otro departamento, el de Tess, y ahí siguieron tomando. A las dos y cuarto, un poco pasadas, el tipo se despidió y caminó hasta Koronet, pidió una pizza y luego tomó la línea dos a Brooklyn. ¿Y lo seguiste, no? No, le respondí. El man calló. Me adelanté a su comentario. El domingo, le dije. El domingo hay partido en Riverside. Ahí voy a ir. Me paré. En la pantalla el astronauta le explicaba a la computadora que la única diferencia entre un humano y un robot era el llanto. La computadora no entendía. Pero no es ! 102 eso… ¿pero no es eso justamente lo que te hace menos humano? Salí de la sala. * Cornell es la universidad con más casos. Incluso existe un apodo: Ithakids. Robert fue el segundo ithakid de ese invierno y mi primer trabajo. Me lo tomé en serio, tanto que no me permití dormir hasta haber terminado con su narración. Robert se lanzó del puente el mismo día en que anunciaron una nueva tormenta de nieve. Hablé con sus amigos y profesores y hasta me metí a su dormitorio. También fui de oyente a uno de sus cursos gracias a mi tarjeta de NYU (aunque el doctorado lo dejé hace ya un tiempo). Dos semanas más tarde, de vuelta en Nueva York, le envié a sus padres un sobre con la narrativa de Robert. Apenas veinte páginas que me mantuvieron insomne y que leí y corregí e incluso me grabé leyendo en voz alta. La madre me escribió un email de agradecimiento. Dijo que esa misma tarde el dinero estaría en mi cuenta. Y así fue. ! 103 Mi nombre empezó a circular. Me llamaban padres principalmente, aunque también abuelos y tíos y hermanos. Querían saber más, o conocer, a su pariente fallecido. ¿Cómo era su vida antes de morir? Viajé por otras universidades del área: Brown, Yale, Amherst, Princeton, Georgetown, casi siempre de renombre y de alta exigencia. Podía ser la presión de los padres, o una pareja, o las malas notas, o la crisis económica de Estados Unidos, o el vacío interior propio de la juventud y de haber dejado sus casas; no sé qué sucedía, pero no había un semestre sin un caso. Existía una narrativa de suicidios que las universidades silenciaban. Y yo me encargaba de escribirla. Y de pasársela a los padres, quienes, el día en que los veían dejar el hogar rumbo a su experiencia universitaria y formativa, perdían el control sobre las vidas de sus hijos. Ese era mi trabajo, contarles esos últimos años; lo que no sabían o lo que sus hijos escondían. Hablaba con compañeros y amigos, también recorría sitios significativos de sus vidas universitarias y hasta hackeaba sus cuentas de Facebook, ! 104 Twitter, Instagram y sus correos electrónicos. Respaldaba esos archivos en mi computadora, aunque el acuerdo era diferente: me comprometía a eliminar cualquier información del caso una vez entregada la narrativa de vida. De todos tenía fotos en mi computador. Y una carpeta para cada uno, con sus nombres. * ¿Por qué lo haría? Era feliz. Se notaba que Ana Reitman era feliz. Estudiaba ciencias políticas y español, quería pasar un año de intercambio en Argentina y todos los viernes jugaba fútbol en Riverside Park junto a otras undegrad de Columbia y Barnard. Ese domingo me puse shorts, una polera blanca y un polerón con gorro y troté por Riverside Park. Disfruté de la vista del Hudson; Jersey City a la distancia, tan lejos tan cerca, con edificios nuevos en medio de ese cielo despejado y azul y lleno !tan lleno! de esas nubes como los animalitos que fumé para salir de la depresión. Al ponerme a trotar me cuestioné por qué hace un año, encerrado en ! 105 Queens, llegué a empantanarme en mí mismo. Ahora recordaba la depresión como excusa para alegrarme. Y para otras cosas. Después del huracán, la marihuana y otras drogas escasearon y los dealer sólo te ofrecían animalitos. Cada vez que compraba y los deshacía en un papelillo, recordaba las Safari que llevaba de colación al colegio en Chile; esas galletitas con forma de elefantes y jirafas y monos ultrazúcaradas que también comía ansiosamente cuando viajábamos en tren, al sur, con mi padre. Me imaginaba a Ana jugando fútbol para cuestionarme aún más mis bajones anímicos. Me la imaginaba feliz. Era feliz. Qué imbécil: vivía en Nueva York, aún era joven y desde que renuncié al doctorado no tenía mayores responsabilidades. Es más: había logrado conseguir una forma de sobrevivir sin depender de nadie y ahora podía serpentear y perderme por las calles de esta puta gran ciudad hasta morir. Me senté en unas bancas del Riverside Park. El equipo de Ana jugaba versus otro ! 106 grupo de undegrad, el primer partido desde su muerte. Se tomaron de las manos y permanecieron en silencio por unos segundos. Cara dijo unas palabras y luego recitó una oración. Tess y Gabriela no aguantaron: se pusieron a llorar y se abrazaron. Me fijé en el árbitro. Llevaba un tiempo revisando su perfil en Facebook y entrando a su cuenta de Gmail, pero lo dejaré anónimo en este testimonio. Sólo diré que era estudiante graduado y ex novio de Ana. O más bien salió con ella. El tipo cursaba el MFA en escritura creativa en Columbia y se le conocía por dos cosas. Primero: que Richard Ford lo echó de su taller cuando se enteró de que iba a clases con una pistola. Y segundo: que al semestre siguiente Jamaica Kincaid le dijo que nunca había leído textos tan falocéntricos, y lo ridiculizó frente a toda la clase, y luego lo reprobó sin mayores explicaciones. El tipo llevaba menos de un año y ya era el excéntrico del programa en un programa lleno de excéntricos. Ayudaba que sólo vestía buzo y zapatillas y casi todas las noches se sentara en ! 107 la barra del 1020 y le metiera conversación a quien quisiera. El partido fue aburridísimo. El equipo de Ana resultó mil veces mejor que el otro; el resultado era una vergüenza numérica, vi tantos goles que me pregunté si en realidad jugaban una variante americana del fútbol. Al lado mío tres tipos se reían del las jugadoras y me dio un poco de rabia. Sentí que atacaban a Ana y que Ana merecía que la defendieran, aunque estuviera muerta. Permanecí en silencio. Al finalizar cada una de las undegrad se despidió del árbitro. Después el tipo tomó su mochila y caminó al metro. Lo seguí. * Vivía en Brooklyn. Entró a su departamento y me quedé cerca, dando vueltas a la cuadra. Entré a un deli, pedí un café con leche y me senté a esperarlo. Entonces salió del edificio. Seguía de buzo y polerón y zapatillas. Al parecer se duchó pero no se cambió la tenida. ! 108 Bajó por las escaleras del metro, rumbo a Manhattan. Fui a su edificio. Entré sin problemas; había una cámara de seguridad, pero en Nueva York la seguridad es relativa. Metí mi tarjeta de NYU y forcé la puerta con un golpe. Era pequeño. Era un desorden. Era peor que mi departamento en los meses depresivos. Olía a una mezcla entre incienso y restos de sandwich de pastrami. Había una pila de DVD en una mesa al centro del living, y yo sabía que uno de esos era el de Ana. Me tomé mi tiempo en revisarlos. Uno a uno. Pero no estaba. Probablemente lo llevaba con él. Al lado de los DVD una cámara sobre un trípode apuntaba a la ventana. ¿Así que era de esos que grababan a los vecinos? Arriba de la mesa del living vi un cuaderno; era un diario con la transcripción de lo que filmaba, una narración en bruto, sin mucha literatura, la mayoría descripciones sobre gente tirando o peleando o una combinación de ambas. De ahí sacaba sus historias para el MFA. ! 109 Revisé los cajones, su cocina y el baño. Nada. Tampoco en el resto del living. Fui a la cocina y dentro del horno, entre las bandejas y sartenes y cacerolas, estaba. Corté un pedazo de toalla de papel para no dejar mis huellas dactilares y la metí en una bolsa Ziploc. Me imaginé la pistola en la boca de Ana. El corazón se me aceleró, minutos más tarde, cuando bajaba la escalera del edificio y lo vi entrar. El aire se me escapaba y ahora sí fue fuerte. No me sentía así desde la última fumada de animalitos. Hola, dijo, acaso pensando que yo vivía en el edificio. No le devolví el saludo y apuré el paso por las escaleras, sin mirar hacia atrás, a la espera de escuchar su puerta cerrarse. Cuando así fue, volví a subir. Ahora abrí la puerta con mi tarjeta de banco, en silencio. El tipo filmaba, concentrado en sus vecinos, y anotaba frases en su cuaderno. Llevaba audífonos, se reía solo, en voz baja, y hablaba consigo mismo. Me sentí bien: él miraba a la gente sin permiso y yo hacía lo mismo con él. ! 110 * Al día siguiente cité al man. Le pregunté a qué hora podía juntarse en el cine y me respondió que ahora mismo; ya no podía estar en su casa, la paranoia había regresado. Alguien lo seguía. Llevaba dos días sin salir de su casa. Le dije que se calmara y que lo habláramos en el cine. Entré a la sala. Esta vez el aturdimiento demoró; iba cargado de adrenalina. Me senté y esperé que el man hablara. La película iba en la mitad. Una vez más el astronauta solitario que escucha Life on Mars? y la computadora con preguntas existencialistas. El man dormía. Llevaba un polerón con capucha y un abrigo invernal. Hey, le dije y me pareció ver demasiada gente en la sala. Hey, le susurré una vez más y fui a sentarme a su lado. Lo seguí, le dije, lo seguí hasta Brooklyn. Contuve la respiración. Seguía agitado. Me metí en su departamento y… Sentí que no me estaba escuchando. Moví al man con un brazo y palpé algo debajo de su abrigo. Lo moví de nuevo, esta vez con más fuerza, y mi mano se humedeció. Oye, le dije. Oye. Entonces la ! 111 película se cortó y prendieron las luces. Ahora sí estaba aturdido: la luz me cegó, sentí un leve mareo y apenas tenía fuerzas para mover al man. Noté que lo húmedo era una mancha roja en mi mano. En la sala nadie hablaba; todos los espectadores eran vagabundos, la mayoría durmiendo y unos pocos comiendo de bandejas de plástico. Me limpié la mano en el pantalón y salí. * Esa misma tarde regresé a Brooklyn. Esta vez no me hice pasar por el socio del landlord. Fue rápido. Toqué la puerta, abrió y me miró. Buzo pero no zapatillas: el tipo andaba con unas pantuflas para niños, cada una parecida a una pelota de fútbol. Era como si supiera que lo iba ir a buscar. Su actitud parecía predecir mis golpes; ojos levemente llorosos y apunto de explotar y el cuerpo temblando. Sí, huevón, le quise decir. Te voy a sacar la chucha. Pero todo fue silencioso. Se dejó golpear y hasta noté una risita diabólica en su cara. Una vez más, antes de salir del departamento, revisé la pila de ! 112 DVD. Nada. Le di una patada al trípode y la cámara chocó contra la muralla. Entonces noté la mochila colgando de una silla. La tomé y luego de vaciarla en el suelo, con el pie dispersé las cosas. Ahí apareció. Era el DVD. * Más tarde, en mi departamento, lo puse en mi computador. Empieza así: Ana frente la cámara, entre hipos y risitas, confesando el robo de la bicicleta. El tipo !el árbitro! graba y le hace preguntas. Es Brooklyn y es de noche. Vienen de un bar, medio borrachos, y ríen. Son felices. Ana pedalea lentamente por la calle que está vacía y en un momento menciona al colombiano; no dice el nombre del man, sino "mi profesor de español". Pero eso no importa. Lo que importa es que la cámara cae al suelo y se escuchan gritos. No se va nada pero a partir del sonido es posible imaginarse la situación. Una pelea sentimental en medio de la calle: ella llorando y él enojado; él llorando y ella dando explicaciones; los cada vez más cerca y luego ! 113 abrazándose; los dos besándose y perdonándose; los dos buscando un lugar donde continuar. Eso sucede: hay un corte y Ana entonces aparece en un living. Es de un amigo que está de viaje, le dice él. ¿Ah sí?, pregunta Ana. Y Ana va a la cocina a tomar agua y regresa, con dos vasos en sus manos, desnuda. Ana deja los vasos en una repisa y se mete dos dedos entre sus piernas, se masturba y su lengua humedece sus labios. El video acaba ahí. * Molí un par de animalitos, los puse en un papelillo y me los fumé con la ventana abierta. Antes de ponerme a trabajar bajé a comprar comida china. Esa noche armé su narrativa. Era como empezar un cuento desde el final y sin la posibilidad de retroceder temporalmente. Y siempre narrando en pasado. No hay otro tiempo verbal cuando se trata de mis muertos. Escribí en mi computador: Ana Reitman aprendió a andar en bicicleta a los seis y trece años más tarde se subió a otra bicicleta. ! 114 * Ana no puede dormir, se levanta y va a la cocina. El tipo sigue en la cama durmiendo. Pueden ser tanto las tres como las seis de la mañana; ese momento indecible de la madrugada. Ana ve algo en el pantalón de su ex, un bulto extraño en uno de los bolsillos. Ana revisa el pantalón y saca una pistola. Se pone a jugar. Apunta por la ventana, apunta un cuadro feo y extremadamente Mark Roth, apunta un espejo de cuerpo entero y recién entonces lo hace: introduce la pistola en su boca. Se ríe. Se siente un poco tonta jugando con el arma. No sabe que todo ese momento ha sido observada. El tipo, enojado, le grita que le pase la pistola. Ana lo hace y le pide perdón. Se acerca e intenta abrazarlo y él se enoja más. Entonces hay una pelea, hay un portazo. Pero él no se va; su plan era caminar al deli de la esquina a comprar desayuno, volver al departamento e intentar que la relación funcione. En vez de eso Ana Reitman aparece muerta. ! 115 * Desperté a las dos de la tarde. Me duché, me vestí y caminé hasta el metro. Revisé una vez más la carpeta de Ana. Su narrativa de vida estaba lista. Desde mi teléfono entré a la web de Bank of America y sentí un alivio al verificar que el man cumplió con su palabra. El dinero estaba en mi cuenta, aunque sentí un dolorcillo interior, una culpa. Por qué, pensé. No entendía. El man me contrató y por lo tanto me tenía que pagar. Era mi trabajo. Pero no pude. Imaginé a los padres de Ana, el señor y la señora Reitman, en pena. Ana, su única hija, aprendió a andar en bicicleta a los seis y trece años más tarde se subió a otra bicicleta, esta vez desnuda y en una calle casi vacía de Brooklyn. Ahí va: pedaleando de la mano con un ex novio que nunca conocieron y el cual, días después, confesaría el ataque al profesor de español de Ana. * En Union Square compré un falafel que fui mordisqueando hasta llegar a la oficina de ! 116 correos. Iba con calma, ingenuamente feliz y un poco atontado. Nueva York era una posibilidad y mi depresión una nebulosa que volvería, sin duda, aunque ahora podía controlarla. Sin limpiarme la grasa de las manos anoté la dirección de los padres de Ana, en Wisconsin, por fuera del sobre. Puse señor y señora Reitman y un remitente falso. Demoraría una semana en llegar. En el metro, rumbo a juntarme con mi dealer, me imaginé a una pareja de gringos en piyama preparando el café. Es temprano y el luto continúa. Todavía no se atreven a entrar a la pieza de su hija. En algún momento de la mañana se escuchará el correo caer por la rendija de la puerta. Y ahí, entre catálogos y cuentas, un sobre café claro y grueso, con sus nombres además, muy extraño, destacará. La señora Reitman lo recogerá y lo llevará a la cocina. Sacará unas tijeras del cajón de cubiertos y lo abrirá frente al señor Reitman. Los dos atentos, incómodos, encontrarán una carpeta con el nombre de su hija en el sobre. También un DVD. ! 117 * Me llamaron para investigar el caso de una estudiante en UPenn. Gina Leviatan se cortó las venas mientras sus roomate jugaban beer pong en el patio. Fue un domingo temprano, la última semana de clases antes de las vacaciones de invierno. Me metí a la web de UPenn y sólo encontré una breve nota sobre su muerte. Gina había pasado todos los cursos y le quedaba un semestre para graduarse. El típico mensaje burocrático de las universidades estadounidenses; más que lamentar la muerte, se preocupaban de recordarle a los otros estudiantes que existía terapia en caso de que su estado de ánimo cambiara. Agregué una nueva carpeta. Algún día haría algo con todos esos archivos en mi computador. Construiría una ficción con base en todos mis muertos. Un réquiem generacional. ! 118 GUISANTES Y GASOLINA Dayana Fraile Sleeping on your belly You break my arms You spoon my eyes Been rubbing a bad charm With holy fingers PIXIES Le dije que leer un buen libro era como encontrar un sixpack de cervezas heladas en una isla desierta y calurosa, una isla remota, de arena blanca, parecida a la isla de la película esa en la que Tom Hanks se la pasa hablando con una pelota de voleyball. Le dije que cuando leía un buen libro dejaba de sentirme tan náufraga, tan llena de arena, tan picada de mosquitos. También le dije que me resultaba maravillosa la idea de abandonar por un momento la manía de andar hablando siempre con nuestras respectivas pelotas, y que entonces todo empezara a ablandarse a nuestro alrededor, a ceder terreno, a dejarse andar. ! 119 Meche, mientras buscábamos la salida del museo, dijo que las canciones y los libros mediocres eran como botellas vacías lanzadas al océano, y seguramente hubiera resultado poética, ella, delgada como el filo de un cuchillo de claridades, inexpugnable como los ideogramas en los letreros de los restaurantes japoneses, si esa afirmación no hubiese respondido a una lógica automática derivada de esa insistencia, tan suya, tan tembleque, de asumir el vacío como una prótesis verbal: llevarlo en la boca como si se tratara de un caramelo pinchado, el último vestigio de aquella época dorada en que los secuestradores todavía regalaban caramelos en la entrada de los colegios. Siempre le gusta imaginar que se come al lobo, caperucita pálida, ojeras sucias de macramé. En todo caso, Meche dijo que no le gustaba esa película: es demasiado lenta. El salitre desgasta la fotografía y los primeros planos del océano terminan por marearla. También están sus inclinaciones fatalistas de por medio: no soporta los finales felices. Nunca estamos de acuerdo en nada. ! 120 Nunca la veo de la misma manera. Algunos días me parece demoledora, casi tan demoledora como un poema de Bataille: oscura, desgarrada por la inmensidad, viviendo cada día como si se tratara de un alegre suicidio. Se viste con todos esos trapos negros y se dedica a arrancar las estrellas del cielo, una a una. Durante esos días puedo escuchar el ruido que producen sus uñas cuando arañan el vacío y, entonces, yo también me pongo intensa y sólo deseo que sus uñas se claven en mi espalda hasta convertirnos en una postal grotesca de chicas siamesas en el jardín de un hospital para enfermos terminales. Otros días me recuerda a un poema de Walt Whitman, un poema fervoroso y meridiano. Canto de pájaros venidos de Alabama, ondas de ríos invisibles, vientos místicos y dulces, cubriendo el cielo, la tierra y esta ciudad brillante (esta ciudad pequeña que titila como un aviso luminoso desde la quijada rota de otra ciudad más grande y más perdida). Somos niñas entonces, niñas acostadas en la hierba celebrando cada uno de nuestros áto- ! 121 mos. Y otros días sufre, simplemente, como un poema de Vallejo. Sueña que vive de nada y, más aún, que muere de todo. Se dedica a ponerle acentos lóbregos al día mientras se sienta borracha sobre ataúdes imaginarios en algún cementerio parisino. Entonces siento la naturaleza del dolor, el dolor dos veces. Ella parece balancearse, de un extremo a otro, sobre la tela de una araña que de vez en cuando no resiste otro cuerpo, este cuerpo que se desbarranca por sus cambios bruscos de humor hasta que la física se apiada de él. Nunca estamos de acuerdo en nada. Ayer después del museo, Meche me acompañó al médico. Últimamente, la gastritis me hace morder el cielo y maldecirlo todo. Ese cielo, despedazado por mis dientes, tiene el color de las aletas de un delfín mutante y agónico, un color de animal medio muerto flotando en las aguas del Guaire. En la sala de espera, escuchamos a dos enfermeras comentar, emocionadas, los resultados del Miss Universo. La mujer venezolana, definitivamente, es la más bella del mundo, sentenció en ! 122 voz alta la enfermera del traje estampado con motivos de Mickey Mouse, la más enjuta, la más fea. El médico me obligó a tragarme un tubo y luego me despachó sin grandes explicaciones. Me recetó unas pastillas para la acidez y me dio cita para la próxima semana. Meche se despidió de mí en la entrada del metro. Estaba hermosa, evocaba una belleza dramática y destructora, un tipo de belleza que, a mis ojos, sólo ella y las grandes actrices del cine de principios del siglo XX logran encarnar. Besó una de mis manos con gestos medievales y me quedé allí, de pie, como una tonta, viéndola perderse entre la multitud hasta que se convirtió en una mancha borrosa. Cuando llegué a casa continué con mi lectura de La tercera mujer. Pasar las páginas y sentirme encapsulada en las filosofías de tocador de siempre, una misma cosa. Me sentía incómoda y apretada allí adentro. El discurso de Lipovetsky se fracturaba y dejaba de sostenerme… el muy tarado se atreve a afirmar que la mayoría de las mujeres que compran ! 123 pornografía solo lo hacen para establecer cierto tipo de complicidad con su pareja masculina. Su tercera mujer es como la Robotina de Los supersónicos: profesional, emprendedora y de un plomo pesadísimo. Me quedo dormida pensando que sus postulados teóricos, ciertamente, hubiesen dado un giro importante de conocer a mi ex: Diana cultivaba una mejor relación con su vibrador que conmigo. No me gustan los ascensores. Me ponen nerviosa. Por eso detesto tener que ir la oficina, subir dieciocho pisos enterrada en uno de esos ataúdes, resucitar ante un rebaño de burócratas que no saben escribir cartas. A veces, prefiero ir por las escaleras aunque la resurrección termine por resultar más penosa: cuando finalmente alcanzo el escritorio, mi apariencia no tiene nada que envidiarle a un clon de Linda Blair en “El Exorcista” cruzado con células de Michael Jackson. Por lo general, mi piel toma un color amarillento, mis músculos convulsionan y se retuercen. No vomito cosas verdes, ni me clavo tijeras en el coño, ! 124 pero tengo que aceptar que doy la impresión de haber pasado la noche enterrada en el jardín. En teoría, estoy contratada como periodista. En la práctica, me veo obligada a repartir mi tiempo entre la redacción de contenidos para nuestro portal web y la corrección de estilo de las cartas, los memos y los discursos que escriben los directivos de la institución. Estoy rodeada de ingenieros. Ingenieros de todos los tamaños y todos los colores, que creen que personas como yo estudian periodismo porque quieren aprender a escribir bonito. No puedo negar que esta reducción simplista ocasiona en mí estados cercanos a un rapto violento y monstruoso. Siento que unos dedos inmundos tiranizan mi caja torácica hasta dejarla sin aliento y me transportan a comarcas distantes, despobladas de estatuas y de héroes corajudos que ganan el Pulitzer. Sin embargo, lo que más detesto de los ingenieros de la oficina es esa creencia vulgar y casi religiosa de que Rómulo Gallegos ha sido el ! 125 único escritor que ha caminado sobre este jodido país. Meche dice que soy claustrofóbica. Cuando ella llama y dice que no puede venir, me siento encerrada y a oscuras, atascada entre un piso y otro, sin botones de emergencia. Empiezo a sentir que me asfixio. La certeza de que en ninguna sala de emergencias pueden compensar esta sensación, me obliga a vagar por allí con el corazón entre los dientes y los pulmones de turbante, como uno de esos faquires que protagonizan, por accidente, crónicas de primera plana en los periódicos amarillistas. Sé que Meche se burlaría de mí si se lo digo. Ayer estuve a un paso de decírselo, pero al final no me atreví. Me quedé acostada, a su lado, con las manos dobladas sobre el pecho como se las doblan a los muertos. Tenía ganas de llorar, imaginaba un calambre en las palabras, un calambre que las retorcía hasta dejarlas postradas en sillas de ruedas. Cerré los ojos y conté hasta 10 como cuando era niña y jugaba a las escondidas o a la gallinita ciega. ! 