LA CAZA DE LAS GA1CZAS.

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SEMANARIO PINTORESCO ESPAÑOL.
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I
I
Cnadurrs Tiroleses.
LA CAZA DE LAS GA1CZAS.
I.as prad Tas bajas que «c hallan situadas en los Al|>"«. inferiores á la zona de los bosques, son la verdadera patria de estos poéticos animal-s. Pero los industriosos habitantes de las montañas, pudiendo disponer de poco espa -io en los valles, han ido pofo á poco a;x>lerándo.«e de los pastos de que anles
dis'rutaban las gamuzas, para que se aprovechen de
tHos los ri*baños de sanado durante el verano. A medida que el número de pastores ha ido en aumento,
1)111 tenido que ir ase lidien Io-por [» falda de los Al-
pes, y en la'aclualidad se encuentran cahaüas coustmidas cu el limite mismo de las¿ nieves perpetua.
Algunos de aquellos permanecen allí en el rigor d-'l
estío dur.mtc varias seu.niws con sus carneros y sus
cabras y descienden ;i las primeras nieves á las ca—
bañas Uif-riores. Otros no sulx>n tanto, pero tienen
que atravesar estensos terrenos helados para conducir
su ganailo y vallados en que las plantas propias de
aqiK'l terreno rociadas por nieves fecundas vejetan
visrorusan»entj. Al aspecto do la primera grieta ó hen23 DE ENERO DI
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i'idura que corta el suelo, el robaño so detiene indeciso
el pastor lo anima, una de las cabezas salva el abismo
y tras de él todas lis dama?. Frecuentemente el pasto." permanece solo con su gánalo, separado del mundo entero, durante mucho.; inesís, otras veces no vive r.llí, sino que va de vez en cuando á visitarle y á
llevarle sal, de cuya sustancia es extremadamente ávido.
Abandonado de este moda a sí propio el carnero, no
es el animal estúpido y sin voluntad propia que nosotros conocemos, sino ágil, vigoroso, atrevido, que salta los mas terribles precipicios y se lanza de roca en
roca como una cabra; suele sucoder que atraviesa solo
los puntos helados y vuelve á la vida salvage; sin las
\ isitas del pastor y la sal que en cada una da ellas les
distribuya, el rebaño no tardaría en dispersarse.
El hombre, como hemos visto, ha usurpado á las gamuzas parte de sus do ninios para dar cabida en él
á los animales que ha reducido á la esclavitud. Obligadas por lo tant) á vivir en medio de rocas inaccesibles
dondj apenas crecen algunas plantas alpinas. Las gamuzas viven aisladas ó reunidas en piquaños rebaños
de 'ó ó 6. Por la noche bajan temerosa i para alimentarse con la yerba mas tierna do las praderas y beber en
los lagos agua mas templada qus la que deslila del deshielo: con la vista y eloido en acecho, colocan en los
puntos cul ninant.'S ccnlinsla.; que examinan incesantemente el t Tr-Mio y aspiran ansiosos el aire para percibir el menor olor so pecboso. Al mas ligero rumor
lanzan un grito agudo y desaparecen con todo el rebaño salvando ú salto; espacios de seis y siete varas.
En los Alp^s, en la Suiza, en el Tirol y en los Pirineo*, los caza lores despliegan toda su destreza y
perseverancia contra las gamuzas. Salen de su cabana con una carabinn, un anteojo y algunas provisiones de boca y van á pasar la noche en una caverna
ó entre algunas peñas; ant's d • aman cor se colocan
en espera en un punto que domina al sitio donde; las
gainuz is descienden durante la noclie, estudian ante
todo con cuidado la dirección de la brisa de la mañana para colocarse de modo que no puedan ser descubiertos por ella al olfato esquisito de las gamuzas : se sitúan en tina quebradura desde donde vean sin ser vistos y cuando el alba va aclarando los objetos: aguardan su presa hasta que
distinguen dos astas hacia las cual:s dirigen sus disparos. El rebaño asustado al sentirlos da saltos sin dirección fija y pasea por todas partes una mirada de
espanto, pero generalmente no huye. Acostumbrado al
estrépito de los hielos, al ruido délas abalanchasque
sa desprenden, la espío-ion de una arma de fuigo les
causa mucho menos espanto que la vista del cazador
y tranquilizado de su sobresalto vuelve á pacer, pero
si alguna d.; las gamuzas ha caído, el rebaño escapa
y desaparece al ilutante con uní velociJaJ verdaderamente prodigiosa. El cazador triunfante, desciende
para buscar su presa; la acaba, la abre el vientre, la
quita las entrañas y lleva ci anímala su domicilio. Si
la res muerta es una ma.lre, los hijos permanecen al
lado de ella y se dejan cojer sntos que separarse del
cadáver. Alguna vez se ha visto á estos píqueños huérfanos seguir un rebaño de cabras creyendo ser en el
que iba su madre y entrar con él en el establo. El
pastor ad.nirado adopta este nuevo huésped que no
tarda en condenar á la cautividad ó a la muerte, por-
Anterior
que sabo bien qu2 el instinto de la libertad dominará
en el animnl sobre el instinto social y que tan pronto
cono sen adulto huirá hacía las montañas. Si el cazador no consigue mas que herir á la gamuzn puede
eonsiJerarla perdida, porque es imposíbla seguirla en
su fuga, y va á morir en el fondo de un precipicio ó en
la cresta de una montaña de hielo.
