PETER F. DRUCKER Cómo pueden su visión y sus conceptos

PETER F. DRUCKER
Cómo pueden su visión y sus conceptos
ayudar a la Argentina hoy
Conferencia pronunciada por el Ing. Ernesto Pablo Badaraco
en el acto organizado
por la Sección Ingeniería, Arquitectura y Artes
de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires
el 23 de junio de 2006
La publicación de los trabajos de los Académicos y disertantes invitados se
realiza bajo el principio de libertad académica y no implica ningún grado de
adhesión por parte de otros miembros de la Academia, ni de ésta como entidad colectiva, a las ideas o puntos de vista de los autores.
PRESENTACIÓN
Ing. PEDRO VICIEN
Esta noche el Ing. Badaraco nos hablará acerca de la prodigiosa persona que ha sido Peter Drucker, y de su labor a través de todo
el siglo pasado.
El Ing. Badaraco es un competente conocedor del pensamiento de
Peter Drucker y durante su larga tarea profesional y de profesor universitario ha podido difundir y aplicar los principales conceptos elaborados por éste.
Nuestro expositor nos hará conocer las múltiples facetas de su
carácter y la originalidad y profundidad de su pensamiento, que ha
girado principalmente en relación con los procesos de gestión de
empresas y entes de gobierno. Nos preguntamos entonces: ¿por qué
la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires promueve el análisis de una disciplina que es más un arte que una ciencia? Y podemos citar a R. F. Harrod cuando se refiere a la economía y dice: “La
Economía era (y es todavía) una disciplina joven; como ciencia sus
logros han sido hasta ahora de carácter conceptual y clasificatorio; no
poseía y no posee todavía –a pesar del progreso de la estadística–
leyes suficientes que se puedan expresar cuantitativamente. No
puede efectuar casi nunca experimentos”. Lo mismo se puede decir
de las disciplinas que se utilizan en los procesos de análisis de la producción y de los métodos para mejorarlos. Sin embargo, por la importancia de las técnicas empleadas y los resultados obtenidos en el
mejoramiento de la operación de los sistemas, la disciplina tiene categoría universitaria y concita la investigación con importantes recursos.
Paul Kennedy, el brillante historiador de Yale, nos dice en su
libro Preparing for the Twenty First Century,
“La fabricación por máquinas accionadas a vapor comenzó a expandirse
en la parte central y norte de Inglaterra en la última mitad de siglo
dieciocho y a principio del siglo diecinueve, naturalmente atrajo la
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atención de muchos extranjeros. Mostrando fascinación, entusiasmo,
y algunas veces aprensión, los visitantes europeos y americanos observaron el nuevo mundo de la producción industrial en el que las máquinas a vapor convertían calor en energía. Lo que más les impresionaba
era que esas máquinas eran rápidas, regulares, precisas e incansables.
Habiendo carbón y las máquinas en orden nunca fallaban de la manera
en que lo hacían los seres humanos y los animales, cuando la energía
fisica declina. Las máquinas podían trabajar día y noche sin parar por
semanas si así fuera necesario.
Pero la real significación de la Revolución Industrial –y la razón
porque los visitantes estaban tan admirados– fue que ubicó a las máquinas accionadas con vapor y a sus operadores dentro del sistema de
la fábrica. Hasta ese momento la mayor parte de las actividades eran
descentralizadas y se trabajaba dentro de las propias casas, incluyendo
toda clase de actividades ya sea para hacer velas como para tejer telas,
con pagos usualmente por pieza. Obreros especializados desde
ceramistas hasta costureros eran pagados de la misma forma. Aún los
más grandes proyectos –la construcción de un barco, o un palacio– eran
empresas irregulares, sujetas a varias interrupciones. En el sistema de
la fábrica, los obreros fueron agrupados juntos y exigidos para realizar
una tarea estandarizada al ritmo impuesto por las máquinas; trabajaban en turnos fijos de ocho, diez o doce horas, y se les pagaba por hora
trabajada. Debido a que las exigencias de las máquinas eran supremas,
los trabajadores debían vivir cerca de las fábricas en casas de tipo
uniforme provistas por el empleador. Este sistema de fábrica generó
así el proletariado urbano; las sucesivas generaciones conocieron cada
vez menos de sus orígenes en la era preindustrial”.
La Revolución Industrial dio extraordinario poder a Inglaterra
que además poseía un dominio territorial importante del mundo conocido y tenía acceso a cuantiosas materias primas. Los países que
no eran capaces de adaptarse a las nuevas formas de producción quedaron relegados y en aquellos en que la Revolución Industrial progresó comenzaron a tener serios problemas sociales de descontento,
huelgas y violencia.
En otra parte del mismo libro el autor se refiere a los cambios
que la ingeniería y la tecnología han introducido en estos términos:
“Dos siglos después, hemos estado al comienzo de otro cambio revolucionario en la forma en que los productos industriales son ejecutados, un cambio que no fue comenzado en Inglaterra sino en Japón,
en el que se reemplazaron los operarios de las fábricas por robots y
otros equipos automáticos. Por doscientos años la fabricación y las líneas de montaje fueron dispuestas en muchas formas, pero cualquiera
que fuera la innovación de Taylor o Ford o ‘Just in Time’, el elemento
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fundamental fue que los operarios eran convocados en el lugar de trabajo. Ahora estamos siendo testigos de una revolución tecnológicamente dirigida que rompe con esa tradición reemplazando los obreros por
robots para aumentar la productividad. La automatización reduce la
cantidad de obreros activos, dejando la supervisión a algún ingeniero.
Si esto se consigue se habrá cerrado el círculo. El obrero industrial del
sistema fabril, cuyas condiciones de trabajo habían horrorizado a los
observadores extranjeros en 1830, habrían llegado a su fin reemplazados por robots cuya raíz lingüística proviene del cheko en el que ‘siervo’ se denomina robotnik”.
Sucintamente hemos repasado la evolución de las industrias y podemos percibir que los cambios siguen y que para mejorar la producción y la calidad de los productos hacen falta profesionales que
comprendan y estudien la aplicación de las nuevas tecnologías que se
hacen presentes cotidianamente. Peter Drucker es sin duda uno de los
exponentes más lúcidos que han acompañado estas nuevas transformaciones, su dimensión intelectual merece ser recordada especialmente por los ingenieros y profesionales que se ocupan de los procesos de
la producción y el sentido social de la industria moderna.
Harrod, R. F. Economía 1900-1950. Esquema del Conocimiento Contemporáneo, Volumen segundo “The New Outline of Modern Knowledge”, Ed.
La Isla, 1958, Traductor Rodolfo Wilcox, Buenos Aires, 1958.
Kennedy, Paul. Preparing for the Twenty First Century, Vintage Books, N.
Y., Feb. 1884, ISBN 0-679-74705-2m, pág. 42 y sig.
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PETER F. DRUCKER
Cómo pueden su visión y sus conceptos
ayudar a la Argentina hoy
Ing. ERNESTO PABLO BADARACO
En primer término deseo agradecer al Presidente, a los integrantes de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, y en especial a mi amigo Pedro Vicien, quienes tuvieron la deferencia de
proponerme tomar a mi cargo esta presentación de las ideas centrales de Peter F. Drucker, respecto de las cuales me pareció relevante
destacar además aquellos conceptos que podrían contribuir hoy a la
mejora de la calidad de vida y el desarrollo económico de Argentina.
Drucker es conocido por una cantidad importante de contribuciones a la ciencia de la administración: es el creador de la dirección por
objetivos; es quien definió que el empresario es “quien hace productivos los recursos” y es también quien destacó que en realidad hablar
de utilidades es un error, dado que en un entorno de crecimiento económico, las utilidades de hoy son solamente “los costos del futuro”.
En el obituario elaborado por la revista The Economist en la semana de su fallecimiento, en noviembre de 2005, se destacaban también otros conceptos propuestos por Drucker: que “la administración”
es el órgano de las instituciones, y aquello que permite convertir un
“tumulto” de personas en una organización productiva y también,
convertir los esfuerzos humanos en performance, es decir en resultados exitosos.
Drucker ayuda a privatizar cuando sus escritos fundamentaron
por qué el Estado no debía administrar activos, pero es también necesario citar su advertencia del año 1999 a Margaret Thatcher, explicándole que estaba equivocada si creía que con la privatización
podía evitar el control del Estado sobre las empresas. Drucker creía
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que la regulación ejerce el mismo rol que la propiedad por parte del
Estado, e incluso con mayor intensidad aún. En realidad, él comentaba en esa entrevista, que en distintas oportunidades Hitler le había
destacado a principios de los años ’30, que él no consideraba necesario
tomar la propiedad de las empresas. Por supuesto –afirmaba
Drucker en esa entrevista del Financial Times– “quien tiene la posibilidad de matar gente no cree necesario tener la propiedad de las
empresas” para decidir que harán éstas.
Con el riesgo de generalizar, sería posible afirmar que hasta
hace no más de veinte años, Peter F. Drucker fue más admirado en
el ámbito empresario que en las universidades. La elevada dispersión
de los temas que encaraba y la multitud de aspectos que sintetizaba
en un breve concepto, resultó muchas veces difícil de compartir por
aquellas personas más analíticas y con frecuencia concentradas durante mucho tiempo en la investigación en profundidad de un tema.
Drucker clasificaba habitualmente sus escritos durante las últimas décadas en tres grandes grupos: los relacionados con las personas, con las organizaciones y con la sociedad, con excepción –por lo
menos, por lo que está a mi alcance conocer– de un trabajo filosófico sobre Kierkegaard que citaré en último término en esta reunión.
Quizás como muestra de la dispersión de sus intereses, cabe destacar que Drucker fue reconocido en Japón como el mayor experto no
japonés en el arte de ese país y que desde hace muchos años destinaba la mitad de su tiempo a colaborar con ONGs, colegios, instituciones religiosas y otras organizaciones de la sociedad civil. Su atención
sobre todos los hechos relevantes del mundo se sintetiza en que a los
83 años, en un escrito de 1992, analiza con precisión cómo la estabilización de precios explica el reinicio del crecimiento económico de
Argentina.
Drucker no fue solamente el creador y el más grande pensador del
management del siglo XX. Personalmente creo que su título debería
ser más breve y con un mayor alcance: creo que se lo podría denominar el más grande pensador del siglo XX en el sentido más
amplio de este término. Pude comentarle esta opinión en 1994, en
la única oportunidad en que pude hablar personalmente unos minutos con él. Su respuesta fue una muestra de su personalidad: “No es
para tanto, no es para tanto...”, me respondió en ese momento.
De su obituario en The Economist, cabe rescatar también una
frase que muestra el carácter fuertemente humanista de sus convicciones personales: “A lo largo de su vida –dice el redactor de The
Economist– se fue convenciendo crecientemente de que la mejor es8
peranza para salvar a la civilización yace en la aburrida y rutinaria
ciencia de la administración. Él comprendió que la delgadez y debilidad que tiene la corteza de la civilización no le permitía compartir
la clásica fe liberal en el mercado. Pero también tenía más fe en las
personas y en la humanidad que en la mano invisible de la economía
o en los funcionarios del Gobierno”.
Esta presentación ha sido organizada alrededor de tres temas
que, entre los cientos de artículos y libros escritos por Drucker, podrían permitir comprender cuáles fueron los campos del conocimiento en los cuales su contribución fue mayor y en particular, cuáles son
los temas que hoy podrían ayudar más a la Argentina para iniciar un
proceso de reversión de su larga decadencia institucional y con ella,
su estancamiento económico y social.
– En primer lugar haremos una revisión de dos trabajos de 1984
y 1994 –“Necesidades sociales y oportunidades de negocio” y “La
teoría del negocio”–, en los cuales muestra su visión con respecto a
que solamente es posible construir oportunidades empresarias
cuando se tienen en cuenta y se da prioridad en la elaboración del
“Plan de Negocios” a las necesidades de los distintos sectores de la
sociedad. Luego de interiorizar los conceptos que Drucker presenta
en estos trabajos, no sólo se comprende con más claridad el origen del
éxito en el campo de los negocios, sino que asimismo, surge como
“asistencialismo no productivo” gran parte de lo mencionado actualmente respecto de la Responsabilidad Social Empresaria.
– En segundo término, a través de dos trabajos, el primero también de los años ’90 –“¿Pueden las democracias ganar la paz?”– y el
segundo, un trabajo escrito en 1981 –“Detrás del éxito de Japón”– en
el cual explica los hábitos de conducta que permitieron a la dirigencia
empresaria japonesa construir el éxito de Japón en la posguerra,
hemos procurado destacar su amplia comprensión y sus aportes en
los temas que interesan a toda sociedad y en particular a su clase
dirigente, aportes que, según entiendo, son aún más relevantes que
aquellos realizados en el ámbito de la administración, en el cual es
sin embargo, mucho más conocido.
