Oración introductoria

LECTIO DIVINA
II Semana de Navidad
Del 01 al 07 de enero de 2017
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DOMINGO, 01 DE ENERO DE 2017
Santa María, Madre de Dios
Recibamos a Jesús con la sencillez de los pastores.
Oración introductoria
Hoy, Señor, quiero alabarte, quiero darte gloria con todo mi corazón.
Tú me conoces bien. Conoces mi pobreza y mi miseria. Sin embargo has
querido venir a mi corazón. Has tocado a mi puerta y me has mirado. Por
eso quiero darte gracias y alabarte, porque siendo Dios, has venido como
Pastor a las ovejas necesitadas de tu luz. Has venido a mostrarnos el
camino, la verdad y la vida
Petición
Señor, inicia un nuevo año donde deseo construir una intimidad y
amistad contigo, para descubrir y amar tu voluntad por encima de todo;
guíame y fortalece mi voluntad para que mi deseo sea una realidad.
Lectura del libro de los Números (6,22-27)
EL Señor habló a Moisés: «Di a Aarón y a sus hijos, esta es la fórmula con
la que bendeciréis a los hijos de Israel: “El Señor te bendiga y te proteja,
ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre tu
rostro y te conceda la paz”. Así invocarán mi nombre sobre los hijos de
Israel y yo los bendeciré».
Salmo (Sal 66)
Que Dios tenga piedad y nos bendiga.
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas (4,4-7)
Hermanos: Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo,
nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo
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la Ley, para que recibiéramos la adopción filial. Como sois hijos, Dios
envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: «¡“Abba”,
Padre!». Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también
heredero por voluntad de Dios.
Lectura del santo evangelio según san Lucas (2,16-21)
En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo hacia Belén y encontraron a
María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que
se les había dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo
que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas
estas cosas, meditándolas en su corazón. Y se volvieron los pastores dando
gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a
lo que se les había dicho. Cuando se cumplieron los ocho días para
circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado
el ángel antes de su concepción.
Releemos el evangelio
Proclo de Constantinopla (c. 390-446), obispo
Sermón nº 1; PG 65, 682
“Cuando se cumplió el tiempo,
envió Dios a su Hijo,
nacido de una mujer” (Gal 4,4)
Que la naturaleza salte de gozo y que exulte todo el género humano,
porque también las mujeres son honradas. Que la humanidad forme un
coro de danza…: “Allí donde creció el pecado, más desbordante fue la
gracia” (Rm 5,20). La Santa Madre de Dios nos ha reunido aquí, la Virgen
María, tesoro purísimo de la virginidad, paraíso espiritual del segundo
Adán, lugar de unión de las dos naturalezas, lugar de intercambio en el
que se ha concluido nuestra salvación, cámara nupcial en la que Cristo se
ha desposado con nuestra carne. Ella es la zarza espiritual que el fuego del
nacimiento de un Dios no ha podido quemar, la nube ligera que nos ha
traído a aquel que tiene su trono sobre los querubines, el vellón purísimo
que ha recibido al rocío celestial… María, esclava y madre, virgen, cielo,
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puente único entre Dios y los hombres, telar sobre el cual se tejió la túnica
de la encarnación, en el que la unión de las dos naturalezas fue
admirablemente confeccionada: el Espíritu Santo ha sido el tejedor de tal
maravilla.
Dios, en su bondad, no ha tenido a menos el nacer de una mujer,
aunque el mismo que se debía formar en ella era, él mismo, la vida. Ahora
bien, si la madre no hubiese permanecido virgen, este nacimiento no
hubiera tenido nada de sorprendente; simplemente habría nacido un
hombre. Pero puesto que ella permaneció virgen incluso después del
nacimiento, ¿cómo no se trataría, pues, de Dios y de un misterio
inexplicable? Nació de manera inefable, sin mancha alguna, él, que más
tarde entrará sin dificultad alguna, cerradas todas las puertas, y ante quien
Tomás, contemplando la unión de sus dos naturalezas, exclamará: “Mi
Señor y mi Dios” (Jn 20,28).
Por amor a nosotros, el que por naturaleza es incapaz de sufrir su
expuso a numerosos sufrimientos. Cristo no llegó a ser Dios poco a poco;
¡de ninguna manera! Sino que siendo Dios, su misericordia hacia nosotros
le impulsó a hacerse hombre, tal como nos lo enseña la fe. No predicamos
a un hombre que llegó a ser Dios, sino que proclamamos a un Dios hecho
carne. Escogió por madre a su esclava, él que por naturaleza no conoce
madre y que, sin padre, se encarnó en el tiempo.
Palabras del Santo Padre Francisco
« Al comienzo de un nuevo año, la Iglesia nos hace contemplar la
Maternidad de María como icono de la paz. La promesa antigua se
cumple en su persona. Ella ha creído en las palabras del ángel, ha
concebido al Hijo, se ha convertido en la Madre del Señor. A través de ella,
a través de su “sí”, ha llegado la plenitud de los tiempos. […]
Bienaventurada eres tú, María, porque has dado al mundo al Hijo de
Dios; pero todavía más dichosa por haber creído en él. Llena de fe, has
concebido a Jesús antes en tu corazón que en tu seno, para hacerte Madre
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de todos los creyentes (cf. San Agustín). Madre, derrama sobre nosotros tu
bendición en este día consagrado a ti; muéstranos el rostro de tu Hijo
Jesús, que trae a todo el mundo misericordia y paz. Amén.» (Homilía de S.S.
Francisco, 1 de enero de 2016).