La caza de las gamuzas aficiona eslr.iordinariamente á los que se entregan á clin; el frió, el hambre,
la privación de sueño, las continuas horas de acecho.
las rocas mas escarpadas, los precipicios mas profundos nada basta á quitarles la afición. Muchos de los
cazadoras despuss de haberse roto una pierna en sus
expediciones aventuradas, vuelven cojeando á la caza
de la gamuza profetizándose asimismo quo les costará la vida como á sus padres y á sus abuelos. Así
sucede en efecto. Figúrese el lector uno de estos infelices herido de una caída, incapaz de moverse, acostado sobro la nieve ó en el fondo de un precipicio, en
estas soledades completamente aisladas en que sus
amigos no acertarán á encontrarle aunque bagan los
mas activos registros. Durante el dia conserva algún
rayo de esperanza, luce el sol y le calienta un poco
con sus rayos, pero llega luego la noche helada y húmeda, sopla el viento, cae la nieve, el frió se apodera
de él y le acomete el sueño; feliz si este sueño es
la vanguardia de la muerto. Si sobrevive es para padecer, sus provisiones se han agotado, el frió y el
hambre comienzan á atormentarle, entóneos invoca
á la muerte como un bien, pero esta no llega sino
desp-.iei de varios (lias de sufrimientos. Las primeras
nieves que blanquean las montañas cubren su cadáver con blanca mortaja, bajo la cual se conserva sin
alteración, (odas las primaveras cuando desaparecen
las nieves el cuerpo queda descubierto durante algunos meses y largo tiempo después algún cazador
extraviado le descubro y sabe en (in como ha perecido el compañero que años atrás dejó su cabana para
no volver ¡na¿ á ella.
Otro peligro amenaza á la vida del cazador do
gamuzas, tal es la te.npestad en las alturas de los Alpes. A veces parte con todas las apariencias de buen
tiempo, llevado de su ardor en la persecución de
una gamuza , la sigue de roca en roca y de cima en
cinn; el cielo se oscurece poco á poco, el viento refresca y sopla á intérnalos, algunos copos menudos de nieve pasan delante de él , las nubes bajan rápidamente y no tardan en envolverle en una
noclie profunda, el terreno, el cielo y los puntos que
le servían de brújula desaparecen, apenas reconoce
las rocas mas cercanas que la oscuridad desfigura
y engrandece. La violencia del viento aumenta á cada instante, el infeliz se agarra á una peña de miedo de ser barrido co.uo una hoja ligara, pero el ruido de la tempestad , los torbellinos de nieve que le
envuelven y le calan de agua helada, los truenos, los
relámpagos y el frió, la idea de su aislamiento y de
su debilidad, turban sus sentidos, ofuscan su razón.
y embargan sus facultades morales. Poco á poco se
debilita en esta lucha contra los elc.nentos conjurado», renuncia á un coaibate inútil, desprecia su vida y se acuesta sin movimiento al pié de una loca:
no tarda en apoderarse de el un sufijo iuvcncíLlc
que llega á ser el sueño de la muerte. Pero sí tiene
fe en su salvación, si tu energía moral au;:¡enia con
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los peligros, si se sostiene de pié y trata de encontrar el camino en medio déla cellisca y de la nieve
o si se mueve para no ceder al sueño, puede todavía
(ener esperanza de volver á ver á los que le espa-
LA CARTUJA DE ALLÁ DEI.
No muy lejos de la ciudad de Zarngjza , por la
parte del E., encuéntrase la cartuja de Aula Dei, situada en el centro de una fértil y dilatada campiña, regada por las cristalinas aguas del Gallego quo pasa á
su dereclia y cercada de pobladas arboledas llenas del
mayor vigor y lozanía.
Fue fundado dicho monasterio por el magnánimo
arzobispo y Rey de Aragón D. Fernando II, nieto de
D. Fernando el Católico, según consta en una inscripción de piedra colocada sobre la puerta que sirve de
entrada. Los cimientos de la cartuja parece que empezaron á abrirse en 28 de Febrero de I56i. En e[
año 1800 fue restaurada por los monjes una parte
del edificio, pero en el dia se halla este tan suinr.—
mente deteriorado, que causa sentimiento á todos
los amantes de las glorias artísticas de su país , el ver
irse destruyendo obras tan grandiosas comenzadas en
tiempos mas felices, por el celo de nuestros antepasados (I j , y dignas á la verdad de mejor suerte.
En el claustro interior se ven varios cuadros de la
vida de San Bruno, pintados por D. Antonio Martínez , que mejor avenido sin duda con el recogiuiien(I) No es únicamente este edificio el que se debe i la piulad
y cc'.o de D. Femando II : otros muchos monumentos históricos
se encuentran en Aragón, y entre ellos la torre nueva de Zjra(• ü , que escitan en nosotros gratos recuerdos, debiéndose
'quelios á la magnaoimidad de tan escelso mocarca.
Anterior
ran, porquarara voz los peligros son ma3 fuertes qui
el hombre sereno y resucito, que les opona todos
los recursos de una inteligencia que no está ofuscada con la imagen de la muerte.
to del claustro, trocó los pinceles por el hábito quedando después monje del susodicho monasterio; en
la iglesia so hallan algunos frescos quo representan
otros tantos asuntos sacados de la vida de la Virgen y
pintados por el celebro artista aragonés D. Francisco
Goya.
En el dia se encuentra en ella una hermosa fábrica do pañuelos de seda , de cuyos trabajos, tanto
rn la parte de tejíu'o como en la de estampado , so
presentaron muy buenas muestras en la esposicion
pública do industria española celebrada en esta corto
el) 9 de Noviembre de 1841.
El origen del nombre de Aula Dei, que la cartuja conserva, parece ser, según tradición , que habiéndose terminado la obra de dicho monasterio, hallábanse indecisos acerca del nombre que se le había
do poner, ó en loor de quien se habia de dedicar,
cuando sintieron las palabras Aula Dei pronunciadas
por una voz particular, para todos desconocida, pero
que percibieron bien claramente, y que nadie supo
por dónde ni cómo pudo haber venido.
