ORAD, LUEGO PREDICAD

ORAD,
LUEGO
PREDICAD
EDWARD McKENDREE BOUNDS
ORAD,
LUEGO
PREDICAD
Edward McKendree Bounds
ORAD,
LUEGO
PREDICAD
Edward McKendree Bounds
Reimpreso por:
Casa de Publicaciones Ala Blanca
P.O. Box 3000
Cleveland, TN 37320-3000
E.U.A.
1994
INTRODUCCION
Somos criaturas sociales. Es normal desear la
asociación con los demás, gozar de la compañía de
aquéllos que piensan igual que nosotros. Cuando
un prisionero es colocado en confinamiento solitario,
esto es generalmente visto como un castigo extremo.
Sin embargo, para el predicador llamado por
Dios, los tiempos de soledad, durante los cuales
puede gozar de comunión ininterrumpida con su
Señor, son una necesidad y deben ser buscados.
Encontrándose en medio de un ocupado tiempo
de ministerio, cuando la ciudad completa de
Capernaum estaba buscando a Jesús, llevándole
a todos los enfermos y poseídos por demonios,
siendo testigos de Su poder sanador y liberador,
Marcos registra: “Levantándose muy de mañana,
cuando todavía estaba oscuro, salió, y se fué a un
lugar solitario, y allí oraba” (Marcos 1:35). Jesús
consideraba estos momentos de soledad como
vitales. El necesitaba tener tiempo a solas con el
Padre, tiempo en el que la divina comunión no
fuera interrumpida por nada ni nadie.
Existen momentos durante los cuales la
oración congregacional es deseable, cuando nos
unimos a otros para buscar a Dios juntos. En
Hechos, capítulo cuatro, leemos acerca de una
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oración congregacional tal: “Después que oraron,
el lugar donde estaban reunidos tembló, y todos
fueron llenos del Espíritu Santo y hablaban la
palabra de Dios con valor” (Hechos 4:31).
Esas oraciones en conjunto, aun cuando pueden
ser tan maravillosas, sin embargo, no pueden
tomar el lugar de los momentos durante los cuales
el predicador tiene que separarse para pasar
tiempo a solas con Dios. Jesús encontró necesaria
esa clase de oración, y a través del ejemplo enseñó
cuán necesaria era para todos aquéllos que Lo
siguen en el ministerio público. Fallar en este
momento sería fallar en el trabajo para el cual
Dios nos ha señalado—predicar Su bendita Palabra.
Nuestras iglesias deben convertirse nuevamente
en iglesias de oración. No existe forma alguna en
que las mismas se conviertan en iglesias poderosas
en su ministerio y alcance hasta que se tornen
poderosas en la oración. Hasta que aquéllos que
llenan nuestros púlpitos sean reconocidos como
guerreros de oración, será imposible que nuestros
escaños se llenen de santos cuyo deseo sea orar.
Este pequeño folleto le está siendo provisto a
nuestros ministros con la esperanza de que los
inspire a un compromiso más serio de oración—
oración profunda e intercesora. No debe permitirse
que nada tenga prioridad por encima del tiempo
dedicado a solas a Dios.
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Estos extractos del libro de E. M. Bounds
titulado Power Through Prayer, muestran parte
de la importancia que este predicador metodista
le da a la oración. De hecho, los mismos le darán
una idea de la carga consumidora de su vida.
Edward McKendree Bounds nació en el condado
de Shelby, Misurí, en 1835. Cuando contaba con
veinticuatro años de edad, él reconoció su llamado
a la predicación y pastoreó iglesias dentro de su
denominación en los estados de Misurí, Tenesí y
Alabama. Mas tarde él sirvió como editor de The
Christian Advocate. Su trabajo finalizó cuando
fue a morar con el Señor el 24 de agosto de 1913,
Aquel cuya comunión en oración él tanto atesoraba.
Aunque él fue un prolífico escritor acerca de
diferentes temas, E. M. Bounds es mejor conocido
por sus libros acerca de la oración. El libro titulado:
Power Through Prayer, del cual fueron tomadas
las selecciones de este pequeño folleto, ha sido
reimpreso en varias ocasiones por diferentes
editores, y ha sido publicado un un sinnúmero de
traducciones.
Debido a que la mayor parte del contenido
del libro ha sido escrito para predicadores, yo
he utilizado el título Orad, Luego Predicad. Mi
oración es que según usted lea estos mensajes, los
mismos lo inspiren a convertirse en un predicador
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que pueda identificarse con alguien que ha pasado
tiempo con Dios.
Billy Murray
Supervisor General
Iglesia de Dios de la Profecía
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Se Necesitan Hombres de Oración
Estudie la santidad de vida universal. Su
completa utilidad depende de esto, ya que
los mensajes que usted predica duran a
penas una hora o dos; su vida predica toda
la semana. Si satanás tan sólo puede lograr
convertir a un ministro en alguien que codicie
la alabanza, el placer y la buena comida,
entonces logrará arruinar su ministerio.
Entréguese a la oración, y obtenga sus textos,
pensamientos y palabras de Dios mismo.
Lutero pasó por lo menos tres horas diarias
en oración.—Robert Murray McCheyne
Nos encontramos constantemente abrumados
por la necesidad de crear nuevos métodos, nuevos
planes, nuevas organizaciones para el avance de
la iglesia y para asegurar el crecimiento y eficiencia
del evangelio. Esta tendencia actual ha tendido
a perder de vista al hombre o a encerrarlo dentro
de un plan u organización. El plan de Dios es
hacer mucho del hombre, mucho más que de
cualquiera otra cosa. Los hombres son el método
de Dios. La Iglesia está buscando mejores métodos;
Dios está buscando mejores hombres. “Hubo un
hombre enviado de Dios cuyo nombre era Juan”.
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La dispensación que fue precursora y que preparó
el camino para Cristo estaba atada a aquel hombre
llamado Juan. “Porque un niño nos ha nacido,
un hijo nos ha sido dado”. La salvación del
mundo proviene de ese Hijo amado. Cuando
Pablo apela al carácter personal de los hombres
que le dieron fundamento al evangelio en el
mundo, él resuelve el misterio de sus éxitos. La
gloria y eficiencia del evangelio dependen de los
hombres que lo proclaman. Cuando Dios declara
que “los ojos de Jehová contemplan toda la tierra,
para corroborar a los que tienen corazón perfecto
para con él”, lo que expresa es la necesidad que
tiene de la raza humana y Su dependencia en
ella como canales a través de los cuales poder
ejercer Su poder sobre el mundo. Esta verdad
vital y urgente es una que esta época de máquinas
tiende a olvidar. Olvidarlo es tan mortífero para
la obra de Dios como lo sería sacar al sol de su
esfera. Las consecuencias no serían otras que
obscuridad, confusión y muerte.
Lo que la Iglesia necesita en la actualidad no
son mayores o mejores máquinas, ni nuevas
organizaciones o más y mejores métodos, sino
hombres a quienes el Espíritu Santo pueda
usar—hombres de oración, hombres poderosos
en la oración. El Espíritu Santo no fluye a través
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de métodos, sino a través de hombres. El no se
encuentra en las máquinas, sino en el hombre. El
no unje planes, sino hombres—hombres de oración.
Un eminente historidador ha dicho que los
accidentes de carácter personal tienen más que
ver con las revoluciones de las naciones que lo
que los historidadores filosóficos o los políticos
democráticos están dispuestos a admitir. Esta
verdad se puede aplicar completamente al
evangelio de Cristo, al carácter y la conducta de
los seguidores de Cristo—cristianizar el mundo,
transfigurar a las naciones y a las personas.
Esto es eminentemente cierto de los predicadores
del evangelio.
El carácter, así también como la suerte del
evangelio dependen del predicador. El es el que
hace que el mensaje de Dios para el hombre triunfe
o perezca. El predicador es la lámpara de oro a través
de la cual fluye el aceite divino. La lámpara no
sólo debe ser de oro, sino estar abierta y carente
de impurezas, para que el aceite pueda pasar
completo e ininterrumpidamente.
El hombre hace al predicador. Dios debe hacer
al hombre. El mensajero es, de ser esto posible,
mucho más que el mensaje. El predicador es
mucho más que el mensaje. El predicador hace el
mensaje. Así como la leche procedente del seno
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de la madre no es otra cosa que la vida de la
madre, así también todo lo que el predicador dice
está impregnado de lo que él es. El tesoro se
encuentra en vasos de tierra, y el sabor del vaso
impregna y puede hasta descolorar. El hombre,
el hombre completo, yace detrás del mensaje. La
predicación no es una actuación de una hora. Es
el fluir externo de la vida. Puede que se necesite
vivir veinte años para crear un mensaje, debido
a que se hayan necesitado veinte años para crear
a ese hombre. El mensaje verdadero es algo que
da vida. El mensaje crece debido a que el hombre
crece. El mensaje es poderoso debido que el hombre
es poderoso. El mensaje es santo debido a que el
hombre es santo. El mensaje está lleno de unción
divina debido a que el hombre está lleno de
unción divina.
