qué nos deja san juan pablo ii?

Revista de comunión sacerdotal, caridad pastoral y formación permanente
FAMILIA Y VIDA
AFECTIVA
Mtra. Psic. Claudia Tarasco
AÑO XXIII NO. 119
SEPTIEMBRE - OCTUBRE
2015
¿QUÉ NOS DEJA SAN JUAN
PABLO
II?
Óscar Perdiz Figueroa
DEBILIDADES Y
FORTALEZAS DEL
SACERDOTE
Mons. Miguel Romano
EDITORIAL
“Pastores con la ternura de Dios”
P. Rafael Jácome, L.C.
Director del Centro Sacerdotal Logos
El pasado mes de junio el Papa Francisco tuvo un encuentro
con sacerdotes dentro del tercer retiro mundial sacerdotal. En
esa ocasión les pidió a los sacerdotes que fueran pastores con
la ternura de Dios: “que sean pastores con ternura de Dios,
que dejen el látigo colgado en la sacristía y sean pastores con
ternura, incluso con los que le traen más problemas. Es una
gracia, es una gracia divina”.
Creo que a muchos de nosotros sacerdotes nos hace mucha falta pedirle al Señor esta gracia para
nuestra vida pastoral. En esencia se trata de tener el mismo corazón de Jesús, Buen Pastor, para
salir en búsqueda de la oveja perdida y ponerla sobre nuestros hombros para llevarla al redil.
Con la claridad y estilo directo que le caracteriza al Papa nos interpela y pregunta: “¿Haces lo
mismo con tus feligreses, cuando notas que no hay uno en el rebaño o nos hemos acostumbrado
a ser una Iglesia que tiene una sola oveja en el rebaño y dejamos que noventa y nueve se pierdan
en el monte? ¿Tus entrañas de ternura se conmueven? ¿Eres pastor de ovejas o te has convertido
en un peinador, en un peluquero de una sola oveja exquisita …?”
Cuanta aplicación tiene este agudo cuestionamiento al constatar que nuestras iglesias se van
quedando cada vez más vacías y existen muchas ovejas que vagan perdidas por la mundanidad
de la cultura actual llenas de heridas y problemáticas personales y familiares.
Esa misma ternura de Dios que hemos personalmente experimentado a lo largo de nuestra vida
sacerdotal al enseñarnos a caminar por la vida del espíritu, al levantarnos de nuestras caídas y
miserias humanas, es la que tenemos que expresar a las ovejas que Dios pone en el camino de la
vida. Para ello nos invita el Papa a leer y meditar en el silencio de nuestra oración y contemplación
el pasaje del profeta Oseas 11 y redescubrir la ternura de Dios en nuestra historia.
Se trata de seguir el consejo que Pablo dirigía a los Tesalonicenses: “como apóstoles de Cristo,
sin embargo los tratamos con la misma ternura con la que una madre estrecha en su regazo a sus
pequeños”
Por último aprovecho la oportunidad para agradecer a nuestros lectores la oportunidad de
haberles servido en la dirección del Centro Sacerdotal Logos. La obediencia me ha destinado a
otro servicio ministerial en la ciudad de Mérida. Un abrazo y bendición.
CONTENIDO
3 ACTUALIDAD
Pbro. Dr. Armando de León Rodríguez
Aquidiócesis de Monterrey
Pbro. Lic. Francisco Ramírez Yañez
Rector de la UNIVA
14 FORMACIÓN PERMANENTE
20 PASTORAL CATEQUETICA
NUEROSIS: PROPENSIÓN A LOS TRANSTORNOS MENTALES CON SUFICIENTE CONSERVACIÓN DEL JUICIO DE LA REALIDAD (PARTE IV)
8 PASTORAL FAMILIAR
EL CONTEXTO SOCIOCULTURAL DE LA FAMILIA
ACTUALIDAD
LAS DEBILIDADES Y FORTALEZAS DEL SACERDOTE (PARTE 1)
Mons. Miguel Romano Gómez
¿QÚE NOS DEJA SAN JUAN PABLO II?
Óscar Perdiz Figueroa
26EVANGELIZACIÓN
CUARTO MANDAMIENTO DE LA PREDICACIÓN SAGRADA
P. Antonio Rivero, L.C.
35 Pastoral FAMILIAR
FAMILIA Y VIDA AFECTIVA
Nuerosis: propensión a los
transtornos mentales con suficiente
conservación del juicio de la realidad
(parte iii)
Pbro. Dr. Armando de León Rodríguez
Mtra. Psic. Claudia Tarasco
Aquidiócesis de Monterrey
41 FORMACIÓN PERMANENTE
LA IDENTIDAD SACERDOTAL (PARTE II)
Pbro. Dr. Armando de León Rodríguez
Obispo Emérito de Guadalajara
REDACCIÓN
Director P. Rafael Jácome, L.C.
Editor Responsable P. Rafael Jácome, L.C.
Coordinación gráfica Mariana Hernández Ambriz
Colaboradores P. Fernando Pascual, L.C., P. Juan Pablo Ledesma,
L.C., Jorge Enrique Mújica, L.C., P. Antonio Rivero, L.C.,
P. José María Antón, L.C., P. Gonzalo Miranda, L.C., Erika
Mondragón
1. L
as obsesiones. “Son ideas, pensamientos, impulsos
o imágenes recurrentes y persistentes que vienen
experimentadas como algo de lo que la persona no se puede
desprender”.1
1 POLIZZI V., L’identità dell’homo sapiens. Parte II: Psicopatologia generale, Roma, LAS,
1998, 99.
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Se manifiestan asediando la mente del
individuo y no lo dejan en paz.
El sacerdote experimenta que estas ideas
están presentes en gran parte del día o en
momentos o eventos específicos; se esfuerza
por superarlas, pero el esfuerzo que hace
por desprenderse de ellas es insuficiente.
El conflicto interno en ocasiones es leve y
moderado; pero otras veces es verdaderamente
angustiante. Estas obsesiones pueden ser
un signo de la presencia de un conflicto
intrapsíquico o del inicio de un trastorno
mental.
El sacerdote que empieza a desarrollar una
obsesión, advierte con frecuencia ideas o
sentimientos absurdos, violentos, destructivos,
desea golpear a una persona o matarla a veces
sin un motivo concreto, a veces por motivos
que son netamente desproporcionados.
Por fortuna, estos sentimientos agresivos
aparecen sólo como tentaciones a cometer
delitos graves que no vienen actuados, y
prevalece siempre una fuerza interna que se
opone a la ejecución del deseo agresivo.
Pueden ser ideas, pensamientos o imágenes
sobre una persona, el sacerdote se involucra
con una muchacha o muchacho, se aficiona a
dicha persona y su imagen viene a la mente
en diferentes momentos del día, quiere verla
o verlo, se inquieta, se resiste y empieza a
obsesionarse.
También se pueden generar obsesiones como
deseos incontrolados de recibir mensajes en el
teléfono celular; el sacerdote siente necesidad
de saber qué está haciendo la otra persona
en diferentes momentos del día, saber cómo
amaneció, o con quién está, si llegó con bien
a su destino. Puede ser que el sacerdote tenga
necesidad de estar en contacto mediante
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mensajes continuos y permanentes con alguna
o varias personas, como si eso lo tranquilizara
y le diera seguridad.
Puede manifestarse también como obsesión
por ciertas temáticas o conductas. Por
ejemplo:
hablar continuamente de la
sexualidad o en doble sentido; manifestar
repetidas veces coraje o resentimiento en
contra de alguien, enojo o malestar si la gente
mastica chicle, si las mujeres van vestidas con
ciertas prendas, o si algún niño está inquieto
en una celebración litúrgica; adoctrinar a los
fieles permanentemente en la lucha contra
los opresores; realizar continuas agresiones
o pleitos con los fotógrafos de las ceremonias
litúrgicas o con los vendedores ambulantes
que se colocan fuera del templo; pensar
repetidas veces que el obispo, el párroco o el
vicario no lo toman en cuenta o están contra
él; o pensar en una sola persona y sentir
necesidad de ayudarla y sacarla adelante.
El sacerdote tiende a manifestarse como
alguien demasiado minucioso, escrupuloso y
exageradamente preciso en sus operaciones,
de tal manera que cansa a sí mismo y a los
otros con la búsqueda exacerbada de exactitud
no necesaria, no requerida y fuera de lugar. Si
faltan dos centavos, quiere saber dónde están,
aunque no haya monedas de dos centavos.
2. Las compulsiones son actos repetitivos que
una persona realiza sin necesidad, se trata por
lo general de repeticiones o rituales ordinarios,
la persona tiende a ser indecisa, duda de que
haya hecho bien las cosas y las repite una y otra
vez, tiende a ser obstinada, hiperescrupulosa.
La conducta tiene el objetivo de neutralizar o
prevenir algún evento o situación temida.
Las compulsiones más comunes incluyen:
cerrar la puerta y sentir la necesidad de volver
“Cuando empiezan
a aparecer algunos
actos compulsivos
es necesario que el
sacerdote ventile
la situación con
alguna persona
y reflexione para
constatar si hay
algún evento o
situación que lo esté
desencadenando”
a revisar si la cerró, por lo que vuelve a hacerlo una tercera vez
o más. La persona hace cosas que no hacía antes. Antes cerraba
la puerta y tras la primera vez estaba segura de haberla cerrado
bien. Es probable que haya inseguridad porque tiene temor a
ser descubierto en algo que está haciendo ocultamente, por
ello se cerciora una y otra vez de que cerró bien.
Otra compulsión común consiste en lavarse las manos y sentir
necesidad de volverlas a lavar para quedar realmente limpio;
la persona puede sentirse sucia o impura y por ello vuelve
a lavarse las manos. También pude tocar una superficie y
volverla a tocar en repetidas ocasiones, o manifestarse correcto
exageradamente, más de lo ordinario.
Cuando empiezan a aparecer algunos actos compulsivos es
necesario que el sacerdote ventile la situación con alguna
persona y reflexione para constatar si hay algún evento o
situación que lo esté desencadenando.
3. Episodios depresivos. Son trastornos del humor, la persona
se presenta afectada, desanimada y con temores, no se siente
capaz de afrontar las dificultades comunes de la vida y tiende
a retirarse de los ambientes de socialización. Se presentan
síntomas físicos como la inapetencia, el insomnio, cefaleas,
cansancio, desaliento y dolores en varias partes del cuerpo.
