ESPIRITUALIDAD DEL H. GABRIEL

ASSOCIATION INTERNATIONALE SAINTE FAMILLE
ASOCIACIÓN INTERNACIONAL SAGRADA FAMILIA
ASSOCIAZIONE INTERNAZIONALE SACRA FAMIGLIA
LA ESPIRITUALIDAD DEL HNO. GABRIEL
Y SU INCIDENCIA EN NUESTRAS FAMILIAS Y EN NUESTRAS ESCUELAS
Nos acercaremos esta mañana a la espiritualidad que tiene su origen en el Hno. Gabriel
Taborin y que hoy comparten los Hermanos de la Sagrada Familia con todas las personas y grupos
que integran la Familia Sa-Fa, aquí representada a través de la AISF (Asociación Internacional
Sagrada Familia).
Presentaremos los aspectos esenciales de esta espiritualidad, pero antes nos detendremos en
ver cuál ha sido la experiencia de vida de familia del Hno. Gabriel Taborin, considerando que esa
experiencia es importante para comprender la espiritualidad a la que ha dado origen.
La intención de esta reflexión es sugerir algunas indicaciones para vivir, en los ámbitos de la
familia y de la escuela, esa espiritualidad. Abriremos así el camino al diálogo en grupos, que
seguirá esta intervención, durante el cuál se podrán buscar y expresar propuestas más concretas
desde los ámbitos culturales de los participantes.
1. La experiencia de vida familiar del Hno. Gabriel
1.1. acido en el ambiente de la Revolución y crecido en el ambiente de la Restauración
Gabriel Taborin nace el 1 de noviembre de 1799. Algunos días después de su nacimiento,
Napoleón toma el poder como primer cónsul, da por terminada la Revolución y empieza un período
de mayor calma en Francia. Pero en los pueblos la situación cambia más lentamente que en las
ciudades. Gabriel nace en un clima marcado aún por la revolución. Esa situación de tensión, de
violencia y de resistencia ha influido profundamente en su infancia y en toda su vida. La fuerte
adhesión de su familia, de la gente de su pueblo a la religión cristiana, a sus valores y a sus
tradiciones, motivaron su dinamismo y su tenacidad para, al igual que muchas otras personas, tratar
de darle un nuevo impulso en la primera mitad del siglo XIX.
Belleydoux, lugar de nacimiento del Fundador del Instituto de los Hermanos de la Sagrada
Familia, se sitúa en una comarca fronteriza del este de Francia, que delimita el Franco Condado y las
zonas de influencia de Ginebra y de Lyon. Formaba parte de la Tierra de Nantua, y desde la Edad
Media dependía de la poderosa abadía benedictina de esa ciudad. Hasta la Revolución, desde el punto
de vista eclesial, Belleydoux pertenecía a la diócesis de Ginebra. En el lejano 1605 recibió la visita de
San Francisco de Sales. Hoy forma parte de la comarca del Alto Bugey, cuyo centro principal es la
ciudad de Oyonnax.
A finales del siglo XVIII, el pueblo apenas pasaba de 800 habitantes. La población, en ligero
aumento, vivía pobremente. Tradicionalmente el municipio contaba con el recurso de la tala de árboles
para pagar sus impuestos y la población vivía de los recursos de la montaña: la cría de ganado, una
pobre agricultura y la artesanía. A este panorama hay que añadir la dificultad de las vías de
comunicación, sobre todo en invierno.
Como sabemos, los acontecimientos de la Revolución tienen repercusiones en todo el territorio
nacional y fuera de las fronteras de Francia. Llegan también hasta las poblaciones más pequeñas. En
Belleydoux el párroco Benito Cottavoz, que había bendecido el matrimonio de Claudio José Taborin
y María José Poncet Montange, los padres de Gabriel Taborin, el 28 de febrero de 1786, fue uno de
los primeros sacerdotes, en la nueva diócesis del Ain, en prestar el juramento a la Constitución civil
del clero en 1890. Los sacerdotes que no hicieron el juramento pasaron a la clandestinidad y fueron
perseguidos.
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El paso del comisario Antonio Albitte por el departamento del Ain (del 17 de enero al 2 de
mayo de 1794), fue ciertamente la página más sombría de la historia de la Revolución en esta región.
Perseguía dos objetivos: la destrucción de los campanarios y humillar a los sacerdotes.
Ante tales hechos, la reacción de la gente pasa de una cierta simpatía por la Revolución a la
indiferencia y una prudente desconfianza, hasta llegar a una abierta hostilidad y resistencia y no solo
por motivos religiosos. De hecho, al terminar el período revolucionario, todos los pueblos de la
comarca, Echallon, Belleydoux, Champfromier, Giron... son más pobres que al final del Antiguo
Régimen.