El mensaje no puede ir más allá de donde se
encuentra el hombre. Los hombres muertos
predican mensajes muertos, y los mensajes
muertos matan. Todo depende del carácter
espiritual del predicador. Bajo la dispensación
judía, el sumo sacerdote había inscrito con letras
enjoyadas sobre la frontalera dorada: “Santidad
sea a Jehová”. Así es que todo predicador en el
ministerio de Cristo debe ser moldeado con el
mismo dicho santo. Es una gran vergüenza que
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el ministerio cristiano tenga menos santidad en
su carácter y que su meta no sea tan santa como
lo era el sacerdocio judío. Jonathan Edwards
dijo: “Yo busqué más deseosamente la santidad y
conformidad en Cristo. El cielo que yo deseaba
era un cielo de santidad.” El evangelio de Crsito
no se mueve debido a ondas populares. Este no
tiene poder en sí mismo para moverse. Este se
mueve según los hombres que tienen potestad
sobre él se mueven. El predicador debe impersonar
el evangelio. Sus características divinas y más
distintivas deben ser personificadas en él. El
constriñente poder del amor debe estar en el
predicador como una fuerza que se proyecta, que
es excéntrica y todo consumidora. La energía de
la auto-negación debe estar en su ser, su
corazón, sangre y huesos. El debe salir adelante
como un hombre entre hombres, vestido de
humildad, viviendo en mansedumbre, sabio
como una serpiente, manso como paloma; con las
ataduras de un siervo pero con el espíritu de un
rey, independiente en su comportamiento pero
con la simpleza y dulzura de un niño. El predicador
debe entregarse por completo y con gran abandono
y un celo consumidor, a su trabajo, el cual no es
otra cosa que la salvación de los hombres. Ellos
deben ser hombres con corazón, heróicos, compasivos
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y mártires carentes de temor, ya que habrán de
sostener y darle forma a la generación de Dios.
Si fueran hombres tímidos, y que sólo trabajan
el tiempo que se supone, que buscan un lugar, si
lo que quisieran fuera complacer a los hombres o
le tuvieran temor a los mismos, si su fe en Dios y
en Su Palabra fuera una fe débil, si su postura
fuera quebrantada por cualquier faceta por la
que pasaran o por el mundo, entonces no podrían
sostener la iglesia ni traer el mundo a Dios.
El mensaje más fuerte del predicador debe ser
para sí mismo. Su trabajo más difícil, delicado,
laborioso y completo deberá ser consigo mismo.
El entrenamiento de los doce fue la gran, difícil y
continua obra de Cristo. Los predicadores no son
hacedores de mensajes, sino hacedores de hombres
y de santos, y sólo aquel que se ha entrenado
bien para este negocio y que se ha hecho a sí
mismo hombre y santo está listo para hacerlo. Dios
no necesita grandes talentos, ni gran aprendizaje,
ni grandes predicadores, sino hombres repletos
de santidad, de fe, amor, fidelidad, grandes en
Dios—hombres que prediquen siempre grandes
mensajes desde el púlpito, cuyas vidas sean santas.
Son estos hombres los que pueden moldear una
generación.
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Nuestra Suficiencia Viene De Dios
Pero por sobre todas las cosas él sobresalió
en la oración. La naturaleza intrínseca y el
carácter de su espíritu, la reverencia y
solemnidad de su mensaje y comportamiento,
y la brevedad y plenitud de sus palabras a
menudo han tocado con admiración hasta a
extraños, a la vez que han llegado a otros
llevándoles consuelo. Y en verdad era un
testimonio. El conocía y vivía más cerca del
Señor que otros hombres, ya que aquellos
que lo conocen más, saben que existe una
razón mayor para acercarse a él con temor
y reverencia.—William Penn hablando de
George Fox
Parece inverosímil que la gracia más dulce
sea la que dé el fruto más amargo. El sol da vida,
pero la insolación causa muerte. La predicación
ha de proveer vida; pero puede matar. El predicador
sostiene la llave; él puede abrir así también
como cerrar. La predicación es la gran institución
de Dios para la edificación y madurez de la vida
espiritual. Cuando ésta es apropiadamente
ejecutada, sus beneficios son incontables; cuando
es llevada a cabo erróneamente, ningún mal
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excede a sus terribles resultados. Destruir la
manada es algo fácil si el pastor no se preocupa
o si el pasto es destruido; es fácil capturar la
ciudadela si el vigía duerme o si se envenena la
comida y el agua. Investido de tan condescendientes
prerogativas, expuestos a tan grandes males,
envueltos en tantas responsabilidades, sería una
parodia del mal genio del diablo y un libelo, en lo
que a su carácter y reputación se refiere, si él no
tratara de utilizar su influencia para adulterar
al predicador y la predicación. En vista de todo
esto, nunca está fuera de lugar la exclamación
interrogativa de Pablo: “¿Quién es suficiente
para estas cosas?”
Pablo dice: “No que seamos suficientes de
nosotros mismos para pensar algo como de
nosotros mismos, sino que nuestra suficiencia es
de Dios”. El verdadero ministro es tocado por
Dios, capacitado por Dios y hecho por Dios. El
Espíritu de Dios está en el predicador con poder
para ungir, el fruto del Espíritu está en su
corazón, el Espíritu de Dios ha vitalizado al
hombre y la Palabra; su predicación da vida.
Esta da vida en la misma manera en la que lo
hace la primavera; ésta da vida en la misma
forma en la que la resurrección lo hace; provee
esta vida ardiente en la misma forma en la que
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el verano da vida ardiente; da una vida fructífera
en la misma forma en la que el otoño da frutos.
El predicador dador de vida es un hombre de
Dios cuyo corazón siempre tiene sed de Dios,
cuya alma siempre busca a Dios, cuyos ojos sólo
miran a Dios, y en quien, a través del poder del
Espíritu de Dios, la carne y el mundo han sido
crucificados, y su ministerio es semejante al
generoso caudal de un río dador de vida.
La predicación que mata es la predicación no
espiritual. La habilidad de la predicación no
proviene de Dios. Fuentes menos divinas le han
provisto energía y estímulo. El Espíritu no es
evidente ni en el predicador ni en su predicación.
Muchas son las fuerzas que pueden ser proyectadas
y estimuladas por la predicación que mata, pero
no son fuerzas espirituales. Pueden parecer fuerzas
espirituales, pero son sólo una sombra; algo
falso. Puede que parezcan tener vida, pero la
vida es una vida magnetizada. La predicación
que mata lo es la letra; puede que tenga forma y
que sea ordenada, pero de todas formas es la
letra, seca, vacía, un mero carapacho. Puede que
la letra tenga dentro de sí el germen de la vida,
pero carece del soplo de la primavera para que
esta vida sea evocada; son semillas del invierno,
tan duras como la tierra invernal, tan frías como
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el aire del invierno, no se descongelan ni germinan.
Esta predicación de la letra tiene la verdad. Pero
aun la verdad divina en sí, carece de energía
dadora de vida; la misma tiene que recibir la
energía del Espíritu, con todas las fuerzas de
Dios respaldándola. Si la verdad carece del respaldo
del Espíritu de Dios ésta mata de la misma
manera, sino de peor forma, de lo que lo hace el
error. Puede ser verdad sin mixtura; pero carente
del Espíritu tanto su sombra como su toque
matan, su verdad es error, su luz obscuridad.
Esta predicación de la letra carece de unción, ya
que no está ni añejada ni ungida por el Espíritu.
Pueden haber lágrimas, pero las lágrimas no
pueden hacer funcionar la maquinaria de Dios;
las lágrimas pueden ser semejantes a una brisa
veraniega que sopla sobre un témpano de hielo
cubierto de nieve, lo único que se derrite un poco
lo es la superficie. Pueden haber sentimientos y
ahínco, pero es la emoción del actor y el ahínco
del abogado. El predicador puede sentir algo
debido a su propio calor, ser elocuente debido a su
propia exégesis, y predicar con ahínco el producto
de su propio cerebro; el profesor puede usurpar
el lugar e imitar el fuego del apóstol; el cerebro y
los nervios pueden hacer que se aparente y que
se finja la obra del Espíritu de Dios, y a través
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de estas fuerzas la letra puede brillar y centellear
como un texto iluminado, pero el brillo y centelleo
serán semejantes a una vida estéril como lo es
un campo sembrado con perlas. El elemento que
trata con la muerte se encuentra escondido
detrás de las palabras, detrás del mensaje,
detrás de la ocasión, detrás de la forma, detrás
de la acción. El gran estorbo se halla en el
predicador mismo. El no tiene dentro de sí las
poderosas fuerzas que crean la vida. Puede que él
sea honesto en su ortodoxia, honestidad, limpieza
o sinceridad; pero en alguna manera, el hombre
interior, el que se encuentra en su lugar secreto,
nunca ha sido quebrantado ni se ha entregado a
Dios; su vida interior no es una gran avenida
para la transmisión del mensaje y del poder de
Dios. En alguna forma el yo, y no Dios, es el que
gobierna en el lugar santísimo. En alguna parte,
de manera completamente inconsciente, algún
conductor no espiritual ha tocado su ser interior
y la corriente divina se ha detenido. Su hombre
interior nunca ha sentido su completa bancarrota
espiritual, su completa carencia de poder; él
nunca ha aprendido a clamar con un llanto inefable
de completa desesperación hasta que el poder de
Dios y el fuego divino desciendan, llenen,
purifiquen y doten de poder. En cierta manera
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perniciosa, la auto-estima y la habilidad propia
han difamado y violado el templo que debería ser
mantenido sagrado para Dios. La predicación
dadora de vida le cuesta mucho al predicador—
la muerte de sí mismo, la crucifixión ante el
mundo, el tormento de su propia alma. Sólo la
predicación crucificada podrá dar vida. La
predicación crucificada sólo puede provenir de
un hombre crucificado.
