El placer de leer narrativa policiaca

Vicente Francisco Torres
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El placer de leer
narrativa policiaca
L a pres ent e c o l a b o ra c i ó n e s u n a c r o n o l o gí a d e c ó m o se a p r o x i m ó
el a ut o r a l a na rra t i v a p o l i c i a l . E x p o n e , a d e m á s, a l gu n o s a t r a c t i v o s
q ue enc uent ra en el l a y su gi e r e a l gu n a s d e l a s o b r a s m á s r e p u t a d a s
y út i l es pa ra a c erc a rs e a l gé n e r o .
E
l hermoso cuento “El caballo de coral”, del cubano Onelio Jorge Cardoso,
dice que el hombre siempre tiene dos hambres: la de bienes materiales y la
de alimentos intelectuales. Desgraciadamente, muchos se hartan de cosas
que se miden y se pesan, pero están anémicos de los bienes culturales que
entrañan un conocimiento del mundo, de las cosas y de los seres humanos. No
procuran un alimento que regala placer intelectual.
Las campañas gubernamentales que ordenan leer una cantidad de minutos diarios están destinadas al fracaso porque ponen el mensaje en boca de cantantes y
actores que todo mundo sabe que no leen ni en defensa propia. Si se manejara la
lectura como una fuente de placer, otro gallo podría cantar para los mexicanos.
El placer de leer lo tengo sobradamente comprobado, pero además debo decir
que me he ganado la vida enseñando a leer (sin metáfora, porque fui profesor de
educación primaria), fomentando la lectura e impartiendo cursos especializados
de lecturas mexicanas y latinoamericanas.
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Leer textos policiacos se convirtió para mí en una verdadera aventura detectivesca y pude comprobar cuánta razón hay en el adagio “el autor no elige sus
temas; son los temas quienes lo eligen a él”. Quizá pudiera hablar de destino si
consentimos, con el poeta español José María Álvarez, que “el azar es una oscura
servidumbre”. O si suscribimos la frase de Borges: “Y todo encuentro casual era
una cita.”
Empecé a escribir recensiones de libros en 1979, en la revista Tiempo. Compraba para reseñar los libros que eran de mi interés, pero también, con el pretexto
de la colaboración semanal, iba llenando los huecos que ostentaba al terminar una
licenciatura en Letras Hispánicas. Y un buen día, en unos almacenes que vendían
ropa, aparecieron unas mesas colmadas con los saldos de las novelas policiacas que
había publicado la editorial Bruguera en España.
Entusiasmado por sus cuartas de forros, que en aquellos tiempos eran confiables
y no los mentideros en que hoy las tienen convertidas las editoriales comerciales, leí
novelas de Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Chester Himes, Jim Thompson, Horace McCoy, Leonardo Sciascia, Giorgio Scerbanenco y Boris Vian, entre
las que recuerdo. Ignoraba que las mesas de Almacenes García me habían regalado
(sin metáfora, porque eran libros baratísimos) el conocimiento de los clásicos del
género policial en sus dos vertientes: la de enigma y la negra. Tampoco sabía en
ciencia
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aquel momento que la segunda es el relato detectivesco
que pone el acento en las condiciones sociales.
Para la década de 1980 ya era cliente frecuente de
las librerías de viejo desperdigadas por Avenida Hidalgo, Donceles, San Juan de Letrán (todavía no se llamaba Eje Central) y Santa María la Redonda, a un costado
de la plaza de Garibaldi. Junto a un teatro de burlesque
había un galerón con saldos de Tor, Siglo Veintiuno y
El Séptimo Círculo, que hacía Borges con sus amigos
y también con su señora madre, quien tradujo varios
libros para la colección. Milagrosamente llegaron también los libros del Centro Editor de América Latina,
con sus beneméritas antologías.
Me sucedió lo que al burro que tocó la flauta, porque de la noche a la mañana me vi dueño del saber de
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los clásicos del género: desde los narradores de puro
enigma tipo Conan Doyle y Agatha Christie, hasta los
duros estadounidenses, y algunos destacados autores
sudamericanos como Borges, Bioy Casares, Victoria
Ocampo, Enrique Amorim y Adolfo Pérez Zelaschi.
Leí de todo, incluso a Georges Simenon, porque estaba encandilado por el enigma de los primeros y la
calidad de la prosa de los segundos, con sus diálogos relampagueantes y el fasto social que prodigaban
los estadounidenses.
En aquella época no advertía la diferencia que los
manuales hacían entre literatura de enigma y novela
negra, pero no me importaba porque yo ya había elegido la literatura detectivesca dura, de planteamiento
social y artístico, porque el relato de enigma ajedrecístico me parecía limitado. La novela negra era más que
un relato de enigma, porque entregaba las historias de
seres patibularios y apabullados por la vida. Tiempo
después, cotejando fechas de publicación, descubrí que
el relato de enigma no había evolucionado hasta ser
novela negra, como algunos decían, sino que los dos tipos de novela habían sido contemporáneos y cada uno
había encontrado su público lector.
