CD David Calderón

Panel: “Análisis del joven actual. Repensar la enseñanza considerando cómo son nuestros
estudiantes”
C.D. David Calderón
Presidente del Consejo Académico de Mexicanos Primero
Quisiera compartir unas breves reflexiones sobre la idea de a quién le estamos hablando
cuando les hablamos a nuestros alumnos. Una de las típicas conversaciones que hay por
teléfono en México es que apenas se recibe una llamada uno pregunta: ¿con quién hablo? eso
frecuentemente no debería ser así. No lo hacemos en el caso de la docencia, se nos convoca a
repensar en la enseñanza. Creo que estamos en una crisis y creo también que nos toca
enfrentarlo como corresponde a nuestro tiempo.
Dice un aforismo de Borges muy interesante: “A mi abuelo como a todos los hombres les ha
tocado un mal tiempo para vivir”, es decir, nunca ha habido buenos tiempos, en cada ocasión
hay un reto específico. El que estamos viviendo es muy importante. Tenemos entonces ciertas
dificultades y oportunidades.
Hay un fragmento de un poeta mexicano llamado Eulacia que dice: “Yo no sería el héroe que
baila con la chica en la pantalla del cine ni el dirigente de una empresa, ni el hombre sensato
que la sociedad aprecia”. La libertad no hace felices a los hombres, dijo mi madre, solo los
hace los hombres. Estamos delante de alumnos que han encontrado una ventanita, lo que
llamamos libertad es auténtica pero es muy reducida. Evidentemente no los hace felices. Es
imperdible que exista la libertad pero no basta ella.
Es así como la enseñanza se plantea, en este tiempo, como una conversación. Nunca he estado
de acuerdo en la idea de que hay que pasar de la enseñanza al aprendizaje. Creo que no tiene
sentido la una sin la otra. Esta enseñanza – aprendizaje es una conversación: personas que
conversan entre sí en el sentido más amplio de la palabra. Conversan a través de textos, de
actividades, la idea misma de conversación habla de alternancia activa. De repente tú hablas y
yo escucho; y de repente yo hablo y tú me escuchas. La libertad en la expresión está ligada al
deber del escucha y viceversa. La conversación y su origen etimológico son hermosos.
Tenemos orígenes diferentes, tenemos situaciones diferentes pero en una conversación
literalmente nos volvemos conversos el uno del otro. Estamos en el otro si esta conversación
es honesta, si esta conversación es profunda. Éstos que se encuentran reconocen su igual
dignidad fundamental pero también su diversidad y, en ese sentido, también hay una
iniciativa.
Se está esperando que de parte del profesor o de la figura tutora haya una dimensión de
iniciativa. Iniciativa que no es exclusividad pero que nunca debe perderse. Eso me lleva a
señalar dos situaciones trágicas de nuestro salón de clase: aterrizando netamente a la clase de
las diez de la mañana, podemos encontrarnos en esta falta de iniciativa en donde el profesor
se concibe a sí mismo en una retirada táctica como “yo sencillamente vengo a escucharles, ahí
hay unas actividades, ahí hay un programa, espero que lo sigan, no me voy a presionar mucho,
a ver si es el gusto de los señores que podamos tratar el tema. Si se quieren ir a la cafetería,
pues yo qué puedo hacer, ya son grandes”. Entonces encontramos el abandonar el propio
puesto en la responsabilidad de llevar la iniciativa.
La otra situación, ubicada en el otro extremo, tiene lugar cuando no solamente tengo la
iniciativa sino también la exclusiva. Entonces “yo hablo y si me alcanzas bueno, de lo contrario
te castigo con las notas y no con una mirada severa o con una perspectiva de descalificación
constante. No te conozco, no te acepto, no quiero ser como tú, estoy aquí por un trabajo, yo sí
domino la asignatura, yo ya hice mi carrera. A ver niño pequeñito a ver si le brincas hasta
donde yo estoy”. Así, en la peor de las tradiciones salvajes de rito de paso, la universidad se
vuelve en un largo round con personas que parece que no te quieren dejar lugar y que
constantemente encuentran determinado gozo en manifestar su superioridad con respecto de
ti.
Tal vez cada vez menos, pero siempre podemos encontrar esos dos extremos. Lo preocupante
es que a veces no encontramos una dimensión diversa en donde es claro que soy el
responsable, es claro que soy el adulto; y por el otro lado es fundamental que sea el principal
protagonista de tu formación. Podemos describir nuestra situación como una generación
abrumadora de jóvenes que no quieren dejar de ser niños, que pretenden ser educados por
una generación de adultos que mayoritariamente se comportan como adolescentes.