126 Cuando desperté, ella ya no estaba. Mi cabeza se convirtió en un paisaje árido, caluroso, con cientos de obstáculos que me impedían andar y algunos puñados de ramitas quebradas de las cuales no podía sujetarme. Mientras me peinaba frente al espejo, pensé en Meche y en todos aquellos discursos magistrales que siempre se monta sobre la filosofía zen del desapego y el amor libre de los anarquistas. Sentí ganas de pegarme un tiro. No me gustan los locales de ambiente. Diana hizo que terminara odiándolos. Me arrastraba todos los viernes por la noche hasta alguno de esos antros y no me quedaba más que imaginarme en el interior de una melancólica burbuja capaz de conjurar el tecnomerengue y la borrachera general. Luego, me dedicaba a ocupar esa burbuja como quien ocupa un búnker en tiempos de guerra. Con Diana todo pasó demasiado rápido. De ignorar por completo la existencia del clóset en donde ella, irremediablemente, me visualizaba, pasé a engrosar las filas de los colectivos que se la ! 127 pasan protestando a favor de los derechos gays en frente de la Asamblea Nacional. Fue rarísimo. Sin haber estado nunca en el clóset, me encontré, de pronto, saliendo de él. Estuvimos juntas durante ocho meses y nuestra relación se convirtió en una pancarta, en una eterna protesta. Estaba harta de meterme mano con ella en frente de la Asamblea Nacional. Sentía que los besos que constantemente me prodigaba en esas aceras del centro no eran más que recursos políticos para reforzar las gloriosas luchas del colectivo. Terminamos el día de la Marcha del orgullo gay. Estaba agotada y decidí no ir. Un avance del noticiero interrumpió la película que estaba sintonizando, mientras esperaba que la lavadora terminara uno de sus ciclos. Era extraño que una televisora cubriera el evento y me alegré de que estuviéramos alcanzando cierta visibilidad. En primer plano pude detallar a un reportero con cara de terror, en segundo plano distinguí a Diana besándose con una camionera desconocida. ! 128 Meche encontró un mensaje de su hermano en la máquina contestadora. Estática, ruidos indescifrables y luego la voz de Tomás, tiránica y despechada, cayendo como un tronco sobre su conciencia. Papá está en terapia intensiva y tú no apareces. Otro giro de tuercas para una historia familiar sin reveses, papá está en todas partes y ella no aparece. Decide no contestar más el teléfono. Sabe que la alcahueta de Tomás intentará practicar paracaidismo sobre los territorios más inhóspitos de su psique, que intentará desenroscar la culpa, el deber filial y otras culebras perentorias amparado en su posición de hermano mayor, a pesar de que ella le ha repetido hasta la saciedad que no le interesa para nada la vida, obra y milagros del gran inquisidor de Tumeremo, oficiante del más cruel oscurantismo y dinosaurio redivivo, escapado de una película de Spielberg. Meche, mientras editamos un video de su último performance, me pregunta si aquello nunca va a acabar. Algo le dice que ni aunque ! 129 se muera el viejo aquello se acaba, y eso lo sabe porque cuando finalmente logró irse de casa el nombre del padre la confinó durante años a largas sesiones de terapia con su vecina, psicoanalista amateur. El nombre del padre estaba en todas partes, como un símbolo mohoso de aquel parque jurásico que fueron su infancia y su adolescencia, delimitadas por el comisariato moral y las redadas que el viejo planificaba para decomisar sus brillos labiales, sus revistas y otras naderías. Su psicoanalista, lacaniana ortodoxa, durante las larguísimas sesiones a través de las cuales pretendían atrapar a aquella niña triste que Meche había sido, le explicaba que el ser humano se estructuraba en la mirada del otro y ella, hundida en el diván, sintiéndose como una apestada, pensaba entonces en que no había cura posible porque se había torcido en la mirada de su padre, en su bizquera fisiológica y concreta. La leve bizquera de su padre en esos momentos se le revelaba como la evidencia del inconmensurable estrabismo mental que la nombró y le otorgó una iden- ! 130 tidad. Sintió mucha rabia al comprender que había crecido en las pupilas del monstruo y que quizás estaba condenada a permanecer encerrada de por vida en ellas. En la pantalla de la computadora puedo ver a Meche sacándose la camisa y preparando los últimos detalles para homenajear a Valie Export, la célebre artista austríaca que se dejaba tocar las tetas en las calles de Viena. Claro, le explico a mis amigos, hay todo un rollo feminista de por medio. La cámara enfoca su espalda descubierta y sólo pienso en darle vueltas como a la gallinita ciega que, quizás, ella también es. Y no sé de dónde me viene este tonito infame de bolero, pero pienso que necesitamos desorientarnos, sólo para intentar rozar, al menos con los dedos, las espaldas de las personas que nunca llegaremos a ser. Más allá de las teorías Queer que son un verdadero rollo, no termino de entender porqué ser lesbiana es tan difícil. ¿Se trata de un caso de sonambulismo teórico? Sin que me ! 131 quede nada por dentro, puedo decir que lo único verdaderamente complicado de ser lesbiana es aquello de no equivocarme con las mujeres que me atraen. Tengo que aceptar que mi GPS está chueco, desubicadísimo, como pavo asado en fiesta de vegetarianos: siempre intento enredarme con la más férrea y obstinada hetero de toda la fiesta. Meche, al mejor estilo de Corín Tellado, dice que odia a su padre porque durante su adolescencia el miedo que sentía por él había superado cualquier clase de respeto, y porque se había hallado, de pronto, borrando cualquier pista que pudiera ayudarlo a descifrar sus verdaderos pensamientos: aquello era peor que las dictaduras del cono sur durante la década del setenta y peor, incluso, que el mundo distópico del big brother de Orwell y sus telepantallas. Lo odia porque el viejo con sus sermones había desintegrado su personalidad, porque en las fotos de esa época sólo aparecían fachadas de ella, coartadas cuidadosamente elaboradas. Y porque en un plano ! 132 muchísimo menos complejo, no la dejaba salir y le decía que tenía cara de puta. Lo de la cara de puta el viejo lo atribuía al parecido físico de Meche con su mamá. Lo odia porque el viejo era un misógino y un verdadero degenerado que la obligaba a sintonizar todas las tardes programas repetidos de Los tres chiflados, a aprender piezas para guitarra clásica compuestas por Aldemaro Romero y a leer las obras completas de Arturo Uslar Pietri. Además, me sé de memoria la historia de cómo el viejo aterrorizó a su único amigo del bachillerato amenazándolo con una escopeta. Pero yo nunca le creí. Siempre pensé que lo que más la afectó, si es que aún pudiera existir una cosa peor que estar rayadísima en tu liceo por ser la hija del bizco sicópata de la escopeta en tiempos de Madonna, Tropi Burger y los patines en línea, es que luego de que el viejo se ensañara tanto con ella, en nombre de su amor paternal, no saliera corriendo a buscarla cuando se puso a vivir en un barril con Mugre, el mentecato con el cual terminó fugándose. Ciertamente, todos ! 133 cuando chicos nos escapamos de casa alguna vez y volvimos, moqueando, al día siguiente. Lo increíble del caso es que Meche, cual personaje de una de esas novelas de huerfanitas decadentes que me hicieron tragar en el bachillerato, quedó sumida en la más aplastante y feliz indigencia. Wild thing, pensarán. Mugre no era feo, lo juro. Pero era flaco, desgarbado y pálido como un cadáver. Era un imbécil redomado y un personaje pintoresco de la fauna underground caraqueña, acólito de la escena del punk y el metal del Distrito capital. Meche dice que cuando lo conoció el tipo no estaba tan quemao, pero olvídate. Al escaparse con él, Meche intentaba alcanzar desesperadamente esa utopía degenerada que todos los jóvenes, esos que nos criamos viendo elefantes volar en las películas de Disney, intentamos alcanzar: la libertad. Pura y dura comiquita. Desde hace tres días no sé nada de Meche. No contesta mis llamadas. Cuando marco su número sólo escucho ese tono tan desagra- ! 134 dable repicando en el vacío. Pongo a todo volumen el primer disco de The Strokes. Escucho la canción número cinco, una vez detrás de otra. Si volviera a nacer quisiera ser esa canción. Meche dejó sus zapatos deportivos aquí. Sé que es totalmente ridículo, pero los acaricio con la mirada como si a través de ellos pudiera tocarla. Me gustan esos zapatos. Los compró en una tienda de artículos deportivos y muestran varias L y varias T que se concatenan en colores grises sobre el cuero negro. Las extremidades de las letras parecen estar siempre tironéandose de una manera violenta, sin perder por ello la postura estilizada de los yoguis. Las piernas de las L y los brazos de las T permanecen rígidos, imbatibles, recreando una proeza gimnástica, y al mismo tiempo, una estampa de amor tántrico. Acostumbra dejarlos en la entrada de la habitación, al lado de la puerta. Yo los observo desde la cama con aire triunfal. Ella se quedará dos horas más. Mis piernas de L, sus brazos de T, permanecerán entrelazados, desatendiendo ! 135 toda estética, en medio de un caos de almohadas y edredones hasta que llegue el momento de ir a la oficina. Me gustan esos zapatos al lado de la puerta. Es como si dijeran nos vamos, y luego se quedaran allí, con los cordones desatados, y la lengüeta encorvada, sin poder dar un paso. Me gusta cuando ella los deja al lado de la puerta, porque entonces entra a la habitación en puntillas con el respeto de quien penetra en un recinto sagrado. Va en puntillas sólo por no ensuciarse las medias (son mis ojos los que inventan la reverencia). Una procesión peregrina y de rodillas, la manera en que un pie adelanta el otro, y las manos que buscan sujetarse del aire antes de alcanzar finalmente la cama. Durante las últimas semanas no he podido dormir. Lo mismo da que Meche duerma junto a mí o no. Los eternamente olvidados hermanos Grimm renacen desde las cenizas de mi infancia para recomendarme una marca de somníferos: el verdadero amor, como en los cuentos de princesas, es un guisante debajo del ! 136 colchón de la cama. Es un guisante que te jode la espalda y hace que te despiertes en mitad de la noche porque una voz fluyendo desde tus sueños, una voz extrañamente parecida a la de Billie Holliday, te dicta que no puedes perder el tiempo, que debes besarle el cuello a esa persona que duerme a tu lado, que debes meterle la mano por dentro de los pantalones. El amor es un guisante que se te queda metido en el ombligo como un puto cordón umbilical y te ayuda a respirar, aunque no lo digas mucho, aunque casi no lo digas. Los hermanos Grimm, vistiendo unos trajecitos bucólicos sacados de un comercial de mantequilla danesa, me alcanzan una pastilla y un vaso de agua: el amor es un guisante, una cosita frágil y nimia, en apariencia. Por eso es que muchos lo aplastan, sin querer queriendo, hasta dejarlo a ras de suelo, como un chicle viejo. Algunos, incluso, se acuestan sobre él, le sacan algunos quejiditos y lo revientan. Allí quedó todo. El amor no es infalible, no es tan poderoso como para redimir a cierta clase de cabrones. ! 137 El terreno de La Trinidad recordaba a una lejana arcadia coronada por un cielo sucio, manchado de smog. Allí no había lugar para pajaritos ni para descripciones panteístas de la naturaleza. Sobre la grama, dispersos, estaban los diez barriles de madera. Eran barriles de los que se usan para almacenar vino y tenían unas proporciones nunca antes vistas en un país caliente y caribeño. El terreno parecía un monumento a Baco, la escenografía de una fiesta de polifemos borrachos, un lugar de culto, tan inexplicable y misterioso, como Stonehenge. Los barriles, por supuesto, estaban vacíos desde hacía mucho tiempo, y tumbados en la grama, podían albergar a varias personas de pie. Mugre heredó uno de los barriles de un malabarista, medio faquir y medio timador, que se ganaba la vida escupiendo fuego en los semáforos y robando carteras en el metro. Al malabarista lo atropelló una ambulancia mientras hacía morisquetas en el semáforo y ninguno de sus vecinos lo extrañó. Mugre conservó algunas de sus pertenencias: un ! 138 mechero de gas para cocinar y una revista Playboy, pero también se robó algunas cosas de la casa de sus viejos y convirtió el barril en uno de los más confortables de aquella chifladísima vecindad y casi escuelita de supervivencia del chavo del ocho. Meche empezó entonces a pasarse los días metiéndose mano con Mugre e intentando descifrar los rayones que había dejado el malabarista en la madera del barril: pulsiones ágrafas y post adolescentes. La típica calavera trazada en grafito, con ojos huecos y exorbitantes, le sonreía siempre, intimidándola. Sin embargo, se adaptó pronto a la atmósfera que se respiraba en el terreno. Buena parte de sus vecinos eran muchachos excéntricos que intentaban vivir allí por breves períodos, impulsados por lecturas mal digeridas de Bakunin, Kropotkin y las canciones de Johnny Rotten. Todos ellos se declaraban ácratas radicales e, incluso, recibían la visita de anarcos extranjeros con los que se la pasaban en grande sembrando papas. Los demás eran saltimbanquis y titiriteros que vivían en un ! 139 eterno peregrinar por el subcontinente. En este sentido, las caras se renovaban de manera constante. Los ácratas a veces protagonizaban motines con el fin de sembrar papas en el espacio que los saltimbanquis habían destinado para practicar sus números circenses pero, en general, no había mala vibra. Más adelante el terreno se putearía, todo se iría a la mierda y la comunidad adquiriría el mote de Piedradura, pero Meche se fue antes de que ocurriera eso. Ella recuerda su estadía en el terreno como una intensísima epifanía, por medio de la cual se le reveló, por supuesto erróneamente, que la verdadera clave de la vida tenía forma de pene. Tuvo también la oportunidad de celebrar, aunque con evidente retraso, el advenimiento de los grandes sucesos que transformarían para siempre la historia del arte: la certeza de que las guitarras no tenían porqué limitarse a emitir sonidos armónicos y la convicción de que no sólo los fósiles arqueológicos tenían la potestad de hacer literatura. Su espíritu ascendía más allá del Tao ! 140 y finalmente hallaba respuestas. Alucinaba con la comunidad, a pesar de que sus vecinos amenazaban con expulsarlos argumentando que armaban unas trifulcas horrorosas, en medio de las cuales se caían a puñetazos y se amenazaban con objetos contundentes. Al final, los dejaron tranquilos porque descubrieron que sólo estaban tirando. Estos maravillosos momentos no impidieron que se fuera aburriendo de Mugre y de sus bizarros toques en las plazas públicas. Después de un curso intensivo de esos toma y dame de sincronía catastrófica, que intentaban emular el sentido primigenio y más anárquico del punk, empezó a considerar este género como un género menor. A los pocos meses, harta de comer papas y de pedir dinero en los vagones del metro, se fue a vivir a La Libertador con un pintor que, de vez en cuando, visitaba el terreno. Se animó a inscribirse en la Universidad de Artes Plásticas en donde el tipo dictaba clases. Lo demás, también, es pura y dura comiquita. ! 141 A Meche no le gusta decir que trabaja en un museo. Le parece poco inspirador. Últimamente le ha dado por decir que trabaja vendiendo seguros de vida y parcelas del Cementerio del Este. Lleva siempre vestidos negros. La gente la mira como si viniera de otro planeta. Yo les digo que estoy enamorada de la novia muerta de mi mejor amigo para no quedarme atrás y entonces empiezan las risitas nerviosas. A los pocos segundos, estamos solas, de nuevo. Los que se quedan obtienen el derecho de dar una vuelta en nuestra nave espacial. Meche tiene un sentido del humor divino. Tiene más sentido del humor que el cantante aquel que se inmoló en un suicidio ritual y dejó una nota en que se disculpaba por haber manchado la pared de sangre. Si mal no recuerdo su nombre artístico era Dead, el de Mayhem, la bandita noruega de Black metal que trascendió en la historia musical más por ser un hatajo de desquiciados, que por la creativa composición de sus piezas. Dicen que Euronymous, miembro fundador de la banda, ! 142 se comió los sesos de Dead después de tomarle una fotografía a su cadáver para, posteriormente, imprimirla en franelas, tazas de café y diversos artículos de merchandising. Esos noruegos me matan de la risa. Hoy planeaba decírselo todo a Meche. Planeaba hacerle una declaración de mi amor, sensiblera como un bolero y, seguramente, tan tétrica como la discografía de Mayhem. Planeaba decirle que cuando no contesta mis llamadas siento ganas de cortarme con botellas rotas y desangrarme ante la mirada impávida de los vecinos del edificio, de la misma forma en que lo hacía Dead, ante cientos de personas, en sus conciertos. Sé que Meche me amaría para siempre si me pongo en una de happening con animales muertos en la entrada del edificio. Aún recuerdo como andaba de emocionada por el performance de una muchacha que consistía en revolcarse, semidesnuda, sobre una montaña de grasa de vaca en el hall del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos. Pensaba que era muy sexy. La ! 143 gente que estudia Artes es siempre gente muy rara. Y es que cuando la veo me provoca hasta comerme sus sesos, no importa todas las barbaridades que diga. Esta tarde su gran afición por los lugares lúgubres nos colocó en un banco del parque Los Caobos. Estábamos sentadas en ese banco maloliente del parque, las nubes parecían berenjenas quemadas, trinchadas por un tenedor de materia cósmica y aunque por el simple hecho de estar allí, junto a ella, me sentía resplandeciente, mucho más eufórica que cuando conseguí las obras completas de Anaïs Nin en un remate del puente de las Fuerzas Armadas, no pude reunir el valor de decírselo. Lo confieso, me paralizó que pudiera pensar que soy demasiado convencional. Lejana del budismo zen y el anarcoprogresismo, entusiasta insalvable de la propiedad privada y el amor burgués. Lo sé. Me acusará de querer convertir su cuerpo en un condominio con estacionamiento y maleteros. Me acusará de tener el cerebro cortado por la ! 144 tijera de los valores patriarcales de los que no para de hablar. Cuando llegué a casa y me vi en el espejo, sentí que merecía que mi habitación fuera invadida por una pandilla de neo-nazis del Cono Sur y que, además, merecía que me torturaran obligándome a observar como arden en una pira mis discos de Ella Fitzgerald y mis libros de Guillermo Meneses. Sentí ganas de que, con el bisturí perdido del doctor Mengele, me practicaran una lobotomía. Hace unos días soñé que Meche se besaba con la camionera desconocida que mi ex estuvo manoseando, en vivo y directo, durante la Marcha del orgullo gay. Como no le pude ver la cara, debido a que mi ex parecía estársela arrancando de un mordisco, mi inconsciente eligió sustituir esa ilusión óptica con la cara del ilustrísimo, y para nada atractivo, Rómulo Gallegos. Evidencia, clarísima, de que los ingenieros están afectando seriamente mi vida emocional. El sueño tenía una atmósfera pesada y lenta, casi plagiada a una escena de un resumen escolar de Doña Bárbara. Me ! 145 desperté sobresaltada y me colgué a llorar como si fuera una bibliotecaria extraviada en aquella escalofriante pesadilla. Como era de esperar, pasé toda esa mañana intentando llenarme de valor para hablar con Meche. Quería decirle que la amaba, quería decirle que cuando ella sonreía yo sentía que todo a mi alrededor se volvía más nítido y que, por ella, sería capaz de pasarme el resto de la vida con una pancarta en frente de la Asamblea Nacional. Quería decirle que cuando estamos juntas nada más importa. Pero, de nuevo, no pude. Mamá me regaló un boleto para ir a visitarla y mientras viajaba en el autobús paladeaba el sabor de la derrota: la derrota sabe a café. Mamá me recogió en el terminal. Se alegró muchísimo con eso de que estuviera trabajando con los ingenieros. Dijo que pronto, si me concentraba en ahorrar, podría operarme las tetas. Mi hermano menor luego de mucho hacerse rogar, accedió a cenar con nosotros. Llevaba los benditos audífonos del iPodel que ! 146 jamás se separa, y daba la impresión de que no estaba, de que se había quedado en casa mientras nosotros arrastrábamos el monigote de su cuerpo físico. Aceptaba o negaba con la cabeza para despistar a papá que, como está medio sordo, no escuchaba la matraca que se propagaba desde los audífonos y martirizaba a los comensales de las mesas cercanas. Mi hermano es uno de los peores vagos que he conocido en la vida. Congeló sus estudios el día en que obtuvo el puesto número 1714 del ranking mundial de Counter Strike. Su plan, era dedicarse durante el resto del semestre a jugar como desaforado, para obtener el puesto número 701. Después de eso se daría por satisfecho y volvería a clases. Pero sus planes pronto vinieron a dar por tierra, pisoteados por millones de ratones en los cuales media humanidad, en red, clickleaba, hasta la mismísima mano de Dios, en red, clickleaba, exterminando, una y otra vez, a su equipo de combate virtual. Después de tres años no ha logrado pasar del puesto 912. Es realmente patético. Cuando me preguntan por ! 147 qué soy lesbiana digo que mi hermano me arrebató toda la esperanza que podía poner en un hombre. La gente siempre termina por creérselo. Cuando despertamos el dinosaurio ya no estaba allí. Pero no se trataba de un minicuento de Monterroso sino del novelón que era la vida de Meche. El viejo se había muerto. Meche no habló durante toda la mañana, ciertas imágenes definían y habitaban su cuerpo como si fueran los fantasmas de las casas embrujadas de las películas de Hollywood. Al principio pensé que Meche era una de esas casas, pero ella tenía unas ojeras gruesísimas y se veía mucho más estropeada. Entrada la tarde, le encontré cierto parecido con el niño rubio y adorable de la película Sexto sentido: estaba viendo gente muerta a su alrededor. Aunque aún no abría la boca, yo podía captar la nitidez de esas imágenes que la perseguían, en alta resolución. Y tal vez por eso me quedé allí con los ojos clavados en sus pies descalzos, invadida por un sentimiento de solidaridad agreste ! 148 y elemental, preguntándome si la vida no se trataba, precisamente, de mantenernos en esa negociación constante con la muerte. Entonces sentí que no había cielo abierto que pudiera redimir esa necesidad de tomarle la mano a Meche, de decirle que todo estaría bien, que no había camino a casa que pudiera redimir esa necesidad de salvarme, y de salvar a Meche y al dinosaurio, era una necesidad ciega y acuciante de salvarnos, de salvarnos no sé de qué demonios. No me gustan los cementerios. La grama es tan verde que me provoca llorar y siempre los de la funeraria terminan por confundirme con la viuda del difunto. Para sorpresa de todos, Meche quiso ir a despedirse del viejo. Estaba vestida de negro, como todos los días, pero las personas que no la conocían interpretaron sus trapos como el símbolo de un duelo profundo. Por uno de esos extraños azares que rigen nuestro paso por los autobuses de esta ciudad, cuando nos dirigíamos al Cementerio del Este, ! 149 una señora histérica que gritaba y sacudía un crucifijo, nos entregó esta tarjeta: Si usted muere hoy, ¿dónde pasará la eternidad? ---------------------------------------------------------Si usted no está seguro, sintonice la emisora VVN 1920 AM, Emisora totalmente cristiana. ¿Quiénes van al cielo? Lea: Juan 1:12, 5:24 ¿Quiénes van al infierno? Lea: Salmos 9:17; Apocalipsis 21:8. Meche miró la tarjeta con ojos inexpresivos, estaba casi catatónica. Yo no pude evitar responder mentalmente. Como nuestro dinosaurio, y como sus sucesores de toda especie en este valle petrolero, resucitaría bajo la forma de un galón de gasolina. Me pasaría la eternidad ardiendo como aceite de motor. Volvimos a casa de Meche cabizbajas y en silencio. Ella dijo que quería caminar un rato. Yo me hundí en el sofá y marqué el número de mi padre cuando entendí, por el ruido de sus pasos, que ya estaba lejos del apartamento. Quería estar segura de que mi ! 