Origen y desarrollo de la lengua castellana

Javier Sánchez Abarca
Lengua castellana y Literatura
TEMA 1. ORIGEN Y DESARROLLO DE LA LENGUA ESPAÑOLA.
El castellano o español deriva del latín, esto es de la lengua hablada en el Imperio Romano;
por eso, tanto al español como al resto de lenguas europeas que se originaron a partir del latín portugués, gallego, catalán, francés, italiano y rumano- se les conoce con el nombre de lenguas
románicas o neolatinas. Todas estas lenguas comenzaron por ser meras variedades del latín vulgar
hablado en cada una de las zonas de lo que se conoce como “romania”; con el paso del tiempo esas
variedades pasaron a ser dialectos. Por fin, tras siglos de evolución fonética, morfosintáctica y léxica
ese latín dialectal fue transformándose hasta perderse y dar paso a nuevas lenguas, entre ellas el
castellano, con un sistema fonológico y gramatical singular. Como toda lengua, el castellano desde
sus orígenes no ha dejado de evolucionar, enriqueciéndose o perdiendo rasgos, debido a diversas
influencias desde el árabe en plena Edad Media hasta el inglés en la actualidad
ORIGEN
1. Las lenguas prerromanas en la península: el sustrato
La península ibérica, con una situación privilegiada en la encrucijada entre Europa y África y
en el extremo occidental de la cuenca mediterránea, se convirtió en lugar de paso y asentamiento de
numerosos pueblos, antes de su incorporación al pueblo romano.
Por tierra llegaron desde los confines del continente euroasiático los pueblos celtas
(lusitanos,galaicos, astures…); por mar, desde distintos enclaves de la cuenca mediterránea o del
norte de África , se incorporaron los iberos que se reasentaron en el centro de la Península ( ártabros,
turdetanos, bastetanos…), y los colonizadores griegos, fenicios y cartagineses, que se instalaron en la
cuenca mediterránea y en el golfo de Cádiz.
Todos estos pueblos formaron un mosaico heterogéneo de culturas, no siempre bien
conocidas y algunas insertas en una tradición legendaria que situaba en los límites de Hipania reinos
míticos como la Atlántida o Tartesos.
Esta diversidad de culturas se traduce en diversidad de lenguas, de muy diverso origen, de las
que la España actual ha recibido su legado. Por tanto, podemos decir que la situación lingüística
actual española es el resultado de la historia y se remonta a los tiempos anteriores a la llegada de
los romanos, cuando la Península era una tierra de paso y asentamiento de distintos pueblos que
hablaban sus propias lenguas: precélticas, célticas, fenicias, tartesias o ibéricas, lenguas que
convivieron con el latín hasta su completa extinción y que dejaron su huella tanto en el vocabulario
como en la peculiar evolución del latín.
Vocabulario de posible origen prerromano: abarca, braga, barro, perro, álamo, vega,
socarrar, pizarra, boina, zamarra, aquelarre.
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En el año 218 a. de C, cuando comienza la romanización de la Península Ibérica, estas
lenguas ejercen una influencia lingüística de sustrato sobre el latín, que era la lengua del pueblo
romano. Podríamos definir sustrato lingüístico como las influencias léxicas, fonéticas y gramaticales
que ejerce una lengua aborigen de un pueblo primitivo o conquistado (en este caso la lengua de los
pueblos prerromanos) a otra del pueblo conquistador de mayor prestigio y que luego desplaza a la
primera (en este caso el latín, la lengua del pueblo romano que acabó imponiéndose en la Península
Ibérica).
2. La latinización de la Península Ibérica
La conquista y romanización de la Península Ibérica, comienza en el año 218. a. C., al
iniciarse la segunda guerra púnica con el desembarco de los Escipiones en Emporion (hoy Ampurias,
en la provincia de Gerona). Desde el mismo instante en que los romanos se introdujeron en la
península, empezaron a sucederse las conquistas. Así, por ejemplo, hacia el 209 a. C. Cornelio
Escipión tomó la ciudad de Cartago Nova y poco después Gadir, antigua colonia fenicia, cayó en
manos romanas en el año a. C. No obstante, el proceso de conquista de Hispania no fue rápido
debido a la resistencia que opusieron algunos de los lugares conquistados; por ello, la colonización
de toda la península duró dos siglos ya que sólo finalizó de modo definitivo en el año 19 a. C. (época
de Augusto) con el sometimiento al norte de cántabros y astures.