Meditación
Estos días navideños son muy propicios para reflexionar y pensar en
el gran misterio del nacimiento de Cristo, pero ¿cómo meditar? En el
silencio. Cuántas veces se pasan las navidades y nos preguntamos ¿Qué
hice estas navidades? ¿Qué me dejó y dijo Jesús? Y nos podemos dar
cuenta que se nos han pasado volando y apenas hemos dedicado un
tiempo largo para estar delante de Él, en el silencio, escuchándolo…
Ahora veamos cómo vivieron los pastores la primera navidad. Cómo
recibieron al Mesías en esa noche fría, en una cueva oscura. Lo primero
que vemos es un corazón sencillo. Los pastores no eran gente muy
preparada, eran, más bien, gente muy humilde. Al mismo tiempo eran
gente auténtica, se mostraban como eran, no había apariencias. Eran
gente que escuchaba; apenas escucharon el mensaje del ángel, se fueron
directos a ver a ese Mesías. Y, finalmente, era gente de fe. Supieron ver al
Mesías, al Rey, aun en medio de la suciedad de un establo. Supieron
reconocerlo en ese niño envuelto en pañales.
Y en estas navidades nos enseñan en primer lugar a ser sencillos, a
presentarnos delante del Señor como somos, sin apariencias, porque en el
fondo Él conoce nuestro corazón. Nos enseñan a hablarle a Jesús con
pocas palabras, pero con mucho corazón. Y, al mismo tiempo, nos
enseñan a escuchar. ¿Qué es lo que nos quiere pedir Jesús hoy? No hay
que tener miedo a ponernos en sus manos, a confiar. Finalmente, nos
invitan a tener fe, a ver más allá; a ver realmente a Jesús, en la Eucaristía y
a no acostumbrarnos al misterio de la Navidad.
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Oración final
Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver
mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones
y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver.
Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino
también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en
la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.
LUNES, 02 DE ENERO DE 2017
SANTOS BASILIO MAGNO Y GREGORIO NACIANCENO
¿Quién eres Tú para mí, Señor?
Oración introductoria
Señor, inicia un nuevo año donde deseo construir una intimidad y
amistad contigo, para descubrir y amar tu voluntad por encima de todo;
guíame y fortalece mi voluntad para que mi deseo sea una realidad.
Petición
Ayúdame Jesús a descubrir lo que tengo que cambiar para ser fiel a
tu amor.
Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (2,22-28)
¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ése es el
Anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo el que niega al Hijo
tampoco posee al Padre. Quien confiesa al Hijo posee también al Padre.
En cuanto a vosotros, lo que habéis oído desde el principio permanezca en
vosotros. Si permanece en vosotros lo que habéis oído desde el principio,
también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre; y ésta es la
promesa que él mismo nos hizo: la vida eterna. Os he escrito esto respecto
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a los que tratan de engañaros. Y en cuanto a vosotros, la unción que de él
habéis recibido permanece en vosotros, y no necesitáis que nadie os
enseñe. Pero como su unción os enseña acerca de todas las cosas –y es
verdadera y no mentirosa– según os enseñó, permanecéis en él. Y ahora,
hijos, permaneced en él para que, cuando se manifieste, tengamos plena
confianza y no quedemos avergonzados lejos de él en su venida.
Salmo (Sal 97)
Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.
Lectura del santo evangelio según san Juan (1,19-28)
Éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén
sacerdotes y levitas a Juan a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?»
Él confesó sin reservas: «Yo no soy el Mesías.» Le preguntaron: «¿Entonces,
qué? ¿Eres tú Elías?» Él dijo: «No lo soy.» «¿Eres tú el Profeta?» Respondió:
«No.» Y le dijeron: «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a
los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?» Él contestó: «Yo soy la
voz que grita en el desierto: "Allanad el camino del Señor", como dijo el
profeta Isaías.» Entre los enviados había fariseos y le preguntaron:
«Entonces, ¿por qué bautizas si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»
Juan les respondió: «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno
que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de
desatar la correa de la sandalia.» Esto pasaba en Betania, en la otra orilla
del Jordán, donde estaba Juan bautizando.
Releemos el evangelio
San Agustín (354-430), obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia
Sermón 293, 7º para la Natividad de Juan Bautista
«Yo soy la voz que grita en el desierto»
Juan era la voz, pero «en el principio ya existía la Palabra» (Jn 1,1).
Juan, una voz por un tiempo; Cristo, la Palabra desde el principio, la
Palabra eterna. Quita la palabra, ¿qué es la voz? Allí donde no hay nada
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para comprender, hay un ruido vacío. La voz sin la palabra percute el
oído, y no edifica el corazón. Sin embargo, descubramos cómo las cosas
se van encadenando en nuestro corazón que es lo que se trata de edificar:
Si pienso en lo que debo decir, la palabra está ya en mi corazón; pero
cuando te quiero hablar busco la manera de hacer pasar a tu corazón lo
que ya tengo en el mío. Si busco, pues, cómo la palabra que ya está en mi
corazón podrá unirse al tuyo y establecerse en tu corazón, me sirvo de la
voz, y es con esta voz con la que te hablo: el sonido de la voz hace que
llegue a ti la idea que está contenida en mi palabra. Entonces, es verdad,
el sonido se pierde; pero la palabra que el sonido ha hecho llegar hasta ti
está desde entonces en tu corazón sin haber abandonado el mío.
Cuando la palabra ha llegado hasta ti ¿no es verdad que el sonido
parece decir, como Juan Bautista: «Él tiene que crecer y yo que menguar»?
(Jn 3,30). El sonido de la voz ha resonado para hacer su servicio y después
ha desaparecido como queriendo decir: «Esta alegría mía está colmada»
(v.29). Retengamos, pues, la Palabra; no dejemos que se marche la
Palabra concebida en lo más profundo del nuestro corazón.