150 padre aún estaba allí, de que no se había esfumado como lo había hecho el dinosaurio. Una paranoia rara. Él contestó y no sé porqué pensé en galletas de guayaba. Siempre comíamos esas galletas, eran nuestras favoritas. No sabía qué decirle. Iniciamos esa dinámica tan conocida por ambos, una retórica de ping pong que jamás pasaba del simple saludo. Repetíamos lo mismo, una y otra vez, con distintas palabras. Un abismo nos separaba pero no había resquemores, ni mala conciencia. Recordé que un personaje de Rubem Fonseca, en Agosto, le dice a su amante que los hijos nunca quieren a sus padres. Ese razonamiento me pareció entonces desmesurado, algo que sólo se le podría ocurrir a un matón de cuello blanco, algo que sólo podría decir, sin que le temblara la voz, un personaje de ficción. Tal vez por eso quise colgar y salir corriendo a buscar a Meche, pero no lo hice. Le pregunté si aún vendían galletas de guayaba. Me contestó que no. Esa noche cuando nos disponíamos a preparar la cena lo solté todo. Le dije que la ! 151 amaba. Me ahogué en un océano de palabras absurdas, mis manos eran de gelatina, sentía que necesitaba un salvavidas para no naufragar en medio de la sala, para no asfixiarme debajo del sofá. Casi le grito que el enano más gay del universo nos esperaba detrás de los colores del arcoíris para bendecir nuestro amor y permitirnos la entrada al paraíso eterno de la comunidad GLBT. Contra todo pronóstico, Meche no dijo nada, su boca parecía el trazo torpe de un niño que apenas aprende a dibujar. Se limitó a mirarme como quien mira a un cachorro arrollado. Los colores del arcoíris se entremezclaron, lo empecé a ver todo muy negro. La derrota era viscosa, oscura, eterna. Sabía a gasolina. Entonces me fui a la cocina a pelar calabacines y a esperar la próxima glaciación. ! 152 PENSANDO EN PRADO Ulises Gonzales A Domingo Prado lo encontraron pronto porque había dejado su grueso maletín de cuero entre la puerta y el marco, mientras entraba a su departamento (al parecer había olvidado algo, las llaves todavía colgaban de la cerradura). Su cuerpo estaba desparramado sobre la pequeña mesa de sala frente a la entrada. Me llamaron a Nueva York y me sorprendieron en la oficina, a punto de salir para dictar mi primera clase del semestre de otoño. La voz de alguna practicante del estudio (que no conocía, eran años sin ir a verlo) me lo anunció y luego me dio detalles de cómo reclamar el viejo BMW E21, ese que no andaba, que una vez le dije que me gustaría manejar, y ! 153 que prometió dejarme. Escuché: “El doctor Prado ha fallecido...”. Mi padre y Prado se conocieron en Barranco, en un huarique donde mi padre solía tomar lonche y Prado, con sus amigos de Derecho de San Marcos, se reunían a beber. Una vez mi padre escuchó a los de aquella mesa decir algo sobre sus paisanas. Les pidió permiso y les contó la historia completa de su abuelo, el italiano que llegó desde el pueblo de Pontedecimo, en los alrededores empobrecidos de Génova, hasta la ciudad de Huánuco para hacer su fortuna, y de su abuela, la muchacha de alcurnia local que despreció a los pretendientes poderosos para casarse con el inmigrante pobre. Terminó su relato retando a quien quisiera deshonrar el nombre de las mujeres de su tierra. Prado, cuya madre era italiana, y que era quien había insinuado la facilidad con que se metían a la cama las huanuqueñas, se hizo su amigo. En esos días mi padre estaba empezando unos negocios a los que Prado contribuiría de modo crucial con sus contactos entre las familias que goberna- ! 154 ban el país. No había sello de autorización ni permiso que mi padre no pudiera conseguir con el apoyo de Prado. Conectado, gracias a él, con los cuatro o cinco apellidos que por entonces importaban en esa ciudad, mi padre prosperó. No sospechaba aquel joven oligárquico que los favores que le repartía a mi padre, a la vuelta de aventuras de prostíbulos y toros, le serían devueltos muy pronto, cuando el golpe de Velasco dejó a su familia sin las haciendas y negocios que le permitían vivir con holgura. Mi padre, de saludable relación con los herederos de las fortunas huanuqueñas, aquel día en que el ejército despidió al Presidente Belaúnde en su avión al exilio argentino, descubrió en la foto de la Junta publicada por los periódicos, a la derecha del General Velasco, a un sonriente Pablo Parodi, compañero de carpeta de la escuela primaria, vecino de la hacienda y padrino de una de sus hijas. El General Parodi recibió a mi padre en su despacho con los aspavientos apropiados: abrazos y apretones, vasos de whisky, cigarrillos importados. ! 155 Parodi se había vuelto la mano derecha del General en la escuela militar, juntos habían escrito los lineamientos de la revolución y de las reformas industrial y agraria. Mi padre le confesó que no venía a pedirle nada para él, sino para un amigo caído en desgracia. Después de escucharlo, Parodi le dijo que los Prado eran el símbolo de aquello que el Gobierno Revolucionario quería deshacer. No le prometió nada, pero programaron una cita. Se reunieron y Prado los sorprendió con una lista de propuestas revolucionarias más enfáticas que las del General Velasco. Estaba de acuerdo con la nacionalización de las haciendas, casi agradeció porque los militares hubieran despojado a su familia de algunas fábricas y se las hubieran regalado a sus trabajadores. Se ofreció de buena gana para colaborar en lo que pudiera con una revolución que, según él, era necesaria. No fue difícil convencer a Parodi de que le otorgara a Prado acceso a Palacio, ni que lo invitara a participar en los negocios que surgieron cuando empezaron las reformas. Prado ya tenía su estudio de ! 156 abogados, una oficina diminuta donde entraban apretados un archivador y un escritorio con un máquina de escribir donde se la pasaba redactando informes. A ese mismo estudio donde algunos de los despojados por el gobierno exponían los papeles de propiedad de sus tatarabuelos, con los que esperaban recuperar los bienes arrebatados, empezaron a llegar los abogados de la dictadura, que abrían juicios con la esperanza de desvalijar las cuentas bancarias de las familias expropiadas. La debilidad de Prado eran las mujeres. Recién casado, esperando a su primer hijo, la esposa descubrió que gran parte del tiempo que Prado pasaba en su estudio era para cumplir con el vicio de sus numerosas infidelidades: muchachas del Terrazas, o de otros clubes, que enamoraba jugando tenis; alumnas de Derecho de la San Marcos, clientas, amigas de su familia y de la de su esposa. Con los nuevos tiempos iría incluyendo también en la lista a las abogadas enviadas por Parodi: inexpertas, temblorosas, que se dejaban enredar en la telaraña que les tejía con sus títulos. Cuando ! 157 mi padre lo conoció, Prado ya casi no pasaba las noches en su casa. Al poco tiempo le dejó a su esposa la mansión de su familia en Miraflores y se mudó al pequeño departamento de San Isidro donde lo encontraría la muerte. En ese departamento, alrededor de aquella mesa donde se desbarrancó su cuerpo, fue que mi padre le confesaría alguna vez su decisión de separarse de su primera mujer, allí le presentaría a su futura esposa, mi madre, una secretaria de padres huanuqueños, que contrató como asistente porque necesitaba ayuda con los papeleos de una empresa de distribución de arroz que el gobierno le había consignado, y de la que se enamoró, según solía decir mi padre, con locura y pasión. Prado sería el padrino de su boda. Cuando mi madre murió de un cáncer inesperado y veloz, yo tenía 16 años. Prado se hizo cargo del desastre. Arregló los trámites del funeral y del entierro, puso dos avisos a media página en El Comercio y Expreso, y acompañó durante varias semanas a mi padre: lo recogía en las mañanas, se lo llevaba a la ! 158 calle, lo sacaba por las noches, vigilaba que su vida no se hiciera añicos. Los dos seguían embarcados en proyectos. Algunos de ellos eran tan descabellados que si no fuera porque Prado en algún momento me enseñó las pruebas, no los hubiera pensado capaces: financiaron campañas secretas para promover a muchachas de las cuales andaban enamorados, enriquecieron a compañeros de colegio empobrecidos que se merecían, según ellos, una segunda oportunidad; y viajaron a Washington acompañando a un coronel que vendía secretos de estado, preparando un golpe contra Alan García, que no funcionó porque en el último minuto el cuartel de Huánuco, destinado a sublevarse, se echó para atrás. Eran tan buenos amigos que a los dos les pareció muy natural que yo, ni bien entrado a mi tercer año de carrera, comenzara a trabajar en el estudio Prado. Allí, tras unos meses, embobado por los nombres de sus clientes, ya no me afligía haber abrazado el Derecho y abandonado mi temprana vocación por la Literatura. Pronto me convertí en su hombre ! 159 de confianza. Si bien no era la época dorada de los militares, aquella en que al final de las reuniones aparecían las vedetes de la tele para agasajar a los generales y a sus invitados, con la elección del presidente Belaúnde también volvieron las cuentas millonarias escondidas en Europa y en el Caribe durante la dictadura. Prado invertiría sus cuantiosos honorarios en mejoras al estudio, aventuras de faldas, viajes de placer vinculados a aquellas, whisky y libros. Se jactaba de su biblioteca y de llevar una vida sin ostentación. El único símbolo exterior de riqueza que se había permitido fue ese BMW color negro que importó desde Alemania, gracias a las exoneraciones que le dio la junta militar, y que cuando se malogró, al enterarse de lo que le costaría importar las piezas que necesitaba para hacerlo andar, cubrió con un trapo y no volvió a manejar. Contrató a un chofer, que lo esperaba todas las mañanas al pie del edificio. Yo llegaba hasta allí y lo acompañaba hasta el estudio. Era una ruta breve, de conversaciones ! 160 jugosas: así supe que Prado había asistido a las tertulias de Porras Barrenechea. En aquellas famosas reuniones a las que el ilustre historiador convocaba a sus conocidos !me dijo Prado!, una vez apareció un joven silencioso, a quien lo único que parecía interesarle era leer. No parecía tener otra vida que la que llevaba con Porras, organizando desde temprano hasta tarde los tomos de su biblioteca. Prado y él se volvieron grandes amigos, conversaron mucho de libros, y en los tiempos en que ese muchacho se hizo conocido como escritor, también se convirtió en su cliente. Algunas veces, de paso por Lima, Vargas Llosa lo visitaba en el estudio y salían juntos a almorzar. Prado tuvo muchos hijos, con distintas mujeres. No se volvió a casar, pero siempre encontraba alguna viuda o divorciada de espectacular figura que lo acompañaba !y posaba abrazada con él! a las cenas y bailes a los que era invitado con frecuencia. Los contactos entre sus amigos le permitieron prosperar en los gobiernos sucesivos y, durante el go- ! 161 bierno de Fujimori, con su lista de clientes que lo ponía en posición de hombre bisagra entre un gobierno sin respaldo político y las pocas familias limeñas que aún controlaban el dinero, se convirtió en asesor presidencial. Esos recuerdos llegaban, como ondas, aquella mañana de principios de semestre en Nueva York en que me anunciaron la muerte de Prado. Dicté una pésima clase. Había terminado una maestría en Literatura y estaba empezando a dar clases como profesor adjunto en una universidad en el Bronx. La universidad me había asignado un curso de literatura latinoamericana del siglo XX, cuyo contenido, debido al origen del alumnado, estaba orientado hacia los autores del Caribe. No era mi especialidad, sin embargo el curso formaba parte del compromiso de créditos que debía de enseñar, en mi condición de profesor suplente, con la esperanza de un trabajo de profesor a tiempo completo. Me había casado, y con mi esposa y ayuda del gobierno habíamos comprado una casa en los suburbios. Allí, durante los meses del verano, quitándole tiempo a una ! 162 serie de oficios eventuales, había seleccionado los mejores textos entre un conjunto de textos muy malos. Creía haber hecho un buen trabajo. Sin embargo, esa tarde de la primera clase del semestre estuve distraído: el monólogo que había preparado con sumo cuidado, me rebotó en el oído como una narración sin sentido. Salí de la clase y le dejé la computadora portátil a la muchacha mexicana de la oficina de recursos tecnológicos con la que solía distraerme charlando. Apenas atiné a decir un apagado “chau”. Tenía al viejo Prado y mis recuerdos hirviendo en la cabeza. Pensé, después de mucho tiempo, en las reuniones inacabables con los hombres de Fujimori. Duraban, por costumbre, hasta la madrugada. Siempre lo acompañaba, y era común que me sentara con él en las mesas donde se discutían los asuntos de estado. Algunas veces necesitaba que yo le confirmara los datos de un documento, que le asegurara la exactitud de una fecha o de una suma de dinero. Yo aprendía con interés los tejes y manejes del negocio: a él no le quedaba duda de que yo heredaría ! 163 buena parte de sus clientes. La resolución judicial del caso de uno de ellos, un primo de Prado al que conseguimos varios millones de soles en reparación del Estado por la expropiación de sus haciendas, puso en mis manos el primero de una serie de cheques enormes que Prado en persona depositó en mi cuenta “¿Qué vas a hacer?” me dijo, y yo le confesé que quería pedirle licencia y gastarme el dinero en dos meses por Europa: iría a Londres, a París, a Amsterdam, a Madrid. Me felicitó, me dijo que los viajes forjaban el carácter. Regresé de aquella aventura europea renovado, satisfecho, feliz de volver a esperar a Prado en las mañanas de Miraflores, a tomar café con él y sus clientes en el San Antonio, a acompañarlo en sus reuniones con el gobierno. Al final de una de aquellas cenas de trabajo secretas, pasada la medianoche, mientras agotaba mis temas de conversación con el chofer, esperando a Prado en el vestíbulo de un restaurante de la calle Capón, conocí a Maya. Se oyó un golpe corto y seco en la puerta, como si quien golpeara supiera que no tenía ! 164 que molestarse en llamar. Desde el otro lado del restaurante, en una mesa donde se discutían gastos militares, el ministro de gobierno con quien Prado conferenciaba gritó que abriéramos. Le abrí yo. Maya murmuró un “gracias”, esperó a que me hiciera a un lado y pasó de largo hacia la mesa. Tenía el cabello castaño y muy largo, una falda sastre apretada a las caderas, zapatos de taco pequeño, y un detalle que no sé por qué me volvió loco: un mechón de pelo que, como si no quisiera, le tapaba uno de sus ojos azules. Cuando volvimos durante la madrugada hacia el estudio (donde tendríamos que redactar un informe antes de irnos a dormir) Prado me aseguró que nunca antes la había visto. Prometió averiguar, y a la tarde siguiente ya tenía un nombre y una dirección: estudio de abogados Chacaltana, muy cerca de la oficina. Prado agregó que inventaría alguna diligencia y esa misma tarde me mandó con una nota a la oficina de su amigo, el Doctor Chacaltana. Apenas entré al estudio la vi a Maya, detrás de la puerta de vidrio de la sala de re- ! 165 cepción, caminando de un lado a otro, llevando en la mano unos expedientes. El doctor Chacaltana salió a recibirme y nos presentó. Maya estaba encargada de una de las gestiones diplomáticas que sucedieron a los convenios entre peruanos y ecuatorianos al final de la guerra. Era una especialista en Derecho Internacional. Su padre era suizo y su madre una limeña de familia antigua. La familia emigró a España en los 80s y había decidido regresar al Perú. Maya había estudiado Derecho en Inglaterra. Era su segunda semana de trabajo y también su segunda semana en Lima, recién mudada desde Madrid. Le recordé haberla visto la noche anterior en el restaurante de Capón, entrando y saliendo apurada. El mechón de pelo que me gustaba le colgaba otra vez sobre uno de sus ojos. Dijo que casi no se acordaba de la noche anterior y forzó una sonrisa que me pareció llena de timidez. La invité a conversar después del trabajo y, con el pretexto de haber dormido poco, Maya me dijo que no. Insistí durante varios días !porque no me parecía posible otra opción! y, una tarde ! 166 de fines de octubre, nos sentamos en una mesa frente al mar, a mirar la puesta de sol y a tomarnos un café. Salimos con frecuencia. La buscaba en el estudio Chacaltana y nos íbamos hasta Larcomar. Nos sentábamos en los cafés, en los bares o en los restaurantes, de acuerdo a su ánimo. Maya casi no tenía conocidos en Lima, apenas algunos familiares con los que hablaba poco. Chacaltana y su padre, viejos amigos, habían hecho dinero durante el segundo gobierno de Belaúnde. El trabajo le gustaba, me dijo, pero le asustaba que en algún momento “la rutina la aplastara”. Me dijo eso lanzándome una mirada que yo no supe cómo interpretar. En alguna de esos encuentros le conté la historia de mi familia y nuestra relación cercana con Prado. Ella parecía, o simulaba, disfrutar con mis relatos, a los que asentía, sin agregar mucho. Aún le quedaba un débil acento de Madrid y decía que aquello le avergonzaba. Yo le creí. Alguna vez me conversó de sus obligaciones en el estudio Chacaltana, ! 167 de la naturalidad con que trataba a clientes peruanos ricos y famosos porque sus nombres a ella no le sonaban a nada (“eso le encanta al Doctor”, me dijo) y de lo importante que le parecía seguir empapándose con el Derecho peruano. Ofrecí ayudarla y prestarle libros. Ella dijo que yo era “un amor”. En una de aquellas salidas la invité al cine y me respondió que no le gustaban los espacios cerrados. Insistí, durante algunos días, y ella aceptó. Un sábado por la noche entramos a ver American Beauty. Al final de la función nos sentamos en un café y la hice sonreir con mi (bastante buena) imitación de Kevin Spacey. Al despedirnos, creyendo que era obvio lo que tenía que suceder, intenté besarla y ella me esquivó. Después de aquella noche ignoró mis llamadas. Seguí llamando hasta que, una semana después del incidente, contestó el teléfono. Con sequedad, me pidió que no la volviera a llamar. Como me parecía que la decisión de Maya era producto de un malentendido, contraviniendo los consejos de Prado, fui a bus- ! 168 carla a su oficina. Pensé que si le decía unas palabras podría, por lo menos, seguir viéndola. La negaron en la recepción, a pesar de que la podía ver caminando de una oficina a otra detrás de los ventanales del estudio. Prado me dijo que había llamado y conversado del tema con su amigo Chacaltana, pero que “la muchacha tenía problemas muy serios”. Mencionó algún detalle sobre traumas sicológicos, dijo que lo mejor era olvidarla. En otras historias que he escrito, he intentado aligerar la tragedia que Maya significó para mí. Supongo que a muchos les parecerá ridículo que alguien pueda denominar tragedia a este breve episodio de rechazo amoroso, considerando que lo dice alguien que perdió a su madre en la adolescencia. Sin embargo, cada vez que intento reevaluarlo, desde la distancia que creo que me otorga el tiempo transcurrido, siempre concluyo que esos meses fueron los más incómodos que me tocaron vivir en Lima. Prado me ofreció unos meses de vacaciones. Sugirió un viaje alrededor del mundo. ! 169 No lo escuché, porque me ilusionaba la idea de que en algún momento Maya cambiara de opinión. Pensaba que ella recordaría que trabajábamos muy cerca, y aparecería una tarde a soltarme alguna explicación (o una mentira), a decirme que la perdonara. Sin embargo, ese día en Nueva York en que una llamada me anunció la muerte de Prado, me percaté de súbito que la causa causam de mi decisión de emigrar a los Estados Unidos fue ignorar los consejos de Prado, quien durante algunas semanas, con insistencia inusual, sugirió que viajara, que me fuera del Perú. Por esos días en que yo apenas vivía, aplastado por el desprecio de Maya, se murió mi padre. No estaba ni enfermo, así que su muerte nos golpeó de improviso. Es verdad que el doctor lo había prevenido de los excesos que le dañaron de modo irreparable el hígado y el riñón. Había dejado el cigarrillo y el whisky y vivía de mal humor. Se quejaba de los malos negocios, no salía de su casa, donde se la pasaba hora tras hora en el teléfono de su des- ! 170 pacho, conversando con múltiples socios, de múltiples negocios que flotaban todos a la deriva, en espera de la buena voluntad desde el poder o alguna orden judicial. Muchas veces cerraba con llave su despacho y empezaba una conversación telefónica de susurros, que solía terminar con gritos y amenazas de violación contranatura. Dos años antes de su muerte le sucedió algo que acabó con sus ánimos: una noche de marzo, un uruguayo se apareció por los clubes de Lima acompañado de una rubia de piernas impresionantes. Prado se lo presentó a mi padre, durante una cena en que también conocieron al famoso médico de Buenos Aires que iba a respaldar un proyecto que solo necesitaba los cientos de miles de dólares guardados en el banco por mi padre: el gobierno argentino iba a compensar a los socios con una millonada de dólares. Al sellar el trato, la rubia cedió a los pedidos de mi padre y se dejó tocar las piernas, el uruguayo sugirió entre carcajadas un encuentro privado entre ambos y mi padre se despidió de muy buen humor. Mi padre se obsesionó con la posibilidad ! 171 de volverse millonario. Los meses siguientes hubo papeleos y formularios que llenar, lo que hicimos entre Prado y yo en el estudio, con expectativa. Luego hubo un depósito de mi padre, de una suma exorbitante, en la cuenta de un banco en Montevideo. Fue lo último que supimos del uruguayo. Viajamos a Montevideo, a buscarlo sin suerte, y a Buenos Aires a interrogar al doctor porteño, que nos recibió solo para desentenderse de su relación con quien nosotros considerábamos su socio. Ante las amenazas de mi padre nos recordó que conocía a los mejores abogados de la Argentina y que no teníamos pruebas en su contra. Después de aquella estafa, mi padre se deprimió para siempre. Alguna vez, para animarlo, bromeé que lo que había hecho equivalía a abrir un saco lleno de billetes en la orilla de la playa y arrojarlos al mar. Sonrió, hizo como si se fuera a servir un whisky pero se detuvo a medio camino hacia el bar, subió las escaleras y se metió a su dormitorio. ! 172 La mañana de su muerte, atinó a gritar el nombre de mi hermano. Cuando él llegó a su cuarto, mi padre ya estaba muerto. Fue un ataque fulminante. Su muerte me hizo reaccionar de mi obsesión por Maya. Tuve que lidiar con los problemas con los que de pronto se aparecieron (voraces de dinero) los hijos de la primera mujer de mi padre. Prado estuvo en todo momento a mi lado y aprovechó la tarde del funeral para convencerme de que me largara de viaje. Prometió encargarse de los papeleos legales de las empresas de mi padre, casi todas quebradas. Acepté, y dos días después del funeral estaba metido en un avión hacia Londres. En cuatro semanas me gasté algunos miles de dólares entre hoteles, licor y mujeres. Encontré en Londres a una chica que se parecía a Maya y mientras me la tiraba le acomodé el cabello para que le tapara un ojo. Cuando se retiró, lloré. Me hice amigo de unos irlandeses con los que perdí dinero jugando al bowling y con los cuales, borracho, sin tomar nota de que eran las 4 de la mañana en Lima, pedí desde el ! 173 lobby de mi hotel que la llamaran a Maya. Hice el ridículo. Viajé por el Sena en barco, fumé marihuana mañana y tarde, durante una semana, con unos holandeses que acababan de llegar de Sudamérica, hice yoga durante varias mañanas con una compañera de universidad que me encontré caminando por el lado Este de Berlín. Aspiré cocaína tres tardes seguidas con la misma prostituta carísima que encontré en un anuncio en Internet, una que me confesó que de día trabajaba de abogada en un estudio de Roma. Sin embargo, lo duro de esta historia sucedió a la mañana siguiente de mi regreso a Lima. El avión había aterrizado tarde y me tomé la mañana de descanso antes de regresar al estudio. Salí caminando de mi departamento en busca de algún tipo de desayuno y, mientras entraba sin pensar a una cafetería, vi en la tapa de una revista de sociales, la foto de Maya con un hombre. Miré la foto, estático durante algunos segundos, sin saber qué pensar ni qué hacer. Por fin compré la revista, pedí un café y me senté. Pasé las hojas, con un mal sabor en la ! 