– Por último considero necesario mostrar a través de una breve
síntesis de un trabajo que creo imprescindible leer –“Más allá de la
sociedad. El Kierkegaard fuera de moda”– como detrás de los setenta
años de escritos de Drucker se encuentra, más que la intención de
construir los Principios de la Administración de negocios, la profunda
inquietud de un pensador profundo, que veía el sentido trágico de la
existencia humana y había pasado toda su vida luchando contra los
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límites de la razón. En este trabajo surge también como evidencia
que Peter Drucker tiene asumida para sí mismo la necesidad
del hombre de tener una relación con lo trascendente y por
ese motivo, su análisis de Kierkegaard es tan sólo una excusa
para presentar sus propias convicciones y su búsqueda permanente con respecto al rol que deben cubrir los aspectos
espirituales en la vida de los seres humanos.
PARTE 1:
PARA HACER POSIBLE EL ÉXITO EN EL CAMPO DE LA MICROECONOMÍA:
“UNO DEBE PODER HACER EL BIEN, SI QUIERE QUE LE VAYA BIEN”
I. Necesidades sociales y oportunidades empresarias
En este trabajo, elaborado inicialmente en 1984 para la Universidad de California y publicado luego como último capítulo del libro
Fronteras de la Administración, Drucker expresa un nuevo punto de
vista con respecto a la construcción de Oportunidades de Negocio.
Drucker plantea como tesis que, sólo aquellos emprendedores que
tengan la capacidad de entender que la responsabilidad social de
las empresas pasa por satisfacer de manera rentable las necesidades sociales de la población, son los que están en condiciones de prosperar en el ámbito de los negocios.
Drucker cuenta que a fin del siglo XIX, Andrew Carnagie donó
una cantidad muy importante de su fortuna para la creación de las
bibliotecas públicas gratuitas a través de todo Estados Unidos.
Drucker afirma que también otros millonarios como Huntington, J.
P. Morgan, Henry Freak, Andrew Mellon, creían que su obligación
era hacer grandes donaciones como consecuencia de la responsabilidad que habían adquirido por haber tenido la posibilidad de amasar
fortunas inmensas. Según dice el autor, Carnagie afirmaba que,
“Dios quiere que andemos bien para que hagamos el bien”.
Pero por el contrario, en la misma época, Julius Rosenwald, quien
salvó a Sears & Roebuck de la quiebra, tenía un credo diferente. El
credo de Rosenwald era, según Drucker: “Uno tiene que
poder hacer el bien para andar bien”.
Según explica el autor, “Carnagie creía en la responsabilidad social de la riqueza”, en tanto que “Rosenwald creía en la
responsabilidad social de la empresa”.
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Drucker nos enseña en este trabajo, que Rosenwald entendió de
inmediato la necesidad de incrementar “la competitividad, la productividad y los ingresos del todavía desesperadamente pobre y retrasado agricultor americano”. Aparentemente, Rosenwald impulsó
una ley que propiciaba la creación del asesor rural estatal –algo similar a la función del INTA en Argentina durante la últimas décadas–. Pero teniendo en cuenta los años que demoró el Congreso de
Estados Unidos en aprobar esta ley, dice Drucker que, “Sears &
Roebuck durante casi una década, respaldó sin ayuda esta
innovación de Rosenwald, hasta que el Gobierno de Estados
Unidos finalmente se hizo cargo de ella”. Drucker nos explica con
su habitual lucidez, que éstas “eran claramente obras de filantropía. Pero también eran la empresa de publicidad, de relaciones
públicas y sobre todo el desarrollo del mercado y la clientela de
Sears & Roebuck. Su éxito explica en parte cómo Sears & Roebuck,
de una cuasi quiebra pasó a ser en diez años el primer minorista a
nivel nacional en el país y una de las empresas más rentables y de
mayor crecimiento”. Drucker nos está mostrando con este ejemplo,
cómo la percepción de un directivo empresario, permitió transformar la vida de un sector de la sociedad que en ese momento era
muy importante cuantitativamente en Estados Unidos –los pequeños agricultores–, al entender que la prosperidad de su propia
empresa estaba relacionada con la prosperidad de sus principales clientes, los que hasta ese momento no tenían forma de
acceder a los conocimientos científicos que se habían reunido, durante décadas, de estudios técnicos sobre la agricultura y la comercialización de los productos agrícolas.
Drucker menciona a lo largo del trabajo otros cuatro ejemplos de
emprendedores que entendieron que la solución de los problemas
sociales y la satisfacción de las necesidades sociales podían ser –en
realidad debían ser– “oportunidades empresarias rentables”.
En primer término se refiere a William Morris, quien seleccionaba sus proyectos de capacitación y empleo en los guetos de las ciudades –rehabilitación y capacitación de presos y enseñanza para
alumnos con problemas–, teniendo más en cuenta la necesidad social
que la demanda del mercado. Según nos explica Drucker, William C.
Morris “dirigía su inversión y los recursos humanos de su corporación hacia donde el manejo de la información y el procesamiento de datos –la especialidad de su empresa– podían
crear una empresa que al mismo tiempo que resolvía un problema, podía volverse autosuficiente y rentable”.
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Drucker menciona también a James Couzens, cofundador de
Ford Motor Company. Sobre él, nos recuerda que introdujo la capacitación en la industria como responsabilidad de la empresa. También menciona a Irwin Miller, el directivo de la empresa de
motores Cummins, quien “ha usado sistemáticamente fondos
corporativos para crear una comunidad floreciente” que le
permitiera “dotar a su pequeña comunidad industrial de la
calidad de vida que atrajera a ella a la gente del nivel administrativo y técnico de la cual depende toda gran empresa de
alta tecnología”.
La tesis central de Drucker en este trabajo es que “las necesidades sociales sólo pueden ser resueltas si su solución
crea por sí misma nuevo capital y ganancias que puedan captarse para iniciar la solución de nuevas necesidades sociales”.
Drucker no descalifica el rol de la empresa como generador de
utilidades y a partir de ellas del capital necesario para todo progreso económico. Pero agrega como responsabilidad empresaria, ya no
delegable en el Estado, la resolución de las principales necesidades
sociales.
Drucker cree asimismo que los cambios que actualmente
estamos presenciando en la tecnología y también en la demografía de las naciones desarrolladas y las naciones en desarrollo, es la que está creando necesidades sociales que todas
las empresas deberán aprender a transformar en oportunidades de negocio. Este concepto debería tenerse especialmente presente en el actual proceso de transición que enfrenta Argentina,
luego de la crisis de los años 2001 y 2002, período en el cual ha caído la calidad de vida y se han intensificado las necesidades sociales,
con un simultáneo descenso de la productividad, cuya mejora permanente es la principal tarea del empresario.
Drucker cree que los problemas de empleo en Estados Unidos y
en las demás naciones desarrolladas están relacionados con la necesidad imperiosa en la actual etapa de globalización, de “crear empleos
de exigencia, satisfactorios y bien pagos para individuos con tanta
preparación que sólo están calificados para poner a trabajar el conocimiento”.
Drucker cree además que el Estado no puede resolver estos
problemas. A lo sumo, dice Drucker, “el Estado puede proveer el
dinero”, tal como ha ocurrido en las subvenciones para el reciclaje de
empleados en Alemania Occidental, “ que en la actualidad alcanzan
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un 2% del producto bruto interno alemán, pero, según algunas estimaciones, ...ahorran cuatro veces dicho monto en desempleo y beneficios sociales”.
Por un lado Drucker está convencido de que para las empresas innovadoras, “encontrar a los trabajadores que están
a punto de volverse innecesarios, identificar su potencialidades, encontrar nuevos empleos para ellos y entrenarlos nuevamente según las necesidades... constituye oportunidades
empresarias”. Pero también afirma que “la instrucción y la
educación sólo tienen éxito cuando existe una perspectiva de
futuro”, y en este último aspecto creemos que las empresas y
sus dirigentes también tiene una tarea pendiente por hacer,
como veremos en el tema IV, “Detrás del éxito de Japón”.
Drucker cree que de esta forma las empresas se ayudarían a sí
mismas y a las naciones en las cuales operan, dado que “ninguna
sociedad, cualquiera sea su sistema político o social... puede tener
esperanzas de sobrevivir a las tensiones de un 40 o 50% de
desempleo entre los jóvenes...”, aspecto que debería preocupar
especialmente en nuestro país, donde grupos importantes de la población de menor edad, no sólo no tienen trabajo, sino que nunca han
visto a sus padres hacerlo regularmente.
Una afirmación especialmente desafiante de Drucker, es que el
Estado no puede hacerse cargo de estos problemas porque no
existe suficiente cantidad de personas instruidas, aptas para
llevar estos programas adelante entre los trabajadores de
conocimientos del Estado. En palabras de Drucker “...un programa social lo único que produce son gastos. Para que tenga algún
impacto requiere sobre todo el trabajo intenso y la dedicación de un
número pequeño de gente de primer nivel...”. Distintas autoridades
de la Administración de EE.UU., como Arthur Altmeyer y David
Lielienthal, quien puso en marcha la construcción de la represa y el
complejo del Tennessee Valley Authority, han explicado a Drucker
–separadamente– que “de acuerdo con su experiencia, en un país y
en un momento determinado, había como mucho, gente de
primer nivel suficiente como para lanzar un solo programa
social importante”.
Drucker afirma por último que “la creciente incapacidad de
abordar eficazmente las necesidades sociales de la sociedad
contemporánea crea una oportunidad importante para las instituciones no gubernamentales y especialmente para la más flexible
y variada de ellas: la empresa”.
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Es posible que en nuestro país se nos conteste desde el sector empresario descargando responsabilidades y señalando que “es el Estado el que debe primero construir las condiciones, el entorno de
derechos individuales a la propiedad y al cumplimiento de los contratos, más la seguridad jurídica y las reglas estables y previsibles”.
Pero la experiencia de los más recientes “milagros económicos”,
España y Chile, entre otros, nos muestra el rol central que ha ocupado la dirigencia empresarial al solicitar a los políticos el establecimiento de esos prerrequisitos que toda sociedad requiere.
Drucker también vislumbra, incluso para una sociedad más evolucionada que la Argentina, como es la de EE.UU., los inconvenientes que traería aparejada una actitud de las empresas como la
descripta precedentemente. Drucker piensa que “la mayoría de
la gente que habla de la responsabilidad social,... desconfiaría de cualquier empresa que afirmara, como lo hace por
ejemplo William Morris, que el fin de la empresa es andar
bien haciendo el bien. Para quienes son hostiles a la empresa y
creen que el lucro es un «robo», esto no es más que hipocresía. Pero
incluso para los que están a favor de la empresa... hacer el
bien para andar bien no sería aceptable. Convertiría en interés personal lo que es considerado como virtud. Y para aquellos que le aconsejan a su empresa... que deje los temas sociales a las
autoridades... el interés de la empresa y el bien público son vistos
como dos esferas totalmente separadas”. Pero, afirma Drucker, “en
la próxima década” –o sea hoy, o quizás “desde hace ya algunos años”, si lo miramos desde 2006– “será cada vez más importante enfatizar que la empresa puede cumplir con sus
responsabilidades sociales solamente si las convierte en su
propio interés, o sea, en oportunidades empresarias”.
Por último Drucker establece que “la primera responsabilidad social de la empresa en la próxima década” –y reitero
nuevamente que eso implica decir “hoy” también en Argentina” será “crear el capital que pueda financiar los empleos
del futuro”. Es decir que, tal como lo ha señalado reiteradamente
a través de décadas, Drucker nos vuelve a decir en ese trabajo que
“la primera responsabilidad social de la empresa es... obtener suficientes ganancias como para cubrir los costos del futuro”. Y si no se
satisface esta responsabilidad social, coincidimos con Drucker que
ninguna otra podrá ser satisfecha y –por más que muchos bienintencionados amigos de una mayor intervención del Estado no lo crean
así–, tampoco ningún gobierno podrá hacerlo.
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En síntesis, Peter F. Drucker está afirmando que el Estado
nunca ha tenido ni tendrá tampoco en el futuro capacidad
para crear empleos y que, en cambio, las organizaciones privadas, sólo pueden justificar su existencia si son capaces y
asumen la responsabilidad de convertir los problemas sociales en oportunidades empresarias rentables. Por eso, concluye
Drucker en este trabajo, “...la auténtica responsabilidad social de la
empresa es... transformar el problema social en una oportunidad económica y en un beneficio, en capacidad productiva, en competencia
humana, en empleos bien pagos y en riqueza”.
