Ponencia Mons. Angelo Zani - Educación católica al servicio de Chile

Congreso de Colegios Católicos, “Una pasión que se renueva”. Pontificia Universidad Católica de Chile. Septiembre 2015.
LA EDUCACIÓN CATÓLICA AL SERVICIO DE LA CULTURA
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+Monseñor Angelo Vincenzo Zani
Excelencia reverendísima, señores directores y directoras de los colegios y de las escuelas
católica, estimados profesores religiosos y laicos, es para mí un gran honor participar a este
importante encuentro que recoge un número significativo de los responsables de las instituciones
educativas católicas de Chile.
Mi siento particularmente contento, en primer lugar, de presentar a todos los presentes mi
saludo cordial, unido al saludo del Prefecto de la Congregación para la Educación Católica, el
señor Cardenal Giuseppe Versaldi; les pido de presentar este nuestro saludo y gratitud a todos los
colaboradores que se empeñan en las numerosas instituciones católicas de este país.
El encuentro de hoy es de particular importancia y se coloca igualmente en el contexto de
la celebración del quincuagésimo aniversario de la Declaración Gravissimun educationis y del
vigésimo quinto de la Constitución Apostólica Ex corde Ecclesiæ sobre las universidades
católicas: dos aniversarios que nuestro Dicasterio ha preparado desde hace algún tiempo a través
de varios momentos de estudio y de reflexión y que se han encontrado en el Istrumentum laboris
“Educar hoy y mañana. Una pasión que se renueva”. En la línea indicada de este camino se
desarrollan este año dos importantes eventos: un Forum en la UNESCO, en París, que se realizó
el pasado 3 de junio y, el Congreso mundial que se tendrá en Roma, desde el 18 al 21 de
noviembre próximo. El objetivo de estos eventos es de relanzar el empeño de la Iglesia en el
campo de la educación, releyendo los documentos del Magisterio y colocándolos en relación a los
desafíos que estamos viviendo.
El Istrumentum laboris, distribuido en todo el mundo, ha provocado numerosas iniciativas
por doquier y sobre todo ha estimulado la reflexión sobre la finalidad de la educación católica, sus
problemas, suscitando intereses y formulando nuevas propuestas que responden a las
emergencias actuales. Nuestro Dicasterio, en respuesta al Instrumentum, ha recibido mucha
documentación sobre el cual, ahora, quisiera desarrollar el tema que me han confiado, utilizando
también las sugerencias que hemos recogido.
1. La emergencia educativa
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Secretario de la Congregación para la Educación Católica
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Congreso de Colegios Católicos, “Una pasión que se renueva”. Pontificia Universidad Católica de Chile. Septiembre 2015.
Ciertamente que a través de la educación católica la Iglesia ha siempre promovido y
continúa promoviendo la cultura, buscando de incidir sobre ella con los valores que se extraen de
la Revelación cristiana y contribuyendo en la promoción del bien común en la sociedad.
Nos preguntamos si la educación católica logra alcanzar estos objetivos también en el
contexto actual, qué obstáculos encuentra, cuáles desafíos debe enfrentar y qué tipo de cultura
debe promover. Para responder a estos interrogantes, observemos en primer lugar los rasgos que
distinguen la realidad socio-cultural en la cual estamos llamados a educar.
Un primer fenómeno que caracteriza nuestro tiempo y que influye fuertemente en el ámbito
educativo es la crisis de las relaciones y de la comunicación entre las generaciones. No se trata
de una novedad absoluta, si pensamos a las sátiras de Juvenal, nacido en el 65 (sesenta y cinco)
después de Cristo, en las cuales se lamentaba de la ausencia de la trasmisión educativa, de la
falta de autoridad, del carácter rebelde de los hijos y de la decadencia de la sociedad.
Posteriormente, entre el siglo XIX y XX, estos cambios asumen una profundidad y radicalidad
jamás conocida antes. MacIntyre en su conocida obra “Después de la virtud”, escribe a propósito:
“ha llegado un catástrofe que ha interrumpido la trasmisión del saber moral y mayormente aún, de
sus fundamentos”2. Este problema pone en tela de juicio la cuestión de autoridad y de la libertad
en los procesos educativos e inclusive en la trasmisión de la fe. La crisis de las relaciones, que
provoca una difusa confusión de las identidades y de las edades de la existencia, de los roles y de
los sentimientos que condicionan el intercambio entre las generaciones, induce a algunos
observantes a definir la sociedad actual como una sociedad adolescéntrica3. La edad de la
adolescencia está caracterizada por la búsqueda de la propia identidad, de la incertidumbre antes
las futuras decisiones, de la exigencia del crecimiento y de la autonomía de los adultos, pero, al
mismo tiempo de una cierta inmadurez y falta de experiencia.
