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Untitled - Libros y Literatura

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UTOPÍA
Libros y literatura
UTOPÍA
Libros y literatura
© 2014 Libros y literatura
© Corrección y Maquetación:
www.artgerust.com
ISBN Papel: 978-84-16201-58-7
ISBN EPUB: 978-84-16201-59-4
Todos los derechos reservados.
Produce: Gerüst Creaciones S. L. (www.artgerust.com)
PRIMER PREMIO
Basura y Evasión
por Sonia Aguirre Duque
Amo el ritual de sacar la basura. Mi estricto
cumplimiento de la política de separación de residuos me hace sentir virtuosa; los inspectores
del ayuntamiento nada podrán reprocharme. Hago una
primera parada frente a mi edificio, luego bajo por
Pontones hasta los contenedores de cartón y papel,
pero, si solo tengo vidrio, me basta acercarme hasta la esquina de Toledo.
El sonido de las botellas rompiéndose unas sobre otras tiene algo de musical. Vuelvo con el
ánimo leve, como si con los envases vacíos y las
raspas de pescado se fuera la memoria de los días
y todo fuera posible de nuevo. Sacar la basura me
permite soñar, despegarme de mi cuerpo, perderme
en ese retazo de cielo que atrapo desde mi calle.
Irme en el deportivo de un futbolista que baja zumbando al estadio, colgarme de una bandada de patos
empenachados que huyen camino del sur, robarle la
Harley a uno de esos barrigones que van metiendo
ruido a ese bar que siempre me ha parecido demasiado limpio para ser un verdadero garito de moteros.
Esto es un secreto: cuando saco la basura siempre
llevo el pasaporte y la tarjeta del banco en el
bolsillo. A veces he sentido la tentación de no
dejar de caminar, llegar a calle Treinta, pasar el
río, no sin comprarme un helado antes. Atravesar
Carabanchel, llegar a las autopistas, puede que a
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una gasolinera, y conseguir que un conductor silencioso me lleve a su lado sin hacer preguntas,
tan solo sintiendo el sol de la tarde que entra
por el cristal y adormecerme por la monotonía del
asfalto. Tal vez llegue un día en que el impulso
de la huida se haga irresistible y deserte de mi
casa y de mi vida. Tiraré las llaves en un macizo
de flores y atravesaré el sur del país hasta Portugal, hasta un puerto donde me quedaré mirando
a ese mar aceitoso de los cargueros y los grandes
barcos de panza monstruosa. Cruzaré el Atlántico
como antes crucé el raquítico Manzanares, todo es
cuestión de dar el salto. Tal vez logre enrolarme
en la tripulación de un barco, no sé nada de la
mar, pero siempre hará falta que alguien barra la
cubierta. A fuerza de sal y días, mi identidad se
irá borrando, solo la evocaré cuando descarguemos
la basura en un puerto anónimo.
Hace dos noches, sentí el deseo de la huida
latir más fuerte que nunca en las suelas de mis
zapatillas deportivas. Se me había hecho un poco
tarde, eran casi las once y sentí el ronroneo del
camión de la basura a mi espalda, me giré para ver
la ágil coreografía de subidas y bajadas con los
operarios moviendo el rompecabezas amarillo y naranja de contenedores de toda la calle hasta las
mandíbulas del camión. Debería haber mantenido la
distancia, porque fue en ese momento en que crucé
la mirada con ese basurero de ojos verdes, y ahí
encontré atrapado el mar tornasolado de ese puerto
de Portugal.
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SEGUNDO PREMIO
El monolito desconocido de Clark y Kubrik
por César Vicente Calle
Sucedió así: escribí algo, esto. Había recibido
un mail de alguien, un desconocido al que luego conocí (es curioso, porque no podía haberse llamado
de otra manera. Luego pude entenderlo). Tuve dudas.
Algo sobrevino entonces. Sé que suena ingenuo, puede que incluso falso. En fin, como suene: el miedo
se fue. Se fue. Yo quise que se fuera, y se fue. Y
al irse el miedo, las dudas se disiparon y todo resultó inevitable. Después de unos años, mi hija me
confesó haber leído estas palabras y dudaba de que
aquí hubiera empezado todo. Decidí seguir adelante, simplemente sentí que debía hacerlo. ¿Estaba en
la esencia misma de esta ficción, en eso que llaman
destino, en mí mismo, en la voluntad oceánica que
me condujo hacia la utopía y disipó el miedo?
Luego todo sucedió deprisa y, al mismo tiempo,
despacio. Lo sé, suena extraño… Esta frase, tan mil
veces repetida, también tuvo sentido: en el espejo
de todos los días vi otra cosa. Visualicé todas las
jugadas de ajedrez, despejadas y puras, comprobando
su perfecta circularidad en torno a Dios. Consulté
las teogonías y los mitos de las civilizaciones. Os
reiréis de mí, pero pude oír las primeras palabras
que pronunció el hombre prehistórico detonadas dentro de su ser como un huevo cósmico que se hizo luz,
palabras olvidadas que aún conservaban el secreto
de la vida, las mismas que luego cantaron Homero y
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los poetas. Vi las grecas de oro y el púrpura de la
túnica de Marco Aurelio, que era la mía, rasgando
el pergamino al escribir. Penetré en el mundo, en
el sí y el no, los secretos de la alquimia, este
momento y el que vendrá más tarde, poesía o prosa,
fondo y forma. El viejo Hegel me habló a la luz de
una lámpara que brilló en el mil ochocientos, dentro de una estancia crujiente a madera de los bosques del norte, con su voz grave y alemana de cosas
tan amables. Los Upanishads, esta A y la partícula
subatómica que matará al gato de Schrödinger. El
por qué de tus dudas releyendo estas palabras, ese
libro de Borges que nunca más abriré. Todo aquí,
todo ahora.
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TERCER PREMIO
Tuvo que pasar mucho tiempo
por Carmen Gómez Sousa
Tuvo que pasar mucho tiempo para que Inés admitiese que un hecho aparentemente irrelevante, pero
reiterado, marcaría su vida para siempre. El punto
de partida se sitúa en uno de aquellos inacabables
veranos de su niñez y entre las cuatro paredes de
adobe y pizarra que levantaron sus abuelos en un
terreno rodeado de olorosos matorrales y lejanas
encinas. Era casa de un solo dormitorio, de un solo
árbol en el corral, de un solo pan y de un solo
libro que nunca supo cómo llego hasta allí. Fue su
madre, mujer condenada desde siempre al trabajo
doméstico, quien planteó aprovechar ese tiempo de
indolencia y silencio, que es la hora de la siesta
en tierras del sur, para leer juntas aquel único
libro. Con reticencia al principio, y verdadera
fascinación después, Inés acabó aceptando aquella
cita con su madre durante muchos veranos. También
aceptó cuando ella ya no estaba lo sabiamente que
había conducido aquellas lecturas con desorden aparente hacia las aventuras más excitantes y comprensibles de un estrafalario personaje empeñado en ser
armado caballero. Un verdadero enigma. Pasados los
años, Inés volvía cada verano a aquellas cuatro
paredes que guardaban un único libro, con un cargamento de volúmenes para consumir en un tiempo cada
vez menos elástico, entre olorosos matorrales y lejanas encinas. Así conoció la magia de la montaña
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con Mann, el tiempo perdido con Proust, la soledad
con Gabo, los misterios del universo con Hawking y
las leyes físicas con Newton. Un día, ya anciana,
Inés se sorprendió murmurando para sí misma mientras descansaba en el mismo lugar donde leía junto
a su madre:
–Los escritores son insignes artesanos de sublimes escaleras que nos elevan más allá de las copas
de los árboles, de las nubes, de las galaxias y nos
bajan a los abismos más inquietantes de la condición humana.
El libro único, de hojas amarillentas y porosas,
descansaba en una estantería desvencijada.
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-Utopíapor Andrés Barrero Rodríguez
Solo quiero un mundo que quepa en tu sonrisa,
porque en tu sonrisa vive uno que se asoma en cada
gesto y me recuerda que es posible. Solo quiero un
mundo tan bueno como el que tú ves con tus ojos,
pero yo no los tengo y mi mirada ya no sabe dibujar la realidad que mereces. Por eso te lo escribo,
para sembrarte de palabras que crezcan y te ayuden
a construirlo desde dentro, y confiar en que, si alguna vez yo lo soñé, tú puedas vivirlo. Que si alguna vez lo viste, siempre puedas soñarlo. Para que,
cuando tus ojos crezcan y vean todo lo que ahora se
oculta a tu mirada inocente, tu mundo siga dentro
de ti y no lo olvides. Porque es el verdadero.
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Sin sueños
por César Malagón
Cuando era pequeño soñaba con tener una carrera universitaria; decían que con un título bajo el
brazo el futuro era prometedor. Terminé de estudiar
y ahora malvivo con trabajos mal remunerados y poco
estimulantes. Cuando era pequeño soñaba con el piso
que me compraría cuando fuera mayor. Ya soy mayor y
veo que, a día de hoy, comprar un piso no solo no
es una prioridad, sino, más bien, una utopía irrealizable. Cuando era pequeño soñaba con vivir en un
país moderno y lleno de oportunidades. Ahora tengo
que ver, semana tras semana, cómo mi país se corrompe más y más, y cómo amigos, familiares y seres
queridos buscan esas oportunidades en otros países
mucho más modernos que el mío. Así que, después de
tirarme media vida soñando, he tenido que sobrepasar la treintena para darme cuenta de que todo
lo que me dijeron de pequeño era mentira. Por eso,
cada vez lo tengo más claro: el día que tenga hijos
no les diré que sueñen; les diré que vivan, aprendan y disfruten de cada día que pasen en este mundo.
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Ser perfecto
por Leire Kortabarría
Cuando sea niña otra vez, seré un ser perfecto
dejando ir el globo
hacia el cielo de los globos;
con la manita le diré adiós o hasta pronto,
pues nada se va,
pues todo es un sueño,
y el mundo forma parte de él.
Ahora ese momento ya se ha ido
y este otro también;
y así es la belleza de la vida,
pues, si no se marchita, no es belleza.
Quizá algún día dejaré de esperar,
dejaré de vigilarme;
quizá algún día alcanzaré la paz.
Mientras tanto, me siento y espero;
contemplo la bahía desde lo alto del puente,
casi ingrávida, con el mundo bajo mis diminutos pies,
bailando, corriendo,
inadvertido de su propia belleza.
Las gentes corretean, se amontonan,
viven sin pararse, que es lo mismo que no vivir.
Ansían el sueño, y, cuando llega,
ansían despertar de él,
siguen corriendo,
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y yo quiero saber quién llegó a algún lugar
y decidió que era lo bastante bello.
Ahí va ese hombre que siempre fue ciego;
ha recuperado la vista, y ahora
por fin sabe qué es la vida.
Nada más tiene urgencia, nada más lo retiene;
suelta amarras y se va, caminando,
a lo largo de una sucia acera
en esta noche de otoño.
Está lloviendo, pero él no lo nota;
la vida es una fiesta;
la vida es la fiesta que siempre fue,
pero nadie más lo sabe,
porque todos los demás siguen ciegos.
El arpista hermoso,
inconsciente,
tañe canciones de su tristeza
en su lira de forma de triángulo aberrante.
Él aún es joven,
pero ahora ya es viejo,
y el viejo de los ojos iluminados
es el más joven de todos.
Algún día, yo seré él;
mi cuerpo morirá, pero yo viviré;
seré libre de esclavitudes,
libre de la materia;
miraré esta flor y seré feliz,
cada segundo durará una eternidad,
y necesitaré cada una de esas eternidades
para disfrutar cada segundo,
una gota de agua,
una flor en mi jardín
y un jardín en mi casa,
y poner cada ladrillo para erigir mi casa
y serrar la madera y bendecir el árbol
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y echar la cometa al vuelo
y luego soltar la cuerda,
y suspirar y reír,
y respirar
y respirar,
y sentir mi corazón latir
y mi sangre correr,
y sentir esta célula alimentarse y vivir,
y esta neurona hablar con aquella otra,
y no tener hiel en mi corazón
ni amargura en mi alma,
y amar
y vivir,
y vivir
y sentir
y soñar,
y que la vida sea ese sueño
y el sueño sea toda la vida,
pues la vida lo es todo,
y toda la vida es necesaria
para vivir toda la vida,
y nada puede existir fuera de la vida, pues
¿qué es la muerte, sino más vida?
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Cuando llega la noche
por Susana Hernández Sánchez
Cuando llega la noche
y mi mundo guarda el silencio deseado,
tomo un libro entre las manos,
y añorando el humo de un pitillo
(que no enciendo)
va renaciendo en mí la fantasía,
y poco a poco
veo nacer los versos
al ponerse en marcha los motores
de mis sueños.
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-Utopíapor Laura Carrera Hernández
Los huecos que había en la persiana lo encontraron cubierto por las sábanas hasta la cintura,
mientras el sol tenía la suerte de rozar su piel.
La espalda reluciente, con esa fina línea en medio
en la que caben justo los dedos de la mano, que ahora la recorren con suavidad. El rostro más sincero
que se ha podido ver nunca descansa tranquilo. Esos
ojos, que aún cerrados dejan ver un universo compartido. Y los labios, entreabiertos, ignoran que
hoy serán despertados a besos.
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Leyendas de viajeros
por Ángel Pontones Moreno
Hay pocas cosas que me transporten a otro mundo más rápidamente que recorrer las calles viejas
de mi ciudad. No solo me suponen un viaje por el
tiempo, sino que suman a este otro por el espacio, pues en mis recorridos suelo saltar de casco
en casco antiguo, iniciando el recorrido en plazas
tan geométricas como la Redonda o la Lope de Vega
de Valencia, y a través de callejuelas surcadas de
librerías de antiguo accedo sin darme cuenta al
campo de San Esteban, donde el campanil está tan
inclinado que parece a punto de irse a reposar bajo
la isla de San Marcos llevándose consigo un millar
de tomavistas y cheques de viaje. Secó el sudor de
turista por el mismo laberinto que, contrariamente
a lo que esperaba, no me desemboca en la galería
Uffizi, sino en una plaza con forma de mano, y calles
que son dedos que terminan en la mezquita Azul.
Los cantos del muecín suenan dispersos en el aire
enrarecido. De aquí hasta los minaretes de Sofía
no debería gastar un cuarto de hora andando, pero
lo que encuentro para apagar la sed es la fuente
de la plaza Santo Domingo en el D.F. Intento no
preocuparme por el trasiego de viajes, pues no ha
llegado el sol al mediodía y aún debo comprobar si
en Potsdammer Platz me sigue esperando Lía, y si
ella recuerda un restorán de Piazza Navona donde no
figurara en la carta ese horrible risotto.
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-Utopíapor Ángel Pontones Moreno
Sea como sea, debe ser a última hora de la tarde,
y a ser posible en el hueco que abril deja a junio.
La luz de entonces marca unas sombras alargadas que
sumergen en olvido toda mi aprensión por no pasar
del uno sesenta. La playa casi desierta por la que
camino solo tiene como límites un horizonte azul
donde un sol enorme termina de calzarse las aletas para zambullirse. El sol es tan rojo como el
amanecer que aparece medio segundo después de que
Lawrence sople la cerilla que le transporta a las
dunas del desierto. La banda sonora es el viento
que desmaraña un cabello como el tuyo, mezclado
con calipsos y guitarras que vienen de una docena
de chiringuitos playeros flanqueados por una red de
hamacas entre palmeras que dejan paso a una segunda
línea de tumbonas de mimbre donde el que más y el
que menos sonríe. La gramola de mi cerebro convierte las marimbas de Love is the seventh wave en el
sitar desmañado que toca Peter Sellers en su casa
justo antes de recibir la invitación a un guateque.
Mi lengua es un campo de batalla de sabores, desde
la galleta quebradiza del Apolo hasta el amargor
del último socarrat, pasando por el crujiente de la
arena invisible que transporta el viento. Todo lo
que me rodea soy yo, como si me contemplara desde
mil ángulos distintos, como si yo fuera el mar que
rodea la isla donde se concentran todas las orillas
21
que he pisado a lo largo de los años, donde huele a
todos los bronceadores que alguna vez has llevado,
y delante nuestro solo hay tiempo que perder.
De algún modo, he vuelto a la tarde en que te
conocí, y, si no a esa misma, a cualquiera en las
que fui feliz.
22
Sueño Eterno
por Mercedes Suero Fernández
Me miró de una manera distinta. No sé si fue por
sus cristalinos ojos verdes, o porque realmente su
mirada traspasó hasta lo más hondo de mi ser. Certidumbre impecable de «soy especial» recorrió todos
mis sentidos. Mi respuesta no pudo ir más allá de
un escalofrío invisible ante su profunda mirada.
Solo una sonrisa que camuflaba mi estado catatónico
pudo recibir como contraprestación. No recuerdo la
última vez que me miraron así, o quizás nunca lo
hicieron. No recuerdo la última vez que me conocieron solo con mirarme, o quizás nunca antes sucedió.
No todo el mundo puede mirar así. Solo aquellos que
vuelcan toda su alma en una mirada lo consiguen.
Solo quien se expone sin contemplaciones, miedos,
ni reservas, puede mirar así. Ante esa mirada se
hace necesario el silencio; solo quien mira así
puede prescindir de palabras.
Esperaba un gesto, una dirección que consiguiera
sacarme de ese letargo verde y acuoso. Se le unió
una caricia, un roce de su mano sobre la mía. Nunca
un contacto tan fugaz y medido completó tan a la
perfección un sentimiento de entrega y abandono;
entrega de mi mente a sus ojos verdes y abandono de
mi cuerpo en sus manos seguras. Solo cabía una opción, no había dónde elegir; no había más mundo, ni
más deseo, que arrojarme a sus labios. Encontré el
sitio donde el tiempo no se percibe; donde la vida
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cobra vida; donde los sueños no existen porque no
se necesitan, están todos cumplidos. Me perdí. Sin
ningún ánimo ni convicción de regreso. Sus labios
fueron el detonante de mi derrota. Después de su
mirada, su caricia y su beso, nunca más podría, ni
desearía, rehacerme. Solo quería esa sensación perdida sin control, eternamente, dentro de mí; unir
mi vida a un sentimiento tan hondo que nunca fuese
capaz de abandonarlo; a pesar de que, de intenso,
doliese. Porque su mirada, sus caricias y su beso
eran tan profundos que dolían, pero no me herían.
En ese estado vulnerable y seguro me acurruqué para
no salir nunca, para no dejar de mirar su mirada,
para no dejar de acariciar su caricia ni de besar
su beso. Pero no solo era yo. Su imagen, su cuerpo
y su mente se fueron borrando, alejándose y desapareciendo entre las brumas de mis ojos, cada vez
más abiertos. Solo era un sueño. Volví a cerrarlos.
Será un sueño eterno.
24
Que no haya cabezazos
por Jaime Fa de Lucas
Sueño que los cuerpos no precipitan sus cabezas hacia otros cuerpos. Que el lóbulo frontal del
homo sapiens no se utiliza para chocar violentamente
contra otro lóbulo frontal desconocido. Desconocido
pero humano. Hermano. El que choca es el cráneo. El
lóbulo frontal, entre otras funciones, destaca por
su capacidad para orientarnos hacia un fin de forma
organizada. Imagínate esa parte del cerebro reposando tranquilamente en la cavidad craneal, recibiendo
estímulos, manejando el timón como una caricia por
la piel, y, de pronto, el energúmeno mueve el cuello
hacia delante buscando un impacto, la esponjosidad
del órgano se tambalea, las neuronas maldicen, el
resto del cuerpo se inclina, se tensa, la sangre se
tiñe de ira. Y todo por una cuestión de conectividad. Mi fe es naranja, mi país es azul. ¿Qué colores
son los tuyos? La desconexión entre los dos hará que
la mezcla forme rojo oscuro, color del líquido que
recorre el interior de todos los seres humanos y que
se despliega como una alfombra después de cada guerra
para indicar el camino a las almas perdidas. Tú y
yo, esquivando cabezazos, como ese y aquel, evitando
los golpes, con palomas blancas saliendo de nuestra
boca. Ellos, los que apuñalan a la tierra por unas
cuantas gotas de oro, intentarán sacudirse los rayos
de luz neutra que se apoyan en su piel y su ropa. Una
iluminación demasiado oscura para su materia gris.
25
-Utopíapor Leonardo Martín Layus Seveso
«Y ahora que hemos cruzado los mares y conquistado continentes, dejando huellas de sangre en
cada paso; que hemos aprendido de otras culturas y
desaprendido de la propia…; que recitamos teoremas
cual si fueran bíblicos…; que hemos matado en nombre propio y ajeno, con fusil y crucifijo en mano…;
que escalamos los picos más altos para escapar de
nuestro infierno…; que caminamos por los desiertos
con la fatiga en el alma…
Ahora, justo ahora que el genoma y los nanos
conscientes forman parte del lenguaje cotidiano de
una mayoría ignorada…; que existe una “teoría de la
conspiración natural” según los beneficiarios del
sistema…
Ahora que culpa y cargo van a la misma causa archivada de la historia…
¡Justo, justo, ahora que hemos visto, sentido,
oído y disfrutado de las más variadas y maravillosas manifestaciones culturales; que nos hemos
emocionado por conquistar el espacio sin importar
el sufrimiento de un hermano desangelado…; que descubrimos el fuego antes que el calor que prodiga!
Ahora, sí, ahora… es momento de que la próxima
lágrima que caiga sea lo más dulce posible.»
26
El Transiberiano
por Mercedes de Luis Andrés
Recién llegada a la estación de Yaroslavsky,
Moscú. Tengo en los bolsillos del abrigo mi Moleskine y el pequeño diccionario de ruso. Me adentro
en la muchedumbre de soldados, madres y novias,
hasta que se despeja el andén y llega mi turno. Subo
al Transiberiano, asumo este desafío que pondrá a
prueba mi capacidad descriptiva y narradora. No
viajo sola, en la siguiente parada suben mis compañeros de viaje. Como en el libro de Paul Theroux, El
gran bazar del ferrocarril, espero que me ocurran
todo tipo de peripecias sin moverme del vagón. Dejo
el abrigo en el asiento y me acerco hasta la ventanilla más amplia, desde donde quiero contemplar el
paisaje de salida.
El tren se pone en marcha. Ya lo escucho, la
máquina está en movimiento. ¡Qué música maravillosa!, es la vida, en movimiento, sin final, sin pararse jamás. Cierro los ojos para imaginar lo que
le contaré a mi abuelo. Rusia es uno de sus viajes
preferidos.
«El Transiberiano es para aventureros», decíamos
en casa. Sonrío y deseo de corazón encontrarme en
la siguiente parada con mis compañeros de viaje.
El tren deja atrás la catenaria, su hierba trepadora
y las vigas oxidadas. Pronto mi alma vagará junto al
baile universal de viajeros, entre la espesa tundra
27
ártica, la estepa, las praderas de trigo, la taiga,
los pinos y abetos. Antón Chejov dijo de la taiga
en una ocasión: «Su fuerza y su magia no residen
en el tamaño de sus árboles gigantescos ni en la
profundidad de su silencio sepulcral, sino en el
hecho de que las aves migratorias sean las únicas
criaturas que conocen sus límites».
Casi diez mil kilómetros a través de la federación rusa hasta llegar a las delicadas orillas del
mar de Japón.
28
Hija del recuerdo
por Octavio Pacheco González
Solía hacerle posar su mano sobre mi rostro.
Quedaba suspendido sobre el alambre de la memoria
como un funámbulo que no alcanza a ver el final del
número. ¿A dónde van las sensaciones pasadas, los
aromas de la infancia, el irrefrenable deseo por lo
nunca antes vivido, la conciencia de lo acaecido en
el camino?
Si solo viera un atisbo de la mirada de aquel que
le dio la vida… Acostumbrada a verlo en los ojos
ajenos, en el día a día del trabajo en el hospital,
ahora debía asegurarme de no hacer del olvido un
túnel sin salida en el que se pierden los sentimientos de un presente del ayer.
La vida había recorrido en la elipse de las estaciones; en el invierno siempre creímos en la magia
y quisimos estar en familia para convertir los deseos en realidad. La realidad no olvidará que todos
la hicimos fuerte en el recuerdo de la ilusión.
29
-Utopíapor Pablo Santaolalla Rueda
Pensaba en cuántas veces había pedido a la luna
que hiciese realidad mi sueño de escribir cuando
tiró de mi mano dos veces: una para darme prisa y
otra para advertirme de que su tiempo de espera había llegado al límite. Miré su rostro, suave como
los perfumes de Grasse, con sus ojos mediterráneos
acabados en un manto ambarino del sol tardío. Normalmente, las librerías modernas le entretenían, en
parte por disponer de cientos de cuentos con más
colores que luces tiene una feria, pero no era el
caso con aquella en la que entramos; una librería
antigua, como su dueño, situada en una callejuela
de un pueblo francés en el que pasábamos las vacaciones.
El librero, quien tampoco esforzó el ser de nuestro agrado desde que sonara la pequeña campanilla
oxidada dispuesta sobre el dintel de la puerta,
sostenía una pipa apagada en su boca, torcida, que
profirió una mueca intuida entre la cortesía y el
asco. Sí, era lógico que a ningún niño le hiciese
ilusión entrar en un lugar donde lo más reciente
que había en su interior fuese él mismo, sin tener en cuenta el cromo pegado por algún otro niño
aburrido, cuyo padre no entendió el segundo zarandeo de brazo en el interior de un estante roído.
La pequeña tienda de libros del ácimo señor, sin
30
embargo, se tornaba bella tras la mirada alegre de
sus libros. Al menos, algo en aquel lugar sabía devolver una sonrisa.
–En este aparece tu nombre, papá –me sacó del
ensimismamiento en el que había quedado.
Una mujer a mi espalda nos miró. Lo mismo hizo
el librero, escondido tras su libro.
Un niño, un libro y la certeza de que en la calle
nos esperaba un amor, impaciente, con dos helados
medio derretidos. No había nada más que pudiese haber pedido.
Nadie me había advertido sobre el instinto de
ser padre, siempre escuché sobre lo materno, pero
lo cierto es que amanecí apretando la almohada como
una leona haciendo la compra para su manada. Fue
la mañana lúcida la que me hizo ver cuáles eran mis
anhelos más profundos.
Lo que siempre creí como mi motor, el engranaje
que movía mis pasos y pensamientos, quedó palidecido frente al desgarro sentido al comprobar que todo
había sido producto de mi mente; al sueño de una
noche fría de invierno. Porque no hay mejor forma
de aprender qué se quiere con mayor fuerza hasta
que experimentas su pérdida; supe que, a partir de
ese preciso instante, un momento donde el tiempo
efímero se hizo eterno, como el vuelo incesante de
un colibrí, buscaría con afán y esperanza a ese
niño nacido en mis sueños al que un día leería mis
cuentos. Con el afán incesante con el que el sol
busca a la luna cada día y la esperanza en el saber
que disponía de toda una vida para hacerlo.
31
-Utopíapor Adriana Salazar
A la edad de cinco años, la Poli era ya muy grande como para seguir jugando con las muñecas. Sus
alas crecían tan rápido como sus sueños.
Si uno la miraba y veía que caminaba muy segura
de sí misma… nadie hubiera dicho que era una niña.
Y es que Poli era así, no más, algo agrandada, aunque en realidad había crecido, no durante años,
sino una noche, cuando su abuela Elvira se murió.
Esa noche Poli decidió crecer. Y es que la abuela
ya no iba a estar a su lado. Se dio cuenta de que,
a partir del vuelo de su abuela, las cosas se le
complicarían. Dejó las muñecas y pasó a jugar con
los libros que había en la casa.
Todo era juego. Así, uniendo las letras una a
otra, armando rompecabezas, laberintos de letras,
torres de letras, repasando las letras una a una
con su dedo índice, despacito y concentrada en
ello, aprendió a leer. Un atardecer, Poli descubrió
que el cielo se volvía muy rosado.
Cada tarde era esperada por la niña para ver cómo
cambiaba de color el cielo mientras seguía zambulléndose entre los libros que había en la casa.
Así fue como una vez, mientras se acomodaba en su
sillita de mimbre, la sintió algo incómoda. Buscó
cuál era el problema y descubrió que había caído un
libro entre el almohadón de la base y el respaldo.
Cuando lo quitó de allí vio que llevaba como título
32
Para qué sirven los colores. «Guau…», pensó. Era la
primera vez que Poli tenía un libro con nombre de
pregunta. ¡Y ella era la reina de las preguntas! De
inmediato se puso a leerlo.
Mucho tiempo después se daría cuenta de que en
realidad era un libro sobre el uso del color en personas enfermas, ancianas y con alas en sus cuerpos.
Fue en esos días que descubrió que los colores
pueden cambiar a las personas como los cielos cambiaban de color frente a ella.
Eran las dos de la tarde cuando llegó la tía.
Traía el regalo más esperado por Poli: un juego de pinceles de todos los tamaños. Durante toda
la semana había estado convenciéndola para que se
los regalara, y ahora que los tenía sentía que se
transformaba en una gran artista-pintora-de-todoslos-tiempos. En un solo día, Poli reunió una cantidad de seis obras pintadas al instante… tal como lo
había visto hacer en la calle a esos artistas que
se promocionaban como verdaderos genios.
Las alas sirven para volar… tanto como la imaginación. Y Poli aprendió sobre ello un sábado por la
mañana, cuando fue a visitar la tumba de su abuela en el cementerio, que estaba rodeada de flores y
piedritas, y encontró sobre una de las plantas una
mamboretá.
«¡Alas!», pensó. La niña comenzó a soñar con la
posibilidad de tener alas propias, aunque eso se
consideraba por esos tiempos algo extraño, pues las
alas de su abuela eran las que ella heredaría algún
día.
33
Como la madera
por Adriana Elizondo
Mi mente,
como la madera
hinchada
de una puerta
después de la lluvia,
ya no se puede cerrar.
34
-Utopíapor Aïda Domínguez Puig
Las sábanas están tan revueltas como la niebla
de mañana. Flotan alrededor de nuestros cuerpos.
Su tacto es tan suave que, si lo pienso durante un
rato, me provoca hasta cosquillas. Intento no moverme para que sigas en ese sueño que tanto te hace
sonreír. Aún huelo el jabón en la almohada, como si
todo fuera tan nuevo, tan brillante. Como el sol
mismo.
Este se cuela, intruso, por la ventana a medio
abrir. Es temprano, aún no hay ruido. Lo único que
rompe el silencioso horizonte es un ladrido de un
perro perdido. Me recuesto junto a ti. Tienes tan
largas las pestañas… Tan fuerte, tan frágil. Parece
que si soplo un poco saldrán volando lejos de esta
pequeña habitación.
Por la ventana, oigo el repentino susurro de las
alas de los pájaros. Hace pocos días que llegaron
las primeras golondrinas. Y al pensarlo me acuerdo
de un poema que realmente recuerdo borroso. La panadería de al lado trabaja desde hace rato. Deben
de tener el obrador en pleno auge porque el suave
aroma del pan caliente escala los muros hasta mi
nariz.
Abres los ojos.
Y es entre esos párpados por donde asoma lo más
hermoso que pueda existir.
35
-Utopíapor Aïda Domínguez Puig
Llevaba dos días sin ducharse. De hecho, pocas
veces se había levantado de la cama, y cuando lo
había hecho había sido para ir hasta la nevera,
abrirla, observar la desolación y volver. Mientras
ese penoso proceso se repetía una vez y otra, el
portátil lo observaba desde la mesa. Allí estaba,
sin ninguna luz parpadeante. Debía dejar de mentirse a sí mismo. Ya no tenía ganas de más.
La semana anterior había aporreado ese mismo
teclado sin descanso. Había sufrido, con los ojos
irritados y la espalda magullada por el cansancio.
Pero desde ese fastidioso martes, nada. Ya no podía
escribir. Ya no tenía esa fuerza. Ya no había una
voz de entrañable narrador en su cabeza; tan solo
silencio, pereza.
Estaba comiéndose la última loncha de embutido
cuando sonó el timbre. Descalzo, se dirigió a la
puerta, repasando con la mano las miles de agujas
que tenía como barba. Al abrirla, la cara de su
vecina apareció a menos de un palmo. Le iba a encasquetar a la niña y podía saberlo sin dirigir una
mirada hacia la pequeña ni oír a su madre.
Le contó algo sobre el trabajo y los jefes desconsiderados, añadiendo que qué suerte tenía él
con lo del horario libre. Probablemente no sabía a
cuánto estaba la cuota de autónomos. La niña tenía
36
unos nueve o diez años, pero no era un huracán (como
su sobrina).
Le dio algunos papeles en sucio y un par de bolígrafos a medio gastar. El documental sobre marsupiales de la segunda cadena le abstrajo demasiado,
y, cuando se dio cuenta, María estaba de pie ante
el sofá.
–¿Se te ha acabado el boli? —le preguntó.
—¿Qué pasará con el hada? —le respondió ella.
Al principio se sintió descolocado. Luego, se
dio cuenta de qué folio sostenía la pequeña. Eran
los últimos esbozos de la historia que tanto le había fascinado la semana anterior. Era un proyecto
de novela fantástica que no había llegado a ningún
sitio. Por mucho que lo había intentado, no podía
hacerle entender que ese relato ya había muerto.
—Pero solo tú puedes contar la historia… —dijo
ella, como si fuera la cosa más evidente que jamás
se hubiera visto.
El tiempo se detuvo para Jaime. Qué verdad tan
estúpida. Solo él podía mover los hilos de sus personajes, ponerles voces y convertirlos en héroes
viles o tiernos malvados. Y al hacerlo, también
iluminaba el rostro de los lectores más ávidos,
aunque fueran diminutos. Notó un impulso, como una
corriente eléctrica recorriéndole la espalda.
Tenía tantísimas ganas de oír las teclas bajo
las yemas de los dedos… Hasta esa noche, escribió
sin descanso. Las palabras le salían a borbotones y
sabía que luego debería limarlas y pulirlas, pero
no importaba. No recordaba que el mundo fuera un
lugar tan bello.
37
-Utopíapor Alberto Rubio
Cada noche, cuando voy a la cama a dormir, es
cuando empiezo a vivir. El sueño me hace ser cada
día una persona nueva que se transporta a un mundo
onírico de países que no existen, sociedades que no
conozco, profesiones que nunca realizaré, personas
que perdí y a quienes puedo reencontrar y vivir
todo aquello que en el mundo real son verdaderamente sueños.
Mis esperanzas se convierten en oraciones que
buscan ser ilusiones cumplidas. Rebusco entre un
baúl de deseos que no tiene fondo, donde me cuelo
y aparezco en una ciudad llamada Ilusiópolis, en
donde residen todas nuestras ilusiones. Solo hemos
de buscar nuestra calle y, en ella, buscar el portal de cada edad que cumplimos, subir al piso del
mes que vivimos y llamar a la puerta del día que
queremos visitar. Te abren la puerta tus deseos y
te invitan a un café para enseñarte, mientras lo
bebes, cómo has de actuar para ver en tus manos ese
anhelo diario.
De vuelta, cada mañana, al mundo que pisamos sin
poder despegar de él, aplicas cada consejo de la
noche y verás cómo, día a día, con esfuerzo, todo
lo que te propongas será posible.
Mis sueños están arriba, en el cielo. Y mis esperanzas en el corazón. Pero mis ilusiones están en
38
la tierra, donde busco el cofre del tesoro que es
la felicidad. No hay mapa con una X, pero sí un camino que seguir para llegar a esa meta intangible.
Mientras, cada noche, vivo esa realidad paralela
donde todo ello reside, y lo siento en esas ocho
horas de vida ajena.
Me gusta pensar que nacimos con un propósito que
cumplir y conseguir; que nuestra existencia tiene
un fin, un porquém sin estar aquí de casualidad. Todos tenemos derecho a ser protagonistas del mundo,
aunque sean cinco minutos, y a aportarnos los unos
a los otros. Mi sueño sería un mundo global en el
que, aunque los continentes nos separen, nuestro
pensamiento común fuera una Pangea. Sé que es una
utopía, pero no por ello deja de ser una ilusión.
Un mundo en el que, aunque nos separe el lenguaje
verbal, nos una el lenguaje humano. Y donde no haya
presidentes en cada país, sino una única presidenta
mundial que se llame Esperanza. Sé que despertaré y
nada de eso ocurrirá, pero quien no sueñe no tiene
futuro.
Soñadores y filósofos con sus ideas consiguieron
cambiar un poquito el mundo. Pues juntemos todas
nuestras mentes para aportar cada uno granitos de
arena que dibujen esa playa que entierre las miserias del día a día. Y vosotros, ¿qué vida sentís
cada noche al dormir? Una doble vida diaria para
que con todas juntas creemos una enciclopedia del
nuevo saber humano.