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La Letra Mata
Durante esta aflicción examiné mi vida
comparándola con la eternidad como
nunca antes lo había hecho cuando gozaba
de salud. Al examinar la manera en la que
había llevado a cabo mis tareas como hombre,
para con mis semejantes, como ministro
cristiano y oficial de la iglesia, mi consciencia
me encontró aprobado; pero el resultado
fue diferente en lo relacionado con mi
Redentor y Salvador. Mi gratitud y amorosa
obediencia en nada pueden compararse con
la obligación que tengo debido a la manera
en que me redimió, preservó y apoyó durante
las vicisitudes de mi vida desde la infancia
hasta mi ancianidad. La frialdad de mi
amor hacia Aquel que me amó primero y
que ha hecho tanto por mí me confundió y
agobió; y para completar, mi carácter indigno,
yo no sólo había descuidado mejorar la gracia
que me había sido dada en lo que a mi
tarea y privilegio se refieren, sino que debido
a que no la había mejorado, aunque estaba
lleno de un perplejo cuidado y labor, ésta se
había apartado de aquel primer celo y
amor. Me sentí confundido, me humillé,
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imploré misericordia, y renové mi pacto
tratando de consagrarme a mí mismo al
Señor sin reserva alguna.—Obispo McKendree
La predicación que mata puede ser, y a menudo
es, ortodoxa—dogmática, inviolablemente ortodoxa.
Nosotros amamos la ortodoxia. Es buena. Es lo
mejor. Es la limpia y clara enseñanza de la
Palabra de Dios, los trofeos ganados por la verdad
en su conflicto con el error, los diques que la fe
ha levantado para protegerse de las desoladoras
inundaciones de la honestidad o de la imprudente
incredulidad; pero la ortodoxia, tan clara y dura
como el cristal, sospechosa y militante, puede no
ser otra cosa que la letra bien formada, bien
nombrada, y bien aprendida, la letra que mata.
No hay nada tan muerto como la ortodoxia muerta;
demasiado muerta como para especular, demasiado
muerta como para pensar, estudiar u orar.
La predicación que mata puede poseer
perspicacia y comprender los principios, puede
ser muy erudita y crítica en su gusto, puede ser
minuciosa en su estudio gramatical de la letra,
puede estar tan apegada al perfecto patrón de la
letra, e iluminar como Platón y Cícero iluminaron,
puede estudiar en la misma manera en la que el
abogado estudia sus libros de texto para escribir
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su alegato o defender su caso, y sin embargo ser
semejante a una helada, una helada que mata.
La predicación de la letra puede ser algo
elocuente, llena de poesía y retórica, salpicada
de oración, sazonada de sensación, iluminada
por el genio, y sin embargo estas cosas no son
sino masivas o castas, monturas costosas, las flores
raras y hermosas que cubren el féretro dentro
del cual se encuentra el cuerpo. La predicación
que mata puede carecer de escolaridad, puede
que no contenga ni pensamiento ni sentimiento
fresco, que esté cubierta de generalidades sin
gusto o de especialidades insípidas, de estilo
irregular, desaliñada, sin estar salpicadas de
oración ni de estudio, careciente de pensamiento,
expresión u oración. ¡Cuán grande es la desolación
que existe bajo esa clase de predicación! ¡Cuán
profunda la muerte!
Esta predicación de la letra trata con la
superficialidad y sombra de las cosas, no con las
cosas en sí. Esta no penetra hasta el interior. No
tiene una visión profunda, un sólido entendimiento
de la vida escondida de la Palabra de Dios. Es
cierta en lo exterior, pero el exterior es el carapacho que debe ser quebrado y penetrado por el
grano. La letra puede ser vestida de tal manera
que sea atrayente y esté a la moda, pero la
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atracción no es hacia Dios ni es la moda una
celestial. La falla se encuentra en el predicador.
Dios no lo ha hecho. Este nunca se ha encontrado
en las manos de Dios como el barro en las manos
del alfarero. El ha estado ocupado con el mensaje,
el cual sólo encierra su pensamiento, diseños y
fuerzas impresionantes; pero nunca ha buscado las
cosas profundas de Dios; nunca las ha estudiado,
pensado en ellas o experimentado. El nunca se
ha encontrado frente al “trono elevado de la
gracia”, nunca ha escuchado el canto del serafín,
nunca ha tenido una visión ni sentido esa terrible
santidad, y gemido en completo abandono y
desesperación sintiendo su debilidad y culpa;
nunca ha sentido su vida renovada, su corazón
tocado, purgado, quemado por el carbón encendido
del altar de Dios. Su ministerio puede atraer
personas a él, a la iglesia, a la forma y ceremonia,
pero nadie es verdaderamente atraído a Dios, no
se induce ninguna comunión dulce, santa y divina.
La Iglesia ha sido pintada pero no edificada,
complacida pero no santificada. La vida es
suprimida; hay frío en el aire veraniego; la tierra
está quemada. La ciudad de nuestro Dios se
convierte en la ciudad de los muertos; la Iglesia
se torna en un cementerio y no en un ejército
que lucha. La alabanza y la oración son ahogadas;
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la adoración está muerta. El predicador y la
predicación han ayudado el pecado; no la santidad;
han ayudado a llenar el infierno, no el cielo.
La predicación que mata es la predicación
carente de oración. Sin oración, el predicador
crea muerte, y no vida. El predicador que es
débil en la oración es débil en su fuerza dadora
de vida.El predicador que ha apartado la oración
como un elemento conspicuo y prevaleciente de
su propio carácter, ha privado su predicación de
su distintivo poder dador de vida. La oración
profesional ha existido y existirá siempre, pero
la predicación profesional lo único que hace es
ayudar a la predicación muerta en su nefasta
obra de muerte. La oración profesional enfría y
mata tanto a la predicación como a la oración.
Mucha de la devoción relajada y perezosa, de las
actitudes irreverentes encontradas en las oraciones
congregacionales pueden atribuirse a la oración
profesional desde el púlpito. Las oraciones
provenientes de muchos púlpitos son largas, áridas,
divagantes y necias. Sin la unción o el corazón,
éstas caen como una lluvia helada sobre la
adoración. Estas son oraciones que sólo traen
muerte. Todo vestigio de devoción ha perecido
bajo su frialdad. Mientras más muertas, más
crecen. Existe una gran necesidad de suplicar
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que las oraciones provenientes del púlpito sean
oraciones cortas, avivadas, sinceras, del Espíritu
Santo—directas, específicas, ardientes, simples y
llenas de unción. Una escuela que le enseñara a
los predicadores cómo orar, así como Dios lo
desea, sería más beneficiosa para la verdadera
piedad, adoración y predicación, que todas las
escuelas teológicas.
¡Deténgase! ¡Considere por un momento!
¿Qué somos? ¿Qué estamos haciendo?
¿Predicando para matar? ¿Orando para matar?
¡Orándole a Dios, el gran Dios, el hacedor de
todos los mundos, el Juez de la humanidad! ¡Qué
reverencia! ¡Qué simpleza! ¡Qué sinceridad! ¡Qué
gran verdad interior se demanda! ¡Cuán real
debe ser! ¡Cuán profunda! ¡La oración a Dios
debe ser el ejercicio más noble, el esfuerzo más
profundo del hombre! ¿No deberíamos deshacernos
para siempre de la detestable predicación y de la
oración que mata, y hacer lo verdadero, lo más
grande—orar en verdadera oración, predicar
para crear vida, para que nuestras oraciones
lleguen al cielo, toquen a Dios, y Este abra los
tesoros necesarios para llenar las necesidades
del hombre?
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Tendencias A Ser Evitadas
Coloquemos nuestra mirada en Brainerd,
quien gemía ante Dios en los bosques de
América en pro de los gentiles que perecían
sin cuya salvación, él no podía ser feliz. La
oración—secreta, ferviente, creyendo en
ella—es ahí que yace la raíz de toda la
divinidad personal. Un conocimiento
competente del idioma del lugar en el que
vive el misionero, un temperamento ameno,
un corazón entregado a Dios en una relación
religiosa muy cercana—estos, estos son los
logros que mucho más que el conocimiento y
los demás dones, nos capacitarán para
convertirnos en los instrumentos de Dios en
la gran obra de la redención humana.
—Carrey’s Brotherhood, Serampore
Existen dos tendencias extremas dentro del
ministerio. Una es apartarse de la confraternidad
con las personas. El monje y el hermitaño son
ejemplos de esto; ellos se apartan de los hombres
para consagrar su tiempo a Dios. Ellos han fallado,
claro está. El que estemos con Dios es de provecho
solamente en la medida en que esparzamos el
invaluable beneficio recibido con la humanidad.
