Corrientes - Huffington Post

Ovidio Parades
Corrientes
de
amor
CORRIENTES
DE AMOR
Ovidio Parades
CORRIENTES
DE AMOR
A mis padres
A mi hermana
A Íñigo
El amor es como una corriente de agua, fluye
continuamente, no para nunca.
Gena Rowlands en Love Streams, penúltima
película de John Cassavetes, con guión del propio director y de Ted Allan
El hombre no es un ser sencillo. La espectral
compañía del amor siempre con nosotros.
John Cheever, Crónica de los Wapshot
Y después ya no supo qué decirle. Y después se lo
dijo. Le dijo que era como antes, que todavía la amaba, que nunca podría dejar de amarla, que la amaría
hasta la muerte.
Marguerite Duras, El amante
Oía los latidos de mi corazón. Oía el corazón de
los demás. Oía el ruido humano que hacíamos allí
sentados, sin movernos, ninguno lo más mínimo, ni
siquiera cuando la cocina quedó a oscuras.
Raymond Carver, De qué hablamos cuando hablamos de amor
Lo importante no es saber cuánto amas a alguien,
sino quién eres tú cuando estás con esa persona.
Anne Tyler
SECRETOS
M
i madre aún no había cumplido los treinta años y,
cuando se ondulaba el cabello y se pintaba las uñas
de rojo, parecía una actriz de cine. No lo hacía muy a
menudo. Sólo cuando salía a cenar con mi padre, cuando
asistían a la boda de un familiar o cuando, una vez al mes,
íbamos a ver al abuelo Tomás, su padre. No eran viajes
muy largos. Apenas duraban media hora o un poco más,
dependiendo del tráfico o de la meteorología. Siempre en
autobús porque mi madre nunca quiso sacar el carné de
conducir, pese a las insistencias de mi padre y de la abuela Virginia, su madre. Era algo que ni siquiera se había
planteado antes de casarse. Decía que aquello no era para
ella, que sólo con pensar en ponerse delante de un volante
sentía numerosos mareos y un nerviosismo en el estómago
difícil de controlar. Mi padre, empleado de Telefónica, no
podía acompañarnos porque los únicos días que el abuelo
podía recibir visitas eran los sábados, y él, por aquella época, a pesar de que no era un mal trabajo, sólo descansaba
los domingos. Con el tiempo, consiguió descansar también los sábados. Pero, en esa época, el abuelo ya estaba
de nuevo en casa, con la abuela Virginia. Su estancia en
aquel hospital psiquiátrico al que mi madre y yo íbamos a
visitarlo los sábados duró medio año aproximadamente. El
tiempo que los médicos consideraron necesario para que
se rehabilitara. El abuelo era alcohólico. Había empezado
a beber muy joven, siendo casi un adolescente. O tal vez
antes. Cuando le dolía la barriga, en las fiestas del pueblo
gallego donde la abuela y él habían nacido (y vivido hasta
que se trasladaron a Asturias, donde el abuelo encontró
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trabajo en la mina: un trabajo que, como casi todos los
que había tenido, le duró poco debido a su enfermedad)
o incluso con el postre, le daban un vasito o dos de vino
blanco, muy dulce. Ahí empezó a aficionarse. Extrañas
costumbres las de antes. Lo que produce más perplejidad
es la naturalidad con la que entonces todo eso se veía.
Otros tiempos, sin duda. Su alcoholismo duró muchos
años, desde jovencito hasta que yo tuve cinco o seis años.
Un día, decidió ingresar voluntariamente en aquel hospital
psiquiátrico y jamás volvió a probar el alcohol, pese a las
malévolas insistencias de algunos viejos conocidos con los
que jugaba al dominó o a las cartas después de comer en
el mismo bar de siempre. Estuvo sobrio casi veinte años,
hasta que murió, cinco años después que su mujer, de un
fulminante ataque al corazón provocado, probablemente,
por la pena y la angustia que arrastraba desde la muerte de
la abuela, de la que, según aseguraba, aún continuaba enamorado. Los ojos siempre se le nublaban cuando hablaba
de ella. Su historia de amor había sido diferente al resto.