39
Nocturno VII
por Ana Gavilá
En esta noche de invierno
mi canción te ha desvelado
y recorres mi distancia
infinita y tortuosa
por una vez.
Desde mis rojos labios
se derraman las frutas
que guardé para ti.
Ahora que llegas a la orilla,
tus olas mojan mi vestido
y vienes a mí
deslizando tu cuerpo cansado
en el mío.
Y en tu abrazo
dejamos atrás el dolor
del mar
y escuchamos el latido único
que tanto hemos anhelado.
Llévame en tus brazos
a mi casa tan fría
y toma la llave
que guarda nuestro néctar.
Cristaliza nuestra añoranza
como una joya de esta unión.
Entra en mí
con el silencio
de las lágrimas derramadas.
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Di mi nombre una vez más
en la velocidad de tu amor.
Sella tus heridas y las mías
en este calor
que nos aleja de la orilla,
pues ya ninguna nube
ha de oscurecer este amor.
Tómame y luego devuélveme al mar
donde te encontré
y quisiera morir, por fin,
dulcemente en tus labios.
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Intento crear historias
por Andrés Felipe Dickinson
Y vedme de nuevo aquí, sentado sobre mi querida
silla de mimbre, observando ese papel blanco y opalescente reposando sobre la mesa, en espera de que
el filo de mi pluma lo apuñale y le haga desangrar,
gota a gota, historias que se entrelacen por medio
del deseo y la brutalidad.
Mis dedos apuntalan el madero de la pluma, esperan a que la colisión de las palabras ocurra pronto, están ansiosos de rasgar y dibujar letras que
socavan reflexiones desde tiempos inmemorables. La
luz matinal de un día como este es propicia para la
iluminación de pensamientos; el viento que golpea
los ventanales de mi sala me avisa de que el momento está a punto de llegar; espero en medio de un
silencio profundo a que suceda.
Mis dedos comienzan a temblar y por mi rostro
resbalan gotas de sudor cristalino. El papel me reprende por tanta espera, hasta que, al fin, el ataque
de mi pluma hiere la superficie blancuzca de la hoja.
¡Oh, ese ruido dulce que se acopla a las descripciones mundanales de una soledad inextricable!
Dulce sonido de las letras que, paso a paso, van
creando mundos extraños y faltos de virilidad. El
papel, al fin, sangra una tinta negra y espesa.
Dice: «
». Frase vacía, falta de unanimidad.
Pero esa sala dibuja los infinitos prados de un
país americano donde un hermoso corcel lleva a
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cuestas un hidalgo escuálido con armadura de lata,
acompañado de un ayudante regordete montado sobre
un asno rendido por tanto peso sobre su espaldar.
Y, más allá, donde las montañas crecen con acopio
infatigable, una familia de campesinos presencia
el desfallecimiento del centro de su existencia:
su madre. Unos están observándola sobre su cama;
otros, simplemente, observan hacia el horizonte; y
otros, mientras tanto, construyen el ataúd previsto
para el cuerpo a punto de perecer.
Sin embargo, a mi frase «
» le faltan esas
proporciones prosaicas para poder convertirse en
una verdadera frase. De nada vale que el papel se
desangre si, sobre ese charco sanguinolento, no se
encuentra la beatitud de unas palabras arrolladoras. Quizás esa es mi ilusión: construir revelaciones fermentadas por oleajes de pasión, diversas y
reflectoras de divinidad.
Pensamientos utópicos merodean mi mente como
buitres a su carroña pútrida. ¿Mi mente en realidad
desea crear historias?, seguro que sí, porque mis
dedos por sí solos no intentarían escribir barrabasadas. Mis dedos, esqueléticos y con uñas casi
transparentes, anhelan danzar con la pluma al ritmo de la música; por la música de mis creaciones
monstruosas.
Dejo sobre la mesa mi exhausta pluma y rasgo el
ensangrentado papel que decía «
» y luego lo desecho a la basura. Me dirijo hacia mi biblioteca y
elijo entre las obras maestras La montaña mágica
y me dispongo a leer, a alimentarme de lenguaje y
signos internos de una literatura cautivadora, para
preparar y disponer a mi mente a escribir historias
para un mundo concupiscente. ¡Oh, escritos del pasado, aguarden por sus futuros héroes que se están
preparando!
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Qué no daría yo por uno de ellos
por Cleopatra Smith
–¿Cuánto se puede desear un beso? —me preguntaste.
Yo te miré arqueando una ceja, te sonreí y empecé
a contarte:
«Por un beso, yo navegaría por inmensos mares,
atravesaría tormentas, desafiaría las olas más grandes; pues un beso amaina y sosiega las marejadas de
mi alma, apaciguando mis temores, dando a todos mis
rincones, templanza.
Por un beso escalaría las más altas montañas,
sorteando sus peligros hasta llegar a sus cumbres,
desafiando las vertientes más empinadas; pues un
beso sosiega y apacigua las ganas de trepar y escapar, de mi ser que necesita la calma.
Por un beso cruzaría espesas selvas y las mil
dunas de los desiertos del África, pasaría sed y
penurias buscando la fuente del beber; pues un beso
ampara y derrama las aguas que necesito para calmar
la sed de mi ayer.
Por un beso pasaría eternas noches en vela, burlando la temida oscuridad hasta el alba, con sus
miedos de desesperanza y añoranza; pues un beso
cobija y acuna haciéndome soñar despierta con los
anhelos de ese incierto, pero seguro, mañana.
Por un beso tuyo me mataría para que vieras que
no solo me dan la vida, sino que son mi día a día, y
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que si me falta solo uno de ellos no podré navegar
por esos mares o escalar por las altas montañas,
cruzar por peligrosas selvas o padecer en los desiertos las penurias de la andanza.
Porque son lo más preciado que cobija mi alma,
que un beso tuyo es para mí más que el roce de tus
labios; son lo que me hacen latir y seguir: son mi
sueño, mi deseo, ilusión y esperanza, porque ellos
son, ahora, mi único sentir, que sin ellos mi vida
sería un triste sin vivir.
Por eso te pregunto yo ahora, vida mía, si sabes
tú qué no pagaría yo si tuviera que comprarlos».
Tú me miraste emocionado, tragaste saliva y con
ronca, pero dulce, voz me contestaste:
–Yo solo, mi vida, te puedo decir que mis besos
no valen nada si no están en tus labios ni son para
ti…
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El paseo de cabeza
por Patricia Loayza Urbano
Contaba mi abuelita que, si dormías con sed, tu
cabeza se desprendería de tu cuerpo y partiría en
busca de agua. Pero, si tu cabeza no encontraba el
camino de regreso, amanecerías sin ella.
Todas las noches tomaba agua para que mi cabeza
no saliera en busca de ella. A veces era tanta que
me despertaba como tres veces para ir a orinar, haciendo que me arrepintiese por beber tanto y, arrequintando a mi abuelita, DDG y QEPD, por contarme
la historia de la cabeza sedienta.
Ya más grande, fui a la cama sin hacer mi ritual
bebible de todas las noches. Estaba tan cansada
que pensé: «No creo que justo hoy mi cabeza salga
de expedición». Al rato, escuché un ruido extraño, el cual me hizo despertar. Me dirigí hacia la
cocina de donde provenía la bulla y grande fue la
sorpresa al ver a mi abuelita ahí parada, junto a
la mesa, pelando alverjas. Ella me vio y me sonrió,
sentí tal alegría por volverla a ver que me acerqué
a ella para abrazarla. Ya junto a ella, me dijo:
«No tomaste agua antes de dormir». No entendía por
qué me decía eso. De pronto, al intentar abrazarla, me di cuenta de que no podía. Eché un vistazo
y la sorpresa fue grande y desagradable. Mi cuerpo
no estaba, solo mi cabeza flotaba como un globo con
helio junto a mi abuelita. Frente a un espejo pude
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observar mejor la espantosa imagen. Solo mi cabeza
despeinada flotaba por ahí, sola, desprotegida, sin
armazón. Mi abuelita se me acercó, me acarició el
cabello desordenadamente y me dijo: «Cuando tu cabeza encuentre agua y beba, volverá a tu cuerpo».
En ese momento busqué desesperadamente agua y, como
es costumbre en situaciones así, siempre que necesitas algo con urgencia nunca lo encuentras.
Mi abuela me sonrió dulcemente y me pidió que
la siguiera; supuse que iríamos en busca de agua.
Atravesamos la puerta que daba al patio, y grande fue mi sorpresa cuando fuimos a dar a un lugar
sumamente hermoso. Varias veces crucé esa puerta
y nunca había ido a parar ahí, sin embargo, mi
abuelita siempre hacía que las cosas fueran diferentes.
Veía campos verdes, plantas hermosas y exóticas,
pequeños animalitos dóciles y amigables, de esos
que vemos en las películas de Walt Disney, riachuelos tan azules que parecían que los pitufos habían
rociado su color ahí. Y, alrededor, gente feliz que
sonreía, compartía, jugaba. Grandes y chicos, adultos y niños.
Avanzamos unos metros cuando vi a mi tío Max con
mi tía Fina, quienes habían fallecido unos años
atrás. Conversaban alegremente con otra gente y
reían aparatosamente, así como los recordaba. Más
adelante, vi a mi abuelito que había partido once
meses después de que se fuera mi abuelita. Sentado
junto a unas ovejas, mojando sus pies en el riachuelo azul, masticando una ramita, con su sombrero
de paja.
–Abuelita –le dije–, esto es maravilloso, nos
causa tanto dolor cuando muere un ser querido…,
pero no debe ser así, porque ustedes se encuentran
bien, felices, sin dolor, sin sufrimiento.
–Así es –respondió mi abuelita.
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Todo ese recorrido había hecho que me sintiera
exhausta y le pregunté a mi abuela si podía recostar mi cabeza en sus faldas, como lo hacía de niña.
Mi abuela cogió mi cabeza y la colocó sobre ella,
acariciándola suavemente.
Cuando desperté, me encontraba en mi habitación
nuevamente. Me levanté presurosamente y me dirigí
al espejo. Estaba completa, mi cabeza sobre mis
hombros, despeinada igual, pero completa. Recordé
todo lo que había visto y lloré por no tener a mi
abuelita conmigo. Luego me animé, porque, si lo que
había soñado fuese verdad, entonces había la esperanza de que algún día nos volveríamos a encontrar.
Desde ese día trato de hacer las cosas bien. No
conté mi sueño a nadie, pero sí creo que más que un
sueño fue una visión. Lo espero, en realidad. Ya no
olvido tomar agua antes dormir, aunque a veces me
animo a dejar de hacerlo. ¿Qué creen que pasaría?
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-Utopíapor Antònia Fontirroig
Solo y a oscuras en la cama, a no sé qué horas
de la noche, convergen en mi mente momentos del pasado y presente. Recuerdo esos encuentros improvisados entre estanterías de libros y en tantos otros
espacios reducidos que se hacían enormes con cada
latido que nos acercaba. Ese intento de primera vez
fallido y ese logrado, tan temido (por ella) como
ansiado (por los dos)… Y todas las veces que hemos
arrojado la ropa al suelo y luego me envolvía en
sus brazos. Después, la veía caminar descalza hacia el baño, y yo por dentro lloraba de alegría.
Podía acercar mi pecho al suyo, podía sentir las
cosquillas que provocaba su pelo suelto en mi cuerpo, podía acariciar sus piernas y notar cómo se nos
erizaba la piel en el mismo instante… Ahora duele
en lo más íntimo llegar a casa con mil cosas por
contar y tener que encerrarme en el cuarto para
explicarlas pulsando teclas de ordenador. Duele en
lo más íntimo llegar a casa y comprobar que no hay
labios a los que besar, que no hay piernas a las
que acariciar, que no hay espalda a la que abrazar…
Duele en lo más íntimo ser yo si no está ella.
Logré un puesto de trabajo –nótese el eufemismo– en una prestigiosa empresa que cuenta con mis
servicios como chico de los recados desde la hora
en que me estiman hasta la hora en que me desestiman. Llevo sobres y paquetes de un lado a otro;
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voy a por bebidas, cafés y lo que gusten los jefes; atiendo llamadas de esposas, esposos, amantes
y parientes varios; practico mi arte con el lápiz
dibujando estrellas en el cuaderno de una niña de
cinco años que dejan a mi cargo cada vez que lo
consideran necesario… Y antes, tengo apuntes por
subrayar, ejercicios por acabar y leer el capítulo
de un libro que no tengo. Todo ello mientras lo que
bulle en mi cabeza es la idea de verla cuanto antes.
Sería justo reconocer que lo malo, lo peor de este
trabajo no es el trabajo en sí, sino el espacio que
me deja para darme cuenta de que soy un fracasado
(en todos los aspectos) y que no tengo ni idea de
cómo dejar de serlo. ¿Dónde podría encontrar la motivación para no mandarlo todo a la mierda?
07:16 am. Mensaje nuevo en el whatsapp. A estas
horas solo puede ser ella. Veamos… «Bueeeenos días,
señorrrrrr, esta noche he dormido de un tirón, je.
Esta tarde podremos hablar todo lo que quieras.
Hasta el lunes no tengo exámenes, puedo permitirme
una tarde de descanso. Pasa un feliz jueves, cariño
♥».
El cuerpo se me llena de sudores plácidos. ¿Cómo
lo logra? Una palabra suya basta para iluminarlo
todo. El día empieza a ser perfecto. Echaré de menos sus besos, su cuerpo, su sonrisa; pero, mientras sienta que le importo, me levantaré de la cama
para sacar mi mejor yo y merecerla un poco más. La
felicidad está servida.
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Costurera de sonrisas
por Arancha Palomares Peña
Nos limpiamos despacio los huesos.
Nos roemos sin pausa las mentes.
Purgamos con vinagre nuestras lágrimas
como antaño, sin quedar ilesos.
Grietas que se cierran dejando heridas
también a medio cerrar.
Costura fina con hilo de papel.
Lentos pasos que intentan errar,
suturas podridas de sangre y miel.
Tú, costurera de profesión sin títulos,
dedos espigados acariciando la música
que sale del violín rompiendo los vínculos
que me unían al dolor y la locura.
Tú, de nombre alegría,
que mitigas los dolores ajenos,
borraste la palabra melancolía,
grabada con fuego y miedos.
Tejedora de sueños marchitos,
con tus hilos que jamás se desenredan,
vuelves a coser las grietas que se cierran
sin dejar heridas también a medio abrir.
Costurera de profesión,
con hilos de sonrisas de seda.
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-Utopíapor Nacho Díaz Cobo
El sonido del saxofón podía escucharse por toda
la sala como una suave melodía de fondo. Mientras
tanto, las personas congregadas en aquella pequeña
cafetería de jazz conversaban animadamente mientras
el músico amenizaba el ambiente del local.
Sin embargo, en una de las mesas que había frente
al escenario, había una pareja que observaba atentamente la actuación, manteniéndose en silencio. El
mayor, un anciano que ya había superado los setenta
años, parecía disfrutar como nunca lo había hecho
por la sonrisa que esbozaba su rostro. Se trataba
de un hombre ya muy deteriorado por el paso de los
años, lo cual no había evitado que aquella tarde
hubiera asistido a la cafetería, junto a su nieto,
impecablemente vestido.
El niño con el que se encontraba, por su parte, parecía, más bien, aburrido. Sin embargo, este
parecía sentirse curioso ante la felicidad que el
anciano parecía desprender aun cuando el pequeño no
conocía el motivo de su alegría.
Finalmente, el nieto agitó rápidamente el brazo
del anciano, haciéndole salir del trance en el que
parecía haberse sumido. La sonrisa no desapareció
de su rostro.
–Abuelo, ¿por qué estamos aquí?
–¡Hoy estamos de celebración! –exclamó.
El nieto frunció el ceño.
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–¿Es tu cumpleaños?
–No –el anciano rio por unos segundos–. ¿Sabes
que cuando yo era un adolescente siempre solía venir aquí?
–¿Y qué hacías?
–Pasar la gran parte de las tardes en las que
quedaba con mis amigos. Por aquel entonces se trataba de un lugar de tertulias, donde podías conversar con todos los clientes de la cafetería cuando
terminaba la música. Se debatía sobre todo, hijo:
política, arte, fútbol, toros, cine, guerra… ¡qué
narices!, sobre la vida en general. El ser humano
era, al fin y al cabo, el objeto de nuestras charlas.
–¿Y por qué hablabais de eso?
–Creo que cada uno teníamos en nuestras cabezas
la imagen del mundo que ensoñábamos, y, como si
de un mero afán de literato se tratara, parecíamos querer expresarlo con todas aquellas personas.
Pienso que anhelábamos que, cuando muchos estuvieran de acuerdo, quizás ese sueño pudiera hacerse
realidad.
–¿Y lo conseguiste, abuelo?
–Verás, pequeño. La juventud es una etapa de
ilusión y esperanza; una época en la vida donde
mejor se expresa la voluntad de cambio. Luego terminas madurando, y poco a poco esas aspiraciones
terminan por quedar ocultas en nuestro interior.
Por eso ahora me alegro tanto de volver a estar
aquí, porque siento que vuelvo a encontrarme con el
soñador que fui por aquel entonces.
–Pero… ¿Cambiaste algo?
–¡Por supuesto! ¡Todos los que persiguen sus
metas, lo terminarán logrando! –el anciano abrazó cariñosamente al niño, besándole en la frente–.
¡Qué mejor logro que el lograr un mundo mejor para
mi nieto! Cuando seas más mayor entenderás lo que
digo y, con suerte, tú también buscarás algo mejor
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para tus hijos. Ojalá tengas suerte, pequeño, y así
el día de tu vejez, cuando te reencuentres con tu
pasado, no puedas hacer otra cosa que sonreírle por
todo lo que has conseguido.
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Anhelo
por Belén García Ruipérez
Caminó hasta la orilla y allí lavó sus pies cansados, embarrados, doloridos por el largo viaje
recorrido.
El agua estaba fría, lo cual agradeció. Sintió
cómo se refrescaban desde la punta de sus dedos
hasta sus ideas.
En su espalda, un pequeño macuto guardaba todo
aquello que poseía: un cuaderno de notas cosido por
él mismo; una cajita azul en la que guardaba, con
gran celo, un puñado de fotografías; una cartera de
cuero raída; algunas prendas de abrigo; una pequeña
navaja; una cantimplora abollada y una tartera que
se había ido llenando de patatas, lentejas, sopas
y trocitos de carne; todo ello siempre aromatizado con la esencia de generosas manos que quisieron
compartir con un extraño su comida.
Santiago contemplaba las cristalinas aguas de
aquel riachuelo. Se vio reflejado en ellas. Ya no
era don Santiago, aquel popular escultor al que el
mundo daba palmadas en la espalda, aplausos, halagos y sonrisas. ¡No! Ya no nadaba en la abundancia
de miradas hipócritas que buscaban su amparo, su
sombra o su compañía en las fotos de prensa.
Había soñado tanto…
En cierta ocasión, alguien le había dicho: «Ten
cuidado con lo que sueñas porque puede hacerse
realidad». Y así había sido. Había soñado con la
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fama, el reconocimiento, una vida acomodada. En el
pasado, mientras fue una persona anónima, siempre
se sentaba en una estrella, y junto a él su amada
esposa, una sencilla costurera que bordaba hilos
dorados para que deslumbrase más cada pico de esa
estrella. Pero Santi decidió que era tiempo de saltar a una mullida y vaporosa nube donde ni su mujer
ni sus seres queridos tenían cabida.
Sus ojos, repletos de patas de gallo y pronunciadas arrugas en las comisuras de sus labios, delataban tiempos de felicidad, de incontables risas,
copas, placeres y momentos de gratas compañías.
Pero sus manos ya no estaban suaves, cuidadas y finas. Ahora, sus pronunciadas ojeras, sus famélicas
carnes y su desgreñado y canoso cabello le habían
despojado del trato de Don.
Estaba sentado en la cima; qué duda cabía de que
había conseguido lo que perseguía.
Pero la ausencia de su esposa le dejó seco el
corazón. Comenzó a esculpir dantescos cuerpos deformes, de bellas esculturas se fueron transformando en figuras frías, oscuras, haciéndole caer de
la nube.
Cuando estuvo en el suelo, miró a su alrededor y
solo vio desolación.
Preparó un macuto, vendió todo lo que le pertenecía y convirtió su sueño en anhelo.
Recorrió el país a pie, durmiendo en portales,
graneros, entre cartones y desamparados abuelos.
Comió en casas de caridad y bebió el agua de los
riachuelos. Habían pasado varios años y… Ahora sentado en esa orilla.
Miró de nuevo su rostro en el riachuelo y, por
primera vez desde que hubo iniciado este camino,
sonrió. Se sintió feliz.
Cayeron varias lágrimas al agua al tiempo que
una humilde mujer le colocaba encima una manta.
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–Vamos a casa, mi amor.
–Sí, volvamos. ¡Tengo de nuevo la mejor escultura que anhelaba recuperar mi corazón!
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Manifiesto por la paz
por Diego Bentes
Sueño que el deseo de quererte transforme drásticamente una simple ilusión en esperanza.
Que este cambio estruendoso llegue a tu oído y te
traiga para quedarse a nuestro lado para siempre.
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Soñar a destiempo
por Emma Cañete Grondin
Como perdida entre dos tiempos,
continua lucha
entre mi rol de mujer y mi sueño literato.
Vagando por el limbo
siento el mareo del vaivén de mi corazón
que sin descanso se balancea,
ahora sí, ahora no,
entre el deber y el deseo.
Me tachan de ilusa por querer sentarme sobre la Ñ,
sueño de grandeza para mi metro sesenta.
Nací con un siglo de retraso,
hija de un tiempo que ya caducó,
cuando las letras aún permitían soñar
y la poesía gritar a las cuatro esquinas:
¡quiero vivir y morir escribiendo!
Pero mi época no requiere poetas,
sino electricistas e ingenieros.
Y al que se desvive por lo escrito
solo le queda enterrar su alma
como si de un muerto se tratara,
viviendo para siempre culpable
por querer vivir de sus sueños.
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-Utopíapor Carlos Gómez Bañón
Logré, por fin, recordar la época en la que fui
feliz. Una época que tenía encarcelada en mi memoria…
Paseaba, solitario, en plena madrugada por la
aldea, recorriendo todos y cada uno de los callejones que la componían. Lúgubres, tétricos. Formaban en la falda de la gran montaña abrupta, un
laberinto, un rompecabezas sin solución. Caserones
de piedra cubiertos por años de humedad y soledad,
formaban aquel paraje.
Me senté en una piedra junto al río, que bajaba
a gran velocidad. Respiré hondo. Qué olor. Qué recuerdos. Me redoblé los pantalones hasta la altura
del tobillo; un poco más, tal vez. Metí los pies
en el agua helada. Respiré otra vez, esta vez más
fuerte. Daba igual todo. Aquello era una maravilla,
un paraíso. Bajé la mirada y vi cómo se movían por
la corriente mis dos pies sumergidos en la transparencia de aquel cristal líquido.
Fue así como comprendí que lo mejor de la vida
es lo que uno tiene; es lo que uno aprecia, por
poco que sea; es aquello que nos hace felices, sin
importar las opiniones de otros; es, en definitiva,
ese pequeño detalle que no significa nada para los
demás, pero que para ti es todo un mundo. Un mundo
que guardas en la mente, al que nadie puede acceder. Un lugar singular y único como tu imaginación.
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-Utopíapor Wendy Vargas
Cuando me sucede algo malo, algo horrible, algo
impensable, me refugio en ese lugar en el cual mis
ideas, mis sueños y mis perversiones se unen.
Cuando papá y mamá murieron tan solo había vacío.
Tenía veinte años, una casa hipotecada y dos autos que andaban más para atrás que para adelante.
Tenía el corazón roto, el alma mordida y una herida
sangrante en el costado derecho provocada por el
parabrisas que había atravesado mi costilla. Tenía
una cama en el hospital, mil papeleos del seguro de
vida, muchas facturas que pagar y un hombre que me
observaba de lejos.
Y fue aquel hombre el que me enseñó a combinar
el sufrimiento con la utopía de ser una persona
completa otra vez.
Saliendo del hospital un lunes, aquel hombre se
acercó, con su bata blanca en mano, ofreciéndome un
aventón a casa. Aquel hombre era mi médico.
Le dije que no se preocupara, que debía dejar
de mirarme con ojos de guardián y empezar ambos a
olvidarnos, como muchos doctores olvidan a sus pacientes. Él solo pronunció una frase y me convenció
de por vida: «Yo puedo enseñarte a soñar. Nadie te
juzgará en tus sueños».
Fuimos a su casa, yo aún con mi costado vendado,
él aún con su olor antiséptico característico. Nos
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sentamos en su sillón negro y me dijo que cerrara
los ojos, que abandonase el control, que se lo diera a él, que no me haría daño, que me enseñaría a
lidiar con el dolor.
Cerré los ojos y escuché su voz. Hablaba sobre
árboles flotantes, unicornios negros y nubes de colores. Hablaba de castillos antiguos, de mazmorras
tenebrosas y de fustas escondidas. Y me contaba
cuentos de princesas dominantes, de príncipes sumisos y de gritos de placer.
Yo tan solo sonreía. Porque en aquel mundo nadie juzgaba mi manera de pensar. Nadie me culpaba
por la muerte de mis padres. Nadie sabía que habían
muerto porque trataron de salvarme de mí misma.
Y así seguimos viviendo; él, con su bata blanca
colgada del antebrazo mientras sus palabras rememoraban cada parte de la existencia idónea de cada
día; yo, con mis ojos cerrados disfrutando de su
olor característico y sus manos finas.
Al final, yo me mudé a su casa junto con mis pocas pertenencias, y él me hizo un hueco pequeño y
cómodo dentro de su corazón.
Ambos soñábamos con dragones que escupían vapor
de lavanda, con osos que vivían bajo la arena y con
tumbonas que nos cubrían de los rayos de agua del
sol.
En ese mundo en el que nadie más podía entrar,
experimentamos la dicha plena de ser dos inadaptados sociales. La completa felicidad de saberse
querido sin tener que aparentar algo que no eres.
Sentir el alivio de ser tú.
Porque yo era una mujer sadomasoquista y sumisa, y él un hombre al que le gustaba explotar ese
aspecto en mí.
Él nunca creyó que yo estuviera enferma. Y gracias a él yo dejé de creer que lo estaba.
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Ojalá las mujeres fuéramos ríos
por Cristina Garay Burdeos
Ojalá las mujeres fuéramos ríos
y fluyéramos siempre con agua distinta
que nace y concluye
en el agua misma.
Vamos, venimos,
y ella, materia primigenia,
canta la misma canción con distintas voces.
Ese ir y venir del manantial al océano
es el coro de la lluvia fértil y persistente;
el llanto hecho piedra de las estalactitas;
la determinación en movimiento
de los glaciares.
Yo fluyo, el mío es un río tortuoso.
Hago saltar a las rocas,
las piedras me desgarran pero yo las hago redondas,
las erosiono y convierto en arena.
Soy un torrente salvaje, y luego
me quedo en calma y reposo en los meandros.
Ojalá las mujeres pudiéramos ser ríos
y fluyéramos siempre sobre los obstáculos,
porque el agua es una canción que busca la salida,
siempre, hacia la mar.
La canta una mujer, otras la acompañan.
Desde el comienzo de los tiempos,
el agua es ELLA.
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-Utopíapor Cristina Sayago Gómez
De pequeñas, todas las niñas sueñan con ser
princesas de cuento, con un hermoso castillo, un
príncipe con una sonrisa perfecta y unos hijos
adorables. Cuando las niñas se hacen mayores, son
adolescentes, las cosas cambian, quieren ser las
protagonistas de su comedia romántica favorita en
la que un chico la ama para toda la vida y su vida
es de ensueño. Con el tiempo, se van dando cuenta
de que el amor a primera vista no existe, como otras
muchas cosas de la niñez; de que los chicos no son
perfectos; y lo más doloroso: el amor no lo podemos
controlar, a veces queremos querer a alguien pero
no se puede, o la otra persona no nos corresponde.
A veces el amor se acaba sin ninguna explicación, y
hay días en que esa pérdida de fe en las historias
de la infancia hace que las mujeres se pregunten
tantísimas cosas: ¿Por qué a mí?, ¿qué tengo de
malo?, ¿seré yo el problema?, ¿soy lo suficientemente buena para alguien?, ¿alguna vez me querrán…?
Yo me he hecho esas preguntas; hay días que aún me
las sigo preguntando. La verdad es que me gustaría
creer que sí, que alguien me querrá, o al menos
tendré en un momento de su vida un sitio especial
en su vida. Pero lo que me gustaría pensar es que
algún día yo seré la princesa. No una princesa con
un cetro, corona y un castillo, ni nada relacionado con la nobleza; sino una princesa día a día,
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ser el primer y último pensamiento del día de esa
persona a quien se le dice «te quiero», por quien
gira su mundo, esa sonrisa inexplicable, quien le
hace erizar los pelos de la nuca… Yo quiero ser esa
princesa, y espero que algún día la vida me conceda
ese deseo.
65
-Utopíapor Fernando Fernández Freijo
Me acercas tu mano y me ayudas a subir al tejado
de la ermita. Sigo la línea del río hasta el horizonte, el cielo anclado sobre nuestras cabezas y la
estela de tierra tras los tractores, la última luz
de la tarde sobre los campos de trigo y el tañido
de las campanas que me habla de tiempo y muerte.
Es nuestro escondite para esperar la salida de la
luna (y los escondites tienen que estar a la vista
de todos).
Dices que apenas piensas en el pasado, que sientes esa nostalgia del futuro y te entristece no
saber cómo será el año cuatro mil once; si Wells
tenía razón con su humanidad dividida o era Dick
quien acertó con su mundo de replicantes y dimensiones entrecruzadas, o tal vez no seamos más que
la invención de un dios solitario y moribundo, el
último fogonazo de su conciencia. Bajas la voz,
apenas un susurro, cuando recuerdas que te perderás
los últimos treinta segundos antes del fin del mundo, que no verás partir viejos cohetes en busca de
un nuevo hogar, ni contemplarás un atardecer desde otro planeta; que nunca sabrás si conseguiremos
conquistar el tiempo y movernos a través de él a
nuestro antojo.
Tu pecho se mueve rápido, las manos en las rodillas, la mirada perdida entre las zarzas bajo la
ermita, la voz quebrada. Esperamos la salida de la
66
luna y estás temblando por todos esos sueños inalcanzables que crearon en ti los libros. Tú, la
chica poeta que se sabe derrotada por el tiempo; yo
el muchacho callado de un norte que sientes muy lejano. Me pregunto si un abrazo será suficiente para
calmar tu impotencia o necesitas la certeza de otra
realidad.
Aparecen las primeras luciérnagas, titilan en el
camino, una pequeña constelación a nuestros pies.
Entonces te hablo de la nieve, te digo que extraño
su sonido a electricidad, miles de copos que planean en el cielo hasta posarse en el suelo de manera
lenta y pausada, que me gustan las nevadas nocturnas porque hay un instante donde la nieve parece
encender la oscuridad y hay una claridad extraña
e inesperada, que no hay dos copos iguales y que
las bolas de nieve calientan las manos en vez de
enfriarlas. Me miras sorprendida, me recuerdas que
nunca has visto nevar, que no sabes cómo suena la
nieve. Te respondo que ahora la nieve tiene el aspecto que tú quieras darle, pero, una vez que veas
nevar, la nieve solo podrá ser nieve.
Sale la luna. Y soñamos con luciérnagas en Marte.
67
-Utopíapor Diana Peña
No llegué a ver la aurora, el verde de sus ojos
le hizo sombra. Aquel lobo de tez blanca fijó su
vista en mi miedo y fue entonces cuando comprendí
que el heroísmo consiste en aguantar un minuto más.
Rodeado de nieve y montañas, me hallaba solo conmigo mismo en aquella gélida estepa y no pude mentir,
mi espíritu era el de un vikingo: vivir, luchar y
morir.
Miré a ambos lados antes de comprender mi destino, quizás con la esperanza de que algún trol me
salvara. Fue entonces cuando vi algo en un charco: mi desesperación reflejada. Apreté los dientes
e intenté vencerla sabiendo que, si lo conseguía,
vencería otras batallas.
Sin más armas que mi cuerpo, fijé la pupila en su
aliento, alcé la frente buscando Asgard y desperté
al lado de mi botella de hidromiel.
68
-Utopíapor Diana Peña
Casi puedo oler el viento,
en algún lugar del tiempo,
recorriendo a contratiempo
los lamentos del momento,
susurrando mi tormento
sin contarte ningún cuento,
tropezando en mi memoria,
lamentando mil historias,
derrotado y sin victorias,
ya sin vida, con mi gloria.
69
-Utopíapor Diana Peña
En tu cuerpo conocí dos pecados y un delito.
El primero fue la gula, relamiendo dulcemente el
sabor a chocolate que tus labios desprendían; sin
poder cerrar los ojos por el miedo a despertar de
aquel sueño que vivía al besarte cada día; reflejando en mis pupilas, color miel, el deseo y la alegría
de tenerte entre mis brazos.
El segundo, la avaricia de quererte a cada instante. Más de ti, de tus besos y caricias. De tu
tiempo.
¿Mi delito? El amarte aun sabiendo que directa
iré al infierno donde las almas bañan sus tormentos
en chocolate blanco y negro.
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El sueño de Juana
por Dolores Planas Blasco
Me llamo Juana y estoy muerta. Cuando era niña
me encantaba ir a la escuela, leer y escribir. Mis
maestras eran mi modelo, y cuando fuera mayor yo
también sería maestra.
No recuerdo si compartía estos sueños con mi madre, pero lo que sí recuerdo es cómo le leía cuentos
y poemas que ella no podía por su analfabetismo. A
mí me gustaba el poema Margarita, de Rubén Darío;
pero ella prefería las historias de amor, y una y
otra vez me hacía leerle el Romance de la condesita.
Una vez, en la escuela, eligieron mi redacción
para leerla delante de la directora en el día del
libro. Cuando la elogiaban delante de mí, yo solo
pensaba en mi madre, que ya había fallecido y no
podía contárselo. Qué contenta se hubiera puesto.
Me la imaginaba dando la noticia a las vecinas y a
todo el que la quisiera oír. Yo era una niña tímida, y aquella alegría desbordante de mi madre me
cohibía un poco, pero ahora la recuerdo como una de
las mejores cosas de mi vida.
Llegó el dieciocho de julio de mil novecientos
treinta y seis y se acabó aquella vida feliz, se
acabó la escuela, se acabó leer y escribir, y se
acabó mi sueño de ser maestra.
Durante muchos años no hubo cabida para la lectura ni para los sueños. Pero llegó la juventud, y
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con ella nuevas ganas de saber, la rebeldía, los
libros y las películas del extranjero, un artículo del periódico por aquí, un comentario de algún
poeta por allá.
Nacieron mis hijas y, aunque no había para libros ni cuentos, cada noche volvía Margarita con
sus elefantes, sus lirios, sus versos y su estrella, para ayudarles a construir sus propios sueños.
Cuando nació mi nieta los tiempos habían vuelto
a su ser, y un día fui a su escuela a recitar el
poema que le leía a mi madre y con el que se dormía
cada noche la suya. Fue un día especial para mí porque hice realidad un trocito de mi sueño de niña.
Hace cuatro años, un dieciocho de julio, fui ingresada en urgencias. Mientras me hacían una prueba, un médico joven me preguntó que si era maestra.
–¿Por qué? –le dije.
–Porque se expresa como una maestra.
Esto ocurrió quince días antes de morir, y podría decirse que la vida me dio la satisfacción de
tener una última oportunidad de pensar en mi sueño. Porque hay muchas formas de hacer realidad los
sueños.
72
La mujer del libro
por Salma Abdola Gutiérrez
La mujer del libro se esconde entre las hojas,
se planta, se viste de poema y se nombra
bajo el abeto y su sombra;
del nido, entre sus ramas, se vuelan alondras,
palabras al viento,
hojas de otoño sin aliento
se le escapan de la boca.
La mujer del libro escucha palabras mudas,
encuentra mariposas de papel entre sus dudas,
se leyó treinta inviernos
pero inventó primaveras
para perfumar los miedos
y para habitar en ellas.
La mujer del libro está ausente,
del nido de sus ramas salen cantos sonoros,
se eternizan los presentes,
marchito tiempo sin horas,
del nido de sus ramas se le vuelan los abismos,
se le vuelan las alondras,
se planta, se viste, se nombra.
73
-Utopíapor David Santaella Juncar
Intentando abarcar, pensar,
la inmensidad del universo,
pierdo el horizonte vivido
con el sol de cada tarde.
Y aún anhelo el amanecer certero de tu piel
temiendo la huida de todos mis sentidos.