174 garganta y miré, una y otra vez, mientras el café se enfriaba sin remedio, las fotos de la boda: de los mejores amigos, de los parientes, de los padres de los novios y de sus padrinos: la foto del Doctor Prado que brindaba con su amigo el Doctor Chacaltana para la cámara, deseándole a su hijo, el Doctor Chacaltana Junior, y a su esposa de ojos azules, eterna felicidad. El recuerdo de aquella mañana limeña siempre me desorienta y me deslumbra. El día en que me dijeron que se murió Prado, mientras caminaba hacia el estacionamiento y encendía mi automóvil, me vi otra vez dentro de aquella cafetería limeña. Intenté, otra vez, poner distancia entre mi situación en Nueva York y la de aquel muchacho que era yo: veinteañero, apenas huérfano, con mucho dinero en el banco, creyendo estar listo para regresar al empleo que era la única prueba de un futuro brillante como abogado. Recordé la confusa cadena de emociones que provocaron en mí aquellas fotos y textos de una revista que leían con frecuencia las personas con las que yo ! 175 conversaba en mi trabajo. Me di cuenta de que Prado habría comentado con otras personas acerca de mi desgracia, y que Chacaltana u otro pariente, compadre o viejo amigo de la universidad, que me conocían y también conocían a mi padre, se habrían reído de mis pretensiones: “No pues, esa chiquilla está para ligas mayores”. Mientras conducía por Nueva York hacia la Taconic Parkway, recordaba haberme dado cuenta, de golpe, de mi terrible ceguera; haber sentido vergüenza, vértigo, al percatarme que los amigos de Prado, todos invitados a la boda del hijo del abogado Chacaltana, se habrían reunido en alguno de sus clubes, a comentar cómo el hijo del huanuqueño pretendía que se enamorara de él esa muchacha tan blanca, de cabellos y ojos tan claros. Yo había participado de aquellos comentarios, acerca de otros, en días en que me creía parte de su grupo. También me había reído de otros, enredado en una vergonzosa ilusión de pertenencia. ! 176 “¿Cómo se va a casar Mayita con un tipo que parece un albañil?”, preguntó uno de los interlocutores. Casi estaba llegando a mi casa en los suburbios, por una carretera que bordeaba los pueblos al lado del río Hudson, conduciendo bajo la sombra de los árboles que empezaban a perder las hojas rojizas y amarillentas, sobre calles con nombres en inglés. Estacioné, apagué el auto y lo volví a ver. Domingo Prado revolvió su vaso de whisky y, sin despegar los ojos del hielo, le respondió a su interlocutor: “Sí pues”. ! 177 AND IT BURNS, BURNS, BURNS Alejandra Márquez La banda sonora de mi llegada al gabacho comenzó con un cassette atascado en el estéreo del coche de mi mamá. Durante meses, Johnny Cash dictó el ritmo de cada uno de nuestros trayectos. Mi mamá, en medio del shock cultural, tardó mucho más que yo en notar el eterno And it burns, burns, burns. ¿Nuestro trayecto? De la ciudad de México a un pueblo perdido en medio de Texas: Gonzales con “ese” de sobaco; de Tlalpan a una comunidad con su propio equipo de Ku Klux Klan. A los catorce años esto no me hacía reír tanto como ahora que tengo veintiséis y hago el doctorado. Me daba tan poca risa, que mi llegada a este país consistió en berrinches diarios hasta llevar a mi pobre madre al hartazgo. El redneck con el que se había casado no la dejaba fumar adentro de la ! 179 casa, salvo en mi baño, así que aprovechaba cada cigarrillo para suplicarle que regresáramos a México. En mi mente adolescente, mi vida se había tornado en una tragedia diaria con la barrera del idioma, el perpetuo olor a estiércol del pueblo y la doble moral protestante. Mamá daba clases de inglés en un centro comunitario. Sus estudiantes eran mexicanos que trabajaban todo el día bajo el sol y el yugo del tío Sam, y aun así tenían la fuerza y las ganas de aprender inglés para que los gringos no dijeran que sólo hablaban español. Hablaban mi idioma, se sentían raros en este país, e incluso uno de ellos me daba clases de guitarra. José Luis, el de la sonrisa indeleble, era el estudiante favorito de mi mamá. Había llegado, como la gran mayoría de los estudiantes, cruzando el desierto a pie y retando las probabilidades de convertirse en una estadística más, en un John Doe fronterizo. Había cruzado en más de una ocasión para llevarle regalos a su familia: lavadoras, juguetes, ropa, discmans. Y !como muchos de los que regresan orgullo- ! 180 sos a sus pueblos, hablando a lirol english y con dólares en el bolsillo! había sido asaltado por los federales en la carretera más de una vez. Nada de eso le había borrado la sonrisa ni le había quitado las ganas de hablar de su esposa, a quien describía como la mujer perfecta… Pero la Bo Derek potosina !según la descripción de José Luis! no aguantó mucho tiempo y, en cuestión de meses, encontró a alguien más que no trabajaba del Otro Lado y que no había cruzado el desierto ni había sido asaltado por los federales. Los hijos de José Luis dejaron de hablarle porque les costaba trabajo llamar "papá" a un extraño al que sólo veían cada dos o tres años… El estudiante consentido de mamá dejó de ir a clase, así que hice la guitarra a un lado y me dediqué a pulir mi inglés… De pronto ya no me molestaba tanto el olor a estiércol y aprendí a sortear a los protestantes que me preguntaban a qué iglesia iba (algunas veces era bautista, otras luterana y creo que llegué a ser también presbiteriana) para después mentarme la madre sutilmente ! 181 con un bless your heart. Southern hospitality style… Casi trece años después, en la universidad, mis años en Gonzales me parecen un buen entrenamiento para la hospitalidad que suele reinar en algunos de los círculos de la academia y entre estudiantes de posgrado. El cassette atorado pasó a otra vida, pero me es inevitable dibujar una sonrisa al escuchar el And it burns, burns, burns. ! 182 MANTENER FUERA DEL ALCANCE DE LOS NIÑOS María José Navia La estación científica estaba desierta desde hace meses y a la editorial le había parecido una buena idea reunirlos allí: en medio de la Amazonía, con ese río turbio partiendo el mundo en dos, la humedad insoportable y los ruidos de animales al anochecer. Piénsenlo como una aventura, les habían dicho. Eran quince escritores de distintas partes de Sudamérica que llevaban varios años estudiando en Estados Unidos. Todos sin nada mejor que hacer que ir a perderse a la selva por tres semanas. Al poco tiempo, sin embargo, fue claro que allí no iban a escribir nada: los computadores no funcionaban, o se estropeaban a los pocos días debido a la humedad, y ! 183 los cuadernos y libretas se desteñían por culpa del sol y el agua. Dormían cada uno en una cabaña para tres personas, lo que a Mariana (chilena, candidata a doctora en Literatura y Estudios culturales, una novela) le hizo recordar el cuento de Ricitos de Oro y a Rodolfo (peruano, Master of Arts en Humanidades, dos libros de cuentos) un capítulo de LOST. Cada mañana se sentaban a desayunar con peor cara y las mismas quejas: que los mosquitos, que los ruidos, que el calor. Marla, la encargada de la organización, intentaba mantener una actitud positiva, subiéndole al aire acondicionado en las salas comunes (forma elegante de llamar a una biblioteca con sólo una repisa de libros: la mayoría bestsellers que habían dejado allí los científicos y estudiantes del pasado). A veces organizaban paseos en bote o ridículos juegos de trivia (que siempre, por alguna razón, ganaban los escritores argentinos). “A 95 años de los Cuentos de la Selva” era el nombre que le habían dado al encuentro de escritores, por ponerle alguna cosa. La ver- ! 184 dad es que pocos los habían leído, aunque sí recordaban, con admiración, franco terror o una mezcla de ambos, “El Almohadón de Plumas” o “La Gallina Degollada”. Esos sí que son cuentos, comentó medio a gritos el único uruguayo (estudiante de un prestigioso MFA), no como los de la selva, con tortugas gigantes buena onda y moralejas para enmarcar. Hacían caminatas todos los días. Por la mañana y por la tarde (para que tengan material, les habían dicho). Caminatas de tres horas por senderos llenos de barro, hormigas gigantes que mordían con rabia (las congas, anotaron en sus moleskine transpiradas) y monos que los miraban desde los árboles, bien arriba y bien sorprendidos. Mariana iba con una cámara de fotos al cuello que usaba muy poco, pues su verdadera preocupación era untarse bloqueador solar y repelente de mosquitos cada dos minutos. Rodolfo la seguía, unos pasos más atrás, envuelto en otra nube de repelente. !No es necesario, ¿sabes? Echarse tanto. Dañas el medioambiente !le dijo un día ! 185 Mayer, el guía del grupo, una especie de Señor Miyagui de la selva amazónica. Mariana sonrió coqueta y siguió caminando. El medioambiente le importaba un carajo. Llevaba tres días tratando de escribir un párrafo sobre el calor de la selva. Uno solo, nada más. Poner por escrito esa humedad pegajosa, ese calor que te envolvía como un abrazo de felpa, ese aire caliente bajando por los pulmones. Pero nada. Parecían faltarle palabras para enfrentarse a esos escenarios tan distintos de su ciudad con sus pocos árboles y su aire siempre sucio. Podía hablar del frío por páginas y páginas pero el calor se le escapaba. La culpa la tenía su tesis. Y su directora. Cuando le comentó que escribía, hace todos esos años, ella la había mirado con la misma expresión con que miraría a alguien (y por alguien se entiende: una hormiga) que, de improviso y en medio de una conversación académica, le saliera con que le gustaba correr por las mañanas o prefería el pan con mantequilla. Algo completamente irrelevante. Y que se po- ! 186 día aplastar con el dedo. Cada vez que le entregaba un capítulo de la tesis, venía con mil tarjaduras en color rojo y un implacable “guarda esto para tus cuentos”, anotado en letra diminuta y arácnida (y a las arañas no se las mata con el dedo; a las arañas se les tiene miedo). Acá escribimos con precisión, Mariana. Nada de florituras. Nada de metáforas. Al grano. Las reglas de convivencia de la estación estaban pegadas atrás de las puertas de entrada a las cabañas. Reglas del tiempo en que la estación científica recibía a investigadores que podían quedarse semanas explorando la vegetación y los animales sin cansarse. Entre ellas !y eran muchas: no entrar con zapatos embarrados, no echar repelente a las sábanas! se leía la más extraña de todas: por favor no tener relaciones sexuales. A Mariana le daba risa el infinitivo de las prohibiciones, su carácter atemporal. No subjuntivo, ni conjugado en ningún tiempo. ! 187 Más que en infinitivo se trataba de un verbo definitivo. Y aquél por favor tan ridículo. Las cabañas sólo tenían luz eléctrica un par de horas al día. Momento en que los escritores se abalanzaban sobre los enchufes para recargar todos sus aparatos electrónicos. Por la noche Mariana no podía leer: la estación quedaba sin luz desde las nueve y quedaba sumergida en una oscuridad densa como esa tan cliché boca de lobo. Intentó con velas pero la luz no era suficiente. También con la linterna, hasta que se le acalambraron los dedos y se acabaron las pilas. Le costaba dormir así; se quedaba con los ojos abiertos por horas. Por la mañana, despertaba agotada. Al inicio de la segunda semana, Rodolfo amaneció con siete picaduras en los pies, la única parte del cuerpo a la que no había llegado el repelente. Decidió redoblar los esfuerzos. Una noche hicieron un recital poético. Los obligaron. Ninguno parecía tener muchas ganas de leer sus “creaciones”. Poco habían crea- ! 188 do. Unas descripciones algo famélicas o francamente horrendas. Nada que se pareciera a una historia. La gran mayoría hablando de sus desconciertos y la ciudad. Sus páginas en blanco parecían repeler a la selva. La frustración la tenían pegada a los rostros, a las manos. La dificultad de escribir los llevaba en un viaje sin retorno a sus primeros años de estudio, cuando la inminencia de los trabajos finales o la entrega de algún capítulo echaba por tierra toda posibilidad de improvisar un cuento o siquiera soñar con una rutina. Cada uno, a su manera, había intentado resistirse. Rodrigo había organizado jornadas de escritura con algunos de sus compañeros; Mariana se defendía del exceso de teoría y los ejercicios de close reading que se hacían con bisturí en mano (o peor, cuchillo carnicero), recitando de memoria y a los gritos cualquier poema o !su favorito! el comienzo de Pedro Páramo. Se arropaba en él, se escondía. Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo, murmuraba mientras caminaba bajo la nieve o llegaba empapada de ! 189 lluvia a clase. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. En las composiciones de sus estudiantes ya nada le sonaba inapropiado. “Estoy bueno” dejaba de alertar sus sensores. “¿Tuvo divertido?”, la pregunta obligada después de un fin de semana o vacaciones, cada vez dolía menos en los dientes. Mientras sus profesores insistían en que la decolonización y la transculturización, la epistemología y la ontología, la cabeza de Mariana se resguardaba en el mantra infalible, que saboreaba: No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio...El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro. A la tercera semana, una serpiente mordió a la escritora boliviana (candidata a doctora en Literatura Comparada, una novela, un e-book de cuentos, un blog) y, tras la primera alusión a “A la deriva” y su final de delirio quiroguiano, empacó todas sus cosas y pidió a gritos histéricos que la llevaran de vuelta a la ciudad. Mariana aprovechaba para retocar su capa de ! 190 repelente cada vez que Mayer miraba para otro lado. No eran quince escritores cualquiera, ni escogidos al azar. Eran quince escritores a punto de desaparecer. Autores en vías de extinción. Todos habían publicado una novela o una colección de cuentos de cierto renombre durante su juventud (a todos los habían llamado “jóvenes promesas” en algún periódico o revista literaria), pero tras ingresar a la Academia Norteamericana (la palabra venía con una carga ominosa, con música de estruendo y cielos nublados) todos cayeron en el olvido o la franca pereza. Esta era una forma de darles una última oportunidad para reivindicarse, habían sido las palabras de la organizadora, mando menor de la editorial, a quien el pelo le lucía siempre radiante y la ropa no se le manchaba con el sudor. Y remarcó: Nadie está escribiendo sobre esto, ¿se dan cuenta? Deberían sentirse privilegiados. Y no se equivocaba. Efectivamente, nadie estaba escribiendo sobre estaciones científicas abandonadas por culpa de plantas petroleras que iban contaminando lentamente la ! 191 zona, ahuyentado animales y destruyendo la vegetación. Es más, nadie hablaba en sus novelas, cuentos u obras de teatro, de ningún tipo de naturaleza más que la de algún macetero o planta de interior que se consumía en un apartamento como metáfora de la decadencia de cierto personaje. Comenzaron a invitar a científicos y ambientalistas para que les dieran charlas por las tardes, a ver si así se animaban a escribir; para que les contaran, con términos limpios, acerca de la historia de horror que era esta “infección de los pulmones de América”, como más de uno había decidido bautizar al fenómeno. De vuelta a sus cabañas, los escritores intentaban conjurar esas historias, ponerlas en sus propias palabras, aunque sin mayor acierto. Las páginas quedaban pegoteadas de humedad y llenas de borrones. A la mañana siguiente ya ni siquiera podían leer lo poco que habían avanzado. La comida la traían desde Quito, en embarcaciones que llegaban, misteriosas, por las mañanas. Nunca era suficiente y los escrito- ! 192 res debieron acostumbrarse a vivir con una sensación constante de hambre apenas aplacada. Un día Mayer, durante la caminata, les enseñó unas hormigas comestibles, que tenían sabor a limón; si bien al comienzo se mostraron reticentes a probarlas, a los pocos días se podía ver a todos los escritores con un dedo, previamente mojado en saliva, paseándolo por todos los troncos y ramas del lugar. El mensaje ecológico de Mayer fue infiltrándose lentamente en las filas. De a poco algunos empezaron a dejar de usar repelente, luciendo sus picaduras con orgullo y evitando la tentación de rascarse. Todos, menos Mariana y Rodolfo, quienes todavía se duchaban en ese líquido pegajoso todas las mañanas, para volver a fumigarse por completo por las noches, antes de irse a dormir. Sábanas, almohadas, cortinas, nada se salvaba a su lluvia tóxica. Hubo quienes no resistieron. Un argentino, los tres paraguayos, y una escritora de Venezuela huyeron a las pocas semanas de llegar a la estación. De improviso, todos recordaron plazos impostergables para sus tesis, reuniones fami- ! 193 liares o simplemente se escudaron en su incapacidad de convivencia: uno por uno se los fueron llevando en botes. Mariana y Rodolfo también lo pensaron, pero la verdad no tenían nada mejor que hacer. A ella le esperaba el trabajo aburrido en los dos últimos capítulos de su tesis; a él, oficiar de ghost writer para un conocido político en Lima mientras trabajaba también en la biblioteca de la universidad. A las dos semanas, sólo quedaban siete. Los brasileños no paraban de hablar de sus obras. Que tal novela se había ganado un premio o estaba a punto de ser llevada al cine, que su libro de cuentos había agotado las primeras cinco ediciones en un minuto. Los argentinos leían todo el tiempo, el uruguayo se iba a pasear solo por los senderos y Mariana y Rodolfo intentaban trabajar o entretenerse según el clima. A veces ella se apropiaba de la biblioteca y se instalaba a escribir su párrafo insufrible; otras, se quedaba mirando como idiota a una tortuga que se paseaba por entre las cabañas. Lucy, la había bautizado. ! 194 El encargado de la estación era un científico ecuatoriano que estudiaba las poblaciones de monos en la zona. O eso había intentado. A los pocos meses de estar recolectando datos unos indios shuar se toparon con él. No le hicieron nada (los shuar tienen fama de bravos, pero él supo mantener la compostura), pero sí le pidieron dinero por cada uno de los monos que él estaba siguiendo (y a quienes les habían puesto una cinta celeste en sus patas a modo de identificación). Son nuestros monos, habían dicho. Pero Andrés se había negado (la suma que pedían por ellos, además, era francamente absurda) y, al día siguiente, al hacer su recorrido de reconocimiento, los fue encontrando, uno a uno, todos muertos, a tiro de cerbatana, acuchillados o envenenados. Ese día terminó su carrera como investigador. No solo por la pérdida de meses de trabajo. Algo frágil, como una fibra de confianza en la humanidad, se había quebrado también. Se ganaba su sueldo como administrador de la estación, haciendo los encargos de comida, coordinando la limpieza de las cabañas y la mantención de las ! 195 embarcaciones. Era todo lo que hacía. Y era suficiente. Rodolfo se ganó su confianza. Una noche en que todos se habían ido a dormir temprano, el administrador le ofreció un pequeño tesoro: la clave para usar internet. Se supone que no tenemos acceso, dijo como en susurros, pero en la oficina principal sí tenemos red inalámbrica, puedes usarla cuando quieras. Para cuando eches de menos al mundo, le dijo, y le dio una llave. Al principio intentó resistirse pero luego la curiosidad pudo más. Llevó su computadora a la oficina principal y de once de la noche a cinco de la mañana se la pasó navegando por internet. Pasó dos horas revisando el correo y respondiendo algunos emails de trabajo (el político ya se estaba impacientando, una editorial pequeña le pedía a gritos el texto que había prometido hacía meses para una antología), el resto del tiempo lo pasó buscando información sobre Mariana: en Google, Facebook, Twitter, su Wish List de Amazon, las pocas entrevistas que había en línea, un par de ! 196 reseñas sobre su obra, un blog adolescente que ella había olvidado quitar de órbita. Esa noche se quedó dormido pensando en el brillo de su piel, mezcla de transpiración y repelente. A la última caminata sólo llegaron Rodolfo y Mariana. Mayer los miró con algo de decepción: no llevaban cámara, sus botas llenas de barro, la piel reluciente. El guía les mostró algo desganado la planta de la que se fabrica el curare, nombre engañoso para el veneno de los indios. Le gustaba atemorizarlos con la aparente indefensión de las plantas, verlos, sobre todo a ella, abrir los ojos enormes, como de dibujo animado. Mariana se resbaló dos veces y Rodolfo fue el primero en acercarse a socorrerla, aprovechando la ocasión para tocarla más de la cuenta. El pelo le caía pegajoso por la espalda y tenía la piel bastante bronceada a pesar de todas sus precauciones. Cuando por fin regresaron a la estación, se despidieron de Mayer con un abrazo. Todos estaban ya en el comedor, con sus maletas empacadas e impacientes por irse. En un par de horas iba a llegar ! 197 la embarcación que debía llevarlos a Coca y, de ahí, a Quito. Mariana y Rodolfo caminaron a paso rápido entre la vegetación. Al pasar frente a su cabaña, Rodolfo le tomó el brazo con fuerza y la llevó hacia la suya, un poco más distante de todas las demás. Mariana respiraba agitada mientras Rodolfo lamía como desesperado su espalda, sus brazos, su cuello. La lengua pasaba de lo ácido a lo amargo, de la transpiración a los químicos; ambos gemían y jadeaban, golpeándose en cada una de las tres camas en las que iban quedando zapatos, poleras, shorts y ropa interior que apestaba y ensuciaba los cobertores y sábanas, violando una a una todas las prohibiciones que se anunciaban en la puerta. La transpiración parecía resaltar el sabor de tantas aplicaciones de repelente y cremas para la picazón; el sudor corría sucio entre los pechos de Mariana, entre las piernas y por la espalda de Rodolfo. Él le puso una mano sobre la boca para amortiguar sus gritos y a ella sus dedos le supieron a tierra. Todo en la habitación apestaba a químicos; los cuerpos se mo- ! 198 vían con urgencia aunque la respiración era cada vez más y más difícil. El aire pesaba, las paredes parecían palpitar. A las pocas horas comenzaron a llamarlos. A gritos. Los encontraron desnudos y con una mueca de asco en los rostros. Las manos aún crispadas en extrañas contorsiones. Una maleta a medio hacer, una computadora abierta en una página en blanco y cinco frascos de repelente para insectos en distintos rincones de la cabaña. La escena sería replicada, con variaciones, en dos novelas y una obra de teatro que se publicaron a los pocos meses. Todas éxitos de venta. ! 199 INVOCACIÓN Julio César Pérez Méndez A Jhonny Payne 1 A finales de enero de 2010 una prueba de farmacia confirmó a Milagros lo que el atraso menstrual de diciembre le anticipó. Primer amor, últimos ritos se le convirtió entonces en una adicción. La seducía el cuento de McEwan a pesar del suplicio de releer la escena en que Sissel restituía los fetos vivos al vientre de una rata; una a la que el novio de Sissel destripó con un fierro. Descuajada la maternidad en la misma habitación en que un cigoto tibio acaso crecía en el vientre de Sissel, Milagros subrayó una frase en su ajada edición en español: Se suponía que debía tomar la píldora, y todos los meses se le olvidaba al menos dos o tres veces; encima de la cual anotó, con diminutas letras rojas: Suele la ficción contaminar a la realidad, al ! 201 punto de devenir en sustrato o sucedáneo de la misma. Milagros y yo nos reencontramos en una fiesta de ex-alumnos de la privada Universidad del Caribe el día de amor y amistad de 2008, en Barranquilla. Cabello a los hombros, rostro atildado, los colores guajiros de Milagros y su actitud desprevenida la ceñían de encanto. !Si no te hubieras transferido a otra universidad tendría bien claro cómo te llamas !me aclaró tras casi una hora de plática. !De hecho me cambié el mismo semestre en que tu pediste una licencia o algo así !le recordé. Milagros suspiró y agachó la cabeza. !Déjame ver... !agregó al cabo!. Te decíamos el turco! como mi padre, los ojos zarcos y la barba espesa (su nariz era más prominente que la mía) han sido señas de mi identidad. ! 