El séptimo mandamiento y las mil manera de robar

EL SÉPTIMO MANDAMIENTO
Y LAS MIL MANERAS DE ROBAR
Después del Lenocinio viene el Latrocinio.
Pero no han tenido la misma suerte el Sexto (no fornicar) y el Séptimo (no hurtar). Sobre el sexto han
corrido ríos de tinta, escritos ,-dicho sea de paso- por varones, célibes, mientras que la producción sobre
el séptimo ha resultado comparativamente más corta y genérica. Nuestra moral ha hilado muy fino en el
VI, pero con hilo muy grueso en el VII.
Actualmente las cosas han cambiado. El “Catecismo de la Iglesia Católica” dedica catorce páginas al
sexto y doce al séptimo. En su núm.2.409, después del enunciado general, especifica: “Son también
moralmente ilícitos, la especulación mediante la cual se pretende hacer variar artificialmente la valoración
de los bienes con el fin de obtener un beneficio en detrimento ajeno; la corrupción mediante la cual se
vicia el juicio de los que deben tomar decisiones conforme a derecho; la apropiación y el uso privados de
los bienes sociales de una empresa; los trabajos mal hechos, el fraude fiscal, la falsificación de cheques y
facturas, los gastos excesivos, el despilfarro. Infligir voluntariamente un daño a las propiedades privadas
o públicas es contrario a la ley moral y exige reparación”.
Así están las normas en teoría, pero en la práctica, robar una propiedad ajena cuando el propietario tiene
un rostro, un nombre y apellidos, está claramente reprobado. Es pecado y está socialmente rechazado.
Pero cuando ese propietario es una comunidad, una empresa, el Estado, etc. ya no está tan claramente
reprobado ni suscita el rechazo social que suscita el primero. Al menos esto era así hasta no hace
mucho.
Desde hace cierto tiempo vienen creando alarma los
medios con una serie sucesiva de “casos” que
asolan nuestra sociedad como un “tsunami” de
corrupción. El más reciente el de las llamadas
“Tarjetas Opacas” (en Galicia debe de haber
iniciados unos doce “casos”).
Yo llevaba esto en la cabeza una vez que entré por
el hall principal del Hospital “Arquitecto Marcide”. Me
encuentro a ambos lados de las puerta unos
dispensadores de jabón desinfectante que estaban, curiosamente, amarrados al soporte con cinta
adhesiva fuerte. Recuerdo que lo comenté con alguien y me dijo: ”Es que se las llevan!!”. Otro día me
contaron que desaparecían otras cosas, rollos de papel higiénico, etc, etc..
En la calle Galiano unos jardineros colocaban en los macetones nuevas plantas y flores. Pero a la
mañana siguiente muchas plantas habían desaparecido. Entonces también alguien me dijo: “Es que
algunas señoras se las llevan para su casa”.
Comienzo a pensar: ¿Será esto robar? Entonces podría sacarse una primera conclusión: aquí robamos
todos. Sólo depende de lo que tengamos al alcance de la mano: los de abajo, macetas y frascos, y los de
arriba tarjetas de millones.
¿No será una afirmación arriesgada y ofensiva ésta que estoy haciendo? Entonces tiro del hilo de la
memoria y recuerdo cosas… Hace mucho, mucho tiempo, un párroco de la ciudad se jactaba de
defraudar a la compañía eléctrica porque “el que roba a un ladrón tiene cien años de perdón”.
Tiempo adelante, donde ahora está “Supercor” se levantó el primer supermercado grande de Ferrol. Se
llamaba “Simago”. ¿Sabéis cómo le llamaban en su jerga los pillines de aquel tiempo?: “Si mango”. Eran
de colegios católicos, pero les reíamos la gracia.
Pasemos a palabras mayores. Un amigo que trabajaba en Astano y que lo hacía a conciencia tenía que
aguantar la chuflas y reprimendas que le hacían varios compañeros de trabajo por “pasarse” trabajando.
Y no era el único. Ni el único sitio donde pasaba, y ¿pasa aún?
Todo Ferrol sabe lo que ocurría en
Bazán. Hasta Torrente Ballester en su
novela de ambiente ferrolano, “La boda
de Chon Recalde”, llama a Bazán “el
Rancho Grande” ¿Por qué sería? Yo no
recuerdo que nadie haya levantado
entonces la voz para decir: “¡Eso es
robar al Estado!” Ni se pensaba. Nos
sentíamos todos honrados y felices.
El trabajador de una empresa, privada o pública, que tiene un turno, por ejemplo, de ocho de la mañana a
tres de la tarde y entra a las diez y sale a la una, ¿no estará robando? No se roba a Fulanito y Menganito,
pero se roba a la comunidad. No se roba por acción, pero se roba por omisión.
Como se roba por omisión, creo yo, cuando no se pagan los impuestos. Ay, la Declaración de la Renta,
ay el IVA, ay, ay, ay.
“Lo que hay en España es de los españoles”, decíamos para justificar hurtos o destrozos en los trenes
,etc. Sí, lo que hay en España es de todos, pero no para que quien le apetezca se apropie o maltrate eso
que tenemos que usar todos.
Creo que ha llegado el momento de decir ¡BASTA YA! Y de emprender una campaña, como se decía
antes, de Rearme Moral, implicando en ella a todo el entramado social: la Administración a todos sus
niveles, los medios de comunicación, creadores de opinión, la Enseñanza… Y la Iglesia como formadora
de conciencias, con todos los medios que tenemos: la clase de religión, catequesis, las homilías, la
penitencia, etc. etc. Todos inyectando dosis masivas de vacuna HYSJ (honradez y sentido de la justicia),
hasta que superemos el estado crítico y la sociedad produzca sus propios anticuerpos.
No se trataría sólo de denunciar las tropelías que cometen los de arriba –que también- sino de empezar
desde abajo, combatiendo la corrupción de baja intensidad e ir subiendo, hasta crear una sensibilidad
respetuosa con lo que es del otro y con lo que pertenece a todos y debe revertir en el bien de todos,
especialmente de los más débiles.
Ya está bien de decir que aquí siempre hubo picaresca, y tal. Que no roba el que no puede, etc, etc..
Hasta les llamamos jocosamente “chorizos” (del caló “chorar”= robar) a los que practican el latrocinio.
Pero cuando la marea sube tan alta, deben saltar las alarmas para que paremos esta ola gigante que
estalla, muy visible por arriba, pero que arranca de lo profundo, atravesando perversamente todo el tejido
social.
Permítaseme terminar recordando una escena tierna de la Biblia (Tobías,2,12-13): “Un día, el siete de
marzo (Ana, su esposa),terminó una pieza de tela y la entregó a los clientes. Éstos, además de darle toda
la paga, le regalaron un cabrito. Cuando ella entró en casa, el cabrito se puso a balar. Yo entonces llamé
a mi mujer y le pregunté:¿de dónde ha salido el cabrito? ¿no será robado?-Devuélvelo a su dueño. No
podemos comer cosas robadas”.
Rosendo Yáñez Pena
Capellán de la Residencia “Mi Casa” de Ferrol
[email protected]
En este articulillo, yo, como un humilde ojeador, estoy colaborando a “levantar la liebre”. A otros corresponde” disparar sobre ella”
con el peso de su autoridad social, teológica, pastoral, etc..No vaya a ser que la liebre se convierta en un oso que lo devore todo.