Frenaré, si puedo, la inevitable hecatombe
con un abrazo, con un recuerdo,
con la mirada puesta en cualquier deseo
que ilumine un hueco en nuestro destino.
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Amor a contrarreloj
por Eduardo Gambetty
Tic, tac, el segundero avanza implacable, pasan los minutos, las horas, los días. Un ritmo
que alterna la ilusiones con la frustración. Las
manecillas del reloj, con su tedioso devenir, son
testigos y jueces de una espera que no parece concluir. Por fin apareces con tu insultante juventud
impregnada de azahar. Vuelco del corazón. No sé si
estás más guapa que la última vez, si moriría por
tu sonrisa o quizá esté muerto desde que te conocí…
Estás tan presente en mi imaginación que ahora tu
cara me resulta casi familiar, un rostro que implora formar parte de mi vida. Me enfrento a tu mirada,
limpia y serena; sé que detrás esconde el misterio,
el sortilegio que me hace estremecer.
Pero date prisa, tenemos tan poco tiempo que no
podemos malgastarlo en elucubraciones. Tenemos tanto atrasado por contarnos, por besarnos, por abrazarnos, que ya sabemos que durante este encuentro
nos va a faltar todo menos nuestras vidas ausentes.
No hay tiempo para reproches, ni siquiera para añoranzas, solo unas horas por delante para sentir,
para regurgitar las sensaciones contenidas de mil y
un deseos; urgencia por recuperar el tiempo perdido, materializar en caricias los entusiasmos, los
anhelos; vivir en directo un sueño prohibido, un
amor secreto lleno de obstáculos y distancias que
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cada día parecen más lejanas. Solo la pasión incontenida es capaz de nublar la razón, alfombrar los
kilómetros y ahuyentar las incertidumbres.
Llega el primer beso, el primer abrazo, el primer
escalofrío. Cierro los ojos y te siento como una
parte de mi naturaleza, como si mi cuerpo hubiera
nacido para acunarte, para escuchar tus susurros.
Pero corre, desnúdate, cada minuto cuenta y el cronómetro avanza inmisericorde, ahora más rápido que
nunca. Las bocas entonan con ansiedad una balada
llena de gemidos e intenciones incumplidas. Los dedos rasgan las cuerdas de los sentidos hasta conseguir hacer vibrar desde lo más profundo del corazón
el sonido más estremecedor. El ambiente preparado
para que las mentes abandonen la consciencia y las
entrañas sin gobierno se dejen llevar por una danza tan ancestral y ardiente como las llamas de una
hoguera alimentada por la seducción.
Solo queda certeza para implorar un deseo infinito: ¡que el tiempo se detenga, que este momento
efímero se convierta en eternidad! Fútil llanto que
se diluye ante la premura de lo imprescindible. No
hay tiempo para más, podría llover, nevar, hasta
que un huracán azotara Madrid… no hay fuerza natural acreditada capaz de interrumpir nuestro éxtasis. ¡Nos lo debe la puta vida! Pero no cierres
los ojos, déjame que me recree en la emoción de tu
mirada, quizá sea esta la última vez que la pueda
contemplar. Todo sucede a la velocidad del rayo;
infiltradas en la humedad de las sábanas solo quedan
una despedida, tu esencia de azahar y la soledad;
dolor por un amor imposible que ni siquiera encuentra consuelo en el manido «en otra vida, en otro
lugar». Tributo de dos almas gemelas que el caprichoso destino ha querido separar.
76
-Utopíapor Elena A. González
El bajo de su abrigo abierto revoloteaba en la
suave brisa estival. El olor de las algas pudriéndose en la orilla llegaba a sus fosas nasales aún
desde aquella altura, sobre el acantilado cubierto
de hierba mullida como una alfombra plagada de florecillas.
Despacio, con parsimonia, se quitó el sombrero de
copa que su amor platónico le había regalado el día
de su cumpleaños, el mes antes de declararle abiertamente sus sufridos sentimientos; un momento antes
de que le confesara que ella había elegido a otro
más viejo, con mayor fortuna y mayor encanto que él.
Volviendo al momento presente, pensó que era un
bonito día para lanzarse al vacío. La belleza del
mar, siempre sublime y hechizante, se veía incrementada por los rayos solares que escapaban de las
nubes, como lámparas divinas sobre el tejido esponjoso de la marea.
Su último pensamiento antes de saltar fue para
su chimenea, a cuya luz y calor había escrito tantas cartas para ella que nunca se atrevió a enviar.
Intentó recordar si había apagado bien las ascuas,
y por un momento temió que se produjera un incendio
y que alguien tuviera que molestarse en apagarlo en
su ausencia. No quería que su ingenuidad y despiste
causaran más estragos. No ahora, que se disponía a
dar un paso tan importante.
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Por fin, se decidió, inspiró hondo y saltó al
vacío. Todo sucedió tal y como lo había planeado.
Acababa de inventar el parapente.
78
María y el canario
por Fele Pastor
Los rayos del sol irrumpían por un minúsculo
agujero de la persiana del cuarto de María. A través de este, ella divisaba la obra. Una mastodóntica grúa chirriaba segundos antes de cada golpe.
Una bola gigante de acero derruía el edificio de
enfrente sin piedad.
Era la segunda semana y ya casi no quedaba nada
de la estructura. Lo que antes era vida se había
convertido en un cementerio de ladrillos y polvo.
Cada vez llegaban más máquinas, camiones, operarios…
Apenas tenía fuerza para levantarse del viejo catre para vestirse con la poca ropa de la que
disponía, asearse un poco y tomar una rebanada de
pan con aceite y un café con leche acompañado de
un puñado de pastillas, clasificadas por colores. El
pájaro, como cada mañana, se posaba sobre el hombro izquierdo de la anciana. Ella, con sutileza,
le acercaba con sus dedos temblorosos una pequeña
miga de pan.
–Si no estuvieras aquí, ¿con quién hablaría? –
comentó.
El canario removió sus alas anaranjadas y le respondió con un hermoso canto. Ella sonrió. El ruido,
afuera, era ensordecedor, pero María solo percibía
el canto de su pequeño canario, que campaba a sus
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anchas por las estancias del piso. Ella hacía oídos
sordos mientras derramaba alguna lagrima que otra.
Impotencia.
Sabía que en unos días le llegaría la carta definitiva. Abrió la persiana del salón para que entrara algo más de luz. El pajarillo, al ver la puerta
de par en par, echó a volar y se posó en la baranda
del balconcillo. María salió apresurada, tanto como
le dejaban su endebles piernas, pero cuando llegó,
el pájaro se asustó y comenzó a volar. Al asomarse,
cientos de personas jaleaban su nombre. Pancartas,
globos, música… vida. Había conseguido paralizar el
derrumbe de la finca. María saludó emocionada. Clavó
sus ojos en el azul del cielo esperando a que su
canario regresara. Lo deseó con tantas fuerzas que,
en tan solo unos segundos, se posó sobre su hombro.
Cantó como nunca lo había hecho. La muchedumbre enmudeció, las máquinas pararon.
80
Anhelo
por Felipe Bravo Ortiz, Felipoween
Una hoja de papel en blanco encima de la mesa.
Un lugar en mi mente que se quiere despertar.
La luz de una vela
que ilumina el interior de mi corazón.
Una sombra en la oscuridad de los recuerdos,
una mirada perdida
en el infinito mundo de la duda…
estoy prisionero dentro de mi alma.
Cada vez que cierro los ojos
te encuentro en mis sueños;
y te abrazo en soledad, sin buscar nada a cambio;
y me complazco, porque estás en mí.
Debo decirte lo que guardo:
antes de conocerte, ya soñaba contigo.
Tu mirada, junto a mi corazón,
tu risa, en mi interior.
Aquí y ahora, una quimera, te deseo.
Eres lo que anhelo,
solo en mis ficciones.
Todo lo que soy te lo entrego a ti.
81
Volver
por Felisa Bisbal Molina
Quise olvidar mi pasado rural y aburrido en el
que todos saben quién eres y lo que haces, te sientes controlada por todo el pueblo y todos se creen
en la obligación de educarte.
Quise olvidar el único bar que permanecía abierto y en el que todos nos reuníamos: viejos jugando
al dominó, padres bebiendo cerveza, madres tomando
interminables cafés, niños jugando a videojuegos,
mis amigos parloteando sin cesar de las mismas cosas de siempre, y yo desubicada, aburrida, necesitada de retos culturales e intelectuales.
Quise olvidar que el tío Tomás, conductor del
único autobús que llegaba a nuestro pueblo, me
traía los libros de la biblioteca de la capital que
yo le iba pidiendo, pero que cambiaba por otro si
no le parecía una lectura adecuada para una jovencita decente.
Quise olvidar mi primer amor, un muchacho guapo,
bonachón, torpe y primo lejano que se mantuvo firme
contra mi deseo de perder la virginidad en aquel
pinar frondoso y alejado de las miradas de los niños y viejos que paseaban por el lugar con la esperanza de sorprender a las parejas que desde tiempos
remotos retozaban sobre la hierba fresca entre los
árboles ancestrales que allí crecían en perfecta
armonía con los habitantes.
82
Quise olvidar a don Vicente, profesor retirado
que te preguntaba las tablas de multiplicar cuando
se cruzaba contigo por las angostas callejas y te
ofrecía un caramelo contra la tos cuando acertabas
la respuesta. No importaba qué edad tuvieras, el
viejo profesor había sido maestro de casi todos mis
vecinos en sus casi cincuenta años de ejercer en el
único colegio del pueblo.
Quise olvidar los domingos en familia con todos
los hermanos de mi madre y sus respectivos hijos
y nietos, las collejas y pellizcos de los primos
mayores, el bullicio y llanto de los pequeños, las
risotadas de los hombres fruto de la alegría y del
buen vino, el ajetreo de las mujeres en la cocina.
Quise olvidar el sonido de las campanas de la
iglesia, el aroma de lavanda de los caminos, el color de las flores en la pradera y el mugido de las
vacas y las ovejas.
Quise olvidar las estrellas en la noche y el azul
del cielo, los millones de pájaros que cantaban
desde el alba, los maravillosos amaneceres tras las
montañas que anunciaban el principio de la jornada
laboral, el olor a café recién hecho, a leche hervida y a pan; nunca he vuelto a sentir ese aroma
de pan recién horneado que inundaba toda mi calle.
Quise olvidar que me fui, que hui de la pobreza y de la rutina; quise olvidarlo porque hoy, que
nada es igual, hoy mi mayor deseo sería volver a mi
viejo y querido pueblo, el único lugar donde todos,
incluso yo, saben quien soy.
83
La decisión
por Félix Pernas Ramírez
Bajo a la calle y me abrocho el abrigo; pongo
rumbo al Retiro. Necesito pensar, tomar una decisión final, dejarme de rodeos, mirar de frente y
«faire face à mon destin». Me detengo en un paso
de cebra.
El semáforo en rojo se hace verde. Cierro los
ojos lentamente, ante mí corre rápido el Rubicón, el
riachuelo que me separa de cometer la ilegalidad que
me convertirá en enemigo público de la república romana. Detrás de mí, en formación de a tres, se alinea mi equipo de centuriones. Siete años han pasado
desde que dejé Roma para embarcarme con ellos en una
locura sin precedentes: la conquista de las Galias.
Estábamos locos entonces y lo seguimos estando ahora. Nos hemos quedado con ganas de más, ganas de
hacer algo verdaderamente importante. Avanzamos. Yo
el primero. Jaleo a mi caballo para empujarle a meterse en el agua. Ya no miro hacia atrás. Sé que me
siguen y que me seguirán hasta el final: son leales,
valientes y están locos. Miro hacia Roma, la Ciudad
Eterna, donde me espera la muerte o la gloria. Jaleo
a mi caballo otra vez. Y otra vez. Y otra. Salgo del
agua y ya es oficial: el rumbo está marcado y poco
importan las consecuencias cuando las decisiones se
han tomado a conciencia.
Vuelvo a abrir los ojos, despacio, estoy en el
Retiro, paseando y fumando y, de repente, me entra
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miedo. Mejor dicho: miedos. Todo tipo de miedos,
complejos e inseguridades. Estoy asustado y mi alma
se encoje. Tiro el cigarro y me siento en un banco.
Necesito volver a cerrar los ojos. Lo hago despacio.
Mi barco acaba de tocar tierra y bajo a la playa.
Veracruz se adivina como la tierra prometida. Me
agacho y cojo un puñado de arena que meto en mi bolsa de cuero extremeño. Miro al frente y digo: «Esta
arena me pertenece, esta tierra es mía». Hasta donde alcanzo a ver todo es de color verde y azul. Y yo
lo quiero todo. Voy a estrellar a mis tropas contra
las murallas de Tenochtitlán. Quiero que Moctezuma
hinque la rodilla ante mí y que el imperio azteca
se haga pedazos. Me doy la vuelta, miro a mi segundo y le doy una orden clara y sencilla: «Montad el
campamento, quemad las naves».
Vuelvo a abrir los ojos, ya estoy más tranquilo. Echo a andar y enciendo otro cigarro. Suena
el teléfono. Hablan en francés, la llamada viene
de Bruselas. Quieren convencerme de que acepte el
trabajo. Pinchan en hueso. Hace tiempo que dejé el
Rubicón atrás. Hace tiempo que de mis naves ya solo
quedan cenizas. Hace tiempo que tomé la decisión de
que mi sueño dejara de ser solo una palabra más.
85
Al final del camino
por Fernando Useros López
Cada paso era una agonía, tenían los pies cubiertos de ampollas, rezumando pus y sangre a través de los zapatos desgarrados. El polvo del camino
los cubría por completo con su manto blanquecino
y de vez en cuando provocaba en su padre violentos ataques de tos. Su padre casi no podía tenerse
en pie. Cojeaba de la pierna izquierda, tenía un
trocito de metralla incrustado un poco por encima
de la rodilla que le impedía estirar la pierna por
completo. En una mano llevaba un hatillo con cuatro
manzanas que habían cogido el día anterior y una
botella con dos tragos de agua. Con la otra mano la
agarraba a ella. No se atrevía a soltarla.
Casi no recordaba nada de su vida antes de la
guerra, tan solo algunas escenas sueltas: el olor
del pan recién horneado, el tacto de la masa, su
padre riéndose porque se había manchado la cara de
harina… todo eso era un sueño difuso del que despertó con el ruido de las bombas, la casa temblando y el rostro asustado de su madre gritándole que
se levantara mientras metía corriendo cosas en una
maleta. Recordaba los gritos de pánico, los empujones y tropiezos. La eterna columna de refugiados
huyendo de la ciudad bajo el resplandor de la luna,
las bombas y el fuego. Recordaba el olor a carne
quemada, a sudor, heces y orín. Los niños perdidos,
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los niños muertos, cadáveres pudriéndose en las
cunetas. El correr al bosque al oír el motor de un
avión. Las bombas. Los ojos de su madre con el velo
de la muerte. La mirada de su hermano mientras un
gigante con un fusil lo arrastraba a una camioneta
repleta de niños aterrorizados mientras su padre
yacía inconsciente en el suelo de un golpe en la
cabeza. Cómo el rebaño de refugiados se reducía y
los cadáveres se adueñaban de todo. Recordaba las
carreras, el pánico y el miedo constantes.
Ahora solo había cansancio. Cansancio, calor y
hambre. Y un dolor de pies insufrible. Pero ya no
había miedo, sino esperanza. Adonde se dirigían, la
guerra no había llegado y nunca llegaría. Era una
ciudad hermosa de casitas blancas y calles empedradas, donde los niños jugaban en parques repletos de
enormes árboles y hermosas flores, donde solo se oía
el sonido de las risas, el murmullo de las fuentes
y el canto de los pájaros. Una ciudad limpia y bella
con un colegio donde podría aprender montones de
cosas y hacer montones de amigos. Abrirían una panadería y el olor del pan inundaría su vida de nuevo, sus manos recordarían el tacto de la masa y su
padre volvería a reír al ver su mejilla manchada de
harina. Un lugar donde serían felices para siempre.
Todas las noches hablaban sobre esta fantástica
ciudad. Su corazón se henchía de alegría solo con
soñar con ella. Por llegar a un sitio así, cada paso
agónico merecía la pena.
87
-Utopíapor Francisco Hernández Molero
Por un tiempo, fuimos felices. Éramos jóvenes.
Teníamos todo el tiempo por delante. Una vida entera para compartir risas, para vivir el amor en
todas sus variedades. Sabía de sus prontos, de su
cólera, irrefrenable a veces. Pero sentía tal fuerza dentro de mí que no dudaba ni un instante en que
mi presencia sería suficiente para cambiarlo. Qué no
podría conseguir el amor.
Nos amábamos apasionadamente. Qué noches, qué
tardes, qué mañanas. Una fiesta del deseo. Tan solo
verlo y algo se encendía dentro de mí, unas enormes ganas de tenerlo dentro, de sentirlo mío. En
aquellos meses, todo parecía un camino de rosas y,
aunque de cuando en cuando la ira asomaba a su semblante, nunca sentí miedo ni vi el peligro.
El nacimiento de nuestro hijo no hizo sino incrementar la felicidad, ahora materializada en ese
ser tan tierno e indefenso que absorbía nuestra
atención. Sus arrebatos en las noches de insomnio
fueron como una alarma lejana, como esas ambulancias que se oyen en la noche y te provocan un temor
latente pero ajeno.
Llegaron los enfados y los malos modos sin un
aviso. No puedo poner una fecha a ese cambio. Nunca
he sabido qué desvió el cauce de nuestra felicidad,
que hasta entonces fluía sereno; qué incidente provocó el cataclismo.
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Sí recuerdo su primera bofetada. Todavía la siento en mi mejilla. Pero aún más la siento en el alma.
El primer moretón. También recuerdo su arrepentimiento, sus lágrimas, su desazón. Creí, ilusa, que
no volvería a ocurrir. Ilusa, sí. Porque ocurrió y
volvió a ocurrir, y ocurrió una vez más.
Sentía cómo el miedo se iba haciendo dueño de mi
existencia. Temblaba cuando oía abrirse la puerta.
¿De qué humor vendría? Buscaba un tono falsamente
alegre, algo que lo disuadiera. A veces funcionó.
Otras muchas, no.
La metamorfosis del amor en odio se inicia sin
apenas darte cuenta, pero tu cuerpo reacciona, tu
alma, llena ya de moretones, se rebela.
Alcancé el umbral del pánico cuando nuestro hijo
se convirtió también en objeto de sus iras. Era el
incentivo que faltaba. No podía más. Lo denuncié.
Vino la policía y su cara era puro estupor. También
comprensión. En el fondo, sabía que llegaría este
momento. Lo esperaba. Lo deseaba casi. Después, fue
todo fácil. Los trámites se llevaron a cabo sin mayores inconvenientes. Creo que también para él fue
un alivio.
Encontré un trabajo en una farmacia aquí cerca,
en mi barrio. Ahora vivo sola con mi hijo, que va
creciendo tranquilo y feliz.
Y ha ocurrido algo… He conocido a otro hombre.
Nunca creí que pudiera volver a enamorarme, pero lo
estoy, y perdidamente. Vuelvo a sentir esos deseos
locos e irrefrenables, esas ansias de tenerlo cerca. Es verdad que, de cuando en cuando, a sus ojos
asoma una cierta ira, un abismo de cólera. Pero
apenas dura un instante. Nada. Además, me siento
fuerte y sé que no hay nada que mi presencia no
pueda cambiar. ¡Qué ilusión!
89
Más allá de la felicidad
por Juan de Dios Coronel
Me despierto cada mañana sintiendo el olor de
las palabras no leídas, el susurro de los párrafos
dando a luz historias de ficción, de terror o drama.
Un desayuno copioso, con café y medialunas rellenas
con dulce de leche; la radio encendida en la cocina. El día esta nublado, no podría ser mejor.
Me pregunto cómo seguirá la novela, qué elecciones hará el protagonista, si la muerte lo acechará
detrás de una puerta, de una mirada o a manos de su
vecina. El café deja paso a la escritura, y, trasladándome a mi mundo interno, vago por las calles
de Hurlingham, mi localidad natal, donde construyo
y derrumbo edificios solo con el pensamiento: una
plaza surge de la nada, un hombre nace adulto, llevando solo los recuerdos que yo le regalo. En mis
pensamientos, la imaginación se funde con los sentimientos.
Me veo, sin necesidad de un espejo, diez años en
el futuro. Una casa enfrente de un lago, árboles
alzándose por encima de los diez metros, sus copas
dejando pasar apenas algunos pocos rayos de sol
primaveral. Una lechuza se deja oír en la cercanía
y las letras naciendo como por arte de magia en
la pantalla de mi computadora. Los dedos se mueven
sin siquiera mirar el teclado. Afuera, la vida me
espera, pero por dentro otra nueva se gesta, tan
90
espectacular como la externa. Es mi motor, un sueño que se hará realidad tarde o temprano, un anhelo
que le da sentido a mi vida.
Es hora de comer, engullo palabras como alimento
del mediodía. No solo se alimenta el organismo de
nutrientes, existe un menú que alimenta mi fantasía. Las personas, los autos, los edificios, mascotas, aves, las farolas de la calle aún dormidas.
Todo sirve, nada se desperdicia. Y sigo pensando
en mi futuro, al que me acerco con cada bocanada de
aire inhalada y exhalada.
El trabajo no escasea, enfermero durante el turno de la tarde; aun allí encuentro ideas para un
cuento, una novela o poesía. Aunque los versos no
son mi fuerte, alguno que otro aparece siempre con
timidez. Enfermedades, dolor, angustia y, en muchos
casos, los últimos pasos hacia una muerte anunciada. Uno de los tantos rostros de la vida, el que la
sociedad se niega a ver en muchos casos.
Con los cuentos y novelas comparto mi felicidad.
Citando a Adolfo Bioy Casares, «creo que parte de
mi amor a la vida se lo debo a mi amor a los libros.
Son mi compañía diaria. Ellos me escuchan, aunque
prefieren dejarse escuchar. Conservan la paciencia
de la eternidad, recostados o de pie en la repisa.
No importa la tristeza o la algarabía, se abren
cuando uno más los necesita. La literatura se encuentra mucho más allá de la felicidad. Oxigena mi
mente. Quimera materializada en mis manos, hoja por
hoja. Le doy gracias a la vida por regalarme esta
pasión, mirando el cielo, llorando de alegría».
91
¿A qué saben los sueños?
por Raquel Martínez
Los sueños saben a mermelada de esperanza, dulce
de ilusión y confitura de anhelos en el corazón. Son
como pequeñas volutas que se cuelan mientras duermes, o mientras permaneces despierta, imaginando
todo cuanto harás y todo cuanto te gustaría lograr…
Un hormigueo o un pálpito en el corazón, que te
guía y te empuja a seguir adelante, a perseguir esa
voluta, ese sueño, ese anhelo, esa pequeña espiral
que en ocasiones parece escapar entre los dedos,
y que nos empeñamos en seguir. Mis sueños saben a
muchas cosas. Son una receta exquisita que solo yo
puedo cocinar. A veces me siento capaz de volar,
incapaz de regresar, de situarme en mi realidad.
Otras, en cambio, el jarabe amargo de la realidad
no me deja despegar. Pero, aunque la realidad siga
estando ahí, mis sueños también lo están, y siguen
sabiendo a dulce, siguen empujándome a continuar,
a luchar, a soñar despierta e imaginar todo cuanto
me gustaría lograr. Supongo que los ingredientes de
cada sueño les dan un sabor diferente, puesto que
cada uno tiene sueños y esperanzas particulares. A
veces ocurre que encuentras personas con tus mismos
anhelos o sueños que se complementan y surge una
conexión magnífica, sencilla y que fluye tan fácilmente como un riachuelo en busca del mar. Se establece una relación, una cooperación que, además de
enriquecer nuestros sueños, también nos enriquece
92
como personas, y, si bien no podemos cocinar los
sueños ajenos, sí podemos llegar a degustar y disfrutar a qué saben los sueños de los que nos rodean,
de aquellas maravillosas personas con quienes hemos
tenido la suerte de tropezar. Al fin y al cabo, ¿qué
sería la vida sin sueños? Aquella frase conocida
que dicta: «Los sueños, sueños son», siempre me ha
parecido triste. Como una mermelada sin azúcar. La
vida sin ilusiones, aunque no lleguen a cumplirse,
sería enormemente mustia y pesarosa. La esperanza y
la ilusión son la mermelada de mi tostada… Porque
los sueños saben a dulce de ilusión y confitura de
anhelos en el corazón.
93
Utopía
por Carmen Lucía Carmona Miranda
«Utopía». Maravillosa palabra, ¿no creen?; solo
cerrar nuestros ojos nos produce un viaje hacia el
idílico y esperanzador mundo de los sueños, ¿acaso
ello no sería la utopía?. Sueños hay tantos como
personas en este mundo, millones de esperanzas y de
metas que permiten que, a pesar del duro día a día,
de los desvíos y desdichas vividos, podamos seguir
adelante sin cansarnos, sin dudar o vacilar.
Podría decirse que la utopía final de la humanidad es la pura y llana felicidad, la que propina el
amor o la amistad, la que nos enseña que la vida hay
que tomarla con una sonrisa para demostrar a las
penas que no siempre vivirán en nosotros; pero, a
su vez, cada persona es un mundo, y amplios son los
colores, al igual que los sueños, pero, pregunte a
quien pregunte, ¿quién no tiene un hermoso sueño
por cumplir que le mueve a pesar de todo? En este
caso, no soy menos ni más. ¿Mi sueño? Alcanzar la
felicidad y demostrar que los deseos no son cosas
de cuentos de hadas ni de pobres soñadores, demostrar que, a pesar de la experiencia y de la sabiduría, un amor a distancia no tiene por qué acabar
en la nada y el olvido.
Cierto es que la vida nos da duros golpes, los
cuales parecen que solo quieren hundirnos en la más
profunda y oscura tristeza, pero esos mismos golpes
deben tener el efecto contrario y contribuir a que
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con cada caída, con cada golpe, con cada tropezón,
nos levantemos cual ave fénix y renazcamos de las
cenizas más fuertes que nunca; estos golpes me enseñaron a no rendirme, a no tirar la toalla; debe
ser por ello que dicen que si quieres lograr tus
sueños no debes quedarte sentado, dicen que lo que
quieres y deseas con fuerza lo tienes, dicen que si
alguien quiere algo debe luchar por ello…
Pues bien, esta es mi utopía: ver cada mañana el
amanecer en tus ojos, el anochecer en tu mirada y
la ilusión del futuro en cada beso tuyo; el poder
palpar la felicidad que pueda darte día tras día, y
las fuerzas para que consigas cada una de las cosas
que te propongas. Pero, ¿saben qué?, nada de ello
es una utopía, pues todo lo que se puede soñar se
puede lograr; solo deben poner el corazón en cada
gesto, el amor en cada sonrisa y la esperanza en
cada lágrima que de sus ojos caiga, porque, si es
tu deseo, persíguelo, entonces, como si cada minuto
fuese el último.
95
El buen combate
por Gonzalo Naya López
A veces me duelen los sueños. Los que se marcharon, los que ya no tengo. Los que ya no encuentro
más que escondidos en algún viejo cuaderno, esperando a que les quite el polvo. Esperando…
Los sueños se van desgastando con los pasos y con
los andares; con los amores y con los desengaños;
con los deseos insatisfechos; con las frustraciones
y con los momentos que dejamos pasar de largo; con
los años que vuelan y vuelan, cuán rápido. Esperando.
Jugamos a hacernos mayores y a olvidarlos con la
rutina, con el trabajo, con la hipoteca, con los
cansancios, con los bostezos… o con cualquier otra
excusa banal. Abrimos carpetas vacías, depositamos
esperanzas vacías y allí los archivamos. Sueños vacíos. Vidas vacías. Sueños olvidados.
Duelen aún más los sueños que todavía esperan su
turno, que de vez en cuando llaman a la puerta a
ver si esta vez te atreves y dejas de ser cobarde.
Esos sueños que casi te imploran para que des el
paso adelante, «¡despierta!». Y se marchan tristes,
cabizbajos, cuando respondes con voz trémula, entre
gris y avergonzada: «No sé, hoy no. Tal vez mañana…». Mañana. Esperando.
Esperando al buen combate. Según explica Paulo
Coelho en El peregrino de Compostela, el buen combate es aquel que entablamos en nombre de nuestros
96
sueños. «El hombre nunca puede cesar de soñar. El
sueño es el alimento del alma, como la comida es
del cuerpo (…). El buen combate es aquel emprendido
porque nuestro corazón lo exige».
Porque nuestra vida lo exige y lo necesita, diría yo. Para escapar a tanto humo gris y a tanto
cemento. Para escapar a tanta resignación y a tanta
nube espesa, a tanto desierto vital que no nos deja
ver que nos vamos perdiendo por dentro. Muertos.
Vacíos. Mañana. Esperando.
A veces me duelen los sueños. También los que me
han robado. Con malas artes. A golpes, a gritos y a
patadas. En silencio, otros, por la espalda, con la
coartada que da la apariencia legal y la corbata.
Y aquí andamos ahora, en el suelo, apaleados.
Lamiendo heridas y viejos desengaños. Recogiendo
fuerzas y abrazos para que llegue el día y poder
decir bien alto: «De hoy no pasa. Hoy me atrevo».
97
La vida color de rosa
por Hina Finck
La jerarquía del conocimiento, ¿valdría para un
país?
Podríamos distinguirlo…, distinguirnos…, sin
discriminación.
Las personas iletradas en México son pocas, en
verdad.
Los que terminan pre-escolar son muchísimos (no
hay estadísticas confiables).
Las personas que terminan la primaria son como
el diez por ciento menos.
Las que alcanzan el nivel de secundaria son muchas menos.
El nivel preparatorio, ¿cuántas personas alberga?
¿Qué número de mexicanos tiene nivel profesional?
Maestría, ¿a cuántas personas se le ha otorgado?
Doctorado… unas cuantas.
La tragedia no es esa, el drama no es que muy
poca gente sea instruida, la verdadera tragicomedia
es que… CUALQUIER IGNORANTE DE DIECIOCHO AÑOS TIENE
DERECHO A UN VOTO EN CUALQUIER ELECCIÓN.
¿A cuántos votos tiene derecho un doctor? Solo
a uno.
¿Para qué me quemo las pestañas si, al fin y al
cabo, los derechos de los letrados valen lo mismo
que mis derechos de ignorante?
Al ignorante cualquiera le lava el cerebrito.
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Cualquier candidato, con su campaña dirigida a
la exaltación de la ignorancia, puede ganar las
elecciones.
Mi ilusión es premiar con medallas al cuello a
las personas que alcancen cualquier nivel de instrucción.
Esos galardones bien podrían ser de plata, de
nuestra plata mexicana, aquella que circulaba en
China como moneda corriente en tiempos de don Porfirio. Medallas y medallones, y en sus centros, incrustados los colores símbolos de los niveles:
Preescolar, rojo; Primaria, naranja; Secundaria,
amarillo; Preparatoria, verde; Profesional, azul;
Maestría, índigo; Doctorado, morado.
Los siete colores del iris plasmados en la instrucción.
Las medallas de preescolar irían creciendo hasta
convertirse en los medallones que merezcan los doctores de cualquier materia y tendrían los siguientes objetivos:
Que se respeten los logros.
Que en cualquier lugar sean reconocidos los valores a simple golpe de vista.
Que las personas, para lograr el reconocimiento
de los demás, estudien y se tracen metas.
Que las personas con dieciocho años de vida, y
sin estudios, tengan derecho a UN VOTO; dieciocho
años y primaria, DOS VOTOS; dieciocho años y secundaria, CINCO VOTOS; dieciocho años y preparatoria,
DIEZ VOTOS; profesional, CIEN VOTOS; maestría, MIL
VOTOS; doctorado, DIEZ MIL VOTOS.
Pero no, ni siquiera así se lograría acallar a
la ignorancia, solo lo haría un estudio de porcentajes que no se ha llevado a cabo. No es lo mismo
un iletrado que un docto.
La conclusión sería: o estudias, o como ciudadano eres desvalorado y punto.
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Cierra los ojos y mira las medallas que los centros universitarios te entregarán; ahora ábrelos y
piensa en todos los centros de trabajo que se abrirán con este plan.
Hay en el subsuelo de México toda clase de piedras preciosas, que irán a incrustarse al centro
mismo de las medallas: Preescolar igual a rojo,
igual a granate; Primaria igual a naranja, igual a
ópalo; Secundaria igual a amarillo, igual a topacio; Preparatoria igual a verde, igual a olivina;
Profesional igual a azul, igual a aguamarina; Maestría igual a índigo, igual a zafiro; Doctorado igual
a alejandrina.
¿Cuántos mexicanos podrían llevar hoy mismo un
toisón con siete medallones?
Son sueños de amor, para mi querida patria.
100
-Utopíapor Manuel Álvarez González-Jubete
Despertarme en la terraza, volver a empezar…
Recogiendo por el suelo nuestras piezas,
mamá, ya estoy en casa.
Con la cabeza siempre en otra cosa,
llegando tarde a todo, pero ya no tengo prisa.
Que la esperanza es efecto sin causa.
La confianza nunca exige garantías…
El amor sincero jamás se toma una pausa,
pero que alguien se lo cuente a mis ex-novias.
¿Eran necesarias todas esas noches frías?
Mi lienzo, el viento y el tiempo me odian.
Llorar borracho con el sol del mediodía
y seguir soñando, escribiendo y dando gracias.
He prometido no pensar en el dinero,
muchos dicen que es un fallo,
lo sabré cuando me muera.
Y, si no hay nada, ya no sé por qué me rayo…
Yo no quiero rollos, yo la quiero a ella…
La inocencia, la esencia, las ganas.
La constancia, el esfuerzo, las llamas.
La elegancia que da la paciencia,
perder la distancia contigo.
Y prometí quedarme aquí, para siempre,
aprendiendo del silencio todo lo que es importante.
Es por ti, es por mí, es por vivir,
porque puedo perderte, sin quererlo, entre la
gente…
101
Un café y me llamas; un café y te amo.
Ya no quedan ganas de responder al teléfono.
Cuando ven que sufres, ellos se lavan las manos,
yo tengo dos caras, pero ninguna es la buena.
Dicen por ahí que no me quieres,
que solo vivo un sueño por las calles de Cáceres.
¿Tú sabes quién eres, mujer?
Me dicen las estrellas que te busque;
morirás por ella, dice el bosque…
Estoy loco, no te asustes…
Guárdame el secreto, he caído en el pecado,
no puedo estarme quieto
cuando el tiempo está contado…
¿La diferencia? Ellos lo quieren todo
y yo todo lo regalo.
102
-Utopíapor Elena Vega González
Recuerdos que vienen y van se suceden en mi mente
como una imagen de lo que fui y lo que me ha llevado
a ser quien soy…; melancolía de momentos en los que
tus calles fueron mi laberinto, tus gentes fueron
mi llamada hacia un nuevo idioma que se impregnaba
en mí en cada esquina. Las obras, que son la huella
de tiempos pasados, me mostraron el conocimiento y
la ilusión que me atrajo hasta ellos, me emocionaron cuando nos encontramos frente a frente, como
si se tratara de un viejo amigo al que hace tiempo
que no vemos. Tantas cosas que vi, pero más que me
quedan por ver y por conocer…
103
La mirada del niño
por Inés Díaz Arriero
Recorría la concurrida avenida, luchando porque
el humo que oscurecía el ambiente no ahogara sus
pulmones. Al llegar al límite de la carretera comenzó a correr sin moverse del sitio, y, cuando se
aseguró de que no se acercaba ningún vehículo, cruzó rápidamente los tres carriles. Al otro lado le
esperaba un amplio descampado: el suelo era irregular y el sol no encontraba obstáculos para clavarse
en su piel, pero al menos podía apartarse del ruido
y la contaminación.
De pronto, algo llamó su atención unos metros
más allá: un niño pequeño sentado con la espalda apoyada en el tronco de un árbol. A su derecha
descansaba un puñado de lápices de colores; a su
izquierda, sus zapatillas; y, sobre sus rodillas
dobladas, una libreta. Su rostro mostraba una mueca
de concentración: los ojos apuntando hacia arriba,
la boca entreabierta y el dedo índice de la mano derecha sobre el labio inferior. Un instante después,
el niño observó las pinturas, eligió una de color
verde y comenzó a acariciar con ella la página de
la libreta.