Estos factores están presentes en la sociedad de hoy, revelándose particularmente agudos
en el ámbito formativo, donde son interpelados en especial modo los adultos que advierten un
verdadero y propio malestar educativo4. Se trata de un aspecto que toca sobre todo el trabajo
educativo de los padres y, en consecuencia, toca el rol de la escuela y de las otras instituciones
dedicadas a la formación, incluso las católicas.
En esta situación, la crisis de autoridad educativa se manifiesta como una crisis de
propuestas axiológicas, es decir, la crisis de las reglas fundamentales del comportamiento, que
deben estar basadas sobre los valores, y que son exigidas por la misma naturaleza humana.
Un segundo fenómeno particularmente relevante que interpela en modo creciente la labor
de los educadores, como también aquellos lugares donde se trasmiten los saberes y valores, es la
2
A. MAC INTYRE, Dopo la virtù, Feltrinelli, Milano 1988.
Cf. T. ANATRELLA, Interminables adolescentes, .- los 12-30 años -, París 1988. Igualmente, Las diferencias entredichas,
París 1998.
4
Cf. L. PATI, «La autoridad educativa entre crisis y nuevas preguntas», en LABORATORIO PEDAGÓGICO, Repensar la
autoridad. Reflexiones pedagógicas y propuestas educativas (a cargo de L. Patu e L. Prenna), Guerirni Studio, Milano,
2008, 15-32.
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Congreso de Colegios Católicos, “Una pasión que se renueva”. Pontificia Universidad Católica de Chile. Septiembre 2015.
conocida revolución informática; es una nueva cultura que influye en todos los niveles5 y que, no
se puede enfrentar sólo con algunas reglas y prohibiciones.
Estamos ante cambios en los que producciones siempre más sofisticadas transforman en
modo profundo, lógico y secuencial dos instrumentos de fondo que el hombre utiliza para construir
la propia identidad y la propia idea del mundo: en primer lugar, deben ser releídas las formas de
las relaciones sociales; en segundo lugar, deben ser reprogramados los procesos de construcción
mental de la representación del mundo, o lo que es lo mismo, la idea de la realidad6.
Es interesante aquello que ha escrito de reciente E. Morin, uno de los más grandes
expertos a nivel mundial sobre los procesos de trasmisión de los saberes, a propósito de Internet:
“Internet desencadena una revolución salvaje de las condiciones de adquisición de los saberes.
Esto interesa la economía, las relaciones humanas y la educación misma. [A pesar de las
potencialidades positivas], falta al Internet la presencia física, carnal, psíquica, activa, reactiva del
educador, non como auxiliar, sino como director de orquesta que permite considerar, criticar,
organizar los conocimientos de Internet”. Es necesario civilizar esta revolución, introduciendo la
pasión “del director de orquesta, maestro o profesor, que puede y debe guiar la revolución
pedagógica del conocimiento y del pensamiento. Hoy se ha invertido el curso de las lecciones y la
idea del director de orquesta. Como dice el autor apenas citado: “Quien enseña no distribuye más
como prioridad el saber a los alumnos. Una vez fijado el tema de trabajo…corresponde al alumno
buscar documentación (de Internet, de los libros o revistas, etc)”. El director de orquesta corrige,
comenta, aprecia la relación con el alumno para llegar, a través del diálogo con sus alumnos, una
verdadera síntesis del tema tratado7.
El tercer factor está relacionado con el tema de la interculturalidad. En el mundo actual
existe una gran pluralidad de culturas. El proceso de globalización ha facilitado la comunicación
entre las culturas y ha implicado todos los sectores de la experiencia humana. En un mundo que
ha llegado a ser una aldea global, cada singular realidad está unida con las varias áreas del
mundo. Esto es válido para cada persona que continuamente se enfrenta a tener que medir la
propia experiencia cuotidiana con la grande pluralidad de las culturas.
No existe una cultura “pura”, sino una gran diversidad de culturas al interno de una única
comunidad humana. En cada cultura una persona nace y crece y puede construir su propia
identidad, adquiriendo un sentido de pertenencia que le garantiza la madurez y la estabilidad
personales.