Durante la Revolución la acción de Iglesia, perseguida y dividida, se va organizando
progresivamente en la clandestinidad guiada por los sacerdotes que no habían prestado el juramento
revolucionario. Es ese también el momento en que empiezan a emerger la acción de los laicos:
esconden y apoyan la acción de los sacerdotes, organizan las reuniones y en el interior de las familias
mantienen la vida cristiana. Entre esos laicos comprometidos figura Gabriel Poncet, alcalde de
Belleydoux, que fue padrino de bautismo del hijo menor de la familia Taborin, y a quien puso su
mismo nombre. Belleydoux participa de este fenómeno de “acceso a la palabra” por parte de los
laicos en la vida eclesial, que caracterizó el estilo misionero de Gabriel Taborin. “Gabriel Taborin
es hijo de la Revolución, hijo de la resistencia y del amor de un pueblo de montaña a su tradición y a
su fe, hijo de la movilización inesperada del laicado. o habrá que olvidarlo nunca.” (Hno. Enzo
Biemmi: El desafío de un religioso laico: el Hno. Gabriel Taborin, cap. I).
1.2. En una familia cristiana
La vida familiar en Belleydoux dejó en Gabriel una marca profunda a lo largo de su vida.
Tenemos como prueba dos testimonios suyos escritos al final de sus días. Ambos nos hablan con
claridad de esa huella duradera.
En su autobiografía dice: “Tengo el consuelo de haber nacido de un padre y una madre
virtuosos que se unieron y vivieron según la voluntad de Dios. Gozaban apacible y cristianamente de
un modesto bienestar, fruto de su vida de trabajo. Vivieron en Belleydoux, lugar donde vi la luz del día
en 1799, el primero de noviembre, y donde tuve la dicha de recibir el santo bautismo. Por gracia
especial de la Bondad Divina, los dignos autores de mi vida me dieron siempre el buen ejemplo y me
educaron cristianamente desde mi más tierna edad”. Y en su Testamento espiritual añade: “Puedo
testimoniar con profundos sentimientos de agradecimiento que he tenido la satisfacción de ser hijo
de unos padres cristianos que me criaron siguiendo los principios de la religión. Se lo agradezco
de todo corazón y pido a Dios que los recompense por ello en el cielo”.
El conjunto de los datos biográficos y de los testimonios con que contamos para reconstruir
los años de la infancia y juventud de Gabriel muestra que su familia respondía a las características
normales de las de su ambiente y de su época: matrimonio de jóvenes adultos, numerosa prole,
trabajo asiduo, profunda fe y religiosidad.
La familia Taborin estaba bien arraigada en Belleydoux desde hacía mucho tiempo, contaba
con numerosas ramificaciones en los pueblos vecinos (Josefa Poncet, la madre de Gabriel,
“pertenecía a una familia con muchos parientes en la parroquia”, Vida. p. 21) y algunos de sus
miembros desempeñaban cargos en la administración local. Desde el punto de vista religioso, era
una de las familias que vivió de cerca las consecuencias de la Revolución y contribuyó a la
reconstrucción del pueblo y a la reafirmación de la comunidad cristiana en el periodo de la
Restauración.
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El padre de Gabriel, Claudio José Taborin, nació el 9 de marzo de 1756 en uno de los caseríos
del municipio de Belleydoux. En 1786 contrajo matrimonio con María Josefa Poncet Montange con
quien tuvo siete hijos: de ellos tres murieron siendo niños.
“El padre de Gabriel, Claudio José Taborin, ejercía la profesión de posadero, y
comerciaba, además, en quesos”. Con estas palabras se abre la biografía del Hno. Gabriel escrita
por el Hno. Federico Bouvet. El albergue o posada estaba en la misma casa donde residía la familia.
Y el biógrafo anota poco después que los huéspedes eran invitados a participar en algunos de los
actos de la familia. El padre de Gabriel “por la noche, al llegar la hora de acostarse, no le bastaba
con reunir a toda la familia para rezar juntos, sino que se dirigía a sus huéspedes... y los invitaba a
unirse a la familia”1. Su papel en el pueblo adquiere una cierta importancia: es el primer consejero del
alcalde Claudio Mermet, el gran propulsor de la reconstrucción del pueblo después de la Revolución.
En la parroquia es miembro de la comisión económica y su presidente de 1812 a 1822. Claudio José
Taborin colaboró en primera línea en las principales iniciativas del pueblo. Murió el 6 de marzo de
1826.
La madre de Gabriel, María Josefa Poncet-Montange, nació en 1755, y se casó en primeras
nupcias a los 28 años con Francisco Roybier, que murió cinco meses y medio después, sin dejar
descendencia. Dos años y medio después se casó con Claudio José Taborin. De los siete hijos que tuvo,
el alumbramiento más difícil fue el último, el de Gabriel. Quizá sea esa la razón por la que tenía una
predilección especial por él.
Un apunte de uno de los compañeros de Gabriel revela un rasgo muy delicado de la relación
de la señora María Josefa con su hijo Gabriel: “Incluso su madre le hablaba frecuentemente en
particular y le pedía vivamente que cambiara de línea de conducta: “Vamos Gabriel, le decía, no
hagas eso (es decir, no celebres la misa, ni digas sermones); ya ves que se ríen de ti. Vamos,
querido, por amor a la familia, no hagas eso” El pequeño Gabriel no hacía mucho caso. Su única
preocupación era hacer el bien y pensaba que todo estaba permitido para conseguirlo. Las gentes
buenas, las personas llevadas a la piedad lo alababan, respetaban y veían en él como un ángel
encargado de guiarlas” (Testimonio de José Poncet).