El hombre detuvo su carrera y, tras un buen
rato observándole con curiosidad, se acercó sigilosamente. El niño ni siquiera levantó la vista
al notar la sombra que se proyectaba a su lado. Al
contemplar lo que había dibujado, el hombre no pudo
104
evitar abrir la boca de par en par. Los edificios
del fondo eran iguales a los del otro lado de la
carretera. Sin embargo, no había cubierto el suelo de tierra y polvo gris, sino de hierba de color
verde brillante; el tronco en el que estaba apoyado
no era solo un tocón reseco, sino uno de los muchos
árboles frondosos que protegían de los abrasadores
rayos de sol; el árido barranco de la izquierda estaba cubierto por una masa de color azul claro, y
la transitada carretera se había convertido en un
camino amarillo.
—¿Le gusta mi dibujo, señor? ¿Verdad que es más
bonito así? —preguntó el pequeño con la inocencia
presente en su voz.
El hombre reconocía perfectamente aquel paisaje:
se trataba del pinar que había ocupado ese descampado cuando él era niño. Cerró los ojos y aspiró
con fuerza. Un agradable olor a pino penetró en sus
pulmones, la brisa fresca acarició su piel y sus
oídos fueron testigos de las risas de los críos que
jugaban en el pequeño lago.
Abrió los ojos justo a tiempo de ver cómo el
niño introducía la mano en una de sus zapatillas
y sacaba de ella el hueso de alguna fruta. Avanzó
unos centímetros a gatas y comenzó a excavar con
las manos. Después, introdujo la semilla y la tapó
de nuevo con la tierra. Levantó la mirada hacia el
hombre y señaló el botellín de agua que llevaba
amarrado a la cintura. Él se lo tendió y el pequeño
vació su contenido en el suelo.
Entonces el hombre sonrió, con el corazón lleno
de esperanza, y emprendió su carrera de vuelta a
las tumultuosas calles de la ciudad.
105
-Utopíapor Inés Poveda Pastor
Isabel era una escritora de mediana edad, aunque
aparentaba mayor. Las arrugas le surcaban el rostro
y las ropas le quedaban demasiado holgadas. Sin embargo, ni las arrugas ni el ropaje eran lo que le
hacía parecer más madura, la causa principal era la
falta de ideas. Desde sus inicios, Isabel había sido
una escritora prolífica; contaba, además, con una
serie de destacados premios que la hacían destacar
en su profesión, los cuales no dejaban de enorgullecerla. Ese era el eje del asunto, la lluvia de
ideas que solía aflorar siempre en su mente se había
extinguido, no la visitaban ya esas fantásticas historias que le robaban el sueño y la mantenían en vigilia hasta haberlas plasmado sobre cualquier trozo
de papel, para más tarde darles forma y vida a sus
relatos. ¿Sería este su fatídico final? Después de
toda una vida de dedicación, ¿tendría que dejar de
hacer aquello que la transportaba, la evadía a otro
mundo donde nadie más que ella se atrevía a acceder?
–Si los que están en el poder no mueven su trasero para ceder el paso a los que sí valen la pena,
esta situación no va a mejorar –solía decir Susana,
que vivía pared vecina.
–¿Pero es que hay alguien que valga la pena?
–Por supuesto que sí, no seas pesimista.
A parte de vecina, Susana era una buena amiga,
de las pocas que tenía Isabel, pero de ese tipo de
106
personas que alegran la vida a quienes están a su
alrededor. Susana había sido abandonada a su suerte
por su marido y con tres hijos menores a su cargo.
Era una auténtica sobreviviente, luchadora a más no
poder y rebosante de optimismo. Por ese motivo era
por el que destacaba alguien en aquellos tiempos
en aquel lugar. Venezuela era un pozo de conflicto y
tristeza por aquellos tiempos.
Cierto día, hablando medio a oscuras en la cocina de la escritora, entre dos cafés humeantes, su
vecina le susurró:
–Esta ciudad te está matando, y está matando tus
ideas, Isabel.
Desde entonces, no se le fue la idea de la cabeza.
Pensó en las ataduras, su ciudad, su país. Pero
ni le quedaban parientes cercanos, y ni siquiera
sentía ataduras con aquel país que tantas decepciones le había dado.
Cansada de pensar, decide actuar. El primer bártulo que coge antes de tomar el barco es su desgastada libreta, donde intuye que pronto esbozará su
historia. Tampoco sabe hacia qué lugar dirigirse,
solo que tiene que ir hacia su futuro antes de que
sea tarde, pues este no va a esperarla.
107
-Utopíapor Isabel María Hernández Martínez
Ser vagabundo.
Eso es lo que deseo. Vagar de un lado a otro
sin patrón que me mande.
Tener por hogar el campo
y por techo las estrellas.
Sentir cada mañana
que el rocío me empapa
hasta el alma.
Estremecer de frío
en las largas noches de invierno
y oír el quejido de los grillos
en los dulces nocturnos estivales;
despojarme de todo
y vivir en la nada,
con mi hatillo al hombro
y una brizna de paja en la boca
en lugar del mortal cigarrillo;
comerme el pan con las manos
sin pensar que nadie me vigila
y tumbarme bajo la dulzura
de cualquier árbol solitario
a contemplar la caída de la lluvia;
recorrer los lugares olvidados
a conocer otras gentes, otras vidas;
amar a todos sin pedir nada a cambio,
ni que ellos a mí me lo pidan,
pues nada tengo,
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nada puedo dar,
solo esta vida mía
que pasaré errante por el mundo
buscando la verdad escondida.
109
-Utopíapor Inmaculada Velázquez Ramírez de Verger
Si salieras en los momentos en que la envidia, la
falsedad y la mentira son dueñas de la situación,
he de pensar que no sería tan feliz al encontrarte
con la sinceridad.
Aunque, siendo yo la sincera, me parece que tardas demasiado en aparecer.
Tú, que eres la verdad, que nada temes, deberías acudir en cuanto las situaciones se tuercen y
arrinconar en una esquina al trío en discordia para
no dejarlo salir nunca más.
A veces siento que nunca aparecerás; no tardes,
en estos momentos te necesito cerca, eres mi única
aliada y solo con tu ayuda podré demostrar la realidad.
110
Pupa
por Jesús Denche Castela
Con mis garras me arrastro
entre la inmensa oscuridad,
dudando si podré escapar
me aferro a la realidad.
El río guía mis pasos,
mariposas vuelan alrededor,
mis alas nunca se alzan,
atado a la eterna crisálida,
mi mente avista un sueño avizor.
Tardía metamorfosis sufrida,
mis pasos me llevan al pupario
donde observaré paciente
mi cambio de larva a imago.
Inviernos cambiantes,
eternidad constante,
pupa entrelazada
sobre una eclosión,
que no llega nunca…
¿Seré estadio toda la vida
o cambiante en mi ecdisis?
El proceso de muda
de esta triste metrópolis
siempre estará en la duda.
111
Nuestro mundo de utopías
por Jorge Andrés Castro Muñoz
Recuerdo mi niñez como probablemente la mayoría de las personas lo hacen, como un día a día de
descubrimiento, en el cual, con cada experiencia,
nos venía una nueva esperanza, una nueva idea, una
nueva ilusión. «¡Quiero ser un policía!». «¡Quiero ser un bombero!». «¡Quiero ser un astronauta!».
Al nacer, nuestra vida es un lienzo blanco, en el
cual podemos pintar el futuro que deseemos, pero,
al crecer, muchas veces nos damos cuenta de que
nuestra paleta de colores no es tan variada como
esperábamos; muchas veces los colores que tenemos
no son los suficientes para pintar el cuadro que
soñamos, nos damos cuenta de que solo tenemos un
lienzo, y de que no es posible pintar todas las
ilusiones que teníamos en uno solo, nos damos cuenta de que crecer es, en cierta forma, un proceso
de renunciar a muchas de las ilusiones que tuvimos
años atrás. Pero, en este mismo proceso de crecer
y madurar, comprendí que contamos con más lienzos,
que contamos con la posibilidad de vivir millones
de ilusiones diferentes, que tenemos formas de probar las experiencias con las que siempre soñamos,
o con algunas que nunca se cruzaron por nuestra
mente; entendí que se nos ha entregado la posibilidad de pintar el lienzo que los grandes talentos
de nuestra historia han concebido en su mente; y
112
que de sus manos podemos acompañar a príncipes en
su búsqueda de venganza hacia su padrastro, que
podemos ser parte de un colegio de hechicería, que
podemos ser ciudadanos en aquella Barcelona literaria de la posguerra o vivir en la mágica Macondo por
cien años; que podemos resolver los casos policiales más confusos con uso de la lógica o acompañar a
Odiseo en sus viajes de vuelta a Ítaca. Puede que
solo tengamos un lienzo para pintar nuestro destino, pero tenemos millones de lienzos más en cada
libro escrito o en cada libro por escribir, en cada
cuento, en cada poema, en cada fábula, en cada obra
de literatura; vivimos en un mundo de utopías donde
casi cualquier realidad es posible, solo tenemos
que abrir la cubierta y vivirla.
113
Oda a la senectud
por Javi Fabulaciones Dabuten
Ninguna piedra en mi camino
que mi bastón no pueda apartar.
Dicen que ya es primavera.
Eso se ve en los escaparates,
en cómo suben los termómetros
y se agotan las jarras frías de cerveza.
Hace una brisa mu güena
que agita las hojas verdes de los árboles
y las faldas de las más féminas.
Llevo anotados en un papelico
los fármacos que mi doctor me encomendó.
Tengo una memoria caduca,
reconstruida por recuerdos ajenos
que mis hijas me colocan con fotos.
¿De estos nuevos matasanos me fío?
Son quienes no desean mi mal, espero.
No me preguntes por qué,
porque no lo sé.
Hasta mi sombra me hace jugarretas.
Pasan a mi lado unos mocosos
seguidos de balones, skates y Donnettes.
Ojalá yo más jovenzuelo,
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pero por todos es sabido que
la gimnasia no hace a la danza.
Puff, utopías de los marginados.
Sigo un andar descarrilado
de acciones y reposos.
Noto que no voy a ningún lao,
siento que empiezo de cero.
¿A dónde decía que me dirigía?
Ya solo en los ángeles confío.
115
-Utopíapor Jessica de la Fuente
Me encanta sentarme aquí, delante de la ventana,
para mirar la luna y el firmamento. Lo hago siempre
que puedo, por inercia, sin pensarlo ni preguntarme
para qué. Es mi momento mágico. El tiempo deja
de existir, mi presente se vuelve real, lo puedo
palpar. Mi cabeza se vacía y deja atrás todos esos
pensamientos cotidianos para abrirse al mundo, a
la existencia infinita. La belleza del momento me
hipnotiza y dejo de ser «Yo» para fusionarme con
el «Todo». En esos instantes me siento parte de la
Creación, me inunda un sentimiento de pertenencia
que llena mi ser. Cada vez que me enfrento a una
situación desagradable o incómoda, cierro los
ojos y me imagino en ese instante de conexión con
el «Todo». Es mi arma secreta para revivir esa
paz y esa seguridad que la magia del Universo me
transmite cuando lo observo. Vivimos en un mundo
tan artificial y alejado de las leyes naturales que
nos hemos vuelto inconscientes. Estas sociedades
aceleradas y competitivas no son más que ilusiones
que confundimos con la realidad. Muchas personas
se preguntan cuál es el sentido de sus vidas. Viven
inmersos en el escepticismo, en el pesimismo y en
el conformismo. Si encontraran un simple momento
para hacer lo que yo hago, contemplar el mundo
y conectarse con él, serían capaces de entender
que todo tiene su orden y su razón de ser, que no
116
somos víctimas de la vida, sino que el Universo
nos ofrece su energía para crear una vida amoldada
a nuestros deseos. Pero me he dado cuenta de que
a la gente le da miedo perseguir sus sueños, les
aterroriza fracasar y quedarse desorientados. La
gente ha perdido la fe y esto sucumbe al ser humano.
Prefieren quedarse acomodados en su infelicidad, en
sus quejas y en pensar que el mundo es injusto con
ellos. Si estas personas retomaran la fe, serían
conscientes de que el Universo conspira a su favor
y que siempre les presenta una salida a todos
los problemas. Las personas necesitan despertar y
confiar en que todo tiene solución, que el dolor es
inevitable pero que el sufrimiento es una elección.
Yo antes me sentía víctima, no creía que mis sueños
pudieran ser posibles, vivía enfadada con el mundo
y me quejaba constantemente de todo. Entonces, un
día me surgió un impulso y me senté mirando al
cielo. Ahí sentí el momento mágico, mi unidad con
el Universo y la confianza en su Creación. Volví a
tener fe y esperanza en mis sueños, dejé de ser
víctima para hacerme responsable de mi vida. Empecé
a sentirme agradecida y bendecida por todas las
cosas que tenía. Me di cuenta de que merecía recibir
cosas buenas y la abundancia llegó mi vida. Ahora
le hago saber a las personas que los sueños y los
deseos son alcanzables, solo se necesita voluntad,
fe, esperanza e ilusión para perseguirlos. Nacimos
con poder para crear una vida acorde con nuestras
expectativas, deshazte de las excusas y construye
la vida que sueñas.
117
-Utopíapor Jessica de la Fuente
Un destello de luz se abre paso por el cristal de
mi ventanal, penetrando la fina tela de mis cortinas con la única intención de iluminar mi nuevo día
y hacerme partícipe de él. No lo puedo evitar, la
primavera me encanta, por eso la elegí para nacer,
y ojalá sea ella la estación que me despida, así,
alegre e impredecible, como le gusta ser. Decido
levantarme, aun siendo temprano, pero el sol y el
calor, acompañados de una suave brisa, me animan a
ello. Lo primero que hago es correr las cortinas
del ventanal, situado enfrente de mi cama, y admirar la belleza del paisaje que me rodea. Mi jardín
es verde y frondoso, decorado con flores de todas
las clases y colores, arropado por unas bellas y
elegantes montañas al fondo. Asturias te regala
paraísos así. Me paro, no solo a observar, sino a
escuchar los sonidos que me dan los buenos días.
El canto de los pájaros se fusiona con los leves
sonidos de los insectos, de las hojas que se mueven al compás de la brisa y del agua que fluye en la
fuente que preside el centro de mi edén. Hoy, como
todos los días, me siento enormemente bendecida y
agradecida por todo lo que el Universo ha puesto en
mi camino. Me dirijo a mi coqueta y abro el baúl
donde guardo todos mis recuerdos. Toda una obra de
arte, hermoso, tallado a mano con relieves de flores y enredaderas, como el tatuaje que me recorre
118
el costado. Empiezo a sacar fotografías, recortes,
postales y periódicos. Me quedo fija y sonriente sujetando una foto de mi vigésimo cuarto cumpleaños
en Puerto Rico, el primer cumpleaños que pasé lejos
de mi familia. Se me ve bonita y alegre, con toda
la ilusión de tener una vida por delante. Hoy, catorce de mayo del dos mil cincuenta y cinco, cumplo
sesenta y cinco primaveras; han pasado cuarenta y
un años de esa foto. Y aquí estoy con las mismas
ganas de vivir, de seguir disfrutando y de seguir
descubriendo las maravillas de este mundo. Me llena
de vitalidad abrir este baúl. Aquí están guardados
todos mis deseos y sueños cumplidos, aquellos que
un día empezaron siendo una ilusión. El camino recorrido a lo largo de mi existencia lo moldeé conforme a esos sueños y deseos que anhelaba alcanzar.
Jamás desistí antes de intentar algo, me lanzaba a
por ello sabiendo que lo merecía y confiando en el
poder que el Universo había depositado en mí, ese
poder a través del cual somos capaces de atraer
hacia nosotros aquellas cosas en las que centramos
nuestra atención. He vivido en muchos países, he
conocido diferentes culturas y personas, he conseguido trabajar en aquello que me apasiona y formar
una familia maravillosa a la que he transmitido los
secretos para llevar una vida acorde a sus deseos.
Y tú, ¿a qué esperas para hacer realidad la vida
que sueñas? Dibuja la escena que te gustaría vivir
en un futuro y lucha para que se cumpla.
119
-Utopíapor Jorge A. Garrido
Le costaba horrores abrir los ojos, pero se obligó a ello, pues era consciente de que jamás volvería
a disfrutar de semejante espectáculo. Ni siquiera
se preocupó por los bruscos balanceos a causa de la
resistencia al aire, de la falta de experiencia en
vuelo o del espacio sobrante en la silla de cuero en
la que se deslizaba mientras procuraba no caer de
ella. La increíble vista desde su privilegiada posición, a tantos metros sobre las cimas de las más
altas montañas, no estaba al alcance de cualquiera,
y ni el gélido viento allá arriba iba a lastrar tan
fascinante sensación a lomos del dragón.
Una mirada a ambos lados le hizo descubrir a
otros tantos de estos reptiles de color rojizo,
solo unos pocos de ellos con personas encima. Sin
embargo, a poca distancia tras ellos, vio surgir
algunos de un verde oscuro cuyos jinetes, sin duda
hechiceros por sus anchas túnicas, comenzaron a recitar destructivos conjuros con los que pretendían
derribarles.
No necesitó avisar a su montura, ya que el dragón
decidió por sí mismo plegar las alas y sumergirse
veloz entre las nubes bajas, blancas y aún esponjosas a esa altura, para alcanzar el suelo en algo
menos de un minuto.
Su viraje en busca de la horizontalidad, sumamente violento, le tomó por sorpresa al caballero
120
de desgastada armadura plateada y este sintió cómo
la distancia entre su cuerpo y la silla atada a la
bestia crecía al punto de imposibilitarle el alcance de un asidero seguro.
Consciente de que caía al yermo suelo sin vegetación, encogió las piernas y rodó a gran velocidad
al contacto con el mismo. Desechando una abrupta
sensación de mareo, levantó la barbilla para ver a
través del yelmo a sus compañeros de ejército batirse contra sus enemigos, una dura batalla de la
que debía tomar parte desde tierra.
A un par de metros de su posición, vio una espada de hoja larga y curva, el arma que se disponía
a recoger antes de que surgiera, jamás sabría de
donde, una inmensa criatura que, de una patada, la
mandó a decenas de pasos. Quizá fuera un trol, aunque el caballero solo tuvo tiempo para esquivar un
poderoso puñetazo en su dirección. Y no solo eso.
A su izquierda, oyó las palabras mágicas de uno
de los hechiceros enemigos, lo que no contribuyó
a la calma de su acelerado corazón, el cual latía
tan fuerte que, a vista de cualquiera, el metálico
peto daría la sensación de dar botes como si tuviera vida propia. Miedo, rencor, pasión, esperanza,
frenesí… Sensaciones que inundaron el ser del caballero, las cuáles no eran suyas en realidad, sino
de este escritor que vibra con cada nueva palabra
escrita, que se emociona y vive en su interior las
escenas que primero imagina en su mente, y al instante transforma en un texto a rebosar de sueños
e ilusiones. Esa es la razón de mi pasión por la
escritura, esa la razón por la que jamás podría
dejarlo.
121
La nave
por Jordy Tapia Robles
¡La nave se enciende!
Edmundo Casas no dudó, perenne. Cerró sus ojos
como dos almendros. Se necesitaba el chasquido de
un martillo para romperlos.
–¡No fui vencido, y no quiero! –decía a sus adentros.
El recuerdo de una vida desconocida en ocasos y
abrojos apenas difuminaba en su retrospectiva; ¡ya
no había nada!
¿Quién fue Edmundo antes de ese momento?
No releva esa vida… Lo importante es ahora; no
el minuto, ni la hora: ¡el segundo!
¿A dónde iba a parar, entonces, su recuerdo?
¡A quién le importa! De él no se sabe nada y no
se irá a saber.
Le apenaba volver a sentir temor, angustia o
remordimiento; eso ya no contaba en su silenciosa
huida.
¡La nave despega!
Lo idílico de la idolatría es lo impávido de la
naturaleza: ¡Dios lo había escuchado, lo había visto y había extendido su rostro para darle un beso!
¡Qué grata es la alegría inmune cuando se la
vive desde adentro, cuando nace en los piélagos más
intrépidos del alma y recorre iridiscente hasta lo
eterno!
122
No es soledad ni sepulcro, es la amnistía solemne del desmenuzado tiempo, la apoteósica apostura
del presente, la impertérrita impresión de la incidencia.
No hay escepticismo: se puede ser quien se quiere, se puede hacer lo que se desea.
¿En base a qué uno no cumple lo que sueña?
¡Lo más peligroso y aborrecible del mundo es
atreverse a perder la esperanza!
¡La nave aterriza!
Edmundo Casas durmió desde niño con una mano en
el suelo y otra en el cielo; su destino era la cautela.
¿Quién no diría que llegaría a tocar el piso de
Marte con sus dedos si tenía todo lo que se necesita: la oportunidad de vida?
¿Quién diría que no podía hacerlo si estaba predicado entre sus sueños?
¡No fue fácil!, como no lo es nada en la vida.
Trabajó con el corazón bien abierto porque solo en
los ojos no se confía.
¡Y llegó!, ni a lo cerca, ni a lo lejos: a lo
correcto.
Llegó como llegan las aves hasta el cielo, más
allá de lo impensable y lo secreto, al infinito mundo de los sueños.
¡La nave es la vida!
123
-Utopíapor Juan Sebastián Chilla Romero-Valdespino
No hay nadie, las sombras caminan estrepitosamente a lo largo y ancho de las calles de la ciudad
y no tienen dueño. La tenebrosa oscuridad oculta el
rostro de sus sujetos, entes que competen a la sugerente trivialidad de sus propias vidas. La luz se
esconde tras un manto de melancolía; ella no quiere
asomarse, la mediocridad tumba el esplendor del género humano, la simplicidad inmola la conciencia,
ausente de forma indefinida. El apresuramiento de la
masa hace perder los estribos hasta al más cándido
de los individuos, el vendaval se aproxima, el diluvio nos acecha. No hay vuelta atrás porque no hay
nadie, y tú que me lees me ninguneas como un don
nadie desde la nada.
Cuando me ves, enemigo mío, divisas el campo de
la aprensión y la desconfianza; me preguntas por qué
y las excusas dinamitan mi ánima. Los preceptos de
tu comunidad –enferma y orgullosa de su mal– riñen
con la libertad que emana de mi ser, de carácter
espontáneo y exclusivo. No puedo participar en tus
gestas, ¡oh, heroico sujeto de incuestionable discernimiento e intelectualidad ineludible! Eres cero
y yo quiero sumar. ¿Qué he de hacer ante semejante
sustantividad? Mis palabras se llenan de tu vacío,
la percepción de un inválido paciente discierne
de la de un capaz e intransigente ente sobrenatural. Soy aquel que llamas hijo de, porque creo en,
124
pero tú vas más allá con… ¿verdad? Sobrevives en
un averno de circunstancias aberrantes y te jactas
de ello; estás condenado, bendito mundano, la razón
escapa a los designios de tu vil naturaleza social.
Eres lo que otros son y ellos son lo que tú eres.
Yo sueño con ser. ¡Ser es ser!
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-Utopíapor Judith Pastor
Sentado frente a la ventana, tan solo una lamparita ilumina al escritor. Observa a través del
cristal la abandonada callejuela donde día y noche
busca su inspiración, que duerme plácidamente en
las profundidades de su psique. L a s, letras agolpadas en su cabeza en un caos desordenado, reclutan
soldados para crear su ejército: la palabra, cuyo
destino es pelear con otras en una cruenta batalla
por conseguir el Santo Grial del orden, la lógica
y la expresión del alma sobre un lienzo de papel
en blanco. Algunas, dotadas de férreas armaduras
para proteger las intensas emociones que ocultan,
perecerán en las trincheras; otras, carentes de
sentimiento y con una misión meramente funcional,
sobrevivirán tras la batalla sin pena ni gloria.
Solamente las palabras sin coraza, desnudas, portadoras de lanzas directas al corazón de los hombres, saldrán victoriosas, y, tras ser impresas en
el lienzo virgen, quedarán grabadas en las retinas
de aquellos trotamundos de pensamiento que buscan
reflejarse en el espejo del autor; bien para exaltar
su júbilo ante la vida, bien para lamentarse de la
montaña rusa que es su existencia. La callejuela
está desierta, sin vida. Solo una farola enrobinada, una fachada desconchada y un portón de madera en el que el paso del tiempo ha dejado huella
indeleble se ofrecen al escritor como personajes
126
para su novela. Él, cuya razón de ser reside en
la sublimación de la belleza y de los sentimientos
genuinos, no encuentra palabras cargadas de lírica
en aquel paisaje sombrío, el único mundo exterior
al que su discapacidad le permite acceder. Aquella
callejuela con luna perenne es su único vínculo con
la fantasía. Una realidad utópica donde se mezclan
matices de color, cantos melodiosos y ruidos estridentes, tragedias desgarradoras y las más ardientes pasiones. Pero allí nunca hay palabras; solo un
corazón vacío, ansioso por una descarga eléctrica
que lo haga latir con fuerza. El escritor, vencido,
guarda su estilográfica en el cajón de los sueños y
recrea en su mente a un melancólico viejo mutilado
de guerra que solo desea ver un rayo de sol atravesando la callejuela y colándose por su ventana
hasta su lúgubre prisión. Ve unas sombras. El escritor se asoma a la ventana. Una pareja camina del
brazo. Hablan. Ríen. Se besan. Pasan despacio, a
cámara lenta. La piel del escritor se eriza. Siente
la puntiaguda flecha alcanzar el hueco más remoto
de su alma. Su corazón vuelve a latir, desbocado
como el caballo que escapa de la esclavitud de la
pradera vallada hacia las montañas y encuentra la
libertad. Siente la belleza. Porque, ¿qué es el
amor sino belleza, sea o no correspondido? Bellas
palabras desnudas afloran en su mente y se alinean
en forma de verso. Él, escritor de novelas tristes
e inacabadas, se ha convertido en poeta. Del cajón
de los sueños toma su pluma, y en la soledad de la
noche oscura crea su obra de arte hasta que un rayo
de sol traspasa su ventana e impregna su prisión de
color y de vida.
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Una tarde oscura
por Juan Pedro Martín Escolar-Noriega
¿Cuánto tiempo hace que no te veo? ¿Qué pasó en
ese último instante en que te vi y que ninguno de
los dos sospechó que iba a ser el último día en que
nos veríamos?
Era una tarde bochornosa de mediados del mes de
junio y el horizonte estaba lleno de nubes negras
que amenazaban con descargar mares de lluvia y una
sinfonía trágica de truenos y relámpagos. Cuando me
acercaba, divisé tu figura leyendo sobre la mesa,
donde reposaba una cerveza casi terminada, un libro. Quizá fuera ese libro que te había prestado
hacía tres días y que tú tantas veces me habías
pedido que te dejara. Ese libro que, al principio
de conocernos, compré mientras paseábamos una tarde muy parecida a la de hoy. Ese libro que leí con
tanta emoción, casi la misma con la que te hablaba
sobre la historia que en él se narraba.
¿Qué pasó por mi mente cuando me acercaba a tu
encuentro? ¿Por qué ese desasosiego y desesperanza
repentinas? Me detuve en la acera de enfrente ante
la cristalera donde se reflejaba tu figura envuelta
en una tenue oscuridad que difuminaba tu perfil y
te observé detenidamente, leyendo sin apartar los
ojos del papel. Tu expresión me pareció que era un
claro ejemplo de la emoción y alegría que me había
embargado a mí años antes, sumergido en su lectura.
128
De repente, deduje que no debía interrumpir ese
instante. Me di la vuelta y caminé de nuevo hacia
el coche que pocos minutos antes había aparcado en
una calle llena de tiendas y cafeterías. Monté en
él y desaparecí de tu vida.
Ahora, cuando ya la ciudad se empieza a vislumbrar en el horizonte difuminada por el sol que cae a
plomo en la inmensa estepa, después de tanto tiempo
desde que me fui de ella, al volante del mismo coche
que me ayudó a salir de allí, pienso con esperanza
e ilusión poder volver a recuperar y tener de nuevo
entre mis manos ese libro que te dejé, y quizás podamos entusiasmarnos hablando sobre él y tener ese
encuentro que por mi culpa no pudo producirse esa
calurosa y oscura tarde de hace ya tanto tiempo.
129
El tejesueños
por Néstor Bardisa García
El tejesueños extendió sus dedos y agarró con delicadeza las hebras de sueño que, invisibles hasta
ese momento, cobraron consistencia y emitieron un
destello. Eran miles y se extendían por Dimensia,
su mundo. Trazó un arco con su mano y las hebras
cambiaron de color. Rojo vivo. Con paciencia, fue
enlazándolas entre sí, creando una trenza etérea.
En su cabeza imaginaba el resultado con todo lujo
de detalles. Los filamentos tomaron forma conforme
el tejesueños movía con habilidad los dedos. Primero, una masa amorfa que creció y creció mientras
el intrincado diseño de hilos se apretaba, unos con
otros. Después, brotaron tierra, piedras y arena,
que se unieron. El proceso incrementó la velocidad
y se alzó en el perfecto cielo estrellado, creando
una majestuosa montaña de recias formas.
Cerró los ojos y, tan solo con el meñique, jugueteó con dos delgadas hebras, las más finas, que
empezaron a palpitar. Su tonalidad cambió a un verde turquesa. Con un leve siseo se desvanecieron y
un riachuelo se materializó recorriendo la cumbre.
Sonrió, satisfecho. Dimensia era un lugar perfecto, único. Y era suyo. Sus dominios, su creación.
Una realidad etérea que regía como un arquitecto de
sueños. Profundos valles, bosques crepusculares y
océanos misteriosos. Una construcción tan hermosa
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como meticulosa. Un paraíso. Allí encontró, por fin,
la felicidad. Felicidad. Paladeó las sílabas. Muchos conocían la palabra, él vivía la esencia misma.
Una suave perturbación hizo temblar toda su obra.
Fue muy leve, pero perceptible para él. Asió una
hebra entre los dedos índice y pulgar. Ahí estaba
de nuevo y no venía de Dimensia, sino de más allá,
de El Exterior. Pero sabía que El Exterior era aterrador, allí estaba La Pesadilla, acechando en cada
oscuro rincón, en cada hebra de sueño negro. Aquí
tenía poder: poder para soñar, para imaginar, y, lo
más importante, tenía poder para crear. No, definitivamente no se le había perdido nada allí fuera.
Siguió enfrascado en su interminable trabajo.
Otra vez, la vibración. Insistente, casi obstinada. Tocaba todas las fibras del tejesueños, parecía
llamarle. Un grito de ayuda o quizás una trampa,
un ardid de La Pesadilla para hacerle salir… Pero
¿y si no era así? ¿Y si alguien estaba en peligro?
Solo, en la vasta negrura del vacío, entre una infinidad de hebras de sueño negro. Atrapado, tirando
de ellas y desconocedor de que la maldad de La Pesadilla lo observaba. Como una araña que descansa
en su red de seda, acechando a su incauta presa.
Un escalofrío recorrió la esencia del tejesueños e
hizo que todo su mundo se tiñera de un azul profundo. Tristeza. ¿Estaba en sus manos ayudar a aquel
desconocido e incauto viajero?
Dejó de trenzar ilusiones y miró el cielo. Más
allá de las estrellas distinguía el entramado de
hebras que conformaba su existencia. Bellas, pulcras. Debía averiguar qué pasaba. Encaminó sus pasos hacia la Frontera de Bruma, y se plantó frente
a las Puertas Oníricas. Listo para marchar, una vez
más, a El Exterior; donde moraba La Pesadilla.
131
Felices quince años
por Daniel Pizarroso Marmolejo
¿Qué puede hacer que una persona deje de soñar?
David Monfort se preguntaba eso.
No es que la vida le hubiera sido demasiado
cruel, ni que él fuese una de esas personas con
mala suerte, no. Tan solo sucedía que David era
muy egoísta y solo se miraba el propio ombligo,
sin darse cuenta de que lo que él creía ser mala
suerte era la vida cotidiana de las personas que
viven bien, aunque tengan algún problema de vez en
cuando.
Su madre le llamó pero él la ignoró completamente. No estaba para nadie, era muy desgraciado.
Le había salido un grano en la nariz y tendría que
estar unos días sin salir, porque si no sería el
centro de diversión entre sus amigos.
Definitivamente, era un ser desgraciado.
Su madre le volvió a llamar, esta vez más fuerte.
–¿No me escuchas, David? Gonzalo ha venido a
verte.
Ahora sí que se sintió desgraciado David. Gonzalo, el líder de su pandilla, el que el otro día
se había reído de una anciana porque había tropezado y pudo haberse caído si no llega a ser por el
gordito de la pandilla, el que hacía de hazmerreír
habitual.
Gonzalo, el ligón de la pandilla.
132
No podía ser, el grano era el muro que los separaba ahora mismo. Gonzalo no podía ver su nuevo
apéndice o la pandilla tendría guasa para rato.
Cerró los ojos, deseando que el grano desapareciera de su vida, mientras intentaba pensar en
que si desaparecía, él se portaría mejor con sus
padres. No era normal que se portase como ahora lo
estaba haciendo, y más sabiendo que él había sido
la ilusión de la vida de ambos. Gracias a su nacimiento, muchos sueños se convirtieron en realidad;
su venida al mundo evitó una ruptura casi inminente
entre sus padres, ruptura que ahora mismo se avecinaba, y David era consciente de su culpa, pero no
sabía cómo focalizar su amor, obteniendo el resultado contrario, un duro caparazón de desapego y de
superficialidad que estaba destrozando tanto la vida
de sus padres como la de él mismo.
Pensando en ello, el joven David se dio cuenta de
una cosa muy importante: mientras pensaba, el grano
había desaparecido de su mente.
Valientemente, decidió no mirarse al espejo, total, la mitad ya lo tenía ganado, no haría caso de
su grano y tal vez Gonzalo ni se diera cuenta.
Le empezaron a temblar algo las piernas, su valentía se tambaleaba, pero decidió ser fuerte.
Abrió la puerta y se llevó una gran sorpresa.
Tener quince años era fantástico, el mundo quedaba a los pies, pero… es la edad del acné, y si no
que se lo dijeran a Gonzalo.
El tan jocoso, bromista y duro Gonzalo, entrando
tímidamente a la habitación de David con la cara
llena de granos y de crema antiacné.
Sin decirse nada, se dijeron todo.
No volverían a burlarse de la gente por sus desgracias.
Aún había esperanza.
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Susurros al oído
por Miguel Ángel Moreno Pérez
Cuentan que los que no han visto nunca el mar
lo han escuchado, al menos una vez, dentro de una
bella caracola, por lo tanto, suprimo cualquier límite posible, incluyendo los inimaginables, y sigo
soñando con los ojos abiertos… no vaya a ser que
alguna vez me encuentre con uno de ellos y decida
quedarse conmigo un tiempo más prolongado que una
noche a su alba, y menos cuando se sufre de insomnio.
Pienso en tierras vírgenes llenas de verde, rojo
y amarillo, regadas de sonidos armónicos, donde el
agua corra libre y sea tan clara que siempre se
vea al fondo narrar el trasegar de los días. Un
paraje donde las palabras vuelen sobre el viento
serpenteante entre hojas y flores, allí donde las
margaritas, hartas de ser deshojadas, directamente te digan en sus pétalos el nombre de quien está
enamorado de ti para que nunca las vuelvan a dañar, ni tampoco dar falsas esperanzas, y el cielo
sea como un lienzo del que dejar decenas de poesías
colgadas.
La noche, sin duda cien veces mejor que los días,
con sus cálidos rayos sin demasiado sonido. Con
miles de estrellas salpicadas como puntos suspensivos de los mejores poemas que nadie le susurró a
la luna, mientras en su viaje continuo florece y se
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pone mustia, solo para hacerla reír como una niña
que brilla como el rocío al amanecer y nunca jamás
se sienta sola allá arriba, porque los lunáticos
visten todos los disfraces existentes desde Alaska
a Rusia, pasando por Sevilla.
No lloren más los niños, ni se mueran los abuelos, para que, al igual que un árbol milenario, no
se pierda la historia desde que la sangre era fría
hasta la actualidad, y sea un poco más justa la vida
con aquellos que no vieron a sus nietos en su mala
fortuna de irse antes de conocerlos. Sea plausible
que el hambre sea un significado olvidado y tachado
de cualquier diccionario, junto a la guerra y la
pena…, porque todas las enfermedades se conviertan
en parte del pasado al tener, ya, cura.
Los políticos desaparezcan, también las fronteras y el color de la piel no importe, porque todas
las sonrisas son un abanico entre el blanco y marfil. Sueño y me pierdo entre sus hierbas y bosques.
Coleccionando animales a través de la retina, porque la pólvora ya solo se utilice en fuegos artificiales y vuelva la vida a llenarlo todo, eliminando el gris de las ciudades con el colorido de mil
especies que alegren el mundo de nuevo, ofreciendo
algo que contemplar en su algarabía, y dejar a madre cuidar de su naturaleza salvaje.