Esto á primera vista se conoce que es un cuento
forjado por la superstición y buena creencia de Io.s
habitantes do su contorno, pero lo cierto es, que
el monasterio citado a»i se llama y se llamará hasta que la inexorable mano del tiempo lo destruy;»
completamente, que al tin todo es perecedero en es I o
mundo.
JULIO ALVAREZ r ADÉ.
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los pulidos ¿meses: «I paso d« los cabaites «r.i
pausado: había en lodo aqitieHe un aspeeto terrible y
uii.-iesioso.
El barbero Í slaba muerto de curiosidad por saber lo
CRÓMICA D I X «ICLO -XT.
qiie iiquellos aprestos significaban: hacia tre «Has
que no habia estado en palacio.—Pasóle por las mientes una idea repentina
mas la repelió como aboIL
minable é imposible; y sin embargo, si la hubiese
acogido, hubiera acertado con la verdad!
EL nOSPCDAIE.
Harto de hacer congeturas, salió cíe la tienda; llefCoalimudoii.)
góse á dos ó tres personas y les preguntó para que
eran aquellos preparativos: ninguno se lo supo decir.
Iba en f sto apareciendo el sol, y oyóse parar una Viendo de este modo defraudadas sus esperanzas,
cabalgadura á la puerta de la casa en que esta esce- maese Blas se volvió á su casa entre mollino y apesana pasaba (que era en la plaza de Evora),y perte- rado, gritando desde la puerta á su muger.
necía á Gonzalo Vaz, al cordelero, digno casero de
—Inés—¿esiá pronto el almuerzo?...
Maese Blas.
—Son nuevos huéspedes—dijo el alguacil al barbeIH.
ro abriendo la boca con una risa hedionda—y tales
como vos nunca los tuvisteis. Buen dia amaneció pafASO I
ra vos.
—No decía él eso hace poco— interrumpió la parladora tía Inés que bahía oido tan tolo la ultima parte
—«Bien ¡aseguraba yo que el dia habia de ser aciadel diálogo , y que viendo llenarse la lieada 4» fgm g>_«decía tu*e*e Bl;-s con la boca llena de sopas de
te, andaba poniendo á buen n«»udo toda».
"~~ ajo la* cual** le avudabMi i despachar de una escudilla su diguúiuia «jOlíaortc, la siiiwa Inés. '«No puedo
cosas que por estar mas á jua*o podías
Htiunr la raZíUju porqué íw* levantado esa máquina
camino.
delante de nuestra piuría CUJÍ UU pasadizo que conApostáronse i, la jtuorta varías alac 4e
y por entre eto* »' vio tiefgtt «na «m^miemt* wats, duce á casa de Gonzalo Vaz.... ¿üeri por ventura?....
á ver sí ella rcabatoda cubierta ét nt-gro , de tad suerte «|«í Jas «***- diciendo e¡-to uiiraha í su mug^r
drapas le arrastra batí yut «I mmfar, 4m«M|p6 m «tt» |ja la írasr ; \>< ro te tía JIM1* Itetabacon el alma rnun caballero ..fue jx*r MI forte f alMMWM ftnrim lifjiüd» al iiií< cki, y uoA» %»• reputo: «ntonces maise
persona noble, eero qt*i v«*fa Mfcncafe » «M ta» tflak fMKMtiguíú "¡No, no puede ser!... Atanto no se atreferreruelo: detrás d« el se afM^ tttm qmt «wda í 6» vería el rey; prmo eu un cantillo tal vez, y eso es lo
ancas, y ambos entraron en la tienda del bar- que se di'Ciu estos días en palacio ¿pero ajusticiado?.... ¡ «'«> es materia imposihle!....
bero.
Siguióse entre los circunstantes un sepulcral si—¿Y qué te importa á tí todo ello?—contestóle
lencio.
por lin la tía Inés acabado qut hubo de rebañar la
—Dadnos maese , la llave del desván que hay |>ur escudilla... ¿Qué te importa el lin que se llevan en
cima de vuestra tienda , ó .mejor liareis en abrirnos poner ahi vm> tinglado? (Jue sea para ver jugar cañas y correr toros , ó para dar garrote ó degollar á
vos misino su purria.
—Señor Huí Tellez (que así se llamalia el que en alguno. ¿Qué tienes tú que\cr en eso, come tus solas ancas de la muía cabalgaba) en ese desván están pas, y dá gracias á Dios sin cuidarte de mas.
los trastos y almacén de Gonzalo V:z el cordelero;
A este tiempo echó una mirada maese Blas habien sabéis que él os el único que en Evora tiene de cia la plaoa , y lanzó involuntariamente un grito de
esa mercadería , y corno ahora no esta on la ciu- horror. Santo Dios.!»
dad-..
Inés dirigió la vista hacia allí. Varios hambres
—¿Qué me importa?—contestó Rui Tellez.—Abrid de estallan cubriendo de una tela negra el cadalso, y
parte de S. A.: os lo mando, y no queráis que use- el corredor que con él comunicaba. Era evidente
que iban á ajusticiar ú alguuo.
mos de la fuerza.