II. La Teoría del Negocio – “The Theory of the Business”
El segundo trabajo que hoy hemos seleccionado para mostrar los
prerrequisitos establecidos por Peter F. Drucker para lograr el desarrollo exitoso de nuevos negocios y la forma de definir cuál será la
contribución a largo plazo de cada empresa al desarrollo de la sociedad en la cual está inserta, es este texto que, si bien no menciona explícitamente la responsabilidad social de las empresas, desde mi
punto de vista representa un desarrollo del trabajo anterior, al
cual el autor ha incorporado precisión y un método de análisis sistemático.
Drucker comienza este trabajo, publicado por primera vez en el
Harvard Business Review en 1994, afirmando que detrás de los
problemas que repentinamente enfrentan una gran cantidad
de empresas que han sido exitosas durante un largo período de años
previos, se esconde el hecho de que las “Hipótesis” sobre las
que la organización había sido construida –es decir, la
“Teoría del Negocio” de esa empresa en los términos de Peter
Drucker– ya no resultan coincidentes con la realidad.
Parece lógico suponer que si Drucker afirma como necesario revisar periódicamente las hipótesis que sustentan la estrategia de una
empresa que ha logrado mantener su éxito a lo largo de un extenso
período, será aún mucho más necesario asegurar que concuerden con
la realidad las hipótesis sobre las cuales se lleva adelante todo nuevo
proyecto. Drucker tiene la convicción de que el reto principal al que
se enfrentan los equipos de dirección en cada uno de estos casos, es
definir el “qué hacer” –“What to do” en el original– mucho más que
el “cómo hacer” –“How to do” en el original–. Afirma también que
el medio empresarial y académico ha desarrollado una enorme can15
tidad de herramental para mejorar el “cómo hacer” las cosas, en tanto
que son muy escasas las herramientas que permiten definir “qué
cosas se deben hacer”, a pesar de que este último es el principal reto
al que hoy se enfrentan los equipos de dirección.
Personalmente, creo que este tipo de análisis está también
ausente en el ámbito de la Nación, donde el “qué hacer” sólo puede
referirse a Políticas de Estado que deberían mantener su vigencia a
través del tiempo y de los sucesivos gobiernos sin importar su signo,
en tanto que el más simple –siguiendo a Drucker–, “cómo hacerlo”,
también debería ser objeto de la preocupación y el aporte metodológico de los principales grupos de liderazgo de la sociedad civil, dado
que se trata del nivel de eficiencia con el cual el Estado administra
los bienes y recursos de la Nación.
Drucker nos muestra en este texto, cómo una cantidad muy importante de empresas enfrentan el hecho de que, las “políticas, prácticas y conductas que funcionaron durante décadas... ya no funcionan
para la organización en la que... fueron ideadas”, y nos explica cómo,
en ese caso, “la realidad ha cambiado, pero ‘la teoría de la empresa’
no lo ha hecho”.
En el desarrollo de este ensayo, Drucker nos está confirmando
que es imposible la puesta en marcha de un negocio exitoso,
si previamente no se comprende cuál es la función –la utilidad social–, que esta organización va a tener en una determinada sociedad y en un determinado contexto empresarial, en
los cuales se pone en marcha este negocio para abastecer bienes o
servicios que esa sociedad necesita.
Por esa razón, Drucker establece que lo que él denomina “teoría
de la empresa” tiene tres partes principales, en realidad tres juegos
de hipótesis:
• Drucker dice que en primer término existen hipótesis o
supuestos sobre el “entorno social y económico de la organización”
–“environment” en el original–. Drucker continúa explicando que
estas hipótesis son “las que se refieren a los mercados, a la identificación de los clientes y competidores, a sus valores, a su
forma de actuar, a la tecnología y su dinámica, a los puntos
débiles y fuertes de una empresa”.
El autor afirma luego que estas hipótesis relacionadas con el
“entorno”, o el “contexto” socioeconómico en el cual se mueve
o comenzará a actuar la organización, “definen aquello por lo que
se paga a una organización”.
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Al igual que en el trabajo anterior, Drucker estaría señalando así
una vez más, que sólo es factible poner en marcha o dar continuidad
a largo plazo a un proyecto cuando determinadas necesidades de la
sociedad pueden ser satisfechas por esa organización. Y nos dice que,
las necesidades implícitas en esas hipótesis sobre el “environment”
son las que explican la voluntad de pagar, por qué la sociedad querrá pagar.
• En segundo lugar, Drucker plantea la necesidad de formular
las hipótesis necesarias para definir “la misión específica de la
organización” –“the mission” en el original– . Con respecto a este
segundo juego de hipótesis, Drucker explica que “definen lo que
una organización considera que son resultados significativos; en otras palabras, señalan la forma en la cual esa organización se ve a sí misma haciendo cosas que importan en la
economía y en la sociedad en su conjunto”.
De alguna forma Drucker está señalando que la “misión” de una
organización –aspecto que él siempre explicó que debía ser muy concisa en extensión y relacionada con hechos concretos verificables–
permitirá definir aquellas cosas que esa Empresa se ha propuesto
lograr, es decir, aquellos resultados que sus directivos creen
que serán considerados cambios significativos en la economía y en la sociedad a largo plazo. Una vez más estamos viendo
cómo Drucker considera a las empresas “factores de cambio
social”, cambios que deben ser suficientemente significativos como
para atraer el interés de aquellos integrantes de la sociedad que serán beneficiados por esos cambios de aquí en más.
• En tercer lugar, Drucker afirma que son necesarias hipótesis
sobre las “capacidades clave” o “capacidades centrales” de la organización –“core competencies” en el original–. Las hipótesis sobre las
capacidades centrales definen, desde el punto de vista de Drucker,
“en qué debe sobresalir una organización para mantener el
liderazgo”, es decir, para que sus productos o servicios continúen
siendo los preferidos en el largo plazo.
Con respecto a estas tres definiciones Drucker explica seguidamente que las mismas “suenan engañosamente sencillas”. Pero,
aclara, “por lo general lleva años de trabajo duro, de pensar y experimentar para llegar a una teoría de la empresa válida, coherente y clara”, y afirma a continuación que “para tener éxito, todas las
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organizaciones deben elaborar su propia Teoría del Negocio”,
es decir deben ser capaces de establecer hipótesis válidas sobre determinados aspectos del entorno, sobre la “misión” de la organización y
sobre los aspectos en que la empresa debe sobresalir sobre las demás.
Algunos de los ejemplos mencionados en el trabajo por el
autor, permiten comprender el sentido de esos tres juegos de hipótesis que deben ser formulados indefectiblemente para dar chances –no
certeza– de éxito a todo proyecto de negocio. Menciona entre otros
ejemplos, que Marks & Spencer definió su misión diciendo que “era
ser el agente de cambio de la sociedad británica”. Esto, que
puede parecer demasiado para una Tienda de Departamentos, fue
realmente así, porque Marks & Spencer tomó a principios del siglo
XX como un desafío lograr que un amplio sector de la clase media
inglesa estuviera en condiciones económicas de adquirir prendas de
vestir de igual o superior calidad y diseño a las que utilizaba la clase
alta, y según explica Drucker en distintos trabajos, tuvo un éxito tan
amplio en este intento, que ello le permitió liderar el sector de tiendas por departamentos en Gran Bretaña durante una gran cantidad
de décadas y quizás incluso hasta hoy.
En palabras de Drucker, “Marks & Spencer decidió que era
el comerciante y no el fabricante, quien conocía al cliente y
por lo tanto era el comerciante y no el fabricante quien debía
diseñar los productos, desarrollarlos y encontrar fabricantes
que produjeran las mercancías según sus diseños, características y costos”. Drucker nos explica también que una vez definida
esta misión Marks & Spencer tardó “entre cinco y ocho años en elaborar esta nueva definición del comerciante y hacer que fuera aceptable para los proveedores tradicionales, los que siempre se habían
considerado a sí mismos, ‘fabricantes’ y no ‘subcontratados’”. Si se
recuerda el caso de Sears & Roebuck planteado en el trabajo de 1984
–“Necesidades sociales y oportunidades de negocio”– es visible la concordancia en ambos del enfoque de Drucker, con respecto a la responsabilidad de las organizaciones en cuanto a satisfacer las necesidades
más profundas de los clientes.
Drucker también menciona un contraejemplo, es decir la dificultad de una empresa en percibir el cambio en el tiempo en su propia
“Teoría del Negocio”. Este ejemplo pertenece al mercado automotor.
Nos recuerda que “desde principios de los años ’20 General Motors
había dado por supuesto que el mercado automovilístico era homogéneo en sus valores y segmentado según unos grupos de ingresos extremadamente estables”. Aparentemente toda la muy
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exitosa estrategia de ventas de General Motors estaba basada en
“una valoración elevada del vehículo viejo al comprar uno nuevo, que
permitía que, al cambiar de automóvil, los clientes siempre pudieran
adquirir uno de una categoría superior”. Pero el autor nos dice luego,
que a finales de los años ’70 esos supuestos –que mostraban cómo
funcionaba el ideal de movilidad social de EE.UU. hasta ese momento–, dejaron de ser válidos. Drucker nos aclara que el mercado se
estaba fragmentando en ese momento en segmentos muy inestables,
según el “estilo de vida”. Los ingresos de los compradores se convirtieron a partir de ese momento, “en sólo un factor entre otros
muchos que afectaban la decisión de compra, no el único”. Drucker
afirma a continuación que “General Motors sabía todo esto pero,
sencillamente, no podía creerlo” (y aclara luego que, “el sindicato de General Motors sigue sin creerlo”). Así pues la empresa trató
de solucionarlo en base a parches, mantuvo las divisiones existentes
basadas en la segmentación por nivel de ingresos... Trató de competir con la economía de pequeña escala automatizando su producción
en serie... (perdiendo unos 30.000 Mill. US$ en el proceso)”. Y por último, Drucker nos explica que “...esos parches sólo confundieron a los
clientes, a los distribuidores, a los empleados y a la misma dirección.
Entre tanto, General Motors descuidaba su auténtico mercado de
crecimiento, donde tenía el liderazgo y donde hubiera sido casi imbatible: los camiones ligeros y las camionetas pequeñas”.
Para permitir un trabajo sistemático en la construcción de la
“Teoría de la Empresa” de cada organización, Peter Drucker menciona también tres o cuatro aspectos que deben ser verificados en cada
oportunidad, y que nosotros entendemos que valen tanto para una
empresa en marcha como para un proyecto que se desee lanzar y, tal
como hemos afirmado al principio de este comentario, son también
válidos para el análisis de la responsabilidad de la dirigencia empresaria en cuanto a colaborar en la definición de “qué hacer” y “cómo
hacerlo” en el ámbito de la Nación.
– En primer término afirma que “los supuestos –hipótesis–
sobre el entorno, la misión y las capacidades centrales deben ajustarse a la realidad”.
– Deja en claro asimismo que, “los supuestos de esos tres
campos tienen que encajar unos en otros”.
– En tercer lugar señala –y esto es algo que todos sabemos que
es muy complejo concretar con éxito en una organización– que la propia “‘Teoría de la Empresa’ debe ser conocida en toda la organización”.
19
– Y por último, plantea algo que está implícito desde los primeros párrafos de este trabajo. La “Teoría de la Empresa” tiene
que ser puesta a prueba constantemente. “No está grabada en
una lápida, es una hipótesis –dice Drucker–. Y una hipótesis sobre
cosas sujetas a fluctuaciones constantes: la sociedad, los mercados,
los clientes, la tecnología”. Y por eso nos recuerda que “incorporada
a la ‘Teoría de la Empresa’, debe estar la capacidad de cambiarse a
si misma”.
¿Qué implicancias podría tener la vigencia de estos dos
trabajos de Peter Drucker en la economía y en las organizaciones de Argentina?
En toda economía libre –y ya hemos aprendido costosamente qué
poco eficientes son las economías no libres– el proceso de “encuentro”
entre las necesidades de los consumidores y la oferta de las organizaciones que procuran formar sus ingresos en base a satisfacer esas
necesidades, es un proceso de bajo rendimiento por su gran complejidad. La caída de una empresa, puede ser así vista como el fracaso
en interpretar las necesidades de la sociedad –“qué hacer”– o la falta
de capacidad profesional para hacerlo con eficiencia –“cómo hacerlo”–. De alguna forma, Drucker nos ayuda a elevar ese rendimiento del proceso de “encuentro entre oferta y demanda” al
proponernos un mecanismo sistemático para construir negocios rentables. Él nos está introduciendo en estos dos trabajos en
la comprensión de ese mecanismo, el cual incluye dos connotaciones
simultáneas: en primer término un aspecto ético, una búsqueda destinada a tener siempre presente la responsabilidad de ayudar a
los demás a satisfacer sus necesidades. Pero también propone –y esto emana siempre de todo escrito de Drucker– mecanismos
para asegurar la eficiencia en la asignación de los recursos
de la sociedad en su conjunto.