Sonrío y me arropo entre las cálidas sábanas de
la primavera, deseando con ilusión que mañana todo
valga la pena, y si no…, ya vendrá el siguiente día
con su noche, y en mi desasosiego, volver a fabricar con trocitos de arena y agua un lugar donde
esconderse y jugar a contar historias que se tornen
realidad.
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Parábola de traficantes
por Lola Schutz
Cada vez con más frecuencia se oye hablar en los
medios de comunicación acerca de una banda dedicada
al asalto de sueños.
Los sospechosos actúan de noche forzando puertas y deslizándose en los sueños privados. Una vez
dentro, registran y sustraen cualquier objeto de
valor, despojando a los dueños legítimos, llegando a provocar destrozos y todo tipo de desórdenes
internos. Se dice que con el botín estarían construyendo un gran parque temático en Dubái, aunque
lo más probable es que se dediquen al tráfico y a la
especulación.
Por el momento, se han creado patrullas de sueños, formadas por agentes vestidos de paisano, porteros y equipos de enfermería. Como medida cautelar, permanecen abiertas las veinticuatro horas
las farmacias de sueños. Junto a los gánsteres y
sicarios, han aflorado las aseguradoras de sueños y
los grandes bancos de sueños, que ofrecen depósitos, préstamos y cajas acorazadas a sus clientes.
Paralelamente, empieza a desarrollarse el mercado
negro de los sueños.
Junto a los monitores y a las videocámaras, la
policía de los sueños ha colgado pasquines en las
ciudades con los retratos robot de estos forajidos,
que ya son objeto de una búsqueda internacional
136
coordinada entre los distintos ministerios de sueños. Los especialistas nombrados por los gobiernos
han prescrito una serie de recomendaciones a la
población, que sueña ya bajo estrictas medidas de
seguridad.
Sin embargo, según informan fuentes policiales,
ninguna de las medidas adoptadas alcanza. Los ladrones acechan donde menos se los espera, y siempre
acaban escapando por una tapia o ventana, con un
saco lleno de sueños robados. En su lugar, acostumbran a dejar un puñado de perlas falsas.
Es en ese preciso instante, cuando salta la alarma y la víctima queda dormida.
–¿Qué soñaste anoche?
–No me acuerdo –responderá de forma invariable.
137
Para mamá
por Tatiana Gómez Sandoval
Mamá,
Te echo de menos. Hoy, como sabrás, ha sido mi
décimo cumpleaños. Ya el tercero sin ti. Papá no
se ha acordado, como es normal en él. Desde que te
fuiste, ha empeorado. Se ha aislado a sí mismo en
el alcohol y no le queda nada de cariño para mí. Yo
creo que es porque le recuerdo a ti. Cuando me mira,
lo hace con repugnancia.
Mamá, quiero que sepas que te entiendo. Entiendo
por qué te fuiste, incluso entiendo por qué me dejaste aquí, por qué no me llevaste contigo.
No sé si esta carta te llegará, ni siquiera
sé dónde enviarla. Solo pondré en el sobre «Para
mamá», con la esperanza de que el cartero sepa dónde estás, porque yo no lo sé.
Aunque las cosas por casa no estén bien, sigo
soñando, ¿y sabes por qué? Por Dallas. ¿Te acuerdas de él? No sé cómo, ni cuándo, lo conocí, solo
sé que siempre ha estado ahí. A mi lado. Él también
tiene problemas en casa, y cuando nos reunimos me
promete que me llevará lejos de aquí, a un lugar
seguro. ¿Y sabes qué, mamá? Confío en él, y sé que
lo hará. Quizás me lleve hasta ti y podamos estar
juntas otra vez y no separarnos nunca más. Porque
te quiero y quiero estar contigo.
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Así me despido de ti, con ilusión, porque sigo
siendo esa niña risueña que hace tres años dejaste
atrás, y te prometo, mamá, que te alcanzaré.
Te quiere,
Tu hija, Blaire.
139
Año 4054. 21 de marzo. Primavera
por Laura Rivas Arranz
Querido diario:
Hoy por fin he sobrevolado la ciudad en el utilitario. A las nueve en punto no me ha quedado otro
remedio que aterrizar y entrar en la oficina. Me han
puteado, como siempre. Da igual. Ha hecho sol y me
he tomado un café cargado en las mesas de los jardines. Olía a campo en mitad de la ciudad. Todo un
milagro. Luego, he volado hasta la residencia de
mi padre; había ya demasiado tráfico en el aire y
poco horizonte que mirar. Mi padre no me ha reconocido. Dicen que el tratamiento va a devolverle la
memoria. Es un proceso lento; hay que esperar… He
regresado triste a casa. He vuelto a pensar en lo
bien que estaría mudarme al otro barrio. Vivir más
al sur, con menos corrientes frías y más luz. ¿Seguirá en alquiler ese ático pequeño con vistas al
sol poniente? Solo con salir a esa terraza a leer un
rato, a desaparecer al aire hasta que el sol caiga,
bastaría para soportarlo todo…
140
-Utopíapor Laura H. Mastracchio de Delponte
Hoy por hoy,
en espera de la utópica marea,
ninguna orilla es mi orilla;
ni siquiera alcanzo a percibir
el aliento salobre del mar.
Mas doy fe de que allí está,
y aunque lo sé lejano,
no dejaré de intentar
encerrar entre mis manos
su cálida espuma casual.
Hoy por hoy,
pretendiendo de los pájaros el vuelo,
ningún cielo es mi cielo;
ni aún logro comprender
la gloria de su azul infinidad.
Mas él conoce bien
todos los sueños que sueño
-no son grandes, no son pocos-,
y aunque me acuse de loco,
como ave me verá volar.
Hoy por hoy,
con la mirada en
ningún cuento es
aún no he podido
de oro la olla y
busca del gran arcoíris,
mi cuento;
encontrar
su duende al final.
141
Mas ¿he de ver algún día
la hora de la recompensa?
Dicen mar, cielo y tierra:
«Sólo obtendrá lo suyo aquel
que por sus sueños haya querido luchar».
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-Utopíapor Leonor Cortina
Estás volando. Giras, fuera de control, sujeta
por el cinturón que impide al vértigo lanzarte del
auto. Tus lentes, las monedas y el teléfono giran
contigo. Te dices que es un error; que esto no sucede a quienes se lavan los dientes todos los días.
No entiendes por qué el auto, en lugar de saltar,
obediente, las boyas que te separaban del camino,
ha rebotado contra ellas como si fuera un inútil
juguete de hojalata, y, habiendo embestido el muro
de contención, ahora responde a un mandato ajeno a
ti. No adviertes la fina lluvia de cristales. Con
cada vuelta, todo cambia de lugar, se reacomoda,
como en un caleidoscopio.
Tal vez gritas, pero no tienes forma de saberlo.
Los sonidos no existen. La adrenalina tiene a raya
al pánico, y tu mente reconoce la posibilidad nula
de tomar control. Lo único cierto es que giras. Que
nada puedes hacer. Porque a este vértigo, el recibo
de la luz, los zapatos viejos y las comidas balanceadas le tienen sin cuidado.
Con cada giro, todos los objetos suspendidos
ocupan un espacio distinto, adquiriendo una relevancia diferente. Se reacomodan formando cuadros
improbables. Las sonrisas de tus hijas, el mar, tu
trabajo y la desesperanza se intercambian por tu
cocina, el frío, un beso y la luna. El calor que
143
sientes cuando logras que las palabras adquieran
nuevo sentido se mezcla con la frustración de caer
en los mismos errores. La frescura de sentirte amada se entrevera con un olor impregnado a soledad.
La certeza de cumplirte todas las promesas que te
has hecho, con los pretextos.
De pronto, los cristales integran una imagen de
armonía, luz y encuadre perfecto tal y como tú la
hubieras querido pintar. Pero en cuanto estiras la
mano para atraparla todo gira otra vez y descubres que no te pertenece. Revives la experiencia
de creer que has encontrado la clave que a todo da
respuesta, para descubrir que ese código mágico es
un espejismo, una ilusión perseguida por tu mente
para eludir las verdades azarosas.
Quisieras estallar. Romper el cuadro del que te
has vuelto solo un detalle de color. Pero la emoción de volar, de estar suspendida en el aire sin
destino cierto, te impulsa. Te dejas ir. El vértigo, que era nudo, se libera volviéndose cosquillas.
Ahora, en lugar de estallar, quisieras ser pintura.
Te dejas ir. Te vuelves arcoíris.
El auto aterriza. Sabes que te encuentras a media
autopista. Que de un momento a otro un conductor
cualquiera puede arremeter contra ti. Nada sucede.
Un espacio indefinible de tiempo se las ingenia para
escurrirse de la calamidad. Llenas tus pulmones con
más aire del que habías pensado que pudiera caber
en ellos. La lluvia de cristales descansa silenciosamente a tus pies. Sabes que artesano alguno será
capaz de reconstruirlos para formar el vitral que
tú imaginas. Pero no importa; respiras, y eso es
todo lo que necesitas para dejarlos atrás.
144
El libro
por Laura Hernández
No tengas miedo, no te soltaré, tus manos se
unirán a las mías de una manera indivisible. Cierra
los ojos, confía en mí, te llevaré a un lugar único
e irrepetible que verás y sentirás por primera y
última vez, donde conocerás infinidad de seres, los
llegarás a conocer más de lo que se conocen ellos
mismos; algunos serán perfeccionistas, irritantes,
optimistas; otros podrán ser inquietos, mentirosos
o maléficos; quizá encuentres a alguien que se parezca algo a ti, pero recuerda que esto es solo de
paso.
Podrás viajar a cualquier lugar, no habrá fronteras; te llevaré al helado Polo Norte donde sentirás el frío calar en tu cuerpo, al silencioso
desierto del Sahara donde el sol será tu único
acompañante o a las frondosas selvas de América
donde el color verde te perseguirá durante días; el
destino lo eliges tú.
El tiempo ya no será un rival; no habrá pasado,
ni presente, ni futuro.
Te guiaré por mil y una situaciones, pero no temas, sabré esquivarlas.
Caballeros luchando con sus enormes espadas de
acero, aventureros en un busca de algún tesoro escondido…, conocerás el secreto mejor guardado y
sabrás de antemano quién fue el asesino.
145
Reirás, sentirás amor, temor, complicidad, alegría y tristeza.
Durante muchos días seré tu mejor amigo, y, si
quieres, también podré ser el de muchos más; aguardaré impaciente a que alguien se decida a adentrase
en mi mundo.
Puedo ser tu acompañante en el tren, o quien te
de las buenas noches; tú decides cuándo volver.
Este trayecto no tiene fecha exacta de fin, tú decides cuándo es el fin, y cuando lo decidas te tendré
que soltar y dejarte ir, pero no te preocupes, si
lo deseas, otro viaje pronto emprenderás.
146
A mi hija
por Luciana Popovich Crnojevich
Me dibuja y desdibuja
la escritura.
Me envuelve y desenvuelve
con ternura.
Me llama y me despide
con un beso
que no llega a mi cintura.
Me aclama y me reprocha
con sus ojos
de mesura.
Me emociona y desenfrena
con su ser,
que es todo frescura.
Me rompe y me lastima
con sus lágrimas
de armadura.
Me seduce y me desborda
con sus gestos
de aventura.
Me serena y se armoniza
con mi canto
que es de cuna.
Me enamora
con su alma
que es mi amor
y mi locura.
147
Ella
por Luciana Popovich Crnojevich
Y si ella acude a ti,
romántica, seductora,
inoportunamente suave,
para alejarte de mí,
y de ti.
Pueda darse por enterado,
compañero,
que no le temo,
no le temo,
aunque no quisiera yo
que sus letras me abandonen,
aunque no quisiera yo
sentirme tan desnuda en las largas madrugadas,
y aunque no quisiera yo
oler la soledad de mis mañanas,
entre mis sábanas arrugadas.
Pero no le temo,
no le temo,
porque esto que hoy nos une
va más allá de la vida,
y está también allí fuera, en la muerte,
porque cuando dos almas se miran
dejan sus cuerpos para siempre.
Así que, compañero, sepa usted,
no temo a que la muerte se lo lleve,
pero por ahora,
le ruego que se quede.
148
-Utopíapor Luis García Serrano
Que me duele verte así,
misma adusta perspectiva,
no permite que tus brechas
sean cerradas, sean cosidas.
De pestañas adentro sueño,
perennizar en tus rutinas,
volver tu pecho permeable,
dormir contigo de por vida.
Y conseguir en fatuo intento
que tus hilos sean mis hilos,
y que se cosan, lentamente,
mi saliva y tus sentidos…
149
-Utopíapor Àngels Torra Rial
Está oscureciendo, un aire gélido sopla con fuerza. Mis pasos se aceleran, atravieso el puente de
piedra; el sonido del agua hoy no me tranquiliza.
Llego a una calle estrecha; sus casas viejas y
oscuras me parecen fantasmas. La tenue luz de las
farolas acompaña mis pasos. Al final de la calle,
la veo: una gran puerta de madera con un hermoso
picaporte de hierro.
Al llegar delante, un escalofrío me recorre el
cuerpo, y no es precisamente por el helado ambiente
que reina esta noche. Llamo al picaporte, los golpes resuenan en el interior, unos pasos lentos, un
suave roce al correr la rejilla, unos ojos oscuros
me observan detrás de ella; finalmente, la puerta
se abre.
Una mujer de edad indefinida y facciones dulces
aparece detrás de la misma. Un gesto con la cabeza
me indica que pase. Lo que se abre ante mis ojos,
tras cruzar el umbral, me deja atónita… ¡Estoy en
una preciosa y antigua sala de cine!
La mujer me acompaña hacia el patio de butacas y
me indica que tome asiento. Las luces se apagan y
en la pantalla aparecen unas imágenes que me sorprenden.
Con una dulce música de fondo, en un primer plano, me veo a mí misma sentada en la arena de una
150
playa, leyendo un libro, mientras una suave brisa
acaricia mi pelo. Al fondo, una casa de madera con
grandes ventanales.
Cambia la escena y me veo dentro de la casa, en
una estancia llena de libros, con un escritorio
donde estoy escribiendo en el ordenador. En la siguiente escena estoy en un acto público presentando
un libro… ¡un libro del que yo soy la autora!
Otra escena, esta vez en la casa, rodeada de mis
mejores amigos, celebrando algo. En la pantalla veo
mi cara que refleja felicidad. Mis amigos me abrazan, me besan, brindamos. La imagen de la pantalla
se va difuminando hasta desaparecer.
Se encienden la luces del cine y me siento perpleja; lo que acabo de ver son… mis sueños, mis
utopías, mis deseos. ¿Cómo puede ser? Estoy sorprendida, pero verlos plasmados en la pantalla me
ha llenado de una fuerza que antes no tenía.
Sé que los sueños se pueden hacer realidad, que
todo depende de uno mismo. Quizás no llegue a tener
una casa al lado de la playa para poder leer sentada
en la arena, con una biblioteca llena de libros y
un escritorio con vistas al mar donde poder escribir mis obras. Pero lo que sí tengo es motivación,
ganas de trabajar y grandes amigos con quienes compartir mis penas y mis alegrías.
Me levanto de la butaca y miro a mi alrededor;
no veo a la misteriosa mujer por ningún sitio. Me
dirijo a la puerta, salgo a la estrecha calle. Las
casas ya no me parecen tan fantasmagóricas, la luz
de las farolas es ahora más clara y el aire más cálido. Camino con paso firme y decidido.
En cuanto llegue a casa, empezaré a escribir.
151
Aún
por Manuel Vega Palma
Aún retumba la multitud
como un eco lejano,
como tambores rasgados
de cuarteada piel humana
en las sienes ausentes,
solitarias y tímidas.
Aún quema el sol
después de lo oscuro,
y los disimulados párpados
bailan una silenciosa letanía
oculta entre voces
y risas grotescas.
Aún los protectores bolsillos
alojan unas manos inciertas,
buscando la verde firmeza
de un fugitivo aplomo
aterido, escondido
entre las costuras más internas.
Aún vacila el débil
dibujo de una nueva sonrisa
incolora y perdida.
Aún se amagan los dientes
medrosos y apretados.
Aún se traga saliva.
152
Pero, al fin, me agarro a tu mano,
esa puerta amable y libre,
y ponemos distancia
alejándonos montaña arriba,
acurrucándonos al silencio,
sin que nadie nos lo prohíba.
Y es que…,
aún estás tú…
Aún estás tú.
153
Hoy, ayer, Ruanda
por María Cendán
Recuerdo que era un tres mayo de un no tan lejano
mil novecientos noventa y cuatro. Sabía que, a partir de ese momento, el periodismo dejaría de ser un
entretenimiento para mí, llegando a ser un intento
de mostrar una realidad que marcaría mi vida. Me
llamo Paul. Soy periodista. He llegado a los treinta soñando con ser un presentador de fama. He pasado de los treinta queriendo dar voz a los que han
silenciado un día por el color de sus ojos. Ruanda
fue el lugar donde descubrí el brillo de una tierra
que encubría entre su polvo al horror del ser humano. Dos grupos étnicos enfrentados. Hermanos que se
mataban porque sus rasgos eran diferentes. Familias
destrozadas.
Parecía estar viviendo una obra de teatro sacada del dramaturgo más esperpéntico que hubiese conocido. Las palabras no podrían describir el olor
a odio y la impotencia dibujada en las miradas de
aquella gente que no sabía por qué luchaba, pero
mataba. Empecé a caminar por los senderos de la
ciudad cuando, de pronto, me encontré a una niña
tutsi con mirada perdida. Me cuenta que la acaban
de violar. Se llamaba Tamar y ha perdido el habla.
No sabía qué decirle. ¿Qué se puede dar a una niña
que le han robado el derecho a la infancia?
Seguí caminando y, al entrar en una casa, una familia
comía lo poco que habían podido traer. Bulabula, la
154
joven de la familia, me acercó un plato. Sus ojos
no se separaban del suelo. Había sido apresada por
las fuerzas hutus. Era una prisionera de guerra
sometida a la tortura y a una incertidumbre sobre su
final que solamente se aliviaba con la esperanza de
que acabase pronto. El abuelo de Bulabula, Mogambo,
había sido un refugiado durante la matanza. Salió
del país que lo había visto nacer para descubrir,
años después, una tierra en la que no había vida.
El cinco de diciembre de mil novecientos noventa
y cuatro, acompañado por John, miembro de un misión
de la ONU en tierras ruandesas, entro en territorio hutu. Allí conocí un hombre que entre sus manos
había tenido el destino de millares de vidas. Se
llamaba Pierre. Siempre venía acompañado de su mano
derecha, el teniente Serrant. Pierre marcaba con su
mirada a aquel que se atreviese a contradecirlo,
y Serrant apretaba el gatillo. Nadie había tenido
la opción de hacerles frente, y eso les hacía más
fuertes.
Salí corriendo de aquel lugar. Su mera presencia
me traía a la memoria las imágenes de violencia y
dolor que tantas veces había visto en mis clases de
periodismo. Gente como ellos eran los culpables, y
quién sabe si en algún momento se haría justicia.
Mis pasos me llevan a un hospital de campaña.
Justo en ese momento llegaba un coche del Samur,
seguido por dos miembros del CICR, Marta y José
Juan. Ellos me explican cómo llevan el día a día
en un lugar que sobrepasa la crueldad. De repente,
aparece un militar vestido con un traje de camuflaje. Parece que nadie se inmuta hasta que levanta su
arma y dispara a dos hombres que estaban en medio de
sus pasos. Se llama Joaquín y es el peón de Pierre y
subordinado de Serrant. Mis labios son incapaces de
balbucear una palabra, pero alguien lo hace por mí.
Una voz radiofónica se escucha desde el transistor
155
de un niño que se esconde debajo de una camilla. La
que se escucha es Nowamba, periodista de la radio
de las mil colinas y temida por todos. Sus palabras
eran dardos que herían, que mataban. Su testimonio
era la retransmisión de aquellos que tenían entre
sus manos los hilos de la tragedia. Su único objetivo era difundir el mensaje de odio sobre el
enemigo. Su medio era la radio; su instrumento, la
palabra; y su deseo, el miedo.
Cerré los ojos y prometí. Prometí que mis palabras nunca harían marcar con dolor la piel de
nadie. Prometí que el periodista que yo llevaba
dentro nunca difundiría un mensaje en el que no
creyese. Prometí que la realidad que estaba viendo
no quedaría silenciada. Prometí que el humanismo se
volvería humano y que el culpable vería su destino
entre las manos de la justicia.
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Ojalá que la espera no desgaste mis sueños
por María Mercedes Mason
¡Qué calor! En la playa Fernando de Noronha, en
Brasil, después de haber caminado por la selva,
cansada. Tirarme en la arena. Mirar el cielo despejado. Por suerte, en la playa solo estamos mis amigas y yo. No hay nada que pueda arruinar el momento,
ni siquiera una amistosa guerra de arena.
Estoy en la orilla, tranquila, cuando alguien me
llama; me están empujando ahora, ¿qué pasa?
–¡Ghia! ¡Ghia! ¿Estás acá? Ponte en tema, ¿qué
es lo que acabo de decir?
Historia. Odio esa materia, pero por lo menos
hoy no me quede dormida…
–Disculpe, profe, no estaba prestando atención
–otra cosa no puedo decir.
Siempre pasa lo mismo, no puedo dejar de soñar
con que los chicos me quieren, con que soy hermosa.
Supongo que será para subir mi autoestima, la cual,
hasta hace unos años, no estaba muy arriba que digamos. Félix, uno de mis mejores amigos, me mira
con cara rara. Está sentado al lado mío; ahora me
pregunta si otra vez volví a soñar con tierras no
tan lejanas de donde estoy, pero que posiblemente
nunca pise.
¿Ilusiones falsas? Me encanta, supongo que me
atrae pensar en cosas que no voy a tener, o que
nunca van a suceder; desear momentos y objetos que
157
no existen, o parecen inalcanzables. Desde mi lugar, sentada al lado de una ventana, con mi carpeta abierta, lapicera en mano, estoy mirando a una
mujer alta parada en frente de la clase, con el
pelo quemado de tanto plancharlo, pero necesito una
buena excusa para distraerme, y esa es torturarme
con anhelos.
Fantasear con viajar por el mundo: andar en barco por las calles de Venecia, montar un elefante
en algún lugar de Tailandia, nadar con tiburones
en Australia, visitar las playas del Caribe, las
ruinas de Machu Picchu, y muchísimas ambiciones más
son cosas con las que normalmente me entretengo.
Tener un novio de España con el que pasar el tiempo
acostados en una hamaca paraguaya, al final de una
montaña… ¡BASTA! Estoy en historia, viendo la Revolución Francesa, no pensando en chicos y viajes.
Pero, bueno, por algo se empieza, ¿no? Comenzamos planteándonos proyectos, pensado en utopías,
nos esperanzamos y nos proponemos hacer todo lo posible por hacer realidad esas ilusiones. Queremos
escapar de la realidad que nos rodea y buscar nuevos límites, nuevas tradiciones. Las fantasías nos
dan propósitos para vivir, trabajar, amar, caernos
y levantarnos.
¿Y por qué no valoramos lo que tenemos? ¿Qué pasaría si pudiésemos hacer todas las cosas que nos
proponemos? ¿Llegaríamos a conformarnos? ¿Por qué
nos aburrimos tan rápido de nuestro derredor? Queremos cosas que no tenemos, que no tuvimos pero que
puede que tengamos en algún momento de la vida. Y si
no llegamos a tenerlo, va a seguir siendo nuestra
imaginación un buen recurso para fingir que lo poseemos, porque la imaginación es algo que no acaba
nunca si la ejercitamos, es nuestra única vía de
escape del mundo real.
158
Algún día
por Maribel Segado Martínez
La suave brisa, acompañada del aroma de la sal
marina, juega atrevida con mis cabellos. Peleo con
ellos para que me dejen observar el horizonte y
vislumbrar cómo el sol se retira hacia su descanso
nocturno, perdiéndose bajo el océano. Se despide de
mí a través de sus últimos rayos.
Otras manos conocidas me ayudan y anudan mi pelo.
Le miro y le sonrío. Me mira y sonríe, con esa sonrisa que hace eclipsar cualquier lugar, cualquier
pensamiento, cualquier otra cosa que no sea él.
–Es hora de entrar –me dice, mientras me conduce hacia dentro. El débil silbido del girar de las
ruedas sobre la madera ya apenas me molesta y pienso que otro día ha pasado, otro día más. Aún no he
perdido la esperanza. Y sé que él tampoco.
«Algún día, sí, estoy segura de que algún día
podré volver a caminar».
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Y yo aquí, echándote de menos
por Marta García-Pons
Si es que la cosa está muy mal, que todo el mundo
lo dice. Todo el mundo, todo. Cada día, cuando salgo a pasear, ya sabes, esa caminata de rutina, ¡ay!
¡qué triste me pongo! Camino y solo veo miradas
perdidas, de esas que siguen a un sueño roto. Tal
vez una mueca gruñona de hastío, de desesperanza,
llama más mi atención, y la verdad es que me parece
percibir más felicidad en las palomas. Y mientras,
yo, aquí, pensando en ti.
Tengo la sensación, a veces, de que realmente
voy a caer en ese pozo, ese túnel sin luz al final
que te dice que no vas a ser mucho más que un ente
existente el resto de tu vida. ¿Qué nos han robado? ¿Realmente pueden arrebatarnos la esperanza o,
simplemente, depende de nosotros? Un empujón de alguien muy enfadado con quien me cruzo en el camino
me sacude de nuevo y mi fe vuelve a ser trémula.
Pero es que te echo de menos y me acuerdo mucho de
ti. ¡Ay! ¿Qué sé yo? ¿Soy una ilusa y voy a darme
el morrón, como tantos me dicen, o es este el camino correcto y sin duda saldré adelante? Hay quien
me apunta que solo el miedo puede paralizarme, y es
que ¡no puedo evitar creérmelo!
Camino y camino, y observo. Y me gustaría regalar, a veces, mis ojos para que todo el mundo viese lo mismo que yo. ¡Cuánta belleza oculta! Está
delante de nuestras narices, pero la nube negra de
160
la rutina no nos deja verla… Veo los brotes verdes
entre el gris del asfalto, esas flores que cuelgan
como racimos de los árboles, los dibujos que el
viento hace en ese ciprés solitario, calcando un
cuadro de Van Gogh… «¿Es posible que todo esto no
sea visible? ¿Y de qué me sirve sentirlo?», me preguntan, pues ya asumen que vivo en mi mundo feliz e
irreal… Pero yo respondo: «¿Es esta vida realmente
vida sin toda esa beldad? ¿No es acaso un regalo?».
Tú me lo enseñaste, me revelaste el secreto para
ver toda esa magia.
Dos almas solitarias se tuvieron que encontrar.
Llevándome de la mano esas frías tardes de sábado,
me mostrabas todos los secretos que solo un espíritu verde y salvaje sabe. Y pasamos tanto tiempo
acompañándonos en nuestra soledad, y tanto se me
grabó que no puedo evitar ser lo que soy. Lo mismo que tú. Y así conozco la belleza, y tengo esta
esperanza y el anhelo de un sueño en mi corazón,
perdida, sin ningún remedio que me pueda curar.
Hace más de un año ya que te fuiste, y sin embargo cada día me das la mano al despertar para
levantarme y seguir luchando por lo que quiero. Sin
quererlo, me llenaste de utopías que, poco a poco,
van realizándose, y no me cabe duda de que allá
donde estés lo ves, sonríes, pícara, y te sientes
un poco más orgullosa de mí, mamá.
161
Un reto intangible
por María Elena Sánchez Álvarez
Desde hace unos meses, mi subconsciente, durante
la noche, acogía sueños, ilusiones e imágenes plenas de felicidad.
En ellas, veía a un hombre satisfecho de la vida,
con una esposa enamorada y con dos hijos envidiables. Recordaba lo difícil que había sido conquistarla. Entonces, ambos estudiantes, nos resultaba
tan lejano alcanzar lo que habíamos llegado a conseguir… Tanto Ana como yo teníamos un buen trabajo,
los dos éramos profesores en la universidad. Veía
cómo pasaba el tiempo entre nosotros y me hacía feliz ver nuestra complicidad y ese amor que se iba
transformando en algo imprescindible para nuestras
vidas.
También aparecían mis hijos en esa edad difícil
de la adolescencia, y recordaba todas las horas de
juego que con ellos había compartido, viajes a la
costa, castillos en la arena, tardes de chocolate
con churros, cumpleaños en familia y un sinfín de
cosas más, sintiéndome el hombre más dichoso del
mundo por haber vivido esos momentos inolvidables.
En las imágenes aparecía también la familia. Recordaba la última celebración de las bodas de oro
de mis padres. Era estupendo ver la armonía que
existía entre nosotros. Me preguntaba si esto ocurriría en todas las familias.
162
Pero hoy, cuando desperté, no recuerdo haber soñado nada.
Al mirarme en el espejo, he sentido un escalofrío que me ha dado miedo. Me pregunto por qué,
teniendo todas esas cosas que aparecían en mis sueños, aún no he conseguido ser feliz.
163
-Utopíapor María del Carmen Camiña Vázquez
No tenía sueño, así que dejé a mi compañero profundamente dormido y subí al ático. Abrí una de las
ventanas del tejado, me tumbé y observé el firmamento. Un cielo negro y lleno de estrellas que brillaban sin parar. Sabemos que, aunque no las veamos
aquellos días en los que las nubes las tapan y nos
impiden disfrutar de su brillo, siempre están ahí.
La felicidad también es tapada por nubes de dificultades y sacrificios, pero eso no significa que no
exista. También está, como las estrellas, esperando
a que la destapemos para disfrutarla.
Si cada estrella representase un deseo diferente, y cada persona pudiese escoger formar una constelación, nos daríamos cuenta de lo diferentes que
somos a la hora de buscar la felicidad. A unos les
bastaría con un par de estrellas que brillasen con
amor para disfrutarla; mientras que otros necesitarían todas las estrellas, y ni así encontrarían la
felicidad, porque las taparían con negras nubes de
ambición y egoísmo.
Envuelta en aquella paz nocturna, con el canto
de los grillos como música de fondo, dejé que mis
pensamientos divagaran entre nuevos y viejos mundos, entre estrellas que nacen y estrellas ya muertas, de las que aún podemos ver sus últimos destellos. Pensé en lo pequeños que somos dentro de la
inmensidad del Universo; en lo maravilloso que es
164
sentirlo y disfrutarlo; en lo corta que es la vida
y lo poco que, a veces, se valora y se disfruta; en
lo idealizada que está la felicidad; en lo inaccesible que parece cuando la realidad es que mora en
nosotros, esperando a que la encontremos en cada
persona a la que admiramos y amamos; en cada día de
trabajo bien hecho; en cada momento que vivimos… Y,
entonces, pensé en todas las personas que forman o
han formado parte de mi vida, en los momentos que
he vivido, en cada logro conseguido, en cada paso
que he dado para llegar adonde he llegado, en cada
momento disfrutado…, y sonreí… Quizás, la felicidad tan solo consista en vivir con intensidad todos
aquellos momentos que te hacen sentir bien contigo
misma… Carpe diem.
Y, en la soledad de la noche, me sentí acompañada por miles de personas que buscan la felicidad
en cosas tan sencillas como el mero hecho de estar
allí, tumbada en el suelo y disfrutando de la tranquilidad de ese momento, de la inmensidad del Universo y los buenos recuerdos… Fue, entonces, cuando
descubrí la felicidad que mora dentro de mí.
165
Tan lejos, tan cerca...
por Miguel Ángel Pezoa Zúñiga
Cada cierto tiempo, tu imagen se hace recurrente
en mi memoria; tu mirada, tu sonrisa, tu rostro se va
adueñando de mis recuerdos. Vuelves en cada nota de
aquella canción, que tantas noches tuve que escuchar
a solas, mientras las sirenas de la policía secreta
circulaban en silencio por las calles de Santiago.
El saber que estuviste a una llamada de mí, antes de partir a ese viaje que solo se hace una vez
y no tiene regreso; saber que estás tan cerca de mi
casa y no poder verte…, ¿cuántas veces te recordaré
y cuántas más deberé volver a olvidarte?
Los pocos días que compartimos ese año en que
todo era hoy, no teníamos seguro el mañana, vivíamos los minutos a mil por hora las veinticuatro
horas del día, éramos tan frágiles y tan fuertes a
la vez…; la noche podía caer en cualquier momento,
las vidas de nuestros amigos no estaban aseguradas,
tampoco la nuestra…; pero ahí estábamos, luchando
contra la tristeza de esa dictadura, jugando a ser
felices, a amarnos; jugábamos a vivir y triunfamos.
Soledad, cuántas veces sentí tu mano en medio
de alguna marcha, al calor de una protesta; cuántas veces eran tus ojos los que miraban durante la
noche cuidando mis pasos…; en cuántas canciones te
canté; en cuántos escenarios te nombré.
Tan cerca estás hoy, y tan lejos te has ido;
tu voz retumba en mis oídos, y tan silenciosa has
166
quedado; tan luminosos se ven tus ojos, y tan
apagados los dejaste… Soledad.
Cuando quieras visitarme en el silencio de la
noche, la misma que nos cubrió aquel día de reencuentro, cuando fuimos dos nuevamente, y la ciudad nos recibió en sus entrañas, cuando te di mi
insignia de las Juventudes Comunistas para que me
recordaras. Si puedes visitarme, cruza mi camino en
silencio, solo yo te veré, como ese día en Alameda
con Mac Iver… Ahí estabas, silenciosa, sola, triste
y con tu mirada perdida, hermosa, intacta… Eras la
niña hermosa de esos años de fines de la dictadura.
Soledad, quizás estuviste a una llamada de mí,
quizás hoy estás a unas cuadras de mí…, pero estás
en cada momento, en cada nota de aquella canción,
en cada verso de los muchos poemas que te escribí y
nunca lo supiste; estás en cada lágrima de nostalgia que rueda cada cierto tiempo… Quizás estuviste
a una llamada, quizás…, quizás.
Aquel año, septiembre comenzaba contigo y tus
ojos iluminaron todo el mes, desde aquella tarde al
salir del liceo; la avenida Matta nos acogió, y durante esos días fue nuestro cómplice cuando, de la
mano, iniciamos el caminar compartido… Soledad, no
sabes cuánto te extrañé durante tanto tiempo, cuánto me duele tu nombre y cuánto has vivido en mí. El
siguiente escrito lo hice hace muchos años atrás…,
no sabía que algún día tendría tanto de real:
«Soledad,
no están tus ojos
y una vez más, lloras
en rostro ajeno
que invierte… tu sonrisa.
Soledad
de manos frágiles azules,
me abrazas fría…».
Soledad, estás tan cerca de mí y tan lejos… Ojalá
hubieses hecho esa llamada aquel día antes de partir.
167
Donde creas
por Nenu Rubn
Sentado en lo más alto, él no dejaba de observar.
Entraban multitud de personas que pedían, rogaban
o se arrepentían. Un día, él me invitó a observar. Siempre me intrigó cómo se vería todo desde
aquel lugar. Me había reservado una silla, y allí
me senté. Cogí un zumo de una pequeña nevera que
había justo al lado. Entonces, comenzó a hablarme
de aquellas personas: «La señora de negro anduvo
descalza casi dos kilómetros en señal de sacrificio», «la joven de la mochila viene todos los días
al salir de clase», «aquel otro hombre lo deja todo
para encontrar un hueco y venir a visitarnos».
–Entonces, ¿están todos salvados? –le pregunté–,
¿tendrán una silla como esta y un zumo en la mano?
Se levantó en ese momento y, después de dar unos
pasos, me dijo:
–Solo cuando sepan que no con venir es suficiente
–ante mi gesto de desconcierto, siguió explicándome–: Cuando vienen a pedirme, pienso: «Yo no puedo
hacer nada por vosotros, sois vosotros los únicos
que podéis hacer algo por vosotros mismos».
–No acabo de comprenderte –le dije.
–Mírate a ti y piensa en cómo eras cinco minutos
antes de tu accidente: no creías en mí. Pero a mí
eso no me importó, ya que siempre creíste en ti. Y
por eso hoy estás sentado a mi lado.
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Mírame a mí
por Melina Álvarez
Mírame a mí con la misma coquetería de un chiquillo al hablar, clava tus ojos donde los míos con la
misma fuerza, emprende para mí también la conquista
donde mi ser desfallezca; ojos que destilan seducción, clava los tuyos en los míos.
Mírame a mí con la misma intensión de seducirme,
sopla sobre mi cuerpo con tus pestañas y encántame
con ellas, haz que de tus labios brote la cadencia
de tus palabras, embrújame con ellas hasta que mi
cuerpo entero se derrita.