Los padres de mi abuelo, con buena posición económica,
no querían que se casase con la abuela, que era una mujer muy elegante pero cuya familia no poseía los mismos
privilegios. Juntos se escaparon y se casaron en secreto en
una ermita perdida en las montañas. Luego, se fueron a
buscar fortuna a Asturias. Tuvieron tres hijos. Cuatro, en
realidad, pero uno de ellos (un niño) se murió a los pocos
días de nacer. Mi madre era la segunda. La única mujer.
Pero allí, en aquel autobús, al lado de mi madre, con
cinco o seis años, yo aún no sabía nada de todo eso. Sólo
sabía lo que mi madre decía. Que el abuelo estaba enfermo
y que por eso íbamos a verlo una vez al mes. «¿Por qué sólo
una vez al mes?», le preguntaba a mi madre, sentado al
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lado de la ventanilla, chupando la piruleta de fresa que ella
me había comprado poco antes de subirnos al autobús y
que dejaba mis labios coloreados de un rojo casi tan intenso como las uñas de las manos que mi madre había estado
pintando la noche anterior con suma precisión mientras
veía algún programa o película de la televisión. «Porque así
lo deciden los médicos», sentenciaba mi madre de manera
rotunda. A los cinco o seis años, como es lógico, no te
cuestionas más. Lo que dice tu madre es sagrado. Y más
lo que decía mi madre, que siempre repetía lo mismo:
«No hay que mentir nunca. Y menos aún, a los mayores».
Con el paso del tiempo, cada vez que se me ocurría decir
una mentira, por piadosa que fuera, recordaba aquellas
palabras.
Mi madre nunca me contó qué enfermedad padecía el
abuelo. Ni yo se lo planteaba. Desde muy pequeño, antes
y después de que me operaran de las anginas, había sufrido
numerosas infecciones de garganta, con fiebres altísimas y
dolores agudos, y para mí eso, con aquella edad, era la enfermedad. No había más vueltas que darle ni más matices
por descubrir. Supongo que pensaba que lo que sufría el
abuelo era una especie de infección de garganta desproporcionada, que los médicos, pese a sus esfuerzos, no lograban curarle. Sí, eso pensaba. En aquel autobús, mirando
a través de la ventanilla, disfrutando del paisaje. De aquel
trayecto que nos conducía a un lugar desde donde se podía ver la playa. La línea donde el cielo y el mar parecían
unirse. Aquella misma playa a la que solíamos ir en coche
los días soleados del verano, aprovechando las vacaciones
de mi padre. Y donde un año alquilamos un apartamento
durante un mes. Los abuelos vinieron dos fines de semana
a vernos. La abuela deseaba quedarse más tiempo, pero el
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abuelo, que era un hombre de costumbres, quería regresar
cuanto antes a su casa. «Aquí hay demasiada humedad para
nuestra reuma», sentenciaba.
Fueron varios los viajes que hicimos en aquellos meses
para visitar al abuelo (la abuela sólo nos acompañó en tres
ocasiones: decía que no podía soportar, cuando nos despedíamos, dejar al abuelo allí, que lo único que deseaba
hacer era lo único que no podía hacer: quedarse a su lado),
sin embargo el que cobra más importancia para mí, el que
recuerdo por encima de todos los demás, es uno en concreto. Mi madre llevaba el pelo ondulado y las uñas pintadas
de rojo, como siempre, pero no tenía la misma cara que
otras veces. No era una cara de enfado, sino una cara de
malestar, como cuando mi padre iba a gran velocidad en
el coche –aquel Seat 127 blanco de dos puertas, el primero
que tuvimos– y tenía que bajar del todo la ventanilla de
su lado porque se mareaba. Mi madre tenía la cara pálida, con ojeras, como si no hubiese dormido en toda la
noche o estuviese a punto de dolerle la garganta, la única
enfermedad que por entonces, con cinco o seis años, yo
alcanzaba a distinguir. «¿Te duele la garganta, mamá?». Ella
se echó a reír. Y dijo: «No, es otra cosa». Poco después de
que arrancara el autobús decidió explicármelo. La luz de
un día primaveral atravesaba la ventanilla. Los destellos
de un sol madrugador. Aquella luminosidad contrastaba
con el rostro demacrado de mi madre. No se anduvo con
rodeos. Lo dijo de golpe, como si estuviese hablando con
un adulto. «Vas a tener una hermana», dijo. Mi cara de
sorpresa la hizo sonreír. «¿Una hermana?», exclamé. «Sí»,
respondió ella. Mi madre siempre tuvo claro que lo que
estaba esperando era una niña. «Los síntomas», le oía decir a veces a mi padre, «son muy diferentes a los de la
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primera vez». «Será una niña», le decía a todo el mundo.
