1 FOTOSUB JAVEA 2015 - BASES DE LA

Susana Villalba
Caminatas
MADERA
En la pasión
el frío llega
a ser fuego.
Hay ese instinto
fatal
de amar en otro
lo que se odia
en uno:
el otro
que ha quedado
como una sensación
de cometer distancia.
No hay fuego
sino ese solo fuego
alimentado
como lejos
del propio corazón
que cree en la pasión
todo se funde.
Lo que estaba separado
se vuelve a separar,
calado
en lo calado
a comprobar
que se era de la alquimia
la resaca.
El alcohol,
las hojas secas
no son, por devorados,
una hoguera.
Sin embargo la llama
no enciende
con todo lo que encuentra
sino con lo que puede
transmutar.
Hace falta un lugar
donde sentirse
llegando.
Se recorre un amor
o se atraviesa.
Se está
y cada uno habla
de lo que cree
que le pasa.
Y es que le pasa
porque lo dice.
O porque lo cree.
Ese instinto
de odiar en otro
lo que se ama
en uno:
El fuego es animal
que no se caza
sino con el vacío.
NOH
Corazón de agua
¿dónde echa raíces
el amor?
Todo dios
de un mundo antiguo
es ángel negro.
Afinación
de una cordura transitada,
lo espera a la orilla
de su cuerpo.
La marea reina.
Resaca
de una noche de batalla
con los bordes,
funámbulo de tierra.
Si el jaguar no se acerca
el fuego emana
un sudor de madera
corrompida
que finge un animal.
Un sitio
por vacío.
Sitiar un corazón
tomando el cuerpo
circundante.
Golpea el mar
la piedra que ama
ser derribada en su certeza.
No se puede vivir
tan cerca del origen
de una pasión.
Refleja
su espera un gesto
que transforma la quietud.
El que dice
en el Noh permanece
al costado.
Afinación entre palabras
silencio y la pasión
del que mira.
Un actor
sabe qué hay detrás
de la máscara.
El secreto del pájaro
es que anuncia
lo evidente.
Y ahora la mañana es
un pájaro que canta.
Amor es una respiración,
templar un corazón
en el latir entre vacío
y plenitud.
Si el fuego no arde
se asfixia,
se deslumbra
ante un alma que atormenta
opone tempestades.
Cuerpo de sal,
idea del naufragio,
no hace el amor,
lo comete.
El agua no sabe de la sed
de un guerrero perdido
en el naufragio de su idea
de batalla.
Cambian de forma
las nubes
si sopla el viento.
La arena como un puma
se deja acariciar
y sueña
al sol.
El secreto del pájaro
—piensa—
es que es un pájaro
también cuando no canta.
Palabras cubren
la distancia.
Como la luz
se hace el amor.
A imagen y semejanza
del deseo
de apagar una hoguera
con el cuerpo.
IKYU
Le lleva al mundo tiempo
una mano,
una pluma.
Es imposible
atravesar un corazón
si no hay deseo
de matarlo.
Toda la tarde caminó
bajo la lluvia
como una forma de sentir
humanidad.
El tiempo —se dijo—
será esta ceremonia
del té.
Es cosa de los astros
si pueden partir
el mundo en dos
en un segundo.
Es cosa de los otros
sus manos.
No es una huella
que dejará
según mueve la pluma.
Es que esas huellas
de sus dedos
son irrepetibles.
Pero llevan su tiempo
las palabras.
No es el camino
el que dice la distancia,
los ojos
no encuentran su paisaje.
Hubiese preferido tocar
con sus palabras,
él habla
maravillosamente
y es un placer físico
escuchar.
Pero no importa
si las uvas están
a demasiada o poca altura.
Si se moja es que llueve
y es la hora
de preparar el té.
El cuerpo es un pacto
con la forma.
Pero el deseo es la forma
que tiene el corazón
de deshacerse
de su cuerpo.
Como un relámpago
espera
en la línea de la mano.
—¿El amor?
—dijo la bruja—
¿Ir al Tíbet?
Una escritora.
Los sueños son la vida
también.
Tuviste un gran amor.
—Tuve, como quien dice
una enfermedad,
escribí
poemas.
—Palabras
—dijo la bruja—
de un corazón
en círculo de fuego.
Se viste de venado
y se devora.
Una pluma en el barro.
—Cuando los amantes duermen,
amanece.
