Trump es realista frente a Rusia

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venerdì 05 agosto 2016, 15:20
Trump es realista frente a Rusia
El candidato republicano parece ser una clave ganadora para restaurar las relaciones entre las dos naciones
di Alberto Hutschenreuter
Dejemos de lado todas aquellas posturas agresivas e incendiarias del candidato republicano Donald Trump, por caso,
respecto con el eventual tratamiento a inmigrantes regionales y no regionales, y concentrémonos por un momento en lo que
significa su enfoque sobre Rusia. Por supuesto que causa asombro e inquietud que un candidato a la presidencia de la
potencia mayor del orden interestatal mantenga posiciones en principio favorables para los intereses de Rusia, por ejemplo,
cuando el candidato sostiene que si llega a la presidencia podría reconocer la anexión o reincorporación de Crimea a Rusia o
que consideraría abandonar la OTAN. Sin embargo, acaso sin querer serlo, en esta cuestión el candidato republicano se
muestra como un auténtico realista en política internacional. Por otra parte, con dichos anuncios Trump no se aleja de lo que
históricamente ha caracterizado al Partido Republicano: salir de crisis e intervenciones desafortunadas o reconocer la
realidad internacional (recordar, por ejemplo, que fueron los republicanos los que dejaron Vietnam y que también fueron los
republicanos los que reconocieron a la Unión Soviética como superpotencia en los años setenta e incluyeron a China en el
diseño de equilibrio de poder sostenido entonces por Henry Kissinger). Ahora bien, ¿por qué Trump se muestra como
un convencido realista ante Rusia? Porque entiende que en la relación de tensión, rivalidad e incluso escalada entre
Estados Unidos y Rusia, las responsabilidades mayores corresponden a Occidente por no haber respetado nervios
geopolíticos muy sensibles para Rusia al ampliar prácticamente sin límites la OTAN. La posibilidad de que Ucrania marchara
hacia la cobertura política-estratégica de la Alianza Atlántica precipitó la crisis actual. Sin embargo, si la cuestión Ucrania no
es contemplada desde un contexto más amplio y en términos de proceso, difícilmente se llegue a otra conclusión diferente
que aquella que predomina hoy y que señala a Rusia como un actor geopolíticamente revisionista y amenazador, con las
peligrosas consecuencias que implica ello para las relaciones internacionales. Por ello, es imperativo contenerla y vigilarla,
para expresarlo casi en los propios términos empleados por George Kennan en 1946, cuando advirtió en su largo telegrama
sobre la tipología del enemigo al que se enfrentaba Estados Unidos en el nuevo ciclo internacional. Contemplar la crisis
internacional que implica Ucrania requiere hacernos una pregunta central: ¿significó el fin de la Guerra Fría
que Occidente dejara de contemplar a la Federación Rusa como un eventual desafío a sus intereses? A juzgar
por las iniciativas de Occidente tras el final de la confrontación bipolar, la respuesta es que Occidente nunca dejó de
considerar a Rusia como actor que más tarde o más temprano volvería a desafiar a Occidente. Y una de las iniciativas más
centrales en relación con la próxima amenaza rusa fue la ampliación de la OTAN, una organización política-militar que,
siguiendo la experiencia histórica, debió haber desaparecido una vez que desapareció el reto que determinó su creación en
1949. Más allá de esta anormalidad internacional y de las promesas que habría hecho Estados Unidos a Gorbachov sobre la
imposibilidad de mover al este la Alianza Atlántica, la primera ampliación de la OTAN hacia fines de los años noventa fue
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considerada una medida entendible porque implicaba extender la cobertura de seguridad a los principales actores euro
centrales demandantes, esto es, Polonia, República Checa y Hungría. Pero las siguientes ampliaciones inquietaron a Moscú,
cuya nueva dirigencia encabezada por Vladimir Putin consideró la cuestión como una suerte de Yalta II e incluso un Potsdam
II, es decir, decisiones centralmente geopolíticas sobre el espacio europeo sin considerar intereses de Rusia, que ahora, en
su carácter de Estado-continuador de la Unión Soviética, era tratada como el actor derrotado y hasta repudiado. La decisión
de Occidente de ampliar la OTAN más allá de lo recomendable fue criticada por sectores realistas de los Estados Unidos,
tanto por aquellos que atienden la estructura y el equilibrio de poder en el sistema internacional, por caso, Kenneth Waltz o
Henry Kissinger, como por aquellos que defienden y promocionan la hegemonía como el modelo o patrón de seguridad más
elevado en las relaciones entre Estados, por ejemplo, John Mearsheimer. Más recientemente, el profesor Stephen Walt
(otro gran realista) planteó que durante el último cuarto de siglo los mandatarios estadounidenses han
ignorado el realismo en las relaciones internacionales. Entre los casos más importantes y concluyentes, Walt
argumenta que esa ignorancia explica las cada vez más conflictivas relaciones de Estados Unidos con Rusia y China, la
retirada de la democracia en Europa del este, la degradada situación en Medio Oriente, en Afganistán, etc. Sostiene que si
Bush hubiera escuchado a realistas, por caso, a un Brent Scowcroft, no habría invadido Irak en 2003, y la región no sería el
caos que es debido en buena medida al colapso del Estado de Irak e Irán no tendría el poder que despliega. En línea con los
argumentos críticos ante la ampliación de la OTAN, el experto advierte que si se hubieran considerado patrones del realismo
los Estados Unidos no habrían empujado a expandir la OTAN, pues los realistas entienden que las grandes potencias son
especialmente sensibles a las configuraciones de poder cerca de sus fronteras. Expandir la OTAN habría envenenado las
relaciones con Rusia. Un realista habría optado por la Asociación para la Paz, un espacio que buscaba construir lazos de
seguridad con Europa del este y con Rusia. En breve, Donald Trump sin duda despliega su campaña con bastante
demagogia y sobreactuación, pero podría convertirse en el próximo mandatario de Estados Unidos. Y en la
arena internacional e interestatal el próximo mandatario deberá afrontar múltiples cuestiones, muchas de las cuales tienen
a Estados Unidos como responsable total o parcial. En gran medida, la crisis entre Occidente y Rusia es producto de una
notable carencia de realismo por parte de un actor mayor del orden internacional, que posee una gran experiencia
internacional y que sabido proveer al mundo de aquellos bienes públicos internacionales tan necesarios para su estabilidad.
El realismo implica considerar las fuerzas profundas en las relaciones internacionales y determinar aquellos cursos que
amparen los intereses nacionales. Pero el amparo de los intereses nacionales propios no puede basarse en afectar y
amenazar los intereses de otros actores, mucho más si se trata de actores poderosos que, como Estados Unidos, exigen
deferencia. Aunque pueda resultar poco aceptable, hoy el candidato Donald Trump entiende mejor que su oponente
demócrata que Occidente ha ido más allá de lo recomendable frente a Rusia, y que es necesario desplegar medidas para
reequilibrar la situación internacional.
di Alberto Hutschenreuter
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