La enseñanza que nos deja Drucker, es que ambos propósitos –satisfacer las necesidades de la sociedad y asegurar la
eficiencia en la asignación de los recursos–, coinciden con el
fin social, es decir, con la responsabilidad social de cada empresa. Esto implica que en forma implícita, en estos dos trabajos y
en una enorme cantidad de otros ensayos destinados a hacer exitosas
a las organizaciones, está siempre convalidada la afirmación que
Drucker ponía en boca de Julius Rosenwald, de Sears & Roebuck:
“uno debe poder hacer el bien, si quiere que le vaya bien”.
20
PARTE 2:
¿QUÉ CAMBIOS REQUIERE HOY LA SOCIEDAD?
Una vez más, la pregunta correcta es: “¿Qué hacer?” –qué
es necesario hacer–.
III. ¿Pueden las democracias ganar la paz?
En este tercer trabajo que hoy presentamos como parte de los
conceptos y acciones que Drucker propone como necesarios
para una mejora de la sociedad, el autor nos muestra una vez
más que el mundo es más complejo que lo que creen quienes ponen
todas su expectativas en la existencia de un determinado modelo
simplificador, en este caso de un mercado libre, institución siempre
asociada a las democracias. Por esa razón me parece posible afirmar
que Peter Drucker construyó su legado y su desafío hacia
quienes creemos en la profundidad de su pensamiento, sobre
los seres humanos, los cuales somos para Drucker la unidad mínima, sumamente compleja, libre y autónoma de las sociedades sobre
las cuales se conforman las organizaciones y las naciones.
Para Drucker, tan complejas serán éstas –las organizaciones y
las naciones– como lo son las personas que las integran. Y por eso
centra toda su expectativa de éxito en la sociedad civil y en
los valores morales y las instituciones de las personas que
integran la sociedad civil.
Tres años después de la caída del muro de Berlín, en 1995,
Drucker afirmó al inicio de este trabajo que, “el comunismo ha
perdido la guerra fría. Ahora las democracias tienen que ganar la paz”.
Y para ganar la paz, Drucker postulaba tres aspectos centrales que las democracias debían ser capaces de poner en
marcha:
1. “Recuperar el control de su política nacional, tanto fiscal
como económica, ambas perdidas como resultado de la
quiebra del Estado del Déficit keynesiano”.
2. “Detener y dar marcha atrás a la corrosión y al contagioso
deterioro de la sociedad nacional, causado por el fracaso
del Estado Asistencial”.
21
3. “Promover una Sociedad Civil en todo el mundo sin la cual
no podrá haber estabilidad social y política, especialmente
en los antiguos países comunistas. Porque ahora sabemos que
el mercado libre, por efectivo que sea económicamente,
por sí solo no construye ni sostiene una sociedad que funcione”.
Drucker afirma que posteriormente a la Segunda Guerra Mundial, el mundo desarrollado ha vivido en el contexto de políticas nacionales dominadas por dos conjuntos de creencias:
– El primero es según Drucker, “la fe keynesiana en ‘el Estado del Déficit’”. El autor nos explica que, “el Estado del déficit” descansaba en la siguientes tres afirmaciones económicas: “el consumo
crea automáticamente formación e inversión de capital,... el ahorro
es peligroso para la salud económica,... y, por último, ...el déficit del
Gobierno estimula la economía”.
– El otro grupo de creencias conforma según Drucker la “fe en
el Estado Asistencial”, fe que según aclara Drucker descansaba en
dos afirmaciones relacionadas con la sociedad: “el Gobierno puede
y debe redistribuir los ingresos a fin de proveer una mayor igualdad, y, lo único que los pobres necesitan es dinero, lo que podríamos llamar el credo del asistente social”.
No cabe duda que Argentina ha recorrido empecinadamente y
quizás más que ninguna otra nación en el mundo durante los últimos
60 ó 70 años, el camino señalizado por estas dos creencias. Y el aspecto más grave es que en la mayor parte de este recorrido de fracasos reiterados y decadencia, ni siquiera estábamos impulsados por las
convicciones que aquí se mencionan.
En forma extensa, Drucker demuestra a través de razonamientos y ejemplos que ambas creencias han quedado ampliamente desacreditadas en los últimos años. Drucker explica que
si bien “en su origen esas dos creencias se oponían mutuamente...
después de la Segunda Guerra Mundial... vieron que se necesitaban
mutuamente y... se abrazaron para formar ‘el Estado Asistencial Keynesiano’”.
Drucker completa esta descripción de los dos conjuntos de creencias que han dominado el escenario de las sociedades desarrolladas
de Occidente durante los 40 años posteriores a la Segunda Guerra
Mundial, explicando que tanto la derecha como al izquierda “alardeaban de ser mejores en la construcción y gobierno del Estado
Asistencial Keynesiano”, en tanto que en realidad, “nunca hubo
realmente alguna prueba que apoyara las propuestas key22
nesianas, según señalaron eminentes economistas como Lionel
Robbins en Inglaterra y Joseph Schumpeter en Estados Unidos”. Drucker afirma asimismo que estas propuestas keynesianas
están actualmente tan desacreditadas “que los economistas apenas
las mencionan”. Drucker nos explica que en realidad nunca han existido pruebas que permitieran demostrar la calidad de las creencias
sobre las cuales se construyó el modelo keynesiano. Así afirma que,
...“en ningún lugar el aumento del consumo ha llevado a la
formación e inversión de capital... asimismo... el exceso de ahorro ha demostrado ser puro mito; nadie cree ya que tuviera nada
que ver con la Gran Depresión como dijo Keynes... tampoco ha habido ni un solo caso de gasto gubernamental que haya estimulado la economía y por último, y al contrario de lo prometido
por Keynes,... los ciclos económicos no han quedado eliminados”.
Drucker nos informa luego, en una frase diseñada para la realidad argentina de los últimos 50 ó 60 años, que “todo el mundo...
sabe que lo único que el déficit puede hacer es daño. Al primer
indicio de un aumento del déficit del Gobierno, las bolsas caen, el
dinero huye del país y la inversión en los negocios se extingue y con
ellos el empleo”.
Drucker afirma también que “ningún país que practique la Economía Asistencial Keynesiana puede considerarse inmune al pánico”,
y menciona un conjunto de naciones europeas afectadas por esa enfermedad que se propagó por toda la Europa libre luego de la Segunda Guerra Mundial, destacando los casos de Italia, donde Drucker
muestra que el déficit gubernamental alcanza a casi el 10% de la
renta y la deuda del Gobierno representa el 125% de la renta disponible, con una tasa de formación de capital igual a cero. Drucker
menciona otros países como Suecia, Bélgica, Holanda y Dinamarca,
y también –aunque señalando que en menor medida–, Gran Bretaña y Francia.
Pero desde el punto de vista de Drucker, debe ser resaltado que
“las peores consecuencias del fracaso del Estado asistencial
keynesiano no son económicas: la creciente dependencia del
dinero extranjero, menoscaba la capacidad de los gobiernos
para fijar y poner en práctica su política... subordinando de
manera creciente su soberanía a los caprichos de un mercado dinerario mundial errátil”. Por otra parte señala Drucker, “el Estado
asistencial keynesiano tampoco ha cumplido su promesa
23
social de redistribuir los ingresos... dado que... la desigualdad en
la distribución de la renta se ha hecho mayor en lugar de disminuir
cuanto más ha crecido el gasto social”.
Drucker considera en 1995 –año en el cual fue redactado este
trabajo– que el Estado del Déficit enfrentará rápidamente la necesidad de reducir fuertemente los “crecientes derechos adquiridos de la
clase media”. Con una visión que podría ser abarcativa de la totalidad de Europa y también parcialmente de América del Norte,
Drucker establece que “esos derechos se han convertido ahora
en una amenaza a la supervivencia misma de la democracia,
sino de todo el Estado moderno”. En este trabajo, Drucker está
haciendo referencia a los crecientes montos asignados a la
atención sanitaria, la seguridad social, las pensiones y los
subsidios de desempleo, señalando también que “cualquier intento
de recortar estos derechos... sigue provocando fuertes resistencias”.
Drucker pone una vez más como ejemplo a los abusos en el sistema
de pensiones de Italia, de los cuales dice “son la causa principal de
los problemas financieros de Italia y representan la mitad del gasto
social del país”.
Finalmente con respecto a los problemas que trae a la sociedad
desarrollada el Estado Asistencial Keynesiano, Drucker afirma que
“los derechos adquiridos serán recortados en todos los países desarrollados,... por ejemplo, elevando a 75 años la edad en la que los
ciudadanos de cada país recibirán un subsidio completo de
seguridad social”. También nos destaca la necesidad de volver a
elaborar los presupuestos económicos nacionales como se hacía antes
del “estado de déficit keynesiano: empezando con los ingresos disponibles, es decir con cuánto dinero se puede gastar”.
Finalmente, con cuestionamientos especialmente aptos para
nuestra Nación, donde los debates sobre la calidad técnica de las
decisiones de la Administración Pública se ideologizan innecesariamente, Drucker aclara que estos temas no son económicos ni tampoco ideológicos y se pregunta si no es cierto que “tanto la
‘derecha’ como la ‘izquierda’ han perdido ya buena parte de
su significado en las democracias”. Retóricamente y entre otros
ejemplos similares, Drucker se pregunta, “¿qué es ‘liberal’: el argumento de que la educación debe ser gratuita para todos? ¿O el argumento contrario, de que quienes la reciben deberían devolver el
coste de su escolaridad con lo que ganan después de graduarse... de
forma que la siguiente generación podría tener libre acceso a la
educación?”.
24
Drucker nos está señalando con acierto que el aspecto central es
determinar con seriedad profesional “Qué se debe hacer”, en vez de
debatir inútilmente el color ideológico de cada propuesta.
Con respecto al asistencialismo, enfermedad que en forma creciente también sufre Argentina desde hace décadas, Drucker nos
explica que su consecuencia más terrible es “convertir la pobreza en degradación”. Y continúa diciendo que “la asistencia
social no ha acabado con la pobreza. En lugar de ello la ha
convertido en degradación y dependencia”. Drucker afirma que
este fenómeno de degradación que afecta a un número creciente de
ciudadanos de las naciones desarrolladas, también ha afectado a naciones pobres que han recibido asistencia o ayuda económica de las
naciones desarrolladas sin ninguna contrapartida. Drucker afirma
que en Estados Unidos “se acepta ahora en forma general que ninguno de los dos grandes programas asistenciales funciona. Tanto la
‘Ayuda a las familias con hijos’, como la ‘Ayuda a la discapacidad’ son un desastre. No obstante se sigue negando ampliamente
que estos programas causen daño alguno y... se dan convincentes
razones para explicar la dependencia y degradación de quienes viven desde hace tiempo de esa asistencia, así como la
triste sordidez de sus vidas”.
Drucker explica también, que tanto en Estados Unidos como en
naciones europeas los beneficiarios de la ayuda tienen niveles de ingresos muy significativos. Señala por ejemplo, que “los británicos
con subsidio de desempleo tienen... ingresos antes de impuestos iguales a los de la familia media con empleo, pero al estar
exentos de impuestos sus ingresos netos son... superiores. No obstante exhiben la misma patología social: abandono de la escuela, tasas de ilegitimidad en aumento, más y más familias
sin padre, una adicción creciente a las drogas”.
Luego comenta que en Alemania también se han presentado fenómenos similares creando lo que los alemanes denominan “inválidos del asistencialismo” y con grupos que según Drucker
conforman “un creciente número de familias encabezadas por madres
solteras, fuerte aumento del alcoholismo y los jóvenes ‘cabezas rapadas’ y neonazis que en busca de emociones incendian los edificios
donde viven turcos”.
Posteriormente, Drucker se ocupa en este trabajo de las consecuencias de un fenómeno similar generado por la ayuda exterior de
las naciones desarrolladas a las más pobres de la tierra. Drucker afirma al respecto “las zonas que recibieron más de esa ayuda, o bien no
25
se desarrollaron en absoluto... o incluso perdieron terreno como sucedió con la mayor parte de África tropical”.