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En esta época ni los predicadores ni el pueblo
común están muy interesados en Dios. Ese no es
nuestro deseo.
Esos no son nuestros anhelos. Nosotros nos
encerramos a estudiar, nos convertimos en
estudiante, en ratones de biblioteca, estudiosos
de la Biblia, creadores de mensajes, conocidos
por el conocimiento literario, por nuestros
pensmientos y mensajes; pero, ¿dónde se
encuentra el pueblo de Dios? Ojos que no ven,
corazón que no siente. Los predicadores que son
grandes pensadores y grandes estudiantes deben
ser grandes guerreros de la oración, o si no serán
los descarriados más grandes, profesionales sin
corazón, racionalistas, menos que el más pequeño
de los predicadores ante los ojos de Dios.
La otra tendencia es a popularizar por completo
el ministerio. El predicador deja de ser el hombre
de Dios, y se convierte en un hombre de negocios,
del pueblo. El no ora debido a que su misión es
para con el pueblo. Si puede mover a las personas,
crear interés, una sensación de favor hacia la
religión, un interés en el trabajo de la Iglesia—
entonces se siente satisfecho. Su relación personal
con Dios no es un factor en su trabajo. La oración
tiene muy poco, si acaso, algún lugar en sus
planes. El desastre y la ruina de un ministerio
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tal no puede ser computado con aritmética terrenal.
Lo que el predicador es depende de su oración a
Dios; de eso depende de cuánto beneficio puede
ser para sí mismo, para sus feligreses, y de eso
depende también su poder para hacer el bien,
cuán fructífero es, su verdadera fidelidad a Dios,
a los hombres, al tiempo y a la eternidad.
Para el predicador es imposible mantener su
espíritu en armonía con la naturaleza divina de
su llamado divino si no ora mucho. Es un serio
error pensar que el predicador, debido a su tarea
y fidelidad a la obra y a la rutina del ministerio
puede mantenerse ágil y preparado. Aun la creación
de mensajes, lo cual es un arte incesante y
agotador, aun si es llevado a cabo como tarea,
como trabajo, o como placer, endurecerá y
estrangulará el corazón, si se descuida la oración
a Dios. El científico pierde a Dios en la naturaleza.
El predicador puede perder a Dios en su mensaje.
La oración refresca el corazón del predicador,
lo mantiene en sintonía con Dios y comprendiendo
a las personas; eleva su ministerio, sacándolo del
frío profesionalismo, fructifica la rutina y mueve
cada rueda con la facilidad y el poder de la
unción divina.
Spurgeon dijo: “El predicador, claro está, se
encuentra por encima de todos los demas,
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distinguiéndose como un hombre de oración. El
ora como un cristiano ordinario, ya que de no
hacerlo sería un hipócrita. El ora más que los
cristianos ordinarios, ya que si no quedaría
descalificado para el oficio que ha asumido. Si
como ministros, ustedes no son hombres de
oración, entonces hay que tenerles pena. Si se
tornan descuidados en la devoción sagrada, no
sólo habrá que tenerles pena a ellos sino también
a las personas a su cargo, y llegará el día en que
se sentirán avergonzados y confundidos. Todas
nuestras bibliotecas y estudios son nada cuando
son comparados con nuestros lugares secretos de
oración. Nuestras épocas de ayuno y oración en
el Tabernáculo han sido días grandiosos de verdad;
nunca antes ha estado la puerta de los cielos tan
abierta como ahora; nunca antes han estado
nuestros corazones tan cerca de la Gloria central”.
La oración que convierte a un ministerio en
uno poderoso no es la oración corta, semejante a
los extractos añadidos a la comida para darles
un sabor placentero, sino que la oración debe ser
un acto del cuerpo y procedente de lo más íntimo
de nuestro interior. La oración no es una tarea
insignificante, a ser colocada en una esquina; no
es una actuación a llevarse a cabo gradualmente,
compuesta de fragmentos de tiempo tomados
31
del tiempo dedicado a los negocios o a otros
compromisos de nuestras vidas; sino que significa
lo mejor de nuestro tiempo, el corazón mismo de
nuestro tiempo y debido a eso hay que darle todo
nuestro ser. Esto no quiere decir que nuestro
lugar secreto sea absorbido en el estudio o devorado
por las actividades ministeriales; sino que significa
que nuestro lugar secreto debe tener el primer
lugar, el estudio y las actividades el segundo, ya
que tanto el estudio como las actividades recibirán
nueva vida y se tornarán eficientes debido al
tiempo dedicado en oración. La oración que ha
de afectar nuestro ministerio deberá darle un
tono a nuestra vida. La oración que da colorido y
que cambia el carácter no es una tarea placentera
y un pasatiempo a ser llevado a cabo rápidamente.
Esta debe tener un lugar profundo en el corazón
y la vida así como lo tuvieran las “lágrimas y el
gemir” en la vida de Cristo; ésta debe hacer que
el alma se sienta en agonía y con un gran deseo,
como ocurriera en la vida de Pablo; debe ser un
fuego que proceda de lo más íntimo y una fuerza
similar a la “oración efectiva y ferviente” de
Santiago; debe poseer una calidad tal, que al ser
colocada en el candelero dorado y encendida ante
Dios, obre una agonía y revolución espiritual.
La oración no es una pequeña costumbre que
32
nos hubiera sido pegada con alfileres, como lo
fueran los pañales, cuando éramos pequeños.
Tampoco es una corta recitación de quince
minutos antes de comer durante una hora, sino
que es una obra seria procedente de los años
más serios de nuestra vida. Esta requiere más
tiempo y apetito que nuestras comidas más largas
o más ricos banquetes. La oración que hace que
la predicación sea una exitosa, debe ser una a la
que se le dedique mucho tiempo. El carácter de
nuestra oración determinará el carácter de
nuestra predicación. La predicación carente de
profundidad, hará que nuestra predicación
carezca de profundidad. La oración hace que la
predicación sea fuerte, le da unción, y hace que
toque a las personas. En todo ministerio cuyo
propósito es hacer el bien, la oración siempre ha
sido algo tomado muy en serio.
El predicador debe ser ante todo un hombre de
oración. Su corazón debe haberse graduado de la
escuela de oración. Es solamente en la escuela
de oración donde el corazón ha de aprender a
predicar. No hay aprendizaje que pueda tomar el
lugar de la oración. No existe empeño, diligencia,
estudio, o dones que puedan suplir su carencia.
Hablarle a los hombres acerca de Dios es algo
grande, pero hablarle a Dios en pro de la
33
humanidad es más grande aun. El hombre que
no ha aprendido a hablarle a Dios de los hombres
nunca podrá hablarle exitosamente acerca de
Dios a los hombres. Mucho más importante aun,
las palabras provenientes de un púlpito que no
está cubierto por la oración, no son otra cosa que
palabras que causan muerte.
34
La Oración, lo Más Esencial
Usted conoce el valor de la oración; ésta
es de valor incalculable. No la descuide
nunca.—Sir Thomas Buxton
La oración es la primera, la segunda y la
tercera cosa de importancia para el ministro.
Ore, luego de lo cual, mi querido hermano,
ore, ore y ore.—Edward Payson
La oración debe ser una fuerza conspicua y
constante, un ingrediente importante en la vida
del predicador, en su estudio y en su púlpito. No
debe estar en un segundo lugar, ni ser un mero
formalismo. A él le es dado estar con su Señor
“toda la noche en oración”. Para entrenarse en la
oración abnegada, se le dice al predicador que
mire al Señor, quien “levantándose muy de
mañana, aun muy de noche, salió y se fue a un
lugar desierto, y allí oraba”. El estudio del
predicador debe ser un cuarto de oración, un
Bethel, un altar, una visión, y una escalera, para
que todo pensamiento ascienda al cielo, y no que
vaya a los hombres; para que cada parte del
mensaje pueda ser perfumado por el aire celestial y transmitir un aire de seriedad debido a
que Dios estuvo en el estudio.
35
Así como la locomotora de un ferrocarril no se
mueve hasta que el fuego es encendido, la
predicación, con toda su maquinaria, perfección
y lustre se mantiene completamente detenida,
en lo que a resultados espirituales concierne,
hasta que la oración se ha encendido y creado la
corriente. La textura, fineza y fuerza del sermón
carece de valor a menos que el poderoso impulso
de la oración forme parte de él, se manifieste a
través de él y lo respalde. El predicador debe
colocar a Dios en el mensaje a través de la
oración. Es a través de la oración, que el predicador
debe mover a las personas hacia Dios antes de
que las personas sean movidas hacia Dios a
través de sus palabras. El predicador debe haber
tenido una audiencia y acceso directo a Dios
antes de poder tener acceso a la gente. El que el
predicador goce de un acceso directo a Dios es la
forma más segura de lograr que el pueblo tenga
un acceso directo a El.