Mírame a mí y escucha cada sílaba con la misma
atención que al resto, escudriña en mis oraciones
y presta todos tus sentidos lo mismo que al resto,
escúchame decir cada palabra, siente mis deseos lo
mismo que a otros; sonríe al hacerlo, halla en mí
lo mismo que en el mundo encuentras.
Mírame a mí, sigue el contorno de mi cuerpo con
esa misma mirada, mira y vuelve a hacerlo mientras
mis muslos andan lo mismo que al resto, deséame al
mirarme, pues lo que ves te ha sorprendido, mírame,
corre por mi cuerpo con ese mismo deseo.
Mírame a mí, hazme sentir que el mundo se aleja.
Energía que brota entre tu pecho, roba mi aliento, abre tus ojos expectante, lo mismo que con el
mundo; hazme sentir lo mismo que a él, mírame a mí.
169
-Utopíapor Pedro Gamarra Anguiano
Ese día de mayo pensé que podía ser verdad, que
esta vez sería de verdad, ya no dolía la herida
del pasado; el tiempo la había cerrado y ya no dolía aunque la rozase con antiguas imágenes de cómo
fue.
Sentí que una pared se había interpuesto entre
mi pasado y ese día, una pared que separaba lo
que fue y lo que sería mi existencia; sentí que
podía existir alguien que volviera a iluminar mi
vida, una persona que fuera diferente, distinta,
una persona que a los pocos minutos de estar junto a mí, y solo con tocar mi mano con sus dedos,
hiciera que cada terminación sensitiva de mi piel
se tensara cual arco a punto de lanzar una saeta
y clavarse en el punto exacto donde mis ojos se
sentían incapaces de retirarse.
Era fresca, risueña, pizpireta, pero firme; era
clara, segura, directa, pero reticente, quizás porque también tuvo una herida, o mejor dicho, tenía
una herida que todavía sangraba. Pero los dos teníamos la misma ilusión, por eso estábamos ahí,
buscando algo diferente si existía, encontrar algo
que nos hiciera ver que el pasado fue un error y
que todavía se puede ser feliz, que todavía existe
ilusión entre un amanecer y un anochecer; por eso
estábamos allí, haciendo de esos minutos un prólogo
de una gran historia.
170
Lo di todo, lo reconozco, no me importó; lo hacía porque era feliz haciéndolo, porque veía su
cara iluminada y sus ojos brillar, porque la veía
feliz, porque su preciosa sonrisa, de parecer hueca
y fría, pasó a ser un arcoíris de vida y frescura.
Lo di todo y no reniego de ello: di mi tiempo, mi
compañía, mis pensamientos, mi seguridad, mi apoyo,
mi… todo; y hasta le di lo que ella me pidió: le
di su espacio, su tiempo, su espera, sus ilusiones
y sus metas. Nos enseñamos lo que no sabíamos y
aprendimos lo que ignorábamos. Yo fui feliz siempre; creo que ella a momentos.
Y, como pasa cuando te lanzas por una ladera
sintiendo solo la frescura del aire en tu cara,
súbitamente te das cuenta de que en esa ladera hay
piedras ocultas, que de repente, y sin saber cómo,
empiezan a sobresalir. Oh, ciego de mí, de nuevo
tropecé, de nuevo no las vi, de nuevo caí y la sangre fluyó.
La ilusión, el sueño y la esperanza de un amor
diferente desaparecieron; la ilusión de que mis «te
quiero» recíprocos «te quiero» son se esfumó, y
solo quedó, de nuevo, ese amargo sabor de corazón.
Pero ¿sabes, Universo…?, cada anochecer no perderé ese sueño de encontrar una mano, una mirada y
un te quiero que nunca más me hagan sangrar; y cada
amanecer no perderé la alegría de que ese día será
el día donde a otra persona mi felicidad pueda regalar; y su vida de ilusión, sueños y esperanzas yo
pueda llenar, porque te prometo, Universo, que me
volveré a enamorar.
171
Eres lo que enseñas
por Miguel Ángel Carroza Barroso
Cortó la rosa pidiéndole perdón por arrancarle su
vida de un plumazo y la flor no opuso resistencia, simplemente le dio las gracias a Dios por la oportunidad
de experimentar esa preciosa existencia de planta.
Tenía tantos recuerdos… Parecía que había sido
ayer cuando abrió sus pétalos y sintió por primera
vez las caricias del sol y del viento. Y el agua.
¡Ah! Le encantaba recibir el rocío refrescante de la
mañana en sus hojas y sus nutritivas sales minerales
en las raíces. ¡Qué maravilla! La naturaleza es perfecta.
Era un ejemplar privilegiado y se sentía muy dichosa por ello. Desde su lugar en el jardín observaba a compañeras confinadas en macetas y ubicadas
en zonas oscuras de un patio sin arena. Le daba pena
pensar que aquellas nunca conocerían la libertad de
hundir las raíces en la profundidad de la tierra,
que nunca serían despertadas por los primeros rayos
del alba y, lo peor de todo, que algunas incluso
jamás verían las estrellas.
El universo era lo que más le fascinaba. Creía
que quien no ha visto nunca las estrellas no puede
comprender quién es él, realmente, por completo,
pues siempre quedará huérfano de una parte de sí
mismo. Ella había vivido noches increíbles en las
que le era imposible contar todos los astros que
resplandecían en las alturas.
172
Era hermoso ser parte de algo tan bello. Sabía
que para el Creador lo más grande no era más importante que lo más pequeño. Al final, todo se reducía
a un puñado de átomos, y cada átomo era sagrado
porque provenía de la misma fuente. ¡Cuánto amor
circulaba por el aire y se extendía a la velocidad
de la luz por el espacio!
―Te perdono ―le dijo a la mano que portaba la
tijera.
Estaba a punto de cumplir la misión de su existencia. Había decidido nacer como rosa para enseñar
amor y en pocos segundos su deseo se vería realizado.
Las flores de las sombras, que nunca habían visto
las estrellas, enmudecieron de miedo al ver cómo su
amiga era brutalmente separada de sus raíces. Moriría. Y temblaban imaginando que ellas podían ser
las siguientes.
Miguel se acercó, con sigilo, a la cama. No quería despertar al ángel que todavía dormía debajo de
las sábanas. Lo más importante de su vida descansaba serena y él quería ser lo primero que viera
cuando se abrieran sus ojos.
Llegó el momento. Uno, dos y tres pestañeos. Un
bostezo. Y la grata sorpresa de ser observada por
la mirada con la que había estado soñando.
―Te amo ―le entregó la rosa junto con un beso de
posdata en la mejilla.
―Yo también te amo ―tomó la flor y se sintió la
persona más afortunada del planeta.
Misión cumplida. Regresó a su hogar, satisfecha.
173
-Utopíapor Mihaela Valeanu
Un día me desperté con un deseo inmenso de conquistar el mundo, de encontrar la felicidad… ¡Una
tontería, y grande! ¿Qué mundo se tiene que conquistar para que se encuentre la felicidad? ¡Sencillo! Cada uno tiene que conquistar su mundo…, sí. Y
el mío está lleno de esperanza de que un día llegaré
a pintar mis sueños y a transformarlos en mi obra
maestra. Cada día que toco con mi pincel el lienzo
en mí nace alegría, una mezcla rara de euforia e
inquietud. Siento que dejo poco de mí en mis movimientos de muñeca y gano un poco de magia; y siempre, pero siempre, nace una sonrisa. Una sonrisa
bonita que quiero compartir con todos; tiene colores alegres y vivos, muy vivos, que a veces derivan
en un arcoíris y me cautiva, me llena y vibra en mi
corazón más fuerte con cada pintura, más armónica
con cada contemplación.
Sueño con soñar y plasmar el sueño en una imagen
que llegue en otros corazones que sonrían.
174
Un lugar lejos de aquí
por María Ramos Pérez
Afuera llovía y el cielo estaba de un gris plomizo. Sentada, con la cabeza apoyada en una mano, miraba a través de la ventana con ojos melancólicos.
Qué ganas tenía de que todo cambiara… De repente,
dejó de llover y el cielo gris dio paso a un cielo
azul con un sol brillante, sonrió para sí misma y se
dijo que esa era la señal que había estado esperando durante tanto tiempo. Se levantó, fue hacia la
ventana y la abrió. Se quedó allí de pie un rato con
los ojos cerrados mientras aspiraba profundamente
el aire húmedo, disfrutando del olor que la lluvia
había dejado tras de sí. Abrió los ojos y, con una
sonrisa en la cara, pasó una pierna por el alféizar
de la ventana y saltó al césped, todavía mojado.
Echó a andar sin rumbo fijo, lo único que quería era
alejarse de allí. Miró hacia arriba y vio pasar una
bandada de pájaros volando por el cielo. Se imaginó siendo un pájaro que volaba por encima de la
ciudad, sintiendo el aire en la cara, dirigiéndose
hacia un lugar lejano. Batía las alas suavemente,
meciéndose con la brisa, sintiendo, cada vez más
cerca, el aire cálido; y de pronto, ahí estaba,
bajo ella se extendía el mar. A lo lejos, el cielo
y el mar se fundían en un solo azul, el ambiente
olía a salitre, notaba cómo le recorría el cuerpo,
cómo la felicidad iba inundando cada parte de su
ser hasta llegar a su corazón que parecía a punto
175
de explotar. Oyó su nombre en la lejanía, pero lo
ignoró mientras seguía contemplando la inmensidad
del mar. En ese momento, se sobresaltó al notar que
alguien le tocaba en el hombro y volvía a repetir su
nombre; volvió la cabeza hacia su compañero mientras le pasaba la carpeta con el informe que necesitaba. Se enfrascó de nuevo en su ordenador y, a
la vez que la lluvia golpeaba la ventana, se decía
a sí misma que muy pronto todo cambiaría.
176
-Utopíapor Natalia García Martínez
Lo siento, sé que no debí haberlo leído. No era
mi intención, ya me conoces.
Deambulaba por la casa, como hago últimamente;
nerviosa, como gato enjaulado buscando algo…, una
pista que me ayudase a resolver esto de una vez….
Sabía que en estas cuatro paredes, que tanto nos
conocen, que han sido testigos mudos de mis lágrimas, encontraría la respuesta, y fue entonces cuando vi la nota, enterrada entre un montón de papeles
desordenados, en tu carpeta verde.
Era un papel más, algo que, seguro, ni recuerdas
haberlo escrito; pero ya ves, ha pasado mucho tiempo desde entonces y ahora, la protagonista, lo está
leyendo emocionada. Déjame que te transcriba unos
párrafos para hacerte recordar:
«(…) Amor, ¿me dejarán llamarte amor? Porque eso
es lo que eres, mi gran amor. Por fin has llegado.
Has tardado, pero ya estás aquí, dentro de mí, como
un milagro. Tu padre te habla cada noche, hacemos
planes sobre tu futuro, tu nombre, la decoración de
tu habitación… Todo gira en torno a ti, personita pequeña. Nunca pensé que mi amor por él pudiera
engrandecerse, y ahora puedo afirmar que se ha multiplicado. Soy feliz por tenerle, por tenerte, por
ser tres. No sé cómo voy a poder aguantar la espera
de nueve meses para verte».
177
Durante todo este tiempo no me lo has puesto
fácil, y nunca te he pedido nada, he sido una hija
ejemplar, pero ha llegado el momento de decir basta
porque yo también tengo un deseo, un inmenso deseo:
poder disfrutar de mi padre sin tus reproches, sin
tus malos gestos, sin tu rencor. Necesito encontrar
en ti algo, minúsculo, de lo que te hizo ser un día
la mujer excepcional que me dice él que fuiste.
178
Sueños, deseos, ilusiones y esperanzas
por María Natalia Kraus Amarillo
Sueño que deseo
una ilusión que me colme de esperanza.
Es, en sí misma, la esperanza,
soñar que se desea.
Es humano pretender cumplir con los anhelos,
tan humano como temer,
al mismo tiempo, que se cumplan.
No existe ilusión que no sea temida,
siendo el miedo a perder,
la única ilusión,
pues no se extravía lo aún no conseguido.
Deseo la esperanza: no dejar nunca de soñar.
No importa qué sueño
mientras el soñador siga despierto.
No importa el deseo,
sino la ilusión que la alimenta.
Espero al límite de mis huellas dactilares,
que no escapen los sueños
ni la vida, soñando.
Tierna es la vida y crueles sus complejidades.
Que me sorprenda insomne la esperanza.
El alma joven se viste de afanes.
El alma sabia se desnuda de fracasos
y respira la belleza de lo simple.
Me ilusiona tu almohada y la mía.
El amor es lo único que siempre basta.
179
Ella
por Nazarena Araceli Palma
Ella no era una más del montón. No, no. Ella era
especial. Era de esas personas que te cruzas en el
camino solo una vez y que desordena tu vida para
luego acomodarla a su gusto. Gusto que, obviamente,
al final también se convertía en el tuyo, porque tenía una deslumbrante habilidad para incitarte a ser
esa persona que siempre quisiste ser, pero a la que
siempre temiste. Porque ella era así, era un sueño
en sí misma, o una pesadilla, o un sueño… ¡Sí! Definitivamente era un sueño de mil colores; y de un
sueño como ese era muy difícil querer despertarse;
era imposible no enamorarse.
Estar con ella era…; era como fumar bajo la lluvia; era arriesgarse a morir lentamente bajo un
cielo nublado que, de repente, rebosaba de luz ante
tus ojos, pero que nunca dejaba de estar cubierto
de nubes; era sentir el dulzor del más amargo de
los tragos; era encontrar el calor en un invierno eterno; era toparse de frente con la perfección
de lo imperfecto; era saltar al vacío sabiendo que
tendrías el peor de los aterrizajes, pero creyéndote capaz de volar, pues ella era alas también:
tus alas.
En fin, era poder darle sentido a esas contradicciones del camino, porque era ella la mezcla justa
entre imaginación y realidad.
180
Pero algo la opacaba, algo no la dejaba ser. Vivía pero no vivía, pues era imposible saber quién
osaba soñarla, quién era aquel que le regalaba ese
presente a medias, pero que nunca despertaba de su
letargo para tomarla en sus brazos y jamás dejarla ir. Quién era aquel, con esos miedos de adulto,
pero con esa sonrisa de niño, que no podía apartarla de su mente, pero a la vez no tomaba el valor
suficiente para hacer de su sueño una verdad. Temía.
Temía que ese momento no llegase nunca, ese día en
el que él vencería sus propias barreras para dejar
que la vida los envolviera juntos.
Sin embargo, ese día llegaría, él lograría despertar en un preciso instante lleno de magia, en
el cual sus miradas se encontrarían y ella dejaría
de ser solo un sueño para ser, simplemente, la más
dulce de sus realidades.
181
Ese don
por Nuria Gil Inés
No tengo claro en qué momento surgió en mí el
anhelo. Debía andar por los doce o trece años. Sí,
recuerdo con claridad cómo disfrutaba viendo aquella película en la que una muchacha conseguía ser
escritora. Mujercitas me permitió soñar con lo que
a mí me gustaría ser. No era la más guapa, ni la más
elegante, ni la más educada, pero a mí me encantaba
ver la soltura y convicción de aquella joven. Ella
era escritora, lo era porque anhelaba serlo y eso
la situaba ya en una escala en la que mi admiración
no me permitía separar los ojos de ese personaje.
No guardo muchos más recuerdos sobre el nacimiento en mí de ese secreto deseo. Por mucho que
intento recordar, no vienen a mi memoria más indicios que me hicieran cuestionarme en una u otra
dirección lo que yo quería hacer en mi vida. A mi
alrededor todos tenían claro qué es lo que debían
estudiar para ser médicos, abogadas, arquitectos o,
incluso, secretarias. ¿Dónde se estudiaba la carrera de escritora?
Inevitablemente, me convertí en una apasionada
lectora. Tampoco sé muy bien cómo fue. Desde luego,
poco tuvo que ver mi pasión lectora con mi formación escolar, centrada en aquellas aburridas lecturas de clásicos que tan poco animan a los jóvenes
a acercarse al mundo de los libros. La vida me fue
empujando a la lectura porque pronto descubrí que
182
leyendo se vive más. Cada libro nuevo que he leído
ha incrementado mi admiración por quien lo ha escrito. ¿Cómo puede alguien tener ese poder mágico
de hacerme sentir tanto a través de la palabra? No
se me ocurre mayor encantamiento. Así sigue siendo hoy en día. No conozco mejor herramienta que la
palabra para trasmitir emociones y vida. Nada mejor
para conmover que un texto con las palabras justas,
las necesarias, las adecuadas, las únicas para cada
caso.
Han transcurrido muchos años desde la primera
vez que sentí ese primer deseo de ser escritora.
Siempre he seguido sintiéndolo. Durante este tiempo, me he convertido en una amante de la literatura, he adquirido libros sobre escritura, he participado en algún taller, me he preparado pensando
que, tal vez algún día, me llegaría el momento de
escribir. Pero siempre he tenido el miedo a dar ese
primer paso. Nunca me he considerado lo suficientemente preparada y nunca he querido romper ese halo
de deseo que rodea mi relación con la escritura. A
pesar de los años transcurridos, sigo manteniendo
vivo el deseo de ser escritora.
No se me ocurre mayor don que el de conseguir
que alguien se emocione, viaje, se enamore, conozca
nuevos mundos y sensaciones gracias a las palabras
que un escritor extrae de su cabeza y ordena adecuadamente en un texto. Conseguir emocionar, permitir que alguien viva más vida gracias a las palabras que yo seleccione. No hay duda. Sonrío solo
con pensarlo. Quiero tener ese don.
183
Examen de conciencia
por María Nieves Fernández Céspedes
Sentada en un acantilado, al borde de mi imaginación y de mis recuerdos, pienso en todo aquello
que he hecho en mi vida, en lo que me hubiera gustado hacer, en los sueños que cambian y evolucionan
por anhelos cumplidos y por batallas perdidas.
Respirando con entrecortada profundidad, hago
examen de conciencia sentada sobre la cumbre de una
montaña, rodeada de rocas inertes y azotadas por
un viento que me silba que ya es hora de hacer todo
aquello que deseo hacer. Le grito al viento que lo
haré, ya que cuando la muerte me reclame, no que
quiero deberle nada.
Soy feliz, mi vida es plena y con las dosis justas de incertidumbre, de frustración y pérdida para
motivarme a seguir caminando. En mis sueños me veo
viviendo en una casita frente al mar, escribiendo
frente a unos grandes ventanales, mientras el sol
caldea el ambiente y una humeante taza de té forma
fumarolas que se mezclan con mis ideas. Una cálida
voz masculina me susurra al oído palabras sensuales
y cargadas de segundas intenciones, para que deje
de trabajar y me suba con él al dormitorio antes
de que los niños se despierten, devolviéndonos de
nuevo a la realidad.
Sueño con viajar, descubrir otros mundos, otras
gentes que me llenen con su sabiduría y con el poder
de la palabra para, como una esponja, empaparme de
184
ellas y luego mezclar su historia con mi imaginación y así crecer como mujer y como escritora.
Quiero, deseo, necesito que las personas que
forman parte de mi vida sean eternas para que estén
siempre a mi lado, en las mayores alegrías y en las
más tristes penas. Disfrutar de las reuniones que
se eternizan con risas y charlas que acompañan a
un buen festín regado con un buen vino. Sobremesas
donde intentas arreglar los problemas de la humanidad, donde haces planes que casi nunca llevas a
cabo y promesas que pocas veces cumples, pero que
en esos momentos te parecen las mejores ideas del
mundo.
Deseo una salud de hierro que me permita afrontar los reveses de la vida, un cuerpo ágil y una
mente fuerte con la que luchar contra viento y marea cuando los problemas azoten y todo se vuelva
oscuro a mi alrededor. Una fortaleza donde el optimismo y las ganas de salir del agujero para ver la
luz de sol sean muros inexpugnables.
Ahora, aquí sentada, viendo cómo el sol se oculta para dejar paso a la luna y las estrellas, me
gustaría disfrutar más del aquí y ahora; me gustaría hacer algo grande, algo por lo que ser recordada, dejar parte de mí en este mundo para que mi
impronta siempre permanezca.
Dicen que, en esta vida, para ser feliz hay que
hacer tres cosas: plantar un árbol, escribir un
libro y tener un hijo. Solo me falta la última y
deseo, anhelo y tengo la esperanza de que dentro de
muy poco este sueño también se hará realidad.
185
-Utopíapor Noemí Rodas Marimón
Martín se desperezó de la silla alzando los brazos con entusiasmo. Hoy era un día épico, uno de
esos que se merecen un gran redondel rojo carmín
en el calendario. Desde niño, cuando jugaba a las
canicas y se inventaba un nombre y una increíble
historia para cada una de ellas, deseaba ser escritor. Ya creía que sería una misión imposible, pero
hoy había conseguido un modesto, pero esperanzador,
acuerdo con una editorial. Su deseo cobraba vida
agitándose revoltoso en su interior.
Miró su colección de bolígrafos con avidez. ¿Sobre qué escribiría esta vez?, ¿sobre asesinos pérfidos?, ¿sobre dragones indomables y aterradores?,
¿sobre civilizaciones futuristas? El abismo de opciones era abrumador y motivador al mismo tiempo.
¿Lograría crear personajes tan únicos y profundos
que la gente pudiera acoger en sus corazones para
siempre? ¿Conseguiría idear las tramas más enrevesadas y sorprendentes que mantuvieran al lector
pegado a cada página? Sentía su cerebro hervir
como un buen cocido lleno de riquísimos elementos:
paisajes de ensueño, criaturas indómitas, arquitecturas imposibles, caminos inexplorados, tesoros
escondidos, secretos prohibidos… ¿Sería capaz de
dotar su futuro escrito de carácter propio y originalidad?
Mientras cavilaba en estos asuntos, ocurrió algo
inaudito. Sobre el papel, hasta ese momento blanco
186
como la luna, empezó a vislumbrar unos delicados
trazos negros que cobraban vida. Formaban el beso
perfecto, la fantasía sin límites, la aventura que
todos queremos vivir, la palabras justa, el tiempo
infinito. Todo ello surcaba el papel con una armonía
envidiable. ¿Cómo atrapar aquellas geniales ideas?
Decidió seguirlas con su pluma predilecta, pero se
escurrían de él como quien juega al ratón y al gato.
La belleza de la chica de la historia vibraba y se
alejaba como delicado humo a la siguiente escena.
Los giros argumentales serpenteaban y se escurrían
como un pez mojado entre sus manos cada vez que
intentaba adivinar qué dirección tomarían a continuación. Aquella visión le invitaba a jugar, a ser
partícipe, a sorprenderse y emocionarse siguiendo
sus saltarines trazos de tinta entre página y página a una velocidad de vértigo. Maravillado, dejó de
intentar atrapar el argumento y se permitió ser un
mero observador de boca abierta y ojos expectantes.
El final, le robó un suspiro de aliento y le encogió el corazón de emoción. Era perfecto. Todos
los personajes se alinearon en el papel cogiéndose
unos a otros de las manos, haciendo elegantes reverencias, como si del final de una obra de teatro
se tratase.
En ese momento, el calentador de agua pitó con
fuerza sobre la encimera de la cocina, despertándole de improviso de sus ensoñaciones. Pero ¿había
sido solo un sueño? ¿Acaso no es nuestro subconsciente una fuente inagotable de ideas sin pulir de
las que pueden surgir diamantes? Ante tal certeza,
no pudo más que alcanzar su libreta preferida y su
bolígrafo de la suerte, lanzándose a escribir como
el valiente nadador que se tira desde el trampolín
más alto.
Sobre el papel virginal empezó a escribir con
delicadeza: «Mi imaginación es donde mi utopía cobra vida…».
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Sueños, deseos, ilusiones y esperanzas
por Oli López Márquez
Cada noche despierto exaltada, a veces son pesadillas, otras sueños; y en cada recuerdo, divagan
todos y cada uno de mis miedos, pero también aparecen mis anhelos, que, aun siendo pequeños, podrían
rozar por un instante tu alma, con el tacto de mis
dedos…
Pero si hay algo que me hace despertar cada mañana es soñar despierta, aquí no hay lugar para el
temor ni para pensamientos negativos de mi mente
insana, solo dejo fluir los sentimientos que emanan
del amor.
Porque lloré en varias ocasiones la rotura de mi
corazón, hoy sueño con un amor que sea para siempre,
interminable…, que sea tan intenso que nos haga perder completamente la razón, y que, a pesar del paso
del tiempo, sea incorruptible, inalterable…
Que ambos luchemos cada día por conservar y mantener la magia, por mirarnos como la primera vez
que nuestros ojos se encontraron, por besarnos como
si fuera la última vez que la vida nos presagia,
estar juntos, siendo la historia más bonita que jamás contaron.
Y cumplir mi mayor ilusión junto a ti, viajar por
el mundo entero en barco, en tren, en avión, en coche, en bicicleta o motocicleta, para no perdernos
ni un solo rincón, recorriendo con esmero cada playa, cada montaña, cada segmento de nuestro planeta.
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Subir a la Torre Eiffel para enamorarnos de París desde lo más alto, cruzar Venecia en góndola y
allí, emocionada, me pidas la mano; o sentir Italia
bajo mis pies con la Torre de Pisa sobre el asfalto y sobrevolar la Estatua de la Libertad, y nada
habrá sido en vano…
Pero, sobre todo, tengo la esperanza de nunca
volver a perderme, de no dejar de leer un buen libro
hasta por fin acabarlo, de seguir llorando al final
de una película romántica y deshacerme con cualquier recuerdo emotivo, solamente al recordarlo…
Y ahora solo falta que me digas si recorrerás
esta aventura conmigo, si estás dispuesto a vivir
tus sueños, tus ilusiones y esperanzas, si abrirás
tu corazón y tu alma al igual que yo he hecho contigo, porque el amor, aun siendo un riesgo, implica
entregar tu confianza.
Existen un millón de razones para recibir cada
día con una sonrisa, para apreciar cada segundo,
para seguir soñando despierta, para seguir enamorándome de cada paisaje, de cada suave brisa, para
seguir buscando mi felicidad, siempre con la mente
abierta…
189
Vida corriente
por Paco Rodríguez Angúlo
Recordar los comienzos y olvidar los finales,
para él, era su nueva filosofía de vida. Hubo un
momento en el que toda su vida cambió, como cuando
éramos pequeños y jugábamos al típico juego de la
silla. Todo el mundo giraba, feliz, en torno a esos
objetos sin aparente valor. Hasta que, de repente,
todo se paraba, el leitmotiv de la vida se tomaba un
descanso. Seguidamente, cada alma buscaba un hueco
en esos objetos que en ese instante lo significaban
todo. El menos avispado se quedaba solo, de pie,
todos lo miraban.
Y, a partir de ahí, se daba cuenta de lo que en
realidad significaba la vida. Lo importante en ese
momento era sonreír, aceptar todo, guardar tu rabia en el olvido y aprovechar cada oportunidad. Los
que habían conseguido su cómodo asiento nunca iban
a poder llegar a conocer esa verdadera sensación
de estar tú y el mundo, no sabrían si él girando
y el mundo parado, o viceversa; no conocerían esa
soledad e independencia emocional de pensar en el
infinito y que se te quede corto.
Pues ahí se encontraba él, en ese mismo instante, solo ante su reflejo, el que había cosechado durante años. Comenzó por sonreírle a cada dificultad,
disfrutar de cada negativa, besar cada rechazo.
Siempre con el mismo pensamiento de ser feliz, por
el simple hecho de que debía serlo.
190
Siempre creyó en la utilidad de compartir su
vida para darle más sabor, más potencia. Aunque
fue fijo a sus ideales, para él era más importante
tener metas que ilusiones, ya que pensaba que las
primeras dependían de ti, mientras las otras eran
compartidas.
Él amó, encontró su temperatura perfecta, en los
brazos de ella. La invitó a volar sobre un océano
de dudas sin sentido, a sobrevolar la rutina. Ella
tenía unos defectos tan perfectos que la hacían
irresistible para él. Todo el mundo debería tener
la oportunidad de querer como él quiso.
Todo acabó. Quien se pregunta constantemente por
el final es que no supo escoger bien con quién comenzar su camino. Comenzó a creer en la vida, por encima de todo, con ella. Aunque sus labios echaban de
menos esas marcas de mordiscos que tanto le daba.
Su único error fue ponerle un candado a su corazón
y tirado las llaves al mar sin darse cuenta de que
ella había guardado las suyas en su bolsillo.
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Cuando niña
por Nancy Parraguez
Cuando niña, soñaba con princesas, soñaba con
amores que llenaban mi rostro de besos y me decían
que era la más linda del jardín. Cuando niña, escuchaba dulces palabras del canto de los pájaros;
soñaba, también, con ser mujer, pero de esas mujeres fuertes que no se derrumban con el viento ni
se deshojan con las lágrimas de penas. Al ver a mi
madre, siempre supe que la vida de adulta se vestía
de colores oscuros, porque de niña soñé con los colores del arcoíris. Cuando niña, no vestía vestidos
de seda ni zapatos de cristal, pero sí soñaba con
hadas que me vestían con la magia de la belleza que
solo una niña puede admirar.
Cuando niña, soñaba caminando en un jardín de
árboles frondosos en el que cada hoja era diseñada
para mí. Porque cuando niñas tenemos la dicha de
soñar, soñar con los amores y colores que queremos
imaginar. Y ahora, ya crecida, mis sueños están
dormidos y otros en mi andar. Pude descubrir que
los colores se pueden apagar, que las madres no son
eternas y que el amor sí es posible si lo sabes
alimentar.
Cuando niña, tuve sueños y hoy te los quise contar.
192
-Utopíapor Paula Margarita Espinoza Hernández
¿Cómo es que descubrí que las palabras se engarzaban? Tan ciertamente no lo sé, solo recuerdo que
comencé a tejerlas, y a cada una le engarzaba una
perla y formaban un collar que podía deshacer una
y más veces. Presiento que las tenía incrustadas
en el alma y era preciso desgranarlas para que no
explotasen; pero es que eran muchas, tantas y tan
invencibles para mi tierno corazón…
¿Cómo es que descubrí que las palabras se engarzaban? Juro que no lo sé, pobre de mí, que andaba
a tientas descubriendo mi sueños, inventando otra
vida, una donde, aunque fuese mujer, tenía derecho
a cultivarme, a asomarme a esa puerta que no estaba
prohibida para otros.
Pero el destino, los hados, el azar, eligieron
que naciera mujer en un pueblo ancestral, un pueblo
pobre en todos los sentidos. Un papá terco que me
hizo el regalo de la vida, pero no del destino, o
sí, pero con una condición: debía ser él «el arquitecto de mi propio destino». ¡Oh, papá! Pobre
papá que no descubriste a tiempo que existían las
palabras para decir que nos querías, para que no
estuvieses siempre enfurruñado, siempre celoso de
tus hijas, sabedor siempre de lo que convenía a tus
niñas.
¿Por qué no preguntaste por mis sueños? ¿Por qué
solo tus niños, tus varones, podían irse del pueblo, conocer otros pueblos, otras ciudades, otras
193
personas, cultivarse y ser alguien de quien tú te
sintieras orgulloso?
¿Y mis sueños? ¿Por qué no preguntaste por mis
sueños? ¡Oh, papá!, ahora que ya no estás puedo
verte de frente y decirte que yo estaba pletórica
de sueños, de palabras, de amor; que ansiaba conocer, por lo menos, otros pueblos; que anhelaba
decirte tantas cosas que bullían en mi alma; decirte, por ejemplo, «papá, estoy leyendo a escondidas
por las noches y me alumbra una vela, y danzan las
palabras como estrellas que “tiritan azules a lo
lejos” e inflaman mis sentidos». Pero yo no podía
decirte a ti, hombre honesto y abstemio, que leía a
escondidas, puesto que no bastaba tu honradez para
entenderme. Porque debía decirte que no me alcanzaba la vida para leer los libros que rechazo y que
no puedo pagar; y esto me entristece y me invade la
nostalgia por lo que pudo ser.
Pero nací mujer y solo hice la primaria, lo cual
no impide que ahora, en este preciso instante, eche
fuera la tristeza y diga adiós a la nostalgia; porque comprendo que soy afortunada y que mi vida es
bella, y, aunque solo hice la primaria, muchos autores me han hecho soñar un halcón peregrino, imaginar una tierra que muere y otra que reverdece,
una isla de diamantes o un nudo de víboras, o un
hombre entre el centeno, y muchos, tantos a quienes
agradecer…, puesto que yo, de esa forma, descubrí
que las palabras se engarzaban.
194
-Utopíapor Pili Fernández de Torres
–¿Qué te parece? –dijo el árbol a la vida–. ¿Me
estoy portando bien? He acogido en mis ramas al
gorrión, al lince, a la serpiente y al macaco. Doy
cobijo con mi sombra al labrador, al buey y al león.
Por la noche recojo el agua del rocío y alimento
mis hojas para que estas, agradecidas, impregnen el
aire con su aroma. Por el día oxigeno la tierra con
mi aliento. Bailo y canto con el viento rociando el
espacio de música celestial. Recibo, con las ramas
abiertas, la lluvia generosa y el calor del sol.
Arraigo hasta lo mas profundo mis pies para ser
invencible, indestructible, implacable. Todo para
hacerme más fuerte, más valiente. Soy generoso,
humilde y me conformo con poco. Así que, ¿qué te
parece, amiga de mis días? –le volvió a preguntar a
la vida–. ¿Me he comportado bien?
–Sí… –le respondió–. No te imaginas cuánto. En
el día acunas con tus ramas al búho y en la noche al
ruiseñor. Eres un ser imperioso, musa para el pintor, nodriza para el niño y contador de batallas.
Pero… –titubeó la dama–, te veo triste, amigo.
El árbol agachó sus ramas hasta casi rozar el
barro.
–Mi tristeza es para conmigo, y solo el que me
entristece puede ser capaz de levantarme. Él aún no
se ha dado cuenta del porqué de mi aflicción, y me
temo que cuando eso ocurra sea ya demasiado tarde.
195
-Utopíapor Pili Fernández de Torres
Calma, corazón blanco, calma, que mis dudas no
son las tuyas; que mis anhelos no son los tuyos; que
mis rígidos dedos no son los tuyos.
No tengas pena porque mi mente se haya nublado.
No temas porque mi musa me haya abandonado. No por
eso voy a abandonarte yo a ti. Ten calma, por favor.
No temas, corazón, que aún no he conocido la derrota. La negrura de mis venas poco a poco se aclara; poco a poco me desprendo de las cadenas que me
mantienen prisionero, eslabón a eslabón. La ilusión
aún está conmigo, no la pierdas tú.
No te preocupes, porque un día llegará en que mis
trazos se vuelvan mágicos e impregnarán tu vacío,
y ya no sentirás la soledad. Entonces te acordarás
de este momento, con gracia.
No te preocupes, que mis dedos aligerarán tanto
y mi influjo será tan grande, que rebozarás de versos y poesías, cuentos y leyendas, de hadas y demonios, de niños y guerreros, de gitanas y doncellas.
Tanto y tanto será que llorarás y reirás, y aplaudirás y… y añorarás este momento con la sonrisa del
bien hallado.
Serás tan feliz como yo lo estoy siendo ahora.
Te animo y me animo sin saberlo, solo por animarte
a ti.
Con mi ilusión siempre a cuestas, avanzo paso a
paso.
196
No te preocupes, corazón blanco, que pronto dejarás de serlo, porque llegará el día en que mi
sangre azul te impregne de color, te llene de vida,
y ya siempre, siempre, eterno serás.
197
Yo fui un escarabajo
por Jesús Manuel Torres Medina
Desde niño, mi gran sueño era pertenecer a un
grupo de rock. Muchas horas libres las dediqué a
tocar, a perfeccionar mi técnica. Miraba a los
otros chavos y me daba cuenta de que yo no era tan
malo. Anduve tocando con algunos grupitos en sótanos y ferias, nada importante, hasta que un día
mi sueño se hizo realidad. Me llamaron para formar parte de un grupo. No sé si me escogieron por
tocar bien o porque no había muchos bateristas en
la ciudad, pero no me importaba, era feliz. Éramos
jóvenes, salvajes, intrépidos, descarados, en el
escenario hacíamos lo que se nos antojara y eso le
gustaba al público. Tocábamos en hoyos malolientes llenos de humo de cigarros y mucha gente iba a
vernos. Teníamos seguidoras, nos reconocían en la
calle, éramos famosos.
Nos contrataron para una gira en otros países y
nos fue muy bien, tocamos en hoyos malolientes llenos de borrachos y prostitutas, nada diferente a lo
que estábamos acostumbrados. Pagaban poco, pero lo
hacíamos por puro amor al arte.