Drucker nos da su opinión en forma sintética, señalando finalmente que, “por respeto propio los ricos necesitan ayudar,
pero por el bien de los pobres tiene que ser una ayuda que
ayude; que ayude a crear personas capaces, sanas y dignas en
lugar de la ayuda del Estado Asistencial, que crea personas
dependientes, indigentes, incapaces y que se desprecian a sí
mismas”.
Como ejemplos de ayuda exterior y de acciones sociales que sí
han tenido éxito, Drucker menciona en primer término el Plan
Marshall, llevado adelante por Estados Unidos en Europa en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial. Drucker afirma que “el
Plan Marshall gastó poco, muy poco dinero... y lo gastó muy cuidadosamente. Ofreció con generosidad apoyo técnico y asesoramiento
pero sólo dio dinero como ‘dinero para sembrar’ a empresas que mostraban un historial convincente y presentaban un plan realista... y
ambos, el apoyo y el dinero, eran retirados en el momento que una
empresa desviaba dinero del plan acordado o no conseguía cumplir
con las metas convenidas”.
Como segundo ejemplo de éxito y con respecto al Ejército de
Salvación, afirma que “en la actualidad es el programa social
de más éxito en cualquier país desarrollado con, por ejemplo,
una proporción del 30% de rehabilitación de los alcohólicos y los
adictos a las drogas fuertes... El Ejército de Salvación prácticamente no gasta dinero alguno; su éxito lo explica diciendo que se basa
en la disciplina, el trabajo duro, una paga mínima para subsistir, un exigente programa de enseñanza de oficios y una
compasión sin límites. Y cualquiera que desobedezca las
draconianas reglas del Ejército de Salvación es expulsado,
sin importar lo necesitado que esté”.
En otros términos, Drucker nos enseña a través de este conjunto de ejemplos positivos y de realidades degradantes, qué es lo que
desde su punto de vista debe ser la asistencia social: la asistencia
social puede funcionar –nos dice Drucker–, pero sólo si su axioma
cambia de “lo único que los pobres necesitan es dinero” a “lo
único que los pobres necesitan es capacitación”. Y afirma finalmente con toda la fuerza que siempre puso en sus convicciones que,
...“la asistencia social actual se centra en las necesidades; no
obstante sólo existirá una auténtica ‘asistencia social’ si lo
importante son los resultados”.
26
Creo fundamental volver a reiterar esta última afirmación de
Drucker: “la asistencia social actual se centra en las necesidades;
no obstante, solo existirá una auténtica ‘asistencia social’ si lo importante son los resultados”.
Al proponernos este concepto, hoy central para lograr la recuperación de miles de argentinos, Drucker no está negando la necesidad
de poner en práctica programas asistenciales para las personas más
desfavorecidas, ni para aquellos que han enfrentado minusvalías o
problemas personales en sus vidas. Por el contrario, él cree que la
única forma de ayudar a esos seres humanos es a través de esa transformación que lleve a considerar los resultados buscados, las reales
soluciones de largo plazo, más que las necesidades que hoy creemos
ver. Drucker reitera que “lo que los menos capaces y los que sufren
necesitan en primer lugar no es dinero, ...sino lo que hace que el Ejército de Salvación funcione: disciplina, compromiso, trabajo duro, dignidad y mucha atención individual. Y esos intangibles –afirma
Drucker– son servicios que la burocracia gubernamental, por buenas
intenciones que tenga, no puede brindar”.
Como una tercera reafirmación de este concepto tan firmemente sostenido por Drucker en este trabajo, vuelve a reiterar en otros
términos que, “el hecho de que la asistencia social malgaste el
dinero... es su menor pecado. Malgasta vidas... la razón para la
asistencia social no debería ser, como afirmaba el Estado asistencial,
que los menos afortunados y capaces merecen un apoyo financiero.
La razón debe ser que merecen que se les ayude a volver a ser
capaces, dignos y autónomos, y esos son los resultados a los
que debe encaminarse la asistencia social”.
“El poder del mercado libre y sus limitaciones”
Drucker nos explica bajo este título la necesidad de separar
los alcances del mercado libre de aquellos otros logros y beneficios que sólo las Instituciones y la Sociedad Civil pueden
suministrar a una dada nación. Afirma en primer término que si
bien la teoría económica propugnada por Keynes en la década del ’30
continúa presente en la política interna de muchas naciones democráticas1, a partir de los años ’70, el reconocimiento a la misma ha
comenzado a decaer en todos los países desarrollados y en su lugar
se ha establecido un consenso generalizado con respecto a lo que en
1
Este texto fue escrito hace aproximadamente quince años.
27
Estados Unidos se conoce como “neoconservadurismo” –y quizás en
Argentina neoliberalismo, sin que esté muy claro por qué–.
Drucker afirma también en esta parte del trabajo, que los
keynesianos son ahora solamente una minoría y que la teoría “económica neoclásica” se ha convertido en la receta standard
para enderezar una economía, en todos aquellos casos en que la
misma se haya empantanado por haber seguido las teorías estatistas
o neokeynesianas.
Con el propósito de dejar en claro cuál es su posición con respecto a “qué necesita una sociedad para poder funcionar”,
Drucker afirma taxativamente que “ya no cabe duda alguna
de que la economía neoclásica funciona en el aspecto económico... tanto pronto como una economía se encamina hacia una política de libre mercado –es decir, corta el gasto gubernamental y
equilibra el presupuesto, privatiza las empresas... restringe o elimina
las regulaciones y controles del Gobierno sobre la actividad económica...– se inicia un auge económico. Al principio va acompañado de
dislocaciones, ...empresas ineficaces quiebran... hay un salto en los
niveles de desempleo..., pero este período de transición no debería
durar... más de dos años. Entonces el desempleo... vuelve a bajar y
lo hace rápidamente”.
Drucker hace referencia expresa a distintos países. Nos dice que
este proceso explicado en el párrafo anterior “sucedió en la paupérrima Bolivia en los ’80, en Chile un poco más tarde, en la Argentina
después de 1989, en la República Checa en 1991/92 y, de forma espectacular en los tigres del continente asiático”.
Pero –y aquí está el aporte y la visión de Drucker–, rescata el
hecho de que este proceso no ha tenido lugar en todos los países y ello
es según Drucker porque si bien “económicamente el neoclasicismo ha pasado la prueba, ...sus afirmaciones de que también generaría una sociedad que funcionaría y un sistema de
gobierno estable –afirmación que lo convirtió en neoclasicismo– ha quedado desacreditada”.
Y según nos enseña Drucker en este punto, ...“el mercado libre
no crea una sociedad que funcione; presupone que existe. Sin
esa sociedad civil en funcionamiento, unos cuantos especuladores pueden hacerse muy ricos, pero la economía seguirá
siendo pobre”.
¿Puede este concepto ayudarnos a comprender tantos esfuerzos
frustrados, tantos avances y retrocesos, toda la decadencia –por lo
menos relativa– de la Argentina de la segunda mitad del siglo XX?
28
¿Qué es la sociedad civil?
Parece necesario en este momento extractar de sucesivas afirmaciones de Peter Drucker los conceptos mediante los cuales él define
qué es una sociedad civil. En distintos puntos de este trabajo el
autor afirma que se trata de:
“Un contexto con plena vigencia de las instituciones” –aclaramos que esto implica normas, leyes y costumbres estables a largo
plazo–, “educativas, financieras y legales, de una sociedad que
funcione, incluyendo también los recursos humanos que tal sociedad
produce, educa, desarrolla, pone a prueba y respeta”.
Drucker afirma también, que la sociedad civil es “un ámbito en
el cual existen garantías efectivas de los Derechos de Propiedad y especialmente una protección eficaz de esos derechos contra
los poderosos, sean éstos reyes, nobles, generales, obispos o parlamentarios”. Compartimos aquí con Peter Drucker que esta es la verdadera acepción del término derechos humanos.
Por último Drucker expresa en otros puntos que:
“Lo absolutamente esencial es lo que los alemanes llamaban ‘el
Estado de la Justicia’” –y los ingleses y americanos “the rule of
the law”–, “un orden social y político que proteja eficazmente a la
persona y a la propiedad de los ciudadanos contra las injerencias arbitrarias desde arriba”. Drucker nos reitera nuevamente su concepción de que estos derechos son los verdaderos “derechos
humanos” en las democracias desarrolladas.
Cabe quizás comparar estos conceptos sobre la Sociedad Civil en
las naciones desarrolladas con la frase que Juan Bautista Alberdi escribiera en el momento de su retorno a Argentina en 1853, luego de 20
años de exilio forzoso: “He estado más de 20 años viviendo en las
naciones más civilizadas de la Tierra, y he aprendido que civilización es la seguridad con respecto a la vida, el honor y los
bienes”. Y Alberdi reiteraba entonces, “eso y solamente eso es
civilización”. Por supuesto que teniendo presente esta definición,
nuestra Nación bordea hace tiempo los límites de la civilización.
Teniendo en cuenta estos conceptos sobre el significado de la
“sociedad civil” Drucker menciona luego entre otros ejemplos que...
“en China, que nunca conoció leyes civiles, no es probable que el mercado libre por sí mismo cree una economía que funcione, y mucho
menos una sociedad que funcione”. Quizás este concepto no parece
adecuado en este momento, teniendo presente la historia de 25 años
29
de crecimiento económico de China, pero quizás, también debería
tenerse presente esta visión, teniendo en cuenta la transición que
aún debe recorrer ese país hasta llegar a los niveles de desarrollo
económico de Europa y América del Norte.
Drucker termina reiterando que “lo que es ‘moderno’ es el
mercado libre como principio organizador de la economía;
los neoclásicos tienen razón: sin el mercado libre no habrá
ninguna economía moderna que funcione y, de hecho, tampoco habrá crecimiento económico alguno. Pero el mercado libre depende a su vez de una sociedad civil que funcione, y sin
ella es impotente”. ...Y completa este pensamiento afirmando que
...“el mercado libre se encuentra, así, en el mismo callejón sin salida;
no funcionará a menos que haya una sociedad civil, pero no puede,
por sí mismo crear una sociedad civil, como tampoco pudo hacerlo el
liberalismo político de hace 100 años”.
Y cabe una vez más preguntar: ¿comparten los líderes empresarios, políticos y sociales de Argentina esta visión?; ¿cuál nos proponen en cambio?
El trabajo se completa a través de numerosos ejemplos
adicionales y opiniones desafiantes de Drucker, quizás más
que en otros trabajos. Pero vale la pena rescatar su última
afirmación, cuando dice que “hoy se dice a menudo que las
democracias han perdido su carta de navegación con el derrumbe del comunismo. Ya no tienen una política ni prioridades ni criterios sobre qué hacer y qué no hacer... pero hay
una nueva política, una nueva prioridad, una nueva necesidad: la promoción de la sociedad civil como meta de la política internacional. Una sociedad civil no es una panacea, no
es el ‘final de la historia’, no garantiza la democracia, ni siquiera la paz. Sin embargo es un requisito previo para conseguirlas y también para conseguir el desarrollo económico.
Sólo si la sociedad civil en todo el mundo se convierte en su
meta, las democracias ganarán la paz”2.
2
Corresponde transcribir, totalmente alineados y complementarios con las
ideas de Drucker, algunos conceptos del ex-presidente de la República Checa, Vaclav
Havel, sobre la sociedad civil: “La sociedad civil es un organismo de intrincada estructura, muy frágil, y a veces hasta misterioso, que ha ido desarrollándose no sólo a lo largo de décadas, si no de los siglos. Sus tres pilares
–asociaciones privadas voluntarias, descentralización del Estado y delegación del poder político en entidades independientes– sólo se pueden reconstruir con paciencia.
“En los diez años de transición post-totalitaria, nuestras nuevas élites políti-
30
¿Puede ayudarnos Drucker a comprender qué tareas
deben ser encaradas por la sociedad civil, en la Argentina de
hoy?
Este trabajo tiene hoy casi 15 años. Pero sería posible afirmar
que para Argentina podría haber sido escrito en este mismo momento. Lamentablemente, en nuestro país no hemos tenido en los últimos
50 años suficiente debate entre académicos y políticos con respecto
a si la fe keynesiana en el Estado del Déficit y en el Estado Asistencial, es o no correcta. Tampoco hemos tenido la estabilidad y previsibilidad económica que generen el ámbito apto para estudiar en
nuestro propio mercado, los fenómenos de formación de capital, el
ahorro, ni intentos técnicamente relevantes de redistribuir los ingresos. La desigualdad en la distribución de la renta nacional se ha
hecho mayor, pero no por políticas keynesianas sino tan sólo por errores groseros que no están adscriptos a ninguna teoría económica y
por las contradicciones en que han caído sucesivos gobiernos sin existir nunca “una política de Estado” que pueda haberse mantenido
aunque sea en el transcurso de dos gobiernos democráticos sucesivos.