El pluralismo y la variedad de tradiciones, costumbres, lenguas, que son motivo de
enriquecimiento recíproco y de desarrollo, pueden conducir a acentuar el rasgo que las identifica,
provocando posibles desacuerdos y conflictos. He aquí, entonces, el desafío educativo que viene
5
Cf. L. BRESSAN, «Diventare preti nell’era digitale», in La Rivista del Clero Italiano 2 (2010) 87-98.
Como explica T. MALDONADO, Real y virtual, Feltrinelli, Milán, 1992; Id., Crítica a la razón informática, Feltrinelli, Milán,
1997; Id., Memoria y conocimiento. Sobre los modelos de saber en la prospectiva digital, Feltrinelli, Milán 2005.
7
E. MORIN, Insegnare a Vivere. Manifesto per cambiare l’educazione, Raffaello Cortina Editore, Milano 2015, 103-105.
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impuesto de un mundo multipolar y plural: ¿Cómo hacer para encontrar las culturas y colocarlas
en diálogo para construir la unidad en la diversidad?
Sí, por una parte, nos damos cuenta que estos fenómenos interpelan las instituciones
educativas, por otra parte tenemos los organismos internacionales que en sus Relaciones
científicas sobre los procesos formativos en el mundo sugieren a las instituciones formativas útiles
orientaciones con la finalidad de enfrentar las grandes transformaciones.
Entre las múltiples indicaciones, ellos afirman que todas las instituciones están llamadas a
promover una nueva cultura de la educación y de la investigación, basándose en tres elementos
característicos.
La primera recomendación está relacionada con el pasaje de la enseñanza al aprendizaje.
Todas las instituciones formativas deben poner al centro de su atención el sujeto en formación,
con sus necesidades y sus interrogantes; de una persona que es objeto de la intervención
educativa, se requiere desarrollar cada capacidad para que llegue a ser protagonista principal del
propio crecimiento y madurez. Este cambio constituye uno de los pasajes más difícil para la acción
educativa8, porque requiere un nuevo perfil del educador y del formador, pero sobre todo confiere
más valor al individuo como autor directo del propio progreso cultural. Para tal objetivo, se
recomiendan estrategias pedagógicas que, de una parte, ayuden al sujeto a “aprender a aprender”
9
y, por otra, impulse a las instituciones a diversificar y hacer más flexibles las propias estructuras
educativas10.
Un segundo elemento sobre el cual se llama la atención es el concepto de las ciudades
educativas, ciudades o sociedades educativas. Considerar la sociedad como educativa significa
referirse a la idea de la educación entendida como evento que va más allá de la escuela y
envuelve la entera sociedad. La tarea educativa no es solamente confiada a la escuela o a la
universidad, sino que “al interno de la sociedad existen todos los grupos, las asociaciones, las
colectividades locales, los cuerpos intermedios que se deben tomar parte de una responsabilidad
educativa. [La presencia de las ciudades educativas] no puede ser concebida sino en términos de
un proceso de compenetración íntima de la educación con el tejido educativo, social, político,
económico”11. Se trata de una visión basada sobre un nuevo proyecto de educación formal e
informal, entendido en toda la dimensión de la sociedad entera.
Un tercer factor para cultivar está relacionado con la prospectiva de la educación continua:
un aspecto estratégico para el entero pensamiento y hacer educación. Los documentos ponen en
evidencia toda la importancia política y pedagógica de esta prospectiva que viene indicada como
“piedra clave de la sociedad educativa” y “de las políticas educativas para los años futuros” 12. La
8
Cf. E. FAURE, Apprendre à être, UNESCO-Fayard, Paris 1972, 184.
Ivi, 236.
10
Cf. Ivi, 210.
11
Ivi, 185-186.
12
FAURE E., Apprendre à être, op. cit., 205-206.
9
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educación permanente o continua es el principio sobre el cual se fundamenta la organización
global de un sistema y se elabora cada una de sus partes.
2. La educación católica promueve la cultura
Antes este escenario de problemas pero, al mismo tiempo, rico de estímulos, debemos
preguntarnos sobre la tarea de la educación católica y sobre su capacidad para promover la
cultura. Este es a propósito uno de los objetivos del próximo congreso mundial de noviembre.