Calló el maese; dirigióse á la escalerilla del desY con efecto ya se veiaji desembocar por juio
vaa; abrió el desván, -y el caballero desconocido su- de los ángulos de la plaza los alcaldes y corregidobió acompañado de oíros rarios, y de fray Pablo el con- res de la corte con sus hopas rozagantes; y en pos
fesor del Rey.
de ellos los demás empleados de justicia con los ofiEl barbero volvió á bajar acto conlinuo á la tien- ciales de la casa real.
da , y tendió la vista hacia ia plaza, donde ya estaba
Maese Blas estaba inuióvil y atorrado, como si á
mucho pueblo apiñado. En la plaza habían colocado sus pies hubiese caido un basilisco.
tablados y carros atravesados: varios iiondjr.s estaSacóle de su estupor el ruido de unas espuelas
ban abriendo hoyos delante de la puerta del maes- que sobre la escalera sonaban; bajó de ella mi catro, en U)s cuales colocaban unos pies derechos for- ballero y entró en la tienda.
mando dos hilera»; sobre estos píes derechos clavaron
—Maese Blas, ¿podrías buscarme uftos higos.frasunos barrotes otravesados . y por cima acomodaron cos ?
unas tablas; formando así una especie de pasadizo,
—Si, señor.—\'o mismo iré á cogerlos á la higuera
que del balcón de la casa de Gonzalo Vaz iba á dar del ceroado donde vi ayer algunos maduros.
á un tablado que de antemano liabian levantado en
—Pues cogedlos y llevarlos arriba sino os demoel centro de la plaza.—Toda esta máquina, que pare- ráis mucho; subid también un pichel con vino.
cía obra de muchos días, se había ejecutado en el esDicho esto, salió el caballero; montó en un cabapacio de pocas horas.
llo , y partió á rienda suelta por medio de la plaza.
Maese Blas estaba con la boca abierta, y oo podría
El barbero obedeció; luchaban en su alma el terror
acaba de creer lo que veia , ni lo que es mas, aun y la curiosidad. Alegróse por tanto que se presentaenterderlo.—El pueblo agitábase ondulante en medio se un tan poderoso motivo de dominar aquel y sade la plaza: balcones , tejados , chimeneas , todo ne- tisfacer esta, corrió ligero al cercado, cogió los higos
greaba con la gente; empero toda aquella muche- y subió con ellos al cuarto de Gonzalo Vaz , no sin
dumbre parecía un concurso de sombras, porque no haberse procurado antes un pichel de vino.
«e oia en toda ella un grito, uní risa , un lamento.
Miró asi que entró; y un estremecimiento inyo—
I.os arcabuceros y ballesteros , cuyo númoro era luntario agitó todos sus miembros: un caballero que
muy reducido en aquella época , estaban colocados en no podia ser sino el que entró encubierto, estaba
ala y cubiertos de armas oscuras á los lados de la plaza: sentado en una silla. Era él—era el mismo q,ue maey por en medio de ella pasaban de vez en cuando al- se BJas sospechara ; viéndolo estaba, j jio ]o gueria
;unos .caballeros con sus totas de colores , debajo de creer.
—Venid acá maese Blas, y dadme eso T"° »I"%O¡S.—
»s cuales se veía relucir la coraza por las abertura»
EL BARBERO DE UN YALIDO,
f
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SEMANAIUO PINTOKKSCO ESPAÑOL.
dijo Rtri Telleí que estaba eR pié aliado deUballero.
El barbero obedeció.
—Ijuisiera poder pagároslo, dijo el caballero, pero
no me es posible. En este instante soy mas pobre que
el mas pobre de mis vasallos, mis riquezas consisten
apenas en algunos momentos de vida.—Dios os recompensará!
_
_
Todo esto fo¿ dicho con voz firme y serena. En seguida el caballero escogió de ejitre los higos aquellos
que Je parecieron mas frescos y maduros, se los comió,
y bebió un sorvo de vino.
Fray Pablo que estaba al otro lado le dijo eos voz
oktufie.
k
—No os llaméis pobre, seiior. La bienaventuranza
os espera, y la bienaventuranza de un mártir no es
pobreza. Dejáis mujer, hijos, riquezas y vasallo»; pero
uias que todo eso vale el reino de Dios.
£1 caballero volvió los ojos Lacia la ventana, y los
clavó en el cadalso.
—Nuestro primo es aficionado á hacer las cosas á
guisa del rey de Francia. ¡No ha mucho tiempo que
recostado conmigo ea una ventana de palacio, me
describió la forma del cadalso en que aquel monarca
mandara degollar á uno de sus duques, y no echó
en olvido la idea, ¡i lo que parece, para el caso presente!—Rui Tcllez.ves que ufano se encamina hacia aquí
Francisco de Silvería con las insignias de merino
mayar.
Rui Tellez miró y vio entrar en la plaza á Francisco Silveira refrenando sa fogoso caballo: la ver-rguenza le hizo asomar los colores al rostro: aquel miserable había aceptado el cargo de couducir al mísero
caballero al lugar del suplicio y el marques de Manalva, se había negado á desempeñar las funciones
del suyo, para no asistir á los últimos instantes di- uu
desventurado amigo: hizo mas; él y otros muchos hi4*lgoK ofrecieron ul mounrea dar sus forlali zas en rehenes por el sentenciado; mas nada logró ablandar
el ánimo del rey, ni de su salido Antón de Faria.
Decretada estaba la muerte del caballero; y el juicio
y sentencia que le llevaban ¡il patíbulo no eran mas
que formulas vanas que debían dar apariencias de
justicia, á lo que solo era obra de la venganza y tal
vez de la política.
El caballero que habló en la tienda con míese
Blas, volvió ¡i presentarse en el umbral de la puerta:
traia el rostro pálido y desencajado. Dio algunos pasos y vino á colocarse frente por freatu del sentenciado.
—¿Qué nueras traéis, señor? Preguntó fray Pablo.
—No queda ninguna esperanza. Nada es capaz del
ablandar la férrea voluntad del rey.
—Dios le perdone—dijo elr.o en voz baja. ¿Y mis
byos?
—Están seguros. Fernán Rodríguez Pereira se fugó con ellos á Castilla. La reina Doña Isabel les servirá de amparo.
—Loado sea Dios! Moriré tranquilo.
Estas fueron las últimas palabras del infortunado
caballero. Fray Pablo le habló al oido; púsose en pie,
y el monje ocupó el asiento que aquel dejó, era la confesión postrera.