Palabras del Santo Padre Francisco
«Si miramos a nuestro alrededor, nos encontramos con personas que
estarían disponibles para iniciar o reiniciar un camino de fe, si se
encontrasen con cristianos enamorados de Jesús. ¿No deberíamos y no
podríamos ser nosotros esos cristianos? Os dejo esta pregunta: «¿De
verdad estoy enamorado de Jesús? ¿Estoy convencido de que Jesús me
ofrece y me da la salvación?». Y, si estoy enamorado, debo darlo a
conocer. Pero tenemos que ser valientes: bajar las montañas del orgullo y
la rivalidad, llenar barrancos excavados por la indiferencia y la apatía,
enderezar los caminos de nuestras perezas y de nuestros compromisos.»
(Homilía de S.S. Francisco, 6 de diciembre de 2015).
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Meditación
Todavía en este período de navidad la liturgia me invita a seguir
meditando en tu Encarnación. En el pasaje de hoy me lanzas una
pregunta: ¿quién eres Tú? Ésta es también la pregunta sobre la que te
propongo centrar este rato de encuentro contigo.
Señor, hoy de nuevo te pregunto quién eres. ¿Quién eres Tú, Jesús?
¿Quién ese niño que contemplo pobre, tiritando de frío, con las manitas
juntas, durmiendo acostado en un pesebre? ¿Quién es ese hombre
sangrado, malherido, agonizante que miro a diario colgado de una cruz?
¿Quién es esa persona oculta pero real, que me acompaña hasta el fin del
mundo en la Eucaristía? ¿Quién eres Señor? ¿Quién eres que obras de
esta manera? Porque descubriendo tu actuar, puedo descubrir quién eres.
Pero puedo hacerte más directa la pregunta: ¿quién eres Tú para mí,
Señor? Puede ser que seas sólo una idea bonita, una teoría, un simple
conocimiento de una doctrina, un personaje histórico como otro. Necesito
saber quién eres Tú en mi vida, qué lugar ocupas.
Hoy te puedo contemplar como una persona. Tú, Jesús, eres una
persona viva y real. Una persona presente en mi vida, que conoce mi
realidad, mi situación; que me acompaña y sobre todo que me ama. Te
descubro persona en Belén, en el Calvario y en la Eucaristía.
Dame la gracia, Señor, de ser como Juan el Bautista un portador de la
Buena Nueva al mundo. Un testigo veraz de tu existencia y tu poder. Un
apóstol que sea capaz de dar la vida, no por una idea, un pensamiento,
un mito, un personaje histórico del pasado, sino por una persona, una
persona que me ama sin medida y a la que quiero corresponderle.
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Oración final
Los confines de la tierra han visto
la salvación de nuestro Dios.
¡Aclama a Yahvé, tierra entera,
gritad alegres, gozosos, cantad! (Sal 98,3-4)
MARTES, 03 DE ENERO DE 2017
Confiar siempre en la misericordia de Dios.
Oración introductoria
Señor, aquí estoy. Vengo a acompañarte unos instantes. Quizás no
será mucho el tiempo, pero ¡mira que te lo daré con todo lo que puedo y
soy! Quiero disfrutar a tu lado este trocito de cielo, en tu presencia,
simplemente junto a Ti.
Petición
Padre Santo, dame la gracia del conocimiento experimental de tu
Santo Espíritu.
Lectura de la primera carta de Juan (2,29;3,1-6)
Si sabéis que él es justo, reconoced que todo el que obra la justicia ha
nacido de él. Mirad que amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos
de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a
él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo
que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes
a él, porque lo veremos tal cual es. Todo el que tiene esperanza en él se
purifica a sí mismo, como él es puro. Todo el que comete pecado
quebranta también la ley, pues el pecado es quebrantamiento de la ley. Y
sabéis que él se manifestó para quitar los pecados, y en él no hay pecado.
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Todo el que permanece en él no peca. Todo el que peca no le ha visto ni
conocido.
Salmo (Sal 97,1.3cd-4.5-6)
Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.
Lectura del santo Evangelio según san Juan (1,29-34)
Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el
Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo
dije: "Trás de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque
existía antes que yo." Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua
para que sea manifestado a Israel.» Y Juan dio testimonio diciendo: «He
contemplado el Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó
sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me
dijo: "Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el
que ha de bautizar con Espíritu Santo." Y yo lo he visto, y he dado
testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»
Releemos el evangelio
San Cirilo de Alejandría (380-444), obispo y doctor de la Iglesia
Comentario sobre el evangelio de Juan
“Este es el Cordero de Dios”
Un solo Cordero ha muerto por todos, aquel que guarda todo el
rebaño de los hombres para su Dios y Padre, uno por todos para someter
a todos a Dios (Cf. Rm 5,18), uno por todos para ganarlos a todos, para
que finalmente todos “los que viven, no vivan ya para ellos, sino para el
que ha muerto y resucitado por ellos” (2Cor 5,15) En efecto, cuando
todavía estábamos bajo el pecado y sujetos a la muerte y la corrupción, el
Padre ha entregado a su Hijo para nuestra redención, él sólo por todos, ya
que todo está en él y él es más que todos. Uno sólo ha muerto por todos,
para que todos vivan gracias a él.
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Así como la muerte golpeó al Cordero, inmolado por todos, así la
muerte nos ha dejado en libertad, gracias a él. Todos estábamos en Cristo
muerto y resucitado por nosotros y a causa de nosotros. Verdaderamente,
una vez destruido el pecado ¿cómo no iba a ser destruido también la
muerte que viene del pecado? Muerta la raíz ¿cómo podía conservarse el
fruto? Muerto el pecado ¿qué razón quedaba para que muriésemos todos?
De modo que podemos decir con gozo, respecto a la muerte del Cordero:
“Muerte ¿dónde está tu victoria, muerte dónde está tu aguijón?”(1Cor
15,55)
Palabras del Santo Padre Francisco
«En efecto, la Iglesia, la gran familia de Dios, es la que nos lleva a
Cristo. Nuestra fe no es una idea abstracta o una filosofía, sino la relación
vital y plena con una persona: Jesucristo, el Hijo único de Dios que se hizo
hombre, murió y resucitó para salvarnos y vive entre nosotros. ¿Dónde lo
podemos encontrar? Lo encontramos en la Iglesia, en nuestra Santa Madre
Iglesia Jerárquica. Es la Iglesia la que dice hoy: «Este es el Cordero de
Dios»; es la Iglesia quien lo anuncia; es en la Iglesia donde Jesús sigue
haciendo sus gestos de gracia que son los sacramentos.» (Homilía de S.S.