Las palabras no dan cuenta
de ese espacio
que separa a los cuerpos
en el sueño.
—Los amantes
—dijo la bruja—
no se dan cuenta.
Pero el que sueña
es un camino
como cualquier otro.
Los poemas también
son naturaleza.
Si no tocaste
esa mano no existió
más que en el sueño.
—Pero las uvas
a la altura de mi mano,
acaso
simplemente las describa
—Es una forma
como cualquier otra.
—Pero la espada
y el tiempo
que le lleva al mundo
el cuerpo
que la cabeza lleva atado
como un perro.
Y el guerrero
si amanece
y en su corazón
noche cerrada.
Cantan los pájaros
y habitan la luz
como una flecha
de su propio sentido.
Dar testimonio
de una manera humana
de levantarse,
preparar el té
y escribir.
—Y acaso haber tocado
¿daría cuenta?
—Un puma
ni un venado.
Deseo de beber
un animal completo
o palpitante
en la espesura
del deseo
fugar de un cuerpo
agazapado.
Se pregunta
qué tarea tiene
entre las manos.
Palabras como espada
de dos filos.
El deseo real
como la mano
al tocar
fue tan distinta.
Cada cuerpo
irrepetible.
—El arquero
ni el caballo,
la flecha
no pregunta:
Señor
¿no tuviste suficiente
fe
en mi?
LÁMPARA
“Mi oreja no salía bien
en el cuadro
y la corté.”
Ahora puede pintar
ese vendaje,
necesitaba el blanco
en su pintura.
Su rostro es auxiliar
a distinguir
los cuervos de la espiga
por matices.
Las manos toman la pluma,
el pincel,
tocan un cuerpo
que corta en dos
al corazón.
Tomo y obligo,
piensa el puma
y ya ha pasado
ese bello temblor
en la espesura.
Mi mano
acaso imprime en lo que toca
la huella
de una herida por tocar
el filo
entre dos fuegos.
Lenguaje arrebatado
a cambio de olvidar
que decir es
también naturaleza.
Un corazón por él
que el bosque pedirá tributo.
Quién traerá en la boca
más que dientes
o palabras.
Saliva como aceite
de lámpara
en la espalda.
Era un bello venado
el puma que sintió
en la oscuridad.
Toca Cupido
sin dar la cara.
Pero tiembla ante sus ojos
que presiente como el agua
de cal de los demonios,
la sed
da cuenta de la boca.
Colmillos de la luna
sangrante y baba
de la furia
que no encuentra
noche o lobo
para errar en solitaria
compañía.
Hoguera que parece
iluminar
lo que por ser
es oscuro.
Quema su espalda
por ver su rostro.
Raro animal
es la quimera,
por la noche cazadora
de sí,
al rayo de luz se entregaría
a la justicia
de los sueños.
No estuvo más,
repite el cuerpo.
Hoguera
por la que el bosque
pedirá una cabeza
que escribe corazones.
Guardan las manos
memoria muscular
de haber amado,
no hace falta la lámpara,
no debe escuchar
a las hermanas que preguntan
por qué de día no lo ve.
Distinguiría por su tacto
que no debe pedir
luz
a la sombra.
El arquero es el sentido
de la flecha,
da en el blanco
cuando deja de mirar.
Raros caminos sigue el corazón
para encontrarse
a los pies de ese maestro
de tensar.
No estuvo más que el tiempo
suficiente.
Quién la veía
alzar la espada
o pluma de tallar
un corazón o arrodillarse
cuando el día
era implacable.
Lleva la lámpara
de aceite
ante el espejo.
Siempre supo
que no estaría más
que ante la luz
que echa el amor:
No sabe
qué lógica se oculta
en esa falta de razón
cuando se trata de los cuerpos.
TEATRO DE SOMBRAS
En la pared los cuerpos
hacen siluetas
de cuerpos que se tocan.
El movimiento de una sombra
en otra
y fuera
arqueándose el dibujo
del deseo
como en un caleidoscopio
va cambiando.
O parece
desde lejos que es posible
ser un plano,
bruma,
un recorte
de la luz.
Algo
que puede ser
en su sencilla
oscuridad,
que puede parecer.
Algo concreto
como opaco,
humo.
Sombra de amor
que se creyó real,
es decir que existió.
Existe aún.
Un cuadro
chino
es más complejo
por sencillo.