Desde los primeros siglos, la Iglesia ha visto madurar la exigencia de formar las jóvenes
generaciones, ofreciendo sus ocasiones y sus lugares para profundizar los conocimientos y
aplicarlos a la vida, de modo que incida en la mentalidad de las personas y sus varios aspectos
culturales y sociales. Es en esta prospectiva que nacieron las primeras escuelas, en el siglo I-II, y
en el siglo XII- XIII las universidades católicas.
También hoy, la Iglesia advierte el mismo impulso a invertir las mejores energías en el
campo educativo, sembrando valores, experiencias, estilos de vida que promuevan una cultura
impregnada del Evangelio. Es la tarea que tratan de cumplir las 213.000 (doscientos trece mil)
escuelas católicas y las 1.865 (mil ochocientos sesenta y cinco) universidades católicas y
facultades eclesiásticas, frecuentadas por más de 60 millones de estudiantes. Es necesario, por
ello, interrogarse sobre cómo tales instituciones puedan llegar a ser una presencia propositiva,
capaz de fermentar en profundidad los modos de pensar, de vivir, de producir, de hacer cultura en
los hombres y mujeres de hoy y de mañana.
Para adecuar siempre mejor las instituciones según los objetivos por los cuales fueron
creadas, es necesario despertar la pasión educativa siguiendo el estilo con el cual Jesús ha
desarrollado su función de maestro sobre las calles de Palestina, cuando, como dice el Evangelio,
se dio cuenta que existía la necesidad de la verdad. “Misereor super turbam”, escribe el
evangelista Marcos: “vio la muchedumbre y se conmovió por ellos porque eran como ovejas sin
pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas” (Mc 6, 34-41). De este comportamientos deben
partir los educadores católicos para cumplir una acción educativa auténtica.
2.1. Los conceptos de educación y cultura
Nos viene ahora espontáneo preguntarnos: ¿en qué cosiste educar y cómo se puede
producir una nueva cultura, intrínseca de valores cristianos?
Nuestra reflexión, a este punto, nos conduce a considerar los documentos del Concilio
sobre estos temas y, en particular, releer la Declaración Gravissimum educationis.
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Congreso de Colegios Católicos, “Una pasión que se renueva”. Pontificia Universidad Católica de Chile. Septiembre 2015.
Sobre la noción de educación, la Declaración conciliar dice: “Todos los hombres […] en
cuanto participantes de la dignidad de la persona, tienen el derecho inalienable de una educación,
que responda al propio fin, al propio carácter; al diferente sexo, y que sea conforme a la cultura y
a las tradiciones patrias, y, al mismo tiempo, esté abierta a las relaciones fraternas con otros
pueblos a fin de fomentar en la tierra la verdadera unidad y la paz” (n. 1).
Y sobre la educación cristiana afirma: “Todos los cristianos […] tienen derecho a la
educación cristiana. La cual no persigue solamente la madurez de la persona humana arriba
descrita, sino que busca, sobre todo, que los bautizados se hagan más conscientes cada día del
don de la fe […] adaptándose a vivir según el hombre nuevo en justicia y en santidad de verdad
[…] Ellos, además, conscientes de su vocación, acostúmbrense a dar testimonio de la esperanza
y a promover la elevación cristiana del mundo, mediante la cual los valores naturales contenidos
en la consideración integral del hombre redimido por Cristo contribuyan al bien de toda la
sociedad” (n.2).
Entonces, si el objetivo último de la educación es formar a la persona a la fraternidad,
promoviendo la unidad y la paz sobre la tierra, la educación cristiana debe fundar esta acción
sobre la antropología que deriva de la Revelación y, en tal sentido, nos dice que sólo mirando a
Cristo, el Hombre nuevo, podemos llevar la esperanza y ayudar el bien común de la sociedad.
Junto a la GE, es necesario recordar otro documento conciliar fundamental del Concilio,
Gaudium et spes, en el cual la educación viene colocada en relación con la cultura (cf. nn. 59-60).
De hecho, si educar significa hacer protagonistas las personas de una sociedad fraterna y
pacífica, esta acción genera cultura, es decir provoca el nacimiento de “un nuevo humanismo en el
cual el hombre se define ante todo por su responsabilidad hacia sus hermanos y hacia la historia”
(n. 55).