A pesar de esto, Hispania fue declarada en seguida provincia romana, y sus conquistadores,
dotados de gran sentido práctico y talento organizador, fueron colonizando la mayor parte del
territorio y explotando sus recursos humanos y naturales. Así pues, poco a poco se van implantando
nuevas formas de vida, instituciones político-administrativas y aspectos culturales. Este proceso de
asimilación, conocido con el nombre de romanización, fue lento y gradual y se impuso de forma
distinta según las regiones. La romanización hispánica se produjo con una base social distinta de la
que se había partido para conquistar territorios más próximos a Roma. A la Península Ibérica llegan
colonos, soldados, comerciantes de todo tipo, funcionarios de la administración, arrendatarios e
incluso gentes de baja estima social, lo que evidentemente condicionó el latín hablado en esta nueva
provincia romana como a continuación comprobaremos.
Por lo que respecta a la latinización (adopción del latín como lengua por parte de los pueblos
colonizados en detrimento de sus lenguas autóctonas) hay que decir que no fue un proceso agresivo
ni forzado: bastó el peso de las circunstancias. Los habitantes colonizados vieron rápidamente las
ventajas de hablar la misma lengua que los invasores puesto que de ese modo podían tener un acceso
más eficaz a las nuevas leyes y estructuras culturales impuestas por la metrópoli. Además, los nuevos
habitantes del Imperio sentían de forma casi unánime que la lengua latina era más rica y elevada que
sus lenguas vernáculas, por lo que la situación de bilingüismo inicial acabó convirtiéndose en una
diglosia que terminó por eliminar las lenguas prerromanas, que quedaron relegadas únicamente al
ámbito familiar y finalmente acabaron desapareciendo. Por tanto, fueron los hablantes mismos, sin
recibir coacciones por parte de los colonos, quienes decidieron sustituir sus lenguas maternas por el
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latín. No obstante, hubo en Hispania una excepción a este respecto, ya que los hablantes de la lengua
vasca nunca dejaron de utilizarla, lo que permitió que su superviviencia.
Con respecto al latín, lengua que se acabó imponiendo en la Península Ibérica, coexistieron
dos variedades: la clásica, que era la hablada por las clases cultas romanas desde aproximadamente
el siglo II a.C. hasta aproximadamente el siglo II d.C., y la vulgar, que era el latín hablado por las
clases bajas, y en particular por la mayor parte de los soldados que extendieron el latín por toda la
geografía del Imperio Romano. Esta variedad vulgar, era la variante oral del latín, es decir, el latín
que utilizaban los romanos (fueran cultos, semicultos o analfabetos) en la calle, con la familia y, en
general, en los contextos relajados. Se trata, por tanto, de un latín que se aleja del latín clásico, sobre
todo en aspectos fonéticos, morfológicos, sintácticos y léxicos, debido a la espontaneidad y viveza
que le otorga su naturaleza oral y cotidiana. La variedad vulgar de la lengua latina es de vital
importancia puesto que es de ella (y no del latín culto de la literatura y los registros formales) de
donde van a proceder las lenguas romances o románicas, y más en concreto del latín vulgar del
período tardío (S. II-VI).
El castellano, como lengua romance, tiene como base lingüística fundamental el latín, del que
provienen tanto la estructura morfosintáctica como un importantísimo caudal léxico, ya que el
porcentaje de palabras de procedencia latina se estima en un 73% del total de las que componen
nuestra lengua. Ahora bien, no todas esas palabras han sufrido los mismos cambios, ni se han
incorporado a la lengua de la misma forma. Se distinguen dos vías fundamentalmente: por una parte
encontramos la vía patrimonial, compuestas por aquellas palabras que han estado presentes siempre
en nuestra lengua, desde que los romanos llegaron a la Península hasta hoy. Nuestra lengua no es
sino "latín del Siglo XX". Estas palabras han evolucionado fonéticamente (al igual que los otros
niveles de la lengua) hasta el punto de que, a veces, no se puede reconocer su "paternidad" latina 1.