Un día llegó un señor y se ofreció a ser nuestro
representante. Nos consiguió una audición en una
disquera. Creo que estuvo bien la sesión, pero no
gustamos. Luego fuimos a otra y ahí sí nos aceptaron. Yo estaba muy contento, iba a ser rico y famoso
por mi música. Le hablé a mi mamá para contarle,
198
pero el señor representante vino a hablar conmigo.
No entiendo qué pasó si me esforcé al máximo en la
prueba, siento que estuve bien. Solamente me dijo:
«Lo siento, Pete, estás fuera del grupo. Traeremos
a otro baterista».
Así acabó mi sueño. Trajeron a un tal Ringo y yo
volví al mundo de los mortales, pero nadie me puede
quitar que una vez fui un Beatle.
199
Utopía
por Leopoldo Eric Vidal Meyer
Con el cincel y la escofina desbasto la madera de
una vieja puerta, me han ordenado tallar la figura
de Don Quijote de la Mancha, revestido de su armadura, con su lanza en ristre, luchando contra un
molino de viento.
Han pasado los días y al fin he logrado cincelar
a Don Quijote. Con la yema de mis dedos recorro
el relieve de la composición. Despliego mi fuerza
contenida y alzo la puerta para apoyarla sobre el
muro; me alejo y observo el tallado en perspectiva.
He quedado satisfecho con la obra, arrancada del
alma de Cervantes.
Obsesionado por la utopía de la libertad, decido
cruzar el umbral de la puerta quijotesca. Camino
por una avenida arbolada, disfruto pisando las hojarascas del otoño. Me siento en la banca de una
plaza, enciendo un cigarro y, entre las fumaradas,
pienso en mi estado de libertad; pero mi voz interior me advierte de que regrese. Entonces, traspaso
nuevamente el umbral y contemplo la portentosa figura de Don Quijote Libertario.
Mi verdadera utopía se materializó al descubrir
mis dones de artesano tallador de la madera. El
poder de la alquimia me transformó de un mediocre
contador de una empresa pública en un escultor. Fue
la conquista trascendental del arte que dio vida al
yacente sueño.
200
Ahora acabo mi historia; me han llamado a la
formación de los reclusos, el gendarme del penal
pasará lista para, luego, regresar a nuestras respectivas celdas.
201
-Utopíapor Paqui Vizcaíno Jaén
En cierta ocasión tuve la oportunidad de sentarme a una mesa y tomar café con unas personas entre
las que se encontraban un palestino y un israelí.
No podía dejar pasar la ocasión de preguntarles si
se llevaban bien, a lo que me contestaron afirmativamente, con la mayor naturalidad del mundo. Me
pareció muy significativo, nunca lo olvidaré.
Esto me lleva a pensar en si sería muy utópico
el cese del conflicto armado que Israel y Palestina
mantienen desde hace un sinfín de años, años en los
que ambas poblaciones han sufrido multitud de bajas, familias destrozadas, tragedias infinitas…
¿Sería posible que ambas partes llegaran a un
acuerdo de paz, primero a nivel gubernamental y
posteriormente a nivel de la calle? En la calle es
donde están las cicatrices más profundas, esas son
difíciles de curar, pero no imposibles, si pensamos
en el futuro.
El futuro es quien puede determinar que las personas comiencen a perdonar antiguos rencores, si se
dan cuenta de que un futuro sin armas, sin bombas,
sin mutilados, sin muertos, es lo que todos quieren. Y es la esperanza de futuro el mejor bálsamo
para las heridas, porque, cuando miras al futuro,
no piensas en ti, sino en tus hijos, en la herencia que les vas a dejar, en el camino que habrán de
recorrer, incluso cuando tú ya te hayas marchado.
202
Me encantaría que, cuando llegue la hora de mi
partida, este planeta hubiese dado señales de mejoría. El pobre está enfermo de contaminación, guerras, crisis económicas, gentes que huyen de sus
países buscando una vida mejor, gentes que no respetan, gentes que agreden, gentes… Pero también
posee la mejor medicina para su afección: gente
buena que se preocupa por los demás, voluntarios
que aportan su granito de arena en situaciones de
pobreza, conflictos e inmundicia, incluso dando su
tesoro más preciado, su propia vida. Y también hay
gente que hace cosas maravillosas, como la música,
la pintura, la escultura, la fotografía, la escritura, o todas aquellas formas de expresión que tanto transmiten a los que las comparten. Cuando Dios
mira este mundo y se lleva las manos a la cabeza,
con ganas de volver a inundarlo, hay algo que le
detiene; son estos seres minúsculos por su fragilidad, pero mayúsculos por su capacidad creativa. Y
entonces escucha un concierto de año nuevo mientras
contempla un Renoir, se mira a sí mismo y dice: «¡No
lo hice tan mal!».
203
Utópico deseo
por Rafael Moreno Montalbán
No pretendo cambiar el mundo, aunque no sería
un deseo erróneo. Tan solo pretendo ser un buen
hombre, alguien que pase por esta vida dando y recibiendo amor. Mi esperanza se basa en la creencia
de la bondad inherente al ser humano, por encima de
otras cualidades que pueden no ser tan rentables a
largo plazo.
Una bondad que es sinónimo de amor, de dar más
de lo que recibes, de ser útil para aquellos que te
rodean y te necesitan de algún modo.
Mi ilusión es encontrar el reverso de mi alma,
distinguir, en una mirada, la pasión, el deseo, la
lujuria, el amor incondicional que te lleva a experimentar la más dulce de las sensaciones adrenalínicas.
Mi sueño comienza en un «te quiero» y continúa
en un «te amo», para discurrir durante largas noches, y breves días, por meandros de convivencia y
cosechas que germinan fruto de la sexualidad que el
deseo mutuo provoca.
Mi lugar utópico está aquí, existe, el paraíso
soñado, la tierra prometida, el Edén de la Biblia,
la gloria de los dioses, el éxtasis final.
Mi cuerpo es mi hogar; mi patria, mi continente.
Mi alma es mi conciencia, mi maestra, mi brújula
que me dirige a ti, mi compañera de viaje, mi complemento.
204
Es la unión, la fusión, la interconexión de dos
continentes con todo su contenido, y almas entrelazadas que dan lugar al verdadero Big Bang, el
inicio, la creación, el amor en su estado puro y
primigenio. La vida, en definitiva, no es nada, no
tiene valor, no tiene sentido, si no hay, si no se
hace… ¡EL AMOR!
205
Aurora
por Raquel Molina Montaño
Las manos de Aurora eran elegantes y ágiles. En
sus dedos residía la fuerza que no encontraba en su
garganta para pintar con palabras lo que su ánimo
abrigaba. A pesar de que no tenía muchos amigos, a
menudo sentía una imperante necesidad de explotar
en millones de partículas y liberarse de sus más
íntimas inquietudes, y decirle a todos y a nadie
que la vida que le había caído en suerte le parecía una broma del destino, una injusticia atroz,
un acto de crueldad infinita por parte de ese dios
al que no conocía. Por eso escribía. En su diario,
Aurora había hallado el mejor confidente, un amigo
fiel que se limitaba a acoger, sin rechistar, los
sinsabores que rasgaban el alma de la pequeña.
Una de esas noches en que el infierno entraba
en su casa, y su padre traía consigo un hedor a
alcohol que solo anunciaba golpes e insultos a su
madre, Aurora corrió a su habitación y, como de
costumbre, sacó sus muñecas del baúl para esconderse allí. Sin embargo, esta vez descubrió algo
nuevo, apreció una corriente de aire que nunca
había sentido y, al palpar el suelo del baúl, el
esparto se hundió y reveló una escalera. Cuando
sus piernas le obedecieron, la niña comenzó a descender con tanto miedo como curiosidad, y allí, en
aquella remota realidad, contempló el rostro de la
felicidad.
206
—Tú también quieres cambiar el mundo —al girar,
Aurora descubrió que un anciano de rostro amable le
sonreía—. Bienvenida a la Ciudad Utopía.
—Perdone, no sé cómo he llegado aquí, ni tampoco… —la sonora carcajada que el anciano emitió le
mostró a la niña que ya esperaba esa respuesta.
—Tranquila. Es muy buena señal que estés aquí,
¿sabes?, solo aquellos que quieren cambiar el mundo
pueden llegar a conocer Utopía —los músculos de la
niña se relajaron y su boca dibujó una sonrisa—.
Algunos lo llaman «tener ideales». Da lo mismo cómo
lo llames, pero, ahora que estás aquí, tienes que
conocer la verdad.
—¿Qué verdad?
—¿Qué ves a tu alrededor? —los ojos de Aurora se
posaron sobre un grupo de niños y niñas de todas las
edades, razas y culturas jugando y riendo.
—Veo igualdad, felicidad, paz, respeto… —el anciano continuó sonriendo mientras asentía con la
cabeza.
—Esos son tus ideales. Y deben ser la razón de
tu existencia. Muchos creen que es imposible llegar aquí, pero, ahora que tú sabes que este lugar
existe, debes luchar por Utopía —Aurora empezó a
comprender—. El desierto está formado por millones
de granos de arena.
Aurora se repitió esa última afirmación y comprendió que tenía una misión en la vida. Decidió
que su talento con la escritura tenía que servir
para calmar el dolor de otros, además del suyo propio, y comenzó a escribir relatos en los que daba
esperanza a aquellos que habían perdido la fe en
Utopía. Quería demostrar que la igualdad existe, y
es la única llave a la auténtica felicidad.
207
-Utopíapor Gina Mourie
Comencemos de cero, donde la nada lo era todo y
el concepto de todo aún no existía.
Empecemos desde el principio, cuando lo desconocido se encontraba a tan solo unos palmos de
nuestro rostro.
Avancemos.
Por aquel entonces, el mundo era nuevo, vibrante y lleno de vida. Diversos seres palpitantes correteaban en una incesante carrera a contrarreloj,
sin saber que se encontraban en una cuenta atrás.
Sigamos avanzando.
El ser humano daba sus primeros pasos, vacilantes, sin pensar muy bien en lo que hacía. Solo
caminaba, no retrocedía ni un momento.
Atisbaba en la arena algo que le llamaba mucho
la atención: una piedra de sílex. La cogía y la
mantenía como el más precioso de los tesoros.
Emitió sonidos de alegría. Tenía que avisar a
los demás. Estos fueron atraídos hasta la pequeña
playa en la que se encontraba. Vieron la piedra
y, eufóricos, le imitaron, e incluso bailaron. Se
pasaron el objeto entre ellos.
Muy pronto descubrirían qué otros usos podrían
darle.
Sigamos un poco más.
La Edad Contemporánea. El presente tal y como
lo conocemos.
208
El ser humano ya ha descubierto que una piedra de
sílex es un mineral marino creado a lo largo de miles de años, y que, con las condiciones de presión
adecuadas, puede originarse en nuestro planeta.
Entre este descubrimiento, muchos otros han tenido lugar. Inventos tan célebres como la rueda, la
electricidad, útiles como nuestras ropas, u otros
que nos abruman, como el arte, la literatura y el
cine, han sido elaborados por el hombre sin unas
pautas a seguir, sin instrucciones en las que basarse. Sin nada más que sí mismo y su intelecto,
se inventó a sí mismo, gracias a la curiosidad, temeridad en algunos casos, y valentía por continuar
sus proyectos hasta en los momentos que sus esperanzas flaqueaban.
¿Por qué ahora nos sentimos menos capaces, si
cuando la nada lo era todo empezamos a movernos?
¿Qué nos hace sentirnos tan inútiles, si es en nosotros donde se encuentran todas las habilidades
por explotar? La utopía la creamos nosotros. Somos
nosotros. Cada uno, aportando lo mejor de sí mismo,
va construyendo el presente.
Nuestros sueños, deseos, ilusiones y esperanzas
son las motivaciones que van dejando huellas indelebles en el futuro. Son proyectos por crear que
en nuestra imaginación van tomando forma, pero que
solo nosotros podemos llevar a la realidad.
No necesitamos buscar en mundos más allá de nuestra atmósfera.
Todo está aquí.
Nosotros somos La Utopía.
¿Avanzamos una vez más?
Pero, esta vez, recordemos que ni si quiera el
cielo es el límite.
209
Atardecer primaveral
por Rhodea Blasón
En el atardecer primaveral mis descalzos pies me
llevan hasta el límpido arenal cercano a mi hogar.
Allí, ante la negrura del enorme piélago marino,
permanezco unos minutos sintiendo el rugido que el
mar hace ante la inminencia de la llegada de un
fuerte temporal. Me siento sobre la finísima y fría
arena del Cantábrico y, a lo lejos, atisbo dos barcos de pesca que se acercan en busca de abrigo a
puerto.
Aquel olor salino me transporta a mi niñez. Percibo el cálido aliento de mi abuelo José mientras
me acaricia el pelo con dulzura y me explica las
singularidades de la vida. Sus tiernos ojos grises
me observan con cariño y me habla de buscar siempre
la alegría en nuestras acciones, trabajar con ilusión y no decaer nunca, por difíciles que sean las
situaciones que me presente la vida. Mi antecesor
me explicó que no eran importantes las veces que
yo me cayese, sino la pasión que pusiera cuando me
levantase para conseguir mis objetivos en la vida.
Allí volví a sentir su inmenso amor por las cosas
pequeñas e insignificantes, que son las que nos hacen apreciar los verdaderos valores.
Su infinita riqueza de vivencias consiguió transmitírmela a mí, ya que el vínculo que nos unía era
demasiado fuerte como para olvidarme de sus enriquecedoras instrucciones. Morocha me llamaba, con
210
cariño, por mi extraordinario color de piel aceitunado. Mi niñez transcurrió junto a él: escuchándole, queriéndole, sintiéndole…, y el legado que me
testó se convirtió en un gran tesoro que me acompañará durante toda mi existencia.
Pensé que el mundo sería más afortunado si los
ideales de mi abuelo estuvieran más arraigados.
Siempre me explicó que, si la tristeza por los bienes ajenos, que tanto abunda en la sociedad actual,
no existiese, las personas seríamos perfectamente
felices conformándonos con lo que tenemos.
Allí, en la playa, volví a sentir cómo su ronca y firme voz pronunciaba de nuevo el nombre con
el que me llamaba siempre, y sus temblorosas manos
me transfirieron la complicidad de tantas historias
compartidas. Mi abuelo Gusé me abrazaba con enorme
sentimiento después de un cuarto de siglo de haberse ido… Y con emoción y pena por su ausencia, mis
lágrimas rodaban raudas por mis mejillas.
Sentí un escalofrío. Era una lengua de espuma
salina que rozó suavemente mis pies cuando rompió
en la orilla y me hizo despertar de una ensoñación
maravillosa: mi antepasado materno, quien tanto
marcó mi conducta adulta. Siempre tendré a mi abuelo en mi corazón, pondré en práctica sus enseñanzas
con amor, valoraré con gratitud su legado…, pero le
echaré de menos hasta el momento de mi óbito.
211
El sueño de un vuelo
por Rhodea Blasón
He soñado con emoción. He soñado que podía volar
como un pájaro surcando el límpido firmamento. He
soñado con el tierno abrazo de mis padres, perdidos
demasiado pronto para ellos y para mí. He soñado
con mis húmedos ojos abiertos, elevados, mirando al
cielo de la noche estrellada.
He soñado con la risa alegre de mi madre y los
ojos acuosos y verdes de mi padre. Están en mi corazón, aportando, dentro de la desgracia que ha supuesto para mí su pérdida, toda la positividad que
me transmitían en vida. Eran seres muy especiales
para mí y siempre lo serán.
He soñado, impertérrita, que un ave me transportaba sobre su cuerpo, meciéndome suavemente con
su lento y manso vuelo. Por unos minutos confirmé
la felicidad que me aportaban las sonrisas de mis
seres queridos.
He soñado con la satisfacción de vivir un vuelo
fantástico cuyo recuerdo permanecerá conmigo hasta
que exhale mi último aliento. He soñado con el sueño de un vuelo.
212
Grita el alma
por Inma María Casas
Grita el alma, buscando libertad,
mientras añora, dejando atrás,
las cadenas que le impedían volar.
Como el pájaro añora su jaula
cuando escapa enamorado del sol,
como el río añora su montaña
cuando con el mar
se funde en un mismo son.
Grita el alma, buscando libertad,
con la expectativa
de todo lo que una vida
le puede deparar.
Como el niño, en su cumpleaños,
ante el envoltorio de un regalo;
como el novio que espera en el altar
la llegada de la novia
con su ramo de azahar.
Grita el alma, ante la ansiada libertad,
como el barco que abandona el puerto
cuando se adentra en el mar,
encontrando a su paso la calma,
o la temida tempestad.
Grita el alma,
pero busca… libertad.
213
-Utopíapor Paqui Rubí Herràiz
Escribo, sí…
Porque me da la gana.
Porque cuando caminas,
dice Galeano,
en el horizonte la utopía se aleja
justo lo que tus pasos avanzan.
Camino con lo que escribo,
mis huellas de tinta
me recuerdan lo vivido,
por qué lucho cada día,
los sueños que quedaron atrás
y los que me esperan al final
del camino recorrido.
Escribo y vomito penas,
desenmaraño las entrañas
y el alma se queda nueva.
Mitigo, así, la tristeza…
con letras.
Escribo, sí,
porque me da la gana.
Porque no sé pensar en abstracto
en este mundo numérico
que a entender no alcanzo.
214
Uno letras formando palabras
como el que pide un abrazo,
y el olor del papel me recuerda
que siento, respiro el aire
que con mi mano trazo.
Escribo, sí.
Construyo renglones torcidos
que cuentan mi historia
en un folio en blanco.
215
-Utopíapor Paqui Rubí Herràiz
Pon un océano
a mis pies
que tengo sed.
Sed de beber
de tu boca
besos de agua
de labios
que nunca se rozan,
y a mis pies
se posan,
en un mar inmenso
de cosquillas
y mariposas.
216
-Utopíapor Sonia García
Tocaba despertarse de una noche que había sido
agotadora.
En la noche de ese siete de abril, cuando tan
solo tenía diez años, me acosté, como todos los
días, junto a mi perrita Aisha, que no paraba de
mover su pequeña colita de un lado a otro.
Tras bajarla de la cama, cogí un libro de la
mesilla. Era mi libro favorito, el que me hacía
transportarme a la antigua Venecia y convertirme
en una bella doncella con antiguos ropajes que se
oculta con su máscara. Cuando llegué al final, lo
metí en un cajón, y no sé cómo me sumí en un profundo sueño.
Cuando abrí los ojos, estaba en una playa de dorada arena y de cristalinas aguas.
Pronto empecé a ver unas extrañas sombras acercarse hacia mí. Mi vista no era lo suficientemente
buena para distinguir de qué se trataba, pero, una
vez se fueron aproximando, los reconocí a todos.
Ella, mi querida abuela, fue a quien primero vi,
e instintivamente me lancé a correr para abrazarla
con fuerza. Cuando ya solo me quedaban unos metros
para alcanzarla, una barrera se plantó entre las
dos. Hacía tanto tiempo que no la veía que nada me
iba a impedir estar cerca de ella y sentir su aroma
y sus brazos protegiéndome.
Cogí una piedra y la comencé a lanzar contra el
muro que me separaba de lo que más quería.
217
No solo estaba ella, también pude ver a aquellos
amigos que se habían ido por otro camino distinto
al mío; a aquel que amé y me hizo seguir adelante y
crecer; a aquellos que creyeron en mí y me animaron
a continuar sin mirar hacia atrás; a aquellos que
quería y a los que nunca había olvidado.
Ellos, llegar junto a ellos y poder disfrutar
por un momento de su compañía, fueron los que me
dieron las fuerzas para derribar lo que nos separaba.
Una vez llegué a donde se encontraban, me fundí
en un abrazo con mi abuela. Estuvimos varios minutos sin movernos, sin articular ni una palabra,
solo abrazadas, como en los viejos tiempos. Cuando
me soltó, mis ojos se dirigieron directamente hacia
los de él. Seguía igual que la última vez que lo
había visto. Saludé a todos los que allí se encontraban. Luego, él me apartó, me cogió las manos, me
dijo: «Soñar es gratis, no lo olvides», y se despidió de mí con un beso en la frente.
Me acerqué a mi abuela y ella me dijo que ya era
hora de despertar, que ella estaría ahí todas las
noches.
Desde entonces, cada noche vuelvo a aquella playa para estar con mi abuela, para sentir su cariño
y su protección, para escucharla y aprender de su
sabiduría, porque, aunque sé que ya no está, ahí la
podré encontrar siempre.
Y, ahora que he crecido, me he dado cuenta de que
aquel lugar era mi corazón, el lugar donde siempre
permanecerá vivo el recuerdo de aquellas personas
que tanto amaba.
Ellos me dan la fuerza.
218
-Utopíapor Alba Sánchez Serradilla
Caminaban sin cogerse las manos. Padre e hija.
Los pies descalzos sobre la arena. El agua que moja
de repente. Dos personas que caminan hacia el escombro definitivo.
Él saltó hace muchos años. Se fracturó una pierna y llegó deshidratado y desnutrido después de
varios meses en el monte Gurugú. De aquellos días
hace demasiado tiempo para el alma. No en vano su
nombre significa «digno de elogio», la supervivencia fue su sayo más fuerte, a la par que desgastado. Después de su periplo desde Gahna, después de
aquellas noches en el monte mirando las luces de
Melilla, después de tanto dolor, después de tanta
esperanza, él consiguió llegar. Otros tantos, no.
Y, los que vinieran a partir de ahora, ya nunca habrían de saltar.
Ya no había que saltar. «Estado Humanitario
Universal», sonaba tan extraño que cualquiera lo
hubiera asociado a la última novela o película de
moda. Pero era un hecho. El EHU había conseguido
echar abajo la gobernanza de la desigualdad mundial. Un voto masivo a una coalición de movimientos sociales había dado la vuelta a la tortilla de
la historia mundial. Comenzó en elecciones al Parlamento Europeo, no tardaron en tomar posiciones
en Naciones Unidas, y llegaron a ocupar gobiernos
hasta en los estados que habían sido más intransigentes. Nadie se lo esperaba, pero todos lo habían
219
soñado, y con sus votos lo habían convertido en una
realidad sorprendente, pero cómoda, esperanzadora,
de esas a las que eres capaz de mirar de frente.
Ahora era el humanitarismo la tendencia política, la tendencia mundial. África nunca más sería
un continente olvidado. Ahora gestionaba sus propias riquezas tras el decreto de nacionalización
de empresas de interés público. La expoliación de
recursos se hacía imposible bajo las nuevas normativas mundiales vinculantes. Naciones Unidas era un
gobierno de facto y había conseguido pasar de las
buenas intenciones.
Amina tenía un nombre africano. Se llamaba como
la esposa de Daouda, un amigo senegalés con el que
compartió momentos en el monte, y a quien vio trepar por la valla buscando a su mujer, que estaba en
algún sitio más allá del umbral de aquella esperanza llamada España. Nunca más supo de él. Ni de ella.
Patricia estuvo de acuerdo en ponerle a su hija un
nombre africano. Que fuera española, de raíces mauritanas, o mulata, ya no le importaba a nadie.
Su hija corría hacia los escombros de la valla,
derribada tres días antes con entusiasmo y celebración, que incluyó fuegos artificiales y una fiesta en la playa hasta la salida del primer sol al
que África se enfrentaba con las puertas abiertas.
Había caído el último muro de la vergüenza. La humanidad había cambiado de rumbo, y todo aquel amasijo de hierros que un día habían sido manchados de
sangre pronto se perderían hacia algún sitio donde
Mamadou nunca tuviera que volver a verlos. Aunque,
si estaba seguro de algo, era de que esa valla le
acompañaría en sus sueños cada noche. Menos mal que
también le acompañaba su hija, y aquel sol que caía
sobre la línea del mar, prometiéndole un mundo mejor para ella.
220
Puertas abiertas
por Alba Sánchez Serradilla
Le encantaba caminar por aquella playa. Le encantaba desde siempre, desde que llegó. O más bien,
desde que pudo andar, cuando su pierna se recuperó. Siempre había pensado que había tenido suerte
por caerse malamente y evitar así que lo llevaran
de vuelta a Marruecos por la puerta «de atrás».
Tuvieron que llevarle al hospital, y así fue como
entró en Melilla. Por suerte, por desgracia o por
casualidad.
Ahora no había valla. Se habían terminado los
días de saltos desesperados y cuchillas manchadas
de sangre. Todo aquello sería historia muy pronto,
en cuanto terminasen de derribar aquellos escombros
que aún recordaban al mundo que el ser humano, tan
soberbio como llegó a ser, tuvo un día el atrevimiento de poner puertas al mar.
Pero ya nunca más saltaría la desesperación por
encima de ninguna verja que separase la prosperidad
de la miseria. La habían derribado semanas después
de declararse el Estado Humanitario Universal. Al
principio, a Mamadou le entraba la risa cuando oía
ese nombre. ¿Cómo iba a llamarse así un gobierno
mundial? Pero pasaron los años y, para sorpresa de
todos, las cosas cambiaron. Los partidos humanitarios se reprodujeron por los pocos países democráticos que quedaban, y comenzaron a tender redes con
los países del sur, y también con las democracias
221
más deterioradas del norte. Y pasaron los años. Y
la gente votaba, y cada vez tenían más presencia en
parlamentos nacionales. Y la gente seguía votando.
Y de repente estaban en Europa, en el ALBA. Y de
repente, en Naciones Unidas con un mensaje nunca
visto.
Lo echaron todo abajo. Todo. El mundo conocido
por Mamadou décadas atrás, el mundo que le había
obligado a saltar desesperado aquella valla para
entrar en una falsa tierra de las oportunidades,
se había disuelto en un mensaje diferente: ya no
había fronteras. Su hija Amina ni siquiera sabía
lo que eran, a sus seis años. Y correteaba por la
playa a pocos metros de su padre, jugando con su
amiga Patricia y su perro labrador. Las pequeñas no
tenían idea de por qué los mayores habían celebrado
la caída de aquella valla con fuegos artificiales,
música, cantos e incluso lágrimas. Nunca entendieron qué hacía toda esa gente en la playa, viendo a
las máquinas arrasar aquella verja. Tenían aquella
suerte de la infancia, la inocencia, engrandecida
por un nuevo mundo que les daba la oportunidad de
vivir en mayúsculas: sin miedos, sin rencores, sin
miseria y sin cinismo. Tenían, por fin, un mundo
para todos donde no importaba de dónde vinieses,
porque ya no venías de ninguna parte, solo ibas a
algún sitio. Nunca más nadie fue juzgado por su
procedencia o por el color de su piel.
A lo lejos, los camiones seguían cargando escombros de valla, mallas metálicas y todo el dolor que
se había quedado enredado entre ellas, para llevárselo a algún sitio donde se apagaría para siempre,
donde se cerraría una historia de ricos y pobres.
Una de las páginas más infames de la historia de la
humanidad.
222
-Utopíapor Sara Gómez Radillo
Puede que las brujas juremos y conjuremos que es
suficiente todo el poder que tenemos, pero también
necesitamos ir a Nunca Jamás. Necesitamos un garfio
que nos haga temer el tictac del reloj, y un cocodrilo que nos anime a comernos una a una las horas.
Necesitamos, incluso, la voz de ese niño perdido
que nos recuerde que Peter Pan somos nosotras.
Nunca Jamás es más que la segunda estrella a la
derecha, todo recto, hasta el amanecer. La brújula
que me enseña el camino cuando me siento una niña
perdida. Una luz cegadora cuando me miro al espejo
y no me veo. Es el pensamiento bonito que me recuerda cómo volar cuando lo olvido. Nunca Jamás es
hacer el indio para reírme hasta de mí.
La primera vez que fui, descubrí, al mirar a mi
alrededor, que allí estábamos todas.
«Nunca Jamás podía ser, también, un aquelarre de
brujas», pensé.
Y dejé de sentirme sola.
223
Y quise volar
por Sarah Degel
Y quise volar para alejarme del mundo, para dejar de sentir, para tener la sensación de que nada
ni nadie importaba, tan solo yo. Egocéntrica.
Y quise dejar de imaginar otra vida que no era
la mía, una vida donde todo era perfecto, donde no
había pobreza, ni desigualdad, ni corrupción. Donde
el mundo no se veía abocado a la destrucción.
Y quise dejar de ser yo, porque ser yo implicaba
demasiado compromiso, demasiada tristeza, demasiada oscuridad. Una vida vacía, una vida de nada.
Quise tantas cosas que dejé de saber lo que en realidad quería. Todo y nada, la perfección imposible.
Y dejé de existir. Y dejé de ser.
Y entonces me di cuenta de que no se puede volar,
porque es huir; no se puede dejar de imaginar, porque
a cada cual le toca lo que le toca; no se puede dejar
de ser uno mismo, porque pierdes la razón de vivir.
Y volví a existir, a ser yo, con mis alegrías y
mis tristezas; mis anhelos y mis metas; mis desamores y mis pobrezas. Pero me hice fuerte, dejé de
estar vacía y pude tomar las riendas de mi vida y
ser; porque sin ser la existencia de uno es anodina,
pierde el sentido, pierdes el rumbo, te pierdes; y
todos vivimos para vivir, para soñar, para sentir,
para sufrir, para aprender, para buscar la felicidad y, sobre todo, para ser uno mismo. Para querer.
Y quise volar… y al final me salieron alas y volé.
224
-Utopíapor Saray La O Toledo
Desgastado y oxidado está ya el tobogán en el que
jugaba cuando niño. Sin embargo, mis recuerdos son
más vívidos que nunca a medida que pasan los años.
En aquel cacharro, sin pilas ni pantallas, jugábamos todos sin preguntarnos de dónde éramos o a
qué dios rezábamos. No nos importaba. Lo único que
nos movía era el afán de jugar y la imaginación que
fluía por cada poro de nuestros pequeños e inquietos
cuerpos.
El tobogán, de hierro verde oscuro, quemaba en
verano y helaba en invierno, pero nunca detuvo
nuestra maestría por convertirlo en un barco pirata, una nave espacial o en la entrada secreta hacia
una cueva encantada.
En él nos agolpábamos para subirlo, por las escaleras o por la rampa, y nos deslizábamos sentados, tumbados y hasta del revés. Incluso los más
intrépidos saltaban desde lo alto cuando la ocasión
del juego lo requería.
Hubo discusiones sobre quién lo poseía, pero
siempre se acababa respetando la ley no escrita del
líder que influía en el resto, adentrándonos juntos
en un universo nuevo al que jugábamos una vez más.
Nos subíamos haciendo caso omiso de si llevábamos el uniforme del colegio o nuestras mejores galas, y siempre volvíamos a casa con más de un golpe
o raspadura sin que aquello mermara nuestras ganas
de volver al día siguiente.
225
El tobogán de mi barrio esperaba inmóvil a que
nos abalanzáramos sobre él para que disfrutáramos
solos, o en compañía, sin rechazarnos nunca.
Ahora, envejecido y más solitario, viene a mi
memoria como el lugar donde más feliz me he sentido. Y sueño. Sueño con un mundo en el que cada
niño pueda disfrutar como yo lo hice de un tobogán,
haciendo que el recuerdo de su infancia merezca una
sonrisa.
226
Destino
por Sergio Gozzi Vallejo
Ha nacido una ola.
Pequeña y diminuta,
se siente frágil, indefensa,
frente a la inmensidad del mar.
La llaman loca por exponerse
a temporales que
la arrastrarán y la ahogarán.
Se crece ante la tormenta de la incredulidad,
acompañada por las sirenas de la utopía,
resiste los envites del miedo social,
ya no teme, ya no duda.
Solo ella conoce
el mensaje que lleva
en su interior.
La ola sabe su destino.
Los rayos del sol
acarician su cresta.
Las estrellas
tiñen de blanco su camino
en la oscuridad de la noche.
Sabe que ha nacido para llegar a la orilla,
sabe que ha nacido para ser amor.
227
-Utopíapor Libre
El espejo de la vida
se halla roto en las tinieblas;
trozos separados que ya no reflejan
la única verdad de este planeta.
Astillas de plata con los sueños ocultos
de países multicolor y seres oscuros;
castillos fantasiosos de hombres ¿libres?;
esquirlas de almas rotas,
de mariposas sin alas
aprisionadas con grilletes de oro,
con cadenas de huesos, antes humanos.
Ojos henchidos de desesperación
ante un paisaje roto por la corrupción,
mientras resuenan risas de gobernantes.
En otro fragmento, justo al lado,
las expectativas llegan a tiempo,
pasado y futuro amordazando al presente,
añorando la luz de la vida,
el deseo de volar en un cielo de verano
o de conversar con la luna de mayo.
Y en otro, más allá, tantos puntos de vista,
tantos pensamientos,
tantos sentimientos, recuerdos y anhelos
nos nublan la vista,
nos imponen ideas y leyes,
alejándonos de este fantástico,
maravilloso, increíble mundo,
228
de este del que ya nada conocemos.
Y en el fragmento más pequeño
en el más alejado, escondido, olvidado
despierta la luz de una revolución
dirigida por niños, comandada por hadas
con luz en los ojos y sonrisas mágicas,
escuchando al corazón y no a las falsas palabras;
conociendo la verdad olvidada por los adultos,
y con su alegría pegando fragmentos de espejo
para que, al completo, veamos la Realidad.
Las manos unidas, todos amigos, todos hermanos,
sobre carrozas de luciérnagas
tiradas por caballos de estrellas,
despertando de ese oscuro sueño eterno
a la humanidad.
229
Mundo Primavera
por Silvia Mouzo López
Vivo en un mundo en el que siempre es primavera.
El aroma de la hierba fresca se entremezcla con el
olor de un bosque cercano de pinos, y una estrella
muy grande brilla alegremente, pero sin demasiada
fuerza, como si supiese la temperatura exacta que
necesito para sentirme bien.
Un par de días a la semana el cielo se esconde
tras unas nubes y llora, no sé muy bien por qué, pero
sus lágrimas me mantienen fresca y resplandeciente.
En esos días, las gotas que caen son acariciadas
por los rayos que provienen de la gran estrella que
asoma entre las nubes, y es ahí cuando ocurre algo
maravilloso. En el cielo aparece un arco muy grande
compuesto por siete colores, que surge de detrás de
la montaña y se acaba escondiendo en el bosque. He
contado los colores miles de veces, y siempre son
siete, con la misma forma y colores. Creo que ese
arco es creado por la estrella grande para consolarle y que deje de llorar, porque muchas veces es
lo que ocurre. La verdad es que el arco es tan bonito y deslumbrante que entiendo cómo se siente el
cielo al verlo.
Cuando el cielo se vuelve oscuro, la gran estrella cambia de aspecto. Sigue allá en lo alto, pero
ya no brilla tanto y su color es diferente. Sin embargo, está preciosa y acompañada por un sinfín de
pequeñísimas partículas que tintinean alegremente.
230
Mientras el viento canta una nana soplando entre los árboles, y la estrella junto a sus pequeñas
amigas sigue vigilando desde las alturas, yo me voy
sumiendo en un profundo sueño del que despertaré
cuando esas preciosas hadas con plumas comiencen a
cantar para recordarle a la estrella que debe cambiarse y lograr que el cielo vuelva a ser azul.
Me gusta este planeta y no tengo ninguna curiosidad por conocer los otros tres mundos que forman
el universo en el que vivo: Mundo Verano, Mundo
Otoño y Mundo Invierno. Con solo desearlo, puedes
transportarte a cualquiera de ellos y permanecer el
tiempo que quieras. Me han contado que Mundo Otoño
es parecido al mío, aunque el cielo es gris y llora más a menudo; además, las hojas de los árboles
son naranjas y amarillas en lugar de verdes. Mundo
Invierno es absolutamente blanco, he oído que la
estrella apenas aparece y que del cielo caen bolas
blancas. Yo no lo he visto, pero imagino que son
las partículas que veo aquí por las noches, junto a
la gran estrella blanca. Quizás allí quieren bajar
a la tierra a jugar… pero no sé por qué. Y Mundo
Verano es muy parecido a mi mundo, pero la estrella
brilla con más fuerza y el cielo apenas llora.
Seguro que son lugares maravillosos, pero yo soy
muy feliz aquí, aunque me gustaría que los copitos
que permanecen en el cielo bajasen a jugar conmigo
de vez en cuando.
231
El vuelo desconocido
por Silvia Robles Martínez
Estaba sentada en el parque, era el primer día
de su «nueva» vida.
Había sido despedida del trabajo en el que llevaba más de veinte años, durante los cuales había
conocido al que sería su marido tomando café, en
el bar al que bajaba en sus veinte minutos de descanso; también había sido testigo de su divorcio.
Había asistido a bodas, nacimientos, rupturas, defunciones… veinte años son muchos.