La madre de Gabriel murió en 1837, a los 82 años. En su lecho de muerte, dijo al párroco de
Belleydoux, el P. Juan Pedro Mermillod, a propósito de Gabriel: “Este pobre hijo ha sido mi consuelo
y casi mi único recurso2”.
Si la relación de Gabriel con sus padres fue siempre afectuosa y serena, con sus tres
hermanos fue más compleja y a veces difícil. Recordemos que Francisco María, el mayor de ellos,
tenía 11 años más que Gabriel. Como recuerdan sus compañeros de infancia: “Sus hermanos y los
criados de la familia Taborin criticaban duramente a Gabriel y lo trataban de perezoso. Pero él no
hacía caso de eso. o le iban bien los rudos trabajos del campo. La oración, el estudio, los
sermones y la confección de rosarios ocupaban la mayor parte de su tiempo”.
1.3. Una rica experiencia de vida en familia
Para completar el cuadro de la familia Taborin podemos añadir algunos otros detalles que
parecen significativos.
Ya queda apuntado más arriba la modesta actividad de hospedería y de venta de quesos de la
familia. Los escritos hablan también de “una alfarería”3. Cabe suponer naturalmente que los
“obreros” de esa industria familiar eran los mismos que trabajaban en la posada como “camareros”.
1
Hno. Federico Bouvet Vida p. 20
Carta del P. Juan Pedro Mermillod, párroco de Belleydoux, al Hno. Gabriel Taborin, 10/04/1837.
3
Positio p. 16.
2
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Los miembros de la familia, ayudados por un criado y una criada, se ocupaban además en
actividades forestales y agrícolas y, sobre todo, en la cría de ganado. Ese mundo del trabajo
doméstico, al que Gabriel se incorporó desde muy pequeño, le abrió también hacia un nuevo tipo de
relación con sus compañeros.
Las biografías subrayan con insistencia la profunda religiosidad y la coherencia de vida de la
familia Taborin. Gabriel obtuvo la autorización de sus padres para dedicar a oratorio una habitación
de la casa. “Gabriel, lleno de alegría, adornó aquella habitación lo mejor que pudo e hizo de ella
una especie de capilla, en la que levantó un altar” (Vida. p. 32). Además de las celebraciones y
procesiones campestres organizadas por Gabriel con sus compañeros, cabe suponer que otras se
realizaban en ese oratorio doméstico.
Después de la primera comunión, Gabriel fue enviado a estudiar primero a Plagne y luego a
Châtillon-de-Michaille, pues en Belleydoux no había escuela. Sus padres, de acuerdo con el
párroco, deseaban que se formase para ser sacerdote. “Pero (como él mismo dice en su
autobiografía) la providencia divina tenía sobre mí otros designios. La lectura de la vida de los
santos, a la que me entregaba con asiduidad, me había comunicado una fuerte inclinación por la
vida religiosa, y sobre todo por aquel tipo de vida religiosa en el que uno se dedica de modo
especial a la educación de la juventud y a ornar los santos altares”.
Con sorpresa de todos, Gabriel vuelve a Belleydoux y se le confía la colaboración con el
párroco en todas las actividades de animación de la parroquia: canto, liturgia, sacristía, catequesis.
Casi simultáneamente, el alcalde, de concierto con el párroco, le propone hacerse cargo de la
educación de los muchachos del pueblo, pues el maestro designado no se presentó. Gabriel acepta
esa responsabilidad a los 17 años, y como el municipio no disponía de un edificio para la escuela,
pide a su familia la posibilidad de dedicar una sala de la casa familiar como aula. De esta forma la
casa familiar, que tenía ya un oratorio, se convierte también en escuela. Hasta los 25 años Gabriel
ejerce todas esas actividades con el entusiasmo misionero que lo caracterizaba. La gente los llamaba
ya “Hermano” antes de ser religioso.
La riqueza y complejidad del mundo familiar del joven Gabriel puede fácilmente intuirse
considerando la lista de las personas que, por una u otra razón, vivían en la casa Taborin. Además
de sus padres y hermanos (el mayor con su esposa e hijas después de casarse) estaban los criados,
las personas de paso en la posada, los alumnos y pensionistas, etc. Así pues, ya desde los primeros
años, Gabriel estuvo en contacto con gentes ajenas a su familia. A pesar de su carácter reservado,
esta experiencia pudo abrirlo hacia horizontes más amplios que los del núcleo reducido del hogar.
2. La espiritualidad nazarena del Hno. Gabriel
Gabriel sale de Belleydoux en 1824 en busca de una comunidad, que la divina Providencia
lo llevaría a crear él mismo, tras un período de siete años de vida itinerante en el que realizó varios
intentos de fundación. En repetidas ocasiones intentó realizar el proyecto para el que sentía llamado
hasta que finalmente pudo realizarlo en el pueblo de Belmont a partir de 1829.