El hombre, dice el Concilio, aplicándose al estudio de las varias disciplinas, como la
filosofía, la historia, la matemática, las ciencias naturales y ocupándose del arte, puede contribuir
a elevar a la familia humana, hacia conceptos más altos de la verdad, del bien y de lo bello y hacia
un juicio del valor universal y a abrir el tema de la fe (cf. GS n. 57).
Por ello, así como es importante el derecho de cada hombre a la educación, así
igualmente es importante el derecho de todos a vivir una cultura humana y civil conformes a la
dignidad de la persona. Por esto a todos se debe garantizar una cultura de base para que,
superado el analfabetismo y haciendo madurar el sentido de responsabilidad, cada uno colabore
con el bien común (cf. GS n. 60).
Debemos recordar que la cultura no es solamente la herencia de la historia, de
experiencias y de valores que recibimos de las generaciones precedentes; ella es una realidad
viva, dinámica y en constante evolución a la cual el cristiano tiene la tarea de ofrecer su propia
contribución. Al respecto, dice el Concilio “La buena nueva de Cristo renueva constantemente la
vida y la cultura del hombre, caído, combate y elimina los errores y males que provienen de la
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seducción permanente del pecado. Purifica y eleva incesantemente la moral de los pueblos. Con
las riquezas de lo alto fecunda como desde sus entrañas las cualidades espirituales y las
tradiciones de cada pueblo y de cada edad, las consolida, perfecciona y restaura en Cristo. Así, la
Iglesia, cumpliendo su misión propia, contribuye, por lo mismo, a la cultura humana y la impulsa”
(GS n. 58).
En esta prospectiva, la formación del hombre se desarrolla en el contexto de la cultura,
teniendo siempre presente el concepto de la persona humana integral, el cual reconoce los
valores de la inteligencia, de la voluntad, de la conciencia y de la fraternidad. A tal objetivo, la
escuela reviste un rol particular en cuanto, como afirma el Concilio, “en virtud de su misión, a la
vez que cultiva con asiduo cuidado las facultades intelectuales, desarrolla la capacidad del recto
juicio, introduce en el patrimonio de la cultura conquistado por las generaciones pasadas,
promueve el sentido de los valores, prepara a la vida profesional, fomenta el trato amistoso entre
los alumnos de diversa índole y condición, contribuyendo a la mutua comprensión” (GE n. 5).
2.2. Las columnas del proyecto educativo
No se puede educar permaneciendo en un horizonte de neutralidad o sin un proyecto bien
definido que indique las finalidades y los rasgos de los caminos por cumplir. La crisis del sentido y
la desorientación en las cuales viven muchas familias y buena parte de la sociedad piden que la
escuela católica promueva una nueva cultura que sepa suscitar y orientar el empeño para la
proyección y la construcción de una convivencia humana más justa y más fraterna.
Y cuando como cristianos hablamos de valores, no nos referimos a simples principios
racionales o abstractos, sino que apelamos a los fundamentos antropológicos, impregnados del
mensaje evangélico, que guían la acción educativa y orientan sus destinatarios a buscar la verdad
para la propia vida en la plena libertad.
Este fundamento antropológico ha estado siempre presente en los documentos
magisteriales de los cuales podemos observar tres constantes.
La primera característica pone en evidencia que para comprender el ser y el actuar del
hombre-persona se requiere partir de una antropología que tenga como centro Cristo. Esta
antropología cristocéntrica es una antropología filial, de la cual derivan tres consecuencias
importantes que inciden sobre la cultura de nuestro tiempo. a) la primera se distingue por resaltar
la relación de hombre con Dios como relación de paternidad y filiación. Con ello desaparece todo
intento de justificar el paradigma siervo-patrón y se aleja la presunción de considerar la fe como
una alienación. b) en la segunda se subraya la dignidad de la persona, reconociéndolo como
abierto a la verdad e integralmente libre (cf. Redemptor hominis, n. 10). c) una tercera
consecuencia es que el cristocentrismo tiene un valor universal, es decir, no sólo el hombre es
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creado “por medio de Cristo y con miras en Cristo” (Col 1,16), sino que “el Hijo de Dios con su
encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre” (GS 22).
La segunda consecuencia de la antropología cristiana, es la communio personarum. En
este sentido resulta importante los aportes de la Gaudium et spes, la cual sugiere “una cierta
semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en
la caridad. Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha
amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí
mismo a los demás” (n. 24).