Francisco, 1 de enero de 2015).
Meditación
Parece que tienes, Dios mío, pocos principios en tu pedagogía. Yo
podría cansarme de leer siempre los mismos evangelios. Y, a decir verdad,
¿por qué leerlos tan seguido, si son tan semejantes, cuando no siempre los
mismos?
No podría jamás olvidar la imagen de mi infancia, en que me veo de
pequeño aprendiendo cosas a partir de una maestra, de un tutor o
sencillamente de mi madre. ¡Con cuánta paciencia me enseñaban!
Y Tú no estás lejos de esta escena o, a decir verdad, eran todas esas
personas quienes seguían tu modelo, quizá incluso a veces sin saberlo. Sí,
Tú tienes pocos principios en tu pedagogía, y nosotros permanecemos
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siendo los niños que los aprenden toda la vida. Toda la vida aprendiendo,
¡y a veces tan lentamente! Y Tú con cuánta paciencia… que hasta parece
que crece en cada instante, antes que agotarse.
La enseñanza de hoy podría ser una muy sencilla: Tú me perdonas.
Tú eres el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo y que
transforma la vida en verdadero amor.
No he de desesperarme; y si me desespero por fallar, recuérdame
otra vez lo que jamás te cansarás de susurrarme en medio de mi más
honda miseria: «tampoco yo te condeno, queda en paz».
Quiero recibir esta enseñanza como un niño y aceptar con llaneza tu
humilde mensaje para mi vida. Nada complicado, pero qué difícil a veces
de acogerlo en mi corazón. Ablándalo, Señor, y haz que pueda pasar tu
mensaje hasta lo más profundo de mi ser
Oración final
Cantad a Yahvé un nuevo canto,
porque ha obrado maravillas;
le sirvió de ayuda su diestra,
su santo brazo. (Sal 98,1)
MIÉRCOLES, 04 DE ENERO DE 2017
Miradas misteriosas
Oración introductoria
Véante mis ojos, dulce Jesús bueno; véante mis ojos, muérame yo luego.
Vea quien quisiere rosas y jazmines, que si yo te viere, veré mil jardines,
flor de serafines; Jesús Nazareno, véante mis ojos, muérame yo luego.
No quiero contento, mi Jesús ausente, que todo es tormento a quien esto
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siente; sólo me sustente su amor y deseo; Véante mis ojos, dulce Jesús
bueno; véante mis ojos, muérame yo luego. (Santa Teresa de Ávila)
Petición
Jesucristo, dame la gracia de encontrarte y nunca más dejarte por las
banalidades del mundo.
Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (3,7-10)
Hijos míos, que nadie os engañe. Quien obra la justicia es justo, como él
es justo. Quien comete el pecado es del diablo, pues el diablo peca desde
el principio. El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del
diablo. Todo el que ha nacido de Dios no comete pecado, porque su
germen permanece en él, y no puede pecar, porque ha nacido de Dios. En
esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del diablo: todo el que no
obra la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano.
Salmo (Sal 97)
Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.
Lectura del santo evangelio según san Juan (1,35-42)
En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en
Jesús que pasaba, dice: «Éste es el Cordero de Dios.» Los dos discípulos
oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo
seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?» Ellos le contestaron: «Rabí (que
significa Maestro), ¿dónde vives?» Él les dijo: «Venid y lo veréis.» Entonces
fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro
de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que
oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón
y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo).»
Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el
hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro).»
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Releemos el evangelio
San Romano el Melódico (?-c. 560), compositor de himnos
Himno XVII, § 12-13
“Venid y veréis”
El pecado ha sido borrado, la incorruptibilidad nos sido otorgada (cfr.
1Co 15,53), el Precursor nos ha manifestado nuestra entrada en gracia
diciendo: “He aquí el cordero de Dios que lleva sobre él los pecados del
mundo”. Él ha mostrado el acta de anulación a aquellos que habían
contraído una gran deuda. Aquel quien se había estremecido en el seno
materno lo ha proclamado hoy y lo ha dado a conocer: es aquel que se
nos ha aparecido y que todo lo ha iluminado.
El Bautista proclama el misterio: él llama cordero al pastor, y no
simplemente cordero sino cordero que borra todas nuestras faltas. “He
aquí el cordero,” dice, ya no hace falta un chivo expiatorio (cfr. Lev 16,21).
Levantad vuestras manos hacia Él, todos vosotros, reconociendo vuestros
pecados, pues Él ha venido para quitar, con aquellos del pueblo, los
pecadores del mundo entero. Desde lo alto del cielo, el Padre nos ha
enviado a todos ese don: aquel que se nos ha aparecido y que todo ha
iluminado.
Él ha disipado la noche funesta: gracias a él siempre es medio día.
Sobre el mundo ha resplandecido la luz sin ocaso, Jesús nuestro salvador.
En la abundancia, el país de Zabulón imita el paraíso, pues el torrente de
delicias lo colman y una corriente de agua viva brota de él… En Galilea,
contemplamos hoy la fuente de agua viva, aquel que se nos ha aparecido
y que todo ha iluminado (cfr. Mt 4,15-16; Sal 35,9-10).
Palabras del Santo Padre Francisco
«La palabra justa es precisamente compasión: el amor lo lleva a
“sufrir con” ellos, a involucrarse en la vida de la gente. Y el Señor está
siempre ahí, amando primero: él nos espera, él es la sorpresa. Es
precisamente esto lo que le sucede a Andrés cuando va a Pedro y le dice:
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“Hemos encontrado al Mesías, ¡ven! Pedro va a Jesús, este lo mira y le
dice: “¿Tú eres Simón? Serás Pedro”. Lo esperaba con una misión. Antes lo
había amado Él.» (Cf Homilía de S.S. Francisco, 15 de enero de 2016).