Entonces tenemos ahí la secuencia en donde hay un déficit de madurez que se va haciendo de
rendimientos decrecientes porque, y eso seguramente los que les toca coordinar profesores
no me dejaran mentir, a veces dices: “Y bueno, ¿quién es el adolescente aquí?”.
Te encuentras con maestros que no eligieron como vocación primera su participación en la
universidad. Y entonces se imaginan que con ser expertos temáticos sencillamente pueden
plantarse ante un salón de este tipo de adolescentes crecidos y con una actitud también de
adolescente. Es entonces cuando viene a renunciarte en media hora y te dice: “No los aguanto,
yo no vine para esto, tan bien que estaba en mi despacho”.
Tenemos que convocar a la generosidad, pero también a la madurez y a la responsabilidad. Si
los adultos no sabemos plantarnos delante de los jóvenes, los jóvenes no nos van a respetar
sencillamente porque establezcamos márgenes, consecuencias o castigos.
Si algo no tolera el joven es este discurso del “…porque yo fui”: “Es que yo antes fui y ustedes
no saben lo que significaba ser abogado o arquitecto en mi época”. Y entonces ellos dicen:
“Para escuchar tus quejas no estamos, estamos para que nos animes a una plenitud a la tú
debieras habitar permanentemente en términos profesionales y, después, en términos
afectivos”. Si alguien no ama profundamente lo que hace, si alguien no ama profundamente
aquello a lo que ha dedicado su vida.
Cuando alguien dice: “Oye, realmente no entiendo” y el profesor responde: “No importa, en el
próximo curso lo vas a entender, alguien más te va a explicar, no podemos detenernos porque
se nos acaba el programa”. Prevalece el programa sobre la realidad de la interacción, el
diálogo con el grupo. Entonces tenemos, como dice Isela Montes, una especie de
reblandecimiento de la universidad.
La universidad es cada vez más como un patio de juegos, un espacio de convivencia, una
cafetería con algo ya lejano a la universidad como espacio del esfuerzo, de la señalización para
el liderazgo de la sociedad. Entonces abonando desde el lado social podemos ver que se han
hecho muy famosas y hasta modélicas las biografías de hombres no universitarios que triunfan
en el mundo; el clásico paradigma de esto es Steve Jobs. Entonces no se necesita acabar la
universidad para dirigir un imperio. Y decir: “¡Claro! como este imperio es democrático y hay
un montón de personas, seguro ésa es nuestra aspiración o esa debiera ser”. No es un juicio
sobre la vida de esta persona sino su papel de modelo. Realmente lo que se puede aprender
de la vida de Steve Jobs en términos de esfuerzo es muy válido.
La supuesta moraleja de que la universidad no sirve de nada o tener una estructura para la
distribución de las responsabilidades a través de la profesionalización, sin duda no es válido.
Quisiera mencionar un poco de lo que encuentro desde la perspectiva del trabajo que
hacemos en la organización a la que pertenezco. Somos una organización que en resumen
busca hacer un planteamiento de cultura cívica y de corresponsabilidad precisamente en la
evaluación y propuesta de políticas públicas educativas. Lo que hemos descubierto en estos
años es una preocupante situación social - cultural en torno a la valoración de la educación.
Tenemos grupos desvinculados, desarticulados: los investigadores educativos desprecian a los
activistas sociales que desprecian a su vez a los funcionarios, que desprecian a los líderes
sindicales, nadie les da espacio a los papás, y de los alumnos no hablemos. Entonces es una
conversación de adultos, una conversación donde salen los egos y los privilegios, y casi nadie
se preocupa por lo que ocurre con los niños y jóvenes.
Lo que hemos descubierto con los datos comparativos a nivel internacional es que en general
los jóvenes mexicanos tienen una formación técnica de instrucción, sencilla y muy deficiente.
La escuela privada en México es bastante mala pero todavía es peor la pública. Hay una idea
generalizada de que la escuela privada sirve de reguardo, no de desarrollo, pues no se espera
que sea sumamente exigente ni que sea precisamente un espacio en donde transformar el
privilegio en servicio, sino más bien un espacio para que mis hijos estén más tranquilos porque
no los voy a mandar a una escuela de gobierno. Entonces, estudian inglés y computación y ya
me puedo dar por bien servido porque eso no hay en la escuela pública.