Por lo general se trata de experiencias de desvalorización reales
o percibidas, que han desalentado gradualmente al sacerdote,
como el cambio de una parroquia, lo cual considera injusto,
pues no se siente tomado en cuenta para algún proyecto
pastoral importante o para tomar algún curso o para realizar
estudios de especialización, de tal manera que no sabe contar
con sus propias fuerzas, no se fía de los demás, está resentido,
se siente como abandonado, percibe peligros
en muchas personas o acontecimientos, no prueba atracción
por su vocación o por su vida, la cual se presenta sin gozo y sólo
le aporta sufrimientos.
Cuando un sacerdote sufre la pérdida de un ser querido, si no lo
resuelve en un periodo de tres a seis meses, este sufrimiento se
estructura y entonces la persona tiene un conflicto intrapsíquico
no resuelto, se convierte en un trastorno mental con suficiente
conservación del juicio de la realidad. Es decir, trae un conflicto
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no resuelto y sin embargo continúa realizando
adecuadamente su trabajo pastoral. Si no
lo resuelve, la situación de dolor tenderá
a comprometer el análisis de la realidad,
que se manifestará en apatía, sinsentido,
incumplimiento de sus responsabilidades
pastorales y problemas en su ministerio
sacerdotal. Este hermano sacerdote necesita
apoyo y ayuda para salir adelante.
“Aprender a
observarnos y
contar siempre
con alguien a quien
podamos platicar lo
que pensamos o lo
que sentimos”
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Por ello, si observo a un hermano sacerdote
triste, desalentado o sufriente por la pérdida
de un ser querido, que viene a consultarme y
después de escucharlo ampliamente le digo:
“Me da la impresión de que la muerte de su
mamá le dolió mucho y esto lo ha desorientado
un poco y le ha hecho sentir mal, además veo
que le ha disminuido el ánimo para realizar
su trabajo y responsabilidades pastorales”,
seguramente el sacerdote dirá: “Así me siento”.
Y éste puede ser el inicio de un proceso que
lo ayude a salir de esta situación. En cambio,
si le digo: “Usted tiene un trastorno mental
porque está deprimido”, la persona tenderá a
defenderse y probablemente se molestará y
me dirá: “Yo no estoy loco”. Y realmente no lo
está, sólo tiene un conflicto intrapsíquico que
no logra resolver por sí mismo y, por lo tanto,
necesita el soporte de alguien que lo impulse
a salir adelante.
Hay sacerdotes que han perdido el sentido
de su vocación por un acontecimiento injusto
real o percibido, por un cambio de parroquia
o por haberles quitado un cargo que ellos
consideraban importante; hay quienes han
perdido amistades por un mal entendido
o por un comentario sin fundamento. Pero
todas estas dificultades se podrían resolver
de manera distinta, y mejor si se cuenta
con alguien que nos ayude a descifrar las
situaciones
difíciles
confusas que vivimos.
o
Por lo dicho anteriormente,
considero que es importante
aprender a observarnos y
contar siempre con alguien
a quien podamos platicar
lo que pensamos o lo que
sentimos, o aquello que nos
está sucediendo, porque si
no lo hacemos el conflicto
intrapsíquico se desarrolla y
se estructura y compromete
nuestra salud mental.
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PASTORAL FAMILIAR
El contexto sociocultural de la familia
Pbro. Lic. Francisco Ramírez Yáñez
Rector de la UNIVA
Al hablar de todo lo que rodea a la familia
actual, tal como su forma de vida, costumbres,
educación, valores, religión, etcétera, nos
encontramos con una realidad tal vez
inimaginable para nuestros padres y abuelos:
históricamente, la familia ha venido afrontando
diferentes cambios sociales y culturales, tanto
en nuestro país como en Latinoamérica,
desde la lucha de los géneros, en donde en
ocasiones el padre trata de dignificar su rol
mientras que la madre empieza a sentir la
carga de la igualdad, y en donde el rol de los
hijos parece entrelazar la responsabilidad filial
con la autoridad parental, pretendiendo en
ocasiones incluso retar a los padres, hasta las
dificultades económicas, culturales y sociales.
Si bien este desarrollo y esta evolución
también tienen sus fortalezas, como la libertad
de expresión de cada uno de sus miembros y
el reconocimiento más amplio de los derechos
de la mujer y de los niños, no hay que perder
de vista la delgada línea entre la libertad, que
une y fortalece el vínculo familiar (cimentado
en altos valores con Cristo como Maestro),
y el individualismo, al asumir sus propios
deseos, en los que cada miembro empieza a
visualizarse individualmente en su desarrollo
social, profesional y económico, sin considerar
el efecto en el resto de los miembros de
la familia, y acabando por ser miembros
periféricos del sistema familiar, sin límites
claros ni jerarquías respetadas.
“Ayudad a vuestros hijos a salir al encuentro de Jesús, para
conocerlo mejor y para seguirlo, entre las tentaciones a las que
están continuamente expuestos, sobre el camino que lleva a la
auténtica felicidad…” San Juan Pablo II
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Si a lo anterior añadimos la crisis de la fe,
con el pretexto de muchos católicos de que
no hay tiempo para orar o acudir a la Iglesia,
ni para hablar de valores o practicarlos (lo
cual vuelve a las familias más vulnerables
al contexto), con la crisis del matrimonio, se
propicia la orfandad temprana, las familias
monoparentales y/o las familias compuestas,
que no siempre son nutrientes para los hijos,
pues ellos son motivo de contienda entre los
padres, provocando además que a menudo los
papás estén ausentes, cubriendo -en el mejor
de los casos- sólo las necesidades económicas.
Tal parece que la Declaración Universal de
los Derechos Humanos, en el sentido de
que la familia es un elemento natural y
fundamental de la sociedad, se pierde de vista
por un gran número de personas. Y, a veces,
en el mismo interior de la familia, en donde
se olvida fortalecer los lazos de integración,
amor y comunicación entre los hijos y entre la
misma pareja. Hoy en día se está eligiendo la
convivencia que precede al matrimonio, y en
ocasiones se descarta por completo el hecho
de validar civil y religiosamente esta unión,
perdiendo de vista su importancia para el
desarrollo del hombre, ya que es ahí donde se
forjan el carácter y la personalidad de cada uno
de los individuos, quienes a su vez integrarán
la sociedad.
Desde la perspectiva espiritual y
psicoemocional, la familia debiera ser el
contenedor de las angustias de la vida diaria,
el nutriente emocional y espiritual de todo
individuo que afirma la diferenciación y
aceptación de los géneros a natura, la lealtad,
el apoyo en las alegrías y en las dificultades,
puesto que la grandeza de la vida familiar
incentiva el ideal cristiano de comunión
conyugal y fortalece la cercanía con Dios.
Desde la época prehistórica hasta nuestros
días han surgido transformaciones en las
familias; aun cuando el concepto se mantiene,
la estructura va cambiando de acuerdo con el
tiempo y la complejidad de la sociedad,desde
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culturas, también es cierto que en muchas
familias se empieza a visualizar como una
gran área de oportunidad la maravillosa
complementariedad parental, la cual puede
darse a través de la diferencia de género,
donde cada cabeza de la familia aporte la
parte que proporcionalmente corresponda a
cada uno, en el difícil y hermoso arte de guiar
a los hijos.
“la familia está
llamada a ser
templo o casa de
oración”
Sin duda, los aspectos sociales, tecnológicos y
económicos son un reto que puede significar
peligro, pero también oportunidad, ya que los
miembros de la familia están más expuestos
a los medios de comunicación cibernética
y a todo lo que conlleva la tecnología,
siendo su arma y defensa la comunicación,
los limites bien definidos y la presencia de
calidad de los padres. Por otro lado, existe la
dificultad económica que muchas veces lleva
a la necesidad de que todos sus miembros
aporten bienes económicos y salgan a trabajar,
además de continuar con sus estudios y otras
actividades que pudieran restar tiempo para la
integración y el diálogo familiar.
la poligamia y endogamia, cayendo a veces en una falsa
monogamia. Surge inicialmente como una preocupación
biológica por la conservación de la especie, por la necesidad
de proteger a las madres y por los cuidados que requieren los
niños en los primeros años, así como por el sentido de asegurar
la transmisión de una cultura de generación en generación;
todo eso es por muchos tomado a la ligera. Conocer la evolución
de la familia facilita comprender sus fracturas, variaciones, y
también sus logros, así como visualizar elementos que faciliten
redignificar su sentido y su vital importancia.
No podemos ver a la familia aisladamente en
cada uno de los factores expuestos, sino de
manera integral y resonante; ya desde los años
40, Bateson, científico anglo-estadounidense,
señalaba que la mente, el espíritu, el
pensamiento y la comunicación se conjugan
y llegan a constituirse como las principales
formas de cohesión psicológica y social de los
seres humanos, y en este sentido, Salvador
Minuchin, médico psiquiatra, pediatra y
terapeuta familiar argentino (1974), agrega
que cada familia es un sistema y a su vez un
subsistema dentro de la sociedad, y que cada
uno de sus integrantes es de igual manera un
subsistema de esa familia.
Me gustaría tomar las palabras de san Juan Pablo II, en el
sentido de que “… la familia está llamada a ser templo o casa
de oración…”, una oración tan sencilla como encomendar
las acciones y pensamientos del día a Cristo, entregarle el
bienestar de los hijos y de la familia en sus manos, así como
los problemas y retos cotidianos (¿quién mejor que Él para
guiarnos?) y agradecerle hasta por las más imperceptibles
cosas, como amanecer cada día.
Si bien es preciso defender y promover la dignidad de la
mujer, que todavía en algunas zonas es objeto de violencia,
de discriminación, de penalización hacia el don de ser madre,
y de la grave y difundida mutilación genital en algunas
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La resonancia, entonces, es
de doble vía: por una parte,
interna entre todos los
integrantes de la familia y de
ésta hacia afuera, así como
del contexto hacia el interior
de la misma. De manera tal
que la responsabilidad de
preservarla corresponde a
todo ser humano, cada uno
desde su hacer, pues los hijos
que más adelante serán jefes
de familia y que pueden
aportar una nueva perspectiva
de interacciones al seno de la
familia y a la sociedad, son
las verdaderas víctimas de la
desestabilización, e incluso de
la fractura familiar, habiendo
en muchos de los casos
una mirada esperanzadora
de reconstrucción que,
lamentablemente, en el
momento de la crisis no se ve,
o no se sabe cómo verla.