2.1 El núcleo de la espiritualidad del Hno. Gabriel
Uno de los primeros pasos del Hno. Gabriel en la fundación de su Instituto fue el de
cambiarlo el nombre. En los primeros intentos lo había llamado “Hermanos de San José”. Cuando
llega a Belmont, sin que se conozcan con exactitud las motivaciones ni la fecha, le da el nombre de
“Hermanos de la Sagrada Familia”.
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No se trataba de un detalle insignificante, puesto que para el Hno. Gabriel en el nombre
estaba el núcleo esencial de su espiritualidad. En la regla de vida que escribió para la Congregación
dice: “La Sociedad de los Hermanos de la Sagrada Familia ha sido fundada para honrar a la
Santísima Trinidad. Para los asociados su fiesta será la segunda en importancia y rezarán cada día
con respeto tres veces el Gloria al Padre: por la mañana, a mediodía y por la tarde... La Sociedad de
la Sagrada Familia ha sido también fundada para honrar las virtudes de Jesús, María y José, y para
atraerse su protección durante la vida y en la hora de la muerte. Esta Sociedad llevará únicamente el
nombre de Congregación de los Hermanos de la Sagrada Familia y en ningún caso podrá unirse ni
ser asociada a cualquier otra congregación u orden. Los asociados celebrarán anualmente la fiesta
de la Sagrada Familia el jueves antes de la octava de la atividad de la Virgen. Será la primera y
principal fiesta en la casa más importante de la Sociedad y en las otras casas autorizadas a tener
capilla...” (Constituciones de 1836 art. 1 y 2)
Si se lee con atención este texto del Hno. Gabriel, puede observarse que hay una primera
referencia a la Santísima Trinidad y luego a la Sagrada Familia, que es la patrona principal del
Instituto. Esa intuición que coloca a la Sagrada Familia como modelo inmediato con una referencia
primera a la Santísima Trinidad para la fundación del Instituto y luego para la construcción de la
comunidad ha constituido la experiencia fundante y la orientación principal de la espiritualidad del
Instituto de los Hermanos de la Sagrada Familia y actualmente de la Familia Sa-Fa.
El Hno. Gabriel se referirá constantemente a la Sagrada Familia a lo largo de su vida.
Cuando narra el traslado de la comunidad de Belmont a Belley en 1840 y no pudo entrar en el
convento que pensaba haber adquirido, quedándose prácticamente en la calle, escribe: “En aquellas
circunstancias nos parecíamos a nuestros santos Patronos María y José cuando fueron a Belén.
Todos parecían rechazarnos y no había casa alguna que pudiéramos comprar o alquilar. Sólo el
santo obispo se enterneció con nuestra lastimosa situación.” (Reseña histórica)
En la Circular que escribía cada año para convocar a los Hermanos a la Casa-Madre para la
reunión anual, que comprendía como acto central la celebración de la fiesta de la Sagrada Familia,
usaba con frecuencia la expresión de reforzar o estrechar “los vínculos que nos unen en Jesús,
María y José”. Esa reunión debía llevar a una renovación espiritual, pero también a estrechar dichos
vínculos. Decía: “Al igual que vosotros, también nosotros vemos llegar con ilusión queridos
Hermanos, ese tiempo precioso en el que nos debemos ayudar mutuamente y así juntos tomar las
medidas necesarias para vuestro mayor provecho espiritual y para el bien espiritual y material de
nuestro Instituto. Además ese tiempo nos servirá para estrechar cada vez más los vínculos que nos
unen siempre en Jesús, María y José”. (Circular N° (1) 28-8-1843).
2.2 El “espíritu de familia”
Las Constituciones actuales de los Hermanos de la Sagrada Familia presentan el “espíritu de
familia” como “el núcleo vital de su espiritualidad”. Cuando, después del Concilio Vaticano II, se
elaboró el primer proyecto de estas Constituciones se trató de insertar el “espíritu de familia” como
“hilo conductor” de todos los aspectos de la vida de los Hermanos, pues los representantes de las
comunidades habían constatado que era la experiencia fundamental y el elemento central de su
unidad en la historia y en la actualidad del Instituto.
Pero ¿qué es el “espíritu de familia”? El Hno. Gabriel en el texto clásico de una de sus
últimas circulares que todos conocemos decía cuál es su origen y cuáles son algunas de sus
manifestaciones en una comunidad religiosa: “El espíritu de cuerpo y de familia...ace de la caridad
y, en consecuencia, de Dios que es la caridad misma. Todos los miembros que componen una
Congregación en la que, de verdad, exista este espíritu, tienen un solo corazón y un alma sola; se
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aman y se ayudan mutuamente, comparten las alegrías, las penas, los éxitos y los fracasos de todos;
las atenciones recíprocas y una entrañable fraternidad unifican los espíritus y caracteres más
diversos; lo que es de uno pertenece a todos y dejan de tener sentido las palabras "mío" y "tuyo";
cada uno se considera menos que los otros y Dios reina sobre todos...” (Circular n. 21, 1864).