Estamos avanzando hacia una sociedad en donde los jóvenes universitarios de las
universidades privadas se van a encontrar con un mundo de Mad Max; ese mundo ya existe,
ese mundo es el de Nuevo Laredo, el de Ciudad Juárez y, tristemente, empieza a ser el de
Monterrey, Guadalajara y, esperemos que no, el de la Ciudad de México.
Ante ese mundo, ante ese sinsentido en donde cualquiera le vacía un cartucho a un joven que
va pasando en la calle, ¿cómo se identifican los jóvenes con su país?, ¿con sus problemas
educativos?, ¿qué esperan de su propia educación?, y los profesores ¿tienen ideas claras a ese
respecto?
Ese es digamos el lado oscuro de la luna; del lado luminoso, del lado soleado de la banqueta,
estamos en una época de grandísimas esperanzas. Nunca, nunca, nunca como ahora los
jóvenes pudieron ser niños. Tal vez nunca en la historia de la humanidad se permitió a una
mayoría poder ser niño, poder tener contacto con la gratuidad, con lo que es hermoso, con lo
que es amplio; especialmente los chicos que están en las universidades privadas son personas
que han tenido la oportunidad de saber del mundo sin estar en él.
Creo que el planteamiento que les podemos hacer es: “Si vas a habitar en el mundo ¿quieres
habitarlo como ciudadano o como aldeano?” Ya hablaba el experto canadiense McLuhan de la
aldea global, entonces si uno puede ser aldeano en la aldea global, probablemente te toca
apalear el lodo en las orillas de la aldea o puedes ser ciudadano del mundo, que es una
situación muy diversa.
Nuestros alumnos de las escuelas privadas no han oído hablar del mundo; ya estuvieron en
Nueva York, saben a qué huele Europa y, tal vez, echaron una mirada en otras regiones del
mundo. Saben que se puede ser diferente, que puedes caminar por la calle y no tienes que
estar temiendo de la policía. Saben que esa experiencia es posible porque la han vivido y
porque han estado en esas calles.
Sin embargo, aquello que es un escoyo puede ser un apoyo, así como estas piedras que están
en el agua son los escoyos, pueden ser también el apoyo para moverte. En fin ¿qué tan lejos
estamos de tomar esto en cuenta?, ¿cómo queremos educar a una persona que en el fondo no
amamos y no tratamos de entender?
Los dejo con tres reflexiones:
1. Esta convicción de la necesidad de un conocimiento empático de los jóvenes. Apelar a
su curiosidad, a su intuición, a su sentido estético. Les cuesta trabajo el tema de la
verdad, pero tal vez el tema de la belleza no. Y sabemos que son vasos que se
interconectan. Su hambre de trascender no la podemos esconder así que hay
encontrarla y valorarla.
2. Darle sentido a lo que tienen. Tienen mucho pero no lo saben. Son sumamente
privilegiados pero sólo retándolos van a valorar ese privilegio y después convertirlo en
responsabilidad. ¿Cómo hacemos que se sepan ricos? Porque literalmente lo son, lo
son para el contexto de México, socioeconómicamente y culturalmente lo son. Tienen
padres que poseen una escolaridad mayor a ellos, eso ya los hace mexicanos de
excepción. En su casa tienen computadora y libros, eso ya los hace mexicanos de
excepción. Hay la alternativa de otras opciones formativas además de la que tuvieron
en la escuela básica y ahora en la Universitaria. Su contacto con la tecnología y los
espectáculos son todas ocasiones formativas muy valiosas.
3. Finalmente la tercera recomendación. Tomarnos en serio el papel de la ejemplaridad.
Hace ya décadas dijo el Papa Paulo VI que el mundo ya no escucha a los maestros sino
a los testigos; lo decía pensando sobre todo en aquellos que tomaban la palabra en el
espacio internacional. Que vale una buena reflexión pero vale más contar una
experiencia. No reflexionar sobre la justicia sino decir estoy comprometido con tal
obra. En ese sentido, los educadores de hoy tenemos una enorme responsabilidad de
no quedarnos en las nociones, sino ser nosotros mismos ejemplo.
Concluyo con una frase de San Agustín: “Escucho constantemente que la gente dice que
vivimos malos tiempos. No somos tiempo para nosotros, sino somos los tiempos”. Como sea,
nosotros somos los tiempos, no podemos pensar que todo viene de afuera, desde arriba y
desde lejos. Nosotros somos tiempos. Crear esta posibilidad de comunidades fraternas, de
personas completas que se hablan en la verdad y que buscan un cambio a favor de todos. Esto,
la universidad debería ser el laboratorio central.