Además de la desintegración
o falta de comunicación,
las sociedades se ven
golpeadas por la pobreza, la
desinformación, la violencia,
el terrorismo, el crimen
organizado, la confusión
de géneros, contribuyendo
a situaciones familiares
deterioradas, y hasta a la
lamentable realidad de
los niños de la calle. Las
migraciones, por su parte,
representan otro signo de
este tiempo que hay que
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afrontar y comprender, con toda la carga de consecuencias sobre
la vida personal, familiar y social. Por todo ello, en el contexto
posmoderno, vemos cómo la familia afronta varios riesgos de
orden psicoemocional y espiritual, en los que es prioritario
fortalecer la conciencia de que el futuro de estos niños depende
de los padres y, de igual manera, el futuro de la sociedad en
gran medida depende de las familias, pues es ahí donde el ser
humano aprende a comunicarse y a interactuar con el mundo;
los valores adquiridos en la familia cimientan su personalidad,
y serán los que ésta lleve consigo al integrarse a la sociedad.
Quisiera concluir con este mensaje para todas las familias: es
de vital importancia, para cambiar el entorno y contexto de la
familia actual, que cada una lo haga desde su propio rol, con la
fuerza de los valores cristianos, y que recuerden que no están
solos, pedir ayuda a tiempo puede hacer la diferencia en las
personas, las familias y las organizaciones.
FORMACIÓN PERMANENTE
Las debilidades y fortalezas del
Sacerdote
S.E.R. Mons. Miguel Romano Gómez
Obispo Emérito de Guadalajara
Con estas palabras, el apóstol san Pablo
reconoce su debilidad como apóstol y ministro,
algo propio de su condición humana; pero
igualmente reconoce que si vive sostenido
por la gracia de Dios, entonces se puede ser
fiel. La imagen del barro del alfarero, utilizada
ya por otros escritores sagrados (cf. Jer. 18,6),
refleja plásticamente la fragilidad del apóstol
y la riqueza de su misión. La gracia recibida
por el sacramento del Orden, la cual constituye
el precioso tesoro que llevamos cada uno de
los ministros consagrados, nos configura con
Cristo, Cabeza y Pastor, haciéndonos partícipes
de su Sacerdocio Eterno. Sin embargo, hemos
experimentado que esta gracia tan singular,
recibida por la ordenación, requiere de nuestra
correspondencia, pues la gracia no viene a
suplantar lo humano, sino a perfeccionarlo y
salvarlo.
Quizá nosotros nos hemos quedado con la
primera parte de la conocida afirmación de
santo Tomás de Aquino, en la que señala
que la gracia supone la naturaleza; pero,
posiblemente, no hemos prestado tanta
atención a otra sentencia que él mismo
señala: la gracia no sólo supone la naturaleza,
sino que la perfecciona.
La gracia supone la naturaleza
“Pero llevamos este tesoro en recipientes de barro para que
aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de
nosotros. Apretados en todo, mas no aplastados; apurados,
mas no desesperados; perseguidos, mas no abandonados;
derribados mas no aniquilados” (2 Co. 4, 7-8).
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Si nos quedamos con la primera parte de la
afirmación, parecería que estamos destinados
a cargar con nuestros defectos, y que la
gracia recibida en el sacramento del Orden
simplemente nos reviste exteriormente.
Por el contrario, si tomamos en cuenta
que, además, la gracia perfecciona nuestra
naturaleza, entonces podremos emprender
entusiastamente un camino de santificación
personal, pese a las debilidades que brotan de
nuestra condición humana. En realidad, Cristo
nos hace los principales destinatarios de la
gracia que hemos recibido y por el sacramento
del Orden, la cual permite perfeccionar
nuestra personalidad humana “de manera que
sirva de puente y no de obstáculo a los demás
en el encuentro con Jesucristo Redentor del
hombre”.
Cristo ha querido depositar en nosotros sus
más grandes tesoros porque somos, ante todo,
sus amigos. Como señalaba el Papa Juan Pablo
II en la carta dirigida desde el Cenáculo a todos
los sacerdotes del mundo, Cristo cuenta con
nuestros defectos para llevar a cabo su obra:
“Es verdad. En la historia del sacerdocio, no
menos que en la de todo el pueblo de Dios,
se advierte también la oscura presencia del
pecado. Tantas veces la fragilidad humana de
los ministros ha ofuscado en ellos el rostro de
Cristo. Y ¿cómo sorprenderse, precisamente
aquí, en el Cenáculo? Aquí, no sólo se consumó
la traición de Judas, sino que el mismo Pedro
tuvo que vérselas con su debilidad, recibiendo
la amarga profecía de la negación. Al elegir
a hombres como los Doce, Cristo no se hacía
ilusiones: en esta debilidad humana fue donde
puso el sello sacramental de su presencia.
La razón nos la señala Pablo: “Llevamos este
tesoro en vasijas de barro, para que aparezca
que una fuerza tan extraordinaria es de Dios
y no de nosotros” (2 Co. 4, 7). Por eso, a pesar
de todas las fragilidades de sus sacerdotes,
el pueblo de Dios ha seguido creyendo en
la fuerza de Cristo, que actúa a través de su
ministerio”.
Sí, Cristo y el pueblo de Dios creen en
nosotros, pero ambos esperan nuestra más
fiel correspondencia. El sacerdote, hombre
tomado de entre los hombres, debe serena
y objetivamente conocer cuáles son las
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debilidades y fortalezas que continuamente lo acompañan
en el ministerio, pues en la medida que las reconozca,
mejores herramientas tendrá para forjarse una personalidad y
espiritualidad más maduras y coherentes con su vocación.
Con el paso de los años, podemos fácilmente acostumbrarnos
e “instalarnos” cómodamente en nuestra propia realidad,
dejando a un lado la vigilancia, la cual debe ser una actitud
permanente del discípulo.
Entonces, podría aparecer la tentación de querer vivir de
la “inercia”, intentando seguir este camino de una forma
pasiva, repitiendo siempre lo mismo y rehuyendo todo
compromiso, aunque las circunstancias hayan cambiado. En
tal caso dejaríamos de esforzarnos por conocernos verdadera y
profundamente para confrontar nuestra vida con el Evangelio,
y emergerían entonces aquellos defectos que traíamos latentes
en nuestra condición humana, la cual, habiendo sido redimida,
aún ha quedado herida por el pecado. Si descuidamos la
vigilancia dejaremos fácilmente abierta la puerta a esas sutiles,
y a veces imperceptibles, trampas del Maligno.
Como seña la Pastores dabo vobis: “es necesario que, a ejemplo
de Jesús, que “conocía lo que hay en el hombre” (Jn. 2, 25; cf. 8,
3-11), el sacerdote sea capaz de conocer a profundidad el alma
humana, intuir dificultades y problemas, facilitar el encuentro y
el diálogo, obtener la confianza y colaboración, expresar juicios
serenos y objetivos” (PDV 43). Por ello, el sacerdote, discípulo
y misionero de Cristo Buen Pastor, debe estar vigilante en la
oración, para reconocer tanto las oportunidades como las
amenazas que se le presentan en su vida espiritual y pastoral.
Por su parte, si bien la naturaleza humana es la misma,
el sacerdote, en los albores del tercer milenio, vive una
situación histórica muy diferente a la que vivieron nuestros
antepasados hace unas décadas. Vivimos tiempos recios
en los que se multiplican tanto las oportunidades como los
retos que nos urgen a encontrar medios más propicios para
una evangelización más adecuada y actual. Esta urgencia de
renovación pastoral debe ir precedida por una urgencia de
renovación interior, de lo contrario, lo exterior sucumbiría. El
sacerdote no únicamente debe prestar atención a los cambios
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“Es necesario que,
el sacerdote sea
capaz de conocer
a profundidad el
alma humana,
intuir dificultades y
problemas, facilitar
el encuentro y el
diálogo, obtener
la confianza y
colaboración,
expresar juicios
serenos y objetivos”
”
que suceden en su exterior, sino que debe
estar muy atento a los cambios que sufre en
su núcleo más íntimo. Debemos recordar que
vivimos una etapa de cambios, no solamente
tecnológicos, sino también en el mundo de
los valores. Esta mutación axiológica influye,
directa o indirectamente, en el sacerdote, pues
no es alguien que viva ajeno a la suerte de los
demás hombres. Como advertía hace casi un
siglo el filósofo español Ortega y Gasset: “yo
soy yo, y mis circunstancias”, lo cual indica que
la historia personal del sacerdote, como la de
cualquier otro hombre, se ve influida, positiva
o negativamente, por el ambiente que le
rodea.
¿Cuáles son las debilidades que con más
frecuencia puede experimentar hoy en día
el sacerdote?, ¿cuáles son las tentaciones
más frecuentes en el ámbito pastoral y en la
vida del pastor? Y, sobre todo, ¿cuáles son las
oportunidades que el Señor Jesús le ofrece
para crecer integralmente? A lo largo de las
siguientes páginas, procuraremos analizar,
someramente, algunas de las principales
tentaciones, debilidades y fortalezas del
sacerdote en este cambio de época.
Debilidades y fortalezas en el campo
de los apetitos sensibles
En el hombre encontramos dos tendencias
naturales evidentes: la tendencia al placer
y la tendencia a evitar lo difícil. Como parte
de nuestra naturaleza, todos tenemos una
estructuración biológica orientada al placer,
que debe ser regulada a través de la templanza
o el autodominio. A su vez, también tendemos
a evitar aquello que presenta dificultad, y
para ello es necesaria la fortaleza, la virtud
de acometer, de ser audaz y de soportar la
dificultad.
Junto con el cambio de época que estamos
viviendo aparece, como una de sus
características, un nuevo tipo de individualismo
de corte estético-emotivo, que también influye
en la vida de algunos consagrados. Se busca
vivir cada vez más por y para la imagen que
presentamos a los demás, pues hoy, con
más fuerza que antes, es más importante el
parecer que el ser. Además, no obstante los
adelantos en materia de comunicaciones, da
la impresión que el sacerdote vive más solo
y aislado que antes, pues vive tan atareado
en diversos asuntos que fácilmente pierde
contacto afectivo con los demás miembros
del presbiterio y de su comunidad. Quien
vive en “su mundo”, manifiesta poco interés
por las necesidades de los demás, y rehúye
sistemáticamente todo compromiso que le
conceda un beneficio para su persona o sus
intereses.
A este nuevo tipo de individualismo debemos
añadir la presencia, desde hace décadas, de
una exaltación cada vez mayor de los sentidos,
que conducen a la búsqueda recurrente
de nuevas y excitantes experiencias que se
pueden llegar a presentar como necesidades.
