“UNA AMISTAD CENTENARIA”. En toda

“UNA AMISTAD CENTENARIA”.
En toda amistad verdadera hay una semilla de eternidad. El que ose negarlo que se
adentre, venciendo su repugnancia, por entre estos feos y maltrechos pedazos, mis
pedazos…
A pesar de lo que afirmen algunos, incluso en un osario, como es este, existe un
resquicio para la amistad y para su vocación de perdurar. Quiero, en fin, mostrarlo con
esta extraña carta, escrita desde la tumba.
Aquí, precisamente, estamos hablando de muerto, o –para ser más precisos- está
hablando un muerto: yo mismo. Además, lo que digo, por extraño que parezca, es que
hasta un muerto puede seguir prolongando su amistad. Sí, se puede continuar
viviendo la amistad incluso con esos exiguos restos que quedan de uno después de
morir. Yo, desde luego, me empeño en ello. Reivindico mi derecho a ser amigo aún
después de muerto.
Por esto, afirmo que se puede experimentar la amistad incluso hecho cenizas, trocitos
o huesecitos. Ser amigo acaso en un sentido exiguo, si se quiere, con todas las
limitaciones de este penoso estado; pero seguir siempre fiel a la amistad.
Se ha dicho, hace tiempo, que la amistad es más fuerte que la muerte. Pues bien, yo
ahora deseo darle otra vuelta de tuerca al asunto, y por eso proclamo a los cuatro
vientos –desde mi tumba- que la amistad es más fuerte no ya sólo que la muerte ajena
sino incluso que la propia. Efectivamente: pues ni muerto he desertado yo de la
amistad.
Pero vamos al grano... ¿Quién soy?; y ¿de quién soy todavía amigo, estando muerto
y bien muerto como estoy?
Llegado este momento, me gustaría facilitar al lector alguna pista acerca de mi
identidad, aunque resulte todavía opaca. Recuérdese que he empezado esta historia
refiriendo el que, en toda amistad verdadera, hay una semilla de eternidad. Pues bien,
respecto a mí, cabe decir que soy alguien que pertenece ya, en cierto sentido, a lo
eterno. Ello a causa de dos razones de peso. Una: por causa de hallarme ya bien
muerto. Dos: porque constituyo alguien que pertenece no a un tiempo en particular
sino en cierto modo a todos.
Ahora bien, ¿cómo puede alguien pertenecer a cualquier tiempo y edad, cuando
nuestra vida siempre acaba por circunscribirse a un período concreto e inexorable,
más allá de cuyos límites no nos aguarda a los humanos habitualmente otra cosa que
el olvido o el silencio?
No tengo edad y pertenezco a todas las edades debido a lo que soy. Ahora bien: qué
es lo que soy. No me andaré en esto con circunloquios. Así, aunque alguno lo pueda
considerar pretencioso y altisonante por mi parte, allá va: “Soy un clásico”.
¿Un clásico?, habrá quien se pregunte perplejo. Pues sí: un auténtico clásico, y hasta
tal vez el más clásico de nuestros clásicos, un clásico de la literatura.
Pero quién es el objeto de mi amistad… Pues: allá va. Mi amiga del alma, mi amiga de
siempre y para siempre es… “la lengua castellana”. Sí, ni más ni menos, la lengua
castellana, la de mi época y la de ahora, el español con todas y cada una de sus
letras.
Yo, desde lo hondo de esta sombría tumba, lo digo. El escritor y soldado, el
recaudador y viajero, que fui y que soy, sigue viviendo la amistad, eternamente, de
esta lengua maravillosa en que ahora me expreso. Pero termino ya esta excéntrica
carta.
En Madrid, a la fecha que fuere, firmo y rubrico esta sentencia de ser muerto amigo
de nuestra lengua española. Esa lengua divina con la que escribí las hazañas de don
Quijote entre nuestros paisajes, el que luego tanta fama ha cobrado en el mundo
entero.
Fdo.
Miguel de Cervantes
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