La tercera consecuencia tiene que ver con el actuar del hombre-persona en un horizonte
más vasto y bajo el perfil de la vida social, cultural, económica y política. En las cartas encíclicas
de San Juan Pablo II Sollicitudo rei socialis (1987), Centesimus annus (1991), así como en
Mulieris dignitatem (1988) viene precisado que la existencia con el otro envuelve sea el nivel del
ser de la persona humana – hombre o mujer – sea el nivel ético del actuar. El fundamento del
ethos humano es el ser imagen y semejanza de Dios, trinidad de personas en comunión. En la
Centesimus annus, se afirma que la ‘cuestión social’ es hoy más que nunca la ‘cuestión del
hombre’. En tal contexto, emergen dos aspectos constitutivos de la realización del hombre
histórico y de su expresión, los cuales son a menudo citados en los documentos magisteriales: el
trabajo y la cultura. Ambos muestran el objeto del actuar humano en su búsqueda por transformar
el mundo para hacerlo – come dijo la Gaudium et spes – “spatium vere fraternitatis” (37a). En esta
línea se deben leer las encíclicas Caritas in veritate de Benedicto XVI y Laudato si’ de Francisco.
Como se puede ver, la antropología cristiana se fundamenta sobre la idea del hombre que
surge de la Revelación: el hombre colocado en relación con Dios, el hombre capaz de donarse y
de acoger a los otros, el hombre que actúa concretamente y creativamente en historia y en el
cosmos. El hombre como hijo de Dios, creado a su imagen y semejanza, atravesado por el
pecado original, salvado por la redención de Cristo y llamado a la plenitud de la vida. De esta
forma, se mira al hombre encarnado, al hombre que padece trabajos, desesperaciones,
equivocaciones, dolores del mundo y de su condición humana, junto a sus aspiraciones e ideales,
pero que propone un abanico de alternativas y de valores que se abren a la esperanza. La verdad
que Dios nos revela en Jesucristo – escribió San Juan Pablo II en Fides et ratio – no está en
contraste con la verdad que se alcanza a través de las ciencias humanas. Al contrario, las dos
órdenes de conocimiento conducen a la verdad en su plenitud.
Por ende, el aspecto fundamental de la educación que se inspira en la concepción cristiana
del hombre redimido, y la contribución específica de esta a la teorización pedagógica, consiste en
poner al centro a la persona con sus potencialidades (corpórea, estética, intelectual-crítico, moral,
religioso); con tales potencialidades el ser humano es capaz de crear cultura y de manifestar su
ser en relación con la civilización, compartiendo creativamente y críticamente el leguaje y los
valores. En los procesos educativos y, sobre todo, en el ámbito escolar acercarse al saber debe
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ser entendido y vivido como un acto de liberación cognoscitiva del sujeto, en interacción con el
educador, con sus compañeros, no sólo como una oportunidad de adquirir conocimientos, sino
además como la posibilidad de tener experiencias.
2.3. El estilo pedagógico
Cada formador o educador está marcado por el estilo y la experiencia vivida en los años de
su propia formación, a menudo perpetuando sin críticas un modelo retenido válido y eficaz o
proponiendo, como reacción emotiva, un estilo opuesto. Basarse en la dimensión antropológica
significa necesariamente asumir un estilo educativo que debe ser coherente: es el estilo de la
relación educativa y de la centralidad de la comunidad educante.
Es necesario ser conscientes que la ‘relación’ es la dimensión constitutiva de la educación
misma; por ello los ‘educadores’ deben primero de todo tener una visión clara de tal aspecto,
deben poseer la capacidad de ponerse en acción y, al mismo tiempo, de estar en relación,
sabiendo que todo viene de la capacidad de amar, de acoger el otro.
Por ende, el comportamiento y el estilo del educador son indispensables para traducir en
concreto, a través del proceso formativo, la pedagogía de la ‘centralidad de la persona’, gracias a
la cual cada sujeto, en cuanto ser en relación, lleva en sí el propio desarrollo de la identidad, la
propia autonomía personal y social, la propia capacidad de ponerse ante los otros y ante el
mundo.
El hombre, en su ser concreto e integral, es la ‘vía de la Iglesia’13, y solo dándole al hombre
el centro del ‘sentido’ y de los proyectos tendremos un futuro en el mundo; y el proyecto de la
escuela católica deberá manifiesta esta centralidad del hombre, haciendo ante todo el contenido
esencial y el final último de la propuesta cultural, no como fin en sí misma, sino como oferta de los
instrumentos capaces de interpretar, promover y orientar la existencia humana. La centralidad del
hombre, de formar como ser en relación, deberá inspirar y estructurar el conjunto de la vida
escolar, a través de la actuación de precisas orientaciones pedagógicas, que ahora menciono
brevemente.