Por otra parte tenemos también la vía culta, compuesta por palabras que fueron introducidas en la
lengua en diferentes épocas de la historia, generalmente por escritores cultos que necesitaban
vocablos para designar conceptos nuevos o por necesidades expresivas o artísticas. Estas palabras se
denominan cultismos, que frente a las palabras patrimoniales, no han sufrido evoluciones fonéticas,
conservando casi intactos los fonemas del latín2.
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Así, la palabra latina hominem es nuestra actual hombre. En medio de ambas, hay toda una evolución y vacilación
entre diversas soluciones ( hominen> hom'ne> hombre ) que sólo se encontrarán si se estudian los textos medievales y
renacentistas, pues estas palabras quedan fijadas, con su forma definitiva, hacia el siglo XVI/XVII en el mejor de los
casos. Y ello es así porque en esta época queda "fijado" el sistema fonológico español en sus aspectos más importantes.
2
Así, la palabra latina fraternus es hoy fraterno.
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3. La influencia del superestrato: las lenguas germánicas
Los primeros pueblos germanos llegaron a Hispania hacia el año 409. Entre ellos estaban los
vándalos, los suevos y los alanos, que se repartieron el territorio peninsular conquistado. Poco
tiempo después llegaron los visigodos, un pueblo que ya había sido previamente romanizado y cuya
lengua ya tenía influencia latina. Éstos aniquilaron a los alanos, arrinconaron a los suevos en el
noroeste peninsular y obligaron a los vándalos a emigrar al norte de África. En un primer momento,
la población visigoda se mantuvo alejada de la población romana. Así, por ejemplo, estaban
prohibidos los matrimonios mixtos, debido a la distinta religión que practicaban (los visigodos
profesaban el arrianismo, mientras que los romanos practicaban el cristianismo).
Sin embargo, la situación cambia con la conversión al catolicismo de Recaredo, que
eliminaba la barrera religiosa inicial. Asimismo, cabe destacar que la población visigoda que llegó a
la Península era muy escasa, lo que favorecía su relación con la población autóctona. A pesar de esto,
los visigodos lograron dominar casi la totalidad de la Península Ibérica y tuvieron una influencia
fundamental en el derecho y en algunas costumbres, pero no así en la lengua y cultura, ya que ellos
mismos prefirieron adoptar el latín (vulgarizado y dialectalizado) como lengua oficial renunciando a
la suya, acentuando así la disgregación lingüística y la evolución de las variantes dialectales del
latín como consecuencia del aislamiento de los territorios, que hasta entonces habían estado
conectados gracias a la unidad política de Roma
De esta manera se produce una influencia lingüística de superestrato, es decir, la lengua del
pueblo invasor (en este caso las lenguas germánicas) ejerce una influencia léxica, fonética y
gramatical sobre la lengua del pueblo invadido (en este caso el latín), que es la que acaba
imponiéndose. Así pues, a la vez que continúa el lento proceso de vulgarización y dialectalización
del latín, que se diversifica en cada una de las regiones, sobre todo en el uso oral; se enriquece con
préstamos de las lenguas germánicas. Se trata de germanismos referidos, sobre todo, a los campos de
la guerra y de las relaciones feudales (guerra, guardar, guiar, espía, espuela, dardo, albergue,
galardón), del vestuario o del ajuar (ropa, ato, ataviar, tapa, aspa ) o de la onomástica o toponimia
(Álvaro, Alfonso, Adolfo, Fernando, Rodrigo, Elvira, Castrogeriz, Mondariz).
4. La influencia árabe
En el año 711, grupos provenientes de Oriente y del Norte de África (árabes, sirios y
bereberes), de religión musulmana, al mando de Tarik, derrotaron al rey visigodo Don Rodrigo en la
batalla de Guadalete. Empezó así la dominación árabe de la Península Ibérica que se prolongaría
durante ocho siglos, hasta 1492, momento en que el último rey nazarí rindió Granada a los Reyes
Católicos. La conquista fue rápida; en menos de ocho años conquistaron toda Hispania a excepción
de una pequeña franja en el Norte de la Península, donde los núcleos de resistencia dieron lugar a los
reinos cristianos peninsulares, que fueron recortando progresivamente el espacio musulmán.