Es necesario reiterar que la oración, como
mero hábito, como una función efectuada
rutinariamente o de forma profesional, no es
sino algo muerto y putrefacto. Esa clase de
oración no está conectada en manera alguna a la
oración por la que abogamos. Estamos enfatizando
la verdadera oración, la cual enciende la vida del
36
predicador—la oración que emana de la unión
con Cristo y de la plenitud del Espíritu Santo, la
cual emana de la profunda y sobreabundante
fuente de compasión y deseo de bienestar eterno
para el hombre; un celo y deseo consumidor de
poseer la gloria de Dios; una completa convicción
del difícil y delicado trabajo del predicador y de la
imperativa necesidad que existe de la poderosa
ayuda de Dios. La oración cuyo fundamento lo son
estas solemnes y profundas convicciones, es la única
oración verdadera. La predicación respaldada
por una oración tal es la única predicación que
siembra la semilla de la vida eterna en los corazones
humanos y que prepara a los hombres para el cielo.
Es cierto que puede haber predicación que sea
popular, placentera, intelectual, literaria, sabia,
con una medida y forma de bien, por la cual se haya
orado poco por no decir nada; pero la predicación
que logra la manifestación de Dios debe nacer de
la oración profunda, debe ser expuesta con la
energía y el espíritu de la oración, debe dársele
seguimiento y hacerse germinar, y ser mantenida
como una fuerza vital en los corazones de los
oyentes a través de las oraciones del predicador,
mucho después de que la ocasión haya pasado.
Tal vez podamos excusar la pobreza espiritual
de nuestra predicación en muchas maneras, pero
37
el verdadero secreto puede ser encontrado en
que no existe urgencia alguna por la presencia
de Dios en el poder del Espíritu Santo en
nuestras oraciones. Existen innumerables
predicadores que pueden predicar hábiles
mensajes, según su conocimiento, pero cuyos
efectos son a corto plazo y no se convierten en
factores de importancia dentro de las esferas
espirituales donde se está librando la terrible
guerra entre Dios y satán, entre el cielo y el
infierno, debido a que los predicadores no se han
tornado en poderosos militantes y en personas
victoriosas espiritualmente a través de la
oración.
Los predicadores que obtienen poderosos
resultados para Dios son aquellos que han
prevalecido en sus súplicas ante El, al atreverse
suplicar por los hombres. Los predicadores
poderosos en sus cámaras de oración con Dios
son los que serán poderosos en los púlpitos ante
los hombres.
Los predicadores son seres humanos, y están
expuestos a las fuertes corrientes humanas. La
oración es un trabajo espiritual y la naturaleza
humana es tal, que no disfruta del trabajo
espiritual. La naturaleza humana desea llegar
al cielo impulsada por vientos favorables, surcando
38
por un mar en calma. La oración es un trabajo
humillante. Esta degrada el intelecto y el orgullo,
crucifica la vanagloria y muestra nuestra
bancarrota espiritual; todo esto es difícil de
soportar por la carne humana. Es más fácil dejar
de orar que soportar todo esto. Debido a eso,
llegamos a uno de los puntos más cruciales de
estos tiempos, y tal vez de todos los tiempos—
poca o ninguna oración. De estos dos males, tal
vez la poca oración sea peor que la falta de
oración. La poca oración tiende a hacer que la
gente piense que está bien, es un pretexto para
la conciencia, un engaño, una ilusión.
El predicador está comisionado a orar así
también como a predicar. Su misión está incompleta
si no hace bien las dos cosas. El predicador
puede hablar con toda la elocuencia humana y
angelical, pero a menos que pueda orar con una
fe tal que atraiga la ayuda celestial, su predicación
será “como metal que resuena, o címbalo que
retiñe”, en lo que a la honra permanente a Dios,
y sus usos para la salvación de las almas se
refiere.
39
Mucho Tiempo Debe Ser
Dedicado a la Oración
Los grandes maestros de la doctrina
cristiana han encontrado siempre en la
oración su más grande fuente de iluminación.
No limitándonos meramente al tiempo que
la iglesia inglesa dedicaba a la oración, se
registra que el Obispo Andrés pasaba cinco
horas diarias sobre sus rodillas. Las
grandes resoluciones prácticas que han
enriquecido y embellecido la vida humana
en los tiempos cristianos han sido logradas
a través de la oración.—Canon Liddon
Aunque debido a la naturaleza de las cosas,
muchas de las oraciones privadas deben ser cortas;
aunque las oraciones públicas, como regla, deben
ser cortas y condensadas; aunque existe amplio
lugar y se valora la oración jaculatoria—sin
embargo, en nuestro tiempo de comunión
privada con Dios, éste es un aspecto esencial
para su valía. El mucho tiempo empleado con
Dios es el secreto para toda oración exitosa. La
oración que se siente como una fuerza poderosa
es el producto inmediato del mucho tiempo pasado
40
con Dios. Nuestras oraciones cortas le deben su
eficacia y eficiencia a las oraciones largas que las
han precedido.
La oración prevaleciente corta no puede ser
efectuada por alguien que no haya prevalecido
con Dios en una poderosa y larga lucha. La victoria
de Jacob no hubiera podido ser ganada si no
hubiera habido la lucha de toda la noche. No
conocemos a Dios si le hablamos de forma
intermitente y corta. Dios no derrama Sus dones
sobre aquéllos que vienen a El de manera casual
y rápida. Pasar mucho tiempo a solas con Dios
es el secreto de conocerlo y de ser influenciado
por El. El cede ante la persistencia de una fe que
Lo conoce. El derrama sus mejores regalos sobre
aquellos que declaran su deseo y apreciación
por esos dones a través de su constancia e
importunidad. Cristo, quien es nuestro Ejemplo
en esto como en otras cosas, pasó muchas noches
enteras en oración. El acostumbraba orar
mucho. El tenía un lugar habitual de oración. Su
historia y carácter están compuestos por largas
sesiones de oración. Pablo oraba de día y de
noche. Daniel tuvo que sacar tiempo de cosas
importantes para orar tres veces al día. No
existe duda alguna de que las oraciones de la
mañana, el medio día y la noche, efectuadas por
41
David, fueron en muchas ocasiones más que
extensas. Aunque no tenemos un recuento específico
del tiempo que estos santos de la Biblia dedicaron
a la oración, existen indicaciones de que pasaron
mucho tiempo orando, y acostumbraban, en
algunas ocasiones tener extensos periodos de
oración.
No deseamos que nadie llegue a pensar que el
valor de sus oraciones ha de ser medido por el
reloj, sino que nuestro propósito es que quede
plasmado en nuestras mentes la necesidad de
estar a solas con Dios; y que si este acontecimiento
no ha sido producido por nuestra fe, entonces
nuestra fe es débil y superficial.
Los hombres que mejor han ilustrado el carácter
de Cristo y que más poderosamente han afectado
el mundo han sido aquellos que han pasado
mucho tiempo con Dios, al punto de haber
convertido esto en parte indeleble de sus vidas.
Charles Simeón le dedicaba a Dios las horas de
las cuatro a las ocho de la mañana. El Sr. Wesley
dedicaba dos horas diarias a la oración; él
comenzaba a las cuatro de la mañana. Alguien
que lo conoció bien escribió lo siguiente acerca de
él: “Para él la oración era su negocio más que
cualquier otra cosa, y yo lo he visto salir de su
cámara de oración con una serenidad tal que su
42
rostro parecía brillar”. John Fletcher manchaba
las paredes de su habitación con el aliento de sus
oraciones. En ocasiones él solía orar toda la
noche; siempre, de manera frecuente y con gran
seriedad. Su vida completa fue una vida de
oración. El solía decir: “No me levantaba de mi
asiento sin elevar mi corazón a Dios”. Su saludo
a sus amigos siempre era: “¿Me reúno contigo en
oración?” Lutero dijo: “Si dejo de pasar dos horas
en oración cada mañana, el diablo se lleva la
victoria durante todo el día. Tengo tanto que
hacer, que no puedo hacer nada sin dedicar tres
horas diarias a la oración”. Su dicho era: “Aquel
que ha orado bien ha estudiado bien”.
El Arzobispo Leighton estaba tanto a solas con
Dios que al parecer se encontraba en una perpetua
meditación. “La oración y la alabanza eran su
negocio y su placer”, dice su biógrafo. El Obispo
Ken pasaba tanto tiempo con Dios que se dice
que su alma estaba enamorada de Dios. El estaba
con Dios antes de que el reloj tocara las tres cada
mañana. El Obispo Asbury dijo: “Me propongo
levantarme a las cuatro de la mañana tantas
veces como pueda y pasar dos horas en oración y
meditación”. Samuel Rutherford, cuya fragancia
de piedad todavía se deja sentir, se levantaba a
las tres de la mañana para encontrarse con Dios
43
en oración. Joseph Alleine se levantaba a las
cuatro de la mañana para orar hasta las ocho. Si
él escuchaba a algún comerciante efectuando sus
negocios antes de que él se levantara, exclamaba:
“¡Oh, cuán vergonzoso! ¿No se merece mi Señor
mucho más que el suyo?” Aquel que ha aprendido
bien este trabajo, lo utiliza cuando surge la
necesidad, y sabiendo que el cielo lo escuchará y
recompensará.