En términos generales, gobierno tras gobierno, sus integrantes
han solamente tratado de demostrar cuáles eran los errores del anterior.
cas, o bien han adoptado una actitud apática respecto a la reconstrucción de la sociedad civil o bien se han opuesto a ella activamente. Se da la paradoja de que
muchos políticos demócratas, incluso anticomunistas, ahora defienden los exagerados poderes gubernamentales que dejó como reliquia la era totalitaria”.
“Por eso es por lo que muchos colegios, hospitales, instituciones culturales y
otros organismos siguen estando regidos por la Administración centralizada, aunque
podrían haberse transformado en organizaciones que el Estado pudiera vigilar de lejos o apoyar mediante procesos transparentes”.
Havel afirma luego con dureza que, “depender exclusivamente de la capacidad de las autoridades del Estado central o de los organismos políticos
centrales para decidir siempre lo que hay que hacer y de qué manera hay
que hacerlo, equipara al poder con la verdad, que es el concepto político
más peligroso de este siglo”.
Allá donde la sociedad civil no está lo suficientemente desarrollada, todos los
problemas rezuman hacia el poder central.
Y Havel finaliza diciendo: “Pero el aspecto más importante de la sociedad
civil es otro. Permite a la gente realizarse. Los seres humanos no son sólo
fabricantes, hombres de negocios o consumidores. Son también –y ésta es
quizá su cualidad más íntima– personas que quieren estar con otras personas, que ansían formas diversas de convivir y cooperar, que quieren influir
en lo que pasa a su alrededor. La gente quiere que se le aprecie por lo que aporta
al entorno que le rodea. La sociedad civil es una de las formas clave en que podemos
desplegar nuestra naturaleza humana en su totalidad. Los enemigos de la sociedad
civil lo saben; es lo que motiva su oposición a ella”.
31
Con respecto al asistencialismo, venimos presenciando en Argentina la degradación y la triste sordidez de la vida de un creciente número de personas. Pero esto desde hace ya décadas no es
consecuencia de un asistencialismo efectivo o no, sino simplemente
de la ineficiencia absoluta del Estado para manejar los recursos que
caen en sus manos y deberían estar por lo menos destinados a mejorar la calidad de vida de los que menos tienen.
Con respecto a la ayuda exterior, si bien a través de mecanismos
como la deuda externa, o sea a través del ahorro de las familias de
otras naciones, Argentina ha mostrado a través de sucesivos defaults
y un producto bruto per capita que no supera a los niveles de hace 30
años3, que esa ayuda –el ahorro del exterior traído a Argentina bajo
la forma de deuda– tampoco ha servido para nada.
Parecería que lo peor de lo que es posible mencionar de Argentina, no es que estas políticas no se hayan llevado adelante; tampoco que habiéndose llevado adelante hayan sido ineficientes. Por el
contrario, parecería que las personas que ha estado reclutando el
Estado durante décadas para estos fines eminentemente técnicos
aunque su impacto sea social, no han sabido, no se han permitido, o
no han sido impulsadas a sostener un debate serio sobre estas cuestiones, y tampoco han mantenido a largo plazo alguna dirección, una
“Política de Estado” que trascendiera más de una administración.
Por último, si de algo puede ser un ejemplo en escala internacional, Argentina está en condiciones de demostrar cómo la “economía
neoclásica” no ha sido suficiente para asegurar un proceso continuo
de crecimiento económico y mejora en la calidad de vida de su población. En ningún lugar mejor aplicado el axioma de Drucker de que “el
mercado libre no crea una sociedad que funcione; presupone que
existe”, que en algunos tramos de la historia reciente de nuestro país.
Lamentablemente cuando este tema es planteado con seriedad,
automáticamente genera posiciones ideológicas, cuando en realidad
sólo sería necesario buscar interlocutores con el nivel de seriedad suficiente para poner en marcha, aunque sea con un horizonte de muy
largo plazo, la creación de una sociedad civil que funcione, más allá
de la natural diversidad de filiaciones ideológicas de sus integrantes.
Nos queda, como desafío para quienes creemos que el proceso de
decadencia argentino no es irreversible, el encontrar las herramien3
En realidad, si se hacen los cálculos correctamente, computando la evolución
de la participación porcentual del producto asignable al Estado que carece de valor
económico para la sociedad, el producto per capita probablemente no superaría los
valores de los años ’40.
32
tas para convocar y motivar a un número creciente de personas con
responsabilidades significativas en el Gobierno, las empresas, la
educación, la salud, con respecto a que, sin un acto de responsabilidad colectiva de ese grupo muy reducido numéricamente pero con
más responsabilidades que los grupos mayores de la población, esta
propuesta de Drucker –“ganar la paz”– no podrá ser alcanzada en
Argentina, por lo menos no en esta generación.
IV. Detrás del éxito de Japón
Sabemos que es necesario hacer lo que vimos en el texto
anterior. Pero, ¿quién lo va a hacer? ¿Quién va a liderar el desarrollo de una sociedad civil y de valores morales e instituciones que permitan en Argentina volver a disfrutar de
niveles de calidad de vida y desarrollo económico similar a
los standards del mundo desarrollado?
¿Puede ayudarnos el ejemplo de Japón que cita Drucker?
I. Derechos y obligaciones –autoridad y responsabilidad–
Si queremos realmente dar una nueva oportunidad a nuestro
país, a nuestras empresas, a nosotros mismos y a nuestras familias,
es necesario, es imprescindible hablar de responsabilidad y
obligaciones y no tan sólo de derechos. Y estos días se escucha mucho menos –en realidad no se nos escucha para nada–
hablar de responsabilidades. Es decir, de cuáles son las obligaciones
que tienen algunos como funcionarios de los tres poderes del Gobierno, que tienen otros como representantes de las familias, y que tenemos quienes estamos a cargo de las empresas y de los hospitales,
escuelas, u ONGs, para defender los intereses de quienes nos confiaron sus ahorros, o sus donaciones, o lo aportado como impuestos.
En este contexto, he creído útil proponer a aquellas personas con autoridad en cada una de estas organizaciones y en
el Gobierno, un conjunto de hábitos de conducta desarrollados por los líderes de Japón luego de 1945 y rescatados por
Peter F. Drucker en 1981. Quien tiene oportunidad de ejercer
autoridad debe saber que sólo podrá hacerlo legítimamente
si acepta la responsabilidad asociada a los actos emanados
de su autoridad. Y esta sería sólo otra forma de explicar que todos
tenemos obligaciones además de derechos, obligaciones y res33
ponsabilidades frente a quien nos paga el sueldo, pero también frente
a la sociedad en su conjunto, sabiendo también que la dimensión de
estas obligaciones es proporcional a nuestro conocimiento y nuestro
poder.
II. La Experiencia de Japón 1945-1981
Creyendo entonces que este es un período de Argentina donde
cada uno de nosotros debe asumir obligaciones y responsabilidades
más que reclamar derechos, me ha parecido importante mostrar las
respuestas que hace más de 20 años daba Peter F. Drucker sobre qué
cosas explicaban el éxito acumulado por Japón entre 1945 y 1981,
momento en el cual Drucker escribió el texto del cual transcribo a
continuación los principales párrafos4.
Hasta quizás quince o veinte años después de finalizada la segunda guerra, Japón seguía teniendo un ingreso per cápita inferior
que el de Argentina. Sin embargo, dice Drucker que un joven abogado, socio de una importante firma jurídica de Estados Unidos le expresaba en 1981 que: “...le tengo más miedo a los japoneses que
a los rusos”, y explicaba que eso era así porque “sin duda, los rusos
están dispuestos a conquistar el mundo. Pero la autoridad rusa está
impuesta desde la cúspide y no tiene probabilidades de sobrevivir a
un desafío. También los japoneses están dispuestos a conquistarnos,
pero su unidad procede de adentro. Actúan como un super
conglomerado”.
Drucker dice al respecto que “este pensamiento tan frecuente es
un mito antes que una realidad”. Y sigue afirmando que “los japoneses han aprendido como actuar efectivamente en la economía mundial y como actuar con un consenso nacional detrás de sus políticas.
Pero su unidad no es el resultado de un ‘Japón Inc.’ es decir de un
monolito de pensamiento y acción”. Según Drucker, su unidad y su
éxito es el “resultado de algo mucho más interesante y tal vez
mucho más importante: de políticas destinadas a utilizar el conflicto, la diversidad, el disenso, para producir una política y una acción
efectivas”.
Drucker continúa diciendo que para “cualquier japonés, ‘Japón
Inc.’, es una broma y ni siquiera muy divertida. El japonés sólo ve hendiduras y no como puede ver un extranjero, un ‘monolito’. Lo que ex4
Peter Drucker, Detrás del éxito de Japón. Hacia la economía del futuro, 1981.
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perimenta en su vida y su trabajo cotidiano son tensiones, presiones
y conflictos antes que ‘armonía’ y ...donde el extranjero ve estrecha
cooperación entre gobierno y empresa, el empresario japonés ve intentos del gobierno para intervenir y dictar, y una contienda constante”.
Después de extenderse a través de otros ejemplos similares,
Peter Drucker destaca que “sin embargo, ...Japón ha desarrollado tres hábitos de conducta política que lo hacen singularmente efectivo como nación, en política económica y en
competencia económica internacional”. Drucker no afirma
aquí que “todos” los dirigentes de Japón actúen exactamente de esta forma. Ni siquiera afirma que la mayoría lo hace.
Pero afirma que esos hábitos son los que han hecho efectivo
a Japón y no cabe duda de que en cualquier nación bastaría
con que unos pocos grupos con liderazgo mostraran estos
hábitos para que se produzca a corto plazo un cambio profundo en esa sociedad. Y aquí pido que, una vez más, pensemos en
nuestra Argentina de hoy.
Y estos son los tres hábitos respecto de los cuales, tengo la convicción que podrían transformar a Argentina, a su calidad de vida y
a la prosperidad de sus habitantes.
1. El primero de los hábitos desarrollados por los integrantes de su clase dirigente es, según Drucker, la consideración del impacto de toda propuesta de política pública
sobre la productividad global, la competitividad internacional de Japón y la balanza de pagos y de comercio.
Drucker destaca que si bien no es una regla escrita, es una costumbre casi obligatoria “la cabal consideración del impacto de toda
propuesta de política pública sobre la productividad de la industria
japonesa, sobre el poder competitivo de Japón en los mercados mundiales y sobre las balanzas de pago y de comercio de Japón”.
Drucker explica que “el tener en cuenta el impacto sobre estas
tres variables se ha convertido casi en una segunda naturaleza de los
gobernantes y de los máximos niveles de las empresas japonesas, sea
en los Ministerios, en la Asamblea General (Cámara de Diputados)
japonesa, o en todas las empresas, e igualmente de los analistas y
críticos de los periódicos populares o los Departamentos de Economía
Universitarios”.
El autor destacaba –en 1981– que los japoneses eran “demasiados conscientes de su dependencia de las importaciones con respec35
to a la mayor parte de su energía y de sus materias primas y de 2/5
de sus alimentos para desentenderse del mundo exterior... como suelen hacer los políticos, los departamentos de gobierno y tantos economistas norteamericanos”.
A la luz de la pérdida relativa que hemos tenido en nuestra productividad y en nuestra competitividad internacional
y teniendo presentes las crisis recurrentes de Balance de Pagos de Argentina en los últimos 60 años, ¿no sería razonable
analizar de aquí en más, mirando sólo hacia delante, cómo
serán esos tres impactos como consecuencia de cada una de
las políticas que se propongan o se apliquen durante los próximos años, y para cada uno de los ámbitos empresariales, en
los foros de la justicia, y por políticos, sindicalistas, educadores y hasta en las organizaciones médicas de Argentina?
2. El énfasis en el interés nacional.
Drucker continúa diciendo que un segundo hábito es que en
Japón siempre se espera que “los líderes japoneses, antes de
adoptar una política o de tomar un curso de acción comiencen con la pregunta: ‘¿qué es bueno para el país?’ antes que con
la pregunta: ‘¿qué es bueno para nosotros, nuestra institución,
nuestros miembros y nuestro público?’”.