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La llegada de los árabes rompió con todo el desarrollo histórico anterior: no fueron sólo una
superestructura de poder, como había ocurrido con los visigodos, sino que pusieron en marcha
procesos que dieron como resultado una realidad no continuadora de la Hispania visigótica. Así pues,
con los conquistadores llegó, entre otras cosas, una lengua de naturaleza bien distinta a las
románicas: el árabe, con sus diferentes manifestaciones escritas y orales, que se impuso como lengua
oficial y de cultura.
De esta manera Al-Andalus se vio inmersa en un nuevo proceso cultural y lingüístico. Junto
al árabe coloquial o al escrito, en la zona conquistada se continuaba utilizando el romance hispánico,
conocido con el nombre de mozárabe. Esta variedad lingüística románica fue hablada en Al-Andalus,
especialmente hasta finales del siglo XI, no sólo por los cristianos que permanecieron en territorio
musulmán, sino también por los muladíes o conversos al Islam y, en menor medida, por parte de la
población conquistadora. Este periodo de convivencia3 entre la lengua árabe y el mozárabe da lugar a
una influencia lingüística de adstrato en la que una lengua (en este caso el árabe) influye sobre otra
con la que comparte territorio (en este caso el mozárabe).
Sin embargo, el mozárabe fue perdiendo importancia progresivamente en el área musulmana
en favor de la lengua árabe. La emigración de muchos mozárabes a los reinos del norte en épocas de
represión hacia esa población, también disminuyó el número de hablantes. Hacia el siglo XII o XIII
quedarían muy pocos hablantes de mozárabe, salvo en localizaciones muy aisladas. La conquista
cristiana de las tierras musulmanas, hizo que los pocos focos mozárabes abandonaran el romance
autóctono en favor de las lenguas romances de los reinos cristianos del norte, por lo que hacia el
siglo XV o XVI puede darse por extinto o prácticamente extinto el mozárabe.
No puede pasarnos desapercibido el hecho de que parte de la población mozárabe, cuya
lengua se encontraba muy influenciada por el árabe y presentaba diferencias sustanciales con el resto
de lenguas romances del norte, emigrara a los reinos cristianos por la presión ejercida por parte de la
población árabe. Este hecho provocó que entre los romances peninsulares (gallego-portugués, asturleonés, catalán, navarro, aragonés y castellano) y el mozárabe se produjera una influencia lingüística
de superestrato. En el caso del castellano, lengua que acabó convirtiéndose en mayoritaria sobre las
otras hablas peninsulares, la influencia de la lengua árabe se aprecia unas 4000 palabras de origen
árabe (arabismos) presentes en nuestro idioma. Además de eso, los árabes importaron también a
nuestra lengua palabras provenientes de otros idiomas: ajedrez (sánscrito), naranja (persa) o arroz
(griego). Sin embargo, por norma general, la mayor parte del vocabulario de origen árabe está
relacionado con el ámbito doméstico y culinario, teniendo como rasgo característico la anteposición
del artículo /al-/: ajuar, alcachofa, albornoz, almohada, almacén, babucha, taza, alfombra, azafrán,
azúcar, algodón…
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Podemos decir que se produjo una situación de diglosia entre ambas lenguas, ya que el árabe era la lengua de cultura y
mayoritaria entre la población peninsular, mientras que el mozárabe quedó relegado a contextos muy aislados, como
pueden ser el ámbito doméstico y familiar.
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DESARROLLO
El latín peninsular fue poco a poco transformándose, sobre todo a lo largo de los siglos
medievales.
1. El Castellano medieval (hasta el siglo XV)
La Edad Media es la época de la formación de los dialectos romances y de la consolidación
posterior de algunos de ellos como lenguas. Factor decisivo en la génesis de las lenguas romances es
la conquista y dominio de gran parte de la península Ibérica por parte de los árabes durante casi
ocho siglos (711-1492). El elemento árabe es, después del latín, el de mayor influencia en la
formación de las lenguas peninsulares.
Tras la conquista, los núcleos cristianos de resistencia cristalizaron muy pronto en el norte en
una serie de pequeños reinos, que fueron avanzando penosamente hacia el sur, en un lento proceso de
Reconquista. En todos ellos se siguió utilizando el latín, pero con un distanciamiento cada vez mayor
entre lengua oral y escrita: se seguía escribiendo en latín, pero el pueblo iletrado hablaba una jerga
alejada de la lengua de Roma.
El castellano medieval.