En la tradición del Instituto, continuando el pensamiento del Fundador, se dijo que era “el
espíritu que reinaba en Nazaret” y se explicitó en el lema: “En azaret se oraba, se trabajaba, se
amaba”.
En la formulación más reciente se ha intentado una explicación más completa del espíritu de
familia:
“Este espíritu deriva de los lazos vitales
que unían a los miembros de la Sagrada Familia de azaret
y cuya fuente primera es la Santísima Trinidad.
Este mismo espíritu eleva y transforma los vínculos
que Dios ha dispuesto que haya en la familia natural
para que ésta realice su vida en común y su misión educadora. (Constituciones,
11)
Se habrá notado que para mostrar de forma concreta en qué consiste el “espíritu de familia”
las Constituciones acuden a la “familia natural”. Y lo hacen desde el punto de vista de las relaciones
personales existentes entre sus miembros. En la familia los lazos vitales (paternidad, maternidad,
fraternidad, etc.), de hecho puramente biológico, pasan a ser relaciones entre personas y elementos
educativos de primera importancia. La familia se configura así como un ámbito fundamental de
comunicación humana donde se transmite y se recibe la vida, y cuya esencia última es el amor.
Aparece así toda la amplitud de esa “experiencia de vida” que tiene su realización más plena en la
Sagrada Familia, imagen viva de la Trinidad, y que Dios ha colocado ya desde el principio en la
familia natural. La comunidad de los Hermanos está llamada a formar esa “nueva familia” (Lc 8,
21), unida por los lazos del amor y abierta a todos, que Jesús ha venido a reunir con su palabra y a
crear mediante su muerte y resurrección”. (Cf. Comentario de las Constituciones)
2.3 La interacción escuela-familia-parroquia.
La expresión más característica de la espiritualidad que tiene su origen en el Hno. Gabriel,
en el ámbito de las actividades, es la interacción entre escuela, familia e iglesia local. Es lo que él
había vivido en Belleydoux en un ambiente de “cristiandad”, donde comunidad humana y
comunidad cristiana se superponían y casi se identificaban. El informe que el párroco de
Belleydoux José Rey presenta en 1804 comienza con estas palabras: “Católicos en mi parroquia,
alrededor de 900. Todos los habitantes son católicos. Todos frecuentan los sacramentos y asisten a los
oficios” (En Hno. Enzo Biemmi: El desafío de un religioso laico: el Hno. Gabriel Taborin, cap. II).
Situar las actividades de la misión educadora y evangelizadora en la comunidad humana y cristiana no
es sólo un rasgo ejemplar sino que constituye un aspecto esencial y original del carisma del Hno.
Gabriel en el aspecto operativo.
Cuando intentó fundar una congregación religiosa de Hermanos le asigna esta misión: “La
Sociedad de la Sagrada Familia tendrá como finalidad toda clase de buenas obras. El objetivo
principal será ayudar a los Sres. curas de los pueblos y de la ciudad como maestros de las escuelas
parroquiales, ayudantes del culto, catequistas, cantores y sacristanes. Podrán también acudir, en
caso de necesidad y a petición de las autoridades, a los hospitales para cuidar a los enfermos y a las
cárceles para atender a los detenidos”. (Constituciones de 1836, art. IV).
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A medida que iba avanzando el siglo XIX, se hacía cada vez más difícil mantener la unidad
inicial: una escuela en una parroquia. El desarrollo del sistema educativo y la evolución de la
sociedad exigía distinta organización. La enseñanza absorbía la totalidad de la actividad de algunos
Hermanos, sobre todo, los directores de las escuelas en las poblaciones más grandes y también las
sacristías de las grandes ciudades pedían nuevas competencias y personal especializado. Aún así,
siempre se mantuvo en tiempos del Hno. Gabriel esa cercanía y relación intensa, aunque a veces
difícil, entre la actividad docente en la escuela y la actividad de ayuda a las actividades parroquiales
(canto, liturgia, catequesis).
Entre los innumerables testimonios de ese proyecto de interacción seleccionamos el que
ofrece el libro Camino de la Santificación, que el Hno. Gabriel publicó en 1843. Dice en la
introducción “Por mi posición y mis relaciones cotidianas con las escuelas, las iglesias y las
familias, he podido percibir cuál sería la utilidad de poner en manos de la juventud cristiana,
especialmente de la juventud de las zonas rurales, un libro económico, que a su vez pueda servir en
las escuelas, en las iglesias y en el seno de las familias, constituyendo la entera biblioteca religiosa
de las más pobres... Conozco gran número de parroquias, en las que los sacerdotes han
introducido el encomiable hábito de hacer cantar a todos los fieles en la iglesia; nada puede ser
más edificante. Este libro podrá servir para esa finalidad; los niños que lo tuvieren, aprenderán a
leer en latín en la escuela, y podrán cantar entonces con mayor facilidad en la iglesia, siguiendo
los principios que sus maestros habrán tenido el cuidado de inculcarles... Quiera Dios que esta
obra produzca frutos de salvación, que se difunda en el seno de las familias, que atraiga muchas
almas al servicio de Dios, ganando tantas para su causa como las que los malos ejemplos y los
malos libros llevan a perderse cada día. Que el Señor se digne bendecir este libro y mostrar él
mismo a los hombres el Camino de la santificación, y llene de gracias a aquellos que lo lean y lo
tengan en sus hogares”. (Hno. Gabriel Taborin El camino de la Santificación, Introducción). Como
puede verse el Hno. Gabriel pretende establecer con su libro una relación entre la escuela, donde el
niño aprende, la familia, donde el niño vive y la iglesia, donde el niño celebra su fe.