202 !Loro viejo no da la pata !afirmé sonriente, acusando su fama de olvidadiza!. Pero sí, así me apodaban. !Aldo !acertó más tarde!. Tu nombre es Aldo, ¿cierto? En medio del trago y la música, alguno de nuestros ex-compañeros de clase contó que Milagros se había recibido con honores. “Yo me gradué en la Corporación Barranquilla”, le revelé a ella al indagarme por mi titulación, y cambié el tema de inmediato. En verdad nunca acabé el trabajo de grado; el deceso de mi padre, quien me legó una pequeña renta, me sirvió de excusa para retirarme de la Licenciatura en Español y Literatura: epílogo previsible tras tantos saltos previos entre universidades. Cuando esa noche de septiembre Milagros se refirió a la maestría en Creación Literaria en White Sands University, en Texas, Estados Unidos, le pregunté si le interesaba aplicar. “Lo digo por ti”, aclaró, y recordó, a su modo, algunos de mis devaneos literarios de entonces: apuntes para proyectos narrativos, novelas ! 203 clásicas sofocadas en el sobaco, un par de panfletos criticando a algún escritor floripondio de Barranquilla. Lo cierto es que durante nuestra convivencia en la Universidad del Caribe Milagros me pareció una estudiante a la que los escritores inspiraban desdén. O al menos eso aparentaba. Nos citamos con frecuencia en octubre, yo fingiendo rigor en aplicar a la maestría en Creación Literaria y ella motivándome cuando detectaba mis omisiones. Prueba de inglés no necesité porque al ser una maestría bilingüe parte de las clases se impartían en español. El punto fue que tanto me involucré en la farsa, que poco me importó gastar un dineral con un funcionario venal de la Corporación Barranquilla en aras de conseguir !falsificados! diploma, acta de grado y calificaciones. 2 Historia aparte fue el texto de ficción, otro de los requisitos. Sabedor de mi raquítico talento para las letras, opté por una triquiñuela. Sumando mentiras, verdades a medias y verda- ! 204 des, narré a Milagros un episodio vivido junto a Vladimir, mi padre: en la víspera de su deceso me llamó a su cuarto y me enseñó un paquete de cuadernos, a los que él llamaba Cuadernos de Marrakesh. “Dicen que lo más fuerte sobrevive. Averígualo con lo quedó de Invocación, para algo han de haberte servido tantos años de estudiante de literatura”, me pidió él. Y al acercarme a coger los manuscritos vi en los ojos de mi progenitor ese resplandor tembloroso que precede a las tinieblas; humanidad menguante pendiendo del vaivén de unos cartílagos. Durante años (en ese entonces suponía desde su época de becario en Cuba), Vladimir batalló para escribir Invocación. A lo largo de mi vida lo vi completar decenas de cuadernos, trabajar sin cuenta de horas y días, encerrado en su estudio penumbroso del segundo piso de nuestra casa. “Se me va a borrar la raya”, bromeaba, cuando salía del estudio a atemperar su embeleso. Sin embargo, al contrario del modo casi reverencial con que se dedicaba a escribir, cada cierto tiempo, como si se tratara ! 205 de una liturgia pagana o un ardoroso bacanal, armaba en el traspatio una pira con los cuadernos ya escritos. A veces mi padre, al ver sus palabras, sus hojas, su talento, a él mismo transmigrando en volutas de humo hacia el vacío y nutriendo la tierra con cenizas, escasamente acertaba a declarar: “Adiós luz, que te guarde el cielo”; y mientras yo lo ayudaba a avivar la candela, a sofocar el humo o a disipar la negrura, me ofuscaba al pensar si acaso ese hombre que me había dado la vida padecería algún tipo de secreta enajenación que pudiera yo reflejar cuando adulto; y, asimismo, en cuántas de sus ansias, aciertos y frustraciones me transmitía a través de la convivencia. Pero a la pata de cada ritual de despedida emergía una nueva ceremonia de iniciación. A casa llegaban con regularidad paquetes con cuadernos y Vladimir volvía a escribir y meses después a quemar: en un tortuoso ir y venir para el cual no le alcanzó la existencia. Pues bien, a Milagros no solo le pareció conmovedor mi contaminado relato, sino que la subyugaron los cuadernos por su condición ! 206 de objeto: la urdimbre flava de sus pastas duras, el lomo repujado y su olor a roble ardiendo; y dentro, como para no desmerecer el continente, una caligrafía preciosista, pulcritud hasta en las enmendaduras, gráficos en plumilla ilustrando la narración en los folios de gramaje grueso, arenosos al tacto y crujientes con el paso de los días. De modo que no tardó Milagros en leer los textos y seleccionar una parte útil para mi aplicación. Milagros se decantó por un segmento del último de los cuadernos, el número cinco. No mostró extrañeza cuando le comenté que nunca los había leído. Al darme el veredicto, parafraseó un pasaje del segmento que escogió; sugiriendo algún nexo con el sufrimiento de mi padre en sus días terminales: “el protagonista penetró a un túnel tenebroso que unía un país devastado por la guerra con otro relumbrante de paz y progreso. A pocos metros de cruzar el invisible velo que dividía los dos territorios, el hombre se derrumbó. Tras arrastrarse, logró tocar el suelo del país extranjero con una de sus manos. Entonces empuñó aquella tierra, la tierra anhelada y ! 207 apenas alcanzada, mientras la muerte le soplaba los ojos para evitar que en su minuto postrero el hombre vislumbrara la magnitud de su derrota.” En fin, envié la aplicación la segunda semana de diciembre y el resto del mes no volví a saber de Milagros. Intuyendo que cualquier presión hacia ella era suicida, anduve a la deriva enredado en los rumores de cualquier cama, mientras le daba tiempo a que superara un viacrucis sentimental del cual poca cosa me contó. Nos vimos esporádicamente entre enero y febrero, pero a mediados de marzo, tras comprobarse mi admisión en la maestría en Creación literaria, volvimos a citarnos a menudo, confirmando así cierta formalidad. Desapareció durante buena parte de sus vacaciones de junio (era supervisora del área de lectura de la sucursal de una institución internacional). En julio apareció. Regresó escurridiza para el sexo, aura de desazón orlando un cuerpo demacrado. Pero para mi desconcierto, primero; y mi felicidad, después, el premio a mi paciencia llegó cuando ella se mudó par- ! 208 cialmente a mi apartamento. La convivencia devino en que viajamos juntos a Bogotá a diligenciar nuestras visas para entrar a Estados Unidos: ella la de turista y yo la de estudiante. En el fondo entendía que Milagros, antes de estar saboreando los dulces rigores del amor temprano, más bien deseaba una suerte de remedio para combatir sus desengaños recientes. “Ahora sí: a renunciar a todo”, me dijo, al regresar con el sí del funcionario consular en la Embajada Americana de Bogotá. 3 La resiliencia se define como la capacidad de los organismos vivos de asimilar perturbaciones y volver al estado original una vez que la perturbación ha terminado. White Sands toleraba las tormentas de arena y emergía invicta tras el elástico y puntilloso tránsito. Durante agosto de 2009, nuestro primer mes en suelo gringo, con frecuencia la imagen de Milagros correspondía más a la que conocí en la Universidad del Caribe: menos tensa, más abierta y risueña (la recuerdo complacida al lado de su pareja ! 209 del momento, otro compañero de estudios). Algo en la música, las películas o los libros que Milagros y yo veíamos, o ciertos lugares que frecuentamos sugerían una suerte de continuidad con otro tiempo y espacio ya transitados; ciertamente ese primer mes yo solía soñarme en la casa del barrio Boston en Barranquilla, esperando ansioso a que mi padre saliera de su encierro creador o viéndolo caminar como un poseso alrededor de sus manuscritos en llamas. Misterio insondable el de una felicidad proveniente de los enlaces entre el presente y el pasado. Técnicas y formas narrativas, que incluía el taller de escritura, era la única de tres asignaturas que me exigía cierto esfuerzo. Como si poca fuera mi suerte, no me correspondió enseñar clases de español a subgraduados. A veces asistía a Adelaida, maestra y jefa del departamento, en una u otra tarea. De modo que los recurrentes olvidos de Milagros (sal en el arroz, pago puntual de internet o devolver los libros que yo le prestaba en la biblioteca), por ejemplo, los convertíamos en ! 210 motivo de pequeñas disputas que zanjábamos con grande elocuencia en nuestra alcoba, en el estudio mínimo, en la salita o en la barra comedor del apartamento que alquilamos en Prospect Street. Cuando a mediados de septiembre las clases tomaron forma, recibiendo escasos 1.200 dólares mensuales, limitados a la distancia que pudiésemos recorrer a pie, el aburrimiento se hizo patente en Milagros. Yo iba tres veces por semana a la universidad; a ratos ella permanecía en el apartamento o iba conmigo a la biblioteca a prestar libros o leer. Para sortear el escollo del encierro, el 21 de septiembre, fecha de su cumpleaños 27, me presenté en casa con una bicicleta de segunda mano, que al menos le serviría para rondar el vecindario. Esa noche, a fin de irnos pronto a retozar en la cama, suscribimos una suerte de pacto tácito que funcionó a las maravillas hasta el final del semestre: yo me concentré en terminar una parte de mis deberes y ella tomó el control de la reescritura de la novela de Vladimir. No hubo misterios, ! 211 fascinada como estuvo desde el principio por los Cuadernos de Marrakesh. Al levantar la cabeza mientras acariciaba a Milagros, la fugaz visión del cardumen de luces en Blancarena, la ciudad fronteriza de White Sands, en el lado mexicano, me llevó a pensar que de encender un rastro de fuego para conectarnos a ella y a mí con América del Sur, con Colombia, con Barranquilla; con nuestros ritos, ancestros y jerarquías, el pábilo necesariamente ardería muy cerca de la ventana que iba a atestiguar nuestra ansiosa comunión. Esa noche, el segundo regalo que di a Milagros fue un anillo de matrimonio, geométrico como una mórula. “Quien de amor padece hasta con las piedras habla”, solía repetir mi padre. 4 Reconstruir el pasado para aguaitar el futuro. Aguaitar conjunta cuidar, mirar, atisbar y aguardar. Se acostumbró Milagros a aguaitar hacia Blancarena en los momentos en que no editaba Invocación; a aguaitar asimismo en la ! 212 existencia de mi difunto padre. A veces, hasta el alba, me indagaba sobre la vida de Vladimir, tratando quizás de encontrar respuestas para comprender lo que leía en los manuscritos. El fracaso académico en La Habana, la traición temprana de mi madre, una vida de trabajador independiente para sostenerse y sostener a un hijo indolente y pueril… Muchos detalles no podía contarle porque en resumidas cuentas no los sabía. Por otra parte, yo tenía claro que al tratar de reconstruir una casa en ruinas corrías el riesgo de descubrirte como uno más de sus escombros. En aquellos momentos, a veces me inquietaba saber hasta qué punto, como ocurría entre White Sands y Blancarena, se difuminaban las fronteras entre lo que mi padre escribió y la edición de Milagros. Me era suficiente con la certidumbre de saber que su trabajo iba por buen camino: porque a diferencia de los añicos de mi primera entrega, los comentarios sobre el material escrito por ella resultaron alentadores. La actitud de Milagros frente a la edición del manuscrito de Vladimir, me resultó, ! 213 justamente, una réplica de lo que viví al lado de él, salvo el asunto de las quemazones. Porque ella, como mi padre, prefería el encierro, el silencio y escribir a mano, aunque luego solía transcribir en Scrivener, imprimir y revisar. Eso sí, a diferencia de la consistente y entregada labor de Milagros, Vladimir solía insistir en que dedicarse a la escritura era el mejor abono para una vida miserable. “Lo que no se nos va en lágrimas, se nos va en suspiros, mi querido Aldo”, observaba él. Y sin embargo, incluso ya con sus huesos deformes, no resistía la tentación de rubricar el papel con los trazos marchitos de su estilográfica, con las hilachas de su creatividad. Fruición por autodestruirse la de algunos que consagran su vida a un arte. Me casé con Milagros en la capilla de Saint Joseph, en Whitesands, un primero de noviembre de 2009. A mediados de diciembre ella viajó a Colombia a tramitar el cambio de su estatus migratorio y a atender algunos asuntos personales. ! 214 5 Milagros regresó a White Sands alrededor del veinte de enero. Durante el resto del mes, su desgana y somnolencia, la forma lenta de su andar, la gestión de su temperamento y el poco tiempo que dedicaba a Invocación activaron su instinto; sospechas, ya las traía desde Colombia. Hay quienes al creerse la pantomima del escritor atribulado por el exilio o del poeta maldito y loco están dispuestos a sacrificar su vida y las cercanas en aras de ornarse de laureles. Para esos, un recién nacido suele resultar anecdótico, o, en el peor de los casos, una anomalía. En mi caso, responder por la vida que Milagros anidaba en su vientre no solo representaba la mejor forma de replicar el gesto de mi padre de conservar mi vida a toda costa; sino que el potencial nacimiento de la criatura en los Estados Unidos sería la continuación del viaje sin fórmula de regreso que él emprendió con veintinueve años desde su Sahagún natal. De modo que si en agosto del año anterior Barranquilla solía aparecer toda- ! 215 vía en mis sueños, a partir de la confirmación en enero del embarazo de Milagros, la ridícula obscenidad de un American Dream comenzó a formar parte de mis elucubraciones. Enceguecido, solo con el transcurrir de los días descubrí que Milagros se consumía en la desdicha. Si los huracanes del Caribe ocurren entre fragor y tinieblas, las nevadas surgen imperceptibles, se deslizan silentes, y cubren de albar cada palmo del territorio hasta uniformar su faz. Al segundo día de la histórica nevada de mediados de febrero de 2010 (escandalosa por los traumas innumerables que provocó en White Sands), Milagros me reveló que en el pasado abortó dos veces, a causa de una degeneración prematura en uno de sus ovarios. El primero ocurrió cuando estudiaba conmigo en la Universidad del Caribe; el segundo fue resultado de un encuentro clandestino con el novio anterior a mí, en junio de 2009, dos meses antes de que ambos viniéramos a Estados Unidos. “Así que esta es una decisión que, una vez más, tomaré sola”, me advirtió. Porque Milagros, antípoda de mi des- ! 216 lumbramiento paternal, con sus dos pies bien puestos en la tierra, consideró depurar sus entrañas en el umbral de la gestación, para prevenir la tragedia mayor de enfrentarse al sufrimiento de perder a un bebé en formación. Entonces me contó sobre la primera pérdida. Candelazo en el vientre: un cigoto tibio. Dieciocho años y un embarazo inopinado. Corte abrupto de una carrera. Incertidumbre futura. Mácula que enturbia honra y porvenir. Amistades suspicaces. Consternados y ansiosos los familiares. Novio azorado y vacilante. Y pese a todo, Milagros decide alumbrar. Viaja a Santa Marta: poner distancia necesaria al ambiente insalubre, comenzar dar forma nueva a su vida y a la vida que gesta. Pero candelazo en el vientre. Pronto el desgarro interno. El cuerpo compensa con dolores la anomalía de los órganos. De repente, desde el presente en que la desgracia comienza a abrirse cauce, Milagros advierte su odio futuro cuando vea una cría ajena, la envidia a las mujeres aptas para la concepción, el pavor ante la leche derramada entre labios recién nacidos y ! 217 ubres rebosantes. Milagros Salvatierra, hija única con el apellido de una madre que no resistió el parto. Milagros sin pasado: hay nombres que se explican a sí mismos y evocan las atrofias heredadas. Candelazo en el vientre: manos rotas de la mujer incapaces de contener el venero fugitivo que por manar hacia la luz desembocará en la muerte. Me desentendí con resignación y sin zozobras de que Milagros me engañara cuando ya éramos pareja. Me ofendió, fue inevitable, la tajante exclusión de decidir sobre la vida de nuestra criatura. No obstante, nada le reproché. Los días subsiguientes Milagros guardó más silencio y distancia de lo usual, ambos nos esforzamos para invisibilizarnos ante el otro. Yo prefería mantenerme en la universidad el mayor tiempo posible o dormir en el pequeño estudio del apartamento; por su parte, ella se refugió en la lectura. Tal era su filia por Primer amor, últimos ritos que, a través de una nota en la nevera, me pidió que prestara en la biblioteca la versión en inglés. ! 218 6 A principios de marzo la Jefe de departamento del programa de Creación Literaria me citó en su despacho. Adelaida era una voluptuosa chicana más preparada para las comodidades de la administración que para las zozobras del arte, chismorreaban sus colegas. Aunque me daba lo mismo que ganara el Nobel o un concurso de barrio, a mí me caía bien y hasta me parecía atractiva. Durante la entrevista (porque antes de una conversación se trató de una entrevista a puerta cerrada), con gran solvencia en gestos y palabras, en primer lugar me preguntó por mis antecedentes en materia de escritura, cómo había conocido el programa, sobre mis proyectos extracurriculares, etcétera. A lo cual respondí con algo de prevención, con los documentos falsificados taladrándome la conciencia e incómodo por el trabajo soterrado de Milagros. Adelaida mostró poco interés en mis respuestas, en últimas prefirió indagar en por qué falté a clases durante la semana e incumplí algunas labores en el trabajo como maestro de español. Para finalizar, cogió de un ! 219 cerro de papeles varios documentos y me recordó las graves consecuencias que para la permanencia en el programa tenían asuntos como el acoso sexual, el plagio o el bajo rendimiento académico. A fin de evitar que la balsa en la que yo derivaba en esos días acabara por naufragar, opté por enfrentar a Milagros. Por lo visto ya avanzábamos hacia el reencuentro porque, apenas sintió que llegué, desde su cuarto se quejó de que el estreñimiento la estuviera matando. En virtud de nuestra ignorancia farmacéutica, entre los dos optamos por un remedio natural, el tamarindo. Conclusión a la que llegamos a través del tácito convencimiento de afectar su embarazo en lo más mínimo. Fui en la bicicleta al Albertson’s más cercano. Al llegar de mi periplo, ya la mesa estaba servida. Juntos en la alcoba, para fortalecer el reencuentro le conté entonces lo de la cita con Adelaida, y de paso le confesé el temor que en mi suscitaba el haber aplicado con documentos falsificados. ! 220 !Lo cierto fue que nunca me gradué !le confié, y sonriendo ella agregó: !Como tampoco fue del todo cierto ese drama de tu padre legándote los cuadernos, ¿cierto? Antes de dormirnos, deseosos uno del otro, pero aun prevenidos, me dijo que no pararía hasta acabar Invocación. Luego, al girarse, tras besarme, me dijo en susurros: !¡Nacerá. Nacerá, mi querido Aldo! Si es una niña, se llamará Sissel. !¿Y si es varón, mi adorada Milagros? !pregunté. !En ese caso !respondió ella! su nombre será Vladimir. 7 Mi padre, Vladimir de Narváez, nació en Sahagún, en las sabanas del antiguo departamento de Bolívar, en 1942, y murió en Barranquilla a los 65 años por causa de una osteítis deformante. Amante del Caribe y crítico mordaz de Fidel Castro y sus derivados, no dudó ! 221 en consagrarse a los remedios naturales que vendía un cubano exiliado en una tienda naturista de la Plaza de San Nicolás, en Barranquilla. No sé todo el procedimiento, el caso fue que más o menos a los veinte o veintitantos años viajó a La Habana a estudiar Medicina (al parecer su padre frecuentaba ciertos círculos socialistas). De su paso por Cuba nunca soltó prenda. En Colombia, cuatro hermanos menores, el padre maestro de escuela y dueño de una tipografía, una madre ama de casa, fundaron todos en Vladimir la prosperidad del porvenir. “Con tanto vástago y algunos modos, de cualquier manera no era yo tan imprescindible, fíjate”, me confió. Como también me confió que sus familiares fueron condescendientes cuando él les anunció que su graduación requeriría más tiempo del presupuestado y más tarde cuando les siguió escribiendo cartas cada vez más embusteras y evasivas. Imagino cuán poco se habrían sorprendido el día de 1970 en que mi abuelo lo fue a rescatar de un prostíbulo del centro de Sahagún; antro donde buscó refugio para retrasar hasta el último segundo ! 222 las explicaciones a sus familiares. Incapaz de enfrentar su mediocridad, mi padre culpó de todo al gobierno cubano y siguió repitiéndolo hasta que la indiferencia glacial de los suyos !y supo Dios qué diablos más!, lo obligó a marcharse el año siguiente de Sahagún para nunca más volver. Cuando en mi infancia comencé a indagarlo sobre ese pueblo, lo primero que comprendí fue que para él era un limbo innombrable asociado a una espesa ignominia. Más tarde, al resultarle imposible controlar mi curiosidad, se refería a él “como un territorio proclive al vasallaje, que encontró en el parasitismo y la connivencia con la corrupción su modus vivendi.” Ya en su madurez, con los humores amansados, cada vez que descubría alguna trampa de sus contertulios en el juego de cartas, les decía: “Seguro naciste en Sahagún”. Acaso una manera de renegar de sus orígenes o de recordárselos a sí mismo de mala manera. Suma de verdades, verdades a medias y mentiras, eso fue lo que a ratos perdidos él quiso contarme a lo largo de nuestros años ! 223 juntos. Acaso, creía yo, fuera Invocación una herramienta para confesar públicamente aquella culpa, que me consta lo laceró a lo largo de su existencia, y redimirse de manera lateral y anónima ante los suyos. Los capítulos escritos por Milagros que alcancé a leer, proponían dos relatos paralelos: en uno, el más cercano a la versión que Vladimir me contó, él fracasaba como estudiante de medicina; el otro, una suerte de ucronía, versaba sobre la posibilidad de que él sí se hubiese graduado en la universidad cubana. Porque, hay que dejarlo claro, lo escrito por Vladimir era una especie de trasunto de su propia vida. Milagros siempre me mantuvo a la expectativa frente al veredicto que ella, como autora-editora, y el narrador de la novela, le reservarían a mi padre. 8 Al momento de encontrar en mi buzón de la universidad una misiva lacrada del programa de Creación Literaria, intuyendo el desenlace que acarrearía, sonreí al comprobar en carne propia las simetrías a las que azar, Dios, o ! 224 quien sea trasladan de una a otra generación. Adelaida me citó después del periodo de Spring Break a una reunión extraordinaria, ya no en su despacho sino en la sala de juntas del programa. Una comisión integrada por la jefe de departamento, dos representantes de los maestros, el vocero de los estudiantes y un representante de la oficina de postgrados precedieron mi entrada a la sala. ...la comisión aquí reunida solo podrá emitir recomendaciones… Adelaida en una de las cabeceras de la mesa, yo en el extremo opuesto y los demás repartidos en los costados. Una vez acomodados recibí el primer latigazo cuando Rubén Tedeschi, uno de los maestros, me ordenó con severidad apagar del todo mi celular al oír su vibración. Era Milagros avisando que debía informarme de algo urgente, me esperaría en la biblioteca de la U. ...estoy convencido que los miembros de esta comisión tienen mejores asuntos en los cuales ocupar su tiempo… ! 225 Reproducciones enormes de Borges, García Márquez y Cervantes a mis espaldas; cuadros más pequeños de otros escritores colgando en los anchos intersticios entre las siete puertas altas en cada pared lateral. Solo cuando cada uno de los comisionados acabó su intervención descubrí quién era el escritor del retrato que a ratos dejaba ver el vaivén del velo que lo cubría... ...he dejado clara mi postura. Soy culpable… El hielo de mi ansiedad se derretía y corría sobre la mesa y el embaldosado a medida que el calor de las posiciones de los comisionados crecía. En medio del sofoco exasperante, yo solo quería enterarme del procedimiento a través del cual se enteraron de que yo había falsificado los documentos. …!Culpable de qué? …!De todo lo que se me acuse… ! 