44
La Preparación del Corazón
es Algo Necesario
Porque nada llega al corazón, excepto
aquello que es del corazón, o traspasa la
conciencia sino lo que proviene de la
conciencia.—William Penn
En la mañana me encontraba más
preocupado por la preparación de mi cabeza
que de mi corazón. Este ha sido mi frecuente
error, y me he dado cuenta siempre de su
mal, especialmente al orar. ¡Señor, te pido
entonces que lo cambies! Agranda mi
corazón, y he de predicar.—Robert Murray
McCheyne
El mensaje que está más lleno de
conocimiento que de sentimiento no llegará
eficazmente al corazón de los oyentes.—
Richard Cecil
La oración, con su gran fuerza, ayuda a que los
labios expresen la verdad a plenitud y con libertad.
Debe orarse por el predicador; el predicador es
una creación de la oración. Debe orarse por los
labios del predicador; sus labios deben estar
45
cubiertos por la oración al abrirse. Los labios
santos son creados por la oración, por la mucha
oración; los labios valientes son una creación de
la oración, de la mucha oración. La Iglesia y el
mundo, Dios y el cielo, le deben mucho a los labios
de Pablo. Los labios de Pablo debieron su poder
a la oración.
La multiplicidad ilimitada de la oración es de
gran valor y ayuda para el predicador en diferentes
formas, y en diferentes momentos, en toda ocasión.
Uno de sus grandes valores es que ayuda su
corazón.
La oración hace del predicador un predicador
de corazón. La oración coloca el corazón del
predicador en su mensaje; la oración coloca el
mensaje del predicador en su corazón.
El corazón es el que hace al predicador. Los
hombres de buen corazón son grandes predicadores.
Los hombres de mal corazón pueden efectuar el
bien hasta cierto grado, pero eso es raro. El
mercenario y el extraño pueden ayudar a las
ovejas en ciertas cosas, pero es el buen pastor
con su buen corazón de pastor el que bendice a
las ovejas y responden completamente al llamado
pastoral.
Hemos enfatizado tanto la preparación del
mensaje que hemos perdido de vista algo
46
importante que debe ser preparado—el corazón.
Un corazón preparado es mucho mejor que un
mensaje preparado. Un corazón preparado será
lo que haga realidad el mensaje.
Mucho se ha escrito acerca de cómo preparar
mensajes, al punto de que hemos llegado a pensar
que estos preparativos son el mensaje en sí. El
joven predicador ha sido enseñado a colocar toda
su fuerza en la forma, discernimiento y belleza
de su mensaje como si fuera un producto intelectual
y mecánico. Por lo tanto, hemos cultivado en las
personas un gusto un tanto vicioso, por así decirlo,
y le hemos dado más importancia al talento que
a la gracia, a la elocuencia que a la piedad, a la
retórica que a la revelación, a la reputación y a
la brillantez que a la santidad. Debido a esto
hemos perdido de vista la verdadera idea de lo que
es la predicación, hemos perdido el poder de la
predicación, hemos perdido la incitadora convicción
de pecado, hemos perdido la rica experiencia y el
elevado carácter cristiano, hemos perdido la
autoridad sobre las conciencias y vidas, lo cual es
siempre el resultado de la verdadera predicación.
No sería suficiente decir que los predicadores
estudian demasiado. Algunos de ellos no estudian
del todo; otros no estudian lo suficiente. Muchos
no estudian de la manera apropiada para
47
mostrarse aprobados por Dios. Pero nuestra
gran carencia no es una de conocimiento cultural,
sino de haber fallado en cultivar el corazón;
nuestro triste defecto no es la falta de conocimiento
sino la falta de santidad—no es que sepamos
demasiado, sino que no meditamos en Dios y en
Su palabra, ni velamos, ayunamos y oramos lo
suficiente. El corazón es nuestro mayor estorbo
para la predicación. Palabras llenas de verdad
divina no pueden ser transmitidas debido a que
nuestros corazones no son conductores; debido a
que son detenidas, se desvanecen, son cortadas
de raíz y carecen de poder.
¿Puede la ambición, la cual anda en busca de
la alabanza y de una posición, predicar el evangelio
de Aquel que se anonadó y tomó para Sí la forma
de un siervo? ¿Puede el orgulloso, vano y egoísta
predicar el evangelio de Aquel que fue humilde y
manso? ¿Puede el hombre de mal temperamento,
apasionado, egoísta, duro y mundanal predicar
el sistema que habla acerca de sufrirlo todo, de
negarse a sí mismo, de ternura, el cual demanda
de forma imperativa la separación de la enemistad
y la crucifixión de lo mundanal? ¿Puede el
superficial oficial mercenario, carente de corazón
predicar el evangelio que demanda que el pastor
dé su vida por las ovejas? ¿Puede el hombre
48
avariento, quien cuenta el salario y el dinero,
predicar el evangelio hasta haber expuesto por
completo su corazón cosa de poder decir en el
espíritu de Cristo y Pablo y en las palabras de
Wesley: “Lo tengo por estiércol y escoria; lo pisoteo;
lo tengo (no yo, sino la gracia de Dios en mí) por
el lodazal de las calles, no lo deseo y no lo
busco”? La revelación de Dios no necesita la luz
del genio humano, el lustre y la fuerza de la cultura
humana, la brillantez del pensamiento humano,
la fuerza del cerebro humano para adornarla o
imponerla; pero sí demanda la simpleza, la
docilidad, la humildad y la fe del corazón de un
niño.
Lo que más necesitamos es preparar nuestros
corazones. Para Lutero ésto era un postulado:
“Aquel que ha orado bien, ha estudiado bien”. No
queremos decir que los hombres no han de pensar
y utilizar su intelecto; pero la persona que mejor
utilizará su intelecto es aquella que más cultiva
su corazón. No decimos que los predicadores no
deban ser estudiantes; sino que lo que decimos
es que su gran estudio lo debe ser la Biblia, y la
persona que mejor estudia la Biblia es aquella
que ha guardado su corazón con diligencia. No
decimos que el predicador no deba conocer a los
hombres, pero sí que será un buen conocedor de
49
la naturaleza humana si ha estudiado las
profundidades y los detalles intrincados de su
propio corazón. Si decimos que aunque el canal
de la predicación lo es la mente, su fuente lo es
el corazón; se puede agrandar y profundizar el
canal, pero si no busca bien la pureza y profundidad
de la fuente, tendrá un canal seco o contaminado.
Decimos que casi cualquier hombre de inteligencia
común tiene el sentido suficiente como para
predicar el evangelio, pero son pocos los que
tienen la suficiente gracia como para hacerlo. Si
decimos que aquel que ha luchado con su propio
corazón y ha conquistado, aquel que ha enseñado
en humildad, fe, amor, verdad, misericordia,
simpatía y valentía, aquel que puede derramar
los ricos tesoros de un corazón así entrenado, a
través del intelecto humano, sobrecargando con
el poder del evangelio las conciencias de sus
oyentes, el tal será el predicador más veraz y
exitoso ante su Señor.
50
Unción, la Marca de
la Verdadera Predicación
del Evangelio
Hable para la eternidad. Por sobre todas
las cosas, cultive su propio espíritu. Una
palabra hablada por usted durante un
momento en el cual tiene una conciencia
clara y su corazón lleno de la plenitud del
Espíritu de Dios vale más que diez mil
palabras habladas sin fe y en pecado.
Recuerde que Dios, y no el hombre,
deberá recibir la gloria. Si el velo de la
maquinaria del mundo fuera rasgado,
¿cuánto encontraríamos que es hecho en
respuesta a las oraciones de los hijos de
Dios?—Robert Murray McCheyne
La unción es algo indefinible e indescriptible
que un viejo y renombrado predicador escocés
describiera de la siguiente manera: “En ocasiones
en la predicación existe algo que no puede ser
adscrito ni a la materia ni a la expresión, ya que
no puede describirse lo que es o de dónde viene,
aunque es algo que con una dulce violencia
atraviesa el corazón y los sentimientos y que
51
proviene inmediatamente del Señor; pero la
única forma de obtener algo de esta índole, es a
través de la disposición santa del orador”.
Nosotros lo llamamos unción. Es la unción la
que hace que la palabra de Dios sea: “viva y eficaz,
y más cortante que cualquier espada de dos filos;
penetra hasta la división del alma y del espíritu,
de las coyunturas y los tuétanos, y es poderosa
para discernir los pensamientos y las intenciones
del corazón”. Es esta unción la que le da a las
palabras del predicador la agudeza y poder y la
que crea una fricción y agitación tal en muchas
congregaciones muertas. Las mismas verdades
han sido dichas de forma estrictamente escrita,
de la forma más diplomáticamente posible; sin
embargo no han habido señales de vida, ni
respuesta alguna; todos han permanecido tan
apacibles como la tumba y tan muertos. En el
interín, el mismo predicador recibe un bautismo
de esta unción, el inflatus divino se apodera de
él, la letra de la Palabra es embellecida y encendida
por este misterioso poder, y comienzan los latidos
de vida—la vida que recibe o la vida que resiste.
La unción satura y convence a la conciencia,
quebranta el corazón.
Esta unción divina es el aspecto que separa y
distingue la predicación del verdadero evangelio
52
de todos los demás métodos de presentación de
la verdad, y lo que crea un ancho cismo espiritual
entre el predicador que la posee y el que no la posee.