Un cuerpo encima
de otro
como un raro animal
entreverado
con su sombra.
Y su destino
en la trampa:
esa mirada
que cree en la distancia
ver
por superposición
una figura.
Una apariencia
lo vuelve todo
parecido.
Los cuerpos
se proyectan,
se sitúan
delante de una lámpara,
se excitan con la idea
de que hacen el amor.
Una sombra en otra
confundida.
Una ilusión
de que lo efímero no cambia,
no queda en la memoria
de los cuerpos.
Ese temor del corazón.
Amanece
y cada uno
tendrá su propia forma
de dormir,
sus sombras
de palabras murmuradas.
Con todo el peso ahora
se incomodan
en la cama,
ella no duerme
porque no sabe despertar
al día siguiente.
Escucha la lluvia,
una definición
al fin
en una noche que deriva.
Algo rueda
en el patio,
escucha la lluvia,
el reloj.
Piensa en las sombras
chinescas:
un juego más,
una noche más
ese contorno
como por arte
de magia.
ESTERO
“Ya no tengo talento”
—se dice,
frente a un vaso vacío—
ni edad para creer
que es sólo pasajero,
metafísico,
un domingo lluvioso
en pleno sábado.
Ni caballos
cargarían
una melancolía tan cerca
de las cosas.
Más joven o más viejo
el talento
cubrió la obscenidad,
es decir
lo antiestético.
Serpientes las visiones
tienen su veneno
o al menos una lengua
de dos filos.
Si nadie se movía
como un puma,
si nada estaba
oculto,
su cuerpo de venado
ofreció el cuello
a la quietud.
Corazón del movimiento,
el sueño anida
huevos en un pozo
debajo del estero.
El yacaré de oro
finge dormir
como el talento
si nada lo conmueve
hasta los dientes.
Y ya no tengo tierra
para morder
o al menos que parezca
a la saliva
o a lo lejos el palmar
del universo.
Nunca tuvo
talento para olvidar
lo deslucido.
Perdido entre despojos
lleva oro
con descuido infantil,
quizá tener nada,
poco sería
promiscuidad.
Y no es la lluvia
persistente
ni la falta de paisaje.
Finge dormir si todo duerme
alrededor.
El talento del pájaro
—se dice—
es que no vuela todo el tiempo.
A la hora de la siesta
sigue el rastro
de la maga
contrabandista
con su pollera roja.
Finge que sueña
lo que ve
y deja pasar la presa.
El pájaro es virtual
en sus palabras
y el vaso vacío.
Nunca tuvo
talento para tomar
un guijarro,
no quiere perturbar
los amores de esa piedra
con el agua.
No es que recuerda realmente
a la muchacha
y al abuelo
con una sola espuela
y ese revólver ciego.
Si nunca fue un tropero
sino el que se escapaba
para escuchar historias
jangaderas,
el mensajero
de caudillos ocultos
en el monte.
Qué hace entre cuchilleros
un hombre de palabras,
qué hace
entre bibliotecas
un hombre de a caballo.
Qué hace de la vida
un mal poema.
Sabe escandir los días,
sabe la historia
que trae cada luna
pero sigue mirando
la lluvia,
ya casi una ciudad
inundada.
Recuerda el río,
mira a una muchacha
de pantorrillas húmedas,
piensa
no debería llevar el hijo
envuelto en nylon.
Se corta la luz
y encienden velas en el bar,
casi no ve
y poco le importa
escribir.
Ya no tiene talento para creer
que las palabras puedan cambiar
algo o sorprenderlo,
como viejos amigos
no tienen nada que decirse.
El talento del pájaro
es que me hace olvidar
para qué canta.
Si llega un jaguar a la tranquera
—se dijo alguna vez—
es que algo necesita
de los hombres.
Por qué no he de llegar
a la ciudad.
Los días al pairo,
las lloviznas,
los vasos porque sí
o porque no,
arenas del palmar
que el agua mueve a un ritmo
imperceptible.
Sólo se entiende con “los hombres
en estado de boda
o de desastre”.
Poco importa
si el palmar existe,
sigue el olor
de pétalos caídos en el barro,
de venado que se pudre
como un vaso vacío
en el corazón del puma.
Ese momento
en que finge olvidar.
No es
que no tenga talento
para ser un jaguar,
no sabría qué hacer
con una presa,
tampoco fingir miedo
seducción
o devorado.