226 Pero el agua encharcada que era yo regresó a su fuente hasta volverse más tenaz que un témpano, al Adelaida leer un apartado sobre la Integridad Académica: “Plagiarism: Representation of words, ideas, illustrations, structure, computer code, and other expression or media of another as one’s own.” Tras lo cual supuse que habían descubierto el trabajo de escritora fantasma de Milagros. Pero cuánto no fue entonces mi estupor, cuando Adelaida ordenó bajar una pantalla para proyectar sobre ella una de las pruebas irrefutables de mi culpabilidad: “Áldor el Ungaro penetró aquel túnel tenebroso que unía a su devastada Alfabia (la tierra donde había nacido mucho antes de la guerra de los mil días) con Santiago de los caballeros, la primera aldea que en territorio de Arcadia recibía a los forasteros del otro lado del paso fronterizo… Pero desamparado hasta de la misma providencia a la que solía encomendarse en sus horas más lúgubres, a pocos metros de cruzar el invisible velo que dividía los dos territorios, uno encharcado con la sangre de los sacrificados y otro en el que reinaba la misma paz que repta en los sepulcros, Vladimir se derrum- ! 227 bó…. Tras arrastrarse, recordando uno a uno los rostros de los crímenes que pretendía dejar atrás, logró tocar el suelo de Arcadia con una de sus manos…. Empuñó aquella tierra, la tierra anhelada y nunca alcanzada, mientras la muerte le soplaba los ojos para evitar que en su minuto postrero Áldor el Ungaro, prodigio de las letras y el más eficiente mercenario del vizconde Huanyadi, su verdadero padre, vislumbrara la magnitud de su derrota.” Plagio, me parece escucharlos diciendo en coro, precedidos de la ardiente frialdad del escritor detrás del velo: “Tú, Aldo de Narváez, estudiante de maestría en White Sands University, en este país sin nombre, en este imperio de la ley, al que orgullosos llamamos Los Estados Unidos de América, has plagiado, en el manuscrito que enviaste para aplicar al programa de Creación Literaria, la obra del escritor rumano Áldor... Áldor Ungur, quien falleció a la sombra del anonimato en la ciudad de La Habana el 6 de enero de 1968 y ha reivindicado en los últimos años el eminente Rubén Tedeschi, aquí presente, doctor en lenguas romances orientales.” Y yo imaginé el rostro ! 228 barbudo de mi padre fundido con el de J.M. Coetzee, el escritor de la pintura cubierta por el velo, asomándose risueño a estas, las ridículas antípodas de la ultratumba, solo para decirme a mí y a los comisionados: “Porque después de rayo caído no hay Magnífica que valga”. ...En tal caso, propongo que recomendemos la pena más severa que pueda imponerse… Para suerte de mi paz mental y resquemor de mis infortunios, no es la ficción una trasposición literal de la realidad empírica; de serlo, aniquilaríamos la posibilidad de que ciertos pasajes aciagos que nos laceraron crucen el tamiz de carnaval y circo que la memoria de la crisis superada procura. Así, mezcla de crudeza y divertimento, y siendo que la memoria es hija de la ficción, prefiero recordar el desenlace de aquella lejana reunión en la que se recomendó mi expulsión del programa de Creación Literaria de White Sands, lo que, en consecuencia, implicaba mi salida inmediata de los Estados Unidos. ! 229 Y al abrir el celular, una vez que los comisionados volvían a su mustio oficio de carne universitaria, me encontré entonces con el mensaje de la desventura: Milagros había sufrido una emergencia en plena biblioteca de la universidad. La habían trasladado al Thomasson Hospital. El mismo Tedeschi se ofreció a llevarme. Al bajar de su coche, en la entrada del Thomasson, me lanzó un indiferente “Good luck”, sin mirarme apenas, mientras tecleaba en su celular. Un par de semanas más tarde, como alternativa para salir con un mínimo de decoro de la universidad, como al David Lurie de Desgracia, Adelaida me ofreció escribir una carta de renuncia. Viéndolo desde el tiempo en el que escribo, y con la potestad que me da ser el narrador de este relato, diré !suma de verdades, verdades a medias y mentiras! que, en vez, preferí imprimir la imagen de un trasero y dejarles copias firmadas en sus lockers a cada uno de mis profesores y compañeros, con uno de los refranes de mi padre: “A la tierra que fueres, has lo que vieres.” ! 230 Milagros demoró cinco días internada en el Thomasson Hospital. Sufrió al menos dos crisis nerviosas. 9 Murmullo de ardillas, revoloteo de mariamulatas, capullos pugnando por eclosionar; también en la primavera gringa suelen explotar los tornados. Casi a principios de mayo, un mes exacto después de la alta del Thomasson, a punto de salir de nuestro apartamento de Prospect Street, las alarmas de emergencia se encendieron en White Sands (por lo menos así, con un peligro latente y una belleza escabrosa alrededor, habría preferido que ocurrieran los sucesos en la realidad). En el apartamento que Milagros y yo abandonábamos, la arquitectura expectante, las secas resonancias al caminar sobre un piso sin muebles, el olor a encierro que empieza a cubrir cada resquicio, me hicieron pensar en cuán fácil resulta desarmar la idea de un hogar, de una vida en común, de un futuro promisorio; asimismo, en cuán penoso es archivar los objetos compartidos, acopiar los ! 231 rastros corporales u observar cómo ciertos ritos maritales se licúan inexorables, como si los sumiéramos por un desaguadero. Antes de dirigirnos a la camioneta en que partiríamos, Milagros y yo vimos un horizonte desgarrado y a tierra y cielo retorciéndose sobre sí mismos. En eso, ella decidió revisar el buzón de correo. Para nuestra sorpresa encontramos una encomienda. Era uno de los cuadernos de Marrakesh, el que se le extravió a Milagros el día de su emergencia. Justo lo enviaban desde la biblioteca de la universidad. La mañana del día en que comparecí ante los comisionados, Milagros, angustiada por mi incertidumbre, que por descontado era también suya, decidió irse a la biblioteca a la misma hora en que yo debía enseñar español a dos grupos de gringos impávidos. Ella quería trabajar en Invocación, así que llevó consigo uno de los cuadernos de Marrakesh, el número cuatro, al que menos atención le había puesto. Sin concentrarse en la lectura, de repente se fijó en una nota secundaria, escrita con letra diminuta en la parte baja de una de las páginas: ! 232 Marrakesh # NUEVO: 2801975 Creyó que podría encontrar el origen de aquellos objetos que la maravillaban como talismán a un profeta. Aunque aturdida al principio, como resultado de la serenidad creciente, del interés que suscitó el dato y de un trajinar por casi una hora en internet, Milagros terminó llamando a Colombia desde Skype, hasta que le contestaron en Sincelejo, una ciudad del Caribe colombiano a cuatro horas por tierra de Barranquilla. Supongo que en realidad el proceso fue más arduo, lo cierto es que, para efectos de la ficción, los pormenores secundarios poco cuentan. En últimas, sin saber por quién preguntar, lo único que se le ocurrió a Milagros fue pronunciar en forma interrogativa la palabra Marrakesh, a lo cual una voz rauca y añosa respondió: ¿Marrakesh? No, este no es el número de ningún Marrakesh. Usted, señorita, habla con Lermes Marraqueta, vendedor de artículos escolares, electrodomésticos de segunda y género fino de primera”. Había halla- ! 233 do Milagros, sin proponérselo, el otro lado de la madeja que ataba a mi padre con aquellos cuadernos que consumió y lo consumieron desde que yo tuve uso de razón; Lermes Marraqueta resultó ser un viejo amigo suyo. Algo me sonaba su nombre, pero era algo muy vago. “Pues sí !contó su versión el recién descubierto!. Yo fui el que le vendí los cuadernos por casi 30 años. Mejor dicho, ya puestos en calzas prietas, como decía en vida don Vladimir: lo que se va a pelar, mejor que se vaya remojando: los cuadernos provenían de Sahagún. Me explico mejor, yo los compraba en Sahagún con la plata que don Vladi me giraba a Sincelejo, y luego yo se los enviaba a Barranquilla o iba a llevárselos cuando tenía viaje para allá. Esos cuadernos los fabricó a mano toda su vida don Badith Abisambra. Si todavía no pilla el asunto yo se lo voy a aclarar: don Badith fue quien crió a don Vladi. En todo caso él era su papá, qué importa que no llevara su sangre.” Al preguntarle Milagros desde cuándo servía de intermediario con los cuadernos, Marraqueta contestó que mi padre comenzó a ! 234 comprarlos poco antes de la navidad de 1980 (tres meses después de yo nacer). “Sí, desde 1980, claro. Ese año don Badith se quedó ciego del todo. Y con todo y eso siguió manufacturando los cuadernos. Se sabía de memoria el proceso. Es una lástima que él y don Vladi no se hubieran reconciliado. Pero fíjese en esta casualidad que no creo que haya sido tan casual: desde que le conté a don Badith que al cliente del extranjero que me compraba los cuadernos le habían diagnosticado una enfermedad incurable, la salud de él empezó a decaer. A propósito, él y yo así llamábamos a don Vladimir: el cliente. Precisamente cuando le dije que el tal cliente se había muerto, don Badith cayó en cama. Se enfermó de tristeza, pienso yo acá. Tres meses después lo enterraron, y con él al oficio del armado de los cuadernos. Su mujer, la madre de don Vladi, murió de cáncer más o menos como en el año 70 o 71. Otra hija que crió don Badith, al parecer también se desentendió de él. Triste la vida. Una lástima. Una completa lástima, sí señor. Porque yo sospecho que cada uno, en el fondo, ! 235 sabía quién era el otro. Eso sí, yo nunca soplé nada. Las veces que nos vimos en Quilla con don Vladi, yo le insistí en que se dejara de cosas y fuera donde el viejo Badith. Al principio me decía que me dejara de pendejadas, pero ya en los últimos años, aunque siempre lo aplazaba, al menos consideraba el asunto: “un día de estos, un día de estos, un día de estos”. Como si la Santa Muerte le hubiera pronosticado cuándo exactamente le iba a cortar los hilos y él estuviera esperando la víspera para ir a Sahagún. ¡Bendito sea Dios!” A la luz del relato de Lermes, sin quererlo o a propósito, mi padre protagonizó a través de sucesivas décadas una suerte de ficción. Mantuvo un nexo elusivo con el hombre que lo crió; pero con la argucia del secreto y de una interpuesta persona, a fin de no provocar desdoro en su honra. Si fidedigno era el relato del tal Lermes, mi padre, a destiempo y a cuentagotas, buscó entonces cumplir con la encomienda de la salvaguarda filial que le correspondía al partir hacia La Habana. ! 236 Fue justamente por la revelación de ese secreto que Milagros decidió acabar con todo lo que hasta entonces había escrito. “La que narró Lermes es la nuez del drama, Aldo. Lo demás es anécdota”, concluyó. 10 Aunque parece morir el pasado a cada instante y emerger al mismo ritmo el porvenir, si miramos con cuidado no tardaremos en descubrir la sucesión de los tiempos y los hechos, las simetrías y las versiones alternativas entre el ayer y el hoy, o entre la ficción y la realidad. A pesar de mi esfuerzo escribiendo este relato que comencé, al menos en mi imaginación, desde la tarde en que Milagros y yo abandonamos White Sands, nunca logré cuajar la escena (dificultad para lograr su verosimilitud y escaso talento el mío) en que Milagros y yo hablamos en medio del vórtice del tornado que azotaba la ciudad en la que compartimos como recién casados nuestra desgracia y alegría. ! 237 No sé que tan atrabiliario sea para las leyes de la ficción imaginarlo así. Qué diablos importa. Pues bien: sentados en la arena del desierto, justo en el vórtice del tornado (acaso el lugar más plácido y arcano del mundo) y consciente de que después de todo, cualquier terror engendra su serenidad, Milagros empezó a arrojar cada una de las hojas que hasta entonces había escrito, para que la furia muda que nos rodeaba se las tragara sin remedio. Años después, cuando ya el lecho en que ambos dormíamos no albergaba un milímetro de amor y ad-portas de refrendar nuestro convencimiento en un juzgado, al escribir la primera versión de este relato anoté que pasado y porvenir eran papeles a los que podíamos volver trizas en un dos por tres. Según me contó Vladimir, si un motivo hubo para que mi madre lo abandonara pocos meses después de mi nacimiento fue su oposición a que ella me abortara. “Era muy díscola. Pero tú qué culpa tenías de nuestras estupideces y descuidos. !Y lo que son las cosas, si hubiese sabido yo lo hideputa que ibas a ser!; ! 238 porque tú eres de los que no te gusta que te den, sino que te pongan donde haya”, me decía, entre broma y seriedad. Nunca supe muchos detalles, ni me interesé en preguntárselos. Supongo que, una vez nacido, a mi madre se le hizo insoportable limpiar mis excrementos, consolar mi llanto o amamantar mi hambre con su leche (eso para reseñar las responsabilidades más pueriles de criar un recién nacido) y no tuvo empacho en irse con su amante. Por otra parte, ¿cómo demostrar que no fue mi padre un miserable egoísta, un marido machista incapaz de tolerar una decisión que lo contrariaba? Parte de la respuesta podría ser que en un hombre con pocos atributos y tanta culpa sobornándolo es frecuente que el excesivo afán protector justo resulte de su necesidad de enmienda. Para buena o mala suerte suya, las versiones complementarias (familia en Sahagún, amigos de juventud, conocidos en La Habana, su primera y única esposa) yo jamás las conocería. De tal manera que la literatura, la nueva novela que saldría del pulso de Milagros, sería la encargada de llenar esas rendijas, ! 239 la que enriquecería con verdades, verdades a media y mentiras verosímiles, los espacios en blanco en la vida de mi padre. A fin de cuentas, nada habría más fabuloso, en especial para quien vivió arando en el mar (o “echando pedos a la luna”, según él), que tener una segunda oportunidad, así fuera a través del lánguido recurso de protagonizar un cuento o una novela. A lo mejor esa sea una de la prerrogativas de la literatura, al menos con hombres tan intrascendentes como Vladimir o como yo. Mientras, mi hijo, eslabón extranjero de una genealogía, el posible salvaguarda de una historia, flotando en la ambarina penumbra del líquido amniótico pugnaba sin saberlo por labrarse un lugar en este lado de las cosas. Nacer para cultivar sinsabores y venturas, nacer para dar o quitar la vida, brotar y derramarse o volverse humo (como la novela infinita de mi padre) y extinguirse sin hollar tierra alguna, sin pertenecer a otro lugar más que a una memoria que tarde o temprano lo borrará. Cigotos incapaces de convertirse en embriones; fetos agonizantes; criaturas atadas al ululeo del azar biológico. Y ! 240 yo, aun sabiendo que si muerto el padre resulta apenas justo ir en busca de sus ancestros, taché del cuaderno cuatro, el número de Olimpo Marraqueta, como una manera, un poco inocua seguramente, de conjurar mis lazos con Sahagún, Barranquilla y Colombia toda, salvo en lo concerniente al recuerdo de Vladimir. El tornado nos llevó consigo a donde quiso, a nuestro alrededor los destrozos amenazaban con arrastrarnos hacia sí, pero Milagros y yo, siempre en el vórtice mismo, nos mantuvimos firmes, atados uno al otro. Solo cuando comenzó a ceder el vértigo y ambos entendimos que en cualquier caso íbamos a ser capaces de sobrevivir y contar nuestra historia, Milagros puso mi mano en su vientre y me dijo una palabra, una que en aquel misterioso instante nos unía a ella, a mí, a mi hijo en ciernes y a mi padre muerto; más allá del hecho, a veces absurdo, a veces asfixiante, de construir una vida juntos, una vida en la que, ilusas todas las religiones, el amor fuera soportable más allá de todo tiempo y espacio: “Nacerá”, dijo Mila- ! 241 gros, y yo no pude evitar un sobresalto. “Nacerá, mi querido Aldo”, repitió a los pocos segundos. “Nacerá”, siguió repitiendo mientras miraba los folios errantes, algunos enmarañados en los matorrales de gobernadora, otros crucificadas en los cactus y otros más rasgados por piedras y calaveras. “Invocación. En el caso de la novela, supongo que ese sería un buen nombre. Invocación”, le propuse. Pero horas más tarde, mientras rodábamos a más de 70 millas por hora sobre la mítica autopista interestatal número 66 (la misma que en la ficción y la realidad recorriera Jack Kerouac), Milagros, para mirar de otra forma las montañas vaporosas que comenzaban a asomar en el horizonte o tal vez para perfilar el principio de la ficción que apenas despuntaba, al tiempo que se recostaba en mi hombro, corrigió mi propuesta: “Eufonía. Hay tanta eufonía en el nombre Sissel Abisambra, mi querido Aldo, como la habría en Cuadernos de Marrakesh”. Lubbock, Texas. Octubre 9 de 2014 ! 242 OBITUARIO, LA CABEZA Mónica Ríos A la memoria de Susana Rothker Afuera, todos estaban preocupados. Antes de tomar asiento definitivamente en la silla de su oficina, un recuerdo cruzó su cabeza, algo que había sucedido ayer, pero que la transportaba por décadas hacia el pasado. Al tomar el diario del domingo y la taza de té que había puesto en la mesita de mimbre al lado del sillón de la terraza, miró las casas que aparecían como ordenados honguitos de lo que bien podría ser el cerro más alto, del pedazo de tierra más alto de los alrededores de Nueva Jersey. Recordó esa tremenda satisfacción, como si estuviera viendo el escenario de una venganza bien ganada, y que se disipó ante la visión de automóvil rojo de sus vecinos, unos rusos recién llegados al otro extremo del cerro instalados ya en la casa más linda, el hongo más grande que ! 243 aparecía entre los cipreses y olmos americanos. Era también la casa más próxima a su trono, que había construido cautelosamente como la guinda de una torta. A pesar de que inmediatamente le escribió a su hermana, la única persona !dicen! que entendía los verdaderos ensayos de interioridad que eran sus mensajes, el sentimiento de satisfacción ahora parecía algo ajeno, alejado y que de a poco se iba encarnando en una sombra que se asomaba por la ventana y por detrás del hombro con la misma frecuencia que se le escapaba cuando intentaba mirarla de frente. Nunca pudo corroborar si acaso esa sombra tenía una cara familiar y la mirada de satisfacción que tantas veces había reconocido en el espejito colgado en la esquina de su oficina. Sus pasos retumbaban en la vieja casa donde estaba el departamento de español de la universidad. Cada tanto, sus colegas, estudiantes, secretarias, administrativos y técnicos se asomaban solo para verla moverse sin parar. En el primer piso testificaban sobre la extraña actitud de la cabeza del departamento que se ! 244 justificaba preguntando a quien pasara si acaso no había recibido respuesta de su hermana. Los más arriesgados incluso le preguntaron ¿cuándo le escribió usted? O ¿dónde está su hermana? O ¿de qué le escribió? O ¿hay algo en lo que le pueda ayudar? Las respuestas eran desiguales. Pero en varias ocasiones respondió que acababa de subirse a un avión a México !a veces su hermana, a veces ella misma! o acababa de volver de Perú !a veces su hermana, a veces ella misma. Minutos pasados la una de la tarde todos vieron a una estudiante de doctorado aventurarse por la puerta del departamento, entrar rápidamente y subir, llevando escondidos bajo bolsas y chalecos ocho libros y un paraguas de proporciones gigantescas. Apenas cruzó palabras con los trabajadores que ya se habían constituido como una audiencia intentando descubrir algún secreto en el techo y los ruidos provenientes del segundo piso. Solo cuando ya estaba en la punta de las escaleras la estudiante de doctorado se excusó por su apuro, pues iba con retraso a una reunión con ! 245 la cabeza del departamento. En el primer piso, todos aguantaron la respiración; algunos aseguraron que no la soltaron hasta que la estudiante de doctorado bajó por la escalera poco menos de una hora después. La actitud de despreocupación que traía hizo sospechar a más de alguno. Más tarde la estudiante de doctorado se sentó en la ínfima sala de conferencias en medio de sus bolsos, libros y abrigos, y contó que al entrar a la oficina, la cabeza le ofreció asiento sin separar los ojos de un viejo diario donde se anunciaba, parece, la caída del muro de Berlín. La cabeza luego le preguntó que si se había dado cuenta de lo que había cambiado el mundo, pero se retractó diciendo que la estudiante de doctorado no sabía mucho porque era muy joven y todavía no tenía una buena perspectiva sobre política. La estudiante, entonces, comentó que tenía pasada la década cuando cayó el muro y que había significado mucho en la vida de ella y su familia. Claro claro claro, asintió la cabeza sin oír. Después de preguntarle a la estudiante de doctorado si ! 246 acaso conocía alguna canción de protesta, que ella misma empezó a tararear mientras se movía por la oficina, la joven miró el reloj y se armó de coraje para preguntar si tenía alguna alternativa para apoyarla económicamente un año más. No dijo con la cabeza. Un incómodo silencio se extendió por la oficina y por la sala de conferencias donde eran repetidos los acontecimientos en el cual la estudiante de doctorado calculaba cómo pagaría el seguro de salud que la hizo dejar su país y venirse a un lugar tan nefasto como Nueva Jersey, y si acaso podría comer mientras escribía frenéticamente sus artículos, ponencias y tesis que siempre presentaba con cara de quien ha comido. Bueno, interrumpió la cabeza, muy pocos. Todas las oportunidades son para gente que nacieron aquí y hablan un castellano aceptable, no perfecto. Vamos a ver, siguió la cabeza, y luego trató de interesarla en algunos cursos de literatura y movimientos sociales que ofrecía una profesora competente del staff, que por fin sacaría un interesante y acucioso estudio sobre los pobres en España. La estudiante podría ! 247 acceder a ellos porque venían con precio de universidad pública. La estudiante de doctorado le recordó, no sin asomo de lágrima que todos en la ínfima sala de conferencias y los curiosos que se asomaban por las ventanas interpretaron como culpa o desesperación, que ella estaba terminando su tesis y que ya no tenía que tomar cursos hace varios años. Entonces le ofreció poner una palabrita para que le dieran un curso que nadie quería, pero que todos necesitaban menos la cabeza, para que dejara por fin los hongos orgánicos que crecían en la parte más alta de Nueva Jersey y se dedicara por fin al pollo frito. Todos en la sala de conferencia sintieron hambre de repente. Esa tarde, la secretaria fue la última en irse. Al día siguiente pudo testificar que antes de limpiar los restos del almuerzo subió a cerrar las ventanas y que acercó su oreja a la puerta de la oficina, pero que ya los pasos no parecían humanos. En vez del zapateo constante de la cabeza que la había acompañado todo el día, había una jauría de animales ! 248 pequeños, como si las ardillas que vivían en los olmos americanos hubieran invadido de repente la casita de madera. La jauría, sin embargo, se detuvo cuando una tabla se movió bajo sus pies. Ágilmente, la secretaria rozó la puerta con su dedo meñique y abrió la puerta. La cabeza del departamento estaba sentada muy erguida sobre la silla de cuero y con una sonrisa hermosa, que irradiaba la felicidad de algo por fin consumado. La secretaria testificó que se rieron juntas por un buen rato, y que lo tomó, claro, como buen signo. La cabeza estaba de buen humor, así que sentó a la secretaria frente a su escritorio. Le contó de cuando iban a las marchas estudiantiles y de cuando se acostó con su compañero encima de los carteles que estaban pintando. Le contó cuando asistió a una asamblea y se trenzó en una discusión con un miembro del colectivo de homosexuales radicales porque le tiraba saliva en la parte superior de su cabellera negra. Le contó cuando perdió las elecciones frente a su contrincante del Partido Rojo, porque en el debate interpretó a Marx ! 