Y de repente «el vacío». Qué iba a hacer el resto
de su vida, no lo sabía; tenía miedo, todo su mundo
giraba en torno al trabajo, no tenía nada a lo que
aferrarse, por eso estaba allí, en un parque a las
ocho de la mañana de un día de mayo, sin algo más
interesante que hacer.
Nadie entendía su malestar, tenía un piso pagado, sin hijos, dinero… ¿Cuál era el problema? El
problema era que se sentía inútil.
Pasaban los días y Emilia no hacía otra cosa que
pasear, leer, ver la tele, ir al cine, pero necesitaba más.
Y un día, en la biblioteca donde iba a leer periódicos y revistas, lo vio: «Se necesita persona
para enseñar español a inmigrantes». No pagaban
mucho, tampoco le importaba, lo único que necesitaban era que tuviera disponibilidad inmediata; había días en los que las clases serían de mañana, y
232
otras de tarde; y otra cosa quizás no, pero tiempo
tenía de sobra.
Y así empezó «su nueva vida». Conoció el otro
lado de los inmigrantes, los que le contaban que en
su país no podían vivir por ahora, pero que querían
volver, que venían aquí porque les empujaba el hambre, la necesidad, pero nunca el placer.
Pasados unos meses, decidió que tenía que conocer
esos lugares, y viajó allí, pero no a los hoteles,
ni a las playas, ni a ver safaris, sino a las casas
de sus alumnos, con sus familias, donde aprendió a
disfrutar del momento, de las cosas pequeñas, de
los paseos, de las tardes en el seafront. Entendió
que a veces los empujones que te da la vida no te
tiran a un barranco, sino que te ayudan a volar.
233
-Utopíapor Susana Palacios Vinagre
Soledad es cuando las huellas de tus pies ya no
se vislumbran en la tierra; es soledad lo que me
atrapa en la noche, cuando solo se oye el rumor de
la luna; o es cuando el ruido de la gente me atrapa
y no lo entiendo.
Es soledad cuando abrazo el vacío que antes ocupaba tu sombra, o son los pensamientos los que se
dejan atrapar por tu conciencia.
Me pregunto que si la vida me da tantas oportunidades es porque tengo que seguir luchando, seguir
caminando, seguir bailando.
Hay noches en las que los pensamientos y la soledad me invaden, son caminos que se desvelan inciertos, cuando, en realidad, tú estás como un faro en
puerto seguro; sigo el camino que me conduce a la
seguridad de tus brazos, a la serenidad del mar en
calma que son tus miradas; a las risas bailarinas
que se agitan como un mar de olas gigantes.
Busco respuestas que no existen, porque no hay
preguntas para la incertidumbre; solo hay una cosa
segura, y solo la sabes tú…
234
-Utopíapor Hortensia Gesteira Estévez
Y puedo sentir que en una tarde lluviosa se me
escapen los deseos, esos que tengo escondidos bajo
un tapiz dorado, los que pienso que podrán salir a
la luz un día de primavera que observo en un futuro no muy lejano. Los deseos más recónditos de una
enamorada. Enamorada del paso del tiempo a tu lado;
romántica de las cosas simples y patéticas; sensible por lo absurdo y por lo que no lo es tanto.
Puedo sentir un tun-tun en mi cabeza, que me
augura buenos momentos y que pretende destaparme
aquellos donde era la niña más dichosa de las personas que conformaban este singular espacio. Sigo
siéndolo por momentos, aunque apenas alcance a expresar si realmente soy feliz o estoy más amargada
que nunca.
La conciencia me empuja a escribir sin frenar;
a intentar atrapar unos momentos que resultan efímeros, demasiado pasajeros, cuando yo lo único que
quiero es conseguir tocar el cielo con las manos,
besar el sol con los pies, y llegar a los detalles
más nimios de felicidad.
¿Y si resulta que la felicidad solo está en los
pequeños momentos en que salimos de una rutina,
de los corsés, para embarcarnos en la locura más
absoluta y a la vez tierna, que es cuando estoy
enlazada en tu cuerpo, lleno de mariposas y de esas
flores bonitas que llenan mi mente de sueños?
235
Al final es bien cierto eso de que solo queda
el alma en la infinidad de pensamientos de nuestro
cuerpo.
236
Quiero ir allí
por Víctor M. Contreras
Quiero ir allí
montado en un dragón azul plateado,
y tal vez no volver mañana
con tus manos atadas a mi pecho
y tu aliento de flores inmortales
sobre mi hombro.
¡Levanta
y avanza
hacia el
que está
el vuelo, dragón!
entre el azul y naranja de este cielo
horizonte, hacia el valle
en el otro mundo, ante nuestros ojos.
Avancemos antes de que el sol desaparezca
después de la sonrisa a la lluvia,
y juguemos a romper montañas y arbustos de nubes
con los puños, con los brazos extendidos.
No te sueltes de mi pecho, amor,
y sigue mirando emocionada este trayecto;
dejemos que el aire serpentee nuestros cabellos
mientras sobrevolamos este valle inmenso.
Eternizados,
desprovistos de las cadenas invisibles
que atan todo a nuestras espaldas
sin más motivo que el sometimiento
de la imaginación y nuestras almas.
237
Quiero ir allí,
pero no quiero ir solo,
te quiero a mi lado en todo viaje,
que el dragón eterno de mi alma siempre tenga alas
para escapar juntos de aquí.
238
-Utopíapor María Luisa Vázquez Pedreda
Desde muy pequeña me atrajo la belleza, no importaba la forma de expresión.
La primera noticia de ello me la dio mi madre
cuando me contó que un día, durante mis cinco años,
aparecí con una flor en la mano y le dije: «Mirá,
mamá, es tan bonita que hasta tiemblo».
Desde entonces he apreciado la belleza en todas
sus manifestaciones y he lamentado que mi físico no
la manifestara.
He sido feliz contemplando el cielo y el campo, escuchando el agua de una fuente, una melodía;
sintiendo el tacto del terciopelo, acariciando una
piel suave, el caer el agua de lluvia sobre la mía,
contemplar el mar, un atardecer de otoño, el brote
de la primavera; mordiendo una fruta madura, aspirando un perfume; abrazando un cachorro, la tibieza
de otro cuerpo.
He dejado a mis sentidos libres, disfrutar de lo
más simple, lo más hermoso. He viajado a lugares
remotos para encontrar más belleza. He aprendido
todo lo que pude, y dejé que mis manos plasmaran a
través del arte todo cuanto sentía.
Ayudé a otros a seguir el mismo camino.
Solo un deseo no he podido cumplir; corporizarme
en aquello que es motivo de mi disfrute: el vuelo
de un pájaro, la luz de un rayo, tierra húmeda, agua
cristalina, una poesía, una mirada…
Esa, y que la belleza no tenga patrones, es mi utopía.
239
Sueña
por Verania Jazmín Arvizu Rubio
Dicen que la esperanza es lo último que muere;
a mí me parece que nunca muere, nosotros mismos la
matamos.
Todos tenemos sueños e ilusiones, y tenemos la
esperanza de cumplirlos; todos alguna vez deseamos
algo, que no busquemos la manera de cumplir nuestro
objetivo es diferente.
Me llamo Mary, soy un hada de los deseos, y yo
también tengo mis propios deseos, aunque no puedo
cumplírmelos con una varita mágica, debo luchar por
ellos como todas las personas. Mi mayor sueño es
convertirme en un hada egresada, esto quiere decir
en un hada total, que puede cambiar las cosas. Estoy en el último semestre para concluir mi carrera
y mi proyecto final es ir con los seres normales y
ver qué desea la gente allá. Lo que no saben de ser
un hada de los deseos es que no se cumplen solo así,
nosotros ayudamos a que se cumplan, pero no hacemos
todo el trabajo, el poder está en cada uno, y cada
quien puede impulsarse o quedarse.
He observado a muchas personas; he hablado con
unas cuantas y es increíble cómo no pueden superar
sus expectativas. ¿Por qué los humanos no luchan
por sus objetivos? Escucho palabras como «solo un
sueño», «no se puede lograr», «es imposible»…; si
no buscas lo que quieres, va a ser imposible; de lo
contrario, se puede lograr. ¿Quieres volar? ¿Quién
240
dice que no se puede? Todo es posible si cumples con
el principal objetivo: SOÑARLO.
Creía que los humanos se daban por vencidos fácilmente, pero Jack me demostró que no es así.
–¿Cuál es tu mayor sueño?
–Todo lo que se pueda soñar, es mi sueño.
–¿Cómo?
–Algunos prefieren soñar y otros hacen que las
cosas pasen.
–¿Y de qué persona eres?
–De la que no se da por vencida.
–¿Cómo lo sabes?
–Estoy aquí, al otro lado del mundo, alejado de
mi pueblo, extrañando a mi familia, estudiando y
trabajando para pagar mis estudios y ayudar a mi
familia. Hay veces que no como por darles a otras
personas; quiero ser doctor no por el dinero, sino
para apoyar a la sociedad; tengo muchas cosas y sin
embargo sonrío; soy feliz, soy feliz con mi vida,
tengo una gran familia y mi mayor sueño es nunca
darme por vencido.
Supe que Jack era mi proyecto no solo eso, sino
porque me había dado una manera distinta de pensar.
Cuando nos ponemos ambiciones, tapamos las cosas
bellas de la vida. Como yo, buscaba graduarme de la
escuela de hadas que he descuidado mucho. Hay que
ambicionar, pero sin dejar vivir el presente.
Derek se graduó como doctor, logró traer a su familia a la ciudad, gana bien, comparte el dinero y
fines de semana va a dar consulta gratis a su pueblo.
La humildad es la herramienta para abrir puertas,
y él abrió la puerta de mi alma. No tuve que hacer
mucho para que él lograra sus metas, porque cuando nos planteamos cosas y luchamos, todo se pone a
nuestro favor.
Han velado a algún difunto la noche anterior…
241
Sueño
por Rossangela Huangal Álvarez
Hace unas semanas quedé desconcertada ante el
espíritu de un niño. Solo me convertí en una espectadora más de aquella escena. El pequeño hombrecillo, de quizás diez años de edad, se enfrentó
valientemente al serenazgo de la municipalidad de
La Victoria. Todos los sucesos pasaron tan rápido…,
pero la mirada de la criatura que se convirtió en
un pequeño cachorro furioso solo para defender a su
madre, esa mirada, esos ojos que miraban con furia
y coraje al hombre que intentaba quitarle la carretilla, quedaron grabadas en mi memoria. Para mí es
inevitable no recordar cómo la señora le decía al
niño que corriera, «Corre, hijo; corre, papito…»,
mientras era jalada por unos hombres del serenazgo
con el afán de quitarle su producto. Sin embargo,
el niño, en vez de correr o solamente llorar, aquel
pequeño, cogió con fuerza un extremo de la carretilla mientras empujaba al lado contrario, y repetía
enérgicamente «no» una y otra vez. Dado que el niño
se oponía a que llevaran la carretilla de su madre,
uno de los hombres le cogió por el brazo mientras
intentaban llevarlo por la fuerza. Pero, para sorpresa de ellos y de mí, el niño se soltó y ahora él
era quien intentaba jalar al serenazgo en dirección
contraria mientras que por sus ojos salían algunas
lágrimas. Y yo solo me quedé observando y derramando las lágrimas que el niño no derramó. Yo no
242
grité ni me bajé del carro para ayudar, simplemente
lloré. Y cuando dejaron al niño y a la madre, seguí llorando mientras veía cómo se alejaban. Quise
mirar por última vez el rostro de aquel antes de
que voltease la esquina, pero no pude; la valiente
alma escapó mientras le daban libertad. Sin embargo, luego de ver a aquellos libres, seguí llorando,
y lloré porque no hice nada, porque solo lloré,
porque no me sentí valiente, porque toda mi vida me
creí el cuento de que soy un alma llena de coraje
que es capaz de hacer cualquier cosa para defender
una criatura indefensa. Ahora me pregunto qué será
de la vida de ese niño, me cuestiono si estudiará,
si podrá estudiar, si con todo lo que le toca vivir
podrá estudiar, o, lo más importante, vivir. Hoy me
imagino que no solo en Gamarra hay niños que sufren
con sus madres, los hay en Lima, en todo el Perú,
los hay en América y sé que los hay en el MUNDO. Y,
si mi imaginación me lo permite, solo sueño con un
mundo que permita a la infancia vivir tranquila,
que se desarrollen como los niños que son. Y, si no
es mucho pedir, que algún día los adultos tengamos
alguna inocentada de niños; que nos enfrentemos
ante los sucesos más minúsculos y a los más inmensos; que el mundo recupere la sensibilidad, aquello
que nos hace sentir más allá de nosotros, lo que nos
diferencia de un computador; que podamos llorar;
que podamos gritar con el corazón.
243
La vida son historias
por Diego Alonso
Las palabras todavía seguían resonando en su cabeza mientras subía los escalones color ceniza de
dos en dos, apresuradamente. Casi había olvidado
por completo el rostro de la anciana tras ayudarla
a cruzar el paso de cebra, pero no la cita que ella
le brindó por todo agradecimiento cuando le dijo
que lamentaba no poder quedarse a charlar un minuto, pues tenía una cita urgente en la policlínica,
más concretamente, en la sala tercera, maternidad.
–¿Así que ha sido padre? –le había dicho la mujer, con una media sonrisa en la comisura de los
labios–. Pues mi enhorabuena, joven. Y recuerde una
cosa –aquí la anciana le había tomado por el brazo,
con determinación–: Además de padre, ahora usted va
a ser escritor, porque va a escribir un capítulo
nuevo en su vida y asistirá a muchos de ellos en la
de su hijo –y luego, solemne–. La vida es una historia; no, la vida son historias.
Y después de girarse, sin añadir nada más, la
mata canosa sobre el negro abrigo de pieles había
seguido calle abajo, desaparecida en la bruma de
la mañana.
La frase le daba vueltas, jugueteando con él.
Ahora que ya se encontraba en el hospital, ahora
que la señora estaría, probablemente, a un par de
manzanas de allí, le había entrado la duda: ¿qué
había querido decir con eso de la historia y las
244
historias, lo del escritor y los capítulos? La
pregunta continuó rondándole mientras atravesaba
el pasillo en dirección a la ventana de la sala
de maternidad. Cuando estuvo frente al abigarrado
grupo de bebés que dormían en las comodidades de
sus cunas, junto al cristal de la habitación, y la
enfermera, sonriéndole, le señalaba cuál de ellos
era el suyo, sintió al verle –rosáceo, minúsculo,
sosegado– cómo las palabras de la anciana comenzaban a cobrar sentido, igual que si alguien les
limpiara la pátina de polvo que, hasta entonces,
parecía haberlas cubierto. Y, al contemplarle un
poco más, pensó para sí en cuántas historias habían
tenido que confluir para que aquella vida acabase de
llegar al mundo, y cuántas, en efecto, habrían de
escribirse a partir de entonces.
245
Sangre Pura 2
por Yanci Lara
Hamburgo, Alemania (1781).
Dos semanas después de que Leyna me confesara
que era un vampiro yo, después de eso, había decidido que quería estar con ella para siempre. Pero
ese para siempre sería hasta que yo muriera dentro
de unos años al volverme viejo y decrépito, y ella
seguiría igual de joven y radiante. Ese pensamiento
me ocasionaba un hueco en el estómago, sabía que no
duraría mucho tiempo, pero aun así, quise disfrutar
cada segundo con ella. Una noche habíamos decidido
pasear por el bosque. A esa hora era muy peligroso
por los animales salvajes, pero a Leyna eso le tenía sin cuidado. Me había dicho que me protegería y
no dejaría que ningún animal se me acercara.
En realidad, quien debería haber dicho eso debía haber sido yo, pero la fuerza sobrehumana y la
velocidad de un rayo, eso era de ella. Así que no
podía hacer nada, yo era el frágil humano que ella
debía proteger. Para serles sincero, no me disgustaba, eso me agradaba, y mucho. Así que salíamos
casi todas las noches al bosque; adoraba hacerle
el amor bajo la luz de la luna, y ella también lo
prefería.
Siempre que nos veíamos, ella usaba sus camisones poco transparentes de seda, y mi favorito era
el rojo. Se la veía espectacular, sus pezones rosados erectos se notaban mucho sobre la tela, y la
rajadura del vestido del lado derecho mostraba por
246
completo su pierna y sus labios inferiores. Eso me
daba acceso directo a ellos. La colocaba de espaldas contra un árbol y me ponía de rodillas para saborear sus dulces jugos hasta saciarme. Ella gemía
en respuesta y abría más sus piernas, solo para mí.
Gimoteaba mientras dejaba caer los tirantes de su
camisón para que sus pezones quedaran al descubierto, y a mí me encantaba cubrirlos con mis manos.
–Mmm, necesito que me muerdas —me pedía entre
jadeos.
Mientras mis manos apretaban más fuerte sus pezones, devoraba su clítoris y lo estrujaba contra
mis dientes, y luego mordía sus labios inferiores y
me chupaba sus jugos, que sabían deliciosos. Lamía
cada rincón de su vagina, y pasaba suave y lentamente por su rajita hasta llegar a su clítoris hinchado. Me encantaba pasar horas haciendo lo mismo
y seguir hasta que ella llegara al clímax, por lo
menos unas tres veces.
Cuando ella no lo soportaba más, me suplicaba
que le enterrara mi duro miembro en su vagina. Yo
algunas veces no la escuchaba porque quería seguir
así por más tiempo, y otras mi pene duro y pulsante
me decía que era hora de satisfacerlo, y este era
uno de esos momentos en que deseaba enterrarme en
ella profundamente.
Me puse de pie y con una estocada concisa y firme
me introduje entre sus suaves paredes que me hacían
tocar el cielo. Arremetía con fuerza porque a ella
la estremecía cada vez y me pedía que lo hiciera
con más fuerza.
—Más, más fuerte… más fuerte —me decía al oído
entre jadeos.
247
-Utopíapor Óscar R. Arteaga
Los sueños son retazos del alma que, remendados
a tus ilusiones y anhelos, conforman un mapa onírico que nos sirve de orientación en un mundo en el
que nada tendría sentido sin la ilusión.
El devenir, la experiencia y, por qué no, también los años, te enseñan que la felicidad es una
simple utopía, y que al final lo que nos quedan son
esos momentos que se convierten en algo maravilloso
cuando aprendemos a reconocerlos.
Puede ser un lugar, una persona, una canción o
un simple olor el que nos despierte esas ansias de
volar y soñar. Lo importante, sin duda, es tener
ese punto de fantasía al que agarrarnos mientras
el huracán de la realidad nos zarandea de un lado a
otro de la cotidianidad.
Todos hemos deseado algo que a priori se antoja
imposible: que nos toque la lotería, tirarnos en
paracaídas, viajar a lugares recónditos, conocer a
una estrella de cine e, incluso, llegar a ser un
escritor reconocido.
Ser escritor, poder dedicar tus horas y tus energías exclusivamente a crear sin más premura que la
de disfrutar de tu trabajo. ¡Qué bonita quimera!
Puede que nunca llegue a hacerse realidad. Puede
que la fórmula maestra sea solo una mezcolanza de
trabajo duro y suerte.
Mientras, seguiré refugiándome en ese reducto de goce intelectual que es sentarme frente al
248
ordenador. Un paraíso particular en el que verdaderamente me hallo completo y en paz, un universo donde cronos se detiene. Una confluencia de
situaciones, personajes e historias que derivan
en lo más parecido a lo que pueda llegar a ser la
Felicidad.
249
Y de repente...
por Yolanda Damia Melego
De repente se dio cuenta de que no quedaba nada
por lo que luchar. La vida le había pasado las cuentas de todo lo vivido, y ahora, aun con tanto tiempo
todavía por delante para algo más que respirar, la
cartera estaba vacía. El precio pagado había sido
alto, no le dejó saldo ni aval.
Caía por el precipicio, esta vez sin divisar
nada a lo que agarrarse, cuando se percató de que
es en esa determinada coyuntura, cuando la pendiente es tan pronunciada, cuando no debes mirar abajo.
La ausencia sería infinita, el olvido sería imposible, pero, casi sin pretenderlo, se descubrió
soñando manejando el futuro. ¿Su futuro? ¿Su mañana? Todo parecía real, posible, verdadero. Fue su
sueño más sanador.
Tras comprobar que la vida es imparable, y aun
con el vértigo de equivocarse, incluso, en sus dudas, se imaginó, nueva y limpia, en la vereda. Las
palabras se agolpaban en su mente: «Aguanta, nena.
Tu momento llegará. Algún día vendrá un viento
fuerte que te llevará a tu sitio. Hay que ser como
un junco… La vida te dobla a veces, pero, al final,
vuelve uno a ponerse de pie, todos siempre tenemos
fuerzas para volver a ponernos de pie».
Se aferró a todas aquellas palabras tantas veces oídas, pero solo ahora escuchadas. Era el momento de encontrar el nuevo sendero. Es cierto que
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no quedaba dónde ir, pero sí por lo que luchar.
Tendría una nueva oportunidad real, mágica, esperanzadora, porque solo se gana cuando se aprende
a perder.
Ella se sentía vencida, pero no rendida. Ya no.
Tras aceptar la derrota, y aprobar con una valoración de sobresaliente la lección, decidió que era
necesario imaginar el mañana, diseñar un paraíso
terrenal que solo necesitaba de la fuerza del sol y
convertir el futuro en manejable.
El paseo matinal, que esta vez más que reparador fue regenerador, había concluido, y con él el
duelo, el dolor y la autoflagelación que la pérdida le había originado hacía ya unos meses en las
entrañas. Ahora, desde ese mismo lugar, nacía una
semilla que la portaba en volandas hacia un nuevo hogar, un nuevo rincón donde instalar sus filias
y fobias, sus emociones, sus pasiones e, incluso,
esos momentos neuróticos que a veces la habían llevado a los llantos de la desesperación.
Esa voz interior que siempre le golpeaba hasta
dejarla tendida de bruces sobre la tierra se reveló
más brava de lo que ella recordara haber sentido
jamás, pero, en ocasiones, la naturaleza crea tormentas perfectas capaces de generar tan inconmensurables catarsis que todo lo nuevo creado parecía,
solo instantes antes, pura utopía.
Era abril, la primavera comenzaba a despuntar,
el azahar, como el almendro, florecían hermosamente,
y ella…, ella vivía en ese momento el inicio de su
nuevo camino. Había aceptado el ayer y ahora solo
quedaba crear «una realidad de su sueño».
251
-Utopíapor Zaida Maseda García
Hoy me gustaría darte esta rosa blanca; su aroma
inundaría tu libertad para bailar sobre las olas
que azotan el faro. No creo en los temporales, sino
en que intentas aferrarte a las rocas, escalar y
vestirte con tu abrigo rojo para abrazarme y decirme que todo va bien. Sé que a veces lo haces,
apareces sin llamar por la puerta de mis sueños,
y entonces me abrazas. Después, despierto y me doy
cuenta de que ya no estás aquí, y solo te puedo
llorar. Sé que así no puedo vivir, que me perderé
en la oscuridad de estar sin ti.
Nadie se imaginaba el no verte mas… Siempre creí
que volveríamos a tomar esos cafés en el bar, viendo a la gente pasar corriendo, abrazando sus bufandas por el frío de la mañana.
Cierro los ojos y deseo recordar el mar; al
romper las olas escucho el eco de tu voz. Me hace
sentirte cerca y pienso que la vida debería darte
la oportunidad de volver: jamás nos dimos un último
beso. ¿Cómo me puedo acostumbrar a esta sensación?
Tengo un agujero negro en los pulmones y una cárcel
en el corazón. Me aferro a todo lo que me permita
tenerte cerca: fotos, bolígrafos que usabas en tu
despacho, cuadros que pintaste… ¡Ay! ¡Los cuadros!
Pintabas por placer y entretenimiento, pero no sabes que pintaste lo más preciado que tengo: las líneas de mis manos. Las miro y sé de dónde vengo, y
252
de quién. Tú me dibujaste. Y ese es el mejor cuadro
que le pueden regalar a una persona.
Sigo aquí, sentada con esta rosa, aferrándome
a tus recuerdos, a tu voz, a tu abrigo rojo, que,
aunque me queda muy grande, de vez en cuando me lo
pongo. Tengo los ojos llorosos pero me siento bien,
estoy a tu lado. Las enfermeras me conocen. Han intentado convencerme de que no venga… Ilusas. Todos
los días ocupo la misma silla, con tu abrigo y una
rosa blanca, sin hacer nada más que mirar las curvas y rectas de mis manos. Todo parece en silencio.
Me parece sentirte cerca. Cierro los ojos y recuerdo tu cara, tus manos, tu voz. Recuerdo anécdotas
de cuando viajamos a Alemania, de las mañanas de
verano pescando, de los domingos paseando… Todos
esos recuerdos son tan apacibles… Me relajan.
Pero, como todos los días, esto se rompe cuando aparece una enfermera citando a los familiares
que pueden pasar. Sé que no me van a nombrar. Ya
no estás en la UCI, en el box número nueve, pero
siempre hay un halo de esperanza estúpida. Veo cómo
los familiares se ponen nerviosos, entran unos,
otros salen, lloran, se abrazan… Yo sigo sentada
en mi silla, observándolos y hablando contigo en
mi fuero interno. Me voy poniendo triste a medida
que avanzan los minutos y la hora de visita termina. Siempre espero a que la sala se vacíe. Entonces
me levanto, acaricio mis manos y las mangas de tu
abrigo, pongo la flor en la silla y, a paso lento,
me voy de la UCI. Mañana volveré a sentirte un poco
mas cerca, papá.
253
El duelo
por Zaida Maseda García
El viento azota mi vestido intentando arrancarlo
de mí, pero no cedo ante su codicia.
Continúo con los pies a escaso margen del vacío,
sin una sola grieta de duda. Lo haré cuando lo decida.
El sol se sumerge tiñendo el horizonte con tonos
anaranjados, alargando las sombras. Mañana volverá.
De pie, con la vista en el horizonte, mi piel se
enfría, mis brazos se relajan, mi mente se derrama
de recuerdos. No quiere pensar en nada, y yo tampoco. No quiere escuchar mi deseo incombustible de
seguir. No quiere saber dónde estoy ni lo que vine
a hacer, aunque mis ojos lean el peligro de estar
subida a un balcón sin sujetarme a ninguna parte,
retando a las viejas e inclementes bestias de la
naturaleza, desde este edificio. Acabo de borrar
ese último dato. Me siento mejor y sonrío.
Seguiré borrando mi memoria y lo haré al compás del sol, mientras se recuesta en su lecho y
el anochecer le arropa con su manto de estrellas.
Olvido miles de noches solitarias, olvido los «te
quiero» evadidos, olvido todos los besos que no
tuve ni retuve, olvido cada una de las palabras que
me guardé… Noto que el peso de mi cuerpo ya no es
peso, aunque la gravedad sigue existiendo a escasos
centímetros de mí.
254
El aire entra a pequeños golpes en mis pulmones,
que se difumina alegremente entre sus invisibles
moléculas. Me elevo sobre la punta de los dedos
de mis pies, sin dolor, sin náuseas, saboreando
la sensación de libertad, y le ofrezco mi saludo
abriendo los brazos de par en par, entregando el
insignificante organismo latente que ha sido mi cárcel desde que te fuiste.
Lo hago ahora, con la conciencia más tranquila, con los últimos brillos del astro en mi rostro
relajado. Cierro lentamente los párpados y me inclino ante el abismo del sueño incontestable. Tan
solo ese pequeño gesto es suficiente para que la
física del mundo que nos domina realice su tarea.
Me deslizo en dirección a la felicidad volteando
con ligereza mi cuerpo, como una hoja de otoño. Mi
semblante se deforma, se diluye en el tiempo y el
espacio, mientras doy vueltas y más vueltas acariciando la inminente despedida que se acerca. Solo
pienso en él. El cosquilleo que siento en mi estómago desaparece y reniego de los números, de las
letras, de mi nombre…
Oigo un crujido seco. No siento nada, solo una
voz que me susurra:
–Se te olvidó todo, excepto un detalle… –me
dice–. Conocía de tus proyectos y de tu vida. Y
ahora parece que solo puedes elegir entre dos opciones: pudrirte por dentro o bailar con las agujas de tu vida en la mano. Yo me fui, pero tú no
te condenes a caminar sola.
Me levanto y solo hay oscuridad. Escucho un twist
de fondo y noto cómo una sonrisa estéril se aleja
de mí. Me siento en la cama y sentencio:
–Lo volveré a intentar, papá, te lo juro.
255
-Utopíapor Brianda Zorraquin Artiñano
Sueño con poder estirar mi brazo y alcanzar una
estrella, esa que tanto brilla, esa que corre tanto. Sueño con poder viajar al pasado y ver a los
que ya no están; e incluso con escaparme al futuro
y echar un vistazo a lo que vendrá. Tengo sueños
imposibles, es cierto. Tiendo a esperar demasiado.
He llegado a soñar que la justicia era justa…, no
te digo más. Pero dicen que soñar es gratis, aunque
a veces puede resultar muy caro.
Una puede esperar esa llamada que te diga que tu
tiempo libre se reduce y la cuenta de ahorros aumenta. O esperar la noticia que comunica que nuestros
hijos tendrán aquello por lo que nuestros padres
lucharon, y que nosotros disfrutaremos de nuestro
tiempo con los derechos que nos hemos ganado.
Esperamos conocer a esa persona que nos haga desear pasar con ella cada segundo del día, cada día
de nuestra vida. Esperamos ese beso que nos deshace, ese «te quiero» que hace que todo se olvide,
que todo parezca lejano; ese «lo siento» que nos
aleje del rencor y nos acerque al perdón. Esperamos que las palabras no sean hojas que el viento
se lleva, sino que se conviertan en hechos que se
demuestran. Confiamos en que las personas que dicen
luchar por nuestros intereses dejen de velar solo
por los suyos y miren más allá de sus hombros. Esperamos que el mañana nos traiga lo que se llevó
el ayer, y que nuestros sueños se cumplan, aunque
256
sea en un futuro incierto y sin saber con quién.
Y, durante esa espera, seguiré soñando. Soñaré con
cosas imposibles, con cosas que parecen inalcanzables… Y un día me despertaré y todo eso ya no
serán sueños, sino promesas cumplidas y objetivos
logrados.
257
Anoche soñé con un poema
por Anabella Giménez
Anoche soñé un poema
para celebrarte.
Hoy desperté al alba
y sé
que solo
creí amarte.
¿Fue un sueño,
vida, este amor,
después de todo?
¿Fue, acaso,
el producto
de mi fiebre?
Te busco
sana, consciente,
mas no te encuentro.
¿He de buscarte, pues,
cruzando el puente
que separa la locura
y la razón?
Te busco
bajo el arcoíris de mis lágrimas.
Te busco
tras la hayas de mis sueños.
258
Te
en
en
de
Te
en
Te
en
Te
en
busco
los helechos escondidos,
el bosque profundo
mis pensamientos.
busco
las fuentes encantadas.
busco
los arroyos ocultos.
busco
el brillo y en la herrumbre.
Déjame ver tu luz,
pues sé que existes,
y yo
te seguiré,
sumisa,
hasta tu cumbre.
259
Índice
Sonia Aguirre Duque............................. 7
César Vicente Calle............................. 9
Carmen Gómez Sousa............................. 11
Andrés Barrero Rodríguez....................... 13
César Malagón.................................. 14
Leire Kortabarría.............................. 15
Susana Hernández Sánchez....................... 18
Laura Carrera Hernández........................ 19
Ángel Pontones Moreno.......................... 20
Mercedes Suero Fernández....................... 23
Jaime Fa de Lucas.............................. 25
Leonardo Martín Layus Seveso................... 26
Mercedes de Luis Andrés........................ 27
Octavio Pacheco González....................... 29
Pablo Santaolalla Rueda........................ 30
Adriana Salazar................................ 32
Adriana Elizondo............................... 34
Aïda Domínguez Puig............................ 35
Alberto Rubio.................................. 38
Ana Gavilá..................................... 40
Andrés Felipe Dickinson........................ 42
Cleopatra Smith................................ 44
Patricia Loayza Urbano......................... 46
Antònia Fontirroig............................. 49
Arancha Palomares Peña......................... 51
Nacho Díaz Cobo................................ 52
261
Belén García Ruipérez.......................... 55
Diego Bentes................................... 58
Emma Cañete Grondin............................ 59
Carlos Gómez Bañón............................. 60
Wendy Vargas................................... 61
Cristina Garay Burdeos......................... 63
Cristina Sayago Gómez.......................... 64
Fernando Fernández Freijo...................... 66
Diana Peña..................................... 68
Dolores Planas Blasco.......................... 71
Salma Abdola Gutiérrez......................... 73
David Santaella Juncar......................... 74
Eduardo Gambetty............................... 75
Elena A. González.............................. 77
Fele Pastor.................................... 79
Felipe Bravo Ortiz, Felipoween................. 81
Felisa Bisbal Molina........................... 82
Félix Pernas Ramírez........................... 84
Fernando Useros López.......................... 86
Francisco Hernández Molero..................... 88
Juan de Dios Coronel........................... 90
Raquel Martínez................................ 92
Carmen Lucía Carmona Miranda................... 94
Gonzalo Naya López............................. 96
Hina Finck..................................... 98
Manuel Álvarez González-Jubete................ 101
Elena Vega González........................... 103
Inés Díaz Arriero............................. 104
Inés Poveda Pastor............................ 106
Isabel María Hernández Martínez............... 108
Inmaculada Velázquez Ramírez de Verger........ 110
Jesús Denche Castela.......................... 111
Jorge Andrés Castro Muñoz..................... 112
Javi Fabulaciones Dabuten..................... 114
Jessica de la Fuente.......................... 116
Jorge A. Garrido.............................. 120
Jordy Tapia Robles............................ 122
262
Juan Sebastián Chilla Romero-Valdespino....... 124
Judith Pastor................................. 126
Juan Pedro Martín Escolar-Noriega............. 128
Néstor Bardisa García......................... 130
Daniel Pizarroso Marmolejo.................... 132
Miguel Ángel Moreno Pérez..................... 134
Lola Schutz................................... 136
Tatiana Gómez Sandoval........................ 138
Laura Rivas Arranz............................ 140
Laura H. Mastracchio de Delponte.............. 141
Leonor Cortina................................ 143
Laura Hernández............................... 145
Luciana Popovich Crnojevich................... 147
Luis García Serrano........................... 149
Àngels Torra Rial............................. 150
Manuel Vega Palma............................. 152
María Cendán.................................. 154
María Mercedes Mason.......................... 157
Maribel Segado Martínez....................... 159
Marta García-Pons............................. 160
María Elena Sánchez Álvarez................... 162
María del Carmen Camiña Vázquez............... 164
Miguel Ángel Pezoa Zúñiga..................... 166
Nenu Rubn..................................... 168
Melina Álvarez................................ 169
Pedro Gamarra Anguiano........................ 170
Miguel Ángel Carroza Barroso.................. 172
Mihaela Valeanu............................... 174
María Ramos Pérez............................. 175
Natalia García Martínez....................... 177
María Natalia Kraus Amarillo.................. 179
Nazarena Araceli Palma........................ 180
Nuria Gil Inés................................ 182
María Nieves Fernández Céspedes............... 184
Noemí Rodas Marimón........................... 186
Oli López Márquez............................. 188
Paco Rodríguez Angúlo......................... 190
263
Nancy Parraguez............................... 192
Paula Margarita Espinoza Hernández............ 193
Pili Fernández de Torres...................... 195
Jesús Manuel Torres Medina.................... 198
Leopoldo Eric Vidal Meyer..................... 200
Paqui Vizcaíno Jaén........................... 202
Rafael Moreno Montalbán....................... 204
Raquel Molina Montaño......................... 206
Gina Mourie .................................. 208
Rhodea Blasón................................. 210
Inma María Casas.............................. 213
Paqui Rubí Herràiz............................ 214
Sonia García.................................. 217
Alba Sánchez Serradilla....................... 219
Sara Gómez Radillo............................ 223
Sarah Degel................................... 224
Saray La O Toledo............................. 225
Sergio Gozzi Vallejo.......................... 227
Libre......................................... 228
Silvia Mouzo López............................ 230
Silvia Robles Martínez........................ 232
Susana Palacios Vinagre....................... 234
Hortensia Gesteira Estévez.................... 235
Víctor M. Contreras........................... 237
María Luisa Vázquez Pedreda................... 239
Verania Jazmín Arvizu Rubio................... 240
Rossangela Huangal Álvarez.................... 242
Diego Alonso.................................. 244
Yanci Lara.................................... 246
Óscar R. Arteaga.............................. 248
Yolanda Damia Melego.......................... 250
Zaida Maseda García........................... 252
Brianda Zorraquin Artiñano.................... 256
Anabella Giménez.............................. 258
264
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