En último término se percibe el proyecto de realizar en ámbitos cada vez más extensos esa
red de relaciones que se encuentra en el núcleo familiar y que permite el crecimiento de las
personas en todas sus dimensiones. Cuando el Hno. Gabriel habla de las actividades de los
Hermanos las presenta como “funciones públicas”, sociales podríamos decir.
3. La incidencia de la espiritualidad del Hno. Gabriel en nuestras familias y en nuestras
escuelas hoy
Somos conscientes de la distancia, no solo cronológica, sino sobre todo de la producida por
la evolución de la sociedad y de la Iglesia en los doscientos años que nos separan del Hno. Gabriel.
Su experiencia de vida y sus enseñanzas pueden, sin embargo, ser un estímulo de vida para nosotros
hoy. El Instituto que él fundó y las personas y grupos que lo tienen como referencia han vivido y
transmitido sus convicciones a lo largo de la historia nos ayudan a establecer un vínculo con su
persona.
3.1 Familias y escuelas abiertas que acogen la diversidad.
Tanto la familia en cuanto ámbito donde se acoge y se transmite la vida humana, como la
escuela en cuanto lugar de educación y de humanización, se ven confrontadas siempre a la tensión
existente entre el esfuerzo por mantener su propia identidad (y su intimidad en el caso de la familia)
y el de abrirse hacia otras realidades.
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La experiencia del Hno. Gabriel nos ha presentado una familia que acoge en su casa un
oratorio y una escuela, una casa por donde a lo largo de los años, al lado del núcleo familiar, va
pasando mucha gente.
En este comienzo del siglo XXI son muchos los desafíos que se presentan a nuestras
familias y a nuestras escuelas, pero seguramente uno de los principales es su capacidad de
adaptación a una sociedad y a una cultura en rápida evolución. Muchos desearían que la familia
quedara relegada únicamente al ámbito de lo privado y muchos también acentúan el calificativo de
“privada”, cuando se trata de calificar la escuela no estatal, como si no desempeñara también ella un
servicio público.
Nuestras familias y nuestras escuelas deben se hoy “abiertas”, “dialogales”, “situadas” en su
territorio y en el mundo de las relaciones humanas, sociales y culturales. Cada una en su nivel, la
familia y la escuela son “sujetos sociales” y por lo tanto portadoras de valores y sujetos de derechos
y de deberes.
La familia intenta aportar a la sociedad, entre otros muchos valores, una respuesta a esa
necesidad que toda persona tiene de afecto estable y de relación íntima y profunda que le hace
posible reconocerse a sí misma como un ser único y amado por lo que es. En la familia cada
persona, antes de tener un rol, tiene un rostro. (Entre paréntesis diremos que si nos hemos reunido
en Turín esta vez ha sido también para ver el rostro de Alguien que, aunque luego desfigurado por
el sufrimiento, se había formado en el seno de una Familia).
La escuela, además de transmitirle los saberes, ayuda a la persona desde los primeros años a
abrirse a un ámbito de relaciones cada vez más extenso, haciendo de mediadora entre la familia y la
sociedad.
Una de las exigencias (tanto para las familias como para las escuelas) de las sociedades
actuales, caracterizadas por los flujos migratorios y por la interculturalidad, es la acogida e
integración de la diversidad. Familias y escuelas tienen de por sí una buena experiencia de acogida
de la diversidad, pues a ellas llegar periódicamente nuevas personas (cada nuevo nacimiento en la
familia, cada nuevo curso en la escuela). Hoy se les pide dar un paso más en esa misma experiencia.
Pero para saber vivir la acogida y la integración de la diversidad (hoy también la
diversidad étnica, cultural, religiosa) hay que situarse en la “lógica del don”: estar dispuestos a dar y
estar dispuestos a recibir, de manera que el enriquecimiento sea mutuo.
Sobre la “lógica del don” hay una reflexión importante de Benedicto XVI en su encíclica
Caritas in veritate. Dice así: “Hemos de precisar, por un lado, que la lógica del don no excluye la
justicia ni se yuxtapone a ella como un añadido externo en un segundo momento y, por otro, que el
desarrollo económico, social y político necesita, si quiere ser auténticamente humano, dar espacio
al principio de gratuidad como expresión de fraternidad” (CVI 34).
Ese espacio de gratuidad es imprescindible para mantener la frescura y originalidad del don,
dejar que despliegue todo su dinamismo y sea auténticamente humano.
3.2 Familias y escuelas que cultivan la dimensión espiritual.
La espiritualidad no es un sobreañadido a la vida humana, sino la perspectiva que ayuda a
comprenderla en todas sus dimensiones y ofrece los medios para realizarla en plenitud.