Muchos de nuestros hermanos, tanto laicos
como sacerdotes, se ven “saturados” ante
el ofrecimiento de tantos placeres, los
cuales adormecen una parte de nosotros,
haciéndonos vivir de manera aletargada. En
el caso del sacerdote, este aletargamiento se
traduce en una seria dificultad para orar – o
incluso en el abandono de la oración –, en la
rutina espiritual y pastoral, al igual que en
una medianía en la actividad pastoral que lo
lleva a hacer lo mínimo, procurándose otras
compensaciones que buscan llenar el vacío
que se tiene.
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La búsqueda del placer se puede volver una
adicción
La búsqueda del placer, tan natural en el ser humano, si no se
modera, controla y regula por la templanza, puede originar
conductas adictivas o al menos una cierta dependencia. Sabemos
que, salvo en el amor a Dios, los excesos no son benéficos para
el hombre, y si éstos tienen por objeto una materia que se
considera moralmente grave, terminan destruyéndolo, incluso
a nivel biológico. Es cierto que confluyen muchos factores
para determinar si alguien presenta una conducta adictiva,
pues es necesario considerar tanto aspectos bioquímicos
como psicosociales; sin embargo, se advierte que los casos de
adicción se han incrementado significativamente en las últimas
décadas. Tan sólo basta considerar la demanda que tienen los
centros de recuperación, los grupos de apoyo y los consultorios
que tratan diversos tipos de adicciones.
La palabra adicción proviene del latín addictio, que significa
“no dicción”. Con ella se designaba a quien seguía ciegamente
al líder, sin emitir juicio alguno ni dialogar. Esta palabra, en su
uso cotidiano, se aplica a quien se convierte en alguien que
se entrega por completo a algo, rompiendo la comunicación
con el mundo y viviendo como un esclavo. Dicha palabra, que
anteriormente se aplicaba generalmente para las personas
que hacían depender su vida del consumo de sustancias
psicotrópicas, actualmente se extiende a otros ámbitos como el
juego, la pornografía, el internet, el trabajo, e incluso a ciertas
personas y sus problemas.
consigo mismo y con el entorno que lo rodea, por ello busca
en la adicción una evasión de su realidad. Cuando se vive sin
moderación es fácil caer en alguna adicción, pues la línea entre
el disfrute y la adicción es tan sutil, que no se sabe cuándo se
cruza, y se pierde la libertad interior.
“Sabemos que,
salvo en el amor
a Dios, los excesos
no son benéficos
para el hombre, y
si éstos tienen por
objeto una materia
que se considera
moralmente
grave, terminan
destruyéndolo,
incluso a nivel
biológico”
Ante la proliferación de las conductas adictivas, también entre
los sacerdotes, es necesario desarrollar una personalidad lo
suficientemente madura y templada que le permita disfrutar y
gozar de lo que lo rodea, sin que por ello pierda su libertad. El
ministro ordenado, como los demás bautizados, está llamado
a vivir libre de cualquier atadura o dependencia, pues en
la medida en que él viva sin ataduras, su ministerio será
evangélicamente fecundo.
Cuando una persona presenta comportamientos obsesivos
(donde no es posible dejar de pensar en algo o en alguien), y
compulsivos (pues le es imposible detenerse ante algo que le
provoca placer), y éstos se presentan, además, con la pérdida
del control, porque la persona deja de controlarse a sí misma
para ser controlada, entonces se trata de un adicto. Los adictos
se caracterizan por preferir recompensas de corto plazo, que les
producen un gozo inmediato, en lugar de buscar recompensas
de mediano o largo plazo. Ellos simplemente viven el presente,
sin importarles las consecuencias que se enfrentarán en
el futuro. Lo anterior está motivado por una insatisfacción
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mayo - junio 2015
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PASTORAL CATEQUETICA
¿Qué nos deja San Juan Pablo II?
Óscar Perdiz Figueroa
Doctor en Teología.
fondo renuncian a la riqueza de vida y herencia
dejada por este hombre excepcional, pues, en
uno y otro caso, se limitan a los sentimientos,
los cuales pasan y no dejan nada.
Ciertamente, Juan Pablo II, como todo hombre,
habrá tenido sus defectos; se pueden criticar
su intransigencia ante algunas teologías de
la liberación o frente al caso de los grupos
integristas, pero su vida y su enseñanza van
mucho más allá. El santo Papa polaco se
caracterizó por buscar sincera y tenazmente
la perfección cristiana, motivo fundamental
de su canonización. Ahora se trata de crecer
aprovechando la herencia de uno de los
grandes líderes morales del siglo XX.
¿QUÉ NOS DEJA SAN JUAN PABLO II?
Nos deja su visión trascendente del dolor.
El dolor tocó a su puerta desde la infancia;
en la foto de su primera comunión, aparece
un Karol lacerado y reflexivo por la reciente
muerte de su madre. Poco después moriría su
hermano mayor que estudiaba medicina. Karol
conservará toda la vida su estetoscopio en el
escritorio de trabajo. En plena invasión nazi y
soviética de Polonia, muere su Padre, cuando
Karol alternaba su actividad de picapedrero y
estudiante de teatro. Siendo Papa, no se bajó
de la cruz en sus últimos años, en medio de
una lenta y punzante agonía que rompía su
capacidad de comunicación. La carta Salvifici
doloris testimonia que el sufrimiento humano
es redención en Cristo.
L
a figura de San Juan Pablo II no es para quedarse indiferente,
de hecho, la mayoría vivió su canonización con gran entusiasmo,
y una minoría con indignación, si no con desprecio, quizá
influida por una cierta propaganda. Pero ambas reacciones, la
del entusiasmo exagerado y la del rechazo por sistema, en el
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Nos deja la convicción de que el trabajo,
cualquiera que sea, es una participación
en el poder creador de Dios y perfecciona
a la persona, esta verdad lo acompañó en
una vida de esfuerzo infatigable, como obrero,
actor o profesor; ya después, siendo sacerdote
y obispo, nunca se ahorró un solo esfuerzo por
llegar a la gente y ayudarla a dar sentido a su
vida. Siendo profesor de Ética en la Universidad
de Cracovia, donaba por completo su salario
para ayudar a los estudiantes más necesitados.
Nos deja también su sentido de la oración,
su vida estaba sostenida y alimentada por el
más allá, por una relación casi natural con Dios
y con María; oraba con el cuerpo tendido en el
suelo y pasaba horas diarias de contemplación
en la capilla. Además, meditaba a diario todos
los misterios del Rosario. La mística que
caracterizó su vida está íntimamente tejida con
los acontecimientos de Fátima y del Señor de
la Misericordia. Por eso, es un extraordinario
testimonio de una vida profunda y con sentido.
El Papa de la Familia
Poco antes de morir, expresó su deseo de ser
recordado como el “Papa de la familia”; quizá
ésta sea su mayor herencia, apenas explotada,
y en el fondo su mayor preocupación, por lo
que le dedicó sus mejores esfuerzos. Desde
su ordenación sacerdotal, formó grupos de
jóvenes católicos en medio de la persecución
de su país, estos chicos fueron creciendo,
adentrándose en el amor y formando familias,
y eso empujaba a Karol a formarse lo mejor
posible para ayudarles a encontrar la vocación
al Amor.
La Teología del Amor se fue fraguando desde
entonces con una gran sinceridad intelectual,
plasmada en escritos de una profundidad
teológica y filosófica excepcionales. Ésta
consiste en preguntarse por el significado y
sentido de la sexualidad humana, a partir de
la contemplación del cuerpo, cuya vocación
parece ser el Amor. En esto el hombre no está
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solo, sino que responde a un
proyecto amoroso de Dios
sobre él.
La sexualidad, imagen de
Dios en el hombre
Dios hizo al hombre a su
imagen y semejanza, esto
también, y principalmente, se
expresa en la sexualidad, que
es la participación del hombre
en algo que es propio de
Dios: el Amor desinteresado
y su capacidad de crear o
procrear. Para Él el Amor y la
sexualidad no son realidades
que hay que condenar, sino
que reflejan la vocación
última del hombre. Por ello,
cada persona está llamada a
descubrir en el propio cuerpo
este proyecto amoroso; y
por ello, el Matrimonio es
una cosa grandiosa y una
participación por sí mismo en
el misterio de Dios. Todo esto
dentro de una meditación
bellísima de los textos sobre
los orígenes que encontramos
en el Libro del Génesis y, a la
vez, apelando a la experiencia
y no a las normas.
San Juan Pablo II nos
recuerda en su obra que todo
hombre que realmente
quiera vivir en plenitud
debe reflexionar sobre su
Principio, sobre el proyecto
original de Dios sobre sí,
pero también al fin último
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y a la vida eterna, y a la vez
bajar al fondo de su corazón
necesitado de redención.
No hay que olvidar que el
hombre está impregnado
por el mal, en eso consiste
el pecado original, en que
nuestras acciones están
divididas y corremos el riesgo
de usar a los otros. El Amor
es, en este sentido, fuente de
redención, y el Matrimonio, se
convierten, en un camino de
redención mutua. Gracias a la
obra de Cristo, el esposo está
llamado a amar a su esposa
como Cristo a la Iglesia, y
viceversa, y así se apoyan
mutuamente en un camino
de perfección. Vistos así, la
fidelidad no es una carga sino
una forma de manifestar el
Amor por el otro, y la castidad
se convierte en un Amor en
plenitud.
escuchar el cuerpo de la mujer, y viceversa,
para no imponerse ni caer en el riesgo de
usarse, sobre todo el hombre a la mujer.
Algo de su legado
Como Papa, Juan Pablo II nos dejó un gran
legado todavía por explorar y aprovechar:
dedicó los primeros años de Pontificado a
estos temas totalmente nuevos y les dedicó
nada menos que 129 audiencias públicas de
los miércoles, conocidas como Catequesis. A
través de las Catequesis, se entienden desde
dentro los principios cristianos sobre el amor
y la sexualidad, como hemos señalado, no
como una imposición desde fuera sino como
un fruto del Amor.
“Cada persona está
llamada a descubrir
en el propio cuerpo
este proyecto
amoroso; y por ello,
el Matrimonio es una
cosa grandiosa y una
participación por sí
mismo en el misterio
de Dios.”
Karol Wojtyla, antes de
ser elegido Papa, ya había
escrito dos grandes obras que
repiensan el amor humano:
Amor y responsabilidad y
Persona y acción, ésta última,
de lectura un poco difícil,
promovió una verdadera
revolución sexual, afrontando
el tema de la sexualidad,
no desde la obligación,
sino desde el Amor y el
descubrimiento mutuo, por
tanto, a través del diálogo,
en el que el hombre debe
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Igualmente tenemos que entender desde sus enseñanzas la
virginidad y el celibato, como una vocación de algunos a ser
testigos de la vida eterna, iluminada por el Matrimonio, y que a
la vez ilumina al Matrimonio.