249 erróneamente usando también erróneamente a Gramsci. Le contó que después de eso lideró una protesta y que incluso escribió un poema y le puso música, pero que nunca pudo cantarla. Casi convence a la secretaria de que la escuche y le dijera si tal vez se había equivocado en abandonar su carrera de artista de la revolución para dedicarse a las fricativas. Pero la secretaria, que no dejaba de mirar el reloj, sugirió amablemente dejarlo para cuando trajera una guitarra. Mientras la secretaria emitía su testimonio, los pasillos del segundo piso se llenaron de gritos, lamentos y murmullos. Como siempre, los estudiantes de doctorado fueron los últimos en enterarse. Uno de ellos incluso vomitó la comida instantánea que se había tragado la noche anterior, mientras corregía una treintena de ensayos pasados con el gollete de una botella transparente, al escuchar que detrás de esa cinta amarilla la cabeza había cometido un acto poético sacándose, ella misma, la cabeza. ! 250 LLAMADA Pedro Pablo Salas Camus Hola. Me llamo Pablo, soy estudiante de literatura hispánica y estoy viviendo en los Estados Unidos. La primera pregunta que a todo el mundo se le viene a la mente (lo sé, los conozco) es por qué estoy estudiando literatura hispánica (más específicamente, chilena) en una tierra (en un país, en una nación) en la que se habla inglés. Que por qué si mi experticia (o mi pretendida experticia), si está enfocada en la lengua española, se desarrolla en una universidad, en una ciudad, en un lugar al cual no le pertenece. La pregunta se ha repetido tantas veces que ya tengo una respuesta preparada. Las primeras veces, lo admito, no sabía muy bien cómo responder. Mis razones, una vez expuestas en voz alta, no sonaban tan convincentes como las había imaginado (porque sí, ! 251 antes de responder, generalmente dejaba transcurrir algunos segundos en silencio, en los cuales aprovechaba de darle una piteada a mi cigarrillo, o sobar mi mentón con aire pensativo, o darle un sorbo a mi cerveza, todas estrategias diseñadas para hacer tiempo, para alargar lo inalargable, para salvarme). Mientras reproducía mi respuesta (torpe, carente de fuerza) tenía la certeza de que no convencía a nadie. Varias señales así me lo decían: una mueca (sutil, sutilísima) en sus bocas, alguna desviación de la mirada, un cambio de peso de pie izquierdo a pie derecho, pequeños gestos, que connotaban cierta incomodidad, cierto desencanto con lo que yo iba diciendo. Lo que por supuesto fue cambiando a medida que la pregunta se fue repitiendo. Habiendo pasado minutos (horas sería definitivamente exagerar el asunto) reflexionando en la soledad de mi departamento, la respuesta había ido tomando forma: pequeñas imágenes habían aparecido en mi cerebro, ideas, que fui archivando (mentalmente, por supuesto) para ir completando, poco a poco, la respuesta perfecta. Y así, ! 252 de pronto, de un día para otro, el proceso estaba hecho. La vez siguiente que me hicieron la pregunta, respondí: !Antes que nada, las bibliotecas. Por irónico que sea, ¡las colecciones gringas tienen más ejemplares de Latinoamérica que las bibliotecas chilenas! O sea, vos vai y buscai cualquier cosa, te digo, cualquier cosa, y ahí está: un artículo, un libro, qué sé yo, incluso películas. Tal vez no esté en la biblioteca de la universidad misma, pero puta, podís extender la búsqueda a la base de datos de otras bibliotecas y te llega en un par de días [aquí la gente asentía con la cabeza]. Es súper irónico que en la Chile, el lugar donde estudié, donde supuestamente tendrían que tener la media colección, faltaba el acceso a tanta cosa, con tan pocos ejemplares para tantas personas, la fotocopiadora pasaba llena [más risas]. Y aquí realmente la enormidad de las bases de datos, los libros, te juro, te deja pa’ adentro. Es una ventaja enorme, te juro, poder ser capaz de acceder a lo que sea, lo que sea. ! 253 Generalmente, para ese entonces, no sólo mi interpelador me escuchaba, sino una o dos personas más. La fiesta (usualmente) transcurría de forma lenta, con risas lejanas y esporádicas. Yo sabía que mi audiencia no había venido a escucharme, sino, más bien, a escaparse, a dejarse caer en mi discurso, a intentar posicionarse en un lugar sólido, salvándose de la marea inocua, los paseos por el comedor, los picoteos en la mesa, el cigarrito en la terraza, solitarios (siempre solitarios), la sensación cada vez más fuerte que lo único que nos une es que somos chilenos, que nacimos en el mismo país y que compartimos la experiencia del destierro !un destierro, debo acotar, estrictamente voluntario: !Segundo, los profesores. Aquí hay muy buenos profesores. O sea, cuando yo estaba estudiando en la Chile, me tocaba leer artículos de profes gringos, profes gringos que, mira tú, ¡ahora son mis profes legales! Nada de andar leyéndolos en algún papelito, ahora me toca escucharlos en vivo y en directo [pausa. Aprovechaba para darle una piteada a mi ! 254 cigarrillo. Mi audiencia, a su vez, también]. Si fuesei músico, es como si toda tu vida hubiesei aprendido a tocar música escuchando a los Beatles, y repentinamente tenís la oportunidad de que Paul McCartney sea tu profe personal. Habitualmente más asentimientos con la cabeza sucedían y algunos comentarios sueltos de mis interlocutores eran proferidos. Yo seguía: !Tercero, los recursos. Afírmense, cabritos: ¡me pagan por estudiar! Me pagan por estudiar. O sea, el trato es que la matrícula me sale gratis, tengo un sueldo mensual y a cambio lo que la universidad me pide es dar unos cursos de español. Pero aún así, igual pos weon, ¿cuán difícil es ganarse una beca para doctorado en literatura en Chile?2 Para en ese entonces los tenía a todos en el bolsillo. La tríada maestra: bibliotecas, profesores y recursos. Una respuesta perfecta para una pregunta estúpida !ésta última, generalmente, hecha para hacerme pasar !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! 2 Honestamente no tengo idea. ! 255 vergüenza, para burlarse del compatriota que no sabe lo que está haciendo, pretensión de mofa que quedaba totalmente destrozada ante la escucha de mi organizado y estructurado raciocinio. Victoria por knock-out!. Y no obstante… y a pesar de lo expuesto, dicho proceso de razonamiento (la respuesta por la pregunta del porqué estoy aquí), había sido, en aquella tarde fría de otoño, un proceso deductivo más que inductivo: el origen de la duda (yo estando aquí, estudiando literatura) ya era un hecho concreto mucho antes que las razones de dicha estadía fuesen pensadas !razones que tuvieron que ser reflexionadas de forma consciente, como ya expuse. Aún así, satisfecha mi audiencia, el que no quedaba completamente tranquilo era yo: los argumentos expuestos, aunque innegablemente lógicos, me parecían vacíos, sin sustento emocional: era un discurso que tenía más que ver con otorgarle un sentido estable a mis acciones más que a explicar una pasión, un deseo, o un capricho irracional, que es lo que en mi fuero interno sentía que había sido: una ! 256 decisión completamente impulsiva que había surgido de una sola interpelación de mi madrina, en una tarde de invierno, en julio, respondiendo a una voz metálica que viajaba miles y miles de kilómetros y que se concretizaba en el auricular pegado a mi oreja, formulando la pregunta “¿por qué no te vienes a estudiar a los Estados Unidos?”, y yo tragando saliva y yo respondiendo que sí, que claro, que por qué no, que bueno, que dale. Y que eso era todo. ! 257 TALLER LITERARIO Jorge A. Tapia Ortiz Recuerdo el día que decidí estudiar letras. Estaba emocionado y le comenté a mi amigo Lucas que ya cursaba la carrera. La respuesta que me dio no era la que yo esperaba; me dijo: "¡No mames! Estudia otra cosa que no te arruine la vida, o mejor no estudies nada, es preferible no pensar, ver partidos de fútbol y telenovelas mientras te tomas unas chelas…". Años después cuando entré a la Universidad sus palabras seguían retumbando en mi cabeza. Y aunque me sentía con ánimos no dejaban de asustarme como fantasmas que salían detrás de un cuarto oscuro y polvoriento. Me animaba a mí mismo pensando que los estudios me sacarían adelante, que después del bachillerato podría enfocarme sólo en el estudio, y que no tendría que continuar trabajando ! 259 de lavaplatos, jardinero o conserje para pagarme la universidad. Mis compañeros de trabajo también me animaban para que continuará con mis estudios. Lo hacían ver todo tan fácil, y me hacían creer que lo correcto era dejar el trabajo al terminar el bachelor's para irme a estudiar un doctorado. Pero miren lo que son las cosas. Cuando ya estaba en el programa graduado de literatura, recuerdo que un día al salir de clases por la noche me trepé en el bus y me encontré con unos paisanos. Les saqué plática y me preguntaron en dónde chambeaba. Les dije que estaba estudiando y que ese era mi trabajo. Me imagino que mis palabras fueron como tornillos que se encajaron en sus oídos, pues inmediatamente se pararon y cambiaron de asiento dejándome ahí sentado como un completo idiota. Sentí la necesidad de decirles que esperaran, que yo no era tan diferente a ellos, que yo también había sido peón y cocinero en muchos lugares... Así me enteré que ya era diferente, que ahora era alguien "de la alta sociedad", con el gran privilegio de estudiar en ! 260 una institución reconocida. Sentí que le había vendido mi alma al diablo y eso que no creía en él. Desde ese momento mi vida cambió, sabía que no había vuelta atrás y los estudios me alejaban de la realidad, aunque habláramos de subalternidad y de todos los tipos de opresión. Mi esposa, nuestros perros y perico me ayudaron a mantenerme anclado al mundo. Juntos hemos llegado a la conclusión de que la gente es la que importa: las palabras sencillas y los gestos que recibimos cuando interactuamos con gente de la comunidad y no tanto lo que los teóricos digan. No obstante, es una gran batalla justificar lo que hacemos. Y es como estar contando un cuento feliz pero de terror, es más, les dejo este cuento y ya ustedes juzgarán por su propia cuenta lo que intento decirles. Si no entienden no me disculpo y no me preocupa, mejor les digo, reescríbanlo ustedes mismos como se les antoje, bonito, más feo o simplemente mándenselo a un académico para que lo analice: ! 261 "Muchos días pasaron, los pensamientos se revolvían entre seguir o no adelante en el camino escogido. Constantemente buscábamos una vereda que nos llevara a otro camino que no fuera el mismo; ese camino que constantemente nos revolvía el estómago y nos daba diarrea. Queríamos salir de ese camino que no era difícil físicamente, sino más bien confuso, lleno de vueltas y hermosos paisajes, lleno de alucinaciones que se presentaban como una realidad nada fácil de distinguir. Éramos dos, nos acompañaban tres perros y una perica que posiblemente sea perico; llevamos unos cuantos muebles que hacían la travesía un tanto cómoda pero a la vez indeseable y también confusa. Unos cuantos amigos vivían en la vereda; era como un camino circular que siempre nos terminaba tirando frente a las casas de ellos. El camino, como el lugar de partida, siempre era prometedor, y lo que más nos frustraba era lo desconocido de nuestro destino, incluyendo el regresar al lugar que no esperábamos dejar atrás. ! 262 Los días seguían pasando, las únicas señales de vida nos las daban los perros con sus colas que se movían felices como si nunca pasara nada, pues no cuestionaban nada y disfrutaban la felicidad de estar a nuestro lado. ¿Pero qué fue lo que nos llevó a tomar este camino? Se sorprenderán: no fue el destino, fueron nuestros propios impulsos de creer que aquí conseguiríamos algo no individual; llegaríamos a una colectividad, a una meta que nos prometieron personajes que ya vivían dentro de una prosperidad, que habían llegado a algo que seguía adelante con pocos tropiezos, duros pero llenos de un sentimiento pleno, consecuente de un esfuerzo. Las fuerzas por muchos días nos sobraron, existía seguridad, inclusive para cosas no palpables. No nos hacía falta de comer; la pasábamos bien caminando en los senderos, mirando lo que nos rodeaba y contemplando la incertidumbre con positividad. Los amigos que visitábamos nos daban la razón, nos apoyaban y al mismo tiempo sin saberlo nos anclaban a su morada, una ciudad ! 263 con muchos caminos diferentes a los que pretendíamos y que también nos podían guiar a un lugar lejano y anhelado. Muchas veces las cosas se aclaraban, se abrían puertas que nos decían hacer tal cosa para lograr salir y entrar al sueño, a una posibilidad que era tangible, pero al mismo tiempo eran una apuesta: no había seguridad para salir y entrar. Esto nos hacía dudar, pues al cerrarse muchos caminos uno que otro se abría y nos acercaba mucho más a nuestro destino, entonces la preocupación se diluía con el meneo de los rabos de los perros y los gritos del perico. Todo era prometedor y decepcionante; cada día el camino nos abría un sendero grandioso y a la misma vez no lo cerraba con obstáculos ocultos que nos confundían nefastamente. Sé que llevamos días trajinando, sin sufrir físicamente pues estamos bien, pero la desgracia de no poder decidir, de decidir y terminar confundidos sin sufrir nos obligaba a buscar otro camino. No importa que no sea ! 264 fácil, no importa que falte y no que sobre, lo que importa es salir y dejar de dudar. Un laberinto no funciona de esta manera. Esto es peor que eso: el laberinto por lo menos promete una salida, pero este camino promete muchas posibilidades que pueden ser salidas o entradas, a las cuales los perros siempre moverán las colas y el perico siempre gritará. Los días pasan y todo se revuelve, son comienzos que no terminan, son obligaciones que tenemos que cumplir para salir y mantenernos adentro. Los días nos dan claves y también nos las quitan como si fueran humo inhalado que después vuelve a salir, diluyéndose en el ambiente y arrojando un aroma fuerte que también desaparecerá aniquilando la esperanza y dando vida a una nueva idea esperanzadora. ¿Cómo funciona este laberinto...?". ! 265 SOBREVIVIENTES Jennifer Thorndike 1 A veces imagino tu cara en una mueca retorcida, a punto de reírse. Imagino que me miras y contienes una carcajada que quiere escaparse, una carcajada que se forma en tu pecho y emerge caliente, quemándote la garganta. Te ríes ante cada uno de mis fracasos: pones las manos en el estómago, tensas la mandíbula y comienzas con una risa casi inaudible, una torcedura de labios, una levantada de cejas. Luego abandonas el salón de clase y afuera ríes y ríes. Tu cuerpo se dobla de felicidad. No te contienes, sino que me llamas para hacerlo más evidente. Quieres que salga humillada y te mire rabiosa, quieres que explote por dentro, que las ganas de gritar me consuman hasta reducirme y convertirme en el ser insignificante que crees que soy. Así es el doc- ! 267 torado, así es la academia: violencia, competencia, capacidad de dañar. Dañar, golpear, lacerar. Tener más conocimiento, también más maldad. Te ríes: la boca abierta, los ojos llorosos, la sensación de ahogo. Esta vez porque mi lectura del texto no solo no fue alabada, sino que fue refutada por el Advisor. Eso es biografismo, me dijo, no nos interesa discutir la intención de autor, continuó frotándose el mostacho y dándole la palabra a otro compañero. Cuando intenté defenderme, balbuceé una incoherencia y él dijo, dirigiéndose a la clase, que era mejor pensar un poco antes de hablar, sobre todo si no tenemos claros ciertos conceptos. Se levantó con dificultad de la silla y comenzó a dar una clase escolar sobre deconstrucción que estaba dirigida a mí. Incluso te consultó: Alessa, tú que sí has leído bien a Derrida, ¿podrías aclarar este punto? Y tú lo hiciste, hablaste casi quince minutos sobre On Grammatology. Cuando terminaste, apareció la mueca, el brillo en los ojos detrás de esos lentes que te has puesto para parecer intelectual, el ! 268 codazo al compañero del costado, el dedo señalándome. Y la risa, esa risa que me golpea la cabeza y me hace apretar los dientes noche tras noche cuando intento taparme los oídos con la almohada para no escucharte. Entonces me envuelvo en la sábana y grito. Grito para que se calle tu risa. Pero sigue retumbando en las paredes, en el techo, en el suelo. Sin parar. 2 Siento arcadas al abrir la puerta de mi apartamento. Toso, me cubro la nariz. El hedor es insoportable. ¡Dónde estás, dónde estás!, grito. Busco al gato, ese gato peludo, gris, horrible que recogí de las calles para no sentirme tan sola. ¡Dónde estás! Gato asqueroso, se caga fuera de su caja de arena para ponerme peor de lo que ya estoy. No importa cuántas veces le haga oler los pedazos de excremento, cuántas veces le grite o le de palmazos en el lomo, siempre lo hace para vengarse porque no puedo jugar con él. No puedo, gato, no tengo tiempo. Tengo que escribir la tesis, tengo que leer, tengo que ser la mejor, tengo que ganarle. ! 269 Lo veo en la ventana. Cuando repara en mi presencia, se esconde debajo de la cama. Sabe lo que ha hecho. Le grito más fuerte, lo insulto. Después me callo y él saca su cabeza. Le brillan los ojos. Yo le tiro las hojas tachadas de mi propuesta de tesis. Me las ha devuelto el Advisor con varias anotaciones, la mayoría de párrafos impugnados. El gato mira las hojas, luego me observa desafiante. Me siento una tonta por dejarlo abandonado, solamente para volver a fracasar, como tantas veces. Recojo las hojas. De las veinte, hay doce que debo botar a la basura. Las demás, exceptuando una, necesitan cambios. Eso dijo el Advisor, necesitan cambios. Lee todo de nuevo porque no has entendido bien. Hay que leer varias veces, leer línea por línea, continuó mientras se frotaba el mostacho, gesto característico de su insatisfacción. Luego trajo un lápiz y una hoja en blanco y comenzó a hablar, a dibujar mapas, círculos, líneas, palabras inconexas. Yo no podía escuchar nada, no podía entenderlo. Minutos antes Alessa había salido de su oficina con el prospecto de tesis en ! 270 las manos. Me abrazó al saludarme. Hipócrita, pensé. Estoy feliz, dijo sonriente, ya podré comenzar a escribir la tesis. Después me enseño el pequeño signo aprobatorio en la esquina superior de la primera hoja. Un check en rojo, un check que yo esperaba, multiplicado. Cuando al Advisor le gustaba mucho un trabajo, ponía doble check. Lo había visto muy pocas veces, nunca en uno de mis ensayos. Me sacó de la oficina a los quince minutos, no tenía nada más que hablar conmigo. Con Alessa se había quedado casi dos horas. Pongo las hojas tachadas sobre la mesa y voy al baño. Me pongo los guantes, busco el desinfectante y la escoba. Me dispongo a buscar los excrementos del gato. Miro en los rincones, también debajo del sillón. A los lados de la cama, en el clóset, en algún zapato. El animal está en la ventana y me mira de reojo. Una imagen patética: enguantada, arrodillada en el suelo. ¡Dónde te has hecho!, le grito de nuevo. Entonces me acuerdo del Advisor, de su indignación al tachar las hojas, de su lapicero rojo que goteaba encima de las palabras ! 271 que tanto me había costado escribir. Tu lectura es algo confusa, dijo cuando yo pensé que levantaba el lapicero para ponerme los dos checks. Otros estudiantes tienen las ideas mucho más claras que tú, continuó. Yo sabía que se refería a Alessa porque ella era la única que tenía decido su tema de investigación desde el inicio. Siempre repetía: “Al final del primer año me di cuenta de que seis de mis ocho ensayos trataban sobre enfermos o locos en la literatura latinoamericana. El tema llegó a mí”. Llegó a ella, la más inteligente, la que aprendió sin parar desde que empezamos el doctorado, la que trabajaba solo tres horas al día y tenía el ensayo terminado antes que todos los demás. A partir de ese momento, Alessa se volvió monotemática: siempre hablaba de lo mismo, leía de lo mismo, escribía sobre lo mismo. Y complementaba con algunas lecturas que le mandaba el Advisor para “hacer más sólido mi marco teórico”. Trabajaba con ambición, con las cosas claras. Ella sí sabía a dónde quería llegar mientras yo solamente quería demostrarle que podía ser mejor que ella. Estudiaba ! 272 para eso, trabajaba para eso, me destruía por eso. Pero nunca era suficiente: si yo iba a dos conferencias al año, ella iba a cinco; si yo me contactaba con algún académico, ella de inmediato le escribía para decirle lo mucho que admiraba su trabajo; si yo hablaba mal de su trabajo con los nuevos alumnos del doctorado, ella ya les se había contado lo malos que éramos todos los de su año y lo fácil que era hacernos llorar con una pregunta bien formulada. Yo era una mediocre que había destinado mi vida a acosarla mientras ella me destrozaba frente a todos. Soy una mediocre, pensé, arrodillada frente al gato, buscando sus excrementos. Y después de terminar la limpieza abro la ventana para disipar el olor y me siento en la silla del comedor para revisar las correcciones. Pero al sentarme una mancha asquerosa se esparce en mi ropa. El hedor sube por las fosas nasales. He nacido para ser derrotada por unas hojas de papel y un gato que ha arruinado mis muebles y mi ropa. Por un check en lapicero rojo y una risa que no deja de sonar en mi cabeza. ! 273 3 Todas las mañanas intento peinarme con cuidado, pero es inútil. Una mata de pelo se desprende, después otra y otra más. Las miro y hago una bola con ellas, una bola grande que después tiro al tacho de basura. Una bola con mis manos inquietas, manos de quien toma demasiadas tazas de mal café cada día. Me voy a quedar sin pelo por culpa del doctorado, pienso cuando veo otras tres bolas de pelo que aumentan mis ojeras y mi estrés interminable. Calvicie y gastritis, esa gastritis que empeora cada día más. Estrés por la falta de tiempo, por lo que va a pensar el Advisor, por el siguiente logro de Alessa. Entonces mi estómago se manifiesta. Ardor y dolor. Y yo con la botellita de antiácido, una, dos, tres cucharadas. Pero no me alivia. Me sirvo un vaso de leche, intento tomarla mientras veo otra bola de pelo rodar por el suelo. Hubo tres suicidios en la universidad en menos de un mes. Una alumna se lanzó desde su apartamento, piso diecisiete. A un chico lo encontraron colgado en su dormitorio. ! 274 Del último no hay mayor información. A través del periódico estudiantil, el Presidente de la universidad lamenta mucho las pérdidas y ofrece condolencias a las familias. Los difuntos aparecen sonrientes, se les describe como “alumnos ejemplares, jovencitos llenos de energía que repartían su tiempo entre las fraternities o sororities, los deportes y otras actividades necesarias para su curriculum”. Seguramente estaban inscritos en más cursos de los que debían, estudiaban sin dormir, comían en las clases. La universidad lo lamenta, dice la carta del Presidente, esa misma que fomenta la competencia, que engendra monstruos capaces de humillar para sobresalir, que se ríen a carcajadas del fracaso de sus compañeros. It is what it is, trabajar hasta que se te marquen las ojeras y no te reconozcas en el espejo, competir porque eso es tener ambición, eso es un auténtico ganador. Los amigos de los chicos muertos declaran a media voz en otros medios. Se repiten las palabras presión, ansiedad, Xanax. Hay que ser un aparato de pro- ! 275 ducción, un cuerpo convertido en una máquina. El Presidente manda emails. Busquen ayuda en el centro de apoyo psicológico, es gratis. Parece preocupado por los estudiantes, pero en realidad el problema es que el aumento de la tasa de suicidios no es bueno para la imagen de la universidad. Entonces, llega un email de nuestro Departamento. Nos citan a los estudiantes graduados, que también somos profesores, para hablar de los suicidios y discutir cómo lidiar con los alumnos que no aguantan la presión del sistema. Hay que estar alerta con los desadaptados, esos que todavía no aprenden cómo son las cosas. Las caras de las coordinadoras que nos hablan se muestran compungidas, en un gesto de dolor que más parece incertidumbre. Está claro que no saben qué hacer, sobre todo porque dos de los tres suicidas tomaron cursos en nuestro Departamento. Me limpio algunos pelos de la solapa y cuando los miro enredados en mis dedos quiero levantarme de la silla y decirles que dejen de pedirnos estupideces y que se den ! 