Drucker nos recuerda que “en ningún otro país están tan
bien organizados como en Japón los grupos de interés y
...cada uno de estos grupos cabildea desembozadamente y emplea
abiertamente su poder de voto y su dinero para promover sus egoístas fines... ”. Pero al mismo tiempo, insiste Drucker que, “sin embargo, si desea que se lo escuche y tener influencia en el proceso
de legislación, cada grupo debe partir, en su pensamiento y
en sus deliberaciones, del interés nacional antes de que sus
propios intereses”.
Drucker nos recuerda también que “no se espera que nadie sea
‘altruista’ y que promueva políticas que puedan costarle dinero,
poder o votos: la tradición confuciana japonesa antes bien desconfía
del autosacrificio como antinatural. Pero se espera que el grupo integre lo que sirve a su propio interés, dentro de un sistema de necesidades, metas, aspiraciones y valores nacionales”.
Drucker destaca que “el hecho que los gremios no tengan esta
conducta y por el contrario tiendan a afirmar que lo que es bueno
para el trabajador es ipso facto bueno para el país, probablemente sea
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en gran medida responsable de la falta de influencia política y de
aceptación pública de los gremios japoneses, a pesar de la gran cantidad de personas que los integran”.
Drucker nos explica asimismo que por el contrario, el hecho que
“la dirección de la empresa en Japón... haya suscripto por 100
años la regla de que el interés nacional está primero... también
puede explicar porque la dirección de las empresas es escuchada con
respeto toda vez que analiza políticas económicas y sociales”.
Es en este momento donde debemos hacer nuestro profundo examen de conciencia, cuando Drucker señala luego que el aspecto
central de esta segunda política, es que al obligarse a asumir
la responsabilidad de elaborar y proponer políticas públicas
que atiendan el interés nacional, esto “obliga a actuar a los
grupos de liderazgo y en especial a los líderes empresarios.
Exige que ellos tomen la iniciativa y formulen, propongan y
promuevan políticas nacionales antes que los temas relacionados con estas políticas se conviertan en ‘cuestiones’. En
verdad, obliga a los grupos de liderazgo a definir cuáles son
y cuáles deben ser las cuestiones correctas” en todo aquello
que requiera políticas públicas.
¿Es posible imaginar cuáles serían las consecuencias para nuestro país si su clase dirigente empresarial, sus grupos profesionales
más destacados, educadores y jueces comenzaran a buscar consensos
internos destinados a elaborar y proponer las políticas públicas que
hoy necesitamos como Nación?
También señala luego Drucker que por el contrario, en occidente
y en especial en los EE.UU. –¿qué decir de Argentina?– se espera
que todos “comiencen con sus propias preocupaciones y sus
propios deseos y necesidades. Esto significa, como regla, que raramente pueden actuar en cualquier asunto que sea general antes que
sectorial. Sólo pueden reaccionar. No pueden conducir; sólo
pueden oponerse a lo que algún otro propone. Porque toda vez
que surge un asunto de interés general, alguno del grupo está
destinado a temer que se lo perjudique, algún otro se opone a
que se haga nada, y un tercero arrastra los pies”.
En contraposición con esta actitud occidental, que por cierto nos
suena muy conocida en Argentina para cualquiera de los sectores de
interés económico o social, Drucker destaca que en Japón “los intereses y preocupaciones especiales de los miembros del grupo
que forman el punto inicial de un debate son dejados de lado
hasta que el interés nacional ha sido analizado”.
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Drucker continúa explicando que, “el enfoque occidental
tiende a conducir a la inacción –a encargar ‘otro estudio’–
hasta que alguien de afuera propone una ley o una reglamentación que entonces puede ser combatida como ‘inaceptable’.
Pero esto –dice Drucker– es sólo acción de retaguardia para
evitar la derrota o para contener el perjuicio y, lo que es
peor, entonces el otro lado determina cuáles son o cuáles
deben ser las ‘cuestiones’. Pero, como lo ven claramente los
japoneses, definir la cuestión es el primer deber de un líder”.
Y definir la cuestión significa en Japón, “definir la cuestión
en el marco del interés nacional”.
Drucker destaca por último que, este “enfoque japonés también
significa que la empresa –y los otros grupos de liderazgo de la sociedad– rara vez son ‘sorprendidos’. Es su trabajo, después de todo, prever y definir las cuestiones” que pueda surgir como nuevos problemas
para la nación y la sociedad en su conjunto.
Cabe de nuevo preguntarse aquí, si como responsables de
la conducción de empresas ya hemos definido las “cuestiones” centrales de nuestro propio sector económico y hemos
consensuado entre nosotros y propuesto a las autoridades,
las políticas públicas basadas en el interés nacional que serían requeridas para resolver estas “cuestiones”.
3. La búsqueda del consenso.
Drucker destaca finalmente que “el tercero de los hábitos
japoneses de conducta efectiva es que,... los líderes de los
principales grupos, incluida la empresa, tienen el deber de
entender las ideas, la conducta, las suposiciones, las expectativas y los valores de todos los otros grupos importantes, y un
deber igual de hacer conocer y entender sus propias ideas,
conducta, suposiciones, expectativas y valores”.
Drucker destaca que en contra de lo que uno podría suponer, “esto no es ‘relaciones públicas’ en el sentido occidental. Antes bien se trata de relaciones muy ‘privadas’,
relaciones entre individuos; relaciones hechas no mediante
discursos, pronunciamientos, declaraciones de prensa, sino
mediante la continua interacción de hombres responsables
en posiciones de gobierno o conducción empresaria”.
Peter Drucker destaca que cualquier ejecutivo japonés sabe que
prácticamente no “tiene ningún tiempo disponible para administrar
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su empresa”. Todo su tiempo lo dedican a “relaciones”. ...“Se reúnen
con la gente de su propia industria; se reúnen con los proveedores,
con la gente de la compañía distribuidora, con los gerentes de las subsidiarias. Se reúnen con la alta gerencia de otras compañías de su
grupo... se reúnen con la gente de los bancos. Con los principales funcionarios de los distintos ministerios y con media docena de federaciones económicas e industriales”.
Drucker menciona luego que “en esas reuniones no necesariamente hablan de negocios... En verdad, para un occidental, la conversación a veces parece carecer de sentido...”.
Pero, destaca Drucker, “el objetivo no es ‘resolver’, sino establecer el entendimiento mutuo. Entonces uno sabe qué hacer
cuando hay un ‘problema’, y siempre hay uno, naturalmente,
antes o después. Entonces uno sabe qué espera la otra persona y
su institución y sabe qué pueden y están dispuestos a hacer cada uno
de ellos, pero también, lo que no pueden ni desean hacer”.
El autor explica a continuación cuál es la consecuencia de este
conocimiento personal entre los responsables de todos esos grupos,
diciendo que “...y entonces, cuando llega la crisis o la oportunidad,
esas personas ‘reunidas’, inmóviles, actúan de pronto con sorprendente rapidez y decisión... Pero también, cuando aparece la crisis, los
otros están preparados a apoyar, o también, si ven la necesidad, a
oponerse”.
Drucker cierra este concepto explicando que “el propósito de
todas esas reuniones no es agradarse unos a otros; ni siquiera principalmente para confiar unos en otros: es para conocerse y entenderse mutuamente y sobre todo, para saber y entender dónde y por qué
uno no concuerda, no confía”.
La síntesis de todo lo expresado según Drucker es que “la efectividad de los japoneses tiene como fundamento el hecho de
que han aprendido que vivir juntos no puede basarse en relaciones antagónicas, sino que debe tener como cimiento el
interés común y la confianza mutua”.
Nuevamente cabe preguntarse: ¿hemos adquirido los responsables de las empresas, la economía y de las distintas
áreas de la sociedad civil de Argentina esta convicción? ¿Estamos convencidos de que no obtendremos ningún resultado
positivo sobre la base de “relaciones antagónicas”?, ¿o por el
contrario, procedemos como si todo aquel que piensa distinto
fuera mi enemigo?
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Drucker destaca que las relaciones antagónicas en Japón han
sido históricamente encarnizadas, y que esto sigue siendo así en
todos aquellos casos en que “la relación se disuelve para siempre”.
Pero por el contrario, “donde la gente o las partes viven juntas, para
no hablar de cuando deben trabajar juntas, los japoneses se aseguran que la relación tenga como núcleo el interés mutuo y una preocupación común”.
Entonces, la aplicación a las relaciones entre las diferentes empresas o entre empresas y gobierno según Drucker es que “la pregunta a la que en realidad están dedicadas todas las infinitas reuniones
entre esos líderes de diferentes grupos, es ‘¿qué intereses compartimos?’, o, ‘¿acerca de qué cuestiones estamos de acuerdo?’, o, ‘¿qué
podemos hacer juntos que nos ayude a ambos en el logro de
nuestros respectivos objetivos?’. Y entonces, se tiene gran
cuidado para evitar la destrucción o el deterioro de la unidad
y el propósito común”.
Y dice finalmente Drucker “también se tiene gran cuidado
para no haya ninguna ‘victoria final’ sobre algún grupo o interés con el que uno tiene que vivir y trabajar. Porque entonces ganar la guerra significa perder la paz. Así, toda vez que
los grupos o los intereses en Japón deben convivir, ambos se
preocupan más para que su conflicto sea mutuamente productivo, que para ganar”.
El origen de estos tres hábitos de conducta empresarial
Luego de describir estos tres hábitos de conducta o reglas,
Drucker destaca que las mismas tienen por supuesto como toda otra
regla, limitaciones y defectos y que no se aplican universalmente y
sin excepción. Pero ...“también tienen singulares virtudes y han sido
singularmente efectivas”.
Quizás, el concepto central del trabajo, es la afirmación de
Drucker con respecto a que si bien existen muchos antecedentes en
las tradiciones japonesas, ...“estas reglas llegaron a ser aceptadas y
a convertirse en la conducta correcta sólo después de la Segunda
Guerra Mundial. Entonces, cuando un Japón derrotado, humillado
y casi destruido comenzó a reconstruirse dolorosamente, se formuló
la pregunta: “¿cuáles son las reglas correctas para una sociedad moderna, compleja, que forma parte de una economía mundial competitiva y que depende de ésta?”.
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Con una humildad que realza aún más a quien ha sido el autor
de management de mayor repercusión en el siglo XX, Drucker explica
que “escapa al alcance de su ensayo y que el autor no está calificado
para responder esa pregunta”. Drucker explica que “....no había un
solo líder, ninguna gran figura, que pusiera a Japón en un nuevo
camino. En verdad, los historiadores tendrán que preocuparse para
explicar lo que sucedió en Japón en la década del ’50...”.
Por último, plantea una tesis que considero imprescindible rescatar por la fuerte relación entre el Japón de posguerra y la situación
de Argentina en su último medio siglo de declinación. Drucker dice
que, “...tal vez, se podría especular que el shock de la derrota total y la humillación de ser ocupado por tropas extranjeras –y nos aclara que ningún soldado extranjero había pisado jamás
suelo japonés–, creó una disposición a probar cosas que nunca habían
sido probadas antes...”. Y aquí cabe preguntarse con relación a
Argentina: ¿no estamos ya suficientemente derrotados? ¿No
estamos ya suficientemente humillados? ¿Hace falta algo
más? ¿No alcanza con que muchas personas aún vivas en
Argentina hayan conocido un período en el cual los ingresos
por habitante y la calidad de vida eran similares a los de
Francia y Canadá, en tanto que ahora son cinco veces inferiores, y están alineados con los de los países pobres de América Latina?
Drucker termina afirmando que “...lo que es un hecho, es que el
‘secreto’ que subyace en el logro de Japón no es una misteriosa ‘Japón
Inc.’. El secreto es que aparentemente los líderes japoneses se
han formulado las preguntas correctas: ‘¿cuáles son las reglas
para una sociedad moderna compleja, una sociedad pluralista y de
grandes organizaciones, que deben coexistir en competencia y antagonismo?’, ‘¿cuáles son las reglas para una sociedad que pertenece a
un mundo competitivo y en rápido cambio y que depende de manera
creciente de este?’”.
¿Nos estamos preguntando algo similar quienes tenemos
responsabilidad por el futuro, ya sea de algún sector en particular, o de nuestra Nación Argentina en su conjunto? ¿Seremos capaces de comenzar a utilizar el tiempo que también
en las empresas hoy asignamos a buscar culpables, para buscar planes y soluciones compartidos? Creo que ese es hoy
nuestro desafío y alrededor ello debe construirse nuestro
compromiso.