Fue tal su preocupación por la Familia y el Matrimonio, que
quiso fundar un Pontificio Instituto en el que se estudiaran
estas realidades, quizá las más trascendentales en el mundo de
hoy: el Pontificio Instituto Juan Pablo II los Estudios sobre el
Matrimonio y la Familia con su Sede Central en la Universidad
Lateranense de Roma y con presencia también en México, en
sus Sedes de México D.F., Guadalajara, Monterrey, León, Mérida
y Puebla.
Dios nos pone a los Santos como ejemplos de la Santidad
que nos acercan a Cristo, modelo del hombre por excelencia.
Frente a este hombre, algo en nuestra vida tiene que cambiar,
comencemos por conocerlo.
San Pablo México y el Pontificio Instituto Juan Pablo II para la
Familia han publicado recientemente las Catequesis de San
Juan Pablo II sobre el Amor y el Matrimonio. Te invitamos a
conocer más a nuestro Santo Papa a través de esta obra en tres
volúmenes. De venta en todas las librerías San Pablo de México
y EE.UU.
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EVANGELIZACIÓN
Cuarto mandamiento
De la predicación sagrada
P. Antonio Rivero, L.C.
Esa idea tiene que estar presentada con
alguna metáfora, imagen, novedad, un hecho
o anécdota… Sólo así se graba más fácilmente
en el alma del oyente, pues sonará a novedad
y originalidad.
No ser aburridos con ideas ya trilladas y sin
mordiente. Hay que ser atractivos. Esto no
se logra con excentricidades ni con cuentitos
ni haciendo reír, ¡no! Esto se logra habiendo
meditado mucho y con profundidad en la
Palabra de Dios. Y observando mucho el
devenir humano.
¿De dónde sacar esa originalidad y
novedad en la predicación?
Primero, meditando y rumiando el texto
sagrado, pues así el Espíritu Santo nos inspirará
las palabras más justas, precisas y con pizca
de originalidad. El Espíritu Santo es novedad.
¡Lo ha demostrado impulsando tantas
congregaciones y movimientos, tan distintos
y originales, aunque todos conduzcan a la
misma meta: el cielo! Pero, ¡por mil caminos
diferentes e inéditos!
Orígenes dirá: “Aprender de Dios leyendo
las Escrituras divinas y meditándolas muy a
menudo y enseñar al pueblo. Pero que enseñe
lo que ha aprendido de Dios, no de su propio
corazón o en un sentido humano, sino lo que
enseña el Espíritu” (In Num hom., 16, 9).
“Sé ingenioso y con cierta novedad a la hora de
exponer esa única idea ¡Gracias!
Las ideas trilladas sin el toque “mágico” de la originalidad y
novedad en el modo de presentar esa idea de ayer, de hoy y de
siempre… aburren y cansan.
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También se aconseja, como dijimos, leer
a los Santos Padres, pues son ejemplo en
esto. Siempre nos sorprenden con alguna
novedad. Léelos y verás cómo poco a poco tus
ideas, tus predicaciones estarán revestidas,
curiosamente, de ese toque atrayente, pues
ellos nos ofrecen la Palabra de Dios con
imágenes brillantes, comparaciones y antítesis
desconcertantes, juegos de palabras, sin
dejar la hondura teológica y la espiritualidad
vivencial.
Hace años di un congreso en Los Ángeles y
hablé del matrimonio. Manejé la idea-imagen
del edificio matrimonial para que tuviese
originalidad y novedad. Les hago partícipe de
mi conferencia.
Queridos matrimonios: Quiero comparar
el matrimonio a un gran edificio que se va
construyendo día a día, minuto a minuto,
segundo a segundo. El día del casamiento se
pone el primer ladrillo. Y el día de la muerte,
el último.
Del esposo y de la esposa, junto con los hijos,
depende:
• La solidez de ese edificio.
• La belleza de ese edificio.
• La luminosidad de ese edificio.
• La limpieza de ese edificio.
• La altura de ese edificio.
1. Solidez del edificio
¿De qué depende la solidez del edificio
matrimonial?
De los cimientos y columnas. La solidez de una
casa no depende de los cuadros que colgamos
en la pared, ni de la antena parabólica, ni de
la bella chimenea que hermosea y calienta
el rincón de nuestra casa. Para que un
matrimonio sea sólido, resistente a todos los
vientos, huracanes y sismos, es necesario que
tenga unos cimientos bien sólidos, graníticos,
macizos.
¿Cuáles son esos cimientos y columnas sólidos
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y macizos en el matrimonio?
La piedad, esa virtud hermosa
que reúne a toda la familia
en torno a Dios todos los
domingos, que junta todos
los días a padres e hijos junto
a un cuadro o una imagen
de la Virgen a quien rezan
un poco. La piedad es la
que mueve a esa familia a
bendecir los alimentos antes
de las comidas.
La fe es otro cimiento
y columna sólida en el
matrimonio. La fe que les
permite ver todas las cosas
que les ocurren a la luz de
Dios, es más, ven la mano de
Dios en todo. La fe les hace
superar las crisis y posibles
vaivenes de la vida.
El amor es una columna
sin la cual el edificio del
matrimonio se derrumba. El
amor como entrega, sacrificio,
donación, capacidad de
comprensión y bondad.
La fidelidad no puede faltar
como cimiento que sostiene
toda la casa matrimonial. La
fidelidad a la palabra dada.
La fidelidad al otro cónyuge.
Fidelidad a los deberes del
propio estado. Fidelidad
en la prosperidad y en la
adversidad, en la salud y en la
enfermedad.
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Y sacrificio, como cimiento macizo del edificio
matrimonial. ¿Qué es el sacrificio? Es ese
saber sufrir, soportar, aguantar todos los
contratiempos de la vida. Ese poner buena
cara a lo que nos cuesta o nos desagrada. La
vida matrimonial y cualquier vida humana
está llena de sacrificio, porque el sacrificio
es ingrediente del devenir humano. Es
el sacrificio el que nos hace madurar y va
quitando de nosotros esas actitudes egoístas
y caprichosas.
Si éstos son los buenos y sólidos cimientos,
¿cuáles serían los cimientos débiles, de paja,
de barro? Los gustos, los caprichos, el egoísmo,
la indiferencia religiosa.
2. Belleza del edificio
La belleza de una casa depende del buen gusto
en las dimensiones, proporciones, simetría.
Y la belleza de un matrimonio, ¿de qué
depende? Del amor. El amor es el que
embellece al matrimonio, le da sus perfiles
hermosos, permite la serenidad en cada rincón
de casa, hace sonreír a padres e hijos.
“La vida matrimonial y
cualquier vida humana está
llena de sacrificio, porque el
sacrificio es ingrediente del
devenir humano. Es el sacrificio
el que nos hace madurar
y va quitando de nosotros
esas actitudes egoístas y
caprichosas”
¿Qué es el amor? Es difícil definir el amor,
pues el amor no es para explicar. El amor es
para vivir, para dar, para recibir. El amor es esa
fuerza interior que me hace salir de mí mismo
para darme a los demás, para entregarme a
mi amado, sin buscar compensaciones, sin
obligarle ni forzarle a que me ame. El amor
es saber callar los defectos del otro, salir
al encuentro del otro cuando lo necesita,
es ofrecerme al otro, perdonar al otro,
comprender al otro, ofrecerle limpiamente
mi cariño. El amor exige una buena cuota de
desprendimiento personal, de sacrificio y de
renuncias por la persona a quien amo.
¿Por qué el amor embellece el edificio
matrimonial? Porque va quitando aristas
que sobran, puliendo superficies rugosas,
limpiando azulejos sucios, empapelando
con buen gusto paredes descarapeladas o
en mal estado. El amor se fija en el detalle
bello del ramo de flores para la esposa, en
ese dejar la ropa olorosa al esposo. El amor
es el perfume del hogar. El amor es afecto, es
decir, ternura, acercamiento cariñoso al estado
anímico del otro. El amor es amistad, es decir,
quiere el bien del otro y une a las personas.
El amor no se empolva. El amor verdadero
embellece el hogar. El amor hace crecer sanos
física y psicológicamente a los hijos. El amor
rejuvenece al matrimonio.
La falta de amor afea el matrimonio, desteje
el paño familiar, raya las escaleras que
hermosean la casa, quiebra las lámparas
colgantes, ensucia las alfombras de los
recibidores y exhala un mal olor en toda la
casa. La falta de amor provoca las discusiones,
hace subir el tono, hiere los sentimientos de
las personas a quien más deberíamos amar. La
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falta de amor distancia los corazones, las almas y los cuerpos. La
falta de amor descuida los detalles y le hace a uno ser grosero.
La falta de amor envejece al matrimonio.
El amor es fuego que calienta esa casa. La primera que lo
enciende es la madre, que es el corazón de la familia y es la
primera en levantarse. El amor es ese fuego que el marido,
el papá, debe mantener a lo largo del día, desde su trabajo,
llamando por teléfono a su mujer, trayendo a casa siempre y
todos los días, algo de leña para alimentar ese fuego del amor
en el hogar. ¡Que no traiga el cubo de agua de sus disgustos,
para echarlo encima y apagar ese fuego! Ese fuego del que se
alimentan los hijos, les hace crecer sanos, física, psicológica y
espiritualmente. Este fuego hay que colocarlo en el centro del
hogar y desde ahí se irradiará a todos los rincones. Ese fuego se
alimenta cada día con la piedad, el rezo en familia, la devoción
mariana.
Que no pase un día sin alimentar y acrecentar ese fuego con la
oración en familia. A veces cuesta encender ese fuego en los
hogares, sobre todo, si se dejan todas las puertas y ventanas
abiertas a todos los aires, o se cuela el hielo del invierno y de
la indiferencia. ¡Familias, enciendan el fuego del amor durante
su vida, poniendo cada uno la leña del sacrificio que han ido
consiguiendo a base de esfuerzo y trabajo! ¡Defiendan ese
fuego, aunque tengan que quemarse las manos y el corazón!
Sin el fuego del corazón, se destruye el hogar, la familia, los
matrimonios, todo.
3. Luminosidad del edificio
¿De qué depende la luminosidad de una casa? De los
ventanales. Una casa sin ventanas al exterior se convierte en
una casa lúgubre, oscura y propensa a la humedad.