Simplemente está bebiendo
su caballo,
detiene a la tropilla,
dice sigan sin mí,
quiero estar cerca
de “ese río
de oro agua y sangre
anónima
de poetas”.
Igual sintió
a los diez, los treinta
años.
Ahora sabe algo más
y es que no cambia.
Siempre tuvo talento
pero pocos motivos.
A Francisco Madariaga
VEREDAS
No un conquistador
por la espesura,
nieve o caballos,
la adúltera huyendo
con su amante.
Una vereda
siempre tiene esquinas,
latas y papeles.
No,
la infancia no,
las casas
son iguales a veredas.
No un eremita sobre el acantilado.
Taconea,
baraja las palabras si camina.
Venir decía
ir de allí para acá.
Patrón de la vereda.
Faltaba esa página
en el diccionario,
olor de la furia del papel,
ese perverso rancio
agazapado
en un fichero de palabras,
estampillas,
mariposas,
clavada a una vereda
no.
En la infancia
no había bares.
Las palabras eran inoportunas.
Rancia voz de recitales
como una camioneta altoparlante.
Ocho bailes
tres cervezas
un sexo.
Me casaría con el dueño del bar,
la tabernera.
Mala muerte
en los umbrales.
Periódicos
signos,
cruza de vereda,
en ésta acecha su destino.
O está escrito:
rosa crucífera
en la villa blanca
de entredichos.
El domingo
no dijo que vendría
o iría
de allí para acá.
Ni laberinto
ni extranjería.
En un chico no todo es
aquí y ahora.
Desfiladeros de tiza
¿dónde van los trenes en la noche?
Ni manada de lobos,
olor del celo es un camino
que se ignora en la infancia
o se simula.
La rosa de los vientos
espera una preñez de crucifijo
en los estambres,
en la punta de la lengua
el estigma,
malas copas de cenizas.
Ni caminos polvorientos
ni amatistas.
Ni azulejos en un baño
de vapor jabonoso entre los cuerpos.
Mantis
religiosa corta la cabeza
de su esposo,
el sexo sigue su saliva.
Impensable.
Ni mordida certera
sevillana
o colmillos de la luna
filtrando cascabel
al corazón de una palabra.
Inoportuna.
Sentada en la vereda
dando cuenta
de un cuadrado
que recorta ese árbol.
Cuadratura donde el círculo
se tumba
como un perro de veredas.
Ni estúpidos ladridos,
caminatas,
vuelta al perro de esa cita
de palabras.
El domingo descansaba en una espera.
Ni órdenes ni impulsos
de savia en dos sentidos.
Rosa abierta a la llama
que descienda
hasta rastrera.
Ni encarnada
perfume
o verbo conocido
babeado en los oídos o en un baño.
O en la carta que Joyce
envía a una mesera,
tocarse a la distancia.
No es lo mismo
una infancia que un destino
aunque se toquen,
una marca
o una huella en la espesura.
Ese domingo era un conjuro
de veredas.
Huevo de espinas,
madeja de sus ramas,
devora sus palabras
si el amante no acerca
su cabeza.
Piensa estambres,
potros negros,
cacerías
indecibles.
Me refiero a que escribía
y aparece ese cuerpo
alucinante
sin cabeza.
Un modo de decir
ni un cuerpo de palabras
ni un contexto
conocido.
El domador,
el molinero,
el mozo.
Un cruce de discurso,
veladura
de una lógica implacable:
yo escribía
y se cortó la luz.
Volvía del bar,
ese cuerpo dijo
¿Cacerías?
Ni siquiera.
¿Potros?
Sí.
Patrón de la vereda.
De allí para acá
y viceversa,
las velas se consumieron.
Dije sea
y se encendió la luz.
Quería escribir,
cómo explicarlo,
caballo negro
se levantó de pronto,
los cuerpos hablan.
La cabeza perdía
contexto,
pensaba:
¿por qué vive
en la misma calle?
¿Quién o qué se desplaza
por los cuerpos?
Tallador
de maderas,
tabernero,
hogar de perros callejeros,
el dueño de los mozos
y las cuadras,
un domador de cabezas.
Parecido al que en madera
talla un ángel negro
y al que yo esperaba
realmente.
Quiero decir como una reina
a quien le cortan la cabeza.