Meditación
El Evangelio de hoy nos pone en un ambiente contemplativo. En
pocas líneas encontramos cuatro miradas: Juan que se fija en Jesús; Jesús
mira a los dos que lo siguen; ellos, a su vez, ven dónde vive Jesús;
finalmente Jesús que se fija en Pedro. Entremos durante la oración en este
juego de vistas. Fijémonos en Jesús, dejémonos mirar por Él, pidámosle
que nos mire y que nos permita verlo…
La mirada de Cristo se clava hasta lo más profundo del corazón: el
hombre, Jesús de Nazaret, es al mismo tiempo el Dios verdadero, el Dios
que nos ha creado con vistas a una vocación y a una misión. Nuestra
mirada, en cambio, no llega tan lejos. Al mirarlo, escuchamos las palabras
«He aquí el Cordero de Dios», o recibimos un nuevo nombre, como
sucedió a Pedro. En un primer momento todo llega desconocido. Aún hay
muchas verdades de fe que no percibimos plenamente, así como todavía
existen nombres desconocidos dentro de nuestro propio corazón. Un
misterio se abre frente a nosotros siempre que entramos en contacto con
Dios.
Sin embargo, el misterio de Dios no es como una noche tenebrosa, o
como un conocimiento oscuro y reservado a unos pocos «iluminados».
Misterio significa una realidad por descubrir, un horizonte que poco a poco
va dejando salir el sol... hasta llegar a decir un día como el apóstol san
Juan: «En efecto, la Vida se manifestó, y nosotros, que la hemos visto,
damos testimonio y les anunciamos la Vida eterna, que estaba junto al
Padre y que se nos manifestó»” (1 Juan 1, 2) Seguir a Cristo es un
descubrimiento diario de una Persona fascinante. «Vengan a ver».
¿Queremos venir hoy a verlo?
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Oración final
El Señor es mi pastor, nada me falta;
en verdes praderas me hace reposar, y me conduce hacia aguas frescas.
Conforta mi alma, me guía por el camino justo
por amor de su nombre.
Aunque camine por valles oscuros,
no temo ningún mal, porque Tú estás conmigo. (del Salmo 23)
JUEVES, 05 DE ENERO DE 2017
«Verán el cielo abierto y a los ángeles
subir y bajar sobre el hijo del hombre».
Oración introductoria
Jesús, quiero descansar en tu corazón misericordioso, el vacío
consume mi corazón y las tensiones me roban la paz. Déjame estar junto a
Ti, en la paz de tu amor.
Petición
Ven Espíritu Santo, inspira y manda tu luz para que tu cercanía me
ayude a seguirte más de cerca.
Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (3,11-21)
Éste es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos
unos a otros. No seamos como Caín, que procedía del Maligno y asesinó
a su hermano. ¿Y por qué lo asesinó? Porque sus obras eran malas,
mientras que las de su hermano eran buenas. No os sorprenda, hermanos,
que el mundo os odie; nosotros hemos pasado de la muerte a la vida: lo
sabemos porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en
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la muerte. El que odia a su hermano es un homicida. Y sabéis que ningún
homicida lleva en sí vida eterna. En esto hemos conocido el amor: en que
él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida
por los hermanos. Pero si uno tiene de qué vivir y, viendo a su hermano en
necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios?
Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras.
En esto conoceremos que somos de la verdad y tranquilizaremos nuestra
conciencia ante él, en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues
Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo. Queridos, si la
conciencia no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios.
Salmo (Sal 99)
Aclama al Señor, tierra entera
Lectura del santo evangelio según san Juan (1,43-51)
En aquel tiempo, determinó Jesús salir para Galilea; encuentra a Felipe y
le dice: «Sígueme.» Felipe era de Betsaida, ciudad de Andrés y de Pedro.
Felipe encuentra a Natanael y le dice: «Aquel de quien escribieron Moisés
en la Ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de
Nazaret.» Natanael le replicó: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?»
Felipe le contestó: «Ven y verás.» Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo
de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.»
Natanael le contesta: «¿De qué me conoces?» Jesús le responde: «Antes
de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.»
Natanael respondió: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.»
Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera,
crees? Has de ver cosas mayores.» Y le añadió: «Yo os aseguro: veréis el
cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del
hombre.»
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Releemos el evangelio
San Agustín (354-430), obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia
Sermón sobre el evangelio de Juan, 7
“Yo te vi, cuando estabas debajo de la higuera”
Natanael estaba bajo el árbol del higo, como bajo sombra de
muerte. Lo vio el Señor, de quien está dicho: “Para quienes se sentaban
bajo sombra de muerte salió una luz.” (Is 9,2) ¿Qué se ha dicho, pues, a
Natanael? “¿Me dices, oh Natanael, de qué me conoces? Ahora hablas
conmigo, porque te llamó Felipe”. Quien mediante un apóstol ha llamado,
ha visto que pertenecía ya a su Iglesia. ¡Oh tú, Iglesia; oh tú, Israel, (…), ya
en este instante has conocido a Cristo mediante los apóstoles, como
Natanael conoció a Cristo mediante Felipe. Pero su misericordia te vio
antes que tú le conocieses, cuando yacías bajo el pecado!