Y no se equivocó. Tuve una hermana, algunos meses después, cuando el abuelo ya estaba recuperado del todo de
su enfermedad y había regresado a la casa que compartía
con la abuela frente a un pozo minero, el mismo donde
había trabajado durante algunos meses. Después de su recuperación, consiguió trabajo en el Ayuntamiento como
barrendero. Ahí estuvo hasta que se jubiló. Muchas veces
aún recuerdo los paseos por la plaza donde se instalaban
los sábados los puestos de frutas y verduras buscándole,
las breves palabras que compartíamos, el chubasquero y
el gorro de color amarillo (¿o era de color verde?) en los
días de lluvia.
En aquel autobús, camino del hospital psiquiátrico
donde nos íbamos a encontrar con el abuelo, no supe
cómo reaccionar. «Habrá que comprarle una muñeca». Eso
fue lo primero que dije. «Las niñas juegan con muñecas»,
añadí. «Se la compraremos», replicó mi madre. Me puse a
pensar cómo sería aquella niña. Mi hermana. Algunos de
mis compañeros de colegio tenían hermanas más pequeñas. No parecían muy contentos con ellas, ni les hacían
demasiado caso. Iban en sus sillas y, a veces, lloraban sin
motivo aparente. Algunos de ellos les daban pequeños tortazos cuando sus madres estaban distraídas. «¿No te hace
ilusión?», me preguntó mi madre al verme tan silencioso.
«Sí», le respondí. No quería disgustarla. Parecía cansada. Y
con pocas ganas de hacer aquel día el trayecto en autobús.
«¿Se lo podemos decir hoy al abuelo?», pregunté ilusionado. «No, aún no», respondió tajante. «Se lo diremos más
adelante». La única preocupación de mi madre era que el
abuelo hiciese completo aquel tratamiento, como había
prometido, que nada lo descentrase ni le hiciese retroceder.
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Ninguna noticia, por positiva que fuese. Dentro de aquel
mismo hospital, había hombres que se escapaban a beber
por las noches. Eso le contaban a mi madre los familiares
de otros pacientes, en susurros. El abuelo nunca lo hizo.
No obstante, a mi madre a veces le entraba el miedo. Pensaba en las recaídas. Todo eso me lo contó mucho tiempo
después.
Ahora estábamos allí, en aquel autobús, con el dilema
de la hermana y la muñeca. Me resultaba extraño comprarle un regalo a una persona que aún no existía físicamente. Mi madre observó mi rostro algo perplejo tras
recibir aquella noticia. «Todo irá bien», dijo. «Está bien
tener hermanos», ya lo verás. Y me ofreció un caramelo
que sacó del bolso, uno de aquellos mentolados que ella
desenvolvía cuando le entraban ganas de toser en el cine
o de fumar. Llevaba semanas sin hacerlo, sin fumar. Una
noche le escuché decirle a mi padre que aquel era el momento indicado para dejarlo. A las pocas semanas de nacer
María, cuando dejó de darle el pecho, volvió a fumar. Y
ya no se planteó dejarlo nunca más. Ni siquiera cuando
mi padre, para asombro de toda la familia, lo hizo definitivamente. De un día para otro. Como si tal cosa. «Como
hay que hacerlo», sentenciaba, presumiendo de su hazaña.