El Hno. Gabriel propone acercarse a la familia constituida por Jesús, María y José en
Nazaret y “entrar bajo su humilde techo” para inspirarse en la construcción de una comunidad que
sea comunión de personas (como grupo humano, familiar, escolar, social), teniendo como referencia
última en la Trinidad divina.
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Esta espiritualidad ayuda en primer lugar a tomar conciencia de la propia realidad para que
no se quede en vagas afirmaciones de principios.
La familia y la escuela cristianas deben tomar conciencia de sí mismas y de su función en la
sociedad y en la Iglesia. La autoestima y el darse en cada momento razones para ser y para existir
son el fundamento para asumir las propias responsabilidades y para exigir y defender los propios
derechos.
En cuanto realidad humana: “La familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad
y tiene derecho a la protección de la sociedad y del estado”. “Los padres tendrán derecho preferente
a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos” (Declaración universal de los
derechos humanos art. 16.3 y 26.3).
En cuanto realidad eclesial: El Concilio Vaticano II (Lumen Gentium 11) volvió a tomar la
antigua expresión de “iglesia doméstica” para expresar la identidad y misión de la familia. Esa
expresión corresponde a otra empleada por el mismo Concilio para designar a la Iglesia como “casa
de Dios (1Tim., 3,15), en que habita su "familia" (Lumen Gentium 6). Esas expresiones ayudan a
pasar de una concepción “institucionalista” a otra en la que ambas, la familia y la Iglesia, aparecen
en primer término como convocación y comunión de personas.
Lo mismo puede decirse de la escuela cristiana. “Esta escuela tiene, por un lado una
«estructura civil» con metas, métodos y características comunes a cualquier otra institución escolar.
Y, por otro, se presenta también como «comunidad cristiana», teniendo en su base un proyecto
educativo cristiano cuya raíz está en Cristo y en su Evangelio” (Dimensión religiosa de la
educación en la escuela católica, 67)
Pero la espiritualidad no se contenta con ese primer paso de toma de conciencia de la propia
realidad e identidad, propone también un camino con varias etapas de maduración para llegar a la
plenitud. Ese camino, como bien sabemos todos por experiencia propia, no es rectilíneo ni para las
personas ni para los grupos: conoce momentos de tensión y de crisis, de avances y de retrocesos, de
nuevos comienzos y de posibilidades insospechadas.
En la familia como en la escuela se viven con frecuencia lo que algunos llaman “pasos
iniciáticos”: el nacimiento y la muerte en los extremos, pero también los aniversarios familiares y
sociales, los pasos de un curso al otro o de un ciclo de enseñanza al otro. Son momentos
importantes para la vida humana que hay que saber acompañar para que se constituyan en
elementos de verdadero crecimiento tanto para los protagonistas como para quienes están a su lado.
Desde el punto de vista cristiano, la Iglesia ve en los sacramentos (algunos de los cuales se
llaman significativamente “de iniciación”) un acompañamiento dispuesto para que la acción divina
se haga presente en la existencia humana constantemente, pero de manera especial en los momentos
clave. “Los siete sacramentos corresponden a todas las etapas y todos los momentos importantes de
la vida del cristiano: dan nacimiento y crecimiento, curación y misión a la vida de fe de los
cristianos. Hay aquí una cierta semejanza entre las etapas de la vida natural y las etapas de la vida
espiritual”. (Catecismo de la Iglesia Católica, 1210).
La espiritualidad SA-FA lleva a vivir con mayor intensidad la relación de los Sacramentos
con el misterio de la Encarnación, a la valoración de su inserción en la vida cotidiana del cristiano y
a vivir la “sacramentalidad” de los pequeños gestos de la vida. (Manual de espiritualidad)
Saber vivir y acompañar la gradualidad es un elemento educativo fundamental en todos
los órdenes. Es también el mejor medio de prevenir las crisis y rupturas.
3.3 Familias y escuelas que actúan en red.
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La cultura llamada postmoderna en la que nos movemos ha pasado de colocar en primer
término lo racional para valorar más lo relacional.
La intuición carismática del Hno. Gabriel de armonizar y unir las actividades de carácter
educativo y social, como es la educación en la escuela, y las de carácter religioso, como son la
catequesis y la animación litúrgica, le abrieron un camino para situar su acción personal primero y
la de los Hermanos después en una red de relaciones, en su doble vertiente eclesial y social, que
ponían en juego las principales instituciones locales: escuela, familia y parroquia.
La dinámica interna de la familia y de la escuela llevan ya a la interacción. En estos
microespacios sociales cada miembro y cada grupo tiene un papel con respecto a los otros. Y todos
sabemos que muchas veces de la buena salud de esas conexiones depende la transmisión de los
contenidos educativos que se pretende transmitir. Es, pues, importante vivir en armonía esa
dinámica interna a la familia y a la escuela para pretender establecer contactos con otras realidades
sociales o eclesiales del mismo o de diferente nivel.