En efecto, ¿acaso hemos buscado primero nosotros a Cristo, y no nos
ha buscado él antes? ¿Acaso nosotros hemos venido, enfermos, al Médico,
y no el Médico a los enfermos? ¿No había perecido aquella oveja y,
dejadas las noventa y nueve, el pastor buscó y halló a la que volvió a traer,
alegre, en los hombros? (Lc 15,4) ¿No había perecido aquella dracma y la
mujer encendió una lámpara y buscó por toda su casa hasta hallarla? (Lc
15,8)... Nuestro pastor halló la oveja, pero buscó a la oveja; la mujer halló
la dracma, pero buscó la dracma. … Hemos sido, pues, buscados para ser
hallados; hallados hablamos. Porque antes de ser hallados habíamos
perecido si no fuésemos buscados, no nos ensoberbezcamos.
Palabras del Santo Padre Francisco
«Hay que tener siempre abiertas las puertas del consuelo porque
Jesús quiere entrar por ahí: por el Evangelio leído cada día y llevado
siempre con nosotros, la oración silenciosa y de adoración, la Confesión y
la Eucaristía. A través de estas puertas el Señor entra y hace que las cosas
tengan un sabor nuevo. Pero cuando la puerta del corazón se cierra, su luz
no llega y se queda a oscuras. Entonces nos acostumbramos al pesimismo,
a lo que no funciona bien, a las realidades que nunca cambiarán. Y
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terminamos por encerrarnos dentro de nosotros mismos en la tristeza, en
los sótanos de la angustia, solos. Si, por el contrario, abrimos de par en
par las puertas del consuelo, entrará la luz del Señor.» (Homilía de S.S.
Francisco, 1 de octubre de 2016).
Meditación
Son palabras fuertes que despiertan el asombro y la curiosidad de
cualquiera que las escucha. Cuánta gente solamente se dirige a Dios para
pedirle milagros. Realmente vivimos en una sociedad en la cual incluso
nuestra fe, tiene un sentido utilitarista.
Es decir, me acuerdo de practicar mi fe, sólo en los momentos de
necesidad, sólo cuando necesito «un milagro». Jesús, me duele aceptarlo,
pero cuántas veces descubro que mi relación contigo es utilitarista o
interesada. Veo con frecuencia que mi corazón busca tus consuelos y tus
bendiciones, y aunque sé que no está mal, creo que me pierdo más en los
milagros de Dios que en el Dios de los milagros.
Me paso la vida pidiendo bendiciones, gracias, incluso milagros.
Olvido que el milagro más grande es tu presencia viva y real en la Santa
Eucaristía. Ese milagro de amor, en el que Tú, mi Dios, te has hecho tan
pequeño, indefenso, humilde, tan sólo para estar junto a mí. Concédeme,
Señor, amarte por lo que eres, por ser mi Dios y Señor y no por lo que me
das. Enamora mi alma, Jesús, pues esta sed de felicidad y amor infinito
sólo Tú la puedes saciar.
Oración final
Pues bueno es Yahvé y eterno su amor,
su lealtad perdura de edad en edad. (Sal 100,5)
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VIERNES, 06 DE ENERO DE 2017
EPIFANÍA DEL SEÑOR
Hijo de Dios.
Oración introductoria
Otro día que me regalas, Señor. Otro día en el que Tú estás
conmigo. Otro día en el que me das la gracia de encontrarme contigo…
gracias, Señor.
Petición
Señor, dame la fuerza de voluntad para no quedarme cómodamente
contemplando las estrellas sino que salga presuroso, como los reyes, a
buscarte y llevarte a mis hermanos.
Lectura del libro de Isaías (60,1-6)
¡Levántate y resplandece, Jerusalén, porque llega tu luz; la gloria del Señor
amanece sobre ti! Las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos,
pero sobre ti amanecerá el Señor, y su gloria se verá sobre ti. Caminarán
los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora. Levanta la vista
en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen hacia ti; llegan tus hijos
desde lejos, a tus hijas las traen en brazos. Entonces lo verás, y estarás
radiante; tu corazón se asombrará, se ensanchará, porque la opulencia del
mar se vuelca sobre ti, y a ti llegan las riquezas de los pueblos. Te cubrirá
una multitud de camellos, dromedarios de Madián y de Efá. Todos los de
Saba llegan trayendo oro e incienso, y proclaman las alabanzas del Señor.
Salmo (Sal 71)
Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos dé la tierra.
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Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (3,2-3a.5-6)
Hermanos: Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que
se me ha dado en favor de vosotros, los gentiles. Ya que se me dio a
conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los
hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a
sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos,
miembros del mismo cuerpo, y partícipes de la misma promesa en
Jesucristo, por el Evangelio.
Lectura del santo evangelio según san Mateo (2,1-12)
Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes,
unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando:
«¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir
su estrella y venimos a adorarlo». Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó
y toda Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas
del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le
contestaron: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú,
Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones
de Judá, pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel”».
Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el
tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén,
diciéndoles: «ld y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo
encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo». Ellos, después de oír
al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir
comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el
niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa,
vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron;
después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.
Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a
Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino.
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Releemos el evangelio
Beato Guerrico de Igny (c. 1080-1157), abad cisterciense
2º sermón para la Epifanía
La luz del mundo revelada a las naciones
«¡Levántate y resplandece, Jerusalén, porque ha venido tu luz!». Sí,
ciertamente, la luz había venido; estaba en el mundo, y el mundo había
sido hecho por ella, pero el mundo no la conoció. Había nacido el niño,
pero no era conocido hasta que este día de luz comienza a revelarle...
Levantaos, los que estáis sentados en las tinieblas! Dirigios hacia esta
luz: se ha levantado en medio de las tinieblas, pero las tinieblas no la han
podido atrapar. Acercadla y seréis iluminados; en su luz veréis la luz, y se
dirá de vosotros: «Antes estabais en las tinieblas, pero ahora sois luz en el
Señor» Mirad: la luz eterna se ha acomodado a vuestros ojos para que
aquél que habita en una luz inaccesible pueda ser captado por vuestros
ojos débiles y enfermos. ¡Descubrid la luz en una lámpara de arcilla, el sol
en la nube, Dios en un hombre, en el pequeño vaso de arcilla de vuestro
cuerpo, el resplandor de la gloria y el rayo de la luz eterna!...