¿Cómo sería la cara de mi hermana? ¿A quién se parecería? Ésas eran las cuestiones que me preocupaban en
aquel viaje, después de recibir la noticia de su próxima llegada. ¿Me quitaría mis juguetes? ¿O tendría los suyos propios? ¿Dormiría en mi habitación o le prepararían aquella
otra que nadie ocupaba en la casa? No pude dejar de darle
vueltas a aquel asunto durante todo el trayecto. Mi madre
parecía adivinar mis pensamientos y sonreía. Y yo entonces, sentado en aquel autobús, con cinco o seis años, no
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pensaba en las golosinas que el abuelo me compraría en
la cafetería del hospital como hacía siempre sino que ya la
imaginaba a ella, a mi madre, cómo se pondría en los meses siguientes. Aún más guapa, si cabía, con el pelo siempre
ondulado porque había decidido rizárselo (un moldeado
suave) en la peluquería para que le durase unos cuantos
meses («Así estaré más cómoda cuando nazca la niña», le
dijo a la peluquera, mientras ésta le echaba aquel líquido
que le rizaría el pelo y que tenía un olor tan intenso que
se te metía por la nariz durante un largo rato) y las uñas
siempre pintadas de rojo porque el médico le había mandado hacer cierto reposo y tenía mucho tiempo libre para
pintárselas más a menudo, frente al televisor, esperando
que mi padre regresase del trabajo. También la imaginé con
aquella barriga grande que se le pondría después, como se
les había puesto a las madres de mis amigos, y diciendo
aquellas palabras: «Aquí dentro está tu hermana, María».
María. Mis padres pronto supieron que aquella niña,
su hija, iba a llamarse así. «¿Por qué ese nombre», le pregunté a mi madre en otro de aquellos viajes en autobús en
los que íbamos a visitar al abuelo. «Porque así se llamaba
tu abuela, la madre de tu padre», respondió. La madre de
mi padre se había muerto cuando él tenía tres años, de
neumonía. Era una historia que les había escuchado contar
alguna vez a los mayores, pero siempre en voz baja, ya que
el abuelo Pepe se había vuelto a casar y todos considerábamos a su segunda mujer, la abuela Luisa, como nuestra
abuela. «Pero no debes decírselo a la abuela Luisa», añadió
mi madre. «Ella siempre debe pensar que es vuestra abuela.
Es un secreto». «Un secreto», repetí.
Los mayores, aunque no decían mentiras, estaban llenos de secretos. Eso me planteé a los pocos días de que
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mi madre me anunciase que iba a tener una hermana.
¿De dónde venía aquella niña? ¿Cómo se había instalado
allí, en el interior de la barriga de mi madre? Todo eran
secretos. No me atreví a indagar en las respuestas. Eran
preguntas que me planteaba al acostarme, después de leer
algún cuento con mi madre y acariciarle la barriga, cada
vez más abultada y de preguntarle si faltaba mucho para
verle la cara a mi hermana. María. Como aquella abuela
que no había llegado a conocer y cuya fotografía de boda
estaba colgada en la pared del salón de la casa de los abuelos. Una vez le pregunté a la abuela Luisa quién era aquella
mujer tan guapa y ella me respondió que mi abuela. Cuando nació mi hermana, todo el mundo decía lo mucho que
se parecía a ella, a la mujer vestida con un traje negro de
novia de aquella foto. La abuela María. La protagonista
del secreto. Como si fuera la protagonista de un cuento.
Pronto supe de dónde venía mi hermana, cómo había
llegado al interior de la barriga de mi madre. Mi madre
me lo contó, en el siguiente viaje que hicimos para visitar
al abuelo, con la naturalidad con la que hablaba de todo,
tratándome como si fuera una persona de más edad de la
que tenía. Casi como un adulto. Me quedé sorprendido
con la explicación, aunque alguna cosa ya había escuchado en el colegio a alguno de los repetidores de curso. Los
niños no venían de París, como continuaban señalando
con una tonta sonrisa algunos mayores. Mi madre y yo
nos mirábamos y sonreíamos, sin decir nada. Como dos
adolescentes pillados en falta.