Esta respalda e impregna la verdad revelada con
toda la energía de Dios. La unción es simplemente
colocar a Dios en su propia palabra y en su propio
predicador. A través de la devoción poderosa,
grande y continua, todo se torna potencial y
personal para el predicador; ésta inspira y
aclara su intelecto, le da perspicacia, dominio y
poder para proyectarse; le da al predicador poder
proveniente del corazón el cual es mayor que el
poder proveniente de la cabeza; lo cual permite
que la ternura, pureza y fuerza emanen del
corazón a través de la misma. Los frutos de esta
unción lo son el engrandecimiento, la libertad, la
plenitud de pensamiento, la orientación y simpleza
de la pronunciación.
A menudo la formalidad es erróneamente
tomada por esta unción. Aquel que posee la
unción divina será formal en su naturaleza
espiritual de las cosas, pero puede haber mucha
formalidad sin haber unción.
La formalidad y la unción parecen ser lo mismo
desde algunos puntos de vista. La formalidad
puede ser prestamente substituida, sin detección
alguna o erróneamente tomada por unción. Se
53
necesita tener una visión espiritual para notar
la diferencia.
La formalidad puede ser sincera, seria, ardiente
y perseverante. Esta persigue algo con buena
voluntad, es perseverante, y urge con su ardor;
lo sigue con fuerza. Pero ninguna de estas fuerzas
va más allá de la mera fuerza humana. El hombre
está en esto—el hombre completo, con toda su
voluntad y corazón, con toda su mente y genio
para planificar, trabajar y hablar. El se ha colocado
a sí mismo para un propósito que lo ha dominado,
y lo persigue para dominarlo. Puede que no haya
nada de Dios en ello. Puede que haya muy poco
de Dios en ello, debido a que haya tanto del hombre
en ello. El puede presentar súplicas, abogando
por su serio propósito, el cual puede complacer o
tocar y moverse o abrumar debido a la convicción
de su importancia; y en todo esto el empeño puede
moverse de manera terrena, siendo impulsada
solamente por la fuerza humana, habiendo sido
hecho su altar por manos terrenales y habiendo
sido su fuego encendido por llamas terrenales.
Se dice, acerca de un famoso predicador de
dones, el cual utilizaba la Escritura para su propio
propósito, que se “tornó en alguien muy
elocuente según su propia exégesis”. Es así que
los hombres crecen en su empeño a través de sus
54
propios planes o movimientos. El empeño puede
ser estimulado de forma egoísta.
¿Qué de la unción? Lo indefinible en la
predicación es lo que hace a la predicación. Es
eso lo que distingue y separa a la predicación de
todas las meras oratorias humanas. Es la
predicación divina. Esta hace de la predicación
algo afilado para aquellos que necesitan esa
agudeza. Esta destila como lo hace el rocío para
aquéllos que necesitan ser refrescados. Una
buena manera de describirla es:
“una espada de doble filo
proveniente de un penetrante temple celestial
Y dobles eran las heridas que causaba
Allí donde entre medio entraba.
Era muerte para el pecado; vida
Para todos los que el pecado aborrecían.
Inflamaba y silenciaba las luchas
Lograba tanto la guerra como la paz”.
Esta unción viene al predicador no en el estudio
sino en su lugar secreto de oración. Es la destilación
celestial en respuesta a la oración. Es la dulce
exhalación del Espíritu Santo. Esta impregna,
llena, suaviza, infiltra, corta y calma. Lleva la
Palabra como dinamita, sal, azúcar; hace de la
55
Palabra un consuelo, un emplazamiento, un
revelador, un explorador; hace del orador una
persona culpable o santa, lo hace llorar como a
un niño y vivir como un gigante; abre su corazón
y su cartera de manera tan gentil, y a la vez tan
fuerte como la primavera abre las hojas. Esta
unción no es el don de un genio. No se encuentra
en las aulas de aprendizaje. Ninguna elocuencia
puede galantearla. Ninguna industria puede
ganarla. El prelado que puede conferirla. Es un
don de Dios—el sello colocado sobre sus propios
mensajeros. Es el rango divino de caballero
otorgado a los verdaderos escogidos y a los
valientes que han buscando esta honrosa unción
a través de largas horas de llanto y de lucha en
oración.
56
La Oración es la Marca del
Liderazgo Espiritual
Dadme cien predicadores que no le teman
a nada sino al pecado y que no deseen nada
más excepto a Dios, y no me importará si
son prelados o laicos; personas tales serán
las que harán temblar las puertas del infierno
y las que harán que el reino celestial se asiente
sobre esta tierra. Dios no hace nada que no
sea en respuesta a la oración.—John Wesley
Los apóstoles conocían la necesidad y valía de
la oración en su ministerio. Ellos sabían que su
gran comisión como apóstoles en vez de relevarlos
de la necesidad de la oración, los comprometía
aun más a esta urgente necesidad. Era por eso
que se sentían muy celosos si alguna otra tarea
importante tomaba su tiempo y les evitaba orar
como debían hacerlo, por lo cual nombraron laicos
que velaran por las delicadas y crecientes tareas
del ministerio a los pobres para que ellos (los
apóstoles) pudieran sin interrupción alguna
“entregarse de continuo a la oración y al ministerio
de la palabra”. La oración es colocada en primer
lugar y su relación con la oración es lo más
importante—“entregarse a ella”, haciéndola su
57
mayor preocupación, entregándose a sí mismos a
la oración con fervor, urgencia, perseverancia y
dedicándole todo su tiempo.
¡Oh, cuán maravillosa la forma en la que
hombres santos y apostólicos se entregaron a
esta divina tarea de la oración! Pablo dice: “de
día y de noche”. “Nos entregaremos constantemente
a la oración”, fue el concenso de la devoción
apostólica. ¡Oh, cuán maravillosa fue la manera
en la que estos predicadores neotestamentarios
oraron por el pueblo de Dios! ¡Oh, cómo inyectaron
fuerza en sus iglesias a través de la oración!
Estos santos apóstoles no pensaban vanamente
que habían llenado sus solemnes tareas al predicar
fielmente la Palabra de Dios, sino que su
predicación llegaba a la médula misma de sus
oyentes debido al ardor y a la insistencia de su
oración. La oración apostólica era algo gravoso,
laborioso y tan imperativo como la predicación
apostólica. Ellos oraban poderosamente de día y
de noche para llevar a sus oyentes a las más
altas cimas de fe y santidad. Ellos oraban aun
más poderosamente para mantenerlos en aquella
altura espiritual. El predicador que nunca ha
aprendido, en la escuela de Cristo, el divino arte
de la intercesión por su gente, nunca aprenderá
el arte de la predicación, aun cuando sea expuesto
58
a la homilética, y aunque sea el genio más dotado
en la creación de sermones y en la predicación de
los mismos.
Las oraciones de líderes apostólicos santos
hacen mucho por convertir en santos a aquéllos
que no son apóstoles. Si los líderes de la Iglesia
en los años subsiguientes hubieran sido tan
particulares y fervientes en su oración por las
almas como los apóstoles lo fueron, los tristes y
obscuros tiempos de mundanalidad y apostasía
no hubieran echado a perder la historia, eclipsado
la gloria y detenido el avance de la Iglesia. La
oración apostólica es la que hace a los santos
apostólicos y la que mantiene los tiempos de
pureza y poder apostólico dentro de la Iglesia.
¡Que grandeza del alma! ¡Qué pureza y elevación
de motivo! ¡Qué falta de egoísmo! ¡Qué sacrificio
y ardua tarea! ¡Qué pasión espiritual! ¡Qué tacto
divino es necesario para ser un intercesor de la
raza humana!
El predicador ha de entregarse por completo a la
oración por su gente; no para que reciban salvación,
sino simplemente para que sean poderosamente
salvados. Los apóstoles oraron para que sus santos
fueran perfeccionados; no para que sintieran
meramente un pequeño deseo por envolverse
en las cosas de Dios, sino para que fueran
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“poderosamente llenos de la plenitud de Dios”.
Pablo no dependió de su predicación apostólica
para conseguir esto, sino que “por esta causa,
pues, doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro
Señor Jesucristo”. Fueron las oraciones de Pablo
las cuales condujeron a los que se convirtieron
bajo su ministerio por los caminos de la santidad
de los cuales Pablo les predicara. Epafras hizo
tanto o mucho más a través de la oración por los
santos colosenses que a través de su predicación.
El laboró fervientemente siempre en oración
por ellos para que: “estéis firmes, perfectos y
completamente seguros en toda la voluntad de
Dios”.
Los líderes son preeminentemente los líderes
de Dios. Ellos son las personas primordialmente
responsables de la condición de la Iglesia. Son
ellos los que forman su carácter y los que le dan
tono y dirección a su vida.
Casi todo depende de estos líderes. Son ellos
quienes le dan forma al tiempo y a las instituciones.
La Iglesia es divina, el tesoro que guarda es
celestial, pero tiene la huella humana. El tesoro
se encuentra en vasos de barro, y tiene las
características de los mismos. La Iglesia de Dios
hace, o está compuesta, por sus líderes. Ya sea
que los haga o que esté compuesta por ellos, ésta
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sólo será lo que sus líderes sean—espiritual, si
sus líderes lo son, secular, si sus líderes lo son,
un conglomerado si sus líderes lo son. Los reyes
de Israel dotaron de carácter la piedad de Israel.