Te damos gracias, Padre de las luces, por habernos llamado de las
tinieblas a tu luz admirable... Sí, la verdadera luz, es más, la vida eterna es
conocerte a ti, el único Dios y a tu enviado Jesucristo... Ciertamente, te
conocemos por la fe, y la tenemos como prenda segura de que un día te
conoceremos en la visión. Hasta que llegue ese día, auméntanos la fe.
¡Condúcenos, bajo la moción de tu Espíritu, de fe en fe, de claridad en
claridad, para que cada día penetremos más y más en las profundidades
de la luz! Que la fe nos conduzca al cara a cara y, como la estrella, nos
guíe hasta nuestro jefe nacido en Belén...
¡Qué gozo, qué exultación tendrá la fe de los magos cuando verán
reinar en la Jerusalén de arriba a aquél que adoraron cuando chillaba en
Belén! Aquí lo han visto en una casa de pobres; allá le verán en el palacio
de los ángeles. Aquí, en pañales; allá, en el esplendor de los santos. Aquí,
en el seno de su madre; allá, sobre el trono de su Padre.
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Palabras del Santo Padre Francisco
«Los hombres de hoy, demasiado acostumbrados a una cultura de la
indiferencia, necesitan trabajar y pedir la gracia de hacer la cultura del
encuentro, de este encuentro fecundo, de este encuentro que restituya a
cada persona la propia dignidad de hijo de Dios, la dignidad de viviente.
Estamos acostumbrados a esta indiferencia, cuando vemos las
calamidades de este mundo nos limitamos a decir: pero, qué pena, pobre
gente, cuánto sufren… para seguir todo recto después. No es suficiente
ver, si yo no me paro, si yo no miro, si yo no toco, si yo no hablo, no
puedo hacer un encuentro y no puedo ayudar a hacer una cultura del
encuentro.» (Homilía de S.S. Francisco, 13 de septiembre de 2016, en santa
Marta).
Meditación
Treinta y tres años en silencio… oculto…; sin decir nada. Estabas en
el mundo y el mundo no se dio cuenta. Te hiciste hombre y como hombre
quisiste vivir. Treinta y tres años en los que a los ojos de los hombres, no
hiciste nada impresionante. Sin embargo el Padre observaba…;
contemplaba… pero también callaba; hasta que no pudo más y del cielo
salió una voz diciendo: «Tú eres mi hijo amado, mi predilecto…»
Con este silencio, Jesús, me revelas que Dios me ama por el simple
hecho de ser su hijo. Eso es lo único que se es… eso es lo único que
define… es lo único que soy… soy hijo de Dios.
No es lo que hago o lo que tengo lo que me hace lo que soy…
aquello se puede acabar, aquello es finito y mi corazón desea algo más,
algo que no acabe, que perdure; que sea para siempre. He descubierto
que ese algo, Señor, eres Tú.
Dame la gracia, Jesús, de sentirme amado de sentirme mirado por Ti.
Ayúdame a desechar las máscaras, los disfraces que no permiten, ni
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siquiera a mí, saber quién soy… Ayúdame, Señor, a sólo revestirme de tu
mirada.
Oración final
Sí, ¡Amén!
Te lo decimos ¡oh, Padre!
con todo el corazón
sintonizados con el corazón de tu Hijo
y de la Virgen María.
Te lo decimos con toda la Iglesia
y por todo el género humano.
Haz que, reunidos en el amor,
después del “sí” en la hora de la cruz
podamos con voz unánime,
en potente coro,
en silencioso esplendor,
cantarlo eternamente
en el santuario del cielo.
¡Amén! ¡Aleluya!
(Ana María Canopi)
SÁBADO, 07 DE ENERO DE 2017
El vino bueno: La alegría del Evangelio.
Oración introductoria
Jesús, te doy gracias por este momento que me regalas para estar
contigo. Gracias, porque Tú me has regalado todo lo que tengo, todo lo
que soy. Gracias por la vida, por la fe que me has dado, por la confianza
que me da el saber que me escuchas siempre y que sólo haces aquello que
es mejor para mí. Gracias por el infinito amor que me tienes. En fin, Jesús,
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gracias por ser quien eres. Ayúdame a glorificarte con mi vida y a trabajar
con alegría por la extensión de tu Reino.
Petición
Señor, cúrame, hazme ser fiel a tu amor. Concédeme ser un apóstol
esforzado y fiel de tu Reino.
Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (3,22–4,6)
Cuanto pedimos lo recibimos de Dios, porque guardamos sus
mandamientos y hacemos lo que le agrada. Y éste es su mandamiento:
que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y que nos amemos unos a
otros, tal como nos lo mandó. Quien guarda sus mandamientos
permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en
nosotros: por el Espíritu que nos dio. Queridos: no os fiéis de cualquier
espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos
profetas han salido al mundo. Podréis conocer en esto el espíritu de Dios:
todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne es de Dios; y todo
espíritu que no confiesa a Jesús no es de Dios: es del Anticristo. El cual
habéis oído que iba a venir; pues bien, ya está en el mundo. Vosotros,
hijos míos, sois de Dios y lo habéis vencido. Pues el que está en vosotros es
más que el que está en el mundo. Ellos son del mundo; por eso hablan
según el mundo y el mundo los escucha. Nosotros somos de Dios. Quien
conoce a Dios nos escucha, quien no es de Dios no nos escucha. En esto
conocemos el espíritu de la verdad y el espíritu del error.
Salmo (Sal 2,7-8.10-12ª)
Te daré en herencia las naciones.