Lo mismo en el matrimonio. La luminosidad en el matrimonio
depende de los grandes ventanales. ¿Para qué los grandes
ventanales? Los grandes ventanales permiten airearse todos
los rincones de la casa, para que no se acumulen los malos
olores. Los grandes ventanales permiten la entrada de luz al
hogar... y entrando la luz mueren las bacterias, la humedad, los
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hongos. Entrando la luz, se
puede percibir mejor el polvo
y las cosas sucias, para así
poder limpiarlas y barrer bien
todo. Los grandes ventanales
permiten
descansar
la
vista y alargarla hacia los
anchos horizontes, ver las
necesidades del mundo y
de los hombres. ¡Familias,
construyan en sus hogares
grandes ventanales!
No para que dejen meter
los malos aires que hoy
soplan por ahí: el aire del
egoísmo que quiere limitar
los nacimientos por medios
ilícitos, artificiales, porque
–según dicen– “familia
pequeña, vive mejor”; ¡esto
es egoísmo!; el aire del
hedonismo, que busca el
placer por el placer mismo;
el aire del consumismo, que
prefiere una heladera o un
nuevo apartamento, a un
nuevo hijo; los aires de la
emancipación y liberación de
la mujer, a quien se le obliga
a trabajar fuera de casa todo
el día “porque así se realiza
mejor, profesionalmente”,
pero nunca está en casa
para educar a sus hijos,
para convivir con sus hijos;
los aires de matrimonios
a prueba, mientras tanto,
a ver si funciona; los aires
divorcistas, separatistas, para
hacerse un nuevo amigo
sentimental.
¡Grandes ventanales para
que entre el aire renovado
del Espíritu que sopla donde
quiere y trae aromas del
cielo! ¡Grandes ventanales
para que la brisa suave
de la oración matutina y
vespertina consuele a toda la
familia! ¡Grandes ventanales
para poder ver la Iglesia de
nuestra zona y acordarnos
de ir a misa en familia y rezar
antes de las comidas, o ante
una imagen de la Virgencita!
¡Grandes ventanales para ver
lo mucho que sufren nuestros
hermanos, los hombres, y
poder echarles una mano!
¡Grandes ventanales como
los de la casa de la Sagrada
Familia, que era todo
ventanal, donde tanto María,
como José y el Niño miraban
a todos los hombres y se
compadecían o los ayudaban!
¡Que no haya recovecos en
nuestros hogares, puertas
secretas y oscuras, teléfonos
escondidos desde donde
llamar a piratas que quieren
destruir nuestro hogar,
nuestra familia, nuestros
hijos!
Luminosidad
en
el
matrimonio, y no mentira,
falsedad,
apariencia,
infidelidad.
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4. Limpieza del edificio
¿De qué depende la limpieza del matrimonio? De los mil
detalles de cada día. De quitar cada día lo que ensucie, ese
polvo que cae casi sin percibirlo. De no dejar acumulada la ropa
sucia, ni arrinconada la basura. ¡Fuera!
Limpieza en el dormitorio. Nada debe haber ahí que manche
la intimidad del matrimonio. Limpieza de palabras, de gestos,
de miradas. ¡Qué conversaciones tan limpias deberían hablarse
ahí! La oración común en el dormitorio va limpiando a la pareja
cada noche y la va fortaleciendo en sus vínculos.
Limpieza en la mesa del comedor. Es la mesa la que va a unir
varias veces al día a los miembros de la familia, para compartir
el pan, las alegrías, las lágrimas, los proyectos. En la mesa
se da el banquete familiar. Por eso, ahí debe haber limpieza
suma. Allí, en la mesa, nos miramos mutuamente, sonreímos,
charlamos, disfrutamos de ese gozo de sabernos amados,
queridos. En la mesa tenemos la oportunidad de practicar y
crecer en muchas virtudes: apertura, respeto, servicialidad,
moderación, generosidad.
Sobre la mesa se pone el pan, las flores y el cariño. El pan
que se parte, se reparte, se comparte. Las flores que adornan
y embellecen la mesa familiar. Ahí se ofrece el cariño, que es
esa corriente cordial que electrifica a todos los miembros y les
permite el darse mutuamente, el abrirse, el comprenderse, el
perdonarse. En la mesa hay que evitar el discutir, el pelearnos,
el encerrarnos en nosotros mismos...., pues todo esto ensuciaría
el amor del matrimonio e impediría una buena digestión,
creando un clima de crispación y rivalidad.
En la mesa hay que evitar el querer comer a solas, en un rincón,
o después de todos... como islas; así simplemente se corta con
esa corriente afectiva y familiar, y se convierte uno, en su misma
casa, en un huésped extraño que entra y sale. Ha convertido su
casa en un hotel, o posada, donde se va a comer, a dormir, a
tomar una ducha o a cambiarse de traje, cuando se quiere.
Limpieza en la sala de estar. No permitir hablar mal de nadie,
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cuando vienen huéspedes o
amigos. La sala de estar debe
estar limpia de envidias,
maledicencias, calumnias.
La sala de estar debe tener
siempre el florero lleno
de flores olorosas: el buen
humor, la benedicencia,
el respeto, la jovialidad, la
alegría. En la sala de estar no
debe acumularse el humo de
cigarrillos de la frivolidad y
de la chabacanería. La sala de
estar debe tener vista al patio
o al jardín, para que allí se vea
lo que se hace sin intenciones
torcidas.
Limpieza en el patio, porque
ahí deben jugar los niños.
Que haya árboles y columpios
y jardín. Pero todo limpio. La
limpieza ayuda a los hijos a
oxigenarse, airearse y crecer
sanos.
5. Altura del edificio
La altura del edificio
matrimonial depende de
la generosidad en el amor
fecundo, abierto a la vida.
Dios dijo a la primera pareja
de la historia, Adán y Eva:
“Creced y multiplicaos”.
Así como Dios es generoso
con nosotros, así también
los matrimonios deben ser
generosos en transmitir la
vida. ¡Qué hermoso es ver
esas familias numerosas,
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PASTORAL FAMILIAR
donde los hijos alegran cada rincón de la casa!
¡Cómo se ejercitan en el cariño, en la donación,
en la preocupación de unos por otros... cuando
son muchos hermanos! Comparten todo,
juegan juntos; las cosas pasan de hermano a
hermano y de hermana a hermana; ¡qué lindo!
También a veces se pelean, pero después se
reconcilian. Si sólo hay un hijo en casa, ¿con
quién juega, con quién comparte sus cosas, a
quién sonríe, con quién se pelea, con quién
hace las paces? No tiene hermanos. El niño
que no tiene hermanitos es más propenso a
la tristeza, al egoísmo, al aislamiento. Se le
acorta el crecimiento afectivo y psicológico.
Familia y vida afectiva
Mtra. Psic. Claudia Tarasco M.
Familias, sean generosas. ¡Amen, sean
portadoras de amor, defiendan el amor,
protejan el amor, den amor!
La familia es el lugar físico y existencial en el que,deseablemente,
un ser humano recibe y aprende todo lo necesario para llegar
a ser la persona que está llamada a ser (en los planes de Dios).
Incluye los medios para asegurar su desarrollo en las áreas
física, intelectual, emocional, social y espiritual.
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El ser humano, además de tener una
inteligencia y capacidad de lenguaje más
altas, posee otras cualidades superiores al
resto de los animales, tales como la voluntad,
la conciencia de sí mismo, y las capacidades
emocionales y afectivas (que van más allá de
los impulsos). Todo ello, por una simple razón:
¡el inmerecido don de haber sido creados a
imagen y semejanza de Dios mismo!
Entonces, el don de la vida de un ser humano
ha de ser valorado y custodiado con el mismo
valor y dignidad con el que Dios lo ha hecho.
Y el lugar por excelencia (también concebido y
deseado por Dios Nuestro Señor), es la familia.
La Vida Afectiva
La capacidad afectiva es uno de los distintivos
del ser humano, un don de Dios. Como
cualquier don, está destinado para dar gloria
a Dios, para potenciar a quien posee ese
don, y enriquecer a aquellos con quienes lo
comparta.
Por ello resulta importante buscar alcanzar la
madurez en el área emocional y afectiva.
¿Qué son las emociones?
Las emociones son estados de ánimo
producidos por los sentidos, ideas, recuerdos,
impulsos, etc. Son mecanismos que nos
ayudan: 1) A reaccionar con rapidez; 2) A tomar
decisiones con eficiencia; y 3) A comunicarnos
de forma no verbal. El reconocimiento de
las emociones es la clave para el equilibrio
emocional, y para la autorregulación. Pensar
y sentir forman una unidad inseparable (Dra.
Helena López de Mézerville).
¿Qué es la” madurez afectiva”?
Es la capacidad de poder manejar la afectividad
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de manera armónica y responsable. Ello
implica 3 aspectos: conocer los afectos;
aceptarlos (no negarlos, ni reprimirlos); y
valorarlos en su medida objetiva.
De esta manera, la persona sabe manejar
su afectividad cuando se necesite, en la
forma, cantidad, momento y circunstancia
apropiados. No se trata de expresar la
emotividad de una manera explosiva, intensa
y exagerada, pero tampoco de caer en el
extremo opuesto del estoicismo, que impida
cualquier expresión emotiva por considerarla
negativa o perniciosa.
¿Cómo lograr un desarrollo
balanceado?
El ser humano tiene conciencia de sí mismo y
del otro. Más allá de la mera función instintiva,
logra vincularse a través de facultades
superiores como son su inteligencia, su
voluntad y su afectividad. El equilibrio entre
estas tres capacidades es lo que le permite
lograr esa madurez. De esta forma alcanza
solidez,
congruencia,
discernimiento,
capacidad de comprensión y empatía… lo que
le permite “cambiar su corazón de piedra, por
un corazón de carne” (Ez. 11:19). Captar con el
corazón verdades que permanecen ocultas a la
razón… “te doy gracias Padre por ocultar estas
cosas a sabios y entendidos, y revelarlas a la
gente sencilla” (Mt. 11:25).
Juan Pablo II afirma: Pastore dabo vobis,
(n. 44) “La madurez afectiva supone ser
consciente del puesto central del amor
en la existencia humana. El hombre no
puede vivir sin amor. Él permanece para
sí mismo un ser incomprendido; su vida
está privada de sentido si no se le revela el
amor, si no se encuentra con el amor, si no
lo experimenta y no lo hace propio, si no
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participa en él vivamente.” Se requiere una
madurez afectiva que capacite: a la prudencia,
a la renuncia, a todo lo que pueda ponerla en
peligro; a la vigilancia sobre el cuerpo y el
espíritu; a la estima y respeto en las relaciones
interpersonales con hombres y mujeres.