El castellano, lengua románica, derivada del latín vulgar y enriquecida con el aporte de otros
dialectos e idiomas, presenta desde sus inicios unas tendencias innovadoras que la distinguen de
otras lenguas peninsulares.
El castellano surgió en el norte, entre la cordillera Cantábrica y La Rioja. Cuando Castilla se
constituyó como reino independiente, se extendió progresivamente hacia el sur, limitando la
expansión del asturiano y el aragonés. Su situación geográfica favoreció la influencia de zonas
vecinas y la tardía romanización de la región, fenómenos que propiciaron que el castellano
presentase rasgos evolutivos propios.
Con el avance de la Reconquista, el castellano se expandió por el centro y el sur peninsulares,
aunque su registro en la escritura no se normalizó hasta mediados del siglo XI. Las primeras
manifestaciones escritas en castellano son las Glosas Silenses y Emilianenses (siglo X). La mayoría
de edad del castellano llega en el siglo XIII. Hasta entonces esta lengua fue un vehículo de
comunicación fundamentalmente oral.
Entre los siglos XI y XIII, además de los préstamos germánicos y árabes, se incorporaron,
con la inmigración de los pueblos francos y los contactos culturales, numerosos galicismos (doncella,
salvaje, linaje) en un romance que todavía no se había estabilizado y alternaba usos fonéticos,
morfosintácticos y léxicos.
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En tanto que se cultivaba la poesía romance (Cantar de Mío Cid), la prosa primitiva no cobró
autonomía hasta la segunda mitad del siglo XIII, gracias sobre todo a la labor impulsada por
Alfonso X, que convirtió el castellano en la lengua de los documentos reales. El rey, preocupado por
el uso del castellano, correspondiente por lo general al hablado en Toledo, contribuyó a la nivelación
lingüística, a la fijación de la ortografía y al desarrollo de la prosa castellana como vehículos de
producciones literarias.
En los siglos XIV y XV, el castellano tendió a fijar sus formas e incorporó numerosos
cultismos por la labor de las universidades, las traducciones y, especialmente, por la influencia del
humanismo. También se incorporaron galicismos (dama, galán) e italianismos (piloto, belleza,
soneto).
En el siglo XV, el castellano medieval dio paso al clásico. Durante el reinado de los Reyes
Católicos se desarrolló la unificación lingüística peninsular, favorecida por la unidad política, las
traducciones de los autores clásicos, la publicación, en 1492, de la primera gramática de la lengua
española, obra de Antonio de Nebrija, y la difusión de la imprenta. El descubrimiento y
colonización de América llevaron el castellano más allá de las fronteras de la península.
El proceso paralelo de formación, asentamiento y consolidación de las lenguas peninsulares
durante la Edad Media, se hace divergente a partir del siglo XV, con la expansión imparable del
castellano y la reducción de las demás a un estado de latencia, que se prolongará hasta el siglo XIX.
2. Siglos XVI-XVII
En los siglos XVI y XVII se producen una serie de fenómenos que reflejan el auge del
castellano:
La unión de las coronas de Castilla y Aragón con los Reyes Católicos ( 1479), la toma de
Granada y el descubrimiento y colonización de América, así como la incorporación de Navarra (
1517), convierten a Castilla en el reino hegemónico, y el castellano, llamado español, pasa a ser la
lengua oficial de España.
Adquiere prestigio universal con su difusión fuera de la Península: se extiende por el
continente americano, lo llevan por el mundo los judíos sefarditas expulsados en tiempos de los
Reyes Católicos y se convierte en la lengua de moda en los círculos cultos y elegantes de Europa y
en las relaciones diplomáticas.
Esta apertura exterior lo convierte en una lengua muy permeable que aporta términos de su
vocabulario a otras lenguas, al tiempo que se amplía con numerosos préstamos tomados del francés,
del italiano y de las lenguas indígenas de América.
Se normaliza como lengua culta, sobre la que Nebrija escribe la Gramática castellana (1492),
la primera sobre una lengua romance, y se publican numerosos estudios y elogios que defienden la
importancia del español, entre ellos el Diálogo de la lengua culta de Juan de Valdés. Al mismo
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tiempo, se enriquece con numerosos cultismos, en un afán de dignificarla, acercándola a la lengua
latina.
Alcanza ahora la cumbre de su cultivo literario, que dará lugar a los llamados Siglos de Oro.