En primer lugar, se requiere una acción de de-condicionamiento. La dignidad y la
capacidad expresiva de las personas son a menudo condicionadas de límites físicos, psíquicos,
sociales y económicos y, en particular de experiencias vividas. Tarea de la escuela católica es
entonces aquella de propiciar un proceso de liberación, ofreciendo su servicio sobre todo a
aquellos que están necesitados y caracterizándose aún más con la opción por los pobres.
Debemos reconocer el empeño de muchas instituciones escolares católicas que se dedican en
rescatar las diferentes formas de impedimento y de desadaptación: se trata de una lección que
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Cf. GIOVANNI PAOLO II, Redemptor hominis, n. 14.
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necesita ser impulsada por el peso profético que la guía y porque puede llegar a ser expresión
particular de una vocación personal y comunitaria.
Un segundo rasgo que debe caracterizar el proyecto educativo de la escuela católica es el
desarrollo, es decir la función promocional a la cual ella está llamada en relación con los alumnos
provenientes de diferentes categorías sociales, para educarlos y enfrentar conscientemente y
responsablemente la vida y el devenir constructor de una sociedad mejor, en las diferentes tareas
operativas o directivas. Con miras al pleno desarrollo de la personalidad del alumnos, el proyecto
educativo deberá poner la máxima atención a los estadios de maduración físico – psíquica y
espiritual del niño, de chico, del adolescente y del joven, ayudando a la persona a discernir y a
seguir la propia vocación. En el respeto de los diversos ritmos de desarrollo psicofísico y de las
diferentes expectativas educativas, junto a los momentos escolares comunes, deberán estar
previstos momentos formativos diferenciales y extra escolares.
Un tercer elemento de la pedagogía de la centralidad de la persona es la orientación. La
educación dada en la escuela católica deberá ser percibida como un instrumento para ‘ser aún
más’ y no para ‘tener aún más’, en una elección de disponibilidad hacia los hermanos y hacia el
reino de Dios. Así la orientación escolar y profesional es enriquecida por los valores culturales,
éticos y religiosos, capaces de donar a la vida de todos y de cada uno una interpretación
auténticamente vocacional. La escuela católica está de hecho empeñada en guiar a los alumnos
hacia el conocimiento de sí mismo, de sus propias habitudes y de sus propios recursos íntimos,
para educarlos a gastar la vida con sentido de responsabilidad, como respuesta cuotidiana a la
llamada de Dios. En este contexto, la escuela católica debe abrir en los alumnos conscientes
elecciones de vida: a la vocación por una familia, a la vocación al sacerdocio o a una especial
forma de consagración, al apostolado laical, al empeño profesional y social, en un espíritu de
gratuidad y de servicio.
El cuarto elemento pedagógico es el empeño por construir la cultura de la paz. Las
tensiones presentes en nuestra sociedad, que conducen a menudo a las formas extremas de
violencia y hacen a veces ingobernable la convivencia social, exige la presencia de hombres y de
mujeres de reconciliación y de paz. La escuela católica, como servicio al gran proyecto de
reunificación que Dios quiere para la historia humana y que la Iglesia anuncia e inicia, debe
ponerse como lugar y cultura de paz, valorizando también la presencia de personas de diversos
estatus sociales y de diversas orientaciones culturales. Y en esta prospectiva el magisterio del
Papa Francisco es extremadamente rico de ideas, como vemos en la Evangelii gaudium y en la
Laudato si’.
3. Una cultura del encuentro y del diálogo
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En la Exhortación Evangelii gaudium tomamos algunos principios que de la acción
evangelizadora pueden ser aplicables a las dinámicas de los procesos formativos, como por
ejemplo: la cultura del encuentro; la dimensión comunitaria, la preparación de los formadores; la
dimensión social; el diálogo entre los saberes; la creatividad. Es importante hacer de este texto
objeto de estudio para obtener los paradigmas pedagógicos adaptados a responder a los desafíos
de nuestro tiempo. Quisiera limitarme a subrayar la importancia de dos principios: el encuentro y el
diálogo.