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PARTE 3:
EL PENSAMIENTO MÁS PROFUNDO Y PROBABLEMENTE MENOS DIFUNDIDO DE PETER F. DRUCKER
V. Más allá de la sociedad. El Kierkegaard fuera de moda
Luego de leer una vez más este trabajo –posiblemente el más
profundo escrito por el autor– me parece posible afirmar que Peter
F. Drucker tenía asumida desde siempre, la necesidad de mantener
una estrecha relación personal con lo trascendente. Aunque no tengo la certeza, creo muy posible que Drucker tuviera íntimamente
estas ideas y convicciones antes de leer a Kierkegaard. Pero, viendo
que los escritos de Kierkegaard reflejaban una gran parte de las
mismas parecería que se animó a poner por escrito estas ideas, en un
ensayo que probablemente supera en profundidad filosófica todo lo
escrito por Kierkegaard. Drucker expresa a la vez en este breve texto,
su aceptación más íntima respecto a la existencia de límites a la
razón. Pero también piensa el autor, que sólo es posible salir de la
desesperación si se va más allá de la razón. Y el “más allá de la razón”
según nos lo plantea Drucker, sólo puede ser alcanzado a través de
la fe religiosa.
Como lo ha expresado muy claramente mi amigo José Luis
Goyenechea –con quien estoy en deuda por ayudarme a consolidar
mis convicciones respecto de este ensayo–: “...un hombre como
Drucker, concentrado durante más de 60 años en develar la filosofía
y la dinámica de las organizaciones, es decir en comprender el entramado social, ha sido capaz de vislumbrar a través de los escritos
de Soren Kierkegaard, una explicación más verdadera acerca de la
existencia humana que todas las filosofías de los últimos 200 años”.
La siguiente es una síntesis de los principales conceptos incluidos en el texto de Drucker que he realizado transcribiendo aquellos
párrafos que creo importante compartir hoy con ustedes, además de
invitarlos a participar en el desafío y el placer espiritual de leer el original.
“Como todos los pensadores religiosos –dice Drucker inicialmente– Kierkegaard coloca en el centro la cuestión de cómo es posible
la existencia humana. Pero –continúa señalando luego– a lo largo del siglo XIX el pensamiento intelectual estaba dominado por una
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cuestión radicalmente diferente: ‘¿cómo es posible la sociedad?’, se
preguntaba Rousseau. Y... –nos aclara Drucker–, ...esta pregunta
siempre conduce a una respuesta que niega que la experiencia humana sea posible salvo en sociedad”.
Drucker dice luego que, “Rousseau formuló esta respuesta para
toda la era del progreso: ...todo está determinado por la sociedad, de
acuerdo con su necesidad objetiva de supervivencia. En otras palabras
el individuo no es autónomo. Es libre sólo en asuntos que no tienen
importancia. Tiene derechos sólo porque la sociedad se los concede...”.
“El problema es que si uno comienza con la pregunta acerca de
cómo es posible la sociedad, sin preguntarse al mismo tiempo cómo
es posible la existencia humana –cuestiona Drucker– se arriba inevitablemente a un concepto negativo de la existencia individual y de
la libertad, según el cual la libertad es entonces aquello que no perturba a la sociedad. ...pero, la opinión predominante en el siglo XIX
no logró ver que negar la relevancia de la pregunta acerca de
si la existencia humana es posible, es negar la relevancia de
la libertad humana”.
“Ahora ya hemos aprendido –continúa diciendo más adelante
Drucker– que el siglo XIX estaba equivocado. El nazismo y el comunismo constituyeron una muy cara educación. Kierkegaard no fue el
único pensador del siglo XIX que vio la dirección en la que Rousseau
estaba conduciendo al mundo occidental. Pero, aunque todos se preguntaban cómo es posible la existencia humana, solo Kierkegaard dio
una respuesta....”.
“La respuesta de Kierkegaard es simple. La existencia humana es posible sólo en tensión, una tensión entre la vida simultánea del hombre en cuanto a individuo en el espíritu y en
cuanto a ciudadano en sociedad”.
“Kierkegaard –continúa luego Drucker– describió la tensión
como consecuencia de la simultánea existencia del hombre en la eternidad y en el tiempo. En el tiempo comemos, bebemos y dormimos y
también morimos. En la eternidad, en el reino del espíritu, ‘a la vista
de Dios’, para usar una de las frases favoritas de Kierkegaard, la que
no existe es la sociedad, es la sociedad la que no es posible”.
“Es decir que la existencia humana es sólo posible como existencia simultánea en el tiempo y en la eternidad, ...y esto –nos explica
Drucker– implica decir que es posible sólo como una existencia aplastada entre dos absolutos éticos irreconciliables, es decir, sólo es posible si es imposible,... Y eso significa... que la existencia humana sólo
es posible como existencia trágica....”.
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El optimismo del siglo XIX y la existencia inevitable de la
muerte
Drucker nos recuerdo luego que, ...“Mientras Kierkegaard concebía la situación humana como algo esencialmente trágico, el siglo
XIX rebalsaba de optimismo”.
“Pero por exitoso que haya sido el siglo XIX en la supresión de lo
trágico, hay un hecho que no podía ser suprimido: la muerte. Es el
único hecho que no puede generalizarse sino que sigue siendo personal. Es decir, no puede ser socializado. Y en tanto que la muerte persista –dice Drucker– una idea optimista de la vida sólo puede
tener como resultado la desesperación. Súbitamente todo
hombre se encuentra frente a la muerte y en ese punto está totalmente solo, totalmente individuo. Kierkegaard lo llamó la
‘desesperación de no querer ser un individuo’ ”. “Así pues –dice
Drucker– Kierkegaard previó hace más de 100 años que un optimismo
que proclama la existencia humana como existencia en sociedad conduce directamente a la desesperación. Y esta desesperación sólo puede
conducir al totalitarismo. Y este se basa en la afirmación de la carencia de sentido de la vida y de la no existencia de la persona. De ahí,
que el énfasis en el credo totalitario no esté en cómo vivir, sino
en cómo morir, porque para que la muerte sea tolerable debe
hacer que la vida individual carezca de valor y de sentido”.
Escape hacia la idea ética
Drucker explica luego que, “El siglo XIX... trató de encontrar una
salida escapando hacia lo puramente ético...” –y continúa más adelante– “En sus mejores representantes, la idea ética conduce efectivamente a la integridad y a la grandeza moral. El mismo Kierkegaard
se sentía atraído por ello. Pero Kierkegaard también afirmaba que la
idea ética, si bien puede proporcionar integridad y coraje, no puede
proporcionar sentido ni a la vida ni a la muerte. Todo lo que puede
ofrecer es resignación estoica. Kierkegaard consideraba que esta posición era de una desesperación aún mayor que la idea optimista. La
llama ‘desesperación de ser un individuo’”.
Mostrando un ejemplo cercano de la instrumentación de la “idea
ética”, Drucker nos explica que “...los apologistas de la Rusia soviética, esperaban que el hombre habrá de encontrar su realización individual en el intento ético de hacer que el vecino sea feliz, y que esto
será suficiente para contrarrestar la realidad del totalitarismo”.
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La respuesta de Kierkegaard
“Pero Kierkegaard –nos dice Drucker en la parte central de este
ensayo– tiene otra respuesta. La existencia humana es posible
como experiencia de existencia, no en la desesperación, no en
la tragedia; es posible como existencia en la fe”.
“La fe es la creencia de que en Dios lo imposible es posible, que
en Él, tiempo y eternidad son uno solo y que tanto la vida como la
muerte tienen sentido. Es la aceptación de la esencial soledad del
hombre, que será superada por la certeza de que Dios está siempre con
el hombre, aún en la hora de nuestra muerte”.
En ese punto Drucker introduce el ejemplo bíblico de Abraham
e Isaac también descripto en un libro de Kierkegaard y se pregunta,
“¿qué distingue la aceptación de Abraham de sacrificar a su hijo
Isaac, del asesinato común? En la fe –responde Drucker–, el individuo se vuelve universal, deja de estar aislado, adquiere sentido y por
lo tanto en la fe hay una auténtica ética”. Y mostrando cómo esta posición filosófica hace posible integrar tiempo y eternidad, nos dice
que, “...además, la existencia en sociedad también adquiere sentido,
como existencia en la auténtica caridad”.
Drucker afirma luego que, “todo hombre es capaz de alcanzar la fe pues todo hombre conoce la desesperación”.
“Kierkegaard es moderno –dice Drucker– porque se preocupa de
la enfermedad específica del Occidente moderno: el desmoronamiento
de la existencia humana, la negación de la simultaneidad de la vida
en el espíritu y la vida en la carne, la negación del sentido de la una
en detrimento de la otra”. Y continúa diciendo: “Kierkegaard no ofrece
una salida fácil. Pero vio en su propia vida y en sus propias obras que
no hay escape de la realidad de la existencia humana, que es una
existencia en tensión”.
Peter Drucker nos muestra también como en toda época han
existido formalidades tapando la realidad de las cosas más trascendentes, cuando nos comenta que, “tampoco es casual que toda la obra
de Kierkegaard, sus 26 años de retiro y de escribir, pensar y sufrir, no
fueron más que la preparación para la violenta acción política a la
que dedicó los últimos meses de su vida, una furiosa guerra de un solo
hombre contra la iglesia establecida de Dinamarca y su alto clero por
confundir moralidad y tradición con caridad y fe”.
Y finaliza este ensayo dejándonos un mensaje optimista, al señalar que, “...Si bien la fe de Kierkegaard no puede superar la terrible soledad, el aislamiento de la existencia humana, puede hacerla
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soportable al hacer que tenga sentido. La filosofía de los credos totalitarios prepara al hombre para morir. Es peligroso subestimar la
fuerza de una filosofía semejante ya que en tiempos de sufrimiento,
catástrofe y horror –es decir nuestro tiempo, afirma Drucker– es una
gran cosa estar en condiciones de morir. Pero esto no es suficiente: la
fe de Kierkegaard también prepara al hombre para morir, pero además lo prepara para vivir”.
Deseo volver a destacar de este ensayo, cuya versión integral en
realidad no puede ser resumida, que Drucker tenía personalmente
todas estas convicciones antes de leer a Kierkegaard –las mismas
emergen de todos sus trabajos–. Pero viendo que lo escrito por Kierkegaard reflejaba gran parte de sus pensamientos, decidió exteriorizar lo más profundo de sí mismo y poner por escrito estas ideas, en
un texto de profunda espiritualidad, difícil de aprehender y que –reitero mi propia convicción– realza y posiblemente supera en el campo filosófico, lo escrito previamente por Kierkegaard.
En tiempos de fuerte relativismo moral, en los cuales se consideran como doctrinas independientes, como distintas áreas del conocimiento, por una parte el herramental técnico necesario para
asegurar la buena administración de los recursos humanos, físicos y
financieros de toda organización y por otra, los valores morales necesarios para asegurar que esa gestión se llevará adelante teniendo en cuenta los intereses de cada uno de los habitantes de nuestra
Nación, este escrito sorprendente muestra, en conjunto con los cuatro anteriores, una fuerte relación entre ambos campos del conocimiento, relación que según entiendo, deberíamos explorar con toda
nuestra capacidad analítica a partir del legado de Peter F. Drucker.
Si las certezas de efectividad y éxito económico que nos da el autor
en el campo de la microeconomía, pueden ser explicadas por el contenido de valores en el cual tenían fundamento sus enseñanzas para
una mejor gestión de los recursos, entonces surgiría un respaldo más
sólido a nuestra percepción personal de que toda organización –y por
extensión, toda macroeconomía–, requiere para ser exitosa a largo
plazo, un sustento de valores morales en la Sociedad, en cada uno de
sus integrantes y en sus Instituciones.
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MESA DIRECTIVA
- 2005-2007 -
Presidente
Dr. JULIO H. G. OLIVERA
Vicepresidente 1°
Dr. ROBERTO J. WALTON
Vicepresidente 2°
Dr. AMÍLCAR E. ARGÜELLES
Secretario
Dr. HUGO F. BAUZÁ
Prosecretario
Dr. JORGE SAHADE
Tesorero
Ing. PEDRO VICIEN
Protesorero
Dr. FAUSTO T. L. GRATTON
Director de Anales
Académico Titular Dr. Alberto Rodríguez Galán
Consejo Asesor de Anales
Académico Titular Dr. Amílcar E. Argüelles
Académico Titular Dr. Mariano N. Castex
Académico Titular Dr. Roberto J. Walton
Secretaria de Redacción
Dra. Isabel Laura Cárdenas
Impreso en el mes de febrero de 2007 en Ronaldo J. Pellegrini Impresiones,
Bogotá 3066, Depto. 2, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República Argentina
correo-e: [email protected]