Ese mismo día, después de visitar al abuelo, en la estación de autobuses, le compramos a mi hermana la muñeca. La vi, al bajarme del autobús, en un escaparate donde
también vendían revistas, periódicos y golosinas. Era una
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muñeca pequeña, de color negro, con un vestido naranja
y el pelo muy negro y muy rizado. La señalé y le dije a
mi madre que aquella era la muñeca que quería para mi
hermana. Mi madre estaba muy cansada, pero sonrió. Con
una de esas sonrisas que expresan más que el puñado de
palabras que conforman una larga conversación. Entramos
en aquella tienda de la estación y le pedimos a la dependienta la muñeca que tenía en el escaparate, sentada entre
otras muñecas parecidas pero con la piel de color blanco y
diferentes vestidos. Nos preguntó si la envolvía para regalo.
«No», le dije. La dependienta me miró sorprendida por
aquella reacción. Mi madre dijo que estaba bien así, que
con una bolsa era suficiente. Le pagó a la dependienta y
salimos de allí, en dirección a nuestra casa. No me atrevía
a preguntárselo, pero al final lo hice: «Mamá, ¿puedo jugar
con la muñeca hasta que nazca María?». Mi madre sonrió
y asintió con la cabeza. Como si, de algún modo, estuviese esperando esa pregunta. «Pero mejor lo haces cuando
tu padre esté trabajando», susurró. Otro secreto, pensé.
«Vale», le dije. Y salimos de la estación y aún era de día,
y pese al cansancio que el rostro de mi madre reflejaba,
mientras una ligera brisa alborotaba su pelo ondulado, me
pareció la madre más guapa del mundo. Sí, como una
actriz de cine.
ÍNDICE
Secretos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 11
Noviembre. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 23
Películas. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 35
Hallazgo. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 39
Espejos. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 49
Reencuentro. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 63
Accidente. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 75
Orden . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 87
Agua. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 95
Círculos. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 101
Relámpago. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 115
Huida. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 125
Habitación 505. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 137
Despedida . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 143
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Primera edición: octubre de 2015
Todos los derechos reservados
© Ovidio Parades Álvarez, 2015
Ediciones Trabe S. L.
C/ Foncalada, 10 2.º A - e33001 Oviedo
Teléfonos: 985 208 206 / 684 626 445
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[email protected]
Diseño: Samuel Castro y Jaime Suárez Nava
Foto de cubierta: Matthew Wiebe
Foto del autor: Íñigo Rodríguez Dorronsoro
Al cuidado de la edición: Esther Prieto
Hecho en Asturias
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública
o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares,
salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español
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algún fragmento de esta obra.
Depósito legal: As-02871-2015
ISBN: 978-84-8053-820-6
Con una ayuda de la Consejería de Educación, Cultura
y Deporte del Principado de Asturias
Ovidio Parades
Corrientes
de
amor
Corrientes de amor es una colección de cuentos, variaciones de amor y desamor, de amores posibles e imposibles, momentos que atrapan un instante (complicado, decisivo) en
las vidas de los hombres y mujeres, sobre todo, mujeres, que
pueblan sus páginas. Gente que viaja, que huye, que recuerda, que busca su lugar, que mira hacia delante. Cuentos que
nos advierten que la vida no es fácil, que va en serio y que eso
lo descubrimos –tal vez– un poco tarde. Todos los cuentos
están atravesados por esas corrientes de amor del título, que
les da unidad. Porque está bien que los libros de relatos tengan un denominador común. El amor, en casi todas sus
variantes, aquí presente. O como escribió John Cheever: «La
espectral compañía del amor siempre con nosotros».
www.ovidioparades.blogspot.com