“La madurez humana, en particular la
afectiva, exige una formación clara y
sólida para una libertad que se presenta
como obediencia convencida y cordial a la
“verdad” del propio ser, al significado de
la propia existencia.
Entendida como camino y contenido
fundamental de la auténtica realización
personal, la libertad exige que la persona sea
verdaderamente dueña de sí misma, decidida
a combatir y superar las diversas formas de
egoísmo e individualismo que acechan a la
vida de cada uno, dispuesta a abrirse a los
demás, generosa en la entrega y en el servicio
al prójimo.”
La madurez afectiva exige, por tanto, cultivar
los sentimientos, la inteligencia y la voluntad,
con la gracia de Dios y el esfuerzo personal.
Para ello, es importante tomar en cuenta
cuatro componentes:
1) Autonomía personal: surge de la conciencia
y del conocimiento de sí mismo.
2) Sentido del otro: nos dispone a acoger,
escuchar y respetar el pensamiento y los
deseos del otro; y también a aceptar su
influencia.
3) La capacidad de discernir, juzgar, decidir,
y de reaccionar desde el centro de las
situaciones, así como de adaptarse u oponerse
a ellas.
4) La capacidad de asumir los conflictos
y los fracasos, como parte natural de la
vulnerabilidad y falibilidad personal, y de la
de los otros.
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“La libertad exige
que la persona sea
verdaderamente
dueña de sí misma,
decidida a combatir
y superar las
diversas formas
de egoísmo e
individualismo que
acechan a la vida de
cada uno, dispuesta
a abrirse a los
demás, generosa en
la entrega y en el
servicio al prójimo”
La madurez afectiva y sexual implica desarrollar nuestra
capacidad de amar y de ser amados
Para poder amar a los demás, necesitamos tener una correcta
autoestima; esto implica primero aprender a conocernos y
aceptarnos a nosotros mismos en todas las áreas: con nuestras
fortalezas y nuestras limitaciones.
a) Auto-concepto, es la imagen del yo que tiene cada ser
humano. Es la construcción mental de cómo se percibe a sí
mismo: desde la apariencia física hasta las habilidades para
su desempeño social. Si este concepto es positivo, mejorará la
autoestima.
b) Auto-estima: Es la capacidad que tiene la persona de
valorarse, amarse, apreciarse y aceptarse a sí mismo.
Los papás transmiten a su hijo la vida física y emocional,
dotando los elementos que ayudarán al niño a construir su
personalidad y su autoestima. Le dicen de manera verbal y
no-verbal lo valioso que es como persona, las cualidades que
tiene, las áreas que debe fortalecer, los defectos que debe
dominar… Es en el amor de la familia donde cada individuo ha
de encontrar la motivación y los ingredientes que conforman
su personalidad, que le dan seguridad en sí mismo, además
del aprecio y la valoración de su dignidad como persona. Es a
través del amor parental que puede captar el Amor de Dios…
“el Primer y Mayor Amor”.
Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, tuvo una
plena conciencia de sí mismo, así como de sus facultades
intelectuales, emocionales y volitivas. Mostraba Su Inteligencia,
Su Voluntad y un manejo armónico de su Capacidad Afectiva:
mostró compasión ante las necesidades físicas y espirituales
de la gente; cariño y amistad hacia sus apóstoles; ternura y
misericordia ante la fragilidad humana y el pecador; enojo ante
el mal uso de la casa de Su Padre; tristeza y llanto ante la muerte
de su amigo; angustia ante el dolor extremo físico, emocional
y espiritual de la cruz… profundo amor y comunicación con
Su Madre… La vida de familia es la escuela de amor natural
planeada por Dios Nuestro Señor, donde se aprende a ser
amado por el sólo hecho de existir, a recibir atención, cuidado
y cariño, motivación y disciplina para creer y crecer en todas
sus potencialidades… donde cada miembro de la familia es
importante y donde todos, de manera armónica, participan y
comparten el gozo y la penuria de cada uno… La familia es la
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FORMACIÓN PERMANENTE
célula de la sociedad, y la cuna del ser humano. Es la escuela
vivencial para el manejo de las emociones.
Cristo viene a enseñar al hombre quién es el hombre
mismo… y elige hacerlo, también desde una familia: “la de
Nazaret”… Mi auto-conocimiento y autoestima se anclan en
encontrarme a mí mismo como creatura de Dios, hecha por
Amor a imagen y semejanza Suya, y redimida por ese mismo
Amor Misericordioso. Reconocerme único e irrepetible, y a la
vez, hermanado con toda la humanidad… polvo vulnerable,
trascendido por la redención para la eternidad!
La Identidad Sacerdotal (Parte II)
Pbro. Dr. Armando de León Rodríguez
P
rofundizaremos en esta sección: la naturaleza y las
dimensiones de Ia identidad sacerdotal. Tomando en
consideración que la naturaleza hace referencia a la esencia de
la identidad sacerdotal, y las dimensiones a los pilares que Ia
sostienen.
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1. Naturaleza de la identidad Sacerdotal
El Directorio para la vida y ministerio de
los presbíteros señala que el sacerdocio
ministerial encuentra su razón de ser en Ia
unión vital y operativa de la Iglesia con Cristo.1
El Señor, mediante el ministerio sacerdotal,
continúa ejercitando en medio de su Pueblo
aquella actividad que solo a Él pertenece, en
cuanto Cabeza de su Cuerpo.
Por lo tanto, el sacerdocio ministerial hace
palpable la acción propia de Cristo Cabeza y
testimonia que Cristo no se ha alejado de su
Iglesia, sino que continúa vivificándola con su
sacerdocio permanente.
La identidad del sacerdote deriva de la
participación específica en el Sacerdocio de
Cristo, por lo que el ordenado se transforma
en la Iglesia y para la Iglesia, en imagen real,
viva y transparente de Cristo Sacerdote: «una
representación sacramental de Jesucristo
Cabeza y Pastor».2
Por medio de la consagración, el sacerdote
«recibe como don un poder espiritual, que es
participación de Ia autoridad con que Jesús,
mediante su Espíritu, guía a Ia Iglesia».3
Se trata de un vínculo ontológico específico,
que une al sacerdote con Cristo, Sumo
Sacerdote y Buen Pastor.4
Podemos decir, entonces, que Ia vida y el
ministerio del sacerdote son continuación
de Ia vida y de la acción del mismo Cristo.
Ésta es nuestra identidad, nuestra verdadera
1 CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio para el ministerio y
la vida de los presbíteros, Roma, Librería Editrice Vaticana, 31 de
enero de 1994, 1.
2 PDV. 15.
3 PDV. 21; PO. 2.12.
4 PDV. 11. Cf. CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio para
el ministerio y la vida de los presbíteros, Roma, Librería Editrice
Vaticana, 31 de enero de 1994, 1-2.
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dignidad, Ia fuente de nuestra alegría, la
certeza de nuestra vida».5
Esta identificación sacramental con el Sumo
y Eterno Sacerdote inserta específicamente
al presbítero en el misterio trinitario y, a
través del misterio de Cristo, en la comunión
ministerial de la Iglesia para servir al Pueblo
de Dios.6
II.Dimensión Trinitaria
Si es verdad que todo cristiano, por medio del
Bautismo, está en comunión con Dios Uno
y Trino, es también cierto que, a causa de Ia
consagración recibida con el sacramento del
Orden, el sacerdote es constituido en una
relación particular y especifica con el Padre,
con el Hijo y con el Espíritu Santo.
Por ello, Ia característica esencialmente
relacional (cf. Jn. 17,11-21) de la identidad
del sacerdote lo pone en una relación personal
e íntima con la Trinidad, en un diálogo de
adoración y de amor con las Tres Personas
divinas, sabiendo que el don recibido le fue
otorgado para el servicio de todos.7
III. Dimensión Cristológica
Podemos decir que el sacerdote, en su
identidad específica, por el sacramento queda
configurado ontológicamente con Cristo
Sacerdote, 2 Maestro, Santificador y Pastor de
su Pueblo.8 Es decir, afecta no sólo al quehacer
sino al ser del sacerdote.9
5 Cf. CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, Roma, Librería Editrice Vaticana,
31 de enero de 1994, 3-4; PDV. 18.
6 Ibidem, 1-2; PDV 12Cf. Paulus VI PP., Litterae encyclicae sacerdotalis caelibatus de sacerdotali caelibatu, 23 iunii 1967: AAS 59
(1967), 657-693.
7 Ibidem, 3-5.
8 Ibidem, 6; Cf. LG. 18-31; PO. 2; CIC 1008.
9 Cf. V CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE, Documento de Aparecida, Discípulos y
A este propósito se debe recordar que el presbítero es portador
de una consagración ontológica que se extiende a tiempo
completo. Su identidad de fondo hay que buscarla en el carácter
conferido por el sacramento del Orden, por el cual se desarrolla
fecundamente la gracia pastoral. Por tanto, el presbítero debe
actuar siempre en cuanto sacerdote. Él, como decía San Juan
Bosco, es sacerdote tanto en el altar y en el confesionario como
en Ia escuela o por Ia calle: en cualquier sitio. Alguna vez, los
mismos sacerdotes son inducidos, por circunstancias actuales, a
pensar que su ministerio se encuentra en la periferia de la vida,
cuando en realidad se encuentra en el corazón mismo de ellos,
puesto que tiene la capacidad de iluminar, reconciliar y renovar
todas las cosas.10
Es una participación indeleble al mismo y único sacerdocio
de Cristo, en la dimensión pública de Ia mediación y de Ia
autoridad, en lo que se refiere a la santificación, a la enseñanza
y a Ia guía de todo el Pueblo de Dios.11
En su peculiar identidad cristológica, el sacerdote ha de tener
conciencia de que su vida es un misterio insertado totalmente
en el misterio de Cristo, de un modo nuevo y específico.12
Actuando in persona Christi Capitis, el presbítero Ilega a ser
el ministro de las acciones salvíficas esenciales; transmite las
verdades necesarias para la salvación y apacienta al Pueblo de
Dios, conduciéndolo hacia Ia santidad.13
IV. Dimensión Pneumatológica
En la ordenación presbiteral, el sacerdote ha recibido el sello
del Espíritu Santo, que ha hecho de él un hombre signado
por el carácter sacramental para ser, por siempre, ministro de
Cristo y de la Iglesia.