La Iglesia ha propiciado siempre el asociacionismo familiar. En la “Carta de los derechos de
la Familia” art. 8 se reconoce explícitamente que “Las familias tienen derecho a crear asociaciones
con otras familias e instituciones con el fin de llevar a cabo el papel propio de la familia de manera
apropiada y eficaz, y para proteger los derechos, promover el bien y representar el interés de las
familias”. Naturalmente se pide que ese derecho de asociación sea reconocido también por el
Estado.
Un espacio importante de socialización para las familias es la escuela. No solo para cumplir
su tarea educativa, sino también, y cada vez más, para entrar en relación con otras realidades
sociales y eclesiales y para canalizar actividades de solidaridad y de ayuda en favor de otras
familias o personas, cercanas o lejanas.
Pero la situación de precariedad y de desestructuración de muchas familias y el
individualismo que es una de las marcas de la sociedad actual, lleva hoy a llamar la atención sobre
un aspecto muy importante de la comunicación y de la relación que es la mediación.
Evidentemente no hablamos aquí de “mediación” en el sentido profesional del término
(aunque no está excluido) sino de ese saberse colocar “entre” el uno y el otro para que una persona
o un grupo se expresen, no solo en los momentos de conflicto sino en cualquier circunstancia.
Saber vivir la mediación es crear lugares y tiempos de encuentro para los demás; es
mantenerse a la vez independientes e implicados en los procesos de acercamiento y de diálogo; es,
sobre todo, saber escuchar. Y la escucha nos pide en primer lugar silencio y serenidad interior,
despojarnos de nosotros mismos para hacernos presente al otro y prestarle verdadera atención. Se
trata, en efecto, de crear una “receptividad activa” (Paul Ricoeur), hasta llegar a eclipsarse y crear
un vacío donde pueda nacer un nuevo vínculo entre las partes. En la tradición hebrea se dice que
Dios creó el mundo retirándose para que pudiera existir. Es lo que expresa el poeta Hölderlin
diciendo: “Dios creó el mundo como los océanos han creado los continentes: retirándose”.
Pero la mediación tiene también un aspecto constructivo. Es el sentido de toda la actividad
desplegada para establecer (a veces restablecer) y reforzar los vínculos entre personas y grupos,
para mantener vivas las asociaciones, para establecer conexiones allí donde todavía no existen.
Para el cristiano saber vivir la mediación es hacer una verdadera obra de comunión, es
colocarse allí donde el Espíritu Santo actúa para crear “espíritu de familia”.
Conclusión
Para terminar desearía hacer una invitación a la esperanza. Alguna vez hemos dicho o hemos
oído decir: “Esta casa, esta familia es un infierno”. La misma expresión podría aplicarse a una
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comunidad, a una escuela o a cualquier otro grupo cuando se deterioran o se rompen los lazos entre
las personas, cuando se siente el frío de la distancia o de la ausencia y se llega a situaciones que
bien pueden calificarse de “infernales”.
Pero el cristiano no puede resignarse a tales situaciones. Aun sin llegar a tales extremos, la
esperanza cristiana lleva siempre a dar nuevas oportunidades a las personas e instituciones (es la
forma más simpática de vivir el perdón) y a confiar en la gracia de Dios. Tener esperanza es un gran
acto de fe y de amor.
Un buen ejemplo de esta esperanza activa y comprometida que empieza a construir el Reino
de Dios ya desde esta tierra lo tenemos en la ciudad de Turín, donde nos encontramos. San José
Benito Cottolengo (1786 – 1842, fiesta el 30 de abril) creó aquí un hospital destinado a acoger toda
clase de enfermos, confiando sólo en la divina Providencia. La “Piccola Casa”, como él la llamó se
extendió hasta ocupar una manzana entera y acoger actualmente más de 500 enfermos. Pero lo más
importante es que en esa “ciudad del sufrimiento” el Cottolengo quiso introducir un espíritu tal que
por el trato dado a los enfermes fuera ya una anticipación del cielo, una “brutta copia del Paradiso”
(borrador del Paraíso), decía él.
Algo parecido es lo que dice el Hno. Gabriel cuando presenta el resultado de lo que él
llamaba “espíritu de cuerpo y de familia” en una comunidad (naturalmente aplicable también a un
centro escolar o a una familia). “Lo que es de uno pertenece a todos y dejan de tener sentido las
palabras "mío" y "tuyo"; cada uno se considera menos que los otros y Dios reina sobre todos; se
entregan a los cometidos más humildes y penosos y rivalizan por ser el más humilde, el más
caritativo y el que más trabaje por Dios y la Comunidad; no temen tanto ser ellos atacados como que
lo sea su Congregación, que es lo que más estiman, después de Dios, y de cuyos intereses se ocupan
constantemente; finalmente, la Regla y los superiores reciben de ellos el debido aprecio; obedecen,
practican la pobreza y contribuyen, en la medida de lo posible, a la alegría de sus Superiores y de sus
Hermanos; en una Comunidad así se encuentran la paz, la satisfacción y todas las virtudes” (Circular
21, 1864). Esta es otra anticipación del Paraíso.
Hno. Teodoro Berzal
Belley 2010
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