276 cuenta de que el sistema es una mierda. Todo está muy mal. Quisiera decir, por ejemplo, que la señorita sentada a mi lado, Alessa, lo único que hace es burlarse de lo mal que me va en las clases. Que desde que llegué al doctorado no he dejado de escuchar sus humillaciones, que no soporto su soberbia. Que por su culpa el pelo se me cae y he perdido varios kilos por esta gastritis que me quema la tripas. Que parezco una esqueleto con cuatro pelos en la cabeza, secos, débiles, quebradizos. Y entonces Alessa se levanta y, con su voz didáctica y profesional, expone ejemplos de lo que hace en su clase para que los alumnos no se agobien y se sientan bien. Ha llevado un Power Point para explicar los estúpidos juegos que comparte con sus alumnos. Alessa, además de ser la mejor estudiante, es también la mejor profesora. Y las coordinadoras, que no sabían qué hacer, ahora se sienten iluminadas. La aplauden, la felicitan mientras ella sacude su melena abundante sobre mi cara. ! 277 4 La universidad instaló una minúscula placa en una banca con los nombres de los tres chicos caídos durante el semestre. Yo quise juntar mis matas de pelo para ponerlas en su memoria, para decirles que los entendía y que estaba con ellos. Pero no lo hice. A cambio, llevé unas flores que en pocos minutos fueron destrozadas por las ardillas. Es que las ardillas siempre buscan qué comer entre la basura, entre los desechos que dejamos a nuestro paso. 5 Cuando me enteré, me costó creerlo. La noticia nos obligó a salir de nuestras casas, a tener contacto con los otros estudiantes que, en completo aislamiento, llevaban varios días solo dictando clase y escribiendo la tesis. Alessa estaba en el hospital. Había dejado de dar su curso durante una semana, algo muy raro para cualquier estudiante, pero mucho más para ella. Durante los cuatro años que llevábamos en el doctorado, Alessa no había faltado nunca, no se había permitido una mancha en su his- ! 278 torial. Ella fue perfecta hasta que sus alumnos se quejaron por su repetida ausencia. No la veían desde el último viernes y, lo peor, recalcaron, era que habían perdido un examen. Los más exaltados reclamaban por su nota, otros hablaban de que una “F” no les permitiría tener “A”. Necesitamos la “A” para poder competir, para valer más. Solo dos alumnas se acercaron a preguntar si algo estaba mal. Algo estaba mal, sin duda, pero era mejor no alarmar a los alumnos. No se preocupen, vamos a averiguar, vamos a reemplazar el examen, vamos a ponerles “A” a todos, dijo la coordinadora, nerviosa. Con estos chicos es mejor no meterse en problemas, murmuró. Las secretarias llamaron a Alessa, pero ella no contestó el teléfono. Su número de emergencia era de una de nuestras compañeras que, como todos, llevaba varios días sin ver a nadie porque estaba muy atrasada con su proyecto de tesis. Avisaron al Director de Graduados. La fueron a buscar a su apartamento, pero Alessa tampoco abrió la puerta. Antes de que Director de Graduados llamara al 911, llegó ! 279 nuestra compañera y abrió el apartamento con la llave de repuesto. El olor a alcohol emergió desde el interior. ¡Alessa, Alessa!, gritó nuestra compañera mientras ingresaba, pero no obtuvo respuesta. Un camino de botellas vacías que partía desde la cocina y terminaba en el cuarto llevaba hasta su cuerpo. Botellas vacías de vodka, algunas quebradas con manchas de pintalabios en los picos. Alessa estaba en calzones, con el pelo revuelto, los brazos arañados y el aliento lleno de alcohol. Un hilo de saliva había formado un pequeño charco en el suelo. Nuestra compañera se apresuró a cubrirla, mientras que el Director de Graduados volteó la cara y se llamó a una ambulancia. Al escuchar el ruido, Alessa abrió lo ojos y alargó la mano buscando una botella de vodka que todavía no estaba vacía. Nuestra compañera estiró el brazo y la puso fuera de su alcance. Alessa balbuceó un insulto y cerró los ojos nuevamente. Era mejor no ver, no escuchar, no sentir. ! 280 No podía creerlo, nadie podía creerlo. Nuestra compañera dijo que Alessa ahora estaba bien, pero que la habían dejado unos días en observación. Un médico, una psicóloga y un psiquiatra le hacían pruebas. Alessa no quería hablar: se hacía la que no entendía el idioma. Convenientemente se había olvidado de ese inglés perfecto que nos mostraba cada vez que podía para que entendiéramos que esos seis meses desesperados aprendiendo el idioma antes de dar el TOEFL no habían servido de nada. Era mejor quedarse en silencio, hacerse la sorda, la ignorante. Pero nosotros queríamos escarbar, necesitábamos que nuestra compañera nos diera detalles, saber el chisme completo para poder formular teorías. Nuestra compañera sabía muy poco porque Alessa no se había comunicado con ella durante algunas semanas. Con la tesis cada uno está en lo suyo, se excusó. Entonces comenzamos a especular. Algunos dijeron que seguro el Advisor le había rechazado el primer capítulo. Otros pensaban que quizá se había vuelto loca por leer tanto. Alguien más sugirió ! 281 que quizá su investigación estaba estancada. No tiene más que decir, murmuró. No tiene nada que decir, alguien contestó y varios asintieron. Alguien mencionó problemas de insomnio por la preocupación de que la beca se iba terminando. Yo dije que quizá Alessa tenía alguna enfermedad que ignorábamos y podía haber empeorado durante los años del doctorado. Y seguimos hablando por casi tres horas. Y en esas tres horas entendí que las conjeturas sobre la hospitalización de Alessa no era más que confesiones. Que todos pasábamos por lo mismo. Yo no era la única. Confesiones que nunca nos habíamos hecho para no mostrarnos débiles ante el enemigo, para no exponer nuestro lado más vulnerable y no regalarles la manera más fácil de atacarnos. Estaba claro que éramos enemigos. Habíamos estado especulando sobre la hospitalización de Alessa, pero a nadie se le ocurrió sugerir ir a verla. Sentí asco, luego sentí lástima. Quizá no era nuestra culpa, quizá nos habíamos vuelto egoístas para poder sobrevivir, para golpear antes de ser devorados, para no ser unos ! 282 mediocres. Eso nos habían enseñado y nosotros lo habíamos aprendido muy bien. Alessa también. Entonces fui al hospital. Alessa se sorprendió al verme. Quiso cubrirse con una almohada, pero le dije que no lo haga. Que a todos nos pasa, que así es. Que también he perdido varios kilos y me han salido estas ojeras que ya no tienen arreglo. Que he envejecido, que estas arrugas y canas no son normales para mi edad. Que el agobio es inevitable porque escribir una tesis no es fácil. Que tengo gastritis y se me cae el pelo. Que muchas veces he tomado tanta cerveza que me he quedado privada en la cama. Para olvidar todo lo que tengo que hacer, para no sentirme estresada, para no sentirme mal con una clase en la que me fue mal. Este sistema es una basura, ¿entiendes? Entonces me callé, pensé que me había expuesto demasiado. Pero ella me miró con los ojos enrojecidos. Un par de lágrimas cayeron en las sábanas, otras encima de esa bata que la clasificaba de enferma o loca. No tenía que explicarme nada, yo entendía. ! 283 También la perdonaba. Le acerqué un pañuelo, pero no pude contenerme. Y entonces las dos nos abrazamos, y empezamos a llorar sin parar. ! 284 GOD FEARING COUNTRY Betina González Es difícil escribir sobre Estados Unidos. Para sus habitantes, el país es invisible. Para los extranjeros, un espejismo cuidadosamente diseñado desde Hollywood o la prosa de Paul Auster, da igual. A los que llegan como turistas, la verdad los elude con cientos de malls que ofrecen rebajas interminables, la Cenicienta de carne y huesos de cheerleader que baila en el escenario del Magic Kingdom, y el neón, la resaca y la promesa (sólo eso) de fiebre y felicidad en Las Vegas. Incluso para los que creen poseer credenciales de viajero profesional, "lo estadounidense" sigue siendo más un interrogante que una certeza, sea en los bares a los que sólo van los locales (y en los que te sirven una cerveza efímeramente multicultural mientras todo lo ! 285 demás es mutismo) o en los clubes del Village, donde hasta los hipsters parecen diseñados para ojos extranjeros. A los que vivimos un tiempo largo en el país, su realidad nos engulle de tal manera que es difícil de narrar. Alguna vez, en un tiempo de menos inventiva y mayor pretensión, pensé en escribir un libro de ensayos que diera cuenta de ese estado de observadora forzada. Se iba a llamar "The Reluctant Anthropologist". Abandoné pronto la idea: el memoir !tan dependiente del yo y sus prolongaciones! se centraba inevitablemente en mi limitada experiencia, en esa mirada que los estadounidenses designan tan bien como "alien" y que de poco me servía si de verdad quería narrar Pennsylvania o Texas desde dentro. Alien, la palabra que designaba al extranjero en latín, en español quedó relegada a prefijo usado en el terreno de los extraterrestres o de los marxistas (alienación, sí, de eso también se aprende no sólo vendiendo la fuerza de trabajo sino simplemente tratando de ir al supermercado en otro idioma). En cambio, ! 286 en un país que "compra a sus enemigos y los atrae con prosperidad", como dice Daniel Alarcón, todos los extranjeros somos aliens o alienígenas seducidos. La clave, por supuesto, está en el adjetivo: no a todos nos seduce el sueño americano, muchos nos rendimos a su reverso. Cuando abandoné el proyecto de ese libro fallido, me dediqué a coleccionar noticias de ese reverso: ni siquiera son ejemplos de fracasos o derrotas, son historias crecidas a la sombra de ese sueño que pone toda su fe en el individuo y su empeño y deja a la sociedad de brazos cruzados o señalando con el índice. Hay mucha fe, una increíble, triste y pegajosa fe en esa idea del éxito individual. Es que antes que nada, Estados Unidos es un país de creyentes. No es casual que muchas de las noticias que me llamaban la atención tuvieran que ver con esa ingenuidad u optimismo que mueve a la sociedad entera pero también con los cultos extraños, sectas y religiones que han prosperado en esas latitudes. Una de las primeras cosas que nota el viajero que llega a El Paso, Texas es la montaña ! 287 que la custodia desde Ciudad Juárez. En letras cavadas en su ladera y rellenas con cal, dice: "La Biblia es la verdad: Léela". La frase puede verse desde los lugares neurálgicos de El Paso (de hecho es más visible allí que desde Juárez). Una leyenda local sostiene que el pastor que llevó a cabo la empresa !y la mantiene periódicamente cuando las letras empiezan a despintarse! es un gringo, no un mexicano (que la frase esté en español no avala demasiado esta hipótesis). Después de vivir unos meses en la ciudad empecé a notar otras inflexiones divinas en el paisaje urbano. Además de los innumerables jardines adornados con carteles de "We pray for our troops!", en la autopista que abandona la ciudad por el oeste, siempre me sorprendía un letrero rojo, descomunal en el que Dios preguntaba: "Would you like to have yourself as a friend?". Ninguna iglesia se asignaba la inquisición. La cerraba un 0800. Uno de mis pasatiempos favoritos !otro era ir a discos gay, las únicas que no cerraban a las diez! era caminar hasta la pile- ! 288 ta de la universidad pasando por la puerta de la iglesia del barrio. Era una construcción blanca y modesta, casi una granja de Walnut Grove. Su único atractivo eran las frases que el pastor cambiaba semanalmente en la pancarta de la entrada. Me hice el hábito de anotarlas: si a las metáforas fáciles se le suma el tono de libro de autoayuda se obtiene un Dios Paulo Coelho con bastante chispa. Un Dios que combina bien con esa pátina de desprecio y cortesía que regla cualquier intercambio humano en esta comunidad (un cóctel potencialmente explosivo, como muestran penosamente los "episodios con armas" a los que las noticias de ese país nos tienen acostumbrados). Copio dos de mis frases dominicales favoritas (por su aparente inocencia y porque desafían el arte de la traducción): Worries are the darkroom where negatives are developed (¿Las preocupaciones son el cuarto oscuro donde se desarrollan pensamientos negativos? Seguro. Seamos americanamente optimistas: si llegamos a la luna, bien podemos despreocuparnos ! 289 de haber arruinado el planeta. It's gonna be ok, baby). Sandwich your criticism among two layers of praising (¿Debes emparedar tus críticas con dos rebanadas de elogios?). Of course. Ésta debería haberla aprendido mejor, me hubiera evitado más de un dolor de cabeza durante mis aventuras como profesora en una academia que te penaliza por entregarle un parcial a un alumno delante de otros (nada de humillar públicamente a alguien que entregó la hoja en blanco, a ver si se traumatiza de por vida) o simplemente por emitir opiniones en el aula. Se sabe: ni de religión ni de política se habla en las reuniones sociales ni en las Casas de Altos Estudios. Mucho menos de adolescentes que se alcoholizan hasta el coma, desconocen los métodos más básicos de protección sexual y no saben (literalmente) donde quedan las pirámides de Egipto. Con la mirada más entrenada, me fue fácil pasar de las admoniciones religiosas a los titulares de prensa. El optimismo, la fe o la ! 290 ingenuidad estadounidenses estaban allí de las maneras menos misteriosas: Marion County, Florida: "Una mujer de 92 años le dispara a la casa de su vecino porque él le habría negado un beso". Dwight, de 52, declaró que la anciana le tocaba el timbre para charlar y le llevaba comida. Helen sólo declaró que en realidad no quería darle a la casa, sino al coche de Dwight, ya que parecía ser su objeto más preciado. ¿Es culpa de ella haber confundido cortesía con amor? No, el problema es que tuviera una semiautomática en la casa. Providence, Rhode Island: "Un gato predice 50 muertes en un asilo de ancianos". El fenómeno, documentado durante cinco años por el médico director del geriátrico y profesor en la prestigiosa Universidad de Brown, consistía en que el gato se subía a la cama de la víctima designada horas antes de su deceso. Sólo en un país como Estados Unidos un caso como ése llega a transformarse en un artículo "científico". Si recordamos que en algunos estados (en ! 291 Kansas, por ejemplo) no se enseña a Darwin en las escuelas, no resulta tan sorprendente. Fort Collins, Colorado: Una joven pareja llama a la policía para denunciar que su hijo de seis años ha desaparecido en un globo aerostático de fabricación casera. Después de casi 24hs de pánico transmitido en directo por TV, el matrimonio confiesa que el niño está escondido en el sótano de la casa y que idearon la farsa para posicionarse mejor como candidatos a un famoso reality. Lo mejor de esta noticia fue la declaración del niño. Un periodista le preguntó porqué había accedido a esconderse. "You guys said that we did this for the show", dijo mirando desconcertado a sus padres. Durante años guardé éstas y otras noticias (que, no casualmente ocurrieron en ciudades pequeñas) con la esperanza de que se convirtieran en relatos sobre mi "experiencia americana". La lista podría seguir hasta llegar a los extremos fundamentalistas de la Iglesia Pentecostal, que incluye ceremonias con serpientes y ! 292 cócteles de jugo de naranja con estricnina destinados a probar que los feligreses que no mueren en el acto están habitados por el Espíritu. En la práctica sólo una de estas historias se transformó en un cuento. Escribirlo sin recurrir a la mirada extranjera (como sí lo he hecho en este artículo) resultó bastante difícil. Por lo demás, alguien transformó la noticia del gato en un exitoso libro de autoayuda para lidiar con la muerte de seres queridos. La noticia del globo recuerda a otra farsa, esta vez literaria: una serie de artículos publicados por Edgar Allan Poe en The Sun como reportes sobre un (falso) globo aerostático tripulado que había cruzado el Atlántico. Y la de la anciana, como tantas historias de ridícula soledad, espera todavía en el disco de mi computadora. Quizás no esté de más recordar que el país en el que suceden estas historias modestamente extraordinarias es también el de Henry James, el de Gertrude Stein, Francis Ford Coppola, Andy Warhol y la Velvet Underground. Y que a esta altura del siglo, nos ! 293 guste o no, la cultura estadounidense es también la nuestra. I say, let's go for it. ! 294 Francisco Ángeles nació en Lima, Perú. Estudió Literatura en la Universidad de San Marcos. En 2008, creo y dirigió el portal literario Porta 9, y desde hace una década codirige la revista de literatura El Hablador. Ha publicado las novelas La línea en medio del cielo (2008) y Austin, Texas 1979 (2014). Actualmente vive en Filadelfia, donde sigue un doctorado en Estudios Hispánicos en la Universidad de Pennsylvania. Joseph Avski nació en Medellín, pero creció en Montería, Colombia. Se graduó como físico en la Universidad de Antioquia con una tesis sobre ruido cuántico. Con El corazón del escorpión, publicada en inglés como Heart of Scorpio, ganó la IX versión del Concurso Nacional de Novela de la Cámara de Comercio de Medellín. En 2010 su novela El libro de los infiernos fue finalista en la Bienal de Novela "José Eustasio Rivera" y fue publicada por Editorial Paroxismo. Avski cursó un doctorado en Estudios Hispánicos en la Universidad de Texas A&M. Actualmente es profesor en la Universidad de Northwest Missouri State. Liliana Colanzi nació en Santa Cruz, Bolivia (1981). Es autora de los libros de cuentos Vacaciones permanentes (El Cuervo, 2010) y La ola (Montacerdos, 2014). Editó la antología bilingüe Mesías/Messiah (Traviesa, 2013) y coeditó la antología de no-ficción Conductas erráticas (Aguilar, 2009). Ha colaborado en medios como Etiqueta Negra, Letras Libres y El Deber. Cuentos suyos han sido traducidos al inglés, francés y portugués. Es estudiante del doctorado en literatura comparada en la universidad de Cornell. Antonio Díaz Oliva nació en Temuco, Chile (1985). Escribe para las revistas Qué Pasa, El Malpensante y Letras Libres, entre otros medios. Gracias a una beca Fulbright estudió un MFA en escritura creativa en la Universidad de Nueva York. Publicó Piedra Roja: El mito del Woodstock chileno. Dayana Fraile nació en Venezuela. Es licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela. Ha publicado el libro de cuentos Granizo (2011), premiado por la Bienal de Literatura Julián Padrón. Su historia "Evocación y elogio de Federico Alvarado Muñoz: a tres años de su muerte" obtuvo el primer premio del Concurso Policlínica Metropolitana para jóvenes autores. Es doctoranda en la Universidad de Pittsburgh. Betina González nació en San Martín, Provincia de Buenos Aires, Argentina. Publicó Arte menor (Premio Clarín Novela 2006), el libro de relatos Juegos de playa (Segundo Premio Fondo Nacional de las Artes, 2006) y Las poseídas, que en 2012 recibió el Premio Tusquets. Betina es además magíster en Escritura Creativa (Universidad de Texas en El Paso) y doctora en Literatura Latinoamericana (Universidad de Pittsburgh). Trabaja como profesora de Escritura en la Universidad de Buenos Aires, en donde participa de distintos proyectos de investigación. Colabora ocasionalmente con Revista Ñ y el suplemento cultural del diario Perfil. Desde 2014 está a cargo del Taller de Producción de Novela de la Fundación Tomás Eloy Martínez. Ulises Gonzales nació en Lima. Después de trabajar algunos meses en la redacción del diario La Opinión de A Coruña, de vivir sin dinero entre Lisboa y Londres, llegó a Nueva York y decidió quedarse. Enseña en Lehman College CUNY, en el Bronx, desde 2004 y cursa su doctorado en el Graduate Center CUNY de Manhattan. Francisco Laguna Correa nació en la Ciudad de México. Antes de encerrarse en una universidad, fue vendedor ambulante, mesero, lavacoches, bartender, recepcionista de hotel y maestro de primaria. Ahora es K. Leroy Irvis Fellow en el programa de Escritura Creativa del Departamento de Inglés en la University of Pittsburgh y PhD Candidate en The University of North Carolina-Chapel Hill. Obtuvo el Premio de la Academia Norteamericana de la Lengua Española en 2012 por Finales felices y el Premio Internacional "Desiderio Macías Silva" en 2013 por Crush Me (novela rota). Alejandra Márquez nació en la Ciudad de México y ha vivido en San Miguel de Allende y distintas partes de Texas. Actualmente realiza sus estudios de doctorado en literatura latinoamericana en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, enfocándose en la crónica mexicana actual. María José Navia es una escritora chilena. Ha publicado una novela (Sant, 2010) y un e-book de cuentos (Las Variaciones Dorothy, 2013). Sus cuentos han aparecido en antologías en Chile, España y Estados Unidos. Actualmente, termina un doctorado en Literatura y Estudios Culturales en la Universidad de Georgetown. Escribe regularmente en www.ticketdecambio.wordpress.com, su blog de mini reseñas. Julio Pérez Méndez nació en Sahagún, Colombia (1975). Es doctorando del programa de Literatura en Texas Tech University. Ha publicado en medios impresos y digitales de Colombia, Argentina, México, España y Estados Unidos. Fue finalista del I Premio Interuniversitario de Novela Corta de Editorial Paroxismo (2011). Recibió una Mención de Honor en los Latino Book Award, 2014. También fue incluido en la Antología 20/40: 20 autores latinoamericanos menores de 40 años, que escriben en U.S.A. Mónica Ríos nació en Santiago de Chile (1978). Es autora de las novelas Alias el Rucio (2015), Alias el Rocío (2014) y Segundos (2010). Cuentos suyos han aparecido en revistas y antologías como Disculpe que no me levante, Escribir en Nueva York, Junta de vecinas, Lenguas y Asymptote. Es coautora del ensayo Cine de mujeres en Postdictadura y publicó un ensayo sobre guiones cinematográficos en el volumen De la agresión a las palabras. Forma parte del colectivo Sangría Editora. Actualmente publica columnas, ejerce la crítica literaria y escribe su tesis doctoral afiliada a Rutgers University. Pedro Pablo Salas Camus nació en Valparaíso, Chile. Ganó una Mención Honrosa del “Premio Roberto Bolaño a la Creación Literaria Joven” en el año 2006. Se sintió bien. Gastó el dinero del premio en un viaje al sur. Conoció los bosques nativos y algunas ciudades chilotas. Después regresó a su ciudad y ya no volvió a escribir más. Actualmente estudia en la Universidad de Pittsburgh y juega fútbol casi todos los fines de semana con sus amigos latinos. Santiago Vaquera-Vásquez nació en California, Estados Unidos (1966). Es narrador, ex dj y académico. Doctor en Lenguas y Literaturas Hispánicas por la Universidad de California, Santa Bárbara. Es autor de One Day I’ll Tell You the Things I’ve Seen (UNM Press, 2015) y Luego el silencio (Suburbano Ediciones, 2014). También ha publicado cuentos en revistas y antologías en España, Latinoamérica y Estados Unidos. Actualmente es profesor de escritura creativa y literatura del suroeste de los Estados Unidos en el Departamento de Español y Portugués de la University of New Mexico. Jorge A. Tapia Ortiz nació en Puruándiro Michoacán, México. Es migrante, mil usos y también está escribiendo su tesis doctoral para el Departamento de Lenguas Hispánicas y Literaturas en la Universidad de Pittsburgh, la cual se titula: "Educación, comunidad y literatura: condiciones para la emergencia de una literatura indígena contemporánea (caso Térraba en Costa Rica)". Jennifer Thorndike nació en Lima, Perú. Ha publicado el libro de cuentos Cromosoma Z (2007) y la novela (Ella) (2012, segunda edición en 2014). Ha participado en antologías peruanas y latinoamericanas, entre las que destacan Acracia Cartonera Binacional Perú-México (2014) y Voces-30 Nueva Narrativa Latinoamericana (2014). Ha sido traducida al portugués y francés. Actualmente sigue un doctorado en Estudios Hispánicos en la Universidad de Pennsylvania. Casa de locos narradores latinoamericanos que estudian un doctorado en Estados Unidos se imprime por primera vez en febrero de 2015. La edición de este libro estuvo a cargo de Albán Aira y FLC. P Narrativa Latinoamericana difunde obras de autores jóvenes latinoamericanos. ¡Hecho con el corazón en México! !
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