•Maese Blas estaba inmóvil en un rincón de la estancia junto á la puerta, con los ojos espantados y la
boca entreabierta. Rui Tellez le hizo seña de que fuese
bajando.
Y el barbero bajó.
IV.
Caminaba el caballero sentenciado al suplicio, yá
«u lado el venerablefray Pablo y otros dos sacerdotes que con fúnebre melodía entonaban algunos pasajes estraidos del libro de Job, y de ese tesoro inagotable de cpnsuelos llamado Biblia. En pos del reo
caminaba un bulto de hombre, todo cubierto de luto:
un ancho capuz le ocultaba el rostro, y una soga de
esparto, ajustaba á su talle un largo sayal que le caia
hasta los pies: era el verdugo.
Llegaron por fin al teatro donde debia represen-
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tarse *<|ucl drama terrible, y oyóse entonces la vo?
del pregonero qye decia:
«Justicia que manda hacer el rey D. Juan en la
persona de D. Fernando, Duque de Braganza, por
crimen de alta traición.»
Tres veces sonaron estas palabras á las cuales el
Duque respondió en vozbaj.i. «Digan lo que quieran, »
Detúvose el reo en medio del cadalso, donde había
una especie de tabladiHo: el ejecutor le dijo que so
echase allí; él obedeció después de quitarse del cuello
un relicario que entregó á fray Pablo, dictándole:
—«Dad esto á la señora Duquesa. No olvidéis tampocolo que os tengo recomendado. Oue vayaá pedir por
la salvación de mi alma: un rosario á Santa María de
Guadalupe, y otro al santo sepulcro de Jcrusaien. Dios
tenga piedad de mí.»
—«¡Amen!—contestaron los tres sacerdotes.»
—¡Jesús!—fue el grito que se oyó después de un
silencio moral: este grito partió á un mismo tiempo
de todos los ángulos de la plaza. La cabeza del Duque
de Braganza D. Fernando II, había sido separada de
su cuerpo. Yíérase centellar en el aire, la cuchillada
del verdugo como el fulgor de un relámpago.
El ejecutor sin descubrirse el rostro, volvióse pausadamente por el pasadizo enlutado á casa de Gonzalo
\az. Nadie pudo adivinar quien era: buho personas
entre el pueblo que por el aire del cuerpo llegaron
á sospechar que fuesi- el prooio I). Juan II en persona; pero nadie,1 las dio crédito: eran de esas imaginaciones qnes inclinan siempre á lo maravilloso.
No falló tampoco quieu se atreviera á hacer preguntas acerca Je esto á maese Blas, el cual sonriéndose mudaba siempre de conversación:—probablemente porque le parecería ridicula y estravagante
tan horrorosa idea. Hmpero de lo que niuclins \rees se
acordó maese Blas, asi como la dema.s gente, fue de la
historia de la pedrada que el rey tiró en la orilla del
Tajo, y de la esclauiacion del cardenal Costa, untes de
marcharse á Roma.
La primer cabeza en que diera la pieilro despedida de la mano del rey, fue en la del Duque de Bragaiua. Juzgado camarillescamente, por jueces que no
eran sus iguales, acusado por testigos viles y por sus
enemigos mortales de tratar traición á favor de Castill • y contra su rey, fue condenado sin oírle; y el
caballero que había sido el íntimo amigo de Alonso V,
el señor feudal que podía sacar de sus tierras dos
mil lanzas, y diez mil neones, armados, no tuvo una
lanza que se enristrase por él, ni una ballesta que se
encorvase en su defensa
ISIDORO GIL.
(Continuará.)
EL TEMOR DE LA MUERTE.
Nadie ha definido hasta ahora de un modo satisfactorio la vida ni la muerte. Estos dos grandes misterios del ser orgánico permanecen velados por la
majestad de Dios para los grandes .fines de su sabiduría. La una he concibe por la actividad espontánea, por el pensamiento, por .la voluntad, por el ejercicio de las funciones materiales y .del organismo: y
en rano queremos esplicarla otra diciendo que es un
estado contrario á la primera.
Parece indudable que existe en nosotros un principio vital que vela por nuestra conservación; que
acude con todas sus fuerzas al lugar amenazadode
muerte á fin -de rechazar ó neutralizar el ataque, y
que como una segunda providencia nos proloje sin
ser llamada, nos salva sin ser sentida. Pero ¿cuál es
ln cseiu ia de este principio ? ¿ qué leyes rigen su benéfica acción? ¿Cuáles son. por decirlo así, las reglas
de su gobierno en el cuerpo humano? La medicina
dejará d er una ciencia empírica cuando las co-
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nozca; y entretanto, la ignorancia en que acerca de de la circunferencia al centro, estingue la existencia
ollas está, hace de la vida un misterio, que acaso sorá en todas partes hasta que llega al corazón, último
centinela de la vida, [i] Debilitase la vista; píérde-o
eterno.
S> d¡C5 que vivimos porque somos; y que morimos el oído; el tacto se hace oscuro y poco manifiesto:
porque dejamos de ser. Esplicacion incompleta; por- se embota el sentimiento; la barba y los cabellos enque ¿quién puede asegurar que el anonadamiento del canecen; un gran número de estos caen por falta de
lumbre es absoluto en el sepulcro? La muerte es un jugos nutritivos, y los olores no producen en el olfamodo de ser diferente del de la vida: pero acaso no to sino una débil impresión si el gusto sobrevive algún
opuesto ¡i él. Mejor seria decir que es el principio de tiempo á esta ruina general, decae la percepción, la
olra vida con una serie distinta de fenómenos: solo imaginación se embota y á la inacción del cerebro
que entonces se suceden fuera de nuestra vista con se sigue inevitablemente la debilidad de la locomoun movimiento imperceptible y una vitalidad de que ción y de la voz. \ este cúmulo de males con queso
acerca la muerte pasoá paso, ss añade para el viejo
no pueden dar testimonio nuestros sentidos.