El sacerdote sabe que nunca perderá la presencia ni el poder
Misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan vida. Yo soy el camino,
la verdad y la vida, Jn. 14,6, Venezuela, Paulinas, 2007, 198-199.
10 CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, El presbítero, pastor y guía de la comunidad parroquial, instrucción, en http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cclergy/documents/rc_con_cclergy_doc_20020 804_istruzione-presbítero_sp.html (23.11.2001).
11 Cf. LG. 10; PO. 2.
12 Cf. CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio para el ministerio y la vida de los
presbíteros, Roma, Librería Editrice Vaticana, 31 de enero de 1994, 7; PDV. 13-14; OC,
677-679; Juan Pablo II PP. Catequesis en la Audiencia General del 31 marzo 1993,
L’Ossetvatore Romano, 1- abril 1993.
13 Ibidem, 6; PDV. 18; OC. 684-686.
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eficaz del Espíritu Santo para
poder ejercitar su ministerio y
vivir Ia caridad pastoral como
don total de sí mismo, para
la salvación de los propios
hermanos. (Jn. 14, 16-17).
Es también el Espíritu Santo
quien en la Ordenación
confiere al sacerdote la
misión profética de anunciar
y explicar, con autoridad, la
Palabra de Dios.
En cada sacramento, es Cristo,
en efecto, quien actúa en
favor de la Iglesia, por medio
del Espíritu Santo, que ha sido
invocado con el poder eficaz
del sacerdote, que celebra in
persona Christi.14
Mediante
el
carácter
sacramental e identificando
su intención con la de la
Iglesia, el sacerdote está
siempre
en
comunión
con el Espíritu Santo en la
celebración de Ia liturgia,
sobre todo de la Eucaristía y
de los demás sacramentos.
Es, en definitiva, en la
comunión con el Espíritu
Santo, donde el sacerdote
encuentra la fuerza para guiar
a la comunidad que le fue
confiada y para mantenerla
en la unidad querida por el
Señor.15
14 Ibidem,13; PDV. 16.
15 Cf. PO 6.
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V. DIMENSIÓN ECLESIOLÓGICA
1. Relación esponsal
El sacramento del Orden, en efecto, no sólo hace partícipe al
sacerdote del misterio de Cristo a Sacerdote, Maestro, Cabeza
y Pastor, sino -en cierto modo- también de Cristo «Siervo y
Esposo de la Iglesia».16
Los presbíteros -colaboradores del Orden Episcopal- , que
constituyen con su Obispo un único presbiterio, y participan,
en grado subordinado, del único sacerdocio de Cristo, también
participan, en cierto modo -a semejanza del Obispo- de aquella
dimensión esponsal respecto de la Iglesia, que está bien
significada en el rito de la ordenación episcopal con la entrega
del anillo.17
Los presbíteros deberán ser fieles a la Esposa y, como viva
imagen que son de Cristo Esposo, han de hacer operativa la
multiforme donación de Cristo a su Iglesia.
Por ello, el sacerdote debe amar a la Iglesia como Cristo la ha
amado, consagrando a ella todas sus energías, y donándose
con caridad pastoral hasta dar cotidianamente la propia vida.18
2.Universalidad del sacerdocio
El mandamiento del Señor de ir a todas las gentes (Mt. 28,
18-20) constituye otra modalidad del estar el sacerdote ante
la Iglesia. El sacerdote pertenece «de modo inmediato» a Ia
Iglesia universal, que tiene la misión de anunciar Ia Buena
Noticia hasta los «últimos confines de Ia tierra» (Hch. 1, 8).
«El don Espiritual, que los presbíteros han recibido en la
ordenación, los prepara a una vastísima y universal misión de
salvación.» [Falta fuente]
Por lo tanto, todos los sacerdotes deben tener corazón y
mentalidad misioneros, estando abiertos a las necesidades de
la Iglesia y del mundo.19
16 Cf. CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, Roma, Librería Editrice Vaticana, 31 de enero de 1994, 8-10.
17 Cf. LG. 28
18 Cf. CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, Roma, Librería Editrice Vaticana, 31 de enero de 1994, 13
19 Ibidem, 14
3. Índole misionera del sacerdocio
Es importante que el presbítero tenga plena conciencia y viva
profundamente esta realidad misionera de su sacerdocio,
en plena sintonía con la Iglesia que, hoy como ayer, siente la
necesidad de enviar a sus ministros a los lugares donde es más
urgente la misión sacerdotal.
Nunca como hoy, por tanto, el clero debe sentirse
apostólicamente comprometido en Ia unión de todos los
hombres en Cristo, en su Iglesia, e ir por los mas alejados.20
4. La autoridad como amoris officium
El sacerdote, en el ejercicio de su autoridad, debe ser guía que
conduce a Ia santificación de los fieles confiados a su ministerio.
Esta realidad, que ha de vivirse con humildad y coherencia,
puede estar sujeta a dos tentaciones opuestas.
4.1. Primera tentación: tiranizar
La primera consiste en ejercer el propio ministerio tiranizando a
su grey (cf. Lc. 22, 24-27; 1 Pe. 5, 1-4), mientras Ia segunda es Ia
que Ileva a hacer inútil -en nombre de una incorrecta noción de
comunidad- Ia propia configuración con Cristo Cabeza y Pastor.
La primera tentación ha sido fuerte también para los mismos
discípulos, y recibe de Jesús una puntual y reiterada corrección:
toda autoridad ha de ejercitarse con Espíritu de servicio, como
amoris officium y dedicación desinteresada al bien del rebaño
(cf. Jn. 13, 14; 10, 11).
El sacerdote deberá siempre recordar que el Señor y Maestro
«no ha venido para ser servido sino para servir» (cf. Mc. 10, 45);
que se inclinó para lavar los pies a sus discípulos (cf. Jn. 13, 5)
antes de morir en Ia Cruz y de enviarlos por todo el mundo (cf.
Jn. 20, 21).21
“Todos los
sacerdotes deben
tener corazón
y mentalidad
misioneros, estando
abiertos a las
necesidades de la
Iglesia y del mundo”
20 Cf. CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, Roma, Librería Editrice Vaticana, 31 de enero de 1994, 15; JUAN PABLO II PP.,
Enciclica redemptoris missio, AAS 83 (1991), 269; PO 10; PDV. 32; Cf. V CONFERENCIA
GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE, Documento de Aparecida,
Discípulos y Misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan vida. Yo soy
el camino, la verdad y la vida, Jn. 14,6, Venezuela, Paulinas, 2007, 201.173.
21 Cf. CONGREGACION PARA EL CLERO, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, Roma, Libreria Editrice Vaticana, 31 de Enero de 1994, 16; PDV. 21; V CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE, Documento de Aparecida, Discípulos y Misióneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en El tengan vida.
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4.2. Segunda tentación: democraticismo
La segunda tentación es el democraticismo. A
menudo sucede que para evitar esta primera
desviación se cae en Ia segunda, y se tiende
a eliminar toda diferencia de función entre
los miembros de Ia Iglesia, negando en Ia
práctica Ia doctrina cierta de Ia misma, acerca
de la distinción entre el sacerdocio común y el
ministerial.22
En consecuencia, no es admisible en Ia Iglesia
cierta mentalidad, que tiende a confundir
las tareas de los presbíteros y de los fieles
laicos, o a no distinguir la autoridad propia
del Obispo de las funciones de los presbíteros
como colaboradores de los Obispos, o a negar
la especificidad del ministerio petrino en el
Colegio Episcopal.23
Un modo de no caer en Ia tentación
«democraticista» consiste en evitar la así
Ilamada «clericalizacion» del laicado: esta
actitud tiende a disminuir el sacerdocio
ministerial del presbítero; de hecho, sólo al
presbítero, después del Obispo, se puede
atribuir de manera propia y univoca el término
«pastor», y esto en virtud del ministerio
sacerdotal recibido con Ia ordenación. El
adjetivo «pastoral», pues, se refiere tanto a Ia
potestas docendi et sanctificandi, como a Ia
potestas regendi.24
Terminemos este segundo segmento
formativo recordando que Ia identidad del
sacerdote deriva de Ia participación específica
en el Sacerdocio de Cristo, por lo que el
ordenado se transforma en Ia Iglesia y para
Ia Iglesia, en imagen real, viva y transparente
de Cristo Sacerdote: «una representación
sacramental de Jesucristo Cabeza y Pastor».24
Si es verdad que todo cristiano, por medio del
Bautismo, está en comunión con Dios Uno
y Trino, es también cierto que, a causa de la
consagración recibida con el sacramento del
Orden, el sacerdote es constituido en una
relación particular y específica con el Padre,
con el Hijo y con el Espíritu Santo. 25
En este sentido es necesario recordar que
el presbiterio y el Consejo Presbiteral no
son expresión del derecho de asociación de
los clérigos, ni mucho menos pueden ser
entendidos desde una perspectiva sindicalista,
que comportan reivindicaciones e intereses de
parte, ajenos a la comunión eclesial.
Yo soy el camino, la verdad y la vida, Jn. 14,6, Venezuela, Paulinas,
2007, 198.
22 Cf. LG. 10; PO 7; V CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO
LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE, Documento de Aparecida, Discípulos y Misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en
Él tengan vida. Yo soy el camino, la verdad y la vida, Jn. 14,6, Venezuela, Paulinas, 2007, 193.
23 En este sentido es necesario recordar que el presbiterio y el
Consejo Presbiteral no son expresión del derecho de asociación de
los clérigos, ni mucho menos pueden ser entendidos desde una
perspectiva sindicalista, que comportan reivindicaciones e intereses de parte, ajenos a la comunión eclesial.
24 Cf. JUAN PABLO II PP, Discurso a los participantes en el Simposio Internacional sobre «El sacerdote hoy»: «L’Osservatore Romano», 29 mayo 1993.
25 PDV. 15.
26 JUAN PABLO II., Carta apostólica Novo Millennio ineunte,
en http://www.vatican.va/holyjather/ john_paul_ii/apost lettersidocuments/hfjp-ii_apl_20010106_novo-millennio-ineunte_
sp.html(06-.01.2000) 43.
Por ello, antes de programar iniciativas
pastorales concretas, hace falta promover
una relación íntima y profunda con Dios, que
lo dirija al encuentro con el hermano; una
espiritualidad de la comunión como principio
educativo en todos los lugares donde se forma
el hombre y eI cristiano, donde se educan los
ministros del altar, las personas consagradas y
los agentes pastorales.26
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