Cola de lagarto.
Nuevamente
salí a caminar,
cámara supina.
Prefería al constructor
de bares,
discurso estructurable,
y dijo el corazón para qué
si antes y después
estabas escribiendo.
De allí para acá
terminan
en la misma calle.
Un espejismo no deja de ser
desierto.
El corazón no quiso decir
lo que pensaba
o no pensó lo que decía.
Ángel negro,
cada árbol
lucha por llegar hasta la luz.
Corazón retenido,
sol sediento.
Como gato encerrado
en un departamento
de policial neoyorquino.
La reina de corazones,
mantis religiosa,
tribunal de cabezas.
Revoluciones impensables
de los astros,
influencia mercuriana,
pies alados.
No, la infancia no,
un cuerpo que crece simulando
una cabeza que piensa
demasiado.
No sabe dónde esconder el cadáver.
Baldeaban a la puerta
de los bares,
un gato me saltó a los pies
sin pensar
que un gato es una fuga.
Ángel barcino
diciendo aquí tus pies
y las veredas:
No me pidas demasiado.
TORMENTA
El cielo, dice
una antigua leyenda,
no admite cobardes.
Tu inmunidad es la diabólica
estrategia de los dioses,
todo es posible
es imposible querida amiga,
entre paréntesis
fumamos demasiado.
El enemigo tiene sus razones
pero no incumben al caído.
No estoy herida
—dirás,
mientras el paraíso
agita sus ramas contra el vidrio—,
no hay mal
ni bien absoluto.
Es absoluta tu imperturbable
equidad,
esa ventana
por la que ves el mundo,
el otro
querrá soplar tu casa
o no.
Y quién dice, dirás,
hay lobos y corderos
el uno para el otro.
Cordero de Dios,
por mi grandísima
(sos la raza elegida)
me golpeaba el pecho
sin saber por qué.
Hay esas noches,
llego a tu casa
tarde,
recorrí bares,
caminé,
escribí,
no sé rezar
de otra manera.
Venga a nos
el tu vientre,
recuerdo,
padre nuestro
más líbranos de todo mal.
Aquí
esperando de la vida
una vida
que pueda reconocer en lugar
de saber
qué hacer con ésta.
En la que no hay
absolutos.
Cordero de Dios,
tú que quitas
si pecados placeres.
Hay lobos y noches
de plenilunio
con la adrenalina a mil,
la princesa está triste,
divertirse también
es sagrado, decís,
y ya estamos hablando
de lo mismo.
Y cuando llega el tiempo
del amor enloquecer
hasta que caiga
un fruto harto de su miel
vuelta vinagre
de unción.
Llega el otoño
a recordar
que pasa el tiempo y nada
reclama adhesión
absoluta.
Se camina en círculos
pero se camina.
Un tiempo de colmillos
a una tierra virgen.
Parirás con dolor tu corazón
humano
que nunca será
juez y parte.
Madre de Dios
ruega por nosotros.
Dirás por qué buscamos
siempre
las puertas cerradas.
Porque somos lobos
disfrazados
soplando despacio
y sin pausa
la casa de Dios.
Santo, Santo, Santo
Señor de los Ejércitos.
Tu casa parece venirse abajo
pero aquí estamos
mientras baten los postigos
y el paraíso resiste.
Hay tiempos,
el tedio del verano,
“ahora tengo mil años
y muy poco que hacer”,
sería cronista o líder
de una revolución
que no soportaría.
¿Dirás que tuvieron sus razones?
¿Que somos todos responsables?
Pero tampoco
fuiste a la marcha,
creés en nada
o todo
te hiere demasiado,
que es lo mismo.
Estás soñando,
yo también.
Siempre se vuelve
al lugar del crimen
que no pudimos cometer,
se camina en círculos
pero en espiral,
no te preocupes si llegamos
al mismo lugar,
lo vemos de otra manera.
Qué tendrá la princesa
rezando pagana
al corazón del fuego.
Para desear
hay que ser absolutamente
injusta.
Por eso dirás,
te conozco y ya no sé
de qué estamos hablando,
me estás confundiendo
y aliviando,
ahora es relativo
hasta el desasosiego.
Te estás moviendo
y todo se mueve
—decís—
si te definen están marcando
sus límites.
Te falta un mundo
maravilloso
en su inmensa pequeñez.
Y soportarlo.