Es raro que una iglesia se revele en contra o se
levante por sobre la religión de sus líderes.
Líderes espirituales fuertes; hombres santos, a
la vanguardia, son una muestra del favor de
Dios. El desastre y la debilidad siguen a los
líderes débiles o mundanales. Israel había caído
bien bajo cuando Dios les dio niños para que fueran
sus príncipes y bebés para que los gobernaran.
Ninguno de los profetas profetizó felicidad cuando
los niños oprimieron al Israel de Dios y cuando
las mujeres gobernaron sobre él. Los tiempos de
liderazgo espiritual son tiempos de gran prosperidad
espiritual para la Iglesia.
La oración es una de las características eminentes
del liderazgo espiritual fuerte. Los hombres
poderosos en la oración son hombres poderosos
que moldean las cosas. El poder que tienen en
Dios es el que los lleva a la conquista.
¿Cómo puede un hombre predicar si no ha
recibido un mensaje fresco de Dios en su cámara
de oración? ¿Cómo puede predicar sin que su fe
sea inquietada, su visión aclarada, y su corazón
tocado por su relación cercana con Dios? Tristes
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son los labios que hablan desde el púlpito pero
que no son tocados por las llamas que se encuentran
en la cámara secreta. Estos estarán secos y carentes
de unción para siempre, y ninguna verdad divina
emanará de ellos con poder. En lo que a los
verdaderos intereses de la religión respecta, un
discípulo sin una cámara de oración siempre
será alguien estéril.
Un predicador puede predicar de manera oficial,
para entretener, o para instruir sin haber orado,
pero existe una gran distancia entre esta clase
de predicación y el sembrar la preciosa semilla
de Dios con manos santas y en oración, con
corazones gimientes.
Un ministerio carente de oración es el sepulturero
de toda la verdad de Dios y de la Iglesia de Dios.
Puede que tenga el féretro más caro y las flores
más hermosas, pero es de todas formas un funeral,
a pesar de lo bien dispuesto que esté. Un cristiano
que no ora, nunca aprenderá la verdad de Dios.
Un ministerio carente de oración nunca podrá
enseñar las verdades de Dios. Años de gloria
milenial se han perdido debido a que la Iglesia
no ha orado. La venida de nuestro Señor ha sido
pospuesta indefinidamente debido a una Iglesia
que no ora. El infierno ha cobrado una mayor
dimensión y ha llenado sus terribles cavernas
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ante la presencia de los servicios muertos de una
Iglesia que no ora.
La mejor y más grande ofrenda lo es la ofrenda
de oración. Si los predicadores del siglo veinte
aprendieran bien la lección de la oración, y
utilizaran a plenitud el poder de la oración, el
milenio llegaría a su plenitud antes del final de
este siglo. “Orad sin cesar” es el llamado de la
trompeta a todos los predicadores del siglo veinte.
Si el siglo veinte llevara sus textos, pensamientos,
palabras y mensajes a las cámaras de oración, el
siglo venidero tendría lugar en un nuevo cielo y
en una nueva tierra. El viejo cielo y la vieja tierra
manchados y eclipsados por el pecado pasarán
bajo el poder de un ministerio de oración.
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Un Púlpito Impregnado de
Oración Trae Como Resultado
Fervor en los Escaños
A juzgar, mi oración es mucho más poderosa
que el diablo mismo; si no fuera así, Lutero
hubiera sufrido una suerte diferente hace
mucho tiempo. Sin embargo los hombres no
verán y reconocerán las grandes maravillas
o milagros que Dios obra por mí. Si dejara
de orar, tan sólo un día, perdería una gran
medida del fuego de la fe.—Martín Lutero
Los apóstoles sólo tuvieron vislumbres de la
gran importancia de la oración antes del día de
Pentecostés. Pero el hecho de que el Espíritu
viniera y los llenara el día de Pentecostés elevó
la oración a su posición vital y poderosa en el
evangelio de Cristo. El llamado a la oración
efectuado ahora a cada creyente es el llamado
más exigente y fuerte de todos. La piedad de la
santidad es creada, refinada y perfeccionada
por la oración. El evangelio se mueve lento y
tímidamente cuando los santos no oran temprano,
tarde y largamente.
¿Dónde se encuentran los líderes cristianos
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que puedan enseñarle a los santos de la actualidad
cómo orar y llevarlos en oración? ¿Sabemos que
estamos criando santos que no oran? ¿Dónde
están los líderes apostólicos que puedan poner a
orar al pueblo de Dios? Permitid que pasen al
frente y que hagan el trabajo, ya que será el
trabajo más grande jamás hecho. Un aumento
en las facilidades educativas y el gran aumento
en la fuerza ejercida por el dinero serán la peor
maldición a la religión, si no están santificadas
por una mayor y mejor oración. El incremento en
la oración no vendrá como algo natural. La campaña
para el fondo del siglo veinte o treinta no
ayudará nuestra oración sino que la afectará si
no somos cuidadosos. Lo único que aprovechará
será el esfuerzo específico efectuado por un liderazgo
de oración. Los principales deberán dirigir en el
esfuerzo apostólico de radicar la importancia
vital en el corazón y en la vida de la Iglesia. Sólo
los líderes que oran tendrán seguidores que
oran. Un púlpito impregnado de oración traerá
como resultado fervor en los escaños. Tenemos
una gran necesidad de personas que puedan
dirigir a los santos en la oración. No somos una
generación de guerreros de oración. Los cristianos
que no oran son una banda de limosneros que
carecen de la pasión, belleza y poder de los santos.
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¿Quién restaurará esta brecha? El más grande
entre los reformadores y apóstoles será aquél
que ponga a la Iglesia a orar.
Nuestro más grande juicio es saber que la
Iglesia de esta época y de todas las épocas tiene
la gran necesidad de hombres de una fe tal, de
una santidad a tal punto carente de impurezas,
de un vigor espiritual tan marcado y de un tan
profundo celo espiritual, que sus oraciones, fe,
vidas y ministerio sean tan radicales y agresivos
que lleven a cabo revoluciones espirituales en las
vidas, tanto de las personas como de la Iglesia.
No hablamos de hombres que consigan mover
las masas a través de nuevos recursos, ni de
aquellos que atraen a través del placentero
entretenimiento, sino hombres que puedan
avivar las cosas, y obrar revoluciones a través de
la predicación de la Palabra de Dios y del poder
del Espíritu Santo, revoluciones que cambien la
corriente de las cosas.
La habilidad natural y las ventajas educativas
no figuran como factores en este asunto; pero si
lo hacen la capacidad para la fe, la habilidad
para orar, el poder de la completa consagración,
la habilidad para el empequeñecimiento, el
anonadarse completamente para que Dios reciba
la gloria, y el deseo insaciable y siempre presente
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de buscar la plenitud de Dios—hombres que
puedan encender la Iglesia en nombre de Dios,
no de manera ruidosa y exhibicionista, sino con
la intensidad y calor que derrita todo y que lo
dirija hacia Dios.
Dios puede obrar milagros si tiene la persona
indicada a mano. Los hombres pueden obrar
milagros si permiten que Dios los dirija. La
completa dotación del poder del Espíritu para
que alboroten el mundo sería de muchísima
utilidad en estos últimos días. Lo que la Igleisa
necesita a nivel universal son personas que
puedan alborotar las cosas de manera tan poderosa
para Dios, que sus revoluciones espirituales
cambien todos los aspectos de las cosas.
La Iglesia nunca ha carecido de estos hombres;
éstos adornan su historia; ellos son los milagros
vivientes de la divinidad de la Iglesia; su ejemplo
e historia son de inspiración y bendición inagotable.
Nuestra oración debería ser que aumentaran en
número y poder.
Aquello espiritual que ha tomado lugar, puede
volverse a repetir, y hasta puede hacerse mejor.
Este fue el punto de vista de Cristo. El dijo: “En
verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, las
obras que yo hago, él las hará también; y aun
mayores que éstas hará, porque yo voy al
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Padre”. El pasado no ha terminado con las
posibilidades ni con las demandas de hacer cosas
grandes por Dios. La Iglesia que depende de su
historia pasada para sus milagros de poder y
gracia es una Iglesia caída.
Dios desea seleccionar hombres—hombres que
se hayan crucificado severamente a sí mismos y
que también hayan sido crucificados por el
mundo; hombres que hayan sufrido una bancarrota
tal y que se hayan arruinado ante el mundo a tal
grado, que no exista ni la esperanza ni el deseo
de que haya una recuperación; hombres que
debido a su insolvencia y crucifixión se hayan
tornado hacia Dios para que El perfeccione sus
corazones.
Oremos ardientemente para que la promesa de
Dios en cuanto a la oración haga mucho más que
tomar lugar.
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“El carácter de nuestra
oración determinará
el carácter de
nuestra pedicación”.
“Hablarle a los hombres
de parte de Dios es algo grande,
pero más grande aun es
hablarle a Dios de parte
de los hombres”.
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1995