En el Renacimiento del siglo XVI, cobran especial relevancia la lírica (Garcilaso, fray Luis de León
y San Juan de la Cruz) y diversos géneros narrativos (caballeresco, pastoril, bizantino, morisco y
picaresco). El siglo XVII, con el Barroco, estilo retórico en su doble vertiente culterana y conceptista
será el siglo de oro de la poesía lírica con Góngora y Quevedo; y del teatro clásico español , con
Lope de Vega y Calderón.
También en esta época se produce la regularización de su sistema consonántico, con la
desaparición de los fonemas y grafías medievales, con lo que queda fijado sus sistema fonético y
gráfico, tal y como lo conocemos en la actualidad.
3. Siglo XVIII y XIX
Es una etapa de depuración del castellano, presidida por el deseo de claridad, corrección y
buen uso, en un afán normativo que cristaliza en la creación de la Real Academia Española: se
publica la Ortografía, para fijar la escritura, la Gramática y el Diccionario de Autoridades, que
acredita el uso de los términos en sus diversas acepciones con citas tomadas de los clásicos de la
literatura castellana.
Durante esta centuria se manifestó un gran interés por la corrección lingüística y por la
pureza de la lengua.
Este siglo registra una fuerte influencia francesa, derivada del prestigio ideológico, social y
cultural del país vecino, que se traduce en la introducción de numerosos galicismos, referidos a la
moda, al mobiliario, la milicia… Se produce entonces una tensión entre los admiradores de la cultura
francesa, calificados despectivamente de afrancesados, y los puristas, que defienden la lengua
castiza, inspirada en los clásicos y son enemigos de las innovaciones y los barbarismos.
En el siglo XIX continúan las tensiones entre los castizos y los liberales en cuanto al uso del
idioma, que sigue recibiendo numerosos galicismos referidos a la economía, la política o la
burocracia.
El desarrollo del sistema capitalista con la revolución industrial, las innovaciones técnicas y
los intercambios comerciales dará lugar a la incorporación de numerosos tecnicismos, a veces de
origen griego o latino, pero casi siempre tomados de otras lenguas, y una proliferación de
anglicismos, fruto de la hegemonía política y económica de Inglaterra en el siglo XIX y de Estados
Unidos en el siglo XX.
De esta época son palabras como modista, galante, buró, neceser, bisutería, termómetro,
electricidad, microscopio, ciudadano, constitución, reforma, despotismo, fraternidad, chaval…
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4. Siglo XX
El español actual es el resultado de un proceso de evolución histórica desde el latín vulgar.
Actualmente el español se ha convertido en una de las lenguas de comunicación y cultura más
importante con cerca de 400 millones de hablantes repartidos por todo el mundo, aunque
especialmente en América.
El español, como ocurre en otras lenguas, está fuertemente influido por otras lenguas,
especialmente por el inglés. Se trata, en esencia, de la incorporación de anglicismos en varios
ámbitos: deportivo ( penalti, surf, córner, basket), informático (software…), pero también sufrir
bulling, ir a un hotel de alto estanding, comprar un pack. Morfológicamente, se nota una tendencia a
prescindir de la preposición en las construcciones nominales (correo basura y no correo con basura)
o a incorporar, normalmente con fines humorísticos o propagandísticos la terminación –ing a
palabras castellanas (vueling, edredoning…).
En literatura alternan las concepciones subjetivistas, que dan lugar al lenguaje emocional del
Romanticismo, al exotismo y a la sensualidad del Modernismo y a la desnudez de la poesía pura de
las vanguardias y la Generación del 27, y la visión cercana a la realidad, que se refleja en la
reproducción del lenguaje vulgar en la literatura realista y en la revitalización de vocablos arcaicos
o apegados al terruño que lleva a cabo la Generación del 98.
En este último siglo, los cambios políticos, sociales y económicos, así como los progresos
científicos y técnicos, han favorecido la incorporación de numerosos neologismos, tanto léxicos
como semánticos.
Los medios de comunicación y la generalización de la enseñanza han contribuido en las
últimas décadas a una mayor uniformidad lingüística del español, lo que no excluye, sin embargo,
la vitalidad de las variedades geográficas, especialmente en los niveles fónicos y léxicos. El
sistema gráfico, compartido por toda la comunidad hispanohablante, favorece la unidad de la lengua.
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