Por lo domas, la muerte es un bien tan precioso la destrucción de la memoria de lo presente, cuando
como la vida: sin ella seria esta una maldición, la fe- por el contrario • el recuerdo de lo pasado, vivo aun
y permanente, le hace padecer el tormento de comlicidad una quimera y Dios un monstruo.
Y sin embargo, el hombro la teme, y el blanco de parar con el mal del mohiento el bien perdido; con
todos sus esfuerzos mientras dura su peregrinación ej goce que ya pasó para siempre, la privación que vá
en este valle de lágrimas, es el de evitarla. Un instinto en aumento.
Pues sin embargo, este ser caduco que so desmopoJeroso nos mueve á repalcrla con todas las fuerzas
del cuerpo y del alma, presentándola á nuestra ima- rona bajo la tremenda fricción de los años; esta ruina
ginación aterrada como el mayor de todos los males. Y aislada en medio de la naturaleza como la piedra en
no es por cierto el dolor físico lo que la hace temible, el desierto; abandonado de todas las sensaciones agrapues en circunstancias ordinarias no creo que haya dables y separado por su falta de los objetos que lo
un solo moribun lo para quien el bien de la existen- rodean, ama la vida mas y mas á proporción que se
cia no sea preferible á una serié constante de pade- acerco la muerte; y la ama con mucho mas ardor qno
el joven Heno de lozana y pura vida que está unido
cimientos y miseria.
«La idea de nuestra última hora, dice Bichat, [{) al mundo por cada poro de su cuerpo y por cada senno es doloroia sino porque termina nuestra vida ani— timiento de su alma.
mal, y porque hace cesar todas las funciones que nos
¿Cómo espliear osle hecho por medio de la opipon.'ii en relación con los seres que nos rodean. La nión de Bichat? Imposible! El viejo ha perdido ya esas
privación de estas funciones es la que cubre de es- funciones que lo ponían en relación con sus semepanto y terror las márgenos de nuestro sepulcro.»
jantes, y cuya pérdida es la qu • según aquel autor
«Considérese, dice, al animal, que tiene poca vida nos llena di! espanto y do terror en la hora do la
estorior, y que no tiene relaciones mas que para sa- muerte. Y el joven por el contrario, lleno de sentitisfacer su iicccsidadcs materiales, y veremos que miento y de vitalidad, sin desengaños ni recuerdos
nada temo viendo próximo el momento en que va á dolorosos, marcha en la vida unido á cu ¡nto existe
dejar de existir.
por medio del placer.
Ya Magendie ¡2) hizo conocerlo infundado de esta No se diga que en él, por lo mismo, tienen mas
observación alegando que el animal no teme el mo- efecto las pasionesque hacen arrostrar sin temor la masmento en que vá á dejar de existir, por la sencilla razón terrible muerte; porque el hecho que hemos asentado
de que, sintiendo solo lo presente, no conoce ó por se verifica del mismo modo que en el campo de batamejor decir no tiene conciencia de ese instante: que si lla, donde por lo común es la muerte repentina, que
padece en la proximidad de la muerte, el dolor se ma- en ese lecho de mortificación lenta y gradual en donnifiesta por las señales acostumbradas; pero que solo de el hombre mide por adarmes su aniquilamiento,
esperimenta el dolor del momento sin conocer cosa cuenta por minutos la hora fatal y oye el ruido de los
alguna mas allá de su fin material. Siendo de notar pasos de la muerte.
que el niño se halla enteramente, bajo este aspecto,
La muger, mas sensible que el hombre á la imen el mismo caso que los brutos.
presión délos objetos esteriores,mas afectuosa en las
Pero esta justa impugnación al símil propuesto por relaciones morales de la vida, menos distraída de ellas
Bichat no falsea enteramente su opinión, por mas que por el bullicio del mundo y sus afán-s: la mujer, aun
la debilite; á tiempo que yo creo ver muchas y po- que débil, muelle y cobarde, mira con mas serenidad
derosas razones que la destruyen de un modo incon- el sepulcro que el hombre tan pagado de su valor de
su magnanimidad y de su fuerza.
testable.
¿Cómo espliear, repetimos, estos hechos por la opi121 hoaibre que habiendo atravesado ileso y feliz el
tempestuoso mar déla vida, llega al fin de una dilata- nión de Bichat?
¡Oh no! El temor á la m:erte no es solo en el homda vejez (3), muere por partes: primero en el esterior, luego en el interior: primero en las funciones, bre el sentimiento de perder la vida. Ese temor proluego en el organismo. Ciérranse en él los sentidos, viene de una causa moral y filosófica, ea qua interunos después de otros, como las puertas y ventanas viene un elemento moral desconocido y negado en
de una casa mortuoria, y caminando la muerte des- vano por los que, rehusando al hombre la noble dolo
del espíritu, se obstinan en no ver en él sino una má( I ) inrejligacioues fisiolójicas sobre li vida y la muerte.
(Ji Notas i la citada ubra ile Bickat.
(3) liemos lomado del mismo Bíchal el fondo de las consider»ciontí Gsiolójicas que í¡¡jucn acerca de la muerte senil.
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íl) Rslo di-be entenderse délas muerles naturales. Ea b<
-epi-ntinas se estirgue primera la vida en el corazón: y despuri
•a toda.» partes.