El Papa Francisco afirma que la Palabra de Dios contiene un dinamismo ‘en salida’ que
provoca a cada discípulo: “Id y haced discípulos en todos los pueblo…” (Enseñar, educar) (Mt
28,19), dice el Evangelio. Todos estamos llamados a esta “salida” misionaria de la propia
comodidad y a tener el coraje de llegar hasta las periferias que sienten la necesidad de la luz del
Evangelio (cf. n. 20). La primera tarea del educador (genitor, educador, catequista) es aquel de
salir de sí mismo hacia el otro y de ayudar al educando a salir a su vez de sí (e-ducare = traer
fuera, hacer salir) para poder crecer y madurar, a través del encuentro con el otro. Hoy la Iglesia,
fiel al modelo del Maestro, debe salir a ‘anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en
todas las ocasiones, sin reservas, sin rechazos, sin miedo (n. 23). “Primerear”: la Iglesia en salida
debe osar un poco más, tomar la iniciativa, como hizo el Señor que la ha precedido, debe dar el
primer paso, “ir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a las encrucijadas de las calles para
invitar a los excluidos” (n. 24).
La comunidad que evangeliza entra, mediante obrar y gestos, en la vida cuotidiana de los
otros, acorta las distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, acompaña la humanidad
en todos sus procesos, usa mucha paciencia, se hace cargo del grano y no pierde la paz a causa
de la cizaña (cf, n. 24).
Otro principio, que aplicado a los procesos formativos, promueve una cultura nueva es el
diálogo entre la fe, la razón y las ciencias (cf. nn. 242-243), como parte de la acción
evangelizadora que favorece la paz y que puede iluminar el precioso trabajo desarrollado en las
aulas escolares y universitarias. “La fe [escribe el Papa] no le tiene miedo a la razón; al contrario,
la busca y confía en ella, porque «la luz de la razón y la de la fe provienen ambas de Dios», y no
pueden contradecirse entre sí. La evangelización está atenta a los avances científicos para
iluminarlos con la luz de la fe y de la ley natural, en orden a procurar que respeten siempre la
centralidad y el valor supremo de la persona humana en todas las fases de su existencia” (n. 242).
La Iglesia en el campo de la investigación y del conocimiento no cierra el camino a un diálogo
auténtico, pacífico y fructífero (cf. n. 243).
Por lo tanto es importante, en el contexto actual de la emergencia educativa, ensanchar los
horizontes de la razón, abriendo a la sabiduría y al amor, pasando del monólogo frío del hombre
moderno y globalizados al calor del diálogo, porque la persona humana no se realiza si no en la
verdad y en el amor.
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Congreso de Colegios Católicos, “Una pasión que se renueva”. Pontificia Universidad Católica de Chile. Septiembre 2015.
Conclusiones
Quisiera concluir subrayando la importancia de la preparación de los educadores y de los
dirigentes y de todo el personal de las escuelas católicas, como ha sido escrito en el Instrumentum
laboris, en preparación para el Congreso de noviembre. La competencia profesional representa la
condición para que se pueda manifestar mejor la dimensión educativa de la acogida. A los
docentes y a los dirigentes se les pide mucho. Se desea que tengan la capacidad de crear, de
inventar y de gestionar ambientes de aprendizaje ricos en oportunidades; se quiere que ellos sean
capaz de respetar las diversidades de las ‘inteligencias’ de los estudiantes y de conducirlos a un
aprendizaje significativo y profundo; se solicita que sepan acompañar a los alumnos hacia
objetivos elevados y desafiantes, demostrar elevadas expectativas hacia ellos, participar y
relacionar a los estudiantes entre de ellos y con el mundo. Para poder responder a tales
expectativas es necesario que dichas tareas no se dejen a la responsabilidad individual, sino que
se ofrezca un adecuado apoyo a nivel institucional y que a la guía no haya burócratas sino líderes
competentes. Para responder a los desafíos culturales de hoy es deseable que en las escuelas
católicas exista un cuerpo docente homogéneo, disponible a aceptar y compartir una precisa
identidad evangélica y un coherente estilo de vida.
Es el augurio que les doy a todas las escuelas católicas de Chile; que ellas sean auténticas
comunidades educativas donde cada educador sea siempre un evangelizador, esté disponible a
acoger y a servir al otro y busque cultivar la propia competencia profesional, a nivel cultural,
didáctico y organizativo, para saber responder adecuadamente a los nuevos desafíos de la
educación.
Muchas gracias
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