Lectura del santo evangelio según san Mateo (4,12-17.23-25)
En aquel tiempo, al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se
retiró a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al
lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había
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dicho el profeta Isaías: «País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar,
al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en
tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de
muerte, una luz les brilló.» Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.» Recorría toda
Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del
reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo. Su fama se
extendió por toda Siria y le traían todos los enfermos aquejados de toda
clase de enfermedades y dolores, endemoniados, lunáticos y paralíticos. Y
él los curaba. Y le seguían multitudes venidas de Galilea, Decápolis,
Jerusalén, Judea y Trasjordania.
Releemos el evangelio
Ruperto de Deutz (c. 1075-1130), monje benedictino
Sobre la Trinidad y sobre sus obras, I. 42: sobre Isaías, 2
«Una luz se levanta sobre los que habitan
en el país de las tinieblas y en sombras de muerte»
Jesús se retiró a Galilea. Y dejando Nazaret, vino a residir en
Cafarnaúm junto al mar, en el término de Zabulón y Neftalí. Así se
cumplió lo que el Señor había dicho por boca de Isaías: «... El pueblo que
habitaba en las tinieblas ha visto levantarse una gran luz»... Seguramente
que al hablar de la visión o mejor de levantarse una gran luz, Mateo
quiere hacernos comprender la luminosa predicación del Salvador, el
esplendor de la Buena Noticia del Reino de Dios; antes que otras han sido
las tierras de Zabulón y de Neftalí las que la oyeron de la misma boca del
Señor...
En verdad es en esta tierra que el Señor empezó a predicar, es en
ellas que inauguró su predicación... Y los apóstoles, que fueron los
primeros en ver esta luz verdadera en los territorios de Zabulón y de
Neptalí, llegaron a ser ellos mismos «luz del mundo»... «Acrecentaste la
alegría, continua el texto de Isaías, aumentaste el gozo; se gozan en tu
presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín».
Esta alegría será, efectivamente, la alegría de los apóstoles, «una alegría
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multiplicada», cuando «vendrán como segadores trayendo sus gavillas»
«como se alegran al repartirse el botín», es decir, el diablo vencido...
En efecto, eres tú Señor y Salvador, que has quitado de sus hombros
«el yugo que pesaba sobre ellos», ese yugo del diablo que, en otro tiempo,
cuando en el mundo reinaba sobre todas las naciones haciendo doblegar
las nucas bajo el yugo de una muy pesada esclavitud... Eres tú quien, sin
ejército, sin efusión de sangre, en lo secreto de tu poder, has liberado a los
hombres para ponerlos a tu servicio... Sí, el diablo será «quemado,
devorado por el fuego eterno» porque «nos ha nacido un niño» el humilde
Hijo de Dios «que lleva sobre sus hombros la insignia de su poder» puesto
que, siendo Dios, puede, por sus propias fuerzas, poseer la primacía... Y
«su poder se extenderá» porque reinará no sólo sobre los judíos como
David, sino que su imperio se extenderá sobre todas las naciones «desde
ahora y por siempre».
Palabras del Santo Padre Francisco
«La Virgen demostró en Caná mucha concreción: es una Madre que
toma en serio los problemas e interviene, que sabe detectar los momentos
difíciles y solventarlos con discreción, eficacia y determinación. No es
dueña ni protagonista, sino Madre y sierva. Pidamos la gracia de hacer
nuestra su sencillez, su fantasía en servir al necesitado, la belleza de dar la
vida por los demás, sin preferencias ni distinciones. Que ella, causa de
nuestra alegría, que lleva la paz en medio de la abundancia del pecado y
de los sobresaltos de la historia, nos alcance la sobreabundancia del
Espíritu, para ser siervos buenos y fieles. Que, por su intercesión, la
plenitud del tiempo nos renueve también a nosotros.» (Homilía de S.S.
Francisco, 28 de julio de 2016).
Meditación
Madre, ayúdame a no tener miedo a ser feliz de verdad. Ayúdame a
compartir con los demás el vino bueno de la alegría del evangelio. Ese
vino que nace de la escucha atenta en la oración, de la obediencia de la fe
y de la entrega generosa a tu Hijo.
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Los empleados que servían el vino estaban muy ocupados, pero se
dieron el tiempo de escuchar primero tu voz (hagan lo que Él les diga) y
luego la de tu Hijo. Que así sea yo, que por muchas cosas que tenga, por
muchos problemas o pendientes nunca deje de tener tiempo para estar
cerca de ustedes, para escuchar su voz en la oración.
Me sorprende, Madre, que los servidores hayan obedecido aun
cuando no entendieran del todo la orden. ¿Para qué llenar las tinajas de
agua y llevarle sólo agua cuando lo que necesitaban era vino?, ¿era una
broma?, ¿no podían invertir el tiempo que tardarían en llenar las tinajas
en ir a buscar dinero para comprar más vino? Tantas veces me pasa algo
similar a mí: prefiero soluciones que me parezcan más razonables, más
prácticas e inmediatas. Ayúdame, María, a obedecer las palabras y el
querer de tu Hijo aun cuando no las entienda.
Veo que los sirvientes no sólo obedecen, sino que lo hacen con
generosidad. ¿Qué hubiera pasado si hubieran llenado sólo la mitad o
aún peor, si por temor a quedarse sin agua o sin tinajas no hubieran
seguido el mandato de Cristo? Los sirvientes supieron confiar y entregarse
aunque no entendían. Le dieron a tu Hijo todo lo que tenían y Él no los
defraudó. Al respecto, Madre, recuerdo aquellas palabras del Papa
Benedicto XVI: «Cristo no quita nada y lo da todo.»
Madre, ayúdame a no tener miedo de entregarme sin reservas a la
voluntad de Jesús, consciente de que Él lo puede todo. Tu Hijo sólo quiere
mi bien y no me quita, sino que me da todo aquello que necesito para ser
verdaderamente feliz.
Oración final
Haré público el decreto de Yahvé:
Él me ha dicho: «Tú eres mi hijo,
hoy te he engendrado. (Sal 2,7)
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