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quina inas perfecta que la del bruto: hombres para falsa cuando, despresian ¡o cl sentimiento de la conquienes cl cerebro es el alma, y el escalpelo la filosofía. ciencia y el del sentimiento religioso, atribuyó solo á la
No dudamos en decirlo y lo decimos con onlora con- memoria el temor de la muerte.
vicción: el lonnr ¡i la mu ríe es una función de la conPor lo que toca á nuestro modo de pensar, creeciencia, que unida á la mamona y al sentimiento re- mos poderlo reasumir en estas conclusiones.
ligioso, liace luchar en nuestra mente las imájenes de
El temor á la muerte es una función mista de la
lo pasado y los oscuros presentimientos del porvenir. memoria, la conciencia y el sentimiento religioso, las
En cl momento terrible que precade al de la des- cuales hacen luchar en nuestra mente las ¡deas délo
trucción 'le nuestro sor, la vida se presenta compen- pasado á un mismo tiempo que los presentimientos
diada, por decirlo asi, ¡i la memoria, y la dura idea del porvenir.
En los .incianos es mayor que en los demás bomde perlería hace qua olvidados de las amarguras padecidas la lloremos co;no un bbn. Por su parle la >res ese temor, porque en ellos la memoria de lo paconciencia, reuniendo sus acuerdos, se presenta ar- sado es esclusiva, y porque á mayor número de días
mada al hombre con los remordimientos de sus faltas, corresponde por desgracia mayor número de faltas.
Distraído el joven de lo pasado con las impresiones
;i tiempo que el sentimiento religioso manifiosta enIreabierta ¡i los ojos del espíritu la puerta de ese mun- de lo presente, rico en ilusiones y sentimientos espando invisible en donde la eternidad se apodera del sivos, y libre del peso de muchos recuerdos punzadores, deja la vida sin miedo, con aquella indolencia
premio ó del castigo.
Y en vano se objetará qua este concurso simultá- generosa que caracteriza la edad de las pasiones y de
neo de la memoria, la conciencia y el sentimiento los pía reces.
La mujer es toda amor, toda esperanza; y en esreligioso, que como testigo, juez y sanción de nuesI ras acciones rodean nuestro lecho en la hora de la tos dos sentimientos está cifrado" el sentimiento relimuerte, no tiene lugar sino para cl hombre civiliza- gioso; porque la fé es amor, y el amor de Dios es la esdo, l'orque los elementos de este juieio han existido peranza. Y como en ellas 1* mi'inoria no recu rda por
siempre en lodos ellos; y la historia nos enseña que lo común crímenes atroees, compensa la conciencia
en cualesquiera tiempo, circiinslancias y lugares se ha leves faltas con oportuno arrepentimiento.
verificado.
RAFAIII. MAMA BABAI.T.
El sentimiento religiioo <•-.> un iiiilinlo l;m inseparable de nuestro ser como el que nos ordena conservarnos: si eslo nos hace a uar la vida perecedera
del cuerpo, aquel mantiene vivo nuestro afecto á la
\ iila inmortal y misteriosa del espíritu.
El salvaje americano canta alegremente su ú Dios
Una casualidad ha puesto rn niin.ilras manos la
;í la existencia en medio de tormentos cuya sola idea presente caria , que publicamos creyendo agradar
nos hace estremecer, ó reclinado al pie de un árbo ¡i nuestras amables lectoras, aun á riesgo de que al<!c sus selvas aguarda impaciente á que la muerte guna persona nos acuse de interceptación y abuso
desatando los vínculos que lo unen A la vida, lo lleve de confianza.
PARÍS IG DE ENERO.
A otras regiones en donde los festines, el canto, l;i
música,la guerra, ó los trabijos del campo son éter
Te escribo, querida Amalia, sin tener nada de innos. ¿Porqié no temen estos hombres la muerte, qm terés que coniarte, por lo tanto, estás en libertad de
un sentimiento instintivo nos mueve á conservar rasgar ó quemar mi carta sin leerln. Tomo la pluma
¿Será acaso porque libres, sin cuidados, sin necesida- porque no hallo mejor modo de distraerme que entablar contigo una conversación por escrito, ya que
des facticias, sin crueles dssengaños y dueños abso- la fatalidad nos priva deque sra verbalmente.
lutos de tierra próvida y hermosa, carecen de goces,
Sin duda creerás que á falta de otra cosa mejor
de sentimientos y dulces relaciones con los seres qu voy á darle noticia de las novedades que haya en
IOÍ rodean?.... Es porque en ellos las ideas do derech esta populosa capital, pero n¡ aun á este recurso
puedo apelar para llenarte la presente epístola, la
y de deb-T son imperfectas; oscuro por falta de la grippe tiene desanimados los paseos, vacíos los salones,
revelación el sentimiento religioso; indolonte la me- desiertos los teatros; no se habla mas que délos promoria; y en fin , porque al paso que la conciencia gresos del mal, de su generalidad, de su constancia;
la presente temporada, en fin, vá pasando triste y
duerme en sus almas ignorantes y ciegas, juzgan qu monótona
acompañada de un coro innumerable de lola muerte les dá un derecho indisputable y absoluto ses y estornudos; solo los médicos y los boticarios se
á una vida entera de reposo y de placeres.
felicitan de ella, solo los empleados remolones, los
¿Por qué los griegos y romanos, sin apego A la vi- amantes infieles, los deudores rebeldes, los chiquillos
arnganes. los malos artistas, los cantantes sin voz. se
da, buscaban la ocasión de sacrificarse por la patria, aprovechan
de la enfermedad para disculpar sus
y los antiguos scandinavos pedian al cielo como ur respectivas faltas.... Pero ahora recuerdo que ni aun
bien la muerte en la batalla? Porque en esos pueblo: esta relación tiene para tí el interés de la novedad,
á falta de una religión moral como la cristiana, si porque en Madrid os halláis en idéntico caso. Esta
vez no habéis querido retrasaros tampoco en la adophabían divinizado el valor y el patriotismo, y los sa- ción
de una plaga que aunque plaga es de moda, esto
crificios que ellos inspiraban tenianderecho al triun basta: á propósito de modas, voy á darte acerca do
ellas las iiltiin;is y m;is interesantes noticias ya que
fo en el paraíso de Odin y en los campos Elíseos.