Vino después un momento de exquisitez cuando
empecé a leer, en las bellas ediciones de Alianza Editorial, a los autores que yo ya conocía. Y se dio el encontronazo con las famosas antologías de Borges y Bioy
Casares, junto con los casos de don Isidro Parodi, que
Borges y Bioy firmaron con el seudónimo de Honorio Bustos Domecq. Hoy mi afición por este tipo de
obras ha seguido un proceso inverso, porque atesoro las
ediciones rústicas que voy encontrando de libros que
se publicaron hace muchos años en México, España,
Chile y Argentina. Gracias a la lectura de la novela
negra italiana y estadounidense nunca pude suscribir
la estrambótica declaración de Ricardo Garibay, quien
definió la novela policiaca como una adivinanza para
idiotas que dura 200 páginas. Y esto fue todavía menos posible después de haber leído los ensayos sobre
el género que escribieron autores tan admirados como
Alfonso Reyes y Somerset Maugham.
Pues bien, mis hallazgos de los clásicos del enigma y
del relato duro fueron muy gratos por las piruetas intelectuales de los primeros y el exotismo de algunas obras
de Christie; pero me anclé en Hammett, Chandler y
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dignidad y acatan servilmente todo lo que ordenan el
imperio y las transnacionales: el narcorrelato. Éste, en
obras de calidad como La doble vida de Jesús (2014) de
Enrique Serna, o las diversas novelas de Bernardo Fernández, tiene la virtud adicional de mostrar cómo se
tejen las relaciones sanguíneas entre traficantes, políticos y autoridades de la más diversa índole.
Vicente Francisco Torres es licenciado, maestro y doctor
en Letras por la Universidad Nacional Autónoma de México,
y profesor investigador en la Universidad Autónoma Metropolitana, Azcapotzalco. Miembro del Sistema Nacional de In-
compañía porque topé con libros que no conocían los
tiempos muertos y mostraban una sociedad corrupta,
ajena al jardín ordenado con que siempre había visto
aludida la sociedad estadounidense. Además, la violencia racial que señorea el mundo negro quedaba expuesta con brutalidad y engendraba personajes complejos
pero sumamente atractivos. El realismo, aunado a la
denuncia social que yo había conocido en la literatura
latinoamericana, aquí daba un vuelco y se volvía agresivo, relampagueante, más eficaz que la exposición de
taras que yo había visto en nuestras letras.
Como tarde o temprano tenía que suceder, de la
mano de Borges y Bioy Casares me pregunté cómo se
había cultivado el género en América Latina en general, y en México en particular. Y la respuesta la encontré en otra librería de viejo, en la calle de Humboldt, en
otro galerón que desapareció después de haberme regalado un libro de Donald Alfred Yates: El cuento policial
latinoamericano. Era un libro que publicó don Pedro
Frank de Andrea en sus famosas antologías. Allí surgió
otra historia que ya he contado en un artículo llamado
“Guardián de cementerios”, que publicó la poblana revista Crítica y que se encuentra fácilmente en Internet.
Concluyo: la narrativa policiaca me dio el placer de
leer historias enigmáticas, de virtuosismo intelectual,
de denuncia social y de exotismo. El suspenso, que
nutre esta narrativa, es un atractivo para quien gusta
de este platillo, que hoy anda maridado con un tipo de
narración que es fruto de nuestro tiempo y de la desvergüenza de los políticos mexicanos que no tienen
vestigadores desde 1998. El periodismo cultural es una tarea
paralela a su trabajo docente. Entre sus libros están: El cuento
policial mexicano (1982), Muertos de papel (2003), El que la hace… ¿la
paga? (2006) y Yo no olvido al año viejo (1998).
[email protected]
Lectur as r ecomendadas
Bernal, Rafael (1969), El complot mongol, México, Joaquín
Mortiz (Novelistas Contemporáneos).
Coma, Javier (2001), La novela negra, Barcelona, El Viejo
Topo.
Hoveyda, Fereydoun (1967), Historia de la novela policiaca,
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Leñero, Vicente (1971), Los albañiles, 5a. ed., Barcelona,
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Leñero, Vicente (1976), El que la hace la paga. Ocho detectives célebres, México, Pepsa Editores.
Quincey, Thomas de (1975), Del asesinato considerado como
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Rodríguez, Juan José (1996), Asesinato en una lavandería
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Serna, Enrique (1995), El miedo a los animales, México, Joaquín Mortiz (Narradores Contemporáneos).
Taibo II, Paco Ignacio (1981), No habrá final feliz, México,
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