Ese trocito de mundo llamado cuento

Ese trocito de mundo llamado cuento
Pensar el cuento en su especificidad discursiva, desde el Concurso Nacional de Cuento RCN- Ministerio de
Educación Nacional, implica atender, en principio, a una realidad evidente: quienes escriben cuentos, en este
contexto, son niños, niñas, jóvenes, jovencitas o adultos que, en su mayoría, no cuentan con mucha experticia
práctica ni teórica para arribar al producto final. El cuento, así, se abre como un camino de busqueda, una ruta
que se va trazando en la medida en que se avanza, una cita azarosa con un resultado incierto, algo así como
cruzar por un sendero cubierto de maleza, que se va despejando de a poco, mientras se va apartando la densa
vegetación en espera de dar con la claridad.
Así, el concepto de cuento que se define en los procesos de escritura, debe permitir no tanto la esperanza
feliz de la excelencia, del texto canónico, sino más bien debe ser una apertura a la construcción de sentidos
mediante la palabra escrita. El discurso cuento, entonces, debe entrar en diálogo con una competencia en
construcción, a la vez que debe propiciar irrupciones de orden no necesariamente profesional, sino amateur,
pues de lo contrario el fin último jamás se conseguiría. Interesa más el proceso que el resultado, el cómo, el
para qué y en menor medida el qué.
En este sentido, se asume el cuento desde una concepción que permite el detalle y la exploración pedagógica en cada uno de sus componentes: “Un cuento es un trozo de vida que se le roba a una realidad sensible,
o a otro mundo probable, y que se vuelve una evidencia porque se proyecta en una situación narrativa escrita,
concreta, en la que uno o varios personajes (siempre los estrictamente necesarios), de la mano de una voz que
los guía (que puede ser la propia), avanzan hacia un final en el que, por una u otra razón, se encuentran (no
siempre en la última escena) con una situación no prevista, o evitada por ellos mismos en todo o en alguna de
sus partes”. (Bonilla, 2012).
Hay que ir por de a poco. En principio, definir el cuento desde “un trozo de vida” conlleva partir de materias
narrativas cuyo descubrimiento no resulta tan sencillo para quien apenas empieza. No es una gran parte de la
vida lo que se cuenta, hay que decirles, es un trozo, una escena en el aula, una pilatuna en el patio del recreo,
el atisbo de una aparición en una noche por demás oscura, el corte brusco de una relación amorosa, la pérdida
intempestiva de la mascota amada… No es la historia completa de ninguno de estos casos, con su pasado y
su futuro, es detenerse sólo en el estallido brutal del presente, en el cual se vislumbra que algo no anda bien
en cualquiera de estas escenas. Hay que agregar, desde luego, la idea de que ese fragmento contado debe ser
sensible, es decir, debe afectar, en principio, el propio corazón de quien cuenta. De esta forma es muy probable
que también afecte el de quien lee.
Ese fragmento puede venir de la misma realidad, algo que funciona muy bien en talleres con niños, o de
otras realidades posibles: los sueños, la pura imaginación, el futuro, las galaxias, en fin. Tantas opciones como
la mente humana permita. La “realidad” la decide quien cuenta, según su propia corazonada. Lo importante es
que descubra en esa “realidad” algo particular o insólito, una fisurita, como diría Liliana Heker, algún desacomodo en dicha historia.
Esta historia pensada, si se quiere de verdad escribir un cuento, debe ponerse en evidencia en una narración concreta. Narrar implica registrar hechos en secuencia, movimientos, motivos dinámicos, en el decir de
los formalistas rusos, acciones. Narrar implica dar movimiento a un mundo que hasta antes del episodio escri-
to estaba muerto en la cabeza, en el pensamiento. Es permitir que esa historia cuyos
ingredientes estaban encarcelados en la cabeza tome forma, se mezcle y se cocine
en una receta concreta y completa. Y lo concreto remite, necesariamente, a pensar
como Quiroga, en una flecha disparada a un blanco fijo, sin desvío. Llámese concreto a
contar, a narrar sólo lo que en ese episodio es totalmente necesario para su desarrollo.
¿Quieren contar, por ejemplo, lo que le ocurrió a Pablo el día en que su novia lo dejó
plantado en el cine con dos combos de crispeta y gaseosa en la sala de cine? Cuenten
eso, la plantada, si la perdona o no. Lo que ocurre dentro de la sala, la película que están
presentado, son hechos irrelevantes.
Deben tener personajes los cuentos. Tantos como sólo la misma historia exija. ¿Si el
problema es entre Pablo y su novia para qué forzar el ingreso del señor que vende las
gaseosas, o el del muchacho que tropezó frente a Pablo? Un intruso puede desviar el
núcleo de la historia. En un taller con chicos, por ejemplo, se puede partir perfectamente de una escena de disputa entre dos personajes, disputa cuya resolución los tendrá
sólo a ellos de participantes. ¿Se necesita un tercero porque ese tercero tiene información importante que darle al lector para que entienda y disfrute mejor la historia? Pues
entonces es perentorio darle la bienvenida a esa tercera criatura.
Es indispensable, además, que alguien cuente. Ese alguien puede ser el mismo
estudiante que presenció que Jaime y David se peleaban por la última empanada disponible en la cafetería en un día en el que ninguno de los dos había desayunado. Al
hacerlo, debe ocultarse en un yo los vi, o en alguien que los vio y narra desde lejos, o en
alguno de ellos al que le urja contar esa historia, algo así como era cuestión de vida o
muerte que yo llegara a la empanada antes que David. Pero alguien debe contar. No es
posible un cuento en el que no se indique que alguien está dispuesto a contar la historia desde el inicio hasta el final.
Todo cuento debe arribar a un final. No el final que el autor quiera, sino el que la
misma situación y los personajes exijan. No es requisito que sea sorprendente, inesperado, sino justo. La novia de Pablo llega cuando él acaba de dar la espalda, decepcionado, y se marcha prometiéndose olvidarla sin notar que ella viene subiendo las
escaleras. No es justo que la disputa entre David se resuelva sin atender a lo humano
que hay en la situación, sólo por parecer sorprendentes. Salomónicamente, David entiende que su hambre es igual de desmesurada a la de Jaime, y entonces la divide en
dos y da la ración a su amigo. Si ya se resolvió el dilema, el algo incómodo, la situación
particular, es hora de terminar el cuento. Una línea de más, una explicación forzada, la
irrespetuosa necesidad de decirle al lector que el mensaje era tal o cual, es matar ese
cuento que acaba de nacer.
Concurso Nacional de Cuento RCN - Ministerio de Educación Nacional
www.concursonacionaldecuento.co
ConcursoNacionalDeCuento @ConcurNalCuento