Pudiéramos hacer otros muchos argumentos de- no t'ngo otru co>a mejor de que hablarte.
Los traj'S de baile han sufrido escasas variacioducidos del raciocinio y c'e la esperiencia; pero creenes: tres colores reinan este año en los vestidos de
os que en el juicio de lis personas indianamente gasa,
tarlatan ó crespón; el rosa, el amarillo y el blanco
iiKtruilas en la historia y en la filosofía, lo dicho sus adornos consisten bien en flores, bien en rulos de
basta para probar que Bichat emitió una opinión raso ó alternando ambas cosas, en cada falda: también
MODAS.
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prodncen buen efecto en los vestidos que tienen tres
de estas que la del centro esté á trechos recojida en
los puntos en que se halla sujeta con ramilletes de
flores naturales ó con lazos de cinta: los visos de raso
son tos únicos adoptados para los restidos de gasa.
También está muy en boga el raso papa trajes mas
severos, de concierto ó de raut, para lo que se lloran
con volantes de encaje, esta misma guarnición dic«
"\
Figurín del IC de Enero.
perfectamente sobre moire antiguo, tela que también
se halla favorecida por la intuía: con los trajes mencionados acostumbran á llevarse adornos do cabeza
de terciopelo bordado de oro. y de blonda de oro ó de
plata sencillamente.
Los trajes de mañana continúan casi inalterables,
cofia de encaje iuiitando á la blonda, bata de Cachemira un poco corta de modo que deje ver una falda
con pequeños volanl.-s bordados á la inglesa, mangas
anchas y abiertas permitiendo ver otras mangas interiores y babuchas de terciopelo librado con dibujos
arrasados de un color fuerte, constituyen el adorno
de una elegante en las primeras horas del dia.
En punto á vestidos de calle y visitas pueden c i tarse como la principal novedad,"los sin frunces, que
Mielen ser de color de ceniza adornados con galones
de seda sobre puestos en lis costuras (IV Ademas de
este traje se usan otros abiertos por delante guarnecidos de una sérit' de picos unidos ton botones y
borlit.is de pasamanería, las mangas un poco cortas
con adornos que hagan juego y por dentro otras de
musolina fruncidas en un puño bordado.
Los sombreros de terciopelo gris adornadosde plumas
grises también con las puntas de color de rosa y los
de la misma tela, verde esmeralda, con cintas de igual
color, son los lúas ele-antes.
A líios mi buena Amalia, ahora si que he agotado
todas las materias de que po lia hablarte; saluda por
]x>r mi á tu familia y reoilie la seguridad de mi mas
lienta amistad.
C.LEMF.NTIXA.
(I)
f'«»e •' j o d t í o de 1» derretí.
Anterior
ESTADISTlí A DE LAS MAYORES <:IT»ADKS DHL MINDO.
Londres y sus arrabales cuentan 2.016.000 habitantes.—Jeddu , capital del Jupón , 4.6'iO.OOO.—París, 1.087,000.—Pekín. 4.000,000.—Cantón, 800,000.—
Constantinopla , 780,000. — Nnnking, 700,000. — Lintsin . 680,000.—Calcuta, 6oO,000.—Beuarés , 650.000.—
Madras , 500,000. — Petersburso , 4*0.000. — Nápol:-s. 470,000.—New-York . 440.000.—Berlín, 4(0,000.—
Viena , 400.000. — Awa . 3^0.000. — Padua , 380,000.—
Manchester , 365,000. — Luknow , 36¡i,000. — Lisboa. 3-iO.OM).— Delhi , 3o0,000.— H Cairo , 3'5O,OOO.—
Moscow. 330.000.-Dublin, 298,000.—Glasgow, 290,000Filadollia, 280,00!». — Liverpool , 280.000.— Amsterdam. 260,000.—Uyderabat. 250,000.—Alepo, 2o0.000.—
Madrid, 'HO.OOO.-Mirzapour, 2iO,oOO.-Isp¡ihan. 220.000.Méjico, 220,000.—Cendy, ¿20,000. — Da.-ka , 200,000.—
Boinbny, 200.009.
Dos coinedias nuevas, originales, de costiliubrt>5
y de dos autores conocidos , se han estrenado últimamente; la una c u buen éxito, la otra con poca fortuna: la prim-ra es del Sr.' Br.ton de los Herreros y
su titulo Un enemigo oculto: la segunda del Sr. Viller—
gas y se no libra Todo se queda en casa. En el éxito res>peelivo de ambas ha influido j>oderosamente la
ejecución; en punto á la cual quisiéramos tener espaeio para alabar debidamente á los autores del teatro del Príncipe y censurar el descuido con que la
mayoría de los de la Cruz desempeñaron la última de
eslns dos producciones.
14UIWI»--l.it>fvri»* ilv Prr«<ta, rucóla, Slonirr. Matute liimi-fom. Gt«f>3r v (l«i
U . K..u,..rl. \ Í I U < la f u M i c ^ j l . lilo^rafi» J t Bachiller, ¿e\ !"«•]<• del ll'a f <
San l>li|«- Nrri.
euttMM-.ixs.—H^mili.nlo n i » litrsiiTa ao»»f» í t * r n w . Irmt* <e pnrt» . t toia
4* W AIMilKuTKkCKW uti >i:il«\*iutt. mi., il. J»r.t0\fln->i>, n. Mi, c«>rt«> tt-^unil*.
MAUHII)
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—11IIBKNTA PK I). BAI1A AK I.OMAI hl.